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a la hora de discernir

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K«ft>lñkt*
Jean Gouvernaire, s. j.
S Ti breve 12 (y colaboradores)
Comunidades deVida Cristiana
Secretariado de Ejercicios

GUIADOS
POR EL ESPÍRITU
(a la hora de discernir)

Editorial SAL TERRAE


Guevara, 20 - Santander
ÍNDICE

Págs.

PROLOGO 9

1. SABER DONDE SOPLA EL ESPÍRITU


(Jean Gouvernaire) 11
2. ALEGRÍA INTERIOR 21
3. DESOLACIÓN ESPIRITUAL 29
4. CONDUCTA A SEGUIR 37
5. ALGUNAS APLICACIONES DEL
Título del original francés: DISCERNIMIENTO 45
Mener sa vie selon l'Esprit 6. PARA TOMAR UNA DECISIÓN 51
© 1980 by «Vie Chrétienne», París. 7. EL DESPERTAR DEL DESEO ESPIRITUAL
Traducción de Juan José G.a Valenceja (C. Flipo) 59
8. LA LEY, EDUCADORA DEL DESEO
© 1984 by Editorial Sal Terrae, Santander.
(E. Pousset) 67
9. ¿QUE DEBO HACER? (J. Guillet) 75
Con las debidas licencias 10. PROS Y CONTRAS (C. Vtard) 83
Printed in Spain 11. ASUMIR LAS PROPIAS DECISIONES
(J. Y. Toulouse) 93
I.S.B.N.: 84-293-0700-1 12. DECISIONES REALISTAS (M. Hoel) 103
13. UN «SI» INCONDICIONAL (C. Viard) 111
Depósito Legal: BU - 322 -1984
14. LA DINÁMICA DEL DESEO (D. Bertrand) ... 119
Impreso por: Artes Gráficas Santiago Rodríguez, S. A. 15. RELEER LA PROPIA HISTORIA
Molinillo, 11-15 - Burgos (España) (J. C. Dhótel) 127
"Todos los que son guiados
por el Espíritu de Dios
son hijos de Dios"
(ROM. 8,14)
Prólogo

¿Cuáles son las inspiraciones que rigen nues-


tras vidas? ¿Proceden de Dios? ¿Son el lengua-
je del Espíritu? ¿O, por el contrario, son voces
penetrantes, seductoras, que quieren arras-
trarnos hacia alguna fantasía para embotar
nuestras fuerzas vitales, que deberían estar
únicamente al servicio del Reino? Como nos
dice Santiago al principio de su carta, ¡con de-
masiada frecuencia nos parecemos al "hombre
de alma dividida, inconstante en todos sus ca-
minos"!
El recogimiento de un retiro en silencio y
oración, los consejos de un amigo en el Señor
al que nos dirigimos, suelen ser el primer apo-
yo en nuestro esfuerzo por ver claro en nos-
otros mismos: se trata de seguir ejercitándo-
se en el "discernimiento" de las mociones es-
pirituales, no para complacerse o inquietarse
en un trabajo de análisis psicológico, sino pa-
ra someterse, confiada e inteligentemente, a la
acción de Dios, que viene a separar en nos-
otros la luz de las tinieblas.
En el libro de los Ejercicios Espirituales, San
Ignacio ofrece una serie de reglas o maneras

9
de proceder para ayudar al ejercitante a "sen-
tir y conocer las varias mociones que en el
ánima se causan". Los seis primeros capítulos
del presente libro comentan, para el cristiano
deseoso de vivir buscando la voluntad de Dios,
los consejos más sencillos ofrecidos por San 1
Ignacio (1). Los restantes capítulos presentan
una serie de decisivos aspectos implicados en
ese proceso de conocer y cumplir dicha Vo- Saber dónde sopla
luntad.
Ojalá estas páginas puedan ayudarnos a,
el Espíritu
actuar con mayor libertad y a vivir aún más por Jean Gouvernaire
en la Luz: "El que camina en tinieblas no sa-
be adonde va... El que obra la verdad va a la
luz" (Jn 12, 35 y 3, 21). Así aprenderemos, poco
a poco, a elegir, y a elegir mejor, según el Es-
píritu de Cristo. FLUJO Y REFLUJO

En todos nosotros se suceden diversos mo-


vimientos o estados de ánimo. ¿Qué importan-
cia tienen en nuestra vida espiritual y apos-
tólica? Sus variaciones son más o menos rápi-
das y más o menos amplias, según los diversos
momentos de la vida, los acontecimientos, el
temperamento de cada uno, etc. Hay almas
"accidentadas", como un terreno montañoso;
y otras se parecen más a una llanura. De todas
formas, el paisaje siempre cambia. Tan pronto
nos sentimos emprendedores como tendemos
a encerrarnos en nosotros mismos. En unas
(1) Se trata de las once primeras reglas, que se re- circunstancias sentimos con auténtica vehe-
fieren más bien a un período de «puesta en camino». Las mencia que "existimos", y al poco tiempo nos
restantes reglas, que proponen un discernimiento más desinflamos. Hay pensamientos que nos esti-
«afinado», no han sido tratadas aquí.

10 11
muían y hay temores que nos paralizan. Y así que vivimos vierte sobre nosotros. Pero tampo-
sucesivamente... co son resultado exclusivo de influencias n a t u -
En medio de este flujo y reflujo, ¿cómo re- rales : los "ángeles", nos dice la Escritura, pue-
conocer, a fin de utilizarlas, cuáles son las co- den influir en nosotros; en la creación no hay
rrientes que nos llevan a Dios, y cuáles son las compartimentos estancos. Pero es difícil pre-
que nos llevan a la deriva, para evitarlas? Por- cisar cómo actúa esa influencia. En efecto,
que lo que verdaderamente está en juego en aparte de algunos casos absolutamente excep-
todo esto es nuestro progreso espiritual. No va- cionales, no disponemos de medios para t r a -
mos a situarnos, en estas páginas, en u n te- zar una línea de separación entre lo que pro-
rreno simplemente psicológico, ni a enseñar viene de nuestro propio substrato y lo que pro-
el arte de comportarse en general. viene de los buenos o malos espíritus-, como
Nuestro punto de vista es pretendidamen- tampoco podemos entresacar, de entre todos
te religioso, es decir, que consideramos nues- nuestros pensamientos, los que serían total-
tras mociones interiores por su relación a Dios mente nuestros, limpios de toda adherencia
y a su actuación en el mundo. Esas mociones ajena. Todos los influjos celestes y terrenales
¿favorecen u obstaculizan nuestra marcha h a - se entremezclan y se confunden con nuestras
cia Dios y la ayuda que deseamos prestar a los reacciones conscientes o inconscientes, con
demás? ¿Provienen de un espíritu en sintonía nuestras buenas y malas intenciones. Hemos
con Dios y que trabaja en la dirección de Dios, de tomarlo todo en bloque. Y ante nuestros
o de un espíritu opuesto a Dios y contrario a impulsos, nuestras alegrías o nuestras tris-
sus designios? Ese es el nivel al que plantea- tezas; ante nuestro estado de ánimo más o
mos el problema. Inesperadamente, al situar- menos pacífico, nuestros disgustos o nuestras
nos a ese nivel, haremos posible que muchos inquietudes, basta con que nos preguntemos
elementos psicológicos se orienten y se ubi- si tales mociones responden al designio que
quen debidamente. Dios t r a t a de realizar en el mundo o al desig-
nio de aquel a quien la Escritura denomina
"el Adversario".
INFLUENCIAS DIVERSAS
COMO DISCERNIRLAS
Las mociones que surgen en nosotros no
son un producto espontáneo del "terreno" que No siempre resulta fácil saber si está uno
somos cada uno de nosotros, sino que todos re- respondiendo a los deseos del Señor o si está
cibimos multiformes semillas que el medio en enredándose en determinadas sutilezas que

12 13
hacen las delicias del Maligno. Por ejemplo: gustaría ayudar a los jóvenes a prepararse
He pasado el día con unos amigos, con con lucidez para la vida, permitiéndoles apro-
quienes me he mostrado lleno de ánimo y de vechar nuestra experiencia. Pero esta decisión
espíritu. Y ahora, de nuevo en casa, me siento ¿no será un tanto prematura y voluntarista?
vacío y como harto. Nada me interesa. ¿Por — Madre de tres hijos, ejerzo la profesión
qué? ¿Es efecto de la soledad o es señal de que, de maestra, lo cual me hace sentirme intran-
en mi actitud con los demás, había algo poco quila ante la idea de no atender a mis hijos
claro? Sería bueno saberlo, para que no se suficientemente. Sin embargo, mi trabajo me
repita. apasiona, y tengo la sensación de que mi acti-
— A raíz de mi pecado, siento temor de vidad profesional sirve para enriquecer la vida
Dios. Rezo más que nunca, pero, a pesar del familiar. Pero, a pesar de todas las buenas ra-
deseo de reconciliación, no consigo dar con el zones, me siento culpable. ¿Es éste un pro-
sentido del perdón. Me siento agobiado por mi blema que plantea el Señor?
indignidad y soy incapaz de rehacerme. ¿Es En todos estos casos, y en ese indefinido
esto una contrición que Dios imprime en mí, proceso de nuestros pensamientos y sentimien-
o es una tentación de desaliento para que no tos, no se trata en absoluto de analizar una y
pueda volver a vivir con Dios? otra vez nuestros estados interiores, ni de lan-
- Alguien me propone que mi pareja y yo zarnos a una introspección que podría llevar
asumamos una determinada responsabilidad justamente al resultado contrario del que de-
en un grupo de preparación al matrimonio. seamos. No tardaríamos en vernos enredados
Pero resulta que, a pesar de las apariencias, en nuestro universo interior, en lugar de ir
estamos atravesando una crisis delicada. ¿Qué hacia Dios y trabajar en su obra. Por eso, nada
hacer? Antes de hablarle de ello a mi pareja, de replegarse sobre sí mismo. Hemos de ajus-
me he puesto ante el Señor con la disposición far nuestra marcha.
de no preferir una determinada solución antes
que otra. En unos momentos me digo que no
EL CRITERIO BÁSICO
estamos en condiciones de prestar el citado
servicio; y, sin embargo, esta hipótesis me de- ¿Cómo reconocer que marchamos en la di-
ja inquieto, como si se tratara de una escapa- rección en que el propio Dios actúa? La res-
toria. En otros momentos me digo a mí mismo puesta se desprende automáticamente del co-
que el aceptar tal vez sería una excelente oca- nocimiento que tengamos del designio de Dios:
sión para no huir de nuestro problema y afron- Dios nos ama, Dios quiere reconciliarnos a tra-
tarlo juntos con valentía. Por otra parte, me vés de Cristo, para que participemos en su vi-

14 15
da. Esta verdad, que fundamenta nuestro op- ciencia, de persuadirnos de que, a fin de cuen-
timismo cristiano, subyace a todas las indica- tas, las "infracciones" no tienen t a n t a impor-
ciones que hayamos de dar en estas páginas. tancia. Pero al encubrir los inconvenientes del
Dios nos ama. Afirmar esto significa que de- pecado, dejamos que en nuestra imaginación
bemos afianzarnos en una inmensa confianza se refleje nuestro consentimiento para con él,
y que todo temor paralizante es contrario al de tal modo que somos arrastrados más pro-
deseo de Dios. fundamente en nuestra falta. Esta forma de
Dios quiere llevarnos a El. Cuando respon- verlo, que nos aleja cada vez más de Dios, lle-
demos a su espera, nos ayuda a progresar. ¡Se- va el sello del "mal espíritu" (el nuestro o el
ría realmente contradictorio que nos pusiera del Maligno). ¿Por qué unirse de este modo al
trabas! Cuando nos apartamos de El por el pe- partido del Maligno?
cado, nos incordia interiormente, con el fin de Cuando el que se precipitaba hacia el pe-
volver a atraernos. Y todo aliado de Dios actúa cado se ve de algún modo sacudido en su t r a n -
del mismo modo. quilidad, turbado y finalmente atormentado
Por el contrario, todo espíritu opuesto a por un verdadero remordimiento que le hace
Dios, ya se trate del "tentador" o de la "parte realmente palpar su propia falta ("Sí, fue allí,
mala" de nosotros mismos, t r a t a r á de dificul- en aquel preciso momento, en aquel concreto
tar —a veces de un modo bastante sutil— el asunto, cuando me hice culpable"), remordi-
plan y la actuación de Dios. miento que le impulsa a volver a Dios, espolea
su propio coraje y le permite esperar el per-
Esta táctica de "partidos contrapuestos", si
dón, entonces es preciso que siga este impul-
se me permite la expresión, nos ofrece un me-
so, que es el impulso de la gracia y del "buen
dio de discernir, desde el punto de vista reli-
espíritu", porque le reconduce hacia Dios (1).
gioso, lo que sucede en nosotros.

(1) Cuando en un alma de auténtica buena voluntad


DOS SITUACIONES persiste un remordimiento o, lo que es más frecuente,
un sentimiento de culpabilidad, cuya razón, a pesar de
sus esfuerzos, no llega a descubrir el interesado; que le
Dos casos diametralmente opuestos: o lle- abate y le hace replegarse sobre sí mismo; que no cede
vamos una vida de pecado, o llevamos una vi- ni aun después de haber recibido el perdón de Dios, en-
da entregada a los demás y a Dios. tonces hay que desechar ese sentimiento como nefasto y
sospechoso, porque, como vamos a ver, no lleva en sí la
Si aceptamos llevar una vida de pecado, huella de la acción de Dios en un alma de buena volun-
hundiéndonos en ella voluntariamente, senti- tad. Nos encontramos ante un desorden psicológico, más
remos la tentación de adormecer nuestra con- que religioso.

