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Análisis noviolento

de la intervención
en Libia
31-3-2010
Cuaderno de Análisis 31-3-2011

ANÁLISIS NOVIOLENTO DE LA
INTERVENCIÓN EN LIBIA.
La reciente intervención militar líbica de la coalición agrupada bajo el
patético nombre de “Amanecer de Odisea” ha provocado una oleada de
adhesiones y aplausos entre los opinadores del partido tácito del militarismo,
lo cual no es novedoso, y otros apoyos predecibles de personas que no
pertenecen, o al menos no pertenecían, al furibundismo militarista.

Nos queremos referir aquí, y rebatir desde argumentos lógicos, éticos y del
pacifismo práctico del que provienen algunos de estos opinadores ahora en
boga, al artículo de Viçent Fisas, director de la Escuela de Cultura de Paz de la
Universidad Autónoma de Barcelona, publicado en El País el 22 de marzo de
2011 bajo la macartista imprecación de “La izquierda y la intervención militar
en Libia”.

Comencemos por afirmar la independencia de criterio y la legitimidad de los


argumentos de Fisas, no faltaba más, y entendemos que, también, la lealtad y
la sinceridad desde la que formula sus propuestas, por más que, en nuestra
opinión, estén tremendamente desacertadas y, por lo que se refieren al trato
hacia el pacifismo alternativo y hacia lo que él mismo denomina “vieja
izquierda”, sean bastante injustas.

1 ¿Q UIÉN ES V IÇENT F ISAS ?

Queremos empezar reconociendo los méritos del autor y, tal vez, desvelando
sus desencantos, que no son de ahora, con “la izquierda tradicional” y el
antimilitarismo, a los que, en un totum revolútum no muy preciso, de alguna
manera acusa de incoherencia y de furibundo antimilitarismo.

Fisas, que proviene de un pacifismo práctico y luego ilustrado, fue una de las
(pocas y muy meritorias) personas que tradujo y puso entre nosotros la idea
de que el modelo militar de defensa se puede reformar desde planteamientos
de lo que podemos llamar “pacifismo no alternativo” o “institucional”.
Propuso el cambio de modelo hacia ejércitos no ofensivos, el giro de los
objetivos de la defensa hacia la defensa de los derechos humanos y de la
“seguridad humana”, el uso de las políticas de exterior y de cooperación
como instrumentos para la solidaridad y paz. Introdujo en nuestra (escasa y
poco ilustrada) literatura “pacifista” las ideas sobre la violencia y sobre la paz
con contenidos que ya se trabajaban en el extranjero, familiarizándonos con
autores como Sharp, Galtung, Laederech y otros. Fue el primero que difundió,

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en estos lares, el término transarme (transarmament) como propuesta de


transición hacia un modelo de defensa no militarista. Y tuvo el mérito de
convertir ciertas aspiraciones e ideas pacifistas en propuestas con rango
académico, por más que sus propios planteamientos, en la medida en que se
especializaron y academizaron, han ido desconectándose en realidad de la
práctica pacifista y antimilitarista inicial.

Como explica un antiguo dicho, sin duda manejado por el autor, hay que dar
al César lo que es del César y ahí queda hecha la mención de los innegables
méritos de Fisas. Pero tales méritos ¿hacen más autorizada y acertada su
opinión?, ¿Gozan de la innegable “auctoritas” de quien se predica como
experto por el mero hecho del prestigio del firmante? Nosotros opinamos
que no, y de ahí la necesidad de analizar con detalle sus argumentos. ¿No
cabe en el terreno de los conflictos internacionales otra postura que aplaudir
la injerencia militar y relegar a la categoría de la irrelevancia cualquier otro
planteamiento que no sea el uso de la fuerza? Nosotros pensamos que esta
postura tan maniquea en realidad es nefasta y perjudica el avance de una
verdadera cultura de paz.

Pero antes de rebatir las principales, desafortunadas en nuestra opinión, tesis


guerreristas de Fisas, debemos indicar algo que tal vez permita contextualizar
y entender los prejuicios del autor respecto del antimilitarismo y de la
izquierda vetusta y, en la medida de lo posible, situar sus opiniones en un
plano de discusión racional desapasionada.

Vamos a ello: Fisas apoyó a Izquierda Unida en el año 1990 en la elaboración


de una propuesta de reforma del ejército. Proponía un proceso de transarme
hacia un ejército reducido y no ofensivo, que se planteara como objetivo la
paz y la seguridad. Así propuso el “Defensa 2001. Una propuesta para
España” (publicado por el CIP en Informes CIP núm. 2, 1990) que luego IU
utilizó con algunas rebajas sobre la propuesta originaria (en este caso al
parecer no tanto por el tic antimilitarista de la izquierda tradicional como por
el tic militarista que no asumía postulados tan “vanguardistas” como los del
autor).

Tampoco la propuesta de Fisas fue bien acogida por los grupos


antimilitaristas, en aquella época más centrados en las luchas antiotan y
antibases y en la desobediencia antimilitarista e insumisa ante la ley de
objeción de conciencia (con la que Fisas no acababa, desde su idea de objetor
de conciencia diferente, de comulgar). Los grupos antimilitaristas ya
trabajaban en la idea de una alternativa global y radical al militarismo y a la
defensa militar y tampoco aceptaron de buena gana las propuestas “a medio
camino” del autor. De este modo Fisas se encontró en terreno de nadie,
demasiado lejos para la vieja izquierda, y demasiado cerca para el pacifismo
práctico, lo que le provocó un cierto distanciamiento, bastante dolido por
cierto, de unos y otros.

Tal vez eso hace perdonable lo que de descalificación tiene el artículo fiseano
de quienes no piensan como él y explica la falta de puentes que actualmente
existen entre este autor y quienes desde otra óptica, planteamos que lo que

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se está haciendo en Libia (ahora y antes) es inmoral y que existen otras


maneras de intervenir, desde la noviolencia y el compromiso por la paz, para
mejorar la situación y no empeorarla.

