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La Fragua de los tiempos, enero 5 del año 2020.

Número 1329
Los apaches

En este número, coincidente con el primer domingo del año 2020, inicio una serie que he
tenido entre mis grandes inquietudes desde que me convertí en historiógrafo, hace tres
décadas, me refiero al tema de los apaches.
Al buscar la información respecto al origen y evolución de los apaches, nos encontramos
con propuestas muy generales y muchos huecos, muchas preguntas que no alcanzan a
contestarse, tal vez porque en Chihuahua y en México son escasos los estudios serios sobre
el tema, esto se refleja en lo reducido de la bibliografía en español. Encontramos en México
algunos estudios muy serios y reveladores, pero falta mucho por investigar. En Estados
Unidos abundan las investigaciones, la bibliografía que es, por mucho, más abundante que
en México, sin embargo tampoco los investigadores de aquel país han desentrañado el
origen, el proceso de poblamiento y la diáspora de los pobladores originarios de donde
surgieron los apaches, los navajos y comanches que proceden del mismo tronco. Así que,
partiendo de esta premisa, suelto algunas preguntas con las que me he topado antes de
iniciar la serie anunciada:
¿Cuál es el origen de los apaches?
¿Qué significado tiene la palabra apache?
¿Los pobladores originarios emigraron de Canadá hasta lo que ahora es el norte de México?
¿Cómo vivían estos cazadores antes de la invasión de sus territorios de caza?
¿Se puede considerar que forman muchas naciones o es una sola que se diversificó?
¿Todos los grupos hablan la misma lengua y tienen la misma filosofía?
¿Cómo fueron los primeros contactos de los colonos españoles con los apaches?
¿Cómo se relacionaron los colonos españoles con los apaches?
¿Cómo y cuando surgieron los primeros conflictos con los apaches?
Estas, y muchas más preguntas se hacen presentes, pero no todas tienen respuesta, porque
como he mencionado antes, falta mucho, mucha investigación directa, no me refiero
solamente a investigaciones individuales, solitarias, me refiero a trabajos colectivos,
interdisciplinarios, donde concurran especialistas de diferentes áreas, desde la
Paleontología, la Geología, Geografía, Antropología, Etnología, Lingüística, Genética,
etcétera.
Partiendo de la premisa anterior, declaro que mi intención al escribir sobre el tema de los
apaches no puede ser tan pretenciosa como para responder científicamente las preguntas
expuestas u otras que se puedan sumar. No, lo que pretendo es aportar algunos datos,
algunas opiniones que puedan ayudar a entender mejor la relación de los apaches con los
colonos del norte de México durante la medianía del siglo XIX (1830-1880).
Los primeros contactos entre cazadores y agricultores.
La hipótesis más aceptada respecto al poblamiento del Continente Americano sustenta que
los primeros pobladores llegaron de Asia, pasaron hace de veinte mil a ocho mil años por el
Estrecho de Bering, propuesta a principios de 1900 por el antropólogo checo Alex
Hrdlicka. Desde esta aportación se sustenta que después de las glaciaciones se formó un
puente de hielo que permitió el paso de los hatos de búfalos y tras ellos los cazadores.
Pero después han surgido otras propuestas como la que sostiene que antes del
congelamiento, el Estrecho de Bering formaba un gran corredor de tierra donde había
árboles, numerosas especies de caza y diversos pobladores que antes del congelamiento
emigraron hacia el continente Americano. Según esta versión los pobladores eran
originarios de Asia, entre estos se encontraban los Yupki que habían emigrado primero al
este de Siberia, pasando luego por el Estrecho de Bering al territorio de Alaska. Se han
realizado estudios entre actuales pobladores Yupki del este de Siberia y los que viven en
Alaska encontrándose similitudes culturales importantes como el hecho de que hablan en la
misma lengua.
De estas hipótesis se derivan muchas otras relacionadas, pero en general se acepta que los
primeros pobladores de América provienen de Asia, que el paso por el Estrecho de Bering
tuvo lugar hace de veinte a diez mil años, que fueron varias migraciones en ese largo
período y que no eran originarias de las mismas regiones.
Partiendo de estas explicaciones se sugiere que los apaches descienden de alguno de
aquellos grupos de cazadores que cruzaron el Estrecho siguiendo los hatos de búfalos. Se
establecieron durante cientos o miles de años en Canadá continuando hacia el sur donde
finalmente ocuparon un enorme territorio que abarcaba desde lo que ahora es el oeste de
Arizona al este de Texas y del norte de Colorado hasta México (Chihuahua, Sonora,
Coahuila, Durango).
Las formas de vida de esos cazadores se mantuvieron sin muchos cambios durante miles de
años y es muy probable que los primeros invasores españoles que tuvieron contacto con
ellos los encontraron como habían vivido durante miles de años. En sustento de esta
propuesta cito al historiador William L. Merril, autor del ensayo “La economía política de
las correrías: Nueva Vizcaya al final de la época colonial” que se publicó en el número 6 de
la Revista Textos de la Nueva Vizcaya.
Merril explica de manera muy clara cómo se dieron los primeros encuentros entre los
cazadores de búfalos, es decir los apaches y las naciones originarias que se dedicaban a la
agricultura, es decir los indios pueblo.
“El intercambio entre agricultores sedentarios y cazadores-recolectores nómadas en
América del Norte se ha investigado con mayor amplitud en la región del suroeste y los
llanos de lo que es ahora Estados Unidos. Los principales participantes en este intercambio,
que empezó a florecer alrededor de 1450 d. C., eran las sociedades sedentarias de Nuevo
México conocidos como “los indios pueblo” y bandas nómadas de apaches, que cazaban y
recolectaban en los llanos del búfalo ubicados al oriente de Nuevo México. La mayoría de
estos intercambios tuvieron lugar en las poblaciones más cercanas a los llanos, a donde los
apaches llevaban varios productos derivados del búfalo (cueros, sebo, carne), pieles
curtidas de otros animales, herramientas de pedernal y hueso, así como cautivos, quienes en
su mayoría eran miembros de las sociedades agrícolas que vivían en los márgenes
orientales de los llanos. A cambio, los indios pueblo ofrecían maíz y otros productos
cultivados junto con cobijas de algodón, alfarería y turquesa. Al parecer, los pueblos
ubicados más cerca de los llanos competían entre ellos mismos por el control del
intercambio con los apaches y operaban como intermediarios en el flujo de bienes entre los
apaches de los llanos y otras sociedades que vivían más hacia el poniente”.
¿Eran apaches los indios vaqueros?
Entre 1562 – 1569 Francisco de Ibarra organizó la más importante expedición hacia el
septentrión de la Nueva España, tocando algunos puntos geográficos donde encontró a los
cazadores de búfalos. Entre los expedicionarios estaba Baltazar de Obregón que había
nacido en México en 1544 y que a los diecisiete años había realizado su primer viaje
expedicionario hacia la California. Se distinguía Baltazar de los demás porque le gustaba
observar con atención y actitud de historiador, y probablemente tomaba notas. En 1584
elaboró un extenso informe para el rey de España y entre otros datos se refirió a los
habitantes de los indios pueblo a que se refiere Merril en la cita anterior. Escribió que la
gente de la provincia de San Felipe del Nuevo México, habitaba en casas de hasta seis
(pisos) altos y que recogían en gran cantidad: maíz, frijol, calabaza, algodón y piciete (así
se conocía el tabaco, del azteca “picietl”). Luego agregó que:
“Tejen y hacen gran cantidad de mantas gruesas y delgadas, tejidas y pintadas de diferentes
colores y poseen cantidad de aves de la tierra (domésticas), aprovechándose de las plumas.
Tienen cantidad de esteras de junco y cañas y cestos grandes y pequeños, buena loza gruesa
y delgada, lúcida y galana de colores admirables”.
Se refirió a estos pueblos como los “mejor acomodados”, pero luego pasó a describir las
costumbres de los indios llamados querechos, de quienes empieza diciendo que eran gente
vaquera, que andaban como los gitanos en España, asistiendo en las habitaciones de las
vacas, a las cuales se refirió también como “vacas antiguas” o “vacas peludas” que eran lo
mismo que los “cíbolos” o bufalos.
El cronista hace referencia en el párrafo anterior a que los querechos vivían errantes,
integrados a los rebaños, los indios habitaban en carpas fabricadas de cueros, armados
sobre varas que se montaban y desmontaban.
En una de las partes más interesantes del informe, Baltazar de Obregón da cuenta de cómo
los expedicionarios descubrieron una gran ranchería de indios vaqueros, donde contaron
más de quinientos ranchos y pabellones de cueros adobados, de las vacas, muy parecidos a
los de España y luego describe Baltazar de Obregón lo siguiente:
“Esta gente que asiste entre las vacas es desnuda, sólo traen algunos vestidos de gamuzas
de cueros de venado y de las vacas y caperuzas de los mismos, son dispuestos, gallardos,
bélicos y valientes y temidos de las demás parcialidades a ellos comarcanos.
Son como gitanos que andan mudándose de una parte a otra siguiendo su mantenimiento
natural que es de carne cruda de las vacas y a sus cosechas de tuna y dátil.
Sírvense y aprovéchanse de pabellones de cueros de las vacas adobados; tiene sus aderezos
de varas y estacas de otates y madera, tienen recuas de perros con que cargan los pabellones
y ajuar de sus ranchos, homenaje y cosas de comer; cargan dos y tres arrobas de peso, traen
aderezados con sus enjalmas de cuero, con sus pretales ataharres y cinchas y jáquimas con
cuellos los gobiernan, caminan cargados dos y tres leguas cada día; son perros osarrudos y
no crecidos, son lanudos.
De esta primera ranchería de indios vaqueros fueron marchando los descubridores por unos
llanos adelante; dejaron a un lado el río de Santo Domingo. En esta jornada no tuvieron
agua en cuatro leguas que marcharon, ni hallaron vacas”.
Continuando con la descripción indicó que al día siguiente 9 de octubre de 1581 habían
descubierto un hato de quinientas vacas, terneras y toros, a las que vieron muy grandes y
disformes resaltando que tenían notable y feroz cabeza mayor que las de los de España, con
gruesos cuernos que eran corcovados, lanudos y que con esa lana se podían hacer prendas
para vestir y de los cueros calzado y otras muchas cosas.
Comparando los tamaños anota que las vacas son un tercio más pequeñas que los toros y lo
más importante de esta descripción: que la carne de estas reses era más sabrosa, más sana y
más gorda que la de las de España y hubo día en que vieron de tres mil para arriba.
En su informe se refiere Baltazar de Obregón a los cazadores como “indios querechos”, no
hay seguridad para identificarlos como los apaches, sin embargo es inevitable relacionar la
imagen que nos dejó como una aproximación de la forma en que vivían los lejanos
ancestros de los apaches. Y es que una de las preguntas para las que se tiene que buscar
respuesta es si las formas de vida, principalmente su belicosidad y las expresiones
culturales: vestido, alimentación, sus creencias y filosofía, o sea lo que sabemos de los
apaches del siglo XIX corresponde a los cazadores que habitaban estos territorios antes de
que llegaran los colonos españoles y norteamericanos. Éste es un tema sobre el que voy a
regresar utilizando otros testimonios que dejaron algunos exploradores norteamericanos
que empezaron a incursionar en 1804, después de que los Estados Unidos compraron el
territorio de Louisiana, acontecimiento que desencadenó la voracidad, la ambición y la
expansión yanqui sobre los territorios españoles del norte de la Nueva España.
En cuanto al término “apache”, también encierra el misterio de su origen e interpretación.
Algunos filólogos sugieren que esta palabra se originó de “apachu” que significa
“enemigo” en la lengua zuñi. Al español Juan de Oñate se le atribuye haber sido el primero
que uso el término “apache” en uno de los informes que envió al rey de España. Oñate
había emprendido en 1595 una expedición para conquistar y colonizar los territorios de lo
que ahora son Texas, Nuevo México y parte de Chihuahua. En el informe mencionado dejó
escrito que encontrándose en el oeste de Nuevo México, en una región ocupada por los zuñi
escuchó que estos utilizaban la palabra “apachu” para referirse al enemigo, a ellos a los
españoles, por cierto.
Pero hay otra propuesta que ubica el origen de la “apache” entre los integrantes de la tribu
Yuma, de la cultura Yavapai, que de acuerdo a esa versión utilizaba “e-patch” como “lucha
contra los hombres”, o también “hombres que luchan”. Seguramente hay otras propuestas
respecto al significado, estos ejemplos solo nos indican la medida de nuestra ignorancia
respecto a la nación apache.
Para concluir la presenta entrega adelanto que la clave para dilucidar, para comprender a
los apaches en el siglo XIX, a los guerreros legendarios, tenemos que conocer cómo fueron
invadidos sus territorios de caza donde pastaban los búfalos de los que nunca se habían
separado, a los que siempre habían tratado con respeto porque habían representado el
fundamento existencial de cientos de generaciones de cazadores que habían vivido así
durante miles y miles de años, y cómo desaparecieron también. Aquellos cazadores nunca
imaginaron, ni temieron la desaparición de los búfalos, no obstante que habían abundado y
los habían cuidado como si fueran piezas sagradas.
El coronel yanqui Richard Irving Dodge, de quien escribiré la próxima semana registró que
una creencia entre los comanches era que el número de búfalos era infinito, que nunca se
acabarían porque nacían de un país subterráneo

