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Duarte PARADIGMA DE LA JUVENTUD DOMINICANA

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Duarte

PARADIGMA
DE LA JUVENTUD DOMINICANA
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Primera Edición:
Mayo del 2009

Diseño y Diagramación

Eligio Pérez
Tel.: 809-394-4996
E-Mail: perezeligio2316@gmail.com

Impresión

EDITORA FORMACION
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E-Mail: editora_formacion@hotmail.com
Santo Domingo, R. D.

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Derechos reservados por el autor.


Derechos reservados de esta edición por
Editora Formación

Impreso y hecho
en la República Dominicana

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

INDICE

Prólogo De Fabricio Collado ……………………………. Pág. 7

Presentación ......................................................................... Pág. 9

Prólogo a la Conferencia
Del Dr. Juan Isidro Jimenez Grullon ............................... Pág. 13

La Ideologia Revolucionaria de Juan Pablo Duarte


Origenes y Manifestaciones ...............................................Pág. 17

Duarte Paradigma de la Juventud Revolucionaria


Por Pedro Manuel Casals Victoria ................................... Pág. 51

El Pensamiento Político y la Acción Revolucionaria de Juan


Pablo Duarte, Parte de la Conferencia del Profesor Francisco
Henríquez Vázquez (Chito) .............................................. Pág. 60

Duarte, Apóstol y Libertador


-Proemio de la Obra de Pedro R. Vazquez ...................... Pág. 72

Biografías de Juan Pablo Duarte ..................................... Pág. 77

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

PRÓLOGO

Juan Pablo Duarte y Diez –más conocido por los domini-


canos por su primer apellido: “Duarte”– es uno de esos personajes
históricos universales que desde que conoces su accionar patriótico,
te transforma, te conmueve, te convoca. Te hace ver su empresa li-
bertaria como tuya. Él te influye con su fe y su testimonio naciona-
lista. Él te envuelve en el aroma romántico que deja el ímpetu que
inyectó a su objetivo superior fundacional.

Duarte y su obra procera han sido causas de admiración su-


prema. Una muestra evidente es la siguiente recopilación de trabajos
que exponen sobre Duarte con estilos distintos: unos, son casi con-
versacionales, adquiriendo, sin proponérselo, un tono de amenidad
y con un lenguaje bravo que llama al reencuentro con el Ideario
Duartiano; otro, es más esquemático, conceptuoso, profundo y pon-
derado en el estudio de la ideología revolucionaria de Juan Pablo
Duarte, para también hurgar críticamente en su obra política. Ad-
vertimos que los cuatro son ensartados por la pureza, la honestidad,
el sacrificio y la hechura de incuestionable valor patriótico de Juan
Pablo Duarte y Diez.

En ellos logro percibir una imagen aclarada de Duarte, que


me ha guiado para ahora definirlo como político de gran estabilidad
ideológica, de indudables dotes de liderazgo, de dilatado accionar
moral y ético; un ser de este mundo que hoy nos sorprende, sin aun
llegar a comprender sus sacrificios, su humanismo y la entrega de la
fortuna familiar por una causa que no era personal, ni mucho menos
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

individualista, sino de todos, por la que luchó contra mareas ideo-


lógicas reaccionarias, que han colmado, hasta hoy, su espacio. Son
éstos los que aprovechan en la retórica su imagen patriota que les
inspira adjetivos vacios, con los que suplen la carencia de civismo,
nacionalismo y pureza, que sobraban a Duarte, cuya ideología, por
demás, progresista y liberal, fue la prístina llama votiva de los hom-
bres y mujeres que lucharon (y luchan) por la patria, hasta más no
poder.

Sostengo, al igual que muchos, que Duarte fue un político


puro y clarividente, que supo proyectar una República democrática
sobre pilares liberales, progresistas y humanistas, que tuvo como
cedazo purificador su romanticismo político.

Fue un prócer exactamente completo, con un alto concepto


del sacrificio y del martirio, si era de lugar; valores que exaltan al
cristianismo en su fundación humanizante de la historia, que aclara
la igualdad con el otro, ese prójimo que para Duarte es el conciu-
dadano, que en su generalidad social encarna a la nación.

Digo “prócer exactamente completo”, porque tuvo la pre-


clara visión de independizar la nación dominicana y constituirla en
un Estado sobre el estamento clásico del Estado Republicano, in-
tegrado por los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y avizoró
un cuarto poder, que denominó “poder municipal”, admitido hoy,
aunque no reconocido constitucionalmente, como un verdadero go-
bierno del municipio, unidad comunitaria que en su conjunto integra
el Estado.

Hay que admitir que, sin lugar a dudas, su visión, pensam-


iento y acción son, al día de hoy, revolucionarios por antonomasia,
porque no fueron presa de las ideologías conservadoras y reaccio-
narias de la clase social a la que pertenecía, y a la que muy cómoda-
mente podía responder por ser hijo de un importante comerciante
capitalino de la época; vio lo que otros no veían: un pueblo tan de-
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sarrollado como nación, que llegaría a ser un Estado independiente;


actuó con método y astucia en la consecución de su proyecto al im-
ponerse, inteligentemente, sobre un ejército superior ocupante que
controlaba todos los medios de ascenso económico y social. Desde
el principio al fin, sus intenciones fueron genuinamente positivas,
transparentes, limpias de las máculas del egoísmo y de la apostasía.
Duarte no fue él, en carne y hueso; Duarte no es su nombre ni las
efemérides del 26 de enero ò el 27 de febrero. Es que no lo compren-
den… Duarte es más que él, más que eso, materia; él es un Ideario
que se nos cierne en una sola línea recta a través de la historia Do-
minicana y se proyecta al infinito, que a su paso por esta tierra de
mortales deja una única palabra mayúscula: PATRIA.

Y por eso digo: ¡hay Duarte!, en la independencia; ¡hay Duarte!, en


la Restauración; ¡hay Duarte!, en los que combatieron, con voz o
con fuego, la primera intervención norteamericana; ¡hay Duarte!, en
los expedicionarios antitrujillistas de Luperòn, del 1949, en los ex-
pedicionarios de la Raza Inmortal de Constanza, Maimón y Estero
Hondo, del 1959, y en todo el movimiento de resistencia nacional
contra la dictadura de Trujillo; ¡hay Duarte!, en Manolo y el 1J4;
¡hay Duarte!, en Bosch y sus eternos siete meses de gobierno; ¡hay
Duarte!, en la guerra de abril del 1965, en los constitucionalistas,
en Fernández Domínguez, en Caamaño y el pueblo en armas; ¡hay
Duarte!, en Caracoles; ¡hay Duarte!, en todos los que han luchado
por la libertad. Y todavía, aquí y ahì ¡hay Duarte!…por los siglos de
los siglos.

Fabricio Collado

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Presentación

A partir de la caída del gobierno tiránico de Trujillo el camino


de la transición política hacia un desarrollo democrático y ordenado
ha sido tortuoso, traumático y frustrante, ya que el liderazgo dirigen-
cial que relevó al tirano ha dirigido políticamente la nación con cri-
terios caprichosos y personalistas teniendo como arma de disensión
la intriga, el revanchismo y las apetencias personales.

Estas actitudes son el reflejo de las limitaciones de nuestros lí-


deres, por no decir mediocridad, en lo que a visión política se refiere,
han sido y son improvisadores inmediatitas carentes de visión de
futuro. En esta panorámica no han escapado ni escaparán los líderes
políticos de las izquierdas que se dejaron arrastrar por los partidos
tradicionales y líderes del sistema y no fueron capaces de elaborar
un proyecto de desarrollo, y fortalecimiento institucional de la de-
mocracia basados en reivindicaciones, reformas y cambios, o sea
estrategias coyunturales abiertas, no cerradas.

La historia política del país es el más importante aporte que


debió servir y sirve de base para poder tener una visión política clara
y razonable para definir una estrategia de reencausar la nación hacia
sus metas de desarrollo y autodeterminación. Dos acontecimientos
históricos fueron lo suficientemente aleccionadores para la supe-
ración política de nuestros dirigentes Lilís y Trujillo, 50 años de
régimen de dictadura tiránica.

Estos dos períodos de nuestra historia no fueron producto de


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la casualidad ni del destino, fueron el producto de los estados de


ingobernabilidad, desorden y anarquía que implantó el liderazgo
político en su época con su mentalidad caciquista y caudillista una
ideosincracia que a esta fecha debió ser superada; para éstos sólo
existían y existen sus intereses personales y grupales y con ello so-
meten continuamente a la nación al caos productor de tiranos si es
preciso, cuando sus ambiciones codiciosas no son satisfechas.

La actual crisis política, económica, social y moral no deja de


ser una repetición histórica y no podrá conducir como tal a lo que
la historia nos señala en peor situación puesto que estamos al borde
de la extinción nacional con un estado de ingobernabilidad caótica
y falta de autoridad en grado alarmante que demanda de parte de
las reservas morales que todavía existen y les preocupa la nación,
aúnan esfuerzos e ideas políticas de salvación nacional, dejándole el
espacio para que una nueva generación política que existe, y si no
existe surgirá, reencauce la nación por caminos más certeros para las
conquistas justas de nuestra soberanía, desarrollo y libertad.

No se trata de ideas políticas externas ni de rendir culto a los


errores y aventuras pasadas ni de seguir figuras e ideologías externas
que jugaron y juegan su papel histórico en sus naciones. Se trata de
jugar nosotros nuestro propio rol como nacionalistas frente al multi-
nacionalismo gobernante, tomando como estandarte nuestros líderes
históricos creadores de nuestra nacionalidad o sea que los dominica-
nos tenemos en quien atenernos y acogernos, no necesitamos figu-
ras extrañas porque tenemos las nuestras; no hay que transculturizar
caminos porque tenemos el nuestro. No somos huérfanos, tenemos
nuestro padre.

El 25 de noviembre del año 2001 un grupo de intelectuales y


profesionales agrupados en una institución llamada “Educación
para la Democracia” publicó en la revista cultural Vetas de marzo
del mismo año un documento que analiza brevemente el panorama
de la República Dominicana en lo social y económico, los dere-
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chos ciudadanos, el poder judicial, legislativo y ejecutivo; el proble-


ma ecológico y la conducta ciudadana frente a la problemática que
nos afecta. En su resumen dicho documento propone lo siguiente:
“Es menester luchar por modificar la composición del Estado y sus
políticas, pero, al mismo tiempo, se debe construir la alternativa re-
invidicadora desde el feudo de la sociedad. Los diversos segmentos
del pueblo deben organizarse alrededor de sus reinvindicaciones y
poner fin a un estado de dispersión fruto de la pobreza, la ignorancia
y la seducción de los intereses nefastos, situación sobre la cual estos
se basan para perpetuar impunemente el clientelismo y la corrup-
ción.

Los ejemplos y las lecciones de patriotismo, moral y sacrificio


que nos legó el fundador de la república, Juan Pablo Duarte, pueden
ser la única y última opción que tengamos disponibles para salvar
a nuestro país del colapso total. El ejemplo y los ideales del Padre
de la Patria deben ser el faro que la juventud siga para reclamar su
redención. En el ideario de Duarte está la clave de nuestra salvación
como nación libre, justa y feliz”.

Estas certeras apreciaciones conjuntamente con las del Lic. Ful-


gencio Espinal que prologa la conferencia del licenciado Jiménez
Grullón, nos motiva a publicar una compilación de conferencias y
artículos que sobre la figura de nuestro patricio Juan Pablo Duarte,
han hecho reconocidos historiadores y politólogos distinguidos,
nacionalistas y dominicanistas, las cuales sirven de faro de ilumi-
nación para que nuestra juventud adquiera una plataforma ideológi-
ca, política y moral para poder jugar su rol histórico de ser relevo
generacional para nuestro presente y futuro necesitamos y tenemos
que salvar la patria, necesitamos una mejor nación y esto solo será
posible acogiéndonos el pensamiento de nuestro Juan Pablo Duarte
que junto a sus compañeros trinitarios nos dieron la pauta y nos tra-
zaron el camino a seguir para tener una patria libre y soberana.

Duarte es nuestro paradigma, no necesitamos transculturizar


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figuras históricas que son legados de sus naciones y se mantienen


viviente porque sus pueblos de generación en generación los man-
tienen vivo lo respetan y les rinden tributo.

Prof. José Ant. Figueroa

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PROLOGO A LA CONFERENCIA

DEL DR. JUAN ISIDRO JIMENEZ GRULLON

Es difícil la tarea de prologar una obra del doctor Juan Isidro


Jimenes Grullón, aunque reconozco que es un gran ho-nor, cuya sa-
piencia intelectual ha relumbrado en los cielos de nuestra América
concitando productivas la categoría de combatiente, de prodigioso
escritor y la rectitud de sus convicciones teóricas; pero manos a la
obra:

A pesar de la trascendencia histórica de Juan Pablo Duarte, for-


jador y Padre de la Patria, sus ideas y sus obras no han sido difun-
didas con la intensidad y con la profundidad que ellas merecen. In-
cluso, mas dramático aun, la mayor parte de los análisis, en muchos
casos bien intencionados, que se han realizado, presentan una visión
limitada y deformada de este insigne patriota.

Dentro del marco de las excepciones, con relación a la figura


de Duarte, sus ideas y sus obras, tenemos que inscribir de manera
destacada el ensayo que hoy presentamos del eminente profesor e
investigador social, Dr. Juan Isidro Jimenes Grullón.

Al Duarte tradicionalmente mitificado y fetichizado, Juan


Isidro nos descubre y nos contrapone al Duarte concreto, cotidia-
no, humano y patriota, con sus limitaciones, virtudes, defectos e
ideales. Para lograr esto, el autor, superando la visión anecdótica,
individualista y psicologista, realiza un análisis dialéctico desde una
perspectiva histórica, donde se destacan adecuadamente las carac-
terísticas económicas, sociales, políticas, ideológicas, doctrinarias y
religiosas de la época.
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

El niño Duarte, como buen hijo burgués de la época en la Co-


lonia Española, fue educado bajo los preceptos y enseñanzas de la
religión católica, y de la ideología colonialista.

Una redefinición de lo primero y una ruptura radical con lo se-


gundo se producirá no solamente con la provocación del capitán del
buque que lo transporta a Norteamérica, o por el recorrido por los
Pirineos cuando estaba en Europa, sino por sus vivencias generales
en el viejo continente y su relación con las doctrinas políticas en
ese momento como era el liberalismo, el nacionalismo y el romanti-
cismo, muy especialmente, de acuerdo a Juan Isidro, en lo referente
al hombre y la historia, “El Romanticismo Histórico “.

Entrando en contradicción con su propia clase, familiares y


amigos, Duarte, a su regreso a la Patria, concibe la creación de una
Patria libre y soberana “de toda potencia extranjera” y en esa base se
incorpora en cuerpo y alma a la organización y a la lucha para con-
seguir este objetivo. En todo ese proceso, Juan Isidro nos desvela y
nos descubre un Duarte distinto a las caricaturas tradicionales, nos
da un Duarte histórico, humanista, patriota y revolucionario, donde
el nacionalismo, el anticolonialismo y el antiimperialismo consti-
tuyen los atributos más relevantes.

Después de un largo período de concubinato de la burguesía


hispaniola local con el dominador haitiano, la idea nacionalista radi-
cal de Duarte encuentra al asidero para la lucha independentista,
aunque, como lo demostraron los hechos posteriores al 1844, al
proyecto de esta clase se situaba en su separación de Haití y en su
entrega “a una gran potencia, en la cual la preferida era España. Pero
si otra se anticipaba en el respaldo al propósito, no había reparos
para iniciar con ellas las correspondientes gestiones y llegar a un
concierto”. Y esto chocaba realmente con el nacionalismo integral
de Duarte cuando expresaba “la nación dominicana es libre e inde-
pendiente, y no es ni puede ser jamás parte integrante de ninguna
otra potencia, ni el patrimonio de familia ni persona alguna propia
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

ni mucho menos extraño”.

Y aunque la lucha inmediata para conseguir la independencia


nacional era la lucha contra el invasor haitiano, Juan Isidro sostiene
muy atinadamente que esta razón no lo hacia caer en un gratuito anti-
haitianismo. Por el contrario, supo reconocer y admirar las luchas
independentistas del pueblo haitiano. En su nacionalismo, “solo sus-
tentaba el derecho de nuestro pueblo a constituirse en nación libre e
independiente” de toda potencia extranjera sin importar su nombre.

Y aun mas, superando el contenido monárquico que dominaba


en Europa la concepción nacionalista, Duarte incorpora un conteni-
do republicano-liberal al proyecto histórico, independentista, que en
lo inmediato chocaría con el proyecto burgués imperante.

Duarte, que lo dio todo por la libertad y la independencia de


su patria, le pagaron con la persecución, la calumnia y el destierro.
Pero como era consecuente con sus ideas, como creía en el pueblo,
cuando la patria fue “anexada” a España y la bota del invasor man-
cillaba su frente, Duarte dice de nuevo presente en la epopeya res-
tauradora aceptando “una misión patriótica en el exterior”, al tiempo
que afirmaba que “por desesperada que sea la causa de mi Patria,
siempre será la causa del honor y siempre estaré dispuesto a honrar
su enseña con mi sangre”.