2. L OS ARGUMENTOS DE F ISAS . ¿S ON
NOVEDOSOS ?

Para intentar centrar el debate sobre la oportunidad y la justicia de la


intervención militar en Libia y, más allá de esta, sobre si existen otras
opciones, fuera de la pasividad, más correctas, de luchar en conflictos de
significado análogo, debemos señalar que los argumentos principales de Fisas
serían varios:

a) Un derecho a proteger: No podemos permanecer impasibles ante


situaciones de peligro para poblaciones, de donde el autor deriva un
innegable “existe un derecho a proteger”, con el que, por nuestra parte,
como diremos, estamos totalmente de acuerdo con tal de que se
considere que este derecho no es estático y, por decirlo de alguna manera,
puramente coyuntural y oportunista. Además, pensamos, no es correcto
ligar inevitablemente el derecho a proteger con la metodología militar y
violenta, porque del derecho a proteger no se infiere necesariamente la
justificación de la intervención armada.

b) La fuerza militar para hacerlo creíble e imponerlo: Del primordial


derecho a proteger deriva Fisas la necesidad natural de contar con un
instrumento militar que pueda imponer la paz por la fuerza en situaciones
muy concretas de peligro. Unas fuerzas armadas reducidas y entrenadas al
servicio de la paz y coordinadas por Naciones Unidas. Tal vez el mutismo
del dogma jurídico de que el derecho se diferencia de la moral en que
tiene detrás una fuerza coactiva para imponerse saldrá el prejuicio militar,
máxima expresión de la fuerza, que que el derecho a la larga ha de
imponerse por la violencia. Pero ¿es esto así?.

c) La justificación del uso de la fuerza como “estado de necesidad”. Lo


paradójico en el caso libio, según Viçent, es que no es posible ni siquiera el
apoyo a la población si previamente no se reduce o neutraliza el poder
militar de Gadafi: No podemos ofrecer seguridad a los libios sin antes
reducir la potencia militar del tirano. El siguiente paso que Fisas nos dará
como necesario, pero sin embargo no adivinamos a ver como tal, es que la
única forma de recudir la fuerza del tirano es imponerla manu militari. Y lo
terrible es, en nuestra opinión, que nosotros somos colaboradores en la
construcción de dicha fuerza militar tiránica.

d) La ineficacia de cualquier otro medio. Según el investigador, no valen


ni los medios diplomáticos, ni económicos, políticos, culturales, de
cooperación al desarrollo u otras metodologías noviolentas. Únicamente
es posible el uso de la fuerza militar.

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e) El derecho de injerencia debe ser proporcional y limitado. Finaliza el


argumento de Fisas afirmando que usar una fuerza mínima y limitada a lo
estrictamente necesario, lo que implica reprobar e impedir que ocurra
como tantas otras veces que el uso de la fuerza no sea una opción de paz
sino un refuerzo del militarismo (más venta de armas, más imposición de
intereses geopolíticos, refuerzo de la cultura de la violencia, etc).

f) El papel de la sociedad civil (y de la izquierda) es controlar que los


límites no se traspasan. Lo afirma cuando afirma que el papel de la
izquierda consiste en ser sensible, vigilante y exigente sobre los riesgos
que no han de traspararse con la acción militar.

Nosotros no estamos de acuerdo, ya lo hemos dicho, con la justificación en


este ni en cualquier otro caso de la intervención militar, pero tampoco lo
estamos con los criterios que el propio autor asume y califica de realistas. Y
no lo estamos

1) tanto en el orden de los análisis de fondo que llevan al autor a


sostener sus argumentos (creemos que hace un reduccionismo histórico y
que plantea una visión estática del conflicto existente y de sus causas,
implicaciones y actores),

2) como en el plano de la pura eficacia (supuesta, por cierto, pero nunca


demostrada con los hechos, y mucho más si los hechos que analizamos
son los de las guerras de Irak y de Afganistán u otros desastres similares)
de las medidas militares que afirma y en su inevitabilidad,

3) como en el plano de la ética y

4) de la propia idea de paz desde la que se parte y en el de la actoría e


implicación que la sociedad civil (tanto la de allá como la de aquí) lejos de
los planteamientos pasivos que hace Fisas, puede y debe jugar para la
transformación del conflicto que se ha visibilizado ahora en Libia y en otras
regiones del planeta.

Ahora bien, volviendo sobre el argumento fisista, digamos que éste no


peca precisamente de novedad. En cierto modo son reproducción de los que
acompañaron las intervenciones militares de Europa y Estados Unidos en
otros conflictos posteriores a la caída del muro de Berlín, tanto en África,
como el Europa y, cómo no, Afganistán e Irak.

En todos ellos, algunos ex-pacifistas o pacifistas terciaron justificando la


intervención militar por similares argumentos realistas a los ahora
empleados. A saber: Lo inevitable de la intervención armada como único
modo de parar el desastre, la ineficacia, cuando no irresponsabildiad, de las
posturas noviolentas que benefician a la larga a los tiranos y consolidan el
desastre humanitario, la superior altura moral de nuestra causa y derecho a
intervenir frente a la barbarie de los otros que se pretendía evitar.

Pero, lo que es más curioso, el grueso del argumento se cierne en torno a


la idea de guerra justa, una nefasta acuñación de la filosofía de antigua y
rancia presencia entre nosotros (que siempre ha sido usada por todos los

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ejércitos del mundo para justificar su actuación) y cuya más actualizada


explicación debemos a Michael Welzer, quien, entre otras cosas, cataloga de
crimen cualquier guerra no defensiva y afirma que “empezar una guerra es
siempre un crimen”.

El argumento de Fisas descansa sobre las reglas de “justificación” de las


intervenciones humanitarias que Welzer explica en su obra “guerras justas e
injustas”, donde centra las justificaciones de este tipo de ingerencias
humanitarias en la inexistencia de alternativas inmediatas diferentes a las que
pueda recurrirse (el argumento fiseano de que ningún otro medio,
diplomático o noviolento cabe en este caso líbico), cuando los actos a los que
queremos dar respuesta son de aquellos “que conmueven la conciencia moral
de la humanidad” (para el Director del Instituto de Paz y Conflictos se
centrarían en que Gadafi ha emprendido una guerra contra sus ciudadanos,
que pone en peligro a la población libia) y nos exigen una respuesta que en
todo caso pertenece no al ámbito de la justicia sino de la moral (con lo que
aparecería la explicación Fiseana de que la opción por la no intervención es
inmoral, afirmación sutil que enmascara Fisas cuando acusa a los pacifistas de
escurrir el bulto, inacción o irresponsabilidad).

