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SEMINARIOS DE CAMPOS APLICADOS EN PSICOLOGIA

Profesor a cargo: Lic. Claudio M. Edelstein

El psiquismo ante la prueba de las generaciones. Clínica del fantasma


S. Tisseron
Trauma transgeneracional

Introducción
El psicoanálisis ante la prueba de las generaciones
El individuo es un grupo interiorizado, cuya psique está sometida a la prueba de las
generaciones; abordaje de Nicolas Abraham que advierte la existencia del lazo social
como soporte del hecho psíquico individual. Rápidamente tomó carta de ciudadanía
dentro del psicoanálisis el término transmisión psíquica, expresión que pone los
intercambios entre las generaciones bajo un aspecto familiar, el de los valores, de las
creencias y de las competencias que garantizan la continuidad familiar, grupal y cultural.
Aplicada al campo psíquico, la palabra transmisión presenta el riesgo de hacer creer que
algunos contenidos mentales puedan “transmitirse” como decimos que se transmiten
bienes inmuebles o muebles.
Aún cuando la realidad psíquica de los padres modela la de los hijos, esta nunca es
modelada en forma pasiva. No existe jamás una transmisión ni una recepción pasiva de
un cuerpo extraño procedente de una generación anterior. Esta dinámica relacional se
cumple en lo cotidiano de la vida psíquica del bebé, luego del niño, y no sólo en el
momento edípico, en lo que sería una configuración particular de este “complejo”. Esta
dinámica hace intervenir a los objetos internos de los objetos de elección del sujeto. Estos
contribuyen así indirectamente a la constitución de los objetos internos del niño sin que
en ningún momento se trate de “transmisión” propiamente dicha. La mayoría de estas
operaciones psíquicas son inconscientes. Aquellas que no lo son en el momento de su
instalación en el niño, rápidamente pasan a serlo, por razones de comodidad tanto
subjetiva como relacional. Resultan del doble movimiento de las impresiones de los
padres sobre los hijos y de las expresiones de los hijos hacia los padres.
Sería prudente reservar la palabra transmisión únicamente para las situaciones que
implican objetos concretos claramente identificables. ¿Estos objetos son por eso siempre
utilizados como sus transmisiones lo pretendían? ¡De ningún modo! Pero a pesar de todo
el objeto mismo ha sido objeto de transmisión, incluso si las intenciones de quien lo ha
transmitido son traicionadas.
Preferiré la palabra “influencia”, que designa una acción voluntaria o no que una persona
ejerce sobre otra, que deja lugar a la interpretación del mensaje por parte del receptor y
a que el mismo estímulo no produzca el mismo resultado en distintos protagonistas: la
influencia supone una confrontación entre el estímulo y el sujeto y la existencia de un
contexto de comunicación. Son recíprocas.