Y en una carta que envía en 1865 a Manuel Rodríguez Objío,


Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno Restaurador, entre
otras cosas expresaba; En Santo Domingo no hay mas que un pueblo
que desea ser y se ha proclamado independiente de toda potencia
extranjera, y una fracción miserable que siempre se ha pronunciado
contra esta ley, contra este querer del pueblo dominicano, logrando
siempre por medio de sus intrigas y sórdidos manejos adueñarse de
la situación, esa fracción o mejor diremos esa facción ha sido, es y
será siempre todo menos dominicana”. Y agrega mas adelante, “si
me pronuncio dominicano independiente desde el 16 de julio del
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

1838, cuando los nombres de patria, libertad, honor nacional se ha-


llan poscriptos como palabras infame... Si después en el año 44 me
pronuncié contra el protectorado francés decidido por esos facciosos
y cesión a esta Potencia de la Península de Samaná, mereciendo por
ello todos los males que sobre mi han llovido; si después de veinte
años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi Patria a protestar
con las armas en la mano contra la Anexión a España, llevada a cabo
a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando… no
es de esperarse que yo deje de protestar (y conmigo todo buen do-
minicano) cual protesto y protestare siempre, no digo tan solo contra
la anexión de mi Patria a los Estados Unidos, sino a cualquier otra
potencia de la tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que
tienda a menoscabar en lo más mínima nuestra independencia Na-
cional y cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del
pueblo dominicano”.

Ese Duarte nacionalista, patriótico, anticolonialista y antiimpe-


rialista, coherente en sus acciones con sus ideas, consecuente con
sus palabras, es el Duarte Histérico, el legado Duartiano que nos
entrega el maestro Juan Isidro Jimenes Grullón en este trabajo que
presentamos al pueblo dominicano a los pueblos del mundo.

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LA IDEOLOGIA REVOLUCIONARIA

DE JUAN PABLO DUARTE

ORIGENES Y MANIFESTACIONES

POR DR. JUAN ISIDRO JIMENEZ GRULLON

Desarrollar el tema que los organizadores de este Seminario me


han asignado no es tarea fácil, pues es bien poco lo que se conserva
de lo escrito por el Padre de la Patria. Parece, sin embargo, que para
el 1844, ya el había emborronado muchos papeles que su tío, José
Diez, “tuvo arbitrariamente la ocurrencia de reducirlos a cenizas”.
Tal redacción la llevo a cabo durante “ocho meses”, y desventu-
ra fue que la pagina en la cual su hermana Rosa -en sus ce1ebres
“Apuntes”— se refiere a su contenido, se extraviara.

Son precisamente estos “Apuntes”, junto a la escasa correspon-


dencia que de el o a el dirigida se conserva y los documentos que
aparecen en su “Archivo”, la única cantera de la cual es posible
extraer las esencias de su pensamiento político. Esas han sido, por
cierto, las fuentes utilizadas tanto por sus detractores como por sus
apologistas. En cuanto a los primeros, es ocioso decir que sus afir-
maciones han sido reducidas a polvo por la publicación de nuevos
documentos y las argumentaciones de algunos de los segundos. Des-
graciadamente, preciso es reconocer que muchos de estos últimos,
impulsados por el afán apologético, se alejaron frecuentemente de
lo estrictamente histórico para caer en generalizaciones absurdas,
unidas a menudo a lo novelesco. Esta desorientadora corriente la
inicio Emiliano Tejera, y la continuaron, en los últimos tiempos,
Joaquín Balaguer y Pedro Troncoso Sánchez. Débese al primero un
panegírico de Duarte en el cual, en un párrafo relativo a la domi-
nación haitiana, se dice lo siguiente: “Cuanto horror” ¡cuanta ruina!

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¡cuanta amargura devorada en las soledades del hogar!. Nunca la


elegía animada por intenso y legítimo dolor produjo quejas mas las-
timeras que las exhaladas por las madres dominicanas en sus eternas
horas de angustia” Lo particular, Tejera lo convierte así en general
¿Ignorancia? ; ¡No! obró a sabiendas de que los sectores mas impor-
tantes del país brindaban gustosos su apoyo al dominador. Se trata,
por tanto, de una clara tergiversación de la historia... Balaguer, en
su obra El Cristo de la Libertad cae también frecuentemente en esta
tergiversación. Y pinta a veces a Duarte con frases que el análisis
de su psiquismo y su pensamiento desmienten. Habla de “la locura
patriótica del joven repúblico” dando así a entender que el auténtico
patriotismo es cosa de locos; y expresa que Santana, “severo como
un familiar del Santo Oficio y sanguinario como un tártaro, solo le
resulta abominable cuando trabaja para menoscabar la Independen-
cia de la patria o cuando de pie sobre su trono de despotismo vierte
sangre, sangre inocente o culpable, pero sangre dominicana”. Evi-
dentemente, esta última afirmación se da de bruces con el profundo
sentido humano que latía en el alma del patricio. ¡Y eso no es todo!
Obedeciendo a un fervoroso racismo del cual ha dado múltiples
pruebas, habla de la “raza maldita de Dessalines”.. . En cuanto a
Troncoso Sánchez, su biografía de Duarte recientemente publicada
es un novelón insólito en el cual las falsedades históricas -a algunas
de las cuales habré de referirme luego- corren parejas con la cur-
silería literaria de la mayor parte de las escenas que su imaginación
inventa.

Al falsear la realidad, todos estos autores han contribuido a pre-


sentar a un Duarte que cae dentro de lo mítico. Por ventura, los
documentos ya mencionados y sobre todo los referidos Apuntes per-
miten descubrir al hombre de carne y hueso. Pero insisto: llegar a
este descubrimiento es empresa ímproba, pues forzoso es atar cabos
sin alejarse de la mayor objetividad. Ya lanzado en esta vía, el inves-
tigador lamenta que la base documental más importante -es decir,
los reciñe citados Apuntes- se aquejan - tal como afirma el notable
buceador de nuestra historia, Lic. Emilio Rodríguez Demorizi- de
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

errores cronológicos. A ello agrego que pasan a la ligera sobre dos


épocas fundamentales para el debido conocimiento de la formación
del ideario político del apóstol: me refiero al período de su infan-
cia y su adolescencia y al que, finalizada ya esta, cubre los inicios
de la edad adulta. Hoy, todos los psicó1ogos insisten en la impor-
tancia fundamental que tienen estos dos períodos en la concreción
definitiva del psiquismo y el desarrollo de lo que Pavlou llama los
“estereotipos dinámicos”. Durante el primero de estos periodos es
cuando los factores externos -o paratíficos- comienzan a influir, a
través de la sensibilidad exteroceptiva, sobre lo genotípico. Con-
tribuyendo así a la formación del fenotipo. Ha quedado demostrado,
además, que determinadas influencias paratípicas pueden a veces
exaltar -brindándole vías y contenidos de expresión -ciertos rasgos
genotípicos; pero a menudo sucede lo contrario: bajo la presión de
lo paratípico, estos rasgos tienden a desaparecer y el proceso cul-
mina en la enajenación plenaria.

Los datos que Rosa Duarte brinda sobre la infancia del Padre de
la Patria imponen la conclusión de que había en este, como factores
genotípicos, una refinada sensibilidad -que se traducía en su carác-
ter “dulce y amable”- y prendas intelectuales que se manifestaban
fundamentalmente, en la capacidad memorística. Sobre tales condi-
ciones psíquicas congénitas gravito el ámbito familiar y profesoral,
típicamente burgués, y en cuya superestructura ideológica primaba
la cosmovisión sustentada por el colonialismo hispánico. Esta pri-
macía explica la preferencia por lo religioso en la enseñanza que
el recibió cuando su intelecto despertaba. Su hermana expresa, al
respecto, que a los “seis años sabia leer y de memoria recitaba todo
el catecismo”, y que sus maestros de entonces fueron dos clérigos:
el Pbro. José Antonio de Bonilla y el Pbro. Dr. Gutiérrez. Afirma,
además que “los pocos conocimientos que adquirió fueron debidos
a su amor al estudio, estimulado por el laudable propósito de ilus-
trarse para poder libertar a su patria.”

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Indudablemente, esta última afirmación es incorrecta. Pues nun-


ca se ha dado el caso de que en el primer decenio de la vida alguien
tome conciencia -pese a la gravitación de predicas ambientales- del
contexto de realidades políticas imperantes en el sitio donde vive.

Es más: si bien hay pruebas de que para entonces el padre del


apóstol, Juan José Duarte, era hostil a la dominación haitiana, lo
mas probable es que alentara -como tantos otros emigrados espa-
ñoles residentes, durante esos años, en el país, la idea de substituir
dicha dominación por la colonial española, sin ni siquiera sospechar
que su hijo abrazaría con el tiempo, el ideal nacionalista. Mas aún:
nada indica que cuando el lo envió bajo la tutela del ex Juez Pablo
Pujol- a los Estados Unidos y a Europa, lo impulsara otro afán que
la formación cultural de su hijo. Juan José Duarte era comerciante
importador, lo que lo ubicaba dentro de la clase social burguesa, y
como buen burgués, deseaba que Juan Pablo aprendiera bien idio-
mas, contabilidad y otras materias que, dominadas por este, bien po-
drían contribuir al desarrollo futuro de su negocio. Ello hace ver que
la infancia y la adolescencia del futuro Padre de la Patria se diferen-
ció de las de Bolívar y Marti. Bolívar nació y se crío en el ámbito fa-
miliar pseudo-aristocrático de la burguesía atípica venezolana; pero
tan pronto adquirió los primeros conocimientos elementales, cayó
bajo la tutela intelectual de Simón Rodríguez, figura ganada por las
corrientes de la ilustración y fundamentalmente, por el pensamien-
to de Rousseau. Gracias a la influencia de este preceptor, muchos
de sus estereotipos dinámicos iniciales fueron substituidos por los
que prevenían del otro, que indudablemente se ajustaban más a lo
genotípico del psiquismo de su discípulo. En lo que respecta a Marti,
nace en un ambiente pequeño-burgués, políticamente adaptado a las
realidades coloniales cubanas. Sus primeros estereotipos dinámicos
van a ser, por tanto, un producto de este ambiente. Pero bajo la influ-
encia de su primer maestro, Rafael Mendive, hombre solidarizado
con el nacionalismo y el liberalismo en auge entonces en Europa y
en nuestra America, se siente rápidamente dominado por las predi-

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

cas que aquel hacía de dichas doctrinas. Puede, pues, afirmarse, que
ya en plena juventud, Bolívar y Martí eran figuras que habían roto
con los moldes ideológicos que encuadraron sus respectivas infan-
cias; y se convirtieron en abanderados de las citadas doctrinas.

El caso de Duarte fue distinto. . . Aun cuando su padre y sus


maestros sintieran cierta aversión por el dominio que ejercía sobre
el país la vecina Republica y trataran de desarrollar en el este sen-
timiento, no hay el menor indicio de que ninguno de ellos conside-
rara que el problema se resolvía mediante la creación de una nación
independiente, libre y soberana. Hasta prueba en contrario, forzoso
es convenir en que la paternidad de esa idea corresponde al hijo y
discípulo, que comenzó a difundirlo tan pronto regreso de su viaje a
los Estados Unidos y a Europa.

Existiendo pruebas concretas de que el Sr. Pujols ya no era juez


en el año 1828 forzoso es convenir que dicho viaje tuvo lugar en
ese año o en el anterior. Para entonces, Duarte era un adolescente
-había nacido en 1813 y bien se sabe que en esta época toda inteli-
gencia alerta comienza a desarrollar su sentido crítico. Por cierto,
su hermana Rosa expresa que el capitán del buque que lo conducía
a Norteamérica le preguntó si a él “no le daba pena decir que era
haitiano. Juan Pablo le contesto: -yo soy dominicano: a lo que con
desprecio le contesto el capitán, tu no tienes nombre, porque ni tu
ni tus padres merecen tenerlo, porque cobardes y serviles inclinan
la cabeza bajo el yugo de sus esclavos”. Ante ello según le mani-
festó el hermano este juró “probarle al mundo entero que no tan solo
teníamos un nombre propio, dominicanos, sino que nosotros (tan
cruelmente vilipendiados) éramos dignos de llevarlo”. La confesión
es reveladora: demuestra que hasta entonces, Duarte veía probable-
mente con naturalidad la dominación haitiana; y lo mas interesante
del caso es que, al renunciar a esta visión, no se le ocurrió, siendo
hijo de español, propugnar por un retorno al coloniaje hispánico:
¡tal vez en esos momentos gravitó sobre su mente el recuerdo de las

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

gestas emancipadoras de los pueblos de nuestra America! .

Ya en Nueva York, “siguió aprendiendo el ingles, y empezó a


estudiar Geografía con Mr. Davis, que le daba clases a domicilio”.
Esto es todo lo que su hermana dice respecto a su estancia en dicha
urbe. Desgraciadamente, la escasez de datos propició la creación y
difusión de una leyenda que presenta al estudiante como un cono-
cedor de la historia política de los Estados Unidos. Esta leyenda
la recoge en su ensayo El Pensamiento Político de Duarte, el Lic.
Joaquín Salazar quien en este trabajo afirma que el joven Duarte
debió “seguir con máximo interés” las pugnas políticas norteame-
ricanas de entonces y sobre todo, la tesis democrática sustentada
por John Quincy Adams en el sentido de que el Congreso tenía “la
obligación, más que la facultad, para dirigir su atención y para dic-
tar disposiciones de aplicación general en todos aquellos asuntos
que pudieran reconocerse como de interés general para el país”.
Ningún documento avala estas afirmaciones, y es de toda evidencia
que Duarte -que era entonces un mozalbete- carecía de la cultura
política necesaria para captar ese problema. En cambio, lo que si
tuvo que impresionarlo fue la grandiosidad de la urbe neoyorquina
y el mantenimiento de la esclavitud en aquella “democracia” en-
tregada al desarrollo del capitalismo. A estos puntos no se refiere el
Lic. Salazar; y si el Dr. Balaguer menciona el primero, termina di-
ciendo que el joven viajero se sintió “feliz en aquel ambiente donde
los hombres parecen circular impelidos por ambiciones desmesura-
das y donde cada persona se siente dueña de un imperio como si en
su fuero íntimo oyera fermentar las energías de una individualidad
poderosa”. Claro esta: al escribir esto, el autor no tuvo en cuenta
que si bien en la aludida ciudad los esclavos eran poco numerosos,
existía una población negra, víctima del más inhumano discrimen
racial. Es más: en otro párrafo de su libro da a entender que Boyer
no abolió la esclavitud en nuestro país, pues expresa -sin establecer
diferencia entre esta última y un régimen político semi-dictatorial
impuesto por una fuerza extraña- que la bandera de Haití flotaba
“sobre la fortaleza colonial (de Santo Domingo) como un símbolo
22
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

de esclavitud y de ignominia”.

Se ignora el tiempo que pasó Duarte en los Estados Unidos; pero


lo más probable es que la estancia fue breve, pues el máximo interés
de Pujol era ver de nuevo a sus familiares de Cataluña. Desde Nueva
York, ambos partieron hacia Inglaterra, país que contrariamente a lo
afirmado por Salazar, no atravesaba entonces un período de “gran
tensión”, como el que vivió en la época napoleónica. Por eso, no
hay razón para sostener que la política dual de Canning -que murió
en el 1827- impresionara al futuro prócer. Feliz María Del Monte,
despreciable tránsfuga del ideal trinitario e intelectual corrompido y
perverso -tal como lo demostró en el primer tomo de mi Sociología
Política Dominicana- pero a quien Troncoso Sánchez presenta como
hombre de “reconocida probidad, manifiesta que en Londres, dicho
futuro prócer asistió a las celebres sesiones del Parlamento”, cosa
que hay que poner en duda en virtud de quien viene, y llega al colmo
del dislate al ver en el Estado inglés de esa época un organismo
“monopolizador de las industrias” lo que significa que ya existía allí
-¡oh laudable anticipación! un capitalismo monopolista de Estado.

De Londres, el prócer en ciernes paso a Paris, y allí si pudo


darse cuenta -pues no se necesitaba para ello amplia cultura y madu-
rez intelectual- de que, pese a que Francia se hallaba sacudida por
el espíritu revolucionario que nació al calor de la gran Revolución
de 1789, este espíritu apenas podía manifestarse, en razón del do-
minio ya decadente pero aun ejercido por la Santa Alianza. Tal vez
no pudo captar el fondo del problema y comprender así que la Fran-
cia derrotada seguía siendo el máximo exponente de la Revolución
democrático burguesa. Pero es indudable que -dada su inteligencia
alerta- todo aquello repercutió en su intimidad provocando medita-
ciones que lo llevaron a analizar el sentido de las corrientes políticas
en pugna y sus variantes.

Es entonces a nuestro juicio- cuando el ámbito comienza a crear

23
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

en su espíritu nuevos estereotipos dinámicos, que van a entrar en


pugna con algunos de los que presidieron sus actuaciones anterio-
res. Pero iba a ser mas tarde, al llegar a Barcelona y permanecer allí
hasta el 1831, cuando estos nuevos estereotipos se desarrollarían
con amplitud, llegando a ejercer sobre su ánimo una función domi-
nante.

No es posible adentrarme en ese mundo íntimo sin una incur-


sión más amplia en las realidades y corrientes políticas de la Europa
occidental y central de entonces, y fundamentalmente, en las exis-
tentes en España. El ya citado Sr. Del Monte expresa que en Lon-
dres, Duarte se sintió asordado por “los rumores del comercio y de
la industria fabril; en Francia, por el ruido de las discusiones y a vec-
es de los motines. En España, había visto una nación sin unidad de
idioma, de usos, costumbres y legislación: “aquella desmembración
histórica malamente incrustada a un todo más bien que restringida
por la política, posee únicamente un punto de asimilación... iba a
decir que la religión, pero no quiero hacer injuria al dogma católico,
diré mejor el fanatismo y la intolerancia”. Obedeciendo a su rancio
hispanismo, Troncoso Sánchez rechaza estas últimas afirmaciones:
a su juicio, parecen “contener elementos subjetivos”, e indudable-
mente los contiene, al igual que las relativas a Inglaterra y Francia.
Pero el problema es inmaterial: lo que importa es poner al desnudo
que toda Europa -incluyendo, por tanto, a España- se sentía entonces
agitada por diversas corrientes políticas, y que algunas de estas in-
fluyeron poderosamente en el espíritu del joven viajero, despertando
y estimulando el desarrollo de sus nuevos estereotipos dinámicos.

