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Georges
Chevrot
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La victoria
de la Pascua

Ediciones Palabra, S. A.
Madrid

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Contenido
INTRODUCCIÓN..............................................................................................................................5
PARTE PRIMERA: EL DÍA SANTO DE LA PASCUA.................................................................................6
Capítulo I. EL TRIUNFO DE LA PASCUA...........................................................................................6
Capítulo II. LA RESURRECCIÓN DE JESÚS, FUNDAMENTO DEL CRISTIANISMO.............................10
Capítulo III. LOS TESTIGOS DEL SALVADOR RESUCITADO.............................................................15
Capítulo IV. EL VALOR DE LOS TESTIMONIOS...............................................................................18
LAS APARICIONES DEL SALVADOR....................................................................................................22
Capítulo V. AL ALBA DEL TERCER DÍA...........................................................................................22
Capítulo VI. PEDRO Y JUAN ANTE EL SEPULCRO....................................................................28
Capítulo VII. LA APARICIÓN A MARÍA MAGDALENA.............................................................32
Capítulo VIII. LOS PEREGRINOS DE EMAÚS..................................................................................37
Capítulo IX. EN LA TARDE DEL TERCER DIA...................................................................................41
Capítulo X. EL APOSTOL QUE NO PODÍA CREER............................................................................46
Capítulo XI. LA APARICIÓN AL BORDE DEL LAGO..........................................................................50
Capítulo XII. LA APARICIÓN EN EL MONTE...................................................................................54
PARTE SEGUNDA: LA LITURGIA DEL TIEMPO PASCUAL....................................................................58
Capítulo XIII. EL TIEMPO PASCUAL...............................................................................................58
Capítulo XIV. RENOVACIÓN..........................................................................................................62
Capítulo XV. EL BUEN PASTOR......................................................................................................65
Capítulo XVI. ORACIÓN PARA PERMANECER FIEL A LA VERDAD..................................................69
Capítulo XVII. FORASTEROS Y PEREGRINOS..................................................................................73
Capítulo XVIII. UN POCO DE TIEMPO............................................................................................77
Capítulo XIX. ORACIÓN PARA OBTENER LA PERSEVERANCIA.......................................................81
Capítulo XX. EL PROCESO DE JESÚS Y EL PROCESO DEL MUNDO..................................................85
Capítulo XXI. LA LEY DE LA LIBERTAD...........................................................................................89
Capítulo XXII. DE CAMINO HACIA EL PADRE.................................................................................93
Capítulo XXIII. JESUCRISTO, TESTIGO NUESTRO EN EL CIELO......................................................96
Capítulo XXIV. LOS CRISTIANOS, TESTIGOS DE CRISTO EN LA TIERRA........................................100
Capítulo XXV. EL MARAVILLOSO EFECTO DE LA CARIDAD CRISTIANA........................................104
Capítulo XXVI. LA CONTINUA ORACIÓN DE JESÚS POR LOS SUYOS............................................108
Capítulo XXVII. LA CULMINACIÓN DE LA VICTORIA DE LA PASCUA............................................112

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INTRODUCCIÓN

La resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es al mismo tiempo el fundamento del cristianismo y el soporte de
toda nuestra vida cristiana. Por esta razón, las charlas que aquí se recogen se dividen en dos grupos que corresponden a
las dos fuentes de la predicación parroquial: el Evangelio y el misal.
El primer grupo está dedicado a los relatos evangélicos sobre los que descansa nuestra fe; el segundo, a las
lecturas que la Iglesia nos presenta en su liturgia con objeto de hacer «avanzar en la vida nueva» que la victoria de la
Pascua nos ha merecido.
Para los cristianos, la resurrección del Salvador ha de constituir una certeza inquebrantable. Es el tema capital de
la predicación de los apóstoles: «Cristo ha resucitado -afirman-, nosotros somos testigos». San Pablo, por su parte, no
duda en escribir: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe». En varias ocasiones mis feligreses me han pedido algún
comentario sobre las páginas del Evangelio que justifiquen la fe de la Iglesia. Lo he hecho con tanto más placer cuanto
que esos textos admirables tienen más que un valor apologético: nos revelan la intimidad que la fe establece entre
Cristo y el creyente.
El segundo grupo de charlas solamente pone de relieve un reducido número de los textos del misal. ¡Son tan
variados y de tal riqueza...! Los seleccionados muestran hasta qué punto el dogma cristiano ilumina y fortalece nuestra
vida espiritual y constituye el alimento indispensable de toda auténtica piedad.

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PARTE PRIMERA: EL DÍA SANTO DE LA PASCUA

Capítulo I. EL TRIUNFO DE LA PASCUA

Cristo, nuestra Pascua ha sido inmolado. Porque Él es el verdadero


Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra
muerte y resucitando restauró la vida.
(Prefacio de Pascua)

La Pascua, la fiesta de las fiestas, la solemnidad de las solemnidades, solo se celebra dignamente en medio de la
alegría. La Iglesia desea escuchar nuestras aclamaciones: « ¡Regocijémonos -repite hasta la saciedad-, y alegrémonos!».
Ese día, nuestros hermanos orientales se saludan con las mismas palabras de la liturgia: « ¡Cristo ha resucitado!
Realmente ha resucitado».
Hemos de confesar que en nuestro país no manifestamos nuestra felicidad del mismo modo. Mientras que en
Navidad los fieles que entran en el templo o salen de él cambian espontáneamente sonrisas y felicitaciones, en la
mañana de la Resurrección no dan la impresión de respirar en un clima de victoria. Muestran un aspecto serio. Se les
nota preocupados, sobre todo por tener que cumplir con el «deber» de la comunión pascual. ¿Es preciso, pues, adoptar
un aire triste para observar una de las obligaciones más dulces, para unirse al triunfo de Jesucristo en el banquete
eucarístico?
No, hermano mío católico, no digas: vengo a cumplir con Pascua (¡qué mezquina parece esa ridícula frase en un
día semejante!). Tu comunidad parroquial, célula de la Iglesia universal, se dispone a celebrar la victoria de la Pascua. En
la lectura de la epístola el lector repetirá las palabras de saludo de San Pablo: Itaque epulemur. El sentido de ese verbo
no admite dudas: lo encontraremos dos veces en labios del padre en la parábola del hijo pródigo. «Alegrémonos y
celebremos una fiesta porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida». Epulemur. Abandonad esos rostros
taciturnos. Adoptad un aire de fiesta para cantar la gloria de Cristo resucitado, que nos alimenta con su carne divina a fin
de que resucitemos con Él.
Oíd los términos con los que un sacerdote romano del siglo III, San Hipólito, saludaba ese misterio de nuestra fe:
« ¡Oh, Crucificado, director de la danza divina! ¡Oh, fiesta del Espíritu! ¡Pascua divina que desciendes del cielo a la tierra
y desde la tierra subes hasta el cielo! ¡Solemnidad nueva! ¡Asamblea de toda la creación! ¡Oh, gozo universal, honor,
banquete, delicias que han aniquilado a la tenebrosa muerte, prodigado la vida a todas las criaturas y abierto las puertas
del cielo!».
El prefacio de Pascua describe los motivos de nuestra alegría con algunas maravillosas e impresionantes frases
de inspiración plenamente bíblica. Con el corazón dirigido hacia el cielo, damos gracias a Dios Nuestro Señor con un
fervor sin igual en ese día que Cristo, nuestra Pascua ha sido inmolado.
Pascha, esa palabra significa «paso», el paso de Dios entre nosotros y nuestro paso hacia Dios. La resurrección
de Jesús es el punto culminante de los planes redentores que Dios había proyectado mucho tiempo atrás. Una de las
primeras etapas de la salvación de la humanidad había sido la liberación del pueblo de Israel esclavizado por los
egipcios. El pueblo elegido conmemoraba anualmente ese «paso del Señor» que, para facilitar la evasión de los cautivos,
había golpeado a los primogénitos de las familias egipcias y protegido las casas de los israelitas cuyas puertas estaban
marcadas con la sangre de un cordero. Los ejércitos del Faraón trataron en vano de alcanzar a los fugitivos: fueron
tragados por las aguas del Mar Rojo, que se habían separado para dar «paso» a los hijos de Israel a los que Moisés
conduciría hasta la Tierra Prometida.

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Nuestra Pascua, pascha nostrum, es el paso, aún más prodigioso, de Nuestro Señor Jesucristo, cabeza de la
humanidad, quien, al dejar la tierra para entrar en el Cielo, nos libró de la tiranía de Satán y nos introdujo en nuestra
auténtica patria. Nuestra Pascua es la antigua noche bautismal en cuyo transcurso los pecadores, sumergidos en el agua
donde habrían de encontrar la muerte, salían de la piscina a la hora en que Jesús había salido del sepulcro. Nuestra
Pascua es la sangre del Cristo inmolado que nos mereció la salvación. El cordero pascual que los israelitas compartían en
una cena sagrada en acción de gracias por su liberación pasada, es figura del «verdadero Cordero» cuya sangre nos
rescató y del que nos alimentamos en la Eucaristía, sacramento de nuestra redención.
¿Contendremos nuestra alegría? Éramos unos cautivos desdichados, esclavizados por Satán, y Jesucristo abrió
las puertas de nuestra prisión. Nos ha hecho pasar del campo de concentración al país de la libertad. Éramos unos
náufragos destinados a los abismos infernales, y mientras nos debatíamos sobre las aguas del diluvio en medio de
inútiles esfuerzos, el brazo de un pasajero intrépido nos atrapó y nos libró de la sima. Nuestro libertador, nuestro
Pasajero, es el Cristo que se inmoló por nosotros.
El glorioso resultado de su sacrificio nos hizo pasar del pecado al amor, de la sombra a la luz, de la muerte a la
vida, de la vida natural siempre tributaria de la muerte a la vida sobrenatural que ya no conoce la decadencia.
Él es, continúa el prefacio citando ahora las palabras de Juan Bautista, el Cordero de Dios, el que quita el pecado
del mundo. ¿Escucharemos sin estremecemos esta frase de perdón? ¿No clamaremos bien alto nuestra gratitud?
Habitábamos en un mundo pecador en el que todo hombre que llegaba a la existencia era incapaz de liberarse de esta
herencia del pecado. Y vemos que en un día, en un solo día, el Cordero de Dios hizo desaparecer todos los pecados del
mundo. «El Cristo inocente ha reconciliado a todos los pecadores con su Padre». Dios ya no percibe ni un solo pecado en
la tierra. La malicia irremediable de todos los pecados del mundo fue superada por el exceso de amor de nuestro
Salvador, arrastrando en su estela la generosidad de los pecadores convertidos. «Donde abundó el pecado,
sobreabundó la gracia» (Rm 5, 20). A partir de entonces, Dios considera la raza de los hombres en la persona de su
cabeza, su Hijo, infinitamente amante y obediente.
¿Estamos todos liberados realmente de la servidumbre del pecado? El argumento de San Pablo es terminante.
La muerte, enseña, es la consecuencia, el «salario» del pecado: por el pecado de uno solo la muerte invadió a la
humanidad entera. Ahora bien, en la mañana de Pascua, la muerte fue destruida. Y si el castigo está anulado, la falta
está borrada. Nuestro prefacio adopta de nuevo el lenguaje paulino para detallar la victoria pascual de Jesucristo.
Muriendo destruyó nuestra muerte. A consecuencia de la rebeldía de Adán, quedamos desposeídos de la
intimidad eterna a la que habíamos sido generosamente destinados. Estábamos reducidos a meditar, en medio de una
perpetua amargura, el recuerdo de nuestro fracaso y la nostalgia de un paraíso perdido para siempre. La muerte, que
destruye nuestros cuerpos como hierba del campo, estaba en manos de Satán, un arma con la que nos privaba infalible
mente de los inauditos privilegios con los que Dios nos había favorecido: más Cielo para el hombre, más vida con Dios.
Sin embargo, el Hijo de Dios, hecho uno de nosotros, ha vencido a la muerte invisible, y lo ha hecho muriendo
como uno de nosotros. Ciertamente, podía entrar en su gloria eludiendo la muerte (como le ocurrió a Elías); en este
caso, escaparía de ella, pero esta conservaba su imperio sobre los hombres. Para «destruirla», un hombre debía
afrontarla, desprenderse de su abrazo y arrancarle su aguijón.
La secuencia de la Misa de este día nos permite asistir a ese «duelo asombroso» que se libró entre la Muerte y la
Vida en el palenque del sepulcro de José de Arimatea. Nuestro barquero, Cristo, al inmolarse en la cruz, acudió a
provocar a la muerte en el oscuro terreno en que retenía a sus víctimas. El Cielo y el Infierno fijan los puntos de esa
lucha gigantesca que no duró menos de treinta y seis horas. Pero en la mañana del tercer día, el Autor de la vida,
rompiendo las cadenas que le aprisionaban, había derrotado a la Muerte y la había dejado fuera de combate. La muerte
corporal, castigo por la culpa de Adán, estaba abolida.
En el Credo no leemos que Jesús resucitó de la muerte, una afirmación que habría bastado si se tratara de un
privilegio exclusivamente personal, sino que resucitó de entre los muertos. Jesús se unió a la innumerable multitud de
todos los muertos. Descendió al abismo al que entraremos tras él; pero este abismo, cerrado hasta aquel momento,
tiene ahora una salida. Cristo salió de él el primero, y nosotros saldremos tras Él. Es, escribe San Pablo, «el primogénito
de entre los muertos» (Col 1, 18); su resurrección constituye la cosecha de los elegidos que revivirán con Él en el reino
donde Dios será todo en todos (1 Co 15, 20-28).
Mortem nostram destruxit. Jesús ha desarticulado nuestra muerte: la ha desdoblado. La primera muerte sigue
siendo el castigo del pecado, pero no es más que un pasaje inofensivo que desemboca en la eterna morada de Dios. La

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segunda muerte, la del condenado, ya no tiene poder sobre los que han participado en la resurrección de Cristo. « ¡Oh
Muerte!, ¿dónde está tu victoria? ¡Oh Muerte!, ¿dónde está tu aguijón?».
Resucitando, nuestro Salvador restauró nuestra vida. Nos ha hecho recuperar el estado sobrenatural en el que
Dios había creado al hombre. Nos hemos convertido en hijos adoptivos de Dios. A partir de ahora, participamos en la
vida divina de nuestro Hermano resucitado. Si creemos en Él, si nos adherimos a su persona bajo el signo del bautismo,
si, aceptando su palabra, la ponemos en práctica, formamos un solo cuerpo con Él, «la Iglesia de los resucitados».
Así se comprende que la liturgia multiplique los aleluyas para aclamar la victoria de Cristo y agradecerle que nos
haya asociado a ella. Gracias a su triunfo somos pecadores perdonados, mortales a los que se nos promete la
resurrección.
No solo expresaremos la alegría pascual con nuestros cánticos, sino que la manifestaremos también por medio
de un generoso y leal esfuerzo de conversión.
En efecto, lo que Jesús realizó en nombre de la humanidad de la que es la cabeza, aún no se ha llevado a cabo en
cada uno de nosotros. Indudablemente, San Pablo emplea en pasado los verbos cuando dice: «Dios nos dio vida en
Cristo y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús» (Ef 2, 57). Dios ha hecho su parte; a nosotros
nos corresponde, no obstante, cooperar con esas gracias insignes. La redención de nuestro cuerpo -el Apóstol lo subraya
cuidadosamente- todavía pertenece al futuro: «pues en la esperanza hemos sido salvados» (Rm 8, 23, 24). Sí; con su
muerte Cristo nos ha liberado del pecado, pero a condición de que no dejemos que el pecado reine en nuestro cuerpo
mortal cediendo a sus concupiscencias. Ofrezcámonos a Dios, insiste, como muertos vueltos a la vida; pongamos nuestro
cuerpo al servicio de Dios, haciendo de él un instrumento de obras santas (Rm 6, 1-14).
No hay contradicción alguna en ello. Al exigir nuestra docilidad y nuestro esfuerzo personal, Dios no toma con
una mano lo que nos otorga con la otra. Jesús continúa con nosotros para secundar nuestra buena voluntad y llevar a
término su obra en nosotros. La cena pascual nos espera en este altar. Venimos gozosos a comulgar con el Cristo
inmolado que ha vencido al pecado y a la muerte por nosotros. Solo nos pide un acto de honestidad, el que nos aconseja
la epístola de la Misa. En ella, San Pablo alude a la costumbre de los israelitas que, en la víspera de la celebración de la
Pascua, echaban al fuego el fermento viejo con el fin de no mezclarlo con los panes ázimos de la cena ritual. Nos pide
que tomemos una decisión semejante librándonos de nuestra antigua levadura de maldad y perversidad.
Lo habéis hecho, cristianos. El Viernes Santo habéis depositado ese lamentable fondo de pecado al pie de la cruz
en la que moría nuestro Salvador. Sin embargo, querríais veros librados de él una vez por todas, y no estar sometidos ya
al deseo del mal. No os entristezca encontraros en la necesidad de recomenzar incesantemente esa tarea de
purificación. Creed que demostráis mucho más amor al Señor renovando diariamente vuestro deseo de evitar las
negligencias y las imprudencias que conducen al pecado. Regocijaos por poder reconvertiros a Él todas las mañanas, por
decírselo de nuevo y por demostrarle vuestra fidelidad.
¡Qué hermosa aparece nuestra Iglesia en la mañana de Pascua! Nunca como en este día se parece más a la
Esposa de Cristo engalanada para las bodas eternas a las que el Esposo la conducirá al fin de los tiempos. Todos sus hijos
han purificado su conciencia: han recobrado o rejuvenecido la frescura de su estado de gracia para recibir al Señor con
un corazón más amante. ¡Qué hermosa victoria sobre el pecado! No tembléis al pensar en los peligros del mañana.
Nuestro cordero pascual, como lo pedimos en la secreta, nos traerá el «remedio», capaz no solo de vendar las heridas
de ayer, sino de asegurarnos una curación eterna.
La alegría pascual debe estallar también en nuestra caridad fraterna. Es la respuesta inmediata que Jesús espera
del testimonio de amor que nos da en la mañana de su resurrección. Nosotros le demostraremos nuestra gratitud y
nuestra fe, y al mismo tiempo conservaremos más profundamente nuestra pureza, si nos amamos como hermanos,
como sus hermanos. « ¡La Pascua santa se nos ha revelado hoy -leemos en la liturgia bizantina-, Pascua pura, Pascua
grande, Pascua de los creyentes, Pascua que nos abre las puertas del Paraíso! ¡Pascua! ¡Abracémonos con alegría, oh
Pascua! ¡Es la liberación de los dolores!».
Nuestra liturgia latina, menos exuberante, muestra también interés por ver reinar una tierna caridad entre los
cristianos, que han de encontrarse en la casa del Padre como han compartido por la mañana la comida pascual. Este
pensamiento es el objeto de la oración después de la comunión con la que termina la Misa de ese día: «Derrama, Señor,
sobre nosotros tu espíritu de caridad». Has hecho de nosotros un solo cuerpo: danos a todos un mismo corazón en el
seno de nuestra familia parroquial, a fin de que, en medio de la alegría sentida unánimemente por tu resurrección,
debamos también a tu bondad el hecho de amarnos ahora los unos a los otros como nos amaremos eternamente.

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Capítulo II. LA RESURRECCIÓN DE JESÚS, FUNDAMENTO DEL CRISTIANISMO

Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana también


nuestra fe.
(1 Co 15, 14)

La alegría y la esperanza que suscita en nosotros la fiesta de la Pascua solo tienen consistencia si se apoyan en
un hecho debidamente comprobado: Jesucristo resucitó realmente de entre los muertos. Este hecho es el fundamento
del cristianismo.
Los apóstoles no dijeron al mundo: «Oíd el Evangelio: no hay doctrina más hermosa ni que responda mejor a las
exigencias de la razón y de la conciencia de los hombres. Su excelencia y la inigualable santidad de su autor garantizan la
verdad». No; no predicaron una doctrina porque les parecía cierta. Anunciaron un hecho del que estaban seguros. Una
doctrina se discute, un hecho es, en sí mismo, indiscutible. Afirmaron: «Jesucristo ha resucitado de entre los muertos.
Ese hecho, del que somos testigos, es la prueba suprema de su divinidad: por tanto, su palabra es verdadera».
San Pablo no nos trata deslealmente. Nos advierte que, si Jesucristo no ha resucitado, ya no tiene sentido el
dogma cristiano. Pablo debe estar seguro de lo que anuncia. Él, el antiguo perseguidor de los primeros discípulos de
Cristo, antiguo fariseo cuya adhesión a las tradiciones de sus antepasados superaba a la de los judíos de su edad (Ga 1,
14), ¿habría roto radicalmente con su pasado, si la resurrección de Jesús hubiera sido solamente un rumor?
No será inútil, pues, reconocer la certeza del hecho pascual, tanto para fiarnos alegremente de las promesas que
contiene, como para aceptar valerosamente los esfuerzos que exige.
¿Qué significa resucitado de entre los muertos? En distintas ocasiones, Jesús había anunciado a sus discípulos
que sería condenado a muerte en Jerusalén, pero que resucitaría a los tres días. Cada una de esas predicciones había
chocado con la incomprensión de los suyos. Después de la Transfiguración, cuando Pedro, Santiago y Juan asistieron a la
manifestación de su gloria divina, el Maestro les había conminado a no hablar de ello «antes de que el Hijo del Hombre
haya resucitado de entre los muertos». Esta recomendación les había intrigado tanto como el prodigio mismo. Mientras
bajaban de la montaña se preguntaban entre ellos lo que significaba «cuando haya resucitado de entre los muertos»
(Mc 9, 10). En su mente, aquella frase no indicaba nada concreto.
¿Sería exagerado insinuar que esa imprecisión no es menor en algunos fieles de nuestro tiempo? A sus ojos, el
Cielo al que Jesucristo entró en cuerpo y alma apenas se distingue del más allá supraterrestre en el que situamos las
almas de los santos: no encuentran una gran diferencia entre las palabras «inmortalidad» y «resurrección». Sin
embargo, al declarar que Jesucristo ha resucitado de entre los muertos, se entiende algo muy distinto a la supervivencia
espiritual de nuestros difuntos. Lo que volvió a la vida fue el cuerpo entero de Jesús. «Su cuerpo -dirá San Pedro- no
pudo conocer la corrupción de la muerte» (Hech 2, 24-27). El que murió está vivo. Muerto por nosotros, vive ahora con
nosotros: presente en el Cielo donde «intercede incesantemente a favor nuestro», y al mismo tiempo presente en
nuestra tierra, donde «está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». Hasta el término de la historia de los
hombres, Jesús seguirá siendo nuestro contemporáneo. « ¿Por qué -preguntan sus mensajeros en la mañana de Pascua-
buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24, 5).
Este es el hecho sobre el que descansa nuestra fe cristiana. El lenguaje de San Pablo es tan cortante como un
machete: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es también vuestra fe. Resultaríamos ser unos
falsos testigos de Dios». Si Jesús hubiera sufrido en el sepulcro la suerte común a todos, no deberíamos ver en Él más
que a un profeta como tantos otros, aunque fuera el más grande de ellos. Si su obra hubiera finalizado con la muerte
ignominiosa en la Cruz, habría terminado en un fracaso.
San Pablo replica a los que arguyen que, incluso en ese caso, Jesús no habría dejado de aportar a los hombres un
ideal maravilloso de fraternidad y un ejemplo único de santidad: «Si solo para esta vida tenemos puesta la esperanza en
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Cristo, somos los más desgraciados de los hombres». En efecto, entonces no podríamos hablar de redención: la
condición humana no habría cambiado: «aún estaríamos en nuestros pecados». Ciertamente, la persona de Jesucristo
provocaría nuestra admiración, pero solo sería una víctima más. Aquel justo, condenado y crucificado, probaría
solamente que el mundo no aceptó su mensaje. ¿Quién habría tenido después el valor de imitar su ejemplo cuando su
ley supera de tal modo nuestras fuerzas? Simplemente, ¿quién lo desearía? El programa de las Bienaventuranzas no
sería más que una letanía de quimeras: el desinterés, la mansedumbre, la justicia, el don de uno mismo solo seducirían a
los ingenuos. ¿En nombre de qué principio condenaríamos la regla de «cada uno a lo suyo»? Se produciría un
resurgimiento de los ídolos de siempre: el dinero, la fuerza, la astucia, el placer, etc.
Si Cristo no resucitó, triunfa el pecado. Si no ha vencido a la muerte, ni uno de los humanos saldrá de su tumba.
Pasemos el arado por los cementerios (la incineración es más higiénica) y no miremos más allá de la vida presente.
Dejemos de hablar de esperanza y de salvación. Si Cristo no ha resucitado, cerremos las iglesias y guardemos silencio.
Pero, en cuanto San Pablo provoca ese estremecimiento de inquietud en sus lectores, les devuelve la esperanza al
tiempo que la certeza. No; nuestra fe no es un sueño. Al contrario, la pesadilla que hay que disipar es otra hipótesis de
una humanidad cuyo destino no excedería de esta tierra. Porque, exclama el apóstol, «Cristo ha resucitado de entre los
muertos».
«Os he transmitido -escribe el apóstol- en primer lugar, lo que a mi vez he recibido: que Cristo murió por
nuestros pecados, según las Escrituras, y que se apareció a Cefas y luego a los Doce. Luego se apareció a más de
quinientos hermanos a la vez, la mayor parte de los cuales vive todavía y otros ya murieron. Después se apareció a
Santiago, y más tarde a todos los apóstoles». San Pablo menciona en último lugar la aparición con la que fue
personalmente favorecido, pero las páginas anteriores están consideradas generalmente como un texto de catequesis
que resume la enseñanza de los apóstoles. «De manera que, tanto yo como ellos, esto es lo que predicamos y esto es lo
que habéis creído».
Este testimonio es de la mayor importancia a causa de su antigüedad. Además de que la primera carta a los
Corintios fue escrita antes de la redacción de los Evangelios, Pablo cita este fragmento de catequesis como «recibido». Si
fue en la época de su conversión, o cuando tres años después se reunió con Pedro en Jerusalén, lo menos que podemos
decir es que la tradición que relata data de, lo más tarde, los seis años posteriores a la resurrección del Salvador, y
representa ciertamente la creencia de la naciente Iglesia. Los testigos del prodigio aún continúan con vida: se les puede
interrogar y contrastar sus declaraciones, que son idénticas a la respuesta de Pedro ante las amenazas del Sanedrín: «No
podemos dejar de anunciar lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20).
No obstante, es necesario especificar que la resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico al mismo
tiempo que un misterio. Muerto realmente, Jesús ha vuelto realmente a la vida. Ha retomado su cuerpo. Los apóstoles
le reconocieron: le han visto durante largo tiempo, le han oído pausadamente. No hay posibles dudas sobre la sinceridad
y la calidad de su testimonio.
Pero la vida en la que el Salvador se manifestó a ellos no se parecía a la suya propia: no era la misma que había
llevado antes de morir. En algunas ocasiones no le reconocieron al momento; en otras, las manos y el costado de Jesús
mostraban las cicatrices de la crucifixión. Aparece de repente y desaparece del mismo modo. Penetra en una sala que
tiene cerradas las puertas: en realidad no ha entrado, estaba allí, y se ha hecho visible en el momento en que lo ha
decidido. Por otra parte, ese cuerpo extraño conserva las funciones de un cuerpo humano: camina, habla, enciende el
fuego en la playa. Para disipar las dudas de sus discípulos, Jesús llega incluso a comer en su presencia un poco de
pescado asado. ¿Cómo se podía tocar su cuerpo inmaterial?, ¿cómo podía Él asimilar los alimentos? Aquí estamos en
presencia de unas cuestiones irresolubles. Con la Iglesia, y empleando el lenguaje de San Pablo, decimos que, después
de su resurrección, Jesús poseía un «cuerpo espiritual, glorificado»; pero ahora entramos en el terreno de la fe. «Es Él»,
dicen los apóstoles: es un hecho verificado. La naturaleza de su cuerpo y las condiciones de la existencia de nuestro
Salvador resucitado, escapan a nuestra investigación lo mismo que superan nuestra experiencia. Somos incapaces de
descubrir el secreto: ante este misterio hemos de hacer un acto de fe.
Este aspecto misterioso de la resurrección no debería sorprendemos. Lo asombroso e incomprensible sería que,
el día de Pascua, Jesús hubiera vuelto en el mismo estado del día de su muerte. ¿Qué seguridad tendríamos entonces de
nuestra redención? En realidad, al permanecer todos los días con su Iglesia, Jesús resucitado ya no pertenece a nuestra
tierra: «ha entrado en su gloria». Esto es lo que nos importa saber y de lo que quiso convencemos.
Sus apariciones no tienen como único objeto demostrar a los apóstoles que se ha desprendido de los lazos de la
muerte, sino también que vive esa vida celestial que ha prometido a los que crean en Él y que poseerán a su vez. Según
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las palabras de San Pablo: «Cristo ha resucitado de entre los muertos -escribe- como primicia de los que durmieron su
último sueño. Porque, como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos.
Y como en Adán todos murieron, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno según su orden; Cristo
como primicia; luego, los de Cristo en su venida» (I Co 15, 20-23). Jesús no se mostró a los discípulos como un habitante
de la tierra, sino como el «primer nacido» de entre los muertos, el «principio» de la vida sobrenatural otorgada a la
humanidad redimida (Col 1, 18).
Jesús resucitado se aparece a los apóstoles para obtener su fe. Ellos, viéndolo de nuevo, comprenden que ya no
será nunca más el Maestro que recorrió con ellos los caminos de Galilea. Tomás ha podido tocar con sus manos las llagas
del Señor, y ha reconocido al mismo Jesús que le había dicho: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». En ese momento
una luz interior le arranca un acto de fe en la divinidad de Cristo: « ¡Señor mío y Dios mío!». A pesar de que Tomás sólo
creyó gracias a lo que acababa de ver, lo que cree supera a lo que ve. «Vio a Jesús hombre y lo confesó como Dios» (San
Gregorio).
Tal es para nosotros, fieles, la resurrección de Jesús. Un hecho al que damos nuestro asentimiento porque reúne
las condiciones normalmente exigidas para que un suceso sea considerado como histórico; y además, un misterio que
exige nuestra fe a causa del carácter milagroso de ese acontecimiento y de las realidades sobrenaturales que implica.
No se podría calificar de ilógica nuestra actitud de creyentes. Hemos de elegir entre dos fenómenos
inexplicables: uno es el misterio de la Vida de Cristo resucitado que desborda nuestro entendimiento; el otro es la
existencia del cristianismo si Jesús no ha resucitado, lo que sería un desafío al sentido común.
El cristianismo no puede encontrar su origen en la muerte espantosa de un hombre clavado en el cadalso de la
infamia. En el caso de que el cuerpo de Jesús hubiera sufrido la suerte de todos los cadáveres, jamás habría habido
cristianismo. La fe de los discípulos, la mayor parte de los cuales esperaban todavía que el Mesías restablecería la gloria
de otros tiempos, no se habría rehecho del terrible golpe que le asestó la vergonzosa derrota de su Maestro. Muerto
Jesús, muerta también su ambición de hacer de la tierra el reino de Dios, habrían vuelto a su antiguo oficio con el
corazón triste y dolorido, incapaces sin duda de maldecir al rabí que habían admirado y amado, pero esforzándose por
olvidar la increíble aventura a la que les habían arrastrado sus ilusiones, y que había colaborado a su confusión.
No hay más que volver sobre la frase de Pascal: «La hipótesis de unos apóstoles embusteros es realmente
absurda». ¿Quién podría creer que unos hombres descorazonados se habrían puesto de acuerdo inmediatamente para
fabricar una mentira de semejantes dimensiones: la de proclamar falsamente la divinidad del hombre que les había
engañado voluntariamente? ¿Es mejor sospechar, no de su lealtad, sino de su equilibrio mental? ¡Imaginaron que
habían visto vivo a su Maestro! Esta explicación contradice los textos de los evangelios que reflejan las primeras
negativas de los discípulos a admitir la sola idea de la resurrección. Pensemos en cómo fue la existencia de los apóstoles:
renunciaron a su profesión, dejaron su país, sufrieron soledad, fatigas, persecuciones, y les conminaron a callar so pena
de sufrir una muerte violenta. Ninguno de ellos desfalleció. Prefirieron la condena a muerte antes que desdecirse de su
certeza de haber visto, tocado y oído a Jesucristo durante los cuarenta días que siguieron a su resurrección.
Si se enfrentaron a las autoridades judías y paganas; si osaron enseñar una doctrina moral que desafía a todas
las pasiones de los hombres y exige de sus adeptos las virtudes más austeras; si se atrevieron a predicar una religión que
escandalizaba a la piedad judía y no era más que locura a ojos de los griegos, fue porque Jesucristo les había dado la
prueba indudable de su divinidad, volviendo a conversar con ellos después de la muerte, concretándoles su misión y
trazándoles las líneas de su apostolado. Si Jesús no hubiera resucitado, los hombres no habrían conocido nunca las
páginas inmortales del Evangelio, jamás se habrían inclinado delante de una cruz, nunca habrían renovado juntos el
banquete eucarístico.
Vayamos más lejos. Los apóstoles, víctimas de una ilusión, habrían convencido quizá a algunos de sus
contemporáneos, pero, ¿es posible creer que la «leyenda» que propagaban hubiera resistido durante mucho tiempo a la
sana crítica de la inteligencia humana? ¿Durante cuánto tiempo habría encontrado esta leyenda unos oyentes
dispuestos a someterse a la rigurosa disciplina del cristianismo? Las primeras persecuciones de los emperadores
romanos habrían terminado fácilmente con ella, y la pretendida resurrección se uniría a los otros mitos del paganismo.
Pues bien, el mensaje de los apóstoles ha superado todos los obstáculos y triunfado de todas las oposiciones. A
pesar de todas las fuerzas en contra, ha sido el punto de partida del mayor progreso espiritual que la humanidad haya
conocido y continúa siendo una fuente inagotable de grandeza y santidad a través de los siglos. ¿De dónde procede esa
fecundidad del cristianismo, si ha surgido de las visiones de algunos espíritus exacerbados? Si Jesucristo no ha
resucitado, los orígenes del cristianismo son inexplicables; si Jesucristo no permanece en su Iglesia, son inexplicables sus
11
veinte siglos de historia. Ciertamente, el regreso de Jesucristo y la naturaleza de su cuerpo resucitado continúan siendo
un misterio para nosotros. Por lo menos, el misterio está ahí, en el mundo sobrenatural que es el de Dios. Sin la
resurrección de Jesucristo el cristianismo sería un hecho sin causa. Aceptamos la única causa que lo explica con la parte
de misterio que lleva consigo.
En el camino que, hacia el año 110, conducía al obispo San Ignacio de Antioquia a Roma, donde iba a sufrir el
martirio, este confesor de la fe escribía a los cristianos del país que estaba recorriendo. Él, que había conocido a los
apóstoles, afirma gozosamente su fe: «Yo sé y creo que, después de su resurrección, Jesucristo tenía un cuerpo... Pedro
y sus compañeros lo tocaron y, al íntimo contacto con su carne y con su alma, creyeron. De ahí, su desprecio por la
muerte y su victoria sobre ella». Y también: «Él es realmente el resucitado de entre los muertos; su Padre le resucitó un
día nos resucitará a los que creemos en El, por la virtud de Jesucristo, sin el cual no poseemos la verdadera vida» 0.
En esta mañana de Pascua, proclamemos a nuestra vez y con la misma seguridad la resurrección del Salvador
quien, justificando nuestras esperanzas, nos estimula a una mayor fidelidad al Dios que nos da la más resplandeciente
demostración de su amor a través de ese misterio.

0
Smyrn., III, 1; Trall., IX, 2.
12
Capítulo III. LOS TESTIGOS DEL SALVADOR RESUCITADO

Dios lo resucitó el tercer día y le hizo manifestarse, no a todo el


pueblo, sino a los testigos elegidos de antemano por Dios, a
nosotros, que comimos y bebimos con él después de su
resurrección de entre los muertos.
(Hch 10,40-41)

Habían transcurrido alrededor de una decena de años sin que la Iglesia primitiva hubiera admitido a un pagano
en su seno. Después de una indicación del Señor, Pedro, enfrentándose a los escrúpulos de su entorno, bautizó al
centurión Cornelio, el primer pagano converso. Fue talla resonancia que alcanzó ese suceso, que Lucas le dedica un
relato detallado, y en esta ocasión nos ofrece un resumen de la enseñanza que recibían los catecúmenos. Ahora bien, el
pasaje relativo a los testigos de la resurrección de Jesús, exige una explicación.
En efecto, San Pedro dice que Dios no permitió que Jesús se mostrara a todo el pueblo, sino únicamente a los
hombres elegidos con anterioridad, que fueron previamente sus discípulos y que comieron y bebieron con Él después de
su resurrección de entre los muertos. Esta exclusividad causa cierto malestar en algunas mentes, que lamentan que las
pruebas de la resurrección solo hayan sido concedidas a un círculo cerrado y a un círculo de amigos. ¿No hubiera sido
preferible un gran día en lugar de esta clandestinidad? El pueblo habría caído de rodillas al ver vivo de nuevo a la Víctima
ensangrentada cuya muerte había exigido. Habría salido a la luz la impostura de Caifás, de los sacerdotes y de los
ancianos del pueblo. Ante tal evidencia, hubiera sido preciso que reconocieran la divinidad de Jesús. En estas
condiciones, ¿no habría sido más resonante y más rápido el triunfo del Evangelio?
Así razonamos nosotros, pobres imprudentes que pensamos siembre saber más que Dios. Reflexionemos un
poco.
En primer lugar, esta manifestación espectacular habría sido completamente ineficaz. Los enemigos del Salvador
no hubieran dejado de calificarla de superchería. Lejos de mostrar su arrepentimiento, reiterarían con mayor violencia
aún su antigua acusación: «Ellos habían acusado a Jesús de ser el servidor de Belcebú: su aparición era una nueva
invención diabólica». Al rechazar todas las sugerencias que les había prodigado el Salvador, al negar las pruebas que les
había dado sobre su misión divina, al pecar contra la luz, se habían cegado irremisiblemente. Si no habían escuchado a
Moisés, ni a los profetas ni a Jesús, tampoco habrían creído si les hubiera hablado un muerto resucitado (Lc 16,31). Por
esa razón, el Señor que no quiso bajar de la cruz a fin de que sus enemigos «vieran y creyeran», tras aquel desafío (Mc
15, 32), no se dejó ver por ellos después de la resurrección: no estaban dispuestos a creer en El.
Por otra parte, el hecho de aparecerse a todo un pueblo maravillado habría estado en contradicción con el
carácter de Jesús. Los golpes teatrales no eran de su estilo. En el desierto, Satanás le había sugerido que manifestara su
mesianismo dejándose caer desde el pináculo del Templo en medio de una multitud de peregrinos. El Salvador se
mostró indignado ante semejante estratagema. No había venido a asombrar a los hombres, sino a convencerlos. No les
llevaría hacia Dios por caminos extraordinarios, sino por las sencillas vías del desinterés, de la humildad y del amor. No
se dirigiría a los ojos de las masas, sino al corazón de cada uno. ¿Iba a desmentir su actitud después de su resurrección?
¿Qué objeto tendría humillar a los hombres aplastándolos con su poderío? ¿Obligarlos a creer en El? La fe es fruto del
amor y no se obliga a nadie a amar.
Concedamos, sin embargo, que la aparición del Resucitado ante las gentes de Jerusalén le habría proporcionado
unas aclamaciones más entusiastas aún que las del domingo de Ramos, pero ¿cuántas de aquellas adhesiones tardías y
superficiales habrían comprendido el alcance de aquel prodigio? ¿Qué habrían esperado de aquella manifestación
pública? Indudablemente, nada más y nada menos que la famosa restauración de Israel que obsesionaba a la
imaginación popular. Habrían olvidado inmediatamente la cruz y los padecimientos por los que el Hijo del Hombre tuvo
que pasar para entrar en su gloria; se habrían escandalizado una vez más de que rehusara la corona real de David. ¿Y
qué habrían pensado al ver que la aparición desaparecía para siempre a sus miradas?

13
No. Jesús no debía mostrarse a todo el pueblo. Su victoria sobre la muerte no era una revancha política contra
los que le habían condenado injustamente a la crucifixión, ni un prodigio destinado a exaltar a las mentes y a divididas
de nuevo. Únicamente los humildes a quienes el Padre había revelado lo que escapaba a los sabios y a los prudentes;
únicamente a aquellos cuyos ojos habían sabido ver en Jesús al enviado de Dios (Lc 10, 21-22); únicamente los pequeños
que habían creído en Él eran capaces de captar el auténtico significado de su resurrección. A ellos exclusivamente
proporcionó el Señor aquella seguridad, llegando hasta «comer y beber con ellos después de resucitar de entre los
muertos».
En efecto, la resurrección sería incomprensible si se la separase del resto del Evangelio, pues confirma lo que
Jesús nos enseñó sobre su persona, su misión y su obra.
El día de la Pentecostés, Pedro declara a los habitantes de Jerusalén que «Dios ha resucitado a Jesús de Nazaret
librándolo de los lazos de la muerte, porque no era posible que ella lo retuviera en su poder». Y apoya su afirmación en
un versículo de un salmo en el que descubre una profecía mesiánica. Supongamos que un escriba haya oído esta
declaración de Pedro: no le hubiera persuadido en modo alguno, porque, a sus ojos, Jesús no era el Mesías y nada
impedía que su cadáver hubiera conocido la corrupción del sepulcro. Pedro, al contrario, tras los dos años pasados junto
a su Maestro, aprendió de Él el carácter espiritual y la misión exclusivamente religiosa que Dios había atribuido al Mesías
prometido a Israel. Creyó y confesó públicamente en Cesarea que Jesús era aquel Mesías. Cuando evoca todo lo que
sabe del Salvador, reconoce como algo imposible que haya sido presa de la muerte, porque sabe que Jesús no es un
hombre divinizado, sino Dios hecho hombre, el Hijo único salido del Padre para venir a este mundo. La resurrección de
Jesús es la consecuencia necesaria de su Encarnación. Aislad la resurrección de la vida anterior de Jesús, y será un
prodigio, sin más. Unida a todo el Evangelio, aparece como su culminación.
Continuemos. Toda la enseñanza del Salvador indica que su actuación no se limitará en absoluto al corto período
de su predicación en Palestina. El reino de Dios que viene a instaurar en la tierra se desarrollará progresivamente en ella
y alcanzará su plena culminación al final de los tiempos, cuando Cristo vuelva en la majestad de su gloria a juzgar a los
hombres de todas las naciones. Los discípulos que han permanecido fieles a Jesús hasta el momento de su muerte
conocen esos rasgos fundamentales del reino de Dios; saben que partirá y que volverá; los demás lo ignoran. Por tanto,
a ellos se debe aparecer Jesús resucitado y no a los otros.
Los apóstoles han aprendido de su Maestro que Dios quiere reinar en el corazón de los hombres,
transformándolos poco a poco en la imagen de su Hijo, y también, que esta transformación se llevará a cabo en la vida
eterna a la que sus discípulos han de sacrificar la presente. ¿Qué ha prometido a los que tengan el valor de seguirle? «El
que cree en Mí no conocerá la muerte, yo lo resucitaré en el último día... donde yo estaré, estaréis también vosotros».
Esas palabras, entre tantas otras, carecerían de sentido si la obra de Jesús hubiera dado fin en el Calvario. Todo el
Evangelio nos conduce hacia otra conclusión: hacia la posesión de la vida sobrenatural, la vida misma de Jesús, de la que
hará partícipes a los suyos después de que pasen, como El, por el sacrificio y la muerte.
Sus discípulos habían oído esas promesas y habían creído en ellas: el Salvador resucitado quiso darles la certeza.
Solamente ellos podían obtenerla. Apareciéndose a ellos en unas condiciones de existencia que ya no son las de la tierra,
pone el sello a su doctrina; les da una evidente confirmación de lo que les ha enseñado, les demuestra en su persona
que la vida sobrenatural que les ha prometido no es una ilusión.
La aparición del Salvador resucitado habría podido maravillar a las masas, pero sin ningún provecho para ellas.
Solamente tenía valor para los discípulos que habían conocido a Jesús, que habían oído su palabra y habían creído en
ella.
Los apóstoles han reconocido inmediatamente que la resurrección de su Maestro forma parte integrante del
Evangelio que tendrán que predicar, hasta el punto de que, sin el resto del Evangelio, la resurrección sería inconcebible.
A raíz del cese de las apariciones, al día siguiente de la Ascensión, los encontramos reunidos en el Cenáculo con
intención de elegir a un sustituto de Judas. Ahora bien, solamente encuentran a dos hombres que podían ocupar ese
puesto en el colegio apostólico. ¿No era suficiente que el nuevo apóstol hubiera visto como ellos al Resucitado y pudiera
confirmar así su divinidad? Consideraban indispensable otra condición: asociarían a su tarea, explica Pedro, a «uno de
los hombres que nos han acompañado todo el tiempo que el Señor Jesús vivió entre nosotros, desde el bautismo de
Juan hasta el día en que fue arrebatado de nuestra presencia» (Hch 1, 21-22). El que, como ellos, haya oído toda la
predicación del Maestro «será constituido testigo de su resurrección».

14
La obra de Jesús constituye un todo del que no puede desgajarse nada. La resurrección es el último acto de su
misión, la que ilumina y justifica la totalidad. La cruz y la resurrección, estrechamente unidas la una a la otra, son la llave
que abre todos los secretos del Evangelio.
No se apareció a todo el pueblo. Ya conocemos la razón, que explica al mismo tiempo el motivo de que la
Pascua, la fiesta más grande del año litúrgico, solamente es una fiesta para los cristianos.
Las personas ajenas a nuestra fe llegan a comprender algo de la emoción que experimentamos en la noche de
Navidad; incluso la masa de bautizados caídos en la indiferencia permanece todavía sensible al recuerdo del establo de
Belén y de la estrella de la Epifanía. Pero la Pascua, la victoria de Cristo sobre la muerte, la inauguración de la vida
sobrenatural en la tierra, la fiesta de las primicias de nuestra resurrección son alegrías desconocidas para quienes no
poseen al menos el presentimiento del amor de Dios por nosotros, y están reservadas en su plenitud a los privilegiados
que conocen a Jesucristo.
Roguemos hoy para que el mundo que se desliza tan tristemente hacia la desesperación aprenda a mirar hacia el
sepulcro del que Jesús se evadió en la mañana de Pascua. Roguemos para que tantos corazones humanos cerrados,
equivocados, desalentados descubran nuestras esperanzas y deseen compartirlas. Sin duda les ayudaremos siendo
testigos fieles del divino Resucitado, no solo por la declaración serena de nuestra fe, sino sobre todo por la influencia
que una fe vivida ejerce en su entorno. Dudan cuando les hablamos de vida sobrenatural, pero quizá sospecharían de su
existencia si nuestra conducta fuera un fiel reflejo del Evangelio. ¿Acaso el lugar que concedemos a Jesucristo en nuestro
comportamiento diario puede darles la impresión de que Él vive cerca de nosotros y nosotros de Él? La Pascua, «el paso
del Señor», sería un enigma menos indescifrable para muchas personas si los cristianos les ofreciéramos el espectáculo
de «peregrinos en marcha hacia otro lugar». Sí, cantemos a plena voz el aleluya pascual, pero sin olvidar que es un canto
de marcha. San Pablo escribe: «Lo mismo que Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así
también nosotros emprendamos una nueva vida» (Rm 6, 4).

15
Capítulo IV. EL VALOR DE LOS TESTIMONIOS

Después de su Pasión se apareció a los


apóstoles que habla elegido, dándoles
numerosas pruebas de que estaba vivo,
apareciéndose a ellos durante cuarenta días y
hablando de lo referente al reino de Dios.
(Hch 1,2-3)

El hecho de la resurrección de Jesús es demasiado importante en sí mismo y demasiado


grave por sus consecuencias para que no nos veamos obligados a ser muy exigentes respecto a las
pruebas que lo justifican. Pues bien, aunque la sinceridad de los testigos no puede ser
honestamente discutida, no es raro oír expresar ciertas sospechas sobre la realidad objetiva de las
apariciones que determinaron la fe de los apóstoles, como: «No hay duda de que creyeron ver a
Jesús resucitado, pero ¿no habrían exteriorizado, con absoluta buena fe, una visión interior?».
Así, se nos muestra «a los discípulos, de regreso a Galilea tras la decepción del Viernes
Santo. Allí, en el ambiente en el que todo les habla del Maestro al que no han cesado de amar, y
donde los recuerdos de esta epopeya cargada de promesas obsesionan sus mentes, reaccionan
poco a poco contra la atroz decepción que habían sufrido. Entonces comprenden el carácter
espiritual del reino de Dios tal y como Jesús lo predicaba y que tanto esfuerzo les costó
comprender. Recuerdan las declaraciones, tan misteriosas para ellos, sobre que el Hijo del hombre
resucitaría tras haber sido condenado a muerte: ahora captan el significado. Jesús continúa vivo.
Vive en ellos. Y, si habían encontrado vacía su tumba dos días después de su entierro, ¿no era la
prueba de que vivía? A su desaliento sigue un estado de exaltación en el que cualquier
insignificancia les haga verle y en consecuencia afirmen enseguida su certeza de haberlo visto».
Este tema psicológico ha sido tratado con numerosas variantes, siempre con un prejuicio
como punto de partida. Cuando se rechaza a priori la existencia de cualquier acontecimiento
sobrenatural, solo falta explicar de un modo natural el nacimiento y la propagación del
cristianismo fundados en la resurrección de Jesús. Además, es preciso que la hipótesis imaginada
tenga un apoyo histórico. Así, sus autores alegan la diversidad de los relatos evangélicos relativos a
la resurrección, diversidad que, según ellos, daría lugar a contradicciones. Por ejemplo, los ángeles
anuncian a los discípulos que Jesús les verá de nuevo en Galilea, y aquella misma noche se les
aparece en Jerusalén. Por otra parte, San Lucas no menciona aparición alguna en Galilea. Y por
último, encuentran en la descripción de estos relatos un aspecto confuso y desconcertado, que
contrastaría claramente con la precisión de un suceso histórico.
Las sospechas lanzadas sobre el valor de las afirmaciones de los primeros discípulos no se
pueden descartar de un manotazo. Es indispensable reconocer que no resisten al examen de los
textos en cuestión, los únicos que nos dan a conocer tanto los orígenes del cristianismo como la
resurrección del Salvador. Un texto siempre puede decir numerosas cosas: es un tema de ingenio,
pero investigar en primer término lo que dice dicho texto es un método más científico.

