Está en la página 1de 6

Exceso y prudencia en “el cuidado de sí” desde la mirada de un sucesor de

los libertinos eruditos: La Mettrie

Si para ser feliz hace falta que el hombre cuide de sí y ese cuidado de sí implica
huir del exceso de las sensaciones, placeres, pasiones y esforzarse por alcanzar la
prudencia de las acciones y los pensamientos, dominando el gozo, entonces, diría La
Mettrie, eso no es la felicidad.
Vivir tranquilo, sin ambición, sin deseo; dilapidar fortunas y no gozarlas,
conservarlas sin inquietudes, perderlas sin pena, gobernarlas en lugar de ser su
esclavo; no verse turbado ni emocionarse por ninguna pasión, o más bien no
tenerlas; estar tan contento en la miseria como en la opulencia, en el dolor como
en el placer; tener un alma fuerte y sana en un cuerpo débil y enfermo; no
experimentar temor, ni espantos; despojarse de toda inquietud, desdeñar el placer
y la voluptuosidad; animarse a experimentar el placer como a ser rico, sin buscar
sendas gratificaciones; despreciar la vida misma y, por último, alcanzar la virtud
por el conocimiento de la verdad. Todo eso constituye el bien supremo de Séneca y
de los estoicos en general, y la perfecta beatitud que le sucede. ¡Cuán anti-estoicos
seremos!1
El cuidado de sí ha sido una problemática histórica que, desde Platón ha ocupado
un lugar central en la definición y construcción del espacio ético-político, generalmente
entendida como “salud del alma” y planteada como una relación entre ética y política,
entre cuidado de si y cuidado de los otros, porque entendían que no podía haber
gobierno de los otros sin gobierno de si mismo. El cuidado de si era una condición, una
obligación de cara al gobierno de los otros.
Por lo que el cuidado de sí ha estado asociado con la idea de sabiduría,
conocimiento, prudencia, templanza; es decir, al “cuidado del alma”.
La Mettrie viene a redefinir esta problemática en tanto “salud del cuerpo” porque,
para él, lo moral depende de la constitución fisiológica del cuerpo: lo físico-orgánico es
el nuevo criterio que define lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo
injusto; en definitiva, define el espacio ético-político.
La Mettrie sostenía que en el hombre todos los estados de los que se ha llamado el
alma son completamente dependientes del cuerpo y correlativos a las funciones
fisiológicas de éste: “el alma no puede dormir –decía-, cuando la sangre circula
demasiado de prisa” y en definitiva: “No hay que cultivar el alma más que para procurar
comodidades al cuerpo”2

1
La Mettrie, J.O., Anti Séneca, Obra Filosófica, Editora Nacional, Madrid, 1983, pp.. 323-324
2
Ibid, p. 351
Por lo tanto, el cuidado de sí definido en términos de La Mettrie sería, “tendencia
de los cuerpos”, tendencia a lo que él denomina goce, un “gozar del mundo” como
fundamento de la ética y cuerpo entendido como “cuerpo para el disfrute”, porque es la
misma naturaleza la que proporciona las pautas de comportamiento y esa naturaleza es,
exclusivamente, materia, es “el cuerpo”, lo demás, se deriva de ella.
El hombre, según este autor, no ha sido hecho para conocer sino para ser dichoso
y la “dicha” es aquella que se desarrolla con nuestros órganos en términos de
sensaciones o impulsos que son propios del cuerpo y su organización. “Feliz quien porta
su dicha en sus venas! Porta todo con él y no necesita nada más”3
Históricamente la problemática del cuidado de sí ha girado entorno a ignorar o
despreciar el cuerpo, lo que para La Mettrie significaría, ignorarse a sí mismo y, por lo
tanto, es contrario al conócete a ti mismo y al cuidado de sí postulado por los griegos,
quienes sostenían que uno no puede cuidar de sí sin conocer, el cuidado de sí es el
conocimiento de sí, como temática que atraviesa toda reflexión moral e implica,
también en La Mettrie, relaciones complejas con los otros.
¿Hemos de asombrarnos entonces si los filósofos han tenido siempre en cuenta la
salud del cuerpo para conservar la del alma? ¿si Pitágoras ordenó tan
cuidadosamente la dieta, si Platón prohibió el vino? (…) toda moral es infructuosa
para quienes no tienen el don de la sobriedad, que es fuente de todas las virtudes,
como la intemperancia lo es de todos los vicios4