Es evidente que para ello no bastaba una estancia de pocas sema-


nas. José Gabriel García, considerado generalmente como el padre
de nuestra historiográfica tradicional, estima que su permanencia en
Barcelona duro “años” y lo mismo sostiene Del Monte. Si se recuer-
da que inició el viaje en los finales del 1827 ó en el curso del 1828
-partiendo del dato ofrecido por la renuncia de Pujol hay que admitir

24
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

la corrección de tales afirmaciones, lo que aparece avalado por Rosa


Duarte cuando afirma que sus conocimientos de Derechos instaron
al Lic. López Umeres y al Dr. Montolio a recomendarle -cuando
llegó a Caracas huyendo a la persecución de Herard- que “repasara
lo que había estudiado, (y) que ellos lo presentarían a la Universi-
dad para que lo examinaran y se recibiera de Doctor en Derecho”.
Ocioso es decir que tales conocimientos jurídicos requerían varios
años de estudio. Pese a estos datos, en su fantástica novela, Tron-
coso Sánchez afirma que “su ausencia en el exterior no fue tan larga
como el y sus padres se lo propusieron. Pasado un año en el extran-
jero, su creciente deseo de regresar lo movió a considerar que era
suficiente lo aprendido en la capital catalana, y así se lo comunicó a
su tutor... Su ambición no era ya tanta la de cultivar su espíritu como
la de dedicarse en cuerpo y alma a la redención de su pueblo”.

De este criterio se infiere que los contenidos del ideario del


prócer brotaron de su hontanar anímico casi por generación espon-
tánea, pues no era posible que en pocos meses las nuevas corrientes
políticas -algunas de las cuales se proyectaban sobre todas las regio-
nes ideológicas -brindaran aquellos contenidos ¿Cuales eran estas
nuevas corrientes? El romanticismo, el liberalismo, el nacionalismo
y el socialismo utópico. Con la excepción de la última, cada una de
ellas penetró en su espíritu brindándole las esencias de su actuación
futura.

Pero el caso no puede ser estudiado a la ligera, pues tales co-


rrientes, pese a que respondían al común denominador de la libertad,
ofrecían contradicciones dialécticas recíprocas y a menudo internas.
Es más: sobre todo el romanticismo y el socialismo evolucionaron
de tal modo que en gran parte perdieron mucho de sus conceptua-
ciones originarias. El ideario de Duarte no estuvo ajeno a dichas
contradicciones, lo que me dispongo a exponer someramente de in-
mediato, a fin de que pueda captarse con facilidad la raíz de algunas
de sus actitudes.

25
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Comienzo con el romanticismo... Se trata de un movimiento


que sosteniendo la tesis de una libertad individual plenaria, dió pri-
macía sobre lo racional, y en vez de enfrentarse al futuro haciendo
tabla rasa del pasado, exaltó lo tradicional e histórico. Se enfrentó,
pues al culto de la Razón, que, en términos generales, dió la tónica al
pensamiento del llamado Siglo de las Luces. Asomó, por tanto, con
un carácter reaccionario. Y ofreció tres vertientes: una filosófica;
otra artística, que dió origen a una amplia literatura y una música
nuevas; y otra política, rica en contradicciones. Tales contradiccio-
nes se extendieron a la totalidad del movimiento, que en Alemania
fue “hasta mitad del siglo”, estrictamente conservador; en Italia se
abrazó al liberalismo, al igual que en España; en Inglaterra fue li-
beral y reaccionario; y en Francia, siguiendo las huellas alemanas,
tradicionalista y monárquico. Pero después de esa etapa -llamada
la del romanticismo histórico- la vertiente política evolucionó por
dondequiera hacia el liberalismo, y la burguesía, que sobre todo en
Francia había sido hostil al conjunto de la doctrina, la incorporó -al
menos parcialmente- a su ideología: El inicio del vuelco lo produjo
en París, en el 1830, la representación del drama de Víctor Hugo in-
titulado Hernani. En nuestra América, tal evolución no hubo apenas
de observarse. Como señala Engels, desde temprano hubo allí un
“romanticismo y su exaltación amorosa, pero sobre una base bur-
guesa y con fines en último término burgueses”. Nos anticipamos,
por tanto, a lo que aconteció en Europa en los precisos momentos en
que Duarte se encontraba en Barcelona.

Paso ahora al nacionalismo... Entró en el tema señalando que


este movimiento estuvo estrechamente enlazado al desarrollo del
capitalismo, y por tanto, de la revolución democrático-burguesa. Con
razón Lenin sostiene que la época estudiada es la de “la bancarro-
ta del feudalismo y del absolutismo, (y) los movimientos nacionales
adquieren por primera vez el carácter de movimientos de masas,
incorporando de uno u otro modo a todas las clases de la población
a la política”. En el fondo, el nacionalismo respondió al afán de
liberación de los pueblos sojuzgados por una nación extraña a ellos.
26
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Esto explica que el factor precipitante del auge de la doctrina fuera


la expansión napoleónica. Lenin expresa al respecto: “Las guerras
de la Revolución Francesa comenzaron con guerras nacionales, y
lo eran efectivamente. Eran revolucionarias pues tenían como obje-
tivo defender a la gran revolución contra la coalición de las monar-
quías contra-revolucionarias. Pero cuando Napoleón fundó el Im-
perio Frances, y avasalló toda una serie de Estados nacionales de
Europa... entonces las guerras nacionales francesas se convirtieron
en guerras imperialistas, que a su vez dieron origen a guerras de
liberación nacional contra el imperialismo francés”. Se dio así el
caso de que pese a que el movimiento tenía, en última instancia, un
origen esencialmente económico -La Revolución Francesa - se vio,
forzada por la dialéctica histórica, a enarbolar la bandera romántica
del historicismo. Aquellos Estados sojuzgados tenían, en efecto, su
historia, y respondían a rasgos culturales propios. Fue sobre estas
realidades que se levantó el nuevo nacionalismo!

El movimiento comenzó a cobrar vida en la lucha del pueblo


español contra el dominio napoleónico. Todo el esfuerzo se orienta,
en sus inicios, a destruir al invasor y restaurar así la nación. Al acer-
carse el triunfo, la unidad nacional se vió sacudida por la pugna
dialéctica entre los absolutistas y los liberales. Sin embargo, había
entre ellos un común denominador de origen romántico: el respeto
a la historia, sentimiento que en el orden político se manifestó en el
establecimiento de la monarquía. El liberalismo español del enton-
ces, a pesar de que se inspiraba en determinados principios de la
Revolución Francesa, no fue republicano Fernando VII se hizo de
nuevo cargo del poder, y después de algunas concesiones a las ten-
dencias liberales, restaur el absolutismo. Luego advinó el paréntesis
del “trienio constitucional”; pero el rey, ayudado por campesinos
tradicionalistas y la llegada de 90,000 franceses- los celebres “cien
mil hijos de San Luis” -restauró una vez mas la plenitud de su poder
en el 1823, y la plana mayor del liberalismo español- que no consti-
tuía un partido político -se vió obligada a emigrar.

27
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

No produjo entonces España un hombre que -como Mazzini en


Italia- hermanara el nacionalismo con tal convicción liberal repu-
blicana y la idea de la “eminente dignidad del pueblo”. Claro esta:
el gran insurgente Italiano veía al pueblo como el conjunto de la
comunidad, lo que pone al desnudo su fondo romántico, como tam-
bién lo hace su tesis de la inseparabilidad de la religión-elemento
tradicionalista- y la política.

Me detengo ahora en el liberalismo... Fue este, indudablemente,


la mas nítida expresión de la revolución democrático-burguesa en
el campo de la política y la economía. Ello ha impulsado a algunos
autores a ver en el a “uno de los elementos originarios de la filosofía
de la burguesía”, cuando más bien se trata de una de sus expresiones
ideológicas. La doctrina acusó variantes -derivadas de los países en
los cuales logró desarrollarse- y contradicciones. Pero giró alrededor
de una idea central: la libertad o las libertades propias de cada ser
humano. Hubo así un liberalismo económico -fundado en la tesis del
“laisser-faire” y el respeto de la propiedad privada-, que se oponía
a toda intervención estatal en la actividad económica de los ciu-
dadanos; un liberalismo político, opuesto al despotismo y del cual
surgiría la democracia representativa; y un liberalismo intelectual,
que sustentaba la necesidad de la tolerancia y la conciliación. Todo
ello fue admirablemente sintetizado por Benjamin Constant al decir
que abogaba por “la libertad en todo, en filosofía, en industria, en
política; y (que) por libertad entiendo el triunfo de la individualidad,
tanto sobre la autoridad que pretende gobernar mediante el despo-
tismo, como sobre las masas que reclaman el derecho de sojuzgar a
la minoría. En un conocido texto de Historia de las Ideas Políticas,
dirigido por Touchard -que al igual que sus colaboradores no puede
ser calificado de marxista se expresa que, dentro de las contradi-
cciones ofrecidas por la doctrina, hállase la siguiente: “Los liberales
consideran, como regla general, que ni al Estado ni a los patronos
corresponde mejorar la suerte del obrero. El obrero es el principal
responsable de su miseria; corresponde a la beneficencia privada su
remedio”. En otro párrafo, el texto dice: “Pero en la misma medida
28
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

en que el liberalismo aparece como la filosofía, de la clase burguesa,


no asegura mas que la libertad de la burguesía, y los no-burgue-
ses, por ejemplo Proudhon, tratan de establecer la libertad frente al
liberalismo”, mediante la aplicación de los patrones del socialismo
utópico.

Fue en Francia e Inglaterra donde este tipo de socialismo surgió.


En Inglaterra, la figura mas destacada del movimiento fué Owen; y
en Francia lo fueron Saint-Simon, Fournier, Cabet y Dezamy. En lo
que respecta a Proudhon, sus ideas ofrecen una mezcolanza de so-
cialismo utópico y anarquismo, y fueron objeto de una demoledora
crítica de Marx.

Naturalmente, la aristocracia aún gobernante en la mayor parte


de los países europeos, vio en aquella doctrina -menos en la del
romanticismo histórico- un grave peligro... -De esta visión surgió
la mencionada Santa Alianza, que se consideró con autoridad para
intervenir, mediante la acción armada, allí donde se produjera una
sublevación inspirada en una de ellas. Es más: donde dicha aristocra-
cia apenas pudo obtener apoyo en la burguesía, se impuso el férreo
absolutismo. Ello obligó a los dirigentes liberales, nacionalistas y
socialistas utópicos a recurrir a la organización clandestina o a re-
fugiarse en las Logias Masónicas. Las sociedades de “Carbonarios”
que, nacidas en Italia, se extendieron a todos los países meridionales,
brindaron el más señero ejemplo de organización clandestina. Pero
España no se quedo atrás... Allí surgieron, obedeciendo al mismo
patrón, las sociedades “Los Comuneros”, “Los Hijos de Padilla”, y
“Los templarios” Todas respondieron, en términos generales, a una
estructura.

No puedo afirmar que una de estas naciera con anterioridad a


la de los “Carbonarios”; pero es probable que así fuera, pues en
España, el romanticismo histórico se convirtió en romanticismo
liberal -pese a que conservó rasgos del primero- antes de que tal
acontecimiento tuviera lugar en Francia y en Italia. Es más: la guerra
29
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

nacional española contra Napoleón ha sido considerada por casi to-


dos los historiadores, como el movimiento inicial de “todo proceso
revolucionario que... quedará ultimado en la cuarta década del siglo
XIX”. Este proceso, cargado de múltiples pugnas, condujo, en el
1820, al levantamiento militar de Riego y al ya referido “trienio
Constitucional”, que puso determinadas “trabas legales al mante-
nimiento e incremento de los bienes eclesiásticos”, amplió el marco
de las libertades publicas, suprimió de nuevo el Tribunal del Santo
Oficio y procuró “poner orden” en la hacienda mediante, entre otras
cosas, una reforma del sistema monetario. Bien cabe afirmar que
España dio entonces la pauta al mundo europeo. Más aún: tuvo tanta
importancia el liberalismo español de la época, que pese a que Bal-
zac afirma que la palabra liberal fué lanzada por Madame de Stael y
Benjamín Constant, Marx -conocedor a fondo de la historia univer-
sal y sobre todo de la de su época -expresa que dicha palabra salio
de “España para difundirse por toda Europa”.

Duarte llego a Barcelona en los precisos momentos en que


asomaba en el horizonte la consumación de la revolución democráti-
co-burguesa a “escala nacional” y la guerra civil entre los liberales
y los absolutistas españoles. José Gabriel García afirma que durante
su estancia en aquella ciudad, hizo un recorrido por los Pirineos, y
las dificultades que palpo en los pueblos fronterizos le sugirieron...
la patriótica idea separatista”. Evidentemente, con ello este autor da
a entender que mucho mas que los insultos a los dominicanos pro-
feridos por el Capitán del barco que lo llevo a Nueva York, fue este
recorrido lo que determinó su futura actuación. A lo recién citado,
García agrega que, en la gran urbe catalana el futuro prócer encontró
“un vasto campo para inspirarse en las doctrinas liberales que sirvie-
ron de origen a la forma de gobierno del Estatuto Real de 1834”.

¿Que decir de estas citas? Pues bien: la primera es inaceptable,


pues no hay un solo documento firmado por Duarte en el cual apa-
rezca la palabra “Separación”. Fue en el manifiesto del 16 de enero
de 1844 donde por primera vez se uso esta palabra... En cuanto a la
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

segunda, es taxativa: no fue en efecto, exclusivamente el liberalismo,


sino también el romanticismo y el nacionalismo las doctrinas que in-
fluyeron decisivamente en la integración de su ideario. Es mas: no
hay ningún dato que permita sostener que el se familiarice con la ora
de los enciclopedistas y de los más destacados liberales de su época.
Nada revela, por otra parte, que estuviera al tanto de las doctrinas
filosóficas entonces en boga. Estas doctrinas apenas habían llegado
a España, donde la filósofa seguía obedeciendo a los cánones de la
escolástica, y es poco probable que durante su corta permanencia en
Inglaterra y Francia, pudiera estudiar las concepciones de un Locke,
un Hume, un Condillac y las de los materialistas mecanicistas fran-
ceses. Era para entonces demasiado joven y carecía de las bases
culturales imprescindibles para dicho estudio.

En lo que respecta a la visión del hombre y su historia, hay que


admitir que la corriente que más influyó en el fue la del romanticis-
mo. Para la captación de este lo preparaban sus iniciales estereotipos
dinámicos y la evidente primacía que en su psiquismo tema lo afec-
tivo. Es más: esta primacía explica -al menos parcialmente- que se
solidarizará con la concepción de la libertad individual propugnada
por el liberalismo.

Profundizó -dada su importancia- en lo uno y lo otro...

En lo concerniente al romanticismo, ya dije que acusó una evo-


lución. En su primera fase, “fue un elemento de choque contra el
racionalismo de la Enciclopedia, y en este sentido constituyó una de
las plataformas ideológicas de la Restauración. Muchos de los libe-
rales veían en esa corriente una actitud espiritual aliada de la Santa
Alianza y la política contrarrevolucionaria de Metternich. Pero en
su fase final, marchó al lado del liberalismo”. ¿Por que? Según el
historiador Vicens Vives, porque ponderó en demasía lo irracional
y lo individual, la revuelta del espíritu contra toda norma; cayó, en
definitiva, en una disgregación caótica de los valores clásicos, de la
misma manera que lo liberal hendía los bloques aun resistentes de la
31
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

tradición” De hecho, si el primero se disgrega y anarquiza en virtud


de que su irracionalismo le impide señalar metas concretas, el se-
gundo aboga por la liquidación de las viejas convenciones sociales
y, simultáneamente, por el nacimiento de un nuevo orden, bajo la
égida de la burguesía. Pero insisto en que entre ambos hay -en la es-
fera estrictamente teórica- un punto central común: el postulado de
la libertad, del cual surgirá “el regionalismo, y aún el nacionalismo
literario, precursor del nacionalismo político de la época posterior”.
El romanticismo inicial, reaccionario y tradicionalista, desemboca
así en un nacionalismo que se fundamenta en el “espíritu” de cada
pueblo (Volkgeist), cuya existencia “se manifiesta en su lengua, en
su cultura, en su historia, en las costumbres”. Schlegel, convirtién-
dose en el portavoz literario y filosófico del movimiento, llega a ver
en la poesía romántica “un mundo en si” derivado del “principio
fichteano de lo infinito”, y lanza la tesis de que en Europa hay cinco
culturas nacionales de categoría excepcional de las cuales dos son
“esencialmente clásicas” porque clásico es el genio nacional de los
pueblos que las crearon (Francia e Italia), y tres culturas “románti-
cas” (Alemania, Inglaterra y España). Tal concepción, carente in-
dudablemente de asidero, pero que pretende basarse en la historia,
repercute en la península hispánica, donde es introducida por Juan
Nicolás Bohr de Faber, despertando en sus primeros líricos románti-
cos el sentimiento de la nacionalidad, al cual las masas populares ya
habían obedecido cuando se lanzaron a la guerra contra la invasión
Napoleónica. Pero aconteció que al dársele a este sentimiento- que
se proyectó a lo racional produciendo la revalorización del Siglo
de Oro- una determinada orientación, corresponde al liberalismo
brindarla, lo que a las claras negó el irracionalismo propio de aque-
lla corriente. A la postre, el culto de la tradición fue reemplazado por
el afán de progreso, en base al nacionalismo cultural sobre el cual
las nuevas nacionalidades habrían de levantarse.