16
Hablemos claro. Según la explicación que se nos ofrece, los apóstoles serían simplemente
unos visionarios. Ahora bien, la alucinación es fruto de una neuropatía: es un fenómeno interior
por el cual un sujeto otorga realidad a sus ideas, sus deseos o sus temores.
Todo lo que conocemos de los apóstoles nos impide atribuirles ese estado mental. No se
trata de personas nerviosas o exaltadas, sino de hombres de cabeza firme que tienen los pies en la
tierra. Si el alucinado cree ver lo que piensa, quedémonos tranquilos, pues los apóstoles profesan
evidentemente las ideas religiosas de su tiempo, y los judíos, que creían en la resurrección de los
justos al final del mundo, no imaginaban que alguno de ellos pudiera resucitar inmediatamente
después de su muerte. De hecho, los discípulos, presa de la tristeza, no esperaban la resurrección
de Jesús, hasta el punto de tratar de trastornadas a las mujeres que les llevaron la primera noticia.
Pedro y Juan corren al sepulcro: está vacío. Parece ser que ahí podría intervenir la alucinación. Los
dos apóstoles observan atentamente y, sin embargo, no ven a nadie. Ni ellos ni sus compañeros
tienen todavía la idea de un Mesías vencedor de la muerte; solo les queda la imagen de un profeta
vencido, abandonado de Dios, de un «Salvador que no había logrado salvarse a sí mismo».
¿Cómo reaccionan cuando se les aparece Jesús? Lejos de provocar en ellos una alegría
entusiasta, esa aparición les sume en el estupor. Mientras que un alucinado no discute sus
visiones, sino que las padece, ellos, al contrario, comienzan por defenderse de lo que ven, a lo que
dan el nombre de «fantasma». Desconfían de ellos mismos, temen que les engañen sus ojos. Jesús
les habla y no creen a sus oídos. Será preciso que toquen el cuerpo de su Maestro, y los que no
han tenido esa experiencia se negarán a creer que haya resucitado. El efecto sorpresa se repite en
cada aparición. En ningún caso vemos a los discípulos rezar juntos en espera de una visión. El
Salvador se presenta a ellos de improviso, mientras realizan las acciones más profanas, cuando
viajan, al final de una comida o al regreso de la pesca. Unas visiones individuales, aisladas, podrían
resultar sospechosas, pero la mayoría de las apariciones tienen lugar en presencia de varios
testigos, y en todas se produce el mismo espectáculo en el mismo momento. Lo vieron dos, siete,
doce, hasta en una ocasión quinientas personas juntas. Todos observaron los mismos gestos del
Salvador, todos escucharon los mismos discursos. Según los especialistas, no hay ejemplos de
alucinaciones colectivas sincronizadas.
Es igualmente inaudito que un sujeto alucinado persevere en su estado; o bien se agrava
su mal y finalmente cae en la alucinación, o bien se cura de sus problemas, en cuyo caso le
resultaría doloroso aludir simplemente a las pretendidas visiones cuya futilidad ha reconocido.
¡Qué distinta es la actitud de los discípulos que vieron al Salvador resucitado! Hasta el final de su
vida permanecen firme e inquebrantablemente fieles a su certeza. Ni uno solo de ellos se retracta,
ni uno solo de ellos expresa dudas sobre el hecho de que «comieron y bebieron con él después de
su resurrección de entre los muertos; y les mandó predicar al pueblo y testificar que Él es quien ha
sido constituido por Dios juez de vivos Y muertos» (Hch 10,41-42).
Ninguna de las constataciones que acabamos de hacer es fruto de una interpretación
tendenciosa de los textos de que disponemos; reflejan exactamente la impresión de conjunto que
se impone al lector sin prejuicios. ¿Sería más concluyente un estudio más atento de los relatos
tomados en particular? Hagamos la prueba.
Hay quien se sorprende de que los cuatro evangelios no contengan un mismo y único
relato de las apariciones. Y yo pregunto, ¿qué se objetaría si los cuatro escritores, cuyos relatos
siguen diseños personales y se dirigen a medios diferentes, de repente, al final de su libro,
reprodujeran el mismo relato estereotipado?
Observemos en primer lugar que, si sus autores no hubieran tenido la certeza de la
resurrección de Jesús, nuestros Evangelios no se habrían escrito jamás. Este punto es indiscutible.
Además, los cuatro fueron redactados después de la Primera carta a los Corintios, en la que San

17
Pablo inserta el corto resumen de catequesis que ya hemos citado y que él mismo había
aprendido0. Este esquema era conocido por todos los primeros cristianos, y consecuentemente
por los evangelistas. Ahora bien, si silencia las apariciones del Señor a María Magdalena y a los
discípulos de Emaús -sin duda porque estos últimos no formaban parte del número de los
«hombres elegidos de antemano» para atestiguar su resurrección-, en cambio, a diferencia de los
otros evangelistas, cita una aparición a Santiago, y otra a quinientos hermanos que no menciona
San Mateo en su relato de la última aparición en Galilea. Podemos afirmar sin duda que los
evangelistas no pretendieron contar todas las apariciones.
Y es que, en realidad, no tienen la intención de probar el hecho de la resurrección de Jesús
a unos hombres que dudarían de ella; afirman ese hecho que es la certeza fundamental de la
Iglesia, la culminación de la misión terrenal de Jesús y la prueba definitiva de su divinidad. No
consideran necesario, pues, enumerar todas las apariciones que conocen y que conocen todos los
cristianos. Hacen una selección entre ellas, como lo han hecho al relatar los acontecimientos,
viajes, milagros y enseñanzas del ministerio de Jesús antes de su muerte 0. ¿Con qué derecho
podemos suponer que Mateo ignoraba la parábola del Buen Samaritano porque no figura en su
libro, y reprocharíamos a Lucas el haber omitido la del criado implacable que solamente aparece
en Mateo? Igualmente, sería arbitrario insinuar que cada uno de los cuatro narradores ignoraba
las apariciones que figuran solamente en los otros relatos distintos del suyo.
La selección realizada por cada evangelista podría dar lugar a la crítica si las apariciones
descritas por unos y otros no pudieran armonizarse entre ellas. Enseguida demostraremos que no
es así. Veremos al mismo tiempo que determinadas divergencias de detalle entre los relatos
-divergencias reales, en efecto, y que hay quien se complace en subrayar, lo mismo que
determinadas negligencias en la redacción-, llevan el sello de la emoción y el desconcierto
producidos en los discípulos por el inesperado acontecimiento de la resurrección de Jesús. La
exactitud de las fechas y la mención de algunas particularidades tenían muy escasa importancia
para los primeros predicadores -y en consecuencia para los evangelistas- al lado del suceso
prodigioso que súbitamente había conmocionado a los antiguos discípulos del Señor. Al contrario,
un escenario cuidadosamente organizado y una cronología rigurosa harían sospechar de las
páginas evangélicas, en las que unos relatos bastante extensos aparecen junto a anotaciones
rápidas e impresiones inmediatas. Esa falta de artificio da ya la impresión de que se está oyendo
hablar a testigos oculares. Una impresión que se hace más viva aún cuando los textos se examinan
de cerca, como haremos en los capítulos siguientes.
Hoy terminaré con dos reflexiones. La primera nos la inspira San Lucas que, al comienzo
del libro de los Hechos afirma que «Jesús dio a sus apóstoles numerosas pruebas de que estaba
vivo, apareciéndose a lo largo de cuarenta días para hablarles del reino de Dios». Esta frase,
además de que deja entender que las apariciones fueron más frecuentes de lo que sabemos,
contiene una información tan valiosa que arruinaría por sí sola la inverosímil hipótesis de las
alucinaciones. El Salvador se presentó a sus discípulos durante los cuarenta días que siguieron a su
resurrección. Después, ninguno de ellos volverá a verlo. (Exceptuamos el caso especial de San
Pablo).
Ahora bien, las visiones subjetivas dependen únicamente de las disposiciones personales
del visionario. Si los apóstoles hubieran tomado sus sueños por una realidad, ¿no estarían influidos
por sus «visiones» precedentes? ¿Por qué habrían cesado sus «alucinaciones», y las de todos, al
cabo de cuarenta días? Naturalmente, sus primeras experiencias tendrían que haber aumentado
sus deseos de volver a ver y a oír a su Maestro. Puesto que afirman ahora que, pasados aquellos
0
Cf. I Cor 15, 3.
0
En la mayor parte de los comentarios encontramos las indicaciones que permiten afirmar que la elección
hecha por los apóstoles responde al planteamiento de cada uno de ellos.

18
cuarenta días, Jesús no ha vuelto, es innegable que las apariciones no dependían de ellos, sino de
Aquel que se les había mostrado realmente.
Una segunda reflexión no menos concluyente. Las reconstituciones psicológicas
inventadas para explicar que, de regreso a Galilea, el fiel afecto de los discípulos por el Salvador les
había llevado a creer en su supervivencia, se derrumban ante la completa coincidencia de los
documentos. Jesús comenzó a aparecerse en Jerusalén (las alusiones a antiguos recuerdos de
Galilea son novelescas), y al tercer día después de su muerte. Sin embargo, el paso del estado de
abatimiento que la trágica condena y el espantoso suplicio del Maestro habían provocado en sus
amigos, al estado de sobreexcitación que los habría convertido en visionarios supone cierta
elaboración. Habría exigido un lapso de tiempo bastante más considerable que los tres días
transcurridos entre el entierro y la primera aparición en el Cenáculo.
Lejos de que una fe puramente subjetiva haya conducido lentamente a los apóstoles a la
creencia de que ven aparecerse a Jesús «en su propia carne», el repentino regreso del Salvador en
medio de ellos y sus frecuentes apariciones fueron, al contrario, los que crearon y consolidaron su
fe. Solamente después de que le hubieron visto, tocado y escuchado, comprendieron lo que había
querido decides cuando les hablaba de su resurrección de entre los muertos. Solamente cuando
Jesús les habló con frecuencia y extensamente sobre las realidades del reino de Dios, comenzaron
a abandonar sus ilusiones de un mesianismo terrenal y a comprender que el reino de Dios que
había de instaurarse tendrá su cumplimiento en la gloria, donde Cristo les precedía y donde todos
ellos se reunirían con El. Únicamente entonces los apóstoles midieron en su enorme realidad el
privilegio inaudito que habían tenido al vivir durante cerca de tres años en la dulcísimo intimidad
del Hijo de Dios.
Podemos, pues, recibir sus testimonios con absoluta seguridad, sin vernos obligados a
pasar por la criba los textos evangélicos. No obstante, como podríamos encontrar contradicciones
entre sus diferentes relatos, no será inútil constatar que encajan fácilmente unos en otros. Eso nos
permitirá al menos revivir las emociones de los discípulos a la largo de la memorable jornada de la
resurrección del Salvador y de las semanas siguientes. No buscaremos en ello la simple
satisfacción de una reconstitución histórica: cada uno de los episodios contiene una lección que
nos descubrirá las inagotables riquezas del misterio pascual, y que guiará nuestros pasos por la
nueva vida en la que nos ha introducido el Cristo resucitado.

19
LAS APARICIONES DEL SALVADOR

Capítulo V. AL ALBA DEL TERCER DÍA

Se decían unas a otras: ¿Quién nos


removerá la piedra de la puerta del
sepulcro?
(Mc 16,3).0

«Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas». Nuestro Señor había expresado


este oráculo profético al declarar a sus apóstoles que todos le abandonarían a la hora
de la prueba. Se habían «dispersado», efectivamente, a través de la ciudad, mientras se
precipitaban los trágicos acontecimientos del viernes. Es inimaginable que en medio de
su decaimiento hubieran permanecido agrupados en el Cenáculo o en cualquier otro
lugar. ¿Qué tenían que decidir todos juntos? Su pena era demasiado viva, también su
vergüenza, pero además había motivos para temer que las autoridades judías, después
de su triunfo, se apoderaran de los seguidores de Jesús: mejor sería no llamar la
atención. Podían pasar inadvertido s gracias a los numerosos peregrinos que se alojaban
en Jerusalén y sus alrededores durante las fiestas pascuales; las casas amigas les ofrecían
un refugio seguro.
Sabemos que Juan se había llevado consigo a la Madre de Jesús. ¿No necesitaba
Pedro que lo dejaran solo con su dolor y sus remordimientos? (Solo estará cuando en la
mañana del domingo se le aparezca Jesús y, al ver el sepulcro vacío, María Magdalena
correrá junto a Pedro y junto al otro discípulo al que Jesús amaba [Jn 20, 2]. Pedro y Juan
estaban en distintos lugares). El apóstol Tomás estará ilocalizable cuando los discípulos
decidan reunirse en la tarde del domingo. Las santas mujeres debieron separarse
igualmente. Esta dispersión de los amigos del Salvador por una ciudad atestada explica
perfectamente las idas y venidas, a las que vamos a asistir, entre Jerusalén y el sepulcro
del Gólgota.
Poco tiempo después del entierro de Jesús, se encienden las primeras lámparas
del sabbato ¡Un sabbat solemne! Nadie se atrevería a romper el riguroso precepto del
descanso. Hasta la puesta de sol del sábado no pudieron las santas mujeres ir a comprar
los aromas y los óleos perfumados que deseaban extender por el cuerpo del Salvador,
con objeto de completar el precipitado embalsamamiento del viernes.
Ellas ignoraban que, a pesar del sábado, los príncipes de los sacerdotes y los
fariseos habían exigido a Pilato que un pelotón de soldados se encargara de la vigilancia

0
Evangelio de la vigilia pascual.

20
del sepulcro, y ellos mismos habían sellado la piedra que cubría la entrada. Sin embargo,
todo les recomendaba actuar con prudencia y llevar a cabo su piadosa tarea a partir del
alba del domingo. ¿Cuántas eran exactamente? Seis por lo menos e indudablemente
más. Los cuatro relatos mencionan a María Magdalena. Dejaron la ciudad en pequeños
grupos «porque aún era de noche» (Jn 20, 1) para llegar al huerto de José de Arimatea
«ya salido el sol» (Mc 16,2).
Ni una sola de ellas sospecha el espectáculo que les aguarda. Los vasos de
perfumes que llevan indican con toda claridad que van a rendir una última prueba de su
cariño al cadáver de su Maestro amado. Les atormenta una preocupación. En la víspera
habían observado la disposición de los lugares; ahora bien, la piedra que cerraba la
entrada del sepulcro «era muy grande», y se preguntaban unas a otras, si en aquella
hora temprana, encontrarían a alguien que rodara aquella pesada muela por la ranura
en que estaba Introducida. Mientras caminaban, sintieron temblar la tierra bajo sus pies
aunque con menos fuerza que en el momento en que Jesús había entregado el alma.
Suele ser habitual que a los temblores de tierra sigan unos movimientos sísmicos
aislados. Más tarde, al recordar que el suelo había temblado en el momento de la
muerte de Jesús así como en el de su resurrección, los cristianos se complacieron en
subrayar aquella coincidencia que Mateo insistió en recordar (28, 2). A pesar de todo, las
mujeres galileas continuaron su camino: solamente les absorbía una preocupación: «
¿Quién nos removerá la piedra de la puerta del sepulcro?»,
Sin embargo, ¡cuántas veces habían oído al Señor aconsejarles que nunca
cedieran a la preocupación! Los acontecimientos se producen como lo tememos en muy
pocas ocasiones; nos perdemos en suposiciones y precauciones y las cosas llegan de un
modo absolutamente distinto al previsto. Es mucho más sencillo abandonarse en Dios.
Las santas mujeres iban a tener la prueba, pues, cuando llegaron a la vista del sepulcro,
se sintieron sobrecogidas de espanto: el sepulcro estaba abierto; la piedra estaba
volcada.
Hagamos aquí una observación muy importante. Los evangelistas nos hablan de
Jesús resucitado, pero no dicen ni una palabra sobre el hecho mismo de la resurrección.
Un falsario no habría dejado de describir ese prodigio con numerosos detalles (los
apócrifos se aventurarán a ello posteriormente). Los evangelistas, por su parte, relatan
solamente lo que vieron los discípulos; dejarán insatisfecha nuestra curiosidad sobre lo
que ocurrió sin la presencia de testigos. Esta estricta reserva es una valiosa garantía de
su veracidad. Al alba del tercer día el sepulcro apareció vacío: un hecho debidamente
constatado, pero nadie vio salir a Jesús.
Mateo, por su parte, recoge la versión que las autoridades judías dieron
inmediatamente sobre el suceso prodigioso y que se repetía aún cuando escribió su
evangelio. Los sanedritas, después de haber deliberado, sobornaron a los soldados con
una buena suma de dinero y les encargaron que propagaran la versión oficial: «Decid:
Sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras dormíamos. Y si esto llegara a
oídos del gobernador, nosotros le convenceremos y cuidaremos de vuestra seguridad»
(28, 11-15). En efecto, los guardias, al despertarse sobresaltados por el temblor de
tierra, vieron la piedra volcada y el sepulcro vacío. Muertos de miedo, huyeron
precipitadamente para informar a los príncipes de los sacerdotes. La redacción del
primer evangelista no permite discernir con certeza si, según él, los soldados vieron al
ángel, o si esta visión estaba reservada a las mujeres, pero, de acuerdo con los relatos
más detallados de Marcos y de Lucas, parece oportuno adoptar esta segunda
interpretación.

21
Ambos describen el pavor de las santas mujeres ante el sepulcro abierto de par
en par. ¿Habrían profanado la tumba del Maestro? La idea de contraer una mancha
semejante ni siquiera pasaba por la mente de un judío piadoso. Mientras el grupo
permanece atónito, María Magdalena piensa inmediatamente en alertar a Pedro y a
Juan. Sale corriendo del jardín para ir a avisarles (Jn 20, 1-2). Si hubiera visto al ángel,
seguramente se habría quedado con sus compañeras.
Ninguna de las mujeres se plantea la hipótesis de la resurrección. Una vez
repuestas de su estupor, algunas se rehacen y penetran en el recinto funerario
excavado en la roca; en el fondo, en medio de una gran oscuridad, ven el banco de
piedra sobre el que había reposado el cuerpo del Salvador. «Pero al entrar, no hallaron
el cuerpo del Señor» (Lc 24, 3). Apenas salieron, Dios les dio a conocer la increíble
verdad.
«Y sucedió que, mientras ellas estaban desconcertadas por esto, se les
presentaron dos varones con vestiduras resplandecientes», leemos en San Lucas. Los
dos primeros evangelistas solamente mencionan a un personaje: «Un joven sentado a la
derecha, vestido con un manto blanco» (Marcos), «el ángel del Señor, sentado sobre la
piedra: su aspecto era como el relámpago, y su vestido blanco como la nieve» (Mateo).
Los interesados en crear dificultades no han dejado escapar la ocasión de
mostrar las contradicciones de los narradores. Veremos que más tarde, a lo largo de la
mañana, María Magdalena, a su vez, vio a dos ángeles. ¿Será preciso responder que
Lucas confundió ambas apariciones angélicas y que, la primera vez, solamente hubo un
ángel como dicen Mateo y Marcos? O bien, ¿que las mujeres galileas vieron
efectivamente dos ángeles, como escribe Lucas, pero que al hablar solo uno de ellos, la
tradición transmitida por los otros evangelistas no mencionaba más que a aquel? Ambas
explicaciones son igualmente plausibles. En cualquier caso, reconoceremos que el
alcance del debate es muy secundario y que podremos perdonar fácilmente a los
primeros predicadores del Evangelio por no habernos dado la solución. Ellos sabían que
la primera afirmación de la resurrección de Jesús era el resultado de una intervención
angélica y sobre todo habían conservado el recuerdo del «mensaje» celestial.
Solamente este nos interesa y, si nos imaginamos la emoción de las mujeres, el
desconcierto que «las tenía con el rostro inclinado hacia el suelo» (Lucas), no nos
sorprenderá que los términos hayan sido transmitidos con ligeras diferencias por parte
de unas y otras. El fondo del mensaje es el mismo en los tres relatos. Sería increíble que
las declaraciones de los testigos, transmitidas boca a boca, no hubieran sufrido
variaciones que no alteran en modo alguno su profunda autenticidad.
No está aquí, ha resucitado. La frase capital figura en los tres relatos. El texto de
Lucas reviste una especial solemnidad: « ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está
vivo? No está aquí, sino que ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando aún estaba
en Galilea, diciendo: "Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de
pecadores y sea sacrificado, y al tercer día resucite". Ellas se acordaron entonces de sus
palabras». Los relatos de Marcos y Mateo son muy parecidos. Su lenguaje, más concreto,
es también más vivo. El ángel comienza por tranquilizar a las temblorosas mujeres que
estarían deseando huir: «No temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí.
(Mateo añade: «como había dicho», resumiendo en dos palabras el discurso más extenso
de Lucas). Venid a ver el sitio donde fue puesto». Pero todo ello pertenece al pasado. Ante
la pequeña Iglesia de Jesús se abre un horizonte inmenso: «y corred aprisa a decir a sus

22
discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos y os precederá 0 a Galilea; allí lo veréis
como os lo dijo"».
Aquellas queridas galileas se tenían bien merecido ser las primeras en conocer la
victoria de la Pascua. Durante meses y meses, manteniéndose discretamente en la
sombra, se habían hecho cargo de las necesidades materiales de los discípulos que
acompañaban a Jesús. Sin participar en las discusiones que apasionan a los hombres,
encontraron la recompensa a su abnegación en las enseñanzas que el Señor guardaba
para sus íntimos. Y como recibían dócilmente sus palabras, estaban quizá mejor
preparadas que los apóstoles para la espantosa tragedia del Calvario. ¿Acaso no fue otra
mujer, María de Betania -que no pertenecía al grupo-, la que unos días antes de la
catástrofe, presintiendo la muerte de Jesús, derramó sobre la cabeza del Salvador un vaso
de óleo perfumado, como se hacía con los difuntos? (Mc 14, 8). Ciertamente, las mujeres
galileas se habían sentido tan abrumadas como los apóstoles al ver que Dios no había
librado de la muerte al que ellas consideraban su Mesías y que se había proclamado como
su Hijo; no obstante, por encima de todo, ellas lloraban su pérdida.
Por regla general, las mujeres suelen ser más piadosas que los hombres, pero eso
no se debe, dígase lo que se diga, al mayor sentimiento que manifiestan en la expresión de
su fe. La causa es más profunda: su fe es en primer lugar fidelidad. Razonan tanto como
nosotros, aunque de otro modo, y su intuición las lleva al interior del misterio mucho
antes que nuestras estrictas deducciones. Ellas atraviesan también las regiones de la
oscuridad y de la duda, pero con un paso más firme porque, en su acto de fe, se han
entregado a Dios con todo su ser. Y también saben esperar. Mientras que un hombre corta
un nudo con una navaja, la mujer lo deshace pacientemente. Nuestras hermanas
aceptan más valerosamente que nosotros los incomprensibles rigores de la adversidad:
en el momento álgido de la desbandada saben que no se ha dicho la última palabra y
que esa palabra la dirá Dios. Su confianza es más interior, más pura, y por un motivo
inexplicable, generalmente acaban por tener razón.
Así, mientras los discípulos -excepto Juan que no se había separado de María-
rumiaban sombríamente su decepción, las galileas pensaron que ellas todavía podían
hacer algo. Por lo menos, un gesto de cariño para honrar la sepultura de Jesús.
Obedecían a su fidelidad. Únicamente cuando se pusieron en camino se dieron cuenta
de su temeridad: no contaban con la menor palanca para mover la enorme piedra. De
todos modos siguen adelante: ya verán. Y como fueron las más solícitas, Jesús hizo que
les avisaran las primeras de que no debían buscarle entre los muertos. No está aquí, ¡ha
resucitado!
Los ángeles han desaparecido, la piedra en el suelo, el sepulcro vacío. Jesús ha
vencido a la muerte. ¿Habrán terminado sus penas? Tendrán que hacer rodar una piedra
aún más pesada, la que encierra a los mejores hombres dentro de su incapacidad de
creer.
Corred a reuniros con los discípulos. Nada contribuye tanto a calmar nuestros
problemas interiores como el hecho de realizar un acto físico: el dominio que debemos
ejercer sobre nuestro cuerpo nos hace más dueños de nuestros pensamientos. Sin
embargo, el grupito se dispersa antes de volver a Jerusalén. Ya es pleno día. No hay que
0
El verbo griego, que se traduce aquí por «preceder», suele tener el sentido de conducir, hacer avanzar,
llevar con. El buen Pastor va a reunir a su rebaño disperso (Mc 14,27) Y conducirá a sus discípulos a
Galilea, como un pastor que camina delante de sus ovejas (Jn 10,4). Confrontar R. P. ALLO, Le scandale
de Jésus, p. 182. Esta traducción permite comprender que la orden de regresar a Galilea no excluye la
intención del Señor de volver a ver previamente a sus discípulos en Jerusalén.

23
llamar la atención de los transeúntes a los que intrigaría la presencia de todas aquellas
mujeres que llevan en sus manos bolsas de aromas y frascos de perfume. A pesar de la
prisa que tienen por llevar a cabo su misión, la prudencia les sugiere regresar a la ciudad
escalonadamente para tomar a continuación caminos distintos. Esto es lo que se deduce
de los escritos de los evangelistas. Marcos nos habla de un grupito de mujeres, tan
asustadas y estupefactas que llegan a la ciudad sin aliento y sin palabras (16, 8); Mateo,
con su habitual concisión, nos muestra a las mensajeras igualmente aterrorizadas, pero
al mismo tiempo, rebosantes de júbilo: esas no se detienen en el camino para llevar la
noticia a los discípulos (28).
No olvidemos que, antes de la intervención angélica, María Magdalena había
escapado del huerto para correr en busca de Pedro y de Juan. Cuando, a su vez, estos
llegan al sepulcro, las mujeres no están allí. Circulan ya por las calles de Jerusalén y no se
encuentran con los dos grandes apóstoles. En cambio, no tardan en reunirse con algunos
de los Once, así como con otros discípulos del Maestro. A esas horas, los peregrinos se
dirigen en masa hacia el Templo. En el relato de San Lucas leemos entre líneas que en un
aparte transmitieron a los discípulos el mensaje que tenían encomendado, y que los
amigos de Jesús se reunieron aquí y allá para comentar la extraña noticia. Lo que el
evangelista no oculta en absoluto, es el modo en que los discípulos acogieron los relatos
de las mujeres: Pero estas palabras les parecieron como un delirio, y no las creían (24, 11).
Es de elogiar la desconfianza de los discípulos, y su decepción les excusa de haber
tratado a las galileas de «trastornadas». Lo que desconcierta al primer jefe es la
desaparición del cuerpo de Jesús. Suponen una última maldad de sus enemigos, la de
haber querido privarle de una sepultura demasiado honrosa para un ajusticiado, y creen
que lo más urgente es descubrir el lugar al que lo han transportado. Consideran un
delirio las historias de ángeles que cuentan esas mujeres hablando todas a la vez. El
estado de excitación en que se encuentran bastaría para hacer sospechosas sus
declaraciones. Sus ojos, todavía húmedos por las lágrimas, han creído ver unas personas
al simple resplandor de un relámpago. Ellas repiten en vano su relato, añadiendo quizá,
para mayor precisión, un nuevo detalle que los convenza, pero no consiguen vencer su
escepticismo. «Una sola cosa es cierta: el sepulcro ha sido profanado». Y ellas repiten:
«El ángel ha dicho: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?». ¿Vivo el
Maestro que se ha dejado conducir a una carnicería? ¿Vivo ese cuerpo flagelado,
exangüe, que no era más que una llaga de los pies a la cabeza? ¡Ángeles, ángeles! A él no
le habéis visto (Lc 24, 24). Si el Maestro viviera, se habría aparecido en persona. Y no las
creyeron.
Al negarse a unir la fe a las palabras de las santas mujeres, los apóstoles y los
discípulos atestiguan por lo menos que estaban lejos de suponer que el Salvador tenía
que surgir de la muerte. Su incredulidad nos es extremadamente valiosa, pues al ser
aquellos primeros quienes plantearon las objeciones que nos vienen a la mente, nos
dispensan de detenernos en ellas. Su obstinación nos garantiza la objetividad del
testimonio que darán a continuación.
Por supuesto, podían extrañarse de que el Salvador resucitado no les hubiera
dado al momento y directamente la certeza de que estaba vivo, pero la misma realidad
de la resurrección exigía los retrasos y las etapas fijadas por Dios para revelársela.
Supongamos que al amanecer del tercer día, el Salvador se hubiera presentado
inopinada mente a varios de sus discípulos: estos habrían pensado que Jesús había
recuperado su vida humana anterior, como le había ocurrido a Lázaro, y habrían caído en
una extraña confusión. Al dejar el sepulcro, Jesús entraba en una vida nueva,

24
sobrenatural, que le sustraía a nuestras propias condiciones de existencia. Los ángeles
fueron los primeros espectadores de esta vida divina. Y, lo mismo que un ángel debió
anunciar a la Santísima Virgen la encarnación del Hijo de Dios en nuestra raza, convenía
que también un ángel diera a conocer a la Iglesia que «Cristo había entrado en su gloria».
Si las portadoras del mensaje de Pascua no obtuvieron el crédito de los discípulos,
la noticia debió, por lo menos, orientar sus mentes hacia la verdadera naturaleza de la
resurrección. Los discípulos de Emaús lo confesarán así: «Es verdad que algunas mujeres
de las nuestras nos han sobresaltado». Ese sobresalto era necesario antes de que Jesús
les diera la prueba de su nueva vida. Era preciso que la sola posibilidad de la resurrección
-tan ajena a sus criterios como a sus esperanzas comenzara a operar en ellos un cambio
de mentalidad. Necesitaban algún tiempo –y el Señor no prolongará su espera- para
aceptar la idea de que no había que buscar a Jesús entre los muertos ni entre los
mortales, que estaba vivo y al mismo tiempo era invisible.
E indudablemente, antes de volver a ver al Maestro, necesitaban también tiempo
para rezar.

25
Capítulo VI. PEDRO Y JUAN ANTE EL SEPULCRO

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se


dirigieron al sepulcro (Jn 20, 3). 0

En cuanto María Magdalena vio el sepulcro vacío, regresó precipitadamente a


Jerusalén en busca de Pedro y de Juan. Se han llevado a mi Señor y no sabemos dónde le han
puesto. El plural se refiere al grupo del que formaba parte, pero habiéndose separado de
sus compañeras antes de la aparición angélica, no podía anunciar a los dos apóstoles la
resurrección del Salvador. Aún comparte la convicción que se había impuesto
inmediatamente a las visitantes matinales: se habían llevado el cuerpo. Y ¿quién podía
haber cometido ese sacrilegio? Seguramente sus enemigos.
Es interesante constatar que, ante la desaparición del cuerpo, los amigos más
queridos de Jesús, lejos de proclamar inmediatamente el prodigio, empezaron por
plantear la explicación más natural: un rapto subrepticio.
También en este punto los enemigos de lo sobrenatural se detendrán
obstinadamente a lo largo de siglos. En lugar de admitir un milagro, se imaginan las más
fantásticas hipótesis, a pesar de que una lectura fría de los textos no autoriza ninguna de
ellas.
Unos han cargado el «rapto» en la cuenta de los partidarios de Jesús que habrían
pretendido hacer creer que había resucitado. Hace mucho tiempo que se ha hecho
justicia de esta imputación de superchería. El hecho de que los apóstoles hayan fundado
la fe y la predicación de toda su vida sobre una impostura es una invención lamentable.
Lo mismo que conceder crédito a la maniobra de corrupción combinada por los príncipes
de los sacerdotes y que nos transmite San Mateo (28, 11-15). Los discípulos habrían roto
los sellos y violado la sepultura mientras los guardias dormían. ¡Extraños funcionarios
que dormían y a los que no despertó el golpe de mano de los apóstoles! « ¡Astucia
miserable -respondía San Agustín-, produces unos testigos dormidos! En verdad, tú
mismo te caes de sueño para caer en semejantes invenciones». La estratagema de los
sanedritas atestigua sencillamente que el cadáver había desaparecido en la mañana del
tercer día y que ignoraban la causa.
También, la mayor parte de los partidarios del rapto han preferido atribuir la
iniciativa a los adversarios de Jesús. «Las autoridades judías -nos dicen- tenían interés en
hacerlo desaparecer. Corrían el riesgo de que aquel sepulcro, demasiado honorable por
cierto para un crucificado, se convirtiera en un lugar de peregrinación para sus
discípulos. Trasladar de noche el cuerpo a un lugar secreto, incluso destruirlo, era un
juego para ellos. Una vez que nadie supiera lo que había sido de él, no se hablaría más».
Esta conjetura, plausible a primera vista, choca-con la realidad de los hechos de los que
San Lucas se hace garante cuando describe los orígenes de la Iglesia.

0
Evangelio del domingo de Pascua.

26
El milagro de las lenguas el día de Pentecostés, y luego la curación del cojo de
nacimiento en la Puerta Hermosa, habían suscitado un gran revuelo en la Ciudad Santa.
Cinco mil hombres habían abrazado ya la nueva fe. El Sanedrín decide mandar
comparecer a los apóstoles ante su tribunal y Pedro declara a los príncipes de los
sacerdotes, a los escribas y a los ancianos: «Habéis crucificado a Jesús de Nazaret, pero
Dios lo ha resucitado de entre los muertos». Ahora bien, ante una afirmación tan
categórica, los magistrados se lanzan a amenazar a los apóstoles y a intimidarles con la
orden de no volver a hablar de Jesús. Solo tenían que decir una palabra para reducir a los
cristianos al silencio y cortar el cristianismo de raíz. Han transcurrido dos meses desde
los acontecimientos del Gólgota. Si han hecho desparecer el cadáver, basta con indicar el
lugar en que lo han ocultado; si lo han destruido, pueden citar a los que habían
encargado de esta tarea. No tenían más que pronunciar esta simple frase: «Somos
nosotros los que hemos enterrado el cuerpo». ¿Por qué no lo hacen? La razón es
demasiado clara: ellos no lo han robado. Y no se atreven a acusar abiertamente a los
discípulos de haber cometido el rapto. Guardan silencio porque lo único que saben es
que el sepulcro ya no alberga el cuerpo. No lo habían robado los amigos de Jesús ni
tampoco sus enemigos.
Pero volvamos a las primeras horas del día de Pascua: las declaraciones de los
testigos ofrecen más interés que las suposiciones más sutiles.
Los recuerdos de San Juan son concretos: los había relatado en muchas
ocasiones antes de consignados en su evangelio. Ante la noticia de que el sepulcro
estaba vacío, Pedro y él emprendieron la carrera; más rápido que el primero, llegó antes
al huerto. Sin entrar en el sepulcro, se limitó a asomarse por la abertura (más baja que
la cámara funeraria), y observó los vendajes caídos en el suelo. Mateo y Marcos no
mencionan este último detalle. Sin embargo, parece imposible que haya escapado a la
atención de las galileas, pero ellas estaban mucho más impresionadas por las
apariciones del ángel y por el mensaje que les había confiado.
Simón Pedro llegó a continuación y no dudó en entrar al interior del sepulcro.
Además de las vendas caídas en el suelo, observa en otro lugar, enrollado, el lienzo que
había cubierto la cabeza del cadáver. La continuación del relato permite afirmar que
ambos apóstoles decidieron inmediatamente que no se trataba de un robo. Los
raptores se habrían llevado el cadáver tal y como estaba, sin tomarse el tiempo ni el
trabajo de desenvolver las vendas que lo rodeaban, ni de doblar cuidadosamente el
paño que le cubría el rostro. El cuerpo no había sido robado. Entonces: ¿que...?
Juan no nos da a conocer los pensamientos de su compañero, pues este
guardaba un completo silencio. San Lucas, que describe también la carrera de Simón
Pedro hasta el sepulcro, escribe que el apóstol, al ver los lienzos, volvió a su casa secum
mirans, admirado en su interior por lo que podía haber sucedido (24, 12). Ya no se
muestra tan impulsivo como en otras ocasiones en las que era incapaz de guardarse sus
impresiones. Reflexiona. El abatimiento que había producido en él su culpa no explica
por sí solo tal mutismo. Hace horas que se repite la predicción de Jesús sobre sus
negaciones, pero no olvida las palabras reconfortantes que el Maestro había añadido:
«Simón, yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te hayas
convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32). A pesar de su debilidad y de su
indignidad, tiene una misión que cumplir ante los demás apóstoles: continúa siendo su
jefe, y debe instruidos y guiados. Se comprende por tanto la reserva que se impone.
Ignora la intervención del ángel y aún no tiene conocimiento del mensaje de las santas
mujeres. Solamente sabe una cosa: el sepulcro está vacío y el cuerpo no ha sido robado. Si la

27
afirmación de Jesús de que «el Hijo del hombre debía resucitar al tercer día» vuelve
frecuentemente a su mente -como es fácil suponer-, de momento no cuenta con un
indicio positivo para afirmar que esta resurrección haya tenido lugar. No lo sabe, no lo
dice. Se retira en silencio.
¿Cómo no admirarnos aquí de la prudencia del primer jefe de la Iglesia, o mejor
dicho, de la asistencia que le presta el que será para siempre la Cabeza invisible? Se
podrá confiar en la palabra de Pedro.
Volvió a su casa. Esta indicación parece excluir el hecho de que haya ido a reunirse
con los Once que, en aquel mismo momento, se negaban a dar crédito a las
afirmaciones de las galileas. Pedro está solo; reza. Por la noche, los discípulos se
enterarán que Pedro ha visto al Señor: «Se apareció a Pedro». A partir de entonces, Pedro
comenzará a confirmar a sus hermanos en la fe.
El apóstol Juan, respetando el silencio de Pedro, volvió igualmente sobre sus
pasos, pero, aunque no lo expresa, ya había penetrado en el misterio de la inexplicable
desaparición. Y escribe. «El otro discípulo que había llegado antes al sepulcro entró a su
vez.
Vio y creyó». Insiste en que, hasta el momento, no había entendido los textos de
las Escrituras, a las que Pedro aludirá en el discurso del día de Pascua. Su fe en la
resurrección del Señor nació directamente de lo que acababa de ver en el sepulcro.
Nos guardaremos muy bien de establecer nuestra preferencia entre la reserva de
Simón Pedro y la adhesión instantánea de Juan: eran tan necesarias la una como la otra.
La Iglesia naciente -lo mismo que las generaciones venideras- necesitará unos
testimonios manifiestos e indiscutibles de la resurrección. Por esa razón, agradecemos a
Pedro que no haya hablado antes de haber visto al Señor. Las reticencias de los Once y
de los discípulos hacia las mensajeras galileas, sus discusiones en el Cenáculo, la
negativa a creer en la que algunos se obstinarán durante algún tiempo nos garantizan
que la fe de la Iglesia no se debe al ciego entusiasmo de los antiguos fieles de Jesús. Les
agradecemos que no se hayan rendido hasta tener la evidencia.
Pero no por ello nos sentimos menos felices al saber que Juan no esperó a ver
para creer. Este caso único da a la incredulidad provisional o a las reticencias de los
demás el valor que extraemos de ellas para apoyar nuestra propia certeza. Y tampoco
nos disgusta que uno de ellos haya sido la excepción: ha habido por lo menos uno que
recordó que Jesús había anunciado su resurrección. Ha habido por lo menos uno que
superó el orden de los razonamientos y, gracias a un único indicio, entró de un salto en
la fe. Este ejemplo nos resulta valiosísimo en los días en que no vemos, cuando las
apariencias desmienten nuestras creencias o los argumentos son incapaces de
persuadirnos. Unas circunstancias en las que es preciso no discutir, sino penetrar
valerosamente en la oscuridad del misterio y esperar que Dios responda a nuestro amor
revelándose a nuestro corazón.
Nuestra fe se expondría a titubear, si no estuviera asentada sobre los
fundamentos de una rigurosa certeza. Simón Pedro tuvo razón en hacemos esperar, pero
Juan no se equivoca al mostramos que la fe surge del amor. Solamente al final del
evangelio se designa con la perífrasis, «el discípulo que Jesús amaba». Ignoramos a qué
secretos íntimos responde este apelativo en la pluma del apóstol. No obstante, es
probable que se refieran a los últimos días de la vida del Salvador. La expresión aparece
cinco veces, tres de ellas después de la resurrección, pero las dos primeras ocasiones son
especialmente graves. En primer lugar, Juan recurre a ella en el transcurso de la Cena,
cuando apoyaba su cabeza en el pecho de Jesús (13, 23), Y en segundo, cuando se

28
encontraba al pie de la cruz (19, 23), donde tendrá ocasión de ver brotar sangre yagua
del costado de Cristo atravesado por una lanza. En la Cena y en el Calvario. La Eucaristía,
signo del Sacrificio, y el Sacrificio mismo sellaron entre el corazón del Maestro y el del
discípulo una intimidad en la que Juan no puede pensar sin profunda emoción. El
discípulo que Jesús amaba no necesitó ver para creer.
¿No habrá un motivo suplementario para la rapidez de su fe? Jesús no solo dio al
discípulo amado, como a los otros, el sacramento de su cuerpo y de su sangre. El divino
crucificado pidió a María que lo considerara hijo suyo y a él confió su santa Madre. Y
desde aquella hora el discípulo la tomó consigo. ¿Es posible que María y Juan hayan
permanecido juntos desde el viernes por la noche hasta el domingo por la mañana sin
hablar entre ellos, solamente llorando y rezando? ¿Nos sorprendería que María,
iniciando la función misteriosa que ejercerá en la Iglesia, haya dirigido la fe del apóstol
hacia la realidad que debía cumplirse? ¿Acaso no le recordaría la seguridad que les había
dado su Hijo: «A los tres días estaré vivo de nuevo»?
La piedad católica quiere que la Santísima Virgen haya sido la primera a quien se
haya aparecido el Resucitado. Los libros sagrados no nos dan a conocer este encuentro.
No obstante, estamos seguros de que María esperaba esta hora triunfal porque su fe no
había sufrido eclipse alguno. En uno de los delicados sonetos de su Miroir de Jésus, Henri
Ghéon se imagina a dos de las santas mujeres acudiendo a llevar a la Madre del Salvador
el mensaje de los ángeles:

«Le Maitre nest plus au tombeau... »


Dit lune; mais lautre aussitót,
croyant que la Mére chancelle:
«Mére, Mére, le Maitre vit!»
-La Mere sanglote, sourit:
Je le savais deja, dit-elle. 0

0
"El Maestro no está en el sepulcro... » / dice una de ellas; pero inmediatamente, la otra / creyendo que la
Madre desfallece: / «¡Madre, Madre, el Maestro vive! / La Madre solloza, sonríe: / «Ya lo sabía», dice.

29
Capítulo VII. LA APARICIÓN A MARÍA MAGDALENA

Jesús le dice: ¡María! Ella, volviéndose, le


dice en hebreo: Rabuni, que quiere decir:
Maestro (Jn 20, 16).0

El cuarto evangelio nos ofrece un relato detallado de la aparición de Jesús a María


Magdalena: San Marcos lo menciona en el esquema con que da fin a su relato:
«Habiendo resucitado en la madrugada del primer día de la semana, Jesús se apareció
primero a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios (16, 9). Este incidente
requiere una aclaración.
San Lucas designa del mismo modo a la fiel servidora del Maestro cuando la
presenta a sus lectores (8, 2). Describiendo los recorridos apostólicos del Salvador,
escribe: «Le acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de
espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido
siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana y otras muchas que
le servían con sus bienes».
Las «santas mujeres» de la historia evangélica no formaban un grupo constituido como los
Doce; pero con toda la reserva necesaria le seguían en sus desplazamientos con objeto de proveer
a las necesidades materiales de Jesús y de sus apóstoles. Aquellas mujeres, algunas de las cuales
pertenecían a una escala social bastante elevada, manifestaban así su gratitud hacia el Salvador
por haberlas curado de una enfermedad o librado de una posesión diabólica. María Magdalena
formaba parte de esta segunda categoría. La expresión «siete demonios», equivalente a «multitud
de demonios» hace pensar que la desdichada había sido objeto de unas sevicias especialmente
dolorosas por parte de Satanás. El milagro que la había liberado de aquella cruel obsesión
otorgaba una respetuosa notoriedad a la que había sido beneficiada con semejante favor. Es
importante indicar que las mujeres que se habían dedicado a la causa del Evangelio habían sido
enfermas o posesas, pero en absoluto personas que habían vivido en pecado. Lucas es lo bastante
concreto respecto a este punto: no dice que las personas admitidas a vivir en medio de una
cotidiana familiaridad con los apóstoles y a asistirlos con sus fortunas personales hayan sido unas
pecadoras convertidas.
El problema radica en que, generalmente, nos representamos a las endemoniadas como
unas pobres criaturas sometidas a todos los vicios. Ahora bien, se trata de dos miserias
completamente independientes una de otra. Un poseso puede ser además un pecador, pero la
posesión no implica la caída en el pecado. Si Satanás puede atormentar los cuerpos de sus
víctimas, Dios no le concede poder alguno sobre las almas. Únicamente la libre voluntad del
pecador puede entregarlo al mal. La Escritura afirma explícitamente que, a pesar de verse
torturado en su carne por Satán, Job no pecó. El joven epiléptico sanado por Jesús
inmediatamente después de la Transfiguración no era un pecador. La mujer poseída durante
dieciocho años de un espíritu que le hizo enfermar, «aquella hija de Abraham a la que Satanás

0
Evangelio del martes de la octava de Pascua.

30
tenía liada» y que Jesús endereza milagrosamente en la Sinagoga a la que había ido a rezar, no era
una pecadora (Lc 13, 11). Pretender que María Magdalena haya llevado previamente una vida
culpable constituye una insinuación difícilmente aceptable y no se apoya en indicación alguna de
los Evangelios.
La Santa María Magdalena de Lacordaire ha popularizado entre los franceses una tradición
bastante tardía en la Iglesia latina, según la cual María de Magdala, María de Betania, hermana de
Lázaro, y la pecadora perdonada que ungió los pies de Jesús (Lc 7, 37) serían una sola y única
persona. Esta identificación, aceptada por San Gregorio, sigue acreditada por la presencia en el
calendario romano de la fiesta de Santa María Magdalena, penitente, el 22 de julio. (Nuestro
antiguo misal parisino celebraba ese día la fiesta de la única María de Magdala). Los Padres griegos
jamás cometieron esta confusión, rechazada también por grandes doctores latinos (Ambrosio,
Hilario, Jerónimo, Beda). En las iglesias orientales, cada una de las mujeres tiene su propia fiesta.
San Lucas, el único que menciona a las tres, no establece ninguna relación entre ellas. « ¿No es
algo osado -escribe el P. Prat- creerse mejor informado de los hechos de la historia que el mismo
evangelista?»0. Bossuet, el final de su disertación «sobre las tres Magdalenas», concluye que «el
hecho de distinguir a las tres personas está más conforme con la letra del Evangelio». Actualmente
no se asimila a María de Betania (en Judea) con María de Magdala (en Galilea); y la identificación
entre la Magdalena y la pecadora pública cuyo nombre omite delicadamente San Lucas ha sido
abandonada por muchos de los más prudentes comentaristas católicos 0. «Los textos son
contrarios a ese punto de vista -escribe el P. Lagrange- y ningún exégeta ha pronunciado el
nombre de María Magdalena a propósito de la pecadora» 0.
Permítasenos, pues, contemplar únicamente en el huerto del Gólgota, todavía húmedo de
rocío, a la que la liturgia bizantina llama «la santa portadora de la mirra, igual a los apóstoles», a la
que la misericordia de Jesús había arrancado no de una situación ignominiosa, sino de una de las
pruebas más humillantes, y que se había adherido a Él con todas las fibras de un corazón tan
agradecido que el Salvador le concedió el mismo privilegio que a los apóstoles, y antes que a ellos.
Primero se apareció a María de Magdala de la que había expulsado siete demonios.
Sí, pero ¿no llegamos aquí al punto vulnerable que oscurecería la objetividad del
testimonio de la Magdalena? Desde Celso en el siglo III, hasta Renan, la oposición racionalista la
incrimina. Según ellos, «la pasión de una alucinada habría dado al mundo un Dios resucitado».
¡Qué penosa expresión, que no tiene en cuenta las otras apariciones del Señor! Podemos
comprobar que el texto catequístico citado por San Pablo (I Co 5, 3) no cita la aparición de María
Magdalena, lo que prueba que la afirmación doctrinal de la Iglesia docente se apoya en otros
testimonios. María Magdalena no formaba parte del número de testigos «elegidos previamente»
para ser los predicadores oficiales de la resurrección. Y aunque el Señor le encargara avisar a sus
discípulos, el favor que le hizo al aparecérsele antes que a ellos reviste un carácter personal: es
ante todo la recompensa a su fidelidad. Examinemos además los simples datos del Evangelio: nos
dan a entender claramente que la Magdalena no tiene nada de alucinada y que sobre todo no fue
ella la que determinó la fe de los apóstoles.
María estaba fuera, en pie, llorando junto al sepulcro. Cuando Pedro y Juan salieron
precipitadamente hacia el sepulcro, ella, evidentemente, no pudo seguirlos. Aunque se apresuró a
ir tras ellos, solo los alcanzó después de que hubieron inspeccionado el estado del sepulcro. Les
hemos visto retirarse: Juan, sin osar manifestar su fe, Pedro, absorto en sus pensamientos. Aquel
silencio no hizo sino aumentar la incertidumbre de María Magdalena, que ignoraba la revelación
0
PRAT, Iésus-Christ, t. I, p. 3.
0
Entre otros FILLION, BUZV, PRAT, DURAND, VALENSIN, en los que se encuentran los datos y las discusiones
sobre la cuestión.
0
LAGRANGE, Saint Luc, p. 236.

