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Carlos Gorostiza

EL AUTOR

Carlos Gorostiza es uno de los autores dramáticos argentinos más


conocidos en toda América y uno de los principales responsables de la
revitalización del teatro nacional, en el que ha participado como escritor,
director y maestro.

Nacido en Buenos Aires, en 1920, comienza su labor creadora como


titiritero y escritor de obras para títeres (reunidas en La clave
encantada, 1959). Simultáneamente escribe poesía y, ya en 1942,
ingresa al grupo de teatro independiente La Máscara, como actor.

En 1949 escribe y codirige su obra El puente, iniciando con ella una


actividad ininterrumpida como dramaturgo y director teatral. También
incursiona en la docencia: dicta clases en la Escuela Nacional de Arte
Dramático (1962-76), en Caracas (1960-62) y en varias Universidades
de los Estados Unidos (durante 1966). En 1984 y hasta 1986, ocupa el
cargo de Secretario de Cultura de la Nación.

Como narrador publica dos novelas: Los cuartos oscuros (1976), por la
que obtiene los premios Club de los XII y el Primer Premio Municipal de
Novela en el mismo año y el Primer Premio Nacional de Literatura, en
1980, y Cuerpos presentes (1982).

Ha recibido numerosos premios por su tarea como dramaturgo: Primer


Premio Nacional de Teatro (1958), Primer Premio Nacional de Novela
(1979), Gran Premio de Honor de Argentores (1982), Premio Konex de
Platino en Letras y Diploma al Mérito en la Disciplina Teatro (1984),
Premio al Mejor Drama Teatral de Argentores (1990), Premio Meridiano
de Plata por El Basural (1988), Premio Estrella de Mar al mejor Drama
(1990), Premio María Guerrero (1997) y dos Martin Fierro: en 1962 por
el ciclo televisivo Los otros y, en 1963, por Toda una historia...
Asimismo participa como organizador, escritor y director en los ciclos de
Teatro Abierto 1981-82.

La responsabilidad individual y social, la falta de comunicación y las


emociones reprimidas en los vínculos familiares y amicales, la libertad,
las ilusiones perdidas, son algunos de los temas que motivan sus
dramas. La maestría en el lenguaje, un humor benévolo y estructuras
dramáticas impecables, caracterizan su obra que, nacida en el corazón
del Teatro Independiente (junto a Cuzzani y Dragún, entre otros), llega
con la misma vitalidad hasta hoy.

Su obra: El puente (1949), El fabricante de piolín (1950), El caso del


hombre de la valija negra (1951), El juicio, Marta Ferrari, El último perro
(Adaptación de la novela homónima de Guillermo House) (1954), El
reloj de Baltasar (1955). El pan de la locura (1958), Los otros (Ciclo
televisivo) (1962), Vivir aquí (1964), Los prójimos (1966), ¿A qué
jugamos? (1968), La ira (1969), El lugar (1970), Diálogo de
sobrevivientes (estrenada en Caracas en 1975 con el nombre de Juana
y Pedro) (1972), El gallo y yo (1975), Los hermanos queridos (1978), El
acompañamiento (1981), Matar el tiempo, Hay que apagar el fuego
(1982), Papi (1983), El fracq roje (1985), Acroplanos (1990), El patio de
atrás (1992), Los otro papeles (1995), A propósito del tiempo (1997).
A propósito del tiempo
Carlos Gorostiza
Estrenada el 10 de agosto de 1997, en el Teatro Carlos Carella, con María Rosa Gallo y
Cipe Lincovsky alternando en el papel de Rosa, Juan Carlos Gené y Ulises Dumont.

Personajes
ROSA
NATALIO
CARMELO

Los tres de pareja edad madura. Rosa y Natalio exageradamente


abandonados en su cuidado personal; Rosa, despeinada y sin
maquillaje, lleva un viejo batón arrugado. Natalio, también despeinado y
con barba de dos o tres días, lleva camisa y pantalón también viejos y
arrugados. Los dos usan viejas pantuflas. Por el contrario Carmelo está
pulcramente peinado y vestido, aunque con notorio mal gusto.

Lugar de acción: Una habitación. Una puerta en cada lateral. En el


centro hay una pequeña mesa de comedor y tres sillas. Contra las
paredes uno o dos muebles bajos; sobre uno de ellos se destaca un
antiguo y notario reloj de mesa de 30 o 40 cm de alto. Sobre otro
mueble hay un pequeño florero vacío.

En plena oscuridad comienza a oirse un lejano tic-tac de reloj.


Suavemente, las luces suben junto con el sonido del tic-tac. Cuando las
luces están a pleno, el tic-tac cubrió ya sonoramente todo el ámbito de
la sala.

Sentados cada uno a cada lado de la mesa aunque no enfrentados. Sin


hablarse ni mirarse y en actitud totalmente pasiva, apenas moviendo de
vez en cuando levemente las cabezas o las manos, están Rosa y
Natalio. La apariencia de ambos es de gran descuido personal. Pasan
largos segundos durante los cuales el tic-tac baja de volumen hasta
desaparecer. Entonces Rosa mueve algo más la cabeza mirando hacia
el reloj, iniciando un diálogo formado por largas pausas entre frase y
frase. Dice casi para sí, pesadamente.

ROSA- Ya deben ser cerca de las diez, ¿no?

(Pausa.)

NATALIO (después de mirar tardíamente hacia el reloj y no encontrando allí


información)- No sé.

(Pausa.)

ROSA- Cómo tarda en pasar el tiempo, eh.

(Pausa.)

NATALIO- Más o menos.

(Pausa.)

ROSA- Al fin hoy no hizo nada de calor.

(Pausa.)

NATALIO (después de mirar también hacia algún lugar y también pesadamente).-Más


o menos.

(Pausa.)

ROSA- Y eso que no llovió.

(Pausa.)

NATALIO- Más o menos.

(Pausa. Después de unos segundos Rosa advierte el comentario de Natalio y con la


misma pesadez de siempre.)
ROSA- Más o menos qué.

(Pausa.)

NATALIO (se toma su tiempo). Más o menos. (Pausa. Se miran.) Quiero decir
que todo el día estuvo nublado.

(Pausa.)

ROSA- Ah. (Pausa. Después de hacer memoria.) ¿Así que estuvo nublado?

NATALIO (también después de volver a pensar). Creo que sí.

(Pausa.)

ROSA (vuelve a hacer memoria).-Yo no me fijé. (Pausa.)

NATALIO (cansadamente, mirando hacia las paredes, como queriendo ver a través de
ellas).- Ahora es de noche. Ya no se puede ver. (Pausa.)

ROSA (después de imitarlo).- Aquí dentro. Afuera se ve.

(Pausa.)

NATALIO (después de pensar).- Más o menos.

(Pausa.)

ROSA (lo mira).- Más o menos qué.

(Pausa.)

NATALIO (la mira) - Más o menos. ¿No entendés lo que quiere decir más
o menos?

(Pausa.)

ROSA (después de pensar).- Más o menos.


(Pausa.)

NATALIO. Por lo menos yo hoy al sol no lo vi. Así que no debe haber
salido.

(Pausa.)

ROSA - Yo tampoco salí.

(Pausa.)

NATALIO (se encoge de hombros).- ¿Y?

(Pausa.)

ROSA. Que como yo tampoco salí, yo tampoco lo vi. (Natalio sigue


mirándola.) Al sol.

(Pausa.)

NATALIO.- Ah.

(Pausa.)

ROSA. De todos modos... no conviene mirarlo. (Natalio la mira.) Al sol.

(Pausa.)

NATALIO.- ¿Por qué no?

(Pausa.)

