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LA CONFESIÓN DE FE DE WESTMINSTER

por G. I. Williamson
© 2015 por Poiema Publicaciones, publicación electrónica
Traducido por Deborah J. Adams de Ardiles. Revisado por Alonzo Ramírez.
Traducido del libro The Westminster Confession of Faith For Study Clases © 1964 publicado por
Presbyterian & Reformed Publishing Company.
Todas las referencias bíblicas han sido tomadas de la Nueva Versión Internacional © 1999 por la
Sociedad Bíblica Internacional.
Prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio visual o electrónico sin
permiso escrito de la casa editorial. Escanear, subir o distribuir este libro por Internet o por cualquier
otro medio es ilegal y puede ser castigado por la ley.
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SDG
Contenido

Prefacio

1. De las Sagradas Escrituras (I)


2. De Dios y la Santa Trinidad (II)
3. Del Decreto Eterno de Dios (III)
4. De la Creación (IV)
5. De la Providencia (V)
6. De la Caída del Hombre, del Pecado y de Su Merecido Castigo
(VI)
7. Del Pacto de Dios con el Hombre (VII)
8. De Cristo el Mediador (VIII)
9. Del Libre Albedrío (IX)
10. Del Llamamiento Eficaz (X)
11. De la Fe Salvadora (XIV) y del Arrepentimiento para Vida Eterna
(XV)
12. De la Justificación (XI)
13. De la Adopción (XII)
14. De la Santificación (XIII)
15. De las Buenas Obras (XVI)
16. De la Perseverancia de los Santos (XVII)
17. De la Seguridad de la Gracia y la Salvación (XVIII)
18. De la Ley de Dios (XIX)
19. De la Libertad Cristiana y la Libertad de Conciencia (XX)
20. De la Adoración Religiosa y el Día de Reposo (XXI)
21. De los Juramentos y Votos Lícitos (XXII)
22. Del Matrimonio y el Divorcio (XXIV)
23. De la Iglesia (XXV)
24. De la Comunión de los Santos (XXVI)
25. De los Sacramentos (XXVII)
26. Del Bautismo (XXVIII)
27. De la Cena del Señor (XXIX)
28. De las Censuras Eclesiásticas (XXX)
29. Del Magistrado Civil (XXIII)
30. De los Sínodos y Concilios (XXXI)
31. Del Estado del Hombre después de la Muerte y de la
Resurrección de los Muertos (XXXII)
32. Del Juicio Final (XXXIII)

Armonía Temática de la Confesión de Fe de Westminster y las Tres


Confesiones Reformadas
Respuestas a las preguntas
P

n septiembre de 1993 se celebró una Conmemoración del


Aniversario 350 de la Convocación de los Clérigos de la
Asamblea de Westminster en Londres, Inglaterra. Bajo el
patrocinio del Concilio Norteamericano Presbiteriano y
Reformado (NAPARC), esta conferencia celebratoria reunió a eruditos,
pastores y creyentes reformados de Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda, los
Estados Unidos, Australia, Corea, Brasil y Holanda. El deseado fin de esta
celebración era dar gracias al Señor por la obra de la Asamblea, fomentar la
unión entre las iglesias Reformadas a lo largo del mundo, y promover la fe
Reformada por medio de un estudio deliberado de la obra de la Asamblea.
Durante la conferencia se presentaron discursos sobre “El Contexto y la
Obra de la Asamblea” (Dr. Samuel T. Logan, Jr.), “Los Hombres y Grupos
de la Asamblea” (Dr. William S. Barker), “La Predicación de la Asamblea”
(Dr. Robert M. Norris), “La Confesión de Fe de Westminster y las Sagradas
Escrituras” (Rev. Wayne R. Spear), “El Catecismo Menor de Westminster”
(Dr. Douglas F. Kelly), “El Catecismo Mayor de Westminster” (Dr. W.
Robert Godfrey), “El Estilo de Gobierno Eclesiástico” (Dr. John R. DeWitt),
“El Directorio del Culto Público” (Rev. Iain H. Murray), y “La Influencia de
la Asamblea” (Dr. Jay Adams). Adicionalmente, sermones sobre grandes
temas bíblicos de influencia particular en la Asamblea fueron presentados
por Dr. James M. Boice, Dr. Joel Nederhood y Rev. Eric J. Alexander. Estos
discursos y sermones, juntamente con otros materiales de ayuda en cuanto a
la obra de la Asamblea, han sido publicados bajo el título “Para Glorificar a
Dios y Deleitarse en Él: Una Conmemoración de la Asamblea de
Westminster”, editado por John L. Carson y David W. Hall (El Estandarte de
la Verdad, 1994).
Desde el año 2001, el Concilio Norteamericano Presbiteriano y
Reformado lo conforman siete iglesias Norteamericanas Presbiterianas y
Reformadas quienes afirman su “compromiso absoluto con la totalidad de la
Biblia como la Palabra de Dios escrita, sin error en todas sus partes y con su
enseñanza expuesta en el Catecismo de Heidelberg, La Confesión Belga, Los
Cánones de Dordt, La Confesión de Fe de Westminster y los Catecismos
Mayor y Menor de Westminster”. La membresía actual incluye la Iglesia
Asociada Reformada Presbiteriana, la Iglesia Cristiana Reformada en
Norteamérica, la Iglesia Coreana-Americana Presbiteriana, la Iglesia
Ortodoxa Presbiteriana, la Iglesia Presbiteriana en América, la Iglesia
Reformada en los Estados Unidos, y La Iglesia Reformada Presbiteriana en
Norteamérica. Con el deseo de promulgar el patrimonio de los documentos
de Westminster y siendo conscientes de la carencia de materiales sobre la
Confesión de Fe de Westminster en la lengua hispana, el Concilio sancionó
en el año 1999 el uso de fondos restantes de la Conmemoración de
Westminster en la producción de materiales Reformados en la lengua
hispana. Con este fin, el Concilio se asoció con la Fundación Cristiana
denDulk para financiar la traducción y la publicación de La Confesión de Fe
de Westminster para Clases de Estudio por G. I. Williamson, un excelente
manual de estudio de la Confesión de Fe de Westminster que ha sido de
beneficio para estudiantes e iglesias durante muchos años. El libro que tiene
ahora en sus manos es el resultado de este esfuerzo.
Una característica especial y particular de esta edición en español es la
inclusión de una Armonía temática de las Confesiones Reformadas. Algunas
de las iglesias de el NAPARC se adhieren a la Confesión de Fe de
Westminster y los Catecismos, mientras que otras se subscriben a las Tres
Confesiones Reformadas (el Catecismo de Heidelberg, la Confesión Belga y
los Cánones de Dordt). Aunque existen diferencias menores entre estos
documentos confesionales, hablan en voz unánime de los grandes temas
duraderos de la Escritura y la tradición Reformada: la gloriosa majestad del
Dios trino, la tragedia del pecado humano y de la pecaminosidad, la gracia
salvadora y soberana de Dios en Jesucristo, la importancia de la piedad y la
adoración centrada en Dios y la realidad de la Iglesia como el pueblo
pactual de Dios. El NAPARC ha solicitado que esta edición en español
contenga esta Armonía para incentivar el aprecio y el uso de estas
importantes normas Reformadas confesionales, y para resaltar su esencial
acuerdo doctrinal. La Armonía ha sido preparada por el Dr. William B.
Evans, quien también expresa su gratitud al Dr. Cornelis P. Venema, al Rev.
Ray Lanning, al Dr. Jack Whytock, y al Dr. John R. DeWitt por sus
sugerencias valiosas en la Armonía.
El Concilio quiere agradecer en forma especial al Dr. Robert denDulk y
al Dr. Jim Adams de la Fundación Cristiana denDulk por su apoyo ejecutivo
y financiero en este proyecto. También agradecemos a la Sra. Deborah
Adams de Ardiles y al Dr. Alonzo Ramírez por su excelente labor en la
traducción de este tomo al español.
Este tomo se ha publicado con la esperanza fervorosa de que nuestros
hermanos de habla hispana sean animados a “glorificar a Dios y deleitarse
en Él para siempre”.

William B. Evans
Erskine College
Semana Santa 2001
1
De las Sagradas Escrituras (I)

1. Los seres humanos no tienen excusa delante de Dios, porque la luz


de la naturaleza, las obras de la creación y providencia, revelan la
bondad, la sabiduría y el poder de Dios; sin embargo, estas no son
suficientes para dar aquel conocimiento de Dios y de su voluntad,
que es necesario para la salvación. Por lo tanto, agradó al Señor, en
diferentes épocas y de diversas maneras, revelarse a sí mismo y
declarar su voluntad a su Iglesia; y luego, para la mejor
preservación y propagación de la verdad y para un más seguro
establecimiento y consuelo de la iglesia contra la corrupción de la
carne, la malicia de Satanás y del mundo, le agradó también poner
por escrito, en forma completa, dicha revelación; lo cual hace que
las Santas Escrituras sean muy necesarias, puesto que ahora han
cesado ya aquellas maneras anteriores por las cuales Dios reveló su
voluntad a su pueblo.

I, 1. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que Dios se revela al hombre de dos formas distintas: en la
naturaleza y en las Escrituras,
(2) que ningún hombre puede evadir la constante confrontación de
aquello que revela al Dios vivo y verdadero (aun sin la Escritura),
(3) que todo hombre se encuentra sin excusa en cuanto a su estado
ignorante y pecaminoso, y
(4) que las Escrituras son necesarias para el conocimiento verdadero y
salvífico de Dios porque solo en ellas el hombre halla la provisión
redentora de Dios.
Durante mucho tiempo ha sido una costumbre entre los Cristianos (aun los
que tienden a ser Reformados) el hablar de la insuficiencia de la revelación
natural, como si hubiera algún defecto en la revelación que hace de Dios.
Esto se puede comprobar en el uso tradicional de las “pruebas teístas”.
(a) A partir del mundo como un gran efecto podemos argumentar la
posibilidad de una gran causa.
(b) A partir del evidente orden y diseño en el mundo podemos
argumentar la posibilidad de una inteligencia diseñadora.
(c) A partir del evidente gobierno del mundo por la ley moral, podemos
argumentar la posibilidad de un dador de esa ley moral.

Después que estos, y otros argumentos similares, fueron desarrollados y


recopilados, se esperaba que los incrédulos se convencieran de que:
(a) “un dios” probablemente existe; y
(b) que si existe, posiblemente sea el Dios de la Escritura.

Solo después de “comprobar” la existencia de “Dios” se podía esperar


que el incrédulo aceptara otra evidencia que confirmara la existencia de
Dios. Observen que en este esquema la criatura fija los términos bajo los
cuales Dios tiene que presentar sus credenciales. No se le permite a los
hechos decir: “El Dios verdadero es”, sino solamente: “Puede que exista un
dios”.
¿Cuál es el problema con este método? Simplemente esto: Cada hecho (y
la suma total de todos los hechos) comprueba la existencia del Dios de la
Biblia. Y hay una buena razón para ello. Este Dios es. Siempre era. Existía
antes de la creación de cualquier cosa. Y el universo existe solamente
porque Él así lo planeó. Cada detalle de los aspectos relacionados a la
existencia tiene el propósito y carácter preciso que Dios diseñó.
Consecuentemente, tiene el significado otorgado por Dios. “Los cielos
declaran la gloria de Dios; y el firmamento demuestra sus obras […] no hay
idioma ni lenguaje donde no se escuche su voz” (Sal 19:1, 3). Todo el cielo
y toda la tierra declaran que Él es el verdadero Dios, que Él es glorioso, que
Él es el Creador y Gobernador de todo y que somos sus criaturas.
El hombre era la verdadera imagen de Dios. Solo Él entre todas las
criaturas podía pensar los pensamientos de su Creador. Antes del hombre sin
pecado toda la creación (incluso su propio ser) era un espejo sin sombra en
el cual Dios podía ser visto con la claridad de la visión. En la mente del
hombre, la revelación de Dios era re-interpretada de una forma auto-
consciente. Era la tarea del hombre tomar conciencia del sentido que Dios
puso en el universo. El hombre emprendió esta labor (Gn 2:19,20). Usó sus
poderes de investigación dados por Dios para descubrir el verdadero
significado de la naturaleza (es decir, el significado impreso por Dios).
Cuando Adán le “dio nombre” a algo en el mundo de la naturaleza, estaba
simplemente leyendo el “nombre” (significado) puesto ahí por Dios.
Sin embargo, debemos observar que aun antes de la caída del hombre,
Dios se reveló tanto en palabras como en la naturaleza. La naturaleza
revelaba todo lo que Adán necesitaba para un verdadero conocimiento de la
naturaleza de Dios y del mundo. Pero ¿cómo podía Adán conocer la voluntad
o el propósito de Dios? Y ¿cómo podía saber lo que debería ser su propia
voluntad o su propósito? La respuesta es: Solamente por medio de una
revelación especial (por la Palabra). Para que el hombre pueda ser la
imagen y semejanza de Dios, hay dos cosas esenciales. Su ser tiene que ser
como el de Dios y su voluntad o propósito también. El ser de Dios no es una
cuestión de “elección”. El ser del hombre tampoco es una elección. Él es la
imagen de Dios. Ser otra cosa no sería ser humano. Mientras el hombre sea
hombre, él existe a imagen de Dios. Por lo tanto, se deduce que la mera
existencia del hombre le exige una comprensión de deidad en su interior.
Todo hombre conoce a Dios, el Dios verdadero, el único Dios. No solo tiene
la capacidad para conocerlo, sino que lo conoce y no puede evitar el
conocerlo. Sin embargo, el propósito del hombre es cuestión de elección.
Tal y como Dios es libre de hacer su voluntad, así también el hombre
(siendo creado a la imagen divina) es libre de hacer su voluntad. Pero aun en
su libre albedrío el hombre no puede escapar al control absoluto de Dios
porque el ser del hombre (siendo solamente una imagen) es totalmente
dependiente de Dios. Al levantar su voluntad contra la voluntad de Dios
revelada en su Palabra, el hombre solo puede violar pero nunca destruir su
relación dependiente de Dios. Es la imagen de Dios de forma metafísica,
aunque haya dejado de ser su imagen de forma ética. La resolución del
hombre de ser independiente de Dios está condenada a la frustración, y
mediante la revelación natural se le hace recordar esto de forma clara y
constante. La revelación natural nunca deja de declarar al hombre
pecaminoso que el Dios verdadero es, y que la misma existencia del hombre
es totalmente dependiente de Dios. Por consiguiente, para poder seguir en
rebelión contra Dios, al hombre no le queda más que mentirse a sí mismo
acerca de la situación. Debe suprimir la verdad en perversidad (Ro 1:20).
Sin embargo, esta supresión de la verdad (por lo cual el hombre pecaminoso
se rehúsa a conocerse a sí mismo o al verdadero Dios) se debe
completamente al pecado y de ninguna manera a la insuficiencia de, o algún
defecto en, la revelación natural.
Sin embargo, la revelación de Dios antes de la caída era diferente a la
que Dios ha dado desde la caída, tanto en su revelación natural como
especial (hablada). Las dos formas de revelación siempre concuerdan. La
revelación natural y la especial antes de la caída estaban relacionadas y
diseñadas para operar por medio de la obediencia de Adán. La caída las
hizo inoperantes. La revelación ahora habla con relación a la condición
caída del hombre. La revelación natural no solo declara los atributos de
Dios (como lo ha hecho desde el comienzo) sino que también revela la ira de
Dios contra toda perversidad y profanidad del hombre (de lo cual no
necesitaba testificar anteriormente por la simple razón de que no existía la
perversidad ni profanidad en el hombre). La Biblia nos enseña que la
revelación natural ahora testifica acerca de estas cosas (Ro 1:18; 2:14,15,
etc.). Algunos cambios fueron introducidos en el orden natural (Gn 3:18ss.)
para que la naturaleza testificara de la maldad y la ruina del hombre. Así
como la regularidad y la paz del medio ambiente original del hombre habían
testificado, en toda forma, de la bondad de Dios, ahora su agitación y
violencia testifican que todos los días Dios está enojado con los pecadores.
Por esto no le es más fácil al pecador aceptar la revelación de Dios en la
naturaleza de lo que le es aceptarla en las Escrituras. La revelación natural
es “difícil” de “leer” para el pecador, no porque no diga lo suficiente, ni
porque no hable con suficiente claridad, sino porque dice demasiado y con
demasiada claridad.
Sin embargo, de la misma forma en que vino la prueba de la obediencia
del hombre por medio de la revelación verbal, así también el remedio para
la necesidad actual del hombre viene por medio de revelación verbal. Solo
el evangelio puede suplir la revelación natural de tal manera que pueda: (a)
Revelar los medios para remover la enemistad de Dios (Ro 1:17; 2Co 5:18-
21ss.), y (b) convertir al hombre, nuevamente, en un súbdito voluntario de la
voluntad de Dios (Ro 12:1,2). Por lo tanto, le ha complacido a Dios llevar a
cabo esta revelación en un proceso gradual, el cual ya ha sido completado,
con el resultado que su Palabra salvadora está depositada ahora en la Biblia.
De esto veremos más a continuación.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuántas formas de revelación hay? Nómbrelas.
2. Algunos han pensado que la revelación natural hablaba
claramente a Adán (algunos incluso se imaginan que él no tenía
necesidad de una revelación verbal antes de la caída), pero que
no nos habla claramente a nosotros. Desmienta esta posición.
3. ¿Existe prueba de la existencia de Dios? ¿Dónde?
4. ¿Cuál es el problema con las “pruebas” tradicionales de la
existencia de Dios?
5. ¿Cuáles son los dos aspectos de la naturaleza del hombre
hecho “a imagen de Dios”?
6. ¿Cuál de ellos podría ser “perdido” por el hombre?
7. ¿Cuál de ellos fue producido exclusivamente por Dios?
8. ¿Cuál de ellos fue producido en parte por el hombre?
9. ¿Era suficiente la revelación natural antes de la caída? ¿Por
qué?
10. ¿Qué es lo que declara la revelación natural ahora que no
declaraba antes de la caída del hombre?
11. ¿Existe aún el hombre a imagen de Dios?
12. ¿Qué es lo que impide que el hombre tenga conciencia del
Dios vivo y verdadero que aborrece al pecado?
13. ¿Por qué tiene que venir el remedio a la condición del hombre
por medio de una revelación especial (verbal)?

Ver las respuestas a estas preguntas


2. Bajo el nombre de Santas Escrituras o Palabra de Dios escrita,
están contenidos todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamentos,
todos los cuales fueron dados por inspiración de Dios para que sean
la regla de fe y de vida.

Estos libros son:

DEL ANTIGUO TESTAMENTO


El Pentateuco

1. Génesis 3. Levítico 5. Deuteronomio

2. Éxodo 4. Números

Los libros históricos:

6. Josué 10. 2 Samuel 14. 2 Crónicas

7. Jueces 11. 1 Reyes 15. Esdras

8. Rut 12. 2 Reyes 16. Nehemías

9. 1 Samuel 13. 1 Crónicas 17. Ester

Los libros poéticos:

18. Job 20. Proverbios 22. Cantares

19. Salmos 21. Eclesiastés


Los libros proféticos:

23. Isaías 29. Joel 35. Habacuc

24. Jeremías 30. Amós 36. Sofonías

25. Lamentaciones 31. Abdías 37. Hageo

26. Ezequiel 32. Jonás 38. Zacarías

27. Daniel 33. Miqueas 39. Malaquías

28. Oseas 34. Nahum

DEL NUEVO TESTAMENTO


Los Evangelios según:

1. Mateo 3. Lucas

2. Marcos 4. Juan

5. Los Hechos de los Apóstoles

Las Epístolas de Pablo a los:

6. Romanos 11. Filipenses 16. 2 Timoteo

7. 1 Corintios 12. Colosenses 17. Tito

8. 2 Corintios 13. 1 Tesalonicenses 18. Filemón

9. Gálatas 14. 2 Tesalonicenses

10. Efesios 15. 1 Timoteo

Las epístolas universales:

19. A los Hebreos 22. 2 Pedro 25. 3 Juan


20. De Santiago 23. 1 Juan 26. De Judas

21. 1 Pedro 24. 2 Juan

27. El Apocalipsis de Juan


3. Los libros comúnmente llamados Apócrifos, no siendo de
inspiración divina, no son parte del Canon de la Biblia, por tanto no
tienen autoridad en la Iglesia de Dios, ni deben ser aprobados o
usados de otra manera que como escritos humanos.
4. La autoridad de la Biblia, la cual debe ser creída y obedecida, no
depende del testimonio de ningún ser humano o iglesia, sino
enteramente de Dios (quien es verdad en sí mismo), el autor de la
Biblia, por lo tanto debe ser recibida porque es la Palabra de Dios.
5. El testimonio de la iglesia puede movernos e inducirnos a tener
una estimación alta y reverencial por la Santa Biblia. Asimismo, el
carácter de celestial de su contenido, la eficacia de su doctrina, la
majestad de su estilo, la armonía de todas sus partes, el propósito de
todo su conjunto (que es dar toda gloria a Dios), la plena revelación
que hace del único camino de la salvación del ser humano, las
muchas otras incomparables excelencias y su total perfección
constituyen argumentos por los cuales la Biblia evidencia
abundantemente, por sí misma, ser Palabra de Dios. Sin embargo,
nuestra completa persuasión y seguridad de la infalible verdad y de
su autoridad divina provienen del Espíritu Santo que obra en
nuestro interior, dando testimonio en nuestros corazones mediante la
Palabra y con la Palabra.

I, 2-5. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que a causa de la condición perdida del hombre, Dios se ha revelado
a sí mismo y ha revelado su voluntad a través de un proceso
histórico,
(2) que por buenas razones ha dejado un registro permanente de esta
revelación,
(3) que ahora está completo,
(4) que está comprendido en los sesenta y seis libros canónicos, y
(5) que es evidente dado que son inspirados, lo cual no sucede con otros
escritos.

La revelación especial de Dios después de la caída solo podía ayudar al


hombre si venía con poder:
(a) para restaurarlo a su posición como la semejanza de la imagen de
Dios (Ef 4:23-24; Ro 12:2; Col 3:10);
(b) Y entonces sí podía controlarlo y mantenerlo como la semejanza de
la imagen de Dios perpetuamente (2Co 3:18; Ro 8:29). Para que la
revelación de Dios fuera efectiva, tenía que revelar información
redentora con la adición de directivas morales. Las Escrituras
comprenden ambas. La redención vino en una serie de actos
acompañados por la interpretación de Dios acerca de esos actos. El
Antiguo Testamento registra una serie de actos de Dios preparatorios
para el verdadero logro de la redención, junto con explicaciones que
ayudan al entendimiento humano del plan de Dios. El Nuevo
Testamento registra el acto culminante (la redención realizada por
Jesucristo) y la interpretación final de ello en la doctrina apostólica.
Cuando la redención fue completada en hechos, también fue
completada en palabras (Heb 1:1). La razón es que, al completarse la
redención, no deja nada más qué explicar.

Pero ¿por qué ha escogido Dios esta forma de preservar esa revelación?
La respuesta es que esta forma es mejor que las formas en las que
comúnmente confía el hombre. Por ejemplo, es mejor que la tradición. Y no
solo es mejor para preservar la verdad sino también para propagarla. De eso
veremos más adelante en la sección 8.
Una pregunta importante hasta este punto es: ¿Cómo sabemos que este
libro es la Palabra de Dios? Y ¿cómo podemos estar seguros de que solo
este libro es la Palabra de Dios? Podemos estar seguros de que esta es la
Palabra de Dios por medio de la evidencia que lo comprueba. Y esa
evidencia es, a la vez, interna y externa a la Palabra de Dios.

A. La evidencia interna es compleja. Simplemente indicaremos en parte


cuál es esa evidencia.
1. El Antiguo Testamento afirma ser la misma Palabra de Dios. Por
ejemplo, David dijo: “El Espíritu del Señor habló por medio de mí;
puso sus palabras en mi lengua” (2S 23:2).
2. Los escritores del Nuevo Testamento aceptaron por completo al
Antiguo Testamento como la Palabra de Dios. Por ejemplo: “Alzaron
unánimes la voz en oración a Dios: ‘Soberano Señor, Creador del cielo
y de la tierra, del mar y de todo lo que hay en ellos, Tú, por medio del
Espíritu Santo, dijiste en labios de nuestro padre David…” (Hch 4:24-
25). O como dijo Lucas: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque
ha venido a redimir a su pueblo […] como lo prometió por medio de
sus santos profetas…” (Lc 1:68-70). Cristo y sus apóstoles
constantemente citan el Antiguo Testamento como la Palabra de Dios
(Mt 5:18; Jn 10:35).
3. Cristo les prometió el Espíritu Santo a sus apóstoles para que también
pudieran escribir las Escrituras del Nuevo Testamento (Jn 14:26).
“Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi
nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les
he dicho” (Jn 15:26-27). “Cuando venga el Consolador, que Yo les
enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del
Padre, él testificará acerca de mí. Y también ustedes darán testimonio
porque han estado conmigo desde el principio”.
4. Más tarde, los apóstoles recibieron el cumplimiento de esta promesa
(Hch 2:1,4) y así ellos podían decir: “Por tanto, el que rechaza estas
instrucciones no rechaza a un hombre sino a Dios…” (1Ts 4:8).
“Hablamos, no con las palabras que enseña la sabiduría humana sino
con las que enseña el Espíritu”, dijo el apóstol (1Co 2:13).
5. Los apóstoles trataban sus escritos mutuamente como la Palabra de
Dios, colocándolos al nivel del Antiguo Testamento (2P 3:16).
6. La Biblia contiene información que, en la naturaleza del caso, solo
pudo haber venido de Dios, como por ejemplo, con respecto a la
creación, el nuevo cielo y la nueva tierra del futuro (Gn 1 - 2; Ap 21 –
22).
7. La Biblia contiene predicciones acerca de eventos que luego se
cumplieron. Daremos unos ejemplos. Con respecto a Cristo, el Mesías,
el tema más importante de la profecía, encontramos predicciones: (a)
de la nación, tribu, y familia de la cual iba a provenir (Gn 12:3; 18:18;
1:12; 22:18; 26:4; 28:14; 49:8; Sal 18:50; 89:4,29, 35-37); (b) del
lugar de su nacimiento (Mi 5:2; vea Lucas 2:1-7); (c) que iba a nacer de
una virgen (Is 7:14); (d) que sería un profeta (Dt 18:15, es decir, el
último profeta), sacerdote (1S 2:35, Sal 110:4, es decir el último
sacerdote), y rey (2S 7:12-16, es decir, el Rey eterno); (e) que sería
odiado y perseguido (Sal 22:6; 35:7, 12; 109:2; Is 53:3ss.); (f) que
entraría a Jerusalén montado en un asno (Sal 118:26; Zac 9:9. cp. Mt
21:1, etc.); (g) que sería vendido por 30 monedas de plata (Zac 1:12);
(h) que sería traicionado por uno de sus amigos conocidos (Sal 41:9;
55:12); (i) que sería abandonado aun por sus discípulos (Zac 13:7); (j)
que sería acusado por testigos falsos (Sal 27:12; 35:11; 109:2); (k) que
no imploraría en su juicio (Sal 38:13; Is 53:7); (l) que sería burlado,
escupido, insultado (Sal 35:15,21), azotado (Is 50:6) y crucificado (Sal
22:14, 17); (m) que sus perseguidores le ofrecerían vinagre y hiel (Sal
22:15; 69:21), que romperían sus ropas y rasgarían sus vestimentas (Sal
22:18), sería burlado (Sal 22:6-8; 109:25) y traspasado (Zac 12:10,
13:8; Sal. 22:16). Ni un hueso sería quebrado (Sal 34:20). Moriría con
malhechores (Is 53:9-12), y sería sepultado con los ricos (Is 53:9); (n)
que habría un temblor cuando muriera (Zac 14:4); (o) que resucitaría de
entre los muertos (Sal 16:10, Os 6:2ss.), (p) que ascendería al cielo
(Sal 16:11; 24:7; 68:18; 110:1); (q) que Judas moriría de forma
repentina y miserable (Sal 55:15; 109:17); y muchos más podrían ser
añadidos.
8. Nunca se ha demostrado que la Biblia se contradiga, a pesar de que fue
escrita por muchos profetas y apóstoles distintos quienes vivían en
tiempos y lugares distintos y bajo circunstancias y costumbres muy
distintas. (Muchas personas dicen que la Biblia se contradice pero
nadie aún lo ha podido comprobar ni en una sola instancia).
9. La Biblia enseña un plan de salvación y un sistema de ética los cuales
la sabiduría humana no pudo haber concebido. Es más, la sabiduría
humana ni los puede recibir sin la gracia sobrenatural.

B. La evidencia externa es subordinada, pero importante.


1. La Iglesia a través de los siglos ha reconocido la Biblia como la
Palabra de Dios. Esto no puede ser una prueba primaria puesto que la
Iglesia puede equivocarse y a menudo ha errado. Aun así, es un hecho
sobresaliente que la Iglesia, aun en sus momentos más oscuros ha
reconocido la Biblia como la Palabra de Dios.
2. La Biblia ha sido sometida a un cuidado especial de Dios para que se
haya preservado como ningún otro escrito sobre la faz de la tierra.
(Para mayores pruebas vea: “The Infallible Word”, Stonehouse y
Woolley, The Presbyterian Guardian, 1946, pp. 137-187). De esto
veremos más abajo en la sección 8.

Pero si las Escrituras son la Palabra de Dios, entonces obviamente deben


contener una autoridad divina dentro de sí mismas. Y si poseen dentro de sí
mismas autoridad divina, entonces no pueden y no necesitan depender de
nada más (salvo Dios). La autoridad solo puede ser dependiente de algo más
alto que ella. La autoridad del hombre puede depender de la autoridad del
hombre pero solo si esta depende de algo más elevado. Así, pues, la
autoridad de un capitán depende de la del mayor, y el mayor está bajo la
autoridad del coronel, etc. (Lc 7:7-8). Pero Dios es la autoridad suprema. La
palabra de un capitán tal vez tenga que ser respaldada por la de un coronel.
Pero ¿quién puede respaldar la autoridad de la Palabra de Dios, sino Dios?
Es aquí, más que en ninguna otra parte, donde la Iglesia Católica Romana
revela claramente su suprema audacia. Roma dice que la Biblia es la
Palabra de Dios. Pero también dice que la certidumbre de esto recae sobre
el testimonio de la Iglesia. Así, el Catecismo de Baltimore (pregunta 1327)
declara que “es solo por medio de la Tradición (preservada en la Iglesia
Católica) que podemos saber cuáles de las escrituras de los tiempos pasados
son inspiradas y cuales no lo son”. Con respecto al testimonio de la Biblia,
la Palabra de Dios, de que ella misma es la Palabra de Dios, lo cual se
encuentra en muchos textos, un texto católico romano reciente dice lo
siguiente: “Aunque estos textos de la Biblia son extremadamente claros,
simplemente no pueden ser nuestra prueba central de que la Biblia es la
Palabra inspirada de Dios”. (“This is the Faith”, Catholic Theology for
Laymen, por F. J. Ripley, p. 41). Según Roma es mucho más importante lo
que diga Roma de la Palabra de Dios que lo que diga Dios de Su Palabra.
“Las Escrituras necesitaban una garantía de autenticidad. Solo la Iglesia les
podía dar esa garantía; sin la Iglesia, no puede existir” (Ibíd., p.45). Noten
que Roma no duda en decir que Dios no puede garantizar Su propia Palabra:
Solo el hombre, el hombre en colectividad (la Iglesia) lo puede. ¿Qué más
puede ser esto que colocar a la criatura por encima del Creador?
A veces los protestantes han hecho lo mismo inconscientemente. A
menudo ha sucedido en el trato de los cristianos con los no creyentes. El
inconverso afirma que no encuentra nada en la Biblia que exija que crea que
realmente sea la Palabra de Dios. Y con demasiada frecuencia el creyente,
en efecto, ha concedido que el inconverso tiene alguna justificación en su
posición. El creyente incluso puede imaginarse la posibilidad de hallar un
punto “neutro” en el cual él y el no creyente estén de acuerdo. Entonces, se
racionaliza, se pueden sumar una serie de argumentos a este punto neutro los
cuales, al final, tal vez confirmen que la Biblia es la Palabra de Dios (o tal
vez igual confirmen que no lo es). Así es que la razón humana o la
arqueología o la historia, etc., puede ser elegida como el punto de partida e,
inconscientemente, este punto se convierte en la “autoridad suprema” delante
de cuyo tribunal Dios es juzgado. Esto, en efecto, hace que alguna autoridad
esté por encima de la autoridad de Dios. Y esto no se puede hacer (cp. Heb
6:16-18).
El hecho es que no se puede probar que la Biblia es la Palabra de Dios
utilizando algo externo a Dios mismo. Esto no significa que el testimonio de
la Iglesia sea nulo. Un guía que señala las distintas obras maestras en una
galería de arte tiene su utilidad. Él no convierte a obras dudosas en obras
maestras. Ni siquiera prueba que estas obras maestras lo sean. Pero puede
que él sea el instrumento por medio del cual lleguemos a ver las cualidades
intrínsecas que las convierten en obras maestras. Así que la Iglesia puede
resaltar que la Biblia es la Palabra de Dios. Pero esto es posible solo
porque es la Palabra de Dios, porque ya exhibe en todas sus partes las
excelencias que le pertenecen a la Palabra divina. Tiene que estar ahí para
que se pueda ver que esta ahí. Como dice el Profesor John Murray: “La
autoridad de las Escrituras es un hecho objetivo y permanente que reside en
la cualidad de la inspiración”. También sostiene que “la fe en la Escritura
como la Palabra de Dios […] recae en las perfecciones inherentes de la
Escritura y es evocada por la percepción de estas perfecciones” (The
Infallible Word, p. 45).
Sin embargo, Murray mismo pregunta: “¿Si las Escrituras manifiestan ser
divinas, por qué es que no resulta en fe en todo aquel que es confrontado con
ella? La respuesta es que no todos los hombres tienen la facultad perceptiva
necesaria. La evidencia es algo, pero la habilidad de percibir y entender es
algo muy aparte”. Como nos hace recordar 1 Corintios 2:14, “…el efecto del
pecado es tal que no solo ciega la mente del hombre y la hace insensible a la
evidencia, sino que también hace que el corazón del hombre sea
completamente hostil a la evidencia” (Ibíd., p.46). Es solo cuando Dios da
“el espíritu de sabiduría” que los ojos de nuestro entendimiento son abiertos
(Ef 1:18). Pero hay algunos que permanecen en su necedad, como nos dice
Romanos 1:18: “Ciertamente la ira de Dios viene revelándose desde el cielo
contra toda impiedad e injusticia de los seres humanos, que con su maldad
obstruyen la verdad”.
“Los dos pilares de la verdadera fe en las Escrituras como la Palabra de
Dios son el testimonio objetivo y el testimonio interno” (Ibíd., p.51). El
testimonio interno del Espíritu Santo no nos imparte un contenido nuevo de
la verdad. La verdad completa de Dios para el hombre está contenida en la
Escritura. El Espíritu Santo obra de tal manera en los corazones de los
elegidos que al final reaccionan correctamente frente a la verdad que los está
confrontando en la Biblia.
El punto de vista Bartiano o neo-ortodoxo, muy popular hoy en día,
sostiene que la Biblia “contiene” la Palabra de Dios, o que se “convierte en”
la Palabra de Dios para el lector. Pero la causa de esto, desde el punto de
vista Bartiano, no es la perfección objetiva de la Biblia sino la actividad
completamente subjetiva de Dios en el lector. Porque rehúsa la perfección
permanente e inherente en la Palabra escrita de Dios, realmente deja de ser
“palabra de Dios”. Llamar Palabra de Dios a la reacción del lector ante la
Palabra de Dios es rechazar la Palabra de Dios y entronizar la palabra del
hombre. La neo-ortodoxia es realmente neo-modernismo, y el neo-
modernismo es aún más peligroso por lo que es más engañoso. La Biblia
tiene que ejercer un efecto subjetivo sobre mí para servirme de ayuda, pero
me sirve de ayuda siempre y cuando sea siempre e inherentemente la Palabra
infalible de Dios. Lo único que necesito es ver lo que ya es. Esta es la
perspectiva ortodoxa.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es la “prueba” de la inspiración de la Biblia?
2. ¿Cómo comunica la Biblia el hecho de ser inspirada?
3. ¿Por qué es que la autoridad de la Biblia no puede ser
dependiente de “el testimonio de algún hombre o de la Iglesia”?
4. ¿Cuál es la afirmación audaz de Roma?
5. ¿De qué forma, a veces, los creyentes subordinan la autoridad
de las Escrituras al hombre?
6. ¿Dónde se debe buscar la evidencia de la divinidad de las
Escrituras?
7. Si la evidencia está ahí, ¿por qué es que no siempre resulta en
fe en el hombre que es confrontado por ella?
8. Cuando la Confesión habla del Espíritu Santo que “testifica”,
¿está afirmando que se comunica un nuevo contenido de la
verdad a la mente del hombre?

Ver las respuestas a estas preguntas


6. La totalidad del Consejo de Dios concerniente a todas las cosas
necesarias para su propia gloria y para la fe, vida y salvación del
ser humano está expresamente expuesta en la Biblia, o por buena y
necesaria consecuencia puede deducirse de la Biblia, a la cual nada
debe añadirse en ningún tiempo ya sea por nuevas revelaciones del
Espíritu o por las tradiciones humanas. Sin embargo, reconocemos
que la iluminación interna del Espíritu es necesaria para una
comprensión salvífica de las cosas reveladas en la Biblia.
Reconocemos también que hay algunas circunstancias concernientes
a la adoración a Dios y al gobierno de la Iglesia, comunes a todas
las acciones y sociedades humanas, que deben ordenarse conforme a
la luz de la naturaleza y de la prudencia cristiana, según las reglas
generales de la Biblia, las cuales siempre deben acatarse.

I, 6. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que la revelación completa de Dios (ahora contenida en las
Escrituras) es completamente suficiente para toda necesidad
espiritual del hombre,
(2) que es suficiente en toda época (no requiere añadidos), y
(3) que aun así es suficiente en cuanto a principios en vez de detalles
(dejándole al hombre la aplicación de principios generales en ciertas
instancias en su función de imagen de Dios).

Lo que sigue es dado en apoyo a la enseñanza de la Confesión, de que la


Biblia es un producto completo y completamente suficiente para todas
nuestras necesidades.
Cristo dijo ser “la verdad” (Jn 14:6), y creemos que Él encarnaba la
verdad completa (Col 2:9). ¿No es este el punto de comparación en la
primera afirmación de la Epístola a los Hebreos? “Dios, que muchas veces y
de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio
de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo”
quien es “la fiel imagen de lo que Él es”. ¿No es este el contraste entre lo
provisional y lo final; entre lo incompleto (y por ende siempre receptor de
añadidos) y lo completo (y por ende incapaz de recibir cualquier añadido)?
Cristo, en cambio, según su propio testimonio, se reveló a otros (Jn 15:15).
“Porque todo lo que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a
ustedes”. Si Cristo, en el momento de su encarnación, podía decir: “Todo
[…] lo he dado a conocer”, entonces ¿cómo puede alguien aceptar la
posibilidad de que se podría necesitar otra cosa más antes del regreso de
Cristo?
De modo que Cristo reveló toda verdad a los apóstoles. Vemos entonces
que Pablo podía afirmar correctamente que había proclamado “todo el
propósito de Dios” (Hch 20:27). “No he vacilado en predicarles nada que
les fuera de provecho”, dice Pablo (v. 20). Cada apóstol podía afirmar lo
mismo. ¿Cómo, entonces, podría haber algo aún por revelar que nos podría
ser de provecho? Pero aun si ellos (los apóstoles) hubieran faltado a su
deber de comunicarnos (por medio de un registro escrito) todo lo que Cristo
les había revelado, ¿no sería imposible que alguien, salvo un apóstol,
supliera la deficiencia? Pero el testimonio de Pablo en 2 Timoteo 3:15-17
claramente indica que no existe tal deficiencia, sino que las Escrituras son
aptas para suplir perfectamente al creyente. Y si las Sagradas Escrituras no
fueran suficientes y completas ¿a qué llevaría una comparación entre
Hebreos 10:10 (o 10:12, 7:27, etc.) y Judas versículo 3? ¿Se podría añadir
algo al sacrificio hecho “una vez y para siempre”? Si no se pudiese,
entonces ¿cómo se podría añadir algo a “la fe encomendada una vez por
todas a los santos”? Y ¿cómo podría Pablo en Efesios 6:10 animarnos,
diciendo: “Pónganse toda la armadura de Dios para que puedan hacer frente
a las artimañas del diablo”? Una parte de esta armadura es “la espada del
Espíritu, que es la Palabra de Dios”. Pero si la Palabra de Dios no está
completa, ¿cómo podría estar completa la armadura? ¿No sería entonces
defectuosa? Y ¿si fuera defectuosa cómo podríamos resistir?
Apocalipsis 22:18-19 también enseña la imposibilidad de añadir algo a
la Biblia. Algunos mantienen que Juan solo estaba prohibiendo el añadir
algo particularmente al libro que él estaba escribiendo, es decir, al
Apocalipsis. Pero todos sabemos que Juan era el último apóstol
sobreviviente, escribiendo el libro final. Él era consciente de este hecho.
También deberíamos tomar nota de la expresión peculiar que utiliza en
Apocalipsis 22:18. La palabra que se traduce “a” de “añadir a” normalmente
no se traduce como “a”. Es la palabra griega epi, la cual significa “sobre,
encima de o por encima de”. Por lo tanto, esto indicaría cualquier añadido a
lo que está debajo, es decir, lo anterior. Si Juan escribió el último libro,
¿qué mejor forma para negar que algo se pudiera añadir a toda la Biblia, que
negando que algo se pudiera añadir a este libro? O, igualmente, podríamos
argumentar que Juan solo prohibió la alteración de este libro en particular.
¿Quién se podría imaginar que Juan nos permitiría “substraer” algo de las
palabras de los otros libros de la Biblia y que solo protestaría la alteración
de su libro?
El hombre no necesita ningún conocimiento de la voluntad de Dios que no
haya sido “expresamente dada en las Escrituras” o que no sea deducible de
ellas “por buena y necesaria consecuencia”. La ley mosaica, por ejemplo, no
está expresada por medio de principios abstractos. Moisés declaró la ley en
términos de instancias concretas. Sin embargo, como dice Murray, “estas
instancias concretas no se deben aislar de la clase de relación que
ejemplifican” (Principies of Conduct, p.255). Aunque en algunos casos los
diez mandamientos se expresan en términos de ejemplos concretos (por
ejemplo, el adulterio como una instancia concreta del pecado sexual), a la
vez ejemplifican principios de amplio espectro. Como estos principios son
tan amplios, deberíamos hacer todo (“ya sea que coman o beban o hagan
cualquier otra cosa”) para la gloria de Dios. Y como cada persona debe,
como imagen de Dios personalmente responsable ante Dios, aplicar estos
principios a sus propias circunstancias, es de suma importancia hacer
hincapié en la libertad del cristiano (vea Capítulo XX).
Podemos citar, como ejemplos de “circunstancias concernientes a la
adoración a Dios y el gobierno de la iglesia”, etc., “las cuales deben ser
ordenadas según la luz de la naturaleza y prudencia cristiana, según las
reglas generales de la Palabra”, tales cosas como el lugar y la hora (del
domingo) de la asamblea congregacional. En Hechos 2:46 vemos que los
primeros cristianos se reunían en “el templo” y también “de casa en casa”.
El hecho de que los judíos “nobles” en Tesalónica, quienes recibieron “el
mensaje con la alegría que infunde el Espíritu Santo” (Hch 17:10,11),
tuvieran una sinagoga, no es condenado. Pero la posesión de un edificio para
la iglesia ciertamente no se considera esencial para la existencia de una
iglesia cristiana (cp. Hch 18:7). Tampoco se ve que la Biblia dicte una hora
específica para la asamblea de la congregación. Pablo y Silas alabaron a
Dios a la medianoche (Hch 16:25). También parece haber sucedido lo
mismo en Troas (Hch 20:7). Aun así, a menudo la hora era otra (Hch 16:13).
El principio permanecía (Éx 20:8), pero se ejecutaba bajo distintas
circunstancias acerca de las cuales Dios no había dado cada instrucción
posible. No tenemos la libertad de modificar el principio ni en lo más
mínimo. Pero tenemos la libertad de llegar a entender el principio según los
cambios en las circunstancias, etc. (Podemos trasladar el lugar de asamblea
de un edificio a otro, o de una hora a otra, pero no de un día a otro.) Puede
que un incendio le prive a alguna congregación del uso de su lugar
acostumbrado de reuniones. Se tendría que escoger otro lugar, aunque sea
provisionalmente, así que las circunstancias de la adoración divina variarían
de común acuerdo. Pero nada, salvo las circunstancias, podría cambiarse
legítimamente. Aun en este caso, se requeriría que la congregación se reúna
en el Día del Señor, y los elementos de la adoración divina prescritas por
las Escrituras tendrían que conformar el contenido total de los ejercicios de
ese día. Vemos esta distinción en asuntos de adoración y de gobierno. El día
de adoración fue ordenado por Dios, las circunstancias del tiempo (en el Día
del Señor) y el lugar se les deja a los hombres. El contenido de la adoración
divina está prescrito por Dios, las circunstancias del ordenamiento
eclesiástico se han dejado en la esfera de las circunstancias. Hay libertad,
pero solo dentro de los límites estrictos de la ley de Dios establecidos en
forma de principios revelados en las Escrituras.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Cite pruebas bíblicas de que la Palabra de Dios está completa.
2. Cite pruebas bíblicas de que la Palabra de Dios revela toda Su
voluntad para el hombre.
3. ¿Por qué es que se da dirección en principios generales en vez
de particulares? (Se pueden dar dos razones).
4. ¿Cómo puede la Biblia ser suficiente para todo hombre en todo
lugar y en todo momento?
5. En las categorías de alabanza y gobierno, dé ejemplos de lo
que son y lo que no son circunstancias de la adoración y
gobierno.
6. Dé un ejemplo que demuestre que los principios generales de la
Palabra de Dios deben controlar las circunstancias y que las
circunstancias no deben controlar (ni se les debe permitir
violentar) los principios de la Palabra de Dios.

Ver las respuestas a estas preguntas


7. Todas las cosas en la Biblia no son igualmente sencillas en sí
mismas, ni igualmente claras para todos. Sin embargo, todas
aquellas cosas que es necesario obedecer, creer y observar para la
salvación están claramente propuestas y expuestas en uno u otro
lugar de la Biblia; de modo que no solo los eruditos, sino también
los que no son eruditos lleguen a una comprensión suficiente de ella
mediante el debido uso de los medios ordinarios.

I, 7. Esta sección de la Confesión enseña la doctrina llamada la perspicuidad


de las Escrituras (lo cual literalmente significa la “transparencia” de las
Escrituras), y que, entonces, tanto los estudiosos como los no estudiosos
pueden, por medio de un uso adecuado de los recursos, lograr un
entendimiento correcto y salvífico de las Escrituras.
Es la mentira original de Satanás que Dios, hablando en su Palabra,
necesita un intérprete para darle al hombre dirección infalible (Gn 2:17,
3:4). Este antiguo error tiene un lugar supremo en la Iglesia Católica
Romana. Así, el Catecismo Baltimore (pregunta 1328) dice: “¿Cómo
podemos saber el verdadero significado de las doctrinas contenidas en la
Biblia?” Respuesta: “Podemos entender el verdadero significado […] por
medio de la Iglesia Católica que ha sido autorizada por Jesucristo para
explicar sus doctrinas, y la cual es preservada del error en sus enseñanzas
por medio de la asistencia especial del Espíritu Santo”1. De esta forma,
mientras afirma que Dios habla al hombre en la Biblia, la Iglesia Católica
Romana enseña que Dios no ha hecho claro lo que quería decir y, por lo
tanto, por encima de la Palabra de Dios tiene que estar la interpretación
autoritativa de la Iglesia (la cual, deducimos, tiene una opinión experta
acerca de lo que significa la Palabra de Dios). Esto también implica que
Roma quiere que confiemos en la palabra clara del hombre en vez de la
oscura Palabra de Dios.
La Fe Reformada enfoca el asunto precisamente al revés, manteniendo
que solo las Escrituras expresan la verdad divina con perfecta claridad y,
por ende, que solo ellas tienen la autoridad absoluta. La interpretación de la
Iglesia (como, por ejemplo, en sus credos) siempre tiene que ser vista como
menos que perfectamente clara en cuanto a su expresión de la verdad divina
y necesariamente debe ser subordinada a las Escrituras.
Decir que Dios ha hablado claramente no es, sin embargo, igual que decir
que no haya nada “profundo” ni “inescrutable” en las Escrituras. Pedro nos
recuerda que hay en las Escrituras “algunos puntos difíciles de entender” (2P
3:16). No son las Escrituras sino algunos puntos en las Escrituras los cuales
se declaran que son difíciles de entender. No cabe duda que “los no
estudiosos e inestables” pueden, y a menudo logran, torcer las cosas difíciles
de las Escrituras “para su propia destrucción”. Pero los que se dedican a
estudiar con diligencia y con estabilidad (no solo cuando se animan
repentinamente) sabrán la verdad de lo inescrutable de la Palabra de Dios.
El hecho de que Dios ha hablado claramente de cosas difíciles no las hace
fáciles. La expresión más clara de la teoría de la relatividad formulada por
Einstein no la hace “simple”. Pero si Dios no hubiera hablado claramente,
¿cómo podemos estar seguros de que otros entienden lo que nosotros no
entendemos?
La prueba final de esto, al igual que de toda doctrina, tiene que ser
hallada en las Escrituras. A.A. Hodge da los siguientes datos bíblicos en su
comentario:
(a) Todo Cristiano, sin distinción, está bajo el mandato de escudriñar las
Escrituras (2Ti 3:15-17, Hch 17:11, Jn 5:39, etc.).
(b) Las Escrituras se dirigen a todo hombre o al cuerpo entero de
creyentes (Dt 6:4-9, Lc 1:3, Ro 1:7, 1Co 1:2; 2Co 1:1, y note los
saludos en las Epístolas).
(c) Se afirma que las Escrituras son transparentes (Sal 119:105, 130;
2Co 3:14; 2P 1:18-19; 2Ti 3:15-17).
(d) Las Escrituras se dirigen al hombre como una ley directamente divina
que se debe obedecer de forma personal (Ef 5:22, 25, 6:1, 5, 9; Col
4:1; Ro 16:2, etc.).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué significa decir que las Escrituras son “transparentes”?
2. ¿Cuál es la doctrina católica romana acerca de la transparencia
de la Escrituras?
3. Contraste los puntos de vista Católico-romanos con los
Reformados acerca del credo.
4. ¿Enseña la doctrina de la perspicuidad (transparencia) de las
Escrituras que no hay nada difícil de entender en las Escrituras?
¿Cuál es la diferencia entre esta admisión y la enseñanza
católica romana?
5. ¿Qué debe hacer el cristiano más humilde y el más erudito para
entender las Escrituras? ¿Cree que el que se queja que las
Escrituras son difíciles de entender haya hecho tal cosa?
6. ¿Cómo es que las Escrituras mismas indican que Dios ve su
Palabra como algo suficientemente claro de entender?
7. ¿Cuáles cree usted que son los “medios ordinarios o comunes”
que se deben implementar? (La Sección 9 de este capítulo da
parte de la respuesta).

Ver las respuestas a estas preguntas


8. El Antiguo Testamento en hebreo (que desde la antigüedad era la
lengua nativa del pueblo de Dios), y el Nuevo Testamento en griego
(el cual era generalmente muy conocido por todas las naciones en el
tiempo en que fue escrito), siendo inmediatamente inspirados por
Dios y conservados puros en todos los tiempos por su singular
cuidado y providencia son, por tanto, auténticos; de tal manera que
en toda controversia religiosa, la iglesia debe apelar finalmente a
ellos. Pero como estas lenguas originales no son conocidas por todo
el pueblo de Dios, que tiene derecho a, e interés en la Biblia, y le es
ordenado en el temor de Dios leerla y escudriñarla; por tanto, la
Biblia debe ser traducida a la lengua vernácula de toda nación
donde llegue, para que morando la Palabra de Dios abundantemente
en todos, adoren a Dios de manera aceptable, y mediante la
paciencia y consuelo de ella tengan esperanza.

I, 8. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) en qué idiomas fue escrita la Biblia originalmente, es decir, hebreo y
griego,
(2) que los manuscritos originales fueron divinamente inspirados,
(3) que la autoridad máxima reside exclusivamente en estos textos
originales,
(4) que Dios ha preservado este texto en un estado de pureza esencial, y
(5) que este texto debe ser traducido al idioma común de cada pueblo
para el provecho de todo creyente.
Estrictamente hablando solo hay una Biblia, pero hablamos común e
incorrectamente como si hubiera muchas. Hablamos de “la Biblia
Protestante” y “la Biblia Católica Romana”. Hablamos de “la Reina Valera”
y “la Nueva Versión Internacional”. La verdad es que hay muchas versiones
(traducciones) de la Biblia. Pero solo hay una Biblia. Es ese cuerpo de
palabras que fueron escritas con tinta en pergaminos o vellum por aquellas
personas a quienes empleó el Espíritu Santo como instrumentos por medio
de los cuales impartió Su verdad revelada. La única Biblia que, propiamente
hablando, tenemos en mente cuando hablamos de “La Biblia” es el texto
original depositado en la autógrafa de los escritores inspirados. Este texto
divino estaba originalmente contenido en forma escrita en esos documentos
(trozos de material inscritos con letras, palabras y frases en griego y
hebreo). Este texto era, en su forma entera y en cada parte por minúscula que
fuera, absolutamente infalible y perfecta. Es a este texto original que Pablo
se refiere cuando dice que fue “dado” a nosotros. Es a la perfección de este
texto que se refiere cuando dice que fue “inspirada por Dios” y por lo tanto
“útil”, etc. (2Ti 3:16).
Ahora bien, se debe recordar que no poseemos hoy en día las hojas de
pergamino o vellum sobre las cuales fue escrito este texto divino
originalmente. No poseemos, hoy en día, el documento de tal inspiración de
Dios que sea perfecto en todo aspecto. Aprovechándose de este hecho, los
modernistas (quienes no creen en la perfección original del texto de las
Escrituras) han argumentado durante muchos años que los cristianos
reformados no tienen una Biblia infalible a la cual acudir. “¿De qué sirve —
preguntan—una Biblia infalible si nadie la posee?”.
Esto nos lleva al tema del “cuidado y la providencia” de Dios por medio
de los cuales ha mantenido “puro a través de las edades” el texto original
para que ahora lo podamos poseer en su forma “auténtica”. Comencemos
dando un ejemplo más actualizado que demuestra que un documento original
se puede destruir sin que se pierda el texto del documento. Supongamos que
usted escribiera su testamento. Y supongamos que saca una copia fotostática
de ese testamento. Si se destruyera el original, la copia aun preservaría el
texto de ese testamento de forma exacta como el mismo original. El texto de
la copia no sería diferente en ninguna manera al original y por lo tanto
poseería la misma “verdad” y el mismo significado que el original.
Ahora, por supuesto, la fotografía no fue inventada hasta mucho después
que la copia original (es decir, el manuscrito, ya que el original no era una
“copia”) se desgastara o se perdiera. ¿Cómo entonces se podría preservar el
texto original de la Palabra de Dios? La respuesta es que Dios la preservó
por medio de Su propio cuidado notable y de su providencia. Ilustremos este
punto con un diagrama que demostrará la función del control providencial de
Dios en la preservación del verdadero texto de la Biblia a través de la
historia.

En este diagrama simplificado, el manuscrito original de la Biblia se


representa por la letra A. X representa la duración de su existencia durante
la cual se hicieron varias copias (B, C, D, etc.). En su momento, en estos se
basaron las copias más tardías (1, 2, 3, etc.).
Ahora, hay que admitir que, aunque A era completamente perfecto (sin
ningún error) por la inspiración inmediata de Dios, las copias B, C, D, y las
copias 1, 2, 3, etc., siendo hechas por personas no inspiradas quienes
cometieron errores comunes entre hombres, no eran completamente
perfectas. Tenemos que asumir que la copia B, por ejemplo, contendría muy
ligeras imperfecciones en comparación con A (como, por ejemplo, palabras
con faltas de ortografía, posiblemente la omisión de una u otra palabra, etc.).
Este mismo proceso se repetiría en copias más tardías con el siguiente hecho
evidente: mientras los que hacían copias de 1, 2, 3 etc. cometerían sus
propios errores, tampoco podrían evitar el transmitir los errores ya
presentes en las copias de las cuales hacían sus propias copias. Es decir,
además de los errores que cometerían ellos, reproducirían todos los errores
previos en B, C, etc.
A primera vista, pareciera que con la desaparición de A (probablemente
gastada con el uso) el texto estaría destinado a una corrupción progresiva de
ahí en adelante. Pero este no es el caso. La razón es que Dios ha ejercido su
control sobre todos los elementos y las agencias que han tenido que ver con
la preservación del texto sagrado. Vemos que Dios determinó que se hicieran
copias tempranas del original. Es verdad que todos contenían pequeños
errores, pero no todos contenían errores en los mismos puntos. Siendo
humano, el copiador del manuscrito B tendría errores aquí y allá. Así
también lo harían los copiadores de C y D. Pero todos errarían de una forma
diferente e individual. Así es que, donde B habría errado, C y D no errarían.
En efecto, C y D serían testigos del error en B. Por lo tanto, mientras que el
verdadero (o perfecto) texto original no sería reproducido totalmente en
ninguna copia específica, aun así no se perdería ni sería inaccesible porque
por medio del testimonio de la mayoría de varias copias, siempre habría un
testigo del error. El verdadero texto estaría perfectamente preservado con el
cuerpo de testigos.
El diagrama mostrado arriba es una simplificación, por supuesto. En
realidad hay miles de copias manuscritas del texto bíblico hechas a mano. Y
no siempre es fácil ordenarlas de acuerdo con su genealogía correcta. Sin
embargo, muy a pesar de la complejidad del asunto, no cabe duda de que el
proceso delineado arriba realmente ha estado operativo. Por medio de un
estudio diligente de las cantidades de testigos textuales que aún quedan del
mundo antiguo, por medio de un proceso como el aquí descrito, el texto del
Nuevo Testamento Griego permanece hoy en día delante nuestro con su
integridad asegurada.
Sin embargo, el esfuerzo manual de reproducir copias del texto de la
Biblia, no operaba en un vacío. Tenemos que tomar nota rápidamente de los
otros factores que jugaron un papel bajo la providencia divina en la
preservación del texto verdadero de las Escrituras.
1. Las primeras iglesias fundadas fuera de Palestina fueron, en el mundo
antiguo, de cultura y lengua Griega. El griego era la lengua nativa de
Éfeso, Corinto, Tesalónica, etc. De modo que el idioma en el cual
escribieron Pablo y los otros apóstoles era el lenguaje común y
corriente de los cristianos de esa era. Escuchaban la palabra
maravillosa de Dios en su propia lengua. Esto tendía a producir entre la
compañía de los creyentes una Biblia “memorizada”. Naturalmente,
entonces, cualquier error cometido por los copiadores de la Biblia
sería normalmente notado por la gente, (¡solo considere con qué rapidez
nota usted las diferencias en una nueva traducción cuando tiene que ver
con algún pasaje conocido de las Escrituras como el Padre Nuestro o el
Salmo 23!) Recuerde también, que en los tiempos en que no existían
imprentas y solo había unas pocas copias preciadas de la Biblia, la
gente tenía que memorizar mucho más de lo que se hace hoy en día. Así,
pues, especialmente en la Iglesia de habla griega, desde el comienzo, el
Nuevo Testamento griego tenía testigos vivientes que ayudaban a
reducir los errores de los copiadores a un margen mínimo.
2. Entonces, cuando surgió la Reforma Protestante, Dios en Su
providencia le proveyó a la humanidad un método mecánico de
impresión. De esta manera, el texto de las Escrituras podía ser
reproducido en miles de copias sin el deterioro progresivo de su
exactitud.

Por lo tanto, se puede apreciar la veracidad de la declaración de la


Confesión de Fe, de que el texto infalible de la Palabra de Dios “ha sido
conservado puro en todos los tiempos por su singular cuidado y
providencia”, y entonces podemos afirmar que actualmente poseemos ante
nuestros propios ojos el texto “auténtico” de la Palabra del Dios viviente.
Podemos decir en las mismas palabras que apreciamos en las páginas del
Nuevo Testamento griego: “¡Mirad! He aquí las mismas palabras que
provienen de la boca de Dios. Amén”. (Podemos señalar, para terminar
nuestra discusión de esta sección, que Dios ha preservado similarmente el
texto del Antiguo Testamento—por medio de manuscritos—testigo y la
vigilancia de los judíos de habla hebrea, quienes, por su propia familiaridad
con el texto del Antiguo Testamento en su propio idioma, detectaron los
errores accidentales en el trabajo de copiado).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuántas “Biblias” hay (en su sentido supremo)?
2. Dé una definición correcta de “la Biblia”.
3. ¿Poseemos realmente los manuscritos originales sobre los
cuales fue escrita inicialmente la Palabra de Dios?
4. ¿Qué dice el Modernista acerca de la “Palabra original e
infalible de Dios”?
5. ¿Podría una copia de la Palabra infalible de Dios ser tan infalible
como la Palabra de la cual es una copia? Explíquese.
6. ¿Eran perfectas las copias originales?
7. ¿Cuáles fueron los dos factores que mayormente obraron para
preservar el texto perfecto aun por medio de copistas
imperfectos?
8. ¿Cuál de estos factores cree que es el más importante?
9. ¿Por qué es que la preservación del texto verdadero ya no
depende de la Iglesia de habla griega?
10. ¿Cuál es el resultado glorioso del cuidado singular y la
providencia de Dios en cuanto a las Escrituras?

Ver las respuestas a estas preguntas


9. La regla infalible de interpretación de la Biblia es la Biblia
misma. Por tanto, cuando hay duda acerca del total y verdadero
sentido de algún texto (el cual no es múltiple sino único), dicho
sentido debe investigarse y entenderse mediante otras partes de la
Biblia que hablen más claramente.

I, 9. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que las Escrituras se interpretan por sí mismas,
(2) que las partes difíciles se aclaran por pasajes paralelos que hablan
de forma más clara, y
(3) que el sentido de las Escrituras es uno (y no muchos).

Ya hemos visto (en la sección I, 1-3) que el Catolicismo Romano y otras


religiones falsas se unen en negar que la Biblia sea la revelación completa
de Dios. Tienen en común el negar la suficiencia de las Escrituras (contra lo
cual recuerde 2 Timoteo 3:15-17). Estas religiones también comparten otra
característica: negar que la Biblia sea capaz de ser entendida sin ninguna
referencia a un intérprete ajeno. Por ejemplo, en 1893 el Papa Leo XIII
declaró que “Dios ha entregado las Escrituras a la Iglesia para su
protección”, por lo cual, obviamente, se refería a la Iglesia Católica
Romana. Por esto, según él, la Iglesia es “la guía y maestra perfecta y
confiable”, y así el sentido verdadero de las Escrituras se debe considerar
“ese sentido que ha sido y será mantenido por nuestra Madre Santa, la
Iglesia, a quien le pertenece juzgar el verdadero sentido y la interpretación
de las Sagradas Escrituras, y no se permite que nadie explique la Sagradas
Escrituras en forma contraria a ese sentido o a la opinión unánime de los
Padres”. Obviamente, bajo este sistema se vuelve muy innecesario leer la
Biblia. Cristo dijo: “¡Escudriñad las Escrituras!” Pablo dijo: “Esfuérzate
por presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué
avergonzarse y que interpreta rectamente la palabra de verdad” (2Ti 2:15).
Pero Roma dice: “Dios no puede hablar claramente, así que tienen que
escucharme a mí. ¡Yo les aclararé lo que Él está intentando decir!”. Esta
misma tendencia se puede observar en la enseñanza de los Testigos de
Jehová. Es de conocimiento general que esta religión disemina “El Atalaya”
y otra literatura en una torrente constante. Una parte constante de dicha
torrente es “Estudios de las Escrituras”. Aquí está lo que dice “El Atalaya”
(1 de Julio, 1957) acerca del valor comparativo entre la Biblia en sí y los
“Estudios de las Escrituras” diseminados por esta religión: “Además, no
solo encontramos que la gente no puede ver el plan divino estudiando solo la
Biblia, sino que también vemos que si alguien deja de lado los Estudios de
la Escrituras, aun después de haberlas usado, haberse familiarizado con
ellos, haberlos leído durante 10 años, si los deja de lado y los ignora y va
únicamente a la Biblia, aunque haya entendido su Biblia durante 10 años,
nuestra experiencia demuestra que dentro de 2 años entra en la oscuridad.
Por otro lado, si hubiera leído solo los Estudios de la Escrituras con sus
referencias y no hubiera leído ni una página de la Biblia en sí, estaría en la
luz al cabo de 2 años porque tendría la luz de las Escrituras”.
Roma y la secta de los Testigos de Jehová concuerdan en su actitud
básica hacia la Palabra de Dios. El Salmista dijo: “Tu palabra es una
lámpara […] es una luz” (Sal 119:105). Pero Roma y las otras religiones
falsas llaman “tinieblas” a la luz.
Contra esto se levanta la Fe Reformada. Como nos recuerda el Dr.
Cornelius Van Til: “Ningún intérprete humano necesita intervenir entre las
Escrituras y las personas a quienes llegan”. Este punto de vista está en
oposición al clericalismo. Pero “esto no significa que los hombres que se
colocan a nuestro lado bajo las Escrituras y quienes son ordenados de Dios
para la prédica de la Palabra no nos puedan ser útiles para nuestro mejor
entendimiento de las Escrituras”. Una vez más, esta postura reformada no
significa que cada porción sea igualmente fácil de entender. Lo que significa
es “que con una inteligencia común, cualquier persona puede adquirir” de la
Palabra de Dios en sí “el mensaje básico de lo que debería saber” (Van Til,
Introduction to Systematic Theology, p. 140).
Por supuesto, se puede abusar de esta doctrina. Abusan de ella los que
insisten “¡ningún credo, solo Cristo!” y entonces ignoran los grandes credos
de la Iglesia. De una forma extraña, esto en sí es una negación de la claridad
de las Escrituras por lo que procede de la suposición de que, en toda la
historia, ninguno antes de nosotros ha podido ver la verdad contenida en la
Palabra de Dios. Es precisamente porque creemos que la Biblia es clara que
valoramos los credos. Por ende, los credos son evidencia de que la Biblia es
clara. Los credos representan un consenso de muchos, quienes allí mismo
testificaron que veían claramente la misma gran verdad revelada en la
Escrituras. No pueden ser declarados infalibles. Ese atributo le pertenece
exclusivamente a la Palabra de Dios. Pero, por el hecho de que los hombres
han visto la verdad clara revelada en las Escrituras y la han expresado en
forma de credo, las verdades contenidas en los credos poseen una cierta
medida de autoridad. Precisamente, según el grado en que estén “de acuerdo
con y basados en la Palabra de Dios” son útiles y autoritativos. Pero no
vamos a los credos para verificar la veracidad de la Biblia, nos dirigimos a
la Biblia para ver si los credos son verdad. Y no podríamos hacer tal cosa si
la Biblia no fuera clara y auto-interpretativa. De hecho, los credos no se
hubieran podido formular desde un principio si las Escrituras no fueran auto-
interpretativas.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Las religiones falsas niegan que la Biblia sea la completa
revelación de Dios. ¿Qué otro aspecto de la revelación niegan?
2. En tales religiones, ¿es importante o necesaria la Biblia para el
creyente individual (según el punto de vista de esa religión)?
3. Reconcilie el aparente conflicto entre la insistencia reformada de
que la Biblia se auto-interpreta y la enseñanza reformada de que
hay ministros de la Palabra ordenados con autoridad de enseñar
la Palabra en las iglesias.
4. ¿Son todas las porciones de las Escrituras de igual modo fáciles
de entender? Si no es así, ¿cambia esto el hecho de que se
auto-interpreten? Explíquese.
5. ¿Por qué el Cristianismo sin credo es una perversión de esta
doctrina?
6. ¿Por qué tienen autoridad los credos (que están de acuerdo con
las Escrituras)?

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10. El Espíritu Santo, que habla en la Biblia, y de cuya sentencia
debemos depender, es el único Juez Supremo por quien deben
definirse todas las controversias religiosas, y por quien deben
examinarse todos los decretos de los concilios, las opiniones de los
antiguos escritores, doctrinas humanas, y opiniones individuales.

I, 10. Aquí la Confesión nos enseña que hay un solo juez supremo en las
controversias religiosas, el cual es la Palabra de Dios2.
Esta sección de la Confesión tiene que ver con la vigencia de la regla
infalible de fe y práctica en situaciones o preguntas particulares. Como ya
hemos notado, la Iglesia Católica Romana insiste que tiene el poder de
interpretar infaliblemente la Palabra infalible de Dios (la Biblia) para que
los seguidores fieles de la Iglesia sepan qué creer en cada situación
particular. Cuando el Papa habla oficialmente, las controversias doctrinales
católicas quedan resueltas. Cuando el Papa proclamó la doctrina de la
asunción de María, todos los Católicos Romanos tenían que creerla y
someter sus conciencias a dicha enseñanza.
La Cristiandad Reformada se rehúsa a permitir que la conciencia se
someta a cualquier cosa que no sea la misma Palabra infalible de Dios, ya
que ella se interpreta por sí misma para la conciencia individual del
creyente. Esto no significa que la Iglesia realmente Reformada se quedará
callada ante asuntos controversiales. Solo significa que la Iglesia realmente
Reformada no intentará exigir que la conciencia se “doblegue” ante ninguna
cosa que no sea la Palabra de Dios. Es tarea de la Iglesia el expresar,
proponer, o declarar lo que dice la Palabra de Dios para que cada creyente
individual pueda comprobar por sí mismo cuál es la voluntad de Dios (Ro
12:2). Una iglesia verdadera simplemente declara la Palabra de Dios. No es
un cuerpo legislativo: No escribe las leyes que atan las conciencias de los
súbditos de Jesucristo el Rey. Solo afirma tan claramente las leyes del Rey
que deja sin excusa al que no quiere obedecer. (Pero la Iglesia Romana dice
tener precisamente este poder legislativo de escribir las leyes para los
súbditos de Cristo).
Esta sección de la Confesión se debe comparar con el Capítulo XXXI
acerca de los Sínodos3 y Concilios en Hechos 15. Es allí donde aprendemos
cómo la Iglesia debería arreglar las controversias ministerialmente
basándose en la Biblia declarada ministerialmente, en vez de la dación de
nuevas leyes añadidas al contenido de la Biblia. En Hechos 15 aprendemos
(1) que una controversia había surgido en la Iglesia de Antioquía (v. 1); (2)
que se buscó un sínodo o un concilio para resolver la controversia (vv. 2, 3);
(3) que tal sínodo fue convocado (v. 4); (4) que la naturaleza de la
controversia fue declarada ante este sínodo (v. 4, 5); y (5) que el sínodo
procedió a resolver el asunto (vv. 6-30). Es de mayor importancia tomar
nota de cómo se resolvió. Fue resuelto apelando a la Biblia (o a
revelaciones apostólicas especiales que llegaron a ser parte de la Biblia (vv.
14-18, etc.). Cuando el sínodo llegó a una certidumbre con respecto a la
enseñanza de la Palabra de Dios, pudo declarar esta enseñanza (vv. 28, 29).
No presumieron poder juzgar el asunto por sí mismos, sino que habían
reconocido sin sombra de duda a la Palabra de Dios como el juez supremo.
Es verdad que el sínodo esperaba que las iglesias recibieran “con
reverencia y sumisión” la declaración (vv. 28, 29), pero se esperaba eso
justamente porque tal declaración concordaba con la Palabra de Dios. Era la
Palabra de Dios declarada la cual tenía la autoridad y no el sínodo aparte de
esa Palabra. Cuando el sínodo hace una declaración “aparte de la Palabra de
Dios”, lo hace sin autoridad divina. Un ejemplo se puede ver en la Asamblea
General de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos de 1934. Esta
decisión declaró que era la solemne obligación de cada miembro de esa
denominación contribuir con dinero en apoyo a las Juntas de Misiones de la
Iglesia, aunque habían, en ese mismo momento, Modernistas (que negaban la
misma fe de la Iglesia) formando parte de esas Juntas. La Asamblea declaró
que la obligación de apoyar a las Juntas de Misiones era tan definitiva como
la obligación de observar la Santa Cena. El Dr. J. Gresham Machen y otros
rehusaron obedecer este mandato basados en que un sínodo no puede exigir
un deber cuando tal deber está en contra de la Biblia. La apelación del Dr.
Machen y otros era contra el error de la corte suprema de la Iglesia ante la
autoridad suprema, que son las Sagradas Escrituras.
Los sínodos y concilios (o las asambleas generales) pueden errar.
Muchos han errado. Por lo tanto, nunca deben constituir la norma suprema de
fe y práctica, sino que deben ser utilizados como una ayuda en la
observación apropiada de la norma de fe y práctica que es la Biblia. En una
Iglesia realmente Reformada habrá, y debería haber, frecuentes
declaraciones del sínodo. Sin embargo, cualquier miembro (o corte común)
de la Iglesia será, y debería ser, libre para disentir de las declaraciones del
sínodo, siempre y cuando lo esté haciendo basado en una apelación a la
autoridad mayor que es la Palabra de Dios. (De esto hablaremos más en
nuestra discusión del Capítulo XXXI).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es la diferencia entre las Iglesias Católicas Romanas y
las Reformadas con respecto al juez supremo en asuntos de
controversia religiosa?
2. ¿Puede la Iglesia hablar de forma infalible? Si no es así, ¿cómo
puede hablar con autoridad o valor?
3. ¿En cuál Sínodo de Jerusalén actuó Pedro como Papa? ¿Quién
tomó la decisión? ¿Sobre qué se basó la decisión?
4. ¿Puede citar las Escrituras: (a) para probar cuál es la
responsabilidad de los creyentes de tomar parte en la Cena del
Señor? Y ¿(b) para probar cuál es la responsabilidad de los
creyentes de no apoyar el trabajo “misionero” de incrédulos
modernistas?

Ver las respuestas a estas preguntas

1 El Catecismo de la Iglesia Católica, edición 1992 (nuevo en el mundo hispánico), dice en su numeral
85: “El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado solo
al Magisterio vivo de la iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (DB 10), es decir, los obispos
en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma”.
2 Nota del traductor: Debemos aclarar que esta sección de la Confesión declara que el único Juez
Supremo es el Espíritu Santo que habla en las Escrituras, y que hay aquí en la concepción teológica
Westminsteriana una correspondencia entre Espíritu y Palabra.
3 Nota del traductor: En algunas Iglesias Presbiterianas y Reformadas a los sínodos se les llama
Asamblea General, en otras, es una corte mayor que el Presbiterio (o Clasis) pero menor a la Asamblea
General.
2
De Dios y la Santa Trinidad (II)

1. No hay sino un solo Dios, vivo y verdadero, quien es: infinito en


su ser y perfección, Espíritu purísimo; invisible, sin cuerpo, partes o
pasiones; inmutable, inmenso, eterno, incomprensible,
todopoderoso, sapientísimo, santísimo, totalmente libre,
absolutísimo; que hace todas las cosas según el consejo de su
propia, inmutable y justísima voluntad para su propia gloria;
amorosísimo, benigno, misericordioso, paciente, abundante en
bondad y verdad; que perdona la iniquidad, la transgresión y el
pecado; galardonador de los que le buscan diligentemente; además
es justísimo y terrible en sus juicios, que detesta todo pecado, y que
de ninguna manera declarará como inocente al culpable.
2. Dios tiene, en sí mismo y por sí mismo, toda vida, gloria, bondad,
bienaventuranza; y es el único todo-suficiente, en sí mismo y por sí
mismo, no teniendo necesidad de ninguna de sus criaturas hechas
por Él, ni deriva gloria alguna de ellas, sino que manifiesta su
propia gloria en ellas, por ellas, hacia ellas y sobre ellas. Él es la
única fuente de toda existencia, de quien, por quien y para quien son
todas las cosas; teniendo el más soberano dominio sobre ellas para
hacer por medio de ellas, para ellas o sobre ellas todo lo que a Él le
plazca. Todas las cosas están abiertas y manifiestas a su vista; su
conocimiento es infinito, infalible, independiente de toda criatura de
tal manera que para Él nada es contingente o incierto. Él es
santísimo en todos sus consejos, en todas sus obras, en todos sus
mandamientos. A Él son debidos toda adoración, servicio y
obediencia que a Él le plazca requerir de los ángeles, de los seres
humanos y de toda criatura.

II, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que hay solo un Dios vivo y verdadero,
(2) que Él es Espíritu,
(3) que Él posee ciertos atributos perfectos que son incomunicables,
(4) que Él posee ciertos atributos perfectos que son comunicables, y
(5) que Él no depende de ninguna cosa creada, sino que es absolutamente
independiente de, y soberano sobre, todo.

Las Escrituras dicen: “cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer
que Él existe y que recompensa a quienes lo buscan” (Heb 11:6). También se
declara, en esta misma carta, que “la fe […] es la certeza de lo que no se ve”
(Heb 11:1). La doctrina de Dios comienza, por ende, con la afirmación que
Dios es. Y (las Escrituras nos informan) todo testifica de la veracidad de
esta afirmación. ¿Qué más declaran los cielos? ¿Qué más demuestran los
firmamentos (Sal 19)? Algunos buscarían “probar” la existencia de Dios,
como si la evidencia fuera difícil de encontrar. Sería más apropiado decir
que la evidencia es imposible de “encontrar” cuando uno está muerto en sus
delitos y pecados. Pero es imposible escaparse de la evidencia cuando uno
ha sido regenerado por el Espíritu Santo de Dios. Y en nuestra discusión del
Capítulo X descubriremos cómo es que los cristianos no tienen tal dificultad.
Por estas razones no creemos que deberíamos intentar “probar” que Dios
existe. Como nos hace recordar nuestro texto (Heb 11:6), no podemos venir
a Dios hasta que podamos creer que Él es.
Cuando hablamos de que Dios es Espíritu puro, nos referimos a que no
tiene un cuerpo como los hombres. “Dios es Espíritu” dijo Jesús (Jn 4:24).
“Cuando las Escrituras, en condescendencia con nuestra debilidad, expresan
el hecho de que Dios escucha diciendo que tiene oído, o que ejerce su poder
atribuyéndole una mano, evidentemente hablan metafóricamente, porque en el
caso de los hombres las facultades espirituales se ejercen por medio de
órganos corporales. Cuando hablan de su arrepentimiento, de su lamento, o
sus celos, esto también es lenguaje metafórico que nos enseña que Él actúa
hacia nosotros como lo haría un hombre al agitarse por tales pasiones” (A.A.
Hodge). Como Dios es Espíritu puro, no se ve sujeto a ninguna limitación.
No hay lugar del cual Dios esté ausente. “¿Adónde podría alejarme de tu
Espíritu? ¿Adónde podría huir de tu presencia? Si subiera al cielo, allí estas
Tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también estas allí…” (Sal
139:7,8). Por otra parte, se debe enfatizar que en cualquier sitio que pudiera
estar el hombre, en ese lugar está presente no solo una parte de Dios, sino
Dios mismo en toda su gloria y majestad. Cuando decimos que Dios es
omnipresente, estamos afirmando que el entero o completo e infinito Dios se
puede encontrar en todo lugar a la misma vez. Dios también es infinito en su
omnipotencia; es decir, tiene la habilidad ilimitada de hacer todo lo que por
su buena voluntad quiera hacer. “Ninguno de los pueblos de la tierra merece
ser tomado en cuenta. Dios hace lo que quiere con los poderes celestiales y
con los pueblos de la tierra. No hay quien se oponga a su poder ni quien le
pida cuentas de sus actos” (Dn 4:35). Dios ha predestinado todas las cosas
no solo porque puede, sino que realmente “hace todas las cosas conforme al
designio de su voluntad” (Ef 1:11). Él es, repetimos, omnisciente o infinito
en conocimiento. “Su entendimiento es infinito” (Sal 147:5). Nunca ha
habido un tiempo cuando Dios no haya sabido todo. Él conoce (y siempre ha
conocido) el futuro así como conoce el pasado: “Te declaré esas cosas
desde hace tiempo; te las di a conocer antes que sucedieran…” (Is 48:5).
Nosotros conocemos las cosas mediatamente; Dios las conoce
inmediatamente (no por causa de, ni por medio de, los sentidos, etc.).
Conocemos las cosas sucesivamente (una tras otra) pero Dios conoce todo
en una sola vista panorámica y comprensiva. Conocemos en parte, pero el
conocimiento de Dios es exhaustivamente completo. Conocemos como
criaturas humildes; Él conoce como Creador excelso. Su conocimiento está a
un nivel totalmente separado del nuestro. “Conocimiento tan maravilloso
rebasa mi comprensión; tan sublime es que no puedo entenderlo” (Sal
139:6). Como dijo Pablo: “¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y
del conocimiento de Dios! ¡Qué indescifrables Sus juicios e impenetrables
Sus caminos! ¿Quién ha conocido la mente del Señor?” (Ro 11:33-36).
¿Quién puede poseer dentro de los límites de su mente creada la órbita de
los pensamientos de Dios? ¿Quién siquiera puede entender un solo aspecto
de la verdad como Dios la entiende? Aun cuando llegamos a conocer la
verdad tenemos que confesar—en todo punto—que hay dentro de lo que
conocemos una profundidad (un elemento de misterio) la cual está más allá
de nosotros. Todo entendimiento correcto de la revelación de Dios (la
verdad) requiere que nos arrodillemos maravillados, y que adoremos a Dios
que es el único que puede entender completamente. Y finalmente, Dios es
eterno. Él es “el mismo ayer, hoy y para siempre” (Heb 13:8). No hay ni la
sombra de cambio en Él. Él es en todo aspecto exactamente lo que siempre
ha sido y lo que siempre será.
Al decir que estas cualidades le pertenecen a Dios, le estamos
“atribuyendo” tales cualidades. Por consiguiente, las llamamos sus
“atributos.” Y los atributos mencionados arriba se denominan
incomunicables porque le pertenecen solamente a Dios y no pueden ser
comunicados por Dios a sus criaturas. Es la posesión de estos atributos
(eternidad, infinidad, e inmutabilidad) la que distingue a Dios de los demás.
También hay, sin embargo, atributos comunicables. Esto significa que Dios
no solo tiene cualidades que no comparte con ninguno, sino que también
tiene cualidades que —en alguna medida— otorga a las criaturas que Él
escoge. Así que Dios tiene “ser” (Éx 3:14), sabiduría (Sal 147:5), poder
(Ap 4:8), santidad (Ap 15:4), justicia, bondad y verdad (Éx 34:6,7). Pero
también algunas criaturas, es decir los hombres y los ángeles, en cierta
medida demuestran estas cualidades. Dios contiene todas estas cualidades en
un grado ilimitado. Las criaturas que poseen tales cualidades las poseen solo
en forma limitada.
Esto se puede comprender por medio de una ilustración. Sostenga un
espejo delante de usted. Verá una imagen de usted mismo. Ahora observe:
Todas las cualidades que le pertenecen y que usted y su imagen tienen en
común realmente no son las mismas en absoluto, pues usted es de verdad y
su imagen no lo es. Usted existe a un nivel totalmente distinto a su imagen.
Las cualidades que le pertenecen a su imagen en el espejo solo son una
reflexión de las suyas. Hay una dimensión que le pertenece a sus atributos
que no le pertenece a los de su imagen. Así es con Dios. Todos los atributos
de Dios poseen ese nivel más alto de existencia gloriosa y perfecta que no
poseen los atributos de la criatura. La sabiduría que le pertenece a Dios (y el
poder, la santidad, la justicia, etc.) es sabiduría infinita, eterna e inmutable,
sin embargo, nuestra sabiduría es finita, temporal y mutable, en el mejor de
los casos, es un mero reflejo de la de Dios. Así que, tenemos que recordar
siempre, al hablar de los atributos comunicables de Dios, que no queremos
comunicar la idea de que el hombre esté al mismo nivel que Dios en algo.
Dios es el gran original. Todo lo demás, de alguna forma u otra, es un
mero reflejo de Él. Tan simple es esta gran realidad. Pero rara vez vemos
que el hombre la capte consistentemente en su pensamiento, “… como si
necesitara de algo. Por el contrario, Él es quien da a todos la vida, el aliento
y todas las cosas” (Hch 17:25). Como si alguien pudiera hacer algo que le
beneficiara (Job 22:2). ¿No es perfectamente evidente que la criatura nunca
podría aspirar a algo más excelente que el reflejar a Dios como su imagen?
¿Cómo puede una imagen añadirle algo a lo que refleja? La verdad
inevitable es que solo Dios es, de por sí, realmente “algo.” Y el hombre
(como cualquier otra criatura) es, de por sí, nada, pues depende
completamente de Dios. Como solo Dios existe de forma independiente, ¿no
es evidente también que Él tiene dominio sobre ellos para hacer por ellos,
para ellos, o a ellos, todo lo que Él desee? Como si alguien—cuyo mismo
ser es de Dios—pudiera hacer algo que Dios no hubiera determinado que
fuera hecho. Incluso la maldad existe porque es la buena voluntad de Dios
permitirla, para que por medio de ella se cumpla su buen propósito (Is 45:7).
Sin embargo, esto entra en el rango de los decretos de Dios, los cuales
veremos en el próximo capítulo.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Dónde se encuentran las pruebas de la existencia del
verdadero Dios?
2. ¿Qué queremos decir cuando decimos que Dios es “Espíritu”?
3. ¿Por qué las Escrituras hablan de Dios como que tiene manos o
pies?
4. ¿Qué significa el término “incomunicable” ?
5. ¿Qué significa el término “atributos”?
6. ¿Cuáles son los atributos incomunicables de Dios?
7. ¿Qué significa el término “comunicable”?
8. ¿Cuáles son algunos atributos comunicables de Dios?
9. ¿Tiene nuestro conocimiento de un hecho o una verdad (por
ejemplo) las mismas cualidades que el conocimiento que tiene
Dios acerca de ese hecho o esa verdad?
10. ¿Qué recibe Dios?
11. ¿Qué verdad simple de la doctrina de Dios rara vez es captada
con consistencia en el pensamiento del hombre (aun por el
hombre cristiano)?

Ver las respuestas a estas preguntas


3. En la unidad de la Divinidad hay tres personas, de una misma
sustancia, poder y eternidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu
Santo. El Padre no es engendrado ni procede de nadie; el Hijo es
eternamente engendrado del Padre, y el Espíritu Santo procede
eternamente del Padre y del Hijo.

II, 3. Las secciones anteriores de este Capítulo de la Confesión nos han dado
una definición de la esencia de Dios. Esta sección describe el modo en el
cual existe Dios. Así, entonces, aprendemos:
(1) que este único Dios (según la definición) existe en tres Personas
distintas
(2) que cada una de estas tres Personas es verdadero Dios (no partes de
Dios), y
(3) que estas tres Personas iguales tienen distinciones personales la una
de la otra.

La doctrina de la Trinidad es la gran piedra de tropiezo para el judío y el


musulmán. Acusan a los cristianos de rendir culto a dioses nuevos y distintos
a los de la enseñanza monoteísta del Antiguo Testamento. Surge naturalmente
la pregunta: “¿Se revela la doctrina de la Trinidad en el Antiguo Testamento,
o solo se revela en el Nuevo?” Aunque parezca extraño, no es exactamente
correcto decir que está revelada en alguno de los dos. Como dijo alguna vez
el Dr. B.B. Warfield: “No podemos decir que la doctrina de la Trinidad […]
si estudiamos la exactitud del idioma original, se revele de modo más
evidente en el Nuevo Testamento que en el Antiguo. El Antiguo Testamento
fue escrito antes de su revelación; el Nuevo después. La revelación en sí fue
hecha no en palabras sino en hechos. Fue hecha en la encarnación de Dios el
Hijo, y el derramamiento de Dios el Espíritu Santo. La relación de los dos
Testamentos respecto a esta revelación es que el Antiguo Testamento es
preparatorio antes de su llegada, y el Nuevo es el producto”. Dios se reveló
por medio de hechos sobrenaturales, junto con los cuales dio en forma
gradual más y más interpretación verbal. Solo al estar completamente
desarrollado su plan de redención, se reveló Dios en forma completa. Dios
pudo haber anunciado desde el comienzo que existían dentro de la unidad de
su ser tres Personas distintas. ¿Pero quién lo pudiera haber entendido? Pero
cuando, al cumplir del tiempo, cada una de las tres Personas obró, ante los
ojos de los hombres, esos hechos potentes de la redención que le pertenecían
a cada uno en el plan de la salvación, ¿quién podría no entender? Así,
entonces, en las Escrituras tenemos el registro de lo que Dios ha hecho y lo
que ha dicho como interpretación. Y la prueba de la doctrina de la Trinidad
es el hecho de que el Padre es manifiestamente Dios, que Jesús con igual
claridad es Dios, y así también lo es el Espíritu Santo.
Esto no quiere decir, sin embargo, que el Dios que se revela en el
Antiguo Testamento sea otro que el Dios Trino. El Dios que se revela en el
Antiguo Testamento es completamente Dios (y trino), aunque no se revele
completamente en el Antiguo Testamento. Siendo este el caso, es inevitable
que se puedan entender muchas cosas en el Antiguo solo a la luz de la
doctrina (ahora completamente revelada) de la Trinidad. Por ejemplo, en
Génesis 1:1-3, discernimos distintas referencias a Dios, Dios el Espíritu, y
Dios la Palabra. En Génesis 1:26, Dios toma consejo consigo mismo y habla
consigo mismo hacer al hombre “a nuestra imagen”. ¿Cómo puede ser esto si
Dios no fuera tres y uno a la vez? En Génesis 11:5,7 leemos que Dios bajó
para ver la ciudad y torre de Babel, sin embargo, aun al hablar de esto dice,
“Bajemos”. De nuevo, descubrimos que un cierto “Ángel de Jehová” con
frecuencia se aparecía al pueblo de Dios en el Antiguo Testamento (Gn
32:24ss., etc.). Tenía la apariencia de hombre (32:24) pero se le reconocía
como Dios (v. 30). Este Ángel, reconocido como Dios, sin embargo, también
se describe como el enviado de Dios (Éx 23:20-24,25). El verdadero
creyente, por ende, tenía que reconocer que este Ángel enviado por Dios era
Dios. Tenía el poder de “perdonar […] transgresiones” porque Dios dijo:
“Mi nombre está en Él”. Aun así mientras que (1) el creyente del Antiguo
Testamento debía conocer que el verdadero Dios era uno, (2) aun así el
Ángel de Dios (y enviado de Dios) era Dios, (3) también había una
presencia claramente reconocible de Dios el Espíritu Santo (Sal 51:11; cp.
1S 16:13,14 etc.) y distinta a “Dios” y al “Ángel”. Así que mientras que el
creyente del Antiguo Testamento no veía una manifestación tan clara de las
tres Personas como hemos podido ver nosotros (en Cristo encarnado, y el
Espíritu Santo derramado en Pentecostés), aun así, innegablemente, el Dios
que se revela en la historia del Antiguo Testamento (poco a poco) es este
Dios y no otro. Conociéndolo como tal, como lo hacemos ahora, estos
relatos del Antiguo Testamento tienen perfecto sentido, lo cual de otra
manera no lo tendrían. También hay, en la profecía, declaraciones que,
aunque tal vez no se entendían completamente en el momento (1P 1:10,11),
en sí requieren de la doctrina de la Trinidad para ser cumplidas. Así puede
comunicarle Isaías a Israel que el Señor Dios dará un hijo nacido de una
virgen quien será Emanuel (lo cual significa “Dios con nosotros”, Is 7:14).
También se le denomina “el Dios poderoso” (Is 9:6). ¿Cómo podría Dios
enviar a Dios a no ser que haya una pluralidad de Personas en la esencia
divina? Estos son meros ejemplos del hecho de que mientras la doctrina de
la Trinidad no sea (de forma completa) revelada en el Antiguo Testamento,
sin embargo, el Dios que se revela allí (en una forma parcial y preparatoria)
es únicamente el Dios trino.
El Nuevo Testamento fue escrito después que se había manifestado
completamente la naturaleza trinitaria de Dios. Los apóstoles habían sido
muy conscientes del hecho de que mientras que Dios se mantenía invisible en
los cielos, aun así al mismo tiempo se hallaba ante ellos en la carne. Vieron
a Dios (en la carne) orar a Dios en los cielos. Luego cuando lo vieron
ascender a los cielos, fueron testigos de la venida del Espíritu Santo. En
tales pasajes como Lucas 3:22 vemos incluso a las tres Personas
manifestarse a sus sentidos simultáneamente. ¿Quién puede hablar de los
cielos si no es Dios? ¿Y quién puede venir como un viento grande y
poderoso habilitando a los hombres débiles y pecaminosos para que puedan
hablar las cosas maravillosas de Dios? Así fue que los apóstoles no tuvieron
otra opción que simplemente reconocer que el Dios único y viviente existe
en tres Personas. Ellos fueron simultáneamente confrontados con tres que
eran Dios y aun así con una convicción abrumadora reconocieron a estos tres
como un solo Dios. Así, pues, Mateo, hablando de este único Dios, dice que
debemos ser bautizados “en el nombre (y no los nombres) del Padre, y del
Hijo, y del Espíritu Santo.” Mateo sería culpable de expresarse
erróneamente si tan solo una de estas dos cosas fuera verdad: (1) si el Padre,
el Hijo, y el Espíritu Santo no poseyeran un ser idéntico (porque de lo
contrario, Él hubiera dicho “nombres”) y (2) si ese ser nombrado no
existiera en tres Personas (porque de lo contrario, no hubiera insinuado que
“el nombre” fuera compartido por cada uno de los tres). Si no hay tres
Personas que son Dios, y si hay más de un Dios, Mateo habla
equivocadamente. Pero eso es imposible. Como Juan nos recuerda (1Jn. 5:7)
“Tres son los que dan testimonio…” La formulación de nuestra Confesión (y
de credos ortodoxos similares) es simplemente una llave que encaja con
todos los hechos como ninguna otra doctrina lo ha hecho ni puede.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Se revela la doctrina de la Trinidad en el Antiguo Testamento?
¿En el Nuevo?
2. ¿Es Dios revelado en el Antiguo Testamento como el Dios trino?
¿Cómo se puede comprobar esto?
3. Cite un texto del Antiguo Testamento que compruebe que Dios
no es una sola persona.
4. Cite un texto que indica que el Ángel de Jehová es Jehová
(Dios).
5. Cite un texto profético que demuestre que Dios prometió enviar
al Dios encarnado.
6. ¿Por qué aceptaron los apóstoles la “doctrina” de la Trinidad?
7. ¿Cuáles son los dos elementos de la doctrina de la Trinidad que
se enseñan en la fórmula de bautismo de Mateo?
8. El Catecismo Mayor declara que se puede probar que cada una
de las tres Personas de la Trinidad es Dios porque las Escrituras
atribuyen a cada una los nombres, atributos, obras y adoración
que le pertenecen solo a Dios. ¿Puede citar un texto bíblico que
demuestre que el nombre, los atributos, las obras de Dios y la
adoración que se le debe se atribuyen a cada una de las tres
Personas (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo)?

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3
Del Decreto Eterno de Dios (III)

1. Dios, desde toda la eternidad, por el sapientísimo y santísimo


consejo de su propia voluntad, ordenó libre e inmutablemente todo
lo que acontece; pero de tal manera que Él no es el autor del
pecado, ni violenta la voluntad de las criaturas, ni quita la libertad
o contingencia de las causas segundas, sino que más bien las
establece.
2. Aunque Dios sabe todo lo que podría o puede acontecer bajo
todas las condiciones supuestas, sin embargo, no ha decretado nada
porque lo previó como futuro, o como aquello que acontecería bajo
tales condiciones.

III, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que Dios ha predeterminado todo lo que sucede,
(2) que Su predeterminación (plan) es eterna,
(3) que no hay nada demasiado grande ni pequeño para ser incluido o
excluido en Su predeterminación,
(4) que esto no hace que Dios sea el autor del pecado,
(5) que Dios no obliga por la fuerza al hombre a hacer lo que él no
quiere hacer (en cuanto al pecado), y
(6) que esto no destruye la “libertad” ni las relaciones de causa y efecto
(es más, es la base sobre la cual estas existen),
(7) finalmente, que este plan soberano de Dios no está “condicionado
sobre” cualquier cosa prevista por Él (lo cual haría que Dios
dependa de algo fuera de sí mismo).
Lo que distingue a una persona de una cosa (o ser sin personalidad) es
que una persona actúa de acuerdo con un propósito. Dios es una Persona
infinita, eterna e inmutable. Por lo tanto, su plan o propósito debió haber
sido siempre una parte de su existencia infinita, eterna e inmutable. Las
Escrituras así lo testifican: “Así dice el Señor, que hace esas cosas
conocidas desde tiempos antiguos…” (Hch 15:18). Las Escrituras hablan de
esto como “su eterno propósito realizado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ef
3:11). Es un propósito inmutable (Heb 6:17). La infinitud de ello se ve en el
hecho de que “fuimos predestinados según el plan de aquel que hace todas
las cosas conforme al designio de su voluntad” (Ef 1:11). Viéndolo así, ya no
parece tan asombroso que Cristo pudiera decir con confianza que “ni
siquiera un gorrión caerá a tierra sin que lo permita el Padre” y que Él “les
tiene contados a ustedes aun los cabellos de la cabeza” (Mt 10:29). Como la
Biblia declara que el sistema completo de todo se halla bajo el control de
Dios (Ef 1:11), declara con igual insistencia que cada cosa, sin importar su
pequeñez ni insignificancia, se ve ordenada de antemano por Dios en su plan
perfecto.
Aun sucesos que parecieran al azar pueden ser (y lo son) profetizados de
antemano por los verdaderos profetas de Dios (Vea 1 Reyes 22:1-4,
especialmente 22:23,34,37). Las acciones libres de los hombres también son
predestinadas por Dios. Por favor note: Estos actos son a la vez libres y
predestinados. Es decir, los que cometen estos actos lo hacen porque así lo
quieren. Aun así, los actos que cometen son predeterminados por Dios de tal
forma que las Escrituras dicen que tienen que suceder. Cristo dijo: “¡Ay del
mundo por las cosas que hacen pecar a la gente! Inevitable es que sucedan,
pero ¡ay del que hace pecar a los demás!” (Mt 18:7). Esta declaración
reconoce dos cosas: (1) la certidumbre del suceso del evento futuro, y (2)
que los que llevan a cabo el hecho lo harán con libertad y por lo tanto, con
culpa. Asimismo, en Hechos 2:23 vemos que Cristo “siendo entregado según
el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios”, también fue
entregado “por medio de gente malvada, [que] lo mataron, clavándolo en la
cruz”. “En efecto, en esta ciudad se reunieron Herodes y Poncio Pilato, con
los gentiles y con el pueblo de Israel contra Tu santo siervo Jesús, a quien
ungiste para hacer lo que de antemano Tu poder y Tu voluntad habían
determinado que sucediera” (Hechos 4:27-28). Tal como Dios predetermina
acciones malvadas que se llevan a cabo libremente, así también Él
predetermina buenas acciones las cuales también se llevan a cabo
libremente. Los cristianos se arrepienten, creen y buscan hacer la voluntad
de Dios porque quieren hacerlo. Pero en este caso “Dios es quien produce
en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena
voluntad” (Fil 2:13). En este caso hay un trabajo interno del Espíritu de
Dios, lo cual está totalmente ausente en los malvados. Pero aun así, esto no
quiere decir que los buenos (conversos) a diferencia de los malvados
(inconversos) no sean libres para hacer lo que Dios ha predestinado que
hicieran.
La libertad se puede definir como “la ausencia de coerción externa”. Si
un hombre no es forzado por un poder ajeno a sí mismo a hacer algo
contrario a “lo que él quiere hacer”, entonces podemos decir correctamente
que él es “libre”. La maravilla de la predestinación de Dios es que Dios
deja que el hombre sea libre en este sentido, aunque predestina todo lo que
hará todo hombre. Sin embargo, algunos usan la palabra “libertad” en otro
sentido, lo cual es completamente falso. Ellos quieren decir, con “la
libertad” del hombre, que el hombre tiene el poder de hacer el bien o el mal
en cualquier momento. Decir que el hombre es capaz de hacer el bien o el
mal es muy diferente de decir que el hombre tiene libertad para hacer lo que
él desee. Creemos que el hombre tiene libertad pero no la habilidad de hacer
el bien. Porque la verdad es que el hombre, aunque sea libre de coerción
“externa”, no está libre del control de su propia naturaleza. El que es
malvado por naturaleza, necesariamente hará lo malo (así como un árbol
corroído produce fruta corroída, Mt 7:17-19). Así como podemos decir que
Dios es bueno y por lo tanto no puede hacer lo malo, así también podemos
decir que el hombre (por naturaleza) es malvado y no puede (por sí mismo)
hacer el bien.
En el caso de los inconversos que no son elegidos, el mero hecho de que
nunca son regenerados por Dios hace inevitable que hagan el mal por la
simple razón de que esto es lo que más quieren hacer (Gn 6;5, Sal 53, etc.).
En el caso de los elegidos, Dios los regenera, los llama eficazmente y los
sostiene en gracia; y porque estos son nuevas criaturas (con nuevos deseos,
nuevas naturalezas, etc.), ellos harán el bien que Dios ha predestinado por la
simple razón de que quieren hacerlo. En cualquiera de los dos casos hay una
total ausencia de coerción externa y aun así, sin duda, se cumple la voluntad
de Dios. Aun cuando se ejerce poder interno (en el caso de los convertidos),
ello no hace que el hombre haga a la fuerza lo que no quiere hacer, al
contrario, crea una nueva voluntad que está de acuerdo con la voluntad de
Dios.
Algunos han pensado que Dios predestina basándose en lo que Él ve de
antemano. Así, muchos insisten que Dios predestina a la vida eterna a los
que ve de antemano que acudirán a Él bajo sus propias fuerzas. Esto
contradice a las Escrituras, las cuales enseñan claramente:
1. que, por su naturaleza, ningún hombre tiene la fuerza para hacer esto,
2. que tal fuerza es un regalo de Dios, y
3. que el regalo es concedido a quien Dios ha elegido para este regalo.
No es, entonces, una cuestión de predestinación o previo conocimiento.
Esto lo podemos indicar haciendo dos preguntas simples:
(a) ¿Sabe Dios lo que sucederá antes que suceda? Todo cristiano sin
duda diría que sí.
(b) Si Dios sabe con certeza que algo sucederá antes que suceda,
podemos preguntar, ¿qué garantiza su certidumbre? Solo puede haber
una respuesta: Dios lo garantiza. No podemos evitar la conclusión de
que Dios ve de antemano con certidumbre solo porque Él garantiza la
certidumbre. Las cosas son “predestinadas según el plan de aquel
que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad”. Dios
ve de antemano que los escogidos serán “santos y sin mancha delante
de Él”, y que experimentarán “la obra santificadora del Espíritu y la
fe que tienen en la verdad”. Pero también está prevista de antemano
porque Dios “nos escogió en él antes de la creación del mundo” (vea
Efesios 1:4ss. y 2 Tesalonicenses 2:13). Su predestinación es la
causa de la santidad que Él prevé. Dios no nos escoge porque prevea
que creeremos sino que prevé que creeremos porque nos ha
escogido. Solo así quedan totalmente excluidas las obras (Ef 2:8-10).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué distingue a una “persona” de todos los demás seres o las
cosas?
2. ¿Qué tipo de “plan” o “propósito” debe necesariamente
pertenecer a un ser personal “infinito, eterno e inmutable”?
3. Cite un texto de las Escrituras que pruebe que la existencia es
controlada por Dios.
4. Cite un texto de las Escrituras que pruebe que los detalles más
minuciosos de la existencia son controlados por Dios.
5. Cite un texto que pruebe que los eventos que parecieran
suceder al azar son controlados por Dios.
6. Cite un texto que pruebe que los hechos malvados son
predeterminados por Dios.
7. Cite un texto que pruebe que los hechos malvados de todas
maneras son “libres”.
8. Cite un texto que pruebe que los hechos “buenos” efectuados
por personas regeneradas son predeterminados por Dios y aun
así son también “libres”.
9. ¿Qué queremos decir al declarar que un hombre es “libre” o
actúa “libremente”?
10. ¿Por qué es que los no regenerados, aunque sean libres, solo
hacen lo malvado?
11. ¿Por qué es que los regenerados, aunque sean libres,
complacen solamente a Dios?
12. ¿Puede Dios prever (o conocer de antemano) antes de
predeterminar, o viceversa? ¿Por qué?

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3. Por el decreto de Dios y para la manifestación de su gloria,
algunos seres humanos y ángeles son predestinados y preordenados
para vida eterna, y otros preordenados para muerte eterna.
4. Estos ángeles y también los seres humanos, así predestinados, y
preordenados, están particular e inmutablemente designados, y su
número es tan cierto y definido, que no se puede aumentar ni
disminuir.
5. A aquellos de la humanidad que están predestinados para vida,
Dios, según su eterno e inmutable propósito, y el consejo secreto y
beneplácito de su voluntad, los ha escogido en Cristo para gloria
eterna, antes que fueran puestos los fundamentos del mundo, por su
pura y libre gracia y amor, sin la previsión de la fe o buenas obras, o
la perseverancia en ninguna de ellas, o de cualquier otra cosa que
haya en las criaturas, como condiciones o causas que le muevan a
ello, y todo para la alabanza de su gloriosa gracia.

III, 3-5. Las secciones anteriores han demostrado que Dios predetermina
todo evento que tenga lugar. Estas secciones exponen de forma más completa
un aspecto de esa totalidad de cosas predeterminadas, es decir, el destino
eterno del hombre y los ángeles. Estas secciones enseñan:
(1) que Dios decreta quién será salvo y quién quedará en su estado de
perdido,
(2) que esta determinación es inmutable,
(3) que la decisión de Dios no está basada en ninguna condición que Él
prevea que ellos cumplirán, y
(4) que el máximo propósito que Dios tiene en todo esto es la
manifestación de su propia gloria.

Que Dios es el que determina quién será y quién no será salvo, es una de
las enseñanzas más claras de las Escrituras. La razón que tan rara vez se
reconoce tiene que ver con la perversidad humana y no con que sea oscura la
enseñanza de la Biblia. Y la mayor causa de la perversidad del hombre en
malentender las Escrituras con respecto a este asunto es su deseo perenne de
pensar mejor de él mismo de lo que merece. Si tan solo podemos recordar
que el hombre merece nada más que la ira y la condenación, si tan solo
podemos enfrentar esta verdad tan solemne y terrible, si tan solo podemos
mantener esta verdad siempre delante de nosotros, entonces estaremos en
condiciones para aceptar lo que las Escrituras dicen con tanta claridad. Y
las Escrituras simplemente dicen así: que Dios concede a algunos hombres
lo que sin duda ricamente merecen (es decir, la condenación) mientras que a
otros les da el regalo completamente inmerecido de la salvación (lo cual no
merecen de ninguna forma). El ejemplo clásico de las Escrituras es el de
Jacob y Esaú. Eran mellizos. Por naturaleza tenían todo en común. Su
herencia era la misma así como también su entorno. Aun así, antes de que
nacieran o hubieran hecho algo bueno o malo, “para confirmar el propósito
de la elección divina” (Ro 9:11), Jacob fue escogido para la vida eterna y
Esaú fue pasado por alto y dejado a su merecido castigo. Y con respecto a
esta obvia discriminación, el apóstol simplemente dice: “Dios tiene
misericordia de quien Él quiere tenerla, y endurece a quien Él quiere
endurecer” (Ro 9:18). Y para que no intentemos subvertir el claro
significado de estas palabras, Pablo procede a insistir que Dios, como el
alfarero, tiene “derecho […] de hacer del mismo barro unas vasijas para
usos especiales y otras para fines ordinarios” (Ro 9:21). Dios tiene el
derecho de maldecir a Esaú, quien merece la condenación, y de dar vida
eterna a Jacob, quien también merece la condenación.
Pero lo que es de máxima importancia es el reconocer que la
determinación soberana de Dios de los destinos de las almas de los hombres
no es condicional. No existe diferencia entre Jacob y Esaú por la cual Dios
escogiera uno y rechazara al otro. No afirmamos que no haya diferencia entre
los elegidos y los no-elegidos. Pero decimos que la diferencia es el
resultado de la discriminación soberana de Dios y no la causa de ella. Como
Dios le dijo al Faraón y a los egipcios: “Yo haré una diferencia entre Mi
pueblo y tu pueblo”. Tal vez podamos percibir esto de forma más clara
considerando los siguientes hechos:
(a) Las Escrituras dicen que la salvación es completamente de la gracia y
que las obras no son de ninguna manera la causa, para que el hombre
no tenga de qué jactarse en el asunto (Ef 2:8, Ro 11:6, etc.) Y la
salvación es “por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la
gracia ya no sería gracia”. Sería más fácil mezclar el fuego y el agua
que la gracia y las obras. La una excluye la otra. Si la salvación es
por medio de la gracia de Dios (favor puro, inmerecido), y las
Escrituras dicen que lo es, entonces no queda espacio en absoluto
para las obras (la actividad del hombre como la causa original).
Cuando se dice que Dios da gracia a algunas personas porque Él
prevé que harán (obras) esto o lo otro, entonces tenemos la salvación
por las obras (en este caso, “obras previstas”) y la gracia queda
derrotada.
(b) Las Escrituras nos dicen que el arrepentimiento y la fe son en sí
mismos parte del regalo que Dios otorga. Y lo que forma parte de un
regalo no puede ser la causa del regalo en sí.
(c) Las Escrituras enseñan claramente que los hombres, por naturaleza,
están “muertos en sus transgresiones y pecados” (Ef 2:1,5). La fe y el
arrepentimiento son actividades no de los muertos, sino de nuevas
criaturas; “nos dio vida cuando estábamos muertos”. Obviamente,
entonces, sería imposible para Dios otorgar el regalo de la vida a los
que ya tuvieran vida.
(d) Las Escrituras nos indican que la elección divina está condicionada
no sobre algo en la criatura sino más bien sobre algo en Dios. Es el
placer, el deleite de Dios, lo que forma la base de la elección (vea
Lucas 10:21, etc.). Como el alfarero está controlado en sus
selecciones por su propio placer, así también basa su determinación
solo en ese placer dentro de sí.

¿Y por qué ha elegido Dios a algunos? ¿Por qué también ha dejado a


algunos a morir en sus pecados? (Observe: No estamos preguntando por qué
escogió a los que escogió y pasó por alto a los demás, sino ¿por qué escogió
a algunos y pasó por alto a otros? No se trata de ¿por qué hizo lo que hizo?,
sino de ¿por qué hizo lo que hizo?). La respuesta es: para su propia gloria.
Dios se dará gloria a Él mismo, es decir, manifestará su gloria. Demostrará
la perfección de su santidad, por medio de su ira contra el pecado, en la
destrucción de los malvados, y demostrará la perfección de su misericordia
y amor salvando a los escogidos. ¿Hay alguien que se proponga discutir que
Dios no tiene derecho a hacer estas cosas? (Lea Romanos 9:20ss.).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Por qué es que poco se reconoce la doctrina de la
predestinación a pesar que se enseña tan claramente en las
Escrituras?
2. ¿Qué merece el hombre pecador?
3. ¿Qué ejemplo clásico de las Escrituras comprueba esta
doctrina?
4. ¿Cuánto tenían “en común” al comienzo? ¿Al “final”?
5. ¿Cómo prueba este caso que era únicamente Dios quien los
hizo ser diferentes?
6. ¿Qué texto de las Escrituras afirma que Dios tiene “el derecho”
de hacer esto?
7. ¿Qué se quiere decir al afirmar que la predestinación de Dios no
es “condicional”?
8. ¿Si el hombre pudiera llenar algún requisito sobre lo cual Dios lo
eligiera, qué enseñanzas de las Escrituras serían negadas?
9. ¿Por qué ha elegido Dios a los que ha elegido?
10. ¿Por qué ha elegido Dios a algunos y pasado por alto a otros?

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6. Puesto que Dios ha designado a los elegidos para gloria, así
también, por el eterno y más libre propósito de su voluntad, ha
ordenado todos los medios para ello. Por lo tanto, los que son
elegidos, estando caídos en Adán, son redimidos por Cristo, son
eficazmente llamados a la fe en Cristo por su Espíritu que obra a su
debido tiempo, son justificados, adoptados, santificados y por su
poder son guardados para salvación por medio de la fe. No hay
otros que sean redimidos por Cristo, eficazmente llamados,
justificados, adoptados, santificados y salvados sino solamente los
elegidos.

III, 6. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que Dios “al determinar el fin que quiere lograr […] a la vez
determina la forma en que lo hará cumplir”,
(2) que Dios ha determinado que los elegidos sean salvos (normalmente)
por un “llamamiento eficaz, la justificación, la adopción, la
santificación y la perseverancia en gracia”, y
(3) que los que carecen de esta forma divinamente determinada, no están
dentro de los elegidos (tomando en cuenta las excepciones notadas en
el Capítulo X, la sección 3).

Dios nos da nuestro pan de cada día. Pero Él emplea formas y agencias
complejas para dárnoslo. Tiene que haber sol y lluvia, cosecha y
distribución. Sin estos elementos, no habría el mismo resultado. Así es
también al efectuar nuestra redención. Somos, como dice Pedro, “elegidos
[…] según la previsión de Dios el Padre”, pero solo “mediante la obra
santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser redimidos por su
sangre” (1P 1:1,2). Y de nuevo nos dice que debemos “esforzarnos” no
porque no haya elección sino porque la hay. Dice así: “Esfuércense más
todavía por asegurarse del llamado de Dios”. Nuestra diligencia probará ser
la forma por la cual ese fin divinamente ordenado se llevará a cabo (2P
1:10). Por esta razón, Pablo une a la predestinación divina (el fin) con el
llamado, la justificación y la glorificación (el camino hacia el fin, Ro 8:30).
Él reconoció un enlace inseparable entre el fin decretado por Dios y los
pasos que conllevan al fin.
La enseñanza reformada es que todas las obras de Dios y de las tres
Personas de la Trinidad están en perfecta armonía. Dios nunca contradice su
plan por las obras mediante las cuales lleva a cabo su plan. De este modo,
Dios el Padre eligió a algunos a la vida eterna, y así decretó todos los pasos
necesarios para la realización de ese fin. Cristo fue dado como expiación de
los pecados de los escogidos, y el Espíritu Santo fue dado para aplicarle a
los escogidos la redención llevada a cabo por Cristo. El Padre planeó salvar
a algunos, Cristo murió para salvarlos y el Espíritu Santo se asegura de que
realmente lleguen a poseer la salvación. Pero algunos se han apartado de la
verdad en este tema. Su punto de vista se puede resumir de la siguiente
forma: “En infinita piedad y benevolencia, Dios determinó entregar a su Hijo
a la muerte para la redención (de la maldición de la ley) de toda la
humanidad, arruinada por la caída; pero, habiendo previsto que todo hombre,
dejado sin intervención, necesariamente rechazaría a Cristo y se perdería,
Dios, para llevar a cabo y aplicar su plan de la redención de la humanidad, y
conmovido por su particular amor para algunas personas, los escogió de
entre las masas de la humanidad para ser receptores de la gracia especial
efectiva del Espíritu Santo y así a la salvación”. Tal enseñanza puede
parecer piadosa y muy atractiva al hombre pecaminoso. Siempre reconforta
creer que de alguna forma, la gracia salvadora de Dios es para todos sin
distinción. Pero, por muy reconfortante que pueda parecer, no puede ser
sostenido junto con un punto de vista consistente acerca de Dios (a no ser
que uno rechace la maldición por completo). Uno puede creer en forma
consistente que Dios otorga la gracia salvadora solo a algunos hombres y
que solo ellos serán salvos. Pero uno no puede ser consistente creyendo que
Dios tiene gracia salvadora universal que no salva universalmente. Y el
intento invariablemente resulta en una doctrina deficiente acerca de Dios.
Sin embargo, tan grande es el deseo del hombre pecaminoso de convertir la
gracia de Dios en una gracia salvadora universal, que ha habido un repetido
error en la pureza de la concepción con respecto a esta verdad.
Un ejemplo notable lo provee la revisión del credo que tuvo lugar en la
Iglesia Presbiteriana Unida de Norteamérica. Desde 1858 hasta 1925, la
Iglesia Presbiteriana Unida mantuvo esta doctrina (consistente con la Palabra
de Dios):
Declaramos que Nuestro Señor Jesucristo, por designación del Padre y
por su propio acto voluntario lleno de gracia, se colocó en el lugar de un
número definido de los que fueron escogidos por Él antes de la fundación
del mundo, para ser su verdadera y apropiada garantía, y por lo tanto, en su
lugar, satisfizo la justicia de Dios, y respondió a todas las demandas que la
ley tenía en su contra y por consiguiente obtuvo para ellos infaliblemente su
redención eterna.
Pero, en 1925, la Iglesia Presbiteriana Unida cambió su testimonio a lo
siguiente (lo cual no concuerda con la Palabra de Dios):
Creemos que nuestro Señor Jesucristo, por designación del Padre, y por
su propio acto voluntario lleno de gracia, se dio a sí mismo como garantía
por todos; es decir, que sustituyendo al hombre pecador, su muerte fue un
sacrificio propiciatorio de valor infinito, satisfaciendo a la justicia y a la
santidad divina y dando acceso libre a Dios para el perdón y la restauración;
y que su expiación, aunque diseñada para el pecado del mundo, se vuelve
eficaz solo a los que, guiados por el Espíritu Santo, creen en Cristo como su
Salvador.
Las diferencias son evidentes:
(a) La primera declaración dice que Cristo fue el sustituto para algunos
hombres; la segunda, que Él fue el sustituto para todos los hombres.
(b) Una declaración dice que Él sufrió la pena de algunos hombres, y la
otra, que sufrió la pena de todos.
(c) Una declaración dice que por medio de su trabajo completado obtuvo
redención eterna para los que Él representaba, la otra que obtuvo
únicamente el acceso a Dios para la obtención de la redención, y esto
para todos. Ahora, si preguntáramos: “¿Por qué es que, al final, solo
algunos hombres y no todos realmente se salvan?” La respuesta sería
clara y consistente en el primer caso y completamente contradictoria
en el segundo. La doctrina de 1858 nos enseñaría que algunos
hombres son salvos porque Dios (el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo) actuó para salvarlos. Pero si notamos la doctrina de 1925,
¡notamos que se añade una declaración específica demostrando que
solo algunos son realmente salvos porque la obra del Espíritu Santo
no está en armonía con la de Dios el Hijo! Porque “aunque” el
sacrificio de Cristo se “hizo para el pecado del mundo” como
“rescate para todos”, aun así solo se vuelve eficaz “para los que son
llevados por el Espíritu Santo a creer en Cristo”. Esto es triste
sobremanera, porque sacrificaría a Dios para poder dar gracia
salvadora (lo cual, sin embargo, no salva) a todos. Decimos
“sacrificar a Dios”, porque un Dios en el cual existen Personas en
claro desacuerdo sin duda no es el Dios vivo y verdadero de las
Escrituras. No es una exageración en absoluto decir que un Dios
como este ni siquiera existe. ¡Cuán asombrosa es la perversidad y la
oscuridad del hombre que sacrificaría a Dios por una gracia
salvadora que (por su propia palabra) ni siquiera funciona!
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Lea Hechos 27:14-44. ¿Qué fin divino fue prometido por Dios (v.
24)? ¿Qué medios necesitó el apóstol inspirado para lograr este
fin (v. 31)? ¿Se logró este fin? ¿Se utilizaron los medios en la
forma debida? ¿Cuál entonces fue ordenado (decretado o
predeterminado) por Dios: el fin o los medios?
2. ¿Cuál es el problema con el famoso refrán: “Si soy escogido,
entonces seré salvo haga lo que haga”?
3. ¿Qué cosa nunca contradice el plan de Dios?
4. ¿Por qué no podemos decir que la muerte de Cristo tenía como
propósito lograr la salvación de todos?
5. ¿Qué palabras son erróneas en la doctrina de la Iglesia
Presbiteriana Unida de 1925?
6. Diga precisamente lo que se supone que asegura la muerte de
Cristo bajo cada una de estas perspectivas.
7. ¿Por qué es que la doctrina de 1925, en efecto, elimina a Dios?

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7. Al resto de la humanidad, agradó a Dios pasarla por alto y
destinarla para deshonra e ira por su pecado, según el inescrutable
consejo de su propia voluntad, por la cual extiende o retiene
misericordia como a Él le place para la gloria de su poder soberano
sobre las criaturas, para la alabanza de su gloriosa justicia.
8. La doctrina de este alto misterio de la predestinación debe
tratarse con especial prudencia y cuidado para que los seres
humanos, al prestar atención a la voluntad de Dios revelada en su
Palabra, y al rendir obediencia a ella, por la certeza de su vocación
eficaz, estén seguros de su elección eterna. Así que esta doctrina
debe ser motivo de alabanza, reverencia y admiración a Dios, y de
humildad, diligencia y abundante consuelo a todos los que
sinceramente obedecen el Evangelio.

III, 7-8. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que Dios ha determinado soberanamente no dar su gracia salvadora a
algunos hombres,
(2) que esta “retención” o “pasar por alto” es completamente un efecto
de su consejo inescrutable,
(3) que es para su propia gloria,
(4) que mientras su decreto es soberano con respecto a algunas personas,
es justo por motivo de sus pecados,
(5) que esta doctrina debe ser enseñada, y muy cuidadosamente, para que
pueda ser de bien para los creyentes y para la gloria de Dios, y
(6) que esta doctrina (a pesar del antagonismo que hace surgir en los no-
creyentes) está llena de la bendición de Dios para los que la reciben
correctamente.

Debemos observar que el decreto de Dios, con respecto a los


“reprobados” (no-elegidos o incrédulos), consiste en dos aspectos distintos.
Primeramente, Dios ha determinado no escogerlos a ellos. Cuando
preguntamos: “¿Por qué es que Dios ha determinado no dar su gracia
salvadora (pasar por alto) a este individuo en particular (como en el caso de
Esaú) en vez de a su hermano (Jacob)?” Solo podemos responder: “Porque
era su buen placer hacerlo así”. “Dios tiene misericordia de quien Él quiere
tenerla, y endurece a quien Él quiere endurecer” (Ro 9:18). La razón por la
cual Dios decide endurecer a un individuo en particular no es la existencia
de pecado en ese individuo. Si esa fuera la razón, todo hombre sería
reprobado. Nunca está demás insistir en que los elegidos y los reprobados
son considerados en sí mismos sin diferencia a este respecto. Ambos son
pecadores. Lo que conmueve a Dios a escoger a uno y no el otro está,
entonces, completamente dentro de Él. No podemos ir más allá de esto—
Dios elige o no según le plazca y porque a Él le place. Las razones que
pueda tener Dios para esta discriminación están completamente dentro de Él
y escondidas de nuestros ojos. Pero de alguna cosa podemos estar seguros:
no hay absolutamente nada en el hombre que le provea a Dios una razón para
elegir a un hombre y no al otro. En segundo lugar, Dios ha determinado tratar
a los que no elige con estricta justicia. Así vemos que, aunque el pecado no
es la razón por la cual no es escogido, es en su totalidad (y únicamente) la
razón por la cual reciben la condenación. Como ha dicho Pablo: “Que nadie
los engañe con argumentaciones vanas, porque por esto viene el castigo de
Dios sobre los que viven en la desobediencia” (Ef 5:6). Los pecados
mencionados no son la razón por la cual algunos son dejados en su pecado,
pero el pecado en el cual son dejados atrae la ira de Dios sobre ellos.
Nuevamente, debemos observar la perversidad de la naturaleza humana.
Esta se ve en el hecho de que esta doctrina, con mucha frecuencia, es
abusada o rechazada. Es abusada por los que dicen que:
(a) si Dios ha negado su gracia salvadora a algunos hombres, dejándolos
a un lado (lo cual es verdad), entonces
(b) el castigo tan horrible que ellos reciben, no es culpa de ellos sino de
Dios (lo cual no es verdad). Esto es diabólico por la simple razón de
que, al negarle Dios su gracia, no hace que el pecador sea culpable y
merecedor de castigo; solo lo deja en esa condición. “Permanecerá
bajo el castigo de Dios” (Jn 3:36). La razón por el castigo terrible no
es que Dios lo ha dejado de lado, sino su propia maldad y su pecado.
Esta doctrina es rehusada por los que dicen que un Dios que haga
esto es arbitrario e injusto. Sin duda esta doctrina es “una piedra de
tropiezo y una roca que hace caer. Tropiezan al desobedecer la
Palabra, para lo cual estaban destinados” (1P 2:7,8). Pero esto solo
refuerza el punto. Dios es arbitrario. Dios no es injusto. Ningún
hombre merece nada más que la ira y la maldición de Dios. Cuando
Dios decide en forma arbitraria que algunos reciban lo que no
merecen, se le puede denominar “arbitrario”, pero no sin equidad o
injusto. “¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios?” (Ro 9:20ss.).

No cabe duda que esta doctrina hace surgir el antagonismo del hombre.
No podría evitarlo ya que esta doctrina niega resueltamente la suprema
pretensión del hombre—ser “como dios”, es decir, el árbitro supremo de su
propio destino. Por esta razón algunos han sugerido que sería mejor no
mencionar esta doctrina de la predestinación en absoluto. Esto no es más que
abastecer pecaminosamente los deseos de hombres pecaminosos e insultar a
Dios. Creemos que esta doctrina, de todos modos, debe ser enseñada. Debe
ser enseñada porque es la Palabra de Dios. Y debe ser enseñada con
prudencia y cuidado especial—es decir, con un trato especial y una
exposición completa para explicar su significado de modo completo y buscar
cada rastro de vana objeción hecha por el hombre y obliterarla. Y aun si esto
no tuviera el resultado deseado con respecto a los que (siendo reprobados)
odian esta doctrina, aun será para la gloria de Dios que haya sido expuesta y
será también para el bien y el consuelo del verdadero creyente a quien, por
medio de esta doctrina, le han sido abiertos sus ojos para ver que su
salvación es completamente de Dios y que le debe a Él toda alabanza y
honor por haberlo tratado de forma tan misericordiosa simplemente por su
propio placer.
Por supuesto, estamos muy conscientes de que se considera que la
doctrina de la predestinación es mejor que ni se mencione por otra razón—
es decir, porque se dice que produce la indolencia y la presunción en los que
la encuentran ofensiva. Sin embargo, este no es el caso con los creyentes
verdaderos. Sin duda hay quienes abusan de esta doctrina, así como también
hay quienes odian esta doctrina. De todos modos, permanece el hecho de que
los apóstoles enseñaban esta doctrina para que los creyentes se esforzaran
“más todavía por asegurarse del llamado de Dios” (2P 1:10). La verdad es
que cuando la doctrina no es enseñada con cuidado y prudencia, el peligro
de la presunción falsa se incrementa. Pero, cuando la doctrina es enseñada
sin reservas, el resultado que Dios da es la diligencia y humildad deseada.
Cabe poca duda que hoy en día, cuando se menciona tan poco esta doctrina y
casi nunca se trata con prudencia y cuidado especial, el resultado es
lamentable. Definitivamente, la evidencia no demuestra que la negligencia de
esta doctrina haya producido la humildad, la diligencia y el consuelo
abundante que caracterizan a la Iglesia en sus mejores momentos—momentos
cuando esta doctrina fue tratada con tal diligencia.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Precisamente, ¿qué ha determinado hacer Dios respecto a los
reprobados?
2. ¿Por qué ha pasado por alto Dios a estas personas?
3. ¿Por qué reciben la condenación?
4. ¿Cómo ha sido abusada esta doctrina?
5. ¿Por qué ha sido rechazada esta doctrina?
6. ¿Es Dios “arbitrario” en sus acciones?
7. ¿Está mal que Dios sea “arbitrario” en sus decisiones?
8. ¿Qué texto de las Escrituras demuestra que la reprobación (el
que Dios retenga su gracia y pase por alto) no hace que el
pecador sea culpable y merecedor del castigo?
9. ¿Se debe enseñar esta doctrina? ¿Por qué? ¿De qué forma?

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4
De la Creación (IV)

1. Agradó al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, para la


manifestación de la gloria de su eterno poder, sabiduría y bondad,
en el principio, crear o hacer de la nada, el mundo, y todas las cosas
que hay en él, ya sean visibles o invisibles, en el periodo de seis
días, y todas muy buenas.

IV, 1. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que el mundo no es auto-existente ni eterno,
(2) que deriva su existencia del verdadero Dios,
(3) que él hizo todas las cosas de la nada,
(4) que por lo tanto formó el universo por medio de un proceso hasta que
“consideró que era muy bueno”, y
(5) que lo hizo todo para su propia gloria.

Las Escrituras comienzan afirmando: “Dios, en el principio, creó los


cielos y la tierra” (Gn 1:1). El mundo es creado y no auto-existente, y es
Dios, el verdadero Dios, quien lo hizo existir. El dogma “científico”
moderno, sin embargo, enseña:
(a) que el universo es auto-existente o eterno,
(b) que no tiene subsistencia derivada (es decir, que no fue creado de la
nada),
(c) que la forma presente del mundo es el resultado de un proceso
controlado de selección, no por Dios sino por el “principio” de la
“selección natural”, y
(d) que no hay una razón “fundamental” en todo esto.

Sin embargo, lo que se debe resaltar es que el proceso mencionado


anteriormente—“la evolución”—es, estrictamente hablando, solo una
“teoría” y un dogma. Aunque ha llegado a ser una “creencia” y a ser
“aceptado” durante ya más de un siglo, hoy no existe ni una sola pizca de
“prueba” que esta sea la verdad. Así se supone innecesariamente que
puede haber o realmente hay un conflicto entre la ciencia genuina y la
Biblia. Si la “ciencia genuina” significara “la verdad” extraída de la
revelación natural, tal contradicción sería una imposibilidad por la simple
razón de que Dios es el autor del “libro de la naturaleza” tanto como el
“libro de la vida” (la Biblia). La verdad es simplemente todo lo que
realmente es. Solo hay una verdad, porque solo hay una realidad. De modo
que, si las Escrituras son la verdad, simplemente nos dicen lo que realmente
es (lo que era o será). Cuando por medio de la investigación el hombre
también descubre lo que realmente hay en el mundo de la naturaleza,
simplemente capta otro aspecto de la misma verdad total. De manera que no
puede haber ningún conflicto entre la Biblia y la ciencia. La única razón
para el conflicto es que el hombre ha errado o (a) en su investigación de los
hechos, o (b) en sus teorías acerca de los hechos, o (c) en ambos. Es un
hecho de que Cristo resucitó de la muerte (1Co 15). Por lo tanto, cuando un
biólogo, al examinar miles de “otros hechos”, teoriza acerca de la vida
presuponiendo que nadie nunca murió y luego resucitó, se equivoca de
ambas formas. “La ciencia” ha notado que varias formas de vida se
“formaron” en un proceso. Pero cuando a partir de esto teoriza que la vida
comenzó por sí misma, y se dirigió de etapa en etapa, esto no es ni científico
ni es la verdad. Los evolucionistas han hecho muchas observaciones válidas,
pero no han podido comprobar que las cosas causaron su existencia por sí
mismas simplemente porque eso no es la verdad.
Tal vez el punto principal en el cual se tiende a pensar que la ciencia
“contradice” a las Escrituras es cuando la Biblia dice que el proceso de
formación de la materia original de la creación, en su estado final, tomó
lugar en seis días. Hechos innegables, tales como los fósiles, dicen
“comprobar” que esto no es “posible”. Pero en tal afirmación hay
presuposiciones escondidas:
1. En primer lugar, está la presuposición de que la producción de fósiles
es muy lenta y toma mucho tiempo. Pero hay mucho que se puede decir
a favor del punto de vista contrario. Hay fósiles de hojas de helecho
bellamente preservadas aun con las partes más delicadas perfectamente
preservadas. Nos cuesta creer que algo tan frágil pudiera ser
preservado, salvo por algún proceso sumamente rápido, por lo que es
tan altamente “perecedero”. Tal vez, después de todo, la creencia de
que los fósiles fueron causados por un cataclismo como la inundación
sea menos increíble que la creencia de que fueron producidos
lentamente a través de inmensos periodos de tiempo primordial.
2. En segundo lugar, está la presuposición de que los tiempos
increíblemente largos que produjeron los fósiles no pudieron haber
sucedido después de los eventos relatados en los seis días de la
creación bíblica. Es decir, que los eventos descritos en el relato de la
creación bíblica son precisamente esos eventos que requieren grandes
eones de tiempo. Podemos responder a esto diciendo que la Biblia es
tan indefinida acerca del paso del tiempo que siguió a la creación como
parece ser definitiva acerca del tiempo que tomó la creación. No
deberíamos suponer con tanta facilidad, entonces, que los fósiles no han
sido todos depositados desde los seis días de la creación.
3. En tercer lugar, está la presuposición de que los seis días de la creación
(tal como se relatan en la Biblia) nos presenta una creación que ocurrió
en seis días de veinticuatro horas. En respuesta podemos observar que
mucho antes que la “ciencia moderna” retara a los que creen la Biblia,
muchos creyentes de la Biblia sostuvieron, basándose en la Biblia, que
la creación no sucedió en seis periodos de veinticuatro horas. Era
reconocido por ellos que el término hebreo (yom) no se restringe a este
sentido (vea Juan 8:56, Isaías 49:8, Oseas 2:15, Salmos 110:3 y Juan
15:23). Por ejemplo, San Agustín reconoció que uno de los “días” de la
creación afectaba las condiciones necesarias para el tiempo solar.
Otros creyentes en la Biblia han sugerido que los seis días de la
creación fueron seis días en los cuales Dios le reveló a Moisés el
relato de la creación. Solo Dios lo vio suceder. Moisés lo podía “ver”
solo por medio de visiones. Y estas visiones pueden haber tomado seis
días en desarrollarse.
4. Finalmente, está la presuposición de que el proceso que se relata en la
historia de la creación (y tal como se teoriza de aquello en la ciencia
moderna) no pudo haber ocurrido en seis días de veinticuatro horas.
Otra forma de decirlo sería que se supone que Dios no pudo haber (o no
habrá) producido rápidamente al mundo que tan evidentemente lleva la
apariencia de tanta edad. Pero si simplemente suponemos que Dios
creó al hombre, nos vemos confrontados inmediatamente con la
necesidad de tal “apariencia de gran edad”. Si Dios creó a Adán como
una persona adulta, hubiera tenido la apareciencia que un adulto tiene
ahora, aunque realmente no hubiera tenido un periodo largo anterior de
desarrollo. La posición cristiana es que Dios sí creó a Adán de esta
forma. Y así, en esta instancia, está obligado a suponer la misma
dificultad supuesta del dogma científico. ¿Por qué entonces intentar
evadir esta dificultad con respecto al resto de la creación? De nuestro
lado, no vemos ninguna buena razón por la cual debemos dudar que
Dios creó al mundo en seis días de veinticuatro horas con la apariencia
de edad (es decir, con madurez) de las cosas creadas y que los fósiles
fueron causados por una gran catástrofe, probablemente el diluvio, lo
cual ocurrió, en su totalidad, después de la creación. (Vea The Genesis
Flood por Whitcomb y Morris).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Quién creó al mundo?
2. ¿Cuáles son los puntos básicos del dogma de la “ciencia
moderna”?
3. ¿Existe alguna prueba de la teoría de la evolución? ¿Por qué?
4. ¿Qué es la verdad?
5. ¿Dónde se encuentra la verdad?
6. ¿Cuáles son unas falsas presuposiciones comunes de los que
aceptan el dogma de la ciencia moderna?
7. Dé su respuesta en forma concisa a cada una de estas falsas
presuposiciones.
8. ¿Cuál es su punto de vista de los “días” de Génesis 1?
9. ¿Siempre se utiliza el término hebreo “día” para describir un
periodo de veinticuatro horas?
10. ¿Existe alguna buena razón para no creer que Dios creó al
mundo en seis días de veinticuatro horas? Si lo hubiera, dé su
razón.

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2. Después que Dios hubo hecho todas las demás criaturas, creó al
hombre, varón y hembra, con alma racional e inmortal, dotado de
conocimiento, justicia y verdadera santidad, según su propia
imagen; teniendo la ley de Dios escrita en sus corazones y el poder
para cumplirla; y, sin embargo, con la posibilidad de transgresión,
siendo dejados a la libertad de su propia voluntad, la cual estaba
sujeta a cambio. Además de esta ley escrita en sus corazones, ellos
recibieron el mandamiento de no comer del árbol del conocimiento
del bien y del mal, y mientras ellos guardaron este mandamiento
eran felices en su comunión con Dios, y tenían dominio sobre las
criaturas.

IV, 2. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que el hombre fue la culminación de la obra creadora de Dios,
(2) que la entera raza humana descendió de una sola pareja humana,
(3) que el hombre fue hecho a imagen de Dios,
(4) que Dios lo proveyó a Adán con suficiente conocimiento de su
voluntad (la ley escrita en su corazón, más una directiva especial
para probar su obediencia), y
(5) que Adán era capaz de obedecer debidamente pero también de caer.

La Biblia y los evolucionistas concuerdan superficialmente en ver al


hombre como la mayor criatura sobre la tierra. Ambos reconocen que hay un
avance de formas más bajas a formas más altas. Pero, mientras los
evolucionistas atribuyen esto a fuerzas mecánicas ciegas, la Biblia lo
atribuye inmediatamente a Dios. El cristiano no tiene que dudar de que Dios
haya empleado muchos de los diseños estructurales básicos que utilizó de
las formas de vida más bajas en la creación del hombre. Pero hay un punto
en el cual no puede ceder: el hombre no “surgió lentamente” del fango, sino
que fue creado por un acto divino inmediato en el cual se fusionaron materia
y espíritu para darles existencia como un alma viviente. Puede que hayan
existido criaturas aparte del mono con características físicas similares a las
del hombre. Sin embargo, nunca hubo una especie de “hombre” antes que
Dios hubiera soplado de sí mismo el aliento de vida en ese polvo que Él
había creado para recibirlo. Y aparte de la caída, no ha habido ningún
cambio en esa especie. No podemos aceptar que la especie humana derive
de ninguna especie anterior más baja. Por supuesto, la Escritura no nos
informa “cómo” fue que Dios formó el cuerpo del hombre, ni nos indica
cuanto “tiempo” puede haber tomado. Lo que sí nos cuenta es que en el
momento en que Dios sopló en esa forma (de polvo) el aliento de vida, un
hombre llegó a ser. Antes de eso, el hombre no existía. Desde entonces, el
hombre ha permanecido esencialmente igual, salvo en cuanto al pecado. “Y
Dios creó al ser humano a su imagen” (Gn 1:27). “Y Dios el Señor formó al
hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre
se convirtió en un ser viviente” (Gn 2:7). Y lo que debemos recordar, en
pleno contraste al dogma evolucionista, es que hubo desde el mismo
comienzo de la existencia del hombre una inteligencia altamente
desarrollada. La vida humana estaba muy lejos de la del supuesto “hombre
de las cavernas” en el principio. Su vida no existía meramente a un nivel
animal. Muy al contrario, el hombre originalmente tenía un conocimiento
mucho más perfecto y un carácter moral más alto de lo que ha tenido desde
la caída. “Dios hizo perfecto al género humano” (Ec 7:29). Comenzó con “la
ley escrita en [su] corazón” (Ro 2:15). Esto no niega algún avance en el
conocimiento humano, ni tampoco niega que Einstein haya sabido mucho más
que Adán. Sin embargo, sí afirma que el conocimiento de Adán hasta el
punto donde se extendía, era perfecto (lo cual ni Einstein podía afirmar), y
que era mucho más penetrante de lo que se supone comúnmente. Un hombre
que mirara por una ventana sucia durante muchos años podría aprender
mucho más que otro hombre que mirara por una ventana abierta durante un
día. Pero no hay duda en cuanto a quién puede ver mejor. Puede que el
conocimiento de Adán sea más “primitivo” en cuanto a que era menos
técnico y compuesto. Sin embargo, no era nada primitivo en el sentido en el
que el dogma evolucionista dice que era.
Nuevamente, la ciencia moderna y la Biblia concuerdan superficialmente
en que la entera raza humana ha descendido de una sola pareja original.
¡Sería demasiado para el científico creer que tal accidente tan increíble
pueda haber sucedido más de una vez en el mismo planeta aproximadamente
al mismo tiempo! De modo que, se ha vuelto un “pecado” contra la ciencia
enseñar que una raza sea “superior” a otra. Sin embargo, el cristiano cree
que Dios “de una sangre hizo todas las naciones del mundo para que moren
sobre la faz de la tierra” (Hch 17:26). Y resiste toda soberbia racista, no
basado en el dogma evolucionista de la grandeza del hombre, sino en las
doctrinas bíblicas de la creación y de la caída. No hay hombre que no deba
ser altamente valorado porque todo hombre retiene la marca de la imagen de
Dios. Pero ningún hombre debe ser exaltado demasiado porque todo hombre
también retiene la terrible mancha del pecado.
Pero ¿qué quiere decir “a imagen de Dios”? Algunos han argumentado
que la imagen de Dios se encuentra exclusivamente en el alma del hombre y
no en su cuerpo, así como Dios es espíritu puro. De estos algunos han dicho
que el alma en sí lleva la imagen de Dios, mientras que otros han dicho que
contiene esa imagen. Sin embargo, es una mera suposición decir que el
cuerpo no puede ser (en parte) la imagen de Dios.
Tal vez esta noción aún permanece como producto de alguna noción
antigua pagana que dice que el espíritu es bueno y el cuerpo (lo material)
malo. De cualquier forma, pareciera ser más fiel a las Escrituras
simplemente afirmar que el hombre (en la totalidad de su ser físico-
espiritual) es (en vez de simplemente contener) la imagen de Dios. Aun el
alma (o la mente) pareciera ser la unión del cuerpo y el espíritu, y no solo un
espíritu contenido dentro del cuerpo. De todos modos, la capacidad del
hombre para ejercer su señorío sobre la tierra como el portador de la imagen
era tanto física como espiritual. Y creemos que el hombre era originalmente
la imagen del Dios Trino en cuanto era profeta, sacerdote y rey. Así como
hay tres personas en Dios en una esencia, así también en la persona de Adán
hay la capacidad dotada de conocimiento, santidad y rectitud. Como profeta,
el hombre fue dotado con los sentidos físicos y la habilidad mental de
aprender la verdad. Como sacerdote, poseía la sensibilidad y el deseo de
alabar a Dios en verdadera santidad. Y como rey, poseía el poder físico y
mental, y la habilidad de sujetar, en rectitud, todas las cosas según el
propósito y la voluntad de Dios. En la Deidad, es característicamente el
Padre a quien se le atribuye el conocimiento y el propósito, el Hijo quien
dedica toda la alabanza y el deleite del Padre y el Espíritu Santo quien lleva
a cabo las determinaciones del Ser divino. En la complejidad de la
personalidad humana hay (y aun más, en el hombre sin pecado había) un
reflejo de esto.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿En qué están de acuerdo superficialmente los evolucionistas y
los cristianos?
2. ¿Por qué decimos que este acuerdo es superficial?
3. ¿Es “anti-cristiano” creer que Dios empleó muchas estructuras
básicas en las formas más bajas de vida y las usó más adelante
al crear al hombre?
4. ¿En qué punto exactamente nunca debería ceder el cristiano en
cuanto a la creación del hombre?
5. ¿Es posible que el hombre se haya desarrollado de formas más
bajas, “semihumanas”? ¿Por qué?
6. ¿Qué dice el dogma evolucionista acerca de la existencia
humana “primitiva”?
7. ¿Qué dice la Biblia acerca de la existencia humana “primitiva”?
8. ¿En qué sentido era primitivo el conocimiento de Adán?
9. ¿Por qué creen los científicos en la unidad de la raza humana?
10. ¿Por qué creen los cristianos en la unidad de la raza humana?
11. ¿Qué sería correcto decir: el alma es la imagen de Dios, el
alma contiene la imagen de Dios, el hombre tiene la imagen de
Dios, o el hombre es la imagen de Dios?
12. ¿Cuál podría ser la razón por la que tradicionalmente se ha
excluido el cuerpo de la imagen?
13. ¿Si Dios es Trino, y el hombre es la imagen de Dios, entonces
qué debemos ver en la unidad de la personalidad humana?
14. ¿Encontramos evidencia en la Escrituras que testifica de esta
diversidad?

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5
De la Providencia (V)

1. Dios, el gran Creador de todas las cosas, sostiene, dirige, dispone


y gobierna todas las criaturas, acciones y cosas, desde la más
grande hasta la más pequeña, por medio de su más sabia y santa
providencia, según su infalible presciencia y el libre e inmutable
consejo de su propia voluntad, para la gloria de su sabiduría, poder,
justicia, bondad y misericordia.

V, 1. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que Dios, quien creó todo lo que existe, también lo sostiene en su
existencia,
(2) que Él ejerce control absoluto sobre ello,
(3) que su control existe sobre toda criatura y sus acciones y también
sobre los eventos en este mundo natural,
(4) que su control absoluto afecta la ejecución del plan fijo de Dios, y
(5) que todo esto tiene como su fin la manifestación de la gloria de Dios.

Se excluyen dos errores con la formulación de esta sección de la


Confesión. El primer error enseña que las cosas suceden al azar. El segundo
error enseña que las cosas suceden por una necesidad ciega mecánica, es
decir, por el destino.
La creencia de que los eventos simplemente “suceden” sin ninguna
relación segura y necesaria con Dios o con otras cosas bajo su control es
esencialmente pagana. Aun así, claramente, sin darse cuenta de lo mismo,
hay muchos protestantes que creen que las cosas más transcendentales
suceden al azar. El Arminianismo enseña que la voluntad del hombre actúa
sin ninguna seguridad predeterminada. No hay ninguna razón necesaria por la
cual un individuo particular rechace o acepte el evangelio. La voluntad del
hombre de acuerdo con este punto de vista está, por decir, balanceada sobre
un filo entre dos “posibilidades” iguales. Dios no hace ninguna
determinación sino que deja a criterio del individuo decidir por sí mismo si
será salvo o no. De manera que, sin ninguna razón predeterminada y
necesaria, en algunos casos simplemente “sucede” que Cristo es aceptado
mientras que en otros casos simplemente “sucede” que es rechazado. La
Confesión Reformada enseña, muy por el contrario, que nada simplemente
sucede, ni siquiera en el caso de la ejecución de la voluntad del hombre. “En
las manos del Señor el corazón del rey es como un río: sigue el curso que el
Señor le ha trazado (Pr 21:1). Si esto es cierto, entonces no puede suceder
nada al azar. “El corazón humano genera muchos proyectos, pero al final
prevalecen los designios del Señor” (Pr 19:21). Por supuesto, no podemos
explicar cómo es que Dios ejerce este control absoluto sobre agentes
verdaderamente libres. Solo sabemos que así es. Sin embargo, aun aparte de
este misterio, podemos observar que incluso la voluntad de Dios no está
libre para operar de forma casual ni al azar. La voluntad de Dios está
determinada por el carácter de Dios. Dios no puede mentir (Heb 6:18).
Similarmente, la voluntad del hombre está determinada por su carácter.
Mientras el carácter del hombre sea pecaminoso y corrupto (ya que es
recibido de Adán por generación normal), no hay cómo pueda hacer lo que
le complace a Dios. “¿Puede el etíope cambiar de piel o el leopardo quitarse
sus manchas? ¡Pues tampoco ustedes pueden hacer el bien, acostumbrados
como están a hacer el mal!” (Jer 13:23). Pero cuando Dios regenera al
hombre y este recibe un carácter nuevo y diferente no hay cómo no comience
a hacer el bien. “Pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como
el hacer para que se cumpla su buena voluntad” (Fil 2:13).
El error que enseña que las cosas suceden por un destino mecánico tiene
algo en común con la doctrina verdadera, es decir, que las cosas sí son
predeterminadas de forma absoluta. Pero la similitud es meramente formal.
Existe una diferencia enorme entre la inevitabilidad del destino mecánico y
la inevitabilidad del decreto divino. El destino mecánico es algo sin sentido,
sin piedad y sin esperanza. Pero la seguridad de una providencia
divinamente ordenada tiene sentido, piedad y esperanza. Pero ¿cómo puede
Dios controlar todo? Los caminos de Dios nos son un misterio, y sin duda
fuera de nuestro alcance. Sin embargo, nos es de gran ayuda recordar tales
enseñanzas bíblicas como: (1) Dios creó todo lo que existe. ¿Por qué nos
maravillamos entonces de que Él ejerza control absoluto sobre lo que Él ha
creado? (2) La presciencia de Dios es perfecta (Hch 15:18; 1P 1:12, etc.).
¡No es difícil ver cómo contribuye este poder inmensurablemente en el
control eficaz de todas las cosas! (3) Dios es omnipotente. Él es capaz de
hacer lo que Él quiera en cualquier lugar y en cualquier momento. Tiene la
libertad de “inyectar” al mundo poder sobrenatural que “cambia” las
condiciones existentes drásticamente. (¡He aquí sus milagros!). (4) Dios es
libre. Nada lo detiene de hacer toda su santa voluntad. Estas consideraciones
no nos dan conocimiento de cómo controla Dios todas las cosas, pero si dan
evidencia de que es capaz de hacerlo. Sobre todo, las Escrituras infalibles
afirman que Dios ejerce tal control absoluto sobre todas las cosas: “Dios
hace lo que quiere con los poderes celestiales y con los pueblos de la tierra.
No hay quien se oponga a su poder ni quien le pida cuentas de sus actos” (Dn
4:35). “El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los
mares y en todos sus abismos” (Sal 135:6). Por mucho que no podamos ni
comprenderlo, aun así Dios hace todo conforme al designio de su propia
voluntad (Ef 1:11).
En resumen: Porque Dios controla el universo, nada sucede al azar, y
porque Dios es quien controla el universo, tampoco sucede nada según el
destino.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. En esta sección de la Confesión se atacan dos errores: El
primero enseña que las cosas suceden al
___________________. El segundo enseña que las cosas
suceden según el ________________
2. ¿Con cuál de estos dos errores están de acuerdo (tal vez
inconscientemente) los Arminianos?
3. Cite un texto de las Escrituras que demuestra que la voluntad
del hombre no es imprevisible.
4. ¿Cuál enseñanza de las Escrituras acerca de Dios nos ayuda a
entender por qué hay algunas cosas que el hombre no puede
hacer?
5. ¿Por qué no existe la posibilidad de que un hombre no converso
haga la voluntad de Dios o de que un hombre converso no
comience a hacer la voluntad de Dios?
6. ¿Cuál es la diferencia entre el destino y la soberanía divina?
7. ¿Cuáles enseñanzas de las Escrituras nos ayudan en creer que
Dios controla todo?
8. Cite un texto de las Escrituras que demuestra que Dios tiene el
control absoluto sobre todo.

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2. Aunque todas las cosas acontecen inmutable e infaliblemente con
relación a la presciencia de Dios, quien es la causa primera; sin
embargo, por la misma providencia, Él las ha ordenado para que
sucedan de acuerdo con la naturaleza de las causas segundas ya sea
necesaria, libre o contingentemente.
3. En su ordinaria providencia, Dios hace uso de medios; sin
embargo es libre de obrar sin ellos, sobre ellos y contra ellos, según
le plazca.
4. El poder todopoderoso, la inescrutable sabiduría y la infinita
bondad de Dios, se manifiestan de tal manera en su providencia, que
se extiende hasta la primera caída y a todos los otros pecados de
ángeles y de los seres humanos; y aquello no por un mero permiso
sino que los ha unido con un lazo sapientísimo y poderosísimo,
ordenándolos y gobernándolos de otras maneras en una
dispensación multiforme para sus propios fines santos; sin embargo,
puesto que lo pecaminoso solo procede de la criatura y no de Dios,
quien es santísimo y justísimo, no es ni puede ser el autor o
aprobador del pecado.
5. El más sabio, justo y clemente Dios, muchas veces, por un tiempo,
deja a sus hijos en diversas tentaciones y en la corrupción de sus
propios corazones, para castigarlos por sus pecados anteriores o
para que se den cuenta de la fuerza oculta de la corrupción y de lo
engañoso de sus corazones a fin de que se humillen; y para
elevarlos a una más íntima y constante dependencia de la ayuda de
Dios, y para hacerlos más cuidadosos ante todas las ocasiones
futuras de pecado, y para otros fines santos y justos.
6. En cuanto a los seres humanos malvados e impíos, a quienes Dios,
como juez justo, los ha cegado y endurecido por sus pecados
anteriores, no solo les niega su gracia, por la cual podrían haber
sido iluminados en sus entendimientos y obrado en sus corazones,
sino que también algunas veces les retira los dones que ya tenían, y
los expone a cosas tales que su corrupción las hace ocasión de
pecado; y a la vez los entrega a sus propias concupiscencias, a las
tentaciones del mundo y al poder de Satanás; por lo cual sucede que
se endurecen, inclusive bajo aquellos medios que Dios usa para
ablandar a otros.

V, 2-6. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que la soberanía absoluta de Dios no destruye la integridad de la
libertad del hombre,
(2) ni tampoco niega la operación de causas secundarias,
(3) que, sin embargo, Dios tiene la libertad de pasar por encima de estas
“leyes” (y causas) cuando así lo desea,
(4) que Dios ordenó hasta la caída del hombre sin haber hecho por sí
mismo ningún mal, y
(5) que la soberanía de Dios se extiende a la operación interna del
corazón del hombre (tanto el hombre salvo como el no salvo) sin
participar en el pecado.

Cada vez que se enseña la doctrina de la soberanía divina, siempre


surgen ciertas objeciones muy espontáneamente del corazón humano
pecaminoso. Haremos una lista de varias, deseando demostrar la respuesta
de las Escrituras a cada una.
1. “Si Dios controla todo, entonces yo no soy responsable por lo que
haga”. Esta objeción realmente está basada en la suposición de que
cuando Dios controla las acciones humanas nos hace cumplir su
voluntad a la fuerza aunque no queramos. Si Dios me forzara a pecar
contra mi voluntad, entonces Él sería responsable por mi pecado y no
yo. Pero las Escrituras se esfuerzan mucho en enseñarnos que nosotros
somos responsables precisamente porque hacemos nuestra propia
voluntad cuando pecamos. Porque Dios es infinito, eterno e inmutable,
Él es capaz de permitirnos hacer lo que nos da la gana (dentro de las
limitaciones de nuestras oportunidades y habilidades) y aun así hacer
inevitable que hagamos lo que Él ha predestinado que hagamos. Esta es
la lección de la relación entre José y sus hermanos (Gn 37 – 50). José
les dice a sus hermanos: “Es verdad que ustedes pensaron hacerme mal,
pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos
viendo: Salvar la vida de mucha gente” (Gn 50:20). Hicieron el mal. Lo
hicieron libremente. Sin embargo, también hicieron la voluntad (el
decreto) de Dios.
2. “Si Dios controla todo, entonces las cosas saldrán igual sin importar lo
que haga yo”. Esta objeción es falsa porque contiene una verdadera
contradicción. Por un lado, hay la suposición de que Dios controla
todo. Pero también, por el otro lado, hay la suposición extraña y
contradictoria de que ciertas acciones personales pueden suceder al
azar o por casualidad. Esta objeción, en efecto, dice que si todas las
cosas han sido fijadas por decreto divino, entonces no hace ninguna
diferencia si suceden eventos a, b y c: aun así llegaremos al evento d.
Sin embargo, el hecho obvio es que a, b y c son eventos tanto como lo
es d, y la primera suposición es que Dios las controla todas. Por
consiguiente, si Dios controla todo, es obvio que resultará solo si cada
evento que lleva a ese fin se cumple según el plan. La predestinación
divina no hace que nuestros actos se vuelvan insignificantes sino que
los hace supremamente importantes. Así Pedro dice: “Esfuércense más
todavía por asegurarse del llamado de Dios, que fue quien los eligió. Si
hacen estas cosas, no caerán jamás” (2P 1:10). Si Dios nos ha
escogido, entonces ¿cómo podemos decir que seremos salvos hagamos
lo que hagamos? Debemos saber que seremos salvos solo al hacer lo
que Dios dice que los escogidos harán, es decir, “esforzarnos”, etc.
3. “Dios controla todo, entonces Él debe ser el autor del pecado”. ¿Fue la
voluntad (o el plan) de Dios que Adán cayera? ¿Los hombres malvados
solo hacen lo que Dios ha determinado de antemano que hagan? (Hch
4:28). Las Escrituras evitan aun la apariencia de evadir tal afirmación.
“Yo formo la luz y creo las tinieblas, traigo bienestar y creo calamidad;
Yo el Señor, hago todas estas cosas” (Is 45:7). Sin duda, no hay ni la
más pequeña inclinación en las Escrituras de negar la soberanía
absoluta de Dios, aun a este extremo, solo por consecuencias ofensivas
que parecen brotar de ese punto. Sin embargo, las Escrituras son
igualmente insistentes en que Dios no es el autor del pecado. “Dios no
puede ser tentado por el mal, ni tampoco tienta Él a nadie” (Stg 1:13).
La aparente contradicción ha sido expresada de este modo:
(a) Dios es el autor de todo lo que existe.
(b) El pecado existe.
(c) Sin embargo, Dios no es el autor del pecado. Pero la
contradicción solo parece existir porque Dios no es el autor de
todo lo que existe, aunque Él lo decretó todo. Satanás y sus
seguidores (ángeles y hombres) son los “autores” del pecado,
aunque Dios los ha creado y decretado, aun su pecado, sin ser Él
mismo el autor del pecado.
(d) “Si Dios controla todo, entonces ¿cómo podemos explicar los
pecados de los justos, y la prosperidad de los malos?”

Puede que le parezca mejor al sabio humano que Dios controlara a los
hombres de tal forma que los escogidos (después de la regeneración) fueran
perfectos en santidad de inmediato. Igualmente puede parecer sabio permitir
al malo proceder a la maldad descontrolada. Pero tal no es el caso. “Sus
caminos no son los nuestros”. ¿Cómo podemos, entonces, entender los
pecados de los santos y la “bondad” de los reprobados? Las Escrituras
dicen: “Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado” (1Jn 3:9).
Pero las Escrituras también dicen: “Si afirmamos que no tenemos pecado,
nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad”. “Si afirmamos
que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita
en nosotros”. (1Jn 1:8,10).
Hay una contradicción entonces, pero la contradicción está dentro del
hombre regenerado y no en las Escrituras. El hombre regenerado peca pero
no puede practicar el pecado de forma voluntaria y continua. “Porque la
semilla de Dios permanece en Él; no puede practicar el pecado, porque ha
nacido de Dios”. Pablo dice: “Así que descubro esta ley: que cuando quiero
hacer el bien, me acompaña el mal. Porque en lo íntimo de mi ser me deleito
en la ley de Dios; pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo
hay otra ley, que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra la ley de mi
mente, y me tiene cautivo” (Ro 8:21ss). Esto no significa que Pablo no sea el
culpable. Si así fuera, no se llamaría a él mismo un “pobre miserable” (Ro
7:24). Tampoco quiere decir que haya “dos Pablos”, como algunos han
propuesto: “el hombre viejo” y “el hombre nuevo”. Sin embargo, mientras
que es solo el “hombre nuevo” el que es el “verdadero” Pablo, los restos del
“viejo Pablo” siguen presentes y capaces de atacar con furia al “nuevo”. El
“hombre nuevo” no puede perder la batalla. Pero tampoco puede el “hombre
nuevo” prevalecer sin mucho conflicto amargo. Sobre todo, debemos
entender que no habría conflicto alguno si Dios no hubiera creado al hombre
nuevo (Ef 2:20). Esta “nueva criatura” puede parecer terriblemente débil
(Heb 5:12-14) al comienzo; sin embargo, donde realmente existe,
prevalecerá. Pero de ninguna manera puede originar el “hombre nuevo”, o
sus actividades de los poderes que le pertenecen, al hombre “naturalmente”.
A veces nos olvidamos de esto. Nos olvidamos de que todo lo que somos
por nosotros mismos es pecado. De modo que, a veces, Dios nos deja “por
un tiempo a diversas tentaciones y corrupciones de nuestro corazones”.
Cuando Dios nos riñe de esta forma, los restos de nuestra naturaleza vieja
expresan su carácter natural, y aprendemos nuevamente que de nosotros
mismos no podemos hacer nada. De este modo se nos lleva a buscar la
salvación completamente en, y por medio de, la obra de Dios.
Por otro lado, la razón por la cual los malos (o reprobados) a menudo
hacen lo que es (exteriormente) “bueno” es porque ellos también tienen
restos de su naturaleza vieja. Pero en este caso, “la naturaleza vieja”
encuentra sus raíces en la naturaleza sin pecado que le pertenecía a Adán
antes de la caída. La conciencia aún retiene algún “recuerdo” de la ley de
Dios que estaba escrita ahí en el comienzo (Ro 2:14). Pero el “hombre
nuevo” es pecaminoso, corrupto y caído. La conciencia (o el álter ego) se
rebela contra lo que quiere el ego. Los dos están en lucha constante. Pero,
como todos sabemos, la conciencia no reina sobre nosotros tanto como
testifica en nuestra contra. Sin embargo, a veces Dios hace que la conciencia
se sobreponga y se restrinja aun a los reprobados. Por medio de la operación
del Espíritu Santo y también tales agencias como la ley, el gobierno civil, las
costumbres sociales, la necesidad de aprobación y el temor del castigo,
puede que el reprobado realmente haga lo “bueno”. Podemos ilustrar los dos
casos de la siguiente forma:

Por medio de los instrumentos de la gracia común, Dios puede restringir


a (b) y dar considerable influencia a (a) en los reprobados. Por medio de los
instrumentos de gracia especial, Dios puede incrementar a (d) y disminuir a
(c) en los escogidos. (Este proceso no se termina hasta el fin de la vida.).
Dios nunca nutre a (b) o (c) pero puede retener tanto la gracia especial que
(c) “brota” de forma violenta (como en David) de tal forma que su pueblo
reconoce que (d) es totalmente de Él.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Nombre una o dos objeciones comunes a la doctrina de la
soberanía absoluta de Dios.
2. Refútelos.
3. ¿Por qué los escogidos a veces pecan de forma tan penosa?
4. ¿Por qué a veces los reprobados actúan mejor de lo que
esperábamos?
5. ¿Sería correcto hablar del cristiano como un hombre viejo y
nuevo?
6. ¿Es “responsable” el cristiano por el pecado que comete bajo la
influencia de “los restos de su naturaleza vieja”?
7. ¿Implican de alguna forma los diagramas anteriores que algunos
actos que hacemos son completamente sin pecado y que otros
son totalmente pecaminosos (es decir, sin alivio)?
8. Explique y armonice las afirmaciones de Pablo en Romanos
7:20 y 7:24.

Ver las respuestas a estas preguntas


6
De la Caída del Hombre, del Pecado y de su
Merecido Castigo (VI)

1. Nuestros primeros padres, siendo seducidos por la sutileza y


tentación de Satanás, pecaron al comer del fruto prohibido. Dios,
según su sabio y santo consejo, quiso permitirles este pecado,
habiéndose propuesto ordenarlo para su propia gloria.
2. Por este pecado cayeron de su rectitud original y de su comunión
con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado, y
totalmente depravados en todas las partes y facultades del alma y
del cuerpo.

VI, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que la raza humana procede de dos (y solo dos) personas,
(2) que el récord de Génesis 3 es histórico (y no simbólico ni mitológico
en su carácter),
(3) que el primer pecado fue pre-ordenado y
(4) que por medio de este pecado nuestros primeros padres:
(a) perdieron la comunión con Dios,
(b) cayeron bajo su ira y maldición, y
(c) se volvieron completamente depravados.

“La caída del hombre requiere tanto énfasis como su creación” (Van Til).
Esto es aun más vigente hoy a causa del dominio creciente de la teología
neo-ortodoxa. La neo-ortodoxia (que se supone significa “nueva ortodoxia”)
surgió hace varias décadas en Europa de las ruinas espirituales del más
antiguo “racionalismo”. Los “racionalistas” entronaron a la razón humana e
hicieron que la Biblia le fuera su sirviente. Cuando Karl Barth (el autor de la
Neo-ortodoxia, la cual también se le denomina “Bartianismo”) apareció al
comienzo hablando en contra del racionalismo con gran poder, muchos se
impresionaron. Él incluso resucitó la terminología de la fe cristiana histórica
hablando de la “creación”, “la caída”, y la “elección”. Muchos lo declararon
el profeta que guiaría a la Iglesia de regreso a la fe ortodoxa.
Sin embargo, la triste verdad es que Barth (y los demás que pronto lo
siguieron) no reemplazó la autoridad de la razón del hombre con la autoridad
de la Biblia. Simplemente estaba intercambiando la forma antigua de
depender de la superioridad de la razón del hombre con la nueva forma del
mismo mal. Así la Neo-ortodoxia afirmaba la doctrina de la caída, pero
negaba que hubiera una persona verdadera e histórica que en un momento
especifico, en una ubicación sobre la tierra, comió un verdadero fruto
prohibido. Afirmaba que la doctrina de la caída era “verdad”, pero con eso
solo quería decir que hay un significado no-histórico (o simbólico, mítico)
en ello. Es “verdad” tanto como las fábulas de Esopo1 son “verdad”. “La
creación y la caída”, dice Barth, “subyacen detrás de lo histórico”.
¿Por qué toma una posición tan contradictoria la Neo-ortodoxia? ¿Por qué
intenta afirmar (que la Biblia enseña la verdad) y negar (que lo que dice es
realmente la verdad) a la vez? La respuesta es que estos modernistas
actuales (porque eso es lo que realmente es la Neo-ortodoxia; el
Modernismo en su forma más reciente) no se conforman con solo un trozo de
la torta. Quieren ser aceptados como cristianos y respetados por este mundo.
Como los primeros “racionalistas” crearon un clima de opinión que veía
como pasado de moda la idea de colocar a la Palabra de Dios por encima de
la sabiduría humana y la ciencia, los teólogos neo-ortodoxos no tenían
esperanzas de poder ser aceptados haciendo una cosa tan anticuada. La gente
respetable había estado de acuerdo hace mucho que la Biblia no podía ser
considerada precisa ni confiable científicamente. Pero los teólogos neo-
ortodoxos se dieron cuenta que sin las cosas de las cuales se habla en la
Biblia no quedaba nada de “Cristianismo”. Como no querían eso, estaban
decididos a creer en ellas de todas formas—pero no en una forma que
ofendiera al “mundo moderno”. Esto los llevó a un verdadero dilema. Les
quedaban solo dos opciones:
1. o aceptar la autoridad de la Palabra de Dios y perder su respeto en este
mundo,
2. o retener la aprobación del mundo y rehusar la autoridad de la Biblia.

Pero el ingenio de los teólogos neo-ortodoxos estaba en camuflar la


pérdida de la autoridad bíblica. Hicieron esto separando la doctrina de la
historia. Y mientras no dijeran que estas doctrinas fueran realmente
verdaderas (es decir, que realmente sucedieron en la historia) eran libres
para decir que eran verdaderas simbólicamente (es decir, que estaban más
allá de nuestro mundo). De esta forma, tenían libertad para predicar de tales
cosas como “la caída” sin perder su posición y respeto en el mundo.
Todo esto no es más que el pecado original de Adán desarrollándose en
sus hijos. El primer pecado de Adán fue el de intentar separar la verdad del
dominio de la Palabra de Dios. El árbol en el jardín era “del conocimiento
del bien y del mal”. Aceptando sin reserva lo que Dios dijo acerca del
árbol, Adán podía lograr verdadero entendimiento de su significado y
propósito. La interpretación de Dios de las cosas era original y
determinativa. La interpretación de Adán solo podía ser correcta siendo no-
original y determinada. Pero en el momento en que Adán buscó conocer
(interpretar) aparte de la sumisión a la Palabra de Dios (Gn 3:6), estaba
perdido y totalmente en error. Y en el momento en que rehusó la autoridad de
la Palabra de Dios (Gn 3:4) y la autoridad de la razón del hombre fue
entronada (Gn 3:5-6), se hizo necesario que Adán negara que la “caída” del
hombre había sucedido así como Dios lo dijo. Así notamos (Gn 3:12) que
Adán empieza a actuar como si el defecto original no fuera su acto, llevado a
cabo en la historia verdadera, sino más bien como algo inherente en la
creación misma; y de esta forma—en un sentido—antes de, o “detrás de” la
historia. Adán busca “explicar” la caída, no en términos de lo que realmente
sucedió (lo que realmente hizo) en lugares y momentos particulares, sino en
términos de lo que había detrás de la historia. ¿Y que hay detrás de la
historia? Solo la obra creadora de Dios. ¡Así el Adán del pasado (y la Neo-
ortodoxia hoy), a fin de cuentas, culparía a Dios mismo por la desdicha del
hombre!
Esta condición diabólica del corazón del hombre la denominamos
“depravación total”. Decimos que como consecuencia de lo que Adán (el
verdadero hombre, el primer hombre) hizo (en un lugar y momento real),
todo hombre está, por naturaleza, “totalmente corrompido en todas las
facultades y partes de su cuerpo y alma”. Con esto:
(a) no queremos decir que el hombre caído sea “tonto” o de bajo nivel
de inteligencia, sabemos que Adán antes de la caída era “brillante”,
(b) tampoco queremos decir que Adán tuviera una naturaleza como la
nuestra con poderes añadidos (más allá de los poderes de la razón, la
emoción y la voluntad),
(c) tampoco queremos decir que con la caída se hayan destruido las
facultades metafísicas de la naturaleza humana, ni que se hayan
borrado de la existencia. Lo que queremos decir es que la naturaleza
humana entera fue pervertida éticamente y se volvió completamente
contraria a Dios. De manera que cada parte de lo que forma la
naturaleza creada del hombre fue contaminada y corrompida. Por
consiguiente,
(d) cuando hablamos de “depravación total”, no queremos decir que la
naturaleza del hombre tenga un grado de pecado tan exagerado que no
permanezca nada “humano”, y que se haya vuelto un “puro” demonio
en vez de ser hombre. El “total” en la “depravación total” se refiere
a la medida del daño en vez de al grado. Ilustremos este punto. Coja
un vaso de agua. Añádale una cucharada de veneno mortal. Se
malogra el vaso entero de agua. Pero se podría “malograr aún más”
añadiendo otra cucharada de veneno y después otra y otra. Sin
embargo, una cucharada esparce el veneno completamente. Así
también sucede con los efectos del primer pecado de Adán: Ha
envenenado la naturaleza del hombre por completo. Pero esto no
quiere decir que un hombre en particular sea tan malvado como
pudiera ser. Poquito a poco los no-conversos se volverán totalmente
malos en cierto grado, así como ahora son totalmente malos en
medida. Pero hay, por el momento, algunos instrumentos de Dios que
retrasan y refrenan de modo que la existencia en este mundo pueda
ser tolerable. (De esto hablaremos más adelante).

Un hombre totalmente depravado puede tener un nivel de inteligencia muy


alto. Puede que desarrolle sistemas complejos de pensamiento y que sondee
profundamente los misterios de la naturaleza. Su intelecto no ha sido
arrasado por el pecado, ni tampoco se vuelve inoperante. Pero
invariablemente trabaja erróneamente. Cada hombre (que no ha sido
redimido) glorifica y sirve a la criatura en vez del Creador (Ro 1:25).
Deifica algo que no es Dios. Hace que él mismo o algo en el mundo creado
sea su punto máximo de referencia. Porque todo pensamiento procede de un
punto de partida que no se sujeta en humildad a la Palabra de Dios,
necesariamente sucede que “todos sus pensamientos [tienden] siempre hacia
el mal” (Gn 6:5). Nuevamente, ¡un hombre totalmente depravado puede tener
una fuerza de voluntad increíble! Cuando Cristo dijo: “Nadie puede venir a
Mí si no lo atrae el Padre” (Juan 6:44) no quería decir que el hombre
pecaminoso carezca de fuerza de voluntad. Lo que quería decir era que
puesto que la disposición del hombre pecaminoso es hacer su propia
voluntad en vez de la voluntad de Dios, es incapaz de someter su propia
voluntad a la de Dios. La única cosa que una “voluntad independiente” no
puede hacer es someterse de buena gana, y así dejar de ser “independiente”.
Finalmente, lo mismo se puede decir de los afectos humanos. Puede que
sean, y a menudo lo son, muy fuertes en un pecador. Pero también son
invariablemente pecaminosos. “No hay nadie […] que busque a Dios” (Ro
3:11). Los afectos están fijados sobre las cosas de este mundo y no en el
Creador. Y es así que, puesto que el hombre es corrupto y está contaminado
en cada parte de sí, peca continuamente, “…todos sus pensamientos
[tienden] siempre hacia el mal” (Gn 6:5). No puede hacer nada que no sea
pecado desde el punto de vista de Dios. Tampoco puede hacer nada para
escaparse, porque no existe otra salida para tal “ego” que no sea la muerte.
Esto es lo que exige el Evangelio (Mt 16:24, etc.). Sin embargo, ningún
hombre puede aceptar eso (Jn 6:44). Pero gracias a Dios, les es dado
gratuitamente a quienes el Padre ha escogido en Jesucristo (vea el Capítulo
10).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Por qué necesita tanto énfasis la caída del hombre hoy en día?
2. ¿Qué significa Neo-ortodoxia (el término en sí)?
3. ¿De dónde surgió?
4. ¿Por qué sonó bien al comienzo?
5. ¿Cuál es su defecto trágico (que afecta a todos los demás
defectos que contiene)?
6. Cuando la Neo-ortodoxia dice que una doctrina es “verdad”,
¿qué quiere decir?
7. ¿Por qué la Neo-ortodoxia toma esta posición?
8. ¿Qué opción se vieron forzados a tomar los teólogos Neo-
ortodoxos?
9. ¿En qué forma fueron más ingeniosos los teólogos neo-
ortodoxos (y así más peligrosos) que los demás racionalistas y
modernistas anteriores?
10. ¿En qué son semejantes las actitudes de Adán y los neo-
ortodoxos?
11. ¿A qué nos referimos con “depravación total”?:
a. que Adán tuvo una naturaleza como la nuestra con poderes
añadidos
b. que no permanece nada humano en el hombre pecador,
c. que cada facultad de la naturaleza del hombre es corrupta y
está contaminada,
d. que el hombre caído es tonto mientras que Adán era
brillante,
e. que las facultades de la naturaleza humana fueron
arrasadas por la caída.
12. ¿Queremos decir con depravación total que la medida del
daño o el grado del daño es total en la naturaleza humana
caída?
13. ¿El hombre caído (siendo totalmente depravado) hace algo
que no sea pecaminoso? ¿Por qué?
Ver las respuestas a estas preguntas
3. Siendo Adán y Eva la raíz de toda la raza humana, la culpa de
este pecado fue imputada, y la misma muerte en el pecado y la
naturaleza depravada fue transmitida a toda la posteridad
descendiente de ellos por generación ordinaria.
4. De esta corrupción original (por la cual estamos totalmente
impedidos, inhabilitados y opuestos a todo bien, y completamente
inclinados a todo mal), proceden todas las transgresiones actuales.

VI, 3-4. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) por qué somos totalmente depravados, y
(2) cómo es que las transgresiones en sí son el efecto de esta condición.

Los hechos acerca de nuestra condición perdida son pocos y simples de


relatar:
1. Adán pecó y cayó, volviéndose totalmente depravado.
2. En Adán, nosotros pecamos y caímos, volviéndonos totalmente
depravados.
3. De manera que nacimos en pecado (Sal 51:5) y somos malos desde
nuestra juventud (Gn 8:21),
4. y entonces, la muerte reina sobre todos (Ro 5:12). Por otro lado, si
preguntamos por qué la muerte reina sobre todo hombre, escuchamos la
respuesta: “Porque todos han pecado, aun pequeños infantes que mueren
al nacer”. Si preguntamos entonces por qué todos pecaron, la respuesta
tiene que ser: “Por medio de un hombre”. El pecado de Adán es nuestro
pecado. Y por esto, entonces, compartimos su condena.
Estos son los hechos, y son fáciles de enumerar, pero no tan fáciles de
explicar ni entender. Porque desde el comienzo la pregunta ha sido: “¿Cómo
me puede condenar un Dios justo por lo que otro ha hecho?” O para decirlo
de otra manera: “¿Cómo es posible que yo pequé en Adán cuando ni aún
existía?” La respuesta es, en primer lugar, que Dios ha declarado que así
sea, aunque no lo podamos entender ahora. Y sabemos que es justo que Dios
lo hiciera, porque Él siempre hace lo correcto. Sin embargo, creemos que
parte de la dificultad que resulta de esta enseñanza se debe a la falta de
reconocimiento del aspecto corporativo de la existencia humana. La Biblia
no ve a la raza humana como un montón de individuos aislados, cada uno
creado por separado por Dios (como los ángeles), sino como una unidad
orgánica creada en un hombre (un par), teniendo el poder de engendrar a su
propia semejanza e imagen. Adán y Eva eran la “raíz de la humanidad”.
Entonces, somos miembros el uno del otro. Dios “de un solo hombre hizo
todas las naciones” (Hch 17:26). Algunos limitan esta unión “orgánica” de
los seres humanos al cuerpo. Estos se llaman “creacionistas” y creen que por
medio de un proceso misterioso que el hombre no puede entender, los padres
son capaces de engendrar un nuevo cuerpo de sí mismos y que Dios entonces
(algunos dicen que en el momento de la concepción, y otros dicen que en un
momento después) crea un alma nueva y la coloca dentro del cuerpo.
Opinamos que este punto de vista es erróneo. Tanto el alma como el cuerpo
llevan la huella del pecado original. ¿Cómo podría Dios crear un alma
pecaminosa? Además, creemos que hay tanta evidencia de la semejanza de la
mente o el alma del niño a la de sus padres como hay de la semejanza
corporal. Y de nuevo, ¿cómo podemos decir que Adán haya engendrado a su
propia imagen y semejanza si no engendró el alma tanto como el cuerpo de
sus hijos? Los “Traducionistas” creen que los padres engendran tanto el
cuerpo como el alma de sus hijos por medio de un proceso misterioso más
allá del entendimiento del hombre. No creen (como a menudo se piensa) que
esto requiera la división de la sustancia del alma (así como requiere la
división de la sustancia del cuerpo). Las Escrituras mismas hablan en un
lenguaje que nos parece afirmar tal punto de vista (Heb 7:10, Gn 47:26,
etc.).
Sin embargo, se debe reconocer (en cualquiera de los dos) que mientras
los descendientes de Adán derivan su naturaleza de Adán, realmente no se
vuelven seres vivientes hasta el momento decretado por Dios. Yo, por lo
tanto, no puedo decir que yo estuviera presente personalmente ni que yo
actuara personalmente cuando Adán pecó. ¿Entonces cómo puede ser mío
este hecho? La respuesta es que Dios ha organizado a la vida humana por
medio del principio de la representación. Por medio de este principio, lo
cual opera en muchas esferas de la vida, una persona puede actuar en el
lugar de otra de tal forma que el acto de una se considera como el acto de
otra. Por ejemplo, el padre es la cabeza del hogar, según el diseño divino. Si
se mudara a otro país y allí estableciera su ciudadanía legal, este también
establece lo mismo para sus hijos que nacen allí. Nuevamente, el gobernante
civil (o rey, o presidente) representa a toda la nación. Si el gobernante inicia
una guerra, entonces la nación (y cada ciudadano de la misma) está en
guerra. También otra nación consideraría que se encuentran en una guerra, no
solo contra el gobernante de esa nación, sino contra la nación entera. De
forma semejante, el acto de Adán fue el acto de todo hombre porque Él fue
su representante. Por consiguiente, la culpa de su pecado se les fue imputada
(llegó a ser como si fuera de ellos) así como también se les fue transmitida.
Solo el primer pecado de Adán fue realizado por todos. Este acto fue una
prueba en la cual Adán actuó como una persona representativa. Pero después
de cometer el acto, Adán ya no actuaba como un representante. De modo que
el resto de sus pecados no son cargados a la cuenta de los demás. Así como
un presidente termina su mandato, y entonces ya no actúa en el lugar de los
demás, así también Adán terminó sus acciones representativas con ese
primer pecado. Por medio de ese acto se volvió (él y nosotros también)
corrupto y culpable. Pero después de eso todos sus actos eran cargados a su
propia cuenta así como todos nuestros actos son cargados a nuestra cuenta.
Sin embargo, el daño estaba hecho. Él se volvió totalmente depravado así
como nosotros también. Y porque nuestra condición era “totalmente
corrompida en todas las facultades y partes del cuerpo y del alma”, se seguía
que las transgresiones continuas proceden de esta condición. Al decir
“transgresiones actuales” la Confesión se refiere a cada pecado cometido
después del pecado original de Adán. Y nos enseña que todos los demás
pecados son la consecuencia natural de ese primer pecado. “Porque del
corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la
inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias, etc.”
(Mt 15:19).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Dé los hechos básicos acerca de nuestra condición perdida.
2. ¿Es fácil explicar o entender estos hechos?
3. ¿Cómo sabemos que era correcto que Dios nos condenara por
el pecado de Adán?
4. ¿Qué enseñanza de la Biblia es a menudo ignorada en este
asunto?
5. ¿Qué enseña el “creacionista” en cuanto a la derivación del
alma?
6. ¿Qué enseña el “traducionista” en cuanto a la derivación del
alma?
7. ¿Cuál de los dos le convence a usted y por qué?
8. En cualquiera de los casos, ¿Qué otro principio ayuda a explicar
nuestra culpa en el pecado de Adán?
9. ¿Por qué solamente el primer pecado de Adán fue
responsabilidad nuestra?
10. ¿Cómo se relacionan todos los demás pecados con este?

Ver las respuestas a estas preguntas


5. Esta corrupción de la naturaleza permanece durante esta vida en
aquellos que son regenerados; y aun cuando por medio de Cristo sea
perdonada y mortificada, sin embargo, tanto en sí misma como todos
sus efectos son verdadera y propiamente pecado.
6. Todo pecado, tanto original como actual, siendo una transgresión
de la justa ley de Dios, y contrario a ella, por su propia naturaleza
trae la culpa sobre el pecador; por lo cual este queda supeditado a
la ira de Dios y a la maldición de la ley, y de esta manera queda
sujeto a la muerte, con todas las miserias espirituales, temporales y
eternas.

VI, 5-6. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que la depravación permanece en los creyentes en esta vida,
(2) que es perdonada por medio de Cristo,
(3) que se destruye en ellos progresivamente,
(4) que ella, y también sus productos, son verdadero pecado en cada
creyente, y
(5) que esta corrupción tanto como lo que produce son pecado tan
verdadero que nos colocan bajo la ira y la maldición de Dios (a no
ser que y hasta que la gracia soberana de Dios asegure nuestra
liberación).

Ya hemos propuesto, por medio del diagrama V, 2-6 (de la página 86), la
relación entre la naturaleza vieja y la nueva en el creyente Cristiano. No se
debe pensar que el creyente es una doble persona, el viejo hombre y el
nuevo. Esto no concuerda con las declaraciones claras de las Escrituras:
“Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha
pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2Co 5:17). “Por tanto, mediante el
bautismo fuimos sepultados con Él en Su muerte, a fin de que, así como
Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida
nueva […] Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con Él para
que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no
siguiéramos siendo esclavos del pecado” (Ro 6:3,4,6). Tal vez se expresa
mejor de la siguiente forma: “Dejen de mentirse unos a otros, ahora que se
han quitado el ropaje de la vieja naturaleza con sus vicios, y se han puesto el
de la nueva naturaleza, que se va renovando en conocimiento a imagen de su
Creador” (Col 3:9,10). Es por esta razón que Pablo puede decir sin
vacilación: “Porque en lo íntimo de mi ser me deleito en la ley de Dios” (Ro
7:22) y el Salmista puede afirmar: “¡Cuánto amo yo tu ley! Todo el día
medito en ella” (Sal 119:97).
Sin embargo debemos notar que un malentendido de esta gloriosa verdad
ha resultado en dos errores bastante serios: (1) El primero es el error del
perfeccionismo. El perfeccionismo enseña que el creyente es (o por lo
menos puede llegar a ser en esta vida) no solo una nueva criatura en Cristo,
sino una criatura en la cual todo pecado (o algunos dicen, todo pecado
“conocido”) desaparece. Las advertencias continuas y uniformes de las
Escrituras contradicen esta enseñanza. “Si afirmamos que no tenemos
pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad” (1Jn
1:8). “Si afirmamos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y
su palabra no habita en nosotros” (1Jn 1:10). Santiago dice que, “en mucho
ofendemos a todos”. Y la sabiduría de Dios dice así: “No hay ningún hombre
justo sobre la faz de la tierra, que haga el bien y no peque”. Y el testimonio
de los preceptos de Dios se confirma por medio de la confesión de su
pueblo. Aun los más eminentes reconocían que su pecado estaba siempre con
ellos (Ro 7:14-25, Sal 51, etc.). No cabe duda de lo que la Confesión acierta
cuando afirma que “la corrupción de la naturaleza, durante esta vida,
permanece en aquellos que son regenerados”, aunque “es perdonada y
mortificada a través de Cristo”. La evidencia de que uno sea un ser
regenerado no es la vana ilusión de que uno sea libre de toda corrupción y
todo pecado, sino más bien la existencia de un reconocimiento adecuado del
perdón de Cristo y de la obra del Espíritu capacitándolo para procurar con
todo fervor el morir hacia el pecado y vivir a la justicia. Los creyentes fieles
que llegamos a conocer en las Escrituras nunca afirman haber logrado la
perfección en esta vida, pero sí reconocen tener el perdón de sus pecados
por medio de la expiación de Cristo; a la vez manifestando una lucha
incesante contra el pecado. (2) El otro error es el de antinomianismo. La
esencia de este grave error es la noción que no importa cuánto me causa
pecar mi vieja naturaleza porque “no soy yo el que peca sino el viejo
hombre o la naturaleza dentro de mí”. El antinomiano no dice ser perfecto.
Puede incluso que admita tener una maldad escandalosa. Sin embargo se
libra de toda responsabilidad. Culpa a la “vieja” naturaleza con todo su
pecado e insiste que él solo es responsable por los actos de la “nueva”
naturaleza. Ciertas expresiones del apóstol Pablo se pueden citar en apoyo a
este punto de vista: “…ya no soy yo quien lo lleva a cabo sino el pecado que
habita en mí” (Ro 7:17). “…pero me doy cuenta de que en los miembros de
mi cuerpo hay otra ley que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra la ley
de mi mente, y me tiene cautivo” (Ro 7:23). Pero esta interpretación yerra
porque pasa por alto la forma en que Pablo “se responsabiliza” por esta
situación. “Pero yo soy meramente humano” (Ro 7:14). “Yo sé que en mí, es
decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita” (Ro 7:18). Pablo no
pretende colocar la culpa de sus pecados sobre “el viejo hombre” como si
no fueran suyos. Nos informa que sus pecados surgen de los movimientos de
su vieja naturaleza como sobreviven en él. Aun así, él indica claramente que
debe luchar contra estos pecados y continuar con esa lucha hasta que sean
totalmente destruidos. El antinomiano dice: “Yo no tengo pecado”. Y en esto
se engaña a sí mismo y la verdad no habita en él. Porque la corrupción
restante y todos sus movimientos son verdaderamente y propiamente pecado.
El verdadero estado del caso es este: En una persona que no ha sido
regenerada, la corrupción manda, pero en una persona regenerada el Espíritu
de Dios y la ley de Dios dominan (Ro 8:7-14). En el hombre no regenerado,
el pecado reina. En el hombre regenerado, el pecado no reina pero sí
sobrevive. Podríamos ilustrar este punto refiriéndonos a la Segunda Guerra
Mundial. Antes que las fuerzas Aliadas aterrizaran en Normandía, Las
Potencias del Eje tenían el control de Europa. Las incursiones tipo
“atropello y fuga” de los comandos les presentaba Las Potencias del Eje
algo de problema pero no amenazaban su control. La obra de la conciencia
en el hombre no regenerado es como este “problema”. Se resiste pero no
puede amenazar el reino del pecado. Sin embargo, cuando los Aliados
aterrizaron con fuerza, ellos se apoderaron de la situación y Las Potencias
del Eje estaban en “fuga”. Las Potencias del Eje aún podían causar bastante
problema, pero no podían ganar. Así es con el creyente. Cuando es
regenerado, el Espíritu de Dios habita en él y de ese momento en adelante se
encuentra bajo el control soberano de Cristo, y no del pecado. Pablo dice:
“…el pecado no tendrá dominio sobre ustedes” (Ro 6:14). Sin embargo, las
fuerzas desalojadas del enemigo están lejos de haber sido totalmente
destruidas solo porque han sido desbandadas. Pueden llevar a cabo acciones
prolongadas de contraataque, causando todos los líos posibles y a menudo lo
hacen. Pero aquí falla la comparación, porque paradójicamente el creyente
tiene que reconocer dolorosamente que esta fuerza “ajena” de algún modo
forma parte de sí. Y de este modo, aunque sea una criatura nueva en
Jesucristo, aun así (a causa de esta contradicción) también es un hombre
desdichado quien sirve a la ley del pecado con una frecuencia angustiante
(Ro 7:24,25).
Tal vez el pensamiento más malvado de todos es el que sugiere que el
pecado, de alguna forma, es menos atroz si es cometido por un cristiano.
Más bien deberíamos decir que el pecado es mucho más atroz si lo comete el
cristiano porque hay muchos puntos que agravan la situación. El cristiano
tiene una fuerza que el que no es cristiano no tiene; tiene entendimiento del
cual carece el no creyente; sobre todo, tiene el conocimiento de las terribles
consecuencias del pecado porque ha visto lo que le costó al Salvador
borrarlos. Es bueno recordar, entonces, no solo que “todo el que comete
pecado quebranta la ley; de hecho, el pecado es transgresión de la ley” (1Jn
3:4), sino también que “si después de recibir el conocimiento de la verdad
pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda
una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los
enemigos de Dios” (Heb 10:26,27). “Todo pecado […] siendo una
transgresión de la justa ley de Dios […] trae culpa sobre el pecador”, pero
el que peca con impunidad, no se podrá escapar de las consecuencias de su
pecado. “¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado, para que la
gracia abunde? ¡De ninguna manera! Nosotros que hemos muerto al pecado,
¿cómo podemos seguir viviendo en él? (Ro 6:1,2). Sí, el pecado sigue
“viviendo” (es decir, sobrevive) en el creyente, pero es una terrible
perversión de la verdad pensar que el creyente pueda vivir en pecado.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Es el creyente “el hombre viejo” y “el hombre nuevo” a la vez?
2. Compruebe su veracidad en las Escrituras.
3. ¿Qué enseña el “perfeccionismo”?
4. ¿Qué enseña el “antinomianismo”?
5. Cite una referencia de las Escrituras que refuta al
“perfeccionismo”.
6. Cite una referencia de las Escrituras que refuta al
“antinomianismo”.
7. ¿Cuál es la diferencia entre el estado del pecado que habita
dentro del hombre no regenerado y el que habita dentro del
hombre regenerado?
8. ¿Qué terrible error se sugiere (y es condenado) en Romanos 6:
1, 2?
9. ¿Por qué es más atroz el pecado en un creyente que en un
incrédulo?
10. ¿Qué es “pecar con impunidad”?

1 Nota del traductor: Esopo fue un famoso fabulista griego, probablemente alrededor del año 564 a.C.
En el mundo antiguo se le reconocía como el fabulista por excelencia, pues, él componía fábulas cortas
en base a la vida animal, y luego las utilizaba muy bien para ganar sus debates o para demostrar sus
ideas. Se dice que la antigua literatura de los sumerios, babilonios, asirios y los griegos (antes de él)
también usaron este tipo de arte literario (para mayores detalles véase Enciclopaedia Britannica 1967,
vol. 1, p.220-221).

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7
Del Pacto de Dios con el Hombre (VII)

1. La distancia entre Dios y la criatura es tan grande, que aunque


las criaturas racionales le deben obediencia como a su Creador, sin
embargo, nunca tendrían disfrute alguno de Él como
bienaventuranza y galardón, a no ser por una condescendencia
voluntaria de parte de Dios, la cual le ha agradado expresarla por
medio del pacto.

VII, 1. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) la distinción básica entre el Creador y la criatura,
(2) que la criatura (por ser criatura) le debe obediencia al Creador,
(3) que el Creador no le debe nada a la criatura, y
(4) que entonces toda bendición y/o recompensa de Dios solo puede
venir por medio de una “condescendencia” por el lado de Dios (es
decir, por la gracia) y así por medio de un pacto soberanamente
establecido.

No es suficiente que el pecador niegue su pecado, es decir, niegue la


verdad acerca de su estado caído, sino que, peor aún, siendo malvado, el
pecador ahora realmente llega a negar su estado como criatura. La impiedad
esencial o básica del hombre consiste en que se considera independiente de
Dios. Dios le dice al hombre: “…separados de mí no pueden ustedes hacer
nada” (Jn 15:5). A lo cual el hombre responde (como el antiguo
Nabucodonosor): “¡La he construido con mi gran poder, para mi propia
honra!” (Dn 4:30). La doctrina popular del “libre albedrío” permanente, la
cual enseña que el hombre determina su destino en vez de Dios, es solo una
instancia de esta impiedad básica.
Las iglesias Reformadas, mucho más que el resto, se han mantenido
contra esta impiedad, y aun así, aun entre ellas no siempre se ha expresado
de forma completa y apropiada que “la distancia entre Dios y la criatura es
tan grande que […] nunca habrían tenido disfrute alguno de Él como
bienaventuranza y galardón, a no ser por una condescendencia voluntaria de
parte de Dios, la cual le ha agradado expresarla por medio del pacto”. A
veces ha sido la costumbre, aun en las iglesias Reformadas, describir
“pacto” como un “acuerdo entre dos o más personas”. Hay en ese lenguaje,
por lo menos, el peligro de sugerir que Dios y el hombre son de igual rango
en cuanto a la disposición del pacto, ¡como si cada uno estuviera de acuerdo
con los términos soberanamente impuestos por el otro! Sin embargo, la
verdad es que “la distancia entre Dios y la criatura es tan grande” que no
sería correcto que consideremos tales pensamientos. Y esto es verdad con
respecto al “pacto de obras” tanto como en el “pacto de gracia”. De hecho,
el “pacto de obras” era esencialmente una cuestión de “gracia”. Adán no
tenía ningún derecho inalienable a la bendición y a la recompensa de Dios.
A menudo se supone subconscientemente que Adán, por ser justo, tenía algún
derecho ante Dios. Pero las Escrituras dicen: “Si actúas con justicia ¿qué
puedes darle? ¿Qué puede recibir de parte tuya?” (Job 35:7). ¡Aunque el
hombre pudiera decir que ha hecho toda la voluntad de Dios, aun así sería un
siervo inútil, habiendo hecho solo lo que era su responsabilidad hacer! (vea
Lucas 17:10).
Sin embargo, este defecto común no recibe el respaldo de nuestra
Confesión. Más bien, existe un abismo inmensurable que separa a la criatura
del Creador. Y reconoce que todas las obras de Dios en su pacto con los
hombres son a la vez soberanas y llenas de gracia. Son impuestas por la
voluntad de Dios y nunca por la voluntad del hombre (Is 40:13-17). Y solo
son de beneficio a la criatura y no al Creador (Hch 17:25). Las únicas
“condiciones” u “obligaciones” con las cuales Dios se pone “de acuerdo” en
tales pactos son impuestas por sus propias promesas hechas por su propia
gracia. Él no está sujeto por nada salvo su propia santa Palabra. Si Adán
hubiera obedecido, ciertamente Dios le hubiera dado una gran recompensa,
pero no porque Adán la reclamara. La hubiera dado solo porque es su placer
conferir a la criatura regalos que nadie nunca puede “ganar”, ni siquiera con
una obediencia sin pecado (que es, después de todo, la deuda que ya debe).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué es lo que niega el pecador depravado aparte del hecho de
ser depravado?
2. ¿Han fallado los Cristianos Reformados en reconocer
coherentemente “la distancia entre Dios y la criatura”?
3. ¿Cómo han fallado en esto?
4. ¿Qué le hubiera debido Dios a un hombre perfecto sin pecado o
perfectamente obediente?
5. ¿En qué está Dios “obligado” en Su(s) pacto(s)?
6. ¿Quién es el que instituye el pacto?

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2. El primer pacto hecho con el hombre fue un pacto de obras, en el
cual se le prometió la vida a Adán, y en él a su posteridad, bajo la
condición de obediencia personal y perfecta.
3. Por su caída, el hombre se hizo incapaz de la vida mediante aquel
pacto, por lo que agradó a Dios hacer un segundo pacto,
comúnmente llamado pacto de gracia, en el cual Dios, por medio de
Jesucristo, ofrece gratuitamente la vida y la salvación a los
pecadores, requiriéndoles fe en Él para que sean salvos, y
prometiendo dar su Santo Espíritu a todos aquellos que están
ordenados para vida, a fin de hacerlos dispuestos y capaces para
creer.

