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En el Paraninfo de la Universidad de la República el 14 de julio de 2006 se le entregó al maestro

Miguel Soler Roca el título de doctor honoris causa “en reconocimiento a su relevante contribución
al progreso de la educación en el país y en el continente, y al avance de la integración académica
iberoamericana”. Soler señaló a BRECHA que le gustaría poder compartir esta distinción “con
todos los que han luchado por la educación de este país”.
La fundamentación de motivos realizada por la Universidad de la República para entregarle este
título recorre diferentes etapas de la vida de Soler, que comenzó en Cataluña hace 84 años.
“Miguel Soler Roca es maestro. Pertenece a esa estirpe de maestros que forjaron la mejor historia
de la educación uruguaya. Historia construida desde la reflexión colectiva y comprometida con los
sueños y las desventuras de la gente, en especial la más humilde y desamparada, convencidos de
que ‘la escuela es del pueblo, porque es la casa de los hijos del pueblo’ (del Programa de
escuelas rurales, 1949)”, señala uno de sus pasajes.
Disertación del Maestro Rural Miguel Soler Roca, en ocasión de recibir
el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de la República Oriental
del Uruguay. Fuente LA ONDA® DIGITAL Nro 297

Señor Rector de la Universidad de la República, Ingeniero Rafael Guarga,


Señor Director Nacional de Educación, Doctor Luis Yarzábal, Señor Pro-
Rector de Extensión de la Universidad de la República, Ingeniero Agrónomo
Carlos Rucks, Señoras y señores y miembros del Consejo Directivo Central
de la Universidad de la República, compañeros Elsa Gatti y Carlos Acuña y
Agustín Cano, miembros de la CODE,

Amigas y amigos

Mis primeras palabras emitidas con la emoción que todos ustedes pueden
suponer, van dirigidas al Ingeniero Rafael Guarga, Rector de la Universidad
de la República y a todos aquellos que dentro y fuera del ámbito
universitario, apoyaron su iniciativa personal de conceder, como acaba de
hacerse, el para mí muy honroso título. Agradecido estoy por esta tan
sorpresiva como elevada distinción.

Doy las gracias, igualmente, por todo lo que esta tarde se ha dicho y se ha
leído en referencia a mi persona y a mis actividades profesionales, en
términos plenos de benevolencia y amistad. Amistad de la que me siento
muy orgulloso. Así como a Ezequiel, que ha cantado para todos nosotros.

De muchos colegas y amigos uruguayos, latinoamericanos y europeos, he


recibido mensajes llenos de afecto. Estoy por ello, igualmente muy
reconocido, en particular por las palabras que me han llegado de mi Cataluña
natal.

Y, en fin, no sé cómo corresponder, al calor solidario que todos ustedes me


brindan, al acompañarme en circunstancias tan excepcionales, en testimonio
de una estima mutua que hemos construido a lo largo del tiempo.

Agradezco, especialmente, la compañía de amigos y amigas del interior y


hasta del exterior del país.

Gracias, señoras y señores, estoy tentando de decir, Gracias Compañeros,


como si estuviéramos en una reunión más de trabajo.

En oportunidades como ésta, es inevitable recorrer el viaje, en mi caso ya


muy largo, desde las raíces, empezando por las familiares, las escolares, las
del crecimiento adolescente, las de los inicios profesionales. Raíces todas
ellas fundamentales para poder llegar a un cierto estado de madurez.
Nada de lo que somos nos pertenece en exclusividad.

Por eso, quiero asegurarles que al recibir este título, siento la necesidad de
compartirlo. No teman, no les fatigaré con mi curriculum ni con un largo
listado de personas y personalidades, de cuyas orientaciones me siento
deudor.

Soy, lamentablemente para mí, y para quienes acompañan mis emociones,


hombre de lágrima fácil, de modo que tendré que recorrer muy rápidamente y
con sacrificio de mis sentimientos más íntimos, el recuerdo de algunos de
mis seres queridos.