¡Nada pudo ofrecer una mayor prueba de la dialéctica histórica:


el romanticismo- que dio primacía al sentimiento -llevaba en su seno
a su contrario: el fervor por la razón! Naturalmente, el recién cita-
32
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

do nacionalismo dió origen a empeños separatistas: comunidades


pequeñas, pero culturalmente homogéneas, se consideraron con los
mismos derechos a la vida política independiente que las grandes
naciones. Ello tiende a explicar las desigualdades que ofrecieron
aquellos empeños. En efecto, mientras en Italia los nacionalistas se
inspiraron en el romanticismo liberal, en los Balcanes y en Cataluña
obedecieron fundamentalmente al romanticismo histórico. Las ideas
de Schlegel se difundieron rápidamente en Barcelona, y el novelista
Walter Scott -defensor del historicismo- devino allí el ídolo de los
jóvenes intelectuales románticos, que se expresaron en determina-
das revistas, como “El Europeo” y “el Vapor”. Luego, muchos de
estos jóvenes evolucionaron hacia el romanticismo liberal. Pero el
auge de este último fué efímero: los hermanos Milá y Fontanals se
impusieron sobre el liberalismo en auge arrastrando a casi todos los
románticos mas destacados con la mística del “Resurgimiento Cata-
lán”.

Cuando esto sucedió, ya Duarte había partido de Cataluña. Pe-


dro Rodríguez Demorizi tiene razón al insistir en el impacto que en
su ánimo provocó el romanticismo. Es más: de su estudio al respecto
se infiere que fue el romanticismo liberal el que más contribuyó a
brindar los elementos románticos de su ideario. No me parece que
este criterio sea acertado. Es cierto que las poesías de Duarte -po-
bres, por lo común, en hechos poéticos -acusan marcadas influen-
cias de los poetas románticos españoles de aquella época. Empero,
la historia enseña que no puede ser vista como una regla la iden-
tificación del romanticismo literario con el liberalismo. Touchard
y sus colaboradores dicen al respecto: “No hay que confundir el
romanticismo con los escritores románticos”, máxime cuando di-
cha corriente acusó -como se ha visto- una importante evolución,
especialmente en su vertiente política. Valgan estos ejemplos: en
Alemania, Holderling y Novalis fueron románticos tradicionalistas
-o históricos; en Inglaterra, también lo fueron Coleridge y Young; y
en España, Mariano José de Larra y Martínez de la Rosa. El propio
Duque de Rivas -a quien Rodríguez Demorizi menciona- escribió
33
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

el drama “La conjuración de Venecia”, obedeciendo a los cánones


románticos historicistas. En cuanto a Espronceda, el caso es dis-
tinto: perteneció a una nueva generación, y fue un romántico liberal
tanto en la literatura como en la praxis.

Debe tenerse en cuenta, por otra parte, que el romanticismo


histórico, al exaltar el sentimiento colocándolo por encima de la
razón, propició la apología de lo religioso. Tal fue el caso del alemán
Schleiermacher, quien llegó a afirmar que “las diversas religiones
se justifican todas, porque todas en conjunto constituyen la religión
infinita”. Por ventura, tan absurda tesis fue luego sometida a una
severa y destructora crítica por Feuerbach y Marx.

Ya se dijo que en Duarte, entre sus estereotipos dinámicos ini-


ciales se encontraba el religioso. Y cierto es que este no fue suplan-
tado por el que originó su adhesión al liberalismo. Prueba de ello es
que, habiendo sido victima de la expatriación por obra de la reacción
colonialista que se impuso cuando Santana surgió como mandón
supremo de la recién nacida Republica, el Pbro. San Gervi, después
de haberle dado clases de “historia sagrada”, quiso que se dedicara
a la Iglesia, proposición que el otro rechazó porque “los asuntos de
mi patria que esperaba concluir, me impedían tomar estado”. Había
en este, por tanto, un autentico fervor católico, que, por cierto, se
tradujo en la constante lealtad a los principios evangélicos, lo que
obliga a decir que mucho más que católico, se sentía cristiano y que
este sentimiento influyó en su postura espiritualista.

La fuerza que en él tuvo el romanticismo histórico aparece ,


además, en otros hechos, a los cuales me referiré de inmediato...

Cuando regresó al país, declaró que lo que más lo había impre-


sion ado durante su estancia en Europa fueron “los fueros y liber-
tades de Barcelona”. Pues bien: se trata de conquistas logradas por
Cataluña durante el Medioevo, y que los “carlistas” -muerto ya Fer-
nando VII - defendieron, al igual que hicieron con la monarquía y
34
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

la religión católica. Historiadores contemporáneos precisan, refirié-


ndose a este punto, que en la guerra civil desatada por el “carlismo”
entonces, sus consignas básicas fueron: “Dios, Patria, Rey, Fueros”,
principios político-religiosos de tipo tradicionalista que las masas
campesinas sustentaban con fervor. Al fundar “La Trinitaria”, Duar-
te hizo uso de los dos primeros en calidad de lema, agregando los
de libertad y República Dominicana. Evidentemente, el agregado
era un producto del romanticismo liberal que él también sustentaba,
pero el hecho de que apareciera junto a los otros demuestra que el
lema respondió tanto a este último como al romanticismo histórico.
Voy más lejos: estimo que lo que mas contribuyó a que en su mente
surgiera la idea de la nueva República fue precisamente el tipo de
romanticismo recién citado.

Demostrar esta afirmación me obliga a incursionar una vez más


en la historia europea y americana. E inicio la incursión señalando
que si bien el nacionalismo surgió en la época del Renacimiento,
encontró un vibrante eco en la Reforma y permaneció en latencia
hasta la emancipación norteamericana, fue a raíz de la Revolución
Francesa cuando comenzó a cobrar vigor y a extenderse. Al pro-
clamar los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el trascendental
suceso despertó el afán de liberación de los pueblos oprimidos, y
dio así origen a la rebelión de los esclavos en Haití y a la ulterior
creación del nuevo Estado haitiano. Es más: influyó -al igual que la
emancipación norteamericana - en las guerras de Liberación Nacio-
nal de nuestra América. Reitero, sin embargo, algo ya dicho: fue la
expansión napoleónica en Europa lo que dió auge al movimiento.
Los pueblos subyugados por Napoleón despertaron... Duarte siente
los vagidos de este despertar, y pensando en su tierra, se da cuenta
- y así se lo dice poco tiempo después de su regreso al país, a José
María Serra - que “entre los dominicanos y los haitianos no es po-
sible una fusión”. ¿Que lo lleva a esta conclusión tan categórica?
Sobre todo el concepto de que ambos pueblos responden a culturas
diferentes, de que en cada uno de ellos late un “espíritu” peculiar,
que hacía imposible una simbiosis, ¡Ocioso es decir que el concepto
35
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

respondía al romanticismo histórico!

Convertido en un nacionalista radical, se lanza a propagar esta


doctrina... Pero - punto de sumo interés- tal radicalismo no implica
chauvinismo. Llego a decir: “Yo admiro al pueblo haitiano desde
el momento en que, recorriendo las paginas de su historia, lo en-
cuentro luchando desesperadamente contra poderes excesivamente
superiores y veo como los vence y como sale de la triste condición
de esclavo para convertirse en nación libre e independiente. Lo
reconozco poseedor de dos virtudes eminentes; el amor a la libertad
y el valor”... Su nacionalismo no revela, pues, anti-haitianismo: solo
sustenta el derecho de nuestro pueblo a constituirse en nación libre
e independiente, pues poseía, por naturaleza, las condiciones para
ello.

Es incontrovertible que de la prédica de ese nacionalismo radi-


cal nació nuestra Republica. El haberlo sentido y predicado consti-
tuye, pues, la mayor gloria del prócer. Pero esta gloria es reafirmada
por las esencias de dicho nacionalismo y las dificultades que el en-
contró para su difusión. Dada su importancia, debo detenerme en
ambos puntos, a reserva de volver sobre algunos de sus aspectos...

Lo primero sobre lo cual considero imprescindible insistir es en


el contenido republicano-liberal que incorpora a la tesis. No se tra-
taba, por tanto, de un nacionalismo monárquico, que era el que mas
en boga se hallaba entonces en Europa. Además, -obedeciendo a los
principios de la Revolución Francesa antes de ser traicionada por
Napoleón - se fundamentaba en la confianza en el pueblo, visto este
como una totalidad indivisa cuyo atributo básico e inalienable es la
soberanía. Duarte hizo así suyo el concepto de que - como afirma
Kohn “la patria es superior a los reyes y a los magistrados, com-
prende a todas las clases sociales, a toda clase de gente, al rico y al
pobre, tanto al grande y al famoso como a la multitud desconocida, a
los fieles de todas las religiones y sectas” y, por tanto, a los hombres
de todas las razas que en su suelo conviven. Es indudable que fué
36
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

en Europa, a raíz de la Revolución Francesa, donde esta idea de la


Patria alcanzó difusión, y si bien es cierto que en nuestra America
eminentes figuras de la guerra emancipadora la hicieron suya, en la
mayor parte de las naciones nacidas de esta guerra fue imposible
materializarla, pues al igual que en los Estados Unidos, en muchas
de ellas persistió durante largo tiempo la lacra de la esclavitud. Es
más: no me parece que el pensamiento de aquellas figuras ejerciera
una marcada influencia sobre el de Duarte, pues en la época en que
este dió concreción a su ideario, es poco probable que tuviera no-
ticias precisas de los ideales que alentaron los creadores de las na-
ciones fraternas, en plena infancia entonces. Estimó, por tanto, que
mayor fuerza tuvieron en la aludida concreción, determinados pro-
hombres del nacionalismo y el romanticismo liberal europeo. Y me
inclino a creer que entre estos, el que más gravitó sobre su espíritu
fue Mazzini.

¿Por que sustento esa creencia? Porque el análisis del pensa-


miento político-social del uno y del otro revela casi una identifi-
cación. Ambos no concebían la lucha de clases y consideraban que
en sus respectivos pueblos latía un afán de libertad y de progreso.
Es más: recogieron y alentaron principios tanto del romanticismo
histórico como del romanticismo liberal. Y fueron nacionalistas in-
tegrales. Más aún: impulsados por el más puro ensueño, tuvieron
fe -siguiendo las huellas de Rousseau-, en la bondad ingénita del
hombre... Este humanitarismo llevó a Duarte a enfrentarse a los
remanentes del prejuicio racial; declaró -según afirma su hermana
Rosa -que “la unidad de raza” constituía “uno de los principios fun-
damentales de nuestra asociación política”. Su concepción política
tuvo, pues, en cuenta nuestra realidad demográfica, pero chocaba al
mismo tiempo con la posición asumida al respecto por nuestra bur-
guesía, clase social de la cual él aún formaba parte. En efecto, pese
al duro golpe que el dominio haitiano infligió al referido prejuicio,
esta clase seguía manteniéndolo en su intimidad. Es mas: pese a que
ella se colocó, en términos generales, al lado del dominador y medro
a su sombra, su máxima aspiración fue siempre convertir al país,
37
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

una vez más, en colonia de una gran potencia. La preferida era Es-
paña. Pero si otra se anticipaba en el respaldo al propósito, no había
reparos para iniciar con ella las correspondientes gestiones y llegar
a un concierto. En suma: el colonialismo era la tesis sustentada por
la burguesía criolla como único camino para liberarse del dominio
de la nación vecina.

Hay bases suficientes para sostener que la labor realizada por


el Pbro. peruano Caspar Hernández -quien llego al país en el 1839-
contribuyó a reafirmar este colonialismo en los burgueses que es-
cuchaban sus predicas. Desgraciadamente, la historiografía tradicio-
nal y la novelística duartiana se han empeñado en presentar a este
clérigo - que fue un defensor fanático de la religión católica y de
la monarquía absolutista española - como un abanderado del ideal
independentista y como uno de los “maestros” que más contribuyo a
afianzarlo en el espíritu de Duarte y de otros trinitarios. Félix María
del Monte - quien confiesa que debió a dicho cura cavernícola “sus
primeras y más notables aspiraciones” -lo presenta como un profe-
sor “liberal y patriota” que discurría ante sus alumnos “sobre los
derechos imprescindibles del hombre, sobre el origen del poder en
las sociedades, sobre las formas de gobierno, sobre la índole de las
Constituciones, sobre el sufragio de los pueblos, sobre el principio
legítimo de la autoridad”... A su vez, Joaquín Balaguer, en su obra ya
citada, afirma que el personaje de marras fue “un activo animador de
la idea separatista”. Y Pedro Troncoso Sánchez, en su novela tam-
bién ya citada, llega a decir que Hernández, después de escuchar una
fervorosa apología de la independencia hecha por Duarte, respondió:
“Aquí me quedaré por siempre a compartir vuestra lucha”.

Todo esto es una clara distorsión de la historia; y la mejor prueba


de ello la ofrece el propio clérigo en su obra “Derechos y Prerroga-
tivas del Papa y de la Iglesia”, publicada en el 1853. En ella afirma,
entre otras cosas, lo siguiente: ‘Ojala que los hombres emplearan su
tiempo en las Américas en estudiar y conocer bien su religión, y no
en leer obras impías y revolucionarias... Entonces compararían el
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

tiempo presente con el año de 1810; recordarían lo que fueron y lo


que hoy son: y de esta comparación inevitable, productora sin duda
de nuevos y más arreglados deseos, resultaría a vista de tanto infor-
tunio, el anhelo de depender más bien de su antigua Metrópoli, antes
que experimentar tantas y tan repetidas oscilaciones políticas con
daño y detrimento de toda la sociedad”. Y al referirse a los abandera-
dos de la independencia, los “sofistas llenos de ideas revolucionarias
contra el altar, contra los Reyes, y contra toda autoridad”... expresa:
“De estas plagas están libres los gobiernos monárquicos absolutos
o moderados, los que aseguran garantías; y no los democráticos de
la América Española, que prometen mucho y nada cumplen; al con-
trario, destruyen libertad y derechos sociales”.

Bastan estas citas para poner al desnudo lo que fue entonces la


prédica de éste cuya cabeza era una inagotable cantera de delirios
oscurantistas! Y para comprender como estos delirios debieron in-
fluir en el colonialismo de nuestra burguesía, clase social sobre la
cual cae la responsabilidad de la anexión a España y de las desven-
turas del Padre de la Patria, a los pocos meses de nacida! Claro esta:
no pudo este prever tales desventuras. Su romanticismo le hacia ver
en cada dominicano a un auténtico patriota y por tanto, a un celoso
colaborador de su empeño; abstracciones brotadas exclusivamente
del sentimiento le impedían captar las corrientes en pugna en el país
y sus orígenes económico-sociales. A diferencia de Martí, tuvo esca-
sa visión de lo concreto. El Apóstol cubano fue - y así lo he afirmado
en otra parte - un espiritualista realista. Duarte, en cambio, vivió y
murió dominado por el espiritualismo. Evidentemente, no tuvo el
genio del otro. Vivieron, además, en épocas distintas. Pero hay que
reconocer que ambos se destacaron por la firme lealtad a los nobles
ideales que sustentaron y la inmaculada pureza de sus vidas.

Siempre se ha dicho que en Duarte había un trasfondo místico.


Y Balaguer y en parte Troncoso Sánchez, - cuyas trayectorias públi-
cas durante el trujillato obliga a ver en ellos a señeros exponentes del
anti-duartismo- lo han divinizado. Estimo- y así lo expresé en uno
39
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

de mis libros- que ese trasfondo existió y brindó una base genética
a su religiosidad y a su concepción providencialista de la vida. Pero
no se consagro, como los auténticos místicos, al culto de las cosas
llamadas “divinas”. Bien visto el punto, si en el lema de la proyecta-
da República figura en primer término la palabra “Dios”, fueron los
conceptos de “Patria” y “Libertad”- los que dieron el sentido y la
tónica a sus actividades. En efecto, la creación y consolidación de
la patria -propósito que revelaba un profundo amor a su pueblo- fue
su máximo empeño. “Por desesperada que sea la causa de mi Patria
-dijo - siempre será la causa del honor y siempre estaré dispuesto a
honrar su enseña con mi sangre”. Ello explica su oposición radical
al “bando traidor y parricida” que la había entregado a España y que,
después de la Restauración, se la ofreció, por unas míseras monedas,
a los Estados Unidos. Jamás tuvo su patriotismo la menor flaqueza
o un ínfimo desvío. Vió un enemigo en todo aquel que tendiera a
“menoscabar en lo más mínimo nuestra Independencia Nacional y
a cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del Pueblo
Dominicano”.

Estos derechos aparecen consignados en el proyecto de Consti-


tución que escribió y el cual paso, incompleto, a la posteridad. Fue
redactado en las semanas siguientes al nacimiento de la República:
Así lo prueba el Artículo 60; en el cual se dice que esta fue pro-
clamada el 27 de febrero de l844; y es en su contenido donde mas
se manifiesta el liberalismo del autor. Para entonces, el triunfo de
esta corriente política sustentada por la burguesía “progresista” de
otros países, apuntaba en la Europa occidental y devino un hecho
con el movimiento revolucionario del 1848. Quedó así consolidada
en dichos países la revolución democrático-burguesa y esta consoli-
dación sirvió de base al desarrollo del imperialismo. Los vaivenes
iniciales del proceso -que tuvo su punto de partida en Francia -Marx
los describió magistralmente en su obra “El 18 Brumario de Luis
Bonaparte”. Además, historiadores no marxistas como Hauser,
Maurain, Benaerts y L’ Huillie- han dedicado importantes obras al
estudio de dicho proceso, que apenas tuvo repercusión en nuestra
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

América. Esto último es explicable: el liberalismo se impuso en los


países capitalistas que habían alcanzado la etapa industrial, hecho
que apenas se dió en los nuestros, lo que evidentemente confirmaba
la ley del desarrollo desigual del capitalismo.