31
que el ángel había hecho a sus compañeras. Entonces, dejó marchar a los dos apóstoles, que ya no
la necesitaban, y se quedó. En soledad, daría rienda suelta a su dolor. Aquel sepulcro había
albergado el cuerpo del Maestro que la había librado de los maleficios de Satán. Había perdido
para siempre a su amado Maestro. Y lloraba delante del sepulcro vacío.
El huerto está desierto. Nadie podría reprocharle que entrara a tocar con la mano la piedra
sobre la que había reposado Jesús. Siempre llorando, se inclina para mirar en el interior del
sepulcro. Le han precedido dos personajes vestidos de blanco: están en pie en los dos extremos
del lecho funerario. Más tarde pensará que se trata de dos ángeles, pero en ese momento su
pensamiento está en otra parte. Ellos le preguntan: Mujer, ¿por qué lloras?
Escuchemos la respuesta de la que pretenden hacer pasar por alucinada. ¡Ah!, está a cien
leguas de suponer que Jesús ha vuelto a la vida. Se siente absolutamente convencida de que han
violado la tumba. ¿Que por qué llora? Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.
Además, ¿quiénes son esos hombres que la están interrogando? Instintivamente, retrocede y sale
del sepulcro. Sus ojos, llenos de lágrimas, se encuentran con un nuevo vigilante. De nuevo un
desconocido. Los rasgos de su cara no le dicen nada. ¿Será el criado que cuida el huerto de José de
Arimatea? También él, como los otros dos, parece extrañarse de la presencia de aquella mujer que
solloza. ¿Por qué lloras?, le pregunta a su vez. La supuesta alucinada no ha perdido la cabeza y
prosigue fríamente con su idea. ¿Le dará ese criado la información que desea? Si te lo has llevado
tú, di me dónde lo has puesto, y yo lo recogeré.
He aquí un primer ejemplo de lo que hemos señalado anteriormente sobre las cualidades
del cuerpo resucitado de Jesús que escapan plenamente a nuestras investigaciones 0. El Salvador,
no solo aparece inopinadamente cuando lo desea, sino que, también a su gusto, se deja reconocer
o aparece irreconocible. La vida nueva en la que ha entrado no es en absoluto comparable con
nuestra condición terrenal. San Juan Crisóstomo opinaba que, al ocultar los rasgos tras los que
María Magdalena le había conocido, Jesús quería evitarle una conmoción demasiado violenta. En
cualquier caso, constatamos que ella no pensó en ningún momento que Jesús se le aparecería. El
desconocido que la sorprendió no podía ser otro que el jardinero. No espera el menor milagro.
Emocionada, lo está, y nos extrañaríamos de lo contrario, pero no tiene aspecto de
exaltada. Su naturaleza generosa se revela en la pretensión de llevarse ella misma el cuerpo de
Jesús. ¡Pobre Magdalena! Le preocupaba, como a sus compañeras, el modo de hacer rodar la
pesada piedra que cerraba el sepulcro; ahora se muestra dispuesta a cargar con un peso superior a
sus fuerzas. Repitamos que está realmente conmovida; añadamos que, indudablemente, cuenta
con la ayuda del jardinero para transportar el cuerpo; es patente que no tiene la menor sospecha
de la resurrección. Su único deseo es el de devolver el cadáver al lugar en el que la amistosa
bondad de José de Arimatea le había dado sepultura. No piensa en otra cosa, no persigue otro
sueño. El jardinero le interesa tan poco, que su mirada se dirige de nuevo hacia el interior del
sepulcro, pues «se vuelve» hacia su interlocutor cuando escucha la palabra que súbitamente le
inunda de luz.
¡María!... Ahora no puede equivocarse sobre el sonido de esa voz, ni sobre el acento del
que ha pronunciado su nombre. Así la llamaba el Salvador diariamente. En este momento tiene
ante sus ojos el rostro del Maestro. Y le responde con la respetuosa familiaridad de otras veces:
Rabuni, «mi gran y buen maestro», más íntimo que la palabra rabbi empleada por los discípulos.
Su maestro está delante de ella, ¡Su maestro está vivo! En un instante se ha desvanecido el
horrible recuerdo del crucificado crispado sobre la cruz. ¿Por qué prodigio Aquel al que había visto
expirar, al que había visto descolgar del madero y sepultar en esa tumba ha recobrado la vida? No
importa, está ahí, vive. Jesús está cerca de ella, como antes en su risueña Galilea. No había sido,

0
Ver en p. 10 y sig.

32
pues, más que un espantoso intermedio. La vida se va a reanudar como anteriormente; y se deja
caer a los pies del Maestro estrechándolos entre sus brazos.
-No, María, lo pasado ya no recomenzará. Aún no ha llegado el tiempo de las efusiones
eternas en la casa del Padre. Todavía no he subido al Padre -le dice Jesús-, pero ve a mis hermanos
y diles que subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.
¿Alguien puede decir que María Magdalena es el juguete de una imaginación
calenturienta? No entra en éxtasis. Dócil como de costumbre a la voluntad del Salvador no intenta
prolongar ese instante de intimidad que le ha sido concedido. ¿Dónde descubrir la sombra de una
pasión egoísta en ese corazón que Cristo ha llenado de su amor? Hacía mucho tiempo que ella
conocía la distancia que separaba a. Jesús de nuestra condición humana, y ahora ha descubierto
su infinitud. Dios no es para Jesús lo que es para nosotros; es «su Padre» en un sentido distinto del
que es «nuestro Padre». Habríamos excusado que hubiera pensado en sí misma en aquellos
momentos, pero su caridad es demasiado pura como para que no piense inmediatamente en los
discípulos que Jesús acaba de nombrar, «sus hermanos», y a los que Él la envía.
El Maestro todavía no ha subido a su Padre, todavía no ha abandonado nuestro mundo.
Pedro, Juan y los otros tienen todavía alguna posibilidad de volver a vedo. Jesús se ha aparecido a
ella, ¿no se revelará también a los otros? Los alrededores del sepulcro están desiertos de nuevo.
María de Magdala se apresura correr a Jerusalén 0.
El relato de Juan se limita a hacemos saber que ella cumplió su misión; el de Marcos es
más explícito: «Ella fue a anunciado a los que habían estado con él, que se encontraban tristes y
llorosos» (16, 10). No pasemos insensibles ante su dolor. Se han mostrado escépticos ante las
afirmaciones de las mujeres galileas; la desaparición del cuerpo les ha sumido en un mayor
descorazonamiento. Sin embargo, si sufren el fracaso irremediable de Jesús, no sienten cólera ni
despecho ante tal desastre. Tampoco se compadecen de su triste suerte personal; por encima de
todo piensan que Jesús no merecía terminar así. Se encontraban tristes y llorosos. Ya no pueden
creer, pero no han dejado de amar. Y como aman, reencontrarán la fe.
Por otra parte, no imaginemos que estaban dispuestos a aprovechar cualquier indicio que
los sacara de su desolación. Su pena es innegable, pero los hechos siguen siendo los hechos; hasta
llegar a creer que Jesús vive, necesitarán pruebas concretas, no rumores, aunque se atribuyan a
los ángeles, ni incluso la noticia que acaba de traerles María Magdalena. Esta no solo ha visto a dos
ángeles en el sepulcro, sino a Jesús en persona en el huerto. Sin embargo, «ellos, al oír que vivía y
que ella lo había visto, no creyeron» (Mc 16, 11). Ella repetía incansable: «Me ha llamado por mi
nombre. He abrazado sus pies. Y me ha dicho esto para vosotros», pero ellos continuaban
llorando. Y se negarán a admitir que Jesús está vivo hasta que lo vean. El testimonio de María
Magdalena no ha influido en la fe de los apóstoles.
Pero ¿solamente a ellos envió Jesús como embajadora a María Magdalena? Muchos otros
«hermanos» le serán deudores de haber encontrado el camino de regreso a la fe.
El episodio de María Magdalena en el sepulcro está inscrito para siempre en la historia
religiosa de las almas; resuena en el grupo de cristianos que, repentinamente, se dan cuenta de
que ya no pueden creer. Un impacto repentino derriba sus estructuras religiosas, minadas en ellos
desde mucho tiempo atrás, y que, milagrosamente, aún no se han derrumbado. Un día cesan de
repetir unas oraciones que repetían maquinalmente sin rezar. ¿Qué influencias han sufrido, quizá
sin advertirlo, y en cualquier caso sin controlarlas? Les han quitado a su Señor y no saben dónde
encontrarlo. Sin llegar a rechazar sus antiguas creencias, otros «hermanos» se inmovilizan en las
0
El primer Evangelio (28 1-10) asocia a otra mujer en la aparición de Jesús a María de Magdala. Es un
ejemplo entre otros de los procedimientos literarios de San Mateo conocidos con el nombre de «plural de
categoría». Sobre este tema, consultar E. LEVESQUE, Nos quatre Evangiles, p. 306-327 Y F. PRAT, Iésus-
Christ, t. II, p. 438.

33
tinieblas de sus almas. Conservan sus costumbres religiosas, pero el corazón ya no está en ellas,
incluso creen que ya no tienen fe. Como nada les resulta especialmente claro, les parece que ya no
hay nada cierto. El Señor de otro tiempo ha desaparecido y no saben dónde buscarlo. ¡Ojalá
nuestros hermanos que se debaten en medio de sus dudas y sus negaciones tomen ejemplo de
María Magdalena, pues ella les muestra un camino seguro al que les es posible incorporarse!
Les invita a seguir amando a Jesucristo, ocurra lo que ocurra. ¿Y el que ha llegado a
conocerlo realmente -digo realmente- podrá no amarle? Hermanos atormentados o rebeldes,
algunas formulaciones dogmáticas -por lo menos tal y como vosotros las consideráis ya no pueden
alojarse en vuestra alma; algunas prácticas religiosas os extrañan como si fueran supersticiones; se
puede decir que os indignáis ante preceptos de un rigor que consideráis inhumano. Entonces, todo
se derrumba: vuestras creencias, vuestra fe, vuestra fidelidad. Vuestros ojos, cegados por el polvo
de ese montón de escombros, ya no alcanzan a ver gran cosa.
Es posible, pero todavía son capaces de ver a alguien. Siempre podéis continuar mirando a
Jesucristo y admirar su profunda caridad. Su auténtica personalidad está provisionalmente oculta;
no por eso dejéis de amarle; no renunciéis a reencontrarle. ¿Ya no le veis? ¿Ya no tenéis ante
vuestros ojos más que el agujero vacío de vuestras creencias desaparecidas y -aceptadlo
lealmente- insustituidas? Sin embargo, Él os ve, está cerca de vosotros aunque no lo reconozcáis.
Ignoro cuál será la duración de vuestra prueba, pero sé que, si lamentáis no verle, un día
escucharéis su voz pronunciando vuestro nombre. «Consuélate, no me buscarías, si no me
hubieras encontrado». Solamente se sienten desgraciados los que dejan de buscarle.
También a vosotros, creyentes tranquilos, os debe servir de modelo la fiel santa
Magdalena, y ello justamente para ahorraros las crisis de conciencia en las que vuestra fe
desfallecería. La fe que muere es la que no busca ya, la que da de lado a los problemas, aquella por
la que no se sufre. La fe que está en riesgo de morir es la que se encierra en un rincón del cerebro
para que no moleste a nuestro corazón, y que se pretende mantener por medio de una piedad
inactiva de modo que solamente se la adormece. En cambio, la fe viva es la que no nos concede
reposo; como es esencialmente amor, nos obliga a continuos esfuerzos y a nuevos sacrificios. La
ley del Evangelio es constante: el que guarde su tesoro para él lo perderá; solo se enriquece el que
lo emplea. Extended vuestra fe gracias al ejemplo de vuestra vida así como por la convicción de
vuestras palabras: al mismo tiempo se fortalecerá en vosotros.
Ve a mis hermanos... María Magdalena abandona inmediatamente los pies del Salvador
resucitado. El Señor sigue diciéndonos a cada uno: «Ve a reunirte con mis hermanos, los que
dudan, los que desesperan de encontrarme. No te irrites con los que no convenzas en un primer
momento, pues te acusarían de delirar o de fastidiarles. Dales a conocer únicamente tu fe
haciéndoles partícipes de tu gozo. El momento en que sus ojos lleguen a reconocerme no te
concierne. Diles sencillamente: "He encontrado al Señor y esto es lo que me ha dicho"».

34
Capítulo VIII. LOS PEREGRINOS DE EMAÚS

¿No es verdad que nuestro corazón ardía


dentro de nosotros mientras nos hablaba
en el camino y nos explicaba las Escrituras?
(Lc 24. 32)0

No hay quien se arriesgue a tocar este relato. Es preciso leer esa página espléndida, la de
un escritor magistral y una de las hermosas de toda la literatura. San Lucas, que vivió dos años en
Cesarea donde su maestro San Pablo estaba prisionero, conocía bien el camino que, atravesando
la aldea de Emaús, unía Jaffa con Jerusalén. Probablemente tuvo ocasión de detenerse allí y
reunirse con Cleofás, un testigo de la aparición según se deduce a través del evangelista. Hay que
leer lentamente ese relato en una tarde de Pascua, a la vuelta de los oficios: el encanto actúa
infaliblemente y las inolvidables palabras salen de nuestros labios: «Quédate con nosotros,
Señor».
Apuntaremos solamente, al margen del texto, algunas consideraciones relativas a nuestro
propósito, que es el de averiguar cómo nació la fe de los apóstoles en la resurrección de Jesús.
Los dos peregrinos son unos fieles representantes del estado anímico de los discípulos del
Salvador a lo largo de las primeras horas de la mañana del domingo. Para llegar a Emaús por la
tarde, tuvieron que salir de Jerusalén hacia las 9h de la mañana 0. En el momento en que dejaban la
ciudad, nadie conocía todavía la aparición de Jesús a María Magdalena. En caso contrario, lo más
probable es que Cleofás y su acompañante hubieran diferido la salida. Ciertamente que les habían
«trastornado» los sucesos que habían tenido lugar: la desaparición del cuerpo, verificada por
Pedro y Juan, y las palabras de las mujeres galileas declarando que los ángeles les habían afirmado
que ¡Jesús vivía! Era para sentirse desconcertado por lo menos. No obstante, aquellos hechos no
hicieron sospechar la verdad a los amigos del Maestro. La idea de que su cadáver hubiera vuelto a
la vida les parecía absurda porque, en fin, «a Jesús no le ha visto nadie», ni las mujeres, ni Pedro,
ni Juan. El resto les parece lo propio para enmarañar una situación ya suficientemente oscura. En
tales condiciones, ¿qué sentido tiene continuar en Jerusalén, donde todo el mundo comenta «el
asunto de Jesús de Nazaret? Todo lo que se insista sobre esto no le hará volver. Las fiestas
religiosas, es cierto, se prolongaban durante toda la semana y retenían a numerosos forasteros,
pero los discípulos no tienen ánimo para unirse a los cánticos de la multitud. En aquellos
momentos, los recuerdos de la antigua liberación de Israel desentonaban en sus oídos: ¿no son
sus sueños los que ahora se ha tragado el mar Rojo? Más vale marcharse lo antes posible. Cleofás
y su amigo, que viven en la zona, son de los primeros en partir. En seis horas habrán vuelto a
Emaús donde intentarán olvidar.
¿Olvidarán alguna vez? Durante el camino, ambos caminantes son incapaces de librarse de
su tristeza. No piensan más que en Jesús, no hablan más que de Él. De Él, al que creen muerto y
que súbitamente se reúne con ellos en una curva del camino, «pero sus ojos estaban
incapacitados para reconocerle».

0
Evangelio del miércoles de la octava de Pascua.
0
Sobre el emplazamiento de Emaús y la distancia entre esta aldea y Jerusalén, ver PRAT, Jésus-Christ, t. II,
pp. 559-563.

35
Cuando, horas más tarde, el Señor se presente a los apóstoles, les invitará a asegurarse de
que su cuerpo resucitado es el mismo que había sido sepultado. Esta constatación oficial les
estaba reservada. Los discípulos de Emaús, como María Magdalena, apenas tendrán tiempo de
reconocerle. Sin duda les hablará más extensamente que lo hiciera en el huerto, pero ellos
tampoco deben acariciar la ilusión de que la muerte de Jesús solo habría sido un paréntesis. Antes
de desvelarse, el Maestro insiste en explicarles su nueva condición; cuando empiecen a
comprender lo que significa su resurrección, les dará la prueba de que «ha entrado en su gloria».
¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha ocurrido en estos días?, pregunta
Cleofás al peregrino desconocido, el único en conocer realmente el glorioso final del drama cuyo
escenario había sido la ciudad. Ingenuamente, el discípulo le describe las dolorosas fases. Jesús le
escucha sin interrumpir; del mismo modo, deja que sus compañeros de camino desahoguen su
decepción: «Esperábamos que sería él quien salvaría a Israel». El verbo «esperar» -como el verbo
«amar- no debería poder conjugarse en imperfecto. Todo lo que la esperanza contenía de alegría y
entusiasmo ha dado paso a la peor amargura y a un descorazonamiento sin remedio.
¡Esperábamos! Ahora, todo ha terminado, nos habíamos equivocado.
¿Qué esperaban, pues, hasta el último minuto? Exactamente todo lo que Jesús no les
había prometido a lo largo de una predicación en la que no cesó de orientar sus ambiciones.
Esperaban un Mesías militar, el jefe de un reino teocrático que, después de liberar a Israel del
yugo romano, habría instaurado su hegemonía sobre todas las naciones, sometiéndolas en
adelante al único y verdadero Dios. Esta conversión del mundo por la fuerza no estaba ni estará
jamás en los planes de Dios. Su Hijo vino a redimir a la humanidad de un modo completamente
distinto. Antes de mostrar a sus discípulos que estaba vivo, el Señor ha de corregir su error; en
caso contrario, ellos pensarán que su pasión y su muerte no han sido más que un accidente
desgraciado reparado por un milagro. Previamente, ha de convencerlos de la necesidad y la
eficacia del sacrificio que ha aceptado voluntariamente ofreciéndolo por la salvación de los
hombres. Sería inútil que tuviesen la certeza manifiesta de su divinidad, si continuaban
confundiéndose sobre su obra.
Por eso, bajo el sol del mediodía, Jesús camina entre Cleofás y su compañero sin desvelar
su personalidad. Se oculta a los ojos de sus discípulos con objeto de evitar que sus mentes, torpes
para penetrar en el sentido de las Escrituras, se desvíen de la verdad que han de conocer. « ¿No
era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y entrara así en su gloria?». Era el precio de la vida
gloriosa que ahora es la suya, y de la que les dará la prueba en su momento. Un precio enorme
que nos hace retroceder de temor y que nuestra inteligencia no es capaz de comprender de golpe.
Por ahora, Jesús trata de persuadir a sus interlocutores de que tal era el plan de Dios, y con este
fin les cita los pasajes de la Escritura que asignaban al Mesías, como condición para su reinado
glorioso, la redención de los pecadores por medio de su pasión y muerte. El pueblo judío,
obsesionado por el afán de una revancha terrenal contra la opresión que padecía desde hacía
siglos, había dejado en la sombra ese aspecto de la enseñanza de los profetas. Jesús recuerda a los
dos peregrinos la meridiana predicción de los padecimientos y el triunfo destinados al «siervo del
Eterno» (Isaías 53) - el salmo XXII cuyo primer versículo había pronunciado en voz alta en la cruz: «
¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»-, las afirmaciones del salmista sobre la
conspiración urdida contra Cristo -(Sal 2)- y la promesa de que su cuerpo no sería abandonado a la
corrupción del sepulcro (Sal 16). Esta revelación de los designios divinos conmueve el corazón de
los peregrinos, al mismo tiempo que ilumina su inteligencia. Ellos han perdido la noción del tiempo
y la sensación de fatiga. Y se extrañan de haber llegado ya a la vista de Emaús.
Se impone una nueva consideración al lector. Es imposible que, mientras el Desconocido
les recuerda las profecías sagradas, los dos discípulos no hayan detectado su superioridad.
Indudablemente, la autoridad de su discurso les impide preguntarle por su persona. No obstante,

36
no dejarían de interrogarse interiormente sobre aquel doctor tan versado en las Escrituras y cuyas
interpretaciones coincidían de un modo sorprendente con los acontecimientos. Ahora bien, esta
coincidencia no les sugiere ni por un instante la idea de que el viajero que camina en su compañía
sea el mismo Jesús. Esperan tan poco en su resurrección que, una vez llegados a la aldea de
Emaús, no han adivinado la identidad de ese Peregrino que no es de los suyos, y que se dispone a
continuar su camino.
El trayecto les ha parecido corto y no se cansan de escuchar a este amigo desconocido.
¿No querría terminar el día con ellos? El pretexto que alega Cleofás es bien frágil: aunque el sol
comienza a declinar, de aquí a la noche el viajero habría tenido tiempo de cubrir todavía una
buena etapa. El verdadero motivo, el que terminará con la vacilación del misterioso Peregrino, es
ese grito de amistad, esa llamada del náufrago a la mano que le saca de la sima: « ¡Quédate con
nosotros!».
Y entró para quedarse con ellos. Pero ¿quién ha podido inventar la curiosa leyenda de «la
posada» de Emaús? Cleofás y su compañero tienen allí sus casas (tal vez viven ambos bajo el
mismo techo). Parece tan natural que insistan en que ese viajero al que pretenden honrar acepte
su hospitalidad -porque «le retuvieron»-, como absurdo que, en su pueblo, le rogaran que hiciera
un alto en la hospedería. ¿Quién podría pensar que el Señor se habría manifestado en medio del
ajetreo de una posada, de la que San Lucas no dice ni una palabra? Lleno de alegría, Cleofás le
hace entrar en su casa con la esperanza, sin duda, de que se quedara en ella el mayor tiempo
posible. En la mesa familiar coloca el improvisado refrigerio, que los viajeros no despreciarán
después de una larga caminata. A media tarde, los otros habitantes de la casa están fuera; en la
estancia, solo los tres. Entonces, Jesús se manifiesta, sin pronunciar una palabra -ya les ha dicho
todo lo que quería enseñarles- con un simple gesto.
Correspondía a Cleofás, como amo de la casa, partir el pan y ofrecerlo al Invitado. En una
extraña infracción de los usos, es el Invitado el que toma el pan en sus manos, como si fuera Él
quien hubiera invitado a los otros. Y, en un gesto de autoridad, recita la plegaria de bendición
como si fuera el dueño de la casa. Ahora parte el pan del modo que los discípulos le habían visto
hacer anteriormente en medio de los suyos. ¿Por qué seguía ocultando Jesús los rasgos de su
rostro? ¡El Maestro! ¡Pero si es Él! Entonces lo reconocen. En un instante tienen la explicación del
viaje que acaban de hacer con Él. El asombro les hace incapaces de articular palabra y ya el Señor
ha desaparecido de su vista.
Se levantan inmediatamente abandonado la comida que no han tocado. ¿Es momento de
comer y descansar? Están impacientes por reencontrar a sus hermanos, que están desolados en
Jerusalén, y comunicarles que Jesús vive. No caminan, sino corren por el camino en el que todo les
recuerda las luminosas palabras del Señor. El Maestro ya no está con ellos, pero en su corazón,
que arde todavía por los discursos divinos, sienten su presencia con más claridad que cuando sus
mantos le rozaban la túnica. Es de noche cuando vuelven a la Ciudad Santa, pero saben a qué
puertas llamar para reunirse con los amigos. Pues bien, los primeros que les ven llegar, sin aliento
y transportados de emoción, no los toman en serio: perseveran en su incredulidad (Mc 16, 13). Los
dos discípulos no pierden aplomo; salen en busca de los apóstoles y descubren el lugar de su
reunión. Allí les espera otra sorpresa. La noticia que llevan ya es conocida. Se les recibe con este
grito: « ¡Sí; el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Pedro!... », Pedro asiente con un
movimiento de cabeza. No puede hablar, en ese momento vierte lágrimas de alegría. Y Cleofás y
su compañero cuentan a los otros lo que les había sucedido en el camino y cómo le habían
reconocido cuando partió el pan.
Los dos caminantes, como a continuación los apóstoles, han creído porque Jesús se ha
dejado ver realmente por ellos. Aceptan el hecho de la resurrección porque Jesús en persona les
ha afirmado que la redención del mundo exigía sus padecimientos y su muerte. No perdamos el

37
tiempo demostrando que no se les podría acusar de cualquier tipo de alucinación. Releamos mejor
el texto de San Lucas para escuchar la lección que Jesús imparte a sus discípulos de todos los
tiempos.
« Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,
20.) Mantiene su palabra desde el primer día, y así será hasta el fin de los tiempos. ¿Acaso dudáis
de que esté presente en todos los hogares cristianos, bendiciendo a los niños que sus madres le
ofrecen, tercero entre los dos esposos como lo estuvo entre Cleofás y su acompañante? La
llamada vida profana no tiene sentido en el lenguaje cristiano. «Ya comamos, ya bebamos,
hagamos lo que hagamos», en todas nuestras actuaciones seguimos siendo los hijos adoptivos de
Dios. El Señor entra en nosotros cuando se lo pedimos. Está siempre en nuestro camino aunque
nuestros ojos nos impidan verle. Si guarda silencio, es porque le olvidamos; solo espera un gesto
hacia Él para explicarnos las palabras de la Escritura, iluminar nuestra alma y enardecer nuestro
corazón.
Dichosos los que saben hablarle a diario, darle gracias por sus beneficios, consultarle antes
de actuar, invocarle durante sus ocupaciones. Jesús es el compañero de todo nuestro día. En las
horas felices santifica nuestra alegría y la hace más intensa, glorifica al Padre por las obras buenas
que llevamos a cabo bajo su influencia y en su nombre. Y si le olvidamos, nos perdona cuando en
los momentos de sufrimiento nos volvemos a Él; y si lo hiciéramos inmediatamente, nuestras
penas nos resultarían menos pesadas de llevar. En realidad, solo perdemos la esperanza cuando
dejamos de pensar que está cerca de nosotros.
Arrastramos por el camino nuestra tristeza porque la experiencia, digamos, aporta
continuos desmentidos a nuestra fe. Esperábamos que Cristo cambiara nuestra vida, y nos
encontramos invariablemente mediocres y proclives al pecado. Esperábamos que el cristianismo
transformaría el mundo, y la humanidad parece alejarse de él, haciéndose más perversa y
precipitándose ciegamente hacia las mayores desgracias. ¡Esperábamos! En realidad, juzgamos
humanamente, y eso es lo que nos confunde: no juzgamos según el Señor. Él conoce la gloria que
en su momento hará surgir de los sufrimientos y las miserias de los hombres, de nuestros propios
fracasos y de esta confusión de las almas y de los corazones que asola actualmente la tierra.
Nuestro error consistirá siempre en esperar en los hombres, y en confiar en nuestros cálculos. No
busquemos luces más que en la palabra de Dios. Mientras sepamos que Jesús está cerca de
nosotros, caminaremos en medio de la oscuridad sin perder el valor. ¿Acaso no quiere salvarnos?
¿Acaso no es el Salvador del mundo? Permanezcamos fieles a Él y confiémosle la suerte de
nuestros hermanos. Nos basta tenerlo como guía.
«Quédate con nosotros, Señor, porque se hace tarde y el día va ya de caída». Los años
pasan y nuestro peregrinaje pronto llegará a su final. Estamos más lejos de la santidad de lo que
habíamos soñado, hemos hecho muy poco bien aquí abajo, te hemos amado tan mal... Quédate
con nosotros para realizar lo que nosotros no hemos conseguido ni conseguiremos jamás, para
transformarnos en ti. Tómanos de la mano en ese momento del gran paso, pues solamente tú
puedes introducimos en la divina claridad de la resurrección.
Quédate con nosotros, Señor, porque cae la noche. La noche cubre nuestra pobre tierra. El
error confunde a las almas, el egoísmo pervierte los corazones. Se diría que las tinieblas del
Gólgota se extienden de nuevo sobre el mundo. Pero tu Iglesia, aferrada a tu cruz, sufre y ora.
Quédate con ella, Señor, a fin de que salve a los hombres que te desconocen y a los que amas.
Sabemos que Satanás nunca será más fuerte que Dios, porque tú le has vencido. Sabemos que el
bien triunfará sobre el mal, porque tú has quitado el pecado del mundo. Sabemos que, poco a
poco, fortaleces la unidad de la familia humana. Tienes en las manos el destino de los pueblos. No
todos te aceptan, pero no por ello están menos sometidos a tus decisiones misericordiosas y
justas. Los hombres creen conducirse a su arbitrio, pero solo tú diriges el mundo. Por qué caminos

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misteriosos, a pesar de ciertos retrocesos esporádicos, y al precio de qué padecimientos, no es
asunto nuestro. No podemos elegir los caminos pero, como tú estás con nosotros, estamos
seguros de que guiarás hasta su destino glorioso a la raza de los hombres que has redimido.
«Quédate con nosotros, Señor, y nosotros esperaremos siempre».

39
Capítulo IX. EN LA TARDE DEL TERCER DIA

Ved mis manos y mis pies ¡Soy yo mismo!


Palpadme y ved (Lc 24, 39).0

Las primeras apariciones del Salvador a María Magdalena ya Pedro debían preparar al
grupo de discípulos a la idea, para ellos inconcebible, de la resurrección. Jesús iba a sacar muy
pronto a los apóstoles de su incertidumbre mostrándose a ellos, y esta vez más extensamente, con
objeto de convencerles de que realmente había triunfado de la muerte. San Lucas y San Juan nos
relatan esta aparición fundamental que tuvo lugar en la tarde del día tercero 0.
Sin duda después de haber visto al Señor, Simón Pedro rogó a los Once que se reunieran a
la caída de la tarde. Todos se enteraron de la invitación excepto Tomás. Según Lucas, se unieron a
ellos «algunos discípulos». Aunque no se especifica el lugar de la reunión, generalmente se supone
que fue en la casa amiga donde habían celebrado la Pascua con su Maestro. ¡Cuántos recuerdos al
reencontrarse en el Cenáculo! La conmovedora cena de despedida, el largo coloquio que la había
seguido, pero también el anuncio que Jesús les había hecho de la defección de todos. «Mirad que
se acerca la hora, y ha llegado ya, en que os dispersaréis cada uno por su lado y me dejaréis solo;
aunque yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo... Confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16,
32). ¿De qué victoria hablaba? No obstante, habían tomado la precaución de cerrar sólidamente
las puertas de la casa «por miedo a los judíos». Este modo de expresarse es característico de San
Juan que, en la época en que escribía, podía llamar «judíos» a los enemigos del Salvador. Por lo
menos, este detalle nos dice mucho sobre los sentimientos que embargaban a los apóstoles.
Tenían la impresión de que, reuniéndose, cometían una gran imprudencia. Las autoridades judías
ya estarían al tanto del descubrimiento del sepulcro vacío y atribuirían la desaparición del cuerpo a
los discípulos de Jesús a los que ya habrían mandado buscar. ¡Menuda hazaña policíaca si llegaban
a sorprenderlos! El miedo es irracional porque no es razonable. Han corrido los cerrojos. ¡Como si
los guardias tuvieran el menor interés en arrestarlos! En todo caso, observemos que los Once no
esperaban oír los pasos de Jesús subiendo las escaleras: la única intervención que consideran
posible es la de sus adversarios. ¿No sigue siendo todavía frecuente que los cristianos se forjen
unos temores vanos respecto a los que llaman sus enemigos, en lugar de esperar la visita del
Amigo, siempre presente, del Cristo que ha vencido al mundo? 0.
Terminaban los discípulos una sencilla colación, cuando sonaron unos golpes en la puerta.
Una inquietud disipada inmediatamente: no eran los agentes del Sanedrín, sino Cleofás y su
amigo. Los peregrinos de Emaús confirman la sorprendente noticia anunciada por Pedro: ¡el Señor
está vivo! Ha caminado con ellos y les ha explicado las profecías de la Escritura que se referían a Él.
Aún estaban hablando cuando Jesús en persona, con todas las puertas cerradas, apareció en
medio de ellos y les dijo: ¡La paz esté con vosotros! Todos reconocen la frase habitual del Maestro,
el alegre saludo que les dirigía cada mañana y la despedida de la noche cuando se retiraban a
descansar. Pero, ¿es Él quien les habla como si nada hubiera ocurrido desde que les fue
0
Evangelio del jueves de la octava de Pascua. 2 Lc 24, 36-43; Jn 20, 19-23.
0
Lc 24,36-43; Jn 20,19-23.
0
Ver en Dans le silence, p. 178.

40
arrebatado? ¿Ni una palabra de reproche respecto a su huida, ni una alusión a sus torturas?
Shalom, su saludo habitual. No, están soñando: el relato de Cleofás les ha trastornado.
Sobresaltados y llenos de temor, creían ver un espíritu.
La palabra «espíritu» debe tomarse aquí en su acepción popular, como se dice de un
fantasma, de un espectro o una sombra, cualquier imagen que recuerde al difunto sin tratarse de
él. En resumen, los apóstoles no han esperado a los polemistas de los tiempos futuros para
plantearse la hipótesis de una alucinación. Un reflejo instintivo les obliga a creerse víctimas de una
ilusión y a rechazar la realidad de Aquel que está en pie en medio de ellos. Sin embargo, Jesús no
ha perdido la costumbre de leer los pensamientos de sus discípulos: « ¿Por qué os turbáis y por
qué surgen dudas en vuestros corazones? Soy yo mismo». El Señor se presta ahora a la
investigación más minuciosa hasta que los apóstoles se convenzan de que el cuerpo que tienen
ante ellos es el mismo que conocieron en otro tiempo y que fue clavado en una cruz: que se
acerquen; que miren sus manos y sus pies: las cicatrices de la crucifixión son netamente visibles;
que observen su pecho: lleva la huella de la lanzada. Si temen que les confundan sus ojos, la
prueba del tacto será más convincente. «Palpadme. ¿Acaso una visión imaginaria tiene carne y
huesos?». Les deja examinar sus manos, sus pies y su costado. Pues bien, los otros continúan
desconfiando. Desconfían de la «alegría» que experimentan al reconocerlo. ¿No es demasiado
hermoso para ser verdad? Jesús insistirá hasta llegar al fin de sus dudas. « ¿Tenéis algo de
comer?», pregunta. Le ofrecen un trozo de pez asado que quedaba de la cena. Lo toma y come en
su presencia.
Abramos un paréntesis a propósito de este detalle que, por sí solo, plantea más problemas
de los que resuelve. ¿Cómo un cuerpo que ha adquirido el estado glorioso puede absorber una
comida material y qué sucedió con el trozo de pez que comió Jesús? Aquí entramos en el terreno
del prodigio (no menor, por supuesto, que la multiplicación de los panes y los peces para alimentar
a la muchedumbre) y ese es uno de los aspectos de la resurrección del que hemos dicho que
requiere la sumisión de la fe. Por otra parte, escribe un comentarista, «si el hecho de haber
comido delante de sus apóstoles no afirma científicamente -por la experiencia fisiológica- la
realidad del cuerpo glorioso, la afirma al menos en aspectos populares y en el lenguaje del sentido
común»0. El Salvador tiene el propósito de asegurar a sus apóstoles que no son unos alucinados,
que están en presencia de un hecho, no del fruto de su imaginación. No ha simulado una imagen
corporal para aparecerse a ellos, ha recuperado su cuerpo de antes con el que caminaba, hablaba
y comía. A partir de ahora su cuerpo tiene otras propiedades (no necesita pasar por la puerta para
encontrarse en medio de ellos) porque ha entrado en la vida gloriosa que Dios tiene destinada a
todos los hombres. Esta vida gloriosa es una realidad. -Sí, soy yo. Es Él el que está allí, el que había
sido sepultado, que se ha desprendido de los lazos de la muerte y que continúa vivo. A lo largo de
otras dos apariciones, el Señor repetirá ese acto que supera nuestra comprensión, pero en el que
los apóstoles hallarán la prueba sensible de la realidad de su cuerpo, y en la que Pedro no temerá
apoyarse: «Dios ha permitido que se mostrara a nosotros, que comimos y bebimos con él después
de su resurrección de entre los muertos» (Hch 10,41).
La historicidad de los relatos del Evangelio resplandece una vez más en el modo en que
describen la felicidad de los primeros testigos de la resurrección. Un falseador no hubiera dejado
de mostrarlos presa de una exuberancia desmesurada que nos resultaría sospechosa. San Juan
escribe sencillamente: «Los discípulos se llenaron de júbilo cuando vieron al Señor». Nada de
demostraciones exageradas: su alegría es sobre todo interior. Lo que les sucede desafía a
cualquier manifestación. En el transcurso de algunos días, la causa a la que habían entregado su
vida sufrió una derrota total, y cuando parecía irremediablemente perdida, Aquel que los había

0
A. VALENSIN, Saint Luc, p. 439.

41
llamado a implantar el reinado de Dios en la tierra, aparecía bruscamente ante ellos, vivo. Hemos
de comprender que semejantes emociones les hayan dejado mudos. Además, esta reviviscencia
inimaginable del Maestro muerto iba acompañada de un misterio aún más profundo. ¿Cómo era
esa vida en la que ahora se aparecía, cuáles serían en adelante sus relaciones con Él, qué sería de
su propio destino? Esas preguntas y otras muchas les abrían unas perspectivas que difícilmente
provocarían su entusiasmo. Los vemos felices ante la revancha del Maestro condenado
injustamente y torturado cruelmente; los adivinamos temblando de alegría cuando le acarician las
manos; en cualquier caso, se les representa graves y siempre inquietos. La resurrección es
realmente un fenómeno de los más oscuros. Sí, soy yo, pero ¿por qué pasó por la muerte, y
aquella clase de muerte? ¿Qué piensa emprender ahora? El Señor no dejaría sus mentes en
suspenso durante mucho tiempo.
San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, señala que Jesús, cuando se apareció a los
apóstoles durante los cuarenta días que siguieron a su resurrección, les hablaba del reino de Dios.
En su evangelio (24, 44-47) incluye un resumen de estas instrucciones entre la aparición en el
Cenáculo y la que precedió a la Ascensión. Tratan del designio providencial de la muerte y de la
resurrección del Mesías, así como de la misión, que incumbiría a sus discípulos, de anunciar a
todas las naciones que, en su nombre, concederían el perdón de los pecados a todo el que
aceptara el mensaje evangélico de salvación. Estos dos temas están estrechamente relacionados
uno con otro, pues no hay perdón para los pecadores si Jesús no hubiera expiado los pecados del
mundo, y su resurrección a una vida nueva fija el carácter exclusivamente religioso del reino de
Dios. Jesús había advertido en vano a sus discípulos de todo ello durante los últimos meses de su
predicación: lo comprenderán mejor ahora, a la luz de la resurrección, en espera de la efusión del
Espíritu Santo que rasgará todos los velos.
San Juan precisa que, a partir de la aparición de la tarde de Pascua, el Señor comunica al
colegio apostólico el poder propiamente divino de perdonar los pecados. En el momento de
dejarlos, tras haberles repetido: «La paz sea con vosotros», afirma: Como me envió el Padre, así os
envío yo. Dicho esto, sopló sobre ellos diciendo: Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los
pecados les son perdonados, a quienes se los retengáis, les son retenidos 0.
Los apóstoles saben ahora que la obra de Jesús no está terminada, que se continuará a
través de su sacerdocio. El mismo don del cielo que valió al mundo la Encarnación, le deja la
Iglesia. Como el Padre envió a su Hijo único, el Hijo los envía a ellos a todas las naciones de la
tierra para idéntica misión de salvación. Esta tiene como primera condición el perdón de los
pecados.
Al comienzo de su ministerio, cuando nadie adivinaba su auténtica personalidad, Jesús
había intrigado intensamente a su entorno al curar a un paralítico con objeto de demostrar que
poseía el poder, que solo pertenece a Dios, de perdonar los pecados. A continuación, afirma que
transmitirá este poder a su Iglesia. Al hablar a los Doce de la obligación y los límites del perdón,
había añadido: «Os lo aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo
que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 18, 18). En la tarde de su resurrección,
les confía expresamente la prerrogativa divina de perdonar los pecados (no solo declararlos
perdonados por el sacrificio de la cruz, sino de hacer que ellos mismos apliquen a los hombres el
sacrificio redentor, juzgando si deben conceder o negar el perdón). El Señor indicaba que tal
potestad no tenía una medida equiparable a los recursos humanos con este preámbulo: «Recibid
el Espíritu Santo». El Espíritu de Dios asistirá a los apóstoles en este oficio de judicatura. Para
perdonar o retener los pecados no sentenciarán según criterios humanos: el Espíritu Santo
iluminará y guiará a su Iglesia en el ejercicio de ese poder discrecional.

0
Jn 20, 21-23.

42
Pero previamente, Jesús sopló sobre ellos. Nunca hasta entonces había empleado este
«Signo». Más que la imposición de manos, esta insuflación manifestaba que la potestad confiada a
la Iglesia brotaba de su corazón herido de amor por los hombres pecadores. Así como no pudo
instituir la Eucaristía hasta la víspera de su muerte porque aquella Cena estaba unida al sacrificio
de su Cuerpo entregado y su Sangre derramada para la remisión de los pecados de una multitud, y
al estar ligada a su resurrección la certeza de la salvación del género humano, el soplo de la vida
nueva concedida a los hombres perdonados debía brotar del pecho de Cristo resucitado. «Cristo
nuestro Señor -escribe San Pablo- fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra
justificación» (Rm 4, 25). El apóstol quiere que calculemos el precio de semejante prodigio de
amor: « ¡Habéis sido comprados a gran precio!», dice a los corintios (1 Co 6, 20). Comprendamos
que entre Dios y el hombre pecador hay más que un abismo: se trata de la desaparición necesaria
del pecador. El pecado merece la muerte. Ha sido preciso, pues, que un Hombre consintiera en
mantener hasta el final el papel del pecador y sintiera sobre él la cólera de un Dios ofendido: Jesús
quiso ser este Hombre, y como el Hijo amado que era, aceptó que su Padre se apartara de Él y lo
abandonara a la suerte del pecador, a un auténtico castigo, a una verdadera muerte. Puesto que
este Hombre, el único justo e inocente, se entregó sin condiciones a la justicia en nombre de todos
sus hermanos pecadores, la justicia pudo transformarse en misericordia. El Cordero de Dios quita
el pecado del mundo: su resurrección nos proporciona la certeza de nuestro perdón. « ¿No era
preciso que el Cristo padeciera estas cosas para que en Ella humanidad pudiera renacer a una vida
nueva, a una vida de obediencia filial, a una vida de fidelidad amorosa, a una vida finalmente
gloriosa?».
Los apóstoles dispondrán de todo el tiempo necesario para profundizar en las palabras del
Maestro y ponderar la potestad con la que han sido investidos. Ahora han comprendido que sus
ilusiones de un reino mesiánico han sido barridas definitivamente por el milagro de la
resurrección. No se trata ya de tomar las armas para librar a Israel y someter a las naciones a la ley
de Dios: los vemos armados de una fuerza completamente distinta, únicamente espiritual, para
librar a todos los pueblos de la tierra de la servidumbre del pecado y de hacer de la humanidad
una raza divina. El Señor se lo repetirá más explícitamente en sucesivas apariciones, y todavía,
algunos discípulos tendrán dificultades para entenderle (Hch 1,6).
¿No estaremos también nosotros demasiado inclinados a olvidarlo? Sin perdemos en los
sueños nacionalistas del antiguo Israel, asignaríamos gustosos a la obra de la Redención unos fines
y unos límites terrenales. Como él, insistimos en unir a las prácticas religiosas la recompensa
inmediata de una felicidad humana, y las pruebas que padecemos nos hacen el efecto de una
injusticia. Llegamos casi a dudar de la eficacia del cristianismo, pues después de veinte siglos de
predicación evangélica vemos cómo un mundo desequilibrado se deja conducir pasivamente hacia
todos los crímenes, y que los descubrimientos del genio humano se utilizan en gigantescas
empresas de destrucción. Y entonces se oye la clásica queja: «Si hubiera un Dios, no se producirían
hechos semejantes».
No ocultemos nuestra cobardía bajo la capa de una fácil blasfemia. Dios no tiene que
realizar nuestra obra. Ha realizado la suya, y es magnífica. La paz del mundo -entre los pueblos y
entre las clases sociales- solamente tiene un adversario, el Pecado. ¿Quién amenaza la paz?
Generalmente las mismas causas: la avaricia, la envidia, la sed de dominio, la ambición, el espíritu
de lucro y de placer: pecados, nada más que pecados. Estos son los autores de la miseria de los
hombres. Si esperamos que el cristianismo produzca automáticamente buenos gobiernos, leyes
económicas justas y condiciones sociales equitativas caeríamos en la antigua ilusión de un reino
terrenal de Dios. Las reformas temporales que se reanudan continuamente son obra de los
hombres y estos no las llevan a buen puerto más que en la medida en la que renuncien a pecar. Lo
que el cristianismo ha proporcionado al mundo es la victoria de Cristo sobre el pecado, es el

43
perdón de los pecados por su Iglesia, es el don de una vida nueva que, porque es una vida con
Dios, establece unas relaciones fraternales entre los hombres. En el mundo no hay más que dos
potencias antagónicas: no el Este y el Oeste, sino el reino de Dios y el reino del Pecado.
Cristianos, en los momentos en que los otros ceden al miedo y no saben qué puertas
cerrar para escapar a la diversidad de los males que temen, refugiémonos con el pensamiento en
el Cenáculo iluminado por la presencia del divino Resucitado. Adoremos al «Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo»; seamos conscientes de las palabras de San Pablo: «Estamos muertos
al Pecado», y encontraremos la serenidad, la confianza y la paz. Evitemos en cualquier caso pasar
ligeramente sobre este «Cordero de Dios» que pronunciamos con tanta frecuencia dándonos
golpes de pecho. Delante de la sagrada hostia en la comunión o en la absolución sacerdotal,
pensemos en lo que nos obtuvo un perdón tan generosamente otorgado, cuántos fueron los
sufrimientos de nuestro Jesús, y hasta dónde llegó su amor.

