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El conventillo

Albero Vergara, Danilo


El conventillo
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Febrero 2020.
pag.307 ; 15,24 cm x 22,86 cm

ISBN: 9798630402653

1. Narrativa. 2. Novela. I. Título

Diseño de tapa: Mario Cámara


Diseño de cubierta e interiores: Ana Abregú.

© Danilo Albero Vergara 2020 - Reservados todos los derechos.

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mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la previa autorización escrita de los titulares del
copyright.
El conventillo
Aluísio Azevedo

Traducción de Danilo Albero


Postfacio de Mario Cámara

Nuestra edición

Para la presente traducción de El conventillo se ha seguido la edición


de Editora Atica, São Paulo, 1996, cotejada con la original de B.L. Garnier,
Río de Janeiro 1890, editada y anotada por Rui Mourão, y se la ha
comparado con la traducción al español de Benjamín de De Garay (El
conventillo, Buenos Aires, Nova 1943).
Ante todo, se ha tratado de respetar la puntuación original del autor,
que usaba oraciones largas, separadas por comas y puntos y comas,
seguidas de oraciones breves separadas por puntos, criterio no mantenido en
la versión de 1943, que en muchos casos modificó la puntuación y, con ello,
el ritmo del relato.
Puesto que esta no es una edición crítica, se ha tratado de reducir el
empleo de notas al pie y su uso obedece a la necesidad de aclarar algunos
datos de contexto que un lector no conocedor del período y de la historia
brasileña puede ignorar: personajes y costumbres de Río de Janeiro en los
últimos años del Imperio de Dom Pedro II (1840-1889), en vísperas de la
abolición de la esclavitud, la llamada Ley Aurea (1888). Es bueno tener
presente que esta novela y los hechos en ella relatados son casi
contemporáneos con los sucesos históricos.
Por último, se han dejado en portugués los nombres propios e
hipocorísticos, también algunas palabras que se repiten a lo largo del texto.
Estas, en su gran mayoría, no tienen equivalente en nuestra lengua y su
traducción obligaría a circunloquios o a una definición más extensa; por lo
tanto figuran en itálica y su significado o significados aparecen en un
glosario al final. Estimamos que un lector apurado entenderá su sentido en
el contexto sin inconvenientes; los minuciosos pueden recurrir al glosario.
Dentro de estas palabras, la más importante es cortiço, que da título al libro
en portugués: O cortiço, y que no tiene equivalente en español, por eso se
optó por El conventillo. Cortiço es un tipo especial de conventillo
estructurado como un pequeño barrio cerrado, con pequeñas casuchas de
uno o más cuartos y sin servicios sanitarios privados ─agua y retretes─; por
lo tanto hemos optado por utilizar conventillo.

Danilo Albero Vergara

El Conventillo
“Periculum dicendi non recuso”[1]

Cicerón

“La verité, toute la verité, rien que la verité”[2]

Droit Criminel

“O meus honrados colegas do jornalismo, e todos esses grandes publicistas


que fatigam o céu e a terra para provar que ésta en que estamos é a
verdadera época de transição, esses nos dirão se a Providência andaría bem
ou mal se hoje se suscitasse un novo Timon da verdadeira raça dos fúrias,
que com as pontas viperinas do azorrague vengador lacerasse sem piedade
os crimes e os vicios que a desonram”[3]

JOAÕ FRANCISCO LISBOA


Jornal de Timon, Prospecto –
Obras completas, 1º volume, página 12.

“Un Oyseau que se nomme cigale estoit en un figuier, et François tendit sa


main et apella celluy oyseay, et tantost il obeyt et vint sur sa main. Et il lui
deist: Chante, ma seur, et loue nostre Seigneur. Et adoncques chanta
incontinent, et ne sen alla devant quelle eust congé.”
Jacques de Vorágine.
La Légende Dorée. Traduction fraçaise.[4]
I

João Romão fue, de los trece a los veinticinco años, empleado de un


ventero que se enriqueció entre las cuatro paredes de una sucia y oscura
taberna en los recovecos del barrio de Botafogo; y tanto economizó de lo
poco que ganó en esa docena de años que, al retirarse para volver a su
tierra, el patrón le dejó como pago de los sueldos atrasados no sólo la venta
con todo lo que tenía adentro sino también un conto y medio en dinero.
Propietario y establecido por su cuenta, el joven se dedicó al trabajo
con más ardor todavía, siendo poseído por tal delirio de enriquecerse que
afrontaba, resignado, las más duras privaciones. Dormía sobre el mostrador
de la venta, encima de una estera, usando como almohada una bolsa de
arpillera rellena de paja. Por cuatrocientos réis al día le traía la comida una
puestera vecina, Bertoleza, crioula treintañera, esclava de un viejo ciego,
residente en Juiz de Fora y amancebada con un portugués que tenía un carro
de mano y hacía fletes en la ciudad.
Bertoleza también trabajaba duro, su quitanda era la más concurrida
del barrio. Por la mañana vendía angú e iscas de hígado; le pagaba a su
dueño por jornada de trabajo el equivalente de veinte mil réis mensuales y,
a pesar de eso, había juntado casi lo necesario para pagar su manumisión.
Pero un día, su hombre, después de correr media legua tirando una carga
superior a sus fuerzas, cayó muerto en la calle, al lado de su carro,
reventado como una bestia.
João Romão se mostró muy solidario con esta desgracia,
compartiendo los sufrimientos de su vecina, y con tanto empeño la consoló
que la buena mujer lo tomó de confidente para sus desventuras. Se sinceró
con él y le contó su vida de disgustos y dificultades. “¡Su amo se la comía
viva! ¡No era fácil para una pobre mujer tener que largar todos los meses
veinte mil réis en efectivo!”. Y le secreteó lo que había juntado para su
libertad y acabó pidiéndole al ventero que le guardase sus ahorros, porque
ya le habían robado unos rateros que entraron a su quitanda por los fondos.
A partir de entonces, João Romão se convirtió en el cajero, el
apoderado y el consejero de la crioula. Al cabo de poco tiempo, era él quien
tomaba cuenta de todo lo que ella producía, y era también él quien hacía y
deshacía con sus peculios, y quien se encargaba de enviar al amo los veinte
mil réis mensuales. Luego le abrió una cuenta corriente, y la quitandeira,
cuando necesitaba dinero para cualquier cosa, daba un salto hasta la venta y
lo recibía de manos del ventero, de “Seu João”, como ella le decía. Seu João
le debitaba metódicamente esas pequeñas sumas en un cuadernito, en cuya
tapa se leía, mal escrito y con letras recortadas de un diario: “Atibo y pasibo
de Bertoleza”.
Y tal forma se fue ganando el tabernero la confianza en el espíritu de
la mujer, que ésta terminó por no resolver nada por determinación propia, y
aceptaba de él, ciegamente, toda y cualquier decisión. Finalmente, si
alguien precisaba tratar con ella cualquier problema, ni se tomaba el trabajo
de buscarla, sino que iba directamente a tratar con João Romão.
Cuando se dieron cuenta, ya estaban amancebados.
Él le propuso vivir juntos y ella lo aceptó con los brazos abiertos, feliz
de juntarse de nuevo con un portugués, porque, como toda cafuza,
Bertoleza no quería juntarse con negros y procuraba, instintivamente, al
hombre de una raza superior a la suya.
Entonces, João Romão compró, con los ahorros de la amiga, algunos
palmos de terreno del lado izquierdo de la venta y levantó una casita con
dos puertas, dividida al medio, en forma paralela a la calle, la parte del
frente destinada a la quitanda y la del fondo para un dormitorio, que se
amobló con los cachivaches de Bertoleza. Había, además de la cama, una
cómoda muy vieja de jacarandá con manijas de metal amarillo, ya oxidadas,
un retablo lleno de santos y forrado de papel coloreado, un baúl grande de
cuero crudo tachonado, dos banquitos de madera hechos de una sola pieza y
un formidable perchero de pared, con su correspondiente cortina de retazos
de percal.
El ventero nunca había tenido tantos muebles.
—Ahora ─le dijo a la crioula─ las cosas van a mejorar para ti. Vas a quedar
libre, yo pondré lo que falta.
En ese día salió mucho a la calle y, una semana después, apareció con
una hoja de papel escrita, que leyó en voz alta a la compañera.
—Ahora no tienes más amo ─declaró cuando terminó con la lectura, que
ella escuchó con lágrimas de agradecimiento─. Ahora eres libre. De ahora
en más todo lo que ganes es sólo tuyo y de tus hijos si los tuvieras. Se acabó
el cautiverio de pagar veinte mil réis a ese ciego maldito.
—¡Pobre! ¡Una se queja de llena! El, como mi amo, exigía su jornal, exigía
lo que era suyo.
—Suyo o no, se acabó. ¡Y vida nueva!
Contra toda costumbre, ese día se destapó una botella de vino de
Porto, y los dos bebieron para festejar el gran acontecimiento. Mientras
tanto, la tal carta de libertad era obra del mismo João Romão y ni siquiera la
estampilla, que él supuso debía aplicarse para dar mayor formalidad a la
burla, significaba gasto ya que se aprovechó de un sello usado. El amo de
Bertoleza ni siquiera tuvo conocimiento del hecho; lo que le constó fue que
su esclava había huido para Bahía después de la muerte del amigo.
—El ciego, que venga a buscarla si es capaz ─desafiaba el ventero para sí─.
¡Que se atreva a venir y verá cuantos pares son tres botas!
No obstante, sólo se quedó tranquilo tres meses después, cuando le
constó que el viejo estaba muerto. Como es natural, la esclava pasó en
herencia a alguno de los hijos del muerto, pero, de éstos nada había que
temer, dos parranderos de marca mayor que, asegurada la legítima herencia,
se ocuparon de cualquier cosa, menos de lanzarse tras la pista de una
crioula que no veían hacía años. “¡Basta! ¡Es suficiente, no fue poco lo que
le habían chupado durante tanto tiempo!”.
Bertoleza desempeñaba ahora, al lado de João Romão, el triple papel
de cajero, criada y amante. Trabajaba sin descanso, pero con la cara alegre;
a las cuatro de la madrugada ya estaba en la fajina de todos los días,
preparando el café para los clientes y después preparando el almuerzo para
los trabajadores de la cantera que había detrás de un gran pajonal en los
fondos de la venta. Barría la casa, cocinaba, atendía el mostrador de la
taberna cuando su amigo estaba ocupado afuera; atendía su quitanda
durante el día, en el intervalo de otros trabajos, y de noche se la pasaba en
la puerta de la venta y, delante de un brasero de barro, freía hígado y
sardinas, que Romão iba a comprar por la mañana, en mangas de camisa, en
zuecos y sin medias, a la praia do Peixe. Y aquella endiablada mujer
todavía se hacía tiempo para lavar y arreglar, aparte de su ropa, la ropa de
su hombre, que no era tanta y nunca pasaba, en todo el mes, de algunos
pares de pantalones de zuarte y otras tantas camisas de riscadillo.
João Romão no salía nunca de paseo, ni siquiera iba a misa los
domingos; todo lo que ganaba en la venta y en la quitanda iba a dar a la
libreta de ahorro y de allí al banco. De tal manera que, un año después de la
compra de la crioula, saliendo en subasta pública algunas brazas[5] de tierra
situadas al fondo de la taberna, las compró inmediatamente y empezó, sin
pérdida de tiempo, a construir tres casuchas con puertas y ventanas.
¡Que milagros de habilidad y de economía no dejó de realizar en esa
construcción! Hacía de albañil, amasaba y cargaba el barro, picaba piedras;
piedras que el pícaro, junto con la amiga, robaba de la cantera de los
fondos, de la misma manera que sustraían el material de las casas en
construcción que había por las cercanías.
Estos robos fueron hechos con todas las cautelas y siempre coronados
del mayor éxito, gracias a que, por aquel tiempo, la policía no se dejaba ver
mucho por aquellas alturas. João Romão observaba, durante el día, las obras
en las que quedaba material para el día siguiente, y a la noche allá estaba él,
puntual, con Bertoleza, para llevar hasta el medio de la calle tablas,
ladrillos, tejas y bolsas de cal, con tanta habilidad que no se oía vislumbre
de rumor. Después, uno tomaba una carga y partía para la casa mientras el
otro se quedaba al acecho junto al resto, pronto para dar una alarma en caso
de peligro; y, cuando el que se había ido volvía, seguía entonces el
compañero, con su correspondiente carga.
Nada se les escapaba, ni siquiera las escalas de albañiles, los
caballetes, los bancos y las herramientas de los carpinteros.
El hecho es que las tres casitas, tan ingeniosamente construidas,
fueron el punto de partida del gran conventillo de São Romão.
Hoy cuatro brazas de tierra, mañana seis, después otras más, así iba el
ventero conquistando el terreno que se extendía por los fondos de su bodega
y, en la misma proporción que los conquistaba, se reproducían los cuartos y
el número de los moradores.
Siempre en mangas de camisa, sin domingo ni día santo, no perdiendo
nunca la ocasión de apropiarse de lo ajeno, dejando de pagar todas las veces
que podía y nunca dejando de cobrar, engañando a los clientes, robando en
los pesos y en las medidas, comprando por pocos réis lo que los esclavos
robaban en casa de sus señores, reduciendo cada vez más los propios
gastos, apilando privaciones sobre privaciones, trabajando con la amiga
como una yunta de bueyes, João Romão terminó por comprar una buena
parte de la bella cantera, que él, todos los días al caer la tarde, deteniéndose
por algunos instantes en la puerta de su venta, contemplaba, de lejos, con un
resignado mirar de codicia.
Puso allí seis hombres para extraer la piedra y otros seis para hacer
lajas y adoquines, y entonces empezó a ganar en grande, tan en grande que
al año y medio ya había comprado en remate todo el espacio comprendido
entre sus casitas y la pedrera, esto es, unas ochenta brazas de fondo sobre
veinte de frente en un terreno plano, seco e ideal para la construcción.
Justamente por aquella época, se vendió también una casa de altos,
que quedaba a la derecha de la venta, separada de éstas por apenas veinte
brazas; y de suerte que todo el flanco izquierdo del predio, unos veintitantos
metros, abría sobre el terreno del ventero sus nueve ventanas de antepecho.
La compró un tal Miranda, comerciante portugués, establecido en la Rua do
Hospicio, con un negocio de venta telas al por mayor. Después de una
limpieza general del caserón, se mudaría allí con la familia, pues su mujer,
Dona Estela, señora pretenciosa y con humos de nobleza, ya no soportaba
vivir en el centro de la ciudad, como tampoco su hija, Zulmirinha, que
crecía muy pálida y precisaba de espacio para fortalecerse y desarrollarse.
Esto fue lo que le dijo Miranda a sus colegas, sin embargo, la
verdadera causa de la mudanza estaba en la necesidad que él sentía de alejar
a Dona Estela del alcance de sus empleados. Dona Estela era una mujercita
que se las traía; hacía trece años que se había casado y durante ese tiempo le
había dado al marido toda clase de disgustos. Antes de terminar el segundo
año de matrimonio, Miranda la sorprendió en flagrante delito de adulterio,
se puso furioso y su primer impulso fue mandarla al diablo junto con su
amante; pero su negocio tenía como garantía la dote que ella había
aportado, unos ochenta contos en propiedades y acciones de la deuda
pública, que el desgraciado usaba tanto como se lo permitía el régimen
dotal. Además, una rotura brusca sería motivo de escándalo y, de acuerdo a
su opinión, cualquier escándalo doméstico sentaba muy mal a un
comerciante de cierta categoría. Por encima de todo, apreciaba su posición
social y temblaba ante la sola idea de encontrarse nuevamente pobre, sin
recursos y sin coraje para rehacer su vida, después de haberse habituado a
tantas regalías y a su renombre de portugués rico, que ya no tiene patria en
Europa.
Acobardado frente a estos razonamientos, se contentó con una simple
separación de lechos, y los dos pasaron a vivir en cuartos separados. No
comían juntos y apenas si cambiaban entre sí alguna que otra palabra
obligada, cuando cualquier circunstancia inesperada los reunía a disgusto.
Se odiaban. Cada uno sentía por el otro un profundo desprecio, que
poco a poco se fue transformando en la más completa repugnancia. El
nacimiento de Zulmira vino a agravar más la situación; la pobre criatura, en
vez de servir de unión a los dos infelices, fue un nuevo obstáculo que se
estableció entre ellos. Estela la amaba menos de lo que le pedía el instinto
materno y por suponerla hija del marido, y él la detestaba porque tenía la
convicción de que no era su padre.
Sin embargo, una bella noche, Miranda, que era hombre de sangre
ardiente y rondaba por los treinta y cinco años, se sintió en un insuperable
estado de lubricidad. Ya era tarde y no había en la casa ninguna criada que
le pudiese servir. Se acordó de su mujer, pero luego rechazó esta idea con
arrogancia escrupulosa. Continuaba odiándola. Sin embargo, ese mismo
hecho de la obligación, en la que él se había colocado, de no servirse de
ella, la responsabilidad de despreciarla le exacerbaba más el deseo de la
carne, haciendo de la esposa infiel un fruto prohibido. Finalmente, cosa
singular, puesto que en nada disminuía su repugnancia por la perjura, fue
hasta el cuarto de ella.
La mujer dormía a pierna suelta. Miranda entró en puntas de pie y se
aproximó hasta la cama. “¡Debería volverme!...”, pensó. “Esto no está
bien…”. Pero su sangre latía reclamándola. Todavía dudó un instante,
mientras, inmóvil, la contemplaba a su antojo.
Estela, como si la mirada de su marido le palpase el cuerpo, giró
sobre su cadera izquierda empujando la sábana hacia adelante con los
muslos y descubriendo una porción de desnudez blanca y blanda. Miranda
no pudo resistirse, se arrojó sobre ella que, con un ligero sobresalto, más de
sorpresa que de rebelión, se desvió, volviendo luego a encararse con el
marido. Y se dejó aferrar con violencia por los riñones, con los ojos
cerrados, fingiendo que continuaba dormida, sin la menor conciencia de lo
que estaba pasando.
¡Ah! Ella estaba segura de que su esposo, ya que no había tenido el
coraje de echarla de la casa, debería, más tarde o más temprano, buscarla de
nuevo. Le conocía el temperamento: fuerte para desear y débil para resistir
el deseo.
Consumado el delito, el honrado comerciante se sintió paralizado por
la vergüenza y el arrepentimiento, no tuvo ánimo para pronunciar una
palabra, y se retiró, triste y marchito para su cuarto de divorciado.
¡Oh! ¡Cómo le dolía ahora lo que acababa de hacer en la ceguera de
su sensualidad!
—¡Qué locura!... ─decía agitado─. Que tremenda locura.
Al día siguiente los dos se vieron y se evitaron en silencio, como si
nada extraordinario hubiese pasado entre ellos en la víspera. Hasta se diría
que, de después de aquel suceso, Miranda sentía crecer el odio hacia su
esposa. Y la noche de ese mismo día, cuando se encontró solo en su
inmensa cama, juró mil veces con resolución, nunca más, nunca más,
cometer semejante locura.
Pero un mes después, el pobre hombre, acometido de un nuevo acceso
de lujuria, volvió al cuarto de su mujer.
Estela lo recibió esta vez como la primera, fingiendo que no
despertaba; no obstante, en el momento en que la poseía febrilmente, la
desenfrenada le soltó en el rostro una carcajada apenas reprimida. El pobre
diablo se desconcertó, se irguió brusco, como un sonámbulo atolondrado
por el violento despertar.
La mujer advirtió la situación y no le dio tiempo para huir;
rápidamente lo encerró entre sus piernas y, pegándose a su cuerpo, lo cegó
con una andanada de besos.
No se hablaron.
Miranda nunca la había poseído, ni la había visto, así tan violenta en
el placer. La desconoció. Se imaginó estar en brazos de una amante
apasionada: descubrió en ella el caprichoso encanto con el que nos
embriagan las cortesanas entrenadas en las artes de los goces sensuales. Le
descubrió en el olor de la piel y del cabello, perfumes que nunca le había
sentido; le sintió otro hálito, otras vibraciones en los suspiros y en los
gemidos. Y la gozó, la gozó locamente, con delirio, con la verdadera
satisfacción del animal en celo.
Y ella también, ella también gozó, estimulada por la actividad
excitante del resentimiento que los desunía, gozó de la deshonestidad de
aquel acto que los unía, debajo de aquel enemigo odiado, encontrándolo
también ahora, como hombre, mejor que nunca, sofocándolo en sus brazos
desnudos, metiéndole en la boca la lengua húmeda y ardiente. Después, en
un paroxismo de todo su cuerpo, con un suspiro gutural y estrangulado,
anhelante y convulsa, se extendió en un abandono de piernas y de brazos
abiertos, la cabeza para un lado, los ojos moribundos y llorosos, toda ella
agonizante, como si la hubieran crucificado en la cama.
A partir de esa noche, de la cual recién por la mañana Miranda se
retiró del cuarto de la mujer, se estableció entre ellos el habito de la
felicidad sexual tan completa como no la habían disfrutado hasta ese
entonces, dado que, en lo íntimo de cada uno, persistía contra el otro la
misma repugnancia moral, que no se había debilitado en nada.
Durante diez años vivieron muy bien casados; ahora, sin embargo,
tanto tiempo después de la primera infidelidad conyugal, ahora que el
comerciante ya no era acometido tan frecuentemente por aquellas crisis que
lo arrojaban a deshoras al dormitorio de Dona Elena, ahora la casquivana
parecía dispuesta a reincidir en su culpa, provocando a los empleados del
marido cuando ellos subían a almorzar o cenar.
Fue por eso que Miranda compró el terreno vacío a João Romão.
La casa era buena; su único defecto estaba en lo reducido de la quinta;
pero para eso había remedio: con muy poco se compraban diez brazas de
aquel terreno del fondo que llegaba hasta la cantera, y más unos diez o
quince palmos[6] del lado que llegaba hasta la venta.
Miranda fue de inmediato a entenderse con Romão y le propuso un
negocio. El tabernero lo rechazó formalmente.
Miranda insistió.
—¡Usted pierde el tiempo y sus latines! ─le replicó el amigo de
Bertoleza─. No sólo no le cedo una sola pulgada de mi terreno, sino que le
compro, si me quiere vender, ese pedazo que queda al fondo de su casa.
—¿La huerta?
—Exactamente.
—¿Usted quiere que yo me quede sin huerta, sin jardín, sin nada?
—A mi me conviene.
—Mire, olvídese de eso, hombre, y diga cuanto quiero por lo que le
propuse.
—Ya le dije cuanto le tenía que decir.
—Cédame por lo menos diez brazas del fondo.
¡Ni medio palmo!
—¿Sabe que eso es maldad de su parte? Si yo insisto de este modo es por
mi pequeña, que precisa, pobrecita, un espacio para crecer.
—Y yo no aflojo porque necesito de mi terreno.
—¿Para qué? ¿Qué diablos puede hacer usted allí? ¡Una porquería de
terreno casi pegado a los fondos de mi casa! ¡Cuando usted todavía dispone
de tanto espacio!
—Yo le he de demostrar si tengo o no algo que hacer allí.
—¡Mire que es testarudo usted! Mire, si me cediese las diez brazas del
fondo, su parte quedaría cortada en línea recta hasta la cantera, y yo me
libraría de quedar con una franja de terreno ajeno dentro del mío. ¿Quiere
que le diga algo? ¡No voy a levantar la medianera de mi huerto si usted no
se decide!
—Entonces se va a quedar con el huerto para siempre sin amurallar, porque
lo que yo tenía para decirle ya se lo dije.
—Pero hombre de Dios, ¡qué diablos! ¡Piense un poco! Usted no va a poder
construir nada allí. ¿O pensará que voy a dejarlo abrir las ventanas sobre mi
huerta?...
—¡No preciso abrir ventanas sobre la huerta de nadie!...
—¡Yo tampoco lo dejaré levantar las paredes tapándome las ventanas de la
izquierda!
—No preciso levantar una pared por ese lado…
—¿Entonces, qué diablos va a hacer con todo ese terreno?
—¡Ah! Eso es asunto mío… ¡Ya se enterará!
—Pues créame que se arrepentirá de no haberme vendido el terreno.
—Si me arrepiento, paciencia. Lo que le puedo decir es que nada bueno va
a sacar el que se meta en mi vida.
—Que lo pase bien.
—Adiós.
Entonces se entabló una reñida y sorda lucha entre el portugués
comerciante de telas al por mayor y el portugués comerciante de ramos
generales. Aquel no se resolvía a levantar el muro del huerto sin haber
alcanzado el espacio de terreno que lo separaba del cerro; y el otro, por su
lado, no perdía la esperanza de arrebatarle, por lo menos, dos o tres brazas
de los fondos de la casa; parte que, según sus cálculos, valdría, una vez
realizado el gran proyecto que lo preocupaba últimamente: la construcción
de un albergue en gran escala, un albergue monstruoso, sin par, destinado a
acabar con toda la menudencia de inquilinatos que proliferaban por
Botafogo.
Este era su ideal. Hacía mucho tiempo que João Romão vivía
exclusivamente para esa idea; soñaba con ella todas las noches; asistía a
todos los remates de materiales de construcción; ofertaba por madera de
demolición, compraba tejas de segunda mano; regateaba cal y ladrillos;
todo eso era estibado en su extenso terreno vacío, que pronto tuvo el
aspecto de una enorme barricada, tal era la variedad de objetos que allí se
apiñaban amontonados, tablas y alfarjías, troncos, mástiles de barcos,
viguetas, restos de carros, chimeneas de barro y de hierro, hornallas
desmanteladas, pilas y pilas de ladrillos y de tierra roja, parvas de tejas
viejas, escaleras rotas, depósitos de cal, el diablo sabe cuántas cosas más,
las resguardaba soltando de noche un formidable mastín.
Ese perro era motivo de las eternas peleas con la gente de Miranda, a
cuya huerta nadie podía bajar después de las diez de la noche sin riesgo de
ser asaltado por la fiera.
—Es sólo levantar una muralla ─decía João Romão, sacudiendo los
hombros.
—¡No la voy a levantar! ─replicaba el otro─. Si él se encapricha, yo
también tengo mis caprichos.
En compensación, no caía en la huerta de Miranda una gallina o pollo,
huidos del cercado del ventero, que no desaparecieran de inmediato. João
Romão protestaba contra el robo en términos violentos, jurando venganzas
terribles, hablando de dar tiros.
—Es sólo levantarle una pared al gallinero ─replicaba el marido de Estela.
Unos pocos meses después, João Romão, después de intentar un
postrer esfuerzo para conseguir algunas brazas del huerto del vecino,
resolvió empezar las obras del albergue.
—¡Deja nomás! ─conversaba en la cama con Bertoleza─ , deja nomás que
todavía he de entrar por los fondos de la casa, si es que no entro por el
frente. Más tarde o más temprano le cómo, no dos brazas, sino seis u ocho,
toda la huerta, ¡y tal vez hasta la misma casa!
Lo decía con la convicción de quien todo lo puede y todo lo espera de
su perseverancia, de su esfuerzo inquebrantable y de la prodigiosa
fecundidad de su dinero, que sólo salía de sus uñas para volver
multiplicado.
Desde que la fiebre de poseer se apropió de él totalmente, todos sus
actos, todos, aun los más simples, se orientaban por su interés pecuniario.
Solo tenía una preocupación: aumentar sus bienes. De su huerta recolectaba
para sí y para su compañera las peores legumbres, aquellas que, por malas,
nadie compraría; sus gallinas producían mucho y él no comía ni un huevo,
que le gustaban con locura; los vendía y se contentaba con las sobras de la
comida de los trabajadores. Aquello ya no era ambición, era un malestar
nervioso, una locura, una desesperación de acumular, de reducir todo a
moneda. Y con su tipo, retaco, macizo, de cabellos cortados a cepillo,
siempre de barba crecida, iba y venía de la cantera a la venta, de la venta a
la huerta, de la huerta al yuyal, siempre en mangas de camisa, de zuecos,
sin medias, mirando para todos lados con su eterno aire de codicia,
apoderándose con los ojos de todo aquello que no podía apoderarse de
inmediato con las uñas.
Mientras tanto, afuera, la calle se poblaba de un modo admirable. Se
construía mal, no obstante, mucho, de la noche para el día, surgían chalets y
casitas; subían los alquileres; las propiedades doblaban su valor. Se instaló
una fábrica de pastas y otra de velas, y los trabajadores pasaban por la
mañana y a la hora del Angelus, y la mayor parte de ellos iba a comer a la
fonda que João Romão había instalado en el fondo de su venta. Se abrieron
nuevos bodegones; ninguno, sin embargo, tuvo tanta clientela como el suyo.
Jamás su negocio había andado tan bien, nunca el astuto había vendido
tanto; vendía más ahora, mucho más que en los años anteriores. Hasta tuvo
que contratar empleados. Las mercaderías no se detenían en sus estantes, el
mostrador estaba cada vez más lustroso, más gastado. Y el dinero goteaba,
vintém por vintém, dentro de la gaveta y escurría del cajón a la caja de
caudales de cincuenta a cien mil réis, y de la caja de caudales por contos y
más contos. Al final, ya no le bastaba aprovisionar su negocio con los
proveedores, comenzó a recibir directamente de Europa; el vino, por
ejemplo, que antes el compraba por quintos en el comercio al por mayor,
venía ahora de Portugal en pipas, y de cada una hacía tres con agua y
cachaça, y despachaba cantidad de barriles de manteca, de latas de
conserva, cajas de fósforos, aceite, quesos, loza y muchas otras
mercaderías.
Construyó almacenes para depósito, cerró la quitanda y transfirió el
dormitorio, aprovechando el espacio para ampliar la venta, que duplicó su
tamaño y ganó dos puertas.
Ya no era una simple taberna, era un bazar en el que se encontraba de
todo: artículos de mercería, de ferretería, porcelanas, papelería, ropa de
algodón y sombreros de paja para los trabajadores, telas para ropa de mujer,
perfumes baratos, peines de asta, pañuelos con versos de amor y anillos y
aros de metal ordinario.
Y toda la plebe de aquellos alrededores iba a recalar allí, o al lado, en
la fonda, donde los obreros de las fábricas y los trabajadores de la cantera se
reunían al final de la jornada, y se quedaban bebiendo y conversando hasta
las diez de la noche, entre el humo espeso de las pipas, del aceite donde se
freían los peces y de las lámparas de kerosén.
Era João Romão quien les proveía de todo, hasta les adelantaba dinero
cuando alguno lo necesitaba. Por allí no se encontraba jornalero cuyo
dinero no fuera a dar entero a las manos del bellaco. Y sobre estas monedas,
generalmente prestada en tostões, cobraba intereses del ocho por ciento
mensual, un poco más de lo que le sacaba a los que daban por garantía de
sus deudas prendas de oro y plata.
No obstante, las casitas del conventillo, a medida que proliferaban, se
ocupaban de inmediato, sin dar tiempo a que se secara la pintura. Había
gran demanda para alquilarlas; aquel era el mejor punto del barrio para los
trabajadores. Los trabajadores de la cantera preferían vivir allí porque
quedaba a pocos pasos de sus ocupaciones.
Miranda reventaba de rabia.
—¡Un conventillo! ─exclamaba indignado─. ¡Un conventillo! ¡Maldito sea
aquel ventero del diablo! ¡Levantarme un conventillo debajo de mis
ventanas!... ¡Me arruinó la casa el malvado!
Y vomitaba imprecaciones, jurando que habría de vengarse, y
protestaba a los gritos contra el polvo que le invadía en oleadas las
habitaciones, y contra el ruido infernal de los albañiles y los carpinteros,
que se levantaban a martillar de sol a sol.
Lo que no impidió, además, que las casitas continuaran levantándose,
una detrás de la otra, y se fuesen llenando de inmediato, y se extendieran
unidas, desde la venta hasta casi tocar el cerro, y después doblasen para el
lado de Miranda y avanzasen sobre la huerta de éste, que parecía
amenazado por aquella serpiente de piedra y cal.
Miranda mandó, de inmediato, levantar un muro.
¡Como si fuera cosa de nada, aquel demonio era capaz de invadirle la
casa y hasta la sala!
Y los cuartos del conventillo pararon al fin al encontrarse con el muro
del negociante, formando con la continuación de la casa un largo
cuadrilátero, especie de patio de cuartel, donde podía formar un batallón.
Noventa y cinco casitas conformaron el inmenso inquilinato.
Cuando estuvieron todas terminadas, João Romão mandó levantar en
el frente, en las veinte brazas que separaban la venta de la casa de altos de
Miranda, un paredón de diez palmos de altura, coronado de cascos de vidrio
y fondos de botella, y con un gran portón en el centro, donde colgó una
linterna de vidrios rojos, por encima de un letrero amarillo, en el que se leía
lo siguiente, escrito con pintura encarnada y con mala ortografía:
“Inquilinato de São Romão. Se alquilan casitas y tinas para
lavanderas”.
Las casitas eran alquiladas por mes y las tinas por día; todo pago
adelantado. El precio de cada tina, incluida el agua, era de quinientos réis,
jabón aparte. Las moradoras de conventillo tenían prioridad y no pagaban
nada por lavar.
Gracias a la abundancia de agua que había allí, como en ningún otro
lado, y gracias al espacio que se disponía en el conventillo para tender la
ropa, la concurrencia a las tinas no se hizo esperar; acudieron lavanderas de
todos los puntos de la ciudad, entre ellas, algunas venidas desde muy lejos.
Y nada más desocuparse alguna de las casitas, o un cuarto, un rincón donde
entrase un colchón, surgía un enjambre de pretendientes para disputarlos.
Y aquello se fue constituyendo en una gran lavandería, agitada y
bulliciosa, con sus cercados de ramas, sus hortalizas florecientes y sus
jardincitos de tres o cuatro palmos, que aparecían como manchas alegres
por entre la negrura de las musgosas tinas rebosantes y la reverberación de
las blancas carpas de algodón crudo, armadas sobre lustrosas tablas de lavar
y los goteantes jiraus, cubiertos de ropa mojada, centelleaban al sol como si
fueran lagos de metal blanco.
Y en aquella tierra encharcada y humeante, en aquella humedad
caliente y lodosa, comenzó a hormiguear, a hervir y crecer un mundo, una
cosa viva, una generación, que parecía brotar espontánea, allí mismo, de
aquel lodazal, y multiplicarse como larvas en el estiércol.
II

Durante dos años, el conventillo prosperó día a día, ganando fuerzas,


arracimándose de gente. Y, al lado, Miranda se asustaba, inquieto con
aquella exuberancia brutal de vida, aterrado delante de aquella floresta
implacable que le crecía junto a su casa, por debajo de las ventanas, y cuyas
raíces, peores y más gruesas que serpientes, minaban por todas partes,
amenazando reventar el piso en torno de ella, rajando el suelo y
estremeciendo todo.
Si bien allá en la Rua do Hospicio sus negocios no iban mal, le
costaba soportar la escandalosa fortuna del ventero, “¡aquel tipo, un
miserable, un sucio, que nunca se había puesto una chaqueta y que
convivía, en la cama y en la mesa, con una negra!”.
Por la noche y en los domingos recrudecía su amargura, cuando él,
regresando fatigado del trabajo, se dejaba estar, reclinado en una mecedora,
junto a la mesa del comedor, y oía, en contra de su voluntad, el grosero
rumor que venía del inquilinato en una exhalación fuerte de animales
cansados. No podía allegarse a la ventana sin recibir en el rostro aquel
aliento, caliente y sensual, que lo embriagaba con su olor de bestias en
coito.
Y después, encerrado en el dormitorio, indiferente y habituado a las
torpezas carnales de la mujer, libre ya de los primitivos sobresaltos que le
hacían hervir la sangre y desnortearse, era la prosperidad del vecino la que
le obsesionaba, ensombreciéndole el alma con un feo resentimiento de
despecho.
¡Tenía envidia del otro, de aquel portugués que hiciera fortuna, sin
necesidad de lustrar ningún par de cuernos; de aquel otro que, para ser tres
veces más rico que él, no se tuvo que casar con la hija del patrón o con la
bastarda de algún fazendeiro cliente de la casa!
¡Pues entonces, él, Miranda, que se creía la más elevada expresión de
la astucia y la sagacidad; él, que, después de su casamiento, contestando a
un ex colega en Portugal que lo felicitaba, había dicho que Brasil era una
cabalgadura cargada de dinero, cuyas riendas un hombre diestro aseguraba
fácilmente; él, que se consideraba un artero invencible, al final no pasaba de
ser un asno comparado con su vecino! ¡Había pensado en hacerse señor de
Brasil y se hizo esclavo de una brasileña mal educada y sin escrúpulos de
virtud! ¡Se imaginó forjado para grandes conquistas, y no pasó de ser una
víctima ridícula y doliente!... ¡Sí! ¿Cuál fue su África[7]?... Se había
enriquecido un poco, es cierto, ¿pero cómo? ¿A qué precio? Hipotecándose
a un diablo, que le trajo ochenta contos de réis, ¡pero también incalculables
millones de disgustos y vergüenzas! Solucionó su vida, sí, ¡pero tuvo que
soportar eternamente una mujer a la que odiaba! Y al final, ¿de qué le sirvió
todo eso? ¿Cuál era, al final, su gran vida? ¡Del infierno de la casa al
purgatorio del trabajo y viceversa! ¡Envidiable suerte, no tenía duda!
Era la dolorosa incertidumbre de que Zulmira no fuese su hija, el
desgraciado ni siquiera gozaba del placer de ser padre. Si ella, en vez de
haber nacido de Estela, fuese una niña abandonada y recogida por él, es
natural que la hubiese querido, y entonces su vida hubiese sido otra; pero,
en aquellas condiciones, la pobre criatura no representaba sino el
documento vivo del engaño materno, y Miranda, extendía hasta la pequeña
inocente el odio que tenía por su esposa.
“¡Que cruz era su vida!”.
—¡Fui un animal! ─resumió en voz alta, levantándose de la cama donde se
había acostado inútilmente.
Y empezó a pasear en el cuarto, sin deseos de dormir, sintiendo la
fiebre de aquella envidia que le quemaba los sesos.
¡Que feliz y astuto era João Romão! ¡Si señor! ¡Ese sí que debería
disfrutar de la vida! ¡Hijo de su madre, que estaba tan libre y sin
compromisos como el día que llegó de su tierra sin un vintém! ¡Ese sí que
era joven y podía disfrutar mucho, porque, aun cuando resolviera casarse y
la mujer le saliese otra Estela, no tenía más que mandarla al diablo de un
puntapié! ¡Claro que podía hacerlo! ¡Para él sí que era el Brasil!
—¡Fui un animal! ─repetía, sin conformarse con la felicidad del ventero─.
¡Un grandísimo! ¿Al final de cuentas, que diablos poseo yo?... ¡Un negocio
del cual no puedo separarme sin comprometer lo que allí tengo invertido!
¡Un capital implicado en una serie de transacciones que no se liquidan
nunca, y se complican cada vez más y me ligan al estupor de esta tierra,
donde dejaré mi pellejo! ¿Qué tengo mío si el alma de mi crédito es la dote
que me aportó esta sinvergüenza, y que me ata a ella como este maldito
negocio me ata a esta Costa de África?
Fue de la supuración fétida de estas ideas que surgió en el corazón de
Miranda un nuevo ideal: un título nobiliario. Faltándole el temperamento
necesario para los vicios fuertes que llenan la vida de un hombre; sin
familia a quién amar y sin imaginación para poder gozar con las prostitutas,
el náufrago se aferró a aquella tabla, como un agonizante consciente de la
muerte, que se apega a la esperanza de una vida futura. La vanidad de
Estela, que al principio le arrancaba de los labios despectivas sonrisas de
mofa, ahora le complacía enormemente. Buscó convencerse que ella, en
efecto, heredara sangre noble, y que él, por su parte, si no la había
heredado, la tenía por naturaleza propia, lo que era más valioso todavía; y
desde entonces empezó a soñar con una baronía, haciendo de esto el motivo
de su existencia, muy satisfecho íntimamente por haber descubierto algo en
lo que podía emplear su dinero, sin tener, nunca más, que devolverlo a la
mujer, ni tener que dejarlo a ninguna persona.
Semejante preocupación lo modificó radicalmente. Comenzó a
sentirse esclavo de las circunstancias, afectando escrúpulos sociales,
encumbrándose cuanto podía y disfrazando su envidia por el vecino con un
desdeñoso aire de superioridad condescendiente. Al pasar todos los días por
la venta lo saludaba con aire protector, sonriendo sin reír y rematando luego
con un gesto serio.
Cuando hubo dado los primeros pasos para la compra del título, abrió
la casa y dio fiestas. La mujer, aunque ya le apuntaban las primeras canas,
se regocijó.
Zulmira estaba entre los doce y trece años y era el tipo acabado de
fluminense; pálida, delgadita, con pequeñas manchas violáceas en las
mucosas de la nariz, en los párpados y en los labios, las mejillas levemente
salpicadas de pecas. Respiraba el tono fresco de las flores nocturnas, una
blancura fría de magnolias, cabello castaño claro, manos casi transparentes,
uñas blandas y cortas, como las de la madre, los dientes un poco más claros
que el cutis, pies pequeños, caderas estrechas, pero los ojos grandes, negros,
vivos y maliciosos.
Por aquella época, justamente, llegó de Minas, recomendado a su
padre, el hijo de un fazendeiro muy importante que daba buenos lucros al
negocio de Miranda y era, tal vez, el cliente más importante que éste tenía
en el interior.
El joven se llamaba Henrique, tenía quince años y venía a terminar en
la corte algunos cursos preparatorios que le faltaban para ingresar en la
Academia de Medicina. Miranda lo hospedó en los altos de la Rua do
Hospicio, pero, luego, luego de algunos días, el estudiante se quejó de que
allí estaba incómodo, y el comerciante, a quien no le convenía desagradarle,
cargó con él para su casa particular de Botafogo.
Henrique era más bien tímido, con una delicadeza, de niña parecía
muy preocupado con sus estudios y tan poco extravagante y gastador, que
no derrochaba un vintém fuera de sus necesidades elementales. Por lo
demás, a no ser por la mañana para clases, donde siempre iba con Miranda,
no ponía un pie fuera de la casa sino en compañía de la familia de éste.
Dona Estela, al cabo de poco tiempo, demostró por él un afecto casi
maternal y se encargó de su mesada, mesada otorgada por el comerciante,
puesto que Henriquinho tenía carta blanca del padre.
Nunca pedía dinero; cuando precisaba de cualquier cosa se la pedía a
Dona Estela, que a su vez le encargaba al marido que la comprase, siendo el
objeto puesto en la cuenta del fazendeiro con una comisión de usura. Su
hospedaje costaba doscientos cincuenta mil réis al mes, de lo que él no
tenía conocimiento, ni quería tener. No le faltaba nada y los criados de la
casa lo respetaban como a un hijo del mismo patrón.
De noche, a veces, cuando el tiempo estaba bueno, Dona Estela salía
con él, la hija y un muleque, Valentim, a dar una vuelta por la playa, y,
cuando la invitaban a cualquier fiesta en casa de sus amigas, lo llevaba con
ella.
La servidumbre en casa de Miranda se componía de Isaura, mulata
todavía joven, indolente y tonta, que gastaba cada centavo que pillaba en
comprar capilé en el negocio de João Romão; una negrita virgen, llamada
Leonor, ágil y vivaz, lisa y enjuta como un muleque, que sabía de cabo a
rabo, y sin faltarle un término, la vasta tecnología de la obscenidad, y
diciendo, siempre, que los cajeros y feligreses de la taberna, sólo para
burlarse de ella, le hacían propuestas amorosas: “Vea que me quejo al juez
de menores”; y finalmente Valentim; hijo de una esclava que había sido de
Dona Estela y que ésta había manumitido.
La mujer de Miranda tenía por este muleque un cariño ilimitado: le
daba toda la libertad, dinero, regalos, lo llevaba de paseo, lo tenía bien
vestido y muchas veces le provocó celos a la hija, de tan solícita que se
mostraba con él. ¡Porque si la caprichosa señora reñía con Zulmira era a
causa del negrito! ¡Porque cuando se quejaban el uno del otro, ella nunca le
daba razón a la hija! ¡Porque todo lo mejor de la casa era para Valentim!
¡Porque cuando éste estuvo enfermo de viruela y Miranda, a pesar de las
súplicas y protestas de la esposa, lo mandó al hospital, Dona Elena lloraba
todos los días y durante su ausencia no tocó el piano, ni cantó, ni sonrió
para nadie! Y el pobre Miranda, si no quería sufrir las impertinencias de la
mujer ni pasar sinsabores delante de los criados, tenía que darle al muleque
toda su consideración y atender todos sus caprichos.
Encima, bajo el techo de comerciante, había otro huésped además de
Henrique, el viejo Botelho. Sin embargo, éste en calidad de parásito.
Era un pobre diablo que iba por los sesenta años, antipático, de
cabello blanco, corto y duro como un cepillo, barba y bigote del mismo
tenor; macilento, con unos anteojos redondos que le aumentaban el tamaño
de la pupila y le daban la cara y la expresión de un buitre, perfectamente
acorde con su nariz ganchuda y con su boca de labios descarnados: todavía
se le alcanzaban a ver todos los dientes, pero tan gastados que parecían
limados hasta la mitad. Andaba siempre de negro, con un paraguas debajo
del brazo y un sombrero de fieltro enterrado hasta las orejas. Había sido
empleado de comercio, después corredor en la trata de esclavos; inclusive
contaba que había estado más de una vez en África, traficando negros por
su cuenta. Fue un activo especulador; había lucrado mucho durante la
Guerra del Paraguay, llegando a ser muy rico; pero la rueda se desanduvo y,
de fracaso en fracaso, se le fue escurriendo todo por entre sus garras de ave
de rapiña. Y ahora, pobre, ya viejo, carcomido por las desilusiones, lleno de
hemorroides, se encontraba sin recursos y vegetaba a la sombra de Miranda,
con quien, siendo éste niño, habían trabajado muchos años a las órdenes del
mismo patrón, y de quién se consideraba amigo, al principio por casualidad
y más tarde por necesidad.
Lo devoraba, noche y día, una implacable amargura, una sorda
tristeza de vencido, una desolación impotente contra todo y contra todos,
por no haberle sido posible aferrar el mundo con sus manos hoy inútiles y
temblorosas. Y como su actual estado de miseria no le permitía abrir el pico
en contra de nadie, se desahogaba vituperando las ideas de la época.
Así, muchas veces las sobremesas de Miranda eran muy agitadas,
cuando, entre otros temas palpitantes, salía a discusión el movimiento
abolicionista, que se empezaba a gestar en torno a la ley Rio Branco[8].
Entonces Botelho se ponía frenético y vomitaba frases terribles a diestra y
siniestra, como quien dispara tiros sin dar en el blanco, y vociferaba
imprecaciones, aprovechando de aquella válvula para descargar el viejo
rencor acumulado dentro de él.
—¡Bandidos! ─gritaba apoplético─. ¡Cáfila de asaltantes!
Y el rencor le irradiaba de los ojos en flechas envenenadas, buscando
clavarse en todas las blancuras y en todas las claridades. La virtud, la
belleza y el talento, la juventud, la fuerza, la salud y principalmente la
fortuna, he aquí lo que él no le perdonaba a nadie, maldiciendo a todo aquel
que conseguía lo que él no había obtenido; que gozaba lo que él no había
disfrutado; que sabía lo que él no había aprendido. Y para individualizar el
objeto de su odio, se volvía en contra de Brasil, esa tierra que, en su
opinión, sólo tenía un camino: enriquecer a los portugueses, y que, mientras
tanto, lo había dejado en la miseria.
Sus días eran consumidos de la siguiente manera: se despertaba a las
ocho de la mañana, se lavaba en su cuarto con una toalla mojada en espíritu
de vino; después iba a leer los diarios al comedor, a la espera del almuerzo;
almorzaba y salía, tomaba el tranvía e iba directamente para una tabaquería
de la Rua do Ouvidor[9], donde acostumbraba a quedarse sentado hasta la
hora de la cena, entreteniéndose en hablar más de las personas que pasaban
por la calle delante de él. Se ufanaba de conocer a todo el mundo en Río de
Janeiro y los vicios de cada uno en particular. A veces, muy pocas, Dona
Estela le encargaba de hacer pequeñas compras de mercería, cosa que
Botelho hacía mejor que nadie. Pero su gran pasión, su lado débil, era el
uniforme, adoraba todo lo que le hablase de militarismo, puesto que
siempre había tenido un invencible miedo por las armas de cualquier tipo,
principalmente las de fuego. No podía oír disparar cerca de él una escopeta,
sin embargo, se entusiasmaba con todo lo que oliese a guerra: la presencia
de un oficial en uniforme de gala le arrancaba lágrimas de emoción;
conocía al dedillo todo lo que se refería a la vida de cuartel: distinguía al
primer golpe de vista el cargo y el cuerpo al que pertenecía cualquier
soldado; a pesar de sus achaques, apenas oía tocar en la calle la corneta o el
tambor al frente de un batallón, se quedaba inmóvil y, muchas veces cuando
caía en la cuenta, formaba parte de los que seguían a la tropa. Entonces, no
volvía a casa hasta que los militares no volviesen a los cuarteles. Casi
siempre volvía de esa locura a eso de las seis de la tarde, molido hasta los
huesos, sin poder sostenerse sobre las piernas, agotado de marchar horas y
horas al son de la música y los redobles. Y lo más interesante es que él, al
reaccionar, se rebelaba furioso contra el maldito comandante que lo
obligaba a aquel agotamiento, llevando al batallón por una infinidad de
calles, y haciendo adrede el camino más largo.
—¡Si hasta parece ─se lamentaba─ que la intención de aquel malvado era
acabar con mi pellejo! ¡Vean si no! ¡Tres horas de marcha bajo un sol de los
mil diablos!
Una de las tirrias más cómicas de Botelho era su odio por Valentim.
El muleque le causaba fiebre con sus petulancias de niño mimado y,
bellaco, notando cuánto éstas lo irritaban, abusaba todavía más, seguro de la
protección de Dona Estela. Hace mucho que el parásito lo hubiera
estrangulado, si no fuera por su necesidad de agradar a la dueña de casa.
Botelho conocía los deslices de Estela como las palmas de sus manos.
El propio Miranda, que lo veía como un amigo fiel, muchas veces le había
hecho confidencias, en ocasiones desesperadas en que necesitaba
desahogarse, declarando con franqueza cuánto la despreciaba íntimamente y
la razón por la cual no la echaba a puntapiés a la calle. Y Botelho le daba
toda la razón, porque entendía que los intereses comerciales estaban por
encima de todo.
—Una mujer en aquellas condiciones ─decía él convencido─ representa
nada menos que el capital, ¡y un capital de ninguna manera debe uno
despreciarlo! Ahora, usted nunca debe arrimársele.
—¡Ora! ─explicaba el marido─. Yo me sirvo de ella como quien se sirve de
una escupidera.
El parásito, feliz de ver cuánto despreciaba a la mujer su amigo,
concordaba en todo plenamente, dándole un cariñoso abrazo de admiración.
Pero, por otra parte, cuando oía a Estela hablar del marido con infinito
desdén, hasta con asco, resplandecía aún más contento.
—¿Quiere que le diga más? ─afirmaba ella─. Yo percibo cuánto me detesta
aquel inútil de mi señor marido, pero eso me importa tanto como la primer
enagua que usé. ¡Desgraciadamente nosotras, las mujeres de sociedad, no
podemos vivir sin esposo cuando somos casadas; de manera que yo tengo
que soportar al que me tocó, me guste o no me guste! Sin embargo, le juro
que si a veces consiento en que Miranda se me acerque, es porque entiendo
que más vale ceder a entrar en discusiones con semejante bestia.
Botelho, con su encanecida experiencia de mundo, nunca le transmitía
a ninguno de los dos lo que cada uno decía del otro; tanto es así que, en
cierta ocasión, al volver a casa incómodo, en horas en las que no era su
costumbre, oyó al pasar por la huerta, susurros y voces apagadas que venían
de un rincón oculto de vegetación, donde por lo general no iba nadie.
Se dirigió hacia allá en puntas de pie y, sin ser percibido, descubrió a
Estela apretada entre el muro y Enrique. Se quedó quieto espiando, sin
moverse ni respirar, sólo cuando los dos se separaros, fue que él se mostró.
La señora dio un pequeño grito, y el joven, de rojo que estaba, se puso
pálido como la cera; pero Botelho procuró tranquilizarlos diciéndoles con
vos amiga y misteriosa:
—¡Eso que ustedes están haciendo es una imprudencia!... ¡Estas cosas no se
hacen de esta manera! Así como fui yo podría haber sido otro…¿Tan luego
en una casa con tantos cuartos, es necesario venirse a meter en este rincón
de la huerta?
—Nosotros no estábamos haciendo nada ─dijo Estela recuperando la sangre
fría.
—¡Ah! ─continuó el viejo aparentando sumo respeto─. Entonces pensé que
estaban… ¡Y vea que si así fuese, me daría lo mismo, porque encuentro
esto la cosa más natural del mundo y entiendo que de esta vida la gente sólo
se lleva lo que disfruta!... Si vi, créame, fue como si nada hubiese visto,
porque no tengo que andar metiendo la nariz en la vida de nadie… Usted,
señora, es joven tiene la fuerza de sus años; su marido no la satisface y es
justo que lo sustituya por otro… ¡Ah! Así es el mundo y, si está torcido, no
somos nosotros los que lo hicimos torcido… Hasta cierta edad todos
tenemos un bichito que nos carcome, que es preciso matar antes de que él
nos mate. ¡No se preocupe!... Apenas me parece que, para otra vez, deben
tener un poco de cuidado y...
—Bueno. ¡Ya basta! ─ordenó Estela.
—¡Perdón! Yo, si digo esto, es para tranquilizarlos a mi respecto. No quiero
que, ni por asomo, piensen que…
Henrique lo interrumpió con voz todavía más temblorosa.
—Pero crea señor Botello que…
El viejo lo interrumpió a su vez, pasándole la mano por el hombro y
aparatándolo consigo.
—No tenga recelos que no lo voy a comprometer, muchacho.
Y como ya estaban lejos de Estela le secreteó en tono protector.
—No vuelva a hacer eso, va a ser su ruina… ¡Mire cómo le tiemblan las
piernas!
Dona Estela los siguió de lejos, lentamente, simulando interés en
armar un ramillete, cuyas flores iba recogiendo con mucha gracia, ya
totalmente doblada sobre plantas rastreras, ya empinándose en punta de pies
para alcanzar los heliotropos y manacás.
Henrique siguió a Botelho hasta su cuarto, sin cambiar de tema.
¿Quedamos en que usted no va a hablar de esto con nadie, no? ¿Me lo
jura? ─preguntó él.
El viejo ya le había confesado, riendo, que los había pillado en
flagrante y que había estado mucho tiempo espiándolos.
—¿Hablar, de qué pedazo de tonto?... ¿Quién se ha pensado que soy?...
Solo abriré la boca si usted me da motivos, pero estoy seguro de que no me
los dará… ¿Quiere que le diga una cosa? Usted me cae simpático,
Henrique. Lo encuentro un excelente muchacho, una flor. Y le digo más, lo
voy a ayudar en su enredo don Dona Estela…
Y mientras le hablaba así, le había tomado las manos y se las
apretaba.
—Mire ─continuó diciendo, sin dejar de acariciarlas─; no se meta con
doncellas, ¿entiende?... ¡Son el demonio! ¡Por un quítame de allá esas
pajas, un hombre se encuentra en apuros! Ahora, en cuanto a las otras, ¡no
tenga reparos! No deje que ninguna vaya a hablar con el cura ni se haga
problemas, porque al final de cuentas, en las circunstancias de Dona Estela,
usted le está haciendo un gran favor. Mi querido amiguito, cuando una
mujer pasó de los treinta y pesca oportunamente a un muchachito de su
edad es como si descubriese oro en polvo. ¡Le sabe a gloria! Sepa que no es
solamente a usted a quien ella se obsequia, sino también al marido; cuanto
más le sacuda usted a la mujer, de mejor ánimo quedará ella, y por
consiguiente, mejor será para el pobre hombre, pobrecito, que ya tiene
bastante de que preocuparse, allá abajo, con sus negocios, y precisa un poco
de descanso cuando vuelve del trabajo y se mete en la casa. ¡Sacúdala,
sacúdala, que la pondrá más blanda que el terciopelo! Pero es necesario
tener mucho cuidado, ¿entiende? No haga otra chiquilinada como la de hoy
y vaya al frente, no sólo con ella sino con todas las que le caigan en las
manos. ¡Que vayan saliendo! Menos las de las casas alegres, que eso es
peligroso por las enfermedades, ni tampoco las doncellas. ¡No se meta con
Zulmira! Y créame, si le hablo así es porque soy su amigo, porque lo
encuentro simpático, porque lo encuentro lindo.
Y esta vez lo acarició de un modo tan vehemente que el estudiante,
escapando de sus manos, se le apartó con un gesto de repugnancia y
desprecio, mientras que el viejo le decía con voz ahogada:
—¡Eh! ¡Espere! ¡Venga!... ¡Usted es desconfiado!...
III

