Está en la página 1de 26

BATMAN Y YO

CASTALIA CABOTT

1
Es difícil andar por esta vida fingiendo que gozas de ella cuando lo único con
lo que sueñas es con entrar a vivir dentro de un comic, donde todo es en colores,
el malo es vencido por el bueno y el héroe si no vuela, pasa raspando.
Pertenezco al pequeño círculo de mujeres insatisfechas. No tengo novio, no
tengo marido, no tengo amigos, y menos amigas; en resumen: no tengo nada.
Excepto una personalidad algo bastante deslucida y terca y una lengua ácida que
me trae más problemas que alegrías.
¿Cómo llegué a ser tan encantadora? Supongo que el hecho de que tus padres
te manden pupila a un colegio para vivir la vida loca es el inicio. Agreguen que
lo único que había en ese colegio eran niñas, tan solas como yo y un jardinero que
solo leía comics. Lo mejor de mi vida y lo peor. La vida no es un comic y eso es
lo que quiero
Salí del colegio a los 17 años, estuve seis meses libre mientras era adiestrada
para ingresar al mercado laboral que en mi familia significa casarse con un buen
candidato que traiga dinero y relaciones a la familia. Pero nada ocurrió como
estaba previsto. Los candidatos no eran ni Batman, ni Superman, ni el hombre
araña y sí más del estilo del Guasón, sin olvidar que también conocí al Dr Hielo,
Lex Luthor y creo que la cereza del pastel fue el Sr Magneto, tan cálido como el
Dr Hielo. ¡Santa Madre de Dios! ¿Acaso ya no hay hombres amables, sinceros, y
decentes en estos tiempos?
Mi madre enloqueció, mi padre anunció que me desheredaría, y mi abuela
consideró que la culpa era de mi madre por mandarme a un colegio suizo, ahí
son muy fríos y esa frialdad se me pegó. Debió enviarme al colegio que ella había
elegido en Francia. Ahí si las modelan a gusto del que paga.
Lo que mató las esperanzas de mis padres de anexar un imperio fue en
definitiva lo que me liberó. NO-QUIE-RO-CA-SAR-ME fue mi avatar, mi
muletilla, mi bis. Mi liberación.
Mi padre fue sintético, siempre lo ha sido ¿por qué cambiar? ¿No quieres
casarte? ¿Y qué harás? ¡NO-SA-BES-HA-CER-NADA-MAS-QUE-LU-CIR-TE!
¡Ahí tienes la puerta, ingrata! Fue lo último que recuerdo de él. Sí, super cálido mi
pa.
Error y acierto, mi querido pa. Odio lucirme, en eso no tienes razón pero es
verdad que no sé hacer nada.
Sí, con ese capital inicié mi independencia, no saber nada. ¿Qué hace una chica
actual que no sabe hacer nada para ganarse la vida? Prostituirse, me dirás, y
siendo más que honesta lo pensé, pero sudar debajo de alguien que no sea un
héroe de esos que valen la pena esperar formaba parte de una pesadilla que no
quería. ¿Moza? ¡Acertaste! Solo te diré esto: aprendí mucho en esos días: no
vayas en tacones, no uses faldas cortas, no seas amable o alguien te esperará para
amargarte a la salida, sé ácida, correcta, callada y usa la mejor sonrisa acartonada
que puedas encontrar. Y recuerda esto: las piernas dejan de pertenecerte para
tener vida propia y las bellas sonrisas te dan propinas
Mi etapa de moza duró tres siglos, porque eso me parecieron esos tres meses,
pero salí gananciosa. ¿Quién diría que un dibujante de historietas tendría la
brillante idea de hacer del café, su oficina? Cuando vi que dibujaba historietas
me quité el disfraz de moza amable y me mostré tal cual era. Amaba la historieta
y conocía todo lo que el adorable Simon se compraba. Total que empezamos a
charlar que de X-Men, del príncipe Valiente, y ni hablar de Robin Hood. Mi
dilecto. A los tres meses dejé el café y pasé a trabajar en su editorial, una muy
conocida, investigando para los escritores. Mi sueldo subió poco, pero mis
piernas se sentaron, dejé mi sonrisa acartonada, por una seria e impenetrable, ya
sabes, una oficina de hombres de entre 30 a 60 y yo ahí, una jovencita de 19 años,
que hablaba cuatro idiomas, y conocía toda la historia del comic como a mi propia
vida, necesita poner límites. Mucho no me valió siendo clara, todos pensaron que
yo era una especie de mascota, algo chinchuda, bastante seria, pero trabajadora.
Dos años después soy la secretaria del director, conozco a todos los escritores
de la editora y he aprendido varias cosas más: los escritores tienen un ego a
prueba de balas, parecen niñas compitiendo entre ellas, recuerdo de mis días de
escuela, insufribles: y no existen los héroes. Bueno, si existen pero solo en el
papel, y son fruto de la imaginación fecunda de algún soñador. Ahh, soy una
perfecta taquidactilógrafa y tengo un sobresueldo con Elton Fergus que me usa
–esto es una sospecha no corroborada por nadie, aún- de modelo de chicas
futuristas. Y pensar que mi padre creía que yo lucía bien. Lo entenderán si les
digo que soy alta, flaca, y algo vistosa. Qué otra cosa se puede decir de una
pelirroja que se tiñe de negro y que tiene ojos verdes tan pálidos que ni se ven.
Ojos de gato que me acercan con un poquito de tintura a la imagen de esas chicas
de otros planetas que usan ropa ajustada y armas enormes. Sí, si has visto esos
comics te lo confío: soy yo. El asunto es que mi aspecto proviene de ancestros
desafortunados. ¿No pude tener una abuela española o inglesa? No. Solo un
abuelo pelirrojo zanahoria que manchó las generaciones futuras. Ahh, olvidé
decirles que mi alquiler se paga limpio con mi personalidad oculta de modelo de
comic.