44
Capítulo X. EL APOSTOL QUE NO PODÍA CREER

Tomás respondió: « ¡Señor mío y Dios


mío!», (Jn 20, 28).0

En la tarde de Pascua, diez apóstoles y cierto número de discípulos y de mujeres creían


firmemente que Jesús había resucitado. Entonces, ¿no se apresuraron a volver a Galilea
obedeciendo al mensaje de los ángeles? «Pasados ocho días estaban otra vez dentro sus
discípulos». No habían dejado, pues, Jerusalén. Basándose en esto, la crítica negativa rechaza la
autenticidad de la segunda aparición en el Cenáculo.
Esto es llegar demasiado a la ligera a una conclusión precipitada. Parte de una presunción:
en el día octavo de la resurrección, los apóstoles debían estar en Galilea, y ese día no pudieron ver
a Jesús en Jerusalén. Examinemos la situación de un modo más objetivo. Un apóstol afirma que,
aquel día octavo, él y sus compañeros estaban todavía en la Ciudad Santa y que el Señor se les
apareció de nuevo en el Cenáculo. Para contradecir un testimonio ocular, sería preciso demostrar
que la estancia de los apóstoles en Jerusalén durante la semana de Pascua era algo imposible o
solamente increíble. Y no es así, sino todo lo contrario.
Encontramos de nuevo a los apóstoles en Jerusalén el día de la Ascensión. Si abandonaron
la ciudad el noveno día después de Pascua, y teniendo en cuenta la duración de ambos viajes,
quedan más de tres semanas para las apariciones en Galilea. Por lo tanto, nada imposible. Las
posibilidades son también salvaguardadas. En efecto, las fiestas judías de la Pascua duraban toda
una semana: el libro del Éxodo (12, 14-20) habla expresamente de «siete días ázimos». No todos
los peregrinos se marchaban por la noche o al día siguiente del 16 de nissan. Se objeta que -el
mismo San Juan nos lo hace saber- la ciudad no era segura para los amigos de Jesús y para los que
«por temor a los judíos» debieron marchar lo más pronto posible. Es posible que la mayor parte
de los discípulos y de las mujeres hayan regresado a Galilea inmediatamente, pero su marcha no
excluye la decisión de los Once de permanecer en Jerusalén con toda la discreción que se imponía.
Se nos presenta también como objeción la frase de San Mateo: «Los Once discípulos se fueron a
Galilea, al monte que Jesús les había indicado» (28, 16). No obstante, nada permite afirmar que el
Salvador hubiera fijado el lugar de la cita en la tarde de la resurrección o en el domingo siguiente.
¿Y si los apóstoles hubieran tenido un motivo determinante para prolongar su estancia en
Jerusalén antes de volver a Galilea? Al menos, lo podemos suponer, y ahora pasemos de lo
probable a una conjetura bastante cercana a la certeza.
Es fácil imaginar el comportamiento de los apóstoles al día siguiente del tercer día. Con
una alegría emocionada anuncian la nueva ya cierta de la resurrección a los hermanos que
encuentran en la ciudad, a los que, efectivamente, la prudencia aconsejaba partir. Ahora bien, sus
afirmaciones no obtienen el crédito general. Marcos y Mateo describen la incredulidad de varios
de ellos. Los Diez no tirarán la primera piedra. Todavía la víspera, ¿no rechazaban ellos la sola idea
de semejante prodigio, hasta el punto de que el Salvador tuvo bastantes dificultades para disipar
sus últimas dudas? Simplemente, se esfuerzan por convencer a los otros. ¿Por qué fue preciso que

0
Evangelio del segundo domingo de Pascua.

45
entre esos otros estuviera uno de ellos, Tomás (de nombre griego Dídimo), cuyo prestigio
reforzaba la actitud de los que se mostraban incrédulos? Ya podían repetirle los Diez: «Hemos
Visto al Señor», que él se radicalizaba en su posición: «Si no veo en sus manos la señal de los
clavos, y no meto mi dedo en el lugar de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no creeré».
Por otra parte, durante la aparición de la tarde de Pascua, el colegio apostólico había
recibido la misión de predicar la Buena Nueva de salvación en nombre del Mesías entrado en su
gloria. Ese primer apostolado debía tener lugar naturalmente en Galilea, donde Jesús contaba con
la mayor parte de sus discípulos. Sí, pero la actitud de Tomás les impedía comenzar
inmediatamente, pues podía dar lugar a un germen de disidencia. ¿Qué confusión se podía
producir en las mentes, si uno de los discípulos negaba lo que afirmaban los demás? Era
impensable apartar a su compañero: el Maestro había insistido en que permanecieran unidos. Los
Diez no tenían más remedio que esperar a que Tomás se rindiera a su testimonio, y pedir al Señor
que se dignara iluminar al apóstol que no podía creer.
Así, respetando escrupulosamente los textos y sin ningún artificio, somos capaces de
comprender por qué los apóstoles estaban todavía en Jerusalén el día octavo; y de avanzar que no
se podría invalidar la autenticidad de la segunda aparición, tan instructiva para nosotros.
Expresamente, al hablar de Tomás digo «el apóstol que no podía creer». Me parece un
insulto a su memoria insinuar que no quería creer. Los casos más claros suelen ser a veces los más
complejos: el de Dídimo no es una excepción a esta regla. Para empezar, indiquemos lo que
podemos argüir en su defensa.
Su buena voluntad era patente. En caso contrario, Jesús no le habría dedicado las
atenciones que le prodigó. Si Tomás manifiesta sus exigencias con cierta brutalidad, no se debe
tanto al orgullo como al carácter de una pieza de este Apóstol. Unas semanas antes sus
compañeros intentaron disuadir al Salvador de que abandonara su retiro en Perea para dirigirse a
Betania, donde Lázaro acababa de morir: «Rabbi -le insistían-, hace poco querían apedrearte los
judíos, ¿y vas a volver allí?». Tomás no había soportado aquellos cálculos prudentes. ¡Vaya
problema! « ¡Vayamos también nosotros para morir con Él!» (Jn 11, 7-16). No había dejado de
amar al Maestro con el que estaba dispuesto a dejarse aplastar a pedradas. ¿De dónde viene su
deseo obstinado de ver al Salvador que los otros dicen haber visto, sino en parte de cierta envidia
inconfesada que es también una prueba de amor? En su interior sufre por no haberle visto; desea
ardientemente vede. ¿Estamos seguros de que no pedía interiormente: «Rabbí, si realmente has
resucitado, ¡haz que te vea!?». Desea creer, pero no puede.
«No puede, según afirma, porque no ha visto». ¡Alto! No incriminemos demasiado pronto
su falta de humildad; tal vez se trata, para Tomás, de un interés superior y de un afán de lealtad.
Cuando constatemos, en la primera predicación de los apóstoles, la importancia que conceden a
su calidad de testigos oficiales del Cristo resucitado, convengamos que Dídimo se habría
encontrado descalificado, obligado, quizá, a abandonar el apostolado, si no hubiera sido capaz de
certificar personalmente el hecho que debía implicar la creencia milenaria de la Iglesia. ¿Qué le
pedían entonces sus hermanos en el apostolado? ¿Qué volviera con ellos a Galilea para atestiguar
que Jesús vivía? ¿Puede afirmarlo así mientras no lo vea? Su exigencia no es una ofensa ni para el
Señor ni para los demás apóstoles de lo que no tiene intención de separarse. Y aquí surge el
drama: quiere permanecer con los suyos, pero no soporta su seguridad. Drama que, con el
transcurso de los días, se hace más insoluble. Finalmente, los Diez optarán por guardar silencio,
pues su insistencia no hace más que acentuar el endurecimiento del incrédulo. Por supuesto,
están menos escandalizados de su terquedad que afligidos por su desasosiego y su dolor. Pero
¿por qué no podía creer? Jesús nos lo hará entender.
El Señor no se apareció a Tomás privadamente como lo hizo con Cefas y con Santiago. Un
favor semejante significaría autorizar los errores del apóstol, pues Tomás debía comenzar por dar

46
crédito a la afirmación unánime de sus hermanos, cuyo testimonio había rechazado exigiendo una
evidencia directa: en eso consistió su falta. Ante su legítimo deseo de verificar por sí mismo la
resurrección, el Señor podía responder sin demora, siempre que Tomás hubiera dicho: «Yo creo,
Señor, auméntame la fe». En cambio, pretendió subordinar su fe a una experiencia personal: Dios
no se pliega a semejantes intimidaciones. Tomás quiso convencerse por sí mismo y el Señor le
dejó, es decir, le dejó en medio de su impotencia radical para llegar por sí mismo a la luz. Los otros
alegaban los pasajes de la Escritura que Jesús citó a Cleofás: Tomás los estudiaba sin llegar a
conclusión alguna: ¡los textos se prestan a tantas interpretaciones! Seis días de investigaciones
solitarias no conducían más que a unas tinieblas más densas. Solo, nunca podrá llegar a creer. Por
eso, sin rendir todavía las armas, y confesándose quizá que el amor propio ocupa cierto lugar en su
negativa, se reúne con sus amigos -los que Jesús había escogido al mismo tiempo que a él-
encerrando la duda que le atormenta en un silencio que los otros ya no tratan de romper.
Entonces, cuando Tomás estaba con ellos, el Señor vuelve en las mismas condiciones que
el domingo precedente, con todas las puertas cerradas y con el mismo deseo de paz. Los otros
habían dicho la verdad: y también ante ellos el incrédulo se sentirá confundido y se retractará
honorablemente. Entonces, Jesús le llama por su nombre: «Trae tu dedo y mira mis manos; trae tu
mano y métela en mi Costado». Sí, es el Señor. Más que gracias a sus llagas, Dídimo lo reconoce
por su lenguaje, que no es el de un señor ofendido, sino el de un amigo compasivo: «No
permanezcas en tu incredulidad. Cree como los otros». ¿Hizo uso Tomás de la libertad que le
concedía Jesús, o más bien experimentó una certeza superior a la de todas las pruebas sensibles al
tocar la mano cicatrizada del Salvador? De su conciencia, lacerada por una sucesión
ininterrumpida de deseos locos y de oposiciones tenaces, la gracia hizo surgir la fe más
maravillosa. Por uno de esos desquites que garantizaría por sí mismo la sinceridad del discípulo
pasajeramente infiel, por uno de esos saltos repentinos muy frecuentes en el momento de la
conversión, él, que se había apartado de la creencia común, fue en la Iglesia el primero en
proclamar no solo la filiación divina del Salvador (como Pedro en Cesarea), sino su plena divinidad:
¡Señor mío y Dios mío! ¡Cuál no sería la alegría de los Diez ante el súbito cambio de su hermano!
En un instante se desvanecieron todas sus angustias. ¡Qué acertada fue su decisión de retrasar el
regreso a Galilea! La experiencia de Tomás beneficiará desde entonces a todos los que dudan.
No obstante, era preciso que no se repitiera aquel penoso incidente, y que el propio juicio
no se creyera en el deber de prevalecer contra el de la Iglesia. Porque me has visto has creído.
Bienaventurados los que sin ver creyeron. Se podrán contar por millones los fieles que creerán en
la resurrección sin necesidad de la palabra de los testigos. Jesús no dijo que seremos más felices
que los apóstoles que vieron, sino que compartiremos su felicidad. Nuestra alegría será igual a la
suya, ya que nuestra fe será la misma.
Sin parecer temerarios, podemos suponer que la aparición del octavo día fue la ocasión
para que el Señor completara sus enseñanzas a los apóstoles. El relato de San Juan se detiene en la
lección que los cristianos deberán meditar.
¡Señor mío y Dios mío! Es cierto que un converso nunca consigue despojarse de su
naturaleza. La fuerte personalidad del Apóstol se acusa con la misma radicalidad cuando
desafiaba: «No creeré», que cuando adora: « ¡Señor mío y Dios mío!», Es difícil hacer abstracción
de uno mismo ante el problema religioso. Los dos términos son necesariamente «Dios mío y yo
mismo». No nos extrañemos de que Tomás haya querido ver en persona al Salvador resucitado; su
error y su desgracia fueron las de no confiar más que en su propia experiencia. ¿No tiene el
Apóstol entre nosotros al menos un hermano «gemelo»? 0. Por lo menos, tratemos de evitar el
obstáculo contra el que él iba a tropezar. Nunca seremos cristianos sólidos y eficaces si no

0
Tomás, como Dídimo, significa gemelo.

47
contamos con convicciones personales en materia religiosa; pero, en nuestra búsqueda de la
verdad, no debemos fiarnos exclusivamente de nuestro juicio personal.
El texto evangélico es extraordinariamente Sugerente. En la tarde de la Pascua, «Tomás no
estaba con ellos». No por culpa suya, sin duda, pero el hecho es cierto: estaba ausente. Ocho días
después, «Tomás estaba con ellos». Trasladémoslo a nuestros usos. Solamente se llega a la verdad
cristiana completa si se está en condiciones de pensar con la Iglesia. Cuando nos sacudimos su
tutela, ya no somos más que «niños fluctuantes y zarandeados por cualquier viento de doctrina,
por el engaño de los hombres, por la astucia que induce al error» (Ef 4, 14).
-Eso es una contradicción -me dirás- o si renuncio a mi libertad de juicio ¿cómo adquiriré
una convicción personal?
-Precisamente, no separándote de la Iglesia, cuyo testimonio te permitirá fundar por ti
mismo tus convicciones sobre certezas. La certeza no depende de tu modo de ver. Un hecho es
cierto: una doctrina es verdadera independientemente de tus facultades de observación y de
razonamiento. No tienes que crear la verdad, sino reconocerla donde realmente se encuentra.
Ahora bien, la Iglesia es el único lugar en el que encontrarás a Jesucristo en la plenitud de su ser, y
a su doctrina en su rigurosa exactitud. No suprime nuestra búsqueda, la ilumina; no aniquila
nuestro juicio, lo guía; modera nuestras presunciones, denuncia nuestros prejuicios, nos indica el
error. A los que no hemos visto ni oído al Maestro, nos enseña lo que los Once vieron y oyeron, a
fin de que saboreemos la felicidad de creer.
Hermanos, los que no podéis creer: no alardeéis de ser capaces de hacer por vuestra
cuenta el trabajo de diecinueve siglos de cristianismo. Para facilitar vuestra tarea personal, la
Iglesia os ofrece las conclusiones de sus doctores y las experiencias de sus santos. «No tenemos
dos vidas -escribía Ozanam a uno de vosotros-, una para buscar la verdad y otra para practicada.
Por esto, Cristo no se hace buscar: se muestra vivo en la sociedad cristiana que nos rodea. Está
delante de nosotros»0. Hermanos, los que no llegáis a libraros de vuestras dudas, no os marchéis
dando un portazo, permaneced en la Iglesia. Permaneced con vuestros hermanos. Si todavía no
podéis, o si no os es posible pensar como ellos, podéis no obstante vivir como ellos. El que hace el
bien no hace otra cosa que «obrar la verdad», como decía Jesús, y por ese camino llega a la luz (In
3, 21). Tratad también de rezar con ellos y de repetir la plegaria del apóstol que estuvo a punto de
abandonar. ¿Acaso no responden las palabras de esta invocación a vuestros sentimientos
actuales? Pronunciadlas al menos como un recuerdo, o mejor como una esperanza. Si deseáis
creer, el Señor os hará encontrar la luz en su Iglesia, y el día que quiera, vosotros, sin reservas, con
todo vuestro corazón, gritaréis: ¡Señor mío y Dios mío!

0
Lettres, t. II, p. 384.

48
Capítulo XI. LA APARICIÓN AL BORDE DEL LAGO

-Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te


amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.
(Juan 21,1-18).0

«Les hablaba del reino de Dios», nos dice San Lucas a propósito de las enseñanzas del
Señor resucitado a sus discípulos. Sin embargo, durante dos años Jesús no había hecho otra cosa,
realmente les había dicho todo. Eran ellos los que no siempre habían comprendido todo, porque
continuaban contando con unos acontecimientos muy diferentes del que se había producido. Al
abrirles unos horizontes inesperados, la resurrección ponía la doctrina del Maestro en su luz
auténtica y total. Esta nueva predicación de los cuarenta días fue como una revisión de las
enseñanzas anteriores. Y ¿qué marco sería más apropiado que el de Galilea, donde habían
conversado juntos en tantas ocasiones? La evocación del pasado debía ayudarles a afrontar las
tareas del futuro cercano. Esta es, al menos, la impresión que se deduce de las dos únicas
apariciones en Galilea que nos mencionan los Evangelios.
La primera tuvo lugar con ocasión de una pesca milagrosa, al borde del lago de Tiberíades,
poco después del regreso de los apóstoles a Galilea 0. El relato de San Juan es el de un testigo: está
copiado del natural. Al regreso de Jerusalén, los Once se habían separado para volver con sus
familias, pero algunos que vivían cerca del lago se reunían diariamente, y con toda naturalidad
atendían a sus subsistencia trabajando en su antiguo oficio. «Voy a pescar», dijo una tarde San
Pedro. Santiago y Juan le acompañaron, así como otros dos apóstoles y dos discípulos.
¡El lago! ¡Qué recuerdos de los ilusionantes comienzos de su gran aventura! Jesús
predicando desde la barca de Pedro, la muchedumbre en la orilla escuchándole durante horas y
horas, pero sobre todo aquella tarde en la que, obedeciendo a sus indicaciones, las barcas habían
salido al mar en pleno día, y habían estado a punto de hundirse bajo el peso de los peces
capturados. Fue entonces cuando Simón, Andrés y los dos hijos del Zebedeo dejaron sus redes
para seguir a Jesús y convertirse en «pescadores de hombres». Aquellos recuerdos volvían a su
memoria, mientras su embarcación se alejaba de la orilla en medio de la calma de la noche...
¿Sospechan, contemplando las estrellas, que ha llegado el momento de pescar a los hombres en
las redes del Evangelio? ¿Recuerdan que no transmitirán el mensaje de Cristo en un orden
disperso, sino como cuerpo? El Maestro había llamado «su Iglesia» a ese cuerpo, y le había dado a
Pedro como jefe. Les absorbe lo inmediato, que no es fructífero, pues no consiguen nada en toda
la noche; pero esta coincidencia no les sorprende.
Cuando regresan, con las primeras luces de la mañana, a menos de cien metros de la orilla,
oyen una llamada. Desde la playa, un desconocido les señala, a la derecha, un banco de peces que
0
Evangelio para la vigilia de San Pedro.
0
Conviene leer atentamente la frase de San Juan, Hoc iam tertio... (versículo 4): «esta fue ya la tercera vez
que Jesús se apareció a sus discípulos después de haber resucitado de entre los muertos». El evangelista no
menciona aquí las apariciones aisladas, sino solamente aquellas en las que Jesús se mostró a sus
«discípulos», que serán los testigos oficiales de la resurrección. Al escribir ya da a entender que no fue la
última.

49
no divisaban desde el interior de la barca. Apenas lanzada, la red se llenó de peces de tal modo,
que no podían arrastrarla. Identifican al instante al que estaba en pie al borde del lago. El primero,
Juan, que exclama: « ¡Es el Señor!». Al oír estas palabras, Simón Pedro, dejando a sus compañeros
al cargo de la red, se ciñe la túnica a la cintura y se echa al agua para llegar antes, para adelantarse
a los demás. Estos también se apresuran. Ayudándose con los remos, arrastran la red y los peces
detrás de la barca.
Lo que ven al llegar a tierra, les deja mudos. Jesús, con sus propias manos, ha preparado
unas brasas, sobre las que ha puesto a asar pan y un pescado: Jesús, que no había venido a ser
servido, sino a servir. ¿Cómo dudar de que esté realmente vivo, con su propio cuerpo, el que
conocieron y reconocen? Con la misma desenvoltura de siempre, el Maestro organiza todos los
detalles: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Por supuesto, Pedro saltó el primero
a la barca y también dirigió la maniobra para llevar la red a tierra. Los pescadores devuelven al
lago la morralla para no conservar más que las mejores piezas. Las extienden en la playa e incluso
las cuentan: ciento cincuenta y tres. (Los antiguos exegetas se han afanado por descubrir el
simbolismo de ese número. De todas las interpretaciones, no es la menos ingeniosa la que,
observando que la antigüedad conocía ciento cincuenta y tres especies de peces, encontraba una
imagen de la universalidad de la Redención en el maravilloso episodio de la red). Los discípulos
ocultan su emoción ocupándose de ella y de la captura: ninguno se atreve a preguntarle: « ¿Tú
quién eres?». Ya no es como antes; perciben la distancia que los separa de ahora en adelante.
«Venid y comed», les dice el Maestro y ofrece a los convidados el pan y el pescado de la comida
que comparte con ellos
Mientras alineaba los grandes peces sobre la arena, quizá Simón oía en su interior las
palabras que le había dirigido en parecidas circunstancias: «De ahora en adelante serás pescador
de hombres». A menos que, comiendo su ración de pescado con la garganta oprimida, recordara la
espantosa noche en la que se había mostrado tan cobarde. ¡Pensar que el Señor le había apodado
Cefas, la Roca! Una roca que se tambalea, una piedra que rueda... ¿No debía ser a Juan al que el
Maestro debería confiar las llaves del reino? Él, el renegado, se ha mostrado indigno.
Jesús tiene prisa por apaciguar los escrúpulos de su apóstol y por confirmarle la primacía
que le había conferido. Al predecirle su negación, ¿no había añadido que, no obstante, Simón
habría de afirmar la fe de sus hermanos? Y renovará esta declaración delante de Juan, Santiago,
Natanael y Tomás, el que quiere saberlo todo. A propósito, ha preferido que no estuvieran
presentes todos los Once como si se tratara de una re-investidura o de una rehabilitación pública.
Nada de lo que precedió a su muerte queda abolido, al contrario: todo lo que ha anunciado se va a
realizar. Su Iglesia entra en la historia y Pedro será el jefe. «Tú eres Pedro y sobre esta piedra yo
edificaré mi Iglesia. Yo te daré las llaves del reino». Las palabras pronunciadas en Cesarea
permanecerán.
Sin embargo, al borde del lago, el Señor no recurre a la parábola del mayordomo tomada
de Isaías; en esta reunión más íntima en aquella dulce mañana de primavera, es más apropiado
volver a la metáfora de Ezequiel que Jesús se aplicó a sí mismo: «Yo soy el buen Pastor», el
increíble pastor capaz de sacrificar su vida para librar de la muerte a sus ovejas. Cristo será para
siempre el único pastor del rebaño, pero como ha de subir al Padre, otro ocupará su puesto en la
tierra, aquel al que ahora entrega su cayado, Pedro, al que dirá tres veces seguidas: «Apacienta
mis corderos, apacienta mis ovejas». Ninguno de los discípulos osaría discutir las prerrogativas
concedidas a Pedro anteriormente: el Señor desea devolver la confianza al apóstol. También antes
de la triple renovación de su mandato, le ofrecerá tres veces la oportunidad de manifestar en
grado sumo su fidelidad. Tres veces: será la única alusión a sus tres negaciones.
Después de haber almorzado, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan (no le llama
Cefas, ese sobrenombre podría avivar sus remordimientos), ¿me amas más que estos?», La

50
pregunta es directa, inquietante para el apóstol. ¿Responder delante de los otros, delante de Juan
cuyo cariño al Maestro es superior al de ellos? ¿No había alardeado anteriormente: «Aunque
todos de abandonen, yo no te abandonaré jamás»? Pedro se entristece. Sin embargo, Jesús ha
especificado: más que estos. Su intención es patente. Pedro, llamado a ser el primero, tendrá que
servir más y mejor que los demás apóstoles, es decir amar más. El apóstol dejará que el Señor
descubra el amor sin límites que siente por Él y responde humildemente: «Sí, Señor, tú sabes que
te amo». Simón no se ha mostrado temerario y el Maestro ha apreciado su respuesta, pues, al
interrogarle por segunda vez, ya no alude a los otros. Simplemente: « ¿Me amas?», ¿Por qué esta
repetición? Probablemente al Señor le complacía recibir una nueva afirmación de su fidelidad, ya
Pedro dársela. Sin embargo, la tercera vez, los ojos del discípulo, aquellos ojos que tanto habían
llorado, difícilmente retienen las lágrimas. Pedro se entristeció porque por tercera vez le dijo: ¿Me
amas? Su Maestro dudaría de él... ¿Se indignará ante tal sospecha o, al contrario, se hundirá en la
desesperación? ¡Oh!, aquel apóstol admirable, digno de ser nuestro jefe, no se rebela ni se
desploma entre sollozos: se abandona en el Señor. Únicamente, la tristeza hace más tierna su voz:
Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dice: apacienta mis ovejas.
El Maestro le había sorprendido en anteriores ocasiones ordenándole que perdonara
hasta setenta veces. El apóstol aún no conocía todas las delicadezas del amor divino. Acaba de
experimentarlas. Solo los hombres exigen excusas o explicaciones de sus semejantes: Dios solo
pide arrepentimiento al pecador. Una vez que cometemos el pecado, su malicia nos parece mayor
y nos lo reprochamos amargamente; tenemos razón, siempre que esta amargura no desemboque
en cierto despecho. ¿Estamos tan apasionados por nuestra virtud que nos creemos incapaces de
pecar? Por eso, cuando un pecador se arrepiente, Dios no le habla de su pecado. Ya no lo ve. Un
pecado que Dios borra, ya no existe.
No obstante, observemos que si Jesús no recuerda a Pedro su culpa pasada, tampoco le
pide un compromiso para el futuro. ¿Qué nota falsa habría resonado en el conmovedor diálogo si
hubiera surgido esta pregunta: «Me negarás de nuevo?». Habríamos caído del cielo a la tierra. Los
hombres exigen firmas y juramentos, Dios no. Es cierto que, desafiando a su debilidad, el pecador
convertido se impondrá a sí mismo los lazos de una promesa o de un voto. Y a veces, ¡ay! no hará
más que agravar su caída con un perjurio. El Señor no nos interroga sobre el futuro: nos pide que
nos mantengamos sin cesar en el presente: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?», Todo está ahí. En
tu amor actual veo tu remordimiento sincero por el pasado, y para el futuro, tu voluntad más
humilde y más prudente. Pero era necesario que el apóstol llegara a una completa renuncia de sí
mismo, y el Señor insiste hasta que Simón toma conciencia de su nada. Como el profesor que
recibe de un alumno una respuesta correcta pero insuficientemente precisa, y exige que el
estudiante la exprese con mayor exactitud, así el Maestro ha formulado la pregunta una vez, dos
veces. Su insistencia hiere profundamente al sensible corazón de Simón, pero el dolor le ilumina
súbitamente. « ¿Si te amo, Señor?», había comenzado por responder manifestando toda la
ferviente ternura que por su amado Maestro sabía y sentía en su interior: « ¿Puedes dudar de que
te amo? Sabes bien que es la cosa del mundo de la que estoy más seguro». Después, ante la
mirada del Salvador comprende que se extravía de nuevo y que aún está a punto de confiar en sí
mismo. La nube se disipa inmediatamente. «Sí, Jesús conoce los sentimientos de mi corazón, pero
sabe también lo que yo ignoro, y que todavía soy capaz de desfallecer y que nunca le amaré
bastante, y que quizá nunca le ame más que estos. ¿Tengo derecho a decir que le amo
realmente?». Entonces, modifica su respuesta: «Señor, tú lo sabes todo, tú lees en mi corazón
mejor que yo y lees también en mi vida. Conoces mi destino así como el de todos los hombres.
Sabes lo que yo no sé, solo tú puedes saber si te amo... Sin embargo, ya que conoces todas las
cosas, ¿me preguntarías si no supieras que te amo?».

51
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Las llaves del reino estarán en buenas manos.
Pedro podrá dirigir su Iglesia, animar a sus hermanos, reprender a los que se desvíen; establecerá
en la tierra el reino de la caridad. Jesús, que conoce todas las cosas, sabe que su apóstol le amará
sin desfallecer y, como el verdadero pastor, hasta dar su vida. El Señor insiste en infundirle
seguridad anunciándole a Continuación el fin, trágico pero feliz, «con el que dará gloria a Dios».
Cuando celebremos el aniversario de su martirio, la liturgia nos hará meditar las últimas líneas de
la aparición al borde del lago. Por el momento, esforcémonos en hacer nuestra la plegaria del más
amante de los discípulos de Jesús.
Seguramente, la lección conviene principalmente a los que tienen que «apacentar la grey
de Dios que os está confiada» (1 P 5, 2), una función que obliga a un amor exclusivo; pero ¿acaso
el ejemplo de Pedro sería superfluo para cualquier cristiano? Es conveniente subrayar que el
Espíritu Santo ha querido situar ante los ojos de todas las generaciones cristianas la conducta de
los dos apóstoles, ardientes, generosos, pero momentáneamente débiles; y en los días mismos en
que Jesús llevaba a cabo la redención de los pecadores, en el Viernes Santo y en Pascua, los vemos
convertidos por la misericordiosa bondad del Salvador y elevándose inmediatamente, Tomás hasta
las más altas cimas de la fe, y Pedro hasta las cumbres del amor.
Todos nosotros debíamos aprender de Jesús el modo de perdonar a los que nos han
ofendido: sin explicaciones, sin condiciones, sin reservas; y de Pedro, el amor con que un pecador
debe responder al perdón de Dios.
También a nosotros, el Señor solo nos pide el amor del momento, con lo que
necesariamente comporta de arrepentimiento, de humildad, de generosidad, pero también de un
pleno abandono a su gracia. « ¿Me amas?». Nos plantea esta única pregunta. Y tantas veces le
hemos respondido: «Señor, tú sabes que te amo». Y poco tiempo después le hemos traicionado.
¿Acaso no éramos sinceros cuando le prometíamos no volver a ofenderle? Con la mano en el
corazón, estábamos firmemente decididos a permanecerle fieles. Pero Él, que lo sabe todo, sabe
también una cosa y otra: que le amamos y que volveremos a serle infieles. ¡Ah! ¿Cuándo
llegaremos a convencernos de que no es nuestro amor el que nos salvará, sino el suyo? «En esto
está el amor; no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo
como propiciación por nuestros pecados» (1 In 4, 10).
Señor, tú lo sabes todo. Tú me conoces mejor que yo a mí mismo. Sabes que no te amo
tanto como deseo, ni sobre todo tanto como tú mereces. Sabes que he faltado frecuentemente a
mis promesas y que temo volver a mentirte. Pero, ¿quién ha depositado en mí el deseo de amarte
y el tormento de demostrártelo tan mal? ¿Quién, pues, a pesar de mis cobardías, de mis
desobediencias, incluso de mi maldad, se obstina en renovar en mi egoísta corazón la voluntad de
amarte siempre y de amarte mejor? ¿Quién, sino tú, Señor? Entonces, el primer castigo que
podrías infligirme sería que dejaras de pedirme que te ame. Evítamelo. Acósame cada día con esa
misma pregunta que ya no me humilla y me infunde confianza: « ¿Me amas?».
«Quieres mi amor. ¿Qué soy yo ante el increíble misterio de tu ternura por los hombres?
Señor, tú lo puedes todo. Dame el valor de serte fiel. Y sin duda, el decirme cada día que me amas
será para mí el medio más seguro de amarte siempre».

52
Capítulo XII. LA APARICIÓN EN EL MONTE

Id, pues, y enseñad a todas las gentes. Y


sabed que yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo. (Mt 28,
19-20; Me 16, 14-20).0

La Iglesia prolongará la obra redentora llevada a cabo por Jesucristo. El Señor resucitado
insistió en recordarlo así a sus discípulos. Lo hizo especialmente cuando se les apareció en un
monte de Galilea. Esta aparición presenta una peculiaridad: a diferencia de las precedentes, Jesús
no se manifestó de improviso, sino que fue el resultado de una cita: «Los once discípulos -escribe
San Mateo-, se dirigieron a la montaña que Jesús les había indicado. Al verle, se postraron ante Él,
los que antes habían dudado»0. Evidentemente habían sido fijados el día y el lugar. Y podemos
imaginar fácilmente la prisa y el fervor de los apóstoles al subir por la colina en la que saben que el
Señor les espera.
¿Aquella convocatoria reunió a otros discípulos además de los Once? Algunos autores lo
suponen así, Veamos por qué: al escribir hacia el año 52, San Pablo menciona «una aparición a
más de quinientos hermanos a la vez, algunos de los cuales viven todavía y otros ya murieron» (1
Co 15, 6). Fue un acontecimiento tan considerable, a causa de los numerosos testigos, que sería
sorprendente que no hubiera dejado un rastro en los Evangelios. Una reunión de tal importancia,
cerca del Sanedrín y del Pretorio, no era conveniente en Jerusalén: debió tener lugar en Galilea.
¿Es la misma aparición en la que Mateo señala solamente la presencia de los Once? La aparición al
borde del lago había recordado la elección de los primeros apóstoles a continuación de la pesca
milagrosa; esta reunión en una montaña recordaba a su vez el célebre sermón inaugural del
Salvador ante un vasto auditorio. Ahora bien, refiriéndose al Sermón de la Montaña, Mateo nos
habla de grandes multitudes llegadas de regiones circundantes, atraídas por los rumores de los
milagros realizados por el nuevo profeta; sin embargo, cuando se situaron en la ladera de la colina,
«Jesús se sentó, sus discípulos se acercaron a Él y Él les enseñaba diciendo... » (5, 1-2). San Lucas
nos describe el mismo espectáculo: una multitud inmensa llegada para oír a Jesús y hacerle curar a
los enfermos. El evangelista continúa: «Alzando los ojos hacia sus discípulos», dijo... (6, 20.) El
Sermón de la Montaña tuvo, pues, numerosos oyentes, aunque Jesús se dirigió sobre todo a los
discípulos situados cerca de Él. ¿No sucedió lo mismo durante la aparición en Galilea, en la que
solamente se nombra a los Once porque están en primera fila y porque son los jefes, mientras que
varios cientos de discípulos se agolpan tras ellos? No es más que una hipótesis, pero al menos es
creíble.
En todo caso, lo que el Señor iba a decir interesaba a la Iglesia entera: iba a pronunciar un
segundo Sermón de la Montaña. En el primero había expuesto el programa del Evangelio; en el
segundo concretaría su difusión en el mundo.

0
Evangelio para el día de la Ascensión.
0
Esta traducción es preferible a la de la Vulgata, reproducida en los misales franceses. Fiel al texto griego, es
la única aceptable. Como justificación, ver por ejemplo, LAGRANGE, DURANO, LEVESQUE.

53
En primer lugar, el Señor afirma su omnipotencia ante los hombres que lanza a la
conquista de la tierra. La preeminencia y los títulos de gloria que San Pablo le reconocerá están
incluidos en esta breve declaración: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra».
Ciertamente, posee desde toda la eternidad esa omnipotencia universal, que no obstante, estaba
velada y voluntariamente restringida por el hecho de su Encarnación. Solamente tuvieron la
sospecha los tres apóstoles admitidos a la Transfiguración; además, Jesús les había prohibido
hablar de ello, «antes de que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17, 9). Desde
la resurrección, su omnipotencia se liberó de cualquier limitación. Cristo, el Hombre-Dios, es el
amo del mundo: ha conseguido este dominio por su victoria del día de Pascua. Antes de que Jesús
iniciara su misión en la tierra, Satanás, presintiendo en Él al Mesías, había intentado hacer fracasar
por segunda vez el plan divino. Mostrándole todos los reinos de la tierra en su esplendor: «Te daré
todo esto -le dijo- si postrándote me adoras». Jesús había rechazado la ilusoria y sacrílega oferta
del tentador; al contrario, gracias a su humilde obediencia a la voluntad del Padre, arrancaría al
Maligno su dominio usurpado. En efecto, «Él entró en su gloria» por los caminos misteriosos de un
sufrimiento expiatorio, con el fin de asociar a Él a la humanidad transformada en una raza divina.
Tras haberse anonadado para revestir la condición humana, se humilló hasta la forma de siervo,
llevando la obediencia hasta morir en la cruz. Dios respondió a su sacrificio otorgándole toda
soberanía «en el cielo, en la tierra y en los infiernos» (Flp 2, 6-11).
En la colina donde los discípulos reconocen la voz que les había ilusionado y animado en
tantas ocasiones, contemplan por fin al Mesías glorioso. Por supuesto, no es la clase de gloria que
habían ambicionado para Él... ni para ellos. Sin embargo, sus esperanzas están superadas. Su Cristo
ha vencido al mundo, la tierra le pertenece por derecho propio y ahora a ellos -a la Iglesia- les
corresponde transformar ese derecho en hechos. Id, les dice. Su misión, prolongación de la del
Salvador, emana de su soberanía y de su poder; los envía como vencedores a tomar posesión del
universo. Isaías había profetizado que todos los paganos de la tierra se convertirían al verdadero
Dios. El Salvador retorna y confirma su oráculo: Haced discípulos de todas las naciones. En el
pasaje paralelo de San Marcos, una fórmula equivalente subraya, quizá en mayor medida, la
universalidad y la misión de la Iglesia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda
criatura».
Las armas de las que se servirán para esta conquista pacífica son las que Jesús ha
empleado. Les envía sin oro, sin plata, sin diplomas, sin nada de lo que significa recursos o
prestigio ante los hombres. Sus cartas credenciales serán los prodigios que Dios realizará a través
de sus manos (Mc 16, 17-18). Pero el Evangelio contiene en sí mismo la fuerza de la convicción.
¡Qué prediquen por todas partes la Buena Nueva, la doctrina de salvación! La misión de la Iglesia
consiste en salvar a los hombres del pecado para hacer de la tierra el reino de Dios, y del Cielo la
morada eterna de la humanidad redimida.
Así se realizará el inimaginable designio de amor del Padre que ha enviado a su Hijo al
mundo a fin de que los que le reciban y crean en El sean hijos de Dios. Aquí nacerán ya a esta vida
de lo alto, una vida de la que Jesús había hablado a Nicodemo al inicio de su predicación; bajo el
signo del agua, pasarán por un nacimiento nuevo del que el Espíritu Santo será el autor (in 3, 3-5).
En la montaña de Galilea, el Señor explica estas enigmáticas palabras: Bautizadles en nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En su momento, la liturgia nos hará volver sobre esta primera
revelación del dogma trinitaria. El rito bautismal solo tendrá una analogía superficial con el de
Juan Bautista. El Precursor sumergía (es el sentido del término bautizar) a sus adeptos en las aguas
del Jordán, y este acto era un símbolo de purificación. Los futuros discípulos de Cristo estarán
realmente purificados al sumergirse -regenerados- en la vida misma de las tres Personas divinas.
Quien crea y sea bautizado, se salvará (Marcos). Ambas condiciones son inseparables. El bautismo
solo introduce en la familia de Dios al que cree en el Evangelio: sin la fe, este rito carece de valor.

54
Por otra parte, los creyentes no poseen la vida divina más que gracias al bautismo, que los reúne
en un solo cuerpo del que Jesucristo es la cabeza, según la comparación de San Pablo. Por último,
la fe y el bautismo no suprimen el esfuerzo personal de los discípulos para conformar su conducta
con los preceptos y ejemplos de Jesús: es la última recomendación del Señor: Enseñadles a
guardar todo lo que os he mandado.
Al cabo de veinte siglos de cristianismo, releemos estas palabras con una tranquila
serenidad, demasiado tranquila quizá. ¿Qué efecto producirían en los discípulos cuando las
escucharan por primera vez? ¿No les encargaba el Maestro una empresa sobrehumana?
No podía sorprenderles que el Evangelio hubiera de ser anunciado a todas las gentes; los
profetas habían repetido con bastante claridad que todas las naciones se convertirían al Dios de
Israel. Sin embargo, los medios que Jesús les dejaba para llevar a cabo la conquista religiosa de
toda la tierra diferían singularmente de los que habían esperado: predicar, bautizar... ¿Cuál sería
su eficacia?
Su Maestro «no había sido enviado más que a las ovejas perdidas de Israel» (Mt, 15, 24).
¡Y Él había convertido a bien pocos! ¿Lo harían ellos mejor, ahora que los envía no solo a sus
compatriotas, sino a todos los habitantes de la tierra cuyas lenguas ni siquiera conocen? ¡El mundo
entero! ¿Se habían inclinado alguna vez sobre un mapa del universo? Al este, Caldea de donde
había partido su padre Abraham obedeciendo a la llamada de Dios; Babilonia, de siniestro
recuerdo. ¿Qué hombres encontrarían al otro lado del Éufrates? Al sur, los pueblos cuyas fronteras
se perdían en las arenas. Al oeste y al norte, el inmenso imperio romano, rodeado de naciones
bárbaras cuyos territorios estaban inexplorados.
De aquellos pueblos innombrables tenían que hacer discípulos de Jesús. ¡Una imposible
empresa paradójica! Predicar la humildad y la dulzura a los romanos ebrios de poder y cuyas
legiones hacían temblar la tierra; predicar la locura de la cruz a los griegos discutidores, y la
misericordia a los escitas brutales y violentos; predicar el amor fraterno a unas sociedades en las
que la esclavitud hacía estragos; y la santidad del Padre de los cielos a los adoradores de unas
divinidades que inducían a todos los vicios. Y, para evangelizar al mundo entero, no son ni siquiera
doce. ¿Cuántos discípulos aceptarán unirse a ellos? El Maestro no les había ocultado previamente
las persecuciones que tendrían que soportar; los conducirán ante gobernadores y reyes; los
golpearán con varas; los encarcelarán, los condenarán a muerte... ¡Extraño programa para
convertir al mundo entero!
De hecho, nada les parece extraño después de haber visto a su Maestro resucitar de entre
los muertos. Ningún apóstol ha alzado la voz para asombrarse de las órdenes que han recibido. Lo
que debía aterrarles, les tranquiliza. Su misión no está a la medida de los hombres, porque no es
un hombre quien les asigna esta tarea sobrehumana: es el Vencedor de la muerte, el que ha
recibido todo poder en el cielo y en la tierra. No les deja sin decirles una frase que les llena de
confianza: Estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Todo es posible, porque no
estarán solos. Jesús no abandona su obra, la cumplirá con ellos. Estará con ellos todos los días para
aconsejarles, para animarles, para protegerles. Todos los días, hasta el fin del mundo...
Indudablemente, en este futuro prometedor de conquistas y padecimientos, un punto
permanece oscuro. ¿Tendrán tiempo de predicar el Evangelio a todas las gentes antes de que el
mundo desparezca? ¿Estarán todos presentes cuando Cristo regrese en la consumación de los
siglos? 0, ¿habrá otros que continúen su tarea? Es notable que después de los prodigios de
Pentecostés, la Iglesia primitiva, lejos de precipitarse a las cuatro esquinas del mundo, organizará
lentamente su tarea de evangelización: al cabo de diez años, ningún pagano habrá recibido aún el
bautismo. Los apóstoles están atentos a las llamadas del Espíritu Santo, tan dispuestos a
obedecerle como a no adelantarse a sus inspiraciones. El tiempo pasa, efectivamente, pero Cristo
es el amo del tiempo y permanece con ellos todos los días.

55
A nosotros nos reclama también el Señor el mismo fervor y la misma paciencia para
cumplir la misión que su Iglesia no culminará jamás. Los fieles repetirán hasta el día de la parusía la
plegaria que Él les ha enseñado: « ¡Venga a nosotros tu reino!». El reino de Dios siempre estará
por venir. En nuestros días, conocemos los límites del «mundo entero» que ignoraban los
apóstoles. Para entrar en contacto con las poblaciones que cubren la tierra, poseemos unas
facilidades de investigación de las que ellos no disponían. Sin embargo, las dos terceras partes de
la humanidad escapan todavía a la influencia del cristianismo. Además, en muchos países ya
cristianizados, masas más o menos considerables han abandonado la religión de sus padres. A
decir verdad, es necesario reanudar el trabajo de evangelización en cada generación, pues la
adhesión a la Iglesia es un asunto estrictamente personal.
Como en el primer día, la Iglesia está y estará siempre ante una tarea que supera las
fuerzas del hombre. La urgencia de nuestra misión se acrecienta seguramente a medida que el
progreso técnico disminuye las distancias entre los pueblos y favorece el retorno de la familia
humana a la unidad. Sin embargo, nuestra obra es en primer lugar la obra de Jesucristo: por eso,
sin disminuir nuestro esfuerzo, no nos descorazonemos como no lo hicieron los primeros obreros
del Evangelio. Con Él, no tenemos derecho a hablar de una tarea imposible; para nosotros no
existe más que el deber cotidiano de «enseñar a los hombres a observar lo que Jesús nos ha
prescrito»: es el modo que el Señor ha elegido para convertir el mundo al Evangelio.

56
PARTE SEGUNDA: LA LITURGIA DEL TIEMPO PASCUAL
Primer domingo después de Pascua

Capítulo XIII. EL TIEMPO PASCUAL

Por tanto, si habéis resucitado con Cristo


buscad las cosas de arriba, donde Cristo
está sentado a la derecha de Dios, gustad
las cosas de arriba, no las de la tierra.
(Col 3, 1-2)

Durante la semana de Pascua, el misal 0 nos ofrece el relato de las apariciones del Señor
resucitado. Hemos meditado las lecturas; hemos ponderado de nuevo las pruebas sobre las que
descansa nuestra fe. Nuestros dogmas solo serían hipótesis, nuestras esperanzas ilusiones, si no
estuviéramos seguros de este hecho: Cristo ha resucitado de entre los muertos. Una vez
establecida esta convicción, la liturgia nos dice: ahora, es preciso que viváis vuestra fe.
En efecto, el bautismo nos ha marcado para resucitar con Jesús. San Pablo escribe: « ¿No
sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, en su muerte hemos sido bautizados?
Porque hemos sido sepultados con Él por el bautismo en la muerte, para que, como Cristo fue
resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros emprendamos una
vida nueva» (Rm 6, 3-4). Indudablemente, la liturgia nos insiste desde siempre para que nos
comportemos como resucitados. Cada domingo es una Pascua semanal destinada a dar un paso
hacia adelante en nuestra vida nueva. Sin embargo, la Iglesia ha considerado que la clamorosa
victoria de la Pascua merecía una solemnidad sin igual en el año litúrgico y que el Domingo de la
Resurrección merecía prolongarse a lo largo de cincuenta días. Esta celebración única recibe el
nombre de tiempo pascual. Indicaremos ahora sus características para mejor comprender lo que
nos aporta y lo que nos pide.
El tiempo pascual se llamó en primer lugar Pentecostés, la cincuentena. La Pascua y
Pentecostés eran los dos términos de una sola fiesta. En Pascua, la victoria de Jesucristo libró a la
humanidad del pecado y de los lazos de la muerte. De todos modos, el Señor, al salir del sepulcro,
no volvió a compartir la existencia de sus apóstoles; subió hacia el Padre, en los cielos donde se
desarrolla la vida divina, que no puede existir en la tierra más que en germen, ese germen divino
que transforma la condición de la humanidad y le garantiza su destino futuro con el que Jesús, tras
subir a los cielos, nos ha gratificado enviando al Espíritu Santo a tomar posesión de su Iglesia en la
mañana del quincuagésimo día después de su Resurrección. La Pascua, la Resurrección, la
Ascensión, otras tantas etapas de un mismo misterio salvador que forma un todo único. Por esa

0
El autor, que escribe estos textos en los años cincuenta, se remite a la liturgia anterior al Concilio Vaticano
II. También Cita los salmos con la numeración de la Vulgata (N. de la T.).