Comenzando por mis padres, inmigrantes pobres y moralmente robustos, y


en particular por Serafina Roca, mi madre, de profesión lavandera, de
vocación educadora de cuatro hijos que nos hemos mantenido unidos en la
admiración y gratitud por su sobrehumano sacrificio.

Sigo, con Nelly Couñago, mi primera esposa; puso alegría en mi vida y la


sembró generosamente en las escuelas y vecindarios de éste y de otros
países.

Desde hace cuarenta años, me acompaña Matilde Espino, mi segunda


esposa, solidaria con los perseguidos hasta la temeridad, amorosa y crítica
tutora de todos mis pasos (Aplausos).

Y luego está Mariana, mi hija. Ella levanta el barro en su torno, de ceramista.


Yo levanto cada día más, mi admiración por su fortaleza moral ante todo tipo
de obstáculos.

La familia pródiga en experiencias migratorias cuenta con tres hombres más,


que tienen la virtud de ser, en el sentido más exigente de los términos, bellas
y buenas personas. Con estos seres de mi entorno inmediato, no podré
nunca saldar mi más preciada deuda.

Comparto las alegrías de este momento con muchos colegas. Unos se


encuentran en esta sala, otros lejos y hasta muy lejos. La lista de los que ya
no están entre nosotros es, lamentablemente, muy extensa. Seré injusto más
adelante, cuando por distintas razones, mencione sólo algunos de éstos.

En tanto que educador, fui beneficiario, hasta mediados del siglo pasado, de
la experiencia, la sabiduría y la amistad, de un cuantioso contingente de
maestros y maestras de ejemplar solidez profesional y ética.

Tan efectiva fue su incidencia en la escuela y en la sociedad uruguaya que


cuando la dictadura militar pretendió sin lograrlo condenar sus nombres y sus
obras al olvido. Ahora en proceso de resignificación de la educación pública
uruguaya y de sus trabajadores, necesitamos apropiarnos del espíritu
constructor de aquellos hombres y mujeres.

Como una constante existencial, me siento en deuda con ellos como me


siento en deuda también, con sectores de esta Universidad, con los cuales
los maestros rurales tendimos puentes de estrecha cooperación y mutuo
aprendizaje. El Departamento de Extensión Universitaria, la Escuela
Universitaria de Enfermería, las facultades de Agronomía, Medicina y
Arquitectura, entre otros. Estos contactos fueron manifestaciones
precursoras de lo que hoy es una decidida política descentralizadora de
nuestra Universidad pública.

Trabajé más de veinte años en la UNESCO. Tal vez lo mejor que pude hacer
en ese organismo, fue el aprendizaje de que en todos los rincones del mundo
hay seres extraordinarios que trabajan a favor de la paz, del Derecho y de la
cultura, con los que valía la pena compartir el saber uruguayo en materia de
educación, del que yo no era creador, pero sí el depositario y el portavoz.
Quiero recordar, entre muchas otras, a tres personalidades del mundo
internacional: a Margaret (T.) de las Naciones Unidas, inglesa, admirable por
su sincero amor por los seres y culturas del Sur; a Mahtar M´Bow, senegalés,
Director General de la UNESCO, que supo hacer frente con dignidad a la ira
de los poderosos con su resistencia personal e institucional a toda forma de
discriminación e injusticia; y a (Z.), armenio, Sub-Director General de la
UNESCO en el área de la Educación. De él aprendí a servir la tarea
asignada, con rigor, con método, con las mayores exigencias cualitativas,
con infatigable espíritu de servicio a la causa internacional. Los recuerdo y
les pido que a la distancia, acepten compartir el momento que vive su
antiguo subordinado que les sigue respetando y queriendo.

Y tres nombres más, de compañeros educadores ya desaparecidos: José


Blat Gimeno, valenciano, y Ricardo Nassif y Ángel Diego Márquez, ambos
argentinos.

No me es posible pasar a otros temas, sin expresar que esta trayectoria


tiene una robusta columna vertebral: la educación pública uruguaya. Desde
los 5 años de edad, me está formando, desde los 21 años, la estoy sirviendo.
Le soy deudor de lo que fui, de lo que soy, de lo que pude hacer, de lo que
me permite hacer ahora. Fueron muchos los que influyeron en mí, desde ese
cimiento ciudadano. Un nombre más, que lo simboliza: Luis Gil Salguero, mi
profesor de Filosofía durante varios años.

