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Comunidad del Camino P.

César Corres 1

Ejercicio de Oración V: Método de la atención contemplativa de la tradición


de San Bruno.

La contemplación de la piedra.

1. Saludos. Bienvenida.

Hermano Mayor: Acordémonos que estamos en la


santa presencia de Dios.

Todos: Adorémosle.

(Breve pausa para adorar al Señor en silencio)

Hermano Mayor: Continuaré, oh, Dios mío

Todos: Haciendo todas mis acciones por tu amor.

Hermano Mayor: Viva Jesús en nuestros corazones

Todos: ¡Por siempre!

2. Proclamación de la Palabra: Sal 31

[1] [2] A ti me acojo, Señor: del enemigo, colocaste mis


no quede yo nunca pies en terreno espacioso. [10]
defraudado; por tu justicia Piedad, Señor, que estoy en
ponme a salvo. [3] Préstame aprieto: se consumen de pena
oído, ven aprisa a librarme, sé mis ojos, mi garganta y mi
mi roca de refugio, mi alcázar vientre; [11] mi vida se gasta
salvador; [4] que mi peña y en la congoja, mis años se van
alcázar eres tú: Por tu Nombre en gemidos, por mi culpa
dirígeme y guíame; [5] decae mi vigor y se consumen
sácame de la red que me han mis huesos. [12] Soy la burla
escondido, que tú eres mi de todos mis rivales, mis
amparo. [6] En tu mano vecinos me hacen gestos, soy
encomendaba mi vida: y me el espanto de mis conocidos:
libraste, Señor, Dios fiel. [7] me ven por la calle y escapan
Odias a quienes veneran de mí. [13] Me han olvidado
ídolos vanos, yo en cambio como a un muerto, me he
confío en el Señor. [8] vuelto un cacharro inútil. [14]
Festejaré, celebraré tu lealtad, Oigo a muchos motejarme:
pues te fijaste en mi aflicción, Pájaro de mal agüero;
velaste por mi vida en peligro. mientras se conjuran contra mí
[9] No me entregaste en poder y traman quitarme la vida.
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[15] Pero yo confío en ti, escondite personal los


Señor, digo: Tú eres mi Dios. escondes de las conjuras
[16] En tu mano están mis humanas, de lenguas
azares: líbrame de los pendencieras los ocultas en tu
enemigos que me persiguen. tienda. [22] Bendito el Señor,
[17] Muestra a tu siervo tu que hizo por mí prodigios de
rostro radiante, sálvame por tu lealtad en la plaza fuerte; [23]
lealtad. [18] Señor, que no y yo que decía a la ligera: me
fracase por haberte invocado; has echado de tu presencia,
que fracasen los malvados y pero tú escuchaste mi súplica
bajen mudos al Abismo; [19] cuando te pedí auxilio. [24]
queden mudos los labios Amad al Señor, sus leales, que
mentirosos que profieren el Señor guarda a los fieles,
insolencias contra el justo con pero paga con creces a los
soberbia y desprecio. [20] Qué soberbios. [25] ¡Sed valientes
bondad tan grande reservas a y animosos los que esperáis en
tus fieles y despliegas, a la el Señor!
vista de todos, con los que a ti
se acogen. [21] En tu

3. Reflexión:

«La Iglesia es la sociedad de hombres que oran. Su


finalidad primaria es enseñar a orar. Si queremos saber qué
es la Iglesia, debemos observar que es una escuela de
oración. Ella recuerda a los fieles la obligación de la
oración; ella despierta en ellos la actitud y la necesidad de
la oración; ella enseña cómo y por qué se debe orar, hace
de la oración el “gran medio” de la salvación y, al mismo
tiempo, la proclama como el fin supremo y próximo de la
verdadera religión. La Iglesia hace de la oración la
expresión elemental y sublime de la fe: creer y orar se
funden en un mismo acto, y hace de él expresión de la
esperanza; es la Iglesia que, recordando la enseñanza de
Jesús, nos recuerda continuamente cómo, para obtener lo
que deseamos, es necesario orar: “petite et accippietis”,
pedid y obtendréis (Jn 16,24; Mt 21,22); finalmente, la
Iglesia proclama la identidad de la oración con la caridad
[…] Orar y amar […]

Lo que importa notar es la importancia esencial y suprema


que ella atribuye a la oración, sea como actividad personal
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que brota del fondo del corazón humano, sea como culto
divino en el que se funde la voz de la comunidad cristiana.
Contemplación y liturgia son dos momentos indispensables
y complementarios de la expresión religiosa de la Iglesia
llena del soplo del Espíritu Santo y viviente de Cristo cuya
vida persevera y actúa en ella.