La Fragua de los tiempos, enero 12 del año 2020. Número 1330


Los apaches (Parte II)
En la historiografía de los pueblos originarios la fuente principal son los documentos, las
versiones que dejaron los invasores; esto es así en México y, en general, con todas las
investigaciones dedicadas a las naciones de América, sometidas, unas por españoles, las
otras por ingleses, franceses o portugueses. Pese a la unilateralidad de los informes, cartas y
demás documentos que ellos dejaron, esta información es la base sobre la cual se han
reconstruido en todas partes los procesos generales de colonización (que es lo mismo a
sometimiento, despojo y exterminio). Es el caso de las investigaciones que se han realizado
sobre el septentrión de la Nueva España desde el siglo XVI (1565) hasta finales del siglo
XVIII (1790).
Las fuentes documentales que dejaron los colonizadores españoles y los ingleses, son las
que han servido de base para investigaciones muy reconocidas en los últimos años; tanto así
que el denominativo, “apache”, que los españoles e ingleses dejaron, se incluye como
sinónimo de: maleante, bandido, salteador, ladrón, atracador, salvaje y bárbaro. Por ésta y
otras razones se entiende y justifica que quienes se consideran descendientes, rechacen el
término e insistan en que se modifique, sustituyéndolo por el que corresponde en su lengua,
sin embargo la literatura, historiografía, cine, están profundamente permeada por el
“apache” que se quedó en el imaginario desde hace más de cuatrocientos años.
Otro de los problemas en la historiografía de las naciones originarias del norte de México,
particularmente de Chihuahua, es que los españoles asignaron nombres diversos a muchos
grupos que pertenecían a la misma etnia, y eso ha provocado confusión. En base a los
documentos que dejaron los españoles en los archivos, historiadores como don Francisco
Almada hicieron listas enormes de nacionalidades que supuestamente eran diferentes, pero
en realidad todas pertenecían a la nación rarámuri.
Lo anterior es importante tenerlo en cuenta porque en el caso de la “apachería” sucede lo
mismo, se citan diversas naciones o “tribus” como si fueran diferentes, y la realidad es que
deben agruparse en la misma nación, considerando que tienen el mismo origen, hablan la
misma lengua y se identifican en sus rasgos culturales. No obstante, los estudiosos del tema
aceptan que los apaches del sur incluían diferentes bandas, usualmente conocidas bajo el
término "chiricahua", mientras que a los diferentes grupos de apaches de los llanos (al
norte), se les identificó como “mezcaleros”, donde estaban incluidos los faraones y los
natagés.
Al emprender esta serie, me he interesado principalmente en el período que corre de la
segunda mitad del siglo XVIII hasta finales del siglo XIX (1760- 1880), porque en éste
quedaron registradas las acciones de los apaches durante las últimas décadas del dominio
español y los primeros cincuenta años del Chihuahua republicano, que fue la etapa más
sangrienta y dramática de esta guerra. Pero además me interesa porque es en este período
cuando los norteamericanos pusieron en juego toda la perversidad, atizando los conflictos
para su propio beneficio. Reitero que no estoy realizando una investigación recurriendo a
los archivos, estoy trabajando sobre las fuentes bibliográficas que considero de mayor
utilidad para explicar esta relación fatídica entre apaches y mestizos.
Por ahora publico algunas informaciones que seleccioné de varios libros, principalmente de
tres:
Con la sierra a cuestas. Apaches y españoles en la frontera sonorense en el siglo XVIII, de
José Refugio de la Torre Curiel.
Don José de Gálvez y la Comandancia General de las Provincias Internas del norte de
Nueva España, de Luis Navarro García
La Economía Política de las Correrías: Nueva Vizcaya al Final de la Época
Colonial, de William L. Merrill.
Ellos, al igual que otros autores, utilizaron gran cantidad de documentos depositados en
archivos de México y Estados Unidos: informes, cartas, expedientes judiciales, testimonios,
etc.
Respecto a las motivaciones que impulsaban a los apaches, Navarro García sostiene que
hurtaban ganado de los españoles para satisfacer las necesidades básicas: "La guerra era
una simple y cruda lucha por la subsistencia en el sentido más material de la palabra. Los
apaches de los llanos que vivían más hacia el norte, fueron también forzados a salir de los
llanos por los comanches y sus aliados, pero en su caso fueron desplazados no hacia el sur,
sino hacia el occidente. Más tarde, estos apaches fueron identificados como los jicarilla”.
Se agrega que los apaches y otros grupos involucrados en las correrías tenían especial
predilección por los caballos, pero también por las mulas.
De la Torre Curiel y Merril coinciden en que el principal motivo de los ataques era el odio
contra el invasor español, y algo interesante es que ambos coinciden que se formaban
alianzas interétnicas. En documentos revisados se encontró que desde 1759, o antes, ya
existía la alianza entre tarahumares y apaches. En ese año, un capitán de milicia del Valle
de Basúchil se refirió a "la coligación que los indios tarahumares comienzan a tener con los
enemigos". Hay reportes en que se asegura que atacantes guiados por los tarahumares,
habían causado daños considerables, así como un número de muertes en las misiones y
poblaciones españolas en el área norte del valle del Río Papigochi. A principios de la
década de 1760, los misioneros jesuitas también informaron que tarahumares de los pueblos
de Tomochi y San Francisco de Borja estaban involucrados en las correrías, tanto solos,
como unidos a los apaches. Un tarahumar de Tomochi, arrepentido, confesó a un misionero
de allí, que después de haber pasado un tiempo considerable con los apaches, "él había
dejado muchos tarahumares allá entre los apaches, viviendo tan brutalmente como ellos, y
en este particular, se explicó largo tiempo, dándole noticia de las horrorosas
monstruosidades que ejecutaban”.
William Merril propone que, de acuerdo con las declaraciones de los prisioneros
implicados en los ataques y de las entrevistas con cautivos que habían escapado de los
apaches, se asumió que la alianza entre los apaches y los indios locales, particularmente los
tarahumares, se había dado desde alrededor de 1760. La mayoría de los indios involucrados
fueron identificados como tarahumares, cholomes, norteños y tepehuanes, así como
apaches. Éstos incluían miembros de bandas apaches independientes (principalmente
gileños, pero probablemente también algunos mezcaleros), junto con apaches conocidos
como "criados", por haber sido capturados desde niños y criados en hogares españoles de la
región.
La mayoría de los no-indios eran de herencia mixta de europeos, indios y africanos,
designados colectivamente en el esquema español de clasificación racial como castas, y
más específicamente como mestizos, mulatos, coyotes y lobos. Además, algunos españoles
también estaban involucrados, aparentemente tanto peninsulares como criollos, que eran
desertores militares o por diferentes razones fugitivos de la justicia. Parece ser que los
únicos grupos étnicos que no participaron en los ataques eran indios como los tlaxcaltecas,
yaquis y sinaloas, a quienes los españoles habían traído a la Nueva Vizcaya como
colonizadores, auxiliares militares y mano de obra calificada, y con frecuencia gozaban de
privilegios negados a los indios locales.
Respecto a las causas que incrementaron la participación de los “tarahumares” con los
apaches, Merril y De la Torre coinciden en que las relaciones interétnicas aumentaron
después del abandono de las misiones y la expulsión de los jesuitas. Tanto quienes estaban
radicados en las misiones, así como los trabajadores agrícolas que se movían entre éstas,
quedaron fuera de la civilización colonial. Hombres y mujeres que por necesidad formaron
“una especie de versión bandolera de las sociedades cimarronas”.
El Gobernador y Comandante General de Nueva Vizcaya, José Faini, informó en 1773:
"Los tarahumares valoraban las flechas apaches para su artimaña de disfrazarse como
apaches. Además, las flechas eran artículos muy codiciados en el intercambio de larga
distancia más al norte. En las tropas de estos enemigos, se agregan mujeres indias
tarahumares, que disfrazadas como hombre, manejan con igual inhumanidad y furor las
armas”.
Merril propone también que en las décadas de 1770 y 1780, las correrías en Nueva Vizcaya
alcanzaron niveles sin precedente, y que ese incremento se puede atribuir en parte a las
represalias apaches, por las frecuentes campañas militares tomadas en contra de ellos. Pero,
agrega, hay otros dos factores que pueden ser más importantes. Primero, el número de
personas en Nueva Vizcaya que dependía del ganado robado, y por tanto de las correrías
para su sobrevivencia, que se incrementó en este período. Estas personas incluían no sólo a
los apaches que fueron empujados hacia Nueva Vizcaya por medio de presiones del norte,
sino también al número creciente de los residentes locales que se unían a los apaches o que
estaban formando sus propias bandas. Muchas de estas bandas, si no todas, dependían de la
caza y de la recolección de recursos silvestres como parte de su alimentación. Para adquirir
carbohidratos, a veces compraban o robaban maíz y otros cultivos de poblaciones indígenas
y españolas de la región. Las bandas que lograban establecer campamentos casi
permanentes en áreas aisladas, donde había fuentes confiables de agua, también practicaban
ocasionalmente la horticultura. Su fuente principal de proteína animal, no obstante, era el
ganado que robaban. Preferían los caballos y las mulas a las reses y borregos, porque los
primeros podían ser alejados más rápidamente y proveían tanto de transporte como de
comida y derivaban de estos animales una cantidad significativa de materias primas, como
cueros que utilizaban para construir sus moradas.
El segundo factor fue el aumento en la demanda de caballos entre los indios y los europeos
al norte de Nueva Vizcaya. A mediados del siglo XVIII, la mayoría de las sociedades
indígenas al norte de Texas, habían transformado sus estrategias de subsistencia para
explotar las vastas manadas de búfalos que se encontraban allí, o estaban en proceso de
hacerlo. Los caballos les eran cruciales tanto para cazar eficientemente búfalos como para
defender su acceso a este recurso que les era tan importante. Criaban algunos de sus
caballos ellos mismos y también adquirían muchos por medio del comercio con sus
vecinos; los comanches y sus aliados los caihua y los apaches-caihua, eran los principales
proveedores de caballos para grupos que estaban más al norte. Al mismo tiempo, hubo un
enorme aumento en las correrías para obtener caballos entre los diferentes grupos
indígenas, con grupos situados más al norte atacando a los del sur, en una cadena que
terminó en las poblaciones españolas en la Nueva España septentrional.
En 1784, dos tarahumares originarios de Norogachi fueron condenados a muerte en la villa
de Chihuahua por su participación en las correrías. En el mismo año se informó que una
banda de tarahumares de distintos pueblos, se estaba reuniendo con apaches en la Sierra de
Norogachi para entregarles bienes robados. De igual manera se informa que tarahumares de
otros pueblos habían estado implicados en las correrías: Arisiachi, Babaroco, Baborigame,
Baquiriachi, Batopilillas, Bocoyna, Cabórachi, Cajurichi, Chinatú, Cocomórachi, Cuiteco,
Guacaibo, Guachochi, Guaguachí, Guapalaya (Guapaleina), Guasarachi, Guazapares,
Guebachi, Nabogame, Narárachi, Paguichí, Pamachi, Santa Ana, Sisoguichi, Tataguichi,
Tecorichi, Tejolócachi, Tenoriba, Tomochi, Tónachi y Tutuaca. Sin embargo, según
informes de los oficiales españoles, gran número de los participantes en las correrías
pertenecían a los pueblos de Guadalupe y Concepción, ambos visitas de la misión de
Babonoyaba.
Los rarámuri de Arisiáchi, amigos de los apaches.
Como a las diez de la mañana del día 22 de julio de 1863, una banda de aproximadamente
diez apaches asaltaron en el camino de Bachíniva a Cipriano Herrera y a su acompañante
de nombre Andrés, resultando bastante herido el primero con tres jarazos y un balazo en el
mollero del brazo izquierdo; el segundo recibió un balazo en el brazo derecho. Como botín
del ataque, los apaches se llevaron un caballo ensillado. Cuando Cipriano Herrera fue
rescatado y atendido, informó sobre lo acontecido, asegurando que entre los apaches había
reconocido al tarahumara Joaquín de Arisiáchi.
Inmediatamente fueron aprehendidos cuatro rarámuris acusados de complicidad con la
banda de apaches que habían cometido un asalto en el camino de Bachíniva a Santo Tomás.
Durante varios meses se les siguió la causa, fueron interrogados cincuenta vecinos del
pueblo de Arisiachic, incluso algunos gobernadores, como fue el caso de Rafael Corredor,
quien en su defensa argumentó que ellos siempre habían perseguido a los enemigos
apaches, que había muchos testigos de que habían peleado contra los apaches y no
entendían por qué se les acusaba de entregadores, si todos sabían que eran cristianos y que
pelearían siempre en favor del gobierno.
La investigación se siguió hasta finales de ese año y no obstante que los mestizos agredidos
reconocieron plenamente a uno de los asaltantes, todos fueron dejados en libertad, porque
durante los interrogatorios y careos no se les pudo comprobar que habían participado en el
asalto. Sin embargo, en las declaraciones que hicieron los testigos y acusados, se
expusieron datos muy interesantes respecto a la relación amistosa con los apaches en los
asaltos y también sobre la forma en que estos bajaban a tomar tesgüino a las casas de los
rarámuris. Esta es la parte interesante historiográficamente, porque muestra que las alianzas
y complicidad entre apaches y raramuris, estuvo presente muchas décadas después de lo
que se ha consignado en la primera parte de esta página.
Por otra parte, entre los datos del expediente encontramos algunos hábitos que tenían los
apaches, como el dato de que solo bajaban durante la noche y lo hacían en forma muy
cuidadosa para que no se enteraran todos los vecinos del pueblo. Uno de los interrogados
delató al rarámuri Dolores, asegurando que los apaches llegaban a su casa en la noche, pero
antes Dolores formaba una grande lumbrada para avisarles a los apaches que no había gente
forastera, entonces los apaches tomaban tesgüino hasta que les amanecía. Luego, Dolores
los dejaba encerrados todo el día, para que nadie se diera cuenta que habían estado en el
pueblo, pero principalmente para que no los viera la gente que pasaba de los otros pueblos.
También declaró que a Dolores nunca le faltaba la carne. Que los apaches comían la carne
de mula, que se decía que era muy buena con atole de pinole de bellota. Otro de los
interrogados dijo que los apaches no perjudicaban a los del pueblo de Arisiáchic, ni les
robaban nada. Que para no confundirlos cuando hacían un asalto, les dijeron que cuando
anduvieran por los caminos o en otros poblados se amarraran un trapo blanco en la cabeza.
Este es un dato muy interesante porque sugiere que la “collera”, característica de los
rarámuris, no la utilizaban antes de estos años.
Entre otras informaciones, uno de los interrogados dijo que los apaches usaban unos pitos
para comunicarse de lejos, pero también cuando atacaban; que a él le había tocado que le
pegaran unos siete apaches y que uno que andaba a caballo traía un pito y lo tocaba
mientras los otros atacaban.

La Fragua de los tiempos, enero 19 del año 2020 . Número 1331


Los apaches (Parte III)
Hasta la medianía del siglo XVII (1660) casi todos los territorios del septentrión “conocidos”
por la corona española, eran los que había recorrido Francisco Vázquez de Coronado y
Francisco de Ibarra cien años antes, agregándose en 1600 los recorridos en la expedición de
Juan de Oñate; todo esto correspondía a: Durango, Sinaloa, Sonora, luego las Californias,
Coahuila, Texas y Nuevo México. Estos espacios y lo que se continuaba hacia el norte, hasta
Alaska y Canadá estaban habitados desde miles de años antes, con una población muy dispersa
y poco numerosa.
Se sabe que aquellos pobladores originarios vivían principalmente de la caza, que su hábitat era
el mismo que el de los cíbolos, búfalos o bisontes, por lo tanto, si queremos saber algo de su
mundo, tenemos que saber primero cómo era el de los cíbolos.
El mundo de Los búfalos
En su libro “El bisonte de América, historia, polémica y leyenda”, la historiadora María del
Carmen Vázquez hizo el mapa donde pastaban los búfalos, desde Alberta, Saskatchewan y
Manitoba en Canadá, los estados de Montana, Dakota del Norte y del Sur, Minnesota, Iowa,
Missouri, Luisiana, Wyoming, Nebraska, Colorado, Kansas, Nuevo México, Oklahoma, Texas
y Arkansas en los Estados Unidos, y los estados de Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y
Tamaulipas en México. De esta importantísima obra publicada en el año 2015 por la UNAM,
he tomado la información referente al mundo de los búfalos.
Las primeras referencias de los búfalos las dejó Albar Núñez Cabeza de Vaca, en sus relatos
que se dieron a conocer bajo el título de Naufragios. Refiriéndose a su paso por las tierras de lo
que ahora es Texas, contó que había visto y comido “vacas” que eran del mismo tamaño a las
de España, con cuernos pequeños, moriscas, con el pelo muy largo y merino. También observó
a la gente que “vivía de alimentarse y vestirse de ellas”, destacando que le habían regalado
muchas mantas y cueros de vaca que usaban para vestirse y para hacer zapatos y rodelas
(broqueles, escudos, adargas).
La siguiente expedición la encabezó el franciscano Marcos De Niza en 1539, quien hizo una
relación fantasiosa que aportó poca información verídica, pero que despertó la ambición de los
españoles que en los años siguientes buscaron afanosamente el sitio donde se encontraban las
siete ciudades con sus maravillosas riquezas.
Solamente pasó un año para que, en 1540, Francisco Vázquez de Coronado, emprendiera una
nueva expedición, la más grande y costosa de todas las que se habían emprendido hacia el
norte. Llevaba trescientos soldados y mil indígenas para buscar las “siete ciudades de Cíbola”,
inventadas por Marcos De Niza. No encontraron las maravillosas riquezas, pero en los informes
que presentaron, dejaron testimonio de que se habían alimentado con la carne de las “vacas”, a
las que vieron por cientos de miles en todos sus trayectos.
A Vázquez de Coronado, el jefe de la expedición, le parecieron la cosa más monstruosa de
animales que se había visto. Mencionando que cada día encontraban más y más, que había
tantas que se podían comparar con los “pescados en la mar”, que estaban tan cubiertos los
campos de vacas, que aunque quisieran ir por otro lado, tenían que pasar por en medio de ellas.
Aseguró que algunos caballos que llevaban habían sido heridos por las arremetidas que les
daban los “toros”, que incluso algunos habían quedado muertos.
El mismo año (1540), Herando de Alarcón hizo un recorrido por mar partiendo de Acapulco,
navegando por el Golfo de California hasta entrar por el Río Colorado. Uno de sus soldados,
que no indicó su nombre, se refirió a una tierra “llana como la mar, con tanta multitud de vacas,
que no tenían número”, escribió que eran parecidas a las de Castilla, pero de mayor tamaño,
que tenían una joroba pequeña en la cruz y eran más bermejas, tirando a negro. Con una lana
más larga que les colgaba entre los cuernos, orejas y barba, que por las espaldas y debajo de la
papada tenían pelo parecido a crines, y que en el resto del cuerpo estaban cubiertos con una
lana pequeña a modo de merino. Indicó que la carne era muy buena y tierna, con mucho cebo.
De los indios aseguró que no sembraban ni recogían maíz, que su mantenimiento provenía todo
de las “vacas”.
Otro de los soldados, el capitán Juan Jaramillo, escribió que cuando habían entrado a los llanos
no habían visto “vacas” durante cuatro o cinco días, pero que a la quinta jornada se habían
topado con una enorme suma de “toros”, a los que siguieron por un par de días hasta
encontrarse con una grandísima cantidad de “vacas, becerros y toros, todo revuelto”. También
se refirió que se habían encontrado con los indios llamados querechos, “los de las casas de
azotea”, que cazaban entre esas manadas y que dependían a tal grado de ellas “que todo su
menester humano era de las vacas”, porque de ellas comían, vestían y calzaban.
De todos los expedicionarios que entraron en el mundo de los búfalos, fue Baltazar de Obregón
quien dejó más información en el siglo XVI. En la Fragua anterior cité algunos datos de su
crónica.
Hubo otras expediciones antes de llegar a su fin el siglo XVI, la más importante fue la de Juan
de Oñate, quien salió hacia el norte en diciembre de 1598 colonizando el territorio de Nuevo
México. Encontró búfalos en gran abundancia, y ante la gran cantidad que tuvieron a la vista,
algunos de los soldados, con sueños ganaderos, intentaron transportar un gran rebaño,
llevándolo de regreso con ellos; hicieron un “rodeo” separando cientos de vacas de cíbola,
pensaban que ya las habían controlado, pero éstas no eran como las de España, rompieron el
cerco atacando con furia lo que encontraban a su paso, tumbaron a los caballos con sus jinetes,
quedando muchos de estos malheridos. Ante el fracaso, los vaqueros españoles se conformaron
con sacrificar algunas de las “vacas”, almacenar la manteca y cortar mucha carne en cecinas.
Después de Juan de Oñate, se emprendieron nuevas expediciones y se escribieron muchas
descripciones de lo que se había encontrado. En 1625, el geógrafo flamenco Johannés de la
Laët, escribió La historia del nuevo mundo, donde incluyó una cartografía y muchos dibujos de
lo que se sabía hasta entonces, que no era muy preciso, refiriéndose a los búfalos como
“bueyes, toro de cíbola, vacas jorobadas”, pero algo muy interesante, según me parece, es que
se refirió a los cazadores como “apaches vaqueros” que se sustentaban con ellas. Esta
referencia concuerda con la descripción que había hecho Baltazar de Obregón y fortalece la
hipótesis de que los “indios vaqueros” fueron los ascendientes de los apaches.
Hacia el año de 1674 se establecieron cuatro misiones en Coahuila para evangelizar y controlar
a los indios. Fernando del Bosque escribió un diario y al igual que todos los cronistas, indicó
que habían encontrado “muchos ganados de síbulo”, que les habían servido de alimento. Desde
1645 ya era común que viajeros, cronistas y misioneros se refirieran a los “cíbolos” o “cíbolas”.
Relato curioso:
Alonso de León, nombrado gobernador de la provincia de Coahuila en 1687, fue informado de
que a la otra banda del Río Grande (Bravo), existía una ranchería con muchos “indios
enemigos”, gobernados por un francés que se decía enviado de Dios para fundar pueblos, y que
hablaba muy bien la lengua de esos naturales que lo protegían y servían. Ante esa noticia, León
organizó una expedición con 18 hombres para hacerlo prisionero. Encontraron en el camino
cerca de quinientos indios matando “cíbolas” para hacer cecinas, y fueron ellos los que
indicaron cómo llegar a la morada del galo.
Al llegar al sitio indicado encontraron trescientos “indios guardianes” que salieron a recibirlos
y otros 42 que estaban armados con arcos y flechas en la puerta de la morada fabricada con
cueros de “cíbola”. Se asombraron con la limpieza del lugar y con tres asientos hechos con
cuero, “bien aderezados y peinados”; en sillón que estaba al centro, adornado con grandes
almohadas de piel, reposaba el francés, flanqueado por dos indios “de los más principales”.
Según la versión que presentó Alonso de León, le informó al francés que detrás de él venía una
enorme retaguardia de españoles con la misión de trasladarlo al Río Grande; continuando el
relato escribió Alonso de León que el “enviado de Dios” mostró grande resistencia, mientras
los indios se hincaban delante de él, lo abanicaban con plumas, le limpiaban el sudor, y
“ajumaban” la habitación con cebos de venado. Explicó que ante la resistencia del francés, les
hizo varios regalos a los indios hasta que los convenció de que se lo llevaban, porque el virrey y
el arzobispo querían “hablarle, vestirle y regalarle”. Fue así como lograron subirle a un caballo
para ser conducido ante la autoridad.
Encontrándose en San Francisco, Coahuila, el francés fue interrogado. Dijo ser cristiano y tener
dos nombres: Francisco y Juan Géry –se le conocería más bien como Juan Jarry–, que era uno
de los integrantes de la malhadada quinta y última expedición del caballero de La Salle por el
río Mississipi. Explicó que se dedicaba a juntar naciones de indios para hacerlos sus amigos
con la ayuda de los que ya estaban bajo su dominio, los que asolaban y destruían a los que no
querían unirse a él. Contó, así mismo que en la región –La Bahía del Espíritu Santo– se habían
establecido muchos franceses desde hacía como quince años.
Alonso de León hizo en marzo de 1689 una nueva expedición a dicha Bahía –había ido a buscar
franceses entre 1685 y 1686 sin tener éxito– encontrando ahora, sin embargo, sólo ruinas y la
suma de doscientos libros en francés desparramados por el suelo, porque los indios de la costa
habían realizado el asalto, saqueo y muerte de aquellos colonizadores.
Del “enviado de dios” ya no se dijo nada más en el informe, o tal vez la autora del libro que he
citado, Carmen Vázquez, ya no consideró necesario seguir con ese relato, que más bien parece
una de esas ficciones que tanto les gusta inventar a los gringos.
Entre la resistencia y la guerra.
Revisando los informes y narraciones de las expediciones españoles de la segunda mitad del
siglo XVI (1550-1600) y de las que se hicieron en los años siguientes, hasta muy avanzado el
siglo XVII, surgen tres propuestas que pueden servir como pistas para investigaciones de
fondo.
Primero.- El espacio de los pobladores originarios del norte de la Nueva España se extendía
hacia el extremo del Continente, llegando hasta la parte meridional de Canadá. Al iniciarse el
siglo XVII (1600), los habitantes de este gran territorio eran desconocidos para el resto del
mundo. Los españoles, que fueron los primeros en llegar, sólo habían recorrido y fundado
algunos centros de población en lo que sería la frontera del territorio conquistado: Coahuila
(incluyendo Texas), Durango (incluyendo Chihuahua y Sonora. La población de este territorio
fronterizo estaba ocupada mayoritariamente por cazadores y pequeños núcleos de los llamados
“indios pueblo”.
En el año 1790, el Virrey Juan Vicente Güemes ordenó que se hiciera el registro de la
población de la Nueva España. Con las deficiencias en los procedimientos técnicos de la época
se hizo y se conoce como el Censo de Revillagigedo. Fue el primer censo oficial de México.
Por la importancia de su contenido, la Dirección General de Estadística del gobierno de la
República lo publicó en 1977 bajo el título: “Primer censo de población de la Nueva España.
1790. Censo de Revillagigedo, un censo condenado”.
Con todas las fallas que tuvo, es una de las principales referencias que utilizan los demógrafos
que investigan este período, junto con los datos que levantó Alejandro de Humboldt, es el censo
que cualquier investigador tiene que usar como referencia cuando se estudia la etapa final del
dominio colonial.
Como primer dato grueso, es de hacerse notar que la población mundial en ese momento
comprendía 728 millones de individuos, mientras que la población del continente americano se
calculaba en 26 millones, de los cuales 19 millones vivían en la parte hispana. De estos
diecinueve millones, la Nueva España no completaba los 5 millones.
Por otra parte, la historiadora Victoria Lerner en su ensayo: Consideraciones sobre la población
de la Nueva España (1793-1810) hace una revisión de las cifras presentadas por Humboldt y
Navarro para establecer la población de Durango (incluido Chihuahua) en 122,000 habitantes;
Sonora 93,000; Nuevo México 31,000; Coahuila 13,000. De Texas no aparece la cifra, pero en
otro cuadro se presentan los números de pobladores criollos, indígenas, mestizos, sumando las
tres columnas una población total de 3,400 habitantes.
Segundo.- De acuerdo a la historiadora María del Carmen Vázquez, la población de cíbolos o
búfalos, se extendía en buena parte del continente y presenta la cifra de sesenta millones de
cabezas. En todos los recorridos que hicieron los españoles, la fuente principal de su
alimentación fue la carne de búfalo y la obtenían fácilmente porque éstos no se espantaban ante
su presencia. Entre los datos que aportan algunos de los expedicionarios, se destaca que aun
encontrándose en el centro de una manada se podía matar a uno de los animales y los demás
seguían pastando como si nada, sin huir, ni agredirlos.
Tercero.- Tal vez lo más importante de lo que he avanzado hasta esta parte, es que de acuerdo a
las crónicas, informes y reseñas que los propios expedicionarios dejaron, durante los primeros
recorridos fueron recibidos pacíficamente por los pobladores del territorio fronterizo de la
Nueva España, no los hostigaron, no los atacaron, al contrario, los ayudaron.
¿Cuándo cambió la actitud de los antiguos pobladores y cuáles fueron las causas que la
provocaron?
¿Fue una respuesta general que se expresó en todos los territorios, o se trató de bandas, grupos,
tribus que no estaban dispuestos a que los invadieran?