Tengo trabajo, un trabajo interesante en el mundo del comic, tengo un hogar,
rentado pero mío, tengo mi independencia, tengo padres ausentes que ni siquiera
extraño, eso fue toda mi vida, y no tengo nada más. Pero ya es tiempo de que
tome las riendas de mi vida, por eso tomé algunas decisiones: adoptar un perro,
regresar a mi color natural, y comprarme un auto nuevo.
Y esas decisiones cambiaron mi vida.
2

La veterinaria abría hasta las 21. Así que me tuve que apurar. Justo ese bendito
día, se realizó una reunión de costos engorrosamente larga, que Freddie Kruger,
así le digo cuando estira las reuniones porque la está pasando bien, no terminaba
nunca.
—¿Vivian, tienes una cita? —interrumpió el vozarrón de mi jefe, logrando que
todo el mundo me prestara atención después de haber mirado no
disimuladamente mi reloj como veinte veces en veinte minutos.
Esa era yo: Vivian Mary Hartley Ross. Como me conocían desde que era una
desgarbada jovencita, y siempre había sido la más chica de todos en la editorial,
no había nadie que no se metiera conmigo. Y mi jefe era siempre el primero, creo
que está estirando la reunión tan solo porque me atreví a mostrarle que miraba
el reloj en forma directa y no encubierta como los otros corderos presentes.
Ni siquiera contesté solo le di mi mirada Miss Hielo y regresé a mis apuntes.
—No has dejado de mirar la hora desde que empezamos —insistió Freddie—
¿Tienes una cita?
La mirada de todos en mi rostro me hizo responder con un tono más duro de
lo esperado. —Si crees que pasar por una veterinaria es una cita Freddie, la tengo.
Ahora ¿podemos concluir? Tengo una… cita.
Los gritos, silbidos y aplausos, que siguieron a mi respuesta, afloraron mi
personalidad real y terminé sonriendo. Luego me puse sería. Con ellos no puedo
hacer otra cosa. —¡Niños! —les dije, poniéndome de pie de inmediato—Si hemos
terminado como parece, me retiro. Mi... cita no puede esperar.
Freddie lanzó su carcajada acostumbrada y me dijo —¡Lárgate! —y el muy
villano agregó solo para mortificarme —Si sigues cuidando así tu trabajo, me
parece que pronto lo perderás.
—¿De veras? —pregunté mientras recogía mis cosas del enorme escritorio—
¿Cómo se te da el tipear todo esto?
Freddie dejó de lado su sonrisa mientras recibía el impacto de su tendón de
Aquiles. Algunas personas jamás se hicieron amigas de la informática,
Freddie ”Kruger” Hogan era uno de ellos, y el resto, al menos la mitad, me
miraba con regocijo. Solo yo trataba al jefe de igual a igual. Los demás ya les
conté, eran unos corderos. —¿Algo más? —agregué ya de pie.
—¡Lárgate, Gatúbela! —agregó fingiendo enfado. Si lo conoceré. Ese hombre
me quería más que mi padre. Sabía que él era el único, bueno él y el dibujante,
que sabía que yo, como Gatúbela teníamos dos personalidades: la de chica sosa
y chica glamorosa. Y como lo sabía me decía Gatúbela, para que no se olvidará
que podría convertir mi vida en un infierno si la manada que trabajaba en la
editorial lo conocía. Eso también empezó el día que me encontró leyendo Batman,
la historieta de la competencia, en la oficina. No puede evitarlo, amo las
historietas y me pescó. Recuerdo que desde ese día me dice Gatúbela, y desde ese
día también me deja cada historieta que saca la editora sobre el escritorio así no
compro a la competencia, pero como ustedes imaginan, Marvel Inc, es Marvel
Inc. No tiene rivales. Ese día aprendí que debo comprar mis amores al salir del
trabajo, jamás al entrar.
El asunto es que con esa orden no necesité nada más y salí como Clark Kent
en busca de una garita telefónica, mirando mi teléfono.
Mi nuevo perrito me estaba esperando.
Salí corriendo tomé un taxi y el taxista me miró durante un segundo
demasiado largo. Repetí la orden y no le quedó más remedio que avanzar.
—Tendrá una propina si se apura —le dije. Y luego me arrepentí. Mi nueva
vida requería estar viva para disfrutarla.
A veces los planes no salen como los diseñas.
Me dejó en la esquina y tuve que caminar una cuadra para llegar. La luz de la
cuadra no era muy buena, y comprendí que no había sido inteligente de mi parte
venir tan tarde y que el taxista no me miró raro por no escucharme, sino
pensando qué diablos tiene en mente para ir a un lugar como ese a esta hora. El barrio
de día se veía muy tranquilo pero de noche definitivamente parecía más ciudad
Gótica en un mal día, mejor dicho en una mala noche.
Si temes lo peor lo tienes, muy de Murphy por cierto. Y eso pasó. Dos tipos
avanzaron de la oscuridad y me rodearon. Lo primero que noté fue su aliento.
Apestaban a alcohol, lo segundo, que estaba tan oscuro que no podía ver si el
arma que adivinaba más que veía era real o de juguete. Sí, eso pasa cuando te
asaltan. Tus pensamientos vuelan a una velocidad que ni Superman alcanzaría y
terminas haciendo un análisis sorprendente de la situación: te están robando…
—Mira que cosita más bonita tenemos acá —dijo el apestoso número uno.
—Mamita eres una preciosura —dijo el número dos.
Dos manos fuertes tomaron la solapa de mi abrigo y me arrastró hacia la
oscuridad del pasillo que la poca luz no dejaba ver. Debo contarles que vestía una
camisa de cuello abierto, vaqueros, unas botas y un abrigo de paño tres cuartos,
atado; mi cartera atravesaba mi cuerpo y llevaba en la cabeza un gorro de lana.
Jamás nadie daría un centavo por considerarme Gatúbela o la chica futurista del
comic. El apestoso me empujó con fuerza y noté que había uno más en las
sombras, porque el número tres me tomó por detrás abrazándome y
encadenando mis brazos.
Mi mente super analítica cambió de tesis: te están por violar.
No sé defensa personal, pero tuve muchas peleas en la escuela, y amo el
comic, ¿qué hacen las damiselas en apuro? Primero, gritan con fuerza y luego se
desmayan. Eso hice: grité con todos mis pulmones.