Cuando luchaba por la creación de la República, el romanti-


cismo de Duarte le impidió darse cuenta de que nuestra burguesía,
en vez de haberse solidarizado con el liberalismo -y, por tanto, con
el afán de progreso técnico- sustentaba la tesis colonialista, que era
entonces el exponente máximo de la reacción política. Puesto que
dicha tesis traducía una concepción antipatriótica, Duarte chocó
con su propia clase social, y pese a que la primera Constitución de
la República, votada en noviembre de 1844, recoge principios que
aparecen en el proyecto que él hubo de redactar, bien se sabe que los
hechos ulteriores dieron un constante mentis a tales principios.

Considero importante detenerme en algunos puntos del mencio-


nado proyecto...

En su Artículo 60; -ya parcialmente citado- expresa que “sien-


do la Independencia Nacional la fuente y garantía de las libertades
patrias, la Ley Suprema del Pueblo Dominicano es y será siempre
su existencia política como Nación libre e independiente de toda
dominación, protectorado, intervención e influencia extranjera”...
Tal Artículo traduce un nacionalismo intransigente y opuesto, por
tanto, a cualquier concesión colonialista. Este anticolonialismo apa-
rece con mayor énfasis en el Artículo 18°, cuyo texto afirma: “La
nación dominicana es libre e independiente, y no es ni puede ser
jamás parte integrante de ninguna otra potencia, ni el patrimonio de
familia ni persona alguna propia ni mucho menos extraña”.

Por otra parte, en el Artículo 21° el autor afirma que “son do-
minicanos los que obtienen esta cualidad o por nacimiento o por
haber obtenido del Gobierno cedula de nacionalidad con arreglo a
la ley”. Ello implica, evidentemente, la exclusión de la esclavitud
41
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

y de toda diferencia jurídica basada en el prejuicio racial. Además,


un Artículo no numerado establece el sistema “republicano” de go-
bierno, y señala que este último “es y deberá ser siempre popular
en cuanto a su origen, electivo en cuanto al modo de organizarlo,
representativo en cuanto al sistema, y... responsable en cuanto a sus
actos”. Podría decirse que estos conceptos aparecían consignados en
Constituciones de otros países y que la Constitución norteamericana
de Filadelfia había trazado al respecto la pauta. Sin embargo, im-
porta destacar que esta ultima, -al ratificar el Artículo 4° del Acta de
Confederación - Artículo que limito el ejercicio de los derechos hu-
manos a “los habitantes libres de cada uno de los Estados”, aprobó
tácitamente la institución de la esclavitud, razón por la cual la “de-
mocracia” que existió allí hasta el fin de la guerra de Secesión, se
asemejó -tomando en cuenta las diferencias de épocas -a la que im-
peró en determinadas polis de la Grecia antigua. En consecuencia,
al fijar Duarte en su proyecto los aludidos conceptos, dió un impor-
tante paso de avance que implicaba el reconocimiento del sufragio
universal.

El punto segundo del Artículo 13°; bis expresa lo siguiente:


“Todo poder dominicano esta y deberá estar siempre limitado por
la ley, y está por la justicia, la cual consiste en dar a cada uno lo
que en derecho le pertenezca”. En su citado ensayo, el Lic. Salazar
lo encomia diciendo que en este texto “no se enuncia únicamente
un postulado jurídico de cuestionable (¿incuestionable? J.G.) apli-
cación en el mundo de la realidad, sino que contiene, por encima de
eso, un principio de convivencia que no se funda en abstracciones
ni deficiencias históricas, sino, antes bien, en verdades concretas,
efectivas, mensurables y negociables”. Fundamenta el autor tales
afirmaciones en el principio de que no existe “ningún valor más ele-
vado que la justicia, para fundar en el criterio de la validez de la
ley.” No voy a entrar en disquisiciones sobre el tema... Me limito
a decir que el postulado jurídico a que el Lic. Salazar se refiere es,
dentro del Derecho burgués, una insó1ita mentira y que el “principio
de convivencia” que el deriva del texto constituye una típica ab-
42
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

stracción cuya supuesta verdad aparece negada por la naturaleza del


sistema capitalista, que el aludido Derecho consagra. A mi entender,
Duarte expresó en este caso un juicio filosófico que cae dentro del
campo del deber -ser, pues da por sentadas la inexistencia de las
clases sociales y del afán de poder y lucro de las clases dominantes.
Estimo que expuso ese juicio impulsado por su fervor romántico,
que lo hacía ver en cada hombre una cantera de bien y un cotidiano
exponente de pureza.

Pero hay algo más: contrastando con las disposiciones a que


acabo de referirme, el aludido proyecto consigna que “la religión
predominante en el Estado deberá ser siempre la Católica, Apostóli-
ca, sin perjuicio de la libertad de conciencia y tolerancia de cultos”,
lo que indudablemente revela que pese a la riqueza de pensamientos
liberales contenidos en el documento, Duarte no había podido li-
berarse -pese a que visito países protestantes- de todos sus estereo-
tipos dinámicos iniciales y sustantivos. Acentúa su determinación
al respecto fijando, en el Articulo 23°; el ordenamiento de lo ecle-
siástico, con lo cual daba a entender que veía” en la Iglesia Cató1ica
una institución estrechamente vinculada al Estado. En el ámbito de
libre-pensadores existente para entonces en nuestra América -tal
como lo confirman las citas del Pbro. Hernández - es evidente que
aquello constituía un lastre tradicionalista repudiable. Pero insisto
en que tales fallas tenían su origen, fundamentalmente, en la het-
erogeneidad y relativa unilateralidad de la formación intelectual del
Prócer. Su visión de la realidad político-social de la época era la que
sustentaban casi todos los grandes románticos, en quienes latía, pese
al reaccionarismo de los primeros tiempos, pureza de actuación y
ansias de bien común. Por eso, el hecho de que Duarte se solidar-
izara con ellos, de ningún modo desmedra su gloria.

De todos modos, tal visión era falsa. Es más: chocó con el colo-
nialismo burgués, y del choque surgieron sus mayores tribulaciones.
Salvo el de la creación de la patria, sus demás propósitos se frus-
traron... La respuesta a sus nobles afanes y sacrificios fue el destie-
43
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

rro. Y con este, el más hondo dolor, la ruina. Declarado traidor a la


patria, só1o dos de los antiguos compañeros -Juan Isidro Pérez y
Pedro Alejandrino Pina- siguieron manifestándole amor y lealtad.
¿Valía acaso la pena emprender, en tales condiciones una lucha?
¡No! Hubiera sido un suicidio. Prefirió esperar. Y como buen román-
tico, buscó un momentáneo consuelo en la naturaleza agreste. ¡Pero
no renunció a su ideario! Y cuando llego la hora de poder servirle de
nuevo a la patria, entonces mortalmente herida por la anexión a Es-
paña, regreso a ella. Pese a su edad avanzada y a los padecimientos
físicos de que era víctima, quiso dar su vida en la contienda restau-
radora. Pero su requerimiento no encontró en el gobierno de armas
la acogida por el esperada... Aceptó entonces una misión patriótica
en el exterior. Y desde allí, cuando no había aun terminado aquella
guerra desigual -pues era entre un gigante y un pigmeo- escribió a
Félix María Del Monte, de cuya deslealtad al ideal trinitario pro-
bablemente no había tenido noticias, una carta histórica en la cual
lanza duros dicterios contra los traidores a la patria, y, no obstante
su desgarramiento anímico, reitera su fé en la providencia. En la
misiva se pregunta: ¿Que más se quiere del patriota? ¿Se quiere que
muera lejos de su patria, é1, que no pensó sino en rescatarla?... Pues
no, no... El buen dominicano tiene hambre y sed de justicia ha largo
tiempo, y si el mundo se la negare, Dios, que es la suma bondad, sa-
brá hacerla cumplida y no muy dilatado, y entonces, hay de los que
tuvieron oídos para oír y no oyeron, de los que tuvieron ojos para
ver y no vieron... la eternidad de nuestra idea! Porque ellos habrán
de oír y habrán de ver entonces lo que no hubieran querido oír ni ver
jamás! “

Con tales palabras había, evidentemente, su trasfondo místico.


Pero hay en ellas algo significativo: el prócer habla de buenos y
malos dominicanos. La carta, fechada el 2 de mayo de 1865, reitera
así conceptos que semanas antes había emitido en la que dirigió a
Manuel Rodríguez Objío, a la sazón Ministro de Relaciones Exteri-
ores del Gobierno Restaurador. En esta decía: “En Santo Domingo
no hay mas que un pueblo que desea ser y se ha proclamado in-
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

dependiente de toda potencia extranjera, y una fracción miserable


que siempre se ha pronunciado contra esta ley, contra este querer
del pueblo dominicano, logrando siempre por medio de sus intri-
gas y sórdidos manejos adueñarse de la situación... esa fracción o
mejor diremos esa facción ha sido, es y será siempre todo menos
dominicana”. Juzgaba, pues, la dominicanidad, en base al sen-
timiento patriótico. En consecuencia, quienes pertenecían a aquella
“fracción” o “facción”, eran miembros de “un bando traidor y parri-
cida,... que no tienen, ni merecen otra patria sino el fango de su
miserable abyección”. La carta se destaca -como se ve- por la cate-
górica reafirmación de su anticolonialismo. Dice además en ella;
“Si me pronuncio dominicano independiente desde el 16 de julio
de 1838, cuando los nombres de Patria, Libertad, Honor Nacional
(no habla de Separación. J.G.) se hallaban proscritos como palabras
infames;... si después en el año 44 me pronuncie contra el protecto-
rado francés decidido por esos facciosos y cesión a esta Potencia de
la Península de Samaná, mereciendo por ello todos los males que so-
bre mí han llovido; si después de veinte años de ausencia he vuelto
espontáneamente a mi Patria a protestar con las armas en la mano
contra la Anexión a España, llevada a cabo a despecho del voto na-
cional por la superchería de ese bando,... no es de esperarse que yo
deje de protestar (y conmigo todo buen dominicano) cual protesto y
protestaré siempre, no digo tan solo contra la anexión de mi Patria a
los Estados Unidos, sino a cualquiera otra potencia de la tierra, y al
mismo tiempo contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en
lo mas mínimo nuestra Independencia Nacional y cercenar nuestro
territorio o cualquiera de los derechos del pueblo dominicano”.

De estas afirmaciones se infiere que su concepción romántica


sobre la bondad ingénita del hombre se sintió golpeado tan pronto
el inició su lucha por la Independencia Nacional, y que al regresar
al país, ya nacida la Republica, y ser luego víctima de aquel “bando
traidor y parricida”, renunció a dicha concepción. Claro está: su for-
mación intelectual le impedía comprender que aquel “bando” es-

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

taba integrado fundamentalmente por burgueses cuyo colonialismo


se sirvió de la palabra “Separación” para alcanzar sus proditorios
fines.

Es sabido que al finalizar la guerra restauradora, su misión en el


exterior terminó. ¿Quiso entonces regresar al país? Semanas antes
de producirse la desocupación española, alentó indudablemente el
propósito, pues en la citada carta al tránsfuga Del Monte le dice:
“Esta situación, aunque no lo parezca, es violenta y no promete un
desenlace tan suave y natural como lo esperan los necios que repre-
sentan en esta comedia... Y mientras... se agita y bulle el malo, ¿que
hace el bueno? Se estará quedo... Sería un crimen del cual se nos
podría acusar ante la Historia, a nosotros... los individuos de la So-
ciedad Filarmónica. Félix, no hay reposo ya para nosotros sino en la
tumba, y que pues el amor de la patria nos hizo contraer compromi-
sos sagrados para con la generación venidera, necesario es cumplir-
los o renunciar a la idea de aparecer ante el tribunal de la historia
con el honor de hombres libres, fieles y perseverantes”.

¿Por que no cumplió ese compromiso? Porque prematuramente


envejecido y con la salud en quiebra, volvió a sentirse totalmente
solo... ¡Y con el ánimo terriblemente abatido por la dolorosa evolu-
ción de los acontecimientos nacionales! Báez, el exMariscal español,
había trastornado “el juicio del pueblo” y a su lado se arremolinaba,
gozosa, la burguesía anexionista. El propio Del Monte se incorporó,
una vez más, a su carrera de infamias. Y pese a que cuando escribió
a éste la referida carta, el Apóstol pensaba que “Dios ha de conce-
derme bastante fortaleza para no descender a la tumba sin dejar a mi
Patria libre, independiente y triunfante”, la vida fue gradualmente
desvaneciendo este pensamiento... Hay, sin embargo, testimonio de
que nunca cayó en un total derrotismo. Pues pese a que llegó a la
conclusión de que su hora había pasado, confió en el porvenir, pues
“todo es providencial... y los providencialistas son los que salvaran
la Patria del infierno a que la tienen condenada los ateos, cosmopoli-

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

tas (?) orcopolitas”. Claro está: tales palabras, nacidas de su religio-


sidad, carecen de sentido. Pero eran una expresión de confianza en
el triunfo final del albo propósito a que consagro su vida.

Cierto es que su ideario no contiene reivindicaciones sociales. A


diferencia de Bolívar, que en su Decreto de Trujillo, promulgado en
1824, quiso proteger a “los indios del Perú y reordenar allí el siste-
ma de la propiedad agraria”, ó de Morelos, que se lanzó a la lucha
por la emancipación mexicana para llevar la justicia a las grandes
masas desposeídas o hambrientas; o de Artigas, que decretó la ex-
propia-ción de las tierras de “los malos europeos y peores america-
nos”, Duarte elaboró su proyecto de Constitución en base a la visión
ideal del hombre que impulsaba entonces sus actuaciones. Es más:
de cuanto abrazó su ideario lo único que cobró vida -menguada,
precaria y varias veces traicionada- fue la Patria.

¿Queda algo en pie de ese ideario? La respuesta se halla en rela-


ción directa con las realidades político-sociales del mundo de hoy y
la neo-colonia dentro de la cual vivimos... El romanticismo fué se-
pultado por la historia: de él solo queda el recuerdo; y -como afirma
Grouzet en todas partes “se acentúa el retroceso del liberalismo y se
amplían las atribuciones del Poder Ejecutivo”. Más aún: la crisis ac-
tual del capitalismo ha hecho añicos los sueños de los neo-liberales.
Pero el capitalismo no se suicida... Amenazado de muerte, ha acen-
tuado, con el apoyo de las burguesías de los países neocoloniales, su
derivación imperialista. Nuestra República, al igual que las demás
neo-colonias, es víctima de dicha acentuación. Frente a esta trage-
dia no hay otro camino que luchar a brazo partido por la Liberación
Nacional, como primer paso hacia el establecimiento de una Patria
Socialista. Ello hace ver que del ideario de Duarte algo tiene aún
vigencia: su nacionalismo radical, su anticolonialismo. ¡Pregoné-
moslo con fervor, convirtámoslo en bandera de la lucha inmediata!
Procedamos así conscientes de que los errores del insigne Prócer
respondieron a su momento histórico y de que la pureza de su vida

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

brinda ejemplo a los que hoy riegan la simiente del futuro.

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Duarte Paradigma
de la Juventud Dominicana
POR PEDRO MANUEL CASALS VICTORIA

La figura de Juan Pablo Duarte, el auténtico fundador de la


Republica Dominicana, ha sido insuficientemente estudiada y en
muchos de los libros y artículos que se han escrito sobre el, se le ha
idealizado exageradamente, presentando la imagen de un Cristo o
de un filosofo etéreo sin los pies sobre la tierra, cuando no la de un
pusilánime carente de valor personal y hasta misógino o andrógeno,
incapaz de amar a las mujeres. Esas últimas falacias peyorativas han
sido escritas por espíritus torcidos, santanitas o sanchistas, olvidando
estos últimos que Sánchez, quien lo seguía con el amor de un discí-
pulo, lo considera su Nazareno Jesucristo. En la época actual, se han
sumado a esa actitud distorsionadora, pseudo-intelectuales pagados
por gobiernos y agencias del exterior. Para estos y sus mandantes,
el pensamiento y la obra de Duarte es algo que debe ser destruido
porque podría conducir, como en efecto debe llevar, a la juventud
dominicana, a oponerse a sus planes en marcha de destruir la Repú-
blica fusionándola con Haití y transfiriendo a la Plutocracia extran-
jera unida a traidores locales, las riquezas naturales, el territorio y
todos los bienes públicos que Dios y los fundadores de la República
y el trabajo acumulado de nuestros antecesores nos legaron para que
hoy, y en el futuro, ustedes y sus hijos y los hijos de sus hijos, vivan
con independencia, en libertad, con dignidad y seguridad y para que
prosperen con sus familiares en armonía y justicia social sin tener
que pasar penurias, carentes de futuro y contemplando como única
salida, la de aventurarse a emigrar a otros países. Son esos irreve-
rentes, los que osan cambiar la sagrada fecha de celebración del día

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

consagrado a Duarte. Este cambio irreverente dista de ser inocente


pues tiende a que el pueblo perciba que si fechas sagradas, como la
del día de Duarte y la de los Reyes Magos pueden hacerse cambiar
a voluntad de un burócrata cualquiera, en consecuencia, el patrio-
tismo y la religión, carecen de importancia, haciendo inconsciente-
mente aceptable la fusión y la dominación extranjera.

