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Educación: Sabiduría y profundidad

"...el maestro no sólo es un especialista en su materia, sino también un hombre formado


sapiencialmente...transmite al alumno el sentido profundo de lo mismo que enseña. Esto es, no
sólo las informaciones, esquemas, fórmulas y métodos, sino el sentido profundo de todo aquello.
No simplemente un sentido cualquiera, sino el sentido profundo...el maestro mediante este sentido
profundo, trascendiendo las palabras, "conduce" al alumno al corazón de la verdad total".
El camino a la "verdad total" pasa por el sentido profundo de lo que se enseña. La verdad
total tiene surgir, con toda naturalidad, de una enseñanza que nunca puede quedar en la mera
superficie porque por su propio peso tiende a penetrar en la razón honda de las cosas.

La sabiduría no puede faltar en la educación.

La sabiduría es "sapientia" y sapientia es "sápida scientia", esto es ciencia sabrosa, gustosa.


Es decir ciencia no seca, no meramente fáctica o fríamente nocional, sino sabrosa. ¿Y el sabor?
¿De dónde proviene? Precisamente del sentido de las cosas, estrechamente unido a su valor. Lo
que tiene sentido, también vale. Las creaturas llevan en sí el sello del pensamiento y amor del
Creador. Por eso son sabrosas. Conocerlas de veras, en profundidad, nos revela su sabor.

En este sentido hay que entender el conocido dicho tomista: "res autem inter duos
intellectos constituta", la cosa natural está constituida entre dos entendimientos (De Veritate,1,2.).
Es decir, entre el intelecto creador divino y el entendimiento conocedor humano. La cosa resulta
inteligible para el conocedor humano porque ha sido inteligentemente concebida por la
inteligencia divina. Esa es la única respuesta válida a la constatación del físico De Broglie: "No
nos maravillamos demasiado ante el hecho que cierto conocimiento científico sea posible". En un
sentido analógico lo dicho anteriormente vale también para las "res artificiales", esto es, para las
creaciones humanas, por ejemplo para las obras de arte o de ingeniería: un cuadro está colocado
entre dos intelectos: el del artista y el del admirador. Lo mismo una aparato. La perfección del
conocimiento se reduce a la perfección del encuentro entre dos entendimientos. Pero este
encuentra no se limita sólo a lo cognoscitivo, sino que incluye también lo afectivo: toda cosa está
colocada entre dos amores; es amable, esto es, susceptible de ser amado, sólo aquello que ha sido
amado. Sin esto sólo hay tinieblas...

Estas tinieblas cuando envuelven la mente del hombre, tienen un nombre bíblico: necedad,
estupidez. La estupidez no es defecto del razonamiento, sino incapacidad de ver. De ver el
sentido o esencia de las cosas. Por el filósofo agustiniense italiano M. F. Sciacca habla de los
nuevos "animales racionales", no en el sentido que le daban a este término los griegos, definiendo

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así al ser humano, sino en un sentido totalmente distinto: seres que razonan mucho, calculan,
combinan, manejan aparatos, etc., pero que no ven, no contemplan, no se comunican con el
sentido de las cosas, y en ellos la racionalidad convive con la más cruda realidad.

"Sólo vida animal y cálculo racional, oscurecidos también en la voluntad y en los


sentimientos, completamente alienado, capaz solamente de actos espontáneos, de reflejos
condicionados, pero no de actos libres" (M. F. Sciacca,"El oscurecimiento de la Inteligencia", Ed.
Gredos, Madrid, p. 34).

La estupidez bíblica no es falta de información, de erudición, de conocimientos técnicos,


sino de sabiduría.

La profundidad no es privilegio de nadie.

La profundidad no es privilegio de nadie. No es prerrogativa de la alta intelectualidad de


esferas académicas; es sencillamente exigencia de la naturaleza humana, que siendo dotada de
inteligencia, tiene indestructible vocación de entender en profundidad.

"Intellegere" viene de "intus legere", esto es leer adentro, leer en la hondura. Por esto la
profundidad y con ella la sabiduría no tienen vinculación esencial , por ejemplo, con los estudios
universitarios, o con la llamada "investigación", que perfectamente y lamentablemente puede
realizarse sin profundidad ni sabiduría.

"La universidad no acorta las orejas", repetía con insistencia en sus conversaciones un
poeta cordobés. Y es cierto. Y por otro lado, la sencilla cultura popular puede ser depositaria de
tesoros de sabiduría y profundidad. Pensemos en el elogio de los pastores de la montaña
castellana, hecho por Unamuno, Rector de Salamanca, que escapaba periódicamente de su sede
para regenerarse con el vigoroso sentido común de aquellos. Mencionemos, también, el elogio de
los analfabetos de Castilla, hecho por Pedro Salinas y José Bergamín.