Vaya por delante que nosotros, como Fisas y pensamos que la inmensa
mayoría de las personas, opinamos que ante situaciones críticas y de
injusticia no cabe la pasividad ni la inacción (pero caigamos en la cuenta que
esta situación crítica ya estaba antes y que la injusticia previa también exigía
de nosotros movilización e intervención): Siempre es preferible la acción a la
inacción y estamos de acuerdo en que en este conflicto no se puede
mantener la neutralidad ni se puede predicar la inactividad. No es cosa de los
otros, es cosa, también nuestra, que nos afecta, nos interpela y nos exige.

Ahora bien, ¿preferir la acción a la pasividad debe implicar justificar la


fuerza militar? ¿La acción militar es la acción ética por el mero hecho de ser la
única que ejercen nuestros dirigentes, frente a cualquier otra opción? ¿La
intervención no militar aparecería entonces como opción inmoral por
inacción? Es un salto en el vacío que únicamente cabe dar desde
preconceptos nada contrastados en la realidad y necesitados de mayores
argumentaciones. Estamos hartos de que los telediarios nos muestren no
sólo la inutilidad y la falta de ética de todas las intervenciones militares, sino
los graves perjuicios hechos a las poblaciones y a las instituciones.

El mismo día en que Fisas proclamaba su apoyo a la injerencia militar, el


humorista Forges, a quien no creemos que pueda calificarse de ingenuo
pacifista desinformado ni de izquierdista con un tic de querer matar al padre
Franco reprobando todos los ejércitos, proponía una viñeta que
desenmascaraba que no hay guerras buenas o malas, sino malditas guerras.

Nosotros estamos de acuerdo con Forges, no hay guerras buenas o malas,


justas o injustas, necesarias o innecesarias, legítimas o ilegítimas, más o
menos sanas, más o menos decentes, ... Todas las guerras son malditas
guerras, guerras reprobables, crímenes contra la humanidad (tenga una u

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otra ideología esa humanidad a la que le toca pagar con su vida el uso de la
violencia para perpetuar los conflictos).

Pero vayamos por partes:

3.- U NA RESPUESTA COMEDID A :

Queremos llamar la atención y dar una respuesta a algunos de los puntos


flacos de la percepción fisista, agrupando los argumentos en tres grandes
bloques:

A) FISAS SE LLEVA MAL CON LA HISTORIA.

Varios son los razonamientos de Fisas que queremos traer aquí a colación:

1) Uno, más accidental, pero que no queremos dejar de señalar, referido


a los que para Fisas son tics antimilitaristas relacionados con una extraña y
antigua psicología asociada al acusado militarismo franquista (y a un cierto
infantilismo o inmadurez nuestra, de los antimilitaristas) y que convierte
nuestro parecer en una especie de secuela de ese franquismo que actúa
como una especie de mecanismo compensatorio o algo parecido. ¿Tal vez
desde esta descalificación se pretende que nuestros argumentos, dadas
nuestras taras, tampoco valen y son infaniles, ingenuos o irrelevantes?
Suponemos que no, aunque algunos artículos y posiciones publicadas por
defensores del realismo político en este asunto nos hacen temer que hay
quien cree lo contrario.

2) Otro que hace referencia al papel desastroso jugado por la comunidad


internacional en situaciones anteriores de “crisis humanitarias” como han
sido Somalia, Ruanda o Bosnia, argumento que nos llevaría a recelar, antes
que a esperar, de la intervención militar es esta ocasión.

3) Y uno tercero que hace relación a lo que Fisas llama necesidad de


ayudar a los insurgentes libios en este preciso momento, ayuda que
únicamente concrerta en apoyo militar, cuando en nuestra opinión el
apoyo a las aspiraciones de la población debería ir más bien por otros
derroteros de construcción de sociedad civil, y no precisamente de
militarización.

No contempla Fisas en su análisis un cuarto argumento histórico, tal vez


por olvido del autor, referente al conflicto libio en la perspectiva histórica, lo
que además tiene que ver con el análisis de la génesis y evolución del
conflicto hasta llegar a nuestros dias, con las causas del mismo, con el papel
que en éste ha tenido el comportamiento internacional hacia el régimen libio,
hasta hace pocos días apoyado por occidente y consolidado por la aportación
de armamento y material antidisturbios al Coronel, con la posición
geoestratégica libia y los intereses de las superpotencias en el país y en la
región norteafricana y un largo etcétera.

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Dejaremos este cuarto aspecto para un posterior análisis de las causas del
conflicto, para responder a los argumentos explícitos de índole histórica que
maneja, a nuestro entender de forma desafortunada, el investigador y
articulista de El País.

Veamos los tres aspectos históricos señalados:

* El antimilitarismo español ¿es infantilismo antifranquista?

En cuanto al antimilitarismo español, lo cierto es que es mucho más y algo


bien distinto de la caricartura Fiseana y no responde a la idea de infantilismo
que, insensatamente, el autor nos aspeta.

Es cierto que el antimilitarismo tiene parte de su explicación y es sucesor


de otros antimilitarismos y de la experiencia sufrida por toda la sociedad que
fue el militarismo franquista y, en ese sentido, debe entenderse también bajo
esa contextualización.

Fisas no descubriría nada, y desde luego la soterrada descalificación que


realiza no tendría ninguna razón de ser, con decir que el antimilitarismo tiene
un contexto también en el franquismo (como lo tienen la mayoría de las
instituciones principales, la propia democracia e incluso el tipo de sociedad
civil y de valores que en general tiene la sociedad española).

La herencia del franquismo en nuestra sociedad es lógica cuando se ha


padecido una ideologización profunda, durante cuarenta años, de la cultura
franquista, que se encarnó en instituciones, en enseñanzas, en creencias y
costumbres, en legislaciones, en metodologías de socialización (entre otras el
servicio militar yel servicio social que nuestros ministros y ministras de antes
y de ahora padecieron) y un largo etcétera.