Al decir que me complace compartir con ustedes las alegrías del momento,
agrego que también quiero que compartamos, que nos comprometamos a
seguir compartiendo la elevada misión y el exaltante desafío de trabajar a
favor de la educación pública nacional.

El acto de esta tarde, tiene lugar en el Paraninfo de la Universidad de la


República. Este Paraninfo que constituye la expresión espacial más
elevada de la cultura nacional. Deseo referirme a él como testigo de mi
vida personal, como ámbito acogedor de mi palabra:

Ocupé esta tribuna los días 2 y 3 de marzo de 1961. Las autoridades de la


Enseñanza Primaria de la época, habían desmantelado, en decisión propia
de gente retrógrada, soberbia e ignorante, todo lo que los educadores
estábamos haciendo por el futuro de la familia campesina.

Con el respaldo de la Federación Uruguaya del Magisterio, los maestros


rurales nos reunimos, viniendo delegaciones de todo el país. Durante dos
días sesionamos en esta sala.

Me correspondió argumentar aproximadamente así: “Como quienes mandan,


requieren a la escuela rural, sus instituciones básicas, reconstruyámosla
nosotros con nuestros propios medios y con aquellos recursos de que
carecen los jerarcas de ahora: tenacidad, rumbo, experiencia y solidaridad:”

Así nació, en esta sala, el Instituto Cooperativo de Educación Rural, I.C.E.R.


El proyecto de resolución al que di lectura, y que fue aprobado por
aclamación, decía textualmente: “En el caso de que el Consejo de
Enseñanza Primaria, no ponga en funcionamiento la Sección Educación
Rural en los plazos que quedan establecidos, el magisterio rural dará los
pasos necesarios para brindarse a sí mismo, en forma autónoma, la
asistencia técnica que necesita para el cumplimiento del programa vigente
(que era el de 1949) y para que la educación rural del país continúe su firme
proceso de crecimiento. A tales efectos, se encomienda a un equipo,
constituido por los compañeros Nelly Couñago de Soler, Ana María Millone,
Homero Grillo, Miguel Soler, Abner Prada y Weiler Moreno, la adopción de
todas las medidas conducentes a la creación y funcionamiento de este
institución que se denominará Instituto Cooperativo de Educación Rural.

El ICER contó con más de mil asociados. Trabajó sin recibir subvención
alguna y fue ampliando sus objetivos iniciales, abnegadamente servido por
Homero Grillo, uno de los grandes del magisterio nacional y apoyado por
decenas de colaboradores ilustres, entre los cuales quiero mencionar a don
Carlos Quijano.

Otros tres grandes fueron miembros de su Comisión Asesora: Yolanda


Vallarino, Julio Castro y Enrique Brayer. Tras 14 años de generoso y
provechoso esfuerzo, allanado su local varias veces por las Fuerzas
Armadas, el último tiempo del ICER fue de obligada resistencia., hasta que
en 1975 cerró sus puertas y ocultó sus preciosos archivos. Había nacido en
este país.

Volví a tomar la palabra entre estos muros en febrero de 1986, cuando


superada la dictadura militar, la Universidad de la República reinició sus
cursos internacionales de verano. Luis Carlos Benvenuto me invitó a
hacerme cargo de una serie de disertaciones sobre temas de educación.

Aunque la inscripción había sido razonablemente limitada, la demanda por


escuchar voces libres, tras tantos años de silencio, pudo más que las
previsiones y Benvenuto fue ampliando la matrícula de mi curso, que si no
recuerdo mal superó las 500 personas.

Otro tanto ocurrió con los demás cursos. En especial, con los que Roque
Faraone debía impartir sobre temas de Comunicación. Desbordados los
locales disponibles, acordamos con Benvenuto y Faraone constituir dos
grupos de asistentes.