Entonces, ustedes y los demás dominicanos deben por su propio


bien y el de la República, buscar y encontrar el verdadero Duarte;
esta vez, no como un paradigma nebuloso e inalcanzable, sino como
lo fue en realidad: un líder juvenil carismático de carne y hueso:
buen mozo, valiente, conspirador, revolucionario, osado, un pensa-
dor elevado y honrado que sedujo a los demás jóvenes de su época
sellando con sangre el juramento de liberar a su patria de Haití y de
toda dominación extranjera y de crear una Republica democrática
y asentada en el respeto a la ley con justicia social y con unidad
multirracial: un hombre capaz de sacrificar su patrimonio y el de
su familia que le apoyó en todo por su patria, y quien desempeñó
áreas comunes en la sociedad como tenedor de libros, comerciante,
maestro, apuntador de teatro; un hombre que se enamoró y que tenía
novias aquí y mujeres en los países que visitó; un verdadero estu-
diante que recibía libros y revistas del exterior en los barcos con que
su padre negociaba y que leía de noche hasta las dos de la mañana
para aprender más para realizar su meta patriótica; un líder cívico y
también militar y sobre todo, un patriota a tiempo completo. Duarte
practicaba esgrima, una disciplina que posiblemente asimiló en Eu-
ropa y la que requiere alto condicionamiento y destreza física y la
enseñaba a sus amigos como parte de su preparación militar para lo
cual trajo consigo de Europa los equipos necesarios y compró per-
trechos militares para la revolución que organizaba, mientras en su
casa, su hermana Rosa hacía balas para patriotas, y él escribía con
gran hondura filosófica y precisión lingüística, su filosofía patriótica
y política en conceptos breves que todo joven dominicano debe leer
y con los cuales debe compenetrarse pues de manera casi increíble,
se ajustan a nuestra peligrosa y penosa situación actual, como guián-
50
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

donos aún, para que nueva vez, salvemos a la patria que agoniza.
Ese es el Duarte verdadero que ustedes deben conocer. De todo lo
que he leído sobre él, las que más lo presentan como fue en realidad
son las obras breves y didácticas de Enrique Patín Veloz, los volan-
tes descriptivos del Instituto Duartiano que se deben adquirir, estu-
diar y difundir y el ideario compilado por Don Vetilio Alfau Durán
deben ser el catecismo patriótico y político de la juventud.

Antes de desarrollar algunos de los puntos tratados en esta in-


troducción, deseo decirles algo que aprendí temprano en mi hogar y
en mi sociedad; que un hombre joven aunque aspire a los placeres de
la vida no debe dejar que ellos sean el único aliciente pues además
de convertirse en un ser socialmente inútil, descubrirá a su tiempo,
que ese vino deja la boca amarga. Un joven se forja y se hace hom-
bre, haciendo siempre lo que es correcto aunque ello sea peligroso
y riesgoso. Yo, como muchos otros jóvenes de mi generación, lo
he hecho siempre así, aceptando correr todos los riesgos, peligros
y sacrificios; la cárcel, la tortura, la guerra, el hospital, la pobreza
total, la persecución, el destierro y sin embargo, he disfrutado del
amor y de los placeres del mundo, he estudiado y he sido exitoso
en mi profesión y trabajo, y no tengo la boca amarga, sintiéndome
bien de haber hecho lo que por mi patria he hecho y dispuesto arries-
garlo todo de nuevo por ella como hizo Duarte a los 52 años, cuando
vino a ofrecer sus servicios para luchar contra la Anexión a España.
No pretendo con esta digresión, ni remotamente, compararme con
Duarte, el más puro de todos los líderes nacionales y del continente
americano sino enseñarles que hay gozo en ser patriota de veras y
que de alguna misteriosa manera material o espiritual, casi siempre
la providencia compensa los sacrificios y las penurias que hacemos
y recibimos cuando luchamos por las buenas causas. Sin embargo,
me sentiría muy honrado si alguien pensara algún día que soy el
humilde discípulo suyo que procuro ser.

Duarte: el dirigente juvenil

51
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Duarte se hizo patriota a los 16 años de edad, cuando en el buque


que se lo llevaba a Estados Unidos, como parte de sus estudios que
continuó en Europa, y especialmente en Barcelona, el capitán, du-
rante una conversación descortez con su acompañante P. Pujols le
dijo que ni su familia tenían nombre porque inclinaban viles sus
cabezas ante el yugo de sus esclavos. Desde entonces comprende
que “vivir sin patria es vivir si honor” y decide liberar a su patria de
Haití y de toda potencia extranjera. A su regreso, algo más de dos
años después, reunió a un grupo de jóvenes fundando la Escuela de
la Atarazana cuando apenas contaba 18 años, enseñándoles sus prin-
cipios patrióticos y convirtiéndose en un admirado y respetado líder
juvenil que funda a los 25 años la Sociedad Secreta La Trinitaria y
la preside, en la cual los conjurados patriotas deben sellar su com-
promiso con su propia sangre. El juramento de los miembros define
la determinación y el objetivo concreto del compromiso que asumía
y hasta la forma y el color de la bandera dominicana.

Duarte el revolucionario era un joven como ustedes que hizo


la Republica con jóvenes; un joven que creyó en la juventud y la
consideró como “La esperanza de la patria”. Tanto es así, que a su
movimiento, los conservadores lo denominaban “La revolución de
los muchachos”. Los Trinitarios iniciales eran todos jóvenes como
el: Pedro Alejandrino Pina tenía 18 años, Jacinto de la Concha y
José María Serra, 19; Juan Nepomuceno Ravelo y Félix María Ruiz
23 y los más viejos eran Juan Isidro Pérez y Benito González, con
27 años. Además, tal como acertadamente apunta Patín: “ha sido el
único prócer dominicano” que comenzó y terminó su apostolado
en plena juventud”, convirtiéndose a los 31 años en “Padre de la
Patria”, fundador del futuro Ejercito de la República y su primer
general, autor de un Proyecto de constitución y creador de la ban-
dera nacional. Sus seguidores y discípulos lo adoraban, Sánchez lo
llamaba Nuestro Jesús Nazareno y José María Serra lo define como
“el mentor de la juventud contemporánea”.

Fue un joven inspirado, apasionado, determinado, lleno de fe y


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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

de valor, visionario, noble, culto, de principios razonables y justos


que jamás traicionó ni transigió, cualidad eminente que le recono-
ció Juan Isidro Jiménez Grullón. Tampoco cedió a los sentimien-
tos del odio y de la venganza contra Santana que desterró a toda
su familia y que por ironía del destino, esa espada gloriosa sin la
cual tampoco quizás hubiese habido República, murió desengañado,
deprimido y afrentado por los españoles a quienes anexó nuestra
patria por temor a una reconquista haitiana y no por bastardas y
fútiles ambiciones personales como sostienen algunos historiadores,
en mi modesta opinión. No tuvo mácula Duarte en su vida. Fue ab-
solutamente puro y es por ello que el venezolano Carlos Larrazabal
Blanco lo definió como “el más puro de los héroes de America”,
Mella, por error político mas que por doblez, aceptó ser legado de
Santana enemigo sin causa valedera de Duarte y gestionar la protec-
ción de España contra los haitianos Sánchez, fue al propio Haití a
pedir ayuda contra la anexión tal como lo hicieron los restauradores
de Santiago, favoreciendo así los designios haitianos, siendo a su re-
greso fusilado por Santana por su error trágico luego de ser juzgado
sumariamente por la justicia santanista a la cual había aceptado
anteriormente, servir como Fiscal en otro error que no obstante, no
empaña su gloria independentista. Solo Duarte no comete errores
ni transige con sus principios ni arriesga el destino de la Patria a
impulsos de los que pudieron haber sido justificados sentimientos
o ambiciones personales. ¿Imaginan ustedes lo que es regresar de
Curazao a donde tuvo que refugiarse por corto tiempo para huir de
la encarnizada persecución haitiana que lo ubica como líder de la
revolución y ser recibido como un héroe en marzo de 1844 y pro-
clamado “Padre de la Patria” por el Arzobispo Portes a los 31 años
sin envanecerse y modestamente, aceptar ser miembro de la Junta
Gubernativa y no su Presidente como le correspondía? ¿Imaginan lo
que es ser proclamado Presidente de la República por Puerto Plata,
y Santiago en el Cibao y no nombrar Gabinete por prudencia, para
evitar una sublevación de Santana que debitara a la República en
provecho de Haití aceptando en septiembre ser deportado por este,

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

quien más tarde deportó a su familia entera? O cuando ya no joven,


arma una expedición y desembarca en Monte Cristy en 1864, solici-
tando un mando militar como General, que los Restauradores, pese
a tratarlo con el respeto debido, le niegan pidiéndole en cambio,
que regrese a Venezuela como Embajador ante ese país, Colombia y
el Perú? Donde encontramos tanta modestia, tanto renunciamiento
por el interés de mantener unida la República?

Si Duarte militar

Duarte tuvo gran afición al arte militar y leyó libros de táctica


y de estrategia practicando esgrima, conocimientos que comunicó
a los Trinitarios que formaban secretamente un ejercito para com-
batir a los haitianos. Igualmente, para extender sus conocimientos
y hacer amistades castrenses, se alistó en la Guardia Nacional Hai-
tiana donde alcanzo el rango de Coronel, participando aquí en la
revuelta contra Boyer que había estallado en Haití. Fue el fundador
del primer Ejército de la República en Armas y Comandante Ad-
junto del Ejército Revolucionario del Sur en 1844 e intentó partici-
par como General en jefe que era de la Guerra de la Restauración la
cual, tal como referí previamente, no fue aceptada por el gobierno
restaurador. Ello ocurrió tal vez porque Duarte como libertador in-
sobornable era odiado por los haitianos quienes tácticamente y para
propósitos futuros de recuperar nuestro territorio, apoyaban a los
restauradores.

Debemos tener presente que en marzo de 1844 cuando solo el


valeroso y determinado Pedro Santana había aceptado comandar
los desprovistos dominicanos, para enfrentar en el Sur al poderoso,
bien armado y fogueado ejército haitiano que penetraría por Azua
y otros dos frentes, Duarte, en su calidad de Comandante Adjunto
del Ejercito del sur, marchó al frente de una división, intentando,
sin éxito, convencer a Santana para atacar a los haitianos que se
retiraban después de la Batalla del 19 de marzo y cogerlos entre
dos fuegos cuando, atacados por él, retrocedieran a tierra domini-
54
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

cana donde debería estarlo esperando Santana. Este último, le dijo


que consultaría la propuesta con sus oficiales y pidió a la Junta Gu-
bernativa secretamente, que llamara a Duarte y lo dejase solo. Así
sucedió, aceptándolo el Héroe nacional pese a que sus oficiales le
pedían desacatar a Santana. Ese sólo gesto lo revela como un militar
valiente, osado y con capacidad estratégica, más sin embargo, res-
petuoso de la jerarquía. Un evento similar ocurrió el 10 de mayo del
mismo 1844, cuando solicitó ir a combatir a Santiago y San Juan por
el camino de Constanza, impidiéndolo la Junta Gubernativa.

El liderazgo militar de Duarte estaba claramente establecido tal


como se confirmó el 31 de mayo de 1844 cuando 57 oficiales de
la oficialidad del Ejército de Santo Domingo solicitaron a la Junta
Gubernativa que su rango fuera elevado a General de División, Co-
mandante del Ejército, expresando en su carta que el patricio era
el hombre constantemente consagrado al bien de la Patria, adqui-
riendo prosélitos y públicamente regando las semillas de la separa-
ción, “quien más ha contribuido a formar ese espíritu de libertad e
independencia de nuestro suelo”. Ese reconocimiento, que resalta su
prestigio militar, aumentaría los recelos y la rivalidad del caudillo
militar Pedro Santana.

Fuentes de las ideas de Duarte

Resulta fácil advertir que el cristianismo, las doctrinas liberales


en boga y la masonería, impregnan las ideas de Duarte pero tengo
pocas dudas y ello debería investigarse, que influyó en ellas su es-
tancia en Barcelona. Cataluña se encontraba entonces en un periodo
de transformaciones y luchas que darían su fisonomía a su socie-
dad actual y Duarte manifestó su admiración por sus Fueros. Desde
1807 y 1808 luchaba contra la Convención y contra Napoleón y
las invasiones francesas, apoyadas por Fernando VII. En Cataluña y
poco antes de su llegada se había desatado una terrible persecución
y represión de los liberales (1827-1832) por lo que florecieron los

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

movimientos y asociaciones secretas y formando tal vez allí el ger-


men de su “Trinitaria”.

Dos años después de su partida, en 1832, estalló la revolución


Carlista. Es significativo, que en las obras teatrales de propaganda
política soterrada de la sociedad “La Filantrópica” se repitan los
agravios y las burlas contra los franceses que eran populares en
Cataluña y que también lo fueron hecha, dado que los invasores
haitianos hablaban el idioma francés y así mismo, que después de
Febrero, Duarte enfrentara resueltamente a la Junta Gubernativa,
oponiéndose a la idea de un protectorado francés.

Sus principios políticos y patrióticos

Sus principios políticos los encontrarán ustedes en las publica-


ciones que he citado y son totalmente vigentes hoy y su aplicación,
absolutamente necesaria y especialmente el respeto a la ley, que jun-
to a nuestra Constitución, se viola sistemáticamente por los gobier-
nos, para favorecer bastardos intereses de grupúsculos nacionales y
extranjeros; la democracia liberal, substituida por el neoliberalismo
globalizador que destruye y oprime al pueblo; la anti-oligarquía, que
debe ser nuestra reacción a la salvaje explotación de nuestra patria
por algunas pocas corporaciones, empresas y desalmados políticos
nacionales o foráneos, el anticolonialismo como reacción urgente a
la neocolonización que imponen el neoliberalismo y Europa a través
de Lome, obrando ya nuestra fusión con Haití que ya con mas de 2
millones de haitianos ilegales que debemos deportar, acabaría con
el Estado y la República y con la propia nación dominicana. Cam-
bien el anti-imperialismo, que anula la soberanía nacional mediante
nuevas formas de injerencia política, económica y cultural desna-
cionalizante, incluyendo la suplantación efectiva de la democracia
representativa y de la voluntad popular mediante el artificio de ha-
cernos votar por soterrados agentes del imperio, colocándolos como
candidatos a cargos electivos en nuestro sistema de partidos políti-

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

cos.

Entre sus principios patrióticos y morales, el principio cardinal


es el amor y la voluntad de sacrificio por la patria; la justicia social; la
economía y fraternidad en nuestra sociedad multirracial, compuesta
de blancos, negros, mulatos y mestizos de indio la cual hemos, gra-
cia a Dios, mantenido, considerándonos solo dominicanos sin tontas
diferencias étnicas; producto de preferencias estéticas respetables
individualmente pero inaceptables socialmente. Duarte comprendió
perfectamente esa realidad, anticipándose con ella a las repugnantes
previsiones del nazismo en Alemania, y del Apartheid en Sudáfrica.
Esos sistemas políticos degradaron con sus aberraciones la dignidad
de la condición humana cometiendo crímenes contra la humanidad
que jamás podemos perdonar ni olvidar. Predicó también la libertad,
la independencia y nos recomendó atender una necesidad imperiosa
y aún no cumplida: el debido castigo a los traidores sin lo cual, los
buenos y verdaderos dominicanos -en palabras de Duarte- seguire-
mos siendo víctimas de sus maquinaciones.

DUARTE VIVE!!

El pensamiento político y la acción Revo-


57
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

lucionaria de Juan Pablo Duarte


Parte de la Conferencia del
Profesor Francisco Henríquez Vázquez (Chito)
No se ha cumplido todavía un mes de haber celebrado la nación
el 179 aniversario del natalicio de Juan Pablo Duarte y hoy, víspera
del nacimiento de la República, fruto de sus desvelos y de su sacrifi-
cio, esta alta casa de estudios, primera de América, atendiendo a las
sugerencias del benemérito Instituto Duartiano, inaugura la cátedra
que llevará su nombre, haciendo recaer sobre mis escasas fuerzas y
reducida mi capacidad de palabras de su solemne instalación en este
acto. El título indicado en la resolución reza así: El pensamiento
político de Duarte. Pero Duarte fue, como lo prueba la historia, tam-
bién un hombre de acción, por lo que me voy a permitir extenderlo,
para que se lea así: El pensamiento político y la acción revoluciona-
ria de Juan Pablo Duarte.

Hemos dicho repetidas veces, refiriéndonos a Juan Pablo Duar-


te, que es justo el homenaje que la nación le rinde cada año, al que
ahora se suma tan significativamente la Universidad Autónoma de
Santo Domingo, porque además de ser el más puro y sacrificado de
sus fundadores, fue el primero en la idea y en la acción. A ello se
debe que solamente las fiestas patrias del 27 de febrero y del 16 de
agosto, aniversarios del nacimiento y resurrección de la república,
tienen mayor significación para el pueblo dominicano que el 26
de enero: “Día de Duarte”. Y es que el fundador de La Trinitaria,
además de los méritos antes señalados, ostenta entre otros el título
de forjador de la conciencia nacional de los primeros dominicanos
que con él a la cabeza se lanzaron a la conquista de nuestra indepen-
dencia, proclamando la existencia de la nación dominicana y alla-
nando el camino al nacimiento y organización de la república.
58
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Es cierto que en el año 1838, cuando Duarte funda la socie-


dad secreta La Trinitaria, ya hacía largo tiempo que el pueblo do-
minicano, como agrupamiento humano diferenciado, constituía una
nacionalidad. Allá, colocados de espaldas a esta realidad, como lo
que quieran ser ¡menos dominicanos! Quienes quieran negarlo. Pero
no así los que conociendo y reconociendo su épica lucha frente a
todos los infortunios imaginables, saben que de todas las naciona-
lidades americanas surgidas de la crisálida colonial, ninguna se vió
tan amenazada de muerte, como la dominicana antes y después del
parto milagroso de su emancipación.

