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Estamos viviendo cambios muy profundos en los aspectos fundamentales

que han asentado la sociedad industrial avanzada del siglo XX. Desde el punto de
vista productivo, el impacto de los grandes cambios tecnológicos ha modificado
totalmente las coordenadas del industrialismo. Se han superado las estructuras
"fondistas", aquellas en que grandes concentraciones de trabajadores eran
capaces de producir ingentes cantidades de productos de consumo masivo a
precios asequibles, sobre la base de una organización del trabajo mayorista y a
costa de una notable homogeneidad en la gama de bienes producidos. La llamada
globalización o mundialización económica, construida sobre la base de la
revolución en los sistema de información, ha permitido avanzar hacia un mercado
mundial, en el que las distancias cuentan menos, y dónde el aprovechamiento de
los costes diferenciales a escala planetaria ha desarticulado empresas y plantas
de producción. Palabras como flexibilización, adaptabilidad o movilidad han
reemplazado a especialización, estabilidad o continuidad. La sociedad del
conocimiento busca el valor diferencial, la fuente del beneficio y de la
productividad en el capital intelectual frente a las lógicas anteriores centradas en el
capital físico y humano.

La sociedad industrial nos había acostumbrado asimismo a estructuras


sociales relativamente estables y previsibles. Hemos asistido a la rápida
conversión de una sociedad estratificada, de una sociedad fundamentada en una
división clasista notablemente estable, a una realidad social en la que
encontramos una significativa multiplicidad de los ejes de desigualdad. Si antes,
las situaciones carenciales y problemáticas se concentraban en sectores sociales
que disponían de mucha experiencia histórica acumulada al respecto, y que
habían ido sabiendo desarrollar respuestas más o menos institucionalizadas,
ahora el riesgo se ha democratizado, castigando más severamente a los de
siempre, pero golpeando también a nuevas capas y personas. Pero, aparecen
también nuevas posibilidades de ascenso y movilidad social que antes eran

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mucho más episódicas. Encontramos más niveles y oportunidades de riqueza en
segmentos o núcleos sociales en los que antes sólo existía continuidad de
carencia. Mientras, por otro lado, encontramos también nuevos e inéditos
espacios de pobreza y de dificultad en el sobrevivir diario. Frente a la anterior
estructura social de grandes agregados y de importantes continuidades, tenemos
hoy un mosaico cada vez más fragmentado de situaciones de pobreza, de riqueza,
de fracaso y de éxito. Pero, la miseria coloniza y la riqueza expulsa. Y ello genera
una proliferación de riesgos y de interrogantes que provoca fenómenos de
búsqueda de certezas en la segmentación social y territorial. Los que pueden
buscan espacios territoriales o institucionales en los que encontrarse seguros con
los "suyos", cerrando las puertas a los "otros".

Las familias se resienten también de esos cambios. El ámbito de


convivencia primaria no presenta ya el mismo aspecto que tenía en la época
industrial. El hombre trabajaba fuera del hogar, mientras la mujer asumía sus
responsabilidades reproductoras, cuidando marido, hijos y ancianos. La mujer no
precisaba formación específica, y su posición era dependendiente económica y
socialmente. El escenario es hoy más y más distinto. La equiparación formativa
entre hombre y mujer es creciente. La incorporación de la mujer al mundo laboral
aumenta sin cesar, a pesar de las evidentes discriminaciones que se mantienen.
Pero, al lado de lo muy positivos que resultan esos cambios para devolver a la
mujer toda su dignidad personal, lo cierto es que los roles en el seno del hogar
apenas si se han modificado. Crecen las tensiones por la doble jornada laboral de
la mujer, se incrementan las separaciones y aumentan también las familias en las
que sólo la mujer cuida de los hijos. Y, con todo ello, se provocan nuevas
inestabilidades sociales.

Ese conjunto de cambios y de profundas transformaciones en las esferas


productiva, social y familiar no han encontrado a los poderes públicos en su mejor
momento. Los retos son nuevos y difíciles de abordar, y las administraciones
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públicas no tienen la agilidad para darles respuestas adecuadas. El mercado se ha
globalizado, pero el poder político sigue anclado al territorio. Y es en ese territorio
donde los problemas se manifiestan diariamente. Al mismo tiempo, la lógica
jerárquica que ha caracterizado siempre el ejercicio del poder, no sirve hoy para
entender los procesos de decisión pública, basados cada vez más en lógicas de
interdependencia, de capacidad de influencia, de poder relacional, y menos en
estatuto orgánico o en ejercicio de jerarquía formal

