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Esto sí es necesario leerlo:

Primero: Esto no es una secuela.

Cuando el autor me pidió escribir esta página por él, la condición fue
dejarlo claro desde ya: Esta segunda historia tiene todo que ver con
la primera, pero es mejor que sepas que los personajes que conociste
en Perversión de la Utopía no estarán acá. Lo sé, yo también odié
al autor al principio por eso, por iniciar con un simple prólogo que
quería ser independiente, y luego las ideas como un huracán lo
raptaron lejos, muy lejos, hasta que lo soltaron casi quinientas páginas
después con una historia tan esquizofrénica y compleja que había
desplazado por completo a la primera. Pero confía en mí, cree en él
como yo lo hice, este libro es desquiciado, y hay quienes dicen que
profundo, yo lo único que te digo es que prestes atención, pues este
libro no será fácil de olvidar.

Segundo: El autor tiene una sorpresa para tí, acabas de adquirir dos
libros.

Este libro son dos libros que con amor el autor tejió para tí, -de
ahí las márgenes más pequeñas-, la dinámica es así: Las historias se
intercalan cada vez que uno encuentra una ilustración.
Tanto así que en la mitad, más o menos, uno se descubre leyendo
un libro totalmente diferente; libro que en mi opinión es tan, o si es
que se puede más, emocionante que el que inició. Creo que eso fue
otra de cosa que me enganchó hasta el final, cada ilustración abre
algo totalmente diferente, es como irlas coleccionando.
El autor me demostro que cuando uno cree que no se puede mejorar,
siempre hay algo; por eso este chico escribió dos libros al mismo
tiempo, luego los juntó con maestría absoluta, y los hizo chocar entre
ellos en este pequeño regalo que tienes en las manos. Uno me llevó
lejos, el otro, un tanto más adentro, en lo personal, llegó un punto
en que logré detenerme y me dije: ¿Qué demonios estoy leyendo?,
y se sintió genial, creo que eso era lo que el maldito quería hacerme
sentir... cerré el libro diciendo: “Cómo este tipo hizo para que todo
esto tuviera algún sentido”. En fín, esta obra es muy diferente a
Perversión de la Utopía, tanto, que habrá quienes piensen que este
segundo libro fue escrito por un hombre diferente. Quizás así fue.

-con amor, un lector anónimo.


Tiamat Eclipse Escarlata fue terminado un jueves, desde una silla que
ya no tenía asiento y quedando el autor sentado sobre nada más que
una tabla; hombre mismo que por escribir noche tras noche hasta la
madrugada su siguiente obra sería luchar contra una neumonía; mismo
que renunció a dos trabajos de sus sueños para continuar con este libro,
libro que al final, fue terminado con apenas medio teclado, luego de
que su madre regase una jarra de jugo sobre la computadora pidiéndole
que por favor fuera ya a dormir, que el sonido de las teclas todas las
noches a las tres de la madrugada, por casi diez meses, no dejaba dormir
a nadie. El autor prácticamente no salió de casa en casi dos años, perdió
amigos, renunció a su carrera, y hasta la saciedad hartó a todos quienes le
rodeaban contando los detalles de la historia... al final, apenas quedaron
dos o tres, los más leales.

Este mensaje es para ti, para ti si es que vives lleno de esperanza, he de


dejarte con humildad aquí la enseñanza que la vida me ha forjado:
La esperanza por sí sola, no sirve de nada.

Conoce el proyecto en menos de dos minutos.

Este libro tiene un video-trailer hecho por el equipo de Tiamat, o sea,


el autor:

https://www.youtube.com/watch?v=1nU1ipUnFmA
Nada en este libro es por azar.
Tiamat, Eclipse Escarlata.

- 10 -
PRÓLOGO
HÁGASE TU VOLUNTAD

U n hombre viste muchos rostros, algunos se hacen su prisión,


otros se vuelven su armadura. Nacen para desterrar la soledad,
mueren y facilitan el olvido; reconfortan cada noche, pero cada alba
recriminan. Cada vez que un hombre forja la máscara que porta,
hay un monstruo que elige también la piel que habita.
Hoy vi un hombre que intentaba asesinarme.
Alguien me persigue cada día. Su macabro delirio me avasalla.
Todas las noches lo oigo respirar dentro de mi habitación, todas las
mañanas me encuentro su mirada en el espejo... Qué hórrido es
verse el rostro y sentir que máscara y carne se han fundido, sentirse
extranjero del cuerpo propio.
Esta idea pútrida nació una mañana en que me levanté y descubrí
estar enfermo, los médicos fueron concisos: Me estaba muriendo,
cada respiro podía ser el último. Entonces todo cambió.
Un hombre nunca llega a conocerse a sí mismo hasta que se
enfrenta a la muerte; ese día descubrí que es mejor despertar por
las mañanas con la certeza de estarse muriendo a cada instante,
que hacerlo, y pretender que no. Desde entonces temo el rostro
que veo en los reflejos, temo en lo que esta mentira me ha estado
convirtiendo, esta máscara... del único lugar del que no se puede
huir es de uno mismo. Veo mi reflejo y sé que mi rostro es una
mentira, lo confieso, lo confieso, no soy el hombre en mi reflejo.
Lo confieso, quiero ser el hombre en mi reflejo, quiero ser el
hombre en mi reflejo. “Dios, hágase tu voluntad”, siempre es más
fácil pensar que la responsabilidad ha recaído en otro...
La melancolía es efímera, la maldad es necesaria, bienaventurado
el hombre que las doblega ambas.

Este delirio brota de mi pecho.


Inefable es el mal que allí germina.
Son injustas las tormentas que cosecho.
Y es justicia ver mi esencia que marchita.
Soy yo mismo el verdugo de mi alma.
El culpable de ver sellada la salida.
¿Soy yo mismo el buen Demonio que me llama?
Soy yo mismo el buen Dios que te castiga.

¿Acaso crees en Dios?


Digamos que… creo en mí mismo.

-11 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
***
Hoy, a las diez y cincuenta y cuatro de la mañana, los mandos
del Norte, en medio de una ceremonia religiosa a puerta
cerrada, declararon instaurar un nuevo papado exclusivo para
el territorio de la Unión.
Luego, a las doce y treinta y dos minutos, en la ceremonia
pública de coronación papal, al momento del juramento; al
falso Papa lo infectan los hilos del Demonio.

Yo… yo lo vi ser poseído... Lo que apretó mi pecho no puede


ser descrito con palabras, nunca olvidaré ese día, y sobre todo,
jamás podré sacar de mi cabeza la forma en que padeció…
Aquí, en las Américas, la inmensa cantidad de votantes
católicos siempre se habían sentido traicionados por el
pequeño detalle de que el Papa estuviese en Roma, de parte
del enemigo. Nuestros mandos a sabiendas que una guerra se
libra en muchos frentes, declararon que si la Confe tenía su
Papa, ¿por qué íbamos nosotros a privarnos de esa bendición?
Así que luego de meses en las urnas, los mandos del Norte
decidieron declarar al sumo pontífice en Roma como “un líder
corrompido” y proclamar uno para nosotros.
Y así, fue como nuestra nación excomulgó al Papa enemigo.
Así que cuando el nuevo Papa, en su túnica azul emulando
los colores de la Unión, con un aire casi patriótico extendió
las manos en lo alto de la plaza y su voz se oyó en parlantes y
monitores de todo el continente, yo estuve allí para presenciarlo;
ese sería un día que dividiría en dos la historia de la guerra.

Bienvenidos hermanos, son estas las palabras de Dios.


Yo estaba allí, con el uniforme puesto, entre la colosal
multitud de familias que presenciaría la ceremonia, la voz de
miles de feligreses reunidos en la plaza sonaba al unísono,
papeles blancos y humo de incienso de colores danzaban por el
aire, como en un santo augurio el sol brillaba sobre mi placa...
En el nombre de Padre, del Hijo…
Se encendieron los monitores que rodeaban la plaza atestada
de gente y en las pantallas se reprodujo la imagen del cardenal
en lo alto de los escalones que daban a la gran catedral.

- 12 -
William Deneuve Scott.

Ese día muchos faltaron a sus trabajos, familias enteras se reunían


a celebrar en las calles como si la ceremonia religiosa fuese alguna
especie de triunfo sobre los enemigos.

Yo confieso ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho


de pensamiento, palabra, obra y omisión.
El Papa caminó rodeado de su guardia personal hacia el altar
construido para la ceremonia a los pies de la inmensa catedral.
Allí, se paró bajo una cruz llena de detalles y frases en latín, que
se erguía con el tamaño de tres hombres; el sol se reflejaba en las
piedras afiladas de la punta. El aplauso fue ensordecedor.
En los tejados de la catedral, así como en varios de los ventanales
de los edificios que bordeaban la plaza, un movimiento tenue
lograba identificarse; francotiradores nos apuntaban directamente.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.


El Papa agacha la cabeza en oración hacia la cruz.
Toda la escolta estaba alerta, era claro que ellos sabían que algo
podía ocurrir, ¿por qué si no, por la radio de la policía nos habían
ordenado cerrar las vías que daban a la ciudad? Ante nosotros,
los medios de comunicación guardaron silencio de la amenaza;
afianzando así mi posición ante ellos, ellos con el poder de hacer
culpable al inocente e inocente al culpable, ellos que en sus manos
blanden el arma más poderosa de cualquier guerra: La verdad.

Señor, ten piedad.


Mis ojos viajan por los monitores que cuelgan de los edificios,
enfocan al Papa desde diversos ángulos para que pueda verse en
toda la plaza, entonces, descubro que algo anda mal. Junto a la
inmensa cruz tallada a la que el Papa recita sus oraciones se ven
marcas en el suelo, allí donde algo inmenso fue arrastrado fuera del
altar. Deduzco que era una especie de tarima donde se sentarían
los altos mandos del Norte para la ceremonia, ninguno de ellos está
presente. Es una señal que nadie más nota, en el último momento
todos cancelaron su asistencia, un evento político inmenso apenas
presenciado por gente común. Algo no anda bien, acomodo mi
placa y comienzo a abrirme paso entre la multitud.
Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
-13 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
La gente no se entera, la gente nunca se entera de nada, nadie
hace la correlación: Hace tres días el canciller norteamericano
había sido raptado de su casa en medio de la noche.
Los medios hicieron escándalo, pero ninguno halló la relación
entre ese hombre y la santa misa de hoy. Ninguno, salvo yo.
Mientras avanzo entre la multitud mi cerebro trabaja a toda
velocidad, aprieto la bufanda contra mi rostro; una mujer junto a la
que paso me mira preguntándose cómo soporto estar tan cubierto
en un día así de caluroso; por supuesto sería inútil otorgarle los
detalles de mi enfermedad, nadie lo entendería. Paso junto a un
hombre que por su corte de cabello, sus ojos nerviosos y el bulto
del arma oculta en el muslo derecho es obviamente un policía
encubierto, evito saludarlo y sigo de largo. Las cosas están más
graves de lo que nos dicen en las noticias: El Demonio podría
atacar hoy mismo, aquí, ante los ojos de todos...
El Papa se prepara para el gran juramento junto al altar.

Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.


Me giro, un supervisor de seguridad se dirige a mí
despreocupadamente en su rutina de revisión:
—Número de placa, señor agente.
Yo me acomodo la gorra y aprieto la bufanda sobre mi rostro,
él me mira con curiosidad; sí, estoy enfermo, pero eso no quiere
decir que no pueda salir a trabajar. A varios metros de distancia
los supervisores requisan a transeúntes y guardias por igual, mi
cerebro deduce la correlación: Hace tres días raptan al canciller,
hoy ningún líder aparece pero la seguridad se ha redoblado. La
conclusión es inevitable, la Unión lo sabe, sabe que el Demonio
atacará hoy, por eso todos los culpables han decidido no estar
presentes, saben que la imagen del nuevo Papa será irresistible
para ese animal. El evento es una trampa, la multitud en la que me
encuentro es la carnada viva ¿Estar aquí es una buena idea?

Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y nuestro, sea


agradable a Dios.
Mientras pasa la revisión de rutina, mi mente no puede dejar de
pensar en aquel Demonio, millones de personas ven la transmisión
desde sus casas, ¿cómo podrá el gobierno ocultarlo esta vez?
¿Cómo nos negarán después de hoy que un sólo enemigo los ha
estado derrumbando?: El hombre del casco de hierro negro...

- 14 -
William Deneuve Scott.

Ya no es un secreto; no sólo no han podido atraparlo, sino que


es obvio que el miedo les corre por las venas cada vez que escuchan
pronunciar su nombre. Miro al supervisor, hago la prueba:
—¿Todo esto es por el Escarabajo Negro, verdad?
La mandíbula del supervisor se tensa en cuanto pronuncio
ese nombre, las pupilas le tiemblan; no me otorga respuesta,
simplemente me devuelve mis papeles mirando hacia los tejados,
me da paso para seguir y yo me despido con una sonrisa.
Hasta un simple supervisor lo intuye, si ese animal decide
que quiere al Papa muerto, lo más sensato para el cardenal sería
simplemente ahorcarse y ya, le ahorraría sufrimiento al cuerpo y
pesar al alma. Por eso, y por el hecho de que cada agencia de
inteligencia nacional que ha intentado capturarlo ha fracasado,
es que sé que ese Demonio es más inteligente que la policía, los
francotiradores, los agentes encubiertos, y cualquier trampa que
este país pueda tenderle. Tienen razón en tener miedo...
El demonio del casco negro asesinará al Papa, aquí, y ahora.

Da inicio esta Eucaristía.


Me muevo hacia una de las esquinas de la multitud, una enorme
carpa hace sombra a medio centenar de personas. Me paro junto
a una joven que me sonríe y se acomoda un mechón de cabello
en cuanto me ve, estamos relativamente cerca de la tarima, una
procesión de cardenales escolta un libro sagrado ante la cruz donde
se encuentra el Papa, es momento del gran juramento de sangre.
—Yo también tengo las mismas cicatrices —digo sin mirar a la
chica que se tensiona con el comentario. Instintivamente trata de
ocultarse las marcas del antebrazo que dejó ver cuando se arregló
el cabello. Siento que va a alejarse incómoda así que completo:
—Cuando era un niño mi madre entró a mi habitación y me vio
con un cuchillo en la mano abriéndome el antebrazo...
La mujer se gira enmudecida, es obvio que para ella el comentario
ha sido demasiado, no entiende que trato de salvarle la vida:
—Mamá pensó que me estaba suicidando —le digo, por una
fracción de segundo la mujer mira de reojo su antebrazo—, yo lo
que quería era comprobar si los libros de anatomía que me había
regalado estaban en lo cierto —me recojo la manga y le muestro mi
cicatriz—. Quería entender cómo funcionaban mis músculos, no
iba a creerlo sólo porque los adultos lo decían...
Levantemos el corazón.
-15 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
A la mujer le tiembla el mentón como si tratase de decir algo,
luego da un paso hacia adelante y sus yemas acarician mis cicatrices.
—La muerte es lo único definitivo que se tiene, no hay sabiduría
en apresurarla puesto que no se sabe si lo que viene después será
algo bueno. El suicida no se despoja la vida, simplemente se está
usurpando las opciones.
Las personas quebradas somos terriblemente vulnerables a
cualquier roce de comprensión, por eso la mujer se lleva la manga
al rostro y aparta la vista al suelo. Pongo mi mano en su hombro:
—Aunque andes en valle de sombra de muerte, no temerás mal
alguno, porque tú estarás contigo.
—Gracias, oficial —me dice la mujer con una sonrisa y yo apenas
hago una reverencia.
Golpeo la placa con el índice:
—Sólo estoy aquí para hacer mi trabajo.
En ese instante siento que a metros de distancia el filo dorado de
la daga ceremonial corta el pulgar del nuevo Papa, el cardenal alza
la voz para pronunciar el juramento de sangre a los mandos de la
Unión. Entonces pasa lo inconcebible: Todas las pantallas enfocan
la misma imagen, un primer plano de la palma del gran pontífice;
nadie puede creerlo, nadie puede explicarlo, pero la sangre que
gotea del cardenal comienza a vibrar con vida propia.
A partir de ahí, es como si el infierno hubiese tocado tierra.

Una expresión de desconcierto repleta la multitud, nadie sabe


qué hacer o cómo reaccionar cuando ve al Papa perder el control
de sus propios músculos. Al principio es como si se resistiera,
forcejea para mantenerse en el suelo, se sacude como espantando
insectos invisibles. Luego, la fuerza que lo controla es demasiada,
los escoltas dan un paso atrás y gritos de horror retumban por la
plaza en cuanto al sacerdote lo elevan los hilos del Demonio.
La sangre que sale de su mano se agita descontrolada, el
Escarabajo Negro ya ha poseído al hombre que apenas patalea en
el aire; las venas del cuello se le inflaman, los ojos se inyectan de
sangre, es lo que todos temían en secreto.
De un sólo impulso, el titiritero maligno lo eleva hasta la punta
de la cruz, la gente enloquece, grupos enteros comienzan a abrirse
paso, unos hacia la tarima, otros hacia la salida. Mujeres gritan, niños
lloran aterrados, muchos han sacado sus teléfonos y graban con las
manos en alto al falso Papa que se ahoga en su propia sangre.

Lo tenemos levantado hacia el Señor.


- 16 -
William Deneuve Scott.

Todos quisiéramos que hubiera alguna forma de salvarlo, lo que


le está ocurriendo escupe vilmente todas las leyes de la lógica; de
repente el cuerpo del hombre da un giro como una marioneta y
queda de cabeza en lo alto de la cruz. El titiritero no puede verse
en ninguna parte, la imagen es diabólica; cuando el pontífice es
estrellado contra la cruz, el continente entero lo ve como si lo
estuvieran crucificando de cabeza.
Esa imagen será la portada de todos los diarios.

