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Como siempre en la madrugada me despierta la alarma de

mi padre, quien va a trabajar todo el día, luego llega a casa y


se queda dormido en el sofá viendo la televisión, con una
cerveza en la mano la cual siempre termina derramada en el
suelo. Los fines de semana son sus únicos tiempos libres
para estar en familia, pero en un abrir y cerrar de ojos ya
esta encerrado en su oficina de nuevo, concentrado en sus
textos interminables, llenos de símbolos que no entiendo.
De vez en cuando asomo la vista por el marco de la puerta,
luce tan cansado, unas grandes bolsas de ojeras debajo de
sus ojos. A veces me pongo a pensar, ¿valdrá la pena su
sacrificio? me gustaría poder ayudarlo, pero ¿un niño de mi
edad podrá servir de algo?
Un día se dio cuenta de que lo observaba, soltó una
carcajada y me pidió que me acercara. Le pregunto por qué
siempre está ocupado, por qué no puede jugar conmigo. Mi
padre responde: “Hijo, yo trabajo por tu futuro, porque no
os falte nada, ni a ti ni a tu madre. Entiendo que te sientas
así, pero esto es por un bien mayor, quizás cuando seas
grande verás lo importante que es el trabajo, no tan solo
para ti, sino para mejorar la sociedad en que vivimos”. Se
veía tan seguro en lo que decía, hasta le llegaban a brillar
los ojos cansados, nunca lo había visto así, esas palabras me
llegaron al corazón.
Al día de hoy aún recuerdo esas palabras, ahora me veo
igual que él, teniendo un trabajo de jornada completa y no
me siento feliz, pero si no trabajo, ¿qué será de mí?, pensé
que realmente trabajando cambiaria mi vida, no solo la mía,
sino la sociedad, estaba equivocado. Veo atrás, un niño, sin
preocupaciones, quien solo piensa en jugar, ahora miro la
realidad con otros ojos.
Ahora mi padre está en el hospital, un hombre que fue
esclavizado sin cadenas por la sociedad dentro de un
cubículo durante toda su vida. Fui a verlo, el hombre que
me enseño el valor del trabajo y que por las mismas razones
ahora está en una camilla. Llego tocando la puerta viendo si
está despierto, me dice que pase, y me recibe con una
sonrisa, comenzamos a charlar un rato, pero de pronto
cambió su semblante y me toma de la mano. “Luis,
perdóname, te mostré la vida de una forma errónea, lo mas
importante no era el trabajo como creía, me separaba de lo
que mas amaba, a ti a tu madre, no te vi crecer, no pase
tiempo contigo, estaba cegado por mi trabajo. No quiero
que tu vida se arruine como la mía, prométeme que
cambiarás eso” dijo mi padre. Una vez más sus palabras
llegaron a mi corazón, acompañado de un cálido apretón de
manos, pero mi padre se estaba volviendo pálido, las
enfermeras llegaban y no sabía que hacer, se estaba yendo
en frente de mis ojos, y aun así no lograba moverme, estaba
paralizado. Mi padre murió a eso de las 5 PM, mi madre
lloraba sin consuelo y mientras yo la abrazaba trataba de
asimilar las últimas palabras del hombre que me crió. Ahí
comprendí todo, que no era solo dinero, si bien buscaba
bienestar, el tiempo que dedicaba a la búsqueda de este, a
las atribuciones que buscaba tener, quizás nunca las lograría
alcanzar, me estaba consumiendo, desde ese momento
decidí dar un vuelco a mi vida y a mis ideales.