Yo ofrecía mi exposición a la mitad de ellos en el Paraninfo, mientras Roque


hacía otro tanto desarrollando su tema en la vecina sala Vaz Ferreira de la
Biblioteca Nacional. Y a continuación, rotábamos. Roque repetía su clase en
el Paraninfo al primer grupo, y yo lo hacía en la sala Vaz Ferreira con el
segundo.

Si menciono estos hechos es para recordar a ustedes que en aquella


circunstancia resultó reconfortante que la Universidad pusiera a disposición
de tantos centenares de educadores su prestigioso Paraninfo para
devolverles crítica y la voluntad reconstructora requeridas en aquellos
momentos de postdictadora recién estrenados.

Ocupé este mismo sitio el 28 de agosto de 1987. Se había constituido una


Comisión Ciudadana para rendir homenaje a Julio Castro. El maestro y
periodista que la dictadura había asesinado, secuestrado y asesinado diez
años antes, en agosto de 1977.

El acto fue acogido en este Paraninfo que resultó, como ocurre tantas veces,
insuficiente para recibir una multitud de consternados e indignados
ciudadanos. Martha Demarchi presentó con su reconocida solvencia de
docente universitaria, el vigoroso perfil pedagógico de Julio. Dahd Sfeir, nos
conmovió con la lectura de las últimas cartas intercambiadas, por
clandestinas vías, entre Julio desde Montevideo y Carlos Quijano desde su
exilio mexicano.
Fue un momento de recogimiento el que nos brindó la gran actriz, al
presentarnos alternativamente los mensajes de aquellos dos compatriotas
que se esforzaban por poner algo de luz en sus respectivos caminos, por
entonces forzosamente sombríos. El último diálogo entre dos grandes
maestros.

Yo también participé en esa ocasión, refiriéndome a Julio como mi maestro,


mi compañero de tareas en Uruguay y en América Latina y también mi amigo
durante casi 40 años.

Fue esa noche que intercalé en mi homenaje, palabras que repetiré ahora,
textualmente, y que algunos considerarán heréticas. Dije entonces y repito:
“Y puesto que el daño que padeció nuestro común amigo le fue inferido bajo
un régimen militar, he venido a formular votos, en este recinto de
pensamiento, de ciencia y de humanismo, por el día en que nuestro planeta
halla abolido todos los ejércitos y todas las armas, por el día en que la
violencia entre hermanos halla desaparecido aun en sus más sutiles y
solapadas formas.

¿Es este un sueño? Claro que sí, pero ¿qué función más alta cabe a la
educación que la de sembrar sueños y cultivarlos, paciente y amorosamente,
en perspectiva de siglos, si es preciso, hasta su fructificación?”. Esto dije
entonces y repito hoy.

Como también formulé entonces y quiero repetir ahora, la dolorosa pregunta:


“¿Dónde está Julio Castro?”. Emitida aquí, en el Paraninfo de la Universidad
ha hecho el Paraninfo de los Ciudadanos, esta solemne y ¡trágica! pregunta
no deberá quedar por más tiempo sin respuesta. (Aplausos)`

Queridos amigos, queridas amigas. Que mi relación con el Paraninfo cumple


ahora 45 años. Si he evocado, al mencionarlos, estos tres importantes
momentos de mi vida, es porque siento que de algún modo el acto de hoy
confirma en qué gran medida la Universidad de la República es una
institución del pueblo uruguayo, por su vocación republicana y por autónoma,
por cogobernada.

Es del pueblo tanto cuando en este Parlamento se escuchan las mayores


voces de mayor prestigio de América Latina, como cuando en él se velan lo
poco que queda de los restos de algunos de nuestros mártires o cuando se
ceden sus micrófonos a los educadores.

Pero no quiero que mis palabras respondan solamente a tentadores


sentimientos de nostalgia. La nostalgia debe ceder terreno a la memoria y
ésta ser la fuerza motivadora de la propuesta. Y ésta a su vez, portavoz del
compromiso y herramienta de la reconstrucción.

¿Por qué digo compromiso? Porque lo asocio a la reconstrucción.