La Fragua de los tiempos, enero 26 del año 2020. Número 1332


Los apaches (Parte IV)
“Son los apaches que hostilizan estas tierras, ferocísimos de condición, de naturaleza
sangrientos, de habitación bárbaros, de genio indomable; es una gran chusma de ladrones que
viven como fieras en los campos, en los riscos, en los peñascos; tan pertinaces en la guerra que
jamás sueltan de sus manos las armas, tan alentados que en parándose venden su vida a costa de
muchas muertes; tan recios de compresión que ni el frío, ni las nubes, ni los ardores del sol los
rinden, tan indomables, que ni el cariño ni los favores los domestican, ni los castigos ni las
muertes los reducen.- Andan en tropas como montaraces, trajinan todos los caminos, en donde
su fiereza no perdona ni a sexo ni a edad. Viven de robos y se mantienen de latrocinios. Tienen
estrechada y acordonada esta provincia con un continuo asedio, de suerte que por todos lados
hay peligros, sustos y muertes; no hay camino, puesto, entrada ni vereda que no tengan ocupada
estos indomables enemigos, en donde a sus manos perecen sin piedad, con atroces muertes los
comerciantes, caminantes e indios mansos, cuyas cabelleras llevan a bailar como triunfo de sus
sangrientos trofeos. No oímos otra cosa que lamentos, lágrimas y clamores de afligidos. Sus
entradas y avances a estos pueblos son todas las lunas, en varias tropas y por varias partes, de
suerte que antes de experimentar el golpe de su crueldad, que se siente en el golpe de su
ejecución, tienen ya aniquiladas las estancias de ganados. Las reales haciendas y casas se han
despoblado retirándose sus moradores al centro de la provincia, por juzgarse más seguros, y
hasta allí los alcanza el golpe porque en ninguna parte hay seguridad. Las tropas se aumentan,
los atrevimientos crecen, las hostilidades se lloran y no se remedian, los daños se sienten y no
se reparan, la libertad de entrar en la tierra no tiene obstáculo, el cuerpo que van tomando es tan
grande que no se ha podido resistir y quiera Dios que no se llegue a cancelar el desengaño con
más lamentables sucesos."
(Informe que en 1740 envió el rector de las Misiones de la Compañía de Jesús en Sonora, al
Virrey de Nueva España).
Como se vio en el número pasado de La Fragua, los territorios originales de los Apaches eran
los territorios de cacería, que se extendían desde Sonora (con Arizona y La Mesilla), Nuevo
México, (incluyendo Colorado) y Chihuahua. En este espacio se habían desarrollado numerosas
naciones, mucho antes de la irrupción de los españoles e ingleses. No se ha dilucidado el cómo
y el cuándo llegaron los primeros grupos agrícolas, tampoco se sabe mucho de cómo se
relacionaron éstos con los cazadores, sin embargo se puede sugerir que hubo una adaptación
natural en la medida que no se competía por el espacio, las tierras de siembra estaban
concentradas en lugares con agua permanente mientras que la cacería se extendía entre las
grandes planicies cubiertas de pastos.
Con el nombre de “indios pueblo”, se identifica a los sembradores y constructores de grandes
casas que formaban una población muy numerosa en la parte sur de Nuevo México. Pero antes
de la llegada de los invasores, se habían desarrollado grupos emparentados con esta cultura en
el estado de Chihuahua. Se han encontrado vestigios arqueológicos de esta cultura en Casas
Grandes, Galeana, Villa Ahumada, etc.
Las primeras grandes rebeliones del septentrión las protagonizaron los tepehuanes, los
rarámuris, pero la más desastrosa para los españoles fue la de los Indios pueblo de Nuevo
México en 1680, es muy probable que grupo se apaches hayan intervenido como aliados de los
rebeldes quienes derrotaron a los españoles y los expulsaron durante más de diez años.
En los documentos coloniales quedaron registrados muchos juicios de los “blancos” contra los
apaches, un ejemplo de estos es el que se ofrece al inicio de esta entrega. Los apaches no
dejaron casi nada de lo que pensaban de los blancos, sin embargo hay algunos testimonios
como el de Gerónimo que dejó en las memorias que le dictó a los 76 años a un profesor de
Oklahoma en 1905. Tuve la suerte de conseguir un ejemplar de la edición que se hizo en
español y que fue publicada en La Habana en 1982. De esta obra he tomado algunos pasajes del
testimonio del jefe apache.
Las Memorias de Gerónimo
“En las numerosas guerras que libramos contra los mexicanos, resulté herido ocho veces: recibí
una bala en la pierna derecha, encima de la rodilla, que no me han extraído; otra bala me
atravesó el antebrazo izquierdo; recibí una herida de sable en la pierna derecha, debajo de la
rodilla; otra en la parte superior del cráneo, con la culata de un fusil; una bala me rasguñó el
ángulo externo del ojo izquierdo; recibí un balazo en el costado izquierdo y otro en la espalda.
Yo mismo maté a muchos mexicanos. No sé cuántos exactamente, porque muchas veces no los
contaba. Algunos no valía la pena contarlos, esa es la verdad.
Ha pasado mucho tiempo, pero sigo sin querer a los mexicanos. Conmigo siempre se han
mostrado desleales y criminales. Estoy viejo ahora, y nunca más volveré a tomar el sendero de
la guerra, pero si fuera joven y pudiera tomar el sendero de la guerra, me iría derecho hasta
México”. (Gerónimo)
En 1850, al igual que hoy en día, el poblado mexicano de Ramos o Kintal (del municipio de
Casas Grandes) era un pueblo bastante grande, comparado con otros asentamientos en el norte
de Chihuahua. Tenía una población de ochocientas o mil personas que vivían en las usuales
casas de adobe de techo plano, agrupadas alrededor de una iglesia grande. No había muros
alrededor del pueblo y estaba construido en el terreno plano.
Los apaches de Warm Springs de la zona de las Montañas Negras en el suroeste de Nuevo
México y el oriente de Arizona, habían estado en buenos términos con la mayoría de los
mexicanos desde la época del gran jefe Mah-ko, amante de la paz. Les gustaba visitar
poblaciones como Ramos para intercambiar cueros de animales y pieles, por ropa de colores
brillantes, cuchillos, adornos y otras cosas de valor.
Algunas pocas familias de los apaches de Warm Springs fueron al sur para acampar a lo largo
del río, cerca de Ramos, como había sido su costumbre desde el pasado. Durante el día hacían
tratos comerciales en el pueblo, mientras que las noches las pasaban en su campamento,
cantando, contando historias, bailando y haciendo apuestas.
“Un día llegó un corredor al campo, diciendo que todos tenían que ir al pueblo. Los
"hospitalarios" mexicanos acababan de destilar una gran cantidad de mezcal y estaban
ofreciendo bebidas para todos los que llegaran. El licor era completamente gratis, todo lo que
los indios pudieran beber y hasta donde lo quisieran en las cantinas, y luego podrían llevar un
poco al campamento. La caótica rebatiña que siguió a este anuncio dejó el campamento
desierto, a excepción de personas demasiado viejas o jóvenes para caminar. Los apaches podían
morder el anzuelo o caer en una trampa siempre que se les ofreciera licor. Incluso el apetecible
olor del aguardiente embotaba sus precauciones naturales.
Ese día, los apaches se pasaron un momento salvaje en Ramos, sin notar en su jarana que en las
calles no había una sola mujer mexicana o ningún niño, y que solamente los perros sarnosos y
los puercos placeros estaban aún dormidos a la sombra. El jolgorio continuó en el campamento
hasta bien entrada la noche. El apache nunca bebe con moderación. Está tomando
continuamente hasta que se acaba el licor o hasta que cae inconsciente. Así sucedió en esta
ocasión.
Poco antes del amanecer, los soldados mexicanos y los habitantes del pueblo se deslizaron en el
campamento indio. Ya llevaban listos sus mosquetes, espadas, cuchillos y palos. A una señal, el
violento ataque con disparos comenzó. Luego de esta descarga, el apuñalamiento, los hachazos
y golpes de palos a las formas yacentes comenzaron. Hubo maldiciones en español, gruñidos
sordos, unos pocos gritos y el lloriqueo de un niño. Aquí y allá el ruido de la tela indicaba
donde algunos de los indios más alertas lograron esconderse en la semioscuridad. Pero pocos lo
lograron. En poco tiempo, la mayor parte de los indios yacían empapados en su sangre, muertos
o muriendo. Los mexicanos se dieron a la obra con afilados cuchillos, desgarrando con
violencia los trofeos por los cuales recibirían oro y plata de parte de sus autoridades. Es triste
que el precio fuera de 200 pesos por el cuero cabelludo de un hombre, con cantidades menores
para los de mujeres y niños.
Pocos días más tarde varios sobrevivientes llegaron en forma desordenada a los principales
campamentos de los indios, cerca de Warm Springs, al oeste del Río Grande. Le contaron al
resto de la banda lo que había sucedido. Durante muchos días y noches el lamento continuo
podía ser escuchado en los tipis y en lo alto de las colinas circundantes al amanecer de cada día.
Apenas había un grupo familiar que no hubiera tenido la pérdida de uno o más de sus
miembros.
El deseo de venganza quemaba con más ferocidad mientras pasaban los días y las semanas.
Finalmente, Baishan, el jefe principal de los apaches de Warm Springs llamó a consejo a los
jefes de varias bandas. Entre los que respondieron estaban Cochise, jefe de los chiricahuas,
nuestros parientes cercanos de las Montañas Chiricahua al suroeste de nosotros; los mangas
colorado de los mimbreños, quienes vivían cerca de Santa Rita y otros cuyos nombres no
recuerdo.
La decisión había sido hecha para atacar Ramos. Se encendió una hoguera por la noche en el
centro de un gran círculo hecho alrededor de donde se reunieron los espectadores. A diez pasos
al oeste del fuego se sentaron cuatro o cinco hombres que tocaban los tambores y golpeaban
una pieza de cuero, mientras cantaban en un tono muy alto un cántico raro que pudiera recordar
a la música de las gaitas de los pelirrojos, siendo tanto marcial como estimulante. De vez en vez
gritaban el nombre de algún guerrero destacado, quien entonces salía de entre la multitud y
caminaba alrededor de la hoguera mientras que los cantantes describían su valentía y acciones
de guerra. Esta era la señal para que otros indios que desearan tomar las armas se unieran a este
hombre en el paseo y más tarde sirvieran bajo su liderazgo durante el ataque.
Luego de la danza, los guerreros comenzaron la preparación para invadir México. Varios meses
pasaron antes de que todos estuvieran listos para comenzar. El gran conjunto se componía de
175 guerreros bien apertrechados, más un gran número de jóvenes aprendices, que no tomarían
parte en la lucha real, sino que ayudarían a los hombres que peleaban en otras formas, buscando
sus caballos y equipo y cocinando la comida mientras estaban en camino.
Habiendo hecho su encuentro nocturno en una fuente de agua al norte de Ramos, los apaches
vieron el pueblo a la distancia, explorando el área en busca de soldados. No vieron ninguno.
Esa noche, los curanderos hicieron sus profecías, todas las cuales eran favorables. El jefe
Baishan entonces dio instrucciones para el ataque.
Antes de entrar a la batalla el guerrero apache siempre busca su camisa y la dobla bajo su
cinturón, de manera que no se pierda durante la acción. Siempre he entendido que nuestros
hombres lo hacían así para distinguir al amigo del enemigo, este último, estaría vestido o de
uniforme. Es posible, también, que esto ayudara a los hombres a esconderse mientras
avanzaban a través de las rocas o reptaban en el suelo, puesto que el color de su piel se
mezclaría mejor con el rojo y marrón de la tierra.
Cuando Baishan dio la orden, los hombres avanzaron rápidamente y en silencio hacia Ramos.
A la vista del odiado lugar, los pensamientos de los parientes muertos llenaron la mente de cada
uno de los hombres. Casi a una voz los guerreros irrumpieron con su grito de guerra y luego se
lanzaron al combate. Todos los planes y órdenes se olvidaron. Se extendieron por las calles
angostas y se abrieron en la plaza central. Aquí fueron enfrentados por 30 o 40 mexicanos
armados, trataban de formar una línea frente a la iglesia.
Más y más mexicanos aparecieron, resistiendo desesperadamente, sabiendo muy bien que no
habría misericordia por ninguno de los dos lados. No la hubo. Al derretirse la línea de
mexicanos, pequeños grupos comenzaron a meterse por callejones y patios traseros, los indios
los perseguían como tigres. La plaza se llenó de blancas nubes de humo de la antigua pólvora
negra. En la neblina y confusión algunos indios fueron golpeados por otros. El aire se llenó de
flechas lanzadas en todas direcciones, pegando de refilón en los edificios. Al retirarse los
mexicanos, los indios que estaban en sus cabalgaduras galoparon tras ellos y los atravesaron
por la espalda con las lanzas.
Al poco tiempo la lucha terminó, excepto para los indios que buscaban entre las oscuras casas
en busca de refugiados escondidos. No se tomaron cautivos. Y no se tomaron cabelleras, pues
ésta no era una práctica de los apaches, a pesar de las muchas historias irreales al respecto.
La victoria fue completa. Los apaches se quedaron en Ramos unos momentos solamente para
saquear, escondiéndose para no ser atrapados por los refuerzos que vendrían de Janos y Casas
Grandes. Cargaron a sus heridos en los caballos y se retiraron. Los hombres que tomaron parte
en esta batalla, especialmente aquellos de mi parentela, más tarde me dijeron que todos habían
acordado en que ésta era la más grande de las victorias apache. Sus pérdidas habían incluido un
buen número de hombres famosos, además de Baishan. Sus nombres ahora están olvidados,
porque esa es la costumbre apache.
El regreso a casa en Nuevo México fue feliz. Toda la tribu estaba tremendamente orgullosa de
sus luchadores y durante años gustaron de escuchar las historias de la batalla, repetidas una y
otra vez. Entre aquellos que aumentaron su reputación en la batalla, estaban Cochise, Nangas
Colorado, Benito, mi primo Goyakla, y mi abuelo, Tudeevia.
Nuestro pueblo sintió que los mexicanos de Ramos habían recibido su merecido por el
traicionero ataque que nos hicieron, pero nunca disminuyeron el odio amargo de los mexicanos
a partir de ese día.”