VII, 2-3. Aquí consideramos los dos pactos revelados en las Escrituras.
Note de nuevo que ambos son pactos de gracia en cuanto ambos expresan la
misericordia de Dios sobre los que no tienen ningún reclamo ante Él.
El primer pacto fue un pacto de obras. La gracia de Dios fue vista, en este
pacto, cuando Adán recibió la promesa de vida (y prosperidad) bajo la
condición de su obediencia perfecta y perpetua (la cual le debía Adán muy
aparte de tal bendición ofrecida por la gracia de Dios). Sin embargo, la
caída causó que el hombre fuera completamente incapaz de cumplir las
condiciones del pacto, y es así que Dios en su misericordia establece un
nuevo pacto llamado el pacto de la gracia. Ambos pactos eran “de la
gracia”, pero el segundo merece ser llamado así porque Dios mismo provee
lo requerido para llenar las condiciones del pacto por el cual su pueblo
recibe la salvación.
Los elementos que constituían el “pacto de obras” no se afirman
formalmente en las Escrituras. Sin embargo, están muy claramente
implícitos. El árbol de vida estaba en medio del jardín. Así también el árbol
del conocimiento del bien y el mal, del cual se le había prohibido comer a
Adán so pena de muerte. Claramente tuvo delante de él la alternativa de la
obediencia y la vida, o de la desobediencia y la muerte. Se puede inferir
legítimamente de Génesis 2:17 que el Señor requería “una obediencia
perfecta y personal” cuando la infracción mas mínima se veía amenazada con
la pena de muerte. Como los elementos del pacto se encuentran presentes de
tal manera, el apóstol Pablo sugiere la situación hipotética en la cual, si un
hombre cumpliera todos los mandamientos de Dios, recibiría la recompensa
de la vida (Gá 3:12). Algunos se oponen cuando se habla del “pacto de
obras” diciendo:
(a) que tal pacto no es afirmado formalmente en las Escrituras, ni
siquiera se encuentra el término (pacto de obras) en las Escrituras, y
(b) que tal designación sugiere falsamente que las obras del hombre
pudieran haber ameritado las bendiciones de Dios. Estas objeciones
no nos convencen. La doctrina de la Trinidad tampoco se afirma
formalmente en las Escrituras pero se implica en todas partes. Lo
mismo se podría decir acerca del término “pacto de obras”.

La segunda objeción es más formidable. Y sin embargo, ningún tipo de


acusación de este tipo se puede sustentar en contra de nuestra Confesión,
porque aun al llamarlo “un pacto de obras”, la Confesión se cuida del mismo
peligro acá sugerido. Es más, la designación “pacto de obras” tiene el mérito
de enfocarse sobre el elemento preciso que distingue a un pacto del otro, es
decir, el hecho de que las obras obedientes del hombre eran la condición
dada por el Señor en ese pacto para otorgarle su regalo misericordioso.
También destaca el asunto específico en el cual se puede ver la deserción
del pacto de gracia. Porque, como dice Pablo, si somos salvos por gracia
“ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia” (Ro
11:6).
El pacto de gracia, tanto como el pacto de obras, fue impuesto
soberanamente por Dios. Dios no lo consultó al hombre para ver si le
gustaba tal pacto y entonces (parcialmente bajo los términos del hombre) lo
instituyó. Dios no consultó al hombre. Solo se consultó a sí mismo. El pacto
de gracia era un acuerdo no entre Dios y el hombre, sino entre las Personas
de la Trinidad. Dios el Padre aceptó dar a su Hijo (Jn 3:16, Mt 25:34, Ap
13:8, etc.). Cristo aceptó dar su vida como rescate por muchos (Jn
10:17,18). Y el Espíritu Santo aceptó hacer verdadera aplicación de esta
redención a los que el Padre había escogido (Ro 8;9, 14, 16, etc.).
El punto de vista arminiano es que Cristo murió por todos los hombres.
Con esto, dicen ellos, Él ha procurado sacarlos del pacto de obras e
introducirlos a las provisiones del pacto de gracia. Es allí que Él ofrece a
todo hombre individualmente la vida eterna bajo una norma nueva y más
fácil que el pacto de obras. Dios requería obediencia completa y perpetua a
la ley entera en el caso de Adán. Sin embargo, ahora solo requiere que los
hombres llenen los requisitos (mucho más fáciles) de la fe y el
arrepentimiento y la obediencia evangélica. Dios entonces otorga su
recompensa cumpliendo los requisitos del pacto de gracia de la misma forma
que lo hacía antiguamente cumpliendo los requisitos del pacto de obras. Es
fácil ver que la terminología sola no puede encubrir el hecho de que las
“obras evangélicas” siguen siendo obras y que un pacto que contiene
condiciones que el hombre cumple por sus “obras” realmente no es un pacto
de gracia en absoluto.
El punto de vista reformado es que todas las condiciones del pacto de
gracia ya han sido cumplidas por la obra de Dios. Parte de esta obra es
hecha para nosotros por Cristo. Parte de ella es obrada dentro de nosotros
por el Espíritu Santo. Es verdad que una condición del pacto de gracia es la
fe en Jesucristo. Pero esta condición se cumple porque el Señor mismo da la
fe a su pueblo (Ef 2:8, 1:17, etc.). La vida y la salvación ofrecidas en la
versión arminiana del evangelio son solo potenciales porque dependen de
ciertas acciones y actitudes que aún no existen y no existirán, a no ser que
los hombres hagan las obras que las producen. Pero la vida y la salvación
ofrecidas a los pecadores en la versión Reformada del evangelio son
verdaderas porque dependen exclusivamente de Dios, no solo para lograr
este fin, sino también para la creación de esas actitudes y acciones
necesarias para recibir ese fin. Por supuesto, no recibimos posesión de la
salvación hasta que ciertas condiciones se hayan cumplido en nosotros.
Debemos arrepentimos y ejercer la fe en Cristo para poder poseer la
salvación que Él nos ha asegurado. Pero esto no se puede llamar
“condicional” en el sentido arminiano, que es precisamente el mismo
carácter esencial que el del pacto de obras. Es “condicional” solo en el
sentido en que depende de la obra del Espíritu Santo en los corazones de los
escogidos. (De esto veremos mas en los Capítulos X, XIII y XIV).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Por qué está bien hablar del “pacto de obras” como una
enseñanza bíblica aunque no esté designada así técnicamente
en las Escrituras?
2. ¿Qué razones dan los que rehúsan hablar de un pacto de
obras?
3. ¿Qué respuestas se pueden dar a estos argumentos?
4. ¿Qué mérito tiene la designación (el pacto de obras)?
5. ¿Qué quiere decir que el pacto haya sido soberanamente
impuesto?
6. Exponga el concepto arminiano acerca de la condición del pacto
de gracia.
7. Exponga el concepto Reformado acerca de la condición del
pacto de gracia.

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4. En la Biblia, este pacto de gracia frecuentemente se enuncia con
el nombre de Testamento, en referencia a la muerte de Cristo Jesús
el testador y a la herencia eterna, con todas las cosas pertenecientes
a dicha herencia y legadas en la misma.
5. Este pacto fue administrado en diferentes formas en el tiempo de
la ley y en el del Evangelio. Bajo la ley se administraba mediante
promesas, profecías, sacrificios, la circuncisión, el cordero pascual,
y otros tipos y ordenanzas entregados al pueblo judío, y todos
señalaban de antemano al Cristo que había de venir; las cuales,
para aquel tiempo, a través de la operación del Espíritu Santo, eran
suficientes y eficaces para instruir y edificar a los elegidos por la fe
en el Mesías prometido, por quien tenían la plena remisión de
pecados y salvación eterna; este pacto se denomina el Antiguo
Testamento.
6. Bajo el Evangelio, cuando Cristo, la sustancia, fue manifestado,
las ordenanzas por las cuales este pacto se dispensa son: la
predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos
del Bautismo y la Cena del Señor, en los cuales, aunque de número
menor, y administrados con más simplicidad y menos gloria externa,
sin embargo, en estos sacramentos se habla ampliamente, con más
plenitud, evidencia y eficacia espiritual a todas las naciones, tanto a
judíos como gentiles, y se denomina el Nuevo Testamento. Por lo
tanto, no hay dos Pactos de Gracia que difieren en sustancia, sino
un solo Pacto bajo varias dispensaciones.
VII, 4-6. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:
(1) que la palabra “testamento” es un término bíblico para referirse al
pacto de gracia,
(2) que el pacto de gracia ha sido igual en su sustancia durante todas las
edades,
(3) que ha sido administrado de formas distintas (sin alterar su esencia)
y,
(4) que solo hay dos pactos que han sido revelados en las Escrituras, el
pacto de obras y el pacto de gracia.

Un ejemplo notable del tipo de error contra el cual testifica esta sección
de la Confesión se encuentra en el dispensacionalismo moderno. El
dispensacionalismo se encuentra hoy en muchas denominaciones, aun en los
que técnicamente afirman adherirse al estándar de Westminster. A veces es
difícil atacar a los dispensacionalistas ya que normalmente se adhieren a
muchos fundamentos de la fe, tal como a la infalibilidad de las Escrituras, la
doctrina de la concepción virginal de Cristo, la resurrección del cuerpo, etc.
La mayoría de los dispensacionalistas, en este sentido, se adhieren a la fe
cristiana histórica. Se debe enfatizar, sin embargo, que los
dispensacionalistas están en clara oposición a la Confesión de Fe, en cuanto
enseñan que Dios ha empleado, en distintos periodos de la historia,
principios completamente distintos (o aun contrarios) en Su trato redentor
con la humanidad. Por ejemplo, es una enseñanza común de los
dispensacionalistas que Dios tiene propósitos distintos y métodos distintos
por los cuales administra la salvación a los judíos y a los gentiles. Por lo
tanto, los dispensacionalistas hablan de varios pactos. La Biblia Anotada
por Scofield habla de los pactos de Edén, de Adán, de Noé, de Abraham, de
Moisés, de Palestina, de David y los pactos nuevos. Esto divide la historia
en varias dispensaciones—la Inocencia, la Conciencia, el Gobierno
Humano, la Promesa, la Ley, la Gracia y el Reino—y en cada uno el método
por el cual Dios designa los beneficios salvadores es esencialmente distinto.
Y las diferencias son tales que sugieren que la forma en que Dios salva en
uno ni siquiera es igual en esencia a como salva en el caso de otro. Contra
esto y otros errores similares, nuestra Confesión enseña la unidad absoluta
del único pacto de gracia por el cual, desde la caída, Dios ha tratado en
forma única a los pecadores, aunque se reconoce que ha habido una
variación en la forma de administrar ese pacto.
Lo que podría llamarse “el elemento de verdad” en el punto de vista
dispensacional es el hecho de que ha habido un cambio en la administración
del pacto. Sin embargo, el cambio ha sido el de crecimiento y desarrollo en
vez del de cancelación e innovación. Ni siquiera está mal hablar de varias
“dispensaciones”, siempre y cuando no neguemos la unión del pacto en todo
momento. Por ejemplo:
1. Dios, inmediatamente después de la caída, le dio a la raza humana un
conocimiento rudimentario del plan de salvación por medio de un
redentor (Gn 3:15). En ese momento también reveló el hecho elemental
que la desnudez pecaminosa del hombre solo podía ser cubierta por el
sacrificio de la vida de un sustituto (Gn 3:2; 4:1-8).
2. Más tarde Dios le reveló a Noé con más amplitud el alcance y la
grandeza de su propósito redentor (Gn 9:8-17, 25-27). Pero no hubo
cambio en la aplicabilidad de lo que había sido revelado previamente
(Gn 8:20-22).
3. En los días de Abraham (Gn 17:7ss., 22:18, etc.) se dio a conocer
mucho más. La promesa de un redentor fue más específica. La grandeza
del propósito de Dios fue dada a conocer aún más claramente. La
Iglesia fue organizada como una organización distintiva y visible,
separada del mundo por la señal de la circuncisión.
4. Y después, por medio de Moisés, el contenido del pacto de gracia fue
revelado aún con más detalle y amplitud. La simple idea central del
sacrificio de sangre (la cual era la esencia básica de la revelación
divina desde el comienzo) fue explicada detalladamente en los
servicios del ritual del tabernáculo y del templo. Y las provisiones
éticas del pacto fueron expuestas en la ley moral. Sin embargo, por
medio de estas “dispensaciones” Dios estaba siempre guiando a su
pueblo para encontrar su salvación únicamente en Cristo. Y nunca se
imaginó que hubiera otra forma de salvación que no fuera la del perdón
por medio de la sangre expiatoria. Más bien, podríamos decir que
cuanta más revelación se daba, con más claridad se entendía que había,
que hay y que siempre habrá solo una forma de ser salvo, es decir, la
forma provista por Dios en Cristo el Redentor.
Todo esto nos lleva a ciertas conclusiones importantes:
1. Sobre la base de este único pacto, hay una sola verdadera Iglesia que se
extiende a través de todas las edades (Hch 7:38, Ef 2:11-20, Ro 11,
etc.). El hecho de que las Escrituras hablen de la Iglesia como un
organismo que continúa a través de toda la historia es un corolario a la
unidad del pacto.
2. Las ordenanzas del Antiguo Testamento anticipaban la redención por
medio de Cristo y, por lo tanto, son reemplazadas por las ordenanzas
del Nuevo Testamento que tienen esencialmente el mismo significado.
En razón de la unidad del pacto en todos los designios, el apóstol puede
intercambiar la terminología de las ordenanzas de los periodos del
Antiguo y Nuevo Testamento (1Co 5:7, Col 2:11-12, etc.). Como la
circuncisión y el bautismo, y también la Pascua y la Cena del Señor son
signos y sellos del mismo pacto, el apóstol puede llamar a lo uno por el
nombre del otro. Esto no sería posible si hubiera algún cambio en la
esencia del pacto. Pero sería posible si el cambio solo fuera en su
administración. Entonces, la única “diferencia” es la que viene con
desarrollo hacia su culminación. El pacto de gracia no ha cambiado,
pero porque ahora ha sido completamente revelado y totalmente
cumplido, puede ser visto con mayor simplicidad, claridad, abundancia
y eficacia, de lo cual se podía en tiempos anteriores.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es el error básico del dispensacionalismo?
2. ¿Qué quiere decir el dispensacionalista al hablar de varias
dispensaciones?
3. ¿Es correcto hablar de varias dispensaciones?
4. ¿Qué quiere decir el Cristiano Reformado cuando usa el término
“dispensaciones”?
5. ¿Qué cambio reconoce el Cristiano Reformado entre las varias
“dispensaciones”?
6. ¿Cuáles son los corolarios importantes de la doctrina del pacto
(es decir, que hay un solo pacto de gracia en todas las
dispensaciones)?

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8
De Cristo el Mediador (VIII)

1. Agradó a Dios en su eterno propósito escoger y ordenar al Señor


Jesús, su unigénito Hijo, para ser el Mediador entre Dios y el
hombre, Profeta, Sacerdote y Rey, Cabeza y Salvador de su Iglesia,
el Heredero de todas las cosas, y Juez del mundo; a quien desde la
eternidad le dio un pueblo para ser su simiente, y para ser redimido
a su debido tiempo, llamado, justificado, santificado y glorificado
por Él.

VIII, 1. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que desde la eternidad Dios ha escogido un número definitivo de la
posteridad de Adán para la salvación por medio de la obra redentora
de Cristo,
(2) que también, desde la eternidad, Él ha prometido darle a Cristo como
recompensa por su sufrimiento estos individuos escogidos,
(3) que Cristo se comprometió a cumplir y a sufrir todo lo necesario para
ese fin,
(4) que esta obra Mesiánica requería que Cristo fuera Profeta, Sacerdote
y Rey de su pueblo escogido, como Cabeza y Salvador de la Iglesia
y,
(5) que también tiene que ser heredero y juez del mundo.

Cristo es llamado el segundo Adán, o para ser más precisos, “el último
Adán” (1Co 15:45). Esto se debe al hecho de que Adán fue el primer hombre
y Cristo el último hombre en la historia humana que era cabeza pactual o la
persona representativa. Él vino a deshacer, por muchos, lo que Adán hizo, y
a hacer por ellos lo que Adán no pudo hacer.
Cuando Adán aún no tenía pecado, poseía una mente clara, un corazón
puro y una voluntad correcta. En este sentido es correcto hablar de él como
un profeta, sacerdote y rey:
1. Como profeta, Adán podía “pensar los pensamientos de Dios”. Podía
interpretar las obras de Dios y hablar la verdad de Dios a toda la
creación.
2. Como sacerdote, se dedicaba a Dios como un “sacrificio vivo”. Él
mismo se dedicaba, y todo lo que veía lo dedicaba, para la adoración a
Dios.
3. Como rey, sometía todo y reinaba sobre todo de acuerdo con su
conocimiento correcto y su santa devoción. Sus actividades estaban en
conformidad con, y expresaban la voluntad de, Dios. Por supuesto, no
podemos decir que hubiera en Adán una conciencia de estos tres
oficios, ni tampoco queremos decir que él fuera llamado profeta,
sacerdote y rey en un sentido oficial. Lo que queremos decir es que las
obras de profeta, sacerdote y rey estaban implícitas en el liderazgo de
Adán. Si no hubiera pecado, se hubiera visto de forma más notoria.
Pero la caída de Adán terminó con todo esto.

Dios entonces empezó los preparativos para enviar al “último Adán”. Y


es muy significativo que la mayoría de la revelación del Antiguo Testamento
en preparación para su venida se centrara en los tres oficios “ungidos” (es
decir, mesiánicos) de profeta, sacerdote y rey. Creemos que fue por la
depravación pecaminosa del hombre que Dios creó tres oficios distintos y
separados, llevados por distintas líneas de individuos, de lo que había sido
originalmente una parte íntegra del hombre sin pecado. Habiendo instituido
cada oficio como distinto a los demás, Dios podía revelar la horrible
imperfección de la naturaleza del hombre y también demostrar la perfección
requerida en su Hijo. Haremos un breve resumen del desarrollo de la
revelación para cada uno de estos oficios.
Profeta
El término “profeta” se usa por primera vez para Abraham (Gn 20:7).
Pero desde los primeros comienzos de la historia, ciertas personas servían
como voceros de la verdad de Dios. Esta labor la hicieron: Enoc (Jud 14,
Gn 5:18), Noé (2P 2:5; 1:20, 21), Isaac (Gn 27:28, 29, 40), y Jacob (Gn 49,
especialmente los versículos 8-11). Moisés fue el primero en ser designado
como profeta con la prominencia que normalmente asociamos con este
término. Y en Deuteronomio 18:15-20, Dios prometió que le seguiría una
sucesión de profetas, hasta que al fin se levantaría el supremo profeta
(similar a Moisés) cuyas palabras tendrían la autoridad definitiva. Tal
sucesión de profetas continuó a través del resto de la historia del Antiguo
Testamento. Pero es notorio que, desde la venida de Jesucristo y la
culminación de la Biblia, no ha surgido ningún profeta.
Sacerdote
La palabra “sacerdote” se menciona por primera vez con relación al
misterioso Melquisedec (Gn 14:18). Esto es importante porque no existe
ningún registro de su comienzo ni de su fin. Y la predicción del Salmo 110:4
era que Jesús sería “sacerdote para siempre, según el orden de
Melquisedec” (Heb. 7:17). Esto indicaba que Él tendría un sacerdocio
eterno e inmutable (Heb 7:24). Pero aun antes de Melquisedec, el ofrecer los
sacrificios de sangre era una actividad “sacerdotal” (Gn 4:1-5, 8:20, 12:8,
etc.). Así es que Abraham fue sacerdote (Gn 13:4, 22:13), como también lo
fueron Isaac (Gn 26:25) y Jacob (Gn 33:20, 35:7). Sin embargo, no fue hasta
el periodo de Moisés que se instituyó como un oficio especial (o
especialmente designado). Aarón fue el primero en tener este oficio, lo cual,
a diferencia del oficio profético, era hereditario (Éx 29:29-31, Nm 25:12,
13). La inauguración de este oficio se hacía por medio de “unción”. Y el que
tenía este oficio debía ser consagrado (Éx 29:29-31), libre de defectos
físicos (Lv 21:16-23) y vestido con vestiduras simbólicas de santidad (Éx
29:29). Finalmente, también fue revelado con respecto a este oficio que
habría una sucesión de sacerdotes solo hasta la llegada del Supremo
Sacerdote, cuya obra permanecería para siempre (Vea 1 Samuel 3:35 ss.).
Rey
El primer rey en la historia de Israel fue Saúl. Es más, el deseo original
del pueblo de tener un rey humano visible fue condenado (1S 10:19). Aun
así, desde el comienzo de la historia, el oficio especial de reinar en
obediencia a la voluntad de Dios era un tema de revelación divina. Adán
tenía que reinar (Gn 1:26), también Noé después de la caída (Gn 9:2).
Abraham era un rey en el sentido en que fue aceptado como semejante a
otros reyes (Gn 14:1, 2, 13, 17-24). Su esposa era una princesa (Gn 17:15) y
se le prometió una sucesión de reyes (Gn 17:16). Jacob profetizó que el
cetro, el símbolo de autoridad del rey, nunca saldría de la tribu de Judá hasta
que hubiera llegado el Rey Supremo (Gn 49:10). Así es que, a pesar de la
desaprobación divina de la razón por la cual los Israelitas querían un rey, la
institución de la monarquía estaba claramente de acuerdo con el plan eterno
y la voluntad de Dios (1S 8:20 cp. 8:22).
Pero después Dios prometió una línea de descendientes de David que
culminaría con el Rey Supremo que reinaría para siempre (2S 7:12-16, Sal
2, 45, 72 y 110). Este oficio también requería el acto de “unción” (del cual
viene la palabra “Mesías”) a quienes se les inauguraba.
Cuando Cristo vino, Él cumplió los requisitos que Dios había establecido
para cada uno de estos tres oficios. Durante los tiempos del Antiguo
Testamento, estos oficios habían sido realizados por profetas verdaderos y
falsos, por sacerdotes buenos y malos, y por reyes santos y malvados. De los
buenos y verdaderos se podía aprender algo acerca de la gloria del futuro
Mesías. De los malos y falsos se aprendió algo de la incapacidad del
hombre y su necesidad de la intervención divina. En Cristo se cumplió la
promesa y se venció el fracaso:
1. Como nuestro profeta nos reveló la voluntad de Dios para nuestra
salvación. No solo lo hizo cuando estaba “en los días de su carne” (es
decir, sobre la tierra) sino que también lo hace hoy en día. Cristo ejerce
el oficio de profeta revelándonos, por medio de su palabra y Espíritu,
la voluntad de Dios para nuestra salvación.
2. Como nuestro sacerdote se ofreció como sacrificio para satisfacer la
justicia divina y reconciliarnos con Dios. Y Él sigue intercediendo por
nosotros, aplicando a nosotros los beneficios de su única y perfecta
oblación.
3. Como nuestro rey, nos somete a Él mismo, reina sobre nosotros y nos
defiende, y continúa en esto haciendo que retroceda el reino de la
oscuridad y que avance el reino de gracia en la tierra.

Es Cristo, en la plenitud de sus tres oficios, quien es la cabeza y el


salvador de su Iglesia. Y es en términos de esta plenitud que Él debe ser
alabado y honrado. Donde no es reconocido de esta forma no es ni cabeza ni
salvador y aquella no puede ser su Iglesia:
1. Por ejemplo, los modernistas hacen hincapié en Cristo como Rey e
ignoran por completo sus demás oficios. Sin duda sinceramente desean
que los hombres y las naciones estén bajo principios cristianos. Pero
Cristo no puede ser rey donde primero no es reconocido como profeta y
sacerdote. Los que no aceptan la Biblia como la revelación infalible de
su voluntad no lo reconocen como profeta. Y los que evitan la
expiación sustitutoria no lo reconocen como sacerdote. Así es que sus
esfuerzos en construir el reino son en vano.
2. Nuevamente, los fundamentalistas reconocen a Cristo como profeta y
sacerdote. Aceptan a la Biblia como su palabra infalible y confían en su
expiación para el perdón de pecados. Pero no creen que Él es Rey; solo
creen que lo será en el futuro. Ellos entonces toman un punto de vista
totalmente pesimista del mundo, y consideran que es inútil buscar
aplicar los principios de la palabra de Cristo en la sociedad.
Felizmente, muchos fundamentalistas son inconsistentes y entonces no
niegan en práctica completamente lo que niegan en teoría. Aun así se
debe decir que donde se aplica esta teoría, se niega la honra de Dios y
decae el carácter de la verdadera Iglesia.

Ya hemos considerado la elección eterna de Dios (Cap. III, 3,4) y su


pacto (Cap. VII). Consideraremos después el designio de la expiación de
Cristo bajo la sección 5. Pero debemos considerar aquí brevemente el
señorío universal de Dios sobre su creación. El que es profeta, sacerdote y
rey, la cabeza y el salvador de la Iglesia, también es el heredero de todas las
cosas y el juez del mundo. La cabeza de la Iglesia es cabeza de la creación.
Y Él reina tanto sobre la Iglesia como sobre la creación de acuerdo con su
propósito redentor (Ef 1:22, 4:15, Col 1:18, 2:19). Esta es una verdad
comúnmente ignorada hoy en día. Es ignorada en una gran multitud de
observaciones religiosas públicas y ecuménicas. De esta manera, la alabanza
por el gobierno de la naturaleza y por las operaciones de la providencia se
atribuye a Dios pero no a Cristo. Se cree que cuando hablamos del dominio
sobre la creación, Cristo puede ser obviado y solo “el Padre” necesita ser
mencionado. La verdad es que Dios el Padre ha entregado todo en manos del
Dios-hombre, Jesucristo. Y nadie viene al Padre salvo por medio de Él (Fil
2:6-11, Ef 1:22, 23, Mt 28:18, Hch 2:36, etc.).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Por qué se le llama a Cristo “el último Adán”?
2. ¿Cuáles son los “tres oficios” implícitos en la obra de Adán y
explícitos en la obra de Cristo?
3. ¿Por qué fueron separados estos oficios por institución de Dios
en el Antiguo Testamento?
4. Con respecto al oficio de profeta:
a. ¿Quién es el primero en ser nombrado como profeta en las
Escrituras?
b. ¿Con quién realmente comienza el oficio en sí?
c. ¿Qué hecho es especialmente notorio con respecto a este
oficio?
5. Con respecto al oficio de sacerdote:
a. ¿Quién es el primero en ser nombrado como sacerdote en
las Escrituras?
b. ¿Por qué es importante este hecho?
c. ¿Con quién comenzó la sucesión de sacerdotes?
6. Con respecto al oficio de rey:
a. ¿Quién fue el primer rey en Israel?
b. ¿Cuándo fue la primera vez que Dios le habló de reyes a su
pueblo?
c. ¿Era la voluntad de Dios que Israel tuviera un rey?
7. Brevemente defina cada uno de los tres oficios de Cristo. (Vea
el Catecismo Menor, preguntas 24-26).
8. ¿Qué oficios de Cristo niegan o ignoran los modernistas?
9. ¿Qué oficio de Cristo a veces ignoran los fundamentalistas?
10. ¿En qué forma deshonran a Cristo los que sí lo reconocen en
sus tres oficios?

Ver las respuestas a estas preguntas


2. El Hijo de Dios, la segunda Persona de la Trinidad, siendo
verdadero y eterno Dios, de la misma sustancia, e igual con el
Padre, cuando llegó la plenitud del tiempo, tomó sobre sí la
naturaleza humana, con todas las propiedades esenciales y con sus
flaquezas comunes pero sin pecado; siendo concebido por el poder
del Espíritu Santo, en el vientre de la virgen María, de la sustancia
de ella. De tal manera que dos enteras, perfectas y distintas
naturalezas, la divinidad y la humanidad, fueron unidas
inseparablemente en una Persona, sin conversión, composición o
confusión. Dicha Persona es verdadero Dios y verdadero hombre, sin
embargo, un solo Cristo, el único Mediador entre Dios y el hombre.

VIII, 2. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que Cristo es Dios,
(2) que también es hombre, habiendo entrado en la naturaleza humana
sobrenaturalmente sin pecado, y
(3) que sin embargo, es una Persona, Cristo el mediador entre Dios y el
hombre.

Juan el apóstol dijo: “En esto pueden discernir quién tiene el Espíritu de
Dios: Todo profeta que reconoce que Jesucristo ha venido en cuerpo
humano, es de Dios; todo profeta que no reconoce a Jesús, no es de Dios
sino del anticristo. Ustedes han oído que este viene; en efecto, ya está en el
mundo” (1Jn 4:2,3).
La seriedad de la herejía con respecto a la doctrina de Cristo es clara:
“Todo el que se descarría y no permanece en la enseñanza de Cristo no tiene
a Dios; el que permanece en la enseñanza sí tiene al Padre y al Hijo. Si
alguien los visita y no lleva esta enseñanza, no lo reciban en casa…” (2Jn
9,10). Con tales advertencias como estas no nos debe sorprender que la
historia de la Iglesia no sea una de dulce paz. Cristo no vino para traer paz a
la tierra sino espada. Esa espada es su Palabra, y divide a los hombres
adondequiera que vaya (Ap 1:16, Heb 4:12, Mt 10:34). La Iglesia está en el
mundo para enfrentarse al reino del error, y desde el comienzo Satanás se ha
opuesto con errores sutiles a la única arma de defensa de la Iglesia: La
Palabra de Dios.
Durante los dos primeros siglos después de la venida de Cristo al mundo,
la batalla entre la verdad y el error estaba generalizada doctrinalmente. Los
primeros cristianos fueron llamados a defender la fe Cristiana en su totalidad
contra una obvia oposición pagana. El Gnosticismo de aquellos días era la
falsificación de Satanás. Era una caricatura falsa del sistema completo del
Cristianismo, pero era atractivo. Muchos se descarrilaron de la fe Cristiana
histórica (es decir, la fe basada en eventos verdaderos que tuvieron lugar en
la historia) por esta fe supra-histórica (es decir, una fe basada en la vana
especulación de las cosas que supuestamente están detrás de la historia).
Durante los siglos tercero y cuarto, el ataque se volvió menos
generalizado y se concentró principalmente en la doctrina de la Trinidad.
Durante este periodo, la Iglesia se enfrentaba al Monarquismo (una herejía
que hacía que Cristo y el Espíritu Santo estuvieran sometidos al Padre, no
solo en su obra redentora, sino en su propia esencia). El Monarquismo
Modalista (el cual enseñaba que Dios es una persona que asume tres
identidades—el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo—pero solo uno a la vez),
y Arrianismo (que enseñaba que Cristo y el Espíritu Santo eran solo
criaturas). Contra estos errores y otros similares, los Concilios de Nicea
(325 d.C.) y Constantinopla (381 d.C.) empezaron a forjar una declaración
de la fe de la Iglesia en los grandes documentos de los credos. La fe bíblica
era expresada, entonces, en una oposición consciente a las sutiles y
aparentemente inocentes (aunque realmente mortales) falacias de Satanás.
Sin embargo, ni bien había sobrevivido la Iglesia los ataques de Satanás
sobre la doctrina de la Trinidad cuando empezaron los ataques contra la
doctrina de Cristo. Aproximadamente entre los siglos quinto y séptimo,
surgieron:
1. El Apolinarismo (el cual enseñaba que Cristo era Dios, pero que no
poseía verdadera—o total—humanidad). Apolinario ensenó que Cristo
tenía un cuerpo y un alma, pero que en vez del espíritu humano, Cristo
tenía un Logos (Palabra) divino.
2. El Nestorianismo (lo cual enseñaba que hay dos personas distintas, una
divina y otra humana, en vez de una sola persona con dos naturalezas en
Cristo).
3. El Eutiquianismo (también llamado Monofisismo, que enseñaba que en
la persona del Cristo encarnado había solamente una naturaleza, la cual
era divina). Había otros, pero estos eran los más prominentes y
demuestran la persistencia con la cual abundaban las falacias acerca de
la persona de Cristo.

Contra estas herejías, la Iglesia formuló la verdadera doctrina de la


persona de Cristo en el Concilio de Calcedonia en el año 451 d.C. Y en esta
sección de la Confesión de Fe de Westminster se recoge y afirma, aún más
conscientemente, la sustancia de este credo. Siglos de enfrentamientos
mortales entre Satanás y la Iglesia se ven cristalizadas en estas palabras:
“que la totalidad de las naturalezas perfectas y distintas, la Deidad y la
humanidad, fueron inseparablemente unidas juntamente en una sola persona,
sin composición, ni conversión, ni confusión”. Si es verdad que “el que se
olvida del pasado se ve condenado a revivirlo”, entonces es una tragedia, de
la más enorme magnitud, que esta historia y sus frutos hayan sido olvidados.
El increíble crecimiento de muchas sectas modernas que no hacen más que
repetir las antiguas falacias parece confirmar la veracidad de este proverbio.
El testimonio de esta sección de la Confesión se confirma de la siguiente
manera:
Su naturaleza divina
• Eterna (Jn 17:5, 24)
• Omnipotente (Mt 8:27)
• Omnisciente (Lc 6:8)
• Su paternidad sobrenatural fue respetada en su concepción humana (Lc
1:35).
Su naturaleza humana
• Comenzó en el tiempo (Gá 4:4).
• Era de generación humana de la sustancia de María (Lc 1:35).
• Estaba sujeta a las limitaciones y los incidentes de la existencia humana
(es decir, crecimiento, hambre, sufrimiento, dolor, limitaciones de
conocimiento, etc; Heb 2:17, 4:15, etc.).
• Murió.
Su uni-personalidad
Aunque está claro en las Escrituras que la naturaleza humana de Cristo
era genuina y completa, así como también su naturaleza divina, y que
siempre permanecían distintas la una de la otra dentro de su persona (no
hubo ninguna mezcla, disolución, ni confusión entre las dos naturalezas); sin
embargo, las Escrituras también insisten en que Cristo era solo una persona.
Ni Dios, ni ningún hombre, jamás se dirigió a Él o lo trató como si fuera el
uno o el otro, ni tampoco actuó Él mismo en ningún momento como si fuera
el uno o el otro. La práctica moderna de hacer retratos de Cristo como si su
naturaleza humana aparte de la divina se pudiera comunicar apropiadamente
no es solamente un terrible error, sino que es imposible. Por esta razón el
Catecismo Mayor de Westminster declara de forma consistente que es una
violación del segundo mandamiento “el hacer alguna representación de Dios,
de todas o de una de las personas de la Trinidad, ya sea interiormente en
nuestras mentes, o exteriormente en cualquier clase de imagen o semejanza
de criatura alguna” (P. 109). Porque así como Dios es un solo Dios, y aun así
tres Personas eternamente distintas, así también Cristo, en la unidad de su
Persona, tiene dos naturalezas completas que son distintas la una de la otra.
Esto se puede comprobar en las Escrituras en textos tales como Hechos
20:28. Allí leemos que “Dios […] adquirió con su propia sangre” a la
Iglesia. Pero las Escrituras dicen que Dios es Espíritu (Jn 4:24). “El espíritu
no tiene carne” y sangre. Tal afirmación es imposible solo porque la persona
que adquirió a la Iglesia es a la vez Dios y hombre. Porque es una sola
persona con dos naturalezas, podemos hablar de Él como Dios y como quien
derramó su sangre humana.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Por qué no nos sorprende que la historia de la Iglesia ha sido
una historia de gran conflicto?
2. En esta guerra ¿cuál es la única arma ofensiva de la Iglesia?
3. En esta guerra ¿cuál es el arma de Satanás?
4. ¿En cuál esfera de la doctrina tuvo su primera batalla la Iglesia?
5. ¿En cuál esfera tuvo lugar la siguiente batalla?
6. ¿En cuáles dos primeros concilios, y en qué años, formuló la
Iglesia la doctrina de la Trinidad contra los errores que habían
surgido?
7. ¿En qué concilio y en qué fecha defendió la Iglesia la verdadera
doctrina de la persona de Cristo?
8. ¿Cuántas naturalezas tiene Cristo?
9. ¿Cuántas personas hay en Cristo?
10. ¿Por qué está mal intentar hacer retratos que representen a
Cristo?
11. ¿Cómo confirma la doctrina de la Confesión el texto de Hechos
20:28?

Ver las respuestas a estas preguntas


3. El Señor Jesús, en su naturaleza humana así unida a la divina, fue
sobremanera santificado y ungido con el Espíritu Santo, teniendo en
Él todos los tesoros de la sabiduría y conocimiento; pues agradó al
Padre que en Él morase toda plenitud, a fin de que, siendo inocente
y sin mancha, lleno de gracia y de verdad, Él estuviese
completamente apto para ejercer el oficio de Mediador y Fiador. Él
no tomó este oficio por sí mismo, sino que fue llamado por Dios
para ello, quien puso todo poder y juicio en Sus manos, y le dio el
mandamiento de cumplirlo.

VIII, 3. En esta sección de la Confesión aprendemos:


(1) cómo fue equipada la naturaleza humana de Cristo para ejercer su
obra de mediador,
(2) por qué es necesario que también fuera Dios para cumplir su trabajo,
(3) cómo fue llamado divinamente a su oficio,
(4) que estaba envestido con la autoridad y habilidad requeridas, y
(5) que fue ordenado para ejercer esta obra.

Recordando que la naturaleza humana de Cristo en ninguna manera dejó


de ser humana (limitada, finita, etc.) al unirse con su naturaleza divina,
podemos entender la necesidad por la cual Dios le otorgó todo lo necesario
para cumplir su oficio. Él era, excepto en pecado, como nosotros. Y aun sin
el pecado, no estaba calificado ni autorizado para cumplir la obra mesiánica
(Heb 2:11). Solo la podía recibir por un llamado especial de Dios (Heb
5:4). Era necesario que se le dieran órdenes divinas para cumplir esta obra
(Heb 5:1, Lc 4:18). Las personas ungidas de Dios para cumplir oficios
mesiánicos de forma anticipatoria en el Antiguo Testamento eran dotados en
forma sobrenatural para su obra por medio de una operación especial del
Espíritu Santo distinta de las operaciones que Él pudo haber ejercido sobre
(o en) ellos personalmente. (Vea 1 Samuel 10:1,6 comparada con 1 Samuel
28:16 y Jueces 14:6, 16:20). Esta operación especial del Espíritu se
simbolizaba de forma externa por medio de la unción con aceite. Cristo no
fue ungido con aceite, pero sí fue ungido con el Espíritu Santo sin medida, es
decir, no en la forma limitada en la cual lo habían sido las personas del
Antiguo Testamento que lo tipificaban (Jn 3:34, Lc 4:18). Obviamente, el
Salvador no tenía necesidad del Espíritu Santo para su propia salvación,
pues Él no tenía pecado. Sin embargo, siendo humano sí necesitaba el
Espíritu Santo para capacitarlo a fin de cumplir la obra de la redención. Se
puede decir sin vacilación que Cristo en todo momento realizó su
predicación, obró sus milagros y rindió obediencia perfecta siempre en total
dependencia del poder sobrenatural del Espíritu Santo (Hch 10:38). Por eso
dijo: “no hago nada por mi propia cuenta” (Jn 8:28). Sus oraciones
constantes son evidencia de su total dependencia de Dios. Al final, su
naturaleza humana se sumergió bajo la aflicción total de la maldición de
Dios; y la inhabilidad de su naturaleza humana de soportar esta terrible
condenación, por la cual murió (aunque por su propia voluntad), nos
demuestra que no había ningún poder inherente en su naturaleza humana
aparte del Espíritu de Dios.
Es de igual importancia e igualmente verdadero que Él poseía una
naturaleza divina. Así Él podía, de sí mismo, entregar su vida y retomarla
(Jn 10:17). La dotación del Espíritu Santo en cuanto a su naturaleza humana
no le pudo haber dado esta autoridad divina ni este poder. El que sería
soberano sobre la muerte y a la vez sujeto a la muerte tiene que ser Dios y no
solo hombre. Se puede decir, de cierto modo, que un hombre quizás podría
entregar su vida, pero tendría que ser más que hombre para poder retomarla.
Es más, si Él no fuera Dios y por lo tanto infinito en su capacidad de
sufrimiento, ¿cómo pudo haber sufrido la ira sin límites de Dios durante tres
días? Por que Él era Dios podía ofrecer lo que era de mayor valor de lo que
se requería por los pecados de todo el mundo. Finalmente, podemos hacer
las siguientes preguntas: ¿Cómo pudo haber tenido acceso a Dios en nuestro
lugar con una eficacia garantizada? ¿Cómo pudo haber derrotado totalmente
a todos sus, y nuestros enemigos? ¿Cómo podía enviarnos su Espíritu Santo?
¿Cómo podía hacer estas cosas si no fuera Dios y hombre a la vez?
Nuevamente, si no hubiera sido Dios y hombre en una sola persona, estos
diversos requisitos no se podrían haber cumplido en la única obra de
redención. Porque reunía en sí mismo las condiciones necesarias y poseía
las calificaciones necesarias, Él podía lograr nuestra redención como el
único mediador entre Dios y el hombre.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Por qué fue necesario que a Cristo se le proveyera del poder
del Espíritu Santo?
2. ¿La presencia del Espíritu Santo en un profeta (sacerdote, o
rey) del Antiguo Testamento indicaba necesariamente que fuera
una persona regenerada?
3. ¿Cómo confirma esto la forma en que Cristo recibió el Espíritu
Santo?
4. ¿Cuáles son algunas de las cosas que hizo Cristo para las
cuales era necesario que Él fuera humano?
5. ¿Cuáles son algunas de las cosas que hizo Cristo para las
cuales era necesario que fuera divino?
6. ¿Por qué también era necesario que Él uniera las dos
naturalezas en una persona?

Ver las respuestas a estas preguntas


4. El Señor Jesús asumió este oficio de muy buena voluntad; y para
desempeñarlo quedó sujeto a la ley, y la cumplió perfectamente;
padeció inmediatamente los más crueles tormentos en su alma y los
más dolorosos sufrimientos en su cuerpo; fue crucificado y murió;
fue sepultado y permaneció bajo el poder de la muerte pero no vio
corrupción. Al tercer día se levantó de entre los muertos, con el
mismo cuerpo en el que sufrió; con el cual también ascendió al
cielo, y allí está sentado a la diestra de su Padre, haciendo
intercesión; y al fin del mundo retornará para juzgar a los seres
humanos y a los ángeles.

VIII, 4. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que Cristo tomó sobre sí mismo voluntariamente el oficio mediador
(2) con el estado de humillación que involucraba, tanto como el estado
de exaltación en el cual continúa ejerciendo su obra mediadora.

El carácter voluntario del ingreso de Dios el Hijo en la naturaleza


humana y los oficios mesiánicos se ve confirmado a lo largo de las
Escrituras. Por ejemplo, en Hebreos 2:12-17 leemos de Él: “Proclamaré tu
nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré”. Esto, una
citación del Salmo 22:22, es el Espíritu de Cristo hablando por medio de
David con respecto a su ingreso al cuerpo humano. Es voluntario. “Por tanto,
ya que ellos son de carne y hueso, Él también compartió esa naturaleza
humana…” (Heb 2:14). Pero hubo una diferencia. Él escogió ser hombre.
“Pues, ciertamente, no vino en auxilio de los ángeles sino de los
descendientes de Abraham” (Heb 2:16). Él ejercía su libre voluntad. Impuso
esta condición sobre sí mismo. Y lo mismo es cierto de su muerte. De su
propia vida Él dijo: “Nadie me la arrebata” (Jn 10:18). Pablo dice:
“[Cristo] dio su vida por mí” (Gá 2:20).
La asunción voluntaria de Cristo de los oficios mesiánicos involucraba el
estado de humillación requerido para cumplir su obra. Esto había quedado
muy claro antes de su venida:
1. Tenía que estar sujeto a la humillación al experimentar el nacimiento
humano (Is 7:14, 9:6 y Gn 3:15, 17:7, Sal 72, Heb 2:12-17),
2. tenía que nacer en una condición baja (Sal 22:9-12, Mi 5:2, Job 25:6 y
Sal 22:6),
3. tenía que estar bajo la ley (Sal 40:6-8, Heb 10:4-10, Sal 45:6ss., 72:1),
4. tenía que rendir obediencia perfecta a la ley (Sal 45:7, Éx 28, Sal 40:8-
10),
5. tenía que sufrir las miserias de esta vida, la ira de Dios y la maldición
de muerte sobre la cruz (Sal 22, Is 53, etc.), y
6. tenía que morir, ser enterrado y continuar bajo el poder de la muerte
durante cierto tiempo (Sal 35:11, 118:22, 16:9-11, Is 53, esp. v. 8).

También era necesario que después experimentara un estado glorioso de


exaltación. Porque las Escrituras requerían:
1. Su resurrección de la muerte al tercer día (Sal 16:10, 49:15, 68:18 y Ef
4:8-10),
2. su ascensión al cielo (Sal 47:5, 24:7-10),
3. tenía que sentarse a la diestra de Dios el Padre, para allí interceder por
nosotros, reinar sobre nosotros y gobernar todas las cosas (Sal 16:11,
90:1, Dn 7:13, 14, Zac 6: 12, 13), y
4. tendrá que volver de nuevo en el último día para juzgar a los vivos y
los muertos (Sal 98:9, etc.; esto será tratado en el Capítulo XXXIII).

No es necesario hacer el esfuerzo aquí para demostrar que estas


predicciones (salvo la última) han sido satisfechas por Cristo según el
testimonio del Nuevo Testamento. Aunque el carácter voluntario de la obra
de nuestro Señor se ve claramente afirmado, asimismo se testifica que cada
uno de estos pasos fue divinamente prescrito y necesario para el
cumplimiento exitoso de la redención del pueblo del Señor (vea Lucas 2:49,
4:43, Mateo 16:21, Lucas 22:37, 24:44, etc., compare también con el
Catecismo Mayor, Preguntas 46-56).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Cite pruebas de las Escrituras que muestren que la humillación
de Cristo fue voluntaria.
2. ¿Cómo se puede describir a la obra mediadora de Cristo como
voluntaria y a la vez como una necesidad?
3. ¿Qué condiciones particulares pertenecientes a la humillación de
Cristo eran requeridas por la revelación del Antiguo Testamento?
4. ¿Qué condiciones particulares pertenecientes a la exaltación de
Cristo eran requeridas por la revelación del Antiguo Testamento?
5. ¿Existe alguna evidencia en el Nuevo Testamento de que Cristo
cumplió en forma absoluta estas condiciones?
6. ¿Cuál es la única obra requerida de Cristo en su estado de
exaltación que permanece aun completamente en el futuro?

Ver las respuestas a estas preguntas


5. El Señor Jesús, por su perfecta obediencia y sacrificio de sí
mismo, el cual ofreció a Dios una sola vez por el Espíritu eterno, ha
satisfecho completamente la justicia de su Padre; y compró para
todos los que el Padre le había dado, no solo la reconciliación, sino
también una herencia eterna en el reino de los cielos.

VIII, 5. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que Cristo hizo satisfacción ante Dios por los que Él representaba,
(2) que esta satisfacción fue lograda por una obediencia tanto pasiva
como activa, y
(3) que por medio de esta satisfacción Cristo ha asegurado una completa
redención para los que Él representaba.

Aquí consideramos la doctrina de “expiación definitiva” o “particular”.


A veces ha sido llamada la doctrina de la “expiación limitada” porque las
Confesiones Reformadas reconocían que Cristo fue un sustituto por algunos
hombres en vez de todos los hombres. Sin embargo, es muy desafortunado
que este término ha dado lugar al concepto erróneo de que las iglesias
Reformadas “limitan” la expiación, mientras que los grupos Arminianos no.
La verdad es que el sistema Arminiano “limita” la expiación mientras que el
sistema Reformado no. Para poder demostrarlo solo necesitamos considerar
el siguiente hecho: el Arminiano (y también el Luterano y el Católico
Romano) se ve obligado (por la clara enseñanza de las Escrituras) a admitir
que solo ciertos hombres realmente serán salvos. Solo niegan esto los que
afirman la idea de la salvación universal, que está totalmente en contra de
las enseñanzas de las Escrituras. Todos los que mantienen la fe cristiana
histórica, aun en su forma más abierta, están de acuerdo que solo algunos
serán salvos. Por consiguiente, no están en desacuerdo en cuanto a que la
obra de Cristo finalmente termina en la salvación de solo una porción
limitada de la raza humana. Si todos los que aceptan el dictamen de las
Escrituras “limitan” de esta forma el número final de los que serán salvos a
solo una “parte” de la raza humana, ¿por qué se tiene por culpable solamente
al Cristiano Reformado por haber “limitado” la expiación?
La diferencia precisa entre las Confesiones Reformadas y la de los
Arminianos y otros no es el efecto final de la expiación, sino más bien su
designio original. La verdadera pregunta es: Cuando Cristo murió, ¿fue su
plan o designio (y el del Padre quien lo dio) salvar a todos los hombres o
solo a algunos? Las iglesias Reformadas siempre han respondido que las
obras de Dios nunca son inconsistentes, y que los que realmente son salvos
son aquellos para quienes siempre fue el designio de Dios el de salvarlos.
Sin embargo, la iglesia Arminiana (y la Luterana y la Católica Romana)
siempre ha buscado una forma de lograr que la obra de Cristo sea distribuida
de forma igual para toda la humanidad. Pero esto requiere una disminución
dramática del concepto de lo que es la expiación de Cristo. Puesto que
desean decir que Cristo hizo lo mismo por cualquier hombre particular que
lo que hizo por cualquier otro hombre, a saber: hizo posible la salvación,
pero no se atreven a decir que Cristo hizo lo suficiente para asegurar la
salvación de cualquiera. Si así lo afirmaran, se verían obligados a decir que
todos van a ser salvos. Si la obra de Cristo es la misma para todo hombre,
entonces no puede hacer para alguno lo que no hace para todos. Si la obra de
Cristo no asegura la salvación para todos, entonces no puede asegurarla para
ninguno. Lo que asegura es solo la posibilidad, el chance o la oportunidad de
ser salvo, lo cual es, supuestamente, para todos.
En 1925 la Iglesia Unidad Presbiteriana de Norteamérica buscó
acomodar la Fe Reformada a tal perspectiva. Dejando de lado la Confesión
de Fe de Westminster en este punto vital, el Artículo XIV del nuevo credo
afirmaba que Cristo se había dado “en rescate por todos”. Sin duda los
autores de este “nuevo credo” detestaban al Arminianismo. Sin embargo, no
podían evitar la lógica inexorable de su propia presuposición Arminiana.
Para poder decir que Cristo murió igualmente por todos, no podían evitar
decir que su expiación solo aseguró “acceso libre a Dios para el perdón y la
restauración”. En otras palabras, asegura algo menos que la salvación
completa; asegura solo el acceso a ella. Esto es realmente expiación
“limitada” en su sentido más reprensible, porque esta es una limitación falsa
impuesta por hombres. Y esto hiere al evangelio en su mismo corazón.
Porque es el testimonio de la Biblia (y nuestra Confesión Reformada) que la
obra de Cristo hizo mucho más por el pecador que simplemente conseguirle
“acceso a Dios para el perdón y la restauración”. Lo que logró para el
pecador era precisamente el perdón y la restauración. Cristo realmente toma
sobre sí el pecado y el castigo de su pueblo (Is 53, Ro 5:19, Heb 10:14,
3:25,26). A ellos por su parte les es imputada la justicia de Cristo (1Co
5:21, etc.), y eso es el perdón y la restauración. Son perdonados porque su
pecado es castigado en Cristo. Y son restaurados porque la justicia de Cristo
llega a ser de ellos. Así se vuelve dolorosamente claro que la única forma
de extender el designio de la expiación para poder incluir a todos igualmente
dentro de su provisión es desnaturalizarlo y eliminar su carácter sustitutorio.
Si Cristo realmente no tomó sobre sí mi pecado, mi culpa y mi castigo,
¿entonces qué haré? Si solo abre el camino de acceso a Dios para que yo
pueda entrar con mi pecado y castigo, pobre de mí, estoy realmente
deshecho. Sin embargo, ¿cuál es el valor más alto que le podemos atribuir a
la muerte de Cristo si intentamos sostener que fue designada para el
beneficio igual de todo hombre (es decir, abriendo el cielo a todos para que
cada uno pueda venir y pedir perdón, etc.). Pero si sostenemos, junto con las
Escrituras, que en esto, tanto como en las demás obras redentoras de Dios,
Él tenía en mente un pueblo especial, entonces podemos magnificar su poder
y nuestra fe descansa allí con seguridad.
¿Pero qué enseñan las Escrituras? Nos enseñan que Jesús fue llamado así
porque Él salvaría a Su pueblo de sus pecados (Mt 1:21). Él dio Su vida
como rescate por muchos (Mt 20:28). El prometió que realmente salvaría a
todos los que el Padre le había entregado (Jn 6:37,39). En Romanos 8:29, el
apóstol afirma el hecho de que solo los que habían sido predestinados por
Dios para, subsecuentemente, recibir la salvación, realmente la reciben.
Cada beneficio particular de la salvación les es revelado (Ro 8:30). Pero la
base de todo, nos dice, es que Dios “no escatimó ni a su propio Hijo, sino
que lo entregó por todos nosotros” (Ro 8:32). Y también dice
específicamente que al decir “todos nosotros” está hablando exclusivamente
de “los escogidos de Dios” (Ro 8:33). Es porque son escogidos que son
también los que reciben la expiación de Cristo, y no nos debe sorprender que
Dios, habiendo dado su propio Hijo para morir por ellos, también les dará
generosamente todas las cosas (Ro 8:32). Pero si esto no fuera suficiente,
también tenemos las palabras de Jesús mismo, en las que claramente declara
cuál era el designio o el propósito de su expiación: “Porque he bajado del
cielo no para hacer Mi voluntad sino la del que me envió. Y esta es la
voluntad del que me envió: Que Yo no pierda nada de lo que Él me ha dado,
sino que lo resucite en el día final” (Jn 6:38,39). “No ruego por el mundo”,
dice, “sino por los que me has dado, porque son tuyos. Todo lo que Yo tengo
es tuyo, y todo lo que Tú tienes es mío” (Jn 17: 9,10). “Doy mi vida por las
ovejas” (Jn 10:15ss). Estas palabras no fueron dadas por alguien cuya
intención era que su muerte fuera de beneficio por igual para todo hombre. Y
sin duda, no indican simplemente una intención de hacer posible la
salvación. Son las palabras de alguien que se propuso deliberadamente
salvar a Su pueblo de sus pecados.
Por cierto, es verdad que algunos textos de las Escrituras parecen
aplicarse a un designio universal de la expiación (Heb 2:9, 2Co 5:14,15, 1Jn
2:2, 1Ti 4:10, etc.). Con respecto a estos textos se puede decir lo siguiente:
1. A menudo se ignora el contexto. Por ejemplo, en Hebreos 2, el autor
está hablando de los “muchos hijos” que Cristo llevará a la gloria, y no
de todos los hombres. Por consiguiente, cuando el autor habla en este
contexto de que Cristo padeció la muerte por todos, no existe razón
legítima para extender el ámbito de su comentario más allá de los
límites de lo que está hablando. ¿Por qué no debemos reconocer el
derecho del autor de hablar de que Cristo padeció la muerte por cada
uno de los que está hablando?
2. Una segunda razón para mala interpretación es la falta de
discernimiento del significado apropiado de los términos de las
Escrituras mediante una comparación de las Escrituras con ellas
mismas. Resulta que las Escrituras emplean expresiones universales
para describir fenómenos que son solo generales y no absolutos. Por
ejemplo, Mateo 3:5 dice que cuando Juan el Bautista estaba predicando
“acudía a él la gente de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región del
Jordán. Cuando confesaban sus pecados él los bautizaba en el río
Jordán”. Pero toda tiene un sentido general, no un sentido absoluto, ya
que las Escrituras nos informan que los fariseos y los jefes de los
sacerdotes no aceptaban el bautismo de Juan (Lc 7:30). En 1 Juan 5:19
Juan dice que “el mundo entero está bajo el control del maligno”, y a
pesar de ello también dice que “somos de Dios”. ¿Por qué entonces no
puede ser Cristo el salvador de todos en un sentido general (es decir,
algunos de cada lengua y tribu y nación) mientras no lo es en un sentido
absoluto?
3. Finalmente, debemos recordar que, aparte de la salvación eterna, hay
ciertos beneficios misericordiosos de la expiación que corresponden a
toda la raza humana. Hay un sentido en el cual Cristo es “el salvador de
todo hombre”, así como hay otro sentido en el cual Él es “el Salvador
de todos, especialmente de los que creen” (1Ti 4:10). La muerte de
Cristo ha asegurado beneficios temporales para toda la raza humana y
un retraso en la ejecución de la sentencia de maldición. (Vea Génesis
8:20-9:17 para las provisiones del pacto de la gracia que son
aplicables a todo hombre).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. En la enseñanza Reformada, ¿qué significa la “expiación
limitada”?
2. ¿Qué términos son más apropiados?
3. ¿En qué están de acuerdo la doctrina Reformada, Arminiana,
Luterana, y Católica Romana (es decir, con respecto al número
de los salvos)?
4. La diferencia precisa entre los Cristianos Reformados y otros no
está en el efecto final de la expiación sino… ¿en qué?
5. ¿Cómo limita la expiación el punto de vista de la oposición?
6. Cuando la Iglesia Unida Presbiteriana intentó universalizar el
designio de la expiación, ¿cuál fue el resultado inevitable?
7. ¿Qué tiene que asegurarle la expiación de Cristo para que
pueda serle de beneficio “salvador”?
8. Cite un texto que declare con claridad el designio de su muerte.
9. Cite un texto que parece aplicable, a primera vista, al punto de
vista contrario.
10. Exponga los principios que a menudo son obviados al
interpretar tales textos.
11. Exponga la interpretación correcta de 1 Timoteo 4:10.

Ver las respuestas a estas preguntas


6. Cristo aplica y comunica la redención, cierta y eficazmente, a
todos aquellos para quienes la ha comprado, intercediendo por ellos
y revelándoles los misterios de la salvación en y por la Palabra,
persuadiéndolos eficazmente por medio de su Espíritu para creer y
obedecer, y gobernando sus corazones por medio de su Palabra y de
su Espíritu, venciendo a todos sus enemigos por medio de su gran
poder y sabiduría, de tal manera y formas que concuerdan con su
maravillosa e inescrutable dispensación.
7. Aunque la obra de redención no fue realmente efectuada por
Cristo sino hasta después de su encarnación, sin embargo, la virtud,
la eficacia y los beneficios de ella fueron comunicados a los
elegidos en todas las épocas sucesivamente desde el comienzo del
mundo, en y por las promesas, tipos, y sacrificios en los cuales
Cristo fue revelado y dado a entender como la simiente de la mujer
que había de machacar la cabeza de la serpiente; y como el Cordero
inmolado desde el principio del mundo, siendo el mismo ayer, hoy y
por siempre.
8. En la obra de mediación, Cristo actúa según ambas naturalezas,
haciendo por medio de cada naturaleza lo que es propio de cada una
de ellas; sin embargo, en razón de la unidad de la persona, aquello
que es propio de una naturaleza, algunas veces, en la Biblia se
atribuye a la Persona dominada por la otra naturaleza.

VIII, 6-8. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que los beneficios de la expiación de Cristo han sido aplicados a los
escogidos durante todos los siglos, aunque no fueron realmente
aplicados sino hasta la encarnación,
(2) que estos beneficios fueron aplicados antes de la encarnación por
medio de tipos y ordenanzas distintas a las de ahora,
(3) que la obra mediadora de Cristo involucra ambas naturalezas a la
vez,
(4) que Cristo aplica la redención eficazmente a aquellos para quienes la
compró, y
(5) la manera en que Cristo aplica esa redención.

Hemos discutido anteriormente sobre la unidad del pacto (Cap. VII, 4-6).
En esa discusión intentamos demostrar que en todas las “dispensaciones” la
salvación era por fe en la expiación de Cristo, y que los cambios que eran
evidentes allí eran solo los necesarios para el progreso de la revelación
divina. Pero la salvación del pueblo de Dios, en todas las edades, fue
únicamente por medio de la cruz de Cristo. David reconoció que Dios no
miraba los sacrificios del Antiguo Testamento como eficaces en sí mismos
(Sal 51:16). El propósito mismo del sistema de sacrificios del Antiguo
Testamento era, en parte, demostrar que estos “no tienen poder alguno para
perfeccionar la conciencia de los que celebran ese culto” (Heb 9:9) con el
fin de que los creyentes pudieran mirar con expectativa a esa única ofrenda
por medio de la cual Cristo “ha hecho perfectos para siempre a los que está
santificando” (Heb 10:14). La ley era solo una sombra (Heb 10:1), pero era
una sombra “de cosas buenas por venir” y, por lo tanto, un medio por el cual
los creyentes recibían los beneficios de Cristo antes que la obra realmente se
hubiera realizado.
También hemos visto (Cap. VIII, 1-3) que la obra mediadora de Cristo
involucra ambas naturalezas a la vez. Continuaremos con nuestros
comentarios aquí, por lo tanto, con el tema de la aplicación actual de la
redención a los escogidos. El plan de la salvación es auto-consistente. Los
escogidos del Padre fueron comprados por Cristo. Y los que fueron
comprados por Cristo son llamados eficazmente a su reino. “Todos los que
el Padre me da vendrán a mí” (Jn 6:37). “También a ellas (las ovejas del
otro rebaño) debo traerlas. Así ellas escucharán mi voz” (Jn 10:16). La
forma en la cual Cristo logra esto está descrita brevemente en la sección 8
de este capítulo de la Confesión. Pero se desarrolla y revela detalladamente
en el Capítulo titulado “Del Llamamiento Eficaz”. Aquí nos contentaremos
con poner énfasis en el hecho de que Cristo realmente aplica eficazmente la
redención a aquellos por quienes murió. Y al captar esta verdad será de
ayuda recordar las siguientes verdades:
1. Cristo ofrece la salvación de forma libre y sincera a todos los que
escuchan el evangelio, sean escogidos o no. “Porque muchos son los
invitados, pero pocos los escogidos” (Mt 22:14). “Vengan a Mí todos
ustedes que están cansados y agobiados, y Yo les daré descanso”,
exclamó (Mt 11:28). “¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos”, dijo
Cristo de Jerusalén, “pero no quisiste!” (Mt. 23:37).
2. Cristo prometió que ninguno que aceptara lo que ofrecía sería
rechazado. “Todos los que el Padre me da vendrán a Mí; y al que a Mí
viene, no lo rechazo” (Jn 6:37). Al decir que Cristo aplica la redención
eficaz a sus escogidos debemos tener cuidado de no torcer o pervertir
su significado y decir que Él impide que otros acepten su gracia.
3. La dificultad con los que no son llamados eficazmente se encuentra
completamente dentro de ellos mismos. Están muertos en sus delitos y
pecados (Ef 2:1). No vendrán a Cristo (Mt 23:37). Consideran su
evangelio una locura (1Co 1:23, 2:14). No es por lo que hace Cristo,
sino por el hecho de quiénes son y lo que hacen, que “no pueden venir”
a Cristo (Jn 6:44).
4. El hecho de que los escogidos sí vienen es solo porque Cristo los
capacita para poder hacerlo. Él crea un nuevo corazón dentro de ellos
(Sal 51:10, etc.), y así ellos querrán aceptar la salvación que Él da
libremente a todos aquellos que la reciban. “Nadie sabe […] quién es
el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo” (Lc
10:22). “Ahora bien, Dios nos ha revelado esto por medio de su
Espíritu […] Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo sino el
Espíritu que procede de Dios, para que entendamos lo que por su gracia
Él nos ha concedido” (1Co 2:10, 12).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Los creyentes del Antiguo Testamento consideraban que sus
sacrificios eran inherentemente eficaces? Compruébelo por las
Escrituras.
2. ¿Quién aplica la salvación eficazmente a los escogidos?
3. Aporte pruebas bíblicas de que Cristo aplica la redención a
todos aquellos por quienes él murió.
4. ¿ A quiénes ofrece Cristo la salvación? Compruébelo.
5. ¿Cuántos de los que aceptan este ofrecimiento serán salvos?
Compruebe su respuesta.
6. ¿Por qué es que todos, menos los escogidos, rechazan este
ofrecimiento?
7. ¿Por qué es que todos los escogidos, sin excepción, aceptan
este ofrecimiento?

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9
Del Libre Albedrío (IX)

1. Dios ha dotado a la voluntad del ser humano con aquella libertad


natural que no es forzada ni determinada hacia el bien o hacia el
mal por alguna necesidad absoluta de la naturaleza.
2. El hombre, en su estado de inocencia, tenía libertad y poder para
desear y para hacer lo que es bueno y agradable a Dios, pero esta
inocencia era mutable, de tal manera que el hombre podía caer de
ella.
3. El hombre, mediante su caída en el estado de pecado, ha perdido
totalmente toda capacidad para querer algún bien espiritual que
acompañe a la salvación; de tal manera que, un hombre natural,
siendo completamente opuesto a aquel bien, y estando muerto en
pecado, es incapaz de convertirse, o prepararse para ello, por su
propia fuerza.
4. Cuando Dios convierte a un pecador y lo traslada al estado de
gracia, lo liberta de su esclavitud natural bajo el pecado, y solo por
su gracia lo capacita para desear y hacer libremente aquello que es
espiritualmente bueno; pero a pesar de aquello, debido a la
corrupción que aún queda en el pecador, este no obra
perfectamente, ni desea solamente lo que es bueno, sino que desea
también lo que es malo.
5. Solamente en el estado de gloria, la voluntad del hombre es hecha
perfecta e inmutablemente libre para hacer únicamente lo que es
bueno.
IX, 1-5. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:
(1) que el hombre, por naturaleza, posee un libre albedrío,
(2) que esta libertad significa que el hombre no se ve forzado a desear lo
que está en contra de su naturaleza o deseo, y
(3) que el hombre disfruta la misma libertad en cuatro estados pero con
distintos grados de habilidad para hacer el bien o el mal.

Es demasiado común acusar ferozmente a la Fe Reformada de negar el


“libre albedrío”. Muchos rechazan por completo la Fe Reformada (o el
Calvinismo) porque suponen que la soberanía divina (de la cual la
predestinación es solo un aspecto) cancela toda verdadera libertad y
responsabilidad humana. Sin embargo, irónicamente, ningún otro sistema de
enseñanza protege tanto a la verdadera libertad y responsabilidad humanas
como la Fe Reformada.
Pero para poder llegar a entender este hecho debemos notar
cuidadosamente lo que es, y lo que no es, el libre albedrío. Con libre
albedrío queremos decir que la voluntad del hombre no se ve coaccionada.
Queremos decir que el hombre no se ve forzado por algún poder externo más
grande que él a hacer algo que no quiere hacer. Es decir que el hombre está
libre de hacer lo que él quiere dentro de los límites de su habilidad. ¿Qué
más puede ser la libertad que poder hacer lo que nos dé la gana? Sin
embargo, debemos notar cuidadosamente que la libertad no es idéntica a la
habilidad. La confusión de estas dos cosas distintas resulta en muchos de los
pensamientos erróneos en el tema del libre albedrío. Muchas personas
realmente quieren decir habilidad cuando hablan de libertad. Hablan de un
hombre con libertad de hacer el bien o el mal cuando lo que realmente
quieren decir es que el hombre es capaz de hacer el bien o el mal. En esto
están en un grave error. La Biblia nos enseña clara y consistentemente:
(a) que el hombre es libre de hacer el bien o el mal, pero no tiene la
libertad de hacer cualquiera, sino
(b) que solo puede hacer el mal por su condición caída (Dt 30:19, Jn
6:44, etc.). La esencia de esta confusión común la encontramos en las
enseñanzas de Cristo en Mateo 12:33 donde dice: “Si tienen un buen
árbol, su fruto es bueno; si tienen un mal árbol, su fruto es malo. Al
árbol se le reconoce por su fruto”. La voluntad es una facultad del
alma o la personalidad del hombre. Por ende, la voluntad se ve
determinada por el alma (uno mismo, el ego, o la personalidad) del
hombre. No puede escapar del carácter moral del cual proviene. Si
el alma está totalmente corrompida de tal forma que sus
conocimientos y deseos son defectuosos o podridos, entonces
siempre deseará hacer el mal. De manera que existe la libertad
absoluta aunque hay una total inhabilidad de hacer el bien.

El hombre tenía originalmente una personalidad sin pecado. Él deseaba


hacer solo lo que era bueno y le complacía a Dios. Era libre de hacer lo que
él deseara. Y porque su naturaleza era totalmente sin corrupción sus deseos
eran únicamente buenos. Tenía libertad absoluta y también la habilidad de
hacer el mal. No tenía más libertad de hacer el bien que el hombre caído,
pero tenía la habilidad completa que está ausente en el hombre caído. Con la
llegada del pecado el hombre perdió, no su libertad, sino su habilidad de
hacer el bien. Esto tenía que ver con el hecho de que un solo pecado, como
Dios les había advertido, era suficiente para destruir la naturaleza pura de la
que únicamente podía proceder el buen fruto de la acción correcta. Antes de
la caída, el hombre era libre de hacer o el bien o el mal y era capaz de hacer
cualquiera de los dos. Después de la caída permanecía libre de hacer el bien
o el mal, pero solo era capaz de hacer el mal. Ahora “la maldad del ser
humano en la tierra era muy grande, y […] todos sus pensamientos tendían
siempre hacia el mal” (Gn 6:5, cp. 8:21, 1Co 2:14, Sal 14, 53). “¿Puede el
etíope cambiar de piel, o el leopardo quitarse sus manchas? ¡Pues tampoco
ustedes pueden hacer el bien, acostumbrados como están a hacer el mal!”
(Jer 13:23). El hombre pecaminoso ni siquiera puede hacer el único bien
necesario para lograr su rescate. Ningún hombre es capaz de venir a Cristo
(Jn 6:44). Pero esto es por su propia naturaleza; no es impedido de hacer
ningún bien por algún poder o alguna coacción externa. Es impedido por las
“leyes” de su propio carácter depravado. Así como un cadáver tiene brazos,
piernas, etc., que reposan inútilmente porque el que los usaba esta muerto,
pero que se volverán a usar cuando Dios levante ese cuerpo en la
resurrección, así también es con la voluntad del hombre. El hombre está
espiritualmente muerto. Solo es capaz de hacer el bien cuando es regenerado
para poder poseer de nuevo un buen corazón que desee hacer lo que le
complace a Dios (Ef 2:lss, Jn 3:3, Fil 2:13).
El hombre regenerado posee la misma libertad absoluta que Adán antes
de la caída y los pecadores después de la caída. La diferencia entre el
hombre no regenerado y el regenerado es de habilidad, y no de libertad.
Ambos están libres para hacer el bien pero solo uno es capaz de hacerlo. Y
aquel es capaz porque Dios el Espíritu Santo le ha dado un nuevo corazón
(Ef 2:10, 1Jn 5:18, Ez 36:26). Es hecho una nueva criatura (Gá 6:15).
Entonces, es capaz de desear y hacer el bien. Aun así su habilidad no es
idéntica a la que tenía Adán originalmente. Adán podía en ese entonces hacer
la voluntad de Dios perfectamente. Esto no significa que no sea una
verdadera criatura nueva. Lo es. Realmente encuentra su deleite en hacer la
voluntad de Dios. Persiste en el camino de santidad (1Jn 3:9ss). El pecado
no puede prevalecer en él como podía antes (Ro 7:21). La razón de esto es
que los que son nuevas criaturas en Cristo están en el proceso de ser
santificados. No son aún el “producto final” aunque son totalmente
cambiados en su esencia. Solo son lo que deberían ser “en principio”. Algún
día serán lo que deberían ser “en detalle”. Pero ahora la obra de Dios se
está llevando a cabo en ellos. Él obra en ellos para que deseen y hagan, más
y más, lo que a Él le complace.
Algún día Su obra en ellos se acabará (con la santificación). Pero aun
entonces el hombre poseerá esencialmente la misma libertad que tiene ahora.
Nuevamente, la diferencia estará en la medida de su habilidad y no de su
libertad de hacer el bien. Entonces será capaz de hacer solo el bien. Esto
será porque su naturaleza será confirmada en santidad y estará en oposición
completa al mal. Ya no será susceptible a la atracción del pecado. Ya no
poseerá ni el más mínimo deseo de hacer el mal. Que el Señor permita que
tanto el autor como el lector veamos ese día.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es la falsa acusación que, a menudo, se hace contra la
Fe Reformada?
2. ¿Qué queremos decir con libre albedrío?
3. ¿Qué es lo que no estamos diciendo con “libre albedrío”?
4. ¿Cuáles son las dos cosas distintas que, a menudo, confunden
a la gente al hablar de este tema?
5. Cite los dos hechos enseñados en la Biblia con respecto a
nuestra libertad y a nuestra habilidad.
6. ¿Qué determina la voluntad?
7. ¿En cuáles estados tiene el hombre libertad (de hacer el bien o
el mal)?
8. ¿En cuáles estados es capaz el hombre de hacer el bien?
9. ¿En cuáles estados es capaz el hombre de hacer el mal?
10. Compruebe por las Escrituras que el hombre caído (no
regenerado) no puede hacer nada que sea espiritualmente
bueno.
11. ¿Por qué no puede el hombre regenerado hacer ningún bien
perfectamente en esta vida?

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10
Del Llamamiento Eficaz (X)

1. A todos aquellos a quienes Dios ha predestinado para vida, y


solamente a ellos, le agradó en su tiempo señalado y aceptado,
llamarlos eficazmente, por medio de su Palabra y Espíritu, de aquel
estado de pecado y muerte en el que están por naturaleza, al estado
de gracia y salvación por medio de Jesucristo; iluminando sus
mentes espiritual y salvíficamente para entender las cosas de Dios;
quitándoles su corazón de piedra y dándoles uno de carne;
renovando sus voluntades y determinándoles a hacer lo que es bueno
por su poder todopoderoso y acercándoles eficazmente hacia
Jesucristo; pero de tal manera que vienen muy libremente, pues, por
su gracia Dios les da tal disposición.
2. Este llamamiento eficaz proviene únicamente de la libre y
especial gracia de Dios, no por cosa alguna previamente vista en el
ser humano, el cual es totalmente pasivo en ello, hasta que siendo
vivificado y renovado por el Espíritu Santo, la persona es por ese
medio capacitada para responder a este llamamiento y para adoptar
la gracia ofrecida y trasmitida en él.

X, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) quiénes son los que son llamados eficazmente
(2) cuándo son llamados
(3) los medios por cuales son llamados
(4) de qué condición moral y espiritual son llamados
(5) a qué condición moral y espiritual son llamados
(6) de qué forma son llamados eficazmente, y
(7) que este llamamiento es totalmente de Dios.

Aquí comenzamos un estudio del ordo salutis, es decir, del orden de la


aplicación de la redención a los escogidos. En este orden establecemos lo
siguiente:
1. El ofrecimiento libre de la salvación en el evangelio (el llamamiento
general de Dios)
2. La regeneración (la obra creadora de Dios en la cual hace que los
escogidos sean nuevas criaturas de corazón).
3. La conversión (el ejercitar de ese nuevo corazón al responder al
evangelio con arrepentimiento y fe)
4. La justificación (el acto judicial de Dios sobre el arrepentimiento y la
fe por medio del cual Él declara y constituye a sus escogidos como
“justos” o santos).
5. La adopción (el acto de Dios en el cual los admite a los derechos y
privilegios de los hijos de Dios)
6. La santificación (la obra del Espíritu de Dios por medio de la cual los
escogidos son hechos capaces de perseverar en la fe hacia una mayor
conformidad a la voluntad de Dios), y
7. La glorificación (por medio de la cual, en la resurrección del cuerpo,
el creyente por fin es para siempre hecho perfecto en Cristo tanto en el
cuerpo como en el alma).

La primera fase de la aplicación de la redención es, normalmente, el


llamamiento eficaz. Decimos “normalmente” porque existen ciertas
excepciones. La sección 3 de este capítulo nos habla de los que “son
incapaces de ser llamados de forma externa por el ministerio de la Palabra”
como lo son los infantes que mueren y las personas quienes sufren de
enfermedades mentales severas. Tales, por supuesto, no podrían recibir la
gracia salvadora exactamente de la misma manera que los demás. En su
caso, la regeneración tomaría lugar aparte del ministerio de la Palabra. Es
importante detenernos un momento y notar que es solo el supuesto
Calvinismo severo que, basado en sus principios, extiende una esperanza
razonable en tales casos. Los que restringen al ámbito de la soberanía divina
para lograr suspender la obra de la gracia sobre los poderes del hombre de
forma lógica, tienen que pagar un precio muy alto justo en este punto. ¡No
pueden ofrecer ninguna esperanza a los que tienen que admitir que no tienen
ninguna habilidad ni ningún poder! Sin embargo, la soberanía absoluta de
Dios en la salvación del hombre no está en conflicto con el hecho de que en
todos los casos comunes Dios utiliza los medios que Él mismo ha ordenado.
En todos los casos, salvo los que hemos especificado, el llamamiento eficaz
se lleva a cabo por medio del instrumento de la predicación del evangelio.
“Dios […] tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los
que creen” (1Co 1:21).
Dios ha mandado que su Iglesia vaya por todo el mundo y predique el
evangelio a todos (Mt 24:14, 28:19, Hch 1:8, etc.). La razón es que “…la fe
viene como resultado de oír el mensaje” (Ro 10:17). Esto no significa que
cada persona, de todos los tiempos, escuchará el evangelio. Muchos no lo
han escuchado (Ef 2:11,12). Dios ha dispuesto que algunos permanezcan en
la oscuridad hasta llegar el momento de la liberación (Hch 17:26,27). Y así
como existieron naciones destinadas a la oscuridad antes de la llegada de
Cristo, así también Dios destinó que los Judíos (salvo un remanente muy
pequeño) permanecieran en la oscuridad hasta completarse con el añadido
de los Gentiles (Ro 15:25, etc.). Sin embargo, en la era del Antiguo
Testamento algunos Gentiles fueron llamados eficazmente de la misma
manera en que se llama a algunos judíos en el Nuevo Testamento. Y uno de
los hechos fascinantes de la historia de la redención es la forma en la cual
Dios ha controlado todo aspecto de tal manera que cuantos son escogidos
(salvo los casos que hemos mencionado anteriormente) escucharán al
evangelio para poder ser salvos. Dios se encargó de que Rahab y Rut
escucharan al evangelio. Se encarga de que los Judíos escogidos (y también
otros) lo escuchen hoy en día. Así, pues, en la obra general de expandir el
testimonio de la Iglesia al mundo entero, se ejerce un control divino para que
los escogidos escuchen el llamamiento de Dios. Considere el caso del
segundo viaje misionero de Pablo. Tenía al mundo entero a su disposición.
¿Adónde iría? Una elección parecería tan buena como cualquier otra. Pero,
cuando Pablo intentó ir a Bitinia, intervino el Espíritu de Dios (Hch 16:7), y
en lugar de Bitinia fue dirigido a Macedonia. De este modo sucedió que
Lidia escuchó la Palabra de Dios y “el Señor le abrió el corazón para que
respondiera al mensaje de Pablo” (Hch 16:14). De esta manera también fue
salvo el carcelero de Filipos (Hch 16:30,31) y fue establecida la iglesia en
Tesalónica. De esta misma forma también unos pocos fueron salvos en
Atenas y un gran número en Corinto. En Corinto Dios reveló su control
soberano sobre la distribución de su evangelio al hombre. Dios le dijo a
Pablo por qué lo había traído a ese lugar, dándole instrucciones de que
predicara el evangelio con denuedo, diciendo: “No temas, sino habla y no
calles. Porque yo estoy contigo. Aunque te ataquen, no voy a dejar que nadie
te haga daño, porque tengo mucha gente en esta ciudad” (Hch 18:9-10). Dios
se encarga de que los suyos escuchen su voz. “Tengo otra ovejas”, dijo
Cristo, “que no son de este redil, a aquellas debo también traer, y oirán Mi
voz, y habrá un rebaño y un pastor” (Jn 10:16).
Concluimos entonces que el evangelio llega a los escogidos. Pero
también llega a otros con quienes los elegidos están entremezclados. Viene
con buenos ofrecimientos de gracia y salvación para todos. No discrimina, y
tampoco lo deberían hacer los que lo predican. La pregunta es: ¿Por qué
aceptan algunos y los demás rechazan este ofrecimiento de salvación eterna?
La respuesta es que el aceptarlo es ajeno a la voluntad y al deseo del hombre
hasta que, como en el caso de algunos, sea cambiada su misma naturaleza.
Este cambio es el resultado de la creación instantánea, dentro de ellos, de un
nuevo corazón por medio del poder todopoderoso del Espíritu de Dios. “Les
daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo” (Ez 36:26). Este es
el “nuevo nacimiento” (Jn 3:3ss), la “nueva creación” (Ef 2:10), que es
como el “resucitar de la muerte”. Un estudio cuidadoso de Juan 3:1-8
demostrará que esta obra soberana del Espíritu Santo es:
(a) Preveniente, porque precede a toda actividad espiritual del hombre
perteneciente a la salvación.
(b) Monergista, porque se cumple exclusivamente por medio del poder
del Espíritu Santo.
(c) Misteriosa, porque no puede ser observada ni descrita.
(d) Soberana, porque toma lugar cuando y donde Él quiere.
(e) Eficaz, porque invariablemente produce el resultado deseado: la
persona llega a tener habilidades espirituales que no existían antes—
puede ver y entrar en el Reino.
La regeneración es algo en lo cual el hombre no aporta nada en cuanto a
hacer algo. El hombre tiene un rol completamente pasivo, pues no ejecuta ni
opera en la regeneración. Al contrario, se opera sobre él, y como resultado
de dicha operación es que recibe otro corazón y otra mente o alma. Esta
regeneración está ligada muy cercanamente a la predicación del evangelio
(frecuentemente), aunque no es el evangelio el que regenera sino el Espíritu
Santo. Podemos considerar a la Palabra de Dios como el instrumento
empleado por Dios para efectuar esta regeneración, pero la regeneración se
cumple, no por medio del evangelio, sino solamente por el Espíritu Santo
quien se complace en obrar por ese medio. Esta regeneración efectúa un
cambio esencial en toda el alma—la razón, las emociones y la voluntad. El
que es regenerado empieza inmediatamente a pensar de una forma diferente,
a sentirse distinto y a desear en forma distinta. Y por esto, aceptará en forma
agradecida el ofrecimiento libre del evangelio. De esta forma se vuelve
eficaz el llamamiento de Dios. Es eficaz en cada caso como este. Cada
persona escogida se arrepiente y cree. Y lo hace porque empieza a actuar
conforme a una nueva naturaleza creada o implantada por la regeneración.
“Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano sino
de la misericordia de Dios” (Ro 9:16). “Así que Dios tiene misericordia de
quien Él quiere tenerla y endurece a quien Él quiere endurecer” (Ro 9:18).
En este punto, el Arminianismo evade el plan de las Escrituras, haciendo
que la obra de Dios dependa de la obra del hombre. Dice que Dios ve de
antemano quién aceptará el evangelio. Entonces, porque Dios puede ver que
una persona en particular aceptará el evangelio, Él la regenera en el
momento indicado. Pero esto hace de la regeneración un mérito conferido en
vez de un regalo que habilita. De acuerdo con este punto de vista Pablo
hubiera dicho: “Por lo tanto, la elección depende del deseo […] y no de la
misericordia de Dios”. Y de acuerdo con esto, Dios tendría “misericordia de
quien tenga que tenerla, y no endurecería a ninguno”.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Enumere los siete pasos del ordo salutis y defina cada uno de
ellos.
2. ¿Cuántos de estos pasos respaldan el “llamamiento eficaz”?
3. ¿A quién se le debe predicar el evangelio?
4. ¿A quién, ciertamente, se le debe predicar el evangelio?
5. ¿Por qué Pablo fue dirigido a Macedonia en vez de a Bitinia?
6. ¿A cuál de dos clases de hombres llega el evangelio?
7. ¿Por qué reaccionan en forma distinta al ofrecimiento libre de la
salvación?
8. Según Juan 3 :1-8, describa la obra del Espíritu Santo en la
regeneración.
9. ¿Con qué comparan a la regeneración las Escrituras?
10. ¿Qué parte de la obra de la regeneración realiza el hombre?
11. ¿Qué es lo que cambia esencialmente en la regeneración?
12. ¿Qué hacen invariablemente las personas regeneradas con el
ofrecimiento del evangelio?
13. ¿Cómo ha negado el Arminianismo la verdad con respecto a la
obra del Espíritu?

Ver las respuestas a estas preguntas


3. Los niños elegidos que mueren en la infancia son regenerados y
salvados por Cristo mediante el Espíritu, quien obra cuando, donde
y como le agrade. De la misma manera, son regeneradas y salvadas
todas las otras personas elegidas que son incapaces de ser llamadas
externamente por el ministerio de la Palabra.

X, 3. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que hay algunos seres humanos “que son incapaces de ser llamados
externamente por el ministerio de la Palabra”.
(2) que tales pueden ser escogidos, y
(3) que en tales casos el Espíritu obra cuando, donde y como le
complazca.

Salvo en casos como este, la regeneración toma lugar en conexión con el


uso de los medios de gracia que Dios mismo ha designado. Sin embargo, hay
algunos que son incapaces de entender la palabra del Espíritu, no solo por
razones de incapacidad espiritual sino también por la incapacidad de su
naturaleza. La razón es que al morir en la infancia o al tener alguna
deficiencia mental no podrían entender el evangelio aunque fueran
regenerados. Se debe admitir, por supuesto, que la información dada por las
Escrituras con respecto a la salvación en estos casos es mínima en
comparación con la que se provee en muchos otros temas. Cristo afirmó que
niños pequeños e incluso los mismos pequeños infantes son miembros del
reino (Lc 18:15,16 y otros pasajes paralelos). Y David parece expresar el
punto de vista de que los infantes que mueren en ese estado pueden ser
salvos (2S 12:23). Pero más allá de estas pocas afirmaciones, y de las
buenas y necesarias inferencias que se pueden extraer de las Escrituras,
existe una limitación estricta sobre lo que podemos legítimamente decir en
este asunto. Es importante notar, entonces, que la formulación original de la
Confesión de Fe de Westminster sí cumple cuidadosamente esta limitación.
Solo dice: “los niños elegidos que mueren en la infancia”, sin intentar
especular acerca de cuán muchos o cuán pocos de estos infantes puedan
haber. Y lo mismo se puede decir de “todas las otras personas elegidas que
son incapaces de ser llamadas externamente por el ministerio de la Palabra”.
Es posible que estos sean un número muy pequeño o muy grande. Lo
importante es que, como las Escrituras no nos lo dicen, nosotros tampoco
podemos ni nos atrevemos a hacerlo. Por esta razón creemos que es
indebida, por decir lo menos, la supuesta “afirmación declarativa” anexada a
la Confesión de Fe por la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos de
Norte América y mantenida hoy en día por la Iglesia Presbiteriana Unida.
Pero aquí encontramos algo extraño. El Calvinismo es a menudo juzgado
como severo y prohibitivo. Muchos se horrorizan ante la enseñanza de la
predestinación y la completa incapacidad del hombre. La salvación que es
posible para todos y que se convierte en realidad con algo que cada uno
puede suplir parece más atractiva que una salvación que solo es segura para
algunos porque ninguno puede hacer nada. La verdad es que el Calvinismo
es misericordioso y el punto de vista opuesto es cruel porque niega la
salvación a los débiles y desamparados, otorgándola solo a los fuertes y
capaces (supuestamente). ¿Cómo pueden “decidir” escoger a Cristo los
infantes que mueren en su infancia? ¿Cómo pueden escogerlo, por su propia
voluntad, los que tienen alguna deficiencia mental cuando ni siquiera pueden
captar el significado de las palabras más simples?
El Arminianismo parece muy reconfortante cuando el hombre se imagina
que tiene la habilidad de hacer, por su propia fuerza, lo necesario para ser
salvo. Pero no tiene ningún consuelo para el que no tiene ninguna fuerza en sí
mismo, ya sea que lo sepa o no. Solo si el Calvinismo es verdad, entonces
existe una razón para esperar la salvación de tales como estos. Nos
regocijamos en esto y con alegría afirmamos que, únicamente sobre la base
de la pura doctrina Reformada, existe alguna esperanza para el infante que
muere en su infancia y otros de semejante incapacidad. Pero consideramos
que es perverso cuando esta esperanza se convierte en una afirmación amplia
(como en la afirmación declarativa arriba mencionada). Se debe sospechar
que la base de esta afirmación no surge tanto de una concepción pura
Reformada como de una noción de que Dios no podría condenar justamente a
tales criaturas desamparadas. Con esta opinión, la Biblia y nuestra
Confesión no tienen nada que ver. Todo hombre pecó en Adán y cayó con Él
en su primera transgresión (Ro 5:12). Está totalmente dentro de la justa
administración de Dios, entonces, el condenar a todos al castigo eterno. Si
los infantes que mueren en su infancia son humanos, también son de los que
pecaron en Adán, y por consiguiente culpables y responsables de
condenación. Si van a ser salvos nunca puede ser “porque sería injusto que
Dios los condenara”, sino porque Él los ha escogido para la vida eterna sin
que sean merecedores de ella.
Podemos afirmar que hay infantes elegidos que mueren en su infancia.
También podemos afirmar que los creyentes tienen razón para esperar que
sus infantes que mueran en infancia sean elegidos (Lc 18:15,16, 2 S. 12:23,
Hch 2:38, 39, Ez 16:20,21). No podemos ir más allá de esto. Es legítimo
tener esperanzas, pero no legítimo demandarlas.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Dé las excepciones a la enseñanza de que la salvación es por
medio del llamamiento eficaz.
2. ¿Provee esperanza la Fe Reformada (o el Calvinismo) a más o
a menos almas que el Arminianismo?
3. ¿Por qué?
4. ¿Qué texto de las Escrituras afirma que los infantes pueden ser
regenerados como infantes?
5. ¿Qué limitación cuidadosa de las Escrituras cumple la
Confesión?
6. ¿Qué declaración indebida mantiene la Iglesia Presbiteriana
Unida?
7. ¿Qué enseñanza importante de las Escrituras está subvirtiendo?
8. ¿Es escogido necesariamente todo infante de padres
creyentes?

Ver las respuestas a estas preguntas


4. Los que no son elegidos, aunque sean llamados por el ministerio
de la Palabra, y tengan ciertas operaciones comunes del Espíritu,
sin embargo, nunca vienen verdaderamente a Cristo y, por lo tanto,
no pueden ser salvados. Mucho menos pueden, los seres humanos
que no profesan la religión cristiana, ser salvos de ninguna otra
manera, aunque sean tan diligentes como para moldear sus vidas de
acuerdo con la luz de la naturaleza, o a la ley de aquella religión
que profesan. Y el afirmar y mantener que ellos sí pueden salvarse
es muy pernicioso y debe ser detestado.

X, 4. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que los que no son elegidos no serán salvos
(2) porque no vendrán a Cristo
(3) aunque puedan escuchar la Palabra y estar poderosamente afectados
por poderes sobrenaturales, y
(4) que la luz de la naturaleza no provee ninguna base para la fe
salvadora en los que no han sido tocados por el evangelio, razón por
la cual están sin Dios y sin esperanza.

De entre todos los hombres, solo algunos escuchan el evangelio. De entre


este número solo algunos son afectados de forma salvadora por el evangelio.
Solo los elegidos responderán a ello, y esto lo hacen solo después de, y a
causa de, que Dios les da un nuevo corazón por medio del poder creador de
su Espíritu Santo en la regeneración. Esta habilidad interna se les es
concedida únicamente a los elegidos, por esto vienen a Cristo a ser salvos.
El mérito es únicamente de Dios.
Pero ¿qué de los demás que escuchan? Primeramente, recordemos que
también son llamados por el ministerio de la Palabra. Y este llamamiento es
“genuino”. Es “sincero”. Dios les implora que vengan a Cristo. No tiene
ningún deleite en el hecho de que no escucharán (Ez 18:32, 2 P. 3:9, etc.). En
segundo lugar, debemos apreciar hasta qué punto aun estas personas pueden
experimentar el poder del evangelio. La parábola del sembrador y de las
varias clases de terrenos nos recuerda que es posible dar una total
apariencia de posesión de fe y obediencia durante un tiempo, y aun
demostrar gran celo en las cosas de Cristo y después perder todo interés o
aun caer en hostilidad hacia el reino. Las Escrituras hablan de los que “han
experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero”
(Heb 6:5,6). Pedro usa palabras chocantes para describir el caso miserable
de los que han experimentado estas cosas y simplemente caen de nuevo en
sus caminos de antes (2P 2:20-22). “Las Escrituras mismas, por ende, nos
llevan a concluir que es posible tener una experiencia muy edificadora,
ennoblecedora, reformadora y estimulante del poder y la verdad del
evangelio; estar tan cerca de estos poderes sobrenaturales que operan en el
reino de gracia de Dios produce efectos en nosotros que, a la observación
humana, son básicamente indistinguibles de los que son producidos por la
gracia regeneradora y santificadora de Dios, y aun así no tener parte en
Cristo ni ser herederos de la vida eterna” (John Murray, La redención
consumada y aplicada). En tercer lugar, debemos observar que el único
defecto fatal es que “nunca realmente vienen a Cristo”. Aparentan hacerlo,
pero realmente no lo hacen. No hay verdadero arrepentimiento y fe. Y por
esta razón no pueden ser salvos. La culpa completa está en ellos (así como,
en el caso de los elegidos, el mérito completo está en Dios). Estas palabras
de Cristo son ciertas acerca de todos los que escuchan al evangelio y
mueren: “Sin embargo, ustedes no quieren venir a Mí para tener esa vida”
(Jn 5:40). Por supuesto, es verdad que no lo harán porque son totalmente
depravados por naturaleza. También es verdad que únicamente Dios puede
reemplazar el corazón completamente depravado con un nuevo corazón que
querrá venir a Cristo. Pero Dios no debe este regalo a nadie. Y los que no lo
reciben aun así no tienen a quién culpar salvo a ellos mismos por haber
rechazado el ofrecimiento de la gracia de Dios.
Si los que escuchan el evangelio y no lo aceptan no pueden ser salvos,
¿qué de los que nunca son tocados por el evangelio? Si son “tan diligentes
como para moldear sus vidas de acuerdo con la luz de la naturaleza” o “a la
ley de aquella religión que profesan”, ¿no serán entonces aceptados por
Dios? No sería una exageración decir que ha sucedido una revolución en la
actitud de los protestantes con respecto a esta pregunta. Antes de la
controversia de los Modernistas-Fundamentalistas en las primeras décadas
de este siglo, la mayoría de las denominaciones protestantes de los Estados
Unidos mantenían misiones extranjeras porque se creía que los hombres
morirían para toda la eternidad sin un conocimiento de Cristo. Entonces
llegó la asombrosa tesis expresada por la revista “Layman’s Inquiry” en
cuanto al fundamento de las misiones extranjeras (titulada “Rethinking
Missions”) que sugería que el programa de misiones extranjeras debería ser
uno de aprendizaje tanto como uno de enseñanza, y que el misionero
extranjero debería buscar una síntesis con otras religiones en vez de solo
buscar conversiones de ellas. Han pasado treinta años, y ahora los líderes
del Movimiento Ecuménico (como revelan las afirmaciones de la sección
misionera del Consejo Mundial de Iglesias) declaran abiertamente que los
fieles de religiones “paganas” pueden ser “salvos” sin jamás escuchar el
evangelio de Cristo. Y en más y más casos, las denominaciones protestantes
más antiguas han puesto mayor énfasis en las obras de socorro, medicina y
educación, y otras semejantes en vez de enfatizar la prédica del evangelio en
sus ámbitos de misiones en el extranjero. La verdad es que esto es una obra
inútil en términos eternos. Hay una relación entre estas bendiciones sociales
y económicas y el evangelio. Disfrutamos de estas bendiciones porque, hasta
cierto punto, el evangelio ha penetrado a nuestra sociedad. Y en el grado en
que el verdadero evangelio sea olvidado o rechazado, los beneficios que
hemos disfrutado desaparecerán. Es aún más evidente que la transformación
de las supuestas naciones “sub-desarrolladas” nunca será posible sin el
cambio interno de corazón que solo el evangelio puede lograr. ¿Qué harán
millones de dólares o incluso billones en un país donde se le ofrece culto a
la vaca y se menosprecia la vida humana? Pero, sobre todo, debemos
enfrentar el hecho de que aparte del alivio temporal de la miseria del
hombre por medio de “ayuda” social y económica de “afuera”, las almas de
los hombres están condenadas sin el evangelio de Cristo. Es esta convicción
la que siempre ha provisto y siempre proveerá la sensación de urgencia y la
perspectiva que requiere la obra misionera. “De hecho, en ningún otro hay
salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres
mediante el cual podamos ser salvos” (Hch 4:12). “El que tiene al Hijo,
tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1Jn 5:12).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Divida la raza humana en tres clases (con respecto al
evangelio).
2. ¿Es “sincero” el llamamiento de Dios? Pruébelo bíblicamente.
3. ¿Hasta qué punto puede ser afectada una persona por el
evangelio sin una verdadera conversión?
4. ¿Por qué no vienen a Cristo estas personas?
5. ¿Es esto la culpa de Dios? Explíquese.
6. ¿Quién tiene la culpa por el fin que espera a cada incrédulo?
7. ¿Quién recibe todo el mérito por el fin que disfrutan los
verdaderos creyentes?
8. ¿Pueden los que no escuchan el evangelio ser salvos por medio
de su propia religión?
9. ¿Por qué no es finalmente provechoso intentar “ayudarlos” solo
por medio de ayuda social y económica?
10. ¿Cuál es la actitud actual entre los modernistas hacia las
religiones “paganas”?
11. Cite textos de las Escrituras que respaldan la posición
protestante original expresada en nuestra Confesión de Fe.

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11
De la Fe Salvadora (XIV) y del Arrepentimiento
para Vida Eterna (XV)

1. La gracia de la fe, por medio de la cual los elegidos son


capacitados para creer para la salvación de sus almas, es la obra
del Espíritu de Cristo en sus corazones; y es ordinariamente
efectuada por el ministerio de la Palabra. Así pues, por medio del
ministerio de la Palabra, la administración de los sacramentos y la
oración, la gracia de la fe es también incrementada y fortalecida.
2. Mediante esta fe el cristiano cree que es verdadero todo lo que es
revelado en la Palabra por la autoridad de Dios mismo que habla en
ella, y actúa en forma diferente según lo que contiene cada pasaje
en particular, produciendo obediencia a sus mandamientos, temblor
ante sus amenazas, aceptación de las promesas de Dios para esta
vida y para la venidera. Pero los principales actos de la fe
salvadora son aceptar, recibir y descansar solamente en Cristo para
la justificación, santificación y vida eterna, en virtud del pacto de
gracia.
3. Esta fe es diferente en grados, es débil o fuerte; puede ser
atacada y debilitada con frecuencia y de muchas maneras, pero
obtiene la victoria; y en muchos crece hasta la obtención de una
completa seguridad a través de Cristo, quien es el autor y
consumador de la fe.
CAPÍTULO XV
DEL ARREPENTIMIENTO PARA VIDA ETERNA
1. El arrepentimiento para vida es una gracia evangélica, cuya
doctrina, así como aquella de la fe en Cristo, debe ser predicada por
todo ministro del Evangelio.
2. Mediante este arrepentimiento un pecador, movido no solo por la
visión y sentimiento del peligro, sino también por la inmundicia y
odiosidad de sus pecados ya que son contrarios a la naturaleza
santa y justa de la ley de Dios, y al comprender la misericordia de
Dios en Cristo para con los arrepentidos, se entristece a causa de
ellos y los aborrece de tal modo que renuncia a todos ellos y se
vuelve hacia Dios, proponiéndose y procurando caminar con Él en
todos los caminos de sus mandamientos.
3. Aunque no se debe confiar en el arrepentimiento como si fuese
una satisfacción por el pecado o una causa del perdón de este, pues
el perdón es un acto de la libre gracia de Dios en Cristo, el
arrepentimiento es de tal necesidad para todos los pecadores que
nadie podrá obtener el perdón sin el arrepentimiento.
4. Puesto que no hay pecado que sea tan pequeño que no merezca la
condenación, del mismo modo no hay pecado tan grande que pueda
acarrear condenación sobre aquellos que se arrepienten
verdaderamente.
5. El ser humano no debe contentarse con un arrepentimiento
general, sino que es deber de toda persona procurar arrepentirse de
sus pecados específicos, en forma específica.