He vivido muchas décadas en el Uruguay. El año pasado fue editado, como
recién se recordó, mi último libro que tenía por subtítulo estas palabras:
“Educar en Uruguay: de la construcción al derribo, de la resistencia a la
esperanza”.( Soler Roca, Miguel, Réplica de un maestro agredido, Ediciones Trilce, Montevideo, año 2005)
No repetiré lo bien sabido. Desde Varela hasta mediados del siglo pasado,
nuestro país construyó uno de los mejores sistemas educativos del mundo.
Lo gocé de niño, como alumno, y durante casi de veinte años participé en la
privilegiada aventura de seguirlo edificando.

Los años 50 fueron de grandes realizaciones. Echaron después, como decía


Julio Castro, los caballos en la huerta. Vinieron las tensiones de la
predictadura, los primeros estudiantes muertos. Y luego, la dictadura, ese
oscuro túnel, que hizo de la educación y sus instituciones, de los educandos
y de los educadores, junto a los obreros, sus víctimas preferidas.

Y entonces, y que me perdonen los historiadores que pueden pensar lo


contrario, perdimos la gran oportunidad. La gran oportunidad para el país y
para la educación no fue captada y servida en el momento histórico, político
y psicológico obligado. Es decir, en la segunda mitad de la década de los
ochenta.

Nuestros dirigentes se empeñaron en ocultar el pasado en la caja fuerte, en


regresar a prácticas ya caducas, en frenar en el pueblo el legítimo derecho a
la reconstrucción nacional.

El derrumbe prosiguió cada vez que se dijo: “¡Silencio, de eso no se habla!”.


Cada vez que se adujo que no había dinero para casi nada. En cada ocasión
en que se extranjerizaba nuestra tierra. En cada encubierta oportunidad que
se suscribían nuevos fatídicos empréstitos; en cada informe estadístico que
nos advertía “cuidado, la pobreza crece y la infantil mucho más”. La casa se
nos fue desmoronando y con ella fue cayendo la educación, en cada
instancia en que se ignoraban las propuestas de los educadores. Cada día,
cada mes y cada año en que la educación navegaba regida por los
iluminados en cada presupuesto abaratado.

Quienes se ocupaban de la educación desde el llano, apelaron a la hermosa


tradición de todos los pueblos: la resistencia.

¡Honor a los resistentes de tantos años!

Yo estaba afuera, puedo entonces, rendirles homenaje sin sentirme


implicado en su obstinado esfuerzo y en su enorme mérito: custodiaron lo
mejor que habíamos edificado.
Hasta que el pueblo dijo basta. La mayoría dijimos basta. Invertimos la
clepsidra y empezamos a vivir el nuevo tiempo, asumiendo que había llegado
la hora del cambio. En eso estamos.

¿Estamos?

¿Estamos todos viviendo la hora del cambio?

Me lo pregunto cada día más preocupado. Ciertamente las fuerzas adversas


a todo cambio están ahí atentas a todo lo que hacemos. Es natural. Y no son
ellas, viejas conocidas, las que más me preocupan. Pero importa que no
fracase el cambio que deseamos.

Llevado hacia delante y hacia arriba, entre todos, sin Presidentes, pero con
años de gestación. Por su vigencia, por su profundidad, por su naturaleza
pacífica, democrática y atenta al derecho de todos, este cambio, a la
uruguaya, constituye toda una experiencia, es decir, un aprendizaje. El
tránsito por una ruta inaugural.

Porque sin duda no nos resulta fácil desprendernos de ciertos rasgos que de
un pasado tan pertinaz han hecho carne en el pueblo uruguayo. No soy
político ni politólogo, pero al observar la dinámica social de que somos
partícipes, pienso que la materia renovadora en materia de educación es
inmensa. Comenzando por poner orden en la casa. Tarea difícil pero
insoslayable, ya emprendida en el ámbito de la ANEP.

Y admito que casi todo lo nuevo está por hacerse. El sustento filosófico de la
educación de estos últimos años no nos sirve. En parte porque no existe, por
lo menos explícitamente. En parte porque sus ideas rectoras deben ser
evaluadas y algunas de ellas francamente rechazadas.