Es justo y necesario.
Los monitores comienzan a parpadear, las imágenes se
distorsionan enloquecidas, de repente todas las pantallas muestran
un fondo negro con una sola palabra en mayúsculas: PEDÓFILO.

Anunciamos tu muerte, proclamamos la resurrección.


Todos están fuera de control: En lo alto de la catedral ha aparecido
un hombre vestido de traje, lleva en su cabeza un casco deforme
de hierro negro con la forma de un escarabajo. Los mentones se
elevan, los dedos señalan aterrados, las personas se tapan la boca al
verlo: Es él, el Demonio que quita los pecados del mundo.

Todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos.


Las cámaras lo enfocan, se ve como si se coronara en la cima del
mundo. Las vistas siguen fijas en el cardenal que patalea de cabeza
mientras el hábito azul se le resbala humedecido en sangre, en los
monitores la palabra se repite hasta la locura. El hombre en lo alto
se llena de puntos rojos de las miras de los francotiradores.

Esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será


derramada por vosotros para el perdón de los pecados.
Los francotiradores abren fuego.
En ese momento el falso Papa se proyecta al suelo con fuerza,
pero no es simple efecto de la gravedad, sino que con sevicia es
estrellado de cara contra el mundo; de abrupto es como si un
gigante lo tuviera de los pies y lo estallara contra el piso, no se
detiene hasta que el cuello se quiebra, una, dos, y tres veces:
Líbranos del mal. Líbranos del mal. Líbranos del mal.
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Tiamat, Eclipse Escarlata.
El hombre del casco negro sobre la iglesia ya ha sido abatido y
su cuerpo cae dando vueltas hacia el vacío.
Algunas cámaras logran enfocarlo en la caída, el casco deforme
retumba al impactar el suelo del altar.
Entre gritos la gente huye despavorida.

Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre.


Nadie entiende cómo es que después de haber dado de baja
al Demonio, el cuerpo del Papa se levanta inerte del suelo como
halado por hilos invisibles, sube muy alto; hasta que finalmente
y con fuerza demoniaca una mano invisible lo empala en la cruz
dorada del altar.

La paz del Señor esté siempre con vosotros.


Los monitores parpadean y la palabra “pedófilo” desaparece.
Un fondo blanco con una sola imagen se reproduce en todas las
pantallas de la plaza:
La imagen de un solemne escarabajo negro.
El símbolo del Demonio.

La paz sea contigo.


Un mensaje pregrabado se reproduce mientras la imagen se
muestra inmisericorde en los monitores:

Soy el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.


El mensaje es claro, la voz del psicópata, distorsionada y maligna,
rechina por toda la plaza:
Esta locura no se detendrá hasta que lo veamos destruir este
sistema corrupto y dañino, subirá a lo más alto de la pirámide de
esta nación para derribarla por todos nosotros.
Cuando le quitan el casco al hombre que han derribado desde el
tejado, descubren un rostro que claramente no es el que buscaban.
Bajo el armatoste de hierro se estrellan con la mirada inerte de un
hombre amordazado, lo habían secuestrado desde hace tres días:
El ejército acaba de asesinar a su propio canciller.
Todo fue un simple juego para la mente de aquel Demonio.
Cordero de Dios, danos la paz.
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William Deneuve Scott.

Siempre he pensado que si se escoge el momento correcto, que


si se asesina a la persona indicada, la historia puede cambiarse.
Me alejo de la multitud que grita mientras triunfante me
desprendo del uniforme de policía; ese es el problema con los
uniformes y las identificaciones, que la gente deja de ver las caras.
¿Que si creo en Dios?
Pensándolo mejor creo que sí, creo en mí mismo, y creo en
ustedes; todos aquellos que escuchan estas palabras, porque
creo en la fortaleza de nosotros los débiles, y creo sobre todo, y
fervientemente, que Dios tiene extrañas maneras de manifestarse.
Siento que Dios eres tú cuando te decides a aceptar los demonios
que te engullen.
Siento que la fe está presente en mí, cada que asesino a alguien
en nombre de la justicia.

Una fuerza superior me ha dado este don de poseer los cuerpos


y la sangre de los pecadores, así que sí, creo que juntos, podemos
salvar este podrido mundo.

Me llaman Demonio, pero creo fervientemente que en el fondo,


puedo y podemos, llegar a ser Dios.

Desaparezco entre la aterrada multitud.

Podéis ir en paz.

-19 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.

- 20 -
CAPÍTULO 01

E l sueño es lúcido, el accidente es desgarrador; veo los dos


vehículos estallar en esquirlas de vidrio y metal doblado.
La cabeza impacta contra el panorámico, el anciano de cabello
nevado pierde el conocimiento antes de que su auto salga por la
barandilla de la carretera húmeda, los neumáticos escupen asfalto
en cuanto el vehículo desaparece por el borde. Se pierde abajo,
muy abajo en el vacío, dejando nada más que huellas negras, allí,
en donde en un giro de volante intentó esquivar en vano la tan
inesperada muerte...
Arriba, hundido en tierra húmeda, al borde opuesto de la
carretera queda el segundo automóvil involucrado en el accidente.
El parachoques destrozado, el motor escupe humo negro y el tanque
vomita gasolina hirviendo; la lluvia se mezcla con las lágrimas de la
mujer que se desgarra al volante, sus ojos tiemblan en cuanto baja
la vista al vientre: En el costado, un trozo de hierro negro se le ha
clavado en el estómago. La mujer se desploma contra la muerte, y
sus ojos lloran por la vida que se fuga entre sus manos, se dispone
a descansar, finalmente descansar...

Despierto, aquel sueño de nuevo. La vida se ahoga en sangre.

***
Sí, soy un asesino. Qué difícil es convivir contigo mismo cuando
despiertas cada mañana sabiendo lo que eres.
Me levanté, me miré dos horas al espejo y no me vi. Lloré, lloré
no sabes cuánto, y aun así no supe quién era ese en el reflejo, no
supe quién era yo. Quiero ser el hombre que deseo ver en el reflejo.
Soy un asesino.
¿Qué más hacer cuando sabes que te estás muriendo?

Tenía estas habilidades en mi sangre, esta maldición en mi


mente, este parásito en mi cabeza… Toda mi vida sabiendo que era
diferente, con una misión aún no descrita por cumplir, nacido para
grandes cosas ¡Ja!, tanto sufrimiento, tanto dolor, tanta… ira. Esta
mente, esta maldita mente, en el sentido más literal de esa palabra.
-21 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Desde pequeño siempre admirado con sorpresa, todo lo
aprendía tan rápido, siempre veía aquello que nadie más lograba
ver, siempre, ¿y creen que eso me trajo alguna ventaja?, no, siempre
fui un extraño, siempre un… fenómeno; al final todo terminaba en
odio. Y ahora, el broche de oro para mi vida de desgracias: Que
todas estas cosas, ¿para qué?, para enterarme que iba a morirme
pronto; que cualquier respiro podía ser el último. Sí, yo, el gran
hombre del inigualable intelecto pisoteado por la muerte como un
insecto sin saber qué hacer con tantas cosas sin hacer.
Todos aquellos otros, crueles y ruines, seguirían su vida
sonrientes, y yo, yo moriría miserablemente.
Así que sí, decidí graduarme de la vida asesinando personas.

Sí, estoy triste, ¿y qué? No soy un ángel por supuesto, pero


tampoco creo ser una persona malvada; digamos que estoy del lado
de la justicia y que intento hacer lo que otros desearían pero no son
capaces. Hago lo que haya que hacerse, pero sin las restricciones de la
moral o las buenas costumbres, así, tal y como lo requiere la justicia.
El hombre recién coronado como Papa era un pedófilo, lo supe
luego de espiar su casa por casi dos semanas.
Es curioso, la gente no suele pensarlo, pero los políticos, los
jueces, los sacerdotes, y los altos mandos, ellos también viven en
algún lado; también van al baño, y también tienen necesidades
humanas, la de aquel sacerdote era simple: Devorar niños.
Nadie parecía querer detenerlo, así que lo hice yo.
Las señales las noté desde mi desordenada habitación, mientras
veía en la oscuridad en uno de mis monitores a los candidatos
del cónclave; los monaguillos de aquel hombre, a diferencia de
los de los otros sacerdotes, eran cambiados con regularidad, para
todos no eran más que niños vestidos de blanco que recogían las
ofrendas en las inmensas catedrales, otro uniforme sin rostro.
A nadie parecía importarle la forma en que los niños bajaban la
mirada al pasar el hombre, o cómo sutilmente las puntas de los
dedos acariciaban la oreja de uno que otro mientras el sacerdote
lamía su labio con nerviosismo. Detalles, detalles, la vida está hecha
de detalles; los detalles son los únicos que derrumban una mentira,
los únicos necesarios si se desea edificar una verdad.
Así que decidí que tomaría el caso, y luego de dos semanas de
espiarlo con diversos uniformes entré a la vivienda fingiendo ser
un abogado de bienes raíces.
La gente se sorprendería de lo fácil que una persona puede ser
más de una persona; yo sé mucho de eso.

- 22 -
William Deneuve Scott.

Simplemente se necesita escoger la vestimenta adecuada, la


postura correcta, las palabras apropiadas para el nivel intelectual de
quien se finge ser, y ya; eso es todo. ¿Acaso hay manera de saber
si un policía en realidad sólo está fingiendo serlo? Si se comporta
de acuerdo a sus funciones, ¿cómo?, nadie se pregunta esas cosas;
un juez, un cartero, un florista, cualquiera podría estar fingiendo.
Ese es el punto de la vida. Cualquier persona puede fingir hasta
hacer, y no sólo eso, sino fingir hasta ser.
Un día fingí ser una mejor versión de mí mismo, y henos aquí.

En el fondo sólo soy un hombre roto y descompuesto, torpe, una


persona tóxica que no merece tu atención. Aun así, aquí estás; junto
al continente americano pegado a sus monitores presenciando cómo
el día que iba a convertirse en una victoria sobre el otro continente,
se volvía un infierno ante sus ojos. No importa el hombre que se es,
importa la leyenda que se crea, ¿entiendes?
Así que cuando encontré en el sótano del pontífice un cuarto
secreto lleno de variopintos juguetes sexuales, lo supe; por eso le
rompí el cuello tres veces en lo alto de la plaza.

Decía ser el representante de Dios, mientras el gobierno que lo


coronaba hacía la vista a un lado acerca de sus perversiones. Y por
eso detrás de mí casco encontraron al canciller, el mismo que días
atrás juraba que si era reelegido purgaría de este país la corrupción
de los altos mandos y a la vez recibía recursos ilícitos para su
campaña. El mismo ejército lo abaleó.
Hay justicia en ello, ¿la ves?
He matado a tantos, tantos corruptos, tantos violadores, tantos
infectos que por dinero e influencia en los tribunales han huido
de la justicia. Tantos que gracias a esta maldición en mi sangre
pude hacer que parecieran simples accidentes, y te preguntarás por
qué con estos, precisamente con estos, decidí hacerlo de manera
pública; todo fue por una sencilla razón: Tú.
Sí, tú, tú que sostienes en tus manos estas palabras.

¿Acaso no has pensado alguna vez que este mundo es demasiado


injusto con las personas inocentes?, ¿demasiado permisivo con las
personas malvadas? Sé que como yo, sueñas de vez en cuando con
cambiar esta realidad, este estado podrido de cosas… pero de qué
nos sirve si sólo está en tu imaginación, ¿no es mejor salir y hacer
algo al respecto? Y no, no te confundas; esto no es una apología al
terrorismo, es una invitación a la justicia.

-23 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
¿Acaso no estamos todos hartos de la pirámide que nos aplasta?
Esta es mi propia religión. Que no crea en Dios como me lo
pintaron en la escuela no quiere decir que no tenga fe en algo, en este
caso yo mismo, y también tú, y ellos, los otros que están observando
estas palabras. He dicho que soy Dios; y no, no confundas esto
con egocentrismo, yo no deseo reconocimiento, por eso el casco,
¿entiendes?, porque en cuanto le das un rostro a la justicia lo vuelves
un objetivo de los injustos. Yo no deseo ser el centro de atención,
por eso es que ni siquiera sabes mi nombre, porque yo puedo ser
cualquiera. Dios tiene extrañas maneras de manifestarse y tras el
casco de escarabajo negro puede estar el rostro de todos nosotros.

Sí, me gusta un poco el teatro y el drama, por ello la crucifixión


inversa, y los monitores parpadeantes cuya señal pirateé casi tres días
antes del evento; pero no fue por ello que confirmé mi existencia
aun cuando las autoridades llevaban meses negándola a las masas.
No por ello decidí quebrar la leyenda urbana que me rodeaba y
convertirla en una realidad, no, de hecho lo más sensato para un
asesino serial es alejar la atención del lente. Pero decidí que el mundo
confirmase todo lo que de mí se decía sólo por una razón: Tú.
Entiéndelo, tú eres la razón de todos mis actos.
Porque yo no importo, importa el casco, importa la imagen; la
idea. La leyenda que tú y yo podemos forjar.

Ahora que el mundo está dividido por la guerra es sencillo


tapar las goteras de sangre que se filtran con una frase: “Lo hizo el
enemigo”. Porque nada une más a dos personas que un enemigo
en común; por eso la guerra siempre ha sido necesaria para la
política, y por eso vamos a las urnas a escoger a aquellos que nos
hacen sentir “seguros”, ¿seguros de qué o quién? ¿De los peligros
de los que ellos mismos son culpables? No existe voto que nos
mantenga a salvo de nosotros mismos.
¿Quién nos protege de nuestros protectores?
En fin, es un hecho que esta vida aburre, y que uno se cansa
de no tener en qué usar el intelecto, uno desea poner el mundo a
prueba, en este caso, deseo poner al lector a prueba; a ti, que lees
el alma de este demonio lúcido. Porque si al final sientes lo que yo,
y piensas como yo, si al final de estos eventos descubres que quizá
el bien no está bien, y el mal no está mal. ¿A dónde huirás?
Del único sitio del que no puedes escapar es de ti mismo.

Entonces, ¿en qué iba? Ah, sí, iba en mi muerte.

- 24 -
William Deneuve Scott.

La muerte, la única que obliga a plantearse las razones de la


vida. En mi caso, este derrumbe del alma, me llevó a darme cuenta
que el real sentido de la vida es perder el sentido de la misma.
Fue descubrir, en el término más exacto de la palabra, a través
de un razonamiento largo y doloroso que la existencia no tiene
un por qué predeterminado. Fue, sin ayuda de ningún libro,
maestro, o amigo, obligarme a hacer tabula rasa de todo lo que me
enseñaron en las escuelas, fue despojarme de los supuestos que
se veían obvios en mi niñez; darme cuenta que lo que veía como
fuertes pilares, moralidad, principios, el concepto de dios, todo,
todo era un absurdo. Cuando acepté morir, volví a nacer.
Acepté que la vida es justa, porque no finge que no es injusta.
Y acepté que quizás, la felicidad está apenas a un paso de la
locura, sólo que a veces es uno antes, y a veces es uno después.
Hace mucho me había ido a botes por ese abismo.

Reconocí el esfuerzo inútil e incesante del hombre, siempre


luchando por hallar un sentido que no existe. Que como decía
Sileno, “lo mejor para el hombre es no nacer, y si lo hace, lo que
tiene que hacer es morir pronto”. Lamentablemente nunca hubo
una guía o un camino establecido hacia esa revelación; porque en
cualquier momento, sea cual sea el camino que escojamos, éste
nos amarrará los pies. Por eso definir una epifanía es ya destruir su
substancia, por ahora, simplemente diré que creo que el gesto de
encogerse de hombros es suficiente, y que lo importante es saber
que hay que desmembrarse, arrancarse de la cómoda ignorancia.
Segar para dejar de cegar.
Y aunque supongo que esta filosofía estará errada en algún
momento, pues los juicios de la verdad son trémulos y cambiantes;
en lo personal me decidí a pensar que no tiene sentido quedarse
quieto ante una vida sin sentido. Pues si nada importa, si nadie
tiene realmente el monopolio de la verdad, para mí la conclusión es
sencilla: Lo único que realmente importa, son las verdades que nos
decimos a nosotros mismos. Por ejemplo, es curioso que gran parte
de nuestra vida está fundamentada en la esperanza que tenemos
en el futuro, pero entre más cerca el futuro, más cerca la muerte.
Siempre vivimos como si morir no fuese una certeza. Entre más
rápido lo comprendamos más sencillas se harán las cosas, es absurdo
tratar de hallar una verdad definitiva y general, algo como eso no
puede existir entre los humanos, somos relativos por naturaleza;
sólo existen verdades individuales, y algunas grupales que son más
duraderas que otras, eso es todo. Todos vamos a morir.

-25 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Cuando el sol estalle en millones de años, ninguna de nuestras
verdades importará y así mismo, después de la muerte… —y toda
vez que uno siempre está condenado a uno mismo, y que no existe
otro que pueda vivir en vez de uno—; después de la muerte todas las
verdades propias también dejarán de importar. Por eso, lo único
importante es la cuestión de morir, y por ende, la cuestión de vivir,
es ese quizás el asunto más relevante para cualquier persona.
Pienso que de cierta forma Dios existe sólo porque decidimos
creer en él, es decir, lo importante no es realmente si existe, sino
si decidimos o no creer en que lo hace; pues nuestros actos se
moldean en nuestras creencias y al final, eso es todo cuanto importa.
Por eso digo ser Dios, porque tú también lo eres, porque creer que
el destino depende de una fuerza superior no es solamente inútil,
sino que además claramente mediocre.

