JORGE RUBIANI

POSTALES DE LA ASUNCION DE ANTAÑO
VOLUMEN II

Jorge RubianIi - Postales de la Asunción de antaño II

AGRADECIMIENTOS Al Señor Charles Muller; al diario "Ultima Hora".

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A los que se fueron soñando que honraríamos sus luchas. A los que todavía resisten al olvido y a la perversión de la impunidad...

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PROLOGO

El Deber de memoria: RECORDAR ES VIVIR

Valorar la memoria en estos tiempos de culto a lo efímero resulta una tarea imprescindible. Vivimos en un mundo donde la intensidad de los cambios y la multiplicidad de acontecimientos instantáneos parecieran desvincular a las sociedades de sus raíces más profundas, como si las noticias de esta mañana envejecieran súbitamente. Nuestra noción de temporalidad ha cambiado. Las cosas ya no están hechas para durar. Lo que hoy es "la actualidad" mañana se disolverá en la nada. En casi todos los ámbitos de la vida cotidiana, se extiende una cultura de lo "nuevo por lo nuevo". Ser significa adoptar las últimas novedades, estar al tanto de la información más reciente. Pero esta necesidad de mantenerse permanentemente actualizado se encuentra totalmente desconectada del pasado. En consecuencia, la existencia pierde su significado primordial, y no se entiende que en el presente hay un poderoso pasado vigente. La pérdida de la memoria empobrece nuestra existencia. La mundialización cultural en la que inevitablemente tomamos parte, cargada de imágenes inconexas y vertiginosas, crea agujeros negros en la conciencia. La dictadura del presente inmediato se impone negando el pasado y disolviendo nuestras expectativas para el futuro. La vida pasa como un video-clip. Como resultado, perdemos la direccionalidad histórica, lo cual representa un peligro muy serio para la estabilidad y el desarrollo de cualquier comunidad. Sin el conocimiento del pasado, somos incapaces de comprender los hechos que nos ocurren en el presente o de realizar cualquier prospectiva para el futuro, porque la cosmocracia hoy en día -la ideología de la globalización- pretende dejar sin base histórica a la Política, los Derechos Humanos y la Democracia, es decir como fórmulas "universales" químicamente puras.
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Por eso el oficio del historiador, hoy más que nunca, adquiere una importancia vital para todo grupo humano y para toda sociedad. Su tarea se convierte en la de un arquitecto que recompone los fragmentos de la nación con las piezas que va reuniendo de las fuentes más diversas. Reconstruye así el edificio de la memoria colectiva. Y sin memoria colectiva no hay nación, ni proyecto de vida en común. Con sus Postales de la Asunción de antaño, Jorge Rubiani asume este propósito con la pericia de un historiador y arquitecto y la curiosidad incurable de un revelador de secretos. Pero la historia que le interesa no es la de los grandes personajes o las hazañas de la guerra que se registran en los manuales. Su curiosidad lo lleva a indagar en los vericuetos de la vida misma, los sucesos cotidianos, las tradiciones y costumbres, los lugares entrañables, los personajes pintorescos o los hechos poco conocidos. Todos estos elementos, que forman parte del patrimonio tangible e intangible de la comunidad que integramos, son los que con el tiempo han ido conformando la identidad de Asunción. Esta evolución no se puede comprender sin este ejercicio de la memoria. A través de estos artículos de prosa esmerada y breve, que ahora reúne en el libro, Rubiani ha elegido una forma de hacer memoria que no se limita al simple inventariado de hechos. De modo transversal, sus crónicas introducen valores que merecen ser destacados. El paso de distintos visitantes por Asunción, por ejemplo, rescata la capacidad de diálogo entre personas provenientes de distintas culturas, que aprenden a comprenderse a partir del encuentro con el Otro. Tal es el caso de José Gervasio Artigas, el viejo caudillo uruguayo, que, a partir de sus años de exilio en el Paraguay, funda una estirpe familiar y una tradición de amistad entre estos países que ni la Guerra de la Triple Alianza pudo derribar. A éste se suman las figuras de otras personalidades reconocidas como Sarmiento o Aimée Bonpland y las de los cientos de españoles, "gringos" y negros que con los hombres y mujeres originarios de esta tierra dan lugar a un mestizaje cultural de notable vigor y diversidad. Las señas de una identidad creada a partir de usos y costumbres también forma parte del libro. Como bien se sabe, los referentes comunes de un grupo de hombres y mujeres que habitan un mismo suelo no se limitan a los símbolos patrios (muchas veces utilizados para promover conductas fanáticas). La idiosincrasia de un pueblo nace de elementos sutiles intangibles como la oralidad, pero vinculantes, que van moldeando su forma de ser, su razón de ser. Entre ellos se encuentran la forma de vestir, las fiestas, los estilos en el mobiliario, las comidas, los oficios, los hábitos de los ciudadanos. Todos estos elementos, rescatados del tiempo para las generaciones actuales y futuras, son aspectos que fortalecen la cultura propia y auténtica. Frente a
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fenómenos actuales como la mundialización, que pretende la homogeneización de la vida, resulta imperioso defender y fomentar la diversidad cultural. En este sentido, el trabajo de revalorización de la cultura propia es un aporte al pluralismo cultural, fuente inagotable de ese intercambio de conocimientos y significados que amplía el horizonte humano. La diversidad es vida. Su vocación de urbanista y arquitecto, como es natural, también motiva a Rubiani a llevarnos de paseo por las construcciones y los lugares de su querida Asunción de antaño. Las casas ilustres, las iglesias, las plazas, los bares, que aparecen en las postales añejadas por el tiempo, se transforman en símbolos vivientes tanto de la pequeña y gran historia del Paraguay. Algo digno de resaltar en este viaje es la importancia que le otorga al patrimonio natural. La ciudad no sólo está hecha de ladrillos y hierros, sino también de naranjos y guayabos, lapachos y jacarandás, follajes tupidos y aromas exóticos. Esta visión de lo urbano conviviendo en armonía con lo natural no debe ser dejada de lado ni olvidada. Forma parte de la calidad de vida de los habitantes de la ciudad el contar con espacios verdes públicos y privados preservados. ¿Existe una consciencia seria y responsable sobre esta idea hoy en Asunción? La tarea de rescatar la memoria de su ciudad, emprendida con apasionada dedicación, le ha permitido a Jorge Rubiani brindarnos un documento de inapreciable valor. Tanto los asuncenos como los extranjeros que día a día recorremos los rincones de la "madre de ciudades" le estamos sumamente agradecidos por enseñarnos a observar y valorar toda la riqueza que alberga su historia y su gente. Como prueba de este reconocimiento, la Oficina de la UNESCO en Asunción tiene actualmente el honor de contar con su asesoramiento en el área del patrimonio tangible e intangible. Todos sus conocimientos y experiencias de este modo también contribuirán a fortalecer los ideales de cultura y desarrollo que la Organización promueve en el Paraguay y en el mundo. A modo de epílogo, quisiera volver al título de este breve prólogo: el deber de memoria. Los seres humanos no podemos prescindir de ella. Si careciéramos de la posibilidad de registrar los hechos que acontecen, si no fuera posible aprender de la experiencia, cada día tendríamos que comenzar de nuevo todo. Estaríamos como Sísifo, condenados a subir la misma roca por la pendiente de la montaña para que luego vuelva a caer al comienzo. Los países latinoamericanos no podemos darnos ese lujo. Nuestra historia está poblada de sucesos muy dolorosos que no se deben volver a repetir. Es tiempo de aprender de ellos para mirar hacia delante.
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La estupenda y conmovedora crónica que Rubiani dedica a su padre, don José Rubiani, un laborioso albañil de los años 50' -aderezada con confidencias familiares, observaciones sociales y económicas y secretos de la albañilería -, nos muestra que el autor ha sabido mirar el pasado para poder mejor entrar en el devenir de esta comunidad, convirtiéndose, en la práctica, en el Historiador de la Ciudad de Asunción.

Edgar Montiel Representante de la UNESCO en el Paraguay

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ADVERTENCIA

A excepción de los escritos sobre "Loma Cabará", "La Escalinata", "Loma San Gerónimo", "La Iglesia de Trinidad" y "Plaza de la Independencia" , preparados para distintos programas de radio y televisión; y, "Penurias de Aimeè Bonpland", escrito para la revista "Stylus" de la compañía Transporte Aéreo del Mercosur, todos los temas que componen este Segundo Volumen de "Postales de la Asunción de Antaño", han sido publicados en el "Correo Semanal" del diario "Ultima Hora", desde el 22 de Mayo de 1999 hasta el 9 de Setiembre del año 2000, con la aparición del último tema de la serie: "Albañiles". Esta edición sigue la misma línea que el libro anterior, en cuanto a la disposición de las fotografías y epígrafes, además de la organización de los temas en función a la afinidad entre los mismos y no por el orden cronológico de su edición en el "Correo...". Durante 3 años, 5 meses y alrededor de 180 apariciones, estos artículos fueron la nutriente temática para estos dos volúmenes. Agotada la edición del primer libro a escasos tres meses de su lanzamiento, sólo espero que este segundo suscite el mismo interés.

El autor Noviembre, 2000

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CAPITULO I

POSTALES DE ANTAÑO

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Asunción era una fiesta
El 19 de Julio de 1598, Asunción amanece "..bajo el tul de la llovizna". Un recio
viento sur azota el rostro de la gente que, abrigada y presurosa, va sorteando -a saltosel barro y los raudales. A pesar de todo, los asuncenos no están dispuestos a perderse el acontecimiento de aquel día: el recibimiento a dos de los más ilustres hijos de la Provincia: Hernando Arias de Saavedra y su hermano, el obispo Fray Hernando de Trejo y Sanabria. El primer gobernador criollo, el primero, y fundador de la Universidad de Córdoba, el segundo. Ambos hijos de doña María Ana de Sanabria, "...hija y hermana de Adelantados", esposa de gobernador aunque mayor prestigio le daba el haber sido madre de sus ilustres hijos e hija de la legendaria doña Mencia Calderón de Sanabria. El arribo se prevé en la ribera oeste de la ciudad, más allá de las lomas que hoy entornan el Hospital de Clínicas. Al promediar la mañana, una canoa tripulada por dos pajaguáes se acercan a la barranca llena de gente. Los naturales avisan que, en tres horas más, "los Hernandos", llegarán al sitio. Las campanas de las iglesias y de los conventos de Asunción, rompen el frío de la mañana retransmitiendo la excitación popular. "De las embanderadas casas del Ayuntamiento (...) sale el cuerpo municipal, vestidos todos sus miembros de su severo uniforme negro". Delante de ellos, algunos servidores indígenas conducen "...una artística puerta con llave y cerradura, representando la de la ciudad". La minuciosa crónica del Dr. Blás Garay termina la descripción de aquel festejo popular -que cerraba el siglo XVI- contándonos que luego de recibir la llave que abría aquella puerta, los hermanos oraron en la parroquia de San Blás. Más tarde, el obispo fue "...llevado en procesión y bajo palio hasta la iglesia catedral" desde donde en compañía de su hermano y numeroso séquito, llegaron finalmente hasta la casa de doña María Ana. Así eran las pompas que, además del agasajo o la memoración de las efemérides santas, servían para mantener algunos de los usuales hábitos festivos de la lejana España. Otras fiestas procuraban acercar la memoria de los ausentes reyes. El "Paseo del Estandarte de Conquista" era una de ellas. Se trataba de un festejo que la ciudad "...acostumbraba solemnizar desde que fue fundada, con toda la pompa compatible con sus humildes recursos". Consistía en que una de las autoridades (el Alférez Real o el Regidor más antiguo cuando no hubiera Alférez) "..alzaba el pendón de SM en lujoso tablado, dispuesto en la plaza principal de la ciudad". Después del juramento, se paseaba al estandarte real por "las calles acostumbradas" de la mano del Gobernador y "...precedido de todo el vecindario y su nobleza". El "Paseo.." concluía en la Catedral pero la fiesta continuaba en la Sala Capitular del Cabildo donde, según la costumbre, se obsequiaba a los que habían concurrido a la "demosJorge RubianIi - Postales de la Asunción de antaño II 10

tración de vasallaje (...) con licores y refrescos tan exquisitos como se lograse haberlos". Esta fiesta habría dado origen a nuestra folklórica "bandera jeré", parecida por el desfile, el movimiento de las numerosas banderas y la galanura de los participantes. En la "bandera jeré", una banda de músicos precede toda la movilización.

Fines del siglo pasado; Concurso hípico frente al Cabildo. El mismo escenario y la misma excitación que -tal vez- motivara "El paseo del Estandarte Real" tres siglos antes.

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Fiestas populares
Además del "Paseo del Estandarte de Conquista" y de las celebraciones consagradas a los personajes ilustres que arribaban -de tanto en tanto- a la ciudad, Asunción era engalanada también -con lo mejor disponible- para la recordación de los santos y las festividades religiosas. Entre éstas, las de Semana Santa y la de Difuntos, se revestían de gran dramatismo y unción. La celebración de la Virgen de la Asunción, día en el que también se conmemoraba el aniversario de la fundación, así como la de San Blás, "patrono" del Paraguay desde los tiempos de la colonia, tenían adicionalmente a las celebraciones litúrgicas- un marcado acento pagano. Las fiestas religiosas se "armaban" alrededor de los "oratorios". Para un mismo santo había en ocasiones, celebraciones en distintos puntos de la ciudad. En algunas de ellas, los vecinos hasta le adjudicaban "partidos" a los santos, como en el caso del oratorio de San Blás de Loma Pytá, donde los vecinos se reunían alrededor de dos imágenes: una de San Blás "colorado" y otra, un San Blas’i, "liberal". Las fiestas particulares eran asimismo fuente de devoción religiosa y exaltación pagana ... fundamentalmente, culinaria. Desde los tiempos de la época pre-independiente, el "santo ara" de cada quien, era razón suficiente para que el beneficiado, organizara una fiesta con un radio de acción que alcanzaba hasta donde se percibiera el olor de la comida o se escuchara el estrépito de la "banda pu". Igualmente, las festividades de carácter público coincidentes con el santuario religioso, como las de San Juan, San Antonio, Virgen de la Merced y la de San Baltazar, eran verdaderas bacanales con la excusa de la celebración católica. Ya se sabe la de comidas, pruebas, acertijos y juegos que afloran en la noche del 23 de Junio, víspera de San Juan. Las famosas "Despiertas de San Antonio", sin embargo, acompañaba el programa religioso con serenatas y bailes de tan explosivos resultados que, en más de una ocasión y luego de la reglamentaria procesión, al pobre San Antonio no le permitieron la entrada a alguna de las iglesias de la vecindad. No por eso los devotos dejaron de alegrar la loma con sus fiestas y serenatas... aunque ya no se llamen "despiertas.." y que al santo se le re-bautizara con el poco santo nombre de "San Antonio bailarín". La fiesta de la Virgen de la Merced, el 24 de Setiembre y la de San Baltazar, el 6 de Enero eran convocadas por los tamboriles de los "pardos" de Asunción. Desde remotos lugares se acercaban los "devotos" a los "barrios negros" donde se armaban aquellas fiestas. Un poema del Dr. Hipólito Sánchez Quell recuerda con gráfica poesía aquel "impetuoso ritmo negro". En aquellas ocasiones, surgía la "gomba", desenfrenado toque de tambores que atronaban el aire de Asunción -por
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Juegos hípicos en la Plaza Mayor. Ya había pasado el tiempo del "Paseo del Estandarte Real", de las "carreras de cañas" pero la memoria obligaba a jinetes y cabalgaduras a evolucionar en la plaza, ante la admiración de la multitud.

días enteros- y mantenía despiertos a los varones detrás del ondulante movimiento de las morenas. Otra fiesta que no requerían de una justificación religiosa para desencadenarse, era la "carrera de cañas", juego de caballería que obligaba la participación de varios jinetes que, con llamativos atuendos y largas "tacuaras", ejercitaban su destreza en la Plaza Mayor.
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El paisaje social
No existen constancias que antes del 2 de Setiembre de 1541, fecha del arribo de la
población que abandonó Buenos Aires, hubiese mujeres europeas en Asunción. Ya para entonces, niños de piel blanca -de dos y tres años- correteaban por entre el caserío asunceno, parloteando en guaraní. Eran el primer producto del "desenfrenado mestizaje" , inédito en otros procesos colonizadores americanos. En él se incubaba la "raza paraguaya" mentada por Manuel Domínguez o era líricamente descripta por Eloy Fariña Núñez en su "Canto Secular": "... el nacional carácter: circunspecto, callado, taciturno" amalgama de "...sedimento guaranítico y una capa española". Y mientras las mestizas volvían a casarse con "hijosdalgos", los mestizos, mancebos de garrote, no eran mas que carne de cañón para las azarosas jornadas de conquista o en la tarea de fundar pueblos. Mientras tanto y a pesar de omitirse toda alusión a su presencia en la conquista, ya había negros: 200 esclavos negros venidos en la expedición del Primer Adelantado Pedro de Mendoza. A partir de entonces, su presencia es constante y aún incrementada en todas las provincias del Plata y el altiplano con la re fundación de Buenos Aires por parte de Juan de Garay, en 1580. Los negros, sin embargo, sólo contaban para el trabajo esclavo aunque el Paraguay, ya exorcizado de las fórmulas tradicionales para las relaciones sexuales, disolvió la "pureza" de todas las entidades raciales en variadas mezclas. En ellas, su principal factor, la mujer, siempre perdía. Aunque española o criolla, tuviera fortuna o títulos, propiedades o beneficios. La escasez sólo las hacía mercancía de valor. Pero una sociedad funciona en base a los contactos entre sus componentes, las relaciones y las instituciones que las encauzan. Y en el Paraguay, la variedad de las combinaciones, los difíciles avatares que impuso la conquista, determinaron también un desapego a las convenciones sociales europeas, tan cómodamente instaladas en otras sociedades americanas. Las distensiones de aquí favorecieron en alguna escasa medida, a la preponderancia de un cierto "igualitarismo", mas que una "democracia social". Luego de afianzada la colonia, cuando los "veteranos" de la fundación ya habían muerto y el creciente intercambio con las provincias vecinas empezaban a producir las primeras fortunas, los habitantes de la provincia, recompusieron el "cuadro social" rescatando la alcurnia, el linaje, privilegios y cargos para todos aquellos que no se hubieran "infestado" con pasadas (y olvidadas) licencias. Incluso la Asunción tenía un perímetro urbano -no marcado- donde se hallaba aposentada la "mejor sociedad" de entonces. Era el triángulo de los Conventos: el de La Merced (Hotel Guaraní y Escuela Normal), el de San Francisco (cuatro
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manzanas ubicadas entre las calles E. Ayala, México, 25 de Mayo e Iturbe), y el de Santo Domingo (loma Cabará, 15 de Agosto y República). Mientras tanto, los puntos de contacto, especialmente con los "arribeños" eran el puerto, las pulperías y las posadas de los caminos reales. Los ciudadanos comunes se encontraban en el mercado, en la Iglesia, en los acontecimientos sociales y durante las fiestas populares.

Vista aérea de Asunción, tomada en la década del ’50. Corresponde a uno de los vértices del triángulo de los Conventos (el de la Merced), tradicional asiento residencial de las familias asuncenas.

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La ciudad y los perros
Durante
el período colonial, el permanente contacto con la naturaleza, hacía inevitable la convivencia de los habitantes con los animales. Monos, loros y cualquier pequeño roedor que manifestara alguna aptitud "social", eran adoptados por los indígenas a la manera de nuestras actuales mascotas. No se sabe que tuvieran ganado "de producción" en sus tavas. Esa modalidad llegó con los españoles que, además de desproveídos en materia de bastimentos y mano de obra, empezaron a almacenar granos, carne salada y a "criar" algunos de los pocos animales que sobrevivieron a la debacle de Buenos Aires: cerdos, patos, pavos y gallinas. Los guaraníes aportarían cerdos monteses y aves. Entre éstas, una especie de gallina, más pequeña que la española, a la que llamaban "uru". De ahí el nombre de "uru-guazú" puesto a la gallina europea que -con el tiempo- quedó afirmado en nuestro conocido ryguazu. Los caballos venidos con Pedro de Mendoza, quedaron dispersos por la pampa argentina, como simiente de la poderosa caballada que sustentaría la resistencia indígena durante toda "la conquista del desierto". Sin los caballos, considerados temibles y casi mágicos por los naturales, los españoles contaban con los perros para sus incursiones y correrías. "Los terribles podencos preservarían a ese puñado de hombres de las peligrosas acechanzas de la selva...", escribe Carlos Zubizarreta, que también refiere el respeto y veneración del indio hacia ese animal. Tanto que, a dos siglos de la fundación de Asunción, Juan Francisco de Aguirre informaba que la ciudad "...era fatigada particularmente" por las sarnas "...que son generales" debido a la gran cantidad de perros que deambulaban por el poblado. Ya en 1570, a escasos 33 años de la fundación de la "casa fuerte" asuncena, el Gobernador Felipe de Cáceres había ordenado que "... ninguno quedase con más de dos perros: uno en la casa y otro en la heredad, ni se tengan más en cuatro leguas a la redonda". La justificación esgrimida para la severa medida se basaba en que las jaurías vagabundas mataban los valiosos y escasos animales de labranza y consumo de la población. Vanas pretensiones.... a más de 300 años de "distancia" la devoción al perro demostró que ni decretos de Carlos Antonio López, ni edictos policiales de la pos guerra del ’70, exhortando a los propietarios de "raza canina (..) munirse de la chapa correspondiente", pudieron con ellos. "...Feos, sucios, sin casta, ladradores, continúan enseñoreados de las calles y reverenciados por el pueblo" concluye Zubizarreta. Y hasta tenían su día. Durante su visita al Paraguay, Sarmiento dejó varias colaboraciones para "El Independiente" y en una de ellas consignaba que el pueblo
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Desde la llegada de los perros y transferida su posesión a los naturales, estos no dejaron de apreciar su valor como compañía para sus correrías en los montes.

paraguayo todavía echaba de menos que la autoridad eclesiástica suprimiera "...en mala hora, hace cuatro años (...) la tradicional cena de los perros" en el día de San Roque. La cena consistía en dar de comer a los perros de la ciudad -escribía Sarmiento- en una opípara cena, servida por damas y caballeros, en honor del perro piadoso que había lamido las llagas de San Roque.
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El poderoso caballo
El 11 de Marzo de 1542 llegaba a Asunción, Alvar Núñez Cabeza de Vaca,
segundo Adelantado del Río de la Plata. Con él -y 250 hombres- llegaba la primera caballada, aporte fundamental en la tarea de conquista y reducción de los naturales. El extraordinario valor adjudicado a los caballos habría obligado a la expedición de Alvar Núñez, a dividirse en Santa Catalina; 170 bajaron con las embarcaciones para ingresar -por el río de la Plata- y el resto, cruzó el monte con los equinos, hasta llegar al Paraguay en la fecha señalada. A partir de entonces y dadas las ventajas del "andar a caballo", el valor del animal se cotizó más que el de los mismos soldados y al doble de cualquier esclavo. Hubo circunstancias que determinaron aún mayores precios. Se cuenta de un encomendero que ante unos indios que le agasajaron y halagaron "...más por su caballo que a sus personas", le sacó los arreos a su montado y regaló el caballo a los naturales quienes -a su vez- le obsequiaron "...30.000 pesos en oro" (..)Fue el caballo más caro de entonces", según Francisco Morales Padrón. El mismo autor comenta que la generosa multiplicación de las distintas caballadas americanas, hizo que bajara su precio. Cien años después del inicio de la conquista, los caballos ya se consideraban baratos; no así las herraduras que, por la escasés del hierro, eran muy costosas. Tanto que en Lima, por el año 1653, el precio de los herrajes de oro era más bajo que los de hierro. De hecho, abundaban las herraduras, espuelas y demás accesorios de oro en las monturas. Pero aunque baratos, los caballos eran siempre necesarios y quien tuviera caballadas para la venta -parangonado a lo actual- era como si tuviera una fábrica de automóviles. Como éstos, los caballos eran deseados, caros según la marca o raza pero, a diferencia del automóvil, utilizados de manera integral: para engancharlos a los carros o coches, para las tareas de labranza, el uso de los criados y para montados de toda la familia. Y no necesitaban buen camino. Pero el valor funcional de los caballos se manifestó desde los primeros combates en los que un sólo jinete hacía estragos en las filas indígenas. Estos demostraron "... asombro y temor al oír los relinchos, al sentir sus acometidas, al contemplar los alardes del jinete", al punto de creer que caballero y caballo eran uno sólo. También creían que los caballos eran inmortales y los europeos buscaron mantener vigente ese temor a costa de lo que fuere. Hernán Cortez -por ejemplo- hacía enterrar durante la noche ".. y bajo techo" a los caballos muertos. Para los combates y a los efectos de aumentar el estrépito de su andar, se aderesaban cascabeles a los jaeces, al tiempo que se protegía a los montados con corazas especiales, sobre todo cuando los
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Los caballos, indispensables para todo momento, insustituibles para la guerra. Desfile de tropas de caballería frente al Palacio de Gobierno, el 25 de Noviembre de 1905, aniversario de la Constitución del ’70. Al frente de las tropas, el Cdte. Emiliano López.

indígenas se habían dado cuenta de su vulnerabilidad. Ya en tiempos "mas modernos", el uso del caballo fue extendido hasta los transportes colectivos. Por eso, como por los carruajes particulares, se instalaron en Asunción varias "carrerías". Es que -por entonces- todo se hacía a caballo: desde los sepelios hasta el reparto de mercancías, el arreo de ganado como las visitas a las novias. En semejante congestión, hubo que imponer restricciones: en la época de Don Carlos A. López, tanto como en la posguerra del ’70, estaba prohibido galopar en la ciudad. Sólo podían hacerlo los médicos, los sacerdotes y los chasques del gobierno.
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El valor del "chato caserío"
La mediterraneidad paraguaya, definida a principios del siglo XVIII con los últimos
arreglos de límites y divisiones de la Provincia, no solo significó el aislamiento del Paraguay sino su alejamiento de los movimientos sociales y culturales del resto de la comunidad internacional, así como el retardado efecto de los conocimientos científicos dentro de su territorio. Un solo ejemplo permite verificar este aserto: cuando en 1809, Félix de Azara publicó el resultado de los trabajos demarcatorios de límites realizados en la zona del Plata, pudo conocerse un plano de Buenos Aires y otro, de Asunción; ambos realizados un par de décadas atrás. En ellos se observa la enorme diferencia de extensión entre ambos cascos urbanos aún con la constancia que la capital argentina fue refundada 43 años después que Asunción, con contingentes y recursos de ésta. Las imágenes que en el libro de Azara como en otros medios se han publicado, nos muestran además una gran diferencia entre el esplendor y la variedad tecnológica de las construcciones de Buenos Aires en contraste con "el chato caserío asunceno" de la misma época. Es claro que no todas las influencias eran deseables. El aislamiento significó también para el Paraguay la preservación de valores -un mayor sentido de la honra y la honestidad- de costumbres y tradiciones así como la evolución de procedimientos tecnológicos locales que perduraron hasta nuestros días. Pero lamentablemente, uno de los aspectos más terribles del colonialismo, está determinado por el hecho que la calidad -para productos y procedimientos- debía tener el distintivo de la metrópoli o al menos, de lo extranjero. Ignorado en la colonia, desconocida su independencia por las provincias vecinas, aislado con el Dictador Francia y bloqueado en su intercambio comercial en época de los López, nuestras construcciones coloniales no llegaron a tener desde luego, la envergadura y el brillo que admiramos en Lima, Sucre, Quito o La Habana. Pero por lo mismo, debería haber sido preservada hasta la última "covacha" asuncena, porque ellas eran producto del ingenio resultante de todas las dificultades anteriores sumado a los procedimientos tecnológicos que permitieron combinar la tava indígena con las casas de Castilla... y sobrevivir, a pesar de todo y de todos. Las "reformas urbanas" de Francia (la primera de muchas que vendrían después del Dictador), propiciadas por el Cabildo asunceno a partir de 1821, echaron tal vez los elementos más significativos de la simbiosis constructiva mencionada. Muchos de los que cuestionan esta medida, creen ver en ella una parte de los variados mecanismos de hostilización que el Dictador utilizó en contra de sus adversarios, identificados éstos entre los extranjeros de Asunción y la reducida clase rica local.
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Un detalle puede -sin embargo- legitimar esta presunción: Francia indemnizó sólo "a los pobres" afectados por aquellas medidas urbanísticas; no así "a los ricos", según lo menciona el Dr. José A. Vázquez, autor de indiscutible "prosapia francista". Pero si Francia no tuviera nada más que razones de "funcionalidad urbana" y ninguna de carácter represivo, más que los individuos o familias afectados por sus "reformas", la que más sufrió fue Asunción, que perdió todo de sus más genuinos encantos ... aunque de verdad hubieran propiciado algún atentado.

El valor del patrimonio cultural no está en que sean "monumentales" o "bellos", sino en que nos representan con legitimidad. Recova demolida en Antequera y 25 de Mayo.

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Muros y monumentos
Así como los edificios construidos a fines de la década de 1850 y comienzos de los
’60 y aún antes, siguen albergando las más importantes instituciones de la república, como el Palacio de Gobierno, el Cuartel de Policía, la Aduana y la sede central y las oficinas del Parlamento entre otros, algunos equipamientos para la estética urbana, son los únicos que actualmente tiene la ciudad. Casi todos fueron construidos o instalados a principios de este siglo y, de acuerdo a como están las cosas, no parece que tal patrimonio fuera a incrementarse durante el año y poco que queda para concluir la centuria. De hecho, Asunción cuenta con pocos ornamentos y la mayoría de ellos, todo aquello que se conoce como "obras de arte" en un recinto urbano, fue construido mucho antes de la mitad de este siglo. Y me refiero a los muros de contención, puentes, escalinatas, estatuas, bustos, monolitos, lámparas y faroles; obeliscos, balaustradas, bancos y asientos; glorietas, pérgolas, miradores, piscinas, relojes, fuentes y estanques; pajareras, parques y jardines, cuyos remanentes sólo nos deparan el consuelo de pensar que "todo tiempo pasado fue mejor". Es que en las épocas mencionadas, todavía se construían las cosas para que perduren. Y para que sirvan. Por ejemplo, la tarea de resistir los embates de los raudales ocupaban los mejores recursos de la ciudad y casi toda la atención de sus autoridades. Así, las primeras defensas construidas -ya en tiempo de los jesuitas, en 1760- fueron los muros de contención, de manera a que los antedichos torrentes no arrasaran toda la ciudad. Ya era suficiente con que se llevaran algunos edificios, un par de iglesias y la misma Catedral. Y, a propósito de la Catedral, en 1776 fue instalado en su torre, el primer reloj público. Diez años más tarde, sin embargo, el costoso artefacto agregó a sus campanadas, otros sonidos "raros". Comisionado el "inteligente negro Pachi" para la verificación correspondiente, la inspección derivó en un lapidario diagnóstico: el reloj estaba herido de muerte debido a que la torre se disolvía por la acción combinada de viento y lluvias. Las precipitaciones, que ocasionaban también importantes deterioros a construcciones y calles, hizo que entre los equipamientos urbanos más necesarios aparecieran las veredas y las recovas, independiente a los factores de comodidad que reportaban al tránsito peatonal. Ya cuando irrumpieron en Asunción los primeros vehículos: carromatos, carretas, calesas, "tillburys", victorias, tranvía a mulas y ya posteriormente, automóviles, trenes y tranvías eléctricos, las veredas se constituyeron en una necesidad más funcional que el de mera protección ante los raudales. En cuanto a los monumentos, las estatuas de la costanera (algunos se preguntarán
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donde están, de tan escasas y perdidas que quedaron) fueron adquiridas de Francia, en 4.000 francos. De acuerdo a una publicación de 1909, la inversión fue justificada por la Municipalidad "....porque no debemos conformarnos con que los jardines estén limpios. Es justo exigir (...) que los lugares de recreo ofrezcan algún atractivo que se aparte de lo vulgar". Excelente justificación que pocos han tenido en cuenta.

Monolito y escultura que recuerdan la Jura de la Constitución de 1870. Monumento olvidado pero todavía presente. Luego se juraron la Constitución de 1940, la de 1967 y la de 1992. Nada en la ciudad, las recuerda.

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Alumbrado público
Cuando el
"hombre moderno" recuerda tecnologías disponibles en el pasado, esboza -casi siempre- una sonrisa de conmiseración hacia los esfuerzos que desplegaban sus congéneres de antaño para encender fuego, fabricar hielo o procurarse un transporte. Pero estas comodidades -y otras- fueron producto de una cadena de logros consumados a lo largo de años y de la aparición de algún genio que concretara todo aquello en un producto dispuesto para el uso. Pero como decía Rafael de la Hoz, arquitecto español, "...las tecnologías de ahora no son mejores ...sólo son distintas". Y cuan distintas serían que en la antigüedad, cualquier nuevo producto promovía -de inmediato- la desconfianza, el recelo de la gente que tardaba bastante en acomodarse a lo nuevo. En los tiempos que corren, no hace falta mas que anunciar un nuevo producto y todo el mundo se lanza a comprarlo, como si de ello dependiera la vida. La Asunción que se concreta en el período independiente había accedido a algunas de las pocas "maravillas tecnológicas" disponibles en aquel momento: la imprenta, el tren, algunos edificios importantes, gracias a los europeos que llegaron a la capital, a mediados del siglo pasado. Cuando entonces, el alumbrado público se remitía a los candiles de sebo, que colocados en algunas de las esquinas más importantes de la ciudad, eran encendidos por el farolero, un funcionario público que al entrar al sol y con la ayuda de una pértiga, proveía de fuego a algunas lámparas de aceite fijas en las paredes. Aunque algunos de aquellos edificios importantes, como la Estación San Francisco ya contaban con luz eléctrica, la aparición del servicio público de luz data de 1871, según consta en la Memoria de la Municipalidad publicada en "La Regeneración" y en la que se prometía el establecimiento del alumbrado público a partir del 1º de enero de aquel año. El pago comprometido al concesionario era "... de un patacón y 1/2 por puerta y uno por ventana", suma considerada excesiva, dado "....el estado de pobreza en que se hallaba la población". También hubo intentos de proveer a Asunción de alumbrado público a gas con un contrato celebrado entre la Junta Económica Administrativa (así se llamaba al gobierno municipal de entonces) y el señor Mariano Bravo. Se le concedía a este concesionario un plazo de quince años para explotar el servicio. El costo sería de "...5 pesos fuertes por cada mil pies cúbicos de gas y 6 pesos fuertes a los particulares, por igual cantidad". Pero este servicio apelaba a lámparas especiales que ni bien fueron instaladas empezaron a "desaparecer" misteriosamente. Por dicho motivo, la empresa concesionaria tuvo que publicar anuncios expresando el interés de adquirir
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las lámparas usadas "...que son iguales a las del servicio del alumbrado a 5 reales cada una, garantizando a quien las presente no corre responsabilidad". Pero el "ingenioso" procedimiento no tuvo ningún eco entre los amigos de los ajeno pues en "....diez y seis días fueron sustraídas ciento sesenta y tres lámparas".

Bajo las pocas luces del sistema de alumbrado público de Asunción se prolongaban las tertulias de la ciudad. En esta imágen, la confitería del Molino, en 14 de Mayo y Pdte. Franco, la lámpara y alrededor, la gente.