La inteligencia no excluye el corazón.

...el corazón no excluye a la inteligencia, sino que la incluye, porque si tuviéramos que
traducir en lenguaje escolástico a este término, deberíamos traducirlo como "intellectus"
entendido como capacidad simple de captar el sentido de las cosas (nous: en griego) y la
correspondiente respuesta afectiva a este simple conocimiento lo que los escolásticos llaman
"voluntas ut intellectus" (en griego: télesis). El corazón no es de ninguna manera una potencia
irracional, sino que (como dijo Pascal) "tiene razones, que la razón (meramente calculadora,
razonadora) no conoce".

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Entonces el corazón no es otra cosa que el órgano de la profundidad, de penetración, del
discernimiento o criticidad y entonces es "la punta fina del alma" como la definió San Francisco
de Sales, lugar de grandes y definitivas opciones. Nos mostramos entre dos intimidades: una
representada por nuestro corazón y otra que está en las cosas a las cuales tenemos que penetrar.
Así vamos a entender el alcance de la expresión "el sentido profundo de lo que se enseña". Lo que
no viene de la interioridad no llega a la interioridad. Lo cual se extiende también a las relaciones
entre los hombres: lo que no viene del corazón no habla al corazón.

...ir a lo hondo, penetrar en el corazón es obligatorio. Sin esto la tarea educativa queda frustrada.
El corazón sede de las opciones profundas, es también el lugar de la conversión. El verdadero
cambio, el único auténtico gran cambio se realiza allí.

Donde se descubrió el sentido, aparece la fuerza atractiva del valor.

El descubrimiento del sentido es inseparable de la experiencia del valor. Si desde el


corazón descubrimos el genuino sentido de las cosas, desde allí experimentamos también los
valores, esto es la bondad atractiva de las cosas. Y dado que la voluntad humana no se mueve ella
misma, sino que es movida por el bien (S. Tomás, De Div.Nom. 439), al corazón abierto a lo real
no le faltarán energías volitivas y afectivas: por eso, el corazón resulta ser también sede de la vida
fuerte.

Edith Stein, filósofa y teóloga carmelita, que fue la asistente predilecta de Husserl, cuyo
proceso de beatificación está en curso, enseña al respecto: "Cada sentido comprendido exige una
actitud correspondiente y tiene a su vez la fuerza que mueve a actúa en conformidad. Nosotros
llamamos motivación a este poner en movimiento del alma, en que algo colmado de sentido y
fuerza nos lleva hacia una conducta a su vez llena de sentido y de fuerza. De esta manera se hace
de nuevo patente hasta que punto en la vida en la vida intelectual están unidos el sentido y el
vigor" (pag.403).

Al maestro dotado y preparado en la sabiduría, que transmite al alumno el sentido


profundo de lo que enseña en virtud de su misma profundidad no le pueden faltar energías
afectivas y volitivas para conducir al alumno al corazón de la verdad total.

Operación ésta que es demasiado sublime como ser fácil y alcanzable con medios baratos.
Hace falta mucha energía, pero esta energía está, no falta, para quien la busque donde hay que
buscarla. Nos encontramos en el centro mismo de nuestra meditación, tocamos el núcleo de
nuestra argumentación: sin profundidad no hay sabiduría, no hay entusiasmo, no hay
participación cordial, sin esto no hay acceso a la verdad total, no llegamos a Dios. Esto lo

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formuló con claridad Santo Tomás (S.Th.1,65,1,3.): "las creaturas en cuanto de ellas depende no
se apartan de Dios sino que nos llevan a El". Lo que aparta de Dios sucede por culpa de aquellos
que se sirven de ellas insípidamente.

Y ¿qué es lo insípido ?. Insípido es "no sápido", no sabroso. La insipidez es el reverso de la


sabiduría, que es saber sabroso. Pero esto no es sólo problema de la educación, sino de la vida
espiritual entera...esta insipidez se ha vuelto en el mundo moderno muchas veces "programática".
Queremos decir que no se trata de un descuido, un defecto no querido en sí, sino precisamente de
lo opuesto: de un propósito bien claro de no ocuparse del sentido profundo de las cosas, de nada
que llevar a la verdad. Propósito este a menudo fundamentado con los motivos de la practicidad.
La frase atribuida al empirista J. Locke (1632-1704), que el navegante no necesita conocer los
abismos del océano, porque para navegar bien, es suficiente conocer su superficie, define vastas
corrientes del pensamiento de los últimos siglos, del Iluminismo de Siglo XVIII hasta el
neopositivismo actual.