En el holocausto nazi, por ejemplo, los prisioneros eran llevados


desnudos a cuartos llenos de veneno, después, un par de agentes
entrenados quemaban cadáveres y sobrevivientes por igual. Lo
curioso es que éstas cámaras habían sido construidas por ingenieros
especialistas, y que las inyecciones letales las ponían médicos
titulados, lo relevante es que recién nacidos eran asfixiados por
asistentes sanitarios profesionales, y que personas inocentes habían
sido fusiladas por generales llenos de estudios. Todas atrocidades
hechas por doctores y licenciados: Lo que nos molesta a los humanos
en realidad no es la monstruosidad, es la falta de finura.
Y es eso, que ellos también creían que una motivación superior
guiaba sus manos, y por ello no se sentían realmente responsables
de sus actos. Es increíble todo lo que puede hacer alguien bajo la
premisa de estar haciendo lo correcto.
También así trabajamos los asesinos.

Se nos ha domesticado para creer que la acumulación de


información es epítome de éxito, pero nadie nos advierte que de
nada sirven los eruditos si lo que hace falta son sabios, es decir,
muchos monstruos son bestias cultas, y por eso a nadie parece
importarle.
Pues decidí que a mí sí me importaba.
Creo que de eso se trata todo esto; de comprender el contexto, lo
hipócritas que son las verdades individuales, de ver esa red invisible
que nos envuelve a todos. Todos, presas del mundo en el que
nacemos, sin la oportunidad de elegir lo que es o no importante
porque nadie nos la da.

- 26 -
William Deneuve Scott.

Afuera la gente dice que he perdido la cabeza, yo creo más bien


que la he encontrado. Afuera mi terapista me dijo, “sólo debes
aprender a ser tú mismo”, y con el tiempo descubriría que “ser
tú mismo” es una mierda de consejo, y que lo que debí hacer esa
tarde era quebrarle la cara contra las baldosas, porque ella, como
mis maestros, tenía la razón sólo por definición. Tenía la razón
colgada de una puntilla en la pared, en un cuadro enmarcado con
letra elegante: Un diploma. Y eso me hartaba.

Lo bueno es que esa fue la última vez que busqué ayuda profesional,
quedándome con la sensación de que este es un mundo en el que si
uno no es un imbécil de entrada nunca será bien recibido, y que si
uno no quiere respuestas estúpidas no puede buscar que un estúpido
le responda las preguntas. Así que el verdadero consejo lo aprendí
a golpes; y es que la gente juzga más con los ojos que con la cabeza,
porque todos pueden ver, pero no cualquiera puede pensar; y que el
secreto está en no, no ser uno mismo, especialmente si lo que es uno
no encuadra con lo que la sociedad ha catalogado como importante.
Cuando uno es un bicho raro, lo que debe es contenerse, adaptarse,
engañar. “Recuerda al camaleón”. Ese es el secreto, que contrario a
lo que te enseñan los adultos, el engaño es lo que hace que el mundo
no se desmorone; sin este, se acabarían matrimonios, se destrozarían
sueños y se derrumbarían gobiernos.
Supongo que por eso creé esta segunda versión de mí mismo, una
piel en la que me sintiera más a gusto; una que me resolviera este afán
de hallarle un sentido a la vida ahora que iba a perderla. Lo mejor, es
que desde esa época todo ha salido más o menos bien, ¿lo curioso?,
que la vida sigue pasando, y aún no me muero... Asesino, masacro,
torturo; cada vez más y más a hombres y mujeres culpables; y aquí
sigo, en contra de todo pronóstico esta enfermedad aún no me mata.
Ha de ser que su dios también me ama.

Tic, tac, tic, tac, las notas se suceden una tras otra en una dulce
melodía, poco a poco busco las piezas clave de este ajedrez y las voy
derribando una a una. Poco a poco el país se va poniendo de mi
parte, sienten que alguien está escuchando sus plegarias, han visto
mis actos y en secreto me han brindado su apoyo. Tantos hartos
de un mundo corrupto han encontrado en mí alguien que sí se ha
puesto manos a la obra; me he lanzado a ciegas hacia la red invisible,
para convertirme en la araña que reposa en sus hilos de sangre,
siento el peso y el tamaño de las presas; sentencia, sangre, muerte.
Justicia.

-27 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
He llegado a este punto y me he dejado llevar por Ella, la que no
necesita moverse, sólo escuchar sus hebras, tensar el hilo indicado
en el momento preciso para vencer. La mayoría de las arañas tienen
una visión pobre y dependen de las vibraciones de la seda para ver el
mundo; y así mismo somos los hombres, el hilo invisible es música
congelada esperando a ser oída. Y justo antes de la muerte, yo he
comenzado a oírla: El asesinato de un corredor de bolsa al norte de
la ciudad, el suicidio de una forense corrupta al oeste de la Unión,
el juicio en contra de un prestamista de Manhattan; me he movido
por el continente, poco a poco, me han llamado Demonio, me han
llamado anticristo, asesino serial. Soy todas esas cosas, el asesinato
del Papa fue sólo un eslabón más de la cadena corrupta e infecta
que poco a poco he ido desmantelando. Alguna maldición antigua
me otorgó la facultad de controlar la sangre de las personas, y justo
ahora, cuando los líderes se creían inmortales sobre sus tronos,
descubrieron que la justicia se había vuelto inevitable.

La verdad humana es relativa y mientras en las noticias me llaman


asesino; en las calles las personas están despertando, derribando
esa pirámide que por décadas nos ha aplastado. Si la verdad es una
construcción, si nuestras concepciones de justicia y realidad no son
más que una relatividad geográfica y temporal; cualquiera con la
suficiente planeación puede derribarlas. Ya, eso es todo.

Me preguntas que si creo en Dios, eso es gracioso; cada


hombre de haber nacido del otro lado del mundo poseería un
dios completamente diferente, ¿has pensado en eso?, ¿que quien
adora a Jesús perfectamente pudo haber sido criado para adorar
a Mahoma?, la diferencia fue el sitio de nacimiento. Muchas
personas prefieren no pensar en ello, sería desastrozo descubrir
que su vida se rige por algo que simplemente dictaminó la geografía.
¿Así que por cuál de todos los dioses me preguntas?, ¿el tuyo
por ser el tuyo?, un perfecto ejemplo de la relatividad de los valores
humanos.

Por ejemplo, si en la edad media se empalaba por ser


homosexual, e incluso había un dios de acuerdo con eso, ¿quién
entonces puede tachar de incorrecto el hecho de que yo masacre
a tanto miserable?
¿Es que acaso dios cambia de parecer según la época?, ¿o es
que la justicia aplica sólo según quien blande el filo de la espada?

- 28 -
William Deneuve Scott.

Algo así ha ido despertando en mi cabeza, un gusano que rompe


paredes y certezas hacia afuera; un recuerdo olvidado, un monstruo
mental que derrumba la credibilidad del todo, me he dado cuenta
que la justicia lleva los ojos vendados pero por vergüenza, por ser
incapaz de mirarte a la cara. Creo que en este mundo humano no
existe lo “correcto”. Y creo que hay que saber destrozar el abismo
que a veces se abre entre la legalidad y la justicia; lamentablemente
se debe tocar fondo para darse cuenta de ello, porque a uno le
han enseñado que de la destrucción no puede surgir nada más que
polvo, y eso es algo que sólo los seres destruidos podemos rebatir.

Me he dado cuenta que la moral humana no es más que una


cadena de consensos o veredictos, unos por palabras otros por
espada; que la gente actúa según los engaños que se dice, que el
bien y el mal son relativos, eventualidades históricas; todos somos
animales domesticados por el monopolio de lo correcto, los
libertadores alguna vez fueron asesinos para imponer la cultura que
ahora veneramos; la historia la escribe quien la gana, fin.
Los humanos recuerdan lo que les es conveniente y desfiguran
lo que es necesario para mantenerse a flote, eso hace que el mundo
gire; nuestra vida se ha forjado por las mentiras que nos han dicho.

Ahora no me temo por ser una persona violenta, todos somos


personas violentas salvo que la sociedad lo restringe. Tú dime,
¿si alguien intentase masacrar a las personas que amas, no lo
masacrarías antes para detenerlo? Porque para ti, como para
todos, la vida de tus conocidos vale más que la de los otros, sólo
por eso; sólo por el hecho de que los conoces tú. Cuánto duele
el muerto depende de los vivos que lo lloran. Creo que eso es
todo, comprender que lo único que distancia a los tiranos de los
oprimidos, es el poder que los mantiene.
El poder, lo único que necesitarías...
Un Demonio antiguo se ha incubado en mi cabeza, un parásito
de sangre desde antes de mi nacimiento, me devora desde adentro
y me mata poco a poco; moriré ante él algún día, pero a cambio,
me ha otorgado eso que hacía falta para ejercer la justicia: El poder.
En el fondo soy optimista, creo que así como las hormigas son los
humanos; que no saben todo el mundo que hay afuera de su nido.
Uno no sabe de lo que es capaz, porque sólo se cree capaz de lo que
ha visto que otros hacen, porque se limita a lo que otros le prohíben.
Nada ha ocurrido en realidad hasta que alguien lo hace por
primera vez. Pero si tuvieras el poder, ¿hasta dónde llegarías?

-29 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Yo lo tengo, entonces, comencemos.
Hora de aceptar que la vida puede parecer lo más importante
que se tiene, pero que perderla tampoco debería ser inconcebible.
Que como todos soy una irrisoria partícula de polvo en el
inmenso desierto de la historia, que miles de años ocurrieron
previos a mi nacimiento y otra infinidad acaecerá cuando me vaya.
Que realmente no soy el protagonista de esta historia, que eres
tú; eso es lo que estoy intentando que entiendas, que yo me estoy
muriendo, sí, pero que todos moriremos al final, y que debemos
tratar de descubrir el por qué valdría la pena irse, porque muchos
mueren sin ese privilegio y va siendo ya hora de pensar en eso.
Que si todos vamos a morir, la búsqueda última de la vida quizá
no deba ir dirigida a cosas como dinero, el placer, o la fama. Que
quizá salir de la caverna para ver el trono de los dioses sólo sirva
para descubrir que siempre ha estado vacío, y que cualquiera ha
podido tomarlo.
Estoy tratando de cambiar este mundo infecto, y es probable
que muera antes de lograrlo, pero la única manera de asegurar
un fracaso, es iniciar por no intentarlo. Quédate con esta idea: no
existe lo correcto, no existe la moral; el bien no está realmente
bien, y el mal no está realmente mal.
Son percepciones humanas según el quién, el cuándo, o el dónde.

Hay flores que sólo en invierno florecen, y no fue hasta que


descubrí que mi vida era una miseria que decidí tomar las riendas
de ella. Te digo que no soy el protagonista de la historia, que eres
tú, porque esa es la gracia, que como todo es relativo, lo único que
importa es lo que uno decida decirse a sí mismo. Y hoy decidimos
decirnos: “Sí, somos los protagonistas de la historia”.
Llámenme asesino o demonio, esta es mi mente, y es tan cruda
como la realidad. ¿Estoy lúcido o sólo es esta enfermedad que
me consume? ¿Realmente tengo a alguien en frente amarrado a
una silla? ¿Importa? Ven, vamos a escribir la historia. Acércate,
toma ese machete, vamos a hacer de este miserable, un hombre
de mente abierta.
El filo se hunde, y al hombre que sólo yo veo lo baña la justicia en
una preciosa lluvia cálida, mis manos vibran rojo escarlata.

***
En ese momento los agentes derriban la puerta, una granada de
gas ingresa por la ventana; me coloco el casco de hierro negro, sabía
que me encontrarían. 

- 30 -
CAPÍTULO 02
EL PRIMER CAZADOR

L uego de masacrar al Papa, era obvio que la cima de la pirámide


se me vendría encima ¿Es más importante la verdad o la justicia?

Al escuadrón le escuché llegar por la radio policial que tengo


colgada junto a la nevera, así como en los cuatro distintos tipos
de alarma que había construido a lo largo de los apartamentos;
el cable del estacionamiento, la cámara del pasillo tres, la tabla
suelta del piso nueve, y el vagabundo de en frente que espía por
mí a cambio de comida. He de admitir que no esperé a los tres
del tejado, siempre pensé que lograría escuchar el helicóptero de
despliegue antes de que llegasen; ellos pensaron lo mismo, así que
usaron arpones de descenso desde los edificios laterales. Lo único
que los delató fue cuando escuché el pulso de sus corazones.
—¿Acaso los hombres fuertes nacen irreductibles? —digo al
sargento al mando que ahora me observa tras la mirilla de su
arma— La fortaleza no es una virtud perpetua, los hombres fuertes
son débiles la mayor parte del tiempo, lo que los diferencia a unos
de otros es qué tanto logran controlarlo.
El hombre hace un gesto de extrañeza; lo siento en su sangre, ya
que de su rostro apenas veo un cristal de espejo allí donde el casco
blindado y la máscara de gas le protegen la cara. Agacho la vista de
nuevo a la mesa circular frente a la que estoy sentado, un único foco
de luz nos ilumina desde arriba justo en medio de la habitación.
Estoy solo, nunca dos, nunca tres; siempre solo, siempre yo. La
madera vieja tiene rayones y cortes, está cubierta de sangre seca
que hubiese limpiado de no ser porque esta vez ya no intentaba
huir. Miro a mi alrededor por las rendijas de mi casco blindado,
en un círculo casi religioso un pelotón de comandos me apunta;
a mi espalda la puerta está tumbada de cuando la derribaron con
el ariete mecánico, el gas de las granadas que dispararon por las
ventanas aún se siente en el aire. Aquí estamos, como si el tiempo
se hubiese detenido, como si las astillas y escombros flotaran en su
lugar, y el polvo parpadease congelado en el aire; hacemos parte
de un cuadro sombrío, absolutamente simétrico, yo en el centro de
este viejo baile y ellos como en un ritual a mi alrededor.

-31 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
En mi espalda, mis brazos y mi pecho, mirillas láser se dibujan
como lunares rojos en mi cuerpo, todos me apuntan a un roce de
la muerte y aun así, ellos son los que están temblando.
Han sido informados de lo que realmente soy.
Alzo la vista y los miro, no son la policía y no traen identificaciones,
eso quiere decir dos cosas, que son especialistas; y lo que más me
interesa: Que provienen de los altos mandos.
Mis armas están a dos palmos de distancia del refrigerador,
demasiado lejos de mi alcance. Pero bajo la madera de la mesa,
un estuche con un machete adherido con cinta negra, alineado
milimétricamente con mi silla y mi muñeca, espera a que le agarre
por el mango y se desate la muerte por toda la habitación.
—Quítenle el casco —ordena el sargento.
El soldado de la izquierda avanza un paso, escucho el roce de
su armadura negra de antidisturbios cuando intenta aproximarse.
—No. —la voz sale ronca de mi garganta, el agente da un paso atrás.
El sargento hace un gesto de retroceder, todos miran mis dedos:
Tic… toc; tic… toc; mis uñas comienzan a golpear la mesa. Tic… toc…
—Tengo cámaras a una cuadra de distancia —digo—, intervengo
la radio de la policía y del ejército, y aunque no fuese así, sepan
que no hay entrenamiento capaz de enseñarle a alguno de ustedes
a silenciar el pulso de su corazón…
Tic… toc; tic… toc.
El sargento descubre que mis golpeteos van sincronizados a los
latidos de su órgano vital. Tic toc tic toc, mis uñas aumentan su
ritmo sobre la madera.
—Así que dígame, comandante, ¿cree que hay alguna razón por
la que usted me haya encontrado, que no sea que yo quería que
usted estuviese aquí?
Siento su pecho casi explotar.
—¿Qué pasa? —freno mis dedos en seco— ¿Ya no recordaba lo
que era sentir miedo?
El hombre pasa saliva y mira a sus subordinados, lentamente
realizo la pregunta:
—¿A qué lo han enviado?
El sargento titubea un poco antes de iniciar:
—En… en cumplimiento de las órdenes del alto mando de la
Unión, el comando central del Norte, y la división de defensa
nacional, queda usted… queda usted bajo arresto por los cargos de
homicidio, tortura, alta traición… terrorismo, magnicidio, y otros.
Tiene derecho a guardar silencio, tiene derecho a un abogado…
Mis labios dibujan una delicada sonrisa bajo el casco.

- 32 -
William Deneuve Scott.

—Qué ironía eso último —le miro a través de las rendijas—.


Comandante, tengo tan poco tiempo en el mundo, dígame a qué
lo han enviado realmente.
Los agentes se miran unos a otros tras sus caretas, pasan saliva.
—Sargento —continúo—, el mando del Norte sabe que ni usted
ni ninguno de sus comandos tienen oportunidad alguna de
detenerme. Usted no fue enviado para arrestarme…
El pulso del sargento golpea en mis oídos, un tambor de guerra.
—¿Sabe al menos para qué lo envían aquí, o sólo sigue órdenes
sin saber qué balbucea? Es la última vez que lo preguntaré,
sargento: ¿Qué es lo que realmente quiere su gobierno de mí?
El hombre tartamudea un poco, guarda silencio, y confiesa:
—Quieren… quieren que… que haga lo suyo, con alguien.
Flexiono los dedos, los lunares rojos tiemblan en mi cuerpo.
—Tanto tiempo lleva buscándome el alto mando del Norte para
que cuando por fin me encuentra, lo primero que me pide es que
siga haciendo lo que hago.
Me pongo de pie, y todos los soldados dan un paso atrás. Las
armas me apuntan, los latidos de todos se incrementan de golpe,
tic toc tic tac toc tic; una macabra sinfonía que sólo yo entiendo:
—Por curiosidad, ¿quién corre con el honor de ser tan importante
para nuestro gobierno?
—Roberto Linares —me responde el sargento, de un momento a
otro pareciera que lo único que quiere es responderme lo que sea
que le pregunto para poder salir de mi edificio.
—¿El presentador? —mi tono es de indiferencia—, imaginaba a
alguien más… trascendente.
—El objetivo no es el presentador —continúa—, es… es su hija
pequeña, Cassandra Sullivan.
—No pienso lastimar a una niña.
—De hecho —responde—, el General Mayor la necesita viva; la
niña hace parte de algo más grande y le solicitamos que nos la traiga.
—¿Y por qué esta niña, de la que nadie sabe, es especial para el
alto mando?
—Sin preguntas —afirma el sargento, y en cuanto fijo la mirada en
su pecho le siento temblar.
“Bien, ya lo averiguaré”.
Doy un paso a la izquierda y todos se tensionan, las mirillas laser
tiemblan en mi cuerpo; otro paso y los soldados esperan órdenes
de su comandante que está tan tenso como ellos. Camino por la
habitación hasta la mesa de la cocina, cuando mis pies pasan junto
a mi rifle francotirador, el acero negro parece vibrar con mi reflejo.