XIV, 1-3; XV, 1-5. Aquí nos salimos del orden de la Confesión de Fe para
que podamos hablar acerca de la conversión en su relación lógica al
llamamiento eficaz. El llamamiento se vuelve eficaz cuando es seguido por
la conversión. Solo al producirse la conversión se efectúa la justificación,
adopción, santificación y perseverancia. Esto no quiere decir que esté mal el
orden en el cual la Confesión de Fe trata estas doctrinas. Evidentemente, la
razón en cuanto al orden de la Confesión tiene que ver con el deseo de
considerar primero los actos de Dios, y después la respuesta del hombre (en
arrepentimiento y fe). Esto es perfectamente aceptable. Pero también es
provechoso mirar en secuencia el ordo salutis. Y para poder hacerlo
debemos colocar la conversión (el arrepentimiento y la fe) después del
llamamiento eficaz.
Para comenzar, debemos observar que la regeneración es inseparable de
sus efectos. Uno de estos efectos es la fe. Otro es el arrepentimiento. La
regeneración es la renovación del corazón o la mente, y la personalidad
renovada tiene que actuar y actuará de acuerdo con su naturaleza. En la fe y
el arrepentimiento simplemente vemos a la nueva naturaleza empezando a
imponerse. De igual manera debemos resaltar que el arrepentimiento y la fe
son la actividad exclusivamente del pecador, así como la regeneración es el
acto exclusivamente de Dios. Es Dios quien regenera y es el pecador quien
se arrepiente y cree. Finalmente, debemos darnos cuenta de que el
arrepentimiento y la fe son inseparables. No puede existir uno sin el otro, ni
uno aparte del otro. Por tal razón, en este caso, consideraremos estos
capítulos juntos. La conversión sigue a la regeneración, pero el
arrepentimiento y la fe se acompañan en vez de ser uno después del otro. La
verdadera conversión es un asunto muy complejo. Involucra una total
transformación del corazón, la mente o la personalidad del hombre. Tal
como una simple oruga, por medio de una metamorfosis, se convierte en una
bella mariposa, del mismo modo también el pecador se convierte en un santo
por la renovación de su mente (Ro 12:2). Puesto que el hombre fue hecho a
imagen de Dios, hay diversidad dentro de la unidad de su personalidad.
Tiene las facultades de la razón, el afecto, y la voluntad. Puede pensar o
razonar. Puede sentir deseos profundos. Y puede escoger entre varias
alternativas. Una conversión total involucra todas estas facultades en su
unidad y diversidad. Sin alguna de ellas, sin todas ellas, la personalidad
total no experimenta la verdadera conversión.
El arrepentimiento y la fe son dos aspectos de esta transformación total
del alma. El arrepentimiento demuestra ese aspecto del cambio por medio
del cual el alma le da la espalda al pecado y experimenta verdadero
aborrecimiento de este. La fe demuestra el aspecto del cambio por medio del
cual el alma mira a Cristo y experimenta una suprema unión con Él. Ambas
fases de este cambio radical involucran la personalidad completa—la razón,
el afecto, y la voluntad. Podemos diagramar esto de la siguiente manera:

Es importante enfatizar que cualquier cosa que sea menos que una
conversión total no sirve de nada. Citaremos ciertos ejemplos:
1. Muchas conversiones en las “Reuniones de Avivamiento” no son
duraderas. Esto es muy reconocido. Pero a menudo se ignora la razón.
En tales casos es obvio que los sentimientos, el afecto o las emociones
están profundamente involucradas. Así que, en respuesta a la súplica
del evangelista, es ejercitada la voluntad y el pecador “se pasa hacia
delante”. ¿Qué falta entonces? Es el conocimiento que falta todavía. Y
sin el conocimiento que proveen las Escrituras acerca de la
depravación del pecador (por un lado) y de la obra redentora de
Jesucristo (por el otro) no puede haber verdadera conversión. Porque
se ha ignorado un aspecto importante del alma, sería una conversión
defectuosa muy a pesar de las apariencias contrarias.
2. Uno de los peligros en la iglesia ortodoxa es que el conocimiento y la
actividad sean aceptados como verdadera conversión. A los que
normalmente escuchan buena prédica doctrinal, y a los que tienen
ciertas actividades cristianas de grupo, se les debe recordar que no
existe verdadera conversión sin contrición y convicción de corazón. En
este sentido existe algo que se denomina “la ortodoxia muerta”. Es una
religión sin sentimientos. Esta tampoco tiene esperanzas.
3. Existe otra condición común donde los pecadores poseen un
conocimiento adecuado de la ley y del evangelio de Dios, junto con
sentimientos profundos de contrición y convicción, y aun así nunca
dejan la muerte en el pecado para la vida en Cristo. Esto lo podríamos
denominar la “religión del espectador”. Para ellos, el Cristianismo es
como una buena obra dramática—pueden conocerlo de memoria—y los
mueve profundamente cada vez que lo ven—pero nunca forman “parte
del programa”. Esto no es la conversión. Y solo lleva al sufrimiento y
la muerte.

La Confesión dice que el arrepentimiento y la fe son “gracias”. Es decir,


son regalos divinos (Hch 11:18, Ef. 2:8). Cuando Dios regenera al alma,
siembra la semilla (o el comienzo) del arrepentimiento y la fe. Sería
inapropiado pensar que el arrepentimiento o la fe sean solo actos
momentáneos del alma, son más bien estados permanentes o condiciones que
expresa el alma. Podemos hablar del acto inicial del arrepentimiento y la fe.
Pero con este acto inicial comienza una actividad que nunca más cesará (Lc
22:32). Puesto que la fe y el arrepentimiento son dados por Dios, estos nunca
fallarán.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es la razón probable por la cual la Confesión sigue su
propio orden en vez de la del ordo salutis?
2. ¿Qué lugar tiene la “conversión” en el ordo salutis?
3. ¿Cuál es la relación entre la regeneración y la conversión?
4. ¿Pueden existir la fe y el arrepentimiento de forma separada?
¿Por qué?
5. ¿Por qué tenemos que admitir que la conversión es un asunto
complejo?
6. ¿Cuáles son las tres facultades del alma del hombre?
7. ¿Cuáles son las dos fases o partes de la conversión?
8. Describa los tres tipos de conversiones defectuosas.
9. ¿Por qué se les denomina gracias al arrepentimiento y a la fe?
10. ¿Son estos actos momentáneos o son más bien condiciones
constantes del alma?

Ver las respuestas a estas preguntas


XIV, 1-3; XV, 1-5 (Continuado). En esta sección consideraremos
brevemente ciertos errores clásicos en el ámbito del arrepentimiento y la fe.
Un error de este tipo es el dogma Católico-romano de la “penitencia”.
Según A.A. Hodge “los Romanistas caracterizan a la penitencia:1
(1) Como una virtud interna, que incluye tristeza por el pecado y el
volverse del pecado hacia Dios.
(2) Como un sacramento, que es una expresión externa del estado interno.
Este sacramento consiste en:
1. La contrición (es decir, tristeza por el pecado y el odio hacia los
pecados del pasado, con una intención de no volver a pecar).
2. La confesión (o auto-acusación ante un sacerdote que tenga
jurisdicción y el poder de las llaves).
3. La satisfacción (o algún esfuerzo doloroso, impuesto por el
sacerdote y llevado a cabo por el penitente, para satisfacer la
justicia divina por los pecados cometidos).
4. La absolución (pronunciada por el sacerdote judicialmente y no
solo declarativamente)”. Y tal como lo señala Hodge, de acuerdo
con este punto de vista, esta obra dolorosa “provee verdadera
satisfacción por el pecado” y es “absolutamente esencial: la única
forma por la cual se puede asegurar el perdón por los pecados
cometidos después del bautismo”.2

Hay, entonces, en el punto de vista Católico Romano acerca del


arrepentimiento, por lo menos un elemento principal: la noción de que el
pecador puede y tiene que pagar por sus propios pecados y así ganar el favor
de Dios. No es una exageración decir que el punto de vista bíblico del
arrepentimiento es precisamente opuesto al Católico-romano. El verdadero
arrepentimiento es un reconocimiento del hecho, una convicción del hecho y
un aceptar del hecho de que no existe ninguna manera posible en la cual el
pecador pueda satisfacer la justicia divina, salvo experimentar el castigo
eterno. La verdad es que es precisamente este reconocimiento, esta
convicción y esta aceptación las que también requieren que se confíe
únicamente en la dolorosa satisfacción de Cristo para la salvación. No
podríamos malentender al arrepentimiento más gravemente que considerarlo
como una obra lograda. Más bien, es el miserable reconocimiento de que el
favor de Dios jamás puede ser ganado. La doctrina Arminiana de
“arrepentimiento evangélico” también se encuentra en grave error. Esta
doctrina enseña que el arrepentimiento precede a la regeneración. Está
basado en la suposición de que el hombre no regenerado no está ni realmente
ni totalmente muerto, ni desprovisto de todo poder de hacer algún bien
espiritual, sino que aún puede tener hambre y sed de hacer el bien y ofrecer
el sacrificio de un espíritu contrito y quebrantado que le complazca a Dios
(Los Cánones de Dort). Se mantiene que este estado de la mente o del
corazón es un acto de obediencia auto-generado, a cambio del cual Dios
otorga el regalo de la vida eterna. Esto no hace del arrepentimiento una obra
tan evidente como lo hace el punto de vista Católico-romano, pero
esencialmente es lo mismo. Porque de nuevo debemos insistir que el
arrepentimiento, lejos de ser un acto consciente de obediencia que le
complace a Dios y trae a cambio su bendición y recompensa, es, más bien, el
ser consciente de la inhabilidad total de un individuo para complacer a Dios
o para poder hacer cosa alguna a fin de asegurarse de su bendición y
recompensa. Esta es, precisamente, la razón psicológica y teológica por la
cual no puede haber verdadero arrepentimiento sin fe en Cristo. Cuando uno
es consciente de su total inhabilidad de hacer cosa alguna para evitar la ira y
maldición de Dios y ganar su favor, se encuentra listo para confiar en
Jesucristo quien ha cargado esa ira y maldición y ha ganado su favor en el
lugar de su pueblo.
En el ámbito de la fe, tanto como del arrepentimiento, algunos han
introducido la doctrina de la habilidad humana y el mérito. Pero como ha
dicho John Murray: “La fe no es algo que merece el favor de Dios. Toda
eficacia hacia la salvación reside en el Salvador. Como alguien ha
expresado el caso de forma apta y verdadera, no es la fe la que salva sino la
fe en Jesucristo; estrictamente hablando, ni siquiera es la fe en Cristo la que
salva sino que Cristo salva por medio de la fe” (La redención consumada y
aplicada). “El carácter específico de la fe es que vuelve la mirada de sí
mismo y encuentra su completo interés y objeto en Cristo. Él es la
preocupación absorbente de la fe”. Cualquier cosa que no sea confianza en
Cristo y dependencia absoluta de Cristo no es fe en su sentido bíblico.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué elementos de la enseñanza Católico-romana con respecto
a la “penitencia” están de acuerdo con un enfoque en el
“arrepentimiento” (al ser vistos parte de sus errores)?
2. ¿Cuál es el elemento que está en completa oposición al
arrepentimiento bíblico?
3. ¿En qué pone hincapié el concepto bíblico contra esto?
4. ¿Qué suposición tiene como trasfondo el concepto Arminiano
del arrepentimiento?
5. ¿De qué forma es básicamente lo mismo que la doctrina
Católico Romana?
6. ¿En qué se debe poner hincapié en oposición al punto de vista
Arminiano?
7. ¿Qué se debe excluir rígidamente, cueste lo que cueste, del
verdadero entendimiento del arrepentimiento y la fe?

Ver las respuestas a estas preguntas


6. Así como todo ser humano está obligado a confesar sus pecados
ante Dios, en público o en privado, orando por el perdón de los
mismos, pues al hacer esto y al apartarse de ellos hallará
misericordia, del mismo modo, también, el que escandaliza a su
hermano o a la iglesia de Cristo debe estar dispuesto a declarar su
arrepentimiento ante quienes ha ofendido, en público o en privado,
mediante confesión y muestra de dolor por su pecado y, acto
seguido, los ofendidos deben reconciliarse con él y recibirlo con
amor.

XV, 6. Esta sección de la Confesión nos enseña la doctrina Protestante de la


“confesión de pecados”, que es:
(1) que todo pecado debe ser confesado ante Dios, y
(2) que ciertos pecados se deben confesar a la persona contra quien han
sido cometidos.

Se acostumbra pensar que solo los Católico-romanos están bajo la


obligación de “confesar” sus pecados. La verdad es que la amplitud de esta
obligación no se reconoce tanto en ningún lugar como en las iglesias que son
fieles a la Reforma. La Fe Reformada reconoce, de una forma que el
Catolicismo Romano no puede, la verdadera magnitud de esta obligación. Su
perspectiva es, entonces, más profunda y más minuciosa.
1. Esto es cierto, en primer lugar, por el reconocimiento de que todo
pecado debe ser confesado ante Dios en vez de solo al hombre. “Si
confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los
perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1Jn 1:9). Es mucho más
asombroso darle la cara a Dios que a cualquier hombre. También es
eficaz, ya que ningún hombre tiene el poder de perdonar pecados. “Por
eso los fieles te invocan en momentos de angustia”, dice David (Sal
32:6).
2. Esto es cierto, en segundo lugar, por el reconocimiento de que la
pecaminosidad del corazón se debe confesar más aún que los pecados
que proceden de él (Sal 51, 38:3-10, etc.). Es mucho más fácil recitar
una lista de pecados que lamentar la contaminación del corazón.
3. En tercer lugar, es una obligación que requiere una mayor constancia
que el punto de vista Católico-romano. “Mañana, tarde y noche clamo
angustiado, y Él me escucha” (Sal 55:17).

Sin embargo, ¿cómo puede presentarse un pecador contaminado ante ese


Dios santo que es un fuego devorador? ¿Acaso no necesita de un sacerdote
que se coloque entre él y Dios? Sí, verdaderamente necesita un sacerdote
que pueda (a) quitar la ira de Dios, y (b) absolverlo de la culpa y quitar la
contaminación. Sin embargo, ningún sacerdote de Roma podría hacer tal
cosa por la simple razón de que él también está contaminado. Es la gloria
del evangelio de Cristo y de la Confesión Reformada que nos informa de ese
único salvador y sacerdote que es capaz de hacer lo que requiere la
situación. “Por eso era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos,
para ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin
de expiar los pecados del pueblo” (Heb 2:17). Por medio del sacrificio de sí
mismo, quitó la ira de Dios y nuestra contaminación, y después ascendió a lo
alto para interceder por nosotros. Por esta razón se nos manda en la Palabra
de Dios a que no reconozcamos a ningún otro como nuestro sacerdote. No
debemos imaginarnos que “no puede ser tocado” por nuestras dolencias, sino
que debemos ir a Él sin temor para recibir misericordia y alivio (Heb 4:15).
Así que ningún pecado puede ser quitado hasta que sea confesado a Dios por
medio de Él.
Nuestra primera obligación es considerar todo pecado como una ofensa
contra Dios. Y debemos confesar nuestros pecados a Él (Sal 51:4). Sin
embargo, las Escrituras también requieren que confesemos nuestros pecados
hechos contra otros a ellos mismos. “Confiésense unos a otros sus pecados”
dice el apóstol (Stg 5:16). Esta obligación está implicada en “El Padre
Nuestro” (Mt 6:12). Puesto que debemos buscar el perdón confesando
nuestros pecados a las personas contra quienes hemos pecado, así también
debemos estar listos a perdonar a los que pecan contra nosotros (Lc 17:3,4).
Solo la persona contra quien se ha pecado puede “perdonar”. Aparte de esas
ofensas contra individuos que debemos confesarles individualmente, y
ofensas contra grupos corporativos que debemos confesar públicamente,
toda confesión y todo perdón queda entre el pecador y su Señor.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Requiere el Catolicismo Romano mayor confesión de pecado
que lo que requiere la Fe Reformada?
2. ¿De qué maneras reconoce la Fe Reformada la magnitud de
este deber, las cuales el Catolicismo Romano no lo hace?
3. ¿Necesitamos un sacerdote en la confesión del pecado? ¿Por
qué?
4. ¿Por qué no puede un sacerdote Romano satisfacer nuestra
necesidad en la confesión del pecado?
5. ¿Por qué podemos tener confianza en que Cristo puede suplir
esta necesidad?
6. ¿Qué pecados deben ser confesados tanto a Dios como a los
hombres?
7. ¿Qué pecados no deben ser confesados a los hombres sino
solo a Dios?

1 Hodge, Archibald Alexander. 1957. Comentario de la Confesión de Fe de Westminster de la Iglesia


Presbiteriana. Trad. por Plutarco Arellano, segunda edición. México, D.F: Casa de Publicaciones el
Faro, p. 196.
2 Hodge, Archibald Alexander. 1957. Comentario de la Confesión de Fe de Westminster de la Iglesia
Presbiteriana. Trad. por Plutarco Arellano, segunda edición. México, D.F: Casa de Publicaciones el
Faro, p, 169.

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12
De la Justificación (XI)

1. A quienes Dios llama eficazmente, también los justifica


gratuitamente, no mediante infusión de justicia en ellos, sino
mediante el perdón de sus pecados, y contando y aceptando sus
personas como justas; no por algo obrado en, o hecho por ellos,
sino solamente por causa de Cristo; no por imputarles la fe misma,
ni el acto de creer, o alguna otra obediencia evangélica como su
justicia, sino que imputándoles la obediencia y satisfacción de
Cristo. Ellos le reciben y descansan en Él y en su justicia mediante
la fe, la cual no la tienen de ellos mismos, pues es don de Dios.
2. La fe, que de este modo recibe a Cristo y descansa en su justicia,
es el único instrumento de justificación; sin embargo, no está sola
en la persona justificada, sino que siempre está acompañada de
todas las otras gracias salvadoras, y no es una fe muerta, sino que
obra por amor.

XI, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que los que son eficazmente llamados (regenerados y convertidos)
también son justificados,
(2) que la justificación es judicial,
(3) que es efectuada por la imputación,
(4) que se ve condicionada por y aplicada instrumentalmente por medio
de la fe (que es un regalo de Dios), y
(5) que mientras la justificación es únicamente por medio de la fe,
invariablemente produce buenas obras.
Solo los que son eficazmente llamados por Dios también son justificados
por Él. Pablo expresa esto sucintamente cuando afirma que “…a los que
predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los
que justificó, también los glorificó” (Ro 8:30). La justificación nunca se
encuentra sola. Es un eslabón en la cadena dorada de la obra redentora de
Dios. La justificación es efectuada por medio de la fe. Pero no puede haber
fe excepto en uno que es regenerado por el Espíritu de Dios. Y la
regeneración se lleva a cabo en aquellos que Dios ha escogido desde la
fundación del mundo (Ef 1:4,5,11, 2:4-10).
Pero, ¿qué es la justificación? Es “un acto de la libre gracia de Dios
mediante el cual perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos
ante sus ojos. [La justificación] se recibe solamente por fe, y solo en virtud
de la justicia de Cristo que nos es imputada” (Catecismo Menor, P. 33). Es la
respuesta de Dios ante nuestra más desconcertante necesidad: ¿Cómo puede
un hombre pecador ser justo ante Dios? El hecho lamentable es que todos
estamos mal con Dios. Hemos pecado y estamos privados de su gloria (Ro
3:23). “Con mucha frecuencia fallamos en no considerar la gravedad de este
hecho. Por lo tanto, la realidad de nuestro pecado y la realidad de la ira de
Dios sobre nosotros por nuestros pecados no están en nuestro cálculo”. Esta
es la razón por la cual el grandioso artículo de la justificación no hace sonar
las campanas en lo más profundo de nuestro espíritu (Murray, La redención
consumada y aplicada). Solo cuando nos damos cuenta, por medio de la
gracia y la convicción que recibimos de Dios, de la suma pecaminosidad y
contaminación en lo más profundo de nuestra naturaleza, podemos aprender
lo que significa ser justificados.
Central a la comprensión correcta de este gran artículo de nuestra fe es el
hecho de que “…es Él [Dios] quien justifica” (Ro 8:33). La justificación es
algo que no efectuamos y no podemos efectuar por nosotros mismos. “No se
trata de ejecutar un ejercicio religioso por más noble y bueno que sea este
ejercicio religioso” (Ibíd.). Este hecho se ve resaltado por otro hecho: La
justificación no significa que uno debe ser, o que debe hacerse
inherentemente bueno, o que debe convertirse en alguien inherentemente
bueno, santo y recto. Al contrario, es el pecador quien es justificado, y en el
mismo instante en que es declarado justo por Dios sigue siendo
inherentemente pecador e indigno. Esto no significa que no haya provisión
por la santidad interna en el plan de la salvación. Claro que la hay. Los
verdaderos creyentes son santificados con la misma seguridad con la que son
justificados. Se les requiere que se pongan manos a la obra para “completar
en el temor de Dios la obra de [su] santificación” (2Co 7:1). Y que “busquen
la paz para con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb
12:14). Esta santidad personal, eterna e inherente debe ser y será llevada a
cabo por medio de un proceso que toma tiempo. Pero la justificación no
toma tiempo. Tampoco espera que se termine el proceso de la santificación.
La justificación no es un proceso. Es un acto instantáneo de Dios, aplicado
sin demora al pecador no santificado (aún) en el momento en que cree.
Desde ese momento en adelante, es considerado por Dios como si fuera
perfectamente justo. La justificación no es un término que significa hacer
santa a la persona. Es, más bien, una declaración legal de absolución. En
este sentido se utiliza el término justificación en las Escrituras: “Cuando dos
hombres tengan un pleito, se presentarán ante el tribunal y los jueces
decidirán el caso, absolviendo al inocente y condenando al culpable” (Dt
25:1). Este texto habla de jueces humanos, y pone énfasis en la obligación de
declarar inocente al inocente, y culpable al culpable. ¡Imagínese qué farsa de
justicia sería que los jueces hicieran lo contrario! Sin embargo, si la palabra
justificar significara “realmente convertir a alguien en justo”, sería difícil
que el Señor pudiera condenar a tal persona. ¿No es cierto que a Dios le
complace más que el malhechor deje su maldad y sea santo? Luego entonces,
si el juez humano no puede justificar al malvado, tampoco el término
justificar puede significar convertir en justo al malvado. Significa declarar
justa a una persona, en vez de convertirla en justa. Cuando los publicanos
justificaron a Dios (Lc 7:29), no lo convirtieron en justo; solo declararon
que Dios es justo. E inversamente, cuando el juez condena al culpable (Dt
25:1), no lo hace culpable; solo lo declara culpable. Tanto la justificación
como la condenación son una declaración judicial. Y entonces, se dice que
la justificación es judicial. Tiene que ver con el juicio declarado. Por ende,
debemos distinguir cuidadosamente entre el acto de la regeneración (que
instituye un cambio de naturaleza) y la justificación (que declara un cambio
de condición). “La diferencia es la diferencia entre el acto de un juez y el
acto de un cirujano. Cuando el cirujano remueve un cáncer interno, él ha
hecho algo en nosotros. Pero un juez no hace algo en nosotros, solo da un
veredicto con respecto a nuestra condición judicial” (John Murray, Ibíd.).
Pero he aquí la maravilla de la justificación. Dios hace lo que un juez
humano no puede y no debe hacer. Dios declara justos a los que realmente
son inmundos (Ro 4:5, 3:19-24, etc.). Si el hombre hiciera lo mismo sería
una abominación (Pr 17:15). Sin embargo, Dios lo hace y aun al hacerlo así
no es injusto. La pregunta es: ¿Cómo puede hacer esto? La respuesta es: Dios
provee una base justa y legal sobre la cual puede declarar al injusto como
justo. Y lo hace por medio de la imputación. Por medio de la imputación
puede hacer que el pecador posea legalmente la justicia (rectitud) y que sea
liberado de su culpabilidad siendo aún pecador. La imputación significa
“suponer, pensar o contemplar”. Cuando se supone o se piensa que un
hombre es culpable, se queja de que le están imputando falsamente la
culpabilidad. Lo consideran algo que realmente no es. Así es con nosotros.
Dios (sin hacer mal) nos considera justos (rectos). La razón por la cual Dios
puede hacer tal cosa es que Cristo cumplió la ley perfectamente y así obró
una rectitud (justicia) perfecta la cual ofreció libremente al Padre en
representación para este propósito. Dios es capaz de aceptarnos como libres
de culpa. La razón es que Cristo se colocó en nuestro lugar y en vez de
nosotros para que Dios pudiera considerar que nuestra culpa le perteneciera
a Cristo. Fue condenado así como nosotros somos justificados. Hablamos de
la “doble imputación” por la obediencia activa y pasiva de Cristo. En su
obediencia activa, Cristo obedeció la perfecta la ley de Dios. En su
obediencia pasiva, Cristo sufrió completamente la pena de la ley contra el
pecado. Dios consideró como si fuera nuestra la justicia (rectitud) de Cristo,
y consideró nuestra culpa como si fuera la culpa de Cristo. Sin la imputación
de ambas (nuestra culpa sobre Él y su justicia en nosotros) no existiría una
base para la justificación.
De esto surge claramente que el único fundamento para nuestra
justificación es la obediencia de Cristo. No puede ser, en ningún sentido,
nuestra propia justicia (rectitud). Pablo expresa este pensamiento de forma
bella, cuando dice: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida
por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del
cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser
hallado en Él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es
por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil 3:8-9). Puesto
que no tenemos ninguna justicia propia, y puesto que debemos tener justicia
perfecta ante Dios para que nos pueda declarar lo que somos, no puede
haber ninguna mezcla de nuestra santidad con la que Cristo nos ha imputado
a nosotros. La fe salvadora es simplemente “el recibir y descansar en Cristo
y su justicia” y es por esta razón que es el “único instrumento de
santificación”. Dios no requiere nada de nosotros excepto una dependencia
absoluta en la justicia y la satisfacción de Cristo.
Esto significa que, en el instante en que comenzamos a confiar en Cristo,
somos en ese mismo momento declarados legalmente sin pecado, sin culpa, y
sin castigo futuro. Esta declaración no puede depender de nada que haga el
pecador. La fe que no es el “hacer” sino solamente la dependencia completa
en lo que Cristo ha efectuado resulta instantáneamente en la justificación
completa y eterna, siempre y cuando sea fe verdadera. Si es fe verdadera
también producirá buenas obras, que son una evidencia segura de la misma.
De esto tendremos más que decir en nuestra discusión del Capítulo XVI.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Con qué está siempre ligada la justificación?
2. ¿Cuál es la pregunta más perpleja del hombre?
3. ¿Qué es lo que necesitamos entender para poder responder de
forma correcta a la doctrina de la justificación?
4. ¿Quién es el que justifica?
5. ¿Qué es lo que no significa la justificación?
6. ¿Significa esto que los pecadores serán salvos sin santidad
personal?
7. ¿Cuánto tiempo toma la justificación?
8. ¿Qué significa “justificar”? Pruébelo con textos de las Escrituras.
9. ¿Por qué llamamos a la justificación un acto “judicial”?
10. ¿Está mal que el hombre justifique al injusto? ¿Por qué?
11. ¿Está mal que Dios justifique al injusto? ¿Por qué?
12. ¿Qué fundamento ha provisto Dios para poder justificar
justamente?
13. ¿Qué significa la “imputación”?
14. ¿Qué significa la “doble imputación”?
15. ¿Por qué debe ser la obediencia de Cristo el único
fundamento de nuestra justificación?
16. ¿Somos salvos “solo por la fe”?
17. ¿Somos salvos por la fe sola?

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3. Cristo, por su obediencia y muerte, canceló completamente toda
la deuda de todos aquellos que son justificados de este modo e hizo
una adecuada, real y completa satisfacción a la justicia de su Padre,
a favor de ellos. Sin embargo, puesto que por ellos Cristo fue
entregado por el Padre, y puesto que su obediencia y satisfacción
fue aceptada en vez de la de ellos, y ambas gratuitamente, no por
cosa alguna que haya en ellos, entonces su justificación es
solamente por pura gracia, para que tanto la estricta justicia como
la rica gracia de Dios sean glorificadas en la justificación de los
pecadores.
4. Dios, desde la eternidad, decretó justificar a todos los elegidos y,
en la plenitud del tiempo, Cristo murió por los pecados de ellos y
resucitó para su justificación. Sin embargo, los elegidos no son
justificados hasta que Cristo les es realmente aplicado, por el
Espíritu Santo, a su debido tiempo.
5. Dios continúa perdonando los pecados de aquellos que son
justificados; y aunque nunca caigan del estado de justificación, sin
embargo, por sus pecados, pueden caer bajo el desagrado paternal
de Dios, quien no les restaura la luz de su rostro hasta que se
humillen, confiesen sus pecados, imploren su perdón y renueven su
fe y arrepentimiento.
6. Bajo el Antiguo Testamento, la justificación de los creyentes era,
en todos sus aspectos, una y la misma que la justificación de los
creyentes bajo el Nuevo Testamento.
XI, 3-6. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:
(1) que Cristo ha provisto el fundamento de nuestra justificación,
(2) que la justificación es un acto de la libre gracia (ya que Cristo se
puso en nuestro lugar voluntariamente, así como también Dios lo
aceptó voluntariamente como si fuera nuestro sustituto),
(3) que la justificación de los elegidos fue decretada eternamente,
lograda por Cristo históricamente y aun así aplicada solo a su debido
tiempo por el Espíritu Santo,
(4) que Dios justifica a los pecadores aun con respecto a pecados
cometidos después que creen,
(5) que esto no significa que no puedan caer y que no caigan bajo el
disgusto y castigo de Dios, y
(6) que la justificación es esencialmente la misma para todos los
creyentes de todos los tiempos.

Ya hemos demostrado que Cristo proveyó el fundamento de nuestra


justificación por medio de su obediencia activa y pasiva (VIII, 5; XI, 1-2).
También hemos comprobado que esto fue totalmente voluntario de su parte,
como también fue voluntario el que Dios lo aceptara como nuestro sustituto
(Jn 10:17,18, 1Ti 2:6, Ef 5:2). Los siguientes hechos indican que “la
justificación es únicamente por la libre gracia de Dios:
1. Fue un acto de libre gracia el que Dios permitiera que otro fuera
nuestro sustituto.
2. Fue un acto de libre gracia el que Dios diera su Hijo unigénito para ser
nuestro sustituto.
3. Fue un acto de libre gracia el que Dios escogiera a muchos de la raza
perdida para ser representados por Él.
4. Fue un acto de libre gracia el que Dios otorgara las recompensas que
son la herencia de los redimidos a causa de la obra cumplida por
Cristo”.1

Algunos [teólogos] han sostenido que los elegidos son justificados desde
la eternidad. Estos están “…escritos en el libro de la vida, en el libro del
Cordero que fue sacrificado desde la creación del mundo” (Ap 13:8). El
error de este punto de vista está en que no distinguen entre el decreto (o
plan) de Dios, y la ejecución de ese decreto. Es verdad que Dios ha
predeterminado la justificación de los elegidos. Por eso Pablo puede decir:
“En efecto, la Escritura, habiendo previsto que Dios justificaría por la fe a
los gentiles…” (Gá 3:8). Sin embargo no dice que Dios ya los ha justificado.
Como dijo Pedro, el sacrificio de Cristo (que fue la base de la justificación),
“a quien Dios escogió antes de la creación del mundo, se ha manifestado en
estos últimos tiempos en beneficio de ustedes” (1P 1:20). Si decimos que
son justificados desde la eternidad, también podríamos decir que los
elegidos ya son glorificados, aun levantados de la tumba. La justificación es
un evento que ocurre en el tiempo tanto como la glorificación (Ro 8:30). De
modo que debemos rechazar la noción de que los elegidos hayan sido
justificados desde la eternidad.
Pero otros han dicho que somos justificados desde el momento en que
Jesús concluyó con su obra mediadora. Los voceros de este punto de vista
subrayan que Cristo “…fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y
resucitó para nuestra justificación” (Ro 4:25). Dios ya “lo trató como
pecador, para que en Él recibiéramos la justicia de Dios” (2Co 5:21).
“Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”
(Heb 10:14). Este punto de vista puede parecer mucho más convincente que
el punto de vista de “la justificación desde la eternidad”. Sin embargo,
debemos rechazarlo tan firmemente el uno como el otro. El error de esta
forma de pensar está en no distinguir entre la obra de Cristo, la cual es la
base de la justificación, y la obra del Espíritu Santo, por la cual, en esa base,
los pecadores realmente son puestos en posesión de la santidad ante Dios.
Como dice Pablo en Colosenses 1:21: “En otro tiempo ustedes, por su
actitud y sus malas acciones, estaban alejados de Dios y eran sus enemigos.
Pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables
delante de Él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su
muerte”. Durante cierto tiempo, aunque está concluida la obra de Cristo,
permanecemos enemigos de Dios. Entonces somos llamados eficazmente y
habilitados para poder arrepentirnos y creer. Ahora somos reconciliados con
Dios y justificados delante de Él. Por esta razón la Escritura dice: “…
nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús para ser justificados…”
(Gá 2:16). La fe precede a la justificación. La justificación sigue a la fe en
su orden apropiado. La imputación, que provee las condiciones requeridas
en la declaración de Dios, es contingente con la fe. “Dios tomará en cuenta
nuestra fe como justicia, pues creemos en [Él]” (Ro 4:24). Entonces, hay que
decir que mientras que Dios proveyó la base para la justificación en la obra
completa de Cristo, aun así su aplicación al hombre es algo distinto. Esto se
puede ver en el hecho de que los hombres eran justificados aun antes de que
se completara la obra de Cristo (Sal 32:1,2). Esto se ve aún más claramente
en el hecho de que los hombres que viven desde el cumplimiento de la obra
de Cristo son justificados solo cuando creen, “todo el que cree es justificado
por medio de Jesús” (Hch 13:39).
Unos de los errores básicos del Catolicismo Romano es la confusión
entre la justificación y la santificación, es decir, entre la santidad legal y la
santidad inherente. Roma enseña que en ciertos momentos (como, por
ejemplo, inmediatamente después del bautismo, o la recepción de uno de los
demás sacramentos) una persona es “justa”. Lo que significa, sin embargo, es
que la persona es hecha realmente santa internamente y no solo santa
legalmente ante Dios. Esta santidad, según Roma, puede ser parcial o aun
totalmente destruida por el pecado venial o mortal. Una persona puede dejar
de ser justa. Debe ser de nuevo justificada por medio de la gracia de los
sacramentos. Y así sigue el ciclo constante. El pecado anula a la gracia
sacramental y entonces la gracia sacramental anula al pecado. Esta es una
doctrina que no da paz (vea Romanos 5:1). Uno nunca puede estar seguro de
su posición ante Dios. Pero aun más que eso, no tiene ningún sentido. Porque
si la gracia sacramental realmente produjera santidad interna, entonces ¿por
qué pecaría de nuevo ese individuo? Si la justificación significara la
santidad interna perfecta, entonces no podría haber mas pecado, porque “el
árbol perfecto producirá fruto perfecto”.
Esta dificultad desaparece cuando distinguimos entre la justificación y la
santificación. En la justificación, el pecador es declarado una vez por todas
justo, legalmente absuelto de toda culpa y de todo castigo por el pecado, sea
original, presente, pasado o futuro. En la santificación, el pecador es
gradualmente o progresivamente purgado de toda contaminación y comisión
del pecado, y así el pecado se vuelve siempre más y más débil (a largo
plazo), y la santidad inherente se vuelve más y más fuerte hasta que
finalmente el individuo se vuelve (en la muerte) realmente santo como lo ha
sido durante mucho tiempo legalmente. “Si afirmamos que no tenemos
pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad” (1Jn 1:8-
10).
Roma sí afirma lo siguiente: dice que la gracia sacramental puede volver
al pecador (por lo menos momentáneamente) perfecto (sin pecado) en esta
vida. La Fe Reformada, con una distinción apropiada entre la justificación y
la santificación, nunca dice: “No tenemos pecado”, pero sí afirma, con
respecto a los verdaderos creyentes: “Estamos sin culpa” (Ro 8:1, Heb
10:14, etc.). No puede haber “ninguna condenación para los que están en
Cristo Jesús”. Siendo justificados, nunca más podemos ser otra cosa que
legalmente justos delante de Dios.
¿Significa esto que Dios tomará a la ligera los verdaderos pecados de su
pueblo justificado? “¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia
abunde?” (Ro. 6:1). Algunos, reconociendo la provisión hecha por la
justificación (es decir, que los creyentes nunca pueden caer de ese estado)
han sugerido esto en forma absurda. Aquí tenemos dos razones de por qué
rechazar esta sugerencia malvada:
1. La primera razón para rechazar esta sugerencia malvada es el hecho de
que se imagina una condición que la Escritura declara ser un engaño. Es
un engaño imaginar que una persona justificada también pueda continuar
viviendo en el pecado. La gran verdad que es el antídoto contra este
pensamiento es que el individuo realmente justificado también poseerá
las demás gracias salvadoras que incluyen la resolución de procurar la
santidad de corazón y vida. Si la persona ha sido realmente justificada
es porque tiene verdadera fe. Pero si la persona tiene verdadera fe
producirá buena obras. “Así también la fe por sí sola, si no tiene obras,
está muerta” (Stg 2:17). Nada sería más absurdo que pretender tener la
justificación sin aborrecer al pecado.
2. Pero una segunda razón para rechazar esta sugerencia malvada es que
las Escrituras enseñan tan claramente el disgusto de Dios hacia los
pecados de su pueblo. Cuando verdaderos creyentes (como David,
Moisés y Pedro) se volvieron presuntuosos o descuidados, rápidamente
descubrieron Su disgusto paterno y aprendieron lo que era ser privados
de la luz de su faz (Sal 32, 51, etc.). Los castigos de Dios son tanto
“penosos” (Heb 12:11) como saludables para los hijos de Dios. Y no
hay ni un hijo de Dios que peque contra Dios y que no sienta en alguna
medida Su disgusto, aun si aquel descuidara la Palabra.

Solo queda mencionar una cosa: La doctrina de la justificación con


relación al pacto. En cuanto a esta doctrina, el dispensacionalismo, que
hemos mirado anteriormente, es particularmente peligroso, pues tiende a
negar, o por lo menos ocultar, el hecho de que “La justificación de los
creyentes bajo el Antiguo Testamento era (esencialmente) la misma que la
justificación de los creyentes bajo el Nuevo Testamento”. Por ejemplo, a
veces se dice que en la dispensación Mosaica los hombres tenían que ser
justificados cumpliendo la ley. La verdad es que la ley fue dada a Moisés
para que los hombres fueran más conscientes de su necesidad del
tabernáculo y, por consiguiente, de Cristo (Gá 3:21-24). Existía la “gracia”
en la misma medida que la “ley” en la era Mosaica. La revelación de Dios
sobre las tablas de piedra fue acompañada por el patrón del tabernáculo
mostrado a Moisés en el monte.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cómo se puede demostrar que la “justificación” es solo la libre
gracia de Dios?
2. ¿Qué significa que “la justificación es desde la eternidad”?
3. ¿Cuál es la distinción que se debe hacer para evitar este error?
4. ¿Qué significa que “la justificación se da en el Calvario”?
5. ¿Qué distinción no hacen los que apoyan este punto de vista?
6. ¿Cuándo realmente sucede la justificación? Pruébelo
bíblicamente.
7. ¿Qué confusión existe en el punto de vista Católico Romano
acerca de la justificación?
8. Si la justificación fuera lo que Roma dice que es, ¿por qué serán
distintos los resultados de la justificación a lo que Roma dice que
son?
9. ¿Qué distinción protege a la doctrina Reformada acerca de la
justificación?
10. ¿La justificación de la culpabilidad del pecado anima a que el
pecado se vuelva a cometer?
11. ¿Cuál es el error del dispensacionalismo con respecto a esta
doctrina?

Ver las respuestas a estas preguntas

1 Hodge, Archibald Alexander. 1957. Comentario de la Confesión de Fe de Westminster de la Iglesia


Presbiteriana. Trad. por Plutarco Arellano, segunda edición. México, D.F: Casa de Publicaciones el
Faro, p, 169.
13
De la Adopción (XII)

1. Dios se digna en hacer partícipes de la gracia de la adopción a


todos aquellos que son justificados en y por su Hijo Unigénito.
Mediante dicha gracia, los justificados son recibidos en el número
de los hijos de Dios y gozan de sus libertades y privilegios, son
marcados con el nombre de Cristo y reciben el Espíritu de adopción,
tienen libre acceso al trono de la gracia y son capacitados para
clamar Abba Padre, son dignos de misericordia, protegidos,
cuidados y castigados por Él como un Padre; pero nunca son
desechados, sino que son sellados para el día de la redención, y
heredan las promesas como herederos de la salvación eterna.

XII, 1. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que los que son eficazmente llamados (regenerados para poder
responder al evangelio) y justificados (declarados justos con Dios)
también reciben la gracia de la adopción,
(2) que la adopción está muy cercanamente relacionada con la
regeneración y justificación, pero es aun así distinta de ellos, y
(3) que por medio de esto son hechos hijos del Dios viviente.

Así como los demás aspectos de la aplicación de la redención, la


adopción está conectada inseparablemente con:
1. el decreto eterno de Dios, y
2. la obra mediadora de Cristo.
Nos “predestinó para ser adoptados como hijos suyos” (Ef 1:5). Porque
“Dios nos escogió en Él antes de la creación del mundo, para que seamos
santos y sin mancha delante de Él” (Ef 1:4). Él ordenó, desde el comienzo,
no solo el fin sino también cada paso necesario para la obtención de ese fin.
Un paso necesario para la obtención de este fin es la adopción. Dios no solo
escogió a sus elegidos para ser regenerados, justificados, santificados y
glorificados, sino también para ser adoptados. Entonces, notamos que el
Señor Jesucristo cumplió su obra para que seamos adoptados tanto como
llamados, justificados, santificados y glorificados. “Dios envió a su Hijo,
nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo
la ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos” (Gá 4:4). Recibir al
Espíritu Santo es recibir al “Espíritu que los adopta como hijos” (Ro 8:15).
Uno no puede recibir al Espíritu ni tampoco confiar en Cristo aparte de la
adopción. “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les
dio el derecho de ser hijos de Dios” (Jn 1:12).
Pero ¿qué es la adopción? “La adopción, tal como lo implica el término,
es un acto de traslado desde el seno de una familia foránea hacia el seno de
la familia de Dios mismo” (La redención consumada y aplicada). Significa
que los que eran por naturaleza hijos de ira, hijos de las tinieblas, aun hijos
de Satanás (Ef 2:3, Col 3:6, Jn 8:44), son constituidos hijos de la luz y de
Dios. Al contrario de la doctrina del Modernismo tan aceptada hoy en día,
Dios no es el padre de todo hombre. Hay, por supuesto, un sentido en el cual
Dios sostiene una relación con todo hombre. Él es el Creador de todos. Él
hace bien a todos. En Él vivimos y somos y nos movemos. Y la misericordia
y compasión divinas que se extienden a todo hombre no pueden ser negadas
(1Ti 4:10, Ez 18:23). Si el concepto de “paternidad” no significara más que
esto, habría poca objeción en hablar de la “paternidad de Dios” o “la
hermandad del hombre”. Sin embargo, el concepto bíblico de la relación que
existe entre Dios y el hombre, y entre los hombres, requiere que rechacemos
estos términos.
A causa de la caída del hombre, la relación entre Dios y el hombre ya no
puede ser comparada a la del padre y el hijo. Más bien, esta relación existe
entre Satanás y el hombre. Somos, más bien, “hijos del diablo” (1Jn 3:10) en
vez de hijos de Dios. Tenemos que admitirlo porque “el que no practica la
justicia no es hijo de Dios; ni tampoco lo es el que no ama a su hermano”.
Como los hombres no honran ni obedecen a Dios, difícilmente pueden ser
llamados sus hijos, y difícilmente pueden ser llamados hermanos cuando no
se aman los unos a los otros. Los términos “padre”, “hijo” y “hermano”
pertenecen a la esfera de una relación familiar íntima y leal, y simplemente
no se pueden aplicar a los que están fuera de Cristo. Pero es, precisamente,
esta relación la posesión de todos los que tienen una unión salvadora con
Cristo por medio del llamamiento eficaz, la conversión y la justificación.
Cuando uno se convierte en un creyente en Cristo, entonces podemos decir
con asombro y gratitud: “¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que
se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos! El mundo no nos conoce,
precisamente porque no lo conoció a Él. Queridos hermanos, ahora somos
hijos de Dios” (1Jn 3:1,2).
Es de igual importancia distinguir entre la condición de hijos que le
pertenece a los creyentes y la condición de hijo que le pertenece únicamente
a Cristo. Cristo es también el hijo de Dios y el hermano de todo creyente. Él
no es el único hijo, sin embargo, es el único hijo no adoptivo (Jn 1:14, 3:16,
etc.). Cuando el Modernismo se refiere a nuestra condición de hijos como si
fuera igual a la condición de Cristo, comete una grave injusticia contra su
deidad. Cristo es engendrado, no es adoptivo. Su condición de hijo es eterna.
No tuvo comienzo. Él es igual que el Padre en poder y gloria. Nuestra
condición de hijos tiene otra naturaleza. Nosotros somos hechos para ser
hijos de Dios según su plan. Nosotros somos hijos por un cambio en nuestra
condición. Cristo es hijo por la generación eterna del Padre.
Eso no altera el hecho de que “el Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo” sea también nuestro Dios y nuestro Padre (1 Pedro 1:3, 17, etc.).
“Mi padre (es) tu padre”, dijo Jesús, y “Mi Dios […] tu Dios” (Jn 20:17).
La diferencia no es que tengamos un diferente padre y Dios. La diferencia es
que el Dios hecho hombre es, según su divina naturaleza, una sola sustancia
con el Padre, mientras que nosotros somos meros hombres, hijos del Padre
solo por adopción.
Pero no debemos dejar que la diferencia entre nuestra condición de hijos
con la de Cristo minimice de ninguna manera lo maravilloso de nuestra
condición. Lo maravilloso es que, a pesar de la diferencia infinita, nosotros
somos (por adopción) contados entre los hijos de Dios y podemos disfrutar
de todas sus libertades y privilegios. Nosotros somos coherederos con
Cristo. Si Cristo es “el heredero del mundo”, eso no es ninguna sorpresa si
recordamos que Él es Dios, y Dios eterno (Ro 4:13). Sin embargo, “El
Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si
somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo”
(Ro 8:16,17). Y esto es aún más asombroso precisamente porque somos
meros hombres y no solo eso, sino también pecadores indignos.
Uno de los mayores privilegios pertenecientes a los que reciben la gracia
de la adopción es la oración. Solo los que son adoptados pueden orar de
forma aceptable a Dios. Entonces, el Espíritu dado en el llamamiento eficaz
es el Espíritu de la adopción, por medio del cual los creyentes pueden orar
(Ro 8:15ss.). El Espíritu nos hace capaces de entender que somos hijos y de
ejercer el privilegio de la oración como hijos. “El Espíritu mismo le asegura
a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Ro 8:16). “Así mismo, en
nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero
el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden
expresarse con palabras” (Ro 8:26). Finalmente, notamos que Dios los trata
como hijos. Reciben su piedad y protección (Sal 103:13, Pr. 14:26). Están
bajo su vigilante providencia (Mt 6:30-32, 1P 5:7). También los hace pasar
por la disciplina apropiada porque son sus hijos (Heb 12:6s.). Pero sobre
todo, los guarda seguros hasta el fin (Ro 8:23,28,38). De estas cosas
tendremos más que considerar en las Secciones respectivas de los capítulos
XIII, XVII y XVIII.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Con qué está inseparablemente conectada la adopción?
2. Dé pruebas bíblicas de que la predestinación de Dios lleva a la
adopción si es para la vida eterna.
3. ¿Qué es la adopción?
4. ¿Es Dios el padre de todo hombre? Explíquese.
5. ¿Son todos los hombres “hermanos”? Explíquese.
6. En las Escrituras, los términos “padre”, “hijo” y “hermano” ¿le
pertenecen a qué tipo de relación?
7. ¿Cuál es la diferencia entre nuestra condición de hijos y la
condición de hijo de Cristo?
8. ¿Disminuye o incrementa con esta diferencia la maravilla de
nuestra condición de hijos? ¿Por qué?
9. ¿Pueden los que no han sido adoptados como hijos de Dios orar
aceptablemente? ¿Por qué?

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14
De la Santificación (XIII)

1. Los que son eficazmente llamados y regenerados, al tener un


nuevo corazón y un nuevo espíritu creado en ellos, son además
santificados real y personalmente, en virtud de la muerte y
resurrección de Cristo, por su Palabra y su Espíritu que mora en
ellos. El dominio de todo el cuerpo de pecado es destruido, y los
diversos deseos de este son debilitados y mortificados más y más; y
los santificados son vivificados y fortalecidos más y más en todas
las gracias salvíficas, a la práctica de la verdadera santidad, sin la
cual nadie verá al Señor.
2. Esta santificación abarca cada parte del ser humano total; pero
es incompleta en esta vida, pues aún quedan algunos remanentes de
corrupción en cada una de sus partes; de donde surge una guerra
continua e irreconciliable: la carne deseando contra el Espíritu, y el
Espíritu contra la carne.
3. En dicha guerra, aunque los restos de la corrupción prevalezcan
por algún tiempo; sin embargo, la parte regenerada vence mediante
el continuo suministro de fuerza del Espíritu santificador de Cristo;
así que los santos crecen en gracia, perfeccionando la santidad en el
temor de Dios.

XIII, 1-3. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que, por la Palabra y por el Espíritu de Dios, la naturaleza
regenerada del creyente es hecha capaz de desarrollarse,
(2) que en este desarrollo el creyente, más y más, somete el pecado a la
muerte y vive más y más hacia la santidad,
(3) que esta obra de santificación penetra al hombre completo,
(4) que el creyente nunca llega a la perfección en esta vida (es decir, la
victoria completa sobre el pecado no se obtiene en esta vida), aunque
(5) se logra un progreso genuino que se manifiesta en el hecho de que
todo verdadero creyente busca la perfección de la santidad bajo el
temor de Dios.

La santificación está asociada muy cercanamente con el llamamiento


eficaz y la regeneración. Al igual que en estos anteriores, es la obra de Dios
en nosotros. La santificación es la continuación de lo que ha comenzado en
el llamamiento eficaz y la regeneración. La regeneración es la renovación de
nuestra naturaleza entera. El llamamiento se vuelve eficaz cuando la
naturaleza nueva responde al evangelio en arrepentimiento y fe. La
santificación simplemente continúa en la nutrición y el desarrollo de esa
naturaleza nueva que llega a existir por medio de la regeneración y llega a
operar por medio del llamamiento eficaz.
Sin embargo, ¿por qué es que el creyente invariablemente, más y más,
somete a muerte al pecado y vive más y más cercanamente a la santidad? La
respuesta es: Porque “Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado,
porque la semilla de Dios permanece en él; no puede practicar el pecado,
porque ha nacido de Dios. Así distinguimos entre los hijos de Dios y los
hijos del diablo…” (1Jn 3:9,10). Si una persona ha sido unida a Cristo y
adoptada a su familia, entonces el pecado está muerto en el sentido en que ya
no tiene dominio sobre ella. La disposición que gobierna en tal persona es la
ley de Dios que está escrita en el corazón (Ro 7:22). No quiere decir que no
tengan pecado, sino más bien que ya no se cede como siervo del pecado. De
hecho, estará en plena batalla contra el pecado aunque dicho pecado, a
veces, manifieste su poder en él (Ro 7:14ss.). Sobre todo, el redimido nunca
va a abandonarse al pecado (1Jn 4:4, 3:9). Todo lo que parece contradecir
este hecho prueba, no que las personas regeneradas puedan abandonarse al
pecado, mas solo prueba que el hombre puede aparentar ser regenerado sin
realmente serlo (1Jn 2:19).
El perfeccionismo nos tiene tres grandes enseñanzas erróneas en cuanto a
la verdadera doctrina de la santificación:
1. Enseña que solo algunos (posiblemente solo unos pocos) creyentes
logran liberarse del dominio del pecado. La enseñanza bíblica
contradice esto cuando dice que “todos los que son guiados por el
Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Ro 8:14). Entonces, decir que uno
es “nacido de Dios” es decir que “no puede practicar el pecado” (1Jn
3:9). Decir que uno es justificado por gracia es decir que el pecado
dejará de tener dominio sobre él (Ro 6:14).
2. También enseña que uno puede ser justificado pero, al mismo tiempo,
no tener la victoria sobre el dominio del pecado. Ya hemos respondido
a este error.
3. Finalmente enseña que la victoria que se puede lograr en esta vida es la
libertad de no pecar, o al menos de no pecar conscientemente. Las
advertencias de Pablo y de Juan lo contradicen (Ro 7:14ss., 1Jn 1:8,
10). Aun si una persona no es “consciente de su pecado” debería ser
consciente que es un pecado decir que no tiene pecado.

La doctrina de la santificación no enseña que el pecado sea obliterado en


cada uno o en algún verdadero creyente en esta vida. Nos enseña, más bien,
que hay una brecha radical entre el poder y el amor hacia el pecado. Nos
enseña que dentro de nosotros se ha establecido un nuevo poder y amor que
demanda una lucha incansable contra el pecado. El dominio del pecado ha
sido quebrado aunque su presencia no esté completamente eliminada. Así
como la penicilina puede parar la fiebre y de este modo destruir el dominio
de la enfermedad, pero toma un tiempo antes que borre todo rastro de esa
enfermedad, así mismo sucede con el pecado. Así como las fuerzas Aliadas
invadieron a Europa y destruyeron la amenaza de la esperanza de Hitler de
dominar al mundo, pero tomó tiempo erradicar todo vestigio de ella, así
mismo sucede también con el pecado. El pecado ya no timonea el corazón.
Las líneas de comunicación más grandes han sido destruidas. El centro de
control ahora está en manos de Dios. Sin embargo, con toda destreza, astucia
y desesperación de un enemigo vencido, las fuerzas enemigas aún siguen sus
acosos incansables de toda clase. Como Murray dijo tan sabiamente: “Hay
una diferencia total entre pecado que sobrevive y pecado que reina”. Es
imposible que un verdadero creyente descanse contento con su pecado,
consintiéndolo libremente, y convirtiendo la gracia de Dios en lascivia. Solo
“…si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo,
vivirán” (Ro 8:13). Y es un hecho notorio que con el mayor progreso que
haga uno en la santificación, vendrá también mayor angustia por el pecado
que aún permanece en él (Ro. 7:24).
Es muy necesario que quede claro que es el Espíritu Santo el que nos
santifica. Y puede que se pregunte: ¿Cómo puede ser esto si la obra tan
difícil e implacable (el conflicto con el pecado) es nuestra? ¿Cómo puede
ser que un enfrentamiento que involucra cada onza de mis fuerzas y mi
voluntad sea la obra del Espíritu Santo? La respuesta es que “Dios es quien
produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su
buena voluntad” (Fil 2:13). Es Dios quien crea esa nueva naturaleza
utilizada en el conflicto contra el pecado. Y es el mismo Dios quien nos da
fuerzas, nos anima, nos advierte y nos capacita para hacer lo que debemos
hacer. Toda obra hecha por nosotros en la santificación es el efecto de lo que
ha hecho Dios y lo que está haciendo en nosotros por medio de su Espíritu
Santo. Su obra no hace innecesaria a la nuestra sino que la hace segura.
Cuando nos encontramos deseosos y capaces de luchar contra el pecado,
podemos saber que Dios obra en nosotros por medio de su fuerza y poder.
Por nosotros mismos no podemos hacer nada. Podemos hacerlo todo por
medio de Jesucristo quien nos da fortaleza. Y esto nos permite mencionar los
medios de la gracia. Le ha complacido a Dios fortalecernos en esta guerra
por medio de la Palabra, los sacramentos, la oración y la disciplina. El
Espíritu Santo hace que estos sean eficaces en la santificación de los
creyentes.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿De qué es la santificación una continuación?
2. ¿Por qué es que los verdaderos creyentes invariablemente
experimentan la santificación?
3. ¿Cuál es la condición del pecado en el creyente?
4. ¿Qué errores enseña el perfeccionismo con respecto a la
santificación?
5. ¿Cuál es la respuesta de las Escrituras a cada uno?
6. ¿Quién santifica al verdadero creyente?
7. ¿Hace esto que el esfuerzo por parte del creyente sea
innecesario? ¿Por qué?
8. ¿Cuál es la relación entre la obra de Dios y la obra del hombre
en la santificación?
9. ¿Qué medios de gracia ha provisto Dios para nuestra
santificación?

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15
De las Buenas Obras (XVI)

1. Buenas obras son solo aquellas que el Señor ha mandado en su


santa Palabra y no aquellas que, sin la autoridad de la Palabra, son
inventadas por los seres humanos, debido a un ciego entusiasmo, o
bajo cualquier pretexto de buena intención.
2. Aquellas buenas obras realizadas en obediencia a los
mandamientos de Dios son los frutos y evidencias de una fe viva y
verdadera. Mediante ellas los creyentes manifiestan su gratitud,
fortalecen su confianza, edifican a sus hermanos, adornan la
profesión del Evangelio, tapan la boca de sus adversarios, y
glorifican a Dios. Pues son hechura de Dios, creados en Cristo
Jesús para buenas obras, para que llevando fruto para santidad,
tengan como fin la vida eterna.

XVI, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) la naturaleza de toda buena obra,
(2) la fuente de toda buena obra,
(3) que las verdaderas buenas obras lo son únicamente a causa de un
decreto divino,
(4) que las verdaderas buenas obras solo pueden surgir de la raíz interna
del verdadero arrepentimiento y fe,
(5) que los efectos y los usos de las buenas obras son:
a. la expresión de gratitud del creyente
b. la confirmación de su fe
c. la edificación de los demás
d. la manifestación de la fe ante los demás
e. el refutar los adversarios de Dios, y
f. la glorificación de Dios, y
(6) que las buenas obras son necesarias.

¿Qué son las “buenas obras”? ¿Cuenta como buena obra una donación a la
Cruz Roja o un trabajo a tiempo parcial con los Boy Scouts? Normalmente
se considera que cualquier obra de caridad o bondad califica como una
“buena obra”. Pero según las Escrituras no es así. La Escritura nos da dos
requisitos para que una obra pueda ser realmente “buena”.
(a) Debe estar en conformidad con la voluntad revelada de Dios. Debe
ser lo que Dios mismo ha mandado en su Santa Palabra. “Y si
obedecemos fielmente todos estos mandamientos ante el SEÑOR
nuestro Dios, tal como nos lo ha ordenado, entonces seremos justos”
(Dt 6:25).
(b) Además, deben emanar de una “buena conciencia”. Tiene que ser
hecha con sinceridad de corazón como un acto de servicio a Dios,
“…porque estamos seguros de tener la conciencia tranquila y
queremos portarnos honradamente en todo” (Heb 13:18).

La imposibilidad de que un incrédulo haga buenas obras se debe a que su


corazón (o conciencia) y la ley de Dios no están de acuerdo el uno con el
otro. Por ejemplo, hay algunos que sinceramente piensan que están haciendo
“buenas obras” cuando se abstienen del matrimonio en respeto por alguna
tradición o mandato eclesiástico. Sin embargo, las Escrituras dicen que se
debe al hecho de que “tienen la conciencia encallecida” (1Ti 4:2). A pesar
de la sinceridad que puedan tener, sus “buenas obras” son realmente pecado
porque están en contra de la voluntad de Dios. Nuevamente, hay algunos que
son muy sinceros en pensar que la abstinencia total del uso de algunos
objetos materiales es una “buena obra”, mientras que en realidad solamente
es pecado porque se “someten a preceptos tales como: ‘No tomes en tus
manos, no pruebes, no toques’. Estos preceptos, basados en reglas y
enseñanzas humanas, no glorifican a Dios” (Col 2:20, 21). Es aún posible
que los hombres cometan los crímenes más terribles bajo la convicción que
los hacen en servicio a Dios (Jn 16:2). Y la razón es que la obediencia a la
conciencia es obediencia al mal en el caso del hombre no regenerado, “…
tienen corrompidas la mente y la conciencia” (Tit 1:15). Podríamos
comparar su caso con el de un hombre que usa medidas y balanzas
defectuosas. Por muy “sincero” que sea en cuanto al peso y la medida de lo
que vende, siempre se equivocará porque su patrón no se conforma a las
normas establecidas por su país. Solo podrá dejar de equivocarse si
descubre el fallo en sus instrumentos. Lo mismo sucede con los que son
regenerados por el Espíritu. Alinean su conciencia con la ley de Dios. Y
entonces pueden hacer “buenas obras”.
Pero supongamos por un momento que el hombre no regenerado ve las
obras de un creyente y decide imitarlo. ¿No es posible que él pueda hacer
algo de lo mismo? Sin duda que es posible. La misma Confesión afirma en
XIII, 7 que hay “obras hechas por personas no regeneradas, que por su
esencia son cosas que Dios manda, y son de buen uso para ellos mismos y
para otros”. Un incrédulo puede colocar un billete de diez dólares en la
ofrenda para el apoyo de la predicación del verdadero evangelio de Cristo.
Aun así tenemos que negar que haya hecho una “buena obra”. Y tenemos que
hacerlo, esta vez no porque no se conforme externamente a la ley de Dios,
pues lo está. Sin embargo, “…todo lo que no se hace por convicción es
pecado” (Ro 14:23). Un hombre no solo debe hacer lo que Dios manda sino
que lo debe hacer porque reconoce la voluntad de Dios y busca obedecerla,
“…sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb 11:6).
A causa de este doble principio, el incrédulo nunca puede hacer obras
realmente buenas. Es más, aun el verdadero creyente es a veces incapaz de
hacer obras realmente buenas, porque su conciencia se conforma
imperfectamente a la Palabra de Dios. Esto no es suficientemente
reconocido. La verdad es un requisito para la santificación y las buenas
obras (Jn 17:17). Somos capaces de hacer buenas obras solo hasta el punto
en que sean iluminadas nuestras conciencias por la verdad de Dios y no
meramente por la sinceridad con la que escuchamos la voz de nuestra
conciencia. A menudo es el descuido de esta verdad lo que ha llevado a una
seria perversión de la Palabra de Dios. Este es el caso cuando al hermano
más débil se le considera el más piadoso y al más fuerte como menos
piadoso. Pablo dijo: “Reciban al que es débil en la fe, pero no para entrar en
discusiones” (Ro 14:1). ¿Y cuál es la debilidad de este hermano? Es que se
siente obligado, por su misma conciencia, a abstenerse de todo uso de carne.
(Podríamos sustituir carne por algunas otras sustancias hoy en día). Ahora,
ya queda claro que este hermano es débil no porque no tenga una conciencia
fuerte sino porque su conciencia lo guía mal. Es débil porque su conciencia
no está totalmente de acuerdo con la Palabra de Dios (1Ti 4:4). Y en el área
de su debilidad no podemos negar que nuestro hermano yerra—o al comer
carne e ir en contra de su conciencia, o en estar convencido que es pecado
hacer algo que realmente no es pecado. En cuanto a esto no puede escaparse
del error, a menos que y hasta que su debilidad sea vencida. Ahora, sin duda,
esta debilidad no será vencida con la falta de caridad. El hermano más fuerte
no debe buscar inducir a su hermano débil a violar su conciencia. Debería
evitar toda ocasión de presentarle la tentación a pecar y cada violación de la
conciencia es pecado. Sin embargo, debemos protestar ante la noción
moderna que sostiene que la debilidad de tal hermano deba convertirse en la
regla de práctica para los fuertes. Esto es multiplicar el pecado. Ser atado a
la conciencia significa no hacer algo aun sabiendo que es aceptable a Dios.
Esta no es la respuesta. La respuesta es buscar educar la conciencia del
hermano más débil. Esto es muy diferente a tentarlo para que actúe en contra
de su conciencia. Y mientras tanto, que el hombre fuerte diga: “¿Por qué es
juzgada mi libertad por la conciencia de otro?”.
No estamos sugiriendo que ningún cristiano esté inmediatamente o
perfectamente libre de esta dificultad. Todos tenemos la necesidad de ser
santificados por la verdad. Pero el verdadero creyente es, hasta cierto punto,
liberado de la ignorancia para que pueda servir a Dios con una conciencia
clara, y esta libertad se incrementa cuando, en su alma, es formada la verdad
de Dios. Dentro de tal hombre existe una medida de acuerdo genuino, entre
la conciencia o el corazón y la voluntad de Dios. “Porque somos hechura de
Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de
antemano a fin de que las pongamos en práctica” (Ef 2:10).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es la noción comúnmente aceptada acerca de las
“buenas obras”?
2. ¿Cuáles son los dos elementos esenciales de obras
verdaderamente buenas?
3. ¿Por qué el incrédulo no puede, realmente, hacer buenas
obras?
4. ¿Puede un incrédulo hacer “las mismas obras” que un creyente?
Si puede, ¿entonces por qué esa obra no constituye una buena
obra?
5. ¿Por qué es que aún obras “sinceras” hechas bajo “convicción
de conciencia” son inmundicia en el caso de los incrédulos?
6. ¿Por qué, a veces, el creyente no puede hacer obras
verdaderamente buenas?
7. ¿Qué quiere decir “el hermano débil”?
8. ¿Deberíamos buscar presionarlo a hacer lo que creemos que es
el bien?
9. ¿Qué deberíamos hacer para vencer su debilidad?
10. ¿Por qué está mal que el hermano más débil determine
nuestras acciones?
11. ¿Algún Cristiano se encuentra totalmente libre de esta
debilidad?
12. ¿Por qué es esencial el crecimiento en el conocimiento de la
verdad para forjar un carácter cristiano fuerte?
13. ¿Qué se encuentra invariablemente en el verdadero creyente?

Ver las respuestas a estas preguntas


3. La capacidad de los creyentes para hacer buenas obras de
ninguna manera proviene de ellos mismos, sino totalmente del
Espíritu de Cristo. Y para que sean capacitados para buenas obras,
además de las gracias que ya han recibido, se requiere la influencia
real del mismo Espíritu Santo, que obra en ellos el querer y el hacer
por su buena voluntad. Sin embargo, no deben en seguida volverse
negligentes, como si no estuvieran obligados a cumplir con ningún
deber, a menos que haya un impulso especial del Espíritu; sino que
deben ser diligentes en avivar la gracia de Dios que está en ellos.
4. Los que por su obediencia alcanzan la altura más grande que sea
posible en esta vida, están tan lejos de ser capaces de súpererogar y
hacer más de lo que Dios requiere, que no alcanzan a cumplir lo
mucho de lo que por deber están obligados a hacer.
5. Mediante nuestras mejores obras, no podemos merecer el perdón
del pecado o la vida eterna de parte de Dios, en razón de la gran
desproporción que hay entre estas y la gloria venidera; y en razón
de la infinita distancia que existe entre nosotros y Dios, a quien no
podemos beneficiar, ni satisfacer por la deuda de nuestros pecados
anteriores, sino que cuando hayamos hecho todo lo que podemos, no
hemos hecho sino aquello que es nuestro deber, y somos siervos
inútiles; y son buenas porque proceden de su Espíritu, y puesto que
son hechas por nosotros, están manchadas y mezcladas con tanta
debilidad e imperfección, que no pueden soportar la severidad del
juicio de Dios.
6. A pesar de lo antes dicho, sin embargo, las personas de los
creyentes al ser aceptadas por medio de Cristo, sus buenas obras
son también aceptadas en Él. No como si sus buenas obras fuesen,
en esta vida, enteramente irreprochables e irreprensibles ante los
ojos de Dios; sino que Dios, mirándolas en su Hijo, se place en
aceptar y recompensar aquello que es sincero, aunque esté
acompañado de muchas debilidades e imperfecciones.

XVI, 3-6. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que la habilidad del cristiano de hacer buenas obras no viene de sí
mismo sino del Espíritu Santo que mora en él,
(2) que el Espíritu Santo ejerce una influencia constante en el creyente,
(3) que esto no da lugar a la indolencia ni de ninguna manera niega la
obligación de practicar la diligencia,
(4) que las obras de supererogación no son posibles,
(5) que ningún creyente cumple su obligación perfectamente en esta vida,
(6) que nuestras mejores obras ni tienen mérito ni llegan a la perfección,
(7) que las buenas obras de los creyentes son aceptadas y premiadas a
causa de Cristo.

Es fundamental, a todo pensamiento correcto acerca de las buenas obras


de los Cristianos, entender que “todo es de Dios”, “…separados de mí no
pueden ustedes hacer nada” (Jn 15:5), dijo Jesús a sus propios discípulos.
Dios no regenera el alma para dejarla que efectúe lo que pueda bajo su
propio poder. Más bien, es su poder soberano que opera en completar y
perfeccionar la obra comenzada en la regeneración. “Así como ninguna rama
puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así
tampoco ustedes pueden dar fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y
ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho
fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada” (Jn 15:4,5). Las
buenas obras son producto y evidencia de la obra de Dios en nosotros.
Exactamente cómo logra esta obra el Espíritu es un misterio. Sus formas
están más allá de nuestro entendimiento. Se realiza a través de la verdad y
por medio de la verdad (Jn 17:17). Es allí donde somos sometidos al control
interno de los principios de la Palabra de Dios. Como resultado, podemos
conocer la buena voluntad de Dios que es buena, aceptable y perfecta (Ro
12:1,2). No pretendemos entender cómo logra esta obra el Espíritu; solo
sabemos que la Palabra de Dios requiere que reconozcamos que él la hace,
para que alabemos al Espíritu por cada cosa buena que hagamos.
Sin embargo, al decir que la fuente generativa de nuestras obras buenas es
Dios, de ninguna manera se sugiere que la negligencia, la pereza o el
descuido sean aceptables, como si no estuviéramos bajo la obligación de
hacer ningún deber; a no ser que sintamos un movimiento especial del
Espíritu Santo que nos dirija a ello. Hay algunos que de esta forma eluden
sus deberes. Pues, saben:
1. que Dios les manda a hacer el bien, y
2. que no tienen ninguna habilidad de hacer buenas obras salvo se las
conceda el Espíritu, y entonces,
3. se libran de sus deberes bajo el pretexto que no son capaces de
hacerlos porque el Espíritu no los ha movido. Pero esto es solo un
pretexto. Fingen que estarían encantados de hacer buenas obras si tan
solo “pudieran”, mientras que, en realidad, podrían hacerlas si tan solo
lo “hicieran”, es decir, si tuvieran la actitud correcta de la mente y del
corazón. Sin embargo, la falta de “actitud correcta de mente y corazón”
no es una evidencia de que el Espíritu que mora en ellos no haya dado
alguna señal especial necesitada en el momento. Más bien, es una
evidencia que falta la conversión del corazón, y que el Espíritu
realmente no mora en ellos. Realmente no tienen excusa (Ro 1:20, 2:1).
No tienen excusa porque la condición de su corazón es su propia
responsabilidad. La causa de la depravación y la incapacidad del
hombre es el pecado. Y no hay ninguna excusa para el pecado. Un
verdadero creyente no se inventará excusas para pecar, ni esperará un
“movimiento especial del Espíritu” antes de intentar cumplir sus
deberes. Buscará cumplir su obligación porque, teniendo un corazón
convertido en el cual mora el Espíritu, deseará hacer el bien. Es más, el
creyente aprende de las Escrituras que el Espíritu no obra por
“pequeños impulsos”. (Ro 8:14, “Porque todos los que son
constantemente guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”, es
el sentido del original). Tampoco se pueden observar ni sentir los
“movimientos” del Espíritu. Se pueden sentir los efectos de su obra, sin
embargo, la actividad en sí es espiritual (Jn 3). Es más, si podemos
hablar de “sentimientos” en este asunto, es el “sentimiento” que tiene el
creyente con respecto a las Escrituras como resultado de la obra del
Espíritu en él. El creyente siente el poder y la autoridad de las
advertencias y exhortaciones de las Escrituras que requieren que
cumpla sus obligaciones, “esfuércense”, dice Pedro (2P 1:10). “No
sean perezosos”, advierte la Epístola a los Hebreos (Heb 6:12). “Aviva
el don de Dios”, dice Pablo (2Ti 1:6). Y Judas incluso insiste que nos
“edifiquemos” y nos “mantengamos en el amor de Dios” (Jud 20,21). Y
“Si alguno se cree profeta o espiritual, reconozca que esto que les
escribo es mandato del Señor” (1Co 14:37), dice Pablo. La evidencia
de que uno posea el Espíritu de Dios es que uno sienta o reconozca la
autoridad de esa Palabra que coloca la obligación sobre ese individuo.
Él es “guiado” por el Espíritu por medio de la Palabra. Los que esperan
un “movimiento especial del Espíritu” demuestran que posiblemente no
son regenerados y que definitivamente están equivocados acerca de la
forma en la cual el Espíritu obra la obediencia en los corazones de los
suyos. Los que cumplen sus deberes por reverencia humilde a la
voluntad de Dios revelada en las Escrituras, y solo ellos, son los que
tienen razón para creer que son verdaderos hijos de Dios (1Jn 2:4,5).

La Sección 4 de este Capitulo de la Confesión de fe se dirige a la


doctrina Católico-romana acerca de las obras. Aquella doctrina enseña que
los hombres pecaminosos, habiendo recibido la gracia divina, son capaces
de hacer no solo todo su deber, sino mucho más. El Catecismo de Baltimore
(Art. 1125) habla de la “satisfacción sobreabundante de la Santa Virgen
María y de los santos”. Esta “satisfacción sobreabundante” se define como
“lo que ganaron en su vida sin tener necesidad de ello, y que la Iglesia aplica
a sus compañeros de la comunión de santos”. Es esta sobreabundancia de
obras de mérito que llena el “tesoro de méritos” del cual se socorre a los
menos afortunados. Ya hemos demostrado que ningún creyente puede llegar a
la perfección en esta vida (Cap. XIII), mucho menos ser “más que perfecto”.
Es más, sería difícil encontrar una doctrina que se oponga más
enérgicamente a la enseñanza de la Escritura. Pareciera que Dios, en la
Escritura, se esforzó para mostrarnos que aun los profetas y apóstoles más
eminentes eran hombres pecadores aun al final de sus vidas (Ro 7:14s.).
Isaías no dudó al decir, incluyéndose a sí mismo, que “…todos nuestros
actos de justicia son como trapos de inmundicia” (Is 64:6). Y el Salmista
pregunta: “Si tú, Señor, tomaras en cuenta los pecados, ¿quién, Señor, sería
declarado inocente?” (Sal 130:3). Y si es así, ¡cuánto más imposible es la
increíble presunción de Roma! (Vea Lucas 17:10, Job 22:2,3; 35:7).
La maravilla no es que las buenas obras de los creyentes sean tan
“excepcionales”, sino más bien que sean aceptadas y hasta recompensadas.
Si incluso “nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia” y aun
nuestras mejores obras están “contaminadas y mezcladas con mucha
debilidad e imperfección”, ¿cómo es posible que aun así puedan ser
denominadas buenas obras? La respuesta es que los creyentes están unidos a
Cristo. Y así como la persona de los creyentes es aceptada por Dios por
medio de su unión con él, siendo aún pecadores e imperfectos, así es
también con sus obras. Debemos hacer “todo en el nombre del Señor Jesús”,
es decir, en su mediación. Como lo describe A.A. Hodge: “Es todo de la
gracia—una gracia llamada recompensa añadida a una gracia llamada
‘obra’. Es decir, ambas obras son de Dios. Dios promete premiar al
Cristiano tal como un padre promete premiar a su hijo por cumplir con lo
que es su deber, y con lo que lo beneficia a él mismo”1. “Al que tiene, se le
dará más, y tendrá en abundancia. Al que no tiene, hasta lo poco que tiene se
le quitará” (Mt 13:12). Los que sobrepasan a los demás en obras así tendrán
mayor razón de reconocer con humildad que tienen una deuda de gratitud a
Dios aún mayor.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es el concepto básico que debemos entender acerca de
las “buenas obras”?
2. ¿Tiene una persona no regenerada el poder o la habilidad de
hacer buenas obras? Explíquese.
3. ¿Cómo habilita el Espíritu Santo a los creyentes para que hagan
buenas obras?
4. ¿Qué excusa dan algunos por no hacer lo que deben?
5. ¿Cuál es la verdadera fuente de su incapacidad?
6. ¿Cuándo impulsa el Espíritu Santo a que cumpla con su deber el
creyente?
7. ¿Qué “sentimiento” puede ser atribuido correctamente a, y ser
llamado una evidencia de, la obra del Espíritu en el verdadero
creyente?
8. ¿Cuál puede ser el problema con los que esperan “un
movimiento especial del Espíritu”?
9. ¿Cuál es la única forma segura de saber que el Espíritu mora
en nosotros?
10. ¿Qué quiere decir la Iglesia Romana con “las obras de
supererogación”?
11. ¿Cuál doctrina, que ya ha sido afirmada, refuta este error?
Cite las Escrituras.
12. Si aún nuestras mejores obras son imperfectas, ¿por qué las
acepta Dios y las recompensa?
13. ¿Quién tiene mayor razón para humillarse ante Dios—el de
grandes o pequeñas obras, logros y recompensas? ¿Por qué?

Ver las respuestas a estas preguntas


7. Las obras hechas por personas no regeneradas, aunque por su
esencia sean cosas que Dios manda, y sean de buen uso para ellos
mismos y para otros; sin embargo, puesto que no proceden de un
corazón purificado por medio de la fe, no son hechas de manera
correcta de acuerdo con la Palabra ni para un fin correcto, el cual
es la gloria de Dios. Por lo tanto estas obras son pecaminosas y no
pueden agradar a Dios ni hacen que una persona sea apta para
recibir la gracia de Dios. Y sin embargo, si dichas personas no
hacen buenas obras, son más pecaminosas y desagradables delante
de Dios.

XVI, 7. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que los hombres no regenerados pueden hacer (lo que
denominaremos) buenas obras formalmente,
(2) que aun así estas son inherentemente obras malvadas (ante los ojos
de Dios), y
(3) que sin embargo, el no hacer tales obras formalmente buenas es aún
más malvado.

Por “obras formalmente buenas” queremos denominar a las acciones que,


en cuanto a sí mismas, son las mismas que las buenas obras que hacen los
verdaderos creyentes. Ya hemos visto por qué los malvados no pueden hacer
de ninguna manera alguna obra buena (XVI, 1-2). Pero es importante insistir
que los malvados sí pueden practicar obras que son “formalmente buenas”.
De no ser así, no habría una sociedad humana en la cual puedan coexistir
creyentes e incrédulos. Comúnmente se ha observado que hay mucho de
“bueno” en los incrédulos. La única razón de esta “bondad”, sin embargo, es
la influencia de la gracia común de Dios (vea el Capítulo V, 2-6). No se le
permite a la conciencia del hombre extinguir completamente la memoria de
los mandatos de la ley (Ro 2:14,15). La cultura, la tradición, y la autoridad
civil, tanto como el poder condenador del evangelio sobre el no converso,
pueden estimular a la conciencia para que ejerza un alto grado de restricción
sobre el corazón malvado. Aun así, al evaluarlo con relación a Dios, las
mismas “buenas obras” del hombre malvado (por las cuales el Cristiano
agradece a Dios), pueden ser pecados excesivamente atroces. Por ejemplo,
un hombre adinerado ha hecho su fortuna por medios deshonestos, luego su
conciencia le advierte del juicio venidero. Entonces se le ocurre hacer
alguna gran obra humanitaria para “pagar por sus pecados” y “apaciguar la
ira de Dios”. Por consiguiente, construye un gran hospital para el alivio del
sufrimiento humano. Y de esta forma muchos creyentes humildes reciben la
misericordia de un cuidado médico adecuado. Definitivamente, tales
Cristianos darían gracias a Dios porque este hombre rico fuera impulsado a
hacer esa “buena obra”. Y así debe ser. Sin embargo, no es una exageración
decir que ante los ojos de Dios esta “buena obra” puede ser la blasfemia
más grande, la maldad suprema, de ese pecador, porque ¿qué podría ser más
malvado que buscar, por medios humanos, “pagar por el pecado”, y
“apaciguar la ira de Dios”, en vez de confiar en la obra de Jesucristo? San
Agustín no exageraba al llamar a tales “buenas obras” pecados espléndidos.
Eso es justamente lo que son: Espléndidas de alguna forma, aunque en otra,
no son más que pecados. Todo lo “espléndido” en ellas viene de “fuera del
pecador” mientras que el “pecado” es propio.
Sería un grave error, sin embargo, pensar que tales pecadores estuvieran
mejor sin esos pecados “espléndidos”. Si pudiéramos imaginar que nuestro
“hombre rico” no hubiera hecho nada, solo podríamos decir que es aún peor
para él. Porque en ese caso hubiera añadido este pecado a todos los
anteriores: Que se resistió por completo aun ante la convicción y la
advertencia de Dios por medio de su conciencia. La blasfemia total contra el
Espíritu Santo es completamente imperdonable. Una vez más, quizás
podemos ilustrar esto mejor: John Dillinger era un terrible criminal. Su vida
entera era criminal, por lo que vivía fuera de la ley y en contra de la ley. Aun
así se sabe que mostraba cierta bondad y lealtad hacia sus compañeros en el
crimen y hasta a ciertas “buenas personas” que no estaban conectadas de
forma inmediata con sus crímenes. Había entonces, en cierta forma, algo
“bueno” en John Dillinger. Y hubiera sido aún peor si hubiera traicionado a
todos o atacado y matado a todos. Esto no quiere decir que parte de su vida
se viviera según las leyes. Simplemente reconoce que la ausencia de sus
“actividades mejores” en su vida criminal lo hubieran hecho aún peor.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué queremos decir con “obras formalmente buenas”?
2. ¿Es importante reconocerlas? ¿Por qué?
3. ¿Por qué los impíos hacen tales buenas obras?
4. ¿Por qué de todas formas se deben denominar a estas buenas
obras como pecados?
5. ¿Deberían los creyentes dar gracias a Dios por estos “pecados
espléndidos”? ¿Por qué?
6. Si estos actos “espléndidos” son simplemente “pecados”, ¿por
qué sería peor que el que los ha hecho no los hubiera hecho?

Ver las respuestas a estas preguntas

1 Hodge, Archibald Alexander. 1957. Comentario a la Confesión de Fe de Westminster de la Iglesia


Presbiteriana. Trad. Por Plutarco Arellano, segunda edición. México: Casa de Publicaciones el Faro., p.
209.
16
De la Perseverancia de los Santos (XVII)

1. Los que han sido aceptados por Dios en su Hijo Amado,


eficazmente llamados, y santificados por su Espíritu, no pueden caer
totalmente ni finalmente del estado de gracia; sino que ciertamente
perseverarán en ella hasta el final y serán salvos eternamente.
2. Esta perseverancia de los santos no depende de su propio libre
albedrío, sino de la inmutabilidad del decreto de la elección, que
fluye del amor gratuito e inmutable de Dios el Padre; de la eficacia
del mérito e intercesión de Cristo Jesús; de la permanencia del
Espíritu, y de la simiente de Dios dentro de ellos; y de la naturaleza
del Pacto de Gracia; de todo lo cual surge también la certeza e
infalibilidad de la perseverancia.
3. Sin embargo, mediante las tentaciones de Satanás y del mundo, el
predominio de la corrupción que aún queda en ellos y el olvido de
los medios de su preservación, puede ser que los santos caigan en
pecados graves y puede ser que por un tiempo continúen en ellos;
por lo cual incurren en el desagrado de Dios y contristan su Santo
Espíritu; pueden llegar a ser, en alguna medida, privados de sus
gracias y privilegios, sus corazones pueden endurecerse y sus
conciencias pueden herirse, pueden herir y escandalizar a otros, y
traer juicios temporales sobre ellos mismos.

XVII, 1-3. Las tres secciones de este capítulo de la Confesión nos enseñan:
(1) que los verdaderos creyentes no pueden caer de la gracia (es decir,
total ni finalmente),
(2) que sin duda perseverarán,
(3) que esta certeza no es por nada que se origine en ellos sino solo en
Dios (el decreto de la elección, los méritos y la intercesión de
Cristo, la presencia del Espíritu Santo en ellos quienes los hace
capaces de perseverar, y las provisiones del pacto eterno), y
(4) que esta certeza de ninguna forma niega que los creyentes verdaderos
puedan caer en pecados penosos durante cierto tiempo,
(5) que las ocasiones de tales deslices pueden deberse a:
a. las tentaciones del mundo,
b. las seducciones de Satanás,
c. la corrupción restante de su propia naturaleza, y
d. el descuido de los medios de la gracia.
(6) que los efectos de tales lapsos pueden:
a. desagradar y afligir a Dios,
b. privarlos de alguna medida de la gracia y la consolación de Dios,
c. endurecer sus propios corazones,
d. lastimar a sus propias conciencias,
e. incurrir juicios temporales, y
f. causar que otros tropiecen.

Cuando una persona ha sido regenerada por el Espíritu Santo y realmente


se ha convertido a Cristo (por medio del arrepentimiento y la fe), ¿es posible
que nuevamente regrese a ser un hijo de ira y de la destrucción eterna? La
respuesta de la Escritura es clara y enfática: No, no es posible. “El que cree
en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3:36). “El que oye mi palabra y cree al que
me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la
muerte a la vida” (Jn 5:24). Aquí tenemos la Palabra de Dios garantizando
que cuando un hombre ya ha tenido fe en Jesucristo, no puede más estar bajo
condenación. Ha pasado de esa condenación para nunca regresar a ella. El
Cristiano entonces debe estar “convencido de esto: el que comenzó tan buena
obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús” (Fil 1:6).
No es en vano lo que Dios ha prometido, “…pondré mi temor en sus
corazones, y así no se apartarán de mí” (Jer 32:40).
Debemos admitir que la experiencia a veces pareciera contradecir esta
enseñanza. ¿Quién no puede traer a la memoria a alguien que se hizo
miembro de la Iglesia, dando evidencia de un gran interés en las cosas
divinas y sosteniendo una asistencia fervorosa a los medios de gracia
durante un tiempo considerable y luego, a pesar de esto, cayó de su
comunión con Cristo y cayó en un total desacato, llegando aun al
antagonismo? Tal persona realmente parece haber “caído de la gracia”.
Decimos parece porque el apóstol Juan nos dice lo que realmente sucede en
tales casos. “Aunque salieron de entre nosotros”, dice, “en realidad no eran
de los nuestros; si lo hubieran sido, se habrían quedado con nosotros. Su
salida sirvió para comprobar que ninguno de ellos era de los nuestros” (1Jn
2:19). Tales casos comprueban, no que los creyentes puedan caer de la
gracia, mas solo prueban que podemos ser engañados por falsas apariencias
y profesiones. El apóstol Juan sintió la dificultad que representaban tales
casos, sin embargo, él insistía que los verdaderos creyentes no pueden caer
de la gracia. “Si lo hubieran sido,” dice Juan, “se habrían quedado con
nosotros”. Él dijo esto porque conocía, por la Palabra de Dios, aquello que
no podría haber conocido por las apariencias, es decir, que los creyentes no
pueden caer de la gracia.
Sin embargo, si esto es verdad, ahora podemos preguntar: “¿Por qué es
que los verdaderos creyentes no pueden caer de la gracia? ¿Es por algo que
existe en el poder de los mismos creyentes? ¿O es el poder de Dios que lo
evita?”. Una vez más, la respuesta es inequívoca. Los verdaderos creyentes
son protegidos “…mediante la fe hasta que llegue la salvación que se ha de
revelar…”, dice Pedro (1P 1:5). Aquí vemos la increíble diferencia entre la
Fe Reformada, por un lado, y el Catolicismo romano y el Arminianismo por
el otro. Pues los dos últimos concuerdan en enseñar que lo que mantiene a
los salvos de la perdición es tanto el poder Dios como el del hombre; sí,
incluso el poder del hombre es algo más fuerte que el poder de Dios. Y esto
es verdad no solo al comienzo del proceso sino en todo el camino hasta el
final. Para comenzar, se afirma que la salvación es posible o asequible a
todos. Sin embargo, el pecado en sí debe, por su propio poder, hacer el acto
necesario para convertir a esa “posibilidad” en una “realidad”. Desde este
punto de vista, Dios es como el dueño de un grifo: Tiene un gran almacén de
poder que solo espera ser “aprovechado”. Depende del pecador acercarse
manejando [su vehículo] y decir: “Llénelo”. Todo ese poder es “inútil” hasta
que el pecador se “movilice”. Naturalmente este punto de vista atrae mucho
al pecador, porque lo deja al mando incluso del poder de Dios. Aun así, lo
que suena atractivo al comienzo pierde su atracción cuando miramos el fin.
Porque ni siquiera hemos comenzado y ya el Católico-romano y el
Arminiano empiezan a contarnos las tristes noticias. Nos gustó cuando se nos
dijo que podríamos comenzar el viaje por nuestra propia voluntad libre y
nuestro propio poder. Sin embargo, ahora nos enteramos del hecho amargo
de que también nos podemos “quedar sin combustible” y “no llegar a nuestro
destino” por la misma libre voluntad y el mismo poder propio. El poder de
Dios que es inútil hasta que el pecador se movilice es igual de inútil en
cualquier otro momento en que el pecador pueda escoger por su voluntad que
así lo sea. Si en algún momento duda y escoge la incredulidad en vez de la
fe, el pecado en vez de la santidad, el alejarse en vez de perseverar, en ese
momento pierde todo poder salvador. Está de nuevo donde comenzó. Y no
hay nada que el poder de Dios pueda hacer al respecto.
¡Los Católico-romanos y los Arminianos son consistentes! Por lo menos
tienen la honestidad de admitir que gracia que no es soberana desde un
comienzo tampoco lo es al final. La salvación que depende del hombre no
puede ser más confiable que el hombre mismo.
Contrastando con esto, la Fe Reformada comienza con el franco
reconocimiento de que nadie sería salvo si Dios meramente hiciera
“posible” la salvación para el ser humano, dejándolo en la libertad de
transformar o no esta posibilidad en realidad, porque el ser humano es
totalmente incapaz de hacerlo. El ser humano ama demasiado el mal como
para volverse al bien por su propia cuenta. La Fe Reformada no solo se
dirige a la necesidad del pecador desamparado desde el comienzo, sino que
también continúa haciéndolo hasta el final porque explica que toda esperanza
del pecador descansa en la elección del Padre, en la propiciación del Hijo y
en la regeneración del Espíritu Santo. La Fe reformada prefiere “ofender” al
pecador enojado para “darle” una salvación que no puede fallar. Jamás
puede fallar. Porque si solo Dios es el que salva, entonces tenemos una
salvación que no puede fallar. Una salvación que depende totalmente de
Dios es completamente confiable. Eso es lo que enseña esta doctrina. El
Señor que dice: “Yo les doy vida eterna”, también puede garantizar que
“nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatarlos de la mano” (Jn 10:28).
Sin embargo, habiendo dicho lo anterior, aún debemos defender el énfasis
que da la Confesión de Fe al denominar a este capítulo “De La
Perseverancia de los Santos”. Habiendo anunciado el hecho de que es
únicamente el poder de Dios que produce la seguridad de los santos,
debemos enfatizar con aún mayor urgencia la necesidad de la perseverancia
de parte de los creyentes. Al decir que la base suprema de la perseverancia
es la operación del Espíritu Santo en los creyentes, no queremos decir que
sea el Espíritu Santo quien persevera. “La doctrina correcta no afirma que la
salvación es verdadera si es que alguna vez hayamos creído, sino que la
perseverancia en santidad es verdadera si es que verdaderamente hemos
creído”.1 La doctrina infalible de la salvación con respecto a los verdaderos
creyentes ni siquiera hace que su perseverancia sea más fácil, como si el
Cristiano estuviera jugando un deporte en vez de estar luchando una dura
batalla. Creemos que los que afirman que es simple sobreponerse a los
problemas y las pruebas de la vida porque han “tomado a Cristo” se engañan
a sí mismos tanto como a los demás. Más bien, la verdadera descripción de
la batalla de la perseverancia se encuentra en las exclamaciones agonizantes
del Salmista: “Ante ti, Señor, están todos mis deseos; no te son un secreto
mis anhelos. Late mi corazón con violencia, las fuerzas me abandonan, hasta
la luz de mis ojos se apaga […] Tienden sus trampas los que quieren
matarme; maquinan mi ruina los que buscan mi mal y todo el día urden
engaños […] Tan solo pido que no se burlen de mí, que no se crean
superiores si resbalo. Estoy por desfallecer; el dolor no me deja un solo
instante” (Sal 38: 9,10,12,16,17). Es una lucha constante a lo largo del
camino. Y es una lucha que involucra a todo nuestro ser. Sin embargo, es una
lucha de la que un verdadero creyente, a diferencia de un mero fingidor,
nunca retrocederá hasta que haya ganado la batalla y hasta que haya logrado
la meta. “Pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo” (Mt 24:13).
Es evidente en las Escrituras que mientras los verdaderos creyentes nunca
caen total ni finalmente de la gracia, sin embargo pueden tener y a veces
tienen momentos en los cuales caen o titubean. Esta es la doctrina bíblica de
la reincidencia, y se ve ilustrada hasta en las vidas de tales grandes hombres
como Noé, Moisés, David y Pedro. Todos cayeron en pecado lamentable
durante un tiempo después de haber sido convertidos en verdaderos
creyentes. Alguien se preguntará: ¿Cómo es que el pecado puede conquistar
a los que tienen al Espíritu morando en ellos? Existen varias razones, una o
más de las cuales se verán en cada caso:
1. La atracción del mundo (1Jn 2:15).
2. La tentación de Satanás (Mr 1:13, Mt 26:70,72,74).
3. La corrupción que resta en el corazón del creyente (Stg 1:13,14).
4. El descuido de los medios de la gracia (Heb 10:24,25).

A pesar de ser así, no debemos tener una estimación errónea a partir de


los momentos de debilidad de estos santos hombres de Dios. La Escritura
relata estos deslices no para animarnos a pecar, sino para advertirnos que no
pequemos. Al leer de estos deslices, leemos del disgusto de Dios (2S
11:27), su propia pérdida de tranquilidad y seguridad (Sal 51:8,10,12), del
daño hecho a sus propios corazones y sus conciencias (Sal 32: 3,4), y de la
deshonra que cae sobre la causa de Dios y su verdad (2S 12:14). Nunca
deberíamos tomar a la ligera estas caídas trágicas. Solo las deberíamos
contemplar con temor y temblor. Tales cosas nos deberían recordar la
advertencia de Pedro: “Si el justo a duras penas se salva, ¿qué será del
impío y del pecador?” (1P 4:18). No es que el verdadero creyente no tenga
que preocuparse de una caída, ni que pueda caer sin ningún daño serio. No,
la verdad es que aun el creyente es salvado con las justas. Aun él apenas es
salvado. El hecho es que es salvo. Y es salvo porque, aunque caiga (como
los grandes hombres de Dios lo hicieron), pronto retomará el conflicto
contra el pecado, y continuará hasta el fin (salvo en el caso de otras caídas
trágicas) en este conflicto. Si los Cristianos estudiaran la forma en la cual
estos hombres se levantaron de tales deslices para esforzarse nuevamente en
Nombre de Dios, no se verían tentados a una opinión ligera ni falsa de su
seguridad sino que mantendrían la única doctrina de la perseverancia.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Puede un verdadero creyente caer de la gracia? Cite pruebas
bíblicas.
2. ¿Qué experiencia común pareciera contradecir esta enseñanza
de las Escrituras?
3. ¿Según Juan, qué es lo que realmente comprueban estos
casos?
4. ¿Por qué no pueden los verdaderos creyentes caer del todo de
la gracia?
5. ¿En qué forma el Catolicismo Romano y el Arminianismo buscan
hacer que el evangelio sea más atractivo para el pecador desde
el comienzo?
6. ¿Cuál es el precio que necesariamente pagan después?
7. ¿De qué gran beneficio goza el creyente Reformado cuando
acepta la enseñanza bíblica “ofensiva” que afirma que la
salvación se debe totalmente al poder de Dios?
8. ¿Enseña esta doctrina que la salvación es segura si alguna vez
hemos creído aunque nos esforcemos o no? (Conteste con una
proposición).
9. ¿Pueden caer los verdaderos creyentes? Cite pruebas bíblicas.
10. Dé un ejemplo de lo que puede ocasionar tal caída.
11. Dé un ejemplo de las consecuencias de tal caída.
12. Si el relato de los deslices de los santos hombres de Dios no
es para enseñarnos cómo caer, entonces ¿para qué nos sirven?

Ver las respuestas a estas preguntas

1 Hodge, Archibald Alexander. 1957. Comentario a la Confesión de Fe de Westminster de la Iglesia


Presbiteriana. Trad. por Plutarco Arellano, segunda edición. México: Casa de Publicaciones el Faro, p.
215.
17
De la Seguridad de la Gracia y la Salvación
(XVIII)

1. Aunque los hipócritas y las personas no regeneradas vanamente


se engañen con falsas esperanzas y presunciones carnales de estar
en el favor de Dios y en el estado de salvación, la cual es una
esperanza que perecerá, sin embargo, quienes verdaderamente creen
en el Señor Jesús y le aman con sinceridad, procurando caminar en
buena conciencia delante de Él, pueden, en esta vida, estar
ciertamente seguros que están en el estado de gracia, y pueden
regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios, esperanza que
nunca los hará avergonzar.
2. Esta certeza no es una simple persuasión conjetural y probable,
basada en una esperanza falible; sino una seguridad infalible de fe,
fundada en la verdad divina de las promesas de salvación, en la
evidencia interna de aquellas gracias a las cuales estas promesas se
refieren, en el testimonio del Espíritu de Adopción que testifica a
nuestro espíritu de que somos hijos de Dios: Espíritu que es la
prenda de nuestra herencia y con el cual somos sellados para el día
de la redención.

XVIII, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que hay una certeza falsa con la cual se complacen algunos hombres
no regenerados, en la cual están engañados, y en la cual finalmente
serán descubiertos,
(2) que hay una verdadera certeza, en la cual los verdaderos creyentes no
están engañados, sino infaliblemente confirmados, y en la cual no
serán desconcertados, y
(3) que esta certeza infalible descansa en:
a. la Palabra infalible de Dios,
b. las gracias del corazón del creyente de las cuales habla la Palabra,
y
c. el testimonio del espíritu que hace que el creyente sea capaz de
confirmar el uno por el otro.