57
razón, al principio los tres acontecimientos se conmemoraron juntos en una fiesta de cincuenta
días, la fiesta de las fiestas.
Originariamente, la fiesta de la Asunción se celebraba al mismo tiempo que la de
Pentecostés, al final de la cincuentena; a comienzos del siglo VI, a pesar de enérgicas oposiciones,
sobre todo la del Concilio de Elvira, se fijó la solemnidad en su fecha histórica, cuarenta días
después de la Pascua. ¿No sería de temer que esta fecha diferente rompiera la unidad de la
primitiva cincuentena? En efecto, la Iglesia griega da fin en ese día al tiempo pascual y dedica la
década siguiente a preparar la venida del Espíritu Santo (lo que en la práctica tiende a instaurarse
entre nosotros). Por otra parte, al ser Pentecostés el segundo día del año reservado para la
administración del bautismo, esta fecha adquirió un relieve que la hizo rápidamente
independiente de la resurrección. La nueva ceremonia bautismal recordaba los tres mil bautismos
administrados por los apóstoles a los habitantes de Jerusalén. Y cuando en el siglo VIII se añadió
una octava a esta fiesta, la antigua Pentecostés quedó definitivamente partida. Conviene decir que
la Ascensión y Pentecostés pasaron a ser fiestas particulares, porque los fieles habían dejado de
celebrar solemnemente la cincuentena primitiva.
Actualmente, el tiempo pascual dura cincuenta y seis días en la Iglesia latina, pero aunque
las fiestas de la Ascensión y de Pentecostés tengan cada una su propio objeto, el clima de la
Pentecostés ha subsistido, a saber, en la acción de gracias a Cristo que nos ha resucitado con Él, y
en el propósito de «caminar en la vida nueva» que nos ha comunicado.
La nota dominante de las misas del tiempo pascual es, indiscutiblemente, la alegría. Estalla
en el salmo de entrada (Exultate, Iubilate, Cantate Domino). La aclamación pascual por excelencia,
el aleluya, recorre todo el oficio y ocupa un lugar destacado en el propio de las misas. Acompaña a
todos los cantos, una vez tras los del ofertorio y de la comunión, y dos después del cántico del
introito. Cuatro aleluyas, encuadrando dos versículos tomados frecuentemente del Evangelio,
sustituyen al gradual y casi siempre se refieren a la resurrección del Salvador.
Durante el tiempo pascual no se reza de rodillas, sino en pie como todos los domingos. La
costumbre de rezar de pie en domingo se remonta a la más remota antigüedad. San Ireneo (siglo
11) afirma: «Nos ponemos de rodillas durante seis días de la semana en señal de nuestras caídas
en el pecado; pero el domingo, nos quedamos de pie como para mostrar que Cristo nos ha
levantado, y que por su gracia nos ha liberado del pecado y de la muerte». La extensión de esta
particularidad a la santa Cincuentena aparece explicada en las conferencias de Casiano (siglo IV):
«En esos días no ayunamos ni nos ponemos de rodillas porque esta postura es un signo de
penitencia y de dolor. Por eso, se ve que les damos la misma solemnidad que al domingo, durante
el cual nuestros Padres nos enseñaron que no había que ayunar ni arrodillarse para honrar la
Resurrección del Señor». Durante el tiempo pascual, el pueblo cristiano es más que nunca la
Iglesia resucitada, la asamblea de los resucitados, en pie según el ejemplo de Cristo que sale
triunfalmente del sepulcro, en pie y dispuesta a seguir al que le ha abierto el Cielo.
No obstante, nuestra alegría no debe limitarse a una mera manifestación externa, implica
el compromiso de llevar una vida digna del Cristo triunfante.
Para recordarnos esa obligación, durante todos los días del tiempo pascual, la liturgia del
oficio divino hace repetir esta frase de San Pablo al final de la oración preparatoria para el trabajo
de la mañana (Prima): «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde Cristo
está sentado a la derecha de Dios; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra».
La enseñanza de esos dos versículos, cuya continuación se lee en la misa de la vigilia
pascual, se deduce del contexto de la carta del apóstol. Pablo ha expuesto a los colosenses la
doctrina del bautismo. Por el bautismo fueron sepultados con Jesucristo en el sepulcro; también
con Él resucitaron por la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos. A

58
consecuencia de sus pecados estaban muertos, y Jesucristo les hizo revivir con Él perdonándoles
todas sus culpas.
Habréis observado el empleo del pasado: los bautizados son «resucitados», participan de
la vida del Cristo glorioso. Sin embargo, aún no se ha manifestado esta vida nueva. «Cuando Cristo,
vida nuestra, se manifieste (en la parusía) entonces también vosotros apareceréis en la gloria con
Él». Hasta entonces, la vida divina permanece «oculta» en Dios con Cristo. No obstante, la
poseemos realmente. La conclusión se impone: «No tenemos derecho a estancamos en los bienes
de la tierra, debemos buscar las alegrías del cielo, porque son las nuestras, ya que hemos
resucitado con Cristo. Hacia Él, en la gloria en la que está sentado a la diestra de Dios, se dirigirán
nuestras miradas y nuestros deseos; entonces sabremos "mortificar" lo que hay de terrenal en
nuestros cuerpos, y vivir como elegidos de Dios, santos y amados, practicando sobre todo la
caridad y siendo agradecidos; y que todo cuando hagamos de palabra o de obra, lo hagamos
siempre en el nombre del Señor Jesús».
Esta es la ascesis del tiempo pascual. Los esfuerzos que el cristiano no debería abandonar
en ningún caso se aligeran levemente, o mejor dicho, están inspirados por unos motivos que
hacen más dulce su cumplimiento. No nos equivoquemos: la cruz ocupa siempre su lugar en el
ejercicio de la vida cristiana, lo mismo que la muerte y la resurrección del Señor son inseparables.
Así lo concreta una antigua liturgia: «Cristo ha resucitado de entre los muertos y nos ha redimido»,
y subraya ese grito de gratitud con dos aleluyas. Pero, al ser la cruz la causa de que «la alegría se
extienda a todo el universo» (oficio del Viernes Santo), el cristiano se siente feliz uniendo sus
padecimientos a los sufrimientos del que anuló el pliego de cargos que nos era contrario, el cual
quitó de en medio y lo clavó en su cruz (CoI 2, 14).
Observad el texto de las epístolas de este tiempo. Mientras que, a lo largo del año, nos
instruyen en los diferentes aspectos del combate espiritual, ahora abandonan este tema, que
recuperarán después de Pentecostés. Más que a la lucha, nos invitan a la fidelidad. Tomemos
conciencia de la nobleza de nuestra vida nueva, y el sentimiento de nuestra dignidad bastará para
librarnos de los atractivos Inferiores y mantener nuestro impulso hacia el Cielo. Ascesis también,
pues hemos de vigilar, evitando caer en negligencias y cobardías que quebrarían ese impulso, pero
ascesis gozosa: la del combatiente que debe mantener y explotar su victoria.
La espiritualidad del tiempo pascual está realmente impregnada del espíritu de las
Bienaventuranzas. Esas formulaciones, aparentemente paradójicas, porque unen la felicidad a la
renuncia, nos prometen, de un modo u otro, la posesión de Dios: pero la victoria de Pascua ha
disminuido el plazo para el cumplimiento de las promesas del Salvador, pues «si habéis resucitado
con Cristo... vuestra vida está desde ahora oculta en Dios con Cristo Jesús». El que se gloría de tal
seguridad no ansía los bienes de fortuna, los honores del mundo le parecen mezquinos y vanas sus
violencias: saborea un gozo sereno y la feliz independencia de la sencillez, de la humildad, de la
mansedumbre. Ante una prueba brutal, cruel o injusta, el cristiano ya no está solo, le «consuela»
el Amigo invisible, que ha padecido para entrar en su gloria. Cerca de Él, cualquier aflicción
momentánea es leve y le prepara un peso inconmensurable de gloria eterna (2 Co 4, 17).
Atormentado por el dolor, pronto seca sus lágrimas, pues la muerte, vencida por Cristo, es
también para el cristiano el paso a la verdadera vida. Al no buscar los bienes de la tierra, adquiere
la libertad perfecta (colecta del lunes de Pascua) que le permite vivir en paz con sus hermanos y
conservar una perfecta rectitud en su corazón. Como cree en los bienes de arriba, su ideal de
santidad le incita a establecer en la tierra la justicia que ansía y que la valdrá, sobre todo, la
persecución. Pero su premio es grande delante de Dios, en el que ya vive oculto con Jesucristo.
El cristiano «resucitado» es el hombre de las Bienaventuranzas. Le parece caminar hacia la
eternidad, a la que ya ha llegado por la fe; no le asustan las dificultades del camino, pues por la fe
ya ha alcanzado el final. No le acuséis de mostrarse indiferente a los males de su tiempo o a las

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desgracias de los otros, pues estimulan su caridad; pero ni las previsiones alarmantes de los
hombres ni las amenazas le aterrorizan, porque sabe que las fuerzas de Satanás y del Pecado serán
vencidas continuamente.
¡Dígnese el Señor avivar en nosotros, durante el tiempo pascual, la gozosa fidelidad, el
optimismo activo y santificador que nos han ganado su «pasión bienaventurada» y su «gloriosa
resurrección»!

60
Primer domingo después de Pascua

Capítulo XIV. RENOVACIÓN

Como niños recién nacidos.


(1 P 2, 2)

Haced el favor de abrir vuestro misal. Veréis que en este domingo la comunidad romana se
reunía antiguamente en la iglesia dedicada a San Pancracio, martirizado a la edad de doce o
catorce años. Recorred rápidamente el ordinario de la misa y observaréis una particularidad: los
cantos, salvo el de entrada, pertenecen al Evangelio, como si los asistentes no estuvieran
familiarizados con el salterio; también la respuesta, repetida por la muchedumbre, no es un
versículo de los Salmos, sino una frase de San Pedro. ¿Por qué fue compuesta esta misa y con qué
objeto? La respuesta a ambas preguntas nos dará a conocer lo que la Iglesia espera hoy de
nosotros.
Cuando el bautismo se administraba una vez al año (solemnis) -a lo largo de la vigilia
nocturna de Pascua-, los neófitos, acompañados por sus padrinos y madrinas, tomaban parte en
una celebración eucarística todos los días de la octava pascual; por la tarde asistían a las vísperas
en una de las grandes basílicas romanas. Durante la semana llevaban unas albas blancas que los
cubrían por completo. Los fieles disfrutaban viendo pasar o siguiendo aquella blanca procesión por
las calles de la ciudad sobre todo cuando, a partir del siglo v, los nuevos bautizados no solo eran
adultos, sino también adolescentes y niños. (Las costumbres actuales de nuestros primeros
comulgantes tienen, pues, antiguos orígenes).
Sin embargo, existe una razón para todo. Después de las vísperas del sábado ( in albis
depositis), octavo día de su bautismo, depositaban en el baptisterio sus vestiduras blancas que, al
año siguiente, servirían a otros bautizados. En la misa de aquel sábado, habían oído serias
advertencias durante la lectura de la epístola. San Pedro les comparaba con niños recién nacidos,
exentos de malicia y ávidos de la leche espiritual que les haría crecer rápidamente. Enseguida se
mezclarán con sus mayores y formarán con ellos «una raza elegida, un sacerdocio real, un nación
santa, el pueblo de Dios». Antes de despedirles, el pontífice había pedido para ellos que
«alimentados con el sacramento de nuestra redención, progresen siempre en la verdadera fe».
La misa de esta mañana es continuación de la de ayer. Los textos se han reunido o
compuesto especialmente para los bautizados del Sábado Santo. El Introito, eco de la epístola del
día anterior, saluda a esos cristianos recién nacidos a la vida divina, quasi modo geniti infantes. A
partir de entonces, esos neófitos forman parte de la comunidad cristiana. Al final de la Pentecostés
habrán alcanzado la mayoría espiritual: ya no necesitan un padrino o una madrina. Por primera
vez, participarán personalmente en la procesión del ofertorio y depositarán el pan y el vino del
santo sacrificio sobre la tumba del joven Pancracio, martirizado a la edad de muchos de ellos.
Mientras desfilen para llevar su ofrenda, el canto del ofertorio recordará el precipitado recorrido
de las santas mujeres hacia el sepulcro, y al ángel que desciende a su encuentro y les anuncia: «El
que buscáis ha resucitado, como lo había dicho, aleluya». En las manos del celebrante, el pan y el
vino de los neófitos se convertirán en el cuerpo y la sangre del Cristo glorioso.

61
¿Qué es lo que pide la Iglesia a sus nuevos hijos? No tardó en hacérselo saber: que
conserven inviolablemente la pureza bautismal: gracia que se implora de Dios en la colecta: «Dios
todopoderoso, haz que, llegados al término de las fiestas pascuales, podamos con tu ayuda,
prolongarlas en la conducta de nuestra vida». La concisión de las oraciones romanas suele correr
el riesgo de perder sabor en las traducciones. El texto latino hace surgir con mayor claridad el
pensamiento culminante que brota de la oposición entre los dos verbos 0. Peregimus. Las fiestas
pascuales han terminado, se han doblado las túnicas. Esos neófitos para los que San Cesáreo de
Arles multiplicaba las más encantadoras metáforas, «jóvenes retoños de santidad, enjambre
nuevo, flores que son nuestro orgullo, frutos de nuestros trabajos, mi alegría y mi corona», van a
dejar de ser el centro de interés de la comunidad parroquial. Las catequesis, los exámenes, la
inolvidable vigilia, todo eso ha pasado, pensarán. Pues bien, no es así, no hay que decir adiós a
todo ello. Teneamus. Retengamos y mantengamos las gracias de nuestra regeneración, pensemos
y vivamos como resucitados, conservemos el perfume de Pascua en nuestras costumbres y en
nuestra vida.
La Iglesia les ofrece dos medios de perseverar en los compromisos de su bautismo: Dos
lecturas, de idéntico tema, les indican el primero. ¿Tienen que recurrir a su vigilancia y a su valor?
No, porque parecería preponderante la parte humana. «La victoria que triunfa del mundo -anuncia
la epístola-, es nuestra fe». Hasta entonces, eran prisioneros del mundo. En una sociedad en la que
el paganismo está lejos de haber desaparecido, no están al abrigo de la influencia de las máximas,
de las seducciones, a veces de las amenazas del «mundo». Juan, el apóstol que perseveró en la
vida cristiana hasta los límites extremos de la ancianidad, les tranquiliza: «Todo el que ha nacido
de Dios triunfa del mundo; todo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios ha vencido al mundo».
Pero esta fe no es una simple firma al pie de un formulario: debe ser una adhesión efectiva de su
voluntad y de su corazón al don que Dios ha depositado en su alma cuando han recibido el Espíritu
Santo con el agua del bautismo y la sangre de la Eucaristía. Mientras lleven en ellos «el testimonio
de Dios», mientras crean que Dios les ha concedido la vida eterna, que esta vida está en su Hijo y
que ellos poseen al Hijo, nada ni nadie les apartará de su victoria.
Por otra parte, no todos los enemigos de nuestra fe están en el mundo; a decir verdad, los
enemigos exteriores encuentran una complicidad en los fieles, en sus juicios que plantean
preguntas, en su sensibilidad suspicaz, en su voluntad que desfallece. Los neófitos habrán de tener
cuidado en no erigirse en jueces de la fe. El pasaje del Evangelio les propone el recuerdo del
apóstol Tomás para demostrarles que, por ellos mismos, se exponen a descarrilar. En cambio, si no
se alejan de la comunidad cristiana en la que acaban de entrar, y permanecen unidos a la Iglesia,
incluso si «no ven» pasajeramente, disfrutaran de la seguridad suficiente para mantener su fe y
vivirla. «Bienaventurados los que sin ver, creyeron» 0.
Para vivir de su fe, tienen a su alcance otra ayuda, no menos eficaz, que es la comunión
con el sacrificio eucarístico por el cual Jesús, Hijo de Dios, se hace presente a la comunidad
cristiana hasta que vuelva visiblemente a la tierra. Las tres oraciones sacrificiales de esta misa
convienen a todos los comulgantes. La oración que precede a la anáfora repite el tema de la
colecta, pero con un tono gozoso: «El Señor nos ha proporcionado una gran alegría», sin duda por
su resurrección, pero también, y en relación con el misterio pascual, por el bautismo de los nuevos
cristianos: ¡que los dones que aportan al altar y que se cambiarán en el cuerpo y la sangre de
Cristo, sean para la Iglesia en fiestas (exsultantis Ecclesiae) la prenda de una felicidad sin fin! Los
neófitos obtendrán en este alimento sagrado la repentina luz que se busca inútilmente fuera, y el
valor para vencer los obstáculos que se presenten en contra de la fe. En el momento de comulgar,
oirán cantar las palabras del Señor a Tomás: «No seas incrédulo, sino fiel». ¡Qué pongan cuidado
0
Ut, qui paschalia festa peregimus, haec, te largiente, moribus et vita teneamus.
0
Ver más arriba, p. 45 y siguientes.

62
en no ceder a la presunción o al desánimo! Su fervor actual no les inmuniza contra cualquier
desfallecimiento: que vigilen para que ese fervor no se enfríe. La oración que pronuncia el
oficiante después de la comunión les enseña que esos santos misterios han sido instituidos para
proteger sus nuevas vidas: en ella encontrarán el remedio que les curará de su miseria presente y
les asegurará su futura salvación.
Aunque la Iglesia ha conservado en su selección litúrgica este conjunto de textos
destinados a los nuevos bautizados, todos los fieles pueden, ciertamente, aprovecharse de ellos.
Lejos de ser superfluas, las exhortaciones a la perseverancia se imponen especialmente a nosotros
tras las prácticas penitenciales de la Cuaresma. Cada repetición de las fiestas pascuales ha de
marcar un nuevo hito en nuestra vida de bautizados: no dejemos que se volatilicen las gracias que
hemos recibido. Teneamus. Retengámoslas celosamente para la conducta de nuestra vida
cotidiana. Y, en esta circunstancia ¿por qué no renovar los compromisos bautismales que
contrajeron nuestros padrinos por nosotros cuando éramos «niños recién nacidos?».
Los cristianos que recibían el bautismo durante la noche de Pascua, celebraban al mismo
tiempo el aniversario de la resurrección del Señor, y el de su nacimiento a la vida divina. En
nuestros días, los escasos fieles que participan en la Vigilia Pascual tienen el privilegio de revivir la
teología junto a las ceremonias de su bautismo. Y ¿no son menos aún los que celebran el
aniversario del día en que fueron bautizados? La institución de una celebración colectiva del
aniversario bautismal disfrutó de una muy escasa duración; pero ¿por qué no hacer del domingo
de Quasimodo l~ ocasión de esta renovación comunitaria? A finales del siglo diecinueve, los fieles
de una Importante iglesia parisina acostumbraban a renovar las promesas del bautismo en las
Vísperas de ese día.
Por lo menos, nada impide que en un día de la octava de Pascua, en ese domingo
denominado antes Pascua cerrada, o anteriormente Domingo nuevo, procedamos
individualmente a esta renovación, inspirándonos en los textos de la misa que tan oportunamente
nos invitan a ello.
Para perseverar en la fe, apliquémonos a devolverle su novedad y juventud a través de
una meditación más atenta del misterio pascual. El bautismo nos ha hecho hijos de Dios e hijos de
la Iglesia: renovemos nuestra adhesión al Cuerpo místico de Cristo, a fin de llegar a ser miembros
más activos al tiempo que más dóciles. La Iglesia confiesa que nunca ha sido tan feliz como hoy
(secreta): no entristezcamos a nuestra Madre con nuestra frialdad, no le causemos
preocupaciones con nuestro individualismo. «Aquel día, Tomás estaba con ellos». Renovemos
nuestra convicción de pertenecer a una comunidad que nos conserva en la fe. Solo nuestra Iglesia
nos mantiene estrechamente unidos a Jesucristo, enseñándonos su doctrina y comunicándonos su
vida a través de la Eucaristía. En su momento, el Señor vendrá a su Iglesia «con todas las puertas
cerradas», se hará presente en medio de nosotros y nos dirá también: « ¡La paz sea con
vosotros!», y para dársenos, añadirá: «Trae tu mano (El canto de la comunión tan felizmente
escogido, recuerda los tiempos en que el sacerdote depositaba la hostia consagrada en las manos
de los fieles). Acércate al menos a la Mesa santa, y conmigo avanzarás hasta la vida nueva».
Renovemos el fervor de nuestras comuniones de adolescentes y de niños, de esa edad en
la que era muy dulce recibir a Jesús y parecía tan fácil servirle. Cada comunión es un paso más
hacia la intimidad divina; un paso de más en la vida pascual, liberada del pecado y modelada según
la de nuestro Salvador; un paso más hacia la santidad y hacia el Cielo. Demos hoy ese paso,
mañana daremos otro. Paso a paso -per gressus-, es la definición de todo avance.

63
Segundo domingo después de Pascua

Capítulo XV. EL BUEN PASTOR

El Buen Pastor da su vida por sus ovejas.


(Jn 10, 11)

Esta mañana, el salmo de entrada del misal nos invita a aclamar de nuevo al Señor cuya
infinita misericordia nos ha hecho justos a sus ojos. Y la oración del sacerdote se elevará al
momento para pedirle «que conceda a sus fieles vivir siempre en medio de la alegría; ya que Él nos
ha arrancado de los riesgos de una muerte definitiva, ¿no se dignará hacernos gustar la felicidad
eterna»? (Colecta).
Por otra parte, el segundo objeto del tiempo pascual consiste en hacemos progresar en
una vida nueva. El domingo pasado la liturgia recordaba que la condición indispensable para
avanzar en el camino es la fe en la divinidad de Jesús, tal y como la profesa la Iglesia; hoy,
insistiendo en el carácter colectivo de la vida cristiana, nos insiste en nuestro deber de
permanecer todos unidos en la Iglesia en tomo a Cristo, como ovejas en tomo a su pastor. Sin
duda, esta enseñanza iba dirigida inicialmente a los neófitos, la mayoría de los cuales procedían
del paganismo. La frase de San Pedro está intencionadamente puesta de relieve al final de la
epístola: Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras
almas. Esta llamada a la unidad -así lo ha probado la historia- se refiere también a los fieles
veteranos de todos los tiempos. Contemplemos juntos, pues, la figura del Buen Pastor 0. Bajo esta
alegoría descubriremos la unión que el Señor ha querido sellar entre Él y la comunidad de los
cristianos; esta consideración orientará lo mismo nuestra oración que nuestra acción.
Yo soy el Buen Pastor. Era una imagen familiar a los oyentes de Jesús: sus antepasados
habían sido pastores de rebaños durante largo tiempo, y ese recuerdo había marcado la piedad
del pueblo de Dios. Numerosos salmos conservan la huella: «Pastor de Israel, presta oídos, tú que
guías a José como a un rebaño... Dios hizo salir a su pueblo de Egipto como ovejas, las condujo
como a un rebaño a través del desierto... El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas
me hace reposar. Aunque haya de pasar por un valle tenebroso, no temo mal alguno, porque tú
estás conmigo. Tu clava y tu cayado me confortan» 0. Dios mismo se había apropiado este epíteto y
este papel, cuando advirtió a Ezequiel que, ante la incuria Y perversidad de los jefes religiosos de
su pueblo, desecharía a aquellos perversos pastores para ocupar su puesto: «Yo mismo
apacentaré mis ovejas, dice el Señor Dios». Un cristiano no tiene derecho a ignorar esta página
magnífica que hace presagiar el Evangelio0.
El Salvador a su vez, al recorrer las ciudades y las aldeas de Galilea, se había sentido
conmovido por el abandono espiritual que sufrían las masas que se acercaban a Él (Mt 9, 36).
Estaban como ovejas sin pastor, agotadas y abatidas, yacentes (la palabra que encontraremos en
la colecta de este día). Le gustaba comparar al puñado de sus discípulos con un «pequeño rebaño»
0
Leer las dos semejanzas, Jn 10, 1-18.
0
Sal 79, 1; 52; 22, 1-4.
0
Ez 34. Ver también Is 40, 11 y Jr 23, 1-4.

64
(Lc 12, 32). Y por fin, en los últimos meses de su predicación, repitiendo los términos con los que
Dios había designado a su profeta, Jesús (¿no sería una alusión a su divinidad?) había manifestado:
Yo soy el Buen Pastor. No será Él quien deje a «sus» ovejas sin alimento; proveerá generosamente
a su vida. Si un mercenario huye cuando una bestia feroz amenaza al rebaño que no le pertenece,
Él defenderá a sus ovejas, porque las ovejas son suyas. Se enfrentará al lobo que trata
encarnizadamente de arrebatárselas, aunque tenga que ser destrozado y despedazado. ¿Qué
pastor se comportaría de un modo semejante?
Por otra parte, Jesús ha cumplido su palabra. Nuestro mundo pecador merecía que Dios se
desentendiera de él, pero el Hijo de Dios, viéndolo en un estado de decadencia tan penoso, hizo
algo más que contemplar su desamparo: se humilló hasta hacerse uno de nosotros. Era el único
modo de liberamos (Colecta). ¿Cuál fue el precio de la liberación de nuestra humanidad? En la
epístola, San Pedro describe el sacrificio del Salvador con algunos trazos en los que se adivina el
dolor que el tiempo no ha conseguido atenuar en el corazón del apóstol. Si atroces fueron los
padecimientos de la crucifixión, ¡qué amor por nosotros en la aceptación de aquellas torturas!
«Ultrajado, no devolvía el ultraje; maltratado, no amenazaba. El que no cometió pecado cargó
sobre el madero con nuestros pecados en su propio cuerpo». El Buen Pastor ha sustituido a la
oveja muda ante los trasquiladores (Is 53, 7). Entregó su vida para arrancamos de la muerte. ¿No
hemos de aferramos a Él después de que nos dio la mayor prueba de amor? (In 15, 13).
¿Pensaríamos en desertar de su redil como si no fuéramos sus ovejas, cuando nos rescató con su
sangre para guardamos?
Quizá podrías llegar a pensar que las lecturas de esta misa habrían sido más adecuadas
durante la quincena de la Pasión en lugar de quince días después de Pascua. Eso significaría olvidar
la unidad del misterio redentor. En la doctrina de la Iglesia, tan claramente expresada por San
Pablo y San Juan, los sufrimientos de la cruz son el preludio de la glorificación de Cristo. Su muerte
es ya la victoria sobre el pecado, pues lo borra a los ojos de Dios, así como la resurrección es la
victoria sobre la muerte, salario del pecado. Incluso en la gloria del Cielo, se presenta «como un
Cordero degollado»; miríadas de miríadas y millares de millares le aclaman con voz potente:
«Digno es el Cordero que ha sido inmolado de recibir la gloria y la alabanza» (Ap 5, 6, 12). De igual
modo, la Iglesia no conoce en la tierra otro medio de rendir «a Dios todo honor y toda gloria», que
el de ofrecerle el sacrificio de su Hijo. El recuerdo del Buen Pastor que entrega la vida por sus
ovejas, lejos de desentonar en la alegría de la Pascua, aparece en ella como un motivo de gozo,
pues «el Dios de la paz, ha resucitado de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, Jesús,
cubierto con la sangre de una Alianza eterna» (Hb 13, 20). Gracias a su sufrimiento, puede reunir
en tomo a Él a las ovejas salvadas a las que colocará a su diestra en el día del juicio (Mt 25, 33). El
aleluya pascual nos hará recordar que, para resucitar con Él, hemos de aceptar el sufrimiento a fin
de matar el pecado en nosotros... La solidaridad es plena entre Cristo y los cristianos, lo mismo
que la intimidad entre el pastor y las ovejas.
En efecto; volvamos a la lectura del Evangelio: Yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me
conocen... como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre. Tres afirmaciones prodigiosas en un
crescendo deslumbrante.
Así como Dios conoce a su creación, hasta el punto de que si cesara de pensar en sus
criaturas caerían en la nada (pues son porque Él las piensa, y continúan existiendo solo porque Él
las piensa), así conoce Jesús a su Iglesia, que no existe más que por Él y no subsiste más que en Él.
Conoce a cada uno de los fieles que la componen, lo mismo que el pastor distingue a sus ovejas
una por una, «Y las llama por su nombre». Volvemos continuamente al más conmovedor de los
misterios: el amor que Dios siente por cada uno de los hombres creados a su imagen, el amor de
Jesucristo por todos los cristianos, miembros de su Cuerpo... por mí en particular: no me olvida ni
un momento.

65
Las ovejas conocen a su Pastor y lo conocen personalmente. Más tarde, Jesús dirá
claramente a sus discípulos que ya no puede llamarles siervos, porque un siervo no sabe qué hace
su señor; a vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi
Padre (In 15, 15). Sin embargo, ese privilegio es fruto de nuestra pertenencia a la Iglesia. ¿Qué
sabríamos de Él, de su entrega por nosotros, de sus proyectos con respeto a nosotros, de su amor
en una palabra, si la Iglesia no nos lo hubiera enseñado? Yeso es solamente un conocimiento
externo. La Iglesia nos une realmente a Jesucristo porque nos transmite su vida, y solamente ella
es capaz de hacerlo a través de los sacramentos. Nadie puede conocer realmente a Cristo si no ha
podido «morar en El» por la Eucaristía. Observad la relación que existe entre los dos versículos del
aleluya. «Los dos discípulos (de Emaús) conocieron al Señor en la fracción del pan», una expresión
que muy pronto significó la celebración de la Eucaristía. Y las ovejas le conocen porque, al ser su
pastor, es por definición el que las alimenta. Por tercera vez, el canto de la comunión nos hará oír
la frase crucial de esta misa: «Yo soy el Buen Pastor» que ahora reviste su pleno significado: Él
alimenta a sus ovejas en la Mesa santa y así es como le conocen sus ovejas.
Aún no se ha dicho lo más maravilloso. Jesús compara el conocimiento recíproco del
Pastor y sus ovejas con el que Él posee de su Padre y el que el Padre tiene de Él. Ciertamente, esa
similitud no nos llevaría a captar el grado de esa ciencia mutua. No podemos pretender conocer a
Jesús como Él nos conoce, pues «nadie conoce al Hijo, si no es el Padre» (Mt 11,27). No se trata
tanto de una semejanza Como de una analogía, basada en la reciprocidad misma y en el amor que
surge del conocimiento mutuo. En su última oración, el Buen Pastor nos revelará el precio de
semejante favor antes de morir por nosotros, y entonces no hablará de amor, sino de unidad:
«Padre justo, es he manifestado tu nombre, y se lo manifestaré, para que el amor con que tú me
amaste esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26).
No obstante, Jesús tiene que reconocer que esta unidad, llevada a cabo en los que forman
su Iglesia, no ha alcanzado las dimensiones deseadas. Tengo otras ovejas que no son de este redil.
La decisión del Salvador de reunidas también, y la esperanza de que escuchen su voz alivia la
tristeza que se percibe bajo esta reflexión. ¿De qué otras ovejas se trata? Indudablemente de
todos los hombres, aunque Jesús alude a las «ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24) que
son el objeto de su misión personal, esos hijos de Abraham que aún no han respondido a su
llamada y, más dolorosamente, los numerosos discípulos que, después de haber creído en Él, «se
echaron atrás y no andaban ya con Él» desde el día en que declinó la realeza temporal (Jn 6, 67).
Esta deserción masiva estaba prefigurada en el gesto de sus antecesores, quienes, al regreso del
exilio, decepcionados por encontrarse ante unas ruinas, y sin valor para reconstruidas,
abandonaron al profeta Zacarías. Las ovejas, cansadas de su pastor, lo despidieron entregándole
su salario, treinta siclos de plata. Dios había dicho a Zacarías:" Tira al alfarero el rumboso precio
irrisorio en el que me han valorado (Zc 11,4-17).
Ampliado a la escala actual del mundo, el angustiado deseo de nuestro Salvador nos
hunde en la humillación y el desconcierto, pero debe impedimos también todo descanso hasta
que se haga su voluntad. ¡Cuántos hombres se mantienen fuera del único redil porque no pueden
entrar en él o porque se han marchado! La salvación de los infieles, la conversión de los
equivocados y de los pecadores, la reunión de los cristianos separados, etc.: esas tareas
misioneras de la hora presente solicitan nuestro celo, nuestros sacrificios, y al mismo tiempo
nuestra oración. La secreta menciona discretamente que el pan y el vino de nuestra ofrenda son,
por el modo en que han sido formados de granos sembrados previamente, el símbolo de la unidad
realizada por el sacrificio de Jesucristo. El Señor no ha querido varias iglesias, sino una sola. ¿En
cuántas confesiones diferentes está actualmente desmembrada su Iglesia? ¿Por medio de qué
milagro, Dios, escuchando a su Hijo, reconstruirá la unidad que han roto los hombres? ¡Que el
fervor de nuestras súplicas iguale al menos la intensidad de nuestros remordimientos! Jesús había

66
implorado a su Padre: « ¡Que también ellos sean uno, que su unidad sea perfecta a fin (este «a
fin» es terrible) de que el mundo crea que Tú me has enviado!» (Jn 17, 21). Al no existir un único
redil, el mundo no se convierte a Cristo. Más de la mitad de la humanidad no ha oído, o no quiere
oír hablar de Él. Permaneceríamos sordos a la liturgia de este domingo, si nuestra oración no se
hiciera literalmente «católica» es decir, a las dimensiones del universo.
Acrecentemos también nuestro espíritu católico en el interior de la Iglesia. ¿Por qué
recurrir a la disciplina cuando debía bastar el amor del único Pastor para mantener en nosotros la
alegría de estar reunidos y el deseo irrenunciable de continuar así? La obediencia se
sobreentiende cuando no se pierde de vista que Jesús sigue siendo nuestro Pastor. Acudid al
prefacio del misal, compuesto en principio para la fiesta de los dos grandes patronos de Roma,
extendida luego a las fiestas de los otros apóstoles, y recientemente a las de los papas
canonizados. Jesús es nuestro Pastor para siempre, Pastor aeterno, no abandona su rebaño, lo
guarda siempre bajo su protección incesante por intermedio de los bienaventurados apóstoles
que ha asociado a su obra.
Es lamentable que el culto del Buen Pastor, tan vivo en los primeros siglos del cristianismo,
haya ido cayendo poco a poco en desuso. ¿Quién no preferiría el mármol del siglo III que se
conserva en el museo del Louvre, ese pastor que lleva sobre los hombros la oveja recobrada, a las
numerosas estatuas que abarrotan frecuentemente nuestras iglesias? El del Buen Pastor es uno de
los temas iconográficos más antiguos y más extendidos. Son incontables sus representaciones en
las pinturas de las capillas funerarias, en los sarcófagos, en los muros de los templos, en los cálices
y en los anillos desde el siglo II al IV 0: un testimonio conmovedor de la esperanza de los cristianos
en Cristo, que les arranca de los riesgos de la muerte y los alimenta en su Iglesia, antes de
introducirlos en el redil eterno. Hasta tal punto es «Iitúrgica» la oración al Buen Pastor, que la
encontramos en cuatro misas del misal 0. Durante el prolongado período en el que la liturgia estuvo
abandonada, los fieles no pudieron profundizar en las riquezas de la vida espiritual de la que
habían disfrutado las generaciones precedentes: otras devociones -a la Santa Cruz, a la Santa Faz,
al Sagrado Corazón- surgieron entonces para sustituida. No obstante, todas ellas estaban incluidas
en el culto al Buen Pastor, de gran sabor bíblico, y que tiene sobre las demás el valor de haber
nacido de las palabras mismas de Jesucristo. Nos complace repetir las palabras de Santo Tomás de
Aquino, Bone Pastor, «Buen Nutricio», que eres el verdadero pan de vida, tu nos passe, nos tuere.
Una devoción de intimidad, si las hay, y una devoción eclesial al mismo tiempo, pues el único
Pastor es inseparable del único redil, y no podemos invocarle sin pensar en su presencia en todos
aquellos por los que «El entregó su vida»0.

0
Ver Dictionnaire darchéologie chrétienne et de liturgie, t. XIII, col. 1272.
0
Además de esta, las del primer lunes de Cuaresma, del martes de Pentecostés, y del III domingo después de
Pentecostés.
0
El domingo del Buen Pastor fue elegido afortunadamente por la insistencia de los sínodos del clero bajo la
presidencia del obispo. Algunos autores opinan que esta circunstancia no es ajena a la elección de las
lecturas de la misa. Desde el papa San Gregorio, en el comentario del Evangelio, se dirige a los sacerdotes
para recordarles sus deberes. Es también tradicional que este domingo, los fieles recen especialmente por
sus «pastores» en todas las parroquias católicas.

67
Tercer domingo después de Pascua

Capítulo XVI. ORACIÓN PARA PERMANECER FIEL A LA VERDAD.

¡Oh, Dios! Que ofreces a los que andan


extraviados la luz de tu verdad para que
puedan volver al camino de la santidad,
concede a todos los cristianos rechazar lo
que es indigno de tal nombre y cumplir lo
que este nombre significa. Por nuestro
Señor Jesucristo... (Colecta de la misa).0

Al hacemos implorar la ayuda de Dios, las oraciones litúrgicas nos instruyen al mismo
tiempo sobre nuestros deberes. Son una llamada del hombre a Dios y una llamada de Dios al
hombre. Y esta no es una excepción. Por su situación en el misal, sirve en cierto modo de
transición entre el segundo y el tercer domingo del tiempo pascual. Hace ocho días, San Pedro
felicitaba en la epístola a «las ovejas errantes por haber vuelto al Pastor de sus almas»; hoy va a
concretar las normas de su comportamiento en medio de una sociedad que no es cristiana.
Idéntica progresión se produce de un evangelio a otro. Las puertas del redil en el que vemos a
Cristo reuniendo a sus ovejas se abren esta mañana: los corderos tendrán que enfrentarse con los
lobos. ¿Cómo convertirá la Iglesia al mundo si no penetra en él? De ahora en adelante, los
incrédulos de ayer tendrán que atestiguar su fe, los pecadores de ayer habrán de dar ejemplo de
su virtud. Esta misión incumbe en primer lugar a los cristianos de todos los tiempos, y la primera
condición para realizada consiste en que permanezcamos fieles a la verdad. Por eso pedimos la
ayuda de Dios.
El texto de nuestra colecta indica la época en que fue redactada. Así designa la Iglesia a
aquellos por los que formula su oración: «qui cristiana professione censentur». El verbo censere se
podría traducir aquí por su equivalente francés «recensar». Se aplica a los que, con ocasión de las
solemnidades pascuales, han sido inscritos como fieles que profesan la fe cristiana.
Ante todo, son los nuevos bautizados que, durante la vigilia nocturna del Domingo de la
Resurrección, han rechazado formalmente, abominado (respuere) las maniobras de Satán; ya han
confesado públicamente su fe en las tres Personas divinas y han jurado entregarse a Jesucristo
(sectari) cuyo nombre llevan ahora con orgullo.
Los neófitos a los que el bautismo había «iluminado», como ya se decía en tiempos de San
Justino, vegetaban hasta entonces entre tinieblas. Algunos de ellos habían abandonado
recientemente los mitos y los vicios del paganismo. Los había pertenecientes a familias en las que
uno de los progenitores era cristiano; estaban destinados al catecumenado desde su infancia, pero
la necesidad de romper con las fáciles costumbres de sus contemporáneos les hacía diferir una
decisión costosa, en ocasiones por consejo de una madre cristiana a la que asustaban las severas

0
Deus, qui errantibus, ut in viam possint redire iustitiae, veritatis tuae lumen ostendis: da cunctis qui
christiana professione censentur, et illa respuere quae huic inimica sunt nomini, et ea quae apta sunt, sectari.

68
obligaciones que la doctrina de Cristo imponía a unos temperamentos violentos y sensuales. En las
cátedras de los retóricos paganos, aquellos jóvenes oían unas filosofías más complacientes con las
pasiones humanas que la locura de la cruz que enseñaban los ministros de la nueva religión.
También muchos se empeñaban en sus errores, aunque una fría razón les mostrara la inanidad de
las antiguas fábulas y los peligros sociales y morales de los misterios paganos. Sin embargo, más
eficaz que sus razonamientos, una influencia secreta había cortado de raíz sus dilaciones y les
había permitido captar «la luz de la verdad» que DIOS no esconde a nadie, y que termina por
convencer a los hombres de buena voluntad. Aquel día, la liturgia les invitaba a dar gracias a Dios
por no haberles dejado más tiempo en el error y haberles hecho encontrar el camino de la
salvación.
Por otra parte, si los catecúmenos s se habían adherido a la verdad en medio de la alegría
de la noche pascual, dos días antes, los antiguos bautizados se arrepentían de sus extravíos. Los
«extraviados» a los que alude la colecta, eran también cristianos infieles a su bautismo. Víctimas
de pasiones mal apagadas o arrastrados por el ambiente pagano, habían recaído en unas
conductas culpables a las que habían prometido renunciar. Unos, bajo el impulso de la cólera,
habían dado muerte a un enemigo; otros, por respetos humanos o por alcanzar un progreso en sus
carreras, o, si eran comerciantes, para no perder a un cliente acaudalado, habían participado
exteriormente en un rito idólatra; algunos no habían podido resistirse al ansia de asistir a las
luchas homicidas del anfiteatro, y los había que, con su comportamiento, habían escandalizado a
sus hermanos.
Ahora bien, la Iglesia no habría conseguido transformar la conducta de sus fieles, si
hubiera tolerado sus recaídas en tan graves pecados. Su bondad la obligaba a mostrarse
implacable. Durante un espacio de tiempo, generalmente muy prolongado, apartaba a los
culpables de las celebraciones eucarísticas, y únicamente permitía su presencia al comienzo de la
función litúrgica, re1egándolos lejos del altar. Solo después de que dieran signos inequívocos de
arrepentimiento y pruebas patentes de enmienda, el obispo decidía poner término a la exclusión
de la vida de la Iglesia. Aquellos «penitentes» estaban sometidos a una última prueba que
coincidía con la Cuaresma, inaugurada para ellos con la imposición de la ceniza e incluyendo,
además del ayuno, el uso del cilicio y otras penas rigurosas. La ceremonia de reconciliación tenía
lugar en la mañana del Jueves Santo. Una vez reintegrados a la comunidad cristiana, aquella
misma noche estaban admitidos a participar en la ceremonia conmemorativa de la Cena del Señor.
Entre sus numerosas alegrías pascuales, la Iglesia contaba con el regreso al redil de los hermanos
extraviados a los que Dios había hecho ver la gravedad de sus faltas «para que puedan volver
(redire) al camino de la salvación».
Por otra parte, la institución de la Cuaresma no estaba orientada exclusivamente a
penitentes y catecúmenos: la Iglesia imponía a sus mejores fieles este período de penitencia y
oración más asiduas como un medio de reavivar su fe, de moldear el carácter, de afinar la
conciencia, en resumen, de avanzar en la obra siempre inacabada de la santificación. Cualesquiera
que sean los orígenes históricos del texto que estamos meditando, ese medio nos atañe a todos
también en nuestros días. La Cuaresma y la liturgia del gran Triduo nos suponen nuevas gracias de
conversión. Ante la cruz del Calvario hemos tenido, por lo menos, que reprocharnos nuestros
fallos y nuestras omisiones, y corregir quizá unos extravíos que nos hacen deslizamos hacia la
tibieza o la mediocridad. Y en la mañana de Pascua, a la luz de la Resurrección, hemos tomado el
camino de una fidelidad más estricta y más amorosa a las enseñanzas y ejemplos del Salvador. Una
vía estrecha, ciertamente, pero se avanza por ella con más facilidad porque encontramos la paz
con la verdad.

69
Han transcurrido tres semanas desde nuestra conversión pascual: no nos detengamos, no
retrocedamos en el camino: la Iglesia reza esta mañana para que permanezcamos fieles a la
verdad.
La liturgia del tiempo pascual parece haber orientado nuestro camino hacia una vida
nueva. Ha llamado en primer lugar a la unidad del pueblo de Dios: a todos los que creen que Jesús
es el Hijo de Dios (1 domingo) y que están igualmente adheridos a la Iglesia donde Cristo les ha
reunido (II domingo). Pero la comunidad cristiana no se opone a los individualismos más que para
desarrollar las individualidades; así, los textos litúrgico s se dirigen a continuación a la conciencia
de cada uno. Ahora bien, no siempre tendremos la facilidad o la capacidad de considerar los
detalles nimios de una decisión que hay que adoptar: necesitamos un criterio que indique a
nuestra conciencia inmediatamente lo que se debe rehusar y lo que se debe realizar. La colecta
nos lo indica: ese consejero inmediato será el respeto a nuestro nombre de cristianos.
En efecto, ¡qué nombre tan hermoso! Los primeros discípulos del Señor jamás pensaron
en atribuírselo: los judíos, por su parte, se guardaban mucho de profanar el nombre del Mesías
cuando se referían a aquella secta de galileos apóstatas. Fueron los paganos de Antioquia quienes
designaron con ese nombre a los numerosos conversos a la nueva fe (Hch 11, 26), a todos aquellos
conversos que no tenían en la boca otra palabra que Christos, un crucificado que, según ellos,
estaba vivo, al que adoraban como a su Dios y por el que habían cambiado radicalmente su forma
de vida, eran «las gentes de Cristo», los «cristianos». Un apelativo ocasional pasó a ser nuestro
título de gloria. Una gloria usurpada, sin embargo, si no fuéramos realmente los de Cristo, los que
lo reivindican como un maestro porque su doctrina es la regla de su vida. ¿Podríamos afirmar que
Cristo vive en nosotros, si nuestra conducta estuviera en contradicción con el Evangelio?
Ciertamente, es fácil comprender la severidad de los descreídos respecto a nosotros. Por
lo menos es indiscutible cuando denuncia lo ilógico del cristiano infiel: « ¡Y se atreve a llamarse
cristiano!... ». Nuestro juicio no debería ser menos riguroso. Por supuesto, no hablo del mal
explícito prohibido a todos, sino de ~os cálculos egoístas, de las mezquindades, de as cobardías
disfrazadas de prudencia, de la falacia que se oculta so pretexto de defender a virtud, y de toda
clase de demás vilezas incompatibles con el nombre de cristiano. Dios desea que «los rechacemos
con desprecio»: no es bastante. La referencia instantánea a nuestra condición de cristianos nos
exige una dignidad de vida, una sencillez en el don de uno mismo, una audacia alegre al servicio de
la justicia, una constancia en el esfuerzo, en resumen, una voluntad inquebrantable de honrar a
Aquel cuyo nombre llevamos. « ¿Qué pensaría en mi lugar, qué diría, qué haría nuestro Jefe de
filas?». El orgullo de llevar su nombre nos dictará las exigencias y nos hará vivir en la verdad.
Esta preocupación nos aconseja releer nuestra oración en medio de las perspectivas más
amplias que nos sugiera el deseo de Jesús por llevar a su redil a las ovejas que no forman parte de
él. ¿Por qué no rezar esta mañana por todos los que viven en el error? Ahí encontraremos, sin
duda, el secreto de mantenemos nosotros mismos más fieles a la verdad.
La colecta afirma que «Dios muestra la luz de la verdad a los que se desvían para que
puedan encontrar el camino de la salvación». Aquí surge una dificultad: gran número de hombres
con los que compartís vuestras ocupaciones cotidianas y que no conocen o que infravaloran el
cristianismo, no entienden absolutamente nada de lo que nosotros llamamos la «salvación». Esa
palabra carece para ellos de todo significado. Emplearse directamente en ello solo serviría para
endurecer su actitud: solamente buscan la felicidad en esta tierra... La buscan, pero no la
encuentran. Antes o después reconocen que la felicidad del hombre no reside en las cosas que
adquiere, sino en el enriquecimiento y desarrollo de su personalidad. Buscan una realización total
que nada en la tierra les procura, y nosotros pedimos a Dios que les envíe la luz de su verdad en
esta búsqueda. Le rogamos les haga ver que Jesucristo puede colmar sus aspiraciones y

70
comunicarles el complemento que necesitan, porque, en definitiva, Él es el «Salvador» de todos
los hombres.
Indudablemente, ignoramos lo que Dios hace oír a quienes viven en el error, pero Dios nos
ha encargado desvelarles la luz de la verdad. Por deseo de Jesús, somos «la luz del mundo», el
punto de mira que atrae las miradas de los hombres, el faro que les ilumina en su noche, y si el
faro se apaga, ¿qué naufragios tendrán lugar? Y el Maestro continuaba: «Brille así vuestra luz ante
los hombres; que la rectitud de vuestras acciones sea para ellos un ejemplo capaz de inducirles a
dar también gloria a Dios».
Actualmente, hay muchas personas que no aceptan los dogmas de la religión cristiana,
porque no ven que los cristianos observen los preceptos. Los problemas metafísicos solo inquietan
a unos pocos. La mayor parte están obsesionados por unos problemas concretos que les impiden
verlos: el problema del cuchitril que hace imposible la vida familiar querida por Dios, el problema
del pan cotidiano, el problema de la inseguridad al término de la vida laboral, el problema de la
promoción de la clase obrera, el problema de la paz entre los pueblos, etcétera. ¿Puede Cristo
librarles de todas esas inquietudes? Si no tratamos de resolver esos problemas, no somos
plenamente fieles a nuestro nombre de cristianos, y lo traicionaríamos si dilatáramos la solución
porque nos asusta. No seremos discípulos de Cristo mientras no cooperemos a liberar a la persona
humana de los obstáculos que nacen de un orden social defectuoso. Tenemos razón al condenar
las soluciones de los reformadores materialistas, pero a condición de establecer un régimen social
más perfecto que el que ellos proponen. Nuestros hermanos apartados comenzarán a interesarse
por la verdad del cristianismo cuando vean a los cristianos trabajar, desvelarse y sufrir con ellos
para erradicar la miseria.
Hay otros que se han alejado de la religión por motivos de orden intelectual. ¿Lograremos
convertirlos gracias a unas hábiles discusiones? Nunca seremos capaces, y las controversias
raramente convencen. Es más eficaz el testimonio que la discusión. ¿Saben realmente los
descreídos lo que es la fe? Se la imaginan como una adhesión a un catálogo de proposiciones
dogmáticas, mientras que en primer lugar es la adhesión a una Persona que nos capta
enteramente. La luz que podemos ofrecerles es el espectáculo de una fe viva, de cristianos
conquistados por Jesucristo que viven de su espíritu rebosantes de su caridad.
Por último, ¡cuántos viven en el error sin ser desdichados ni intelectuales! Indiferentes,
más que descreídos, se dejan vivir sin plantearse cuestión alguna. Ellos también necesitan del
ejemplo indiscutible de nuestras vidas cristianas para descubrir la luz de la verdad. Ignoran que
unos hombres como ellos, en unas condiciones de vida semejantes a las suyas, viven una vida con
un destino sobrenatural. No adquirirán esa seguridad a través de nuestras palabras, sino de
nuestros actos, viendo junto a ellos a cristianos sin soberbia, desinteresados, desprendidos del
dinero, felices en su modesta situación, confiados en Dios a pesar de la incertidumbre del mañana,
fuertes en medio del dolor, sonrientes en la adversidad... Entonces sabrán que, realmente, existen
hombres para los que el Cielo no está vacío.
Este era el consejo que San Pedro daba a los primeros cristianos y que leemos en la
epístola de la misa: «Tened entre los paganos una conducta ejemplar, de modo que en lo mismo
que ahora os calumnian como malhechores, cuando vean vuestras buenas obras, glorifiquen a
Dios el día de la visitación». Así, tanto para nuestra perseverancia personal, como para mostrar la
luz de la verdad a los alejados, disponemos de una fuerza soberanamente eficaz: la que pedimos a
Dios que nos conceda: «nunca mentir a nuestro nombre de Cristianos»

71
Tercer domingo después de Pascua

Capítulo XVII. FORASTEROS Y PEREGRINOS

Tened entre los paganos una conducta


ejemplar (1 P 2, 12).