La Fragua de los tiempos, febrero 2 del año 2020. Número 1333,


Los apaches (Parte V)
El 10 de agosto de 1680 se inició la sublevación de los habitantes de la región del Moqui, en la
parte occidental de Nuevo México. Esta fue una de las guerras más desastrosas para los
invasores españoles en el septentrión de la Nueva España. Los sublevados, identificados como
habitantes de los Indios Pueblo, dieron muerte a veintidós misioneros y a todos los españoles
que cogieron diseminados en aquella apartada región, arrasaron los pueblos, destruyeron las
misiones y profanaron los objetos del culto religioso. En total causaron más de seiscientas
víctimas entre hombres, mujeres y niños.
Después de arrasar esa región atacaron y sitiaron la villa de Santa Fe, donde los españoles
protegidos por la oscuridad, rompieron el sitio, retirándose a Paso del Norte (ciudad Juárez). El
virrey ordenó al general Domingo Jironza que se hiciera cargo del gobierno de la Provincia y
que organizara un ejército, incluyendo algunas compañías de indios auxiliares. Los sublevados
se retiraron sin presentar combate. El general Jironza recorrió los lugares de asentamiento
destruyendo todo a su paso; se incendiaron rancherías y maizales, pero no logró someterlos. A
la vuelta de unos meses volvieron a alzarse, llevando el robo, el asesinato y la destrucción a los
lugares que tocaban.
A pesar de haber sido reconquistada la Provincia de Nuevo México, amenazaba quedarse
despoblada en virtud de que muchos españoles avecindados antes de la sublevación, se
dispersaron por los pueblos y reales de minas de la Nueva Vizcaya y no querían regresar al
norte por el peligro existente, por lo que la Junta de Guerra celebrada en México bajo la
presidencia del virrey, acordó prevenir al gobernador de la Nueva Vizcaya que ordenara a todos
los españoles que se encontraban en este caso que volvieran a Nuevo México bajo la pena de
ser tratados como traidores al rey si no obedecían.
Es muy probable que grupos de apaches hayan intervenido como aliados de los sublevados y
también se puede sugerir que después de este gran triunfo algunos grupos entre los apaches
hayan decidido combatir a los invasores, siguiendo el ejemplo de sus vecinos de Nuevo
México.
Los Presidios de Nueva Vizcaya
En la historia de la apachería en el norte de México, como en todo el proceso de conquista de
América, los invasores avanzaron sobre dos poderosas fuerzas: las misiones y los presidios. Por
ahora presentaré algunos datos respecto a los presidios y los soldados que integraban estas
fuerzas de sometimiento y, en algunos casos, de exterminio.
La palabra Presidio se comenzó a utilizar para hacer referencia a los fuertes que fundaron los
españoles en el norte de África para cuidar los caminos, desde los cuales eventualmente
dirigían expediciones militares en contra de los insurrectos. El vocablo se retomó en América y
se empezó a utilizar en los presidios que se fundaron en la ruta de México a Zacatecas en la
segunda mitad del s. XVI (1550).
Al respecto, el historiador Francisco R. Almada escribió los siguientes datos:
“En 1702 se organizó el sistema regular de los presidios militares, con un mínimo de cincuenta
soldados cada compañía, y se formó un plan de conjunto para perseguir y castigar a los
apaches.- En una junta de guerra celebrada en México el 29 de julio de 1704, bajo la
presidencia del virrey Duque de Linares y con asistencia de cinco jefes militares que habían
operado en el norte, se acordó emprender una campaña ofensiva con tres columnas de ciento
cincuenta hombres cada una, tan pronto como hubiere pasado la estación de lluvias, trillar todas
las tierras sembradas por los indios rebeldes y vigilar todos los aguajes para evitar que llegaran
a ellos. Se acordó, igualmente organizar periódicamente una columna volante de cincuenta
soldados a recorrer la línea fronteriza de la apachería.
En 1725 se comisionó al brigadier Pedro de Rivera para que verificara una visita general a las
Provincias septentrionales del virreinato y sus presidios y, como resultado, produjo un amplio
informe que sirvió de base para introducir algunas reformas en la organización de dichos
presidios”.
La historiadora Chantal Cramaussel y el historiador Celso Carrillo Valdez escribieron el libro
“El Presidio de San Pedro del Gallo (1685-1752) Fuentes para su historia, algunos datos
referentes a la dinámica de los presidios. Del Estudio Introductorio seleccioné los siguientes
datos:
“El primer presidio de la Nueva Vizcaya se fundó en 1646 y fue el de San Miguel del Cerro
Gordo, que protegía la ruta de Parral a Zacatecas, constantemente amenazada por los indios que
atacaban las caravanas de los comerciantes. Como era insuficiente, en los años siguientes se
decidió que era necesario crear una cadena de presidios y en el año 1667 se propuso crear una
serie de atalayas custodiadas por soldados en el camino real de tierra adentro, para que los
militares, auxiliados por indios amigos, acompañaran a los transeúntes y cuidaran de las
carretas de los mercaderes. El gobernador Oca y Sarmiento elaboró un mapa con las diez
atalayas ubicadas entre Santa María de las Nieves (hoy Nieves, Zacatecas) y Parral, eran las
siguientes: Todo Santos; Atotonilco; La Parida; Cerro Gordo; Cruces; El Gallo; Atalaya sin
nombre, localizada en el Río Nazas; La Vieja; Santiago; Santa María. De estas atalayas no
todas se convirtieron en Presidios, pero fue importante la ubicación”.
En el mismo libro citado se presentan datos sobre el funcionamiento del Presidio del Gallo, que
sirven como referente para conocer los demás.
Cada presidio estaba a cargo de un capitán que casi siempre era español con buenas influencias.
Por lo general estaban integrados por cincuenta soldados. A partir de 1727 se le agregó al
capitán del Presidio del Gallo la función como “protector de los indios”, lo que quería decir que
tenía que vigilar a los nativos para que cumplieran sus obligaciones para con la corona, que
consistían principalmente en trabajar para los españoles a título de tributo, durante dos meses
de cada año, advirtiéndose que de no hacerlo podían ser reducidos a la esclavitud.
En el Archivo Histórico Municipal de Parral encontraron los autores del libro citado, nueve
listas correspondientes a distintos años de la primera mitad del siglo XVIII (1695- 1747),
solamente se numeran los nombres de los soldados, pero hay algunas en las que se ofrece
mayor información, como por ejemplo de dónde eran originarios, edades, tiempo de servicios y
las deudas que tenían con el capitán. Algo que considero de mucho interés es que a los soldados
del Gallo, que cobraban su salario en Sombrerete, para el año de 1718 se les debía dos años de
salario, y se agrega que los abusos contra ellos eran frecuentes. Generalmente el capitán les
adelantaba dinero para que compraran armas, de manera que prácticamente todos quedaban
endeudados. Los soldados comprometían año tras año su salario con los bienes que se les había
adelantado y además se les pedía un donativo forzoso para erigir nuevos presidios.
Las armas que debían tener los soldados consistían en arcabuz, espada y lanza. Como escudo
contra las flechas, se usaba la cuera (chaleco de cuero grueso), la darga, la espada y la lanza.
Además tenían requerían silla de montar y espuelas. Según el reglamento de 1729, cada
soldado debía tener seis caballos porque en cada campaña llevaba cuatro o cinco para remudar,
además de dos mulas para el transporte del bastimento y de sus muy pesadas armas. Pero los
caballos y las mulas eran bienes muy preciados por los indios, no sólo como montura, sino
también para alimentarse, y se los robaban a menudo. Era frecuente que aprovechando la
ausencia de la mayor parte de los integrantes de la tropa, los nativos se apoderaran de la
caballada del presidio.
En 1753 se eliminaron algunos presidios porque se consideraba que ya no eran necesarios y se
consideró, además que estos habían dado origen a un vecindario estable que podía defenderse
solo. Para demostrarlo se mandó levantar un padrón no sólo de los presidios reformados, sino
de sus familias, llamado Lista individual de todas las familias allí individuadas, en las que se
indicó las armas de las que disponían. No se conservaron esos padrones, pero se sabe que la
idea era que los vecinos conformarían una compañía miliciana y seguirían patrullando por el
camino real de tierra adentro, pero ya sin recibir salario de la Real Hacienda”.
Para concluir estas notas referentes a los presidios militares del norte de la Nueva España he
seleccionado dos testimonios respecto a las condiciones en que vivían los soldados presidiales.
El primero lo dejó Humboldt entre las notas que escribió sobre sus exploraciones por el norte
de América:
"La tropa mexicana de los presidios está expuesta a continuas fatigas. Todos los soldados son
naturales de la parte septentrional del reino de México; son unos montañeses de alta estatura,
robustos en extremo, y tan acostumbrados a los hielos del invierno, como a los ardores del sol
en verano. Constantemente bajo las armas, pasan su vida montados a caballo y hacen marchas
de ocho a diez días atravesando arenales desiertos sin llevar consigo más provisiones que
harina de maíz, que deslíen en agua cuando encuentran una fuente o un charco en el camino.
Algunos oficiales instruidos me han asegurado que sería difícil hallar en Europa una tropa más
ligera en sus evoluciones, más impetuosa en los combates, ni más acostumbrada a las
privaciones que la de los presidios."
Juan Miguel Riesgo, José Francisco Velasco y otros autores, elaboraron en 1822 la Memoria
sobre las proporciones naturales de las Provincias Internas Occidentales, de este documento
seleccioné las siguientes líneas:
"Las miseria que han padecido, y padecen en la actualidad aquellas recomendables tropas y
vecindarios, no podemos explicarla con proporción a su gravedad. Los vecindarios se han
privado por sostener al soldado de su propia subsistencia, y se les está debiendo el fruto de sus
afanes: ¿qué decimos sólo el fruto de sus afanes? Lo que indispensablemente necesitan para
que ellos y sus infelices familias no perezcan al rigor de la miseria. Las tropas, sus mujeres (sic)
y sus hijos, se hallan desnudos pero ¿en qué grado desnudos? ¡Ah! Desnudos hasta el punto que
hay muchas madres e hijas que no asisten al santo sacrificio de la misa porque no pueden
concurrir a la iglesia sin ofender al pudor; y desnudos hasta el punto que ateridos de frío en
aquellos climas rigurosos no tienen en mucha parte una grosera frazada con que abrigarse.
Todo esto es mucho; pero todavía es más que apenas se les da una escaza ración de maíz por
único alimento: en esta situación miserable están comprendidos los oficiales: hay algunos a
quienes se les deben cinco o seis mil pesos de sus sueldos: y hay soldados que tienen créditos
por más de mil quinientos pesos, lo cual prueba hasta la evidencia las miserias indecibles que
por espacio de mucho tiempo han padecido."
Así fue como, la idea del vecino y del soldado presidial, viviendo en las peores condiciones por
la falta de pago oportuno, fue planteada a lo largo de las obras, urgiendo al "gobierno general" a
cubrir con oportunidad sus haberes. Desde 1822 se construyó la imagen del soldado presidial y
del vecino de carácter dócil y bien intencionado que por ello permanecía leal ante la corona.

La Fragua de los tiempos, febrero 9 del año 2020. Número 1334


Los apaches (Parte VI)
En La Fragua de este domingo he utilizado exclusivamente el ensayo de William M. Merril, del
Smithsonian Institution. Esta obra la publiqué por primera vez en español, hace veinte años, en
el número 6 de la revista “Textos de la Nueva Vizcaya”, con el título La Economía Política de
las Correrías: Nueva Vizcaya al Final de la Época Colonial.
En el año 1748 los apaches estaban atacando poblaciones españolas en los alrededores de la
ciudad de Chihuahua y el norte del valle del Río Papigochi (Guerrero). Los ataques se
extendieron en una línea de 800 kilómetros, desde el presidio de Janos al norte hasta la capital
provincial de Durango.
El autor de estas investigaciones, William Merril, documenta que los oficiales españoles
asumían que estas invasiones las realizaban exclusivamente apaches Gileños y Mezcaleros, de
manera que sus estrategias militares y las campañas las dirigían hacia sus territorios del norte, a
la vez que preparaban sus defensas para impedir que los apaches entraran a territorio de la
Nueva Vizcaya. Sin embargo, a fines de 1771, descubrieron que dentro de la sociedad colonial,
los apaches contaban con el apoyo, tanto de indios como de no-indios. Descubrieron que desde
1760 se había extendido la alianza entre apaches y tarahumaras, aunque también intervenían
cholomes (grupo originario del entronque de los ríos Concho y Bravo del Norte), tepehuanes,
así como algunos españoles y mestizos “ de la ley
Merril anotó que el el impacto demográfico y económico de esta violencia fue devastador,
asegurando que de 1748 a 1772 habían sido muertos cuatro mil personas, se habían robado
66,355 cabezas de ganado mayor y 1,901 cabezas de ganado menor, quedando en el abandono
116 propiedades, entre haciendas y ranchos.
Ante la gravedad, el gobierno colonial dispuso, en 1776, la creación de la Comandancia
General de Provincias Internas con el objetivo de formar una barrera en la frontera con los
territorios apaches. Se otorgaron tierras y otros beneficios a colonos que estuvieran dispuestos a
establecerse en esa región, se reorganizaron los presidios militares y se intensificaron las
campañas hacia territorio apache, más allá de la línea de los presidios. Muchas familias apaches
fueron capturadas durante estas campañas, mujeres y niños se usaron como sirvientes de los
españoles, pero también se dieron casos en que familias completas fueron conducidas hacia el
centro de México y las Antillas.
Para eliminar la amenaza que procedía desde dentro de la sociedad colonial, el gobierno intentó
restringir los movimientos tanto de los indios como de los no-indios fuera de sus lugares de
residencia, arrestando personas sospechosas de participar en las correrías.
En 1772, más de doscientos hombres, la mayoría tarahumaras, habían sido encarcelados en
Chihuahua.
En 1784, el Comandante General de las Provincias Internas Felipe de Neve, ordenó la
ejecución de treinta y tres tarahumaras, cuatro mulatos, un mestizo y un indio cuya afiliación
étnica no quedó documentada. Todo esto se hacía públicamente para que sirviera como
escarmiento para todos aquellos que se relacionaran con los apaches en sus correrías. De uno de
los documentos que consultó Merril transcribió el siguiente párrafo:
“(…) en la pena ordinaria de muerte en una horca, a que serán conducidos arrastrando en un
serón y después de ejecutada, divididos sus cuerpos en cuartos que se colocarán en los caminos
que sirven de entrada y salida de la villa de Chihuahua, llevándose sus cabezas a los respectivos
pueblos de la naturaleza de cada reo para ser clavadas con escarpia a la punta de un palo, a fin
de que operen el mismo terror y escarmiento que la vista de la ejecución, que es preciso se
verifique en dicha villa por la dificultad de conducir los reos desde aquel cárcel en que existen
hasta los distantes y distintos pueblos en que nacieron”.
En el mismo año, 1784, Neve dejó su sede en Arispe, Sonora, para supervisar personalmente
los arrestos y procesamientos de los prisioneros, pero murió en camino a la villa de Chihuahua.
El Comandante que lo sustituyó fue José Antonio Rengel quien suspendió las ejecuciones y
probablemente influyó para que el virrey optara por la indulgencia, porque al año siguiente
fueron liberados 44 prisioneros que habían sido acusados de complicidad con los apaches, 16
fueron enviados a colonizar a los pueblos de San Gerónimo y Namiquipa y 41 sentenciados a
trabajos forzados en los obrajes de la villa de Chihuahua y la Hacienda de Encinillas al norte de
Chihuahua, solamente permanecieron en prisión 27 de los acusados, pero antes habían muerto
20.
Los españoles combinaron estos castigos "ejemplares" con el ofrecimiento de amnistía general,
esperando que cuando la amenaza de castigos fuera levantada, las personas involucradas en las
correrías regresaran a sus pueblos y desistieran de invadir en el futuro.
También creyeron que el establecimiento de una paz general dependía de instituir un control
más firme sobre el área de los tarahumaras. En esos años, muchos apaches aceptaron el
ofrecimiento de los españoles de proveerles regularmente de raciones de comida y otros bienes
a cambio de paz, y comenzaron a asentarse cerca o dentro de muchos de los presidios del norte.
La red clandestina de intercambio
Una de las aportaciones más importantes de Merril es la que se refiere al intercambio de lo
robado. Para empezar, señala que algunas bandas apaches dependían de la caza y de la
recolección de recursos silvestres como parte de su alimentación, pero también compraban o
robaban maíz y otros cultivos de poblaciones indígenas y españolas de la región. También se
daba el caso de algunas bandas que lograban establecer campamentos casi permanentes en
áreas aisladas, donde había fuentes confiables de agua donde ocasionalmente sembraban
hortalizas. Sin embargo su fuente principal de alimentación era la proteína animal,
específicamente la de mula y de caballo, más aún esta última, porque los ejemplares que
robaban podían ser alejados más rápidamente y además los podían usar para cargarlos.
Agrega en esta parte que en la década de 1770-1780 había aumentado mucho el número de
personas que dependían de las correrías y del ganado robado. Se refiere específicamente a los
apaches, pero también a quienes dependían de esta actividad y que residían en poblados de la
Nueva Vizcaya. Otro factor que contribuyó fue el aumento en la demanda de caballos entre los
indios y los europeos que vivían al norte de Nueva Vizcaya. Desde 1650, la mayoría de los
apaches de Texas habían transformado sus estrategias en la cacería de búfalos utilizando
caballos. Esto provocó que en 1770 se redujera notablemente la población de caballos, el robo
se incrementó como nunca porque el caballo se convirtió en una de las principales fuentes de
que disponían los apaches para obtener armas de quienes las poseían, entre otros los colonos
franceses. Este comercio ilícito entre el norte de México y Luisiana comenzó en la década de
1760 y se expandió dramáticamente durante las décadas de 1770 y 1780, coincidiendo con el
incremento de correrías en Nueva Vizcaya.
Las bandas y la red de espionaje
Las bandas invasoras se concentraron en obtener tres categorías generales de bienes:
- ganado, principalmente caballos y mulas.
- botín, especialmente vestimenta, armas de fuego, municiones y a veces dinero.
- cautivos.
Para obtener estos bienes, las bandas grandes utilizaron dos estrategias básicas. La primera era
atacar por sí mismos a las poblaciones o a los viajeros. Para hacerlo, solían dividirse en
pequeñas cuadrillas para atacar diferentes lugares simultáneamente, cada cuadrilla compuesta
de diez a veinticinco hombres y ocasionalmente algunas mujeres. Luego se reunían en algún
lugar designado anteriormente para regresar juntos con el botín a sus principales campamentos,
donde los otros miembros de la banda los esperaban.
Cuando los objetivos elegidos estaban bien protegidos (presidios o grandes haciendas), los
contingentes eran superiores, llegando a reunirse cientos de guerreros que atacaban en masa,
utilizando a menudo tácticas militares de los españoles e insignias como banderas, tambores y
pífanos. Tales ataques tendían a realizarse en tiempos de luna llena y ocurrieron más
frecuentemente durante las estaciones secas del año. Durante los tiempos de lluvia, las bandas
aparentemente dependían más de los recursos silvestres para su subsistencia, y tomaban ventaja
de la abundante pastura y agua para llevar sus manadas de caballos y mulas robadas hacia el
norte para comerciar con otras bandas.
Además de dirigir los ataques, las bandas grandes también adquirían bienes robados por medio
de trueques con bandas más pequeñas, las cuales solían operar independientemente de las
bandas grandes. A cambio de estos bienes, las bandas grandes por lo general ofrecían
vestimenta, pieles de búfalo y venado y flechas. Los indios locales, los españoles o las castas
que integraban estas pequeñas bandas, valoraban estos artículos en parte porque los utilizaban
para disfrazarse de apaches, una artimaña empleada durante siglos por los invasores en Nueva
Vizcaya para ocultar su participación en las correrías. De hecho, una banda tarahumara no sólo
utilizaba vestimenta y armas de apache, sino también se untaban una mezcla de carbón y ocre
rojo para convencer a sus víctimas de que eran apaches.
El éxito de estas bandas durante la segunda mitad del siglo XVIII se debió en gran parte a la
sofisticada red de inteligencia que lograron crear dentro de las poblaciones españolas. Los
operativos en estas redes incluían tanto a indios como a no-indios, muchos de los cuales servían
como trabajadores eventuales en los centros económicos españoles. Estos operativos guiaban a
las cuadrillas invasoras hacia blancos específicos y se infiltraban en poblaciones españolas para
recoger información sobre la ubicación y movimientos de las manadas y escuadrones militares
españoles y para descubrir puntos débiles en el sistema de su defensa. Estos espías desaparecían
con frecuencia de las poblaciones españolas justo antes de un ataque para comunicar a los
invasores la información recogida. Alternativamente, uno o varios de los miembros de la banda
invasora entraban a las poblaciones para recibir la información de los espías, ya fuera
verbalmente o por medio de señas secretas.
Parece que tales redes de inteligencia era componente central de la estrategia de ataque de las
bandas a través del norte de México, tanto en la época colonial como en la de la post-
Independencia. Para crear estas redes, las bandas invasoras explotaban el descontento de
muchos miembros de las clases subordinadas dentro de la sociedad colonial.
Dos factores que parecen estar vinculados más directamente al inicio e incremento de las
correrías de los indios locales de Nueva Vizcaya en la segunda mitad del siglo XVIII. El
primero fue el creciente descontento de muchos indios debido a la explotación de su mano de
obra y la invasión de sus tierras por colonizadores españoles durante la primera mitad del siglo
XVIII. El segundo fue el mayor número tanto de incentivos como de oportunidades para llevar
a cabo sus correrías, que surgieron con la llegada de los apaches a la región y el desorden en la
administración y las economías de muchas misiones. Sin embargo, sólo algunos indios
sedentarios de Nueva Vizcaya tomaron parte en las correrías.
Las diferencias de la participación en las correrías de los indios locales parece correlacionarse
con su vinculación al sistema colonial, que a su vez reflejaba de manera importante su
ubicación con respecto a los presidios y centros económicos españoles. Los indios que vivían
en misiones y otras áreas más distantes fueron poco afectados por los mandamientos de trabajo
y la expansión de las poblaciones de españoles. Algunos indios de ambas áreas se unieron a las
correrías, pero su participación fue mucho menor que la de los indios afiliados a las misiones.
Aunque muchos indios locales apreciaban la oportunidad de atacar a los españoles, otros
probablemente fueron obligados a participar en las invasiones. En la documentación histórica
se encuentran muchas referencias a invasores que ofrecían tanto a los indios como a los no-
indios, la posibilidad de elegir entre unirse con ellos o ser asesinados. En 1793, el padre
provincial de la provincia franciscana de Zacatecas informó al virrey que los indios de cinco de
las ocho misiones franciscanas cerca de la villa de Chihuahua, habían abandonado las misiones
para escapar de los apaches o para unirse a ellos. Por tanto, los indios en muchas áreas de
Nueva Vizcaya se encontraron atrapados entre los apaches y los españoles y fueron forzados a
escoger alianza entre unos u otros. La sorprendente habilidad de los apaches y otros invasores
para atacar en el corazón de Nueva Vizcaya, combinada con la inhabilidad de las fuerzas
españolas para evitar estas correrías así como castigar a los invasores, probablemente
convenció a muchos indios de que sus intereses serían mejor favorecidos uniéndose o
cooperando con los invasores.