Eran las cinco de la mañana y el conventillo despertaba, abriendo no


los ojos sino su infinidad de puertas y ventanas cerradas.
Un despertar alegre y pleno de quien durmió, de un tirón, siete horas
de plomo. Como si se escucharan todavía, en la indolencia de la neblina, las
postreras notas de la última guitarra de la noche anterior, disolviéndose en
la luz dorada y tierna de la aurora, como un suspiro de saudade perdido en
tierra extraña.
La ropa lavada, que había quedado de la víspera en los tendederos,
humedecía el aire y le daba una copiosa acidez de jabón ordinario. Las
piedras del piso, blanqueadas en el lugar del lavado y en algunos puntos
azuladas por el añil, mostraban una palidez grisácea y triste, hecha de la
acumulación de espumas secas.
Mientras tanto, de las puertas surgían cabezas somnolientas; se
escuchaban enormes bostezos, fuertes como el arrullar de las olas; se
carraspeaba fuerte por todas partes; comenzaban a tintinear las tazas; el olor
cálido del café entibiaba, suplantando a todos los otros; de ventana a
ventana, se intercambiaban las primeras palabras, los buenos días; se
retomaban conversaciones interrumpidas por la noche; afuera, la
chiquilinada retozaba y, desde el interior de las casas, llegaban llantos
apagados de criaturas que todavía no caminaban. En el confuso rumor que
se formaba se destacaban risas, sonidos de voces que discutían, sin saber de
dónde, el graznar de los patos, cacarear de los gallos, cloquear de las
gallinas. De algunos cuartos salían mujeres que venían a colgar, en la pared
de afuera, la jaula del papagayo, y los loros, a semejanza de los dueños, se
saludaban ruidosamente, esponjándose a la luz nueva del día.
En poco tiempo había, alrededor de los grifos, un runrún creciente;
una aglomeración tumultuosa de machos y hembras. Unos detrás de los
otros se lavaban la cara, incómodos, bajo un chorro de agua que escurría de
una altura de cinco palmos. El piso se inundaba. Las mujeres precisaban
sujetarse la falda entre los muslos para no mojarlas, se le veía la tostada
desnudez de los brazos y el cuello, que descubrían recogiendo todo el
cabello en lo alto de la cabeza; los hombres no se preocupaban en mojarse
el pelo, al contrario, metían la cabeza bien dentro del agua y refregaban con
fuerzas las fosas nasales y la barba, resoplando y sonándose contra las
palmas de la mano. Las puertas de las letrinas no descansaban, era un abrir
y cerrar permanente, un entrar y un salir sin tregua. No demoraban allá
adentro y salían atándose los pantalones o las faldas; los niños no se
tomaban el trabajo de ir hasta ese lugar, sino que se despachaban allí
mismo, en el pajonal de los fondos, detrás del inquilinato o en el rincón de
las huertas.
El rumor crecía condensándose; el runrún de todos los días se
acentuaba; ya no se destacaban las voces dispersas sino un solo ruido
compacto que llenaba todo el inquilinato. Se comenzaban a hacer compras
en la venta; se armaban discusiones y altercados; se oían carcajadas y
maldiciones; ya no se hablaba, se gritaba. Se sentía en aquella fermentación
sanguínea, en aquella gala exuberante de las plantas rastreras que hunden
sus pies vigorosos en el barro negro y nutricio de la vida, el placer animal
de existir, la triunfante satisfacción de respirar sobre la tierra.
De la puerta de la venta que daba al inquilinato, iban y venían como
hormigas haciendo compras.
Dos ventanas de la casa de Miranda se abrieron. En una apareció
Isaura, que se disponía a comenzar con la limpieza de la casa.
—¡Nhá Dunga! ─gritó ella hacia abajo al sacudir un mantel─. Si hoy tiene
cuscuz de maíz golpee mi puerta, ¿entendió?
Leonor surgió momentos después, metiendo curiosa las motas entre el
cuello y la cabeza de la mulata.
El panadero entró en el inquilinato, con su enorme cesta sobre la
cabeza y su caballete plegado bajo el brazo, y fue a estacionarse en el medio
del patio, a la espera de los clientes, poniendo la canasta sobre el caballete
que armó rápidamente. En poco tiempo estaba cercado por una nube de
gente. Las criaturas lo adulaban y, a medida que cada mujer u hombre
recibía el pan, corría hacia su casa con éste aferrado contra su pecho. Una
vaca, seguida de un becerro con bozal, iba tintineando tristemente su
cencerro, de puerta en puerta, seguida por un hombre cargado con
recipientes de hojalata.
El runrún llegaba a su apogeo. La fábrica de pastas próxima comenzó
a trabajar, aumentando el ruido con su jadear monótono de máquina de
vapor. Las corridas hacia la venta continuaban, transformándose en una
agitación de hormiguero irritado. Ahora, frente a las canillas, se apilaban
latas de todos los tamaños, sobresaliendo las de kerosén con un asa de
madera, se oía la caída del agua golpeando contra la hojalata. Algunas
lavanderas ya estaban llenando sus tinas, otras colgaban en los tendederos
la ropa que había quedado en remojo. Empezaba el trabajo, rompían en las
gargantas los fados portugueses y las modinhas brasileñas. Un carromato de
basura entró con gran estruendo de ruedas sobre el empedrado, seguido de
gritos atemorizantes, balbuceados por el carrero contra el burro.
Y durante mucho tiempo continuó el vaivén de vendedores.
Aparecían mesas plegables con carne fresca y otras con tripas y achuras de
buey, sólo no traían verduras porque había muchas huertas en el inquilinato.
Llegaban los ruidosos vendedores ambulantes, con sus latas de quincallería,
con sus cajas de candiles y objetos de vidrio y con su provisión de cacerolas
y chocolateras de hojalata. Cada vendedor tenía su manera especial de
pregonar, destacándose el hombre de las sardinas, con las cestas de pescado
colgadas, como una balanza, de un palo que traía al hombro. Bastó con su
primer grito, gutural y estridente, para que surgieran, como por encanto, una
enorme variedad de gatos, que vinieron a acercársele familiarmente,
rozándole las perneras arremangadas y maullando suplicantes. El sardinero
los apartaba con el pie, mientras vendía su pescado en la puerta de las
casuchas, pero la gatería no desistía y continuaba implorando, arañando los
cestos, que el hombre tapaba cuidadosamente ni bien atendía a un cliente.
Para verse libre de los inoportunos, era necesario tirarles, bien lejos, un
puñado de sardinas, sobre el cual se precipitaban a los saltos los
pedigüeños.
La primera que se puso a lavar fue Leandra, apodada la “Machona”,
portuguesa feroz y gritona de muñecas gruesas y peludas, ancas de animal
de campo. Tenía dos hijas, una casada y separada del marido, Ana das
Dores, a quien llamaban das Dores[10], y otra, doncella todavía, Nenen, y un
hijo, Agostinho, niño endiablado que gritaba tanto o mejor que la madre.
Das Dores vivía en una casucha aparte, pero toda la familia vivía en el
inquilinato.
Nadie sabía con certeza si la Machona era viuda o separada; los hijos
no se parecían entre sí. Das Dores sí, se afirmaba que había estado casada y
había largado al marido para meterse con un comerciante; y que éste, al
volver para su tierra y no queriendo dejarla desamparada, puso a su socio en
su lugar. Tendría unos veinticinco años.
Nenen tenía diecisiete. Alta, delgada y fuerte, con una ligera soberbia
por su virginidad, se escapaba como una anguila por entre los dedos de los
muchachos que la requerían, pero no para casarse. Almidonaba bien y sabía
planchar con mucha habilidad ropa blanca de hombre.
Al lado de Leandra fue a colocar su tina Augusta Carne Mole[11],
brasileña blanca, mujer de Alexandre, un mulato de cuarenta años, agente
de policía, presumido, de grandes bigotes negros, cara siempre bien
rasurada y un lujo de pantalones blancos almidonados y botones del
uniforme limpios cuando estaba de servicio. También tenían hijos, pero
todavía pequeños, uno de los cuales, Juju, vivía en la ciudad con la madrina,
que se encargaba de ella. Esta madrina era una cocotte de treinta mil réis
para arriba, Leonie. Origen, francesa.
Alexandre, en casa a la hora del descanso, con sus chinelas y la
camisa desprendida, era muy sencillo con los vecinos de inquilinato,
conversaba, reía y bromeaba, pero vistiendo el uniforme, atusado el bigote
con pomada, empuñando su fusta con la que acostumbraba a fustigar los
pantalones de brin, nadie más le veía los dientes y entonces hablaba a todos
tieso y por arriba del hombro. A la mujer, a quien solo tuteaba cuando no
estaba uniformado, era de una honestidad proverbial en el conventillo,
honestidad sin mérito, porque provenía de la indolencia de su temperamento
y no de la resolución de su carácter.
Junto a ella se puso a trabajar Leocádia, mujer de un herrero llamado
Bruno, portuguesa menuda y rellenita de carnes duras, con una fama terrible
de liviana entre sus vecinas.
La seguía Paula, una vieja cabocla, medio idiota, a quien respetaban
todos por las virtudes que tenía para curar eripselas y cortar fiebres por
medio de rezos y hechicerías. Era muy fea, gorda, triste, con los ojos
alucinados, dientes limados en punta, como dientes de perro, cabellos lacios
y todavía renegridos a pesar de la edad. La llamaban la “Bruja”.
Después venían Marciana y una hija de ésta, Florinda. La primera,
mulata chapada a la antigua, muy seria y aseada con exageración: su casa
estaba siempre húmeda por las permanentes limpiezas. En cuanto se ponía
de mal humor comenzaba de inmediato a sacudir, a barrer febril y, cuando
la rabia era grande, corría a buscar un balde de agua y lo arrojaba con furia
contra el suelo de la habitación. La hija tenía quince años, la piel de un
tostado caliente, labios sensuales, bonitos dientes y ojos lujuriosos de
macaca. Todo en ella pedía hombre, pero conservaba su virginidad y no
cedía, ni en nombre de Dios Padre, a los ruegos de João Romão, que
deseaba agarrarla a cambio de pequeñas concesiones en las medidas y en el
peso de las compras que Florinda hacía diariamente en la venta.
Después venía la vieja Isabel, es decir, Dona Isabel, porque en el
inquilinato todos les dispensaban cierta consideración, privilegiada por sus
maneras graves de persona que ha tenido una posición: una pobre mujer
consumida por los disgustos. Estuvo casada con el dueño de una
sombrerería, que quebró y se suicidó, dejándole una hija muy enfermiza y
débil, por quien Isabel sacrificó todo para educarla, dándole hasta un
maestro de francés. Tenía una cara macilenta de vieja portuguesa devota,
que ha sido gorda, mejillas blandas, de piel fláccida, que le colgaba de los
costados de la boca como bolsitas vacías, unos pelos negros en la
mandíbula, ojos castaños, siempre llorosos, devorados por los párpados. Se
acomodaba el escaso cabello gris, untado en aceite de almendras dulces en
bandós sobre las sienes. Cuando salía a la calle se ponía un eterno vestido
de seda negra muy lustrosa, cuya falda no se arrugaba, y un chal encarnado
que le daba a todo el cuerpo una apariencia piramidal. De su pasada
grandeza sólo le quedaba una caja de rapé de oro, de la cual tomaba su
pulgarada de rapé, suspirando con cada inspiración por la nariz[12].
Su hija era la flor del inquilinato. La llamaban Pombinha[13]. Bonita a
pesar de que era enfermiza y nerviosa al extremo, rubia, muy pálida, con
modales de niña de buena familia. La madre no le permitía lavar ni
almidonar, porque el médico se lo había prohibido expresamente.
Tenia novio, João da Costa, empleado de comercio, estimado por el
patrón y los compañeros, con mucho porvenir, y que la adoraba y conocía
desde chiquita; pero Dona Isabel no quería que el casamiento se celebrase
todavía. Es que Pombinha, orillando casi los dieciocho años, no había
pagado todavía a la naturaleza el cruento tributo de la pubertad, a pesar del
celo de la vieja y de los sacrificios que ésta hacía para cumplir
rigurosamente las prescripciones del médico, para que no le faltase a la hija
el menor cuidado. Mientras tanto, pobrecitas, de ese casamiento dependía la
felicidad de ambas, porque da Costa, bien empleado como estaba en la casa
de un tío suyo, de quien más tarde habría de ser socio, tenía la intención,
luego de que cambiase de estado, de restituirlas a su primitivo círculo
social. La pobre vieja se desesperaba por el hecho y pedía a Dios todas las
noches, antes de dormir, que la protegiese y le concediese a la hija una
gracia tan simple que él hacía, sin distinción de méritos, a cuantas mozas
había por el mundo; pero, a despecho de tanto empeño, bajo ningún motivo
consentiría que su hija se casase “antes de ser mujer”, como decía ella. Y
“¡que parasen allá de hablar, el doctor entendía que no era decente, ni tenía
sentido, dar hombre a una joven que todavía no había sido visitada por las
reglas! ¡No! Antes verla soltera toda la vida y que se quedasen ambas
padeciendo siempre aquel infierno del inquilinato!”.
Allí, en el conventillo, estaban todos al tanto de esta historia: no era
secreto para nadie. Y no pasaba un día sin que interrogasen dos o tres veces
a la vieja con estas palabras:
—Y, ¿vino?
—¿Por qué no intenta con baños de mar?
—¿Por qué no ve otro médico?
—Yo, si fuese usted, la casaba así como está.
La vieja respondía diciendo que la felicidad no se había hecho para
ella. Y suspiraba resignada.
Cuando da Costa aparecía después de su trabajo, para visitar a la
novia, los inquilinos del conventillo lo saludaban en silencio con respetuoso
aire de lástima y piedad, empeñados tácitamente contra aquella desgracia
frente a la cual no valían ni siquiera los poderes de la Bruja.
Pombinha era muy querida por toda aquella gente. Era quien les
escribía las cartas; quien generalmente les hacía las listas a las lavanderas;
quien sacaba las cuentas; quien leía el diario para quien quisiese oír. La
apreciaban con mucho respeto y le hacían regalos, lo que le permitía cierto
relativo lujo. Andaba siempre de botitas o zapatos con medias de color y su
vestido de percal almidonado, tenía sus joyitas para salir a la calle y, los
domingos, quien la encontrase en la iglesia de São João Batista, ni
sospecharía que ella vivía en un conventillo.
Cerraba la fila de las primeras lavanderas Albino, un sujeto
afeminado, flaco, de color de espárrago cocido y con unos pelitos castaños,
descoloridos y escasos, que le caía en una sola línea hasta el cuellito blando
y fino. Era lavandero y vivía siempre entre mujeres, con quien estaba tan
familiarizado que ellas lo trataban como a una persona del mismo sexo; en
su presencia hablaban de cosas que no se atreverían en presencia de otro
hombre; hasta lo hacían confidente de sus amores e infidelidades, con una
franqueza que no lo perturbaba ni conmovía. Cuando un matrimonio
peleaba o dos amigas disputaban, era siempre Albino quien trataba de
reconciliarlos, exhortando a las mujeres a la concordia. Antes se encargaba
de cobrar las cuentas de las colegas, por amabilidad; pero una vez, cuando
fue a una casa de estudiantes, le dieron, nadie sabe por qué, una docena de
cachetazos, y el pobre diablo juró, entre lágrimas y sollozos, que nunca más
se incumbiría a cobrar las cuentas.
Y desde entonces, en efecto, no apartaba sus piecitos del conventillo,
a no ser en los días de carnaval, en que iba, vestido de bailarina, a pasear de
tarde por las calles y por la noche a bailar en los bailes de los teatros. Tenía
verdadera pasión por esta manera de divertirse; juntaba dinero durante el
resto del año para gastarlo todo con la mascarada. Y nadie lo encontraba,
domingo o día de semana, lavando o descansando, que no estuviese con su
pantalón blanco almidonado, su camisa limpia, un pañuelo al cuello y,
amarrado a la cintura, un delantal que le caía sobre las piernas como una
falda. No fumaba, no tomaba bebidas espirituosas y tenía siempre las manos
heladas y húmedas.
Aquella mañana se había levantado un poco más lánguido que de
costumbre, porque había pasado una mala noche. La vieja Isabel, que estaba
a su izquierda, oyéndolo suspirar con insistencia, le preguntó qué tenía.
—¡Ah! ¡Mucha pesadez de cuerpo y una puntada en el vacío que no se le
iba!
La vieja le recetó diversos remedios, y quedaron los dos, en el medio
de aquella gente, hablando tristemente de enfermedades.
Y mientras tanto, el resto de la hilera, la Machona, Augusta y
Leocádia, la Bruja, Marciana y su hija conversaban de tina a tina, gritando y
casi sin oírse, la voz un tanto cansada ya por el trabajo; al frente de ellas,
separada por los jiraus, se formaba una nueva hilera de lavanderas, que
venían desde afuera cargadas de atados, e iban tomando lugar ruidosamente,
unas al lado de las otras, en medio de una agitación sin treguas, donde no se
distinguía lo que era jarana de lo que era pelea. Una a una, ocupaban todas
las tinas. Y de todas las casuchas del conventillo salían hombres hacia sus
trabajos. Por una puerta que había al fondo del inquilinato desaparecían los
trabajadores de la cantera, de donde venía ahora el repiqueteo de barretas y
picos. Miranda, de pantalones de brin, sombrero de copa alta y levita negra,
pasó camino al almacén acompañado por Henrique, que iba a clase.
Alexandre, que había estado de servicio esa madrugada, entró solemne,
atravesó el patio, sin hablar con nadie, ni siquiera con la mujer, y se encerró
en su casa para dormir. Un grupo de vendedores ambulantes, Delporto,
Pompeo, Francisco y Andréa, armado cada uno con su gran caja de
baratijas, salió para su peregrinación de todos los días, discutiendo y
maldiciendo en italiano.
Un jovencito de chaqueta vino de la calle y fue a preguntar a la
Machona por Nhá Rita.
—¿Rita Baiana? ¡Qué sé yo! ¡Mañana se cumplen ocho días que partió!
Leocádia explicó a continuación que, con certeza, la mulata andaba de
farra con Firmo.
—¿Qué Firmo? ─preguntó Augusta.
—Aquel cabravasco que se metía a veces allí con ella. Dice que es tornero.
—¿Ella se mudó? ─preguntó el pequeño.
—No ─dijo la Machona─, el cuarto está cerrado, pero la mulata tiene sus
cosas allí. ¿Qué querías?
—Venía a buscar una ropa que está con ella.
—No sé, hijo, pregunta en la venta de João Romão, que tal vez te pueda
decir algo.
—¿Allí?
—Sí, pequeño, en aquella puerta, donde la negra de la bandeja está
vendiendo. ¡Diablos! Fíjate que pisas la muñeca de añil. ¡Qué mala suerte!
¡Parece que no se fija donde pone el pie esta criatura del demonio![14]
Y notando que el hijo, Agostinho, se acercaba para ocupar el lugar del
otro que ya se iba:
—¡Sal de ahí tu también, peste! ¿Ya comienzas con la fiesta de todos los
días? ¡Acércate que cobras! ¿Pero, qué haces que no vas a regar la huerta
del comendador?
—El me dijo ayer que fuese por la tarde, es mejor.
—¡Ah! Y mañana no te olvides, cobra los dos mil réis, que es fin de mes.
Mira, anda allá adentro y dile a Nenen que te entregue la ropa que vino ayer
a la noche.
El pequeño se alejó a la carrera, y ella le gritó.
—¡Y que no ponga el guiso en el fuego hasta que yo vaya!
Una única conversación se armó en el resto de la fila de lavanderas
respecto de Rita Baiana.
—¡Está loca!... ─censuraba Augusta─. Salir de parranda sin dar cuenta de
la ropa que le entregaron. Así se va a quedar sin ningún cliente.
—¡Esa no se corrige más!... ¡Cada vez anda más inquieta!... ¡Parece que
tiene fuego en la cola! ¡No importa el trabajo que tenga, si hay juerga, deja
todo de lado! ¡Mira lo que pasó el año pasado con la fiesta de Nuestra
Senhora da Penha!
—¡Y ahora con este mulato, Firmo, es una sinvergüenza! ¿No viste lo que
pasó el otro día? ¡Se agarraron una borrachera, y se pusieron a bailar y
cantar con la guitarra, que yo no sé qué parecía! ¡Dios nos libre!
—¡Para todo hay horas, y días!...
—¡Para Rita todo el año es carnaval! ¡Sólo basta con que aparezca alguien
y la acompañe!
—Sin embargo no es mala persona… Sacando el defecto de la holgazanería.
—Ella tiene buen corazón, demasiado, porque no guarda un vintém para el
día de mañana. Parece que el dinero le quema en las manos.
—¡Así le van las cosas!… ¡João Romão ya no le fía!
—Y mira que Rita le ha llenado bien la bolsa, cuando ella tiene dinero es
para gastarlo todo.
Y las lavanderas no se callaban, siempre refregando y golpeando,
retorciendo camisas y calzoncillos largos, acaloradas por el ejercicio.
Mientras que, alrededor de su parloteo, todo el conventillo se embanderaba
de ropa mojada, donde el sol arrancaba centelleos de plata.
Estaban en diciembre y el día era ardiente. En el pasto de los jiraus
tenía reflejos de esmeralda; las paredes que daban al naciente, encaladas de
nuevo, reverberaban, ofuscando la vista. En una de las ventanas del
comedor de Miranda, Dona Estela y Zulmira, ambas vestidas de claro y
limándose las uñas, conversaban en voz baja, indiferentes a la agitación de
allá abajo, ajenas a todo en su tranquilidad de entes felices.
Mientras tanto, el mayor movimiento era en la venta, en la entrada del
inquilinato. Daban las nueve y los obreros de las fábricas llegaban para el
almuerzo. En el mostrador a Domingos y Manuel les faltaban manos para
lidiar con los criados de la vecindad, los paquetes de papel amarillo se
sucedían, y el dinero goteaba sin intermitencia dentro del cajón.
—¡Medio kilo de arroz!
—¡Un tostão de azúcar!
—¡Una botella de vinagre!
—¡Dos martelos de vino!
—¡Dos vinténs de tabaco!
—¡Cuatro de jabón!
Y los gritos se confundían en una mezcla de voces en todos los tonos.
Se oían protestas entre los compradores.
—¡Atiéndame Seu Domingos! ¡Que dejé la comida en el fuego!
—¡Oh diablos!, ¡deme las papas que tengo mucho que hacer!
—¡Seu Manuel, no me demore esa manteca!
Al lado, en la fonda, Bertoleza, con la falda recogida hasta los muslos,
el pescuezo robusto y negro, reluciente de sudor, iba y venía de una olla a la
otra, preparando los platos que João Romão llevaba, corriendo, a los
trabajadores sentados en un compartimiento contiguo. Había tenido que
contratar un nuevo empleado sólo para la fonda, y el joven, a cada cliente
que iba llegando, le recitaba, con un tono cantado y estridente, la
interminable lista de comidas que había. Un fuerte olor de fritura
predominaba. El parati circulaba por todas las mesas, y cada jarra de café,
de loza gruesa, despedía un volcán de humo que apestaba a maíz quemado.
¡Una algazara terrible, en la que nadie se entendía! Se cruzaban
conversaciones en todas direcciones, se discutía a los gritos, con fuertes
puñetazos sobre las mesas. Y siempre saliendo y entrando gente, y los que
salían después de aquella gran comilona, iban radiantes de contentos,
eructando con la barriga llena.
En un banco de madera tosca, que existía del lado de afuera, junto a la
pared y cerca de la venta, un hombre de pantalón y camisa de zuarte,
zapatones de cuero crudo, esperaba, hacía ya una hora, para hablar con el
ventero.
Era un portugués de unos treinta y cinco o cuarenta años, alto, de
espaldas anchas, barba hirsuta, cabellos negros y descuidados cayéndole
sobre la frente, por debajo de un sombrero de fieltro ordinario, cuello de
toro y cara de Hércules, en la cual los ojos, todavía humildes como los ojos
de un buey en el yugo, rezumaban una tranquila bondad.
—¿Entonces todavía no se puede hablar con el hombre? ─preguntó yendo
hasta el mostrador para entenderse con Domingos.
—El patrón ahora está muy ocupado. ¡Espere!
—Pero son las diez y estoy sólo con un trago de café en el estómago.
—Vuelva más tarde.
—Vivo en Ciudad Nueva. ¡Y hay un largo trecho desde aquí!
El empleado, sin interrumpir lo que hacía, gritó hacia la cocina.
—¡Seu João, el hombre que está allí dice que se va!
—¡Que espere un momento que ya estoy con él! ─respondió el ventero en
medio de una carrera─. ¡Dile que no se vaya!
—Pero, es que todavía no almorcé y las tripas me crujen de hambre…
─observó el Hércules con voz gruesa y sonora.
—¡Hijo, almuerce aquí mismo! Aquí lo que no falta es de comer. ¡Ya podría
haber terminado!
—¡Pues, allá voy! ─respondió el hombracho, saliendo de la venta para
entrar en la fonda, donde los que allí estaban lo recibieron con un aire
curioso, midiéndolo de la cabeza a los pies, como hacían siempre con todos
los que se presentaban por primera vez.
Ni bien se sentó frente a una de las mesitas, vino el empleado a
recitarle la lista de platos.
—Tráigame un pescado con papas y venga un martelo de vino.
—¿Quiere vino verde o virgen?
—Venga el verde, pero rápido con eso, hijo, que ya debería estar acá.
IV

Media hora más tarde, cuando João Romão estuvo menos ocupado,
fue a ver al sujeto que lo buscaba y se sentó frente a él, cayéndose de fatiga,
pero sin quejarse ni mostrar en el rostro el menor signo de cansancio.
—¿Usted viene de parte de Machucas? ─le preguntó─. El me habló de un
hombre que sabe empedrar, armar barrenos y hacer lajas.
—Soy yo.
—¿Estaba empleado en otra cantera?
—Estaba y estoy. En la de São Diogo, pero me disgusté y quiero dejarla.
—¿Cuánto le pagan?
—Setenta mil réis.
—¡Oh! ¡Eso es un disparate!
—No trabajo por menos…
—El mayor sueldo que pago es de cincuenta.
—Cincuenta gana un cortador de adoquines.
—¡Bah! Tengo muchos picapedreros por ese precio.
—¡Dudo que le sirvan! Apuesto mi mano derecha a que usted no encuentra
por cincuenta mil réis quien use la broca, pese bien la pólvora y le de fuego
sin estropearle la piedra y sin hacer estropicio.
—¡Sí, pero setenta mil réis es un sueldo imposible!
—En ese caso me voy como vine… Aquí no se ha hablado nada.
—¡Setenta mil réis es mucho dinero!...
—Acá, para mí, entiendo que vale la pena pagarle un poco más a un buen
trabajador, que sufrir desastres, como el que sufrió su cantera la semana
pasada. ¡Sin hablar del pobre diablo que quedó debajo de la piedra!
—¡Ah! ¿Machucas le habló del desastre?
—Si señor, me contó, y el desastre no hubiera ocurrido si el hombre supiese
hacer el trabajo.
—Pero setenta mil réis es imposible. ¡Baje un poco!
—Por menos no me sirve… Y ahorrémonos de gastar palabras.
—¿Usted conoce la cantera?
—Nunca la vi de cerca, pero me parece que es buena. De lejos, me huele a
granito.
—Espere un instante.
João Romão dio un salto hasta la venta, dio algunas órdenes, se
encasquetó un sombrero y volvió a reunirse con el otro.
—Vamos a verla ─gritó desde la puerta de la fonda, que, poco a poco, se iba
vaciando.
El pedrero pagó doce vinténs por su almuerzo y lo acompañó en
silencio.
Atravesaron el conventillo.
La tarea continuaba. Las lavanderas ya habían ido a almorzar y ya
habían vuelto a su trabajo. Ahora estaban todas con sombrero de paja, a
pesar de los toldos que se armaron. Un calor cáustico les mordía las nucas
abrasadas y lustrosas de sudor. Un estado febril se apoderaba de ellas en
aquel rescoldo; la digestión hecha al sol les fermentaba la sangre. La
Machona discutía con una negra que había ido a reclamarle un par de
medias y cambiar una camisa; Augusta, desganada sobre su tabla de lavar,
parecía derretirse como sebo; Leocádia largaba de vez en cuando la ropa y
el jabón para rascarse las comezones de las nalgas y las ingles, martirizadas
por el bochorno; la Bruja monologaba, refunfuñaba con una insistencia de
idiota, junto a Marciana, que, con su tipo de mulata vieja, con la pipa en un
costado de la boca, cantaba tonadas monótonas del sertão:

“Maricas tá marimbando,
Maricas tá marimbando,
Na passage do riacho
Maricas tá marimbando.”[15]

Florinda, alegre, perfectamente bien con el rigor del sol, silbaba los
chorados y lundús que se tocaban en el inquilinato, y junto a ella, la
melancólica señora Dona Isabel suspiraba, refregando su ropa dentro de la
tina, automáticamente, como un condenado a trabajar en el presidio, al
tiempo que Albino, requebrando sus pobres nalgas de hombre linfático,
golpeaba en la tabla un par de pantalones, con el ritmo cadencioso y breve
de un cocinero que golpea bifes. El cuerpo le temblaba, y él, de vez en
cuando, levantaba el pañuelo del cuello para secarse la frente, y entonces un
gemido suspirado le escapaba de los labios.
De la casucha número 8 venía un falsete agudo, aunque afinado. Era
das Dores que empezaba su trabajo; no sabía planchar sin cantar. En el
número 7, Nenen canturreaba en un tono mucho más bajo; y en uno de los
cuartos del fondo del inquilinato salía, de tiempo en tiempo, una nota áspera
de trombón.
El ventero, al pasar detrás de Florinda, que en ese momento recogía
ropa del suelo, le sacudió una palmada en la parte del cuerpo más en
evidencia.
—¡Oiga, no se le ocurra!... ─gritó ella, rápido, levantándose muy tiesa. Y al
dar con João Romão─ ¡Ya me lo imaginaba! ¡Aquí la molesta a una y
después, cuando vamos a comprar a la venta, el descarado roba con el peso!
Galego del diablo. No me gustas, ¿no lo sabías?
El ventero le dio una palmada con más fuerza y huyó, porque ella se
había armado con un regador lleno de agua.
—¡Ven acá si eres hombre!
João Romão ya se había alejado con el pedrero.
—Usted tiene mucha gente acá. ─observó este.
—¡Oh! ─dijo el otro sacudiendo los hombros para luego continuar
envanecido─. Si tuviera cien cuartos más, también los tendría ocupados.
¡Pero es toda gente seria! No hay alboroto en este inquilinato; si se arma
alguna riña, aparezco y se acaba de inmediato. ¡La policía nunca entró aquí
ni nunca la dejaremos! Y mire que se divierten con sus guitarras. ¡Toda
gente muy buena!
Habían llegado al final del patio del conventillo y, después de
trasponer una puerta que se cerraba con un peso amarrado a una cuerda, se
encontraron en un pajonal que estaba por delante de la cantera.
—Vamos por aquí que es más cerca ─aconsejó el ventero.
Y los dos, después de buscar la senda, atravesaron las pajas calientes
y hediondas.
Medio día en punto. El sol daba a plomo, todo reverberaba a la luz
irreconciliable de diciembre en un día sin nubes. La cantera, en que la luz
daba a pleno, cegaba si se miraba de frente. Era necesario martirizar la vista
para descubrir los matices de colores de la piedra; nada más que una gran
mancha blanca y luminosa, que terminaba por la parte de abajo en el suelo
cubierto de cascajo menudo, que de lejos producía el efecto de betún
ceniciento, y, por la parte superior en la espesura compacta de una arboleda,
donde no se distinguía otro tono que no fuera manchas negras, bien negras,
sobre el verde oscuro.
A medida que los dos se aproximaban a la imponente cantera, el
terreno se iba volviendo más y más cascajoso, los zapatos se blanqueaban
de un polvo claro. Más adelante, por aquí y por allá, había muchos carros,
algunos en movimiento, tirados por burros y llenos de ripio; otros, prontos
para partir, a la espera de un animal, y otros con los varales hacia el aire,
como si acabasen de ser liberados en aquel instante. Hombres trabajaban.
A la izquierda, por encima de aquel vestigio de río, que parecía haber
sido bebido de un trago por aquel sol sediento, había un puente de tablas,
donde tres pequeños, casi desnudos, conversaban sentados, sin hacer
sombra, iluminados verticalmente por el sol del mediodía. Más adelante, en
la misma dirección, corría un amplio tejado, viejo y sucio, afirmado sobre
columnas toscas de piedra; allí, al metálico bullicio del cincel que hería el
granito, trabajaban muchos portugueses picapedreros. Inmediatamente
detrás, surgía una herrería, atestada con desechos y objetos rotos, sobre todo
ruedas de carro; alrededor del yunque, dos hombres con el torso desnudo,
bañados en sudor y alumbrados de rojo como dos diablos, martilleaban
cadenciosamente sobre un trozo de hierro incandescente; y allí mismo,
cerca de ellos, la fragua abría de par en par una garganta infernal, de donde
salían pequeñas lenguas de fuego, inquietas y golosas.
João Romão se paró en la entrada del taller y gritó a uno de los
herreros.
—¡Eh, Bruno! ¡No te olvides del soporte de la linterna del portón!
Los dos hombres suspendieron por un instante su trabajo.
—Ya fui a verlo ─respondió Bruno─. ¡No vale la pena arreglarlo, está todo
carcomido de herrumbre. Es mejor hacer uno nuevo!
—¡Pues anda con eso, que la linterna esta por caerse!
Y el ventero siguió avanzando con el otro, mientras atrás
recomenzaba el martilleo sobre la bigornia.
De inmediato se veía un miserable establo, lleno de pasto seco y
estiércol de las bestias, con lugar para una media docena de animales.
Estaba desierto, pero en el vivo hedor que exhalaba desde allí, se advertía
que había sido usado la noche anterior. Venía después un depósito de
maderas, que servía al mismo tiempo de taller de carpintería, apilados en la
puerta, troncos de árbol, algunos ya aserrados, muchas tablas apiladas,
restos de mástiles y cuadernas de navío.
De allí a la cantera, restaban sólo cincuenta pasos y el suelo estaba
cubierto por un polvo de piedra molida que ensuciaba como la cal.
Aquí, allí, por todas partes, se encontraban trabajadores, unos al sol,
otros debajo de pequeños cobertizos hechos de lona o de hojas de palmera.
De un lado labraban la piedra cantando; de otro, las rompían a pico; de otro
labraban lozas con primor, a golpes de cincel; más adelante hacían
adoquines a escoplo y maza. Y todo aquel retintín de herramientas, el
martillar de la forja y el coro de los que allá encima taladraban la roca para
armar barrenos y el zumbido distante que venía del conventillo, como de
una aldea en alarma; todo daba la idea de una actividad feroz, de una lucha
de venganza y odio. Aquellos hombres empapados de sudor, embriagados
de calor, alucinados por la insolación, quebrando, picando, torturando la
piedra, parecían un puñado de demonios, rebelados en su impotencia contra
el gigante impasible que los contemplaba con desprecio, imperturbable a
todos los golpes que le daban en la espalda, dejando, sin un gemido, que le
abriesen las entrañas de granito. El membrudo picapedrero había llegado a
la base del orgulloso monstruo de piedra; lo tenía cara a cara, lo midió de
arriba abajo en un sordo desafío.
La cantera mostraba, desde esa perspectiva, su lado más imponente.
Desfigurada, con el desollado flanco expuesto al sol, se erguía altiva y
serena, afrontando al cielo, escarpada, lisa, abrasadora y llena de cuerdas
que, mezquinamente, le corrían por la ciclópea desnudez con un efecto de
telaraña. En ciertos lugares, a gran altura del suelo, le habían clavado
alfileres de hierro, que sostenían, sobre un precipicio, miserables tablas que,
vistas de acá abajo, parecían palitos, pero encima de las cuales, unos
atrevidos pigmeos con forma humana se equilibraban, descargado golpes de
pico contra el gigante.
El pedrero movió la cabeza con aire de lástima. Su gesto desaprobaba
aquel trabajo.
—¡Vea usted! ─dijo él apuntando para cierto punto de la roca─. ¡Mire
aquello! Su gente ha ido a ciegas en el trabajo de esta cantera. Debieron
atacarla justamente por aquel otro lado, para no oponerse a las vetas de la
piedra. Esta parte de aquí es toda de granito, ¡es la mejor! Pues mire lo que
han sacado de allí, ¡unas lajas, unos guijarros que no sirven para nada!
¡Parte el corazón ver estragar así una pieza tan buena! ¿Qué otra cosa
pueden hacer de todo ese cascajo sino adoquines? ¡Es como para clamar a
los cielos, créame! Tener piedra de esa calidad para usarla en adoquines.
El ventero lo escuchaba en silencio, apretando los labios, indignado
con la idea de aquella pérdida.
—¡Una porquería de trabajo! ─continuó el otro─. Allí donde está aquel
hombre es donde deberían haber armado el barreno, porque una explosión
echaba abajo toda esa falda que está separada por una vena. Pero, ¿a quién
tiene allí que sea capaz de hacer eso? A nadie, porque es preciso un
empleado que sepa lo que hace; porque, si la pólvora no estuviese bien
medida, no sólo no se abre la vena sino que, además, le pasa al trabajador lo
mismo que al otro. Es necesario conocer muy bien el trabajo para poder
sacar todo el provecho de esta cantera. ¡Es buena, pero no en las manos en
que está! Es muy peligrosa en las explosiones, ¡y mucho más en pie! Quien
arme el barreno no puede huir sino hacia arriba por la cuerda, ¡y si el sujeto
no es fino para el trabajo se lo lleva el demonio! ¡Soy yo quien se lo dice!
Y después de una breve pausa acrecentó, tomando en una de sus
manos, gruesa como el mismo cascajo, un adoquín que estaba en el suelo.
—¿No le digo? ¡Aquí tiene! ¡Adoquines de granito! ¡Esto es algo que estos
burros deberían esconder de vergüenza!
Siguiendo la cantera por el lado derecho y siguiéndola en la curva que
daba después, formando un ángulo obtuso, es que se podía ver cuán grande
era. Se sudaba bastante antes de llegar a su límite con el matorral.
—¡Qué mina de dinero!... ─decía el hombracho, parándose entusiasmado
frente al nuevo paño de roca viva que se desdoblaba frente a él.
—Toda esa parte que sigue ahora ─aclaró João Romão─ todavía no es mía.
Y continuaron caminando hacia delante.
De este lado se multiplicaban los pequeños cobertizos; los
adoquineros trabajaban a la sombra de ellos, indiferentes a aquellos dos. Se
veían ollas al fuego, sobre cuatro piedras, al aire libre, y muchachitos
cuidando el almuerzo de los padres. De mujeres, ni señal. De vez en
cuando, en la penumbra de un reparo de lona, se daba con un grupo de
hombres, comiendo en cuclillas, unos enfrente a los otros, una sardina en la
mano izquierda, un pan en la derecha, al lado de una botella de agua.
—¡Siempre el trabajo mal hecho y mal dirigido! ─rezongaba el
picapedrero.
Sin embargo, la misma actividad parecía reinar en todas partes. Pero,
allá en el fondo, debajo de los bambúes que marcaban el límite de la
cantera, algunos trabajadores dormían a la sombra, boca arriba, la barba
apuntando hacia lo alto, el cuello hinchado de tendones gruesos como
jarcias de navío, la boca abierta, la respiración fuerte y tranquila de animal
sano, en un feliz y pletórico resollar de bestia cansada.
—¡Que relajamiento! ─rezongó de nuevo el cantero─. Todo esto reclama
un hombre inflexible que cuide en serio del trabajo.
—Yo no tengo nada que ver con esto ─observó João Romão.
—Pero allá, del lado suyo, ha de ser lo mismo. Lo veré.
—Se abusan porque tengo que controlar el negocio, allá afuera…
—Conmigo aquí, ellos no criarían sebo. ¡Se lo juro! Entiendo que el
empleado debe ser bien pago por el trabajo, tener con hartura para su
comida, para su trago de vino, pero debe hacer que su trabajo se vea, y si
no, ¡a la calle! ¡A la calle, que no falta por ahí quien quiera ganar dinero!
¡Autoríceme a controlarlos y verá!
—¡Diablos!, es que usted quiere setenta mil réis… ─suspiró João Romão.
—¡Y ni un real menos!... ¡Pero conmigo aquí ha de ver lo que le hago
entrar en la faltriquera! Acá tenemos mucha gente que no precisa estar.
¿Para qué tanto cortador de adoquín, por ejemplo? Ese es un trabajo para
descansar, es trabajo de criaturas. En vez de todos aquellos zánganos, a
quienes tal vez paga treinta mil réis…
—Es justamente lo que les doy.
—… mejor sería tomar dos buenos trabajadores de cincuenta, que hacen el
doble de lo que hacen aquellos monos y que pueden servir para otras cosas.
¡Parece que nunca trabajaron! ¡Mire!, ¡es la tercera vez que aquel deja caer
el cincel! ¡Adrede!
João Romão permaneció callado, cavilando, mientras regresaban.
Ambos venían pensativos.
—¿Y usted, si yo lo contratase ─dijo después el ventero─, se mudaría al
inquilinato?...
—¡Naturalmente! No he de quedarme allá, en Ciudad Nueva, teniendo
trabajo aquí…
—Y la comida, ¿se la vendo yo?...
—De eso se encarga mi mujer; pero las compras se hacen en su venta…
—¡Pues está cerrado el trato! ─deliberó João Romão, convencido de que no
podía, por economía, privarse de un hombre como aquel. E íntimamente
pensó: “Mis setenta mil réis volverán para la caja. ¡Todo queda en casa!”.
—Entonces, ¿estamos de acuerdo?
—Estamos de acuerdo.
—¿Puedo mudarme mañana?
—Hoy mismo, si quiere tengo un alojamiento que lo va a dejar sin palabras.
Es el número 35. Voy a mostrárselo.
Y acelerando el paso, entraron en la senda del pajonal en dirección al
fondo del conventillo.
—¡Ah! A propósito. ¿Cómo se llama usted?
—Jerônimo, para servirlo.
—Para servir, a Dios. Su mujer, ¿lava?
—Si señor, es lavandera.
—Bien, precisamos conseguirle una tina.
Y el ventero empujó la puerta del fondo del inquilinato, de donde
escapó, como de una olla hirviendo que se destapa, una vaharada cálida, un
vocerío perturbado por la fermentación de sudores y ropa enjabonada
secándose al sol.
V

En efecto, al día siguiente, a eso de las siete de la mañana, cuando el


conventillo hervía ya en su acostumbrada labor, Jerônimo se apersonó con
su mujer, para hacerse cargo de la casita alquilada en la víspera.
La mujer se llamaba Piedade de Jesús; tendría treinta años, buena
estatura, carnes generosas y firmes, cabellos fuertes de un castaño dorado,
dientes poco blancos, pero sólidos y perfectos, cara llena, fisonomía abierta;
un aire de simpleza crédula e ingenua, desbordándole por los ojos y la boca
en una simpática expresión de honestidad simple y natural.
Vinieron ambos en el pescante del carrito que le traía los bártulos.
Ella traía una falda de sarga violeta, blusa blanca de tejido de algodón y en
la cabeza, un pañuelo rojo; el marido, la misma ropa que el día anterior.
Los dos se apearon muy embarazados con los objetos que no habían
querido confiar a los hombres del carro; Jerônimo abrazado a dos
formidables tubos de candil de vidrio, de los antiguos, en los que se podía
meter una pierna con comodidad; y Piedade aferrada a un viejo reloj de
pared y con un gran atado de santos y palmas benditas. Y así atravesaron el
patio del inquilinato, entre los comentarios y las miradas curiosas de los
antiguos ocupantes, que nunca veían sin una pizca de desconfianza a los
inquilinos nuevos que aparecían.
—¿Quién será ese pedazo de hombre? ─indagó la Machona a su vecina de
tina, Augusta Carne Mole.
—Parece ─respondió ésta─ que viene a trabajar en la cantera. El anduvo
por allá un buen rato con João Romão.
—Aquella mujer que entró acompañándola, ¿estará casada con él?
—Es de suponer.
—Me parece que ella es de las islas.
—¡Tienen muy buenos trastos! ─intervino Leocádia─. Una cama que debe
ser una bendición y un tocador con un espejo más grande que aquel cedazo.
—¿Y la cómoda, la vio Nhá Leocádia? ─preguntó Florinda, gritando para
ser para ser oída, porque entre ella y la otra estaban la Bruja y la vieja
Marciana.
—La vi. ¡Lindo trasto!
—¿Y el oratorio? ¡Muy lindo!
—También lo vi. ¡Es un trabajo muy fino! No, sean quienes sean, son gente
acomodada... Eso no se puede negar!
—Si son buenos o malos sólo el tiempo lo dirá ─arriesgó Dona Isabel.
—Quien ve caras, no ve corazones… ─sentenció suspirando el triste
Albino.
—¿Pero el número 35 no estaba ocupado por aquel hombre muy amarillo
que hacía cigarros? ─preguntó Augusta.
—Estaba ─confirmó la mujer del herrero, Leocádia─; sin embargo, creo
que voló debiendo no sé cuánto, y João Romão le vació ayer la casa y tomó
todo lo que había a cuenta de lo que era de él.
—Sí ─interrumpió la Machona─. Ayer, alrededor de las dos de la tarde,
Romão andaba dando vueltas con los cachivaches del cigarrero. ¿Quién
sabe si al pobre hombre no se lo llevó el diablo, como sucedió con aquel
otro que trabajaba de orífice?
—¡No! Ese creo que está vivo…
—Lo que yo digo es que el número 35 trae mala suerte. ¡Yo no lo quiero ni
de regalo! Fue allí que murió Maricas do Farjão.
Tres horas después, Jerônimo y Piedade se encontraban instalados y
se disponían a comer el almuerzo que la mujer preparó lo más rápido que
pudo. El contaba hasta la noche para arreglar una infinidad de cosas, y así
poder comenzar a trabajar la mañana siguiente.
Era tan metódico y tan bueno como trabajador como lo era como
hombre.
Jerônimo vino de su tierra, con la mujer y una hijita, todavía pequeña,
a tentar suerte en Brasil en calidad de colono de un fazendeiro, en cuya
hacienda trabajó sin descanso durante dos años, sin nunca levantar la
cabeza, y de donde, al final, se retiró con las manos vacías y con una gran
aversión por la agricultura brasileña. Para seguir trabajando en el campo se
tenía que resignar a asemejarse a los negros esclavos y vivir con ellos en el
mismo medio degradante, acorralado como una bestia, sin aspiraciones ni
futuro, trabajando eternamente para otro.
No quiso. Resolvió abandonar de una vez semejante estupor de vida y
lanzarse a la ciudad de la Corte donde, decían sus compatriotas, todo
hombre bien dispuesto se abría camino. Y, en efecto, ni bien llegó, acuciado
por las necesidades y privaciones, se puso a picar piedra en una cantera por
un salario miserable. Su existencia continuaba dura y precaria; su mujer ya
lavaba y planchaba, pero con una pequeña clientela y mal paga. Lo que los
dos hacían alcanzaba apenas para no morir de hambre y pagar el cuarto de
un inquilinato.
Pero Jerônimo era perseverante, observador y dotado de cierta
habilidad. En pocos meses dominaba su nuevo oficio y, de picapedrero pasó
a hacer adoquines; después se fue adiestrando con la plomada y con la
escuadra y empezó a hacer lajas, finalmente, a fuerza de dedicación por el
trabajo, se tornó tan bueno como los mejores trabajadores de la cantera y
tuvo un salario igual al de ellos. Al cabo de dos años, se distinguía tanto
entre los compañeros que el patrón lo ascendió a un cargo equivalente a
capataz y le elevó el salario a setenta mil réis.
Pero no fueron sólo su celo y su habilidad lo que le permitieron salir
adelante; otras dos cosas contribuyeron mucho en ello: la fuerza de toro que
lo hacía respetado y temido por todo el personal de trabajo y,
principalmente, su gran seriedad de carácter y la austeridad de sus
costumbres. Era un hombre de una honestidad a toda prueba y de una
primitiva sencillez en su modo de vivir. Salía de la casa para el trabajo y del
trabajo para la casa, donde nadie lo había visto con la mujer sino en paz y
armonía; tenían una hija siempre limpia y bien alimentada y, tanto uno
como el otro eran siempre los primeros a la hora del trabajo. Los domingos
iban a veces a misa y otras al Paseo Público; en esas ocasiones él se ponía
una camisa almidonada, calzaba zapatos y vestía saco; ella, su vestido
dominguero y sus oros traídos de su tierra, que nunca habían ido a una casa
de empeños, no obstante las dificultades con que los dos lucharon en Brasil
al principio.
Piedade bien merecía su nombre, muy diligente, sana, honesta, fuerte,
se daba bien con todo y con todos, trabajando de sol a sol y cumpliendo
siempre con sus obligaciones, hasta el punto que los clientes que tenía como
lavandera, a pesar de aquella mudanza a Botafogo, casi ninguno dejó de
requerir sus servicios.
Jerônimo, cuando todavía estaban en Ciudad Nueva, luego de que
comenzara a ganar mejor, se hizo hermano de una orden terciaria y trató de
contribuir con pequeñas cantidades. Puso a su hija en un colegio, “pues la
quería con otros saberes, no como los de él, al que los padres no lo
mandaron a aprender nada”. Por último, en el conventillo donde ellos
vivían, su casita era la más decente, la más respetada, la más confortable;
sin embargo, con la muerte de su patrón y como consecuencia de una
estúpida reforma que los sucesores de éste realizaron en todo el trabajo de
la cantera, el colono se disgustó y resolvió pasar a otra.
Fue entonces que le indicaron a João Romão, que después del desastre
de su mejor empleado, andaba justamente a la búsqueda de un hombre con
las condiciones de Jerônimo.
Se hizo cargo de la dirección de toda la obra de la cantera, y en buena
hora que lo hizo, porque, día a día, su influencia se fue haciendo sentir en el
progreso del trabajo. Con su ejemplo, sus compañeros se volvieron
igualmente serios y celosos. No toleraba descuidos ni podía consentir que
un perezoso se demorase allí tomando el lugar de alguien que necesitaba
ganarse el pan. Y reorganizó al personal de la cantera, despidió algunos
trabajadores, admitió nuevos, aumentó el sueldo de los que se quedaron,
estableciendo nuevas obligaciones y reformando todo para mejorar la
producción. Al cabo de dos meses, el ventero ya se refregaba las manos de
contento y veía, radiante, cuanto había lucrado con la adquisición de
Jerônimo; tanto así que estaba dispuesto a aumentarle el sueldo para
conservarlo a su lado. “¡Valía la pena! ¡Aquel hombre era un hallazgo
precioso! ¡Bendito sea Machucas que se lo envió!”. Y comenzó a
distinguirlo y respetarlo como a nadie.
El prestigio y la consideración que Jerônimo gozaba entre los
habitantes del otro inquilinato de donde vino, fueron, poco a poco,
reproduciéndose entre sus nuevos compañeros de conventillo. Al cabo de
algún tiempo era consultado y escuchado, cuando cualquier cuestión difícil
los preocupaba. Se descubrían delante de él como delante de un superior;
hasta el mismo Alexandre hacía una excepción en sus hábitos y, al atravesar
uniformado el patio, cuando iba o venía del servicio, le hacía una ligera
venia con la mano en la gorra. Los dos empleados de la venta, Domingos y
Manuel, estaban encantados con él. “Ese es el que debería ser el patrón”,
decían. “¡Es un hombre serio e intrépido! ¡Con él nadie juega!”. Y siempre
que Piedade de Jesús iba a la venta a realizar sus compras, la mercadería
que le daban era bien escogida, bien medida o bien pesada. Muchas
lavanderas le tenían envidia, pero Piedade era naturalmente tan buena y
caritativa que no se daba por aludida y la maledicencia se marchitaba antes
de madurar.
Jerônimo se despertaba todos los días a las cuatro de la mañana, se
lavaba antes que los otros en la canilla del patio, después se cargaba con un
enorme tazón de sopa de tocino, acompañada de un pan de munición; y en
mangas de camisa de riscadillo, la cabeza descubierta, los enormes pies sin
medias metidos en un formidable par de zapatones de cuero crudo, se
dirigía a la cantera.
Su pico era para sus compañeros el toque de reunión. Aquella
herramienta, movida por una mano de Hércules bien valía los clarines de un
ejército tocando diana. A su retintín vibrante surgían del caos opalino de las
neblinas bultos cenicientos, que allá iban, como sombras, trepando la
montaña para cavar en la piedra el pan nuestro de cada día. Y cuando el sol
descargaba sus primeros rayos sobre la cima de la roca, ya encontraba de
pie, batiéndose contra el gigante de granito, a aquel mísero grupo de
oscuros batalladores.
Jerônimo sólo volvía a casa al caer la tarde, muerto de hambre y
cansancio. La mujer siempre le preparaba para la cena algunas de las
comidas del terruño. Y allí, en aquella estrecha sala, sosegada y humilde,
gozaban los dos, uno al lado del otro, la paz feliz de los simples, el
voluptuoso placer del descanso después de un día entero de fatiga al sol. Y,
frente al candil de querosén, conversaban sobre su vida y sobre su
Marianita, la hijita que estaba en el internado y los visitaba sólo los
domingos y días de fiesta.
Después, hasta la hora de dormir, que nunca pasaba de las nueve, él
tomaba su guitarra e iba, junto a su mujer, al frente de la puerta, a puntear
los fados de su tierra. Era en esos momentos que daba plena expansión a sus
saudades de la patria, con aquellas cantigas melancólicas en que su alma de
desterrado volaba de las zonas abrasadas de América para las aldeas tristes
de su infancia.
Y el canto de aquella guitarra extranjera era un lamento lloroso y
dolorido, eran voces apenadas, más tristes que una oración en alta mar,
cuando la tempestad agita sus negras alas homicidas y las gaviotas
enloquecen excitadas, cortando las tinieblas con sus gemidos agoreros,
atontadas como si estuvieran encerradas dentro de una bóveda de plomo.
VI

Un domingo alegre amaneció en el conventillo, un buen día de abril.


Mucha luz y poco calor.
Las tinas estaban abandonadas; los jiraus desnudos. Canastas y
canastas de ropa almidonada salían de las casitas; la mayor parte cargadas
por los hijos de las lavanderas, que ahora se mostraban limpios; por encima
de los vestidos de percal colorido se destacaban los chalequitos blancos. Se
despreciaban los sombreros de paja y los delantales de arpillera; ahora las
portuguesas llevaban en la cabeza un pañuelo nuevo con diseños de ramas y
hojas y las brasileñas se habían peinado el cabello y abrochado un ramillete
de dos vinténs; aquellas terciaban al hombro chales rojos de lana, y éstas de
crochet de un amarillo apagado. Se veían hombres de torso desnudo
jugando al tejo en medio de una gran algazara. Sentados debajo de un árbol,
un grupo de italianos conversaba ruidosamente fumando sus pipas. Mujeres
jabonaban a sus hijos pequeños debajo de la canilla, muy enojadas, daban
sopapos, refunfuñando, y los niños gritaban, de ojos cerrados, pataleando.
La casa de la Machona era un revoloteo, porque la familia iba a salir de
paseo; la vieja gritaba, gritaba Nenen, gritaba Agostinho. De muchas otras
salían cantos o sonidos de instrumentos; se oían armónicas y se oían
guitarras, cuya discreta melodía era interrumpida, de cuando en cuando, por
un ronquido fuerte de trombón.
Los papagayos también parecían más alegres con el domingo, y
lanzaban, desde las jaulas, frases enteras, entre carcajadas y silbidos. En la
puerta de sus habitaciones, los trabajadores descansaban, de pantalón limpio
y camiseta recién lavada, sentados en sillas, leyendo y deletreando diarios y
libros; uno declamaba en voz alta versos de Os Lusiadas, con un empeño
feroz, que lo ponía ronco. Transparentaba en ellos el placer de la ropa
cambiada después de una semana en el cuerpo. De las casitas humeaba un
aroma agradable de estofados de carne fresca hirviendo al fuego. En los
altos de Miranda, sólo las dos últimas ventanas estaban abiertas y, por la
escalera que bajaba hacia el patio, pasaba una criada cargando baldes de
aguas servidas. Se sentía en aquella quietud de día improductivo la falta del
resollar afligido de las máquinas de la vecindad, al que todos estaban
habituados. Más allá del solitario pajonal del fondo, la cantera parecía
dormir en paz su sueño de piedra; pero, en compensación, el movimiento
era ahora extraordinario en el inquilinato y en la entrada de la venta.
Muchas lavanderas habían ido al portón a mirar a los que pasaban, al lado
de ellas, Albino, con su pañuelo planchado al cuello, se entretenía en chupar
caramelos, que se compraban allí mismo, en la bandeja de un vendedor
vecino al conventillo.
Dentro de la taberna, los martelos de vino blanco, las copas de
cerveza nacional, y los dos vinténs de parati o laranjinha se sucedían por
encima del mostrador, pasando de las manos de Domingos y Manuel para
las manos ávidas de los obreros y de los trabajadores, que las recibían con
estruendosas exclamaciones de jolgorio. Isaura, que había ido de una
escapada a tomar su primer capilé, se sentía atontada por los manoseos que
le daban. Leonor no tenía un momento de sosiego, saltando de un lado a
otro, con una agilidad de mono, huyendo de las manos callosas de los
picapedreros, que entre risotadas intentaban agarrarla; e insistía con su
amenaza de costumbre, “¡que se quejaba al juez de menores!”, pero no se
iba, porque enfrente de la venta se había estacionado un hombre que tocaba
cinco instrumentos al mismo tiempo, con su acompañamiento desafinado de
bombos, platillos y timbales.
Eran apenas las ocho y ya mucha gente comía y conversaba en la
fonda, al lado de la venta. João Romão se había cambiado la ropa como los
otros, pero siempre en mangas de camisa, aparecía, de tiempo en tiempo,
sirviendo a los comensales; y Bertoleza, siempre sucia y tiznada, siempre
sin domingos ni día santo, allá estaba, en la cocina, revolviendo las ollas y
llenando los platos.
Un acontecimiento, sin embargo, vino a revolucionar alegremente
toda aquella confederación del inquilinato. Fue la llegada de Rita Baiana,
que volvía después de una ausencia de meses, durante los cuales sólo dio
noticias para pagar el alquiler de la habitación.
Venía acompañada de un muleque, que traía en la cabeza un enorme
cesto de compras hechas en el mercado; un enorme pescado espiaba entre
las hojas de lechuga con su mirada apagada y triste, contrastando con los
risueños colores de los rabanitos, de las zanahorias y de tajadas de zapallo
colorado.
—Deja todo allí, en esa puerta. ¡Allí en el número nueve, niño! ─le gritó al
muleque, indicándole su casa, y después le pagó por la changa─. ¡Te puedes
ir nomás, muleque!
Desde que, del portón, la avistaron en la calle, se levantó de
inmediato un coro de saludos.
—¡Miren quién viene allí!
—¡Olé! ¡Bravo! Es ¡Rita Baiana!
—¡Ya te hacíamos muerta y enterrada!
—¿Y no ven que este demonio de mulata está cada día más galana?...
—¡Entonces, buena pieza! ¿Por dónde estuviste despilfarrando tu dinero?
—Esta vez la parranda fue larga, ¿eh?
Rita se había parado en el medio del patio.
La rodeaban hombres, mujeres y niños; todos querían saber nuevas de
ella. No venía en traje dominguero; traía un saquito blanco, una falda que le
dejaba ver el pie sin media en una chinela de charol con adornos de tafilete
de diversos colores. Su pelo era abundante, crespo y reluciente, recogido
sobre su nuca, había un manojo de albahaca y vainilla sujeto con un broche.
Y toda ella respiraba el aseo de las brasileñas y un olor sensual de trébol y
plantas aromáticas. Inquieta, contoneando las firmes caderas baianas,
respondía a derecha y a izquierda, mostrando una hilera de dientes claros y
brillantes que enriquecían su fisonomía con un realce fascinador.
Casi todo el conventillo acudió a recibirla. Llovían los abrazos y los
comentarios picantes de bienvenida.
¿Por dónde habría andado aquel demonio, que no apareció por más de
tres meses?
—¡Ni me hables corazón! ¿Sabes? Farra de campo. ¿Qué le voy a hacer?
¿Es mi debilidad?...
—Pero, criatura, ¿Dónde estuviste desaparecida tanto tiempo?
—En Jacarepaguá.
—¿Con quién?
—Con Firmo…
—¡Ah! ¿Y todavía dura eso?
—¡Cállate! ¡La cosa ahora va en serio!
—¡Qué! ¿Quién? ¿Tú? ¡Vamos!
—¡Pasiones de Rita! ─exclamó Bruno con una risa─. ¡Una por año! ¡Sin
contar las menudas!
—¡No, eso sí que no! ¡Cuando estoy con un hombre no miro a otro!
—Leocádia, que quería perdidamente a la mulata, le saltó al cuello al
primer encuentro, y ahora, delante de ella, con las manos en las caderas, con
los ojos húmedos de emoción, riendo sin cansarse de mirarla, le hacía una
pregunta detrás de la otra:
—¿Pero, por qué no te metes de una vez con Firmo? ¿Por qué no te casas
con él?
—¿Casarme? ─protestó Rita─. ¡En esa no cae la hija de mi padre!
¿Casarme? ¡Líbreme…! ¿Para qué? ¿Para ganarme un cautiverio? Un
marido es peor que el diablo, ¡enseguida se cree que una es su esclava!
¡Nada! ¡Líbreme Dios! ¡No hay nada como vivir cada uno señor y dueño de
lo que es suyo!
Y sacudió el cuerpo con un gesto de desdén que le era peculiar.
—¡Mira que peste! ─reflexionó Augusta, riendo muy relajada en su
perezosa honestidad.
Esta también hallaba infinita gracia en Rita Baiana y era capaz de
pasarse el día entero viéndola danzar el chorado.
Florinda ayudaba a la madre a preparar el almuerzo, cuando oyó que
llegaba la mulata, y salió de inmediato corriendo, riendo desde lejos, hasta
caer en sus brazos. La misma Marciana, naturalmente triste y ensimismada,
apareció en la ventana para saludarla. Das Dores, con la pollera
arremangada hasta las caderas y una toalla encima, atada por detrás, a modo
de delantal, el cabello todavía sin peinar, pero amarrado por encima de la
cabeza, abandonó la limpieza que hacía en su casa y vino a ver a Rita, para
darle una palmada y gritarle en sus propias narices:
—¿Esta vez te diste un atracón, eh, mulata zafada?...
Y las dos, muertas de risa, se abrazaban con la intimidad de amigas
que no tienen secretos de amores una con la otra.
La Bruja vino en silencio a apretar la mano de Rita y se retiró en
seguida.
—¡Mira la hechicera! ─gritó esta última, golpeando en el hombro de la
idiota─. ¿Qué diablos reza tanto, tía Paula? ¡Quiero que usted me haga un
hechizo para retener a mi hombre!
Y tenía una frase para cualquiera que se aproximara. Al ver a Dona
Isabel, que apareció toda ceremoniosa con su falda de misa y su viejo chal
de Macao, la abrazó y le pidió una pulgarada de rapé, que la señora recusó
rezongando.
—¡Sal de aquí, demonio!
—¿Dónde está Pombinha? ─preguntó la mulata.
Pero en ese preciso momento, Pombinha acababa de salir de la casa,
muy bonita y elegante, con un vestido nuevo de satén. Las manos ocupadas
con un misal, el pañuelo y la sombrilla.
—¡Ah! ¡Cómo estás de elegante! ─exclamó Rita sacudiendo la cabeza─.
¡Parece una flor! ─y cuando Pombinha estuvo a su alcance, la abrazó por la
cintura y le dio un beso─. ¡Si João Costa no te hace feliz como los ángeles
soy capaz de abrirle la cabeza con el tacón de mi chinela! ¡Te lo juro por el
pelo de mi hombre! ─y después, poniéndose seria, le preguntó en voz baja a
Dona Isabel─. ¿Y, ya le vino?... ─a lo que la vieja respondió negativamente
con un mudo y desconsolado abanicar de orejas.
El circunspecto Alexandre, sin querer declinar su aire grave, porque
estaba uniformado y a punto de salir, se contentó en hacer con la mano un
saludo a la mulata, al cual ésta retrucó con una venia y una carcajada que lo
desconcertaron.
Iban a hacer un comentario sobre el tema, pero Rita, volviéndose para
otro lado gritó:
—¡Mira al viejo Libório! ¡Cada día está más duro! ¡No se entrega por nada
este demonio de judío!
Y corrió hasta el lugar, donde estaba calentándose al bello sol de abril,
un octogenario, seco, que parecía momificado por los años, fumando el
resto de una pipa, cuya boquilla desaparecía en su boca ya sin labios.
—¡Eh! ¡Eh! ─dijo él cuando la mulata se le aproximó.
—¿Y? ─preguntó Rita, inclinándose para tocarle el hombro─. ¿Para cuándo
lo nuestro?... ¡Pero primero usted me deja abrir su baulito de hojalata!...
Libório se rió con las encías, intentado palpar los muslos de la mulata,
en broma, simulando lujuria.
Todos encontraron gracia en esta pantomima del viejito y entonces la
mulata dio una vuelta agitando la pollera y la sacudió sobre la cabeza de él,
que se fingió indignado y aspiró con exageración.
En medio de la alegría provocada por su reaparición en el conventillo,
Rita dio cuenta de lo que había hecho durante su ausencia habló de lo
mucho que se había divertido en Jacarepaguá, el entrudo que había hecho
para carnaval. ¡Tres meses de diversiones! Finalmente, bajando la voz, le
secreteó a las compañeras que esa noche tendría una jarana con guitarra y
todo. ¡Podían darlo por hecho!
Esta noticia causó un verdadero júbilo en el auditorio. Las farras de
Rita Baiana eran siempre las mejores del inquilinato. Nadie como ese
demonio de mulata para armar una fiesta que se extendía hasta la
madrugada, sin que la gente se diera cuenta como la noche había pasado tan
de prisa. Además de que “¡era tan generosa! ¡Y mientras haya dinero o
crédito, nadie moría con la tripa marchita o la garganta seca!”.
—¡Dime Leocadinha! ¿Quiénes son aquellos melancólicos que están en el
35? ─preguntó ella viendo a Jerônimo con la mujer en la puerta de la casa.
—¡Ah! ─explicó la interrogada─. Son Jerônimo y Piedade, un matrimonio
que todavía no conoces. Llegaron después de que te fuiste. Pobres, ¡son
buena gente!
Rita cargó las provisiones que había traído para dentro de su pieza,
luego abrió la ventana y se puso a cantar. Su presencia llenaba de alegría
todo el inquilinato.
Firmo, el mulato con el que ahora andaba metida, el demonio que la
había descarriado para aquella locura de Jacarepaguá, iría a cenar esa noche
con un amigo. Rita explicaba eso esto a sus compañeras, afilando un
cuchillito en un ladrillito de la puerta para desescamar el pescado, en tanto
que los gatos, aquellos mismos que perseguían al sardinero, venían uno a
uno acercándose sólo con el ruido del hierro que se afilaba.
El lado derecho de la casita de la mulata, en el número 8, das Dores
se preparaba también para recibir ese día a su amigo y se disponía a una
limpieza general en las paredes, los techos, en el piso y los muebles, antes
de meterse en la cocina. Descalza, con la falda levantada hasta las rodillas,
una toalla en la cabeza, las mangas de la blusa arremangadas, la veían pasar
a la carrera de la casa a la canilla y de la canilla otra vez para la casa,
cargando los pesados baldes llenos de agua. Y en poco tiempo aparecieron
ayudantes gratuitos para los preparativos de la cena, tanto del lado de das
Dores, como del lado de Rita Baiana. Albino se encargó de barrer la casa de
ésta, mientras que la mulata iba a la cocina a preparar sus manjares del
norte. Y vino Florinda, y vino Leocádia y vino Augusta, impacientes todas
ellas por la juerga que se iba a armar a la noche, después de la cena.
Pombinha no apareció durante el día, porque estaba muy ocupada aviando
la correspondencia de los trabajadores y de las lavanderas, trabajo que
dejaba para los domingos.
En una pequeña mesa, cubierta con un trozo de percal, con un tintero
al lado de la cajita de papel, la niña escribía mientras la dueña o el dueño de
la carta dictaba en voz alta lo que le quería decir a la familia o algún deudor
de ropa lavada. E iba colocando todo en el papel, apenas con algunas ligeras
modificaciones para mejorar el modo de expresar las ideas. Terminada la
carta, le ponía la dirección, la entregaba al dueño y llamaba por otro,
quedando a solas con uno por vez, pues nadie quería dar su recado en
presencia de nadie que no fuera Pombinha. De tal suerte que la pobre
muchacha iba cargando en su corazón de doncella toda la suma de aquellas
pasiones y de aquellos resentimientos, a veces más fétidos que la
evaporación de un lodazal en días de gran calor.
—¡Escriba esto Nhá Pombinha! ─decía junto a ella un picapedrero
rascándose la cabeza─. ¡Pero haga letra grande para que mi mujer me
entienda! Dígale que no le mando ahora el dinero que me pidió porque
ahora no tengo y estoy muy apretado; pero que se lo prometo para el otro
mes. Ella que se vaya arreglando por allá que yo veré como me las rebusco
por acá; y que si el Luis, su hermano, resuelve venir, que lo mande decir
con tiempo, para ver si le hago un lugar por aquí; que esto de venir sin
todavía tener para dónde ir es un mal negocio, porque las cosas acá no
andan como todos creen.
Y después que Pombinha terminó de escribir, agregó:
—Que yo vengo sintiendo mucho la falta de ella; pero que sigo el mismo y
no me meto en porquerías ni relajos; que intento mandar a buscarla a
buscarla ni bien Dios y la Virgen me ayuden. Que ella no debe preocuparse
porque el dinero no va con ésta; que, como decimos allá, cuando no hay, no
hay para nadie. ¡Ah, (me estaba olvidando)! En cuanto a la Libânia, ¡que se
olvide de ella! Que Libânia se tiró a los perros y hoy hace mala vida en la
Rua de São Jorge; que se olvide de ella para siempre y pierda el amor a las
dos coronas que le prestó.
Y la niña escribía todo, apenas si interrumpía su trabajo para mirar al
picapedrero; con la mano en el mentón, esperando una nueva frase.
VII