-33 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Siento a los comandos arrodillarse en posición de ataque, listos
a cualquier movimiento brusco. Yo me detengo:
—¿Y qué harán, dispararme? —giro la vista— Saben quién soy
A quién perjudicará más si una gota de sangre llega a entrar en
contacto con el oxígeno de esta habitación, ¿a mí o a ustedes?
Las mirillas rojas descienden hasta el suelo. Continúo caminando.
—Roberto Linares, ha llegado su hora, —digo, y mi palma se
mueve sobre la pared para encender la computadora— no por
ustedes, sino porque ese ya se había ganado un puesto en mi lista.
El holograma toma forma, la imagen se proyecta en la pared.
Muevo las yemas cambiando de canal hasta que encuentro el
que busco, son las seis de la tarde, justo la hora en que Roberto
transmite: Aparece en pantalla, un hombre bien parecido en
su vestido de gala, joven, atractivo, con poder, su programa es
de actualidad, analiza las tendencias políticas y las noticias de la
semana, recibe llamadas de televidentes para que digan que están de
acuerdo con él, un claro emisor de propaganda política. A Roberto
Linares la masa lo sigue ciegamente sólo por ser carismático,
polémico y atractivo, pretende ser políticamente incorrecto para
atraer atención pero no es más que una oveja amansadora, no sería
tan culpable de no ser porque es consciente del daño que hacen
sus palabras y aun así lo sigue haciendo; y lo peor, lo disfruta.
Subo el volumen, los medios de comunicación recibieron orden
de no mencionar nada del asesinato del Papa, como si pudieran
tapar el sol con un dedo; por eso esta tarde, Roberto apenas habla
sobre el maltrato intrafamiliar:
“Estaba respondiendo a televidentes que consideran que mi
informe de la semana pasada sobre mujeres golpeadas tenía que
haber incluido a hombres —aparece en un enorme sillón de cuero
blanco con una pierna cruzada y un teléfono en la mano—. Y como
lo anticipé, no hubo ni una denuncia con pruebas de un hombre
maltratado por una mujer. Tema absurdo y cerrado. —Roberto
se pone de pie y abre los brazos— Busco hombres que puedan
enviarme pruebas de maltrato físico recibido de una mujer, ¡apuesto
este Martini a que no me llegará ni una! ¿Hombres maltratados?
Este es el único país donde hombres se quejan de maltrato —se
ríe a carcajadas—. Los hombres tenemos todo lo necesario para
defendernos, comenzando con un par de testículos, ¿y hay quienes
me piden que haga un especial sobre ellos? Es patética la mera
solicitud, por lo general cuando la mujer es infiel es porque le falta
algo en la casa; así que señor televidente, antes de llamar a llorar por
los maltratos de su mujer mire hacia adentro, o mejor, hacia abajo”.

- 34 -
William Deneuve Scott.

—Todo un encanto —dice uno de los soldados a mi espalda.


Yo muevo la palma frente a la pantalla, el presentador corre de
un lado al otro del escenario leyendo mensajes de su correo acerca
de lo ridículo que es que un hombre se queje de maltrato, la gente
del público ríe a carcajadas. Cuando está a media lectura de un
correo, el teléfono del que está leyendo comienza a sonar:
—¡Oh! Una llamada sorpresa —el programa es en directo, por un
segundo se nota un ligero desconcierto en el rostro del presentador.
—Buenas tardes, doctor Roberto, disculpe la interrupción, —es
mi ronca voz la que retumba en el estudio— no se pregunte quién
soy, lo sabrá al final de esta llamada, tampoco intente cortar la
comunicación o le aseguro que se arrepentirá el resto de su vida.
El hombre apenas mira hacia los lados, se nota que alguien de
su equipo técnico le hace señas desde detrás de la cámara, para su
suerte deciden continuar con la llamada.
—Como muchos de quienes ven su programa —continúo—, noto
las comodidades de una verdad compartida, la seguridad que da
la aglomeración moral, la tranquilidad de sentirse respaldado; sé
que algunos no podrían vivir sin esa sensación. Porque aunque
para amansar a un pueblo la violencia a veces se use en lugar de las
palabras, éstas siempre prevalecerán en poder; porque las palabras
dan significado a las cosas y, quienes las dominan, someten la
verdad. Las palabras son un arma que todos poseemos, una que no
puede detenerse; nuestros dirigentes han comprendido esto muy
bien, se nos promete orden y paz y a cambio sólo piden nuestro
consentimiento callado y obediente. Sé que muchos de quienes
ven este programa sienten que nada está mal con este mundo, y
consideran que esta vida ha sido justa con los dirigentes que nos ha
impuesto, de esos comprenderé que dejen de escuchar. Pero a los
otros, esos que ven como yo veo, y sienten que algo está podrido
desde las entrañas de este sistema, a esos irrelevantes irreverentes
que en secreto quieren lo que yo, les pido que se preparen, porque
presenciarán un evento que jamás habrá de ser olvidado…
En la televisión, el presentador no sabe muy bien cómo
reaccionar; y en mi habitación, aunque creen que no lo he notado,
el pelotón apunta sus mirillas de nuevo a mi cuerpo.

—Sé que el mal no es general, y sé que ahí afuera también hay


quienes recordamos que justicia es más que una palabra en un
papel. Señor Linares, no todos los crímenes involucran sangre y
desgarros, los de peor calaña son aquellos que no se notan; son
esos que contaminan de un mal intrínseco a quienes nos rodean...

-35 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Tú, Roberto, que manipulas la verdad, que disfrazas los
crímenes de Estado como meras reprimendas contra insurrectos,
que polarizas a las masas al antojo del alto mando; tú eres tan
culpable de las muertes silenciosas como aquellos que aprietan el
gatillo, tan despiadado como aquellos de quienes alejas la atención;
mientes, encubres, y te deshaces de quienes te señalan. Sólo que
en lugar de empuñar un arma, te han encomendado empuñar la
palabra. El fácil dominio de una inmensa masa ignorante.

En la parte trasera del estudio técnicos corren de un lado a


otro, Roberto más que ofendido está sorprendido y solicita que no
corten la llamada. El rating le sube por los aires.
—A partir de este momento —digo con fuerza—, corre usted con
el privilegio más grande que un hombre puede desear, servir para
un fin mayor. De este mal hay unos más responsables que otros,
y he decidido que esos han de rendir cuentas. Esta noche usted
rinde cuentas, Roberto Linares. Vive usted en el cuarenta y dos
de la calle Boulevard del centro de Manhattan, el edificio es de
su propiedad, cuatro escoltas armados protegen la entrada día y
noche con cambios de guardia a las veintidós; la recepcionista, una
rubia llamada Lucy, madre de dos pequeños, es quien evita que
curiosos merodeen, también es quien aleja a la policía de esa hija
que ha escondido por tantos años y que encadena tras la puerta de
la segunda habitación a la derecha de su piso. Sepa de paso, que
esta noche voy por ella también.
El hombre entra en pánico, presiona todas las teclas tratando de
cortar la comunicación. El aparato no le responde.
—Linares, estaba usted demasiado ocupado de las narcisistas
opiniones que leía en ese aparato, que ni siquiera notó que ya no es
el mismo teléfono de hace dos semanas. Creo que ya sabe quién soy.
Me giro hacia el sargento, y mi garganta suelta un ronco gruñido:
—Gracias por la información, no sabía que la niña era el objetivo.
El sargento hace un gesto de desconcierto.
—Corran, escóndanse —les digo—, lloren por protección a su
General, lo único que pueden hacer es huir antes de que esto inicie,
yo no recibo órdenes de su gobierno, Linares ya estaba en mi lista...
Presiono un botón en mi pantalla, en la televisión, el teléfono que
Roberto tiene en la mano estalla hacia afuera con violencia y le vuela
el rostro al presentador, lo asesina en el acto.

Fin de la transmisión.

- 36 -
CAPÍTULO 03
EL MONSTRUO BAJO MI PIEL

M e traga, me devora, este parásito de sangre que se revuelca bajo


mi piel. Una vez me preguntaron qué me había convertido
en esto, he pensado en ello y supongo que hay dos eventos de mi
vida que forjaron los cimientos de mi obra:
El primero fue el delincuente abaleado en el funeral. Ocurrió
cuando yo era muy joven; mi padrastro lloraba por la pérdida de
un amigo de su infancia mientras mi madrastra fumaba un cigarrillo
en la puerta, esa noche en la televisión, salió la noticia de un joven
delincuente que acababa de ser abaleado por la policía mientras
intentaba huir de un asalto a una tienda de víveres. “Se lo merecía
por ser una rata sin principios”, dijo mi madrastra mientras al
agente le prometían una medalla por su buena obra; mi padrastro
acababa de regresar de enterrar a su amigo.
Aquel día sólo pude preguntarme si ese delincuente que aparecía
tirado junto a su motocicleta también tendría una familia que le
hiciera un funeral y llorara por él en alguna otra parte de la ciudad
mientras los demás reían por su muerte. Cuán miserables somos
los seres humanos, y qué formas tan mediocres tenemos de aliviar
el dolor. La muerte en realidad no importa, sólo importa según las
opiniones de quienes seguimos vivos; eso es todo.
Esa idea no ha salido nunca de mi cabeza, se ha asentado
junto al parásito de mi cráneo, juntos me han hecho preguntas
inquietantes: ¿Puede tu mente mentirte? ¿Puedes confiar en las
palabras que salen de adentro? ¿Puedes decirte medias verdades
con tal de deformar lo que en el fondo no aceptas desear? ¿Qué
harás al descubrir que tu alma no comparte tus mismos principios?
Pensar en ello es sin duda aterrador.
Si no puedes confiar en tu propia mente, y la verdad se aferra
con deseo a una idea para deformarse según convenga; si el mundo
no es blanco ni negro, ¿quién dictamina qué son el mal y el bien?
¿Quién asegura que no eres malo, realmente malo también?
Siempre que pienso en estas cosas trato de repetir mi nombre
para tranquilizarme, me llamo… me llamo… y al final, recuerdo
que mi identidad no importa, y que yo puedo ser cualquiera, que
yo podría ser tú, y que tú podrías estar haciendo esto...
La verdad es la que uno decide decirse.

-37 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
No soy un ángel, y ahora soy capaz de admitir esto último sin
miedo, porque si se le teme a la maldad, ¿cómo va uno a intentar
ser bueno? Si se le tiene miedo a la tristeza, ¿cómo va uno a
atreverse a ser feliz?

Eso me recuerda el segundo evento que forjaría esta obra;


Evelyn, a ese caso le llamé, “la puta escolar”; ocurrió en mi época
de colegio, y fue cuando descubrí que cualquiera, incluso el más
débil, podía matar a sus opresores...

Evelyn fue una rubia idiota con algo de dinero que disfrutaba
hacer sufrir a mis compañeros.
Era mi segunda escuela y por alguna razón ella era la reina, tenía
un grupo de unas doce amigas que la seguían a donde fuera; y a
pesar de no ser muy agraciada se las arreglaba para tener siempre
el apoyo de todos, quizá era el hecho de que tenía unos pechos
inmensos bajo el uniforme, o quizá que era ella quién vendía en
secreto las drogas de la escuela. Total, fingía ser un ángel y poseía
buenas calificaciones, y eso ya la catalogaba como perfecta. Los
chicos la perseguían y las chicas se morían por pertenecer a su
grupo, ella esparcía los rumores más putrefactos sobre las niñas
que odiaba, y a su vez tenía siempre dinero a la mano con qué
responder a cualquiera. Si Evelyn deseaba a un chico, no había
noviazgo que se le interpusiera; y respecto a lo de las drogas, su
grupo de adeptos y adictos le encubrían absolutamente todo.
Con el tiempo, como todo, la situación se había normalizado; y
Evelyn se había afianzado en su puesto de reina, y le encantó.
Yo, por otra parte, nunca tuve muchos amigos en la escuela,
pero hubo un chico, Matt.
Era un joven retraído, con problemas como yo, no se metía con
nadie; era simplemente el bicho raro de su salón, actuaba extraño
y murmuraba siempre entre los dientes como si hablara consigo
mismo, total, como a mí, nadie en el colegio lo quería.
Todo pasó una tarde cualquiera, las directivas llevaban varios
días siguiendo rumores de drogas, entonces, sin aviso, hicieron una
requisa por el colegio. El grupo ya tenía un método para saltearse
la inspección, simplemente se pasaba la bolsita de un joven a otro
y al final parecía que ninguno tenía nada. Sin embargo, esa tarde la
maestra había aislado a Matt junto a Evelyn con la excusa de que el
chico mejorase su rendimiento académico, una tragedia.
La chica no tuvo a ningún amigo cerca a quién pasarle la bolsa
con drogas.

- 38 -
William Deneuve Scott.

El policía se acercaba, ella no supo qué hacer, llevó su mano a la


maleta y sin pensarlo, le pasó la bolsa a Matt con la inmunidad que
tienen algunos de creerse los dueños del mundo por tener algo de
gracia en el cuerpo, y le guiñó un ojo como si con eso todo hombre
cayese a sus pies. Para su sorpresa el joven respondió que no.
A ella nadie le decía que no.
Intentó meterle la bolsa a la fuerza en la maleta, el disimulo
se volvió forcejeo, y comenzaron a llamar la atención, el joven
un poco torpe la empujó, la chica cayó sentada en su puesto y la
bolsa se deslizó por el suelo. Y justo ahí, cuando policía, maestros
y compañeros miraban, Evelyn comenzó a llorar. Sí, tendríamos
todos unos catorce años y ella se puso a llorar como una niña
pequeña para fingir que era la víctima. El chico no pudo hacer
mucho cuando más de medio curso firmó una carta formal ante
las directivas apoyando la versión de la joven; la familia de Evelyn
hizo el escándalo necesario y el colegio fue políticamente correcto,
de alguna manera la mentira se volvió verdad, y la historia calzó
en la popularidad de Evelyn y la imagen de bicho raro que tenía el
chico: A él lo expulsaron de la escuela, así, sin más.

Yo lo vi todo, desde lejos, el chico no tenía con quién aliviar su


dolor y los pocos que sabían la verdad eran amigos de la chica,
fue injusto, y yo no fui capaz de hacer nada, sólo me quedé a ver
cómo Evelyn se victimizaba en internet siempre que podía, nunca
entendí la razón, pero la chica comenzó a afirmar que el chico
estaba enamorado de ella en secreto y que incluso había tenido
varios intentos de propasarse, no había necesidad de eso, ya lo
habían expulsado y el pobre no podía ni defenderse; al parecer,
la joven simplemente disfrutaba la atención. Sin saber cómo o por
qué, yo estaba una tarde frente a mi computadora viendo el perfil
de la joven; ella tan feliz y campante en sus mentiras y decidí que si
nadie iba a hacer nada al respecto, yo iba a ser la diferencia.
No sabía cómo, pero esa zorra pagaría por lo que había hecho.
Descubrí que la verdad depende de quien la dice, y que la
imagen en este mundo lo es todo. Así que creé un perfil falso de
internet, de esos con información inventada y fotos de Google,
busqué el de Evelyn, y sin saber lo que ocurriría, simplemente le
hablé. Fue fácil, me vi usando palabras que no sabía que conocía, y
un poder de manipulación y auto control que parecía no provenir
de mí, era como si alguien más llevase los hilos de mi cuerpo, sentí
el poder que da el anonimato, comencé a coquetear, a mentir, a
engañar y ella en su ego, cayó.