ROSA - Hace mal a los ojos.

(Pausa.)

NATALIO (piensa).- Eso cuando uno mira lo que se dice el sol. De frente.
(Señala arriba.)
(Pausa.)

ROSA (piensa).- Claro.

(Pausa.)

NATALIO - Porque si uno lo mira cuando da contra una pared, por


ejemplo... No hace ningún mal..

(Pausa.)

ROSA - Claro que no. Porque eso no es el sol. (Natalio la mira.) Eso es el
reflejo del sol.

(Pausa.)

NATALIO - Es lo que yo estaba diciendo..

(Se oyen golpes que llegan de afuera. Los dos se conmueven. Pausa larga. Ya no
hablarán con pausas entre frase y frase. Ambos se muestran ansiosos pero todavía no
han perdido su actitud anterior. Después de esta última larga pausa.)

NATALIO - Llamó alguien, ¿no?

ROSA - Sí. (Con cierta emoción.) ¡Y ya deben ser cerca de las diez!

NATALIO - ¿Y qué tiene que ver que sean cerca de las diez? ¿Acaso
esperás a alguien?

ROSA - No. ¿A quién querés que espere? Pero esos golpes así, de
repente, sonaron tan raros...

NATALIO - Todos los golpes, cuando no es uno el que golpea, suenan


raros.

ROSA - Ah. Eso sí. (Se oyen dos nuevos golpes. Rosa se pone de pie mientras
crece su ansiedad.)
NATALIO (poniéndose también de pie) - Bueno, abramos entonces.

ROSA (impaciente) - Sí, claro, abramos.

(Natalio va a abrir la puerta. La abre y retrocede sorprendido, como quien ha visto un


fantasma. A su vez, en el marco aparece Carmelo. En una mano trae una botella de vino
blanco y en la otra un ramito de rosas. Mira a los dos con una sonrisa y...)

CARMELO - Hola.

NATALIO (reaccionando lentamente, como descubriéndolo). ¡Carmelito! ¿Sos


vos?

CARMELO (sin perder la sonrisa) - Lo que queda.

NATALIO - ¿Cómo "lo que queda"? ¡Te queda un montón, Carmelito, te


queda un montón! (Lo agarra de ambos brazos moviéndolo exageradamente. Rosa
asiste a la escena con la boca abierta. De aquí en adelante todas las actitudes de la
pareja se aceleran. La presencia de Carmelo terminó con los tiempos morosos, la
languidez y el aburrimiento. Los dos se mueven y hablan rápidamente en contraste con el
estado anterior. Rosa ríe, sorprendida y confusa, en una mezcla de alegría y temor,
señalando a Carmelo como si no pudiera hablar. Por su parte Natalio habla sin parar,
como tratando de disimular la impresión que causó la aparición de Carmelo.)
¡Carmelito! ¡Mirá un poco lo que es el destino! ¡Hace poco estuvimos
hablando de vos, y ahora...! ¡Pero pasá, pasá! ¿En dónde estuviste
metido todos estos años? ¡Pasá, pasá! (Lo agarra de un brazo y lo mete adentro
y después cierra la puerta. Carmelo enfrenta a Rosa con una sonrisa, mientras ella, con
extraño recato, con cierta confusa alegría, repite.)

ROSA - ¿Carmelo! ¡Así que eras vos! ¡Al fin viniste! Porque sos
Carmelo, ¿no es cierto?

NATALIO (volviendo). - ¡Pero Rosa! ¡Fijate la pregunta que hacés! Claro


que es Carmelo: ¡Carmelito! Miralo bien. ¿No ves que tiene la misma
cara? Ahora está más gordo, más avejentado, pero qué pretendés:
¿Que esté igualito al día que se fue? Lo que importa es que sea el
mismo Carmelo de antes. (A Carmelo.) ¡Porque sos el mismo! ¿no?
CARMELO - Creo que sí. (Sin perder su sonrisa y su actitud cordial se había
acercado al reloj que está sobre el mueble. Lo toca, lo observa, sonríe.) Anda.

ROSA - Sí, claro.

CARMELO - Parece que atrasa.

ROSA - A veces atrasa, otras adelanta. Depende.

CARMELO (admirado).- Mirá lo que son las cosas.

NATALIO (a Rosa). - ¿Viste, Rosa? ¡Yo sabía que uno de estos años
Carmelito iba a volver! ¡Uno no se puede ir así nomás de... de la vida!
Uno siempre vuelve. De un modo o de otro, por aquí o por allá, pero
uno siempre vuelve. ¿No es cierto, Carmelito?

CARMELO (no le contesta. Siempre sonriendo, le ofrece a Rosa el ramo).- Rosas


para una Rosa.

ROSA (recibiendo el ramo como un pedazo de vida). Gracias.

NATALIO (sobre el agradecimiento de Rosa, exultante). - ¡Este Carmelito! ¡No


cambiaste nada, eh! ¡El mismo romántico de siempre! ¡"Rosas a una
Rosa"! ¡Ja! ¿Viste, Rosa, que no cambió nada? Quiero decir por dentro,
por fuera sí, está bastante avejentado. Se le ve a la legua. Pero a vos
eso no te importa, ¿no, Carmelito? Vos sos un romántico. ¿Qué te
importan las cosas materiales? ¿No es cierto?

CARMELO (ofreciéndole la botella). - Esto es para vos.

NATALIO.- Qué. ¿Me trajiste un regalo a mí también? ¡Pero Carmelito!


(Toma y mira la botella.) ¡Moscato! ¡Después de tanto tiempo te acordaste de
lo que me gusta! ¡Sos un amigo! ¡Siempre decimos con Rosa que sos
un verdadero amigo! Bueno: que eras, porque te fuiste sin avisar, sin
siquiera saludar. ¡Era lo último que esperábamos de vos: que
desaparecieras así de repente! Pero eso después de un tiempo te lo
perdonamos. Y cuando charlamos con Rosa, porque la verdad
charlamos mucho entre nosotros, nunca dejamos de reconocer que
eras un verdadero amigo. Y ahora llegás y lo demostrás. Rosas... vino...
No falta nada. Vení, vení, sentate que esta ocasión merece un brindis.
Sentate, sentate.

ROSA.- Sí, sentate. (Natalio lo obliga a sentarse a la mesa, de frente. Rosa pone las
flores en el florero mientras Natalio mete la botella dentro del mueble y saca otra botella
parecida ya empezada y tres copitas).

CARMELO (entretanto, algo extrañado, desde la mesa).- Mirá lo que son las
cosas. ¿Y cuándo fue que se acordaron de mí?

ROSA (rápido).- Siempre.

NATALIO - Sí, eso: siempre. Siempre nos acordamos de vos,


Carmelito.

CARMELO - Quiero decir... cuándo fue que hablaron de mí.

NATALIO (mientras trae todo a la mesa).- Ah. Qué sé yo. Fue uno de estos
inviernos. No sé cuándo. Pero invierno seguro que era. Porque me
acuerdo que hacía frío. Fue en un invierno, ¿no, Rosa?

ROSA.- Frío hacía.

NATALIO.- Viste, Carmelito, ¿qué casualidad? Hablamos de vos y zas...


aparecés así, de repente, ¡como si hubieras estado oyéndonos!

CARMELO.- Bueno... tan de repente no fue. Porque si hablaron de mí


en un invierno que no sabés cuál fue, ya pasó bastante tiempo, ¿no?
(Sonríe cordial.)

NATALIO - Sí. Ahí tenés razón.

CARMELO - Además, seguro que en ese momento yo no estaba así


que no creo que haya podido oírlos. (Ríe.)
NATALIO (serio). - Bueno, pero vos sabés lo que es la telepatía y... todas
esas cosas de la mente.