—¡¡SOCORRO!!
Y a pesar de que el apestoso dos decidió callarme golpeando mi estómago,
no pude desmayarme.
Si el apestoso tres no me hubiera tenido atrapada hubiera caído al piso. Creo
que vi estrellas, lo que es normal siendo de noche, dirás, pero estas eran
dolorosas.
Aún agarrotada, con el puñetazo, intentando conseguir algo de aire a mis
pulmones, tuve la inspiración de levantar mi pie derecho y golpear con todo el
pie del que me sostenía. ¿Les dije que mis botas eran borceguís, de esos de trabajo,
fuertes y resistentes? Bueno, el apestoso tres lo comprendió de inmediato y me
soltó. Caí al suelo pero hice algo más inteligente aún, volví a pedir ayuda
—¡Ayúdenme! —grité, y noté que no salió tan fuerte, no tenía mucho aire.
Los apestosos también dijeron algo, pero yo no los escuchaba, quedé sentada
en el suelo, con las piernas abiertas e intenté ponerme de pie. De atrás, el apestoso
tres, me envió de nuevo al suelo pegándome una patada. Por primera vez sentí
miedo. Ese miedo que ni sentí cuando me paré frente al cartel que decía “Se
necesita mozo o moza” o cuando mi padre cerró la puerta con violencia después
de que el señor Magneto le informara que retiraba la oferta de matrimonio. No
se casaría con una mujer fría e insoportable, que lo había insultado como un
marinero. Algo que jamás hice, lo juro. Soy una dama.
—¿Qué demonios creen que están haciendo? —dijo la voz fuerte.
Levanté mis ojos anegados en lágrimas de dolor, y lo vi.
Era Batman.
Lo juro. Era él. Era él y sin máscara.
3

Batman, al parecer también sin Robin, se lanzó sobre apestosos uno y dos, a
uno lo golpeó con un derechazo que hizo girar su cabeza y creo volar algunos
dientes, porque aún con la poca luz que había vi algo salió de su boca... claro que
también podría haber sido un chicle. El otro intentó manotearlo pero vi
perfectamente cuando le tomó el mismo brazo que le había lanzado hacia su
cuerpo y lo atrajo hacia sí, no lo alejó como debería haber sido. El ruido de su
cabeza golpeándolo cubrió la manzana.
Yo estaba congelada. Batman estaba ahí. ¡Bat-man! De pronto comprendí que
quizás no había recibido la patada en la espalda sino en la cabeza. Les juro los
zoom, paff, cricc sonaban con tanta fuerza, creo hasta noté que solo faltaba la
música de acción. En un segundo o muchos los tres apestosos estaban fuera de
foco, más gente se había acercado y Batman me estaba hablando.
—¿Estás bien?
No lo creerán. Me desmayé. Me desmayé en los brazos de Batman.
Una larga lengua me lamía la cara ¿Batman? Pensé y creo que lo susurré. Y
me resistí a abrir los ojos. Mi sueño húmedo a punto de cumplirse. Abrí los ojos
para buscar a mi héroe y encontré a un peluche blanco con vida lamiendo mi
mejilla.
—¡Ven aquí! —dijo una suave voz del otro lado. Giré la cabeza y ahí estaba
de nuevo. No era un sueño, era real. Mi propio Batman sin máscara.
Mi consciencia regresó con fuerza. ¿Batman? —¿Quién eres? —le pregunté
mientras veía como quitaba al cachorrito y lo sostenía con una sola mano.
Esperaba que mi pregunta no fuera tan obvia.
—No soy Batman —dijo sonriendo. Y ahí me enamoré. Si, ya sé que dirán que
el amor a primera vista no existe, que es propio de novelitas románticas de
cabotaje, que la vida real no es posible. Pero qué harían ustedes si el héroe de sus
sueños se hace real. ¡Por favor! Dejen los argumentos que no vienen al caso. Yo
me enamoré, por primera vez en mi vida de un Batman de ojos verdes, pero no
como los míos, sino verdes fuertes, intensos, de una cabellera castaña, algo larga
y que se enrulaba en las puntas hacia arriba, que tenía una barba como de dos o
tres días, y una boca sumamente deseable. Dijo “no soy Batman” y honestamente:
no le creí.
El traje de cuero negro ajustado, que marcaba sus fuertes líneas lo moldeaba
tan bien que no necesitaba imaginarlo desnudo. Pero sus ojos, tan cálidos,
risueños y preocupados me cautivaron.
—Soy Scott Taylor —agregó.
“Veterinaria Taylor” ese fue la dirección que le di al taxista. Batman era el doc
de mi futuro bebé.
—¿El veterinario? —musité intentando levantarme de dónde estaba. Un sillón
muy elegante. Mientras hablaba comprendí que mis preguntas no eran muy
inteligentes, era obvio. Y si no me lo hubiera dicho, por la forma en que mantenía
al cachorrito en su mano lo habría notado.
Me ayudó con una mano a sentarme. Y sentí un escalofrío, a pesar de que yo
seguía con mi abrigo prendido y evidentemente había calefacción en el cuarto. A
través de las capas de ropa el escalofrío se fue diluyendo bajo esa mirada verde
y pude sentir su calor. Lo miré de arriba abajo.
Él se miró también y me respondió: —Tengo un ahijado, hoy cumplió años, y
Tommy ama a Batman.
Sí, cualquiera hubiera encontrado la explicación suficiente pero para mí fue
innecesaria. Toda la vida busqué a mi héroe. Y acababa de encontrarlo. Y Tommy
no es el único.
4

¿Qué puede haber más desafortunada que agotar todas las excusas habidas y
por haber para llamar la atención de Batman? ¿Qué tenía que hacer?
¿Disfrazarme de Batichica?