I. Influencias intergeneracionales y transgeneracionales


Los complejos vínculos que ligan a cada uno con las generaciones que precedieron
influyen en sus relaciones con sus parientes colaterales y próximos. Se ejercen según
mecanismos conscientes, pero también en gran parte inconscientes, y en sus aspectos
tanto positivos como negativos. Si las herencias psíquicas garantizan la conservación de
las adquisiciones y del potencial espiritual de la humanidad, también transmiten a los
hijos la carga de superar las cuestiones que quedaron en suspenso en el inconsciente
de sus padres y ancestros.
Freud escribió que todo individuo esta dividido entre dos necesidades, “ser para sí mismo
su propio fin” y “ser el eslabón de una cadena a la que está sujeto sin la participación de
su voluntad”. Veía la continuidad transgeneracional esencialmente en la constitución del
superyó y del ideal del yo. El primero no se constituye sobre el modelo de su padre, sino
sobre el modelo del superyó de este. Los padres consideran a sus hijos herederos de
sus deseos irrealizados a la vez que de sus propias inhibiciones y prohibiciones.
Existe una clara distinción entre las influencias intergeneracionales y las influencias
transgeneracionales. Las primeras son las que se producen entre generaciones
adyacentes en situación de relación directa. Las segundas se producen a través de la
sucesión de las generaciones: los contenidos psíquicos de los hijos pueden estar
marcados por el funcionamiento psíquico de los abuelos o de ancestros que no han
conocido, pero cuya vida psíquica ha marcado a sus padres.
II. Las lagunas de la introyección
El concepto de introyección, se relaciona con la noción freudiana de elaboración
psíquica. La imposibilidad para un individuo de liquidar los efectos de un traumatismo
estaría en el origen de su psicopatología. Desde su punto de vista, la vida se considera
una sucesión de momentos felices o desgraciados, mínimos o importantes, pero cada
uno de ellos requiere una participación activa y consciente. En esta sucesión, la infancia
y la pubertad son momentos particularmente importantes, pero no los únicos. Existen
muchas otras situaciones que necesitan reelaboraciones psíquicas importantes. La vida
psíquica es un trabajo de auto- elaboración siempre renovado. Cuando se realiza de
manera satisfactoria, se denomina introyección.
Cuando la introyección no es posible, de ello resulta un sufrimiento psíquico. Podemos
decir que este sufrimiento corresponde a un “traumatismo” en el sentido de que el
funcionamiento psíquico no consiguió elaborar un acontecimiento y apropiárselo.
Abraham y Torok llaman “inclusión” al mecanismo psíquico puesto en juego cuando la
introyección es imposible, cuya conmoción se manifiesta en “fantasías de incorporación”.
La sede de esta es el yo.
Cuando el acontecimiento es definitivamente condenado al secreto, el mecanismo
dinámico en juego es designado como “represión conservadora”, palabra de designa a
la vez la conservación del acontecimiento ( la represión conservadora actúa de una vez
para siempre, a diferencia de la represión dinámica, que se define en términos de
conflictos permanentes) y la secreta esperanza de otorgarle un nuevo desenlace acorde
a los deseos del sujeto. En un nivel tópico y ya no dinámico, de esto resulta una
configuración psíquica, denominada “cripta” en la cual el símbolo psíquico es partido en
dos fragmentos. La conmoción de una cripta se manifiesta así mismo en fantasías de
incorporación. Finalmente, el funcionamiento psíquico de un niño en contacto con un
padre portador de cripta se ve afectado de una forma designada con el nombre “trabajo
del fantasma en el seno del inconsciente” o “forclusión parcial y localizada”. El fantasma
resulta, de los efectos sobre el inconsciente de un sujeto de la cripta de otro, es decir, de
su secreto inconfesable. Este sujeto se ve llevado entonces a simbolizar en relación con
otro, presente en él en forma de un objeto psíquico interno, a expensas de su propia
vida pulsional.
Nunca se trata de la gravedad objetiva del traumatismo sino de la imposibilidad para el
sujeto de elaborarlo. La realización de un duelo en una familia es tanto más difícil en la
medida en que no se ha hecho un duelo en la generación anterior. En estas influencias,
Vergüenza juega un papel importante. Una vergüenza familiar totalmente encubierta por
el silencio podrá expresarse más tarde por enfermedades psíquicas o físicas en los
descendientes.
III. Filiación De los traumatismos no superados
Cuando después de un traumatismo no se hace el trabajo de elaboración psíquica,
resulta en consecuencia un clivaje que va a constituir para las generaciones Ulteriores
una verdadera prehistoria de su historia personal. el acontecimiento En cuestión puede
denominarse indecible en la medida en que está presente psíquicamente en aquel o
aquellos que lo han vivido, pero de tal manera que éste no puede hablar de ello, lo más
a menudo a causa de una vergüenza. Este sujeto es portador de una cripta en el sentido
dado más arriba.
El hijo debe tratar no ya con una experiencia traumática personal, sino con el clivaje del
o de los padres de los que depende psíquicamente. Este niño instala un clivaje que afecta
no solamente a una parte de su psiquismo, sino a su conjunto. Es portador de un
fantasma en el sentido dado más arriba. Ya no son “indecibles” para esta generación, los
acontecimientos se han convertido en “innombrables” es decir que no pueden ser objeto
de ninguna representación verbal. Sus contenidos son ignorados y su existencia es solo
presentida e interrogada.
En la generación siguiente, se han vuelto no solo “innombrables”, sino verdaderamente
“impensables”. Aquí se ignora la existencia de un secreto que pesa sobre un traumatismo
no superado. El niño, luego el adulto que llega a ser, puede percibir en sí mismo
sensaciones, emociones, imágenes o potencialidades de acciones que le parecen
bizarras y que no se explican por su propia vida psíquica o por su vida familiar. Un hijo
capturado en una configuración de transmisión como ésta puede desarrollar síntomas
aparentemente desprovistos de todo sentido, Tanto en el campo de los aprendizajes
como en el de los trastornos mentales.
Algunos traumatismos son desprovistos de valor adaptativo, e incluso a veces en total
ruptura con las pertenencias sociales de la familia y la tradición que está invoca. Estas
actitudes tienen únicamente el valor de un signo de pertenencia familiar cuyos orígenes
se han perdido. Otras veces coma la existencia de secretos desconocidos entre los
ascendientes, pero cuyos efectos no se han extinguido, provoca la creación de “secretos
de polichinela”