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Tranvía "a mulitas"
Aunque algunos "olvidadizos" recurren siempre al argumento de que sólo después
de la Guerra del ’70 y gracias a la labor de aliados y de inversores extranjeros, comenzaron los progresos de la ciudad, lo cierto es que la labor de casi 250 profesionales europeos contratados por Carlos A. López en la mitad del siglo pasado, envolvió al país con obras de progreso y adelantos tecnológicos sin parangones en la vecindad del sur americano. Entre los estudios e instalaciones de minería, arsenales, sanidad, navegación, telegrafía y construcciones, se inauguraba también el primer servicio público de trenes, entre Asunción y Trinidad, en 1861. Era el primer sistema público de transporte que tenía el Paraguay además del fluvial ya conocido desde la Colonia, o el de los carromatos o diligencias que, con pocas comodidades y ninguna seguridad, realizaban alguna ocasional conexión entre Itapúa, Misiones, Villarrica y Asunción. En Mayo de 1872, durante el gobierno de Cirilo Antonio Rivarola, se aprobó un contrato celebrado entre el Poder Ejecutivo y la empresa Diego Horrocks y Cia. para la creación en Asunción de un servicio de transporte público, sobre la base de la utilización de mulas. Los trabajos de la instalación de las vías que -al principio- eran de madera, empezaron algunas semanas después pero el servicio recién comenzó al año siguiente. El sistema, sin embargo, si bien comunicaba alejados barrios y arrabales con el centro de Asunción, todavía postergaba el arreglo y pavimentación de las calles del centro de la ciudad, las que siguieron abandonadas a la acción desvastadora de los raudales; tanto que las veredas empezaron a aparecer en la capital como un elemento agregado de protección a las paredes de las casas antes que por la necesidad de otorgar mayores comodidades a la circulación de los peatones. En cuanto al tranvía "a mulitas", el servicio se extendió rápidamente con la intervención de otras concesiones. Con una de ellas, en la década del ’80, el Dr. Francesco Morra unía la plaza Uruguaya con "su pueblo de Villa Morra". Aún así, y ya próximo el fin del siglo, el gobierno del Gral. Juan B. Egusquiza, consciente del deficitario número de unidades para el transporte público de pasajeros, establecía las primeras cocherías de carruajes de alquiler y fomentaba la libre introducción de los mismos. Aunque el sistema "a mulitas" llevaba ya los tranvías hasta los lugares más apartados de la ciudad, la Fábrica de Fósforos, Puerto Sajonia, Cancha Sociedad y la mencionada Villa Morra, recién durante el gobierno del Sr. Eduardo Schaerer, luego de los accidentados años de 1911 al 13, pudo inaugurarse el servicio de tranvías eléctricos. Por esos mismos años, también se contrataba la concesión para la instalación del agua corriente. El empresario adjudicado para la realización de las obras era el Sr. José Gimeno, previa devolución al otro interesado, el Sr. Federico
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El tranvía "a mulitas" circulando en la apacible calle Palma de antaño, por frente al antiguo Club Nacional, luego Tribunal de Justicia. En la esquina con Chile, cruzan las vías que llevaban al tranvía hasta la Fábrica de Fósforos.

Bogarín, de "... su depósito de oro sellado de 20.000,oo". Las crónicas oficiales no mencionan el destino final de esa concesión y de las obras prometidas pero si se sabe que el vital servicio recién se concretó en los últimos años de la década del ’50. Entretanto, los molinos de viento primero, las bombas eléctricas, después, proveían de agua en las casas y barrios de mayor alcurnia de Asunción. El acarreo en baldes o cántaros desde los arroyos cercanos (o lejanos) y el carrito del aguatero, eran la alternativa para los otros.
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Llega el siglo XIX
Pasados
más de 250 años desde la fundación de la casa-fuerte asuncena, la mediterránea y olvidada Provincia del Paraguay se acercaba a un nuevo siglo, lleno de augurales presagios. Se había aplacado ya la furia comunera, los Jesuitas habían partido y sus herederos, los indios-acólitos se dispersaban por los montes o terminaban de mezclarse con la población ya mestiza o samba. Las incursiones de los otros, irreductibles desde el principio, habían cesado. A salvo de los conflictos que caracterizaron los largos años de la Colonia, la ciudad se desperezaba lentamente. La antigua casta española y criolla intentaba conservar la nobleza de sus orígenes y las costumbres castellanas. Usos y modos que, aunque condicionados por las carencias del medio, buscaban mantener las diferencias con el "pueblo llano": Asunción era entonces un estrecho cerco de edificios "de modesta indumentaria", que se extendía desde la ribera hasta el Convento de la Merced (actual Hotel Guarani) y desde la boca de la bahía hasta el Convento de San Francisco frente a la actual Plaza Uruguaya. Además de dichos conventos, otros volúmenes se destacaban en la silueta urbana, de acuerdo al plano realizado por Félix de Azara y editado en París en 1809. Estos eran la Casa del Gobernador, la Factoría Real de Tabacos, el Seminario y Colegio de Jesuitas Exiliados así como los Cuarteles , la Catedral y la "Grande Place", a donde llegaban todos los caminos. El tránsito a través de ellos no estaba excento de dificultades -aún en el centro de la ciudad- debido a los arroyos que la cruzaban. El mismo plano de Azara muestra la ubicación de cuatro puentes de respetable tamaño sobre el arroyo del Pozo Colorado -que se unía al de Los Patos antes de llegar a la bahía- en la corta extensión entre la Casa de la Independencia y la desembocadura, a la altura de la actual calle O’Leary. La existencia de tales puentes y el embalse que formaba la Laguna de los Patos, detrás del ex Colegio Militar, sugieren que dicho tramo habría sido navegable. El detalle estaría certificado también por los restos de embarcaderos y embarcaciones hallados en el lugar. Explicaría - por lo mismo- el nombre de "Las Barcas" dado a ese barrio de Asunción, de frecuente recuerdo en los libros del historiador Carlos Zubizarreta. Ya fuera de la ciudad, los caminos ".... arcos formados por los árboles, que desde las dos orillas de la vía sombreada y fresca entretejían sus ramas", según la descripción de los hermanos Robertson, iban en dirección a las "chácaras" o hacia el interior de la Provincia. Asunción contaba entonces con cerca de 10.000 habitantes, según algunos cronistas. Según otros, menos, aunque con un cierto componente racial de pardos y otras mezclas. Llamaba la atención de los viajeros, lo hospitalidad
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Aguatera. Paisaje humano común de la Colonia. A veces el cántaro de agua era suplantado por otras cargas: atados de mandioca, algodón sin tejer, tarros de miel o un pedazo de sal. El destino común era el mercado.

de la gente, la belleza de las mujeres, la "ligereza" de sus vestidos y ".... la más interesante, curiosa y novedosa escena que se presenta a un extranjero", en el mismo centro de la ciudad: el mercado.
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CAPITULO 2

LA GENTE

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Personajes pintorescos
El extraño caso de Kaspar Hauser" se llamaba un film alemán que contaba la historia de un personaje aparecido en el mercado de Nüremberg, en una fría mañana de 1840. Con los brazos extendidos, Kaspar mostraba un pequeño papel donde alguien había escrito su nombre y su edad: 18 años. No decía más y su historia anterior a aquel día quedó en el misterio. Pero cualquiera que se saliera de la germánica formalidad ... aunque fuera en el siglo pasado, merecía una película. En Asunción, sujetos como éste eran el habitual componente del paisaje humano. El puerto, los bares, la estación del tren o el mercado "guazú" prodigaban pintorescas como alucinantes personalidades. Tal fue el caso del Pa’i Mbatu, habitual concurrente al mercado durante "la época del Dr. Francia". Mbatú fue en realidad un sacerdote relevado del ejercicio de su ministerio pero que, vestido de severa y convincente sotana, mendigaba por alimentos entre los vendedores de la feria. Pero un día decidió hacer más "rentable" el esfuerzo y se presentó con un "...indio ‘tape’ de formas hercúleas" el que, con una gran bolsa de cuero en la cabeza, almacenaba el producto de la colecta. Desde entonces, los sorprendidos e indignados feriantes dejaron de aportar a las alforjas del "Pa’i Mbatu" y éste terminó con sus apariciones por el mercado. Hubo otros personajes que, ya en este siglo, deambulaban por las calles de Asunción con distintos grados de "... locura inofensiva y cómica". Algunos reaccionaban agresivos ante el pertinaz acoso de la chiquillada, pero nunca fueron peligrosos. "Gral. Resquin", se hacía llamar un sujeto que merodeaba la estación del ferrocarril y la plaza Uruguaya. Con porte marcial, uniformado y entorchado con todo aquello que diera brillo a su vestimenta y ayudara a enaltecer su militarizada autoestima: medallitas, cintas de colores o tapitas de botella. "Piloto del ambiente" era un personaje que, antes de su caída hacia la oscuridad, habría leido libros y disfrutado de algún nivel académico porque buscaba la amistad de los estudiantes, de los intelectuales y ya en compañía de ellos, recitaba "... largos trozos de prosa o versos". "Kure hu" era mulato, mudo, calvo y "...muy popular en Asunción (..) en los años ’20". Merodeaba el mercado "guazú"o la estación del trencito, en Belvedere, con una vestimenta desaliñada. Usaba zapatos números mucho mayores a las medidas de sus pies. Según Darío Gómez Serrato, "Kure hu" solía golpear las columnas del alumbrado público simulando hablar por teléfono con personajes encumbrados. "Lucio tarova" era "... pequeño, sucio y casi harapiento" y como el "Gral. Resquín", tenía inclinaciones al uso de la moda militar. ¿Qué situaciones, humores o enfermedades, habrían generado este tipo de personajes
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Mercado "Guazú". Ambito que amparaba la existencia de los personajes "raros" de Asunción.

en Asunción ? Con menos de 400 españoles viviendo en la colonia, en 1550, ¿qué tensiones podrían haber inducido a Diego de Abreu , a cruzar -completamente sóloun inmenso y peligroso territorio, desde Asunción hasta la costa atlántica?, o ¿la de un primo del mismo Abreu, Ruy Díaz de Melgarejo, que se escondió -durante nueve meses!!- en un sepulcro de la iglesia de la Merced?.
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El inicio de los "istas"
Pocas
sociedades se habrán conformado con tantas contradicciones como la paraguaya. Mezclada y dispersa a la vez, tan variada en sus componentes raciales y tan discriminatoria; tan afectada y golpeada por nefastos acontecimientos y al mismo tiempo tan auto destructiva y escasa de solidaridad. Con la Asunción aislada y solitaria desde los tiempos de la colonia, los paraguayos hacían de cualquier discrepancia un motivo suficiente para formar grupos o partidos, semejantes en la profundidad del encono como irreconciliables para la convivencia. Todo empezó al producirse las muertes -casi simultáneas- de Juan de Osorio, de Juan de Ayolas y de Pedro de Mendoza, cuando toda aquella gran expedición empantanada en Asunción, a medio camino entre Buenos Aires y las "sierras del Dorado", quedaba a cargo del "... oscuro capitán de Vergara", Domíngo Martínez de Irala. Inmediatamente y ante la disyuntiva de abandonar Buenos Aires, surge la primera discrepancia. Los "expansionistas" -que propendían a conservar el puerto del Platay los "aislacionistas", con Irala a la cabeza, apostando a que fuera abandonado en beneficio de concentrar la población en Asunción. Concretada la evacuación y ni bien arribado el contingente de Buenos Aires, empezaron los resquemores entre los "recién llegados" y los "veteranos". Pero estos eran problemas menores en comparación a los que se suscitarían con el arribo del Segundo Adelantado, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, menos de un año más tarde. En sus "Comentarios" el mismo Alvar Núñez se encarga de enumerar la saga de agresiones y reyertas que se provocaron mutuamente "Iralistas" y "Alvaristas", problemas que finalmente condujeron al apresamiento del Adelantado y su envío a España, engrillado en la nave que él mismo hiciera construir. La discordia se prolongó entre los "leales" de Alvar Núñez y los "tumultuarios" de Irala. Muerto el último de aquellos y llegada la expedición de Doña Mencia Calderón "..con las 50 doncellas para poblar" se renovó el encono iniciado entre "aislacionistas" y "expansionistas" unos 20 años atrás. Esta vez, la discusión se centraba entre "poblar" o, "conquistar". Lo primero significaba quedarse en Asunción, poblarla y consolidar la colonia; lo segundo, mentaba la expansión del territorio tanto como se pudiera. En un Domingo de 1572, ya "expandidos" a la vez que "consolidados" y a falta de nuevos motivos de discordia, la ciudad amaneció dividida entre "caceristas" y "latorristas", debido a la deposición y prisión del gobernador Felipe de Cáceres, en acciones lideradas por el obispo Fray Pedro Fernández de Latorre.
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La diversidad racial hacía igualmente uso de una variada gama de recursos. En este grabado de Debret pueden verse gauchos "pardos" con caballos españoles y boleadoras indígenas. Además, arreos, indumentaria y cobijas que denotaban la vida al aire libre.

Mientras, subsistían en la provincia las variadas expresiones de desprecio entre sus distintos componentes. Los españoles, tratados de "maturrangos" en las provincias del sur, en Asunción eran estigmatizados como "peninsulares", en guaraní "pytagua" o más despectivamente, "gachupines". Los europeos -a su vez- identificaron la incultura y la bajeza con el nombre de aquellos que se les opusieron con mayor tenacidad: los ava, pajagua o guaycuru (expresiones e intenciones que lamentablemente subsisten) así como se descalificaba a los criollos (o creoles), mestizos, indios u originarios y pardos, términos que segregaba y calificaba a los inferiores de la sociedad.
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Contrabandos ....
La exteriorización de las diferencias tuvo en el Paraguay diversos matices, épocas
y protagonistas, pero parecida radicalidad y virulencia a la hora de confrontarse las discrepancias. Los Jesuitas fueron actores -y causantes- de una buena parte de aquellas, las que exacerbados y sin control llegaron a extremos de crueldad nunca vistos en la provincia. Cuando promediaba el siglo XVII, se producía el primero: "Cardenistas" por un lado y Jesuitas por el otro. Como Obispo del Paraguay, Fray Bernardino de Cárdenas comenzó a visitar pueblos y reducciones del interior. Al intento de penetrar en dominios de las misiones "... halló una tenaz resistencia de parte de la Orden". En Yaguarón, unos 800 indígenas al mando del ex-gobernador Gregorio de Hinostrosa, "incondicional" de los Jesuitas, atacaron el pueblo intentando secuestrar al Obispo. El conflicto prosiguió por años, con agresiones a la misma capital hasta que el Virrey del Perú intervino para someter a los rebeldes apoyando al "ejército indio" de la Orden. Pero lo peor estaría por llegar. Y se produjo cuando el predomino de "la misión" ya había traspuesto los estrictos límites de la catequización y se había extendido a la administración de un territorio autónomo, la explotación ganadera, de la yerba mate y otros rubros, en seria competencia con los comerciantes de la provincia. Las voces que desde Asunción venían elevándose para poner coto a estos excesos y privilegios, hizo que las relaciones entre el Cabildo y el vecino "imperio misionero" empezaran a ponerse de castaño a oscuro. En 1619, estaba en el gobierno de Asunción Diego de las Reyes Balmaceda, emparentado con los Jesuitas a través de "... un cuñado, un tío político y un hijo (que eran) profesos en la Compañía de Jesús". No esperó mucho el flamante gobernador para emprenderla en contra de sus competidores comerciales de antaño, personalizados en el cabildante José de Avalos, el sargento mayor José de Urunaga y Antonio Ruiz Arellano, a los que encerró en el presidio de Arecutacuá. Ante la situación, el Cabildo de Asunción logró hacer llegar a la Audiencia de Charcas los autos de protesta por los excesos de Cárdenas. El 23 de Julio de 1721 aparece en el escenario de los conflictos, el Juez Pesquisidor José de Antequera y Castro, enviado de la Audiencia. Ante sus primeras medidas, se pone en acción la "... potente maquinaria de la Compañía de Jesús". La Orden obtiene el apoyo del Virrey quien ordena la reposición de Cárdenas en el gobierno. Se desata entonces "la rebelión de los Comuneros" que hasta 1735, signaría la "relación entre los paraguayos". Muchos, con el rótulo de "comuneros" y algunos con el Virrey y los Jesuitas al lado, con el de "contrabandos". Amortiguados los ánimos belicosos con la imposición del "silencio perpetuo" a la
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Retrato de José de Antequera y Castro, según una antigua recreación.

provincia, el advenimiento del siglo XVIII trajo de nuevo al Paraguay los clamores de rebelión. "Realistas" y "patriotas" confrontan posiciones, las que resueltas en favor de los últimos, determinaron la independencia del Paraguay de España. Inmediatamente después, los "patriotas" se enfrentaban a otra categoría de disidentes: los "porteñistas". La disputa entre estos grupos renacería luego de la muerte del Dr. Francia y ante la -nunca totalmente resignada- idea de sumar el Paraguay a las "provincias del sur".
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Quién era quién?
En el
"Discurso Histórico" editado en Madrid en 1793, su autor, Don Juan Francisco de Aguirre daba cuenta que en los últimos años del siglo XVIII, Asunción contaba con "...1500 españoles, excluídas sus familias". Dos décadas después, ya durante el gobierno del Dr. Rodríguez de Francia, los hermanos Robertson, John Parish y William afirmaban que la población asuncena estaba compuesta por 10.000 almas, incluídos los "indios domésticos" aunque no los esclavos que, para entonces y según otros informes, constituían un tercio de la población. ¡Reducido incremento considerando los 380 "peninsulares" que ya existían en 1541, más de 250 años atrás!! Pero a pesar de la todavía escasa población, semejante congregación demandaba ya servicios de mayor complejidad que el mero intercambio de mercancías. ¿Quién era quién en la sociedad asuncena de entonces? ¿Con qué recursos se contaban? ¿Qué deleites se aspiraban? Entre los profesionales se encontraban algunos "...abogados y doctores, tinterillos y escribanos", profesores o maestros y, entre los más favorecidos por el prestigio social y económico: sacerdotes, militares, ganaderos -o estancieros- y comerciantes. Los oficios más comunes eran los de contructores, chacareros o quinteros, troperos, toneleros, carpinteros, herrero, carreteros, panaderos, navegantes o marineros y carniceros. También había artesanos que elaboraban desde confites y dulces hasta flores de tela o papel. Entre los adelantos importados, ya se conocían los relojes, el chocolate, los peines y peinetas, confites, bizcochos, bombones, las telas o "géneros", algunos aderezos del vestido femenino, navajas, hebillas, tijeras y otros instrumentos de trabajo, armas de toda clase y zapatos, aunque se andaba generalmente sin ellos, especialmente los hombres que -ya civiles o militares- podían llevar la indumentaria más elegante, sombrero de plumas incluido, e ir con los pies descalzos. Las casas estaban construidas -en la mayoría de los casos- con paredes de "estaqueo". Otras, con "ladrillos de barro sin cocer", conocidas como adobe; los techos eran de teja -moldeada la matriz/barro sobre el muslo del artesano- o de paja, si bien en los primeros tiempos se construían las cubiertas con la palma ahuecada. Los pisos eran de ladrillos o mosaicos de material cocido en las casas y ambientes más elegantes; el resto sólo tenía la dura tierra apisonada como pavimento. La estructura se fundamentaba en horcones de madera -urunde’y o lapacho- las que, cuando ya consumidas por la humedad o las termitas, se revestían con mampostería de ladrillos. Afuera, las galerías y los patios se cubrían de sombras con enredaderas -de mburucujás, madreselvas y jazmines- y árboles frutales. No faltaban el romero, el
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Una escuela rural, de principios de siglo. ¿Podría ser el magisterio una profesión deseada con semejantes condiciones de trabajo?. ¿Podría alguien aprender?. Niños y maestro, descalzos. Faltaba hasta la paja para completar la cobertura de la escuálida estructura.

pacholi y cuanto aroma pudiera perfumar el mate de todos los días. Todas las casas tenían un altar para el santo o, al menos, adornados y venerados nichos para la vírgen. Algunas hasta tenían capillas con pomposos ornamentos donde se oficiaban misas de tanto en tanto. Mientras tanto, barrios como La Lucha y Sanguinas, en terrenos que hoy son del bañado, Ticutuja, Las Barcas y Campanero, las calles de Meaco, Santo Domingo y otras, sólo son recuerdos de la colonia....
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Visitantes
El Paraguay estimuló al parecer -desde siempre- el interés o la simple curiosidad de
aventureros e investigadores que, ya fines del siglo XVIII o en la primera mitad del XIX, le convirtieron en objeto de sus afanes de viaje. Por otro lado, algunos especialistas de culturas nativas cuentan que entre las colectividades indígenas de América se hablaba del Paraguay como un lugar mítico, idílico, un premio para los que lo llegaran a conocer. Para alimentar aún más esta creencia y aunque no fuera más que una licencia poética, cuando el poeta cubano Nicolás Guillén dedica unos versos a José Asunción Flores, cuatro décadas atrás, le dice: "¿No me será permitido volar, volar y volar/ volar y ver/ el territorio encendido/donde subiste a nacer/ volar y ver?". Entre los que arribaron (¿debe entenderse como "los que llegaron arriba"?), algunos no se limitaron sólo al espacio circundante de la Asunción sino que se volcaron a hurgar en bosques y ríos del interior, ya con fines científicos o meramente comerciales. Independientemente de los europeos -no españoles- que participaron del proceso de la colonia o de los extranjeros que comerciaban habitualmente con Asunción, Itapúa o Pilar del Ñeembucú desde sus "bases" establecidas en Buenos Aires, Montevideo, Corrientes, La Bajada, Santa Fe o en otros territorios aledaños, hubo quienes buscaron en el Paraguay "el dulce fuego de la aventura", como Julian Mellet (francés) quien llegó en 1809; Amado Bonpland (francés), a quien "lo llegaron" en 1821 y quedó recluido en Santa María de las Misiones durante 9 largos años. Ricardo Gransire (francés) sólo estuvo en Itapúa por el año 1824 y no lo dejaron entrar; Juan Rodolfo Rengger y Marcelino Longchamp (suizos), llegaron a Asunción a finales de la década de 1810 y "...como médicos de cuarteles y prisiones, y como médicos forenses", tuvieron -como nadie en esa época- la oportunidad de conocer y describir el "Paraguay profundo". Se registra luego el arribo de los hermanos John Parish y William Robertson, autores de las célebres "Cartas sobre el Paraguay", relatos sobre la vida en Asunción entre los primeros años de la independencia nacional y la dictadura Francista. Richard B. Hughes en 1841 y Jorge Juan Roberto Gordon, en 1842 (ingleses), son los primeros en llegar luego de la muerte del Dr. Francia. A éstos seguirían otros: Castelnau, Demersay, Baguet, pero eran ya tiempos de los cónsules y agentes
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comerciales. Estos, pugnaban ante los asombrados rectores de las nuevas repúblicas sudamericanas, por el privilegio de difundir las ventajas de "la civilización y el comercio". Otros vendrían contratados, como fue el caso de los componentes de las misiones profesionales propiciadas por el gobierno de Don Carlos Antonio López. Estos y aquellos se verían envueltos -más tarde- de una u otra forma, en la cruenta vorágine que aniquiló aquel "territorio encendido" que fue el Paraguay.

Puerto de la Asunción, según Louvel. Dibujo publicado en Europa en 1853.

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Artigas en Paraguay
Si bien José Gervasio Artigas y Domingo Faustino Sarmiento fueron los más
connotados extranjeros en hacer del Paraguay su lugar de asilo, no fueron los únicos. Hasta hace poco, todavía era frecuente que bolivianos y argentinos -según como se desenvolvieran los "debates políticos" en sus respectivos países- tomaran a Asunción como refugio. No sólo Juan Perón, Lechín Oquendo o Andrés Sellich sino muchos otros connacionales de éstos -de los mismos sectores, u opositores a elloseligieron "el clima" de nuestro país para sobrevivir la intolerancia de sus compatriotas o gozar al amparo de la impunidad. Artigas fue sin dudas, el pionero. Desde las Tranqueras de San Miguel y traicionado por su lugarteniente Francisco "Pancho" Ramírez, había solicitado asilo al Dictador Francia. Con sus asistentes Ansina y Joaquín Martínez y cerca de una centena de soldados, negros en su mayoría, "el Protector de los pueblos libres" llegó a las fronteras de Itapúa, en "la tarde del 5 de setiembre de 1820. (..) Venían casi desnudos, desprovistos de recursos." Francia envió "..un oficial con 20 húsares para conducirlos hasta Asunción". Ya en la capital, Artigas fue alojado en el Convento de la Merced , hoy Escuela Normal, Independencia Nacional y Gral. Díaz, "...donde habitualmente hospedaban a los visitantes ilustres" . A pesar de su insistencia, el caudillo oriental nunca fue recibido por Francia quien, en cambio y mientras Artigas permaneció en la ciudad, le impuso la visita de su secretario Martínez además de indicar al Prior del Convento, que recomendara a su huésped la realización de ejercicios espirituales. En Enero del año siguiente, Artigas fue trasladado a la Villa de San Isidro de Curuguaty. Aparte de recibir una casa como vivienda y una generosa pensión para sobrevivir con holgura, Francia dio también instrucciones al Comandante de la Villa, Manuel Antonio Villalba para "...extremar la hospitalidad con el ilustre asilado". Aunque adversario, el Dr. Francia dio a Artigas protección, seguridad, clemencia, generosidad y una lección que éste jamás olvidaría: que las obligaciones de estadista del Dictador no iban a condescender en la aceptación de un trato personal que la anterior hostilidad de Artigas y sus partidarios hacia su gobierno, habían hecho imposible. No obstante, los uruguayos retribuyeron aquel gesto con una recordación permanente. Una amistad que ni la Guerra de la Triple Alianza pudo desdibujar ya que a partir de su finalización, fueron frecuentes las visitas de delegaciones oficiales uruguayas, ya para devolvernos los trofeos y condonarnos la deuda de la guerra, como en 1885; o, para compartir nuestras modestas pero emotivas fiestas de recordación. En una de ellas, el 15 de Mayo de 1913, nuestro gran poeta Eloy Fariña
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Ya muerto Francia, Artigas fué acogido por la hospitalidad de Don Carlos A. López, en un rincón de su amplio solar trinidense. El caudillo oriental vivió en este lugar -conocido como el "Solar de Artigas"- hasta su muerte.

Núñez conmovió a los "charrúas" visitantes, con estos versos: "....Sed bienvenidos, nobles uruguayos/hijos de la gentil Montevideo/A la tierra solar donde durmiera/el gran Artigas su glorioso sueño/y donde no seréis jamás extraños/desde que disteis el viril ejemplo/de perdonar la deuda de la guerra/y de restituirnos los trofeos...". Más de ochenta años después, los poetas uruguayos -a su vez- todavía recuerdan aquellos dolorosos tiempos. Como Carlos Molina cuando se reprocha "...vuelve Solano López/soberbio, erguido, trágico!/contra la Triple Alianza/que irredimible escarnio!!".
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Mas asilados:
Miszkowski, Paz y Wisner de Morgenstern

En la misma época en que fallecía José Gervasio Artigas en Trinidad, llegaban a
Asunción tres ciudadanos polacos, huyendo de su devastado país. Habían estado por un corto tiempo en Buenos Aires y venían al Paraguay invitados por un ciudadano de Limpio llamado Luis Antonio Argaña. Uno de aquellos extranjeros, Luis Leopoldo Myszkowski, era coronel del ejército polaco. A poco tiempo de su arribo, Myszkowski se casó con la hija de Don Luis Antonio, Petrona Argaña, con quién tuvo siete hijos: Ysabel, Amalia, Antonia, Adela, Leopoldo, Aureliana y Belén, nacidas en ese orden- entre 1854 y 1866. Enrolado en el ejército paraguayo, el militar polaco tuvo un protagónico papel en la gran victoria de Curupayty, pues como también era ingeniero, fue comisionado por el Gral. José E. Díaz para la elaboración de los planos de aquellas irreductibles trincheras. Myszkowski no vio la coronación a su ingenio, debido a que falleció en la batalla, el 22 de setiembre de 1866. El Paraguay todavía le debe una recordación justa. Un par de años después del arribo del militar polaco y a raíz de la ruptura de la alianza entre el gobierno paraguayo y el de Corrientes, el Gral. José María Paz pedía a Francisco S. López "...un escuadrón que lo custodiase hasta llegar a la frontera". Desde allí solicitó asilo a Don Carlos Antonio López. Enfrentado a "...la perfidia, traición (e) ingratitud" del gobernador de Corrientes Juan Madariaga, que no dudó en confabularse en su contra con el mismo Justo José de Urquiza, Paz "...hizo entrega del ejército correntino" y se internó en el Paraguay. Como lo había hecho antes Artigas y como lo haría más tarde Sarmiento, el militar correntino -en su momento- tampoco había escatimado enconos y declaraciones ofensivas hacia el Paraguay. A través de personeros paraguayos de su ejército, había invitado incluso a tres escuadrones del ejército de López acantonados en Payburé, a amotinarse contra sus jefes. El incidente, conocido como la "rebelión de Payburé", culminó con la muerte de los cabecillas, los cabos Buenaventura Céspedes, Mateo Fleitas, Lucas Canteros y Cándido Payva, luego de un juicio sumarísimo. A "...pesar de todo, Paz fue bien acogido en Asunción". El gobierno le facilitó "...alojamiento, le obsequió veinte onzas de oro" y a pedido del general, se hizo "...buscar a su familia desde la ciudad de Corrientes". Incluso, Juan Andrés Gelly recomendó a Don Carlos se le "...confiriera algún cargo o jerarquía pero no fueron escuchadas sus recomendaciones". Paz residió cerca de un año en Asunción para luego emigrar al Brasil. También vino al Paraguay, como ayudante del Gral. Paz, el coronel húngaro, ingeniero militar Francisco Wisner de Morgenstern. Aunque malquistado con
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El coronel, ingeniero milit ar, Luís Federico Myszkowski. Polaco de nacimiento y héroe del Paraguay pues a él se deben los planos de las defensas de Curupayty, en cuya batalla perdió la vida. Fué suegro de Victorino Abente quien, sin haberle conocido, le dedicó un poema. También fué abuelo del vate luqueño Julio Correa Myszkowski.

Francisco Solano López ya desde los tiempos de la alianza con Corrientes, Morgenstern prestó un invalorable concurso al ejército paraguayo en el que"... desempeño muchas misiones técnicas y militares". Fue consejero de Don Carlos y algunos le atribuyen la elaboración de los planos originales del hoy Palacio de Gobierno. Trabajó en la fortificación de Humaitá y mediante "....procedimientos trigonométricos y astronómicos, levantó la carta topográfica de la república". Ya combatiendo en la Guerra del ’70, cayó prisionero del enemigo, en Ita Ybaté. Volvió al Paraguay después de la finalización del conflicto.
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Sarmiento
"

Estamos por dudar de que exista el Paraguay. Descendientes de razas guaraníes,

indios salvajes y esclavos que obran por instinto a falta de razón. En ellos se perpetúa la barbarie primitiva y colonial". En 1866, en vísperas de su elección como presidente de la Argentina, Domingo Faustino Sarmiento no ocultaba su aversión al Paraguay. A partir de 1868, cuando ya en la primera magistratura de su país, sus expresiones no fueron menos hirientes. En diciembre de 1869, con los aliados en las puertas de Asunción , decía: "... Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho Solano López, le acompañan miles de animales que le obedecen y mueren de miedo (...) Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana: raza perdida de cuyo contagio hay que librarse.." . Sus juicios sobre los indios, su desprecio a los gauchos y a la masa popular no ahorraron descalificativos. "El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y crean una división entre la sociedad culta y el pueblo haciendo que los cristianos se degraden", escribía a Mitre. San Martín, Alberdi, Urquiza, Artigas, Guido Spano y otros ilustres americanos y argentinos fueron blanco de su odio e invectivas. Finalmente vino al Paraguay. Arribó a Asunción en "..una mañana diáfana y fresca" del 25 de Julio de 1887, con la intención de lograr tranquilidad y reposo para su quebrantada salud, al "...amparo del clima tropical" . Y -tal vez- venía también con la esperanza de encontrar que la muerte de López había erradicado del Paraguay todo vestigio de identidad nacional; que el idioma guaraní ya no era usado, que el componente indígena había desaparecido de la sociedad paraguaya y que el linaje de las castas "patricias" argentinas o imperiales brasileras había erradicado la modestia de costumbres y vestimentas. Nada más equivocado. En el gobierno estaba un viejo soldado de López, el Gral. Patricio Escobar quien, a salvo de las obligaciones protocolares para la atención del visitante, intervino solamente para evitar que uno de sus ministros y nieto del Dr. Francia, Agustín Cañete, se batiera a duelo con el sanjuanino. Era el 20 de Setiembre de 1887, aniversario de la muerte del Dictador cuando en "El Independiente" apareció un violento comentario donde Sarmiento sentenciaba que "...Los tiranos se matan a si mismos, en ellos o en su prole". Cañete, a la sazón Ministro de Hacienda, renunció al cargo y le envió sus padrinos. Abortado el duelo con la intervención del presidente, Sarmiento retornaba a Buenos Aires al día siguiente, 21 de Setiembre de 1887. Volvería a Asunción, el 29 de Mayo siguiente. Sería el último viaje. Murió en su casa de la "Cancha Sociedad", el 11 de Setiembre de 1.888. Ya entonces, Agustín Cañete era senador y al enterarse de la noticia y en un gesto de nobleza apreciado por todos, mocionó el levantamiento de
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la sesión de la Cámara en señal de duelo. Mientras vivió en Asunción, Sarmiento tuvo tiempo para escribir y cultivar flores. Un día fue visitado por un empleado municipal que -ignorante de quien se tratabale requirió informaciones sobre su persona y actividades. "Aquí vive Domingo Faustino Sarmiento, ex-superintendente de instrucción pública, autor de un silabario, de unos canastos de mimbre y varias bancas de escuela, montadas en dos patas, para uso propio y del ajeno", fue la respuesta. Ante la misma, el despistado funcionario anotó: "Domingo F. Sarmiento, maestro y carpintero".

Belvedere. Se inicia la cuesta hacia la "cancha Sociedad" donde Sarmiento pasara sus últimos días. Sus caminatas a través de este cerco de árboles habrían aliviado la pesada carga de su conciencia.

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Sarmiento en Concepción
La "Comisión Popular" que había recibido a Domingo Faustino Sarmiento a su
llegada a Asunción en 1887, estuvo integrada por los señores José Segundo Decoud, Fernando Saguier, Francisco Guanes, Emilio Aceval, Francisco Bibolini, José Castillo, Jorge Casaccia, José Macías, Alejandro Audibert, Remigio Mazó y Teodoro Chacón. Ni bien descendido del vapor "San Martín", Decoud le dio la bienvenida: "...Sois el atleta más vigoroso del pensamiento en la América y habéis arrojado torrentes de luz a nuestro camino y sembrado por doquier la fecunda semilla de la democracia...". En contestación, Sarmiento dijo que habíamos sido "...paraguayos y argentinos hasta la desembocadura del río de la Plata. Paraguay está escrito sobres las pampas en los mapas y globos que nos venían hasta hace poco y argentinos erais vosotros hasta los tiempos que alcanzan al nuestro". Al terminar su alocución, unos escolares le presentaron la bandera paraguaya. Al besar sus pliegues, el ex-mandatario argentino no pudo contener las lágrimas. Era el misterioso jugueteo de la conciencia... Alojado en una casona de la calle 15 de Agosto entre Palma y Presidente Franco, entonces conocida como calle Villarrica, Sarmiento fue sorprendido por el incesante ir y venir de conocidas figuras de la intelectualidad, la docencia y la política nacionales, así como por la presencia de manifestaciones estudiantiles como la de los alumnos del Colegio Nacional los que con su propio director al frente, el Dr. José Zacarías Caminos, médico y abogado egresado de la Universidad de Buenos Aires, le visitaron el 31 de Julio. Fue recibido en el Senado. Los paraguayos, si no desconocían sus violentas expresiones en contra del Paraguay, tampoco ignoraban los alcances de aquel ".. aforismo sin precedentes" expresado por boca de su canciller Mariano Varela: "La victoria no da derechos", paradigma de la literatura jurídica que -en algo- había atenuado la voracidad aliada, luego de la finalización de la Guerra del ’70. En el vapor "Misiones" hizo un viaje hasta el alto Paraguay. En Concepción fue recibido y alojado por el senador Don Rosendo Caríssimo. Al día siguiente, entusiasmado con la exuberante naturaleza del norte y de la mano de su anfitrión, Sarmiento se internó en las selvas, cruzó la "picada Machado" y llegó hasta la famosa "Curuzú Ysabel", "... tumba y capilla donde yacen los restos de una hermosa joven paraguaya fallecida de amor y en olor de santidad". Al embarcarse en el "Misiones" para su regreso a Asunción, Sarmiento traía con él algunas damajuanas de agua, presuntamente medicinales, envasadas del río Ypané y un gua’a azul, bautizado con el nombre de Don Pedro, obsequio de Juanita
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Concepción de fines del siglo pasado. Algunos años antes, Sarmiento habría caminado por estas calles cuando visitara la ciudad del 25 al 27 de Agosto de 1887.

