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1.- ¿CON ESA BOQUITA DECÍS TE QUIERO?

(no hay Lacan sin Freud):

Qué quiso decir Lacan con que “no hay palabra sin respuesta”.

"Ya se dé por agente de curación, de formación, o de sondeo, el psicoanálisis no tiene


sino un medium: la palabra del paciente.
La evidencia del hecho no excusa que se le desatienda
Ahora bien, toda palabra llama a una respuesta.
Mostraremos que no hay palabra sin respuesta,
incluso si no encuentra más que el silencio,
con tal de que tenga un oyente,
y que éste es el meollo de su función en el análisis.
Pero si el psicoanalista ignora que así sucede en la función de la palabra,
no experimentará sino más fuertemente su llamado,
y si es el vacío el que primeramente se hace oír,
es en sí mismo donde lo experimentará
y será más allá de la palabra donde buscará una realidad que colme ese vacío"

(página 237 de "Escritos I", "Función y campo de la palabra y del lenguaje en


psicoanálisis")

"Ya se dé por agente de curación, de formación, o de sondeo, el


psicoanálisis no tiene sino un medium: la palabra del paciente”.

Decir que
el psicoanálisis no tiene sino un médium, la palabra del paciente
(esto es: ella es con lo único con que puede trabajar)

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no es capricho.
Tampoco dogma.

Se trata, sí, de una restricción.


Restricción análoga a la que surge de un planteo como el siguiente:
“el asador sólo puede cocer los alimentos exponiéndolos a las brasas”.
Pongan un buen trozo de carne y unas mollejas y chorizos en el horno o a la
cacerola. El plato que de allí resulte podrá gustarles más, menos, o lo mismo
(es cuestión opinable).
Lo que es seguro es que nadie podrá sostener que está comiendo asado.

Si el analista pretende valerse de otra cosa que la palabra de su paciente (por


ejemplo citar al padre o a la madre o al hermano de su paciente para completar
con la información que ellos le aporten lo que no logra entender de aquél)
sencillamente deja de practicar el psicoanálisis. El psicoanálisis en los
términos en que Lacan lo elabora leyendo a Freud.
Ni comete pecado, ni se convierte en estúpido, ni en "más peor" (a veces me
oirán servirme de vulgarismos, en este caso me gusta la resonancia que hay en
su perífrasis de los berrinches de infancia). (1).
Espero que esta posición tajante aquí sostenida haya sido lo
suficientemente articulada cuando concluyamos el recorrido de este taller
llamado “Lacan con cine”.

“Un día, una habitación” (capítulo de Dr House) (2)


“La evidencia del hecho no excusa que se le desatienda”

Lacan bien sabía que parece tan “natural” hablar que hace falta un esfuerzo
para no convertir al hecho complejo que está en juego cada vez que “alguien
me habla” en una cuestión transparente y obvia en la que ni vale la pena
detenerse.

Vayamos articulando lo que vimos del capitulo así titulado. Eve, la chica que
entra a consultorios externos y se encuentra con House no fue a buscar a una
persona de ésas que alguien llama psicoanalista (tampoco a un psiquiatra o a
un psicoterapeuta).

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Acaso tan sólo se haya dicho: "voy al hospital, quiero asegurarme de no
haber sido infectada por ese hijo de puta que me violó".

Hasta aquí, y en relación a lo que importa para que suceda un psicoanálisis,


esta chica está en las mismas condiciones que alguien que sí elige ir a ver a
un “psi” y que por ejemplo se dice "voy a ver a un psicoanalista porque
necesito resolver mi problema de autoestima".

¿Por qué?

Porque lo que hace que un diálogo sea un diálogo psicoanalítico no pasa


porque haya una persona que se propone como paciente hablándole a
otra que tiene un título de psicoanalista.
Tampoco pasa por el tema que haya traído al paciente a consulta.
Pasa por lo que sucede en lo vivo del diálogo entre el consultante y su
oyente
(ya veremos esto nuevamente cuando tomemos la película "Confesiones muy
íntimas" de Patrice Leconte)

“Ahora bien, toda palabra llama a una respuesta.