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16
Pero no nos interesa tanto el caso del pe- Naturalmente que Dios las permite (más tar-
cado como el caso de la fidelidad a Dios. Cuan- de veremos por qué), pero, en cualquier caso,
do se pasa de uno a otro caso, la táctica de los esos frenazos y esos obstáculos son de un es-
partidos se invierte. Lo cual es absolutamente píritu contrario a Dios. Es preciso oponerles
normal, porque ahora el sujeto se ha adherido resistencia o, al menos, no darles pábulo. Por-
al partido de Dios y no al del Adversario. En que esas mociones angustiosas, deprimentes y
esta marcha hacia Dios, ¿qué significación ad- destructoras le hacen el juego y le causan pla-
quieren nuestros "acontecimientos" interio- cer al Maligno, no a Dios.
res? La acción de Dios y de quien es amigo de
Aun cuando tengamos una sincera volun- Dios se reconoce, por el contrario, por un efec-
tad de librarnos de nuestras faltas y progre- to tonificante que nos hace progresar en el
sar, nuestros estados de ánimo no quedan es- bien. Además, cuando sentimos crecer en nos-
tabilizados en el fiel de la balanza. Marchába- otros una confianza que nos inspira ganas de
mos tan alegremente... cuando, de pronto, cae hacer cualquier cosa por Dios o por los demás;
la niebla, nos desanimamos, nos invade la tris- cuando superamos con facilidad obstáculos,
teza y nos obsesiona un escrúpulo o un temor humillaciones o sacrificios que hasta entonces
determinado; desconcertados, dando vueltas habíamos temido; cuando nuestro abandono
sobre nosotros mismos, perdemos el tiempo y en las manos del Señor disipa nuestros temo-
las energías, en lugar de emplear ambas co- res irracionales; cuando el esfuerzo espiritual
sas para el bien. ¿Quién, si no el Adversario, nos resulta fácil y las penalidades llevaderas;
puede alegrarse de nuestro desconcierto? Pue- cuando se deshacen nuestros barullos interio-
de suceder también que las dificultades de la res; cuando nuestra manera de mirar el mun-
vida crezcan desmesuradamente en nuestra do se simplifica en Dios y se establece una paz
imaginación; o que nuestras complicaciones activa y profunda, ...entonces podemos estar
psicológicas, ya de por sí bastante paralizan- seguros de que la gracia y el "buen espíritu"
tes, invadan el terreno religioso, sumiéndonos actúan en nosotros.
en deprimentes y estériles reflexiones de ca- Porque es propio de Dios, y de cualquier
rácter obsesivo, en confusiones, en oscuridades, aliado de Dios, infundir valor, fuerza, ánimo,
en angustias con respecto a Dios o con res- alegría, paz e inspiraciones conducentes a me-
pecto a nuestras propias debilidades. jor amar y servir, aun en medio de las dificul-
De lo que hay que estar seguros es de que tades de la vida. Las adversidades no desapa-
tales mociones interiores, que nos abaten y pa- recen y las condiciones de vida siguen siendo
ralizan, van a contrapelo de la labor de Dios. duras; pero, supuesto este contexto, es propio

18 19
de todo cuanto actúa en la dirección de Dios
facilitar y proteger nuestra marcha, librarnos
de atascos y estancamientos interiores, a fin
de que prosigamos avanzando en la práctica
del bien.
Todas estas mociones vivificantes deben
ser fomentadas y alimentadas, porque nos per-
2
miten trabajar en el mismo sentido en que tra-
baja el propio Dios. Y al proporcionarnos ale- Alegría interior
gría, esperanza, realismo y paz, crean además
las condiciones favorables para el equilibrio
del hombre en su totalidad.
VITALIDAD ESPIRITUAL

Nuestro estado físico es algo que percibi-


mos inmediatamente. Podemos responder sin
dudar, y sin equivocarnos demasiado, a la pre-
gunta: ¿estoy "en forma" o estoy hecho una
birria? Nuestra vitalidad corporal es casi tan
palpable como el latido de nuestras arterias.
Es más fácil equivocarse o engañarse cuan-
do se trata de nuestra vitalidad espiritual. Una
regular vida de oración y una intensa acti-
vidad al servicio de los demás pueden, sin em-
bargo, encubrir una especie de anemia espi-
ritual. Y al contrario, podemos sentir una ab-
soluta sequedad y no experimentar absoluta-
mente nada en la oración y, sin embargo, es-
tar vivos; algo parecido a lo que le ocurre al
árbol, en el que la savia se detiene en invierno,
pero que florece con los primeros calores.
Los mejores periodos son, evidentemente,
aquellos en los que tenemos conciencia de que

20 21
la vida circula en nosotros, despertando y pro- en un sentido que desborda, con mucho, el ha-
duciendo frutos. Entonces nos sentimos recon- bitual sentido de "consolación", porque hay en
fortados, tonificados, dispuestos a amar más la "consolación espiritual" un estímulo, una
y a trabajar con más ánimo por el Señor. Es- vivificación y, a veces, hasta una euforia, que
tos períodos de vigor espiritual son, pues, de- van mucho más allá del simple "alivio de una
seables. Es bueno aspirar a ellos y tratar de pena" (1).
alimentarlos cuando nos son concedidos.
Pero ello no depende totalmente de nos-
otros. Si ni siquiera en el terreno físico de- AUMENTO DE FE, ESPERANZA Y CARIDAD
pende exclusivamente de nosotros el "estar en
forma", cuánto menos en el terreno espiritual, ¿En qué consiste esta vitalidad? La respues-
donde Dios es libre para conceder sus dones ta requiere pocas palabras: el vigor del alma
y sabe mejor que nosotros en qué momento se mide por la caridad. Amarás al Señor tu
conviene que nos los conceda. Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y
Estos fructíferos períodos son, pues, perío- con todas tus fuerzas.
dos de gracia. En ellos se hace más percepti- Esta caridad no debe ser necesariamente
ble la ayuda del Señor y más acusada su asis- sentida. Podemos no experimentar nada en
tencia. Ahora bien, si en tales períodos como absoluto y, sin embargo, constatar que hay en
que Dios nos lleva de la mano, debe ser posi- nosotros una profunda voluntad de amar a
ble reconocer lo que desea de nosotros. Más Dios que se traduce en actos, en oraciones (in-
tarde volveremos sobre esta búsqueda de la cluso "áridas"), en abnegación (aunque resul-
voluntad de Dios durante esos períodos privi- te poco grata). Aunque no experimentemos nin-
legiados. gún "sentimiento", poseemos vigor, porque la
Por el momento, y debido a las razones ya caridad habita en nosotros.
indicadas —fecundidad de d i c h o s períodos,
guía más sensible de Dios, pero también posi- (1) Habría que desterrar del vocabulario espiritual
bilidad de engaño—, conviene que veamos en la palabra «consolación», porque, por muchas precau-
ciones que se tomen para alertar acerca de su sentido,
qué consiste esa vitalidad espiritual, que es la mayor parte de las personas acuden instintivamente
obra de la gracia al sentido de «consolaciones sensibles»: ¡hay que experi-
Una observación terminológica. Esa vitalidad, mentar algo! Pero, por otra parte, la palabra está tan
arraigada en la tradición que es difícil sustituirla. Haría
ese consuelo, ese vigor y ese "tono" suelen de- falta una palabra que no estuviera contaminada de un
nominarse —por ejemplo en los Ejercicios de significado banal y adquiriera un sentido específico.
San Ignacio— "consolación espiritual", pero ¿«Confortamiento», quizá...?

T !
22
Pero hay períodos más tonificantes, en los en que Dios no habrá de abandonarnos, suceda
Que la caridad difunde un calor vital; y es de lo que suceda, sino que habrá de ayudarnos y
estos períodos de los que queremos hablar. Al que, en su bondad, habrá de revelársenos ple-
igual que hay días en los que sentimos cómo namente más allá de esta vida..., entonces
la vida física habita en nosotros, así también aumentan también nuestras fuerzas.
sentimos a veces cómo asciende en nosotros el Así pues, todo lo que signifique un mínimo
agua viva del amor y cómo se desvanece nues- avivamiento de fe, de esperanza o de caridad,
tro egoísmo. Entonces encuentra eco en nos- anuncia un nuevo vigor. ¿No es normal, enton-
otros el grito del salmista: "Como jadea la ces, el que estas "virtudes teologales", estas
cierva tras las corrientes de agua, así jadea mi disposiciones profundas y activas que nos ha-
alma en pos de ti, mi Dios". Cuando el deseo cen capaces de vivir con Dios —que nos pro-
de vivir para Dios adquiere ese ardor, capaz de porcionan a Dios, si se me permite decirlo—
Pasar (si es preciso) por renuncias y sufrimien- constituyan, con su crecimiento, el primer ele-
tos de toda especie, entonces no sólo estamos mento de nuestra vivificación, de nuestra "con-
vivos, sino vivificados. solación espiritual"?
¿Y no es el amor a los demás el signo de
nuestra vitalidad? Es absolutamente evidente
Que el «segundo mandamiento» no puede ser se- TODO ES GRACIA
parado del primero: "El que no ama a su her-
mano, a quien ve, no puede amar a Dios, a Esta vivificación puede surgir de todas par-
quien no ve". Nuestra vitalidad, pues, se mide tes. Incluso del fondo mismo de nuestra mise-
también por nuestro amor fraterno. ria, cuando, habiendo reconocido la falta, nos
Nuestra vitalidad consiste en ese crecimien- levantamos en virtud de un arranque de vida:
to en caridad. Ahora bien, la caridad no cre- "iré a mi padre y le diré...". Incluso de la pro-
ce si no va acompañada de sus dos hermanas pia amargura de nuestro pecado, cuando Dios
"teologales": la fe y la esperanza. Las tres cre- "saca de la dureza de nuestro corazón lágrimas
cen juntas. Y además, cuando creemos más fir- de arrepentimiento". O puede nacer también
memente en Cristo, en la inhabitación de Dios de la contemplación de un mundo que, al re-
en nosotros, en la santificación que nos viene chazar a Dios, va a la deriva. O del más lumi-
a través de la Iglesia o en cualquier otra ver- noso descubrimiento del rostro de Cristo en los
dad de nuestro cristianismo; cuando estas ver- evangelios o en nuestros hermanos. O del sú-
dades se nos hacen más luminosas; cuando, bito deseo de que le sean dados al Padre, por
Por otra parte, crece en nosotros la confianza el Hijo y en el Espíritu Santo, todo honor y

24 25
toda gloria. En definitiva, todo cuanto desarro- LA PAZ Y LA ALEGRÍA,
lla en nosotros el gusto por las realidades es- SIGNOS DEL ESPÍRITU SANTO
pirituales es fuente de vigor.
Hay que observar un importante aspecto de En los períodos más dichosos, nuestra vita-
nuestra vivificación y "consolación espiritual": lidad espiritual se dilata y se extiende en la
aquel en el que nuestra visión del mundo, de alegría y en la paz (que tan importante lugar
ser profana, pasa a ser religiosa. Cuando ya no ocupan en el mensaje evangélico) Pero no
puedo ver el mundo como lo ve un pagano, en cualquier alegría; no una simple euforia física
una absoluta ausencia de Dios; cuando ya no por el hecho de que haga buen tiempo o se
puedo contentarme con amar todas las cosas encuentre uno a gusto; no una alegría vulgar;
(las montañas cubiertas de nieve; el pájaro ni siquiera un gozo estético del espíritu, sino
tomado del nido y sostenido, trémulo, en la ma- una alegría que le hace a uno elevarse, al pro-
no; una pintura; el sonido de un instrumento; porcionarle el gusto por las cosas divinas. Es
cualquier creatura sobre la faz de la tierra); un profundo contento del alma: se siente uno
cuando ya no puedo contentarme con amarlas contento de Dios, de estar con él, de renunciar
en virtud de un movimiento directamente di- al egoísmo o de ayudar a un amigo a salir de
rigido a ellas, a ras de tierra, mediante un cor- sus dificultades de fe; contento de trabajar en
to-circuito entre ellas y yo que deja a Dios fue- solidaridad con los demás en pro de una mayor
ra de mi relación con el mundo; cuando co- justicia entre nosotros; contento de... ¿qué sé
mienzo a comprender y a gozarme de que to- yo? Cualquier moción espiritual puede hacer
das estas mismas cosas son creaturas del Se- brotar ese contento, que puede coexistir con
ñor, huellas de su presencia y de su amor; una dolencia física, con un sufrimiento, con
cuando empiezo a amar todas las cosas en Dios un conflicto moral... Podemos estar contentos
(el pájaro, el sonido, la pintura, y mi propio y, en suma, "consolados" de sufrir por Dios o
hermano) y querría amarlo todo a la vez, con por los demás. Pero hay momentos privilegia-
esa universalidad y esa ternura que Dios sien- dos en los que nada, ni en el cuerpo ni en el
te por su creación, en ese mismo instante ad- espíritu, viene a turbar el nacimiento de esa
quiero una enorme fuerza para alabar a mi alegría, la cual puede entonces adueñarse de
Creador y Señor y trabajar en su admirable todo el ser y estallar hacia afuera, como en el
empresa. "poverello" de Asís. ¿Por qué habríamos de sor-
prendernos de ello? ¿Por qué nuestro ser, al
acoger con todo su deseo a quien habrá de ser
nuestra felicidad, no va a poder, en determi-

26 27
nadas circunstancias, estar ya penetrado de
alegría? La alegría verdaderamente espiritual
es un indicio de que Dios nos vivifica.
La paz, emparentada con la alegría, es t a m -
bién un tiempo de "consolación espiritual". La
paz no consiste en una ausencia de agitación
exterior, en un adormecimiento. Al contrario: 3
ia paz es activa. No es únicamente el resultado
de una relajación del cuerpo y del espíritu
(que, naturalmente, puede favorecerla). Es la Desolación espiritual
paz del alma. La que da Cristo y no puede dar
"el mundo". La que nace de nuestra profunda
sintonía con Dios, del consentimiento en todo
cuanto Dios quiera de nosotros, de la armonía DEPRESIÓN Y TINIEBLAS
que se establece entre Dios y nosotros cuando
nuestras disposiciones concuerdan con sus de- Los períodos de depresión espiritual con-
seos. La paz es deseo que descansa ya en su ob- trastan con esos otros períodos claros y vivifi-
cantes de los que hemos hablado. ¿Se puede
jeto. Cuando la aguja se orienta hacia el polo,
hablar de altas y bajas presiones en nuestra
se aquieta. ¿Cómo no va a suceder lo mismo
atmósfera interior? Después de todo, la com-
con nosotros cuando nos orientamos hacia
paración no es t a n desafortunada, ya que po-
Aquel que nos atrae? Ese aquietamiento, ese
ne de manifiesto el carácter accidental de
descanso que encontramos en nuestro Creador nuestras variaciones. La atmósfera, parte in-
y Señor, es una señal de que seguimos el cami- tegrante de nuestro planeta, no produce en la
no de Dios. tierra firme o en las aguas sino perturbacio-
Deberemos aprender, lo mejor posible, a no nes superficiales. Unas veces sus variaciones
soltarnos de la mano que nos guía. son favorables para la vida; otras veces des-
truyen ésta; pero, en definitivas cuentas, la
vida prorrumpe por todas partes. Nuestras
fluctuaciones interiores también son parte de
nosotros mismos; por debajo de sus agitacio-
nes subyace un núcleo sólido: nuestra funda-
mental voluntad de ser para Dios y de amar a
los hombres. A través de estas alternancias,

28 29
prosigue su marcha nuestra vida espiritual, SUS MÚLTIPLES ASPECTOS
unas veces estimulada y otras entumecida.
"Depresión", decíamos, pero "espiritual". La "desolación" es lo contrario a la "con-
Por eso, un ataque de melancolía, un abati- solación". Esta nos lleva a abrirnos a Dios y
miento o una depresión nerviosa no bastan pa- a los demás; nos hace elevarnos y amplía nues-
ra constituir una "desolación espiritual". Nues- tros horizontes; proporciona ánimos y deseo
tro tono espiritual puede no sufrir detrimen- de desvivirse por el prójimo. La "desolación",
to por tales dificultades. Muchas veces, por el por el contrario, es una caída en tierra, un de-
contrario, puede darse una situación de has- rrumbamiento, en el que se nos nubla la vi-
tío espiritual a pesar de gozar de un estado sión, la cual tiende a estrecharse y a acortar-
psicológico satisfactorio (si bien hay que reco- se, desapareciendo el impulso y el fervor de
nocer que las perturbaciones originadas en un la entrega, y haciendo su aparición el estan-
determinado punto suelen repercutir a otros camiento y el desánimo, que dificultan la mar-
niveles). En cualquier caso, la depresión sólo cha. Todas las señales de la "consolación" se
llega a ser espiritual cuando afecta al terreno invierten: en lugar de paz, turbación; en lu-
religioso, cuando se ve perturbada nuestra re- gar de alegría, tristeza...
lación con Dios, nuestra fe, nuestra confianza Afortunadamente, no todos los elementos
en él o nuestro amor a los demás. Entonces es de la depresión se precipitan a la vez sobre
cuando la depresión influye, para desorientar- nosotros. Puede tratarse simplemente de un
la, en nuestra marcha hacia Dios. cielo encapotado, no de una tormenta. Los ele-
mentos de una "desolación" aparecen muchas
Obsérvese que esta "desolación espiritual"
veces de manera aislada, con mayor o menor
no es en sí misma una tentación, en el sentido
intensidad; otras veces se asocian y se refuer-
de una incitación a hacer el mal. Directamen-
zan mutuamente. De todas formas, cualquiera
te, no puede proponer nada malo. Podría de-
de ellos basta para hacernos saber que nos en-
cirse que no es ni vida ni muerte, sino que
contramos en una zona, si no malsana, al me-
constituye una especie de prueba, de atmós-
nos desfavorable, de la que más vale salir cuan-
fera difícil en la que podría uno asfixiarse si
to antes (sin perder la calma si la depresión
se dejara llevar. Es importante, pues, descu-
dura más tiempo del deseable).
brir su presencia y saber cómo hay que reac-
cionar. Esbocemos en unos cuantos rasgos las for-
mas de la "desolación espiritual", cuyas va-
riedades son infinitas, porque de un día a otro
cambia de coloración, como el cielo.