IV. El Símbolo psicoanalítico y las formas de la simbolización


Las influencias entre generaciones no se operan entorno de contenidos psíquicos que
estarían presentes en hueco sino entorno de símbolos rotos cuyos fragmentos están
estallados.
Todo símbolo incluye:
• La percepción de imágenes que están ligadas
• Afectos tanto positivos como negativos
• Participación motora, potencialidades de acción
• Lenguaje verbal
Estas 4 series de particularidades constituyen un conjunto indisociable, donde cada una
participa en la apropiación psíquica de su historia por parte del ser humano .
En caso de fracaso de la introyección coma la inclusión psíquica resultante se puede
manifestar de acuerdo con varias modalidades:
• Representación mental que puede ser faltante, o excesiva, o incongruente
• La Modalidad del afecto, que puede ser faltante, o excesivo, o incongruente.
• La modalidad del comportamiento.
Sobre todo, cuando existe un fantasma en primera generación, no hay representación
verbal del acontecimiento, pero las representaciones sensorio- afectivo- motrices juegan
un papel esencial, por ejemplo en forma de modos de comportamiento.
Así, el responsable en primer lugar del carácter particular de los objetos psíquicos que
resultan para un niño de la experiencia de objetos psíquicos parcialmente simbolizados
en los ascendientes no es el clivaje- Ni por supuesto la represión-. Estos objetos
psíquicos del niño se caracterizan en primer lugar por el hecho de constituirse, en la
experiencia de comunicación con el progenitor, a través de ciertas modalidades de la
simbolización, por ejemplo, mimogestual o vocal y no ser confirmados o hasta ser
desmentidos según los otros registros de la simbolización. Esta consideración de las
diversas modalidades de la simbolización permite comprender que un acontecimiento
mantenido secreto en una generación Puede hacer a la vez ocultado y exhibido.
sí existen demasiadas discordancias entre los diversos canales de comunicación a partir
de los cuales se cumplen los diversos componentes de la simbolización, de ellos puede
resultar para el niño graves errores de interpretación.
Estas discordancias los llevan a su vez a la creación de objetos psíquicos parcialmente
simboliza dos, es decir, simbolizados en una modalidad y no en otras. la personalidad
del niño es entonces compelida al clivaje para tener en cuenta esas perturbaciones en la
Constitución de sus propios objetos psíquicos. y estos clivajes y las renegaciones que
los acompañan están en la base de los desórdenes que minan las posibilidades de
pensar, de comunicar y de aprender del niño.
V. Los momentos de las transmisiones