Mostraremos que no hay palabra sin respuesta,
incluso si no encuentra más que el silencio,
con tal de que tenga un oyente,

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y que éste es el meollo de su función (la de la palabra) en el
análisis”.
Sigamos entonces con lo vivo del diálogo entre Eve y House.

Ella viene acaso para saber si ha quedado infectada. Sin embargo en algún
momento empieza a querer ser escuchada por House.

Y eso House lo siente en el cuerpo:


el asunto no es que esa chica quiere hablar.
El asunto es que esa chica le dice “necesito hablarte”.

Así, la expresión "necesito hablar" es una frase incompleta,


porque está obviando un detalle:
que es una frase que se dirige a un oyente.

Y al “dirigirse a”, llama.


Y si llama ya está en el tapete la espera de una respuesta.
La misma palabra que llama produce otro lugar: el del oyente que
responde.
Por eso es que, aunque el oyente guarde silencio, eso ya será una respuesta.

Luego habrá que ver si el oyente está condenado a que,


diga lo que diga, lo suyo no forme parte de la respuesta, en tanto la misma
estaría absolutamente determinada por la misma palabra que la llama
(el punto es que si el planteo de Lacan se redujera a eso, no habría posibilidad
de psicoanalizar)
o si acaso de lo que aquí se trata es de que, marcada “la cancha” de la
respuesta por la misma palabra que la llama, el oyente de turno que pretenda
responder, al estar instalado en ese lugar ya no tiene modo de ser amo y señor
de la respuesta.

Como sea: no hay caso, House, estás atrapado en una habitación y eso se
siente en el cuerpo.
“¿Te estoy violando?”, le pregunta Eve.

“Pero si el psicoanalista
ignora que así sucede en la función de la palabra,
no experimentará sino más fuertemente su llamado”

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House se inquieta, pasea por la habitación física, la habitación tridimensional
(está claro que la habitación en la que está atrapado no está construida de
ladrillos sino de palabras dirigidas).

Ahora bien, “el poder discrecional del oyente” (sobre eso volveremos cuando
veamos “Todos dicen te quiero” de W. Allen) también juega su juego en el
entre dos de la palabra:

la palabra de Eve llama


y bien podría ser que en el lugar del oyente que esa palabra convoca
se ubique alguien que simplemente se encoja de hombros y siga de largo.
Pero ¿qué sucede cuando alguien, como en este caso House,
se siente concernido por ese llamado?.

Digámoslo así: House firma el aviso de recepción del correo


y entonces la palabra de Eve se constituye en una carta que llega a destino
(que no significa que la posición de House “calce perfecto” con lo que la
palabra de ella demanda…(*))

Como sea, esa habitación entre dos termina de construirse con el modo de
respuesta del oyente, en este caso House.
Y la posición de nuestro sherlockiano médico no es sin
su persistencia en ser el oyente que él quiere ser.
No se prestará, por ejemplo, a hablar del tiempo: ¡a las cosas o nada!.

Empero no experimenta sino más fuertemente el llamado.

¿Se trata en esto último de la fuerza con que la paciente insiste?.

No sólo de ello. Sino también de su propia insistencia: la de creer que si


entablan algún diálogo él podrá decidir los carriles sobre los que correrá.

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(*) sobre los rieles de este asunto correrán reflexiones de Lacan tales como el planteo de
“intersubjetividad”, su posterior abandono por el de “disparidad subjetiva” y de “semblante de objeto” .
Todas cuestiones que son fruto de pensar eso que en psicoanálisis se llama la transferencia.

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Como si lo que estuviera en juego en el hablar fuera un intercambio de
palabras obedientes a la voluntad de los que hablan.
Como si las palabras no llamaran más allá de la voluntad de decir tal o
cual idea.

Entonces: no hablamos con palabras.


Hablamos con palabras que llaman
(y llaman más allá de nuestra voluntad de hablantes).