-39 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Descubrí que podía ser otro, otro que tuviera el poder que yo
no tenía, otro capaz de hacer lo que yo jamás hubiese podido
imaginar, que no se trata de hacer o no lo correcto, sino de ser o
no el correcto.
Me vi finalmente manipulando a la manipuladora, y entonces,
me convertí por primera vez en la justicia.
Le dije que era del Norte, que trabajaba como abogado para
una boutique, me salió tan fácil todo. Le dije que la visitaría a su
pueblo, que me moría por ella, y que la deseaba en formas que
ningún joven de su curso hubiese podido competir. Ella lo creyó
todo, absolutamente todo. Que la amaba, que la deseaba, tardó
unas semanas en enamorarse, la convencí de tomarse fotos para
mí, la manipulé con mentiras y palabras bellas, la hice mía.
Las mentes vacías, siempre en su afán de sentirse especiales son
increíblemente fáciles de manipular. Una noche logré algo que ni yo
creía, tenía en mi poder imágenes de ella, ella desnuda; fotografías
en posiciones tan aberrantes que su familia no reconocería el
angelito que Evelyn decía ser, una carpeta con imágenes de la zorra
vestida de oveja, evidencias de su verdadera naturaleza.
Así que una tarde, en nombre de Matt y de todas las infamias e
injusticias de la adolescencia, sintiéndome el rostro de la justicia,
repartí sin miedo las fotos a todos los perfiles de la escuela.
No hubo forma de que me descubrieran y no hubo forma de que
la joven se salvara, hubo escándalos, le humillaron, las fotos fueron
tan gráficas que las estrictas directivas sin saber cómo responder,
al igual que al chico, la expulsaron, ¿la diferencia?, que ella sí se lo
merecía, maldita sea, ella sí lo merecía.
Las fotos rodaron por el pueblo entero, decenas de pubertos se
masturbaron en sus casas ante las imágenes de la reina, su séquito
la abandonó; me sentía tranquilo, era divina justicia, todo se sintió
tan afable, todo fue tan natural, hasta que ocurrió.
Ocurrió lo inevitable pero imprevisible: Sin avisos, sin que lo
esperásemos, asolada por los eventos, y en un ataque de ignorancia
típico de la adolescencia, Evelyn se ahorcó.
Así, sin más, su cuerpo meciéndose de la viga del techo de su
cuarto. Fue entonces cuando nació este parásito en mi mente,
¿culpa?, ¿tristeza? No, poder.
Descubrí que la gente podía sufrir si se lo merecía, y descubrí
que la justicia no se trata de legalidad, o de lo que acepte o no una
mayoría. Que la justicia depende de que las personas reciban las
consecuencias de sus actos; y supe que si existe ahí afuera la gente
cruel, es porque no hay nadie que se los impide.

- 40 -
William Deneuve Scott.

Cuando hablé con Matt por última vez, él estaba llorando:


“No lloro por lo que me hicieron —me dijo—, estoy llorando
porque nunca nadie me había defendido antes.”
Y ese, ese, fue el don más hermoso que pude jamás recibir.
Descubrí que peor que la gente malvada, es la gente bondadosa
que no hace nada al respecto. Comprendí que las palabras tienen
poder, y que una simple idea puede cambiar el mundo. Esa niña
cruel y corrupta se había suicidado, y a día de hoy nadie sospecha
de mí, una antigua riña de niños que abrió ante mí una revelación
tan grande que son los cimientos de lo que hoy día soy:
Cualquiera, incluso el más débil; puede convertirse en la justicia.

Ahora siempre que veo al cielo, y pienso en que así como las
estrellas se vuelven inestables y colapsan para convertirse en un
brillo más en la galaxia, muchas personas se sienten pequeñas
simplemente porque han decidido ser pequeñas; pero que a su
vez, cada estrella puede ser el sol de algún planeta. El sol es grande
porque yo me siento grande; él es sólo es una estrella que decidió
convertirse en un sol. Somos un milagro, cuánto duremos, no
importa, porque mientras estemos aquí, y justo antes de apagarnos,
podemos escoger de qué modo queremos arder.

La vida nos echa a este mundo, y nuestros padres nunca nos


preguntan si queríamos nacer, hay tantos para los que la vida no es
un don, tantos que luchamos por no parecer que padecemos. Pero
lo importante no son las grietas, sino el derrumbe. Y al comprender
que todo es relativo y que somos insignificantes es que realmente
nuestros actos cobran sentido; porque el carácter de un hombre
no se mide por la forma en que asciende, sino por la forma en que
cae, y se mide si mientras lo hace se da cuenta que en lugar de caer,
también puede creerse volar.
Yo podría ser tú, y tú podrías estar haciendo esto. Esta puede ser
la historia de un chico que amaba a una chica, pero ella no sabía
que él existía y él era muy tímido para decírselo, y como esta es la
vida real, nunca pasó nada.
Fin de la historia. Así es la vida. Púdrete.
Eso es lo que puede cambiarse; porque la historia la escribe quien
la gana, y verdad es sólo una palabra. Debe aceptarse que no existe
un propósito, que no perteneces a ningún sitio, y que eso es lo
hermoso. No existe el destino, y el final lo escoge uno.
Aunque andes en valle de sombra de muerte no temerás mal
alguno porque tú estarás contigo.

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Tiamat, Eclipse Escarlata.
Es eso, tú dando todo al universo, porque al final nada tiene
sentido y por ello las estrellas nunca se acaban; porque caer es una
forma de volar. ¿Lo entiendes?, ya no hay necesidad de buscar la
luz cuando se descubre que la oscuridad no es realmente malvada.
Ya no te desgastas pensando en hacer sonreír a los demás, porque
el secreto es sencillamente no hacerlos llorar; pues felicidad no es
una persona, un estilo de vida, o un tiempo, es una perspectiva.
Nunca algo grandioso será logrado sin grandes hombres y
los grandes hombres pocas veces corresponden a los buenos;
nacen cuando uno común se decide a hacer lo que deba hacer,
sin importar las consecuencias personales, los obstáculos o los
peligros, porque no existe lo correcto; no existe lo bueno ni lo
malo, y esa es la base de toda la moralidad humana.
El miedo siempre nos pospone los deseos, “aún no estamos
listos”, la verdad es que todos somos principiantes en todo; no
existe la autoridad, no existe lo correcto, en realidad, y este es el
secreto de los adultos:
Nadie sabe qué está haciendo con su maldita vida.
Lo cierto es que el día en que el monitor cardíaco interprete
su canción final y se baje el telón de la obra de tu vida, ¿alguien
aplaudirá? ¿Tú te aplaudirías? Piensa de qué te sirve llamarte
genio si dedicaste tu vida a no ser más que un oficinista.
¿Qué haces con este tiempo que no pediste?
Por mi parte he decidido curar todo lo que detesto, y detesto las
distintas maneras que tiene el ser humano de justificarse. Detesto el
poder como un arma de doble filo, y detesto cómo nos definimos
solamente a partir de otros; detesto la necesidad de creer en algo y
aun peor la frustración de descubrir que no hay nada en que creer.
Detesto que la realidad siga siendo esta, sin importar si nos parece
justa o correcta.
El lobo no se preocupa por la moral de las ovejas, entonces te
preguntarás, ¿por qué te digo todo esto?
¿La verdad? Es necesario que lo sepas antes de que te mate.

Quiero que comprendas que la sociedad no me gusta, vivo en


ella por no tener alternativa, y porque a la vez que la aborrezco, la
necesito para subsistir. Mi esquizofrenia, como le llama mi terapista,
o mi lucidez, como le llamo yo; es una pesada carga que no pedí
llevar, la cordura no es una decisión y uno no puede simplemente
escoger no estar mal, pero esta condición me ha abierto los ojos.
Y a pesar de que es muy difícil vivir así, y que casi merezco una
medalla por seguir vivo, esto me ha permitido valorar mi capacidad

- 42 -
William Deneuve Scott.

de resistencia, el seguir despertando cada día y tratar de arreglar algo


que quizás sólo deseo exterminar. Pues pienso que el hombre no es
un ser superior, sino un ente peligroso, y no por su maldad, ya que
no debemos atribuirle a la maldad lo que es producto de la mera
estupidez, sino por no aceptar lo insignificante que es; por su natural
capacidad de destrucción y su difícil labor de creación. Aun así, hace
mucho dejé de preguntarme si esto es o no correcto, ya dejé de
quejarme de mi sangre por obligarme a nacer, dejé de lamentarme
del por qué a cada paso que doy tengo la sensación de no avanzar.
¿Sabes?, ya no siento cada noche que pienso demasiado. Ya no
me siento culpable por no poder estar idiotizado como la mayoría,
acepté mi destino y me hice el héroe de esta historia que a nadie
le importa. Intento salvar un mundo que quizás no merezca ser
salvado, esta es la vida que escogí.
Nunca parar de luchar incluso si eso significa dejar a este parásito
de mi mente controlarme. Sigo mis principios, no espero que sean
del agrado de todos, pero duermo tranquilo por las noches y eso
es mucho más de lo que muchos pueden decir de sí mismos. Dejé
de odiar, ahora simplemente condeno o condono. Luzco como
cualquier hombre, porque lo que hago lo puede hacer cualquiera.
Y aunque pueda parecer inadecuado, juro solemnemente que mis
intenciones son buenas.

—¿Qué… qué es lo que quieres? —ahora hay una mujer atada en


frente, forcejea contra las amarras.
Yo apenas alzo los hombros y arrastro su silla, las patas de
madera chirrían contra el suelo.
¿Es que acaso soy el único que se atreve a ponerse manos a la obra?
En la mesa hay un machete, unos clavos, un trapo y una cámara.
—¿Qué es lo que quieres? —me pregunta llorando.
Cierro mi maletín quirúrgico, alzo la mirada y le respondo:
—¿Acaso no es obvio, doctora? Voy a matarla por lo que hizo.

¿Creías que no iba a haber consecuencias?


Algún día llegan las consecuencias.

-43 -
CAPÍTULO 04
LA SILLA DE JUDAS

A noche tuve ese sueño de nuevo, por eso tuve que buscar otra
víctima para calmarme.
Soñé que la luna estaba inmensa, como un rostro blanco
dibujado en el firmamento. Soñé que al mirar al cielo, descubría
que eso gigante no era la luna; sino que a su lado como un punto
se ocultaba la verdadera. Vi el mundo teñirse de rojo escarlata. Vi
en el cielo imágenes abrirse y de las dos lunas un rostro deforme
cubrir la tierra. Me vi abrazar a mi padrastro, le dije que si era el
final me alegraba haber vivido una vida juntos. Entonces, cuando
subimos la vista, vimos una extremidad y luego una cabeza, era
algo negro tan grande que ocupaba todo en el cielo. ¿Si soy un
hombre valiente entonces por qué me descubrí temblando? Los
músculos de mi rostro se salieron de control, mi lengua se congeló,
sentí un frío aterrador, una presencia que se agitaba en la parte que
hay entre mis ojos y mi cerebro. Había llegado. Ella estaba aquí.
Había aterrizado justo en mí. Siempre que despierto de ese sueño
algo en mi parásito se revuelca, es algo importante aquello que veo
dibujarse en el cielo: El Eclipse Escarlata.

Se suele creer que negar un sentido a la vida lleva forzosamente


a declarar que no vale la pena vivirla; no puedo estar más en contra
de esa filosofía, siempre hay algo en este mundo para hacer.
Una enorme cantidad de luces brilla en las puntas de los
edificios, la abogada amarrada a la silla parece no comprender mi
noble labor.
—No… no entiendo nada de lo que me has dicho —me alega— ,
¿por qué me haces esto?
Yo me acomodo el casco:
—¿Cómo?, ¿he estado diciéndolo todo en voz alta?

En la madrugada del veinticuatro de diciembre, mientras los


neoyorkinos se preparaban para festejar la Navidad, la abogada
Natalie Cross —aquí en frente—, recibió una llamada desde la cárcel
central de New York. “Lo están colgando de la celda”, gritaba el
preso del otro lado de la línea, “lo están matando”.

- 44 -
William Deneuve Scott.

Ese día, tal como le advirtió el preso en la llamada, murió


Cristopher Morales, de dieciocho años de edad, quien había sido
capturado hace tres días por posesión ilegal de armas. Su cuerpo
apareció meciéndose de una sábana en medio de su celda, en el
registro y ante los medios, la versión oficial fue esa: Suicidio.
La abogada fue la única que supo la verdad; el compañero de
celda de Cristopher había llegado al teléfono de los guardas a
tiempo de avisarle mientras estos estaban ocupados ahorcando del
techo a su compañero.
El caso de Cristopher fue uno de los más corruptos y oscuros
surgidos en la ciudad de New York en aquel año, cuando los
noticiarios preguntaron a Natalie si tenía alguna declaración
que emitir acerca de su protegido, la abogada se limitó a decir:
“Cristopher era un chico muy joven, fue una tragedia enterarnos
de su suicidio”.
Ella sabía la verdad, ¿eso importó?
No. Caso cerrado.

Resulta que el joven era un chico del Bronx, sí, probablemente


un pandillero y sí, probablemente no el mejor ejemplo a seguir;
pero no fue por eso que lo asesinaron.
La verdad estaba un par de meses atrás: Ralph Brown, un
reconocido arquitecto de Manhattan había sido capturado por
presuntamente secuestrar, violar y asesinar a una pequeña niña
de apenas seis años en el condado del Bronx. Las casualidades
de la vida pueden ser crueles, y esta niña vivió frente al lugar en
que Cristopher trabajaba de cajero. La noticia del secuestro fue
ignorada a posta por los medios de comunicación, puesto que el
apellido de los Brown como arquitectos era de alto calibre en la
ciudad, y el dinero hace milagros. El arresto y enjuiciamiento del
violador fue llevado en secreto, al final, ya cuando el caso se caía
por la falta de pruebas, fue cuando apareció el joven: Cristopher
había visto la camioneta del arquitecto frente a la casa de la niña.
Los abogados habían movido influencias, se había manipulado
la escena del crimen, y justo cuando el aclamado infeliz estaba a
punto de quedar libre; aparece un joven negro que decía haberlo
visto en la casa de la niña la noche del asesinato.
Nadie contaba con eso.
Entonces, la corrupción inefable no se detuvo; buscaron la
primera excusa que encontraron para arrestar a Cristopher, y
luego, mientras el chico esperaba juicio en una celda preventiva,
sí, lo suicidaron.

-45 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
La abogada, Natalie Cross, era la única que sabía la verdad, pero
la enorme suma de dinero y el puesto en el bufete que defendía
al señor arquitecto fue demasiado. Ella, como tantos otros, guardó
silencio y tras suicidar al único testigo, el monstruo quedó libre. Sé
que suena difícil de creer, pero así fue, a nadie le importó; la niña
era pobre, y Cristopher un pandillero, sólo sus familias lloraron,
lanzando plegarias al cielo en busca de justicia, plegarias que nunca
nadie quiso escuchar, plegarias que a nadie importaron.
Salvo a mí.

Supe entonces que eso de aportar evidencia y que “el ente


competente” hace justicia para que los malos vayan a la cárcel sólo
ocurría en dos lugares: Las películas, y mis libros de derecho. Así
que me puse en la tarea. Me di el honor de visitar a la familia de
la niña asesinada; Julianne Sullivan era una pequeña niña morena
que apenas ocasionaba problemas en el colegio, era la bendición
de sus padres que más allá de las penurias económicas la adoraban
con el sentimiento de ser la única hija que tenían. La familia no
podía creer el vacío que había dejado la pequeña en sus vidas y
cuando lo conocí, el padre estaba casi al borde del suicidio. No iba
a permitir que aquello continuase.
Mi profesión me da acceso a los juzgados; y por tanto, una noche
el registro de Natalie Cross yacía sobre mi sucio comedor. Descubrí
que no era la primera vez que la abogada se desempeñaba de manera
corrupta, intuí pequeños vacíos en los casos a su cargo; pruebas que
desaparecían, testimonios manipulados, descubrí que no había sido
casualidad que se le asignase al caso, sino que ella había movido
hilos para ser asignada, le gustaba que le dijeran “doctora”; una
abogada de la peor estirpe, joven, bella, y sin escrúpulos.
Entonces la visité.

Tiene un alto coste aprender a ver el acertijo en todo, ya que están


en todas partes, una vez que empiezas a mirar, es imposible parar.
Lo que pasa es que las personas, y todos los engaños e ilusiones que
conforman lo que hacen, tienden a ser los acertijos más fascinantes y
por supuesto, ellos no siempre aprecian ser vistos así. Hace que sea
una forma solitaria de vivir. Como he dicho, tiene su coste, pero he
decidido hacer de mi don, algo de utilidad. Es para mí desesperante
escuchar la vida de todos, los latidos de cada corazón que me rodea.
Pero ese es el mejor regalo que puedes recibir: Desesperación.
Porque cuando estás desesperado descubres lo que realmente
eres capaz de hacer.

- 46 -
William Deneuve Scott.

Hoy en día cuando me veo en el espejo, no reconozco mi


propio rostro; y creo que es porque mi rostro no importa, lo que
hago yo lo puede hacer cualquiera, yo puedo ser tú. Así que uso
mi máscara, un armatoste medieval hecho de hierro negro; oculto
mi cara para revelar mi rostro.
Así que cuando me veas, verás a un adulto que aún persigue
sus sueños de niño, porque sabe que el secreto es jamás crecer,
uno que se ha vuelto un animal salvaje; cuando me veas, verás
una silueta negra abrazando mi rostro, como un insecto deforme
que me devora la cara. Un escarabajo, la gente dice que es sólo un
casco, pero es en realidad el parásito que me consume, esta locura,
esta lucidez que me devora desde niño. Juntos descubriremos lo
insaciable que puede ser la justicia, y que el progreso se nos debe
a nosotros, los insaciables. Cuando finalmente el arquitecto, en
medio de un sótano frío y olvidado confesó que realmente sí obligó
a la pequeña a subir a su auto, que se la llevó por la fuerza hasta
su apartamento donde abusó sexualmente de ella, para después
quitarle la vida asfixiándola; la sierra le iba por el estómago.
Lo abrí, serrándolo.

Supongo que se preguntará, Natalie, qué hace ahí; amarrada en


esa silla. Se preguntará también por qué la tuve encerrada en una
bodega por casi catorce meses; siempre cuestionándose por qué
no la mataba, siempre pensando qué quería la bestia del casco
negro, qué ganaba él con tenerla allí sufriendo; no le tocaba un
pelo, no le dirigía la palabra. Oh, doctora, cada madrugada cuando
me iba, usted intentaba escapar de sus amarras; y cuando pasaron
días enteros en que no la visitaba creía que la había abandonado,
pero yo nunca me iba, yo nunca me voy, doctora, y nunca me iré,
¿sabe por qué? Porque soy su conciencia.
He nacido en su cabeza, sólo que hasta ahora tomé la forma de
este hombre.
No crea que disfruto con esto, viendo el último aliento de tanto
desgraciado, no disfruto matando a toda esta gente. Cada viuda
derivada de mi decisión, cada hijo que crecerá sin su padre, sólo
porque en secreto este era un monstruo; son mis decisiones.
Es un proceso lento, pero Roma no cayó en un día.
Se pregunta por qué la tuve en cautiverio por más de un año, y
se pregunta de quién fue el semen que le dio el embarazo que la
mantuvo viva en esta bodega, por supuesto no fue mío, no soy un
monstruo; es tan sólo que sus decisiones le quitaron una hija a una
familia. Así que me encargué de que usted misma se las devolviera.