Y así iba corriendo el domingo en el conventillo hasta las tres de la


tarde, hora en que llegó mestre Firmo, acompañado de su amigo Porfiro,
trayendo aquel una guitarra y éste un cavaquinho.
Firmo, el actual amante de Rita Baiana, era un mulato gandul,
delgado y ágil como un cabrito, fanfarrón de marca mayor, presumido; todo
labia, y quebrándose cadencioso en sus movimientos de capoeira. De unos
treinta y tantos años, pero no parecía tener más de veintitantos. Piernas y
brazos delgados, cuello fino, sin embargo, fuerte; no tenía músculos, tenía
nervios. Con respecto a la barba, nada más que un bigotito crespo,
petulante, donde relucía, perfumada, la brillantina del peluquero; abundante
cabellera encaracolada, negra, y bien negra, dividida al medio de la cabeza,
escondiendo parte de la frente y esponjándose en gran melena por debajo
del ala del sombrero de paja, que él usaba ladeado, caído sobre la oreja
izquierda.
Vestía, como de costumbre, un saco de lustrina negra ya bastante
usado, pantalones apretados en las rodillas, pero tan anchos en los bajos que
le tapaban los pequeños pies, secos y ágiles. No usaba corbata ni chaleco,
sino una camisa de percal nueva, y al cuello, resguardando el cuello de la
camisa, un pañuelo blanco y perfumado; en la boca un enorme cigarro de
dos vinténs y en la mano, una gruesa porra de Petrópolis[16], que nunca
estaba quieta, tantas vueltas le daba él entre los dedos magros y nerviosos.
Era tornero, oficial experto, pero holgazán, ganaba una semana para
gastar en un día; a veces, sin embargo, los dados o la ruleta multiplicaban el
dinero, y entonces hacía como en aquellos últimos tres meses: se zambullía
en una buena farra con Rita Baiana. Rita u otra: “¡Lo que no falta por ahí
eran polleras para ayudar a un hombre a tirar sus cobres en la boca del
diablo!”. Había nacido en Río de Janeiro, de los doce a los veinte, militó en
diversas pandillas de capoeiras; llegó a decidir elecciones en épocas del
voto indirecto. Se hizo de renombre en varios municipios y mereció
abrazos, regalos y palabras de gratitud de algunos importantes jefes de
partidos. El llamaba a eso su época de pasión política; pero se disgustó con
el sistema de gobierno y renunció a las luchas electorales, pues no
consiguió nunca un cargo de ordenanza en una repartición pública, ¡su
ideal!, setenta mil réis mensuales, trabajo de las nueve a las tres.
El amancebamiento con Rita Baiana era muy complejo y venía de
lejos, venía del tiempo en que ella acababa de llegar, inexperta, de Bahia, en
compañía de la madre, una cafuza dura, capaz de arrancarle las tripas al
mismísimo Manduca da Praia[17]. La cafuza murió y Firmo se hizo cargo de
la mulata; pero poco tiempo después se separaron por celos, lo que, por otra
parte, no impidió que se volviesen a juntar de nuevo, ni que de nuevo se
pelearan, y de nuevo se buscasen. El tenía pasión por Rita, y ella, a pesar de
voluble como toda mestiza, no podía olvidarlo de una buena vez; de cuando
en cuando, se liaba con otros, es verdad, y entonces Firmo hacía de las
suyas, se descontrolaba, la llenaba de bofetadas, pero al final volvía a
buscarla, o ella a él; y de nuevo se enredaban, cada vez más ardientes, como
si aquellas constantes desavenencias alimentaran el fuego de sus amores.
El amigo que Firmo traía en su compañía aquel domingo, Porfiro, era
más viejo que él, más oscuro. Tenía el pelo motoso. Tipógrafo. Los dos
tipos entonaban mucho con sus pantalones de bajos anchos y sombreros
ladeados: pero Porfiro tenía otro estilo: no dispensaba de su corbata
colorida, saltando en un nudo flojo sobre el pecho de la camisa y ostentaba
su bastoncito de puño de plata y su boquilla de ámbar y espuma de mar, en
la que se equilibraba un cigarro de chala.
Desde la entrada de los dos, la casa de Rita se animó. Ambos se
quitaron los sacos y mandaron traer paratí, “aperitivo para la moqueca a la
baiana”. Y no tardó en oirse gemir el cavaquinho y la guitarra.
Al lado llegaba también el hombre de das Dores con un compañero de
trabajo, venían vestidos de frac y sombrero de copa. La Machona, Nenen y
Agostinho, ya de vuelta de su paseo por la ciudad, la estaban ayudando. Se
quedarían para la comilona.
Un rumor caliente, de día de fiesta, se iba levantando en aquel punto
del inquilinato.
Tanto en una casa como en la otra, la cena sería a las cinco. Rita se
puso un vestido blanco de cambray, rizado a plancha. Leocádia, Augusta,
Bruno, Alexandre y Albino cenarían con ella en el número 9; y en el
número 8, con das Dores, quedarían, además de sus parientes, Isabel,
Pombinha, Marciana y Florinda.
Jerônimo y su mujer fueron convidados a las dos mesas, pero no
aceptaron la invitación a ninguna, dispuestos a pasar la tarde uno al lado del
otro, tranquilamente, como siempre, comiendo en paz su cocido a la moda
de su tierra y bebiendo, de la misma jarra, su medio litro de vino verde.
Mientras tanto, las dos cenas vecinas tuvieron un comienzo ruidoso
desde la sopa que se fue encrespando progresivamente.
Media hora después venía desde las dos casas una algazara infernal.
Todos hablaban y reían al mismo tiempo, tintineaban los cubiertos y las
copas. Desde afuera se sentía perfectamente el placer que aquella gente
ponía en comer y beber en abundancia, con la boca llena, los labios
brillantes de salsa grasosa. Algunos perros gruñían a la puerta royendo los
huesos que traían desde adentro. De vez en cuando, de la ventana de una de
las casas, aparecía una ocupante llamando a la vecina para entregarle un
plato lleno, permutando entre ellas manjares y golosinas en los que eran
más expertas.
—¡Oiga! ─gritaba das Dores hacia el número 9─. ¡Dile a Rita que pruebe
este zorô, para ver que tal lo encuentra y que el vatapá estaba muy rico! ¡Si
ella tiene ajíes picantes que mande algunos!
Desde la mitad de la comida hasta el final, el barullo en ambas casas
era pavoroso. En el número 8 se gritaban brindis y cantos desafinados. El
portugués amigo de das Dores, ya sin corbata, rojo, brillante de sudor,
hinchado de vino y lechón al horno, se apoltronaba en su silla, riendo
fuerte, sin cerrar la boca, con la camisa escapándosele por la bragueta
abierta. El sujeto que lo acompañaba le hacía arrumacos a Nenen, protegido
en sus amoríos por toda la rueda, desde la respetable Machona hasta el
endemoniado Agostinho, que no se quedaba quieto un instante, ni dejaba en
paz a la madre, gritándose ambos como locos. Florinda, siempre muy
risueña y despierta, se divertía a más no poder y, de vez en cuando, se
levantaba de la mesa, para ir corriendo a llevar al número 12 un plato de
comida a la vieja que, a última hora, viniéndole el mal humor, resolvió no ir
a la cena. A los postres, el acalorado amigo de la dueña de casa le exigió a
su amante que se sentara en sus rodillas y le daba besos en presencia de
todos los invitados, lo que hizo que Dona Isabel, impaciente por apartar a la
hija de aquel infierno, dijese que tenía mucho calor y que iba a la puerta
para esperar el café en la fresca.
En casa de Rita Baiana la animación era todavía mayor. Firmo y
Porfirio hacían de las suyas, cantado y tocando disparates, imitando el habla
de los negros cassanges[18]. Aquel no largaba la cintura de la mulata y sólo
bebía de la misma copa que ella; el otro se divertía persiguiendo a Albino,
galanteándolo afectadamente para hacer reír a la concurrencia. El lavandero
se indignaba y mostraba su enojo. Leocádia, a quien el vino le producía
delirios de hilaridad, se retorcía en carcajadas tan fuertes y estremecedoras
que desarmaba la silla en que estaba y, muy estimulada por la bebida, ponía
los pesados pies sobre los de Porfiro, rozándole las piernas y dejándose
magrear por el fanfarrón. Bruno, delante de ella, rojo y sudado como si
estuviese trabajando en la fragua, hablaba y gesticulaba sin levantarse,
maldiciendo, nadie sabía contra quien. Alexandre, vestido de civil, sentado
al lado de la mujer, conservaba casi toda su seriedad y pedía que no hicieran
tanto ruido porque podían oír desde la calle. Y advirtió, con voz misteriosa,
que Miranda había venido a espiar varias veces por la ventana de su casa.
—¡Que espíe todo lo que quiera! ─gritó Rita─. ¿Acaso una no es dueña de
estar un domingo en su casa, con los amigos que quiera?... ¡Que se vaya al
diablo! Yo no como ni bebo lo que es de él.
Los dos mulatos y Bruno eran de la misma opinión. “¡Así es! ¡Puesto
que no se ofendía ni se perjudicaba a ninguna chusma con aquella
diversión, no había ni que hablar!”.
—Y que no me busquen mucho ─amenazó Firmo─, ¡que conmigo es
nueve! ¡Es el triunfo y es bastos!
Porfiro exclamó:
—Se molestan con nosotros… los incomodados son los que se van. ¡Qué
tanto embromar!
—¡El domingo se hizo para divertirse! ─rezongó Bruno, dejando caer la
cabeza sobre los brazos cruzados sobre la mesa.
Pero se levantó de inmediato, tambaleante, y agregó, desnudando el
brazo derecho hasta el hombro.
—¡Y que no se hagan los finos porque los rajo!
Alexandre buscó calmarlo dándole un cigarro.
En otra casilla del conventillo acababa de producirse otra sobremesa,
engrosando el barullo general: era la cena de un grupo de italianos
vendedores ambulantes, donde Delporto, Pompeo, Francesco y Andréa
representaban las principales figuras. Todos ellos cantaban en coro, más
afinados que en las otras dos casas; sin embargo, casi no se podían oír las
voces, tantas y tan estruendosas eran las imprecaciones que proferían al
mismo tiempo. De cuando en cuando, entre el grueso y viril vocear de los
hombres, surgía un falsete femenino, tan estridente que provocaba la
respuesta de los papagayos y pavos de la vecindad. Y aquí y allá iban
estallando nuevas algazaras de grupos formados en otros lugares del
inquilinato. Existía, entre los obreros y los trabajadores, la decidida
disposición de farrear, para aprovechar bien, hasta el fin, aquel día de
holganza. El inquilinato fermentaba revolucionado, como un estómago de
borracho después de una francachela, y eructaba sobre el patio un hálito
caliente y ruidoso que mareaba.
Miranda apareció furioso por la ventana, con su aire de comendador,
la barriga empinada hacia delante, de saco blanco, una servilleta al cuello y
un trinchante empinado en la derecha, como una espada.
—¡Por un millón de rayos, vayan a gritar al infierno! ─gritó amenazando
hacia abajo ¡Esto ya es demasiado! ¡Si no se callan, voy a llamar
inmediatamente a la policía! ¡Caterva de brutos!
Con los gritos de Miranda mucha gente se asomó a las puertas de sus
casas, y un coro de carcajadas, que nadie podía contener en aquel momento
de alegría, lo puso más fuera de sí.
—¡Ah, canalla! ¡Lo que yo debería es tirarles desde aquí, como a perros
rabiosos!
Una silbatina unísona se hizo eco en todo el patio del inquilinato,
mientras que, alrededor, alrededor del comerciante, surgieron varias
personas arrastrándolo al interior de la casa.
—¿Qué es eso, Miranda? ¿Ahora quieres discutir?
—Lo que ellos buscan es que tú te molestes.
—¡Salga de ahí, papá!
—Tenga cuidado con alguna pedrada, esta gente es capaz de todo.
Y se veía fugazmente a Dona Estela, con su palidez de flor medio
mustia, y a Zulmira, lívida, con un aire de hastío que la afeaba, y a
Henriquinho, cada vez más bonito, y al viejo Botelho, indiferente,
contemplando a toda esa porquería del mundo con el profundo desprecio de
los que ya no esperaban nada de los otros ni de sí mismos.
—¡Canallas! ─repetía Miranda.
Alexandre, que había ido corriendo a ponerse su uniforme, se le
presentó al comerciante y le dijo que no era prudente andar lanzando
insultos a los de abajo. ¡Nadie lo había provocado! Si los moradores del
inquilinato cenaban en compañía de amigos, acá arriba Miranda también
estaba comiendo con sus invitados. Era malo insultar, porque una palabra
trae la otra y, en el caso de tener que declarar en la policía, él Alexandre,
declararía a favor de quien tuviese la razón.
—¡Váyase a poner fomentos! ─dijo el comerciante volviéndole las
espaldas.
—¿Pero, habrase visto galego más atrevido? ─exclamó Firmo, que hasta
ese momento había estado callado en la puerta de Rita, con las manos en las
caderas, mirando provocativamente a Miranda. Y gritando más fuerte para
ser bien oído:
—¡Dale nomás, buey manso, que te voy a volar los cuernos en la primera
ocasión!
Miranda fue arrancado a la fuerza de la ventana, y ésta cerrada
estruendosamente de inmediato.
—¡Déjalo a ese ordinario! ─rezongó Porfiro, tomado al amigo del brazo y
haciéndolo entrar en la casa de la mulata─. ¡Vamos a tomar el café antes de
que se enfríe!
Frente a la puerta de Rita Baiana habían venido a apostarse varios
vecinos del conventillo, jornaleros de escaso salario, pobre gente miserable,
que mal podía matar el hambre con lo que ganaba. Pero no había entre ellos
uno solo triste. La mulata los convidó de inmediato a comer un bocado y
beber un trago. La propuesta fue aceptada con alegría.
Y su casa no se vaciaba nunca.
Ya anochecía.
El viejo Libório, que nadie sabía con certeza donde almorzaba o
cenaba, surgió de su agujero, como una tortuga que ve la lluvia.
¡Una persona rara el viejo Libório! Ocupaba el peor rincón del
conventillo y andaba siempre olisqueando las sobras ajenas, mangando
aquí, mangando allá, pidiendo a uno y a otro, como un mendigo,
eternamente llorando miserias, recogiendo colillas de cigarros para fumar
en su pipa, que el avaro robó a un ciego decrépito. En el inquilinato decían
que Libório tenía dinero guardado bajo cerrojo, a lo que él protestaba
resentido, jurando que vivía en la más extrema penuria. Y era tan
endemoniada su hambre de perro sin dueño, que las madres recomendaban
a sus hijos que tuviesen cuidado con él, porque aquel diablo de viejo,
cuando veía a algún pequeño sin compañía, de inmediato se ponía a
rondarlo, a cercarlo con sus fiestas y haciendo excentricidades para
engatusarlo, hasta conseguir robar su dulce o el vintém que el pobrecito
traía apretado en la mano.
Rita lo hizo entrar y le dio de comer y beber; pero con la condición de
que el hambriento no se atracase y reventase allí mismo.
¡Si quería explotar, que explotase lejos!
El se puso a devorar, ávidamente, mirando inquieto a todos lados,
como si temiese que alguien le robase la comida de la boca. Tragaba sin
masticar, empujando los bocados con los dedos, agarrándose al plato y
escondiendo en los bolsillos lo que no podía de una sola vez meter dentro
del cuerpo.
Causaba terror su implacable mandíbula, rabiosa y devoradora; aquel
enorme mentón, ávido, huesudo y sin un diente, que parecía que iba a tragar
todo, empezando por la propia cara, desde la inmensa nariz roja y florecida,
que amenazaba entrarle en la boca, hasta las dos mejillas marchitas, los
ojos, las orejas, la cabeza entera, inclusive su gran calva, lisa como un
queso y guarnecida alrededor por uno unos pelos raídos y ralos como fibras
de coco.
Firmo propuso emborracharlo, sólo para ver la suerte de cosas que
hacía. Alexandre y la mujer se opusieron, pero riéndose mucho; no se
podían dejar de reír, a pesar del espanto, viendo a aquel resto humano, a
aquel esqueleto viejo, cubierto por una piel seca, devorando sin tregua,
como si quisiese aprovisionarse para la otra vida.
De repente, un pedazo de carne demasiado grande para ser ingerido
de una sola vez, se le atragantó. Libório comenzó a toser, acongojado, con
los ojos hundidos, la cara teñida de un rojo apoplético. Leocádia, que era la
que estaba más cerca de él, de inmediato le dio un puñetazo en la espalda.
El glotón lanzó sobre el mantel de la mesa, un bocado ya medio
triturado.
Fue un asco general.
—¡Cerdo! ─le gritó Rita retrocediendo.
—¡Pero que este bruto se quiere tragar todo al mismo tiempo! ─dijo
Porfiro─. ¡Parece que este animal nunca vio comida! ─y, notando que
continuaba más ávido por haber perdido un instante─. ¡Espera un poco
lobo! ¡Qué diablos! ¡La comida no se va a escapar! ¡Hay lo suficiente como
para que te hartes!
—Beba un poco de agua, tío Libório ─aconsejó Augusta. Y bondadosa, fue
a buscar un vaso de agua y se lo acercó a la boca.
El viejo bebió sin despegar los ojos del plato.
—¡Arre, diablo! ─rezongó Porfiro, escupiendo de costado─. ¡Este es capaz
de comernos a todos sin encontrar espinas!
Albino, el pobre, era el que no comía casi nada y lo poco que
conseguía meter en el estómago le hacía mal. Rita, para burlarse de él, decía
que semejantes náuseas eran, con certeza, un embarazo.
—¿Ya comienzas de nuevo?... ─balbuceó el pobre joven, escabulléndose
con su taza de café.
—¡Ojo, ten cuidado ─le gritó la mulata─. Poco café, que le hace mal a la
leche, y la criatura puede salir morena!
Alexandre, que había encendido un cigarro, después de ofrecer
galantemente a sus compañeros, arriesgó, para hacer una broma, que el
zonzo de Albino había sido sorprendido entreverado con la Bruja en el
pastizal de los fondos del inquilinato, debajo de unos mangos.
Sólo Leocádia encontró gracia en esto y rió a mandíbula batiente.
Albino dijo, casi llorando, que él no se metía con nadie y que, por
consiguiente, nadie debía meterse con él.
—Pero finalmente ─preguntó Porfiro─, ¿es cierto este tonto no conoce
mujer?
—Sólo él puede contestar ─acudió la mulata─. Y esta historia va a quedar
aclarada. ¡Vamos Albino, confiesa todo, o tendrás que vértelas con
nosotros!
—Si hubiera sabido que era para esto que me invitaron, no hubiera venido,
¿sabes? ─tartamudeó el lavandero resentido─. ¡No me gusta hacer de
payaso!
Y se hubiera retirado llorando, si Rita no le hubiese cortado la salida
diciéndole, como si le hablase a una persona su mismo sexo, más débil que
ella:
—¡Vamos no seas tonto! ¡Quédate acá! ¡Si te enojas va a ser peor!
Albino se limpió las lágrimas y se fue a sentar de nuevo.
Mientras tanto, la noche se cerraba, refrescando la tarde con el
sudoeste. Bruno roncaba en el lugar donde había cenado. Leocádia, libre de
impedimentos, había pasado su pierna por encima de la de Porfiro, que la
abrazaba, bebiendo copa tras copa de parati.
Pero Firmo sugirió que sería mejor ir afuera y todos, menos Bruno, se
dispusieron a dejar la habitación, mientras que el viejo Libório le pedía a
Alexandre un cigarro para llenar su pipa. Servido, el pedigüeño desapareció
de inmediato, corriendo tras el aroma de otras cenas, Rita, Augusta y
Albino se quedaron limpiando la vajilla y limpiando la casa.
Afuera, el coro de los italianos se prolongaba en una cadencia
monótona y arrastrada, en la que se notaba el peso de la embriaguez. Junto
a las puertas de varias casas se armaban grupos de personas sentados en
sillas o en el suelo; pero la rueda de Rita Baiana era la mayor, porque se le
agregaron los invitados de das Dores. El humo de las pipas y de los cigarros
se elevaba por todas partes. Disminuyó el ruido general, se hacía la
digestión; ya nadie discutía, todos conversaban.
Se encendió la linterna del patio. Se iluminaron diversas ventanas de
las casuchas.
Ahora, era en los altos de Miranda, de donde provenía el mayor
barullo. Salía una terrible gritería de hips y hurras, en contrapunto con el
descorchar de botellas de champagne.
—¡Ahora atacan ellos!... ─observó Alexandre, ya de nuevo sin uniforme.
—Mientras tanto, reprueban que cada uno coma lo suyo con un poco de
alegría ─comentó Rita─ ¡Chusmas!
Se habló largamente de la familia de Miranda, principalmente de
Dona Estela y Henrique. Leocádia aseguró que en una ocasión, espiando
por encima del paredón, trepada en un montón de botellas vacías que había
en el patio del conventillo, vio a la sinvergüenza con la cara pegada a la del
estudiante, a los besos y a los abrazos que había que ver; y cuando se dieron
cuenta que ella los observaba, se pusieron a correr como perros apaleados.
Augusta Carne Mole se bendijo con una invocación a la Virgen
Santísima, y el compañero del amigo de das Dores, que insistía en sus
arrumacos con Nenen, se mostró muy sorprendido con la noticia, “suponía
que Dona Estela era un modelo de seriedad”.
—¡Qué va! ─negó Alexandre─. Es una sinvergüenza, que hace dudar a un
hombre de hasta sí mismo. Yo también he visto una vez ciertas cosas
interesantes en la sombra de ella en la pared; pero no era con el estudiante,
era con un sujeto que a veces suele ir por allá, barbudo, pelado y picado de
viruelas. Y la hija va por el mismo camino…
Esta novedad produjo una gran sorpresa en el grupo entero. Quisieron
saber los pormenores y Alexandre no se hizo rogar: los amores de Zulmira
eran con un jovencito delgado, de espejuelos, bigote rubio, bien vestido,
que rondaba la casa por la noche y a veces por la madrugada. Parecía ser un
estudiante.
—¿Y qué hacen? ─preguntó das Dores.
—Por ahora la cosa no pasa de una charla por la ventana a la calle.
Conversan siempre en aquella última del lado de allá. Los veo siempre
cuando estoy de servicio. El habla mucho de casamiento y la pequeña lo
quiere; pero, por lo que veo, el viejo le cortó las alas.
—¿No lo dejan entrar en la casa?
—¡No! Por eso lo veo feo… Si él se quiere casar con la chica, debería
entenderse con la familia y no estar allá abajo haciéndole arrumacos.
—¡Sí! ─se entrometió Firmo─. ¡No va a ser Miranda quién le de la hija a
un estudiante! La guarda para uno de los suyos… ¡Quién sabe si ese bruto
ya no le ha echado el ojo a un plantador de café bien chapado a la antigua!...
Yo conozco a esta clase de gente.
—Por eso se ve tanta porquería en este mundo de Dios ─dijo Augusta. Mi
hija solo se casará con el que ella quiera; que de eso de casamientos
arreglados a la fuerza acaban siempre desgraciando a la mujer como al
hombre. Mi marido es pobre y de color, pero yo soy feliz, porque me casé a
mi gusto.
—Claro, más vale un gusto que cuatro vinténs.
En ese momento comenzó a gemir, en la puerta del 35, una guitarra;
era de Jerônimo. Después de la ruidosa alegría de buen humor, en que había
palpitado aquella tarde toda la república del conventillo, parecía más triste y
llena de saudades que nunca.

“Minha vida tem desgostos,


Que só eu sei compreender…
Quando me lembro da terra
Parece que eu vou morrer…”

Y, con el ejemplo de la primera, nuevas guitarras fueron despertando.


Y por fin la monótona cantiga de los portugueses llenaba de un alma
desconsolada la vasta fiesta al aire libre del inquilinato, contrastando con la
violenta animación que venía de arriba, de los altos de Miranda.

“Terra minha, que te adoro,


¿Quando é que eu te torno a ver?
Leva-me deste desterro;
Basta ja de padecer.”

Abatidos por el fado armonioso y nostálgico de los desterrados, iban


todos, inclusive los brasileños, concentrándose y cayendo en la tristeza;
pero, de repente, el cavaquiho de Porfiro, acompañado por la guitarra de
Firmo, rompieron vibrantes con un chorado baiano. Bastaron los primeros
acordes de música crioula para que la sangre de toda aquella gente
despertase luego, como si alguien le fustigase el cuerpo con ortiga brava. Y
siguieron otras notas, y otras, cada vez más ardientes y delirantes. Ya no
eran dos instrumentos que sonaban, eran lúbricos gemidos y suspiros
sueltos en torrente, que corrían serpenteando, como víboras en una selva en
llamas; eran ayes convulsos, llorados en frenesí de amor; música hecha de
besos y suspiros gozosos, caricia de fiera, caricia dolorosa, que hacía
estallar de placer.
Y aquella música de fuego jugueteaba en el aire como un aroma
caliente de plantas brasileñas; alrededor de las cuales se nutren, girando,
moscardones sensuales y escarabajos venenosos, frenéticamente
embriagados en el delicioso perfume que los mata de voluptuosidad.
Y con la viva crepitación de la música baiana se callaron las guitarras
de allende el mar. Así, la refulgente luz de los trópicos amortece la fresca y
dulce claridad de los cielos de Europa, como si el propio sol americano,
rojo y en brasas, viniese, en su lujuria de sultán, a beber la lágrima medrosa
de la decaída reina de los viejos mares.
Jerônimo se apartó de su guitarra y se quedó con las manos
abandonadas sobre las cuerdas, totalmente atento hacia aquella música, que
venía, dentro de él, a continuar una revolución comenzada la primera vez en
que le golpeó de lleno en el rostro, como una bofetada desafiante, la luz de
este sol orgulloso y salvaje, y le cantó al oído el estribillo de la primera
cigarra, y le aciduló la garganta el jugo de la primera fruta probada en esa
tierra de fuego, y le mareó el alma el aroma de los jazmines y le trastornó la
sangre el olor animal de la primera mujer, la primera mestiza que sacudió
junto a él las faldas y el cabello.
—¿Qué tienes Jeromo? ─le preguntó la compañera al verlo extraño.
—Espera ─respondió él en voz baja─. ¡Déjame escuchar!
Firmo comenzó a cantar el chorado, seguido de un acompañamiento
de palmas.
Casi maquinalmente, Jerônimo se levantó y, seguido de Piedade, se
aproximó a la gran rueda que se había armado en torno a los dos mulatos.
Allí, con la mandíbula pegada al dorso de las manos, apoyado en una cerca
del jardín, permaneció, inmóvil y en silencio, entregado de cuerpo y alma a
aquella canción seductora y voluptuosa que lo enredaba y paralizaba como
la higuera salvaje o la trepadora parásita, cariñosa y traicionera.
Y vio a Rita Baiana, que había ido a cambiarse el vestido por una
pollera, aparecer de hombros y brazos desnudos para bailar. La luna se
descubría en ese momento, envolviéndola en su baño de plata, a cuyo
refulgir las cadencias de la mestiza se acentuaban, llenos de una gracia
irresistible, simple, primitiva, hecha toda de pecado, toda de paraíso, con
mucho de serpiente y mucho de mujer.
Ella salió en medio de la rueda, con los brazos en la cintura,
contoneando las caderas, ora a la izquierda, ora a la derecha, como en una
impaciencia de gozo carnal en un requebrado lujurioso que la dejaba
jadeante; ya avanzando con el vientre tenso; ya retrocediendo con los
brazos extendidos, estremeciéndose toda, como se fuese sumergiendo en un
placer espeso como el aceite en el que nunca se hace pié y no se encuentra
el fondo. Después, como si reviviese, lanzaba un gemido prolongado,
chasqueando los dedos en el aire y cimbreando las piernas, descendiendo,
subiendo, sin nunca parar con las caderas, enseguida zapateaba, leve y
nerviosa, alzando y bajando los brazos, que doblaba, ora uno, ora otro,
sobre la nuca, mientras la carne le hervía, fibra por fibra, titilando.
Al ver a su alrededor el entusiasmo que se trocaba en delirio; una
salva de aplausos estallaba de vez en cuando, roja y caliente como un grito
surgido de la sangre. Y las palmas insistían cadenciosas, acertadas en un
ritmo nervioso, en una persistencia de locura. Y arrastrado por ella, saltó
Firmo a la arena, ágil, de goma, a hacer figuras increíbles con las piernas,
derritiéndose todo, desapareciendo en el suelo, resurgiendo de cuerpo
entero con un salto, con los pies en el aire, golpeando los talones, los brazos
queriéndosele escapar de los hombros y saltársele la cabeza. Y después
surgió Florinda y luego Albino y hasta ─¡quién lo diría!─ el grave y
circunspecto Alexandre.
El chorado los arrastraba a todos, despóticamente, desesperando a los
que no sabían bailar. Pero nadie como Rita; sólo ella, sólo aquel demonio
tenía el mágico secreto de aquellos movimientos de serpiente maldecida;
aquellos requiebros que no podían existir sin el olor que la mulata exhalaba
y sin aquella voz dulce, trémula, armoniosa, arrogante, cariñosa, suplicante.
Y Jerônimo veía y escuchaba, sintiendo írsele el alma toda por los
ojos enamorados.
En aquella mulata estaba el gran misterio, la síntesis de las
impresiones que él recibió llegando al país: ella era la luz ardiente del
mediodía; ella era el rojo calor de las siestas de la fazenda; era el aroma
caliente de los tréboles y las vainillas, que lo aturdiera en las selvas
brasileñas; era la palmera virginal y esquiva que no se dobla ante ninguna
otra planta; era el veneno y era el azúcar sabroso; era el zapote más dulce
que la miel y era la castaña de cajú, que abre heridas con su aceite de fuego;
ella era la serpiente verde y traicionera, la oruga viscosa, la avispa
enloquecida que revoloteaba hacía mucho tiempo alrededor de su cuerpo,
exacerbándole los deseos, despertándole las fibras relajadas por las
saudades de la tierra, picándole las arterias para escupirle dentro de la
sangre una centella de aquel amor septentrional, una nota de aquella
música, hecha de gemidos y de placer, una larva de aquella nube de
cantáridas que zumbaban en torno de Rita Baiana y esparcían por el aire
una fosforescencia afrodisíaca.
Esto es lo que Jerônimo sentía, pero lo que el pobre no podía
concebir. De todas las impresiones de aquel resto de domingo sólo le quedó
en el espíritu el entorpecimiento de una embriaguez desconocida, no de
vino, sino de miel bebida ávidamente en el cáliz de flores americanas, de
esas muy blancas, perfumadas y húmedas, que él, en la fazenda, veía
inclinadas confesionalmente sobre los limosos pantanos sombríos, donde
las oiticicas exhalan un aroma que entristece de saudade.
Y se dejaba estar mirando. Otras muchachas bailaban, pero el
portugués solo veía a la mulata incluso cuando, postrada, caía en brazos de
su amigo. Piedade, cabeceando de sueño, lo llamó varias veces para
acostarse; él respondió con un rezongo y no se dio cuenta de la retirada de
la mujer.
Pasaron las horas, y él tampoco advirtió que las horas habían huido.
La rueda de la juerga aumentó: vinieron de enfrente Isaura y Leonor,
João Romão y Bertoleza, desembarazados de su faena, quisieron asistir un
poco a la farra antes de caer en la cama; la familia de Miranda se asomó a la
ventana, divirtiéndose con la gentuza del inquilinato; se juntó gente de
afuera en la calle, pero Jerônimo nada veía de todo eso; nada veía sino una
cosa, que persistía en su espíritu: la mulata jadeante, resbalando
voluptuosamente en los brazos de Firmo.
Sólo volvió en sí cuando, ya de madrugada, enmudecieron todos los
instrumentos y uno a uno los juerguistas se recogieron en sus casas.
Y vio a Rita llevada para su cuarto por su hombre, que la arrastraba
por la cintura.
Jerônimo se quedó solo en el medio del inquilinato. La luna, ahora
enteramente libre de las nubes que la perseguían, allá iba caminando en
silencio por su viaje misterioso. Se cerraron las ventanas de Miranda. La
cantera, a lo lejos, por detrás de la última pared del conventillo, se erguía
como un monstruo iluminado en su reposo. Una quietud densa se cernía
sobre todo; sólo se distinguía el tenue parpadeo de las luciérnagas en las
sombras de las huertas y jardines, y los murmullos de los árboles que
soñaban.
Pero Jerônimo no sentía ni oía nada más que aquella música
embalsamada de vainilla que le había embriagado el alma; y comprendió
perfectamente que dentro de él aquellos cabellos crespos, brillantes y
olorosos de la mulata, principiaban a formar un nido de serpientes negras y
venenosas que le iban a devorar el corazón.
Y, levantando la cabeza, notó en el mismo cielo, que nunca había
visto sino después de siete horas de sueño, que ya era casi hora de entrar a
su trabajo y resolvió no dormir, porque valía la pena esperar despierto.
VIII

Al día siguiente, Jerônimo dejó el trabajo a la hora de almorzar y, en


vez de comer allí mismo en la cantera con sus compañeros, se fue para su
casa. Apenas si probó lo que la mujer le puso en la mesa y se metió de
inmediato en la cama, ordenándole que fuese a hablar con João Romão y le
dijese que él se hallaba indispuesto y se quedaría descansando el resto del
día.
—¿Qué tienes tú, Jeromo?
—Estoy un poco cansado, hija… ¡Ve, anda!
—¿Pero, te sientes mal?
—¡Oh, mujer! ¡Ve a hacer lo que te dije, y después le darás a la lengua!
Ella salió afligida. Cualquier perturbación en el marido, por pequeña
que fuera; la ponía fuera de sí. “¿Un hombre fuerte que nunca caía
enfermo? ¿Sería la fiebre amarilla?... ¡Jesús, Santo hijo de María, que ni
siquiera había que pensar en eso! ¡Credo!”.
La noticia se propagó rápidamente entre las lavanderas.
—Fue la fresca de la noche ─afirmó la Bruja, y se hizo una escapada a la
casa del enfermo para recetar.
El enfermo la rechazó, pidiéndole que lo dejara en paz; que lo que él
precisaba era dormir. Pero no lo consiguió: detrás de la Bruja corrió la
segunda mujer, la tercera, la cuarta; así hubo durante mucho tiempo un
entrar y salir de faldas de su casa. Jerônimo perdió la paciencia e iba a
protestar violentamente contra semejante invasión, cuando, por el perfume,
se dio cuenta de que también se acercaba Rita.
—¡Ah!
Y desarrugó el ceño.
—¡Buenos días! ¿Qué le pasa, vecino? Usted se enferma con mi llegada, de
haberlo sabido, no habría venido.
El sonrió. Era la primera vez que la veía desde la víspera.
La mulata se acercó a la cama.
Como había comenzado a trabajar ese día, tenía las polleras recogidas
hasta la cintura y los brazos completamente desnudos y fríos por el lavado.
Su saquito blanco se abría adelante, mostrando parte del pecho color canela.
Jerônimo le apretó la mano.
—Me gustó mucho verla bailar ayer ─dijo, más animado.
—¿Ha tomado algún remedio?
—Mi mujer habló de darme una taza de té negro.
—¡Té! ¡Que tontería! ¡El té es agua tibia! Lo que usted tiene es un
enfriamiento. Le voy a preparar una taza de café bien fuerte y un trago de
parati, y me diga si suda o no, y quedará sano y listo para otra. Espere un
poco.
Y salió de inmediato, dejando el cuarto impregnado de ella.
Jerônimo, con sólo respirar aquel almizcle, parecía mejor. Cuando
Piedade volvió, pesada y triste, rezongando consigo misma, él sintió que
comenzaba a hastiarlo, y, cuando la infeliz se aproximó al marido, éste,
contra su costumbre, le notó el olor agrio del cuerpo. Le volvió el malestar
y desapareció el último vestigio de sonrisa que había tenido poco antes.
—¿Pero, qué sientes, Jeromo?... ¿Habla, hombre? ¡Que no me dices nada!
¡Que me asustas!... ¡Qué tienes, dilo!
—No hagas el té. Voy a tomar otra cosa.
—¿No quieres el té? ¡Pero si es remedio, criatura de Dios!
—Ya te he dicho que tomaré otra medicina.
Piedade no insistió.
—¿Quieres un baño de pies?
—¡Tómalo tú!
Ella se calló. Iba a decirle que nunca lo había visto así, tan áspero y
seco, pero receló importunarlo. “Naturalmente era la enfermedad la que lo
ponía rezongón”.
Jerônimo cerró los ojos para no verla, y, de haber podido, también se
habría cerrado adentro para no oírla. La pobre, sin embargo, se fue a sentar
al borde de la cama, humilde y solícita, suspirando, viviendo en aquel
instante pura y exclusivamente para su hombre, esclava de él, sin voluntad
propia, acompañándose de los menores gestos con la mirada, inquieta como
un perro que, al lado del dueño, trataba de adivinarle las intenciones.
—Está bien, hija. ¿No vas a ocuparte de tu trabajo?
—Por eso no te preocupes. El trabajo no paró. Le pedí a Leocádia que me
fregase la ropa. Ella tenía poco trabajo que hacer hoy y…
—¡Hiciste mal!
—¡Vamos! No hace tres días que hice otro tanto por ella… ¡Y además, no
fue porque tuviese a su hombre enfermo, era para holgazanear en el
pastizal!
—¡Bueno, hija, no hables mal de la vida de los otros! ¡Mejor sería que
estuvieses en tu tina en vez de andar por allí murmurando de tu prójimo!...
Anda a tomar cuenta de tus obligaciones.
—¡Pero si te acabo de decir que no hay problema!...
—Problema es que yo esté parado; y será peor si paramos los dos.
—¡Yo quería quedarme a tu lado, Jeromo!
—Y yo digo que es una tontería. ¡Ve, anda!
Ella se iba a retirar como un perro apaleado, cuando dio con Rita, que
entraba muy rápido y agitada trayendo en la mano un humeante cuenco de
café con parati y al hombro una gruesa frazada para hacer sudar al enfermo.
—¡Ah! ─exclamó Piedade, sin encontrar palabra para decirle a la mulata.
Y se quedó.
Rita, despreocupadamente alegre y caritativa como siempre, puso la
vasija sobre la cómoda del oratorio y extendió la frazada.
—Esto lo va a poner bien ─dijo─. También ustedes los portugueses, por
nada se ponen como quien va a morir, con una cara de me llegó la última
hora. ¡Es un ay Jesús mi Dios! ¡Anímese, no sea maricón!
Él se rió sentándose en la cama.
—¿No es como yo digo? ─le preguntó ella a Piedade, apuntando para la
cara barbuda de Jerônimo─. ¡Mire esa cara y dígame si no está pidiendo
que lo entierren!
La portuguesa no decía nada, sonreía contrariada en lo íntimo, se
resentía contra la invasión de una extraña en el cuidado de su hombre. No
era la inteligencia ni la razón lo que le señalaba el peligro, sino el instinto,
el olfato sutil y desconfiado de toda hembra por las otras, cuando siente su
nido en peligro.
—¿Me está pareciendo que ahora te sientes mejor, eh?... ─dijo al final,
buscando la mirada del marido, sin conseguir disfrazar del todo su
descontento.
—¡Sólo con el olor! ─agregó la mulata, sirviéndole el café al enfermo─.
¡Ande! ¡Bébalo todo y arrópese! Cuando vuelva más tarde quiero
encontrarlo bien, ¿me oyó? ─y agregó, hablándole a Piedade en tono más
bajo y apoyándole la mano en el hombro carnudo─: Dentro de poco debe
estar empapado en sudor, cámbiele la ropa y déle dos dedos de parati ni
bien le pida agua. ¡Cuidado con las corrientes de aire!
Y salió diligente, agitando las polleras, de donde volaban efluvios de
mejorana.
Piedade se acercó entonces al picapedrero, que ya tenía sobre las
piernas la frazada ofrecida por Rita, y ayudándole a llevarse la taza a la
boca rezongó:
—¡Dios quiera que esto no te haga más mal que bien!... ¡Nunca tomas café,
ni siquiera te gusta!
—¡Esto no es por gusto, hija, es remedio!
En efecto, a él nunca le había gustado el café y menos la cachaça;
pero tragó de una sentada todo el contenido, tapándose con la frazada hasta
la cabeza.
La mujer intentó cubrirle bien los pies y fue en busca de un chal para
taparle bien la cabeza.
—¡Trata de sosegarte! ¡No te muevas!
Y se dispuso a quedarse junto a la cama, para atenderlo, caminando
en puntas de pie, conteniendo la respiración, corriendo a cada instante a la
puerta para pedir que no hiciesen tanto ruido afuera; con desasosiego, con
una aflicción casi supersticiosa por aquel malestar de su hombre. Pero
Jerônimo no tardó mucho en llamarla para que le mudase la ropa. El sudor
lo inundaba.
—¡Menos mal! ─exclamó ella radiante.
Y, después de cerrar herméticamente la puerta del cuarto y de meter
un montón de ropa sucia en la grieta que había en una de las paredes, le
sacó la camisa mojada, metiéndole luego otra por la cabeza; en seguida le
sacó los calzoncillos largos y, con una toalla, comenzó a enjugarle todo el
cuerpo, comenzando por la espalda, pasando después al pecho y a los
sobacos, descendiendo luego a las nalgas, la vientre y a las piernas, y
fregando siempre con tal vigor, que era un masaje que le daba; tanto así que
la sangre del picapedrero se estimuló.
Y la mujer, riendo lisonjeada lo regañaba.
—¡Ten juicio! Compórtate bien! ¿No ves que estás enfermo?
El no insistió. Se arropó de nuevo y pidió agua. Piedade fue a buscar
el parati.
—Bebe esto, no bebas agua ahora.
—¡Esto es cachaça!
—Fue Rita quien dijo que te la diera…
Jerônimo no precisó más para beber de un trago los dos dedos del
destilado que había en el vaso.
Sobrio como era, y después del derroche de sudor, el alcohol le
produjo de inmediato el efecto voluptuoso y agradable de la embriaguez de
los que no son alcohólicos: un delicioso desfallecimiento de todo el cuerpo;
algo de ese largo desperezarse que antecede a la satisfacción de los sexos,
cuando la mujer, habiéndose hecho desear por algún tiempo, se nos
aproxima con una avidez golosa de besos. Ahora, en el confort de su cama,
en la dulce penumbra del cuarto, con la ropa fresca sobre la piel, Jerônimo
se sentía bien, feliz por encontrarse lejos de la cantera ardiente y del sol
cáustico; oyendo con los ojos cerrados, en runrún monótono de la máquina
de hacer pastas jadeando a lo lejos, el confuso coro de voces de las
lavanderas trabajando, y, más distante, el interminable cantar de los gallos
en contienda, mientras un redoblar de campanas resonaba tristemente en el
aire, anunciando un difunto en la parroquia.
Cuando Piedade salió a informar del buen resultado del remedio, Rita
corrió de nuevo al cuarto del enfermo.
—¿Y qué me dice ahora? ¿Se siente mejor o no?
El volvió hacia la joven su mirada de animal postrado y, por única
respuesta, le pasó el brazo izquierdo por la cintura y buscó con su mano
derecha la de ella. Quería con esto expresar su reconocimiento y la mulata
así lo entendió, tanto que consintió; sin embargo, mal alcanzó su piel a
tocarle la piel que un deseo ardiente se apoderó de él, una necesidad
descontrolada de señorearse en ese mismo instante de aquella mujer, de
poseerla íntegra, devorarla en un solo bocado, mordiéndola como un fruto
maduro.
Rita, al sentirse apresar por el picapedrero escapó de sus garras con
un salto.
—¡Pero, habráse visto! ¡Vuelva a hacerse el vivo y se lo digo a su mujer!
¡Tenga mucho cuidado!
Sin embargo, como Piedade entraba en la salita de al lado, disimuló
de inmediato, agregando en tono neutro.
—Ahora debe tratar de dormir y mudar de ropa si vuelve a sudar. Hasta
luego.
Y salió.
Jerônimo oyó sus últimas palabras con los ojos cerrados y, cuando
Piedade entró al cuarto, parecía haber sucumbido a la debilidad. La
lavandera se aproximó a la cama del marido en puntas de pié, tiró de la
sábana hasta más arriba del pecho y se apartó de nuevo apagando sus
pisadas. En la puerta de entrada, Augusta, que había ido a visitar al
enfermo, le preguntó por éste con un gesto interrogativo. Piedade le
respondió sin hablar, poniéndose la mano en el rostro e inclinando la cabeza
hacia ese lado, para indicar que él estaba durmiendo.
Las dos salieron para hablar tranquilas; pero, en ese momento, allá
afuera, en el patio del inquilinato, se acababa de armar un escándalo
terrible. Ocurría que Henriquinho, desde la casa de Miranda, se quedaba a
veces, en las horas de descanso entre el almuerzo y la cena, entretenido
viendo a Leocádia lavar, siguiéndole el movimiento uniforme de las gruesas
nalgas y el balanceo de las redondas tetas sueltas dentro del batón de percal.
Y, cuando la veía sola le hacía ademanes maliciosos, le guiñaba un ojo y
golpeaba con la mano derecha abierta sobre la izquierda cerrada. Ella le
respondía señalando con el pulgar el interior de los altos, como si le dijera
que fuese a buscar a la mujer del dueño de casa.
Aquel día, sin embargo, el estudiante apareció en la ventana llevando
en los brazos un conejito blanco, que él había comprado en la víspera en el
remate de una fiesta. Leocádia codició el animalito y, corriendo hasta el
depósito de botellas vacías, que quedaba debajo de la casa de altos, pidió
con insistencia a Henrique que se lo diese. Este, siempre con su sistema de
conversar con mímicas, declaró con un gesto cual era el precio de su
dádiva.
Ella meneó la cabeza afirmativamente, y él le hizo señas para que
esperase detrás del conventillo, en el pastizal de los fondos.
La familia de Miranda había salido. Henrique, con la misma ropa de
casa y sin sombrero, descendió a la calle, ganó el terreno que existía a la
izquierda de los altos y, con el conejo debajo del brazo, se dirigió hacia el
pastizal. Leocádia esperaba por él debajo de los mangos.
—¡Aquí no! ─dijo ella luego que lo vio llegar─. Aquí pueden vernos…
—¿Dónde, entonces?
—¡Sígueme!
Y tomó a su derecha, andando ligera y medio agachada por entre las
plantas. Henrique la siguió con el mismo paso, siempre con el conejo bajo
el brazo. El calor lo hacía sudar y le acaloraba las mejillas. Se oía el
martillar de los herreros y de los trabajadores en la cantera.
Después de algunos minutos, ella paró en un lugar cubierto de
bambúes y bananos, donde quedaban restos de un cobertizo en ruinas.
—¡Aquí!
Y Leocádia miró a su alrededor, asegurándose de que estaban solos.
Henrique, sin soltar el conejo, se arrojó sobre ella, que lo contuvo.
—¡Espera! Necesito quitarme la pollera que esta empapada.
—¡No importa! ─murmuró el impaciente en su deseo.
—¡Me puedo resfriar!
Y se quitó la pollera de lana gruesa, dejando ver dos piernas, que la
enagua apenas si cubría hasta las rodillas, gruesas y macizas, de una
blancura levemente rosada y toda marcada de picaduras de pulgas y
mosquitos.
—¡Apúrate! ¡Vamos! ─lo urgió ella echándose de espaldas en el piso y
recogiendo la enagua hasta la cintura hasta la cintura, los muslos abiertos.
El estudiante se tiró impaciente sobre ella, sintiendo la frescura de su
carne de lavandera, pero sin largar las patas del conejo.
Transcurrió un instante de silencio entre los dos, en el que las hojas
secas del suelo crujían y susurraban.
—¡Mira! ─le pidió ella─. Hazme un hijo, que me quiero alquilar como ama
de leche… ¡Ahora le están pagando mucho a las amas! ¡Augusta Carne
Mole, después de la última barriga, se hizo cargo de un pequeño en la casa
de una familia de buenos modales, que le daba setenta mil réis por mes… Si
me haces un hijo te devuelvo el conejo!
Y el pobre animalito, cuyas patas el estudiante no largaba, se
comenzó a quejar de los empujones que recibía, cada vez más acelerados.
—¡Cuidado que lo vas a matar al pobrecito! ─se quejó la lavandera─. ¡No
lo sacudas así!... ¡Pero no lo sueltes, eh!
Iba a decirle otra cosa, pero la sacudió un espasmo; ella cerró los ojos
y se puso a agitar la cabeza de un lado a otro rechinando los dientes.
En ese momento se hicieron sentir pasos rápidos saltando por encima
de las plantas hacia la dirección en que ellos estaban; y Henrique, antes de
ser visto, columbró a cierta distancia la poco sociable figura de Bruno.
No esperó a que se acercase, de un salto se puso detrás de los bananos
y desapareció por detrás de un matorral de bambúes, tan rápido como el
conejo que, viéndose libre, ganó por el otro costado el camino hacia el
pastizal.
Cuando el herrero llegó al lado de la mujer, ésta no había acabado de
ponerse la pollera mojada.
—¿Con quién te revolcabas, grandísima yegua? ─le gritó él largando los
pulmones por la boca.
Y antes de que ella respondiese, la hizo rodar por tierra de un
formidable puñetazo.
Leocádia estalló en gritos. Y fue debajo de una lluvia de bofetadas y
puntapiés que acabó de amarrarse la ropa.
—¡Ahora te he visto! ¡Niégalo si eres capaz!
—¡La punta que te partió! ─exclamó ella con la cara hecha un tomate─. ¡Ya
te he dicho que no quiero saber nada contigo, pedazo de borracho!
Y viendo que él iba a recomenzar el baile, se agachó con rapidez,
agarró con ambas manos un trozo de granito y gritó levantándolo sobre su
cabeza.
—¡Acércate y vas a ver cómo te abro el casco ya mismo!
El herrero se dio cuenta que ella era capaz de hacer lo que decía y se
quedó quieto, lívido y jadeante.
—¡Toma tus petates y a la calle! ¿Oíste?
—¡Mira que problema! ¡Hace mucho que tenía ganas de irme! ¡Me faltaba
un motivo! ¡No te necesito para nada! ¡Anda sabiéndolo!
Y para darle más rabia agregó, empinando la barriga.
—¡Ya tengo acá adentro como ganarme la vida! Me alquilo como ama de
leche. ¿O te crees que todos son como tú, que ni para hacer un hijo sirve,
pedazo de infeliz?
—Pero no te llevas nada de casa. ¡Eso te lo digo yo, ramera!
—Quédate tranquilo que no me voy a llevar nada tuyo, ni lo preciso.
—¡Pon esa piedra en el piso!
—¡Un cuerno! ¡Te la pongo en la cabeza si te acercas!
—¡Sí, sí, sí, con tal que vueles de una buena vez!
—¡Entonces, hazte a un lado!
El le dio la espalda y volvió lentamente por donde había venido, de
cabeza gacha, las manos en los bolsillos del pantalón, aparentando un
soberano desdén por lo que estaba pasando.
Recién entonces, ella se acordó del conejo.
—¡Caramba! ─dijo, irguiéndose y tomando dirección contraria a la del
marido.
Este fue derecho al conventillo a contar, a quien quisiese oírlo, lo que
acababa de pasar. El escándalo conmovió a todo el inquilinato, como un
chorro de agua caliente sobre un hormiguero. “Esto tenía que pasar tarde o
temprano. Un buen día, la casa tenía que venirse abajo. Leocádia parecía no
desear otra cosa”. Pero nadie atinaba con quien había pillado Bruno a su
mujer en el pastizal. Se tejieron mil hipótesis; mencionando nombres y más
nombres, pero sin llegar a ningún resultado satisfactorio. Albino intentó
inmediatamente la reconciliación de la pareja, jurando que, con toda
seguridad, Bruno se había equivocado y que había visto mal. “¡Leocádia era
una excelente muchacha, incapaz de tamaña porquería!”. El herrero le cerró
la boca de una bofetada, y ya nadie se metió a reconciliarlos.
Mientras tanto, Bruno había entrado en casa y tiraba por la ventana
todo lo que encontraba de su mujer. Una silla se hizo pedazos contra las
piedras, después vino un candil de querosén, un atado de ropas, polleras y
blusas de percal, cajas de sombreros llenas de trapos, una jaula para pájaros,
una tetera; y todo era arrojado con furia en medio del patio, ante el silencio
conmovido de quienes asistían al desalojo. Un chino que había entrado a
vender camarones y se paró distraído cerca de la casa del herrero, recibió en
la cabeza un cántaro de Bahia y gritaba como una criatura que acababa de
recibir una paliza. La Machona, que no podía oír a nadie gritar más alto que
ella, le cayó encima a los puñetazos y, muy grosera, lo echó fuera del
portón. “¡Era lo que faltaba, que viniese aquel zalamero del diablo a
molestar a una más de lo que ya estaba!”. Dona Isabel, con las manos
cruzadas sobre el vientre, miraba aquella destrucción con un profundo aire
de lástima. Augusta meneaba la cabeza tristemente, sin concebir cómo
había mujeres que buscaban hombres, teniendo uno que ya les pertenecía.
La Bruja, indiferente, ni siquiera interrumpió su trabajo; al tiempo que das
Dores, con las manos en las caderas, las polleras a media pierna, un cigarro
en el costado de la boca, contemplaba desdeñosa la saña de aquel marido
tan brutal como había sido el de ella.
—¡Siempre los mismos burros!... ─comentaba frunciendo la nariz─. Si la
estúpida de la mujer sólo busca ser agradable y darle el gusto, se enojan, y
si una no se toma en serio la borrachera del casamiento, dan palos y
pedradas como este bestia. ¡Son todos una porquería!
Florinda reía, como siempre, y la vieja Marciana se quejaba de que le
salpicaban querosén en la ropa tendida al sol. En ese momento, un filtro de
café lleno de borra, dio dos vueltas en el aire y desparramó su contenido,
salpicando de puntos negros los jiraus. Se levantó un alarido entre las
lavanderas. “¡Aquello no tenía nombre, que diablos! ¿Armaban sus trifulcas
y los demás se la tenían que aguantar?... ¡Hay que embromarse! ¡Los demás
no tenían por qué soportar la furia de ellos! ¡El que se la busca, que se la
aguante! ¡Si señora, si cada vez que Leocádia se iba a revolcar al pastizal, el
bruto del marido iba a ensuciar de aquella manera el trabajo de la gente,
nadie se iba a poder ganar la vida allí! ¡Qué embromar!”. Pombinha llegó a
la puerta del número 15, con la costura en la mano, a enterarse del barullo,
y Nenen, muy sofocada por el calor de la plancha, preguntaba, con una
sonrisa leve, si Bruno iba a reformar el mobiliario de la casa. Rita fingía no
darle importancia al hecho y continuaba lavando en su tina. “¿No hacían
tanta fiesta con el casamiento? ¡Pues que se la aguanten! ¡Ella estaba libre
de padecer una cosa de esas!”. El viejo Liborio se allegó para ver si, en el
medio de la confusión, pescaba alguna cosa del desalojo, y la Machona,
notando que Agostinho hacía lo mismo, le gritó desde el lugar en que se
encontraba.
—¡Sal de allí zafado! ¡Como llegues a tocar algo, te arranco la piel del
trasero!
Un hermano del santísimo había entrado al inquilinato con su capa
encarnada, su bastón de plata en una de las manos, en la otra la bandeja de
limosnas y se paró en el medio del patio, suplicando, muy gangoso, “¡Una
limosna para la vela del Sacramento!”. Las mujeres abandonaron por un
rato las tinas y, devotamente, fueron a buscar la columbina imagen del
Espíritu Santo. Tintinearon en la bandeja moneditas de vintém.
Mientras tanto, Bruno había terminado de desalojar lo que era de la
mujer y salía de nuevo de la casa, dando una feroz vuelta de llave en la
cerradura. Atravesó el grupo murmurante de curiosos que permanecía frente
a su casa, mudo, con la cara hosca, moviendo los brazos como quien, a
pesar de haber hecho mucho, no hubiera todavía satisfecho su cólera.
Leocádia apareció poco después y, viendo por tierra todas sus
pertenencias, rotas e inutilizadas, montó en cólera y, avanzando sobre la
puerta que el marido acaba de cerrar, arremetió con las nalgas contra las
hojas, que cedieron en seguida cayendo ella adentro panza arriba.
Pero, sin hacer caso de las risotadas que estallaron afuera, se levantó
y, abriendo la ventana de un empujón, comenzó a su vez a arrasar y destruir
todo lo que quedaba en la casa.
Entonces empezó una verdadera devastación. Y, con cada objeto que
ella arrojaba al patio, gritaba: “¡Upa! ¡Llévatelo, diablo!”.
—¡Ahí va el reloj! ¡Upa! ¡Llévatelo, diablo!
Y el reloj se hizo pedazos en el pavimento.
—¡Ahí va el cántaro!
—¡Ahí va el jarro!
—¡Ahí van los vasos!
—¡El perchero!
—¡El botellón!
—¡La palangana!
Una risa general, contagiosa, absoluta, ahogaba el ruido de la loza que
se estrellaba contra las piedras. Y Leocádia ya no necesitaba acompañar los
objetos con su frase de imprecación, porque cada uno de ellos era recibido
afuera con un coro que gritaba:
—¡Upa! ¡Llévatelo, diablo!
Y la limpieza prosiguió. João Romão acudió corriendo, pero nadie se
preocupó con su presencia. Delante de la puerta de Bruno ya había una
montaña de cascos acumulados; y el destrozo continuaba todavía cuando el
herrero reapareció rojo como un pimiento y fue corriendo a la casa con el
rayo de una rueda de coche en la mano derecha.
Los circunstantes lo siguieron atropelladamente en un clamor.
—¡No le pegues!
—¡No puedes!
—¡Agárrenlo!
—¡No dejen que le pegue!
—¡Suelta el palo!
—¡Ténganlo!
—¡Aguanten!
—¡Rodéenlo!
—¡Quítenle el garrote!
Y Leocádia escapó finalmente de la paliza del marido, a quien la
muchedumbre había desarmado en la confusión.
—¡Orden! ¡Orden! ¡Nada de escándalos! ─exclamaba el ventero, a quien,
aprovechando la confusión, ya le habían acomodado una patada por detrás.
Alexandre, que en ese momento venía llegando de su servicio, se
apresuró a correr hasta el lugar del conflicto y, con toda su autoridad, intimó
a Bruno para que se controlase y dejase a la mujer en paz, so pena de ir a la
seccional en ese mismo instante.
—¿Pero usted no ve que esta zorra, a la que pesqué hoy con las manos en la
masa, encima viene a romperme todas mis cosas?... ─preguntó Bruno
echando espumarajos de rabia y casi sin aliento para hablar.
—¡Porque rompiste las mías! ─interrumpió Leocádia.
—¡Está bien! ¡Está bien! ─dijo el policía buscando dar a su voz inflexiones
autoritarias y reconciliadoras─. ¡Hablen de a uno por vez! Su marido
─agregó dándose vuelta hacia la acusada─ dice que usted...
—¡Es mentira! ─interrumpió ella.
—¡¿Mentira?! ¡Esa sí que es buena! Te habías quitado la pollera y tenías un
hombre encima.
—¿Quién era? ¿Quién fue? ¿Quién era el hombre? ─preguntaron todos al
mismo tiempo.
—Al final de cuentas, ¿quién es él? ─inquirió también Alexandre.
—¡No le pude ver el hocico!... ─respondió el herrero─. ¡Pero si lo agarro,
lo desangro a patadas!
—¡Es mentira! ─repitió Leocádia, ahora ahogada en un mar de lágrimas─.
Hace mucho tiempo que este malvado anda buscando un pretexto para
romper conmigo, y como yo no se lo doy…
Una explosión de sollozos la interrumpió.
Esta vez no hubo sonrisas, pero un hormiguear de murmullos se
formó alrededor del llanto.
—Ahora ─continuó ella enjugándose el rostro con el dorso de la mano─, no
sé qué va a ser de mí, porque este hombre, además de todo, rompió hasta lo
que yo traje cuando me casé con él.
—¿No me dijiste que ya tenías adentro con qué ganarte la vida? ¡Vamos!
—¡No es cierto! ─sollozó Leocádia.
—¡Bien ─intervino Alexandre, envainando el sable─, asunto terminado! Su
marido va a recibirla en santa paz.
—¡Yo! ─interrumpió el herrero─ ¡Usted no me conoce!
—¡Ni yo quisiera! ─replicó la mujer─. ¡Prefiero meterme con un caballo de
mateo a tener que soportar a este bruto!
Y rebuscando en la casa alguna cosa que todavía quedaba y
recogiendo del montón de cascos lo que le pareció aprovechable, hizo con
todo un gran atado y fue a buscar un changador.
Rita le salió al paso.
—¿Adonde vas? ─le preguntó en voz baja.
—No lo sé hija, por ahí… Ya voy a encontrar algún agujero… ¿Acaso los
perros no se la rebuscan?...
—Espera un momento… ─dijo la mulata─. Mete ese atado dentro de mi
casa ─y corriendo hacia Albino, que estaba lavando:
—Enjabóname aquella ropa, ¿oíste? Y cuando Firmo se despierte, dile que
tuve que salir.
Después dio un salto hasta su cuarto, se cambió la pollera mojada, se
puso sobre los hombros su chal de crochet y, golpeando en la espalda de su
compañera le secreteó:
—Ven conmigo. ¡No vas a andar a tontas y a locas por ahí!
Y las dos salieron agitadas, dejando detrás de sí al conventillo entero
suspenso en la curiosidad.
IX