El franquismo explica una sociología, y puede en cierto sentido (porque


pesa como una losa) dar alguna pista de diversos aspectos de nuestra
idiosincrasia, como por ejemplo, por qué nuestra administración sigue siendo
vertical, jerárquica y paternalista; de por qué nuestro poder y nuestros
poderes siguen siendo autoritarios en su conjunto y perpetúan un proceso de
oligarquización del poder y un modelo encorsetado de participación
“delegativa”; de por qué nuestro modelo de enseñanza es doctrinario y no ha
sido posible culminar la secularización y la laicidad pretendidas; de por qué
nuestro empresariado es proteccionista, inmovilista y poco emprendedor, de
la fragilidad y “desregulación” de nuestro mercado laboral o de la escasa
cualificación de nuestro “capital humano” y hasta de la pervivencia de
soterradas ideologías refractarias y racistas en partes importantes de la
sociedad. Heredamos todo eso y más, pretendemos salir de ello y, con más o
menos éxito en el proceso, vamos haciendo camino en una sociedad que
aspira a superarse y mejorar.

Tal vez en ese mismo contexto de explicación nuestro antimilitarismo es


también heredero de esa desgracia del franquismo, que desafortunadamente
imperó y no murió del todo en nuestra sociedad ni en las mentalidades,
incluida la de Viçent y su descarnado anticomunismo.

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Pero, por otra parte, el antimilitarismo en este Estado no es el reflejo ni


una secuela del franquismo y se nutre de razonamientos, de análisis y de
influencias ideológicas muy diversas y plurales y, sobre todo, de la misma
madurez y legitimidad que las que pueda mantener el post-izquierdista Viçent
Fisas.

El antimilitarismo es a su vez un punto de vista político legítimo y con


contenidos nada infantiles y una opción ética y de vida entroncada con la
noviolencia, que ha hecho de algunas apuestas de su imaginario propio
verdaderos referentes para el empoderamiento y la mejora de nuestra
sociedad. Por ejemplo, ¿quién iba a pensar hace años que una buena parte de
la sociedad asumiría y apoyaría la desobediencia a los ejércitos?, ¿quién que
el nivel de conciencia hacia la paz sería el que es ahora?

Como antiguo objetor que se reclama, Viçent no puede desconocer el


cúmulo de aprendizajes desarrollados por el pacifismo español, las influencias
culturales de pacifismos e ideales noviolentos provenientes de otras latitudes,
el originario hambre de saber que el pacifismo tenía y ha seguido
manteniendo, y, sobre todo, el cada vez más perfilado y contrastado en la
práctica compromiso por la paz, por sus contenidos, que ese pacifismo
antimilitarista produjo. Las propias estrategias de acción directa noviolenta y
la articulación de la campaña de insumisión a los ejércitos, las pacifistas
propuestas de educación para la paz, las principales propuestas de abordaje
alternativo de los conflictos, la lucha contra la militarización de la mujer, las
apuestas contra el gasto militar y por la conversión de la industria militar a
fines sociales, la conexión del ideario pacifista con el ecologista, feminista y
con las luchas contra la globalización y un largo etcétera avala el carácter
legítimo y nada infantil del pacifismo y desmiente el argumentario, tanto el
explícito como el implícito, del elitista monitum descalificador que Fisas nos
lanza. Es más, Fisas conoce, o debería conocerlo, el corpus ya importante del
pacifismo en cuanto a las políticas de defensa y la apuesta por una propuesta
de defensa popular noviolenta que no es ni una entelequia ni una vaguedad,
esté de acuerdo o no con la propuesta Fisas.

Tal vez, si cabe, se puede pedir a Fisas y a otros pacifistas de la academia y


se nos pueda pedir a nosotros, los pacifistas de la práctica, que busquemos la
manera de conectar dos mundos por mucho tiempo separados: el de la teoría
sin conexión con la práctica pacifista y el de la práctica pacifista sin conexión
con los estudios académicos. Suponemos que tal conexión teoría-práctica en
mutuo apoyo implica renuncias de prejuicios mutuos y de cierta visión elitista
y/o exclusivista que, seguramente, nos beneficie mutuamente.

* El papel de la comunidad internacional en anteriores conflictos

Señala Fisas que el papel jugado por la comunidad internacional en


anteriores desastres humanitarios ha sido negativo, unas veces por inacción,
otras por mala acción. Señala los ejemplos de la pésima actuación en Somalia,
la inacción en Ruanda y el retraso en Bosnia como ejemplos que avalarían la
necesidad de intervención pronta y militar en Libia.

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No nos parece que estos ejemplos de la mala actuación de la comunidad


internacional avalen el argumento intervencionista. Al contrario, creemos que
más bien lo desaconsejarían por cuanto que la contribución de esa injerencia
humanitaria ha supuesto la consolidación de las respectivas guerras y
conflictos y un verdadero refuerzo de la ideoloigía molitarista. Según
explicaba Mark Duffield en su texto “las nuevas guerras en el mundo global:
la convergencia entre desarrollo y seguridad”, el intervencionismo
humanitario no ha hecho sino empeorar la situación y reforzar el militarismo
y la injusticia sufrida por las poblaciones y, en la mayoría de los casos,
convertir a las potencias intervinientes en un bando más en la guerra.

De todos es sabido, además, que dichas potencias no han actuado en


general desde la imparcialidad que se predica (y tenemos buenos motivos
para sospechar que en esta ocasión ocurrirá igual) sino guiados por intereses
bien elocuentes que en nada tienen que ver con la ayuda a las poblaciones en
peligro.

Si miráramos quiénes fueron los actores del conflicto ruandés y qué


argumentos usaron para llevar a cabo su intervención, nos sorprenderíamos
de la tremenda similitud con el caso libio de ahora. Es más, sería igualmente
similar el juego de intereses de las potencias occidentales en la zona y el
papel de éstas en cuanto que sustentadoras previas del régimen y vendedora
de armamentos en la región.

Otro tanto cabe decir de la intervención en la antigua ex-yugoslavia, donde


además la OTAN tuvo un papel tan relevante como el que ahora pretende
asumir. Si releemos los textos de M. Kaldor, o de los españoles Xabier
Aguirre, Carlos Taibo o Fernando Hernández, con distintos posicionamientos,
tendremos suficiente conocimiento de lo que supuso este intervencionismo
humanitario como justificación “ética” en las guerras de la ex-yugoslavia.

Y todo ello sin contar con el papel (más bien papelón) que prácticamente
los mismos actores de las operaciones “Amanecer de Odisea” han tenido en
anteriores coaliciones para la injerencia, también basada en razones éticas
muy similares a las actuales, en Irak, Afganistán, Líbano y otras similares.