Los amores unilaterales son los que te hacen sufrir y estoy sufriendo. Scott me
entregó mi perrito, Sí, era el peluche vivo que me lamía la mejilla, me fue visitar
dos días después para ver cómo estaba pero ni siquiera entró. Todo fue desde la
puerta. Andaba vestido de Scott Taylor y yo… Dios mío, la rica desheredada, que
sabía lucir los Versace con tanta elegancia, había quedado tan atrás en mi vida
que cuando abrí la puerta pensando que sería algún vendedor de esos que
pululan frente a tu puerta y me encontré con esos ojos verdes y ese cuerpito
enfundado en ajustados vaqueros y una camiseta negra en verdad pegada a su
cuerpo. Él resplandecía y yo tenía una falda negra y una camiseta enorme (quedó
así cuando la metí en el lavarropas a la temperatura inadecuada y consejo: cuida
la lavandina, convierte a la ropa negra por arte de la química en una cosa
manchada que no podrás usar nada más que en casa) a rayas blancas y rojas. Sí,
nada combinado dirán. Encima, anoche había tenido mi sesión de chica futurista
para un número especial de la revista Comic Inc. Por lo que me había acostado,
a las 5 de la mañana. Es que siempre hago mis extras (el de modelo) el día viernes
de noche. Al otro día no madrugo así que puedo quedarme en cama hasta la hora
que quiero. Perdón, eso era en tiempos pasados, ahora soy madre de una peluche
blanca que se despierta como un reloj a las 7 en punto e insiste en salir al baño.
Ahí voy, como toda madre primeriza dándole todos los gustos, esa fue la razón
de que me encontrara con esa facha. Dormida me vestí con lo primero que
encontré. Ni siquiera me vale como excusa. Estoy segura que no entró a mi
departamento por la simple razón que me vio y pensó: “Ni loco con esta mina
desarreglada”
De nada valieron las tres veces que fui en su búsqueda sin resultado alguno,
no lo encontré. ¿Cómo vives si encuentras al hombre de tus sueños y lo pierdes
por no estar prolija y presentable? Ya no tenía excusas, excepto que Peluche, si al
final ese fue su nombre. Aunque dudé entre Clark, o Bruce, o Wolfie por
Wolverine. Solo quedó Peluche; excepto les decía, que Peluche hablara. Me miré
al espejo, había dejado salir lo mejor de mí. Me compré maquillaje, ropa nueva,
perfume. Ahora ya no lucía como una refugiada afgana rebelde que quería
demostrar que el dinero no le importaba, lo que así era, porque lo único que me
importaba era tener a Batman, una bati-cueva y hacer batmancitos.
Después de dos semanas de intentos fallidos me di por vencida. Eso pasa
siempre en los comics. Los héroes andan siempre solo, ellos llevan encima ese
rollo de mantener su secreto y todo eso. Así que debí convencerme. Intenté, lo
juro, intenté mirar a mi alrededor, ahora andaba tan deprimida que hasta casi era
accesible y solo logré que algunos villanos sin importancia me mirarán como un
fenómeno. Nadie entendía qué me había pasado. Lo que estaba bien, porque ni
yo entendía qué me pasaba. ¿Cómo puedes enamorarte de un traje de cuero
ajustado con una capa de murciélago? Nadie en su sano juicio lo haría pero este
iba acompañado de ciertos ojos verdes, muy verdes y un pelo castaño que te
invitaba a pasar los dedos por él. Una boca que pedía ser besada, o invitaba a ser
besada o quizás te hacía imaginar que deseaba ser besada, debo ser honesta
conmigo misma y lo de la invitación o pedido es mucho decir, para alguien que
se niega a verte durante dos semanas.
Las cosas cambiaron de golpe. Y gracias al comisario Gordon. Bueno no se
llama así pero es comisario. Me citan a declarar y hacia allá voy. ¿A quién me
encuentro? No, no ha Batman, sino a Scott Taylor, tan hermoso como siempre.
Noté que me miró algo raro. Les juro, si ya sé que juro mucho; les juro que no me
había arreglado para él. De hecho intentaba sacarlo de mi mente (y del traje en
mis sueños, sueños tórridos como no he tenido nunca, sueños dónde él se quitaba
la capa, y luego tenía que ayudarle a quitarse el traje de tan ajustado que estaba,
casi siempre desesperaba porque era tan difícil que terminaba despertándome en
el intento y sin poder concretar… ya saben... A veces soñar ni vale la pena). Pero
la nueva Vivian se había adueñado de mí, y por su mirada debo decir que
acababa de ganar un punto.
Ese día llevaba una faldita algo corta, tengo lindas piernas me lo puedo
permitir, de esas escocesas a rayas rojas y azules, de esas que parecen de
colegiala, con tablitas, una camisa blanca con chaleco, pero mi camisa tenía
muchos botones desprendidos, honestamente, los desprendí como al descuido
cuando vi su espalda antes que se diera vuelta para mirarme siguiendo la seña
del comisario Gordon, digo Bronson. No tan al descuido en realidad sino con
premura, uno de esos pensamientos veloces que te pueden cambiar la vida; el
asunto es que los botones desprendidos atrajeron su mirada hacia mis pechos,
todo fríamente calculado, pero que de frío no tenía nada, porque fue sentir su
mirada recorriendo la poca piel que se exhibía, no es que me diera mucho tiempo
para más botones, que sentí un calor de día de verano en pleno invierno.
Supongo que ver mi pelo rojo también lo sorprendió. Sí. Cumplí la segunda
parte de mi plan de cambio de vida: recobré mi color natural. Y si hubiera sabido
que Batman se sentía atraído por las anaranjadas como dejaba traslucir lo habría
hecho al otro día de conocerlo.
—¿Vivian? —preguntó dudando si era o no era.
—¿Cómo estás? —le respondí con mi mejor sonrisa. No es que me costara es
que su cara se veía tan pero tan sorprendida que estaba segura que acababa de
enamorarse de mí. Sí. Lo sé. Sigo pensando que la vida es un comics y como ahí
la gente se enamora en un cuadro, pensé que… bueno, ya saben lo que pensé.
Saqué pecho. Tengo mucho para mostrar, le sonreía encantadoramente, y
extendí mi mano hacia él —Exacto Vivian Hartley.