La política no encuentra su lugar en el nuevo escenario económico. Pero al


mismo tiempo la democracia parece consolidarse como nunca. En efecto, nos
encontramos en un momento curioso. Nunca en la historia de la humanidad se
había conocido una extensión tan amplia de este conjunto de reglas y de
mecanismos de representación plural, de participación y de control, que
históricamente ha ido conformando el concepto de democracia. Desde este punto
de vista diríamos que la democracia parece vivir un momento dulce en todo el
mundo. A pesar de ello, continúa existiendo una insatisfacción creciente en cuanto
a su funcionamiento. Pero también resulta evidente la poca capacidad de
resolución de los problemas que muestran los mecanismos democráticos de toma
de decisiones. Formalismo, distanciamiento entre representantes y representados,
opacidad, asimetría en los recursos de los teóricamente iguales... son algunas de
la críticas que se esgrimen en el debate político dirigidas al funcionamiento actual
de nuestros sistemas democráticos.

En los últimos años se ha logrado dotar de una fuerte base empírica ese
conjunto de percepciones, que algunos han definido como un fenómeno de
desafección de los ciudadanos hacia los actores e instituciones políticas de cada
país. No se trataría tanto de un alejamiento en relación a la democracia como
sistema de gobierno (aspecto este en el que no se detecta, sino al contrario, una
reducción de legitimidad), sino un acusado descenso de la confianza pública en la
forma de operar y en el rendimiento de las instituciones representativas. No hay
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signos de preferencias por alternativas de gobierno no democráticas o autoritarias,
pero si se constata que las actitudes públicas hacia partidos, parlamentos o
gobiernos expresan más y más desconfianza.

Esta tendencia puede considerarse como significativa, ya que no estamos


hablando de cambios en la confianza popular hacia unos u otros gobernantes o
partidos, sino hacia propiamente las instituciones representativas que han
caracterizado el modelo de gobernación política de la historia contemporánea en
el mundo occidental. Tendríamos por tanto, un escenario en el que parecería que
el sistema democrático goza de buena salud, ya que su legitimación ha
aumentado en todas partes, mientras que las alternativas que históricamente se
habían puesto en marcha han acabado en sonoros fracasos. Incluso se defiende
que las críticas a cómo funciona realmente, país a país, son consustanciales con
el propio mecanismo de perfeccionamiento continuo que la democracia consagra.
Según esa visión, no existiría un problema de fondo. Se trataría de ir mejorando lo
existente sin poner en duda sus parámetros esenciales: poder representativo
elegido a través de elecciones competitivas entre partidos, participación, y vías de
control del poder legítimamente constituido. Pero, en cambio, como ya hemos
mencionado, se constata una creciente insatisfacción con la "calidad" de esa
democracia.

En muchos países que han tenido largos periodos de autoritarismo, existen


tradiciones que no ayudan a generar una visión de responsabilidad colectiva sobre
el espacio público. El alejamiento, la extrañez que se da entre estructuras
institucionales, sociedad política, y sociedad civil, y esa peculiar dependencia
social del Estado que viene acompañada de una arraigada (y sin duda justificada)
desconfianza de lo público, va dejando secuelas en la forma de entender el
espacio de lo público, de lo civil, que no se acostumbran a resolverse en breves
momentos de regímenes democráticos.

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Ese espacio público, ese ámbito de lo civil, es visto muchas veces, como un
terreno que o bien es ocupado por las administraciones públicas o el mercado, o
bien es un terreno de nadie. El binomio de responsabilidad social-impotencia
institucional, es particularmente peligroso en un momento en que los fenómenos
ya mencionados de globalización económica, mercantilismo exacerbado,
estructuras complejas de gobierno multinivel, y pérdida de peso de las esferas de
autonomía del Estado, deberían verse contrapesadas por una sociedad civil fuerte,
es decir por una sólida red de lazos sociales, por tradiciones de responsabilidad
cívica, y por pautas de interacción social basadas en confianza y en auto
capacidad de organización sociali

En este sentido, muchos países se encuentran en esa particularmente


comprometida transición entre dos siglos, sin un Estado bien rodado, bien
preparado para lo que se avecina y sin una sociedad civil bien enraizada, capaz
de asumir responsabilidades y estructurar mecanismos de vigilancia y control
sobre un espacio público muy frágil. Es ahora cuando el gran hándicap histórico
que significa haber contado con instituciones públicas usadas con fines privados y
actores sociales débiles, dependientes y con pocos recursos autónomos, puede
pasar factura de forma grave.