Nos gustaría en este punto acudir a la propia opinión del escritor Vicent
Fisas en su texto (de 2001) “Cultura de paz y gestión de conflictos” donde
mantiene, igual que ahora, el mito de la idoneidad de la injerencia
humanitaria con medios militares, a pesar de reconocer que en los nuevos
conflictos las fuerzas de injerencia no suelen ir al fondo de los problemas ni
abordar la situación de injusticia estructural existente, se rigen generalmente
por intereses espúreos de los estados que las promueven (económicos,
geoestratégicos, etc.), y sus actuaciones se desarrollan con una serie de
defectos de partida que las deslegitiman, consolidando el papel de las fuerzas
de paz (y de los estados que las sostienen) como un actor más y
potentemente interesado del propio conflicto. ¿será este mismo Fisas en que
ahora nos habla en contra de sus propios análisis?

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Ahora bien, nos hemos referido a la penosa experiencia histórica de las


anteriores intervenciones militares de la comunidad internacional, pero
debemos hacerlo también de las cientos de ocasiones en que, ante
situaciones de igual o superior gravedad, no ha intervenido o no interviene de
manera alguna.

No hay sino como leer los informes de Amnistía Internacional o de Human


Rights para comprobar el grado de violación de derechos humanos en
regímenes o países autoritarios y las torturas que siguen perpetuándose hoy
en día.

En la actualidad hay más de dos docenas de guerras olvidadas en las que


mueren al día miles de personas por uno u otro bando sin que la comunidad
internacional sienta la más mínima compasión. Y si nos referimos a
situaciones como la de LIbia, tenemos alrededor conflictos en Bahreim, Siria y
otros tantos países donde la población sufre represión parecida y en los que
la comunidad internacional mantiene una persistente inacción carente de
toda ética.

* Las necesidades de apoyo a los insurgentes libios.

Incluso más, para lo que se refiere al caso libio, y sin perjuicio del
merecido apoyo que la población libia ha de tener por parte nuestra en sus
aspiraciones de justicia y pluralismo, no parece que la situación previa a la
intervención militar europea fuera de la envergadura que hiciera inevitable
una intervención militar.

En la medida en que vamos teniendo más información sobre la evolución


del conflicto y sus diferentes actores, las dudas y las preguntas siguen
persistiendo.

¿Era, por tanto, inevitable una intervención militar para evitar la masacre?.
Mas aún: ¿La intervención militar puede evitar una masacre? Y ¿no está
perpetuando la intervención militar aliada una situación de enfrentamiento
militar entre un ejército, el gadafista, y otro recién construido, el rebelde, con
apoyo aéreo y logístico de la coalición y ahora de la OTAN?, ¿No estamos ante
una guerra civil reforzada por el papel jugado por la coalición?

En todo caso, ¿cuál es la diferente situación de represión a la disidencia en


Libia ahora y hace tres seis o doce meses, cuando Europa fortalecía el poder
político del coronel Gadafi vendiéndole armas (España más de 15 millones de
euros), invirtiendo en la construcción de empresas en Libia, aceptando sus
inversiones y comprando su gas?

B) ¿DE QUÉ SOMOS CULPABLES? ¿POR QUÉ NOS SENTIMOS MAL?

Aunque Fisas afirma lo contrario, poco se debate en el pacifismo español


sobre "si merece la pena un pequeño ejército existe un debate clásico sobre
si sería conveniente la desaparición de los ejércitos nacionales a cambio de

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unas fuerzas militares de Naciones Unidas suficientemente dotadas para


estas emergencia".

Al contrario de lo que Fisas afirma, el pacifismo español, en general, es


contrario a los ejércitos, sean del signo que sean y tengan el tamaño que
tengan, y se pregunta mas bien cómo se puede ser eficaz y coherente desde
la noviolencia y desde la solidaridad con los que luchan contra las dictaduras,
sin usar, por supuesto, la violencia.

Pero, contra lo que piensan personas no muy bien informadas, tampoco es


la postura más creativa ni mayoritaria del pacifismo la búsqueda de un
ejército incruento de noviolentos, dispuestos a la interposición entre
conflictos. Esta fue una posición muy testimonial, y sin duda destinada a abrir
un debate todavía muy minoritario en torno de las metodologías de defensa;
debate que sostuvo el fallecido Gonzalo Arias y un grupo muy reducido en
torno suyo, pero no constituye una propuesta ni una práctica del
antimilitarismo de nuestros días, por más que el bueno de Gonzalo apostó,
con mucha razón, por afirmar y promover la necesidad de implicación y de
acción directa frente a los conflictos internacionales.

Nadie estamos por la inacción. Algo hay que hacer en favor de la


democracia del Magreb. Nos sentimos solidarios con la lucha que se
emprendió en Túnez y continuó en Egipto, en Libia y en tantos sitios.

Pero, desde nuestro punto de vista, debe ser algo coherente con nuestra
ética pacifista. No se trata de tirar los principios ni las oportunidades por la
ventana y asumir los del posibilismo y el mantenimiento del status quo.

Por nuestra parte nos parece que este problema de la inacción es uno de
los nudos gordianos que impide a muchos hacer propuestas coherentes
dentro de la noviolencia. Realmente tienen razón en que a nivel estatal, a
nivel de las políticas reales, son pocas las actuaciones que se hacen desde un
punto de vista noviolento. Y si comparamos este páramo con la selvática
diversidad de las políticas violentas que se implementan todos los días, la
situación se vuelve angustiosa.

Es entendible, por tanto, que la espesura de las diversas actuaciones


militares que aparecen el los telediarios todos los días no nos dejen ver (y
menos apreciar) la labor muchas veces sin ninguna publicidad (y menos
reconocimiento) de muchos grupos pacifistas que día a día hacen que las
alternativas noviolentas al militarismo puedan llegar a escolares y ciudadanos
mediante el trabajo en los grupos de base.

España, la Unión Europea, Occidente y la O.N.U. han contribuido a la


estabilidad del régimen libio con ventas de armas, tranquilidad y cooperación
económica y política, reconocimiento institucional e internacional, etc.
Durante esa larga época nadie tuvo angustias por desarmar militar, política y
económicamente al régimen libio. España, la Unión Europea, Occidente y la
O.N.U. hemos sido cómplices de dicho régimen. Es decir, hemos colaborado
en la represión de su pueblo, en la inexistencia práctica de los derechos

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humanos para los libios, en su falta de acceso a la democracia. Pero


¿entonces la inacción no era condenable?

