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La estructura de un texto

Roberto Zavala Ruiz


Empezar por el principio y terminar por el final

Nadie sabe quién dio origen al mito del terror a la página en blanco,
pero el tema sirve para llenar huecos en pláticas de sobremesa en las
que intervienen uno o varios escritores. Los profesionales, ya no de la
pluma sino de la máquina de escribir, difícilmente ganarían el pan si el
mentado pánico les impidiera escribir la frase con que habrán de iniciar
la cuartilla o pasar de un párrafo a otro, para de página en página ir
formando la nota informativa, el reportaje, el artículo o el ensayo. Y si
esto pasa con los periodistas, los escritores —vaguedades mayores o
menores en mente y pluma en mano o dedos al teclado— tampoco
lograrían invocar, provocar, convocar a las palabras necesarias si
falsos temores ataran la imaginación.

Quienes no tienen la costumbre de escribir, en cambio, sí afrontan


desazones y hasta desalientos cuando han acumulado diez o más
cuartillas arrugadas en el cesto de basura sin redondear la primera
frase de un simple informe de trabajo mensual. Las bolsas de papel
colman la habitación si se intenta el exitoso arranque de un ensayo
que se quiere profundo, rico en contenido y forma.
En el principio era el caos

Josefina Vicens, en su novela El libro vacío —editada y vuelta a editar


— escribe sobre la imposibilidad de escribir, tema del que mucho
saben tantos aspirantes a ese oficio de tinieblas y de luces, el de
escritor. Octavio Paz, en una clara aunque paradójica “Carta prefacio”
que alerta a los lectores, se acerca a la confesión cuando dice que
Vicens trata de “la imposibilidad de escribir y la necesidad de escribir,
el saber que nada se dice aunque se diga todo y la conciencia de que
sólo diciendo nada podemos vencer a la nada y afirmar el sentido de
la vida”.

El personaje masculino de quien se vale la novelista para decir lo


propio, en una página de terror a la luz del día, describe la fiebre, la
atracción de abismo que experimenta el protagonista cuando se
dispone a escribir y no logra nada.
Por todo el cuerpo, desde que me preparo a escribir, se me esparce una
alegría urgente. Me pertenezco todo, me uso todo; no hay un átomo de mí que no
esté conmigo, sabiendo, sintiendo la inminencia de la primera palabra.
En el trazo de esa primera palabra pongo una especie de sensualidad:
dibujo la mayúscula, la remarco en sus bordes, la adorno. Esa sensualidad
caligráfica, después me doy cuenta, no es más que la forma de retrasar el
momento de decir algo, porque no sé qué es ese algo, pero el placer de ese
instante total, lleno de júbilo, de posibilidades y de fe en mí mismo, no logra
enturbiarlo ni la desesperanza que me invade un momento después.
Pienso entonces que algo, algo físico, falta. La pipa está muy sucia, hace
varios días que no la limpio. ¡Cómo voy a poder escribir si esta maldita pipa está
tapada! Me pongo a limpiarla, maquinalmente, y poco a poco la esperanza solícita,
piadosa, vuelve a aparecer. ¡Eso era, claro! ¡Ahora sí…! Mejor una hoja nueva,
limpia y otra vez, lentamente, la mayúscula de gala.

Hay que dejar a José García con la espiral girando en la cabeza,


“tratando de encontrar algo, ese algo que exprese algo”, y decir dos
palabras sobre el comienzo de un escrito.

Primero, nadie puede pasar al papel, claramente, lo que resulta


nebuloso en el cerebro. En un espectáculo teatral montado a partir de
poemas de Óscar Oliva, se decía que las musas sí existen, y son muy
cachondas. Pero más vale confiar en nuestros propios medios y dejar
que las musas, cachondas o no, musiten al oído de aprendices de
poeta. A uno le será de mayor provecho, sin lugar a dudas, ponerse a
ordenar las ideas haciendo un esquema del escrito, donde un
enunciado resumirá lo que luego se irá desarrollando.

Escribir sin rumbo fijo, sin un plan que jerarquice los datos, sistematice
la información, disponga lógicamente las divisiones de un escrito, con
toda seguridad conducirá a retacar los apartados de frases
deshilvanadas, páginas oscuras, textos ilegibles que ningún corrector
de estilo podrá salvar. Formúlese el contenido probable, modifíquese
cuantas veces sea necesario, y entonces podrá empezar la redacción
sobre bases firmes.

Lo que en periodismo se llama entrada busca pescar al lector, atrapar


y retener su atención, pues ante la abrumadora cantidad de
información que ofrece un periódico, una revista, el lector medio revisa
los encabezados y orienta los ojos hacia lo que promete ser atractivo;
pero si la entrada es floja abandonará la lectura. El primer párrafo, y
aun la primera frase, suelen ser determinantes. José Emilio Pacheco
escribe semanalmente, en la revista Proceso, un modelo. Su
“Inventario” del 22 de junio de 1987, por ejemplo, empezaba así:
El nombre de México ya no figura en nuestro vocabulario. Lo sustituye en las
conversaciones una expresión de furia, despecho y desprecio: “Este país”, “Ya no
se puede vivir en este país”, “A este país ya se lo llevó la chingada”, “Este país es
el más corrupto del mundo”, “Qué gente la que gobierna este país”, “No aguanto
un minuto más en este país”.