-47 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
—¿Quién eres, maldita sea? —me pregunta mientras las sogas se
aprietan en sus muñecas.
—Llevo todo este tiempo diciéndole que mi identidad no
importa, yo puedo ser cualquiera.
A mí, la mujer que juraba ser mi madre me puso un nombre
al nacer, luego yo la asesiné porque era una maldita enferma y
homicida, y me lo cambié; mi identidad no importa, sólo importa
el nombre por el que ahora se me conoce. Te preguntas quién soy.
Soy el cordero de dios que libra el pecado del mundo.

Usted me conoce perfectamente, esta ciudad reconoce esta idea


bastante bien, he aparecido en los diarios y noticieros de todo
el país. De pequeño me enseñaron que así cometas uno o cien
pecados igual irás al infierno, ¿así que por qué no cometer mil
y llegar allá abajo convertido en una leyenda?, al menos estarías
haciendo algo con tu vida. Porque la gente se jacta de ser culta
e intelectual, siempre llevando una falsa moralidad de “Amo y
respeto al prójimo, y por eso nadie merece sufrir”, y por eso es
que los malvados nunca son detenidos. Por gente ilusa que cree
que cada que cierra los ojos el mundo se detiene.
Porque nadie se atreve a ponerse manos a la obra.
Así que empecemos, dime, ¿ya te hablé de la silla de Judas?
Era importante mencionarte la maldita silla de Judas:
Vale, te lo resumiré… En la inquisición, se construían sillas
especiales, eran como las normales salvo porque se les construía
una pirámide en lugar de asiento; de ahí se alzaba al condenado por
medio de cuerdas para que quedase colgando con el coxis sobre la
punta. Luego, de abrupto, se le dejaba caer una y otra vez...
Comienzo a subir a la mujer por medio de las poleas, sus brazos
atados apuntan hacia el techo mientras la soga la sube y la sube,
como un columpio, lenta pero segura. Sus piernas patalean, pero es
imposible que se suelte. Yo apenas recuerdo un viejo Jazz «Oh. Este
mundo cruel... ¿Soy un hombre bueno? Sólo el destino lo dirá».
Ella patalea sin resultado alguno.
Arrastro la silla bajo su cuerpo colgando, ¿yo?, he refinado el
método poniendo a hervir la punta.
Entonces me dirijo a alguien más, no es a mí; ni a la mujer
corrupta que cuelga del techo; es a ti, a quien ha oído estas palabras
en silencio, cómodamente desde su propia vida.

Le transfiero la soga que la sostiene, y le pido que la agarre con


su mano.

- 48 -
William Deneuve Scott.

Oh, ¡el espectador!, teniendo la soga en tu mano, sí, la tuya;


pendiendo de ti la existencia de una persona corrupta y despreciable,
culpable de la muerte de al menos dos inocentes, la vida de una
niña de seis años por no permitir que la justicia la vengase en su
momento, y la de un joven ahorcado en su celda por no denunciar
lo ocurrido —esto es un caso de la vida real, yo sólo te lo estoy
contando—; esta mujer culpable, que se hacía rica encubriendo de
manera consciente a un monstruo sin alma, que de no haberlo
detenido, sólo hubiese seguido arrebatando más vidas inocentes.
Esta mujer, cómplice de violación, tortura y asesinato; todo por un
puñado de dinero, por un puñado de papel impreso con números,
esta mujer sin piedad destrozaba dos familias inocentes.
Un ser tan despreciable y egoísta yace esta noche en la palma de
tu mano.
Me giro hacia ti y te pregunto: ¿Cuántas veces has imaginado
esto? Cuántas veces en secreto, en esa parte de ti que nadie más
conoce, has deseado hacer justicia. Esta noche es tuya la elección,
esta noche eres capaz de hacer a través de mí lo que en tu vida
diaria nadie se atreve.
Dime, ¿eres una persona justa? Dime, ¿eres una persona
violenta? ¿Soltaremos esta soga? Ven, soltémosla juntos.
Me dirijo a la abogada que no acaba de entender lo que le ocurre,
y le explico que hace catorce meses rapté de un bar al depravado
violador de la pequeña Julianne; que lo tendí sobre una camilla de
madera, y le arrebaté al hombre de la manera más medieval posible
unas gotas de su esperma para luego, raptarla a ella y con ese mismo
semen embarazarla. Requerí varios intentos, pero finalmente no
tuve más que esperar paciente los nueve meses necesarios, le conté
que la razón por la que no la mataba, sino que por el contrario la
alimentaba como a una reina; no era porque estuviese cuidando
su salud, sino que lo que yo cuidaba, era la vida de la hermosa
bebé de cabello castaño que una noche surgió de su vientre, y que
luego; cuando su cuerpo no servía más como instrumento de la
justicia, atendí el solitario parto, me encargué que la bebé creciera
un poco, que tuviera la leche materna necesaria y que una noche
me acerqué y la entregué en la casa de los padres de Julianne
como tanto hubiesen querido. Ellos, encontraron la canasta en su
puerta: Lo vieron como un milagro divino. Recibieron una hija
que calmase la pena creada, de aquellos dos monstruos mismos
que se la causaron.
¿Ve, doctora? Donde ellos ven un milagro usted que ya no me
sirve se encuentra la muerte. Todo es relativo. La vida es hermosa.

-49 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
La mujer tiembla sentada en el aire, yo suelto las cuerdas, la
polea se acciona y los amarres ceden; el cuerpo de la abogada deja
de flotar y cae en picada, sentada justo en la punta de la pirámide
hirviendo. Te veo entonces, a ti, tú que escuchas estas palabras:
¿Somos personas buenas?
Bueno, sólo el destino lo dirá, la historia nos absolverá.

Ahora hay alguien ahí afuera contestando plegarias.


La pelvis de la mujer corrupta se derrite entre gritos, la sangre se
eleva hasta mi boca con hilos invisibles.

Mi enfermedad me mantiene vivo, aún no muero y hay muchas


cosas por hacer. Miro a la mesa en donde tantos uniformes dibujan
algunos de mis tantos rostros:
El Papa, el canciller, Roberto Linares; la lista es larga pero Roma
no cayó en un día.

Tacho el nombre de la abogada de la hoja.


Vamos juntos, vamos a derrumbar este país. 

- 50 -
CAPÍTULO 05
HILOS OSCUROS

N o hay diferencia entre quien nace y quien está cercano a morir,


ya que ambos, aunque no lo sepan todavía, van cayendo a
la misma velocidad. Por eso es que es tan traumático ver que a
un hombre le estalla la cara por televisión, porque uno se queda
pensando que la muerte no discrimina estrato...

Una corrupta abogada con la pelvis destrozada, la masacre de


un falso Papa, la cara de un presentador estallando por televisión,
todo parte de la ola de asesinatos impune más grande en la historia
del continente; nunca quedaba rastro alguno del atacante, y aún así,
esta vez el Demonio había cometido un error, había avisado por
televisión nacional su próximo objetivo: La hija del presentador.
Con ello, los mandos del Norte comenzaron a moverse...
Quince minutos después de la muerte del presentador, el
escuadrón de comandos que había asaltado el séptimo piso de
aquellos viejos apartamentos deja de responder su radio. Para
cuando los refuerzos entran, las paredes de la habitación están
llenas de un líquido rojo y espeso, y el hombre del casco de hierro
negro ya ha desaparecido.

Nunca se sabía de quién provenían los hilos oscuros. Lo único


que se sabía era que desde lo alto del gobierno alguien los movía
por todo el continente, ese hombre en lo alto de la pirámide y el
asesino del casco de hierro eran más parecidos de lo que creían,
día a día, ambos tachaban nombres de un papel y el único que
entendía el patrón era aquel titiritero oscuro que tras el enorme
telón movía los hilos del continente.
Los candidatos eran seleccionados utilizando vacunas, censos,
exámenes de admisión a trabajos y fuerzas militares; en algún
momento habías permitido que alguien con un tapabocas,
golpeteando la punta de una jeringuilla tuviese acceso a tu cuerpo
y sin que supieses, esa información había pasado por decenas de
filtros, y así si tenías la mala fortuna de poseer ese desdichado regalo
en tu cuerpo, tu nombre aparecía en aquel listado. Quizá corrías
con la suerte de que en ti no se reflejase demasiado fuerte lo que
ellos buscaban, así que preferían llamar a otro más desdichado.

-51 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Así, tú seguirías con tu vida sin comprender, sin hilar los hilos
oscuros que quedan tras esa persona que espontáneamente dejaste
de ver; esa que tomó un viaje y ahora sólo recuerdas en fotos, ese
amigo que dejó de responder y cerró todos sus perfiles sociales con
la excusa de alejarse del mundo, esa chica que encontró una beca o
un trabajo en un país lejano y le encantó, no se llevan demasiados
y por eso nadie lo nota, escogen a muy pocos, porque ese mando
sabe que de entre tantos sólo una décima parte sobrevivirá a los
experimentos, y de estos sólo uno o dos alcanzarán el Despertar.

Es por ello que la bestia del casco negro representa un problema


tan grave para ellos, porque a los dueños del sistema no les gusta
que las cosas se salgan de control. Así, de la nada apareció un
hombre capaz de controlar a otros desde las entrañas. El hombre
del casco negro hacía cosas que ellos con años de investigación, y
con todo un centro dedicado a atrocidades apenas concebían en
papel.
No podían matarlo o capturarlo, interferir de cualquier manera
con su avance hubiese sido dañino para la investigación, lo que
podían hacer era observar de lejos, estudiarlo sin que se diese
cuenta, tratar de sustraer el secreto que lo había convertido en lo
que ellos tanto deseaban. Necesitaban ponerlo de su lado, pero el
hombre era rebelde, y poseía quizá la peor de las cualidades que se
pueden desear de una oveja, era una negra e inteligente. Tenía su
filosofía, sus principios, y ya estaba casi fuera de su control.

Y como si fuera poco la guerra había comenzado a empeorar, esa


etapa de falsa paz en que sólo importa la violencia de las naciones
grandes, y a nadie interesa la que nadie ve comenzaba a quebrarse.
Ambos bandos luchaban, creyendo hacerlo en secreto, por hallar
una salida bélica fulminante, sabían que necesitarían de un arma
que sólo se disparase una vez, y en algún lugar, en la punta de la
pirámide negra del poder; más allá de los jefes de estado o de las
élites económicas, ese grupo de personas que realmente daba las
órdenes, dio la lista y dijo: “tráiganmelos”.

Y eso hicieron todos, en algún país de Suramérica una brillante


mujer, doctora en microbiología, recibía ampollas llenas de sangre
sin etiquetar, ella había dedicado una vida entera al desarrollo
del genoma humano, era la mejor en su campo, especialmente
porque era, sin saber lo que implicaba, una de las portadoras de
esa pequeña maldición en su sangre.

- 52 -
William Deneuve Scott.

Las muestras eran recogidas en secreto en hospitales, batallones,


universidades, orfanatos y todo edificio que tuviese la excusa para
sacar un examen; de ahí los millones de muestras eran discriminados
a lotes de unos cientos y luego a unas decenas, al final, los escogidos
eran algo exótico, y su sangre se movía en ampollas de vidrio dentro
de un barco o un avión fantasma. Llegaban en pequeños maletines
al centro de investigación en Suramérica, donde la doctora Daniela
Vieira, al ponerlos a reaccionar con ciertos tejidos y elementos
suministrados por su jefe de gobierno, era capaz de determinar
el nivel de evolución que poseía la muestra; ella jamás sabría los
nombres de las personas que examinaba, ni el para qué utilizarían
dichas muestras, eso estaba ya a muchos filtros de distancia; pero al
final los no escogidos seguían con su vida ignorante, y los otros, esa
media docena que mostraba poseer en algún nivel lo que se buscaba,
eran llevados en secreto, generalmente por las buenas, hacia el
Norte. De allí, no se les volvía a ver salvo en fotos y mensajes que
aseguraban estar felices en sus nuevos hogares, un día afirmaban a
veces con muchas palabras a veces con pocas dependiendo de los
interesados, que habían decidido permanecer allí para siempre, y
que ese sería el último mensaje que recibiríamos de ellos.

Incluso la policía, el ejército, o el servicio secreto estaban por


debajo de esa red, los hilos negros eran borrados sistemáticamente o
simplemente tan leves que nadie se tomaba la molestia de interesarse;
y así, las Américas iban cimentando el inicio de una guerra, la guerra
más avanzada y a la vez más antigua a la que jamás se enfrentaría la
humanidad. Por su parte, su enemigo, la Confederación, ese grupo
de países al otro lado del mundo que se habían unido bajo el mando
de un parlamento, investigaba también sin saberlo este mismo
fenómeno; ellos usaban otros métodos, ellos tenían menos poder
central así que era más complicado, y habían apostado todos sus
esfuerzos a un nuevo elemento químico surgido de rasguñar la punta
del iceberg de la humanidad. Ellos a su vez estarían desarrollando
armas más avanzadas, y descubriendo que había una manera más
limpia de manejar el poder de los dioses: Krafta.
Pero bueno, supongo que esa es una historia que está siendo
narrada en otro lugar.

Aquí, en este lado del mundo, en cuanto la cara más conocida


de Norteamérica estallaba hacia atrás por televisión; frente a un
apartamento, en el piso doce del cuarenta y dos de la calle Boulevard
del centro de Manhattan, se aparcaba una camioneta negra.

-53 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
El país había oído una sentencia sumaria de una voz ronca y
profunda, que como hierro negro abrasaba las últimas palabras que
escucharía un hombre; al final del segmento y un par de segundos
antes de que la pantalla se cortase a negro, las pupilas se tiñeron de
rojo. Cinco minutos después el vídeo era reproducido en internet
por cientos de americanos: “Esa hija que ha escondido por tantos
años… Sepa de paso, que esta noche voy por ella también”.
Los titiriteros supieron el siguiente paso del Demonio.

De la camioneta negra sin placas, había bajado un abogado y


cuatro hombres en traje formal, cuarenta segundos después los
escoltas del edificio habían sido reemplazados por otros diferentes.
Para cuando la policía llegó al edificio, estos negaron el paso al
apartamento bajo la excusa de requerirse una orden judicial especial
para el ingreso, cuando se preguntó por Lucy, la recepcionista,
respondieron que ese día había faltado al trabajo, sin que nadie
notara la pequeña gota de sangre que reposaba sobre la punta del
esfero en el escritorio de la mujer. Ni de Lucy, ni de los escoltas
originales habría jamás rastro alguno.

Pasó casi media hora en que un sargento de policía estuvo


dando vueltas hasta que recibió la orden de retirarse de la escena
y permitir a los agentes del Departamento Estatal de Seguridad
tomar las riendas de la situación. Fuese lo que fuese que ocurriría
allí adentro era algo importante porque de la camioneta azul con
blanco con placas gubernamentales bajó el mismísimo director del
DES: Paul Rockman.
Paul era un tipejo enorme, su departamento era el encargado de
realizar inteligencia estratégica para gran parte del Norte, realizaba
investigación criminal, control migratorio y protección a personas de
alto riesgo; en pocas palabras el encargado de velar por la seguridad
interior del Norte. Oriundo de New York el hombre había escalado
hasta su puesto con disciplina y favores, y el inusitado interés en
el caso no era sencillamente que por primera vez conocieran cuál
sería el siguiente paso del hombre del casco negro; sino porque
él, él como persona individual, quería, es más, necesitaba, que esa
criatura se detuviese. Si el Demonio se presentaba esa noche en el
edificio, era quizá la única oportunidad que tendría de atraparlo, o
más conveniente para él, de darlo de baja y ya.
Su miedo venía de hace seis meses atrás cuando a su puerta llegó
un paquete, una cajita de cartón envuelta en un lazo rosa; el paquete
estaba vacío salvo por un pendrive y una carta escrita a mano...

- 54 -
William Deneuve Scott.

En la carta se acusaba a Paul Rockman de financiar grupos


criminales, de captación de dinero, y de ordenar de manera
sistemática el homicidio de detractores políticos. A lo largo
de los años, Paul, utilizando su potestad como jefe del DES,
había desaparecido a todo representante político de oposición
al régimen del Norte. En la carta se le especificaba que aunque
en los distintos juicios en su contra, gracias a artimañas legales y
dilatación de procesos, se había visto absuelto para poder seguir
con puño de sangre manejando el país, quien escribía la carta sabía
que era culpable, y que pronto llegaría el día de su juicio. La carta
finalizaba con la siguiente frase: “No piense que puede esconderse,
o negarme lo que ha hecho, porque en cuanto revise bien este
paquete, se dará cuenta lo cerca que he estado de usted”.
Cuando Paul se fijó nuevamente en el lazo rosa que envolvía el
paquete, descubrió que era con el que le amarraba el cabello a su
hija todas las mañanas.