Navarro, una niña argentina residente en Concepción. Ya en la capital y mientras preparaba su retorno a Buenos Aires, Sarmiento no dejaba de escribir, de discutir y argumentar con vehemencia, seguro y sobre-estimado ante el arrobo y condescendencia de sus interlocutores reunidos para escucharle frente a la "Botica Guanes", en Palma esquina Independencia Nacional. Como su sordera iba en aumento con los años, hablaba "...casi a gritos". De hecho, alguna vez había dicho en el mismo parlamento de su país que "...el no estaba para escuchar sino para ser escuchado".
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"Argentinistas" y "brasileristas"
Las diferencias que entre los paraguayos se manifestaron hasta
por cuestiones triviales durante el período colonial, luego de la independencia y, en especial, después de la guerra contra la Triple Alianza adquirieron ribetes trágicos. En aquel tiempo, los enconos llegaron a sobrepasar la frustración y la miseria que había ocasionado la lucha. Y entre los rescoldos de la contienda, la presencia de los "victoriosos" ocupantes del territorio paraguayo, haciendo escarnio de honras y señoríos que a pesar de todo habían quedado en pie, hicieron algo más para que el fuego de la discordia se avivara. La emergencia de "argentinistas" y "brasileristas" entre los paraguayos, alentados desde las carpas aliadas, no fue un motor generador para consolidar la causa de la "reconstrucción" ni propició la fundación de instituciones de "civilidad". La participación de los representantes del Imperio o del "mitrismo" argentino fue sin embargo- motivo de otras cruentas luchas, para legitimar esta vez la preeminencia de uno u otro pendón en los "gobiernos afines" y ante la inminente dilucidación de los límites definitivos. Consumación final del ya bárbaro desenlace guerrero de unos meses atrás y sarcástica sustitución del contenido supuestamente "civilizador" de la Alianza. Duros y crueles años para el Paraguay. La pugna alcanzaba su pico culminante en Enero de 1874 cuando los ocupantes extranjeros armaron la enésima revuelta. Esta vez, para eliminar el Gral. Benigno Ferreria del gabinete de Salvador Jovellanos, debido a la resistencia que aquel oponía para "... entregar al norte del río Bermejo ningún territorio a la República Argentina, no obstante el apoyo del Brasil". Ironías del destino: un "legionario" atacado por ex combatientes de la "guerra grande", Caballero, Escobar, Serrano y Molas, que se prestaban al juego de quienes habían propiciado la destrucción del Paraguay. Recompuesto el gabinete ministerial en función a "las demandas" extranjeras, empezaron a manifestarse en el gobierno los explícitos manejos que argentinos y brasileros hacían de las cuestiones internas del Paraguay. La posición brasilera era representada "...por Gill y Serrano" mientras que la argentina era "...representada por Bareiro, Caballero y Escobar, a los que servían de intermediario el Dr. Miguel Gallego, Jefe de la Sanidad Militar...". En 1887, se "institucionalizaba la discrepancia" . Esta vez ya con matices -sólo matices- ideológicos. En Julio de aquel año se fundaba el Centro Democrático, nombre "de nacimiento" del Partido Liberal y en Agosto, la Asociación Nacional Republicana, Partido Colorado. Como era -y sigue siendo costumbre- la discreJorge RubianIi - Postales de la Asunción de antaño II

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En el edificio (hoy ya demolido) que se observa detrás de la Catedral "... el día Sábado 2 de Julio del año 1887, a las siete y media de la noche" fué fundado el Centro Democrático.

pancia no se centró entonces en la discusión de ideas o en la confrontación de programas o conceptos para conducir el país por nuevos derroteros; pues, unos y otros, empezaron a establecer las diferencias en base a las personalidades de los protagonistas mas destacados de uno y otro bando. Para empeorar la situación, eligieron colores cuya sola exhibición sirvió muchas veces de detonante para sangrientos enfrentamientos. Ni la eventual hegemonía de cualquiera de los partidos en el gobierno acallaría no obstante, la innata vocación de intolerancia. Liberales y colorados demostrarían que podían enfrentarse incluso a sus propios partidarios.
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Setiembre luctuoso
Aunque los vientos del sur y los fríos del invierno inicien su agonía en
cada Setiembre y el Paraguay entero se cubra de flores, el mes ha sido pródigo -desde antiguo- en acontecimientos luctuosos. Si hubo épocas en que Setiembre nos deparó también sucesos de feliz recordación, ha dado lugar, más que a clarinadas de gloria, a desgracias e infortunio. Entre las primeras se encuentran la fundación del Cabildo de Asunción, el 16 de Setiembre de 1541 y dos de las victorias más importantes de nuestras armas, la de Curupayty, el 22 de 1866 y la de Boquerón, el 29 de 1932. Pero en Setiembre, mes de evocaciones florales y primaveras fosforescentes, murieron en distintas épocas- seis mandatarios paraguayos: el Dictador José Gaspar Rodríguez de Francia y cinco Presidentes de la República. El Dr. Francia (1814-1840) falleció el 20 de Setiembre de 1840 y la funesta lista continúa con el deceso del Primer Presidente, Don Carlos Antonio López (18441862) producido en su casa de la calle El Paraguayo Independiente, el 10 de 1862. Cándido Bareiro (1878-1880), tercer presidente de la era constitucional del ’70, fallecía de una extraña enfermedad, en su casa de la calle de la Fábrica de Balas, actual Mcal. Estigarribia, el 4 de 1880. Ya en este siglo, el 7 de 1940, el viejo avión Potez que conducía al Mcal. José Félix Estigarribia (1939-1940) y a su esposa a San Bernardino, se precipitaba a tierra en las cercanías de Altos, pereciendo -en el actotodos sus ocupantes. Siempre en Setiembre, el 16 de 1973, moría Rafael Franco (1936-1937), ya retornado del largo exilio. Raymundo Rolón (1949), es el último deceso presidencial de primavera. Muere el 17 de 1981. Algunos grandes artistas nos dejaron también en Setiembre. En Paso Pucú, el 17 de 1865, en plena Guerra del ’70, deja de existir el gran poeta guaireño, Natalicio de María Talavera, autor de aquellos broncíneos versos ".... Paraguayos! corred a la gloria, coronad vuestra patria de Honor!". Ya en este siglo, tres artistas unidos en el afecto popular y en dejarnos en Setiembre fueron: Emiliano R. Fernández, fallecido el 15 de 1949, como consecuencia de una herida de bala, Luis Alberto del Paraná, muerto de un derrame cerebral en Londres, en la misma fecha de 1974 y Félix Fernández, autor de "Ñane aramboha", "Cerro Corá" y "Reservista purahéi", entre otras conocidas composiciones, el 12 de Setiembre de 1984. También mueren en Setiembre, tres extranjeros radicados en Paraguay: José Gervasio Artigas, el 23 de 1850; Domingo Faustino Sarmiento, el 11 de 1888; y Moisés Bertoni, el 19 de 1942. El luctuoso Setiembre se vuelve lúgubre recordando la rendición del Mayor Antonio Estigarribia y nuestras tropas en Uruguayana, el 18 de 1865, en uno de los hechos de mayor incidencia en el desarrollo posterior del conflicto. El 3 de 1866, más derrota
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Los féretros de Estigarribia y su esposa, Doña Julia Miranda Cueto, en la capilla ardiente instalada en el Palacio de Gobierno. Desde allí serían conducidos, al día siguiente, al Panteón Nacional de los Héroes. Setiembre de 1940 se cobraba el 7, su cuota de vidas.

y muerte en la batalla de Curuzú. A raíz del desbande del Batallón Nº 10 en esa batalla, el Mcal. López decide castigar severamente a sus componentes ordenando "...el fusilamiento de un soldado de cada diez y un oficial de cada cinco". Victorias de Setiembre, el 15 de 1933, en Pampa Grande y Pozo Favorito en la guerra del Chaco. En Boquerón, duele la victoria, con las muertes adolescentes de los cadetes del Colegio Militar, Oscar Otazú, Pastor Ovando y Rogelio Fiore.
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Cívicos y radicales
"... eremos vilipendiados por una generación surgida del desastre que llevará en la sangre -como un veneno- el odio del vencedor". Esta frase -atribuída a López- aparentemente fué redactada en "el ejercicio" de la larga disputa entre "lopiztas" y "antilopiztas" o entre "legionarios" y "nacionalistas", dentro de las variadas maneras que los paraguayos hemos puesto para hostilizarnos y discriminarnos, tarea en la que agotamos nuestros mejores esfuerzos y talentos. Fuera o no López el redactor de aquel escrito, lo cierto es que "el odio del vencedor" se derramó generoso sobre las "lides políticas" locales de la posguerra. "Héroe máximo" o "tirano" según quienes lo mentaran o denostaran, la figura del Mariscal siguió presidiendo sin embargo, los más duros enfrentamientos hasta el 31 de Agosto de 1926, cuando la Cámara de Diputados trató la derogación "...del calificativo de traidor con que los gobiernos posteriores a la guerra connotaron la memoria del mariscal Francisco Solano López", según rezaba el Orden del Día de aquella "sesión histórica". Diez años después, "el gobierno de Febrero" completaría la redención de López y sus oficiales cuando sus restos, ingresaban al flamante Panteón Nacional de los Héroes, nueva función del edificio cuya construcción se había iniciado con los auspicios de los López -padre e hijo- para que sirviera de Oratorio de la Vírgen de la Asunción. Pero ya desde antes de la prédica de Juan E. O’Leary, colorados y liberales se adjudicaban -como denuesto- el mote de "legionarios"; ociosa labor ya que -unos y otros- tuvieron en sus filas fundadoras a aquellos, tanto como a ex-combatientes de la guerra. Cuando fundados los Partidos y con los colorados oficialmente en el gobierno, pronto se manifestaron las diferencias que se venían denotando desde la finalización del conflicto. A punto de concluir el siglo pasado, las tendencias se concretaron aún más claramente en "caballeristas" y "egusquizistas" según fueran partidarios de los generales Caballero o Egusquiza, un republicano reformista éste, no muy bien recordado por sus correligionarios. Los liberales fueron mas "variados" en sus diferencias. Hubo "cívicos" y "radicales" y entre éstos: "jaristas", "scheristas" (también conocidos como saco mbyky), "gondristas" (conocidos como saco puku), con otros aportes de "ismos", según "...progresaba el atraso". En 1904, inmediatamente re-brotaron estas tendencias que -circunstancialmente- se habían unido para la "gesta" de derrocar a los colorados. El analisis de los acontecimientos de aquellos tiempos permite notar que "rojos" y "azules" podían negociar, pactar y hasta ser generosos en compartir los resortes del poder con los del partido contrario y sin embargo, ejercer arbitrariedades con extremos de crueldad, con los propios "correligionarios". Tambien puede notarse que en el ejercicio de la presidencia, los colorados fueron mas Jorge RubianIi - Postales de la Asunción de antaño II

S

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Acompañamiento de los restos del Gral. Juan B. Egusquiza por la calle Alberdi, el 25 de Agosto de 1902, día de su cumpleaños. Al fondo se observa la cas a de Don Marcos Quaranta y en la esquina con la actual Humait á, la de Egusquiza, hoy Colegio"Dante Alighieri".

respetuosos de los plazos de cada mandato. Cuando los liberales accedieron al poder, no siempre tuvieron la paciencia de esperar los turnos correspondientes. Pruebas al canto: desde 1904 a 1912, en el inicio de la "era liberal", se sucedieron 10 Presidentes de la República (más de uno por año), con un rekutu de González Navero y la presidencia de 22 días de un colorado: Pedro P. Peña. Jorge RubianIi - Postales de la Asunción de antaño II

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Cartas de amor del Mariscal Estigarribia
Entre la concurrencia apretujada en el Palacio de Gobierno en aquella brumosa y fría
mañana del 8 de setiembre de 1940, cuatro mujeres rodean el féretro del Mariscal José Félix Estigarribia. Vestidas con riguroso luto, escudriñan el cuerpo inerte del conductor del Chaco que a pesar de estar ataviado con su uniforme de gala de Comandante en Jefe, deja ver en el cuello y en la cara, las magulladuras y golpes que habían ocasionado su muerte. A un escaso metro de distancia, en paralelo al cuerpo del Mariscal, se encuentra el de Doña Julia Luisa del Cármen Miranda Cueto de Estigarribia que como su esposo y el Mayor Carmelo Peralta, falleciera el día anterior por la caída del viejo avión Potez , cerca de Altos. En medio de la circunspección general, llamaban la atención aquellas presencias tan cercanas al fallecido, conocido el reducido núcleo familiar de Estigarribia. Cabría suponer que el protocolo presidencial sabría de quienes se trataba. Y en efecto, las tres más jóvenes eran parientes -y muy cercanas- al Mariscal: sus hijas. Tres de las siete hijas naturales que tuvo, entre 1906 a 1916, antes de casarse con Doña Julia. La mujer de mayor edad, Felicia Benítez, había sido "novia" de Estigarribia y madre de las tres muchachas.

Todas las hijas
Las hijas de José Félix con Felicia se llamaban Selva Emelia, nacida en 1911; Diora Esmirna, nacida en 1914 y Francisca Ondina, nacida en 1915. El reconocimiento de estos detalles ha sido posible gracias a un lote de cartas y fotografías originales adquiridas por la señora Dila Estigarribia de Eaton (sin parentesco con el Mariscal). Estos valiosos documentos son bastante expresivos en cuanto a los detalles de la relación y las tribulaciones de sus protagonistas, pero la existencia de las hijas naturales del gran conductor del Ejército del Chaco, no representa ninguna novedad. Es posible -en todo caso- que la sentida muerte del Mariscal y su esposa, inhibieran la difusión de esos datos pero en 1995, una interesante investigación realizada por el Dr. Alberto Nogués y editada por la Academia Paraguaya de la Historia -en su formato "separata"- Volumen XXXV, rescata los datos familiares de todos los presidentes del Paraguay con el historial de sus respectivas descendencias. En la publicación, denominada "Parentela Presidencial" , el Dr. Nogués menciona a las
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Felicia y sus hijas velando el cuerpo de Estigarribia.

hijas del Mariscal, nacidas antes de su matrimonio con Doña Julia, y antes de las tres hijas habidas con Felicia. De acuerdo a los datos de la "separata", éstas nacieron en el siguiente orden: Delia María, en 1906 (cuando Estigarribia tenía 18 años); Lidia Felicia, en 1908; Nimia, en 1910. Luego de las tres hijas de Felicia, nació Celia Jorgelina, en 1916. El Dr. Nogués también recuerda que esta nómina le fue proveída por el Dr. Aniano Denis Estigarribia, hijo de Delia María y -por lo tanto- nieto del Mariscal.
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Vida de militar
Sería lógico suponer que la existencia de siete hijas habidas con distintas mujeres sugieran una vida disoluta y poco afecta a las responsabilidades. Pero, aún considerando que estas situaciones fueran un hecho común -aunque no generalizado- en el estamento castrense o en el resto de la sociedad paraguaya de la época, la vida de un militar de principios de siglo estuvo signada por circunstancias que no podían alentar la estabilidad ni la posibilidad de una "vida familiar". Las "revoluciones" o asonadas, desde la misma terminación de la Guerra del ’70, así como las guerras civiles de 1904, de 1911 y 1922, tanto como los golpes, cuartelazos y enfrentamientos habidos entre 1905 y 1924 hacía que, no ya el peligro sino la angustia, presidiera las expectativas de los militares sobre su destino. Y si la población civil era "arreada" a estos enfrentamientos sin ningún miramiento, a los militares se les reservaba -inevitablemente- la gloria o la deshonra -y aún la muerte- según quienes quedaran triunfantes en el terreno. No según las ideas o instituciones que se defendieran. El Teniente Estigarribia contaba a Felicia sobre los "..sacrificios por la patria", o de las veces que estuvo al borde de la muerte en "..el cumplimiento del deber" debido a que todos los golpes y conatos mencionados, desde 1911 a 1923, tuvieron de protagonista al futuro Mariscal. Y aún si quisiéramos ahondar en las "circunstancias sociales" de nuestros primeros mandatarios, un repaso a "Parentela Presidencial" permite verificar que ocho presidentes de la República fueron hijos naturales y 14 tuvieron hijos naturales, incluyendo a Estigarribia.

Las cartas de amor
Las cartas de la colección comienzan el 3 de Octubre de 1911, tras la ida del joven Estigarribia a Chile y continúan durante su permanencia en Santiago. Se extienden luego al tiempo que estuvo en la guarnición de Concepción hasta finalizar con notas desde el Chaco (con membretes "CORRESPONDENCIA DEL SOLDADO Chaco Paraguayo") además de otras cartas y esquelas -sin fecha- pero ya con la mención de "General Estigarribia" y sellos del Ministerio de Defensa Nacional en los sobres. Esto permite presumir que fueron enviadas desde o después de la Guerra. En una postal desde Montevideo, escala previa a su residencia en Chile, Estigarribia escribe a Felicia: "Esta mansión que debíamos ocupar los dos, me tiene hoy viviendo de tus recuerdos". Desde Santiago, la primera de las cartas menciona la dirección en donde debe recibir las de Felicia: "Alameda de las Delicias Nº 411". A lo largo de toda la correspondencia recuerda a sus hijas y en una de las primeras cartas, pide a Felicia: "...sobre ella me hablarás en todas tus cartas", refiriéndose a "Selvita". Ella no contesta de inmediato o cuando lo hace, reprocha y ofende a
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Estigarribia. El 22 de Noviembre de 1911, éste recibe una carta de Felicia que se apresura en contestar ".. pues las anteriores, sobre todo la penúltima, no han merecido por injuriosas". A los "suspiros de infortun io" de Felicia responde que él también es "..capaz de sufrimientos y amarguras (y) todavía conservo en lo íntimo de mi ser un altar donde no me canso de rendir culto a los recuerdos de nuestra felicidad que huyó". En otra carta, le pide a Felicia conserve sus fotos, en especial una "... donde estoy con bandera en el desfile militar del 25 de Noviembre de 1910" . También le promete "...el reconocimiento de la nena (...) cuando vuelva" y se queja del gobierno: "... no nos atiende hasta hoy, vivimos a la de Dios que es grande!!". El 14 de Marzo, ya desde Concepción, reacciona ante la llegada de otra hija: "Estoy feliz, acabo de recibir en este momento 3 p.m. la grata nueva de la llegada de una nena, con toda felicidad. Es lástima que sea otra vez nena, ella será encanto de mi vejez, pero tuyo ...tu necesitas de baroncito" (sic). Desde Concepción, las cartas dejan de lado la efusión y el cariño que tuvieron las de Chile, aunque a veces reclaman con urgencia algún encuentro furtivo: "...a Tuyucuá no me será posible ir", explica y en otra pide a Felicia ".. espero me indique donde podremos vernos antes de mi regreso" (a Concepción). A pesar de la manifestación de sus sentimientos y aflicciones, sólo en la primera carta (1911) Estigarribia anticipa un "querida Felicia" ; en las siguientes sólo se limita a "Felicia". Desde la Guerra comienza sus notas con "Estimada Felicia" y a lo largo de la correspondencia, firma "JFélix" . Ya en las últimas, finaliza los escritos con el
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José Félix Estigarribia, en el inicio de su carrera militar.

distante "Gral. Estigarribia". Alterna el trato afectuoso, de amorosos tuteos con uno severo, frío e impersonal. En todo momento habla de "atender a las chicas" o de "atenderlas mejor" en cuanto las "...circunstancias sean más propicias". De hecho, en varias cartas o esquelas, anuncia a Felicia el envío de dinero o la promesa de construirles la "casa en Asunción". Final infeliz
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Los paraguayos siempre lamentamos la prematura muerte del Mariscal José Félix Estigarriba, pensando en lo mucho que había hecho por el país y las enormes posibilidades que se frustraron con su muerte. El conocimiento de los sucesos más cercanos a su existencia, nos permite al menos imaginar las aprehensiones y expectativas que -él mismo- tendría sobre su propia vida. En todo caso, su muerte hizo que nadie pudiera ser "el consuelo de su vejez ...".

La cureña que conduce los restos del Mariscal hacia el Panteón de los Héroes. Le siguen las más altas autoridades del país. La multitud llora la muerte de "su Comandante".

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"Gringo rubio kesu..."
A la par que los clamores por lograr las benditas "inversiones extranjeras", en el
Paraguay han florecido -desde siempre- las apelaciones localistas: "..al Paraguay lo construimos los paraguayos"; ".. una empresa de paraguayos", etc. acompañados de una serie de exteriorizaciones despectivas hacia el -o lo- extranjero. Es increíble que en un país tan abastecido de foráneos desde los tiempos de la colonia y tan dependiente hoy de las importaciones, de capital, de tecnología, de productos (desde sacapuntas hasta tractores) se consolidara una actitud tan hostil hacia el forastero. Donde todos -finalmente- provenimos de inmigrantes. Algunos de por aquí cerca, en tiempo y distancia. Otros, la mayoría, de ".. allá lejos y hace tiempo". Y aunque extranjeros desde el inicio, ni bien afincados, discriminamos al recién llegado. Hace poco tiempo, un grupo de empresarios del microcentro se reunía para desentrañar el motivo del decaimiento de la calle Palma. Uno de ellos, de origen árabe, colectividad hasta hace poco "gratificada" con el menosprecio de la "aristocracia local", sentenció: "...Lo que pasa es que ahora Palma está llena de coreanos". El refranero popular paraguayo está cargado de alusiones despectivas a los extranjeros y, por extensión, a los rubios y rubias, porque éstos -obviamente- no provienen de la "...amalgama hispano-guarani". A las rubias -particularmente- se les ha endosado el ser sexualmente ardorosas (para decir lo menos) con una serie de "ñe’enga hovy", que algunos -solo algunos y con rubor- pueden ser escritos: "Rubia rãkamby pa’úme vaka akãngüé jepe ojy"; o, "Rubia ha kabaju morotí mombyry güivente iporãva"; y a éstos puede agregárseles expresiones como "rubia tatãre", "rubia tuviana" y el famoso "rubio kesu", que le endilgábamos a cualquier compañerito de escuela que no fuera morocho. En Santaní, allá por el 1910, los compañeros de escuela de mi papá le obsequiaban con la famosa "carrera vaqueta", todos los días, sólo por ser rubio y "gringo ra’y". Ni hablar de las burlas a los apellidos raros, significado por aquellos que no suenen a hispano. Algunos nacionalidades, también gozaron de nuestras "preferencias" a la hora del menosprecio, como los "kurepi" y los "boli". Recuerdan aquel "...oguahéva último boli kuña!!"? La historia cuenta de los extranjeros que se quedaron pero no habla de los que volvieron a salir del Paraguay, estafados, amargados, desilusionados. Algunos, que no tuvieron mas remedio que quedarse porque habían agotado sus ahorros en la empresa emigratoria, llegaron a decir: "...Prefiero ser mendigo en cualquier parte que millonario en Paraguay". Otros, abandonados a su suerte no tuvieron mas remedio que apelar a la ferocidad de sus perros para defender sus cultivos y propiedades. De ahí surgió otro ñe’enga que dice: "Y jargelve gringo jagua güi".
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"Il Dottore" J ose P. Guggiari, uno de los cuatro presidentes del Paraguay -junto a Schaerer, Stroessner y Wasmosy- con apellido no hispano. De 45 Jefes de Estado que han habido desde Don Carlos, los "extranjeros" han tenido pocas posibilidades en Paraguay en materia política.

Y como los paraguayos somos duales y contradictorios, la fobia anti-extranjera ha corrido pareja al desagrado que nos produce saber de la discriminación o el maltrato que sufren los paraguayos en el exterior. Así como cualquier cosa tiene que ser necesariamente buena si viene de afuera o cualquier cosa, mala si es nacional. Y cuando viajamos, nos emocionamos hasta las lágrimas si escuchamos la misma polka que en nuestro país, es exiliada de nuestras preferencias.
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Penurias de Aimeè Bonpland en el Paraguay
El Paraguay misterioso del misterioso Dr. Francia
Llegarse hasta el lejano Paraguay del siglo pasado, suponía algo más que remontar desde Buenos Aires los mil y tantos kilómetros de río. Había otros inconvenientes. Tantos que las veces que alguna embarcación era avistada desde los presidios (1) al sur de Asunción o un carruaje atravesaba los "puestos" de la frontera, se auguraban grandes acontecimientos. Es que, transcurrida la primera década del siglo XIX todo el sur americano se hallaba inflamado con ideas de libertad e independencia, exaltación patriótica y violencia. El Paraguay, aislado en el centro del continente, sumido en el sopor de "la larga siesta colonial" , alejado de los grandes sucesos que un poco más al sur, enardecían a otros, fue sin embargo de los primeros países en obtener su independencia. Corría el año 1811. Cuando aún no se habían cumplido tres años de aquel acontecimiento mayor, asumía como "Dictador Supremo de la República" del Paraguay, el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia. Abogado, miembro de la Segunda Junta y Cónsul , su prestigio había ido creciendo paulatinamente hasta lograr que los patriotas primero y un Congreso después, le otorgaran el cargo. Dos años mas tarde, en Junio de 1816, otro Congreso le posisionaba en el inédito escalafón de "...Dictador perpetuo de la República durante su vida, con calidad de ser sin ejemplar". Y efectivamente lo fue hasta el día de su muerte, acaecida el 20 de Setiembre de 1840.

América para los europeos
El Dr. Francia desconfiaba de los extranjeros y en particular de los europeos. Les atribuía "ocultas intenciones" en tanto aparecieran por los puertos paraguayos anunciando ventajosos negocios. "Primero traen sus productos y después sus cañones", escribía a uno de sus comandantes de frontera. Antes, había pronosticado que "... las naciones europeas enrojecerían de sangre el río Paraná". Una carta de Juan Esteban Ricardo de Grandsir a Pedro Saguier, parecía confirmar esta presunción. En la misiva se comunicaba la salida de Aimeè Bonpland desde Buenos Aires, y de "..muchos otros franceses (..) hacia las Misiones del Paraná" . El viaje, según Grandsir, no tenía sólo que ver con una simple operación comercial sino que
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Imágen que mues tra a Bonpland y Humbold sumerigdos en sus trabajos de investigación en las selvas venezolanas. Corresponde a un grabado aparecido en uno de los doce tomos de los "Viajes a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente".

"...habiendo puesto nosotros pie en el Paraguay, el comercio inglés recibirá un golpe terrible". Los franceses habían conocido el enorme potencial de la yerba mate y tras ella venía Bonpland.

El muy ilustre Aimeè Bonpland
Aimeè Goujaud-Bonpland había nacido en La Rochelle, Francia, en 1773. Hijo y nieto de médicos, su destino parecía indisolublemente ligado a la profesión. Egresado de la Escuela de Medicina de París, fue invitado a prestar servicios como "cirujano de tercera" en el ejército napoleónico. Su refinado espíritu sin embargo no le permitió tolerar la desolación y la muerte de las campañas guerreras. Desilusionado de la política, hastiado de la exaltación militar dominante en la Francia napoleónica, abandona la medicina y surge el Bonpland naturalista. En compañía de Alexander Von Humboldt, recorre parte de América en 1799. Simón Bolívar le propone realizar un segundo viaje en 1816. Pero el contacto con Rivadavia y Sarratea,
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patriotas argentinos, cambia el proyecto acordado con el "Libertador". Su destino ya no era Venezuela sino el Río de la Plata. Una vez allí, tres años de permanencia en Buenos Aires le bastaron para verificar que el ambiente no era el que le habían prometido. Se relacionó entonces con el líder correntino, Francisco Ramírez y se alejó de Buenos Aires y de su esposa Adeline. En 1821, ya se encontraba en Corrientes dispuesto a reanudar sus investigaciones científicas y trabajar en el laboreo de la yerba mate.

Una grave imprudencia
Instalado en Santa Ana, cerca de Corrientes, absorto en sus especulaciones científicas o impresionado tal vez por la exuberancia de la vegetación misionera, Bonpland no reparó en el peligro de desafiar las iras del enigmático Dictador del Paraguay. En aquel entonces, difuminados los territorios en imprecisos límites, las fronteras eran de quien las cuidara. Y el Dr. Francia cuidaba muy bien las que consideraba suyas. El 8 de Diciembre de 1821, Bonpland es hecho prisionero por fuerzas paraguayas e internado en Santa María de las antiguas misiones jesuiticas. Mientras la noticia se difundía por el mundo, se acrecentaba la curiosidad sobre el "Supremo del Paraguay" y la fama de su ilustre cautivo. Si no midió el Dr. Bonpland la magnitud de su imprudencia, enseguida entendió la inutilidad de cualquier gesto de rebelión o protesta frente aquel poder lejano, absoluto y desconocido. Anonadado ante aquella violencia que le sustraía del mundo, buscó -sin embargo- adecuarse a la situación. El "Caraí arandú" (2), como fue reconocido casi inmediatamente por los humildes habitantes de Santa María, aceptó la situación con espíritu pragmático, con resignada humildad y hasta con cierta docilidad. Ahora podía abandonarse a la rutina de curar, observar, investigar, descubrir. Tenía además una razonable libertad de movimientos. Haciendo uso de ella, los "chasques" (3) entre Itapúa y Asunción iban y venían con pedidos hechos al Delegado de aquel puesto fronterizo pero que debían tramitarse en la capital, ante el Dictador. Solicitudes para adquirir herramientas, vender productos o para alejarse a mayor distancia del cerco original impuesto. Todo era posible menos el permiso de "bajar" hasta Asunción para abogar en beneficio de su libertad. El muro de silencio que respondía a sus peticiones de entrevista con su captor, respondía igualmente a las notas que desde todas partes reclamaban el fin de su cautiverio. Grandsir, Bolívar, Sucre, entre otros, exigían, rogaban, amenazaban, pero ningún clamor, urgencia o intimación apuraría el reloj de aquella meticulosa burocracia unipersonal.

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Aim e è Bonpla nd, en una im áge n obte nida luego de su cautive r io de 9 a ños en S a nta M ar ía de las M isione s de l P a ra g u ay .

De nuevo en familia
Como una prueba de la relativa libertad de la que disfrutó en Santa María, Bonpland pudo formar una nueva familia. Su nueva esposa se llamaba María y aparte del nombre sólo se supo que era hija de Guachire, un cacique guaraní. Aimeè y María tuvieron dos hijos llamados como ellos, Amado y María. Dadas las circunstancias era casi feliz. Tanto que empezó a atormentarle la idea de quedar en libertad y verse obligado a dejar todo aquello; sus hijos incluido. Ya le habían anticipado que el Dr. Francia no dejaría que se los llevara. Y efectivamente ... así fue.
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Nuevamente adios...
"Don Amado, el Supremo ordena que Ud. deberá abandonar el país, sin demoras". Un día cualquiera de 1830, tan imprevistamente como fue introducido al Paraguay, el mismo delegado de Itapúa, Ortellado, le informaba que debía partir. De nada valió que Bonpland reclamara por su hospital, por sus enfermos. De nada sirvió que llorara por su mujer y sus pequeños hijos. Podía llevar lo que quisiera, sus caballos, sus mulas y el resto de sus bienes -le informaron- pero "...los paraguayos se quedan en el país!". La misma intransigencia que impidió su libertad cuando todo el mundo la reclamó, le impedía ahora llevar del Paraguay a su familia. Fue retirándose lentamente, como buscando retardar el adiós definitivo a sus seres queridos. Se entretuvo un año en Itapúa desde donde se enteró que María y sus dos hijos habían abandonado Santa María sin dejar rastros. Una vez más resignado, cruzó a San Borja formó una nueva estancia, merodeó por Corrientes y sus cercanías, escudriñando el Paraguay, durante muchos años. Fue reconocido, enaltecido y condecorado. Volvió a contactar con el mundo científico pero jamás pronunció una condena, una palabra de reproche, ni al Dictador, ni a quienes lo habían tenido preso en el Paraguay. Allí habían quedado más que nueve años y 10 meses de su vida.

(1) Presidio denominaba una instalación militar a los efectos de vigilancia en la frontera. Conocidos posteriormente como "fuertes", se ubicaron -casi todos- sobre los ríos fronterizos del Paraguay. Al norte de Asunción, estaban los presidios de San Miguel , San Sebastián, Castillo, San José, Arecutacuá, Orundey, Manduvirá, Villa Real y Curuguaty. Hacia el sur, se encontraban los de San Gerónimo, Lambaré, Fortín, San Antonio, Villeta, Angostura, Macaypirá, Ibioca, Agatapé, Reducción, Remolino y Herradura. (2) Carai en guarani, significa Señor. Arandu (con acento en la "u" final , aunque la grafía guarani no lo marca) significa inteligente, sabio. (3) Chasque (o chasqui): Voz quéchua que designaba a un indio utilizado de correo. En el Río de la Plata, era usado para designar también el correo a caballo. (4) Itapúa, antigua fortificación y puerto del sur paraguayo, hoy conocida como Encarnación.

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La antigua casa de los Gobernadores y residencia oficial del Dictador Francia durante su gobierno. Hasta aquí llegaban-a veces, inútilmente, los pedidos de Bonpland.

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CAPITULO 3

USOS Y COSTUMBRES

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El mobiliario colonial
En los primeros duros años de Asunción, el estar a cubierto de la intemperie era de por si- un lujo que no llegaban a perturbar los mosquitos y la falta de otras comodidades. Largas jornadas de navegación o de caminatas por la selva, convertían a cualquier rústico albergue en un paraíso. En las crónicas de la época -de hecho- son escasas las alusiones a otros detalles que no refirieran acontecimientos, lugares, o las cambiantes relaciones con los naturales como para que algún "escribidor" se moleste en denunciar la falta de confort en las desprovistas chozas de entonces. En la relación de acontecimientos singulares, el 2 de setiembre de 1541 aparece como una fecha importante. Es cuando se produce el arribo del sufrido contingente que abandonaba Buenos Aires. Con este grupo y con el reparto de solares ordenado por Irala, se distribuyeron en aquella ocasión"..tejidos de mantas y hamacas (...) se curtieron cueros de ciervos y venados y se tuvo el vestido". Entonces, lo indispensable era suficiente. La gente se contentaba con tener donde dormir y para ésto se bastaban con las hamacas indígenas. Para comer lo hacían también -muchas vecesa la manera de los naturales: sentados en el suelo, tanto por ganarse su simpatía como porque, las más de las veces, la comida era proveída por los nativos. El equipamiento de los hogares no iba mas alla de puertas y ventanas, camas, baúles y, para conservar los alimentos: alacenas y "sobrados". La iglesia demandaba lo suyo: altares, nichos, retablos. Los materiales usuales para objetos y muebles eran la madera, el cuero, los tejidos de algodón, los de caraguatá, el güembé y excepcionalmente, la piedra o el hierro. Por lo general, eran más apreciados los instrumentos de trabajo y labranza: cacharros de cocina, herramientas, cuchillos, antes que enseres para el confort. Pero la abundancia y variedad de las maderas además de la creciente habilidad de los carpinteros, apuntaló la fabricación de muebles en la colonia. Si los conquistadores pudieron construir una carabela a los seis años de llegados, es probable que la carpintería practicada entonces produjera objetos con niveles de exquisitez. El incendio de Asunción acaecido en el amanecer del 4 de febrero de 1543, pudo privarnos de conocer algo de aquel tesoro que Carlos Zubizarreta describe entre el inventario de las pérdidas sufridas entonces: "....enseres chamuscados, rotos espejos venecianos de labrado marco, pedazos calcinados de rico brocado", peroles (vasijas de metal, de figura como de media esfera), dagas damasquinadas (embutido de metales finos sobre acero), capacetes quemantes", al tiempo de imaginar el desolador panorama de los asuncenos caminando como fantasmas entre las casas y muebles calcinados. Diferenciados en usos y costumbres, la habitación de los primeros indígenas reducidos en las Misiones Jesuíticas, nos da una idea del
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confort de las casas "mestizas": "...Una piel de vaca hace las veces de puerta (...) algunas hamacas o en su lugar pieles de jaguar o de vaca extendidas sobre el mismo suelo y, al modo de almohada, una piedra o un trozo de madera; dos o tres taburetes muy bien esculpidos; baúles para lo ropa (...) Si es necesario, unas esteras suspendidas del techo dividen la estancia en dormitorios".