Hay que recordar que contra otras dictaduras y contra otros desmanes
internacionales se han arbitrado sanciones económicas, vetos políticos,
comisiones de investigaciones, condenas, movilizaciones sociales, exigencias
de responsabilidad a los propios políticos de aquí y de allá, etc. Contra Libia
hacía mucho que no, últimamente al régimen libio se le toleraba con una
cierta aquiescencia a sus leves cambios de cara al exterior.

Con todas estas actuaciones hemos contribuido a crear una violencia


estructural (se puede descargar el trabajo de Utopía Contagiosa pinchando
aquí) en Libia, que han sufrido los libios comunes y no así las élites libias.

Nos sabemos coartífices de esta situación, nos sabemos culpables, nos


sabemos cómplices.

Y ahora queremos lavar nuestro buen nombre y salvar nuestras


conciencias con más de lo mismo: violencia directa aumentando el círculo
vicioso de una guerra civil con el otro círculo vicioso (demostrado en Irak y en
Afganistán) de las intervenciones violentas en los conflictos; violencia
estructural redondeando el negocio luctuoso de las ventas de armas: se
vende armas a un país pobre para que las oligarquías controlen a la gente, se
acusa a las oligarquías de dictatoriales, se oculta que les hemos vendido las
armas con las que oprimen, ayudamos militarmente a los insurgentes, les
vendemos armas para colaborar en la salvaguarda de sus derechos y les
empobrecemos más y les hacemos más dependientes con lo que estarán
obligados a oprimir a su pueblo (o a otros) para poder mantener sus nuevas
libertades.; violencia cultural soslayando los métodos diplomáticos,
noviolentos, de diálogo y negociación y haciendo de los métodos violentos
militares la única realidad

A la vez, sabemos que esta intervención nuestra no va a solucionar el odio,


las ansias de venganza que van a provocar las muertes de la guerra civil libia.
Sabemos que tras esta guerra civil, antes o después, va a tener que ocurrir un
proceso distinto, de negociación, de diálogo, de concesiones mutuas, de
compromisos entre los distintos bandos libios. En esos momentos miraremos
para otro lado y no nos daremos cuenta de que muchas de las metodologías
con las que efectivamente construyen su democracia sí son noviolentas y
cuanto más noviolentas sean mucho mejores resultados obtendrán en la
calidad de su nueva democracia. Entonces querremos estar en representados
en ese proceso de “cambio”, querremos dirigirlo y controlarlo, querremos
occidentalizarlo, querremos que asuman los “necesarios ajustes económicos
y políticos” para integrarse en el mundo occidental del derroche consumista
(¿os suena a algo nuestro?). En definitiva, olvidándonos de nuestra actual
“solidaridad”, nos concentraremos en que su democracia no sea demasiado
real y participativa (como la nuestra), en que sus instituciones no promuevan
verdaderos cambios sociales (como las nuestras) que les lleven a verdaderos
logros en seguridad humana. Por otro lado, también saben algunos que en la
reconstrucción de la sociedad libia (infraestructuras, casas, instituciones) los

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Cuaderno de Análisis 31-3-2011

libios rebeldes nos habrán de estar agradecidos y ello supondrá una nueva
oportunidad de negocio para nuestras empresas y para nuestros estados del
primer mundo. Entonces volveremos a olvidarnos de la “ética” que nos ha
hecho intervenir para “ayudarles” y retornaremos a los negocios opresores, a
las políticas imperialistas, a fomentar su dependencia de Occidente, a
controlarles con el opio del consumismo y a impedir que su desarrollo
humano verdadero.

Si se analiza la intervención militar actual incardinada en su antes y su


después las tornas cambian. En esta perspectiva vemos un continuo político,
económico, cultural. Es un continuo militarista, violento, opresor, insolidario.
Muchos de los que ven positiva la intervención lo hacen desde esta
perspectiva descontextualizada.

Si analizamos la intervención militar actual en la crisis libia nos daremos


cuenta de que lo que realmente se está jugando en España es una campaña
propagandística (en ocasiones con buena fe y en otras con muy mala uva)
para legitimar aquello contra lo que siempre hemos luchado en el pacifismo
noviolento: la violencia en el abordaje de los conflictos, y contra lo que
siempre hemos denunciado: la violencia sólo trae más violencia.

Actualmente lo que estamos viviendo es la perversión de un debate que


debería darse desde la ética. La manipulación se consigue cuando nos hacen
sentir culpables por no ayudar a los insurgentes libios, mientras que la
realidad es que nos deberíamos sentir culpables de haber ayudado durante
años a la dictadura libia. Es contra esto último contra lo que tendríamos que
actuar en consecuencia y donde nos tendríamos que exigir coherencia ética.

4.- ¿E S POSIBLE HACER ALGO DESDE EL PUNTO


DE VISTA DE UNA ALTERNATIVA NOVIOLENTA ?

Lo primero que queremos tratar es el dónde, el escenario.

A esta pregunta casi todo el mundo respondería que en Libia. Esta


respuesta nos llevaría a imaginarnos un escenario bastante complicado (por
ejemplo, unas milicias noviolentas de interposición en medio del conflicto
libio. Seguro que estáis pensando que eso es algo tirando a suicida,
imposible, que es una utopía. Pensáis que nadie se presentaría voluntari@,
que no hay tiempo para el entrenamiento, que no hay planes específicos de
actuación. Además, sabéis que no sólo carecemos de todo ello en España,
sino que en los demás países tampoco hay mimbres para dicho cesto.

Pues bien empezamos. Sin embargo, hay que ser conscientes de que sí
existen actuaciones noviolentas en las zonas de conflictos o en sus cercanías:
muchas organizaciones colaboran con otras de los países afectados por las
guerra y/o con las personas, y lo hacen desde postulados que nada tienen
que ver con la defensa militar, pero sí con la defensa social, con una defensa
que busca defender lo que al ser humano le es importante: la democracia, el

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Cuaderno de Análisis 31-3-2011

empleo, la educación, la sanidad, etc. Colaborar con dichas ongs, difundir sus
trabajos con refugiados, heridos, desertores, etc., puede ser una labor que
cambien la repercusión del conflictos en muchas personas.