1. Las primeras influencias del entorno sobre la vida psíquica comienzan desde el
estado fetal. los ruidos y las formas vocales percibidos por el feto así como los
movimientos del cuerpo materno marca al niño por nacer de un modo que escapa
totalmente a su control consciente, para determinar gustos y aptitudes que serán
remodelados, después del nacimiento, en función del entorno y de los
aprendizajes.
2. Un segundo momento corresponde a las relaciones precoces del niño con su
primer entorno. Todo niño se ve siempre confrontado con un mundo de
significaciones que desborda sus capacidades de dominio y de comprensión.
Laplanche propuso calificar como significantes enigmáticos estos mensajes que
asaltan al niño por doquier. Enigmáticos no sólo porque el niño no posee su código
y deberá adquirirlo, sino porque el mundo adulto está completamente infiltrado de
significaciones inconscientes y sexuales cuyo código el adulto mismo no posee.
Mediante la forma como una madre sostiene a su hijo, cómo lo lleva, cómo lo
acuna, lo alimenta, se comunican modelos de la personalidad ulterior del niño,
pero además un incognoscible susceptible de alimentar una búsqueda
ininterrumpida de sentido.
Las primeras manifestaciones del bebé, por ejemplo la sonrisa, están inscriptas
en lo biológico. pero desde que son percibida, son interpretadas, transformándose
así en señal para el que las percibe y por contrapartida, para el bebé mismo. Así,
el nacimiento del sentido se opera para cada uno en la entremezcla de lo biológico
y de lo histórico, que es en primer lugar lo histórico de las personas más cercanas
al niño. la historia materna y su prehistoria transgeneracional, reactivadas en los
primeros intercambios con su bebé, constituyen para este las primeras referencias
de su mundo interno. Implican la fabricación de hábitos y de modelos de
comportamiento cuyas consecuencias no se parecen de una generación a otra.
3. Un tercer momento importante de la vida psíquica se organiza en torno de las
identificaciones del niño con cada uno de sus dos padres, o con otros miembros
de su entorno familiar, en el momento de su entrada en el lenguaje. estas
identificaciones Edpicas son particularmente intensas entre el tercero y el quinto
año. Corresponden a la introyección por parte del niño de los dominios de
investidura psíquica privilegiados de sus padres. el niño puede así identificarse
con los deseos conscientes e inconscientes de cada uno de sus dos padres
respecto de él, pero también con sus objetos de deseo conscientes o
inconscientes. Un mecanismo tal favorece la rápida repetición de una generación
en otra de elecciones amorosas, profesionales o de pasatiempos, pero también
de rasgos de carácter o de personalidad. Este nivel de las influencias entre
generaciones es el que con más frecuencia se considera al hablar de las
transmisiones familiares, sin duda porque evoca en cada uno recuerdos
conscientes y fácilmente accesibles de su propia infancia. Se organiza en torno
de deseos y de carencias por colmar de los padres.
4. En toda familia, los momentos del nacimiento y de la muerte son también
momentos privilegiados, por los trastornos sociales y psíquicos que los
acompañan.
5. Todas las experiencias nuevas, ya sean propias de una persona, de una familia,
de un pueblo, de una nación o de una cultura obligan a los sujetos o a los grupos
interesados a un nuevo trabajo de introyección. En caso de que esto ocurra, estas
experiencias no se integran en forma armoniosa a la vida psíquica y pueden
imponer a los descendientes, a veces por varias generaciones, la necesidad de
simbolizar aquello que lo fue sólo imperfectamente en los ascendientes.
6. Por último, las transferencias de objetos materiales y sobre todo de imágenes de
una generación a otra pueden ser portadoras de cada una de estas formas de
simbolización parcial que hemos considerado. Pueden admitir simbolizaciones
mediatizadas por el lenguaje pero también ser invocadas como indicadores o
iconos de elementos psíquicos no verbalizados. Las emociones, los gestos
habituales o rituales o las fórmulas estereotipadas ligadas a estos objetos pueden
ser la única inscripción de acontecimientos familiares que no recibieron otras
inscripciones. estos acontecimientos pueden ser del orden de un indecible ligado
a un secreto vergonzoso compartido por algunos miembros de la familia; del orden
de un innombrable ligado a un secreto de las generaciones precedentes pero cuyo
contenido es ignorado por los descendientes; o del orden de un impensable ligado
a un secreto cuya existencia los descendientes ignoran, pero del que
experimentan efectos de bizarría.
El Delirio en herencia
El discurso delirante del padre marca con su sello el conjunto de las escenas
fantasmática del niño, sobre todo acerca de sus orígenes
El telescopaje de la generaciones
al Amar en forma narcisista a su hijo, estos padres tienden a desposeerlo de aquello
que les provoca placer; e inversamente, cuando el hijo toma distancia de las
expectativas y los deseos de los padres, estos lo odian. Pero, como lo que ellos odian
en el hijo es en ese caso lo que odian en sí mismos, su odio tiende a anular la
separación que el hijo establecía entre ellos y el punto la identidad del hijo se
encuentra entonces determinada por lo que es rechazado odiado por los padres en
su propia historia. La identidad del hijo, que es así colocada bajo el signo de la
negación, es denominada identidad negativa .
El objeto transgeneracional
Se define a este objeto como un ancestro un abuelo antepasado u otro pariente, de
las generaciones anteriores, que suscita fantasías y provoque identificaciones en uno
o varios miembros de la familia. Entre estos objetos distingue 3 categorías: los objetos
benévolos, pero cuyo peso sobre el psiquismo de los padres necesita una elaboración
particular; los objetos idealizados magnificados, que sostienen sentimientos y
conductas de deuda; por último, los objetos portadores de secretos vergonzosos que
crean blancos y vacíos en la historia familiar. En todos estos casos, la referencia a la
filiación de origen es vivida como algo demasiado difícil de sostener: ya sea que el
individuo se empeñe en ello a expensas de su propia vida, ya sea que cultive un
sentimiento de auto- engendramiento que amenace hacerlo caer en la psicosis.
Los pactos denegativos
Un pacto denegativo es una alianza nunca formulada, organizadora del vínculo y a la vez
defensiva. Un pacto tal sostiene el vínculo por el acuerdo inconsciente convenido entre
esos sujetos sobre la represión, la renegación o el rechazo de emociones insostenibles
motivadas por el vínculo. En la pareja, este pacto corresponde a mociones pulsionales
propias de cada uno de los cónyuges, pero además puede corresponder a los problemas
psíquicos y resueltos de cada filiación. En la atracción entre dos seres del uno hacia el
otro, cada uno busca en el otro un eco de su propio impensado personal y familiar.
Función continente y función elaborativa de la familia
Por su parte René Kaes ha propuesto entender los objetos psíquicos inconscientes
familiares según su carácter transformable o no transformable. Los objetos
transformables forman la base de la materia psíquica que las familias transmiten a sus
descendientes de generación en generación. Por el contrario, los objetos no
transformables permanecen enquistados, incorporados, inertes, y atacan el aparato
psíquico de los miembros de la familia o del grupo.
La adhesión psíquica de los diferentes miembros unos a otros es muy importante. Las
separaciones inherentes a los grandes acontecimientos de la vida, tales como el acceso
a la pubertad o el encuentro de una pareja y la salida de la familia, resultan
considerablemente complicadas, y hasta se vuelven imposibles.