La Fragua de los tiempos. Número 1335.


NUEVA ÉPOCA (II-9-2020).
Los apaches (Parte VII)
Entre los siglos XVII y XVIII la relación de los pueblos apaches y comanches con los
colonizadores–invasores se construyó sobre los intereses y la lógica de dominio ejercida por la
corona española. Al iniciarse el nuevo siglo, en 1800, España había logrado una relativa
pacificación que se mantuvo por los treinta años siguientes, hasta 1830, cuando México había
logrado independizarse y las condiciones habían cambiado radicalmente. Sostengo que los
conflictos, las guerras entre apaches y colonos durante el período de 1830–1890 no se pueden
comprender a cabalidad sin estudiar la intervención que ejercieron los norteamericanos de
manera encubierta. Pero para entenderlo tenemos que empezar por revisar el origen de Estados
Unidos y las grandes diferencias en los procesos de colonización entre España e Inglaterra.
Nacimiento de Estados Unidos
En 1562 un grupo de franceses protestantes desembarcaron en las costas, al norte de Florida,
(donde ahora se encuentra Carolina del Sur). Eran cien hugonotes (protestantes) quienes
fundaron Port Royal, pero sólo permanecieron una temporada, pues no lograron resolver los
problemas elementales de subsistencia y al año siguiente emprendieron el regreso a su patria.
Habilitaron la única nave que les quedaba y después de navegar a la deriva durante varias
semanas, fueron rescatados por una embarcación inglesa.
Dos años después, en 1564, se preparó una nueva expedición de trescientos hugonotes quienes
desembarcaron en la misma zona costera y se instalaron sin problemas en la misma región que
sus predecesores; sin embargo en 1565, cuando este intento de colonización se estaba
consolidando, desde España se ordenó el ataque contra aquellos “invasores” y los protestantes
franceses fueron exterminados. Durante algunos años nadie más se atrevió a intentar un nuevo
desembarco en las costas atlánticas del norte de América.
En 1588 tuvo lugar un acontecimiento que modificó la correlación de fuerzas entre España e
Inglaterra. Después de muchos años de conflictos entre estas dos potencias, se desató una
guerra de grandes proporciones, poniéndose en juego las armadas de ambos países en uno de
los combates marítimos más famosos de la historia. Al final salieron victoriosos los ingleses.
Como consecuencia de ello los españoles perdieron la supremacía de los mares y luego, poco a
poco, el control de sus posesiones coloniales ubicadas en la región más septentrional del
continente.
En diciembre de 1620 desembarcó en un punto de la costa de norte américa, un grupo de cien
colonos ingleses identificados como “puritanos”, quienes profesaban el calvinismo
radicalmente, y eso los enfrentaba con el sistema, de alguna manera representaban lo más
avanzado en la sociedad, tanto así que decidieron emigrar a tierras desconocidas con tal de
ejercer a plenitud su concepción religiosa y su forma de relacionar esas creencias con el
progreso y superación individual. Se trataba de organizar una sociedad sobre las bases
religiosas que individualmente sustentaban.
El sitio en que se establecieron había sido bautizado anteriormente como Plymouth. Las
condiciones del primer año fueron difíciles, algunos murieron de hambre y de frío, sin embargo
lograron establecerse con la ayuda de los indígenas, quienes les ayudaron a cultivar algunas
tierras preparadas por ellos mismos. La cosecha fue espléndida y según la tradición
norteamericana, los colonos se salvaron por el auxilio de los nativos y en respuesta
organizaron, a finales de noviembre de 1621, una gran celebración de “acción de gracias” que
con el paso de los años se convirtió en una de las fechas más importantes de aquel país.
La naciente población de Plymouth se hizo famosa en Inglaterra, principalmente entre quienes
compartían sus principios religiosos. La resistencia y consolidación de aquellos migrantes, de
los primeros colonos, adquirió carácter épico-religioso, el movimiento creció rápidamente; la
nueva colonia se convirtió en la Meca de los puritanos ingleses. En pocos años surgieron
nuevas colonias como: Salem y Massachusetts que en los mapas de la época apareció con el
nombre de Nueva Inglaterra.
La proeza de aquellos colonos adquirió tal magnitud, que en doce años llegaron doscientos
barcos que trasladaron aproximadamente veinte mil ingleses, la mayoría de ellos identificados
por el calvinismo.
Al iniciarse la década 1630, Nueva Inglaterra sumaba veinte mil habitantes, convirtiéndose en
el principal centro de población y por tanto en el núcleo de la colonización de los ingleses en
territorio del norte de América. No obstante la importancia que habían adquirido Virginia y
Maryland, dos de las primeras colonias inglesas, se quedaron rezagadas con aproximadamente
cinco mil habitantes.
Así se inició la fundación de los Estados Unidos de Norteamérica, con el establecimiento de
una comunidad que se proclamó desde el origen como el “pueblo elegido de Dios”, destinado a
salvar a la humanidad de la degradación y la descomposición moral, retornando a las bases del
protestantismo e implementando en el nuevo mundo su organización política, su cultura y sus
formas de producción, componentes de un sistema muy diferente al de los españoles, a quienes
consideraban “raza perversa, mezcla de medio visigodos, semimoros, semijudíos y
semisarracenos”.
El proceso de colonización se había puesto en marcha y nadie iba a poder detenerlo; no sólo los
ingleses se interesaron en participar del reparto de América, también los franceses, los suecos,
los holandeses y los mismos españoles, organizaron sus avanzadas.
En 1650, treinta años después de la fundación de Plymouth, se alineaban a lo largo de la costa
oriental de América del Norte, seis colonias con emigrantes provenientes de cinco naciones
europeas. El origen de cada una de estas colonias se expresaba en el nombre de las mismas:
Nueva Inglaterra, Nueva Francia, Nueva Holanda, Nueva Suecia, Nueva España.
Esta diversidad no era el fruto de un arreglo amistoso, sino la expresión más novedosa de la
lucha por el reparto de territorios entre las grandes potencias europeas. Los españoles seguían
proclamándose dueños de toda América, pero sus argumentos y su situación militar no les
permitía para entonces ejercer el control de esa parte del continente. La corona había perdido
autoridad sobre sus dominios y cada día le sería más difícil conservarlos.
Así transcurrieron ciento cincuenta años de gestación, durante los cuales Inglaterra sostuvo la
posición dominante en todos los asentamientos costeños. Otros países colonialistas intentaban
imponer su preponderancia, principalmente Francia que tenía grandes intereses en América. Al
proclamarse la independencia y fundación de los Estados Unidos de Norteamérica, se habían
formado trece colonias a lo largo de la costa oriental de América del Norte: Georgia, Carolina
del Sur, Carolina del Norte, Virginia, Maryland, Delaware, Nueva Jersey, Pensylvania,
Connecticut, Nueva York, Rhode Island, New Hampshire, Massachusetts. Entre todas sumaban
una población de un millón ochocientos mil habitantes, de los que un millón y medio se
consideraban blancos y trescientos mil esclavos negros. Para entonces Virginia se había
convertido en la colonia más poblada, con casi doscientos cincuenta mil habitantes, de los
cuales poco menos de la mitad eran esclavos. La ciudad más grande de todas las colonias era
Boston, que tenía alrededor de ciento cincuenta mil habitantes. En estas condiciones se
proclamó la independencia el 14 de julio de 1776.
Nosotros, el pueblo.
La colonización y fundación de los Estados Unidos de Norteamérica se caracterizó porque a lo
largo de 155 años, los ciudadanos que llegaron a las colonias se incorporaron a un sistema de
libertades que abarcó todos los órdenes de la vida social: la producción, la política, la
economía, la religión, la cultura, etcétera. Si lo tuviéramos que resumir, diríamos que los
colonos que fundaron Estados Unidos ejercitaron desde el principio sus derechos, nada más
ilustrativo que la proclama fundamental en la Constitución, la cual se inicia con la declaración
contundente: “Nosotros, el pueblo...”
Los primeros colonos que tocaron tierra a principios del siglo XVII, reconocían la autoridad de
la Corona inglesa, pero ellos decidieron cómo hacer sus leyes, cómo respetarlas y cómo
gobernarse, quiénes serían sus autoridades y cómo las nombrarían.
Una de las más grandes tradiciones de las colonias de Norteamérica fue el respeto y
acatamiento de la ley, esta fue una variable que casi se convirtió en culto: todo ciudadano
estaba obligado a conocer sus leyes principales y a respetarlas sin distinción de linaje o
posición social.
También, desde los primeros años de la colonización, los habitantes de estos territorios
pusieron en juego, de manera totalmente libre, sus fuerzas productivas: los de Virginia se
convirtieron en los principales productores de tabaco, de algodón y luego, paulatinamente, los
habitantes de las demás colonias que se fueron formando encontraron los recursos más
convenientes para comerciar con Inglaterra y con otros países de Europa: vendían grandes
cantidades de pieles, lana, vinos, licores etcétera.
Por la diversidad del origen de los colonizadores se conjuntaron diversas expresiones religiosas.
A pesar del predominio de “los puritanos” calvinistas y no obstante que se proclamaban como
“pueblo elegido”, las condiciones históricas dieron lugar al establecimiento de la más amplia
libertad espiritual, lo que tuvo por resultado que aquí se desarrollaron cientos de cultos y
alternativas religiosas sin ningún impedimento .
Entre los dirigentes originales de la Nueva Inglaterra, se destacaron colonos que antes se habían
distinguido en Inglaterra como hombres de negocios acostumbrados a ejercer la autoridad, cuyo
ideal máximo era glorificar a Dios por medio del trabajo y vivir una vida próspera, ya que el
triunfo en la profesión era signo de elección divina. Este principio moral se convirtió en una de
las grandes tradiciones coloniales.
No pocos historiadores, como es el caso de Juan Ortega y Medina, autor del libro Destino
manifiesto, sustentan la idea de que el espíritu “puritano” fue el elemento principal en la cultura
norteamericana, donde la actitud hacia el ahorro y el trabajo fueron determinantes. Al respecto,
la historiadora Ángela Moyano hace la siguiente referencia:
“El hombre puritano se sentía elegido por Dios para transformar el mundo. Como tal debía ser
industrioso, pues según su ideología, esa era la única manera de glorificar a Dios y obtener el
éxito indispensable para considerarse salvado. La posesión de la verdad y la misión de
regenerar el mundo con ella, se convirtieron en dos de las características esenciales de los
fundadores de los Estados Unidos. Con el transcurso del tiempo, la verdad religiosa se
secularizó y pasó a ser una verdad política: el sistema republicano. Consistentes con sus
principios, los norteamericanos se dedicaron a implantar ese sistema por las buenas o por las
malas, en todos los pueblos del mundo, justificando así, aún para sí mismos, sus anhelos de
dominio”.
Bajo este principio fue que inmediatamente después de lograda la independencia y fundación
de los Estados Unidos, la mirada de sus políticos, de los insaciables capitalistas, se dirigieron
hacia los territorios que los rodeaban, primero adquirieron, en 1803, la Luisiana y de ahí en
adelante se lanzaron sobre las antiguas posesiones españolas. Este acontecimiento marcó gran
influencia en el trato y destino de los pueblos apaches y comanches, como se verá más
adelante.

La Fragua de los tiempos, Nueva Época (III-20-2020). Número 1339


Los apaches (Parte VIII)
De la historia de los apaches y demás naciones nómadas del norte de América, se sabe lo que
dejaron documentado los españoles y lo que se ha recogido a través de las tradiciones orales; no
es mucho, pero con eso se pueden elaborar algunas hipótesis y eso es lo que intentaré en este
número de La Fragua.
Historiadores norteamericanos sugieren que los apaches vivieron originalmente en territorios de
cacería del sur de Canadá y que de allí emprendieron la emigración hacia el sur, hace
aproximadamente mil años, ocupando los territorios de caza en lo que ahora es Texas, Arizona,
Sonora y Nuevo México. Según esta versión, fueron seis grupos identificados como: Chokones,
Bedon Kohe, Nendhi, Chiéene, Chiricahua y Mescalero.
Aceptando como cierto el dato de estas migraciones, es de sugerirse que durante los primeros
quinientos años se consolidaron en ese territorio, dedicándose a la caza, principalmente de
búfalos. Se cree que más o menos en 1700 arribaron los comanches que venían también del
norte. Los recién llegados se lanzaron a luchar contra las naciones que estaban arraigadas;
probablemente los apaches fueron los que más resistieron, pero al final fueron superados, no
pudieron resistir el empuje de los comanches que eran más numerosos y más experimentados.
Esta primera guerra perdida por los apaches, significó el cambio de territorio y la alteración de
sus tradiciones culturales. Se asegura que muchos apaches fueron capturados y vendidos como
esclavos. Finalmente se vieron obligados a emigrar hacia el sur, estableciéndose donde
probablemente los hatos de búfalos eran menos numerosos. Paulatinamente perdieron sus
tradiciones culturales, algunos grupos practicaron la agricultura y la cacería del venado. En su
nueva condición, los apaches se enfrentaron intermitentemente a los colonos españoles que
invadieron los territorios a los que habían sido empujados. Al iniciarse el siglo XIX (1810)
firmaron la paz con la corona española, pero veinte años después retornaron a las armas, ahora
contra los colonos mexicanos.
No obstante que apaches y comanches no pertenecían a la misma rama, a la misma
nacionalidad, se identificaban mucho en sus hábitos, en sus costumbres y en su temeridad.
Compartieron el mismo destino, pero los comanches se rindieron antes y lograron salvar una
población más numerosa. Pero antes de continuar con la historia de los apaches, voy a abrir un
paréntesis para escribir una líneas referentes a la historia de los comanches.
¿Quiénes son los comanches?
El historiador José Medina González Dávila, autor del artículo publicado en “Relatos e
historias en México” No. 110, sugiere que los comanches se reconocen a sí mismos como los
Num-an-nuu (el pueblo que vive junto).
Según historiadores de Estados Unidos, formaban parte de la nación Shochoni, que ocupaba los
territorios localizados al oeste de las Montañas Rocosas. Su lengua pertenece al grupo Uto-
Azteca, del que forman parte los rarámuris, tepehuanes, guarijíos, pimas, yaquis, mayos, koras,
huicholes, etcétera.
La guerra fue parte fundamental en su vida. Su práctica guerrera les dio la ventaja de la
habilidad en el uso del caballo, lo que les permitió dominar el territorio de Texas y Noreste de
México, extendiéndose desde Chihuahua hasta Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila. Durante
cien años, de 1750 a 1850, formaron lo que se conoció como la región de “La Comanchería”,
que comprendía aproximadamente cuatrocientos mil kilómetros cuadrados. En ese tiempo se
calcula que llegaron a sumar más de cuarenta mil pobladores. Tenían la costumbre de
esclavizar a los prisioneros de guerra y se asegura que los vendían en los mercados de Santa Fe
y la Louisiana francesa.
Estaban organizados en bandas en las que tenían igual consideración los familiares del lado
paterno y materno y que extendían la relación de hermanos en forma horizontal a todos los
parientes conocidos. Normalmente las bandas se alineaban en tribus, pero en el transcurso del
año se dividían en bandas locales autosuficientes, reunificándose en sus campamentos tribales
durante la primavera cuando las manadas de bisontes volvían a formar grandes manadas. Sus
arcos eran cortos y tenían una doble curvatura, se profundizaban en la empuñadura, haciéndolos
eficientes para usarlos a caballo, aunque en la cacería preferían usar lanzas largas de hasta
cuatro metros. Cocían la carne de bisonte a fuego, o la secaban al sol.
La estructura social de los comanches se desarrolló plenamente en Texas, formando
congregaciones familiares que se extendían en rancherías que en conjunto con otras
comunidades daban lugar a una banda o rama regional. Debido a su dinámica, mientras que una
banda podía estar en conflicto con distintos grupos sociales (indígenas y no indígenas), otra
podía ser pacífica o estar en una alianza regional. Esto generó un entorno complejo, lo que dio
la impresión a diversos historiadores de que era un grupo poco organizado.
Las mujeres comanches eran fuertes y además de los trabajos domésticos habituales, se
encargaban de cuidar las manadas de caballos, curtir las pieles, curar la carne de los bisontes,
cargar toda la utilería y las viviendas. Entre las esposas, la que tenía algo de autonomía y
dominaba a las demás, era la primera.
En su religión conservan las creencias antiguas, sus mitos que combinan con elementos del
cristianismo. Tenían muy arraigada la idea de que los espíritus de los animales favorecían a los
guerreros y los protegían.
Debido a su interacción con otros grupos amerindios, fueron los primeros practicantes y
difusores del peyotismo hacia otros grupos indígenas norteamericanos.
El centro político de los comanches quedó ubicado en Texas, no tuvieron enemigo durante
algunas décadas, pero con la llegada de los colonos norteamericanos, se inició la decadencia y
en pocos años la derrota. Ellos los superaron en número y en armamento, además de que
contaban con todo el apoyo de ejército de Estados Unidos.
Los intentos de los comanches por lograr la paz
El 23 de julio de 1834 el capitán José María Ronquillo, comandante de armas de la Frontera, y
el Jefe político Alejandro Ramírez, escucharon a varios jefes de la nación comanche y sus
aliados de la nación Caihua quienes presentaron en nombre de los demás jefes de las dos
naciones, el mensaje de paz, amistad y comercio con los habitantes de Chihuahua, señalando
que en el mes de octubre iban a informar de su misión a los demás jefes que los habían enviado.
Solicitaban que se les permitiera invadir los terrenos habitados por los apaches Gileños
Mimbreños y Mescaleros, sublevados para hacerles la guerra y perseguirlos, unidos a las
partidas de los Mejicanos, cuando así lo dispusiera el comandante general o el gobierno
supremo del estado.
Les informaban al comandante de armas y al Jefe político que para el mes de octubre estarían
listos cerca de El Paso una gran cantidad de guerreros comanches para hacer la campaña contra
Gileños y Mescaleros, por los puntos que les designara el comandante general.
Solicitaban que los caballos y las armas que lograran quitar a los apaches, en esa frontera y en
la de Janos, quedaran y se marcaran como de su propiedad, aceptando que si algún
chihuahuense reclamara y quisiera rescatar algunas bestias de su propiedad, lo podría hacer
bajo convenio entre ambas partes sin ocasionar disgustos.
En caso de que los chihuahuenses rescataran a comanches ó caihuas cautivos de los apaches,
habría lugar a una gratificación. Respecto a los cautivos chihuahuenses que ellos lograran
rescatar, ellos los entregarían cuando por su voluntad aceptaran regresar, pues algunos se
acostumbraban a vivir entre ellos y hasta se casaban y tenían hijos.
Los comisionados ofrecían en nombre de los demás jefes, que los mejicanos chihuahuenses
podrían transitar libremente por sus territorios sin ser perjudicados, que se les permitiría hacerlo
cada vez que así quisieran.
Que igualmente cuando los chihuahuenses transitaran por sus territorios y fueran atacados por
Gileños o Mescaleros, ellos estaban dispuestos a auxiliarlos con sus armas si así fuera
necesario.
Ofrecían sujetarse a la gratificación (ayuda) que voluntariamente hiciera el gobierno de
Chihuahua, debido a las condiciones de necesidad en que se encontraban.
También pidieron que cuando fuera necesario que se ocupara un intérprete para hacer los
acuerdos, ellos pedían que fuera el soldado Guillermo Tribiño porque a él le tenían toda su
confianza.
Firmaron el 23 de julio de 1834 con una señal de cruz todos los jefes comanches y Caihuas.
(Fuente. Libro “Reseñas históricas” de José María Ponce de León)
Con los norteamericanos fueron muy diferentes los resultados cuando intentaron firmar la paz,
en marzo de 1840. Después de reunirse el mayor número posible de jefes comanches, formaron
una delegación que acudió a la Casa de Consejo en San Antonio, llevando algunas propuestas,
entre ellas la más importante era que se les reconocieran los límites territoriales de La
Comanchería. Los texanos no escucharon, ellos estaban decididos a no compartir ni un pedazo
de territorio. Los masacraron ahí mismo, asesinaron a sangre fría a 12 jefes desarmados, treinta
fueron tomados cautivos y veintitrés escaparon por las calles de San Antonio. A los pocos años
el ejército de Estados Unidos logró controlarlos y en 1860 empezó a ubicarlos en reservaciones
hasta que se rindieron totalmente y firmaron la paz, el 21 de octubre de 1867, aceptando la
reservación de Fort Sill, Oklahoma.
Además de la gran superioridad bélica de los norteamericanos, otro factor que influyó para
doblegar a los comanches, fueron las epidemias de viruela y cólera, (1840, 1867) que redujeron
la población de 40,000 a siete mil comanches.
Actualmente la nación comanche está compuesta por aproximadamente diez mil individuos de
los cuales la gran mayoría se encuentra en Oklahoma, pero también hay comanches en Nuevo
México, Texas y California.
Pie de fotos
1 Familia comanche. Guerrero con cuatro esposas y dos de sus hijos.
2.- Mujer comanche con su hijo en la funda de cuero que se colocaba en la espalda mientras
realizaba sus labores.