En el pendrive estaba la evidencia del juicio, llamadas, correos


recibidos, un video de sus agentes reuniéndose con los líderes
de la mafia del Bronx. Por obvias razones el hombre no podía
denunciar el hecho ante las autoridades; así que con dinero de
por medio sometió el paquete completo a análisis forenses con
agentes corruptos del DES. No habían huellas, ni moléculas de
piel, el papel no podía ser rastreado y los estudios grafológicos
nada hallaron de la carta, quien la había escrito había cambiado de
letra intencionalmente a lo largo de cada párrafo, diferentes niveles
de presión en la tinta, distintos grados de inclinación de las letras.
El tipo era ambidiestro, y la carta parecía simplemente escrita por
una multitud de personas diferentes, llegaron a la conclusión que
ese animal se había dado el lujo de escribirla a mano sólo para
demostrar que ni siquiera de esa forma podía ser rastreado.
En el pendrive había una fotografía de dos días atrás; él de
espaldas en un café con su esposa, bajo la imagen, una única frase:
“Pronto nos encontraremos, y usted quedará a paces con este
país. Paul, no se vaya a olvidar de mí, recuérdeme”.
Así que cuando la cara bonita de Roberto Linares se hizo fea
de abrupto por televisión, este hombre que estaba en su oficina
supo que era su momento, que el demonio del casco negro había
cometido un error. Mandó llamar a sus mejores agentes, y solicitó
un abogado extraoficial; dio la orden de que la policía local se quitase
de en medio, de donde él venía, los errores se pagaban.
Y este, era personal.

-55 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Por encima de Paul y del DES, Norteamérica y el resto de la
Unión eran operadas por ese mando oculto que moviendo sus
hilos oscuros, había finalmente encontrado al hombre del casco
que tanto llevaban buscando. Lo único que les interesaba era
comprender la manera en que había desarrollado de forma natural
lo que ellos llevaban tanto intentando en un laboratorio, y una de
las enseñanzas más viejas que tenían esas arañas en lo alto de la
red, era que entre menos se interviene en el natural orden de las
cosas, más control se tiene sobre ellas; puesto que cuando se le
arrebata algo a una persona esta se convierte en tu enemigo, pero
si ella cree que debe ofrecértelo por voluntad, se convertirá para
siempre en tu aliado. Así, por definición, ellos tenían para sí un
pacto de no intervención en los eventos bajo estudio.
Ellos sólo observaban, habían descubierto que la intervención
era contraproducente y si llegaban a intervenir era solamente para
expulsar a otros que intentaban hacerlo. Por ello reemplazaron la
escolta del edificio, para evitar que la policía de New York sitiara
el apartamento, a ellos los tenía sin cuidado la seguridad de sus
agentes, o la integridad mental de la niña deforme escondida en
el doceavo piso, desconocida hasta ese día por la prensa. Ellos
reemplazaron los escoltas para que la policía no tomase el edificio,
y darle tiempo al demonio del casco negro de arribar al lugar, sabían
que aunque era un hombre calculador e inteligente, estaba solo;
un hombre contra el mundo. Así que para la ocasión decidieron
ayudarlo; querían ver qué sucedería cuando entrase en contacto
con la niña: Con otro humano con el que compartieran naturaleza.

Afuera del edificio, Paul gritaba a sus subordinados a punto de


perder la paciencia, no concebía posible que cuatro escoltas lo
estuviesen deteniendo en el hall del edificio bajo la excusa de una
nimiedad legal; a él, al mismísimo jefe de seguridad del Estado.
También se preguntaba para sus adentros la razón por la cual no
había rastro de ni un sólo periodista en la calle, y el por qué aún
luego de la transmisión no se había reunido una multitud frente al
edificio. La razón estaba en diversos embotellamientos, en órdenes
sueltas que habían disipado la atención de la prensa; una llamada
aquí, un contacto por allá, al final el escenario estaba listo, libre de
distracciones para que diera inicio la danza de muerte y sangre.
En el doceavo piso la niña continuaba en su cama, en su
habitación oscura, encerrada ignorando lo que estaba por llegar a
ella, la punta de la pirámide contuvo la respiración.
Sólo faltaba el Escarabajo Negro.

- 56 -
William Deneuve Scott.

Abajo en el hall, el jefe del DES había estado esperando por casi
una hora al vehículo que finalmente hizo aparición; un auto azul
con una sirena de policía se detuvo en la calle, de él bajó un hombre
muy bien peinado, con unas gafas de cristal redondo sobre la nariz
y una maleta de mano: El abogado sobornado desde la central.
—¿Cuál es tu nombre, chico? —preguntó el jefe.
—Frank Conners —contestó el abogado—, estudié cinco años en
la universidad de….
—No me interesa, niño —le interrumpió—, necesito que me
quites a estos de la puerta antes de que yo lo haga por la fuerza.
Mientras el jefe del DES lo halaba del codo hacia adentro, el
pobre tambaleaba tratando de seguirle el paso; y cuando le hizo caer
unos papeles, el jefe de seguridad torció los ojos impaciente; odiaba
los trámites absurdos que siempre le impedían lograr sus objetivos.
Paul dejó al abogado hablando en jurídico con los escoltas y
llamó a su gente. Cinco minutos después el abogado regresó:
—Como pueden verse comprometidos derechos de una menor
de edad, y en cumplimiento con el parágrafo…
—Fred, no me interesa en lo más mínimo —el jefe tenía ya
puesto un chaleco antibalas y un arma en la cintura— ¿Podemos
entrar ya o hay que hacerlo a la mala manera?
—Me… me llamo Frank —dijo acomodándose los redondos
anteojos sobre la nariz—, y sí… sí, señor, podemos, pero los escoltas
deben subir con nosotros, porque en el artículo trece de…
Paul le quitó de en medio y subió con dos de sus hombres,
minutos después giraba el picaporte de Roberto Linares, rogando
únicamente que cuando llegasen a la habitación no se encontrasen
con que la supuesta niña ya hubiese desaparecido.

El apartamento era inmenso.


Lo primero que se veía al entrar era un enorme anuncio con
estrellas y letras de neón que decía “Robb’s Nights”, del programa
del presentador. Las paredes estaban llenas de fotografías suyas con
todo tipo de celebridades, especialmente mujeres; tras Paul entraron
los escoltas con armas en mano y el abogado que era obvio que no
se encontraba nada cómodo con toda la situación.
Unos pasos más adelante, el piso de madera pulida del
apartamento era reemplazado por un suelo de fina gravilla blanca
que luego se convertía en una piscina artificial en medio de un
enorme balcón; toda la pared oeste del edificio era un ventanal
enorme del que se observaba todo Manhattan a placer, sin
embargo, esa noche unas cortinas rojas ocultaban la ciudad.

-57 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
El presentador jamás escatimó en placeres para su vivienda,
cada detalle era extravagante, casi toda la sección del pasillo era
como visitar un museo, discos autografiados, fotografías, tesoros
tras cristales; perfectamente se hubiese conseguido una fortuna
de nada más cobrar la entrada a ese lugar. Paul y sus hombres
no se detuvieron a detallar la ornamentación sino que fueron con
arma en mano buscando de habitación en habitación, recordando
el mensaje dejado en la llamada al programa “Esa pequeña que
encadena tras la puerta de la segunda habitación a la derecha de su
piso...”. Resultó ser la habitación principal de la vivienda, aquella
en la que Robb compartía sábanas con cualquiera de sus invitadas.
La cama era tan enorme que cuatro personas hubiesen encajado
perfectamente acostadas, a la derecha un espejo decorado con un
marco de madera negra tallada con figuras de mariposas ocupaba
la pared desde el suelo hasta el techo, el espejo estaba incrustado
en medio de un inmenso librero; a la izquierda había un ventanal
completo dando a la ciudad, podía verse la noche claramente y
cómo las luces rojas y amarillas titilaban decenas de metros más
abajo, los vehículos y edificios parecían moverse a un sólo ritmo;
Paul siguió con la mirada la línea recta de un avión que parpadeaba
entre las nubes nocturnas.
La habitación estaba vacía, el Demonio se les había adelantado
de nuevo.

¿Cuál… cuál había sido el error? Llegaron tan rápido como fue
humanamente viable, había cámaras en la entrada, ni una sola cosa
estaba fuera de lugar, entonces la idea le llegó como un relámpago:
¿Y si nunca hubo niña? ¿Y si el hombre previó que iban a correr
al apartamento en cuanto colgó el teléfono y todo esto hace parte
de algún plan que nadie acaba de comprender? ¿Y si está por
ocurrir algo horrible al otro lado de la ciudad mientras él, el jefe
de seguridad, está ahí parado como un idiota frente a un ventanal?

Paul bajó su arma, cerró las cortinas con ira y miró sobre su
hombro para encontrarse con el rostro de decepción de los
presentes; los escoltas, el abogado, y hasta sus propios hombres
parecían juzgarlo. Recordó la cara del presentador: El rostro
más reconocido de New York expandido como una mancha
irreconocible. Se sintió ridículo, y un segundo después se sintió
vulnerable. El hombre del casco negro cometía en ese momento
una atrocidad en algún lugar de la ciudad y el único capaz de
detenerlo había sido burlado estúpidamente por su orgullo.

- 58 -
William Deneuve Scott.

Se dio la vuelta y ordenó a todos que era hora de irse, pasó junto
a los escoltas que casi se rieron en su cara, y junto al abogado que
arrastraba su maleta con unos documentos en la mano, de un sólo
manotazo que casi lanza al hombre de espaldas, el jefe de seguridad
lo quitó de en medio; el pobre se quedó recogiendo todos sus
papeles sin comprender por qué se desquitaban con él. Paul pasó
junto a la piscina con su chaleco anti balas y su arma sintiéndose
el hombre más idiota de New York, los escoltas lo siguieron en
silencio con una expresión de formalidad que lo sacó de quicio.
Cuando Paul iba en la puerta, se oyó un teléfono sonar: El suyo.

Paul respondió, y la voz que salió del teléfono fue tan gruesa y
profunda, que en cuanto le ordenó que lo colocara en altavoz, Paul
simplemente presionó el botón. Sus hombres se inclinaron sobre
el aparato para escuchar la llamada:
“Sé que esta situación es confusa para ustedes —sonaba casi
como si el hombre del otro lado tuviese la garganta rasgada—, pero
sé que ya no requiero palabras para que Paul Rockman reconozca
la cadena de malas decisiones que lo trajo a esta situación. Me
limitaré a decir que hay una habitación en esa casa, una oculta a
plena vista que sólo el hombre que mantenía a la niña encadenada
creía conocer, y que aunque en este momento no puedan verla,
la niña sigue ahí, a oscuras, amordazada. Y si Paul quiere llegar a
ella, necesita buscar por el apartamento y encontrar al verdadero
culpable de lo que va a ocurrirle. Es esta su sentencia, y si trata
de huir lo asesinaré en el acto, los demás pueden irse; ya saben
quién soy”.
Paul no lo pensó ni un segundo, ni siquiera lo consideró; guardó
su teléfono y se dio la vuelta para salir por la puerta, justo cuando
puso un pie afuera, llegó una fotografía con el siguiente mensaje:
“Si cruza esa puerta lo hará como un hombre muerto, regrese y
encuentre al culpable”.
La fotografía era de sus espaldas. La voz sonó desde atrás:
—Paul Rockman... Le dije que nos veríamos.

Cuando se giraron, un deforme casco de hierro negro con la


forma de un insecto se abrazaba con devoción al rostro del torpe
abogado, luego de un chasquido eléctrico, la luz desapareció:
—¿Se acuerda de mí?

-59 -
CAPÍTULO 06
LA GUERRA ETERNA INTERNA

L a luz se apagó. Como Paul Rockman siempre mantuvo a ciegas


a la justicia, pensé que lo justo sería que se enfrentase a ella en
igualdad de condiciones.
Ante la escena, el demonio en mí se sacudió. Era el momento
exacto previo a la muerte, era la violencia que inspira contemplar
la paz. Era la gloria más alta a la que puede aspirar un hombre, era
bautizarse como instrumento de la justicia. El cuerpo, las heridas
y el miedo pasaban a un segundo plano, la existencia terrenal se
vuelve accidental, contingente. La única devoción religiosa que
debe tenerse es hacia la verdadera trascendencia, la que se resume
en un instante: La muerte.
Dentro de mi cráneo sus latidos se aceleraban como un tambor
de guerra, una maldición en mi sangre que excitaba al demonio
en mi pecho a salir. Que hace que mi lucha sea siempre doble,
la externa contra ellos, y la interna para mantenerlo adentro. La
guerra eterna interna, contra uno mismo, ceder ante el parásito sin
sucumbir a él, mantener el poder de la propia mente, el control de
la propia alma.
La sangre goteaba de mi palma izquierda; una herida auto
infligida para que ésta entrase en contacto con el oxígeno del aire.
Sentía que el tiempo iba a cámara lenta; podía verlo en la
absoluta oscuridad: Su silueta brillando en un fondo negro, la red
de venas y arterias formando el croquis anatómico de su cuerpo.
Una radiografía de su alma ante mis ojos.
El esquema de un brazo se movió hacia las venas de la cintura y las
ramificaciones de su mano agarraron algo: Estaba desenfundando
un arma. Lo vi todo pasar muy lento ante mis ojos, extendí el
brazo, luego la mano, finalmente abrí la palma. La justicia se había
hecho mortal entre mis dedos, la muerte reclamaba su lugar entre
los hombres, y la noche veía la vida sofocarse en seco.
Esta es la sangre que será derramada para el perdón de los
pecados.
En cuanto el hombre desenfunda su arma, las pequeñas partículas
de sangre que gotean de mi mano comienzan a vibrar.
Un segundo después, su mapa de venas y arterias se apagó.

- 60 -
William Deneuve Scott.

—¿Estás herido? —la voz de la niña me devuelve al momento


presente.
Giro mi cabeza y la veo, está sentada en el asiento de copiloto
de la camioneta, conduzco por una carretera campestre, el camino
de tierra está cubierto de hojas rojas y amarillas y árboles de otoño
pasan lentamente por nuestro lado, el aroma del bosque penetra
por los ventanales del auto, el viento nos agita el cabello.
La niña mira la sangre que sale de mi costado:
—¿Estás herido?
La observo extrañado, trato de comprender cuánto tiempo ha
pasado desde mi último recuerdo, detesto eso, detesto perder el
control, detesto la sensación de no diferenciar la realidad de los
delirios del parásito. Traigo ropa diferente y en mi costado una
herida sangra abundante.
Debo hacer algo con sus arranques de locura, puede que mi
cometido en este mundo necesite al parásito, pero sucumbir a ese
demonio es un lujo que sólo podrá llevarme a una muerte indigna.
La niña mira la herida de mi costado mientras repite la pregunta...

Cassandra Sullivan, diez años, hija adoptiva de Roberto Linares.


El presentador tenía ciertos arranques de escritor, así que escribía
poemas de su vida en su computadora, fácil de hackear en cuanto
tuve acceso al sistema de seguridad del edificio; en sus escritos el
hombre confesaba amar ciegamente a una mujer casada, de una
clase social incoherente con el estilo de vida del presentador, la
había amado toda la vida, desde su época de universitario, así que
en cuanto la mujer enviudó él hizo lo natural, buscarla. Ella no lo
amaba, por supuesto, pero le interesaba el dinero de Roberto, y a
él, tenerla; aunque fuese en un amorío parpadeante y en secreto,
fue un consuelo. Fue la única mujer a la que el hombre fue fiel en
su vida y un año después, cuando una leucemia la fulminó antes
de tiempo dejó a Roberto en una depresión imposible de sostener.
Del matrimonio de la mujer quedó a la deriva una hija, una
que al presentador le recordaba en cada gesto y en cada actitud a
la mujer que tanto amó y que nunca le correspondió, la pequeña
Cassandra despertaba en el hombre un odio incontenible que era
casi cercano al amor. El parecido a su madre lo obligó a no dejarla
morir, decidió adoptarla.
Con una hija que ni era suya, de una mujer que en el fondo odiaba,
y hundido en una depresión sin tratamiento, Roberto se fue cada
vez por caminos más oscuros. Es aterrador lo que un hombre roto
puede hacer, lo que la depresión causa en la vida de las personas.

-61 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Por miedo a que se descubriera su amorío y debilidad por una
mujer casada de tan baja estirpe, Roberto mantuvo en secreto a la
pequeña Cassie, primero en la casa, luego cuando la niña se hizo
mayor y comenzó a inquirir el por qué nunca se le dejó salir, el
hombre la retuvo por la fuerza, fueron años de una hija no deseada
tratando de llenar un vacío que no se podía llenar.
Cuando encontré la habitación oculta, en ella había dos cosas, una
colección de mariposas disecadas, y una niña encadenada al suelo.
La pequeña estaba raquítica, amordazada, el cuarto olía a humedad
y perfume viejo, era como si el tipo se hubiera obsesionado con
ella; una noche, Roberto era el rostro visible y afable de New York
y a la siguiente la perversión de sus habitantes encarnizada contra el
cuerpo de una pequeña. Cassie tiene varias cicatrices en hombros
y espalda, puedo sentir de su esquema arterial una lesión grave en
la parte posterior de su cuerpo: Una displasia de cadera, causada
quizá por soltarla con fuerza contra el suelo; sus tejidos intentaron
sanar, pero al no llevarla a un hospital a que se la acomodaran, lo
hicieron en el lugar equivocado; haciendo que ahora la niña camine
de manera deforme, como si su rota cadera tuviese que sostener un
cuerpo demasiado pesado para ella. Las rodillas tienden a juntársele
y los pies a torcérsele hacia adentro como resultado de jornadas de
violencia aplicadas sobre su frágil silueta.

—¿Estás herido? —Cassie acaba de terminar la pregunta.