Las imágenes psíquicas entre las generaciones


Serge Tisseron

Los traumatismos no superados pueden alimentar prácticas creadoras de imágenes


materiales en cada generación. Las imágenes materiales creadas por un sujeto son el
testimonio de su propia vida psíquica, pero en un vínculo de estrecha dependencia con
lo que, de niño, él ha percibido de la vida psíquica –y sobre todo de la actividad
imaginativa- de su padre sufriente por un traumatismo no elaborado. Cada generación
crea sus propias imágenes en el campo de las representaciones materiales y hace otro
tanto en el de las representaciones psíquicas. Las imágenes organizadas por cada uno
son el testimonio de su propia vida psíquica, aún cuando su marco testimonie procesos
que atraviesan las generaciones; por ejemplo, a través de la constitución de instancias
que supriman las representaciones ligadas a ciertos aspectos de la vida libidinal.
Existen circunstancias en las cuales la actividad imaginativa de un niño resulta
movilizada en estrecha sujeción a la vida psíquica de su entorno cercano. Es cuando
percibe la existencia de un secreto o de un sufrimiento en uno u otro de sus padres, o
incluso en ambos. Esta situación incita en él una necesidad representativa. Así, no es
una “imagen” lo que se comunica de una generación a otra, sino una aspiración cognitiva
preimagenizante. Esta aspiración cognitiva que precede a la imagen psíquica se apoya
en indicios dados por las diversas formas de comunicación parentales, sensorio afectivo
motriz, vocal y verbal.
Las imágenes aparecen alimentadas por tres fuentes:
1. Pueden intervenir en la vida libidinal de un sujeto según las modalidades clásicas
del psicoanálisis.
2. Pueden constituir en un sujeto el indicador y la huella de experiencias dolorosas
no introyectadas vividas por los padres o ascendentes.
3. Pueden constituir el indicador y la huella de secretos familiares, que en su origen
no son forzosamente dolorosos, pero que han llegado a serlo para las
generaciones que se vieron confrontadas con ellos sin poder compartirlos.
Las imágenes del sueño
Sueño: persecución de leones, se traga sus propios dientes: asfixia
Experiencia: la madre amordaza y ata a la cama a la abuela

Los mecanismos de transmisiones


Las imágenes, tanto materiales como psíquicas, ocupan un importante lugar en las
influencias de la vida psíquica de una generación sobre la otra. Estas imágenes pueden
funcionar como inidicios, como iconos o como símbolos.
Indicios: son las huellas sensibles de un fenómeno (humo de un fuego) operan por
contigüidad.
Iconos: operan por semejanza, sin formar parte del fenómeno. Operan por similitud (
señales de tránsito).
Símbolos: operan por contigüidad instituida, aprendida con los objetos, son arbitrarios
(signos químicos, lingüísticos).