El cuidado de si es también el cuidado de la cuidad, es el cuidado de los otros;


aunque también tradicionalmente, ocuparse de uno mismo ha sido denunciado como
una forma de amor a sí mismo en sentido de egoísmo o interés individual en
contraposición al interés que es necesario prestar a los otros o también, en
contraposición, con el necesario sacrificio, renuncia, de sí mismo; en La Mettrie, el
amor propio o ley natural se entiende que es aquello que no debemos hacer porque no
quisiéramos que se nos hiciese a nosotros, sería lo que constituye en algún punto
nuestra dicha o tranquilidad, porque para él, el goce no contradice el verdadero amor al
prójimo. El amor propio es amar la propia vida y por lo tanto, la ajena.
Con razón se dice que un hombre, que desprecia su vida, puede destruir a quien le
parezca bien. Ocurre lo mismo con un hombre que desprecie su amor propio.
¡Adiós a todas las virtudes si se llega a este punto de indolencia!(…) Su defecto ha
de temerse mucho más que su exceso.5
De la problemática del cuidado de sí, o del conocimiento de sí, se deriva también
lo que se ha denominado dominio o gobierno de sí, lo que significaría para La Mettrie,
3
La Mettrie, L’ école de la volupté, Éditions Desjonquères, París, 1996, p. 33
4
La Mettrie, El hombre Máquina, EUDEBA, Buenos Aires, 11962, p. 85
5
La Mettrie, Anti Séneca, op. Cit., p. 343
no estar dominados por remordimientos, una especie de libertad negativa en el sentido
de libertad sin impedimentos, pero al mismo tiempo, libertad positiva en el sentido de
autocontrol, un autocontrol para el disfrute, para el goce…“la libertad consiste también en
la facultad de sentir”.6
El cuidado de sí, que es el cuidado del propio cuerpo, no puede tender a un amor
exagerado de sí, a un exceso, ya que llevaría a abandonar a los otros o, lo que es peor, a
abusar del poder que se pueda tener sobre ellos, imponiéndoles a los otros, como la
religión, fantasías, remordimientos. Sin embargo,
Si es delicado juzgarse a sí mismo, por las trampas que nos tiende el amor propio,
no es menos bello hallarse obligado a amarse a sí mismo, incluso cuando se es
despreciado por los demás. La felicidad no está en los demás sino en uno mismo.7

Solo quien se conoce a si mismo es también capaz de reconocer lo suyo, lo que le


pertenece y distinguir también lo que le pertenece a los demás.”Seamos hombres
únicamente y seremos virtuosos. Volvamos a nosotros mismos, y ahí encontraremos la virtud,
pues no es en los templos, sino en nuestro corazón donde ella habita”.8
Si no se da lugar a los remordimientos se puede ser feliz, éstos han sido remedios para
aquellas enfermedades que afligen a la sociedad, el cuerpo político con sus
enfermedades epidémicas. Sin embargo, por más que hayan sido útiles socialmente en
algún momento, los remordimientos son para La Mettrie, el mayor enemigo que el
hombre lleva en sí mismo. Y también podría decirse que es inútil para la sociedad
porque tampoco han servido de freno a la maldad y sólo han perjudicado a los buenos y
a la virtud, en tanto ha habido hombres cuyas acciones han sido virtuosas pero han
sentido culpa de haberlas realizado.
Oso decir más: aquel que no tenga remordimientos, en una familiaridad tal con el
crimen que los vicios sean virtudes para él, será más feliz que tal otro que, tras
una bella acción, se arrepienta de haberla cometido, y por eso mismo ésta perderá
todo su valor. Tal es el maravilloso imperio de una tranquilidad que nada puede
perturbar.9
Y también dice La Mettrie:
Puesto que los remordimientos son un remedio vano para nuestros males, por
enturbiar las aguas más claras incluso, sin clarificar las menos turbias,
destruyámoslos entonces; que no haya más cizaña mezclada con el buen grano de
la vida, y que este cruel veneno de la vida sea expulsado para siempre. O me
equivoco mucho, o este antídoto puede al menos corregirlo. Así, nosotros tenemos
derecho a concluir que si los goces extraídos de la naturaleza y la razón son