Él la tomó, como diciendo ¿lo eres? Mi corazón hacía toc toc (como en las
historietas con letras cada vez más grandes). El comisario Gordon una vez más
llamó a Batman aparte y tuve que mirar su lindo trasero mientras se disculpaba
con esa sonrisa que ya les conté, esa que me deja húmeda, sensible y deseosa.
Una palabra para su trasero: incomparable.
Elevo una plegaria para el Sr Levy y sus vaqueros.
Cuando Gordon lo dejó, como media hora después, pensé que podría hablar
con él algo más que darle mi nombre, pero el comisario una vez más se interpuso,
me metió sin siquiera pensarlo en la oficina y ahí empezó a interrogarme. Intenté
mirarlo para decirle “ya salgo” pero ni siquiera eso pude. La puerta estaba
cerrada así que no sabía si se había ido o no. Mientras la mujer policía con cara
de “no tengo amigos y no los quiero” mecanografiaba con dos dedos mi
declaración, tenía tiempo de pensar en alguna excusa nueva para ir a verlo. Tal
vez podría enfermar a Peluche de nuevo.
La verdad, no hizo falta. Cuando salí después de 45 minutos de escuchar el
teclado de dos dedos de la mujer, Batman estaba esperándome parado con los
brazos cruzados, apoyado en una pared que alguna vez fue blanca. Salir, verlo,
y mi corazón saltar fue una sola cosa.
Batman estaba interesado.
De la desdicha a la gloria fue cosa de segundos, ese día salimos de ahí y nos
fuimos a tomar un café. Sé que me contó que no había estado, por un congreso o
no sé qué, la verdad es que solo lo miraba y ni sé que le respondí, lo único que
recuerdo es por un momento se quedó callado mirándome y sonrió de manera
adorable y movió su cabeza. ¿Qué habrá pensado?
Cuando nos despedimos, me atrajo hacia él y me dio un beso, bueno un toque
en los labios, fue tan sorpresivo y rápido que aún me pregunto si fue mi
imaginación o fue real. Dijo algo como que tenía una operación, y me dejó
mirando su fantástico culo e impresionante espalda, bueno miré más el culo en
realidad. Soy una chica normal.
Cuando llegué abracé a Peluche, pobrecito, lloró, pero es que cómo podía no
abrazarlo, gracias a él, Batman me había besado.
Esa noche no dormí, Y mis sueños ahora se demoraban en un larguísimo beso,
que prometía muchas delicias por venir y que lamentablemente el famoso traje
volvió a interrumpir.
Al otro día, en un acto de pura generosidad compré un café para mi jefe.
Cuando se lo entregué me miró de manera tan extraña que me hizo pensar que
leía mi mente y me puse roja. Es un hecho las pelirrojas no podemos evitar
ponernos colorada por cualquier cosa,
—¿Pasa algo qué debo saber? —preguntó Freddie
—No —dije con mi mejor sonrisa como diciendo “no sé de qué me hablas”
—Marvel Inc te ha contratado —afirmó más que preguntó en un tono serio.
Ahí me acordé que una vez le dije que mi sueño era ir a trabajar allí.
—Nooo, claro que no. ¿Qué pasa jefe? Me mira tan raro que me da miedo.
—¿Yo te miro raro? ¿Y qué me dices de esto? —dijo y levantó en su mano mi
café regalado— No recuerdo que desde que llegaras alguna vez me trajeras
algo… eso sólo puede significar “cul-pa” y la única manera de sentirte culpable
es que te hayan contratado de Marvel para estar cerca de Gatúbela y todos esos.
—Olvídelo —le dije, quité mi sonrisa y le retiré el vaso de la mano. El hombre
era un estúpido. Giré y me fui a mi oficina.
A los dos segundos de sentarme se abrió el intercomunicador y Freddie
Krugger gritó —¡Vivian, ve a Tonya y tráeme un café, ahora!
Sonreí, en el vaso que le había quitado decía Tonya, me levanté y se lo llevé
sin abrir mi boca.
A media mañana mi alegría fue bajando de tono, al medio día casi estaba
plana y a las seis de la tarde se había evaporado por completo. Me miré en el
espejo, ahora hago mucho eso, peiné mis rizos ridículamente anaranjados me
puse algo de rosa en los labios, miré mi camisa blanca impecable y me alisé el
pantalón de talle largo. Para qué hermosearme si no había recibido una miserable
llamada en todo el día. Nada de nada. Batman seguro andaba salvando a alguien
de ciudad Gótica y ni siquiera recordaba el beso del día anterior. Ahora que lo
pienso… ¿en verdad habrá ocurrido?
Arrastrando mis nuevas botas con tacos, bajos pero tacos al fin y al cabo salí
con el alma hecha girones. Mi hermoso Peluche me esperaba, él único ser en este
planeta que me amaba.
Cuando llegué a la puerta alguien me empujó y me hizo golpear contra la
pared de vidrio. Eso me hizo reaccionar iba a desahogar en ese estúpido todo mi
dolor acumulado cuando escucho:
—¿No deberías disculparte con la señorita?
¡Síiii!! Batman estaba ahí. Tan hermoso como siempre. Mi agresor a quien
hubiera besado si Batman no estuviera enfrente, se disculpó y desapareció
rápidamente. Ni siquiera lo escuché. Últimamente el único sentido que me
funciona es la vista. Levanté mis ojos deslucidos para encontrar dos faroles
verdes, sí amigas, me siento tan ridículamente enamorada que estoy segura mi
lenguaje se ha llenado de palabras relamidas y antiguas, esas brasas ardientes de
sus ojos me encandilaron y mágicamente levantaron mi ánimo al planeta
Krypton.
De pronto noté que Batman, digo Scott, me estaba mirando en
silencio. Callado. Tuve que decir algo, no podía seguir ahí de pie, inmóvil con
una estúpida sonrisa de adoración en mis ojos, justo tapando la entrada del
edificio. Entonces dije algo que me pareció que sonaba como —Siempre
salvándome, eres mi héroe.