Pasaron algunas semanas. Jerônimo tomaba ahora todas las mañanas


una taza de café bien cargado, al modo de Ritinha, y tragaba dos dedos de
parati “para cortar el frío”.
Una transformación, lenta y profunda, operaba en él, día a día, hora a
hora, reacomodándole las entrañas en el cuerpo y dándole alas a los
sentidos, en un trabajo sordo y misterioso de crisálida. Su energía se
aflojaba lentamente: se volvía contemplativo y amoroso. La vida americana
y la naturaleza de Brasil le revelaban ahora aspectos imprevistos y
seductores que lo conmovían; se olvidaba de sus primitivos sueños de
ambición, para idealizar felicidades nuevas, estimulantes y violentas; se
volvía liberal, imprevisor y franco, más amigo de gastar que de guardar;
adquiría deseos, le tomaba el gusto a los placeres, y se volvía perezoso
resignándose, vencido, a las imposiciones del sol y del calor, muralla de
fuego con la que el espíritu eternamente rebelde del último tamoio
atrincheró la patria contra los conquistadores aventureros.
Y así, poco a poco, se fueron transformando todos sus hábitos
sencillos de aldeano portugués: y Jerônimo se abrasileñó. Su casa perdió
aquel aire sombrío y concentrado que la entristecía; ya aparecían por allá
algunos compañeros de inquilinato, para charlar un rato en los momentos de
descanso, y los domingos se reunía gente para cenar. Al final la revolución
fue completa; el aguardiente de caña sustituyó al vino; la harina de
mandioca reemplazó al pan de maíz; la carne seca y los porotos negros al
bacalao con papas y cebollas cocidas, la pimienta malagueta y la pimienta
de Cayena invadieron victoriosamente su mesa; el caldo verde, la sopa de
ajo y la sopa de tocino fueron desalojados por los rubios y sabrosos
manjares baianos, por la moqueca, por el vatapá y por el caruru, el repollo
a la mineira destronó al repollo a la portuguesa, el puré de mandioca a las
migas y, desde que el café llenó la casa con su aroma caliente, Jerônimo
empezó a encontrar agradable el olor del tabaco y no demoró en fumar él
también con los amigos.
Y lo curioso es que, cuanto más el iba cayendo en los usos y
costumbres brasileñas, tanto más se afinaban sus sentidos, aunque en
detrimento de sus fuerzas físicas. Tenía ahora el oído menos tosco para la
música, hasta comprendía las intenciones poéticas de los sertanejos, cuando
cantan en la guitarra sus amores infelices; sus ojos, antes solo volcados a la
esperanza de volver a la tierra, ahora, como los ojos de un marinero, que se
habituaron a los largos horizontes de cielo y mar, ya no se sublevaban con
la turbulenta luz, salvaje y alegre de Brasil, y se abrían ampliamente frente
a los maravillosos despeñaderos ilimitados y de las cordilleras infinitas,
donde, de trecho en trecho, surge un monarca gigante, que viste al sol de
oro y ricas pedrerías refulgentes y las nubes tocan de albos turbantes de
cambray, en un lujo oriental de arábigos príncipes voluptuosos.
Pero con la mujer, con la señora Piedade de Jesús, el caso cambiaba
totalmente de aspecto. Hecha de un solo bloque, compacta, enteriza y
cerrada, recibía la influencia del medio sólo por fuera, en la manera de
vivir, conservándose inalterable en cuanto a la moral, sin conseguir, a
diferencia del esposo, afinar su alma con el alma de la nueva patria que
habían adoptado. Cedía pasivamente a los hábitos de vida, pero en lo íntimo
continuaba siendo la misma colona nostálgica y desconsolada, tan fiel a sus
tradiciones como a su marido. Y ahora estaba más triste; porque Jerônimo
era otro, triste porque llegaba a extrañarlo y desconocerlo, figurándose que
hasta cometía un adulterio, cuando de noche se despertaba asustada al lado
de aquel hombre que no parecía el de ella, aquel hombre que se lavaba
todos los días, aquel hombre que los domingos se ponía perfume en la barba
y en los cabellos y tenía la boca olorosa a tabaco. Que terrible disgusto le
apretó el corazón la primera vez que el picapedrero, rechazando el caldo
que ella le trajo para cenar le dijo:
—¡Pero hija! ¿Por qué no experimentas hacer unos manjares al uso de acá?
—Pero es que no sé ─balbuceó la pobre mujer.
—Entonces pídele a Rita que te enseñe… ¡Eso no será difícil de aprender!
Ve si me haces el favor de conseguirme unos camarones como los que ella
preparó el otro día. ¡Me supieron tan bien!
Esta inclinación de Jerônimo por las cosas de Brasil apenaba
profundamente a la infeliz. Era el certero instinto femenino que la hacía
prever que el marido, cuando estuviese del todo abrasileñado, no la habría
de querer más y habría de cambiar de cama, así como había cambiado de
mesa.
Jerônimo, en efecto, le pertenecía mucho menos ahora que antes. Se
acercaba poco a ella, sus caricias eran frías y distraídas, dadas como por
condescendencia; ya no le acariciaba la espalda cuando los dos se quedaban
a solas, disfrutando en su vida sencilla: ahora el no la buscaba para el
matrimonio, nunca; si ella sentía necesidad del marido tenía que provocarlo.
Y, una noche, Piedade, se quedó con el corazón todavía más apretado,
porque él, con el pretexto de que en cuarto hacía mucho calor, abandonó la
cama y se fue a acostar en el sofá de la salita. Desde ese día no durmieron
más juntos. El picapedrero consiguió una red y la armó frente a la puerta de
entrada, tal como había en la casa de Rita.
Otra noche, la cosa fue peor. Segura de que el marido no se le
acercaría, fue a buscarlo; Jerônimo, fingiéndose indispuesto, se negó y
terminó por decirle, rechazándola suavemente.
—No te lo quería decir, pero… ¿sabes? Tienes que bañarte todos los días
y… cambiarte de ropa… Aquí no es como allá. Aquí se suda mucho. Es
necesario tener el cuerpo siempre limpio, ¡porque si no se huele mal!... ¡Ten
paciencia!
Ella estalló en sollozos. Fue una explosión de resentimientos y
disgustos que se habían acumulado en su corazón. Todas sus penas
estallaron en aquel momento.
—¡Ahora te pones a llorar! ¡Vamos hija, deja de hacer esas cosas!
Ella continuó sollozando, sin aliento, estremeciéndose.
Luego de un intervalo, el picapedrero agregó.
—¿Pero qué es eso, mujer? ¿Ahora te pones a hacer tamaño escarceo? Ni
que se tratase de algo grave.
—¿Es que ya no me quieres? ¡Ya no eres el mismo hombre para mí! ¡Antes
no tenías nada que decir de mí y ahora hasta huelo mal!
Y los sollozos recrudecían.
—¡No digas asnerías, mujer!
—¡Ah! ¡Pero yo sé muy bien qué es eso!
—¡Es necedad tuya, eso es!
—¡Maldita la hora en que vinimos a dar a esta desgracia de inquilinato!
¡Antes hubiera preferido que me cayese una roca en la cabeza!
—¡Te estás quejando de la suerte sin razón! ¡Que no te castigue Dios!
Esta rencilla llamó a otras, que con el correr del tiempo fueron
menudeando. ¡Ah! Ya no había dudas que Jerônimo andaba medio
trastornado por Rita Baiana: no dejaba de pasar por el número 9, siempre
que regresaba al inquilinato durante el día, sin detenerse a su puerta por un
instante para preguntarle por la “salucita”. El hecho de que la mulata le
hubiese dado el remedio, cuando él estuvo indispuesto, fue pretexto para
hacerle obsequios amables, ofrecerle sus servicios y ser sumamente
obsequioso todas las veces que la visitaba. Tenía siempre algo que oír de
sus labios, respecto a Leocádia, por ejemplo; pues, desde que Rita se
erigiese como protectora de la mujer del herrero, Jerônimo afectaba gran
interés por la “pobrecita de Dios”.
—¡Hizo bien. Nhá Rita, hizo bien! La señora demostró que tiene buen
corazón…
—¡Ah mi amigo, en este mundo es hoy por ti, mañana por mí!
Al principio Rita había alojado a la amiga en la casa de unas
planchadoras de Catete muy amigas suyas; después la llevó a una casa de
familia donde Leocádia fue contratada como niñera; y ahora sabia que ella
había encontrado una buena ubicación como doméstica en un colegio para
niñas.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! ─aplaudía Jerônimo.
—¡Vamos! ¡Si el mundo es grande! ─sentenció la baiana─. ¡Hay lugar para
el gordo y para el flaco! ¡Bien tonto es el que se mata!
En una de las ocasiones en que el pedrero le preguntó, como de
costumbre, por la pobrecita de Dios, la mulata le dijo que Leocádia estaba
embarazada.
—¿Embarazada? ¡Pero entonces no es del marido!
—Puede ser que sí. Panza de cuatro meses.
—¡Ah! ¿Pero ella no hace más tiempo que se fue de aquí?...
—No. Ahora para San Juan, van a hacer justamente cuatro meses.
Jerônimo ya no tomaba la guitarra sino para tratar de sacar las
modinhas que Rita cantaba. En las noches de samba era el primero en llegar
y el último en irse, y durante la farra se quedaba con la boca abierta viendo
bailar a la mulata, abstraído, pasmado, olvidado de todo, embobado. Ella,
consciente del hechizo que ejercía sobre él, se requebraba y contoneaba aún
más, empujándolo con el vientre o fingiendo que le limpiaba la baba con el
ruedo de la falda.
Y se reían
¡Definitivamente estaba prendado por ella!
Piedade se entendió con la Bruja para encontrar un remedio que le
restituyese a su hombre. La vieja cabocla se encerró con ella en su cuarto,
encendió velas de cera, quemó hierbas aromáticas y le tiró las cartas.
Y después de un juego complicado de reyes, sotas y damas, que ella
disponía sobre la mesa, caprichosamente, mascullando una frase cabalística
con cada figura que salía de la baraja, declaró convencida, muy calma, sin
quitar los ojos de las cartas:
—A él le ha dado vuelta la cabeza una mujer morena.
—¡Es ese demontre de Rita Baiana! ─exclamó la otra─. ¡Ya me lo decía el
corazón! ¡Ay mi lindo hombre!
Y llorando, limpiándose afligida las lágrimas con el delantal de
cáñamo, le suplicó a la Bruja, por las almitas del purgatorio, que le
remediase tamaña desgracia.
—¡Ay, si lo llego a perder, señora Paula ─se lamentó la infeliz entre
sollozos─ no sé qué va a ser de mí en este mundo de Cristo!... ¡Déme algo
que me lo traiga de vuelta a Jerônimo!
La cabocla le dijo que se bañase todos los días y le diese a beber a su
hombre, en el café de la mañana, algunas gotas de agua del baño; y, si al
cabo de algún tiempo, ese régimen no le produjese el efecto deseado,
entonces que se cortase algunos vellos del cuerpo, los tostase hasta
reducirlos a cenizas y se los administrase después de la comida.
Piedade oyó la receta en un silencio respetuoso y atento, con el aire
compungido de quien recibe del médico un diagnóstico doloroso para un
enfermo que estimamos. Enseguida puso en mano de la hechicera una
moneda de plata, prometiéndole algo mejor si el remedio daba buenos
resultados.
Pero no era sólo la portuguesa quien se mordía por la afición de
Jerônimo con la mulata: también Firmo. Hacía mucho que andaba con la
mosca detrás de la oreja y, cuando pasaba al lado del picapedrero, le
blanqueaba los ojos atravesado.
El fanfarrón iba a dormir todas las noches con Rita, pero no vivía en
el inquilinato; tenía su cuarto en el taller donde trabajaba. Sólo los
domingos estaban juntos durante todo el día y entonces no renunciaban a su
cena con farra. Una vez que él faltó al trabajo, lo que no era raro, fue a
visitarla en horas desacostumbradas y la encontró junto a la tina
conversando con el portugués. Pasó sin decir una palabra y fue a recogerse
en el número 9, donde ella fue corriendo a reunírsele. Firmo no le dijo nada
respecto a sus aprensiones, pero tampoco le ocultó su mal humor; estuvo
impertinente y rezongón toda la tarde. Cenó con mala cara y, durante el
parati, después del café, sólo habló de peleas, de dar cabezazos y
puñaladas, pintándose como un ser terrible, recordando hazañas de
capoeiragem en las que desangró a tales y cuales tipos de fama, “sin contar
a dos galegos, que mandó para los gusanos, porque esos para él no eran
gente. ¡Con un par de buenos cabezazos quedaban con los pies para
adelante para siempre!”. Rita percibió los celos del amigo, pero se hizo la
desentendida.
Al día siguiente, a las seis de la mañana, cuando salía de la casa de
Rita, se encontró con el portugués que iba para el trabajo, y la mirada que
cambiaron ya era un anuncio de desafío. Sin embargo, cada uno siguió en
silencio por su lado.
Rita debió prevenir a Jerônimo para que se cuidase. Conocía bien a su
amante y sabía de lo que era capaz bajo la influencia de los celos, pero, en
el momento en que el picapedrero descendió para almorzar, un nuevo
escándalo acababa de estallar entre la vieja Marciana y su hija Florinda.
Marciana andaba desconfiando de la pequeña porque el flujo mensual
se le había desregulado hacía tres meses, cuando, ese día, no habiendo
terminado aún con el almuerzo, Florinda se levantó de la mesa y fue
corriendo al cuarto. La vieja la siguió. La joven fue a vomitar en el orinal.
—¿Qué te pasa ─le preguntó la madre, palpándola con aire inquisidor.
—No sé, mamá.
—¿Qué tienes?
—Nada...
—¿Nada, y estás vomitando?... ¿Eh?
—No siento nada, mamá.
La vieja mulata se aproximó, le desató violentamente el vestido, le
levantó las polleras y le examinó todo el cuerpo, tanteándole el vientre, ya
irritada. Sin obtener ningún resultado en sus investigaciones, corrió a llamar
a la Bruja, que era más entendida en el tema. La cabocla, sin alterarse, dejó
su trabajo, se secó los brazos con el delantal y fue al número 12, tanteó de
nuevo a la mulatita, le hizo varias preguntas y otras a la madre y después
dijo fríamente:
—Está con barriga.
Y se apartó sin un gesto de sorpresa ni de censura.
Marciana, trémula de rabia, cerró la puerta de casa, se guardó la llave
en el seno y, furiosa, cayó a los golpes sobre la hija. Esta, en balde,
intentaba escapar y gritaba como una loca.
Quedaron abandonadas todas las tinas del patio y algunas de las
mesas de la fonda, y el populacho curioso, alborotado se precipitó hacia el
número 12, golpeando la puerta y amenazando por la ventana.
Allí adentro, la vieja, despatarrada sobre la joven que se debatía en el
piso, preguntaba, gritando y repitiendo:
—¿Quién fue? ¡Quién fue!
—Y, con cada pregunta, le descargaba un golpe en la cara.
—¡Quién fue!
La pequeña gritaba y no respondía.
—¿Ah? ¿No me lo quieres decir por las buenas? ¡Ya vas a ver!
Y la vieja se levantó a tomar una escoba de un rincón de la pieza.
Florinda, viendo el bastón amenazante, se levantó de un salto, ganó la
ventana y se dejó caer del lado de afuera, entre la multitud expectante. Cosa
de nueve palmos de altura.
Las lavanderas la recogieron, cuidando de defenderla de la madre, que
surgió de inmediato en la puerta, amenazando al grupo, temible y armada
con un palo.
Todos trataron de hacerla entrar en razón.
—¿Pero qué te pasa, tía Marciana? ¿Qué te pasa?
—¿Qué me pasa? ¡Que esta desgraciada está con barriga! ¡Eso me pasa!
¡Para esto no le faltaron mañas ni fue necesario que uno anduviera detrás de
ella todo el día, como pasa cuando hay un poco más de trabajo, y es
necesario romperse el lomo! ¡Eso me pasa!
—Bien ─dijo Augusta─, pero no le pegues ahora, pobrecita. ¡Así la vas a
matar!
—¡No! ¡Yo sólo quiero saber quién le llenó el bombo! ¡Y eso ella me lo va
a decir o le rompo los huesos!
—Entonces, Florinda, di quien fue… ¡Es mejor! ─le aconsejó das Dores.
Un silencio ávido, lleno de curiosidad se hizo en torno a la joven.
—¿Ves? ─exclamó la madre─. ¡Este demonio no contesta! ¡Pero esperen
que les voy a mostrar si habla o no!
Las lavanderas tuvieron que sujetarle los brazos y quitarle el palo,
porque la vieja quería arremeter de nuevo contra la hija.
Alrededor de ésta la curiosidad se exacerbaba cada vez más. Todos
ardían en curiosidad por saber quién la había preñado. “¿Quién fue? ¿Quién
fue?” ─esta frase apretaba como un torniquete. Al final no hubo más
remedio.
—Fue Seu Domingos… ─dijo ella llorando y cubriéndose el rostro con el
ruedo del vestido rasgado durante la lucha.
—¡Domingos!
—El dependiente de la venta.
—¡Ah! ¿Fue aquel cara de nabo? ─gritó Marciana─. ¡Ven para acá!
Y agarrando a la hija de la mano, la arrastró hasta la venta.
Los circunstantes acompañaron ruidosamente su carrera.
La taberna, así como la fonda, hervían de concurrentes.
En el mostrador de aquella, Domingos y Manuel despachaban a los
clientes en un movimiento incesante. Había muchos negros y negras. El
barullo era enorme. Allí estaba Leonor, siempre a los saltos, enredándose
con uno, enredándose con otro, mostrando una doble hilera de dientes
blancos y grandes, soportando manoseos rudos de manos coriáceas en sus
magras y escuálidas nalgas de negrita virgen. Tres marineros ingleses
bebían cerveza de jengibre, cantando ebrios en su lengua y mascando
tabaco.
Marciana, al frente de su gran grupo y sin soltar el brazo de la hija,
que la seguía como un animal arrastrado por el collar, berreó al llegar a la
puerta del negocio.
—¡Señor João Romão!
—¿Qué pasa? ─preguntó el ventero desde el interior, abrumado de trabajo.
Bertoleza, con un gran cucharón de zinc que chorreaba goteante de
grasa, apareció en la puerta, toda sebosa y sucia de tizne, y, al ver tanta
gente reunida, gritó a su hombre:
—¡Corra para acá, Seu João, que no sé que pasa!
Finalmente él vino.
—¡Vengo a entregarle a esta perdida! ¡Su dependiente la preñó, debe
hacerse cargo de ella!
João Romão quedó perplejo.
—¡Eh! ¿Qué pasa?
—Fue Domingos ─dijo un coro de voces.
—¡Eh! ¡Domingos!
Con voz de delincuente, el cajero respondió “Señor…”.
—¡Venga para acá!
El culpable se acercó, pálido como la muerte.
—¿Qué le has hecho a esta pequeña?
—¡No le he hecho nada, señor!
—¡Sí! ¡Fue él! ─desmintió Florinda. El dependiente desvió los ojos para no
encararla─. Un día por la mañanita, a las cuatro de la mañana en el pastizal,
debajo de los mangos…
El mujerío en masa recibió esas palabras con un coro de carcajadas.
—¿Con que el señor anda por aquí haciendo conquistas, eh…? ─dijo el
patrón meneando la cabeza─. ¡Muy bien! Ahora a hacerse cargo de sus
actos y, como no me gustan los dependientes amancebados, ¡puede buscar
trabajo en otra parte!...
Domingos no dijo esta boca es mía; bajó la cabeza y se retiró
lentamente.
El grupo de las lavanderas y curiosos se desparramó entonces por la
venta, por el portón del inquilinato, por la fonda, por todas partes,
repartiéndose en pequeños grupos que discutían los sucesos. Empezaron los
comentarios, los juicios a favor y en contra del cajero; se hacían profecías.
Mientras tanto, Marciana, sin soltar a la hija, invadió la casa de João
Romão, y perseguía a Domingos, que ya preparaba su atado de ropa.
—¿Y? ─le preguntó─. ¿Qué piensas hacer?
Él no respondió.
—Vamos. ¡Habla! ¡Desembucha!
—¡Oh, jódase! ─rezongó el dependiente, ahora rojo de cólera.
—¡Jódase no! ¡Despacito con el palio, que estamos en procesión! ¡Te tienes
que casar, ella es menor!
Domingos soltó una palabrota que enfureció a la vieja.
—¿Ah, sí? ─bramó ésta─. ¡Ahora vamos a ver!
Y abandonó la venta gritando para todos.
—¿Quieren saber? ¡El cara de nabo dice que no se casa!
Esta frase produjo el efecto de un grito de guerra entre las lavanderas,
que se reunieron de nuevo agitadas por una gran indignación.
—¿Cómo que no se casa?
—¡Era lo que faltaba!
—¡Qué gracioso!
—¿Entonces, ya nadie puede contar con la honra de su hija?
—Si no se quería casar, ¿para qué hizo el daño?
—¡Calavera no chilla!
—¡O se casa o sale de aquí con los huesos rotos!
—¡El que quiera camarones, que se moje los calzones!
La más empeñada en aquella reparación era la Machona, y la más
indignada con el hecho era Dona Isabel. La primera había corrido hasta el
frente de la venta, dispuesta a agarrar al culpable si éste intentase huir. Con
su ejemplo, no tardaron en apostarse las otras centinelas, formando un
grupo de tres o cuatro en cada puerta donde fuese posible un escape. Y en
medio de la creciente algazara, se oían feroces maldiciones y amenazas.
—¡Das Dores, ten cuidado que el canalla no se escape por allí!
—¡Eh Seu João Romão, si el hombre no se quiere casar mándelo por acá!
¡Todavía tenemos algunas pequeñas que le convienen!
—¡Pero, dónde se ha metido ese ordinario!
—¡Sal, canalla!
—¡Está haciendo su atado de ropa!
—¡Se quiere escapar!
—¡No lo dejen salir!
—¡Llamen a la policía!
—¿Dónde está Alexandre?
Y nadie se entendía. Viendo aquella agitación, el ventero fue a hablar
con Domingos.
—No salgas ahora ─le ordenó─. Quédate un rato más. Luego te diré qué
hacer.
Y acercándose a una de las puertas que daban al inquilinato gritó:
—¡Basta de barullo! ¡No quiero escándalo aquí! ¡Aire!
—¡Entonces que se case! ─le respondieron.
—¡O entréganos al canalla!
—¡Que no piense en escapar!
—¡Que no escape! ¡No lo dejen escapar!
—¡Que nadie se vaya!
Y como Marciana le lanzase una injuria más fuerte, amenazándolo
con el puño cerrado, el tabernero juró que si ella insistía con sus ofensas la
mandaría echar a la calle, junto con su hija, por un policía
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vuelva cada una para su trabajo, que yo no puedo
perder el tiempo!
—¡Entonces entréguenos a ese hombre! ─exigió la vieja mulata.
—¡Que venga! ─acompañó el coro.
—¡Es necesario darle una lección!
—¡El muchacho se va a casar! ─dijo el ventero con aire circunspecto─. Ya
hablé con él… Está dispuesto. ¡Y, si no se casa, la pequeña tendrá su dote!
Vayan tranquilos, yo respondo por el dinero.
Estas palabras apaciguaron los ánimos; el grupo de las lavanderas
aflojó. João Romão se retiró al interior: llamó aparte a Domingos y le dijo
que no pusiese un pie fuera de la casa hasta que no fuese noche cerrada.
—Por lo demás ─agregó─ puede empezar una vida nueva. Nada lo retiene
acá. Estamos a mano.
—¿Cómo? ¡Si todavía no arreglamos la cuenta!
—¿Cuenta? ¿Qué cuenta? ¡Su saldo no alcanza para pagar la dote de la
muchacha!...
—¿Entonces, yo tengo que pagarle una dote?
—O casarse… ¡Ah mi amigo, estas picardías son así! Cuestan dinero.
Ahora, si usted quiere ir a quejarse a la policía… ¡Está en su derecho! Yo
daré mis explicaciones en el juicio...
—¿Conque no cobro nada?
—¡Y no me empiece a alborotar, que le cierro la puerta y lo dejo darse
cornadas allá afuera con esas condenadas! ¡Usted ya vio como están todas a
su respecto! ¡Y si no le arrancaron el hígado hace poco, agradézcamelo a
mí! Fue necesario prometerles dinero y ciertamente tengo que ponerme con
él. Pero no es justo, ni yo lo permito, que salga de mi bolsillo, porque no
estoy dispuesto a pagar los caprichos de nadie y menos los de mis
dependientes.
—Pero…
—¡Basta! Si quiere, como un favor especial, quedarse aquí hasta la noche
ha de quedarse callado; de lo contrario, ¡a la calle!
Y se alejó.
Marciana resolvió no ir al subdelegado, sin saber que providencia
tomaría el ventero. Esperaría hasta el día siguiente “para ver qué pasaba”.
Lo que hizo ese día fue darle una buena lavada a la casa y arreglarla varias
veces, como acostumbraba, siempre que tenía sus rabietas.
El escándalo no dejó de ser discutido un solo instante durante el día.
No se hablaba de otra cosa; tanto que, cuando ya era de noche, Augusta y
Alexandre recibieron una visita de la comadre, Léonie, era todavía el
principal tema de las conversaciones.
Léonie con sus ropas exageradas y llamativas de cocotte francesa,
levantaba un coro de rumores cuando iba por allá y provocaba expresiones
de asombro en todas las caras. Su vestido de seda color acero, con adornos
color sangre de toro, corto, insolente, mostrando unos zapatitos a la moda
con tacos de cuatro dedos; sus guantes de veinte botones que le llegaban
hasta las axilas; y su sombrilla roja, que desaparecía en una nube de encajes
rosados y con una empuñadura grande llena de extravagantes arabescos; su
charro sombrero de inmensas alas, forrado de terciopelo escarlata; con un
pájaro pegado en la copa; sus joyas caprichosas, centelleantes de piedras
finas; sus labios pintados de carmín; sus párpados teñidos de violeta y su
cabello rubio artificial; todo esto contrastaba con las vestimentas, las
costumbres y los modales de aquella pobre gente que, de todas partes,
surgía para con ojos curiosos para espiarla por la puerta de la casucha de
Alexandre; Augusta, al ver a su pequeña hija, Juju, como venía, tan
emperifollada y coqueta como venía, quedó con los ojos anegados en
lágrimas.
Léonie traía a su ahijada siempre bien vestida y calzada, llevando su
cuidado hasta el punto de mandarle confeccionar la ropa con la misma tela
que hacía las suyas, y con la misma costurera; le conseguía sombreros
cursis y escandalosos como los suyos y le daba joyas. Pero aquel día, la
gran novedad era que Juju venía con los cabellos rubios, a pesar de tenerlos
castaños por naturaleza. Fue motivo de una revolución en el conventillo;
conventillo la noticia corrió de inmediato de casa en casa, y muchos vecinos
abandonaron sus cuartos para ver a la hija de Augusta “con cabellos de
francesa”.[19]
Semejante suceso dejó a Léonie radiante de alegría. Aquella ahijada
era su lujo, su originalidad, la parte buena de su vida de cansancios
depravados; era lo que a sus propios ojos la rescataba de las objeciones de
su oficio. Prostituta independiente en su propia casa, aún apreciaba con
admiración la honestidad vulgar de la comadre; se sentía honrada con su
estima; la cubría de regalos de todo tipo. En los instantes en que estaba allí,
entre aquellos amigos sencillos, que la habrían puesto en ridículo en
cualquier otro lugar, ni ella parecía la misma, porque hasta los ojos le
cambiaban de expresión. Y no quería preferencias: se sentaba en el primer
banco que encontraba, bebía agua de la jarra de hojalata, tomaba en su
regazo al pequeño de la comadre y, a veces se descalzaba los zapatos para
ponerse las chinelas viejas que encontraba debajo de la cama.
No obstante, el acatamiento que le profesaban Alexandre y la mujer
no tenía límites; parecían capaces de los mayores sacrificios por ella. La
adoraban, la encontraban buena como un ángel y muy linda con sus ropas
ostentosas, con su carita redonda, maliciosa y petulante, donde relucían
unos dientes más blancos que el marfil.
Juju, con un paquete de caramelos en cada mano, era llevada de casa
en casa, pasando de mano en mano y llevada de boca en boca, como un
ídolo milagroso al que todos querían besar.
Y los elogios no cesaban.
—¡Qué linda nena!
—¡Es una delicia ver a este diablito!
—¡Esta niña es una verdadera belleza!
—¡Una criaturita angelical!
—¡Una muñeca francesa!
—¡Una niñita de Dios!
El padre la acompañaba conmovido, pero siempre solemne, parando
en todo momento, como en procesión, a la espera de que todos fuesen
desahogando su entusiasmo por la criatura. Silenciosamente, con los ojos
húmedos, evidenciaba en toda su carota mulata, con el bigote que parecía
postizo, un aire condolido y estúpido de un profundo reconocimiento por
aquella fortuna que Dios le había dado a la hija, enviándole desde los cielos
la madrina ideal.
Y, mientras Juju recorría el inquilinato, llevada triunfalmente, Léonie,
en la casa de la comadre, cercada por una rueda de lavanderas y chicos,
discreteaba sobre asuntos serios, hablando acompasadamente, llena de
inflexiones de persona práctica y juiciosa, condenando los malos actos y
desvaríos, aplaudiendo la moral y la virtud. Y aquellas mujeres, en otros
momentos tan alegres y vivaces, no se animaban, delante de ella, a reír ni
levantar la voz, conversaban con miedo, cuchicheando, tapándose la boca
con la mano, cohibidas de respeto por la cocotte, que las dominaba con su
altivez de mujer rubia vestida de seda y cubierta de brillantes. Das Dores se
sintió orgullosa cuando Léonie le posó en el hombro su manita, enguantada
y fragante, para preguntarle por su hombre. Y no se hartaban de verla y
admirarla, llegaban a examinarle la ropa, revisarle las polleras, palparle las
medias, levantándole el vestido con exclamaciones de asombro ante la vista
de tanto lujo, encajes y bordados. A su vez la visita sonreía conmovida.
Piedade declaró que la ropa blanca de madama[20] era tan rica como la de
Nossa Senhora da Penha. Y Nenen, en su entusiasmo, dijo que la envidiaba
desde el fondo de su corazón, a lo que la madre le observó que no fuese
bestia. Albino la contemplaba en éxtasis, con la mano en la barbilla y el
codo en el aire. Rita Baiana le había llevado un ramillete de rosas. Esta no
se engañaba con la posición de la rubia y por eso la apreciaba, en parte
porque la encontraba bonita y de verdad. “¡Vaya! ¡Era necesario ser bien
hábil y valer mucho para arrancar así, de la piel de los hombres ricos
aquella porción de joyas y todo aquel lujo en ropa por arriba y por abajo!”.
—No sé, hija ─le explicaba después la mulata a una compañera─. Sea así o
asá, la verdad es que ella come de lo mejor y nada le falta, su buena casa, su
buen coche para pasear por la tarde, teatro todas las noches, bailes cuando
quiere y, los domingos, carreras, regatas, farras fuera de la ciudad y dinero
del grande para gastar a gusto. En fin, lo que te aseguro es que ella no está
sujeta, como Leocádia y otras, a puntapiés y cachetadas del bruto del
marido. Es dueña de sus acciones. Libre como el lindo amor. Señora de su
cuerpito, que ella entrega sólo a quien se le da la gana.
—¿Y Pombinha?... ─preguntó la visita─. ¿Todavía no apareció?...
—¡Ah! ─aclaró Augusta─. No está, fue a la sociedad de danza con la
madre.
Y como la otra mostrase cara de no haber entendido, le explicó que la
hija de Dona Isabel iba todos los martes, jueves y sábados, mediante dos
mil réis por noche, a servir de compañera en una sociedad donde los
empleados de comercio aprendían a bailar.
—Fue allí que conoció a Costa… ─agregó.
—¿Qué Costa?
—El novio. ¿No sabe que Pombinha ya fue pedida?
—¡Ah!, entiendo…
Y la cocotte preguntó después, bajando la voz.
—¿Y aquello? ¿Le vino por fin?
—¡Qué va! ¡Y no es por falta de buena voluntad por parte de ellas,
pobrecitas! Hace poco, la vieja le hizo una nueva promesa a la Nossa
Senhora da Anunciação… pero no hay caso.
Poco después, Augusta le ofreció una taza de café, que Léonie
rechazó. “Estaba tomando unos remedios…”. Sin embargo, no dijo cuáles
ni para que enfermedad los tomaba.
—Prefiero un vaso de cerveza ─dijo.
Y sin dar tiempo a que se opusieran, sacó de su cartera un billete de
diez mil réis, que dio a Agostinho para ir a buscar tres botellas de Carls
Berg.
A la vista de los vasos, llenos con generosidad, se formó un silencio
enternecido. La cocotte los distribuyó a los circunstantes con sus propias
manos, reservando uno para ella. No alcanzaban. Quiso mandar buscar por
más; no se lo permitieron, objetando que dos o tres personas podían beber
juntas.
—¿Para qué gastar tanto? ¡Que alma generosa!
El vuelto quedó olvidado a propósito sobre la cómoda, entre una
infinita variedad de chucherías viejas y bien cuidadas.
—¿Y comadre, cuando se me aparece por allá?... ─quiso saber Léonie.
—Para la semana que viene, sin falta le llevo toda la ropa. Pero si la
comadre tiene necesidad de alguna… se la puedo aprontar más de prisa.
—Entonces sería bueno que me mande algunas toallas y sábanas… ¡Ah,
camisones también! Me quedan pocos.
—Pasado mañana estará todo allá.
Y la noche iba pasando. Dieron las diez. Léonie, impaciente por el
joven que debía ir a buscarla, mandó ver si, por casualidad, estaría
esperándola en el portón.
—¿Es el mismo que vino la otra vez con la comadre?...
—No. Es uno más alto. De galera blanca.
Corrió mucha gente hasta la calle. El joven no había llegado. Léonie
parecía contrariada.
—¡Inútil!... ─rezongó─ ¡Me hace andar sola por ahí o molestar a alguien
para que me acompañe!
—¿Y por qué la comadre no duerme acá?... ─sugirió Augusta─. Si usted
quiere se arregla todo. No lo va a pasar tan bien como en su casa, pero una
noche pasa rápido…
—¡No! No era posible. Necesitaba estar en su casa esa noche: al día
siguiente la irían a buscar por la mañana muy temprano.
En esto llegó Pombinha con Dona Isabel. Le dijeron que Léonie
estaba en casa de Alexandre y la niña dejó a la madre un instante en el
número 15 y siguió sola a verla, radiante de alegría. Se querían mucho. La
cocotte la recibió con expresiones de agrado y la besó en los labios y en los
ojos con insistencia.
—¿Y mi flor, como anda esa belleza? ─preguntó devorándola cono los ojos.
—Extrañándola… ─respondió la moza con la boca todavía pura.
Y una conversación de amigas, llena de interés por ambas, se
estableció, aislándolas de las otras. Léonie le entregó a Pombinha una
medalla de plata que le había traído, un dije que valía solo por su
originalidad, representando una rebanada de queso con un ratoncito encima.
Corrió luego de mano en mano entre admiración y risas.
—Por muy poco no me encuentras ─continuó la cocotte en su conversación
con la niña─. Si la persona que viene a buscarme ya hubiese llegado, yo
estaría lejos ─y cambiando de tono y acariciándole los cabellos─. ¡Por qué
no vienes por casa!... No debes recelar, mi casa es muy tranquila. Hasta la
frecuentan familias.
—Nunca voy a la ciudad. Es difícil ─suspiró Pombinha.
—Ven mañana con tu madre. Cenan las dos conmigo.
—Si mamá quisiera… ¡Mire! Allí viene. Pídaselo.
Dona Isabel prometió ir, no al día siguiente sino al inmediato, que era
domingo. Y la conversación siguió animada hasta que llegó, un cuarto de
hora después, el joven que esperaba Léonie. Era un joven de veinte y pocos
años, sin empleo y sin fortuna, pero vestido con esmero y de muy buena
presencia. La cocotte, ni bien lo vio aproximarse le dijo por lo bajo a la
niña:
—No es necesario que él sepa que vas el domingo, ¿oíste?
Jujú dormía. Resolvieron no despertarla. Iría al día siguiente.
En momentos en que Léonie partía del brazo del amante, acompañada
hasta el portón por un séquito de lavanderas, Rita, en el medio del patio, le
pellizcó el muslo a Jerônimo y le susurró:
—No se le caiga la baba…
El picapedrero sacudió desdeñoso los hombros.
—¡A esa no la quiero ni pintada!
Y para hacer patente sus preferencias, torció el pié para un costado y
golpeó la canilla de la mulata con el zapatón.
—¡Hay que ser bruto! ─se quejó ésta llevando la mano al lugar golpeado─.
No se puede negar que es galego.
X

Al otro día en la casa de Miranda estaban en preparativos de una


fiesta. Se podía leer en el Jornal do Comércio que “Su excelencia fue
agraciado por el gobierno portugués con el título de Barão do Freixal”; y
como sus amigos se disponían a visitarlo el domingo siguiente, el
comerciante se preparaba a recibirlos como es debido.
Desde el conventillo, donde esta novedad causó sensación, se veían
por las ventanas de los altos, abiertas de par en par, surgir a Leonor o a
Isaura, sacudiendo alfombras y felpudos golpeándolos con un palo, los ojos
cerrados, la cabeza torcida hacia adentro a causa de la polvareda que, con
cada golpe, se levantaba como el humo de un cañonazo. Para aquellos días
se contrataron nuevos criados. En el salón de enfrente, unos negros lavaban
el piso, y la cocina estaba alborotada. Dona Estela, de peinador de cambray
adornado con lazos rosados, era entrevistada fugazmente, ora en un lado,
ora en otro, dando órdenes y echándose aire con un gran abanico; o aparecía
en el rellano de la escalera del fondo, preocupada en recoger sus polleras
para protegerlas de las aguas sucias del lavado que escurrían hacia la huerta.
Zulmira también iba y venía, con su palidez fría y húmeda de niña sin
sangre. Henrique, de saco blanco, ayudaba a Botelho en los arreglos de la
casa y, de tiempo en tiempo, se allegaba a la ventana para requebrar a
Pombinha, que fingía no verlo, absorbida en su costura, en la puerta del
número 15, en una silla de mimbre, una pierna cruzada sobre la otra,
mostrando la media azul y un zapatito negro escotado; sólo de cuando en
cuando, ella desviaba los ojos del trabajo y los levantaba hacia los altos.
Mientras tanto, la figura gorda y encanecida del nuevo Barão; con levita,
con el sombrero de copa echado hacia atrás en la cabeza y sin largar el
paraguas, entraba desde la calle, atravesaba el comedor, seguía hasta la
despensa, diligente y sin aliento, indagando si había venido esto y aquello,
probando los vinos que llegaban en botellones, examinando todo y
volviéndose hacia la derecha y hacia la izquierda, dando órdenes,
rezongando, exigiendo actividad, y después volvía a salir, siempre
apresurado, y subía al coche que lo esperaba en la puerta de la calle.
—¡Vamos! ¡Vamos! A ver si el pirotécnico ya tiene listos los fuegos
artificiales.
Y se veía llegar, casi sin intermitencia, hombres cargando canastos de
botellas de champagne, cajas de Porto y Burdeos, barricas de cerveza,
cestos y cestos de provisiones, latas y latas de conserva; otros traían pavos y
lechones, canastas de huevos, cuartos de carnero y de cerdo. Y las ventanas
de la casa de altos se iban llenando de compoteras de dulce todavía caliente,
salido del fuego, y fuentes de barro y hierro enlozado con grandes trozos de
carne en aliño de ajos, listos para entrar en el horno. En la puerta de la
cocina colgaron del pescuezo a un cabrito desollado, que tenía las piernas
abiertas, recordando siniestramente a un niño al que hubieran ahorcado
luego de sacarle la piel.
Mientras tanto, allá abajo, un caso palpitante agitaba el inquilinato.
Domingos el seductor de Florinda, desapareció durante la noche y un nuevo
dependiente lo sustituía en el mostrador.
El ventero respondía de malas maneras a quién le preguntara por el
fugado.
—¡Qué sé yo! ¡Me parece que no podía tenerlo colgado del cuello!...
—¡Pero usted dijo que respondía por él! ─replicó Marciana, que parecía
haber envejecido diez años en las últimas veinticuatro horas.
—De acuerdo, pero el pícaro me engañó. ¿Qué le vamos a hacer?... Hay
que tener paciencia.
—Entonces. ¡Venga la dote!
—¿Qué dote? ¿Estás borracha?
—¿Borracha, eh? ¡Ah, miserable! ¡Son los dos iguales! ¡Pero yo te voy a
enseñar!
—¡Vamos, no me molestes!
João Romão le volvió las espaldas para hablar con Bertoleza que se
había acercado.
—¡Espera nomás, malvado, que Dios te va a castigar por mí y por mi hija!
─exclamó la desgraciada.
Pero el ventero se apartó, indiferente a las frases que una u otra
lavandera imprecaba en contra de él. Ellas, sin embargo, ya no se mostraban
tan indignadas como en la víspera; una sola noche pasada después del
escándalo bastó para quitarle interés a la novedad.
Marciana fue con la pequeña a la búsqueda del subdelegado de de
policía y volvió indignada, porque le dijeron que nada se podía hacer en
cuanto no apareciera el delincuente. Madre e hija pasaron todo ese sábado
en la calle, un ir y venir del juzgado a las comisarías de policía, al escritorio
de abogados, que, uno por uno, les preguntaban de cuánto disponían para
gastar en el proceso, despachándolas sin más consideraciones, luego de que
se enteraban de la escasez de recursos de las dos partes en litigio.
Cuando las dos, postradas de cansancio, abrasadas por el calor,
volvieron a la tarde al inquilinato, en la hora en que los hombres del
mercado que allí vivían regresaban con los canastos vacíos o con los restos
de fruta que no habían conseguido vender en la ciudad, Marciana venía tan
furiosa que, sin decir palabra a la hija y con los brazos molidos de
golpearla, abrió de par en par la casa y corrió a buscar agua para baldear el
piso. Estaba poseída.
—¡Trae la escoba! ¡Anda! ¡Lava esto que está hecho una porquería! ¡Parece
que nunca se limpiara este demonio de casa! ¡Apenas se la deja cerrada una
hora y hay un mal olor de morirse! ¡Arre! ¡Esto apesta!
Y notando que la pequeña lloraba:
—¡Ahora se te da por llorar, eh! ¡Pero a la hora del relajo estabas bien
contenta!
La hija sollozó.
—¡Cállate, porquería! ¿No me oíste?
Florinda sollozó más fuerte.
—¿Ah, lloras sin motivo?... ¡Espera que te voy a hacer llorar con razón!
Y se precipitó sobre ella con un trozo de leña.
Pero la mulatita de un salto atravesó la puerta y cruzó a la carrera el
patio del conventillo, huyendo a toda velocidad por la calle.
Nadie tuvo tiempo de agarrarla, y un clamor de gallinero asustado se
levantó entre las lavanderas.
Como una loca, Marciana fue hasta el portón y comprendió que la
hija la abandonaba, rompió a su vez a sollozar con los brazos abiertos y la
mirada perdida en el vacío. Las lágrimas le corrían por las arrugas de la
cara. Y luego, sin transición, saltó de la cólera, que la convulsionaba desde
la mañana de la víspera, para caer en un dolor humilde y enternecido de la
madre que perdió al hijo.
—¿Adónde habrá ido, mi Dios del cielo?
—¡Si desde ayer que le estás pegando a la muchacha! ─le dijo Rita─. ¡Se
escapó, bien hecho! ¡Qué diablos! ¡Ella es de carne, no de hierro!
—¡Mi hija!
—¡Y bien hecho! ¡Ahora a llorar a la cama que es un lugar abrigado!
—¡Mi hija! ¡Mi hija! ¡Mi hija!
Nadie quiso tomar partido por la infeliz, con la excepción de la vieja
cabocla, que fue a colocarse cerca de ella, observándola inmóvil, con su
mirar desviado de bruja hechicera.
Marciana se substrajo de la abstracción plañidera en la que había
caído, para plantarse terrible enfrente de la venta, apostrofando con la mano
en el aire y la mota desgreñada:
—¡Este galego tuvo la culpa de todo! ¡Maldito seas, ladrón! ¡Si no me
devuelves a mi hija, malvado, le prendo fuego a tu casa!
La Bruja sonrió siniestramente al oír estas últimas palabras.
El ventero se asomó a la puerta y en tono seco ordenó a Marciana que
desalojase el número 12.
—¡Y andando! ¡Y andando! ¡No quiero toda esta gritería aquí! ¡Cierra el
pico o llamo a la policía! ¡Te doy una noche! ¡Mañana por la mañana, a la
calle!
¡Ah! El estaba intolerante con todo y con todos ese día; ya había
mandado más de una vez a lugares más desagradables a Bertoleza, apenas
porque ésta le hiciera algunas preguntas concernientes al trabajo. Ella nunca
lo había visto así, tan fuera de sí, tan violento; ni se parecía a aquel hombre
inalterable, siempre calmo y metódico.
Y nadie sería capaz de creer que la causa de todo eso era el hecho de
haber sido agraciado Miranda con el título de Barão.
¡Sí señor! Aquel tabernero, en apariencia tan humilde y miserable,
aquel mezquino que nunca había salido de sus zuecos y de su camisa de
riscadillo de Angola; aquel animal que se alimentaba peor que los perros,
para guardar todo, todo lo que ganaba o extorsionaba; aquel ente atrofiado
por la codicia y que parecía haber abdicado de sus privilegios y
sentimientos de hombre; aquel desgraciado, que nunca jamás amó sino el
dinero, envidiaba ahora a Miranda, lo envidiaba de verdad, con redoblada
amargura de la que había sufrido el marido de Dona Estela, cuando a su vez
lo envidiaba a él. Lo había seguido desde que Miranda había venido a
habitar a la casa de altos con la familia; lo había visto en los felices
instantes de la vida, un hombre de importancia, cercado de amigos y
rodeado de aduladores; lo había visto dar fiestas y recibir en su casa a las
figuras más sobresalientes del comercio y la política; lo vio relucir, como un
enorme trompo de oro, girando por entre las damas de la mejor y más
refinada sociedad fluminense; lo vio meterse en altas especulaciones
comerciales y salir bien parado, vio su nombre figurar en varias
corporaciones de gente escogida y en suscripciones, donando bellas
cantidades; lo vio tomar parte en fiestas de caridad y en fiestas patrias; lo
vio elogiado por la prensa y aclamado como un hombre de gran perspectiva
y talento financiero; lo vio, en fin, en todas sus prosperidades, y nunca le
había tenido envidia. Pero ahora, ¡raro deslumbramiento! Cuando el ventero
leyó en el Jornal do Comércio que el vecino era Barão ─¡Barão!─ sintió tal
escalofrío recorrerle el cuerpo que la vista se le nubló por un instante.
—¡Barão!
Y durante todo el santo día no pensó en otra cosa. “¡Barão!... ¡Con
esa no había contado!...”. Y, frente a esa preocupación, todo se convertía en
cruces y condecoraciones; hasta los modestos dos vinténs de manteca, que
medía sobre un pedazo de envolver para darle al cliente, se transformaba en
una simple mancha amarilla en una insignia de oro incrustada de brillantes.
Por la noche, cuando se estiró en la cama al lado de Bertoleza para
dormir, no pudo conciliar el sueño. Por toda la miseria de aquel cuarto
sórdido; por las paredes inmundas, por el suelo pringado de polvo y sebo;
en el techo fúnebremente velado por las telas de araña, relampagueaban
puntos luminosos que se iban transformando en grandes cruces, en hábitos e
insignias de órdenes nobiliarias de todo tipo y especie. Y alrededor de su
espíritu, por primera vez alucinado, un torbellino de grandezas que el mal
conocía y podía imaginar, pasó vertiginosamente en olas de sedas y encajes,
terciopelo y perlas, cinturas y brazos de mujeres semidesnudas, en un
estremecimiento de risas y un espumar perlado de vinos de color de oro. Y
nubes de colas de vestido y faldones de casacas allá iban, rodando
deliciosamente al son de lánguidos valses y a la luz de candelabros de mil
velas de todos los colores. Y desfilaban carruajes relucientes con una
corona en la portezuela, el tieso cochero de librea, sofrenando yuntas de
caballos fogosos. Y, serpenteando hasta perderse de vista, se extendían
interminables mesas repletas de manjares, en una encantadora confusión de
flores, luces, vajillas y cristales, cercadas de uno y otro lado por una lujosa
hilera de invitados, con la copa en alto, brindando por el anfitrión.
Y porque el ventero no conocía nada de eso de cerca, sino por el ruido
cautivante y fatuo, quedaba deslumbrado con su propio sueño. Todo aquello
que ahora le deparaba el delirio, hasta ese momento había pasado frente a
sus ojos o llegado a sus oídos como el eco y reflejo de un mundo
inalcanzable y distante; un mundo habitado por seres superiores, un paraíso
de gozos excelentes y delicados, que sus toscos sentimientos rechazaban; un
conjunto armonioso y discreto de sonidos y colores mal definidos y
vaporosos; un cuadro de manchas pálidas, susurrantes, sin firmeza en las
pinturas, ni contornos, en el que no se determinaba lo que era pétalo de rosa
o ala de mariposa, murmullo de brisas o secretear de besos.
No obstante, al lado de él la crioula roncaba con la boca abierta,
gorda, derrengada por el trabajo, exudando una mezcla de sudor con cebolla
cruda y grasa rancia.
Pero João Romão no se daba cuenta de ella; él solo veía y sentía todo
aquel voluptuoso mundo inaccesible ir descendiendo a la tierra, llegando a
su alcance, lentamente, acentuándose. Y las imprecisas sombras se volvían
formas y las voces indefinidas y confusas se transformaban en palabras
diferenciadas, y las líneas se dibujaban nítidas, y todo se iba definiendo y
todo se aclaraba, en un revivir de la naturaleza al salir el sol. Los tenues
murmullos suspirantes se desdoblaban en una orquesta de baile, donde se
distinguían los instrumentos, los sordos rumores indefinidos eran ya
conversaciones animadas, en las que damas y caballeros discutían política,
artes, literatura y ciencia. Y una vida entera, completa, real, se develó
ampliamente ante sus ojos fascinados; una vida hidalga, de gran lujo; de
mucho dinero; una vida en un palacio, entre muebles preciosos y objetos
espléndidos, donde él se veía cercado de nobles millonarios y hombres de
uniforme bordado, a quienes trataba de tú, de igual a igual, poniéndoles la
mano en el hombro. Y allí no era, nunca había sido, el dueño de un
conventillo, de zuecos y en mangas de camisa, ¡allí era el señor Barão! ¡El
Barão de oro! ¡El Barão de las grandezas! ¡El Barão de los millones!
¿Ventero? ¿Cuál? ¡Era el famoso gran capitalista! ¡El propietario sin igual!
Incomparable banquero en cuyos capitales se equilibraba la tierra, como
globo inmenso encima de columnas de monedas de oro. Y en seguida se vio
montado a horcajadas sobre el mundo, pretendiendo abarcarlo con sus
cortas piernas; en la cabeza una corona de rey y en la mano un cetro. Y
después, de todos los rincones del cuarto comenzaron a chorrear cascadas
de libras esterlinas; a sus pies se comenzó a formar un hormiguero de
pigmeos en intenso movimiento comercial y navíos descargaban pilas y
pilas de fardos y cajones marcados con las iniciales de su nombre; y
telegramas chisporroteaban eléctricamente alrededor de su cabeza; y
paquebotes de todas las nacionalidades giraban vertiginosamente alrededor
de su cuerpo de coloso, jadeando y pitando sin cesar; y rápidos convoyes de
trenes lo atravesaban de lado a lado, como si lo cosiesen con su cadena de
vagones.
Pero, de repente, todo desapareció con la siguiente frase:
—¡Despierte, Seu João, tiene que ir a la playa! ¡Ya es hora!
Bertoleza, lo llamaba aquel domingo, como todas las mañanas, para ir
a buscar el pescado que ella tenía que preparar para sus clientes. João
Romão, con miedo a ser engañado, no confiaba nunca a sus empleados
ninguna compra en efectivo; ese día, sin embargo, él no se encontró con
ánimo de abandonar la cama y le dijo a su compañera que mandase a
Manuel.
Serían las cuatro de la madrugada. Recién entonces logró conciliar el
sueño.
A las seis estaba de pie. Al frente, la casa de Miranda resplandecía. Se
habían izado banderas en las ventanas de enfrente; se cambiaron las
cortinas, se armaron racimos de mirto a la entrada y se recamó de hojas de
mango el corredor de la vereda. Dona Estela mandó prender cohetes y
bombas al romper el alba. Desde esa hora, enfrente a la puerta de la casa de
altos, tocaba una banda de música. El Barão había madrugado junto con su
familia: todo de blanco, con una corbata de encaje, botones de brillante en
la pechera de la camisa, de cuando en cuando se asomaba a una de las
ventanas, con la mujer o la hija, agradeciendo hacia la calle; y se limpiaba
la frente con el pañuelo; encendía cigarros, risueño, feliz, resplandeciente.
João Romão veía todo eso con el corazón en pedazos. Ciertas dudas
odiadas empezaban ahora a roerlo por dentro. ¿Qué habría sido mejor y más
acertado: haber vivido como él vivió hasta entonces, sufriendo privaciones,
en zuecos y mangas de camisa; o haber hecho como Miranda, comiendo
cosas buenas y gozando con hartura?... ¿Estaría él, João Romão, capacitado
para poseer y disfrutar de un tratamiento igual al de su vecino? Dinero para
eso no le faltaba… ¡Sí, de acuerdo! ¿Pero, tendría el ánimo de gastarlo así,
sin más ni más?... ¿Sacrificar una buena porción de contos de réis, tan
penosamente ganados, a cambio de un dije para el pecho?... ¿Tendría el
ánimo de repartir lo que era suyo, tomando una esposa, formando una
familia, rodeándose de amigos?... ¿Tendría ánimo de llenar de finos
manjares y vinos preciosos la barriga de los otros, cuando hasta ese
momento había sido tan poco condescendiente con la propia? ... ¿Y, en el
caso de que resolviese mudar de vida radicalmente, unirse a una señora bien
educada y de modales distinguidos, instalar una casa de altos como la de
Miranda y hacerse propietario, estaría él apto para el cambio? ¿Podría
hacerse cargo?... ¿Todo esto dependía sólo de su voluntad?... “¿Si nunca
había vestido un saco, como habría de vestir una casaca?”... ¿Con aquellos
pies deformados por los endiablados zuecos, criados sin cuidados, sin
medias, como calzarían escarpines de baile?... Y sus manos, callosas y
maltratadas como las de un picapedrero, ¿cómo se verían con guantes?... ¡Y
eso no era todo! ¡Lo más difícil sería hablar con sus convidados!... ¿Cómo
debería tratar a las damas y caballeros, en medio de un gran salón lleno de
espejos y sillas doradas?... ¿Cómo se las arreglaría para conversar sin decir
barbaridades?...”
Y un disgusto negro y profundo le ganó el corazón, un deseo fuerte de
querer saltar y un miedo terrible de caer y quebrarse las piernas. Por último,
la dolorosa desconfianza de sí mismo y la terrible convicción de su
impotencia para pretender otra cosa que no fuese juntar dinero, y más
dinero, y más todavía, sin saber para qué ni con qué fin, acabaron
agriándole completamente el alma y tiñendo de hiel su ambición y
quitándole brillo a su oro.
“¡He sido un animal!”... pensó para sus adentros amargamente. “¡Un
gran animal!”... ¡Por qué! ¿Por qué, cuando todavía estaba a tiempo, no
había tratado de adaptarse a otra manera de vivir, como hacían tantos
compatriotas y colegas?... ¿Por qué no había aprendido a bailar como ellos?
¿Y no había frecuentado sociedades de carnaval? ¿Y no había ido de
cuando en cuando a la Rua do Ouvidor y a los teatros, bailes, y a carreras y
a paseos?... ¿Por qué no se había habituado a las ropas finas, y al calzado a
medida, y al bastón, y al pañuelo, y al cigarro, y al sombrero, y a la cerveza,
y a todo lo que los otros usaban naturalmente, sin necesidad de privilegios
para esto?... ¡Maldita economía!”.
—Habría gastado más, es verdad... ¡No estaría tan bien!... ¡Pero, vaya si
valdría la pena!... ¡Tendría condiciones para hacer de mi dinero lo que bien
quisiese!... ¡Sería un hombre civilizado!
—¿Hoy se le dio por conversar con ánimas Seu João? ─preguntó Bertoleza,
notando que él hablaba solo, distraído del trabajo.
—¡Déjame tranquilo! ¡No me molestes tú también! ¡Hoy no me siento bien!
—¡Hombre! ¡No lo hice por molestarlo! ¡Jesús!
—¡Está bien! ¡Basta!
Y su mal humor se agravó con el correr del día. Comenzó a implicar
con todos. Provocó un altercado, en la entrada de la venta, con el inspector
de calles. “¿Acaso el era un idiota, que tenía miedo a una amenaza de
multa?... ¡Si ese insignificante fiscal esperaba agarrarlo por una pata, como
acostumbraba a hacer con los otros, que probase, a ver cuánto le iba a salir
la fiesta!... ¡Y que no gruñese demasiado, que a él no le gustaba tener perros
en la puerta! ¡Y andando!”. Después discutió con la Machona, por causa de
un gato de ésta, que la semana pasada se había subido al mostrador del
pescado frito. Se paraba enfrente de las tinas vacías, colérico, buscando
pretextos para protestar. Mandaba a los niños que salieran de su camino con
un grito: “¡Qué plaga de piojos! ¡Arre, demonios! ¡Nunca había visto gente
tan enloquecida para parir! ¡Parecían ratas!”. Tuvo un encontronazo con el
viejo Liborio.
—¡Sal tu también del camino, roñoso de porquería! ¡No sé qué diablos se
queda haciendo en el mundo un trasto viejo como éste, que no sirve para
nada!
Protestó contra los gallos de un sastre, que se divertía en hacerlos
reñir, en el medio de una gran rueda entusiasmada y bulliciosa. Despotricó
contra los italianos, porque éstos, en la alegre libertad del domingo, tenían
en la puerta de la casa un montón de cáscaras de sandía y naranja, que
comían parloteando, sentados en las ventanas y en la vereda.
—¡Quiero esto limpio! ─bramaba furioso─ ¡Está peor que un chiquero!
¡Arre! ¡Ojalá la fiebre amarilla se los cargue a todos! ¡Maldita raza de
carcamanes! ¡Me van a dejar esto limpio o los pongo a todos en la calle!
¡Aquí mando yo!
Con la pobre vieja Marciana, que no había empezado a desalojar el
número 12, conforme a la intimación de la víspera, su furia tocó el delirio.
La infeliz, desde que Florinda huyera, no paraba de lloriquear y maldecir,
monologando con persistencia maníaca. No había pegado un ojo en toda la
noche, salió y entró del conventillo más de veinte veces, inquieta, ululando
como una perra a la que le habían robado su cachorro.
Estaba atontada; no respondía a las preguntas que le hacían. João
Romão le habló; ella ni siquiera se volvió para oírlo. Y el ventero, cada vez
más excitado, fue a buscar dos hombres y les ordenó que vaciaran el
número 12.
—¡Los trastos fuera! ¡Ya mismo! ¡Aquí mando yo! ¡Aquí yo soy el
monarca!
Y tenía gestos inflexibles de déspota.
Comenzó el desalojo.
—¡No! ¡Acá dentro no! ¡Todo allá afuera! ¡En la calle! ─gritó cuando los
cargadores quisieron poner las pertenencias de Marciana en el patio─.
¡Allá, del lado de afuera del portón! ¡Allá del lado de afuera del portón!
Y la mísera, sin decir una palabra, asistía al desalojo, acuclillada en la
calle, con las rodillas juntas, las manos cruzadas sobre las canillas,
rezongando. Los transeúntes se paraban para mirarla. Se formaba un grupo
de curiosos. Pero nadie entendía lo que ella gruñía; era un rezongar
confuso, interminable, acompañado de un único gesto con la cabeza, triste y
automático. Cerca de allí, el colchón viejo, ya roto y destripado, los
muebles descoyuntados y sin barniz, los atados de ropa vieja, las lozas
ordinarias y oscurecidas por el uso, habían sido amontonados, sin orden y
con el aire indecoroso de dormitorio invadido en su intimidad. Y llegó el
hombre de los cinco instrumentos, que aparecía todos los domingos; se
armó un vaivén de mercaderes, las lavanderas salían a la calle en sus trajes
de paseo, y los cestos de ropa almidonada que salían, se cruzaban con las
bolsas de ropa sucia que entraban; y Marciana no se movía de su lugar,
monologando, João Romão recorrió el número 12, abriendo las puertas de
par en par, para airearlo, y empujando con el pie algún trapo o frasco vacío,
que había quedado abandonado allí; y la desalojada, indiferente a todo,
continuaba susurrando fúnebremente. Ya no lloraba, pero tenía los ojos
humedecidos en su muda fijeza. Algunas mujeres del inquilinato se
acercaban a ella de cuando en cuando, ahora compungidas de nuevo, y le
hacían ofertas; Marciana no respondía. Quisieron obligarla a comer; no
hubo manera. La desgraciada no prestaba atención a nada, parecía no notar
la presencia de nadie. La llamaron por su nombre repetidas veces; ella, sin
quitar la vista de un punto fijo, persistía en su monólogo ininteligible.
—¡Dios! ¡Parece que le ha dado algo!
Augusta también se acercó.
—¿Se habrá vuelto loca? ─preguntó Rita que, a su lado, miraba a la infeliz
con un plato de comida en la mano. ¡Pobrecita!
—Tía Marciana ─decía la mulata─. ¡No se ponga así! ¡Levántese! ¡Meta
sus cosas adentro! ¡Venga a casa hasta que se acomode!...
¡Nada! El monólogo continuaba.
—¡Mire que va a llover! ¡El agua no tardará en caer! ¡Ya sentí dos gotas en
la cara!
¡Nada!
La Bruja, a cierta distancia, la miraba extrañada, igualmente inmóvil,
con un gesto de sugestión.
Rita se apartó porque acababa de llegar Firmo acompañado de
Porfiro, trayendo los dos unos paquetes para la cena. También vino el amigo
de das Dores. Dieron las tres de la tarde. En la casa de Miranda continuaba
la fiesta animada, cada vez más llena de visitas; allá adentro la música casi
no tomaba respiro enhebrando cuadrillas y valses; con risas, niñas y mozas
danzaban en el salón de enfrente, a cada momento se descorchaban botellas;
los criados iban y venían a la carrera, del comedor a la despensa y a la
cocina, cargados de carradas de copas; Henrique, sudado y colorado,
aparecía de cuando en cuando a la ventana, impaciente por no ver a
Pombinha, que ese día estaba de paseo con la madre en casa de Léonie.
João Romão, después de importunar a los vendedores y a Bertoleza en
la fonda, volvió al patio del inquilinato quejándose de que allí andaba todo
muy mal. Censuró a los trabajadores de la cantera, nombrando al mismo
Jerônimo, cuya fuerza física lo intimidara siempre. “¡Era una dejadez esa
porquería de trabajo! ¡Hacía tres semanas que estaban a las vueltas con un
barreno sin hacer nada, y había llegado el domingo sin que prendieran la
mecha! ¡Una verdadera holgazanería!, ¡Y ese señor Jerônimo, antes tan
eficiente, era el primero en dar el mal ejemplo! ¡Perdía las noches con la
samba! ¡No le perdía la pisada a Rita Baiana y parecía hechizado por ella!
¡No tenía remedio!”. Piedade, al oír al ventero hablar mal de su hombre,
salió en defensa de éste con una piedra en cada mano y se desató una
contienda que exaltó los ánimos. Felizmente la lluvia, cayendo torrencial,
vino a aventar el tumulto que amenazaba con volverse serio. Cada uno
corrió a su cueva con exagerado alboroto, los niños se desvistieron y
salieron a bañarse debajo de las gotas, por ganas de divertirse, gritando,
riendo, saltando y tirándose al suelo, pataleando, fingiendo que nadaban. Y
allá enfrente, en la casa de altos, arreciaban los brindis, mientras el agua
caía copiosamente, inundando el patio.
Cuando João Romão entró en la venta protegiéndose de la lluvia, un
vendedor le entregó una tarjeta de Miranda. Era una invitación para ir esa
noche a tomar una taza de té.
Al principio, el ventero se sintió lisonjeado con la atención, la primera
de ese género que él recibía en su vida; pero, de inmediato, le volvió le
volvió la cólera con más ímpetu todavía. Aquella invitación lo irritaba
como un ultraje, una provocación. “¿Por qué aquel charlatán lo convidaba,
sabiendo, ciertamente, que él no iría? ¿Para ponerlo más frenético de lo que
ya estaba?... ¡Seu Miranda que se fuese al diablo con todos sus títulos!”.
—¡No preciso de él para nada!... ─exclamó el ventero─. ¡No preciso ni
dependo de ningún granuja! ¡Si gustase de las fiestas, yo mismo las daría!
Sin embargo, comenzó a imaginar cómo sería, en el caso de que él
hubiera precavido la ropa y aceptase el convite: se figuró bien vestido, de
fino paño, con una buena cadena de reloj, una corbata con alfiler de
brillantes; y se vio allá encima, en el medio de la sala, sonriendo a todos
lados, dándole atención a uno, dándole atención a otro, discretamente,
silencioso y afable, sintiendo que lo mencionaban cerca suyo, en voz baja y
respetuosa, como un hombre rico e independiente. Y adivinaba las miradas
aprobatorias de las personas serias; y los anteojos curiosos de las viejas
fijos en él, indagando si allí había un buen partido para alguna de sus hijas.
Ese día atendió mal y descortésmente a los clientes; trató a los
empellones a Bertoleza y, cuando ya eran las cinco, se encontró con
Marciana, que unos negros, por compasión habían metido dentro de la
venta, estalló:
—¡Ora, hay que embromarse! ¿Por qué me meten dentro de la casa a este
mamarracho? ¡Qué gracia hacer caridad con lo que es de los otros! ¡Esto no
es un albergue de vagabundos!...
Y, como un policía, todo empapado por la lluvia, entró a beber un
trago de parati, João Romão se volvió hacia él y le dijo:
—¡Compañero, esta mujer esta chiflada! ¡No tiene domicilio y yo no voy,
cuando cierre la puerta, a quedarme con ella adentro de la venta!
El agente salió y, antes de una hora, Marciana era llevada a la
comisaría, sin la menor protesta y sin interrumpir su monólogo de demente.
Por orden del comisario, los trastos fueron llevados a un depósito público.
Y la Bruja era la única que parecía impresionada con todo aquello.
Mientras tanto, la lluvia cesó completamente, el sol reapareció como
para despedirse; las golondrinas revoloteaban en el aire y el conventillo
palpitó entero en el alegre trajinar del domingo. En las salas del Barão la
fiesta aumentaba, cada vez más estrepitosa; de vez en cuando venía una
copa a quebrarse en el patio del inquilinato, levantando protestas y burlas.
La noche llegó hermosa, con una bella luz de plenilunio, que había
comenzado con el crepúsculo; y la samba rompió fuerte y más temprano
que de costumbre, incitado por la gran animación que había en la casa de
Miranda.
Fue una fiesta de las buenas. Esa noche, Rita Baiana estaba en vena
para la farra, estaba inspirada. ¡Divina! Nunca había danzado con tanta
gracia y lubricidad.
También cantó. Y cada verso que salía de su boca de mulata era un
arrullar de paloma en celo. Y Firmo, borracho de voluptuosidad, se retorcía
sobre la guitarra; y la guitarra y él gemían con el mismo gusto, gruñendo,
aullando, maullando, con todas las voces de la sensualidad animal, en una
desesperación de lujuria que penetraba hasta la médula, como lenguas
finísimas de serpiente.
Jerônimo no pudo contenerse: en el momento en que la baiana,
sofocada de cansancio, cayó exhausta, sentándose al lado de él, el portugués
le secreteó con la voz estrangulada por la pasión:
—¡Mi bien! ¡Si tú quisieras venir conmigo, mando todo al demonio!
El mulato no oyó, pero notó el cuchicheo y quedó de mal talante,
observando a su rival con disimulo.
El canto y la danza continuaron todavía sin aflojar. Entró das Dores.
Nenen y también una amiga suya que había ido a pasar el día con ella,
giraban con los brazos en jarras, contoneándose en medio de una rueda de
palmas cadenciosas que acompañaban el ritmo lánguido de la música.
Cuando el marido de Piedade cuchicheó por segunda vez con Rita,
Firmo debió hacer un gran esfuerzo para no irse a las manos.
Pero, en medio de la farra, la baiana cometió la imprudencia de
dejarse caer sobre el portugués y secretearle algo haciéndole una caída de
ojos. Firmo, de un salto, se plantó frente a él, midiéndolo de arriba abajo
con la mirada provocadora y atrevida. Jerônimo, también de pie, respondió
altivo con el mismo gesto. Los instrumentos callaron. Se hizo un profundo
silencio. Nadie se movió de su lugar. Y, en el medio del gran círculo,
iluminados ampliamente por la embriagadora luna de abril, los dos
hombres, erguidos uno frente al otro, se miraron desafiantes.
Jerônimo era alto, de espaldas anchas, contextura de toro, cuello de
Hércules, el puño capaz de quebrar un coco de un solo golpe: era la fuerza
tranquila, el pulso de plomo. El otro, delgado, un palmo más bajo que el
portugués, piernas y brazos enjutos, la agilidad de un yaguareté: era la
fuerza nerviosa; era el arrebato que todo lo desbarata en el sobresalto del
primer instante. Uno sólido y resistente, el otro ligero, temerario, pero
ambos osados.
—¡Siéntense! ¡Siéntense!
—¡Nada de líos!
—¡Que siga el baile! ─gritaron alrededor.
Piedade se levantó para sacar a su hombre de allí.
El picapedrero la apartó de un empujón, sin quitarle los ojos de
encima al mulato.
—¡Deja ver que quiere este cabra… ─gruñó él.
—¡Darte una sahumada, galego ordinario! ─respondió Firmo, frente a
frente; ahora avanzando y retrocediendo, siempre con uno de los pies en el
aire, y bamboleando todo el cuerpo y meneando los brazos, como preparado
para agarrarlo.
Jerônimo, acicateado por el insulto, lanzó sobre el adversario un puño
cerrado, el cabra se dejó caer hacia atrás, rápidamente, afirmándose en las
manos, el cuerpo suspendido, la pierna derecha levantada; y el puñetazo
pasó por encima, perforando el vacío, mientras que el portugués recibía en
el vientre un puntapié inesperado.
—¡Canalla! ─gritó frenético; e iba a precipitarse sobre el mestizo cuando
un cabezazo lo arrojó al piso.
—¡Levántate, que no le pego a los muertos! ─exclamó Firmo, de pie,
repitiendo su danza con todo el cuerpo.
El otro se levantó de inmediato, y, mal se había equilibrado cuando
una zancadilla lo tiró hacia la derecha, mientras, por la izquierda, recibía un
feroz cachetazo en la oreja. Furioso, lanzó otro puñetazo, pero el capoeira
dio un salto de gato hacia atrás y el portugués sintió un puntapié en el
mentón.
Le chorreó sangre de la boca y de la nariz. Se levantó un clamoreo
tremendo. Las mujeres quisieron meterse en el medio, pero el cabra las
separaba y daba vueltas con rápidas zancadillas, cuyo movimiento apenas si
se notaba. Se armó una terrible confusión. João Romão cerró a las prisas las
puertas de la venta y trancó el portón del inquilinato, corriendo después
hacia el lugar de la pelea. Bruno, los mercachifles y los trabajadores de la
cantera, y todos los que habían intentado asegurar al mulato, habían caído a
su alrededor, se formó un amplio círculo, en el medio del cual el temible
capoeira, fuera de sí, enloquecido, reinaba, saltando a un mismo tiempo
hacia todos lados, sin conseguir que nadie se le aproximase. Ya estaban
todos asustados, menos Rita, que, a cierta distancia, veía, de brazos
cruzados, batirse a aquellos dos hombres por causa de ella; una ligera
sonrisa le asomaba a los labios. La luna se escondió: cambió el tiempo; el
cielo, de limpio que estaba habíase tornado de color pizarra; se sentía un
viento húmedo de lluvia. Piedade gritaba llamando a la policía; había
llevado un revés del marido, porque insistía en sacarlo de la pelea. Las
ventanas de Miranda se llenaron de gente. Se oían pitos soplados con
desesperación.
En esto retumbó en el conventillo un bramido de fiera herida: Firmo
acaba de recibir, sin esperarlo, un formidable garrotazo en la cabeza. Es que
Jerônimo había corrido hasta su casa y se había armado con su pesado
bastón que había traído del Miño. Entonces el mulato, con el rostro bañado
en sangre, acometió a las prisas y, lanzando espumarajos de cólera, levantó
el brazo derecho donde se vio centellear la hoja de una navaja.
Se produjo una desbandada alrededor de los dos adversarios,
estrepitosa, apavorada. Mujeres y hombres se atropellaron, cayendo unos
encima de otros. Albino se desmayó; Piedade clamaba, aterrada y
sollozante, que le iban a matar a su hombre; y das Dores lanzaba reproches
y maldiciones contra aquella estupidez de destriparse por causa de las
entrepiernas de una mujer; la Machona, armada con una plancha, juraba
abrirle el hocico a quien le volviera a dar otra patada como la que acababa
de recibir en las nalgas; Augusta se dirigió por la puerta del fondo del
inquilinato para atravesar el pastizal e ir a ver si encontraba al marido, que
tal vez estuviese de guardia en el barrio. Por ese lado acudían curiosos y el
patio se llenaba de gente de afuera. Dona Isabel y Pombinha, de vuelta de la
casa de Léonie, tuvieron dificultades para llegar al número 15, donde, ni
bien entraron, se atrancaron por dentro, quejándose la vieja por el desorden
y lamentándose de la suerte que las arrojó a ese infierno. Mientras tanto, en
el medio de otro círculo formado por la multitud, el portugués y el brasileño
se batían.
Ahora la pelea era pareja, había paridad de fuerzas, porque el
picapedrero manejaba el bastón admirablemente, era tan diestro como el
otro lo era en sus artes de capoeiragem. Firmo intentaba en vano alcanzarlo;
Jerônimo, sopesando el grueso bastón por el medio, con la mano derecha, lo
hacía girar con tal pericia y ligereza, alrededor del cuerpo que parecía
acolchado de una tela impenetrable y sibilante. No se le veía el arma, sólo
se oía el zumbido del aire, cortado simultáneamente en todas direcciones.
Y al mismo tiempo que se defendía, atacaba. El brasileño ya había
recibido golpes en la frente, en el cuello, en los hombros, en los brazos, en
el pecho, en los riñones y en las piernas. Estaba cubierto de sangre; él rugía
y jadeaba, iracundo y cansado, embistiendo, ora con los pies, ora con la
cabeza, esquivando aquí y allá; a los saltos y a las volteretas.
La victoria se inclinaba para el lado del portugués. Los espectadores
ya lo aclamaban con entusiasmo; pero de pronto el capoeira se arrojó en un
relance, hasta las piernas del adversario y se le apareció pegado a su lado,
pegado a él, rasgándole el vientre de un navajazo.
Jerônimo soltó un rugido y cayó de bruces agarrándose los intestinos.
—¡Lo mató! ¡Lo mató! ¡Lo mató! exclamaron todos con asombro.
Los silbatos sonaron con furia.
Firmo giró hacia los fondos y desapareció en el pastizal.
—¡Agárrenlo! ¡Agárrenlo!
—¡Ay mi lindo hombre! ─ululó Piedade, tirándose de rodillas sobre el
cuerpo ensangrentado del marido. Rita también acudió a la carrera y se echó
al suelo para acariciarle la barba y los cabellos.
—¡Es necesario llamar a un doctor! ─suplicó la primera, mirando hacia
todos lados en busca de un alma caritativa que los ayudase.
Pero en ese instante un ruido de formidables golpes retumbó en el
portón del inquilinato. El portón se estremeció y crujió con estridencia.
—¡Abran! ¡Abran! ─reclamaban desde afuera.
João Romão atravesó el patio como un general en momentos de
peligro, gritando a todos:
—¡Que no entre la policía! ¡No la dejen entrar! ¡Aguanten! ¡Aguanten!
—¡Que no entre! ¡Que no entre! ─repitió un coro en la multitud.
Y todo el conventillo hirvió como una olla en el fuego.
—¡Aguanten! ¡Aguanten!
Jerônimo, gimiendo, fue cargado para su cuarto en brazos de la mujer
y de la mulata.
De cada casucha surgían hombres armados, de palos, trozos de leña,
atizadores de hierro. Un empeño colectivo los agitaba y todos, en una
solidaridad briosa, como si fuesen a quedar deshonrados para siempre si la
policía entrase allí por primera vez. ¡Mientras se trataba de una simple pelea
entre dos rivales, estaba bien! “¡Que se sacaran la cresta, que el más hombre
se quedaría con la mujer!”. Pero ahora se trataba de defender al conventillo,
la comuna donde cada uno tenía que velar por alguien o una cosa querida.
¡Que no entre! ¡Que no entre!
Y los gritos atronadores respondían a los golpes que allá afuera se
repetían feroces.
La policía era el gran terror de aquella gente, porque siempre que
entraba en algún inquilinato había gran estropicio; con el pretexto de evitar
y castigar el juego y la embriaguez, los guardias invadían los cuartos,
rompían todo lo que encontraban y dejaban todo hecho un desastre. Era una
cuestión de viejos odios.
Y mientras los hombres custodiaban la entrada del pastizal y
sostenían con las espaldas el portón del frente, las mujeres, en desorden,
hacían rodar las tinas, arrancaban los jiraus, arrastraban las carretillas,
restos de colchones y sacos de cal, levantando una barricada a toda prisa.
Los golpes se multiplicaban. El portón crujía, estallaba, comenzaba a
abrirse; iba a ceder, pero la barricada estaba hecha y todos atrincherados
detrás de ella. Los que habían entrado de afuera, por curiosidad, no
pudieron salir y se vieron envueltos en el zafarrancho. Las cercas de los
huertos volaron. La Machona, terrible, se había recogido las polleras y
esgrimía la plancha en su mano. Das Dores, por la que nadie daba nada, era
una de las más duras, que parecía más empeñada en la defensa.
Al final el portón cedió; se abrió un gran rumbo; cayeron los tablones
y los cuatro primeros guardias que se precipitaron dentro fueron recibidos a
pedradas y botellazos. Otros los siguieron, unos veinte en total. Una bolsa
de cal arrojada sobre ellos los desconcertó.
Entonces empezó la gran bronca. Los sables no podían contra
alcanzar a nadie a través de la trinchera; al tiempo que los proyectiles
arrojados desde adentro desbarataban las filas enemigas. Ya había un
sargento con la cabeza partida y dos guardas abandonaron el campo por
falta de aire.
Era imposible invadir aquel baluarte con tan pocos efectivos, pero la
policía insistía. No tanto por obligación sino por necesidad personal de un
desagravio. Semejante resistencia los humillaba. Si tuviesen fusiles habrían
hecho fuego. El único de ellos que logró encaramarse a la barricada cayó
bajo una lluvia de garrotazos y tuvo que ser cargado hasta la calle por sus
compañeros. Bruno, todo manchado de sangre, estaba ahora armado de un
rifle y Porfiro, mestre de capoeiragem, tenía en la cabeza la gorra de uno de
los guardas.
—¡Fuera los murciélagos!
—¡Fuera! ¡Fuera!
Y a cada exclamación un: “¡Tomá esta piedra!” “¡Tomá este palo!”
“¡Tomá este botellazo!”.
Los silbatos aumentaban su estridencia.
En ese momento, Nenen salió corriendo en dirección a la barricada.
—¡Vengan todos! ¡Vengan aquí! ¡Hay fuego en el número 12! ¡Está
saliendo humo!
—¡Fuego!
A ese grito, un pánico general cundió entre los habitantes del
conventillo. ¡Un incendio arrasaría las casuchas en un abrir y cerrar de ojos!
Se produjo luego una tremenda confusión. Cada uno pensó en salvar
lo suyo. Y los policías, aprovechando el terror de los adversarios, avanzaron
con ímpetu, llevándose por delante todo lo que encontraban y penetrando
por fin en el infernal reducto, repartiendo planazos a derecha y a izquierda,
como quien desbanda una manada. La multitud se atropellaba,
precipitándose con un alarido. Unos escapaban del arresto; otros se
preocupaban por defender su casa. Pero los guardias, ciegos de la ira,
echaban abajo las puertas e invadían y rompían todo, sedientos de
venganza.
En esto retumbó en el cielo un trueno. El viento del norte zumbó más
estridente y un violento y compacto aguacero se desplomó.
XI