De modo que tenemos por delante la refundación ideológica, axiológica y


estructural del sistema nacional de educación. Para poder recorrer este
camino hacia el cambio, cada uno de nosotros tiene que aceptar (remarca) el
desafío de su propio cambio.

Y es aquí que me parece justo, hablar de compromiso. Me dirijo


especialmente a los jóvenes, a los estudiantes universitarios, a los maestros
y profesores noveles y a quienes se preparan para serlo en el futuro, a los
que cursan todavía estudios medios, a los que quisieran estudiar y no
pueden hacerlo.

Sigue siendo, naturalmente, tiempo de reivindicaciones. Algunas de ellas,


siento pena al decirlo, viejas e insatisfechas reivindicaciones.
Comprometerse no es renunciar a ellas, sino enmarcarlas en una cabal
comprensión del momento histórico que vivimos. Que sigue siendo el de un
país pobre y dependiente, que ha abierto ahora la oportunidad de volver a
hacer culturalmente grande y aventar la pobreza, produciendo más y
distribuyendo mejor, de reemplazar la dependencia por la plena soberanía,
fortaleciendo sus alianzas con los países hermanos y con todos aquellos
pueblos que no se resignan a seguir siendo países en desarrollo.

A quienes hoy están estudiando, me permito decirles: No se conformen con


aprobar sus personales exámenes ni con conquistar sus codiciados y
merecidos títulos. No ahoguen sus dudas en cualquiera de las formas del
éxito. Movilícense en busca de respuesta. Piensen en cómo disponer los
saberes adquiridos a disposición de un país que los necesita
desesperadamente, para brindar sus frutos a esa tercera parte de nuestra
población a la que hemos dejado a mitad de camino. No se culpabilicen, pero
eviten caer en las tentaciones de una sociedad planetaria que nos necesita
enajenados, competitivos, egoístas, buenos consumidores y sobre todo,
distraídos.

Justamente hoy, 14 de julio, fecha a tener siempre presente. Defiendan su


libertad, jóvenes estudiantes, venzan la tentación de creer que la igualdad no
es posible, cultiven la fraternidad, contribuyendo republicana y austeramente
a que Uruguay sea un país solidario donde las grandes e inaplazables metas
sean conquistadas y disfrutadas por todos.

Y a mis colegas, maestros y profesores, les reitero lo que muchas veces he


escrito: Acompaño sus justas reivindicaciones. Las hago mías y viendo a
todos aquellos altos dirigentes nacionales que en el Poder Ejecutivo y en el
Poder Legislativo tienen responsabilidades en la confección y aprobación de
los presupuestos, continúen imaginando con rigor e imaginación todas las
posibilidades de poner a disposición de la educación pública, desde la inicial
hasta la de postgrado, los recursos que se requieren para que la nación
cumpla con su consigna de ofrecer a todos una educación de calidad a lo
largo de toda la vida.

El pueblo tiene derecho a ello. Para la República es una necesidad. Una


condición de la pública necesidad.

Pero hay por lo menos dos contrapartidas, compañeros, dos grandes


compromisos: el primero es de servir al pueblo con profesionalidad pero
también con el esfuerzo y con la abnegación que la circunstancia requiere.

La Patria padece hoy un considerable retraso educativo y cultural. Los niños


son víctimas de grandes carencias. Los jóvenes desertan de las aulas,
muchos de ellos autodestruyen su futuro. Con muchos adultos y, sobre todo,
con muchas adultas, nuestra deuda sigue profundizándose.
Yo sé que el gran esfuerzo de reconstrucción nacional no es tarea sólo de
educadores, pero una parte del que hay que realizar nos está reservado a
nosotros y sólo a nosotros. Discutamos, veamos que nos corresponde hacer
y hagámoslo. Mejor dicho, sigámoslo haciéndolo, porque en todos los puntos
cardinales hay educadores que ahora conocen el cansancio físico pero están
felices porque se han liberado del cansancio moral que empañó, durante
tantos años, su trabajo.