Él solo sonrió tiernamente, me tomó de los hombros, les juro que alcancé a
pensar “Va a besarme” pero no fue así, solo me corrió un poco para dejar salir a
otros dos empleados del edificio.
Cuando me di cuenta que mis pensamientos estaban desbocados veo agachar
su cabeza y siento sus labios tomando los míos. Tanto villano anotado por la lista
de candidatos de mi padre me había dado cierta experiencia, pero ser besada por
el héroe de tus sueños no tiene punto de comparación. El hombre sí que sabía
besar. Me metí en una nube de ensueño, en un limbo delicioso del que no quería
salir pero la voz de mi jefe detrás de mí sonó como la bati-alarma en la bati-cueva.
—Así que es esto.
En ese momento deseé un dibujante que hiciera un traslado en el tiempo, o
que mi héroe fuera Superman para que me sacara de ahí a la velocidad de la luz.
Pero nada de eso pasó.
Batman como buen héroe me atrajo hacia su cuerpo de costado, me abrazó
como manifestando “si te metes con ella te metes conmigo” y esperó. Hasta que me
dio un pequeño codazo y reaccioné;
—Freddie, el doctor Scott Taylor, Scott, Freddie Kruger, mi jefe.
Ambos se dieron las manos diciendo no sé qué. Porque en cuanto soltó el
apretón de manos con Freddie, Scott tomó la mía entre las suyas. Si esto no es
una declaración de amor pública no sé qué pueda serlo.
—¿Kruger? —preguntó Freddie.
Ahí solo pensé tierra trágame. Mi jefe lanzó una carcajada y me dijo: —Me
debes una Gatúbela.
Saludó amablemente y se alejó riendo.
—¿Gatúbela? —preguntó Scott sonriendo.
¡Dios mío había tanto que no sabía de mí!
—Es una larga historia —fue mi respuesta.
5

Si están pensando que de ahí pasamos a la cama están confundidas, y no era


porque yo no lo deseara. Al parecer el traje de Batman es duro de sacar.
Si están pensando que mis encantos no son dignos de una heroína de novela
también están equivocadas.
Scott Taylor es todo un héroe, calmo, decidido y desde el mismo momento en
que me besó frente a la entrada del edificio me dijo que lo nuestro era serio.
Amigas, quitar el traje de Batman no es tarea de heroínas de segunda, requiere
todo una batería que en mi caso en especial consistió en: tiempo, oportunidad,
velocidad, astucia y mucha piel al aire.
Comenzó con una “espontánea” cena en mi departamento. Mi primera
invitación en realidad. “Casualmente” le dije —¿Cenamos en mi casa?
—¿Tienes ganas de cocinar a esta hora?
—Solo para ti.
Tuve mi premio por una respuesta tan dulce: me besó. Ya les dije sus besos
no son de este mundo, seguro que son de Asgard porque son impresionantes.
Qué fácil es acostumbrarse a un cuerpo, fuerte y cálido. La cena (que había
venido preparando desde hacía una semana) salió perfecta, los planes a veces sí
funcionan. Como les decía un cuerpo cálido y grande rodeándote se puede
convertir en combustión instantánea y así fue. No diré que rozarlo
“inadvertidamente” lo puso caliente, eso sería premeditación y alevosía, y
sinceramente solo fue premeditación. Cuando quise acordar, igual que en las
novelas la temperatura ambiente se hizo tan intensa que la ropa empezó a
molestar, junto con Peluche que empezó a ladrar al vernos maniobrar de esa
manera. Scott fue rápido, levantó a Peluche lo encerró en la pequeña habitación
que utilizaba como depósito, estudio, sala de planchado y guarda cosas que no
sabes dónde poner y cerró la puerta. En el transcurso decidí darle una sorpresa.
¡Y qué sorpresa! Ni la esperaba. Me puse de pie y lo detuve con mi mano.
—No te muevas. Te tengo una sorpresa —le dije algo roja, bueno, francamente
roja a decir verdad. Mi casual cena no improvisada me había llevado muchos
días, idas y vueltas, pero quería hacerlo inolvidable. Si Peluche no hubiera
ladrado para darme tiempo para prepararme mentalmente, las cosas no habrían
salido tan perfectas. Amo a mi hijo.
Comencé quitándome la camisa. La primera sorpresa. De pronto sus cejas se
unieron en un ¡¡¿Qué diablos?!!
Me la quité como la mejor stripper que hubiera visto en alguna película.
Luego puse las manos en mis pantalones, eran anchos, tipo 60, esos enormes de
anchos, y lentamente lo desprendí. No sé qué esperaba encontrar Scott, pero sus
ojos ardían. Cuando abrí el botón y solté el cierre me tomé un largo minuto para
molestarlo. Levantó la vista de mi cintura hasta mis ojos interrogante. Le hice un
mohín dulce y solté mi pantalón liviano. Cayó completamente al suelo.
Ahí lanzó su carcajada, fue hermosa, intensa y alta, porque debajo de mi ropa
me había puesto el traje ajustado de batichica. Giré como una modelo top delante
suyo. Sé lo que un traje ajustado ocasiona en el género opuesto así que lo hice
leeeentamenteeeee para luego caminar sensualmente atrevida hacia sus brazos.
—Eres preciosa —me dijo antes de abrazarme y besarme profundamente.
Me levantó como en las novelas y me llevó a mi cuarto, en el medio abrió la
puerta a Peluche o no tendríamos paz.
De todas maneras ni siquiera reparé en él. Pobre hijo mío, la carne es débil.
Cuando llegamos a mi cama, que estrenaba también “casualmente” sábanas, me
puso de pie y sus manos comenzaron a buscar de donde retirar el ajustado traje
de látex que me había puesto. Es cierto, se ajustaba a mi cuerpo como si estuviera
desnuda, lo había acompañado todo el día con botas con tacos agujas un poco
más altos de lo normal. Debería decir lo había padecido. Consejo: no vayas a
trabajar con tacos agujas. Pero en ese momento ni recordaba que aún los llevaba.
De pronto lo sentí impaciente.
—O me dices cómo mierda te saco esto o lo destrozo.