Las cosas, dentro de esta impostación, no tienen sentido, y si lo tiene no se lo puede


conocer. Entonces organicemos, dicen, la vida, la educación, la cultura, limitándonos a aquello
que es controlable por nuestros sentidos, que puede ser objeto de métodos rigurosamente
establecidos de tipo lógico-matemático. Con otras palabras, limitémonos a los sentidos y a la
razón razonadora. Dejando fuera el intelecto propiamente dicho y con él, el corazón. Así dice uno
de los representantes más conspicuos del neopositivismo actual, el profesor milanés Ludovico
Geymonat: "Nuestra conclusión es simplísima: mientras tiene sentido hablar de racionalidad,
refiriéndose a un sistema preciso de proposiciones; no tiene sentido hablar de racionalidad en
general, como algo que debería resultar de una intuición primitiva. La logicidad de las construc-
ciones lógicas es algo bien controlable, y por eso, es una expresión provista de sentido. Pero la
logicidad genérica de la naturaleza no es de ninguna manera controlable, y por eso, es una idea
vaga y confusa que no puede ser discutida seriamente (p. 261, "Studi per un nuovo
razionalismo").

De esta manera el hombre (profesor) no puede salir de su mundo, porque lo que merece
atención son sus propias construcciones que son las únicas perfectamente controlables. El camino
a la verdad total queda totalmente excluido. De esta manera la negación del saber profundo queda
presentada como único saber serio posible. Por eso es de una ligereza escalofriante introducir en
las escuelas el uso indiscriminado de autores y corrientes que se inspiran en esta filosofía
negadora del sentido profundo de las cosas, como por ejemplo la lingüística estructuralista de
Saussure, que reduce el lenguaje a un sistema convencional o la pedagogía de Jean Piaget cuyos
principios inspiradores coinciden con el neopositivismo del Círculo de Viena. Estos autores
pueden ofrecer ciertos aportes parciales, pero jamás pueden servir para brindar enfoques genera-
les, siendo la negación del sentido objetivo de las cosas, una tesis profundamente atea y para la

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educación en alto grado nefasta.
La exigencia del sentido profundo y de la actitud sapiencial implica necesariamente una
actitud crítica. El corazón es órgano de discernimiento antes de ser órgano de opciones profundas.
Es la tesis agustiniense del amor bene discernens, el amor que discierne bien. Todo verdadero
amor es así. Discierne bien. Dicho con términos griegos es "crítico". "Krinein" en griego significa
discernir.

Como ya hemos vinculado la exigencia crítica con el amor, conviene hacer algunas
observaciones. Criticar no significa agredir; significa simplemente discernir, juzgar, teniendo
presente la realidad de las cosas. La crítica de algo puede ser buena, hasta muy buena, si la cosa es
buena o muy buena. Ser crítico no significa ser agresivo, pero sí valiente en establecer la verdad.
Por esto el genuino sentido crítico no sólo no excluye, sino incluye una cierta benevolencia para la
cosa que es objeto de discernimiento, porque sin un poco de buena disposición no hay verdadera
atención, sin lo cual a su vez, no hay discernimiento objetivo. Decía el ilustre tomista italiano
Carlo Mazzantini (nacido en Reconquista, S.Fe, Argentina): "para ser críticamente benévolos es
preciso ser benévolamente críticos".

Contra esta disposición benévolamente crítica y críticamente benévola que debe


acompañar el quehacer cultural y educacional en el transcurrir del tiempo presente, conspira un
cierto actualismo, para el cual lo que se presenta como actual es yá válido y debe ser aceptado. No
interesa la verdad, sino la mera vigencia social, para usar un término de Ortega y Gasset.

Pero este autor advierte sobre otra clase de actualismo: "No, no se trata de aceptar "nuestro
tiempo" sin más ni más. Todo lo contrario. Cada "nuestro tiempo" trae consigo su norma y su
enormidad, su decálogo auténtico y su falsificación. De aquí que sea preciso hacer constantemente
la crítica de "nuestro tiempo" puro, traerlo de su falsificación a su esencial verdad, medirlo
consigo mismo. Cuanto más seriamente se acepte "nuestro tiempo", tanto mayor rigor se pondrá
en no pactar con sus falsificaciones" (El Espectador, VII; pp. 263,Ed. El Arquero, Madrid).