Las Escrituras dicen que los hombres son propensos a engañarse tanto a
sí mismos como a los demás. “Nada hay tan engañoso como el corazón” (Jer
17:9). “Si alguien cree ser algo, cuando en realidad no es nada, se engaña a
sí mismo” (Gá 6:3). Así era el Fariseo descrito por nuestro Señor (Lc
18:10-14). Estaba seguro de que todo andaba bien con su alma, pero solo se
engañaba a sí mismo. Un hombre “se cree bueno y piensa: ‘Todo me saldrá
bien’, sin embargo, El Señor no lo perdonará” (Dt 29:19,20). “Así termina
la esperanza de los impíos” (Job 8:13), no importa cuán seguro se sienta. Es
más, puede que la fuerza de esa certeza sea la medida de su iniquidad, así
como en los días de Jeremías. Los que afirmaron con fuerza: “¡Este es el
templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor!” confiaban en
“…palabras engañosas, que no tienen validez alguna” (Jer 7:4,8). Puede que
el gozo de aquellos sea grande, pero no será duradero (Job 20:5).
Pero a pesar de ello, es muy cierto que puede existir la verdadera certeza
de una buena relación con Dios. “El Espíritu mismo asegura a nuestro
espíritu que somos hijos de Dios”, dice el apóstol (Ro 8:16). “¿Cómo
sabemos si hemos llegado a conocer a Dios? Si obedecemos sus
mandamientos”, dice Juan (1Jn 2:3). “Nosotros sabemos que hemos pasado
de la muerte a la vida” (1Jn 3:14). Y la Escritura no se contenta con decir
que existe la verdadera certeza sino que nos exhorta “a que cada uno […]
siga mostrando ese mismo empeño hasta la realización final y completa de su
esperanza” (Heb 6:11). “Esfuércense más todavía por asegurarse del
llamado de Dios, [estando seguros de que] si hacen estas cosas no caerán
jamás” (2P 1:10). Si bien es cierto que un hombre puede estar seguro de su
salvación aunque en realidad no la tenga, también es cierto que un hombre
puede estar seguro de su salvación y realmente ser salvo. Y no solo puede
tener certeza de este hecho, sino que también puede saber que no está
engañado.
¿Cuál, entonces, es la diferencia entre la verdadera y la falsa seguridad?:
1. Existe una diferencia, en primer lugar, en las cualidades con las que se
manifiestan.
(a) La verdadera certeza da luz a una verdadera humildad, pero la
certeza falsa da luz a orgullo espiritual (1Co 5:10, Gá 6:14).
(b) La verdadera certeza lleva a una mayor diligencia en el ejercer la
santidad, pero la falsa lleva a la indolencia y a la autogratificación
(Sal 51: 12, 13,19).
(c) La verdadera certeza lleva a una auto-examinación honesta y a un
deseo de ser escudriñado y corregido por Dios, pero la falsa lleva a
la disposición de estar satisfecho con las apariencias y evitar una
correcta investigación (Sal 139:23,24), y
(d) La verdadera lleva a constantes aspiraciones, a una comunión más
estrecha con Dios, la cual no desea la certeza falsa (1Jn 3:2,3). No es
la fuerza de la convicción del individuo lo que comprueba la validez
de su certeza sino el carácter de su convicción. Un hombre puede
estar fanáticamente seguro que es salvo, pero esto solo indica que
está “sinceramente equivocado”.

2. La segunda diferencia entre la certeza verdadera y la falsa es que su


base es distinta. La certeza verdadera descansa sobre tres cosas, todas
las cuales están ausentes en los que poseen la certeza falsa.
(a) La verdadera seguridad descansa sobre la infalible certeza de lo que
Dios dice. La certeza falsa descansa en lo que dice el hombre (Heb
6:17,18, Sal 118:8, Pr 28:26).
(b) La certeza verdadera descansa en la evidencia presentada por la
verdadera posesión de las gracias que Dios promete otorgar. La
certeza falsa descansa en la mera semejanza de estas (2Co 1:12, 1Jn
2:3, 3:14, 2P 2:10, Lc 18:10-14, etc.).
(c) La verdadera certeza descansa en el testimonio del Espíritu Santo en
nuestros corazones (aplicando la Palabra de Dios), de tal modo que
sabemos que somos hijos de Dios. La certeza falsa descansa en el
testimonio del espíritu de error por medio de la supresión de la
Palabra de Dios (Ro 8:15,16, 2Ts 2:9-12). Sobre todo, esto significa
que la certeza verdadera e infalible descansa en el Espíritu y la
Palabra de Dios. Dios ha dicho ciertas cosas infalibles en su
Palabra. Ha dicho que todo aquel que crea en Cristo ya posee la vida
eterna (Juan 3:36). También declara infaliblemente que “sabemos
que lo conocemos si cumplimos sus mandamientos”. Además, el
mismo Dios que declara estas cosas también las produce en los
elegidos. Nos hace capaces de creer en Cristo y cumplir sus
mandamientos. Por consiguiente, cuando creemos en Cristo y
cumplimos sus mandamientos, el Espíritu Santo nos hace capaces de
saber que así es. Y como sabemos que creemos en Él y cumplimos
sus mandamientos, entonces poseemos la certeza verdadera. Creemos
que la Palabra de Dios es infalible al hablar de nosotros. Es de
suma importancia insistir que esta certeza infalible nunca llega por
medio de alguna revelación privada del Espíritu. Afirmar que nuestra
certeza descansa en un testimonio del Espíritu aparte de, o añadido a
la Biblia es afirmar que tenemos una certeza falsa. La Palabra de
Dios es suficiente. Solo por medio de la Escritura está “enteramente
capacitado” el siervo de Dios (2Ti 3:16,17). Al efectuar la certeza
infalible en los corazones de los creyentes, el Espíritu Santo no
comunica una nueva revelación. Aplica lo que ya ha sido revelado,
es decir, la verdad de las Escrituras, de que los creyentes serán
salvos. Al juntar la Palabra de Dios (con las promesas infalibles que
contiene) y las gracias que ya existen en el corazón (a las cuales se
dirigen estas promesas), el Espíritu hace que el creyente sea capaz de
decir con certeza: “Soy hijo de Dios y siempre lo seré”.

Algunos han afirmado que el Espíritu Santo comunica la certeza al alma


del creyente inmediatamente, es decir, sin el uso de las Escrituras. Utilizan a
Romanos 8:16 para apoyar sus afirmaciones. “El Espíritu mismo le asegura
a nuestro espíritu que somos hijos de Dios”. Es verdad que el Espíritu
mismo nos asegura. Pero el Espíritu se comunica con el espíritu del hombre
inmediatamente y no a ese espíritu inmediatamente. Es decir, Dios ejerce una
influencia inmediata en el espíritu del hombre, pero no se comunica
directamente con el espíritu del hombre aparte de las Escrituras. Más bien,
la influencia inmediata es tal que el hombre y Dios hablan juntos—el hombre
diciendo, “soy salvo porque soy un verdadero creyente”, y Dios diciendo
“todo aquel que crea en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3:36). Al conformarse
nuestro espíritu al Espíritu de Dios, lo que decimos estará de acuerdo con lo
que Dios el Espíritu dice en la Escritura. Así la certeza de que “somos hijos
de Dios” viene no únicamente del Espíritu Santo, sino de un testimonio unido
efectuado por el Espíritu y al concordar nuestra palabra con su Palabra. El
aspecto especial o personal de esto consiste no únicamente en lo que Dios
dice, sino más bien en el hecho de que somos, por su gracia, capaces de
decir de nosotros mismos lo que Él dice de los verdaderos creyentes en la
Escritura. “La totalidad del Consejo de Dios concerniente a todas las
cosas necesarias para su propia gloria y para la fe, vida y salvación del
ser humano está expresamente expuesto en la Biblia, o por buena y
necesaria consecuencia puede deducirse de la Biblia, a la cual nada debe
añadirse en ningún tiempo ya sea por nuevas revelaciones del Espíritu o
por las tradiciones humanas… (I, 6).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Se le puede engañar al hombre fácilmente en asuntos
religiosos? Cite pruebas bíblicas.
2. ¿Por qué pensó el Fariseo que estaba “bien con Dios”?
3. ¿Afirman las Escrituras que existe una certeza válida?
4. ¿Es la responsabilidad del creyente el buscar poseer esta
certeza? Compruébelo bíblicamente.
5. ¿Cuáles son las dos formas importantes en que difiere la
certeza verdadera de la falsa?
6. Enumere por lo menos dos cualidades de la certeza verdadera.
7. Enumere por lo menos dos cualidades de la certeza falsa.
8. ¿Cuál es la base de la verdadera certeza?
9. ¿Cuál es la base de la certeza falsa?
10. ¿Cuál es más importante en la verdadera certeza—el Espíritu
de Dios o su Palabra?
11. ¿Cuál es la falsa interpretación de Romanos 8:16 que hacen
los que creen en un testimonio inmediato del Espíritu (aparte de
las Escrituras)?
12. Diga cuál es la verdadera relación entre el Espíritu y la Palabra
de Dios en este “testimonio” que le pertenece al creyente.
13. ¿Por qué deshonramos al Espíritu cuando buscamos “nuevas
revelaciones”?

Ver las respuestas a estas preguntas


3. Esta seguridad infalible no pertenece a la esencia de la fe, pues
puede ser que un verdadero creyente tenga que esperar por mucho
tiempo y luchar con muchas dificultades antes de ser partícipe de
esta seguridad. Sin embargo, estando capacitado por el Espíritu
Santo para conocer las cosas que Dios le da gratuitamente, el
creyente puede obtenerlas por el uso correcto de los medios
ordinarios, sin la revelación extraordinaria. Por lo tanto es deber de
cada uno poner toda diligencia para asegurar su llamamiento y
elección, para que así su corazón se ensanche de gozo y paz en el
Espíritu Santo, en amor y gratitud a Dios y en fortaleza y alegría en
los deberes de la obediencia, que son los frutos propios de esta
seguridad. Así que esta seguridad está muy lejos de inducir a los
seres humanos a la negligencia.
4. La seguridad de la salvación de los verdaderos creyentes puede
ser sacudida de diferentes maneras, disminuida e interrumpida
debido a la negligencia para preservarla, por caer en algún pecado
específico que hiere la conciencia y contrista al Espíritu; por una
tentación repentina y vehemente porque Dios les retira la luz de su
rostro, permitiendo incluso que los que le temen caminen en
tinieblas y no tengan luz. Sin embargo, los verdaderos creyentes
nunca son totalmente destituidos de la simiente de Dios y de la vida
de la fe, de aquel amor de Cristo y de los hermanos, de aquella
sinceridad de corazón y conciencia del deber, de la cual, esta
seguridad puede ser revivida a su debido tiempo, por medio de la
operación del Espíritu, por quien mientras tanto los verdaderos
creyentes son sostenidos para no caer en total desesperación.
XVIII, 3-4. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:
(1) que un hombre puede ser un verdadero creyente aunque le falte la
certeza infalible de serlo,
(2) que debería, sin embargo, obtener esa certeza,
(3) que la posesión de la misma impulsa al hombre, no a tomar
libertades, sino a una mayor diligencia, etc.,
(4) que esta certeza puede ser sacudida, disminuida e incluso puede
desaparecer por ratos (por negligencia, pecado, tentación o prueba),
y
(5) aunque el creyente tenga o no tenga certeza, aun así tiene seguridad a
causa de la semilla de Dios y sus operaciones en él, por las cuales
puede lograr, o volver a lograr, la certeza en su debido tiempo.

Existe una gran diferencia entre la fe en Jesucristo (sin la cual no


podemos ser salvos) y la fe que realmente tenemos en Jesucristo (sin la cual,
por muy importante que sea, aún podemos ser salvos). El hombre que
exclamó: “¡Sí creo! ¡Ayúdame en mi poca fe!” (Mr 9:24), definitivamente
tenía fe en Cristo pero no estaba seguro de su fe. Del mismo modo que un
hombre puede estar seguro de que es salvo y no serlo, así también un hombre
puede ser salvo (por medio de la fe en Cristo) y no estar seguro de serlo. La
certeza infalible no es la esencia de la fe salvadora. Esto se puede
comprobar en las siguientes consideraciones:
1. La Biblia no dice que tengamos que poseer la certeza infalible para ser
salvos, solo dice que tenemos que tener fe en Jesucristo (Mr 5:36, Jn
11:26). Deberíamos tener esa certeza. Absolutamente tenemos que tener
fe.
2. La Escritura demuestra que los verdaderos creyentes han sufrido la falta
de tal certeza infalible (Mt 26:22, Sal 31:22, Sal 51:12). David pide la
restauración no de la salvación, sino del gozo de la salvación y,
probablemente, tal certeza era central en ese gozo.
3. Hay muchas exhortaciones en la Biblia incitando a los creyentes a que
busquen y logren esta certeza (Heb 10:22, 6:11, 2P 1:10). Sin embargo,
si se exigiera que todo verdadero creyente tuviera la completa certeza
como parte clave de la fe salvadora, no habría por qué exhortarlos,
pues siendo creyentes, bajo este punto de vista, ya la tendrían.
Pero tales exhortaciones también nos enseñan que los creyentes pueden y
deberían obtener la completa certeza aunque no sea clave para la fe.
“Deseamos, sin embargo, que cada uno de ustedes siga mostrando ese mismo
empeño hasta la realización final y completa de su esperanza” (Heb 6:11).
Es más, por esta misma razón “…Dios nos ha entregado sus preciosas y
magníficas promesas” (2P l:4ss.). Muy contrario a la opinión popular, la
completa certeza no está diseñada para una “élite” espiritual y reducida; es
algo que todo Cristiano debería poseer. Y es algo que hasta el más humilde
puede obtener por medio del uso diligente de los medios de la gracia. Todo
el que se “esfuerce” también se “[asegurará] del llamado de Dios” (2P
1:10). Y por descuido de los medios de la gracia, los más dotados pueden
carecer de lo que poseen los más humildes.
A veces se reclama que tal certeza llevará a la negligencia y el descuido.
Esto sería cierto, quizás, si Dios diera certeza por una revelación directa al
creyente aparte de la de la Escritura. Pero sabemos que esto es erróneo,
puesto que Dios comunica su certeza de que somos hijos de Dios solo al
llevar a nuestros espíritus a un acuerdo con su Palabra. Claro que es por
medio del esfuerzo la forma precisa en la cual son hechos aptos nuestros
espíritus para testificar junto con el Espíritu de Dios. Cuando nosotros (por
medio del poder y la gracia de Dios) utilizamos con diligencia los medios de
gracia indicados, buscando la santidad en conformidad con los
mandamientos de Dios, encontramos y mantenemos nuestra certeza. Como
esta certeza es el fruto del esfuerzo, no puede llevar a la negligencia. El
árbol determina la naturaleza del fruto y no viceversa. La certeza es el fruto
de la gracia. El árbol del cual viene es la obra del Espíritu de Dios que hace
que el creyente se esfuerce de corazón en los mandamientos de Dios. La raíz
es la gracia, el árbol es el esfuerzo y el fruto es la certeza.
Como la certeza es el fruto y no la raíz, se sigue que a veces puede ser
sacudida, disminuida e incluso puede desaparecer por ratos. Tal fue el caso
de Job (Job 6:4, 23:3ss., 29:2-5). Tal, probablemente, fue el caso de Pedro
(Mt 26:69ss., Lc 22:32). Las causas de la falta de certeza en los que en
tiempos pasados la han poseído varían. Pedro descuidó la oración (Lc
22:46). David fue confrontado con la tentación repentina. Job fue sometido a
graves aflicciones. Puede haber otras causas. Puede haber una combinación
de causas. Sin embargo, el hecho importante es que aun los verdaderos
creyentes que han conocido la certeza completa pueden perderla durante un
tiempo o en alguna medida. Y pueden exclamar con el Salmista: “¿Por qué
me rechazas, Señor? ¿Por qué escondes de mí Tu rostro?” (Sal 88:14; lea
todo el Salmo). Sin embargo, aun hundido en la desesperanza, el creyente
desalentado levanta la mirada y la fija en Dios. Aun en medio de la duda y
de la aflicción, exclama: “Señor, Dios de mi salvación, día y noche clamo en
presencia tuya. Que llegue ante Ti mi oración; dígnate a escuchar mi
súplica”. He aquí la diferencia. “Porque todo aquel que es nacido de Dios
[…] Su simiente permanece en él”. Aun en medio de la aflicción y la duda,
implora la ayuda de su Padre celestial continuamente hasta conocer
nuevamente la luz de su faz. “A Dios elevo mi voz suplicante; a Dios elevo
mi voz para que me escuche” (Sal 77:1). “Por eso los fieles te invocan en
momentos de angustia; caudalosas aguas podrán desbordarse, pero a ellos no
los alcanzarán” (Sal 32:6). Puede que el verdadero creyente no esté seguro
de sí mismo. Pero aun en su terrible angustia, levanta su voz ante Dios
porque es un verdadero creyente. Así es que la raíz de la certeza no puede
ser destruida. Así que “por medio de la operación del Espíritu puede ser
reavivada a su debido tiempo”. Y de todos modos, los creyentes “son
sostenidos para no caer en la total desesperación”. “Para mí es como en los
días de Noé—dice el Señor—cuando juré que las aguas del diluvio no
volverían a cubrir la tierra. Así he jurado no enojarme más contigo, ni
volver a reprenderte. Aunque cambien de lugar las montañas y se tambaleen
las colinas, no cambiará Mi fiel amor por ti ni vacilará Mi pacto de paz,
dice el Señor, que de ti se compadece” (Is 54:9,10).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Cite pruebas bíblicas a favor de la declaración de que la certeza
no es necesaria para la salvación.
2. En la “fe” un Cristiano confía en…
3. En la “certeza” un Cristiano confía en…
4. ¿Quién debería tener certeza total? Cite pruebas bíblicas.
5. ¿Quién puede tener certeza total?
6. ¿Por qué no puede producir certeza la negligencia y el
descuido?
7. ¿Por qué la verdadera certeza puede ser sacudida, disminuida e
incluso desaparecer por ratos?
8. Cite un ejemplo bíblico de esto.
9. ¿Qué hace todo verdadero creyente aun cuando carece de esta
certeza?
10. ¿Por qué lo hace?
11. ¿Por qué nunca es “imposible” “resucitar” a la certeza que se
ha perdido?

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18
De la Ley de Dios (XIX)

1. Dios le dio a Adán una ley, como un pacto de obras, y lo dotó del
poder y la capacidad para guardarla. Por la cual Lo comprometió a
él, y a toda su posteridad, a una obediencia personal, completa,
exacta y perpetua; Le prometió la vida si es que cumplía la ley, y Le
amenazó con la muerte si es que la quebrantaba.
2. Después de la caída de Adán, esta ley continuó siendo la regla
perfecta de rectitud y, como tal, fue dada por Dios en el Monte Sinaí
en Diez Mandamientos y escrita en dos tablas. Los primeros cuatro
mandamientos contienen nuestros deberes para con Dios, y los otros
seis contienen nuestros deberes para con el ser humano.

XIX, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que la ley de Dios era la norma para la obediencia perfecta que Dios
le impuso a Adán en la creación,
(2) que sus demandas eran absolutas, y
(3) que esta ley, cuyas demandas nunca han dejado de regir para ningún
hombre en ningún sitio, fue revelada resumidamente (en principios
generales) en el Monte Sinaí sobre dos tablas de piedra.

La ley de Dios es central al mensaje de la Biblia. Solo Jesucristo eclipsa


a la ley en importancia. Y Él no vino “para anular sino a darle
cumplimiento” a la ley (Mt 5:17). Sería difícil cometer un error más grave
que pensar en la ley de Dios como algo simplemente transitorio o mutable
porque la ley (es decir, la ley moral) simplemente declara lo que Dios
requiere del hombre. Mientras Dios sea Dios y el hombre sea hombre, la ley
no podrá ser revocada. “La suma de tus palabras es la verdad; tus rectos
juicios permanecen para siempre” (Sal 119:160). “Tú estableciste [Tus
estatutos] para siempre” (v. 152). Porque Él es el Dios sempiterno y santo, y
nosotros somos sus criaturas, la ley tiene relevancia incesante.
Esto no significa que Dios se la haya dado a Adán de una forma revelada
y codificada externamente “…pues la ley fue dada por medio de Moisés” (Jn
1:17). Pablo nos enseña que la ley fue transcrita originalmente en la
conciencia humana (Ro 2:14,15). Fue “inscrita en el corazón” del hombre.
Sin embargo, esto no significa que Adán era consciente de los Diez
Mandamientos de la misma forma que nosotros. Para nosotros la ley es un
poder negativo que incita nuestra enemistad. En él era un poder positivo que
incitaba el amor a Dios y al bien. La diferencia yacía en la relación de Adán
con la ley, y no en la ley en sí. Lo que era correcto para Adán y lo que era
malo para Adán es precisamente lo mismo que se nos manda y se nos
prohíbe a nosotros en los Diez Mandamientos. Adán quebrantó la ley. Sin
embargo, él y sus hijos no dejaron de ser hombres. El único cambio fue en su
relación con la ley. La ley había sido para ellos el camino a la vida. Ahora
llevaba a la muerte. Dejaron de vivir por ella y comenzaron a vivir en su
contra. Consciente e inconscientemente el hombre pecador ahora busca “con
su maldad obstruir la verdad” (Ro 1:18). Y sin embargo, en por lo menos
dos formas importantes, los hombres testifican que están bajo obligación de
cumplir la ley de Dios:
1. Todo hombre utiliza un juicio moral. A pesar de lo pecaminoso que
pueda ser, aún ejerce su juicio moral contra los pecados de los demás.
“Por tanto, no tienes excusa tú, quienquiera que seas, cuando juzgas a
los demás, pues al juzgar a otros te condenas a ti mismo, ya que
practicas las mismas cosas” (Ro 2:1). Aun cuando el hombre es
mentiroso, condena la mentira, etc.
2. Todos los hombres por igual poseen conciencia. Los seres humanos
“muestran las obras de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio
su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Ro
2:15). Su sentido inherente acerca del bien y el mal se debe al hecho de
que no puede escaparse de los derechos de la ley de Dios.
Entre los que niegan la relevancia permanente de la ley, ninguno debe ser
tan gravemente condenado como los Cristianos. Y existen Cristianos que
dicen que Cristo los ha rescatado de la obligación de cumplir la ley. “Ya no
estamos bajo la ley sino bajo la gracia”, exclaman (Ro 6:14). De esto
diremos más en la siguiente sección. Será suficiente decir que la verdad se
encuentra en la dirección contraria: El Cristiano, más que ningún otro, se ve
obligado a cumplir la ley. “Todo el que infrinja uno solo de estos
mandamientos, por pequeño que sea, y enseñe a otros a hacer lo mismo, será
considerado el más pequeño en el reino de los cielos; pero el que los
practique y enseñe será considerado grande en el reino de los cielos” (Mt
5:19). Negar que los Cristianos estén obligados a cumplir la ley de Dios es
negar que deban amar a Dios y a su prójimo porque sobre estas dos cosas
descansa toda la ley de Dios (Mt 22:37-40).
Del resumen que hace Cristo—que debemos amar a Dios con todo
nuestro corazón, toda nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas, y a
nuestro prójimo como a nosotros mismos—podemos inferir correctamente
las dos divisiones de la ley de Dios. No debemos pensar que las dos
divisiones hicieron necesarias las dos tablas que Dios le dio a Moisés. Es
más probable que la ley entera fue escrita en cada una como era costumbre
en la ratificación de un pacto. De todos modos creemos que la división se
sostiene en la declaración de nuestro Señor, y que la interpretación del
Catecismo Mayor y Menor de Westminster es la correcta. Por consiguiente,
concluimos esta sección con un breve resumen de los Diez Mandamientos.
EL AMOR A DIOS
EL DEBER DEL HOMBRE ANTE DIOS
1. El Primer Mandamiento nos enseña a quién debemos adorar. Solo
debemos adorar al verdadero Dios. De ninguna forma podemos dar a
otro la adoración que le pertenece a Él, ni podemos reconocer a ningún
otro dios como objeto legítimo de adoración. (Este mandamiento es
violado con frecuencia cuando los Cristianos actúan como si los Judíos
o Unitarios practicaran una adoración legítima, o aún peor, cuando se
unen a ellos en adoración a “un dios que no tiene hijo” (2Jn 9, 1Jn 5:12,
etc.).
2. El Segundo Mandamiento nos enseña cómo debemos adorar. Debemos
adorar a Dios únicamente como él nos ha mandado. Cualquier cosa
diseñada, inventada o imaginada por el hombre corrompe la verdadera
reverencia a, y adoración de, Dios. (Este mandamiento es violado con
frecuencia cuando los Cristianos tienen “retratos” de Jesús. Cuando se
insiste que son legítimos porque no son utilizados en el culto,
respondemos que no son legítimos porque uno no puede tener ni
pensamiento ni sentimiento apropiado con respecto a Cristo aparte de la
reverencia y la adoración. Estudie cuidadosamente la respuesta a la P.
109 del Catecismo Mayor).
3. El Tercer Mandamiento nos enseña acerca de quiénes deben adorar a
Dios. Deben adorar aquellos que profesan Su nombre (toman Su
nombre) con verdadera sinceridad de corazón. Es tan inútil adorar al
verdadero Dios (aun en la forma correcta) con falta de sinceridad como
lo es adorar a un dios falso o adorar al verdadero Dios en forma
inaceptable. (Este mandamiento es violado a menudo, por lo menos en
parte, aun por verdaderos Cristianos cuando no se concentran
completamente en la Palabra de Dios al reunirse en el servicio de
adoración (vea Lucas 8:18, Proverbios 8:34).
4. El Cuarto Mandamiento nos enseña cuándo debemos adorar y servir a
Dios. Debemos emplear un día entero en adoración y seis días en el
servicio a Dios. El día que le pertenece a Dios es un día de descanso,
es decir, un cesar de nuestras labores y las diversiones de los demás
días (salvo en obras de necesidad, piedad y misericordia). Este
mandamiento es violado a menudo. Es violado en dos formas. Es
violado cuando se profana el día del Señor. También es violado cuando
se designa un día de los otros seis como día santo basado en alguna
autoridad humana, como en el caso de Navidad o “Viernes Santo” (vea
Gálatas 4:9-11; Colosenses 2:16-17).
EL AMOR DE DIOS HACIA EL HOMBRE
LA RESPONSABILIDAD DEL HOMBRE HACIA EL
HOMBRE
5. El Quinto Mandamiento nos enseña el deber de respetar y obedecer a
las autoridades establecidas por Dios. Toda autoridad viene de Dios.
La autoridad que les pertenece a los padres, los empleadores, los
líderes de la iglesia y las autoridades civiles proviene de Dios (Ex
20:12, Ef 6:5, Hch 20:18ss., Ro 13). También les enseña a los que
administran tal autoridad que deben requerir la debida obediencia. Este
mandamiento es violado con frecuencia hoy en día por los padres que
no requieren obediencia de sus hijos. Esta es una profanación de la
autoridad divina. Y seguramente traerá malas consecuencias para los
hijos (Pro 29:15).
6. El Sexto Mandamiento nos enseña a reverenciar la vida humana porque
el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Es importante notar que
este mandamiento prohíbe el homicidio pero no toda forma de matar. Es
legítimo matar a los animales para comer (Gn 9:3). Es un requisito
divino ejecutar al homicida (Gn 9:6). También está sancionada por
Dios la defensa propia, ya sea personal o nacional (Nm 35:31, Ex 22:2,
Ro 13:lss). Este mandamiento es violado con frecuencia por la falta de
moderación. Dios no prohíbe el uso moderado de las cosas materiales.
Sin embargo, la falta de moderación es condenada porque es una
violación del Sexto Mandamiento. (Vea la respuesta a la P. 136 del
Catecismo Mayor).
7. El Séptimo Mandamiento nos enseña que debemos guardar la santidad
del sexo y del matrimonio. Este mandamiento prohíbe todo aquello que
destruya, subvierta o tienda a subvertir la unión absoluta del esposo con
la esposa según la institución divina original. En ese sentido prohíbe no
solo el adulterio, la fornicación y el divorcio, sino aun la más mínima
inclinación a la lascivia de la cual proceden tales terribles pecados.
Este mandamiento es violado frecuentemente por la atención deliberada
a literatura, películas y programas de televisión que excitan
pensamientos y deseos lujuriosos. (Vea la respuesta a la P. 139 del
Catecismo Mayor).
8. El Octavo Mandamiento nos enseña la sanción divina de la propiedad
privada. Este mandamiento se opone a toda forma de esfuerzo, ya sea
privado o público, para lograr obtener alguna propiedad aparte de la
herencia, o a cambio de dinero o trabajo. Las Escrituras no apoyan la
doctrina que enseña que la riqueza es necesariamente mala. Muchos
esquemas utópicos, de los cuales el Marxismo es un ejemplo, enseñan
que la propiedad privada es la raíz de todo mal y que los males
humanos pueden ser aliviados al eliminar la propiedad privada, o a la
fuerza, por violencia, o por medio de impuestos confiscatorios.
9. El Noveno Mandamiento nos enseña la santidad de la verdad. El Reino
de Satanás es un reino de falsedad, mentira y engaño. El Reino de
Cristo es un reino de verdad, honestidad e integridad. Al hablar,
deberíamos asegurarnos de dos cosas:
(a) que realmente queremos decir lo que decimos, y que decimos lo
que queremos decir, y
(b) que lo que digamos esté de acuerdo, no solo con nuestra
intención, sino también con los hechos. El chisme es una forma de
mentir, aun si realmente creemos lo que estamos contando. El
repetir “lo que me han contado” es evidenciar una falta de amor a
la verdad. Es tanto una violación de este mandamiento cuando
“sinceramente” relatamos lo que no es verdad como cuando
relatamos la verdad sin “sinceridad”. (Vea la respuesta a la P. 145
del Catecismo Mayor).
10. El Décimo Mandamiento nos enseña que: “Nada hay tan engañoso
como el corazón. No tiene remedio”(Jer 17:9). El requisito es que
aprendamos a contentarnos con lo que el Señor nuestro Dios nos ha
dado. Toda forma de descontento, envidia y codicia es, en su esencia,
una queja ante el obrar de Dios en nosotros. Es idolatría porque desafía
su autoridad divina. Esta es la raíz de muchas otras formas de pecado.
(Vea la respuesta a la P. 147-148 del Catecismo Mayor).
Con la mayor meditación en la ley perfecta de Dios, como se resume en
estos diez principios, viene el mayor aprecio y asombro. No existe ningún
deber indicado en las Escrituras que no esté implícito aquí. No hay ningún
deber que se le pueda imponer legítimamente al creyente que no haya sido
impuesto ya aquí. “Dios es el único Señor de la conciencia, por lo tanto, en
materia de fe y adoración, la ha dejado libre de doctrinas y mandamientos
humanos que sean contrarios a la Palabra de Dios o añadidos a ella” (vea el
Capítulo XX, 2), y la razón es que todo deber del hombre ya se encuentra en
los Diez Mandamientos. Dejar que la conciencia sea llevada por cualquier
deber que no se encuentre en estas leyes es volverse siervo de hombres en
vez de ser siervo de Dios.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Pruebe bíblicamente que la ley de Dios siempre es obligatoria
para el hombre.
2. ¿Tuvo Adán la ley? ¿En qué forma?
3. ¿Fue alterada la ley por la caída del hombre? Si no fue así,
¿qué cambió?
4. ¿Cuáles son las dos cosas importantes que demuestran que
todo hombre está “bajo la ley”?
5. ¿Tiene el Cristiano menos deber de cumplir la ley que el no
creyente? Pruébelo bíblicamente.
6. ¿Cuáles son los dos principios positivos que cumple la ley?
7. Enumere los principios contenidos en los primeros cuatro
mandamientos.
8. Proporcione un ejemplo de una violación (de hoy en día) de
cada uno de estos mandamientos.
9. ¿Es Correcto aceptar otras leyes aparte de los Diez
Mandamientos? ¿Por qué?

Ver las respuestas a estas preguntas


3. Además de esta ley, comúnmente llamada ley moral, agradó a
Dios dar al pueblo de Israel, como una iglesia de menor edad, leyes
ceremoniales, que contenían varias ordenanzas típicas, en parte de
adoración, prefigurando a Cristo, sus gracias, acciones,
sufrimientos y beneficios; y en parte expresando ampliamente
diversas instrucciones sobre deberes morales. En la actualidad, bajo
el Nuevo Testamento, todas estas leyes ceremoniales están
abrogadas.
4. A los Israelitas, en tanto entidad política, Dios les dio también
diferentes leyes judiciales, las cuales expiraron junto con el estado
de aquel pueblo; no obligando ahora a ningún otro pueblo más de lo
que la equidad general de ellas lo requiera.
5. La ley moral obliga por siempre a todos a que se la obedezca,
tanto a los justificados como a los que no lo son; y esto no solo con
respecto al contenido de la ley, sino también con respecto a la
autoridad de Dios el Creador quien la dio. En el evangelio, Cristo
en ninguna manera disolvió esta ley, sino que más bien reforzó la
obligación de cumplirla.

XIX, 3-5. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que Dios le dio a la nación de Israel la ley ceremonial (en adición a,
y distintamente de, la ley moral), que consistía en tipos y símbolos de
a. Cristo y su obra redentora, y del
b. Espíritu Santo y su obra en la aplicación de la redención,
(2) que esta ley ha sido abrogada,
(3) que también le dio a esa nación ciertas leyes civiles que cesaron
después de la teocracia, pero que
(4) la ley moral sigue vigente y que bajo la economía del Antiguo
Testamento se entendió que así iba a ser.

En los capítulos 7 al 10 de la epístola a los Hebreos existe una extensa


discusión en cuanto a las instituciones del Antiguo Testamento. Citaremos
unas cuantas para ilustrar la enseñanza de la Confesión. Por ejemplo, en
Hebreos 8:4, 5 se hace un contraste entre Cristo y el cielo, y los sacerdotes
que llevaban a cabo los mandatos ceremoniales del Antiguo Testamento. Se
indica que servían como “copia y sombra de [lo] que está en el cielo”. Se
nos recuerda el “tabernáculo” que contenía “el candelabro, la mesa y los
panes consagrados […] el altar de oro […] el maná, la vara de Aarón que
había retoñado [… y] los sacerdotes [que] entran continuamente en la
primera parte del tabernáculo para celebrar el servicio de adoración. Pero
en la segunda parte entra únicamente el sumo sacerdote, y solo una vez al
año, provisto siempre de sangre que ofrece por sí mismo y por los pecados
de ignorancia cometidos por el pueblo”. Y de estas ceremonias la Escritura
declara que “el Espíritu Santo da a entender que, mientras siga en pie el
primer tabernáculo, aún no se habrá revelado el camino que conduce al
Lugar Santísimo”. Esto nos ilustra, hoy en día, que las ofrendas y los
sacrificios que allí se ofrecen no tienen poder alguno para perfeccionar la
conciencia de los que celebran ese servicio de adoración. No se trata más
que de reglas externas relacionadas con alimentos, bebidas y diversas
ceremonias de purificación, válidas solo “hasta el tiempo señalado para
reformarlo todo” (Heb 9:1-9). Estas cosas fueron “solo una sombra de los
bienes venideros” (10:1). Sobresalen dos hechos pertinentes: (1) fue
declarado que todo esto testificaba de la obra aún futura de Jesucristo, y (2)
que con el cumplimiento de la obra de Jesucristo caducaría su utilidad.
Por medio de estas ceremonias, los creyentes del Antiguo Testamento
podían ver la obra del Salvador como un reflejo oscuro. Pero con la venida
de Cristo mismo estas cosas se volvieron tan innecesarias como en otros
tiempos habían sido esenciales. Así se afirma claramente la abrogación de la
ley ceremonial. Cristo “anuló esa deuda”, afirma Pablo, “clavándola en la
cruz” (Col 2:14). “Cristo […] derribó mediante su sacrificio el muro de
enemistad que nos separaba, pues anuló la ley con sus mandamientos y
requisitos” (Ef 2:14,15). Los Judíos se rehusaban a aprender esto. Aun a
Pedro le costó aceptarlo (Hch 10:14). Sin embargo, fue al Espíritu Santo
mismo a quien le complació guiar al Sínodo de Jerusalén a una posición
inequívoca contra la continuación de las obligaciones ceremoniales del
Antiguo Testamento (Hch 15:5,10).
Las leyes políticas o civiles de Israel eran de un similar carácter
temporáneo. Esto es evidente ya que, por ejemplo, ¿qué obligación
permanente podría haber en la asignación de las tribus a regiones
particulares de Canaán, o para los varios grupos que sirvieron bajo el reino
de David (1Cr 25ss.)?
Esto es suficientemente claro para nosotros. Pero a veces se piensa que
no estuvo nada claro para los que vivían bajo las leyes ceremoniales o
civiles del Antiguo Testamento. Sin duda, el grado al cual los creyentes del
Antiguo Testamento reconocían la naturaleza transitoria de las leyes
ceremoniales y civiles de Israel variaba de persona en persona y de edad en
edad. Sin embargo, existen buenas razones para afirmar que los verdaderos
creyentes desde el comienzo poseían algún reconocimiento de esto.
(a) Lo decimos, en primer lugar, por la diferencia dramática entre la
forma en la cual Dios reveló la ley moral (los Diez Mandamientos) y
las leyes ceremoniales y civiles. Dios reveló las leyes ceremoniales
y civiles por medio de Moisés, quien las escribió sobre vitela o
pergamino. Pero Dios mismo escribió los Diez Mandamientos, y no
los escribió sobre pieles perecibles, sino sobre tabletas de piedra—
símbolo de la permanencia que les pertenecía.
(b) Lo decimos, en segundo lugar, en razón de las afirmaciones de los
creyentes del Antiguo Testamento, quienes indicaron una distinción
consciente hecha por ellos entre la ley moral y las ordenanzas civiles
y ceremoniales. David contrasta la observación de las leyes
ceremoniales y morales como sigue: “Tú no te deleitas en los
sacrificios ni te complacen los holocaustos; de lo contrario, te los
ofrecería. El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; Tú,
oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido” (Sal
51: 16,17). “A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas, pero me
has hecho obediente; tú no has pedido holocaustos ni sacrificios por
el pecado. Por eso dije: ‘Aquí me tienes—como el libro dice de mí.
Me agrada, Dios mío, hacer tu voluntad; tu ley la llevo dentro de
mí’” (Sal 40:6-8). Estas afirmaciones no quieren decir que David no
sintiera ninguna obligación de observar las ordenanzas ceremoniales.
El no tenía perdón aparte de ellas porque eran los medios por los
cuales la gracia de Cristo le era administrada. Pero mostraba que era
muy consciente de la diferencia entre la legislación ceremonial y la
moral. Sus palabras anticipan la abolición de una y la continuación
de la otra. Así el profeta dice: “En verdad, cuando yo saqué de
Egipto a sus antepasados, no les dije nada ni les ordené nada acerca
de holocaustos y sacrificios. Lo que sí les ordené fue lo siguiente:
‘Obedézcanme […] Condúzcanse conforme a todo lo que yo les
ordene, a fin de que les vaya bien’” (Jer 7:22,23). Y Samuel dijo:
“¿Qué le agrada más al Señor: que se le ofrezcan holocaustos y
sacrificios, o que se obedezca lo que él dice? El obedecer vale más
que el sacrificio…” (1S 15:22).

La ley ceremonial dio evidencia de su carácter temporáneo en que no


podía “…hacer perfectos a los que adoran…” (Heb 10:1). Como “…nunca
pueden quitar los pecados…” verdaderamente (10:11), el Espíritu Santo
mismo testificaba de algo mejor que suplantaría las ordenanzas
ceremoniales, es decir, la oblación de Jesús (Heb 10:16,17, Jer 31:33ss.).
Tal vez la demostración más conclusiva de la conciencia del carácter
temporáneo de las leyes ceremoniales y civiles, en la mente de los creyentes
del Antiguo Testamento, es el hecho de que las predicciones del sufrimiento
venidero de Cristo son hechas en términos ceremoniales (Is 53:7, 11, Dn
9:25-27, Sof 1:7,8, etc.).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Aparte de la ley moral, Dios también dio dos tipos de leyes
adicionales. ¿Cuáles fueron?
2. ¿Cuál fue el propósito de la ley ceremonial?
3. Pruebe bíblicamente que ha sido abolida.
4. ¿Cuál fue el propósito de las leyes civiles?
5. ¿Reconocieron los creyentes mismos del Antiguo Testamento
alguna distinción entre los Diez Mandamientos y las ordenanzas
ceremoniales y civiles? Proporcione dos ejemplos.
6. ¿Qué defecto en la ley ceremonial misma indicaba la necesidad
de algo mejor?

Ver las respuestas a estas preguntas


6. Aun cuando los verdaderos creyentes no están bajo la ley como
pacto de obras, para ser justificados o condenados por ella; sin
embargo, es de gran utilidad para ellos como también para otros.
Pues la ley como regla de fe les informa acerca de la voluntad y de
su deber, y les dirige y les obliga a caminar de acuerdo con ella; les
muestra también las contaminaciones pecaminosas de su naturaleza,
de sus corazones y de sus vidas; de manera que examinándose
mediante la ley lleguen a una más completa convicción de
humillación por su pecado, y al aborrecimiento del mismo; junto con
una visión más clara de la necesidad que tienen de Cristo y de la
perfección de su obediencia. La ley moral es igualmente de utilidad
a los regenerados para restringir sus corrupciones, ya que prohíbe
el pecado; y sus amenazas sirven para mostrarles lo que aún
merecen sus pecados, y qué aflicciones les esperan en esta vida, a
pesar de que están libres de la maldición con que amenaza la ley. De
la misma manera, para con los regenerados, las promesas de la ley
les muestran la aprobación de la obediencia y qué bendiciones
pueden esperar cuando la cumplen; pero no como debido a ellos por
la ley como pacto de obras. De manera que si una persona hace lo
bueno y deja de hacer lo malo porque la ley lo alienta a lo uno y lo
desalienta de lo otro, ello no es evidencia de que está bajo la ley y
no bajo la gracia.

7. Los usos de la ley mencionados anteriormente no son contrarios a


la gracia del evangelio, sino que dulcemente concuerdan con él;
pues el Espíritu de Cristo subyuga y capacita la voluntad del ser
humano para hacer libre y voluntariamente lo que la voluntad de
Dios revelada en la ley requiere que se haga.

XIX, 6-7. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que los verdaderos creyentes no están “bajo la ley” como un pacto de
salvación, al contrario,
(2) que están “bajo la ley” como
a. una regla de práctica,
b. por medio del conocimiento de su pecado y su consiguiente
necesidad de Cristo, y
c. una revelación de la perfección de Cristo,
(3) que también opera sobre los incrédulos
a. para restringirlos,
b. para advertirlos, y
c. para revelarles a Dios,
(4) que “si una persona hace lo bueno y deja de hacer lo malo porque la
ley lo alienta a lo uno y lo desalienta a lo otro, ello no es evidencia
de que está bajo la ley y no bajo la gracia”, y
(5) aun estos usos de la ley no están de ninguna forma en contra del
evangelio de la gracia sino que, más bien, son esenciales al
evangelio.

Hemos mencionado a los que dicen, basándose en Romanos 6:14, que no


“están bajo la ley sino bajo gracia”, con lo cual quieren decir que creen estar
libres de toda obligación de cumplir los Diez Mandamientos porque son
creyentes. Se supone que la gracia nos rescata de toda culpabilidad y todo
castigo del pecado sin preocuparse en librarnos de la práctica del pecado.
Aun así este mismo texto aparece en medio de un pasaje que trata de la
liberación de la práctica del pecado (Ro 6:1-23). Y la gran afirmación de
Pablo es que el pecado no puede dominar en la vida del creyente (6:2, 7, 14,
22). La razón por la cual el pecado no puede dominar a un creyente es
precisamente porque él “no está bajo la ley sino bajo gracia”. Si él aún
estuviera bajo la ley, aún seguiría dominado por el pecado. Puesto que está
bajo la gracia ya no es dominado por el pecado. Muchos hoy en día dirían:
“Sí, yo puedo violar el Día de Reposo, porque no estoy bajo la ley sino bajo
gracia”. Pero Pablo está diciendo, en efecto y en principio: “No, no puedo
ignorar al Día de Reposo, porque estoy bajo gracia, no bajo ley, y el pecado
no puede dominarme”. Así la solución yace en un entendimiento correcto de
lo que significa estar “bajo la ley” y “bajo la gracia”. Estar “bajo” significa
“vivir bajo los términos o las condiciones de” o el pacto que se le denomina
ley, o el pacto que se le denomina gracia. Sin embargo, no significa que no
puede haber ningún aspecto de la ley en el pacto de la gracia ni viceversa.
Por generación hemos nacido de Adán bajo la obligación de cumplir
perfectamente la ley de Dios como condición de vida.
Estar bajo la ley significa, o tener la obligación de cumplir los
mandamientos perfectamente y perpetuamente, o morir. Y a causa de la caída
de Adán, y nuestra caída en él, este es un pacto “sin esperanza”.
Estar bajo la gracia es estar bajo los términos o las condiciones de un
pacto que otorga la vida al hombre sin que él mismo haya tenido una previa
obediencia perfecta y perpetua a la ley. Su propia obediencia a la ley no es
el modo por medio del cual es salvo, sino más bien la gracia. Sin embargo,
note dos aspectos importantes del pacto de gracia que involucran a la ley. En
primer lugar, la gracia que es dada al pecador tiene un fundamento legal.
Jesucristo rindió una obediencia perfecta y perpetua a la ley y recibió la
pena que el pecador merecía. No existe gracia sin el cumplimiento de la ley.
Y en segundo lugar, se llega a la mayor santidad por la gracia que es dada,
no sin ella. Puesto que la gracia es una obra renovadora de Dios en el
corazón del pecador, que trae un nuevo poder y deseo de santidad, el
resultado es cumplimiento de la ley en un grado mayor que los inconversos
(Ro 6:22, Gá 5:22-25, Ef 5:9, etc.). Así queda claro que el estar bajo la
gracia, en vez de estar bajo la ley, no se trata de “estar libre de la ley de
Dios sino comprometido con la ley de Cristo” (1Co 9:21).
La ley es de gran importancia para el creyente porque:
1. Como resumen de la voluntad completa de Dios, es el único reglamento
infalible de práctica. Los apóstoles citaban con frecuencia estos
mandamientos como el reglamento para los creyentes (Ro 13:9, Ef 6:2,
etc.) Se nos advierte contra el menosprecio de ley (Mt 5:19) y se nos
enseña que sus demandas tienen que ver con cada pensamiento interno
(Mt 5:21-48). Es la “mentalidad pecaminosa” la que “no se somete a la
ley de Dios” (Ro 8:7), pero para el creyente que se deleita en la ley
(7:22), esta es llamada “la ley perfecta que da libertad” (Stg 1:25).
2. La ley también tiene valor para revelar a los creyentes su pecado y su
necesidad de Cristo. Pablo dijo: “…si no fuera por la ley, no me habría
dado cuenta de lo que es el pecado” (Ro 7:7). La ley los instruye (Gá
3:19ss.). Les enseña a los hombres que están perdidos para que
busquen a Cristo. “De hecho, Cristo es el fin de la ley, para que todo el
que cree reciba la justicia” (Ro 10:4). Y esto no solo tiene que ver con
el momento de la conversión. Rige de allí en adelante. La ley le enseña
al creyente su deber de arrepentimiento y fe perpetuos.
3. Finalmente, la ley revela la gloria de Cristo. Nos muestra lo santo que
es él (Mt 5:17, Ro 5:18,19). Y nos muestra la severidad de la ley y el
castigo que le exigió a Cristo.

Con respecto al incrédulo, nada se compara con el hecho de que la ley


ejecuta la sentencia del juicio contra él porque “…sabemos que todo lo que
dice la ley, lo dice a quienes están sujetos a ella, para que todo el mundo se
calle la boca y quede convicto delante de Dios” (Ro 3:19). Sin embargo, aún
en su caso, la ley logra el bien. Aunque incita a la enemistad y al pecado (a
causa de su depravación) también restringe la expresión externa de ello (Ro
2:14,15). Aun en las naciones donde el evangelio no ha tenido mucho
avance, existe algún conocimiento de la ley moral, y tiene algún efecto en
restringir el progreso del pecado. Sin embargo, obviamente de ninguna forma
lo puede remediar.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál texto se cita equivocadamente con respecto a la relación
entre el creyente y la ley?
2. ¿Qué error afirman los que abusan de este texto?
3. ¿Cuál es el verdadero significado de “estar bajo” en este texto?
4. ¿Qué significa estar “bajo la ley”?
5. ¿Qué significa estar “bajo la gracia”?
6. ¿De qué forma es importante la ley al pacto de gracia?
7. ¿Qué utilidad tiene la ley para los creyentes?
8. ¿Qué bien cumple la ley en el caso de los incrédulos?

Ver las respuestas a estas preguntas


19
De la Libertad Cristiana y la Libertad de
Conciencia (XX)

1. La libertad que Cristo ha comprado para los creyentes que están


bajo el evangelio consiste en su libertad de la culpa del pecado, de
la ira condenatoria de Dios, de la maldición de la ley moral; y en
ser libertados de la maldad del presente mundo, de la esclavitud a
Satanás y del dominio del pecado; del mal de las aflicciones, del
aguijón de la muerte, de la victoria del sepulcro y de la condenación
eterna; como también en su libre acceso a Dios y en rendirle
obediencia, no por temor servil sino por amor filial y mente
voluntaria. Todas estas libertades fueron también comunes a los
creyentes que estaban bajo la ley. Pero bajo el Nuevo Testamento, la
libertad de los cristianos se ha ampliado mucho más, pues están
libres del yugo de la ley ceremonial, a la cual fue sujetada la iglesia
judaica; y en mayor confianza para acceder al trono de la gracia, y
en participaciones más plenas del libre Espíritu de Dios, que
aquellas de las cuales ordinariamente participaron los creyentes
bajo la ley.

XX, 1. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que Cristo ha pagado el precio de la libertad de los creyentes,
(2) que esta libertad consiste en libertad de la culpa, de la ira y
maldición de Dios, del amor al mundo, de la esclavitud a Satanás,
del dominio del pecado, del mal de las aflicciones, del aguijón de la
muerte, de la victoria del sepulcro y del castigo eterno; y libertad
para obtener acceso a Dios, para obedecerlo a él, y para amarlo a él,
y
(3) que la diferencia entre la libertad de la que gozaban los creyentes del
Nuevo Testamento y la de los del Antiguo Testamento es una
diferencia de grado y no de forma.

El Capítulo IX de la Confesión nos habla de “esa libertad natural” con la


cual Dios ha “dotado al ser humano con aquella conciencia natural, que no es
forzada ni determinada hacia el bien o hacia el mal, por alguna necesidad
absoluta de la naturaleza”. Y hemos demostrado que el hombre mantiene esta
libertad en cada uno de los cuatro estados. Sin embargo, el hombre, en su
estado caído, tiene libertad sin la habilidad de hacer el bien a causa de su
depravación total. Tiene la libertad de hacer lo que le complazca, pero no le
complace en absoluto hacer el bien.
La libertad que aquí consideramos es la libertad que ha sido comprada
por Cristo para los creyentes y que ha sido otorgada por el Espíritu Santo. Y
es una libertad que, a causa de una nueva habilidad, es verdadera. “Así que
si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres” (Jn 8:36). Esta es
“la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Ro 8:21). Consiste en más que
una mera ausencia de una restricción externa (de la cual goza todo hombre).
Consiste también en una restauración de la habilidad interna de desear y
hacer lo que le complace a Dios y ser libre de las discapacidades que el
pecado impone sobre el pecador. El hombre no convertido tiene libertad; sin
embargo, su obligación es tal que bien podría exclamar con Caín: “este
castigo es más de lo que puedo soportar […] Andaré por el mundo como un
fugitivo” (Gn 4:13,14). Tiene libertad de voluntad pero no está libre de la
ley, ni del pecado, ni de la muerte. Pero la libertad de los hijos de Dios
consiste en ser liberados de estos.
1. Hay, entonces, libertad de la ley. El creyente no está bajo la ley sino
bajo la gracia. Es tan importante hacer hincapié en el verdadero
significado de estas palabras como lo es refutar la interpretación falsa.
Puesto que Cristo cumplió la ley, el creyente recibe la salvación solo
por medio de la obediencia de Cristo y es liberado de la obligación de
cumplir la ley de Dios perfectamente como el medio por el cual recibe
la vida.
2. Esta libertad también consiste en ser rescatado del dominio del pecado,
y “…el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ahora ejerce su
poder en los que viven en la desobediencia” (Ef 2:2-3) ahora ha sido
suplantado en su dominio del corazón del creyente por el Espíritu
Santo. Es hecho “libre del pecado” para ser convertido en un siervo de
Dios (Ro 6:22). Esto quiere decir que el reino o dominio completo del
pecado ya no es su habitación. Es liberado de “este mundo malvado”
(Gá 1:4), no geográficamente, sino en el sentido de que ahora es un
extraño en él; es inmune a su forma de pensar y vivir (1Jn 2:15-17, Ro
12:2). Satanás ya no ejerce señorío sobre él (Hch 26:18). Aun a esas
cosas que por lo pronto son (es decir, la adversidad, la aflicción, etc.) y
las cosas que serán (es decir, la muerte y el sepulcro) los efectos o las
consecuencias del pecado se les niega, inmediata o eventualmente, en
parte o completamente, poder sobre él. La adversidad y la aflicción
pueden ser, o a menudo son, completamente para el beneficio del
creyente y para la gloria de Dios. Aun cuando hay castigo por el
pecado, es finalmente para bien (Ro 8:28, Job, Sal 119:71, etc.). Y
mientras que el mal de la muerte no será completamente abolido hasta
la resurrección (por la cual el cuerpo es devuelto a la vida, así como el
alma ya ha sido devuelta a la vida por la regeneración), aún así el
aguijón, o aspecto penal de la muerte, es quitado, y la “victoria del
sepulcro” es solo temporal (1Co 15:54-57).
3. Así, pues, el creyente es liberado de la muerte misma, lo cual es el fin
del pecado. Y aun en la muerte el creyente no muere “la muerte”, sino
que “descansa” en Jesús (Gn 2:17, Mr 7:10, Ro 6:9, 1Ts 4:14).

Esta libertad no se debe confundir con el libertinaje. Algunos han


utilizado la libertad para “disimular la maldad” (1R 2:16), para “dar rienda
suelta a sus pasiones” (Gá 5:13). Eso no es libertad, sino una esclavitud
disfrazada de libertad. La verdadera libertad es ser liberado del pecado para
volverse siervo de Dios. Implica una habilidad restaurada tanto como la
libertad de ser hijos de Dios. El libertinaje es aquella cosa vana y engañosa
que Satanás ha ofrecido como sustituto. Es la sugerencia de que el hombre
pecaminoso no tiene restricciones en escoger sus propias leyes morales y
hacer su propia voluntad. “No se engañen”, dice el apóstol, “Dios no puede
ser burlado. Cada uno cosecha lo que siembra. El que siembra para agradar
a su naturaleza pecaminosa, de esa misma naturaleza cosechará destrucción;
el que siembra para agradar al Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna”
(Gá 6:7,8). La verdadera libertad es el deseo y una habilidad interna de
buscar cumplir la ley de Dios. Y el deseo y la voluntad de hacer lo que nos
complace, muy aparte de lo que diga la ley, es libertinaje y es pecado.
La diferencia entre el creyente del Antiguo Testamento y el del Nuevo
Testamento, a veces, se describe como si el creyente del Antiguo Testamento
no tuviera tal libertad como aquella que le pertenece al creyente bajo el
evangelio. Este error es el reverso del que enseña que el Cristiano disfruta
del libertinaje (es decir, completa libertad del deber de cumplir la ley).
Enseña que el creyente del Antiguo Testamento no disfrutó de ninguna parte
de la libertad de los hijos de Dios. Esta idea es refutada por la enseñanza
Bíblica que dice que “la bendición de Abraham” ha “llegado a los Gentiles a
través de Jesucristo” (Gá 3:14). Al igual que otros errores, este también es
una exageración de una verdad importante, es decir, que hay un grado de
libertad incrementado para los creyentes del Nuevo Testamento. Pero este
grado de libertad incrementado se debe a la revocación de la ley ceremonial
(que nació para el creyente del Antiguo Testamento y no para el creyente del
Nuevo) y no por una diferencia esencial en su liberación de la ley moral, del
pecado o de la muerte. Tenemos un mayor grado o una mayor medida de
libertad porque lo que fue administrado a través de ordenanzas es ahora
administrado en su completa totalidad a través de Cristo por la intervención
del Espíritu Santo.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué significa “la libertad natural”?
2. ¿Qué diferencia hay entre la libertad que les pertenece a los
creyentes y esta libertad natural?
3. ¿De qué es liberado el creyente?
4. ¿Cómo es liberado el creyente de este mundo malvado?
5. Siendo que los creyentes mueren, ¿cómo se puede decir que
son liberados de la muerte?
6. ¿Cuál es la diferencia entre la libertad y el libertinaje?
7. ¿En qué formas era el creyente del Antiguo Testamento tan libre
como nosotros?
8. ¿En qué forma el creyente del Antiguo Testamento no era tan
libre como nosotros?

Ver las respuestas a estas preguntas


2. Dios es único Señor de la conciencia, por tanto, en materia de fe y
adoración, la ha dejado libre de doctrinas y mandamientos humanos
que sean contrarios a su Palabra o añadidos a ella. De manera que
creer u obedecer de conciencia tales doctrinas o mandamientos es
traicionar la verdadera libertad de conciencia; y el requerimiento
de una fe implícita y de una obediencia absoluta y ciega es destruir
la libertad de conciencia y también la razón.
3. Aquellos que bajo el pretexto de la libertad cristiana, cometen y
practican algún pecado, o abrigan algún deseo impuro, destruyen de
este modo el propósito de la libertad cristiana, el cual consiste en
que, siendo librados de las manos de nuestros enemigos, sirvamos al
Señor sin miedo, en santidad y rectitud delante de Él, todos los días
de nuestra vida.

XX, 2-3. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que solo Dios tiene la autoridad legítima sobre la conciencia,
(2) que solo su Palabra rige sobre ella,
(3) que toda doctrina o mandamiento del hombre que sea contraria o
adicional a la Palabra de Dios no tiene ninguna autoridad para atar la
conciencia,
(4) que permitir que la conciencia sea atada por tal doctrina es pecado,
una traición a la verdadera libertad de conciencia, y es negar que
solo Dios es el Señor de la vida de uno y que la libertad Cristiana
debe ser distinguida del antinomianismo (que significa “libertad para
pecar”).
Aquí vemos uno de los gloriosos beneficios de la Reforma por la cual
nuestros padres dieron todo de sí. Era esta verdad, tan claramente enseñada
en la Escritura, que había sido completamente eclipsada por la apostasía de
la Iglesia Romana. Solo fue recuperada a costo de la sangre de muchos
mártires. La fuerte resolución de los “Presbiterianos Pactantes” en Escocia
que no entregarían a ningún hombre los derechos reales de Jesucristo debe
ser recordada con reverencia. Volvieron a capturar el espíritu de la Iglesia
Apostólica al refutar a los que intentaban obligarlos a creer o hacer lo que
fuera contrario a la Palabra de Dios: “¡Es necesario obedecer a Dios antes
que a los hombres!” (Hch 5:29). Nunca debemos olvidar que la Reforma fue
mucho más que una separación de la autoridad del Papa y los errores de
Roma. No fue, al final, tanto una lucha contra algo como fue un testimonio
glorioso de Cristo. Fue un testimonio hecho en todas las esferas de la vida.
Por ejemplo, hubo reyes sobre la tierra que no estuvieron totalmente
contentos al ver que la estructura del poder Católico Romano se debilitara a
causa del levantamiento del Cristianismo Reformado. Aun así, a veces estos
reyes resolvieron “encargarse” de la Iglesia ellos mismos. Cuando se dieron
cuenta que los Cristianos Reformados no pensaban reconocer como “Rey y
cabeza de la Iglesia” a ningún otro que no fuera Cristo, fueron capaces de
una terrible persecución. Mucho del sufrimiento que padecieron los autores
de nuestra Confesión vino de la mano de tales reyes. Pero, gracias a Dios,
defendieron con firmeza las grandes verdades de las Escrituras, y fue por
medio de esos mismos principios potentes que tales tiranos fueron
derrotados. Solo Dios es Señor de la Iglesia y de la conciencia. Fuimos
“comprados por precio” y no debemos ser “esclavos de nadie” (1Co 7:23).
Hoy en día casi menospreciamos la preciosa herencia que ha crecido de
este principio. La separación de la Iglesia y el Estado, con la cual nos
referimos a la libertad de creer y practicar la fe propia sin ser forzado a algo
por los hombres, es un ejemplo. No queremos decir que este principio
siempre se respete en una nación como la nuestra. Es más, creemos que el
control de la educación por el Estado amenaza más y más este mismo
principio. Una filosofía anticristiana y falsa, en declaraciones prácticas (si
no, teóricas), está siendo impuesta sobre los que enseñan en el sistema de
colegios públicos en esta nación. Y puede que llegue el día cuando los que
enseñan tendrán que sufrir por hablar y actuar como si Dios fuera soberano
en todo.
Pero consideremos en forma más detallada una violación muy común de
este principio bajo estudio y que se encuentra en muchas iglesias
Protestantes, ¡y aun en las que afirman esta Confesión! En tales iglesias es
costumbre formular algunas reglas específicas que se les imponen a los
miembros de la iglesia como parte de su deber y, de esa forma, atan sus
conciencias. Estas reglas son de dos tipos:
1. Algunas son contrarias a la Palabra de Dios. Ejemplos de reglas que
son contrarias a la Palabra de Dios son las prohibiciones que requieren
abstinencia total del uso de ciertas cosas materiales. La religión
Mormona prohíbe el uso del café. Otras sectas prohíben el uso de la
carne. Y, francamente, nos faltaría tiempo si intentáramos mencionar
todas las cosas prohibidas porque el número es astronómico. Sin
embargo, ni en un solo caso sería posible demostrar que tal abstinencia
ha sido requerida por Dios. Es imposible porque “…no hay nada
impuro en sí mismo” (Ro 14:14). “Todo alimento es puro…” (Ro
14:20). Si no hay nada inmundo, entonces ninguna regla que prohíba el
uso de algo puede ser legítima. Si toda cosa realmente es pura, entonces
toda cosa puede ser usada por el hombre sin temor de conciencia. Por
cierto, es verdad que si una persona ha permitido que su conciencia
sea atada por tal regla (falsa), no puede tomar de lo prohibido sin
pecar (Cap. XVI). “Si algo es impuro, lo es solamente para el que así lo
considera […] Pero el que tiene dudas en cuanto a lo que come se
condena; porque no lo hace por convicción. Y todo lo que no se hace
por convicción es pecado” (Ro 14:14, 23). Nunca está bien que
hagamos lo que creemos que está mal, aun cuando creamos que esté mal
sin buen motivo. Sin embargo, aun si una persona obedece a su
conciencia fielmente y observa escrupulosamente una regla que prohíbe
el uso de una cosa material, aún es culpable de pecar. Es culpable del
pecado de permitir que otro aparte de Dios imponga una regla sobre su
conciencia. A esto se objeta diciendo que la falta de tales reglas
(prohibiendo o por lo menos restringiendo el uso libre de las cosas
materiales) solo llevaría a la “intemperancia absoluta”. O hay una
abstinencia total o terminamos inevitablemente en un abuso terrible. Ya
hemos demostrado la diferencia entre la verdadera libertad y el
libertinaje pecaminoso (Cap. XX, 1). Hemos demostrado que este es
una falsa esperanza. Aquí solo diremos que es una terrible deshonra al
Espíritu de Dios mantener tal objeción, porque esta objeción es igual
que decir que una regla hecha por el hombre puede proteger del pecado
al Cristiano mejor de lo que lo puede hacer el Espíritu Santo que mora
en él. Decir que el Espíritu Santo no puede guiar al Cristiano en el uso
libre de las cosas materiales que Él no ha prohibido es acusar a Dios
irresponsablemente.
2. La segunda clase de reglas son aquellas que, si no son contrarias,
entonces son por lo menos adicionales a la Palabra de Dios. Como
ejemplo podríamos mencionar muchas de las reglas impuestas sobre los
miembros de la Iglesia Católico Romana. Sin duda muchas de estas
reglas son contrarias a la Palabra de Dios, pero aun las que no lo son a
menudo son añadidas a la Biblia. “Los mandamientos o las leyes
principales de la Iglesia”, leemos en el Catecismo Romano, “son estos
seis:
(a) asistir a la Misa todos los domingos y días santos de obligación,
(b) ayunar y abstenerse en los días indicados,
(c) confesar nuestros pecados por lo menos una vez al año,
(d) recibir la Santa Comunión durante la Pascua,
(e) contribuir al apoyo de la Iglesia, y
(f) observar las leyes de la Iglesia con respecto al matrimonio”.

Creemos que no se podría probar que ayunar en los días que resultan ser
los indicados por la Iglesia Romana sea contrario a la Biblia. Ciertamente el
Cristiano debería confesar sus pecados (a Dios por medio de Cristo
únicamente). Y sería perfectamente apropiado recibir la Santa Comunión
(siempre que fuera administrada correctamente) el día del Señor que Roma
presume llamar “La Pascua”. Pero aunque no estaría mal hacer estas cosas
voluntariamente, de una forma apropiada, sí está mal permitir que la
conciencia sea atada a ellas en la forma y el momento designado por Roma.
Citemos otro ejemplo: Las iglesias Bautistas insisten en la inmersión como
forma de bautismo. No es contrario a la Palabra de Dios bautizar por
inmersión. Pero es un añadido a la Palabra de Dios requerir que el bautismo
sea únicamente por inmersión. Y permitir que la conciencia sea atada por tal
regla está mal aunque la inmersión en sí no lo esté.
Se ha dicho que hay “un Papa en el corazón de todo hombre”. Todos
sentimos la tentación de pensar que podríamos mejorar a nuestros hermanos
Cristianos si estuviéramos a cargo de sus conciencias. Igualmente todos
tendemos a imaginarnos que empleamos nuestra preciosa libertad de una
forma muy superior a la de los demás. Restringiríamos a los demás y
relajaríamos las restricciones sobre nosotros. Sin embargo, las Escrituras
requieren lo opuesto: la caridad hacia los demás y un uso cuidadoso de
nuestra propia libertad. Deberíamos siempre pensar lo mejor de nuestro
hermano. Deberíamos considerar a los demás como superiores a nosotros.
Mientras tanto, deberíamos cuidarnos del abuso de nuestra libertad, estando
atentos a que no lo hagamos para consentir a nuestra carne, y siendo muy
cuidadosos en no hacer que nuestro hermano más débil se tropiece por
ejercer nuestra libertad.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál fue el gran principio por el cual nuestros padres lucharon
con valentía?
2. ¿Fue esto simplemente una lucha contra la autoridad del Papa?
Explíquese.
3. ¿Qué principio de nuestra vida nacional es el fruto de este
enfrentamiento?
4. ¿Existe alguna amenaza a este principio en nuestra nación hoy
en día?
5. ¿Cuáles son las dos formas que niegan este principio hoy en día
en algunas iglesias Protestantes y aun Reformadas?
6. Cite un ejemplo de cada una.
7. ¿Por qué estaría mal someter la conciencia a una regla que
requiera abstinencia total del uso de algún objeto material en
particular?
8. ¿Por qué estaría mal someter la conciencia a una regla que
requiera la inmersión?
9. ¿Por qué se ha dicho que hay “un Papa en el corazón de todo
hombre”?
10. ¿Qué requiere de nosotros la libertad con respecto a los
demás?
11. ¿Qué requiere de nosotros la libertad con respecto a nosotros
mismos?

Ver las respuestas a estas preguntas


XX, 3 (Continuado).
Se argumenta que la doctrina de libertad, tal como ha sido presentada
líneas arriba, llevará al pecado. Esto ya lo hemos refutado en nuestra
discusión acerca del libertinaje. Sin embargo, aquí deseamos enfatizar el
hecho de que, muy contrario a la impresión común, es esta doctrina
(entendida correctamente) la que realmente muestra la totalidad del ámbito
de las leyes de Dios en la vida del hombre. El que la Fe Reformada se
rehúse a toda regla contraria o adicional a la Palabra de Dios no es porque
esté interesada en eliminar la santidad y el deber. Es, más bien, precisamente
porque reconoce que es el deber del cristiano—o comiendo, o bebiendo, o
en cualquier cosa que haga—hacerlo todo para la gloria de Dios. Cuando se
reduce el deber del hombre de principios divinos a leyes humanas, ha sido
falsificado porque ha sido reducido. Los Fariseos de la antigüedad
multiplicaban las leyes esforzándose para cubrir la totalidad de la vida, pero
ni se acercaban a la santidad de Cristo, quien rechazó sus leyes a favor de la
ley de Dios (Mr 7:1-13). Algunos no se pueden imaginar que los Diez
Mandamientos puedan cubrir todo y que lo hagan sin error ni defecto, sin
embargo, así es.
Pablo dice que cuando la mente es transformada y renovada (por la obra
interna de la ley aplicada por el Espíritu Santo), cada creyente podrá probar
cuál es la voluntad de Dios (Ro 12:2). Dice que sabrá (sin leyes hechas por
hombres) lo “bueno, agradable y perfecto”. Creemos que una exégesis
cuidadosa de este texto demostrará que el significado es el siguiente:
1. Por medio del conocimiento de los Diez Mandamientos, el creyente
sabrá qué es lo bueno. Por ejemplo, sabrá que el tocar el piano es
bueno por la simple razón de que lo que no está prohibido por ninguno
de los Diez Mandamientos es bueno. “Sabemos que la ley es buena”
(1Ti 1:8); por lo tanto, lo que está en concordancia o que no es
contrario a uno de los Diez Mandamientos es bueno. Entonces, el hecho
de tocar el piano, considerado en sí mismo, es bueno.
2. El Cristiano también debe considerar las circunstancias particulares
bajo las cuales se hace algo. Algo bueno no es siempre aceptable bajo
todas las circunstancias. Es bueno invocar el nombre del Señor. Pero
debe ser hecho en un momento aceptable (2Co 6:2). Los que invoquen
al Señor solo cuando ya es muy tarde no serán escuchados. Así también,
por ejemplo, el tocar el piano puede ser o no ser lo aceptable según
circunstancias tales como el momento y el lugar. Estaría mal tocar el
piano cuando el papá lo ha prohibido. Estaría mal tocar el piano en un
burdel.
3. Finalmente, es necesario que el acto sea hecho con la intención o el
motivo correcto. Es a esto a lo que se refiere el apóstol con la voluntad
perfecta de Dios. De nuevo tomaremos como ejemplo el acto de tocar
el piano. Es posible que alguien haga esta cosa buena bajo las
circunstancias apropiadas y que aun así viole uno de los Diez
Mandamientos. Supongamos que el propósito fuera conseguir fama
personal y fortuna en vez de querer servir a Dios. Supongamos que uno
tocara el piano solo para hacerse rico y no por servir a Dios. Entonces
estaría mal, no porque fuera un pecado tocar el piano, sino porque es un
pecado que alguien lo haga el fin principal de su vida, o aun que solo lo
quiera hacer para ganar plata sin buscar glorificar a Dios.

Lo cierto es que, cuando el creyente observa la ley de Dios


correctamente, demuestra ser mucho más exigente y mucho más riguroso que
las reglas del hombre. Sobre todo, tal hombre será preservado de la antigua
ruina de los fariseos que se creían los guardianes de la ley cuando realmente
solo estaban cumpliendo unas pocas reglas fáciles. Cuando el hombre crea
reglas, engaña al hombre porque reduce lo ancho y lo profundo del deber del
Cristiano hacia Dios. Aunque sea simplemente por esta razón deberíamos
rehusarlas firmemente.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué acusación falsa se hace contra la doctrina de la libertad
Cristiana?
2. ¿Cuál es la verdadera razón por la cual la Fe Reformada
rechaza tales reglas humanas?
3. ¿Qué quiere decir Pablo con los tres términos que utiliza en
Romanos 12:2?
4. ¿Puede algo ser bueno sin ser aceptable y perfecto?
5. ¿Puede ser prohibido algo que Dios declara ser bueno? ¿Por
qué?
6. Tome algo material como ejemplo de algo “prohibido” por leyes
humanas y demuestre por qué realmente es bueno, cuándo
puede ser aceptable y cómo puede ser perfecto.
7. ¿Por qué es más exigente la posición Reformada que la
posición de la oposición?

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4. Aquellos que bajo el pretexto de la libertad cristiana se opongan
a cualquier poder legítimo, o al legítimo ejercicio del mismo, ya sea
civil o eclesiástico, resisten a la ordenanza de Dios, porque los
poderes que Dios ha establecido y la libertad que Cristo ha
comprado no han sido destinados por Dios para destruirse sino para
sostenerse y preservarse mutuamente uno al otro. Además, los que
publican tales opiniones o mantienen tales prácticas, puesto que son
contrarias a la luz de la naturaleza, o a los principios conocidos del
cristianismo, ya sean tocantes a la fe, a la adoración o a la
conducta, o al poder de la piedad, o a tales prácticas u opiniones
erróneas, ya sea según su propia naturaleza, o en la manera de
publicarlas o mantenerlas, son destructores de la paz externa y del
orden que Cristo ha establecido en la iglesia, los tales pueden ser
legítimamente llamados a dar cuentas, y procederse contra ellos
mediante la censura de la iglesia, y mediante el poder del
magistrado civil.

XX, 4. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que Dios ha establecido la autoridad de la Iglesia y la del Estado
(cuando operan en sus ámbitos apropiados) y que deben ser
obedecidos como parte de nuestro deber ante Dios, y
(2) que a cada una de estas autoridades le corresponde imponer tal
autoridad dentro de su propio ámbito.

El Cristiano nunca tiene la libertad de oponerse a lo que ha sido


ordenado por Dios. Como dijo el apóstol: “Todos deben someterse a las
autoridades públicas, pues no hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así
que las que existen fueron establecidas por él. Por lo tanto, todo el que se
opone a la autoridad se rebela contra lo que Dios ha instituido. Los que así
proceden recibirán castigo” (Ro 13:1-2). Dios le ha dado al Estado (o los
líderes civiles) el poder de la espada para poder castigar el crimen (Ro
13:3-6). Y le ha dado a la Iglesia el poder de las llaves para poder echar
fuera a los que persisten en la herejía y la inmoralidad (Mt 16:19, 18:15-18).
Resulta un daño muy grave cuando se confunden estos ámbitos o cuando la
Iglesia o el Estado usurpa la autoridad del otro. Por ejemplo, en los países
donde el Papa de Roma puede determinar las leyes civiles, ha habido una
supresión del testimonio Protestante, una oposición a la distribución de la
Biblia y aun una violenta persecución. La autoridad civil se vuelve tirana
cuando se convierte en un instrumento de coerción religiosa. Por otro lado,
cuando el Estado ha impuesto sobre sus ciudadanos la religión que quiere
que tengan, o hace de la “Iglesia” un mero instrumento del Estado, el
resultado es igualmente malo. Por ejemplo, en países comunistas el Estado
controla a la Iglesia. Por consiguiente el error y la inmoralidad no son
suprimidos sino, más bien, solo los “enemigos del Estado”.
Cuando las autoridades civiles y eclesiásticas se contentan con el ámbito
que les ha sido dado divinamente, y ejercen esa autoridad de forma legítima
dentro de ese ámbito, resultan grandes bendiciones. Una gran parte de la
fuerza de nuestra nación y de nuestras iglesias se debe a este principio. Sin
embargo, creemos que ha surgido una grave amenaza a este principio en los
últimos movimientos tanto en la Iglesia como en el Estado.
1. Creemos que está surgiendo una amenaza a este principio en el hecho
de que las iglesias liberales y los concilios de la iglesia han buscado
más y más ejercer su fuerza o influencia directamente dentro del ámbito
civil. La posición bíblica más antigua era que la Iglesia ejercería su
influencia sobre el poder del Estado buscando llevar al individuo bajo
la autoridad de Cristo. Pero no “deben entrometerse en asuntos civiles
que conciernen al Estado, a no ser por medio de humilde petición en
casos extraordinarios, o por medio de consejo para la satisfacción de la
conciencia, si les es solicitado por el magistrado civil” (Cap. XXXI,
5). Si el Estado actuara en forma perjudicial a la libertad espiritual de
la Iglesia, obviamente haría una humilde petición. Y si, en un caso
extraordinario, las autoridades civiles buscaran consejo, sería
apropiado que la Iglesia hablara en forma directa acerca de los asuntos
civiles. Sin embargo, y de lo contrario, la Iglesia tiene que “tratar o
concluir solo en materia eclesiástica”. Esto no significa que la Iglesia
no se preocupe con los asuntos civiles. Tampoco significa que la Iglesia
esté callada acerca de los deberes del ciudadano Cristiano. Lo que
significa es que la Iglesia debe enseñar los principios revelados en la
Palabra de Dios con respecto a los deberes civiles, y que no intente
formular política, lo cual es el deber apropiado de la autoridad civil.
Sin embargo, en muchos casos hoy en día sucede precisamente lo
opuesto. Por ejemplo: La Iglesia debería enseñar que es el deber de los
magistrados civiles utilizar el poder de la espada “…para impartir
justicia y castigar al malhechor” (Ro 13:4). La Iglesia debería enseñar
los principios de la Escritura que sancionan y requieren la pena de
muerte, el mantenimiento del Ejército y La Marina, y el deber de La
Autodefensa. Aun así, hoy en día una organización tal como el Concilio
Nacional de las Iglesias no solo ignora tales principios bíblicos en su
enseñanza, sino también ha buscado promover políticas contrarias a
estos principios e influenciar a las autoridades civiles directamente
para que adopten estos principios erróneos. Se han abogado tales
políticas como el desarme unilateral, el pacifismo, la abolición de la
pena de muerte y el abandono de la soberanía nacional a cambio de un
gobierno mundial. Y el mal no solo es que la Iglesia ha invadido
directamente los asuntos del Estado, debilitándolo, sino que también
está descuidando su trabajo divinamente dado de suprimir la herejía y
la inmoralidad a través de medios espirituales dentro de la Iglesia y de
promover el avance del evangelio en todo el mundo. Al buscar lograr
por lo menos una medida de control sobre la espada del Estado,
descuida las llaves del Reino de Dios. En tales iglesias actualmente es
el caso común que el error y la herejía andan desenfrenadas.
2. También surge otra amenaza a la fe Cristiana en nuestra nación hoy en
día. Es una amenaza indirecta en cuanto no proviene de una
interferencia directa en la obra de la Iglesia. Viene más bien de la
creciente tendencia del control estatal en la educación. La familia es
una institución divina tanto como la Iglesia y el Estado. Y Dios ha dado
la autoridad y la responsabilidad de la educación de los niños a los
padres, y no a la Iglesia ni al Estado. Esto no significa que la Iglesia y
el Estado no tengan ninguna autoridad al respecto. La Iglesia tiene la
autoridad y el deber de asegurar que los padres entrenen a sus hijos en
el temor y la amonestación de Dios. El Estado también tiene el derecho
de requerir que tal educación sea suficiente para que los ciudadanos
conozcan y hagan su deber y obedezcan las leyes del país. Pero el
Estado no tiene ni el derecho ni la autoridad de excluir a Dios del
proceso educativo como vemos que está sucediendo hoy en día. El
control sobre la forma de pensar normalmente está asociado a las
naciones que están bajo dictadores y en las cuales manda el ateísmo. Y
aun así, la educación estatal en nuestra nación es cada vez más
rígidamente no teísta, porque Dios, el verdadero Dios Jesucristo, y su
Santa Palabra, la Biblia, están excluidas del proceso educativo. Y
porque esto invade los derechos inherentes del Cristiano, que es
miembro del cuerpo de Cristo, quien le requiere asegurarse de que sus
hijos sean condicionados siempre y en todo por Dios y su Palabra, es
una violación del principio que estamos estudiando aquí. Es trágico que
esta violación del principio bíblico ha sido lograda bajo el disfraz de
devoción a este principio. No queremos decir que el Estado debería
poner su imprimátur sobre las doctrinas de ninguna secta. (Esto es
exactamente lo que se está haciendo. La “secta” es el “humanismo
ateo”). Más bien, los padres deberían decidir qué posición religiosa se
le debería enseñar a sus hijos. Cada uno tiene una posición religiosa.
Así es que creemos que la respuesta correcta y bíblica son las escuelas
controladas por padres para los Cristianos y no colegios no-cristianos
para todos controlados por el Estado.

Hablaremos más del principio de la separación apropiada del Estado y la


Iglesia bajo los Capítulos XXIII, XXV y XXX. Aquí debemos notar que la
versión original de la Confesión de Westminster concluye con la afirmación
que los que “son destructores de la paz externa y del orden que Cristo ha
establecido en la iglesia, los tales pueden ser legítimamente llamados a dar
cuentas, y procederse contra ellos mediante la censura de la iglesia, y
mediante el poder del magistrado civil” (Cap. XX, 4). Las palabras en
itálicas son borradas por muchas revisiones Americanas de la Confesión.
Sin duda, la razón de esto ha sido un deseo de deshacerse de cualquier
peligro de animar al Estado a interferir en asuntos puramente eclesiásticos.
La historia indica que el temor al abuso civil en castigos de esta forma no
deja de tener fundamento. Sin embargo, nosotros defenderíamos la
formulación original, porque la Confesión limita cuidadosamente al
magistrado civil a los casos que involucran lo que es “destructor del orden y
de la paz externa” de la Iglesia. En otras palabras, no es en las opiniones
ilegales sino solo en las acciones destructivas que afecten la paz y el orden
externo en las cuales la autoridad civil puede actuar correctamente. Por
ejemplo, si alguien anduviera detestando las estatuas de la Virgen María,
testificando a los hombres en su contra y convirtiéndolos a su propio punto
de vista, el Estado no podría actuar justamente en su contra. Sin embargo, si
invadiera la propiedad de una Iglesia Católica Romana e interrumpiera su
culto o destruyera sus estatuas, podría y debería ser arrestado y castigado
bajo la ley, no porque tuviera una opinión equivocada acerca de las estatuas,
sino porque ha cometido un acto ilegal, es decir, ha destruido la propiedad
ajena.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué otra autoridad existe para el Cristiano aparte de las
Escrituras?
2. ¿Cuál es el ámbito apropiado de cada una?
3. ¿Qué sucede cuando las dos son confundidas o violadas?
4. Dé un ejemplo actual de la invasión de la Iglesia en el ámbito del
Estado.
5. Dé un ejemplo actual de la invasión del Estado en el ámbito de
la Iglesia.
6. ¿Cuáles son los dos males que resultan?
7. ¿Debería el Estado determinar el aspecto religioso de la
educación? ¿Puede existir la educación sin su aspecto religioso?
Explíquese.
8. ¿Permitía o animaba la conclusión original de esta sección de la
Confesión a los gobernadores civiles a que castigaran a
individuos por sus convicciones? Explíquese.

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20
De la Adoración Religiosa y el Día de Reposo
(XXI)

1. La luz de la naturaleza demuestra que hay un Dios, que tiene


señorío y soberanía sobre todo, que es bueno y que hace bien a
todos; y que, por lo tanto, debe ser temido, amado, alabado,
invocado, creído, servido y en quien se debe confiar, con todo el
corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Pero la forma
aceptable de adoración al Dios verdadero está instituida por Él
mismo, y está de tal manera limitada por su propia voluntad
revelada que no debe ser adorado según las imaginaciones e
invenciones de los seres humanos, o las sugerencias de Satanás,
bajo ninguna representación visible, o en alguna otra forma que no
esté prescrita en la Biblia.
2. La adoración religiosa debe ser dada a Dios, Padre, Hijo y
Espíritu Santo; y solamente a Él; no a los ángeles, ni a los santos, ni
a ninguna otra criatura; y desde la caída, no sin Mediador, pero no
por la mediación de ningún otro, sino solamente por la mediación de
Cristo.

XXI, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que la revelación natural es suficiente para informar al hombre que
tiene una obligación de rendir culto al verdadero Dios, pero
(2) que no basta para que el hombre sepa cómo adorar a Dios, así que
(3) “La forma aceptable de adoración al Dios verdadero está instituida
por Él mismo, y está de tal manera limitada por su propia voluntad
revelada que no debe ser adorado según las imaginaciones e
invenciones de los seres humanos, o las sugerencias de Satanás, bajo
ninguna representación visible, o en alguna otra forma que no esté
prescrita en la Biblia”,
(4) que solo Dios puede ser el objeto de la verdadera adoración, y
(5) que la adoración solo le es aceptable por medio de la mediación de
Cristo.

Ya hemos demostrado (Cap. I) que la revelación natural revela el


verdadero Dios hacia los hombres, de forma que tienen que saber que le
deben adoración y obediencia. Pero mientras la adoración en el paraíso por
parte del hombre sin pecado era inmediata (es decir, sin un mediador o
salvador), el pecado hizo al hombre incapaz de tal adoración. El pecado
afectó la relación del hombre con Dios de dos formas. Fue retirada la
presencia de Dios (Gn 3:22-24) y el corazón del hombre fue oscurecido. Por
eso, para que su adoración fuera aceptable a Dios, tenía que ser tratada su
alienación de Dios. Sin embargo, no había ninguna forma en la cual el
hombre pecaminoso pudiera hacer algo acerca de la comunión perdida con
Dios y del oscurecimiento de su propio corazón. De esta forma, por la
propia naturaleza del caso, la verdadera adoración no podía existir salvo
por medio de la provisión divina. Y esto es igual que decir que tal adoración
fue instituida por Dios, limitada por Dios, y prescrita por Dios.
1. Por adoración instituida, la Confesión se refiere a la adoración que ha
sido autorizada, mandada y requerida por Dios. La adoración de Caín,
por ejemplo, fue diferente que la de Abel. Dios no se inclinó a Caín ni a
su ofrenda. Sin embargo, la alabanza de Abel fue aprobada por Dios.
Cuando Caín se rehusó a cambiar su adoración según lo que Dios había
aprobado o sancionado, fue porque no aceptó el principio de que la
verdadera alabanza requiere aprobación o sanción divina explícita.
Cuando el hombre adora a Dios de alguna forma no designada o
mandada por Él, su alabanza es en vano (Mr 7:7). El pecado de Israel
al “construir los lugares altos” y ofrecer holocausto a Baal, fue que
hicieron “cosa que yo jamás les ordené ni mencioné, ni jamás me pasó
por la mente” (Jer 19:5). Nadab y Abiú fueron consumidos por el fuego
del Señor porque “le ofrecieron sacrificios con fuego profano” (Nm
3:4). La verdadera adoración es la que ha sido instituida (mandada) por
Dios. Lo que no ha sido instituido por Dios es por esa misma razón
falsa adoración.
2. Este principio (que la verdadera adoración fue instituida por Dios)
necesariamente involucra el hecho de que ha sido limitada por su
voluntad revelada. Es limitada porque Dios ha mandado solo ciertas
cosas en la adoración. Las Secciones 3-5 de este Capítulo nos muestran
que Dios ha instituido o prescrito:
(a) la oración,
(b) la lectura y predicación de la Palabra,
(c) la entonación de salmos,
(d) la administración de los sacramentos, y
(e) los juramentos, votos solemnes y ayunos en ocasiones especiales.

La prueba de la institución divina de estos elementos de la adoración se


citan en la Escritura. Dios nos ha dicho que observemos estas cosas en su
adoración. Pero también ha revelado su aborrecimiento de todo lo que el
hombre ha presumido inventar o imaginar sin tal mandamiento divino. De
modo que no podemos decir que la verdadera alabanza es instituida (o
prescrita) sin decir que es también limitada.
Esta posición es simple de declarar. Sin embargo, no ha sido nada fácil
de practicar. Y esto tiene que ver con la pecaminosidad del corazón humano
que siempre tiende a pensar como los antiguos Israelitas perversos que
decían: “‘Vamos a seguir nuestros propios planes’, y cada uno cometerá la
maldad que le dicte su obstinado corazón” (Jer 18:12). De esta forma, un
principio rival ha ganado mucha popularidad, no solo entre los Católico
Romanos y entre los Luteranos, sino aun entre los que afirman ser de la Fe
Reformada. Esta posición es que la verdadera adoración no tiene que ser
solo lo que Dios ha mandado, sino que también puede ser lo que él no ha
mandado, siempre que no esté expresamente prohibida en la Palabra. Lo que
sigue es un diagrama de las dos posiciones:
El Diagrama A ha sido explicado en los párrafos anteriores. La Figura B,
como podemos notar, considera que las cosas que Dios ha mandado forman
solo una parte (a menudo una parte pequeña) de la adoración legítima. Así,
por ejemplo, en la adoración Católico-Romana hay una gran cantidad de
ceremonias, símbolos y actividades que son permitidas y estas pueden variar
o tener añadidos basándose en este principio espurio. Tal adoración es vana
(Mt 15:9). Es falsa adoración porque no está respaldada por ninguna sanción
divina sino por la voluntad del hombre. Estas “Tienen sin duda apariencia de
sabiduría […] pero de nada sirven frente a los apetitos de la naturaleza
pecaminosa” (Col 2:23). Adorar de la forma que deseemos, sin prueba de
que sea la voluntad de Dios, es adorar a nuestra propia voluntad en vez de
adorar a Dios. Y lo que tenemos que subrayar rigurosamente es que no hay
ningún otro guardián de la pureza de la verdadera adoración cuando se
abandona este principio, como ha sido, y está siendo abandonado aun por
muchos que proclaman esta Confesión. (Por ejemplo, ¿qué mandamiento
requiere el servicio de las velas tan común hoy en día? Pero si una
“ceremonia” tal como está inventada por los Protestantes no es rechazada,
entonces ¿cómo pueden ser condenadas las ceremonias inventadas por
Roma?). Dios no será adorado sino de la manera en que él quiera. Y por
consiguiente, la verdadera adoración ha sido de tal manera instituida
(prescrita) como limitada. Existen dos categorías: Lo que Dios ha mandado
es legítimo, y lo que Dios no ha mandado queda excluido.
¿Significa esto que no hay nada que puede hacerse en una Iglesia
Reformada sino solo lo que manda la Biblia? No exactamente. Hay “algunas
circunstancias concernientes a la adoración a Dios y al gobierno de la
Iglesia, comunes a todas las acciones y sociedades humanas, que deben
ordenarse conforme a la luz de la naturaleza y de la prudencia cristiana,
según las reglas generales de la Biblia, las cuales siempre han de ser
obedecidas” (Cap. I, 6). Estas “circunstancias” son tales que son “comunes a
las acciones y sociedades humanas”. Pero debemos tener cuidado en
distinguir entre las circunstancias de la adoración y la adoración en sí. Por
ejemplo: La Escritura no prescribe la hora del día en la cual debe reunirse la
congregación para llevar a cabo la adoración pública a Dios. Tampoco ha
prescrito Dios la forma, el estilo, o el tamaño del local. Dada la naturaleza
del caso, tales circunstancias variarán de país en país, de temporada en
temporada y de lugar en lugar. Existe una regla general, sin embargo, que
requiere que las congregaciones se reúnan en algún lugar en el día del Señor.
La regla general controla la situación particular de acuerdo con las
circunstancias. Sin embargo, cuando la congregación se ha reunido en el
lugar designado, la adoración debe ser solo la que Dios ha mandado.
La verdadera adoración se dirige a Dios, y Dios existe en tres Personas
—el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto es consecuencia de lo que se ha
visto en el Capítulo II, 3, en nuestra discusión de la doctrina de Dios. Pero
aquí debemos notar que la verdadera adoración también debe ser rendida
por medio de la mediación de Cristo. Como señala A.A. Hodge, la iglesia de
Roma niega esto tanto en la teoría como en la práctica. Roma enseña:
1. que a la Virgen María y a los demás santos y ángeles se les rinde cierto
tipo o grado de adoración religiosa,
2. que debe invocarse su ayuda en momentos de necesidad,
3. que ellos pueden interceder por nosotros ante Dios o ante Cristo,
4. que se le puede pedir a Dios que nos salve y ayude (por lo menos en
parte) basándonos en los méritos de los santos, y
5. que los retratos, las imágenes y las reliquias de los santos y de los
mártires deben ser retenidos en las iglesias y alabados. (Vea las
doctrinas del Concilio de Trento). “Los romanistas, para evitar el cargo
de idolatría que se les hace, distinguen entre (a) latría, o sea la
adoración religiosa más elevada que se debe a Dios solamente, y (b)
doulia, o aquella adoración religiosa inferior a la primera y que se
debe ofrecer en varios grados a los ángeles y santos según el rango de
ellos. (Algunos también usan el término Hiperdulia para la adoración
que se debe únicamente a María). También distinguen entre (a)
adoración directa, la cual debe ofrecerse a Dios, a la Virgen y a los
santos, y (b) adoración indirecta, ofrecida a las pinturas o imágenes
que representan para el adorador el objeto de su adoración”.1

En respuesta a la enseñanza Católico-Romana, se pueden dar muchos


argumentos sólidos:
(a) Jesús dijo: “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás” (Mt
4:10, Dt 6:13). Las razones por las cuales adoramos a Dios
argumentan en contra de la adoración de cualquier otro ser. Dios nos
ha mandado glorificarlo únicamente a él.
(b) Sin embargo, la Escritura también prohíbe explícitamente la
adoración a los hombres y a los ángeles (Hch 14:14-15, Col 2:18,
Hch 10:25-26, etc.).
(c) El Segundo Mandamiento prohíbe expresamente el uso de retratos o
imágenes para representar a Cristo o para asistirnos en nuestra
reverencia a él. (Vea Catecismo Mayor, P. 109).
(d) Los santos no son sobrehumanos simplemente porque están en el
cielo. No han sido receptores de los atributos divinos requeridos
para poder recibir la alabanza y cumplir la mediación entre Dios y el
hombre.
(e) Y las Escrituras afirman que existe “…un solo mediador entre Dios y
los hombres, Jesucristo hombre” (1Ti 2:5). Aun el contemplar a otros
mediadores es despectivo a la honra exclusiva que le pertenece.
Volvamos a poner hincapié en este punto: Si en algún momento
admitimos que la adoración verdadera no sea limitada por la
voluntad revelada de Dios—si permitimos que el hombre añada
aunque sea un elemento a la adoración divina—se vuelve
excesivamente difícil refutar los argumentos descarriados y las
distinciones entre la latría y la doulia y la alabanza “directa” e
“indirecta”. Una razón por la cual el Protestantismo está
experimentando un regreso gradual a los retratos, las ceremonias y
cosas semejantes es que ha perdido (a menudo sin darse cuenta) su
dominio del principio regulativo de la verdadera adoración. No hay
ninguna protección de la pureza de la adoración salvo la adherencia
consciente y persistente a este principio: lo que ha sido mandado es
lo correcto, y lo que no, es erróneo.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué se debe tomar en cuenta en la verdadera alabanza desde
la caída?
2. ¿Qué significa decir que la verdadera adoración ha sido
“instituida”?
3. ¿Qué significa decir que la verdadera adoración ha sido
“limitada”?
4. ¿Por qué fueron consumidos por fuego de Dios Nadab y Abiú?
(Lv 10:1-2).
5. Según la posición Reformada, ¿cuántas formas de adoración
existen?
6. Según la posición no-Reformada, ¿cuántas formas de adoración
existen?
7. ¿Qué es “adoración de la voluntad”?
8. ¿Qué significa la frase “algunas circunstancias con respecto a la
alabanza de Dios”?
9. Dé una regla general que controla una acción afectada por las
circunstancias.
10. ¿Quién puede recibir nuestra adoración según Roma?
11. ¿Cuáles son las formas de adoración aceptables según Roma?
12. Dé dos o tres argumentos contra tal adoración.
13. ¿Por qué hoy en día los Protestantes, a veces, son débiles en
sus argumentos contra Roma?

Ver las respuestas a estas preguntas


3. Siendo la oración, con acción de gracias, una parte especial de la
adoración religiosa, Dios la requiere de todos los seres humanos; y
para que sea aceptada debe hacerse en el nombre del Hijo, con la
ayuda de su Espíritu, conforme a su voluntad, con entendimiento,
reverencia, humildad, fervor, fe, amor y perseverancia; y si se hace
en forma oral debe ser en un idioma conocido.
4. La oración debe hacerse por cosas lícitas, y por toda clase de
personas que están con vida y por quienes vivirán más adelante,
pero no por los muertos, ni por aquellos de quienes se sepa que han
cometido el pecado de muerte.

XXI, 3-4. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que la oración y el agradecimiento son prescritos como parte de la
verdadera adoración (es decir, mandadas o instituidas por Dios),
(2) que estas deberán ser ofrecidas solo por medio del mediador,
Jesucristo,
(3) que la ayuda del Espíritu Santo y la norma de las Escrituras son
requeridas para que estas sean aceptables,
(4) que deben ser ofrecidas en una lengua común.

Decir que la oración debe ser según el regir de la Escritura significa que
debe ser:
1. para lo que está de acuerdo con la ley (es decir, la voluntad de Dios),
2. por hombres vivientes,
3. por los que aún faltan por nacer, pero
4. no por los muertos, ni
5. por los que se pueda saber que hayan cometido el pecado
imperdonable.