La Bruja, sugestionada por la locura de Marciana, perdió el juicio e


intentó incendiar el conventillo.
Mientras los compañeros lo defendían con uñas y dientes, ella, con
todo disimulo, acumulaba paja y virutas en el número 12 y preparaba una
fogata. Felizmente acudieron a tiempo, pero las consecuencias fueron
igualmente desastrosas; porque muchas casuchas, si bien escaparon al
incendio, no escaparon a la devastación de la policía. Algunas quedaron
totalmente arrasadas. Y la cosa hubiera sido peor si no hubiese llegado
aquel aguacero providencial para apagar también el otro incendio, peor
todavía, que por las dos partes atizaban los ánimos. La policía se retiró sin
llevarse a nadie preso. “¡De ir uno tendrían que ir todos a la comisaría!
¡Dios nos libre! Además, ¿para qué? ¡Lo que la policía quería hacer ya lo
hizo! ¡Debería sentirse satisfecha!”.
A pesar del empeño de João Romão, nadie pudo descubrir al autor de
la siniestra tentativa, y recién muy tarde todos pudieron cerrar los ojos,
después de acomodar, entre llorosos lamentos, lo que se salvó del destrozo.
A media noche, el tiempo se despejó. Al romper el alba, ya mucha gente
estaba de pie y el ventero pasaba una revista minuciosa del patio, evaluando
y lamentando, desconsolado y furioso, su perjuicio. De vez en cuando
lanzaba una maldición. Además de lo que los guardas descalabraron dentro
de las casas, había muchas tinas rotas, muchos jiraus destrozados, faroles
en pedazos, huertas y cercas arrasadas: el portón de enfrente y el letrero
quedaron reducidos a astillas. João Romão pensaba, para resarcirse del
daño, poner impuesto a los habitantes del inquilinato, aumentándoles el
alquiler de los cuartos y los precios de las mercaderías. Envuelto en una
barahúnda, tuvo un día muy ajetreado; por la mañana tomó las providencias
para que todo volviera a sus carriles lo más rápido posible: mandó buscar
nuevas tinas, armar nuevos jiraus y arreglar los rotos; puso gente a reparar
el portón y el letrero. Al medio día debió comparecer ante el subdelegado
de policía. Fue en mangas de camisa y sin medias, muchos de los inquilinos
lo acompañaron, fuera por espíritu de solidaridad, fuera por simple
curiosidad.
Este paseo por la ciudad fue un verdadero jolgorio. Parecía una
romería, algunas mujeres llevaban a sus pequeños en brazos; una
muchedumbre de italianos iba al frente, hablando en su portugués
macarrónico y fumando en pipa; algunos cantaban. Nadie tomó el tranvía y
todo el viaje discutieron y bromearon, comentando con grandes chanzas
todo lo que aparecía a su paso, llamando la atención por las calles donde
desfilaba la ruidosa farándula.
La comisaría se llenó de gente.
El interrogatorio, exclusivamente dirigido a João Romão, era
respondido por todos al mismo tiempo, a pesar de las protestas y amenazas
de la autoridad, que se sentía enloquecer. Ninguno esclarecía nada y todos
se quejaban de la policía, exagerando las pérdidas sufridas en la víspera.
Con respecto a cómo se desató el conflicto y quién lo había
provocado, el tabernero respondió que no lo podía saber con certeza, porque
en esa ocasión se encontraba ausente del inquilinato. De lo que sí tenía
certeza era que los policías le habían invadido la propiedad y destrozado
todo lo que había encontrado, como si aquello fuera tierra de nadie.
—¡Muy bien hecho! ─gritó el comisario─. ¡No se tendrían que haber
resistido!
Un coro de respuestas indignadas se levantó para justificar la
resistencia: “¡Ah, estaban más que hartos de ver cómo se portaban los
murciélagos cuando nadie les hacía frente! ¡Destrozaban hasta lo último,
sólo por el placer de hacer daño! ¿Entonces, porque una persona se estaba
divirtiendo a gusto con los amigos era aporreado como un perro sin
dueño?... ¿Tenía sentido?... ¡La policía era siempre la que empezaba los líos
con sus atropellos! ¡Que no se metiese en la vida de quienes estaban
tranquilos en su rincón, y no habría tanto escándalo!...”. Como de
costumbre, el espíritu de colectividad que unía a aquella gente en un círculo
de hierro, impidió que se revelase cualquier atisbo de denuncia. El
subcomisario, después de dirigirse inútilmente a uno por uno, despachó a la
banda, que se retiró en medio de una alegría más efusiva que a la ida.
Allá en el conventillo, puertas adentro, podían acuchillarse a gusto
que nadie, mucho menos la víctima, sería capaz de denunciar al criminal;
tanto que el médico, que después de la invasión de la policía, descendió de
la casa de Miranda al inquilinato para socorrer a Jerônimo, no consiguió
arrancar de éste la menor aclaración del motivo del navajazo. “¡No había
sido nada!... ¡No había sido a propósito!... ¡Estaban divirtiéndose y sucedió
aquello!... ¡Nadie tuvo la menor intención de hacerle daño!...”.
Rita demostró una solicitud incansable para con el herido. Fue ella
quien corrió a buscar los remedios, quién sirvió de ayudante al médico y
quién sirvió de enfermera para el herido. Muchos acudieron por algunos
instantes, para solidarizarse; ella, por el contrario, desde que Jerônimo fue
operado, no abandonó un instante su cabecera; mientras que Piedade,
afligida y atontada, no hacía sino llorar e impacientarse.
La mulata no lloraba, pero su fisonomía tenía una profunda expresión
de pena enternecida. Ahora ella se sentía atraída por aquel hombre bueno y
fuerte, aquel gigante inofensivo, aquel Hércules tranquilo que mataría a
Firmo de un puñetazo, pero que, en su buena fe, se había dejado apuñalar
por el facineroso. “¡Y todo por culpa de ella! ¡Únicamente por ella!”. Su
corazón de mujer se rendía, cautivado por semejante dedicación,
ensangrentada y dolorosa. Y él, mísero, interrumpía las contracciones de su
rostro para sonreír frente a los ojos enamorados de la baiana, feliz en
aquella desgracia que le permitía gozar de sus cariños. Y la tomaba de la
mano y le ceñía la cintura, resignado y conmovido, sin un gesto, pero
diciéndole bien claro, en su dolor silencioso de animal herido, que la amaba
mucho, que la amaba locamente.
Rita lo acariciaba, sin la menor sombra de escrúpulos, tuteándolo,
acariciándole los cabellos sucios de sangre con su mano suave y femenina.
Y allí mismo, en presencia de la mujer, sólo le faltaba besarlo en la boca,
porque con los ojos lo devoraba con besos ardientes y cariñosos.
Después de que dieran media noche, ella y Piedade se quedaron solas
velando al herido. Su delirio fue que éste iría por la mañana a la Ordem de
Santo Antônio, de la que era hermano. Y en efecto, al día siguiente,
mientras el ventero y su banda andaban a las vueltas con la policía, y el
resto del conventillo hormigueaba, charlando mientras se arreglaban las
tinas y jiraus, Jerônimo, acompañado de la mujer y de Rita, iba en un coche
para el hospital.
Las dos volvieron por la noche, cayéndose de fatiga. Pero además
todo el inquilinato estaba igualmente postrado y deseoso de ir a la cama, si
bien ese día, la mayor parte de las lavanderas no habían trabajado mucho;
las que tenían que lavar ropa con urgencia fueron a lavar a otro lado o
arrastraron palanganas hasta debajo de las canillas, a falta de mejores
recipientes para el trabajo. Se discutió la batalla de la víspera, sin cambiar
de tema. Aquí había uno que recordaba sus proezas con los policías,
describiendo entusiasmado los pormenores de la lucha; allí, otro repetía,
lleno de vanidad, los improperios que le había dicho después en las narices
a la autoridad; más adelante se cambiaron quejas y recriminaciones; cada
uno, mujeres y hombres, había sufrido su perjuicio o lastimadura, y se
mostraban, enfebrecidos de indignación, los objetos rotos o la parte del
cuerpo escoriada.
Pero a las nueve de la noche ya no había un alma en patio del
conventillo. La venta cerró un poco más temprano que de costumbre.
Bertoleza se tiró en el colchón, reventada; João Romão se acostó junto a
ella; sin embargo no consiguió dormir; sentía escalofríos y puntadas en la
cabeza. Gimiendo, despertó a la compañera y le pidió que le diera algo para
sudar. Creía que estaba con fiebre.
La crioula sólo descansó cuando, muchas horas más tarde, después de
cambiarle la ropa, lo vio conciliar el sueño; y de allí a poco, a las cuatro de
la madrugada, ella se levantaba, haciendo crujir las articulaciones,
bostezando, resoplando en su pesado desperezar y esgarrando fuerte.
Despertó al dependiente para ir al mercado; hizo unas gárgaras con el agua
de la canilla de la cocina y se fue a preparar el fuego para hacer el café de
los trabajadores, raspando fósforos y encendiendo virutas en un fogón,
donde comenzaron a brotar grandes nubes de humo espeso.
Allá afuera clareaba y la vida renacía en el conventillo. La lucha de
todos los días continuaba como si no hubiera interrupción. Se comenzaba a
rumorear. La noche bien dormida los había puesto a todos de buen humor.
Pombinha, sin embargo, había despertado abatida y nerviosa esa
mañana, sin ánimo de dejar las sábanas. Le pidió café a la madre, lo bebió y
se volvió a abrazar a las almohadas escondiendo el rostro.
—¿No te sientes bien hoy, hija?... ─preguntó Dona Isabel, tocándole la
frente─. Fiebre no tienes.
—Sin embargo siento el cuerpo flojo… pero no es nada, ya se me va a
pasar…
—Ha sido tanto hielo que tomaste en casa de madama… ¿No te dije?...
¡Ahora lo mejor es un baño de pies!
—¡No, por el amor de Dios! Enseguida me levanto.
En efecto, a las ocho se levantaba y hacía, indolentemente, el arreglo
de sus cabellos, delante del modesto lavatorio de hierro. Se diría sin fuerzas
para nada: toda ella demostraba una melancolía contemplativa de
convaleciente; había una expresión dolorosa en la limpidez cristalina de sus
ojos de moza enferma: una pobre sonrisa pálida le afloraba a los pétalos de
la boca, sin alegrarle los labios, que parecían resecos por la ausencia de
besos de amor; así como una delicada planta se marchita, languidece y
muere, si una mariposa amante no va a sacudir sobre ella sus alas preñadas
de fecundo y dorado polen.
El paseo en casa de Léonie le había hecho mucho mal. Trajo
impresiones de vejámenes íntimos que nunca más se borrarían en su vida.
La cocotte los recibió de brazos abiertos, radiante por tenerla junto a
sí, en aquellos divanes muelles y traidores, entre todo aquel lujo
extravagante y exquisito, propio de los grandes vicios. Le ordenó a la criada
que no dejase entrar a nadie, ni siquiera a Bebé, y se sentó al lado de la
niña, bien apretada junto a ella, tomándole las manos, haciéndole infinidad
de preguntas, y pidiéndole besos, que saboreaba gimiendo con los ojos
cerrados.
Dona Isabel también suspiraba, pero de otro modo; en su pobre
comprensión del confort, aquellos impertinentes espejos, aquellos muebles
recargados y aquellas cortinas escandalosas le arrancaban nostálgicos
recuerdos de los buenos tiempos y avivaban su impaciencia por un futuro
mejor.
“¡Ah, si Dios las ayudase!”.
A las dos de la tarde, Léonie, con sus propias manos, les sirvió a las
visitas un pequeño lunch de foie gras, jamón y queso, acompañado de
champagne, hielo y agua de Seltz; y, sin descuidar un instante a la niña,
tenía para ella atenciones extremas de enamorado: le daba la comida en la
boca, bebía de su vaso, le apretaba los dedos por debajo de la mesa.
Después del refrigerio, Dona Isabel, que no estaba habituada a tomar
vino, sintió deseos de reposar; Léonie le ofreció una buena pieza, con una
cama cómoda, y mal percibió que la vieja dormía, cerró la pieza por el lado
de afuera, para quedar con más libertad con la pequeña.
¡Bueno! ¡Ahora estaban completamente a solas!
—¡Ven conmigo, mi flor!... ─le dijo atrayéndola junto a si y dejándose caer
sobre un diván─. ¿Sabes que te quiero cada vez más? ¡Estoy loca por ti!
Y la devoraba con besos violentos, repetidos, ardientes, que
sofocaban a la niña, llenándola de espanto y un temor instintivo, cuyo
origen la pobrecita, en su ingenuidad, no podía conocer.
La cocotte notó su perplejidad y se levantó sin soltarle la mano.
—Descansemos un poco nosotros también ─dijo arrastrándola hacia su
alcoba.
Pombinha se sentó cohibida en el borde de la cama y muy confusa,
con deseos de alejarse, pero, por timidez, sin ánimos de protestar, intentó
retomar el hilo de la conversación que ellas habían tenido un poco antes en
la mesa, en presencia de Dona Isabel. Léonie fingía prestarle atención, pero
no hacía otra cosa que acariciarle, la cintura, los muslos, el pecho. Luego,
como de manera distraída, comenzó a desabotonarle el vestido.
—¡No! ¿Para qué?... No quiero desvestirme…
—Pero, hace tanto calor… Ponte cómoda
—Estoy bien así. ¡No quiero!
—¡Pero, qué tontería!... ¿No ves que soy mujer, tontita?... ¿De qué tienes
miedo?... ¡Mira! ¡Te voy a dar el ejemplo!
Y en un instante se quitó la ropa, y prosiguió con su cometido.
La niña, viéndose desnudar, cruzó los brazos sobre el seno, roja de
pudor.
—¡Déjame! ─le susurró con la mirada extraviada y las pupilas trémulas.
Y a pesar de las protestas, las súplicas y hasta de las lágrimas de la
infeliz, Léonie le arrancó las últimas prendas, y se arrojó sobre ella,
besándole todo el cuerpo y apretándole con los labios los rosados pezones.
—¡Oh! ¡Oh! ¡No haga eso! ¡No haga eso! ─reclamaba Pombinha,
retorciéndose en cosquilleos, y dejando ver preciosidades de desnudez
fresca y virginal, que enloquecían a la prostituta.
—¿Qué tiene de malo?... Estamos jugando.
—¡No! ¡No! –balbuceó la víctima, rechazándola.
—¡Sí! ¡Sí! ─insistió Léonie, encerrándola, entre sus brazos, como entre dos
columnas, y poniendo todo su cuerpo desnudo en contacto con el de ella.
Pombinha jadeaba resistiéndose; pero el roce de aquellos dos grandes
senos inquietos sobre su mezquino pecho de doncella impúber y el rozar
vertiginoso de aquel vello áspero y crespo en los lugares más sensitivos de
su femineidad, acabaron por encenderle la sangre, perdiendo la razón ante
el embate de los sentidos.
Ahora se retorcía, apretando los dientes, estremeciéndose la carne en
crispaciones de espasmo; mientras que la otra, encima de ella, enloquecida
de lujuria, irracional y feroz, se agitaba en corcoveos de yegua, bufando y
relinchando.
Le metía la lengua en la boca y en las orejas, y le cerraba los ojos con
sus besos empapados de espuma, y le mordía los hombros, y la agarraba
convulsivamente de los cabellos, como si quisiera arrancárselo a mechones.
Hasta que, en un arrebato más fuerte, le apretó todo el cuerpo en un abrazo,
gimiendo con pequeños gritos, secos, cortos, muy agudos, y al final se
desplomó hacia un costado, exánime, inerte, los miembros relajados en un
abandono de ebrio, mientras lanzaba suspiros ahogados.
La niña volvió en sí, se dio vueltas de espaldas a su adversaria,
abrazando una almohada ahogaba su llanto, avergonzada y asustada.
La impúdica, mal repuesta todavía y sin conseguir abrir los ojos,
trataba de animarla acariciándole la nuca y la espalda. Pero Pombinha
parecía inconsolable, y la otra tuvo que erguirse y atraerla como una
criatura hacia su pecho, donde ella ocultó su rostro sollozando bajo.
—¡No llores así, mi amor!...
Pombinha continuaba sollozando.
—¡Vamos! ¡No quiero verte así! ¿Estás enojada conmigo?
—¡No vuelvo más aquí! ¡Nunca más! ─exclamó por fin la doncella,
bajando del lecho para vestirse.
—¡Ven acá! ¡No seas mala! ¡Me voy a quedar muy triste si sigues enojada
con tu negrita!... ¡Vamos, no pongas esa cara!
—¡Déjeme!
—¡Ven para acá, Pombinha!
—¡No voy! Ya le dije.
Y se vestía con movimientos de rabia. Léonie saltó junto a ella y se
puso a besarla, a la fuerza, las orejas y el cuello, haciéndose la humilde,
adulándola, comprometiéndose a ser su esclava, y a obedecerla como un
perrito, con tal de que aquella tirana no se fuera así enojada.
—¡Hago lo que quieras! Cualquier cosa! ¡Pero no te enojes conmigo!...
¡Ah, si supieras como te adoro!...
—¡No quiero saber nada! ¡Déjeme!
—¡Espera!
—¡Oh! ¡Qué fastidio!
—¡Déjate de tonterías!... ¡Escúchame por amor de Dios!
Pombinha acababa de prenderse el último botón del corpiño y movía
el cuerpo y estiraba los brazos para ajustarse la ropa al cuerpo. Pero Léonie
cayó a sus pies, abrazándole las piernas y besándole las polleras
—¡Escúchame! ¡Oye!
—¡Déjeme salir!!
—¡No! ¡No te vas a ir de acá enojada o hago un escándalo de los mil
demonios!
—¡Es que mamá se debe haber despertado!
—¡Que se despierte!
Ahora la meretriz defendía la puerta de su alcoba.
—¡Oh! ¡Por Dios! ¡Déjeme salir!
—No te dejo salir si no hacemos las paces.
—¡Qué cargosa!
—¡Dame un beso!
—¡No se lo doy!
—¡Entonces no te dejo salir!
—¡Yo grito!
—¡Grita! ¿Qué me importa?
—¡Salga de allí, por favor!...
—Hagamos las paces.
—No estoy enojada, créame. Estoy descompuesta… No me siento bien.
—Pero yo insisto en un beso.
—¡Pues bien! ¡Ahí lo tiene!
Y la besó.
—Así no lo quiero. Me lo diste de mala gana.
Pombinha le dio otro.
—¡Ah, ahora sí! ¡Espera un momento! ¡Deja arreglarme! ¡Es un momento!
Y en un instante, con un movimiento rápido de dedos,, se lavó
ligeramente en el bidet y se empolvó, se perfumó, y se puso la enagua, la
camisa, el vestido y se retocó el peinado, todo con la habilidad de quien está
acostumbrado a vestirse muchas veces por día. Y, lista, paseó una mirada
por la niña, le desarrugó la pollera, le arregló un poco los cabellos y,
retomando su aire tranquilo de mujer juiciosa, la tomó por la cintura y la
llevó despaciosamente hasta el comedor, a tomar un vermut con soda.
La cena fue a las seis y media. Hubo cierta frialdad, no por parte de
Pombinha, que por lo demás se encontraba bastante incómoda, sino por
parte de Dona Isabel que, habiendo dormido hasta que la llamaron a la
mesa, se sentía con el estómago pesado a causa del foie gras. La dueña de
casa no ahorró esfuerzos para alegrarlas riendo y contándoles anécdotas
graciosas. A la hora del café apareció Juju, que la criada había llevado a
pasear ni bien terminaron el almuerzo, y con un cariño afectado se levantó a
recibir a la pequeña. Léonie se puso a conversar como una criatura,
diciéndole que le mostrara a Dona Isabel “su papatito nuevo”.
Más tarde, en balcón, mientras fumaba un cigarro, tomó la mano de
Pombinha y le puso en el dedo un anillo con un diamante rodeado de perlas.
La niña, muy formal, rechazó el presente. Fue preciso la intervención de la
vieja para que consintiese en aceptarlo.
A las ocho se retiraron las visitas yendo derecho para el inquilinato.
Durante el viaje, Pombinha parecía muy preocupada y triste.
—¿Pero, qué tienes? ─le preguntó la madre dos veces.
Y en ambas, la hija contestó:
—¡Nada!... Aburrimiento.
Lo poco que durmió esa noche, que fue la del enfrentamiento con la
policía, tuvo sueños agitados y estuvo mal todo el día siguiente con flojeras
de fiebre y dolores de útero. No puso un pie fuera de la casa, ni para ver los
destrozos del conflicto. La noticia del desfloramiento y la fuga de Florinda,
le produjo un trastorno nervioso.
A la mañana siguiente, a pesar de sentirse débil, torció la nariz sobre
el pobre almuerzo que Dona Isabel le ofreció cariñosa. Persistían los
dolores uterinos, no fuertes, pero constantes. No tuvo ánimo de retomar la
costura y un libro que intentó leer fue abandonado varias veces.
A las once de la mañana, tal era su molestia y desasosiego entre las
estrechas paredes del número 15 que, a pesar de las protestas de la vieja,
salió a dar una vuelta por detrás del conventillo, a la sombra de los bambúes
y los mangos.
Una irresistible necesidad de estar sola, completamente sola, un ansia
de conversar consigo misma, la apartaba de su pequeño cuarto sofocante,
tan triste, tan poco cordial. En la blancura de su alma virginal le punzaba un
arrepentimiento incisivo y negro por las torpezas de la antevíspera; pero,
reavivada por ese recuerdo, toda su carne reía y se regocijaba, presintiendo
las delicias que le parecían reservadas para más tarde, junto al hombre
amado; dentro de ella balbuceaban deseos, hasta entonces mudos y
adormecidos, y se develaban misterios en el interior de su cuerpo,
llenándola de sorpresas y sumergiéndola en profundas concentraciones de
éxtasis. Un inefable quebranto le quitaba energía y le relajaba los músculos,
con una embriaguez de flores traicioneras.
No pudo resistir, se sentó debajo de los árboles, un codo en el piso, la
cabeza reclinada en la palma de la mano.
En la dulce tranquilidad de esa sombra tibia, se oía el retintín distante
de los picos de los hombres en la cantera y el martillo de los hombres en el
yunque. Y el canto de los trabajadores, ora más claro, ora más apagado,
acompañaba el murmullo de los vientos, ondeaba en el espacio,
melancólico y doliente, como un coro religioso de penitentes.
El calor arrancaba del pasto un perfume sensual.
La moza cerró los párpados, vencida por un delicioso
entorpecimiento, y se extendió de espaldas en el piso, con los brazos y
piernas abiertos.
Se adormeció.
Casi de inmediato soñó que alrededor suyo todo se iba volviendo
color de rosa, al principio muy leve y transparente, después más cargado, y
más, y más, hasta formarse, en torno a ella, una floresta roja de color
sangre, donde grandes cretonas rojas se agitaban lentamente.
Y se vio desnuda, totalmente desnuda, expuesta al cielo, bajo la luz
tibia de un sol embriagador, que le daba de lleno en los senos.
Pero, poco a poco, sus ojos, a pesar de tenerlos bien abiertos, no
distinguían nada más que una gran claridad, palpitante, donde el sol, hecho
de una sola mancha reluciente, oscilaba como un péndulo fantástico.
Mientras tanto notaba que alrededor de su desnudez, tornada rubia por
la luz, se iban formando ondulantes capas sangrientas, que se agitaban,
desprendiendo aromas de flor. Y, al recorrer con la mirada, percibió, plena
de goce, que se hallaba acostada, entre pétalos gigantes, en el regazo de una
rosa interminable, en que su cuerpo se hundía como en un nido de
terciopelo carmesí, bordado de oro, blando, suave, oloroso y tibio.
Y suspirando, se desperezó en un arrobamiento de voluptuosidad
ascética.
Allá en lo alto, el sol la observaba obstinadamente, enamorado de las
formas delicadas de la niña.
Ella le sonrió, entornando los ojos, y entonces el fogoso astro tembló
y se agitó, y, desdoblándose, se abrió de par en par en dos alas y empezó a
estremecerse, atraído y perplejo. Pero de repente, como si de improviso se
le inflamasen los deseos, se precipitó de lo alto agitando las alas, y vino,
enorme mariposa de fuego, a aletear lujuriosamente alrededor de la inmensa
rosa, en cuyo regazo la virgen permanecía con los pechos descubiertos.
Y la doncella, siempre que la mariposa se aproximaba a la rosa, se
sentía penetrar por un calor extraño, que le encendía, gota a gota, su sangre
de moza.
Y la mariposa, sin parar nunca, revoloteaba enloquecida en todas
direcciones, ora huyendo rápida, ora acercándose lentamente, temerosa de
tocar con sus antenas de fuego la piel delicada de la niña.
Esta, delirante de deseo, ardía y empinaba el seno, pero la mariposa
huía.
Una voracidad lúbrica, impaciente, se apoderó de la moza; quería a
toda costa que la mariposa se posase en ella, al menos un instante, un solo
instante, y la encerrase en un abrazo, en un rápido abrazo dentro de sus alas
ardientes. Pero la mariposa, siempre enloquecida, no conseguía detenerse;
mal se acercaba a ella, huía de inmediato, inquieta, desvariando de
voluptuosidad.
—¡Ven! ¡Ven! ─suplicaba la doncella, ofreciéndole su cuerpo─. ¡Pósate un
instante en mí! ¡Abrásame la carne al calor de tus alas!
Y la rosa, que la tenía en su regazo, era la que parecía hablar y no
ella. Cada vez que la mariposa se aproximaba, con sus convites, la flor se
abría, dilatando sus pétalos, abriendo su pistilo rojo deseoso de aquel
contacto con la luz.
—¡No huyas! ¡No huyas! ¡Pósate un instante!
La mariposa no se posó; pero en su delirio, convulsa de amor, sacudió
sus alas con más ímpetu y una nube de polvo dorado se desprendió sobre la
rosa, haciendo gemir y suspirar a la doncella, aletargada de placer bajo
aquel efluvio luminoso y fecundante.
En este momento Pombinha lanzó un ay formidable y despertó
sobresaltada, llevando de inmediato las manos al medio de su cuerpo. Y
feliz, al mismo tiempo llena de susto, riendo y llorando, sintió el grito de la
pubertad salirle de las entrañas, en una oleada roja y caliente.
Y la naturaleza le sonrió conmovida. A lo lejos, una campana tañía
alegre las doce campanadas del medio día. El sol victorioso caía a plomo y,
por entre el follaje negro del mango, uno de sus rayos descendía, como un
hilo de oro, sobre el vientre de la niña, bendiciendo a la nueva mujer que
nacía para el mundo.
XII

Pombinha se irguió de un salto y empezó a correr para su casa. En el


lugar en que estuviera acostada, el pasto verde quedó matizado de puntos
rojos. La madre lavaba en la tina, ella la llamó con insistencia, dirigiéndose
llena de alborozo al número 15. Y allí, sin decir una palabra, se levantó el
vestido y expuso a Dona Isabel su enagua ensangrentada.
—¿Vino? ─preguntó la vieja con un grito arrancado desde el fondo del
alma.
La niña meneó la cabeza afirmativamente, sonriendo ruborizada.
Las lágrimas saltaron de los ojos de la lavandera.
—¡Alabado y bendito sea Nuestro Señor Jesucristo! ─exclamó ella cayendo
de rodillas delante de la niña y, en un arrebato de conmoción le besó
repetidamente el vientre y parecía también querer besar esa sangre bendita,
que les abría nuevos horizontes de vida, que les garantizaba el futuro;
aquella buena sangre, que venía del cielo, como la lluvia benéfica sobre una
pobre tierra esterilizada por la sequía.
No se pudo contener: mientras Pombinha se cambiaba de ropa salió al
patio, pregonando a los cuatro vientos la buena nueva. Y, de no haber sido
por la firme oposición de la niña, habría paseado en triunfo la enagua
ensangrentada, para que todos la viesen bien y para que todos la adorasen,
entre himnos de amor, como si fuese la Sagrada Verónica de Cristo.
—¡Mi hija es mujer! ¡Mi hija es mujer!
El suceso conmovió el corazón del conventillo y las dos recibieron
parabienes y felicitaciones. Dona Isabel prendió velas de cera frente a su
oratorio, y ese día no volvió a trabajar, quedó atontada, sin saber lo que
hacía, entrando y saliendo de la casa, radiante de ventura. Cada vez que
pasaba cerca de la hija le daba un beso en la cabeza y, en voz baja, le
recomendaba que se cuidase. “¡Que no se exponga a la humedad! ¡Que no
bebiese cosas frías! ¡Que se abrigara en el caso de sentir el cuerpo flojo, que
se metiera en la cama de inmediato! ¡Cualquier imprudencia podía ser
fatal!”. Su empeño era poner a João Costa al tanto de la gran novedad y
pedirle que marcara lo antes posible la fecha de casamiento; la niña pensaba
que no, que no estaba bien, pero la madre consiguió un portador y mandó
llamar con urgencia al joven. El apareció por la tarde. La vieja había
invitado gente a cenar; mató dos gallinas, compró botellas de vino, y, a la
noche, sirvió un té con bizcochos. Nenen y das Dores se presentaron con
vestidos de fiesta, se hizo una gran ceremonia, se conversó en voz baja,
formando todos una cadena solícita alrededor de Pombinha, en una
respetuosa preocupación de buenos deseos, a los que ella respondía
sonriendo conmovida, como exhalando de la frescura de su virginidad un
victorioso olor a flor que se abre.
Y a partir de ese día Dona Isabel cambió completamente. Sus arrugas
se alegraron; la oían canturrear por la mañana mientras barría la casa y
sacudía los muebles.
No obstante, luego del tremendo conflicto que acabó en un navajazo,
una tristeza iba minando gran parte del inquilinato. Ya no se hacían aquellas
trasnochadas calientes de guitarra y danza al sereno. Rita andaba disgustada
y reconcentrada desde que Jerônimo partió a la Ordem; Firmo había sido
intimado por el ventero para que no pusiese más los pies en la casa, bajo
pena de ser entregado a la policía; Piedade, que vivía dando ayes,
lamentando la ausencia del marido, quedó más consumida con la primera
visita que le hizo al hospital; lo encontró frío, sin una palabra de ternura
para con ella, dejando hasta percibir su impaciencia por oír hablar de la
otra, ¡de aquella maldita mulata del diablo que, al final de cuentas, era la
única culpable de todo aquello y habría de ser su perdición y también la de
su hombre! Cuando regresó, se tiró en la cama sollozando sin consuelo, y
esa noche no pudo pegar un ojo hasta la madrugada. Un negro disgusto la
carcomía por dentro, como necrosis de tísica, y le quitaba ánimo para todo,
como no fuese llorar.
Otro que también, pobre, arrastraba una vida triste era Bruno. La
mujer, cuya presencia no había sentido al principio, ahora lo torturaba con
su ausencia; un mes después de la separación, el desgraciado no podía
ocultar su sufrimiento y se consumía de saudades. La Bruja, a pedido de él,
le tiró la suerte en las cartas y le dijo misteriosamente que Leocádia todavía
lo amaba.
Solo Dona Isabel y la hija andaban plenamente satisfechas. Esas sí
nunca habían tenido una época tan buena y tan esperanzada. Pombinha
abandonó las clases de baile; ahora el novio iba a visitarla, invariablemente,
todas las noches; llegaba siempre a las siete y se quedaba hasta las diez; le
daban café en una taza especial de porcelana; a veces jugaban a la brisca, y
él mandaba buscar, de su bolsillo, una botella de cerveza alemana, y se
quedaban conversando los tres, cada cual con su vaso, sobre los proyectos
de felicidad común; otras veces, Costa, siempre muy respetuoso, muy buen
muchacho, encendía su cigarro de Bahía y caía en un embelesamiento,
mirando a la joven, como absorbido por ella. Pombinha ponía alegría en
aquellas veladas con sus arrullos de paloma que prepara el nido. Después de
su idilio con el sol se había vuelto muy amiga de la vida, bebiéndola en
grandes sorbos, como quien acaba de salir de prisión y saborea el aire libre.
Se iba poniendo carnosa y llena. Dona Isabel, al lado de ellos, dormitaba
después de la mitad de la visita, haciéndose cruces en la boca y
ahuyentando los bostezos con voluptuosas pulgaradas de su insigne caja de
rapé.
Fijado el día de la boda, el tema invariable de la conversación era el
ajuar de la novia y la casita que Costa preparaba para la luna de miel. Se
irían a vivir los tres juntos y tendrían cocinero y una criada que lavase y
planchase. El joven trajo piezas de lino y algodón, y allí, a la luz amarilla
del viejo candil de querosén, mientras la madre cortaba camisas y sábanas,
la hija cosía tenazmente en una máquina que le había regalado el novio.
Una vez, eran las dos de la tarde, ella cosía unos encajes en una funda
de almohada cuando Bruno, dubitativo, rascándose la nuca, pálido y sucio,
le dijo, apoyándose en la jamba de la puerta.
—Mire Nhá Pombinha… Yo tenía un pequeño favorcito que pedirle… Pero
ustecita está ahora tan ocupada con su ajuar y no ha de querer distraerse.
—¿Qué quieres, Bruno?
—No es nada, es que yo precisaba que ustecita me hiciese una carta para
aquella diabla… Pero se ve que no es posible. ¡Queda pa’ después!
—Una carta para tu mujer, ¿eh?
—¡Pobre! ¡Es más loca que mala! ¡Y si uno siente lástima hasta por los
animales!...
—No me cuesta nada. ¿La quieres ahora?
—No quiero molestar. Continúe con su trabajito. ¡Vuelvo otra vez!...
—¡No! Vamos, entra. ¡Lo que hay que hacer, se hace enseguida!
—¡Dios se lo pague! ¡Ustecita es un ángel en persona! No sé que vamos a
hacer cuando usted no esté más por acá...
Y continuó alabando la bondad de la joven, mientras que ésta, toda
solícita, preparaba una mesita redonda para sus elementos de escritura.
—Veamos, Bruno. ¿Qué quieres mandarle decir a Leocádia?
—¡Dígale, antes que nada, que todo lo que le rompí se lo daré de vuelta!
Que ella también hizo mal en romper lo mío, pero que yo cierro los ojos.
Las aguas pasadas no mueven molinos. Que sé que ella anda desempleada y
a salto de mata; que está debiendo más de un mes en el inquilinato; pero
que no precisa darse con la cabeza contra la pared; que me mande acá al
dueño que yo me entiendo con él. Que me parece bien que ella deje la casa
de la crioula donde está comiendo, porque la mujer se quejó y ya dijo, a
quien quiera oírla, que aquello no es un refugio de vagos y de mujeres de
mala vida. Que ella, si tuviese un poco de juicio, no necesitaría de las
migajas ajenas, que yo con la fragua la tendría con la barriga llena y a los
niños que Dios nos mande ─empezaba a acalorarse─. ¡Que la culpable de
todo es ella y nadie más! Si tuviera un poco de juicio no necesitaría andar
perdiendo la vergüenza por ahí…
—Eso ya lo dijiste, Bruno.
—¡Pues póngalo otra vez, a ver si ella se decide!
—¿Y qué más?
—Que no la quiero mal, ni le echo maldiciones, pero que está bien que ella
coma del pan amargo del diablo, para que sepa que una mujer decente no
debe mirar a nadie más que a su marido; y que si no fuese tan loca...
—¿Ya vas a empezar de nuevo con la misma cantinela? ...
—¡Pero dígaselo nomás, tenga paciencia, Nhá Pombinha!... Y que todavía
estaría conmigo, como antes, sin aguantar atropellos de extraños.
—¡Adelante, Bruno!
—Dígale…
Y se interrumpió.
¿Qué más tenía que decirle?
Se rascó la cabeza.
—Dígale...
No se animaba.
—¡Qué?
—Dígale... ¡No! ¡No le diga nada más!...
—¿Entonces, puedo cerrar la carta?
—Está bien... ─rezongó el herrero decidiéndose─. ¡Vaya! Dígale que...
—¿Qué?
Hubo un silencio, el cual el desgraciado parecía querer arrancarse de
adentro una frase que, sin embargo, era la única idea que lo llevaba a
dirigirse a su mujer. Finalmente, luego de rascarse vivamente la cabeza,
tartamudeó con la voz estrangulada de sollozos:
—Dígale que... si ella quiere volver conmigo... que puede volver nomás. Yo
me olvido de todo.
Pombinha quedó impresionada con la transformación de su voz,
levantó el rostro y vio que las lágrimas de a dos en dos, de a tres en tres, por
la cara, yendo a perderse en las motas cerdosas de la barba. Y, cosa extraña,
ella que había escrito tantas cartas en esas condiciones; que tantas veces
había presenciado el llanto rudo de muchos otros trabajadores del
conventillo, ahora se sobrecogía ante los sollozos desalentados del herrero.
Porque sólo después que el sol le bendijo el vientre, después de que
en sus entrañas sintiera el primer grito de su sangre de mujer, tuvo ojos para
ver aquellas violentas miserias dolorosas, a las que los poetas daban el
bonito nombre de amor. Su intelecto hizo lo mismo que su cuerpo, se había
abierto inesperadamente, alcanzando de súbito, en pleno desarrollo, una
lucidez que la deleitaba y la sorprendía. No la había conmovido tanto la
transformación física. Como que en ese instante, el mundo entero se
desnudaba ante su vista de improviso esclarecida, develándose todos los
secretos de sus pasiones. Ahora, enfrentándose con las lágrimas de Bruno,
ella comprendió y valoró la debilidad de los hombres, la fragilidad de esos
animales fuertes, de músculos valientes, de patas avasalladoras, pero que se
dejaban poner las riendas y conducir humildes por la soberana y delicada
mano femenina.
Aquella pobre flor de conventillo, escapando a la estupidez del medio
donde se abrió, tenía que ser, fatalmente, víctima de su propia inteligencia.
A pesar de la falta de educación, su espíritu trabajó rebelado, y la traicionó,
obligándola a extraer de la esencia caprichosa de su fantasía de joven
ignorante y vivaz la explicación de todo lo que no le habían enseñado a ver
y a sentir.
Bruno se retiró con la carta. Pombinha posó los codos en la mesa y se
cubrió la cara con las manos para meditar sobre los hombres.
¿Qué extraño poder era ese que la mujer ejercía sobre ellos, a tal
punto que los infelices, agobiados por la deshonra y el escarnio, todavía se
volvían cobardes y suplicantes a mendigarle perdón por el mal que ella les
hiciera?...
Entonces le surgió una idea de su propia fuerza y de su propio valor.
Sonrió.
Y en su sonrisa ya había garras.
Un aluvión de escenas, que ella jamás intentara explicarse, y que
hasta entonces yacían olvidadas en los meandros de su pasado, se le
presentaban ahora, nítidas y transparentes. Comprendió cómo era que viejos
respetables, cuyas fotos Léonie le mostrara el día que pasaron juntas, se
dejaban vilmente cabalgar por la rubia, cautivos y sumisos, pagando la
esclavitud con la honra, los bienes, y hasta con la propia vida si la
prostituta, después de haberlos agotado, les negaba su cuerpo. Y continuó
sonriendo, envanecida de su superioridad sobre el otro sexo, vanidoso y
fanfarrón, que se juzgaba señor y que, mientras tanto, había sido puesto en
el mundo para servir al femenino; esclavo ridículo que, para gozar un poco,
necesitaba extraer de su propia ilusión la esencia de su goce; al tiempo que
la mujer, la señora, su dueña, andaba tranquilamente disfrutando de su
imperio, endiosada y querida, prodigando martirios, que los miserables
aceptaban contritos, besando los pies que los sometían y las manos que los
estrangulaban.
—¡Ah! ¡Hombres! ¡Hombres! ─susurró ella con un suspiro.
Y tomó de nuevo su costura, dejando que su pensamiento vagase en
libertad, mientras los dedos iban maquinalmente cosiendo los encajes en
aquella almohada, en que su cabeza debía reposar luego de recibir el primer
beso matrimonial.
De un solo golpe de vista, como quien toma una esfera entre las
puntas de un compás, midió con las antenas de su perspicacia femenina
todo aquel estercolero, donde ella, después de arrastrarse durante mucho
tiempo como una larva, un bello día despertó mariposa a la luz del sol. Y
sintió ante sus ojos aquella masa informe de machos y hembras,
hormiguear, gemir concupiscente, sofocándose los unos a los otros. Y vio a
Firmo y a Jerônimo destrozarse, como dos perros que disputan a una perra
en la calle; y vio a Miranda, allá enfrente, subordinado a la esposa infiel,
que se divertía en hacerlo bailar a sus pies agarrándolo de los cuernos; y vio
a Domingos, fuera de la venta, perdiendo horas de sueño, después de
trabajar como un burro, perdiendo su empleo y sus ahorros juntados con
sacrificio, sólo para tener un instante de lujuria entre las piernas de una
desgraciadita irresponsable y tonta; y volvió a ver a Bruno, sollozando por
la mujer; y otros herreros y hortelanos, y picapedreros, y trabajadores de
todo tipo, un ejército de bestias sensuales, cuyos secretos ella poseía, cuya
correspondencia íntima había escrito día a día, cuyos corazones conocía
como las palmas de su mano, porque su escritorio era un pequeño
confesionario, donde todo el fango y todas las heces de aquel sumidero
fueron arrojados, espumantes de dolor y aljofaradas de lágrimas.
Y en su alma enfermiza y lisiada, en su espíritu rebelde de flor
mimosa y peregrina, criada en un estercolero, violeta infeliz, a la que un
abono demasiado fuerte para ella había atrofiado, la moza presintió bien
claro que nunca entregaría al marido una compañera amiga, leal, y
dedicada; presintió que nunca lo respetaría sinceramente como a un ser
superior a quien damos la vida, que nunca le consagraría su entusiasmo y,
por consiguiente, nunca le tendría amor, ése con el que ella se sentía capaz
de amar, si en la tierra hubiera hombres dignos de eso. ¡Ah! no lo amaría
ciertamente, porque Costa era como todos los otros, pasivo y resignado,
aceptando la existencia que le imponían las circunstancias, sin ideas
propias, sin temeridades de rebeldía, sin atrevimientos de ambición, sin
vicios trágicos, sin capacidad para grandes crímenes; era más un animal que
había venido al mundo para continuar con la especie, en fin, un pobre
diablo que la adoraba ciegamente y que más tarde, con o sin razón,
derramaría aquellas mismas lágrimas ridículas y vergonzosas que ella había
visto corriendo en gotas calientes por las ásperas y maltratadas barbas del
marido de Leocádia.
Y no obstante, hasta entonces, aquel matrimonio había sido su sueño
adorado. Pues ahora, en las vísperas de obtenerlo, sentía repugnancia por
entregarse al novio y, si no fuera por la madre, sería capaz hasta de deshacer
el compromiso.
Pero de allí a una semana, todo el inquilinato era una agitación desde
las primeras horas de la mañana. Sólo se hablaba del casamiento; en cada
mirada había un reflejo sanguíneo de noches nupciales. Se deshojaron rosas
en la puerta de Pombinha. A las once, un coche se detuvo en la puerta del
conventillo, conduciendo a una señora gorda, vestida de seda color perla.
Era la madrina que venía a buscar a la novia para llevarla a la iglesia de São
João Batista. La ceremonia estaba marcada para el mediodía. Toda esta
formalidad dejaba mudos a los circunstantes, que se alineaban enfrente del
número 15, con las manos cruzadas por detrás, el rostro paralizado por una
respetuosa conmoción; algunos sonreían enternecidos, casi todos tenían los
ojos húmedos.
Pombinha surgió en la puerta de la casa, ya lista para emprender el
gran vuelo; de velo y guirnalda, toda de blanco, vaporosa, linda. Parecía
conmovida; se despedía de los compañeros tirándole besos con su ramillete
de flores artificiales. Dona Isabel lloraba como una criatura, abrazando a las
amigas una por una.
—¡Dios le de gracia! ─exclamo la Machona─. Y que le de un buen parto
cuando tenga la primera barriga.
La novia sonreía con los ojos bajos. Una orla de desdén le
ensombrecía el rosado candor de los labios. Se encaminó hacia el portón,
cercada por la bendición de toda aquella gente, cuyas lágrimas por fin
afloraron, feliz cada uno por verla feliz y en camino a la posición que le
correspondía en la sociedad.
—¡No! ¡Ella no nació para esto! ─sentenció Alexandre, retorciéndose su
reluciente bigote─. ¡Hubiera sido una lástima que la tuviese que quedarse
aquí!
El viejo Liborio, cascabeleando una risa hipócrita, se quejó de que el
bribón de Costa le había ganado de mano robándole a la enamorada.
¡Ingrata! ¡El que estaba dispuesto a hacer una burrada!
Nenen corrió hasta la novia en momentos en que ésta llegaba hasta el
carruaje y, dándole un beso en la boca, le pidió con toda vehemencia que no
se olvidase de mandarle un botón de su guirnalda de azahares.
—¡Dicen que le trae suerte a las que se quieren casar!... ¡Y yo tengo mucho
miedo de quedarme soltera!... ¡Es lo que más temo!
XIII