CARMELO (de repente con mucha curiosidad). - ¿Y qué estuvieron hablando?

NATALIO - ¿Cómo?

CARMELO (igual) - De mí. ¿Se puede saber qué estuvieron hablando?

NATALIO.- ¡Ah, sí, claro que se puede saber! ¡Pero no vamos a perder
tiempo hablando de eso ahora! Ahora hablemos de esta casualidad.
¡Porque mirá que es casualidad, eh! ¡Uno habla de vos, y... ¡zas!... de
repente aparecés! Es de no creer, ¿no te parece?

CARMELO (siempre sonriente).- ¡Dale con "de repente"!

NATALIO (quiere oír otra cosa). - Y bueno, la vida es así, qué le vamos a
hacer: está llena de estos misterios que uno no puede entender. Pero
no nos compliquemos ahora, y brindemos. (Ya está en un costado de la mesa y
muestra la botella.) Tomemos de ésta, que está empezada. A la otra mejor
la guardo sin abrir, de recuerdo. Porque no sé cuándo vas a aparecer
otra vez. De eso vamos a tener que hablar. Tenemos toda la noche por
delante. Y una cosa: vamos a ver si cambiaste. Es un test. (Muestra otra
vez la botella, que está a medio llenar.) Qué ves. ¿Una botella medio llena... o
una botella medio vacía?

CARMELO (después de dudar). - Medio llena.

NATALIO (a Rosa). - ¿Viste? ¡Es un romántico optimista! Porque él


siempre... (Va a seguir hablando pero Carmelo no se lo permite.)

CARMELO (rápido).- Pero también medio vacía. (Lo mira sonriendo.)

NATALIO (después de sorprenderse, otra vez a Rosa).- Bueno, está bien,


digamos... ¡Un romántico realista! Ni optimista, ni pesimista: realista.
¡Quiere decir que no cambió nada! ¡Que es el mismo de siempre!
¡Carmelito lindo! ¡Qué bueno tenerte otra vez aquí entre nosotros! (Ya
está sirviendo las tres copitas y levantando la suya.) ¡Ya está! ¡Brindemos! Vamos
a ver. Brindemos por... por... (Duda. No encuentra un motivo.) Tendríamos que
encontrar un motivo para el brindis. Decime un poco, Carmelito. Vos
que tenés experiencia, que anduviste por el mundo... en fin, que la
corriste en gran forma... decime: en un caso así... ¿Por qué se puede
brindar?

CARMELO (después de una pausa, levantando la copa y muy gentil, mirando a


Rosa).- Bueno... yo brindaría por...

ROSA (de repente, impidiendo que Carmelo continúe, levantando su copa) - ¡Por
Carmelo! ¡Brindemos por Carmelo!

CARMELO (tiempo. Con la copa levantada).- Yo iba a decir "por Rosa".

NATALIO - Claro. Y a mí que me pise un tren.

ROSA - Vos sos el dueño de casa, Natalio. Cómo vamos a brindar por
vos.

CARMELO - Sí, por qué no. Por Natalio también, aunque sea el dueño
de casa. No vaya a ser que por culpa nuestra lo pise un tren. (Ríe cordial.)

NATALIO (a Rosa) - ¡Ahí está! ¿No te dije? ¡No cambió nada! ¡El mismo
chistoso de siempre también! "¡Qué por culpa nuestra lo pise un tren!"
Ja. ¡Un romántico realista... y además chistoso! (A Carmelo, serio.) Porque
vos me entendiste, lo que yo dije fue... cómo puedo explicar... un modo
de decir. Eso. Una frase hecha. No es para tomarla al pie de la letra.

CARMELO - Lo mío también fue una frase hecha. La hice yo. (Ríe otra
vez.)

NATALIO (serio. Le cuesta).- Sí, pero sobre la base de una frase hecha que
dije yo.
CARMELO - Eso sí.

NATALIO - Bueno. Entonces dejémonos de joder y de hacer frases. Va


a ser mejor. Y brindemos de una buena vez. (Levanta la copa y exclama
solemnemente.) ¡Por los tres! (Los mira.) ¿Les gustó eso? ¿Eh? ¡Por los tres!
¿Qué les parece?

CARMELO - Para mí está bien.

ROSA (sin muchas ganas, se encoge de hombros).- Para mí también

NATALIO - Bueno, entonces... ¡Por los tres!

ROSA Y CARMELO - Por los tres. (Beben. Natalio golpea el vaso vacío al
dejarlo sobre la mesa y exclama satisfecho.)

NATALIO - ¡Ya está! (Los tres están alrededor de la mesa. Carmelo sentado de
frente y Rosa y Natalio de pie en ambos costados. Se produce un silencio. Se miran sin
saber qué hacer. Al fin.)

CARMELO - Qué es lo que ya está.

NATALIO - ¿Cómo?

CARMELO - Recién dijiste: "ya está".

NATALIO - Ah. El principio. La primera parte. Yo siempre me pregunté...


bueno, esa vez que con Rosa hablamos de vos... No le dije nada a ella
pero yo me pregunté en una de esas conversaciones internas que uno
tiene con uno mismo, ¿no?... Me pregunté: ¿y cuándo venga Carmelito,
qué vamos a hacer? Porque siempre pensé que algún día ibas a volver.
No sé porqué, pero siempre pensé eso. Y bueno; después de tanto
tiempo no iba a ser nada fácil iniciar una conversación o lo que sea. Por
eso dije "ya está". Porque la primera parte fue el brindis, y eso ya está.
Pero ahora viene la segunda parte. Vamos a ver. ¿A vos qué te parece,
Rosa? ¿Qué hacemos ahora?
ROSA - No sé. No estoy acostumbrada a situaciones como ésta.

NATALIO - Lo dejamos decidir a Carmelito, entonces, que es la visita.

CARMELO - No, yo no soy ninguna visita, eh. (Mirando a Rosa.) Si ustedes


piensan que soy nada más que una visita, hacemos de cuenta que... (Se
mueve amenazando levantarse de la mesa.)

ROSA (rápido). - No, por favor. Claro que vos no sos ninguna visita. No
fuiste, no sos ni serás nunca una visita en esta casa. Por lo menos
mientras yo viva. Y vos, Natalio, decile también que para vos no es
ninguna visita.

NATALIO (a disgusto).- Claro que para mí tampoco. Mientras yo viva...


¿Cómo fue que dijiste? "No fue, no es ni será nunca una visita." Eso
dijiste, ¿no?

ROSA - Claro que sí. Porque aquí somos todos amigos. Además, vos,
Carmi, cómo te vas a ir ahora, si recién acabás de llegar.

CARMELO - ¿Cómo me llamaste?

ROSA - Carmi. ¿No te acordás que te llamaba Carmi?

CARMELO (con cierta nostalgia).- No, no me acordaba. Carmi. Je...

NATALIO - Yo sí me acordaba... ¡Carmi! ¡Ja!

ROSA (a Natalio). - Bueno: entonces los tres estamos así que ahora
podemos esperar tranquilos.

NATALIO - Qué cosa.

ROSA - A ver si se nos ocurre cómo seguimos. Después de la primera


parte del brindis.

NATALIO - Ah, sí. (Tiempo. Piensan.)


CARMELO - Podríamos hacer otro brindis. Si no se les ocurre otra
cosa...

NATALIO - Claro. Y terminamos todos en curda. No. No seamos


impacientes. Mejor esperemos a ver si se nos ocurre algo.

CARMELO - Está bien: esperemos. Si no me vuelven a tratar como a


una visita...