La Iglesia proponía el programa que leemos en la epístola de hoya los neófitos destinados
a llevar el nombre de Cristo a un mundo pagano. Impregnada de esta fidelidad gozosa que es la
característica del tiempo pascual, sigue siendo de una impresionante actualidad para nosotros.
Forasteros y peregrinos. Dos imágenes con las que la piedad judía se complacía en
describir la condición del hombre sobre la tierra 0. Aquí abajo somos forasteros. Mientras que la
naturaleza atiende previsoramente a las necesidades del animal, nada ha dispuesto para
recibirnos sobre la tierra: se diría que no nos esperaba. Para alojarse, vestirse y alimentarse, el
hombre ha tenido que luchar contra ella, despojada o domesticada. La naturaleza confía sus
secretos al instinto del animal, pero los oculta al extraño: la inteligencia del hombre debe
arrancárselos uno a uno. Este forastero está influido por la nostalgia de otro mundo: este es
demasiado estrecho para él. Como el débil ser pensante que es, se evade y pasa su vida en
regiones irreductibles al universo físico: afirma su libre albedrío, descubre las nociones del bien y
del mal, se declara ligado a unos deberes por los que sacrifica sus gustos, y cuando los infringe, se
condena. ¿Eso se lo ha enseñado la tierra? La naturaleza le inspira el instinto de conservación, y él
practica la caridad. No; ese peregrino del ideal no está hecho para vivir aquí (Hb 13, 14). ¿Acaso no
conversa con el autor de todos los mundos y considera que su verdadera patria está junto a Él?
Ese viajero presiente que al final de su camino está la casa del Padre con sus muchas moradas. Por
todo lo que le caracteriza, el hombre no pertenece a la tierra: es un extranjero, un huésped de
paso.
Por otra parte, volviendo a esta fórmula del Antiguo Testamento, San Pedro limita su
aplicación. Su objetivo consiste en indicar a los cristianos de su tiempo la conducta que han de
observar en medio de la sociedad pagana de la que constituyen una exigua minoría. Para
comprender las advertencias del apóstol, y sobre todo para entender la carta plenamente, es
preciso recordar las circunstancias en que se dirige a las comunidades cristianas dispersas en Asia
Menor.
La carta fue escrita, indudablemente, poco tiempo antes de la persecución de Nerón, en el
año 63. Pedro está en el lugar adecuado para percibir los primeros rugidos de la tormenta que se
aproxima, pues el viento ha girado en contra de la naciente Iglesia, ya entonces
sorprendentemente próspera. Las colonias judías dispersas por el imperio romano gozaban del
privilegio de conservar su religión nacional y, a ojos de las autoridades, el cristianismo pasaba por
ser una secta judía más o menos disidente. Bajo el reinado de Claudio, un decreto del año 49 había
expulsado de Roma a los judíos, acusados «de haber provocado problemas en la ciudad -impulsore
Chresto, escribe Suetonio-, a causa de un tal Cristo» que el historiador considera simplemente un

0
Por ejemplo, Sal 13; 118, 19; Hb 11, 13.

72
agitador. Así, los judíos se apresuraron a expulsar a los «renegados» de su seno,
desentendiéndose de ellos ante el poder y la opinión. De este modo se produjo la ruptura entre la
Sinagoga y la Iglesia. En consecuencia, esta se convirtió en una sociedad religiosa autónoma que ya
no podía requerir la tolerancia concedida al judaísmo. Los cristianos entraban en el terreno del
derecho común, obligados por tanto a observar la religión del Estado y especialmente el culto al
dios-emperador. Como se negaban a ello, los paganos los consideraban «impíos», de modo que a
Nerón le resultó fácil desviar hacia ellos la cólera del pueblo cuando prendió fuego a la ciudad.
Fueron considerados «menos culpables del crimen del incendio como de haberse hecho odiosos al
género humano» (Tácito).
La carta de San Pedro ha de leerse bajo esta luz. Los paganos detestaban a los cristianos.
¿Se encerrarían en ellos mismos inaugurando un gueto, respondiendo alodio que provocaban con
una actitud quisquillosa? El jefe de la Iglesia no es de esta opinión, y no es eso lo que quiere decir
al recordarles que son «forasteros y peregrinos».
Leamos atentamente la frase del apóstol: «Carísimos, os exhorto a que, como forasteros y
peregrinos, os abstengáis de los deseos de la carne que combaten contra el alma 0. La prohibición
que impone a los cristianos se refiere a las ocasiones de pecado que abundan entre los paganos
que les rodean. No sería tolerable cualquier compromiso de ese tipo, o en tal caso renegarían de
su fe. Ellos aparecen como forasteros en aquellos ambientes corrompidos e idólatras. Aunque
entienden la lengua de los personas que no viven más que para lo terrenal, la hablan mal;
desentonan. Al observar su comportamiento, los «indígenas» tomarán por locos a esos hombres
que no se aferran al dinero ni a los honores, que rehúsan vengarse, que no contentos con
condenar el vicio, se abstienen de él. Pero ¿acaso no son unos peregrinos? Si no les preocupan las
posibles alegrías de la tierra, es porque solamente están de paso, van más allá de lo terrenal,
miran más arriba. Un rechazo categórico, pues, hacia todo lo que deshonre su nombre de
cristianos.
Sin embargo, el apóstol no concluye que deban esconderse, aislarse de sus vecinos o
retirarse de la vida pública como si fueran emigrados en el interior de su país. Lejos de ello: tienen
que ocupar su lugar en medio de los demás. ¡Que vivan al aire libre, en casa de cristal y que se les
vea en cualquier sitio en el que puedan hacer el bien! «Tened entre los paganos una conducta
ejemplar», con objeto de evitar cualquier prejuicio en contra vuestra. Como no participáis en sus
fiestas rituales, os acusan de ateísmo, os reprochan que atraigáis la venganza de sus dioses en
forma de catástrofes, y os tratan de «malhechores». Responded con vuestra buena conducta:
vuestras rectas acciones terminarán por abrirles los ojos. ¿Intentar refutar sus calumnias? Trabajo
perdido: gritarán más fuerte que vosotros. Existe un medio más eficaz para cerrar la boca a esos
insensatos (obmutescere, literalmente amordazar), que es el de practicar el bien como Dios lo
quiere. Vuestro comportamiento ejemplar será vuestra justificación más segura. Demostradles
que también rezáis, y con un respeto distinto a la majestad divina; mostraos los primeros en todo,
los mejores entre los mejores. Sed buenos cabezas de familia, buenos esposos, buenos vecinos,
buenos ciudadanos, y no tendrán más remedio que callar».
San Pedro se ve obligado a insistir sobre la acusación de falta de civismo de los cristianos,
con objeto de que procuren no dar motivos para ella como consecuencia de un resentimiento
bastante frecuente entre las minorías oprimidas, y que se traduciría en una oposición sorda frente
a los poderes públicos. La actitud del cristiano ante las autoridades civiles se basa en la lealtad y en
la independencia. «Someteos, por el Señor, a toda humana institución. La autoridad es necesaria
para promover y lograr el bien común, así como para reprimir a los causantes del desorden. Sin
embargo, esta obediencia no llega hasta deificar al Estado y al imperator que lo encarna. César no

0
Esta idea se repite en la secreta de la misa.

73
tiene derecho sobre vuestras conciencias. En este aspecto no dependéis de él, sois libres». El
apóstol concreta su exposición: «No abuséis de esta libertad para infringir vuestras obligaciones
reales ante el poder civil, como defraudar en los impuestos, vender por menos del precio, tratar
de obtener ventajas personales en detrimento del interés general. Comportaos como libres y no
como quienes hacen de la libertad una cobertura de la malicia, velamen malitiae. Servidores de
Dios, vuestra libertad reside en la fidelidad a sus leyes. Así os liberaréis del despotismo del César y
de la tiranía de vuestro egoísmo». Y termina con cuatro recomendaciones que parecen lanzadas al
azar, pero cuyos matices y ritmo subrayan el resumen de los deberes de los discípulos objeto de
las críticas de los paganos: «Unidos los unos a los otros, amad a vuestros hermanos; vuestros
enemigos tienen derecho, a pesar de todo, a vuestra consideración, respetad a todos los hombres.
Sed ciudadanos leales e irreprochables, pero a quien debéis obedecer es a Dios. Honrad a todos,
amad la fraternidad, temed a Dios, honrad al rey».
Cuando comprobamos que el «rey» para el que el jefe de la Iglesia exigía el respeto de los
cristianos no era otro que un asesino coronado y un siniestro comediante, y que Nerón iba a
responder a este homenaje exterminando a sus súbditos más sumisos (« ¡Los cristianos a los
leones!»), uno se siente dividido entre dos impresiones contradictorias. ¿No tendrá razón el
profano al encogerse de hombros? O se ríe: «Cristianos, ahorraos vuestra adulación al poder», o
nos compadece: «Seréis eternamente engañados». En cambio, un observador atento no puede
evitar su admiración por el antiguo pescador galileo que, perdido entre los más oscuros habitantes
de Roma, ordena a todos sus hermanos en Cristo honrar al que el día de mañana será su verdugo.
«Someteos al rey porque es el soberano». Ni halagos ni desafíos. Pedro ignora las combinaciones
de la diplomacia y las habilidades del cortesano. Afirma el derecho y prescribe el deber. El resto es
asunto de Dios.
Forasteros y peregrinos. Ponderemos el auténtico alcance de esos dos calificativos, en
lugar de usarlos como biombo de nuestra timidez o como un pretexto para desertar del puesto en
el que hemos de servir a Dios y a los hombres. Resignémonos al hecho de que un auténtico
cristiano es fatalmente criticado por sus enemigos y por sus amigos, calumniado por los primeros e
incomprendido por los segundos. Si es realmente cristiano, siempre encontrarán que lo «ha hecho
mal»: es torpe, asombra, desentona. Él, por su parte, considera que hubiera podido hacer más o
hacerlo mejor, porque nunca está satisfecho de sí mismo. Sí; forastero y peregrino, porque,
siguiendo el ejemplo del Señor, no es de «este mundo» y va caminando hacia el Padre. Pero vive,
por supuesto, «en el mundo». Tiene que llevar a cabo su tarea en esta tierra para abrir los ojos de
los hombres; y gracias a su buena conducta, prepara su destino eterno a lo largo de su vida en
medio de todo el mundo.
Tened entre los paganos una conducta ejemplar. San Pedro desea que los cristianos se
expresen abiertamente, que se muestren tal y como son, sin extraviarse en peligrosos
oportunismos. No tienen que hacerse perdonar el ser cristianos ni excusarse por ocupar su lugar al
sol. San Pablo lo escribió así a los corintios: «El mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro,
todo es vuestro; y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Cor 3, 22). ¿No mermaremos esta
seguridad suponiendo que la fuerza de los cristianos reside únicamente en su número? ¿Minoría o
mayoría? Ese lenguaje nos es «ajeno». El apostolado ignora el juego de las tácticas parlamentarias.
Si nuestra conducta cambiara según fuéramos los más o los menos numerosos en una sociedad; si,
a veces audaces y a veces timoratos, presentáramos la verdad bajo distintos colores, tal
comportamiento iría en contra de la verdad. En todas las ocasiones, nuestra conducta debe ser la
misma, una conducta ejemplar inspirada por la fe.
Mientras los demás solamente encuentren «extrañas» nuestras creencias y nuestros ritos,
permanecerán indiferentes; lo que les debe parecer extraño es nuestra conducta,
desacostumbrada, fuera de lo ordinario, y entonces habrá quien busque los motivos de ello.

74
Cuando reconozcan a los cristianos porque miran a la cara con mirada limpia y alegre, cuando
estos les den pruebas de que son hombres tan viriles, tan audaces, tan instruidos y tan expertos
como los demás, firmes en el dolor y capaces de resistir los golpes duros, hombres de vanguardia
que hay que contener antes que estimular, entonces se cumplirá la predicción de San Pedro. Los
que les acusan de mal comportamiento o de hacer daño tendrán que callar, y varios de entre ellos
podrán recibir la visita de Dios.
En cuanto a los principios enunciados por el Apóstol en lo que concierne a la actuación
cívica del cristiano ¿no demuestran que la doctrina de la Iglesia está establecida desde los
primeros años de su existencia, hasta tal punto que, incluso en nuestros días, en los que las
situaciones políticas son completamente distintas de las de entonces, la primera de las encíclicas
pontificias no ha sufrido un retoque ni una adición?
Lo que resalta en nuestra epístola, para el que la quiere leer bien, es el sentimiento de que
el cristiano es un hombre libre: el más libre de los ciudadanos. Era una afirmación audaz en una
época en la que abundaban los esclavos y donde los ciudadanos eran cosa del Estado. La libertad
del otro y la propia libertad son igualmente sagradas para un cristiano. Como tal, no puede
ratificar cualquier forma de esclavitud (y la esclavitud forzada no ha desaparecido completamente
de nuestra organización social); y como tal, tampoco puede aceptar para él cualquier servidumbre,
incluso disfrazada; se mantiene al margen de clanes o de coaliciones sospechosas. En el ámbito de
la vida pública, no aliena su libertad de opinión: no da carta blanca más que a Dios. Se somete sin
restricciones a las instituciones humanas encargadas de promover el bien común, pero solamente
en la medida que le permita exclusivamente el veto de su conciencia. Lo mismo que Pedro profesa
un respeto por el emperador en el ejercicio de sus funciones legítimas, le niega el derecho de
atentar contra su fe. «Temed a Dios, honrad al rey». El apóstol sigue siendo fiel a Dios y, sin
maldecir al soberano, se deja crucificar cabeza abajo. La libertad de acción del cristiano, en la
medida en que pueda usada, se refiere igualmente a las leyes divinas, que constituyen a la vez el
límite de la obediencia a los hombres y el límite de su propia independencia. Ha situado
demasiado alto el culto de la libertad como para profanado; tampoco puede recurrir a unos
medios reprensibles para hacerlos servir a una causa que cree buena. Dos jalones señalan su
camino: la honradez y el desinterés.
En fin, se trate de juzgar o de actuar, no olvidemos que debemos a nuestros hermanos
cristianos la «caridad», y a todos los hombres el «respeto». Si nuestra unanimidad es incondicional
en materia religiosa, se nos concede amplitud en el terreno de la actuación civil. Algunos lo
lamentan, pues piensan en la eficacia que se obtendría gracias a la unidad de acción en el orden
temporal, pero ¿esta eficacia actuaría necesariamente en beneficio de los principios cristianos?
Consultemos determinadas páginas de nuestra historia. ¡Qué sabiduría la de la Iglesia al evitamos
los compromisos! No nos quejemos de ese derecho a la diversidad de opiniones igualmente
eficaces, cuando no más, porque es una fuente de enriquecimiento siempre que vaya acompañada
de una benevolencia comprensiva y amistosa hacia los que piensan de un modo distinto y que no
implique una suspicacia inmotivada por parte de alguien. «Respetad a todos los hombres, amad a
vuestros hermanos». A este precio practicaremos la auténtica libertad de los hijos de Dios, y la
rectitud de nuestras intenciones y la lealtad de nuestra conducta serán nuestra defensa más sólida
en este aspecto. «Comportaos bien y dejadles hablar», aconseja un proverbio. Corrijámoslo
introduciendo en él el acento cristiano del lenguaje de San Pedro: «Comportaos bien y dejad
actuar a Dios».

75
Tercer domingo después de Pascua

Capítulo XVIII. UN POCO DE TIEMPO

Vosotros os entristeceréis, pero vuestra


tristeza se convertirá en alegría.
(Jn 16,20)

El tema de la alegría, que en la misa de este domingo reaparece en el salmo de entrada


para ampliarse en la «alabanza sin fin» del cántico del ofertorio, reviste, en el segundo versículo
del aleluya, un carácter netamente pascual. En él aclamamos a Cristo resucitado, aunque
reconociendo que solamente a través del sufrimiento ha podido entrar en su gloria. El cristiano no
debe, pues, esperar una suerte distinta. Su alegría no es producto de la imaginación ni una huida
hacia lo irreal: también para él es el fruto de la cruz. La epístola de San Pedro nos muestra ya a la
Iglesia expuesta a la oposición de los paganos. Nuestro Señor es aún más serio: «Lloraréis y os
lamentaréis, y el mundo se regocijará», pero se apresura a añadir que nuestras tristezas presentes
no deben desmoralizamos, pues la duración de nuestra tristeza será corta y se cambiará en alegría
«Y nadie os quitará vuestra alegría».
Los textos de este día Y de los tres domingos siguientes proceden del capítulo 16 del
cuarto evangelio. Antes de cualquier comentario convendría leerlo completo, en el orden en que
lo redactó San Juan Y que el misal ha alterado (más adelante diremos la razón). El apóstol resume
en él las últimas instrucciones del Salvador antes de dejar a sus discípulos para ir al encuentro de
la muerte. Aquellos desdichados están abrumados por el dolor Y el Maestro se esfuerza por
consolarlos. Ahora bien, les anuncia dos cosas que no han logrado comprender: en primer lugar,
su partida hacia el Padre (14, 12, 28); 16, 5), Y luego su regreso a ellos. Ya hemos descrito el estado
de ánimo de los discípulos: «Si Jesús es el Hijo de Dios, no debe morir, no puede morir, Y ¿para
qué, si ha de revivir?». Además, se ha expresado en unos términos bastante enigmáticos: Un poco,
y ya no me veréis; y otro poco, y me veréis 0. Los apóstoles demasiado emocionados para
interrogarle, se preguntan unos a otros lo que ha querido decir. Sin darles la clave del misterioso
«un poco Y ya no me veréis», Jesús les anuncia que se afligirán, pero que su tristeza se tornará en
gozo, pues afirma claramente, «os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará
vuestra alegría». Un poco de tiempo. La repetición de la fórmula, en primer lugar por los discípulos
y luego de nuevo por el Señor, deja suponer la intención de San Juan de grabarla en la mente de
sus lectores. Ahora nos corresponde a nosotros preguntar lo que significa ese breve plazo, pues la
respuesta del Salvador puede dar lugar a dos interpretaciones.
A primera vista, Jesús parece aludir a la resurrección que seguirá a su muerte. Todavía un
poco de tiempo, unas horas, las últimas horas de intimidad, y los apóstoles ya no le verán. Tendrán
el corazón herido, mientras que sus enemigos se alegrarán. Pero la separación será breve. Un poco
de tiempo aún, apenas tres días, y le volverán a ver y su tristeza se tomará en gozo.

0
La Vulgata añade al final las palabras porque vuelvo al Padre, que no aparecen en el texto griego.

76
Sin embargo, esta explicación del breve plazo no es· completamente satisfactoria. ¿Acaso
Jesús no debe «ir al Padre» previamente? Ahora bien, no lo hará hasta el día de la Ascensión.
Además, el contexto del discurso de despedida (y especialmente el del capítulo 16) es muy
explícito sobre la naturaleza de las penas que esperan a los apóstoles mientras que el Mundo se
alegrará (el Mundo y no solamente los «judíos» autores de la muerte de Jesús). El Señor no les
oculta las persecuciones que el Mundo les tiene reservadas: «Se acerca la hora -les dice- en la que
quien os dé muerte piense que así sirve a Dios». Y la conversación termina con esta frase: «En el
mundo tendréis tribulación, pero confiad, yo he vencido al Mundo». Estas predicciones,
destinadas a evitar las dudas sobre este período posterior a la resurrección, se refieren a la suerte
de los apóstoles después de que Jesús suba al Padre.
San Agustín, que se alinea con este criterio y comenta el texto latino, oscurecido por el
punto final «porque yo voy al Padre», aconseja cambiarlo de lugar y leerlo así: «Un poco de
tiempo y no me veréis, porque voy a mi Padre; un poco de tiempo aún y me volveréis a ver».
Jesús, pues, habría aludido a su vuelta al final de los tiempos, a la alegría eterna de la Iglesia a raíz
de la parusía inaugurada el día de la resurrección, y al Cielo, tras las luchas de la tierra, para cada
uno de sus discípulos. La parábola de la mujer en el parto elimina nuestras últimas dudas sobre el
verdadero sentido de las palabras del Salvador. Así como la joven madre, tras los grandes dolores
del parto, olvida sus padecimientos, feliz por haber dado un nuevo hombre al mundo, la Iglesia,
acosada por los ataques de sus enemigos, destinada a renuncias y sacrificios para permanecer fiel
a su Cabeza, cuando regrese Jesús ya no recordará sus padecimientos de la tierra ante la enorme
alegría de haber hecho nacer una humanidad nueva, una raza divina. «Entonces -escribe San Juan-
enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque lo
anterior ha pasado» (Ap 21, 4). Esta alegría, que Jesús promete a sus discípulos, absolutamente
nadie podrá arrebatársela.
La primera verdad del cristianismo, es decir, que los padecimientos de los apóstoles hacen
más eficaz su misión -lo mismo que el grano de trigo no produce nuevas espigas si no muere en la
tierra-, se deduce naturalmente del Evangelio, pero no constituye una enseñanza directa.
Nuestro Señor nos advierte en ella que el hecho de ser discípulos suyos implica
necesariamente las persecuciones. Si el Mundo nos mimara en lugar de acosarnos, significaría que
ya no seríamos cristianos. «Como no sois del mundo, el mundo os odia, pressuram habebetis», la
misma palabra que describe el padecimiento de la joven madre non meminit pressurae. En ambos
casos el sufrimiento es ineludible, pero da paso al gozo del que es la condición. No se puede
conocer la felicidad duradera de la maternidad, a menos que se soporten los dolores pasajeros: no
se puede ser cristiano a menos que se sufra la persecución. La persecución es un bien para
nosotros y nos merecerá un gozo sin proporción con la pena sufrida. Un bien para nosotros, un
bien personal, hecha abstracción, lo repetimos, de la fecundidad de nuestro apostolado y de la
conversión del mundo, que son otros motivos de alegría.
Lo que Jesús pone de relieve es el beneficio personal de la persecución. «No es el criado
más que su señor. Si a mí me persiguieron, también a vosotros os perseguirán» (15, 20). Era
preciso que el Cristo sufriera por parte de los hombres para entrar en su gloria; igualmente es
preciso que los cristianos sean acosados por el Mundo para entrar en la gloria del Señor. Jesús
llevó a cabo la redención de los hombres, y nadie más que Él podía hacerlo; pero no se realizó una
vez por todas: se efectúa por cada hombre personalmente a lo largo de su vida. Participaremos en
la redención del Salvador a condición de que pasemos, como Él, de la derrota a la victoria, de la
muerte a la resurrección, de la cruz a la gloria. «Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo» y la
Iglesia con Él. Todos los cristianos están en agonía, en la lucha hasta el fin de los tiempos. El
resultado del combate no es dudoso, ya que Cristo ha vencido al Mundo, pero el cristiano debe
entablarlo, y recibir y asestar los golpes que le asociarán a la victoria de su Cabeza.

77
La confianza no es inercia. No nos engañemos durmiéndonos en una falsa seguridad.
Estamos salvados, sí, pero «en la esperanza» (Rm 8,24). No hemos llegado, aún estamos en
camino, en el camino de la Cruz. «Fijaos, pues, en Aquel que tal contradicción sostuvo por parte de
los pecadores... Todavía no habéis resistido hasta la sangre luchando contra el pecado» (Hb 12, 3-
4). Si Jesús ha garantizado a su Iglesia que los poderes del infierno no prevalecerán contra ella, no
ha sido para que os refugiéis en una neutralidad pasiva. Al contrario, ¿qué hay que decir, sino que
las fuerzas del mal se encarnizarán sin piedad contra la Iglesia, y que la Iglesia tendrá que resistir
sin descanso? Y ¿no sois vosotros la Iglesia? Una Iglesia perpetuamente militante, tanto para
defenderse como para combatir. ¿Cuáles son los períodos de su historia en los que ha manifestado
mayor santidad y vitalidad? No aquellos en los que César la colmaba de favores, sino aquellos en
los que le disputaba el dominio de las conciencias. No cuando disfrutaba de los honores y las
riquezas del mundo, sino cuando sufría su parte de vejaciones y expolios. «La fe no prospera más
que donde encuentra gobiernos extranjeros o enemigos -escribía Ozanam en 1851-. No pedimos a
Dios gobiernos malos, pero no tratamos de darnos uno que nos descargue de nuestros deberes
haciéndose cargo de una misión que Dios no le ha encomendado cerca de las almas de nuestros
hermanos. Continuemos, extendamos el proselitismo personal, pero detestemos esa debilidad,
esa tentación de pereza y descorazonamiento que nos hace llamar continuamente en nuestro
socorro al proselitismo legal» 0. Los ataques que se perpetran en contra de la Iglesia son su
salvaguarda. Seréis odiados.
En las circunstancias en que no es fácil ser cristiano, porque el Mundo acosa a la Iglesia y,
desgraciadamente la persecución da lugar a la apostasía. Y en cambio, suscita generosidades a
toda prueba y fidelidades heroicas. Indudablemente, la Iglesia se entristece cuando ve que se
vierte sangre (la de sus hijos como la de otros) y no deja de pedir a Dios la paz necesaria a su obra
de evangelización; no obstante, no contéis con un pacto con el Enemigo, porque entonces no
podríamos hablar de paz, sino de traición. Si las persecuciones generalizadas y asesinas son un
rodeo en los designios de Dios para hacer que la Iglesia recupere su pureza esencial, fuera de esas
crisis periódicas, el cristiano en todo tiempo debe sufrir individualmente la crítica, la animosidad y
la hostilidad del Mundo. Aunque son menos espectaculares, siguen siendo un peligro y un
beneficio. El cristiano que no se enfrenta habitualmente con la oposición, tiene tapados los ojos y
los oídos. Seréis odiados. «Seréis odiados por todos a causa de mi nombre» (Lc 21, 17). «Si el
mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros» (Jn 15, 18).
Sospecharán de vosotros porque creéis en Jesucristo, os denigrarán, os ridiculizarán -esto
no es grave-, tendréis que renunciar a las ventajas temporales que ofrece el Mundo -Io que es más
duro- y enfrentaros con las fuerzas del mal, con el error, la injusticia y el vicio; es más peligroso,
pero es el verdadero combate por Cristo. Cristianos fieles: ¿no habéis comprobado que este
enfrentamiento aumenta vuestra unión con Jesucristo, vuestra docilidad a su Evangelio, al mismo
tiempo que un espíritu de perdón y mansedumbre respecto a sus adversarios, que ahora son los
vuestros? De la contradicción obtenéis una energía nueva para mejor vivir vuestra fe, una caridad
más irradiante y, de rechazo, una actuación más ingeniosa en vuestros métodos apostólicos.
Veamos, ¿hay amor sin sufrimiento? Y, ¿no se ama mejor a alguien cuando se sufre por él? Mirad,
vuestra tristeza ya se transforma en gozo. ¿Cómo será, cuando haya terminado ese «poco de
tiempo?».
Una última y breve explicación a propósito de ese lapso de tiempo anunciado por Jesús:
«Un poco, y ya no me veréis; y otro poco, y me veréis». Evidentemente, no hay una medida común
entre las escasas horas que separan a Jesús de su muerte -prolongadas incluso por los cuarenta
días que preceden a su regreso al Cielo- por una parte, y por otra, con el fin de la historia de la

0
Lettres, t. 11, p. 312.

78
humanidad. Según nuestros cálculos humanos, el Salvador tardaría muy poco en desaparecer de la
vista de los hombres, y mucho en volver a nuestra tierra. El segundo plazo es indiscutiblemente
más extenso que el primero, aunque en sus cálculos, el Maestro le atribuye la misma estimación.
Es corto, nos dice, «otro poco». Es comprensible el hecho de que la Iglesia primitiva haya supuesto
que sería testigo del fin del mundo. Como contemporánea de la resurrección, esperaba serIo de la
Parusía, del comienzo y el fin de la misma manifestación gloriosa de Jesucristo. Al término de la
primera generación cristiana, los fieles se mostraban impacientes y decepcionados. « ¿Qué sucede
con la promesa de su Advenimiento?». Aludiendo a esta queja, San Pedro nos ofrece la respuesta
en su segunda epístola. El Señor no dilata el cumplimiento de su promesa, únicamente hace brillar
su misericordia ofreciendo la salvación a un número mayor, pues, «un día ante Dios es como mil
años, y mil años como un día» (3, 8). De hecho, en la historia de la humanidad, que se remonta a
doscientos o trescientos mil años, la era cristiana no representa más que un espacio de tiempo de
escasa duración.
Sin embargo, cualquiera que sea la longevidad de la Iglesia (y del mundo), para los
apóstoles a los que Jesús se dirigía, como para cada uno de nosotros, la prueba previa a una
alegría inimaginable no excede los límites de una existencia terrena, es decir, poco tiempo. «Ese
modicum nos parece largo -decía San Agustín-, pero cuando termine, reconoceremos que fue
breve». ¿Cuántos años nos separan del momento en que veamos a Jesucristo? Un breve plazo,
ciertamente. Nuestra agoné terminará enseguida: nos queda poco tiempo de sufrir, pero todavía
el suficiente para amar más.
Por ello, cuando os acerquéis a la Mesa santa, la liturgia hará entonar el anuncio del «poco
de tiempo». El sacrificio eucarístico significa para nosotros un relevo en el camino del auténtico
«gran regreso». Cada vez que compartimos ese pan, Cristo nos une a Él, donec veniat, hasta que
vuelva. Cada comunión es una etapa en la que el Señor nos renueva la seguridad del encuentro
definitivo. «Todavía un poco -nos dice-, todavía una comunión, y luego algunas otras, y cuando
resucitéis conmigo me veréis cara a cara. Y juntos iremos al Padre, ¡aleluya!».

79
Cuarto domingo después de Pascua

Capítulo XIX. ORACIÓN PARA OBTENER LA PERSEVERANCIA

¡Oh Dios!, que unes las almas de los fieles en


una sola voluntad: concede a tu pueblo
amar lo que mandas y desear lo que
prometes para que en la inestabilidad de
este mundo, estén fijos nuestros corazones
allí donde están los goces verdaderos.
(Colecta de la misa)0

Aventurémonos de nuevo por la profusión de riquezas que las colectas romanas logran
condensar en pocas palabras. Con la oración de este día, imploramos a Dios la gracia de volver
continuamente nuestros pensamientos hacia quien es para nosotros la fuente de la auténtica
alegría.
Observaréis en primer lugar que anuncia la modificación que se produce en la liturgia del
tiempo pascual a partir del cuarto domingo. Hemos entrado en la segunda parte de la
cincuentena. Desde hoy hasta la víspera de Pentecostés, los pasajes evangélicos, extraídos del
discurso posterior a la Cena, están dispuestos de modo que nos preparen gradualmente a las
últimas fases del misterio de Pascua, las que ponen el sello a nuestra redención. La Iglesia orienta
nuestras almas hacia el Cielo, donde Jesús va a reunirse con el Padre; donde podemos rezarle;
desde donde nos enviará el Espíritu Santo que dará testimonio de su obra continuándola después;
desde donde, por último, en el día de la resurrección general, se manifestará a todos los que le
hayan amado. Nuestro Salvador nos ha precedido al Cielo y allí prepara nuestra morada. En ella
debemos habitar mentalmente desde ahora, como dirá la colecta del día de la Ascensión; en ella
debemos instalarnos, aferrarnos a ella literalmente, con todo el deseo de nuestro corazón: ese es
el objeto de la colecta de este día. ¿A qué habían de aferrarse los cristianos, sino a la única
felicidad con la que Dios quiere colmar todas las aspiraciones del hombre?
Al menos, así debería ser, pero nuestro corazón es variable y vivimos en un mundo en el
que todo está en perpetuo cambio, inter mundanas varietates. Nuestro texto no alega esta
circunstancia como una excusa, únicamente indica las ocasiones de nuestra inconstancia.
Es patente que hay una relación entre la oración y la principal frase de la epístola de la
misa: «Toda dádiva preciosa y todo don perfecto, de arriba viene; desciende del creador de los
astros, en quien no cabe mudanza, ni oscuridad ni movimiento». Como observaréis, esta
declaración no incluye los consejos que da Santiago a continuación sobre el modo de recibir la
palabra de Dios: en su carta figura la conclusión del desarrollo que la precede. En ella, el apóstol
rechaza las excusas de algunos fieles que pretendían hacer responsable a Dios de las tentaciones
que los asaltaban. «Dios no tienta a nadie», afirma. Nuestras tentaciones no son inherentes a los

0
Deus, qui fidelium mentes unius efficis voluntatis, da populis tuis id amare quod praecipis, id desiderare
quod promitis: ut inter mundanas varietates ibi nostra fixa sint corda, ubi vera sunt gaudia.

80
bienes terrenales, sino que proceden del desorden de nuestros deseos. Dios no oculta trampas
bajo los excelentes dones que nos prodiga. El universo actual no está en oposición con la perfecta
bienaventuranza que debemos alcanzar, sino que, al contrario, debe encaminamos hacia ella. Dios
no podría llamarnos a la felicidad y al mismo tiempo desviamos de ella. Es, como escribe Santiago,
«el Padre de las luces», es decir, el creador de quien los astros obtienen la claridad; pero, mientras
que los astros, a consecuencia de sus movimientos en el firmamento, no siempre brillan con la
misma luz, e incluso llegan a ocultarse a nuestras miradas, en Dios no hay variación ni eclipse. Dios
es inmutable e inmutablemente bueno.
Volvamos ahora al texto de la colecta. ¿No entregaremos nuestro corazón al Dios que no
cambia nunca, en lugar de prestado excesivamente a todo lo que cambia? Veamos al menos
algunos posibles significados de las mundanae varietatis que obstaculizan nuestra fidelidad.
Esta expresión puede aplicarse en primer lugar a las vicisitudes de la existencia. El
desarrollo de los acontecimientos que se suceden, tanto felices como tristes, nos «confunde»,
como dice Pascal: nos distrae, nos disipa y nos hace olvidar el único bien necesario. Entonces,
corremos el riesgo de dejamos vivir y de no controlar nuestra conducta.
Cuando nos sonríe la fortuna, es fácil cumplir con el deber y, al no tener que superar
grandes dificultades, tomamos por virtud nuestras buenas costumbres. Ahora bien, la virtud
solamente se logra por medio del esfuerzo y la lucha. Y llega la adversidad, que derrota fácilmente
a la virtud de la que alardeábamos, pero que, en los designios de Dios, nos obligará a crecer.
Dejarse vivir cuando todo va bien, y sufrir cuando todo va mal en la vida, es igualmente desertar
de nuestra función de hombres. El valor de nuestra vida es el resultado de lo que hacemos con
nuestras alegrías y con nuestros sufrimientos. Raramente elegimos las condiciones de nuestra
existencia, salud o enfermedad, riqueza o pobreza, suerte o desgracia, honores o humillaciones,
etcétera. Además, las circunstancias de nuestra vida se modifican sin cesar: pasamos bruscamente
de la risa a las lágrimas y regresamos pronto del pesar a la alegría. Pero, ya que todo cambia en
nuestro entorno, debemos mirar más allá de la tierra y «fijar nuestros corazones», por encima de
los acontecimientos, en Dios que es quien dirige el juego. Con esta condición, los sucesos no nos
llevan a la deriva: los dominamos nosotros. Los utilizamos para adquirir unas auténticas virtudes,
«donde residen las verdaderas alegrías».
Las mundanae varietates significan también la variedad de experiencias que la vida nos
propone y que proporcionan alimento a nuestro afán de variedad.
Puesto que estamos destinados a participar en la actuación infinita de Dios, no es
sorprendente que nos sintamos oprimidos en el marco de nuestra existencia. Aspiramos
irremisiblemente a desbordarlo. Querríamos conocer todas las ciencias, practicar todas las artes,
ser hábiles en todos los oficios. Aunque amemos nuestra profesión, nos resultaría grato ejercer
otras distintas para las que creemos tener aptitudes. En el fondo, nos gustaría vivir varias vidas.
Hasta aquí, ese deseo de variedad no tiene nada de condenable, siempre que nos estimule a
ampliar nuestra cultura sin llegar a descuidar los deberes propios de nuestro estado.
El mal comienza cuando, en el plano moral, aceptamos la idea de ser varios hombres para
intentar todas las experiencias que se nos ofrecen; cuando pretendemos saborear todas las
cualidades de la vida, las más heroicas y las menos nobles; cuando ignoramos los mandatos y
prohibiciones de una regla para ceder al afán de conocerlo todo, de probarlo todo, de tenerlo
todo. «Piedra que rueda no mueve molino», dice el refrán. Nuestra necesidad de cambio protesta
en cambio contra el musgo que cubre la piedra inmóvil, y prefiere el guijarro brillante que se frota
con todo. Diletantismo de las vidas inútiles.
La ley de Cristo os pide «fijar los corazones», vivir en profundidad una sola vida, la que el
plan de Dios os ha atribuido. Solamente ahí residen las auténticas alegrías: en el secreto de
vuestro trabajo, en el ejercicio de vuestras obligaciones familiares. Si no derrocháis ninguna de las

81
alegrías que Dios ha unido a vuestras funciones, no sufriréis por la monotonía, al contrario,
descubriréis unas nuevas que compensarán ampliamente los placeres ajenos de los que os
privaréis.
En un tercer sentido -indudablemente el más común- las mundanae varietates se refieren
a los artificios del poder insidioso que Jesús llamaba el Mundo, cuyas múltiples tentaciones giran
en torno a las dos debilidades del hombre: el gusto por el placer y el deseo de aparentar.
Ninguno de los bienes de la tierra es ni puede ser malo en sí mismo, pues son dones del
Dios de la luz; pero llegan a ser peligrosos si se acaparan para disfrutar excesivamente de ellos, si
se los desvía de su fin o si se los separa del trabajo y del esfuerzo del que son el acompañamiento
providencial. Solamente el uso ilegítimo de las cosas las hace malas: en ese caso ya no son los
bienes de la tierra, sino que se convierten en los «bienes del Mundo», porque una voluntad
perversa los ha desviado de su destino normal. Unámonos estrechamente a los bienes eternos que
Cristo nos ha prometido, y no nos dejemos engañar por los bienes falseados -un término más
exacto que el de «falsos bienes»- pues nuestro corazón se fijaría rápida y sólidamente en ellos.
No obstante, ¿cómo desprendemos de sus encantos y de las ventajas -visibles y a nuestro
alcance- que procuran, mientras los bienes eternos permanecen invisibles y lejanos? La voz de
nuestra razón suele estar ahogada por las recriminaciones del interés, de la ambición y de la
sensualidad, a veces más ruidosas incluso que las afirmaciones de la fe. En medio del sentimiento
de nuestra impotencia, no tenemos más que implorar de Dios la perseverancia necesaria para
permanecer unidos a la verdad.
En efecto, solo Dios puede comunicarnos algo de su inmutabilidad: la oración nos sitúa
ante la certeza de este poder. Su acción es lo bastante eficaz como para unificar nuestras
voluntades. Comprobad una vez más el carácter comunitario de nuestra vida en Jesucristo y, en
consecuencia, la forma colectiva que la liturgia imprime a nuestra oración. El fiel no pide
solamente por él: la Iglesia entera implora el mismo favor para todos sus miembros. Intercede
frecuentemente por la «familia» cristiana o por el «pueblo» cristiano. Aquí emplea el plural: «da
populis tuis»: recuerda a sus hijos dispersos por todas las naciones de la tierra. A pesar de las
diferencias de lengua, de costumbres, de civilización; a pesar incluso de los conflictos que dividen
a los Estados a los que pertenecen, todos los discípulos de Cristo profesan la misma fe, la misma
esperanza y el mismo amor. La Iglesia renueva la audaz petición que el Salvador expresaba en el
momento de dar fin a su misión: « ¡Que también ellos sean uno en nosotros!». La comunidad
primitiva de Jerusalén había alcanzado inmediatamente dicha unidad: «La multitud de los
creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32). Ahora bien, Dios es siempre capaz de
crear entre sus fieles el deseo unánime de obedecer a sus designios, y por el hecho de que el
deseo de todos será el mismo, la voluntad de cada uno será inmutable. Y esta es ya una seria
garantía contra las desviaciones que podrían infligimos los acontecimientos, contra los errores de
nuestros juicios personales y contra las perversiones del Mundo.
Estas últimas están sobre todo en el origen de nuestras inconstancias. Así, pidamos a Dios
que penetre en el ámbito más íntimo de nuestra vida afectiva. Si nuestra obediencia fuera
solamente fruto de la sumisión, sería aleatoria. Para resistir al atractivo de los placeres, es
importante que aceptemos la voluntad de Dios y que, antes de cualquier reflexión, obedezcamos
al reflejo espontáneo que brota de un corazón captado ya por el amor de Dios.
«Concédenos, pues, Señor, amar tus preceptos, y como tu sabiduría los ha ordenado para
nuestro bien -incluso si no siempre lo comprendemos-, y porque somos sensibles al amor que
sientes por nosotros, nos resulta dulce demostrarte con nuestra docilidad la reciprocidad de
nuestro cariño. Si el precio de nuestra fidelidad es la privación de bienes inmediatos, haz que
reconozcamos que dejan de ser bienes desde el momento en que nos los retiras o nos mandas
renunciar a ellos. Entra más profundamente en nuestros corazones para hacernos desear los

82
bienes que nos has prometido. Haznos amar todos nuestros deberes presentes, y fija nuestros
pensamientos en las verdaderas alegrías. Así, nada obstaculizará la unidad sellada por Jesucristo
entre Él y todos los miembros de su Iglesia, que no tendrán más deseo que el de agradarle, como
Él no tiene más que un deseo: el de concedernos la verdadera felicidad».

83
Cuarto domingo después de Pascua

Capítulo XX. EL PROCESO DE JESÚS Y EL PROCESO DEL MUNDO

Cuando venga el Paráclito, convencerá al


mundo de pecado, de justicia y de juicio.
(Jn 16, 8)

Los cantos de la misa del IV domingo prolongan la nota alegre del tiempo pascual,
subrayando en cualquier caso que Cristo resucitado dará muy pronto la medida de su poder
misericordioso. El introito anuncia Pentecostés: en presencia de hombres de todas las naciones se
producirán unos sucesos maravillosos. Los versículos del aleluya hacen presentir el triunfo de la
Ascensión: Jesús, en el Cielo, ya no está sometido al imperio de la muerte. El pasaje evangélico,
por su parte, nos hace asistir a su próxima revancha victoriosa sobre la tierra.
En la noche del Jueves Santo el Señor se esforzaba por atenuar la pena de los apóstoles.
Ciertamente, iba a dejarlos, pero « ¿no era conveniente para ellos que lo hiciera?». No podía
enviarles el Espíritu Santo hasta que no hubiera vuelto al lado del Padre. Ya hemos comentado
esta frase del Salvador0. No obstante, la tristeza de los discípulos iba acompañada de una prueba
para su fe. ¿Pensarían aquellos desdichados en el fracaso de la misión de su Maestro viéndole
condenado por las autoridades judías al suplicio infamante de la cruz? Jesús insiste para que no
pierdan el valor. Más tarde comprenderán que el sacrificio de la cruz formaba parte de su función
redentora. El Espíritu que les enviará será su Defensor -el Paráclito-, que los iluminará y los
conducirá a la verdad completa y que, al mismo tiempo, confundirá a los enemigos de Jesús.
Cuando Él venga, convencerá al Mundo de pecado, de justicia y de juicio.
El significado de este versículo suele dejar bastante perplejos a los asistentes a nuestras
misas parroquiales. En efecto, San Juan resume este pasaje del Sermón de después de la Cena en
tres breves frases de una densidad que las hace algo oscuras. Se diría que se trata de unas notas
lanzadas precipitadamente al papel por el apóstol para dictar una enseñanza que le es familiar y
que debía explicar a continuación con más profundidad. Dispongámonos, sin embargo, a captar el
pensamiento del Señor.
En la Ciudad Santa se desarrollará un proceso monstruoso: el Mundo va a juzgar y a
condenar al Hijo de Dios.
Tomado en un sentido moral, el Mundo representa el conjunto de los pecadores rebelados
contra Dios. San Juan lo describe entonces con la imagen de las Tinieblas que ocultan la Luz y se
esfuerzan por eliminarla. Pero bajo su pluma -y aquí en especial- el Mundo se encarna de un modo
más concreto en las autoridades y la elite del pueblo de Israel, el «mundo judío», ciego y apóstata.
En el momento en que Jesús habla a sus apóstoles, el Mundo está a punto de triunfar: un
triunfo provisional y sobre todo aparente. Los jueces del Salvador le acusarán de haber pecado.
«Ha blasfemado», dirán, y alarde ando entre ellos de ser los defensores de la justicia divina, lo
condenarán a muerte. Para ayudar a los suyos a soportar el escándalo, el Maestro les advierte que

0
Dans le silence, «Lorsque Jésus nous quitte», 187.

84
el Defensor que les enviará restablecerá inmediatamente la verdad. Cuando venga, os guiará hasta
la felicidad completa.
Evidentemente, cuando se produzcan esos acontecimientos, los discípulos comprenderán
mejor lo que Jesús entendía por esa promesa. La venida del Espíritu Santo en la mañana de
Pentecostés inaugurará la obra de la Iglesia entre los hombres. La vitalidad y el maravilloso
desarrollo del cristianismo primitivo serán la brillante respuesta de Dios al atentado perpetrado
contra su Hijo. La acción que el Espíritu Santo ejercerá en el seno de la Iglesia, proporcionará la
prueba de que el pecado no debió ser imputado a Jesús, sino a las autoridades de la nación judía.
Mostrará que la justicia estaba del lado de Jesús, y que los magistrados de Israel, lejos de vengar la
ofensa a la Majestad divina, la ofendieron gravemente. El Paráclito descubrirá la inanidad del
juicio, o mejor dicho, la condena dictada contra Él. La sentencia será inútil, pues Jesús triunfará de
la muerte que le será infligida; su palabra se predicará hasta los confines del universo; de hecho, el
verdadero condenado será Satanás, el príncipe de este Mundo. Así, los adversarios del Señor se
equivocarán de un extremo a otro sobre el tema del pecado, de la justicia y del juicio en ese inicuo
proceso.
Si esta formulación no os parece lo bastante clara, podríamos traducida así: el Espíritu
Santo vendrá a rehabilitar al Salvador y a revisar el odioso proceso que va a sufrir. La revisión del
proceso se desarrollará en tres puntos: 1° el crimen de los acusadores que tan odiosamente han
calumniado a Jesús; ellos serán los acusados de pecado; 2° la inocencia de la víctima cuya santidad
se manifestará de tal modo que nadie podrá dudar de su justicia; 3° la sentencia del tribunal que
será anulada hasta el punto de que la condena recaerá, al contrario, sobre el instigador oculto de
esta parodia de justicia, Satanás, el príncipe de este Mundo.
Los tres versículos siguientes insisten uno tras otro en los tres puntos en los que se
revisará el proceso.
De pecado, porque no han creído en mí. El Paráclito volverá contra los acusadores la queja
que habían expresado en contra de Jesús: ellos serán considerados universalmente como los
únicos culpables. Desde el momento en que llega el Espíritu Santo y los apóstoles empiezan a
predicar el Evangelio, el error de los judíos será patente y quedarán abolidas sus prerrogativas
milenarias. El dueño de la viña la alquilará a otros viñadores (Mt 21,41). La Iglesia ocupará el
puesto de Israel y será el nuevo pueblo de Dios. El antiguo pueblo elegido será despojado de su
gloria y muy pronto no será ni siquiera un pueblo. ¿Por qué? Porque ha sido él quien ha pecado en
la persona de sus jefes. Los pecadores son los hijos de Israel que se han negado a creer en Jesús.
Podían; debían. El Salvador ha multiplicado los signos de su legado divino; hasta última hora, no ha
cesado de invitados a la conversión. Sin embargo, cegados por sus prejuicios, no han querido
reconocer en Él al Mesías. Al pecar contra la luz se han excluido de la Iglesia de Cristo y esta
exclusión voluntaria es la prueba de su pecado. Esto, en lo que se refiere a los acusadores.
Al venir a la tierra, el Defensor mostrará igualmente que Jesús es la santidad misma, más
aún, que es el Santo de Dios. Su resurrección será la prueba de su divinidad. Indudablemente, solo
un reducido número de testigos elegidos previamente verán al Salvador resucitado, pero todos
podrán saber que ha entrado en su gloria divina, pues únicamente después de subir al Cielo, el
Señor enviará su Espíritu a tomar posesión de su Iglesia. Así, el Paráclito dará testimonio de que
Jesús se sienta a la derecha del Padre, y de que, como había dicho, es Dios, el Hijo de Dios. Y
denunciará la maldad del Mundo en lo que se refiere a la justicia porque aportará la certeza de
«que he ido al Padre y ya no me veréis».
Por último, viviendo y actuando en la Iglesia, el Espíritu demostrará que el Mundo y su
jefe, Satanás, se equivocaron respecto a la condena del Salvador. Satanás creyó haber triunfado el
Viernes Santo, y resultó ser el gran derrotado en aquella jornada en la que los hombres pecadores
fueron redimidos. No se imaginaba que, enviando a Jesús a la muerte, perdería la presa que

85
retenía desde el pecado de Adán y contribuiría a nuestra salvación. A partir de entonces, «el Señor
aumentaba cada día el número de los que abrazaban el mismo género de vida para salvarse» (Hch
2, 47). El príncipe de este Mundo está juzgado y condenado: su imperio se ha hundido.
¡Desgraciados los obstinados que se dejarán englobar en su condena!
De este modo y antes de entregarse a la muerte, Jesús quiso asegurar a sus discípulos que
«Él había vencido al Mundo» y que su victoria cierta sería definitiva. Este es el sentido del pasaje
bastante elíptico que la liturgia nos hace releer esta mañana.
No obstante, ¿contiene una enseñanza directa y actual para los que solamente hemos de
esperar los acontecimientos anunciados por el Salvador?
Indudablemente -ya lo hemos dicho-, la liturgia desea preparamos para la conmemoración
de la llegada del Espíritu Santo a la Iglesia. Además, el pasaje evangélico de este domingo no solo
describe la acción del Paráclito contra el Mundo, sino también su profunda influencia sobre los
discípulos de Cristo, por la que también y sobre todo «glorificará al Señor». Ahora bien, es
beneficioso para nuestra fe el hecho de constatar que, desde el día de Pentecostés, la satisfacción
prometida por Jesús comienza a tener lugar y que va a proseguir al mismo tiempo que la historia
de la Iglesia. Esta respuesta bastaría si no tuviéramos que ir más adelante, si el pasaje que hemos
tratado de interpretar no apareciera después, a lo largo de la misa, en el momento de la
comunión: Cuando viniere el Espíritu Consolador convencerá al mundo de su pecado, de mi
inocencia y del juicio contra Luzbel: aleluya, aleluya.
No es excepcional que el cántico de la comunión, generalmente extraído de un salmo,
proceda del Evangelio, y especialmente del Evangelio del día. Sin embargo, hemos de confesar que
nos habría sorprendido menos el hecho de haber encontrado en su lugar alguna frase de los
pasajes de ese día, por ejemplo: «Cuando venga el Espíritu de verdad, os enseñará toda la
verdad». ¿Cuál es el motivo de que se proponga a nuestra meditación un pasaje relativo a la
condena del Mundo en el momento en que, gracias al sacramento de la Eucaristía, nos hacemos
uno con Cristo? Esta circunstancia no debería dejarnos indiferentes, y hemos de encontrar la
razón.
En esta búsqueda nos ayudará una lectura minuciosa de las otras dos plegarias eucarísticas
propias de esta misa: además, son algunas de las más interesantes del misal. Inmediatamente
antes del sacrificio, la secreta nos recuerda los admirables intercambios que lo constituyen.
Nuestras ofrendas transformadas en el Cuerpo y Sangre de Cristo nos harán «participar de su
divinidad única y soberana». Dios vela porque esta «verdad» no se quede en teoría, sino que
forme parte de nuestra vida, a fin de que nuestras acciones sean el fruto manifiesto de nuestra
intimidad con el Salvador. Nos ofrecemos a Dios con Jesús vivo en nosotros: ¡correspondamos a
este favor con una perfección tal que Jesús viva en nosotros de algún modo!
El canto de la comunión proclama esta fidelidad maravillosa. A nuestra vez, ahora somos
los defensores de Cristo en contra del Mundo. El Espíritu Santo se sirve de nosotros para continuar
combatiendo contra el pecado, para extender el reino de la justicia, para evitar a los hombres la
condena a la que nos expone Satanás. En la medida en que nuestra conducta se inspire en la vida
de Jesús en nosotros, en la medida en que nos esforcemos por imitar la santidad de nuestro
Salvador, colaboraremos a la actuación del Espíritu Santo en la Iglesia. Entonces, nuestra conducta
será una ruptura con el pecado; será la afirmación de que los pecadores, de los que formamos
parte, podemos ser liberados del mal por la justicia de Cristo que nos santifica; será la declaración
serena de que Cristo ha vencido al príncipe de este Mundo.
Ante el pensamiento de que Dios puede servirse de nosotros para llevar a cabo sus
designios, podríamos caer en la tentación de sobrevalorarnos, pero la poscomunión nos pone
frente a nuestra frágil condición y nos invita a rogar al Espíritu de Jesús que, en primer lugar,
ejerza en nosotros la renovación que opera en su Iglesia. Muchos cristianos, cuando comulgan,

86
pierden de vista la eficacia purificadora del sacramento respecto a nuestras faltas pasadas, aunque
generalmente saben que nos protege contra las tentaciones que seguiremos encontrando.
Meditemos las palabras de la oración Adesto nobis, desbordante de confianza y de humildad: «No
nos. abandones, Señor Dios nuestro, quédate cerca de nosotros, los que acabamos de recibirte
con toda nuestra fe en este banquete sagrado; dígnate purificamos de nuestra inclinación al mal y
apártanos de todos los peligros a los que nos hemos expuesto».
La antífona de la comunión sufre entonces un cambio de tono. En nosotros rogamos al
Defensor que ataque las influencias del Mundo contra las que hemos de prevenirnos
incansablemente. ¡Que nos ayude a despojarnos de nuestro hombre viejo! ¡Que haga más
delicada y más exigente nuestra conciencia desvelándonos más crudamente nuestras tendencias
pecaminosas! ¡Que estimule nuestro amor a fin de obligamos a una imitación más fiel de la
santidad de Jesús! Que acreciente nuestra vigilancia para condenar en nuestro interior las sordas
insinuaciones del espíritu de Satanás -el odio, la envidia, el orgullo-, y aumente nuestro valor para
extirparlas. Y, porque hemos creído en el juicio y huido del pecado, viviremos en la justicia,
seremos testigos de la redención de los hombres y defensores de Cristo.
El Espíritu de Jesús vivirá en nosotros, y por medio de sus hijos, la Iglesia lo extenderá a
través de toda la tierra.