A medida que algunos arrendatarios abandonaban el inquilinato,


muchos pretendientes aparecían, disputando cuartos para alquilar. Del Porto
y Pompeo fueron barridos por la fiebre amarilla y otros tres italianos
estuvieron en riesgo de vida. El número de huéspedes crecía, las casuchas
se dividían en cubículos del tamaño de sepulturas, y las mujeres iban
teniendo niños con la regularidad del ganado de cría. Una familia
compuesta de madre viuda y cinco hijas solteras, de las cuales la más vieja
tenía treinta años y la más joven quince, vino a ocupar la casa que desocupó
Dona Isabel, pocos días después del casamiento de Pombinha.
Ahora, cerca en la misma calle, germinaba otro conventillo, el
Cabeça-de-gato. Figuraba como dueño un portugués, que también tenía una
venta, pero el legítimo propietario era un acaudalado consejero, hombre de
cuello duro y a quien no le convenía, por decoro social, aparecer en
semejante tipo de especulaciones. Y João Romão, reventando de rabia, vio
que aquella nueva república de la miseria prometía prosperar y amenazaba
con hacerle peligrosa competencia. De inmediato se puso en campaña,
dispuesto a la lucha, y comenzó a perseguir a su rival de todas maneras,
coimeando a inspectores y guardias municipales para que no lo dejasen
respirar un instante con multas y exigencias vejatorias; mientras tanto,
solapadamente, sembraba en el espíritu de sus inquilinos un verdadero odio
partidario que los enfrentaba con la gente del Cabeça-de-gato. Aquél que
no fuese solidario iba derecho a la calle, “¡que allí no se admitían medias
tintas al respecto! ¡Al pan, pan y al vino, vino! ¡Nada de embrollos!”. De
más está decir que la parte contraria también echó mano de todos los
recursos para guerrear con el enemigo, no tardó en estallar una verdadera
rivalidad entre los inquilinos de los dos conventillos, agravada día a día por
pequeñas peleas y rencillas, en el que las lavanderas se destacaban por
problemas de clientes y de ropa. Al poco tiempo, los dos bandos ya estaban
perfectamente definidos; los habitantes del Cabeça-de-gato tomaron por
apodo el nombre de su conventillo, y los de São Romão, adoptando el
nombre del pescado que Bertoleza más vendía en la puerta de la taberna,
fueron bautizados como Carapicus. Quien intimase con un carapicu no
podía tener la más ligera amistad con un cabeça-de-gato; que alguien se
mudase de un inquilinato para otro era renegar de ideas y principios y se lo
señalaba con el dedo; denunciar a un adversario de lo que pasaba, fuera lo
que fuera, dentro del círculo opuesto, era cometer una verdadera traición,
que los compañeros castigaban a palos. Un vendedor de pescado que
cometió la tontería de hablar con un cabeça-de-gato de una pelea entre la
Machona y su hija, das Dores, fue encontrado casi muerto cerca del
cementerio de São João Batista. Alexandre no se dormía con los
adversarios; en sus partes policiales figuraba siempre, por lo menos, el
nombre de uno de ellos, pero entre los mismos policías ya había adeptos a
uno y a otro bando; el guarda que entraba a la venta de João Romão tenía
escrúpulos de beber cualquier cosa en el mostrador de la otra venta. En el
medio del patio del Cabeça-de-gato se había enarbolado una bandera
amarilla, los carapicus respondieron de inmediato izando un pabellón rojo.
Y los dos colores se miraban en el aire como en un desafío de guerra.
La batalla era inevitable. Cuestión de tiempo.
Firmo, ni bien se estableció el nuevo inquilinato, abandonó su cuarto
en el taller y se mudó allá en compañía de Porfiro, a pesar de la oposición
de Rita, que lo abandonaría más rápido que sus viejos camaradas de
conventillo. Fue el comienzo de una discordia entre los dos amantes; sus
encuentros se tornaban ahora más mezquinos y más difíciles. La baiana,
por ningún motivo pondría los pies en el Cabeça-de-gato y Firmo se
encontraba enfrentado con los carapicus. Para estar juntos se encontraban
en el cuarto de un conventillo de una vieja miserable en la Rua de São João
Batista, que les cedía una cama a cambio de una limosna. El capoeira
insistía en quedarse en el Cabeça-de-gato, porque allí se sentía a resguardo
contra cualquier persecución que su delito hubiese provocado; además,
Jerônimo no había muerto y, una vez bien restablecido, podría caer sobre él
con deseos de venganza. En el Cabeça-de-gato, Firmo había conquistado
rápidas simpatías y se constituyó en el jefe de la pandilla. Era querido y
venerado, y sus compañeros se sentían entusiasmados con su destreza y su
coraje; sabían de memoria su leyenda rica en hazañas y victorias. Porfiro lo
secundaba sin disputarle la primacía, y éstos dos, por sí solos imponían
respeto a los carapicus, entre los cuales, no obstante, había muy buena
gente para hacerle frente al más pintado.
Pero al cabo de tres meses, João Romão, notando que sus intereses no
se habían afectado para nada con la existencia del nuevo inquilinato, por el
contrario, se incrementaron con el progresivo movimiento de gente que se
desplazaba en el barrio, retomó su primitiva preocupación por Miranda, la
única rivalidad que verdaderamente lo estimulaba.
Desde que el vecino ascendió a la baronía, el ventero se transformó
por dentro y por fuera de manera sorprendente. Se hizo confeccionar ropa
de calidad y los domingos se apoltronaba, de saco blanco y con medias,
sentado en el frente de la venta, para leer los diarios. Después se le dio por
salir de paseo, vestido de casimir, calzado fino y corbata. Dejó de tusarse el
cabello a cepillo, se afeitó, conservando apenas el bigote, que ahora trataba
con brillantina cada vez que iba al barbero. ¡Ya no era el mismo seboso! Y
no paró allí; se hizo socio de un club de danza y, dos noches por semana,
iba a aprender a bailar, comenzó a usar reloj con leontina de oro; mandó
hacer una limpieza en su dormitorio, hizo ponerle piso nuevo, empapelar y
pintar; compró algunos muebles de segunda mano; instaló una ducha al lado
del retrete; empezó a comer con servilleta y a tener mantel y copas sobre la
mesa; empezó a tomar vino, no del ordinario que vendía a los trabajadores
sino de uno especial, que tenía para su consumo. En los días de fiesta se
acercaba al Paseo Público después del almuerzo o iba al teatro São Pedro de
Alcântara para asistir a los espectáculos vespertinos; además del Jornal do
Comércio, que era el único al que estaba suscripto desde hacía tres años y
poco, comenzó a recibir dos periódicos más y a adquirir entregas de novelas
francesas traducidas, que el ambicioso leía de cabo a rabo, con una
paciencia de santo, en la dulce convicción de que se estaba instruyendo.
Tomó tres dependientes más; ya no se prestaba mucho a servirle
personalmente a la negrada de la vecindad, ahora, apenas si se aparecía por
el mostrador. Y en poco tiempo su figura comenzó a ser vista con
frecuencia en la Rua Direita[21], en la Bolsa de Comercio y en los bancos, de
sombrero de copa echado sobre la nuca y el paraguas debajo del brazo.
Empezó a involucrarse en altas especulaciones, aceptaba acciones de
compañías de títulos ingleses y sólo prestaba dinero con garantía de buenas
hipotecas.
Miranda lo trataba de otra manera, se sacaba el sombrero para
saludarlo, se paraba risueño para conversar cuando encontraban en la calle,
y a veces conversaba brevemente con él en la puerta de la venta. Terminó
por ofrecerle su casa y convidarlo para el aniversario de la mujer, que sería
en breve, João Romão le agradeció la cortesía, deshaciéndose en
manifestaciones de reconocimiento, pero no fue.
Bertoleza continuaba en la casta errada, siempre la misma crioula
sucia, siempre atiborrada de trabajo, sin domingo ni día santo; esa si que en
nada, absolutamente en nada, participaba de los nuevos privilegios del
amigo; por el contrario, a medida que él ascendía en su posición social, la
desgraciada se volvía más esclava y más rastrera. João Romão subía y ella
continuaba allí abajo, abandonada como una cabalgadura en la que no se
puede continuar el viaje. Comenzó a sentirse triste.
El viejo Botelho también se allegaba al ventero, mucho más que el
propio Miranda. Ahora, el parásito no salía después de almorzar para su
conversación en la cigarrería, ni volvía por la tarde para cenar, sin detenerse
un instante en la puerta del vecino o, por lo menos, sin gritarle hacia
adentro: “¿Y, Seu João, como van sus cosas...”. Y siempre tenía una frase
amigable a flor de labios. Por lo general, el tabernero acudía, de cara alegre,
a darle la mano e invitarlo a que bebiese alguna cosa.
Sí, João Romão ya convidaba a beber. Pero no lo hacía porque sí, que
el no daba puntada sin nudo. Tanto así que, una vez que los dos salieron por
la tardecita para dar una vuelta por la playa, Botelho, después de hablar con
el entusiasmo acostumbrado de su gran amigo el Barão y de su virtuosísima
familia, añadió con la mirada seria:
—¡Aquella pequeña le vendría como anillo al dedo Seu João!...
—¿Cómo dice? ¿Qué pequeña?
—¡Vamos, que no me chupo el dedo! ¡Pícaro! ¿Piensa que no me he dado
cuenta?
El ventero quiso negar, pero el otro no lo dejó:
—¡Es un buen partido, claro que sí! Excelente niña... Tiene un
temperamento de paloma... Una educación de princesa: ¡hasta sabe francés!
Toca el piano, como usted debe haber escuchado... canta un poco... aprendió
dibujo... muy buena costurera... y...
Bajó la voz y le dijo un gran secreto en el oído de su interlocutor:
—¡Allí todo es sólido! Edificios y acciones en el banco...
—¿Usted está seguro? ¿Lo ha visto?
—¡Claro! ¡Palabra de honor!
Callaron un instante.
Después Botelho continuó:
—Miranda es buen hombre, ¡pobre! Tiene sus humos de grandeza, pero no
se le puede recriminar... Son cosas contagiadas por la mujer, mientras tanto,
encuentro que tiene buenas disposición con respecto a usted... Y si usted
sabe llevarlo, le saca la hija.
—Tal vez ella no quiera...
—¿Cómo dice? Una niña de aquellas, criada obedeciendo a los padres, ¿qué
sabe lo que es no querer? Cuente usted con una persona de intimidad de la
familia, que le lleve el negocio desde adentro, y verá si lo consigue o no.
¡Yo, por ejemplo!
—¡Ah! ¡Si usted se metiese en esto no hay duda! Dicen que Miranda hace
sólo lo que usted quiere...
—Lo dicen con razón.
—¿Y usted estará dispuesto a...?
—¿A protegerlo? Sí, ciertamente; en este mundo estamos para ayudarnos
los unos a los otros… Sólo que, como no soy rico...
—¡Ah! ¡Delo por escrito! Arrégleme usted el asunto y no se arrepentirá...
—De acuerdo, de acuerdo...
—¿No pensará que soy un bellaco?...
—¡Por amor de Dios! ¡Soy incapaz de semejante sacrilegio!
—¡Entonces!...
—Sí, sí... En todo caso hablaremos después, con más calma... ¡No se está
desangrando nadie!
Y, en efecto, desde entonces siempre que los dos se encontraban a
solas discutían su plan de abordaje a la hija de Miranda. Botelho quería
veinte contos de réis, y con un documento a vencer el día de casamiento; y
el otro ofrecía diez.
—¡Bien!, entonces acá no se ha dicho nada ─resumía el viejo─. Trate usted
solo el negocio; pero le estoy avisando que no cuente conmigo en
absoluto... ¿Me comprende?
—¿Quiere decir que habrá guerra?
—¡Hombre, válgame Dios! ¡Yo no le hago la guerra a nadie! ¡La guerra me
la está haciendo usted, que no me quiere dejar comer una migaja de la gran
tajada que le voy a meter en el buche!... ¡Hoy Miranda tiene más de mil
contos de réis! Ahora, vaya sabiendo que la cosa no es así tan fácil como tal
vez le parezca...
—¡Paciencia!
—¡El Barão ha de soñar con un yerno de cierta posición!... ¿Quién sabe,
algún diputado... algún hombre con futuro en la política del país?
—¡No! Mejor sería un príncipe...
—Inclusive la pequeña tiene un doctorcito de buena familia que hace rato la
viene rondando... Y, ella, por lo que parece, no le hace mala cara...
—¡Ah! ¡En ese caso hay que dejar que se entiendan!
—¡Sí, es mejor! Y hasta creo que con él será más fácil cualquier
transacción…
—Entonces, no se hable más del asunto. ¡Se acabó!
—No se hable más.
Pero, al día siguiente, volvieron sobre el tema:
—¡Hombre! ─le dijo el ventero─. ¡Para acabar con esto, le doy quince!
—¡Veinte!
—¡Veinte, no!
—¡Por menos no me conviene!
—¡Y yo, veinte no doy!
—Nadie lo obliga... ¡Adiosito!
—Hasta más ver.
Cuando se encontraron de nuevo, João Romão se rió del otro sin decir
una palabra. Botelho, en respuesta, le hizo un gesto de quien no quiere
meterse en algo que no es de su interés.
—¡Usted es un demonio!... ─bromeó aquel dándole una palmada amistosa
en el hombro─. Entonces, ¿no hay manera de que lleguemos a un acuerdo?
—¡Veinte!
—En el caso de que yo acepte por veinte, ¿puedo contar con...?
—En el caso de que mi noble amigo se decida por los veinte, recibirá del
Barão una invitación para ir a almorzar el próximo domingo: aceptará el
convite, irá y encontrará el terreno preparado.
—¡Pues que sea como usted quiere! ¡Más vale un gusto que cuatro vinténs!
[22]

Botelho cumplió su promesa: días después del contrato sellado y


firmado, João Romão recibió una carta del vecino, solicitándole la gentileza
de ir a cenar con él y su familia.
¡Ah! ¡Qué revolución se hizo en el espíritu del ventero! Pasó días
preparando esa visita; ensayó lo que tenía que decir, conversando solo
frente al espejo de su lavabo; por fin, el día marcado, se bañó varias veces,
se cepilló los dientes hasta dejarlos bien limpios, se perfumó de los pies a la
cabeza, se afeitó con esmero, se recortó y pulió las uñas, se vistió con ropa
nueva sin uso y, a las cuatro y media de la tarde, se presentó risueño y lleno
de timidez, en el espejado y pretencioso salón de Su Excelencia.
A los primeros pasos que dio sobre la alfombra, donde sus grandes
pies, aficionados de toda la vida a la independencia de la chancleta y el
zueco, se destacaban como un par de tortugas, de inmediato sintió que el
sudor de los grandes apuros le inundaba el cuerpo y le corría en goterones
por la frente y por el cuello, como si el desgraciado acabase de vencer en
ese instante una carrera de una legua bajo el sol. Sus manos rojas y
redondas goteaban, y él no sabía que hacer con ellas después que el Barão,
muy solícito, le tomó el sombrero y el paraguas.
Ya se arrepentía de haber ido.
—¡Hombre, siéntase cómodo! ─le dijo el dueño de casa. Si tiene calor,
acérquese a la ventana. ¡No haga cumplidos! ¡Eh, Leonor! ¡Trae el vermut!
¿O el amigo prefiere cerveza?
João Romão aceptaba todo con una sonrisa de turbación, sin ánimos
de arriesgar una palabra. La cerveza lo hizo sudar más todavía y, cuando
aparecieron en la sala Dona Estela y la hija, el pobre diablo daba pena de
tan torpe que se veía. Resbaló en dos oportunidades y en una de ellas se
apoyó en una silla que tenía ruedas; la silla se corrió y él casi se fue al piso.
Zulmira se rió, pero disimuló enseguida su hilaridad poniéndose a
conversar con la madre en voz baja. Ahora, repuesta en sus diecisiete años,
no parecía tan anémica y pálida; se le habían desarrollado los pechos y
redondeado los muslos. Estaba mejor así. La pobre Dona Estela era la que
se precipitaba, a pasos de granadero, hacia la vejez, a despecho de la
resistencia con que se batía; ya tenía dos dientes postizos, se teñía el pelo y,
desde la comisura de los labios, dos arrugas le serpenteaban carrillos abajo,
deshaciendo la primitiva gracia maliciosa de los labios; no obstante,
conservaba liso y grueso el blanco cuello y sus brazos no desmentían
antiguas glorias.
En la mesa, la visita comió tan poco y tan poco bebió, que los dueños
de casa lo censuraron jovialmente, fingiendo aceptar el hecho de que la
cena no era de su agrado; el invitado juró por el amor de Dios que no
pensaran en eso y juraba bajo palabra de honor que se sentía satisfecho y
que nunca otra comida le había sabido tan bien. Botelho estaba presente al
lado de un viejo fazendeiro, que en esa oportunidad se hospedaba en casa de
Miranda. Henrique, aprobado su primer año de medicina, había ido a visitar
a la familia en Minas. Isaura y Leonor servían a los comensales, riendo
ambas a hurtadillas por ver allí a João de la venta encorbatado y con
afectaciones de visita.
Después de cenar, apareció una familia conocida, trayendo una nidada
de mozas; vinieron también algunos muchachos; se jugaron juegos de
prendas, y João Romão, por primera vez en su vida, se vio metido en esas
honduras. Sin embargo, no salió mal parado.
El té de las diez y media transcurrió sin novedad; y, cuando por fin el
neófito se encontró en la calle, respiró aliviado, sacudiendo el pescuezo
dentro del cuello almidonado y suspirando con alivio. Una alegría de
victoria le desbordaba el corazón y lo hacía sentir feliz. Bebió el aire fresco
de la noche con una voluptuosidad nueva para él y, muy satisfecho consigo
mismo, entró en su casa y se metió en el dormitorio, alegre con la idea de
que iba a descalzarse aquellas botas, deshacerse de toda aquella ropa y
tirarse en la cama, para pensar más cómodo en su futuro, cuyos horizontes
se le abrían ahora iluminados de esperanza.
Pero la burbuja de su envanecimiento se marchitó de inmediato al ver
a Bertoleza que, extendida en la cama, roncaba con la boca abierta, la
camisa recogida sobre la barriga, dejando ver la negrura de las piernas
gordas y lustrosas.
¡Y tenía que acostarse allí, al lado de aquella negra hedionda a cocina
y a fritura de pescado! ¿Pues, tan perfumado y radiante como se sentía,
tenía que poner la cabeza en aquella misma almohada sucia en que se
encontraba la mota apestosa de la crioula?...
—¡Ay! ¡Ay! ─gimió el ventero resignándose.
Y se desvistió.
Una vez acostado, sin ánimos de apartarse del costado de la cama
para no recostarse contra su concubina, surgió nítida en su espíritu la
comprensión del estorbo que el demonio de aquella negra sería para su
casamiento.
Y él, que hasta entonces no había pensado en eso... ¡Qué problema!
No pudo dormir y se pasó la noche pensativo.
¡Menos mal que no tenían hijos! ¡Benditas las drogas que la Bruja le
dio a Bertoleza las dos veces que ésta se sintió grávida! Pero, al final, ¿de
qué forma se vería libre de aquella manea? ¡Y no haber pensado en eso
antes!... ¡Le parecía increíble!
João Romão, en efecto, había vivido tan ligado a la crioula, y tanto se
había habituado a verla a su lado que, en sus devaneos ambiciosos, pensó en
todo menos en ella.
¿Y ahora?
Y pensó en eso hasta las dos de la madrugada, sin encontrarle la
vuelta. Sólo al día siguiente, al verla acuclillada a la puerta, abriendo y
destripando pescado, fue que, por asociación de ideas, le acudió esta
hipótesis.
—¿Y si se muriera?
XIV

Fueron pasando los días, y así pasaron más de tres meses desde la
noche del navajazo. Firmo continuaba encontrándose con la baiana en la
Rua de São João Batista, pero la mulata ya no era la misma, se mostraba
fría, distraída y a veces impertinente, provocando enfrentamientos por un
quítame de allá esas pajas.
—¡Hum! ¡Hum! Tenemos moros en la costa ─murmuraba el matón
celoso─. ¡Dios quiera que no me engañe!
Ella siempre llegaba a los encuentros un poco más tarde de la hora
marcada, y su primera frase era para decir que tenía prisa y no podía
demorarse.
—¡Estoy muy recargada de trabajo!... ─agregaba a la réplica del amante─.
La ropa de una familia que embarca mañana para el norte. ¡Tiene que estar
lista esta noche! ¡Y ya trabajé también la noche de ayer!
—¡Ahora estás siempre recargada de trabajo! ─rezongaba Firmo.
—¡Es que hay que pelear para no perderlo, hijo! Si me duermo quiero saber
cómo voy a hacer para pagar la casa. ¡No ha de ser con lo que me llevo de
aquí!
—¡Vamos! ¡Tienes el coraje de decir que no te doy nada! ¿Y quién te dio
ese vestido que llevas puesto?
—No te dije que nunca me diste nada, pero lo que me das no pago la casa.
¿Acaso te estoy pidiendo algo? ¡Ufa!
De este modo se agriaban sus entrevistas, enfriando las pocas horas
que los dos tenían para el amor. Un domingo, Firmo esperó bastante tiempo
y Rita no apareció. El cuarto era estrecho, sombrío y sin ventanas, con olor
a encierro y humedad. El había llevado un paquete con pescado frito, pan y
vino para almorzar juntos. Dio medio día y Firmo esperaba todavía, dando
vueltas en la estrechez de la miserable alcoba, como un tigre enjaulado,
mascullando maldiciones obscenas, el entrecejo fruncido y apretando los
dientes. “¡Si aquella desvergonzada se le apareciese en ese momento, sería
capaz de retorcerle el pescuezo!”.
La vista del paquete con comida le exacerbó la rabia. Le dio una
patada a una palangana de loza que había en el piso, cerca de la cama, y se
dio un puñetazo en la cabeza.
—¡Diablos!
Después se sentó en la cama, esperó todavía un poco más de tiempo,
resoplando con fuerza, sacudiendo las piernas cruzadas y, finalmente, se fue
lanzando una palabrota hacia el interior del cuarto.
En la calle, mientras caminaba, juraba que “¡aquella mulata se lo
pagaría caro!”. Un vehemente deseo de castigar, en ese mismo momento, lo
atraía hacia el conventillo de São Romão, pero no se sintió con ánimos de ir
hasta allá, se contentó con rondar el inquilinato. No consiguió verla y
resolvió esperar hasta la noche para mandarle un recado. Y vagó fastidiado
por el barrio, arrastrando su disgusto por aquel domingo sin farra. A las dos
de la tarde entró en la taberna de Garnisé, un antro cerca de la playa donde
acostumbraba beber en compañía de Porfiro. Su amigo no estaba allí. Firmo
se tiró en una silla, pidió un martelo de parati, prendió un cigarro y se puso
a pensar. Un mulatito, que vivía en el Cabeça-de-gato, vino a sentarse a su
mesa y le dio la noticia de que, en la víspera, Jerônimo había sido dado de
alta en el hospital.
Firmo volvió en sí con un sobresalto.
—¡Jerônimo!
—Llegó al inquilinato esta mañana.
—¿Cómo te enteraste?
—Me lo dijo Pataca.
—¡Ah, ahora veo lo que pasó! ─exclamó el capoeira, dando un puñetazo
sobre la mesa.
—¿Qué pasó? ─preguntó el otro.
—Nada, yo me entiendo. ¿Quieres tomar algo?
Le sirvieron un vaso nuevo y Firmo rezongó, luego de una pausa:
—¡No hay dudas! ¡Es por eso que esta yegua anda con el paso cambiado
últimamente!
Y unos celos enfermos, una desesperación feroz le reventó por dentro
y creció de inmediato, como la sed de un herido. “¡Oh, necesitaba vengarse
de ella! ¡De ella, y de él! ¡El maldito aguantó la primera, pero no se
escaparía de la segunda!”.
—¡Otro martelo de parati! ─le gritó al portuguesito del antro. Y agregó
golpeando con fuerza su petrópolis contra el piso:
—¡Y esto no pasa de hoy!
Con el sombrero caído sobre la nuca, la melena más revuelta que de
costumbre, los ojos inyectados en sangre, la boca con espuma en las
comisuras, todo él respiraba una fiebre de venganza y de odio.
—¡Mira! ─le dijo al compañero de mesa─. ¡De esto ni pío con los
carapicus! ¡Si abres el pico, te arranco el pellejo! ¡Ya me conoces!
—No tengo nada de qué hablar. ¿Para qué?
—¡Bien!
Y se quedaron bebiendo.
En efecto, Jerônimo, fue dado de alta y regresó ese domingo al
conventillo, por primera vez desde que fue herido. Venía pálido, flaco
desfigurado, apoyándose en un trozo de bambú. Le había crecido la barba y
el cabello, que él no pensaba cortar sin haber cumplido cierto juramento que
se había hecho a sí mismo. La mujer fue a buscarlo al hospital y caminaba a
su lado, igualmente abatida por la dolencia del marido y por las causas que
la provocaron. Los compañeros lo recibieron compungidos, presos de una
respetuosa tristeza; un silencio se hizo alrededor del convaleciente, nadie
hablaba sino a media voz; Rita tenía los ojos inundados de lágrimas.
Piedade llevó a su hombre al cuarto.
—¿Quieres tomar un caldito? ─le preguntó─. Creo que todavía no estás
bien del todo…
—Estoy ─le retrucó él─. Dice el doctor que debo caminar para volver a
fortalecer las piernas. También, ¡estuve tanto tiempo en la cama! ¡Hace
apenas una semana que puse los pies en el suelo!
Dio algunos pasos en la pequeña habitación y después dijo, volviendo
junto a su mujer:
—Lo que me sabría muy bien ahora es una tacita de café, pero querría del
bueno, como lo hace Rita… ¡Mira! ¡Pídele que me lo prepare!
Piedade soltó un suspiro y salió despacio para ir a pedirle el favor a la
mulata. Aquella preferencia por el café de la otra, le dolía tanto como una
infidelidad.
—Allá, mi hombre quiere de su café… ─y torció la nariz hacia su casa─.
Manda pedirle que le haga una taza. ¿Puede ser? ─preguntó la portuguesa a
la baiana.
—¡No cuesta nada! ─respondió ésta─. En un ratito está.
Pero no fue necesario que se lo llevase, porque de allí a poco
Jerônimo, con su aire tranquilo y pasivo de quien todavía no se ha
recuperado después de una larga enfermedad, surgió en su puerta.
—No vale la pena molestarse en ir hasta allá… Si me lo permite, bebo el
cafecito aquí mismo…
—Entre, Seu Jerônimo.
—Acá sabe mejor...
—¡Ya empieza con sus cosas! ¡Mire que su mujer no me quita los ojos de
encima! ¡Y yo no quiero problemas!
Jerônimo sacudió los hombros con desdén.
—¡Pobre!...─refunfuñó después─. Es muy buena criatura, pero...
—¡Cállese la boca, demonio!... ¡Tome su café y déjese maldecir! ¡Ese
defecto de Portugal: comiendo y hablando mal de los demás!
El portugués sorbió con delicia un sorbo de café.
—Yo no hablo mal, pero confieso que no encuentro en ella todas las cosas
que yo desearía…
Y se chupó los bigotes.
—¡Todos ustedes son iguales! ¡Bien tonta es quien se deja engatusar por
palabras de un hombre! ¡Yo ya no quiero saber más de estas cosas!... ¡Al
otro ya lo despaché!
El picapedrero tuvo un temblor en todo el cuerpo.
—¿El otro, quién? ¿Firmo?
Rita se arrepintió de lo que dijo y tartamudeó:
—¡Es una mala persona! ¡No quiero saber más de él!... ¡Es un canalla!
—¿Todavía viene por acá? ─preguntó el picapedrero.
—¿Acá? ¡Ni se le ocurre! ¡Y si se le ocurre no le abro la puerta! ¡Cuando
yo le tomo antipatía a alguien es para siempre!
—¿Es verdad eso, Rita?
—¿Qué? ¿Que no quiero saber más de él? ¡Esta que está aquí, jamás
volverá a vivir con ese canalla! ¡Lo juro por la luz que me alumbra!
—¿Acaso le hizo alguna?
—¡No sé ni quiero saberlo! ¡Se acabó!
—Entonces usted tiene otro ahora…
—¡Qué esperanza! ¡No tengo ni quiero tener más un hombre!
—¿Por qué, Rita?
—¡Vaya! ¡Porque no vale la pena!
—¿Y... si usted encontrase uno... que la quisiera de verdad... para siempre?
—Tampoco.
—Pues yo sé de uno que la quiere como Dios a los suyos.
—Dígale que siga con sus cosas
Ella se acercó a recoger la taza y él la tomó por la cintura.
—¡Mira! ¡Escúchame!
Rita lo esquivó y le dijo muy seria:
—¡Quédate quieto! ¡Tu mujer nos puede ver!
—¡Ven acá!
—Después.
—¿Cuándo?
—Más tarde.
—¿Dónde?
—No sé.
—Necesito que hablemos.
—Sí, pero acá no está bien.
—¿Entonces, dónde nos encontramos?
—¡Qué sé yo!
Y viendo que Piedade, entraba, ella disimuló diciendo, sin
transiciones:
—Los baños fríos son buenos para eso. Endurecen el cuerpo.
La otra, ceñuda, atravesó la pequeña habitación en silencio y le dijo
que Zé Carlos y Pataca querían hablar con él.
—¡Ah! ─dijo Jerônimo─. Ya sé de qué se trata. Hasta luego Nhá Rita.
Cuando precise de alguna cosa, ya sabe donde estamos.
Al salir al patio, los dos hombres vinieron a su encuentro. El
picapedrero los llevó hasta su casa, donde la mujer ya había puesto la mesa
para el almuerzo, y, con una señal, les previno que no hablasen del asunto
que los había llevado allí. Jerônimo comió de prisa y convidó a las visitas a
dar una vuelta afuera.
En la calle les preguntó en un tono misterioso:
—¿Dónde podemos hablar cómodos?
Pataca propuso la venta de Manuel Pepé, enfrente del cementerio.
—¡Buena idea! ─confirmó Zé Carlos─. Allá tienen un fondo grande donde
podemos conversar.
Los tres se pusieron en camino, sin cambiar más palabras hasta la
esquina.
—Entonces, ¿sigue firme lo que dijimos?... ─preguntó por fin el último.
—¡Firme como una roca! ─dijo el picapedrero.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Todavía no lo sé... Antes quiero saber donde se lo puede encontrar al
cabra de noche.
—En el Garnisé ─afirmó Pataca.
—¿El Garnisé?
—Aquella taberna al entrar en la Rua da Passagem, la que tiene un gallo en
el letrero.
—¡Ah! Enfrente de la nueva farmacia.
—¡Justo allí! Ahora él va todas las noches; ayer lo vi, para más datos con
algunas copas…
—Muy borracho. ¿Eh?
—¡Como una cuba! Debe ser por alguna que le hizo Rita Baiana.
Habían llegado a la venta. Entraron por los fondos y se sentaron
alrededor de una mesa de pino sobre unas cajas vacías de jabón. Pidieron
parati con azúcar.
—¿Ellos, dónde se encontraban?... ─quiso informarse Jerônimo, afectando
que hacía esa pregunta sin un interés especial─ ¿Allá en el São Romão?
—¿Quiénes, Rita y él? ¡Cómo? El ahora es cabeça-de-gato hasta los
tuétanos.
—¿Ella iba allá?
—No creo. ¡Ella menos que nadie! ¡Ella es carapicu hasta la punta de los
dedos!
—¡No entiendo como todavía no rompieron! ─intervino Zé Carlos, que
siguió hablando de la mulata mientras que Jerônimo lo escuchaba abstraído,
sin quitar la vista de un punto fijo.
Pataca, como si estuviese siguiendo el pensamiento del picapedrero,
dijo, vaciando el resto de la copa:
—Tal vez sería mejor liquidar ese asunto hoy mismo…
—Todavía estoy muy débil... ─observó con lástima el convaleciente.
—¡Pero tu garrote está fuerte! ¡Y además, acá estamos nosotros! ¡Por nada
del mundo pienso renunciar a lo que me toca!
—Yo también pienso que sería mejor darle una soba hoy mismo...─declaró
Zé Carlos─. ¡El pan se pone duro de un día para otro!
—¡Y yo también, le tengo unas ganas! ─agregó Pataca.
—¡Pues, que sea hoy mismo! ─resolvió Jerônimo─. Y el dinero está en
casa, cuarenta para cada uno. ¡Después de la tunda vienen los cobres! ¡Y
después vamos a llenarnos de buen vino!
—¿A qué hora nos juntamos? ─preguntó Zé Carlos.
—Luego que caiga la noche, aquí mismo. ¿Está claro?
—Así será si Dios quiere.
Y Pataca encendió su pipa, los tres se pusieron a charlar
animadamente sobre el efecto que aquella paliza provocaría; la cara que el
cabra pondría ante tres buenos garrotes. “¡Entonces querían verlo hasta
adonde llegaban sus compadradas con la navaja! ¡Tipo canalla, que por
unos dimes y diretes echaba mano al fierro!”.
Dos trabajadores en camiseta entraron en la tasca y el grupo se calló.
Jerônimo encendió un cigarro en la pipa de Pataca y se despidió,
recordándoles a los compañeros la hora del encuentro y tirando sobre la
mesa un níquel de doscientos réis.
Fue directo al conventillo.
—¡Haces mal en andar por ahí con este sol!... ─lo reprendió Piedade ni bien
lo vio entrar.
—¡Pues que el doctor me dijo que caminara todo lo que pudiera!
Pero se recogió en la casa, se estiró en la cama y se durmió de
inmediato. La mujer, que lo acompañó hasta allí, ni bien lo vio durmiendo,
le espantó las moscas y le cubrió la cara con un lienzo que usaba para los
cestos de ropa almidonada, y, dejando la puerta abierta, salió en puntas de
pié.
Almorzaron a las dos. Jerônimo comió con apetito, bebió una botella
de vino y pasaron los dos toda la tarde charlando, sentados frente a la casa,
haciendo un grupo con Rita y la gente de la Machona. Alrededor de ellos, la
libertad feliz del domingo le ponía alegría a la tarde. Las mujeres
amamantaban a sus hijos allí mismo, al aire libre mostrando las ubérrima
tetas llenas. Había muchas risas, mucho parloteo de papagayos; los niños
cruzaban, tan luego riendo como llorando; los italianos hacían la ruidosa
digestión de sus almuerzos festivos; se oían cantigas y maldiciones entre
carcajadas. Augusta, que estaba embarazada de siete meses, paseaba
solemnemente su panza, llevando al otro hijo en brazos. Albino, instalado al
frente de una mesita, delante de su puerta hacía, a fuerza de paciencia, un
cuadro compuesto de figuritas de cajas de fósforos recortadas con tijera y
pegadas con goma arábiga en un cartón y allá arriba, en una de las ventanas
de Miranda, João Romão, vestido de casimir claro, una corbata a la moda,
ya familiarizado con la ropa y la gente fina, conversaba con Zulmira, que, al
lado suyo, sonriéndole con los ojos bajos, le tiraba migas de pan a las
gallinas del conventillo; mientras que el ventero lanzaba hacia abajo
miradas de desprecio sobre aquella gentuza sensual, que lo había
enriquecido, y que continuaba deslomándose estúpidamente de sol a sol, sin
otro ideal que comer, dormir y procrear.
Al caer la noche, Jerônimo fue, como habían combinado, a la venta de
Pepé. Los otros dos ya estaban allá; infelizmente había otra persona más en
la taberna. Tomaron juntos del mismo vaso un martelo de parati y
conversaron en voz baja, en la conspiración sombría, en la que las barbas se
rozaban las unas con las otras.
—Los garrotes, ¿dónde están?... ─preguntó el picapedrero.
—Allí, junto a las barricas... ─secreteó Pataca, apuntando con disimulo
hacia una vieja estera arrollada─. Los preparé hace poco... No los quería
muy grandes... De este tamaño.
Y abrió la mano a la altura del pecho.
—Han estado en remojo hasta ahora... ─agregó guiñando un ojo.
—¡Bien! ─aprobó Jerônimo, vaciando el vaso de un último trago─. Me
parece que todavía es temprano para ir a lo de Garnisé.
—¡Sí! ─confirmó Pataca─. Quedémonos un rato más y después nos vamos.
Yo entro en la taberna y ustedes me esperan afuera, en el lugar en que
convenimos... Si el cabra no estuviera allá, salgo a decirles, y en caso de
que esté, me quedo… Me acerco a él, trato de sacarle conversación, lo
provoco y finalmente lo desafío a pelear en la calle; él cae en la trampa, y
entonces ustedes dos aparecen y, como quién no quiere la cosa, se meten en
el baile. ¿Qué les parece?
—Perfecto ─aplaudió Jerônimo, y gritó para adentro─. ¡Eh, otro martelo de
parati!
Y, a continuación, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un
grueso fajo de billetes.
—¡Pueden beber a gusto! ─dijo─. ¡Aquí todavía queda mucho para eso!
Y, ordenando el dinero, separó ochenta mil réis en papeles de veinte.
—¡Esto es lo convenido! ¡Esto es sagrado! ─agregó guardándolos en el
bolsillo del lado derecho.
Después separó otros veinte mil réis y los arrojó sobre la mesa.
—¡Esto es para festejar nuestra victoria!
Y haciendo con el resto de su dinero un rollo que, un poco ebrio,
apretaba entre los dedos, ahora claros y sin callos, lo sepultó en el bolsillo
del lado derecho explicando, entre dientes, que allí había todavía bastante
para lo que pudiera pasar en caso de contratiempo.
—¡Bravo! ─exclamó Zé Carlos─. ¡Esto es lo que yo llamo hacer las cosas
como un hidalgo! ¡Cuente conmigo en las buenas y en las malas!
Pataca entendió que podían tomar un poco de cerveza.
—Yo no quiero nada, pero beban ustedes ─ofreció Jerônimo.
—Preferiría un poco de vino blanco ─intervino el tercero.
—¡Todo lo que quieran! ─ofreció él─. Yo también tomo un poco de vino.
¡Claro que sí! ¡Lo que estamos bebiendo no es dinero de aquel cuchillero,
fue ganado bajo el sol y bajo la lluvia, con el sudor de mi frente! ¡Y vamos
a beberlo sin remordimientos, que éste no pesa en la conciencia de nadie!
—Entonces, ¡a su salud! ─brindó Zé Carlos, luego de que vino el nuevo
refuerzo─. ¡Para que usted no vuelva a darle trabajo a la mala casta de los
boticarios!
—¡A su salud mestre Jerônimo! ─agregó el otro.
—¡A los amigos y compatriotas que encontré para mi desquite!
Y bebió.
—¡A la de la señora Piedade de Jesús! ─reclamó Pataca.
—¡Gracias! ─respondió el picapedrero levantándose─ ¡Bien! No nos vamos
a quedar acá toda la noche; manos a la obra. ¡Son casi las ocho!
—Pero a lo mejor nos demoramos por el camino ─advirtió el compañero
yendo detrás de las barricas a buscar el envoltorio con los garrotes.
—En todo caso, vamos yendo ─resolvió Jerônimo, impaciente, como
temeroso de que la noche se le escapase de súbito.
Pagó la cuenta, y los tres salieron, no tambaleándose sino como
empujados por un viento fuerte, que los hacía, de cuando en cuando, dar
unos pasos más rápidos hacia adelante. Siguieron por la Rua de Sorocaba y
tomaron después en dirección a la playa, conversando en voz muy baja muy
excitados. Se detuvieron cerca de lo de Garnisé.
—Entonces vas tú, ¿no? ─le preguntó el picapedrero a Pataca.
Este le respondió entregándole el envoltorio de los garrotes y
alejándose con las manos en los bolsillos, mirándose los pies, fingiéndose
más bebido de lo que realmente estaba.
XV

La taberna de Garnisé estaba bastante llena esa noche. Alrededor de


unas doce mesitas toscas de madera, cubiertas de hojalata pintadas de
blanco imitando mármol, se veían grupos de tres o cuatro hombres, casi
todos en mangas de camisa, fumando y bebiendo con gran algazara. Se
consumían grandes cantidades de cerveza nacional, vino, parati y
laranjinha. En el piso cubierto de arena, había cáscaras de queso de Minas,
restos de iscas de hígado y espinas de pescado, dando la idea de que allí no
sólo se bebía sino que también se comía. En efecto, en el interior, en una
fiambrera grasienta, junto al mostrador y entre las estanterías repletas de
botellas llenas y tapadas, había una fuente de carne asada con papas, un
hueso de jamón y varios platos de sardinas fritas. Dos quinqués de querosén
humeaban, ennegreciendo el techo. Y de una de atrás, que tapaba los fondos
de la casa con una cortina de percal rojo, venía, de vez en cuando, un hálito
de voces roncas, que parecían languidecer en el camino, vencido por
aquella densa atmósfera de color ópalo.
Pataca se plantó en la entrada, simulando una gran borrachera y
observando, con disimulo, todos los grupos para ver si descubría a Firmo.
No lo consiguió; pero, en una mesa, alguien le llamó la atención, porque él
inmediatamente se dirigió hacia allá. Era una mulata flaca, mal vestida,
acompañada de una vieja casi ciega y de un hombre totalmente calvo, que
sufría de asma y, de cuando en cuando, estremecía la mesa con un golpe de
tos, haciendo tintinear los vasos.
Pataca golpeó el hombro de la muchacha.
—¿Cómo estás, Florinda?
Ella lo miró riendo; dijo que estaba bien, y le preguntó cómo estaba.
—Y, la voy llevando. ¿En qué andas? ¡Hace como un mes que no te veo!
—Es cierto. Desde que estoy con Seu Bento casi no he salido.
—¡Ah! ─dijo Pataca─. ¿Estás con él? ¡Que bueno!
—¡Siempre lo estuve!
Y ella, muy expansiva con su descanso de aquel domingo y con unos
tragos de cerveza le contó que el día que huyó del inquilinato, se quedó en
la calle y durmió en una obra de una casa en construcción en la Travessa de
Passagem, y que al día siguiente, ofreciéndose de puerta en puerta como
criada o como ama seca, encontró un viejo soltero y con dinero que la tomó
a su servicio y terminó enredándose con ella.
—¡Bien, muy bien! ─asintió Pataca.
Pero el viejo del demonio era un desvergonzado asqueroso, le daba de
todo, dinero, la tenía siempre limpia y con la barriga llena, es cierto, ¡pero
quería que ella hiciese todo lo que él le pedía! Se pelearon. Y, como el
ventero de la esquina la rondaba, un buen día se fue a su casa, llevando lo
que le había sacado al viejo.
—Entonces, ¿ahora estás con el de la venta?
¡No! El comerciante, con el pretexto de que desconfiaba de ella con
Bento, el carpintero, la echó a la calle, quedándose con todo lo que la
pobrecita trajo de la casa del otro y dejándola sólo con la ropa en el cuerpo
y encima enferma, a causa del aborto que tuvo luego que se metiera con
semejante peste. Bento la había tomado bajo su cuidado y ella, gracias a
Dios, por el momento no tenía motivos de queja.
Pataca observó en torno suyo con el aire de quien busca a alguien y
Florinda, suponiendo que se trataba de su hombre, agregó:
—No está acá, está allá adentro. A él no le gusta que yo esté cerca cuando
juega, dice que le traigo yeta.
—¿Y tu madre?
—¡Pobre! Está en el hospicio…
Y luego se puso a hablar de la vieja Marciana; Pataca, sin embargo,
no le prestaba atención, porque en ese momento se acababa de abrir la
cortina roja, y Firmo apareció muy ebrio, tambaleándose, intentado contar,
sin conseguirlo, un fajo de dinero en billetes chicos, que finalmente arrugó
en un bolso que colocó en el bolsillo del pantalón.
—¡Eh Porfiro! ¿No vienes? ─gritó hacia adentro arrastrando la voz.
Y después de esperar inútilmente una respuesta dio algunos pasos por
el salón.
Pataca le dio a Florinda un “hasta luego” rápido y, fingiéndose de
nuevo muy bebido, se encaminó en la dirección en que venía el mulato.
Tropezaron.
—¡Oh! ¡Oh! ─exclamó Pataca─. ¡Disculpe!
—¡Ah! ¿Eres tú galego? ¿Cómo van las cosas? ¿Cómo van los robos?
—¡Los robos los tenía tu abuela en la peluca! ¿Vamos a tomar algo,
quieres?
—¿Qué puede ser?
—Cerveza, ¿Te parece?
—Me parece.
Se arrimaron al mostrador.
—¡Eh, muchacho, una Guarda-Velha! ─gritó Pataca.
Firmo sacó dinero para pagar.
—Deja ─dijo el otro─. Yo invité.
Pero, como Firmo insistió, consintió en que pagara.
Y los níqueles del vuelto rodaron por el piso, deslizándose por entre
los dedos del mulato, que los tenía torpes a causa de la tensión muscular de
la embriaguez.
—¿Qué hora es ─preguntó Pataca, mirando con los ojos casi cerrados un
reloj de pared─. Ocho y media. ¡Vamos por otra botella! ¡Pero ahora pago
yo!
Bebieron de nuevo y el ayudante de Jerônimo observó a continuación:
—¡Hoy sí que te la agarraste buena! ¡No puedes ni mantenerte en pié!
—Disgustos... ─rezongó el capoeira, sin conseguir escupir la saliva que se
le pegoteaba en la lengua.
—Límpiate la barbilla que estás baboso. ¿Disgustos por qué?
—Rita no apareció hoy, ¿sabes? No fue, ¡y yo sé muy bien por qué!
—¿Por qué?
—¡Porque el maldito de Jerônimo volvió hoy al conventillo!
—¡Ah!, no sabía... ¿Y Rita anda con él?
—¡No, no anda y no va a andar nunca, porque yo, de aquí mismo, voy a ir a
buscar a ese galego ordinario y le meto la púa en las tripas!
—¿Viniste armado?
Firmo sacó la navaja que llevaba debajo de la camisa.
—¡Escóndela! ¡No la andes mostrando aquí! ¡La gente de aquella mesa no
nos quita los ojos de encima!
—¡Me voy a encariñar con ellos! ¡Y que no miren mucho porque les doy
una de muestra!
—¡Entró un policía! ¡Pásame la navaja!
El matón miró al otro, extrañado de su pedido.
—Así ─explicó el otro─ si te agarran no encuentran el fierro...
—¿Agarrar a quién? ¿A mí? ¡Déjate de embromar!
—¿Es de las buenas? ¡Déjame verla!
—¡Esta no es cosa de andar mostrando!
—Bien sabes que yo no me doy con armas de barbero.
—¡No lo sé! ¡Es esta que no sale de mis manos, ni para mi padre si me lo
pidiese!
—¿No confías en mí, eh?
—Sólo confío en mis dientes, ¡y así y todo me muerden la lengua!
—¿Sabes a quién acabo de ver? ¿A que no adivinas?
—A Rita.
—¿Dónde?
—En la Praia da saudade.
—¿Con quién?
—Con un tipo que no conozco.
Firmo se levantó de improviso y se tambaleó hacia la salida.
—Espera ─gruñó el otro deteniéndolo─. Si quieres voy contigo; pero es
preciso andar con cuidado, ¡porque si ella nos ve, se escapa!
El mulato no hizo caso de esta observación y salió atropellando todas
las mesas. Pataca lo alcanzó ya en la calle y le pasó amigablemente el brazo
por la cintura.
—Vamos despacio... ─le dijo─, si quieres voy contigo, ¡porque si la pájara
nos ve, se espanta!
La playa estaba desierta. Caía una llovizna. Vientos fríos soplaban
sobre el mar. El cielo era un fondo negro de un solo color; del lado opuesto
a la bahía, los faroles parecían surgir del agua, como algas de fuego,
sumergiendo bien hondo sus trémulas raíces luminosas.
—¿Dónde está ella? ─preguntó Firmo, sin poderse sostener sobre las
piernas.
—Allí, más adelante, cerca de la cantera. ¡Camina que ya la vas a ver!
Y continuaron avanzando hacia el lado del hospicio. Otros dos bultos
surgieron en la oscuridad; Pataca los reconoció y de improviso se abrazó al
mulato.
—¡Agárrenle las piernas! ─le gritó a los otros.
Los dos bultos, con los garrotes entre los dientes, se apoderaron de
Firmo que braceaba asegurado por el cuerpo.
Se había dejado agarrar; estaba perdido.
Cuando Pataca lo vio aprisionado por las axilas y por las corvas, le
quitó la navaja.
—¡Listo! ¡Ya está desarmado!
Entonces lo soltaron. El capoeira, mal alcanzó a tocar piso con los
pies, le tiró un cabezazo, al mismo tiempo que un garrotazo le abría la nuca.
Dio un grito y se dio vuelta tambaleando. Un nuevo golpe le cayó en un
hombro y, de inmediato, otro en los riñones, y otro en los muslos, uno más
violento le quebró la clavícula, de inmediato otro le abrió la frente y otro lo
alcanzó en el espinazo, y otros, cada vez más rápidos, lo alcanzaban en
lugares ya golpeados, hasta que se convirtieron en una descarga continua de
cachiporrazos, que el infeliz no resistió, rodando por el suelo, goteando
sangre por todo el cuerpo.
La lluvia arreciaba. Ahora él, debajo de aquel martilleo sin treguas,
parecía mucho más pequeño, se achicaba, como si estuviese en el fuego.
Semejaba a una rata muriendo a palos. Un ligero temblor convulsivo era lo
único que denunciaba un resto de vida. Los otros tres no decían nada,
jadeaban sin dejar de golpear, presos de un vértigo irresistible de continuar
golpeando con sus garrotes aquel atado blando y ensangrentado, que gruñía
débilmente a sus pies. Por fin, cuando ya no tuvieron fuerzas para golpear
más, arrastraron aquel atado hasta la ribera de la playa y lo arrojaron al mar.
Después, jadeando, emprendieron una huída desordenada hacia la ciudad.
Ahora llovía muy fuerte. Recién se detuvieron en Catete, al lado de un
quiosco; estaban empapados; pidieron parati y la bebieron como si fuera
agua. Eran las once pasada. Descendieron por la Praia da Lapa; al llegar
debajo de un farol, Jerônimo paró sudando, a pesar del aguacero que caía.
—Aquí tienen ─dijo sacando de un bolsillo los cuatro billetes de veinte mil
réis─. ¡Dos para cada uno! Y ahora vamos a tomar a tomar algo caliente en
algún lugar seco.
Allí hay una taberna ─indicó Pataca señalando hacia la Rua da
Gloria.
Subieron por una de las escaleras que unen esa calle con la playa y de
allí a poco estaban sentados alrededor de una mesa de hierro. Pidieron
comida y bebida y, muy cansados, se pusieron a conversar en voz baja.
A la una de la mañana, el dueño del café los echó. Afortunadamente,
llovía menos. Los tres se dirigieron rumbo a Botafogo; en el camino,
Jerônimo le preguntó a Pataca si todavía tenía la navaja de Firmo y se la
pidió; su compañero se la dio sin objeción.
—¡Es para tener un recuerdo de ese infame! ─aclaró el picapedrero
guardando el arma.
Enfrente del inquilinato se separaron. Jerônimo entró sin hacer ruido;
fue hasta su casa, espió por el agujero de la cerradura; había luz en el
dormitorio; comprendió que su mujer lo estaba esperando, tal vez despierta;
le pareció sentir, como viniendo desde el interior, aquel olor agrio que ella
exhalaba, hizo una cara de desagrado y se encaminó resuelto hacia la casa
de la mulata, en cuya puerta golpeó despacio.
Esa noche, Rita se había acostado afligida y asustada. Había roto con
el amante y más tarde se asombró de haber cometido semejante
imprudencia; cómo tuvo el coraje de hacer, justamente en el momento más
peligroso, una cosa que ella, hasta ese entonces, no se había sentido con el
coraje de realizar. Íntimamente, respetaba al capoeira, le tenía miedo. Al
principio lo había amado por afinidad de temperamento, por la irresistible
atracción del instinto lujurioso y canalla que dominaba en ambos, después
continuó con él por hábito, por una especie de vicio que maldecimos sin
poder largarlo; pero desde que Jerônimo manifestó su atracción hacia ella,
fascinándola con su tranquila seriedad de animal bueno y fuerte, la sangre
de la mestiza reclamó sus derechos de selección, y Rita prefirió al europeo,
al macho de raza superior. El picapedrero, por su parte, cediendo a las
imposiciones ambientales, se había hastiado de su esposa, su congénere, y
quería a la mulata, porque la mulata era el placer, era la voluptuosidad, el
fruto dorado y acre de estas florestas americanas, donde el alma de
Jerônimo aprendió de la lascivia del mono y donde su cuerpo exudó el olor
sensual del macho cabrío.
Se amaban brutalmente, y ambos lo sabían. Ese amor irracional y
lascivo se había exacerbado, por ambas partes, con el trágico incidente de la
pelea en la que el portugués había sido la víctima. Jerônimo, aureolado ante
los ojos de ella con la simpatía del mártir sacrificado a la mujer amada,
creció con aquella puñalada; se iluminó con su propia sangre derramada y,
después, la ausencia en el hospital vino a completar la cristalización de su
prestigio, como si el picapedrero hubiera bajado a una sepultura,
arrastrando detrás de él la saudade de los que lo lloraban.
Mientras tanto, el mismo fenómeno se operaba en el espíritu de
Jerônimo en relación a Rita: arriesgar la vida espontáneamente por alguien
es aceptar un compromiso de ternura en el que empeñamos alma y corazón;
la mujer por quien hacemos tamaño sacrificio, sea quien fuera, asume en el
vuelo de nuestra fantasía las proporciones de un ideal. El desterrado, al
primer cambio de miradas con la baiana, la amó de inmediato, porque vio
en ella la síntesis de todos los misterios calientes que lo enmarañaron
voluptuosamente en estas tierra de lujuria; la amó mucho más cuando tuvo
la ocasión de arriesgar su vida por ese amor, y la amó locamente durante la
triste y dolorosa soledad del hospital, en la que sus gemidos y suspiros eran
todos para ella.
La mulata lo comprendió muy bien, pero no tuvo el ánimo de
confesarle que también moría de amores por él; temió perjudicarlo. Ahora,
con aquella locura de faltar al encuentro justamente en el día en que
Jerônimo volvía al inquilinato, la situación parecía muy delicada. Firmo,
desesperado con su ausencia, seguramente se emborracharía y vendría al
conventillo a provocar al picapedrero; la pelea no tardaría en iniciarse, fatal
para alguno de los dos, si no era para ambos. De lo que ella había sentido
por el cuchillero ahora solo persistía el miedo, no como había sido antes,
indeciso y débil, sino, por el contrario, sobresaltado, nervioso, lleno de
aprehensiones que la afligían. Firmo ya no se aparecía en su imaginación
como un amante celoso y peligroso, sino como un simple delincuente,
armado con una vieja navaja, desleal y homicida. Su miedo se transformaba
en una mezcla de asco y terror. Y, sin encontrar sosiego en la cama, se había
dejado aturdir por sus presentimientos, cuando oyó golpear en la puerta.
—¡Es él! ─dijo con el corazón saltándole en el pecho.
Y ya se veía delante de Firmo, borracho, reclamando por Jerônimo a
los gritos, para acuchillarlo allí mismo. No respondió al primer llamado; se
quedó escuchando.
Después de una pausa, golpearon de nuevo.
A ella le extrañó la manera en que golpeaban. No era natural que el
facineroso procediese con tanta prudencia. Se levantó, fue hasta la ventana,
abrió una de las hojas y espió por la celosía.
—¿Quién anda ahí?... ─preguntó a media voz.
—Soy yo... ─dijo Jerônimo acercándose.
—¡Cómo? ¿Eres tú Jerônimo?
—¡Chist!... ─dijo él poniéndose el dedo en la boca─. Habla bajo.
Rita comenzó a temblar; al ver la mirada del portugués, sus manos
con sangre mal lavada, en su aspecto de hombre ebrio, empapado y sucio,
había una terrible expresión de crimen.
—¿De dónde vienes? ─le preguntó ella.
—De cuidar por nuestra vida... ¡Aquí tienes la navaja con la que fui herido!
Y le tiró sobre la mesa la navaja de Firmo, que la mulata conocía
como la palma de sus manos.
—¿Y él?
—Está muerto.
—¿Quién lo mató?
—Yo.
Los dos se quedaron callados.
—Ahora… ─agregó el picapedrero, luego de un silencio jadeado por
ambos─ estoy dispuesto a todo para quedarme contigo. Nos iremos de aquí
para donde más nos convenga… ¿qué dices?
—¿Y tu mujer?
—Le dejo mis ahorros de mucho tiempo y continuaré pagando el colegio de
la niña. Sé que no debería abandonarlas, pero puedes estar segura de que,
aún cuando no vengas conmigo, no me quedaré con ella… ¡No sé! ¡Ya no
puedo soportarla! ¡Un hombre se hastía! Afortunadamente la caja con mi
ropa todavía está en el hospital y puedo ir a buscarla mañana.
—¿Y para dónde iremos?
—¡Si algo no nos falta es adonde ir! En cualquier parte estaremos bien.
Tengo conmigo unos quinientos mil réis para nuestros primeros gastos.
Puedo quedarme acá hasta las cinco; son las dos y media; salgo sin que
Piedade me vea; después te mandaré decir lo que he arreglado, y tú te irás
conmigo... Ya lo dije. ¿Aceptas?
Rita, por toda respuesta, lo abrazó por el cuello y se le prendió a los
labios, devorándolo a besos.
Aquel nuevo sacrificio del portugués, aquella dedicación extrema que
lo llevaba a dejar todo de lado: familia, dignidad, futuro, todo por ella, la
entusiasmó con locura. Después de los sobresaltos de ese día y de esa
noche, sus nervios estaban tensos y ella se sentía toda electrizada.
¡Ah! ¡No se había engañado! Aquel hombrazo hercúleo, de músculos
de toro, era capaz de todas las ternuras del amor.
—¿Y? ─dijo él.
—¡Sí, sí, mi dulce cautiverio! ─respondió la baiana hablándole en la
boca─. ¡Quiero irme contigo, quiero ser tu mulata, el bien de tu corazón!
¡Me has hechizado! ─y, palpándole el cuerpo, continuó─ ¡Pero cómo estás
empapado! ¡Espera! ¡Lo que no falta aquí es ropa de hombre para
cambiarte!... ¡Cruces, podrías tener una recaída! ¡Sácate todo esto que estás
encharcado! Voy a prender el fogón y tiende encima todo lo que sea de
casimir, para que te puedas vestir a las cinco. ¡Sácate las botas! ¡Mira como
está el sombrero! ¡Hay que secar todo esto! ¡Mira, toma un trago de parati
para cortar el enfriamiento! Después te hago unas friegas con él. ¡Voy a
preparar un café!
Jerônimo bebió un buen trago de parati, se cambió de ropa y se echó
en la cama de Rita.
—¡Ven acá…! ─le dijo con voz ronca.
—¡Espera! ¡Espera! El café ya va a estar listo.
Y ella se le acercó, llevándole el pocillo humeante de la perfumada
bebida, que había sido la mensajera de sus amores; se sentó en el borde de
la cama y, asegurando con una mano el platillo y con la otra la taza, lo
ayudaba a beber, trago a trago, mientras sus ojos lo acariciaban, brillantes
de impaciencia, gozando de antemano del primer encuentro.
Después se quitó la pollera y sólo con la camisa se arrojó sobre su
amado en un frenesí de enloquecido deseo.
Jerônimo, al sentirla en sus brazos; al sentir en su piel la carne
caliente de aquella brasileña; al sentir inundarle el rostro y las espaldas un
efluvio de vainilla y cumaru, la onda fresca de la cabellera de la mulata; al
sentir aplastarse contra su pecho ancho y velludo de picapedrero aquellos
dos globos tibios y blandos; y en los muslos, los muslos de ella, su alma se
derritió y borboteando como un metal al fuego, le salió por la boca, por los
ojos, por todos los poros del cuerpo, incandescente, al rojo vivo,
quemándole las propias carnes y arrancándole gemidos sordos, sollozos no
contenidos, que le sacudían los miembros, fibra por fibra, en una agonía
extrema, sobrenatural, una agonía de ángeles violados por demonios, en el
resplandor cruento de las hogueras del infierno.
Con un abrazo de bestia feroz cayeron los dos postrados, jadeando.
Ella tenía la boca abierta, la lengua afuera, el rostro tenso, los dedos rígidos
y el cuerpo todo temblándole de los pies a cabeza, continuamente, como si
se estuviera muriendo; mientras que él, de improviso lanzado lejos de la
vida por aquella explosión inesperada de sus sentidos, se dejaba sumir, en
una deliciosa embriaguez, a través de la cual el mundo y todo su pasado se
hundían como sombras fatuas. Y, sin conciencia de nada de lo que lo
rodeaba, ni memoria de sí mismo, sin ojos, sin tino, sin oídos, apenas
conservaba en todo su ser una impresión bien clara, viva, inextinguible: el
roce de aquella carne caliente y palpitante, que él, en delirio, apretó contra
su cuerpo, y que todavía sentía latirle bajo las manos, que continuaba
apretando maquinalmente, como un niño que ya dormido acaricia las tetas
que sació, al mismo tiempo, el hambre y la sed con que vino al mundo.
XVI