Y con igual intensidad inicia el segundo párrafo:

En un ejercicio de sociología instantánea se puede fijar en 1982 la fecha de


nacimiento de la expresión “este país”… Del mismo modo, “este país” nos
absuelve: los corruptos son los otros, los ineficientes son los otros, los culpables
del hundimiento son los otros.

No se piense que el esfuerzo por empezar bien debe preocupar sólo a


los autores de textos breves, también los libros se abandonan si a uno
—como dicen los lectores—no lo atrapan.

Un texto breve —lo saben muy bien los periodistas— puede empezar
con los datos más importantes resumidos en el primer párrafo; en los
siguientes se irá desgranando poco a poco información adicional, y se
concluirá con los datos menos importantes. Gráficamente esta
estructura se representaría por medio de una pirámide invertida, y es
la que adoptan de ordinario las notas informativas de diarios y revistas.
La estructura opuesta obligará a iniciar la escritura con una intensidad
menor que irá creciendo hasta llegar con el final a la culminación en
sentido estricto. Los libros de texto —por razones didácticas— tienen
en general esta disposición de los datos, pues comienzan exponiendo
los temas menos difíciles (en ocasiones el primer capítulo está
constituido por un resumen de los conceptos básicos de cursos
anteriores, o por un panorama conceptual básico: se tiende así la
plataforma sobre la que habrá de levantarse la nueva construcción), y
a medida que se avanza crece la complejidad.

Hay algunos escritos cuyo contenido obliga a seguir una estructura


sólida de pareja intensidad, que empiezan y terminan sin mayores
altibajos, sin que la información crezca o decrezca en complejidad o
en importancia. Los hay también de forma circular: el principio es el
final, o viceversa, y el cuerpo se desarrolla de tal manera que al
reencontrar lo expuesto al principio, los datos cobran un significado
distinto. Y el esquema no sirve sólo para los géneros literarios, como
podría pensarse.

Por supuesto, los esquemas descritos con tanta brevedad pueden


combinarse de acuerdo con las exigencias del tema, las preferencias
del autor y otros factores. Con estos renglones no se busca sino llamar
la atención sobre el problema del principio en relación con la
estructura.
En resumen, al tomar la pluma debe tenerse la mayor claridad posible
acerca de lo que va a tratarse y del orden más conveniente. Se
recomienda hacer un esquema del escrito a base de enunciados o
proposiciones, que será la mejor guía durante la redacción.

El desarrollo

Ya en el apartado anterior se hilvanaron el principio y el desarrollo.


Agreguemos ahora que el contenido probable, pensado antes en sus
líneas generales, debe detallarse con los subtítulos. En textos breves
éstos cumplen dos propósitos; por un lado, dan una idea clara del
contenido; por el otro, si son lo bastante sugerentes y se ofrecen a
intervalos regulares, servirán como descanso en la lectura, con lo que
ésta se aligera y anima a seguir hasta el final.

No es tarea fácil concebir buenos subtítulos: breves, originales,


sugestivos y -¿por qué no?- hasta sorprendentes. Como en tantos
otros aspectos, José Emilio Pacheco puede servir de modelo.

Su columna semanal en Proceso tiene por lo común de cinco a seis


subtítulos, cada uno de los cuales envuelve y compendia unos tres o
cuatro párrafos. Así, las cinco o seis cuartillas se leen de un tirón.
Claro que esto se debe también al contenido y al estilo, depurado éste
a fuerza de pulir y repulir. El mismo escritor confiesa que corrige tanto
sus textos que parecen escritos a mano y corregidos a máquina.
En obras de más envergadura los encabezamientos de capítulo
compendian el contenido de las divisiones de mayor jerarquía. Si los
capítulos son breves y numerosos acaso no requieran subtítulo
alguno, pero si son pocos y extensos, en mucho ayudarán los
descansos o respiros a que antes se aludió; orientarán y ahorrarán
fatigas a los lectores, pero también ayudan al autor a ordenar los
materiales, a imprimirles rigor lógico, aun antes de sentarse a escribir.

Saber concluir
Como el personaje de Josefina Vicens, que adormecía la angustia
dibujando con sensualidad caligráfica una mayúscula y limpiando
pipas, muchos autores escriben frases, párrafos y más cuartillas en un
afán estéril por terminar. El último capítulo crece sin hallar el fin. Un
texto —apunta y atina José Emilio Pacheco— debería ser siempre
como esas cajitas de madera que cierran perfectamente, “clic”
mediante. Si antes se acostumbraba escribir la palabra “Fin” para
indicar el término de una novela o de un texto cualquiera, esa función
debe cumplirse hoy sin trucos, dando a la escritura el redondeo
necesario, el “clic” que indique sin lugar a dudas que esa página, ese
párrafo, esa frase, son los últimos.