ROSA - Sí: esperemos. (Pausa. Los tres quedan un instante quietos en silencio,
"esperando".)

NATALIO - ¡Ya está! ¡Ya sé cómo podemos seguir!

ROSA - ¿Cómo?

NATALIO (a Carmelo) - ¿Cuánto hace que te fuiste?

CARMELO - Bastante.

ROSA (con cierto tono de reproche) - Casi veinte años.

CARMELO - ¿Nada más?

ROSA - Dijiste que ibas a volver a los veinte años. Y pasaron


diecinueve años y once meses. (Carmelo queda pensativo)

NATALIO (crítico). - Te olvidaste de los días.

ROSA - Veintinueve.

NATALIO - ¿Cómo?

ROSA - Los días: veintinueve.

NATALIO - Qué memoria.


ROSA - Vos sabés que a veces tengo esa facilidad para acordarme de
las fechas. (Con cierto tono de reproche, a Carmelo.) Fueron diecinueve años,
once meses y veintinueve días.

NATALIO - Fijate un poco. ¿Y vos, Carmelito? ¿También a veces tenés


esa facilidad para las fechas?

CARMELO - No, yo no. Yo habría jurado que hacía más de veinte años
que... Pero como yo con el tiempo no me llevo bien... Y a propósito del
tiempo... (Mira y señala el antiguo reloj que está sobre el mueble.)

NATALIO (interrumpe) - Qué raro. Porque vos sos el que se fue.

CARMELO - Y eso qué tiene que ver. Ya te digo que habría jurado que
pasaron mucho más de veinte años desde...

NATALIO (interrumpe otra vez). - Cómo "qué tiene que ver". Siempre es
el que se va el que se la pasa contando el tiempo... los días que
pasan... En fin, esas cosas. Como los presos.

CARMELO - Será así. Pero yo no contaba el tiempo.

ROSA (decepcionada).- ¿No? Yo sí.

CARMELO - Será porque yo nunca estuve preso.

ROSA - Yo tampoco, y sin embargo... (Se detiene para no hablar de más.)

NATALIO (a Carmelo) - Pero vos cierta cara de preso tenés, eh. Y ahora
vas a contarnos qué hiciste todo este tiempo. Porque tu palidez... todo
eso: no te ofendas, pero estás bastante cambiado de lo que eras antes
a lo que sos ahora... Uf... Hay una diferencia bárbara. Seguro que no la
pasaste nada bien. Yo te reconocí enseguida, no lo voy a negar; apenas
te vi parado ahí en la puerta, me dije: éste es Carmelito. Pero que estás
cambiado... estás cambiado, hermano, Todo. No solo la cara. El
cuerpo... todo. Estás más avejentado, más... No te enojes, pero entre
amigos tenemos que decirnos la verdad. Seguramente yo también
estoy más viejo. Y Rosa también. Lo que pasa es que como uno se
mira todos los días en el espejo, no se da cuenta de todo lo que va
cambiando. Pero vos pensarás lo mismo de nosotros. Decime la
verdad: si vos me hubieras visto, no en el espejo sino por ahí, lejos de
esta casa... ¿Me habrías reconocido? ¿Y a Rosa? ¿La habrías
reconocido a Rosa? ¿Eh? (Se queda mirándolo, con intención, esperando la
respuesta.)

CARMELO (la observa).- Sí.

ROSA (feliz) -¿De veras?

CARMELO - De veras.

NATALIO - ¿Y por qué pensás que sí?

CARMELO - Porque durante todos estos años yo fui imaginando cómo


iban cambiando a lo largo del tiempo. Ah. Pero a propósito del tiempo...
(Gira y señala el reloj pero es interrumpido por Natalio.)

NATALIO - No, dale, seguí explicando eso de los cambios, que me


interesa.

CARMELO - Bueno, decía que yo también, como vos decís, al mirarme


al espejo todos los días, me veía igual. Pero un día descubrí que me
había aparecido una arruga aquí, al costado del ojo. (Rosa empieza a
ponerse nerviosa. Carmelo señala con un dedo el costado de uno de sus ojos.) Esta.
¿La ves?

NATALIO (lo observa con saña) - Hay muchas.

CARMELO (se señala con precisión) - Sí, pero ésta, ésta, la más grande.

NATALIO (observa con más saña) - Todas son grandes.


CARMELO - Está bien, no verás la que yo digo; pero hay una que es
más grande que las otras. ¡Si la conoceré! ¡La veo todos los días! (Lo
mira atentamente.) Decime: ¿Cómo andás de la vista, vos?

NATALIO - Perfectamente.

CARMELO (dudando) - No sé, eh. Si no podés ver la diferencia que hay


entre una arruga y las chiquitas... Vos sabés que la vista se va
gastando. Bueno, el caso es que cuando la vi (Señalándola y mostrándosela a
Natalio.) - ésta que está acá - me dije: Carmelo, estás envejeciendo. Y
ese día comprendí que no era yo solo el que estaba envejeciendo, sino
que todos estábamos envejeciendo. Y entonces pensé en los amigos
que hacía tiempo que no veía y por supuesto en ustedes, que eran mis
mejores amigos. En vos. En Rosa. Y con la imaginación empecé a
ponerles una arruguita aquí, otra arruguita allá, y unos kilitos de más
aquí, y otros kilitos de más allá, en fin... (Sonríe.)...Todo eso que...

ROSA (interrumpiendo) - Perdón, eh. Esta conversación es muy


interesante. Pero tengo que pasar un ratito al baño. No sé qué fue lo
que comí que no me hizo bien. Pero no se preocupen que en seguida
vuelvo. Permiso. (Se va rápido.)

(Pausa pesada. Al fin.)

NATALIO - Estuviste mal, eh.

CARMELO - Por qué.

NATALIO - Ella es mujer. Y con palabras muy finas le dijiste que estaba
hecha una vieja de mierda.

CARMELO (sorprendido) - ¿Te parece?

NATALIO - Claro. ¿En qué país estuviste metido todo este tiempo?

CARMELO - Lo único que yo dije fue que estábamos un poco...


NATALIO - Viejos.

CARMELO - No. Pasaditos, arrugados, en todo caso. Pero no viejos. Y


menos de mierda.

NATALIO - De todos modos ella te dio una lección. Ni le vas a poder


hablar cuando vuelva del baño.

CARMELO - ¿Una lección de qué me dio?

NATALIO - De discreción. Se fue porque se la vio venir; se dio cuenta


de que ahora la conversación iba a desembocar derechito en todo lo
que hiciste durante estos años, desde que te fuiste, y entonces se dijo:
los dejo solos, para que ese mal educado se pueda despachar a gusto.
Seguro pensó que lo que vos vas a contar no es para oídos femeninos.

CARMELO - Al contrario. Quiero que ella esté presente. Y ahora,


después de lo que vos decís, más todavía. Porque yo no fui ningún
maleducado con ella. Yo hablé del tiempo que pasa, y de la huella que
deja en nosotros, y nada más. Y Rosa no es una excepción, para qué lo
vamos a negar.

NATALIO - Ah, no,

CARMELO - Claro que no.

NATALIO - Entonces decíselo a ella en la cara, ahora, cuando vuelva.


Agarrás y le decís: ¿Sabés una cosa, Rosita? Vos no sos ninguna
excepción: el tiempo pasa y va dejando su huella en tu cara. A ver qué
te dice.

CARMELO - No me va a decir nada. Ella antes era una mujer muy


comprensiva. Si con el tiempo no cambió...