A esas horas, Piedade de Jesús, todavía esperaba por el marido


Había oído, sentada impaciente en la puerta de su casa, dar las ocho,
las ocho y media; las nueve, las nueve y media. “¿Qué habría ocurrido
Madre Santísima?... ¡Pues aquel hombre todavía no estaba curado del todo
y se exponía al fresco, mal había comido su cena, para demorarse de aquel
modo!... ¿Él, que no había sido capaz de semejantes tonterías?...”.
—¡Las diez! ¡Válgame nuestro señor Jesucristo!
Fue hasta el portón del inquilinato, preguntó a los conocidos que
pasaban si habían visto a Jerônimo; nadie le pudo dar noticias de él. Salió,
corrió hasta la esquina de la calle; un silencio de cansancio bostezaba en
aquel resto de domingo; a las diez y media se recogió sobresaltada, con el
corazón saliéndole por la boca, el oído alerta, para acudir a la puerta al
primer llamado; se acostó sin sacarse la pollera ni apagar de todo el
quinqué. La cena frugal de leche hervida y queso asado con azúcar y
manteca quedó intacta sobre la mesa.
No consiguió dormir: la cabeza le trabajaba apartándole el sueño.
Comenzó a imaginar peligros, peleas en que su hombre recibía nuevos
navajazos; Firmo aparecía en todas las escenas de su delirio, y en todas
ellas había sangre. Por fin, cuando, después de dar vueltas en la cama
durante mucho tiempo, la infeliz se iba amodorrando, el más leve rumor
afuera la hacía levantarse de un salto y correr hasta la ventana. Pero ni la
primera, ni la segunda, ni ninguna de las veces fue el picapedrero.
Cuando comenzó a llover, Piedade se afligió aún más; en su
sobreexcitación se imaginaba que el marido ahora estaba sobre las aguas del
mar, embarcado, solamente entregado a la protección de la Virgen, en
medio de un temporal atemorizador. Se arrodilló delante de un oratorio y
rezó con la voz trabada por una sofocante agonía. Con cada trueno
redoblaba su sobresalto. Y ella, de rodillas, los ojos fijos en la imagen de
Nossa Senhora, sin conciencia del tiempo que corría, jadeaba sollozando.
De repente, se levantó, admirada de encontrarse sola, como si sólo en aquel
instante se hubiera dado cuenta de la falta de su marido a su lado. Miró a su
alrededor despavorida, con deseos de llorar, de pedir socorro; las sombras
extendidas alrededor del quinqué bosquejaban dibujos trémulos por las
paredes y el techo, parecían querer decirle alguna cosa misteriosa. Un par
de pantalones colgados en la puerta del cuarto con un saco y un sombrero
encima, le representó, de reojo, el bulto de un ahorcado moviendo las
piernas. Se santiguó. Quiso saber qué hora era y no pudo; se le figuraba que
habían transcurrido por lo menos tres días durante esa angustia. Calculó que
no tardaría en amanecer, si es que todavía amanecía: si es que aquella noche
infernal no se llegaba a prolongar indefinidamente, sin que nunca más
apareciese el sol. Bebió un vaso colmado de agua, a pesar de haber tomado
otro hacía poco, y permaneció inmóvil, con el oído atento, en la expectativa
de escuchar la hora en algún reloj de la vecindad.
La lluvia había disminuido y los vientos comenzaron a soplar con
desesperación. Desde afuera, la noche le decía secretos por el agujero de la
cerradura y por las hendijas del tejado y de las puertas, con cada silbido, la
miserable se imaginaba que algún espectro venía a anunciarle la muerte de
Jerônimo. El impaciente deseo de saber qué hora era la enloquecía. Fue
hasta la ventana, la abrió; una ráfaga húmeda entró silbando en la
habitación y apagó la luz. Piedade lanzó un grito y comenzó a buscar la caja
de fósforos, tropezando, sin conseguir reconocer los objetos que tanteaba.
Estuvo a punto de perder los sentidos, finalmente halló de nuevo los
fósforos, volvió a prender el quinqué y cerró la ventana. Había entrado un
poco de lluvia; sintió la ropa mojada en el cuerpo; tomó de nuevo un vaso
de agua; un escalofrío de fiebre le recorría el espinazo, y se tiró sobre la
cama arropándose con las sábanas, tiritando de fiebre y castañeando los
dientes. Nuevamente se amodorró, cerró los ojos; pero se volvió a levantar,
sentándose en el colchón: le pareció haber oído hablar a alguien afuera en la
calle; el escalofrío volvió, trémula, trataba de escuchar. Si no se engañaba,
distinguía voces ahogadas conversando y las voces eran de hombre; se
quedó a la escucha, colocándose la mano en concha detrás de la oreja;
después oyó que golpeaban, no en su puerta sino más adelante, en la casa de
das Dores, de Rita, o de Augusta. “Debía ser Alexandre que volvía de su
servicio...”. Quiso ir a hablar con él y pedirle noticias de Jerônimo; pero el
escalofrío la obligó a quedarse debajo de las sábanas.
A las cinco se levantó de nuevo con un salto. “¡Con seguridad ya
habría gente afuera!...”. Oyó crujir la primera puerta; abrió la ventana, pero
todavía estaba tan oscuro que no distinguía nada. Era una perezosa
madrugada de agosto, nebulosa, húmeda; parecía dispuesta a resistir al día.
“¡Oh!, ¿es que aquella noche del demonio no se iba a acabar nunca?...”.
Entretanto, se adivinaba que iba a amanecer. Piedade oyó dentro del patio,
del lado contrario a su casa, un runrún de voces cuchicheando animadas.
“¡Virgen del cielo, se diría que esa era la voz de su hombre, credo!
¡Seguramente era ilusión suya! En esa noche ella oía lo que no ocurría...”.
Pero aquellos cuchicheos dialogados en la oscuridad le causaban gran
alborozo. “¡No! ¿Cómo podía ser él?... ¡Qué locura! ¡Si su hombre
estuviera allá, seguramente ya habría ido a casa!...”. Y los cuchicheos
persistían, mientras, Piedade, toda oídos, estallaba de agonía.
—¡Jeromo! ─gritó ella.
Las voces callaron de inmediato, se hizo un completo silencio;
después no se oyó nada más.
Piedade permaneció en la ventana. Al final, las tinieblas se
disolvieron, una claridad triste se formó en el naciente y fue, poco a poco,
derramándose en el espacio. El cielo era una argamasa cenicienta y espesa.
El conventillo se despertaba con la pereza de los días lunes, se oían los
catarros de las resacas de parati. Las casuchas se abrían, bultos
desperezándose venían, bostezando, a lavarse en las canillas; las chimeneas
empezaban a humear; cundía el olor a café tostado.
Piedade se echó un chal encima de los hombros y salió al patio; la
Machona que acaba de aparecer en la puerta del número 7, con un alarido
para despertar a toda la familia de una sola vez, le gritó:
—¡Buenos días, vecina! ¿Su marido cómo está? ¿Mejor?
Piedade soltó un suspiro.
—¡Ay, no me pregunte, señora Leandra!
—¿Empeoró, hija?
—Esta noche no vino por casa…
—¡Mira con el demonio! ¿Cómo es que no vino? ¿Y dónde se quedó
entonces?
—La que aquí está no puede responderle.
—¡Se habrá visto!
—¡Tengo la cabeza deshecha! ¡No he pegado un ojo en toda la noche! ¡Qué
desgracia la mía!
—¿Le habrá pasado algo...?
Piedade empezó a sollozar enjugándose las lágrimas en el chal de
lana; al tiempo que la otra, con su voz ronca y fuerte, como el sonido de una
corneta oxidada, hacía correr la nueva de que Jerônimo no había pasado la
noche en el inquilinato.
—Tal vez haya vuelto al hospital... ─observó Augusta, que lavaba en una
tina junto a la jaula de su papagayo.
—Pero ayer el vino de alta... ─respondió Leandra.
—Y allá no se puede entrar después de las ocho de la noche ─agregó otra
lavandera.
Los comentarios se multiplicaban, palpitando por todos lados una
buena disposición para hacer de aquello el escándalo del día. Piedade
respondía fríamente a las preguntas curiosas que le dirigían las compañeras;
estaba triste y abatida; no se lavó, no se mudó de ropa, no comió nada,
porque la comida le crecía en la boca y le quedaba atravesada en la
garganta; todo lo que hacía era llorar y lamentarse.
—¡Grande desgracia la mía! ─repetía la infeliz a cada instante.
—¡Si te vas a poner así, hija! ¡Estás lista! ─le dijo la Machona, acercándose
hasta la puerta de su casa mordisqueando un pan con manteca─. ¡Qué
diablos, criatura! ¡El hombre no se te murió para que estés quejándote de
esta manera!
—¡Qué sé yo si no se me murió!... ─dijo Piedade entre sollozos─. ¡He visto
tantas cosas anoche!...
—¿Él apareció en tus sueños?... ─preguntó Leandra asombrada.
—En sueños no, porque no he dormido, pero vi cosas como fantasmas.
Y lloraba.
—¡Jesús, hija!
—¡Qué desgraciada soy!
—¡Si, tienes visiones, seguro; pero ten fe en Dios, mujer! ¡Y no te quejes de
esa manera, que la desgracia puede ser mayor! ¡El llanto atrae muchas
cosas!
—¡Ay mi lindo hombre!
Y el lúgubre mugido de aquella pobre criatura abandonada ponía a la
ruda agitación del conventillo una nota triste y lastimera de una vaca
llamando a la distancia, perdida al caer la noche en un lugar desconocido y
agreste. Pero el trabajo calentaba de una punta a la otra el inquilinato; se
reía, se cantaba, se le daba a la lengua; el hormigueo se animaba con las
compras para el almuerzo; los mercaderes entraban y salían; la máquina de
la fábrica de pastas comenzaba a bufar. Y Piedade, sentada en el umbral su
puerta, paciente y ululante como un perro que espera a su dueño, maldecía
la hora en que había salido de su tierra y parecía dispuesta a morir allí
mismo, en aquel rellano de granito, donde tantas veces, con la cabeza
recostada en el hombro de su marido, había suspirado feliz, oyendo gemir
en la guitarra los queridos fados de ultramar.
Y Jerônimo no aparecía.
Por fin se levantó, fue hasta el pastizal, se puso a caminar agitada,
hablando sola, gesticulando fuerte. Y en sus movimientos de desesperación,
cuando levantaba hacia el cielo sus puños cerrados, se diría que no era
contra su marido que se rebelaba sino contra aquella maldita luz alucinante,
contra aquel sol crapuloso, que hacía hervir la sangre de los hombres y les
metía en el cuerpo lujurias de chivo. Parecía rebelarse contra aquella
naturaleza alcahueta, que le robara a su hombre para dárselo a otra, porque
otra era la gente de sus entrañas, y ella no.
Y maldecía sollozando la hora en que había dejado su tierra; esa
buena tierra cansada, tan vieja como enferma; esa buena tierra tranquila, sin
sobresaltos ni desvaríos juveniles. Sí, allá los campos eran fríos y
melancólicos de un verde rubio y tranquilo, y no ardientes y esmeraldinos,
ahogados en tanto sol y tanto perfume como el de este infierno, donde en
cada hoja que se pisa hay debajo un reptil venenoso, como en cada flor que
se abre, en cada moscardón que aletea hay un virus de lascivia. Allá, en los
nostálgicos campos de su tierra, no se oía en noches de luna clara rugir a la
onza ni al yaguareté, ni por la mañana, al romper el día, rechinaban los
dientes de las piaras de chanchos salvajes; allá no cruzaba el bosque el feo y
terrible tapir quebrando árboles; allá la cascabel no entrechocaba sus
terribles crótalos anunciando la muerte, ni la coral esperaba traicionera al
viajero descuidado para su bote certero y mortal; allá su hombre no sería
acuchillado por los celos de un capoeira; allá Jerônimo sería todavía el
mismo esposo casto, parco y cariñoso, sería el mismo labrador triste y
contemplativo, como el ganado que a la tarde levanta hacia el cielo opalino
su mirada humilde, compungida y bíblica.
¡Maldita la hora en que ella vino! ¡Maldita! ¡Mil veces maldita!
Y volviendo a su casa, Piedade se irritaba más porque enfrente, en el
número 9, la mulata baiana, la danzarina de chorado, la víbora
alborotadora, cantaba alegremente, acercándose hasta la ventana para
aventar la ceniza de su plancha de carbón, mirando de paso hacia la
izquierda y hacia la derecha, afectando indiferencia por lo que no era de su
interés, y desapareciendo de inmediato, sin interrumpir su cantiga, muy
concentrada en su trabajo. ¡Ah! Esa no hizo comentarios sobre el extraño
comportamiento de mestre Jerônimo, ni tampoco quiso saber noticias de él;
apenas si puso los pies fuera de su casa y, las pocas veces que salió fue
apresurada y sin darle charla a nadie.
¡Nada! ¡Que las penas y los disgustos no llenan la olla!
Mientras tanto, ¡ah! ¡ah!, ella estaba muy preocupada. A pesar del
alivio que le trajo a su espíritu la muerte de Firmo y a despecho de su
alegría de pasar por fin a los brazos del picapedrero, un sobresalto vago y
opresivo le oprimía el corazón y la mataba de impaciencia por salir en
busca de noticias por los sucesos de la noche; tanto era así que, a las once,
ni bien percibió que Piedade, después de esperar en vano por el marido,
salía afligida en su busca, dispuesta a ir al hospital, a la policía, al
cementerio, al diablo, con tal de no volver sin ninguna aclaración, ella dejó
de inmediato su trabajo, se puso una pollera, se echó un chal sobre los
hombros y ganó la calle, también, dispuesta a no volver hasta saber, detalle
por detalle, todas las novedades.
Cada una fue por su lado y sólo volvieron por la tarde, casi al mismo
tiempo, encontrando el conventillo ya lleno y alborotado con la noticia de la
muerte de Firmo y del terrible efecto que esto causara en el Cabeça-de-
gato, donde el crimen había sido atribuido a los carapicus, contra los cuales
se juraban tremendas venganzas de desagravio. Allá soplaba, gruñendo, un
hábito caliente de cólera apenas contenida y sedienta, que crecía con la
proximidad de la noche y parecía sacudir el aire, amenazadoramente, la
inquieta bandera amarilla.
El sol resbalaba hacia el ocaso, indefenso y desnudo, tiñendo el cielo
de un arrebol presagioso y siniestro.
Piedade entró ceñuda al inquilinato; no venía triste, venía enfurecida;
había sabido del marido más de lo que esperaba. En primer lugar había
sabido que estaba vivo, perfectamente vivo, pues había sido visto aquel
mismo día, más de una vez, en el Garnisé y en la Praia da Saudade,
vagando hosco; había sabido, por intermedio de un sereno amigo de
Alexandre, que Jerônimo surgió, por la mañanita, del pastizal cercano a la
cantera de João Romão, lo que le había hecho creer que él venía de la casa,
saliendo por los fondos del conventillo; además supo que el picapedrero
había ido al hospital a buscar su ropa y que, en la víspera, había estado
bebiendo copiosamente en la venta de Pepé en compañía de Zé Carlos y de
Pataca; y que después los tres, más o menos en copas, habían seguido para
el lado de la playa. Sin la menor sospecha del crimen, la infeliz estaba
convencida de que el marido no se había recogido en casa porque andaba de
gran parranda con los amigos y que, habiendo vuelto tarde bebido se le
había dado por meterse con la mulata, que lo había aceptado de inmediato.
“¡Y cómo no! ¡Si hacía mucho tiempo que la desvergonzada no quería otra
cosa!”. Con este convencimiento le creció en el interior un enredo de celos,
y corrió sin poderse contener hacia el inquilinato, convencida de que iba a
encontrar a su hombre y le arrojaría toda aquella tremenda tempestad de
resentimientos y despechos acumulados que amenazaban con sofocarla si
no explotaban de una vez. Atravesó el conventillo sin decirle una palabra a
nadie y fue directo a su casa; contaba con encontrarla abierta y su decepción
fue cruel al verla cerrada como la había dejado. Le pidió la llave a la
Machona que, al entregársela, le preguntó por Jerônimo y, al mismo tiempo,
le notició del asesinato de Firmo.
Piedade no contaba con esta nueva. Se quedó lívida; un pavoroso
presentimiento cayó sobre su espíritu como un rayo. Se apartó luego, con
miedo de hablar y, trémula y jadeante, abrió la puerta del número 35.
Se tiró en una silla. Estaba muerta de cansancio; ese día no había
comido nada y no sentía hambre: la cabeza le daba vueltas y las piernas
parecían de plomo.
“¿Habrá sido él...?” ─se preguntó.
Y los razonamientos comenzaron a surgirle en masa, enmarañados,
atropellándole la razón. No conseguía coordinarlos; entre todas, una idea se
le insubordinaba con más insistencia, perturbándole las otras, quedando con
más valor, como la carta mayor del resto del naipe: “¡Si él mato a Firmo,
durmió en el inquilinato y no vino a verme es porque esta vez me dejó por
Rita!”.
Intentó huir de semejante hipótesis; la rechazó indignada. ¡No! No era
posible que Jerônimo, el padre de su hija, un hombre a quien ella nunca dio
motivos para quejarse y a quien siempre respetó y quiso con el mismo
cariño y con la misma dedicación, la abandonase de un momento para otro,
¿y por quién? ¡Por una que mejor me callo! ¡Un demonio de mulata ligona,
que tan pronto era de Pedro como de Pablo! ¡Una pizpireta casquivana que
vivía más para la farra que para el trabajo! ¡Una peste que…! ¡No! ¡Qué
esperanza! ¡Sería posible! ¿Entonces, por qué él no daba noticias?... ¿Por
qué no venía?... ¿Por qué no daba noticias?... ¿Por qué había ido por la
mañana al hospital a buscar su baúl de ropa?...
Roberto, el sepulturero le había dicho que lo había encontrado a las
dos de la tarde allí cerca, al doblar la Rua Bambina, y que hasta pararon un
instante para conversar. ¡Con sólo dar algunos pasos más habría llegado
hasta la casa! ¿Sería posible, santos del cielo, que su hombre estuviese
dispuesto a no volver más a su lado?
En esto entró la otra acompañada de un pequeño descalzo. Venía
satisfecha; había estado con Jerônimo, almorzaron juntos en una fonda;
había quedado todo arreglado; se dispuso el nido. No se mudaría de
inmediato para no dar de qué hablar en el inquilinato, pero llevaría la ropa y
los objetos más indispensables y que no llamasen la atención en el
momento de su transporte. Volvería al día siguiente al conventillo, donde
continuaría trabajando, por la noche se iría a encontrar con el nuevo
amante, y, en el fin de semana, ¡zas!, se haría la mudanza completa, ¡y hasta
nunca! ¡Esa era la manera! Por su parte, el picapedrero le mandaría una
carta a João Romão renunciando a su trabajo, y otra a su mujer, diciéndole,
con buenas palabras que, por una de esas fatalidades de la que ningún ser
humano está libre, dejaba de vivir con ella, pero que la continuaba
estimando y continuaría pagando el colegio de la hija; ¡y hecho esto, listo! ,
tendría una nueva vida; señor de su mulata, libres y solos, independientes,
viviendo el uno para el otro, en una eterna embriaguez de goces.
Pero, en el momento en que la baiana, seguida por el pequeño, pasaba
por delante de la puerta de Piedade, esta saltó a la calle y le gritó:
—¿Me permite?
—¿Qué pasa? ─rezongó Rita deteniéndose y volviendo sólo el rostro,
manifestando en su aire de impaciencia que no estaba dispuesta a conversar
mucho.
—Dígame una cosa ─inquirió aquella─. ¿Usted se muda?
La mulata no contaba con semejante pregunta, así, a quemarropa; se
quedó callada, sin encontrar que responder.
—¿Y a usted qué le importa? ¡Me mude o no, no tengo por qué darle
explicaciones! ¡Métase en su vida! ¡Qué cosa!
—¡Con mi vida te metiste tú, gitana! ─exclamó la portuguesa, sin
contenerse y avanzando hacia la puerta con ímpetu.
—¿Cómo? ¡Repite eso galega ordinaria! ─gritó la mulata dando un paso
hacia delante.
—¿Piensas que ya no lo sé todo? ¡Hechizaste a mi hombre y ahora me lo
llevas! ¡Que a mala cosa te sepa, chiva del infierno! ¡Pero ten paciencia que
has de sufrir lo que el diablo no se imagina! ¡Soy yo quien te lo jura!
—¡Ven acá, pava clueca, si eres capaz!
Alrededor de Rita se reunía una multitud alborozada; las lavanderas
dejaron de inmediato las tinas y se acercaban con los brazos desnudos,
llenos de espuma de jabón, a colocarse cerca de ellas, formando una rueda,
silenciosas, sin querer ninguna meterse en el escándalo. Los hombres se
reían y hacían bromas a las contendientes, como lo hacían siempre, cuando
una mujer se peleaba con otra.
—¡Chúmbale! ¡Chúmbale! ─gritaban ellos.
Al desafío de la mulata, Piedade salió al patio armada de uno de sus
zuecos. Una pedrada la recibió en el camino y le lastimó el mentón, a lo que
ella respondió dándole a la adversaria un formidable golpe en la cabeza.
Y se trenzaron con uñas y dientes.
Durante algún tiempo lucharon cuerpo a cuerpo en medio de la
algarabía de los circunstantes. João Romão acudió y quiso separarlas, todos
protestaron. La familia de Miranda se asomó a la ventana mientras tomaban
el café de sobremesa, indiferente, ya habituada a aquellas escenas. En torno
de las dos luchadoras se habían formado dos partidos; casi todos los
brasileños estaban con Rita y casi todos los portugueses, por la otra. Se
discutía con pasión la superioridad de cada una de ellas; estallaban gritos de
entusiasmo a cada bofetada que cualquiera de las dos recibía; y estas, sin
soltarse, ya tenían arañazos y mordeduras por todo el cuerpo.
Cuando menos se esperaba se oyó un golpe seco y sordo y se vio a
Piedade de bruces en el suelo y Rita, a horcajadas encima de sus grandes
caderas, humillándola con una seguidilla de golpes, desgreñada, rota,
jadeante, los cabellos caídos sobre la cara, gritando victoriosa con la boca
sangrante.
—¡Toma para tu tabaco! ¡Toma gallina hedionda! ¡Toma para que no te
metas conmigo! ¡Toma! ¡Toma gordinflona!
Los portugueses se precipitaron a sacar a Piedade debajo de la mulata.
Los brasileños se opusieron ferozmente.
—¡No se puede!
—¡Fuera!
—¡No los dejen!
—¡No las separen!
—¡Salgan! ¡Salgan!
Y las palabras galego y cabra cruzaban de bando a bando, como
bofetadas. Hubo un barullo rápido y sordo, y luego, en seguida, un
formidable entrevero, un entrevero enorme, ya no de mujeres, sino de unos
cuarenta y tantos hombres fuertes, explotó como un terremoto. Las cercas y
los jiraus desaparecieron del piso y se astillaron en el aire, estallando en
una descarga; al paso que una gritería infernal, en un desorden de
hormiguero en guerra, aquella ola viva iba arrastrando lo que encontraba en
su camino, toldos y tinas, baldes, regadores y macetas, todo rodaba entre
aquel centenar de piernas confundidas y enloquecidas. Desde las ventanas
de Miranda se tocaban silbatos con furia; de la calle, de toda la manzana,
respondían nuevos silbatos; de los fondos del conventillo y desde el frente
surgía más y más gente. El patio estaba casi lleno; nadie se ponía más de
acuerdo; todos daban y todos recibían; las mujeres y los niños gritaban.
João Romão, clamando furioso, se sentía impotente para contener a
semejantes demonios. “¡Armar semejante pelea a aquellas horas, qué
imprudencia!”. No consiguió cerrar las puertas de la venta ni el portón del
inquilinato; guardo a las prisas en un cofre el dinero que había en la caja y,
armándose de una tranca de hierro, se puso de guardia frente a los estantes,
dispuesto a romperle la cabeza al primero que se animase a saltar sobre el
mostrador. Adentro, en la cocina, Bertoleza preparaba una gran tetera de
agua hirviendo, para defender con ella la propiedad de su hombre. Y la
trifulca hervía afuera, cada vez más inflamada con un terrible soplo de
rivalidad nacional. Se oía un clamor de maldiciones y gemidos, vivas al
Portugal y vivas al Brasil. De vez en cuando, la muchedumbre, que
continuaba creciendo, se apartaba en masa, rugiendo de miedo, pero volvía
de inmediato, como las olas en el reflujo del mar. La policía apareció pero
no tuvo ánimos para entrar sin antes recibir refuerzos de personal, que un
guardia fue a buscar al galope.
Y el tumulto crecía.
Pero, en lo mejor de la lucha, se oyó un coro de voces que se
aproximaban del lado del Cabeça-de-gato. Era el canto de guerra de los
capoeiras del otro conventillo, que venían a dar batalla a los carapicus,
para vengar con sangre la muerte de Firmo, su jefe de pandilla.
XVII

Ni bien los carapicus sintieron que se aproximaban los rivales, un


grito de alarma retumbó por todo el inquilinato y la trifulca se deshizo de
inmediato, sin que el desorden cesara. Rápidamente, cada uno corrió a su
casa en busca de un hierro, un palo y de todo lo que sirviera para resistir y
para matar. Un solo impulso los empujaba a todos; ya no había brasileños ni
portugueses, había un solo bando que iba a ser atacado por un bando
contrario; los que se peleaban hacía poco se prestaban armas los unos a los
otros, limpiándose con el dorso de la mano la sangre de las heridas.
Agostinho, recostado en un farol en el medio del conventillo, cantaba a voz
en cuello algo que parecía responder a la música bárbara que entonaban allá
afuera los enemigos; a su pedido, la madre le dio permiso para ponerse un
cinturón de Nenen, en el que el pequeño puso un cuchillo de cocina. Un
mulatito flaco, que hasta entonces había pasado desapercibido, se apostó
enfrente del portón de entrada, a mano limpia, esperando a los invasores; y
todos tenían confianza en él porque el pillo, a pesar de todo, se estaba
riendo.
Los cabeça-de-gato aparecieron al final del portón. Unos cien
hombres, en los que no se veía el arma que traían. Porfiro venía al frente,
danzado de brazos abiertos, bamboleando el cuerpo y tirando zancadillas
para que nadie le estorbase la entrada.[23] Traía el sombrero sobre la nuca,
con un lazo de cinta amarilla flotando en la copa.
—¡Aguanten! ¡Aguanten! ¡Háganles frente! ─clamaban desde adentro los
carapicus.
Y los otros, cantando su himno de guerra, entraron y se aproximaron
lentamente, danzando como salvajes.
Traían las navajas abiertas y escondidas en la palma de la mano.
Los carapicus llenaban la mitad del conventillo. Un silencio jadeado
sucedía a la estrepitosa gritería de la trifulca que terminara. Se sentía el
aliento impaciente de la ferocidad que azuzaba a aquellos dos bandos de
capoeiras, uno contra el otro. Mientras tanto, el sol, el único causante de
todo aquello, desaparecía en el horizonte, indiferente, dejando detrás las
melancolías del crepúsculo, que es la melancolía de la tierra cuando él se
ausenta, llevando consigo la alegría de la luz y el calor.
Allá en la ventana del Barão, Botelho, entusiasmado como siempre
con todo lo que olía a guerra, daba gritos y aplausos y profería voces de
mando militar.
Y los cabeça-de-gato se aproximaban cantando, danzando, algunos
gateando de espaldas al piso, apoyados en las manos y los talones.
Diez carapicus salieron a hacerle frente; diez cabeça-de-gato se
alinearon enfrente a ellos.
Y la batalla comenzó, no más desordenada y ciega sino con método,
bajo el comando de Porfiro que, siempre cantando y silbando, saltaba en
todas direcciones, sin ser alcanzado por nadie.
Se enfrentaron navajas contra navajas, se lanzaron cabezazos y
patadas. De igual a igual, todos los capoeiras tenían enfrente a un
adversario de la misma destreza que respondía a cada ataque con un salto
felino o un esquive imprevisto que anulaba el golpe. De ambos lados se
esperaba que el cansancio desequilibrara las fuerzas, abriendo paso a la
victoria; pero un hecho vino a neutralizar una vez más la campaña: una
inmensa explosión de fuego se desató en una de las casas del fondo, la
número 88. Ahora el incendio era en serio.
En las dos pandillas hubo un súbito espasmo de terror. Se bajaron las
armas y calló el himno de muerte. Un tremendo resplandor ensangrentó el
aire, que se cerró de inmediato en una humareda dorada.
La Bruja consiguió por fin realizar su sueño de loca; el conventillo iba
a arder; no habría manera de reprimir aquel cruento devorar de las
llamaradas. Los cabeça-de-gato, leales en sus justas de pandilla,
abandonaron el campo sin volver el rostro, con desdén de soportar el auxilio
de un siniestro y dispuestos a socorrer al enemigo si fuese necesario. Y
ningún carapicu los atacó por la espalda. La lucha quedaba para otra
ocasión. Y la escena se transformó en un instante; los mismos que
arriesgaban la vida tan fácilmente, ahora se apresuraban a salvar sus escasos
bienes terrenales que poseían. Se produjo un alboroto de avispero delante
de estas cien casuchas amenazadas por el fuego. En una barahúnda de
locos, hombres y mujeres corrían de acá para allá con los trastos al hombro
Ahora el patio y la calle se llenaron de camas viejas y colchones usados.
Nadie se reconocía en aquel alboroto de ruidos inconexos, el llanto de niños
apretujados y maldiciones arrancadas por el dolor y la desesperación. De la
casa del Barão salían clamores apopléticos; se oían los chillidos de Zulmira
que se debatía en un ataque. Y comenzó a aparecer agua. ¿Quién la trajo?
Nadie podía decirlo; pero llegaban baldes y baldes que se arrojaban sobre
las llamas.
Las campanas de la vecindad comenzaron a redoblar.
Y todo era un clamor.
Como si saliese de la boca de un horno encendido, la Bruja apareció
por la ventana de su casa. Se veía horrible; nunca había sido tan bruja. Su
moreno oscuro de cabocla vieja relucía como si fuese metal al rojo; su crin
negra, desgreñada, lacia y abundante, como la de las yeguas salvajes, le
daba un aspecto fantástico de furia salida del infierno. Y ella reía, ebria de
satisfacción, sin sentir las quemaduras y las heridas, victoriosa en medio de
aquella orgía de fuego, con que, últimamente, su alma extravagante y loca
vivía soñando en secreto.
Iba a salir cuando se oyó estallar el maderamen de la casa incendiada,
que se desplomó de inmediato, sepultando a la loca en un montón de brasas.
Las campanas continuaban redoblando afligidas. Aparecieron
aguateros con sus barriles en carros, alborozados, poniendo cada uno su
empeño para llegar antes que los otros y tomar los diez mil réis de
gratificación. La policía defendía la entrada de la multitud que quería entrar.
Afuera, la calle estaba alborotada con los despojos de casi todo el
inquilinato. Y las llamas iban galopando desbocadas hacia la derecha y
hacia la izquierda del número 88. Un papagayo olvidado en la pared de una
de las casuchas y preso en la jaula, gritaba enfurecido, como si pidiese
socorro.
Dentro de media hora el conventillo quedaría reducido a cenizas. Pero
un fragor de repiques de campanitas y estridente silbar de válvulas llenó de
súbito todo el barrio, anunciando la llegada del cuerpo de bomberos.
De inmediato asomaron en hilera los carros y un bando de demonios
de chaquetilla clara, armados unos de antorchas y otros de escaleritas se
hierro, se apoderaron del siniestro, dominándolo en el acto, como una
expedición mágica, sin una palabra, sin hesitaciones y sin atropellos. A un
mismo tiempo se vieron numerosas mangueras azotando el fuego por todas
partes; mientras, sin saber cómo, hombres más ágiles que monos, escalaban
los tejados abrasados por escalas que mal se distinguían; y otros invadían el
corazón rojo del incendio, asaetándolo con duchas a su alrededor, rodando,
saltando, dando piruetas, hasta estrangular las llamas que se arrojaban
feroces encima de ellos, como dentro de un infierno; al tiempo que otros,
del lado de afuera, imperturbables, con la limpieza de una máquina
moderna, fusilaban con agua a todo el inquilinato, dispuestos a no dejar una
sola teja seca.
El público aplaudía entusiasmado, ya olvidado del desastre y sólo
atento al duelo contra el incendio. Cuando un bombero, encima del tejado,
consiguió sofocar un nido de llamaradas, que surgía frente a él, estalló
desde abajo un coro de aplausos, y el héroe se volvió hacia la multitud,
sonriendo agradecido.
Entre los gritos de ovación, algunas mujeres le tiraban besos.
XVIII

En esos momentos, el amigo de Bertoleza, habiendo notado que el


viejo Liborio; después de escapar de la muerte en la confusión del incendio,
huía desesperado en dirección a su escondrijo, lo siguió con disimulo y
observó que el miserable, ni bien encendió la candela, comenzó a sacar algo
de su inmundo colchón.
Eran botellas. Retiró la primera, la segunda, media docena de ellas.
Después sacó de prisa la colcha del catre e hizo un atado. Iba a salir de
nuevo, pero soltó un gemido sordo y cayó al suelo sin fuerzas, lanzando una
bocanada de sangre ya apretando contra el pecho el misterioso envoltorio.
João Romão apareció y él, en cuanto lo vio, redobló su aflicción,
encogiéndose sobre las botellas y defendiéndolas con todo el cuerpo,
mirando aterrado y de reojo a su contrincante, como si estuviera cara a cara
con un bandido. Y, a cada paso que el ventero daba, el temor y el sobresalto
del viejo crecían, arrancándole de la garganta gruñidos roncos de animal
abatido y asustado. Dos veces rodó por tierra moribundo. João Romão le
hizo ver que cualquier demora allí era una muerte cierta; el incendio
avanzaba. Quiso ayudarlo a cargar el fardo. Liborio, por única respuesta
estiró los labios mostrándole las encías sin dientes e intentando morder la
mano que el ventero ya extendía sobre las botellas.
Pero allá encima, la punta de una lengua de fuego atravesó el techo e
iluminó de rojo la miserable pocilga. Liborio intentó todavía un supremo
esfuerzo, pero fue inútil, comenzó a temblar de la cabeza a los pies, a
temblar y a temblar, apretándose cada vez más a su atado, y ya se agitaba
convulso cuando el ventero se lo arrancó con violencia de las manos. Justo
a tiempo, porque, después de mostrar la lengua, el fuego mostró la boca y,
por último, abrió de par sus fauces devoradoras.
El ventero huyó a la carrera, abrazado a su presa, mientras que el
viejo, sin conseguir ponerse de pie, se arrastraba detrás de él, con dificultad,
estrangulado de desesperación senil, ya sin voz, gruñendo unos vagidos de
muerte, los ojos turbios, todo él rojo, los dedos crispados, como las uñas de
un buitre herido.
João Romão atravesó el patio a la carrera y se metió en su guarida
para ocultar el robo. En el primer examen de reojo vio que lo que había en
las botellas era dinero en billetes. Escondió el atado en la estantería de un
armario viejo lleno de frascos y volvió a salir a observar el trabajo de los
bomberos.
A media noche, el fuego ya estaba completamente extinguido y cuatro
centinelas rondaban por las ruinas de las treinta y pocas casuchas que
ardieron. El ventero sólo pudo volver al atado de botellas a las cinco de la
mañana, cuando Bertoleza, que hizo prodigios contra el incendio, caía en el
sueño, acostada en la cama con las polleras todavía empapadas en agua y el
cuerpo lleno de pequeñas quemaduras. Verificó que las botellas eran ocho y
estaban llenas hasta el cuello de billetes de todo valor, que habían sido
metidos uno a uno, después de haber sido cuidadosamente enrollados y
doblados como si fueran billetes de lotería. Receloso, sin embargo, de que
la crioula no estuviese bien dormida y sospechase algo, João Romão,
resolvió postergar para más tarde el recuento del dinero y guardó el tesoro
en un lugar más seguro.
Al día siguiente, la policía verificó los destrozos del incendio y
mandó remover los escombros para retirar los cadáveres que hubiera.
Rita desapareció del inquilinato durante la confusión de la noche;
Piedade cayó de cama con una fiebre de cuarenta grados; la Machona tenía
una oreja desgarrada y un pié torcido; das Dores, la cabeza partida; Bruno
había recibido un navajazo en una pierna; dos trabajadores de la cantera
estaban gravemente heridos; un italiano había perdido dos dientes de
adelante; y una hijita de Augusta Carne Mole murió aplastada por la
multitud. Y todos se quejaban de los daños recibidos y se rebelaban contra
los rigores de la fortuna. El día pasó en el control de los daños y haciendo
un balance de lo que se había salvado del incendio. Se sentía un olor
desagradable de quemazón y de ceniza mojada. Un duro silencio de
desconsuelo embrutecía a aquella pobre gente. Con las manos tomadas a la
espalda, bultos sombríos permanecían horas con la mirada perdida, mirado
inmóviles los esqueletos carbonizados de las casitas quemadas. Los
cadáveres de la Bruja y de Liborio fueron cargados hacia el medio del patio,
deformados, horrorosos, y yacían entre dos velas encendidas al aire libre,
esperando la carroza de la Misericordia. De la calle entraba gente para
verlos; se descubrían enfrente de ellos, y algunos curiosos tiraban
piadosamente una moneda de cobre al plato que, al pie de los difuntos,
recibía la limosna para las mortajas. En casa de Augusta, sobre una mesa
cubierta por un ceremonioso mantel de encaje, estaba el cuerpecito de la
hija muerta, todo arreglado con flores, con un Cristo de latón en la cabecera
y dos cirios que ardían tristemente. Alexandre, sentado en un costado de la
sala, con el rostro escondido entre las manos, lloraba, aguardando el pésame
de las visitas; el pobre se había vestido con su mejor uniforme sólo para
eso.
El entierro de la pequeñita fue costeado por Léonie, que apareció a las
tres de la tarde vestida de satín crema, en un carruaje dirigido por un
cochero vestido de calzón de franela blanco y librea con galones de oro.
Miranda se presentó en el inquilinato por la mañana temprano, con
aire compungido, aunque siempre de superioridad. Le dio un ligero abrazo a
João Romão, le habló en voz baja, lamentándose por aquella catástrofe,
pero lo felicitó porque todo estaba asegurado.
El ventero, en efecto, impresionado con la primera tentativa de
incendio, había asegurado todas sus propiedades, y, con tanta inspiración lo
hizo que, ahora el fuego, en vez de perjudicarlo, le había dejado lucros.
—¡Ah mi querido! ¡La precaución y el caldo de gallina, nunca le hacen mal
al enfermo!... ─secreteó riendo el dueño del conventillo─. ¡Vea, aquellos
son, con certeza, a los que no les ha gustado la broma! ─agregó, apuntando
hacia el lado en el que era mayor el grupo de infelices que revisaban los
restos de sus trastos tirados en un montón.
Y los dos vecinos se fueron hasta el final del patio, conversando en
voz baja.
—¡Voy a reedificar todo esto! ─declaró João Romão, con un gesto enérgico
que abarcaba toda aquella Babilonia desmantelada.
Y expuso su proyecto. Intentaba agrandar el inquilinato entrando un
poco por el pastizal. Del lado izquierdo levantaría, apoyado en el muro de
Miranda, una hilera de casitas, aprovechando así una parte del patio, que no
precisaba ser tan grande; sobre las que levantaría un segundo piso, con una
larga galería al frente, toda enrejada. ¡Un negocio para tener allí, dándole
dinero, en vez de un centenar de piezas, nada menos que cuatrocientas o
quinientas: de doce a veinticinco mil réis cada una!
¡Ah! Él le iba a mostrar cómo se hacían las cosas bien hechas.
Miranda lo escuchaba callado, observándolo con respeto.
—¡Usted es un hombre de los diablos! ─le dijo finalmente, golpeándolo en
el hombro.
Y, al salir de allí, en su corazón vulgar de hombre que nunca produjo
y llevó la vida como todo mercader, explotando la buena fe unos y el
trabajo intelectual de otros, llevaba una gran admiración por su vecino. Lo
que todavía le restaba de de antigua envidia se transformó en ese instante en
un entusiasmo ilimitado y ciego.
—¡Es un hijo de una gran...! ─murmuraba por la calle, camino a su
almacén─. ¡Y de mucha garra! ¡Qué pena que esté metido con esa
porquería de crioula! ¡No me puedo imaginar cómo un hombre tan hábil
pudo haber cometido semejante burrada!
Sólo por vuelta de las diez y pico de la noche, João Romão, después
de comprobar que Bertoleza había caído en un sueño de piedra, resolvió
hacer un balance de las botellas de Liborio. Lo malo era que casi no se
podía sostener sobre las piernas y sentía que se le cerraban los ojos de
cansancio. Pero no se podría sosegar si no sabía cuánto le había sacado al
avaro.
Encendió una vela y fue a buscar el inmundo y precioso atado y cargó
con él hasta el comedor, al lado de la cocina.
Puso todo sobre una de las mesas, se sentó y comenzó la tarea. Tomó
la primera botella, intentó vaciarla pegándole en el fondo; sin embargo fue
necesario extraer los billetes uno a uno, porque estaban muy apretados y
pegados por el moho. A medida que los atrapaba los iba estirando
cuidadosamente y extendiendo en un fajo, después de secarles la humedad
en el calor de la mano y de la vela. Y el placer que disfrutaba en este trabajo
le acicateaba los sentidos y le ahuyentaba el sueño y las fatigas. Pero, al
pasar a la segunda botella sufrió una dolorosa decepción; casi todos los
billetes estaban fuera de circulación; lo acometió el recelo de que la mayor
parte del tesoro estuviera inutilizado: le quedaba la esperanza de que
aquella fuese la botella más vieja y, por consiguiente, la peor.
Y continuó con más ardor su delicioso trabajo.
Ya había vaciado seis cuando notó que la vela, consumida hasta el
final, titilaba a punto de apagarse; fue a buscar otra nueva y vio, al mismo
tiempo, la hora. “¡Oh, cómo había corrido de prisa la noche!...”. Tres y
media de la madrugada. “¡Parecía imposible!”.
Al terminar el recuento, los primeros carros pasaban por las calles.
—¡Quince contos, cuatrocientos y tantos mil réis! ─dijo João Romão entre
dientes sin parar de mirar las pilas de billetes que tenía delante de sus ojos.
Pero ocho contos y seiscientos eran en billetes ya fuera de circulación.
Y el ventero, a la vista de tan bella suma, así, tan estúpidamente tirada,
sintió la indignación de un exaltado. Maldijo a aquel condenado viejo
Liborio por semejante descuido; maldijo al gobierno, porque limitaba, con
intenciones bellacas, el plazo de circulación de sus billetes; llegó hasta
sentir remordimiento por no haberse apoderado del tesoro del avaro, luego
que éste, uno de los primeros inquilinos del conventillo, se le apareció con
el colchón a cuestas, pidiéndole llorando que le diesen de limosna un
rinconcito donde poder meterse con sus miserias. João Romão había tenido
siempre una evidente codicia por aquel dinero embotellado; lo había
olfateado desde que observó de cerca los ojitos vivos y redondos de buitre
decrépito, y se convenció del todo, cuando observó que el miserable
escondía rápido cualquier moneda que le caía en las garras.
—¡Habría sido un acto de justicia! ─concluyó João Romão─. ¡Por lo menos
habría impedido que este dinero se pudriera tan bárbaramente!
Ahora, ¡adiós! Casi siete ricos contos, casi íntegros, le quedaban en
las uñas. “Y después, ¡qué diablos!, los otros también habrían de salir con
habilidad... Hoy se encajaban dos mil réis, mañana cinco. No en las
compras, pero sí en los vueltos… ¿Por qué no? Alguien reclamaría, pero
muchos se tragarían la píldora... ¡No faltarían extranjeros y pajueranos!...
¡Y además no era delito!... ¡Sí! ¡Si había robo en eso que se quejaran al
gobierno! ¡El gobierno era el ladrón!”.
—En todo caso ─concluyó guardando el dinero bueno y malo
disponiéndose a descansar─. ¡Esto ya sirve para comenzar las obras!
¡Esperen un poco, que de aquí a unos pocos días yo les mostraré lo que
valgo!
XIX

En efecto, a los pocos días, empezaban las obras en inquilinato. Al


desorden de la remoción de escombros del incendio sucedió el trabajo de
los albañiles; se martilleaba allí de la mañana a la noche lo que, por otra
parte, no impedía que las lavanderas continuaran fregando la ropa ni las
planchadoras sumasen al barullo de las herramientas el lloroso falsete de las
nuevas cantigas.
Los que se quedaron sin casa fueron acomodados a troche y moche
por todos los rincones, a la espera de nuevos cuartos. Nadie se mudó para el
Cabeça-de-gato.
Las obras comenzaron por el lado izquierdo del conventillo, del
costado de Miranda; los antiguos inquilinos tuvieron preferencias y ventajas
en los precios. Uno de los italianos heridos murió en la Misericordia y el
otro, también internado allá, continuaba en peligro de muerte. Bruno se
internó en la Orden de la que era cofrade y Leocádia, que no quiso hacer
caso de la carta escrita por Pombinha, resolvió ir a visitar a su hombre al
hospital. Que alegrón fue para el infeliz el regreso de aquella mujer
endiablada, pero de carnes firmes, a quien, a pesar de todo, quería mucho.
Con la visita ambos se reconciliaron llorando, y Leocádia resolvió volver
para el São Romão a vivir de nuevo con el marido. Ahora se había vuelto
una mujer seria y amenazaba con golpear a quien le propusiese una
aventura.
Piedade se levantó de las fiebres completamente transformada.
Después del abandono de Jerônimo no parecía más la misma, adelgazó
mucho, había perdido los colores del rostro, quedó fea, triste y rezongona;
pero no se quejaba y nadie le oía mencionar al esposo.
Esos dos meses durante las obras fueron una época especial para el
inquilinato. El conventillo no daba idea de su aspecto anterior, tan
acentuado y, sin embargo, tan mixto; ahora aquello parecía un gran taller
improvisado, un arsenal, en cuyo fragor la gente sólo se puede entender por
señales. Las lavanderas huyeron hacia el pastizal de los fondos, porque el
polvo de la tierra y el aserrín les ensuciaban la ropa lavada. Pero, en poco
tiempo todo estuvo listo, y con un inmenso asombro vieron que la venta, la
sebosa bodega donde João Romão se había hecho conocido, también iba a
entrar en obras. El ventero resolvió aprovechar solamente algunas paredes,
que eran de un metro de ancho, construidas en estilo portugués; abriría las
puertas en arco, levantaría el techo y construiría un piso, más alto que el de
Miranda y, con toda seguridad, más lindo, una casa para meterse a la del
otro en el bolsillo; cuatro ventanas al frente, ocho a los lados, con una
terraza al fondo. El lugar donde el dormía con Bertoleza, la cocina y la casa,
pronto serían abovedadas, formando, con parte de la fonda, un gran
almacén, con el que su comercio se agrandaría y se fortalecería.
El Barão y Botelho aparecían por allí casi todos los días, ambos muy
interesados por la prosperidad del vecino; examinaban los materiales
escogidos para la construcción, golpeaban con la contera de las sombrillas
en el pino de Riga destinado a los pisos y, fingiéndose entendedores,
tomaban en la mano y desmenuzaban entre los dedos un puñado de tierra y
cal con la que los obreros preparaban la argamasa. A veces llegaban a reñir
con los trabajadores cuando les parecía que no hacían bien su trabajo. João
Romão, ahora siempre de saco, con corbata, chaleco y cadena de reloj, ya
no paraba en la venta y sólo vigilaba las obras en el descanso de sus
ocupaciones en la calle. Empezaba a volverse práctico en el juego de la
Bolsa; comía en hoteles caros y bebía cerveza en abierta camaradería con
capitalistas en los cafés de la zona bursátil.
¿Y la crioula? ¿Cómo haría con ella?
Era eso justamente lo que tanto el Barão como Botelho se morían por
saber. ¡Sí, porque aquella linda casa que él se estaba construyendo, y el rico
mobiliario encomendado, más las platas y porcelanas que habrían de venir,
no serían ciertamente para los labios de la negra vieja! ¿La conservaría
como criada? ¡Imposible! ¡Todo Botafogo sabía que hasta ese momento
ellos habían hecho vida en común!
Todavía, tanto Miranda como el otro no se atrevían a abrir el pico con
el vecino al respecto y se contentaban con murmurar entre sí
misteriosamente, ansiosos por ver la salida que el ventero encontraría a
semejante situación.
¡Maldita negra de los diablos! Ella era el único defecto, la mancha de
un hombre tan importante y digno.
Ahora no se pasaba un domingo sin que el amigo de Bertoleza fuese a
cenar a casa de Miranda. Iban juntos al teatro. João Romão le daba el brazo
a Zulmira, y buscando galantearla, a ella y al resto de la familia, se deshacía
en obsequios groseros y costosos, con una liberalidad exagerada que no
reparaba en gastos. Si querían beber alguna cosa, ordenaba tres, cuatro
botellas al mismo tiempo, pidiendo siempre el triple de lo necesario y
acumulando compras inútiles de dulces, flores y todo lo que se le aparecía.
En los remates de las kermeses era tan feroz en sus fiebres de obsequiar a la
gente de Miranda, que nunca volvía a casa sin un hombre detrás, cargando
los regalos que el ventero había pujado.
Y Bertoleza se había dado cuenta y le llamaba la atención la
transformación del amigo. Últimamente se acercaba poco a ella y, cuando lo
hacía, era con tal repugnancia que sería mejor que no lo hiciese. Muchas
veces, la desgraciada le sentía el perfume de otras mujeres, perfume de
cocottes extranjeras y lloraba en silencio, sin ánimo de reclamar sus
derechos. En su oscura condición de animal de trabajo, ya no era amor lo
que la mísera deseaba, era solamente confianza en el amparo de su vejez,
cuando le faltasen fuerzas para ganarse la vida. Y, durante el trabajo de todo
el día, se contentaba con suspirar en medio de grandes silencios, cobarde y
resignada como sus padres, que la dejaron nacer y crecer en cautiverio. Se
escondía de todos, inclusive de la gentuza del bodegón y del inquilinato,
avergonzada de sí misma, maldiciéndose por ser quien era, triste de sentirse
la mancha negra, la indecorosa mácula de aquella prosperidad brillante y
clara.
Sin embargo, adoraba al concubino, tenía por él el fanatismo
irracional de las caboclas del Amazonas por el blanco al que se esclavizan,
de esas que se mueren de celos, pero que también son capaces de matarse
para ahorrar a su ídolo la vergüenza de su amor. ¿Qué le costaba a aquel
hombre consentir que ella, de cuando en cuando, se le acercase? Todo
dueño, en momentos de buen humor, acaricia a su perro... ¡Pero ni eso! El
destino de Bertoleza se volvía cada vez más difícil y sombrío; poco a poco,
había dejado de ser la amante del ventero, para terminar siendo sólo una
esclava. Como siempre, era la primera en levantarse y la última en
acostarse; por la mañana, limpiando pescado, por la noche, vendiendo en la
puerta, para descansar del trabajo pasado en las horas de sol; siempre sin
domingo ni día santo, sin tiempo para arreglarse, fea, gastada, inmunda,
repugnante, con el corazón eternamente preñado de disgustos que nunca
salían a la luz. Al fin, convencida que ella, aún sin haber muerto, ya no
vivía para nadie, ni siquiera para ella misma, cayó en un profundo
entorpecimiento apático, estancado como un charco de agua podrida que
causa asco. Se volvió áspera, desconfiada, el ceño fruncido, una línea dura
de una comisura a otra de la boca. Y durante días enteros, sin interrumpir su
trabajo, que ahora ella hacía automáticamente, por un hábito de muchos
años, gesticulaba y movía los labios sin pronunciar una palabra. Parecía
indiferente a cuanto la rodeaba.
No obstante, cierto día que en que João Romão conversó mucho con
Botelho, las lágrimas saltaron de los ojos de la infeliz, y ella tuvo que
abandonar el trabajo porque el llanto y los sollozos no la dejaban hacer
nada.
Botelho le había dicho al ventero:
—¡Haga el pedido! ¡Es el momento!
—¿Cómo?
—Puede pedir la mano de la pequeña. ¡Está todo arreglado!
—¿El Barão me la daría?
—¡Sí!
—¿Está seguro?
—¡Mire! ¡Si no lo estuviera, no hablaría de ese modo!
—¿El se lo prometió?
—Yo hablé con él; le hice el pedido en su nombre. Le dije que usted me
había autorizado. ¿Hice mal?
—¿Mal? Hizo muy bien. Creo que no es necesario hacer nada más.
—No, si Miranda no viene dentro de poco a verlo sería bueno que usted
hablase con él. ¿Me entiende?
—O que le escriba.
—¡También!
—¿Y la niña?
—Respondo por ella. ¿Usted no ha continuado recibiendo las flores?
—Si.
—Entonces no deje por su parte de ir mandándole también las suyas y haga
todo lo que le dije. Arremeta Seu João, hay que machacar el hierro cuando
está caliente.
Por otro lado, Jerônimo se había empleado en la cantera de São
Diogo, donde había trabajado antes, y ahora vivía con Rita en un inquilinato
de Cidade Nova.
Tuvieron que hacer muchos gastos para instalarse; tuvieron que
comprar de nuevo todos los enseres de la casa, porque de São Romão
Jerônimo solo trajo dinero. Dinero que él ya no sabía ahorrar. Con la
prolijidad de la mulata la casita quedó hecha un chiche, tenían cortinados en
la cama, sábanas de lino, cubrecamas de encaje, mucha ropa blanca para
cambiarse todos los días, manteles, servilletas, comían en platos de
porcelana y usaban jabones finos. Plantaron en la puerta una enredadera que
subía hasta el tejado, abriendo por la mañana sus flores escarlatas, de las
que gustaban libar las abejas; en el comedor colgaron jaulas con pájaros,
surtieron la despensa de todo lo que gustaban; compraron gallinas y cerdos
y construyeron un baño sólo para ellos, porque el del inquilinato le
repugnaba a la baiana, que en ese aspecto era muy escrupulosa.
La primera parte de su luna de miel fue una cadena de continuas
delicias; tanto para él como para ella, poco o nada trabajaron; la vida de los
dos se resumió casi exclusivamente en los ocho palmos de colchón nuevo,
que casi nunca alcanzaba a enfriarse del todo. Jamás la existencia les había
parecido tan buena y tan fácil; aquellos primeros días fluyeron como
estrofas seguidas de una deliciosa canción de amor, apenas espaciada por el
estribillo de besos a dúo; fue un placer prolongado y amplio, bebido sin
respirar, sin abrir los ojos, en aquel regazo carnoso y dorado de la mulata, a
la que el picapedrero se abandonaba como un borracho que adormece
abrazado a un botellón inagotable de algún vino delicioso.
Había cambiado totalmente, Rita le había borrado el último rastro de
los recuerdos de la patria; al calor de sus gruesos labios rojos secó la última
lágrima de saudade, que el desterrado arrojó de su corazón con un postrero
arpegio que suspiró la guitarra.
¡La guitarra! Ella la sustituyó por el guitarrillo baiano y le dio una
red, una pipa y embriagó los sueños del amante postrado con sus cantigas
del norte, tristes, deleitosas, en las que hay caboclinhos curupiras, que salen
del sertão a fumar en las noches de luna llena, y quieren que todos viajero
que pase les de tabaco y cachaça, sin lo cual ─¡ay de ellos!─, el curupira
los transforma en animal de la floresta. Y le dio de comer al modo de Bahia,
condimentado con el ardiente aceite de dendê, color de fuego; le dio sus
moquecas picantes, que hacen llorar; le habituó la carne al perfume sensual
de su cuerpo de serpiente, lavado tres veces por día y perfumado con
hierbas aromáticas.
El portugués se abrasileñó para siempre; se volvió perezoso, amigo de
las extravagancias y de los excesos, lujurioso y celoso; abandonó el espíritu
de economía y de orden; perdió la esperanza de enriquecerse; y se entregó,
por entero, a la felicidad de poseer a la mulata y ser poseído por ella, sólo
por ella y nadie más.
El recuerdo de la muerte de Firmo no venía jamás a empañarles el
goce de la vida; tanto él como la amiga, encontraban todo muy natural. “¡El
facineroso había matado tanta gente; hizo tantas maldades; debía entonces
acabar como acabó! ¡Nada más justo! ¡Si no hubiese sido Jerônimo, habría
sido otro! El se lo había buscado; ¡bien hecho!”.
Por ese tiempo, Piedade de Jesús, sin conformarse con la ausencia del
marido, lloraba su abandono y también se iba transformado día a día,
vencida por una negligencia de plomo, una dura desesperanza, a la que ni
las lágrimas bastaban para endulzar las negruras. Al principio, la pobre
intentó resistir con coraje aquella viudez peor que la otra, en la que hay,
como elemento de resignación, la certeza de que la persona amada nunca
tendrá más ojos para codiciar mujeres, ni boca para pedir amores; pero
después comenzó a hundirse sin resistencia en el fango de su tristeza,
cobardemente, sin fuerzas para engañarse con una esperanza fatua,
abandonándose a su propio abandono, desistiendo de sus principios, de su
propio carácter, sin importarle ya nada de este mundo y continuando la vida
sólo porque la vida es porfiada y no quería dejarla podrir bajo tierra tan
pronto. Empezó por descuidar su trabajo; su clientela comenzó a reclamar;
de a poco le empezó a escasear el trabajo; se volvió perezosa e indolente y
necesitaba hacer un gran esfuerzo para no echar mano a los ahorros que
Jerônimo le había dejado, porque eso era para la hija, aquella pobrecita
huérfana antes de la muerte de los padres.
Un día, Piedade se levantó quejándose de dolores en la cabeza,
zumbidos en los oídos y el estómago revuelto. Le aconsejaron que tomara
un trago de parati. Ella aceptó el consejo y se sintió mejor. Al día siguiente
repitió la dosis; se sintió bien con la perturbación que le daba el alcohol, se
olvidaba durante algún tiempo de los disgustos de su vida; y, trago a trago,
se habituó todos los días a beber su medio martelo de aguardiente para
engañar sus penas.
Ahora, que el marido no estaba allí para impedir que la hija pusiese
los pies en el conventillo, y ahora que Piedade necesitaba de consuelo, la
pequeña iba a pasar los domingos con ella. Era una criatura fuerte y bonita,
había sacado del padre el vigor físico y de la madre la expresión bondadosa
de la fisonomía. Ya tenía nueve años.
Ahora, esos eran los únicos buenos momentos de la pobre mujer, los
que ella pasaba al lado de su hija. Los antiguos habitantes del inquilinato
empezaron a distinguir a la niña con la misma predilección con que amaban
a Pombinha, porque en toda aquella gente había una necesidad moral de
elegir, para agasajar con su ternura, a un ser delicado y superior, al que ellos
privilegiaban respetuosamente, como súbditos a un príncipe. La bautizaron
con el sobrenombre de “Senhorinha”.
Piedade, a pesar del proceder del marido, todavía se sugestionaba en
lo íntimo con la idea de que no debería contrariarlo en sus disposiciones de
padre. “¿Qué tenía de malo que la pequeña fuese allí? ¡Era una limosna que
le hacía a la madre! ¡En cuanto al riesgo de que se perdiera!... ¡Vamos, sólo
se perdía quien ya había nacido para la perdición! ¿La otra, no se había
conservado sana y pura? ¿No había encontrado novio? ¿No se había casado
y no vivía dignamente con su marido? ¿Entonces?”. Y Senhorinha continuó
yendo al inquilinato, al principio los domingos por la mañana, para volver a
la tarde, después, desde la víspera, los sábados, para volver al colegio el
lunes.
Jerônimo, al saber de esto por intermedio de la profesora, tuvo el
impulso de rebelarse, pero pensando bien el caso, le pareció que era justo
dejarle aquel consuelo a la mujer. “¡Pobre! ¡Debía vivir bien triste con su
suerte!”. Todavía tenía un sentimiento compasivo, cuya mayor parte había
nacido con el remordimiento. “¡Era lo justo que la pequeña le hiciese
compañía los domingos y los días santos!”. Y entonces, para ver a la hija,
tenía que ir al colegio en los días de semana, casi siempre le llevaba de
regalo dulces y frutas y le preguntaba si necesitaba ropa o calzado. Pero un
buen día, se presentó tan ebrio que la directora le negó la entrada. Desde esa
ocasión Jerônimo tuvo vergüenza de volver allá, y las visitas a la hija se
hicieron escasas.
Tiempos después, Senhorinha le entregó a la madre una cuenta de seis
meses de pensión del colegio, con una carta en la que la directora se negaba
a conservar a la niña en caso de que no se liquidase la deuda a la brevedad.
Piedade se llevó las manos a la cabeza. “¿Así que el hombre ya no quería ni
pagar la educación de la pequeña? ¡Valga Dios! ¿De dónde iba a conseguir
ella el dinero para educar a la hija?”.
Fue a buscar al marido; ya sabía dónde vivía. Avergonzado, Jerônimo
se negó a recibirla; mandó decir que no estaba en casa. Ella insistió; declaró
que no se iría de allí sin hablarle; dijo en voz bien alta que ella no iba allí
por él, ¡sino por la hija que corría el riesgo de ser expulsada del colegio; iba
a saber qué destino debería darle, porque la pequeña estaba muy crecida
para ser dejada en el torno![24]
Por fin, apareció Jerônimo, con un aire triste de vicioso avergonzado
que no tiene ánimos de dejar el vicio. Al verlo, la mujer perdió toda la
energía con la que había llegado y se conmovió tanto que le saltaron las
lágrimas a las primeras palabras que él le dirigió. Y él bajo los suyos y se
puso lívido delante de aquella figura avejentada, de piel fláccida, de
cabellos sucios y encanecidos. ¡No parecía la misma! ¡Cómo había
cambiado! Y la trató con ternura, casi pidiéndole perdón con la voz medio
estrangulada.
—¡Mi pobre vieja!... ─balbuceó pasándole la ancha mano por la cabeza.
Y los dos enmudecieron uno delante del otro, jadeantes. Con aquella
simple caricia de su hombre, Piedade sintió deseos de arrojarse a sus
brazos, poseída por una imprevista ternura. Un rayo de esperanza la iluminó
por dentro, disolviendo todas las negruras acumuladas últimamente en su
corazón. Contaba no oír allí sino palabras duras ásperas, ser tal vez
rechazada groseramente, insultada por la otra y cubierta de ridículo por los
nuevos amigos del marido; pero, al encontrarlo también triste y disgustado,
su alma se postró agradecida; y, cuando Jerônimo, cuyas lágrimas corrían
ya silenciosamente, dejó que su mano fuese descendiendo de la cabeza al
hombro y después a la cintura de la esposa, ella se desmoronó, escondiendo
su rostro en el pecho de él, en una explosión de sollozos que le hacían
vibrar todo el cuerpo.
Por algunos instantes lloraron abrazados.
—¡Consuélate! ¿Qué quieres?... ¡Son desgracias!... ─dijo el picapedrero
limpiándose los ojos─. Fue como si yo hubiese muerto... ¡Pero puedes estar
seguro de que te estimo y nunca te quise mal!... ¡Vuelve para casa; yo iré a
pagar el colegio de nuestra hijita y he de orar por ti! ¡Anda y pide a Dios
Nuestro Señor que me perdone por los disgustos que yo te he dado!
Y la acompañó hasta el portón del inquilinato.
Ella, sin poder pronunciar palabra, salió cabizbaja, enjugándose los
ojos en el chal de lana, sacudida de vez en cuando por un sollozo ahogado.
Sin embargo, Jerônimo no mandó saldar la cuenta del colegio al día
siguiente, ni al otro, ni en el resto del mes, y el pobre bien que se mortificó
por eso; ¿pero adónde habría de buscar el dinero en ese momento? Su
trabajo apenas si le alcanzaba para vivir con la mulata; tenía comprometidos
sus sueldos y le debía al panadero y al ventero. Rita era derrochona y amiga
de gastar con generosidad; no podía pasarse sin ciertos halagos para el
estómago y le gustaba hacer regalos. El, receloso de contrariarla y de
quebrar el huevo de su paz, hasta allí tan completo, con la baiana, se
subordinaba callado y hasta afectando satisfacción; pero, en el interior, el
infeliz sufría de verdad. El recuerdo constante de la hija y de la mujer lo
afligían con punzadas de remordimiento; que día a día se arrastraban en su
conciencia, a medida de que ésta se iba despertando de aquella ceguera. El
desgraciado sentía y comprendía perfectamente todo el mal de su conducta;
pero la sola idea de separarse de su amante, le exacerbaba la sangre y le
apagaba la luz del raciocinio. “¡No! ¡No! ¡Todo lo que quieran menos eso!”.
Y entonces, para huir de aquella voz irrefutable, que siempre estaba
importunándolo, bebía en compañía de sus amigos y, en poco tiempo, se
habituó a la embriaguez. Cuando Piedades, quince días después de la
primera visita, volvió acompañada de la hija, lo encontró bebiendo en una
rueda de amigos.
Jerônimo las recibió con grandes expresiones de alegría. Las hizo
entrar. Besó a la pequeña repetidas veces y la alzó tomándola de la cintura,
lanzando exclamaciones de entusiasmo.
¡Por un millón de rayos! ¡Qué linda estaba su primogénita!
Las obligó luego a que se sirvieran algo y fue a llamar a la mulata;
quería que las mujeres hicieran las paces en ese mismo instante. ¡Era cosa
decidida!
Se produjo una escena embarazosa, cuando la portuguesa y la baiana
se vieron frente a frente.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Abrácense! ¡Acaben con esto de una vez! ─gritaba
Jerónimo, empujando a la una contra la otra─. ¡Aquí no quiero caras
arrugadas!
Las dos intercambiaron un apretón de manos, sin mirarse, Piedade
estaba escarlata de vergüenza.
¡Así es, muy bien! ─agregó el picapedrero─. ¡Ahora, para que la cosa
sea completa, van a cenar con nosotros!
La portuguesa se opuso rezongando disculpas, que el picapedrero no
aceptó.
—¡No las dejo salir! ¡Habráse visto! ¡Acaso voy a dejar ir a mi hija sin
curar mis saudades!
—Piedade se sentó en un rincón, impaciente por encontrar una oportunidad
de hablar con el marido sobre el problema del colegio, Rita, voluble como
toda mestiza, no guardaba rencores y, por lo tanto, se deshizo en gentilezas
con la familia del amante. Las demás visitas se retiraron antes de la cena.
Pusieron la mesa a las cuatro de la tarde y comenzaron a comer con
buen ánimo, comenzando a beber ya con la sopa. Senhorina se destacaba en
el grupo; en su timidez de niña de colegio parecía, entre aquella gente, triste
y asustada al mismo tiempo. El padre la agobiaba con sus atenciones toscas
y sus preguntas sobre sus estudios. A excepción de ella, antes del postre,
todos estaban más o menos mareados por el vino. Jerônimo lo estaba
completamente. Piedade, instigada por él, había vaciado el vaso con
frecuencia y, al final de la cena, empezó a quejarse amargamente de la vida;
fue entonces que ella, ya con la voz agriada, le habló de la deuda del
colegio y de las amenazas de la directora.
—¡Vamos, hija! ─dijo el picapedrero─. Ahora empiezas a machacar con el
tema. ¡Deja las tristezas para otro momento! ¡No nos amargues la cena!
—¡Qué triste suerte la mía!
—¡Ay, ay, qué de lamentos tenemos!
—¿Cómo no me voy a lamentar si todo me sale mal?
—¿Si? ¡Si es para eso que vienes, mejor que no vuelvas más!... ─rezongó
Jerônimo frunciendo el entrecejo─. ¡Qué diablos! ¡Con llantos nada se
arregla! ¿Tengo yo la culpa de que no seas feliz? ¡Tampoco yo lo soy y no
me quejo a Dios!
Piedade comenzó a sollozar.
—¡Lo que me faltaba! ─gritó el marido, levantándose y dando un puñetazo
sobre la mesa─. ¡Y hay que aguantarla! ¡Por más que un hombre no quiera
enojarse, tiene que estallar a la fuerza! ¡Vamos!
Senhorinha corrió junto a su padre, tratando de calmarlo.
—¡Vamos! ─gritó él rechazándola─. ¡Siempre con la misma historia! ¡No
estoy dispuesto a seguir aguantado esto! ¡Fuera!
—¡Yo no vine acá a divertirme!... ─continuó Piedade entre lágrimas─ ¡Vine
acá para saber de la cuenta del colegio!
—¡Pues págala tú, que tienes el dinero que te dejé! ¡Yo no tengo nada!
—¡Ah! ¿Entonces tú no la vas a pagar?
—¡No! ¡Por un millón de rayos!
—¡Eres peor de lo que creía!
—¿Sí, eh? ¡Entonces déjame acá con toda mi ruindad y cierra el pico!
¡Ciérralo antes de que yo haga alguna burrada!
—¡Mi pobre hija! ¿Quién velará por ella, Señor de los Afligidos?
—La pequeña ya no precisa ir al colegio, ¡déjala acá conmigo que nada le
va a faltar!
—¿Separarme de mi hija? ¿Lo único que me queda?
—¡Oh, mujer! ¿Acaso no estás separada de ella toda la semana?... Pues, la
pequeña, en vez de quedarse en el colegio, se quedará aquí y todos los
domingos irá a verte. ¡Ahí tienes!
—¡Yo quiero quedarme con mamá!... ─balbuceó la niña abrazándose a
Piedade.
—¡Ah! ¿También tú, ingrata me haces la guerra? ¡Pues váyanse con todos
los diablos! ¡Y no vuelvan acá para calentarme la sangre, que ya tengo de
sobra con qué preocuparme!
—¡Vámonos de aquí! ─gritó la portuguesa, tomando a la hija del brazo─.
¡Maldita sea la hora en que vine para acá!
Y las dos, madre e hija, desaparecieron; mientras tanto Jerônimo,
paseando de un lado a otro, monologaba furioso bajo la fermentación del
vino.
Rita no se había metido en la pelea, ni se había mostrado a favor de
ninguna de las dos partes. “¡Si el hombre quería volver junto a su mujer,
que volviese! ¡Ella no lo retendría, porque el amor no era obligación!”.
Después de hablar solo por mucho tiempo, el picapedrero se tiró sobre
una silla, sombrío vertió dos dedos de laranjinha en un vaso y los bebió de
un trago.
—¡Arre! ¡Esto no puede ser!
Entonces la mulata se le aproximó por detrás, le tomó la cabeza entre
las manos, lo besó en la boca, separando con los labios la espesura de los
bigotes.
Jerônimo se volvió hacia la amante, la tomó por las caderas y la sentó
sobre sus piernas.
—¡Mi amor, no te hagas mala sangre! ─dijo ella acariciándole los
cabellos─. ¡Ya pasó todo!
—¡Tienes razón! ¡Yo fui un animal al dejarlas poner los pies dentro de casa!
Y se abrazaron con ímpetu, como si el breve tiempo robado por la
visita fuese una interrupción de sus amores.
Allá afuera, junto al portón del inquilinato, Piedade, con el rostro
escondido en el hombro de la hija, esperaba que las lágrimas cediesen un
poco para seguir con su destino de expulsada.
XX