Trae el mismo vestido sucio, y raído con el que estaba encerrada,
lleva el pelo corto hasta los hombros y las fibras de cabello oscuro
se le meten en la boca cuando el viento entra por la ventana de
la camioneta, su piel blanquecina está roja en varias partes, como
manchada o decolorada. Roberto argumentaba en sus escritos que
la niña jamás le dirigía la palabra lo que le enfurecía aún más en las
noches en que la “corregía”. Entonces descubro que el hecho de
que me esté hablando es de alguna manera… valioso.
Miro la herida de mi costado, la sangre es abundante, recibí un
disparo en algún momento. Un saldo misericordioso al enfrentarme
a tres hombres armados, otra de las cosas por las que detesto perder
el control; cuando el parásito se apodera de mi mente es errático,
es descuidado, inviable. No me sana las heridas, y ni siquiera se
molesta en detener el sangrado. Aunque más fuerte que yo, para el
parásito no existe el dolor, o la auto conservación, sólo el hambre.
Coloco la mano en mi costado y ésta se empapa de sangre, aún
trato de hacer vibrar la herida cuando la niña me habla:
—Gracias.

- 62 -
William Deneuve Scott.

No le respondo, me limito a mirar hacia el frente mientras la


camioneta da minúsculos saltos por el camino empedrado.
—No me encierres de nuevo por favor —me dice.
La miro de reojo por un momento y finalmente pregunto:
—¿Qué cosas te hizo Roberto en aquel cuarto tras el espejo?
La niña no responde y se sume en un silencio de casi media hora.

“Regrese y encuentre al culpable”. Las luces se han ido, pero


siento el palpitar de sus corazones en mi cabeza, los únicos ciegos
aquí son Paul y sus hombres, esos a los que oyó morir en un
parpadeo, la sangre como filos escarlata surgiendo de mi mano se
extendió de golpe. Garras de cristal rojo como las de una bestia,
separarían a las cabezas corruptas de sus culpables cuerpos.
En el medio segundo de reacción que tuvo Paul, ese que sus años
de entrenamiento le dieron de ventaja, desenfundó y disparó tres
veces a oscuras; la habitación parpadeó y todos nos vimos a blanco
y negro por un instante, a nuestro alrededor, por una fracción de
segundo, se vio que de mis dedos se expandía una red de cristal
rojo que llenaba el cuarto como las garras de un demonio, o las
patas de una araña abrazando al suelo, el techo y las paredes; una
telaraña de filos escarlata que devoraba a sus hombres. Al apagarse
la escena, los hombres del DES se quedaron en su sitio y algo
pesado se desprendió del lugar que ocupaba en sus cuellos.
Luego cayeron, uno de espaldas y otro de lado.
Los escoltas del edificio habían salido de la habitación y
cerrado la puerta desde afuera, no intentaron atacarme, ni
defenderlo; demostrando así que esos hombres habían sido
puestos intencionalmente por alguien, no para detenerme, sino
para asegurarse que llegara a mi presa. Y ahí estábamos frente a
frente, el corrupto hombre causante de crueldades, asesinatos y
desapariciones; y yo, dispuesto a cobrar por mano propia lo que los
olvidados merecían. Yo, que a diferencia de los invisibles tengo el
poder de esta maldición en mi sangre. Yo y mi proyecto, mi trabajo,
mi responsabilidad; tengo que ser yo, cualquier otro lo haría mal.
De los tres disparos de Paul, uno me dejó una herida al rozarme
la cadera, el otro se clavó en la pared y el último salió a Manhattan
atravesando uno de los ventanales. Cuando el pobre asimiló que
sus hombres de confianza, aquellos mismos con los que había
asesinado y encubierto tantos cuerpos inocentes en los años de
servicio, yacían tirados a su lado, inertes, con un par de kilos menos
sobre los hombros; el pobre entró en pánico y trató de disparar en
la oscuridad, yo ya no estaba allí.

-63 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Me sorprendió que uno de los sentimientos que llenó al hombre
en los momentos de la muerte no fue el miedo, o la culpa; sino
sorpresivamente fue la ira. Disparaba desquiciado, descargando su
arma en todas direcciones en la oscuridad. El valor de los muertos
lo imponemos los vivos, y es curioso que hasta los seres más
malvados de entre los hombres valoren las vidas de sus cercanos,
aunque sean estos igual o más despreciables que ellos mismos. El
mismo Paul que había intentado huir hace unos minutos por un
mensaje grabado, ahora intentaba encontrarme para vengar a sus
camaradas recién decapitados.
“¡Encuentre al culpable, Paul!” le grité desde algún rincón de
la oscuridad, él disparó a la sombra que creyó que le hablaba. Mi
figura era invisible a sus ojos, y ante los míos su esquema de arterias
brillaba escarlata en la oscuridad…
Una muestra de sangre de Paul Rockman reposaba en el
archivo judicial a su nombre, los forenses la habían solicitado para
compararla con una muestra hallada bajo las uñas de una protestante
asesinada en una de las masacres civiles de las que se le había
inculpado. En cuanto tuve acceso al expediente tuve una mejor
visión de su ubicación; luego, extraer una muestra más grande y
pura fue muy sencillo: Paul ya no recuerda el rostro de ese hombre
que hace unos meses en el metro le rasguñó accidentalmente con
el maletín. En cuanto probé su sangre la sentencia fue firmada.
Mi demonio lo quería para sí.
Pensándolo a posteriori, fue casi una bendición que fuese él
precisamente en persona quien acudiera a los apartamentos; no
creo en las casualidades, eso me hace pensar que el alto mando
tiene más conocimiento de mis planes y movimientos del que creo
y que de manera casi casual me han dado acceso a mis víctimas.

—¿Por qué no mataste a ese hombre? —Cassie formula la


pregunta de abrupto, la niña ha sacado la mano por la ventana del
coche y hace olas con la palma según avanzamos.
—¿A cuál?
—Al del espejo —me responde—. Cuando me sacaste del cuarto
me dijiste que eran hombres malvados, ¿pero por qué a ese no lo
mataste?
—Porque, a veces, la muerte es misericordia.

Encuentre al culpable, Paul. El hombre escuchó ruido en la


habitación principal y en su ira, cegado por la inmunidad de alguien
que jamás ha sido castigado por sus acciones corrió en mi búsqueda.

- 64 -
William Deneuve Scott.

Se oyeron bisagras cerrarse y cuando Paul entró al cuarto con la


sensación de que finalmente me había arrinconado, la habitación
sin salida lucía vacía.
Aún apuntando en la oscuridad, el hombre furibundo arrancó
de varios tirones la cortina del ventanal, la luz nocturna ingresó a la
habitación. La sombra de Paul y de los objetos se proyectaron contra
las paredes tenuemente, todo era silencio; la cama perfectamente
tendida, el enorme espejo de marco negro adornado en el librero
de la pared; no había rastro de nadie. Paul esperó en su sitio por casi
un minuto, tratando de comprender cómo había yo desaparecido
de aquella habitación sin dejar rastro, se paró con el arma en alto,
presto a cualquier movimiento del levemente iluminado cuarto. No
obtuvo ese alivio, dejé que se hundiera en la locura de la espera. Al
final dio dos pasos y bajó el arma, pareció calmarse. Se centró en la
imagen que le devolvía el inmenso espejo clavado en la pared.
Vi en su rostro que finalmente había dado con la respuesta.
Caminó lentamente hasta su reflejo, se plantó frente a él y
colocó la mano en el cristal; finalmente encontró lo que tanto
había buscado: Estaba parado frente a la habitación oculta del
apartamento, era cuestión de que empujase el espejo como una
puerta y accediera al rincón ciego de la casa, aquel en que Roberto
ajusticiaba a la niña. Sin embargo, Paul estaba absorto en su reflejo,
porque al mismo tiempo había descubierto al culpable de lo que
estaba por ocurrirle: Él mismo.
Entonces, hizo un gesto de extrañeza, por un momento el casco
de hierro negro, pareció estar sobre sus hombros, devorándole el
rostro a su reflejo. Él no se lo creía.
Lo siguiente pasó en menos de un segundo:
Lo primero que se vio fue el reflejo de Paul repetirse en decenas
de fragmentos cuando el espejo se rompió de adentro hacia afuera,
pareció formarse una telaraña de cristal… Justo en el estallido final
de vidrio; el espejo que se rompía pareció engendrar un par de
firmes brazos, brazos que se envolvieron en el cuello de Paul como
serpientes, dedos que lo halaron hacia adelante con violencia. Fue
un golpe seco, como un puño golpeando acero; pero fue un cráneo.
Lo bestial no fue ver al parásito romper el espejo desde adentro,
sino que por un segundo fue su propio reflejo quien lo ajustició.
La garganta de Paul pareció inflamarse hacia arriba con rapidez,
cuando la sangre de su cuerpo le asomó por la boca con violencia,
luego de sus oídos y finalmente de las cuencas de sus ojos; era como
si llorase sangre, como si ésta se deslizase hacia afuera de todos sus
orificios, halada como hilos macabros por la punta de mis dedos.

-65 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.
Él apenas dio un brinco, mientras mi mano se retiraba de su rostro
y su propia sangre se volvía en su contra. Mientras los fragmentos
del espejo se deslizaban entre su fornido pecho y el mío como una
diminuta lluvia de estrellas, la sangre era halada hacia arriba, uno
de sus ojos brincó errático como si alguien lo hubiese pellizcado
una última vez, y el líquido rojo le cubrió la cara por completo,
finalmente, cuando Paul Rockman estuvo a punto de morir, me
detuve. El hombre cayó como un títere inconsciente y casi blanco
por la sangre extraída. Firme, agitado, y con aquel armatoste negro
ocultándome el rostro, mi mente se regocijó ante tanto sadismo.

—¿Ya vamos a llegar?


El camino de hojas otoñales era ahora más empinado y campestre,
un lugar alejado de toda civilización en la falda de una montaña;
las hojas y ramas lucían naranja y rojo y las ruedas crujían al pasar
sobre ellas. Paul yacía moribundo en el baúl de la camioneta en
la que yo llevaba a la niña a su destino. De vez en cuando miraba
hacia atrás para revisar las constantes vitales del hombre, no iba
permitir que muriese antes de sacarle la información. La niña se
había acurrucado en la silla del copiloto hasta donde su cadera le
había permitido y ya no se molestaba en mirar por la ventana, un
gesto que me pareció más de resignación que de desinterés.
A lo lejos, la carretera seguía de largo, serpenteando entre las
montañas y el campo; me detuve, nuestro destino se encontraría
en un viejo caminito casi oculto entre la maleza que apenas era
transitado una vez al mes. Giré la camioneta y me sumergí entre
los árboles, el terreno era agreste y casi no apto para vehículos, al
fin y al cabo a donde íbamos poco o nada importaba el contacto
con la gente de afuera. Avanzamos por varios minutos por el rudo
camino de tierra seca, cerramos las ventanillas para que las ramas
de los árboles no se metieran a la fuerza y de un momento a otro
dimos con la larga pared de piedras que estaba esperando.
La reja un tanto roída por la humedad chirrió en cuanto la abrí,
llevaba la niña sobre mi hombro, podía suponer lo difícil que
era para ella caminar por su cuenta y no pensaba someterla a ese
trato. Avanzamos juntos por el caminito de piedra que llevaba a la
entrada principal y vi que Cassie se fijó en el enorme campanario
de la torre, palomas blancas hacían nido en lo alto de la capilla.
En cuanto estuvimos frente al portón de madera tomé la aldaba
de hierro con la forma de la cabeza de un león y llamé a la puerta
dos veces. “Hijo, cuánto te hemos extrañado”.

- 66 -
William Deneuve Scott.

La madre superiora sonreía abriendo los portones para nosotros.


—Ellas te mantendrán a salvo, tal y como me mantuvieron a mí
por tantos años —dije a Cassie dejándola en el suelo, increíblemente
la niña torcida pudo mantenerse en pie.
—¿De qué te mantenían a salvo? —me preguntó.
—De mamá —le respondí.
La madre superiora se acercó a mí y su abrazo fue tan cálido
como toda la vida lo había sido. Casi octogenaria, con su piel llena
de arrugas pero con más energía que muchos con la mitad de años,
tras sus hábitos, la madre superiora era todo lo que una madre
necesitaba y debería ser. Luego de que mamá intentase abortarme,
ella había sido la única a quién yo le había importado, y también
era la única, quizá en todo el mundo e incluso después de tantos
años, en quien yo confiaba realmente. Absolutamente nadie sabía
de mi pasado, ni de mi conexión con ella.
Cuando la vi con su sonrisa de siempre agaché la mirada:
—A la niña la buscan los de arriba —me limité a decir.
“Los de arriba” eran las palabras que usábamos para referirnos a
los titiriteros oscuros, a aquellos moviendo los hilos del continente
desde las sombras; no los rostros políticos, ni las multinacionales
que todos creen, sino esos pocos sujetos, individualmente
concebidos, que realmente tomaban las decisiones.
—No habrá entonces lugar más seguro que este —se limitó a
responderme.
Otra monja, una rubia mucho más joven llega y alza a la pequeña
Cassie en sus brazos.
—Volveré por ti —es lo último que le prometo.
La niña apenas se aparta el corto cabello oscuro del rostro y se
deja llevar hacia el convento.
—Adiós, Madre, estaré en contacto. —asiento con la cabeza y le
doy la espalda. En cuanto doy un paso, ella pregunta:
—¿Ya sabes quién es “Gorgona”?
Me detengo y apenas la miro de reojo.
—No es un alguien —le respondo—, “Gorgona” es un lugar, es
la punta de la pirámide. Hoy conocí a dos escoltas cuyas órdenes
provenían de allí, tuve, digamos, una charla con ellos. Sabían que
era un lugar al Norte, pero no sabían nada más que eso… estoy
seguro. Debo investigar, hay un barco que se dirige hacia allí.
Doy un paso para alejarme y ella agrega:
—Ten cuidado, hijo. No sabes todo lo que me importas.
—Estaré bien, yo siempre estoy bien.

-67 -
Tiamat, Eclipse Escarlata.

Escuché una pequeña risa en su boca:


—Aún recuerdo —me dice—, cuando me buscabas para dormir
en la noche porque creías que había un monstruo bajo tu cama.
Yo siento como se forma un gesto casi extranjero en mi cara,
una sonrisa:
—Y tú me decías —le respondo— que dios estaba conmigo y que
él revisaba la cama de todos los niños antes de dormir.
—Y aun así —me dice— sólo dormías tranquilo las noches en que
tú mismo eras quien revisaba.
Por alguna razón mis pupilas están húmedas.
—Puede que no creas en Dios —me dice—, pero Dios sí cree en
ti, Matt.
Me estremezco al escuchar mi nombre, uso tantos diferentes
cada día que ya nadie me llama así. Me giro de inmediato y ella
dibuja una sonrisa hundida por los dientes que ya no tiene, luego
coloca su mano en mi hombro:
—Sé que le temes —me dice—, pero no tienes que mostrarte fuerte
conmigo, no conmigo. El parásito, el demonio, podrás controlarlo,
aquí confiamos en ti. Yo… yo confío en lo que haces, hijo, y sé que
podrás controlarlo antes de terminar con tu tarea.
Agacho la cabeza.
—Dios se manifiesta de maneras muy extrañas —finaliza ella—,
Dios soy yo, y cuando asesinas, también eres tú. Confía en tu fuerza,
como yo confío en la mía, —bajo el hábito la madre me enseña su
viejo revólver— ve, hijo mío; cambia este mundo podrido, porque
nadie podría hacerlo más que tú.

Mi viejita, la madre superiora, fue la única persona que siempre


confió en mí. Esa mujer me dio quizá lo único que jamás pude
tener, una familia de la cual no tuviera que ocultarme.
Era única y era perfecta.
Esa fue la penúltima vez que volví al convento.

La última fue meses después, ese día sólo pude pensar que los
lazos nos debilitan y que eso nos hace fuertes; que lo sentimental
nos resta en fuerza, pero nos suma en valor. La encontré en el
suelo, con su mano en el revólver allí donde había tratado de
defender a sus niños de los agentes del estado. Y cuando vi a mi
viejita, con tres tiros en el pecho y la mirada perdida, supe que
había muerto mirando al cielo, buscando el lugar exacto en el que
se encontraba dios.

- 68 -
William Deneuve Scott.

Agarré su mano fría, y supe que había llegado el momento, era


hora de sucumbir para progresar. Me levanté y caminé junto a los
cuerpos inertes de las monjas que los hombres de Gorgona habían
amontonado como última advertencia para que me alejase de ellos.
Tomé la decisión: Por la madre superiora, por Cassie que ahora
iba en un camión rumbo a Gorgona cuando le prometí que volvería
por ella; y también por todas las almas olvidadas que nadie había
podido reivindicar. Iba a necesitar toda la ira, toda la fuerza del
monstruo bajo mi piel; y si es necesario ser consumido para que
se me otorgue el poder, lo haré con gusto. Porque puede que sea
la última decisión de mi vida, pero es la única que importa. Iba a
derrumbar el mundo, y para ello necesitaría hacer de lo que llevaba
una vida huyendo; me dejé llevar, me entregué, y sentí el Demonio
despertar.
Sucumbí a la eterna guerra interna, y le pedí controlar mi cuerpo.
Le di paso al parásito y yo tuve que desaparecer.
Por ella, por ellos; por ti, por mí y por las tristezas de la vida.

Una voz oscura me habló desde adentro y cuando lo hizo, me


dijo sólo una cosa: Yo, soy inevitable. Es la hora. Observa la lista,
ve, ataca ese barco. Desatemos el primer Cazador; infectemos a
Mikael Todd: Entonces sentí el hambre dominar mi cuerpo.

Los monstruos no duermen bajo la cama, duermen dentro de


tu cabeza.
Y el mío acababa de despertar.

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Tiamat, Eclipse Escarlata.
I I

I

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CAPÍTULO 07
MIKAEL TODD

A partir de acá puedes continuar leyendo si me escribes a:

www.facebook.com/WilliamDeneuveScott

Gracias por apoyar este sueño.


Es mi vida la que tienes en tus manos.

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