Las instituciones políticas de los países más desarrollados contraen sus


formas tradicionales de intervención social. Frenan el incrementalismo que ha
caracterizado su proceder desde los años 40. Buscan interlocución ciudadana,
tratan de conectar con agentes sociales dispuestos a asumir responsabilidades,
dispuestos a generar mecanismos de cogestión. Y aquellas sociedades que
disponen de mayor solidez y tradición asociativa, que han ido densificando su
tejido civil, que han logrado acumular mayor capital social, resultan ser aquellas
sociedades que mejor pueden responder a esos retos, que mejor pueden
responder a las nuevas exigencias y a los nuevos problemas, desde la fortaleza
de su tejido comunitario y asociativo. De esta manera, podríamos decir que una
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sociedad civil consistente, libre y responsable es hoy garantía de futuro, es
sinónimo de fiabilidad y confianza.

En los últimos años hemos podido comprobar como en muchos países,


ciertos problemas han resultado notablemente impermeables ante las sucesivas
oleadas modernizadoras y los constantes cambios políticos que han vivido. Nos
referimos a la capacidad de afrontar con valentía y con garantías los grandes
dilemas sociales (desocupación, déficit público, pobreza) y a tratar de poner
remedio a las graves disfunciones de las grandes estructuras públicas (justicia,
escuela, universidad, sanidad, estructuras administrativas,...). Ante ello no sólo es
preciso un redoblado esfuerzo de responsables políticos y gestores públicos. Es
preciso generar comportamientos correctos y responsables tanto en la esfera
pública como en la privada. Y ahí es donde la falta de tradición, la falta de
asunción de responsabilidades, manifiesta ese déficit crónico de sociedad civil,
entendido como consenso social sobre valores civiles compartidos entre grupos
sociales y compartidos entre las diversas culturas en que se expresan.

Los procesos de modernización que se han ido dando, han producido


cambios muy notables en la forma de operar del mercado, en el aparato
productivo y en el tejido empresarial. Pero ese conjunto de cambios, casi siempre
han afectado de forma relativamente superficial a esa falta de responsabilidad
cívica que comentábamos, aunque la distinta realidad cada país, nos impide ir
más allá de esas pinceladas generales.

Desde una perspectiva más estrictamente política, apostaríamos por una


profundización de la participación en el funcionamiento de la democracia. Es
evidente que si una de las principales preocupaciones es la falta de rendimiento
de los regímenes democráticos, podría pensarse en reforzar su capacidad de
"performance" buscando salidas autoritarias que siguieran la lógica que "a menor
participación más eficacia". Incrementar las capacidades "divisionales" del sistema

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a costa de reducir la capacidad de control y de intervención ciudadana , o tratar de
despolitizar el sistema a través de confiar en "capitanes de empresa" y en
personajes que hacen del "common cense" su bandera ideológica, u otros que se
presentan como "limpiadores" de la podredumbre del politiqueo. De manera
menos traumática en relación con los valores y las reglas de la democracia, se ha
ido instalando la idea de que debería aislarse de la política institucionalizada a
ciertos ámbitos de intervención pública considerados "material sensible". La
solución pasaría por crear autoridades independientes, agencias u organismos
que legitimasen su actuación y capacidad de decisión, no en función de principios
de representatividad popular, sino a partir de su capacidad de "solucionar", en
base a criterios de autoridad y de representatividad (y por tanto legitimidad)
profesional y técnica. Es en esta línea que han ido apareciendo autoridades
independientes en materia bursátil, de regulación eléctrica, medioambiental,
nuclear, de control de la competencia o de disciplina deportiva. Y todo esto sin
olvidar la cada vez más importante influencia e independencia de las autoridades
de los bancos centrales.

No creemos que esas sean alternativas que vayan en la línea de combinar


reforzamiento de la democracia y aumento de la capacidad de representación y de
credibilidad de las instituciones de esa democracia. Lo que conviene es avanzar
en la búsqueda y la experimentación de nuevos mecanismos de participación,
como vía de consolidación de la democracia y de su capacidad de resolución de
los problemas que genera la convivencia colectiva, y para ello es importante
demostrar que participación y eficiencia no son conceptos contradictorios, sino
que, cada vez más, son conceptos complementarios.

El tema no reside en la capacidad de "vender" soluciones, sino en la


capacidad de compartir definiciones de problemas para de esta manera aumentar
la legitimidad del camino que lleva desde esta definición compartida a una
situación considerada por todos como mejor que la anterior. Muchas de las
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difíciles decisiones que se han de tomar, y que afectan intereses sociales muy
arraigados, pueden llegar a contar con importantes consensos en el ámbito
técnico, pero difícilmente podrán avanzar si no se abre el debate y se discuten y
comparten costes y beneficios, alternativas y soluciones con el conjunto de la
sociedad. Sin miedo a las aparentes dificultades técnicas que toda decisión
comporta, que parecen generar barreras infranqueables para los no iniciados, y
que muchas veces esconden o enmascaran elecciones de opciones realizadas
desde lógicas no estrictamente técnicas. Ya que en el fondo, cada vez más, la
gente será capaz de aceptar y compartir decisiones que incluso afecten
negativamente alguno de sus intereses si considera legítima la vía por la que se
ha llegado a tomar esa decisión.