La Fragua de los tiempos. Nueva Época (III-20-2020). Número 1339


Los apaches (Parte IX)
Después de la declaración de la independencia, el 4 de julio de 1776, los norteamericanos
estaban listos para cumplir el viejo sueño expansionista de sus “padres”, los colonos que se
habían arraigado en las costas de América de 1607 en adelante. Desde entonces habían asumido
que su Dios les había reservado el inmenso territorio de América, que sólo a ellos pertenecía.
Tal predestinación, sin embargo, venía de más lejos, desde el siglo XVI ( 1500) cuando los
“abuelos” británicos se habían enfrentado al feudalismo católico (español), de donde había
derivado el discurso que justificaba la superioridad histórica-religiosa de los evangélicos
puritanos.
El Destino Manifiesto
Durante años, los colonos que se establecieron en las costas de América, lanzaron la mirada
hacia todas direcciones, descubrieron que el horizonte se extendía más allá de todo lo
imaginado, todo lo que alcanzaban a mirar hacia el Antártico, el Levante y el Ártico, todo era
sólo para ellos después de que habían roto el tutelaje de los “abuelos” británicos. En pos de ese
sueño se lanzaron a pasos agigantados. Supieron que era cuestión de tiempo que no habría
barrera que pudiera detenerlos.
Con la independencia sublimaron su tesis doctrinaria, erigiéndola en una especie de mandato
divino que establecía como natural que a ellos les correspondía hacerse cargo del destino de la
humanidad, porque entre todas las religiones, la de ellos era la verdadera, la superior. Entre
todas las razas, Dios los había elegido. De ahí surgió lo que después se conocería como
“destino manifiesto”.
En 1803 el gobierno de los Estados Unidos compró a Francia el gran territorio de Louisiana.
Con esta acción se inició un nuevo capítulo de la guerra. El gobierno de los Estados Unidos se
propuso conocer a detalle qué había hacia el sur, es decir, cómo se encontraban las posesiones
españolas que hasta entonces se habían salvado de los colonizadores franceses, quienes habían
intentado crear “cabeza de playa” en las costas del Atlántico, sobre el Golfo de México y otros
lugares.
En 1804, meses después de la adquisición de Louisiana, el presidente Jefferson organizó una
expedición que recorrió parcialmente los ríos Mississipi, Rojo y Ovachita. Después de este
recorrido, los exploradores se instalaron tres meses en territorio de Lousiana.
William Dunbar, el responsable de la expedición, hizo un informe en el que se refirió a las
asombrosas llanuras del Río Rojo, abundante en agua y vegetación. Escribió que ese gran
territorio estaba habitado por algunas tribus salvajes que se movían en la dirección de las
“inmensas manadas” de ganado nativo de esas tierras, agregó que esas manadas se movían
regularmente de sur a norte, o de los valles a las montañas. Les dio el nombre que antes habían
introducido los franceses: Bisontes.
Después de 1804 no hicieron otras expediciones y el estudio sobre el río Mississipi. Lewis y
Clarck, dos de los informantes, escribieron que habían recorrido más de 800 kilómetros por el
Missouri.
Luego tenían que hacer un nuevo recorrido por la Luisiana, optaron por dividirse y Lewis
encontró las planicies donde “los salvajes” cazaban los bisontes, escribiendo que se había
encontrado con una manada de aproximadamente 10 000 cabezas, en un círculo que no medía
menos de 4 kilómetros.
Históricamente la adquisición del territorio de Luisiana fue el detonante que impulsó la
expansión de Estados Unidos. Los franceses no imaginaron en el año 1803 lo que estaban
perdiendo al rematar su enorme posesión. Se podría decir que la codicia y la obsesión de
conquista y expansión no se había arraigado en los norteamericanos, con todo lo que
informaron aquellos exploradores a partir de 1804, el presidente Jefferson y los que le siguieron
sintieron que efectivamente, Dios los había puesto en el lugar y en el momento indicados para
apoderarse de aquel riquísimo e inhabilitado planeta. Bueno, casi inhabitado. Pensarían
aquellos personajes,¿qué tanto les podía interesar la presencia de aquellos salvajes?
La primera intervención inspirada en “el espíritu del destino manifiesto”, aunque todavía no se
había acuñado la frase, fue la obsesión de los colonos ingleses por exterminar a las naciones
indígenas que ocupaban los primeros territorios de conquista, donde se fundaron las trece
colonias. Años después esta misma obsesión los impulsó a exterminar a las naciones que
ocupaban las tierras fronterizas con la Nueva España. Luego se popularizó la idea durante la
guerra de 1812 contra la Gran Bretaña. Pero fue el presidente de Estados Unidos, James
Monroe, quien el 2 de diciembre de 1823, en un mensaje que dirigió al congreso, se refirió a
que en este país no admitiría intromisión alguna en todo el continente americano y que
cualquier propósito de otros países, por ocupar o invadir territorios de América, sería calificado
como un acto de guerra contra Estados Unidos. De aquí derivó la política de intervención bajo
el pretexto de proteger de una manera eficaz los intereses de cualquier país de este continente.
Las aportaciones de Alexander von Humboldt
Así, al iniciarse el siglo XIX, los yanquis estaban de suerte, casi inmediatamente después de la
adquisición del territorio de Luisiana, en 1803, y con los resultados de las exploraciones que se
habían realizado en ese territorio, recibieron la información más preciada, a través de un
científico que visitó en 1804 los Estados Unidos, Alexander Von Humboldt. El presidente de
los Estados Unidos lo recibió como invitado de honor, le reunió a los principales científicos y
políticos, quienes escucharon de la voz de Humboldt informes, experiencias y especialmente
sus opiniones respecto a la Nueva España (México).
No se debe culpar a Von Humboldt como un auxiliar del expansionismo yanqui. Sus
investigaciones estuvieron motivadas por el mero interés científico. Hasta donde se sabe, no se
trató de una expedición por encargo de su gobierno, ni de los grandes capitalistas alemanes,
pero sin proponérselo le prestó un enorme servicio a los yanquis, les facilitó documentos con
información muy precisa de los recursos naturales, mapas y todo lo que podría ser útil en los
planes expansionistas del naciente imperio. Y probablemente fue Humboldt el primero que les
hizo ver que aquella inmensidad de riquezas nadie podría reclamarlas porque España no tenía el
interés, ni los recursos para protegerla.
Es importante hacer una revisión resumida del Ensayo político sobre el reino de la Nueva
España, que se inicia con el viaje que hizo Humboldt a la capital del virreinato en 1803 hasta la
culminación en 1808, en Paris.
Algunos estudiosos de esta obra consideran que su importancia reside en que él reunió una
información que ya existía, que había sido aportada por los estudiosos mexicanos y que el
mérito de Humboldt fue haberla ordenado y sistematizado; sin embargo estudiosos como Jaime
Labastida sostienen que si bien existieron durante la colonia, no conformaron una comunidad
ilustrada que se hubiera adelantado a los estudios de Humboldt, a quien le reconoce y enaltece
sus aportaciones, tanto así que se puede hablar de un antes y un después de Humboldt, a quien
tuvieron que remitirse todos los autores sobre México. El Ensayo se compone de seis libros.
Vale la pena saber a grandes rasgos el contenido de cada uno, tal como los resume el
historiador.
El libro primero está referido a la descripción física de la Nueva España, donde Humboldt
señala la extensión del imperio español en América, analiza la influencia del relieve en el clima
y las producciones del país, haciendo uso reiterado de comparaciones con Europa, otras partes
del imperio y de los Estados Unidos de Norteamérica. También hace una revisión histórica de
los orígenes de la Nueva España, utilizando textos de Cortés, Grijalva, Solís y Clavijero. En
este mismo libro se extiende sobre la configuración de las costas, la necesidad y conveniencia
de encontrar una vía a través de la cual se unieran los océanos Pacífico y Atlántico, partiendo
de ubicar la importancia de la posición geográfica de la Nueva España en la comunicación de
Asia con Europa.
El libro segundo Humboldt lo dedica al análisis de la población novohispana, realizando una
crítica a los levantamientos anteriores al censo de Revillagigedo iniciado en 1793, así como a
las versiones que asignaban una población indígena prehispánica superior a la que habitaba la
Nueva España; analiza comportamientos demográficos como la mortalidad y la natalidad, y le
da mucho espacio a las causas de despoblación que básicamente serían la enfermedades
(viruela y matlazahuatl) y el hambre, ya que considera que para ese entonces habían cesado las
violencias sobre los indígenas, por parte de los conquistadores. Estudia específicamente la
población indígena, sus problemas, carácter, cultura; de la misma manera la población blanca y
las castas.
El libro tercero está dedicado a la estadística particular de las intendencias de la Nueva España,
en la cual destaca el poco espacio dedicado a la Intendencia de Sonora, en tanto que a la
Provincia de la Alta California por ejemplo, le da mayor importancia. Seguramente lo anterior
está relacionado con mayor disposición de información, dada la preocupación de la corona por
el avance de rusos e ingleses por la costa septentrional del Pacífico.
En el libro cuarto Humboldt trata lo relativo a las producciones vegetales y mineras de la
Nueva España, detallando en la cantidad y calidad de las mismas, presentando cuadros y
realizando comparaciones.
El libro quinto está dedicado al estudio del comercio y las manufacturas, en lo que destaca el
amplio espacio destinado a señalar los problemas de los puertos de los litorales de la Nueva
España. Entre los temas más importantes se tocan los siguientes: la poca profundidad de las
costas del Golfo, por lo que el puerto más importante, Veracruz, no lo considera el más
adecuado; el ambiente insalubre de los puertos, infestados de malaria y fiebres tercianas. En
cuanto a las manufacturas, básicamente critica su atraso tecnológico y las duras condiciones en
que laboran los operarios.
El libro sexto y último está dedicado a examinar los ingresos del virreinato y la composición de
las tropas. En lo referente a la milicia resalta la importancia que asigna a la presencia de tropas
presidiales en las Provincias Internas, para poder contener a los apaches, quienes son señalados
como un verdadero azote de la frontera septentrional; aunque se muestra escéptico de que a
través de la fuerza armada se pudiera resolver el problema de los "indios errantes". Para
Humboldt sólo el avance de la "civilización" en los territorios norteños, posibilitaría controlar
las depredaciones de los apaches y demás tribus nómadas.
En la próxima Fragua veremos cómo impusieron los norteamericanos “los avances de la
civilización” sobre los indios errantes, sobre los antiguos cazadores de búfalos.

La Fragua de los tiempos, Nueva Época (III-5-2020). Número 1341


Los apaches (Parte X)
Durante los años del dominio español se escribieron varios documentos relativos a las
costumbres de los apaches. En el Archivos Histórico del estado se encontraban algunos
expedientes que José María Ponce de León, Francisco R. Almada y otros historiadores
pudieron consultar antes de que se incendiara, en 1941.
En 1834 el historiador José Agustín Escudero publicó el libro “Noticias Estadísticas del
Estado de Chihuahua”. Este libro lo utilicé hace treinta años cuando escribí “La Historia
Mínima de Chihuahua”. Alguien me prestó unas copias borrosas, era lo único que se podía
conseguir en aquellos años. En 2003 hicimos la segunda edición en el programa editorial
“Biblioteca Chihuahuense”, 170 años después de que se había publicado la primera.
En todos estos años he citado este libro porque ha sido una de mis fuentes en diversas
publicaciones. Me ha interesado especialmente el tema sobre las costumbres de los apaches
porque se trata de un estudio muy detallado con información que solamente se había podido
obtener por alguien que había convivido cerca de ellos. José Agustín Escudero incluyó esa
información en el capítulo VIII bajo el título “De las naciones bárbaras que habitan la
frontera del estado de Chihuahua”, y estoy escribiendo todo esto porque siempre había
considerado que los datos no eran de Escudero, sin embargo no había intentado averiguar
más al respecto. En estos días que he retomado el tema me he percatado que Escudero
escribió, “como no queriendo la cosa”, “Creímos que no podríamos omitir, sin haber
incurrido a sabiendas en un grave defecto, la inserción de la compendiada historia que
remitió el señor José de Santa Cruz desde Chihuahua y publicó en esta capital el señor don
Carlos Bustamante el año pasado de 1831”. Reflexionando en esto surgieron en cascada
muchas preguntas:
¿Quién fue José de Santa Cruz?
¿Quién escribió las notas originalmente ?
¿Cómo las obtuvo Santa Cruz?
¿Cómo las hizo llegar Santa Cruz a Bustamante?
¿En dónde publicó Bustamante en 1831 las notas?
Lo primero que hice fue buscar en los libros de Bustamante esperando más información
sobre el autor, pero no encontré nada relacionado con el tema de los apaches. Me faltan de
revisar muchos de sus libros y artículos.
Respecto a Santa Cruz, consulté el Diccionario del historiador Francisco R. Almada y
encontré lo siguiente:
“Santa Cruz Moreno, José.- Capitán. Nació en 1784, en Allende, habiendo ingresado a la
edad de 18 años a las Compañías Presidiales. Sirvió en la de San Elizario, en 1818 mandaba
una fuerza de milicianos, operó en la Provincia de Texas, figuró entre los jefes leales al
gobierno de Iturbide, habiéndose negado a secundar el Plan de Casa Mata y en 1829 obtuvo
el mando de la Compañía de Janos.
Vino comisionado a la Ciudad de Chihuahua en septiembre de 1830 como Ayudante
Inspector de la Comandancia General, de cuyo mando quedó encargado en enero de 1831
por enfermedad del Teniente Coronel Melgar. Presidió una junta de jefes militares que
había convocado su antecesor para tratar lo relativo a la pobreza en que se encontraban las
tropas del Estado a causa de la demora en el pago de los haberes, acordando suspender toda
clase de actividades y concretarse a una situación de pasividad, lo que originó una
controversia con el Gobernador Madero. Este se quejó a la Secretaria de Guerra, logrando
su remoción del mando y el nombramiento del Coronel José Joaquín Calvo.
Volvió a tomar el mando de la Compañía Presidiales de Janos, en donde permaneció hasta
1833 en que obtuvo su patente de retiro por más de 30 años de servicios. Al año siguiente el
Gobernador Calvo lo nombró Jefe Político y Comandante Militar del Partido Jiménez que
desempeñó durante dos años.
El 17 de agosto de 1836 salió personalmente al frente de una sección de soldados y
voluntarios, trabando acción con los comanches, en el Puerto de Guevara, quienes fueron
derrotados; pero murió en el combate. Su cadáver fue llevado a Cd. Jiménez”.
Los apaches.
Los datos biográficos de este personaje coinciden, hasta se puede sugerir que él mismo fue
quien escribió las notas sobre las costumbres de los apaches, en contra de ello interviene la
afirmación que hace Escudero en el sentido de que el texto se había escrito en el siglo
XVIII. Así las cosas, no puedo responder las preguntas, sin embargo seguiré buscando
información, y por lo pronto empiezo a publicar los datos que incluyó Escudero,
advirtiendo que modifiqué parcialmente la redacción.
Los apaches que habitan la frontera de Chihuahua
Esta nación ocupa el vasto espacio despoblado comprendido entre los grados 30 a 38 de
latitud, y 112 a 118 de longitud, contados desde el observatorio de Greenwich,
extendiéndose desde las inmediaciones del Presidio de Altar, provincia de Sonora, hasta la
bahía de Espíritu Santo, distante 17 leguas de la de San Bernardo. Puede dividirse en nueve
parcialidades o tribus principales.
“Son morenos y bien proporcionados, de ojos vivos, cabello largo, y ninguna barba. Viven
más o menos dispersos. Un padre de familia tiene mas hijos, nietos, sobrinos y
dependientes casados para hacer mejor su ranchería, y ser mejor reconocido reconocido
como capitan. Son algunos indios tan altivos y celosos de su autoridad; que prefieren vivir
con sus mugeres é hijos separados de los demás, porque nadie les dispute la preferencia.
Está estendida en esta nacion la poligamia, y cada hombre tiene dos, cuatro ó seis mugeres,
siendo á proporcion del número de éstas, el de los jacales que compone su horda ó aduár.
Por vivir en la intemperie por el continuo movimiento buscando las presas de caza, o los
frutos silvestres de que se alimentan son ágiles y ligeros, en tal grado que compiten en
velocidad ni aguante á los caballos, y seguramente los aventajan en los terrenos escarpados
y pedregosos. Están dotados de extraordinaria robustez que los hace invencibles frente al
rigor de las estaciones. Cuando tienen abundante comida son extremadamente glotones,
comen excesivamente y, al contrario son capaces de aguantar la sed y el hambre muchos
dias sin agotarse.
Hablan un mismo idioma que, a pesar de su singularidad y gutural pronunciación, no es tan
difícil como parece la primera vez que se oye. Se halla cierta dulzura y cadencia en sus
palabras, pero es pobre de voces.
Coinciden en la mayor parte de sus inclinaciones, sin embargo no forman una nación
homogénea en sus costumbres, esto depende los terrenos donde viven, á las necesidades
que padecen, y en algun os casos por el trato que han recibido de los españoles; ni
corresponde en manera alguna el número de apaches al terreno que ocupan, hallándose
grandes espacios desiertos.
Son de temperamento bilioso, de caracter astuto, atrevido y soberbio; son muy celosos de
su libertad é independencia. Son tan desconfiados que no se encuentran con nadie sin tener
las armas en la mano, aún tratandose de parientes, incluso tratándose de un hermano. Nunca
se saludan ni despiden y antes de romper la palabra para cualquier asunto se miran un rato
en silencio.
Hombres y mujeres visten en lo general la gamuza ó piel del venado.
Los hombres acostumbran enredarse el cuerpo dejando libres brazos; se cubren la cabeza
con una gorra de la misma gamuza, adornándola algunas veces con plumas de aves ó de
cuernos de animales. Todos usan unos zapatos que se conocen como teguas, son de gamuza
y tienen la suela de cuero de res ó de caballo. Se cuelgan de las orejas sarcillos formados de
conchas, plumas, y pequeñas pieles de ratones, adorno á que suelen agregar la pintura de
greta ó almagre, en la cara brazos y piernas.
Las mujeres apaches usan también la gamuza, pero se distinguen en que usan una enagua
corta ceñida por la cintura por algún vuelo, hasta el nacimiento de la pantorrilla: un coton ó
gaban que se introduce por la cabeza, les tapa el pecho y espaldas hasta medio cuerpo,
quedando un poco abierto á los lados para el libre manejo de los brazos. Los zapatos son
como los de los hombres, se atan el cabello en forma de castaña. Conservan por lo comun
una bolsa de gamuza hecha de piel de cíbolo ó de nutria. Sus adornos en las orejas, cuello,
y brazos, consisten en sartas de pezuñas de venado y berrendo, conchas, espinas de
pescado, y raices de yerbas aromáticas.
Las familias que son mas aseadas, engalanan sus trajes bordándolos con la espina del
puercoespin que ablandan y suavizan para este efecto, y varias mujeres añaden en sus
enaguas un farfalá de pequeñas pezuñas de animales, ó de pedacitos de hoja de lata ó laton,
cuando en algun robo pudieron conseguirlo sus maridos, padres ó parientes.
Para casarse, el novio compra a la que ha de ser su mujer, por ella algunos caballos, pieles ó
armas; de aquí dimana el trato servil que sufren, y que sus maridos sean árbitros hasta de su
vida. Muchas veces se disuelve el contrato por unánime consentimiento de los desposados,
y volviendo la mujer á su padre, entregará éste lo que recibió por ella. Otros matrimonios
terminan por que la mujer se fuga por no aguantar los maltratos, en cuyo caso se refugian
bajo el amparo de algun indio que la puede proteger por su valor, entonces el mas débil, no
se atreve a recuperarla.
Los apaches eligen generalmente para moradas, las sierras mas escarpadas y montuosas
donde puede encontrarse agua, leña y frutas silvestres. Prefieren estos lugares porque
pueden defenderse mejor de sus enemigos cuando los atacan. Sus chozas y jacales son
circulares, hechos de ramas de árboles, cubiertos con cuero de caballos, vacas, ó cíbolos.
Acostumbran la caza de bura ó venado grande alazán, el berrendo, el oso, el jabalí, el
leopardo y el puercoespin. En razón de las frutas, son generales la tuna, el dátil que produce
la palma silvestre, la pitaya, la bellota y el piñon; pero el alimento que constituye su
principal es el mezcal. Lo hay de varias clases, pues se hace de la cepa, cabeza de maguey,
de sotol, de la palmilla, y de la lechuguilla. Se beneficia, cociéndole á fuego lento hasta que
adquiere cierto grado de dulzura y actividad. Tambien hacen una especie de sémola ó
pinole de la semilla del heno ó zacate, la cual cosechan con mucha prolijidad en el tiempo
de su sazon; y aunque en cortas cantidades cosechan algun maíz, calabacitas, frijol, y
tabaco que produce la tierra, mas por su feracidad que por el trabajo que emprenden en
cultivarla”.