30 31
Oscuridad. Uno no sabe ya por dónde avan- guiendo esta pendiente, se llega a reducir la
zar. ¿Qué es lo mejor? ¿Qué debo hacer? No vida cristiana a valores culturales y políticos.
hay respuesta. O bien, puede suceder que la ¿En qué ha quedado la vitalidad de nuestra
decisión que el día anterior parecía indudable- fe?
mente acertada, después de sopesarla, resul- Turbaciones e inquietudes de todo tipo: es-
ta ahora incierta. O incluso —y esto es más crúpulos; miedo a no saber escoger lo mejor;
doloroso—, se oscurece la verdad misma de temor irracional a tropezar en la tentación;
nuestra fe: las certezas, como pájaros derri- ansiedades; complicaciones indefinidas, por
bados, yacen muertas; la noche es absoluta. culpa de una humildad mal entendida; etc.
Tristeza deprimente. Su origen es muchas ve- Sequedad de corazón en la oración o en el
ces inaprehensible, o simplemente banal: una apostolado. La voluntad de vivir para Dios per-
separación, un asunto malogrado, una torpeza manece en el fondo del alma, pero ha desapa-
cometida... Pero la onda de esta conmoción recido todo sentimiento. No hay nada: ni ca-
inicial se extiende a todo el ser, dejándole a lor ni deseo. Parece que ya no se sabe en qué
uno abatido, sin fuerzas, indiferente para con consiste amar a Dios o amar al prójimo. Somos
Dios o para con los demás. O bien arrastra uno tierra árida. Ausencia. Vacío, aunque tal vez
un indefinido y difuso mal humor, o una tre- tranquilo. Pero si la "desolación" es intensa,
menda melancolía, que afecta a la vida espi- entonces una especie de náusea por las cosas
ritual. espirituales, por la vida y hasta por el propio
Fascinación por las certezas sensibles. Nues- Dios hace que crezca en mí el deseo de no sa-
tros pensamientos espirituales pierden su con- ber ya de otra cosa que no sea llorar mi pro-
sistencia y su interés. Nos vemos sutilmente pia soledad.
cautivados por lo temporal; lo sensible se hace Pérdida de confianza o de esperanza. Puede
opaco, de modo que nuestra visión se detiene ser un caso "benigno", en el que simplemente
en las cosas y en las personas, sin percibir su ya no experimentamos el apoyo de la presen-
dimensión religiosa. Se percibe en menor gra- cia de Dios, o se insinúa alguna duda acerca
do la fuerza del espíritu evangélico, y surge de su Bondad. Puede ser un caso más agudo,
una inclinación interior que nos lleva a apo- en el que llegamos a creernos separados de
yarnos únicamente en las seguridades mate- nuestro Creador y Señor; y tal vez, en el pa-
riales y en los medios humanos Nos vemos in- roxismo de nuestra desolación, podemos llegar
clinados a poner nuestra confianza en las rea- a creernos rechazados por él, con lo que nos
lidades terrenas y tangibles, como el Faraón hallamos al borde de la desesperación. La ver-
la puso en sus carros y en sus jinetes. Y si- dad es que, en el trasfondo último del alma,

32 33
seguimos aferrados a Dios, como una roca en vez que por medios espirituales. Pero tal au-
medio de la tempestad; pero, cegados, no so- sencia de responsabilidad no hace sino añadir
mos capaces de palparlo. dificultad a la pregunta: ¿por qué esas "deso-
laciones"? Observemos lo que resulta de la
Oscuridad, tristeza, turbación, fascinación "desolación" cuando uno quiere ser absoluta-
por lo terreno, frialdad, angustia o cualquier
mente fiel. Esta observación nos proporciona-
otra moción interior que venga a quebrar nues-
rá algún elemento de respuesta.
tra progresión...: eso es la "desolación espi-
ritual". Resumiendo sus rasgos en unas cuan- La "desolación espiritual" nos pone a prue-
tas palabras: ya no sabe uno dónde se encuen- ba: demuestra cuál es nuestra valía y hasta
tra uno ni dónde está el Señor. dónde podemos llegar en el amor y el servicio
a Dios cuando nos vemos privados del apoyo
que proporcionan el fervor y la alegría. Cuan-
do la corriente nos arrastra, apenas si tene-
SUS MUCHAS LECCIONES mos necesidad de remar; pero si la corriente
Pero ¿por qué permite Dios, que nos atrae es contraria, hay que hacer acopio de energías.
hacia si, estas depresiones paralizantes, ya que En lo espiritual, cuando las aguas se encres-
nada sucede sin que él lo sepa? pan, la presión que ejercen sobre nuestra fi-
delidad a Dios puede hacer que ésta se quie-
La verdad es que algunas de estas depre- bre. Lo cual nos obliga a reforzarla para que
siones sobrevienen por culpa nuestra. Porque no ceda, y a dar pruebas de una fe pura y de
hemos sido negligentes para orar, para hacer un amor desinteresado. Y mediante este cre-
examen de nuestra andadura, o para podar los cimiento de nuestra fidelidad y de nuestra más
sarmientos y hacer que la vida crezca en nos- generosa entrega, la "desolación" redunda en
otros. Nuestras disposiciones más profundas se nuestro beneficio y en nuestra glorificación
robustecen mediante su ejercicio. Y al no ha- de Dios.
berlas ejercitado, se han debilitado nuestra fe
y nuestro amor. La "desolación" nos sirve de En definitiva, nos hace saber —y no por los
aviso. libros, sino por experiencia— que no podemos
En otros casos no ha habido culpa por nues- hacer que brote a nuestro antojo un vivísimo
tra parte. La "desolación" ha podido propagar- amor de Dios o un gozo auténticamente espi-
se a partir de una causa ignorada o indepen- ritual: la "consolación" no está en nuestras
diente de nuestra voluntad. Y muchas veces manos. Así pues, las épocas amargas nos per-
nos veremos en la necesidad de tratar una de- miten comprender hasta qué punto los perío-
presión por medios físicos y psicológicos, a la dos vivificantes, felices y apacibles son (más

34 35
que ningún otro) períodos de gracia. Nos en-
señan el verdadero sentido de la "consolación",
que es don de Dios y que únicamente se nos
concede como un medio para llevar adelante
una obra que va más allá de lo sensible. Ex-
perimentamos cada vez más intensamente que
todo cuanto de bueno produce nuestro "suelo" 4
procede del Señor, incluida nuestra fidelidad
en medio de la "desolación". De este modo, los
momentos de desolación nos ayudan a descu-
Conducta a seguir
brir más profundamente el Misterio del que
vivimos.
¿Cómo hemos de comportarnos en las de-
presiones espirituales y en los momentos fa-
vorables, de forma que, a través de tiempos
"fuertes" y tiempos "débiles", de montañas y
de valles, prosigamos nuestra marcha en la
fe? ¿Cómo incidir en nuestras mociones inte-*
riores para lograr que nos conduzcan lo mejor
posible al Señor, mediante un "pilotaje" efec-
tuado desde el interior y orientado a nuestro
fin?

A. A TRAVÉS DE LA DESOLACIÓN

PROSEGUIR LA RUTA
En la "desolación espiritual" hay un primer
punto que debemos observar: no hay que efec-
tuar ningún cambio con respecto a lo que ha-
cíamos antes de que llegara la depresión. Pero,
¡atención!: es evidente que, si la depresión se
basa en un cansancio físico, habrá que conce-

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derse un mayor descanso; y si tiene su origen con la desolación. ¿De qué manera? En primer
en u n a perturbación psíquica perfectamente lugar, sosegándose lo más posible; cultivando
definida, h a b r á que pensar (siguiendo siempre la calma (incluida la calma física) mediante
el consejo del médico) en un posible cambio de los medios habituales; tratando de distender
estilo de vida. Pero, en condiciones físicas y el cuerpo y el alma incluso en los momentos
psíquicas normales, es preciso conservar el de oración, relajadamente sentados, sin decir
rumbo espiritual trazado con anterioridad. Es- otra cosa que no sea que nos encontramos allí,
to es de u n a elemental prudencia, porque, an- abatidos, que el Señor —en su misterio lo
tes de la depresión, estábamos tranquilos, lú- sabe, y que esto basta.
cidos y en sintonía con el Señor y, consiguien- Apenas esbozada esta calma, considerar ob-
temente, en buenas condiciones para determi- jetivamente lo que nos sucede, como si se t r a -
n a r nuestra línea de conducta (a fortiori, si tara de contemplar una película interior: todo
hemos madurado nuestras decisiones bajo el eso soy yo, pero no es lo esencial de mí mismo.
influjo de u n a acción particularmente vivifi- Constatar los hechos: el Señor me ha puesto
cante de la gracia). Ahora, en medio de la tur- en el banco de pruebas, y todo este ajetreo,
bación, de la oscuridad y del desánimo, las esta conmoción aparentemente trágica, que ex-
condiciones son desfavorables para que poda- perimento en mí, en el fondo es bien poca co-
mos reconocer nuestro camino: los malos ele- sa, puesto que no afecta a lo más profundo de
mentos manifiestan su actividad en nosotros; mi voluntad. Mantener distancias, a fin de
el sentido de la realidad se difumina; y la vi- no dejarse impresionar. ¡Dichoso el que con-
sión de fe se nubla. Si modificamos nuestra serva el humor para consigo mismo!
manera de actuar, lo más probable es que
nuestra nueva decisión resulte defectuosa e
inadecuada. Hay que atenerse firmemente,
pues, a las determinaciones anteriores, con- EN LA FE
formes a los deseos de Dios.
Y, sobre todo, re-crear la confianza, pensando
en las sólidas realidades de la fe. Es verdad que
TENDER A LA CALMA, A LA OBJETIVIDAD ahora no sentimos ninguna relación con Dios,
pero sabemos que la noche está ocultando su
Pero, aunque no debamos efectuar cambios presencia. El que vino a sabiendas de que iba
en nuestro modo de actuar, sí que debemos a ser crucificado, permanece fiel a nosotros:
cambiarnos a nosotros mismos o, mejor dicho, "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el
nuestro estado interior, t r a t a n d o de acabar fin del mundo". Su amor y su ayuda —perci-

38 39
bidos o no, eso es lo de menos— nos bastan. Volver una y otra vez, con regularidad, al exa-
No sólo para salvarnos del mal, sino para per- men, a fin de suprimir los obstáculos y despe-
mitirnos, a pesar del cansancio, seguir esfor- jar el camino.
zándonos en darle a conocer.

ASENTARSE EN LA PACIENCIA
INSISTIENDO EN LA ORACIÓN
A pesar de tales esfuerzos, es posible que la
¿Qué más podemos hacer para disipar nues- "desolación" se prolongue más de lo que de-
tro estado de inquietud y de desgana? Lo con- searíamos. Pero no por ello hemos de volver a
trario de lo que dicho estado nos inspira: Orar. caer en un desaliento que sería peor que el an-
En medio de tan onerosa ausencia de Dios, po- terior. Repitámonos tranquilamente: ¡Pacien-
demos vernos tentados a cesar en nuestra ti- cia, ya pasará...! Con ello se verán atenuadas
tubeante búsqueda. Pero, por el contrario, de- nuestras inquietudes. ¡Paciencia!, las situacio-
bemos insistir, imitando a la viuda del Evan- nes más desesperadas tienen una salida espi-
gelio, que importuna al juez para ser escucha- ritual, todas ellas se resuelven cerca de Dios.
da: «¡Llamad, Harnad, y se os abrirá!». Prolongar Pero esta escapatoria hacia Dios hay que des-
un minuto más la oración, en lugar de ceder a cubrirla pacientemente. Porque Dios nos lleva
las ganas de acortarla. La oración activa nues- muchas veces por caminos de los que nunca
tra fe y nuestro deseo de Dios. Tal vez se vea habíamos querido ni oír hablar y que, desde el
quebrantada nuestra inercia espiritual. Pero, momento en que aceptamos transitar por ellos,
en cualquier caso, crecerán nuestras fuerzas resultan ser los verdaderos y únicos caminos
para mantenernos a la espera de que vuelva de nuestra liberación. ¡Paciencia!, que ya lle-
a nosotros el fervor. gará el momento —antes o después— en que el
Señor, al igual que el Amado del Cantar de los
En medio de la desolación, fácilmente pode- Cantares, nos diga: "Levántate, amada mía,
mos vernos tentados a abandonarlo todo. Pero, hermosa mía, y ven, porque ya h a pasado el
por el contrario, debemos examinar la situación invierno, h a n cesado las lluvias, h a n brotado
para ponerle remedio: ¿cómo me he dejado in- las flores, h a llegado el tiempo de las cancio-
vadir por el desaliento? ¿Estoy manteniendo nes y en nuestra tierra se escucha el arrullo de
la trayectoria anterior? ¿Cuáles son mis debi- la tórtola...".
lidades? ¿Qué cosas dificultan la vuelta del vi-
gor y la alegría espirituales? "¡Oh, Señor, en-
vía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra!".