NATALIO (tiempo. Lo mira fijamente) - ¿Qué querés decir? ¿Que ella "antes"
tuvo que ser muy comprensiva para poder casarse conmigo?
CARMELO - Yo dije lo que dijeron mis palabras, nada más. No
empecemos como antes, haciendo interpretaciones interesadas de lo
que uno...

NATALIO (interrumpe) - Justamente. Es que yo quiero hacer una


interpretación interesada de lo que vos dijiste. Porque yo estoy
interesado en todo lo que tiene que ver con mi matrimonio.

CARMELO - No discuto más.

NATALIO - ¿Cómo?

CARMELO - Que no discuto más. Con vos nunca se pudo discutir y veo
que ahora tampoco. Vos sí que no cambiaste nada.

NATALIO - Claro. Y fue porque conmigo no podías discutir por qué te


fuiste como te fuiste, de repente.

CARMELO - ¿Querés dejarte de joder con ese "de repente"? "De


repente, de repente, de repente." Yo no me fui "de repente”. Nadie se va
"de repente". Yo me fui yendo de a poco, porque siempre cuando uno
se va, se va yendo de a poco. ¿Entendés? Eso en primer lugar. En
segundo lugar... (Tiempo. Se queda mirándolo.) Bueno, se acabó: no hay
segundo lugar. Ya te dije que con vos no discuto más.

NATALIO - Confesá. No querés discutir conmigo para no contarme.

CARMELO - Puede ser.

NATALIO - Y no querés contarme porque no está Rosa.

CARMELO - Puede ser.

NATALIO - En aquel tiempo pensamos que no quisiste contar nada


porque habías tenido un asunto medio atravesado con una mujer.
CARMELO - Puede ser

NATALIO (tiempo. Sordamente) - Te volviste lacónico, eh.

CARMELO (no aguanta más. Fuerte) - ¡Me volví lacónico un carajo! ¡Voy a
hablar cuando estemos los tres! ¡Porque éste es un asunto que nos
interesa a los tres!

NATALIO (también fuerte) - ¿Ah, sí? ¿Y hace veinte años no nos


interesaba a los tres?

CARMELO (fuerte) - ¡Te dije que no discuto más!

NATALIO (también fuerte) - ¡Está bien! ¡Pero... eso no quiere decir que no
podamos conversar! ¡Conversar sin discutir! ¿O vos no podés conversar
sin discutir?

CARMELO - ¡Yo puedo! ¡Sos vos el que no puede!

NATALIO - ¿Que yo no puedo? ¡Te lo voy a demostrar! ¡Esperá un


poco! (Se contiene. Da unos pasos por ahí. Cambia. Lo enfrenta y finge exagerada
tranquilidad.) Bueno... Mirá, Carmelito: tengo una pregunta que hacerte.
¿Te la puedo hacer?

NATALIO (totalmente "calmado" lo toma fraternalmente de un brazo) - Bueno: mirá


hermanito. Porque todavía te puedo llamar hermano, ¿no? Porque más
que amigos, nosotros siempre fuimos como hermanos, ¿no? (Carmelo no
da muestras de responder pero Natalio continúa.) No, no contestes, no contestes.
Porque si no discutimos. Y además no quiero que hagas ningún
esfuerzo. Recién acabás de llegar, y si te volviste lacónico te volviste
lacónico. Yo te entiendo. (Lo mira a los ojos.) Pero tampoco es cuestión de
exagerar. Porque tengo una pregunta aquí (Se toca la garganta.) desde que
llegaste, y... (Le aprieta el brazo.) Vamos, Carmelito: decidite. Contame,
dale. De hombre a hombre, ahora que Rosa no está presente. Decime:
viniste con alguna idea, ¿no?
CARMELO (lo mira como a un marciano) - Por supuesto. Cómo iba a venir
sin una idea.

NATALIO (ataca) - ¿Viste? ¿Qué idea? ¡Dale! ¿Qué idea?

CARMELO (tiempo) - No quiero discutir.

NATALIO (estalla y grita) - ¡Pero quién está discutiendo, carajo!

CARMELO (también estallando) - ¡Vos estás discutiendo, carajo!

NATALIO (sigue gritando) - ¡Yo no estoy discutiendo nada! ¡Lo único que
yo quiero saber es con qué idea viniste! ¡Por qué tuviste que aparecer
después de tanto tiempo, después de...

(Aparece Rosa y su aparición hace callar a los dos hombres, quienes la miran inmóviles,
sorprendidos. Rosa viene cambiada. Se puso una llamativa peluca rubia, se pintó
exageradamente, se puso unos zapatos llamativos de taco muy alto y se colocó sobre el
vestido viejo un sacón también llamativo. Habla detenida en la puerta, como
exhibiéndose.)

ROSA (con una sonrisa. Hasta habla distinto) - Después de diecinueve años,
once meses y veintinueve días. Y todavía siguen peleándose, como si
el tiempo no hubiera pasado.

NATALIO (acercándose a Rosa con la boca abierta) - ¿Qué te hiciste?

ROSA - Me arreglé un poco. Era una vergüenza cómo habíamos


recibido a Carmi. (A Carmelo.) Y vos perdoname, pero viniste tan de
sorpresa. La verdad me daba un poco de vergüenza estar como estaba,
tan... bueno, tan...

CARMELO - Por favor, Rosa. Vos de cualquier manera estás bien.

NATALIO - Esa es una opinión que se puede discutir.

CARMELO - ¡Habíamos quedado en no discutir! Y a mí me parece que


ella siempre está bien y se acabó.
ROSA - Hacés bien, Carmi, no le discutas a Natalio. Vos sabés que
cuando él se pone así... Aunque ahora algo de razón tiene. Porque
recién yo parecía un monstruo. Me miré al espejo allí adentro para ver
si me descubría alguna arruga, como vos dijiste... ¿y qué vi? La verdad,
no vi ninguna arruga. Pero vi un monstruo, un verdadero monstruo.
Toda desarreglada. Por eso me arreglé un poquito. No sé que te
parecerá mi arreglo.

CARMELO - Bárbaro.

ROSA (descolocada) - Con eso querés decir que está bien. ¿No?

CARMELO - Claro, claro.

ROSA - Ah.

NATALIO (a Rosa, agresivo) - Dijiste que ibas al baño, no a emperifollarte.

ROSA - Ya que estaba en el baño aproveché. Y no me emperifollé. (A


Carmelo.) Mirá las palabras que usa porque estás vos.

CARMELO - Por mí pueden usar cualquier clase de palabras. Creo que


soy de confianza.

NATALIO - Eras. No sé si ahora lo sos.

CARMELO (tocado) - ¿Cómo decis?

NATALIO - El tiempo cambia muchas cosas, hermanito.

CARMELO (ofendido) - Tenés razón. Y a propósito del tiempo... (Gira hacia


el reloj.)

ROSA - ¡Pero Natalio! ¿Qué querés decir? ¿Qué por veinte años
miserables que Carmi estuvo lejos... ya no es más de confianza?
NATALIO - Veinte años, doscientos años, un año... No importa cuántos
años fueron, sino cómo fueron esos años. Y vos recién acabás de decir
que fueron veinte años miserables. Miserables. Vos lo dijiste.

ROSA - Quise decir que eran unos pocos, pobrecitos, miserables años.
Sería distinto si hubieran sido cincuenta, sesenta... ¡setental Entonces
habrían sido... no sé, importantes, pero no miserables.

NATALIO - Claro que no. Entonces los miserables habríamos sido


nosotros.

CARMELO (decidido) - Bueno, acabemos de una vez. ¿Sabés qué le


pasa a éste, Rosa? Que se siente molesto porque recién no le quise
decir por qué volví esta noche. Pero yo necesitaba que estuvieras vos
también para decirlo. Así que... ahora que ya estamos aquí los tres...
ahora puedo decirlo. Lo que yo...