Pero, además, queremos abogar por la existencia de otro escenario que


es, también, una primera línea del conflicto: nuestro propio estado.
Pensamos que es una primera línea porque es en el “primer mundo” donde
se deciden muchos (o todos) los conflictos que se desarrollan en el tercer
mundo. Como antes decíamos, nosotros somos con-causantes con la
violencias directa, estructural y cultural que generamos de muchas de las
facetas de los conflictos que sufren los pobres.

Abogamos por desvelar que realmente España es también parte del


escenario de la guerra: aquí se preparan los conflictos, se gestan, se miman,
se les hace evolucionar una y otra vez para que nunca acaben y nos sigan
dando buenos réditos; aquí se toman decisiones relevantes sobre el futuro
del conflicto, por ejemplo, quién va a ganar y en qué medida va a ganar.

Lo anterior implica que las sociedades de los países del “primer mundo”
somos responsables de la parte de las guerras que aquí se deciden.
Éticamente no podemos eludir esta responsabilidad de acción en nuestra
realidad y por luchar desde aquí y contra los guerreristas que promueven o
consienten las guerras desde aquí.

Además, pensamos, en este escenario cercano podemos tener mucha más


libertad de acción, estamos protegidos por derechos, podemos ejercer la
crítica, la difusión, la educación, las acciones de protesta, los boicots, etc. Y
con nuestras acciones podemos contribuir a mejorar la realidad de muchos
pueblos actuales y del futuro. Añadimos que en este escenario se puede
actuar cotidianamente, de a poquitos, colaborando con amigos en grupos de
base donde lucharemos políticamente y viviremos alternativas.

El segundo aspecto que queremos abordar críticamente son los actores.


Estamos acostumbrados a asumir que los conflictos internacionales son cosas
de gobiernos, de agencias multilaterales, de expertos y de militares: ellos
tienen los medios y ellos saben (asesorados por los expertos en polemología,
terrorismo internacional, temas militares, etc.) qué es lo que hay que hacer y
qué es lo que nos conviene. Sin embargo, los intereses, la ética, los valores,
las dinámicas desde las que se intervienen en los conflictos desde el punto de
vista de los gobiernos o desde el punto de vista popular son muy divergentes.
Este tema se puede ampliar un poco en “Los conflictos internacionales desde
la perspectiva noviolenta” del Colectivo Utopía Contagiosa. Dado que estas
actuaciones e intereses son muchas veces contrapuestos, es momento de
autoreivindicar el papel de las sociedades civiles en los conflictos
internacionales. Con ello ganaremos pluralidad de perspectivas,
concienciación, colaboración, compromiso y ayudas de gente a gente que se
nos antojan mucho más efectivas que las de estado a estado.

Es especialmente sangrante la labor de los expertos. Tradicionalmente no


han dado ni una. Ninguno predijo nuestra actual crisis económica, ninguno

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Cuaderno de Análisis 31-3-2011

predijo la caída del muro de Berlín, ni la caída de la U.R.S.S., ni los atentados


del 11-S, o los del 11-M, ni las actuales revueltas en los países árabes. Nunca
han acertado. Nunca. Pero siguen hablando sin parar y marcando las pautas
de las informaciones de los medios de comunicación, de los políticos y de las
sociedades. Según ellos nunca hay que usar otro método que la violencia y lo
militar. Según ellos siempre estamos en peligro, siempre estamos sufriendo
riesgos, pero nunca nos reconocen como los causantes de las violencias que
sufre el Tercer Mundo. ¡Basta ya de asumir acríticamente a los expertos y sus
análisis serviles con el poder y con la violencia! Es el momento de reivindicar
que los conflictos internacionales son responsabilidad de toda la sociedad.

El tercer aspecto que queremos poner en debate es el cuándo. Estamos


hartos de que los medios de comunicación nos pregunten que qué hay que
hacer en el peor de los momentos, en plena guerra. En ese momento, con la
retina llena de imágenes horribles, con la indignación corriendo por nuestras
venas, con el deseo de solidaridad y, sobre todo, con la falta de informaciones
y de formación alternativas, claro, aceptamos cualquier cosa. ¡Es trampa! En
nuestra opinión es necesario difundir la idea de que los conflictos
internacionales o nacionales tienen un antes, un durante y un después. ¿Por
qué no nos preguntan los medios de comunicación qué se podrían haber
hecho antes, o qué deberíamos hacer después de la guerra? El antes es muy
importante: podríamos prevenir muchos conflictos o, al menos, su estallido
en guerras, si tuviésemos una política continuada, alternativa y noviolenta en
nuestro escenario patrio. El después también es clave: podríamos evitar las
dependencias económicas, tecnológicas, políticas, culturales; podríamos dejar
de convertir las reconstrucciones en negocios para las arcas del “primer
mundo”; podríamos respetar los procesos de los demás pueblos. En este
documento abogamos por iniciar estos debates porque estamos convencidos
de que con ellos lograremos muchos éxitos a corto, medio y largo plazo.

En cuarto lugar, queremos, modestamente, proponer a debate algunas


líneas básicas que pensamos que podrían modelar la actuación en esta crisis
libia y en todas las porvenir, desde el punto de vista alternativo y noviolento.
Somos conscientes de que habrá que debatirlas y modificarlas, tanto en lo
básico como en aquellos aspectos coyunturales que sean propios de cada de
los conflictos, pero nos parece que el solo hecho de disponer de unas bases
de actuación nos puede ayudar a orientar nuestras ideas y nuestras políticas.

1. Dado que la violencia sólo genera más violencia, renunciamos a su uso.

2. La solidaridad nos obliga a la actuación.

3. Optamos por la metodología noviolencia como metodología de análisis


y actuación política.

4. Optamos por el trabajo conjunto en las zonas de conflicto y en


nuestros propios países, donde desgraciadamente se originan muchos
conflictos.

5. La entidad de los conflictos armados nos obligan a que la actuación no


sea individual, sino que debemos optar por agruparnos y organizarnos.
Reclamamos el papel de la sociedad civil en los conflictos

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Cuaderno de Análisis 31-3-2011

internacionales como contrapoder ante los “expertos” y los enfoques


gubernamentales o supragubernamentales.

6. Optamos por potenciar y colaborar con la actuación de las


organizaciones sociales de base y sus labores en pro de una defensa de
la seguridad humana.