40 41
B. EN LA CONSOLACIÓN listos y dejar las cosas en su lugar, bastará
que recordemos la pobre imagen que ofrecía-
CONSOLIDAR Y PREVER mos cuando tuvimos que penar a solas en las
"desolaciones" precedentes.
En medio del entusiasmo de la "consola-
ción" no conviene precipitarse en tomar reso- Si tendemos a gloriarnos, llamémonos a la
luciones o hacer promesas a Dios, sino que es humildad, considerando cuan poco podemos
preciso tomarse tiempo, examinar y, si fuera por nosotros mismos. Si, por el contrario, ten-
necesario, pedir consejo. demos a desesperarnos por nuestra mediocri-
dad, pensemos en aquello que Dios h a puesto
En estos períodos de gracia hay que consta- de bueno en nosotros y en lo que nos h a con-
tar hasta qué punto nos transforma la fe real- cedido llevar a cabo por amor a los demás, y
mente vivida. Si estamos atentos a esta expe- agradezcámoselo. De este modo, rectificando
riencia de la vida con Dios, servirá para afir- nuestras desviaciones a base de un movimien-
marnos. Aseguremos sólidamente nuestra vi- to contrario, al objeto de mantenernos en el
da espiritual. Y para que, en lo sucesivo, no justo medio, aseguraremos el equilibrio de
nos veamos sorprendidos, preveamos la con- nuestra marcha.
ducta que habremos de observar cuando lle-
guen los tiempos de "desolación". Hay que re-
conocer los beneficios que Dios nos otorga en
C. DOS INDICADORES DE NUESTRO
estos tiempos de abundancia, a fin de poder
acordarnos de ellos en los días de penuria, del CAMINAR
mismo modo que Israel recordaba en el desier-
to la salida de Egipto. Hay dos indicadores o puntos de referen-
cia que nos ayudarán a verificar la rectitud
de nuestro caminar en su conjunto.
NO GLORIARSE Si, a lo largo de los años, nuestra vida es-
piritual no fomenta en nosotros el sentido de
Las épocas en las que todo marcha perfec- la realidad y el crecimiento de nuestra libertad
tamente en la vida espiritual, ofrecen el pe- interior, es señal de que algo funciona defec-
ligro de que nos enorgullezcamos, atribuyén- tuosamente. Porque es normal que, en una vi-
donos a nosotros mismos la facilidad que ex- da de mayor intimidad con nuestro Creador y
perimentamos. Tendemos entonces a conside- Señor, las criaturas adquieran una mayor con-
rarnos admirables y a creer que hemos alcan- sistencia a nuestros ojos, y que las personas
zado la perfección. Para evitar dárnoslas de y las cosas asuman para nosotros una espe-

42 43
cié de densidad existencial; es normal que el
color del follaje, la rugosidad de una piedra,
los rasgos de un rostro o la singularidad de
cada persona se nos hagan más sensibles. En
esta percepción de lo real no hay nada que
sea incompatible con un radical desprendi-
miento. Pero si nuestra vida espiritual no con- 5
serva este contacto con la realidad, perderá
su equilibrio. Algunas aplicaciones
E igualmente, si la vida espiritual, en lu-
gar de conducirnos hacia la madurez, contri- del discernimiento
buye a mantenernos de una u otra manera en
un infantilismo psicológico, no estará constru-
yéndose en el sentido de Dios. La prolongada
y lenta búsqueda de Dios debe ayudarnos, nor- Para discernir el significado de nuestras
malmente, a librarnos de nuestros temores re- mociones espirituales, la primera condición es
ligiosos y, en la medida de lo posible, de nues- que sepamos percibirlas. Hemos de habituar-
tras cortapisas psicológicas. A la vez que debe nos a estar lo suficientemente atentos a la
asemejarnos progresivamente a Dios, debe realidad para poder sentir, en medio de la ac-
también hacernos cada vez más auténticos y ción misma, si estamos "espiritualmente en
libres en medio de los hombres. Debe llevar- forma" o estamos tristes y deprimidos. Ya sea
nos a ponernos ante el propio Dios como hom- con ocasión de una agitación interior más sen-
bres libres, capaces de decirle "no" a Dios, que sible, ya sea en algún momento determinado
nos ha dado el poder de hacerlo, y responderle, del día —el examen de la noche puede serlo
sin embargo, que "sí"; y ello no por coacción perfectamente—, parémonos delante de Dios
de ningún tipo, sino por simple reciprocidad y pidámosle que sepamos penetrar mejor en
para con el conmovedor amor de nuestro Sal- nuestras propias disposiciones espirituales y
vador. discernir con más perfección las causas que les
Sentido de la realidad y libertad interior, han dado origen. Sin necesidad de recogerse
pues, son los dos signos verificadores. Y la ex- excesivamente en uno mismo; basta con una
periencia nos muestra que no son en absoluto simple mirada para actuar. Y si no descubri-
superfluos (Véase el capítulo 12: Decisiones mos nada, es inútil que nos rompamos la cabe-
realistas). za; esperemos. Si, por el contrario, descubri-

44 45
mos los motivos de nuestras fluctuaciones in- Hay en el estado de esta persona elemen-
teriores, podremos responder mejor a las in- tos muy valiosos: esta persona reza, lamenta
clinaciones que nos vienen del Espíritu. su falta y tiene la intención de confesarse. Es-
En la "consolación", Dios nos atrae a sí; tas mociones van en el sentido del Señor. Pero
nos anima a buscar los pensamientos y senti- hay otros elementos que falsean el conjunto
mientos que nos vivifican. En la "desolación", de su actitud espiritual: un temor de Dios que,
sin embargo, Dios se abstiene, por así decirlo: probablemente, no procede tanto de su peca-
ésa no es su ruta. Debemos, pues, retornar a do cuanto de una reacción psicológica habi-
aquellos pensamientos que son opuestos a los tual. Incluso es probable que su tendencia psi-
que nos hunden en el marasmo. cológica falsee la totalidad de sus relaciones
con Dios: ¿ha descubierto verdaderamente
que Dios le ama? Hay en su fundamental t e -
mor algo que no concuerda con el amor que
CONTRICIÓN Y DESALIENTO
Dios nos h a manifestado en Cristo.
Sería inútil t r a t a r de desarrollar este asun- Este temor tiene el peligro de hacerle exa-
to en abstracto. Tomemos, pues, dos casos que gerar sus propias faltas. Habrá que verlo. En
presentábamos al comienzo de estas páginas cualquier caso, deberá abrirse a perspectivas
y tratemos de resolverlos. espirituales más apropiadas; y tendrá que des-
montar su tendencia psicológica, buscando
A raíz de mi pecado, siento temor de Dios.
con paciencia lo que dicha tendencia está en-
Rezo más que nunca y, a pesar de mi deseo
cubriendo. Pero es poco probable que lo con-
de reconciliación, no consigo recuperar el sen-
siga sin la ayuda de un auténtico diálogo es-
tido del perdón. Me siento abrumado por mi
piritual.
indignidad y no logro volver a ponerme en
marcha. ¿Es esto una contrición que Dios in-
funde en mí o una tentación de desaliento que UNA INSÓLITA TRISTEZA
t r a t a de impedirme volver a vivir con Dios?
¿Qué responder? Lo primero que debe cons- Acabo de pasar el día con unos amigos, y
me he mostrado con ellos animado y alegre.
t a t a r esta persona es precisamente que se en-
Pero ahora, de vuelta a casa, me siento va-
cuentra abrumada y paralizada, que no con-
cío y hastiado. Nada me interesa. ¿Por qué?
sigue acceder al sentimiento del perdón, a pe-
¿Es efecto de la soledad o es señal de que en
sar de su áeseo. Son características propias de
mi actitud con los demás había algo que no
la "desolación".
era del todo correcto?

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47
He ahí a este estudiante, paralizado por el creía". Es precisa esta oración humilde. Es
hecho insólito de su tristeza. ¿Qué significa preciso llegar a saberlo, para no volver a caer
esta caída de "tono"? Puesto que p a r a él no se en ello.
t r a t a de investigarlo desde un punto de vista
puramente psicológico, convendrá que se pon-
ga en presencia de Dios y le pida su Luz. Y des- LA PREOCUPACIÓN POR UNA VIDA
pués, que reflexione. PERSONAL
Su alegría se h a desvanecido al quedarse
solo. Si hubiera sido una auténtica alegría, si Tal desvelo por reconocer y seguir las indi-
hubiera sido u n a entrega incondicional a los caciones de Dios, tal finura espiritual, supone
demás, algo de ella quedaría: la satisfacción evidentemente que existen en nosotros el de-
de haber complacido a unos amigos, el pensa- seo de u n a vida personal y la voluntad de in-
miento de que h a servido para dejarles recon- fluir en los acontecimientos y no quedar a
fortados. De la pasada alegría quedaría algún merced de las influencias y las fantasías, con
aroma. ¡Pero no exhala más que tristeza! lo que, de rechazo, nuestra personalidad se
afianza en esa andadura clarividente y fiel.
Si su alegría hubiera estado limpia de toda
búsqueda de sí mismo, la soledad sería ahora Al principio, cuando aún nos toca iniciar-
para él un descanso. Se deleitaría en recordar. nos en el discernimiento (y, posteriormente,
Le sería fácil darle gracias a Dios por la jor- en todos los casos difíciles), deberemos pedir
n a d a que h a pasado. Y conservaría el deseo consejo a algún guía espiritual que pueda ilu-
de vivir para los demás. Pero en su boca no minarnos acerca de estas "mociones del alma".
hay más que amargor. Pero es a la larga, sobre todo, como este
Había, pues, en mi alegría algo falso. Pero discernimiento dará sus frutos. Con el tiempo,
¿cuál?: "En mi deseo de ser todo para los de- las observaciones se agregan y se recortan unas
más, ¿no he reservado algo para mí? ¿No h a - a otras; aparecen unas determinadas cons-
bré forzado ciertos rasgos de mi carácter pa- tantes; se esbozan las grandes líneas del com-
ra hacerme valer? ¿No me habré buscado a portamiento espiritual. Así aprenderé a cono-
mí mismo, de un modo sutil, sin duda, pero no cerme, a saber cómo debo proceder y qué dis-
por ello menos real? Ahora que me encuentro posiciones espirituales debo fomentar para
solo, estoy triste, porque me siento privado de que, en mí, todo encuentre su equilibrio. Poco
esa satisfacción de mí mismo. Frustrado por a poco descubriré una manera de actuar y de
la admiración que, sin saberlo, estaba esperan- ser sumamente sencilla, pero auténticamente
do. El orgullo está en mí más vivo de lo que preciosa para vivir mi fe.

48 49
6
Para tomar una decisión

EJERCITARSE EN RECONOCER
LOS INDICIOS

En el caso de tener que tomar una opción,


¿de qué modo nuestras reacciones "tonifican-
tes" o "deprimentes" pueden iluminar nuestra
decisión? Las "mociones del alma", con tal de
que sepamos interpretarlas, nos proporcionan
determinados indicios acerca de lo que nos po-
ne o no en sintonía con Dios. Nos vemos lle-
vados, pues, a preguntarnos si el hecho de que
una solución, considerada delante de Dios,
nos vivifique o, por el contrario, nos turbe, per-
mite optar por ella o rechazarla.
(Tras exponer el motivo de este nuestro
proceder, vamos a hablar únicamente de aque-
llos casos en los que podemos aplicar por nos-
otros mismos este discernimiento, sin perjui-
cio de que pueda producirse de tarde en tarde
un control exterior a nosotros).
En las decisiones que comprometen de un

51
modo definitivo la vida, como es el caso de Pero, aparte de estas importantísimas de-
optar entre matrimonio y celibato consagra- cisiones, hay toda una multitud de circunstan-
do, el sondear los tiempos fuertes y los tiem- cias en las que podemos iluminar nuestras de-
pos débiles de la vida espiritual puede arro- cisiones atendiendo a las reacciones espiritua-
jar mucha luz y, en ocasiones, basta para re- les que casi nunca dejan de provocar: "¿Debo
solver el problema planteado. Pero semejante ingresar en tal movimiento de militancia cris-
sondeo es prácticamente irrealizable sin la tiana? ¿Voy a seguir colaborando en la obra
ayuda de un guía experimentado. Efectivamen- de alfabetización, a pesar del trabajo que ten-
te, hay que reconsiderar toda la trayectoria de go a final de curso? ¿Qué parte de nuestro pre-
la propia vida, con sus altibajos; examinar los supuesto vamos a entregar para el Tercer
sentimientos y pensamientos que han actuado Mundo?", etc.
en los diversos períodos; descubrir por qué ca- En tales casos, ¿puedo decidir únicamente
minos nos ha conducido Dios; y, finalmente en razón de mi reacción espiritual de gozo, de
—teniendo en cuenta nuestro temperamento,
paz o de turbación frente a las distintas solu-
nuestras capacidades, nuestra trayectoria es-
ciones? No; atendiendo únicamente a eso, no.
piritual, nuestras aspiraciones y nuestras re-
En primer lugar, puede ser que no experimente
sistencias—, ver en qué consiste aquello para
lo que Dios nos ha hecho. Semejante tarea de ninguna reacción ante ninguna de las hipó-
discernimiento supone una serie de indicios tesis. O puede ser que las "mociones" que ex-
complementarios, más sutiles y delicados de perimente no sean lo bastante caracterizadas
manejar que los que hemos dado. Esta tarea como para sacar conclusiones. Y sobre todo, si
debe hacerse en un ambiente de retiro expre- no estoy habituado a distinguir el aspecto psi-
samente buscado para orientar la propia vida. cológico y el carácter religioso de mis reaccio-
Y es que el decidir acerca de la propia vida nes, corro el peligro de interpretar mis impre-
bien merece unos días de reflexión delante de siones como si fueran datos espirituales. Cuan-
nuestro Creador y Señor. do alguien preguntó al Padre Lebreton: "Al
pasar por delante de una iglesia, me siento im-
Hay otras decisiones que, sin ser definiti- pulsado a entrar en ella. ¿Qué debo hacer?", el
vas, también requerirían un tiempo de recogi- Padre respondió: "Ante todo, no haga nada.
miento: elección de un/a novio/a, orientación Vea primero si es razonable".
profesional, aceptación de una importante res- Así es, evidentemente. Es preferible comen-
ponsabilidad, etc. Pero ¡cuan raramente nos zar por ver lo que es razonable. Y no me re-
preocupamos de considerar estas cosas delan- fiero a lo que es razonable según el criterio de
te de Dios! una prudencia de tejas abajo, sino a lo que es