Y un segundo gran compromiso, compañeros: Continúen estudiando,


formándose, creciendo profesionalmente. Y esto es más difícil aun: con todo
respeto por quienes ejercen hoy esta función, digo que los formadores de
educadores son hoy pocos, ante tantas necesidades.

Tendremos que auto formarnos; ínter formarnos; constituir Círculos de


Estudios. Intercambiar experiencias; acentuar al escribir, nuestro rigor crítico.
Convencernos de que el país cuenta, en forma tal vez inorgánica, con
colegas, unos ya retirados, otros en actividad, que saben trabajar, que
conocen los secretos de la profesión, que están dispuestos a compartirlos.

Al esfuerzo oficial, en este campo de la formación y del perfeccionamiento


docente, tenemos que sumar nuestras propias medidas de emergencia, sin
esperar a que todos nos sea dado, con la vieja creatividad crítica que tanto
resultado nos dio en el pasado.

Afirmo, seriamente, mi convicción de que la crisis de la educación es tan


profunda como la del país. Pero sabemos qué queremos cambiar y aunque
sea poco perceptible, se ha comenzado a hacer con rumbo y con
responsabilidad.

Repito que poder cambiar lo que nos es exterior, supone también cuestionar
nuestros valores y nuestras prácticas personales. Aceptemos el reto de
hurgar en lo más profundo de nuestra conciencia profesional, lo considero
una exigencia del momento.

De esta generación, no se dirá que fue una generación perdida sino una
generación quemada, porque se necesitará, creo, toda una generación no
para volver a ser lo que ya fuimos, sino para llegar a ser lo que debemos ser.

No perdamos de nuevo una ocasión histórica.

Pongámonos al servicio de la historia, sin mesianismo, pero con ese


compromiso personal y profesional al cual me he permitido invitarles.

Y ahora, para concluir, quiero pedir la indulgencia de todos ustedes.


Una ceremonia como la de esta tarde, colma una vida. Después de hoy, todo
será distinto para mí, y así lo siento. Porque no habré de olvidar en ningún
momento que al otorgarme este título, la Universidad de la República ha
emitido una opinión favorable sobre mi trayectoria personal y profesional.

Es decir, que me siento comprometido ante usted, señor Rector, y ante las
demás autoridades de esta Casa que acordaron ese pronunciamiento. Y ante
todos ustedes, que han querido acompañarme esta tarde.

Ocurre que no puedo retirarme ni reducirme al silencio ni convertirme en el


mero custodio del nombre. Continuaré, en el grado en que me sea posible,
mis actividades en la ANEP y en la Comisión Organizadora del Debate
Educativo que ya todos denominados CODE.

Es decir, el lunes retomaré mis funciones, que son las de un trabajador más
de la educación. Por eso pido una especie de moratoria. Abrir un paréntesis
en el descanso a que este título podría hacerme acreedor, para proseguir
activo durante unos pocos meses más.

Entiendo bien que nadie me ha invitado a quedarme en casa, a partir de


ahora. Soy yo el que el que reconozco que se ha producido un cambio que
me obliga, frente a la Universidad, frente a todos ustedes, frente a mí mismo,
a ser más cuidadoso que nunca en lo que hago y digo.

Pues bien, pido permiso para seguir obrando desde el llano con mis palabras
de siempre, con frecuencia poco afortunadas.

Las autoridades de la Enseñanza, presididas por mi amigo Luis Yarzábal,


activas protagonistas, como me consta diariamente, de un denodado
esfuerzo renovador para el que la plena autonomía prescripta por la
Constitución es condición fundamental, me han confiado algunas tareas que
considero importantes.

No quisiera privarme del placer de seguir cumpliéndolas. Igualmente, puedo


compartir reflexiones con otros colectivos relacionados con la educación, que
tienen la bondad de escucharme en momentos en que jóvenes y veteranos
quisiéramos tener las ideas claras y ofrecerlas al examen público. Son
quehaceres naturalmente siempre inconclusos, necesarios y gratos con los
que me siento obligado, sabiendo bien que no soy imprescindible.
Por otra parte, el país ha instalado el debate educativo. O mejor dicho, el
debate educativo se ha instalado ya en el país.
No entraré en detalle, pero esta consulta abierta a escala nacional que el
Gobierno ha resuelto lanzar, nos importa a todos y me importa a todos y me
importa a mí.