Mueble existente en el museo "Juan Sinforiano Bogarín". Perteneció al prócer Pedro J. Caballero y es una muestra de la excelente ebanistería practicada en tiempos de la colonia.

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La puerta cancel
"

Verja que separa el zaguán del vestíbulo o del patio" explica el diccionario acerca

de la función de la puerta cancel. Pero también hacía posible mantener abierta la del frente de la casa, casi permanentemente. En las residencias de Asunción de unas décadas atras, la puerta de la calle cerrada era una demostración de hostilidad hacia los transeúntes y una actitud de descortesía y desconfianza muy mal tolerada por el resto del vecindario. Solamente la grave enfermedad de algún miembro de la familia o un duelo podían hacer que las casas se cerraran. En esas circunstancias, el luto se extendía al edificio. Con las casas abiertas, la puerta cancel servía para preservar la intimidad de los hogares. Si bien la apertura era una manifestación de respeto al resto de la gente, no era el caso que la vida familiar transcurriera a la vista de cualquiera. Sobre todo porque trasponiendo el "recibidor" y el "cancel", podía observarse que gran parte de las actividades se cumplían al abrigo de corredores, galerías o en el mismo patio, al aire libre. La puerta cancel se encontraba en el límite interior del zagúan después de ascender la escalinata, recurso habitual para diferenciar el nivel de la casa del de la calle. De acuerdo a la pretendida jerarquía de la construcción y al ancho de aquellos zaguanes, la puerta constaba de una o dos hojas, con segmentos más pequeños y fijos a ambos lados de aquellas. La puerta cancel no llegaba generalmente hasta el techo ya que su función era solamente cubrir la vista desde el exterior. Eran vidriadas, translúcidas y tanto los vidrios y como las piezas de madera o hierro contenían elementos decorativos que denotaban anagramas con los apellidos de las familias, tallas en relieve y hasta escudos heráldicos. Pero la puerta cancel era un elemento formal -se diría- de segunda línea en las construcciones. Lo principal era toda la amplitud de la fachada; la decorada extensión compuesta de bases, balaustres o verjas -en disposiciones casi siempre simétricas y sobre la misma calle- cornisas y alféizares, bajos relieves y molduras (recordando a deidades, musas y flores), coronados todos por los ya citados elementos heráldicos, cúpulas o torreones. El material de terminación o la profusión de aquellos elementos reflejaban la jerarquía del edificio: mármoles o granito, cristales tallados, esculturas y verjas materializaban su magnificencia. El paisaje interior de estas casas era -sin embargo- relativamente uniforme: un patio central con aljibes o alhajado con crotos o palmeras, rodeado de galerías o corredores, los que a su vez protejían la interminable hilera de habitaciones. Este decorado interior -salvo algunos "aderezos" de alcurnia- era casi siempre igual. Lo importante era la calle aunque en el interior las casas carecieran de otras comodidades y siguieran teniendo un modesto excusado Jorge RubianIi - Postales de la Asunción de antaño II

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al final de los corredores- como baño. Cuando aparecieron los molinos de viento, su presencia indicaba el uso de un adelanto tecnológico de gran valor y consideración para el status de quien lo poseyera: el "baño de lluvia!!....". Aunque los reservorios elevados eran muchas veces arruinados por la chiquillada del barrio que en verano, subía a darse un chapuzón en la azotea.

Patio de casa céntrica, frente estrecho y techos altos. Los detalles indican la categoría de sus dueños: umbrales de mármol, pisos decorados, columnas de hierro fundido de inspiración clásica y obras de arte. Todo, precedido por la puerta cancel.

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La moda y su evolución
Es mas que probable que los soldados de las huestes de Juan de Salazar para la
fundación de Asunción, no tuvieran mas ropa que la que llevaban puesta. Una de las razones habría sido precísamente que no tuvieran razones y ocasiones de lucirla como porque en medio de tantas penurias y privaciones, la que más se notaba era la falta de mujeres. ¿Para quien entonces se arreglarían estos hombres? Con las indias, la ropa no era necesaria. Cuando más vestidas estaban, las vinchas o collares de cuentas adornaban su completa desnudez. O, en un alarde de natural coquetería, agregaban a aquel etéreo vestuario, la pintura corporal que tanto había impresionado al cronista teutón Schmidl, que dió "relación de ellas". Y para sumar una desgracia más a la patética condición de los conquistadores, a poco de instalados, sobrevino el incendio de Asunción que dejó a los pobres ".... prácticamente en cueros". En 1555 si hubo razones para que aquellos hombres, hoscos y desaliñados, se acicalaran y rescataran de los polvorientos baúles, su mejor indumentaria. Es que arribaban las "50 doncellas para poblar", que acompañaron a Doña Mencia Calderón de Sanabria en la accidentada expedición de su marido, muerto antes de salir de España, el tercer Adelantado Juan de Sanabria. Eran las primeras europeas después de las pocas que, catorce años antes, habían llegado a Asunción tras el abandono de Buenos Aires. Los que hicieron mucho por el vestido y por vestir a los indígenas fueron los Jesuítas. Gracias a "...un extenso estudio de la flora suramericana", ellos pudieron obtener perfumes, remedios y colorantes. Las tinturas fueron utilizadas para los tejidos de algodón que los indígenas elaboraban en sus casas como en los talleres comunales. Aparte del algodón, los religiosos utilizaban también el cáñamo que habían traído de España y que "... crecía en este país tan fácilmente como el algodón". Para entonces, la industria textil se había desarrollado al punto que los indígenas recibían hasta hilos de lana, elaboración que, dadas sus complicaciones técnicas, se hacían en los talleres comunales. Cada familia recibía "... cuatro metros de tejido de lana" para "...hacer ponchos". En aquellos talleres, trabajaban de cuatro a seis tejedores, los que acortaban los plazos para la entrega de los pedidos según los "regalitos" que las mujeres del poblado les hacían: "...alguna torta de maíz o de mandioca, algún objeto de pacotilla" . Eran los embriones de nuestros actuales funcionarios que, ya desde entonces, empezaban a incubarse. Dadas las dificultades de comunicación con el exterior y el cada vez mas escaso
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Fotografía de principios de siglo que muestra una industria casera de orígen colonial: el tejido de hamacas.

comercio con los grandes centros productores, en el Paraguay se desarrolló una enorme variedad textil para suplir las carencias. Aparte de las fibras ya mencionadas, se usó desde siempre el caraguatá, el mbokaja u hojas semejantes, el güembe y el cuero de pieles diversas. Y no sólo tejían las mujeres. La historia recoge el caso del procer de la Independencia Dr. Fernando de la Mora, preso por el Dictador Francia, quien tejía ropitas para sus hijas Jovita y Saturnina, sentado en una pequeña silleta de la sórdida mazmorra donde fué alojado, durante quince años!
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La elegancia ausente
Puede decirse que la escasés de todo, asi como las tremendas penurias en los años
de la Colonia, no permitieron la radicación de algunos hábitos europeos. Sobretodo, lo que a vestimenta se refiere. Para intentar una explicación de este hecho, debe tenerse en cuenta que aunque la expedición del adelantado Pedro de Mendoza llegó al río de la Plata muy bien dotada, la de Juan de Ayolas -subiendo el "río del Paraguay"- y la de Salazar, por la misma ruta, unos veinte meses después, no habrán estado pertrechadas más que con hombres para la guerra y algunos víveres. En cuanto a las penurias, debe recordarse que antes de transcurridos seis años de fundada la casa-fuerte, Asunción sufríó el gran incendio de Febrero de 1543. Cuando entonces, ante la ferocidad del fuego y la sorpresa -el siniestro empezó al amanecerlos españoles no pudieron hacer otra cosa que salir corriendo con sus armas, poco menos que " ... en cueros". Pero aparte de aquellos, hubo otros inconvenientes que motivaron la desestimación de algunos cuidados otorgados a la vestimenta. El primero de ellos, tuvo que ver -necesariamente- con el clima. Las tórridas temperaturas del Paraguay, si bien contaban con auxilio de árboles y agua en abundancia, habrá proscripto el uso de capas, abrigos y armaduras. El otro tendría que ver con los usos de los propios indígenas que andaban, según consignaban los cronistas de la época:"...enteramente desnudos, pero cuando hace frío o para entrar a las casas de la ciudad se ponen por los hombros una de estas mantas para cubrirse (..) las partes anteriores. Otros usan una camiseta que no tiene cuello ni mangas y cubre apenas el signo distintivo del sexo" . Pero es probable que si los españoles aprendieron a consumir lo que los indígenas, a hacer "familia" con ellos, a dormir en sus hamacas y usar de sus conocimientos medicinales -y de los otros- para sobrevivir en aquel territorio, habrán desmantelado tambien algunos de sus prejuícios en cuanto al exceso de ropa que hacía parte de sus hábitos culturales. Y tambien habrá influido en la distensión de las costumbres del "buen vestir" europeo la falta de mujeres. Las primeras llegaron recién en 1541 luego del abandono de Buenos Aires; y con ellas los "primeros géneros". Estos procedían del buque de un italiano llamado Pancaldo, subastados entre la gente que se aprestaba a abandonar aquel puerto. Otras mujeres se sumaron a la escasa población de Asunción, en 1555, cuando ya las herederas mestizas de los fundadores empezaban la adolescencia y se cotizaban "casamenteras". Como de cualquier modo, aquellas no habrían sido suficientes para satisfacer la demanda de tantos hombres
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La escaséz de buenos tejidos y la modestia general en las costumbres remitía el vest ir a lo que pudiera confeccionarse en las casas. Todas las mujeres aprendían entonces a tejer, bordar y coser, desde niñas.

solitarios, volvería a renacer la importancia del atuendo para que los caballeros compitieran por "sus favores". En consecuencia, tanto por enfrentar al calor como por el beneficio de la elegancia y la coquetería, aquella población no desestimó totalmente ni los sombreros o la sombrilla, los bastones, ni los abanicos. O las sustitutas de éstos: las folklóricas "pantallas". Aún cuando los argumentos mencionados hubieran pesado en las consideraciones para abandonar algo de la ropa europea, no debe olvidarse tampoco que tanto militares como religiosos, siguieron haciendo uso de ella como para representar "con dignidad" la autoridad que investían. Del protocolo oficial -entonces- no desapareció completamente el terciopelo, las sedas y oropeles. Era especialmente desde el plano de la doctrina religiosa católica donde,por un lado se consagraba -de palabra- la sencillez pero de hecho se imponía el esplendor, la estética del brillo y la "virtud" de la riqueza. Y aunque el clima y la miseria condenaban la ropa a su condición de accesorio, los europeos tuvieron que mantener
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las necesarias diferencias con los vencidos. Con aquellos "bárbaros" que aunque desnudos, no abandonaban las primorosas pinturas en todo el cuerpo. Que usaba el nambipay, las pendientes de conchillas, el tembetá y el uso de las plumas en sus ritos ceremoniales. Una vez afirmada la autoridad del poder español, religioso o militar, la escasés, cotizó aún más alto la tela o la ropa de orígen europeo. En medio de las carencias, cualquier tejido importado o los sustitutos industriales del caraguatá o algodón locales, adquirieron un extraordinario valor. Paulatinamente sin embargo, con las distintas expediciones que llegaban al puerto, con otros oficiales que se sumaban a la tarea de la conquista y con nuevos sacerdotes y mercaderes, tambien las comodidades se iban agregando a "la Asunción". Aquellos traían muebles, enseres, ropas, instrumentos musicales. El ganado original ya se había multiplicado lo suficiente para que el cuero se incorpore como materia prima para el vestido -especialmente zapatos- y muebles. Las casas se fueron convirtiendo en pequeñas factorías domésticas donde se hacía todo lo que se pudiera con la materia prima que producían las "chácaras". Cada "enclave industrial doméstico" contaba con husos para la elaboración de hilos, cada uno de ellos tenía su telar y cada mujer -aún niña- aprendía los secretos del hilado, a bordar, coser, tejer y confeccionar la ropa de la casa: manteles, servilletas, sábanas, cubrecamas, cortinados y otros "primores". Ya entonces el vestido había recuperado la totalidad de su valor. Aquello de:"De acuerdo al traje tratan al paje" había renovado su vigencia. Tanto que -como siempre sucede- a falta de otros valores, la gente ponía un extraordinario acento en la ropa. Aún en los más feroces entreveros de aquella época, los combatientes se desentendían del resultado final de la brega ocupandose de desvestir a quienes habían matado para quedarse con sus atuendos. Así, el macabro espéctáculo de nuestras "revoluciones" de este siglo, el de soldaditos muertos, desnudos por el saqueo de sus ocasionales "vencedores", ya tuvo su orígen en la Colonia cuando las disputas entre "comuneros" y fuerzas del "partido jesuítico". Como cuando Asunción fuera asolada por el siniestro Sebastián de León y su "...ejército de indios misioneros", el 1º de Octubre de 1649. Carlos Zubizarreta menciona en su "Historia de mi ciudad" que en la ocasión, podrían haber muerto todos los defensores de Asunción si no fuera porque los indios se entretenían en desnudar a los españoles muertos: "....tasadamente veían muerto a un español cuando había masa de veinte indios en litigio sobre quien habría de llevarse el vestido" .

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Aún en los más remotos parajes, la gente podría estar descalza pero jamás sin sombrero. El cuerpo debía estar abrigado pero no excento de adornos. Los detalles de la "elegancia" que se manifestaban de acuerdo a las posibilidades.

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"Dios te bendiga..."
Luego de la Independencia y durante
el gobierno del dictador Rodríguez de Francia, llegan algunos europeos al Paraguay, atraídos por su "...vaga y oscura celebridad". A las crónicas de estos viajeros debemos el conocimiento de algunos detalles de la vida en la Asunción de aquellos días. Las impresiones recogidas de las contínuas visitas de los hermanos Robertson, John Parish y William -por ejemploquedaron plasmadas en un libro, "Cartas sobre el Paraguay", que se diera a conocer -simultáneamente- en Londres y Filadelfia (Estados Unidos), muchos años después de las experiencias narradas y que comenzaron alrededor de 1811, cuando John Parish iniciaba sus actividades comerciales en el Paraguay. Tanto en éste como en otros libros, muchas cosas llamaban la atención de los extranjeros aunque todo lo referían a los valores de la cultura europea. Desde los modos y las vestimentas hasta la arquitectura y el clima. Y con esos parámetros, las comparaciones no siempre resultaban favorables para la flamante república paraguaya. No obstante, estos cronistas destacaban -aparte del generalizado uso del idioma guaraní- la hospitalidad de la gente, el respeto de los hijos hacia los padres, la belleza de las mujeres así como el lujuriante verdor de los bosques y las campiñas paraguayas. Los Robertson describían -por ejemplo- las peripecias de un viaje a caballo para llegar a Asunción destacando la ".. respetuosa actitud" del dueño de un rancho donde se habían detenido a pernoctar. En la posada, la cena -que también puede darnos algún indicio sobre los hábitos de la mesa en la época- consistía en "...leche, mandioca, miel de abeja y un cordero crecido, asado en una sola pieza". La abundante comida concluía con la ronda de bendiciones que los anfitriones prodigaban a todos su hijos. Estos -nueve en total- según la descripción de los Robertson, se acercaban con las manos unidas frente al pecho y pedían la bendición al padre quien, trazando la cruz en el aire, decía a cada uno: "Dios te bendiga, mi hijo" (o hija, según el caso). El mismo procedimiento utilizaban con la madre. En relación al idioma, destacaban los cronistas "... lo mismo que en Corrientes" el muy poco uso que le daban al español en favor del guaraní. Entretanto, la vida en las casas transcurría plácidamente y en un ambiente de gran respeto. Los hijos asistían a los padres en todas las tareas y aunque más no fuera en el servicio de alcanzarle un vaso de agua, se quedaban esperando que el padre terminase de beber, con el sombrero en la mano o cruzando ".. los brazos al pecho". Las actividades hogareñas se remitían al trabajo cotidiano, a la rutina de prepara la comida, llenar los cántaros de agua, cuidar los cultivos y los animales, limpiar la casa,
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lavar y planchar la escasa ropa que tenían. Todo el mundo sabía montar. Los hombres ejecutaban la guitarra y las mujeres hacían maravillas con el tejido o el bordado. La vida social se reducía a compartir el mate o las comidas, asistir a la misa de los domingos, algún intercambio de visitas, alguna gran comilona con motivo de un santo ára o la fiesta patronal del barrio o el lugar.

Típico rancho del Paraguay. Recinto de las familias paraguayas desde los tiempos de la Colonia. Horcones de madera, galerías abiertas y el entorno de árboles frutales y flores.

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"Queremos casarte..."
En los tiempos de la Colonia y hasta el período independiente, la vida en las casas
del Paraguay transcurría en la monotonía de las actividades que demandaba el sustento de las familias, referidas casi exclusivamente al cuidado de la chacra, de los animales o -eventualmente- confinadas a las actividades religiosas. Ya por asistir a los rituales de la iglesia como por las devociones que se realizaban en las mismas casas, alrededor del nicho o del santuario familiar. Las actividades de "sociedad" se remitían a muy contadas ocasiones. Ellas tenían lugar de acuerdo al ambiente y al "abolengo" de las familias. Cuanto menos de este atributo, más licenciosas eran las costumbres, las relaciones eran menos "ceremoniosas" y las fiestas más frecuentes y de seguro, mucho más divertidas. En las amplias casas solariegas de Asunción, sin embargo, reducto de linajes y señores, las relaciones debían encaminarse de acuerdo a un ritual más formal y preciso. "Tradiciones del Hogar" es un libro en el que su autora, Teresa Lamas C. de Rodríguez A., la primera escritora del Paraguay, relata fielmente alguno de los "incidentes sociales" de aquella época. Por ejemplo, el regreso de Plácido Carísimo a Asunción después de una larga estadía en el extranjero. "No había el jóven acabado de abrazar a los suyos cuando ya empezaron a llegar al viejo caserón de la calle de la Rivera, los mensajes de bienvenida que las relaciones de la familia mandaban por conducto de sus esclavos". Y aquellas amistades de la familia no solo enviaban saludos, sino también "... regalos, dulceras repletas de exquisito contenido, fuentes cargadas de rosquillas, cestos llenos de frutas, bandejas con chipas". Luego del festejo del recibimiento, el jóven Carísimo rendía a sus padres cuenta de sus actos comentándole que durante su ausencia"... había observado sus deberes de cristiano". Más tarde se programaban las visitas de cortesía a familiares y amigos: "... esta tarde saludarás a los Recalde, luego iremos a lo de Jovellanos y si tenemos tiempo...". El libro refiere también el inicio de su noviazgo. Este asunto no era tema que se dejara al exclusivo arbitrio del inexperto jóven por lo que la madre le planteaba la situación de este modo: "Plácido, (..)eres ya un hombre, como que pronto cumplirás veinte años, y es tiempo de que tomes estado". Y aquí el padre remataba: "... queremos casarte y ya te tenemos novia" . Cuando ya el jóven asegurara a sus padres que acataría su voluntad, éstos atinaban a preguntarle si había alguna niña que él prefiriera. El jóven indicaba algún nombre que -casualmente- coincidía con el que los padres habían pensado y ya de inmediato se iniciaban los trámites para "solicitar la mano" de la agraciada.
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La casa patricia de los Carísimo, sobre la antigua calle de la Rivera -actual B. Constant- entre 14 de Mayo y 15 de Agosto, lamentablemente ya desaparecida.

"Vestido de gran ceremonia" y al "..toque de ánimas" iba el padre de Plácido "...precedido por un esclavo que le alumbraba el camino" para el necesario trámite del "pedido de mano" -que ya para entonces- era comentario de media ciudad. Aceptada la proposición, era llamado "el mozo" a la casa de los futuros suegros y quedaba asegurado el compromiso que, para la época, era un juramento de cumplimiento inevitable.
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Hielo y cerveza
Luego de la finalización de la Guerra de 1864-70, Asunción quedó tan maltrecha
y desprovista que, prácticamente hubo que "refundarla", no sólo porque las instalaciones iniciadas durante el gobierno de Don Carlos A. López no estaban terminadas, sino porque la escasa y pobre construcción preexistente había quedado completamente destruida. Pero más que la postración edilicia, eran la miseria, el hambre, la falta de todo, lo que más deprimía los espíritus de los asuncenos. Niños sin padres ni parientes, vagando por las calles; mujeres escarbando en la basura o apostadas en la puerta de comedores y bares en busca de alguna comida; mendigos, "vagos y mal entretenidos" por todos lados; prostitutas y ladrones que convertían a la ciudad en un peligro constante. Ante este panorama, los diarios reclamaban que "... la inseguridad del ciudadano en noches oscuras y calles intransitables, es un hecho que todos lo presenciamos sin encontrar su remedio más que en alumbrado público". Aunque la "luz se hizo" a partir de 1871, la solución de los problemas sociales iba a contemplar distintas y novedosas iniciativas. Como ejemplo de esto "..un tal Sr. Zambonini" se presentó al Gobierno "..solicitando se le den esos niños pobres y sin ocupación que la Policía recoge, para utilizarlos en la enseñanza de la fabricación de cigarros, corriendo de su cuenta la manutención, vestiduras y otros arreglos", según lo publicaba El Pueblo, periódico de la época. El año 1872 se iniciaba con la inminente inauguración de una fábrica de hielo y helados, gracias a la gestión de un industrial de apellido Junquer. Un mes después, también se esperaba que el Sr. Méndez Gonçalvez estableciera una fábrica de jabón y velas con el apoyo de "una máquina de vapor". Otros privilegios otorgados por el Gobierno Nacional fueron a: Federico Sieber , para el establecimiento de una fábrica de cerveza; a Eugenio Vilas, para exportar todo el azúcar que elaborase, también con el auxilio de la máquina de vapor. Ante esas instalaciones que buscaban, al mismo tiempo que la producción de negocios, la paulatina erradicación de la frustración y la miseria en aquella ciudad arrasada, el periódico La Reforma señalaba -como signo de progreso- la apertura de dos casas de comercio y de una peluquería. Diez años después, en 1883, la explosiva combinación de hielo y cerveza había asentado ciertos hábitos porque el Gobierno -ya entonces del Gral. Caballeroautorizaba a José Carbonel y a Leopoldo Wesner a establecer sendas fábricas de cerveza. El 2 de Enero de 1884, se abre el Banco Nacional del Paraguay y se instala una empresa de pesquería (!!), con privilegios para Santiago Paggi, en el sentido de
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Arsenal-cué. De la siderurgia proyectada, en el lugar se instalaron desde fines del siglo pasado, fábricas de cerveza.

explotar la pesca en el río Paraguay, entre Lambaré y Villa Hayes. En 1885, Marcos Quaranta inaugura la primera fábrica de fideos del Paraguay y A. Peña y Cía., obtenía el usufructo -por 20 años- de los tres cuerpos del Arsenal-cué para instalar en ellos "...aserraderos a vapor y alfarería, fábrica de ladrillos, tejas, loza y tubos". Y como hacía falta enfriar mas cerveza, Pecci Hnos. instalaba otra fábrica de hielo.
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CAPITULO 4

CASAS Y LUGARES

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Casas ilustres
Desde la llegada de los primeros europeos a los territorios que serían del Paraguay,
en "...el espíritu de aquellos hombres desmesurados", al decir del insigne Carlos Zubizarreta, se habrían mezclado encontradas sensaciones. Por un lado, la provocada por la visión de aquellos caudalosos ríos, de los bosques inmensos con sus extraños habitantes; y, por el otro, la de la desolación y el aislamiento más completo. Todos habrían tenido la desagradable seguridad que -en aquel paraje- todo era inseguro y que la vida pendía de un hilo. No era de extrañar que la casa -aunque de "modesta fábrica"asumiera entonces las características de un verdadero refugio. Más que los barcos, aquellas moradas los mantenía a salvo de la inestable relación con los indios, a cubierto de los diluvios tropicales y, para asegurar un mínimo reposo, a cierta distancia de los insectos y de las fieras. Aunque las largas correrías en pos del oro y la conquista de nuevas tierras, mantenía a aquellos hombres mas afuera que adentro y mas lejos que cerca, una casa y las connotaciones de refugio y seguridad, justificaban la ansiedad por el retorno a "la Asunción". Inmediatamente a la construcción de la "casa fuerte" en 1537, tres acontecimientos marcaron "a fuego" la disposición del futuro asentamiento: la llegada del contingente remanente de la primera fundación de Buenos Aires, el 6 de Setiembre de 1541; la creación del Cabildo, diez días después de dicho arribo; y, el incendio de la aldea, el 4 de Febrero de 1543. Gracias a aquel primer hecho, vinieron las primeras mujeres españolas, se introdujo el primer ganado (porcino) y se incrementó la población. El Cabildo permitió un mejor funcionamiento del enclave y el incendio obligó a replantear la disposición urbana que, en función a la necesidad de su cercanía al fuerte, se había arracimado peligrosa y promíscuamente alrededor de sus empalizadas. Re-edificada la ciudad, puede apenas deducirse la ubicación de las casas más importantes de la colonia, según las crónicas de la época. Félix de Azara -por ejemplo- refiere que tras el reparto de solares, Domingo Martínez de Irala instaló la suya detrás del Convento de los Dominicos. Cuando llegó el Segundo Adelantado, Alvar Núñez, aparte de ensanchar con "tres mil palmas, la empalizada de la población", mandó edificar una casa con pretensiones "...dignas de su rango", al decir de Zubizarreta. La construcción tenía "...tejados de canales de palma y pajizos" y aunque no se conoce su ubicación exacta, habría estado "...cerca del río (...) entre la actual catedral y el Cabildo (..) sobre suelo que ya se ha desmoronado". Zubizarreta presume que la descripción que hace Aguirre de la casa de Irala, está
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realmente referida a la Alvar Núñez, teniendo en cuenta que Irala la habría ocupado luego del derrocamiento del Segundo Adelantado. Otra de las casas ilustres y sobreviviente hasta este siglo, fué la de Hernando Arias de Zaavedra. "...Enclavada en terrenos que fueron repartimientos de su padre" el primer gobernador criollo la había hecho construir "..sobre un vasto terreno que luego cortaron las calles Buenos Aires, Montevideo y Benjamín Constant". La casa, "...vencida por los años", fue demolida en 1902.

Mas alla del Puerto, la Aduana y "la recova", se observa la silueta de la casa de Hernandarias, primera "casa de los Gobernadores" y también conocida como "Machain cué", dominando la vista del río y el chaco frontero.

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"Caserón de añejos tiempos..."
En un encuentro sobre el tema de la conservación arquitectónica, Anna Gilibert,
profesional italiana, encaró al auditorio con esta paradoja, aparentemente esencial: "...Todos sabemos que los monumentos del pasado no van a existir para siempre .. que algún día serán destruídos por el tiempo ... ¿porqué entonces, este empecinamiento en conservarlos?". A algunos seduce esta observación. Otros, ni siquiera nos la planteamos. Es que mientras los sitios rememoren algún acontecimiento o nos brinden la oportunidad de entender algo más del ayer, sirven. Nadie se pregunta para qué vivir si, "...más temprano que tarde", moriremos un día. Y aún si argumentáramos que los edificios del Paraguay fueron destruídos porque eran puro cascajo, adobe -o estaqueo- y paja, por esa misma razón hubiéramos extremado la voluntad de mantenerlos, como cuando una vida frágil se pone a nuestro cuidado. Lo que si resulta incomprensible es la vocación depredadora de cualquiera que haya adoptado la arquitectura como pasatiempo. O de no-profesionales arquitectos que consintieron en destruir tanta historia y tanta cultura. ¿Alguien se atrevió alguna vez a arrojar al fuego o re-pintar cuadros de Delgado Rodas o de Alborno porque ya no responden a los cánones estéticos actuales? ¿O realizar un arreglo de "Nde rendápe aju" con ritmo de cachaca "...para vender más", justificativo inevitable que hoy mide éxitos y valores?. Es posible que ante esto se enarbole el consabido: "... pero es diferente". Entonces se hace necesario afirmar que nada es diferente cuando la estupidez y la ignorancia -comadres solidarias- siguen marcando las pautas en la producción de nuestra cultura más visible. Asunción fué destruída muchas veces...desde el inicio. La "Asunción colonial" no es más que una metáfora. Lo de "...sus naranjos y sus flores" no fueron más que una licencia poética que no se compadeció de una ciudad entristecida ante tantas agresiones. Incendiada por culpa del fuego para el mate, en 1543; talada de árboles hasta las raíces, por ordenanza de Hernandarias, "... por estar la ciudad muy abajada y sombrada", en 1598; arrasada por el ejército de indios jesuíticos del "...siniestro Sebastián de León" tras la batalla de "las piedras de Santa Catalina", en 1649; arrasada otra vez luego de la derrota "Comunera" en 1735; sometida a una "feroz reforma urbana" por R. de Francia, a partir de 1821 y nuevamente incendiada, saqueada y arrasada cuando la ocupación "libertadora", en 1870. Qué pudo quedar entonces de la frágil Asunción de adobes y estaqueos, de aquellas construcciones pródigas de frescura pero precarias en monumentalidad?. Por alguno de los fenómenos mencionados, no tuvimos oportunidad de apreciar las apacibles casas de los Zavala, Machain, Carísimo, Haedo, de la Mora, Viana, Decoud,
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La casa de la familia Escobar-Abente, demolida en la década del ’70. Ultimo resto de la casa original de los Zavala cuyo frente se encontraba sobre la calle Ntra. Sra. de la Asunción, una de las tantas afectadas por las "reformas de Francia", en 1821.

Recalde y las de otras familias. El poeta Alejandro Guanes las retrató con aquel fulgurante: "Caserón de añejos tiempos, el de sólidos sillares, con enormes hamaqueras en paredes y pilares... ". Lo que vino después, es archisabido. El nuevo siglo derribó lo que había quedado. Algún remanente subsistente al final de éste, es pura casualidad: es que no habrá interesado a gobiernos y empresariado a la medida de una "generación dorada", voraz de mediocridades y sin ninguna conciencia de la historia, para invertir -siquiera- en algún reciclaje reparador.
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Casas en versos
En un artículo denominado "La ciudad mutilada" , he mencionado la destrucción
de recintos importantes y significativos de nuestra historia y sobre la tristeza que en Asunción generan los solares convertidos en páramos, mal llamados "playas de estacionamiento". Italo Calvino sentenciaba que la belleza de una ciudad reside en los rostros de la gente que la habita. La observación nos remitiría a certificar que Asunción no es bella. Lo fué. Ha perdido casi todos sus encantos y sus elementos distintivos esenciales. De aquel esplendor de casas bajas, amplios tejados y aleros, galerías y profundos corredores, patios ajardinados, sólo han quedado algunas fotografías y la expresión de los poetas que, plasmaron en sus versos, el lugar, el paisaje urbano y la casa, aún mejor que aquellas. En los versos de Herib Campos Cervera aparece la relación patria-tierra, nuestro gran hogar, como objeto de nuestros mas profundos anhelos: "....Quise de Ti tu noche de azahares; quise tu meridiano caliente y forestal; quise los minerales que pueblan/los duros litorales de tu cuerpo enterrado, y quise la madera de tu pecho. Eso quise de Ti (Patria de mi alegría y de mi duelo) eso quise de Ti". En la tierra, expresión física del "territorio solar", más de afectos que de encantos paisajísticos, se fortalece -aún en los extranjeros- el amor hacia este "oga-guazu": Los versos del Padre César Alonso de las Heras son precisos al respecto: "...el gesto/de enviarme la tierra colorada, aún caliente de sangre y de cariño. Ya no podrá ser nunca tierra ajena (...) Es mía para siempre. La añoraba". Y tanto como "la tierra" o "la patria", la casa es un tema omnipresente en la obra de los poetas del Paraguay. En cada uno de los versos que la recuerdan, se la presiente como objeto de anhelos, de nostalgias sobre la infancia y como lo que parece ser la historia común: la casa ausente. Ester de Izaguirre nos dice: "Yo nací en esa calle. La casa ya no está. (...) y sin embargo/cuando vuelvo a mi tierra/llamados inaudibles me congregan/en torno a alguna mesa, con un mantel intacto, con guayabas maduras y naranjas tan vivas como días de sol". Santiago Dimas Aranda recuerda a la suya, de esta manera: "De vuelta a la querencia, a la nunca olvidada casa nuestra. Nuestra! porque cada madero nos conoce. ¡Porque reza la historia mil veces repetida/sobre las huellas digitales de nuestras emigradas alegrías!". Jacobo A. Rauskin se suma a las ofrendas por la casa, en este caso, ya ausente de la memoria: "No recuerdo la casa, minifundio abolido. Recuerdo el camino. Tierra descalza, baldío de árganas, de flores, recua de nubes. Puro pasto puro todo". José Luis Apleyard -sin embargo- otorga al hogar una imágen mas apegada a la realidad de lo cotidiano: "Una casa es un llanto/un dolorido balcón de
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En las sombras de esta casa "... alocado el viento brega". Había inspirado los versos de Alejandro Guanes y fué, como tantas casas de Asunción, demolida sin piedad y con ganancias.

mariposas anhelantes (....) Una casa, señor, es una infancia/huyente y malherida de distancia". Pero es Alejandro Guanes quien ha perpetuado el vívido recuerdo a la casa ausente, con "Las Leyendas", poema dedicado a un "puesto" de la antigua estancia de la familia Guanes, cuyo casco principal se encontraba frente a lo que hoy es "Mburuvicha róga": "....Caserón de añejos tiempos, el de sólidos sillares, con enormes hamaqueros en paredes y pilares, el de arcaicas alacenas esculpidas, ¡qué de amores, qué de amores vió este hogar! él que sabe de dolores y venturas de otros días, estructura singular, viejo techo ennegrecido, ¡qué de amores y alegrías y tristezas vió pasar". La casa -ya demolida- se hallaba a la altura de la calle San Antonio, próximo a la vía férrea, en Tuyucuá.
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Casas presidenciales de la posguerra
A pesar de la detallada bibliografía que se maneja hoy sobre los mandatarios del
Paraguay, en la misma no se encuentran datos que refieran la ubicación de sus respectivas residencias. Casi todos los presidentes de la pre y posguerra -sin embargo- vivieron "en los barrios del centro", en las calles del hoy casco histórico, zona matizada en otro tiempo de residencias, consultorios, comercios, industrias y baldíos. El día que renunció Cirilo Antonio Rivarola, accedió a la Presidencia de la República, Salvador Silvestre del Rosario Jovellanos, militante de la Legión Paraguaya desde su inicio y quien viviera en una casa todavía existente, en la esquina de Palma y 15 de Agosto. En 1874, accede a la presidencia, Juan Bautista Gill. Gill vivía en una casa que sobrevive penosamente en la esquina de Yegros y 25 de Mayo y ocupada hasta hace poco, por el bar "Estrella". Su sucesor, José Higinio Uriarte, vivía dos cuadras más abajo, en Pdte. Franco e Independencia Nacional, casi frente al lugar donde habían asesinado a Gill. Parte de la casa existe. Tanto Gill como Uriarte tenían otras propiedades. El primero compartía con su esposa, María Concepción Díaz de Bedoya (luego de viuda, sería esposa del Gral. B. Caballero), los dominios del actual "Parque Caballero"; y el segundo, era dueño de extensos territorios al sur de la ciudad, prácticamente desde el límite del égido urbano hasta los bañados de Tacumbú. El Dr. Rafael Oddone, aseguraba que en la esquina de la actual calle Colón con la de Humaitá, existía una tranquera que introducía a aquellas posesiones. Cándido Pastor Bareiro (que no tuvo nada de cándido y mucho menos de pastor) fue presidente entre 1878 y 1880. Mientras estuvo en el cargo se sabe que vivió en la casa de Mcal. Estigarribia casi Palma. La amplia edificación de dos plantas está casi intacta. Bareiro fue nieto del prócer Pedro Juan Caballero y la tradición oral asigna como la casa una demolida sobre Pdte. Franco entre Yegros e Independencia Nacional, donde alguna vez funcionó la "Alianza Francesa". A Bareiro sucede el Gral. Bernardino Caballero, quien vivió en la casa que fuera del Mcal. López, en la esquina de Palma y Ntra. Sra. de la Asunción. Desde el 7 de setiembre de 1883, cuando contrae nupcias con la viuda de Gil, Caballero comparte con la citada, Ma. Concepción Díaz de Bedoya, la posesión del actual parque. El general habría muerto en la casa de dicho solar aunque algunos "memoriosos" mencionan también que el deceso se habría producido en el edificio que sirve de sede al Ministerio de Educación y Cultura, Chile entre Humaitá y Piribebuy y que habría sido su domicilio cuando entonces. El 25 de Noviembre de 1886, accede a la Presidencia de la República el Gral.
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Patricio Escobar, quien vivía en una casa hoy ya desaparecida, en la esquina de Ntra. Sra. de la Asunción y Gral. Díaz. En esta casa de corredores y amplio patio interno, llegó a guardarse la imagen de la Virgen de la Asunción cuando el oratorio aún no estaba concluido. En los últimos años de su vida, se veía a Escobar en la casa de su hijo, el Dr. Benigno Escobar, mansión que subsiste en la esquina de Haedo e Independencia Nacional. Todas las tardes, el viejo general acostumbraba a sentarse al abrigo del zaguán de dicha casa, por lo que los chiquilines del barrio le llamaban "....el general zaguán".