Desde esta perspectiva, eficiencia y participación no son contradictorias,


sino absolutamente complementarias, y cada vez se irán convirtiendo en más y
más inseparables. No podemos caer en el error de confundir o mezclar factibilidad
técnica con factibilidad social y habrá que trabajar en ambas direcciones para
hacer frente a problemas sobre los cuales muchas veces no hay consenso, ni
siquiera sobre si existe un problema y de qué tipo es.

Participar no es, en principio, ni bueno ni malo, aunque todos estamos de


acuerdo en que la simple ampliación de los espacios de participación ya tienen un
valor en sí mismo. No sólo se trata de que la gente participe más. Cada vez
parece más necesario asumir que, si no se amplía la base de consenso social de
muchas decisiones, la erosión de las instituciones representativas irá en aumento
y, de esta manera, podrán incrementarse los partidarios de fórmulas decisionistas,
a pesar de los sacrificios democráticos que puedan comportar. Sin embargo, lo
que hace falta es entender que cuando hablamos de participación no hablamos
sólo de los intereses afectados, o de aquellos grupos o colectivos más
organizados y acostumbrados a movilizarse, sino del conjunto de la población

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afectada directamente o indirectamente por la decisión. Y esto quiere decir
encontrar mecanismos para conseguir esta implicación social amplia.

Y en este sentido, el uso de las nuevas tecnologías de la información y


comunicación, puede llegar a ser muy significativo. Es evidente que las
posibilidades son múltiples, pero no es lo mismo trabajar en ellas con la vista
puesta en el mantenimiento sine die de los mecanismos e instituciones
representativas, que con la vista puesta en construir, con la ayuda de las nuevas
tecnologías, el viejo ideal de la democracia directa. Antes de especular sobre en
qué aspecto procedimental, electoral, parlamentario o de control, podremos usar
esas nuevas tecnologías.

Pero, tampoco puede improvisarse una mayor participación e implicación


social en los asuntos públicos, no puede ampliarse el sentido de responsabilidad
colectiva si no existe base social para ello. No descubro nada si me refiero al
concepto de capital social con el que se ha querido poner de relieve la importancia
de un tejido asociativo, de tramas cívicas que generen sentido de responsabilidad
colectiva, sentido de reciprocidad, y vínculos en relación a los aspectos de la
convivencia en común. Pero, como bien sabemos, ello no es un dato. Cada país
tiene su propia base social para ello, y tiene asimismo políticas y políticos que
favorecen o dificultan la formación y consolidación de ese capital social, de esa
fuerza que permite pasar más fácilmente del "yo" al "nosotros".

Las sociedades que cuentan con tradiciones que incentivan la reciprocidad,


y que poseen mecanismos de comunicación interpersonal y compromiso cívico
dispondrían de un capital social que les situaría en mejores condiciones para
afrontar situaciones como las actuales en que coinciden enquistamiento de
problemas con crisis de los mecanismos tradicionales de representación y de
procesos de deslegitimación de la autoridad. Y esas redes se materializan en la
participación de asociaciones voluntarias de todo tipo, en las que los individuos

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unidos por O O  (para diferenciarlos de los O 
 característicos de
los lazos familiares) les habilita para poder traspasar todas las posibles fracturas
de la estructura social, contribuyendo así a la cohesión social mediante la difusión
de la confianza interpersonal.

La confianza es pues un factor esencial para entender el comportamiento


político, pero también aparece cada vez más como determinante en momentos de
volatilidad financiera, para apuntalar procesos de desarrollo económico, al reforzar
los lazos y vínculos sociales, favorecer la cooperación, y ofrecer más garantías,
mayores dosis de previsibilidad y certidumbre. Factores todos ellos muy
significativos en los procesos de localización de inversiones, o en decisiones sobre
la perdurabilidad de las condiciones de desarrollo económico (no es extraño que,
precisamente por ello, instituciones tan importantes en la financiación para el
desarrollo económico como el Banco Mundial se interesen cada día más por los
temas de capital social, institucionalización de redes o reforzamiento del tejido
social, como elementos clave de la rentabilidad de sus proyectos e inversiones de
capital físico en los países en vías de desarrollo).

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