7. El escenario más cercano y en el que todos los ciudadanos españoles


podemos ejercitar nuestra responsabilidad es nuestro propio estado y
las instituciones en la que participamos activamente o por delegación
(ongs, ayuntamientos, comunidades autónomas, gobierno,
instituciones europeas, e instituciones internacionales como la O.N.U.
y la O.T.A.N.).

8. Sin olvidar la actuación durante las guerras, entendemos que los


conflictos se generan y evolucionan antes de su estallido en guerra.
También nos parece crucial la actuación que tengamos después del
conflicto para asegurarnos que su resolución será lo más noviolenta y
creativa posible.

9. Dado que somos con-culpables de las situaciones en otros puntos del


planeta en el actual mundo globalizado por haber ejercido durante
muchos años violencia directa, estructural y cultural sobre ellos,
nuestra principal obligación es acabar con todas las fuentes de dichas
violencias.

10. Lejos de los conflictos que en un momento u otro tienen prioridad para
los medios de comunicación, son muchos otros los países con iguales
problemas y en los que estamos actuando como generadores de
violencia directa (por ejemplo, a través de nuestras empresas),
estructural y cultural. Esto implica que nuestra actuación debe
orientarse a conseguir resultados generales y que debemos obligar a
que nuestro estado se comprometa con políticas que no generen
violencias.

Además de las líneas generales anteriores, queremos destacar algunas


propuestas concretas. Pensamos que en su conjunto pueden acabar con esa
idea de que no hay nada que hacer que no sea el uso de la violencia y de los
ejércitos. Evidentemente el listado siguiente no tiene ambición de ser
exclusivo ni único, somos conscientes de que hay muchas otras iniciativas que
pueden tener un gran valor.

1.- Cada vez pensamos que es más importante y necesaria la


reformulación y reestructuración de un movimiento pacifista potente en el
Estado Español. Son múltiples las causas de la guerra que se generan en
nuestra sociedad y es necesaria la vinculación de muchas mujeres y
hombres para relanzar esta lucha, otrora tan potente. Este fortalecimiento
social a través de la reformulación del pacifismo nos parece cada día más
necesario.

2.- Hay que investigar la causas de este conflicto libio y de tantos otros
conflictos existentes en el mundo y con peligro real de derivar en guerras.
Abogamos porque estas investigaciones han de ser globales, atendiendo a
todo tipo de violencia (directa, estructural y cultural). Además, ha de ser
una investigación propositiva que idee alternativas con coherencia ética y
con aplicabilidad práctica.

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Cuaderno de Análisis 31-3-2011

3.- Se ha de buscar, como primer paso para poder transformar el conflicto


de manera positiva, el alto el fuego entre las partes en conflicto. Hemos
de exigir a nuestros políticos e instituciones que los esfuerzos se
encaminen a lograrlo con todo tipo de presiones diplomáticas,
económicas, noviolentas.

4.- Antes de seguir promoviendo intervenciones violentas, hemos de


promover el desarme de las partes en conflicto. Esta será la vía más
factible para luego implementar medidas de diálogo y negociación.

5.-. Hemos de idear campañas para exigir responsabilidades a nuestros


políticos españoles y europeos. Hay preguntas clave que deben
responder: ¿quién consolidó a Gadafi y a los otros dictadores?, ¿qué
política exterior tenemos, qué política de cooperación al desarrollo que ha
negociado sin rubor con éste y otros dictadores? Debemos coordinarnos
para exigir leyes que castiguen con penas económicas y o de cárcel a
aquellos políticos que fomenten el comercio o las relaciones diplomáticas
de colaboración con las dictaduras. Seguramente si existiesen dichas leyes
se cuidarían muy mucho de traspasarlas.

6.- Un parlamento que no controla la política militar y la política exterior


es un parlamento inútil. Por lo tanto, también hay que exigir a “nuestros
representantes populares” que hagan una verdadera política de control
parlamentario en la que el gobierno deba explicar sus relaciones con
muchos países dictatoriales. Hay que hacer política de control
parlamentario de manera crítica y constructiva.

7.- Debemos exigir que las políticas de defensa, de exteriores, de


cooperación internacional queden claramente delimitadas y descritas en
los programas electorales de los partidos políticos, no consentir que sean
meras declaraciones vagas e inespecíficas de generalidades. Debemos
saber quiénes apoyan la intervención militar, quiénes promueven la venta
de armas a países en conflictos, quiénes proponen democratizar la toma
de decisiones en materia de defensa, etc.

8.- Hemos de luchar porque exista un verdadero debate social en España


sobre qué política de defensa deseamos. En concreto tenemos que elegir
entre una política de defensa militar y violenta o una política social y
noviolenta.

9.- Se ha de luchar por la abolición de la fabricación y el comercio de


armas. Además, se han de exigir responsabilidades sociales a las empresas
que han exportado armas o material de uso en antidisturbios. Debemos
promover una legislación que las condene a cooperar de manera
desinteresada en promover los objetivos del milenio en dichos países
como pago compensatorio por el anterior comercio de armas.

10.- Pero no sólo son culpables de colaboración en la promoción de las


guerras las empresas armamentísticas, muchas otras han contribuido en
diversos países a generar violencia directa, estructural y cultural. Se ha de
exigir a nuestras empresas un código ético de conducta y una

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responsabilidad social y económica en los países extranjeros donde


operan, para que antes de ser generadores de violencias fomenten el
desarrollo humano.

11.- Se ha de ir más allá en la presión económica: no sólo se han de


bloquear las cuentas de Gadafi y los suyos, sino que se han de expropiar y
se ha de dedicar el dinero a la reconstrucción sin contrapartidas
económicas y/o políticas, a fomentar foros de diálogo y negociación entre
los libios para que puedan construir su futuro sin violencia.

12.- Optamos por la utilidad de desvincular los conflictos de los


especialistas. Nos venden la complejidad del problema como algo
inabordable, sin capacidad de intervenir, desbordado y que necesitamos
de expertos y de un plano estatal para ser eficaces. Sin embargo ningún
especialista pudo prever la caída del muro, la caída de la URSS, las
revoluciones del Mundo Árabe. ¿Quién exige responsabilidades a los
“expertos” que sólo repiten machaconamente las mismas ideas? Los
conflictos internacionales no son coto exclusivo de los expertos y de los
gobiernos.

Colectivo Utopía Contagiosa.

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