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Cuando Dwight L.

Moody, el gran predicador del siglo diecinueve,


estaba en Londres durante una de sus famosas giras evangelísticas,
varios miembros del clero británico lo visitaron porque querían
saber
su secreto: ¿Cómo, y más específicamente, por qué este
estadounidense con poca educación formal era tan efectivo a la
hora
de ganar a multitudes para Cristo?
Moody llevó a los hombres a la ventana de su cuarto de hotel y les
preguntó a su vez qué veían ellos. Uno a uno, los hombres
describieron a las personas del parque de abajo. Entonces Moody
miró por la ventana y las lágrimas empezaron a descender por sus
mejillas. «¿Qué ve usted, Sr. Moody?», le preguntó uno de los
hombres.
Moody replicó: «Veo a incontables miles de almas que un día
pasarán la eternidad en el infierno si no encuentran un
Salvador».
Como él veía almas eternas donde los otros solo veían personas
paseando por un parque, Moody se acercaba a la vida con una
agenda
diferente. Claramente, la audiencia objetivo de Moody era la
perdida.