NATALIO - ¡No! ¡Ahora no! ¡No vas a empezar a hablar cuando a vos
se te antoje! ¡Ahora soy yo quien tiene que ir al baño! (A Rosa.) Yo comí
lo mismo que vos. No sé qué habrá sido lo que nos hizo mal, pero...
Después vuelvo. (Se va rápido. Tiempo. Quedan Rosa y Carmelo mirándose.)

ROSA - No estuviste bien, eh... Reconocelo.

CARMELO - ¿Por qué no estuve bien?

ROSA - ¿No te diste cuenta de que tuvo miedo, el pobre?

CARMELO - ¿Miedo? ¿De qué?

ROSA - De lo que ibas a decir. Se fue porque se la vio venir. Y antes de


que empezaras a hablar....

CARMELO - ¿Ah, sí? ¿Y por qué iba a tener miedo de lo que yo iba a
decir?
ROSA (interrumpe, cada vez más teatral) - Vamos, Carmi, por favor. Vos y yo
sabemos por qué viniste. No sé si Natalio lo sabe, pobre. Aunque algo
debe intuir. Pero vos y yo sí lo sabemos. Y en cuanto a él... qué querés
que te diga: es mejor que no esté aquí ahora. Porque yo te quería pedir,
Carmi, por favor, y no lo tomes a mal, yo sé que para vos puede ser un
golpe fuerte... pero por favor te pido que olvides todo lo que pasó entre
nosotros. Transcurrió mucho tiempo desde el día que te fuiste y las
cosas ahora son distintas, y...

CARMELO (interrumpe sorprendido) - No, Rosa, por favor, un momentito.


Está bien que pasó mucho tiempo, vos decías que veinte años, ¿no?,
desde que yo me fui y...

ROSA - Sí, ya lo sabemos. No insistamos. Ese era el plazo: veinte


años. (Señala el reloj y empieza a lloriquear.) Vos dijiste aquella noche que ibas
a volver antes de los veinte años. Además hiciste un chiste; me acuerdo
muy bien, como si te estuviera oyendo. Dijiste que "veinte años no es
nada" y que ibas a volver "febril la mirada".

CARMELO (sonríe divertido) - ¿Yo dije eso?

ROSA - Sí, vos dijiste eso.

CARMELO (igual) - ¿Y cómo la tengo la mirada?

ROSA - No sé, pero muy febril no la tenés. Y tuvieron que pasar


diecinueve años, once meses, veintinueve días, veintitrés horas y unos
cuarenta minutos, para que vos reaparecieras. Este mes es de treinta
días y ya deben ser cerca de las diez, así que ahora deben faltar
apenas unos minutos para que se cumpla el plazo.

CARMELO (siempre sonriendo) - Qué fenómeno. Así que llegué justito


justito.

ROSA - ¿Justito para qué?


CARMELO - Para cumplir con la palabra; si te dije que iba a volver
antes de los veinte años llegué justito justito. Los misterios que tiene la
vida.

ROSA (arrancándose los dedos) - ¿Pero de qué palabra podemos hablar


ahora? ¿No entendés, Carmi, que ahora no puede ser? ¡No puede ser!

CARMELO (que continuaba su pensamiento) - En esto hay que reconocer que


Natalio tiene razón: hace un rato dijo ahí que la vida está llena de
misterios. Y acá tenés uno. Vos decís que yo había prometido volver
antes de que se cumplieran los veinte años; pero hasta ahora yo no
tenía idea de cuánto tiempo había pasado desde aquella noche que vos
decís que...

ROSA (interrumpe) - ¡Por favor, Carmi! ¡No me hagas acordar más de


aquella noche! ¡No te imaginás todo lo que sufrí desde entonces!

CARMELO (volviendo a tomar conciencia de la situación) - Pero escuchame,


Rosita: ¿Por qué me estás diciendo todo eso? ¿Por qué decís que
sufriste tanto? ¿Por qué dijiste recién eso de que "lo que pasó entre
nosotros ya no puede ser"?

ROSA - ¡Porque no puede ser! ¡No puede ser, Carmi, no puede ser! ¡Yo
no puedo dejar ahora a Natalio solo en la vida! ¡Él no tiene quien vele
por él!

CARMELO - Pero escuchame, Rosita. ¿Qué fue "lo que pasó entre
nosotros" antes de que yo me fuera para que ahora me digas todo eso?
¿Por qué tenés que dejarlo a Natalio solo en la vida? Explicame un
poco porque ya...

ROSA - ¡Carmi! ¿Cómo podés hacer esas preguntas? ¿Acaso hablás


así por despecho? Tal vez me haya equivocado cuando lo elegí a él y
no a vos, pero fue una elección de vida sincera, honesta. Y si me
equivoqué no tenés por qué burlarte ahora de mí, cuando ya las cosas
no se pueden cambiar porque cambiarlas sería una acción realmente
deshonesta, repulsiva.

CARMELO (asombrado, azorado).- Perdoname, Rosita. Pero no sabía que


vos...

ROSA (continuando, sin oír a Carmelo).- ¡Yo aquella noche fui fiel conmigo
misma porque elegí lo que creía que me ordenaba mi amor, porque
seguí los dictados de mi corazón! Pero después la vida continuó con su
rutina, imperturbable, con sus verdades cotidianas, crueles... y yo
empecé a compararlos. A él y a vos, Carmi. Claro, él estaba junto a mí
en todo momento y vos no estabas aquí, estabas lejos, quizá viviendo
como un potentado, o como un sultán, llevando una vida plena de
aventuras. Y yo sin saber a qué lugar remoto de la tierra te habían
encaminado tus pasos.

CARMELO - A Comodoro Rivadavia. A Comodoro Rivadavia me


encaminaron mis pasos. Pero ninguna vida de aventuras, Rosita. Puse
un bolichito; en aquella época las cosas podían irte bien, y a mí me fue
bien. Nada más.

ROSA (casi indignada) - ¡Cómo! ¡Estábamos en el mismo país y no fuiste


capaz de venir a verme en veinte años!

CARMELO (confuso) - Bueno... yo no sabía que vos... Y además, el


boliche se fue agrandando, un día me casé con una chilena, ¿sabés?,
Después tuve hijos.... y cada día se me hizo más difícil alejarme del
negocio. Y entonces...

ROSA (golpeada pero heroica) - ¿Viste? ¡Vos tampoco!

CARMELO - ¿Yo tampoco qué?

ROSA - Podrías ahora dejar a tu mujer. Nuestras vidas ya están


marcadas, Carmelo.
CARMELO - Sí, por mi parte creo que sí. Pero a mí me gustaría que
vos también... Cómo podría decirte...

ROSA (estalla en llanto) - ¡No hables de mí, por favor! ¡Si no pensaste en
mí durante todos estos años... ya es tarde para arrepentirte! ¡Ya te dije
que ahora jamás yo podría abandonar a Natalio! ¡Jamás! (Llora
desconsoladamente, más teatral que nunca.) ¡Jamás!

CARMELO (se acerca a ella, que le da la espalda llorando, y cariñosamente trata de


consolarla rodeando su cuerpo con un brazo y acariciando su cabeza) - ¡Pero Rosita,
por favor, no llores! ¡Yo siempre te quise como un amigo! ¡Igual que
quise a Natalio, a pesar de que no volví por aquí para no discutir más
con él, porque ese es insoportable! ¡Pero Natalio te quiere, y....

ROSA - ¡No me hables de Natalio, por favor! ¡Ya te dije que nunca
podría separarme de él!

CARMELO - No, Rosita. Lo que yo digo de Natalio es que...