Que la oración es un elemento prescrito de la verdadera adoración es


evidente a través de la Escritura. Desde los tiempos de los patriarcas, la
verdadera adoración fue ofrecida con oración y agradecimiento a Dios. (Gn
20:7, 17, etc.). “Moisés intercedió por el pueblo” (Nm 21:7). El libro de
himnos y cánticos inspirados contiene muchas referencias a la costumbre
constante de la oración en los tiempos del Antiguo Testamento (Sal
4:1,6:9,17:1, etc.). En la ceremonia de la dedicación del Templo “…
Salomón se puso delante del altar del Señor y en presencia de toda la
asamblea de Israel…” ofreció una gran oración (1R 8:22-53). En el Nuevo
Testamento este aspecto o elemento de la verdadera adoración continuó.
Cristo fue fiel en la oración privada (Mt 14:23), pero también oró en la
asamblea de la Iglesia (Jn 17). La oración era un elemento constante en la
adoración pública de la Iglesia Apostólica (Hch 1:14, 2:42, etc.). Y los
apóstoles mandaron que la oración se hiciera en las iglesias en todo lugar
(1Ti 2:8, lTs 5:17, Ef 6:18).
Con la venida de Cristo para cumplir con la obra de redención, los
oficios mediadores del Antiguo Testamento se volvieron exclusivamente
suyos. Solo él es nuestro Sumo Sacerdote, Profeta y Rey. Por esta razón toda
mediación es en él. “Nadie llega al Padre sino por mí”, dijo (Juan 14:6).
“Por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu” (Ef 2:18).
Por consiguiente, es solo “…en el nombre del Señor Jesús…” que debemos
“…[dar] gracias a Dios el Padre…” (Col 3:17). La expiación de Cristo y su
intercesión por nosotros son la base de toda verdadera oración.
Tomando en cuenta el principio regulativo de la verdadera adoración (lo
mandado es bueno y lo no mandado es malo), se podría pensar que la
verdadera oración consistiría únicamente de la repetición de las oraciones
escritas en las Escrituras. No es así, como podemos probarlo del
mandamiento del apóstol: “así que recomiendo, ante todo, que se hagan
plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos,
especialmente por los gobernantes y por todas las autoridades, para que
tengamos paz y tranquilidad, y llevemos una vida piadosa y digna” (1Ti 2:1-
2). Puesto que es evidente que muchos reyes y otras autoridades no son
mencionados en las oraciones escritas en la Biblia, entonces es también
evidente que Dios no quiere que simplemente recitemos las oraciones de la
Escritura. Pero esto no significa que queda en nosotros orar según nuestra
voluntad. (Esto, nuevamente, sería adoración falsa). Entonces, ¿cómo
podemos orar desde nuestros propios corazones sin ser culpables de falsa
adoración? La respuesta es que Dios da una asistencia especial por medio de
su Espíritu Santo para que podamos orar como él quiere. “Así mismo, en
nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero
el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden
expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la
intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes
conforme a la voluntad de Dios” (Ro 8:26,27). Si se requiriera que la
forma de nuestras oraciones fueran exactamente como las que se encuentran
en la Escritura, nuestras necesidades y nuestros deseos particulares no serían
reconocidos. Pero si nuestras oraciones no fueran formadas por la ayuda
especial del Espíritu Santo, de acuerdo con la Palabra de Dios (o la
voluntad de Dios), serían inútiles. Por lo tanto, decir que la oración es
“libre” no es decir que no esté prescrita. Está prescrita. Pero Dios ha
prescrito que oremos con la ayuda del Espíritu según la voluntad de Dios. Y
esto significa que el modelo o los deseos básicos que encontramos en la
expresión de la verdadera oración siempre serán según la estructura del
Padre Nuestro (Estudie las preguntas 186 y 196 del Catecismo Mayor). Toda
verdadera oración se conformará a esta estructura. Sin embargo, las
oraciones litúrgicas (o de formato establecido) yerran porque Dios ha
mandado que oremos por personas y necesidades específicas, por medio de
la ayuda inmediata del Espíritu Santo, según los principios de la Palabra de
Dios.
La oración debe ser según la norma de la Escritura. “Y cuando piden, no
reciben”, dice Santiago, “porque piden con malas intenciones…” (Stg 4:3).
Pero “si pedimos algo según su voluntad, él nos escucha”. A causa de esta
afirmación de las Escrituras, existen los que nunca piden nada sin a la vez
decir “si es tu voluntad”. Aquí yerran porque confunden lo que se sabe que
es la voluntad de Dios con lo que es la voluntad o el decreto secreto de
Dios. Cuando una oración se trata de algo que Dios no ha revelado, como
por ejemplo lo que sucederá en el futuro, es apropiado decir: “si es tu
voluntad”. Aun Cristo oró así (Mr 14:35). Pero cuando oramos con respecto
a lo que las Escrituras han revelado ser la voluntad de Dios, no deberíamos
decir: “si es tu voluntad”. Por ejemplo, si contemplamos a pecadores que
nunca se arrepienten, entonces no podemos pedir la bendición de Dios y
decir: “si es tu voluntad”. Sin duda, esto es una forma crasa de decirlo, pero
¡existe una instancia muy común de este mal! Hay algunos que oran para que
Dios sea misericordioso con sus familiares y aun los salve de la
condenación eterna aunque no se arrepientan y crean en el evangelio. Piden:
“Señor, sé misericordioso aunque continúe en su maldad, si es tu voluntad”.
No estaría mal pedir que Dios los convirtiera, si fuera su voluntad, porque
no sabemos si es o no es su voluntad. Pero estaría mal orar que Dios los
salvara de la condenación eterna aunque no se arrepientan y crean, porque
sabemos que esto no es la voluntad de Dios.
Cristo nos proveyó un ejemplo de cómo orar por los que aún no habían
nacido. Oró no solo por los discípulos que estaban con él, sino también por
quienes creerían en él por medio de la palabra de ellos (Jn 17:20). En vista
de la promesa de Dios a los creyentes y a sus hijos (Hch 2:39), hay una
buena razón para orar por nuestra posteridad, así como a menudo lo hizo
Jonathan Edwards, el gran Puritano de la Nueva Inglaterra. Pero no hay
ninguna razón para orar por los muertos. Si son creyentes, no hay nada que
podamos pedir por ellos que no lo hayan ya recibido. Si no lo son, no hay
nada que podamos conseguir por ellos porque hay “…un gran abismo entre
nosotros y [ellos]…” (Lc 16:26). Mientras vivía su pequeño bebé, David
oró por él. Pero cuando murió el niño, dejó de orar y ayunar (2S 12). Dijo:
“Es verdad que cuando el niño estaba vivo yo ayunaba y lloraba, pues
pensaba: ‘¿Quién sabe? Tal vez el Señor tenga compasión de mí y permita
que el niño viva’. Pero ahora que ha muerto, ¿qué razón tengo para ayunar?”
(2S 12:22-23). Antes que el niño muriera, podía decir: “Permite que el niño
viva, si es tu voluntad, Señor”. Pero cuando el niño ya había muerto, supo
que no era la voluntad de Dios permitir que el niño viviera, y que con la
muerte su hijo había sido consignado a un lugar y a una condición
irrevocable y, por lo tanto, más allá del ámbito apropiado de la oración.
Existe una verdadera dificultad en la última frase de la sección 4 que dice
que la oración no debe hacerse “por aquellos de quienes se sepa que han
cometido el pecado de muerte”. Si esto significa simplemente que la persona
ha persistido en el pecado y la incredulidad hasta su muerte, entonces la
afirmación simplemente estaría repitiendo la prohibición de orar por los
muertos. Pero si significa otra cosa, debemos preguntar (a) ¿cuál es este
pecado?, y (b) ¿cómo podemos saber cuándo alguien ha cometido “el pecado
de muerte”? Si existe tal pecado, distintamente de la incredulidad
persistente, debe ser el pecado de la blasfemia contra el Espíritu Santo (Mt
12:31-32). Esto es rechazar el perdón, obstinada y maliciosamente, bajo las
condiciones que da el evangelio (Heb 10:29, 6:6). Es pecar intencionalmente
contra el conocimiento de la verdad (Heb 10:26) y sufrir el castigo de
endurecimiento divino que es tanto final como incurable (2Ts 2:11, 12).
Pablo dice de tales personas que “…todo el mundo se dará cuenta de su
insensatez…” (2Ti 3:9). Creemos que hay un pecado que se puede designar
apropiadamente como “pecado de muerte”. Creemos que se manifiesta ante
todos. Cuando alguien que ha conocido la verdad (como Judas), ha
profesado fe en Cristo y ha andado en la compañía del pueblo del Señor
ejerce una apostasía deliberada y abierta de Cristo, ante los ojos de todos,
es correcto orar en contra en lugar de a favor de tal persona (Sal 69:22-28).
Por supuesto, es importante orar por todos los demás (1Jn 5:16). Pero existe
un “pecado de muerte”, dice Juan, y el Señor no dice que debamos orar por
los tales que son culpables de ello.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Cite pruebas del Antiguo y el Nuevo Testamento que la oración y
el agradecimiento son prescritas por Dios como parte de la
verdadera adoración.
2. ¿Por qué solo se puede verdaderamente orar “en el nombre de
Cristo”?
3. Cite un texto Bíblico que compruebe esto.
4. Si la verdadera adoración es solo lo que ha sido prescrito, ¿por
qué no debemos usar solamente las oraciones escritas en la
Biblia?
5. Cite pruebas bíblicas de esto.
6. ¿Significa esto que se nos deja con la libertad de orar según
nuestra propia voluntad?
7. ¿Prescribe la Escritura la estructura básica o el patrón de la
oración? ¿Dónde?
8. ¿Deben todas las oraciones (o peticiones) incluir la frase “si es
tu voluntad”? ¿Por qué?
9. ¿Por quiénes debemos orar? Cite pruebas.
10. ¿Por quiénes no debemos orar? Cite pruebas.
11. ¿Cuál es “el pecado de muerte”?
12. ¿Podemos saber que una persona en particular es culpable de
este pecado? Cite pruebas.

Ver las respuestas a estas preguntas


5. La lectura de la Biblia con temor piadoso, la sana predicación y
el escuchar la Palabra conscientemente, en obediencia a Dios, con
entendimiento, fe y reverencia; cantando los salmos con gracia en el
corazón; así como también la debida administración y digna
recepción de los sacramentos instituidos por Cristo son todos parte
de la normal adoración religiosa a Dios. Además deben usarse de
una manera santa y religiosa, en sus diferentes tiempos y
oportunidades: los juramentos religiosos, los votos, los ayunos
solemnes y acciones de gracias en ocasiones especiales.
6. Actualmente, bajo el Evangelio, ni la oración, ni ninguna otra
parte de la adoración religiosa están atadas a algún lugar, ni son
más aceptables según el lugar donde se realizan, o hacia el cual se
dirigen. Pues, Dios debe ser adorado en todo lugar, en espíritu y en
verdad, diariamente; tanto privadamente en las familias, y en lo
secreto cada uno por sí mismo; así también mucho más
solemnemente en las reuniones públicas, las cuales no deben
abandonarse u olvidarse voluntariamente o por descuido, pues Dios
por medio de su Palabra o providencia nos llama a ellas.

XXI, 5-6. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que los elementos divinamente prescritos de la verdadera adoración
(en adición a la oración) son (a) ordinarios (la prédica de la
Palabra, el cantar los salmos, la administración de los sacramentos)
y (b) ocasionales (juramentos, votos, ayunos, agradecimiento en
momentos especiales),
(2) que la verdadera adoración no está ligada a algún sitio especial
como si fuera más santo que los demás sitios,
(3) que la verdadera adoración es espiritual, siendo la verdad su
esencia, y
(4) que Dios requiere la adoración personal, familiar y pública, y que no
se debe descuidar ni dejar ninguna de ellas.

Ya hemos demostrado que hay dos posiciones acerca de lo que forma la


adoración aceptable a Dios. Según una posición, solamente lo que Dios ha
mandado es lo legítimo. Según la otra, pueden añadirse algunos elementos a
la adoración mandados por Dios, sin el mandamiento divino, y estos juntos
forman lo que se considera lo legítimo. La Confesión se adhiere a la
posición anterior y por lo tanto limita la verdadera adoración a lo que
mediante la Biblia se puede probar que es la voluntad de Dios. ¿Cuáles,
entonces, son los elementos de la verdadera adoración?
Los elementos de la verdadera adoración reconocidos por la Confesión
(y suplidos por el Catecismo Mayor, Pregunta 108) son:
1. la oración,
2. la lectura de la Escritura,
3. la predicación de la Palabra,
4. la administración de los sacramentos,
5. la disciplina eclesiástica,
6. el canto de los salmos,
7. el recibir de las ofrendas para el mantenimiento del ministerio.

Estos son los elementos comunes de la adoración a Dios. También hay


elementos más ocasionales, que son:
1. los juramentos y votos religiosos,
2. el agradecimiento en ocasiones especiales, y
3. el ayuno religioso.
La oración ha sido explicada en la sección anterior. Pero en primer lugar
de importancia para la verdadera adoración sin duda están la lectura de, la
predicación y el escuchar la Palabra de Dios. En la iglesia apostólica el
ministerio de la Palabra de Dios tenía el lugar de preeminencia. Pablo dice:
“Pues Cristo no me envió para bautizar sino a predicar el evangelio […] El
mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los
que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios”
(1Co 1:17-18). Por esta razón el Catecismo Mayor de Westminster menciona
“especialmente la Palabra” y “especialmente la predicación de la Palabra”
como el medio por el cual Cristo nos comunica los beneficios de su
mediación. La verdadera adoración a Dios depende de este elemento por
encima de todos los demás. A pesar de los demás defectos e impurezas,
creemos que la verdadera adoración no puede desaparecer por completo de
aquel lugar en el que aún existe una fiel predicación de la Palabra.
La administración correcta y la recepción adecuada de los sacramentos
son también parte de la adoración bíblica. Esto lo sabemos porque los
sacramentos fueron instituidos por Cristo. Él mandó que los que recibieran
el evangelio también fueran bautizados (Mt 28:19). Y de la Cena del Señor,
mandó: “Hagan esto en memoria de mí” (1Co 11:24). Los sacramentos no
son un medio de conversión a Cristo para el pecador, como sí podemos decir
de la Palabra de Dios. Sin embargo, son—junto con la Palabra—un medio
para fortalecer y confirmar la fe en los corazones de los creyentes. Puesto
que han sido instituidos por Cristo con el requisito que se continúen en su
Iglesia hasta que él venga, no puede haber adoración pura donde estos
elementos se hayan eliminado o alterado.
Otro elemento de la verdadera adoración es “el canto de los salmos con
gracia en el corazón”. Se observará que la Confesión no reconoce la
legitimidad del uso de los himnos modernos en la adoración a Dios, sino
solamente los salmos del Antiguo Testamento. Pocos hoy en día se dan
cuenta que las Iglesias Reformadas y Presbiterianas originalmente usaban
solamente los salmos, himnos y cánticos inspirados del Salterio Bíblico en
la adoración divina, sin embargo, eso es cierto. La Asamblea de Westminster
no solamente expresó la convicción que solo los salmos deberían ser
cantados en la adoración divina, sino que lo implementó preparando una
versión métrica del Salterio para su uso en las Iglesias. Este no es el lugar
para intentar una consideración de este tema. Pero debemos registrar nuestra
propia convicción de que la Confesión tiene razón en este punto. Creemos
que tiene razón porque nunca se ha comprobado que Dios haya mandado que
su Iglesia, en la adoración a Dios, cantara las composiciones no inspiradas
del hombre en vez de o junto con los coros, himnos, y salmos inspirados del
Salterio.
Puede que exista duda en cuanto a por qué la disciplina de la iglesia se
debe considerar como un elemento de la adoración. La Confesión no lo
describe como un elemento distintivo. Sin embargo, se hace un requisito, por
lo menos indirectamente. ¿De qué otra forma podría existir una garantía que
asegure que haya una sana predicación de la Palabra y una administración
apropiada de los sacramentos? Y puesto que la censura de la Iglesia se debe
administrar “en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, cuando estén unidos”
y “con el poder de nuestro Señor Jesucristo”, es indudablemente, en tales
ocasiones, un elemento de la adoración solemne que Dios requiere de Su
pueblo.
En contraste con estos elementos de la verdadera adoración divinamente
ordenados, no es difícil ver en qué medida se han apartado muchas iglesias
modernas del principio de la pureza de la adoración delineada en la
Confesión. En muchas iglesias hoy en día, la predicación de la Palabra de
Dios ha perdido su lugar central. El púlpito a menudo se desplaza hacia un
lado. El formalismo, la liturgia elaborada y las ceremonias inventadas
incrementan mientras que la predicación de la Palabra disminuye. Aun en las
iglesias que afirman la Fe Cristiana fundamental, el sermón se deja bastante
de lado a cambio de una película o un drama religioso. Sin duda, Cristianos
sinceros que estuvieran acostumbrados a tales cosas estarían escandalizados
con la sugerencia que estas cosas son las mismas, en principio, que los
elementos falsos de la adoración sancionados por la Iglesia de Roma. Sin
embargo, así es. Es de nuestra convicción que la totalidad de la superstición
y el error en la adoración Romana se puede ligar a la misma desviación de
la simple regla: Lo que Dios no ha mandado está prohibido.
La belleza de la verdadera adoración es la belleza de la santidad y la
verdad. Lo que origina de fuente humana contradice la gloria de esta
adoración espiritual. Es por esta razón que la Confesión no da lugar para el
arte y la imaginación humana en su concepto de la adoración. “Por tanto,
siendo descendientes de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea como
el oro, la plata o la piedra: escultura hecha como resultado del ingenio y la
destreza del ser humano” (Hch 17:29). Es verdad que el Tabernáculo y el
Templo estuvieron llenos de “decoraciones” simbólicas (Ex 31:1), pero hay
dos buenas razones por las cuales esto no se debe considerar como una
sanción para las representaciones de Cristo en cuadros en murales, vidrios
con dibujos coloreados, y cosas semejantes.
En primer lugar, todo el sistema ceremonial de lo visible ha sido
abrogado. Y en segundo lugar, el sistema ceremonial no fue creado por
sabiduría humana sino por inspiración divina (vea Éxodo 25:40, 28:3, 31:6,
35:30-35 y 1 Crónicas 28:11,12,19). Aun si insistiéramos en que el sistema
ceremonial existiera hoy en día, solo habría razón de usar exactamente los
símbolos que fueron dados originalmente por inspiración divina. Solamente
lo que el hombre recibe de Dios puede ser ofrecido a Dios en verdadera
adoración.
La verdadera adoración no está ligada a algún sitio en particular bajo el
Nuevo Testamento como lo estaba bajo el Antiguo (Jn 4:21, 23, Dn 6:10,
etc.). Dios no ha mandado que su pueblo se reúna en ningún sitio específico
ni en ninguna hora específica en el día del Señor. Por consiguiente, hay
ciertas cosas pertenecientes a la verdadera adoración las cuales sí se dejan
al criterio humano. Mucho del argumento falso contra el principio de la
adoración pura delineada en la Confesión ha surgido de este hecho tan
obvio. Se debe a una falta de distinción entre los elementos de la adoración
y las circunstancias de la adoración. Como la Confesión en sí dice (Cap. I,
6) “que hay algunas circunstancias concernientes a la adoración a Dios y al
gobierno de la Iglesia, comunes a todas las acciones y sociedades humanas,
que deben ordenarse conforme a la luz de la naturaleza y de la prudencia
cristiana, según las reglas generales de la Biblia, las cuales siempre han de
ser obedecidas”. Las circunstancias de la adoración son las siguientes: la
hora, el lugar, la duración del servicio y la frecuencia. Estas cosas no han
sido reguladas por Dios en un mandamiento específico, sino que ha dejado
que la Iglesia las determine. Sin embargo, los elementos de la adoración, y
esas cosas precisas que la constituyen, él las ha regulado por medio de su
expreso mandato. No hay por qué confundir estos asuntos distintos.
La Confesión también menciona lo que se podría denominar como los
elementos ocasionales de la verdadera adoración. Tales elementos como
“juramentos y votos religiosos, ayunos solemnes, y el agradecimiento en
momentos especiales” sí encuentran respaldo en la Palabra de Dios. ¿Por
qué, entonces, no se encuentran entre los elementos ordinarios de la
adoración? Es porque son apropiados solo en ciertas ocasiones. Considere
el ayuno como ejemplo. En el Catolicismo Romano (y en muchas otras
Iglesias Protestantes que siguen el ejemplo de la Iglesia Romana) se
designan ciertos días y estaciones para ayunar. Esto es contrario a las
Escrituras que enseñan que el ayunar no es aceptable a Dios cuando surge de
tal regulación mecánica (vea Marcos 2:18-20, Mateo 6:16-18). Por esta
razón Cristo condenó el ayunar de los Fariseos. También declaró que sus
discípulos no podían ayunar mientras que el novio estuviera con ellos.
Cuando el ayuno nace de un deseo interno espiritual (es decir, por
arrepentimiento de pecado, un deseo franco de buscar el favor divino, una
crisis urgente personal o algo así) entonces forma parte de la verdadera
adoración. La duración del tiempo involucrado varía (vea 1 Samuel 7:6ss.,
31:13, 2 Samuel 12:2lss., 2 Crónicas 20:3, Nehemías l:4ss., Mateo 4:2ss.,
Hechos 10:30, 13:2ss., 14:23, etc.). Observe una vez más la consistencia
admirable de la Confesión. El ayuno es un elemento de la verdadera
adoración solamente si permanece como algo espontáneo u ocasional, en vez
de ser una parte fija del servicio a Dios que se acostumbra. (Para una
explicación de los juramentos y los votos, vea el Capítulo XXII).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuáles son los elementos ordinarios de la adoración a Dios?
2. ¿Cuáles son los elementos de la adoración que son
ocasionales?
3. ¿Cuál elemento del culto es especialmente importante?
4. ¿Cómo podemos estar seguros que los sacramentos forman
parte de la verdadera adoración?
5. ¿Qué permite la Confesión que se cante en la adoración a Dios?
6. ¿Fue siempre tan “rara” esta costumbre como parece ser hoy
en día?
7. ¿Por qué no aprobó la Asamblea de Westminster el uso de las
composiciones humanas no inspiradas en la adoración a Dios?
8. ¿Por qué es esencial la disciplina de la iglesia en la adoración
verdadera?
9. ¿Cuándo realmente llega a ser un elemento de la verdadera
adoración la disciplina eclesiástica?
10. ¿Qué tendencias modernas demuestran que muchas iglesias
se han apartado del principio de la adoración que afirma la
Confesión?
11. ¿Cuál garantía existe contra los errores y los añadidos del
culto Romano?
12. ¿El simbolismo artístico del Tabernáculo y el Templo justifican
el esfuerzo moderno de convertir la adoración en algo de belleza
artística? ¿Por qué?
13. ¿Ha dejado Dios algunas cosas respecto a la adoración para
la determinación humana? ¿Si así fuera, cuáles son?
14. ¿Qué se quiere decir con los elementos “ocasionales” de la
adoración?
15. ¿Por qué deja de ser una parte de la verdadera adoración el
ayuno cuando se fija y se convierte en una parte común de la
adoración?
Ver las respuestas a estas preguntas
7. Así como es ley de la naturaleza que, en general, una debida
proporción de tiempo sea separada para la adoración a Dios; así
también en su Palabra, mediante un mandamiento positivo, moral y
perpetuo, que obliga a todo ser humano, en todos los tiempos, Dios
ha establecido específicamente un día de cada siete para reposo,
para ser guardado santo para Él. Desde el principio del mundo
hasta la resurrección de Cristo, este día era el último de la semana,
pero desde la resurrección de Cristo, fue cambiado al primer día de
la semana, el mismo que en la Biblia se llama Día del Señor, el cual
debe continuar hasta el fin del mundo como el Sábado cristiano.
8. El Sábado cristiano es, pues, guardado santo para el Señor,
cuando los seres humanos, después de una debida preparación de
sus corazones y arreglando con anticipación sus asuntos comunes,
no solamente observan todo el día santo reposo de sus propias
labores, palabras y pensamientos acerca de sus empleos y
recreaciones seculares, sino que también se ocupan, todo el tiempo,
en el ejercicio de la adoración pública y privada, y en los deberes de
necesidad y misericordia.

XXI, 7-8. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que Dios ha sujetado (por medio de revelación natural y especial) a
todo hombre a la observación del Día de Reposo,
(2) que el día de Reposo semanal era el séptimo día en el orden de
sucesión desde la creación hasta la resurrección de Cristo,
(3) que fue el primer día a partir de la resurrección,
(4) que Dios requiere que este día sea mantenido como un día santo por
medio de: (a) la preparación correcta, (b) el Reposo de los empleos
y los recreos mundanos (y todo aquello a lo que eso se refiera), (c) el
ejercicio de la adoración a Dios tanto privada como pública, y (d)
las obras de piedad, necesidad y misericordia.

Algunos han intentado, en vano, eliminar el Cuarto Mandamiento del


ámbito de la obligación cristiana mientras que retienen los otros nueve
mandamientos. El fundamento de este impulso normalmente es la contención
de que el Día de Reposo era “Judío” y que “desapareció” junto con las leyes
ceremoniales del Antiguo Testamento. La verdad es que el Día de Reposo
fue instituido mucho antes de cualquier legislación ceremonial (Gn 2:2-3).
Pertenece al orden que Dios estableció para el hombre desde el comienzo.
Aun el hombre sin pecado tenía la obligación de observar el Día de Reposo.
Fue creado a imagen de Dios. Su obligación fue definida por ejemplo divino.
“La secuencia dada al hombre de seis días de trabajo y uno de Reposo sigue
el patrón de la secuencia que Dios siguió en el gran esquema de Su obra
creativa” (John Murray). Es inconcebible que algo pudiera hacer irrelevante
el ejemplo de Dios para la obligación del hombre. Pero aunque esto no lo
mencionáramos, aun permanecería claro que el Cuarto Mandamiento es
moral y no ceremonial. Dios es un Dios de orden, no de confusión. Y él
mismo inscribió la ley moral en las tabletas de piedra, antes que revelara la
ley ceremonial por medio de su sirviente Moisés. Puesto que Dios (quien no
puede errar) dio este mandamiento junto con los demás mandamientos, que
son sin duda morales, es necesario considerarlo también como otra ley
moral. Dios no se equivocó en el carácter de su mandamiento, y lo colocó
entre otras leyes morales para que nosotros tampoco nos equivocáramos
acerca de su carácter.
El argumento más plausible contra la autoridad vigente del Cuarto
Mandamiento es el que busca demostrar que Cristo lo ignoró. Es verdad que
Cristo ignoró ciertas restricciones falsas que los fariseos creían vigentes.
Pero cuando los fariseos acusaron a Jesús y a sus discípulos de quebrantar el
Cuarto Mandamiento, su respuesta no fue que el Cuarto Mandamiento había
sido abrogado, sino que los fariseos se equivocaban en su interpretación de
ello. Y procedió a demostrar mediante las Escrituras del Antiguo Testamento
que realmente estaban equivocados (Mt 12:1-13, cp. Lv 14:4-9, 1S 21:6).
Cristo demostró que el sacerdote le dio a David el pan consagrado para
preservar su vida, aunque era una violación técnica de la ley. Similarmente,
Cristo demostró de la Escritura que ciertos tipos de trabajo específicos eran
legítimos en el Día de Reposo. Estas obras son las obras de piedad (es
decir, trabajo que se tiene que hacer para que Dios pueda recibir adoración,
como el trabajo del pastor al predicar el evangelio el día del Señor), obras
de necesidad (es decir, trabajo que no puede atrasarse sin daño a la vida o la
propiedad, tal como el rescatar a un buey que se cae en el arroyo, o
ayudando a apagar un incendio), y las obras de misericordia (como el acto
de bondad a algún enfermo o alguien en apuros). Jesús dijo: “Si ustedes
supieran lo que significa: ‘Lo que pido de ustedes es misericordia y no
sacrificios’, no condenarían a los que no son culpables. Sepan que el Hijo
del hombre es Señor del sábado” (Mt 12:7,8). Los fariseos colocaron la
obligación al Día de Reposo por encima de la obligación al Señor, y en esto
pervirtieron el Día de Reposo. Cristo no eliminó el Día de Reposo, sino que
lo colocó donde pertenecía, es decir, en subordinación a su Señorío. Los
discípulos observaban el Día de Reposo, de forma distinta a los fariseos,
porque ellos servían a Cristo. Si no hubiera existido el pecado y la miseria
en el mundo, no habría que hacer obras de necesidad y misericordia en el
Día de Reposo. El Día de Reposo de Dios comenzó cuando la creación
terminó. Pero el pecado y la miseria del hombre requerían que este Día de
Reposo fuera “quebrado” en cierto modo para poder redimir al hombre. Esto
tomó lugar cuando Cristo hizo la “obra” de la redención, “…porque el que
entra en el reposo de Dios descansa también de sus obras, así como Dios
descansó de las suyas” (Heb 4:10). La razón del día “nuevo” de Reposo es
que Cristo hizo su obra de necesidad y misericordia en el anterior Sábado de
Dios. Si esto no fuera así, “…Dios no habría hablado posteriormente de otro
día” (Heb 4:8). Sin embargo, la obra de Jesucristo no eliminó el Día de
Reposo, sino que, más bien, lo aseguró. “Por consiguiente, queda todavía un
reposo especial para el pueblo de Dios” (Heb 4:9). Pero el ejemplo de
Cristo nos demostró que el Día de Reposo permite, o más bien requiere,
obras de piedad, necesidad y misericordia. Y debemos observar
cuidadosamente que Cristo nunca dejó de justificar sus acciones con la
Escritura (Jn 7:22,23).
A veces se ha dicho que la abrogación de la pena de muerte por la
violación del Día de Reposo demuestra que el Cuarto Mandamiento ya no
obliga a todos los creyentes. Esto es confundir la ley civil (que requería
tales sanciones por infracciones de la ley moral) y la ley moral. El error aquí
es fácil de demostrar. Las leyes civiles de Israel requerían la pena de muerte
por la violación del Quinto Mandamiento (Ex 21:17, Dt 21:18ss.), el
Séptimo Mandamiento (Dt 22:22), el Segundo Mandamiento (Dt 13:10) y
otros (Lv 24:10-24). Sin embargo, nadie se imagina que los Cristianos
estemos libres de violar estas leyes morales simplemente porque las penas
civiles requeridas bajo el Antiguo Testamento no sean aplicables a “las
naciones”. ¿Por qué entonces debería ser tratado el Cuarto Mandamiento de
otra forma?
Pero ¿qué con respecto a los que niegan que el Día de Reposo ha sido
cambiado del séptimo día al primer día de la semana? Los Adventistas del
Séptimo Día, entre otros, insisten que el Cuarto Mandamiento obliga
perpetuamente la observación del séptimo día de la semana como el día del
Señor. Creemos que esta posición es refutada por dos consideraciones.
En primer lugar, el Cuarto Mandamiento no dice: “Acuérdate del séptimo
día”, sino “Acuérdate del Sábado”. Existe una diferencia. La diferencia es la
distinción entre la proporción y el orden. Cuando el mandamiento especifica
que seis de nuestros días son para una obligación y lo que resta de la
semana, un séptimo para ser exactos, para otra obligación, evita
precisamente lo que requiere la posición del Adventista del Séptimo Día.
Evita mandar que nos acordemos del séptimo día en el orden de tiempo, para
poder mandar que observemos el séptimo día en la proporción del tiempo.
Puesto que el Cuarto Mandamiento nos dirige a observar la séptima parte de
nuestro tiempo como un Día de Reposo, no hay nada en este mandamiento
que no sea aplicable con toda su fuerza al primer día de la semana (en cuanto
al orden de los días), porque el primer día de la semana es aun el séptimo en
cuanto a la proporción del tiempo.
En segundo lugar, simplemente observamos que la Iglesia Apostólica
observaba “el primer día de la semana” (en cuanto al orden de los días)
como la séptima parte, o el Día de Reposo (Vea Mateo 28:1, Marcos 16:2,
Lucas 24:1, Juan 20:1, 19; Hechos 20:7, 1 Corintios 16:2, Marcos 16:9,
Apocalipsis 1:10). A veces se argumenta que, de todos modos, nosotros no
podemos estar seguros que nuestro Día de Reposo sea el mismo que observó
la Iglesia Apostólica. Se dice que el ciclo puede haberse roto en algún
momento a lo largo de los siglos que nos separan del tiempo de los
apóstoles. A esto respondemos que Jesús es Señor tanto de su Iglesia como
de su día. Y él declara que el Día de Reposo es una señal perpetua del
pueblo de Dios (Ex 31:13-16, Ez 22:16, etc.). Cristo prometió que habría
una continuación sin interrupción de su verdadera Iglesia hasta el fin del
mundo, y esto garantiza que el hombre no ha perdido y no perderá el día del
Señor.
Una observación apropiada del día del Señor requiere “un santo
descanso durante todo este día, aun de aquellos trabajos y recreaciones
mundanales que son lícitos en los demás días” (Catecismo Menor, pregunta
60). Para un análisis más extensivo de la observación apropiada del Cuarto
Mandamiento no existe un estudio más provechoso que el que nos ofrece el
Catecismo Mayor en sus preguntas 115 a 120. Aquí nos contentaremos con
una breve declaración de principios:
1. El significado básico de la palabra Shabbat es cesación. El descansar,
en términos del significado de este mandamiento, no significa dormir.
No significa cesar de hacer trabajo y seguir nuestros pasatiempos
favoritos. Lo que significa es cesar de la muchedumbre de cosas que
nos absorben durante los demás días de la semana, ya sea empleo o
entretenimiento. Esto significa, no que somos libres de hacer cosas
pecaminosas los demás días y no en el día del Señor, sino más bien que
aun las cosas buenas que llaman nuestra atención los demás días, se
deben dejar de lado en este día. Por ejemplo, ver televisión, leer
periódicos y revistas y hacer deporte es aceptable en la vida Cristiana.
Pero no son apropiados para el día del Señor, porque “Shabbat”
significa cesar de estas cosas para dedicar un día exclusivamente a la
adoración y a la lectura de la Palabra de Dios, etc.
2. El significado de necesidad es, a menudo, malinterpretado con respecto
a este mandamiento. Las obras de necesidad no son las cosas que
necesitamos solamente para nuestra conveniencia. Por ejemplo, ¿qué
debería hacer un Cristiano si su jefe requiere que trabaje en el día del
Señor? Algunos dirían: “Tendré que trabajar, si no me bajarán de
posición y de sueldo”. Sin embargo, tal razón no hace que ese trabajo
se convierta en un trabajo de necesidad. Solo lo convierte en un trabajo
de conveniencia. Si un médico dice: “Debo operar a este hombre hoy
día o se morirá”, está hablando de una obra de necesidad. Pero si un
carpintero dice: “Debo reportarme a este trabajo de construcción
porque de lo contrario arriesgaré mi trabajo”, habla solo de su propia
conveniencia. La obra en sí no es necesaria. Sería casi igual
argumentar que está justificado el robo (“Tengo que robar porque mi
familia necesita más dinero”) como argumentar que una obra sea
necesaria en el día del Señor simplemente porque implicaría
inconveniencia o dificultad personal.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Sobre la base de qué cancelan o relajan la obligación de
observar el Cuarto Mandamiento Iglesias tales como la
Luterana?
2. ¿En qué forma se puede comprobar que el Cuarto Mandamiento
no es ceremonial?
3. ¿Dejó Cristo de lado las leyes del día del Señor en su época?
Explíquese.
4. ¿Cómo justificó Cristo sus acciones?
5. ¿Cuáles son los tres tipos de “obras” aceptables para Cristo en
el día del Señor?
6. ¿A qué servían los fariseos en su observación del día del
Señor?
7. ¿A quién servían los discípulos en su observación del día del
Señor?
8. ¿Qué mantienen los Adventistas del Séptimo Día (en cuanto al
día del Señor)?
9. ¿Qué evidencia refuta esta posición?
10. ¿Qué significa la palabra “Shabbat”?
11. ¿De qué debemos “descansar”?
12. ¿Cuál es la diferencia entre la necesidad y la conveniencia?

Ver las respuestas a estas preguntas

1 Vea íbid, p. 253.


21
De los Juramentos y Votos Lícitos (XXII)

1. Un juramento lícito es parte de la adoración religiosa, por medio


del cual una persona, en una ocasión justa, al jurar solemnemente,
invoca a Dios como testigo de lo que afirma o promete; y para que
le juzgue según la verdad o falsedad de lo que jura.
2. Las personas deben jurar únicamente por el nombre de Dios, el
cual debe ser usado con toda reverencia y santo temor. Por lo tanto,
jurar en vano o precipitadamente por este nombre glorioso y
terrible, o jurar en alguna manera por cualquier otra cosa, es
pecaminoso y debe ser detestado. Además, así como en asuntos de
peso y de importancia, un juramento está autorizado por la Palabra
de Dios, tanto bajo el Nuevo Testamento como bajo el Antiguo, del
mismo modo, cuando una autoridad legítima demanda un juramento
lícito para tales asuntos, dicho juramento deberá hacerse.
3. Cualquiera que hace un juramento debe considerar debidamente
la importancia de tan solemne acto y, por lo tanto, no deberá
afirmar nada más que aquello de lo cual está plenamente seguro que
es la verdad. Tampoco debe persona alguna obligarse mediante
juramento a cosa alguna, sino solamente a lo que es bueno y justo, y
a lo que cree que lo es, y a lo que es capaz y está decidido a cumplir.
Además, es pecado rehusar un juramento tocante a algo bueno y
justo cuando es requerido por una autoridad legítima.
4. Un juramento debe hacerse en el sentido claro y común de las
palabras, sin ambigüedad o reservas mentales. Dicho juramento no
puede obligar a pecar; pero en todo lo que no sea pecaminoso,
habiéndolo hecho, su cumplimiento es obligatorio; aun cuando sea
en perjuicio propio, tampoco debe violarse aunque se haya hecho a
herejes o infieles.

XXII, 1-4. Estas secciones de la Confesión nos enseñan acerca de:


(1) la naturaleza del juramento lícito,
(2) el único nombre por el cual es lícito juramentar,
(3) la conveniencia y el deber del juramento en situaciones apropiadas,
(4) el sentido en el cual debe ser interpretado el juramento, y
(5) el fundamento de los juramentos y hasta qué punto son una obligación
que debe cumplirse.

Algunos han dudado que debamos juramentar en lo absoluto. Jesús dijo:


“También han oído que se dijo a sus antepasados: ‘No faltes a tu juramento,
sino cumple con tus promesas al Señor’. Pero yo les digo: No juren de
ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra,
porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del
gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer que ni uno
solo de tus cabellos se vuelva blanco o negro. Cuando ustedes digan ‘sí’,
que sea realmente ‘sí’; y cuando digan ‘no’, que sea ‘no’. Cualquier cosa de
más, proviene del maligno” (Mt 5:33-37). Es fácil ver cómo se pueden basar
en este texto los que se oponen a todo tipo de juramento. Sin embargo, una
lectura cuidadosa de este texto a la luz del contexto no apoyará tal punto de
vista. Aquí Cristo no está destruyendo la ley (Mt 5:17-18) sino que la está
librando de las falsas interpretaciones. Una de estas falsas interpretaciones
de los Judíos era que solamente algunos juramentos eran de carácter
obligatorio, dependiendo del nombre en el cual juraban los hombres. Cristo
dijo que, muy por el contrario, tales distinciones eran vanas y malvadas, y
que todo juramento era obligatorio. Y más allá de eso, dijo que la palabra
del hombre debería ser verdadera y debe cumplirse aun sin juramentos. Si
los hombres fueran sinceros y simplemente hablaran la verdad, no sentirían
la necesidad de juramentar a cada rato. Los juramentos han entrado en uso
porque los hombres son mentirosos. Sin embargo, es un grave error suponer
que una mentira no sea malvada porque no se juramentó. Aun así, los judíos
llegaron más allá de esto, declarando que el perjurio no estaba mal salvo
que se haya juramentado de cierta forma (Mt 23:16-22). Ahora observen:
Cristo no dijo que todo lo que fuera más fuerte que “sí, sí” es pecaminoso,
solo dijo que procedía del mal, en cuanto se había hecho necesario por la
prevaleciente falta a la verdad. En la plenitud del Reino de Dios por venir
no habrá juramentos, porque todos dirán la verdad en toda su pureza (Ap
21:8,27). Mientras tanto, en el mundo pecaminoso en el que actualmente
vivimos, la mentira sigue siendo tan común que es posible que ciertos
momentos especialmente solemnes requieran el juramento, y que bajo ciertas
circunstancias es lícito juramentar (Lc 1:73, Mt 26:63, Hch 2:30, Heb 3:11,
18; 4:3; 6:11-18). Jesús mismo juramentó en esta forma. Y con frecuencia,
hizo un prólogo utilizando lenguaje con carácter de juramento. “De verdad,
de verdad te aseguro…”. Se puede notar que los juramentos que Cristo
condena evitan el uso del nombre de Dios. Estos se consideraban violables
por los judíos. Esto es lo que Cristo condenaba absolutamente. El que
sostiene que no tiene que hablar la verdad, a menos que confirme su palabra
mediante juramento en cierta forma, no puede ser admitido en el Reino, en el
cual reina la verdad. Sin embargo, esto de ninguna forma contradice el hecho
de que los que son de la verdad puedan hacer juramentos solemnes a Dios.
“Teme al Señor tu Dios y sírvele. Aférrate a él y jura solo por su nombre”
(Dt 10:20).
Las ocasiones apropiadas para tomar juramentos son las que involucran
intereses serios y lícitos, y en los cuales es necesaria una apelación a Dios
como testigo para asegurar la confianza y terminar con la contienda, y
también cuando el juramento es impuesto por una autoridad competente
sobre sus súbditos. En el último caso, especialmente, el juramentar es un
deber y el rehusarse a hacerlo es un pecado.
El perjurio es el acto mediante el cual intencionalmente se jura
falsamente. Es un crimen serio. La Biblia lo asocia con el jurar por dioses
falsos (Sal 24:4). El juramentar con la intención oculta de un doble sentido,
no evidente a los demás, o con cierta reserva mental, por medio del cual la
mente vocaliza silenciosamente su disconformidad con parte o todo de lo
que se está juramentando, es un enorme pecado. Y a pesar de ello, ¡este
pecado es común hoy en día aun en iglesias que oficialmente se aferran a
esta Confesión de Fe! Cuando se ordena e instala a un pastor Presbiteriano,
se requiere que haga ciertos juramentos. Se requiere, en este juramento de
oficio, que afirme que la Biblia es la única regla infalible de fe y práctica.
Después se requiere que juramente solemnemente que él personalmente
recibe y adopta la Confesión de Fe y los Catecismos como documentos que
concuerdan con y están basados en la Palabra de Dios, y que él
personalmente acepta el sistema de doctrina que ellas contienen. Tomar tal
juramento de oficio y a la vez no creer que la Biblia sea infalible, o no estar
de acuerdo con las doctrinas de la Confesión de Fe (tales como, por
ejemplo, la concepción virginal de Cristo y su resurrección corporal, o la
doctrina de la elección) es ser culpable de perjurio. No nos debe sorprender
la baja condición espiritual de las iglesias ya que se ha hecho una costumbre
aceptable juramentar falsamente, y eso de parte de los pastores de Israel.
Un juramento está de acuerdo con la Palabra de Dios solo si existe
verdadera sinceridad en el que juramenta. No debe “afirmar nada más que
aquello de lo cual está plenamente seguro que es la verdad”. Sin embargo, a
veces, sucede que uno juramenta llevar a cabo un deber que después llega a
percibir que está en contra de la Palabra de Dios. Un ejemplo de esto sería
el que solemnemente, y en el momento sinceramente, jura educar a sus hijos
en el falso sistema del Catolicismo Romano. A veces se argumenta que tal
juramento es obligatorio porque fue hecho con sinceridad, porque, en el
momento, el que lo juró creía que era correcto hacerlo (o por lo menos, que
no estaba mal) y que había resuelto cumplir con su juramento. Sin embargo,
un juramento rige solamente si lo prometido es bueno y justo, es decir, de
acuerdo con la Palabra de Dios. La razón de esto es evidente: Lo que es
contrario a la Palabra de Dios es pecado, y es el deber del hombre no pecar;
por lo tanto, el jurar que uno va a pecar no puede obligar a pecar ni justificar
el pecado. De modo que cuando uno descubre que ha prometido pecar bajo
un solemne juramento, su único recurso es pedir perdón por haber hecho tal
promesa desde el comienzo y renunciar a dicho juramento (Mt 14:2-12).
Estaba mal desde el comienzo el haber jurado así. Sería un doble mal
cumplirlo después de descubrir que es pecaminoso. Sin embargo, debemos
tener cuidado de no confundir lo que está mal con lo que es meramente
doloroso. “En todo aquello que no sea pecaminoso” el cumplimiento de un
juramento tomado “es obligatorio, aun cuando sea en perjuicio propio”. Dios
honra al hombre “…que cumple lo prometido aunque salga perjudicado…”
(Sal 15:4). Es imperativo que los Cristianos consideren cuidadosamente el
significado de un acto tan solemne estando seguros de que no juren hacer
algo más allá de sus habilidades y de su resolución. Aun así, al descubrir
que implica mucha más dificultad y aflicción de lo que originalmente habían
anticipado, no pueden negar lo que no sea contrario a la Palabra de Dios sin
ser culpables de pecado (Ez 17:19, Jos 9:19).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es la interpretación que a veces se le da a Mateo 5:33-
37?
2. ¿Cuál es la interpretación correcta de este pasaje?
3. ¿Dijo Jesús que todo juramento era malo? Si eso no fue lo que
dijo, ¿qué fue lo que dijo, exactamente?
4. ¿Cuál era el error común de los judíos con respecto a los
juramentos?
5. ¿Qué pruebas se podrían dar para demostrar que los
juramentos son legítimos?
6. ¿Qué es el perjurio?
7. ¿Qué doctrinas jura mantener y defender un pastor
Presbiteriano? (Dé algunos ejemplos).
8. ¿De qué son culpables los pastores Presbiterianos cuando no
creen las doctrinas contenidas en la Confesión de Fe?
9. ¿Debe uno cumplir su juramento si más tarde descubre que lo
que ha jurado está en contra de la Palabra de Dios? ¿Por qué?
10. ¿Debe uno cumplir su juramento si más tarde descubre que le
será inconveniente?

Ver las respuestas a estas preguntas


5. El voto es de naturaleza semejante a la del juramento promisorio,
y debe hacerse con el mismo cuidado religioso y cumplirse con la
misma fidelidad.
6. El voto no debe hacerse a criatura alguna sino únicamente a Dios
y, para que sea acepto, debe hacerse voluntariamente, con fe y
conciencia del deber, de manera grata por la misericordia recibida,
o para la obtención de lo que queremos. Por medio de aquel voto
nos obligamos más estrictamente a cumplir los deberes necesarios u
otras cosas en tanto y cuanto nos conduzcan al adecuado
cumplimiento de ellas.
7. Nadie deberá hacer un voto para realizar cosa alguna prohibida
por la Palabra de Dios, o que impida algún deber mandado en ella,
o a lo que no está en su capacidad, y para cuyo cumplimiento no
tenga promesa alguna o talento departe de Dios. En este sentido, los
votos monásticos papistas referentes a la perpetua vida célibe, de
pobreza profesa y de obediencia regular están tan lejos de ser
grados de perfección superior, y son más bien lazos supersticiosos y
pecaminosos en los cuales ningún cristiano debe enredarse.

XXII, 5-7. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que un voto es similar a un juramento,
(2) que un voto se toma únicamente ante Dios,
(3) que debe ser hecho voluntariamente, en fe, consciente de lo debido,
como motivo de agradecimiento por alguna misericordia recibida, o
por haber recibido algo deseado,
(4) que nos ata al deber,
(5) es decir, que se debe tomar solo según los principios de la Palabra
de Dios, y
(6) que los votos Católico Romanos del celibato, la pobreza y la
obediencia debida, están en contra de la Palabra de Dios.

Un juramento tiene que ver con el deber del hombre hacia el hombre. Un
voto trata del deber del hombre hacia Dios. En un juramento, el hombre pide
que Dios sea testigo y juez de lo que él dice o promete al hombre. En un voto
el hombre hace una promesa solemne a Dios. En ambos casos, los hacemos y
los cumplimos por reverencia y obligación a Dios. Y existe la sanción
bíblica para los votos tanto como para los juramentos. “¿Cómo puedo
pagarle al Señor por tanta bondad que me ha mostrado?”, pregunta el
Salmista. “¡Tan solo brindando con la copa de salvación e invocando el
nombre del Señor! ¡Tan solo cumpliendo mis promesas al Señor en
presencia de todo su pueblo!” (Sal 116:12-14). Como en el caso de los
juramentos, se debe tener mucho cuidado al tomar los votos. “Cuando vayas
a la casa de Dios, cuida tus pasos y acércate a escuchar en vez de ofrecer
sacrificio de necios, que ni conciencia tienen de que hacen mal. No te
apresures, ni con la boca ni con la mente a proferir ante Dios palabra alguna;
él está en el cielo y tú estás en la tierra. Mide, pues, tus palabras […] quien
mucho habla dice tonterías. Cuando hagas un voto a Dios, no tardes en
cumplirlo, porque a Dios no le agradan los necios. Cumple tus votos: vale
más no hacer votos que hacerlos y no cumplirlos” (Ec 5:1-5).
El hombre que nunca hace un voto prospera más que el que no cumple el
voto que ha hecho. Sin embargo, esto no significa que sea mejor para el
hombre que nunca haga votos. Muchos, tal vez la mayoría de los votos o las
promesas que los hombres hacen a Dios nunca se cumplen y, por lo tanto,
sería mejor no haberlos hecho. Pero cada verdadero creyente debe tomar y
cumplir por lo menos un voto, es decir, el abrazar a Jesucristo de la forma
que es ofrecido libremente en el evangelio y caminar con él con una vida
nueva. Entonces, por lo menos en esta instancia, la Biblia dice: “Hagan
votos al SEÑOR su Dios, y cúmplanlos…” (Sal 76:11). Entonces vemos que
es perfectamente consistente con las Escrituras requerir que los hombres
confiesen públicamente a Cristo y tomen votos de fe y obediencia (Mt
10:32).
Los votos de membresía son hechos en la presencia del hombre, pero se
dirigen al Señor. En la mayoría de las iglesias Reformadas, estos votos son,
en su sustancia, como sigue:
1. el voto de creer, aceptar permanentemente y obedecer la Biblia como la
única regla infalible de fe y práctica,
2. hacer el voto de, o prometer, considerarse a uno mismo como
pecaminoso y corrupto, y renunciar a sí mismo para recibir la salvación
que es únicamente en Cristo,
3. hacer el voto de, o prometer, reconocer a Jesucristo como su propio
Rey y depender de él para caminar en una vida nueva; y
4. hacer el voto de, o prometer, prestar atención a la lícita disciplina de
Cristo administrada por su Iglesia según la Palabra de Dios. Es verdad
que un hombre que haga tales votos y después no los cumpla está en
peores condiciones que el que nunca hace voto alguno. Pero también es
verdad que ningún hombre que no haga ni cumpla estos votos
prosperará.

Debemos tener cuidado con no hacer un voto que esté en contra de las
Escrituras (Hch 23:12, Jue 11:30ss.). Ejemplos de este tipo de votos se
pueden encontrar hoy en día en el Catolicismo Romano, el Protestantismo
liberal y aun entre los Fundamentalistas. La Iglesia Romana requiere un voto
de celibato de todos sus sacerdotes. Pero Cristo dijo que “no todos pueden
comprender este asunto” (Mt 19:11). Y enseñó que tal estado debe ser
estrictamente voluntario cuando dijo: “El que pueda aceptar esto, que lo
acepte” (v. 12). Y en todo caso las Escrituras prohíben que cualquier clase
de hombre, incluso los oficiales de la Iglesia, esté bajo tal reglamento. “Pero
en vista de tanta inmoralidad, cada hombre debe tener su propia esposa…”,
dice el apóstol (1Co 7:2). Si uno no puede sobrellevar la carga del celibato,
la regla es: “…que se casen…” (1Co 7:9). Y es más bien la regla y no la
excepción que “el obispo” sea “…esposo de una sola mujer…” (1Ti 3:2). Y
la “prohibición del matrimonio” es llamada una “doctrina diabólica” por el
mismo apóstol, quien, aparentemente, era célibe voluntariamente (1Ti 4:1,3).
Un voto de pobreza obliga la renuncia de toda propiedad privada. Esto
contradice la enseñanza de Pedro (Hch 5:4). Un voto de obediencia es una
violación directa del mandato específico de Dios que dice: “…no se vuelvan
esclavos de nadie” (1Co 7:23). “¡Es necesario obedecer a Dios antes que a
los hombres!” (Hch 5:29). Solo Dios es Señor del creyente. Es un pecado
hacer un voto de, o prometer, cualquier cosa a Dios que no sea requerida o
aprobada por Dios. Aun así, aun entre los Protestantes una forma muy seria
de este pecado se ha vuelto común. Esto es, la costumbre de animar a la
gente, a menudo por medio de influencia psicológica emocional, en el afán
del momento, de firmar tarjetas de promesa de fe. Y lo más preocupante de
todo es que, a menudo, las víctimas son los niños. Y les decimos víctimas
sin importar cuál sea el voto—aunque el voto sea inocente en sí. La razón
es que tanto un voto como un juramento solo puede hacerse si existe:
(a) verdadera consideración y conocimiento de la importancia de un acto
tan solemne,
(b) una persuasión de la conciencia que tal voto sea bíblico, y
(c) una convicción de que uno es capaz de y que ha resuelto cumplir el
voto.

Cuando un niño firma una tarjeta de promesa de fe, o hace un voto, es muy
poco probable que se puedan cumplir estas condiciones. Es, por lo tanto,
pecado, mayormente por parte de los adultos que pecan y hacen pecar, pero
también es pecado por parte de los niños: “…todo lo que no se hace por
convicción es pecado” (Ro 14:23). Esto no es lo mismo que decir que los
niños no estén sujetos a los votos del pacto de sus padres. Al contrario,
creemos que los hijos de los creyentes son niños del pacto. Están sujetos a
los mismos votos que sus padres, en todo aquello que mande Dios. Un padre
no puede colocar a un niño bajo una obligación perpetua a absolutamente
nada que no sea un mandato de Dios (Mt 4:10). Sin embargo, esto es muy
distinto a inducir a los niños que hagan votos que aún no sean capaces de
hacer por sí mismos.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es la diferencia entre un juramento y un voto?
2. ¿En qué forma son similares?
3. Pruebe bíblicamente que los votos no son contrarios a la
voluntad de Dios.
4. ¿Qué voto es requerido de un Cristiano? ¿Qué se promete en
este voto?
5. Dé un ejemplo de un voto no bíblico que es común en el
Catolicismo Romano.
6. Dé un ejemplo de un voto no bíblico que es común en el
Protestantismo.
7. ¿Por qué está mal inducir a los niños a hacer votos?
8. ¿Hay instancias donde los niños están sujetos a los votos de
sus padres?

Ver las respuestas a estas preguntas


22
Del Matrimonio y el Divorcio (XXIV)

1. El matrimonio ha de ser entre un hombre y una mujer. No le es


lícito a ningún hombre tener más de una esposa, ni a una mujer
tener más de un esposo, al mismo tiempo.
2. El matrimonio fue instituido para la mutua ayuda entre el esposo
y la esposa, para la multiplicación de la raza humana por
generación legítima, y de la iglesia con una simiente santa, y para
la prevención de la impureza.
3. A toda clase de personas les es lícito casarse con quien está en la
capacidad de dar su consentimiento con juicio. Sin embargo, es
deber de los cristianos casarse solamente en el Señor; por lo tanto,
los que profesan la verdadera religión reformada no deben casarse
con infieles, Católico Romanos u otros idólatras; ni deben, los que
son piadosos, unirse en yugos desiguales, casándose con quienes
sean notoriamente malvados en su vida, o sostengan herejías
detestables.

XXIV, 1-3. Postergaremos la discusión del Capítulo XXIII de la Confesión


hasta llegar al Capítulo 29 de esta obra para poder estudiar juntos los
capítulos y secciones XXIII, 3 y XXXI, 1-2 (secciones que tratan del poder
del Magistrado Civil con respecto a temas eclesiásticos).
Las secciones 1 al 3 del Capítulo XXIV de la Confesión nos enseñan:
(1) que Dios ha mandado el matrimonio monógamo,
(2) que este sirve sus propósitos variados,
(3) que el celibato no se debe considerar como un estado más santo que
el matrimonio, y
(4) que los Cristianos Reformados no deben casarse con inconversos ni
tampoco con los que suscriben errores peligrosos.

Que el matrimonio es una institución divina se nos enseña claramente en


la Escritura (Gn 2:18-25). El matrimonio es una provisión divina. En cuanto
Dios hizo solo una mujer, es evidente que el matrimonio era únicamente
entre un solo hombre y una sola mujer. Esto fue reconocido en la profecía de
Adán que habló en singular al referirse a la esposa por la cual un hombre
dejaría a su padre y a su madre. El comentario de Cristo se ve en forma
implícita en el relato de Génesis: “…y los dos llegarán a ser un solo cuerpo”
(Mt 19:5). Y la partida de esta monogamia original se ve en la historia de
los que se desviaron de Dios (Gn 4:16, 19). Está claro que la poligamia era
el resultado y la evidencia de la depravación del hombre y una contradicción
de la institución divina (Gn 6:5).
Lo que escuchamos con frecuencia con respecto a este asunto es el hecho
conocido de que muchos creyentes del Antiguo Testamento tenían más de una
mujer a la vez. Incluso existe una provisión (en Deuteronomio 24:1-4) para
el divorcio en casos que no involucraban adulterio. Es obvio que esto
presenta cierta dificultad, y algunos han intentado argumentar contra la
doctrina de la Confesión basándose en ello. Pero en Mateo 19:3-9, Jesús
reconoce y responde a esta dificultad. En respuesta a los fariseos, Jesús
insiste que el relato de Génesis queda claro: Desde el comienzo eran un
hombre y una mujer, los dos formando un solo cuerpo, y que lo que Dios
había unido no debía ser separado por ningún hombre. Esta era la norma
divina. Y cada desviación de ella era pecado. “Moisés les permitió
divorciarse de sus esposas por lo obstinados que son […] Pero no fue así
desde el principio. Les digo que, excepto en caso de infidelidad conyugal, el
que se divorcia de su esposa, y se casa con otra, comete adulterio” (Mt 19:8-
9). Como dice John Murray (Principies of Conduct): “Esto solo es afirmar
que se toleraba cierta libertad en el asunto del divorcio. En este sentido se
nota una diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Esta libertad
concedida o sufrida bajo el Antiguo Testamento ha sido eliminada en el
Nuevo. Sin embargo, es muy necesario distinguir, por un lado entre este
sufrir la tolerancia, y por el otro, la aprobación. Se había otorgado licencia,
tolerancia; se había soportado este hecho. Pero en esta misma noción
subyace la idea de que estaba mal. Por eso no afirmamos que licencia o
tolerancia concedida tenga conexión con lo que es correcto y deseable”. A
causa de la dureza de sus corazones, Moisés tenía que soportar una práctica
que comenzó aun con Abraham. Sin embargo, el conceder que el corazón sea
tan duro no implica ninguna aprobación del pecado que se haya tolerado. Por
eso Jesús dice: “Pero no fue así desde el principio”.
El matrimonio cumple diversos propósitos. Uno de ellos es la
satisfacción del deseo sexual (Gn 2:20). La Escritura dice que para evitar la
satisfacción pecaminosa e inapropiada del deseo sexual, cada ser humano
debe tener el derecho del matrimonio (1Co 7:2). Y dentro del matrimonio no
debe haber una falta de parte de cualquiera de los dos de suplir esta
necesidad y este deseo. “El hombre debe cumplir su deber conyugal con su
esposa, e igualmente la mujer con su esposo. La mujer ya no tiene derecho
sobre su propio cuerpo, sino su esposo. Tampoco el hombre tiene derecho
sobre su propio cuerpo, sino su esposa” (1Co 7:3-4). Ni a los intereses de la
piedad se les permite interferir con esta obligación (v. 5). Y si hubiera
consentimiento mutuo para la abstinencia temporánea de la relación sexual,
aun así debe ser de duración limitada para que el deseo sexual no se vuelva
el instrumento de la tentación de Satanás. Y en cualquier caso, la negación
unilateral de la relación sexual es tanto pecaminosa como peligrosa.
En el testimonio de la Escritura sobre este aspecto del matrimonio
creemos que se deben evitar dos errores:
1. Hay el error que ha sido denominado “Puritano” o “Victoriano” (tal vez
con alguna justificación) y que tiende a ver el sexo como algo
intrínsecamente malo precisamente porque involucra un deseo intenso y
el placer. Sin embargo, el pecado yace en la perversión de estos, y no
en ellos en sí. El poder de este error ha sido tan fuerte que aun ha
llevado a una interpretación muy imaginativa y trabajosa de los
Cantares en la Biblia que tan francamente reconocen la legitimidad de
la satisfacción apropiada del deseo sexual.
2. El otro error es el que restringe la expresión legítima del deseo sexual a
la procreación de niños. Esta es la posición que dice que la satisfacción
del deseo sexual es apropiada solo cuando su propósito es de engendrar
hijos. Creemos que esta posición es imposible de apoyar a luz de 1
Corintios 7:3-5. El deber mandado aquí permanecería aun sin la
habilidad de engendrar hijos. Por esta razón no creemos que la
Escritura pueda soportar el argumento de que es necesaria, inevitable,
e invariablemente pecaminoso buscar la satisfacción del deseo sexual
aparte del propósito de la procreación. Por consiguiente, creemos que
la iglesia yerra cuando hace una prohibición general del uso de los
medios por los cuales, en ciertas circunstancias, se pueda cumplir uno
de los propósitos del matrimonio sin el otro.

Sin embargo, para los Cristianos Reformados el peligro parece venir de


otro lado. Decir que la Escritura no manda que la satisfacción del deseo
sexual siempre tenga que incluir el propósito procreativo no es lo mismo que
decir que se pueda descuidar el propósito procreativo. Dios ha mandado el
matrimonio no solo para la satisfacción apropiada del deseo sexual, sino
también “para la multiplicación de la raza humana por generación legítima, y
de la iglesia con una simiente santa”. Este es el mandato divino (Gn 1:28).
La finalidad de la existencia del hombre es glorificar a Dios en cada ámbito
de la vida. Cuando el deseo sexual no está gobernado por este propósito, sin
duda ha sido rebajado. Cuando se ve gobernado por el deseo de glorificar a
Dios, se convierte en el instrumento de Dios para el crecimiento de su
Iglesia con la semilla prometida (Mal 2.15, Hch 2:39, etc.) El evitar
engendrar hijos por razones egoístas es lo opuesto al cumplimiento
apropiado del propósito divino del matrimonio. Debemos darnos cuenta
completamente del abuso actual del conocimiento moderno de los métodos
convenientes de evitar engendrar hijos. Y este abuso debe ser condenado.
Sin embargo, el abuso de algo no justifica su absoluta condenación.
La Sección 3 afirma que “a toda clase de personas les es lícito casarse
con quien está en la capacidad de dar su consentimiento con juicio”. Es
ilícito que los hombres sean pecadores y que no crean en el evangelio. Pero
existen buenas razones por las cuales los Cristianos deberían apoyar las
leyes civiles que requieren que los no creyentes observen la orden del
matrimonio monógamo en lo posible. Prohibir el matrimonio de los no
creyentes sería por lo menos tan necio como prohibir que los creyentes se
casen. Por consiguiente, creemos que donde la ley civil reconoce al pastor
de la Iglesia como el agente de la sociedad con la autoridad civil de
sancionar el matrimonio de los inconversos, puede que en algunas
situaciones sea su deber tomar esa acción para evitar un mal mayor. Sin
embargo, sería el deber del pastor, en tal caso, indagar en cuanto a la
profesión religiosa de ambas personas, y proceder solo si ninguno de los dos
hiciera una profesión de la verdadera religión. No obstante, si uno, y solo
uno, afirmara la verdadera religión, estaría en contra de la Palabra de Dios
sancionar tal matrimonio porque la Escritura afirma claramente que un
creyente solo debe casarse “en el Señor” (1Co 7:39, vea también 2 Corintios
6:14-18, Génesis 6:1-3, Éxodo 34:16, Deuteronomio 7:3,4, etc.). Es verdad
que cuando un matrimonio así ya ha sido contratado y consumado, ya forma
una obligación y un compromiso (1Co 7:12-14). Que el creyente iniciara una
disolución del lazo matrimonial en un caso así sería pecado (v. 15). Pero es
probable que los casos que se estaba imaginando el apóstol se debían, más
bien, a la conversión de uno de la pareja antes del matrimonio. De todos
modos, un creyente no puede casarse con un inconverso sin pecar. Y la
disciplina de la iglesia es requerida en tal caso.
Constituye una dificultad añadida el discernir entre la muchedumbre de
denominaciones que dicen ser cristianas y las que se adhieren a la verdad de
Dios a un suficiente grado que uno pueda tener confianza que un miembro de
esa denominación pueda conocer y afirmar la verdadera religión. La
Confesión dice que “quienes profesan la verdadera religión no se deben
casar” con adherentes de la fe Católica Romana, ni con ninguno que
“mantenga herejías condenables”. Se podría argumentar que una persona
podría, posiblemente, ser un verdadero creyente y aun así ser un adherente
de una religión falsa. En nuestra opinión, esto es una idea falsa. La fe de una
persona no puede ser juzgada aparte de su profesión y su vida, y en este
caso, la profesión y la vida estarían en oposición a la conclusión de que
fuera un creyente. No podemos separar la responsabilidad personal y la
corporativa.
Finalmente, debemos admitir que el problema puede ser muy difícil en
algunos casos. Existen errores que son de distintos grados de seriedad. De
todos modos, creemos que el creyente que conoce la verdadera fe
Reformada está bajo obligación de casarse solo si ese matrimonio no
requiriera el comprometer la verdad de Dios.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Pruebe por medio de la Escritura que Dios instituyó el
matrimonio.
2. Pruebe que el matrimonio bíblico es monógamo.
3. ¿Justifica la poligamia el hecho de que los creyentes del Antiguo
Testamento la practicaran? ¿Por qué?
4. ¿Cuál es el significado del término “permitió” en Mateo 19:8?
5. ¿Con qué se confunde a veces este permiso o licencia?
6. ¿Cuáles son los propósitos del matrimonio?
7. ¿Cuáles han sido y son las dos actitudes falsas muy comunes
hacia el sexo?
8. ¿Qué peligro parece asediar al Cristiano Reformado que ignora
los dos errores arriba mencionados?
9. ¿A quiénes puede unir bíblicamente en matrimonio un pastor
Reformado?
10. ¿Es válido y comprometedor el matrimonio entre un inconverso
y un creyente?
11. Compruebe por medio de la Escritura que un Cristiano
solamente puede casarse con otro Cristiano.
12. ¿Estaría bien casarse siendo ambos Cristianos, en cada
situación? ¿Por qué?

Ver las respuestas a estas preguntas


4. El matrimonio no debe contraerse dentro de los grados de
consanguinidad o afinidad prohibidos en la Palabra de Dios. Ni
pueden tales matrimonios incestuosos legitimarse jamás por
ninguna ley humana, o por el consentimiento de las partes, para que
tales personas vivan juntas como esposo y esposa. El hombre no
debe casarse con ningún familiar de su esposa que sea la más
cercana en sangre, ni de los suyos propios. La mujer tampoco puede
casarse con ningún familiar de su esposo que sea el más cercano en
sangre, ni de los suyos propios.
5. El adulterio y la fornicación cometidos después del compromiso,
si son descubiertos antes del matrimonio, dan ocasión justa a la
parte inocente para disolver el compromiso. En el caso de adulterio
después del matrimonio, es lícito para la parte inocente presentar
demanda de divorcio, y después del divorcio casarse con otra
persona como si la parte ofensora estuviese muerta.
6. Aunque la corrupción del ser humano sea tal que le dé aptitud
para estudiar argumentos para separar indebidamente a aquellos
que Dios ha unido en matrimonio; sin embargo, nada excepto el
adulterio o la deserción obstinada que no pueda ser remediada por
la iglesia o el magistrado civil es causa suficiente de disolución del
lazo matrimonial. Si este fuese el caso, debe observarse un
procedimiento público y ordenado, y las personas involucradas en
éste no deben ser dejadas a su propia voluntad y discreción en su
respectivo caso.
XXIV, 4-6. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:
(1) que existen ciertas restricciones divinas en cuanto a con quién puede
casarse un cristiano, debido a relaciones ya existentes,
(2) que existen dos razones posibles para el divorcio legítimo: (a) el
adulterio o la fornicación, y (b) el abandono de un Cristiano por un
inconverso, y
(3) que aunque la maldad del hombre sea tal que siempre busque
desechar el mandato divino, aun así es el deber, tanto de la Iglesia
como del Estado, hacer cumplir tal mandato divino.

En Levítico 18:6-23 y 20:10-21 hay una lista extensa de los tipos de


relaciones que se consideran incestuosas. Por supuesto, ni el Antiguo ni el
Nuevo Testamento trata de cada tipo posible de relación incestuosa. Más
bien lo que se da es un ejemplo representativo de los varios tipos.
Un análisis del código Levítico demuestra que se prohíbe el acto sexual
dentro de un círculo específico de familiares, y el ámbito de esa relación,
según la sección XXIV, 4 de la Confesión, incluye los que son familiares
tanto por medio del matrimonio como los de sangre. Es decir, cuando ya nos
hemos casado, estamos sujetos, de allí en adelante, tanto a las mismas
limitaciones con respecto a los que se han convertido en nuestros familiares
por medio del esposo o la esposa como a las que ya teníamos con respecto a
nuestros familiares de la misma sangre. Esta sección de la Confesión ha sido
frecuentemente, y durante muchos años, la causa de mucha contienda.
Muchas, tal vez incluso una gran mayoría de las denominaciones
Presbiterianas alrededor del mundo no han adoptado esta sección en su
versión de la Confesión de Fe de Westminster en su Iglesia. No queremos
sugerir que dudamos de la fe de todos los que no estén de acuerdo con
nosotros en este punto. Muchos de los que han creído sinceramente el
sistema de doctrina enseñado en esta Confesión, han sido incapaces de
aceptar esta sección en particular. Sin duda la falta de unanimidad sobre este
punto explica el hecho de que algunas Iglesias Presbiterianas realmente
Ortodoxas han borrado esta sección. Sin embargo, la Palabra de Dios es la
prueba final de toda doctrina, incluso la de la Confesión. Y es por esta razón
que no encubrimos el hecho de que:
1. esta doctrina es enseñada en la versión original de la Confesión, y
2. que creemos que esta doctrina es enseñada por la Biblia. Para los que
tengan interés en una consideración mayor de este tema, sugerimos que,
en defensa de la Confesión, consulten los Principios de Conducta del
Profesor John Murray (Eerdman’s, Grand Rapids, 1957), pp. 49-55, y
el Apéndice B, p. 250ss. Para otra perspectiva, vea “El Matrimonio”,
The New Bible Dictionary (Eerdman’s, Grand Rapids, 1962), p. 789, y
la bibliografía allí incluida.

Es una observación de ya muchos años que los primeros matrimonios no


pudieron cumplir con las limitaciones delineadas en el libro de Levítico.
Esto no puede ser negado. Los hijos de Adán tuvieron que haberse casado
entre ellos. ¿Cómo podemos explicar esta aparente discrepancia? Creemos
que la explicación está en que el deber del hombre está condicionado por la
provisión divina. Era la obligación de Adán unirse a su esposa, pero no
hasta el momento que Dios le haya hecho una mujer a la cual se pudiera unir.
Era la obligación de los seres humanos casarse fuera de su grado
consanguíneo y su afinidad, pero no antes que hubiera un desarrollo
suficientemente amplio de la raza humana como para permitir el
cumplimiento de este deber. Cuando se redujo de nuevo la raza humana a una
sola familia (es decir, por el diluvio universal) de nuevo era imposible
cumplir este deber. Pero tan pronto como la familia de Noé había
incrementado más allá de estos grados de relación, era su obligación casarse
fuera de ellos.
No requiere mucho esfuerzo comprobar que el divorcio sea lícito en el
caso del adulterio. Como el adulterio es la única excepción explícitamente
permitida por Cristo, mientras que en los demás casos es pecado separarse
de la esposa, sin duda no se puede argumentar que tal excepción no exista
(Mt 5:31, 32; 19:9). La Iglesia Romana dice: “El matrimonio de dos
personas bautizadas quienes después han cohabitado como esposo y esposa
nunca podrá ser disuelta salvo con la muerte de una de las personas” (La
Confesión de Baltimore, Pregunta 1194). Pero Pablo dice “¿No saben que el
que se une a una prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues la Escritura
dice: ‘Los dos llegarán a ser un solo cuerpo’” (1Co 6:16). Si un hombre se
hace un solo cuerpo con una prostituta, es difícil ver cómo puede aún ser un
solo cuerpo con su esposa. A no ser que se arrepienta el hombre y que haya
perdón, no vemos cómo pueda negarse que el adulterio haga necesaria la
disolución del matrimonio. Y si el adulterio resulta en el matrimonio de los
adúlteros, el divorcio de la pareja anterior se vuelve un hecho cumplido. En
tal instancia, el regreso a la pareja anterior simplemente sería otro acto de
adulterio (vea Deuteronomio 24:1-4).
En 1Co 7:10-15 Pablo habla del caso de los que, siendo ya casados, se
convierten en Cristianos y después encuentran dificultad matrimonial. Bajo
tales circunstancias el matrimonio es obligatorio. Y de ningún modo debe el
Cristiano evadir el cumplimiento de su obligación matrimonial. Aun si en
violación a la ley de Dios ha tomado lugar la separación matrimonial (ya sea
por pecado o por necesidad), aún se requiere que el Cristiano considere que
el lazo matrimonial sigue vigente. Los cónyuges separados deben
reconciliarse o unirse de nuevo, o quedarse como están sin pensar en casarse
de nuevo, en cuanto al caso de la persona Cristiana. ¿Pero qué si la otra
persona (el inconverso) decide romper el lazo matrimonial? ¿Qué si es su
decisión abandonar al matrimonio, buscar el divorcio y ser libre (aun sin
pensar inmediatamente en casarse de nuevo)? Pablo dice: “…si el cónyuge
no creyente decide separarse, no se lo impidan. En tales circunstancias, el
cónyuge creyente queda sin obligación…” (v. 15). Puesto que en el contexto,
la “obligación” implica el lazo que une a una persona a la institución del
matrimonio, quedar “sin obligación” implicaría ser liberado de la misma
institución. Así que no vemos otra alternativa que creer que el abandono
deliberado de un creyente por un inconverso que no tiene remedio es causa
justa de divorcio. Y un Cristiano que ha conseguido un divorcio bajo tales
circunstancias, o que se haya divorciado por esa misma razón, está libre
para casarse de nuevo.
Nuestro estudio de la depravación del hombre apoya completamente a la
Confesión cuando afirma que los pecadores tienden a buscar maneras de
salirse de las limitaciones de las leyes de Dios. Aun los Cristianos, a causa
de las propensiones pecaminosas que moran en ellos, tienden a inventar
argumentos para justificar el divorcio más allá de estas dos únicas razones.
Por ejemplo, cuando la fidelidad a las demandas matrimoniales requiere
dolor y sufrimiento, muchos Cristianos han intentado justificar la separación
y el divorcio bajo excusas tales como “abuso extremo”, “sufrimiento mental”
e “incompatibilidad”. Otros han logrado divorciarse de sus parejas que están
encarceladas u hospitalizadas. Sin embargo, tal como es el caso con las
demás leyes de Dios, así también en esta, el camino de la obediencia es a
menudo un camino de abnegación, de soportar reproche y sufrimiento para la
gloria de Dios. Y ningún divorcio legítimo se podrá lograr bajo otra
justificación que estas dos: (1) el adulterio, y (2) el abandono voluntario e
irremediable del creyente por el incrédulo.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿En qué parte de la Biblia encontramos la legislación con
respecto a las restricciones de con quién nos podemos unir en
matrimonio?
2. ¿Por qué no regía esta ley en los primeros matrimonios?
3. Según la Iglesia Romana, ¿cuál es la única cosa que puede
poner fin a un matrimonio?
4. Según Cristo, ¿por qué razón puede ser disuelto un matrimonio?
5. ¿Existe algún otro fundamento lícito para el divorcio? ¿Cuál es?
6. ¿Sería este fundamento aplicable a todo matrimonio? ¿Por
qué?
7. ¿Bajo qué otros fundamentos justifica el divorcio el hombre
pecaminoso? ¿Estaría bien esto bajo alguna condición?

Ver las respuestas a estas preguntas


23
De la Iglesia (XXV)

1. La iglesia católica o universal, la cual es invisible, consiste en el


número total de los elegidos que han sido, son y serán reunidos en
uno bajo Cristo, su cabeza; y es la esposa, el cuerpo, la plenitud de
Aquel que lo llena todo en todo.
2. La iglesia visible, bajo el evangelio, también es católica o
universal (no está confinada a un país, como lo estaba bajo la ley),
consiste de todos aquellos, en todo el mundo, que profesan la
verdadera religión, juntamente con sus hijos; y es el reino del Señor
Jesucristo, la casa y familia de Dios, fuera de la cual no hay
posibilidad ordinaria de salvación.

XXV, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan acerca de:


(1) la naturaleza de la Iglesia desde el punto de vista divino, y
(2) la naturaleza de la Iglesia desde el punto de vista humano, sin
embargo, no es como si existieran dos Iglesias distintas, la visible y
la invisible.

En Hebreos 12:23 leemos de “…la iglesia de los primogénitos inscritos


en el cielo”. Este es el cuerpo del cual Cristo es la cabeza (Ef 1:22,23,
5:23,27, etc.) y del cual todos los elegidos de todas las edades son
destinados a ser miembros. Tales fueron “…predestinados según el plan de
aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad…” (Ef.
1:11) según “…nos escogió en él antes de la creación del mundo…” (1:4).
Este es el cuerpo de creyentes por el cual Cristo oró (Jn. 17:9). Nos es
invisible a nosotros porque se extiende tanto en el tiempo como en el
espacio. Su alcance es desde un lado del mundo al otro, y desde el comienzo
hasta el fin del mundo. Sin embargo, solo nos es invisible a nosotros. No es
“invisible” para Dios. El que discierne infaliblemente el corazón del hombre
conoce a los que son suyos; “…el fundamento de Dios es sólido y se
mantiene firme, pues está sellado con esta inscripción: ‘El Señor conoce a
los suyos’…” (2Ti 2:19).
Sin embargo, es esta Iglesia, y no otra, que se vuelve visible a los
hombres en el mundo. Esta es una verdadera Iglesia visible. En otras
palabras, la verdadera Iglesia sí se manifiesta en el mundo. Y cuando lo hace
y en el lugar en que lo hace, es esa misma Iglesia que es en su sentido
absoluto invisible a nosotros, pero que se vuelve visible a nosotros en ese
momento y en ese lugar. La verdadera Iglesia de Dios se manifiesta por
medio de los que viven en el mundo en un momento y un lugar particular.
Consiste de todos los que viven a través del mundo y que, actualmente, son
miembros del cuerpo de Cristo. Pero existen dos cosas que ocultan la
visibilidad de esta verdadera Iglesia:
1. una es la imperfección, en este mundo, de cada miembro en particular
que le pertenece a Cristo,
2. la otra es la hipocresía de incrédulos que, a menudo, imitan la
apariencia de los miembros del cuerpo de Cristo. Como aún existe el
mal en los verdaderos creyentes mientras habitan esta tierra y porque
hay la apariencia de fe y santidad en los incrédulos, la manifestación
visible de la Iglesia nunca la llegamos a discernir perfectamente. O,
para decirlo de otra forma, la Iglesia de Cristo nunca se manifiesta
perfectamente en ninguna denominación ni organización como para que
esa denominación u organización posea las mismas líneas de
demarcación que las que le pertenecen a la Iglesia (invisible) de Dios.
Cada intento de lograr la Iglesia perfecta (es decir, en la cual todos son
creyentes y nada más que verdaderos creyentes) está condenado al
fracaso, porque la Iglesia es invisible para nosotros en el sentido
exacto en el cual tendría que ser visible para nosotros para lograr esta
meta.
Cuando hablamos de la Iglesia verdadera visible, entonces, no estamos
afirmando que tenga la misma línea de demarcación que la que pertenece al
propio cuerpo de Cristo. No es la voluntad de Dios que la verdadera Iglesia
visible posea este atributo. Más bien, una verdadera Iglesia visible es tal, no
porque su membresía sea idéntica a la de los elegidos, sino porque profesa
la verdadera religión, mantiene la enseñanza de la verdadera doctrina y los
sacramentos de la Escritura, y mantiene la disciplina requerida por la ley del
Señor. Donde existe la fidelidad en la Palabra, los sacramentos y la
disciplina, existe la verdadera Iglesia visible. Y lo importante que debemos
resaltar es que esta Iglesia verdadera y visible es el mismo cuerpo de Cristo
manifestándose en la tierra. Si se preguntara: “¿No podría ser que solo
parezca ser la Iglesia? ¿No podría ser esto toda una congregación de
hipócritas que se han congregado para mantener la verdadera prédica de la
Palabra de Dios, los sacramentos y la disciplina, mientras que ni uno de
ellos realmente es miembro del cuerpo de Cristo? ¿No sería esto
concebible? La respuesta es: “No, no es concebible”. Puede que los
hipócritas se unan a un cuerpo de verdaderos creyentes. A menudo lo hacen.
Pero la obra de Satanás es únicamente destructora e imitadora. No puede
utilizar un cuerpo entero de hipócritas para manifestar las marcas de la
verdadera Iglesia de Dios. En el Nuevo Testamento Pablo habla de “…la
iglesia de Dios que está en Corinto…” (1Co 1:2; cp. 2Co 1:1, 1Ts 1:1, Ro
16:4,16, Gá 1:2,22, Ap 1:4,11,10, etc.). Ya sea que los apóstoles hablaran de
“la iglesia” en un sitio en particular o de “las iglesias” de una cierta región,
siempre hablan de iglesias particulares visibles así porque ahí se manifiesta
la única Iglesia de Dios que es el cuerpo de Cristo. Donde sea que veían una
congregación en la cual se profesaba la verdadera religión y había
predicación de la Palabra, se administraban los sacramentos y se mantenía la
disciplina, no dudaban en absoluto que estaban frente a una verdadera
manifestación (aunque estuviera oculta por problemas y pecado) de la
Iglesia universal de Cristo.
La Confesión afirma que “La iglesia visible consiste de todos aquellos,
en todo el mundo, que profesan la verdadera religión, juntamente con sus
hijos”. Si esto es verdad, no se puede negar que los incrédulos puedan ser, y
realmente son, miembros de la verdadera Iglesia visible. Creemos que sin
duda es así. Puede que nos deje perplejos el hecho de que Dios haya
determinado que su verdadera Iglesia visible incluya a los que no son y
nunca serán miembros del cuerpo de Cristo. Sin embargo, nuestra
perplejidad no es el criterio de la verdad. Dios mandó que Jacob y Esaú
fueran circuncidados, y que de esa forma fueran identificados visiblemente
como miembros de la Iglesia. Sin embargo, ya se había revelado que Esaú
no tomaría parte en la Iglesia invisible. ¿No habla también la Escritura de
“…el servicio apostólico que Judas dejó…”? (Hch 1:25). Esto solo puede
significar un lugar en la Iglesia visible que realmente era suyo, y no un lugar
en el cuerpo de Cristo que nunca fue suyo. Así podemos decir que la
verdadera Iglesia se vuelve visible, no por medio de una identificación de
personas sino por una identificación de presencia. La verdadera Iglesia de
Cristo (su cuerpo de individuos elegidos) se manifestará, no revelando que
ciertas personas en particular sean elegidas, sino por una revelación de
ciertas cosas que los verdaderos creyentes harán (aunque estén mezclados
con ellos los hipócritas). Profesarán la verdadera religión y mantendrán
fidelidad a la Palabra, los sacramentos y la disciplina que se requieren de
una Iglesia verdadera visible. Es la presencia de estas actividades de las
personas elegidas lo que hace que el cuerpo de Cristo sea evidentemente
visible.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué es la Iglesia invisible?
2. ¿Qué es la Iglesia visible?
3. ¿Son estas dos Iglesias diferentes? ¿Por qué?
4. ¿Cuál es la diferencia entre lo visible y lo invisible con respecto
a la Iglesia?
5. ¿Por qué se oculta la visibilidad de la Iglesia?
6. ¿Por qué no puede la Iglesia visible tener las mismas
demarcaciones que la Iglesia invisible?
7. ¿Cómo se puede identificar visiblemente la verdadera Iglesia?
8. ¿Cuál es la diferencia entre la identificación de personas y la
identificación de presencia?
9. ¿Cuáles de ellas identifican una verdadera Iglesia visible?
10. ¿Requiere Dios que algunos que no son elegidos sean
admitidos como miembros de la verdadera Iglesia visible?
Pruébelo por medio de las Escrituras.

Ver las respuestas a estas preguntas


3. A esta iglesia universal visible, Cristo le ha dado el ministerio,
los oráculos y las ordenanzas de Dios, para la reunión y perfección
de los santos en esta vida hasta el fin del mundo; y por su presencia
y Espíritu, según su promesa, la hace eficaz para ello.
4. La iglesia universal ha sido algunas veces más y otras veces
menos visible. Las iglesias locales son parte de la iglesia universal,
son más puras o menos puras, según como sea enseñada y abrazada
la doctrina del Evangelio, se administren los sacramentos y se
celebre en ellos con mayor o menor pureza la adoración pública.
5. Las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas tanto al error
como a la impureza, y algunas se han degenerado tanto que han
llegado a ser, no iglesias de Cristo, sino sinagogas de Satanás. Sin
embargo, siempre habrá una iglesia en la tierra para adorar a Dios
conforme a su voluntad.
6. No hay otra cabeza de la iglesia excepto el Señor Jesucristo; ni
puede el Papa de Roma, en ningún sentido, ser cabeza de la iglesia,
sino que es aquel anticristo, aquel hombre de pecado, e hijo de
perdición, que se exalta a sí mismo en la iglesia contra Cristo, y
contra todo lo que es Dios.

XXV, 3-6. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que el grado en el cual se hace visible la Iglesia varía,
(2) que debemos juzgar a cada iglesia en particular por su (a) doctrina,
(b) adoración y (c) disciplina,
(3) que ninguna iglesia es completamente pura,
(4) que algunas iglesias se vuelven apóstatas,
(5) que siempre habrá alguna manifestación visible de la verdadera
Iglesia, pero
(6) que esta no puede ser la Iglesia Romana porque el papado es
anticristiano.

Los que hablan que la Iglesia alguna vez fue perfecta como si la Iglesia
visible alguna vez haya sido absolutamente pura y unida se están engañando.
Es verdad que en el mismo comienzo “todos los creyentes estaban juntos y
tenían todo en común […] No dejaban de reunirse…”. Pero no tardó mucho
para que “…se quejaran los judíos de habla griega contra los de habla
hebrea, de que sus viudas eran desatendidas…” (Hch 2:44-45, 6:1).
Juntamente con la grandeza de la verdadera Iglesia, también vemos sus
visibles imperfecciones. El mismo apóstol que les suplicó a los Cristianos
que “…vivieran en armonía y que no [hubieran] divisiones entre [ellos]…” y
que “…se mantuvieran unidos en un mismo pensar y en un mismo propósito”
(1Co 1:10,11), inmediatamente después reconoció que existían “rivalidades”
entre ellos. Y hasta reconoció que tales divisiones eran una necesidad, “…
oigo decir que cuando se reúnen como iglesia hay divisiones entre ustedes
[…] Sin duda, tiene que haber grupos sectarios entre ustedes para que se
demuestre quiénes cuentan con la aprobación de Dios” (1Co 11:18,19).
Cuando la herejía disminuye, la Iglesia única universal se manifiesta en su
cumbre. Cuando la herejía está en su cumbre, esa misma Iglesia se manifiesta
con mayor dificultad. Al estudiar los textos de los apóstoles, podemos ser
testigos de la dificultad con la cual la Iglesia buscó manifestar la unión y la
pureza. Hombres malvados se infiltraron a escondidas (Jud 4). Trajeron
consigo herejías condenables (2P 2:1). Algunas iglesias apostólicas pronto
se apartaron de las doctrinas de Cristo (Gá 1:6, Ap 2, 3). Algunas lucharon
contra estos males con más valentía que otras. Algunas se volvieron
indiferentes o negligentes, y entonces fueron invadidas y derrotadas. En el
momento en que Juan escribía desde Patmos (Ap 2, 3) existían grandes
diferencias entre las siete iglesias de Asia. Por lo menos algunas estaban
peligrosamente cerca de la apostasía total.
La pregunta es: ¿Cómo sabemos cuando una iglesia llega al “punto del
cual no hay regreso”? ¿Cuándo debe salir de ella el creyente, separarse y
declararla apóstata? Esta es una pregunta solemne y que debe ser respondida
cuidadosamente. La Confesión de Fe Belga (Art. XXIX) puede ser de alguna
ayuda.
“Las marcas por las cuales se conoce a la iglesia visible son estas: Si en
ella se predica la doctrina pura del evangelio, si mantiene pura la
administración de los sacramentos tal como han sido instituidos por Cristo,
si se ejercita la disciplina eclesiástica castigando el pecado; en resumen, si
todas las cosas se administran de acuerdo con la pura Palabra de Dios, si se
rechazan todas las cosas contrarias a esto, y si Cristo Jesús es reconocido
como Cabeza Única de la Iglesia. De esta manera se puede conocer a la
verdadera Iglesia, de la cual nadie tiene el derecho de separarse”.
El artículo también afirma que “la falsa iglesia […] otorga más poder y
autoridad a sí misma y a sus ordenanzas que a la Palabra de Dios, y que no
se somete al yugo de Cristo”. Claramente, existen iglesias que manifiestan,
tan evidentemente, la fidelidad requerida a la Palabra de Dios que no cabe
duda, y otras obviamente no lo hacen, y de estas tampoco cabe duda.
Ninguna iglesia es perfectamente pura. Pero algunas tienen suficiente pureza
de la Palabra, los sacramentos y la disciplina que no puede haber una
legítima interrogante de que realmente sean verdaderas iglesias visibles. De
nuevo, probablemente no existe la iglesia en la cual no haya quedado algún
vago elemento de estas cosas, pero aun así la falta de fidelidad a la Biblia es
tan obvia que no puede haber ninguna duda razonable de que estas no sean
verdaderas iglesias visibles. Sin embargo, ninguna iglesia está libre de
imperfecciones y toda iglesia (humanamente hablando) es susceptible a la
apostasía. Si el creyente se separara de una iglesia a causa de cualquier y
cada imperfección, no podría ser miembro de ninguna iglesia visible en
absoluto. Pero puede que llegue el momento cuando la iglesia visible se haya
apartado de la verdad a tal punto que se justifica o se exige la separación. Y
creemos que el “punto del cual no hay regreso” precisamente ocurre cuando
tal iglesia impone sobre sus miembros la necesidad inevitable de participar
en el pecado. Cuando se llega a este punto, la Escritura es muy clara:
“Salgan de ella, pueblo mío, para que no sean cómplices de sus pecados, ni
los alcance ninguna de sus plagas…” (Ap. 18:4).
A veces se insiste en que uno jamás debería abandonar a una
denominación en particular (o iglesia visible) siempre y cuando sea posible
permanecer en ella. Nosotros, más bien, diríamos que uno jamás debería
abandonar a una denominación mientras sea posible permanecer sin
comprometer nuestra obediencia a Cristo. Las condiciones necesarias para
tal obediencia sin compromisos son las siguientes:
1. la denominación en su totalidad debe aún profesar la verdadera religión
en su integridad esencial,
2. debe existir un derecho sin restricciones de contender por la verdad
contra los errores que puedan estar presentes,
3. debe existir un compromiso activo de defender la verdad y buscar la
pureza de la Iglesia. Algunos han permanecido en iglesias falsas
explicando que están en una congregación o un presbiterio
“conservador”, mientras que admiten que la denominación en sí está en
la apostasía. Esto es una violación de la doctrina bíblica de la unión de
las iglesias y el concepto bíblico de la responsabilidad corporativa
(1Co 11:14-27). Otros han permanecido en iglesias falsas explicando
que “aún tienen el derecho de predicar lo esencial de la fe”. Admiten
que ya no se les permite predicar el consejo completo de Dios,
especialmente no la condenación de errores particulares que prevalecen
en su iglesia. Esto es una contradicción del deber bíblico de predicar el
consejo completo de Dios y el deber especial de desenmascarar al
error, y por lo tanto es pecaminoso (2Ti 2:25, 26; 4:2-5, etc.).
Finalmente, existen algunos que permanecen en iglesias falsas porque
esperan algún día reformarlas. Pero realmente nunca hacen nada porque
se dan cuenta de que tales esfuerzos no son y tampoco serán tolerados.
Esto es lo menos perdonable de todos. En conclusión, creemos que en
el caso de una diagnosis incierta, donde existe la oportunidad de
convertirse en miembro de una iglesia de la cual no existe ninguna duda
de que sea una verdadera iglesia, un creyente debe apartarse con una
declaración clara de las razones por las cuales ha entrado en duda de
que la iglesia que está dejando sea una verdadera iglesia. Incluso,
creemos que es apropiado dejar a una verdadera iglesia que es mucho
menos pura para unirse a una verdadera iglesia que es mucho más pura,
siempre y cuando el motivo sea el de glorificar a Dios, velar por el
bienestar de la vida espiritual de uno mismo (y la de sus hijos), y un
testimonio contra el error.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿En qué momento de la historia era completamente pura la
Iglesia visible?
2. ¿Cuándo alcanza su unidad máxima la Iglesia visible?
3. ¿Cuál es la causa de la desunión?
4. ¿Cuáles son las señales de una verdadera iglesia visible (según
la Confesión de Fe Belga)?
5. ¿Eran las iglesias de origen apostólico inmunes a la apostasía?
Pruébelo bíblicamente.
6. ¿Cuándo es una exigencia la separación de una iglesia en
particular?
7. ¿Cuánto tiempo debe uno permanecer en una iglesia que se
está volviendo bastante corrupta?
8. ¿Cuáles son algunos de los argumentos dados para justificar la
permanencia en una iglesia falsa?
9. Responda a estos argumentos.
10. ¿Debería uno permanecer como miembro de una iglesia de la
cual tiene duda de que sea una iglesia verdadera cuando tiene la
oportunidad de pertenecer a una iglesia de la cual no tiene
dudas de que sea una iglesia verdadera? ¿Por qué?
11. Al dejar una iglesia dudosa o falsa, ¿qué obligación tienen el
individuo?

Ver las respuestas a estas preguntas


XXV, 6 (Continuada). Esta sección de la Confesión nos enseña:
(1) que Cristo es el único Rey y la Única Cabeza de la Iglesia,
(2) que el Papa no es la cabeza de la Iglesia en ningún sentido en
absoluto, y
(3) que el Papado es el agente del diablo predicho, subversivo para con
la verdadera Iglesia de Cristo.

Que el Señor Jesucristo es el único Rey y la Cabeza Única de la Iglesia


es afirmado por la Escritura (Col 1:18, Ef 1:20-23, etc.). Y esta verdad es
completamente reconocida por la mayoría de los Reformadores. Sin
embargo, algunos (junto con los Católicos Romanos) han mantenido que la
Iglesia visible en la tierra debe tener una cabeza visible, con autoridad
delegada por Cristo. El Erastianismo es la doctrina que afirman algunos
Protestantes, y recibe su nombre de Thomas Erastus (1524-1583), un teólogo
alemán. Esta doctrina mantiene la supremacía del Estado sobre la Iglesia
tanto en asuntos eclesiásticos como civiles. Y en varias formas o grados esta
teoría del gobierno eclesiástico ha tenido manifestación histórica en las
iglesias estatales de Escandinavia, Alemania e Inglaterra. Por ejemplo, el
Rey Enrique VIII fue reconocido como “cabeza suprema de la Iglesia de
Inglaterra”. Y fue decretado “que el rey, sus herederos, etc., serán tomados,
aceptados y elevados como la única cabeza suprema sobre la tierra de la
Iglesia de Inglaterra”. Esta doctrina fue, incluso, incorporada al Artículo 37
de la Iglesia de Inglaterra, la cual dice: “Su majestad, la Reina, tiene el
poder supremo en el reino de Inglaterra, y en sus otros dominios; y a ella en
todo caso le pertenece el gobierno supremo de todas las propiedades de este
reino, ya sean eclesiásticas o civiles”.
Al ser escrita la Confesión de Fe de Westminster el conflicto se centraba
en la pretensión del papado por las prerrogativas de la corona del Señor
Jesucristo. Puesto que la Asamblea de Westminster había sido convocada
por el Parlamento con el propósito expreso de establecer la verdadera
religión Reformada como la forma de religión de la Iglesia de Inglaterra, no
parecía haber ningún peligro que un rey o una reina fuera designada como
cabeza suprema de la Iglesia. Los eventos que siguieron demostraron, sin
embargo, que el Papa no es el único anticristo (es decir, uno que busca
ponerse en el lugar de Cristo). Y por lo tanto, consideramos que la revisión
de esta sección de la Confesión, como lo mantiene la Iglesia Ortodoxa
Presbiteriana, tiene una ventaja sobre la formulación original. Preserva la
posición de la Asamblea de Westminster que el Papa de Roma no es la
cabeza de la Iglesia de Cristo en ningún sentido, pero también expresa e
igualmente denuncia a todos los demás que pretendieran hacer tal afirmación
de ellos mismos. La revisión nuestra dice:
El Señor Jesucristo es la única cabeza de la Iglesia, y la afirmación de
cualquier hombre por la cual se haga el vicario de Cristo y la cabeza de la
Iglesia, es antibíblico, sin fundamento en los hechos, y es una usurpación que
deshonra al Señor Jesucristo.
Es una cuestión de mayor dificultad la identificación del Papa con el
“anticristo” o el “hombre de pecado” del que hablan las Escrituras. La
Asamblea de Westminster consideraba que el Papado era la personificación
del reino y la obra de Satanás predichos en estos hechos históricos. ¿Qué
debemos decir de esta identificación?
1. La palabra “anticristo” ocurre en 1 Juan 2:18,22, 4:3 y en 2 Juan 7. Allí
leemos: “…así como ustedes oyeron que el anticristo vendría, muchos
son los anticristos que han surgido ya. Por eso nos damos cuenta de que
esta es la hora final”. Esto demuestra que el anticristo no era algo
completamente futuro y que se manifestaba en muchas personas en vez
de una persona. De nuevo leemos: “¿Quién es el mentiroso sino el que
niega que Jesús es el Cristo? Es el anticristo, el que niega al Padre y al
Hijo”. Cristo es el profeta, sacerdote y rey ungido. El anticristo niega
que Jesús sea el ungido. Cada espíritu se manifiesta por medio de algún
falso profeta o alguno que enseña lo erróneo (1Jn 4:1). Y el error es la
falta de reconocer a Cristo. “Ustedes han oído que este viene; en efecto,
ya está en el mundo”. Esto parece permitir una pluralidad,
multiformidad, y variedad de agentes con un principio que los unifica:
el ataque contra la posición mediadora única de Jesucristo. Todos
aquellos en quienes obra el espíritu del anticristo se unen en su
oposición a este aspecto.
2. El “hombre de pecado” (o de rebelión) se describe únicamente en 2
Tesalonicenses 2:3ss. Allí se le describe como uno que “surge” de un
gran “alejamiento” que precede al regreso visible de Cristo. Cristo no
aparecerá hasta que primero haya un alejamiento y tiene que “…
manifestarse el hombre de pecado, el destructor por naturaleza. Este se
opone y se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es
objeto de adoración, hasta el punto de adueñarse del templo de Dios y
pretender ser Dios”. La frase “el hombre de maldad” se aplica en otras
partes de la Escritura únicamente a un individuo: Judas el traidor.
Pareciera no caber duda, entonces, que “el hombre de pecado” se
trataba de un individuo, una persona en particular, quien básicamente
asumiría el lugar de Dios en una rama apóstata de la Iglesia Cristiana.
Y algunos han argumentado que existe una distinción clara entre uno que
se opone a Cristo y uno que asume el lugar de Dios.