La casa de Salvador Jovellanos, conocida hasta el día de una desgraciada intervención "modernizadora", como la "casa Casaccia" .

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Esquinas peligrosas
Con el "arreglo urbanístico" realizado por el Dr. Francia en 1821, aparecieron
las esquinas en Asunción. Luego de 284 años de vivir a espaldas de la Ley de Indias , se concretaba en la capital la erradicación de la serpenteante línea de calles y senderos que se habían formado alrededor de los barrancos y arroyos para someter -finalmente- la ciudad a los conflictos con la geométría. Asunción contaba finalmente con cuadras y manzanas, las que tampoco resultaron tan cuadradas ni tan regulares. Aparecieron desde entonces aquellos puntos de inflexión en la ciudad, los que se convertirían con el correr de los años en lugares de reunión, de furtivos encuentros así como de celadas y torvas esperas en "honor" a la víctima de ocasión. Argumentando precísamente razones de seguridad frente el abortado plan contra su vida, el Dictador había dispuesto en aquel año el abandono de la suelta y fascinante disposición de la Asunción para reemplazarla por el trazado "en damero". Aquel acto insensato hizo que fueran demolidas -según algunos- más de 500 construcciones. Realizado con tan escaso rigor profesional como exceso de rigor represivo, el procedimiento determinó que se partieran algunas casas por la mitad, quedando los "señores" de un lado y la servidumbre del otro lado de la calle. El hecho no sería tan malo si no fuera porque del lado de la servidumbre quedaron también las caballerizas, la cocina, los excusados y otras instalaciones de la casa y del otro, las habitaciones de los dueños. Que de extraños "paseos" se habrían visto entonces cuando señores y sirvientes cruzaban de un lado a otro de la calle, llevando o trayendo enseres, comida, ropa lavada o planchada hasta que la casa afectada hubiera re-compuesto sus equipamientos en un sólo predio. En otros casos, para salvar lo que había quedado en el aire o peligrosamente inestables, aparecieron extrañas tipologías que en nada tenían que ver con las típicas construcciones de entonces. Con las casas, se perdieron también árboles, aljibes y -sobre todo- calles, ya que a partir de las "reformas", los raudales se llevaron las nuevas abiertas sin ningún miramiento. Los raudales recrearon los zanjones que antes coincidían donde debían: en el lecho de los arroyos. Si bien aquel "laberinto arquitectónico" de la Asunción colonial pudo haber alentado los recelos del Dictador, la nueva disposición urbana y los enconos acumulados con la Guerra del ’70, convocaron también la intolerancia y la violencia. En las esquinas de Villarrica (Pdte.Franco) e Independencia Nacional y en la de esta calle con la de Palma, fueron asesinados el Presidente Juan B.Gill en 1877 y el exPresidente Cirilo A.Rivarola en 1879, respectivamente. Estos y otros crímenes perpetrados en esquinas -todavía sin ochavas- o que fueron amparados en la penumbra de profundos corredores, motivaba el temor de los transeúntes hacia las
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impredecibles bocacalles de Asunción. Se cuenta que dos veteranos de la guerra y de las lides políticas locales, los generales Bernardino Caballero y Patricio Escobar, al llegar a una esquina sin ochavas, bajaban a la arenosa calzada y daban un amplio círculo, como para evitar a posibles emboscados del otro lado.

El Mercado Guazú y más abajo, dos esquinas fatales: Palma e Independencia Nacional, donde fuera apuñalado Cirilo A. Rivarola. A lo lejos, en Independencia Nacional y Pdte. Franco se recorta el palacio Barrios, desde donde salió Nicanor Godoy para matar al entonces presidente Juan B. Gill.

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El cerro Tacumbú
Hasta los últimos años del siglo pasado, Asunción había conservado el limitado
casco de unas 100 manzanas, resultado de las "reformas" implementadas por el Dictador Francia, en 1821. Las calles de la periferia -entretanto- seguían manteniendo el sistema de "atajos" y cruces, a través de la gran cantidad de terrenos baldíos o de las numerosas casas dispersas en el arrabal aledaño al casco céntrico. Por entonces, los únicos espacios cercados de aquellos barrios, eran los "chiqueros", gallineros, tambos o huertas de las casas. Lo demás quedaba sujeto al abrigo (y la confianza) de la colectividad vecinal. Es que con aquellas calles llenas de charcos y zanjones -con mechones de kapi’i pe y ñana rogüe ty entre el tosco pavimento de tierra- los cercos y muros perimetrales eran un lujo innecesario. Recién en Setiembre de 1899, el contratista Luís Bazzano, presentaba a la Municipalidad las facturas de liquidación por los empedrados construidos en la calle 25 de Diciembre (Chile) entre Manduvirá e Ygatimi. En Mayo del año siguiente, el mismo empresario completaba los pavimentos pétreos de algunos tramos de la calle Igualdad (25 de Mayo) al Este de la plaza "del Uruguay". En Setiembre del mismo año -por lo leido, fructífero en empedrados- se hallaban concluidos los de las calles Asunción (Mcal. López) entre Antequera y Tacuarí; Sebastián Gaboto (M.Gondra) desde el Parque Caballero hasta la entrada de la Estación del Ferrocarril; Tacuari entre España e Igualdad además de otros tramos de las calles Antequera, Libertad (Pdte.Franco) y Pdte. Carnot (Mcal. Estigarribia). La expansión urbana de aquel 1900, se completaba con el empedrado de la ya mencionada calle Pdte. Carnot entre Estados Unidos y Brasil, construido por el mismo Bazzano. En Agosto de 1901, se construían los empedrados de la calle Cnel. Martínez (Haedo) entre Alberdi y 14 de Mayo mientras que en Setiembre del mismo año, se completaban los de Ayolas entre Estrella y Gral. Díaz, todavía en pleno "casco histórico" asunceno. Pero a medida que aquellos pavimentos eran terminados, el cerro Tacumbú iba perdiendo altura como resultado de la irracional comodidad de descastar los promontorios quitándoles su cima. Es cierto que el de Tacumbú sirvió para que se cubrieran las calles de Asunción con la negra dureza de la piedra, pero aquel peñazco desde donde atisbó el cario el arribo de las huestes españolas y que -desde entoncesreferencia la llegada los territorios de "la Asunción del comunero", se redujo a un triste montículo que ya pocos recuerdan. Cercado de cuarteles, el barrio quedó asociado a un cerro ya inexistente, donde el hueco que marcaba su antigua presencia solo conservó el recuerdo del triste paso de los presos políticos los que, con sus grillos a cuestas, se dirigían al cotidiano martillar
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Llegada a Asunción, desde el río, ya cerca del acceso a la bahía. Tacumbú ya había quedado atrás, pero desde los tiempos de la colonia, era lo primero que se veía al aproximarse a la capital.

de aquella piedra destinada a los muros y calles de la ciudad. Otros sólo recordaban que, de tanto en tanto, cuando todavía cerro, Tacumbú recibía la madrugada con los estampidos de algún duelo. Los duelistas, mentores de una moral distinta, buscaban entonces el abrigo del cerro para dirimir disputas donde cada uno se jugaba la honra sin saber (o creer) que -a veces- quien no tenía honra tenía sin embargo, muy buena puntería.....
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Bares del arrabal
La falta de lugares de reposo para los visitantes de Asunción habría motivado la
aparición de los primeros negocios dedicados a ese ramo. Eran las "posadas" que ya en los recintos urbanos o en el camino entre la capital y cualquiera de los puntos del interior, se instalaban para atender a los viajeros... y a los caballos. Eran las "estaciones de servicio de la Colonia". El sistema se prolongó hasta fines del siglo pasado, cuando se produce la llegada al Paraguay del importante contingente migratorio inducido por el término de la guerra del ’70. Ante los mismos requerimientos de cobijo y comida, fueron abriéndose fondas, pensiones y hoteles en Asunción. Estos eran también lugares de reunión de aquellas colectividades hasta que ya instaladas y consolidadas sus actividades, formaron sus propios clubes para "sobrevivir" -animicamente- en este Paraguay tan "extraño" y tan lejos de todo. Portugueses, italianos, españoles, alemanes, catalanes, árabes y hebreos, en ese orden y desde 1871 hasta la segunda década de este siglo, fueron fundando sus respectivos "centros" donde, evocando a la lejana patria y -sobre todo- en la degustaban de sus bebidas y comidas, buscaban atenuar la nostalgia. Finalmente y con estas inducciones, la modalidad de apelar a una mesa bien servida -que no fuera la de la casa- se hizo también costumbre en los asuncenos. Los hoteles dieron comienzo al espectáculo. Eran memorables las noches del Cosmos (anteriormente Hotel Argentino) o del Hispano Americano. La diversión se extendió -ya en este siglo- a los bares, no sólo como lugar de comida o relacionamiento sino donde también podía encontrarse música, ocio, azar... en una palabra: diversión. Mucho de todo ésto hizo que estos locales fueran relacionados con la bohemia y la vida alegre. En una sociedad sufrida, todavía doliente por tantas pérdidas anteriores, donde no era bien vista ni siquiera la diversión, qué podría pensarse de un bar y de sus parroquianos!!. La cosa se agravó cuando los mismos fueron ganando los arrabales de Asunción. Fuera del cerco social que imponía el centro, aquellos "antros de diversión" degeneraban fácilmente en sangrientos conflictos por cualquier motivo que no fuera importante, como un color partidario o una pollera. Ya cerca de la mitad de este siglo, algunos estos "centros nocturnos", herederos de todo el "sabor" de aquellos bares asuncenos de antaño, eran: "El suspiro", en la loma Clavel (Oliva y la Plaza de Rodríguez de Francia), donde fuera herido el poeta Emiliano R. Fernández y de cuya consecuencia llegó -finalmente- a la muerte. "El gato negro", en Manduvirá esquina Yegros. Allí se bailaba de noche, aunque la actividad comenzaba muy temprano, al caer el sol. En el sitio cantaba "Ramoncito" Achinelli, cantor de zarzuelas españolas.
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Vista del barrio San Roque, desde el "cerrito Antequera". Estos lugares eran célebres por sus francachelas y bailes populares, tanto en la casa de Cantalicio Esquivel, a los piés del "cerrito", como en la vecina "loma Tarumá".

"La querencia", Manduvirá entre Ntra. Sra. de la Asunción e Independencia Nacional. En una noche de verano de 1945, sobre una mesa de este bar, un oficial de policía se pegó un tiro luego de escuchar los melancólicos y tristes versos de la polka "Ndaipokuaai ne pore’y"; y finalmente, en Pinoza y en la misma dirección: Eusebio Ayala y Centenario, rivalizaban "El mango", de Cedano Acosta, y el "Bar Guaraní" de Ulises Scholl, ambos locales con pista de baile incluida.
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Restaurant "La Alhambra"
No pasó mucho tiempo -desde la finalización de la guerra del ’70- para que el
Paraguay estuviera nuevamente enfrascado en un conflicto de proporciones, esta vez con Bolivia; aunque desde aquella ruinosa época no faltaron ocasiones de practicar nuestro valor con las armas. Lo hacíamos -como habitualmente- entre "locales" a falta de contendientes internacionales. En efecto, ni bien apagados los rescoldos del "marzo de Cerro Corá" y hasta la segunda década de este siglo, no faltó uno solo de los ingredientes que matizaran -regularmente- nuestra democrática convivencia de siempre: complots, cuartelazos, asesinatos políticos, degollamientos y atracos a la Policía y al mismo Parlamento Nacional. Hasta tuvimos un ensayo general "a toda orquesta" en 1922, cuando 10 años después ya atronaban de nuevo el aire, los clarines de guerra. Allá fuimos y devueltos del "infierno del Chaco" en 1935, con el ánimo hecho pedazos y con el muñón de país que nos quedaba, Asunción se reconstruía -así como al término de la "cruzada humanitaria de la triple alianza" en 1870- con un inusitado despliegue de actividades para la distensión y el buen vivir. El "centro", permanente catalizador de las tendencias sociales, se convertía -como por arte de magia masoquista- en un interminable desfile de paseos familiares, lujosos automóviles y bellas figuras femeninas (y algunas masculinas), rondando alrededor de los cafés, bares, las sombrererías y los centros "del buen vestir". Entre las "gorrerías" -como le llamaba la gente a las sombrererías- había una ubicada en Palma entre Convención (O’Leary) y 15 de Agosto, qué convocaba a las damas y a los caballeros a cubrirse la cabeza con elegancia. Algunos años después, esta tienda fue consumida por las llamas. Otra se hallaba instalada en la misma Palma, ya casi 14 de Mayo. Este negocio pertenecía a la Sra. Lola Corvalán de Rodi e importaba sombreros de París. Entre las tiendas, se destacaba la "Gran Casa Francesa" de León Levy, en Palma entre 14 de Mayo y 15 de Agosto. Y también sobre Palma al 125, se encontraba "The Derby", el lugar de la elegancia masculina. Pero los vestidos había que exhibirlos. Y para eso estaban los bares, cafés y restaurantes; como el "Ideal", frente al Teatro Municipal, el "Bar y Café La Bolsa" -actual Bolsi- y, mas tarde, el "Vertúa", hoy ya desaparecido. Locales donde además de la billetera bien provista, era indispensable la indumentaria elegante, saco y corbata para los hombres. Cuando entonces uno podía carecer de todo abajo de la ropa, pero arriba debía estar el traje bien puesto. Y con sombrero!! Mientras tanto, en la esquina de Pdte. Franco, Alberdi y B. Constant -en la década del ’50- sentó sus reales el "Restaurant La Alhambra". El local se instalaba en una casa
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que había pertenecido a la familia Saguier Echenique y que había sido ocupado anteriormente por "La Bodega Alemana", del ciudadano alemán, Bernard Schuweius. El negocio se llamó luego "Bar El Correo" y posteriormente "El Bodegón". Con este nombre se mudó a otra esquina del microcentro mientras el local -vendido a unos empresarios españoles- quedaba frente al Correo Central, convertido en el legendario "Restaurant La Alhambra".

Mientras los caballeros discuten sobre el gobierno o las carreras de caballos, las mujeres salen del silencio, iniciando los paseos por Palma. "Tailleur" y sombreros importados de Europa... y compras, algo impensable unos años antes.

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Loma Cabará
En la "Loma Cabará", se presume, estuvo la "Casa Fuerte" que dio origen a "la
Asunción". No queda nada que lo recuerde. El sitio fue ocupado sucesivamente por otras instalaciones y edificios igualmente carentes de materiales más resistentes al paso del tiempo. Hasta hace muy poco estuvo aquí el Estadio Comuneros. Era una construcción de madera que suplantó al yuyal que quedó luego del incendio que destruyó la antigua Iglesia de la Encarnación, el 4 de Enero de 1889. Esta Iglesia fue la primera Catedral que tuvo la capital. Más antes, desde 1621, se afincó en el sitio el Convento de Santo Domingo de los sacerdotes Dominicos, según datos de algunos historiadores. Como augural indicación de que no sólo los políticos de nuestra historia fueron intolerantes y arbitrarios, los miembros de esa Congregación fueron expulsados y destruido su Convento por el Obispo Cárdenas, en 1642.
El sitio del antiguo templo de la Encarnación, asentado en la Loma Cabará, visto desde la torre del palacio de López.

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La "Loma Cabará", el espacio vacío a la izquierda de la imágen, cerca del Palacio de Gobierno y adyacente al antiguo Colegio Jesuítico, hoy oficina del Parlamento.

Tres años más tarde, los Dominicos volvieron al lugar y re-edificaron el Convento y la Iglesia. Por esa presencia, una de las primeras calles de la ciudad, la actual "avenida República" se llamó - desde tiempos inmemoriales- Calle del Convento de Santo Domingo. El plano de Félix de Azara muestra a la vera de la loma la presencia de la "Laguna de los Patos" y los embarcaderos "del Colegio", uno de los puertos de la Colonia. Desde la desembocadura de la "Laguna" al río hasta el sitio en que se estrechaba para convertirse en el arroyo del "Pozo Colorado", se encontraban cuatro puentes que posibilitaban la circulación sobre el curso de agua. El nombre del vecindario, "Barrio de las Barcas" sugiere la presencia permanente de las embarcaciones en el sitio, seguro refugio contra los vientos y las correntadas. Ya después de la Independencia Nacional, el Templo del Convento pasó a ser Parroquia de la Encarnación. Al morir el Dictador Francia, sus restos fueron sepultados en la Iglesia y de allí desaparecieron algunos años después.
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La Escalinata
En un territorio que coincide -aproximadamente- con su microcentro, Asunción
estaba surcada hasta comienzos de este siglo, por 5 arroyos. Uno de ellos, bañaba un populoso y humilde barrio conocido con el nombre de "Ykuá Satí", en el sur-este de la ciudad. Tenía su naciente entre las actuales Tte. Fariña, Parapití, Sta. María y Estados Unidos, en los bajos del "cerrito Antequera", hoy asiento del conjunto de escalinatas que enaltece el recuerdo de la Revolución de los Comuneros, ahogada en sangre en 1735. Aquella corriente de agua seguía el curso que llevaba la calle "...de San Roque" -denominada hoy Antequera- hasta la bahía, pasando por el costado Este de la actual Plaza Uruguaya. En cuanto al "cerrito Antequera", también era conocido como "Sanson Cué", por el nombre de una escuela ubicada en la cima del promontorio.

El camino serpentea en el antiguo "cerrito", bajando hacia la calle Antequera, antes de la construcción de las "escalinatas".

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Desde el mismo sitio que la imágen anterior, puede verse la intervención del Arq. Alfaro, ya concretado en monumento a los Comuneros.

En el lugar crecía el araticú y entre las piedras, se podía encontrar el "...ka’arurupe, de raíz jugosa y medicinal", según la descripción del poeta Antonio Ortíz Mayans. Las escalinatas fueron construidas en 1928, durante la Intendencia del arquitecto Miguel Angel Alfaro quien, con el ingeniero De Jerica y el constructor Pozzi, fue el responsable de la erección. El primero a cargo del diseño y los segundos, de la ejecución de los trabajos. La escultura que corona la columna recordatoria es una réplica de una pieza hallada en 1863, en la isla de Samotracia y que recuerda un éxito naval de los antiguos griegos. "La Escalinata" - como se le llama comúnmente al monumento - es un hito ciudadano de gran belleza y una eficaz solución urbanística, que ha permitido el mantenimiento de un vecindario apacible y a salvo del fragor del tráfico, prácticamente en el microcentro de Asunción. En los alrededores vivió el poeta Manuel Ortiz Guerrero, el Presidente Juan Manuel Frutos y el Dr. Ignacio A. Pane, entre otras personalidades. Para lugares con las mismas características, el arquitecto Alfaro tenía planeada una serie de obras semejantes que - lamentablemente - no llegaron a concretarse.
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Loma San Gerónimo
La loma de "San Gerónimo" es uno de los sitios más característicos e ignorados de
Asunción. Ubicado en el ángulo formado por la bahía y el río Paraguay, hacia el sur, alberga una conformación urbanística y urbana que representa con gran fidelidad el aspecto que tenía Asunción, antes de las reformas del Dr. Francia, en 1821. Con un dispositivo tortuoso, de escalinatas y recodos que serpentean entre pequeños jardines y tendales de ropas, las callejuelas de la "loma" no alcanzan el metro de ancho en la mayoría de los casos y lo más curioso de todo, a escasos metros del microcentro de la capital. El sitio, de aventajada posición sobre el entorno, había dado lugar -desde los tiempos de la colonia- a emplazamientos de baterías para la defensa de la ciudad, los que todavía pueden observarse en los alrededores. Estas defensas fueron la última contención a los embates de los acorazados brasileros antes de la caída de Asunción, en los primeros días de Enero de 1869, casi al final de la Guerra del ’70. De la misma forma sirvieron cuando las distintas "revoluciones" que azotaron al Paraguay, en especial la de 1904. Muy cerca, al sur, frente a la actual Plaza José Gaspar Rodríguez de Francia, nombre que también ha recibido el barrio, está la loma "Cachinga" y ya hacia el Hospital de Clínicas, la loma "Clavel" en uno de cuyos bares, "El Suspiro" fuera baleado el poeta popular Emiliano R. Fernández. Como la loma "San Gerónimo" estos sitios fueron - desde siempre - lugares de arrabal, conventillos y serenatas y adquirieron fama por sus fiestas y francachelas, las que tenían lugar aún en horas de la mañana. En la ladera norte de la loma, hacia el río, ya en la desembocadura del arroyo Jardín, entonces transparente arroyito que bañaba la ladera de la loma y los patios de los ranchitos de la vecindad, se encontraba la famosa playa "Carrasco", lugar de concurrencia estival y balneario "popular".

Desde el puerto y a través de los embarcaderos del oeste, puede verse la silueta de la Loma San Gerónimo. Al pié de la loma San Gerónimo, hacia el río, se econtraba la "Playa Carrasco", balneario y centro de lavado de ropas.

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La Iglesia de Trinidad
La población de Ybyrai ubicada a un poco más de 5 km. al nor-este de Asunción
fue el lugar elegido por el Presidente Carlos Antonio López para la construcción de una Iglesia. El nombre del lugar se refería al arroyo y a la cañada que bañaba amplios sectores de dicho poblado. Si bien se trataba de una antigua comunidad dentro del extenso Curato de la Recoleta, la decisión de su construcción habría obedecido -fundamentalmente- al hecho que el mencionado mandatario tenía su quinta en el lugar y requería de una iglesia donde acudir con su familia a rezar y escuchar misa los domingos. La quinta, en los actuales dominios del Jardín Botánico y Zoológico, era en realidad una posesión de la esposa del presidente, Doña Juana Carrillo, que la había recibido en herencia de los Viana, familia lugareña de antigua prosapia.

La Iglesia de Trinidad, emerge a lo lejos. La vista habría sido tomada desde la "casa alta" de Don Carlos A. López.

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La Iglesia consagrada a la Trinidad, edificada por orden de Don Carlos Antonio López y bendecida "con arreglo al Ritual Romano", el 13 de Abril de 1856.

Para el inicio de la obra, alrededor del año 1852, López eligió una plaza en un sitio prominente del citado poblado. Según la historiadora Margarita Duran Estragó, "... a fines de 1853, las paredes ..... ya llegaban al techo y en enero del siguiente año, se alzaron las primeras piernas de llave". En mayo de 1854, el presidente López ordenó al Jefe de Urbanos de Yaguarón para "... que tomara las medidas de dos retablos colaterales del templo de su pueblo" y los enviara a Ybyrai. En Octubre del mismo año, 8 carretas conducían a la flamante Iglesia consagrada a la Santísima Trinidad, denominación que se trasladó posteriormente al poblado, los antiguos retablos de madera de la Iglesia de Yaguarón, los que dan realce y jerarquía al templo. El templo fue bendecido el 13 de Abril de 1856 ".. con arreglo al Ritual Romano" y en algunas de las pinturas del artesonado, trabajó también el arquitecto italiano Alejandro Ravizza.
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PLAZA INDEPENDENCIA
Acontecimientos Casi todos los acontecimientos ocurridos en el Paraguay, tanto en la Provincia o
como en la República independiente, se escenificaron en la Plaza Mayor, hoy conocida como Plaza de la Independencia. Ese lugar fue entorno del primer Cementerio de la ciudad y de los solares repartidos alrededor de la Casa Fuerte original. Fue el lugar donde el pregonero, junto al alto madero conocido Rollo o Poyo, leyera los bandos reales y ese mismo espacio presidió las movilizaciones ciudadanas de la Colonia, para la paz o para la guerra: las procesiones o el Paseo del Estandarte Real, las "carreras de cañas" -especie de lance de caballería de antaño- o, las concentraciones armadas de los cabildos ante la acechanza de los indios o de los mamelucos portugueses. En esta plaza se juntó la caballería comunera antes de ir a combatir al ejército jesuítico en Tabapy y Tebicuary. Desde 1767 a 1811 aquí vivieron los Gobernadores. También

Formación de soldados en la Plaza. Detrás de los soldados, sus madres, sus mujeres o sus hijas. Espectáculo habitual de las "revoluciones" del Paraguay.

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Fuerzas del gobierno acantonadas en la Plaza cuando la "Revolución de 1904".

tuvieron lugar las acciones que desembocaron en la Independencia Nacional, como la intimación al Gobernador Velasco por parte del Capitán Pedro J. Caballero y sus compañeros del Cuartel de la Ribera, localizado igualmente en esta plaza. Vivieron aquí el Dr. Gaspar Rodríguez de Francia y Fulgencio Yegros, que gobernaron la joven república desde la antigua casa de los Gobernadores. En los "bajos" de la plaza, hacia la bahía, fue fusilado el mismo Yegros por orden del "hosco dictador". Don Carlos A. López iba y venía a través de esta plaza desde su casa hasta el Palacio de Gobierno, ubicados éstos en uno y otro extremo del lugar. Acontecimientos de todo orden aunque igualmente importantes, como el nacimiento del Teatro, los ensayos de la primera Orquesta Nacional, el Congreso Eucarístico y el primer partido de fútbol. Desfiles , fiestas patronales, retretas, paseos y concentraciones, todo tuvo de escenario la histórica Plaza de la Independencia del Paraguay.
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CAPITULO 5

CASAS Y PRESIDENTES

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Linaje de conquistadores
Un repaso a la genealogía de algunos de los próceres y primeros presidentes de la
posguerra del ’70, permite verificar la incidencia de "Chomín" Martínez de Irala y otros "conquistadores" en la diseminación de apellidos en el Paraguay e -inclusoen la Argentina. De hecho, es conocido que la primera división en la sociedad paraguaya, en la larga lista de divisiones y "partidos" desde los lejanos años de la fundación, empezó con el enfrentamiento entre "aislacionistas" y "expansionistas". Los primeros, del partido de Irala, en favor de "poblar" antes que "conquistar", estaban seguramente hartos de los sacrificios que imponía la conquista, en parajes tan lejanos del oro prometido y tan cerca de tanta indígena desnuda. Como puede suponerse, triunfaron los "Iralistas", no tanto porque la tesis del grupo era correcta, sino porque apresaron o mataron a todos los que se les opusieron. Ya para entonces y también de acuerdo a lo que se estila actualmente, los nombres de las facciones habían cambiado, unos eran "tumultuarios" y otros "leales" . Algunos de éstos muy próximos a la horca- fueron convencidos de casarse con las hijas de Irala para salvarse. Se volvieron "tumultuarios" y casados .. pero salvaron "el pellejo". Precisamente uno de aquellos "leales", Alonso Riquelme de Guzmán , desposó a Ursula, hija de Leonor, con la que fue ascendiente -seis generaciones después- de tres próceres de la independencia: Juan Antonio Fernández Montiel, Mariano Antonio Molas y Fernando de la Mora. Con esta línea sucesoria se emparentaron también los Viana, cuya genealogía envuelve a Pedro Juan Caballero, otro prócer de la independencia (su esposa era una Mayor-Viana), a Doña Juana Pabla Carrillo de López, madre del Mariscal (su padrastro fue un Viana); y alcanza a los más encumbrados estratos sociales rioplatenses por el matrimonio del presidente argentino Manuel Quintana (1904-06), con la paraguaya Susana Rodríguez Viana. Aunque no todos tengamos semejantes ascendientes en el patriciado criollo, el uso nacional (especialmente en el cuartel o después de las primeras copas) determina que en el Paraguay, los de apellidos iguales se traten de "pariente". Esta costumbre deviene talvez de nuestro común -aunque no certificado- origen y aunque huela a tufo de alcohol o emerja de la solidaridad cuartelera, talvez seamos efectivamente "parientes". Así por ejemplo, en cartas que Antonio Tomás Yegros le dirigía al Dr. Francia, le trataba de "Querido pariente", porque la madre de éste era también "una Yegros". Es casi seguro que otros conquistadores, como Juan de Garay, Salazar y los otros yernos de Irala -tanto como nuestro primer Gobernador- tienen sus semillas en el copetudo linaje de muchas familias paraguayas. Otros sin embargo, por imprudentes
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El "Ykua Carrillo", nombre con el que era conocido un antiguo manantial cerca del Botánico, habría sido en realidad "Ykua Viana", en alusión a los dueños originales de esos territorios. Una Viana fue suegra de Pedro Juan Caballero y otro, fué padrastro de Juan Pabla Carrillo, madre del Mariscal López.

o descuidados, murieron en el intento. El pionero Alejo García lleno de oro luego de regresar del mismo Perú, decidió "descansar" con unas nativas, cerca del actual San Pedro. Fue asaltado y muerto en el mismo lugar. Y Diego de Abreu, el último de los "leales" del partido de Alvar Núñez, una suerte de guerrillero solitario, inhallable y molesto, fue muerto de un "ballestazo" que lo clavó al horcón del precario rancho donde vivía con una indígena, cerca de los montes de Acahay.
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Mburuvicha roga kuéra
Aunque
las casas consulares del Paraguay fueron desapareciendo según iba consumándose la combinación de tragedias naturales y "antinaturales" (éstas son producidas por la estupidez y la ignorancia), no quedó en nuestra capital prácticamente sitio que venerar. Los pocos -muy pocos- a contabilizarse fueron los ex cuarteles, Colegio de San Carlos y Casa de "Recogidas y Huérfanas" (hoy devenida en "casa de no muy recogidos parlamentarios"), la Catedral y alguno que otro pedazo de muro de adobe escondido entre los pliegues de la "modernidad" que trasformó a Asunción en lo que es. Si el objetivo de estas desapariciones fuera el olvido de sus moradores, el operativo resultó francamente exitoso. Nadie recuerda hoy al Dr. Francia y sus compañeros de la independencia, a Don Carlos, al Mariscal, a Facundo Machain (a él realmente nunca le recordaron), a Cirilo A. Rivarola y a los otros presidentes que vinieron con la sanción de la llamada "Constitución del ’70". Según Julio C. Chávez, antes de la revolución del 14 y 15 de Mayo, el Dr. Francia habría vivido cerca del Convento de la Merced , en la dirección de la actual calle Chile. Se sabe que también tenía su chacra de Ybyrai, cerca de Trinidad. El edificio que sobrevivió en el lugar y conocido como la "casa Francia", sería en realidad la edificada por su nieto, Agustín Cañete, poco después de la finalización de la Guerra del ’70. Como se sabe también, al ser elegido Dictador, Francia "....abandonó su casa en la plazuela de la Merced" y fue a vivir a la casa de que fuera ocupado por los gobernadores tras la expulsión de los Jesuitas, en 1767. La casa, demolida en 1913, "...era baja y blanqueada, techo de tejas, anchos corredores, con numerosos pilares". Don Carlos tuvo su casa en Asunción además de la hoy conocida como "Casa Alta" del Botánico, que había hecho construir en los terrenos de su esposa, Doña Juana Pabla Carrillo. La de la capital, se encontraba al costado de la Catedral, sobre la acera sur de la calle El Paraguayo Independiente, entre las calles Chile e Independencia Nacional. "Fantástico y paraguayo", comentaba del edificio el capitán Richard F. Burton, en sus "Cartas de los Campos de Batalla del Paraguay", editado en Londres en 1870. La casa, con su frente sobre la gran plaza contaba con un piso superior "..soportado por 15 pilares encarnados, con extraños capiteles como egipcios, formando el profundo alero". Sucesivamente transformado, incorporando en su historial el alojamientos a instituciones y demoliéndose de a poco procedimiento depredatorio hasta hoy exitoso- el edificio desapareció definitivamente cerca de 1920.
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Antes de la construcción del Palacio -hoy de Gobierno- Francisco Solano López tenía su casa en la esquina formada por las calles 25 de Noviembre, hoy Ntra. Sra. de la Asunción, y Palma. Durante la guerra, la casa fue ocupada por el Gral. Manoel Luís Osorio, luego fue cedida al Gral. Bernardino Caballero y en 1906, vendida al alemán Otto Zinnert, quién alojó en sus dependencias a la Armería Alemana. Facundo Machain habría vivido en el ya mencionado "Machaín Cué". Cirilo A. Rivarola lo habría hecho en los antiguos solares de los Rivarola, 15 de Agosto entre la calle de la Ribera (B. Constant) y El Paraguayo Independiente. Ambos murieron asesinados. Machain en 1877 y Rivarola en 1879.

La casa de "madame Mère", como le llamaban a la Doña Juana Pabla, esposa de Don Carlos. Este grabado refiere una formación militar frente a la casa del Presidente en 1859.

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Mburuvicha róga
La sanción de las primeras constituciones del Paraguay, tuvo situaciones dramáticas
e imprevistas. En 1870 y aún antes del inicio de la era constitucional, Machain , presidente provisorio, asumía pocas horas antes de ser echado del poder. Al año y poco de la vigencia de la "carta magna", Rivarola, fue "convencido" a que renunciara porque el Parlamento no le aceptaría la dimisión. La aceptó. Nuestro primer ex-presidente vivo, subió entonces a los montes de Barrero Grande a "hacer oposición", armado hasta las encías. En la Constitución de 1940, eliminado el cargo de Vice Presidente, de tanta utilidad entonces (ocho "vices" habían ocupado la presidencia), fallece el Presidente Estigarribia sin mecanismo sucesorio habilitado, pues aún no se habían integrado las Cámaras Legislativas ni el Consejo de Estado. Ya decidido sin embargo, que uno de los militares del gabinete se hiciera cargo de la primera magistratura, alguien pidió: "- Una moneda, señores!" ... y fue "electo" el Gral. Higinio Morínigo, Ministro del Interior hasta entonces. Aunque el Anuario "Daumas" le adjudica a Morínigo una residencia en la calle Convención (Juan E. O’Leary) Nº 11, antes de asumir la presidencia vivía en Rojas Silva 1019 y Tte. Fariña. Ya presidente, lo hizo sobre la avenida Mcal. López y Pitiantuta. Ambas casas se conservan. Otro de los contrapuntos entre las Constituciones del ’70 y del ’40, se refiere al hecho que, según el Dr. H. Sánchez Quell, la primera prohibía al Presidente residir en el Palacio de Gobierno y la segunda sin embargo, determinaba que lo hiciera. Como el Palacio de Gobierno estaba poblado de ministerios, Morínigo decidió la adquisición de la quinta Aceval-Palmerola para convertirlo en "Mburuvichá róga". Desde entonces los Presidentes no tuvieron que preocuparse de dónde y cómo vivir, sino de permanecer y si fuera posible, durar. Los que sucedieron a Morínigo no lo consiguieron y algunos no tuvieron tiempo ni de mudarse. Frutos estuvo tres meses; Natalicio, cinco; Rolón, 26 días y Molas López, siete meses. El sucesor de Morínigo, Juan Manuel Frutos, vivía en una casa que todavía subsiste en Tacuari entre San Carlos y M. Domínguez. "Daumas" ubica el domicilio de Natalicio González, en Paraguarí 538. Antes de su breve presidencia habría vivido en los altos de "La Positiva", en Palma esquina 14 de Mayo, en un edificio que todavía está. Después residió en la esquina de España y Ayala Velázquez, donde actualmente resuenan los ensayos de la Banda de Policía. El Gral. Raimundo Rolón tenía una extensa propiedad en el "musiquero" barrio Pinozá. El caserón -todavía sobreviviente- se encuentra al final de la calle Centenario y limita con el Club Guaraní, la avenida Gral. Santos y la calle que hoy lleva el nombre de Rolón. Benigno Molas López ,
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residía en una casa que hoy es sede de una "taberna española", en Ayolas entre Gral. Díaz y Haedo. La casa de Federico Chávez estaba cerca, en la esquina de Ayolas y Estrella, una mansión que había pertenecido a su suegro, José G. Patiño. Tomás Romero Pereira, arquitecto, tuvo una de las mejores casas "presidenciales". Todavía puede ser apreciada en la calle España y Padre Cardozo. A diferencia de los que le precedieron, el Gral. Alfredo Stroessner se empecinó en "durar". Lo demás carecía de importancia.