52 53
razonable a los ojos de la fe: Sopesadas las mos un ejemplo: me han ofrecido asumir una
cosas como es debido, ¿qué solución es la sen- responsabilidad en un grupo de Acción Cató-
sata delante de Dios? lica, y resulta que tengo ya muchas ocupacio-
nes; ¿qué hacer: aceptar o declinar el ofreci-
miento? Deberé considerar ambas hipótesis, a
PRIMERO, DAR CON LA SOLUCIÓN fin de poder ver sus ventajas y sus inconve-
RAZONABLE nientes.
Si acepto, ¿lo soportará mi salud? ¿A cuán-
¿Qué línea seguir para llegar a esa sensa- tas reuniones tendré que asistir a la semana?
tez, a esa prudencia, que ha de ser percibida ¿Qué carga suplementaria de trabajo supone?
delante de Dios? Lo primero es establecer un ¿No se resentirán de ello la familia, el trabajo
tiempo determinado para recogerse en su pre- profesional, los deberes propios de mi esta-
sencia. Ver cuál es la elección concreta que hay do, etc.? Metido en tantos quehaceres, ¿con-
que hacer. Recordar que, en definitiva, se trata servaré la suficiente calma y el suficiente equi-
de amar más al Dios vivo y hacérselo descu- librio para orar? Por otro lado, el aceptar está
brir a los demás. Para no imponerle a Dios las en la línea de la generosidad para ayudar a
propias preferencias, esforzarse por no desear otros a encontrar a Cristo... Pero, si desem-
más una solución que otra, mientras no se ha- peño mal mis obligaciones, si pierdo contacto
ya visto cuál es la que conviene. Orar a Dios con el Señor, ¿qué saldrán ganando con ello
desde el fondo de uno mismo para lograr una tanto el Señor como los demás? Habrá que po-
visión clara de las cosas y un deseo acorde con ner un poco de orden en las reflexiones. Y lue-
el suyo. Habrá que detenerse más o menos en go considerar con el mismo realismo la otra
esta preparación, según sea la importancia de solución.
la decisión que haya que adoptar. Si no acepto, ¿qué ventajas reportará ello
A continuación, y siempre que el problema a mi familia y a mis restantes responsabili-
lo requiera, examinar éste desde todos sus án- dades? ¿Qué inconvenientes evitaré?... Por el
gulos, a imitación del propio Dios, a quien no contrario, ¿va a quedar ese grupo de Acción
se le escapa nada. Averiguar cuáles son las Católica en el puro abandono?... Habré de
ventajas e inconvenientes de las distintas so- agrupar y examinar ordenadamente los as-
luciones en relación a lo que constituye el fon- pectos positivos y negativos para mi vida cris-
do de nuestra vida: nuestra relación con el tiana entre los demás.
Señor.
Después, una vez sopesadas las ventajas e
Para no quedarnos en vaguedades, ponga- inconvenientes de una y otra hipótesis, com-

54 55
probar de qué lado se inclina la prudencia, sin La solución razonable se veía corroborada,
dejarme influir por las impresiones. Bien pen- pues, por sus reacciones de "consolación - de-
sado todo delante de Dios, ¿cuál es la solución solación", que no hacían otra cosa sino refor-
razonable? En el ejemplo que hemos citado, el zarla. Podía declinar sin temor la propuesta
militante laico consideró que no era razonable que le habían hecho. A nadie le habría intere-
aceptar.
sado que aceptara: ni a él mismo, ni a Dios,
ni a los demás.
LUEGO, VER SI LAS "MOCIONES El modo de decidir que acabamos de esbo-
ESPIRITUALES" LO CORROBORAN zar puede aplicarse en numerosas circunstan-
cias: primero, ver lo que es razonable delante
Veamos ahora cómo su inicio de decisión
de Dios; luego, buscar confirmación de la de-
era corroborado por sus "mociones espiritua-
cisión que se haya entrevisto, descubriendo de
les", ya que éste es el problema que planteába-
mos al principio. Ante la propuesta que le h a - qué lado se encuentran la paz y el vigor espi-
bían hecho, este individuo temía pecar de fal- rituales. Si, en lugar de ser confirmada, la deci-
ta de generosidad. Temor, por otra parte, ca- sión resultara contradicha por esta segunda
rente de fundamento, porque en realidad esta- fase, habría que reconsiderar el problema: en
ba dispuesto a aceptar, no deseando más u n a algún momento se habría producido una falta
solución que otra. Pero también la perspecti- de objetividad. En caso de necesidad, habría
va de aceptar le dejaba intranquilo, como si que pedir consejo. Lo importante en este pro-
se hallara ante una profunda disonancia: las ceso de búsqueda es desligarse de la sensibili-
cosas no encajaban del todo. Y la inquietud dad y de las impresiones, superar los primeros
persistía, incluso bajo la mirada de Dios. La temores, para situarse en el plano religioso,
aceptación, pues, no iba "en el sentido de como h a n tratado de dar a entender los capí-
Dios". tulos precedentes.
La negativa, por el contrario, a pesar de
En aquellos casos en que la búsqueda de
una generosidad menos aparente, le dejaba pa-
cificado de cara a Dios y a sus propias respon- u n a corroboración no dé resultado, porque nos
sabilidades. Más allá del desagrado que le cau- hallamos espiritualmente inertes, guardémo-
saba esta perspectiva de la negativa, se sen- nos muy mucho de forzar las "mociones del
tía en sintonía con Dios. No se trataba, pues, alma" para obtener de ellas luz a toda costa,
de una paz falsa, que sólo habría servido para porque esta luz sería engañosa. Tomemos en-
encubrir una huida. tonces resueltamente la decisión que haya p a -

56 57
recido más prudente, porque será la que me-
jor responda a las inspiraciones que Dios nos
haya dado por el momento.
Cuando, antes de tomar una decisión im-
portante, dispongamos de tiempo, convendrá
volver varias veces sobre el asunto en diferen-
tes días. Esta forma de proceder permite veri-
7
ficar lo que puede haber de efímero o de sóli-
do en nuestras reacciones, que de este modo re- El despertar del deseo
sultarán más decantadas y más fiables. Y sa-
bemos, además, que la experiencia de las "con- espiritual
solaciones y desolaciones" se revela provecho-
sa en la medida en que se ha hecho algo fa- por C. Flipo
miliar.

Después del práctico y sugerente comen-


tario anterior acerca de las primeras reglas
de discernimiento propuestas por San Igna-
cio, tratemos ahora de reflexionar, a la luz de
la Escritura, sobre las etapas de dicho discer-
nimiento. ¿Qué ocurre en nosotros cuando
"despertamos" a este sentido espiritual? ¿Por
qué apunta más a las agitaciones que se pro-
ducen en nuestra afectividad que al discurso
de nuestra razón? ¿Cómo puede ayudar no só-
lo a dar con la solución acertada en un caso
concreto, sino también a coincidir con la ac-
ción que Dios realiza en el crecimiento de
nuestras personas y comunidades?

LA ACCIÓN DE DIOS
¿Dónde, pues, actúa Dios? Dios actúa en

58 59
nuestro deseo. Y actúa atrayendo. He ahí su sencia nos hace experimentar es —como en
forma de actuar: "Nadie viene a mi si el Pa- "negativo", por así decirlo— la señal de una
dre no le atrae", dice Jesús. Y su primera frase promesa. Pero ¿cómo hallarlo? ¿Cómo respon-
a los discípulos que le siguen es una pregunta der a esa gran llamada que estalla en un haz
digna de consideración: "¿Qué andáis buscan- de multiformes y contradictorios apetitos?
do?". Pregunta que, en principio, queda sin Dios nos ofrece "el hilo de Ariadna". Porque
respuesta, pues es ciertísimo que nunca acaba- es ahí, en los meandros de nuestro deseo, don-
remos de encontrar lo que verdaderamente de- de él actúa incesantemente, ayudándonos a
seamos: crecer, ser felices, hacer un mundo poner orden en ese caos, a separar la luz de
más humano, hallar placer o gozo, ser a m a - las tinieblas, como en el primer día de la crea-
dos... ¡Incurable herida la que ocasiona este ción.
perenne deseo de algo distinto, siempre más
allá...!
"La mujer es una promesa que no puede LA LUCHA INTERIOR
ser cumplida", ha dicho un sabio. Y Teresa de
Jesús, t a n familiarizada con el Espíritu, con- La creación es una separación: en virtud
fesaba: "Nuestro deseo es sin remedio". De- de las leyes de la naturaleza, el Creador separa
seamos muchas cosas y, en el momento en que el día de la noche, el cielo de la tierra, lo seco
las obtenemos, descubrimos que no son lo que de lo húmedo, y los seres vivos según su espe-
esperábamos. A fuerza de decepciones o de pre- cie. Este es también el papel de la ley moral,
sentimientos, nuestro deseo no deja de crecer, ese primer "hilo de Ariadna" que el Creador
como si el vacío que hay que llenar fuese in- dejó en el corazón del hombre y que es lo que
finito: "Todos esos deseos que pretenden ser permite separar, distinguir, el bien del mal. En
colmados son como cosas que intentan reem- la oscura y ambigua masa de nuestros deseos,
plazar lo que una vez perdí y que, sin embar- la conciencia moral efectúa un primer discer-
go, yo sé que no pueden reemplazarlo" (E. Io- nimiento entre dos grandes orientaciones. A
nesco). estas dos corrientes que se contraponen, San
¡Lo que hemos perdido! Un amor presen- Pablo las denominaba "la carne" y "el espí-
tido, capaz de colmarnos y de no decepcionar- ritu".
nos nunca... Un amigo capaz de reconstruir- Según él, "la carne" no es el placer de los
nos en su alma a medida que vamos decepcio- sentidos, sino el hombre entregado a sus so-
nándolo... De hecho, el paraíso nunca está del las fuerzas, atraído hacia las cosas terrenas.
todo perdido. El propio sufrimiento que su au- Privado de su unidad interior, el hombre se

60 61
desmorona desde sus cimientos, arrastrado por EL DESEO DEL ESPÍRITU
los "deseos de la carne" hacia una degrada-
ción del amor, de lo sagrado, de la unión y de La Autobiografía de Ignacio de Loyola ofrece
la verdad. en sus primeras páginas un relato, que ya se
Por el contrario, "el espíritu" es el hombre ha hecho clásico, de este despertar del espí-
abierto al Espíritu de Dios como principio de ritu. En la época de su conversión, dice Igna-
su unificación interior, y renovado por él en cio, Dios le trataba como un maestro de es-
su afectividad y en su juicio. Es esta parte de cuela, enseñándole a leer lo que tenía lugar en
nosotros mismos la que aspira a las cosas de su alborotada afectividad. Aún convalecien-
te, Iñigo sueña. Durante horas imagina lo que
arriba, atraída por la ternura del Padre.
habría de hacer para triunfar a los ojos del
He ahí cómo "la carne tiene deseos contra- mundo. En otros momentos, la lectura de la
rios a los del espíritu, y éste los tiene contra- vida de San Francisco hacía nacer en él otro
rios a los de aquélla; y es que ambos están en tipo de reflexiones y de imágenes. Pero se da-
conflicto. Por eso no podéis hacer lo que que- ba esta diferencia: que cuando soñaba con
rríais. En cambio, si os dejáis llevar por el Es- éxitos humanos, encontraba placer en ello de
píritu de Dios, no estaréis sometidos a la ley" momento; pero cuando, cansado, dejaba de
(Gal 5, 17). Porque la ley pone de manifiesto pensar en ello, se hallaba deprimido. Y al con-
el conflicto, pero no por ello proporciona la trario, cuando soñaba en hacer las cosas que
fuerza necesaria para superarlo. La ley es un hicieron San Francisco u otros amigos del Se-
principio de discernimiento que permite ver, ñor, no sólo experimentaba al instante gran-
pero no es capaz de hacer querer. El Evange- des impulsos, sino que quedaba después ale-
lio, sin embargo, es mucho más que la ley; es gre y lleno de contento.
el anuncio de una fuerza interior, de una ani- De una parte, imágenes vanas que dejan
mación divina, que permite superar el antago- frustrado su deseo; de otra, imágenes inten-
nismo. A todos aquellos que han sido incorpo- sas que alimentan ese mismo deseo de alegría
rados a Cristo Jesús por la fe, el Espíritu viene y esperanza. Hasta que un día cae en la cuen-
a introducir su poder en el corazón, que desea ta de esta diferencia y comprende "la diversi-
el bien: el Espíritu concluye San Pablo dad de los espíritus que se agitaban, el uno
acude en ayuda de nuestra debilidad para que del demonio y el otro de Dios". La percepción
sepamos orar y desear como conviene; y El, consciente de la diferencia entre dos estados
que sondea los corazones, sabe cuál es el deseo psicológicos característicos ilumina al Peregri-
del espíritu (cf. Rom 8, 27). no y le hace descubrir el origen de sus pensa-

62 63
mientos. El hombre intenta averiguar dónde de salir de la mediocridad. Y es un pensamien-
se halla su verdadera felicidad. Imagina su fu- to, una imagen, que nos "trabaja" desde den-
turo sirviéndose de las imágenes que le propor- tro y nos deja alegres y contentos. He ahí dón-
cionan sus recuerdos, sus diversos encuentros, de comienza el discernimiento espiritual, la dé-
sus lecturas...; o adoptando espontáneamente bil luz que únicamente espera nuestro sí para
las imágenes de felicidad que le propone la iluminar nuestra vida y caldear nuestro co-
sociedad a través de los "mass-media" y la razón.
publicidad. Pero ¿qué imagen será la que h a -
ga que resuene en él el deseo del espíritu? El
Antiguo Testamento prohibía esculpir imáge-
nes de Dios, con objeto de evitar que el hom-
bre t r a t a r a de hacerlo a su propia medida y
realizara una copia conforme a los modelos
sociales o un ídolo del deseo de la carne. Ha-
bría de venir Jesús, única imagen verdadera
de Dios, para que, viéndole vivir y entregar su
vida por amor, el espíritu de los discípulos se
despertara y adoptara las dimensiones del Es-
píritu de Dios.
Lo mismo sucede con nosotros. El mundo
nos asedia —como si fuéramos una fortaleza
a conquistar- con los estereotipos del éxito
humano. Y el deseo del espíritu permanece
baldío, incapaz de reconocerse entre todas las
realizaciones de la ambición o del consumo.
Pero he aquí que, un día, cierta lectura, cierto
ejemplo, cierta frase escuchada al azar, hace
que surja en nuestro corazón la pregunta de-
cisiva: ¿por qué no? ¿Por qué no yo? Dios h a
hablado. Su Espíritu nos ha tocado y h a des-
pertado nuestro espíritu. Se t r a t a de un enor-
me impulso interior o, más sencillamente, de
una pequeña esperanza de ir hacia adelante,

64 65
8
La Ley, educadora
del deseo
por E. Pousset

¿Quién piensa en la ley al hablar de "dis-


cernimiento espiritual"? Sin embargo, resul-
ta que olvidarla significa estar permanente-
mente sometido a la ilusión y al engaño. San
Pablo afirma que la ley desempeña la función
de "pedagogo" hacia Cristo (Gal 3. 24). Deje-
mos, pues, que la Biblia nos hable de ello.