Duarte aparece así, junto a la pléyade de forjadores de naciones


y repúblicas americanas, galardonado con méritos excepcionales.
No exageramos...! Al hacer su aparición en nuestro panorama políti-
co La Trinitaria, nadie en el país tenía conciencia de que el pueblo
dominicano constituía una nacionalidad y gozaba de actitudes para
forjar su propia nación, porque:

1) Era dueño de un territorio perfectamente definido, que había


defendido a punta de lanza y a filo de machete desde los días de la
invasión inglesa de 1655;

2) Hablaba un idioma común a todos sus componentes;

3) La economía del oro primero, luego la del azúcar, después la


del ganado (pieles), había entrelazado y soldado las diferentes partes
de ese territorio;

4) Había forjado una cultura propia, producto de la fusión de la


indígena con la española y la africana, proceso de transculturación
que le daban al dominicano formas peculiares de ser:

Y sin embargo, para esa época, todos los elementos de la socie-


dad dominicana a quienes correspondía jugar tan honroso papel, o
se habían sumado a la” diáspora iniciada en 1795 con el Tratado de
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Basilea, o habían rendido sus voluntades a la dominación haitiana.

De ahí el culto a Duarte y su exaltación, cada vez que una crisis


ha amenazado las instituciones democráticas y la soberanía de la
nación dominicana. Al final del esbozo de su figura egregia, primero
de 17 ensayos de que consta su obra titulada “Siluetas”, publicada
en 1902, al término de doce años de férrea dictadura, cómplice de
las acciones dolosas de la Santo Domingo Improvement Co., apoya-
da por el gobierno de los Estados Unidos; cuando la Nación, además
se veía amenazada por perentorias reclamaciones de Francia y por el
fantasma de la subversión contra el Estado de derecho, Miguel Án-
gel Garrido, pluma de periodista rebelde, siempre al servicio de las
causas sagradas de la patria, estampó con pulso decidido la oración
siguiente:

“Tú gloria, oh! Duarte, no tiene eclipse! Padre de Patria en la


cruzada de la independencia, erguido a cruzada de la Restauración,
bajaste a la tumba como un sol de llama que se hunde en el abismo,
dejando a tus hermanos en la miseria ellos que fueron ricos y ofre-
cieron a la patria sus riquezas!- y legándoles como único patrimonio
la locura, y el hambre y la eterna impiedad de sus conciudadanos!
Más grande que tú... ni la Patria misma, iba a exclamar entusias-
mado!

Ese juicio de exaltado reconocimiento al patriotismo de Juan


Pablo Duarte, vertido por Miguel Ángel Garrido en su obra citada
de comienzos de siglo, representó en su hora un acto necesario de
reparación histórica que se inició con la Guerra Restauradora y con
la instalación de la Segunda República, legado a las generaciones
siguientes por Gregorio Luperón, Fernando Arturo de Meriño, Emi-
liano Tejera, Máximo Gómez, José Gabriel García, Federico Hen-
ríquez y Carvajal y cuantos lucharon a partir de entonces por el ideal
incumplido de una patria libre, próspera y feliz, dirigido a salvar del
olvido y a reconocer al forjador de La Trinitaria, como Fundador
de la República, Padre de la Patria y Apóstol de la Independencia
60
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

dominicana.

Esa labor de rescate se abrió paso por entre los escollos inter-
puestos por el dictador Ulises Heureaux y emergió triunfante al co-
menzar esta centuria; se afincó a todo lo largo de la lucha contra la
primera intervención norteamericana (1916-1924), tremolando de
nuevo junto a la enseña nacional, al instalarse la Tercera República;
y salvando los obstáculos levantados por la tiranía de Rafael Truji-
llo, ha podido ampliarse y calar en la conciencia nacional. Y no podía
ser de otra manera, porque esa pléyade de dominicanos ilustres por
su saber y por su patriotismo, conocieron, estudiaron y tomaron de
ejemplo y como guía la trayectoria y el pensamiento del fundador
de La Trinitaria. Esos que acabamos de mencionar, junto a sus dis-
cípulos y seguidores que se contaron por miles, sabían por ejemplo
que el organizador y jefe supremo del movimiento independentista
contra la dominación haitiana y contra toda otra dominación, viniera
de donde viniere, sobre la Patria de los dominicanos, había actuado
obedeciendo a un pensamiento revolucionario de la más alta sig-
nificación emancipadora, referente a la Nacionalidad y a la Nación,
cuya fundación fue el objetivo supremo del movimiento que enca-
bezó; con relación a la patria y al tratamiento que debía darse a sus
enemigos internos; sobre el Gobierno que debía establecerse para
hacer viable, democrática y fuerte la República por él soñada. Todos
ellos, dolidos por la injusticia cometida contra el supremo fundador
de la República, exaltaron su grandeza e hicieron suyos los ideales
por los que luchó y dejó plasmados en su forma de pensar; pensa-
mientos que el infatigable investigador de nuestra historia Vetilio
Alfau Durán, ordenó y publicó en 1969, bajo los auspicios del In-
stituto Duartiano con el título de “Ideario de Duarte”. De esa obra
meritoria, extraemos los pensamientos siguientes:

“La Nación está obligada a conservar y a proteger por medio de


leyes sabias y justas la libertad personal, civil e individual, así como
la propiedad y demás derechos legítimos de todos los individuos que
la componen; sin olvidarse de los extranjeros a quienes también se
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

les debe justicia, emanada de los deberes que impone la filantropía”.


(Proyecto de Ley Fundamental).

“Los enemigos de la Patria, por consiguiente nuestros, están


todos muy acordes en estas ideas: destruir la nacionalidad, aunque
para ello sea preciso aniquilar la Nación entera”. (Carta a Félix
María Delmonte).

“El amor a la Patria nos hizo contraer compromisos sagrados


para con la generación venidera; necesario es cumplirlos, o renun-
ciar a la idea de aparecer ante el tribunal de la Historia con el honor
de hombres libres, fieles y perseverantes...”

“Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los


buenos y verdaderos dominicanos serán siempre víctimas de sus
maquinaciones”. (Carta al Ministro de RR.EE. del Gobierno Provi-
sorio de Santiago, Caracas, 7 de marzo de 1865).

“Nuestra Patria ha de ser libre e independiente de toda potencia


extranjera, o se hunde la isla… (Ibidem).

“El gobierno debe mostrarse justo y enérgico… o no tendremos


patria y por consiguiente ni libertad ni independencia…” (Ibidem).

“Vivir sin Patria es lo mismo que vivir sin honor”. (Carta a Fé-
lix María Delmonte).

Pensamos, sin embargo, que de ahora en adelante, no bastará


con repetir los pronunciamientos en torno a Duarte, expresados por
esos compatriotas que entonces y después, sembraron en la concien-
cia de sus coetáneos su figura como paradigma del patriota ejemplar,
incontaminado e inconmovible en sus convicciones. No debemos
conformarnos con lo que se ha dicho y se ha hecho en relación con
el pensamiento y la acción del patriota ejemplar que “en las humil-
dades de La Trinitaria –como dijeron José Martí- urdió “la rebelión
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

que, de una pechada de héroes, echó atrás al haitiano, tan grande


cuando defendía su libertad como culpable cuando oprimió la aje-
na…” (“Adhesión de Patria al Monumento a Duarte”). Artículo es-
crito por José Martí en el periódico de ese nombre, órgano del PRC
de fecha 17 de abril de 1894. Ver “Martí en Santo Domingo” de
ERD, pp. 96-99).

La crisis que estremece en este momento a todas las naciones


del planeta; crisis que la juventud sufre, presa de la desorientación y
la desesperanza, exigen que se vuelva a las fuentes prístinas de los
hechos, permitiendo que cada uno de sus componentes pueda palpar
y sentir que los héroes del pasado fueron de carne y hueso como
ellos, logrando vencer situaciones iguales o peores que las que
ellas padecen hoy, razón por la cual merecen ser imitados. Hoy,
como resultado de una situación tan excepcional, no basta con pro-
clamar la grandeza que otros entendieron e imitaron en Duarte. Esa
grandeza hay que probarla de nuevo, para que otra vez sea entendida
e imitada. Y ese objetivo no podrá lograrse, sino fijando nuevamente
los contornos del marco histórico y social, tanto nacional e insular,
como europeo e internacional, dentro del cual vivió, luchó, triunfó y
padeció Juan Pablo Duarte.

Duarte nació, como todos sabemos, el 26 de enero del año 1813,


hijo del español Juan Duarte Rodríguez y de la dominicana Manuela
Díez Jiménez. Su fecha de nacimiento indica que vio la luz 9 años
después de que las huestes de Dessalines, detenidas por el azar frente
a las murallas de Santo Domingo, devastaron con la tea y el pillaje
en su retirada hacia Haití, buena parte de las aldeas y ciudades del
Cibao, llevando en calidad de rehenes a decenas de familias domini-
canas que no regresaron al país, hasta 15 años más tarde, al morir
Cristóbal en 1820, rey desde la muerte de Dessalines en 1806. En
1809, es decir, tres años antes del nacimiento de Duarte, Juan Sán-
chez Ramírez, luego de derrotar al general Ferrand en la batalla de
Palo Hincado, tras un terrible sitio de ocho meses, entró en la ciudad
de Santo Domingo, iniciando el segundo período colonial español
63
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

en la isla (España Boba): régimen que tiene cuatro años instalado,


cuando viene a este mundo el vástago de Juan Duarte y Manuela
Díez.

Duarte, pues, estaba en víspera de cumplir 9 años, cuando el


1ro. de diciembre de 1821, José Núñez de Cáceres, al deponer al
gobernador español Pascual Real proclamó nuestra primera inde-
pendencia de España, poniendo el nuevo Estado que así nacía a la
vida independiente, bajo la protección de la Gran Colombia. Dire-
mos de paso, que el único comerciante catalán de la plaza de Santo
Domingo, cuya firma estuvo ausente de la representación dirigida a
José Núñez de Cáceres, conminándolo a que no otorgara libertad a
los esclavos, cumpliendo el compromiso pactado con el jefe de la
guarnición de la ciudad, coronel Pablo Alí, fue la de Juan Duarte.
Todo lo señalado antes, quiere decir que la infancia de Duarte sin
duda alguna tuvo que transcurrir oyendo de boca de sus progeni-
tores, narraciones terribles sobre la invasión de Dessalines en 1805
y sobre el largo sitio de Santo Domingo, que puso fin a la domi-
nación francesa en 1809.

Así, pues, antes de llegar a la pubertad, Duarte va a contem-


plar con sus propios ojos en sucesión relampagueante, dos aconte-
cimientos decisivos para la tierra en que había nacido, su patria: la
proclamación del Estado Independiente que incorporaba el territorio
dominicano al proyecto bolivariano de la Gran Colombia y la in-
vasión organizada y dirigida por el presidente de Haití, Jean Pierre
Boyer, que tronchó de cuajo ese experimento. Dudamos que en el
hogar Duarte-Díez, se produjeran las críticas acerbas contra el Lic.
José Núñez de Cáceres, calificándolo de imprevisor por haber puesto
fin a la dominación española, facilitando los planes del mandatario
haitiano, si tomamos en cuenta su negativa a presionarlo para impe-
dir que le diera la libertad a los escasos 9,000 esclavos que enton-
ces había en Santo Domingo. Pero de lo que sí estamos seguros es
de que ese gesto de Juan Duarte, no oponiéndose a la manumisión
proyectada por el precursor de nuestra Independencia, provocó las
64
DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

simpatías de Boyer y sus acólitos; cuya primera medida, como se


sabe, luego de recibir las llaves de la ciudad de manos de Núñez de
Cáceres, fue decretar la abolición de la esclavitud.

Después, todo el resto de su infancia, hasta que teniendo apenas


16 años embarca para Europa vía los Estados Unidos, Juan Pablo no
podrá observar una sola medida del ocupante haitiano, destinada a
favorecer a su país y a sus compatriotas, ya que todas tendían a borrar
la nacionalidad dominicana y a reforzar la coyunda que le había sido
impuesta por la fuerza de un ejército de 20,000 solados. De todas
ellas vamos a referirnos nada más que a una por estas dos razones:
primera, porque ella involucra y explica la parte más recóndita y
medular de la invasión haitiana de 1822; segunda, porque permitió
que Francia, después de ser derrotada en Saint Domingue en 1804 y
en Santo Domingo en 1809, sentara de nuevo sus reales de potencia
imperial en la isla, hasta tal punto que la derrota de Duarte y los
trinitarios en 1844, más que a Bobadilla, Santana y sus seguidores,
se debió a la injerencia del cónsul de Francia en Santo Domingo,
Eustache Juchereaux de Saint Denys, respaldado por una flota de
guerra, bajo el mando del almirante De Moges que estacionada unas
veces en la rada de Santo Domingo, otras frente a Puerto Príncipe,
estuvo desde 1838 hasta 1846 siempre amenazante, pendiente de los
resultados del Plan Levasseur, lista para tomar posesión de la Bahía
de Samaná. Pero veamos qué derecho asistía a ese escuadrón naval
francés a permanecer en las aguas territoriales de la isla.

El 3 de julio de 1825, una formación naval francesa compuesta


de tres navíos y seis fragatas, bajo el mando de dos almirantes, lle-
vando a bordo al Barón de Mackau, quien representaba al rey de
Francia, Carlos X, había presentado al presidente Boyer un ultimá-
tum que éste acató, comprometiéndose a pagar una indemnización
de 150 millones de francos a los herederos de los antiguos colonos de
Saint Domingue. Para cumplir ese oneroso y antipatriótico compro-
miso, Boyer promulgó un Código Rural, remedo del implantado por
Toussaint Louverture en 1801, basado en el trabajo forzado, como
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

fórmula de elevar la productividad de la agricultura, tanto en Haití


como en Santo Domingo, al tiempo que anunciaba a los habitantes
de esta parte de la isla, que tendrían que pagar una parte sustancial
de lo que era ya la deuda de Haití con Francia.....

Como y por que Duarte adquiere los conocimientos políticos


que le llevan al convencimiento de que la nacionalidad dominicana
debía y podía constituirse en una nación independiente.

De acuerdo con el Diario de Rosa Duarte, que a ratos resulta


ser también el de su hermano, Duarte debió permanecer cerca de
un año en Nueva York, ya que en esa ciudad perfeccionó el idioma
ingles y recibió clases de Geografía Universal con Mr. W. Davis.
De ser así, Duarte debió llegar a Europa ya iniciada la década de
los años 30, cuando el llamado Viejo Mundo, dominado desde 1814
por los ejércitos de la Santa Alianza, formada por Austria, Prusia,
Rusia e Inglaterra al derrumbarse el Imperio Napoleónico, era el
escenario de múltiples protestas e insurrecciones armadas, dirigidas
por el Movimiento Romántico, organizado en sociedades secretas
que enarbolaban la bandera del nacionalismo y del derecho de las
nacionalidades a regir sus propios destinos, contra las imposicio-
nes, la dominación y el terror de esos imperios. Una rápida relación
de esas protestas y movimientos armados, confirmará lo que deci-
mos: Lisboa: insurrección armada (1817-1820); Polonia: guerra de
liberación (1821 -1830); Madrid: movimiento armado (1820); Gé-
nova: movimiento armado (1821); Milán: procesos (1821-1823);
Nápoles: movimiento armado (1820-1821); Grecia: guerra de libe-
ración (1821 -1830); Bélgica: revolución (1831). Polonia: revolu-
ción (1830-1831); Modena: revolución (1831). Esa Europa de las
sociedades secretas y de las barricadas, fue la escuela política de
Duarte. Entre esas organizaciones secretas, junto a la Masonería,
surgió la de los Carbonarios, que se proponía dar a Italia una con-
stitución moderna. Todos sus miembros estaban abrazando al ideal
romántico de la igualdad, la fraternidad, la libertad y la filantropía,
como prendas del auténtico patriota.
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Uno de ellos, que inauguró una cátedra en la Universidad de


Turín sobre el principio de las nacionalidades, asistió luego a las re-
uniones en que quedó fundada la Primera Internacional. Se llamaba
Guiseppe Mazzini, fundador de la joven Italia.

Cito su nombre porque es el romántico con el que tiene mayor


parecido Juan Pablo Duarte. El programa de su organización apela-
ba al pueblo y lo incitaba, mediante el martirio de unos pocos, a
sacudirse de encima el yugo de la opresión extranjera. En el trabajo
“Duarte romántico”, de Emilio Rodríguez Demorizi, discurso con el
que ingreso en el Instituto Duartiano, leemos:

“En Duarte no hay un solo elemento volitivo que pueda sepa-


rarse de su ideal romántico, de su ideal de Patria. En ninguna de sus
nobles actividades, ni en sus escritos, verso y prosa, ni en los libros
que poseía, en ninguna de las excelsas manifestaciones de su vida,
está ausente la Patria, encarnación romántica. Hasta cuando el amor
lo encadena fugazmente, una y otra vez la Patria esta presente y
se interpone victoriosa”. Párrafo antes, Rodríguez Demorizi dice:
“El hijo de Manuela Diez tuvo el extraordinario privilegio de ser
espectador -directo o indirecto- del máximo escándalo romántico de
todos los tiempos: el estreno de Hernani, el 25 de febrero de 1830,
verdadera batalla victoriosa librada contra los clasicistas a la que
asistió complacido Chaeaubriand, adelantado romántico de Fran-
cia y que devino celebre hasta por detalles pintorescos, como el del
chaleco rojo que Gautier ostentaba en la ocasión a manera de enseña
desafiante contra los adversarios de Hugo”.