¿Y qué diremos de aquellos que consideran artificial,


aburrida e inútil la vida interior, y prácticamente señalan
como desperdiciado el tiempo y vano el esfuerzo por
buscar el silencio exterior para dar al diálogo interior su
íntima voz? ¿Podrá alguna vez el cristianismo
documentarse a sí mismo frente al mundo necesitado de
verdad vital, si no se presenta como arte de explorar las
profundidades del espíritu, de conversar con Dios y de
entrenar a sus seguidores en la oración?

¿Tendrá jamás un cristianismo que careciese de profunda,


sufrida y amada vida de oración, el soplo profético que le
es necesario para sobreponer entre las miles de voces
resonantes en el mundo la suya que grita, que canta, que
conquista y que salva?

¿Tendrán jamás los carismas indispensables del Espíritu


Santo una actividad que pretendiese testimoniar a Cristo e
infundir en la humanidad el fermento de la novedad
regeneradora que no bebiese en la humildad y en la
sublimidad de la oración el secreto de su certeza y de su
fuerza?

Os decimos estas cosas, Hijos carísimos, a fin de que esté


siempre presente en vosotros la idea de la necesidad, de la
prioridad de la oración, y a fin de que sepáis corresponder
a la invitación del solemne Concilio Ecuménico1, que a
todos invita a volver a las aguas puras y vitales de la
oración de la Iglesia; vosotros sabéis qué esfuerzo está ella
haciendo para devolver al Pueblo cristiano el sentido y la

1
El Papa se refiere al Concilio Vaticano II, celebrado en Roma en 4 sesiones entre los
años 1962 y 1965 y que logró reunir a 2450 obispos, además de laicos y de observadores
de las otras iglesias cristianas no católicas. Este concilio trajo una profunda renovación
de la Iglesia católica, sobre todo, en lo que se refiere a la consciencia de la propia
identidad de la Iglesia y a su relación con el mundo contemporáneo.
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capacidad de orar con ella, y con ella celebrar y vivir sus


misterios de gracia y presencia divina.»

(Paulo VI, Audiencia General del 20 de julio de 1966

Original italiano en: http://w2.vatican.va/content/paul-


vi/it/audiences/1966/documents/hf_p-
vi_aud_19660720.html

La traducción es mía).

4. Resonancias: breve momento para compartir lo que nos dijo la


Palabra de Dios y la enseñanza del Papa.

5. Motivación a la oración (IV): el deseo de Dios. Ver el video que


se encuentra en la liga: https://youtu.be/JgWSQNmVEL4

6. Ejercicio de oración

Preparación

Ya hemos hecho el ejercicio de concentración de San Bruno, cuando utilizamos


una vela, o cuando nos valimos del recuerdo de una persona amada, o cuando
centramos nuestra atención en una flor. Y es probable que hayamos encontrado
dificultad para concentrarnos. Es normal. No estamos habituados. Sin embargo,
cuanto más nos ejercitemos en el arte de la concentración, más avanzaremos en él.
Hemos de luchar contra las distracciones, que nos darán lata durante muchos años
a lo largo de nuestra vida de oración. Pero debemos recordar la enseñanza del
monje Poemen: «La distracción es el inicio de los males».

El ejercicio que hoy les propongo es un poco más difícil, pues se trata de meditar
con una piedra. Sin embargo, si el ejercicio se emprende con auténtico espíritu de
fe y confianza, y se siguen todos sus pasos, arrojará mucho fruto. En la historia
han existido hombres que han escogido la piedra como compañera de meditación.
Piensen en los jardines de rocas del Japón, o en la antigua tradición de los Padres
del Desierto, que oraban justamente con lo que tenían a la mano en ese inhóspito
ambiente en el que se carecía de todo, menos de piedras.

