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¿Por qué hay tanta corrupción en Colombia?

Odebrecht, Reficar, los comedores escolares, Interbolsa, La Guajira, el cartel de los pañales, el
‘carrusel’ de la contratación, Estraval... La lista de casos de corrupción en Colombia parece
interminable. ¿Qué está pasando?

La extensión y persistencia de las prácticas corruptas en el país demuestran que no se trata de un


fenómeno ocasional y aislado, ni que es exclusivo de la política, sino que estamos ante tendencias
profundamente arraigadas en la cultura que afectan los códigos morales más profundos.
La primera reacción ante este alud de corrupción es poner en entredicho la eficacia de los
organismos de control y del sistema judicial. Pero aunque el papel de estas instituciones es muy
importante, hay que notar que su actuación tiene ciertos límites y se reduce a los hechos cumplidos:
estas entidades no hacen mucho en la prevención y poco o nada a la hora de combatir las raíces
sociales del problema.

Los niveles de la moral

Empecemos por entender las etapas del desarrollo moral, que consiste en avanzar de una
concepción centrada en el interés personal hacia el reconocimiento cada vez más extenso de los
derechos ajenos. En los estudios sobre psicología infantil (especialmente en los textos ya clásicos
de Jean Piaget o de Lawrence Kohlbert) se han identificado varios niveles o fases sucesivas en el
proceso de construcción moral:

• En la fase de orientación egocéntrica, el yo y lo mío son lo central.

• En el nivel etnocéntrico, los grupos a los cuales pertenezco y con los cuales me identifico pasan a
ser el foco: la familia, la comunidad local o el país como un todo (por ejemplo, en el nacionalismo).

• Bajo la orientación mundo-céntrica, toda la humanidad constituye mi foco de referencia.

• Y en el plano cosmocéntrico, mi orientación se extiende a todos los seres vivos.

El proceso de desarrollo moral es acumulativo, o sea que el reconocimiento de los derechos se va


ampliando sin excluir los referentes anteriores. Pero no todos los niños ni en todas las culturas se
completa el proceso, de modo que la moralidad de muchas personas adultas corresponde a las
etapas iniciales.

Los niveles superiores de esta escala (mundo y cosmocéntrico) son esenciales para fundamentar
una moral genuinamente interesada por los temas ambientales, por ejemplo. Y en el nivel
etnocéntrico, el individuo necesita al menos abordar el país como un todo para fundamentar una
moralidad genuinamente preocupada por la corrupción.

Aquí es donde está el problema: muy pocas personas alcanzan el nivel etnocéntrico ampliado. Es
decir, a pocos les importa el país como un todo. Veamos por qué.

País dividido

Para empezar, consideremos el origen de nuestra estructura social. Esta proviene de la Conquista
española, la cual entronizó una jerarquía de castas fundamentada en la pureza racial durante más
de tres siglos. La Independencia, auspiciada por los criollos blancos, llevó a la abolición formal de
las castas, pero no acabó las prácticas sociales de exclusión o discriminación por razones de
sangre.

Esto implicó la persistencia de sistemas de relaciones de dependencia personal, lo cual ha


impedido el desarrollo de una solidaridad nacional democrática, elemento esencial para una moral
colectiva genuina. Más bien, la solidaridad se ha ejercido dentro de redes familiares y de
clientelismo, que son muy limitadas.

La otra cara de la moneda ha sido el elitismo que dicha jerarquía entraña y que implica un sentido
de privilegio, de no estar sometido a reglas. Por eso se han acuñado refranes como “la ley es para
los de ruana”. Esto es importante, porque los estratos altos y medio-altos son los mayores agentes
de la corrupción en Colombia. Desde luego, se encuentra la criminalidad más abierta en los
estratos inferiores, pero esta nace en parte de las dificultades de acceso a las oportunidades
económicas.

El tránsito hacia una economía de mercado, que se dio en el país mientras se mantenía la
estructura anterior, significó la creciente intensificación de un nuevo criterio de éxito: el
económico. La individualización que conllevaba esta visión de éxito se ha traducido en el
abandono progresivo de los valores tradicionales que daban prioridad a la lealtad y a la
obediencia. Esta erosión de valores implicó el regreso desde niveles etnocéntricos más amplios a
unos menos amplios, hasta llegar al nivel puramente egocéntrico.

