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Quédate en el castillo

Había una vez una princesa que vivía en un hermoso palacio que tenia vistas a un
pueblito sencillo, pero mundano. Ella vivía en el castillo con su padre (el rey) y un
puñado de siervos fieles. Su padre la adoraba; satisfaciendo todas sus necesidades y
la mayoría de sus caprichos. Con el paso de los años, ella se convirtió en una hermosa
adolescente perspicaz, risueña y siempre obediente, pero muy solitaria.

A menudo, tarde de la noche, ella se asomaba por la ventana de su habitación, en


lo alto del muro del castillo, para ver a las gentes en las calles del pueblecito en el
valle. Ella se sentía atraída por la alegría que veía. Hacia un gran esfuerzo por
escuchar los sonidos de la música y la risa, y trataba de discernir las conversaciones
de los jóvenes. A sus oídos jamás llegaba nada que tuviera que ver con la tristeza y
la soledad; por lo que ella comenzó a creer que ellos tenían que ser el pueblo más
feliz en el reino.

-¿Papa?-le pregunto ella una noche mientras los dos trabajaban juntos en lo que él
llamaba su preparación-¿usted cree que una de estas noches yo pudiera asistir a
una de las fiestas en el pueblo? ¿Tal vez solo por un rato?

El anciano pero sabio rey puso a un lado el libro de las lecciones y miro fijamente a
su hija con misericordia y preocupación.

-Hijita mía, aquel pueblo es un lugar mundano de gente triste. La bulla y la gritería
que a veces escuchas es su intento por sacar el vacio y la desesperación de sus vidas.
Es mejor que te quedes en el castillo.

Aunque la princesa amaba a su padre, aquella no era la respuesta que ella quería
oír.

-Pero papa, como llegare a conocer...quiero decir....algún día me gustaría...oh,


papa usted es tan bueno y me encanta estar aquí, ¡Pero a veces me siento tan sola!

El rey se reclino en su silla y contemplo a su hija. De repente se dio cuenta que ella
ya no era una niñita, sino que se había convertido en una jovencita. Entonces hablo:

-Es hora de que te cuente.

-¿Contarme que, papa?

Poniéndose de pie, el rey camino hacia una ventana que daba al campo hacia el
este. Sus ojos se fijaron en el camino del rey, un camino recto que se elevaba por
encima del pueblo y conducía a la puerta del castillo.

-Poco después de tu haber nacido yo preví el día en que tu necesitarías a alguien


especial, alguien con quien compartir tu vida. Me di a la tarea de buscar, de visitar
otros castillos en el reino de encontrar un príncipe para ti. NO CUALQUIERA SINO
ESE ALGUIEN ESPECIAL.

El rey se volteo para mirar fijamente a su princesa. Los ojos de ella estaban llenos
de asombro.

-Ya lo he conocido- dijo el rey - ya sé quién es.

-Oh, papa, ¿Dónde vive? ¿Cuándo lo voy a conocer?

- El vive lejos, pero no tan lejos. En un castillo como este. El también está siendo
preparado como tú, EL UNO PARA EL OTRO. Ven y acércate a mí, hijita mía.

Ella camino hasta donde su padre se encontraba cerca de la ventana.

-¿Ves allá? Ese es el camino del rey. CUANDO LLEGUE EL MOMENTO OPORTUNO,
Y NO ANTES, El vendrá en un corcel blanco. Tú lo reconocerás.

Entonces tomándola de la mano, el rey se fijo en sus ojos llenos de lágrimas.

-¡Princesa! NUNCAS OLVIDES QUE ERES HIJA DEL REY. ERES MIEMBRO DE LA
FAMILIA REAL. EL QUE ESTA SIENDO PREPARADO PARA TI TAMBIEN ES
DESCENDIENTE DE LA REALEZA. SE PACIENTE, prepárate, y quédate en el castillo.

Ella abrazo al rey fuertemente. Ahora estaba contenta y decidida a prepararse y a


esperar. Durante muchos meses, principalmente por las noches ella miraba por la
ventana de su habitación, más allá del pueblo y su bulla, hasta el camino más
arriba, soñaba con aquel que un día vendría.

Paso un año, luego otro. El sueño se hacía cada vez más lejano, y los sonidos
nocturnos de risa y júbilo procedentes del pueblo volvieron abrirse pasos en los
pensamientos de la princesa. A ella se le hacía cada vez más difícil concentrarse en
su preparación; se le hacía más difícil esperar con paciencia.

Una mañana, mientras ella desayunaba en la cocina real, se escucho un toque en la


puerta trasera, la puerta por donde se recibían las entregas procedentes del pueblo.
Ella espero a que uno de los siervos de su papa contestara, pero al ver que nadie lo
hizo, ella misma decidió ver quién era.