Sí, coincido contigo. En tantos sueños padecí ese maldito problema que bien
podría ser una venganza perfecta, sino fuera porque yo también moría por sentir
solo su piel contra mi piel.
El cierre no estaba ni atrás ni adelante, estaba tan estratégicamente ubicado
que no lo vería si no lo ayudaba y eso hice. Llevé mi mano derecho a mi costado
izquierdo y comencé a bajarlo. Mi inteligente héroe comprendió al instante lo que
estaba haciendo y quitó de manera nada elegante y si algo brusca mis manos de
mi pecho para continuar con la grata tarea.
No. No me lo quitó de un tirón y se abalanzó hambriento de sexo y tan duro
como una roca sobre mí por la simple y sencilla razón que el cierre se atoró. Y sí.
Se atoró. Digamos que ahora lo recuerdo como anécdota para contar a mis
batiniños futuros. Pero en ese momento fue horrible. De repente la fuerza con
que intentaba abrirlo me tiró sobre la cama.
—Dime que no es cierto.
—¿Qué cosa? —le pregunté mientras contemplaba su rostro risueño.
—Dime que esta cosa puede abrirse de otra manera.
—Me temo que no —le respondí jadeando y moviendo mi cabeza.
—¿Alguna idea Batichica?
—Tú eres Batman, dímelo tú.
—¿No podías haberte puesto solo la camisa y los pantalones nada más? ¿O
mejor aún que tal una linda y corriente ropa interior?
—No te hubiera sorprendido.
—Preciosa, ya te lo he dicho: me sorprendiste desde que le diste esa furibunda
patada al cretino ese que te atacó. Jamás había visto algo más hermoso. Aún con
ese horrible pelo negro.
Su cuerpo se movía insinuante sobre el mío cubierto de látex de la cabeza a
los pies mientras dialogábamos como si no estuviéramos muertos de deseo.
Se movió con elegancia y se retiró de mi cuerpo para ayudarme a sentarme.
Lo intenté, lo juro, lo intenté sin resultado alguno, mientras Scott me miraba
sonriendo. Intenté destrabar el maldito cierre sin resultado alguno. Mi pelo se
humedeció de indignación.
—No lo lograrás Batichica, tendré que irme —me dijo muerto de risa mientras
me miraba riendo como Acertijo.
—¡Ni se te ocurra! —le dije— ¡Ayúdame es solo un maldito cierre!
El muy sinvergüenza me dejó sola intentando abrir el cierre atascado lo miré
y me levanté para seguirlo, pero el tacón se enredó en la alfombra y caí de bruces
al suelo. Peluche se me echó encima pensando que quería jugar con él ahora
después de tantos ladrido y reclamar mi atención sin éxito.
—No, no —le gritaba pero como siempre le decía eso para provocarlo me
pasaba por arriba para no dejarme levantar. Conseguí darme vuelta y me puse
de pie. Justo cuando escuchaba en el cuarto de los trastos.
—¿Tienes alguna tijera por acá?
¡Mi héroe, siempre tan brillante!
—En la cocina al lado de la heladera colgando —grité quitándome los súper
tacos. Y sosteniendo a Peluche que saltaba, saltaba y saltaba pidiendo que lo
alzara.
Cuando apareció en la puerta me mostró el arma triunfante en la mano.
—Prométeme que jamás usarás nada que no se abra con velcro —me dijo
serio.
Levanté la mano derecha, puse la izquierda sobre mi corazón y juré
solemnemente —Lo juro.
Entonces avanzó hacia mí, sacó a Peluche a un lado y miró por dónde
empezar a cortar. Solo se veía una parte, la poca que se había abierto así que ahí
metió la hoja de la tijera y comenzó la tarea.
—Ten cuidado —le susurré—hay algo ahí.
Me sonrió, claro que sabía lo que había. Sus manos se habían apoyado con
firmeza sobre mis pechos que estaban listos para ser mimados.
Se detuvo un momento para retarme —¿De quién fue esta brillante idea?
—Se llama homenaje —fue mi respuesta.
Volvió a sonreír. —Bien quizás pronto recibas algo de tu propia medicina. Tal
vez deba recuperar también del closet mi traje.
De pronto mis sueños surgieron con fuerza —¡Ni-se-te-o-cu-rra!
Deletreé con fuerza, imagino que dedicó algunos segundos a pensar por qué
pondría tanto énfasis en mi respuesta (Nunca le dije ni le diré de mis sueños tan
poco satisfactorios). Pocos en realidad, porque la tijera llegó cortando hasta mi
cintura. La levantó triunfante como HeMan con su espada. ¡Mi héroe, siempre
victorioso! Puse una mano en su pecho y lo empujé para ponerme de pie.
Aun abierto hasta mi cintura no fue fácil quitarme ese traje. Nunca más me
hice la firme promesa. No fue nada elegante, ni sexi, ni juguetón el quitarme a
Batichica de encima. Debí recordar mis sueños. Debí seguir mis instintos, hacerlo
básico, sencillo y directo: me arrancas los botones, tiras mi camisa y a tus brazos.
Cuando levanté la cabeza, debo confesar estaba transpirando, me he puesto y
sacado mil trajes apretados para modelar y jamás me ha pasado esto. ¡Justo en mi
noche de seducción!
A veces lo planes no salen como los diseñas.
Pero déjenme que les cuente esto. Cuando levanté la cabeza Scott estaba tal
cual como Dios lo trajo al mundo como se dice. Casi me caigo al ver la enorme
erección que me señalaba. Los colores de las pelirrojas son furiosos cuando algo
les pasa y lo que vi me impresionó como demasiado. Seguro me parecía a un
fosforo encendido. Me quedé ahí intentando quitar de mis pies ese horrible traje
sin poder y encima balbuceante.
—Nooo…no…
Mi héroe, una vez más, tomó la iniciativa, así en cueros como estaba, se puso
de pie, caminó hasta mí, se agachó me levantó una pierna quitó la del traje, luego
la otra, repitió la operación y me miró desde ahí abajo. Supongo que toda yo era
una zanahoria furiosa.