El actualismo mencionado expresa una determinada concepción de la cultura, reducida a lo


social, es decir a lo que dice la sociedad, a lo que son las vigencias sociales y los convencionalis-
mos. Queda excluida la referencia esencial de la verdad de las cosas (veritas rerum). Para toda la
cultura vale lo que dijo Tomás de Aquino con respecto a la Filosofía: no debe interesar en primer
lugar qué dijeron los hombres, sino cómo está la verdad de las cosas (De caelo et mundo, I,22.).

Cuando la verdad de las cosas queda excluida, todo el pretendido saber cultural deja de ser
crítico, para convertirse en un conocimiento fáctico de lo que ahora es actual, es decir, lo que está
de moda o se pondrá pronto de moda. La criticidad pierde entonces todo discernimiento para
transformarse en una agresividad del carácter tiránico de las modas.

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La cultura nace del esfuerzo interior del espíritu y este respaldo interior que garantiza la
verdad y excluye la mentira es la base de comunión con los otros, porque los hombres se
comunican en la verdad. LA MENTIRA SEPARA. Esta secular enseñanza es de San Agustín:
"No vayas afuera, vuelve a ti mismo; en el interior del hombre habita la verdad." (De vera
Religione,39, 72.).

En la interioridad es imposible la mentira. El que miente sabe cómo es la verdad, sin


embargo, afirma lo opuesto. Ahora bien, cuando está en su interior, frente al espejo de su
conciencia, no puede mentir, porque sabe muy bien cual es la verdad. Necesita salir de sí mismo,
encontrar el eco confirmatorio de los demás. La mentira es esencialmente social. Y cuando una
vida social carece de respaldo en la interioridad tiende hacia la mentira. Lo mismo vale para la
cultura. Una cultura que no va más allá de los convencionalismos y que no muerde en la verdad
de las cosas, no puede escapar a su esencial cuestionabilidad.

La interioridad es la gran guardiana de la cultura. Tres enseñanzas evangélicas.

Entonces, si se trata de la verdad que se revela en la interioridad, valen para nosotros tres
importantes y a menudo, muy olvidadas enseñanzas evangélicas: la del trigo y la cizaña
(Mt.13,24-30); la del enemigo del hombre son sus allegados (Mt.10,36) y la de los fariseos
(Mt.23,13.23).

El trigo y la cizaña son gramináceas que se distinguen sólo en el tiempo de la cosecha,


antes es imposible distinguirlas. La apariencia engaña. Hay que ir más allá. Penetrar en la
interioridad. "No juzguéis según las apariencias" (Jn 7,24). Si nos quedamos en lo apariencial,
basta cierta adhesión exterior que no compromete la interioridad; por eso los peores enemigos de
una buena causa pueden estar en el campo de la misma buena causa, y no en la vereda de
enfrente. Y, finalmente, si importa sobre todo la imagen externa, será difícil evitar el fariseísmo,
que consiste en pulir las formalidades exteriores y no las actividades profundas del corazón.

Estas son las tentaciones permanentes e inevitables de la vida del espíritu, incluyendo la
cultura y la enseñanza. Confundir el crecimiento interior con la expansión, a menudo cánceres de
formalismos (métodos, didácticas, organizaciones, programaciones, planificaciones, mecánicas,
etc.). ¿Qué hacen los métodos cuando no hay nada sustancial que transmitir?, cuando no hay vida
intelectual auténtica. O la tentación de conformarse con un exterior presentable. Decía un gran
teólogo alemán J.A.Moehler (1796-1838), polemizando con directores de seminario de aquella
época revuelta: "ningún ni sueña de compensar la pérdida de una parte de su trigo, sembrando
cizaña...a Dios nadie lo engaña. Pero a los hombres, a la larga, nadie los engaña. Y a los jóvenes
tampoco..."

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Técnica y sentido de las cosas.

El haber renunciado a buscar el sentido hondo de las cosas, lleva a un conocimiento


extrínseco, en el caso contrario habría un conocimiento intrínseco, que se desvive en una
racionalidad que es esencialmente una técnica, un método. Entonces para este modo de pensar, la
técnica es la forma suprema de la conciencia racional, entendida en sentido técnico. Para esta
mentalidad las técnicas y los métodos se bastan a sí mismos.

No son más instrumentos, son ya fines. Su despliegue es despliegue del espíritu y de la


cultura. Esto nos hace recordar un libro de Bertrand Russell, "Misticismo y lógica". La lógica es
la construcción racional extrínseca, el misticismo, en cambio sería, el intento de penetrar en el
sentido interno de las cosas. La ciencia, el progreso, la civilización, el futuro están con la lógica.
El sentido profundo de las cosas, la búsqueda de la verdad total, el realismo, el intelecto, el
corazón, la interioridad por ser de rasgos místicos, formarán en cambio el reino de lo sentimental,
de lo no científico, de los fantástico, lo lindante con la superstición.

