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Neolenguaje o cuando las

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Rafael Cadenas ha dicho que nombrar las cosas es una forma de darles vida, de inventarlas, de crearlas. Las nombras y existen, demuestra así el poeta el amor por la palabra, por la
palabra que es creadora, y confirma la sentencia bíblica de que el verbo se hizo carne. Asimismo, queda desmentida la leyenda que hace referencia a que las palabras se las lleva el
viento. No. Nada de eso. Es posible sembrarlas y construir puentes y maravillas con ellas; también pervertirlas, subrayarlas o manipularlas. Para un escritor son la materia prima con
las que produce lo sublime. Para un tirano serán piedras, pero no para tallar sino para usarlas como el objeto contundente que son. Pueden ser artefactos bélicos. Dardos y
consignas. Las herramientas con las que el vengador hiera y destruya.
“Es típico de todo dictador, y de todo régimen totalitario el renombrar las cosas”, advierte Colette Capriles, psicóloga social y quien acota que en la práctica esto se traduce, tanto en
el cambio de nombre de calles y solares, como en la nueva explicación de los conceptos y creencias, la reutilización de términos que conducían a otros significados y otras imágenes,
el remachar lemas y el acuñar frases que vuelvan homogéneo el pensamiento -si ello es realmente posible-, y reducir a código entre pares el lenguaje compartido para marcar
territorialidad y armar la secta. Incluiría, además, este procedimiento del decir para hipnotizar y cohesionar, el vociferar no apenas lugares comunes sino el lanzar denuestos. Acusar
y ofender. Es lo que está ocurriendo ahora mismo en el país cuando se produce el fenómeno del neolenguaje. Las palabras parecen saltar de sus quicios convertidas en flechas y
remoquete. En mote y mofa. En mariconsón, majunche, apátrida, oligarca, imperialista (y todas, sinónimo de opositor).

No, no hay más eso de palabras necias oídos sordos. Hay, eso sí, un puñado de escuchas que parecen atentos -bien por su propio gusto o porque han sido cebados- a este
diccionario escueto, recortado con la misma tijera cuartelaría y hostil, y lo reproducen. Son eco y bis desde la orfandad y se apoyan en estos vocablos inflados y desnaturalizados
porque parecen surtirlos de la identidad deseada. Son voces que les permiten la pertenencia, aunque mal paguen. Son boya y el relleno de un criterio cuadrado y ramplón, formado
a trancazos. La frase de “tenemos patria”, usada hasta el cansancio como pomada, alcanza el sentido del antifaz en medio del caos, es soporte, disimulo, retórica. Es la causa y su
repetición inmisericorde parece minimizar las ausencias varias, desde el papel higiénico hasta la democracia.

Goebbels hablaba de repetir mil veces una mentira hasta convertirla en verdad y los nazis pensaban que mientras más grande era el embuste más creíble podría ser. El régimen que
ha ocupado los últimos quince años de la vida republicana, y que a toda costa intenta desmontar, busca a como dé lugar la asistencia de la voz. Por eso las cadenas infinitas. Por
cierto, Chávez estuvo a punto de romper el récord mundial como orador continuo. El discurso más largo de la historia lo dio Fidel Castro y duró 12 horas, el más largo de Chávez, 8;
pero siempre estuvo ahí con su perorata, hablando sin parar, en extensas jornadas orales sobre cualquier cosa cada domingo y siempre y cuando le viniera en gana. Maduro, a
cargo desde la ilegitimidad, intenta aproximarse al micrófono como quien lo hace a la piedra filosofal. Diciendo millones y millonas, amén de descomponer el idioma, lo convierte en
tela para cortar, lo hunde al zócalo donde pareciera ¿ser más popular?

Decir y repetir son estrategia para el pensamiento, la actitud, la convicción, la acción. Y se dice no solo con las palabras: hay un lenguaje que incluye el tono y lo asiste el gesto, que
redondea el mensaje. Cuando se dice que “mi hijo no hubiera muerto si Capriles no hubiera llamado a cacerolear” hay un retruécano inmenso, forzado y felón extraordinario. Cuando
en las paredes que circundan la plaza Bolívar unas pintas en las que se lee: “Somos malos perdedores” son confesión de parte no solo dan la explicación del nombramiento a dedo
de Jacqueline Faría por encima de Antonio Ledezma dan cuenta de la impunidad de la cofradía. Cuando en la calle un seguidor del oficialismo golpea con su puño la cuenca de la
otra mano en gesto repetido –el ejemplo que el difunto dio- amenaza con el infierno prometido.

Se gobierna con una voz, y muchos mueren callados. Otros rescatan a Kotepa Delgado que decía: “Escribe que algo queda”. Se sabe que el que mucho habla mucho yerra, y que
somos esclavos de lo que decimos. Igual hay que hablar. El diálogo no es una palabra en uso ahora mismo, pero el chito no es la opción en el bosque de consignas que, como
paredes, levantan barricadas e incomunican. En pocas palabras, no abandonar el discurso democrático, la palabra paz. No permitir más confiscaciones. No hay letra muerta.

Faitha Nahmens | @CodigoVenezuela

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