"Mburuvicha róga". Casa del cacique y por extensión, casa del jefe. Alguien dijo que la primera acepción venía de perillas a quien había adquirido y puesto el nombre a la mansión, el Gral. Higinio Morínigo.

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Casas presidenciales devenidas en colegios
Terminada la década de los generales de la guerra en la presidencia de la República
del Paraguay (Caballero, Escobar, 1880/1890), el 25 de Noviembre de este año, asume a la primera magistratura Juan Gualberto González. Aunque el mismo inicia la conversión de la casa de López en Palacio de Gobierno, seguía residiendo en la avenida España en esquina con la calle que lleva hoy el nombre de su esposa: Rosa Peña. Hecho que por otra parte, certifica el antiguo domino de los Peña sobre esa parte de la ciudad, posteriormente asiento del Colegio San José. Marcos Antonio Morínigo completa los cinco meses finales del mandato de González y no se cuentan con referencias sobre su paradero -anterior o posterior- a su breve presidencia. Juan Bautista Luís Egusquiza gobernó desde 1894 a 1898 y durante el ejercicio del cargo vivió en la esquina de Palma y 15 de Agosto. Lo que resta del edificio es actualmente sede de una farmacia. Egusquiza y otros presidentes posteriores a él, como Ferreira, Jara y Schaerer, fueron cultores de la vida "en altos" pues al igual que éstos, Egusquiza usaba el piso superior para residencia de su familia mientras que el de abajo servía a las dependencias de servicio y caballeriza. Desalojada de gente y caballos, el edificio fue sede del Banco de la República. En 1902, la muerte sorprende a Egusquiza en otra casa. La misma se hallaba ubicada en la esquina de Alberdi y Humaitá y hoy sirve de sede al Colegio Dante Alighieri. Emilio Aceval, ex "niño combatiente" cuando la guerra del ’70, vivió en una casa -todavía existente- construida en predios que habrían pertenecido -desde la coloniaa los Rivarola, ascendientes de su segunda esposa, Josefina Rivarola. La residencia -hoy sede de una financiera- se halla en la esquina de B. Constant y 15 de Agosto. Andrés Héctor Carvallo, como Marcos Morínigo, completó un mandato presidencial "interruptus" y tampoco se conoce el lugar de su residencia. Juan Antonio Escurra, inició su gestión el 25 de Noviembre de 1902, y vivía en lo que fuera epicentro de la colonia. La mansión, de impecable fábrica, se encontraba en un solar que corresponde a los sitios originales de la ciudad, sobre la calle De la República, antiguamente denominada de Santo Domingo debido a que, al seguir su derrotero, se llegaba al Convento del mismo nombre. El edificio -ya desaparecido- también fue sede del Ministerio de Guerra y Marina. Con la revolución liberal triunfante, el 19 de Diciembre de 1904 asume la presidencia Juan Bautista Gaona, quien vivía en una casa de la calle Oliva entre Chile y Alberdi, hoy ya desaparecida. Como detalle significativo, debe decirse que a partir de Gaona,
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La casa del Coronel Juan Antonio Ezcurra, sobre la calle de Santo Domingo, en el corazón de la ciudad. En el solar con mayor linaje histórico de la República, frente a la "loma Cabará", sitio de la antigua Laguna de Los Patos, frente al "Puerto del Colegio".

ya ningún presidente (a excepción de Schaerer y Eligio Ayala) pudo completar el período legal establecido .... hasta el gobierno de Stroessner, obviamente, con el que "los plazos legales" no fueron mas que una nimiedad. Con el inicio del mandato de Eduardo Schaerer, en 1912, también fue modificada la fecha de instalación de las presidencias que, del 25 de Noviembre pasó al 15 de Agosto, tal vez como consecuencia de las vicisitudes pasadas en aquellos azarosos primeros años del siglo. Como prueba de lo apuntado, antes de cumplir un año en el gobierno, Gaona ya era reemplazado por Cecilio Báez, quien vivía en una casa todavía existente, la "Villa Marcelina", sobre Mcal. López en esquina con Solano Escobar, la antigua calle Verde.
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Un Presidente que vivió en el Parlamento...
Los presidentes del Paraguay de este ya agonizante siglo, tuvieron distintas moradas
según las variaciones de la rocambolesca política paraguaya. Algunos sin "patrimonio conocido" antes del vértigo en la cumbre, residieron en principescas mansiones al volver a "las penurias del llano". Otros sin embargo, vivieron y murieron en casas de alquiler, en solares heredados o prestados de los suegros. Benigno Ferreira, el "general doctor" como le llamaban sus contemporáneos, era un muchacho pobre oriundo de Moras Cué, un "puesto" de la estancia de los Mora -hoy territorio de Luque- cuando fue a estudiar en el colegio de Concepción del Uruguay. Al retornar a Asunción al final de la Guerra del ’70, vivió en un edificio que se encontraba en la esquina de Alberdi y Estrella. Ya Ministro del Interior en los gabinetes de Rivarola y Jovellanos, se instaló en una habitación del mismísimo edificio parlamentario. Luego de los primeros "debates con cañones" que matizaron nuestro acceso a la "civilización" prometida por los aliados, Ferreira vuelve al exilio. Retornado a Asunción ya próximo al 900, vivió en una casa de la calle B. Constant entre 14 de Mayo y 15 de Agosto, hoy asiento de una mueblería. De ahí se mudó a otra ubicada en la esquina de Independencia Nacional y Azara, única casa abatida por un perdido cañonazo del "Sajonia" buque insignia del movimiento revolucionario de 1904 liderado .... precisamente por el general-doctor. Ya Presidente, Ferreira abandonó la muy maltrecha construcción y se instaló en el Palacete Heyn, edificio todavía existente en la esquina de Palma y Montevideo. Derrocado a los dos años, exilado y muerto en Buenos Aires, sus restos retornaron -por su expreso pedido- a descansar en el Paraguay. Emiliano González Navero vivió en una hermosa mansión demolida hace unos años. Se hallaba en la esquina de Brasil y Eligio Ayala y sus muñones albergan hoy una "playa de estacionamiento". Cuando Manuel Gondra llegó a la presidencia, abandonó los inquilinatos y vivió en la quinta de los Alfaro, sus parientes políticos, en la hoy calle Gondra -ex S. Caboto- cerca del Parque Caballero. Albino Jara vivía -con su madre y hermanas- en un conventillo de la calle Estero Bellaco. Cuando Presidente y cuando le tocó el turno de salir al exilio, lo hizo desde los altos de un edificio que todavía se encuentra (con muchas "reformas" encima) en la esquina de O’Leary y Pdte. Franco. Liberato Marcial Rojas, periodista, poeta y padre del malogrado Teniente Adolfo RojasSilva, vivía en una casa que "balconeaba"
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sobre el bajo chacariteño, al final de la calle México. Don Liberato poseía igualmente una quinta próxima al km. 9 de la vía férrea. Durante su corta presidencia, el estado adquirió el "palacio Patri" -actual Correo- para ser usado como residencia presidencial. Como descendiente del Dictador (nieto de Ubalda García, "la niña Francia") Pedro Pablo Peña era oriundo de Trinidad. Ya médico y en el cargo de Presidente vivió en España y Salinares (Perú), en una espaciosa mansión que sirvió de sede durante mucho tiempo- a la Facultad de Arquitectura. Si en la década del ’70, el edificio pudo albergar a más de 1000 estudiantes, en 1914 alojó con comodidad al expresidente norteamericano Theodore Roosevelt.

Casa de Benigno Ferreira a su retorno al Paraguay, luego de la Guerra del ’70. Ubicada en la esquina de Estrella y Alberdi, alojó a las empresas Urrutia Ugarte y Martel para caer -finalmente demolidaen la década del ’60.

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Presidente con muchas casas, Presidente sin ninguna ...
Con Eduardo Schaerer es cambiada la fecha de asunción de los presidentes: del 25
de Noviembre como era hasta entonces, se pasaba al 15 de Agosto. Más que buscar las efemérides que enaltecieran el acto, en la decisión primó talvez el criterio de terminar cuanto antes aquel anárquico 1912. Luego del derrocamiento de Pedro Pablo Peña, el 22 de Marzo, las autoridades partidarias (liberales en este caso) pensaron -por lo visto- que no era conveniente esperar hasta el siguiente Noviembre para "restablecer el orden constitucional". Lo quebrarían -sin ningún problemanueve años más tarde, cuando derrocaron a Manuel Gondra por segunda vez. Schaerer vivía en la esquina de Palma y Montevideo, en una casa que todavía se conserva y que sirviera de sede al Banco do Brasil. Cuando Presidente y considerando que el edificio era insuficiente a las necesidades protocolares de su alto rango, Don Eduardo, alquiló la mansión de José G. Patiño, a dos cuadras de la suya, en Ayolas esquina Estrella. Hoy se encuentra allí el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados. En el anuario "La Mundial" de 1920, se ubica otro domicilio de Schaerer: Estrella 356, que correspondería a la cuadra ubicada entre Chile y Alberdi. Ya posteriormente a su presidencia hizo construir las casas gemelas -que también se conservan- en Gral. Díaz y 15 de Agosto. Una de ellas para su residencia y la otra para sede de "La Tribuna", diario fundado por él. Manuel Franco solía caminar desde su casa, en la calle Blás Garay -ex 4ª- entre Iturbe y Yegros, hasta su despacho del Palacio de Gobierno. La puerta cancel del edificio donde hoy funciona Radio Nacional del Paraguay, todavía tiene los cristales decorados con las iniciales MF. El sucesor de Franco como Vicepresidente en ejercicio, José Pedro Montero, vivía en una casa -todavía existente- en Pdte. Franco entre Ayolas y Montevideo. Según el ya mencionado anuario, Eusebio Ayala ocupaba una casa, hoy desfigurada por sucesivas transformaciones, en la calle Estrella entre 15 de Agosto y Juan E. O’Leary. Pero durante su presidencia y todo el desarrollo de la Guerra del Chaco, vivió en una casa alquilada a la familia Bogarín, la "Villa Lidia", ubicada sobre la avenida Mcal. López, frente al actual Ministerio de Defensa Nacional. Eligio Ayala, soltero y solitario, vivió desde siempre en casas alquiladas. Cuando volvió de Europa, en 1919, residió en una ubicada en Samuhú Peré; luego, en el local que durante muchos años alojó al "Bar Munich", sobre la calle Pdte. Franco, hasta que -ya Presidente- y como Ministro de Hacienda en el período siguiente, vivió en
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"Villa Lidia", de los esposos Bogarín-Martínez, residencia alquilada por el Presidente Eusebio Ayala, como Mburuvicha roga’i y donde viviera durante todo el transcurso de la Guerra del Chaco.

una casa alquilada a la familia Semidei, en la esquina de Estados Unidos y Pdte. Wilson, calle que hoy lleva el nombre de Ayala. José P. Guggiari vivió en la esquina formada por las calles Yegros y Manuel Domínguez en un edificio que, como prueba de amplitud y adaptabilidad, alojó a la Facultad de Odontología durante largo tiempo. Desde allí, Guggiari asistía al "...impetuoso ritmo negro" de las "galopas" en la "loma Tarumá", como allí también recibió las muestras de hostilidad de la airada muchedumbre que reclamaba la defensa del Chaco, en los caldeados días que precedieron al 23 de Octubre de 1931.
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Gloriosos presidentes pobres
Presidente provisorio ante la renuncia de Eligio Ayala en marzo de 1924, Luís
Alberto Riart compartía con Emiliano González Navero un Estudio Jurídico ubicado en la calle 14 de Mayo 228 y tenía una gran mansión en la avenida Mcal. López casi del Olimpo, hoy Kubistchek. La casa -que todavía existe- fue adquirida posteriormente por la Nunciatura Apostólica. El Cnel. Rafael Franco sin embargo, vivía en los fondos de la residencia de la familia de su esposa, Doña Deidamia Solalinde, en la esquina formada por las calles Yegros esquina Fulgencio R. Moreno. Félix Paiva es una extraña muestra de capacidad, honestidad y modestia que pocas veces se ha visto en el Paraguay. Graduado en Derecho y obtenido su doctorado en base a una tesis que versaba sobre "Sufragios", Paiva ejerció cargos en casi todos los estamentos del poder público. Además de Presidente de la República, fue Senador, Ministro de Relaciones Exteriores, Ministro del Interior y Ministro de Educación, Culto e Instrucción Pública en dos gabinetes sucesivos (8 años). Fue Miembro de la Corte de Apelaciones y posteriormente presidente de la Suprema Corte. En el campo de la docencia, fue Decano de la Facultad de Derecho y Rector de la Universidad Nacional y uno de los primeros profesores que tuvo el Colegio Nacional donde enseñó, curiosamente, Geografía, Algebra y Geometría. En el campo político, Félix Paiva fue presidente del Partido Liberal y uno de los líderes radicales que depuso al Gral. Benigno Ferreira, en 1908. En el ejercicio de la prensa, actuó en "El Diario" -de su amigo Adolfo Riquelme- así como en otros órganos de aquel periodismo idealista y revolucionario de principios de siglo. Así, desde "El Semanario", de la Federación de Estudiantes, hasta "La Democracia" y "El Paraguay" lo tuvieron en sus filas. En la militancia intelectual fue autor de varios libros y ejerció la presidencia del prestigioso Instituto Paraguayo por más de 8 años. Luego de este impresionante curriculum uno podría preguntarse donde se encuentran las estancias o las propiedades de este señor. Pues el augusto Dr. Félix Paiva, vivió y murió en una sola casa. Una pequeña casa -que todavía se conserva- al costado de la vía férrea, en España y Tacuari. José Félix Estigarribia no le va en saga a Paiva en cuanto a curriculum, sumándose a los haberes del Mariscal, las penurias de sus derroteros por el exilio y las casas de alquiler ... ya que el glorioso conductor del Chaco no tuvo casa propia. A su vuelta de Francia vivió en Oriente 56, hoy Boquerón 559; y, también -por un corto tiempoen un edificio todavía existente ubicado en Oliva entre 14 de Mayo y Alberdi. A su retorno del exilio en 1937, residió en una casa de los parientes de su esposa, Julia Miranda Cueto, en la calle México y 25 de Mayo, frente a la Plaza Uruguaya. El
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edificio todavía se conserva. Pero de donde salió el Mariscal para morir, en aquella fatídica mañana del 7 de Setiembre de 1940, fue de la casa de la calle Juan de Salazar y Manuel Pérez. La misma había sido cedida al Presidente por su propietario, el Sr. Carlos Sosa, por la intención que aquel tenía de comprarla en cuanto tuviera mejores disponibilidades económicas. Le faltaba mucho: cuando falleció Estigarribia, no poseía sino 250 pesos argentinos ahorrados en un banco.

La casa de los Solalinde, Fulgencio R. Moreno esquina Yegros, en cuyo fondo, en una construcción aún más modesta, vivió el Coronel Rafael Franco.

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Gobiernos "constructivos"
El Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia fue el primero -entre varios jefes de
estado del Paraguay- en considerar que con los poderes y privilegios que les otorgaba el cargo, debían entender y operar sobre prácticamente cualquier cosa. Así fuera el urbanismo, ciencia bastante compleja que cuando los primeras décadas del siglo pasado estaba en sus embriones y cuando aún entonces, no servía mas que para consagrar honras a emperadores y reyes o crear grandes espacios destinados a las evoluciones militares. Pero si Napoleón tuvo el pudor de designar a un arquitecto para sus devaneos imperiales, por aquí no hubo tantas molestias. La excepción fueron los López, Don Carlos y Francisco, que nos legaron ejemplos de buena arquitectura que todavía adornan Asunción y sustentan (con depredaciones de por medio) la actividad de importantes instituciones del estado. Ya en este siglo, algunos Presidentes del Paraguay, que soñaron con el desfile de tropas imperiales por la ciudad, sólo se limitaron a despejarles el camino demoliendo edificios de incalculable valor. Ni siquiera se molestaron en diseñar paseos, jardines o palacios, como los que construyó Haussman para Napoleón. Otros, ni siquiera se detuvieron a considerar el cauce de los arroyos, la existencia de cerros y promontorios, la irreductible fuerza de los raudales siguiendo el derrotero urbano que el Dr. Francia les indicara ¡cien años atrás!. Como el Dictador, estos señores habían concluido -con curiosa irracionalidad- que el orden urbano tenía que ver mas con la geometría que con la naturaleza. Aunque Francia tuvo la excusa de un atentado contra su vida para propiciar las "reformas", su desempeño como "primer urbanista del país" fue un mal ejemplo que cundió tardía y funestamente en Asunción y el resto del Paraguay. Lo que debe lamentarse de tan desatinadas intervenciones, es que con ellas desapareció una disposición original que, antes de 1821, traía "una historia" de 284 años , desde la fundación de la ciudad y relacionaba lo construido con el sitio: casas y senderos rodeando arroyos y promontorios, dejando a salvo lo esencial del terreno y su paisaje. En aquel recinto se había desarrollado más de la mitad de vida de la capital de la provincia. Después de aquel funesto 1821, desaparecieron también los conjuntos urbanos, cuadras enteras con galerías y recovas, líneas de fachadas continuas alrededor de las calles principales. Y además, construcciones aisladas, algunas de ellas, recintos de gran protagonismo histórico. Cayeron demolidas o derrotadas por el tiempo, llevándose al olvido tipologías originales que, aunque preñadas con los conceptos formales de los colonizadores, eran una muestra de cómo habían resuelto nuestros antepasados las carencias tecnológicas, como habían
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logrado la singular simbiosis de las casas castellanas con las selvas guaraníes. Luego, el ansia "progresista" de "constructivos gobernantes", que en vez de mejorar la gestión de gobierno, de lograr el incremento de la producción, mejorar la educación, la calidad de vida, el respeto al ambiente y propiciar la vigencia de los derechos humanos, se dedicaron a construir espantosos edificios "...entre modernismo y lamentable", luego de destruir los últimos vestigios de aquel patrimonio.

Cuantos espacios como éste habremos perdido en la Asunción de antaño. Curiosa fotografía de un arco de homenaje erigido a Francisco Solano López.

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Presidentes parientes
Siempre se ha dicho que dos paraguayos conversando y hurgando en sus respectivos
orígenes, terminan reconociéndose parientes. Si tal fuera cierto, tal vez se deba al hecho que en los inicios, pocos españoles tuvieron la "responsabilidad" de extender los dominios genéticos hispanos entre tantas nativas. O por que en casi todos los momentos del pasado, los hombres del Paraguay estuvieran ocupados, en pos de conquistas o riquezas, luchas de defensa del territorio o entre si mismos, por cualquier cosa que, al final, tanta mujer sola y viuda permitió que, más de una familia tuviera lazos de parentesco, a veces registrados en los apellidos y a veces no. Aunque a los presidentes les resultó siempre fácil alinear parientes o compañeros de bancos (de escuela, se entiende), la historia recoge relaciones familiares concretas entre ellos. Algunos ya heredaron su vocación de poder de Irala, Garay y demás pioneros. Otros fueron descendientes de los próceres de la independencia. Entre éstos puede contarse a Cándido Bareiro (1878/80), nieto del capitán Pedro J. Caballero; Benigno Ferreira (1906/08), nieto del Dr. Fernando de la Mora y para mayor fortaleza de su linaje, casado con una prima, María del Cármen de la Mora Isasi, nieta -como él- del prócer. Cirilo Antonio Rivarola (1870/71) fue nieto de Juan Bautista Rivarola, otro de los revolucionarios de 1811 y, Liberato Rojas (1911/12) tataranieto por línea paterna del prócer Juan Manuel Gamarra. Debe recordarse también que Don Liberato fue padre del Tte. Adolfo Rojas Silva, muerto en el Fortín Sorpresa, en 1927. Abandonando ya la línea sucesoria de los héroes del Mayo de 1811, las relaciones familiares entre presidentes se multiplican. Así, la sobrina del ya mencionado Cirilo A. Rivarola, Josefina Rivarola Díaz de Bedoya, contrajo nupcias con Emilio Aceval (1898/1902). Este mandatario era ya entonces viudo de Adelina Bedoya, hija de José Díaz de Bedoya, miembro de la Junta Provisoria de la pos guerra del ’70. Patricio Escobar (1886/90) fue cuñado del poeta Natalicio de María Talavera, por casamiento de éste con la hermana del general, Adelina. La hija de Salvador Jovellanos (181/74), Paulina, fue suegra de otro presidente: Pedro P. Peña (1912). Bernardino Caballero (1880/86) fue algo más que pariente de Juan B. Gill (1874/ 77) pues se casó con su viuda, María Concepción Díaz Bedoya. Viudo a su vez, Caballero volvió a casarse y tuvo otros hijos así como también tuvo hijos naturales, uno de los cuales, Rigoberto, contrajo matrimonio con Ramona Morínigo Bareiro, hija de otro presidente, Marcos Morínigo (1894). Este mandatario también fue sobrino político del Gral. Caballero. Higinio Uriarte (1877/78) y Juan B. Gill eran primos. El primero además, fue vicepresidente y sucesor del segundo, asesinado en
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1877. La hija de Uriarte, Cármen, se casó con el hijo de Venancio López Carrillo, Venancio Víctor, sobrino del Mariscal. Juan G. González (1890/94) era concuñado de José Segundo Decoud, por ser esposo de su cuñada Benigna Peña. Como detalle original del presidente que heredó el poder de Emilio Aceval, debe decirse que Andrés H. Carvallo (1902) era hijo natural -como tantos otros presidentes del Paraguay- y adquirió el apellido del Sr. Carvallo, su padrastro, que era chileno.

Presidentes-nietos de próceres: Cándido Bareiro, de Pedro Juan Caballero. Benigno Ferreira, de Fernando de la Mora y Cirilo Antonio Rivarola, de Juan Bautista Rivarola.

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CAPITULO 6

ARBOLES

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Arboles históricos
El tórrido calor de Asunción y la exuberante vegetación circundante a solares
domésticos e institucionales, habrá hecho que grandes y pequeños acontecimientos tuvieran como abrigo -mas que un alhajado salón- algún gigantesco tajy, tarumá o urunde’y de la época colonial. Quedan pocos recuerdos de esos sitios y nada de aquellos árboles originarios. En tales condiciones, no es difícil imaginar que la vida habría transcurrido entonces en la media sombra de los árboles cercanos a las casas y, mas tarde, bajo las enramadas y galerías. Precisamente desde la galería de la vieja Casa de los Gobernadores, se divisaba, ya próximo al barranco, el naranjo bajo el cual -se decía- se cumplían los fusilamientos que el Dr. José G. de Francia ordenaba. Bajo ese naranjo sucumbió el prócer Fulgencio Yegros, el 17 de Julio de 1821. De existir, sería uno de nuestros árboles históricos. Pero en el Paraguay, el naranjo ya había devenido en histórico por su preciosa fruta que, desde tiempos inmemoriales -tanto como la yerba mate- se había convertido en uno de los principales rubros económicos. Y también porque, como se leía en "Patria mía", libro de 4º grado de la escuela de otros tiempos, el "telar bajo los naranjos" apuntaló la sobrevivencia de muchas familias, luego de la Guerra del ’70. De existir, hubiera sido histórico "el árbol de Artigas", un robusto yvyra pyta que en el solar de Trinidad, aureolaba los últimos sueños del gran uruguayo "agobiado de gloria y sufrimiento" como escribiera el humaiteño Eloy Fariña Núñez. También de yvyra pyta eran las ramas que, cerca de allí, cubrían las "mateadas" con las que Don Carlos A. López matizaba las consultas que le hacían vecinos del lugar. El jatai, arbusto que sólo tiene hojas, si no histórico, debiera ser objeto de evocaciones gloriosas, tanto como lo recuerda el "Nenia" de Guido Spano, y por Jataity Corá, cuyo bosquecillo, si aún existiera debiera ser histórico para todo el Mercosur. De estar, serían históricos también los dos árboles de curupa’y itá, cada uno de ellos con más de 45 cm. de diámetro, bajo cuyas sombras fueron sepultados los restos del Mcal. López y de su hijo Panchito, en Cerro Corá. En la misma zona, "... algunas cuadras mas allá del arroyo Chirigüelo", sería histórico -si estuviera todavía- el guajayvi "..con tres ramas salidas del mismo tronco" donde murió Venancio López. De ubicarse el sitio y si existiera el árbol, sería también histórico el de los montes de Barrero Grande, donde Cirilo Antonio Rivarola recibía los mensajes que le dejaban sus partidarios en un tronco de aquel misterioso paraje. Son históricos -aunque ya no existan- los árboles que dieron nombres a lugares emblemáticos de Asunción. El tarumá de la loma homónima, Caballero entre Gaspar R. de Francia y Rca. de
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Colombia; o el samuhú peré que se encontraba sobre la calle del mismo nombre, hoy Juan de Salazar. Y serían históricas tres matas de yvapovo: el de la loma San Gerónimo, que esconde entre sus raíces, los restos de una de las baterías de defensa de Asunción; el de Manuel Gondra, cuya sombra todavía guardia la casona que hospedaba al ilustre liberal; y, el que cobijara la fundación del Club Nacional, en la esquina de Brasil con la avenida Mcal. López.

Cuando el Paraguay exportaba "árboles históricos". Estos "33 arbolitos de Artigas", con destino a los departamentos del Uruguay, fueron cultivados por la Escuela Agrícola del Jardín Botánico y entregados a una prestigiosa delegación uruguaya llegada a Asunción para los festejos de Mayo de 1913.

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Arboles en versos

Alto sobre nosotros!, (...)¡siéntenos parte tuya -rama de tus ramajes- de tal modo

que el viento, cuando te toque, toque nuestra maraña invicta de follajes y de sueños!". El árbol, omnipresente en nuestro ambiente y en nuestra historia, no podía estar fuera de las evocaciones de los poetas. Y tampoco podía ser de otra manera. La poesía -hay tan devaluada y ausente en las expresiones cotidianas- permite desordenar las frases de tal modo que resulten más precisas y bellas. Y es también porque los poetas se permiten el atrevimiento, como diría Ortíz Guerrero, de sentir y expresar lo que otro no. Tal vez esos "otros" -nosotros- no hemos sabido valorar la escasés de lo que sobra. No hemos podido percibir como los poetas, la incalculable fecundidad del polen, la tenaz persistencia de semillas y ramajes. O, porque siempre fieles a la belleza, los poetas no dejaron de reparar que los árboles alojan -desde siempre- flores y pájaros, trinos y perfumes. No sólo fueron sombra y abrigo, sino también cielo para juramentos, promesas y soledades.... Elvio Romero, a quien debemos las líneas que encabezan este escrito, es uno de los más reverentes cultores poéticos de la tierra. En "Lástima, lapacho...!", expresa su pena ante la inmóvil apostura del árbol. "... ¡Lástima que estés inmóvil! ¡lástima que a la rosada ronda de tus flores/no hurtó el lucero su perfume en fresco/beso varón de claridad y montes!" También cantó al quebracho, crecido "..en las madrugadas, entre trompos y pájaros silvestres", tanto como Herib Campos Cervera a los "Arboles ausentes", versos dedicados a Bruno Guggiari "... que plantó árboles y los cuidó hasta que los oyó hablar con el viento, con los pájaros y con la Luna". A los taladores de árboles sentenció Herib con este bello poema: "...huyeron los asesinos/con sus hachas como espejos. Los pájaros ya no tienen/ donde colgar sus canciones"; aunque más tarde, el mismo poeta redime a los "asesinos" en otro bello poema: "Hachero". Y los versos se vuelven canciones y las canciones tornan en himnos, en "Paraguaype" de Ortiz Guerrero y José A. Flores "...Plaza Uruguaya selva aromada, oh! pajarera de mi canción". O en el bello reclamo de la patria ausente, en la composición de Enrique Valiente y Eladio Martínez: "...Oiméne tajy poty pe ñúre i ñapysemba/oiméne hyakuã porã opárupi ka’aguy". Y la bella evocación a la infancia: "... Yma pako mi ñande/jahava’era kañyhápe/amo tarumã’i guype/ ñamopoti verapa". Emiliano R. Fernández se suma al elogio de la selva para indicarnos: "...Primavera oguahe/ñu ka’aguy oflorecé/hokypa y verde asy/palo blanco ha tajy/mombyrygüi jahecha". José Luis Appleyard no podía quedar fuera de este recuento poético en beneficio del árbol: "...Mancha de luz al borde del
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El lapacho florido. Según José M. Appleyard, "...encaje, cromo y luz en el que bordan/los pájaros la gloria de sus flores"..

camino, jalón del campo y corazón del viento, árbol que tiene para si el destino/de ser la primavera en todo tiempo". Y están el canto al "Yvapuru" de Ignacio A. Pane, la "Balada del árbol", de Néstar Mazó de Pérez y el infaltable "Canto Secular" de Eloy Fariña Núñez: "La selva, la sagrada y vasta selva, (...) cuando el viento sacúdela en la noche/y con lento cantar le arrulla el río, tiembla como una lira y se estremece" . Y José María Cantilo, un argentino nos enseña la nieve de azahares en el poema: "En Asunción ha nevado".
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Arboles y frutos
No es solo infrecuente. Es imposible ya ver en Asunción -en una siesta de veranoa bandadas de chicos y muchachos -como los de antes- ir por mangos frescos a algún lejano "mangoty" de las afueras. Bulliciosas expediciones de "pícaros-inocentes" en pos de un objetivo talvez hoy incomprensible: zambullirse en el aroma y el sabor de frutos arrancados de las altas ramas. La parte más pesada y peligrosa del "operativo" estaba destinada a los audaces y temerarios trepadores (de árboles, se entiende) que subidos a lo alto, iban arrojando los mangos a los -también hábiles- "barajadores" de abajo, encargados de juntar las frutas en los canastos. Ya no los vemos, como tampoco vemos a chicos que camino a la escuela, se llenen la boca -o los bolsillos del guardapolvo (también ya fuera de uso)- con el gelatinoso yvapovó recogido de las umbrías sombras de sus árboles. O a aquellos que al entrar a sus aulas, delataban el festín de moras que se habían dado en el camino, por los negros labios y lenguas que exhibían. Ni hablar de chupar naranjas o pomelos (el folklórico greifu); ni de comer mandarinas , la sin igual cirimoya o la guayaba, hurtadas a la hora de la siesta y al patio del vecino; deleite hoy suplantado por cualquier brebaje gaseoso embotellado, desde que no pueden adquirirse, talvez por el alto costo, las lustrosas frutas de la calle o de las asépticas estanterías de los supermercados. Ya no están cotizados los frutos de nuestros árboles tradicionales. Antes eran tan importantes que se los ofertaban con las casas: "Vendo casa (o terreno) con árboles frutales", decían los anuncios y muchas familias de Asunción hicieron de la fabricación de dulces caseros una fuente de subsistencia. Uno de los casos fue el de la madre del presidente Cándido Bareiro (1878/80) la que, según decían, procuró el sustento de sus hijos, haciendo y vendiendo dulces de guayaba, arrancadas de los árboles de su mismo patio. Ya no están el guavirá, el aguai ni el pacurí. Desaparecieron también otros árboles con frutos, como el yvapurú y el tarumá, tanto como las enredaderas de mburucujá o de juasy’y, que se fueron con los últimos baldíos del barrio. En 1926, sin embargo, existía la posibilidad de incrementar la existencia de frutos con más variedades y el agregado de otras especies. En efecto, en el informe de ese año, Carlos Fiebrig, Director del Jardín Botánico, dependiente entonces del Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública, mencionaba que se habían completado los cultivos experimentales de aquellos frutos tradicionales, además de los del albaricoque, durazno, almendro, carambola, caqui, ciruela, olivo, castaño, urucú y de 25 variedades de vid; frutos que de acuerdo a los éxitos obtenidos, se trasladarían posteriormente a quintas y granjas como renglones productivos. Y hubo otro tiempo
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en que las capueras de las afueras y las casas-quintas de Asunción tenían sus durazneros, ciruelos, manzanos y perales. Y ellos, junto a los mangos, naranjos y mandarinos, prodigaban de todo, desde tisanas a dulces y compotas. A propósito, a 232 km. de Asunción, en Yegros, todavía se elabora (y se consume) una exquisitez: el vino de níspero.

El Jardín Botánico, Parque y Museo de Historia Natural y en otro tiempo, Escuela Agrícola, donde se hicieran importantes cultivos experimentales que fundamentarían la producción frutícola del Paraguay.

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Asunción y sus aromas
" a se hueeele Asunción hína..", decía un primito mío cuando el viejo "camión de

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pasajeros" luqueño cruzaba el puente del Itay, unos cuantos años atrás, rumbo a la capital. Entonces, cualquiera que se acercara a Asunción sentía su presencia, no por los edificios altos (no estaban todavía), ni por las calles mal pavimentadas o por la aglomeración de personas, sino por aquella rara combinación de olores que, desde la nafta en combustión hasta los jardines con hierbas y jazmines, pasando por los de los árboles, baldíos y yuyales, tambos y chiqueros, gallineros y arroyos poluídos, constituían el "olor a Asunción". También el viento aportaba los suyos desde donde viniera: del norte o del sur; desde el río, los bosques o las capueras todavía cercanas. Oler a Asunción, temprano en la mañana, significaba percibir -desde las modestas mesas de las casas de barrio- el aroma de la yerba quemandose para el cocido, deleite al que más tarde se sumaba el conjunto de procesos para el rambosa jo’a y el almuerzo. Era también el olor a tierra húmeda que subía luego del riego de las plantas o se manifestaban con la frescura natural del amanecer. Porque había plantas en la mayoría de las casas: crotos, rosales, flores de todos los colores, formas y aromas que combinaban con los de las hierbas, prodigadoras de sabores y "efectos especiales" para el refrescante tereré, la tisana medicinal o la comida: el cedrón capi’i, el pacholi, menta’i, albahaca, el romero y otras muchas. Entre los aromas, ninguno como los de los jazmines que desataban sus efluvios al atardecer o cuando la lluvia se hacía próxima. Hasta en las casas del centro había de ellos; copiosas enredaderas de jazmines que se entrelazaban con los tejidos de las cercas, se derramaban sobre las murallas hasta casi tocar las veredas. Y también en el centro y en los barrios más próximos a él, había aserraderos y carpinterías con el aserrín que desbordaba hasta las calles cercanas con su cóctel de aromas selváticos al alcance de nuestras narices: a incienso, a lapacho; a cedro y algunas veces, hasta a palo santo y quebracho. La aristocracia del bosque inundando el barrio con sus aromas. Claro que en Asunción también se aspiraban (y se aspiran todavía) olores desagradables como los de los desaliñados mercados, la pestilente tablada y los de los numerosos chiqueros, caballerizas y muladares, sustentos estos últimos de la movilidad urbana. Y cerca nomás, sin embargo, estaban también las panaderías, que desde la madrugada nos brindaban el inigualable aroma del pan recién horneado. Diez años atrás, un canciller boliviano de visita en nuestro país, al salir del "palacio de López" informaba a los periodistas sobre su siguiente actividad: "Ahora -decíavoy a caminar desde aquí al puerto, a ver si encuentro una panadería que todas las
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Loma Clavel. Su nombre lo dice todo. El vergel de la loma traducido en su nombre. En estos barrios se aspiraban -con mayor fruición- los olores de Asunción.

tardes nos torturaba a mi y a mis compañeros mientras estuvimos como prisioneros de guerra durante el conflicto del Chaco". Efectivamente, el ejecutivo boliviano salió a caminar hasta dar con la panadería "La Palmera", en la esquina de Montevideo y B.Constant, donde -con gran emoción- se acordó de sus compañeros de infortunio, dandose un atracón de aromas y panes.
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Tajy florecido ...
" ajy florecido, nido de cigarras, copón encendido..." cantan los versos del poeta

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y pareciera que en nuestro país el afecto a los árboles esté proporcionado al esplendor que nos obsequian. Nada mas falso. Los árboles llegan a flores, frutos y sombra mientras no estorben a cables, construcciones, cultivos o sencillamente porque no llegaron a molestar la visual de cosas más importantes ... como una mansión "de estilo" por ejemplo. Es la natural prescindencia con que desvaloramos lo que abunda o crece fácilmente. Pruebas al canto: no sólo nuestros bosques fueron depredados para dejar la floresta natural del país reducida a su mínima expresión, sino las avenidas de árboles del Jardín Botánico o del Parque Caballero, o las líneas de jacarandás de la avenida Mcal. López o las de Carlos Antonio López de la propia capital, fueron raleandose sin que, jamás!!, se intentara una mínima reposición o una tarea de revalorización ambiental semejante, en otros sitios publicos. Los árboles de naranjo agrio plantados en la segunda mitad de este siglo, en casi todas las calles del centro de Asunción desaparecieron sin dejar rastros (ni herederos). Existe una curiosa variedad denominada "cambá akã", diseminada en las calles Tte. Fariña, Manduvirá y Haedo que van desapareciendo lentamente. Ya no quedan lapachos de flores blancas; los de flores amarillas quedan muy pocos. Ya no están las ovenias de generosa sombra. Estamos desarbolados!... y el término es hoy mas preciso que nunca. Los agresivos, calurosos y anti-estéticos tinglados vinieron a sustituir la cobertura de yvapovó de nuestros viejos talleres mecánicos y el acondicionador de aire nos permite prescindir de la siesta, o el tereré, bajo el mango del patio. Pero la depredación ya nos viene de antes. Aparte de los desmontes necesarios para las construcciones domésticas, o de navíos, y los que permitían obtener terrenos de cultivos, en Agosto de 1598 Hernandarias disponía que "..por estar la ciudad muy abajada y sombrada, está llena de enfermedades y que, por tanto, se corten por el suelo, dentro de seis días, todos los árboles, no dejando más que los naranjos y limones y otros árboles de España". La ordenanza se cumplió a rajatabla sin que "..el estúpido crímen mejorara la salud urbana", como bien lo expresa Carlos Zubizarreta. Por el contrario -agrega el mismo citando a Aguirre- "... la ciudad era fatigada por oftalmías, salpullidos" y otras enfermedades que eran producto de los fuertes rayos solares antes que el exceso de sombra. Doscientos veinte años después, el Dr. Francia, dispuso lo mismo por distintos motivos y con el agregado de la destrucción de casas y otros hitos naturales de la ciudad. Independientemente de las razones esgrimidas y la pertinencia de las mismas,
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Asunción vió desaparecer el rumorollo boscaje que la protegía y escondía la modestia de las casas. Vió perderse rincones y cauces que la habían caracterizado desde los tiempos de la colonia. Sin embargo y contradictoriamente, a falta de médicos, de botiquines o de remedios "europeos" y ante las duras condiciones de vida, tanto en el frío altiplano como en las tórridas regiones del trópico, indígenas y españoles sobrevivían con las "tisanas indígenas", en base a las hierbas medicinales provenientes del generoso bosque americano.