ROSA - ¡Te digo que nunca podría separarme de Natalio, por favor, no
insistas, Carmelo!

NATALIO (aparece en la puerta. Su apariencia cambió como antes habla cambiado la


de Rosa: ahora está peinado a la gomina, afeitado, com zapatos, traje, corbata. Todo de
un gusto olvidable, como Rosa. Se detuvo en la puerta oyendo los últimos diálogos de
Rosa y Carmelo hasta que explota sordamente).- ¡Carmelito! ¡Miren un poco al
amigo de la infancia!

ROSA - ¡Natalio! ¿Qué te hiciste?

NATALIO - ¡Cómo qué me hice! ¡Me emperifollé yo también, como vos!


¿Querías que siguiera desentonando frente a mi amigo? Porque
Carmelito es mi amigo. Más que mi amigo: mi hermano. ¡Que reaparece
después de veinte años para soplarle la dama a su propio hermano!

CARMELO (alejándose de Rosa) - No, Nata. Es al revés. Casualmente yo


estaba tratando de...
NATALIO (avanzando amenazador hacia la mesa).- ¡Estabas tratando de
soplarme la dama, Carmelito! ¡Claro, vos siempre jugaste al ajedrez
mejor que yo! ¡Pero yo juego mejor que vos a los bolos! ¿Vamos a jugar
un poco? ¿Eh? ¿Qué te parece? (Toma la botella que está en la mesa y la
enarbola, rabioso.) ¿Querés jugar un poco conmigo a los bolos? ¿Eh?
¿Querés jugar, desgraciado? (Lo persigue enarbolando la botella.) ¿Querés
jugar?

CARMELO (retrocede rápidamente) - Pero estás loco? ¡Salí de ahí! ¿De


qué bolos estás hablando? ¡Cómo me llamás desgraciado!

ROSA (interponiéndose entre los dos). - ¡Qué te pasa, Natalio! ¡Pará un poco,
querés! ¿Se puede saber qué fue lo que interpretaste?

NATALIO (detenido). - ¿Cómo "que fue lo que interpreté"? (Desesperado.)


Interpreté lo que vengo interpretando desde hace más de veinte años. Y
vos sabés que interpreté bien.

ROSA - ¿Cómo? ¡Habrás interpretado bien lo que se refiere a tu


querido amigo: pero lo que se refiere a mí lo interpretaste muy mal!
¡Porque vos bien sabés que yo te elegí a vos y no a él!

NATALIO - ¡Me habrás elegido a mí jugando a la perinola! ¡Porque


durante estos veinte años no hiciste más que hablarme de él!

ROSA - ¡Vos fuiste quien no paró nunca de hablarme de él! Y para que
sepas... cuando él se fue, todo lo que yo hice fue respirar. Porque ya el
aire era irrespirable en medio de ustedes dos, siempre peleándose por
cualquier cosa.

CARMELO (a Natalio) - ¡Eso es cierto! ¡Por eso me fui sin saludarte!

NATALIO - ¡Claro! ¡Y fue por esa razón que después de veinte años la
viniste a buscar!

CARMELO (pretende hablar) - Pero oíme, Natalio. Yo...


ROSA (casi pataleando) - ¿Es que no entendés? ¡Él habrá venido a
buscarme, como vos decís! ¡Pero yo no me voy a ir con él! ¡Me quedo
con vos, como me quedé hace veinte años! (Haciendo pucheros.) ¡Porque si
la vida me ha unido a alguien para siempre, me ha unido a vos, Natalio!
¡Me ha unido a vos!

CARMELO (respirando) - Menos mal. (Rosa y Natalio lo miran sorprendidos.)

NATALIO - ¿Qué dijiste?

CARMELO - Dije que menos mal. Porque lo más triste que le puede
pasar a un ser humano es ser testigo de la separación de una pareja. Y
peor ser causante de esa separación. Y más si ellos dos son amigos.
Eso sería lo último que le puede pasar a uno en la vida. ¡Si, señor! ¡Lo
último!

NATALIO (desesperado) - ¡Claro, pero viniste a buscarla!

CARMELO - ¿Pero de dónde sacás que yo vine a buscar a Rosa?

NATALIO (lo toma de un brazo y lo mira profundamente) - Qué querés decir.


¿Que estás dispuesto a volver al extranjero solo sin mi Rosa?

CARMELO - No, Natalio..

NATALIO - ¿Ah, no? (A Rosa, otra vez desesperado.) ¿Viste que dice que no?
¡Es un cínico!

CARMELO - No, Natalio. Digo que no me vuelvo al extranjero, sino a


Comodoro Rivadavia. Vivo allá.

NATALIO - ¿Cómo?

CARMELO - Y me vuelvo enseguida con mi mujer. Es chilena, ¿sabés?


Y allá está toda la familia, esperando.
ROSA (con cierto desdén, a Natalio) - ¿Viste? ¿Qué te dije? Enseguida.
Como siempre. Se va enseguida.

NATALIO - ¿Pero a qué viniste, entonces? ¿Acaso no viniste a buscar a


Rosa, como prometiste hace veinte años?

CARMELO (exasperado) - Estoy sospechando que aquí hay un mal


entendido. Me parece, no sé. O a lo mejor me olvidé de lo que pasó
hace tanto tiempo. Pero yo, hace veinte años, no dije que iba a volver a
buscar a Rosa. Rosa para mí siempre fue una amiga, y además la
mujer de mi mejor amigo, y yo...

ROSA (furibunda) - ¡Pero Carmi! ¿Cómo podés decir eso ahora, cuando
en aquel momento, me acuerdo muy bien junto a ese reloj, aseguraste
que un día...

CARMELO (enardeciéndose a medida que habla) - Si. Te aseguré que un dia…


Vos decís que yo te dije que cuando pasaran veinte años, y que febril la
mirada y todo lo demás, está bien… Pero lo que yo dije era que iba a
venir a buscar este reloj, que era de mis viejos y que era lo único de
ellos que me había quedado. Y nada más.

ROSA (atónita) - ¿Nada más?

CARMELO (llegando al paroxismo) - No, nada más. Y que yo en aquel


momento se los dejaba a ustedes para que me lo cuidaran, nada más.
Y como éste siempre discute y a lo mejor hoy no quería que me lo
llevara, yo necesitaba que los tres estuviéramos aquí, para que todo
estuviera claro. Pero nada más. Yo vine aquí hoy a buscar este reloj,
que es mío. Y nada más. (Toma el reloj y lo abraza con rabia contra su cuerpo.)

ROSA (casi en un sollozo) - ¿Y nada más?

CARMELO (en un gran esfuerzo) - No. Nada más.


NATALIO (se acerca otra ves amenazante) - ¿Me querés hacer creer eso,
ahora? ¿Querés hacerme creer que viniste sólo por ese reloj de
mierda? ¿Eso me querés hacer creer?

CARMELO - ¡Este reloj no es de mierda, eh! ¡Es el reloj de mis viejos,


que en paz descansen!

ROSA - Dejalo, Natalio, dejalo. Dejá que se lleve ese reloj. Si lo único
que él quería era ese reloj...

NATALIO (fuerte). - ¡No, señora! ¡No se va a llevar ese reloj ni nada que
se le parezca!

ROSA (fuerte) - ¿Y qué se parece en esta casa a ese reloj, si se puede


saber?

NATALIO - ¡No sé, pero a ese reloj no se lo va a llevar! (Avanza hacia


Carmelo y el reloj.)

CARMELO (aprieta el reloj entre sus brazos, defendiéndolo de Natalio). ¡Claro que
me lo llevo! ¿Qué te pensás? ¡Ya sabía yo que iba a pasar esto cuando
llegara el momento de llevármelo!