Nos importa, porque da por acabado el gran silencio al que se redujo a los
docentes y a los demás miembros de lo que solemos llamar la comunidad
educativa, que de hecho está formada por todo el país.

En noviembre del 2004, fui invitado a una reunión de maestros, casi todos
jóvenes, en un Centro Comunal de Sayago.

Una de las participantes dijo, leo textualmente de mis notas: “A los maestros
nos dejaron sin voz”. Pues bien, maestros y maestras, profesores y
profesoras, ciudadanos y ciudadanas, es la hora de vuestras voces. La
CODE está aquí, en esta sala, en esta ciudad y en todas las poblaciones del
Uruguay con el único mandato de saber escuchar, sintetizar y transmitir
vuestras voces a quienes corresponderá interpretarlas y hacerlas realidad,
con sus discrepancias y contradicciones, que es lo normal en democracia.

Sucede, además, que el debate educativo ya está dejando, entre otros, 3


resultados un tanto inesperados:

El primero es la experiencia de la participación, qué bien que una madre de


familia pueda decir, tal vez por primera vez, fui a la asamblea, levanté la
mano para pedir la palabra y cuando me la concedieron dije algunas cosas
que sentía la necesidad de expresar. Si esta fuera la experiencia de decenas
de miles de ciudadanos, como deseamos, la participación se habría
corporizado como derecho de todos;

En segundo término, hemos vivido la experiencia de organizarnos. En un


país donde conjugar este verbo siempre fue difícil, más de mil personas
están trabajando en estos momentos, de manera organizada, en la
promoción y el desarrollo del debate educativo. Cuando este concluya, una
mayor capacidad organizativa se habrá expandido sobre nuestro mapa;

Y un resultado más que me hace muy feliz: El debate está auspiciado por las
tres grandes entidades de la educación nacional, cosa rara vista con esta
rotundidad en el pasado: el Ministerio de Educación y Cultura, la
Administración Nacional de Educación Pública y la Universidad de la
República.

El emprendimiento en común de este gran salto hacia delante honra a sus


dirigentes. Siendo organismos muy dispares en sus funciones y estructuras,
están trabajando al unísono, al servicio de la educación nacional. Contamos
todos con que esta unidad de acción no sólo haga posible la culminación del
debate educativo sino que además perdure gracias a la visión solidaria e
integradora de sus dirigentes.

Así lo requiere la educación de nuestro pueblo. Más allá de estos tres


resultados, repito que afortunados para el debate propiamente dicho, vendrá,
esperamos que hacia fines del presente año, el término del trabajo de la
CODE, con la entrega de un informe final que será de su responsabilidad
pero no de su autoría. Los autores serán todos ustedes, los que ocupan hoy
esta sala y los que están siendo invitados a colmar el gran auditorio
deliberante que deseamos sea la República. Con su gran resonancia en los
medios de comunicación, que en algunos casos está siendo extraordinario.

Si en este momento, tan simbólico para todos, porque nos sentimos juntos al
servicio de la labor educadora, como emocionante para mí porque se me
escucha por una vez más en este Paraninfo, se me permite expresar un
deseo concreto, necesitaré muy pocas palabras:

Participen activamente en el Debate Educativo, es el de todos y es el de esta


hora. La historia es avara en oportunidad. Y sean indulgentes, como les he
pedido, conmigo. Porque si el debate es de todos, es también mi debate,
y sirviéndolo, como me propongo seguir haciéndolo, seguramente incurriré
en errores, impropios de un maestro rural que un 14 de julio recibió una de
las más altas distinciones que otorga su Patria adoptiva.

Gracias, gracias a todos.

Maestro Miguel Soler Roca


Montevideo, 14 de julio de 2006,
Paraninfo de la Universidad de la República Oriental del Uruguay
Fuente:LA ONDA® DIGITAL Nro 297