Sin embargo, hay mucho que se puede decir en apoyo a la posición de la


Asamblea de Westminster. Juan no solo habló de anticristos, sino también
del Anticristo por excelencia: muchos individuos en quienes el espíritu de
oposición a Cristo se manifestara, y uno en quien se manifestara en su
máxima expresión. Y Pablo no solo habló del “hombre de pecado”, sino
también del “misterio de iniquidad” que “ya obraba” aparentemente en
individuos. Es más, el término griego “anti” a menudo tiene el significado de
“en lugar de”, lo cual haría muy legítimo ver que el “anticristo” sea uno que
asume el lugar de Dios, ya que Cristo es Dios. De cualquier modo los
conceptos de “anticristo” y el “hombre de pecado” parecen requerir su
cumplimiento en un sistema que se desarrolla en la historia, el cual progresa
a una presunción final por parte del hombre. Evidentemente, la Asamblea de
Westminster veía en el sistema del papado las fuerzas de maldad obrando
para tal cumplimiento de la iniquidad. Para ellos, el sistema del papado
marcaba el abandono de la Cristiandad apostólica prevista y prescrita en la
Escritura. Como cada Papa representaba este sistema anticristiano, era por
ende personalmente un anticristo. Y el Papado como institución surgió como
el marco histórico del cual el último “hombre de pecado” surgiría, tomando
el paso final prácticamente de su auto-deificación.
Hubo un tiempo en el cual, a causa del poder menguante del papado, esto
puede haber parecido poco probable. Pero hoy, que toman lugar conferencias
serias acerca de la unión de Roma con las denominaciones Ortodoxas del
Este y de muchas denominaciones Protestantes (¿?), la formulación de esta
sección de nuestra Confesión no parece ser tan imposible. El dogma de la
infalibilidad del papado (que enseña que un hombre habla con la voz de
Dios) fue proclamado mucho después de que nuestra Confesión fuera escrita.
Y cada declaración de Roma que ha seguido en cuanto a su dogma (como las
doctrinas acerca de la Virgen María) es más anticristiano y más ilícito (anti-
bíblico) que la anterior.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Pruebe por medio de la Escritura que Cristo es el único Rey y
Cabeza de la Iglesia.
2. ¿Qué enseña el Erastianismo?
3. ¿Qué ventaja tiene la versión revisada de esta sección de la
Confesión?
4. ¿Qué apóstol habla del “anticristo” en sus epístolas?
5. ¿Qué apóstol habla del “hombre de pecado” en su epístola?
6. ¿Qué significa, a menudo, el término griego “anti” en la
Escritura?
7. ¿Por qué requieren un desarrollo histórico los conceptos del
“anticristo” y el “hombre de pecado”?
8. ¿Cómo fue reivindicada la historia desde la Asamblea de
Westminster, por lo menos hasta cierto punto, con respecto a la
formulación original de esta sección de la Confesión?

Ver las respuestas a estas preguntas


24
De la Comunión de los Santos (XXVI)

1. Todos los santos que están unidos a Jesucristo, su Cabeza, por


medio del Espíritu, y por medio de la fe, tienen comunión con Él en
su gracia, sufrimiento, muerte, resurrección y gloria. Y estando
unidos unos con otros en amor, tienen comunión unos con otros, en
los dones y gracia, y están obligados al cumplimiento de tales
deberes, públicos y privados, que conducen a su bien mutuo, tanto
en el hombre interior como en el exterior.
2. Los santos, por su profesión, están obligados a sostener un
compañerismo santo y comunión en la adoración a Dios, y a cumplir
los otros servicios espirituales que ayuden a su mutua edificación;
como también a socorrerse unos a otros en las cosas externas, de
acuerdo con sus capacidades y necesidades. Esta comunión debe
extenderse, según se ofrezca la oportunidad, a todos aquellos que,
en todo lugar, invocan el nombre de Señor Jesús.
3. Esta comunión que los santos tienen con Cristo de ninguna
manera los hace partícipes de la sustancia de su divinidad, ni los
hace iguales a Cristo en modo alguno, y el afirmar cualquiera de
estas dos cosas es impío y blasfemo. Tampoco su comunión mutua,
como santos, quita o infringe el título o propiedad que cada uno
tiene sobre sus bienes y propiedades.
XXVI, 1-3. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:
(1) que los creyentes tienen una unión vital con Cristo en su obra de
mediación,
(2) que como consecuencia también tienen comunión, el uno con el otro,
en los dones y la gracia de sus hermanos,
(3) que esta comunión comprende ciertos deberes mutuos y ciertas
responsabilidades mutuas entre creyentes, y
(4) que la unión y la comunión con Cristo de la cual disfrutan los
creyentes no implica que se vuelvan divinos o iguales con Cristo, ni
tampoco la comunión entre creyentes destruye el derecho de la
propiedad privada.

Los verdaderos creyentes están unidos a Jesucristo. Y esta unión se


describe de varias formas en la Escritura. Por ejemplo:
1. Es una unión representativa. Así como Adán representaba a todo
hombre bajo el pacto de “obras”, así Cristo representó a su pueblo
elegido en el pacto de gracia. Previamente hemos visto este aspecto de
la unión con Cristo (Cap. VII). Sin embargo, aquí queremos poner
hincapié en el hecho de
2. Que esta unión es también vital. La Escritura compara nuestra unión con
Cristo a la unión de la vid con las ramas, las partes distintas del cuerpo
con la cabeza, y la unión del esposo con su esposa (Jn 15:lss., 1Co
12:13ss., y Ef 5:23ss.). Existe en cada una de estas comparaciones el
concepto de que la vida que se encuentra en uno se encuentra en el otro
también. De modo que lo que experimenta Cristo lo experimentamos
también nosotros. Lo que él posee nosotros también lo poseemos. Lo
que él hace nosotros también hacemos. De hecho, hay un sentido en el
cual no podemos decir que sus sufrimientos, muerte y resurrección sean
nuestros. No experimentamos físicamente lo que él experimentó. Pero la
experiencia verdadera no es únicamente física. También es espiritual.
Dios no sufrió ni murió físicamente. Pero Dios, en la naturaleza divina
de Cristo, fue unido al hombre, en la naturaleza humana de Cristo, de tal
forma que el que sufrió y murió fue el hombre-Dios. Dios y el hombre
en una persona experimentaron una vida (1 Jn 1:1,2; Jn 1:4). Si Dios y
el hombre pueden ser una persona y tener una sola vida, entonces, ¿por
qué no puede el hombre tener una existencia viviente tan ciertamente
como la vid y la rama, o los miembros de un cuerpo físico? No lo
explicamos. Lo afirmamos. Cristo y su pueblo creyente tienen una sola
vida, y comparten juntos el sufrimiento, la muerte, la resurrección y la
gloria.
3. Pero esto también indica que esta unión es espiritual. Es el Espíritu
Santo (a) quien comparte una sola sustancia con Cristo en cuanto a su
deidad, (b) quien mora en él sin medida en cuanto a su humanidad, y (c)
quien mora en los creyentes, y de esa forma crea, sostiene y determina
en ellos la vida que es la vida de Cristo. De hecho, la Escritura afirma
no solo que los creyentes tienen esta vida “…por medio del Espíritu
[…] en lo íntimo de su ser…” (Ef 3:16), sino que también de este modo
“…por fe Cristo habita en sus corazones” (Ef 3:17).

Ahora bien, los teólogos tienen buen fundamento para llamar esta unión
una unión mística porque realmente es algo que podemos conocer solo por
ser revelado por Dios. No lo podríamos conocer por medio de autoexamen,
ni por medio de alguna penetración en nuestra propia experiencia. Y esto es
porque transciende grandemente todas las demás uniones y comuniones que
conocemos. ¿Cómo se puede decir que “…nuestra vieja naturaleza fue
crucificada con él…” (Ro 6:6)? Y ¿cómo podemos explicar de qué manera
“…Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales…”
(Ef 2:6)? ¿Cómo puede el salmista (Salmo 22) describir sus propias
experiencias en las mismas palabras que Cristo utilizó para describir su
sufrimiento sobre la cruz del Calvario? Francamente confesamos que este es
un gran misterio (Ef 5:32). Pero creemos que es así porque la Palabra de
Dios nos lo dice. De algún modo misterioso que no podemos ni describir ni
comprender, tenemos verdadera participación con Cristo en estas cosas que
él ha hecho para nuestra salvación. Sin embargo, esto no significa que
estemos fusionados con él ni que la obra fuera hecha por nosotros.
Solamente él es el hombre-Dios. Y solamente él logró la obra de la
redención que compartimos.
Sobre la base de esta unión que tienen los creyentes con Cristo, hay un
corolario necesario que es la unión y la comunión que los creyentes tienen el
uno con el otro. La unión y la comunión que los creyentes tienen el uno con el
otro se explica por, y nace de, su unión con Cristo. Y lejos de disolver sus
personalidades y diferencias individuales, es por medio de ellas que se
manifiesta. Así pues, cuando un miembro de la Iglesia recibe de Cristo un
don especial, es dado para el beneficio de la Iglesia entera y no solo el del
individuo (1Co 12:18ss.). Aun esos miembros de la Iglesia Cristiana que
carecen de habilidad, conocimiento o utilidad sirven para un propósito que
involucra a todo creyente: “…los miembros del cuerpo que parecen más
débiles son indispensables, y a los que nos parecen menos honrosos los
tratamos con honra especial […] dando mayor honra a los que menos tienen,
a fin de que no haya división en el cuerpo, sino que sus miembros se
preocupen por igual unos por otros” (1Co 12:22-24). Cada miembro de
Cristo está, por consiguiente, por la naturaleza del caso, bajo obligación de
ejercer ciertos deberes que conduzcan al bien de todos los miembros del
cuerpo.
La Confesión mantiene que el deber de la “fraternidad y la comunión en
la adoración a Cristo” es por lo menos en parte el fruto de esta unión. Por
ejemplo, la Escritura enseña que debemos adorar a Dios en el Día del Señor.
Este es el Cuarto Mandamiento. Pero algunos han argumentado que pueden
adorar a Dios estando solos, o por lo menos sin el compromiso de la
membresía en la Iglesia visible. Otros no parecen sentir ninguna obligación
de asistir leal y fielmente a los servicios de adoración de una congregación
en particular en sus tiempos públicos de adoración en el Día del Señor. No
estamos diciendo aquí que no existan otros fundamentos bajo los cuales se
pueda enfatizar esta obligación. Sin embargo, vemos que esta sección de la
Confesión condenaría tal actitud aun aparte de cualquier otro fundamento. La
membresía en la Iglesia de Cristo es inseparable de la unión con Cristo. El
que está unido a Cristo está unido a los demás creyentes. Y el estar unido a
los demás creyentes necesariamente implica solemnes obligaciones hacia
ellos. Así pues, en el tema de la adoración, no solo debemos considerar el
Cuarto Mandamiento (que requiere la adoración individual a Dios en el Día
del Señor), sino también “[preocuparnos] los unos por los otros, a fin de
estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos,
como acostumbran hacerlo algunos…” (Heb 10:24-25). La reunión fiel con
otros verdaderos creyentes es una consideración distinta y convincente.
Cuando residimos en un lugar en particular, tenemos una obligación
especialmente hacia los creyentes con los cuales necesariamente nos
relacionamos por medio de nuestra unión con Cristo, aunque, por supuesto,
esta unión y comunión se debe extender en su expresión, en lo posible,
“hacia todos aquellos que en todo lugar invocan el nombre del Señor Jesús”.
Porque hay un solo Cristo y un solo cuerpo de creyentes que están unidos a
él. Donde está el Espíritu, allí está el cuerpo de Cristo. Y el fruto del
Espíritu es “…amor, alegría, paz, paciencia…”, etc. (Gá 5:22-23). Donde se
genera tal fruto, habrá una manifestación de la comunión de los santos.
Decir que los santos tienen unión con Cristo y comunión el uno con el
otro no quiere decir, sin embargo, que tengan todo en común. Los creyentes
están unidos con Cristo, pero no participan en su deidad. No se vuelven de
una misma sustancia con Dios. Cristo es el “…único inmortal, que vive en
luz inaccesible, a quien nadie ha visto ni puede ver…” (1Ti 6:16). La
comunión entre creyentes tampoco borra las diferencias entre ellos. En la
historia ha habido muchos intentos de parte de los Cristianos de crear una
sociedad en la cual todas las cosas fueran comunes, incluso la posesión de
bienes y de la propiedad. La base bíblica para tal acción es el pasaje muy
conocido de Hechos que dice que “todos los creyentes estaban unidos y
tenían todo en común”. Con respecto a esto se pueden hacer tres
comentarios. En primer lugar, no existe ninguna indicación que esta práctica
fuera mandada por Dios como una norma para los creyentes. En segundo
lugar, existe evidencia de que el derecho de la propiedad privada fue
reconocido por los apóstoles (Hch 5:4). Y finalmente, este intento de tener
propiedad comunal tampoco resultó satisfactorio en la iglesia apostólica
(Hch 6:1ss.).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué queremos decir al afirmar que nuestra unión con Cristo es
vital?
2. ¿Qué queremos decir al afirmar que nuestra unión con Cristo es
espiritual?
3. ¿Qué queremos decir al afirmar que nuestra unión con Cristo es
mística?
4. ¿Por medio de qué figuras se explica esta unión en la Escritura?
5. Dado que los creyentes tienen unión con Cristo, ¿qué otra cosa
necesariamente poseen?
6. ¿Para el beneficio de quién otorga Cristo un don en particular a
un miembro en particular de su Iglesia?
7. ¿Por qué es el deber del creyente asistir fielmente a los
servicios de adoración de una congregación en particular
(cuando y donde sea posible)?
8. ¿Es el deber de todo creyente dar dinero para el apoyo de la
obra de la Iglesia? ¿Por qué?
9. ¿Significa la unión con Cristo que los creyentes tienen todo en
común con Cristo?
10. ¿Obliga la unión con Cristo a los creyentes a que tengan todo
en común?
11. ¿Qué texto es utilizado por algunos para afirmar que los
creyentes deben tener todo en común? Dé por lo menos un
argumento en contra de esta posición.

Ver las respuestas a estas preguntas


25
De los Sacramentos (XXVII)

1. Los sacramentos son signos y sellos santos del pacto de gracia,


directamente instituidos por Dios, para representar a Cristo y sus
beneficios, y para confirmar nuestra participación en Él, como
también para establecer una diferencia visible entre los que
pertenecen a la iglesia y el resto del mundo; y para comprometerlos
solemnemente en el servicio a Dios en Cristo, de conformidad con su
Palabra.

XXVII, 1. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) lo que son esencialmente los sacramentos,
(2) por quién fueron instituidos, y
(3) para qué fin fueron establecidos.

La doctrina de la Trinidad se enseña en la Biblia aunque el término en sí


no se encuentra en ella. Del mismo modo, la doctrina de los sacramentos se
enseña en la Biblia, aunque el término es una creación de la teología
Cristiana. A algunos no les gusta el término. Pero igual se podrían oponer a
tales términos como “la Trinidad”, “la encarnación”, o aun “la teología”. Lo
importante es la doctrina. Y si la doctrina se enseña en la Biblia, el crear un
término para describirla es solo economizar palabras. Juan Calvino dijo muy
sabiamente que no debemos estar atados a “una confesión tejida (contexto) y
cocida (consuta) supersticiosamente con palabras bíblicas”. Solo es
necesario tener “palabras que realmente estén en conformidad con la verdad
bíblica y ofrecer la menor cantidad posible de esas asperezas que pueden
ofender a los oídos piadosos”. Siempre y cuando el significado del término
esté claro y sea bíblico, no se requiere nada más.
Los sacramentos son, por consiguiente, “señales (es decir, signos) y
sellos santos del pacto de gracia”. Como dice la Escritura, “la señal de la
circuncisión” era “sello de la justicia que se le había tomado en cuenta por
la fe” (Ro 4:11).
1. Una señal es algo por medio de la cual otra cosa es revelada. La vara
de Moisés, que cuando la tiró al suelo se volvió una serpiente, dio a
conocer que Dios se le había aparecido (Éx 4: 1-5). La destrucción de
Jerusalén era una señal de que había comenzado la mediación y el reino
celestial de Cristo (Mt 24:29, 30, 34). La circuncisión de Abraham dio
a conocer “la justicia que se le había tomado en cuenta por la fe […]
aunque no haya sido circuncidado…” (Ro 4:11). Decir que un
sacramento es una señal es decir que declara algo. No declara algo
acerca de sí mismo. Si así fuera entonces no sería una señal de otra
cosa. Un sacramento es una señal porque da a conocer o declara la
gracia salvadora de Cristo. Pero por esta razón la gracia salvadora se
debe distinguir del sacramento que la declara. (Cuando la Iglesia
Romana dice que el bautismo regenera, confunde la señal con lo que
esta representa).
2. Un sello es algo que autentica o confirma la cosa a la cual está anexado
o adjuntado. En Ester 3:12 leemos de un documento oficial: “Todo se
escribió en nombre del rey Asuero y se selló con el anillo real”.
Cuando un universitario se gradúa recibe un diploma que lleva un sello
oficial. El sello le es útil a quien lo recibe, no a quien lo otorga. El
sello no hace del receptor una persona educada; simplemente declara
oficialmente que las autoridades así lo consideran. El mensaje de
Asuero era auténtico sin el sello; realmente era el decreto del rey. El
sello fue añadido para convencer a los súbditos del rey que el mensaje
realmente era suyo. Así es también con los sacramentos. Los
sacramentos no causan la gracia. Tampoco la gracia depende de los
sacramentos. El sacramento es de beneficio solamente a aquel hombre
que es el receptor de la gracia. Es de beneficio porque da a conocer, o
declara, la salvación que el creyente recibe aparte del sacramento. Es
un testimonio que le confirma al creyente lo que ha recibido.

Los sacramentos se llaman tales, apropiadamente, y solo en virtud del


hecho de que son instituidos por Dios. El Catolicismo Romano aboga por la
observación de siete sacramentos. Estos son: el Bautismo, la Cena del
Señor, la Confirmación, la Penitencia, la Extrema Unción, la Orden
Sacerdotal, y el Matrimonio. No existe, en nuestra opinión, ningún argumento
convincente o conclusivo contra algunos o incluso todos estos, salvo lo que
ya ha sido afirmado en nuestra discusión del Capítulo XXI, 1: “La manera
aceptable de adorar al Dios verdadero está instituida por él mismo, y está de
tal manera limitada por su voluntad revelada que no debe ser adorado según
las imaginaciones e invenciones de los seres humanos, o las sugerencias de
Satanás, bajo ninguna representación visible, o en alguna forma que no esté
prescrita en la Biblia”. Si Dios puede ser adorado de cualquier forma en
absoluto, aparte del fundamento bíblico específico, entonces no pareciera
existir ninguna buena razón por la cual tales “sacramentos” no puedan ser
añadidos. Sin embargo, si Dios debe ser adorado dentro de los límites
precisos del mandamiento divino, entonces la posición de Roma es
desechada y la Confesión permanece intacta cuando afirma que existen solo
dos sacramentos. Se puede mostrar fácilmente que Cristo mandó el bautismo
y la Cena del Señor (Mt 28:19, 1Co 11:23). Y es imposible probar que él
haya mandado cualquier otro sacramento.
La Confesión establece cuatro fines por los cuales fueron dados los
sacramentos. Los mencionaremos brevemente:
1. Cristo y sus beneficios son representados. Esto es otra forma de decir
que el sacramento sirve como una señal. Una señal representa algo.
2. Se confirma que el creyente es partícipe de Cristo. En otras palabras, el
sacramento sirve como sello. Un sello afirma o confirma. Observe que
la mayor importancia de los sacramentos es el beneficio del creyente.
La Palabra es el gran medio para declarar a Cristo a los incrédulos.
Dios ha escogido la locura de la predicación, y no los sacramentos,
como el medio para la conversión (1Co 1:17). También es el mayor
medio para confirmar a los creyentes en la fe y en la santidad. Pero los
sacramentos son dados para hacer una declaración adicional y para
atestiguar de la gracia que reciben por medio del evangelio. Aun
cuando la Confesión dice:
3. Que los sacramentos hacen una diferencia visible entre los que
pertenecen a la Iglesia y el resto del mundo, es evidente que el
beneficio es del creyente. El Bautismo y la Cena del Señor no marcan
visiblemente a los que participan de ellos, ante los ojos de los que no
son testigos de estos. Es la Iglesia la que hace la distinción, y es en la
Iglesia donde se reconoce la distinción.
4. La afirmación final: que los sacramentos comprometen solemnemente a
los creyentes en el servicio de Cristo, de nuevo indica que los
sacramentos son un medio de gracia exclusivo para el creyente.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Por qué es que a algunos no les gusta el término
“sacramento”?
2. ¿Qué otros términos podrían rechazarse también bajo este
pretexto?
3. ¿Qué otros requisitos son necesarios para que una palabra
creada sea aceptable?
4. ¿Qué es una señal?
5. ¿Qué es un sello?
6. Dé un ejemplo de una señal (aparte de los sacramentos).
7. Dé un ejemplo de un sello (aparte de los sacramentos).
8. Si el bautismo en sí limpiara el alma, ¿qué no podría ser el
bautismo?
9. Dé el principio que debilitaría o destruiría todo argumento contra
los siete sacramentos de Roma.
10. Dé el principio bíblico que prueba que existen solo dos
sacramentos.
11. Recite las palabras de la Confesión que afirman lo que es una
señal.
12. Recite las palabras de la Confesión que afirman lo que es un
sello.
13. ¿Para quiénes son los sacramentos un medio de gracia?

Ver las respuestas a estas preguntas


2. En cada sacramento hay una relación espiritual, o unión
sacramental, entre el signo y las cosas significadas; de donde llega
a suceder que los nombres y los efectos del uno se atribuyen al otro.
3. La gracia que se manifiesta en, y por medio de, los sacramentos
correctamente usados no se confiere por algún poder que haya en
ellos; tampoco la eficacia del sacramento depende de la piedad o la
intención del que lo administra, sino de la obra del Espíritu y de la
palabra de la institución, la cual contiene, junto con un precepto
que autoriza el uso del sacramento, una promesa de beneficio a los
que lo reciben dignamente.
4. En el evangelio hay solo dos sacramentos instituidos por Cristo
nuestro Señor, es decir, el Bautismo y la Cena del Señor. Ninguno de
ellos debe ser administrado por alguien que no sea un ministro de la
Palabra legítimamente ordenado.
5. Los sacramentos del Antiguo Testamento, en lo que se refiere a las
cosas espirituales significadas y manifestadas, eran, en esencia, los
mismos que los del Nuevo Testamento.

XXVII, 2-5. Estas secciones de la Confesión están diseñadas para refutar


ciertos errores del sistema sacerdotal. Enumeraremos estos errores y
después daremos una defensa de la Confesión. (Las siguientes citaciones son
de la edición del Catecismo de Baltimore #3 de 1941, de la Iglesia Católica
Romana):
(1) Error 1 – “Los sacramentos dan gracia por medio del poder que
poseen para santificar las almas de los hombres como instrumentos
de Dios”.
(2) Error 2 – “El que administra el sacramento debe tener la intención de
hacer lo que hace la Iglesia al dar el sacramento”.
(3) Error 3 – “Existen siete sacramentos: el Bautismo, la Confirmación,
la Santa Cena, la Penitencia, la Extrema Unción, las Santas Órdenes y
el Matrimonio”.

Los escritores Católico Romanos (y otros sacerdotes), a menudo, acuden


a textos tales como el de Hechos 22:16 y 1 Pedro 3:21: “…bautízate y lávate
de tus pecados…” “…el bautismo que ahora los salva también a ustedes”.
Sin duda, en textos tales como estos, los apóstoles utilizan una expresión que
atribuye un efecto espiritual a una seña material. Pero el argumento de la
Confesión es que la relación entre lo invisible y lo visible (lo señalado y la
señal) es tal que “los nombres y efectos de uno son atribuidos al otro”. Una
citación completa de 1 Pedro 3:21 apoya ampliamente esta explicación.
Pedro dice: “…la cual simboliza el bautismo que ahora los salva también a
ustedes. El bautismo no consiste en la limpieza del cuerpo, sino en el
compromiso de tener una buena conciencia delante de Dios. Esta salvación
es posible por la resurrección de Jesucristo…” ¿Por qué diría Pedro que es
simbolismo si es que la intención era tomarlo literalmente? Y ¿por qué se
preocuparía en negar que el bautismo nos salvara por medio de la limpieza
del cuerpo, a no ser que estuviera consciente de que su expresión había
llevado a algunos a suponer que la seña externa en sí podía salvar? La
verdadera limpieza lograda por la obra de gracia es “…el lavamiento de la
regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo…” (Tit 3:5). Se habla
así acerca del bautismo simplemente porque es una figura de “lo verdadero”.
Esta “unión sacramental” se puede comparar con (aunque no es lo mismo
que) la unión que existe entre las dos naturalezas de Cristo. Como las
naturalezas divinas y humanas están unidas en su persona, sucede que “los
nombres y efectos de una (naturaleza) se atribuyen a la otra”. En Hechos
20:28 leemos de “…la iglesia de Dios, que él adquirió con su propia
sangre”. La naturaleza divina es de carne y hueso. Aun así Cristo, quien tuvo
carne y hueso, es Dios. Es, entonces, apropiado hablar de la “persona
divina-humana” según la terminología y la descripción aplicable a
cualquiera de las dos naturalezas. Y existe una razón similar para hablar de
la seña y la gracia indicadas juntamente utilizando la terminología derivada
de cualquiera de las dos. Esto es justamente lo que hace Pedro.
El punto central entre los Sacerdotalistas y la Confesión “es simplemente
si es el Señor nuestro Dios el que nos salva, o si es que tenemos que buscar
la salvación en los hombres que actúan en nombre de, e investidos con, los
poderes de Dios. Este es el tema que divide al sacerdotalismo de la religión
evangélica” (Ver B. B. Warfield, El Plan de Salvación, pág. 56). El punto de
vista sacerdotal es que la gracia salvadora de Dios está contenida en los
sacramentos y otorgada por medio de su administración. El punto de vista
Reformado es que Dios el Espíritu Santo obra cuando, donde y como él
quiera otorgando la gracia salvadora, y que los sacramentos dependen de, y
están en subordinación a, su soberano actuar. Los sacramentos se hacen
eficaces porque Dios se complace en utilizarlos para exhibir y conferir la
gracia.
A primera vista puede parecer que el Católico Romano, con su punto de
vista, estaría más seguro de recibir la gracia divina por medio de los
sacramentos de lo que lo estaría un Cristiano Reformado con su completa
dependencia en Dios. Pero resulta que este no es el caso, y la razón es que
bajo el punto de vista Romano:
1. los sacramentos deben ser administrados por alguien que tenga “la
intención de hacer lo que hace la Iglesia en administrar el sacramento”,
y
2. los sacramentos deben ser recibidos con “la disposición correcta” o “la
motivación correcta”. Así, la gracia divina está condicionada y
controlada por los estados inciertos del hombre. Aunque pudiera uno
convencerse de que poseyera la disposición y el motivo correcto, nunca
sería posible estar seguro de que uno no había recibido los sacramentos
de la mano de un Judas sin la intención correcta (Jn 4:2).

La Fe Reformada hace que los sacramentos estén subordinados a la


gracia, y de esta forma hace que la validez y eficacia de los sacramentos sea
independiente del hombre. El sacramento es válido y eficaz porque es
mandado por Cristo. Se vuelve eficaz cuando y donde le complace otorgar la
gracia salvadora por medio de su Espíritu Santo. “Todos fuimos bautizados
por un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo […] y a todos se nos dio
a beber de un mismo Espíritu” (1Co 12:13).
Roma se encuentra impulsada por la lógica (¿?) de su posición a aceptar
que todos los miembros de la Iglesia son sacerdotes. A ningún Católico
Romano, aparte del sacerdote, le estaría permitido administrar el sacramento
de la Cena del Señor (o la Misa). Pero como la gracia salvadora está
contenida en, y comunicada por, los sacramentos únicamente, “si alguno está
en peligro de morir fuera del Bautismo, cualquier otro puede y debería
bautizar” (La Confesión de Baltimore, pág. 824). Solo los sacerdotes de
Roma realmente pueden administrar los sacramentos—a pesar de ello,
cualquiera puede administrar el sacramento del Bautismo. Tal es la
inconsistencia necesaria para poder mantener un sistema falso.
La posición Reformada es que ninguno de los dos sacramentos puede ser
administrado excepto por un ministro de la Palabra legalmente ordenado. No
se mantiene esto bajo el interés de algún punto de vista sacerdotal o
supersticioso del ministerio. Aunque parezca raro, ese punto de vista guía a
la conclusión opuesta, como hemos demostrado. Más bien, la Confesión
mantiene este punto de vista porque:
1. La Escritura dice que “los ministros de Cristo” son los “…encargados
de administrar los misterios de Dios” (1Co 4:1). Y “nadie ocupa ese
cargo por iniciativa propia…” (Heb 5:4). No existe ninguna evidencia
en la Escritura que demuestre que alguien que no fuera un oficial de la
iglesia haya administrado los sacramentos en la iglesia apostólica.
2. El hecho de que los sacramentos no contengan ni sean portadores de
gracia automática, ni sean instrumentos de la conversión, provee aun
más apoyo a esta posición. Dios ha llamado a todo creyente a ser
testigo porque ninguno puede ser convertido sin el evangelio. Si los
sacramentos poseyeran, como afirma la Iglesia Católica Romana, un
poder intrínseco para quitar el pecado original y darle a nuestras almas
nueva vida, entonces se esperaría que todo creyente los administrara en
cada oportunidad que se le presentara. La posición de la Confesión
protege la verdad, es decir, que los sacramentos son solo señales y
sellos de la gracia de Dios que él otorga sin ninguna dependencia en
ellos. No es como si la salvación fuera absolutamente imposible aparte
de los sacramentos.
Finalmente, la Confesión enseña que ha habido solo dos sacramentos
esenciales a lo largo de la historia de la Iglesia, tanto bajo el Nuevo como
bajo el Antiguo Testamento. Es decir, la circuncisión y el bautismo son
sustancialmente lo mismo. Significan lo mismo espiritualmente. Y lo mismo
es cierto de la Pascua y de la Cena del Señor. Las ordenanzas del Antiguo
Testamento tal como la circuncisión y la pascua se han convertido, bajo el
Nuevo Testamento, en el bautismo y la Cena del Señor. Lo nuevo está
encubierto en lo antiguo, y lo antiguo está revelado en lo nuevo. Las señales
sangrientas fueron reemplazadas por señales no sangrientas. Pero el
significado no varía, como lo demuestra la siguiente tabla:

La Circuncisión – El Bautismo

1. Administrado una sola vez a cada uno.

2. Administrado al creyente y a sus hijos.

3. La imagen del inicio de la unión con Dios (el lavamiento, la justificación,


etc.).

4. El receptor es completamente pasivo (es circuncidado-bautizado: recibe lo


que otro ejecuta).

La Pascua – La Cena del Señor

1. Administrada repetidamente a cada uno.

2. Administrada únicamente al creyente.

3. La imagen de seguir en comunión con Dios (la nutrición, el crecimiento, la


santificación, etc.).

4. El receptor es activo (toma parte por medio de su propio acto).


Los argumentos en apoyo a esta identificación (entre las ordenanzas del
Antiguo y el Nuevo Testamento) serán provistos a lo largo de nuestra
discusión acerca de los sacramentos. Pero aquí llamamos la atención a un
aspecto de los hechos de la Escritura que es a menudo ignorado. El apóstol
Pablo a veces utiliza el nombre de un sacramento del Antiguo Testamento
cuando habla de los que literalmente recibieron solo el sacramento del
Nuevo Testamento y viceversa. Dice que los Israelitas fueron bautizados
(1Co 10:1), mientras que, por supuesto, realmente fueron circuncidados.
También habla de los Colosenses como circuncidados (Col 2:11), aunque
realmente fueron bautizados. Habla de la pascua como algo perteneciente a
los Corintios (1Co 5:7), aunque sabemos que era la Cena del Señor y no la
pascua la que fue observada entre ellos. La pascua se convirtió en la Cena
del Señor para siempre la noche en que fue traicionado nuestro Señor (Mt
26:17ss., Lc 22:15ss.). Y la pregunta es: ¿Cómo podemos explicar este
intercambio de terminología sacramental en el Nuevo Testamento? Es por:
1. “La relación espiritual […] entre la seña y el significado: donde sucede
que los nombres y efectos del uno son atribuidos al otro”. Esto significa
que existe tal relación entre el sacramento y la gracia que podemos
hablar del sacramento como si fuera la gracia, y viceversa.
2. “Los sacramentos del Antiguo Testamento, en lo que se refiere a las
cosas espirituales significadas y manifestadas, eran, en esencia, los
mismos que los del Nuevo”. El significado es que la circuncisión y el
bautismo están unidos porque ambos sostienen la misma relación
espiritual a la misma gracia. Y puesto que la gracia puede ser
denominada por el nombre del sacramento relacionado a ella, se sigue
que el nombre de un sacramento puede ser aplicado al otro sacramento.
Si la misma gracia puede ser llamada circuncisión y también bautismo,
entonces no existe razón alguna para que el apóstol no pueda hablar del
bautismo como si fuera la circuncisión. Esto es lo que hace (vea
Colosenses 2:11,12). Y que así lo haga, argumenta en forma efectiva a
favor de la enseñanza de esta sección de la Confesión.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es el primer error del sacerdotalismo?
2. ¿Qué texto bíblico, por ejemplo, parecería apoyar a esta
posición?
3. ¿Qué textos pueden ser utilizados para refutar esta
interpretación?
4. ¿Cuál es la razón por la que tales expresiones bíblicas son mal
interpretadas?
5. ¿Con qué podríamos comparar a la “unión sacramental”?
6. ¿Cuál es el debate central entre la religión Romana y la
Reformada?
7. ¿Por qué, a primera vista, parece ofrecer seguridad el sistema
Romano?
8. ¿Por qué no provee esa seguridad realmente?
9. ¿Por qué es que el sistema Reformado realmente ofrece
garantía y seguridad?
10. ¿Por qué básicamente se ve obligada Roma a negar su propia
enseñanza con respecto al poder exclusivo del sacerdocio?
11. ¿Por qué es que la Iglesia Reformada solo permite que los
ministros ordenados administren los sacramentos?
12. ¿En qué formas son iguales el bautismo y la circuncisión?
13. ¿En qué formas son iguales la Cena del Señor y la Pascua?
14. ¿Qué fenómeno, en el lenguaje del apóstol Pablo, apoya a la
posición de que las ordenanzas del Antiguo y el Nuevo
Testamento sean esencialmente las mismas?

Ver las respuestas a estas preguntas


26
Del Bautismo (XXVIII)

1. El Bautismo es un sacramento del Nuevo Testamento, instituido


por Jesucristo, no solo para admitir solemnemente, en la iglesia
visible, a la persona bautizada; sino también para que sea para ella
un signo y un sello del Pacto de Gracia, de haber sido injertado en
Cristo, de la regeneración, de la remisión de pecados, y de su
entrega a Dios mediante Cristo Jesús para andar en vida nueva.
Este sacramento, por institución del propio Jesucristo, debe
continuar en su iglesia hasta el fin del mundo.
2. El elemento externo que debe usarse en el Bautismo es el agua,
con la cual la persona debe ser bautizada, en el nombre del Padre, y
del Hijo y del Espíritu Santo, por un ministro del Evangelio
legítimamente llamado para ello.

XXVIII, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que el bautismo es un sacramento (según la definición hecha en el
capítulo anterior),
(2) lo que significa el bautismo,
(3) cómo debe ser administrado, y
(4) cuánto tiempo debe continuar este sacramento en la Iglesia de Dios.

Ya hemos demostrado que los sacramentos “son signos y sellos santos del
pacto de gracia” instituidos por Dios. Esto establece que el bautismo es un
sacramento. No nos salva, pero es una “figura” de lo que sí nos salva (1P
3:21). Está registrado en el Evangelio (Mt 28:19) que Cristo instituyó, o
mandó, el bautismo. De estas dos enseñanzas de la Palabra de Dios tenemos
la prueba de que el bautismo es un sacramento.
Pero ¿cuál es el significado del bautismo? La Confesión indica que el
significado del bautismo no se puede encontrar en un solo aspecto de la
doctrina enseñada en la Escritura, sino más bien en un concepto complejo y
diverso. El bautismo significa:
1. la admisión a la Iglesia visible,
2. la gracia del pacto,
3. la regeneración,
4. la remisión del pecado, y
5. el deber de una obediencia nueva.

En otras palabras, el significado del bautismo es muy rico. Es una señal


(o signo) y un sello, no de esta u otra parte de cierta gran obra de gracia
divina, sino de toda la compleja maravilla de ella. El bautismo es, por decir,
una gran “película en acción” que demuestra la gran obra de Dios por medio
de la cual los pecadores muertos son traídos a una unión viva con Cristo y
con Él. Y el concepto central expresado por el bautismo es esta unión en sí.
La fórmula para el bautismo grabada en Mateo 28:19 lo demuestra muy
claramente. Los creyentes y sus hijos deben ser bautizados en el nombre del
Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Cuando Pablo dice que los hijos de
Israel “fueron bautizados en Moisés” quiere decir que dejaron Egipto, y
todas las relaciones que tenían con ello, para entrar en una nueva relación
con Moisés, el hombre de Dios. Y así es con los que son bautizados en la
relación con el Dios trino. “¿Fueron ustedes bautizados en el nombre de
Pablo?”, pregunta el apóstol, refutando la idea de que algunos Cristianos
tengan una unión especial con él que no tengan con Pedro o con Apolos. Su
argumento no tendría ninguna relevancia si la unión (o la relación íntima y
especial) no fuera el aspecto central del bautismo.
Aun así, la unión con Dios por medio de Jesucristo es una relación que
involucra todo un complejo de temas integrales. Uno no puede tener unión
con Dios a menos que primero haya habido una eliminación de la
culpabilidad y de la contaminación del pecado. No puede existir una
relación de acuerdo íntimo con Dios de parte de alguien que aún está bajo el
dominio del pecado. Así es que la Escritura ahora se enfoca sobre varios
aspectos secundarios de esta unión. Pedro habla del bautismo refiriéndose
especialmente a “…el perdón de sus pecados…” y “…el don del Espíritu
Santo…” (Hch 2:38). Pablo pone énfasis en “…el lavamiento de la
regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo…” (Tit 3:5). Y de
nuevo especifica el deber de caminar en la nueva vida que pertenece a los
que son bautizados (Ro 4:12). Sin embargo, el tema predominante de las
referencias bíblicas al bautismo es la unión con Cristo y el Dios trino, la
cual abarca y trasciende todos los demás aspectos secundarios del
significado de este sacramento (Mt 28:19, 1Co 12:13, Gá 3:27, Ro 6:3, etc.).
El Bautismo (y la Cena del Señor) simplemente expresa el contenido
verbal del evangelio en una forma no verbal. El Bautismo expresa y
representa ese aspecto del evangelio y su recepción salvadora que vemos
expresada verbalmente en las doctrinas de la gracia, de las cuales habla la
Confesión bajo los siguientes títulos:
1. el llamamiento eficaz,
2. la regeneración,
3. la conversión (el arrepentimiento y la fe),
4. la justificación, y
5. la adopción.

Esto explicará por qué el bautismo se administra una sola vez al


individuo. También explicará por qué el sacramento del bautismo, a
diferencia del sacramento de la Cena del Señor, es recibido en forma pasiva
y no activa. Esto concuerda con esa obra de Dios de la cual el bautismo es
una representación o una “imagen” visible. La regeneración es el acto
únicamente de Dios. El pecador está muerto. La regeneración es lo que le da
la vida. No podemos decir que el pecador sea activo en su regeneración. Es
completamente pasivo. Pero tan pronto como es regenerado, está vivo. Y
esto significa que está unido a Cristo. Porque en Cristo está la vida. Es
verdad que ahora podrá arrepentirse y creer. Y será activo en el
arrepentimiento y en la fe. Pero es así solo porque las semillas del
arrepentimiento y de la fe ya estaban presentes en él como resultado de la
regeneración y de la unión con Cristo. De modo que el bautismo representa
algo en lo cual el hombre es realmente pasivo y los apóstoles
característicamente lo denominan así: “Estamos enterrados”, no nos
enterramos a nosotros mismos; “hemos sido sembrados”, no nos sembramos
a nosotros mismos; “nuestro viejo hombre está crucificado”, no se crucificó
a sí mismo. Cuando el bautismo es descrito como si fuera un símbolo de una
actividad llevada a cabo por el hombre (en vez de una unión creada por
Dios), hay una contradicción en cuanto a su verdadero significado. Esta es la
mayor objeción del punto de vista Bautista en cuanto a esta ordenanza. Los
bautistas dicen:
1. que el bautismo solo debe ser administrado a adultos, porque solo un
adulto es capaz de llevar a cabo la actividad representada por el
bautismo y
2. que el bautismo implica la actividad por medio de la cual el hombre se
une a Cristo. El teólogo Bautista A. H. Strong dice: “Su esencia es
nuestra unión a otro ante el mundo” (Systematic Theology, p. 943). Las
respuestas a este punto de vista son:
(a) que el bautismo debe ser administrado tanto a los hijos de creyentes
como a los creyentes porque Dios es capaz de crear esa unión con
los niños de la cual el bautismo es señal y sello, y
(b) que el bautismo significa esa unión creada entre Dios y los pecadores
únicamente por medio de su poder. No es ni la actividad de Dios
(que crea esta unión) ni la actividad del hombre (que resulta de esta
unión) la cual representa el bautismo. Es la unión en sí, que es el
resultado únicamente de la obra de Dios, la cual afecta la totalidad
de la actividad de la gracia del hombre. Y porque tal unión es creada
solo una vez, solo puede haber un bautismo. El bautismo repetido no
representaría la gracia de Dios con la eficacia que le pertenece.

No existe ninguna discusión entre los Cristianos de básicamente toda


denominación en cuanto a que “el elemento exterior utilizado en este
sacramento debe ser el agua”, ni en cuanto a que el que va a ser bautizado
sea bautizado en el nombre del Dios Trino. Como la razón es evidente, no
tomaremos más tiempo en este punto. También hemos demostrado por qué
los ministros del evangelio pueden administrar lícitamente este sacramento.
Concluimos, entonces, con la afirmación de que el bautismo debe ser
administrado hasta el fin del mundo, porque Jesucristo dijo: “…vayan […]
bautizando […] Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin
del mundo” (Mt 28:19, 20). Puesto que la esfera de esta gran comisión
abarca todo el mundo y todos los tiempos, y puesto que la promesa del
Salvador es que sostendrá a su iglesia en el cumplimiento de su deber hasta
el fin del mundo, se sigue que este sacramento debe ser continuado hasta que
haya llegado el fin.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿En razón de cuáles dos pruebas estamos seguros de que el
bautismo es un sacramento?
2. ¿Cuál es el significado del bautismo?
3. ¿Cuál es el significado central del bautismo?
4. ¿Cuáles son algunos aspectos secundarios del bautismo?
5. Si el bautismo tiene un significado central, ¿por qué a veces se
mencionan estos aspectos secundarios en las Escrituras aparte
de su significado central?
6. ¿Cuál es la relación entre los sacramentos y el evangelio?
7. ¿Por qué es que el bautismo no requiere ninguna actividad de
parte del hombre?
8. ¿Por qué dicen los Bautistas que los infantes no deben ser
bautizados?
9. ¿Cuál es la mayor objeción al punto de vista Bautista?
10. ¿Es el bautismo una representación de la actividad de Dios?
Explíquese.
11. Pruebe que este sacramento debe ser administrado hasta el fin
del mundo.

Ver las respuestas a estas preguntas


3. La inmersión de la persona en el agua no es necesaria, pues el
bautismo es correctamente administrado mediante la aspersión o
efusión del agua sobre la persona.
4. No solo deben ser bautizados los que realmente profesan fe en, y
obediencia a, Cristo, sino también los infantes de uno o ambos
padres creyentes.

XXVIII, 3-4. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que la inmersión no es indispensable al bautismo,
(2) que ningún modo en particular del bautismo es mandado en las
Escrituras, y
(3) que quienes deben recibir el bautismo son los creyentes profesantes y
sus hijos.

Algunas denominaciones Cristianas requieren la inmersión porque creen


que no existe el bautismo sin la inmersión. Insisten que la palabra griega del
Nuevo Testamento (baptizo) significa “sumergir”. El hecho es que la palabra
(baptizo) no significa sumergir. Aunque eso no quiere decir que el término
no se pueda aplicar legítimamente a una acción que involucre la inmersión,
solo significa que el término no tiene ese significado precisamente. Esto se
demuestra fácilmente de la misma Escritura.
1. En 1 Corintios 10:2 leemos de los Israelitas, cuando partieron de
Egipto, que “todos ellos fueron bautizados en la nube y en el mar para
unirse a Moisés”. Puesto que la Escritura registra infaliblemente el
hecho de que no fueron sumergidos sino que pasaron por medio del mar
sobre tierra seca, es obvio en esta instancia que el término (baptizo) no
puede significar inmersión (Éx 14:22, etc.).
2. Una vez más, en Hebreos 9:10, leemos que bajo la ley ceremonial del
Antiguo Testamento existían “diversas ceremonias”. Sin embargo, el
libro de Hebreos nos hace recordar que esto consistía en rociar la
sangre de machos cabríos y de toros (9:13), en rociar del libro y a todo
el pueblo (9:19), y en rociar el tabernáculo y los objetos que se usaban
en el culto (9:21). Es decir, se nos relata que varios actos de
purificación ceremoniales del Antiguo Testamento no fueron llevados a
cabo por medio de la inmersión, pero eran “bautismos”. ¿Cómo,
entonces, el término (baptizo) podría significar inmersión?
3. En Hechos 1:5 leemos la promesa de Cristo a sus discípulos: “…dentro
de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”.
Nuevamente, en Hechos 2, encontramos el cumplimiento de esa
promesa. El Espíritu Santo vino sobre ellos. “Se les aparecieron
entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron
sobre cada uno de ellos” (2:3). Cuando los demás pensaron que estaban
ebrios, Pedro dijo: “En realidad lo que pasa es lo que anunció el
profeta Joel: ‘Sucederá que en los últimos días—dice Dios—…
derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano […] en esos días
derramaré mi Espíritu…’” (2:16-18). Ser bautizado con el Espíritu
significaba que el Espíritu se derramaba sobre ellos, y no que fueran
sumergidos en el Espíritu Santo. Entonces el bautismo no significa
inmersión. Esto no prueba que el bautismo nunca fue administrado por
medio de la inmersión (aunque no se puede probar que la inmersión
haya sido el modo siquiera en una sola instancia en la Escritura). Lo
que sí prueba es que el término (baptizo) no significa inmersión. No
significa inmersión como tampoco significa rociar o derramar. Lo que
significa es (como hemos demostrado) la unión con Cristo y el Dios
trino por medio del lavamiento del pecado, ya sea por medio de la
inmersión, el rociado o el derramamiento.

Ya hemos demostrado que el bautismo es una señal y un sello de la unión


con Cristo y con Dios, y que esta unión es la creación absoluta de Dios y es
otorgada por él a quien le complazca. Los niños no son más capaces de
efectuar su propia unión con Cristo de lo que lo son los adultos. Todos son
totalmente depravados e incapaces de hacer algo en absoluto para efectuar
su unión con Dios. Pero Dios es omnipotente, y él puede efectuar esta unión
con su propio poder, y es él quien lo hace. Y Jesucristo dijo que esta obra
salvadora se encuentra en niños y aun en infantes pequeños (Lc 18:15). “El
reino de los cielos es de quienes son como ellos”, dijo (Mt 19:14). Si los
niños, y aun los infantes pequeños, son miembros del reino de Dios (Lc
18:16), entonces realmente no se puede decir que no experimentan lo que
significa y sella el bautismo. ¿Qué es la membresía en el reino de Dios si no
es la unión con Cristo? Es interesante observar que los Bautistas en sí no son
consistentes en cuanto a sus propios argumentos. Por lo menos la mayoría de
los Bautistas aceptan que los infantes de los creyentes que mueren en
infancia pueden ser salvos. Y esto es igual que decir que pueden tener eso
que señala y sella el bautismo.
En cuanto al segundo argumento, estamos de acuerdo, por supuesto, que el
Nuevo Testamento no contiene un mandamiento específico de administrar el
sacramento de la Cena del Señor a las mujeres. Pero esto no es igual que
decir que la Biblia no contiene tales mandatos. El Nuevo Testamento no
siempre repite mandatos específicos que ya están registrados en la Escritura
del Antiguo Testamento. En otras palabras, los apóstoles no actúan como si
los mandamientos de Dios no tuvieran ninguna validez si es que no fueran
repetidos en sus Escrituras. Los apóstoles en ningún lado repiten
expresamente las palabras del Segundo Mandamiento. Sin embargo, no cabe
duda de que continuaban considerando el Segundo Mandamiento como algo
vigente (Ro 1:23). Así que no podemos decir que Dios no ha mandado el
bautismo de niños. Dios, al comienzo de la historia patriarcal, mandó que la
señal y el sello del pacto de gracia fuera dada a los niños de los creyentes
(Gn 17:1-14). Es más, se afirmaba explícitamente que esto era un requisito
que duraría para siempre. No es verdad, entonces, que Dios no haya dado
ningún mandamiento con respecto al bautismo de niños. El argumento
Bautista es que con la venida de Cristo la circuncisión fue abrogada, así que
este mandamiento ya no existe. Pero el apóstol deja en claro que la
circuncisión continúa, con este cambio, que ahora se llama bautismo—“…en
él fueron circuncidados, no por mano humana, sino […] en el bautismo…”
(Col 2:11,12). El argumento Bautista es que los niños no pueden ser
bautizados sin el mandamiento del Nuevo Testamento. Sin embargo, lo que
se necesita es que los Bautistas produzcan el mandamiento del “Nuevo
Testamento” que prohíba lo que Dios ha mandado para todos los tiempos.
Los discípulos creían que los niñitos no deberían ser traídos al Señor. Pero
él les dijo: “…no se lo impidan…” (Mt 19:5). Nuestro argumento es este:
1. Dios mandó que los creyentes dieran la señal y el sello del pacto a sus
hijos,
2. el bautismo es la señal y el sello del pacto acerca del cual Dios dio
este mandato (Gá 3:16,17),
3. Dios cambió la forma de la señal y el sello, pero no el mandato que era
siempre; no ha revocado su mandato de dar esta señal y este sello a los
hijos de los creyentes, y
4. la evidencia del Nuevo Testamento confirma esta posición.

Aunque el Nuevo Testamento no contenga una repetición verbal del


mandato original de Dios de dar una señal o un sello del pacto a los hijos de
los creyentes, si contiene la información y la evidencia que no concuerda con
ninguna otra posición salvo la que supone la fuerza continua de ese pacto.
Citaremos algunos ejemplos.
(a) En Hechos 2:38, 39, Pedro animó a los judíos a que recibieran el
bautismo en el nombre de Jesucristo, y dio la razón de que “…la
promesa es para ustedes [y] para sus hijos…”. Esta forma de
expresión concuerda absolutamente con el concepto del Antiguo
Testamento de los “niños del pacto” que se incluían en la promesa a
los creyentes y por lo tanto eran circuncidados. Y el hecho de que
Pedro apoya al bautismo precisamente basado en este fundamento es
una presunción fuerte a favor de la continuación de ese concepto en
la época del Nuevo Testamento.
(b) En Hechos 17:11 se nos informa que los judíos de la sinagoga Berea,
a diferencia de la mayoría de las congregaciones judías a lo largo del
Imperio Romano, “…recibieron el mensaje con toda avidez…”.
Ellos incluso “…examinaban las Escrituras…” todos los días para
ver si era verdad lo que Pablo les enseñaba y para asegurarse de que
concordara con ellas. Ponían a prueba la doctrina de Pablo a la luz
de la palabra de Dios del Antiguo Testamento. ¿Y cómo pudieron
haber aceptado la doctrina del bautismo de Pablo si es que no
estuviera de acuerdo con el concepto de los hijos del pacto del
Antiguo Testamento?
(c) En 1 Corintios 1:14, Pablo reconforta y da esperanza e instrucción a
los Cristianos que se encuentran bajo la carga de ser casados con un
incrédulo. Al parecer, habían algunos en Corintio que, a causa de
esta “carga”, se sentían en gran desventaja en comparación con los
demás y esto a causa de una presunta diferencia en el estatus de sus
hijos. La posición Bautista es que todo niño esta fuera de la gracia y
el pacto de Dios, y por lo tanto no debe ser bautizado. No reconocen
ninguna distinción entre los hijos de los creyentes y los hijos de los
incrédulos. Pero el apóstol dijo: “…el esposo no creyente ha sido
santificado por la unión con su esposa, y la esposa no creyente ha
sido santificada por la unión con su esposo creyente. Si así no fuera,
sus hijos serían impuros, mientras que, de hecho, son santos”. Es
decir, el apóstol sí hacía una distinción entre los hijos de los
creyentes y los hijos de los no creyentes. Y podía tranquilizar a los
creyentes de matrimonios mixtos de que en su caso también, el que
obraba en ellos eran más grande que el que obraba en el mundo. Por
lo tanto, sus hijos, así como los de los padres creyentes, eran santos.
Es interesante observar el silencio absoluto de los Bautistas con
respecto a este texto. Y si se objetara que el término “santo” no
significa que estos niños solamente tienen derecho a la seña y el
sello del pacto, sino que implica mucho más, respondemos: “Está
bien, pero de todas formas significa algo, y es algo completamente
distinto a la posición Bautista”.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Por qué los Bautistas insisten en la inmersión?
2. ¿En qué forma, a veces, dan mayor fundamento (aunque
innecesariamente) los Cristianos Reformados a esta posición?
3. ¿Cómo podemos probar que la palabra baptizo no significa
inmersión?
4. ¿Prueba esto que este término nunca se utiliza para describir
una instancia en la cual la inmersión pueda estar involucrada?
5. ¿Cuáles son los dos argumentos principales contra el bautismo
de infantes por parte de los Bautistas?
6. ¿Qué pruebas se pueden presentar para refutar cada uno de
estos argumentos?
7. Dé un ejemplo de la evidencia que se puede encontrar en el
Nuevo Testamento que no concuerda con la posición Bautista, y
que apoya la posición Reformada.

Ver las respuestas a estas preguntas


5. Aunque el menosprecio o descuido de este sacramento sea un gran
pecado, sin embargo, la gracia y la salvación no están tan
inseparablemente unidas al Bautismo, como para que ninguna
persona sea regenerada o salvada sin el bautismo, o como para que
todos los que son bautizados sean indudablemente regenerados.
6. La eficacia del Bautismo no está ligada al momento preciso en
que se administra; no obstante, mediante el uso correcto de esta
ordenanza, la gracia prometida no solo es ofrecida, sino que
realmente es manifestada y conferida por el Espíritu Santo a
aquellos (ya sean adultos o infantes) a quienes pertenece aquella
gracia, según el consejo de la propia voluntad de Dios, en el tiempo
establecido por Él.
7. El sacramento del Bautismo se administra por una sola vez a cada
persona.

XXVIII, 5-7. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que es un error dejar de lado el mandato del bautismo,
(2) que la salvación es absolutamente inseparable de él,
(3) que la salvación no se garantiza por medio de ello,
(4) que la eficacia del bautismo no está atada al momento de la
administración del mismo, y
(5) que es un medio de gracia cuando se administra correctamente (una
sola vez, y de acuerdo con la Palabra de Dios).
Si el bautismo es “un sacramento del Nuevo Testamento, mandado por
Jesucristo” que debe ser “continuado en su Iglesia hasta el fin del mundo”,
entonces se sigue que es un gran error despreciarlo o dejarlo de lado. Si la
negligencia de Moisés en cuanto a la circuncisión despertó la ira y el
disgusto de Dios contra él (Éx 4:24-26), y si el rechazo del bautismo de Juan
por parte de los fariseos y los expertos en la ley también es condenado (Lc
7:30), entonces ¡cuánto más debemos considerar la gravedad de una similar
actitud ante lo que nuestro Señor ha mandado! Y es importante recordar que
se despertó la ira de Dios contra Moisés no porque había descuidado el
mandato en cuanto a él mismo, sino porque había descuidado la circuncisión
de sus hijos. El bautismo es un deber moral. Y la persona que pudiendo ser
bautizada (o pudiendo presentar a sus hijos para ser bautizados) no lo hace,
está en una posición muy distinta a la de una persona que quisiera ser
bautizada y no puede. Hay muchas instancias en las cuales es físicamente
imposible que el creyente reciba este sacramento (Mt 27:38). Ya que tal
individuo ni menosprecia ni descuida este mandato, no podemos decir que
yerra solo porque la providencia divina previene su bautismo. Sin embargo,
si una persona no es bautizada porque condena o descuida este mandato, es
culpable del pecado. En efecto, solo estamos diciendo que todo error es
pecaminoso. Debemos recordar que cada uno, incluso los Presbiterianos y
los Bautistas, son pecadores y por lo tanto no están libres del error en
distintos grados en todo ámbito. Se debe notar, en cuanto a esto, que el
pecado es menos ofensivo ante los ojos de Dios cuando no es causado por
desobediencia consciente o por descuido. El que conoce la verdad y luego
desobedece tiene una mayor culpabilidad que el que obedece a una
conciencia mal informada. “Si después de recibir el conocimiento de la
verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados” (Heb
10:26).
Al decir que el bautismo es un requisito de la ley de Dios (para los
creyentes y sus hijos) no se implica que el bautismo sea un requisito de la
salvación misma. Lo que el hombre deber cumplir como su deber moral no
se debe confundir con lo que Dios pueda hacer. La Escritura nos demuestra
que es posible tener todo lo que significa y sella el bautismo sin tener el
bautismo en sí. Todos sabemos que el ladrón en la cruz fue salvo. Y fue
salvo en ese mismo tiempo en el cual Juan el Bautista y Jesús mismo
requerían que los hombres fueran bautizados para la remisión de sus
pecados. Sin embargo, no le fue posible ser bautizado a causa de
circunstancias providenciales sobre las cuales él no tenía ningún control.
Dios no cambió las circunstancias que prevenían su bautismo sino que lo
salvó sin el bautismo. Esto nos demuestra que existen circunstancias en las
cuales los hombres pueden tener los efectos salvadores de la gracia de Dios
sin el sello y la señal de designio divino, y que esto es según la voluntad de
Dios. Por otro lado, la Escritura también demuestra que los hombres pueden
ser bautizados con un bautismo correctamente administrado sin realmente
experimentar la gracia salvadora de la cual es un sello y señal. Simón (Hch
8:13ss.) fue legítimamente bautizado por el apóstol. Aun así, él mismo siguió
“…camino a la amargura y a la esclavitud del pecado” (v. 23). Sin embargo,
el que realmente está unido a Cristo no puede permanecer en la esclavitud
del pecado (Ro 6:10,14, etc.). Él no pudo haber sido bautizado
legítimamente y aun permanecer en la esclavitud del pecado a no ser que el
bautismo sea separable de la gracia de la cual es una señal y un sello. El
caso de Esaú también da ejemplo de este punto. Fue circuncidado por
mandato divino. Sin embargo, fue revelado antes de su nacimiento que jamás
tendría unión con Cristo (Ro 9:11-13). En esta instancia no se puede
argumentar que Esaú recibió una circuncisión ilegítima. Tampoco se puede
argumentar que Esaú fue circuncidado porque se suponía que tenía o que
tendría unión con Cristo. Solo se puede argumentar que Dios mandó que los
creyentes dieran la señal y el sello del pacto a sus hijos aun si no se podía
suponer que tenían o que tendrían unión con Cristo. La Biblia no enseña que
la administración legítima del sacramento del bautismo requiere que los que
lo reciban realmente estén unidos a Cristo. Existe, en otras palabras, una
verdadera discrepancia entre la administración apropiada del bautismo y la
obra de gracia salvadora. Dios ha dado órdenes que no proveen para el
bautismo de todo verdadero creyente (Lc 23:33,43) pero que sí proveen para
el bautismo de algunos que no están destinados a la vida eterna.
No debemos limitar la eficacia del bautismo al momento de su
administración. Por ejemplo, no debemos pensar que cuando un niño es
bautizado, el efecto de su bautismo termina allí mismo. De nuevo citamos el
caso de Jacob y Esaú. (1) Ambos recibieron el sacramento por medio de un
mandato divino. (2) Esaú nunca recibió la gracia de la cual poseía el sello y
la señal. Y (3) Jacob no experimentó la eficacia del sacramento sino hasta su
conversión muchos años después (Gn 25-32, esp. 32:24-28). Los que se
oponen al bautismo de infantes a menudo resaltan que en muchos casos no
existe evidencia de la obra de la gracia de Dios en los que han sido
bautizados como infantes. Afirman correctamente el hecho de que el
bautismo no tiene ningún efecto salvador en tales infantes en el momento en
el cual son bautizados. Sin embargo, no debemos dejar que esta verdad nos
confunda; decir que el bautismo no tiene ningún efecto en el momento no es
lo mismo que decir que no tiene ningún efecto en absoluto. El bautismo
jamás causa la unión con Cristo. Nunca tiene ese efecto. Ese no es el
propósito del bautismo. El propósito del bautismo no es causar una unión
con Cristo sino confirmar y testificar de lo mismo. Y es precisamente por
eso que el bautismo tiene mayor eficacia al no estar atado únicamente al
momento de su administración. De este modo, el bautismo testifica que Dios
da unión con Cristo a quien a él le complazca, como le complazca y cuando
le complazca. El efecto del bautismo no es que cause unión con Cristo, sino
que testifica de esta unión. Puede que el bautismo, así como la circuncisión,
no tenga ningún efecto en algunos. Pero el bautismo de infantes, así como la
circuncisión de infantes, tiene un efecto profundo en algunos que son
convertidos mucho después de ser bautizados. El orden entonces puede ser
(1) bautismo, y luego el llamamiento eficaz para unión con Cristo, y luego la
eficacia del bautismo o (2) el llamamiento eficaz, luego el bautismo, y luego
la eficacia del bautismo. No puede haber ningún otro orden porque uno no
puede experimentar la eficacia del bautismo antes del bautismo, ni puede
experimentar la eficacia del bautismo antes del llamamiento eficaz.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Por qué es pecaminoso menospreciar o descuidar el
bautismo?
2. ¿Qué pasajes de la Escritura se pueden citar para probar lo
anterior?
3. ¿El Bautista que sinceramente cree que sería un error bautizar
a sus hijos peca al no bautizarlos? ¿Por qué?
4. ¿En qué sentido no es necesario el bautismo?
5. ¿Qué es el pecado deliberado?
6. ¿Qué evidencia bíblica prueba que uno puede ser salvo sin ser
bautizado?
7. ¿Qué evidencia bíblica prueba que uno puede ser bautizado sin
ser salvo?
8. ¿Qué caso bíblico prueba que el bautismo no es dado a los
infantes en base a nuestra creencia de que son elegidos?
9. ¿Por qué entonces fue bautizado?
10. ¿Qué caso bíblico prueba que la eficacia del bautismo no está
atada al momento de su administración?
11. ¿Cuáles son las dos cosas que (en cualquier orden) debe
poseer el individuo para que el bautismo pueda ser eficaz para
él?

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27
De la Cena del Señor (XXIX)

1. Nuestro Señor Jesús, la noche en que fue traicionado, instituyó el


sacramento de su cuerpo y de su sangre, llamado la Cena del Señor,
que debe ser observado en su iglesia hasta el fin del mundo, para la
perpetua conmemoración del sacrifico de sí mismo en su muerte,
para sellar en los verdaderos creyentes todos los beneficios de la
misma, para su nutrición espiritual y crecimiento en Él, para mayor
compromiso en y hacia todas las obligaciones a Él debidas, y para
ser un lazo, y una garantía, de su comunión con Él y de los unos con
los otros como miembros de su cuerpo místico.

XXIX, 1. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que la Cena del Señor es un sacramento instituido por Cristo,
(2) que fue instituida en la noche en la cual fue traicionado,
(3) que debe ser observada por su Iglesia hasta el fin del mundo
(4) que es dada como:
a. un recordatorio perpetuo de su sacrificio,
b. el sello de todos los beneficios de aquello para los verdaderos
creyentes, y para:
c. su alimento espiritual y crecimiento en él,
d. su mayor compromiso en y con los deberes que le deben a él, y
e. como un pacto y una promesa de su comunión con él y del uno con
el otro como miembros de su cuerpo.
La institución de la Cena del Señor se encuentra en tres Evangelios y en
una de las epístolas de Pablo. “Yo recibí del Señor lo mismo que les
transmití a ustedes…” (1Co 11:23-26ss. Mt 26:26-29, Mr 14:22-25 y Lc
22:17- 20). En este relato cuadruplicado se nos dice repetidamente que
Jesús mandó que “hagan esto”. Y el momento de esta institución se revela
claramente como el deber en sí. Fue en la noche en que fue traicionado. Fue
al comer la pascua. Y mientras que la frecuencia con la cual debe ser
observada no se especificó de una forma particular, él mandó que debería
ser frecuente. El término que utiliza es “cada vez que”, implicando que era
un acto que debe hacerse con frecuencia. Calvino dio fuerte apoyo a la
celebración semanal de este sacramento. Esto en sí no sería una violación de
la institución de Cristo. Pero la Escritura solo requiere la administración
frecuente del sacramento y no justifica una regla rígida que requiera tal
frecuencia absoluta. Finalmente, notamos que en las palabras de Cristo en su
institución, como también en el bautismo, existe buen fundamento para
continuar este sacramento hasta el fin del mundo, porque él dijo: “Porque
cada vez que coman este pan y beban de esta copa, proclaman la muerte del
Señor hasta que él venga”. Si este sacramento se observa hasta que él
venga, será observado hasta el fin del mundo, porque es ahí cuando él
vendrá.
La Cena del Señor “es un sermón visible, en el cual se nos presenta a
Cristo sacrificado” (Thomas Watson, The Ten Commandments, pág. 165) .
El sacramento de la Cena del Señor representa y exhibe la salvación a través
del sacrifico único y perfecto de Cristo. Entonces el énfasis central de la
ordenanza es el “recuerdo” de “la muerte del Señor”. Los elementos
recuerdan el cuerpo y la sangre ofrecidos a Dios en el sacrificio de sí
mismo. Las palabras ponen en nosotros el recuerdo de aquel que ofreció su
cuerpo y sangre, y el maravilloso hecho de que se ofreció a sí mismo por
nosotros. “Esto es mi cuerpo, que por ustedes es entregado”. Además, las
acciones nos hacen pensar en el sufrimiento y el dolor que padeció el
Salvador al rendirle a Dios esta gran oblación. “Este […] es mi cuerpo,
entregado por ustedes…”. Cuando Cristo distribuyó los elementos de este
sacramento a sus discípulos, no fue por medio de este acto sacramental que
realmente les haya dado la salvación. En el caso de todos, salvo uno, ya eran
salvos. En el caso de uno, nunca sería salvo. ¿Qué, entonces, hizo por ellos
este sacramento? Significaba y sellaba los beneficios de su sacrificio. Los
representaba. Proveía una viva imagen. Les demostraba lo que poseían. Y
les testificaba que sí lo poseían. Les aseguraba de esta gran salvación que
era suya en Cristo. Y eso no es todo. La Cena del Señor, a diferencia del
bautismo, no solo representa algo que ya ha sido completado. No solo
significa un punto de existencia completado (la unión con Cristo que no
vuelve a cambiar jamás en su esencia). No representa el interés salvífico del
Cristiano en esa obra de Dios que se representa como si ya hubiera sido
recibida. La Cena del Señor debe ser observada con frecuencia porque
representa una obra de Dios que continúa a lo largo de la vida del creyente.
El creyente debe, una y otra vez, comer, beber y recordar, porque la Cena del
Señor es una señal y un sello de esa obra de la gracia de Dios por medio de
la cual el creyente recibe continuamente el alimento y aliento espiritual, el
perdón, la purificación y la santificación, por medio de los beneficios de
este único sacrificio de Cristo y de su actual mediación de esos beneficios a
favor de los creyentes. Obviamente, el creyente no deriva este beneficio del
sacramento en sí, sino de Cristo mismo y de su sacrificio. Lo que recibe el
creyente en, y por medio de, el sacramento en sí no es lo mismo que recibe
en Cristo y su sacrificio. Precisamente lo que recibe de, y por medio de, el
sacramento es un testimonio de, y una confirmación (dando testimonio de su
validez) de, la gracia salvadora que recibe por medio del Espíritu Santo. La
gracia salvadora (que nutre, sostiene y santifica al creyente) opera en el
creyente en virtud de una unión vital con Cristo. Sin embargo, esta gracia
salvadora es fortalecida por medio del testimonio y la atestiguación
otorgados por el sacramento.
Como este sacramento es una señal y un sello de la unión y la comunión
con Cristo, también es un medio por el cual el creyente recuerda el hecho de
que él debe ser, y es fortalecido en su deseo de ser, fiel y obediente a Cristo.
Se le recuerda que ha sido “…comprado por precio”. Por tanto, sabe que
debe “honrar con su cuerpo a Dios” (1Co 6:20). En esta misma epístola
Pablo dice: “No pueden beber de la copa del Señor y también de la copa de
los demonios; no pueden participar de la mesa del Señor y también de la
mesa de los demonios” (10:21). No es simplemente que el creyente no
debería beber de ambas copas sino que no puede. Por supuesto, el apóstol
sabía que había un sentido en el cual tal cosa se podría hacer: Una persona
puede tomar de los elementos del sacramento de la Cena del Señor y también
tomar parte en las ceremonias de una religión falsa. Pero, en tal caso, el
sacramento del Señor no tiene ninguna eficacia para esa persona. Solo tiene
eficacia como una señal y un sello de la verdadera unión con Cristo. Y el
que tiene verdadera unión con Cristo no puede estar unido a Satanás. La
Cena del Señor no es un medio de gracia para los que no tienen gracia (1Co
11:27-29). La predicación de la Palabra de Dios sí es un medio de gracia
para los que están sin gracia. A ninguno se le pide reconocer el cuerpo del
Señor antes de escuchar al evangelio. Sin embargo, este requisito prueba que
la Cena del Señor no es una ordenanza que convierte. No es una forma de
efectuar la unión con Cristo. Más bien es un medio de fortalecer y asegurar a
los que ya están unidos a Cristo.
La Cena del Señor también es “una fianza y una promesa” de la unión y la
comunión compartidas por los verdaderos creyentes con Cristo (la cabeza) y
el uno con el otro (los miembros de su cuerpo). El pan fue distribuido. Pero
fue un solo pan que se distribuyó. “Hay un solo pan del cual todos
participamos; por eso, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo”
(1Co 10:17). Una vez más leemos que “luego tomó la copa, dio gracias y
dijo: ‘Tomen esto y repártanlo entre ustedes’” (Lc 22:17). Los muchos son
uno solo. Tienen mucho más en común de lo que tiene Adán y su posteridad.
Por lo tanto, por medio de este sacramento recibimos el testimonio y la
certeza del hecho de que somos miembros de un nuevo pueblo en Cristo.
Somos fortalecidos en nuestro entendimiento y seguridad de esta bendita
comunión con Cristo y con su pueblo, la cual es nuestra en virtud de nuestra
unión a él.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Dónde encontramos la institución de la Cena del Señor?
2. ¿Cuándo fue instituida la Cena del Señor?
3. ¿Con qué frecuencia requiere Cristo la celebración de esta
Cena?
4. ¿Hasta cuándo debe ser observado este sacramento? Pruébelo
bíblicamente.
5. ¿Cuál es el énfasis central de este sacramento?
6. ¿De cuáles tres formas se demuestra esto?
7. ¿Otorga la gracia salvadora el sacramento de la Cena del
Señor? Si la respuesta es no, entonces ¿qué otorga?
8. ¿De qué verdad testifica la celebración frecuente de este
sacramento?
9. ¿Qué se requiere de los que reciben este sacramento que no se
les requiere a los que escuchan el evangelio?
10. ¿Qué aspecto de este sacramento representa la unión de
muchos creyentes con Cristo y de la comunión del uno con el
otro?

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2. En este sacramento Cristo no es ofrecido a su Padre, ni se hace un
sacrificio real por la remisión de pecados de los vivos o muertos,
sino solamente una conmemoración de aquel único ofrecimiento de
sí mismo y por sí mismo en la cruz, una sola vez para siempre; y una
ofrenda espiritual a Dios de la mayor alabanza posible por tal
sacrificio. De manera que el sacrificio papal de la misa (como ellos
la llaman), es la injuria más abominable al único sacrificio de
Cristo que es la única propiciación por todos los pecados de sus
elegidos.

XXIX, 2. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que el sacramento de la Cena del Señor no es un sacrificio sino una
conmemoración de ese único y suficiente sacrificio de Cristo, y
(2) que la doctrina Romana de la Misa no es más que un ataque contra la
gloria y la eficacia del único verdadero sacrificio de Cristo.

En el Catecismo de Baltimore de la Iglesia Católico Romana leemos lo


siguiente: “La Misa es el sacrificio de la Nueva Ley en la cual Cristo, por
medio del ministerio del sacerdote, se ofrece a Dios en una forma no
sangrienta bajo la presencia del pan y el vino” (#925). “En la Nueva Ley no
hay ningún otro sacrificio aceptable a Dios salvo el sacrificio de la Misa”
(#929). “La Misa es el mismo sacrificio que el sacrificio de la cruz, porque
en la Misa la víctima es la misma, y el sacerdote principal es el mismo,
Jesucristo” (#931). Por medio de esta, la enseñanza oficial de Roma,
debemos creer que alguien es salvo, no porque Cristo murió por él, sino
porque Cristo muere por él. Tantas veces como peque el pecador, con esa
frecuencia debe también morir Cristo. Según el dogma Romano, esta es la
obra de Cristo. No pareciera ser esto lo que está haciendo. Pero esto es solo
porque se presenta a sí mismo bajo la presencia del pan y el vino. El es pan
y vino en su apariencia. Pero está verdadera y físicamente presente en carne
y hueso humano para poder sufrir y morir una vez más. Y, dice Roma, no hay
salvación excepto por medio de este sacrificio que se repite continuamente.
Sería difícil inventar una doctrina que sea más dañina a la verdadera
gloria de la obra de Jesucristo. Las Escrituras dicen que “…con un solo
sacrificio ha hecho perfectos para siempre a los que está santificando” (Heb
10:14). Al morir exclamó: “Todo se ha cumplido” (Jn 19:30). Y, a diferencia
de los sacerdotes del Antiguo Testamento, Cristo “…no tiene que ofrecer
sacrificios día tras día…” (Heb 7:27). Si el perdón diario de los pecados
requiriera el sacrificio diario de Cristo, “…habría tenido que sufrir muchas
veces desde la creación del mundo” (Heb 9:26). El hecho de que el perdón
haya sido dado antes del sacrificio de Cristo establece el hecho de que el
perdón puede ser dado después de haberse completado ese sacrificio. Así
“…ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para
siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo”.
“…Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de
muchos…” (Heb 9:26, 28). De la supuesta presencia física de Cristo en la
Misa, podríamos decir lo mismo que el ángel alguna vez dijo a los
discípulos: “No está aquí; ¡ha resucitado!” (Lc 24:6). “Es necesario que él
permanezca en el cielo hasta que llegue el tiempo de la restauración de todas
las cosas” (Hch 3:21).
A causa del infinito valor y la absoluta perfección del único sacrificio de
Cristo, la Escritura nos enseña que lo recordemos en ello y que hagamos
descansar nuestra esperanza de la salvación y la vida eterna en ello. Así,
pues, se utiliza el tiempo pasado: “Como bien saben, ustedes fueron
rescatados […] El precio de su rescate no se pagó con cosas perecederas
[…] sino con la preciosa sangre de Cristo…”. “Cristo, a quien Dios escogió
antes de la creación del mundo, se ha manifestado en estos últimos tiempos
en beneficio de ustedes” (1P 1:18-20). “…Cristo nos amó y se entregó por
nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios” (Ef 5:2). “Porque
Cristo murió por los pecados una vez por todas, el justo por los injustos…”
(1P 3:18). Si el único sacrificio de Cristo no fuera suficiente, la Escritura no
podría hablar de esta forma. Habla así porque el único sacrificio de Cristo
fue suficiente para pagar por todos los pecados de su pueblo escogido, ya
sea pecados pasados, presentes o futuros. La Misa Romana, al negar esto,
socava la integridad de la obra de Cristo y lleva al pecador a confiar en el
sacerdote, la Misa y en la Iglesia, en vez de confiar en el único sacrificio
que les puede rescatar de sus pecados. Hasta donde Roma persuade al
hombre a creer su doctrina, también lo persuade a abandonar toda esperanza
legítima.
Si la única muerte del hombre-Dios no es suficiente para toda necesidad
humana, entonces ¿cómo podrían ser suficientes muchas semejantes muertes?
Por supuesto, Roma enseña que la muerte que Cristo muere en la Misa no es
otra sino de alguna forma la misma muerte que murió en la cruz. Pero si así
fuera, ¿cómo lo podemos ver como una verdadera muerte? Si la muerte que
Cristo murió en la cruz no es más “auténtica” que la que se supone que muere
en la Misa, entonces no tiene mucho valor. Y en realidad, uno no muere
verdaderamente una muerte varias veces. Sin embargo, aun si intentamos
seguir la increíble lógica del dogma Romano, tendríamos que decir que la
muerte de Cristo no tiene ningún valor, porque (bajo su propio testimonio)
no ha dejado de morir. Un sacrificio no tiene ningún valor hasta que se haya
cumplido la muerte. Pero si Cristo no ha dejado de morir después de dos mil
años, ¿cómo podemos estar seguros de que algún día dejará de morir?
Entonces qué de nuestra esperanza de la resurrección; es más, cómo puede
haber una resurrección de una muerte perpetua? Para resumir: La doctrina
Romana es tanto absurda como anti-bíblica y dañina.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Según Roma, ¿cuál es el único sacrificio aceptable a Dios?
2. Según Roma, ¿qué sacrificio es idéntico al sacrificio de la cruz?
3. Según Roma, ¿por qué se le designa a la Cena del Señor como
un verdadero sacrificio?
4. Según Roma, ¿con qué frecuencia debe morir Cristo?
5. Según la Escritura, ¿con qué frecuencia debe morir Cristo?
Pruébelo con textos.
6. ¿Por qué no puede estar Cristo presente físicamente en la
Misa?
7. ¿Qué forma de expresión característica demuestra que el
sacrificio de Cristo ya se completó?
8. ¿De qué desvía la confianza del hombre esta doctrina Romana?
9. ¿A dónde lleva la doctrina Romana a la confianza del hombre?
10. ¿En qué forma están “desesperanzados” los Católico-
Romanos?

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3. En este sacramento, el Señor Jesucristo ha ordenado a sus
ministros que declaren al pueblo su Palabra de institución, que oren,
que bendigan los elementos del pan y del vino, y que los aparten así
del uso común para un uso santo; que tomen y partan el pan, que
tomen la copa y que (participando ellos mismos) ambos sean dados
a los participantes, pero a ninguno que no esté presente en ese
momento en la congregación.
4. Las misas privadas, o el recibir a solas este sacramento, de un
sacerdote o por cualquier otro, como también la negación de la copa
al pueblo, la adoración de los elementos, el elevarlos, o el llevarlos
de un lugar a otro para adoración, y el reservarlos para cualquier
pretendido uso religioso es contrario a la naturaleza de este
sacramento y a la institución de Cristo.

XXIX, 3-4. En esta sección de la Confesión aprendemos:


(1) que Cristo ha designado que sus ministros administren los
sacramentos de la palabra de institución, la oración, y la bendición,
(2) que los elementos que se usarán son el pan y el vino,
(3) que tanto los ministros como los miembros de la Iglesia deben recibir
ambos elementos, y
(4) que estos no deben ser administrados a alguien que no haya estado
presente en la congregación en el momento de la administración del
sacramento.
Ya hemos demostrado (XXVII, 4,) que los sacramentos deben ser
administrados por los ministros de la Palabra que hayan sido ordenados
lícitamente. Por lo tanto, nos concentraremos en las demás verdades
contenidas en esta sección de la Confesión.
Según la Confesión de Fe, los elementos que se deben utilizar en la Cena
del Señor son el pan y el vino. Es nuestra convicción que cuando el Señor
instituyó el sacramento, utilizó pan sin levadura y vino fermentado. La
Escritura indica claramente que la Cena fue instituida durante la observación
de la Pascua (Mr 14:12-16), y según la ley de Moisés no se permitía que
hubiera ningún pan con levadura alrededor en esta ocasión (Éx 12:15-20).
“La costumbre moderna en Palestina, entre los que son tradicionalmente
conservadores en cuanto a las fiestas religiosas, también sugiere que el vino
utilizado era fermentado” (The New Bible Dictionary, Eerdmans, Grand
Rapids, 1962, pág. 1331). Edersheim dice que “la contención de que haya
sido vino sin fermentar no merece una discusión seria” (Life and Times of
Jesus the Messiah, Vol. II, pág. 485). Debe haber sido vino fermentado para
que se pudieran haber dado los casos de ebriedad en conexión con el
sacramento en Corinto (1Co 11:21). Y la práctica conocida de la Iglesia
antigua de utilizar pan sin levadura y vino fermentado concuerda con esta
evidencia.
Sin embargo, no insistiríamos en que el sacramento no puede tener
validez sin pan sin levadura ni vino fermentado. Es fácil imaginar
circunstancias bajo las cuales pueda ser necesario utilizar pan con levadura
o jugo de uva o incluso ambos. Aunque sería técnicamente irregular, no
podríamos mantener que el sacramento no se pueda observar bajo tales
condiciones. Tampoco condenaremos a los que normalmente utilizan pan con
levadura y jugo de uva por pura conveniencia. Pero si la decisión de utilizar
el jugo de uva en vez del vino se basa en la influencia del “Movimiento de
Abstinencia”, debemos insistir que esto es muy antibíblico. Es una doctrina
falsa, una herencia de los Gnósticos del pasado que veían el pecado o el mal
en algo material. Cristo localizó la causa del pecado de la ebriedad en el
corazón depravado del hombre (Mr 7:14-23) y no en el vino. Los que han
caído en este error han tenido que concluir a la fuerza que, o (1) Cristo debe
haber utilizado jugo de uva sin fermentar en la Cena del Señor, o (2) que
debe haber desconocido el carácter malo del vino. Con frecuencia los
Modernistas han escogido la última alternativa porque, según su posición,
Cristo era capaz de pecar y de caer en el error. Los Evangélicos muy
frecuentemente han adoptado la primera alternativa a causa del concepto
erróneo de que ciertas cosas materiales son malas en sí. Esto
inevitablemente lleva a un descuido de ciertas porciones de la Escritura que
claramente enseñan que el vino (es decir, el vino fermentado) ni es malo en
sí, ni está prohibido para el pueblo de Dios (Jn 2:1-11, Sal 104:15, 1Ti 5:23,
etc.). No es Bíblico buscar el mal en la obra de Dios en vez de en el corazón
del hombre. Tampoco se puede administrar el sacramento de la Cena del
Señor basado en tal error.
Es muy claro, según la Escritura, que es esencial para la observación
correcta de la Cena del Señor que ambos elementos sean recibidos por todos
los creyentes (tanto los ministros como los miembros de la iglesia). Jesús
dijo de la copa: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes” (Lc 22:17). “…y
todos bebieron de ella” (Mr 14:23). “Porque cada vez que comen este pan y
beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga” (1Co
11:26). ¿Cómo, entonces, podemos proclamar la muerte de Cristo si solo
comemos y no bebemos? No existe ninguna justificación para negarles la
copa a los laicos, ni tampoco hay fundamento para poder decir que si han
recibido un solo elemento han recibido el sacramento entero. El ejemplo de
Cristo es decisivo y normativo en este aspecto.
Existe un problema más difícil en cuanto a la pregunta: “¿Quién debe
participar en la Cena del Señor? Vamos a discutir más acerca de este
aspecto en la sección 8 de este capítulo, pero mencionaremos ahora un
aspecto de este problema. No es correcto admitir a la Cena del Señor a
aquellos que no la reciben dentro de una congregación de creyentes. En otras
palabras la administración privada del sacramento es contraria a la
ordenanza de Cristo. Este error estuvo asociado solamente, o al menos
primordialmente, con Roma. Pero hoy en día algunos ministros Protestantes
tienen “santas cenas privadas”, e incluso se dice que algunos ministros
invitan su audiencia de la radio a tomar la Cena del Señor en la privacidad
de su propia casa ¡con aquella voz radial invisible! Damos las siguientes
razones por las cuales se deben rechazar esas prácticas. Primero, el ejemplo
de Cristo no es consistente con esas prácticas. Él instituyó el Sacramento en
una reunión de creyentes. Ellos recibieron el mandato de compartir una copa
y un pan común. Por consiguiente este ejemplo no puede ser seguido cuando
no hay una asamblea de creyentes. Segundo, toda referencia del Nuevo
Testamento a la observación de este sacramento nos muestra que era una
ordenanza de la Iglesia visible, administrada cuando y donde había una
reunión de sus miembros (Hch 4:42, 1Co 11:18-20, etc.). Tercero, la Cena
del Señor es una expresión o representación de la comunión entre creyentes.
Pero esto no puede darse a menos que haya “dos o tres […] reunidos” en su
nombre. Finalmente, los sacramentos no se deben separar de la predicación
de la Palabra ni de la disciplina de la Iglesia. Cristo es nuestro profeta y rey
como también nuestro sacerdote. Como nuestro profeta él nos muestra la
voluntad de Dios por su palabra y Espíritu. Como rey él nos gobierna por su
espíritu y su palabra. Como Sacerdote él se ofreció a sí mismo como
sacrificio para satisfacer la divina justicia y reconciliarnos con Dios. La
administración privada del sacramento oscurece e incluso niega que estas
estén necesariamente interrelacionadas y sean interdependientes. Esto no
significa que los sacramentos deben ser administrados en el edificio de una
Iglesia. Ciertamente, en la Iglesia apostólica la administración de los
sacramentos no está ceñida a este lugar (Hch 2:46,5:42, Ro 16:5). El
sacramento de la Cena del Señor puede ser administrado en hogares
privados, siempre y cuando haya una asamblea de creyentes reunida allí, y
que haya una predicación fiel de la Palabra de Dios así como de la
administración de la disciplina eclesiástica.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuáles son los elementos adecuados para ser usados en la
Cena del Señor?
2. ¿Permite la Escritura el uso de sustitutos de los elementos?
3. ¿Por qué muchas Iglesias Protestantes en la actualidad no usan
vino?
4. ¿Cuáles son las convicciones a las que este principio ha
llevado?
5. ¿Por qué los Cristianos Reformados deben mantener el uso del
vino?
6. Pruebe usando las Escrituras que todos los miembros de la
Iglesia (no solo los ministros) deben recibir ambos elementos.
7. ¿Por qué es inadecuado administrar este sacramento en forma
privada?
8. ¿Por qué no es necesario administrar este sacramento en el
edificio de una iglesia?
9. ¿Puede este sacramento ser administrado de manera adecuada
en el hogar de un enfermo?

Ver las respuestas a estas preguntas


5. En este sacramento, los elementos externos, debidamente
separados para los usos instituidos por Cristo, tienen tal relación
con Cristo crucificado, como si verdaderamente, aunque solo
sacramentalmente, estos elementos se llaman a veces por el nombre
de lo que representan, a saber: el cuerpo y la sangre de Cristo; no
obstante, en sustancia y naturaleza, estos elementos siguen siendo,
verdadera y solamente, pan y vino, tal como eran antes.
6. La doctrina llamada comúnmente transubstanciación, la cual
sostiene que la sustancia del pan y del vino se convierte en la
sustancia del cuerpo y de la sangre de Cristo por la consagración
del sacerdote o por algún otro modo es repugnante, no solo a la
Biblia, sino también al sentido común y a la razón, y desvirtúa la
naturaleza del sacramento, y ha sido, y es, la causa de muchísimas
supersticiones, y hasta de crasas idolatrías.
7. Los receptores dignos, al participar externamente de los
elementos visibles de este sacramento, en ese momento también,
participan interiormente por la fe, real y verdaderamente, aunque no
carnal y corporalmente, sino espiritualmente; y reciben y se
alimentan del Cristo crucificado y todos los beneficios de su muerte.
Por lo tanto, el cuerpo y la sangre de Cristo no están carnal y
corporalmente en, con o bajo el pan y el vino; sin embargo, están
real pero espiritualmente presentes en aquella ordenanza para la fe
de los creyentes, tal como los elementos lo están para sus sentidos
externos.
XXIX, 5-7. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:
(1) la naturaleza de la representación sacramental de Cristo crucificado
en los elementos de la Cena del Señor,
(2) que la doctrina de la transubstanciación es un grave error y es causa
de mucha superstición e incluso idolatría, y
(3) que la manera en la cual creyentes verdaderos toman de los
beneficios de Cristo debe ser diferenciada del error Luterano de la
consubstanciación.

“En cada sacramento hay una relación espiritual o unión sacramental


entre el signo y la cosa significada, de donde llega a suceder que los
nombres y efectos del uno se atribuyen al otro” (XXVII, 2). Esta “relación
espiritual, o unión sacramental” existe por determinación divina. Dios ha
determinado el pan para representar el cuerpo de Cristo y el vino para
representar su sangre. Cuando el pan y el vino son “correctamente
consagrados” por las palabras de la institución (esto es, por el ministro que
lee las palabras que Cristo pronunció en la última cena) y la oración, ellas
tienen entonces “aquella relación a Cristo crucificado, como para que
verdaderamente, aunque solo en forma sacramental, sean llamadas algunas
veces con el nombre de las cosas que representan”. Pero en cuanto a su
sustancia material y naturaleza, ellas permanecen como lo que siempre
fueron: pan y vino, y solamente esto. Cuando Cristo dijo “este es mi cuerpo”
y “esta es mi sangre”, él habló en forma verdadera aunque no literalmente.
Esta unión sacramental, como hemos indicado, es análoga a las dos
naturalezas de Cristo. Cuando Cristo se convirtió en hombre no dejó de ser
Dios. Su naturaleza humana no se mezcló ni se confundió con su naturaleza
divina. Tampoco su naturaleza humana cambió a naturaleza divina. Esto
hubiera sido “transubstanciación”. Sin embargo, “por razones de la unidad
de la persona, lo que es propio a una naturaleza es, algunas veces, atribuido
en la Escritura a la persona denominada por la otra naturaleza” (IX, 7). Es
similar con la unión sacramental: La Escritura puede hablar como si Cristo
fuera la cosa que lo representa, sin embargo, la razón no es que haya
ocurrido transubstanciación sino que existe una unión sacramental. La
doctrina de la transubstanciación enseña “que la entera sustancia del pan es
transformada literalmente en el cuerpo, y que la entera sustancia del vino es
transformada literalmente en la sangre de Cristo; de tal modo que solo la
apariencia o propiedades sensibles del pan y el vino permanecen, y las
únicas substancias presentes son el verdadero cuerpo y sangre, alma y
divinidad, de nuestro Señor”.1 De acuerdo con esta doctrina, un caníbal no
come la carne de un hombre en forma más literal que un Católico Romano
come el cuerpo y la sangre de Cristo. Y porque la carne y la sangre de Cristo
están físicamente “allí”, cada receptor, creyente o no, que recibe los
elementos de la Misa come y bebe la verdadera sustancia material de Cristo.
Si un pedazo del cuerpo (bajo la apariencia de pan) fuera derramado
accidentalmente en el suelo y un ratón lo comiera, ¡sería necesario decir que
aquel ratón ha comido el mismo cuerpo de Cristo!
Como la Confesión claramente declara, esta doctrina no es solamente no
bíblica sino además carece de sentido. Decir que se tiene un pedazo de carne
o un vaso de sangre en la mano, aunque no se parezca a, ni se sienta como, ni
que tenga sabor o huela a carne y sangre, no tiene ningún sentido. La Iglesia
Católico-Romana dice que ocurre un milagro en la Misa, denominémoslo el
milagro de convertir el pan en la carne y el vino en la sangre de Cristo. Pero
esto es un “milagro” excesivamente pobre. Si el verdadero milagro se
redujera a esta triste condición, el testimonio de la Escritura debería ser
“reescrito”. Juan nos habla de un ejemplo real de “transubstanciación” (Jn
2:1-11). Jesús convirtió el agua en vino. Pero este cambio de sustancia fue
claro para todos, creyentes y no creyentes, por igual. Ellos sabían que el
vino ya no era agua precisamente porque se veía, sentía y tenía sabor y olía
como vino—y como el mejor vino que habían probado. Ese milagro fue
hecho como signo de la gloria de Dios y de su obra mesiánica. Pero fue un
signo de estas cosas invisibles porque fue visible. ¿De qué otro modo pudo
haber sido un signo o milagro? Fue un signo o milagro porque fue auténtico
en sí mismo. Un milagro que no se puede probar por sí mismo no es un
milagro en absoluto. Es una de las “falsas señales y maravillas” prometidas
por el apóstol Pablo. La doctrina de la transubstanciación es una mentira y
puede ser creída solamente por aquellos que no han recibido el amor a la
verdad. Y es una mentira de tal consecuencia, que debe decirse de quienes la
creen y practican que son culpables de idolatría. La idolatría es la adoración
de algo que no es Dios como si fuese Dios. Adorar cualquier cosa creada
como si fuera Dios es adorar a un dios falso. No está mal adorar a Cristo
porque él es Dios y hombre a la vez. Pero está mal adorar al pan o al vino
como si fuera él, porque no lo es. Solo lo representan. La Misa es el corazón
del Romanismo. La idolatría es el corazón de la Misa. Por lo tanto, la
Confesión solo dice la verdad cuando habla del Romanismo como idolatría
(XXIV, 3).
La doctrina Luterana de la consubstanciación difiere de la doctrina
Católico-Romana de la transubstanciación en que aquella no enseña que la
sustancia del pan y el vino sean milagrosamente cambiadas a la sustancia de
la carne y la sangre. Por esta razón no se puede llamar un error tan grave y
supersticioso. Pero es de todos modos un error serio. La doctrina luterana
enseña que la sustancia física o material del cuerpo y de la sangre de Cristo
están literalmente presentes en, con y bajo el pan y el vino. Esto es de
manera similar a como el agua puede llenar una esponja. A la sustancia de la
esponja le es añadida la sustancia agua. Uno todavía ve solo la esponja, pero
la sustancia agua está presente en todos lados.
Sin embargo, debe entenderse que ese punto de vista destruye
virtualmente la naturaleza humana de Cristo. ¿Cómo puede tener Cristo una
verdadera naturaleza humana que es literalmente capaz de estar en varios
lugares al mismo tiempo? Los Luteranos dicen que su naturaleza humana era
“ubicua”. Esto significa que Cristo puede ser omnipresente en su naturaleza
humana. La naturaleza humana, desde este punto de vista, deja de tener
propiedades de naturaleza humana. La Iglesia Romana enseña una doctrina
que dice que el pan y el vino son transformados en el cuerpo y la sangre pero
que no parecen, ni se sienten, ni saben o huelen a carne ni a sangre. Los
Luteranos por otro lado, dicen que la naturaleza humana de Cristo no es de
cierto tamaño y forma, localizada en cierto lugar, como la verdadera
naturaleza humana lo es siempre. Incluso Jesús dijo: “Pero les digo la
verdad: Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no
vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes”. “Salí del
Padre y vine al mundo; ahora dejo de nuevo el mundo y vuelvo al Padre” (Jn
16:7,28). Estas palabras enseñan la ausencia física de la naturaleza humana
literal de Cristo de este planeta. Cuando Cristo ascendió a los cielos un
cierto número de kilos de carne humana real (aunque con nuevas cualidades)
se levantó de la tierra, como lo afirman los que lo vieron. No es exagerar
decir que el punto de vista Luterano de la presencia física de Cristo en el
sacramento es una negación virtual de su verdadera naturaleza humana.
El punto de vista reformado enseña lo que concuerda con la Escritura, y
esto es un punto de vista que no requiere una directa contradicción del
testimonio de nuestros sentidos. La Escritura enseña lo que los sentidos
confirman, que Cristo no está de ninguna manera físicamente presente en el
sacramento de la Cena del Señor. Él está presente solo espiritualmente. Y a
través de la presencia inmediata y personal de Dios el Espíritu Santo, los
verdaderos creyentes, y solo ellos, reciben y se alimentan de Cristo y tienen
unión y comunión con él, no solo con su naturaleza divina sino también con
su naturaleza humana. Esta unión y comunión con Cristo no es esencialmente
diferente a aquella disfrutada por aquellos creyentes la noche en que nuestro
Señor fue traicionado. Es cierto, Cristo estuvo físicamente presente con
ellos al momento de la cena. Pero no estuvo físicamente presente en los
elementos del sacramento. En los elementos del sacramento sus creyentes
discípulos recibieron un beneficio espiritual comunicado. Así, pues, en
cuanto a los elementos del sacramento se refiere, no hay ninguna diferencia
entre la manera en que nosotros comemos y bebemos a Cristo en este
sacramento ahora y la manera en que ellos lo hicieron.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Entre qué dos cosas existe una unión sacramental?
2. ¿Con qué podría esto ser comparado?
3. ¿Por esta unión sacramental nosotros podemos hablar de Cristo
como si él fuera qué? ¿Por esta unión sacramental nosotros
podemos hablar de qué como si fuera Cristo?
4. ¿ A qué se refiere el término transubstanciación?
5. ¿Qué ejemplo de transubstanciación se da en las Escrituras?
6. ¿Cómo es que la transubstanciación causa idolatría?
7. ¿Qué significa el término consubstanciación?
8. ¿Qué significa el término ubicuo?
9. Cite un texto que nos enseñe la ausencia física de Jesucristo de
este mundo.
10. ¿Qué daño causa la doctrina Luterana de la
consubstanciación?
11. ¿Cómo es que Cristo está realmente presente en la Cena del
Señor?
12. ¿Qué diferencia hay entre la manera como Cristo fue recibido
en este sacramento en la noche en que fue traicionado y la
forma en que se observa el sacramento actualmente?

Ver las respuestas a estas preguntas


8. Aunque los ignorantes y los malvados reciban los elementos
externos de este sacramento, sin embargo no reciben la cosa
significada por medio de estos, sino que al participar de ellos
indignamente son culpables del cuerpo y de la sangre del Señor para
su propia condenación. Por esta razón, todas las personas
ignorantes e impías, puesto que no son aptas para gozar de la
comunión con Él, son también indignas de la mesa del Señor y,
mientras permanezcan en tal condición, no pueden, sin cometer un
grande pecado contra Cristo, participar de estos santos misterios, ni
ser admitidos a ellos.

XXIX, 8. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que los inconversos que toman parte en este sacramento reciben la
señal pero no lo que señala,
(2) que asumen culpabilidad por esta acción, y
(3) que por consiguiente es necesario que la Iglesia no permita la
participación de ninguno excepto de los que hagan una confesión
creíble de fe en Cristo.