La calle Cnel. Martínez desde la torre de la casa Milleres. Bajo la sombra de los árboles se extendía la actividad de la casa. Hoy "nada está, todo ha cambiado". Las casas, las árboles y los patios ya son solo historia.

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CAPITULO 7

LABORES

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Oficios y cargos públicos
Si se considera
la felicidad como la ausencia de angustias o temores sobre el porvenir, el que en la Edad Media, tuviera padre panadero, sastre o albañil sabía que él y toda su desencendencia, serían del mismo oficio y sus vidas amparadas en el gremio correspondiente. Este analisis hizo que Erich From, en su clásico "El miedo a la libertad", asegurara que al contrario de la común suposición, el medioevo fué la época más feliz del ser humano. Determinismos aparte, al instalarse la colonia española en Asunción, la situación laboral no fue diferente y como en Europa, se consolidaron todos los oficios tradicionales. Aquí, mas que perpetuar el conocimiento, el ejercicio de "maestros" y artesanos sirvió a la causa de la sobrevivencia. Desde el inicio, hubo herreros, albañiles, carpinteros -en especial, "armadores" de barcos- panaderos, zapateros, sastres y marineros. Siempre hubo soldados y a falta de ellos, los varones desde "mancebos"- eran convocados a los contínuos aprestos de defensa. Con la competencia y la necesidad de distribución del producto elaborado aparecieron los vendedores -de pescado, de velas, de mazamorra- y con la necesidad de proveer servicios, hubo serenos, faroleros y pregoneros. En realidad, al principio cada quien hacía de todo; en las casas se curtían cueros, se atendía la huerta y los animales "de corral", se construían muebles, se elaboraban velas y dulces, hasta que organizada la provincia, surgió la necesidad de los cargos públicos. Estos, tenían denominaciones aproximadas a las funciones ejercidas o al orígen etimológico de la expresión. Los Alcaldes, de Primer y Segundo voto -en ese orden- eran autoridades políticas y administrativas "...aunque sin interferir en la justicia ordinaria". Empezaron a actuar desde la creación del Cabildo en 1541 hasta su disolución en 1823. El término proviene del árabe (al-qädi = el juez). El Dr. Francia fué Alcalde de Primer voto en 1808. El Alférez real era un oficial de jerarquía, "...que llevaba la bandera en infantería y el estandarte en la caballería". También tiene su orígen en el árabe (alfaris = el jinete). El Maestre de Campo era "...un oficial de grado superior en la milicia" , una especie de comandante en jefe. Juan de Osorio fué Maestre de Campo en la expedición de Pedro de Mendoza. El Cronista Oficial se encargaba de "historiar" los acontecimientos. En muchos casos, "la verdad de la historia" se remitió a lo que este personaje asentara en sus crónicas. El Cronista Oficial de la orden jesuítica durante la revuelta comunera fué Pedro Lozano y a pesar de su "facundia habitual", Carlos Zubizarreta presume que "... la realidad fué muy distinta" a lo por él relatado.
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El Escribano Real y el Fiel Ejecutor tenían parecidos cometidos: se encargaban que las cosas se hicieran con "..legalidad y exactitud". En caso que existieran sentencias de muerte, el Verdugo las ejecutaba. Mogiano el sardo, fué el primero de este oficio en la colonia. El Teniente de Gobernador era el que ejercía el cargo de gobernador por comisión y ausencia de éste. Juan de Garay fué Teniente de Adelantado por encargo de Ortíz de Zárate y Hernandarias, Teniente de Gobernador por disposición de Diego Martín de Negrón.

Reproducción de un cuadro de Pablo Alborno, graficando la fundación de Asunción. Detrás del capitán Salazar se ve a "...Amador de Montoya, escribano de su Magestad".

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Extranjeros de otros oficios
La incorporación de profesionales europeos durante el gobierno de Carlos A. López
no se limitó a la actividad industrial o armamentista. Si no en la misma misma cantidad y tampoco en la misma profundidad que la acción emprendida por aquellos, una serie de artistas -músicos y teatristas- también llegaron a Asunción en los primeros meses de 1858. Se trataba de una compañía teatral bajo la dirección de Juan García y el profesor de música Santiago Ramos. De acuerdo a la investigación de Juan Francisco Pérez Acosta, no queda establecido el orígen ni la nacionalidad de estos artistas pero si, uno de los hechos que motivó la decisión de venir al Paraguay: la formación de una Banda de Música Militar sobre la base de 80 jóvenes inscriptos bajo la dirección del maestro Francisco Sauvegeod Dupuis. El elenco de aquella compañía teatral, cuyas actuaciones se extendieron hasta fines de 1859, se completaba con Juan Berenguer, José Chezo, Carmen Rodríguez, María Barreda, Pilar Escudero y Elisa Barreda. Cuando los fragores de la guerra ya hacían estragos al sur del país, en Asunción todavía hubo tiempo para que la gente se gratificara con otra compañía teatral en la que actuaban "...entre otros, Azcona, Codina, Reina, Auvertín, Hidalgo y el profesor de música Capelli". Como en el caso anterior, tampoco en éste Pérez Acosta nos indica la nacionalidad de los artistas. Rescata -sin embargo- la diferencia entre las posiblidades e inquietudes de aquel gobierno (C. A. López - 1859) y "... las actuales" (la crónica fué escrita en enero de 1924) debido a que en los comienzos de la década del ’20 de este siglo, también vinieron elencos operísticos que -para actuartuvieron que traerse todo el elenco orquestal, los instrumentos y demás elementos. Muy distinto había sido -60 años atrás- cuando al retirarse del país, los propios artistas dejaron una nota de agradecimiento al gobierno por "....las atenciones y las facilidades que le habían dispensado en pasajes, orquesta, útiles de escena, taller tipográfico, carpinteros y sastres". Pero aparte de estos elencos y de otros técnicos y expertos en marina mercante, arsenales, telegrafía, sanidad, ingeniería militar, fundiciones y ferrocarriles, también hubo representantes de "otros oficios". Entre ellos se encontraba un tal Chevreux, de oficio tonelero asi como el peluquero Castain (ambos franceses) quienes habrían venido como parte del personal de servicio de la Sra. Lynch. Además, los ya mencionados Andrés Antonini (italiano) y John Owen Moynihan (inglés), escultores; Juan George Bechmann (alemán), Olimpio Carletti (italiano ?) y Juan Conrad Wildverg (alemán), mecánicos relojeros; Guillermo Feige, Silvestre Weilman y Charles Twite, mineralogistas (los dos primeros, alemanes - Twite sería inglés). Juntos a éstos y los demás, trabajó
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El trunco Teatro Nacional, en Yegros y el Paraguayo Independiente, obra de Alejandro Ravizza, donde actuara de "sobrestante", el señor Tomás Ocampo, uno de los tantos humildes artífices de la magnificencia de la Asunción de otros tiempos.

un importante contingente de obreros paraguayos, desde "sobrestante de obras públicas" hasta albañiles y pintores, los que tambien dejaron su sello -aunque anónimo- en las más importantes obras de la ciudad. Algunos registros mencionan los nombres de los albañiles Hipólito Arrúa, Manuel Centurión y Pedro Pablo Rojas; de los carpinteros Francisco Caballero, Manuel Franco, Manuel Palacios , Ildefonso Torres y Ruperto Ramírez; de los pintores Saturnino Centurión , Ciriaco Chávez y Buenaventura Usedo y, finalmente, el "sobrestante" Tomás Ocampo, responsable de las obras del teatro, hoy triste resíduo de malas intervenciones.
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Pesas y medidas
Las formas de comparación en el pasado -al establecer longitudes y volúmenestenían muy presente la referencia a los factores ambientales, al cuerpo humano y la naturaleza. Por eso las crónicas de los navegantes o expedicionarios hablaban de "jornadas de navegación" y se pretende que ciertas tribus, con la misma lógica, mencionaban el término "lunas". Mas poéticamente -después- se usaron "primaveras" o "abriles". Progresos científicos mas recientes apelaron a los mismos mecanismos, como la denominación de atmósfera a la unidad de presión, o caballos de fuerza, a la potencia de una máquina. La historia de los tiempos de la colonia está plena de referencias a las distintas formas de medir cantidades. Procedimiento de singular importancia habida cuenta que no existían monedas y el intercambio -aún por el pago de servicios- se hacía en base a lo disponible. El mismo primer capellán de la primera Iglesia de Asunción , presbítero Francisco de Andrada, tenía una paga anual de "...20 hanegas de maíz, 10 de porotos, treinta pollos y 50 panacús de mandioca"; sueldo estipulado por el propio gobernador Domingo Martínez de Irala. Este determinó igualmente las equivalencias con el ausente maravedí, moneda originada en el dinar de oro musulmán introducido en la España Cristiana, hacia 1086. Con el escribano Juan Valdez de Palenzuela como testigo, el 3 de Octubre de 1541, Irala estableció: "...que un anzuelo de malla valga un maravedi, e un anzuelo de rescate valga 5 maravedíes, e un escoplo valga 16 maravedíes, una cuña de la marca que aqui se acostumbra hacer valga 50 maravedíes". Esto se hizo porque "..aquellos ilusos conquistadores" -al decir de Carlos Zubizarreta- no tenían dinero alguno y requerían de algún orden para las transacciones. La cuña era una pieza de metal que servía de moneda. Su nombre sirvió después para identificar el proceso de "acuñar" monedas. La hanega o fanega que, como el maravedí, proviene del árabe, es una antigua medida de capacidad para los áridos, o para medir porciones de granos, semillas o legumbres y cuya cantidad variaba según las regiones. El panacú sin embargo, habría sido una medida indígena referida "a una cesta fabricada con fibras de caraguatá". Su volúmen equivaldría a tres hanegas de capacidad. Algunas de las medidas de longitud mas antiguas están, sin embargo, relacionadas al cuerpo humano. El pié -por ejemplo- era usado en distintas regiones, con valores diferentes. El pié inglés mide 30,48 cm. y el pié de Castilla equivale a una tercera parte de la vara; mide 12 pulgadas y es igual a 28 cm.. La pulgada es equivalente a la duodécima parte del pié e igual a algo más de 23 mm. La braza refiere una medida
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Indígena de la tribu "Caingua" con su hijo en brazos y una cesta colgando de la cabeza. Elaborada con tejidos naturales, el recipiente servía para pescar, transportar enseres o alimentos y habría sido semejante al "panacú" de la colonia.

usada generalmente en la marina y es equivalente a 1,6718 metros. Su nombre proviene del latín brachium, por ser la distancia media entre los dedos pulgares del hombre, con los brazos horizontalmente extendidos. La vara - por último- (que también había una para"la justicia")es la única no referida al cuerpo humano. Es una antigua equivalencia a 835 mm. y 9 décimas.
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Las armas de la conquista
¿

Cómo fué posible que un centenar de soldados españoles, sin conocimiento del

terreno, sin mapas que definieran sus contornos y características, pudiera vencer a decenas de miles de naturales? ¿Qué hizo que éstos les proveyeran de bastimentos y de mano de obra para sus labrantíos y construcciones?. Si los europeos eran ignorantes del idioma, de los usos y de las armas indígenas ¿cómo pudieron convencer a tantos para que les asistieran con ayuda militar en sus empresas guerreras?. Estas son preguntas que cualquiera se reitera ante la magnitud de la gesta conquistadora. Preguntas que más allá del poderío militar y entrenamiento exhibido por los europeos, tiene una sola respuesta: la predisposición favorable de los indígenas hacia los recién llegados. Para algunos fué el "retorno de los dioses". En México, Moctezuma glorificaba a las huestes de Hernán Cortez con un discurso muy explícito: "...Señor nuestro ... has arribado a tu ciudad, México. Aqui has venido a sentarte en tu solio, en tu trono". Los indígenas de Guatemala pensaron igualmente que los que llegaban eran dioses; y, por su parte, los cario/guarani del Paraguay se refirían a los visitantes como "...hijos de Dios". Pero el estupor y la impresión de respeto o veneración inicial fué sólo el pasaporte para la introducción de otras armas, aún mas poderosas: la astucia para acentuar y explotar las rivalidades existentes entre las distintas comunidades indígenas; los instrumentos de "trabajo guerrero" -ya mencionados en entregas anteriorescomo los perros y los caballos; y, finalmente, las armas de fuego: mosquetes, arcabuces y cañones además de alfanjes, ballestas, rodelas, lanzas, flechas y hondas, convencionalmente usadas por los españoles en cuanto operativo bélico existiera. Sin olvidar que, frente a las exiguas armas de los naturales, los combatientes europeos tenían otros elementos como las armaduras, escudos, yelmos y otros protectores metálicos. Pero lo que nadie pudo evaluar inmediatamente como una consecuencia directa de la presencia conquistadora, fue lo que finalmente, más daño causó: los microbios y las enfermedades, para cuya incidencia no tenían los naturales ninguna defensa o protección. Desde los primeros contactos, las epidemas de "...sarampión, viruela, tifus, difteria y gripe causaron más muertes que las mismas armas". Recientes investigaciones han confirmado que durante la incursión de Hernando de Soto en los llanos del río Mississipí, desaparecieron poblaciones enteras como consecuencia de las plagas diseminadas por los soldados europeos. Obviando la tremenda influencia de la propagación de la fe católica en el proceso de colonización en América así como la acción de las armas ya citadas, las de mayor
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Un imponente guerrero mataco, pleno de músculos y armas, finalmente insuficientes ante las pestes, la astucia y la religión españolas.

efectividad fueron las siguientes: el mosquete, antecedente del fusil aunque mucho más largo y de mayor calibre. Para el disparo, el cañón debía apoyarse en una horquilla; el arcabuz, que constaba de un cañón de hierro y una caja de madera. Se disparaba prendiendo la pólvora "...mediante una mecha móvil colocada en la misma arma"; y, la ballesta, de gran poder y peligro. Constaba de una caja de madera -que se apoyaba al hombro como un fusil- y tenía"...un canal por donde podían arrojarse flechas y piedras".
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Canónigos y arcedianos
La lejanía de España, las grandes distancias entre las sedes virreinales y las colonias
de América, además de las enormes extensiones de los territorios afectados por ellas, hizo que se multiplicara el número de "efectivos reales". Estos, "ojos y oídos del rey" hacían que el monarca, "...lejano y fantasmal", se enterara de los problemas emergentes de la conquista. Como en las antiguas satrapías romanas pero con mayor número de funcionarios, los del reino español eran muchos más ojos y oídos aunque no se les prestaba -a veces- ninguna atención. Entre estos cargos -con los ya nombrados- deben mencionarse los del Oidor, Pesquisidor, Regidor y Revisor además de aquellos que, sin ser importantes en la jerarquía, lo fueron por las funciones que cumplían, como los chasques y escribientes. El Oidor era el que en las audiencias "...oía y sentenciaba las causas y pleitos". El Pesquisidor -sin embargo- era el investigador si bien -a veces- ambas funciones se reunían en una sola, como cuando el Oidor de la Real Audiencia de Charcas, José de Antequera y Castro fue designado Juez Pesquisidor de la Provincia del Paraguay, en 1721. El Regidor tenía funciones equivalentes a un concejal de la actualidad. Los líderes Comuneros Juan de Avalos y Mendoza, José de Urunaga, Francisco Roxas Aranda y Salvador Arsenio López, eran regidores del Cabildo de Asunción. Por último, el Revisor tenía por oficio "...revisar o reconocer". También estaban los funcionarios eclesiásticas tales como el Dean, el Arcediano, el Canónigo, el Chantre, el Provisor y otros que por su naturaleza administrativa, tenían los mismos nombres que los que ostentaban los funcionarios del monarca. Sin embargo, Fray Bernardino de Cárdenas , paceño, nacido en Chuquiabo Marca, nombre indígena de La Paz, Bolivia, reunió cargos tanto eclesiásticos como reales. Fue Definidor, Vicario Provincial y Visitador de la Orden Franciscana en la provincia de Charcas. Designado Obispo del Paraguay en 1642, se vio envuelto en una larga disputa contra la Orden Jesuítica de cuya consecuencia, en 1649, fue electo por el Cabildo, Gobernador de la Provincia, haciendo vigente la Cédula Real del 12 de Setiembre de 1537. En cuanto a los demás cargos mencionados, de Arcediano se trataba al primero -o principal- de los diáconos. El Canónigo era un perito en cánones, un "..asesor jurídico del cabildo catedral". El Chantre era una dignidad a cuyo cargo se encontraba "...el gobierno del canto en el coro" . El Dean constituía la "...cabeza del cabildo después del prelado y lo presidía en las iglesias catedrales". El Provisor era un juez diocesano nombrado por el obispo. Pero el que proveyó un listado -casi completo- de cargos eclesiásticos, fue el primer obispo designado para el Paraguay,
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fray Juan Barrios. Aunque falleció antes de hacerse cargo de su diócesis, dirigió "...una pastoral a sus feligreses". En ella y desde su residencia en Aranda del Duero, determinó la complejidad funcional de la Catedral de Asunción la que, según el flamante obispo, debía contar con "...un Arcediano, un Chantre, un Magistral, Canónigos, Racioneros, Acólitos y Capellanes", además de: Sacristán, Organista, Mayordomo, Notario y Perrero, "... este último, encargado de echar los perros del templo".

La antigua Encarnación, incendiada el 4 de Enero de 1889. Ultimo reducto del Convento de Santo Domingo, el edificio custodiaba el sitio de la fundación de la ciudad con todas las dignidades de una Catedral.

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La revolución paraguaya
Cerca
de 250 profesionales y técnicos europeos arribaban a Asunción desde mediados de la década de1850. Venían contratados por el gobierno de Don Carlos A. López para protagonizar la irrepetida "revolución industrial paraguaya" que con tantos buenos auspicios se iniciara y cuyos resultados empezaran a verificarse y disfrutarse- casi inmediatamente. Lo mejor de aquel proyecto fué, no sólo la incorporación de conocimientos y tecnologías del "viejo mundo" sino la realización de prospecciones, estudios y utilización de componentes o experimentos industriales locales. Entre éstos, puede mencionarse -a manera de ejemplo- la fabricación de papel de imprenta a partir del caraguatá el que, entre las materias primas "testadas" para ese uso, había generado el mejor rendimiento. La dirección de este trabajo fué asignado al ingeniero alemán Robert von Fisher Treuenfeldt, también responsable de la construcción del telégrafo nacional. Como sustento del operativo, se hicieron también prospecciones mineralógicas. Para entonces, el gobierno paraguayo contaba con un informe suscrito el 31 de Diciembre de 1852, donde se consignaba la existencia de minas de hierro en Caapucú,Ybycu’i, San Miguel, "...en el arroyo Apiraguá, (...) en el cerro Reccobú" y "...en la estancia del señor José Domingo Cabañas". Un año antes, el señor Guillermo Feige delataba también la existencia de gredas duras y granitos para la construcción, arcillas para pinturas y salitre para la fabricación de pólvora, entre otros varios minerales. Para completar las investigaciones laboratoriales sobre estos hallazgos, a principios del año 1864 arribó a Asunción un experto inglés en explotación minera, el señor Charles Twite. La armada nacional fué incrementada con la adquisición de buques europeos, como los conocidos "Tacuari" y "Río Blanco", además de otros adquiridos en Buenos Aires: el "Unión", localmente conocido con el nombre de "Río Negro", y "La Argentina", rebautizado con el nombre de "Olimpo". Bajo la dirección del constructor inglés Thomas N. Smith se construyeron en Asunción, el "Ypora", "Saltos del Guairá", el "Correo", el "Río Apa", el "Ygurey" y el "Jejui", botados entre 1857 y 1860. La Sanidad -inevitablemente militar izada ante los aprestos de guerra- también conoció del aporte de los profesionales extranjeros. En este campo actuaron los médicos europeos George P. Burton, William M. Banks, John Fox, John F. Meister, James Rhynd, Frederick Skiner, James C. Wilson, William Stewart y John Johnstone. Estos llegaron al Paraguay entre 1857 y 1864. A fines de 1861, arribó el farmacéutico inglés George Masterman y en Marzo de 1863, el norteamericano Porter Frederick Bliss, de igual profesión, los que terminaron de completar
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Robert von Fisher Treuenfeldt, director del Telégrafo y creador del papel de imprenta de caraguatá. George P. Burton y Frederick Skiner, director el primero, de la Sanidad Militar.

el cuadro de la Sanidad. Debe mencionarse que -aparte de los responsables de cada especialidad- vinieron con ellos técnicos de mandos medios y familiares. Aquellos trabajaron en la fundición de metales, en la construcción del ferrocarril, arsenales y telegrafía. Parte del contingente retornó a sus países de orígen al materializarse la Guerra del ’70 pero otros, superado el terrible trauma que generó la contienda de cuyas consecuencias sufrieron casi todos, se incorporaron a la sociedad paraguaya, dejando apellidos que subsisten hasta hoy, como Cramer, Stewart, Cameron, Chena, Thompson, Banks, entre otros.
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La Fundición de Ybycu’i
Adicionalmente a la decisión de fortalecer el aparato productivo nacional, con la
presencia de mas de dos centenas de profesionales contratados de Europa, era evidente que Don Carlos Antonio López no abrigaba muchas esperanzas en la "buena voluntad" de la Argentina y el Brasil para resolver los problemas que se mantenían entre el Paraguay y esas naciones, desde -prácticamente- los tiempos de la colonia. Si es cierto que ya en su lecho de muerte, recomendaba a su hijo la solución de los inconvenientes que subsistieran, por la vía de la negociación antes que por el uso de las armas, en el mensaje leído ante el Congreso Nacional en 1857, cinco años antes a su deceso, Don Carlos informaba -sin embargo- sobre la adquisición de "...18 cañones de a 68" además de otros 16 comprados "...en una partida anterior". En 1860 encargaba la compra de "...un cañón rayado de campaña, de último modelo, que pudiera servir como muestra para fabricar otros iguales en el arsenal". Ni bien acalladas las ceremonias de exequias que despidieron al "viejo López" en 1862, y para el mismo procedimiento de adquirir material bélico de avanzada para su reproducción en los arsenales de Asunción, el gobierno paraguayo encomendaba la adquisición de todo tipo de cañones, rifles y fusiles, carabinas, municiones y fulminantes y "...una hermosa artillería de campaña montada en sus cureñas". Para el sostenimiento de la actividad metalúrgica programada, era de fundamental importancia, la elaboración del hierro a partir de los yacimientos descubiertos. Por su cercanía a uno de los mejores, se instaló la Fundición, en Cordillerita, Ybycu’i, donde el trabajo habría comenzado desde Abril de 1850, según la presunción de Juan F. Pérez Acosta. Pero la emergencia de la guerra hizo que el establecimiento se abocara -casi con exclusividad- a la fabricación de armamentos, "...cañones, obuses y morteros"; aunque también se hacían implementos rurales y se enviaban preparados ferrosos al Arsenal de Asunción. Entre las armas de mayor calibre y renombre hechos en Ybycu’i, se destacó el "Cristiano", nombre dado a un gigantesco cañón, elaborado a partir de la fundición de las campanas de las iglesias de la República, "... descolgadas con el mayor regocijo" para constituirse en "...beato adalid (...) y sublime baluarte de la Justicia y el Derecho de nuestra santa causa" según la expresiva crónica de "El Semanario" del 13 de Abril de 1867. En todo su rico historial, la Fundición tuvo cuatro directores, con un breve interinato del teniente Elizardo Aquino. Los trabajos se iniciaron bajo la dirección del ingeniero fundidor Henry Godwin, inglés, fallecido en Junio de 1852; continuaron con el francés Augusto Liliedat, desde Julio de 1853; siguieron con el inglés William Richardson quien llegó a Asunción con el Gral. Francisco S. López
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cuando éste retornaba de Europa; y el último, otro inglés, William Newton, oficialmente a cargo de la Fundición en el momento de su destrucción por el ataque de las fuerzas aliadas al mando del coronel uruguayo Hipólito Coronado, el 13 de Mayo de 1867. Pero el que estaba realmente al frente fué el jóven comandante Julián Insfrán quien, con el enemigo ya a la vista, hizo enterrar los últimos pertrechos fabricados y se dispuso a un ritual hoy desconocido: morir por la patria.

La Fundición de Ybycu’i, según un dibujo original que perteneciera al Dr. Alfredo Jacquet y reproducida en el libro "Carlos Antonio López, obrero máximo" de Juan Francisco Pérez Acosta.

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Los arsenales
El "Arsenal" fue -en realidad- el embrión de un proyecto industrial, metalúrgico y
astillero que como tantos otros auspiciosos emprendimientos de "la época de Don Carlos A. López", fue abortado durante la Guerra del 70. Ubicada en la boca de la bahía de Asunción, la instalación estaba "... respaldada por la antigua batería de San Gerónimo". En unas breves memorias sobre su actuación en aquel emprendimiento, Manuel Trujillo refería que el Arsenal se dividía en varias secciones: "...la de construcciones navales, la de máquinas, la de construcción de barcos de vela y embarcaciones menores, la de calafates y la de carpintería de obras blancas". El primer director del establecimiento fue el ingeniero inglés John William K. Whytehead, uno de los privilegiados pasajeros del "Tacuari" en su primera travesía desde Europa. Este profesional, no sólo fué el alma y nervio de los primeros años del Arsenal, sino actuó también como superintendente en la Fundición de Ybycu’i. Como la mayoría de los técnicos ingleses de la plantilla eran solteros, el gobierno paraguayo habilitó para los mismos ".. la casa fiscal de las calles Estrella y de la Aduana (Colón)" como residencia. El sitio, que se encontraba frente al Hotel Cosmos -anteriormente llamado Argentino y actualmente Asunción Palace Hotel albergó, ya en este siglo, al Café del Puerto. La Fonda Inglesa, sobre la calle Oliva casi de la Aduana, alojaba otro contingente de técnicos de la misma procedencia. Entre las circunstancias curiosas que rodearon la actividad del Arsenal, se menciona el atentado -a puñaladas- que sufriera Mr. Whytehead asi como su contramaestre, Alexander Grant. Un operario, presuntamente ofuscado por las amonestaciones que recibiera de los nombrados, fué el autor de la agresión. El 13 de Julio de 1865, dos años y seis meses después del incidente, sin que Whytehead se recuperara totalmente de aquel ataque y con la tensión adicional de la guerra abatiéndose ya sobre el Paraguay, el laborioso director se suicidó "... con un tósigo de nicotina preparado por él mismo con un puñado de tabaco". Mr. Grant, su compañero de infortunios, falleció un mes y 20 días después. Como sucesor de Whytehead fue designado el ingeniero naval John Nesbitt quien, junto a otros destacados profesionales, llevaron adelante las tareas del Arsenal. Ellos fueron el constructor naval Thomas Norman Smith, quien abandonó el país en 1860; el ingeniero Charles Cousins, cuyo contrato expiró en 1863 y los dibujantes Richard Marshall y Michael Hunter, quienes se quedaron hasta 1867 y 1869, respectivamente. Aparte de las embarcaciones, rieles y otros complementos del ferrocarril y con el
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ejército ya en campaña, en el establecimiento metalúrgico se fabricaron también, "..balas de cañón, huecas y sólidas", cureñas, fraguas portátiles y todo tipo de armamentos. Cuando el Mcal. López dispuso la evacuación de Asunción en 1868, se desmanteló el Arsenal que, en Caacupé y con sus técnicos e implementos reinstalados, siguió fabricando armas y municiones hasta el 15 de Agosto de 1869. En esa fecha, sus operarios incendiaron aquella instalación antes de abandonarla, según el historiador José A. Vázquez. Algunas versiones aseguran que el "ejército civilizador" se llevó el Arsenal a Corumbá y otras le atribuyen alguna actividad en el mismo lugar que, para entonces, era conocido como "Arsenal cué".

Vista de Asunción tomada desde la loma San Gerónimo. En el grabado aparece el Arsenal -todavía incloncluso-y el resto de la ciudad, la calle de la Aduana, la Catedral, el Oratorio y la "vieja" Encarnación, entre otros edificios.

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Llegan los arquitectos
Las primeras intervenciones en la ciudad, las que marcaron cambios profundos en
su delineación y estructura, aparecen casi al mismo tiempo de fundación, luego del incendio del 4 de febrero de 1543. No existen otras menciones que lamentar -aparte de los "pedazos de ciudad" que llevaban los raudales, de tanto en tanto- sino hasta 278 años después, cuando las "reformas" del Dr. Francia. En realidad siempre se supuso que tales obras fueron producto de la febril imaginación represiva del Dictador, pero según investigaciones realizadas por el Dr. Alfredo Viola, fueron los cabildantes de Asunción y allegados al Dictador los que, a comienzos del año 1820, indicaron algunas medidas en ese sentido. Habría sido el Sindico Procurador de la ciudad, Juan Ignacio Aguilera, quien en una sesión del cabildo, propuso se enderezaran las calles de Asunción "...dándole la rectitud posible, quitar los cañizos o cercas que sobren y pueden encubrir alguna sospecha, embarazan la vista y desahogo que deben tener, y cortar y destruir los árboles..". Cuando aquella moción fue aceptada por unanimidad, lo grave todavía estaba por venir porque en el momento de ejecutarse tales trabajos, muchas casas y edificios fueron demolidas inútilmente, debido a los errores del Dictador y sus constructores. En aquellos años, la Asunción de la Colonia se iba para siempre. Sus habitantes comenzaban a desafiar los espasmos naturales de lluvias y raudales, abandonando lo que hasta aquel momento había sido su distintivo y el fundamento de su personalidad urbana: el haberse mantenido plegada a la anarquía de la naturaleza, a la vera de arroyos y barrancos. Se presume que la razón de semejante despropósito era el temor de un atentado contra el Dr. Francia, a producirse en el Viernes Santo de 1820. Pero, algún impacto saludable deberían tener también las intervenciones "urbanísticas" en Asunción. Una de los pocas, fue la llegada -entre 1854 y 1864- de una serie de profesionales europeos con propuestas para la "monumentalización" de la ciudad, con edificios de gran nivel y otras intervenciones menores. Con el "palacio de Cristal" de Joseph Paxton en sus retinas, recientemente consagrada como la "niña bonita" de la Feria de Londres de 1849, surgen los palacios de los López, el Palacio de Gobierno, la Estación, la Aduana, el Oratorio, el Teatro (Varela cué), el Arsenal, el Club Nacional, entre otros edificios, con modelos formales completamente diferentes a la persistente tipología de "dos lances", conocida en la capital, desde prácticamente- los inicios de la Colonia. Al término de la guerra, "¡ay de los vencidos!", sobreviene otro impacto negativo. Entre el desdén a la obra de los López (los edificios iniciados por ellos quedaron en ruinas), los destrozos por los saqueos y la búsqueda de tesoros (realizados por quienes
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El Palacio de Gobierno. Edificio diseñado y construído por Francisco Wisner de Morgenstern, Alonzo Taylor, John O. Moynihan y otros artistas. Destinado para residencia de Francisco Solano López, la imagen lo muestra en la fecha de su habilitación, cuando la Feria Industrial de 1892, durante los festejos del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América.

vinieron a traernos "la civilización"), además de la construcción de numerosos palacios particulares sobre los muñones de la ciudad devastada, Asunción quedó marcada por la presencia de los ejércitos vencedores. Pero ninguno de los nuevos edificios logra igualar a la jerarquía y la magnificencia de los gestados por Francisco Wisner de Morgenstern, Alonzo Taylor, Alejandro y Cayetano Ravizza, Andrés Antonini, John Owen Moynihan además de otros ingenieros y técnicos constructores, paraguayos y extranjeros.
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Milán en el Paraguay
Aunque la historia sobre la presencia de los Jesuitas en el Paraguay -desde 1610 hasta
1767- menciona a tres arquitectos italianos en el contingente, Bianchi, Bressanelli y Prímoli, son éstos dos últimos los que trabajaron en territorios, hoy paraguayos. El milanés José Bressanelli estuvo "...en Encarnación entre 1718 y 1725" y realizó obras en el templo de Santa Rosa. Se destacó igualmente como escultor, arte en el que -según el padre Sepp, "...cual otro Fidias, despertó la madera durmiente y dio vida a los bloques de cedro, de modo que a sus figuras les falta solamente la facultad de hablar". Como el anterior, Juan Bautista Prímoli era oriundo de Milán; ingresó al Paraguay en 1716 y trabajó en la misión de Trinidad. En la construcción de este templo actuó al lado de Prímoli, el hermano José Grimau , catalán. Este -a su vez- acompañó al jesuita español Antonio Rivera en la erección de los templos de Santa Rosa, Santiago y Jesús. Más de cien años después, llegaba a Asunción otro arquitecto -casualmente milanéscontratado por Don Carlos A. López. Se trataba de Alessandro Ravizza, quien tuvo a su cargo las obras del Oratorio, del Teatro, del Club Nacional, la reforma de la antigua Aduana y los palacios de los hermanos Venancio y Benigno López. También diseñó y dirigió la construcción del monumento al Gral. José E. Díaz en la Recoleta, hecho que permite suponer su vigencia hasta después de las exequias del vencedor de Curupayty, en Febrero de 1867, ya que el historiador Juan F. Pérez Acosta le da por muerto durante la guerra "...dejando una fortuna que fue encontrada posteriormente". Ravizza vivió en una casa de la calle Asunción (hoy Mcal. López) y Yegros. Si desde la expulsión de los Jesuitas hasta la llegada de Don Carlos al poder, no consta la actividad de otros arquitectos, se sabe de la labor de algunos "prácticos" y "expertos" locales, como lo fueron el señor Tomás Ocampo, "sobrestante de obra" en el Teatro Nacional y "...el inteligente negro Pachi" que tuvo a su cargo la reparación de la torre de la Catedral, a fines del siglo XVIII. Se presume además, la realización de obras de arquitectos y constructores residentes en el extranjero, por comisiones recibidas desde el Paraguay, como los planos elaborados para la Catedral (finalmente no utilizados) "...por encargo particular de Juan Andrés Gelly, en 1844", y realizados por el arquitecto italiano Carlos Zucchi, residente en Montevideo. Inmediatamente después de la Guerra del ’70, se destaca la labor de Juan Colombo. Italiano, oriundo de Milán (!!), llegó al Paraguay cuando contaba con 22 años y "..siguió a López en la guerra; sobrevivió a la hecatombe y volvió a la Asunción", según la crónica de Pérez Acosta. Asociado a José Pelozzi, Colombo trabajó en la
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Perfil asunceno con diseño milanés. Desde la balconada del Parlamento, se ven las siluetas de la Encarnación y la Policía, obras de Colombo y la del Oratorio, obra de Ravizza.

terminación y decorado del Hotel Hispano Americano, ex palacio de Benigno López; también realizó la columna conmemorativa a la Constitución del ’70, así como refacciones en el Palacio de Gobierno, "...la Policía y cuarteles". Pero su obra cumbre fue la elaboración de los planos y la construcción de la Iglesia de la Encarnación. Distintas épocas, condiciones diferentes, sacerdotes y laicos; pero tuvieron de común el origen, Milán , y la realización de las mejores obras de arquitectura que ha conocido el Paraguay.
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Los constructores italianos
La inmigración italiana, la mas numerosa en el Paraguay de la pos guerra de 1870,
se componía de un mayoritario número de constructores y albañiles. Se debería a que la especialidad enrolaba a una alta cantidad de desocupados en la paupérrima Italia de la época; o que, a falta de alguna profesión u oficio para acceder a las fuentes de trabajo local, el campo de la construcción ofrecía mejores posibilidades. Hubo muchos, de distintos aportes y diversa capacidad profesional. Pero la falta de registros de sus obras, ha dejado a éstas sin autores -al menos conocidos- especialmente a las de las zonas residenciales próximas al microcentro en los alrededores del eje histórico; y a las de los barrios que se extendieron -en los inicios de este siglo- mas allá de dicho casco: Sajonia y San Roque, por ejemplo. En este último barrio, sobre las calles Mcal. Estigarribia, Eligio Ayala y 25 de Mayo, todavía puede observarse parte de las mas bellas expresiones del aporte italiano a la construcción domiciliaria en Asunción. Algunos de aquellos constructores llegaron ni bien apagados los rescoldos de la "guerra grande". Otros, años mas tarde. Algunos se radicaron en Pilar, Concepción y Villarrica. Otros, en el Departamento de San Pedro, especialmente en Rosario y San Estanislao. Pero la mayoría se ubicó en Asunción. Giovanni Barbero fue uno de ellos. Construyó el Molino Nacional -luego Molinos Harineros del Paraguay- en la esquina del Palacio de Gobierno. Los asuncenos comentaban que al efectuar una demolición en uno de sus depósitos de materiales de construcción, al lado del Hotel Italia y frente a la estación del ferrocarril, Barbero "...encontró un tesoro que acrecentó su fortuna". Sebastiano Grassi construyó el local del Colegio de La Providencia "...y el monumental asilo de La Recoleta"; éste, sobre planos de Juan Colombo. José Grattarola construyó los primeros pabellones del Hospital Nacional, que son hoy parte del Hospital de Clínicas. Los hermanos Cristóbal y José Peris construyeron "Mburuvichá Róga" y el Palacio Peris, sobre la avenida Mcal. López, ex local de un banco actualmente quebrado. Antimo Pettirossi, padre del "as de la aviación", Silvio Pettirossi, fue el constructor del Palacio Patri, obra del arquitecto Carl Gustav Renhfeldt y hoy sede de la Dirección de Correos. Stéfano y Natalio Rapetti construyeron el palacete del señor José Cellario -actual Círculo Naval y Aeronáutico- el local de la "Societá Femminile Margherita di Savoia" y el Banco Agrícola, hoy Ministerio de Agricultura. Giovan Battista Savorgnan, oriundo de Friuli, realizó las obras para la casa Battilana y la casa Palmerola, hoy asiento de una ferretería en la esquina de Paraguari y 25 de Mayo. Francesco Cacace construyó los edificios ubicados frente a la Plazoleta del Mercado
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La Escalinata. La arquitectura monumental de Roma a la escala asuncena. Diseñada por el Arq. MIguel A. Alfaro, construída por Carlo Pozzi.