Tampoco es fácil, pero es indispensable. Cuando uno ha logrado


empezar a escribir lleva la mitad del trabajo, mas cuando sólo falta
terminar está pendiente todavía la mitad del trabajo. Y esto no significa
que los todos tengan tres mitades, sino que tal vez lo más sencillo sea
caminar, si se compara la marcha con la escritura: el paso que la inicia
—lleno de dudas acerca del propósito y la dirección— y el que la
concluye serían principio y fin del escrito. Nada menos.

Puntuar, algo muy personal

Nadie puntúa igual, como nadie tiene las mismas huellas dactilares.
En este terreno difícilmente pueden darse normas muy estrictas.
Quienes quieren usos “científicos” de las comas y demás signos, con
toda seguridad se sentirán defraudados ante estas afirmaciones, pero
ya se irá viendo que un párrafo puede puntuarse de varias maneras
sin que una sea más correcta que las restantes. “En esta cuestión —
dice Reyes Coria— no hay propiamente una definición de errores, a no
ser dos: el mal empleo de la coma entre el verbo y el sujeto de la
oración, y la formulación del diálogo a imitación de lenguas diferentes
de la española”.
Hay quienes construyen frases directas y rectas como troncos de pino;
éstos no se entretienen en detalles ni escriben casi nunca oraciones
incidentales, por lo que raramente se les hallan guiones, paréntesis o
frases entre comas.

Carta prefacio (a El libro vacío) de Octavio Paz

Recibí tu libro. Muchas gracias por el envío. Lo acabo de leer. Es magnífico: una
verdadera novela. Simple y concentrada, a un tiempo llena de secreta piedad e
inflexible y rigurosa. Es admirable que con un tema como el de la “nada” —que
últimamente se ha prestado a tantos ensayos, buenos y malos, de carácter
filosófico— hayas podido escribir un libro tan vivo y tierno. También lo es que
logres crear, desde la intimidad “vacía” de tu personaje, todo un mundo —el
mundo nuestro, el de la pequeña burguesía—. ¿Naturalismo? No, porque las
reflexiones de tu héroe, siempre frente a la pared de la nada, frente al muro del
hecho bruto y sin significación, traspasan toda reproducción de la realidad
aparente y nos muestran la conciencia del hombre y sus límites, sus últimas
imposibilidades. El hombre caminando siempre al borde del vacío, a la orilla de la
gran boca de la insignificancia (en el sentido lato de esa palabra). Y aquí deseo
anotar una reflexión al vuelo: literatura de gente insignificante —un empleado, un
ser cualquiera—, filosofía que se enfrenta a la no-significación radical del mundo y
situación de los hombres modernos ante una sociedad que da vueltas en torno a
sí misma y que ha perdido la noción de sentido y fin de sus actos: ¿no son estos
los rasgos más significativos del pensamiento y el arte de nuestro tiempo? ¿No es
esto lo que se llama el “espíritu de la época”?
Rescatar el sentido de la historia (personal o social, vida íntima o colectiva),
enfrentar la creación a la muerte, la ruina, el parloteo y la violencia: ¿no es una de
las misiones del artista? Eso es lo que tú has realzado en El libro vacío (más allá
de las imperfecciones o debilidades que los diligentes críticos encuentren en tu
obra). Pues, ¿qué es lo que nos dice tu héroe, ese hombre que “nada tiene que
decir”? Nos dice: “nada”, y esa nada —que es la de todos nosotros—, se
convierte, por el mero hecho de asumirla, en todo: en una afirmación de la
solidaridad y fraternidad de los hombres. Y así, un libro “individualista” resulta
fraternal, pues cada hombre que asume su condición solitaria y la verdad de su
propia nada, asume la condición fatal de los hombres de nuestra época y puede
participar y compartir el destino general.
Y ahora quiero confiarte algo personal: la imposibilidad de escribir y la
necesidad de escribir, el saber que nada se dice aunque se diga todo y la
conciencia de que sólo diciendo nada podemos vencer a la nada y afirmar el
sentido de la vida, yo también, a mí manera, lo he sentido y procurado expresarlo
en muchos textos de ¿Águila o Sol? y en algunos poemas de otros libros. No digo
esto por vano afán de precisión literaria sino por el simple placer de señalar una
coincidencia. Ahora que reina tanto espíritu de la discordia y la ira divisoria, es
maravilloso descubrir que coincidimos con alguien y que realmente hay afinidades
entre los hombres. Creo que los que saben que nada tienen lo tienen todo: la
soledad compartida, la fraternidad en el desamparo, la lucha y la búsqueda.
Gracias de nuevo por El libro vacío, lleno de tantas cosas, tan directo y tan
vivo.

Septiembre de 1958.