-¡Hola! Dijo el joven repartidor, mientras se quitaba su sombrero estrujado y hacia


una reverencia. (Fue una reverencia exagerada, seguida por una sonrisa atractiva)
ella no pudo evitar reírse.

- Una entrega para su alteza real, el rey -proclamo en tono irreverente- y vaya,
tengo que reconocer que ha contratado una hermosa ayudante de cocina.
¡Realmente una gran mejoría!
- Bueno, gracias, pero yo no soy la ayudante de cocina -contesto sonrojada- soy la
hija del rey.

- Había oído decir que él tenía una hija. ¡Pero nunca me dijeron lo hermosa que ella
era! ¿Vives aquí sola con tu papa?

- Por ahora-respondió, pensando en la ya lejana historia que el papa le había


contado.

El joven llevo los víveres hasta la cocina.

-Una de estas noches tienes que ir allá abajo al pueblo- le dijo a la princesa- a los
jóvenes les encantara conocerte. Conocerías a muchos amigos de tu edad e irías a
muchas fiestas maravillosas.

- Cuéntame del pueblo.

Ellos hablaron durante una hora. Hablaron y se rieron. ¡Cada historia de la vida del
pueblo parecía tan llena de humor y diversión! El joven explico todas las historias
con gestos, y canto una de las canciones bailables favoritas del pueblo. Ella no pudo
recordar haberse reído tanto en su vida, y comenzó a resentirse con su padre por no
haberla dejado ser parte de la vida en el pueblo.

- Tienes que ir al pueblo esta misma noche. Hoy comiénzala fiesta del otoño y
es la mejor del año.

Ella miro incomoda hacia la puerta cerrada de la cocina.

- No creo que mi papa me permita ir.

- Entonces escápate por la noche. Yo te esperare en el puente en las afueras del


pueblo. ¡La pasaras de maravilla!

- Tal vez -dijo en tono vacilante-. Pero no te prometo nada.

-Allí te espero- dijo. Cerró la puerta y se fue sin darle tiempo para responder. Esa
misma noche, ella se sentó con su papa en el gran salón. El estaba leyendo en voz
alta del libro de las lecciones y ella fingía estar escuchando. Realmente ella estaba
observando como poco a poco se extinguía la luz del sol poniente. La música a lo
lejos que venía de la fiesta cada vez se escuchaba más alta. Sus pensamientos
flotaban en el aire con la música. Pasaron varios segundos antes que ella se diera
cuenta que su papa había dejado de leer.

- Esta noche pareces muy distante.

Ella arreglo su vestido con nerviosismo.


- No, solo estoy un poco cansada. Tal vez deba acostarme temprano.

- Querida...

- De veras papa, yo estoy bien- dijo, poniéndose de pie rápidamente- buenas


noches- dijo por encima de sus hombros mientras subía deprisa las escaleras.

Dos horas más tardes, cuando se creía que todos en el castillo estaban durmiendo,
una joven salió por la puerta de la cocina y desapareció en la oscuridad de la noche.

Al cabo de tres meses, una princesa un poco más adulta, pero también mucho mas
cambiada, entro al gran salón para anunciarle a su papa la decisión que ella había
tomado la noche anterior. Sus visitas a medianoche se habían incrementado
haciéndose más frecuentes desde la primera visita hacia ya algún tiempo. La vida
nocturna en el pueblo era más emocionante de lo que ella jamás se imagino. La
gente, aunque a veces vulgar, se reía, cantaba, bailaba y se divertía cada noche
hasta el amanecer. ¡Estaba viviendo! ¡Viviendo el presente! No simplemente
esperando un sueño que tal vez nunca llegara hacerse realidad.

El joven que la había conocido aquella primera noche la había tratado bien, ¡como
se trata a los miembros de la realeza! No había duda de que el la había hecho
sentirse especial. Pero anoche, la más grandes de todas las noches de su vida, él le
había propuesto matrimonio. Ella apretó fuertemente el anillo que él había puesto
en uno de los dedos de su mano, armándose de valor:

-Papa, yo tengo algo que decirle.

El se sentó en su silla, el libro de las lecciones en su regazo. Sus páginas estaban recién
manchadas de lágrimas. Ella casi no tuvo el valor de seguir hablando, pero continúo:

-Conocí un joven. Sé que no debí haber ido sin su permiso, pero... de todos modos,
vamos a casarnos, ¡Ahora mismo!

El rey cerró el libro y miro hacia el camino.

-Todas las noches te veía ir deseando que regresaras- entonces miro hacia ella,
cambio la vista- Este castillo nunca ha sido una prisión. Este castillo es una decisión.
Quiero que sepas que si te vas de aquí, las cosas no volverán a ser lo mismo. Mi amor
por ti nunca cambiara, pero todo, todo lo demás si cambiara.