NATALIO (lo persigue por todo el ámbito) - ¡No! ¡No te vas a llevar nada de
esta casa! ¡Nada! ¡Porque no hay nada tuyo en esta casa! ¡No hay
ningún documento que diga que ese reloj es tuyo! ¡Yo tengo un
documento que dice que Rosa es mía! ¡Pero vos no tenés ningún
documento que diga que ese reloj es tuyo!

CARMELO (recordando y deteniéndose de golpe) - ¡Un momentito! (Todos se


paralizan.) ¿Cómo que no hay ningún documento? ¿Y esto qué es? (Da
vuelta el reloj, busca y señala un papel pegado. Sonríe triunfante.) Leé, leé lo que
dice aquí. "Reloj London 1905. Dentro de algunos años lo paso a
buscar. Gracias por cuidármelo. Carmelo." Y aquí está la fecha: 20 de
enero de 1960. ¿Eh? ¿Qué te parece? ¿Vas a decir ahora que no... (Se
detiene y mira otra vez el papel pegado en el reloj.) Mil novecientos sesenta. (Mira
a Rosa.) Mil novecientos sesenta. ¿De qué veinte años hablabas?
Pasaron... Desde mil novecientos sesenta... pasaron treinta y siete
años. Casi el doble.

ROSA (alelada) - ¿Si? ¡No me digas!

CARMELO - ¡Por algo a mí me parecía que había pasado más tiempo!

NATALIO - ¡Treinta y siete años! ¡Con razón estás tan cambiado! ¡Por
eso cuando llegaste casi no te reconocí!

CARMELO - Yo te dije que el tiempo pasa, ¿no?

ROSA - Pero yo.. yo no sé cómo pude engañarme con eso de los veinte
años... Ese Gardel tiene la culpa. Porque eso fue lo que me dijiste
aquella vez, Carmi: "A lo mejor pasan veinte años antes de venir a
buscarlo. Total, veinte años no es nada." Eso fue lo que me quedó. Y
además después agregaste eso de febril la mirada y qué sé yo cuántas
cosas más.

CARMELO - Está bien; yo pude haber dicho todo eso. Pero que quede
claro: yo no te iba a venir a buscar a vos. Yo iba a venir a buscar el
reloj.

ROSA (confusa) - Bueno... Será que me confundí. Con el tiempo las


cosas cambian, a veces los recuerdos se mezclan y una... (Queda
pensativa.)

NATALIO - Sí. Yo doy fe de eso. A mí muchas veces me pasa algo


parecido. Los otros días, por ejemplo, me los pasé llamando por
teléfono al Colorado. ¿Te acordás del Colorado, el que trabajaba en el
Ministerio?

CARMELO - Sí, cómo no me voy a acordar.

NATALIO - Bueno. Y resulta que después de llamarlo y llamarlo, un día


me contesta otra persona me dice que había muerto.
CARMELO - ¡Se murió el Colorado!

NATALIO - Sí. Y yo sabía que se había muerto. Hacía un montón de


tiempo que se había muerto. Y yo lo sabía. Pero me había olvidado.

CARMELO - Pobre Colorado.

NATALIO - Sí, eso es lo que yo dije cuando me enteré: "pobre". Pero


después me olvidé.

CARMELO - Sí, eso pasa, sí. (Quedan pensativos unos segundos pero enseguida
reacciona.) Por eso conviene aclarar las cosas. Yo vine a buscar el reloj.

NATALIO - Está bien. Y ahí lo tenés. No se hable más. Ahí lo tenés


(Quiere sonreír.) Por eso, al menos, no vamos a discutir.

CARMELO - Claro que no.

ROSA (quien desde su última intervención estaba abstraída en sus pensamientos, casi
para sí) - Cómo es el tiempo, ¿no? Pasa y...y todo parece lo mismo:
uno... veinte... treinta y siete...

NATALIO (quiere volver a ser el mismo) - ¡Sí, pero por lo menos nosotros
podemos contarla! ¿No, Carmelito? En cambio el Colorado... ¿Eh?

CARMELO - Sí, claro.

NATALIO (descubre la botella en su mano) - Y esto merece otro brindis. (Va


hacia las copitas.) ¡Por el reloj! Ahí está: ¡Por el reloj!

CARMELO - No, perdón, Natalio, ya se hizo tarde. Y la Negra me está


esperando en el hotel..

NATALIO - Qué negra.

CARMELO - Mi señora. Es chilena.


ROSA - Ah. Está aquí.

CARMELO - Sí. No quise traerla esta noche para que ustedes no se


vieran en el compromiso de agasajarla y esas cosas. Total, quién sabe
cuándo nos vamos a volver a ver después de esta noche.

NATALIO - Sí, claro, hiciste bien.

ROSA - Y yo que vos me apuraría. Pobrecita. En un hotel sola, a esta


hora. Y siendo extranjera.

CARMELO - Sí, tenés razón. Mejor me voy.

NATALIO (señala el reloj que Carmelo tiene en sus brazos). - ¿No querés que te
lo envuelva?

CARMELO - No, no hace falta. Un poco de aire le va a hacer bien.

NATALIO - Bueno. Entonces...

CARMELO (las brazos ocupados abrazando el reloj) - Perdonen, ¿no? Me


habría gustado darles un abrazo, pero no puedo. En fin, será en otra
oportunidad.

NATALIO - Pero sí, Carmelito, no te preocupes. Además para qué


tenemos imaginación. Hacemos de cuenta que nos abrazamos y listo.
(Se abraza a sí mismo.) Ahí está. ¿Y vos no le vas a dar un abrazo, Rosa?

ROSA - Sí, claro que sí. (Se abraza también a sí misma.) Adiós, Carmi.

CARMELO (abrazando más fuerte el reloj, como si abrazara a Rosa).- Adiós,


Rosita.

NATALIO (igual, repitiendo, sentido) - Chau, Carmelito.

CARMELO (igual) - Chau, Nata. (Natalio, nerviosamente, va hasta la


puerta y la abre. Carmelo echa una mirada nerviosa a los dos y sale. Natalio cierra sin
mirar hacia allá. Los dos quedan quietos, sin mirarse. Hasta que al fin.)

ROSA - Se fue.

NATALIO - Sí. Se fue.

ROSA (mira alrededor. Tiempo) - ¿Y ahora qué hacemos?

NATALIO (tiempo). - No sé.

(Empiezan a moverse lentamente. Rosa queda frente al lugar donde estuvo el reloj. Lo
mira.)

ROSA - Es como... como si se hubiera llevado el tiempo, ¿no?

NATALIO (después de un tiempo). - Más o menos,

(Los dos están quietos y lejos uno del otro. Rosa se quita la peluca que aprieta contra su
pecho. Al fin.)

ROSA - Y ya deben ser más de las diez, ¿no?

(Pausa. Natalio se afloja pesadamente la corbata, que queda colgando de su mano.)

NATALIO (al fin). - Más o menos.

(Empieza a oirse un lejano tic-tac de reloj. Pausa.)

ROSA - Cómo tarda el tiempo en pasar.

NATALIO - Más o menos.

(Dos segundos de silencio. No se miran. De pronto, Rosa empieza a caminar lentamente


y sin rumbo por todo el lugar. Enseguida Natalio la imita. Tal vez se crucen en su
deambular. Tal vez no. Pero ninguno de los dos tomara conciencia de su caminar.
Entretanto el tic-tac de reloj ha ido creciendo y ya cubre sonoramente todo el espacio.
También al mismo tiempo, lentamente, las luces se han ido apagando.)

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