Las imágenes psíquicas, en las influencias inter y transgeneracionales, funcionan más


bien como indicios, no remiten en forma precisa a una significación explicita, ni de orden
analógico, ni de orden cultural, sino que apelan al sentido. Existen cuatro tipos diferentes
de modalidades de influencias susceptibles de movilizar o mantener imágenes en
cualquier familia:
1. Las influencias de modalidad sensorio- afectivo- motriz corresponden a los
comportamientos, las emociones y las experiencias.
2. Las influencias por el lenguaje en su aspecto vocal, con sus componentes y
asociaciones fonéticas. Intervienen en el funcionamiento familiar cotidiano
(chistes, leyendas, cuentos)
3. Las influencias por el lenguaje verbal en el aspecto de las significaciones
organizadas por palabras.
4. Las imágenes materiales o los objetos susceptibles de provocar o de mantener
imágenes psíquicas. Las imágenes materiales pueden ser objeto de exposición
familiar, de veneración o verdadera devoción. Se transmiten por legado o
herencia. Ejercen además su influencia por amenazas o promesas a las que están
asociadas.
Son los canales por los que transitan de una generación a otra, las influencias que
contribuyen a la puesta en forma de los objetos psíquicos propios de cada generación.
Los vínculos familiares se experimentan en la modalidad de la comunidad, del contacto,
de la comunicación afectiva y de la simbiosis psíquica mucho más que a través de las
modalidades de la simbolización verbal. Estos modos de comunicación son el zócalo
sobre el cual se establecen las influencias y sobre el cual se construye la socialización
ulterior. Cada uno tiene un papel privilegiado en la constitución de las imágenes
psíquicas.