“y si es el vacío el que primeramente se hace oír,


es en sí mismo donde lo experimentará
y será más allá de la palabra donde buscará una realidad que
colme ese vacío”

La pregunta de House “¿por qué a mí?” obtiene respuestas de parte de


la paciente que tampoco resultan para él lo que sus propias palabras llaman.
Entonces el vacío. “¿Qué le pasa conmigo?”, “¿por qué conmigo y no con
otro?”. “¿Por qué insiste?”. Y más vacío.

Luego: busca más allá de la palabra de la paciente, en sus colegas, una


realidad que colme ese vacío. Vuelve a la habitación con esos saberes traídos
de afuera. Y por supuesto, no le sirven para nada.

Es que las preguntas de House llaman.


¿A qué llaman?:
“¿hay algo en mí que explique por qué me elige?”.
“¿¿Qué tengo yo?”
“¿Por qué no con la psiquiatra, por ejemplo; ¡si ella es más idónea!?”

No hay caso. No se trata de “necesito hablar”


Es “necesito hablarte”
Y es ese “te” lo que lo tiene atrapado en una habitación con la
paciente,
porque lo toca:

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“¿¿qué de mí??”

“ ¿¿por qué insiste??”.

En esta pregunta de House hay una insistencia que Freud no tuvo.


De haberla tenido, no hubiera existido el psicoanálisis. Lo decíamos en el
encuentro presentación: “el psicoanálisis nace porque un cuerpo no se
deja...”.
Y “no se deja” no alude a la clásica lectura genital que se hace de Freud. “no
se deja coger”, “a esa histérica lo que le hace falta es alguien que la atienda
bien”.

“No se deja” es “no se deja explicar por el amo”. Gracias a eso es que
nació el psicoanálisis. Y es por que perdieran de vista este que Lacan salió
a cuestionar la práctica de aquellos que él llamaba postfreudianos.

Volvamos a House: él insiste en creer que su pregunta puede recibir una


respuesta que resulte entendible para él mismo.

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El problema está en que él entiende argumentos y la experiencia que inauguró
Freud nos enseña que ningún argumento está a la altura de lo que esa
pregunta llama (que la pregunta de House llame no quiere decir que “YO,
House” sepa qué es lo que está llamando)

Más aún: si la muchacha al final de la historia puede articular una


respuesta a ese “¿por qué a mí?” (“lo elegí porque está herido como
yo”) posiblemente sea porque por primera vez no tiene como
oyente a ese “Yo, House, el que entiende argumentos”, sino a
alguien que ha decidido “tirar la toalla” y dejarse tomar por ese
no sé qué que entre ellos sucede.

Ya desarrollaremos en el próximo encuentro y al calor de “Amelie”, algo más


sobre este asunto del “Yo, fulano”.

Es que ese “usted está herido” no tiene valor en tanto argumento. El valor
de esa respuesta no está en “herido”. Eso nada explica de lo que está en
juego entre ellos. De explicarlo, bastaría con juntar gente herida para que con
cada uno la muchacha pudiera establecer un vínculo igual de satisfactorio que
el que al fin logra con House.

De intentar semejante experimento es muy factible que la Eve, enfrentada a


otros “heridos” dijera “sí, está herido, pero no es igual, no está herido como
House, no justo así, ¡House tiene ese no sé qué que lo hace un herido…
diferente!”

Entonces conviene estar muy atentos cuando nos preguntamos como analistas
“¿por qué este paciente me dirige esto a mí?”. Es ese tipo de preguntas que
valen no por las respuestas que obtienen (respuestas siempre fallidas) sino
porque según desde dónde las hagamos se convierten en verdaderos
“abrelatas”: mantienen la brecha abierta. Esa brecha que se expresa por
ejemplo en ese no sé qué del modo en que House está herido. Es un no sé
qué que posiblemente ni la misma paciente podría terminar de explicar.

En definitiva, habría dos modos posibles de hacerse la pregunta “¿por qué a


mi?”.