Alguien ha dicho que Judas tomó pan con el Señor, sin embargo, no se
alimentó del Señor con el pan. Esto debe ser cierto porque Jesús dijo: “El
que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en
el día final […] el que come de mí, vivirá por mí […] el que come de este
pan vivirá para siempre” (Jn 6:54, 57, 58). Puesto que, sin duda, existen los
que toman los elementos del sacramento, de quienes esto no es verdad, es
evidente que “hombres ignorantes y necios” pueden “recibir los elementos
externos” y aun así “no recibir lo que estos señalan”. Aun así, la Biblia
tampoco deja ninguna duda de que ninguno puede recibir las señales y los
sellos externos sin consecuencias importantes. “Porque el que come y bebe
sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condena” (1Co 11:29). La
condición interna del corazón del hombre determina lo que él recibe con los
elementos. Sin embargo, él no determina lo que es el sacramento. Y el
sacramento es una señal y un sello del pacto divinamente instituido.
Representa a Cristo a causa de la institución divina. Y lo hace aun cuando se
trata de juicio contra el pecador en lugar de ser recibido por este.
De estos hechos bastante obvios, algunos han llegado a una conclusión
indebida y peligrosa. Dicen que, ya que la Escritura no se imagina una
situación en la cual solo los verdaderos creyentes recibirían el sacramento,
no hay ninguna razón para ejercer alguna restricción con respecto a los que
lo recibirían bajo su propia responsabilidad. Esta es la base de la práctica
común de “la comunión abierta”. La comunión abierta significa que la mesa
del Señor está disponible para todos los que, bajo su propio juicio, pueden
acercarse a ella. Por las siguientes razones creemos que esta posición no
tiene ningún fundamento bíblico:
1. Cristo predicó el evangelio a todos sin distinción. Podríamos decir que
existía una proclamación “abierta”. Pero no ofreció los sacramentos a
todos. Muchos que lo escucharon predicar rehusaron los términos bajo
los cuales fue dado el bautismo (Lc 7:30). Y cuando él repartió este
sacramento (es decir, la Cena del Señor), no lo repartió en un lugar
público sino en uno privado, únicamente a sus discípulos. Ninguno fue
admitido excepto los que poseían un conocimiento adecuado de la
verdad, quienes profesaban ser sus discípulos y quienes aparentaban
serlo. Hasta esa misma noche los demás discípulos no sabían que Judas
no era el creyente que fingía y aparentaba ser. “¿Señor, soy yo?”, dijo
cada uno.
2. Además, en la iglesia apostólica ninguno era admitido a este
sacramento sin primero ser instruido y después bautizado, dando
evidencia de fidelidad en cuanto a las cosas del Señor (Hch 2:41,42).
Y cuando después se descubría un falso impostor, el mandamiento de
los apóstoles era: “Expulsen al malvado de entre ustedes” (1Co 5:13).
Y no solo eso. Aun hubo instancias en las cuales se debía impedir la
participación de los creyentes en la comunión de los santos. “Les
ordenamos que se aparten de todo hermano que esté viviendo como un
vago y no según las enseñanzas recibidas de nosotros”, dijo el apóstol
(2Ts 3:6). Incluso los Cristianos deben ser apartados de las ordenanzas
de la Iglesia cuando violan su confesión hasta que cambien de actitud.

Sin duda, el sacramento de la Cena del Señor fue administrado en la


iglesia apostólica según la práctica que ha sido denominada “la comunión
cerrada”. Bajo esta posición el sacramento debe ser administrado
únicamente a los que son bautizados y miembros confesantes de la iglesia
que administra el sacramento. Cuando existía un cierto grado de pureza en la
Iglesia visible, tal costumbre era tanto práctica como apropiada. Bajo tales
circunstancias hubiera sido la única alternativa a la comunión abierta que es
inapropiada. Si hoy en día existieran condiciones en las cuales toda iglesia
fuera una verdadera iglesia visible, sería la responsabilidad de cada iglesia
recibir a todo miembro de las demás iglesias de quien se pudiera certificar
la buena conducta y permitir que se acercara a la mesa del Señor. Sin
embargo, la comunión cerrada no es bíblica hoy en día por la simple razón
de que algunas denominaciones (y congregaciones) han dejado de ser
verdaderas iglesias por un lado y, por otro lado, porque ninguna
denominación sola es “la verdadera Iglesia”. La comunión abierta yerra
porque admite a miembros de iglesias falsas sin la evidencia de que sean
Cristianos, y la comunión cerrada yerra porque excluye a miembros de
verdaderas iglesias sin evidencia de que no sean Cristianos.
La administración apropiada del sacramento es por lo tanto “comunión
restringida”. Esto simplemente significa que una iglesia verdadera en
particular no admite en forma indiscriminada a miembros de otras iglesias a
la Cena del Señor. Si una persona proviene de otra denominación y desea
tomar de la Cena del Señor, es necesario:
1. determinar si esa persona tiene suficiente entendimiento de lo que
significa ser un creyente y
2. saber si esa persona profesa o no fe en Cristo y da evidencia de
caminar en obediencia a sus mandamientos. Si la persona en cuestión
viene de otra congregación de la misma denominación (eso es de una
iglesia verdadera), ella puede ser admitida basado en esa evidencia.
Pero si esa persona viene de otra denominación, la integridad de esa
denominación debe ser verificada. A menos que esa denominación sea
de la misma pureza en doctrina y disciplina, la falta de certeza que
surge debe ser resuelta en forma de una evaluación personal de la fe y
vida del individuo. Entonces en cada caso debe haber administración
de la Cena del Señor solamente en la base de una confesión de fe
creíble o una confesión de fe que es considerada creíble por la Iglesia
que administra el sacramento. Como la Confesión dice: “Todas las
personas ignorantes e impías, puesto que no son aptas para gozar de la
comunión con Él, son también indignas de la mesa del Señor, y mientras
permanezcan en tal condición, no pueden, sin cometer un grande pecado
contra Cristo, participar de estos santos misterios, ni ser admitidos a
ellos”. Renunciar a esta responsabilidad es invitar a que los pecadores
se dañen a sí mismos. Y por este daño la Iglesia es tal vez más culpable
que el ignorante o incrédulo, que es empujado innecesariamente a
comer y beber para su propia condenación. Una restricción adecuada no
va a restringir a ningún creyente a venir a la Cena del Señor y va a
advertir al creyente secreto que él y solo él va a llevar la culpa si come
y bebe indignamente (es decir, sin ser realmente un creyente tal como lo
profesa y lo aparenta).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. Pruebe por medio de la Escritura que se puede recibir el
sacramento y no recibir a Cristo.
2. Pruebe por medio de la Escritura que un hombre no puede
recibir el sacramento sin recibir o un beneficio o un mal.
3. ¿Qué quiere decir “comunión abierta”?
4. ¿Por qué es esto antibíblico?
5. ¿Qué quiere decir “comunión cerrada”?
6. ¿Por qué es esto inapropiado?
7. ¿Qué quiere decir “comunión restringida”?
8. ¿Qué falla de cada una de estas posiciones erróneas se evita
con la comunión restringida?
9. ¿Qué beneficio hay en la comunión restringida para las
personas ignorantes y alejadas de Dios?
10. ¿Cómo beneficia a la Iglesia?

Ver las respuestas a estas preguntas

1 Alexander Archibald Hodge, Ibíd., p., 332.


28
De las Censuras Eclesiásticas (XXX)

1. El Señor Jesús, como Rey y Cabeza de su iglesia, ha designado en


ella un gobierno en manos de los oficiales eclesiásticos, distintos
del magistrado civil.
2. A estos oficiales han sido encargadas las llaves del Reino de los
Cielos, en virtud de lo cual tienen poder, respectivamente, para
retener y remitir los pecados, para cerrar aquel Reino a los que no
se arrepienten, tanto por la Palabra como por las censuras; y para
abrirlo a los pecadores arrepentidos, por medio del ministerio del
evangelio, y mediante la absolución de las censuras, según lo
requieran las circunstancias.

XXX, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que Cristo es Rey y Cabeza de su Iglesia,
(2) que le ha designado (bajo su liderazgo) un gobierno,
(3) que su gobierno está en manos de los oficiales de la Iglesia,
(4) que este gobierno es distinto al del Estado,
(5) que el verdadero poder administrativo pertenece a los oficiales de la
Iglesia, y
(6) que este poder (llamado el poder de las llaves) consiste en abrir y
cerrar el Reino de Dios a los hombres por medio de la Palabra y la
disciplina (o las censuras).
Hemos demostrado (XXV, 6) que Cristo es el único rey y la única cabeza
de su Iglesia. Aquí demostraremos que Cristo, como Rey y Cabeza de la
Iglesia, ha “designado un gobierno” para ella, y que este gobierno es
apostólico en su autoridad y presbiteriano en su forma. El hecho de que
Cristo ha instituido el gobierno de su Iglesia se declara claramente en las
Escrituras. “En la iglesia Dios ha puesto, en primer lugar, apóstoles; en
segundo lugar, profetas; en tercer lugar, maestros; luego los que hacen
milagros; después los que tienen dones para sanar enfermos, los que ayudan
a otros, los que administran y los que hablan en diversas lenguas. ¿Son todos
apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Son todos maestros?” (1Co 12: 28,29).
Cuando Cristo ascendió al cielo, “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a
otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores-maestros…” (Ef
4:11) (Vea también Mateo 18:17, Juan 20:23). Este es el gobierno predicho
por el profeta Isaías (Is 9:6). Y es tanto apostólico como presbiteriano.
Es apostólico porque la autoridad de Jesucristo en la Iglesia está
incorporada constitucionalmente en y por medio del oficio de los apóstoles.
La Iglesia está “edificada sobre el fundamento de los apóstoles y los
profetas…” (Ef 2:20). Entre los que han sido designados por Dios en la
Iglesia, los apóstoles son los primeros. Durante la edad apostólica esta
autoridad, la cual era suma en la Iglesia, estaba incorporada personalmente
en los apóstoles. Así Pablo podía decir: “Si alguno se cree profeta o
espiritual, reconozca que esto que les escribo es mandato del Señor” (1Co
14:37). Nadie, ni siquiera otro apóstol, podía poner en duda las
declaraciones oficiales de un apóstol (2P 3:17). Aun el testimonio de los
profetas del Antiguo Testamento era autoritativo solo en combinación con el
testimonio de los apóstoles (Heb 1:1,2, Lc 24:27, y especialmente 1P 1:10-
12). Con la desaparición de los apóstoles, esta autoridad permanecía en el
depósito de la verdad apostólica inspirada por el Espíritu Santo y grabada
en el Nuevo Testamento. La autoridad de los apóstoles no fue delegada a
ningún sucesor de ellos (como enseña el Catolicismo Romano), sino que,
más bien, fue transferida de sus personas a la palabra escrita de Dios en el
Nuevo Testamento. Porque el Nuevo Testamento es apostólico, y porque
únicamente el Nuevo Testamento (y no la tradición ni otras “revelaciones”)
es apostólico, es la constitución (la declaración final aquí en la tierra) de la
Iglesia Cristiana, junto con el Antiguo Testamento del cual es el
cumplimento. Esta constitución (la Biblia) es la única suprema y permanente
autoridad en la Iglesia porque le agradó a Jesucristo establecer su autoridad
por medio de los apóstoles.
Sin embargo, la administración de esta autoridad es por medio de las
manos de los oficiales de la iglesia, quienes en la escritura son llamados
“presbíteroi” (ancianos) o “episcópoi” (obispos). Esto regía aun en los días
de los apóstoles (Hch 15). Como dijo Pablo: “Los ancianos que dirigen bien
los asuntos de la iglesia son dignos de doble honor, especialmente los que
dedican sus esfuerzos a la predicación y a la enseñanza” (1Ti 5:17). Estos
son “…los ancianos de la iglesia [… a quienes] el Espíritu Santo […] ha
puesto como obispos” (Hch 20: 17,28). Siendo que las únicas personas
mencionadas en las Escrituras que tienen autoridad legal de liderazgo en la
Iglesia son los ancianos u obispos, y puesto que los ancianos son obispos (y
viceversa), está claro que la forma bíblica de gobierno es la presbiteriana
(es decir, el gobierno por medio de la administración de los ancianos). Se
podrá objetar que en la era apostólica, los apóstoles también gobernaban.
Esto es cierto. Pero también es cierto que los apóstoles se veían como
ancianos en cuanto a la administración del gobierno. “A los ancianos que
están entre ustedes, yo, que soy anciano como ellos…”, dice Pedro: “…
cuiden como pastores el rebaño de Dios que está a su cargo…” (1P 5:1-2).
En cuanto a escribir las mismas Escrituras (la constitución apostólica),
Pedro dice: “les exhorto”. Pero en cuanto a la administración de esa
constitución para el cuidado de la iglesia, Pedro se considera uno de los
ancianos. Por lo tanto, la estructura del gobierno instituida divinamente es la
siguiente:
1. Cristo es la única Cabeza de la Iglesia,
2. bajo Cristo se incorporaban los apóstoles quienes luego grabaron en la
Escritura, por medio de la inspiración divina, la constitución regulativa
de la Iglesia, y
3. bajo Cristo los ancianos u obispos administran la autoridad de Cristo
de acuerdo con esta constitución.

Hablando históricamente, han existido tres tipos básicos de gobierno en


la iglesia visible:
1. La forma jerárquica del gobierno de la iglesia es el tipo de gobierno
eclesiástico que tiene una visible gradación de los oficiales de la
iglesia con una autoridad centralizada en las manos de los de mayor
rango. Vemos un ejemplo de este tipo de gobierno eclesiástico en la
Iglesia de Roma en su forma más desarrollada, pero también se
encuentra en las iglesias tales como la Metodista, la Ortodoxa Oriental
y la Iglesia Anglicana. (También se encuentra en el tipo erastiano de
gobierno eclesiástico que otorga la autoridad suprema eclesiástica al
líder civil).
2. La forma congregacional de gobierno eclesiástico es la de un gobierno
autónomo en cada congregación particular de Cristo. A menudo, pero
no siempre, hay un solo anciano dirigente en la congregación. Sin
embargo, en este tipo de gobierno eclesiástico se afirma que ninguno,
fuera de una congregación particular, tiene autoridad administrativa
sobre ella.
3. La forma presbiteriana de gobierno eclesiástico es la que reconoce el
gobierno de toda la iglesia entera por parte del cuerpo de los ancianos
u obispos. Esta forma de gobierno eclesiástico está basada en la
Escritura, y evita los elementos falsos de las otras dos formas de
gobierno. Estas se pueden apreciar mejor al mirar los principios
esenciales del gobierno eclesiástico, según la revelación de las
Escrituras, comparando los tres tipos de gobierno a la vez.

Los Principios Bíblicos Jerár. Cong. Presb.

1. Únicamente Cristo es la Cabeza de la Iglesia (Ef


No Sí Sí
5:23, Col 1:18, etc.).

2. Los ancianos son escogidos por las personas sobre


No Sí Sí
quienes gobernarán (Hch 1:15-26, 6:1-6).

3. Todos los oficiales gobernantes (ancianos-obispos)


No Sí Sí
son iguales en autoridad (Hch 20:17, 28, Tit 1:5, 7).

4. Cada iglesia particular debe tener más de un anciano


No No Sí
(u obispo) (Hch 14:23).
5. Los oficiales de la iglesia (ancianos/obispos) son No ¿? Sí
ordenados por el presbiterio (es decir, un gran
número de ancianos reunidos de iglesias en
comunión la una con la otra) (1Ti 4:14).

6. El derecho de apelación de la congregación ante la


No No Sí
asamblea mayor de ancianos (Hch 15:1-31).

Como la forma presbiteriana de gobierno eclesiástico es la única que


concuerda con estos principios bíblicos, la verdad requiere que
testifiquemos que únicamente esta es sancionada por Cristo, y que las demás
formas no tienen fundamento en la Palabra de Dios. Esto no implica que las
iglesias que no tienen un gobierno presbiteriano deberían ser declaradas
iglesias falsas (ni que todas las iglesias que practican el estilo de gobierno
presbiteriano deban ser declaradas iglesias verdaderas). Sino que, con
respecto a su gobierno, ninguna iglesia es pura a no ser que sea
presbiteriana.
Hemos demostrado anteriormente que la iglesia es independiente del
gobierno del Estado (XXV, 6). Por consiguiente, pasaremos a considerar “el
poder de las llaves del reino”. Estas son las palabras controversiales: “Yo te
digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas
del reino de la muerte no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del
reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y
todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 16: 18,19).
No hace falta comentar que estas palabras han sido interpretadas de muchas
formas. Y no podremos tratar aquí cada variante de diferencia entre estas
interpretaciones. Basta decir que los dos extremos deben ser cuidadosamente
evitados: primero, la posición que afirma que Pedro recibió autoridad
absoluta y, en segundo lugar, la posición que afirma que Pedro recibió o muy
poca o ninguna autoridad en absoluto. La posición de la iglesia Católica
Romana, por supuesto, es que aquí Cristo otorgó autoridad suprema en su
iglesia en la tierra a Pedro y sus sucesores. Sin embargo, no existe ninguna
mención de sucesores por parte de Cristo, el suponerlo es puramente
gratuito. Es más, la autoridad dada por Cristo sin duda residía con Pedro, sin
embargo residía en las llaves. El poder o la autoridad estaba,
indudablemente, en la mano de Pedro, pero era el poder de las llaves. Por lo
tanto, llegamos a la conclusión de que Cristo le dio a Pedro la
administración de las llaves. Jesús dijo: “…tengo las llaves…” (Ap 1:18).
Y en Mateo 18:17-18 y Juan 20:21 se afirma claramente que otros pueden
administrar las mismas llaves con los mismos resultados que Pedro. La
esencia del error Romano es la transferencia gratuita del poder de las llaves
únicamente a la persona de Pedro, y después a sus sucesores. La verdad es
que el poder para abrir y cerrar el reino del cielo es inherente únicamente en
Cristo, y es administrado por todos los oficiales (ancianos u obispos) de la
iglesia. Sin embargo, muchos Protestantes yerran en la otra dirección. No
creen que los hombres en la tierra puedan ser los administradores de tal
poder como el abrir y cerrar del reino del cielo hacia otros hombres. Pero
Cristo dijo: “Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará
atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el
cielo” (Mt 18:18). Por lo tanto, para evitar el error de transferir el poder de
las llaves a Pedro mismo, transfieren toda la administración de ese poder de
nuevo a Cristo en el cielo. Aun así, Cristo ha hecho poderosa la
administración de esas llaves. Y las llaves son la Palabra de Dios y la
disciplina de la iglesia:
1. La prédica de la Palabra de Dios es “…poder de Dios para la
salvación de todos los que creen…” (Ro 1:16). Es así, no porque los
hombres lo hayan escogido, sino porque Dios lo ha mandado (1 Co.
1:18). “El mensaje de la cruz es […] para los que se salvan […] el
poder de Dios”. Cuando la Palabra de Dios se predica con autoridad,
esta administra el poder de Dios con pureza abriendo el reino a los
pecadores. Es así porque es una de las llaves dadas por Cristo a su
iglesia para ese propósito.
2. La administración de la disciplina de la iglesia es la otra llave. Por
medio de ella, el que cause “…divisiones…” debe ser “…amonestado
dos veces, y después evitado” (Tit 3:10). Cuando un pecador se rehúsa
a “escuchar a la iglesia” es autoritativamente declarado “un incrédulo o
un renegado” (Mt 18:17). Y cuando se administra esta disciplina según
la Palabra de Cristo no es ni mera forma, ni débil pretensión. Es la
verdadera administración del poder de Cristo por el cual es realmente
cerrado el reino del cielo hacia dicha persona a no ser que, y hasta que,
se arrepienta. Esto no quiere decir que únicamente la llave de la fiel
prédica abre el reino y solo la llave de la disciplina fiel cierra el reino.
Cuando el evangelio no es predicado fielmente también cierra el reino a
los que lo ignoran y lo menosprecian, y cuando se administra la
disciplina eclesiástica fielmente también abre el reino al pecador
arrepentido (2Co 2:6-8). Sin embargo, el punto principal es que es tan
grave el error de imaginarse que estas llaves no tengan ningún poder
como el imaginarse que un mero humano pueda abrir y cerrar el reino
del cielo voluntariamente.
3. Se debe notar que los sacramentos no son las llaves del reino. Ni le
abren ni le cierran el reino al hombre. Son signos y sellos de aquello a
lo que (o de lo que) las llaves admiten o excluyen a los hombres.
También quisiéramos resaltar el hecho de que Cristo ha unido dos
llaves del reino. Cuando los hombres no ejercitan ni administran estas
llaves, Cristo se las otorga a otros (Ap 1:18, 2:5, 3:7-8). Y esto sucede
al no usarse fielmente cualquiera de las dos llaves. Cuando la iglesia,
por ejemplo, no disciplina, no se debe esperar que pueda retener el
poder de abrir y cerrar el reino de Dios a los hombres por medio de la
prédica. Y aunque una iglesia sea sumamente diligente en mantener una
rígida disciplina, no tendrá ningún poder sin la fiel prédica del
evangelio. Una pérdida de la fiel prédica o de la disciplina es una
pérdida de lo que se requiere en las manos de los oficiales de la iglesia
para abrir y cerrar el reino del cielo.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Qué significa decir que Cristo ha “designado un gobierno” en
su Iglesia?
2. ¿Qué significa decir que este gobierno es apostólico en su
autoridad?
3. ¿Cómo fue constitucionalizada esta autoridad?
4. ¿Por quién es administrada esta autoridad constitucional?
5. ¿Cuáles son los tres tipos de gobierno eclesiástico que se han
utilizado a lo largo de la historia?
6. ¿Cuáles son los seis principios del gobierno eclesiástico
revelados en la Escritura?
7. ¿Cuántos de estos se encuentran en cada uno de los tipos
históricos de gobierno eclesiástico?
8. ¿Qué error comete el Catolicismo Romano al interpretar el
poder de las llaves?
9. ¿Qué error cometen muchos Protestantes con respecto a este
poder?
10. ¿Cuáles son las llaves del reino?
11. Pruebe por medio de las Escrituras que las llaves realmente
abren y cierran el reino del cielo por medio de su administración
aquí en la tierra.
12. ¿Qué sucede cuando los hombres intentan separar las dos
llaves?

Ver las respuestas a estas preguntas


3. Las censuras eclesiásticas son necesarias para rescatar y ganar a
los hermanos ofensores, para disuadir a otros de ofensas similares,
para purificar de aquella levadura que puede infectar a toda la
masa, para vindicar el honor de Cristo y la santa profesión del
Evangelio y para prevenir la ira de Dios, que con justicia podría
caer sobre la iglesia, si esta consintiera que el Pacto del Señor y sus
sellos sean profanados por ofensores notorios y obstinados.
4. Para el mejor logro de estos fines, los oficiales de la iglesia
deben proceder mediante la amonestación, suspensión del
sacramento de la Cena del Señor por un tiempo, y mediante la
excomunión de la iglesia, según sea la naturaleza del crimen y el
desmerecimiento de la persona.

XXX, 3-4. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) por qué es necesaria la disciplina en la iglesia, y
(2) cómo se debe llevar a cabo esa disciplina.

Vivimos en una época en la cual la disciplina eclesiástica prácticamente


no existe en mucho de la iglesia visible. Aun las iglesias que buscan
preservar la fiel prédica de la Palabra de Dios a menudo fallan en esta área.
Y esta falla aun se defiende diciendo que la disciplina eclesiástica es dañina
al pecador errante y que “juzga” innecesariamente el alma de un hermano
ante Dios.
Antes de responder a estos argumentos contra la disciplina que
parecieran ser buenos, daremos los requisitos bíblicos para ello. El supremo
argumento a favor de la disciplina eclesiástica es que Jesús la ordenó. En
Mateo 18:12-20 tenemos este mandamiento y el plan para la disciplina
eclesiástica. Y no puede existir ninguna razón mayor para un decreto de la
iglesia de Cristo que esta: Es un mandato de Cristo. En efecto, sin esta razón
las demás razones serían insuficientes. Cristo es el Rey y la Cabeza de su
Iglesia y no puede existir ninguna otra ley aparte de la que él manda. Pero a
la luz de este claro mandamiento, la validez de los argumentos contra la
disciplina eclesiástica es anulada, no obstante lo atrayentes o posibles que
puedan sonar. ¿Y cuáles son estos argumentos contra la disciplina
eclesiástica? Creemos que se pueden reducir a los siguientes tipos:
1. El argumento más común contra la disciplina eclesiástica es el
argumento de que puede ofender a alguien. Se dice que la disciplina
eclesiástica ofenderá y alejará no solo al hermano errante a quien se
disciplina, sino también a otros en la congregación. Normalmente se
propone que, en vez de la disciplina eclesiástica, la iglesia se
contentará con rogar que el Espíritu Santo trastorne la conciencia del
hermano errante y así restaurarlo al camino correcto y a la comunión
con Cristo. Se supone que este método demuestra amor (hacia el
hermano errante) y humildad (hacia sí mismo) en contraste con un
espíritu que juzga severamente y demuestra orgullo. Este punto de vista
puede sonar muy piadoso. Pero no es ninguna exageración decir que es
el alma de la hipocresía. ¿Cómo puede la obediencia a un mandamiento
de Cristo ser severa, no amorosa u orgullosa? Acusar de esa forma a la
disciplina eclesiástica fiel es acusar a Cristo mismo quien la instituyó.
La verdad es que es un pecado orar por un hermano errante en la forma
que se ha sugerido aquí. Es pecado pedir que el Espíritu Santo restaure
un hermano errante cuando a la vez nos rehusamos (pretendiendo ser
piadosos) a utilizar el mandato divino (la disciplina eclesiástica) dado
para lograr ese mismo fin. Y el hecho irónico es que la disciplina
eclesiástica realmente es exactamente lo opuesto a lo que comúnmente
se dice que es: el mismo vehículo por el cual se “restaura y gana al
hermano ofensor” de quien se dice que se aleja. La Escritura lo prueba.
El vil practicante de fornicación en la iglesia de Corinto fue
“expulsado” por medio de una disciplina fiel (1Co 5:13). Y este castigo
“que le impuso la mayoría” (2Co 2:6) fue el vehículo utilizado para
traerlo al arrepentimiento (v. 7) y su eventual restauración (v. 8), no
obstante los argumentos humanos en su contra. La disciplina
eclesiástica es una preocupación amorosa en acción y su bendito
resultado a menudo será que “has ganado a tu hermano” (Mt 18:15). El
no disciplinar bíblicamente se debe considerar como lo que realmente
es—no una preocupación amorosa como se afirma hipócritamente sino
una indiferencia hacia el honor de Cristo y el bienestar de su rebaño.
No solo se le hace daño al mismo hermano errante al no disciplinarlo,
sino que otros también son afectados adversamente. “¿No se dan cuenta
de que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Desháganse
de la vieja levadura para que sean masa nueva” (1Co 5:6,7). Cuando el
error y el pecado son ignorados, estos se esparcen. Los hombres son
pecadores. Nada les es más natural que el pecado. Un ejemplo
pecaminoso que se acepta abiertamente se convierte en una abierta
invitación a imitarlo por parte de los demás. Por eso la Escritura
manda: “A los que pecan, repréndelos en público para que sirva de
escarmiento” (1Ti 5:20).
2. Otro obstáculo común en la disciplina eclesiástica es el negarse
piadosamente a juzgar al prójimo. ¿No es la Escritura misma que dice:
“No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes”? (Mt 7:1). A
veces sucede que aun los oficiales de la iglesia se rehúsan a
administrar la disciplina eclesiástica, basados en que ellos también son
pecadores y que, por lo tanto, no tienen derecho de juzgar a los demás.
Este argumento también puede sonar muy atractivo y posible. Sin
embargo, es totalmente falso. Debe quedar claro que esto es así al
recordar que Cristo mandó que los pecadores administraran la
disciplina eclesiástica. La falacia es muy obvia. El ejercer la disciplina
eclesiástica no es un intento de juzgar el alma del prójimo ante Dios,
así como tampoco lo es el admitirlo a la iglesia visible. Lo mínimo que
se puede decir de este argumento es que los que no están dispuestos a
utilizar las llaves del reino para excluir a los hombres del reino
también deberían renunciar al derecho de utilizar las llaves para recibir
a los hombres al reino. Pero la Escritura deja muy claro que la
disciplina eclesiástica se debe ejercer en algunos casos aun cuando el
ofensor no es considerado un inconverso. “Les ordenamos que se
aparten de todo hermano que esté viviendo como un vago y no según las
enseñanzas recibidas de nosotros”, dice el apóstol (2Ts 3:6). Aun si el
pecado no es de tal carácter que debamos dudar de su profesión de fe,
aun debemos ejercer la disciplina mientras no viva según las
enseñanzas recibidas. El propósito de la disciplina eclesiástica es, más
bien, recuperar al hermano y no juzgar su alma. Y aun cuando se
requiere la excomunión, es, más bien, una declaración de lo que la
persona ha mostrado ser inequívocamente y no un intento de conocer el
corazón. Cuando los pecadores son admitidos a la iglesia es porque dan
evidencia de alguna forma externa que debe ser juzgada sin presumir de
juzgar al corazón. Igualmente con la censura extrema de la disciplina
eclesiástica por la cual los hombres son excluidos de la Iglesia visible.
Es juzgada una evidencia externa. Cuando una persona no da ninguna
evidencia de ser un verdadero creyente, la Iglesia declara ese hecho al
excomulgarlo. Sin embargo, en todo caso, el juicio del alma es
exclusivamente de Dios.

Pero por encima de todos estos argumentos, de nuevo ponemos hincapié


en el hecho de que la disciplina eclesiástica es necesaria porque es un
mandato de Cristo. Por encima del bienestar de cualquier individuo (que
desde un principio merece la ira y maldición de Dios), y por encima de los
sentimientos y las actitudes de cualquier número de individuos (quienes son
nada ante Dios) está el honor de Cristo y la causa de su verdad. Mejor sería
mantener el honor de Cristo en vez de mantener a miles de pecadores en la
lista de membresía de la iglesia visible para deshonra de Cristo. Mejor fuera
que la verdad de Cristo se mantuviera a que se complaciera a los hombres.
Para Dios es más importante que Cristo sea honrado y obedecido a que los
pecadores sean consentidos. Debemos escoger entre los dos: o debemos
mantener el honor de Cristo a toda costa o sacrificar el honor de Cristo para
satisfacer los deseos del hombre. Si fuera el último, la iglesia “ya no sirve
para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee” (Mt 5:13). Cuando
se elude la disciplina eclesiástica, el precio es grande. El supuesto mal que
se teme y se evita no es nada comparado al mal que seguramente seguirá.
Cristo no se preocupa por la reputación de una iglesia cuando está muerta
espiritualmente. La disciplina eclesiástica puede resultar en una iglesia más
pequeña, pero será una verdadera iglesia. “Tienes fama de estar viva”, dijo
Cristo de una iglesia: “Pero en realidad estás muerta” (Ap 3:1). Pero animó
a los pocos “que no se han manchado la ropa. Ellos, por ser dignos, andarán
conmigo vestidos de blanco” (v. 4). Los que apreciaron la pureza no fueron
reconocidos por los hombres, pero fueron reconocidos por el Señor solo por
haber mantenido Su honor por encima del de ellos mismos.
La disciplina eclesiástica también es atacada por los que dicen lo
siguiente: “Simplemente no veo la necesidad de botar a la gente de la iglesia
por cada pecadito”. Para algunos, esto lo determina todo. Pero esto no es
más que derribar un espantapájaros, porque la disciplina eclesiástica bíblica
no es:
(a) simplemente botar la gente de la iglesia, ni
(b) es por “pecaditos”.

El propósito de la disciplina eclesiástica es extraer el pecado del


pecador, no el botar a los pecadores de la iglesia. Es por eso que la
excomunión es solo permisible como la última posibilidad y por lo
consiguiente solo para pecado extremo. Antes de la excomunión, como
enseñó Cristo (Mt 18:15-18), deben haber sinceros y tiernos intentos de
convencer al hermano errante a que deje su pecado. Y que este proceso no es
un mero asunto de botar la gente de la iglesia es evidente en los siguientes
principios enseñados en Mateo 18:15-18:
1. Cada miembro de la iglesia tiene el derecho y la responsabilidad de
buscar recuperar a un hermano errante. Pero, obviamente, un miembro
individual de la iglesia, que va en privado a un hermano, no busca la
excomunión de su hermano sino solo su reforma.
2. Si fuera posible, el conocimiento público del pecado cometido debe ser
evitado. Aunque fallara el acercamiento inicial privado, aun así no se
debería hacer público el asunto. Dos o tres más (se supone que serán
ancianos de la iglesia) y ningún otro debe ser informado de la
dificultad.
3. Debe haber instrucción de la Palabra de Dios para que el hermano
errante pueda saber lo que requiere la ley de Dios, con la esperanza de
que entonces sea persuadido de abandonar su pecado.
4. Sobre todo, está claro que la excomunión final del hermano será la
última opción. Esto sigue después de todo esfuerzo razonable de
recuperar al hermano errante. Y por lo tanto se puede decir que la
excomunión requiere dos condiciones específicas:

Debe haber una violación innegable de uno de los Diez Mandamientos. El


pecado es el no conformarse a, o la trasgresión de, la ley de Dios.
Meramente rehusarse a conformidad con respecto a costumbres, tradiciones,
etc., no merece el castigo de la disciplina eclesiástica.
Que el pecado sea persistente sin arrepentimiento. A veces se cree que la
excomunión es justificable solo cuando algún pecado notorio como un
homicidio o el adulterio ha sido cometido. La verdad es que la excomunión
no está relacionada con la notoriedad del pecado sino con la persistencia del
pecador en cualquier pecado. Que sea el pecado el ser un chismoso,
difamador, o el descuidar la alabanza divina, ninguno de los cuales son
pocos comunes o “notorios”, si el pecador endurece su corazón y persiste en
tales pecados sin evidenciar arrepentimiento, existe fundamento para la
excomunión. Cuando un miembro errante de la iglesia ha sido confrontado
con su error, cuando se le ha mostrado con la Palabra de Dios cuál es su
pecado y cuál es su responsabilidad al respecto, y si “se niega a escuchar a
la iglesia” (es decir, no presta atención, sino que persiste en su error con
dureza y terquedad), la responsabilidad de la iglesia es clara: “Trátalo como
si fuera un incrédulo o un renegado”. Esto es correcto y bueno porque Jesús
dijo que lo hiciéramos.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es la razón mayor para practicar la disciplina
eclesiástica?
2. ¿Cuál es el primer tipo de argumento que se usa en contra de la
disciplina eclesiástica?
3. ¿Por qué es pecado orar por la recuperación de un hermano
errante cuando al mismo tiempo no se está ejerciendo la
disciplina eclesiástica?
4. ¿Cuál es el verdadero efecto de la disciplina eclesiástica en los
errantes? Pruébelo bíblicamente.
5. ¿A quién le hace daño cuando no se ejerce la disciplina
eclesiástica? Pruébelo bíblicamente.
6. ¿Cuál es el segundo tipo de argumento que se usa en contra de
la disciplina eclesiástica?
7. ¿Cuál es la falacia de este argumento?
8. ¿Qué otra actividad presume no menor autoridad que la
disciplina?
9. ¿Por qué es importante mantener la disciplina eclesiástica?
10. ¿Qué pasa con la iglesia que deja de lado la disciplina?
11. ¿Cuál es el propósito de la disciplina eclesiástica si no es botar
a la gente de la iglesia?
12. ¿Qué debe hacerse antes de la excomunión?
13. ¿Quién tiene el derecho y la responsabilidad de iniciar el
proceso de la disciplina eclesiástica?
14. ¿Cuáles dos condiciones deben existir antes de que se
requiera la excomunión?

Ver las respuestas a estas preguntas


29
Del Magistrado Civil (XXIII)

Aquí dejamos una vez más el orden de la Confesión de Fe para considerar


juntas ciertas secciones de la Confesión que son difíciles al considerarlas en
relación una con la otra. Estos Capítulos y estas secciones son: El capítulo
XXIII, 3, y el capítulo XXXI, 1-2. La dificultad consiste en el poder del
magistrado civil con respecto a los asuntos eclesiásticos. A partir de este
punto procederemos, primero, discutiendo las secciones del Capítulo XXIII
que no es problemático; segundo, las secciones de Capítulos XXIII y XXXI
que presentan el problema; y tercero, las porciones que quedan del Capítulo
XXXI, es decir, las secciones 3, 4, y 5.
1. Dios, el supremo Señor y Rey de todo el mundo, ha instituido a los
magistrados civiles para estar bajo Él y sobre el pueblo, para su
propia gloria y para el bien público; para cuyo fin los ha armado
con el poder de la espada para la defensa y estímulo de los que son
buenos y para castigo de los malhechores.
2. Es lícito que los cristianos acepten y desempeñen el oficio de
magistrado cuando son llamados para ello. En la administración de
este oficio los cristianos deberán mantener, especialmente, la
piedad, la justicia y la paz de acuerdo con las leyes sanas de cada
Estado. Para tal fin, pueden legalmente ahora bajo el Nuevo
Testamento hacer guerra en ocasiones justas y necesarias.
4. El pueblo tiene el deber de orar por los magistrados, honrar a sus
personas, pagarles tributos y otros derechos, obedecer sus mandatos
legítimos y estar sujetos a su autoridad por causa de la conciencia.
La infidelidad o la diferencia de religión no invalida la justa y
legítima autoridad del magistrado, ni exime al pueblo de debida
obediencia a él, de la cual las personas eclesiásticas no están
exceptuadas, y mucho menos tiene el Papa poder o jurisdicción
alguno sobre los magistrados, sobre sus dominios, o sobre alguno de
los de su pueblo; y aún menos para privarlos de sus dominios o sus
vidas, ya sea porque los juzgue que son herejes, o por cualquier otro
pretexto.

XXIII, 1-2, 4. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que Dios ha establecido el gobierno civil en la tierra,
(2) que su propósito es su gloria y nuestro bien,
(3) que les ha dado a los oficiales civiles el poder de la espada,
(4) que los Cristianos pueden lícitamente tener un cargo civil y ejercer el
poder de la espada en ocasiones necesarias y justas,
(5) que Dios requiere que los Cristianos honren su mandato y oren por, y
se sometan a, los que lícitamente utilizan su cargo en el gobierno
civil,
(6) que esta responsabilidad no deja de existir a causa de las diferencias
religiosas, y
(7) que el Papa de Roma no tiene ningún derecho al poder civil.

El pasaje clásico de la Escritura que trata el establecimiento del gobierno


civil es Romanos 13:1-7. En este pasaje se establece la mayoría de la
enseñanza de estas secciones de la Confesión. “Todos deben someterse a las
autoridades públicas”, dice el apóstol. Sin duda se requiere del Cristiano
someterse a los que están en autoridad por voluntad de Dios. “Pues no hay
autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron
establecidas por él. Por lo tanto, todo el que se opone a la autoridad se
rebela contra lo que Dios ha instituido”. A.A. Hodge bien ha dicho:
“Algunos se han imaginado que el derecho o la autoridad legítima del
gobierno humano tiene su fundamento finalmente en ‘la aprobación de los
gobernados’, ‘la voluntad de la mayoría’, o en algún ‘pacto social’
imaginario hecho por los antepasados de la raza al origen de la vida
social”.1 Pero la Escritura nos enseña que el gobierno civil viene de Dios, y
que tiene su autoridad por la voluntad de Dios con, o sin, la aprobación de
los gobernados. Esto implica claramente que el Cristiano debe considerar al
gobierno de facto de cualquier país particular en cual pueda residir como de
jure. Ninguna forma particular de gobierno civil ha sido designada en la
Escritura. Y el Cristiano no tiene la libertad de obedecer o no dependiendo
del tipo de gobierno que exista. “Los poderes que existen han sido
establecidos por Dios”, dijo Pablo. Y se refería al gobierno totalitario del
Imperio Romano. Si Pablo, y aun Jesús, enseñó que deberíamos someternos
al César, es difícil pensar en algún tipo de gobierno civil que no debería ser
obedecido por el Cristiano en asuntos civiles. A la luz del contexto de la
edad apostólica (cuando el gobierno civil era totalitario), no creemos que
los Cristianos tengan el derecho de apoyar, o participar en, la derrota
violenta de una autoridad civil, ya sea una monarquía o una democracia (Ro
13:2, 1P 2:13,14, Tit 3:1, etc.). Si todo gobierno de facto es establecido por
Dios, y la resistencia es una resistencia ante el mandato de Dios, entonces no
existe ninguna otra conclusión.
Sin embargo, afirmar que la autoridad civil es, de origen, divina no es
decir que dicha autoridad no tenga límites. Toda autoridad divinamente
establecida, en los asuntos humanos está limitada por el decreto divino. El
magistrado civil es establecido por Dios como “ministro” o sirviente de
Dios “para bien”. Su responsabilidad es “llevar la espada” del poder físico
como “un terror” contra las obras del mal. Su responsabilidad es como
“vengador que demuestra la ira de Dios sobre el que hace el mal”. Mientras
el gobierno civil se contente con restringir y castigar el crimen y la
violencia, proteger el bien y castigar el mal, el Cristiano debe apoyar, orar
por y honrar ese gobierno. Pero cuando ese gobierno castiga a los rectos y
premia al malhechor, volviéndose militarista y agresivo, es responsabilidad
del Cristiano resistir ese poder porque subvierte el mandato de Dios. En
muchos casos es, sin duda, difícil determinar precisamente cuándo y hasta
qué punto un Cristiano debe resistir a un gobierno civil en particular. No es
nuestra intención hacer que esta decisión parezca fácil. Pero ciertos
principios son muy claros y, si se aplican correctamente, harán posible que
el individuo tome la decisión correcta en su caso particular.
1. Debemos siempre obedecer los “mandatos legítimos” de nuestro
gobierno. En todas y cada una de las instancias debemos estar “listos a
hacer toda buena obra” (Tit 3:1).
2. Siempre debemos obedecer a Dios antes que al hombre cuando existe
un conflicto entre los dos. “¡Es necesario obedecer a Dios antes que a
los hombres!” (Hch 5:29).
3. Podemos resistir tanto activa como pasivamente, si fuera necesario,
para obedecer a Dios. Cuando una autoridad civil se vuelve un terror
contra las buenas obras y no contra el mal, creemos que los Cristianos
tienen el derecho de defenderse activamente (defender su vida o su
propiedad) bajo la sanción de la ley (Sal 82:4, Pr 24:11,12, etc.). Así
“el fin inmediato para el que Dios ha instituido a los magistrados es el
bien público y el fin último: el fomento de Su propia gloria”.2

Consideremos más detenidamente ciertos errores modernos que han


logrado un amplio apoyo y que confunden la mente de muchos Cristianos:
El primero que consideraremos es el intento modernista de descontinuar
la práctica de la pena de muerte. En nuestra nación hoy en día existe una
corriente cada vez más fuerte a favor de abolir la pena de muerte. Y muchos
grupos Protestantes liberales han sancionado este cambio diciendo que no
beneficia a la sociedad, no reforma al criminal ni refleja las enseñanzas
humanitarias del Nuevo Testamento. Es decir, por varias razones, es muy
popular hoy en día negarle al gobierno civil el poder de la espada para
castigar el mal. Tal posición en cuanto a la autoridad civil está, por lo
menos, completamente en contra de la enseñanza bíblica. No pensamos que
se pueda probar que la pena de muerte no sea de beneficio para la sociedad.
Creemos que lo es, aun si la única razón sea que la Escritura dice que el
cumplimiento fiel de la justicia es un terror para la maldad y un aliento para
el bien. Puede que sea posible que la pena de muerte no reforme al criminal.
Pero también es posible que la falta de terror contra la maldad tampoco
reforme al criminal. Es más, estamos seguros de que fomenta la maldad.
Pero sobre todo, nos oponemos a la idea de que el poder y la autoridad civil
deban reflejar las ideas modernistas de las enseñanzas “humanitarias” del
Nuevo Testamento. La justicia no es más “humanitaria” en el Nuevo que en
el Antiguo Testamento. Y la institución del gobierno civil no ha sido
establecida para enseñar el Nuevo Testamento; es para castigar el crimen y
proteger a los que hacen el bien. Sin embargo, dudamos que el esquema de
los liberales que promueven la abolición de la pena de muerte sea
“humanitaria”. Creemos que mucho del crimen de la actualidad se debe al
hecho de que existe demasiada preocupación no bíblica por el malhechor y
muy poca preocupación bíblica por los justos.
Otro ataque moderno contra la institución del gobierno civil se puede
observar en los que promueven la corriente pacifista. Los concilios de la
iglesia modernista han abogado por tales cosas como las siguientes:
(a) el completo desarme de nuestra nación,
(b) el desarme unilateral,
(c) negociaciones en vez de la defensa armada al ser confrontados con la
agresión, y
(d) el reconocimiento de los que son agresores sin ningún tipo de castigo
justo.

La Confesión insiste en que los magistrados civiles (aun si fueran


personas Cristianas) “pueden legítimamente, bajo el Nuevo Testamento,
hacer actualmente la guerra en ocasiones justas y necesarias”. Los que
apoyan la política que básicamente exige que nuestro gobierno nacional
renuncie al poder de la espada y que renuncie a sus esfuerzos para ser un
terror contra el malhechor, y que renuncie a la ejecución de venganza sobre
ellos, piden nada menos que la destrucción del mandato de Dios (Ro 13:1-
5). Y precisamente porque “se oponen a la autoridad”, entonces “se rebelan
contra lo que Dios ha instituido” (v. 2). Este pecado debe ser denunciado
como lo que realmente es. Es un pecado contra Dios, y es un pecado contra
nuestro gobierno.
La última parte de la sección 4 de este Capítulo trata a los dos males
históricos asociados con la iglesia Católica Romana.
El primero de estos males es el que otorga un estatus privilegiado a los
oficiales de la iglesia en asuntos civiles. Existen aún algunos países que son
dominados por la iglesia Romana en los cuales los sacerdotes no pueden ser
juzgados en las cortes civiles por sus crímenes. Hay tal vez un poco de
humor en los relatos tradicionales que narran acerca de la vergüenza del
policía irlandés cuando se da cuenta que ha detenido a un sacerdote por
exceso de velocidad. Pero las Escrituras enseñan que los Cristianos, ya sean
oficiales de la iglesia o no, no deben considerarse por encima del poder
civil. Y creemos que la Confesión concuerda con la Escritura cuando dice
que “las personas eclesiásticas no están exceptuadas” de esta autoridad. Y la
“infidelidad o diferencia de religión” entre el ciudadano Cristiano y el
gobernante civil “no invalida la justa y legítima autoridad del magistrado”.
El otro mal es el que le otorga autoridad civil al Papa de Roma. Este ha
sido y sigue siendo un reclamo del Pontífice Romano. Él insiste que ejerce
tanto la espada espiritual como la temporal del poder y la autoridad. “Según
la posición ultramontana estrictamente lógica, siendo toda la nación, con
todos sus miembros, una porción de la iglesia universal, la organización
civil está comprendida dentro de la iglesia para ciertos fines subordinados
al gran fin para el cual existe la iglesia y es, por lo tanto, finalmente
responsable ante ella para la ejecución de la autoridad delegada. Por lo
tanto, cuando el Papa ha estado en la condición de vindicar su autoridad, ha
puesto reinos bajo interdicto, ha liberado a los súbditos de su voto de
fidelidad (civil), y ha destronado a los soberanos, basado en la supuesta
herejía o la insubordinación de los líderes civiles del país” (A.A. Hodge,
Ibíd., p. 276). La Escritura predijo lo que la historia ha demostrado, es
decir, que tal usurpación resulta en la persecución de los verdaderos
creyentes (Ap 13, 18:24, etc.).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuál es el fundamento de la autoridad del gobierno civil?
Pruébelo bíblicamente
2. ¿Qué tipo de gobierno viene de la autoridad divina?
3. ¿Debe un Cristiano promover la derrota violenta de un gobierno
civil?
4. ¿Debe un Cristiano resistir lícitamente a su gobierno?
5. ¿Cuándo deben obedecer los Cristianos a su gobierno?
6. ¿Cuándo deben desobedecer los Cristianos a su gobierno?
7. Enumere dos errores modernos promovidos por los “Cristianos”
liberales que están en contra de la institución divina del gobierno
civil.
8. ¿Por qué están estas en contra de la institución divina del
gobierno civil?
9. ¿Cuáles son los dos errores refutados en la Sección 4?

Ver las respuestas a estas preguntas

1 Ver Archibald Alexander Hodge. 1957. Comentario de la Confesión de Fe de Westminster de la


Iglesia Presbiteriana. Traducido por el Rev. Plutarco Arellano. Segunda edición. México: Casa de
Publicaciones “El Faro,” p. 272.
2 Ibíd., p. 274.
30
De los Sínodos y Concilios (XXXI)

3. El magistrado civil no debe arrogarse la administración de la


Palabra ni de los sacramentos, o el poder de las llaves del Reino de
los Cielos; y sin embargo, tiene la autoridad, y es su deber, velar
para que la unidad y la paz sean preservadas en la iglesia, para que
la verdad de Dios se conserve completa y pura, para que todas las
herejías y blasfemias sean suprimidas, todas las corrupciones y
abusos en la adoración y disciplina se eviten o se reformen, y todas
las ordenanzas de Dios sean debidamente establecidas,
administradas y cumplidas. Para el mejor cumplimiento de todo lo
anterior, el magistrado civil tiene el poder de convocar Sínodos, y
estar presente en ellos, y asegurar que todo lo que en estos se
acuerde esté conforme con la mente de Dios (XXIII, 3).
CAPÍTULO XXXI
DE LOS SÍNODOS Y LOS CONCILIOS
1. Para el mejor gobierno, y para la mayor edificación de la iglesia,
deben haber asambleas tales como las que son comúnmente
llamadas Sínodos o concilios.
2. Así como los magistrados pueden legítimamente convocar a un
Sínodo de ministros y otras personas idóneas, para consultar y
recibir consejo sobre asuntos religiosos; de la misma manera,
cuando los magistrados son enemigos declarados de la iglesia, los
ministros de Cristo, por sí mismos, en virtud de su oficio, pueden
reunirse en asambleas con otras personas idóneas delegadas por sus
iglesias.

XXIII, 3; XXXI, 1-2. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que el magistrado civil no puede asumir la administración de la
Palabra, los sacramentos ni la disciplina,
(2) que sí tiene la autoridad de velar por la unión y la paz dentro de la
Iglesia y que el error y los abusos en la alabanza y la disciplina sean
prevenidos o reformados,
(3) que tiene el poder de convocar los sínodos, y de estar presente en
ellos para asegurar que lo que se acuerde sea según la mente de
Dios,
(4) que deberían haber sínodos o concilios para el ejercicio de gobierno
la Iglesia,
(5) que mientras un magistrado civil puede convocar lícitamente a un
sínodo, los ministros de la Iglesia tienen el poder de convocar tales
sínodos ellos mismos si el magistrado civil resulta ser un enemigo
obvio de la Iglesia.
En esta parte de la Confesión de Fe llegamos a lo que únicamente se
puede denominar como una dificultad aguda. Por un lado, leemos que “el
magistrado civil no debe arrogarse la administración de la Palabra y de los
sacramentos, o el poder de las llaves del Reino de los Cielos” y, por el otro
lado, leemos que “tiene la autoridad, y es su deber, velar para que la unidad
y la paz sean preservadas en la iglesia, para que la verdad de Dios se
conserve completa y pura, para que todas las herejías y blasfemias sean
suprimidas, todas las corrupciones y abusos en la adoración y disciplina se
eviten o se reformen, y todas las ordenanzas de Dios sean debidamente
establecidas, administradas y cumplidas” y que, para lograr lo anterior, “el
magistrado civil tiene el poder de convocar Sínodos, estar presente en ellos
y asegurar que todo lo que en estos se acuerde esté conforme con la mente de
Dios”. En el Capítulo XXX, 1 leemos de Jesucristo: “El Señor Jesús, como
Rey y Cabeza de su iglesia, ha designado en ella un gobierno en manos de
los oficiales eclesiásticos, distintos del magistrado civil”. Sin embargo, aquí
leemos que la acción independiente solo se imagina si “los magistrados son
enemigos declarados de la iglesia” en cuyo caso “los ministros de Cristo,
por sí mismos, en virtud de su oficio, pueden reunirse en asambleas con
otras personas idóneas delegadas por sus iglesias” ¿Qué es esto si no una
directa contradicción?
Esta dificultad no se encuentra únicamente en la Confesión de Fe de
Westminster. Por ejemplo, en la Confesión Belga, según su revisión en el
sínodo de Dordt, se encuentran estas palabras en el Artículo XXXVI: De los
Magistrados: “Y su oficio debe no solo estar relacionado a, y velar por, el
bienestar del estado civil, sino también que protejan su sagrado ministerio y
que, por lo tanto, puedan extraer y prevenir toda idolatría y falsa adoración”.
Y encontramos que prácticamente cada iglesia Presbiteriana y Reformada ha
tratado, en una u otra forma, esta dificultad presentada por dicha
contradicción. Algunas iglesias como, por ejemplo, la Iglesia Presbiteriana
Reformada de Norteamérica no han cambiado el texto original de la
Confesión, pero han hecho una declaración especial en cuanto al tema. La
Declaración y el Testimonio Presbiteriano Reformado dice: “Ninguna
autoridad eclesiástica yace en las manos de Cristianos individuales ni de los
Magistrados civiles; los oficiales de la iglesia se someten únicamente a
Jesucristo. Ellos fijan, por derecho exclusivo, sus propios horarios y lugares
para comenzar y finalizar sus reuniones…” (XXIII, 4). Es difícil ver cómo se
puede reconciliar esta declaración con la Confesión. Entendemos la
reticencia que existe para considerar cambiar el texto de la Confesión de Fe
de Westminster. Pero cuando se puede demostrar que la Confesión de Fe es
incorrecta o imperfecta, creemos que debe ser cambiada, porque, como la
Confesión misma nos enseña cuidadosamente, “El Espíritu Santo, que habla
en la Biblia, y de cuya sentencia debemos depender, es el único Juez
Supremo por quien deben definirse todas las controversias religiosas, y por
quien deben examinarse todos los decretos de los concilios, las opiniones de
los antiguos escritores, las doctrinas humanas y las opiniones individuales”
(I, 10).
Por nuestro lado creemos que la única solución apropiada a la dificultad
que trae esta porción de la Confesión es la que han adoptado la mayoría de
cuerpos Presbiterianos y Reformados, es decir, una revisión de estas
porciones de la Confesión de Fe. En tal revisión como la de la Iglesia
Ortodoxa Presbiteriana, por ejemplo, toda ambigüedad y error han sido
extirpados, y se afirman claramente los siguientes principios:
1. que el gobierno de la iglesia es distinto y separado del gobierno del
Estado,
2. que los magistrados civiles no pueden interferir en los asuntos de
cualquier iglesia siempre y cuando no sean subversivas al orden civil,
aun en controversias de doctrina o disciplina, y
3. que únicamente los oficiales de la iglesia tienen la autoridad de fijar
sínodos o concilios, con los cuales no puede interferir el gobierno civil.

Creemos que esta es una mejor forma. La Confesión de Fe debe ser


reverenciada, pero no simplemente por ser antigua. Debe ser reverenciada
porque es la verdad, y solo cuando sea la verdad. No creemos que esta
Confesión requiera mayor corrección en ningún detalle, salvo alguno muy
mínimo. Sin embargo, no baja nuestra estima de la maravillosa integridad de
este documento el saber que lleva un error en cierta sección. El mismo
examen meticuloso de este Credo a la luz de la Escritura que demostrará el
error de esta porción, demostrará la veracidad del resto. Cuando esta
Confesión fue adoptada originalmente por varios cuerpos Presbiterianos, fue
sinceramente afirmada. Donde se encontró que erraba bíblicamente, fue
enmendada. Y el verdadero Presbiteriano siempre ha afirmado que la
Confesión puede y debe ser enmendada cuando se puede demostrar que
yerra. Sin embargo, esto está lejos de la actitud de hoy día hacia la
Confesión que se demuestra en muchos lugares donde los ministros
subscriben este Credo—aun en su revisión correcta y bíblicamente correcta
—pero no creen en las doctrinas bíblicas que enseña. Si los modernistas
fueran honestos, o (a) no se subscribirían a este credo, o (b) lo cambiarían
para que expresara lo que realmente quieren creer. En cualquier caso, no
tendrían ninguna asociación con los que afirman esta Confesión y que—en
cuatro siglos—no han encontrado más que este único error para corregir en
lo que, de otra manera, es una declaración de fe veraz.
El famoso Concilio de Nicea (325 D.C.) fue el primero en ser convocado
por un líder civil. Constantino buscó de esta forma reconciliar los partidos
opuestos en la controversia Arriana. El Emperador mismo lo presidió. Pero
no solo no pudo apreciar la importancia del tema en juego, sino que también
sentó un precedente para la intervención de la autoridad civil en el ámbito
del gobierno de la iglesia. Sin duda es posible comprender que nuestros
Padres de la Reforma hayan tenido las tendencias que tenían. Por un lado, el
Catolicismo Romano afirmaba su supremo poder tanto en asuntos civiles
como eclesiásticos. Por otro lado, existía el hecho de que ciertas autoridades
civiles benévolas habían, en varios casos, protegido y nutrido las afligidas
Iglesias Reformadas. Sin embargo, no debemos olvidar que después de la
Asamblea de Westminster, los Pactistas Escoceses tuvieron que dar sus
vidas bajo la opresión civil. A estos vigorosos Presbiterianos, quienes más
que otros se subscribían al testimonio de la Confesión, les debemos mucho,
porque dieron sus vidas para afirmar la independencia absoluta espiritual de
la Iglesia de Jesucristo de la autoridad civil. Los que más amaron el
testimonio de la Confesión sufrieron más que todos por el principio al que—
después de todo—en la formulación original de estas secciones se llegó por
mutuas concesiones o arreglos.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuáles son los dos principios irreconciliables afirmados en
estas secciones de la Confesión?
2. ¿Se manifiesta esta dificultad únicamente en la Confesión de Fe
de Westminster?
3. ¿Cuáles son los dos métodos que se han utilizado para resolver
esta dificultad?
4. ¿Cuál de estos dos es preferible? ¿Por qué?
5. ¿Qué principios son claramente afirmados en una revisión tal y
como la de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa?
6. ¿Una revisión le quita mérito a un Credo venerable como la
Confesión de Fe de Westminster?
7. ¿Por qué es muy importante que un credo sea revisado en
cualquier punto que yerre?
8. Si el tiempo ha demostrado que la Confesión yerra en este
punto, ¿qué más ha demostrado?
9. ¿En qué momento de la historia comenzó la intervención de los
gobernantes civiles en los asuntos eclesiásticos?
10. ¿A quiénes les estamos muy endeudados por afirmar la
independencia espiritual de la Iglesia Cristiana del gobierno civil?

Ver las respuestas a estas preguntas


3. Corresponde a los Sínodos y Concilios resolver ministerialmente
las controversias sobre fe y casos de conciencia, establecer reglas e
instrucciones para el mejor orden de la adoración pública y
gobierno de su iglesia, recibir reclamos en casos de mala
administración y resolverlos autoritativamente. Estos decretos y
determinaciones, si están de acuerdo con la Palabra, deben ser
recibidos con reverencia y sumisión, no solo por estar de acuerdo
con la Palabra, sino también por el poder con el cual son hechos,
como ordenanza de Dios instituida en su Palabra para este fin.
4. Todos los Sínodos y Concilios desde el tiempo de los apóstoles, ya
sean generales o particulares, pueden errar; y muchos han errado.
Por lo tanto, no debe hacerse de ellos la regla de fe, o de práctica,
sino que deben usarse como una ayuda para ambas.

XXXI, 3-4. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) el ámbito de autoridad perteneciente a los sínodos y concilios,
(2) el grado o la medida de autoridad que les pertenece, y
(3) la limitación de su poder dentro del área de la administración falible.

El gobierno de la Iglesia es completamente espiritual y ministerial. Es


decir:
1. tiene que ver con asuntos de doctrina, adoración, y disciplina espiritual,
2. tiene poder solo para administrar la voluntad de Dios con respecto a
estos asuntos según se revelan en la Escritura. Cuando existe una
controversia respecto a dos puntos de vista opuestos en la que ambos
manifiestan estar en la verdad de Dios, entonces es correcto que se
convoque a un sínodo o un concilio para determinar cuál punto de vista
(si lo estuviera) se conforma con la Palabra de Dios. Esto es lo que
sucedió en el Sínodo de Jerusalén (Hch 15). En aquel Sínodo se
determinó cuál punto de vista era correcto y cuál era incorrecto según
la norma de la Palabra de Dios. Siempre y cuando se conforme a la
Escritura, tal Sínodo también tendría el derecho de formular reglas e
instrucciones para el mejor manejo de la adoración pública de Dios y
el gobierno de la Iglesia. En el Sínodo de Jerusalén se “tomaron
acuerdos” con respecto a ciertos asuntos referidos a la práctica de los
Cristianos, y estos fueron “entregados” para que “los pusieran en
práctica” (Hch 16:4). Es importante aquí resaltar el hecho de que el
poder evidenciado es estrictamente limitado. Es limitado a la
declaración de aquello que Dios ha dicho en su Palabra y el orden
apropiado en el cual se observarán los mandamientos de Dios. Por
ejemplo, sería apropiado que un Sínodo formulara reglas con respecto
al orden del servicio que debería observarse en una iglesia donde haya
dificultad con ese tema. Pero no estaría permitido formular nuevas
leyes adicionales a la Biblia con respecto a los elementos apropiados
de la adoración divina. Ningún Sínodo podría legislar lícitamente el
contenido de la adoración verdadera. Solo puede decretar con respecto
al orden del Servicio de Adoración.

Si los decretos y las determinaciones de las asambleas eclesiásticas


“concuerdan con la Palabra de Dios” deben ser “recibidas con reverencia y
sumisión”. Y esto es verdad no solo porque estos decretos son bíblicos
(aunque esto es de principal importancia), sino también porque estos
decretos fueron hechos por medio de la ordenanza divina del gobierno
eclesiástico. Existe autoridad no solo en la Escritura, la cual es declarada,
sino también en el Sínodo que declara. Por ejemplo, si un Sínodo decreta
que la Cena del Señor debe ser observada por lo menos 4 veces al año, esto
se debe cumplir no solo porque Cristo ha mandado una celebración frecuente
de este sacramento en la Biblia, sino también porque la asamblea de la
Iglesia de Cristo ha decretado un orden particular, lícitamente, en su Iglesia.
Ignorar una orden en particular que concuerda con la Palabra de Dios es
pecaminoso no solo a razón del mandato general que la implementa, sino
también a causa del mandato específico por el cual es implementada. Ignorar
un decreto específico que implementa una orden general de Cristo es
pecaminoso porque Cristo ha autorizado que las cortes de la iglesia formulen
tales decretos.
Sin embargo, como la Confesión nos hace recordar: “Todos los Sínodos y
Concilios desde el tiempo de los apóstoles, ya sean generales o particulares,
pueden errar; y muchos han errado. Por lo tanto, no debe hacerse de ellos la
regla de fe o de práctica, sino que deben usarse como una ayuda para
ambas”. Cuando una asamblea eclesiástica publica un decreto o una orden, o
toma una determinación con respecto a una controversia que está en conflicto
con la Palabra de Dios, debe ser desobedecida. Por ejemplo, cuando la
Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos mandó
que todos los miembros de la Iglesia apoyaran a ciertas agencias y juntas de
la Iglesia aunque empleaban a modernistas, era completamente bíblico y
correcto que los creyentes se rehusaran a obedecer. Sin embargo, tal
desobediencia sería completamente reprensible en un caso donde la
Asamblea General requiriera lo que concordase con la Palabra de Dios. Es
decir, la autoridad que les pertenece a los concilios de la iglesia tiene
límites. Está limitada a la declaración y a la implementación de las doctrinas
y los mandatos de Cristo contenidos en la Escritura. Y significa que los
sínodos y concilios nunca pueden dar un decreto o una determinación que sea
inherentemente infalible aun a causa de la autoridad del sínodo mismo.
Las limitaciones de la autoridad y el poder de los sínodos y los concilios
reconocida por los Reformadores no son, en la actualidad, tan popularmente
reconocidas ni estrictamente observadas. En el movimiento ecuménico
moderno, por ejemplo, a menudo ha existido una tendencia a subordinar la
autoridad de la Biblia a la de los concilios. La verdad, en tales
circunstancias, no se busca únicamente en la Escritura sino en un consenso
de varias tradiciones y opiniones. Como lo ha expresado un escritor de
nuestros tiempos: “El que siente que ya ‘posee’ la verdad no entra del todo
en el discurso” (Floyd H. Ross, The Theology of the Christian Mission).
Sin embargo, no es una exageración decir que la valiente oposición de
Lutero en la Dieta de Worms fue una precisa contradicción a este punto de
vista que ha sido resucitado en el movimiento ecuménico moderno, que
afirma que la Iglesia completa, hablando mediante un sínodo o concilio, es la
voz de la verdad. Se debe mencionar, sin embargo, que aun en iglesias
Reformadas ortodoxas ha existido a veces una tendencia a elevar
gradualmente los decretos de los sínodos o de las asambleas a un lugar de
superioridad como regla de fe y práctica. Existen iglesias Reformadas
ortodoxas en las cuales los miembros creen ciertas cosas y se adhieren a
ciertas prácticas, no porque las declaraciones del Sínodo o la Asamblea
General les hayan persuadido de que tal sea la enseñanza de la Escritura,
sino simplemente porque se ha hecho una regla. Creemos que esto es algo
peligroso y dañino, aun cuando la regla en particular concuerda con la
Escritura. Puede existir una apariencia temporánea de obediencia estricta y
piedad. Pero pronto decaerá y se mostrará impotente para restringir el
pecado. La forma más difícil es la correcta. Cuando los sínodos y concilios
se esfuerzan en probar sus declaraciones con la Escritura, y en
administrarlas tanto por medio de la persuasión como mediante la disciplina,
la autoridad suprema de la Biblia será resguardada y expresada. Y en tal
proceso la Iglesia no se hará sorda ante los que disientan bajo una
convicción basada en la Escritura.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿A qué nos referimos al decir que el gobierno de la Iglesia es
espiritual?
2. ¿A qué nos referimos al decir que el gobierno de la Iglesia es
ministerial?
3. ¿Qué asuntos son determinados apropiadamente por los
sínodos y concilios?
4. Dé un ejemplo de algo que no pueda decretar un sínodo o un
concilio.
5. ¿Cuándo tienen autoridad los sínodos o concilios?
6. ¿Por qué tienen autoridad los decretos de los sínodos o
concilios en tales casos?
7. Cuando un concilio eclesiástico formula un decreto o toma una
determinación que no concuerda con la Palabra de Dios, ¿qué
debe hacer el Cristiano individual? ¿Por qué?
8. ¿Qué tendencia se puede observar en mucho del movimiento
ecuménico moderno?
9. ¿Tienden los cuerpos ortodoxos Reformados a ignorar las
limitaciones de la autoridad de los sínodos o concilios? ¿De qué
manera?
10. ¿Qué es necesario para prevenir esta tendencia?

Ver las respuestas a estas preguntas


5. Los Sínodos y Concilios deben tratar, y decidir, solamente asuntos
eclesiásticos; no deben entrometerse en asuntos civiles que
conciernen al Estado, a no ser por medio de humilde petición, en
casos extraordinarios o por medio de consejo para la satisfacción
de la conciencia, si les es solicitado por el magistrado civil.

XXXI, 5. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que los sínodos y los concilios deben ocuparse de los asuntos de la
Iglesia
(2) que no deben entrometerse en asuntos del Estado,
(3) que pueden, sin embargo, en casos extraordinarios, manifestarse en
temas civiles que tengan que ver con asuntos cruciales para la
iglesia,
(4) que también pueden aconsejar al magistrado civil cuando se les pide.

Durante la semana del 18 al 21 de noviembre de 1958 se reunió la


Conferencia del Estudio del Orden Mundial (World Order Study Conference)
en Cleveland, Ohio. Esta conferencia había sido convocada por el
Presidente del Concilio Nacional de las Iglesias de Cristo en los EEUU, y
fue convocada por la División de Vida y Trabajo del Departamento de
Asuntos Internacionales. De esta conferencia surgió el “Mensaje a las
Iglesias” en el cual se trataron los siguientes asuntos puramente políticos o
civiles, y donde se apoyaron ciertas posiciones. El mensaje pedía:
1. el reconocimiento diplomático de la China “Roja” por los Estados
Unidos,
2. la admisión de la China “Roja” a la Organización de las Naciones
Unidas,
3. evitar la postura de hostilidad general hacia las naciones comunistas,
4. que el internacionalismo sobrepase el patriotismo nacional,
5. la búsqueda de la meta del desarme universal,
6. el uso de fuerza militar solo cuando era sancionada por y estaba bajo el
control de las Naciones Unidas,
7. la creación de un cuerpo policial permanente de las Naciones Unidas,
8. la abolición del sistema de reclutamiento militar, y
9. el apoyo a un intercambio sin restricciones entre los Estados Unidos y
las naciones comunistas.

Tal vez este sea un caso extremo, pero provee un ejemplo perfecto de lo
que rechaza nuestra Confesión. Es un claro ejemplo de lo que la Escritura no
considera como asuntos apropiados para la Iglesia. Es nuestra convicción
que el Concilio Nacional de Iglesias ha apoyado a menudo causas civiles,
programas civiles y esquemas sociales que simplemente eran malvados.
Ningún Cristiano que se preocupa por mantener el honor de Cristo debería
formar parte de tal organización. Pero hacemos hincapié aquí en el hecho de
que aun si la posición particular del Concilio Nacional de Iglesias fuera
correcta en cada uno de estos asuntos (y otros similares), a pesar de ello
tendríamos que rechazar a esta organización porque no es bíblico que los
sínodos y concilios se entrometan en asuntos civiles de esta forma. Aun si
decidieran lo correcto en asuntos en particular, errarían en asumir el derecho
de entrometerse en asuntos civiles.
Creemos que los siguientes argumentos forman una prueba adecuada de la
enseñanza de la Confesión:
1. Cristo dijo: “Mi reino no es de este mundo…” (Jn 18:36). Cristo no se
esforzó de ninguna manera para obtener poder político ni intentó
influenciar directamente los acontecimientos políticos dando su opinión
acerca de asuntos civiles, y no solo eso, sino que cuando sus seguidores
intentaron colocarlo como líder político, él frustró sus intentos. En vez
de ello, predicó el evangelio del Reino de Dios. Enseñó que los
hombres deben cambiar y que al cambiar deberían actuar como
levadura en el orden político y social (Mt 13:33, etc.).
2. No existe ninguna evidencia de que los apóstoles, o que la iglesia
apostólica se haya entrometido en asuntos civiles. Aun el Sínodo de
Jerusalén se pronunció únicamente sobre temas eclesiásticos.
3. No existe ninguna enseñanza bíblica que dé lugar a tal interferencia en
los asuntos del Estado por parte de la Iglesia.

El concepto Reformado del “ámbito de la soberanía” es la enseñanza


bíblica y realmente reconoce que Dios es supremo en todo ámbito o área de
la vida. Enseña que el Cristiano individual debe glorificar a Dios en todo lo
que hace. Y la ley de Dios tiene mucha relevancia en el ámbito político tanto
como en cualquier otro. Sin embargo, es la función de la Iglesia enseñar todo
el consejo de Dios, aun en cuanto a los asuntos políticos. Pero existe un
mundo de diferencia entre la enseñanza de los principios de la Palabra de
Dios a los miembros de la Iglesia y el entrometerse en los asuntos del
Estado. La tarea de la Iglesia es proveer la instrucción que guiará a los
miembros de la iglesia en cuanto a asuntos políticos. Pero es la obra del
Cristiano como ciudadano efectuar lo que está de acuerdo con el evangelio.
La Iglesia es una fuerza potente en asuntos del Estado. Pero lo es
indirectamente. Es el individuo Cristiano—y no la Iglesia en sí—el que debe
influenciar la política con principios Cristianos.
Existen, sin embargo, dos instancias en las cuales la Iglesia puede
involucrarse directamente en asuntos civiles:
1. Cuando el Estado presenta una amenaza directa a los asuntos
espirituales de la Iglesia, la Iglesia tiene el derecho de declararse como
organización. Por ejemplo, si el Estado amenazara con negarle a la
Iglesia el derecho de proclamar el evangelio libremente por medio de
la radio o la televisión, sería el derecho de la Iglesia confrontar al
Estado con respecto a su derecho de completa libertad de expresión.
2. Cuando la autoridades civiles piden que la Iglesia se declare en asuntos
morales, sería correcto y, tal vez aun obligatorio, obedecer. Sin
embargo, se debe evitar cuidadosamente la confusión entre la
declaración de principios de la Palabra de Dios y la declaración de
política administrativa que es la responsabilidad de los magistrados
civiles y no de la Iglesia.
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuáles son los asuntos apropiados de los cuales se deben
ocupar los sínodos?
2. ¿Qué Concilio moderno viola abiertamente este principio?
3. ¿Por qué yerra tal actividad aunque sea correcto lo que
proclame?
4. Dé tres argumentos en contra de esta intromisión.
5. ¿Significa este principio de la Confesión que el evangelio no
regule los asuntos políticos para el creyente?
6. ¿Cómo influencia correctamente la Iglesia en los asuntos
políticos?
7. ¿Cuándo puede actuar la Iglesia directamente, como cuerpo
organizado, en asuntos políticos?

Ver las respuestas a estas preguntas


31
Del Estado del Hombre después de la Muerte y de
la Resurrección de los Muertos (XXXII)

1. Después de la muerte, los cuerpos de los seres humanos vuelven


al polvo y experimentan putrefacción; pero sus almas (que no
mueren ni duermen), al tener una subsistencia inmortal,
inmediatamente vuelven a Dios quien las dio. Las almas de los
justos, siendo entonces hechas perfectas en santidad, son recibidas
en los más altos cielos, donde contemplan el rostro de Dios, en luz y
gloria, esperando la plena redención de sus cuerpos. Las almas de
los malvados son arrojadas al infierno, donde permanecen en
tormentos y en tenebrosidad total, reservadas para el juicio del gran
día. Aparte de estos dos lugares para las almas separadas de sus
cuerpos, la Biblia no reconoce ningún otro.

XXXII, 1. Esta sección de la Confesión nos enseña:


(1) que en la muerte, el cuerpo físico de todo hombre regresa al polvo y
se corrompe,
(2) que el alma de todo hombre entra en el estado intermedio,
(3) que el estado intermedio es diferente con respecto a los justos y los
necios, y
(4) que el purgatorio es una obra de la imaginación.

Es un hecho apoyado por la experiencia común, como lo es también la


enseñanza infalible de la Escritura, que “después de la muerte, los cuerpos
de los seres humanos vuelven al polvo y experimentan putrefacción”, como
le dijo Dios al hombre caído: “…polvo eres, y al polvo volverás” (Gn
3:19). Ni la Escritura ni nuestra propia experiencia nos demuestra diferencia
alguna entre los justos y los necios en cuanto a la muerte del cuerpo físico.
“David, después de haber servido a su propia generación según la voluntad
de Dios, falleció y fue sepultado con sus padres, y su cuerpo se corrompió”
a pesar que era un hombre según el corazón de Dios. En cuanto al cuerpo,
tanto el creyente como el incrédulo estarán sujetos a las consecuencias del
pecado de Adán por el momento. La muerte es el efecto del pecado. La paga
del pecado es muerte, y por lo tanto la muerte pasó a todo hombre porque
todos han pecado. Nos preguntamos ¿por qué no existe ninguna diferencia
entre los creyentes y los incrédulos con respecto a la muerte física? La
respuesta es que le agradó a Dios postergar los beneficios de la obra
redentora de Cristo hasta el fin del mundo. “El último enemigo que será
destruido es la muerte” (1Co 15:26). En la resurrección, al final de los
tiempos, el aspecto físico del hombre será reconstituido y los justos tendrán
un cuerpo transformado en la semejanza gloriosa del cuerpo resucitado de
Cristo (Fil 3:21). Los malvados también serán resucitados, pero serán
resucitados para deshonra y vileza, para recibir el justo castigo del pecado
tanto corporal como espiritualmente (2Co 5:10). Y mientras no podemos, y
no necesitamos, explicar la forma en la cual Dios obra, podemos sugerir por
lo menos algunas razones obvias de este aplazamiento de la redención del
cuerpo:
1. Puesto que los beneficios físicos de la redención son aplazados,
ninguno está tentado a ser Cristiano meramente por liberarse de la
enfermedad, el sufrimiento o la muerte. Los milagros de Cristo nos dan
un pequeño adelanto de lo que será la victoria final sobre la
enfermedad y la muerte; y a causa de los milagros hubo muchos que lo
siguieron. Pero estos buscaban no ser liberados del pecado sino de los
efectos del pecado.
2. La muerte, como la enfermedad, la adversidad y la debilidad corporal,
es un medio de santificación. Nos hace recordar lo que realmente
somos. Somos polvo. Nos ayuda a arrancarnos el orgullo de la vida y el
amor por este mundo. Nos anima a postrarnos más y más a los pies de
Dios y a rogar su liberación.
3. La muerte también es un medio de conseguir algo mejor, lo cual de otra
forma no se conseguiría. El cuerpo resucitado de Lázaro no era como el
cuerpo glorioso que tendrá él y tendremos nosotros en el día de la
resurrección si creemos en Jesús. “¡Que tontería! Lo que siembras no
cobra vida a menos que muera. No plantas el cuerpo que luego ha de
nacer…” (1Co 15:36-37). La muerte del cuerpo es un requisito para el
cuerpo resucitado con nuevas y gloriosas cualidades. Hay una
continuidad de sustancia pero una transformación de calidad. De
manera muy similar, el “viejo hombre” (que es nuestro ser pecaminoso,
nuestra naturaleza caída egoísta) tiene que morir, siendo crucificado
con Cristo, para que el “nuevo hombre” (que es nuestro ser regenerado,
desinteresado y centrado en Cristo) pueda ser creado (vea las secciones
V, 2-6).
4. Finalmente, si no hubiera muerte para los justos no habría ninguna
historia del mundo. O los justos saldrían del mundo (como lo hizo Jesús
en su cuerpo resucitado) o tendrían que vivir una existencia
completamente aparte en una sociedad segregada. No existiría un orden
en el cual ambos pudieran coexistir. Y los justos no podrían engendrar
hijos. No habría ninguna semilla del pacto (Mt 22:30).

Mientras que el destino temporal de los cuerpos físicos de los creyentes y


los incrédulos sea el mismo hasta que Cristo regrese, sus almas en la muerte
entran en dos estados completamente distintos. Las almas de los creyentes
inmediatamente se tornan perfectas y quedan libres de pecado, y entran en el
gozo de la presencia inmediata de Dios. Como dijo Pablo: “ausentarnos de
este cuerpo” es “vivir junto al Señor” (2Co 5:8). “Partir […] es estar con
Cristo” dice él, y esto (en comparación con nuestro estado actual) “es
muchísimo mejor” (Fil 1:23). Pero tenemos que entender que este estado
intermedio es simplemente un desarrollo más perfecto, una fase más
avanzada, de esa nueva vida que tiene sus comienzos en el alma del creyente
en la regeneración. Cuando somos vivificados por el Espíritu Santo de Dios,
ya hemos pasado de la muerte a la vida en cuanto al alma (Jn 5:24). Ya
hemos comenzado a morar en lugares celestiales con Jesucristo (Ef 2:5,6). Y
desde el momento de la regeneración el alma no puede ser tocada por la
muerte. La muerte, en su ámbito completo, como castigo por el pecado,
cobra el pago de la muerte, y este es su aguijón. Este escozor es abolido
desde el momento de la regeneración, y así en la muerte física, no hay nada
que pueda tocar el alma, ni siquiera algún temor insuperable, y menos aún el
aguijón de la ley. La muerte simplemente delinea un avance en el progreso
del alma en esa vida eterna que comenzó con la regeneración. Y el avance es
tanto de santidad interna como de comunión inmediata con Dios. Cuando
Pablo exclamó: “¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo
mortal?” (Ro 7:24), asociaba la muerte con su cuerpo físico y la vida con su
alma regenerada. En la muerte, el alma es completamente libre de ese cuerpo
que está aún bajo el poder del pecado y de la muerte. En la resurrección,
también el cuerpo será finalmente liberado para ser reunido con el alma, y
tanto el cuerpo como el alma serán espirituales. Esto no significa que el
cuerpo no será físico; solo significa que tanto el cuerpo como el alma serán
perfectamente santos y estarán bajo el mando del Espíritu Santo de Dios.
Pero tanto las almas como los cuerpos de los malhechores están ya
muertas en esta vida. El alma está muerta desde el comienzo de su existencia
natural porque se deriva de Adán. Por naturaleza todos los hombres están
“muertos en sus delitos y pecados” (Ef 2:1). Pero el incrédulo sigue muerto.
Y su muerte física simplemente marca un acercamiento a la muerte como una
experiencia más completa. Los incrédulos ya están sin Dios y sin esperanza
en el mundo, y aun así—en el mundo—disfrutan algo de las bendiciones
comunes de Dios. Pero ya no hay más bendiciones de ninguna forma para
aliviar el tormento y la oscuridad de su condición. Tampoco existe ya una
libre invitación de Dios extendiendo gracia para la salvación por medio de
Jesucristo. Se abandona toda la esperanza. El alma desciende al infierno.
Aun así, la condición y el lugar de las almas malvadas de los incrédulos
después de la muerte física, y anteriormente a su resurrección, no es una
condición completamente nueva. Es, más bien, la manifestación completa y
el desarrollo pleno de la condición del alma que comenzó con el nacimiento
natural en una condición perdida y pecaminosa. La ira de Dios permanece
sobre ellos. Pero ahora llega a su expresión completa. Pero aun este estado
intermedio, en el cual solo el alma llega a un desarrollo completo en el
pecado y experimenta todas las consecuencias del pecado sin alivio, no es la
manifestación completa de la condenación de los malhechores. Esta debe
esperar hasta la resurrección del cuerpo. Entonces, y solo entonces, el
hombre reconstituido puede experimentar el tormento físico y espiritual que
Dios ha reservado para los que no son suyos. Así, paradójicamente, la
muerte física tiene el efecto de postergar no solo la perfección y el gozo
pleno de los justos, sino también la miseria y el sufrimiento pleno de los
malhechores.
“Aparte de estos dos lugares (es decir, cielo e infierno) para las almas
separadas del cuerpo, la Biblia no reconoce ningún otro”. La teología
Católica Romana enseña que la mayoría de los hombres al morir no van ni al
cielo ni al infierno, sino más bien a un lugar que llaman purgatorio. El
purgatorio, según la enseñanza Romana, es un lugar donde van aquellos
“quienes mueren en el estado de gracia pero son culpables de pecado venial,
o quienes no han satisfecho completamente el castigo temporal que merecen
a causa de sus pecados” para recibir el castigo y satisfacer los requisitos.
Esto no solamente está en contra de la enseñanza de la Escritura porque la
Escritura enseña la partida inmediata del alma al cielo o al infierno, sino que
también se opone a la enseñanza de la Escritura porque socava la suficiencia
de la obra de Jesucristo como satisfacción completa por todos los pecados
de su pueblo, “porque con un solo sacrificio ha hecho perfectos para siempre
a los que está santificando” (Heb 10:14).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Existe alguna diferencia entre la muerte física de los creyentes
y la de los incrédulos (es decir, en aspectos puramente físicos)?
2. ¿Qué causa la muerte? Pruébelo.
3. ¿Por qué, entonces, no son liberados los justos de la muerte
física ahora en vez de más tarde?
4. ¿Cuándo comienzan las almas de los hombres a experimentar
condiciones esencialmente diferentes?
5. ¿Cuándo comienzan las almas de los hombres a experimentar
estados completamente diferentes?
6. ¿De qué es el estado intermedio un mayor desarrollo?
7. ¿Cómo avanza en su condición el alma del creyente por medio
de la muerte física?
8. ¿Cómo avanza en su condición el alma del incrédulo por medio
de la muerte física?
9. Según Roma, ¿cuál es el propósito del purgatorio?
10. ¿Qué enseñanza bíblica contradice esto?

Ver las respuestas a estas preguntas


2. Los que aún vivan en el día final no morirán, sino que serán
transformados, y todos los muertos resucitarán con sus mismos
cuerpos, y no con otros, pero con diferentes cualidades, y estos
cuerpos serán unidos otra vez con sus almas para siempre.
3. Los cuerpos de los injustos, por el poder de Cristo, serán
resucitados para deshonra; los cuerpos de los justos, por el Espíritu
de Cristo, serán resucitados para honra; y serán hechos semejantes
a su propio cuerpo glorioso.

XXXII, 2-3. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que habrá una resurrección general en el último día,
(2) que los que viven hasta ese día serán transformados sin el proceso
normal (de largo plazo) de descomposición física,
(3) que será una resurrección del mismo cuerpo (idéntico en su esencia y
sustancia, pero distinto en sus cualidades) que murió,
(4) que este cuerpo nuevamente se unirá con el alma, donde permanecerá
para siempre, y
(5) que esta resurrección será diferente para los justos y para los
malvados.

El Catecismo Mayor de Westminster (Pregunta 84) dice que “siendo la


muerte la paga del pecado, está establecido que todos los hombres mueran
una sola vez, puesto que todos han pecado”. Pero la Confesión dice que “los
que aún vivan en el día final, no morirán, sino que serán transformados”.
Superficialmente, por lo menos, esto pareciera ser una contradicción. O uno
o el otro no puede ser una afirmación absoluta. Sin embargo, no objetamos
esta faceta de la Confesión de Fe de Westminster y del Catecismo Mayor,
sino que vemos en ella un deseo de ser controlada por la Escritura. No es
más difícil reconciliar estas dos afirmaciones que reconciliar varias
afirmaciones de la Escritura. La Escritura también afirma claramente la
universalidad de la muerte: “…la muerte pasó a toda la humanidad, porque
todos pecaron”, dice Pablo (Ro 5:12). “Los seres humanos mueren una sola
vez…” (Heb 9:27). Esta es la afirmación de lo que podemos observar como
el hecho universal de nuestra existencia. No existe ninguna clase ni raza de
hombre que se libra de este destino. Cada generación se ve enfrentada con el
mismo fin. Pero obviamente, habrá una generación que no dejará de existir
en este ámbito terrenal como todas las demás por la simple razón de que
Cristo regresará mientras aún viven. “Conforme a lo dicho por el Señor,
afirmamos que nosotros, los que aún estemos vivos y hayamos quedado hasta
la venida del Señor, de ninguna manera nos adelantaremos a los que hayan
muerto” (1Ts 4:15). Algunos vivirán aún cuando Cristo regrese. ¿Cómo
entonces podrían ellos participar en la muerte como los que se fueron antes?
En su caso, el cuerpo y el alma no serán separados, ni tampoco descansará el
cuerpo un período para descomponerse. Esta diferencia es evidente. Pero no
hay razón para imaginar, como lo han hecho muchos, que los que aun estén
vivos y permanezcan vayan a tener una ventaja sobre los demás. Pablo
rechaza esta misma noción en 1 Tesalonicenses 4:15. Dice que los que estén
vivos y permanezcan no se “adelantarán a” los que hayan estado dormidos.
Creemos que esto significa que no tendrán ninguna ventaja sobre ellos. Y
creemos que es así por las siguientes razones:
1. La segunda venida de Cristo será por lo menos una experiencia tan
temible como lo podría ser la muerte. “Esto sucederá cuando el Señor
Jesús se manifieste desde el cielo entre llamas de fuego, con sus
poderosos ángeles, para castigar a los que no conocen a Dios ni
obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesús” (2Ts 1:7,8).
2. El cambio que sucederá entonces en el creyente que esté vivo y
permanezca, no será una crisis menos asombrosa que la muerte misma
ni la resurrección de la muerte. Lo que se lleva a cabo por medio de la
muerte, el estado intermedio, y la resurrección en el día final (en el
caso de la mayoría de los creyentes), también se llevará a cabo de
modo repentino y drástico en el caso de los que aún viven y
permanecen hasta que él venga. Ninguno tendrá ninguna ventaja ya que
ambos pasarán por el mismo cambio.
3. Adicionalmente, aunque nos resistimos completamente a la noción de
que los creyentes no estén conscientes durante el estado intermedio
(como enseñan algunas sectas falsas), sin embargo, no estamos seguros
de que sean igualmente conscientes del tiempo como lo son en la tierra.
Es posible que, en la muerte, el creyente empiece a ser consciente del
tiempo de una forma que ya no esté circunscrita por nuestras barreras
actuales.
4. De cualquier modo, puesto que la muerte ya no tiene aguijón ni victoria
(1Co 15:55), y puesto que se nos asegura que es mucho mejor
ausentarnos del cuerpo y estar presentes con Cristo (2Co 5:8), entonces
no puede haber ninguna desventaja para los que duermen en Cristo. Por
lo tanto, hay un sentido correcto en el cual las dos declaraciones son
completamente veraces, en razón de que el cambio que experimentarán
los creyentes que aún estén vivos y permanezcan en el día final tiene el
mismo fin que el cambio que experimentarán otros creyentes en la
muerte, en el estado intermedio y en la resurrección en el día final. Pero
¿cuál será la naturaleza de la resurrección? Este es un gran misterio, y
no podemos hacer más que poner hincapié en ciertas enseñanzas de la
Escritura que nos protegen del error en este asunto:
(a) Habrá una resurrección física. Es decir, involucrará verdadera
materia terrenal. Habrá algún tipo de continuidad entre la
identidad del cuerpo que es sepultado para descomponerse y la
identidad del cuerpo que será levantado en el día final. “Y cuando
mi piel haya sido destruida, todavía veré a Dios con mis propios
ojos” (Job 19:26). Habrá una identidad tan tangible en nuestro
caso como la hubo en el caso de Jesús mismo. Era el mismo
cuerpo, aunque el cuerpo no era igual (en sus cualidades). Así
como existe una continuidad entre el feto en el vientre y el humano
adulto, así también habrá continuidad entre el cuerpo que muere y
el que vuelve a vivir,
(b) El cuerpo resucitado (por lo menos en el caso de los justos) será
radicalmente distinto a lo que era antes. Ya no estará sujeto a la
corrupción (1Co 15:42) y será glorioso (v. 43). Tendrá gran poder
(v. 43). Y será completa y perfectamente sujeto al mando del
Espíritu de Dios (v. 44). Su cambio será mucho más radical de lo
que nos podemos imaginar. Pero no será un “cuerpo nuevo” creado
de la nada como habitación para el alma. Será el “viejo cuerpo”
recreado en un “nuevo cuerpo”. No tendrá menos continuidad con
el viejo de lo que tiene el alma del creyente con el alma que tenía
antes de la regeneración. De la misma forma en que uno puede
tomar unos restos de metal y fundirlos para producir un objeto
nuevo, así también el cuerpo “se siembra en corrupción, resucita
en incorrupción”. Lo nuevo es formado de lo viejo. “Se siembra un
cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1Co 15:44). Si “el
cuerpo mortal no puede heredar el reino de Dios…” (v. 50), lo que
se necesita no es una destrucción total del viejo cuerpo sino más
bien un cambio radical en ello. Y eso es lo que ha de ser, en un
instante, en un abrir y cerrar de ojos “…los muertos resucitarán
con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados”
(v. 52).

La Escritura no nos dice mucho con respecto a la resurrección de los


incrédulos. Sabemos lo siguiente:
(a) que la resurrección de los creyentes será al mismo tiempo. “Viene la
hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y
saldrán de allí. Los que han hecho el bien resucitarán para tener vida,
pero los que han practicado el mal resucitarán para ser juzgados” (Jn
5:28,29).
(b) En su caso, será también una resurrección del mismo cuerpo que fue
sepultado. “Y del polvo de la tierra se levantarán […] algunos de
ellos para vivir por siempre, pero otros para quedar en la vergüenza
y en la confusión perpetuas” (Dn 12:2). Pero,
(c) mientras que pueden haber cambios radicales en el cuerpo de los
incrédulos, no serán como los que habrá en el cuerpo de los salvos.
Cualesquiera que sean los cambios que hayan, serán solo los que
sean apropiados para la vergüenza, el desprecio, el deshonor y el
sufrimiento eterno de dolor y pérdida. “Aquel cuyo nombre no estaba
escrito en el libro de la vida era arrojado al lago de fuego” (Ap
20:14-15).
PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO
1. ¿Cuáles son las dos declaraciones que parecen contradecirse
en las afirmaciones de Westminster con respecto a la muerte?
2. Dé citas bíblicas que apoyen cada una de estas declaraciones.
3. ¿Puede dar dos razones para demostrar que los que están
vivos y permanecen hasta el regreso de Cristo no tendrán
ninguna ventaja sobre los que murieron en Cristo anteriormente?
4. ¿A qué se refiere la Confesión cuando dice que la resurrección
será “con sus mismos cuerpos”?
5. ¿A qué se refiere la Confesión cuando habla de “diferentes
cualidades”?
6. ¿Cuándo serán levantados los incrédulos?
7. ¿En qué sentido serán iguales sus cuerpos?
8. ¿Cuál es la segunda muerte?

Ver las respuestas a estas preguntas


32
Del Juicio Final (XXXIII)

1. Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con


justicia por medio de Jesucristo, a quien todo poder y juicio es dado
por el Padre. En aquel día no solamente los ángeles apóstatas serán
juzgados, sino que de igual manera todas las personas que han
vivido sobre la tierra se presentarán ante el tribunal de Cristo para
dar cuenta de sus pensamientos, palabras y obras, y para recibir
conforme a lo que hayan hecho mientras estaban en el cuerpo, sea
bueno o malo.
2. El propósito por el cual Dios ha establecido este día es para la
manifestación de la gloria de su misericordia, en la eterna salvación
de los elegidos; y la de su justicia, en la condenación de los
reprobados que son malvados y desobedientes. En aquel entonces los
justos entrarán en la vida eterna y recibirán aquella plenitud de
gozo y refrigerio, que procede de la presencia del Señor; pero los
malvados que no conocen a Dios ni obedecen el Evangelio de
Jesucristo serán arrojados de la presencia de la gloria del Señor, y
de la gloria de su poder, al tormento eterno, y serán castigados con
perdición eterna.
3. Así como Cristo quiso que estuviésemos ciertamente persuadidos
de que habrá un día de juicio, tanto para disuadir de pecar a todo
ser humano como para el mayor consuelo de los piadosos en tiempos
de adversidad, del mismo modo ha querido mantener ese día
desconocido para que los seres humanos dejen toda seguridad
carnal y estén siempre vigilantes, porque no saben a qué hora
vendrá el Señor, y para que estén siempre listos para decir: Ven,
Señor Jesús, ven pronto. Amén.

XXXIII, 1-3. Estas secciones de la Confesión nos enseñan:


(1) que Dios ha determinado un día de juicio general,
(2) que Cristo será el juez,
(3) que todo ángel y hombre se presentará ante él,
(4) que serán juzgados por cada pensamiento, palabra y acto,
(5) que el propósito de Dios en fijar este día es la manifestación de su
justicia y gracia gloriosa,
(6) que los justos y los malvados entrarán, entonces, en su recompensa
eterna, y
(7) que el gran día no puede ser predicho ni conocido antes de que
llegue.

Como dice el Catecismo Mayor: “debemos creer que, en el día final,


habrá una resurrección general de los muertos, tanto de justos como de
injustos” y que “inmediatamente después de la resurrección seguirá el juicio
general y final de los ángeles y de los hombres” (Catecismo Mayor, P. 87,
88). Según enseñan los documentos de Westminster, habrá una resurrección
general de todo hombre y después, sin demora, un juicio general: “…porque
viene la hora en que todos los que están en los sepulcros […] saldrán de allí
[…] etc.” (Jn 5:28). Juan describe la escena: “Vi también a los muertos,
grandes y pequeños, de pie delante del trono. Se abrieron unos libros, y
luego otro, que es el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados según lo
que habían hecho, conforme a lo que estaba escrito en los libros. El mar
devolvió sus muertos; la muerte y el infierno devolvieron los suyos; y cada
uno fue juzgado según lo que había hecho” (Ap 20:12-13). Observe: Dos
tipos de libros fueron abiertos, y todos los presentes fueron juzgados por uno
o por otro tipo de libro, y todo hombre está incluido. Entonces tenemos que
callar ante el hecho de que él ha fijado un día en que juzgará al mundo con
justicia, por medio del Hombre que ha designado (Hch 17:31). Esta
enseñanza de la Escritura es tan clara que puede parecer innecesario tomar
tanto tiempo con ella. Sin embargo, hay una aceptación hoy en día de un tipo
de doctrina que es distinta a la enseñanza de la Escritura con respecto a la
resurrección general y el juicio general. Es la doctrina del Premilenarismo.
Para poder entender esta doctrina y también presentar las otras dos
posiciones clásicas, presentaremos aquí una breve discusión de las
posiciones milenaristas.
I. POSICIONES MILENARISTAS
La palabra “milenio” viene de las palabras en latín que significan “mil
años”. Ha llegado a tener un significado especial en el ámbito de la doctrina.
Hay algunos que asocian el regreso de Cristo con la idea de un período
alargado (es decir, un milenio) de prosperidad y bendición sin par en la
tierra durante el cual la Cristiandad básicamente reinará suprema:
1. Algunos creen que Cristo regresará antes que comience este período. Se
llaman pre-milenaristas.
2. Otros mantienen que un período de prosperidad y bendición sin par (es
decir, el milenio) vendrá antes del regreso de Cristo. Estos se llaman
pos-milenaristas.
3. Y hay algunos que no creen que la Biblia nos dé esperanzas de ningún
periodo extendido de triunfo de la Cristiandad antes del fin del mundo.
Tradicionalmente estos se han denominados a-milenaristas porque no
creen que haya un milenio. (Estas personas sí creen que existe una
interpretación correcta que se le puede dar a Apocalipsis 20:1-10, así
que no es correcto asociar el término “a-milenarista” con “incredulidad
hacia (por “de”) las Escrituras”). En los siguientes párrafos
intentaremos describir brevemente ciertos ejemplos característicos de
estas tres posiciones.
II. EL PREMILENARISMO

A. El Premilenarismo Clásico
Esta fue la posición, en tiempos antiguos, de Ireneo y de otros. El esquema
general es el siguiente:
1. La historia del mundo se extenderá 6000 años, mil años por cada uno
de los días de la creación (cp. 2P 3:8).
2. Hacia el final de este período (el sexto día, que comenzó con la primera
venida de Cristo) el sufrimiento y la persecución de los creyentes se
incrementará hasta su culminación en la aparición del Anticristo (cp.
1Ts 2:3-10, 1Jn 2:18).
3. En el punto más alto del poder del Anticristo, Cristo aparecerá en su
gloria celestial para triunfar sobre todos sus enemigos, resucitando a
sus santos y estableciendo su Reino, que durará mil años (el séptimo
día, el día del Descanso o el milenio). (Durante este período Jerusalén
será reconstruida, la tierra prosperará, y habrá paz universal).
4. Al final de esto, los malvados serán resucitados para el juicio final.
5. Fi