Las influencias en la modalidad sensorio- afectivo- motriz


A partir de la forma que una madre tiene de sostener a su bebé, de llevarlo, de acunarlo
y de alimentarlo, se comunican modelos de la personalidad ulterior del niño. Estas
particularidades emocionales constituyen la base de un gran número de
comportamientos posteriores. Particularidades genéticas más particularidades
somáticas y también de la vida psíquica materna. La simbiosis psíquica entre la madre y
el bebé, constituye un encuadre que participa de la instalación de las primeras
representaciones que el niño forma del mundo y, por lo tanto, de sus primeros modelos
de pensamiento. Es anterior a la percepción que el niño tendrá de si mismo y de su
madre. Modo de pensar primitivo en el cual las experiencias corporales y sonsoriales
están en primer plano. Adaptación mutua y recíproca del niño y su madre, pero no
simétrica. La madre “adapta” su comportamiento en función de sus propias
representaciones psíquicas y el bebé interioriza los datos del entorno y el lugar que él
ocupa para constituirse un primer “encuadre” de pensamiento. Lo que se denomina
introyección progresiva.
Ejemplo: madre ansiosa retira tetina “te vas a ahogar”. Bebé aprende a mamar
ávidamente antes de que la mamadera desaparezca. Esto a su vez angustia a la madre.
El bebé desarrolla la posibilidad de un rápido despegue del objeto real en favor de objetos
sustitutivos. Así desarrolla capacidades de rápida fusión- defusión con el objeto al mismo
tiempo que una intensa nostalgia de continuidad fusional con él. Encuadre: sólo se tiene
lo que se puede atrapar lo más rápido posible.
Las primeras escenas condicionan las expectativas y actitudes relacionales. Es más
importante el comportamiento que la imagen.
Las influencias por el lenguaje vocal
Los componentes vocales del lenguaje funcionan como indicadores de las expectativas
y de los estados emotivos del adulto, (suspiros, gritos, vocalizaciones) y funcionan más
allá del sentido. Los fragmentos de objetos constituidos en las primeras representaciones
están inmediatamente ligados a las sonoridades de las palabras que son empleadas por
los padres en los momentos de estas experiencias. Todo mensaje verbal sigue estando
siempre envuelto en indicios que reavivan huellas de las primeras comunicaciones,
participan del sentimiento de familiaridad con el mundo.
Las influencias por el lenguaje verbal.
Las fantasías y los deseos inconscientes de los padres habitan su propio lenguaje
(ejemplo madre Juanito “saca tu dedo ahí”). Los fragmentos de lenguaje remiten, no a la
vida pulsional del progenitor, sino a una conmemoración de acontecimientos familiares
importantes que no dejaron huella explícita en la familia y que solo están presentes de
otra forma. Expresiones, palabras o fragmentos de palabras que vuelven con frecuencia
en el discurso familiar. Estos fragmentos están aparentemente desprovistos de todo
sentido, pero orientan las capacidades imaginativas del niño y a veces las estimulan.
El secreto a través de las generaciones
La existencia de un sentido inaccesible para el niño, determina distorsiones entre las
diferentes modalidades de comunicación. Sus perturbaciones obstaculizan las
capacidades de sentir, de pensar y de imaginar del niño. Lo que está vedado o es
imposible de decir, no está vedado tratar de representárselo. Las influencias entre
generaciones en términos de traumatismo (individuales o colectivos) no superado
permite dar cuenta del carácter “obsesivo”, “insostenible” o “impensable” de ciertas
imágenes psíquicas.
El éxito de la introyección consiste en que las cuatro series de componentes de la
experiencia (1. El dominio de las representaciones y de las imágenes que se ligan a los
recuerdos; 2. El dominio de los afectos; 3. El dominio de las potencialidades de acción;
4. Las participaciones corporales.) queden reunidas en la elaboración que el sujeto hace
de ella. El trabajo elaborativo de la introyección es en gran parte inconsciente. Está
organizado por la lógica de una tentativa de integración permanente de los elementos
dispersos de las experiencias nuevas en un haz único. Esta elaboración liga el conjunto
de los elementos de la experiencia nueva a los elementos de la personalidad anterior del
sujeto y a las huellas dejadas en él por las experiencias anteriores, y los vuelve
accesibles a modificaciones que pueden sobrevenir a consecuencia de experiencias
posteriores. En ciertos casos el trabajo de introyección resulta imposible por dos motivos:
Porque algunas experiencias producen conflictos intrapsíquicos entre los deseos
pulsionales y las prohibiciones del superyó, pero otras experiencias no son
introyectables, porque el deseo de saber entra en conflicto con las prohibiciones que el
entorno opone a su comprensión. Tal es el caso de los secretos familiares, cuando se
impone a un niño la prohibición de comprender y de saber en relación a un terreno
preciso de la vida familiar. En tales casos, se produce un estallido de los diversos
componentes de la experiencia: cada uno evoluciona por su propia cuenta y puede ser
total o parcialmente clivado. Así las representaciones, las imágenes y los recuerdos
podrán ser movilizados en una forma en que ya no conserven relación con las diferentes
participaciones iniciales de la experiencia. Esto es lo que ocurre por ejemplo, ante una
situación dramática que quién la ha vivido la evoca como algo que no lo había afectado.
El contenido afectivo de la experiencia está separado de su recuerdo. Otras veces, se
encuentra clivado el elemento motor y vuelve de manera aislada mediante fallidos, o el
sujeto puede sufrir imágenes terroríficas en relación con el traumatismo (pesadillas), que
traducen el fracaso de sus mecanismos de defensa.
Las manifestaciones de comportamiento, mimogestuales y afectivas clivadas del
acontecimiento indecible van a constituir otros inductores de imágenes para sus
allegados. El niño se ve confrontado con la necesidad de simbolizar las emociones y
comportamiento de su progenitor mediante las imágenes, su primer modo de pensar.
Este trata de ligar la angustia que siente con imágenes que percibe. Así es probable la
conformación de diferentes fobias.
Las imágenes formadas por el niño en ligazón con el secreto de un progenitor tienen un
doble origen: 1. Imágenes de los objetos o situaciones que el niño percibió como
susceptible de movilizar la angustia del progenitor de modo repetitivo o intenso. 2.