6
La Mettrie, Tratado del Alma, Obra Filosófica, Editora Nacional, Madrid, 1983, p. 147
7
La Mettrie, Anti Séneca, Obra Filosófica, Editora Nacional, Madrid, 1983, p. 338
8
Ibid., p. 334
9
Ibid, p. 362
crímenes, la felicidad de los hombres consiste en ser criminales. ¡ay!,
¡desgraciados aquellos de cuyos gozos tienen culpa!10
La reflexión es causa de remordimientos, pero también depende del mecanismo y
organización del cuerpo. Hay que aprender a gozar del mundo sin buscar premios y
evitar castigos. La mejor manera de alcanzar la felicidad es abandonarnos al imperio de
las sensaciones y no importa si éstas nos engañan porque nos hacen amar la vida y si ese
sentimiento es permanente se trata de la felicidad, si es más breve es placer y si es un
poco más largo es voluptuosidad.
En fin, bien considerado todo, limitarse al presente, que es lo único en nuestro
poder, es una decisión digna del sabio. Si seguimos este sistema, no tendremos
ningún inconveniente ni ninguna inquietud respecto al futuro. Cuando uno se
preocupa únicamente en cumplir bien el círculo estrecho de la vida, se siente tanto
más feliz, que vive no sólo para sí, sino para su patria, para su rey y en general
para la humanidad, a la que uno tiene mucha honra en servir. Uno contribuye a la
felicidad de la sociedad con la suya propia.11
Lo único importante es la vida porque es lo único que tenemos. Sólo somos
capaces de sentir, ya sea placer ya sea dolor, porque llegan al alma a través de las
sensaciones, del mismo modo que la sangre corre por las venas hasta el corazón, lo que
nos hace más o menos felices o desdichados, así distingue la felicidad orgánica de la
adquirida, siendo la primera la que es propia del cuerpo y dice, La Mettrie, que hay
hombres que nacen con el organismo dispuesto de tal forma que permanecen felices
ante las situaciones más adversas, están como inhabilitados orgánicamente para
entristecerse, este tipo de felicidad es constante y difícil de destruir, pero así como está
este tipo de organización física, también se da lo contrario, es decir, hombres que por
naturaleza son infelices y en tal caso, no hay remedio, más que ciertos paliativos, entre
los cuales cabría, incluir el opio o los sueños que producen la ilusión de felicidad.
Gocemos el presente. Nosotros sólo somos lo que es. Muertos desde hace tanto
tiempo como años tenemos, el futuro, que todavía no existe, no está en nuestro
poder, como tampoco el pasado que ya no es. Si no nos aprovechamos de los
placeres que se presentan, si rehuimos los que hoy parecen buscarnos, llegará un
día en que lo buscaremos en vano, y éstos a su vez nos rechazarán mucho más.12
La voluptuosidad es un placer de esencia física, se da en un cuerpo feliz que vive
sin culpa. La felicidad es tener todo lo que se desea, abandonarnos al imperio de las
sensaciones. En definitiva, para la felicidad que sólo es orgánica, es mejor el exceso que
el defecto, ya que el defecto sería no sentir y no sentir sería la muerte: “la primera
condición de la felicidad es sentir, y la muerte nos arrebata todo sentimiento” 13 y “¡Qué locura