Ella vacilo por un instante, pero solo por un instante. Su cabeza ahora estaba llena
de las ideas del pueblo.

-Sé que es lo mejor para mí. El no es miembro de la realeza, pero yo lo amo- y


diciendo esto abandono el castillo.
***********
La princesa despertó al amanecer. Hacia un año desde aquel día de su partida. Le
dolía la espalda. “Es normal en el último mes del embarazo”, le habían dicho las
mujeres del pueblo. Levantándose ella con dificultad, escucho que su esposo medio
borracho balbucía algo. El había regresado a casa apenas unas horas antes y ellos
habían discutido... una vez más. Bueno -pensó- quizá después que nazca el niño las
cosas mejoraran.

Ella debía limpiar la casa y hacer los quehaceres. Después de agarrar una vieja
escoba de pajas, ella salió afuera para barres el portal. Su casa era pequeña. Estaba
ubicada en las afueras del pueblo, no lejos del puente donde él la había esperado
aquella primera noche. En ese momento siguió con la vista el sendero hasta el castillo
de su papa. El rey, siempre que podía, le demostraba que él no se había olvidado
de ella; que aun la amaba. Pero lo que él había dicho se había cumplido ahora nada
era igual.

Su mirada vagaba hacia el este para pasarse unos minutos observando la salida del
sol. Sus rayos casi la dejaban ciega, deformando la imagen de los árboles y las
montañas a lo lejos. Para evitar su resplandor, ella regreso al trabajo que tenía en
sus manos, fijándose primero un poco distraída en el camino del rey.

De repente, su corazón pareció detenerse. Sintió un dolor agudo, como si una mano
fuerte la hubiera apretado. La escoba tembló en sus manos. A lo lejos, por el camino,
venia un caballo blanco. Su jinete venia sentado erguido. El parecía venir del
mismísimo sol. El caballo apresuro su paso mientras se acercaba al castillo, sintiendo
el entusiasmo de su amo. El corazón de la princesa comenzó a palpitar otra vez
ahora más fuerte y al compas del galope estruendoso del caballo. El jinete detuvo
su cabalgadura en la puerta del castillo. Ella no podía distinguir sus rasgos, pero su
porte hablaba de honor y carácter. Entonces el toco a la puerta, su puerta no hacía
mucho tiempo. El rey salió a saludarlo, y ella observo mientras ellos conversaron;
observo cuando el rey hizo gestos con sus manos y luego señalo hacia el pueblo.
Involuntariamente, ella retrocedió un paso hacia la sombra del portal.

El príncipe noble escucho atentamente. Sus hombros corpulentos cayeron en señal


de frustración y tristeza. Después de estrechar la mano del rey y de recibir de Él un
abrazo de consuelo, monto su caballo. El miro hacia el pueblo y la vio en la sombra
de su portal. Por un instante, ambos se miraron fijamente. Luego volteando su
caballo de vuelta al sol, el se alejo para perderse en su resplandor.

La princesa sintió las lágrimas calientes que caían en sus brazos antes que pudiera
darse cuenta que estaba llorando. Nada, pensó, nada volverá a ser igual.
**************
Querida amiga, la historia que has leído, habla por sí sola… Nunca
olvides que eres hija del gran rey, Dios nuestro señor; eres miembro de
la familia real, y la persona que ya el Señor ha escogido y ha destinado
para ti, ¡también lo es!

No te desesperes; el día oportuno, y no antes, el Señor te indicara quien


es esa persona, NO CUALQUIERA, SINO ESE ALGUIEN ESPECIAL, quien
complementara tu vida y será tu AYUDA IDONEA, y el día que el señor
te lo presente TU LO RECONOCERAS. Mientras tanto él está siendo
preparado, para ese grandioso día. Recuerda: NO ES DEL MUNDO, ES
MIEMBRO DE LA REALEZA, esto es, la gran familia de la fe; AL IGUAL
QUE TU. No dejes llevarte por los impulsos de tu corazón y de la carne;
déjate guiar por los ricos y sabios consejos de la palabra de Dios, y veras
que todo, todo te saldrá bien. Solo resta pedirle al Señor que nos ayude
a ser pacientes y a esperar en su buena y divina voluntad. Así que, se
paciente, prepárate y QUEDATE EN EL CASTILLO DIVINO!

Por último, quisiera dejar contigo estos pequeños versículos...

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos...” 2da Corintios 6:14

“Guarda silencio ante Jehová y espera en él...Y confía en él y el hará”


Salmos 37:7,5.

“Es en la paciente espera que la voluntad de Dios se


perfecciona”…
“Dios controla las circunstancias que unen vidas”

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