La Fragua de los tiempos, Nueva Época (III-12-2020). Número 1342


Los apaches Parte XI (Según lo escribió José Agustín Escudero, 1834)
Acostumbran vivir en rancherías formadas por familias muy numerosas, son itinerantes, se
mudan de lugar cuando escasean las presas de caza y los pastos para los animales. También
suelen moverse durante los cambios anuales del clima. En tiempos de guerra se escogen para
acampar los cañones, buscando siempre los lugares más inexpugnables y las alturas más
elevadas, desde donde pueden descubrir los movimientos enemigos a varios kilómetros de
distancia.
Suele suceder que se junten varias rancherías en el mismo territorio, pero es casual, sólo se
unen entre ellos con el fin de hacer una cacería en grande, o defenderse de los enemigos de la
tribu. Para ello se organiza una junta en la que se acuerda el plan ofensivo. Dependiendo de la
peligrosidad del enemigo se reúnen varias rancherías de una misma parcialidad o se congregan
dos o más tribus de las más cercanas y se otorga el mando al guerrero más acreditado de
valiente.
La caza es una de las actividades más importantes en toda colectividad, sea de una o varias
rancherías. Cuando se trata de una cacería grande, concurren indistintamente hombres, mujeres
y muchachos, unos a pie, y otros a caballo. El indio que los dirige, señala los sitios donde deben
amanecer colocadas las diferentes cuadrillas que han de hacer el ojeo: los parajes en que han de
situarse los tiradores, flecheros de a caballo y a pie; y a los que a lo largo han de servir de
vigías: de este modo amanece cercado un terreno, cuyo círculo llega no pocas veces, a cuatro o
seis leguas.
La señal de comenzar la batida y de estrechar el cerco, es dada por humazos, incendian el pasto
y yerbas, dan grandes alaridos, huyen los animales, y como no hallan salida, vienen a caer a
manos de sus astutos adversarios. Esta clase de cacería solo la hacen los apaches cuando el
heno y yerbas están secas; pero en tiempo de aguas que no pueden incendiarse, apoyan sus
cercos contra los ríos y arroyos.
La caza de ganado cíbolo se llama carneada; exige más tiempo y preparativos de defensa,
porque la van a hacer en terrenos inmediatos a naciones enemigas. Es particular a los apaches
mezcaleros, llaneros o lipanes, y a los lipillanes, que son los que habitan con mayor proximidad
los parajes en que anda aquel ganado.
La caza del venado o berrendo, la ejecuta con la mayor destreza un indio solo, y por la utilidad
la prefieren de continuo al ruidoso plan de ojeo, que más le sirve de diversión que de
conveniencia. El procedimiento es muy ingenioso. Se viste el cazador con una piel de los
mismos animales, cubre su cabeza con otra imitada de los que va a buscar, y armado de su arco
y flechas andando en cuatro pies, se mezcla en una banda de ellos. No pierde golpe: mata a su
presa cuando puede, si huyen corre con ellos, si se espantan, finge igual conmoción; en estos
términos.
Desde pequeños se acostumbran los muchachos a este ejercicio, adiestrándose en las cazas de
las tuzas, urones, ardillas, liebres, conejos, tejones y ratas del campo: práctica con que
adquieren mayor fijeza en su puntería, y mucha soltura en manejar las armas.
La caza volátil interesa poco al apache: sin embargo, por un espíritu sanguinario mata cuantas
aves se le ponen a tiro. Aprovecha la carne de pocas, empleando las plumas para su adorno, y
ponerlas en la extremidad de sus flechas. No come pescado alguno, aunque lo hay abundante en
sus ríos; pero los mata igualmente guardando las espinas para diferentes usos. Lo que sí aprecia
es la nutria por el gusto de su carne, y utilidad de la piel.
Cuando se llegan a juntar muchas rancherías aprovechan las juntas para una de las diversiones
favoritas entre ellos, el baile. Los hacen de noche al compás de sus voces, y al toque de una olla
o guaje, cuya boca cubren con una piel tirante. Se interpolan hombres, mujeres y muchachos;
saltan todos a un tiempo formados en diferentes ruedas, y colocados mujeres y hombres
simétricamente. De cuando en cuando entran al círculo dos o tres hombres, o muchachos de los
más habilidosos, ágiles y diestros que efectúan una especie de baile pantomimo de suma
violencia, y de muy dificultosos movimientos de miembros y coyunturas.
Si el baile es preparatorio para una acción de guerra, o para celebrar el triunfo sobre el
enemigo, lo verifican con las armas en la mano, mezclan muchos alaridos, y sin perder la
cadencia se publican las hazañas hechas o que intentan hacer. Hay otros bailes que disponen los
indios reputados adivinos (chamanes, o sacerdotes) quienes para cumplir su rito se tapan la
cabeza con una especie de máscara de gamuza, y hacen muchas ceremonias ridículas.
Entre sus ideas religiosas, el apache reconoce la existencia de un ser supremo creador de todas
las cosas, se le identifica bajo el nombre de Yastasitasitan-né o capitán del cielo. No le
reconoce entre sus características que otorgue premiso o venganzas; por esto no se da culto
alguno exterior ni interior, ni tampoco a las demás criaturas que comprende formó aquél para
su diversión y entretenimiento. Conoce que los seres vivientes se aniquilan después de un corto
tiempo, y lo mismo cree de su propia existencia. De aquí resulta que se olvida fácilmente de lo
pasado, y no se inquieta por lo futuro, solamente le interesa el presente. No obstante, desea
estar de acuerdo con el espíritu divino, de quien juzga y depende lo próspero y adverso,
dándole esta materia pábulo para infinitos delirios.
Empapados los bárbaros de estas ideas, suelen atribuir a algún indio taciturno, adusto y
misterioso, la facultad de adivinar. El embustero de quien se forma tal concepto, lo sostiene por
la utilidad que le resulta, dando salidas ambiguas a las preguntas que le hacen; y a fuerza de
esta práctica llega a persuadirse él mismo y a creer los demás, que es el oráculo de los suyos. Es
también inherente a esta función la cualidad para curar
utilizando ciertas yerbas y haciendo ceremonias ridículas y cantos patéticos.
Las armas y las guerras de los apaches
La guerra más antigua de los apaches es la que han tenido con los comanches y demás
conocidos bajo el nombre general de tribus del norte, es tan antigua como lo son estas naciones;
el motivo que las ha provocado es la lucha por el uso exclusivo sobre el ganado cíbolo que
abunda en los terrenos fronterizos de comanches y apaches. Esta guerra la han sostenido con
más vigor las parcialidades más próximas a esos territorios: Faraones, Mezcaleros, Llaneros y
Lipanes.
También fue permanente el odio contra los españoles. No es el caso investigar aquí el origen de
esta sangrienta guerra; tal vez lo originarían las infracciones, excesos y avaricia de éstos, desde
que llegaron. Pero las formas seguidas por el gobierno de la república la van haciendo terminar,
habiéndose conseguido reducir el número de los enemigos. Últimamente han muerto muchos
apaches en las campañas que se organizan sobre sus territorios y con ello se ha logrado
disminuir las entradas a los nuestros.
El armamento ofensivo de los apaches, se compone de lanza, arco y flechas que llevan en un
carcaj de piel de leopardo o de otro animal, y las defensivas son cuera y chimal: los tamaños
son diferentes, según las parcialidades que las usan. Entre los mezcaleros, lipillanes y lipanes
hay algunas armas de fuego, pero por falta de municiones y por el desconocimiento para
repararlas, las aprecian menos, viniendo por lo común a darles un nuevo uso haciendo de ellas
lanzas, cuchillos, lengüetas para flechas, y otros útiles que estiman mucho.
De nada hace vanidad el apache, sino de ser valiente; llegando su entusiasmo a tal punto en esta
parte, que se tiene a menos el hombre de quien no se sabe alguna hazaña. Cuando han ejecutado
acción de señalado valor, agregan a su nombre el de Jasquie, que quiere decir bizarro.
Después de que se ha decidido una acción de guerra y elegido el indio que ha de mandarla,
dejan dentro de una sierra a sus familias con una moderada escolta. Salen los guerreros del
paraje a pie, generalmente divididos en pequeñas partidas para ocultar mejor sus rastros,
procurando caminar por tierra peñascosa, reuniéndose en el día y punto que acuerdan, próximo
al paraje que se han propuesto invadir.
Para efectuarlo colocan anticipadamente una emboscada en el terreno que más les favorece:
despachan luego varios indios ligeros que roban bestias o ganado de los enemigos
provocándolos para que los persigan, cargando por sorpresa en algún lugar propicio para la
emboscada, haciendo un sangriento destrozo.
Es imponderable la velocidad con que huyen después que han ejecutado un crecido robo de
bestias; emprenden su retirada para su país, las montañas que encumbran, los desiertos sin agua
que atraviesan para fatigar a los que los persiguen, y las estratagemas de que se valen para
eludir los golpes de los agredidos.
A larga distancia dejan siempre sobre sus huellas dos o tres de los indios montados en los
caballos más ligeros, para que éstos les den aviso de lo que adviertan por sus retaguardias; y
teniéndolo de ir contra ellos fuerzas superiores, matan cuanto llevan, y escapan en las mejores
bestias que últimamente vienen, a matar también en el caso de que se vieran en peligro de ser
alcanzados.
Si por noticias de su retaguardia les consta que los persiguen fuerzas inferiores, las esperan en
un desfiladero y cometen segundo destrozo, repitiendo este ardid cuantas veces se lo presenta
su buena suerte, y la impericia de sus contrarios. Cuando conocen que sus perseguidores son
sagaces e inteligentes como ellos, dividen el robo en pequeños trozos, y dirigen su huida por
diferentes rumbos, por medio de lo cual aseguran llegar a su país con la mayor parte, a costa de
que padezca interceptación alguna de ellas.
Concluida la expedición, y repartido el botín entre los concurrentes, en cuya petición no pocas
veces suelen ofrecerse disturbios que decide la ley del más fuerte, cada parcialidad se retira a su
país, y cada ranchería a su particular sierra o terreno favorito, para vivir con entera libertad, y
sin sufrir incomodidad nadie.
Con menos preparativos, y más fruto, suelen hacer muchos destrozos, cuatro o seis indios que
se resuelven a ejecutar solos una campaña a la ligera; siendo tanto más difícil evitar los daños
que cometen, cuanto a ellos les es más fácil ocultar sus rastros, y penetrar sin ser sentidos hasta
los terrenos más distantes, para lo cual ejecutan siempre su marcha por los breñales y
peñasquerías de las sierras, desde donde se desprenden a las poblaciones: cometen sus ataques
con la mayor rapidez, y se retiran precipitadamente a ocupar los mismo terrenos escabrosos, y
continuar por ellos sus marchas, siendo casi imposible el encontrarlos, aunque se busquen con
la mayor diligencia.
En la ocasión en que más se reconoce el valor o temeridad de estos bárbaros, es cuando llega el
lance de que sean atacados por sus enemigos; jamás les falta la serenidad aunque sean
sorprendidos, y no tengan recurso de defensa: pelean hasta que les falta el aliento, y
continuamente prefieren morir a rendirse.
Con la misma intrepidez proceden cuando atacan; pero con la diferencia de que si no consiguen
desde luego la ventaja que se proponían, y ven contraria la suerte, no tienen a menos el huir y
desistir de su proyecto, con cuya mira procuran anticipadamente proveer la retirada, y el partido
que han de tomar para su seguridad.
Si carecen de cabalgaduras, cargan sus pertenencias así como a sus mujeres y criaturas: los
hombres protegen al conjunto ocupando la vanguardia y la retaguardia, pero también los
costados de su caravana. En estas retiradas escogen el terreno más difícil e inexpugnables,
verifican su transmigración como si fueran fieras.
Sólo por sorpresa y bloqueando las retiradas se consigue castigar a estos salvajes, pues como
lleguen a advertir la presencia del enemigo antes de iniciarse la acción de ataque, son tan
rápidos para correr que fácilmente logran ponerse a salvo. Si se determinan no obstante a
batirlos, es con muchos riesgos a causa de la suma agilidad de los bárbaros y de las rocas
inexpugnables en que se sitúan.