Imágenes que el niño construyó a partir de palabras o fragmentos que sintió fuertemente
investidas y de los cuales no obtuvo explicación. En ese camino muestran también la
vida pulsional del niño, simbolización desviada por su preocupación de simbolizar lo
imperfectamente simbolizado por el padre.
Por último, así como para la segunda generación de un acontecimiento indecible estaba
marcada por el clivaje del padre, la tercera generación lo está por el clivaje que ha
instalado la segunda generación. Para la tercera generación, los acontecimientos no son
sólo innombrables, sino verdaderamente impensables, dado que se ignora la existencia
de un traumatismo no superado. Por ello, las imágenes que produce en relación al
traumatismo no elaborado que afectó a sus abuelos, no puede más que parecerle
extrañas y ajenas.
Las imágenes entre las generaciones
En el curso de la evolución psíquica, las imágenes mentales pasan de forma concretas
y estáticas, poco integradas en la personalidad, a formas mejor integradas en el yo y
susceptibles de modificaciones. En primer lugar están las imágenes más arcaicas,
enraizadas en el niño en su evolución sensorial y motriz, ligadas a formas precoces del
deseo. Esas imágenes, cuando subsisten sin cambios en el adulto, es decir, no
elaboradas por los procesos psíquicos que se desarrollan después, surgen bajo la forma
de irrupciones violentas que se imponen al sujeto. Estas imágenes corresponden a
períodos tan precoces de la vida y han recibido tan pocas modificaciones, que el sujeto
no puede sino vivirlas como acontecimientos mentales extraños a su propia
personalidad.
Existirán distorsiones en las comunicaciones parentales incomprensibles para el hijo, que
son percibidas por el niño en su modalidad sensorio- afectivo- motriz, luego puestas en
imágenes por él en su tentativa de dominarlas y de pensarlas.
Los puntos de apoyo de las imágenes en las transmisiones de la vida psíquica
¿Por qué los traumatismos no elaborados en una generación producen unas veces una
actividad fantaseadora particular en la generación siguiente y otras veces emociones o
comportamientos desprovistos de imágenes? Antes que nada, transmisión de las
imágenes entre las generaciones es una expresión inadecuada, ninguna imagen se
transmite tal cual de una generación a otra. Por otra parte, dicha transmisión necesita
por un lado un punto de apoyo sensorio- afectivo- motriz, ligado a las situaciones
emocional y afectivamente vividas por el niño. Por otra parte, la evocación enigmática
(por parte del mismo progenitor o del otro, fijación + inducción de imágenes). Dos
escenas que el niño es inducido a imaginar desde su propia experiencia. El carácter
enigmático y lacunar del relato parental es importante en la medida en que contribuye a
construir la actividad imagenizante en un deber para el niño. Este tiene la impresión de
que debe imponérsele a si mismo a fin de ahorrar al padre la confidencia de
acontecimientos demasiado dolorosos como para que su relato sea posible. De esta
forma le permite “ver” las imágenes terribles que habitan en el psiquismo del padre, sin
la necesidad de ponerlas en palabras. Tal forma de actividad psíquica imagenizante es
tanto más fácilmente solicitada en el niño cuanto que ella le hace restablecer los lazos
con sus ensoñaciones infantiles de omnipotencia.
Es evidente que una intensa actividad fantaseadora corresponde a un alto grado de
excitación interna, mientras que, a la inversa, una infancia pobre en excitaciones se
prolonga en una conciencia pobre en imágenes. La imagen es el primer recurso para
tratar de dominar la excitación. La vida libidinal de un niño, se encuentra estrechamente
ligada a la investidura por parte del progenitor de su propia vida libidinal, en su relación
con el niño.
La imagen de la cosa experimentada y la imagen de la palabra escuchada: la
imagen entre “existente- inexistente” e “inexistente- existente”
Freud ha oscilado siempre entre dos concepciones del símbolo. En primer lugar, en el
momento de “La interpretación de los sueños”(1900) considera que la imagen psíquica
es “simbólica” en la medida en que tiene dos significaciones, una manifiesta y otra
latente. La primera enmascara más o menos a la segunda e indica al mismo tiempo su
existencia. La segunda corresponde a las imágenes construidas a partir de palabras o
expresiones verbales usuales. Estos dos modos de producción de la imagen psíquica
corresponden a dos tipos de experiencias distintas: las imágenes “simbólicas” en el
sentido que Freud da a esta palabra en un primer momento corresponde a la puesta en
representación de experiencias psíquicas personales. Mientras que las imágenes
producidas a partir de palabras o fragmentos de palabras pueden corresponder al
resultado de conflictos entre deseos y prohibiciones, pero también a tentativas de
simbolización emprendidas a partir de palabras mantenidas secretas. La imagen, si bien
interviene en relación con la vida libidinal propia, muy a menudo está también organizada
a partir de influencias ejercidas sobre cada uno por sus allegados, sea que estos hayan
vivido acontecimientos traumatizantes cuya simbolización resultó perturbada, sea que
oculten secretos.
Según Paul Klee, la imagen es un “existente- inexistente- existente”, esta fórmula
condensa de manera particularmente intensa las apuestas de la imagen entre las
generaciones. La imagen, si bien interviene en relación con la vida libidinal propia, muy
a menudo está también organizada a partir de influencias ejercidas sobre cada uno por
sus allegados, sea que estos hayan vivido acontecimientos traumatizantes cuya
simbolización resultó perturbada, sea que oculten secretos. La imagen de un
acontecimiento traumático no superado es, para quien lo ha vivido, una realidad psíquica
de la que nunca llega a desprenderse totalmente. Esta situación se traduce en una
insistencia, en su propi producción psíquica, de las imágenes que se relacionan más o
menos directamente con ello. Los “existente” de imágenes traumáticas, se convierte en
un “inexistente” en simbolizaciones verbales. Las manifestaciones sensorio- motrices y
emocionales del clivaje en el progenitor, percibidas por el niño, imponen a este un
“existente” de imágenes. El “existente” de las imágenes, condenadas al inexistente de la
simbolización verbal en una generación, retorna bajo la fórmula de un “existente” de las
imágenes intrusivas en la generación siguiente.

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