Se fue poniendo de pie, suavemente hasta quedar pegado a mi cuerpo,
mientras sus manos se movían abrasadoras sobre mis piernas mis caderas, mis
costados… hasta posarse justo bajo mis senos y tocar mis pezones con sus
pulgares. Sus manos son tan grandes que pareciera que pueden rodear mi torso.
—¿Alguna otra sorpresa? —preguntó ronco mientras sus dedos rodeaban mis
pezones y me dejaba sin aliento.
—No —dije—No.
Me alzó, rodeé con mis piernas sus caderas y me llevó a la cama.
¿Dije no? Pues mentí.
6

Tenía razón Platón cuando decía que si estás enamorada te sientes volar, así
me sentía yo y no era Superniña ni había nacido en Krypton.
Mi vida cambió radicalmente a partir de ese día. Me volví más abierta, más
comunicativa, más audaz si se quiere. Inicié una hermosa rutina, después del
trabajo, Scott venía a buscarme, salíamos a caminar con Peluche, cenábamos en
casa y… sí teníamos sexo. Y si se lo están preguntando y quieren saberlo Mi
Batman es todo un Superman.
Lo mejor de los dos. Y solo mío.
Pero, siempre hay un pero, hay algo que aún no he dicho ni a Batman-Scott
ni a Superman en mi cama, no he tenido el valor de hablarle de mi personalidad
oculta. ¿Cómo decírselo?
Lo he ensayado varias veces de modos muy diferentes:
—Scott, ¿sabías que tengo otro trabajo que me he olvidado de contarte? Sí, soy
modelo de caricaturas. Algo muy inofensivo.
—Scott, mi amor, mañana no podré verte porque tengo que ir a que Elton me
dibuje. ¿Qué? No. Es un trabajito que hago de vez en cuando para juntar otro
dinerillo.
—Scott, mi vida, qué dirías si te enterarás que soy modelo de comic. ¿Qué
hago? Poso con ropa ajustada, nada más que eso.
—Scott, ¿qué dirías si supieras que uso ropa tan ajustada como Batman? Jajajaj
no, no animo fiestas infantiles, solo me dejo dibujar.
—Scott, recuerdas nuestra primera vez, bueno, recuerdas ese traje ajustado
que te gustó pero me hiciste prometer no volver a usarlo jamás, sí ese, bueno, yo
me pongo esos trajes para que Elton, me use como modelo de las chicas de
“Ciudad Meteoro”
¿Por qué razón no me animo? Lo he estado pensando también. Vergüenza,
simple, llana y sincera vergüenza.
Pero como ya les he dicho a veces los planes no salen como los diseñas.
7

Ocho meses después, ya habíamos decidido la boda. Sí, soy tradicional.


Freddie Kruger estaba tan feliz que me había hecho jurar, de hecho me hizo
firmarle un documento para que no hubiera arrepentimientos, en los que
afirmaba que sería el padrino. Todo fue grandioso, excepto el regalito que me
envió dos días antes de la boda Elton, el dibujante. Si ese mismo que dibuja a las
chicas meteoro. No tuvo la mejor idea de enviar de regalo un álbum con todas las
versiones de chica hot futurista que había dibujado usando mi cuerpo como
modelo.
Cuando llegué a nuestra casa, si me había mudado con él con Peluche y su
gata Frida, que aún no hacían muy buenas migas, pobre Peluche dominado por
una gata blanca de ojos celestes. Yo le expliqué que era su casa y que le costaría
adaptarse, pero Peluche me sigue mirando enojado. Menos mal que ama a Scott.
Eso me salva de ser la mala de la historieta.
Cuando entré al living lo encontré a él y a la mitad de mis
compañeros sentados riendo alegremente. ¿En mi casa? ¿Qué hacían ahí?
Peluche como siempre fue el primero que me vio y se lanzó a su ronda de
saltos, y más saltos de alegría por verme. No importara que me hubiera perdido
de su vista cinco minutos siempre era igual. Eso llamó la atención de la manada.
—¡Qué sorpresa! —dije en mi mejor tono mordaz —¿Y quién los invitó?
Como si fuera un coro de señoritas adiestrado y ensayado miles de veces
todos levantaron su mano y señalaron a Scott que se hizo hacia atrás y cruzó los
brazos sobre su pecho.
—Ahh —dije sin moverme, bueno, me moví a levantar a Peluche que no me
dejaba en paz.
De pronto lo vi. Solo uno, pero fue suficiente. Uno de mis dibujos. Levanté la
vista y la pasé por el grupo. Elton estaba ahí y el muy imbécil sonrió.
Sí, él sonrió. Ahí estaba yo en pose con el culo afuera y las tetas casi en el aire,
con una enorme ametralladora a punto de barrer con media galaxia. Cuando vi
dónde estaban, imaginé que era lo que miraban tan atentamente.
Porque algo no les he dicho, ni a ustedes ni a Scott, aunque ustedes seguro lo
imaginaron; las fotos son muyyyy hot. Mucho muy, en algunas, no es que haya
hecho eso, pero casi salía en pelotas. Elton dibuja esas chicas de pechos enormes,
no los míos, sino los de su imaginación, bueno los míos no son tan grandes pero
lucen iguales, y cuando me dibujaba con camisoncitos super cortitos les juro que
yo solo estaba con un traje ajustado.
Scott me miró y agregó —No más secretos ¿no?
La sonrisa de lobos de la manada fue la gota que colmó el vaso. Así que me
desquité con quiénes tenía que hacerlo —No es una pena Elton, ¡perder a tu
modelo preferida de esta manera! —la mejor defensa es el ataque —Y tú, ¿por
qué no aprovechas y le muestras el traje de Batman que sueles lucirme de vez en
cuando?
Dicho esto salí con mi hijo de la sala. Las carcajadas de todos aún resuenan en
mis oídos.
Epílogo

Scott encuadernó los dibujos de Elton y los convirtió en un libro. En la primera


hoja dice:
Para mi esposa, la mujer que me quita la respiración con solo verla. Con todo mi amor.
Tu Batman.

También podría gustarte