Toma una piedra grande que te guste o que tengas a mano (en la ciudad, es cierto,
esto no resulta a veces muy fácil…) y colócala en tu lugar de meditación; antes de
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colocarla en su sitio, sopésala en la mano. Fíjate bien en la sensación de su peso


en tu mano.

Consideraciones previas

(Nota: Es importante durar en cada paso lo más que sea posible, varios minutos,
hasta que lo que se propone en cada paso haya dado todo lo más de sí. No importa
cuánto nos lleve, ni si terminamos o no todo el ejercicio. Más que mucho abarcar,
debemos mucho ahondar. Se lee el paso correspondiente y enseguida se deja a un
lado la hoja guía para hacer lo que dicho paso sugiere. Cuando dicho paso haya
dado todo de sí, se lee el siguiente paso en la guía, y así sucesivamente, hasta el
final).

Respecto a la postura corporal, es importante adoptar una postura que permita orar
con la mayor concentración posible. Orar o meditar de rodillas puede ser muy
bueno si el cuerpo lo soporta y no terminan las sensaciones convirtiéndose en
distractores al cabo de un rato. No recomiendo orar acostados, pues, aunque es una
posición muy cómoda, puede hacerse presente el sueño y terminar por convertirse
en obstáculo para el ejercicio. Puede ayudar mucho utilizar el banquito de la
oración de los monjes, que permite adoptar una postura intermedia entre el estar
sentado y el estar arrodillado. Otra opción es orar de pie. Ello puede funcionar,
pero el cansancio también puede constituir una dificultad. La mayoría de las
personas oran sentadas, ya sea en la sala o comedor de su casa, ya sea en la oficina,
ya sea en la cama de la propia habitación. Si se adopta esta postura, será
conveniente mantener la espalda recta, ya sea sin respaldo o recargándose pero
siempre en postura recta.

El audio del ejercicio se puede escuchar y descargar desde la liga:

https://go.ivoox.com/rf/1566152
Pasos del ejercicio

1. Comienza, como de costumbre, concentrándote en tu respiración. Respira


lo más pausadamente posible, fijando toda tu atención en ese movimiento
respiratorio. Deja que el ritmo pausado de la respiración se vaya
apoderando, poco a poco, de todo tu ser, haciendo a un lado todas tus
preocupaciones, pendientes, dolores, sueños y proyectos.
2. Mientras estás respirando pausadamente, toma conciencia de la presencia
de Dios junto a ti. Ofrécele la oración que estás iniciando, pidiéndole te
conceda la gracia de descubrir la piedra como instrumento de meditación,
la gracia de descubrirle a Él presente hasta en las piedras.
3. Dirige tu atención a aquella parte de tu cuerpo o de tu alma que quizás esté
adolorida, o presente alguna tensión o preocupación. Toca con tu
imaginación esa parte de tu cuerpo o de tu alma y dile: “Tranquila. Todo
está bien. Aquí está el Señor, con nosotros. Tú estarás bien”.
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4. Tras algunos momentos, dirige ahora tu atención a la piedra. Obsérvala