87
Quinto domingo después de Pascua

Capítulo XXI. LA LEY DE LA LIBERTAD

«Quien considera con atención la ley


perfecta de la libertad y permanece en ella,
no como oyente olvidadizo, sino como quien
la pone por obra, será feliz practicándola.
(Sant 1,25)

Al término de la quinta semana del tiempo pascual, la liturgia pone una vez más en
nuestros labios los cantos de aleluya y nos insiste en que demos gracias al Señor cuya misericordia
nos ha salvado (ofertorio y comunión). Sin embargo, nos recuerda nuestro propósito inicial de
avanzar con paso rápido y alegre por nuestra nueva vida de resucitados, y desea que
profundicemos en ese tema. Con toda razón agradecemos a Dios «que haya liberado a su pueblo»
(introito), pero ¿nos hemos desprendido realmente de los obstáculos que nos impedían seguir a
Jesucristo? Si nos limitáramos a recibir las palabras salvadoras del Señor sin actuar como hombres
libres, quasi liberi -en palabras de San Pedro 0-, nos equivocaríamos. Santiago lo afirma claramente:
escuchar la palabra de Dios sin ponerla en práctica, sería engañamos.
Ciertamente, el cristiano se equivocaría también al suponer que es capaz por sí solo de
imitar la santidad de Jesucristo. Antes de la lectura de Santiago, que concreta lo que Dios espera
de nosotros, la colecta nos ha colocado ante Él, de quien hemos de recibirlo todo. Pues si «todo lo
bueno procede de Dios, le suplicamos humildemente que nos inspire santos pensamientos y nos
dirija para ponerlos por obra». Esta oración es un eco de la afirmación de San Pablo: «Dios es
quien obra en nosotros el querer y el obrar» (Flp 2, 13). Sin embargo, la parte primordial de Dios
en nuestra santificación está condicionada por nuestra voluntad y nuestro esfuerzo personal. La
epístola nos instruye ahora en esa necesaria cooperación con la gracia, en esa respuesta
obligatoria a la Palabra divina.
Sirviéndose de una locución hebraica de enérgica dureza, Santiago escribe: «Estote
factores verbi et non auditores tantum», «No os limitéis a escuchar la Palabra, ponedla en
práctica». Esta expresión aparece también en San Juan, por ejemplo: «Quien viene a la luz obra la
verdad». «Todo el que obra la justicia ha nacido de Dios» (1 Jn 2, 29). La expresión factores verbi
tiene el mismo significado: la palabra de Dios ha de traducirse en hechos. Jesús detecta a sus
auténticos discípulos según el uso que hacen de sus palabras (Lc 6, 46), como lo afirmó El mismo
en el Sermón de la Montaña. En varios pasajes, la epístola de Santiago es un comentario de ese
Sermón. No es extraño, ya que Santiago el Menor era un pariente cercano del Salvador, uno de los
«hermanos del Señor» (Ga 1, 19). Hijo de una hermana de la Santísima Virgen, se suele suponer
que había vivido con Jesús una relación familiar más estrecha y más prolongada que los demás.
Indudablemente, ese fue el motivo de que, después de su resurrección, se le apareciera

0
Ver p. 72.

88
personalmente. En cualquier caso, el estilo de Santiago es muy semejante al de su Maestro. Su
texto nos ofrece un ejemplo en la parábola del hombre del espejo.
«Si alguno se conforma con oír la palabra y no la practica, es semejante al hombre que
contempla su rostro en un espejo; se observa y se va, y enseguida se olvida de cómo era».
En este pasaje era necesaria la presencia de un representante del sexo masculino (viro); no
habría sido creíble que una mujer, tras haberse contemplado en el espejo, hubiera dado pruebas
de semejante inconsecuencia. El hombre se ha contemplado en el espejo durante su arreglo
personal, incluso se ha mirado atentamente (considerante): ha comprobado algún desorden en
sus cabellos o quizá una mancha en el rostro. Pero tiene otras preocupaciones in mente, piensa en
sus negocios, le preocupa la urgencia de una cita, ¿qué se yo? En resumen, olvida inmediatamente
el defecto que el espejo le ha revelado. Según el humor de su esposa, oirá el reproche de ser un
distraído incorregible o un descuidado incurable: « ¡Tanto mirarse al espejo, para eso!». Según el
apóstol, tal es el ilógico comportamiento del cristiano que oye la palabra de Dios y no la aplica a su
vida.
En contrapartida, veamos el comportamiento de otro discípulo: estudia atentamente la ley
de Jesucristo y prolonga su contemplación (permanserit in ea). Entonces, ese espejo de perfección
que es el Evangelio le muestra en su fisonomía moral algunos detalles que dejan que desear,
algunos defectos propios de su temperamento o de su carácter, «ese rostro que tiene desde su
nacimiento». A diferencia del primero, frívolo o despreocupado, que había perdido de vista al
momento la lección del Evangelio y, sin haberse corregido, continuaba satisfecho de sí mismo -en
lo que se equivocaba extraordinariamente-, el segundo, al contrario, no olvida la palabra que el
Señor le ha dirigido personalmente. Se ha tomado el tiempo de considerar el ideal de vida que
Jesús le propone, ha ponderado cuidadosamente sus advertencias; la meditación de este ideal le
ha conducido a la oración y se ha puesto a la tarea inmediatamente para conformar su conducta
con la perfección que admiraba. El primero era un oyente olvidadizo, el segundo es el factor
operis: «observa» en los dos sentidos de la palabra, ejecuta lo que el Señor exige de él y así
encontrará la felicidad en su fidelidad al Evangelio.
Esta deliciosa parábola no contiene un solo detalle desdeñable, especialmente el de la
metáfora del espejo aplicada al Evangelio, así como los epítetos con los que el apóstol le califica.
¡El Evangelio, espejo de nuestra vida! Hay en él algo más que un hallazgo feliz: nos
manifiesta una regla espiritual frecuentemente desconocida. Muchos cristianos, ávidos de avanzar
espiritualmente, caminan bajo su enseñanza y se desalientan a causa del empleo defectuoso que
hacen del examen de conciencia. Reducen esta práctica indispensable a una extensa y minuciosa
revisión de sus faltas cotidianas. Se apenan por ellos mismos y, al no mirar más que hacia sí, o se
cansan de ver únicamente su eterna miseria, o cuando llegan a vencer ocasionalmente en algún
defecto, se sienten satisfechos a pesar de que no han pasado de ser más que una honesta
mediocridad.
¿Nos invita el apóstol a esta introspección? Lejos de ello, desea que fijemos una atención
constante en el Evangelio: solamente la persona del Señor, sus palabras y sus hechos merecen
nuestra contemplación. En el momento en que miramos hacia él, vemos sin buscarlo lo que
subsiste en nosotros de culpa o de insuficiencia, evitando siempre tanto el desaliento como la
presunción. ¿Hemos reprimido nuestro orgullo tras haberlo detestado todas las noches? Más
lentamente y con menor seguridad que si hubiéramos insistido en contemplar, admirar y amar la
humildad de Jesús. «La visión de las perfecciones de Cristo -escribe un autor espiritual-, es capaz
de producir unos efectos maravillosos en el alma, lo mismo que la mirada a la serpiente de bronce
curaba su picadura. Porque todo lo que hay en Jesucristo no solo es santo, es también santificador
y se imprime en las almas que se identifican con Él cuando están bien dispuestas. Su humildad nos
hace humildes, su pureza nos purifica, su pobreza, su paciencia, su mansedumbre y sus otras

89
virtudes se imprimen en quienes le contemplan. Y eso se puede hacer sin reflexionar sobre uno
mismo, sino simplemente contemplándolas con afecto, con admiración, con respeto, con amor y
con complacencia»0. Si seguís este método, no temáis caer en la trampa del quietismo, pues la
meditación asidua del Evangelio no nos concede reposo. Nos induce constantemente a una
imitación más fiel del Señor.
Es, como dice Santiago, la ley de perfección, y no nos permite limitarnos a acercarnos.
Jesús no abrogó la ley antigua, vino a perfeccionarla. No mentir, no golpear, no robar solo son el
punto de partida para sus discípulos: les ordena ser siempre sinceros -en primer lugar con ellos
mismos-, soportar y perdonar, desprenderse de uno mismo y entregarse. Quiere verles superar la
virtud habitual de los escribas y los fariseos, no tomar a otros hombres como modelo, sino
comprometerse a reproducir la perfección de nuestro Padre del Cielo.
Ciertamente, nunca llegaremos a esa perfección, pero quien se proponga tender a ella
será siempre feliz, nos asegura el Apóstol, pues esta ley perfecta, es una ley de libertad. Nos libera
poco a poco de cualquier servidumbre, tanto de la opinión como de los instintos; nos exime de
todo temor y nos preserva del pecado. Y de nuevo nos encontramos en el ambiente festivo de la
Pascua.
¡Ley de libertad! A primera vista esas dos palabras no se armonizan: ¿no parece una
contradicción en los términos? Toda leyes un control sobre nuestro libre albedrío; es libre el que
no tiene nada que lo encadene. Pues bien, esa es precisamente la originalidad de la ley de
Jesucristo: no solo tiene como consecuencia el hacemos más libres, sino que no ejerce sobre el
cristiano coacción alguna, pues no se impone desde fuera. El discípulo del Evangelio acepta
voluntaria y gozosamente la voluntad de Dios como regla de conducta. La Ley de Dios es su propia
ley, su propia elección. Esa elección no es una cadena, pues su único lazo es el amor. Toda la ley de
Cristo se resume en una palabra: Amarás. Donde interviene el amor, la coacción desaparece.
Santiago deja a sus lectores la posibilidad de decidir las aplicaciones que le sugiera la
parábola del cristiano en el espejo. A título de ejemplo, alude a uno de sus oyentes distraídos que
olvidan la parábola inmediatamente después de haberla escuchado. Este hombre, dice, se cree
religioso porque no omite ninguno de los deberes de culto; sin embargo, no sabe poner freno a su
lengua. Si es jactancioso, indiscreto, maledicente o grosero, ha olvidado lo que ha leído en el
Evangelio; no ha corregido ninguna de las fealdades que le ha desvelado el espejo de la ley
perfecta. Vive de ilusiones: literalmente «engaña a su corazón». Su religión es vana, no es más que
religiosidad.
Cualquiera que se reconozca en ese espejo sentirá, indudablemente, la tentación de
protestar: entonces, el apóstol se explica. En esta explicación no hay que buscar una definición de
la religión. Santiago no indica en qué consiste «la religión pura y sin tacha». Es patente que Dios es
el primer objeto y aquí no se menciona a Dios. El autor de la epístola se propone únicamente
indicar las exigencias de una religión sincera, solamente aquella que honra a Dios nuestro Padre y
que nos une a Él. Entre otras condiciones, requiere que tengamos una compasión efectiva hacia
los que sufren -como la viuda y el huérfano, demasiado débiles como para hacer valer sus
derechos y demasiado pobres como para encontrar un defensor- y también que nos guardemos
limpios de este mundo corrompido.
Nadie puede llamarse religioso si su piedad no va acompañada de una conducta moral
íntegra y de una caridad-positiva. O ese cristiano no ha leído el Evangelio o lo ha olvidado. En
cambio, aquel cuyas costumbres son irreprochables y que se entrega a los demás con absoluto
desinterés es el factor verbi. La Palabra que ha meditado ha llegado a sus hechos.

0
JEAN RIGOLEUC (1595-1658). L homme doraison, cap. II, 1.

90
¿Qué hemos de añadir a esta breve página tan llena de enseñanzas y que siempre es
oportuno guardar en nuestra mente? Cada uno ha elegido en una línea u otra el propósito
concreto que el Señor le pide. Al menos, todos tendremos en cuenta el principal consejo de
Santiago. Para no caer en la ilusión de una religión meramente sentimental, y en una santidad
únicamente verbal, nos dedicaremos a la meditación frecuente, si no cotidiana, de la palabra de
Dios dejándola penetrar en nuestra conciencia y en nuestro corazón. Ante ese espejo, nuestra fe
aumentará nuestro amor, y la ley perfecta nos hará libres y dichosos.

91
Quinto domingo después de Pascua

Capítulo XXII. DE CAMINO HACIA EL PADRE

Salí del Padre y vine el mundo; de nuevo


dejo el mundo y voy al Padre (Jn 16,28).

La cercana fiesta de la Asunción nos hará revivir el momento en que el Señor resucitado
dejó de aparecerse a sus discípulos para ir a ocupar su lugar a la derecha del Padre. Ya no volverá a
mostrarse visiblemente hasta que vuelva a clausurar los destinos de nuestra tierra. Su misión
humana entre los hombres habrá dado fin. Por esa razón, la lectura del Evangelio del quinto
domingo después de Pascua nos hace oír las palabras con las que Jesús da por terminadas sus
últimas conversaciones con los discípulos: «Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y
voy al Padre». Esta frase, un poderoso resumen de la obra del Hijo de Dios hecho hombre, tras
haber provocado el homenaje agradecido de nuestra fe, nos indicará por añadidura -con la
garantía de las transformaciones necesarias- el itinerario del cristiano llamado a la dignidad de
Hijos de Dios.
El Padre, el mundo: los dos puntos terminales del doble viaje del Salvador. El Creador y la
creación. Estamos frente al más denso y más dulce me los misterios: el amor del Ser infinito por lo
que aún no existía. ¿Qué es lo que impulsó a Dios a proyectar fuera de Él los innumerables
mundos que pueblan el espacio? En la inmensidad del universo aparece un pequeño planeta, y en
este mundo minúsculo miríadas de seres vivos totalmente ignorantes de su razón de existir e
incapaces de plantearse la cuestión. Solo, en este hormigueo de vida, el hombre, semejante al
resto de la creación pero trascendiéndola, se siente atormentado por este problema: « ¿No le
bastaba a Dios su viva e inmutable Trinidad? Realmente, no necesitaba de nosotros».
-Dios es Amor. No hay otra explicación para el extraño misterio: disipa las tinieblas en las
que se pierde la mente del hombre. Porque el amor necesita expandirse, entregarse, probarse. El
amor quiere hacer seres felices. Dios ha llamado al hombre a la existencia con el fin de hacerle
partícipe de su felicidad. Con este objeto, su infinito poder ha hecho brotar de la nada esa orgía de
soles y esa profusión de vida. Ante este mundo no solo hay un Creador: hay un Padre.
-¡Qué generosidad, pero también qué imprudencia!
-Sí; la generosidad y la imprudencia de un Padre. Aquí abajo nadie acepta las cargas de la
paternidad a menos de ser locamente imprudente. El padre está ligado inmediatamente a sus
hijos; ellos tienen derechos sobre él y él se debe a ellos. ¿Ocurrirá lo mismo con el Creador y
nosotros? ¿Tendrá Dios deberes respecto a nosotros? Estamos balbuceando, pero, ¿qué otras
palabras podemos emplear? Al crear, Dios contrae voluntariamente unas obligaciones con los
hombres que ha creado a su imagen para hacerlos sus hijos. Además, si tiene derecho a nuestro
amor, Él nos amó primero (1 Jn 4, 10), poniéndose así en la paradójica situación de solicitar
nuestro amor. Nos pide; nos busca; nos espera. No existe un misterio tan profundo como este, ni
tampoco más consolador.
La respuesta del hombre a su Creador fue indigna y lamentable. «Nuestra raza -escribía
Augustin Cochin- tiene la singular característica de tener la cabeza en el bien, y los pies en el mal,

92
de ver a Dios y servir a Satanás»0. Nos vemos impotentes para cumplir con nuestras más nobles
aspiraciones, como el deseo de Dios; caemos en el error y en el pecado. Entonces, una de las
Personas divinas, ante la esterilidad de nuestros esfuerzos, y cediendo a un amor más prodigioso
aún que el amor creador, en lugar de abandonarnos a la nada se «anonadó» para bajar hasta
nosotros y ocupar un puesto en nuestra raza.
Salí del Padre y vine al mundo. Jesús afirma su divina y eterna preexistencia. Ha venido al
mundo, Él, el Hijo único del Padre, el Verbo, la Palabra creadora, la Palabra salida del silencio de
Dios y por quien Dios se nos ha dado a conocer.
Es innecesario decir que, independientemente de la Encarnación, el Verbo increado está
perpetuamente en todas partes, pues Dios ocupa el universo. San Juan lo escribe explícitamente:
«En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por Él, pero el mundo no le conoció» (1, 10). Estaba
en él desde el principio, pero vino visiblemente haciéndose «carne». Sin abandonar la diestra del
Padre, el Verbo renunció a su igualdad con Él para hacerse semejante en todo a nosotros, excepto
en el pecado. Anunciado desde hacía siglos, vino al mundo, y nadie le esperaba. Los zorros tenían
sus guaridas, las aves del cielo sus nidos, y Él, ni siquiera un techo. Vino al mundo, a los suyos, y los
suyos no le recibieron. Asumió las debilidades de nuestra naturaleza, incluso las más acuciantes,
como el hambre y el cansancio. Se despojó de su gloria para revestirse de la condición de esclavo,
abandonó la compañía de los ángeles para vivir en medio de los hombres terrenales y pecadores.
Dejó un trono por un pesebre. ¿A qué humillaciones no se condenó por «venir al mundo»?
Sin embargo, nuestra mirada, que no puede fijarse sin pavor sobre las humillaciones del
Hijo de Dios, queda al mismo tiempo deslumbrada por la belleza que repercute en nuestra
humanidad. Al unir su divinidad a nuestra naturaleza, la ha exaltado y transfigurado. Y le vimos
resplandeciente de gracia y de verdad (Jn 1, 14). En Él, la humanidad llegó a su culminación.
Faltaba transformada definitivamente en una raza divina: por esa razón el Hijo salió del Padre.
«Vine al mundo. Los grandes de este mundo me ignoraron, pero vosotros, los pequeños,
me habéis recibido, me habéis amado: porque he venido a condenar el pecado y a salvar a los
pecadores. Vine a llevar a cabo la unión de Dios y del hombre, en primer lugar en mi persona,
luego en vosotros, que me habéis recibido y habéis creído en mí: porque Dios no vuelve a tomar lo
que ha concedido una vez. Me he hecho hombre para que lleguéis a ser hijos adoptivo s de Dios.
»Un foso infranqueable separaba de Dios al hombre: era la respuesta de vuestro pecado a
su amor. Y el más espantoso de los pecados me permitirá franquear ese abismo. Me clavarán en
una cruz y yo me ofreceré en sacrificio para quitar los pecados del mundo. Vine al mundo para
entregar mi espalda a los latigazos, mis mejillas a las bofetadas, mi rostro a los salivazos, mi frente
a las espinas, mis manos y mis pies a las puntas de los clavos. Vine a entregar mi vida a la muerte
para sufrir el castigo de los pecadores».
El Padre aceptó la ofrenda de su Hijo amado, y nos dio la prueba librándole de los lazos de
la muerte. A partir de entonces, el hombre reconciliado con Dios vivirá de la vida misma de Cristo
resucitado. Ahora, nuestro Señor puede retirarse: ha cumplido su misión, «todo se ha
consumado».
«Ahora dejo el mundo y voy al Padre. Puedo dejar el mundo, ya no está en poder del
Maligno. Os puedo dejar: el hombre ha sido creado de nuevo tal como Dios le concibió, en la
justicia y la santidad verdaderas (Ef 4, 24). Voy a reunirme con el Padre que me envió, vuelvo a la
gloria de la que me había despojado previamente. Alegraos conmigo porque el Padre va a
glorificar a su Hijo. Os dejo en la tierra mi vida divina y me llevo vuestra humanidad al Cielo. Voy al
Padre, allí os reuniréis conmigo, pues donde yo estoy, estaréis también vosotros para contemplar
y compartir mi gloria».

0
A. COCHIN, Les espérances chrétiennes, p. 225.

93
Esta es la adorable historia de nuestra redención, por la que el cielo y la tierra jamás
cesarán de dar gracias a Dios.
Ciertamente, no podríamos aplicamos al pie de la letra la declaración de Jesús sin
blasfemar. Solo Él ha «salido del Padre». Sin embargo, nuestro origen se remonta al Creador;
nosotros hemos salido de sus manos. Le debemos la vida; nos ha colocado en este mundo con
objeto de que cumplamos en él la tarea que nos ha asignado: y, en sus designios, el hombre
solamente deja el mundo para ir a Él. Dios es nuestro principio y nuestro fin, el maestro, el
inspirador, el término de nuestra vida. Venimos de Dios y vamos a Dios: es el itinerario de toda
vida humana.
Por tanto, ¿qué decir de la vida de los cristianos? El bautismo nos ha hecho hijos de Dios,
miembros de Cristo en su cuerpo que es la Iglesia. Alimentados con su carne en la Eucaristía,
vivimos por Cristo la misma vida que era común a Jesús y al Padre: permanecemos en Él y Él
permanece en nosotros.
Nuestra función en la tierra consiste en reproducir la misión para la que el Hijo de Dios
vino al mundo: honrar y servir al Padre en todas las formas de nuestra conducta: «Hagáis lo que
hagáis, hacedlo todo por la gloria de Dios»; comportarnos como hijos, obedeciendo a todos los
deseos del Padre, a ejemplo de Cristo que al entrar en el mundo exclamó: «Aquí estoy, ¡oh Dios!,
para hacer tu voluntad», y que, en el momento de dejar el mundo, afirmó: «Padre, te he
glorificado en la tierra realizando la obra que me encomendaste»: dar a conocer al Padre haciendo
felices a los hombres a través de nuestra caridad hacia ellos, llevando sus cargas y aliviando sus
penas; amar a todos nuestros hermanos cristianos como Jesús nos ha amado, unidos entre
nosotros como estamos unidos a Él, a fin de que el mundo crea que Jesús ha sido enviado por el
Padre; contribuir así a la salvación de toda la familia humana. Nuestra obra es la obra misma de
Cristo. Fracasos, injusticias, contradicciones, amarguras y sufrimientos son también el lote del
cristiano en camino hacia el Padre, porque dejaremos el mundo para ir al Padre.
Voy al Padre. ¡Que esta seguridad nos mantenga en el verdadero camino y nos infunda
valor si nos sentimos desfallecer!
Ciertamente, yo me voy al Padre con temor, pues es la Suprema Justicia, y exige que cada
uno de nosotros haya hecho fructificar los talentos que nos fueron confiados, y tenga horror al
pecado. No obstante, voy al Padre con confianza porque es la suprema Misericordia: acepta al
obrero de la hora undécima y perdona al pecador que se arrepiente. ¿No fue Él el primero en
lanzarse al cuello del hijo pródigo que confesaba su vergüenza diciendo: «Padre, he pecado contra
ti?».
Voy al Padre, atraído sobre todo por su amor. «Tanto amó al mundo que le entregó a su
Hijo amado para que el mundo se salve, y su Hijo me ha amado, a mí, y se ha entregado por mí». Si
pensara solamente en la felicidad que Dios me prepara y que el pecado me haría perder, no
estaría lo suficientemente armado contra las tentaciones: «No quiero verme privado de Dios» es,
indudablemente, una consideración de peso a la hora de resistir al mal. Sin embargo, existe un
sentimiento más humilde, más desinteresado, más delicado y más fuerte que me hace capaz de
todos los sacrificios: «Mi Padre me ama y yo no quiero privarle de mí».
A punto de morir, el Cura de Ars decía: «Dios mío, no tengo miedo; no es la primera vez
que me encuentro solo con vos». También nosotros vamos al Padre cada día, varias veces al día,
tantas veces como pronunciamos seriamente y con fe la oración que Jesús nos enseñó
autorizándonos a llamar a Dios «Padre Nuestro». Camino de Roma donde iba a sufrir el martirio,
San Ignacio de Antioquía escribía a los fieles de esa Iglesia. «Nuestras pasiones terrenales han sido
crucificadas y en mí ya no existe fuego para ellas; solamente hay un "agua viva" que murmura en
mi interior y que me dice: "Ven al Padre"». Todos los cristianos pueden oír esa voz interior en
cuanto cierren los oídos a los ruidos exteriores: es la voz del Espíritu «que habita en nosotros e

94
intercede por nosotros con gemidos inefables». Olvidamos nuestras fatigas, nuestras decepciones,
incluso nuestras faltas cuando guardamos silencio para escuchar la voz secreta y gozosa que
murmura en nosotros «Ven al Padre».

95
Solemnidad de la Ascensión

Capítulo XXIII. JESUCRISTO, TESTIGO NUESTRO EN EL CIELO

Y mientras los bendecía, se alejó de ellos y


se iba subiendo al cielo. Y ellos le adoraron y
regresaron a Jerusalén llenos de inmensa
alegría (Lc 24, 51-52).

Generalmente, la ausencia de un ser querido, sobre todo si es definitiva, nos hunde en la


tristeza. Pues bien, este es el caso: el Salvador resucitado no volverá a aparecerse a los apóstoles,
ya no conversará con ellos. ¡Y no rompen en llanto! Al contrario, vuelven a Jerusalén llenos de
inmensa alegría. Mientras en el cenáculo, cuando el Maestro les hablaba de su regreso al Padre se
mostraron abatidos y desalentados, en el momento en que les deja, en lugar de sentirse afligidos,
los vemos rebosantes de alegría. En realidad, esta vez saben que Jesús no les abandona. Sube al
cielo, donde va a prepararles un lugar, pero, gracias al Espíritu Santo que les enviará, tendrán un
lugar en la tierra donde continuar su obra. Se lo había advertido: «Aquel día comprenderéis que yo
estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20). En su alegría no caben las
sombras.
En efecto, el día de la Ascensión marca la transición entre la vida histórica de Jesús y su
vida mística en la Iglesia. Como de costumbre, en las segundas vísperas de la fiesta, la antífona del
Magnificat enuncia el objeto del misterio conmemorado e indica claramente sus dos aspectos: «
¡Oh Rey de gloria!, Señor de los ejércitos celestiales, que hoy subes triunfante a lo más alto de los
cielos... no nos dejes huérfanos, sino envíanos el Espíritu de verdad que el Padre ha prometido».
Consideremos antes que nada el primer aspecto de esta fiesta: la entrada de Jesús en el Cielo,
motivo de inmensa alegría para nosotros.
Con una prolongada aclamación entusiasta, la liturgia de la Ascensión celebra el triunfo de
Jesucristo. La respuesta reaparece en todas las horas del oficio: « ¡Gloria a ti, Jesús, que entras
victorioso en el cielo!». El himno de vísperas se recrea en describir las fases del combate en el que
el Señor, cargado con nuestros delitos, parece haber sufrido una aplastante derrota: no era más
que un repliegue estratégico seguido del más maravilloso resurgimiento, pues, descendiendo al
caos de los infiernos, rompe las cadenas de nuestra cautividad y, vencedor del demonio, asciende
triunfante a la derecha del Padre. Los cánticos de la misa, extraídos de los salmos de acción de
gracias por los éxitos militares de Israel, denotan el mismo sentimiento de victoria: «Todos los
pueblos, batid palmas: haced subir hacia Dios gritos de júbilo... Dios se eleva entre cantos de
triunfo y al son de trompetas... El Señor viene del Sinaí a su santuario. Has subido a los altos,
llevando cautivos a los prisioneros... Cantad un cántico al Señor que avanza sobre los cielos, los
cielos eternos».
Estos acentos encuentran fácilmente eco en nuestros corazones. El Hijo de Dios, que tanto
nos ha amado y que ha soportado por nosotros tantos padecimientos y tantas humillaciones,
merecía entrar en su gloria. No es intrascendente que su marcha haya tenido lugar en el monte de
los Olivos, cerca del huerto de la agonía donde los tres apóstoles le habían visto postrado de dolor

96
ante el implacable silencio del Padre ofendido por los pecadores. Ahora que ya han sido expiados
los pecados del mundo, Dios responde a su Hijo preparándole una compensación deslumbrante.
Sentimos una enorme alegría al saberle infinitamente feliz. Si me amaseis -les había dicho-, os
alegraríais de que me vaya al Padre. Mons. Gay explicaba así la alegría de los apóstoles el día de la
Ascensión: « (Hasta entonces), se amaban demasiado a ellos mismos al amar a Jesucristo; en
adelante, le amarán realmente a Él y por Él. Verle glorioso, saberle dichoso, basta a su felicidad» 0.
Busquemos nosotros también alimento a nuestra oración y una fuente de paz en el
pensamiento, tan familiar al Padre Foucauld, de la felicidad de Jesús: «Cuando estoy triste
-escribía- me digo: todo eso no impide que mi amado Jesús sea dichoso... Amar es desear con
todas las fuerzas del corazón la felicidad del ser amado. ¡Pues bien, tenemos lo que queremos!
Nuestro querido Jesús es feliz, por lo tanto nada nos falta». ¿Qué ha de faltarnos, además, cuando
Jesús se ha ido a «preparamos un lugar?». Su triunfo es también el nuestro.
La liturgia subraya especialmente la parte que nos corresponde en la victoria del Señor. En
el canon de la misa, la frase Communicantes incluye: «Celebramos el día santo en que tu Único
Hijo nuestro Señor Jesucristo, habiendo tomado nuestra débil naturaleza humana, la elevó a la
derecha de tu gloria». El Cristo que contemplamos entrando en el cielo no es el Verbo increado
-en ese sentido, nunca ha salido de él (Jn 3, 13)-, sino el Verbo encarnado con su naturaleza
humana. San Gregorio de Nisa, predicando sobre la Ascensión del Señor, describe una escena
cuyos datos pertenecen a la liturgia bizantina, pero que expone con cierto pintoresquismo.
Jesucristo llega al umbral del Cielo; los ángeles que le escoltan pronuncian el versículo del salmo:
«Alzad, puertas, vuestros dinteles, abríos de par en par, puertas eternas, va a entrar el Rey de la
gloria». Los guardianes del Cielo acuden; se detienen sorprendidos pues «no reconocen al Rey,
que llega revestido del sórdido ropaje de nuestra naturaleza, y cuyas vestiduras, bajo el peso de
los padecimientos humanos, están manchadas de sangre».
Y hay más. Cristo no ha introducido solamente en el Cielo a un ejemplar de nuestra raza,
sino con Él, a toda la humanidad redimida. El versículo del salmo 67, cantado antes del Evangelio,
nos describe en forma dramática el glorioso regreso del Señor: «Subiste a lo alto, apresando
cautivos». Así como en la antigüedad, los generales vencedores a quienes estaban otorgados los
honores del triunfo llevaban tras sus carros la larga hilera de los prisioneros, así Jesús, entrando en
el reino de su Padre, va seguido por la multitud de hombres a los que ha arrancado de la
servidumbre de Satanás y que se han rendido voluntariamente al Vencedor. Somos los prisioneros
de Cristo, le pertenecemos; con Él hemos entrado en la estancia de su gloria.
No veáis poesía o literatura en esto, sino la expresión imaginada de una verdad real, a
saber, la unidad que existe entre Cristo y los miembros de la Iglesia. Así, San Pablo pudo escribir:
«Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, nos dio vida en Cristo, y con
él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús» (Ef 2, 6). Los verbos están en
pasado, como el collocavit de la oración del canon: el acontecimiento se produjo. El Señor Jesús
nos ha hecho ocupar un lugar con Él en el Cielo.
Esta es la doctrina que predicaba San Juan Crisóstomo: «Esta humanidad se había
conducido con tal perversidad, que había corrido el riesgo de ser borrada de la tierra. Y sin
embargo, nosotros, que nos habíamos mostrado indignos de la tierra, hoy hemos sido trasladados
al cielo... lo hemos invadido, y en él ocupamos un trono real. Nuestra naturaleza humana, a la que
los querubines cerraban la entrada en el paraíso, se sienta hoy por encima de los querubines». En
un estilo menos oratorio, pero con su acostumbrada exactitud dogmática, el Papa San León daba a
conocer la misma enseñanza a la comunidad romana: «La Ascensión de Cristo es nuestra propia
elevación. Ese día, no solo hemos recibido la seguridad de poseer el paraíso, sino que en la

0
MONS. GAY, Entretiens sur les mystéres du Rosaire, t. II, p.270.

97
persona de Cristo hemos penetrado en lo más alto de los cielos... Aquellos a los que un feroz
enemigo había arrebatado la felicidad de su primera morada, el Hijo de Dios, habiéndoles
incorporado a Él, eos sibi concorporatos, los ha colocado a la derecha del Padre». Cuando se trata
de la unidad del cuerpo místico, del que Jesús es la cabeza y nosotros los miembros, San Agustín es
incansable: «Somos los miembros de esa cabeza. Imposible cortada. Si está en la gloria para
siempre, los miembros también lo están para siempre, a fin de que Cristo esté intacto para
siempre». Y también: «La cabeza ha precedido, espera a los miembros que van a seguida». Y
además: «Cristo ha bajado del cielo sin el cuerpo del que se ha revestido; sube con el cuerpo del
que se ha revestido... Nosotros subiremos también, no por nuestra fuerza, sino por nuestra unidad
con él. No subirán con él los que no han querido ser uno con él».
Es, pues, cosa hecha: hemos entrado en el Cielo con y en Jesús. Ya no hablamos de «ganar
el Cielo» como si fuéramos los Titanes de la fábula, como si esa conquista estuviera al alcance del
hombre. Nuestro Cielo está ganado: Jesús lo ha conquistado para nosotros. Nuestra única tarea
consiste en no perderlo, y también para ello el Señor viene en nuestra ayuda. No contento con
habernos preparado un lugar, nos lo defiende a fin de que no nos sea arrebatado. «Tenemos un
abogado ante el Padre, Jesucristo el justo» (1 Jn, 2, 1). «Cristo entró en el cielo para presentarse
ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro» (Hb 9, 24). Así, el Señor Jesús se ha hecho
testigo nuestro en el Cielo.
No obstante, la ayuda que nos presta no termina ahí. «Ya estamos en el cielo en esperanza
-continúa San Agustín-, pues Cristo está aquí con nosotros por la caridad, esperando que nos
reunamos con Él realmente». En las actuales condiciones de nuestra existencia, nos alegramos del
triunfo de nuestro Salvador. El prefacio de la misa señala otra consecuencia de su victoria: «Subió
al cielo para hacemos participantes de su divinidad». Este favor no nos está reservado para el
futuro: nos beneficiamos actualmente de él, esse participes. Dios, «que produce el cielo donde se
encuentra» (P. Faber) reside en el alma de cada nuevo bautizado. El Espíritu Santo, nuestro
huésped, inspira nuestros pensamientos y nuestra oración. Citemos una última frase de San
Agustín: «Llevando al Dios del cielo, somos un cielo».
En realidad, tenemos todos los motivos para aplaudir a nuestro Salvador, para alegrarnos
con Él y para darle gracias, como a todo ello nos invita la liturgia.
Cuando en el monte de los Olivos, Jesús se sustrae a las miradas de los discípulos, que
permanecen clavados en su sitio, dos hombres vestidos de blanco se presentan a ellos y les dicen:
«Varones galileos, ¿qué estáis mirando al cielo?». Pensando en nosotros, el misal ha modificado
ligeramente la frase de los ángeles. La Iglesia nos recibe esta mañana con estas palabras: « ¿Por
qué estáis mirando asombrados al cielo?». Ciertamente, hemos de admirar el triunfo de Jesús y
pensar en el lugar que ha ido a prepararnos: una esperanza mezclada siempre con algo de temor;
pero es preciso que nuestra alma no se fije exclusivamente en el pasado y en el porvenir. Debemos
«ocupar el cielo» desde ahora: es la gracia que hemos pedido a Dios en la colecta de esta fiesta:
«Concédenos, Dios omnipotente, que también nosotros moremos con el espíritu en el cielo , ipsi
quoque mente in coelestibus habitemus.

No sospechemos de algún artificio de lenguaje en esta oración, reflejo fiel del dogma
cristiano. Antes de poseer el Cielo en la plena visión de la Majestad divina nos es posible morar en
él por la fe, lo que es algo completamente distinto a pensar en la felicidad del más allá.
Mentalmente, pero realmente, podemos habitar en el Cielo. No se es dueño de una habitación
cuando no se hacen más que rápidas incursiones a ella o solo se la ocupa esporádicamente: la
habitación indica una morada habitual y, en general, la vivienda habitual. En cualquier caso, donde
se vive, se está en casa. Ahora bien: sabemos que la Santísima Trinidad habita en el alma del
bautizado: Dios tiene allí «su casa»; y nosotros nos atrevemos a entreabrir las puertas del Cielo;

98
nuestra alma pretende habitar en él como si estuviera en su casa. ¿No nos calentamos un poco la
cabeza?
Una vez más, la Iglesia no se limita a las palabras: nos hace pedir lo que desea que
tengamos, la mentalidad de un habitante de los cielos. Habitaremos en el Cielo en la medida en
que nuestra vida se asemeje a la de los ángeles y los elegidos. San Pablo no esperaba menos de los
cristianos: «Sois conciudadanos de los santos, y familiares de Dios» (Ef 2, 19). El Cielo es la patria
de la santidad. Sus bienaventurados ocupantes no recuerdan que han pecado; esa palabra jamás
preocupa en el Cielo. ¿Nos compararemos a ellos, nosotros, que todavía somos unos pecadores?
Las heridas de nuestras culpas más antiguas nunca están perfectamente cicatrizadas, y siempre
estamos expuestos a cometer el mal. Eso es cierto, e incluso es bueno que nos mantengamos en la
humildad y en el agradecimiento por el perdón que hemos recibido; no obstante, podemos ahogar
en nosotros el deseo del pecado; podemos intentar y conseguir obedecer a la voluntad de Dios en
la tierra como se cumple en el Cielo. La alegría de una buena conciencia es ya un rincón de cielo en
la tierra o, como se lee en la Imitación: «la gloria del hombre de bien», aquel cuya felicidad
consiste en «vivir con Dios dentro de uno mismo» (L. II, c. VI).
El Cielo es la patria del amor. La caridad se manifiesta en él con un esplendor desconocido
aquí abajo, pues está purificada de toda huella de egoísmo. Pero ¿nos es imposible aclimatar ese
amor a esta tierra? Jesús nos ha enseñado la felicidad de servir a nuestros hermanos sin esperanza
de correspondencia, la de entregamos hasta perder la vida. Por poco que hayamos puesto en
práctica esas lecciones del Maestro, hemos experimentado que las alegrías halladas en ese total
olvido de uno mismo no pertenecen a la tierra. Actuando bien y haciendo el bien, ya vivimos como
en el Cielo.
¿Compararemos en paralelo las fealdades, las injusticias, los sufrimientos de la tierra, con
el orden, la belleza y la serenidad del Cielo? No por cierto, pero unas conducen a las otras, y
nuestro pensamiento habita en el Cielo cuando vemos anticipadamente nuestras penas cambiadas
en alegrías.
Por último, el Cielo es, esencialmente, la patria de Dios, la casa del Padre. Ahora bien,
moramos en él cada vez que unimos conscientemente nuestra oración a la alabanza que en él se
rinde eternamente a la Santísima Trinidad. ¿Acaso la oración no es «una ascensión del alma hacia
Dios?», Cuando unidos al Padre por la oración y al Hijo por la Eucaristía, bajo la influencia del
Espíritu Santo vivimos las verdades de la fe practicando la caridad, damos gloria a las tres Personas
divinas, como los ciudadanos del Cielo.
Resumiendo: el Cielo es donde vive Jesús, que se digna habitar entre nosotros. « ¡Estar con
Jesús, dulzura del paraíso!» (Imit., 1, II, c. VIII).
Y mientras los bendecía, Jesús se alejó de ellos. En ninguna circunstancia, nos informa el
Evangelio de que el Salvador haya trazado el signo de la bendición sobre sus discípulos. Los santos
patriarcas, cuando estaban a punto de abandonar este mundo, bendecían así a sus hijos para que
se convirtieran en herederos de las promesas de Dios. Y al bendecirnos esta mañana, el Señor nos
deja más que una promesa: nos atrae y nos eleva hacia su gloria, nos da el anticipo, pues su gracia
nos permite habitar en el Cielo por el pensamiento.

99
Solemnidad de la Ascensión

Capítulo XXIV. LOS CRISTIANOS, TESTIGOS DE CRISTO EN LA TIERRA

Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda


Judea y Samaria, y hasta los confines de la
tierra (Hch 1,8).