Y luego pasa el acucioso investigador a revelarnos datos que


sirven, además, para fijar el año en que Duarte regreso a su patria,
al señalar: “Y he aquí un sugestivo testimonio de la repercusión que
tuvo en Duarte a representación del drama de Hugo. En su intere-
sante obra “Ayer o Santo Domingo hace 50 años”, Luis E. Gómez
Alfau ofreció esta noticia sin parar mientes en su importancia: ‘Los
chalecos eran generalmente de color blanco o negro. Se comenzaron
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

a usar de otros colores en el año 1832, cuando Duarte regresó de


Europa y les trajo a sus amigos como obsequio unos muy finos que
estaban de moda en París. A Felipe Afau le regaló uno rojo muy
elegante”. Era, nada menos!, que el chaleco rojo de los románticos,
el que lucia Gautier, convertido desde entonces en símbolo román-
tico”. A lo dicho antes, prueba inequívoca de la filiación román-
tica de Juan Pablo Duarte, agregaremos ahora algunas precisiones
que Consideramos no exentas de importancia, al intentar calibrar
la gigantesca labor revolucionaria desplegada por Duarte, siempre
ceñido inflexiblemente a principios políticos que tenían por divi-
sa el patriotismo, el coraje, la probidad, la lealtad, la fraternidad y
la filantropía, desde que regresa de Europa en 1833 hasta la fecha
memorable del 27 de febrero de 1844; y, desde que vuelve a la Patria
del primer exilio el 15 de marzo de ese año, hasta el 26 de agosto
en que es detenido en Puerto Plata, cuando ya, declarado traidor a
la Patria por Pedro Santana y sus seguidores, es extrañado del suelo
natal. Para eso, vamos a intentar presentar el pensamiento político
de Duarte en acción, durante esas breves pero cruciales etapas de
nuestra historia. Diremos a manera de introducción al propósito an-
tes señalado, que asombra la perfección y eficacia de a Trinitaria,
como organismo conspirativo que supo difundir por todos los ám-
bitos del país, sobre todo entre la juventud, las ideas libertadoras de
Duarte. Hay quienes se complacen en afirmar, prevalidos en la falta
de noticias al respecto por la forma ultra secreta en que trabajaban
los conjurados, que la organización no pasó de un grupo pequeño y
que la conspiración, como labor sistemática, fue abandonada poco
después del 16 de julio de 1838. Pero la forma en que se sumaron los
pueblos a la proclamación del 27 de febrero en la Puerta del Conde,
junto al prestigio adquirido por Duarte en todo el territorio nacional,
desmienten esa versión.

El recto pensar político de Duarte, por otra parte, nunca le per-


mitió envanecerse por los logros alcanzados, dándole una exacta
medida de la correlación de fuerzas existentes, entre el movimien-
to que lideraba y el ocupante haitiano. Siempre estuvo atento a las
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

alianzas posibles, como táctica que facilitara y acelerara el obje-


tivo estratégico de la independencia. En 1841, al viajar a Venezuela,
Duarte intentó movilizar la solidaridad de los antiguos emigrados y
sus descendientes que habían abandonado a Santo Domingo a causa
del Tratado de Basilea de 1795 y de las sucesivas invasiones hai-
tianas, pero no tuvo éxito. En 1843, enterado de la existencia del
movimiento de la Reforma, contra el régimen de Boyer, envía a Los
Cayos, sucesivamente a dos trinitarios: Juan Nepomuceno Ravelo y
Matías Ramón Mella. Este último tuvo éxito en la misión que se le
encomendó.

-PROEMIO DE LA OBRA DE PEDRO R. VAZQUEZ

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Duarte, Apóstol y Libertador

Quiero ofrecer mi aporte, muy humilde, a la difusión del pensa-


miento duartista que crea el movimiento emancipador a cuyos te-
soneros y patrióticos esfuerzos se debió la fundación de la Repúbli-
ca el 27 de Febrero de 1844. Esta obra, pues, en razón de ser una
selección de trabajos relativos a la persona de nuestro Procer Máxi-
mo Juan Pablo Duarte y a los más resonantes hechos de la epopeya
independentista, no es, específicamente, ni biográfica ni histórica,
como tampoco estudio crítico. Sin embargo, en parte es biografía y
también historia y crítica, en la medida en que se hace necesario re-
currir a las distintas disciplinas del conocimiento para la referencia
objetiva del citado movimiento emancipador.

Hasta el momento, entendemos que resulta escasa la bibliografía


existente acerca de la vida y de la obra de Juan Pablo Duarte, por
lo que sería útil revisar más minuciosamente los archivos tanto de
la nación como de otros países con los que relacionó el procer ilus-
tre toda su insistente y sabia labor emancipadora. Este libro, pues,
quiere contribuir al enriquecimiento de esa bibliografía para un más
amplio y sólido conocimiento de nuestra razón de ser, conforme la
luminosa trayectoria trazada por el Padre de la Patria.

En toda la extensión del libro decimos que Juan Pablo Duarte


fue hombre singularísimo. Le cupo la gloria de hacer la liberación
de la patria, con cuya acción adquirió dimensión histórica, aunque
no es menos cierto que experimentó muy amargos desengaños. Por
eso, una vez concluida tan bella como consistente obra libertadora,
bien podría decirse, con Rodó, que “Todo lo que queda de esa vida
es dolor”. Esa fue —como diría el gran uruguayo— la expiación de
su grandeza.

Proscrito por el régimen de fuerza que le mantiene en el poder,


su nombre permanecerá en el olvido por casi todo el resto del siglo
pasado, puesto que ese régimen político, impuesto por el derecho de
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

la fuerza, trata por todos los medios de deslustrar su obra de reden-


ción.

Expatriado el mismo año en que nace la República (10 de sep-


tiembre de 1844), en cuya condición permanece fuera del país largos
años, fue un desconocido, para las nuevas generaciones que en la
niñez no aprendieron a balbucir su nombre. Sacada toda la familia
Duarte del país, se diría que ese apellido ilustre, por largos años fue
como un pecado mortal en ese complejo mundo político de desafo-
radas pasiones.

Es, pues, en principio, el objetivo de este libro, contribuir,


aunque modestamente, al conocimiento de nuestro Procer Máximo,
como asimismo al de los otros defensores del patriotismo, en la me-
dida en que cada uno de ellos es merecedor de la gloria.

Creemos que hay necesidad de hurgar más hondamente en la


personalidad y la obra de Juan Pablo Duarte. Pero hugar con postu-
ra desapasionada, sin torpes influencias, sin resabio ni terquedades,
como si se estuviera en zona neutral o en tierra de nadie. De esa
forma no sólo se habrá logrado un estudio serio, sino que también
echar a un lado, definitivamente, los tímidos pronunciamientos y
acomodaticias posturas de críticos de la historia que se diría que se
encuentran entre la espada y la pared.

Dudamos mucho que con simplistas opiniones se pueda borrar


el pensamiento de viejo emitido por la abrumadora mayoría de la
intelectualidad dominicana: historiadores y críticos, demostrativos
de que la obra duartista es tan diáfana y a tal grado efectiva que de
ella surgió la República.

Quiérase o no, los hechos son los hechos y ni nosotros ni nadie


puede tergiversarlos, so pena de caer en el ridículo e infligir grave
daño a la verdad de nuestro quehacer histórico.

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Luego de conocer el pensamiento de nuestros intelectuales, es-


tudiosos de la historia, sociólogos, escritores y una vez que hemos
tomado conciencia de lo que fue nuestra epopeya libertadora, nos
pronunciamos, decididamente, en favor del grupo trinitario de 1838,
sin negar la valíosa participación de quienes, alineados como con-
servadores “afrancesados”, contribuyeron, aunque carentes de fe, a
hacer posible la gesta gloriosa del 27 de Febrero de 1844.

Visto objetivamente el panorama dominicano y tras profundo


meditar acerca de asunto tan claro como el agua pura aunque com-
plejo para algunos, hemos llegado a la conclusión —sin que luego
tengamos que sentir pesar en nuestra conciencia— de que sólo uno
de esos proceres, limpio de culpa solidario y glorioso: Juan Pablo
Duarte, resulta, al mismo tiempo que libertador y fundador de la
nacionalidad dominicana, “el dominicano de gloria más pura”. El
“único”, al decir de Federico Henríquez y Carvajal.

De los Trinitarios, unos más próximos, otros más lejanos al res-


plandor del Prócer, puede afirmarse en términos generales, que son
dignos del más amplio reconocimiento por la firme aportación a la
causa sacrosanta de nuestra Independencia.

Sin embargo, también participaron los que lamentablemente


tenían que cargar sobre los hombros sus pesados errores, sus ter-
quedades, sus ofuscaciones, sus ambiciones, sus pecados mortales.
La pluma no quiere escribirlo, es doloroso pero estamos en presen-
cia de una realidad insoslayable y querer falsear esa realidad con
sofismas y bellas metáforas resulta tan absurdo como querer negar
el movimiento que mantiene en equilibrio el Universo. Por tanto,
con pesar hemos de arrostrarle a nuestros grandes equivocados sus
actitudes desaforadas, sus contradicciones, sus pasiones. Nos due-
le tener que colocar en esta primera fila al grupo “afrancesado”,
pero no podemos caer en esas mentiras piadosas que tanto daño han
hecho al país. Por eso no nos es posible pronunciarnos a favor de
la obra de estos hombres, ilustres algunos, pero todos sin vocación
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

de dirigentes, puesto que no supieron canalizar sus actividades ha-


cia la efectiva consolidación de la independencia y soberanía de la
República. Más, el mayor pecado de estos señores no fue el no haber
hecho en sentido positivo sino el haber hecho en sentido negativo.
El pecado no es el no haber consolidado la soberanía, sino el haber
atentado contra ella hasta aniquilarla.

Que no se nos califique de apasionados. Nos hubiera dado lo


mismo que el Padre de la Patria se llamara Santana, Bobadilla o
el señor X. La referencia y la gloria pertenecen al que crea, al que
liberta, pero no fueron ellos los libertadores, puesto que un liberta-
dor no hubiera tirado por tierra la soberanía nacional como cuando
fue anexada la República a España. Acto proditorio que los parti-
darios del futuro Marqués de las Carreras defendieron con opiniones
deslustradas y aferrados a expedientes cancelados, como el de que
nuestra tradición y nuestra descendencia son hispánicas. Todo esto
es inconcebible., se desmorona por la falta de consistencia, puesto
que nada puede justificar un hecho a todas luces aborrecible, sólo
admitido en mentes enfermas. De ser válido tan pobre criterio se
vendría abajo la brillante epopeya emancipadora que desde prin-
cipio del siglo pasado, con los golpes de genio y de espada de los
Bolívar, San Martín, Sucre, Washington, Martí, y tantos consagra-
dos a la defensa de las libertades, aniquila el poderío anárquico y
soberbio de los regímenes que entonces imperaban.

Sí, es verdad, nuestra descendencia, en primer grado, es hispáni-


ca. Es más, el propio padre de Duarte, don Juán José, era español
nacido en Vejer. Sin embargo, él es el primero en seguir los pasos de
su hijo cuando lo ayuda en su propósito por una independencia pura
y simple.

Mentes privilegiadas, voluntades firmes hechas para la batalla,


que no sería dura por librarse a campo raso, bajo soles de fuego y
penetrante olor de sangre y metralla, sino porque se libra con fe,
con estoicismo, con abnegación, en forma persistente y metódica.
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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Tal ocurre en el hogar del Padre de la Patria donde Doña Manuela


alienta al hijo amado en su magnífica concepción de patria libre.
Y, sin embargo, todos fueron descendientes de la España que nos
colocó junto a otras colonias en este continente donde luego hubo de
crecer, sin cálculo alguno y como yerba mala, la intriga y la guerra
de las incompresiones y de los apetitos nunca satisfechos.

Esta descendencia hispánica no justifica la Anexión que, a


nuestro entender, fue un acto tan innecesario como necesaria la gran
epopeya emancipadora de la América hispana y de todo el Conti-
nente. No obstante, respetamos el criterio de los que mantuvieron
una insistente defensa de quienes se dieron a la tarea de vender la
Patria. Pero precisamente, ese respeto nos faculta para emitir nuestro
pensamiento, definitivamente opuesto a toda lesión del territorio na-
cional y por tanto, de nuestra soberanía.

Nacimos libres, sin intervenciones ni anexiones ni protecto-


rados. Así lo proclamó el Padre de la Patria y así nos entregó la
República. Por tanto, no hay alternativa; nadie tiene el derecho de
lesionar nuestro territorio obtenido a costa de sacrificios, de sangre
y fuego, a golpes de heroicidad y patriotismo.

Sin odios y con admiración para todos los personajes que fue-
ron actores en nuestro proceso independentista y posterior a él y
con mucho deseo de contribuir a la mejor orientación histórica del
país, doy a la publicidad este libro: “Duarté, Apóstol y Libertador”.
Ojalá ofrezca alguna luz, especialmente a las nuevas generaciones,
respecto del interesante episodio del que surgió la República libre y
soberana.

El Autor Santo Domingo,República Dominicana, 1980.


Enero del 1983.

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Biografías de Juan Pablo Duarte

Juan Pablo Duarte y Diez nació en la ciudad de Santo Domingo el


26 de enero de 1813, durante el período conocido como el de la “Es-
paña Boba”. Sus padres fueron Juan José Duarte, oriundo de Vejer
de la Frontera en la provincia española de Cádiz, y Manuela Diez
Jiménez, oriunda de El Seibo, hija a su vez de padre español y madre
dominicana

Luego de que las tropas del haitiano Toussaint L’Ouverture llegaron


al país en 1801, tomando posesión de la ciudad de Santo Domingo,
los Duarte salieron hacia Puerto Rico, residiendo en Mayagüez,
Puerto Rico, donde ha debido nacer su hijo primogénito Vicente
Celestino, pero hasta ahora no se ha encontrado constancia de ello.
La familia regresó al país luego de terminada la guerra de la Recon-
quista en 1809, cuando el país volvió a ser colonia Espanola.

Su padre trabajó tesonera y provechosamente en su negocio de efec-


tos de marina y ferretería, único en su género en la ciudad de en-
tonces, situado en la margen occidental del río Ozama, en la zona
conocida con el nombre de La Atarazana. En esta época nacieron,
además de Juan Pablo, dos de los cinco hijos llegados a mayores:
Filomena y Rosa. Nacieron otros que murieron jóvenes: Francisca,
Sandalia y Manuel.

El padre de Duarte murió en la ciudad de Santo Domingo eI 25 de


Noviembre del 1843, estando Duarte ausente del país y su madre en
Caracas en el 1858, durante el destierro que le impuso Santana, en
unión de sus hijos.

Juan Pablo fue bautizado en la Iglesia de Santa Bárbara el 4 de fe-


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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

brero de 1813. Sus primeras enseñanzas las recibió de su madre y,


más tarde, asistió a una pequeña escuela de párvulos dirigida por
una profesora de apellido Montilla. De allí pasó a una escuela pri-
maria para varones, donde desde muy temprano dio muestras de
una gran inteligencia. Fue admitido más tarde en la escuela de don
Manuel Aybar, completando sus conocimientos de lectura, escritura,
gramática y aritmética elemental.

Siendo casi un niño recibió clases sobre teneduría de libros para


pasar, ya adolescente bajo la tutoría del doctor Juan Vicente Tron-
coso, uno de los más sabios profesores de entonces. Con él estudió
Filosofía y Derecho Romano, mostrando, una vez más, su gran de-
seo de superación y de amor por los estudios.

En 1828 o en 1829, con apenas quince años de edad, y acompañado


del señor Pablo Pujols, comerciante ligado a su familia, sale vía Es-
tados Unidos, Inglaterra, y Francia rumbo a España, radicándose en
Barcelona, donde tenía parientes. Poco se conoce de Duarte durante
su permanencia en España.

Para 1831 ó 1832 aparece de nuevo en Santo Domingo y trabaja en


el negocio de su padre. Realiza una intensa vida social que le liga
a importantes sectores de la pequeña burguesía urbana. Es testigo
de matrimonios, apadrina bautizos y asiste a reuniones de carácter
cultural. Esa vivencia de la sociedad es la que le permite percibir
que existe un sentimiento patriótico que rechaza la presencia de los
haitianos en el país.

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

BIBLIOGRAFlA

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Pedro Troncoso Sánchez. VIDA DE JUAN PABLO DUARTE.

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

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Ubieto, Regla, Jover, Seco. INTRODUCCION A LA HISTORIA


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H. Kohn HISTORIA DEL NACIONALISMO. José Martí” OBRAS


COMPLETAS. Tomo I.

Caspar Hernández. DERECHOS Y PRERROGATIVAS DEL PAPA


Y DE LA IGLESIA.

Eduardo Galeano. LAS VENAS ABIERTAS DE AMERICA LA-


TINA

M. Crouzet y colaboradores. HISTORIA GENERAL DE LAS CI-


VILIZACIONES Tomo 7.

Guide Despradel Batista. DUARTE Y EL APORTE DE LA


FAMILIA DUARTE-DIEZ A LA INDEPENDENCIA DOMINI-
CANA.

Rudolf Rocker. NACIONALISMO Y CULTURA

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

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DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana

Esta primera edición de mil ejemplares de


“DUARTE: Paradigma de la Juventud Dominicana”
se terminó de imprimir en el mes de Febrero del 2010,
en los talleres de la Editora Formación,
Santo Domingo, República Dominicana

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