Por otra parte, la conformación física del país (compuesta por regiones separadas, heterogéneas y
con precarias vías de comunicación) dio lugar a una nación fragmentada donde los “otros” no
están articulados con el centro. Por ejemplo, en lo simbólico, apenas hacia 1920 el país tuvo
oficialmente un himno nacional. Y tampoco contribuyó a la integración la persistencia del conflicto
armado.
Ligado a lo anterior aparece la ausencia de un Estado con la fortaleza suficiente para garantizar el
reinado de la ley y la responsabilidad política de los elegidos (especialmente en la periferia). Tal
como lo han mostrado, entre otros, los trabajos de Fernán González, Alejandro Reyes y Francisco
Gutiérrez, lo que ha existido históricamente es un acomodo entre élites nacionales, regionales y
locales: las primeras conceden a las segundas un amplio grado de autonomía a cambio de su
respaldo.

Esta fragmentación mina por completo la independencia y efectividad de las escasas y débiles
instituciones nacionales, estimula el clientelismo y permite la corrupción. Por ejemplo, muy
recientemente el presidente de la Cámara Colombiana de la Infraestructura, Juan Martín Caicedo,
habló de este fenómeno en referencia a la adjudicación y realización de obras.

Por otra parte, el limitado crecimiento económico del país y la concentración de sus beneficios han
significado niveles de apenas subsistencia para la mayoría de colombianos. Como ha explicado el
psicólogo Abraham Maslow, esta precariedad en las condiciones de vida obliga a concentrar la
atención en satisfacer las necesidades más básicas, pero no permite pensar en los niveles
superiores, donde se fundamentan la moralidad y la solidaridad.

(Lea: Conozca cuáles son las 500 empresas que deberán tener plan antisoborno)

¿Se puede hacer algo?

Sin duda, los grandes cambios sociales del último siglo han incidido sobre los patrones de la
moralidad, y en algunos contextos o sentidos han ayudado a crear nuevas solidaridades
integradoras. Por ejemplo, la concentración demográfica en centros urbanos, la industrialización,
el cambio tecnológico, la generalización de la educación y el desarrollo de los medios de
comunicación (hasta llegar a internet). A esto se suman la expansión demográfica y el
rejuvenecimiento de la población.

Todo esto constituye el fundamento de una nueva esfera de opinión pública crecientemente
crítica, cuya presencia e impacto se muestra en la cada vez mayor censura popular no solo a la
corrupción y la criminalidad, sino al irrespeto de los derechos fundamentales, de género y de los
animales, entre otros.

No obstante, la mayoría de colombianos viven todavía marcados por relaciones de dependencia


personal, en condiciones no muy alejadas de la subsistencia y con solidaridades ancladas
primariamente en redes familiares extendidas, lo cual inhibe el desarrollo de una moral universal.
Solamente el crecimiento de una clase media próspera, segura e independiente puede fortalecer
la capacidad moral.

La intensificación mundial del capitalismo neoliberal viene imponiendo modos de vida


caracterizados por la primacía del consumo, el cual tiene un referente esencialmente privado e
individual que erosiona los valores y las solidaridades más amplias. En tal sentido, el capitalismo
actual auspicia una regresión a identidades ancladas en lo egocéntrico. Lo mismo hacen las
tendencias de concentración del ingreso y de la riqueza, especialmente fuertes en países como
Colombia.

Esta situación refleja la gran dificultad para interiorizar las normas de equidad en sociedades
permeadas por la injusticia. Las dificultades de una moral incluyente se reflejan, por ejemplo, en el
escaso rechazo de los condenados y señalados por corrupción dentro de sus comunidades. Esto se
manifiesta asimismo en la tranquilidad con la cual estos hacen despliegue público de sus riquezas.