La Fragua de los tiempos. Nueva Época (III-19-2020) Número 1343


Los apaches Parte XII (Según lo escribió José Agustín Escudero en 1834)
En la parte final del estudio publicado por Escudero se describe de manera muy resumida a las
tribus apaches que habitaban los territorios fronterizos de México. Es interesante conocer lo
que se sabía de esas diez tribus, identificadas por los nombres que les habían asignado los
españoles, ignorando o desentendiéndose de los nombres con los que se identificaban ellos. El
mismo Escudero incluyó algunos de estos nombres en otra parte del estudio: viniettinen-né;
sagetaen-né; tjusceujen-né; yecujen-né; intujen-né; sejen-né; cuelcajen-né. En esta ocasión se
respetó íntegramente la escritura (ortografía) original que usó Escudero hace casi doscientos
años.
1.- Apaches Tontos, o coyoteros.
“Esta parcialidad lo mas occidental de la frontera de Sonora, es la menos conocida, porque á
escepcion de algunas rancherías prócsimas á la línea de sus presidios, que unidos con los
chiricahués insultaron aquellos territorios, los demás viven y ecsisten tranquilos en su pais,
donde hacen algunas siembras de maíz, frijol y otras legumbres, surtiéndose de carne por medio
de la caza de venados y coyotes de que hay tanta abundancia, que se les conoce tambien con el
nombre de coyoteros.
Convocados los mas inmediatos por los chiricahués, llegaron á ser enemigos nuestros; pero se
hallan ya de paz en el presidio de Tucson y sus inmediaciones. Por las noticias que han dado los
chiricahués y ellos mismos, se sabe ser muy numerosa esta tribu, cuyos terrenos no son poco
conocidos, porque no ha habido necesidad de pisarlos. Confinan por el poniente con los
papagos, y cocomaricopas: por el norte con los moquinos: por el oriente con la parcialidad de
chiricahués, y por el sur con nuestros establecimientos.
2.- Apaches chiricahués
La sierra de Chiricahué, principal habitación de esta tribu, fué la que dio su denominación. Era
bastante numerosa en otro tiempo, unida con los navajoes, y algunas cuadrillas de tontos,
hostilizó la provincia de Sonora hasta los terrenos mas interiores. Los seris, suaques y pimas
bajos, con quienes tuvieron los chiricahués coligacion los hicieron prácticos en el pais
proporcionándoles muchas ventajas. Después que se sujetaron los citados seris, suaquis y
pimas, y que la parcialidad de navajoes rompió su alianza con los referidos chiricahués, trató
paces de buena fé en la provincia del Nuevo México, fueron castigados continuamente por
nuestras armas, de cuyas resultas habiéndose minorado mucho su número, solicitaron la paz
varias rancherías desde el año de 1786, estableciéndose en el pueblo de Baquache y presidio de
Janos; algunos, aunque pocos, habitan todavía en su pais enemistados con los navajoes y
moquinos, á quienes hacen el daño que pueden. Confinan con ellos por el norte; al poniente con
los tontos, al sur con los españoles, y con los gileños por el oriente.
3.- Gileños
Esta parcialidad ha sido de las mas guerreras y sangrientas, hostilizando indistintamente en la
provincia de Sonora, la Nueva Vizcaya, (cuyos territorios aun los mas interiores, conoce del
mismo modo que sus naturales), y en la del Nuevo México siempre ha tenido unión con la
parcialidad mimbreña su inmediata, partiendo las dos los frutos y los riesgos.
La repeticion con que fué perseguida para escarmentarla y contener sus interrupciones, humilló
su orgullo, viéndose minorada tres cuartas partes de su total. De las rancherías que ecsisten, hay
establecidas varias de paz en el presidio de Janos y otros puestos de frontera; pero las que
continúan sin reducirse causan todavía daños en nuestras poblaciones. Lindan al poniente con
los Chiricahués: al norte con la provincia de Nuevo México: al oriente con los mimbreños, y al
sur con la provincia de Nueva Vizcaya.
4.- Mimbreños
Fue esta tribu muy numerosa, y tan atrevida como la gileña; se divide en dos clases, altos y
bajos: los primeros que eran los mas inmediatos á la frontera de Nueva Vizcaya se redujeron á
paz, despues de haber sufrido muchos golpes por sus arrojadas empresas. Los segundos no han
abandonado todavía su pais, que es prócsimo á la provincia del Nuevo México: tiene alianza
con los faraones, y á pesar de los descalabros que han sufrido en la guerra, conservan su
antiguo osado carácter. Es ya corto su número y confinan al norte con el Nuevo México: al
poniente con la parcilidad gileña: al oriente con la faraona: y al sur con la frontera de Nueva
Vizcaya.
5.- Faraones
Estos indios son todavía bastantemente numerosos; habitan las sierras intermedias del río
Grande del Norte al de Pecos: mantienen union íntima con los mezcaleros, y nos hacen la
guerra. Las dos provincias de Nuevo México y Nueva Vizcaya, son y han sido el teatro de sus
irrupciones: en ambas han tratado paces diferentes veces; pero las han quebrantado siempre,
escepto una ú otra ranchería, cuyos fieles procedimientos han obligado á permitir se
establezcan en el presidio de San Elzeario. Confinan al norte con la provincia del Nuevo
México: al poniente con los apaches mimbreños; con los mezcaleros al oriente, y al sur con la
provincia de Nueva Vizcaya.
6.- Mezcaleros
Habita por lo general esta tribu las sierras prócsimas al río de Pecos, estendiéndose por el norte
hasta las inmediaciones de la comanchería: se aprocsiman á ella en las temporadas propias para
hacer la carneada del cíbolo, y se une cuando va á verificarla con la parcialidad llanera su
vecina, de la cual y de los apaches faraones, se aucsilia para invadir nuestros establecimientos,
haciendo estos indios sus entradas constantemente por el Bolson de Mapimí; ya se dirijen á
hostilizar en la provincia de Coahuila, ó ya en la Nueva Vizcaya. Tienen algunas armas de
fuego; pero no abandonan el uso de las arrojadizas que les son propias. Puede regularse el
número de hombres mezcaleros aptos para manejar las armas, en mas de 3 mil, sin embargo de
lo que han sufrido por parte de los comanches sus acérrimos enemigos, y de alguna minoracion
que les hemos originado en la guerra. Los citados mezcaleros estuvieron de paz en el presidio
del Norte; pero habiéndola quebrantado pérfidamente, se retiraron á sus países, y se trata de
humillarlos castigando su proceder infiel, por medio de las campañas que se les hacen sin
intermision. Confinan al norte con la comanchería: por el poniente con la tribu faraona: al
oriente con la llanera, y al sur con nuestra frontera de Nueva Vizcaya y Coahuila.
7.- Llaneros
Ocupan estos indios los llanos y arenales, situados entre los ríos de Pecos y Colorado: llaman al
primero Tjunchi en su idioma, y al segundo Tjunchide: es parcialidad bastante numerosa, que
se divide en las tres clases siguientes: navajoes, lipillanes y llaneros; contrarrestan á los
comanches en las frecuentes reyertas y acciones que se les ofrecen á menudo, especialmente en
el tiempo de las carneadas de cíbolo. Insultan los establecimientos españoles, uniéndose á este
fin con los mezcaleros y faraones, con los cuales tienen estrecha amistad y alianza. Confinan
por el norte con los comanches: al poniente con los mezcaleros: al oriente con los lipanes, y al
sur con nuestra línea de presidios.
8.- Lipanes
Esta tribu es quizá la mas numerosa (de) todas las apaches, y ha muchos años que, vive de paz
sobre las fronteras de Coahuila y Tejas: se divide en dos ramos conocidos por arriba y abajo. Es
enemiga irreconciliable de los comanches, y demás parcialidades conocidas bajo el nombre
genérico de naciones del Norte. Algunas veces han hecho los lipanes la guerra en nuestras
posesiones, introduciéndose á hostilizar en las provincias de la colonia del Nuevo Santander y
Nuevo Reino de Leon dependientes de México, que se hallan á la espalda de las de Coahuila y
Tejas; pero se ha conseguido calmar su inquietud. Sin embargo siempre ecsije cuidados
conservarlos en esa forma, tanto por el parentesco y enlaces que tienen con los mezcaleros y
llaneros, cuanto por lo que interesa avivar su odio respecto de los comanches y naciones del
Norte, á fin de que no se alíen con unos y otros como ya lo han intentado; pudiendo decirse que
á esta política se debe el que no devasten nuestras posesiones. Confinan los lipanes al norte con
los comanches al oriente con los mezcaleros: al sur con las provincias de Nueva Vizcaya y
Coahuila, y al poniente con la frontera de Tejas.
9.- Navajoes
Esta tribu es la mas septentrional de todas las apaches; ocupa la sierra y mesas de Navajó, que
le dan su nombre: no son ambulantes como los demás indios; y antes reconocen domicilio fijo.
Sus rancherías son diez, á saber: Sobolleta, Chacoli, Guadalupe, Cerro Caverón, Agua Salada,
Cerro Chato, Chusca, Tuncha, Chelly, y Carreo. Poseen ganado grande, y alguna caballada,
siembran maiz y otras legumbres, cultivando la tierra. Crían ganado menor y fabrican gergas,
mantas, y otros tejidos de lana que comercian en el Nuevo México. Habita á la parte de suroeste
de la villa de Santa Fé: sus establecimientos tienen una forma regular, y por la mayor parte
están inmediatos á nuestros pueblos situados á aquel rumbo; fueron nuestros enemigos, y como
tales mantuvieron alianza con los gileños, mimbreños, y chiricahués, ayudándolos á hostilizar
las provincias de Nueva Vizcaya, Sonora, y la misma de Nuevo México hasta el año de 1788,
que se logró romper esta union, y atraer de paz á los navajoes. Se rigen por un general que
nombra el gobierno, son limítrofes por el sur con chiricahués, y gileños: por el norte lindan con
los yutas, con los moquinos por el poniente, y por el oriente con los jicarillas.
10.-Apaches jicarillas
Esta tribu es rama de los faraones; y despues que fué arrojada por los comanches del monte de
la Jicarilla, distante 30 leguas al nornoroeste del pueblo de Taós en la provincia de Nuevo
México, ha vivido siempre de paz entre él y el de Pecuries, sembrando en las cañadas de la
sierra que divide los dos. Cuando los hombres van á la caza del cíbolo, dejan sus familias al
abrigo de nuestras poblaciones. Se diferencían muy poco estos apaches de los demás de su
nacion; pero los adelantan ó aventajan en la industria de cultivar la tierra, y curtir la peletería.
Anexo final: la comunicación entre los apaches
Las rancherías de los apaches se encuentran tan dispersas que pueden pasar muchos meses sin
que se relaciones entre ellos, sin embargo tienen una forma de comunicarse y jamás se
equivocan el contenido de sus avisos, esto es utilizando el humo que producen con hogueras de
leña, por ejemplo el humo provocado desde una parte muy alta y atizado de manera continua,
es señal de que se ha visto cerca al enemigo, se le sigue la huella para que estén alerta. En
respuesta, todas las rancherías que alcanzaron a verlo responden de la misma manera.
Un humo pequeño a la falda de una sierra, indica que desde esa ranchería se busca a alguien
que se encuentra extraviado. En caso de que se tenga información, se responde con otro
mensaje informando que allí se encuentra y que pueden acudir con la confianza de que no hay
peligro.
Dos o tres humos pequeños en un llano o cañada, hechos sucesivamente sobre una dirección,
manifiestan que desean hablar con sus enemigos; se contesta de la misma manera y a este tenor
tienen otros signos admitidos comúnmente por todas las parcialidades apaches.
Así como estos ejemplos hay muchas señales que han ideado con el tiempo, los que no son
apaches desconocen las claves y por lo tanto no pueden interpretarlas. La mayoría de los
hombres y las mujeres llevan consigo los instrumentos necesarios para hacer lumbre: prefieren
la piedra, el eslabón y la yesca, pero en caso de no tener éstos, también pueden hacer fuego con
dos palos preparados: uno de sotol y otro de lechuguilla bien secos, que frotados en forma de
molino la punta del uno contra el plan del otro, producen en un momento incendiado el aserrín
de la parte frotada.
Son muy hábiles para seguir los rastros, las huellas de animales y de personas. Son capaces de
identificar en una huella el tiempo que ha transcurrido desde que se imprimió. Pueden deducir
si se estampó de noche o día. En caso de que la huella sea de una bestia pueden saber si llevaba
jinete, o si caminaba sin carga; si la iban arreando o si era mesteña (libre, cimarrona). Si hieren
un venado berrendo, o cualquiera otro animal, jamás pierden su rastro hasta que lo encuentran
muerto o imposibilitado de andar, aunque caminen sobre él dos o tres días, y se mezcle la res
herida con sus semejantes. Así como estos conocimientos poseen tienen muchos más que se
han acumulado de su experiencia y conocimiento de la naturaleza.

La Fragua de los tiempos. Nueva Época (IV-26-2020) Número 1344


El destino ineluctable de los apaches mexicanos (Parte XIII)
Con esta entrega concluye la serie dedicada a los apaches mexicanos. No es que se haya
agotado el tema ni las fuentes, podría extenderme a diez entregas más, pero hay otros temas que
andan haciendo giros en mi cabeza. Me obsesiona uno que me es entrañable y que hace mucho
tiempo lo dejé en el abandono y lo voy a retomar la próxima semana.
Así las cosas, interrumpo la serie de los apaches en el momento que considero es el más
apasionante en la historia de esta heroica nación: el siglo XIX, cien años desde los primeros
hasta los finales de 1800, en los que el círculo de sobrevivencia de esta nación se fue
reduciendo hasta convertirse en el pequeño núcleo formado por unas cuantas reservaciones que
el gobierno norteamericano les “entregó” a cambio de que se pusieran en paz y de esa manera
apropiarse “legalmente” de sus territorios, guardando las apariencias de lo que fue un despojo
descarado.
En una de las primeras entregas de esta serie escribí que la venta de Luisiana por parte de
Francia a los Estados Unidos, había sido como el arrancón, como el abrir la puerta a los
capitalistas de Estados Unidos, quienes a partir de ese año 1803 se empezaron a extender
inexorablemente hacia el sur, empezando por México, pero lanzando la mirada codiciosa hasta
el horizonte de la Patagonia.
Casi inmediatamente después de la compra de Luisiana el presidente Jefferson ordenó las
primeras expediciones oficiales sobre los ríos Mississipi, Rojo, Ovachita y sobre el territorio de
Lousiana. En estas primeras expediciones, los exploradores yanquis recorrieron
aproximadamente 800 kilómetros sobre el río Mississipi. El responsable de la expedición
informó con gran asombro de las enormes llanuras abundantes en agua y pastizales. Escribió
que ese gran territorio estaba habitado por algunas tribus salvajes que se movían en la dirección
de las inmensas manadas de ganado nativo de esas tierras. No dejó de calcular que habían
encontrado una gran manada de aproximadamente 10,000 búfalos que formaban un círculo de
aproximadamente cuatro kilómetros. Con estas exploraciones se empezó a conocer lo que se
encontraba más hacia el sur de Luisiana, es decir el territorio fronterizo de México, todavía en
poder de los españoles. Así se miró desde entonces a los apaches, como “algunas tribus salvajes
que se movían junto con las manadas de búfalos.”
No es difícil imaginar que el presidente Jefferson y los presidentes que le siguieron hayan
asumido que efectivamente, Dios los había puesto en el lugar y en el momento indicado para
apoderarse de aquel riquísimo territorio ¿qué tanto podía importar la presencia de aquellos
salvajes?
Veinte años después, el presidente James Monroe se dirigió al Congreso de los Estados Unidos
(2 de diciembre de 1823), señalando que no permitirían la intromisión de ningún otro país que
tuviera el propósito de ocupar o invadir alguna porción del continente americano, y que de
llevarse a cabo tal acción, sería considerada como un acto de guerra. Estas primeras
declaraciones se configuraron luego en lo que se denominó la Doctrina Monroe, misma que se
popularizó en la frase “América para los americanos”.
Cuatro años antes de que Monroe dirigiera su mensaje al Congreso, un grupo de migrantes
provenientes de los Estados Unidos habían iniciado gestiones ante el gobierno español para que
se les permitiera instalarse como colonos en territorios de Texas. Así se inició la ocupación y
anexión del territorio mexicano, proceso que concluyó en 1848 con la firma del Tratado de
Guadalupe Hidalgo.
Un punto que no se ha estudiado a fondo en este proceso de treinta años, de 1819 a 1848, es
que el gobierno de Estados Unidos intervino por diferentes vías instrumentando a algunas tribus
apaches para atacar a los habitantes fronterizos de Sonora, Chihuahua, Nuevo México,
Coahuila y Durango.
Los tratados de paz del gobierno mexicano y los apaches.
A principios de 1790 el gobierno español firmó un tratado de paz comprometiéndose a entregar
raciones por cuenta del gobierno, para que pudieran subsistir con sus familias algunos miles de
apaches que habían estado en guerra. Estos tratados no involucraron a todas las tribus, pero
redujeron en gran medida las incursiones.
Entre 1804 y 1810 se registraron numerosos robos y asesinatos en las haciendas y ranchos de la
porción septentrional de la Nueva Vizcaya, cometidos por tres partidas apaches encabezadas
por los capitancillos Rafael, Antonio y El Chinche. En el expresado término de seis años
causaron 298 muertos, 53 heridos y se llevaron 45 cautivos. Además cometieron cuantiosos
robos de ganado vacuno y caballar.
En los años siguientes hubo otras acciones más o menos graves. En 1826 los guerreros de las
tribus gileña, jicarilla y mezcalera se unieron en La Mesilla con fines de reclamar al gobierno
de la república, se hicieron negociaciones y se evitó una nueva guerra. A mediados de 1827 se
presentó otro conflicto con la tribu navajoe a causa de que el gobierno de la república había
decidido instalar una compañía presidial; meses después se levantaron en armas, pero fueron
sometidos.
En 1830 se generalizaron en toda la frontera las incursiones con la participación de guerreros
pertenecientes a diferentes tribus, era evidente que se habían hecho acuerdos entre ellos para
reiniciar las acciones de robos y asesinatos, que según el gobierno mexicano no se justificaban
porque se estaba cumpliendo con el compromiso de entregar periódicamente las raciones y
apoyos que se había comprometido años antes.
En 1831 principiaron las hostilidades directas contra las fuerzas presidiales del estado de
Chihuahua, provocando que el general José Joaquín Calvo, comandante general de Chihuahua
y Nuevo México les declarara la guerra por medio de una proclama del 16 de octubre de 1831.
Después de numerosas campañas contra los apaches, en 1837 la Junta de Guerra propuso poner
precio sobre las cabelleras de indios muertos en acción de guerra, pero el Consejo de Gobierno
desaprobó la medida por considerarla inmoral. Desde esta época y por largos años, se
multiplicaron las depredaciones, robos y crímenes de los apaches y comanches, ocupando lugar
preferente el ataque al pueblo de Yepómera, en el que fueron muertos 42 vecinos.
Las compañías y demás fuerzas presidiales se vieron impotentes ante los ataques y finalmente,
en diciembre de 1839, se contrató al mercenario irlandés Santiago Kirker para que organizara
una partida de doscientos hombres armados para hacer la guerra a los apaches, autorizando
sueldos que en aquella época se consideraron altos. Poco después el general García Conde
suspendió el contrato por considerarlo gravoso para el erario y a la vez deshonroso porque se
demostraba la impotencia del gobierno mexicano poniendo a un extranjero al frente de la
guerra.
Faltaba lo peor: en 1846 el gobierno del estado de Chihuahua contrató nuevamente a Kirker,
quien aprovechando la situación, emprendió diversas acciones atacando no solamente a los
grupos en armas, sino a los apaches que se encontraban de paz en los pueblos de Galeana y San
Buenaventura, en donde hizo una carnicería dando muerte a ciento cuarenta y ocho indios de
todos sexos y edades.
Entre los años de 1834 a 1856 se firmaron varios tratados de paz en Chihuahua y otras
entidades fronterizas, sin embargo ninguno tuvo efectividad porque en cada entidad se actuaba
de manera independiente y en varias ocasiones se firmaba la paz en una de las entidades, pero
la guerra seguía en las demás. Frente a esta situación de desorden el gobierno federal no podía
hacer gran cosa por la situación precaria y por las divisiones políticas que se estaban
presentando en aquellos años.
La política de Estados Unidos
Poco después de la celebración del Tratado del 30 de diciembre de 1853, por el cual el gobierno
mexicano entregó el territorio de La Mesilla, el gobierno de Washington estableció las
reservaciones indígenas en diversas regiones del territorio que había sido de México.
Supuestamente las autoridades militares de Estados Unidos se encargaban de vigilar que los
apaches permanecieran dentro de las reservaciones, sin embargo era práctica más o menos
regular que se formaran bandas que salían de los presidios a incursionar contra los estados
fronterizos, saqueando ranchos y vendiendo a norteamericanos el ganado y otros productos.
Hubo casos en que después de algún combate se les recogían las armas que cargaban los
apaches, que eran rifles con matrícula del ejército americano.
De estas y otras manera el gobierno de Estados Unidos intervino a su conveniencia en esta
larga guerra, aprovechando la división y debilidad de los mexicanos, a la vez que la
inconformidad de las tribus apaches.
Para concluir dejo a los lectores un documento casi desconocido, respetando la ortografía de
aquellos tiempos. Lo escribió el 27 de octubre de 1879 el ex gobernador norteamericano
Alejandro R. Shepherd y luego se publicó en el Periódico Oficial el 18 de diciembre de 1879,
bajo el encabezado “Atrocidades de los apaches”.
“Acabo de volver de un viaje largo por el estado de Chihuahua, y estoy satisfecho de que no ha
exagerado los graves perjuicios causados á hacendados y mineros pacíficos de aquella
población amiga, por las incursiones de los indios, que fueran llevados a fuerza por el gobierno
americano, a nuestro territorio (reservaciones) donde se supone viven pacíficamente.
Estos indios no solo son belicosos y guerreros, sino que tambien han sido armados por nuestro
gobierno con rifles de las mejores patentes y de la mayor eficacia.
Cuando se ven impelidos por la esperanza del pillaje y por su natural barbarie, pasan al Río
Grande y roban a los rancheros inofensivos y sin proteccion, y cargados con el botin huyen a
desierto. Si se les hace la mas leve oposicion, agregan al robo y al despojo el asesinato.
No es posible para los mexicanos hacer resistencia, porque fácilmente son cazados con los
rifles de aguja y winchester, estando ellos tan mal armados, que tienen sus vidas é intereses en
constante peligro.
En el estado de Chihuahua viven ahí mas de 90,000 indios tarahumares en la mejor armonía
con menos de 30,000 ciudadanos civilizados. Se dedican a la agricultura, a la minería y a la cria
de ganado; y lejos de ser molestos son dóciles y hospitalarios.
El contraste entre estos indios y las tribus salvajes que hacen de las reservaciones de los
Estados Unidos sus puntos de ataque sobre los ciudadanos mexicanos, es tan notable como
puede ser la diferencia entre dos razas distintas de este continente.
Toda la nacion se ha alarmado por los actos recientes de barbarie, cometidos por tribus menos
salvajes, en Colorado y Nuevo México. Completa indemnización y pronto castigo será
indudablemente reclamado y obtenido; mientras que los ciudadanos pacíficos de México han,
hasta ahora, dejado de obtener de los Estados Unidos la menor garantía de que desarrolle su
amplio poder y autoridad para poner un jaque a estos salvajes.
Tesoros de un carácter portátil y de inmenso valor son conducidos con regularidad por una
escolta de veinte hombres, de las minas a la costa, perfectamente seguros de pérdidas o
molestias, aún en manos de los nativos. No corren riesgo hasta que no se aproximan o se
internan al territorio de los Estados Unidos.
Nuestro gobierno indudablemente debe tomar serias providencias para poner el hasta aquí a
estas constantes incursiones sobre una población amiga é indefensa. Aquellos estados distan
cerca de 1,000 millas de la capital de México. Están apenas poblados y no tienen organizada
fuerza militar, ni pueden sostenerla. Sus habitantes desean vivir en relaciones amistosas con
nosotros, y puedo asegurar a usted que reciben cordialmente las empresas americanas y su
energía para desarrollar sus sorprendentes elementos.
Yo confío en que ese Departamento estimulará a las correspondientes autoridades, a fin de que
practiquen una pronta y minuciosa averiguación de estos atentados”.
Pie de fotos:
1 Gerónimo.
2 Alexander R. Shepherd
3 Gerónimo y sus capitanes.