largamente, insistentemente, como si quisieras penetrar con tu mirada en su
interior. La piedra no se mueve: intenta imitarla en esa su inmovilidad
absoluta. Tú, tan agitado siempre, tan lleno de prisas y carreras, tan voluble
e inconstante, ahora te dejas invadir por la inmovilidad de la piedra, por ese
su arte tan único para simplemente “estar-allí”.
5. Sin dejar de mirar la piedra, evoca aquellas situaciones de tu vida en las que
quizás sólo se te pedía “estar-allí” y ni siquiera de eso fuiste capaz. Solemos
pensar que si no hacemos algo concreto estamos perdiendo el tiempo.
Algunas personas sólo necesitaban nuestra presencia: no un consejo, un
apapacho, una dádiva material… sólo nuestra presencia, muda,
aparentemente inútil, pero amorosa.
6. Piensa ahora en las personas que han sabido simplemente “estar-allí” para
ti. Imagínalas con esa presencia sólida en tu vida y lo que ello trajo a tu
corazón.
7. Mientras sigues observando la piedra, imagina que la tienes en la mano,
recuerda su peso, siéntelo con la imaginación, siente su frialdad, su
dureza…
8. Ahora cierra los ojos y has “revivir” la piedra en tu recuerdo. Ve a ojos
cerrados su forma y su color, mide su peso, saborea su dureza, siente en tu
interior como es ella al tacto… Como en otros ejercicios, repite esta
alternancia entre observación y recuerdo tanto como te plazca…
9. Ahora intenta percibir, mientras la miras, el “movimiento” interno de la
piedra. Ella, es cierto, no se mueve, no se tiende hacia ti, está simplemente
“aquí”: ¡pero de qué manera! Enteramente, sin vacilaciones. Sabe estar por
completo, totalmente y sin fracturas ni distracciones. Hasta que no seas tú
quien la cambie de lugar, nada cambiará en ella.
10. Ahora imagina que así deseas ser ante Dios. No permitir que nada ni nadie
te cambie o te altere más que Él. ¿Qué implicaría en tu vida actual ser
inamovible ante el mundo, pero totalmente dócil y móvil de cara a Dios?
¿Qué significaría no dejarte mover por nada ni por nadie más que por Él?
Piensa ahora en las personas de tu vida habitual que suelen conseguir
moverte de lugar, alterar tu ánimo, quizás cambiar tus decisiones y hasta tus
valores. ¿Con quiénes te esfuerzas siempre por quedar bien? Pídele a la
piedra, que es ya ahora tu amiga, te enseñe el arte de ser siempre “tú”, sin
dejarte mover por los demás.
11. Ahora pide ese arte de la inmovilidad para superar tus cambiantes actitudes
frente a Dios: ora le buscas, después te desentiendes, más tarde le necesitas,
para después volver a ignorarle. Haz una oración espontánea al Espíritu
Santo para pedirle una mayor consistencia, a fin de que siempre seas para
Dios, de que siempre estés-allí para Él, como Él lo está para contigo.
12. Ahora intenta, con los ojos cerrados, “convertirte” por unos instantes en
piedra, compartiendo la existencia de esta compañera de tu meditación de
hoy. ¿Qué podría significar ser una piedra? Intenta al menos por unos
segundos estar “aquí” como está ella, con la misma entereza y estabilidad.
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Siéntate conscientemente frente a la piedra, como en un mudo diálogo con


ella.
13. Por último, piensa en las personas que sufren a tu alrededor (conocidos o
no) e imagina que te conviertes en piedra para ellos, es decir, en solidez, en
estabilidad, en aplomo. Imagínate a su lado, en silencio, sin decirles nada,
pero sosteniéndoles, evitando que caigan, apoyándoles en la debilidad o el
dolor. Imagina cómo te sientes de ser, por unos momentos, piedra, apoyo,
sostén, refugio seguro para esas personas.

Conclusión

Ahora, con sutileza, ve despidiéndote de la piedra, agradeciéndole te haya


permitido entrar en ella y ser parte de ella… Vuelve a tu lugar y mira la piedra
frente a ti. Quédate así, en su silenciosa presencia, unos minutos.

Tómala ahora entre tus manos y haz una reverencia ante ella con tu cabeza,
reconociéndola como creatura de Dios y, ahora ya, compañera de tu
meditación. Colócala en un lugar de tu casa u oficina donde te pase con
frecuencia el encontrarte con ella con la mirada. Ella se encargará de recordarte
el ser inamovible ante el mundo pero dócil ante Dios.

Esquema para el reporte de la oración


Para que tu pastor te pueda acompañar más de cerca en tu camino de oración te
pido que cada quince días me envíes un sencillo reporte compartiendo conmigo
los siguientes puntos:

1. Qué te llamó la atención del escrito del papa.

2. Qué te gustó más del video motivacional.

3. Cómo te fue en la oración:

a) Lugar, fecha, hora de inicio y hora de finalización de cada momento


de oración;

b) Qué dificultades encontraste, si seguiste o no todos los pasos del


método, si hubo alguna experiencia especial que desees compartir, etc.

Dicho reporte me lo puedes enviar a la dirección: cesarcorres@me.com o a mi


cuenta de Telegram: @cesarcadavieco, o como audio o texto a mi número de
celular: +52 5580194462. Si tu Grupo cuenta con un Acompañante de
la oración, envíaselo a él.