En ausencia de una moral de base amplia, el Estado es percibido como un botín, una fuente de la
cual hay que aprovecharse si la oportunidad lo permite. Y el sector privado no escapa a tendencias
similares. Sin duda, las dificultades para acceder a canales alternativos de movilidad social pesan
en este problema, como también pesa el anhelo desbordado de riqueza fácil.

Mientras no entendamos, reconozcamos y actuemos frente a estas raíces sociales y psicológicas


de la corrupción, difícilmente habrá avances sostenibles en su contención. Desde luego, mejorar la
actuación de las autoridades de sanción y prevención es muy importante. Pero es fundamental
construir una moralidad ciudadana más amplia a través de enfoques de formación inteligentes con
didácticas apropiadas para todas las dimensiones involucradas: socioeconómicas, cognitivas,
emocionales y valorativas.

(También: Lo que está probado y lo que sigue en investigación sobre Odebrecht)

EDUARDO LINDARTE MIDDLETON*

Razón Pública

* Economista y doctor en sociología de la Universidad de Wisconsin. Coordinador del


Departamento de Ciencias Políticas y Jurídicas de la Universidad Autónoma de Manizales.

Razón Pública es un centro de pensamiento sin ánimo de lucro que pretende que los mejores
analistas tengan más incidencia en la toma de decisiones en Colombia.
Cuatro miradas distintas sobre un mismo problema

Luz Elena Patarroyo

Investigadora del Cinep

“Somos un Estado en construcción, que no ha llegado a todas las regiones o lo ha hecho de


manera diferenciada. Esto quiere decir que los pobladores no tienen referencia de pertenecer a un
mismo Estado, que tenemos una debilidad en la construcción de lo público, entendido como el
cuidado de los otros. No tenemos identidad de país, no nos concebimos como una sola nación en
la que todos debemos cuidarnos y, en consecuencia, no cuidamos lo que es de bien para todos, los
bienes públicos. Por todo eso, aquí hay una gran corrupción”.

No tenemos identidad de país, no nos concebimos como una sola nación en la que todos debemos
cuidarnos y, en consecuencia, no cuidamos lo que es de bien para todos, los bienes públicos

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Enrique Serrano

Autor del libro ‘¿Por qué fracasa Colombia?’

“La corrupción es un tema que tiene mucho que ver con la cultura, con prácticas de permisividad y
de relación con la ley que tienen siglos de maduración. En Colombia nunca ha habido frontera
entre corrupción y astucia. El hecho de que ahora haya más reglamentaciones y se judicialice a los
individuos no ha podido cambiar de manera radical la relación del pueblo con la ilegalidad, la
viveza, el sentido de la oportunidad. Esto explica en gran medida tanto la corrupción política como
nuestra tradición clientelista”.

En Colombia nunca ha habido frontera entre corrupción y astucia.

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Fabián Sanabria

Antropólogo y doctor en sociología


“Una causa estructural de la gran corrupción es que hay unas puertas giratorias entre lo público y
lo privado: mucha gente viene de lo privado a ‘surfear’ en lo público y, mientras lo hace, paga
favores. Y cuando vuelve a lo privado dice que lo público es ineficaz y hay que privatizarlo. ¿Por
qué? Porque muchas veces los altos cargos del Estado vienen de unas ciertas familias que tienen
ciertos negocios. También llama la atención que los corruptos más importantes fueron a
universidades de élite. ¿Qué valores les están transmitiendo?”.

Mucha gente viene de lo privado a ‘surfear’ en lo público y, mientras lo hace, paga favores

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Marcela Anzola

Abogada y consultora

“Para un gran número de ciudadanos, el Estado es un tercero con recursos ilimitados que provee
beneficios por los cuales hay que competir. El hecho de que el Estado sea el principal empleador y
contratista, así como la existencia de programas focalizados, han contribuido a promover esta
visión. Dejar de ver al Estado como botín implica romper con este imaginario y entender que los
recursos son limitados, que son los contribuyentes los que proveen estos beneficios y no un ente
abstracto”.

Para un gran número de ciudadanos, el Estado es un tercero con recursos ilimitados que provee
beneficios por los cuales hay que competir

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