La marcha de Jesús al Cielo no privará a la tierra de su acción salvadora. Antes de dejar a


los apóstoles les promete de nuevo enviarles el Espíritu Santo que les permitirá continuar su obra
en el mundo. Este compromiso solemne del Salvador constituye el segundo objeto de la fiesta de
la Ascensión0, objeto en modo alguno secundario, sino simétrico del primero al que completa.
En efecto, para Jesús, nosotros hemos entrado en el Cielo y, por nosotros, Cristo tomará
posesión de la tierra. Él es nuestro testigo ante el Padre, como nosotros seremos sus testigos ante
los hombres. A la derecha de Dios, es el ministro de nuestra contemplación, como nosotros
seremos los ministros de su acción en medio del mundo. La epístola de la misa de vísperas (Ef 4,
10-13) nos hace observar el lazo que existe entre la Ascensión del Salvador y el cuidado que presta
a su Iglesia. Ha subido a los más alto de los cielos a fin de llenar el universo, y ha suscitado
apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y doctores para poner a los cristianos -los «santos»- en
condiciones de llevar a cabo su ministerio. Así se edificará el cuerpo de Cristo, hasta que esa Iglesia
haya formado una humanidad perfecta, al modelo de Cristo que le reserva la plenitud de sus
dones.
El nacimiento de la Iglesia tendrá lugar en la mañana de Pentecostés; hoy, el Señor nos
anuncia que será, como el primero, fruto de la acción del Espíritu Santo. La epístola de ese día nos
ofrece la lectura del relato de San Lucas en el que se nos transmite este segundo anuncio.
El regreso de los apóstoles a Jerusalén desde Galilea no se debió a su propia iniciativa. Los
encontramos ahora en la Ciudad Santa. Tras una comida en la que había participado, el Salvador
los conduce por el camino que va a Betania. Entonces les ordena que permanezcan en Jerusalén
hasta que sean revestidos de la fuerza de lo alto (Lc 24, 49). «Juan os bautizó con agua -les dice-,
pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días».
Sus oyentes no ignoraban que el reino mesiánico había de inaugurarse por medio de una
intervención del Espíritu de Dios. «Derramaré mi espíritu sobre toda carne -leemos en el libro de
Joel-, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas» (Jl 3,1; Hch 2, 16). Algunos de ellos relacionan
inmediatamente el oráculo del profeta con el anuncio de la llegada del Espíritu: «Señor -le
preguntan-, ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?»,
¡Pobres apóstoles queridos! En la primera ocasión recaen en sus esperanzas de un
mesianismo terrenal. Cuando se adivinan sus razonamientos, merecen que los excusemos. « ¿Hay
algo imposible para el que ha resucitado de entre los muertos? ¿Acaso no afirmó que tenía todo el
poder en el cielo y en la tierra? Por tanto, nada le impediría restaurar el antiguo reino». A todos
nos ocurre lo mismo: lo nuevo nos desconcierta, lo desconocido nos asusta, y preferimos imaginar

0
Ver la antífona del Magnificat, p. 268.

100
el futuro según nuestras ideas preconcebidas y nuestras experiencias pasadas. Los discípulos
considerarían normal que el pueblo elegido, encargado de dar a conocer a todas las naciones el
mensaje evangélico, recobrara previamente su independencia. Su mente se remontaría
naturalmente a las épocas más gloriosas de su historia, cuando David el invencible o Salomón el
magnífico representaban el poder de Dios. ¿No debería el Mesías «dilatar el imperio y dar una paz
ilimitada al trono de David y de su reino»? (Is 9, 6). ¿Aceptará y ejercerá ahora Jesús resucitado la
realeza mesiánica que había rechazado antes de su muerte?
El Señor no dirige reproche alguno a aquellos preguntones intempestivos. Les responde
dulcemente que mejor será que dejen en manos de Dios la dirección de los acontecimientos. No
les compete a ellos conocer el momento y la hora que el Padre ha fijado para la manifestación
gloriosa de su reino. En lugar de perderse en sus sueños, escuchen más bien la voluntad actual de
Dios con relación a ellos: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y
seréis mis testigos». Su misión sigue siendo la que Jesús les ha asignado: convertir el mundo
entero al Evangelio. Y Jesús les indica incluso las etapas de esa conquista: «Seréis mis testigos en
Jerusalén, en toda la Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra». Ese programa no está
hecho a la medida de las fuerzas humanas; no obstante, podrán cumplirlo gracias a la fuerza que
les comunicará el Espíritu Santo; pero no deben equivocarse sobre su función esencial: consta en
tres palabras: ser sus testigos.
Soñaban con una restauración y Jesús les llama a una creación; habrían renacido gustosos
de entre las ruinas y ahora están encargados de construir un mundo nuevo; pensaban restablecer
el reino de Israel, y el reino que han de fundar sobrevolará las fronteras y abrazará a todas las
patrias; imaginaban sólidas estructuras políticas y tendrán que introducir el Evangelio en todos los
regímenes y en todas las instituciones humanas, diciendo simplemente lo que Jesús decía y
haciendo lo que le habían visto hacer, pues serán testigos suyos. Jesús no vino a destronar a César,
sino a derrotar al poder de las tinieblas; no vino a instaurar un Sacro-Imperio (su reino no es de
este mundo), sino a devolver a Dios el dominio de las conciencias y de los corazones. Y sus
discípulos harán lo mismo.
¿Es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel? -No, les responde el Señor. La tierra
no se va a transformar ahora en el reino de Dios. Solo Él llevará a cabo esta transformación; ellos,
sus testigos, modificarán poco a poco la mentalidad de los pueblos. Dios no castigará con el
mutismo a los enemigos de su nombre, pero el Espíritu dictará a los apóstoles las palabras capaces
de convencerlos. Dios no enviará el rayo sobre los templos paganos, pero la fe y la caridad de los
cristianos harán abandonar a los ídolos, y los templos se cerrarán uno tras otro. Todo llegará tal y
como Jesús se lo promete, pero nada será como los Once lo esperan. Lejos de convertir a
Jerusalén, en breve plazo serán arrojados de ella: una derrota aparente que les obligará a predicar
el Evangelio fuera de las fronteras de Judea. No habrá transcurrido un cuarto de siglo desde el día
de la Ascensión, y San Pablo podrá escribir a los habitantes de Roma: «Vuestra fe es conocida en el
mundo entero». El Señor, que ha entrado victorioso en el Cielo, reinará en la tierra gracias a sus
discípulos. Ellos, por su oración y sus trabajos, por sus sufrimientos y su amor, serán los testigos
fieles y valerosos de su Presencia en el mundo.
«Después de haber dicho esto -continúa San Lucas-, y mientras ellos miraban, se elevó y
una nube lo ocultó a su vista». Los apóstoles no se equivocan sobre la realidad de esta nube, que
había ocupado un lugar tan importante en la historia religiosa del pueblo elegido: es el signo de la
presencia de Dios. En la nube, Yahvé había hablado a Moisés, y cuando se levantó el tabernáculo,
la nube lo cubrió para confirmar que «la gloria de Dios llenaba su morada». En la nube, se dirigió
Dios a Ezequiel, y en el monte de la Transfiguración, los tres apóstoles oyeron en la nube la voz del
Padre. El Señor Jesús entraba, pues, en la gloria divina, inaccesible a los hombres. Sin embargo,
deseaban vede de nuevo. La última vez. Las palabras de los ángeles los devuelven a su deber. «

101
¡Galileos!, ¿por qué estáis mirando al cielo?». La misión de Jesús ha terminado: comienza la de la
Iglesia, que culminará igualmente en un triunfo. «Este Jesús que ha sido elevado al cielo de entre
vosotros, vendrá de igual manera que lo habéis visto subir al cielo».
Se comprende que, al primer momento de estupor de los apóstoles haya sucedido la
explosión de júbilo que recordaban los informadores de San Lucas. Ahora les resultan
perfectamente claras las afirmaciones anteriores del Maestro: «Cuando me vaya y os haya
preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré conmigo». Jesús volverá. Todavía un poco y le
verán de nuevo. Volverá sobre esa misma nube del cielo para juzgar al mundo y reunir a sus
elegidos. Tienen prisa por recibir el Espíritu Santo, a fin de comenzar a predicar el Evangelio por las
cuatro esquinas del mundo, y de agrupar al mayor número posible de hombres que aclamen al
Señor en el día de la parusía.
¿Cuánto tiempo nos separa aún del retorno glorioso de Jesús? No nos corresponde a
nosotros conocerlo. Únicamente sabemos que, cuanto mayor sea el número de sus elegidos, más
clamoroso será su triunfo. Ahora bien, eso depende de nosotros, los que actualmente formamos
parte de su Iglesia; depende de nuestra actuación apostólica, que debe ser una actuación
exclusivamente religiosa. Siempre existirá la gran tentación de «querer establecer el reino de
Israel», es decir, de buscar apoyos exteriores y de poner en juego influencias temporales. « ¡Ah!, si
dispusiéramos de poder... », -Atención; no es seguro que lo ejercierais al servicio de Cristo, y aún
menos seguro que pudierais conseguirlo permaneciendo fieles al Evangelio. La última,
exactamente la última palabra del Salvador antes de desaparecer en la nube, fue para definir el
único apostolado eficaz: Seréis mis testigos.
La fórmula es breve; añadir algo sería alterarla. Jesús no ha dicho: «Sed mis testigos» o
«debéis ser mis testigos», como si en unas ocasiones pudiéramos refugiamos en la neutralidad, y
en otras salir de ella a nuestro gusto. «Seréis». Lo queramos o no, somos sus testigos. No podemos
dejar de serlo porque, al ser cristianos, afirmamos que Cristo vino al mundo. Pero, ¿qué hizo en él?
y ¿todavía hace algo? La calidad de nuestro testimonio responderá a esas dos preguntas.
Inevitablemente, somos testigos de Cristo, testigos sinceros o testigos falsos. De todos modos,
daremos testimonio: si Jesús vive en nosotros como vivía en sus apóstoles y, contando con la
fuerza del Espíritu Santo, atestiguaremos a favor suyo; en caso contrario, por vergüenza que nos
dé, atestiguaremos en contra de Él.
¿Lo que hizo Jesús? ¿No bastaría «predicar el Evangelio a toda criatura» para hacerlo
saber? -Ciertamente, pero hay modos. Una enseñanza se puede transmitir con exactitud, y sin
embargo no convencerá, a menos que brote de la profunda convicción del cristiano que se ha
alimentado de la Palabra de Dios a través de una meditación prolongada. Uno recita el Evangelio,
el otro lo siente; el primero puede ser solamente un buen gramófono, el segundo es un testigo.
Nosotros daremos a conocer a Jesús si le conocemos en nuestro interior, y solo se conoce
realmente a quien se ama. El que vive en la intimidad de Cristo sabe muy bien hablar de Él.
Por otra parte, nuestros contemporáneos están obsesionados por saber si Cristo aún hace
algo en el mundo. Aquí son inútiles las palabras; la respuesta está en nuestra vida. El testigo fiel es
el que proporciona la prueba viviente de que Jesús es su Salvador, a ejemplo de San Pablo que
afirmaba: «Mi vida es Cristo». ¿Es Jesús quien da a mi vida su razón de ser, su valor, su esplendor?
¿Puedo afirmar que si desapareciera de mi vida, yo no tendría ya más que desaparecer? Mi vida es
Cristo. Orar es mi descanso, escucharle mi liberación, recibirle mi mayor alegría. Sin Él, yo estaría
hundido por el pecado, pero su misericordia me ha alzado de mis culpas y me ha revelado mi
dignidad de hijo de Dios. Solo Él me saca de la mediocridad, sustenta mis fuerzas vacilantes, me
hace aceptar el costoso precio de la virtud. Mi vida es Jesús crucificado y resucitado: cuando la
angustia y la desesperación me abruman, su cruz me enseña la fuerza de la esperanza y la
fecundidad del sacrificio. Si «vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por

102
mí» (Ga 2, 20), entonces soy testigo de que sigue siendo el redentor y el salvador de los hombres.
El testigo fiel es el que se esfuerza por imitar a Jesús en su abandono al Padre y en su entrega
alegre al servicio de los hermanos, hasta llegar al olvido de sí mismo. Ese es el testimonio personal
que Jesús espera, el testimonio de su presencia viva en medio de nosotros. Solamente es
indiscutible el testimonio de una vida.
Cuando los judíos de Tesalónica hicieron comparecer a los predicadores del Evangelio ante
los magistrados de la ciudad, decían de ellos: «Estos, que perturban al mundo entero, también se
han presentado aquí» (Hch 17,6). ¿Qué habían hecho, pues, Pablo y Silas y qué hacían los otros
apóstoles para merecer aquel calificativo? Anunciaban a Cristo muerto y resucitado para la
salvación de los hombres, pero vivían lo que predicaban, eran testigos de Jesús. ¿Se puede decir
de muchos de los cristianos de nuestros días que perturban el mundo? ¿No suelen dar la
impresión contraria, la de estar acorralados en un mundo que otros se encargan de agitar, y la de
buscar a algún salvador terrenal que les devuelva un poco de tranquilidad? Sin embargo, es en
medio de la confusión actual de las mentes donde debemos atestiguar la eficacia del Evangelio a
través de nuestra confianza serena, nuestro desinterés y nuestro deseo de justicia. ¿Qué haría
Jesús en las circunstancias actuales? ¿Cómo sería su fe en el Padre, su bondad para con los
hermanos? ¿Qué diría? Seguramente sorprendería. Y también tranquilizaría. Planteémonos estas
preguntas e inmediatamente sentiremos en nosotros la fuerza del Espíritu Santo. Y quizá
molestaremos y escandalizaremos al mundo, pero será para salvarlo.
El triunfo del Señor comenzó el día de la Ascensión, y culminará en su glorioso
Advenimiento, en el que se manifestará «en la tierra como en el cielo». Hasta entonces, la misión
de los cristianos no cambiará. No es cuestión nuestra conocer, y menos aún elegir las condiciones
que el Padre ha fijado para cada tiempo. En todas las circunstancias, en la felicidad o en la
desgracia, en la salud o en la enfermedad, en la libertad o en la coacción, en pleno día o en las
catacumbas, somos los testigos de Jesucristo. Seamos testigos intrépidos y veraces. Entonces,
habiendo contribuido al triunfo del Señor en la tierra, tendremos parte en la gloria de su Iglesia en
el Cielo.

103
Domingo de la Octava de la Ascensión

Capítulo XXV. EL MARAVILLOSO EFECTO DE LA CARIDAD CRISTIANA

Tened entre vosotros una intensa caridad,


porque la caridad cubre la muchedumbre de
los pecados (1 P 4, 8).

Por cuarta vez después de Pascua, la epístola está sacada hoy de la primera carta de San
Pedro. La liturgia, que está destinada a hacer avanzar a los neófitos en la vida nueva, nos conduce
con ellos esta mañana a la última etapa, la práctica de la caridad en el seno de la comunidad
cristiana. La lectura continúa a lo largo de los días que separan la Ascensión de Pentecostés,
durante los cuales los primeros discípulos reunidos en el Cenáculo perseveraban en la oración,
«con un mismo corazón». En los pasajes del misal, oímos a San Pedro exhortar a los cristianos a
imitar esa unanimidad, tanto por medio del ejercicio de la hospitalidad, como por la comunicación
de los dones espirituales que cada uno había recibido. La unidad lograda entre Cristo y su Iglesia
no se mantendría sin la caridad de sus miembros, pues esta es de una eficacia soberana: «Ante
todo, tened entre vosotros una intensa caridad, porque la caridad cubre la muchedumbre de los
pecados».
Inmediatamente, surge una pregunta. ¿Cuáles son los pecados que quedan «cubiertos»
por el amor fraterno, los del cristiano caritativo o los del hombre que ha sido objeto de su
benevolencia? En efecto, el apóstol no lo concreta. Pero, ¿enuncia por su cuenta esta afirmación?
Parece que se trata de un aforismo en uso entre la primitiva Iglesia. Lo encontramos en las
dos cartas del Papa San Clemente y en otros varios autores del siglo II. Un libro sirio del siglo III, la
Didascalia de los apóstoles, lo cita incluso como una frase que hubiera sido pronunciada por
Nuestro Señor. Por otra parte, Santiago termina su epístola con esta máxima: «Sabed que quien
convierte a un pecador de su extraviado proceder, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud
de pecados»0. Sin embargo, esta frase tiene un origen más antiguo, figura ya en el libro de los
Proverbios del Antiguo Testamento: «El odio enciende las contiendas, mientras que el amor
encubre las faltas» (10, 12). La proximidad de los tres textos nos permitirá captar el pleno
significado de esta fórmula y nos estimulará a una práctica más asidua del amor fraterno.

1.- El odio enciende las contiendas, mientras que el amor encubre las faltas. La forma en
paralelo habitual en la poesía hebraica pone en evidencia el pensamiento del escritor sagrado. El
primer versículo denuncia los males del odio, que, al desnaturalizar las acciones y las intenciones
del otro, inevitablemente suscita contiendas. En consecuencia, la contrapartida regula nuestra
actitud hacia el prójimo. Si le amamos, no le reprocharemos sus faltas, suprimiendo así una
ocasión de disputa. Los pecados «cubiertos» son los de los demás. Esta sentencia nos prescribe un
deber respecto a nuestros hermanos, deber que se desdobla según que únicamente seamos los

0
St 5, 20.

104
testigos de su comportamiento o que además resulte de él una afrenta o un perjuicio para
nosotros.
La caridad nos manda «cubrir» con el manto de Noé los pecados de nuestros hermanos.
«No condenéis -dice Jesús- y no seréis condenados». Y en su himno a la caridad San Pablo afirma:
«El amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo soporta». Nos está permitido dar a conocer la
conducta reprochable del prójimo cuando tenemos ese deber. Excepto en este caso, el cristiano
debe evitar la maledicencia, por la razón primordial de que todo pecado es una ofensa a Dios; el
respeto que le debemos nos impide dar publicidad al mal, y si no hablamos de ello, disminuiremos
el alcance del escándalo. Además, la maledicencia llega siempre a los oídos del culpable, le
humilla, perjudica a su reputación, le pone una etiqueta de la que difícilmente podrá librarse, y le
hunde en el pecado. Si tenemos autoridad para reprenderle, Jesús quiere que lo hagamos en
solitario. Al dejar caer el velo del silencio sobre sus faltas, se facilita el arrepentimiento y la
reacción. Por último, la maledicencia es funesta para el que la comete, pues se familiariza con la
idea de un mal que en principio ha provocado su indignación. Es difícil remover el lodo sin recibir
alguna salpicadura.
Si somos personalmente víctimas de las faltas del prójimo, el amor nos obliga no solo a
silenciadas, sino, si manifiesta su arrepentimiento, a perdonadas; en caso contrario, simplemente
a olvidadas, venciendo al mal con el bien. « ¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano las
ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?», preguntó Simón Pedro. El Maestro amplía
infinitamente los límites, es decir, los suprime: «Hasta setenta veces siete». Cubramos los errores
de nuestro prójimo como se cubre el fuego con las cenizas, en lugar de atizado echando aceite en
él. Si los sepultamos en el olvido, Dios recordará nuestra buena voluntad; nos perdonará nuestros
propios pecados como nosotros perdonamos de corazón a todos los que nos han ofendido.

2.- Sabed que quien convierte a un pecador de su extraviado proceder, salvará su alma de
la muerte y cubrirá multitud de pecados. Según el texto de Santiago, las perspectivas cambian. Ya
no se trata de un deber que hay que cumplir, sino de una promesa divina al cristiano que ejerza
con sus hermanos la más preciosa caridad: la de apartarle de sus extravíos. En esta ocasión, el
verbo «cubrir» no significa disimular, sino que adquiere el sentido de borrar que aparece en el
Antiguo Testamento. Así: «Dichoso el que es perdonado de la culpa, y le ha sido cubierto su
pecado» (Sal 31, 1). Y también: «Has perdonado la iniquidad de tu pueblo y has ocultado todos sus
pecados» (Sal 84, 3). Los pecados están cubiertos cuando Dios no los ve. «Dios los cubre -escribe
Bossuet-, porque al borrarlos, hace que no aparezcan ante su vista, es decir, ya no existen».
No hay unanimidad entre los exégetas sobre a quién se atribuyen los pecados cubiertos.
Los que se remitan al texto de la Vulgata, salvabit animam ejus, llegan naturalmente a la
conclusión de que se trata de los del pecador. El cristiano ha de hacer todo lo posible por convertir
a su hermano, «que se había apartado de la verdad»; su esfuerzo no será inútil, pues si logra su
conversión, arrancará de la muerte eterna el alma de ese pecador, cuyos pecados, por numerosos
que sean, quedarán borrados.
Por otra parte, la versión de la Vulgata, animam ejus (el alma del pecador), no es
completamente segura. San Hilario, por ejemplo, traduce el texto griego por animam suam (el
alma del que ha convertido a su hermano). Los partidarios de esta versión la justifican apoyándose
en el texto: hacen observar que el autor no ha pretendido decir una perogrullada. Sabed, escribe.
Ese preámbulo anuncia realmente un comentario importante. ¿Hay que leer en este caso: «Sabed:
cuando hayáis convertido a un pecador, sus pecados quedan perdonados»? Eso es obvio. En
cambio, «sabed» conserva toda su fuerza si Santiago avisa a los cristianos que, al devolver a un
hermano al camino recto, aseguran su propia salvación y reciben el perdón de sus propios
pecados. Según esta interpretación, adoptada por los más recientes comentaristas católicos, se

105
promete el perdón de los pecados al que practica la caridad espiritual con uno de sus hermanos.
De todos modos, cualquier duda desaparece ante la frase de San Pedro.

3.- Tened entre vosotros una intensa caridad de unos con otros, porque la caridad cubre la
muchedumbre de los pecados. Leamos atentamente estas líneas. Pedro no escribe: «Con el fin de
demostrar a vuestros hermanos que los amáis, disimulad, ahogad, cubrid sus faltas». No nos indica
un modo de dar testimonio de nuestra caridad fraterna; llama nuestra atención hacia un motivo
poderoso para ser caritativo. «Quia, porque al amar a vuestros hermanos, cubrís gran cantidad de
pecados». En él, como en Santiago, la palabra «cubrir» tiene el sentido de borrar, no el de
esconder; de otro modo, la frase sería ininteligible: «Amad a vuestros hermanos porque el amor
disimula sus pecados». En cambio, se entiende perfectamente si, para exhortamos a la bondad, el
apóstol pone el acento sobre uno de sus efectos: «Amad a vuestros hermanos porque el amor
borra una muchedumbre de pecados».
¿Qué pecados? No hay lugar para la duda. Por muy vivo que sea nuestro amor fraterno, es
incapaz por sí mismo de anular las faltas de los que amamos. Solamente Dios perdona los pecados.
San Pablo experimentaba «una gran tristeza, un tormento continuo» por no poder hacer nada por
la salvación de los israelitas que habían rechazado a Cristo. Sin embargo, amaba «a los de su raza
según la carne» (Rm 9, 3). Su cariño era incapaz de borrar los pecados de ellos. En el texto que nos
ocupa, ¿a quién perdona Dios los pecados? ¿Al que ama o al que es amado? Los pecados borrados
son, indiscutiblemente, los pecados del cristiano caritativo, porque ha amado a su hermano con un
amor ardiente.
La enseñanza de San Pedro es la misma que tantas veces ha oído predicar a su Maestro:
«El que perdone de corazón a su hermano recibirá el perdón de sus propias culpas. Sed
misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Con la medida con que midáis seréis
medidos vosotros».
En estos ejemplos se trata, sobre todo, de la forma especial de amor fraterno que es el
perdón de las injurias, pero todo acto de caridad concede al que lo realiza la misma indulgencia
por parte de Dios. Cuando en el día del Juicio Final, el Señor llame a sus elegidos, ¿quiénes serán
los «benditos de su Padre» hallados dignos de tomar posesión del Reino? Únicamente los que
hayan mostrado compasión ante el desamparo, el dolor y la angustia de sus hermanos. «Tuve
hambre y me disteis de comer... Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más
pequeños, conmigo lo hicisteis». La lectura de esta conmovedora página suscita una objeción
frecuentemente escuchada: Entonces, ¿en el Juicio solo se tratará del amor fraterno observado o
violado? ¿Acaso todos los elegidos situados a la derecha del Hijo del Hombre no transgredieron
jamás algún otro mandamiento divino? Por lo menos, así se puede suponer. No obstante, hay una
cosa cierta, a saber, que de todos nuestros fallos quizá muy numerosos, nada quedará ante la
mirada del Juez: habrán sido borrados por las obras de misericordia. Es muy cierto, pues, que el
amor cubre la multitud de los pecados.
¿Es este pensamiento más estimulante para nosotros, pobres pecadores? El Cielo que nos
ganó Jesucristo está realmente al alcance de nuestras manos; solo depende de que veamos al
Señor borrar nuestros pecados. Aclamemos desde ahora su infinita bondad que anula nuestra
deuda, y esforcémonos por imitar su amor en el trato con nuestros hermanos. Pero
comprendamos al mismo tiempo la importancia del precepto de la caridad fraterna, prueba viva y
única visible de la unidad de los cristianos en Jesucristo.
Porque, en la frase que hemos considerado, San Pedro solo plantea el amor de unos
cristianos por otros, como Jesús dio a sus apóstoles un mandamiento nuevo tras haberlos
alimentado sacramentalmente con su carne divina: «Amaos los unos a los otros como yo os he
amado». La caridad que cubre la multitud de los pecados no solo es -aunque lo sea

106
necesariamente- filantropía, ayuda mutua, simpatía, afecto, etc. Tiene su origen más arriba,
emana de Dios que es Amor, baja del cielo en la persona de Jesucristo, que la derrama en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm, 5, 5). Ciertamente, este amor
«sobrenatural» nos ordena servir a todos los hombres sin excepción, pero tiene como primera
consecuencia la de cimentar la unión de los cristianos entre ellos. Una Iglesia sin caridad sería un
puro sinsentido. Cristo reniega de unos cristianos sin amor los unos por los otros: «Apartaos de
mí... porque estuve enfermo y prisionero y no me visitasteis». ¿Podemos decir en conciencia que
en todo cristiano, sea el que sea, reconocemos a un hermano, a un hijo de Dios como nosotros, al
que estamos dispuestos a amar y a demostrárselo? Concluyamos nuestra encuesta: ¿Tenemos un
amor ardiente por todos los cristianos de nuestra comunidad parroquial, y muy especialmente por
aquellos de los que sentimos la tentación de apartarnos por divergencias en opiniones temporales
o por motivos meramente humanos? Henos aquí en una encrucijada: o bien, Dios no lo quiera,
permanecemos en esos pecados que el odio hace más aborrecibles a los ojos de Dios, o bien
nuestra caridad sincera cubrirá ante Él la multitud de nuestros pecados.
Aspiremos esta bocanada de aire puro, ese soplo del cielo que refresca la atmósfera
abrasadora en la que estamos obligados a vivir. Por otra parte, la ley del Señor es infinitamente
más humana que las lentas y parsimoniosas amnistías de los hombres y que sus tenaces rencores,
que eternizan el odio y prolongan inútilmente el sufrimiento. Seamos indulgentes. Cubramos las
faltas de nuestros hermanos, muchas de las cuales pueden no ser faltas a los ojos de Dios.
Descubramos el bien que hacen, descubramos por lo menos sus buenas intenciones en lugar de
sospechar a priori de la rectitud de unos hombres a los que no conocemos lo suficiente como para
juzgarlos. Y seamos generosos con nuestras personas, con nuestro dinero también, ya que los
tiempos son duros, y especialmente porque son duros. En vísperas de la persecución de Nerón,
San Pedro insistía en que los cristianos tuvieran un amor ardiente los unos por los otros.
Ciertamente, nada disipará tanto nuestras inquietudes presentes como el desinterés con que
tratemos de hacer más humanas las condiciones materiales y morales de la existencia de nuestros
hermanos desafortunados. Lo que creemos perder lo habremos ganado en el otro mundo, y con
creces, pues el amor cubrirá la multitud de nuestros pecados.

107
Domingo de la Octava de la Ascensión

Capítulo XXVI. LA CONTINUA ORACIÓN DE JESÚS POR LOS SUYOS

Padre, no pido que los saques del mundo


sino que los guardes del Maligno (Jn 17, 15).

El último domingo del tiempo pascual no muestra ya la fisonomía de los precedentes.


Situado entre las dos fiestas de la Ascensión y Pentecostés, a las que se alude en los himnos del
aleluya, nos transmite la impresión que debieron experimentar los primeros discípulos mientras
que, privados de volver a ver al Señor, no habían recibido aún el Espíritu Santo prometido. Esta
mañana, los anteriores cánticos de júbilo del introito dan paso a una súplica, confiada,
ciertamente, pero cuyo fervor indica que todavía no había sido escuchada. Se diría que nos
encontramos en tiempo de Adviento: «Oye, Señor, mi voz que te invoca. A ti habla mi corazón: tu
rostro buscaré; no apartes de mí tu rostro». La Iglesia está en espera del Espíritu Santo, y para
calmar nuestra impaciencia, leemos en el Evangelio las palabras con las que Jesús anuncia la
próxima llegada del Defensor, el que nos dará el valor para ser sus testigos, incluso en medio de la
persecución.
No obstante, al actualizar los grandes momentos de nuestra redención hasta tratamos
como contemporáneos de épocas pasadas, la liturgia no obedece a un mero deseo de
reconstrucción histórica. Se propone hacer más vivos en nuestros corazones los misterios de la fe y
no separa en modo alguno esos recuerdos del hecho que nos ha redimido, el sacrificio del
Calvario, que ofrece perpetuamente a Dios en los altares. Gracias al sacrificio eucarístico, Jesús es,
en efecto, nuestro contemporáneo. Su cruz se alza todavía entre el cielo y la tierra para derramar
los tesoros espirituales que su muerte y resurrección han merecido para los hombres.
Hoy se eleva a los cielos para prepararnos allí un lugar y nos envía las gracias de su
Espíritu. Este prodigio permanente se expone con absoluta claridad en las tres plegarias
eucarísticas propias de la misa de ese día. Si leéis el texto en el misal, comprobaréis que forman
una trilogía, cuyo punto capital es el «canto para la comunión».

1.- Padre, cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, aleluya.
Pero ahora vaya ti: no pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno, aleluya,
aleluya.
Esta antífona está compuesta con varios pasajes de la oración que el Señor dirigió a su
Padre antes de ofrecer el sacrificio de nuestra redención. Situémonos de nuevo en el ambiente en
que fue pronunciada.
Jesús va a dejar a los discípulos que el Padre le ha confiado. ¿Qué les va a suceder? Todo
era fácil cuando estaba con ellos; los defendía de todos los peligros, el principal de todos, su
debilidad; los milagros eliminaban sus dudas; su palabra les persuadía; su mirada bastaba para
infundirles confianza; estaba allí para corregir sus errores; en ocasiones los reprendía con
severidad o estimulaba su valor. Todo eso ha terminado. «Padre, ahora que vuelvo a ti, míralos

108
entregados a ellos mismos, solos en un mundo indiferente u hostil: pero no te pido que los saques
del mundo».
¿Podemos suponer que Jesús haya rechazado entonces un pensamiento que cruzó por su
mente? Habría que explicar que pudo surgir en ella. En realidad, los apóstoles oraban en silencio
mientras le escuchaban. El Salvador ha leído siempre en sus conciencias limpias y sinceras, y en
ese momento escucha el grito interior que no se atreven a proferir por no interrumpirle. Se lo
dicen al final de la cena: están dispuestos a seguirle hasta la muerte. ¡Ah!, si Jesús consintiera en
llevarlos consigo en ese momento, dejarían inmediatamente y sin remordimientos ese mundo
absurdo que no ha querido comprender que su Maestro le traía la verdad y la paz. Si Él no lo ha
conseguido, ¿cómo ellos, unos pecadores, lograrán convertir un mundo hundido en el pecado? Es
uno de esos casos en los que la prueba nos golpea en tantos sentidos al mismo tiempo, que
desearíamos morir. Eso sería lo más sencillo.
«Demasiado sencillo, en efecto, hijitos míos. Olvidad vuestros sueños. Vuestro lugar está
en el mundo. ¿Cómo van a transformarlo mis discípulos sin vivir en medio de él? No, no pediré que
se os evite el esfuerzo, pues no deseo privaras de su premio. Os amo demasiado para que donde
yo estoy no estéis también vosotros conmigo, en mi Cielo con vuestra cruz. Padre, no te pido que
los retires del mundo, sino que los preserves del mal... No es un peligro ilusorio. A decir verdad, el
peligro no está en el mundo en que los dejo, sino en el pecado que rozarán sin cesar, el pecado
que podría matar en ellos la sinceridad, el valor, el amor, la vida. No habrán de temer al mundo
mientras teman al pecado. Padre, no permites que el Maligno les tiente hasta hacerles caer,
inspírales horror al mal, dales la fuerza de librarse siempre de él».
Pues bien, en la liturgia, la plegaria acuciante y angustiada del divino Suplicante se ha
convertido en una cantinela sembrada de aleluyas. La Eucaristía ha obrado ese prodigio. Jesús
sigue orando, pero ahora en el corazón de los fieles que se hacen uno con Él. Desde la tierra, su
oración eucarística se eleva con la nuestra para tañer en el Cielo, y su perpetua intercesión en el
Cielo se ejerce en esta tierra. Sobre el altar, aplica a cada uno de nosotros los frutos del sacrificio
que llevó a cabo en la cruz. El don que nos ha hecho de su cuerpo y de su sangre guarda nuestras
almas para la vida eterna.
Jesús ha subido al Cielo, pero no nos ha dejado huérfanos. En su oración, nos designa
como lo hacía con sus apóstoles: « ¡Padre, los que me diste!». A ojos humanos, estas son las
circunstancias que nos han hecho miembros de la Iglesia; tras ellas, una gracia especial del Padre,
gracia de predestinación -misteriosa como todo pensamiento divino-, nos ha conducido a
Jesucristo. «Nadie viene a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6, 44). ¿Por qué
hemos sido llamados nosotros, con preferencia a tantos otros? Una pregunta irresoluble que nos
impone una obligación de gratitud por haber sido elegidos por el Padre y confiados a su Hijo. Jesús
nos guarda hoy con la misma vigilancia y la misma ternura con las que guardó a los suyos durante
su misión terrenal. Somos «los suyos», y, después de la última Pascua, finalmente entregará a los
suyos el sello infinito de su amor. Por Él, que continúa ofreciéndose al Padre y dándose a los suyos,
podemos ser preservados del mal permaneciendo en el mundo.
¡Aleluya! Alabemos a Dios por dejamos aquí todo el tiempo que desee. Si nos apartamos
del mundo ¿quién le haría escuchar el mensaje de salvación? ¿No llegarían a pervertimos los
pecadores que hemos de convertir? ¡Aleluya! Alabemos al Señor porque ha encontrado el medio
de preservarnos del mal. La «oración anterior a la anáfora» nos concreta en dos palabras el modo
en que la comunión en el sacrificio eucarístico nos preserva contra el contagio del pecado.

2.- Purifíquenos, Señor, este sacrificio sin mancha, e infunda en nuestras almas el vigor de
la gracia celestial.

109
Como la mayoría de las secretas, esta encadena los dos momentos del sacrificio
eucarístico. Ofrecemos y recibimos. El pan y el vino que presentamos a Dios, como símbolo de
nuestro homenaje a su soberanía, una vez transformados por las palabras de la consagración,
serán en nuestras manos la «Hostia pura, santa e inmaculada» del Calvario. Dios ya no verá
nuestra indignidad, que habrá desaparecido detrás del amor de su Santísimo Hijo.
Inmediatamente después, y para asegurarnos que ha aceptado nuestra ofrenda, nos concederá un
don a su vez: nos invitará al banquete sagrado en el que Jesús será el alimento de nuestras almas.
Su Hijo, que es uno con Él, se hará uno con nosotros, y compartiremos su pureza y su vigor, su
santidad y su fuerza.
Los peligros a los que nos expone nuestra estancia en este mundo residen en la
connivencia con el pecado, que confunde a las conciencias y debilita los caracteres. La sagrada
comunión nos preserva de este doble mal al establecer una comunidad de pensamiento y de
voluntad entre Jesucristo y nosotros. El Señor que piensa en nosotros conserva la rectitud de
nuestra conciencia, afina su delicadeza y la purifica de cualquier compromiso con el pecado. Y al
unir nuestra voluntad a la suya, pone remedio a nuestras debilidades, nos libra del temor y duplica
nuestra energía. Como fruto de nuestra comunión, en lugar de que nuestra fe cristiana se
mundanice bajo la influencia del mal, el mundo se cristianiza porque la Eucaristía la mantiene en
todo su rigor.
En cualquier caso, estos resultados están subordinados a la condición mencionada en la
«oración después de la comunión».

3.- Alimentados, Señor, con los dones sagrados, te pedimos nos concedas perseverar
siempre en acción de gracias.
Si en algunas ocasiones traducir es traicionar, este es el caso, aunque es posible paliar la
insuficiencia de las palabras. Probablemente, nadie supondrá que esta poscomunión alude a la
oración personal llamada comúnmente «acción de gracias». Podría ser útil recordar a algunos que
no deben omitir esos momentos de aislamiento en compañía del Cristo que se ha hecho alimento
nuestro. Las personas cuyos deberes de estado obligan a abreviar la duración de este trato
irreemplazable, no deben apenarse, pues disponen de todo el día para dar gracias al Señor por la
comunión matinal. En realidad, el Señor tiene derecho a nuestra eterna gratitud por haber
instituido la Eucaristía, in gratiarum semper actione maneamus. Esto es cierto, pero la frase del
misal tiene mayor alcance.
La acción de gracias litúrgica no consiste en las breves fórmulas que siguen a la comunión:
comienza con la llamada del celebrante: Gratias agamus Domino Deo nostro. «Demos gracias al
Señor nuestro Dios». Se trata de la acción eucarística en su totalidad: ofrenda, consagración y
comunión. La locución «acción de gracias» es el equivalente de la palabra griega eucharistía. Al
manifestar el deseo de permanecer siempre en la eucaristía, pedimos al Señor la gracia insigne de
ser consagrados, eucaristiados, transformados en Él de modo permanente, de hacernos uno con la
Hostia del Santo Sacrificio.
En resumen, pedimos a Jesús que prolongue los efectos del sacramento a fin de que se
cumpla en nosotros su promesa: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo
en él». Sepamos sin embargo a qué nos compromete esa condición, y la entrega de nosotros
mismos que exige a cambio del don que recibimos. Una hostia consagrada no será jamás un pan
corriente que se pueda echar a los perros, non mittendus canibus; así, tampoco el cristiano que ha
comulgado es ya un hombre corriente, siempre que el sacrificio de Jesús sea también el suyo.

110
Queda identificado con Jesús-Hostia, es hostia, víctima con Él 0. Deja que el Señor le reforme y le
transforme modificándose él mismo en sus tendencias pecadoras.
Lo mismo que, en el sacramento, Jesús ejerce su función de único Mediador entre Dios y
los hombres, el cristiano permanece en la Eucaristía si se asocia a la mediación de Cristo: con Él,
siempre vuelto hacia Él para adorarle: con Él, siempre vuelto hacia los hombres para servirles y
salvarles.
Vuelto hacia Dios, «no solo le honra con los labios»; se entrega a Él y se abandona a todos
sus deseos. ¿Qué significa una víctima que se niega, una hostia que protesta? ¡Que Dios disponga
de nosotros como le plazca! El trigo y la uva solamente se han convertido en la materia del
sacrificio cuando han pasado bajo la muela y el lagar. El cristiano «eucarístico» se inmola también
a la voluntad de Dios: «pierde su vida» para recuperarla transfigurada en la de Jesucristo.
Vuelto hacia sus hermanos, acepta con alegría todas las misiones de abnegación o
paciencia que Dios le encarga respecto a ellos. La Hostia de la misa le ha consagrado en los dos
sentidos de la palabra. Se dice que un objeto está consagrado cuando es inviolable: el comulgante
no puede profanarse; pero se habla también así de un objeto consagrado para significar que está
dedicado a un servicio: el comulgante debe servir. Siempre a disposición de sus hermanos, el
cristiano «eucarístico» es el pan que Dios destina a fortalecerles, el vino que calienta su corazón. Y
así como el sacramento opera la unidad de los cristianos y los aúna en la caridad, el comulgante
«permanece en la eucaristía» siempre que sea un factor de unión en el seno de la Iglesia y haga
brillar la caridad de Cristo por cualquier lugar donde le conduzcan sus actividades.
In gratiarum semper actione maneamus. La frase se lee rápidamente y sin embargo,
solamente al enunciar la verdadera eficacia de la Eucaristía, signo de unión entre la tierra y el
Cielo, encierra el programa de la santidad más elevada.
El Señor ascendido a los cielos no abandona a los que Dios le ha confiado: los guarda
siempre. Permaneciendo en Él, estaremos preservados del mal y, como mora en nosotros, por
nosotros santificará el mundo.

0
Esta identificación está magistralmente expuesta en el IV libro de La Imitación de Cristo.

111
Domingo de Pentecostés

Capítulo XXVII. LA CULMINACIÓN DE LA VICTORIA DE LA PASCUA

Envía tu Espíritu, y serán creados y renovarás la


faz de la tierra (Versículo del aleluya de la misa,
adaptado del salmo 103,30).

La fiesta de Pentecostés ocupa en el calendario un lugar único, pues es el eslabón entre las
dos partes del año litúrgico, consagradas una al misterio del Hijo de Dios hecho Hombre, y la otra
al misterio de la Iglesia, en la que Cristo continúa su obra.
Ya hemos citado anteriormente las influencias bajo las cuales Pentecostés, tras no haber
sido más que la clausura de la cincuentena pascual, pasó a ser una solemnidad independiente,
dotada, a partir del siglo VIII, de una octava que recordaba la semana de los ornamentos blancos.
A partir de entonces, iba a ser considerada no como la conclusión del primer semestre del año
litúrgico, sino como la inauguración del segundo. Hemos de meditar las enseñanzas que nos
imparte bajo este último punto de vista; por una parte, el nacimiento milagroso de la Iglesia a la
que el Espíritu Santo sella desde el principio con sus características esenciales: universalidad,
unidad y santidad, y por otra, la acción del Espíritu Santo en el alma de cada cristiano. En el marco
y al final de esta recopilación lo analizaremos solamente bajo su primer aspecto: la culminación de
la victoria de la Pascua y la realización de los misterios de Cristo redentor.
El primer versículo del aleluya de la misa de hoy (que sirvió para cántico del ofertorio en la
de ayer) es una adaptación del salmo 103, compuesto en alabanza del Dueño soberano del
universo. El salmista nos hace ver que la obra del Creador no tiene punto final: apenas sus
criaturas expiran para volver al polvo, Él insufla vida a otros seres, rejuveneciendo así el rostro del
mundo: «Cuando envías tu soplo, son creados y renuevas la faz de la tierra». No menos admirable
es la creación espiritual inaugurada en Pentecostés. Dios envía su Espíritu a la tierra, y en el lugar
de los hijos de Adán, pecadores, serán creados otros, elevados a la altura vertiginosa de hijos
adoptivos de Dios. Y el Espíritu prometido por Jesucristo, al animar a esta humanidad nueva, esta
asamblea de «santos» -la Iglesia-, hará retroceder al reino del pecado y transformará el mundo:
Envía tu espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra.
San Juan Crisóstomo subrayaba la preeminencia de esta fiesta en los términos siguientes:
«No hace mucho tiempo -decía a su auditorio-, hemos celebrado la cruz, la pasión y a continuación
la ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al cielo. Hoy hemos obtenido la culminación de todos los
bienes, hemos llegado a la metrópoli de las solemnidades, y estamos dispuestos a recoger los
frutos de la promesa del Señor». En efecto, todas las riquezas que la muerte, la resurrección y la
ascensión del Salvador han procurado a nuestra raza: la purificación del pecado, la comunicación
de la vida divina, la admisión en los cielos, no han llegado a nosotros hasta el día de Pentecostés.
Solamente entonces, el Espíritu Santo nos ha convertido en hijos adoptivos de Dios, uniéndonos a
Cristo en calidad de miembros de un cuerpo del que Él es la Cabeza. «Hemos sido bautizados en
un solo Espíritu para formar un solo cuerpo» (Co 12, 13). El misterio pascual se realiza hoy en la
persona de los cristianos. Lo que se cumplió el día de Pascua solamente en Cristo resucitado,

112
cabeza de la nueva humanidad, a partir de Pentecostés se cumplirá en todos los cristianos hasta el
fin del mundo. Así, antes de ofrecer el sacrificio eucarístico, la Iglesia nos hace entonar un cántico
triunfal en el momento del ofertorio: « ¡Oh Dios!, confirma y completa lo que has hecho por
nosotros. En tu santo templo, en tu Jerusalén, los reyes te ofrecerán presentes». Se trata de una
nueva adaptación de un salmo, pero el título que nos atribuye no es inferior a la realidad: gracias a
la efusión del Espíritu Santo, nos hemos convertido en un «linaje escogido, sacerdocio real, nación
santa» (1 P 2,8).
En realidad, los que se cumple en la mañana de Pentecostés es la misión que el Hijo de
Dios ha venido a realizar visiblemente entre los hombres. El paralelismo entre los dos
acontecimientos conmemorados en las fiestas de Navidad y de Pentecostés es asombroso. Los
habituales de las misas solemnes habrán observado el modo en que la liturgia subraya esa
semejanza. Cuando en el día de Navidad se canta la frase del símbolo de Nicea, Et incarnatus est,
el celebrante se prosterna en el peldaño más bajo del altar, y toda la asamblea adora con él al más
inaudito de los prodigios: el Verbo de Dios se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros. Dios se
ha hecho hombre. Ahora se lleva a cabo el mismo rito excepcional. El celebrante y los asistentes se
arrodillan de nuevo durante el canto de invocación Veni Sancte Spiritus. En la mañana de
Pentecostés se ha producido un prodigio no menos inconcebible: la tercera persona de la
Santísima Trinidad ha venido a tomar posesión de la tierra.
Pentecostés no es solo una reproducción de la Navidad: es su réplica. En la noche de
Belén, el Hijo de Dios ocupó un lugar en el género humano: Jesús ha unido en su persona Dios y el
Hombre. Ante semejante condescendencia, bajó de los cielos, hemos de arrodillarnos. Y una
maravilla aún más asombrosa tuvo lugar en el cenáculo de Jerusalén. La Encarnación recibe una
mañana perpetua que, de algún modo, va a prolongarse en la Iglesia: a los hombres les ha llegado
el momento de entrar en la familia divina. El Hijo de Dios se ha hecho hombre para conferir «a los
que le reciban y crean en Él, el poder ser hijos de Dios»; «Se ha convertido en lo que somos para
convertirnos en lo que Él es» (San Ireneo); en Jesucristo habita la plenitud de la divinidad
corporalmente (Col 2, 9); en el hombre regenerado por el Espíritu Santo habita espiritualmente la
Trinidad: el cristiano es templo de Dios. Acabamos de leerlo en el Evangelio: el Padre y Jesús
vienen a nosotros y hacen en nosotros su morada. San Pablo escribe a su vez: «y porque sois hijos,
Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama "¡Abba, Padre!"» (Ga 4, 6).
Cerca del pesebre del Niño-Dios cantamos, emocionados por la gratitud, el Sic nos
amantes: « ¿Quién no amará a su vez al que nos ha amado de esto modo? ¿Permaneceremos
impasibles ante esta prueba del inmenso amor de Dios que ha recibido la humanidad? «Ved -dice
San Juan-, qué amor nos ha tenido el Padre para llamamos hijos de Dios, y que lo seamos» (11n 3,
1). En Navidad celebramos el nacimiento humano del Hijo de Dios; en Pentecostés, el nacimiento
de los hombres a la vida divina. Navidad: fiesta del Hombre-Dios; Pentecostés, fiesta de la
humanidad divinizada.
Así, durante ocho días, el prefacio de la misa invitará al universo entero a manifestar su
alegría: «Nuestro Señor Jesucristo, subiendo sobre todos los cielos, y sentado a tu diestra,
derramó en este día sobre los hijos adoptivos el Espíritu Santo que había prometido. Por lo cual la
Iglesia, rebosando de júbilo, se regocija en todo el orbe de la tierra... », Observaremos que en la
primera frase, ambos acontecimientos, ascensión y efusión del Espíritu Santo, aparecen como
concomitantes: es el último vestigio de la Pentekosté. La segunda frase es la antigua conclusión del
prefacio de Pascua: San Gregorio el Grande fue el que la reservó para Pentecostés, porque
solamente entonces el mundo entero tomó posesión de la salvación que Cristo resucitado nos
mereció.
Hoy resuena en la tierra la alegría, como resonó en el Cielo hace diez días. Jesucristo es el
Rey del Cielo y la tierra. Ahora reina en los cielos, de donde vendrá al fin de los tiempos para

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manifestar su realeza sobre la tierra. Entre esos dos triunfos del Salvador, la Iglesia, guiada por el
Espíritu Santo, le representa en la tierra cuya faz renueva llevando a cabo en ella la salvación de la
humanidad.
¿Es esa nuestra fe? A fuerza de repetir las afirmaciones del dogma cristiano, ya no nos
sorprenden. Pues bien, es absolutamente necesario que produzcan sorpresa en nosotros. Cuando
cesan de conmovemos, nuestra fe se adormece. Tenemos que mantenerla continuamente
despierta, preguntándonos sobre el asentimiento que concedemos a los increíbles e
impenetrables designios de Dios. ¿Estamos seguros de que Jesús está con nosotros todos los días,
y que nosotros estamos unidos a Él por su Espíritu y en su Iglesia?
En su Iglesia: eso quiere decir en una sociedad humana. ¡Los hombres! Sabemos lo que
son, lo que tienen de grandes y también lo que tienen de miserables. Aceptemos que los cristianos
se hayan convertido en el nuevo pueblo de Dios, pues el antiguo no fue tan brillante como para
que deseemos continuarlo; pero ya no se trata de una alianza comparable a la de Dios con Israel. A
causa de la nueva alianza firmada con la sangre de Cristo, Dios nos comunica su vida, Dios nos
encarga de su obra, Dios nos confía su honra. Indudablemente, su Espíritu no permanece inactivo
en la Iglesia; y no es menos cierto que unos hombres son los depositarios de riquezas divinas,
desde la palabra de Jesús hasta su carne y su sangre. Unos hombres hablarán en nombre del
Señor, juzgarán en su lugar, perdonarán o retendrán los pecados. Lo que decidan quedará
ratificado en el Cielo. Dios se ha desprendido voluntariamente de sus derechos. ¡Qué aventura!
Acosada por los jueces que le tendían trampas durante su juicio, Juana de Arco repetía: En
mi creencia, Dios y la Iglesia son todo uno. Nuestra querida santa lo decía serenamente: su
creencia es la creencia de todo buen cristiano. Cuando hablamos de la Iglesia pensamos, en primer
lugar en la Iglesia docente y jerárquica, pero no solo en ella, pues el Espíritu anima y habita en los
miembros de Cristo más débiles, a los que San Pablo consideraba los más necesarios (1 Cor 12,
22). Todos debemos pensar y sentir como Jesús (Ibíd, 2, 16). El fiel más humilde en estado habitual
de gracia, detecta inmediatamente el error doctrinal, se enfrenta y protesta contra los matices que
alteran el Evangelio: su alma está también habitada por el Espíritu de verdad que le adhiere a la
enseñanza revelada. ¿No correrá la Iglesia, formada por hombres, el riesgo de usurpar el lugar de
Dios? -Eso significaría ignorar la presencia del Espíritu Santo. Los sabios acosan de nuevo a Santa
Juana: « ¿Te sometes, sí o no, al papa, a los cardenales, a los arzobispos y a los obispos? –Sí
-replica la santa-, pero los primero es servir a nuestro Señor». El Espíritu estará siempre presente
para reprimir las desviaciones de los hombres, para impulsarlos o frenados, para iluminar y
enardecer «los corazones que ha creado».
Los hechos demuestran con suficiente claridad que la Iglesia es fiel al Espíritu Santo. Su
perpetuidad atestigua que no participa en modo alguno en el declive de las instituciones humanas;
su fidelidad a la doctrina de Jesús y su docilidad para seguir sus mandamientos constituyen para
los hombres de nuestro tiempo un milagro tan persuasivo como lo fueron los del Salvador en
Galilea. Esta sociedad humana de la que formamos parte, es Cristo entre nosotros: Jesús
crucificado ¡desgraciadamente! por los pecadores de su Iglesia, pero también glorificado por sus
santos; Jesús, al que el odio del mundo persigue en su Iglesia y que por medio de ella mejora el
mundo. Los riesgos terribles que el Salvador corrió «al encarnarse» en la Iglesia han redundado y
redundarán en su victoria. Este es el prodigio de Pentecostés.
Extraigamos dos propósitos. Antes de todo, reavivemos el sentimiento de nuestra
dignidad. Somos los hijos adoptivos de Dios. Sin cegamos ante nuestras deficiencias, nuestras
infidelidades y todas esas sombras que nos apenan -pero que nos aparecen como sombras a causa
de la luz que brilla en nosotros-, reconozcamos el don que Dios nos hace de su presencia en
nuestras almas. «Ya que nos ha hecho grandes -escribía Mons. Gay-, considerémonos sincera y
serenamente como grandes. Lejos de perder por ello la verdadera humildad, ahí la encontramos.

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El hombre es mucho menos lo que es que lo que Dios le hace. Nuestros pecados, aunque ofenden
a Dios, continúan siendo actos humanos: los dones de Dios continúan siendo esencialmente
divinos».
Cuanto mayor sea la certeza de nuestra grandeza, más viva será en nosotros la conciencia
de nuestra responsabilidad. Debemos merecer el reconocimiento de nuestra dignidad, una
dignidad que asombra al mundo, que edifica a la Iglesia y que glorifica al Señor. «Culmina, Señor,
lo que has realizado en nosotros». Esta antífona fue cantada también cuando recibimos el
sacramento de la Confirmación. Repitámosla con frecuencia a fin de no apagar el Espíritu, ni
siquiera de entristecerle, en palabras de San Pablo. El Espíritu que formó a Jesús en el cuerpo
inmaculado de María, actúa en nuestra alma para hacernos conformes a la imagen de Cristo.
Oigamos sus llamadas y sus inspiraciones. Al escucharle y seguirle, evitaremos el pecado: ductore
sic te praevio, vitemus omne noxium. Invoquémosle frecuentemente como nos lo sugiere la
secuencia de la misa: «Lava el corazón sórdido; riega el que está marchito; sana al que enfermo
está; doblega al duro y rígido; inflama al tibio; rige al que extraviado va».
Así, Dios lo quiera -pues van en ello su gloria y nuestra felicidad-, guiados por el Espíritu
Santo, no retrasaremos los progresos de nuestra Iglesia, que tiene que dar a conocer a Cristo a
todas las naciones: avanzaremos con paso alerta entre la multitud de resucitado s en camino hacia
el Día de la manifestación gloriosa de los hijos de Dios, el gran día en que el Espíritu habrá
renovado la faz de la tierra.

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