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Una es desde una posición que se hace cargo de lo recién afirmado sobre el
“no sé qué”. Digamos que es la posición de oyente que permite el diálogo
analítico. Es la posición del destinatario de “la palabra que llama respuesta”
que se deja tomar por la situación. Literalmente: se deja. Aunque no sepa
aún qué se le demanda allí
(verán entonces que no es simplemente “prestarse al diálogo”, uno puede
prestarse a charlar mucho y de lo que sea y sin embargo “no dejarse”).

El otro modo es el que tiene House en buena parte de la historia: una posición
absolutamente alineada con lo que por ahora llamaremos “Yo, House”. Una
posición que la podríamos explicar así: “Yo, House” entiendo, y lo que no
entiendo ahora podré entenderlo tan pronto como el paciente ponga lo que
tiene que poner en la comunicación; pero, si en lugar de eso, vamos a estar
hablando al divino botón sobre el tiempo…. ¡entonces no cuenten conmigo!”.

El punto es que esta muchacha, al modo de aquellas otras muchachas con las
que se encontrara Freud a fines del siglo XIX, no le habla a “Yo, House”.

Recordarán esos pasajes que fuimos señalando, cuando ella parecía “salirse”
de la línea del contenido del diálogo para apuntar a eso que los argumentos de
“Yo, House” no podían explicar. Ya desde el primer rechazo ella le dice: “¿y
entonces por qué está aquí?... ¿usted dice que lo obligaron?... ¿y por qué me
lo aclara?, ¿qué necesidad?”. En definitiva, las preguntas de esta chica
parecieran decir “oiga House, ¿qué de usted lo tiene aquí conmigo?, ¿qué de
usted que el Yo, House desconoce?”

Que el oyente llamado sea House, el campeón de la razón, viene como anillo
al dedo para recordarnos que la palabra con la que trabaja el psicoanálisis no
es una palabra que se dirige a un oyente con saber ("uy, cuánto sabe este

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tipo, yo me voy a analizar con él") sino que se dirige, sin saberlo, a un
oyente con cierto no sé qué.

Fíjense que eso va para el lado de lo amoroso y no para el lado de


lo inteligente.

Este distingo va de la mano de una selección, acaso medio intuitiva, que


hiciera el Lacan de los inicios respecto de la obra de Freud: le interesó el
planteo freudiano de un Yo vinculado con el narcisismo (un Yo vinculado
con lo amoroso) más que el Yo vinculado con el esquema de Conciencia-
preconciencia (un Yo vinculado con el entendimiento, con el conocerse a sí
mismo, analizarse y entenderse para no tropezar otra vez con la misma piedra
y etc, etc...).

Bien, un aplauso para David Shore, el guionista de este capítulo de House


(saben que los guionistas se rotan en este tipo de series). Queda la mesa
servida para que en el próximo encuentro veamos las peripecias de un señor y
su grabadora, en un café de París. Allí donde trabaja una tal Amelie Poulain.

Guillermo Cabado

(1) Esta fuerte limitación que Lacan nos recuerda en el pasaje de “Función y
campo…” tiene otra consecuencia: la de ver cómo, ni bien se traspasa el
limitado campo del diálogo analista/analizante, se evapora el valor
de la teoría psicoanalítica. Por ejemplo cuando se la quiere aplicar a
cuestiones que suceden fuera del consultorio (asuntos sociológicos,
pedagógicos, etc.): queda reducida a un montoncito de frases especulativas
condenadas a morir de inanición por estar "fuera de la pecera" de la
transferencia analítica (a cuyo calor se forja la teoría del psicoanálisis).

En definitiva: no hay psicoanálisis sin transferencia analítica.


Podrá haber, en tal caso, un recitado de glosario freudiano o lacaniano. Pero
eso es otra cosa

(2) El capítulo “One day, one room” fue dirigido por el argentino Juan José
Campanella. El guión escrito por su guionista principal, que no por principal
escribe muy seguido en la tira: David Shore

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