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CIUDADES: ¿CUÁL PACTO POR EL BIENESTAR?

Por: Ramiro Restrepo González1

Para Aristóteles fue siempre clara la idea de que el Estado era un pacto
colectivo por el bienestar. Y muchos teóricos ubican allí el nacimiento
del moderno concepto del Estado-Bienestar. Yo discrepo. El Estado, para
la época de Aristóteles era la polis, la ciudad-estado. Digamos Atenas,
Cartago, etc. Para él era obvio que, viviendo juntos, se lograba una gran
sinergia en la solución de una gran cantidad de problemas comunes:
abastecimiento de agua, de energía, de servicios educativos, de
transporte, etc. Por lo tanto, en la visión de Aristóteles la ciudad era una
fuente de bienestar.

Si uno contrasta esa lejana visión, que parece bien razonable, con la
realidad de las megalópolis actuales, resulta absolutamente evidente
que la historia del desarrollo nos ha jugado una fatal trampa mortal. En
efecto, nada más contrario al bienestar, a la calidad de vida, que la
cotidianeidad de una ciudad contemporánea. Contaminación visual,
atmosférica y auditiva llevadas al límite; alta congestión y altísima
ineficiencia en la movilidad urbana; agresividad y violencia a flor de piel,
altísimo desperdicio de tiempo, y un interminable etcétera.

Y, si miramos el costo de esta paradoja, quedaremos aún más perplejos.


Para ilustrarlo, baste mencionar que, según el Programa Hábitat de
Naciones Unidas, las 20 megaciudades del mundo (cada una con una
población superior a 10 millones de personas) son responsables del 75
por ciento de la energía consumida en todo el planeta. Es decir, son a su
vez, responsables por similar porcentaje del calentamiento global.

Y es necesario decir que lo anterior ha ocurrido casi de la noche a la


mañana. Basta repasar un corto tramo de nuestra historia reciente. Para
1880, la población del planeta llegaba a los 1.800 millones de personas,
y hay que agregar que la gráfica de crecimiento poblacional histórica
muestra un comportamiento poco menos que vegetativo. Pero, a partir
de 1880, y directamente asociado a la segunda revolución industrial que
presionó de manera importantísima el crecimiento de los grandes
núcleos urbanos, el crecimiento poblacional se disparó. Digamos que nos
tomó unas 10.000 generaciones llegar a los 2.000 millones de
habitantes sobre el planeta. Y que, en unas muy pocas generaciones,
hemos más que triplicado dicha cifra. Y, de continuar las tendencias
actuales, en 40 años más la habremos quintuplicado, para situarnos
cerca de los 10.000 millones de habitantes.
Y ya he sugerido que ha sido un fenómeno fundamentalmente urbano.
Baste decir que, en una economía representativa de lo moderno, como
podría ser la norteamericana, hacia 1880, una persona en la ciudad era
soportada por la producción y el trabajo de 10 personas en el campo. Y
hacia 1980 (¡sólo 100 años después!) la relación era exactamente la
contraria!: una persona en el campo estaba soportando ya la vida de 10
personas en la ciudad.

Hemos sido pues una sociedad altamente eficiente en construir


ciudades; pero, paradójicamente, éstas no han resultado ser los
modelos de bienestar que soñó Aristóteles. Todo lo contrario. Urge
entonces para la humanidad la tarea de repensar el diseño de sus
núcleos urbanos antes de que empiecen a colapsar en un piélago de
violencia, contaminación, inmovilidad y enfermedad.

Y yo quisiera al menos esbozar una breve lista de líneas de tendencia


que he venido observando, algunas de ellas surgidas con relativa
timidez pero todas ellas altamente promisorias y, que, a mi modo de
ver, empiezan a ser augurio de una nueva visión:

1. El diseño de edificios ecoeficientes. Es decir, estructuras


capaces de operar a muy bajo o nulo consumo de energía, y con
niveles mínimos o neutros de emisión de gases de efecto invernadero
(GEI). Estructuras que captan energía solar y aguas lluvias, con
aprovechamiento intensivo de luz y ventilación natural, con buen
aislamiento térmico, con total tratamiento (reducción, reutilización y
reciclaje) de vertimientos y deshechos; con alta amigabilidad
paisajística; con uso intensivo de materiales amigables…
2. El diseño de redes de telecomunicaciones de altísima
capacidad y bajo costo para reducir la movilidad y la presencialidad
en el trabajo, en el estudio y hasta en las actividades de ocio.
3. El diseño de políticas públicas y legislación sobre
teletrabajo, que permita deslocalizar la creación de valor y migrar
hacia redes de valor agregado. Esto resulta absolutamente pertinente,
toda vez que el trabajo inteligente está basado en el intercambio,
procesamiento, sistematización y disposición de información.
4. La migración masiva hacia energías limpias: de tipo solar,
hídrico, etc.
5. El rediseño de la vialidad, para devolverle la ciudad al peatón
(carriles exclusivos para motos y bicicletas –no limitadas ciclovías-,
teleféricos, bulevares, plazas públicas…).

Si se miran experiencias como el Smart Work Center que Cisco acaba de


inaugurar en la ciudad de Amsterdam, quizás podamos vislumbrar
lejanamente los nuevos entornos ciudadanos que deberemos construir
para recuperar la sostenibilidad de nuestros grandes núcleos
poblacionales y, de paso, hacer una gigantesca contribución a la
sostenibilidad del planeta. Pero una sola advertencia: ¡no nos queda
tiempo!
1
Consultor en Estrategia y Responsabilidad Social
www.ramirorestrepo.blogspot.com
ramirorestrepo@une.net.co