ELEGIR DE ENTRE TODOS LOS ARBOLES


La ley, bajo la desnuda forma de una prohi-
bición, es la segunda palabra que Dios dirige
al hombre al que ha creado. La primera abre
la puerta a nuestro deseo: "De cualquier ár-
bol del jardín puedes comer" (Gn 2, 16), cosa
que nadie de nosotros —ni siquiera hoy, en que
parece que deseamos tantas cosas— llega a

67
creer. Por eso Dios abre la puerta no median- sustancia viva y espiritual se
te una invitación, sino mediante una orden:
"Y Dios impuso al hombre este mandamien-
to: De cualquier árbol del jardín puedes co-
mer". Obsérvese ese "puedes". Dios no dice:
"Come de todo". Porque no se come de todo,
sino que se escoge. Pero sigue siendo una or-
den. Y como apenas somos obedientes, ni si-
quiera somos capaces de admitir que podamos
comer de cualquier árbol del jardín. Y no cabe
duda de que, de momento, más vale así, porque
esa libertad nos volvería locos y nos haría mo-
rir. Es bueno, muy bueno, que existan algunos
de esos límites que llamamos "complejos" y
que impiden que se produzca una total hemo-
rragia de nuestra sustancia hasta su agota-
miento absoluto.
Y ahora viene la segunda palabra: "Pero
del árbol de la ciencia del bien y del mal no co-
merás, porque el día que lo hicieres morirás
sin remedio". Y de pronto, como no somos lo
bastante libres ni lo bastante obedientes (am-
bas cosas van unidas), tenemos la vaga impre-
sión de que se nos arrebata todo. Basta esta
vaga impresión para que nos veamos bajo la
zarpa de la tentación. Es de esto de lo que nos
habla el siguiente capítulo del Génesis.

UNA LEY QUE PROTEGE DE


LA REGRESIÓN
Ahora bien, ¿qué es lo que hace la ley? La
ley sutura el orificio por el que toda nuestra

68
por una moral o por las normas de u n a deter- pelan. La Palabra de Dios no está destinada
minada institución, no poseerán un efecto únicamente a ser oída, sino a ser vivida; no es
transformador. Lo que yo hago, el conjunto de u n a música, sino un alimento; es un instru-
mis decisiones —que debo reinventar cada día mento de creación. Y no será nutritiva y crea-
para poder vivir de ellas— es el alimento de tiva para nosotros a no ser que, con ocasión de
mi crecimiento personal.
nuestras decisiones, la Palabra que hemos oído
Impresionan las palabras de Jesús: "Mi Pa- sea, en nuestras actuaciones, La que nos soli-
dre y yo trabajamos siempre". Pero ¿cómo t r a - cita en el momento de actuar. Hay, pues, un
baja Dios? Dios no "hace", sino que "delega". trabajo incesante de Dios en el hombre, y un
Dios trabaja en el hombre y por medio del trabajo del hombre, que con sus opciones su-
hombre, a quien deja el cuidado de proseguir ple el trabajo divino. Y es en la Palabra de
su obra. Así es como Cristo creó su Iglesia, con- Dios donde reside el elemento organizador que
fiando a una docena de hombres corrientes y hace que el mosaico de nuestras decisiones for-
vulgares la misión que, aparentemente al me- me en nosotros su imagen.
nos, él no había hecho sino esbozar. Hoy somos
nosotros esos hombres, y estamos llamados a
buscar la voluntad de Dios en todas las cosas.
LIBERACIÓN PREVIA
Lo cual quiere decir que hemos de adoptar un
género de vida que es el de Cristo, respondien-
Tal es el alcance de nuestras decisiones. Y
do a lo que él espera de nosotros en cada oca-
esto supuesto, hay que decir que resulta muy
sión, en cada acontecimiento, sin conocer de
difícil vivirlas de tal modo que desempeñen
antemano cómo debemos poner en práctica su
Palabra en nuestras opciones y decisiones. efectivamente su papel. Incluso lo que llama-
mos "nuestras" decisiones, ¿son verdadera-
Porque la Palabra de Dios es nuestra úni- mente nuestras?
ca referencia ante lo imprevisto, y a nosotros
nos toca interpretarla. Esta Palabra se dirige Nuestra libertad es difícil de practicar. No
directamente a nosotros; pues no se t r a t a de sólo porque tropieza con obstáculos externos,
palabras en general, sino de una llamada par- sino porque hay en mí mismo un obstáculo a
ticular que llega a nosotros de dos m a n e r a s : a mi libertad aún más sutil.
través de la Escritura inmutable, incesante- — bien sea porque yo vacilo ante el es-
mente meditada e interpretada en la Iglesia, fuerzo que supone informar concreta-
y a través de los acontecimientos, las ocasio- mente mi decisión, con el fin de adop-
nes y los imprevistos cotidianos que nos inter-
tarla con pleno conocimiento de causa;

96 97
por una moral o por las normas de u n a deter- pelan. La Palabra de Dios no está destinada
minada institución, no poseerán un efecto únicamente a ser oída, sino a ser vivida; no es
transformador. Lo que yo hago, el conjunto de u n a música, sino un alimento; es un instru-
mis decisiones —que debo reinventar cada día mento de creación. Y no será nutritiva y crea-
para poder vivir de ellas— es el alimento de tiva para nosotros a no ser que, con ocasión de
mi crecimiento personal.
nuestras decisiones, la Palabra que hemos oído
Impresionan las palabras de Jesús: "Mi Pa- sea, en nuestras actuaciones, La que nos soli-
dre y yo trabajamos siempre". Pero ¿cómo t r a - cita en el momento de actuar. Hay, pues, un
baja Dios? Dios no "hace", sino que "delega". trabajo incesante de Dios en el hombre, y un
Dios trabaja en el hombre y por medio del trabajo del hombre, que con sus opciones su-
hombre, a quien deja el cuidado de proseguir ple el trabajo divino. Y es en la Palabra de
su obra. Así es como Cristo creó su Iglesia, con- Dios donde reside el elemento organizador que
fiando a una docena de hombres corrientes y hace que el mosaico de nuestras decisiones for-
vulgares la misión que, aparentemente al me- me en nosotros su imagen.
nos, él no había hecho sino esbozar. Hoy somos
nosotros esos hombres, y estamos llamados a
buscar la voluntad de Dios en todas las cosas.
LIBERACIÓN PREVIA
Lo cual quiere decir que hemos de adoptar un
género de vida que es el de Cristo, respondien-
Tal es el alcance de nuestras decisiones. Y
do a lo que él espera de nosotros en cada oca-
esto supuesto, hay que decir que resulta muy
sión, en cada acontecimiento, sin conocer de
difícil vivirlas de tal modo que desempeñen
antemano cómo debemos poner en práctica su
Palabra en nuestras opciones y decisiones. efectivamente su papel. Incluso lo que llama-
mos "nuestras" decisiones, ¿son verdadera-
Porque la Palabra de Dios es nuestra úni- mente nuestras?
ca referencia ante lo imprevisto, y a nosotros
nos toca interpretarla. Esta Palabra se dirige Nuestra libertad es difícil de practicar. No
directamente a nosotros; pues no se t r a t a de sólo porque tropieza con obstáculos externos,
palabras en general, sino de una llamada par- sino porque hay en mí mismo un obstáculo a
ticular que llega a nosotros de dos m a n e r a s : a mi libertad aún más sutil.
través de la Escritura inmutable, incesante- — bien sea porque yo vacilo ante el es-
mente meditada e interpretada en la Iglesia, fuerzo que supone informar concreta-
y a través de los acontecimientos, las ocasio- mente mi decisión, con el fin de adop-
nes y los imprevistos cotidianos que nos inter-
tarla con pleno conocimiento de causa;

96 97
liberación racional, sino que es preciso hallar
su confirmación en la afectividad.
Tras haber escuchado la pregunta que el
acontecimiento nos hace de parte del Señor, y
tras haber respondido a esta interpelación, re-
conocemos en nuestro corazón la respuesta del
Señor, que nos da su Paz como lo ha prome- 12
tido.
La decisión es el instante crucial en que pa-
samos de un estado a otro; es la manifestación
Decisiones realistas
de la vida. Es en ese instante cuando la Pala- por M. Hoel
bra de Dios continúa, a través de nosotros, su
obra creadora, y Dios puede decir a través de lo
que nosotros hacemos: "Creemos al hombre a
nuestra imagen". Creemos el mundo a imagen Una decisión verdaderamente espiritual,
inspirada por el Espíritu, es una decisión rea-
del Reino de Dios.
lista; es decir: se inserta normalmente, sin de-
masiados esfuerzos, en lo real, porque lo uti-
liza, le obedece y acepta ser evaluada por él
(por lo real). O sea que, para ayudar al discer-
nimiento, existen —junto a criterios más in-
ternos— otros criterios exteriores, objetivos,
es decir, independientes de nuestra voluntad
y de nuestras intenciones. Vamos a tratar de
describir algunos de ellos.

EL CRITERIO DE LAS CAPACIDADES


"¿Quién de vosotros, queriendo edificar una
torre, no se sienta primero a calcular los gas-
tos y ver si tiene para acabarla?" (Le 14, 28).
Todos pensamos que esto es evidente. Pero ¿lo
ponemos en práctica...? Nada bueno puede de-
cidirse si uno no comienza por preguntarse

102 103
de consejero. Debemos escucharla atentamen-
temente, no en virtud de una copia literal
te, en el convencimiento de que no podría h a -
y externa de sus acciones, tal como los evan-
ber contradicción entre nuestras "voces inte-
gelios nos las h a n transmitido. "Es el Espí-
riores" y la suya. Porque, como observa San
ritu el que da vida; la carne no sirve de n a -
Ignacio, creemos que "entre Cristo nuestro Se-
da" (Jn 6, 63); es el Espíritu el que "da tes-
ñor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo
timonio" (Jn 15, 26) en el creyente de la signi-
espíritu que nos gobierna y rige".
ficación y el alcance de la vida y la muerte de
Jesús. Como el propio Jesús lo prometió for-
malmente: "En verdad os digo que quien cree
EL EJEMPLO DE CRISTO en mí, h a r á también él las obras que yo hago,
y las h a r á aún mayores, porque yo voy al Pa-
"Vivid en el amor como Cristo nos amó y dre" (Jn 14, 12); y "el Espíritu Santo, que el
se entregó por nosotros" (Ef 5, 2). Una deci- Padre enviará en mi nombre, os enseñará to-
sión auténticamente espiritual, decíamos al das las cosas y os recordará todo lo que yo os
comienzo, es una decisión realista. Ahora bien, he dicho" (Jn 14, 26).
el realismo se ejerce a dos niveles que la refle-
Así pues, el Espíritu vela para que quienes
xión obliga a distinguir, pero cuya unidad pro-
invocan el Reino de Dios no empleen, en su es-
funda se manifiesta en el interior mismo de
fuerzo por hacerlo llegar, unos medios que
toda decisión espiritual. Puede decirse, inclu-
fueran la negación de dicho Reino. El Espíritu
so, que la experiencia de esta unidad consti-
nos hace recordar las Bienaventuranzas y, hoy
tuye la señal más evidente de lo "espiritual".
día de un modo especial, la bienaventuranza de
El considerar las capacidades y las necesi- la pobreza, con todos los "armónicos" de hu-
dades significa caer en la cuenta de la impor- mildad y sencillez que conlleva. En esta pers-
tancia de la creación. El hombre espiritual ja- pectiva, quien orienta su acción a la promo-
más anda trampeando frente a las criaturas. ción de los más desfavorecidos, quien se preo-
Pero tampoco desea sustraerse al realismo de cupa de que los marginados de nuestra socie-
la historia de la Salvación, porque el único ca- dad accedan a la justicia y a la dignidad, está
mino que puede seguir con toda seguridad y actuando según el Espíritu de Cristo. A condi-
fidelidad es el de Cristo en su misterio pas- ción, eso sí, de que evite todo espíritu de poder
cual: "Era necesario que Cristo sufriera para y de orgullo. Porque el Espíritu de Cristo es un
entrar en su gloria" (Le 24, 26). ¿De qué ma- espíritu de servicio que no busca las alaban-
nera puede ser la imitación de Cristo una nor- zas, ni la aprobación de los demás, ni ningún
ma objetiva para nuestras decisiones? Eviden- tipo de beneficio propio: "Cuando hayáis he-

108 109
cho todo lo que os fue mandado, decid: 'Somos
siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos
hacer' " (Le 17, 10).
Finalmente, debemos saber — siempre gra-
cias al Espíritu— que seguir el camino de Cris-
to supondrá, inevitablemente, actuar a través 13
de u n a muerte y una resurrección, según la
dimensión pascual de toda existencia h u m a n a .
Por supuesto que ni el sufrimiento ni el fraca- Un "sí" incondicional
so son un criterio de acción evangélica (¡ por
más que la facilidad, el gozo y la alegría t a m - por C. Viard
poco dejan de tener su ambigüedad!). Pero,
en el momento de tomar una decisión que pre-
tendemos sea conforme al Espíritu de Cristo, El deseo de seguir a Cristo que el Espíritu
hemos de contar con que habremos de encon-
nos inspira se expresa en nuestras conviccio-
trar resistencias. No tanto en nosotros mis-
nes y en nuestros proyectos. Somos capaces de
mos —porque el proceso de discernimiento al
comprender, de ser seducidos intelectualmen-
menos las h a b r á relativizado, si es que no las
te, de llenarnos de sentimientos nobles... Pero
ha vencido- cuanto alrededor de nosotros:
tendremos que soportar, sin duda alguna, in- entre el proyecto y su realización, entre la con-
comprensiones y críticas; tal vez nuestros ami- vicción y la adhesión, se deslizan todos nues-
gos nos manifiesten su frialdad; y en cualquier tros "sí, pero..." "Yo te seguiré, Señor, pero..."
caso, el "mundo" pondrá en duda nuestro sen- ¿Estamos dispuestos, después de haber elimi-
tido común y nuestro buen juicio. Para hacer nado nuestras resistencias, a optar de u n a m a -
frente a esta mayor o menor soledad, tal vez nera consecuente?
no dispongamos más que del testimonio inte-
rior de la paz que proporciona el Espíritu y de
la seguridad de haber puesto nuestra confianza UN PROBLEMA CRUCIAL
únicamente en el Padre, por Cristo y como
Cristo. Eso es la cruz. Pero sabemos que ésta El problema es digno de ser planteado, y el
lleva a la resurrección. propio San Ignacio lo plantea en los "Ejerci-
cios Espirituales" al poner, tras la meditación
de las "Dos Banderas", la de los "Tres Bina-
rios (o clases) de hombres", cuya intención se

110 111
concreta en el propio título de la meditación de exigirnos pasar por caminos inesperados
("...para abrazar el mejor" [EE., n. 149]) y en que nunca podremos controlar del todo. Cami-
el tercer preámbulo ("...para elegir lo que más nos que, sin embargo, serán muy nuestros,
a gloria de su divina majestad y salud de mi porque los habremos escogido realmente, una
ánima sea" [EE., n. 152]). Entre una y otra me- vez se nos hayan impuesto en esa actitud de
ditación, de lo que en definitiva se t r a t a es de espera y de disponibilidad que es la indiferen-
dar el paso desde la convicción (que tal vez no cia ignaciana. De hecho, la meditación de los
sea más que "intelectual") a la adhesión ca- "Tres Binarios" posee un lugar y una signifi-
paz de desembocar en una decisión verdade- cación realmente cruciales en el itinerario de
ramente exigente y que comprometa por en- los Ejercicios; y el proceso al que dicha medi-
cima de toda precaución y de toda reticencia. tación invita debe ser constantemente reactua-
En las "Dos Banderas" se pide el "conocimien- lizado por quien desee optar por vivir a la m a -
to de la vida verdadera que muestra el summo nera de Cristo pobre en orden a un mejor ser-
y verdadero capitán, y gracia para le imitar" vicio.
(EE., n. 139); lo cual equivale, de acuerdo con
el "coloquio", a la petición de "ser recibido de-
bajo de su bandera" {EE., n. 147). Ahora bien, SIN PREMISAS NI CONDICIONES
el cumplimiento de esta petición pasa por una
Como sabemos, en esta meditación San Ig-
decisiva elección que supone la indiferencia, en
nacio nos sitúa frente a tres diferentes actitu-
el sentido ignaciano del término. Efectivamen-
des adoptadas por tres clases de hombres ante
te, elegir el camino de Cristo pobre significa
una misma y decisiva elección acerca de la
estar dispuesto a dejarse guiar por Dios adonde
orientación de su vida. Esta confrontación pre-
y como Dios quiera para su mejor servicio, a
tende ayudar a tomar conciencia de los obs-
la manera de Cristo, que se alimentaba de la
táculos que pueden persistir o de las desviacio-
voluntad del Padre. nes que pueden introducirse incluso en quien
De esta forma, el ejercicio de los "Tres Bi- pretende optar conforme al camino de Cristo,
narios" pretende ayudarnos a profundizar aún porque su adhesión a éste no h a afectado a su
más en nuestra adhesión a Cristo pobre: no propio ser con la suficiente hondura. Y nos in-
sólo a transformar nuestra mirada —compren- dica el camino para, con la gracia de Dios,
der los dos caminos y su mutua y radical opo- adoptar la actitud que sea verdaderamente
sición—, sino también a transformar nuestro conforme con el seguimiento de Cristo, que es
corazón, todo nuestro ser, hasta comprender y la actitud de indiferencia que ilustra el "tercer
aceptar lúcidamente que el seguir a Cristo pue- binario".