"Guazú" -serían los que estaban donde se construyó más tarde el Hotel Guarani- La Paraguaya de Seguros, la residencia del señor Juan Pessolani, todavía existente en Estados Unidos esquina Mcal. Estigarribia y -en sociedad con el constructor Marchesela villa Scavone. Bartolomeo Talenti construyó el Banco de la República, edificio todavía existente en 15 de Agosto y Palma (hoy Farmacia Scavone). Stefano Caligaris fue el constructor de algunas de las obras del Arq. Tomás Romero Pereira; Antonio Covelli construyó el Teatro Granados y Héctor Giovannelli hizo las refacciones en el edificio de la Curia Metropolitana, Independencia Nacional esquina Mcal. López. Antonio Marchese construyó el edificio del Colegio María Auxiliadora, la hermosa "Villa Rosalba" -actual sede del Comando en Jefe- para el Dr. Emilio Pérez, la villa para el señor Slaviero Scavone en Mcal. López y 22 de Setiembre, la Escuela República del Brasil así como la casa de la Sra. Vedova de Gasparini, en Mcal. Estigarribia y Caballero. Salvatore y Carmelo Causarano, eran oriundos de Scicli; construyeron la sede de "..la Farmacia Aguila, la ampliación de la Escuela Militar y el Círcolo Deportivo Italo-Paraguayo", entre otras obras. Carlo Pozzi dejó un imborrable recuerdo en Asunción: la construcción del conjunto de las Escalinatas, en las alturas del Ykua Sati, con diseños del Arq. Miguel Angel Alfaro. Francesco Terlizzi, casado con doña Saturnina Caballero, hermana del Gral. Caballero, fue proveedor del ejército además del servicio de alumbrado, cuando éste todavía apelaba al aceite de petróleo. También construyó edificios como el de tres
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Farmacia el Aguila, frente a la Plaza Uruguaya. El «art decó» aclimatado a las disponibilidades locales. Obra de Salvatore Causarano.

plantas en la esquina de 14 de Mayo y Palma, sede de La Positiva de Seguros, la casa de José Gómez, al lado de la cancha del Olimpia, donde residió el presidente Higinio plantas en la esquina de 14 de Mayo y Palma, sede de La Positiva de Seguros, la casa La implantación de las formas decorativas clásicas propuesta por estos profesionales: molduras, sobre y bajorrelieves, esculturas, balaustres y capiteles- introdujo también en los edificios algunos mecanismos constructivos que mezclaban la pre-fabricación, proceso industrial, con los usuales de la construcción artesanal. Las fachadas ornamentadas con aquellos elementos, reveló el oficio de "frentista", nombre con el que se conocía a los que dibujaban las formas, preparaban los moldes y hacían el vaciado de los objetos decorativos. Otros constructores italianos (por orden alfabético) fueron: Tomás Achinelli, Simón Agato, Andrea y Eugenio Andreatta, José Angelino. Matías Babagnoli, que retornó a Milán, Giovanni Barrain, Luigi Bianchi, Alfredo Bonini, Pedro Botti, Giuseppe y Luigi Buccini, Rafael Buongermini, Carlo Calparoli, Sebastiano Canclini, Rocco Caniggia, Giovanni Caselli, Antonio Cino, Luigi Clérici y Luigi Colla, que vivía en la calle Samuhu Peré al 386.
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Molinos Harineros en la esquina del Palacio de Gobierno, Ayolas y El Paraguayo Independiente, obra de Giovanni Barbero.

La lista sigue con los hermanos Angelo, Antonio, Emilio y Romano De Tone, Pedro Filipini, Salvatore Gianninotto, Luigi Marelli, Giovani Migliorisi, Pedro Monetti, Doménico Montanaro, Angelo Morassi, Guillermo y Augusto Movia, Antonio y Nicolás Orsi, Ambrosio y Lorenzo Orsini. Augusto Paván, Vicente Petinatti, Angelo Radice, quien retornó a Italia, Stéfano Rapetti, Giovani Renna, Víctor Repetto, Ferrando Romei, Antonio Ruotti, Tomás Sachero, Luigi Salerno, Giovanni Segú, Giorgio Spatuzza, Guglielmo Trovatto y finalmente, los hermanos Vincenzo y Salvatore Tumino. El arte de la construcción -nunca como entonces- se desparramó en Asunción gracias a la labor de estos grandes constructores!

Datos obtenidos mediante investigaciones personales y extraídos de los siguientes libros y publicaciones: La República del Paraguay, un Siglo de Vida Nacional - 1811/1911; Gli Italiani in Paraguay - 1931; Italiani nel Paraguay/Estirpe Itálica en Paraguay - 1939; y, El aporte italiano al progreso del Paraguay; 1527/1930.

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Los constructores catalanes (*)
La aparición del hierro y el hormigón armado produjo una gran desorientación en la
construcción europea del siglo anterior. Lejos de habilitar otras propuestas formales, los arquitectos e ingenieros se limitaban a reproducir los viejos moldes clásicos sin aprovechar las potencialidades de los nuevos materiales. En las últimas décadas del siglo -sin embargo- surgieron varios movimientos que, antagónicos o coincidentes, enarbolaron actitudes innovadoras para la creación. Entre ellos se encontraba el modernismo, el de mayor preponderancia, difundido por toda Europa como "...un movimiento romántico, individualista y antihistórico". En España, su más alta expresión se desarrolló en Catalunya, de la mano de un arquitecto excepcional, Antonio Gaudí, autor del Parque Güell, la Casa Milá y el incomparable templo de La Sagrada Familia, entre otras obras realizadas, todas en Barcelona. El modernismo Catalán se diseminó en América por influjo de constructores, ingenieros o arquitectos emigrados de Catalunya entre los que militaban fieles exponentes del "movimiento" aunque todos contaban con una excelente formación para el diseño y la construcción, en cualquier estilo que estuviera entonces en boga. En Asunción recaló Juan Bregulat. Fue uno de los primeros. Llegó en 1888 y sólo se sabe que era maestro de obras. El mismo oficio tenía Jaime Feijó, de quien tampoco se sabe mucho. Habría arribado a fines del siglo XIX y fue maestro de Enrique Clari, el más alto exponente del modernismo catalán en el Paraguay. El arquitecto José Marsal realizó numerosas obras, entre las que deben mencionarse el local para el Colegio Nacional (hoy de Niñas) y la residencia del Gral. Pedro Duarte, veterano de la Guerra del ’70 y Ministro del Ejecutivo durante las presidencias de Cándido Bareiro, Bernardino Caballero y Patricio Escobar. El edificio, todavía sobreviviente en la esquina de O’Leary y Pdte. Franco, tuvo su primera "reforma" entre 1913 y 1914 "...por inseguro" antes de alojar a la Imprenta Zamphirópolos. En el piso superior de la casa también residió el Cnel. Albino Jara mientras ejercía la presidencia de la República. Teodoro Martí llegó -como los demás- en las últimas décadas del siglo XIX. El Teatro Granados, donde también se bailaba sobre un escenario construido de tablas, fue uno de sus diseños. El local había recibido el nombre en memoria del compositor catalán Enrique Granados. Jaime Miquel Moray fue escultor y como tal, actuó en la decoración externa de algunos edificios de Asunción. Entre sus trabajos se cuenta el Oratorio y Panteón de los Héroes, el Palacio de Don Juan Alegre, luego Hotel Majestic y hoy, Ministerio de Hacienda, así como otros importantes edificios de la capital. El constructor Juan Vallverdu Baldrich llegó en 1912 y también hizo su
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La casa de John Augsten, cerca del Colegio Internacional. La torre y otros detalles hablan de Clari en el diseño de esta ya desaparecida casa.

aporte profesional para la concreción del Teatro Granados aunque terminó residiendo en Concepción. José Vilar fue maestro de obras. Trabajó en la capital hacia fines del siglo XIX. Y, finalmente, mencionemos a Enrique Clari, el mejor representante del modernismo Catalán en el Paraguay aunque el exiguo número de obras marcado por esa tendencia puede explicarse en el hecho que las exigencias estéticas de la "alta burguesía asuncena" de la época, no reclamaban tales diseños. Sus obras, por tanto -aunque afirmadas en "lo catalán"- recorrieron también otros estilos. Clari había nacido en Manresa, en 1879 y "...llegó al Paraguay cuando tenía 11 años de edad". A poco de su arribo trabajó con los maestros Jaime Feijó y José Vilar y con ellos aprendió el oficio de construir. Para completar su formación estudió dibujo en el Instituto Paraguayo donde obtuvo su licencia como "Constructor de Obras", en 1902, luego de ser examinado por Carlo Hoffer, italiano, pero que había abrevado de las fuentes catalanas. También fue discípulo de Juan Colombo, a quien acompañó en la construcción del Palacio de Justicia. Entre las obras más importantes de Clari se encuentran la casa del Dr. Cayetano Masi, luego Hotel Hispania, en Cerro Corá e Iturbe; el local de Foto Fratta, todavía existente en Pdte. Franco y Ayolas; la casa de Cornelia S. Vda. de
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Vargas, hoy desaparecida, sobre la avenida Mcal. López y Kubistchek. Una de las tantas riquezas perdidas en Asunción se encontraba próxima al Hotel del Paraguay. Se trataba de la casa del Sr. Augsten. Con un torreón y detalles muy parecidos a la "casa Vargas" y por su clara inspiración en el modernismo Catalán , puede presumirse la autoría de Clari en este edificio, lamentablemente demolido. También se le atribuye al constructor de Manresa el exótico pabellón paraguayo en la Exposición Industrial de Buenos Aires de 1910, obra en madera probablemente realizada por el carpintero catalán Ricardo Comellas Durán. Clari materializó igualmente otras obras, apelando a propuestas diferentes aunque igualmente bellas como el palacio del señor José Costa, que todavía engalana la calle Palma entre 14 de Mayo y 15 de Agosto; la sede de la Cervecería Nacional, tanto la fábrica en "Arsenal Cué" como la oficina, sobre la calle B. Constant (luego sede de "El Orden" y -ya demolido el edificio- sede de "Ultima Hora"); la panadería de José Ligier, todavía existente en Palma y Colón; la casa-quinta del señor Diego Martínez, en

La casa del Gral. Pedro Duarte, obra de José Marsal , con hermosos detalles catalanes. Fue sede comercial, imprenta y alojo al Cnel. Albino Jara, para renunciar -finalmente- a casi todos sus encantos ante "reformas" poco felices.

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La casa de Cornelia S. Vda. de Vargas, en Mcal. López casi Kubistchek, hoy demolida. Obra de Enrique Clari y una de las muestras que tuviera Asunción del "Modernismo Catalán»".

Varadero, sobre el río Paraguay; la quinta del señor José Cancio, en Villa Morra, entre otras muchas y destacadas construcciones que enriquecieron el repertorio formal de Asunción y colocan a Enrique Clari entre los más altos contribuyentes a la belleza de la ciudad.

(*)Datos extraídos de: «Presencia Catalana en el Paraguay», publicación realizada por el CENTRE CATALA de Asunción. Ed. 1993.

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Los primeros servicios
El aspecto que ofrecía "la Asunción" al término de la Guerra del ’70, era el "...de
una ciudad bombardeada". Abandonada por sus habitantes, sucia y derruida, con aguas estancadas, pozos y casas destartaladas por doquier. Ocupada por los "aliados" desde los primeros días de 1869, la capital era el retrato de la desolación y la ruina. La incesante "labor" de los "soldados de la libertad" pugnando por algún botín, convencidos de la existencia de riquezas escondidas en las entrañas de la mítica Asunción, no hacían sino aumentar los destrozos. Ardua fue la tarea para la reconstrucción. Luego de cuatro años de la última "batalla", el 4 de Agosto de 1874 y durante el gobierno de Salvador Jovellanos, se realizaban las primeras adjudicaciones para los pavimentos en algunas calles. Los trabajos habrían de afectar a las del casco histórico, desde El Paraguayo Independiente hasta la calle De la Justicia -actual Gral. Díaz- incluyendo las transversales, desde la calle De la Aduana, hoy Colón, hasta la de Loreto, actualmente México. El italiano Francesco Terlizzi recibió la concesión para las obras. Para el efecto, también tuvo a su cargo la explotación de la cantera de piedras del cerro Tacumbú ; piedras que serían -y fueron, durante mucho tiempo- el sustento material del "empedrado" asunceno hasta que el cerro terminó reduciéndose a un triste muñón, sepultado tras las casas del lugar. Para el transporte de los materiales se utilizaron "zorras" o vagones de una línea de tranvías a tracción a sangre -también concedida a Terlizzi- que, desde la cantera, llegaba hasta la Plazoleta del Puerto. El recorrido seguía la calle Florida, hoy B. Constant, hasta el Atajo, actualmente calle Alberdi, seguía por frente al Teatro para subir por la calle 25 de Diciembre, hoy Chile, hasta Tacumbú "...donde funcionaban una cantina, cancha de bochas y otras distracciones domingueras" debido a que el servicio atendía -a la vez- el transporte de pasajeros hasta este último sitio, objeto entonces de turismo urbano. Terlizzi fallecería en Buenos Aires -unos años mas tarde- en la más completa miseria. El empedrado y tranvías a tracción de mulas siguieron a cargo de Luis Bazzano aunque en el negocio del "empedrado" también trabajaron Tobías Simone y Santiago Ammatuna -éste, en sociedad con Bartolo Trovatto- entre otros concesionarios. Diez años después del inicio de las obras de pavimentación, fue sancionada una Ley de Concesión a Rafael Augusti, Silvio Andreuzzi y otros, para proveer el servicio de tranvías a la "Cancha Sociedad". Andreuzzi había sido el médico que asistiera a Sarmiento cuando su visita al Paraguay. Asociado a Christian Heisecke, también era dueño del Hotel Villa Egusquiza, actualmente Hotel del Paraguay. "El Conductor Universal" -tal se llamaba la empresa- extendería sus líneas el 24 de Setiembre de
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1887, cuando ya estaban a cargo de la misma José Macías y Cía. y una nueva Ley del 26 de Agosto de 1884, autorizaba otras extensiones de las líneas y una prórroga de 20 años en los plazos de la concesión. En 1888, Macías es beneficiado con una nueva concesión para extender las líneas; esta vez hasta Trinidad. En 1884, el médico italiano Francisco Morra también recibía la concesión para la habilitación de un servicio de tranvías desde la Estación del Ferrocarril hasta la Recoleta, sitio que unos años mas tarde, sería conocido como Villa Morra. El servicio fue extendido con nuevas líneas, mediante una ley sancionada el 15 de Setiembre de 1886. Cuatro años mas tarde, el 29 de Setiembre de 1890, el uso de la energía eléctrica

El siempre eficiente, puntual y pulcro tranvía en uno de sus recorridos por la calle 25 de Mayo, girando hacia México, en la esquina de la plaza Uruguaya.

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domiciliaria era una realidad en Asunción. Una ley concedía al ya mencionado Silvio Andreuzzi, la instalación de "...una usina eléctrica en la capital". La misma estaba ubicada en Sajonia, sobre el río, por las facilidades del enclave para el desembarco de maderas para leña, elemento utilizado como combustible en el proceso de generación de la energía. La habilitación de otra usina eléctrica fue concedida a la firma Gatti y Lloret, el 10 de Junio de 1903. Estas concesiones permitían adicionalmente la provisión de alumbrado público. El 7 de Noviembre de 1906 se otorgaba una nueva concesión para el transporte, basado en el "...tranvía a mulitas". La línea llegaba a Puerto Sajonia y el sujeto de la ley correspondiente fue otro italiano, el señor Giorgio Barzi . Este empresario también fue dueño del primer automóvil introducido al Paraguay, alrededor del año 1905. Y finalmente, el 7 de Diciembre de 1910, Juan Carozio era beneficiado con una concesión para la instalación del tranvía eléctrico, en sustitución a los de tracción a

El tranvía "a mulitas" en uno de los tramos hacia Villa Morra.

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La plazoleta del Puerto con faroles "a petróleo" y molinos de viento. Los servicios todavía se hacían esperar.

sangre, vigentes hasta entonces. Aquella ley de concesión fue modificada por otra del 29 de Agosto de 1911, por la que se mejoraba la concesión y se extendía el servicio. De esa manera se inauguraba un sistema de transporte útil, económico y eficiente, que por la extrema incapacidad de las autoridades -nacionales y municipales- fue lamentablemente condenado a la extinción.
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De la mano de ingenieros y arquitectos
En el Album que con motivo del Centenario de la Independencia Nacional, editara
Arsenio López Decoud, aparecen los nombres -y las fotografías- de los primeros ingenieros paraguayos. Todos: Isidro Abente, Augusto Cálcena, Agustín E. Muñoz, Antonio Canclini, Gustavo Crovatto, Guillermo Sneider y Juan B. Nascimiento, habían egresado en el exterior. De entre ellos, Nascimiento y Crovatto fueron Intendentes de Asunción entre 1921 y 1924 el primero, y entre 1933 y 1936 el segundo. La presencia de los mismos al frente del gobierno de la Capital, no constituyó entonces una novedad debido a que desde 1917 se había iniciado la modalidad de contar con graduados universitarios al frente del mas alto cargo municipal. En efecto, desde el 6 de Enero de aquel año hasta Noviembre de 1940, un tiempo un poco menor a 24 años, Asunción fue gobernada en forma ininterrumpida por 13 profesionales de extracción universitaria, entre los que se contaban siete ingenieros y un arquitecto. Esta singular y -coincidentemente- progresista etapa de la ciudad comienza con Albino Mernes , en el cargo entre 1917 y 1920, sucediéndole el ya mencionado Nascimiento. Baltazar Ballario, ingeniero como los anteriores y los siguientes, gobernó entre 1927 y 1929; Pedro Bruno Guggiari lo hizo entre 1929 y 1932 sucediéndole el ya citado Ing. Crovatto. Luego asumen José Bozzano, entre 1937 y 1938; y, Fernando Saguier, entre 1938 y 1939. El arquitecto Miguel Angel Alfaro ocupó la Intendencia entre 1924 y 1927. Los ingenieros reaparecen en 1949 con Gustavo Storm, Intendente entre 1949 y 1952; José Domingo Ocampos, entre 1952 y 1954; de nuevo Storm, desde 1954 a Enero de 1955 y desde Julio de 1955 a 1956; siguió Nicolás de Bari Flecha Torres , entre 1956 y 1959; Guido René Kunzle, desde 1973 a 1976, finalizando la hegemonía de los ingenieros con los militares Gral. Porfirio Pereira Ruíz Díaz, "lord mayor" entre 1976 y 1989; y el Cnel. José Luís Alder, entre 1989 y 1991. Paralelamente al trabajo de aquellos primeros "profesionales del ramo", hubo trabajos de otros profesionales, en su mayoría extranjeros y de la misma especialidad, que desde los últimos años del siglo XIX como en las primeras décadas de éste, contribuyeron a mejorar el aspecto de los edificios en Asunción. Entre ellos debe contarse al italiano Carlo Hoffer, autor del Banco Agrícola, edificio que todavía aloja al Ministerio de Agricultura; el demolido Banco Mercantil; la sede de la empresa Rius y Jorba, hoy asiento de la Secretaría Nacional de Turismo; la casa de Juan Pessolani en la esquina de Estados Unidos y Mcal. Estigarribia, ocupado hoy por el Instituto Superior de Lenguas. Carl Gustav Renhfeldt, proveniente de Suecia, fue autor del Palacio Patri, hoy Correos. Ernesto Baradello aparece como ingeniero-arquitecto y
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La labor de profesionales al frente de la comuna se tradujo en una serie de obras y cuidados que la capital no conoció -lamentablemente- en otras épocas. La costanera, ajardinada, pavimentada y limpia, en la década del ´30.

fue el constructor del Teatro Municipal. Se ha registrado además el nombre de otros italianos como los arquitectos Carlo Spada, sin obra conocida, Baltazar Ballario, autor de numerosos trabajos entre los que se destaca la casa Fuster, en la esquina de Mcal. López y Gral. Melgarejo; Fiorelli Savorgnan que luego se radicó en La Plata; el ingeniero De Jerica, quien acompañó al Arq. Alfaro en la obra de las Escalinatas y -finalmente- debe destacarse la actuación de un ingeniero ruso, de apellido Esmagailoff, autor de dos hermosas residencias, todavía existentes: la casa Di Martino, frente al Colegio Las Teresas y la casa Consoli, que luego perteneció al Dr. Martínez Miltos, en Mcal. López casi Estados Unidos. Desde principios de siglo, actuó también el arquitecto español Luís Navarro, oriundo de Granada. Este trabajó hasta la década del ´50 y fue autor de numerosas obras entre las que pueden contarse el edificio del Policlínico Rigoberto Caballero, el de la Cruz Roja y la Iglesia de San Lorenzo, falleció en 1954. El arquitecto Miguel Angel Alfaro se destacó entre todos los mencionados, como Intendente Municipal, como constructor y como diseñador de grandes edificios. Asunceno, graduado de ingeniero en Roma y de arquitecto en Nápoles, Alfaro fue Jefe del gobierno comunal cuando el Dr. Eligio Ayala lo fue de la República. Entre sus trabajos que "quedan" (esperemos que para siempre) se encuentran: el edificio para
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El arquitecto Miguel Angel Alfaro, el mas importante arquitecto paraguayo de la primera mitad de este siglo y el único de esta profesión en ocupar el cargo de Intendente Municipal.

la farmacia "El Ciervo", hoy sede de una financiera, en 14 de Mayo esquina Oliva; la Farmacia "San José", en Perú y Mcal. López; la casa Salomón, en Caballero esquina Cerro Corá, la casa Pfannl, en San José y Río de Janeiro así como numerosas residencias de gran calidad que honran a "la Asunción". Entre sus trabajos públicos figura su obra cumbre: las Escalinatas, además de los numerosos ornamentos (glorietas, balaustres, pórticos y detalles menores) en los parques Caballero, Carlos A. López y Botánico. Para dar continuidad a numerosas calles, diseñó e hizo construir algunos puentes: en la avenida Artigas, sobre el arroyo Mburicaó y en la calle Del Hospital, hoy Dr. Montero, así como el puente sobre el Jaén, en Colón y Gral. Díaz. La magnífica labor del arquitecto Alfaro culmina con su participación en la fundación de la Facultad de Arquitectura y de la Asociación Paraguaya de Arquitectos. Para la constitución de este gremio, actuó junto a otros siete profesionales: Mateo Talia, Tomás Romero Pereira, Homero Duarte, Natalio Bareiro, Francisco Canese, Américo Bergonzi y RamónGonzález Almeyda. De esta institución pionera puede decirse que se inició en 1953. El Dr. Ramiro Rodríguez Alcalá redactó los estatutos y gestionó la personería jurídica. El único extranjero del grupo fue el arq. Américo Bergonzi, argentino, quien había venido con la Compañía Santafesina de Construcciones. Bergonzi había egresado de la Universidad del Litoral de Rosario. Trabajó en Asunción desde 1930. Entre sus obras más importantes (casi todos existentes) fueron: la casa para la familia Seifart; Mcal. López y Constitución; la sede de la Flota Fluvial Argentina Dodero, hoy Caja de Jubilaciones Municipal, en la calle B. Constant e/Colón y Montevideo; la casa Pessolani, Palma esq. O’Leary; y, la casa Angulo, donde se fundó el Club Centenario, Mcal. López y Rca. Francesa, entre otras varias obras. Ya para entonces, llamaba la atención de los asuncenos el edificio PARFINA, construido por "Christian & Nielsen", para la Compañía Americana de Luz y Tracción - CALT - y el cine Victoria, construido por el Arq. Corbellani, italiano, que
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había venido a Asunción para dirigir la construcción del Banco del Paraguay. El modelo de este edificio fue elegido de un catálogo por el presidente del Banco, el Dr. Carlos Pedretti. El diseño había sido realizado por los arquitectos argentinos Sánchez Lago y De la Torre. Y los primeros edificios -en altura- diseñados por paraguayos estuvieron a cargo de los arquitectos Natalio Bareiro y Francisco Canese, también fundadores, entre otros, de la APAR y la Facultad de Arquitectura.

Edificios "sobre catálogo". El Banco del Paraguay, construido frente a la antigua "plaza del Mercado", fue elegido de un catálogo y construido por una empresa argentina. Es casi una réplica del Palacio de Buckingham, de Londres.

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¡ Albañiles !
Recordando a mi padre, José Rubiani, albañil.

Parafraseando a Miguel Hernández, desde su poema "Aceituneros" podría decirse
de los albañiles de Asunción, aquellos albañiles altivos, que "...no los levantó nada/ ni el dinero ni el señor/sino la tierra callada/el trabajo y el sudor". Llegaron con los soldados que fundaron la ciudad; o, se hicieron en el camino construyéndola palmo a palmo, casa a casa. Asumieron de ingenieros cuando fue necesario salvarla de los raudales y de artistas, cuando a falta de ellos, se permitieron decorar la modestia de las casas de entonces. La materialización de "la Asunción" se debió a ellos. Y nadie los recordó nunca. Mi padre fue albañil ... y yo lo recuerdo siempre. Porque fue bueno, fue honesto y asumió su pobreza con dignidad. Con él supe de términos raros que me acompañarían toda la vida: andamio (aunque nunca tuve la habilidad de andar sobre ellos); machinal, "latacho", rondanao alfajía; conocí los nombres específicos de las partes de una construcción: cornisa, alféizar , "mocheta" , sardinel, mojinete entre otras expresiones mas usuales. Vi como -en nuestra misma casa- él fabricaba las formas que adornarían los edificios de entonces, el extraño y simple proceso de preparar moldes en el que se "vaciaban" capiteles , bases, balaustres y figuras -de todas los apariencias imaginables- para otorgar relieve a las fachadas. Observé la meticulosa preparación de los instrumentos y herramientas -también de doméstica fabricación- para los "salpicados", los revoques de "imitación piedra" (rayados, peinados y combinaciones diversas). Como casi todos los hijos de los albañiles de antes, fui ayudante de mi padre. Antes que yo, mis dos hermanos también lo fueron. Era el modo en que aprendiéramos "el oficio". Una posiblidad de trabajo por si llegara el temido momento de abandonar los estudios. Un reflejo de subsistencia de los hogares pobres. También significaba un ahorro de mano de obra que -de cualquier manera- tenía que pagarse y era mejor que el dinero retornara a la la casa. Aquella actividad laboral eran "nuestras vacaciones escolares"; acarreando arena, ladrillos o piedra; excavando zanjas para cimientos (cuando el suelo no era tan duro) o preparando distintos tipos de mezclas según el uso que fueran a tener. En tiempos de clases, la obligación era otra: llevarle la comida. Una tarea con la que nos familiarizábamos desde muy pequeños, con 4 o 5 años, acompañando a un hermano o hermana mayor. La "vianda" era simple, modesta, en forma y contenido. Un mantelito atado en sus extremos envolvía la ollita del "caldo" ... "puchero" siempre. Como tapa, un plato con los zoquetes de la carne, la mandioca, mbeju o batata a veces; o, alguna tortilla haciendo de "tyra" o complemento a la comida principal como también de "muelle" para los traqueteos del camino. Porque
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Don José Rubiani, albañil.

casi siempre las construcciones estaban lejos de nuestra casa, en el centro o en los alrededores de la calle España, enclaves que -por entonces- propiciaban la expansión de la ciudad: Las Mercedes, Barrio Jara, "Lida Rosa". Llegar hasta este lugar -por ejemplosignificaba caminar desde el costado de la cancha del Club Guarani, donde vivíamos, hasta el "Estado Mayor" en donde subíamos al tranvía. Al bajar en la esquina de la avenida Mcal. López con la calle Luna, hoy Venezuela, nos esperaba por ésta, otra larga caminata hasta mas allá del cruce con la calle España. Meterse en aquel desfiladero de árboles, en la casi-siesta de aquella silenciosa calle empedrada, era para mi hermano José, de 7 años y yo de 5, una experiencia tenebrosa. La construcción quedaba en algún lugar impreciso, por donde hoy cruza la calle Sargento Gauto. Para llegar hasta allí, nos metíamos entre las aberturas del matorral y pasábamos por donde se encontraba la engalanada "crucecita" de Lida Rosa, una niña que en el día de su "primera comunión" y camino de saludar a su abuelita, fue violada y asesinada. Se decía que allí quedó tendida con su alba vestimenta de novia en miniatura, el "catecismo" y las correspondientes estampitas de "recuerdo del feliz día ...", manchadas de sangre. Demás esta decir que, en su momento, la información ya nos había conmovido profundamente por lo que el paso de cualquier teju hovy agitando la maleza del borde del caminito, nos parecía el inminente ataque de algún monstruo diabólico o el alma en pena de Lida Rosa clamando por venganza. Mi padre era "frentista" y como tal, realizó la decoración de los "frentes" de muchas casas. Recuerdo vagamente nombres y apellidos como los de Larán, Ginés, Méndez Paiva, Raimundo Rolón. Hizo el escudo en el "Cabildo", las letras del Banco del Paraguay y mas tarde, las del Banco Nacional de Fomento. Construyó las columnas "moriscas" del Club Centenario, el frente y las letras del Colegio Nacional de la Capital, el frente del Colegio de María Auxiliadora así como los ornamentos del Cine Victoria. Desde los altos andamios de esta obra, cayó y murió un compañero de
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trabajo, Sixto Lugo, desconocida víctima de un vicio conocido: la inseguridad en las construcciones. Recuerdo que mi padre trabajó también con los constructores Marchese, Buccini, Renna, Orsini, Tumino y con algunos arquitectos de la vieja guardia: Bergonzi, Canese. No puedo dejar de recordar el festín de los días de lluvia, donde a falta de posibilidades de trabajar, la familia estaba junta alrededor de la mesa y alguna actividad novedosa se hacía entre todos, siempre en relación al arreglo de la siempre inconclusa casa. O fabricar planteras, aquel amasijo de alambre y cemento que también se constituían en un recurso de sobrevivencia cuando el trabajo escaseaba. Muchas veces, el sábado -glorioso día del cobro- nos llenaba de gran ansiedad porque ver llegar a mi padre un poco después del mediodía, era anticipar el humor que reinaría en la casa durante toda la semana. Su semblante nos revelaba -de lejos- si había cobrado el escuálido salario, o no. Era la incertidumbre que gobernaba la vida de los albañiles en aquel tiempo, sin contratos ni leyes que los protegieran. Sin nada más que la confianza -a la palabra del patrón, por supuesto- como arreglo de las "formas contractuales". Porque sucedía frecuentemente, que llegado el sábado y la hora de pagar, el contratista, el propietario de la casa o el ingeniero, sencillamente .... no aparecían.

El "nuevo" Colegio Nacional, donde José Rubiani decoró el frente y dibujo las letras del "frontis".

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El Cine Victoria, al fondo de la imágen, detrás del Banco Mercantil. Desde sus altos andamios cayó -falleciendo en el acto- un compañero de trabajo de José Rubiani, Don Sixto Lugo.

Papá, al dejar estas columnas sobre la Asunción de Antaño, que yo recorrí a través de las fotografías, escritos y recuerdos de otras personas, te rindo este tardío, pero necesario y justo homenaje. Para vos, que la recorriste con tu valioso trabajo de albañil. Aunque no apareciera tu nombre en ningún texto o catálogo que recuerde a los sacrificados constructores de la ciudad, no importa .... fuiste el mejor .

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