10
La Mettrie, Anti Séneca, Obra Filosófica, Editora Nacional, Madrid, 1983, p. 341
11
Ibid, p. 334
12
La Mettrie, Sistema de Epicuro, Obra Filosófica, Editora Nacional, Madrid, 1983, LXXXI, p. 398
13
La Mettrie, Anti Séneca, Op. Cit., p. 333
preferir la muerte al más deliciosos tren de vida!”14 “Seamos mejores pilotos de la vida, que
sólo el sentimiento nos sirva de brújula, y limitémonos a navegar hacia el puerto de la libertad,
de la independencia y del placer.”15
La prudencia debe pensarse como aquello que está en nuestro poder que es la
organización física del cuerpo, entonces, un prudente sería alguien que no siente
inquietudes por el devenir, que no siente remordimientos y que no tiene esperanzas en
una vida mejor después de la muerte y por lo que cabría inferir, un prudente sería
feliz.“Sólo hay una acción que me parece más hermosa: tener el coraje de soportar el fardo de
la vida y de los infortunios, cuando no se vive para uno mismo”.16
Exceso y prudencia remiten a lo que por la religión, han sido definidos como fines
para buscar premios y evitar castigos, en tanto tender a la prudencia y evitar el exceso,
lo que sería, precisamente, buscar la prudencia como modo de salvación, de felicidad,
como el único modo de alcanzar el “premio” que no está en esta vida, y así evitar el
exceso, el defecto, el “castigo”, lo que en el cuidado de si sería lo que la religión ha
venido a definirnos como salvación.
Para La Mettrie, el cuidado de sí se desequilibra, se trastoca con la religión
porque introduce la salvación como salvación en el más allá (aunque buscar la salvación
significa también cuidar de sí mismo) lo cual implica la renuncia de uno mismo y
principalmente, la renuncia de los placeres del cuerpo.
En La Mettrie, ocuparse de uno mismo, dominarse a uno mismo es dominar el
cuerpo que es suficiente y necesario para dominar el alma, que no es algo que exista
independientemente de éste; una buena dosis de placeres, una buena alimentación, un
clima adecuado, una educación apropiada hacen ética y políticamente un cuerpo mejor y
por lo tanto, más feliz.
Epicuro dice que el deseo de satisfacer es siempre el que hace cometer las
acciones buenas o malas, y yo digo que es el sentimiento del bienestar lo que nos
determina. De ello infiero que la felicidad, al igual que la voluptuosidad, está al
alcance de todo el mundo, tanto de los buenos como de los malos, y que los más
virtuosos no son más felices, o que si lo son, sólo se debe a que sienten con deleite
su manera de ser y actuar. De ahí deduzco también que, a falta de esta
modificación de los nervios, los buenos pueden ser desgraciados, mientras que los
malos súbditos (…) viven contentos e inútilmente en el mundo (…) gozando de los
falsos bienes, que no son tan falsos aparentemente más que de nombre. He
concluido de ahí que cada uno tiene su porción de felicidad, tanto los pobres como
los ricos, tanto los ignorantes como los sabios, tanto los animales como los
hombres(…) y que cada individuo alcanza por consiguiente su grado de felicidad,
como de santidad, alegría, espíritu, fuerza, coraje y de humanidad, y que así uno
14
Ibid, p. 348
15
Ibid, p. 351
16
Ibid. P. 349
está constituido para ser feliz o desdichado, y casi a tal o cual punto, como para
morir joven o viejo, de tal o cual mal, rodeado de médicos.17
Para seguir pensando, podemos decir que el sucesor de los libertinos, desde su
postura materialista, insita más al exceso que a la prudencia entendidas
tradicionalmente, es decir, exceso de sensaciones, exceso de vida más bien que
prudencia es lo que nos acerca a la felicidad. Pero también podemos entender que
exceso y prudencia deben definirse en función del cuerpo, en tanto la prudencia sería
más bien el estado de sobriedad del cuerpo y el exceso el estado de ebriedad, y ya que
el cuidado de sí ha estado asociado con la idea de sabiduría, conocimiento, prudencia,
templanza; es decir, al “cuidado del alma” a partir de nuestra lectura, cuidar el alma no
es más que cuidar el cuerpo, así como el exceso y la prudencia se definen en función del
cuerpo, la felicidad adquirida, no la orgánica, sería definida en función de evitar el
exceso de remordimientos, de religión y aspirar a la prudencia de valorar la vida y no la
muerte; digo la felicidad adquirida y no la orgánica ya que en ésta última, categorías
como prudencia y exceso no caben en tanto es la felicidad natural, congénita que es
constante e indestructible, y es más, si la naturaleza nos engañase, que nos siga
engañando si podemos ser más felices porque: “Quien ha encontrado la felicidad, lo ha
encontrado todo”.18

Paulina Calderón

17
La Mettrie, Anti Séneca, Op. Cit, pp. 365-366
18
Ibid., p. 331