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El Hijo del Ministro

Ahí, estaba él, el hijo del pastor, hacía tiempo que no visitaba la
congregación. Su padre que en esta ocasión se encontraba en el púlpito
predicando, lo vio y un poco titubeó en su mensaje, no era fácil continuar el
tema, que en esa ocasión versaba sobre las bendiciones para el padre que
instruye a los hijos en la Palabra de Dios. No obstante, continuó mientras
recordaba que hacía 20 años había llevado orgulloso a su hijo primogénito al
altar.

Recordaba nítidamente el momento cuando le había dicho a Dios en oración:


—Señor, aquí está mi hijo, mi primogénito, sé que conoces todas las cosas,
pero en obediencia a tu preciosa palabra, lo traigo ante ti y me comprometo
a instruirle en tu camino, conforme a tu preciosa voluntad—.

El ministro recordaba tantos instantes felices. Su hijo había participado en


concursos de oratoria cuando pequeño, estuvo en la presentación de
diversos cuadros navideños y le parecía tan cercano aquél día cuando su hijo
disfrazado de burrito, hacía vanos esfuerzos por mirar a través de ese
enorme traje que le cubría completamente la cara. Cómo se habían reído
todas las mamás cuando el burrito se cayó del escenario pues no veía por
dónde caminaba.

Tantas vivencias que desgraciadamente fueron disminuyendo en la medida


que el niño crecía, hasta casi perderse por completo. Quizás el último
altercado, había girado en torno a su relación de noviazgo con una joven no
cristiana. Cuántas veces habló con él, sobre las consecuencias de unir su vida
a una joven que no compartía su fe, ni sus intereses. Cuántas veces habló
sobre la responsabilidad que entraña la paternidad y aún sobre el desdén
que su hijo había hecho del infinito amor de Jesucristo. De nada había
servido todo eso.

El dolor de ver a su hijo alejarse de Dios, se vio exacerbado por los


comentarios de muchas personas que mencionaban “hijo del pastor, lo
peor”. La actitud del hijo parecía corroborar tal refrán. Pues el hijo ahora
lejos del hogar paterno, tenía tatuajes en la espalda y perforaciones en
diversas partes del cuerpo.
¿Qué había pasado? El pastor, ya no sabía nada, sólo su oración por el hijo
ausente continuaba, —en algún lado, en algún sitio, está mi hijo, mi Señor, te
pido por él, te ruego que le salves, que tu gracia sea con él—

Y ahora, ahí estaba, acababa de llegar, en la última banca y el murmullo de la


congregación se volvió más insistente. Esta vez el joven no había llegado con
su tan conocida suficiencia, esta vez escuchaba atentamente el mensaje y
empezó a llorar. El pastor hizo el llamamiento y ante el asombro de todos, el
hijo del pastor se levantó para entregar su vida a Cristo.

Cuando el pastor oraba por todos los que habían hecho su decisión de recibir
a Jesucristo como su Salvador, no pudo contener las lágrimas y tocando la
espalda de su hijo, repitió su vieja oración de hacía 20 años. —Señor, aquí
está mi hijo, mi primogénito, sé que conoces todas las cosas, pero en
obediencia a tu preciosa palabra, lo traigo ante ti y me comprometo a
instruirle en tu camino, conforme a tu preciosa voluntad—. En su Biblia, un
versículo subrayado, desafiaba una vez más el paso del tiempo: “Instruye al
niño en su camino y aún cuando fuere viejo, no se apartará de él”.

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