112 113
Aun cuando uno haya decidido vivir a la un afecto desordenado". Semejante hombre
manera de Cristo, deseando seguir su "cami- pretende decidir por sí mismo su manera de
no" —cuya exigencia se ha comprendido per- amar a Dios y de realizar el mejor servicio, con
fectamente al nivel de la inteligencia—, puede lo que automáticamente pone límites a la de-
uno quedar, inconsciente o conscientemente, finición de eso "mejor". De un modo sutil, él
apegado a un determinado bien, valor, situa- mismo sigue siendo la medida de su amor, con
ción o manera de ver que, sin ser malos en sí lo que se hace incapaz de amar hasta el ex-
mismos, constituyen un obstáculo para optar tremo.
por el mejor servicio. Ciertamente, uno desea
Hay que ir más al fondo si se desea adoptar
decidir en conformidad con el camino de Cris-
la actitud del "tercer binario", que de tal mo-
to, pero a condición de que no cambie nada
do desea seguir el camino de Cristo que este
esencial, porque, muchas veces sin saberlo, uno
se aferra en exceso a lo que es o a lo que posee. objetivo relativiza los medios que haya que
Expresándolo de este modo, se capta la contra- adoptar, en las circunstancias que sean, para
dicción ejemplificada por la actitud del "primer hacer realidad concreta dicho seguimiento de
binario": uno "querría" (y así lo dice, porque Cristo. El apego a Cristo, que ha penetrado to-
ha sido seducido por el camino de Cristo), pero do el ser y que, consiguientemente, ya no es un
no lo quiere realmente, porque esa seducción simple proyecto intelectual, inspira el desape-
no ha sobrepasado el plano de la inteligencia. go previo con respecto a cualesquiera medios;
desapego que permite abordar el proceso de
Pero el obstáculo puede ser más sutil, y es elección con auténtica indiferencia. Lo que en-
el caso del "segundo binario", que desea deci- tonces importa es ponerse en manos de Dios,
dirse por el camino de Cristo, pero a condición que nos guiará por el mejor camino. Se trata
de que éste coincida con el camino que uno ya de dejarse invadir por el amor incondicional
ha previsto. "Te seguiré, Señor, pero déjame de Dios, hasta el punto de dejarse llevar a la
primero despedirme de los míos", le dice un elección de aquello que Dios nos haga sentir
hombre a Jesús. Y nadie dice que esté mal que es su mejor servicio. Es, pues, una actitud
despedirse de los suyos; pero aquel hombre ha- de espera de la mejor elección o decisión que
ce de ello una condición para seguir a Jesús, haya que adoptar; una espera en la que el
el cual le responde: "Nadie que pone la mano hombre deja que Dios y su amor dispongan de
en el arado y mira hacia atrás es apto para el él o, por decirlo de otro modo, en que el hom-
Reino de Dios" (Le 9, 61-62). Aquel hombre bre deja que Dios decida la forma concreta
invierte la relación entre los medios y el fin; que deba adoptar su seguimiento de Cristo po-
es lo que San Ignacio llama "determinarse por bre.

114 115
UNA ESPERA QUE ES FRUTO DE UN do él, misterio de despojo y desasimiento, de
GRAN AMOR. obediencia y servicio.
Esta actitud (que, como hemos dicho, es
Así es la indiferencia que proponen los una gracia que "se recibe") debe ser pedida
"Ejercicios", y que no consiste en la extinción una y otra vez si se experimenta que no se ha
de todo deseo, en la insensibilidad y en la frial- adquirido del todo; San Ignacio, por otra par-
dad, sino —sobre la base de la conversión de te, invita a este proceso de intercesión cuando
la inteligencia y la afectividad— en una ac- indica al ejercitante que en cada contempla-
titud de espera que le expone a uno, sin con- ción (y no sólo en esta meditación) repita el
dición previa alguna, a lo que venga, dispo- triple coloquio con la petición de ser "recibido
niéndole a recibir del propio Dios aquello que, debajo de su bandera".
en lo más profundo de su ser, se le manifieste Merece la pena ver las cosas de cerca cuan-
como el mejor servicio. Cuando esta espera se do se pretende vivir según la dinámica del
transforma en consentimiento, abre el camino Espíritu de Cristo pobre. Las resistencias y las
a un compromiso de todo el hombre, capaz de posturas tomadas de antemano, por muy ge-
invertir todas sus fuerzas en esa nueva elec- nerosas que sean, pueden velarnos la verdad
ción evangélica. Para ser capaz de escoger lo de nuestro propio deseo y conducirnos a los
mejor, hay que estar en condiciones de dis- callejones sin salida o a las perversiones de
cernir; ahora bien, cuando dejamos de poner nuestros propios autoengaños. Las mejores
condiciones y vivimos la espera de la que es- ideas del mundo no nos inducirán a seguir a
tamos hablando, es cuando estamos en con- Cristo pobre si, por no tener cuidado, segui-
diciones de discernir lo que el Señor espera mos aferrados a nuestras ideas personales o,
concretamente de nosotros. más sutilmente, a nuestra ilusión de ser nos-
Semejante actitud es algo que "se recibe", otros mismos la medida de nuestro amor a
porque no puede ser efecto de cualquier es- Dios. La medida del amor a Dios, que debe
fuerzo voluntarista. Lejos de ser una calcula- vivirse en la concreción de lo cotidiano, es el
dora frialdad, es el fruto de un gran amor, amor sin medida del propio Dios. Dejemos que
el amor preferencial que se experimenta hacia Dios disponga de nosotros como dispuso de
un Cristo al que se ha contemplado largamen- María, que con sus palabras de desposesión se
te en su misterio evangélico, y que es además hizo toda ella "espera" de una obra que la des-
el amor de Dios sin condiciones. La indife- bordaba.
rencia, efectivamente, tiene su origen en el
asentimiento al misterio de Cristo, que es, to-

116 117
14
La dinámica del deseo
por D. Bertrand

El discernimiento ignaciano no es un pro-


ceso de indagación cerebral, sino que se vive
poniendo en juego nuestro más profundo dina-
mismo. Es una dinámica del deseo. Y en esto
es profundamente evangélico, como podemos
verlo en un pasaje muy elocuente a este res-
pecto: Marcos 10, 35-40. Los diversos momen-
tos de este texto nos ayudarán a precisar de
qué manera actúa esta dinámica en nuestra
vida concreta.
¿De qué se trata en este texto? Presintiendo
que se acerca el gran momento, los dos hijos
de Zebedeo —"¡hijos del trueno!"— no pueden
por menos que manifestar lo que llevan en su
corazón: lo que "desean", en una palabra. ¿Y
qué es lo que desean? Ser los primeros minis-
tros de quien —ahora están seguros de ello -
va a tomar el poder. Ahora bien, con una sor-
prendente seguridad humana, Jesús toma este

119
deseo y lo lleva a su perfección. No lo hace pe- "quiero". Pero lo importante es que ese "quie-
dazos. Aquí no dice nada de "¡atrás, Sata- ro" significa siempre: "quiero algo"; y algo
nás !", sino que transforma la imagen portado- que se me hace presente en imágenes antes de
ra del deseo de aquellos dos ambiciosos. Ellos conseguirlo. ¿Qué imagen tengo en mi interior
sueñan en compartir el trono con Jesús. Pero cuando, muerto de sed en plena canícula, deseo
el Maestro habla de "cáliz" y de "bautismo", una cerveza helada? ¿O cuando deseo mayor
como él. ¡Extraordinario! Será preciso verlo justicia? ¿O cuando deseo ser amado? El arte
con más detenimiento. de la publicidad consiste precisamente en h a -
Pero quedémonos ya con lo siguiente: La llar las imágenes visuales o sonoras que acom-
complicación de la dinámica del deseo pro- pañen y refuercen el deseo de que se trate.
viene de que nosotros nunca deseamos n a d a Los novelistas, los filósofos y los poetas saben
sin proyectar una imagen de nuestro deseo. expresar el deseo de objetos menos inmediata-
Y dicha imagen, a su vez, influye en nuestro mente consumibles: vida, justicia, amor... "Que
deseo, haciéndolo vano e inútil o, por el con- bien sé yo la fonte que m a n a y corre, aunque
trario, liberándolo para que acabe encontrán- es de noche", como dice San J u a n de la Cruz.
dose y haciéndose realidad. Y tantos otros...

"QUEREMOS..." "¿QUE QUERÉIS?"

Olvidémonos ahora de los hijos de Zebedeo. La mayor parte del tiempo vivimos nues-
Es de nosotros de quien se trata. Los ecos de tros dispares deseos sin preocuparnos de po-
su conversación con Jesús nos ayudan a com- nerlos en orden, porque lo más frecuente es
prender y a dominar mejor los subterfugios que dejemos que sea la vida, o los demás, o el
de nuestro deseo creyente, víctima de imáge- sentimiento pasajero, quien decida por nos-
nes que lo esterilizan, lo enloquecen o lo libe- otros, aun tratándose de las opciones más ge-
ran. Y damos por supuesto —ya que es un dato nerosas. Me entrego en cuerpo y alma... y no
perfectamente establecido por la psicología h u - hago más que olvidarme de mí por los demás...
mana que un deseo sin imágenes es algo Pero ¿acaso lo quiero? O mejor: ¿quién (o qué)
inexistente. lo quiere en mí? ¿Qué ideal? ¿Qué imagen de
Es verdad que nos pasamos la vida que- mí, a la que yo me aferró, me maltrata de ese
riendo un indefinido número de cosas. Todo, modo, hasta el punto de que mis propios ami-
absolutamente todo, nos es motivo para decir: gos se inquietan ante mi exceso de activismo

120 121
y de abnegación? ¿Qué es lo que en realidad to, como la propia vida. Preferimos tranquili-
deseo y no consigo nunca satisfacer, verdugo zarnos con una imagen de nosotros mismos al-
como soy de mi deseo? Hay muchas maneras go más moderada.
de ser verdugo del propio deseo: desde la dis- Aparece aquí la primera conversión que se
persión en mil detalles hasta la cerrazón uni- produce en esta dinámica del deseo perdido en
lateral en una determinada cosa. El momento imágenes. Consiste en desprenderse de una
de la verdad llega cuando se encasquilla esta imagen "pulida" de nosotros mismos, para que
manera habitual de solventar los deseos: un resuene en nosotros esa oscura fuerza de vida
grano de arena en el mecanismo; un repentino que también es propia de nosotros y que tanto
y grave desfallecimiento; una duda; un ma- tememos. ¿Por qué tenemos miedo de esta vi-
lestar... ¿No será Jesús, el aliado de mi deseo, talidad que, sin embargo, constituye nuestro
quien me hace una pregunta ("¿Qué quieres?") más íntimo secreto de vida? Porque el hombre
que en él es habitual? bueno y justo que hay en nosotros (en defini-
tiva, lo que nos agrada ser) proyecta u n a ima-
gen de menosprecio sobre aquello que no que-
remos ser y que, sin embargo, somos a pesar
"CONCÉDENOS..."
de todo. Proyectamos una imagen de menos-
precio sobre aquello que no dominamos en
¡Qué difícil es, precisamente cuando se tie-
nosotros. Vencer este miedo, expresando el de-
ne algún ideal, llegar a decir, a expresar (a sí
seo (sea cual sea), constituye la humildad en su
mismo y a los demás) lo que se quiere, cómo
verdadero sentido: aceptar que estamos h e -
se quiere y cuándo se quiere! Un pequeño ejem-
chos de tierra y, en virtud de ello, asumir to-
plo a título de parábola: siete comensales se das las virtuales germinaciones del humus.
pasan entre sí una fuente con ocho filetes.
Cuando todos se h a n servido, aún queda un ¡Dichosos los que, como los hijos de Zebe-
filete que vuelve a pasar por delante de todos; deo, h a n encontrado a quién expresar su de-
pero nadie lo toma y acaba volviendo a la co- seo y en el momento en que querían expresar-
cina, a menos que uno de los siete se decida lo! Ellos h a n comenzado a reconciliarse consi-
a romper la incómoda situación y diga: "Lo to- go mismos en lo más profundo de su ser.
maré yo". Expresar el propio deseo significa
siempre arriesgarse a quedar, ante sí mismo
"NO SABÉIS LO QUE PEDÍS..."
y ante los demás, como un glotón. O como un
violento, o un obseso, o un ambicioso... En su- La primera conversión consiste en aceptar
m a : es algo al mismo tiempo fuerte e incier- una imagen menos noble de sí mismo para ad-