Este planteo lo quiere imponer el neopositivismo en sus distintas variantes, en nombre de


la ciencia actual, desarrollando una especie de fino terrorismo intelectual: "si no pensáis como
nosotros marcháis contra la ciencia actual".

Sin embargo no es así. La ciencia actual no confirma en nada a la filosofía neopositivista.


Me sea permitido con este fin leer una página de Albert Einstein; sacadas del prólogo de "¿A
dónde va la ciencia?", de otro gran físico Max Planck (ambos Premio Nobel de Física), pp.9-14,
Ed. Losada, Bs.As.

"Algunos hombres se dedican a la ciencia, pero no todos lo hacen por amor a la ciencia
misma. Hay algunos que ingresan en su templo porque se le ofrece la oportunidad de desplegar
sus talentos particulares. Para esta clase de hombres, la ciencia es como un deporte en cuya
práctica hallan regocijo lo mismo que el atleta se regocija en la ejecución de sus proezas
musculares.

Hay otro tipo de hombres, que penetran en el templo para ofrendar su masa cerebral con la
esperanza de asegurar un buen pago. Estos hombres son científicos tan sólo por la circunstancia
fortuita que se presentó cuando elegían su carrera. Si las circunstancias hubiesen sido diferentes
hubieran sido políticos o empresarios.

Si bajase un ángel del Señor y expulsara a todos aquellos que pertenecen a las categoría
mencionadas, temo que el templo apareciera casi vacío. Pocos fieles quedarían, algunos de los
viejos tiempos, algunos de nuestros días. Entre estos últimos se hallaría nuestro Planck. He aquí

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porque siento tanta estima por él.

Pero olvidemos a éstos. Y vamos a dirigir la mirada a quienes merecieron el favor del
ángel. En su mayor parte son gentes extrañas, taciturnas, solitarias." La labor suprema del
científico es el descubrimiento de las leyes elementales más generales a partir de las cuales puede
ser deducida lógicamente la imagen del mundo. Pero no existe un camino lógico para el
descubrimiento de estas leyes elementales. Existe únicamente la vía de la intuición, ayudada por
un sentido para el orden que yace detrás de las apariencias y esta visión se desarrolla por la
experiencia.

Todo investigador que tenga experiencia sabe que el sistema teórico depende del mundo de
la percepción y está controlado por él, aunque no exista un camino lógico que nos permita
elevarnos desde la percepción a los principios que rigen la estructura teórica...

... es asombroso ver cómo detrás de lo que parece caos surge el orden más sublime, y no
puede ser referido al trabajo mental del físico, sino a una cualidad inmanente al mundo. Leibniz
expresaba esta cualidad, denominándola armonía preestablecida. Pero muchas veces he oído que
mis compañeros tienen la costumbre de atribuir esta actitud a sus extraordinarias dotes personales
de energía y disciplina. Creo que es un error.

El estado mental que proporciona en este caso el poder impulsor es semejante al del devoto
o al del amante. El esfuerzo largamente prolongado no es inspirado por un plan o un propósito
establecido o un método. Su inspiración surge de un HAMBRE DEL ALMA."

Del elogio de Planck escrito por Einstein resulta clara la primacía de la ciencia que brota
del "hambre interior del alma", saciada solamente por el descubrimiento del "orden profundo de lo
real".

La ciencia no invalida sino convalida el espíritu del art. 41: "El maestro preparado en la
propia disciplina, y dotado además de sabiduría, transmite al alumno el sentido profundo de lo
mismo que enseña y lo conduce trascendiendo las palabras al corazón de la verdad total".

De la disertación del Dr. Emilio Komar el 30-8-79, en el Congreso de Educación Católica


realizado en el Teatro Gral. San Martín de la ciudad de Buenos Aires.

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- Porqué el concepto de ‘intus’ ‘legere’ no tiene relación directa con el conocimiento científico?
- De qué manera considera el autor que se descubre el valor del conocimiento?
- Comentar la cita de E. Stein de la página 3. (motivación y respuesta)
- Explicitar qué se entiende por conocimiento insípido? Desde la perspectiva de la psicopedagogía cómo
se puede responder a la esa actitud?
- Cómo se define el autor la sana crítica a nuestro tiempo frente al convencionalismo.
- Apreciación personal del texto y ejemplo real en al ámbito de la educación.

Leer y comentar las conclusiones al inicio de la clase.

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