122 123
quirir este inmenso beneficio: restablecer el versión, que consiste en perder el tiempo y las
propio deseo. "¡Claro que sí! Tengo hambre, energías en conseguir hacerse u n a mejor idea,
soy ambicioso, sibarita, violento..." ¡Cuidado! u n a imagen, de lo que se quiere; consiste en
Estás haciéndote una nueva imagen de ti descubrir que el deseo no es t a n sólo un im-
mismo y no tardarás en sentirte tranquilo y a pulso que nos lleva siempre más allá ( = m á s
gusto con ella. En el momento mismo en que, vasto), sino también un aliado que nos per-
por un impulso nacido de lo más hondo, deci- mite hacer lo que nos h a parecido justo hacer
mos lo que queremos, hasta el punto de pedír- ( = m á s preciso). El deseo arrastra.
selo a quien estamos seguros de que nos lo
Precisamente, el descubrimiento de esta vir-
puede conceder, nuestro deseo no se libera en
tualidad, de esta capacidad de ayudar que tie-
absoluto de la imagen. Entonces nos conviene
ne el deseo, guarda relación con el descubri-
escuchar las palabras de Jesús. Con expresar
miento de un objetivo humilde (¡jamás hay
mi deseo no he llegado aún a conocerlo, sino deseo sin imagen!). No el trono, sino el cáliz
que sigo equivocándome con respecto a él. El y el bautismo. No propósitos triunfalistas (al
darse cuenta de que el propio deseo es más término de unos "Ejercicios") de grandes ora-
vasto que él mismo, dada la profundidad de ciones y servicios, sino el propósito de hacer
donde procede, constituye la segunda conver- lo que yo pueda cumplir con paz y alegría,
sión. porque sé que esto es lo que me conviene. Y
Hay que añadir que la oración, la relación también porque sé que, en ese punto concreto,
íntimamente confiada con Cristo, a quien nos trabajaré al unísono con Jesús. Indudable-
hemos atrevido a declarar nuestra pulsión vi- mente, aquí se verifica lo más profundo del
tal, es el lugar privilegiado para vivir adecua- deseo. El momento del "concédenos", el mo-
damente estas conversiones en cadena de nues- mento de la repugnancia a formular el deseo,
tro inútil deseo. Y es que no sabemos lo que nos h a hecho palpar que éste pacta con la vida.
pedimos, y tratamos de sacar provecho de es- Y el momento del "¿Podéis... como yo?" le h a -
ta ignorancia ante Dios, que es "mayor que ce brotar como hambre inextinguible de rela-
nuestro corazón" (1 J n 3, 20). ción: no puedo prescindir de los demás; esto
es algo que ya está inscrito en la vitalidad que
he recibido de mis padres y he compartido con
"¿PODÉIS... COMO YO?" — "PODEMOS" tantos otros. Y entre esos otros, está el Otro,
está Jesús.
Se habrá observado el paso que hemos dado
del querer al poder. Y ahí está la tercera con-

124 125
"POR LO DEMÁS..."

No nos detendremos en ello más de lo que


lo hace el propio Cristo, salvo para señalar
que el camino que hemos descrito, esta diná-
mica del deseo perdido en imágenes que se h a -
ce portadora de un trabajo realizado en unión 15
con Cristo, le apacigua a uno con respecto a
todo cuanto no podrá hacer y que otros sí lo-
grarán. Y digo "apacigua". No se t r a t a de r e -
Releer la propia historia
signación ; no se t r a t a de decir: " ¡ tanto peor!" por J. C. Dhótel
Se t r a t a de acceder a la comunión. ¡Oh, cuan
grande es la viña de Cristo! Todo el mundo
puede encontrar y dar lo mejor de sí mismo
trabajando en ella. Aunque no fuera más que En la plegaria eucarística, después de la
una hora... y al caer de la tarde. Me 10, 35-40 consagración, aclamamos el misterio pascual,
es sugerente. También nosotros queremos; las tras de lo cual el celebrante prosigue: "Así
más de las veces, nuestro querer se pierde, y pues, al celebrar ahora el memorial...", como
nosotros con él, hasta que consigue cuajar la respondiendo a las palabras de Jesús: "Haced
inquietante pregunta que llega hasta el fondo. esto en conmemoración mía". Esta aclamación
Pregunta que yo no me haría si primero no me y esta plegaria reciben el nombre de " a n a m -
la hiciera Jesús: "¿qué quieres?" Y no la res- nesis", palabra que tiene el significado de un
ponderé en paz si no es con El. El juego del recuerdo que asciende del presente al pasado.
deseo y las imágenes es un juego de muerte y
de vida. ¿Por qué hablar de la anamnesis en esta se-
rie de temas referidos al discernimiento? "Dis-
cernir", escribía el P. Guillet, "es aprender a
escoger lo que debe hacerse", y los primeros ca-
pítulos h a n tratado prolijamente del deseo
orientado hacia el futuro. Entonces, ¿por qué
volver atrás?, ¿a qué viene la irrupción del pa-
sado en un movimiento que lleva hacia ade-
lante?

126 127
deseo no puede apoyarse en nada, porque lo
EL DESEO Y LA MEMORIA
que precisamente pretenden las preguntas es
Sucede que el presente, el aquí y ahora, es crear el vértigo de la nada.
algo verdaderamente mínimo que se escapa No disponemos de ninguna otra seguridad
entre los dedos. Cuando el celebrante pronun- h u m a n a que nos certifique la fidelidad de Dios
cia las palabras de Cristo, ¿qué es lo que tiene (única garantía de nuestra propia fidelidad),
entre sus manos sino algo aparentemente con- sino el pasado en el que apareció dicha fideli-
sumible y, consiguientemente, perecedero, un dad de Dios. El pueblo de Israel hizo constan-
"esto" (esta cosa) que inmediatamente dejará temente esta lectura de la historia para ilumi-
de ser? Existe una necesidad de la fe de vincu- n a r su difícil presente, con sus preguntas, sus
lar este instante fugaz y esta cosa perecedera atolladeros y sus angustias. Se acordó de las
con la Palabra permanente que identificó di- maravillas de Dios, haciéndoselas presentes en
cha cosa con su cuerpo entregado y vivo para el "hoy" que estaba viviendo. P a r a hacerse u n a
siempre. "Al celebrar ahora el memorial..." idea, léanse los salmos de enfermos o los es-
Ese ahora es el instante frágil y fugaz; el cele- critos de los Profetas en las horas sombrías,
brar el memorial es el acto de fe que proporciona retornando a los lugares donde Israel nació y
permanencia y solidez al presente.
creció: la promesa hecha a Abrahán, la salida
En la vida espiritual, la anamnesis o lectu- de Egipto, la proclamación de la Alianza...
r a de la propia historia en la fe es lo que "da Este recuerdo da cuerpo al deseo, porque le
cuerpo" al deseo, al mismo tiempo que le hace proporciona un apoyo sólido, una tierra firme
crecer y lo unifica. sobre la que tomar impulso. Remontando del
Da cuerpo al deseo. No hay deseo que no se presente al pasado, el hombre descubre las
estremezca de ansias. El viento frío del mal raíces de su deseo; refiriendo el pasado al pre-
espíritu sopla sobre él para apagarlo. Se in- sente, sabe que es posible dar un nuevo paso,
troduce en los entresijos de la conciencia a ba- porque Dios, que no falló antaño, no puede m e -
se de una serie de preguntas que son otras nos que estar presente aquí y ahora.
tantas mordeduras: "¿Eres capaz?" "¿Sopor-
tarás la prueba?" Preguntas que quedan sin La memoria hace crecer el deseo, como la ex-
respuesta, porque n a d a hay en la tierra que periencia nos lo confirma. ¿Qué amante, en
pueda garantizar el futuro. Y entonces sobre- ausencia de su amada, no rememora los en-
viene una última pregunta: "¿Dónde está tu cuentros pasados? ¿Qué anciana madre no vi-
Dios?" (Salmo 42). Ahora bien, Dios no es más ve del recuerdo de sus distantes hijos y no ex-
perceptible en el presente que en el futuro. El perimenta, al hacerlo, cómo crece su amor?

128 129
Si se desea, es porque se siente la ausencia Finalmente, la memoria unifica el deseo, por-
de aquello que se desea. Ahora bien, sólo se ex- que hace que lo experimentemos como deseo
perimenta el sentimiento de ausencia de aque- de una Persona.
llo que un día fue presencia. Y así, cuanto más Cuando nuestros deseos se expresan en for-
se acuerda uno de los instantes de presencia, ma de anhelos y de proyectos, en realidad no
más se experimenta el sentimiento de ausencia sabemos lo que pedimos. Felicidad, seguridad,
y más crece el deseo. paz, progreso espiritual..., lo que nos atormen-
En la historia de Israel, la época del Exilio ta supera en realidad lo que somos capaces de
desarrolló de un modo sorprendente este de- expresar. La oración de los exiliados comienza
seo de Dios, al que se sentía como ausente. por la nostalgia de la tierra perdida y el deseo
Junto a los ríos de Babilonia, los exiliados se del regreso, para acabar con esta extraña con-
negaban a cantar para sus carceleros. Pero, en fesión: "¡Mi alma tiene sed de Ti!".
medio del silencio de las cítaras, se acordaban Y es que la lectura de la historia personal o
de Sión, y de su corazón brotaba un cántico colectiva manifiesta, sobre todo, la vanidad de
mudo: "Si de ti me olvidara, Jerusalén, que se nuestros deseos humanos, el relato de nuestros
me seque la mano derecha y se me pegue la fracasos y la trayectoria de nuestras decep-
lengua al paladar" (Salmo 136). La imagen que ciones. Por eso es por lo que, en el camino de
traducía el crecimiento del deseo era la imagen Emaús, Jesús provoca a los dos discípulos a que
de la sed y su ardor: "Mi alma tiene sed de relaten su historia a la luz (si es que así puede
Dios; ¿cuándo llegaré y veré el rostro de Dios?" decirse) de su desesperanza; es preciso que
(Salmos 42 y 63). puedan expresarse al respecto, y que lo hagan
El recuerdo del pasado suscita la oración, yendo hasta el final: "Nosotros esperábamos...,
que es expresión del deseo del Ausente. La pero él ha muerto y, con él, nuestras esperan-
historia referida en la Biblia no es un memo- zas". Lo que se expresa es la esperanza fallida
rial nostálgico del tiempo perdido y pasado, de la restauración de Israel; lo que no se for-
sino una evocación que se concentra en invoca- mula, porque está oculto, es el deseo de El.
ción, porque desemboca en el reconocimiento Igualmente, en el episodio de los hijos de Ze-
de una presencia de Dios que subyace a esta bedeo, lo que se expresa es la esperanza de sen-
historia y le da su sentido de historia sagrada, tarse a la derecha y a la izquierda de Jesús;
suscitando la llamada de Aquel que habita esta y lo que no se formula es el deseo de estar para
historia y todos sus acontecimientos. Dios se siempre junto al amado (Me 10, 37). En ambos
convierte en un "Tú" en la historia personal y casos, Jesús guía a los discípulos al desvela-
colectiva: "¡Vuelve!" (Salmo 85). miento de ese oculto deseo. En el camino de

130 131
Emaús, retomando la historia; con Santiago y esa lectura prescindiendo de aquello que se
Juan, anunciándola. Y en ambos casos el de- busca (es decir, del propio Dios) y, consiguiente-
seo se unifica en su persona: "¿No ardía nues- mente, fuera de la oración, porque, en ese ca-
tro corazón...?" (una vez más, la imagen del so, dicha lectura no es espiritual, no es otra
ardor); y "Nosotros podemos" (podemos com- cosa sino descubrir y remover cenizas apaga-
partir tu vida, porque ése es nuestro verdadero das. Leer de este modo la propia historia es
y único deseo). como pasearse por un cementerio, en el que,
De este modo, la vuelta al pasado preludia como en el caso de Ezequiel, no se ve más que
el movimiento de conversión, que es siempre huesos calcinados. Para que la lectura de la
un progreso en la unificación del hombre, el historia se haga espíritu y vida, es preciso que
cual se vuelve hacia esa presencia de Dios re- el Espíritu se una a nuestro espíritu (Rom 8,
conocida en la historia, para ir al encuentro de 16), porque el Espíritu no tiene más que un
la otra presencia que le aguarda. Una vez re- deseo: el deseo del Padre; y lo que el Espíritu
cobrada la presencia del padre en la memoria nos hace reencontrar en la historia orada es
del hijo pródigo, éste se levanta y se dirige la huella de ese Dios que h a pasado por nues-
hacia su padre. Una vez releída su propia his- tras vidas —¡Está Yahvé en este lugar, y yo
toria a la luz de la historia sagrada, los discí- no lo sabía! (Gn 28, 16)—, dándonos así la cer-
pulos regresan a Jerusalén. teza, incluso contra toda apariencia, de que
está presente, aquí y ahora, como en la euca-
ristía.
LA ORACIÓN Y EL TESTIGO Sin embargo, no siempre es suficiente con
la oración. A veces, por más que busquemos la
!•. ¿De dónde proceden, pues, la desconfianza huella de Dios en nuestra historia, ésta se nos
que suele sentirse hacia el pasado, el senti- antoja, como a Shakespeare, escrita por un
miento plácido de poder "volver a partir de loco, preñada de estruendo y de furor, dado que,
cero", el atractivo de fórmulas ambiguas como en el momento en que nosotros oramos, no nos
"vivir el instante presente", y el éxito de las hallamos en paz, sino llenos nosotros mismos de
técnicas que tienden a captar a Dios mediante estruendo y de furor. Otras veces, por el contra-
la autoconcentración en el instante presente? rio, creemos reconocer a Dios en todas partes,
El pasado y la historia tienen "mala prensa", incluso en lo que no h a sido sino ilusión y
y por muchos motivos, el principal de los cua- hasta tentación, como si la evocación del re-
les es que no se leen como es debido cuerdo hiciera brillar de nuevo en nuestros de-
No sirve de nada y es hasta nocivo realizar siertos los reflejos de no sé qué becerro de oro...

132 133
Por eso es por lo que muchas veces es n e - Colección ST Breve
cesario hacer dicha lectura delante de un tes-
tigo. En primer lugar, porque el hecho mismo
de expresarse suele disipar las ilusiones y en-
gaños. Y además, porque un testigo experi-
mentado puede ayudar a discernir, aun en la
más oscura noche, ciertos puntos luminosos 1.—Leonardo Boff
que, una vez habituada nuestra vista, constitu- ENCARNACIÓN:
yen otras t a n t a s referencias para certificar que La humanidad y la jovialidad de nuestro
Dios estaba allí y para iluminar el resto del Dios.
camino. 96 págs.
Así es como, durante esta lectura, la oración
busca a Dios en la historia, y el testigo señala 2.—James Borst
o confirma su presencia; y todo ello para dar MÉTODO DE
cuerpo al deseo, hacerle crecer y unificarlo en ORACIÓN CONTEMPLATIVA
la certeza de que lo que Dios ya hizo, volverá a 96 págs.
hacerlo, porque su amor es eterno. 3.—Hugo-M. Enomiy a-Lassalle
LA MEDITACIÓN, CAMINO
PARA LA EXPERIENCIA DE DIOS
104 págs.

4. Pier Giordano Cabra


AMARAS CON TODO TU CORAZÓN
(Celibato)
96 págs.

5. Pier Giordano Cabra


AMARAS CON TODAS TUS FUERZAS
(Pobreza)
120 págs.
6. CON INFINITA TERNURA
La oración y la vida de una leprosa
88 págs.

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