Regresaron a casa a las nueve de la noche. Piedade tenía el corazón


destrozado; no dijo una palabra en todo el camino y, luego de que acostó a
la niña, se apoyó en la cómoda llorando.
¡Todo había terminado! ¡Todo había terminado!
Fue a buscar una botella de aguardiente, bebió una buena porción;
lloró de nuevo, volvió a beber, y después salió al patio, dispuesta a
aprovechar la alegría de los que se divertían afuera.
Das Dores había dado una cena de festejo; se oían las risas de ella y la
voz vinosa y gruesa de su hombre, aquel comerciante, ahogadas de vez en
cuando por los gritos de la Machona que retaba a Agostinho. En diversos
lugares cantaban y tocaban la guitarra.
Pero el conventillo ya no era el mismo; estaba muy diferente; apenas
si daba una idea de lo que había sido. El patio, como João Romão lo había
prometido, se estrechó con edificaciones nuevas; ahora parecía una calle,
todo empedrado parejo e iluminado por tres faroles grandes, simétricamente
dispuestos, se construyeron letrinas, tres baños y se colocaron seis canillas
de agua. Desaparecieron las pequeñas huertas, los jardines de de cuatro a
ocho palmos y los inmensos depósitos de botellas vacías. A la izquierda de
donde acababa la casa de Miranda, se extendía una hilera de casitas con
puertas y ventanas, y desde allí hacia delante, acompañando todo el fondo y
doblando después a la derecha hasta chocar con el edificio de João Romão,
se erguía un segundo piso, cerrado encima del primero por una estrecha y
larga galería de rejas de madera, hacia el cual se subía por dos escaleras,
una en cada extremo. De ciento y tanto, la numeración pasó a más de
cuatrocientas, y todo encaladito y recién pintado; paredes blancas, puertas
verdes y desagües encarnados. Había pocos lugares desocupados. Algunos
habitantes pusieron plantas en las puertas y ventanas, en tinas aserradas por
la mitad o en macetas de barro cocido. Albino llevó su cuidado a colgar
cortinas bordadas y piso alfombrado de esterilla. Su casa se destacaba de las
otras; era en el piso de abajo y desde afuera se veía el papel rojo de la sala,
los muebles muy lustrados, jarras con flores sobre la cómoda, un lavatorio
con espejo rodeado de rosas artificiales, un oratorio grande, resplandeciente
de palmas doradas y plateadas, carpetas de encaje y, por todas partes, un
lujo de iglesia, acicalado y sahumado. Y él, pálido lavandero, siempre con
su pañuelo oloroso alrededor del cuellito, sus largos pantalones de
bocamanga ancha, su cabello lacio caído por detrás de las orejas flojas, se
preocupaba mucho en mantener aquello permanentemente arreglado, como
si lo esperase a cada instante la visita de un extraño. Los compañeros de
inquilinato elogiaban aquel orden y aseo, ¡lástima que las hormigas le
invadiesen la cama! Efectivamente, nadie sabía por qué, pero la cama de
Albino estaba siempre cubierta de hormigas. El las destruía, pero los
bichitos endemoniados se multiplicaban todos los días, y cada vez más. Una
campaña desesperante que lo tenía triste y fastidiado. Enfrente suyo estaba
la casa de Bruno y la mujer, toda amoblada de nuevo, con un gran quinqué
de querosén frente a la entrada, cuyo reflejo parecía mirar desconfiado
desde adentro a quien pasaba por el patio. Ahora, sin embargo, la pareja
vivía en santa paz. Leocádia estaba discreta; se sabía que ella le daba
mucho que hacer a su cuerpo sin el concurso del marido, pero nadie podía
decir cuándo ni dónde. Alexandre juraba que, al entrar o salir a deshoras,
nunca la había pescado en falta, y su esposa, Augusta Carne Mole, iba más
lejos en la defensa, porque siempre había tenido pena de Leocádia, porque
entendía que aquella vehemencia por hombre no era por maldad de ella; era
la maldición de algún endemoniado que la había pretendido y la pobrecita
no lo complació. “¡Esto se veía todos los días!”, tanto que, últimamente,
después de que la pobre le pidió a un padre un poco de agua bendita y se
bendijo con ella en ciertas partes, el fuego desapareció de inmediato, ¡y ella
vivía correcta y seria, sin dar que hablar a nadie! Augusta se había quedado
con la familia en una de las casitas del segundo piso, a la derecha; de nuevo
estaba embarazada; y por las noches se veía a Alexandre, siempre muy
circunspecto, paseando a lo largo de la galería, meciendo a la criatura en
brazos; mientras, la mujer, adentro de la casa, cuidaba de las otras. La prole
les crecía que daba miedo. “¡Era uno en el buche y otro en el bolsillo!”.
Ahora vivían también de ese lado y en el mismo cuarto, los dos cómplices
de Jerônimo, Pataca y Zé Carlos; enfrente de la puerta tenían una pequeña
hornalla y un brasero, en los que ellos mismos se preparaban la comida. Un
poco más adelante, vivía un empleado de correos, persona muy callada,
bien vestida y puntual en el pago; invariablemente salía todas las mañanas y
volvía a las diez de la noche; los domingos sólo salía a la calle para comer,
después se encerraba en su casa y, pasara lo que pasase en el conventillo no
asomaba la nariz. Y así como éste, se notaban por último muchos
arrendatarios nuevos en el inquilinato, que ya no era gente sin corbata y sin
medias. El feroz engranaje de aquella máquina, que nunca paraba, iba
hincando los dientes en una nueva camada social que, poco a poco, se
dejaba arrastrar íntegra allá adentro. Comenzaban a venir estudiantes
pobres, con sus sombreros de ala blanda, el saco lustroso, una puntita de
cigarro quemándoles la pelusa del bozo, y los bolsillos muy llenos, pero
sólo de versos y de diarios; aparecieron ordenanzas de reparticiones
públicas, cajeros de taberna, artistas de teatros, conductores de tranvía y
vendedores de billetes de lotería. Por el lado izquierdo, toda la galería fue
tomada por italianos; habitaban cinco o seis por cuarto y se notaba que, en
ese lugar, el inquilinato estaba mucho más sucio que en otras partes. Por
más que João Romão reclamase, se formaba allí un chiquero de cáscaras de
sandía y de naranja. ¡Era la comuna ruidosa y sucia de los endemoniados
vendedores ambulantes! Casi no se podía pasar por allí, tal la acumulación
de bandejas de loza y objetos de vidrio, cajas de quincallería, sartas y sartas
de vasijas de hojalata, muñecos y castillos de yeso, organitos, monos, ¡y el
mismísimo diablo! Y todo eso en medio de un hedor nauseabundo de cosas
podridas, que apestaba todo el conventillo. Felizmente, la parte del fondo de
la galería estaba limpia y se destacaba por la profusión de pájaros que allí
había, entre los que sobresalía un enorme loro que, de cuando en cuando,
soltaba un silbido estridente y ronco. Por debajo quedaba la casa de la
Machona, cuya puerta y ventana, Nenen tenía siempre adornada con
cretonas y begonias. La casa de Miranda parecía haber retrocedido algunos
pasos, perseguida por el batallón de casitas de la izquierda, y ahora miraba
con miedo por encima de los tejados de la casa del ventero que, allá
adelante, se erguía altiva, impávida, con aire soberbio y triunfante. João
Romão se había puesto los altos del vecino en el bolsillo; el suyo era más
alto y más noble, y entonces, con los muebles y cortinados nuevos imponía
respeto. Aquel viejo paredón de enfrente, con su ancho portón de cochera,
fue demolido, y la entrada del inquilinato estaba ahora diez brazas más
adentro; entre ella y la calle había un pequeño jardín con bancos y un
modesto surtidor, en medio de una fuente de cemento imitando piedra.
Desapareció la pintoresca linterna de vidrios rojos; desaparecieron las iscas
de hígado y las sardinas preparadas allí mismo sobre las brasas, en la puerta
de la venta; y en el letrero nuevo, mucho más grande que el anterior, en vez
de “Inquilinato de São Romão”, se leía con letras bien pintadas:

Avenida São Romão


El Cabeça-de-gato finalmente estaba vencido, vencido para siempre;
ya nadie se animaba a comparar los dos inquilinatos. A medida que el de
João Romão prosperaba de aquel modo, el otro decaía del todo; era raro el
día en que no entraba allí la policía y arreaba con todo el mundo dando
bastonazos de ciego. ¡Una desmoralización total! Muchos cabeça-de-gato
cambiaron de chaqueta pasándose a los carapicus, entre los cuales un
hombre hasta podía solucionar su vida, si sabía trabajar con habilidad en
tiempos de elecciones. ¡Ejemplos no faltaban!
Después de la partida de Rita, ya no se bailaba samba al sereno, con
choradinho baiano, ni tampoco se cantaba ni danzaba la cana-verde, ahora
el furor eran las fiestas dentro de casa, con tres o cuatro músicos, cena de
café con pan, mucho pantalón blanco y mucho vestido almidonado. ¡Y dale
con las cuadrillas y polcas hasta romper el alba!
Pero aquel domingo el conventillo estaba triste; había apenas unos
grupos escasos, que se divertían tocando la guitarra en las puertas de sus
casas. Aún así, el mejor era el de das Dores. Piedade se dirigió hacia allá,
sombría y cabizbaja.
—¡Demonios! ¡Que pareces un buey triste! ─exclamó Pataca sentándose al
lado de ella─. ¡Las penas hay que dejarlas atrás, criatura de Dios! ¡La vida
no es tan larga! ¿Tu hombre te dejó? ¡Consíguete otro y pones alegría en tu
corazón!
En respuesta, ella suspiró, todavía triste; sin embargo la botella de
parati recorrió la rueda de mano en mano, y a la segunda vuelta, Piedade
parecía otra. Comenzó a conversar y a tomar interés por la farra. De allí a
poco era la más animada, hablando hasta por los codos, criticando y
remedando a las personas ridículas del inquilinato. Pataca se reía a
mandíbula batiente, echándose encima de ella y pasándole los brazos
alrededor de la cintura.
—¡Todavía eres mujer como para que un hombre cometa una locura!
—¡Mira para que lado te dio la bebida! ¡Suéltame la pierna, guarango!
El grupo los encontraba graciosos a los dos y los aplaudía entre
carcajadas. Y el parati continuaba circulando de mano en mano. Das Dores
no descansaba un momento; mal venía de llenar una botella dentro de la
casa que debía volver otra vez para llenarla de nuevo. “¡Miren que
agotamiento! ¡Vayan a beber al infierno!”. Finalmente apareció con la
damajuana y la dejó en medio de la rueda.
—¡Ahí tienen! ¡Mamen de allí mismo, que ya me duelen las piernas de
tanto ir y venir!
Esa noche, la borrachera de Piedade fue completa. Cuando João
Romão entró, de regreso de la casa de Miranda, la encontró bailando, al son
de palmas, gritos y carcajadas, en medio de una gran jarana, las polleras
remangadas, los ojos entornados, tratando de imitar a Rita en su choradinho
de Bahía. Era el payaso de la rueda. Le daban palmadas en las nalgas y le
hacían zancadillas para verla caer y rodar por el suelo.
El ventero, de frac y sombrero de copa, fue directo al grupo, ya
mucho más numeroso, y los intimó a todos a que se retirasen. ¡Ya no eran
horas para semejante algazara!
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Cada uno a su casa!
Piedade fue la única que protestó, reclamando por su derecho de
divertirse un poco con sus amigos.
¡Qué diablos, no estaba haciendo daño a nadie!
—¡Vamos, mejor te vas a tu casa a dormir la mona! ─la vituperó João
Romão, rechazándola─. ¡Tú, con una hija casi mujer, no tienes vergüenza
de estar acá haciendo de payaso! ¡Borracha perdida!
Con la descompostura, Piedade se irritó aún más, quiso vengarse de
él, llegó a arremangarse las mangas y recoger la pollera; pero Pataca se
interpuso, pidiéndole a João Romão que no le hiciera caso, porque todo eso
no era más que cachaça.
—¡Bien, bien, bien! ¡Pero vuelen! ¡Vuelen!
Y no se retiró hasta ver la rueda disuelta, y cada uno volvió a su casa.
Se recogieron todos en silencio; solo Pataca y Piedade se quedaron un
poco más en el patio, discutiendo la actitud del ventero. Pataca también
estaba bastante bebido. Ambos reconocieron que no les convenía demorarse
allí, sin embargo, ninguno de los dos se sentía con deseos de volver a su
cuarto.
—¿Tienes algo para beber en tu casa?... ─preguntó él por último.
Ella no estaba segura; pero fue a ver. Había media botella de parati y
un poco de vino. Pero era necesario no hacer barullo, porque la niña estaba
durmiendo.
Entraron en puntas de pie, hablando de manera sorda. Piedade
aumentó la luz del candil.
—¡Mira! ¡Ahora vamos a quedarnos a oscuras! ¡Se acabó el querosén!
Pataca salió, para ir a su casa a buscar una vela, y de vuelta trajo
también un pedazo de queso y dos pescados fritos que llevó a la nariz de la
lavandera sin decirle nada. Piedade, a los tropezones, desocupó la mesa de
los enseres de planchado y sirvió dos platos. El otro pidió vinagre y salsa
picante y preguntó si había pan.
—Pan si hay. ¡Lo que hay poco es vino!
—No importa, es lo mismo con parati.
Y se sentaron. El conventillo ya dormía y sólo se oían, en el silencio
de la noche, perros que ladraban en la calle, tristemente. Piedade comenzó a
quejarse de la vida; le vino una crisis de lágrimas y sollozos. Cuando pudo
hablar contó lo que le había sucedido aquella tarde, narró los pormenores de
su ida con la hija a buscar al marido, la cena en común con aquella
porquería de mulata, y por fin su humillación de venir de allá injuriada y
echada.
Pataca se indignó, no por el proceder de Jerônimo sino por el de ella.
¡Rebajarse hasta ese punto! ¡Con qué propósito!... ¡Ir a buscar a su
hombre a la casa de la otra! ¡Oh!
—El me trató bien, cuando fui allá por primera vez... ¡Hoy no sé qué tenía:
solo le faltó ponerme en la calle a puntapiés!
—¡Muy bien hecho! ¡Todavía me parece poco! ¡Debía haberte molido a
palos, para que no seas tonta!
—¡Te parece!
—¡Y no! ¡Lo que no faltan son hombres, hija! ¡El mundo es grande! ¡Dios
siempre provee! ─y le puso una mano entre las piernas─. ¡Arrímate a mí,
que te vas a olvidar del otro!
Piedade lo rechazó. ¡Que se dejase de burradas!
—¡Burradas! ¡Esto es lo único que uno se lleva de la vida!
La pequeña se había despertado en el cuarto y vino descalza hasta la
puerta del comedor, para espiar lo que hacían los dos.
No se dieron cuenta.
Y la conversación prosiguió, animándose a medida que la botella de
parati se vaciaba. Piedade se olvidó de sus disgustos, se puso a masticar un
poco; las lágrimas se le secaron; y ella comió con apetito, riendo de las
picardías del compañero, que continuaba palpándole los muslos de cuando
en cuando.
¡Esas cosas así, inesperadas, eran las verdaderamente agradables!...,
decía él excitado y con el rostro encendido, comiendo con la mano,
embebiendo el pescado en la salsa de ajíes picantes. ¡Había que ser bien
tonto para dejarse morir!
Después sugirió que no vendría mal una taza de café.
—No sé si queda ─respondió la lavandera, parándose agarrada a la mesa.
Y se tambaleó hasta la cocina, tropezando de derecha izquierda.
—¡Con tiento en el timón, que la mar está agitada! ─exclamó Pataca,
levantándose también para ir a ayudarla.
Y allí, junto al fogón, la agarró de improviso, como un gallo cubre a
la gallina.
—¡Larga! ─gritó la mujer, sin fuerzas para defenderse.
El le levantó las polleras.
—¡Espera! ¡Déjame!
—¡No quiero!
Y se reía al ver la actitud cómica de Pataca encorvado sobre ella.
—¡Qué tiene de malo!... ¡Vamos!
—¡Suéltame, demonio!
Y tambaleantes, apoyados el uno sobre el otro fueron ambos al suelo.
—¡Sinvergüenza! ─rezongó la infeliz, cuando el adversario consiguió
saciarse en ella─. ¡Mal rayo te parta!
Y se dejó estar en el suelo. El se puso de pié y, al encaminarse al
comedor advirtió una pequeña sombra que huía delante suyo. Era la niña
que había ido a espiar a la puerta de la cocina.
Pataca se asustó.
—¿Quién anda por ahí corriendo como un gato?... ─preguntó dirigiéndose a
Piedade, que seguía en el mismo lugar, ahora casi adormecida.
La sacudió.
—¡Eh! ¡Te vas a quedar allí mujer! ¡Levántate, anda a ver el café!
E intentando levantarla, la alzó por los debajo de los brazos. Piedade,
mal cambió de posición, vomitó sobre el pecho y el estómago un borbotón
fétido.
—¡Mira que demonio! ─rezongó Pataca─. ¡Está que no puede mantenerse
en pie!
Y fue preciso arrastrarla hasta la cama, como si fuera un atado ropa
sucia. La infeliz no volvía en sí.
Senhorinha acudió afligida, preguntando qué tenía la madre.
—No es nada hija ─explicó Pataca─. Déjala dormir que esto se le pasa. Si
hay limón en casa, pásale un poco detrás de la oreja, ¡y verás que mañana se
despierta bien y lista para otra!
La niña comenzó a sollozar.
Y Pataca se retiró tropezando con los muebles, furioso porque al final
no había tomado café.
¡Qué embromar!
XXI

Al mismo tiempo, João Romão de pantuflas y camisón paseaba de un


lado para otro en su cuarto nuevo. Un aposento ancho empapelado en azul y
blanco con florcitas amarillas imitación oro; había una alfombra a los pies
de la cama y, sobre la mesa de noche, un despertador de níquel; y el
mobiliario era matrimonial, porque el previsor no pensaba comprar muebles
dos veces.
Parecía muy preocupado; pensaba en Bertoleza que, a esas horas,
dormía allá abajo, en el vano de la escalera, en los fondos del almacén,
cerca de la letrina.
¿Pero, qué diablos debía hacer al final con aquella maldición?...
Y se rascaba la cabeza, impaciente por descubrir un medio de verse
libre de ella.
Es que esa noche, Miranda le había hablado abiertamente acerca de lo
que Botelho ya le había dicho, y estaba todo decidido: Zulmira lo aceptaba
como marido y dona Estela ya iba a fijar el día de la boda.
¡El problema era Bertoleza!
El ventero iba y venía por el cuarto; sin encontrar una buena solución
para el problema.
¡Ahora, que endiablada dificultad se había armado él mismo para
entramparse!... ¿Cómo podría mandarla a pasear así, de un momento para
otro, si el demonio de crioula lo acompañaba desde hacía tanto tiempo y
todo el mundo en el inquilinato lo sabía?
Y se sentía indignado e impotente delante de aquel tranquilo
obstáculo que estaba allá abajo, durmiendo, haciéndole en silencio un daño
horrible, perturbándole estúpidamente el curso de su felicidad, retardándole,
tal vez sin conciencia, la llegada de aquel bello futuro, conquistado a fuerza
de tamañas privaciones y sacrificios. ¡Qué problema!
Pero, sólo con pensar en su unión con aquella brasileña fina y
aristocrática, un amplio cuadro de victorias se abría delante de la insufrible
avidez de su vanidad. En primer lugar, entraba a formar parte de una familia
tradicionalmente orgullosa, como era, al decir de todos, la de Dona Estela;
en segundo lugar, aumentaba considerablemente sus bienes con la dote de la
novia, que era rica, y en tercer lugar, finalmente recaería en él todo lo que
Miranda poseía, realizándose un viejo sueño que el ventero acariciaba desde
el nacimiento de su rivalidad con el vecino.
Y ya se veía en la brillante posición que lo esperaba: una vez adentro,
se asociaría con el suegro e iría, poco a poco, como quien no quiere la cosa,
desplazándolo hasta quitarle el lugar y hacer de sí mismo un verdadero jefe
de la colectividad portuguesa en Brasil; después, cuando el barco estuviese
navegando a toda vela, “¡Tome acá algunos pares de contos de réis y
páseme el título de Vizconde!”.
¡Sí, sí, Vizconde! ¿Por qué no? Y más tarde, con seguridad, ¡Conde!
¡Era cosa hecha!
¡Ah! El, aunque nunca se lo había dicho a nadie, alimentaba en los
últimos años el firme propósito de alcanzar un título más alto que el de
Miranda. Y sólo después de tener el título de nobleza en la mano es que iría
a Europa de paseo, mostrando su grandeza, despertando envidias, cercado
de adulaciones, liberal, pródigo, brasileño, aturdiendo al viejo mundo con
su nuevo oro americano.
¿Y Bertoleza?, le gritaba en su interior una voz impertinente.
—¡Es verdad! ¿Y Bertoleza?... ─repetía el infeliz sin interrumpir sus idas y
venidas a lo largo del dormitorio.
¡Diablos! ¡Y no poder alejar su vida de aquel punto negro; borrarlo
rápidamente, como quien se saca de la piel una mancha de de barro! ¡Que
rabia tener que unir a los vuelos más fulgurantes de su ambición la idea
mezquina y ridícula de aquel inconfesable concubinato! Y no podía dejar de
pensar en aquel demonio de negra, porque la mulata allí estaba, cerca,
rondándolo amenazadora y sombría; allí estaba como un documento vivo de
sus miserias, ya pasadas pero todavía palpitantes. ¡Bertoleza debía ser
aplastada, debía ser suprimida, porque era todo lo que había de malo en su
vida! ¡Sería un crimen conservarla a su lado! Ella era el tosco mostrador de
la primitiva venta; era el sisado vintenzinho de manteca en papel de
envolver, era el pescado traído de la playa y vendido por la noche, al lado
del brasero en la puerta de la taberna; era la fonda inmunda y el menú
cantado de los guisos a la portuguesa; era el sueño roncado en un colchón
fétido, lleno de sabandijas; ella era su cómplice y era todo su mal,
¡entonces, debía desaparecer! Debía ceder lugar a una pálida jovencita de
manos delicadas y cabellos perfumados, que era el bien, porque era lo que
reía y alegraba, porque era la vida nueva y el romance solfeado al piano, las
flores en los búcaros, las sedas y los encajes, el té servido en porcelanas
caras; era, en fin, la dulce existencia de los ricos, de los felices, de los
fuertes, de los que habían heredado, sin trabajo, o de los que, a puro
esfuerzo, consiguieron acumular dinero, atropellando y subiendo por entre
el rebaño de los escrupulosos y de los débiles. El ventero tenía delante de
los ojos la enamorada sonrisa de la hija de Miranda, sentía todavía la leve
presión del brazo delicado que se apoyara en el suyo, algunas horas antes,
de paseo por la playa de Botafogo; respiraba todavía los perfumes de la
niña, suaves, escogidos y penetrantes como palabras de amor; en sus dedos
cortos, ásperos y rojos, conservaba la impresión de la tibia caricia de
aquella manito enguantada que, dentro de poco, en los placeres legitimados
del matrimonio, le acariciaría las carnes y los cabellos.
“¿Pero, y Bertoleza?”.
¡Sí, era preciso acabar con ella! ¡Despacharla! ¡Hacerla desaparecer
de una buena vez!
Dio la media noche en el reloj del almacén. João Romão tomó una
vela y descendió a los fondos de la casa, donde Bertoleza dormía. Se
aproximó a ella en puntas de pie, como un criminal que lleva una idea
homicida.
La crioula estaba inmóvil sobre el jergón, echada de lado, con la cara
escondida en el brazo derecho, que ella doblaba debajo de la cabeza. Parte
de su cuerpo aparecía desnudo.
João Romão la contempló durante algún tiempo con asco.
¡Y era aquello, aquella miserable negra que allí dormía indiferente, el
gran obstáculo a su dicha!... ¡Parecía imposible!
“¿Y si ella se muriera?”.
Esta frase, que se le ocurrió cuando pensó por primera vez en aquel
obstáculo a su felicidad, volvía ahora a su espíritu, no obstante madurada y
transformada en esta otra:
“¿Y si yo la matase?”.
Pero un largo escalofrío de temor le recorrió los nervios.
Además de eso, ¿cómo?... Sí, ¿cómo podría matarla sin dejar señales
de su crimen?... ¿Envenenándola?... ¡Sospecharían de inmediato!...
¿Matarla de un tiro?... ¡Peor!... ¿Llevarla de paseo y, en lo mejor de la
fiesta, tirarla al mar o por un despeñadero, donde la muerte fuese segura?...
Pero, ¿cómo arreglar eso si nunca paseaban juntos?...
“¡Diablos!”.
Y el desgraciado se quedó pensando, abstraído, con el candelabro en
la mano, sin quitar los ojos de Bertoleza, que continuaba inmóvil, con el
rostro escondido bajo el brazo.
“¿Y si la estrangulase ahora mismo?”...
Y avanzó unos pasos en puntas de pie, pero luego paró sin dejar de
contemplarla.
Pero la crioula levantó la cabeza y lo miró con ojos de quien no está
durmiendo.
—¡Ah! ─dijo él.
—¿Qué pasa Seu João?
—Nada, solo vine a verte... Acabo de llegar... ¿Cómo estás? ¿Se te pasó el
dolor del costado?
Ella se encogió de hombros, sin responderle. João Romão no sabía
que decir y finalmente salió, escoltado por la mirada imperturbable de la
crioula, que lo intimidaba aún por las espaldas.
“¿Habrá desconfiado?”, pensó el miserable subiendo de nuevo hacia
su cuarto. “¡Qué! ¿Desconfiar de qué?”.
Y se metió de nuevo en la cama, dispuesto a no pensar más que en eso
y a dormirse en el acto. Pero su pensamiento continuó rebelde, dando
vueltas sobre el mismo tema.
“¡Es necesario sacármela de encima! ¡Es necesario sacármela de
encima sea como sea! Ella todavía no ha dado señales de querer hacer algo,
ni ha abierto el pico con respecto a la cuestión; pero Dona Estela va a
marcar el día de la boda; no pasará mucho tiempo… Miranda, naturalmente,
le va a comunicar la noticia a sus amigos... y el hecho correrá de boca en
boca... llegará a los oídos de la crioula, ¡y esta, viéndose abandonada,
explotará! ¡Con seguridad va a explotar! ¿Y entonces? ¡Qué lindo!...
¡Llevarla tan bien hasta ahora y resbalarme por la oposición de la negra!...
¡Y los comentarios que van a venir!... ¡Qué no dirán los envidiosos de
siempre!... ¡Ah, ah! ¡Él tenía en su casa una concubina, una negra inmunda
con la que cohabitaba! ¡Lindo tipo! ¡Tenía que mostrar que era de baja
estofa!... ¡Y nos engatusaba con unos aires de capitalista que vive a cuerpo
de rey! ¡Miren en lo que terminó el carapicu! ¡Fuera, sucio! Y entonces, la
familia de la niña, con miedo de caer también en la boca de todo el mundo,
daba marcha atrás, ¡y aquí no se ha dicho nada! Sé bien que ella está a la
par de todo, ¡vaya si lo está! Pero se hace la desentendida, porque cuentan,
y con razón, que yo no seré tan necio de esperar al día de mi casamiento
para deshacerme de la negra. ¡Cuentan con que la cosa se solucionará sin
escándalo! ¡Y yo, mientras tanto, soy tan bestia que no he hecho nada! ¡Y el
demonio de crioula está allí, dueña de todo, como antes, y no encuentro la
manera de librarme de ella!... ¿Cómo me habré metido en semejante
aprieto?... ¡Si se lo contara a alguien, no me lo creería!”.
E iba y volvía, sin encontrar una salida al problema.
“¡Diablos!”.
Dieron las cuatro y el desgraciado no podía pegar un ojo; continuaba
maquinando sobre el asunto, dándose vuelta en su grande y rechinante cama
matrimonial. Solo al rayar la aurora consiguió conciliar el sueño; pero, casi
en seguida, tuvo que levantarse: el conventillo estaba todo alborotado por
un nuevo desastre.
La Machona estaba lavando en su tina, refunfuñando y discutiendo
como siempre, cuando dos trabajadores, acompañados de un nutrido grupo
de curiosos, le trajeron el cadáver ensangrentado del hijo. Agostinho había
ido, siguiendo la costumbre, a jugar a la cantera con otros dos amiguitos del
inquilinato; subieron saltando como cabritos por las aristas del precipicio,
treparon a una altura superior a los doscientos metros del piso y, de repente,
perdió el equilibrio y el infeliz rodó cuesta abajo, partiéndose los huesos y
desgarrándose las carnes.
Todo él, pobrecito, era una sola masa sanguinolenta; las canillas
quebradas en las rodillas pendían, blandas, de los muslos; la cabeza,
desarticulada, estaba abierta derramando los sesos; en una de las manos le
faltaban todos los dedos y en la cadera izquierda asomaba la punta de un
hueso, raspado por las piedras.
Hubo una alarma en el patio cuando él llegó.
“¡Cristo! ¡Qué desgracia!”.
Albino, que lavaba al lado de la Machona, tuvo un síncope; Nenen se
puso como loca, porque quería mucho a su hermano; das Dores imprecó
contra los trabajadores, que permitían a un hijo ajeno matarse de ese modo
ante sus ojos; la madre, apenas si soltó un bramido de monstruo apuñalado
y cayó junto al cadáver del hijo, besándolo, gimiendo como una criatura.
Totalmente fuera de sí.
Las madres de los otros dos niños esperaban inmóviles y lívidas por el
regreso de los hijos y, mal estos llegaron al inquilinato, cada una se apoderó
del suyo y le cayó encima con una paliza que metía miedo.
—¡Mírate en aquel espejo, tentación del diablo! ─exclamó una de ellas, con
el pequeño asegurado entre sus piernas y llenándole las nalgas de
chancletazos. ¡No tendría que haber sido el otro sino tú, peste! ¡Aquel
pobrecito, por lo menos ayudaba a la madre, ganaba dos mil réis por mes
regando las plantas del comendador, y tú, porquería, sólo sirves para darme
disgustos! ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma!
Y la chancleta cantaba entre la gritería feroz de los dos muchachos.
João Romão se asomó a la ventana, todavía en magas de camisa y,
desde allí mismo, se enteró de lo que había pasado. Contra sus hábitos, se
impresionó con la muerte de Agostinho; lo lamentó en su interior,
acometido de raras condolencias.
“¡Pobre pequeño! ¡Tan joven... tan listo… su vida no perjudicaba a
nadie, morir así, tan desastrosamente... mientras que aquel diablo viejo de
Bertoleza continuaba aferrado a la vida, envenenándole su felicidad, sin
decidirse a estirar la pata!”.
Y el demonio de crioula no parecía dispuesta a irse así nomás; a pesar
de triste y fastidiada, se la veía fuerte y dura. Sus piernas cortas y lustrosas
eran dos piezas de hierro unidas al tronco, del cual colgaban dos balas de
cañón contra el pecho; su cuello lustroso recordaba a una enorme morcilla,
y en su mota compacta todavía no había un hilo blanco. Aquello, ¡vamos!
¡Tenía vida para el resto del siglo!
“Pero espérate, ¡que yo te voy a despachar con toda limpieza!”, dijo el
ventero para sí, volviendo a su cuarto para terminar de vestirse.
Se estaba poniendo el chaleco cuando sonaron golpes familiares en la
puerta del corredor.
—¿Cómo va eso? ¿Seguimos entre sábanas?
Era la voz de Botellho.
El ventero fue a abrirle y lo hizo pasar allí mismo, al dormitorio.
—Póngase cómodo. ¿Cómo está?
—Más o menos. No ando muy bien.
João Romão le dio la noticia de la muerte de Agostinho y le dijo que
estaba con dolor de cabeza. No sabía qué diablos había tenido la noche
anterior; no pudo conciliar el sueño.
—Calor... ─le dijo el otro. Y prosiguió después de una pausa para encender
el cigarro─. Pues, vine para hablarle... Usted disculpe, pero...
João Romão supuso que el parásito iba a pedirle dinero y se preparó
para la defensa, quejándose de manera inopinada de que los negocios no le
marchaban bien; peo se calló, porque Botelho agregó, con la mirada fija en
las uñas.
—No debería hablar de esto... son cosas suyas particulares, en las que uno
no debería meterse, pero...
El tabernero comprendió de inmediato a dónde quería llegar la visita
y se aproximó, diciéndole confidencialmente:
—¡No! ¡Al contrario! Hable con franqueza... nada de recelos.
—Es que... sí, usted sabe que yo he hablado de su casamiento con
Zulmira... Allá en la casa no se habla de otra cosa... Hasta Dona Estela ya
está muy bien dispuesta a su favor... pero...
—¡Desembuche, hombre de Dios!
—Es que hay un puntito que hay que poner en limpio... una cosa
insignificante, pero...
—¡Pero, pero! ¿Usted no va a desembuchar de una buena vez? ¡Hable, qué
diablos!
Un empleado del almacén apareció en la puerta para avisar que el
almuerzo estaba servido.
—Vamos a comer ─dijo João Romão─. ¿Usted ya almorzó?
—Todavía no, pero en casa me están esperando.
El ventero mandó a su empleado a avisar a la familia del Barão que
Seu Botelho no iba a ir a almorzar. Y, sin ponerse el saco, pasó con la visita
al comedor.
El olor penetrante de los muebles recién lustrados, le daba al aposento
un carácter poco sociable de lugar desabitado y por alquilar. Los muebles,
tan desnudos como las paredes, se entristecían con su fría nitidez de cosa
nueva.
—¡Pero, vamos al grano! ¿Qué pasa?... ─inquirió el dueño de casa
sentándose en la cabecera de la mesa, mientras el otro, junto a él se sentaba
frente a uno de los lados.
—Es que ─respondió el viejo en un tono misterioso─, usted tiene acá una
compañía, una... una crioula, que... Yo no creo, nótelo bien, pero...
—¡Adelante!
—¡Eso es! ¡Dicen que usted tiene algo con ella... ¡Allá en casa se
murmuró!... Miranda lo defiende, afirma que no... ¡Ah, aquél es un alma
grande! Pero Dona Estela, usted sabe lo que son las mujeres... tuerce la
nariz y... En otras palabras: ¡recelo de que esta historia nos traiga algún
contratiempo!...
Calló porque acababa de entrar un portuguesito con una fuente de
carne guisada con papas.
João Romão no respondió ni aún después de haberse retirado el chico;
permaneció abstraído golpeándose los dientes con un cuchillo.
—¿Por qué no la echa?... ─arriesgó Botelho, sirviendo vino en su copa y en
la de su compañero.
Tampoco esta vez obtuvo respuesta; pero el otro, tomando finalmente
una resolución, le declaró confidencialmente.
—Voy a decirle la verdad, tal como ella es y... tal vez usted pueda
ayudarme.
Miró hacia todos lados, acercó su silla junto a la de Botelho y agregó
en voz baja:
—Esa mujer se metió conmigo cuando yo empezaba mi vida... Entonces,
confieso... precisaba que alguien como ella me ayudase... ¡Y me ayudó
mucho, no lo niego! ¡Le debo eso! ¡No! ¡Ayudarme, me ayudó! Pero...
—¿Y después?
—Después se fue quedando por ahí, se fue quedando... y ahora...
—¡Ahora es un obstáculo que puede estropear el negocio! ¡Nada más ni
nada menos!
—¡Sí, no cabe duda! ¡Puede ser un obstáculo serio a mi casamiento! ¡Pero,
qué diablos! ¡Usted comprenderá que yo no puedo ponerla en la calle así,
sin más ni más!... Sería ingratitud, ¿no le parece?
—¿Ella sabe hasta adonde ha llegado el asunto?...
—Debe sospechar alguna cosa, ¡que no es tonta!... Yo, por mi parte, no le
he hablado de nada...
—¿Usted todavía hace vida con ella?
—¿Qué? Hace tiempo que ni por asomo...
—Entonces, mi amigo, debe ponerle una quitanda en otro barrio, déle algún
dinero y… ¡buen viaje! ¡Diente que ya no sirve, se arranca!
João Romão iba a responderle, pero Bertoleza se asomó en la entrada
del comedor. Venía tan transformada y tan lívida, que sólo con su presencia
intimidó profundamente a los dos. La indignación le arrancaba chispas de
los ojos y los labios le temblaban de rabia. Ni bien empezó a hablar le
apareció espuma en los costados de la boca.
—¡Usted está muy engañado, Seu João, si cree que se casa y me va a tirar
por ahí! ─exclamó ella─. ¡Soy negra, sí, pero tengo mis sentimientos!
¡Quien se comió mi carne ahora tiene que roer mis huesos! ¿O piensa que
una se va a pasar año tras año, poniendo el lomo todo el santo día de Dios,
desde la mañanita hasta las tantas de la noche, para después ser tirada al
medio de la calle, como una gallina apestada? ¡No, no ha de ser así, Seu
João!
—¿Pero hija de Dios, quién te ha dicho que quiero tirarte por ahí?...
─preguntó el capitalista.
—¡Yo escuche lo que usted hablaba, Seu João! ¡A mí no me meten el dedo
en la boca! ¡Usted es astuto, pero yo también lo soy! ¡Usted está arreglando
su casamiento con la hija de Seu Miranda!
—Sí, lo estoy. ¡Algún día yo debo de cuidar por mi casamiento!... ¡No voy
a quedarme soltero toda la vida, que no he nacido para andar a la caza y a la
pesca! Pero tampoco voy a echarte a la calle como has dicho; al contrario,
estaba tratando con Seu Botelho de ponerte una quitanda y...
—¡No! ¡Con una quitanda empecé, y no he de ser una quitandeira hasta
que me muera! ¡Necesito un descanso! ¡Para eso trabajé como una mula a
su lado mientras Dios Nuestro Señor me dio fuerzas y salud!
—Pero, al final de cuentas, ¿qué diablos quieres tú?
—¡Eso sí que está bueno! ¡Quiero quedarme a su lado! ¡Quiero disfrutar de
lo que los dos ganamos juntos! ¡Quiero mi parte de lo que he hecho con
nuestro trabajo! ¡Quiero mi bienestar, como usted quiere el suyo!
—¿Pero no ves que eso es un disparate?... ¿No te has visto en un espejo?...
Yo te estimo, hija, ¡pero haré lo que sea justo y no locuras! ¡Descansa, que
nada te ha de faltar!... ¡Tendría gracia que continuáramos viviendo juntos!
¡No sé cómo no me propones casamiento!
—¡Ah! ¡Ahora resulta que no me he visto en un espejo! ¡Ahora cuando ya
no le sirvo para nada! ¡Sin embargo, cuando usted precisó de mí no le
parecía tan mal servirse de mi cuerpo y sostener la casa con mi trabajo!
¡Entonces la negra servía para todo; ahora no sirve para nada, y se la tira a
la basura! ¡No, Dios no manda eso! Si a los perros viejos no se los echa,
¿por qué me han de echar de esta casa, en la que he puesto mucho sudor de
mi frente?... ¡Si se quiere casar, espere primero a que yo me muera; no sea
ingrato!
João Romão perdió la paciencia y se retiró de la sala diciéndole una
palabrota a la amante.
—No vale la pena enojarse... ─le susurró Botelho, acompañándolo hasta la
alcoba, donde el ventero se encajó con violencia el sombrero en la cabeza y
se puso el saco con los puños crispados.
—¡Arre! ¡No la puedo aguantar ni un instante más! ¡Que se la lleve el
diablo, pero en esta casa no se me queda!
—¡Calma, hombre de Dios! ¡Calma!
—¡Si no se quiere ir por las buenas, se irá por las malas! ¡Soy yo quien lo
dice!
Y el ventero irrumpió por la escalera llevando detrás al vejete, que
mal que mal podía seguirlo en su carrera. Ya en la esquina se detuvo y,
clavando en el otro su mirada llameante, le preguntó:
—¿Pero, ha visto?
—Y... ─refunfuñó el parásito cabizbajo sin detenerse.
Y siguieron en silencio, caminando más despacio, ambos
preocupados.
Después de una larga pausa, Botelho le preguntó al si Bertoleza era
esclava cuando João Romão se hizo cargo de ella.
Esta pregunta inspiró al ventero. Iba pensando internarla como idiota
en el Hospicio Pedro II, pero ahora se le ocurrió algo mejor: entregarla a su
amo, restituirla legalmente a la esclavitud.
“¡No sería difícil!”, consideró, sólo era necesario buscar al dueño de
la esclava, decirle donde esta se encontraba refugiada y éste iría luego a
buscarla con la policía.
Y respondió a Botello:
—¡Era y es!
—¡Ah! ¿Ella es esclava? ¿De quién?
—De un tal Freitas de Melo. El primer nombre no lo sé. Es gente de afuera.
En casa lo tengo anotado.
—¡Entonces la cosa es simple!... ¡Mándesela a su dueño!
—¿Y si ella no quiere ir?
—¿Cómo que no? ¡Esa sí que es buena! ¡La policía la obligará!
—Ella va a querer comprar su libertad.
—Pues que la compre, ¡si el dueño lo consiente!... ¡Usted ya no tiene nada
que ver con eso! Y si ella vuelve a buscarlo, despáchela de inmediato; si
insiste; ¡vaya a quejarse a las autoridades! ¡Ah, querido mío, estas cosas
para ser bien hechas se hacen de esta manera o no se hacen! ¡Fíjese en el
modo como le habló hace poco, es lo suficiente para comprender que
semejante desfachatez no le conviene un instante más dentro de su casa! ¡Y
le digo esto no ya por su casamiento, sino por todo! ¡No sea flojo!
João Romão escuchaba, caminando callado, sin asomos de agitación.
Habían llegado a la playa.
—¿Usted quiere encargarse de esto? ─le propuso al compañero mientras
esperaban el tranvía─. Si quiere, puede, que le daré una gratificación bast...
—¿Cuánto?
—¡Cien mil réis!
—¡No! ¡Doble la oferta!
—¡Tendrá los doscientos!
—¡Trato hecho! ¡Yo, para todo lo que sea poner coto al relajamiento de los
negros, siempre estoy dispuesto!
—Entonces, más tarde le voy a decir con exactitud el nombre del dueño, el
lugar donde vivía cuando ella se vino a vivir conmigo y todo lo que pueda
tener al respecto.
—¡Y el resto queda por mi cuenta! ¡Ya la puede dar por despachada!
XXII

Desde ese día, Bertoleza se volvió más reconcentrada y rezongona y


sólo cambiaba con el concubino uno que otro monosílabo, inevitable, con
respecto al servicio de la casa. Entre los dos había ahora miradas de
desconfianza, que son abismos de aislamiento entre personas que viven
juntas. La infeliz vivía en un sobresalto constante; llena de aprehensiones,
con miedo de ser asesinada; sólo comía lo que ella se cocinaba y no dormía
sin antes encerrarse con llave. Por la noche, el más ligero rumor la hacía
poner de pie, los ojos muy abiertos, la respiración anhelante, la boca abierta
y lista para pedir socorro al primer ataque.
Mientras tanto, alrededor de su inquietud y de su malestar, todo allí
prosperaba en grande, en contos de réis, con la misma fiebre con que antes,
alrededor de sus actividades de esclava trabajadora, llovían los vinténs
dentro del cajón del mostrador de la venta. Ahora paraban durante el día,
frente al almacén, carros y carros con fardos y cajas traídos desde la aduana,
en los que se leían las iniciales de João Romão; y rodaban barricas y
barricas de vino y de vinagre, y grandes partidas de barricas de cerveza y de
barriles de manteca y bolsas de pimienta. Y Todo el almacén, con sus
puertas abiertas de par en par hacia el público, lo engullía todo de un solo
bocado, para después dejarlo salir de nuevo, de a poco, con un lucro
enorme, que al final del año causaba asombro. João Romão se había
convertido en el proveedor de todas las tabernas y tiendas de Botafogo; los
pequeños comerciantes se surtían allí para vender al menudeo. Su casa tenía
ahora un personal complicado de dependientes de primera, segunda y
tercera categoría, además de tenedores de libros, de compradores, de
despachantes y de cajeros; de su escritorio salía correspondencia en
diferentes idiomas y, por detrás de las estanterías de madera lustrada, donde
había siempre una mesa siempre servida con jamón, queso y cerveza, se
realizaban grandes contratos comerciales, transacciones en las que se
arriesgaban fortunas; y se proponían negociaciones de empresas y
privilegios obtenidos del gobierno; y se realizaban ventas y compras de
papeles; y se resolvían préstamos de intereses fuertes sobre hipotecas de
gran valor. Y allí había de todo: el comerciante grande y el pequeño;
capitalistas afortunados y mercaderes en quiebra; corredores de plaza,
zánganos, cambistas; empleados públicos, que firmaban transferencias de
sus salarios; empresarios teatrales y fundadores de diarios en apuros de
dinero, viudas que negociaban sus pensiones; estudiantes que iban a recibir
su mensualidad; y capataces de distintos grupos de asalariados de la casa; y,
destacándose de todos, por la cantidad, los abogados y la gente menuda del
foro, siempre inquieta, husmeadora, metiendo la nariz en todo, fea, con la
papelada bajo el brazo, la barba sin afeitar, el cigarro masticado y apagado
en el canto de la boca.
Y, como en la casa comercial de João Romão, igualmente prosperaba
su avenida. Ya no se admitía así a cualquiera, para entrar era necesario un
garante y una recomendación especial. Los precios de las viviendas
subieron y muchos de los antiguos huéspedes, principalmente los italianos,
se iban por motivos económicos, desertando para el Cabeça-de-gato y
siempre sustituidos por gente más limpia. También disminuía el número de
lavanderas, y la mayor parte de las casitas eran ocupadas ahora por
pequeñas familias de obreros, artistas y empleados de oficina. El
conventillo se aristocratizaba. Inmediatamente después de la puerta de
entrada, había un sastre, hombre serio de patillas blancas, que cosía en su
máquina entre sus oficiales, ayudado por su mujer, una lisboeta color de
nabo, gorda, algo avejentada, con un principio de barba y bigote, pero
extremadamente circunspecta; después, un relojero calvo, de anteojos, que
parecía momificado detrás de la vidriera en la que, sin cambiar de posición,
trabajaba de la mañana a la noche; después, un pintor de techos y carteles,
que llevó su fantasía artística a punto de hacer, a pincel, una enredadera
alrededor de su puerta, donde se veían pájaros de varios colores y figuras,
que acreditaban su valía profesional; más adelante se había instalado un
cigarrero, que ocupaba tres números del inquilinato y tenía cuatro hijas y
dos hijos que armaban cigarros, y tres obreros que preparaban la chala y
picaban y deshilachaban tabaco. Florinda, ahora amigada con un
despachante de ferrocarril, había vuelto al São Romão y tenía una casita
muy limpia y arreglada. Estaba todavía de luto por la madre, la pobre vieja
Marciana, que hacía poco había muerto en el Hospicio de Alienados. Los
domingos, el despachante acostumbraba a recibir algunos colegas para
cenar y, como la joven trataba de imitar a Rita Baiana, sus trasnochadas
acababan siempre de farra de canto y danza, pero todo puertas adentro, que
allí ya no se admitían samba ni jarana al sereno. La Machona había
cambiado de genio después de la muerte de Agostinho y ahora era visitada
por un grupo de jóvenes empleados de comercio, entre los cuales había un
pretendiente de la mano de Nenen, que se consumía de tanto esperar por un
marido. Alexandre fue promovido a sargento y se envanecía todavía más
dentro de su uniforme nuevo, de botones deslumbrantes; la mujer, siempre
indiferente, fecunda y honesta, parecía criar moho en su acuosa pereza y
tenía un aire triste de hongo; era vista con frecuencia amamantando a un
pequeño de pocos meses, empinando mucho la barriga hacia delante por el
hábito de andar siempre embarazada. Su comadre Léonie continuaba
visitándola de cuando en cuando, aturdiendo la pacatería de aquella familia
con sus ropas estridentes. En una oportunidad, un sábado por la tarde,
produjo un alboroto entre los decanos del inquilinato, porque llevaba
consigo a Pombinha, que se había dedicado a la vida mundana y ahora vivía
con ella.
¡Pobre Pombinha! Al final de sus dos primeros años de casada ya no
podía soportar al marido; todavía, al comienzo, para seguir siendo una
mujer honesta, intentó perdonarle su mediocridad, sus gustos
intrascendentes y su risueña y fatigosa estupidez de hombre sin ideales; le
oyó, resignada, las confidencias banales en las horas de intimidad
matrimonial; lo atendió en sus exigencias mezquinas de celoso llorón; lo
trató con toda solicitud cuando él estuvo muy grave con una neumonitis
aguda; procuró afanarse en todo con el pobre muchacho; no le habló nunca
de cosas que oliesen a lujo, a arte, a estética, a originalidad; escondió su
natural y poco cultivada intuición por lo que es grande, bello o audaz, y
fingió interesarse por todo lo que él hacía, lo que decía, lo que ganaba, lo
que él pensaba y lo que él conseguía con paciencia en su vida estrecha de
comerciante rutinario; pero de repente, ¡zas!, perdió el equilibrio y la mísera
resbaló, cayendo en brazos de un bohemio de talento, libertino y poeta,
jugador y capoeira. El marido no se enteró de inmediato, pero comenzó a
encontrar extraña a la mujer, a desconfiar de ella y vigilarla, hasta que, un
bello día, siguiéndola por la calle sin ser visto, el desgraciado tuvo la
certeza de que era traicionado por su mujer, pero ya no con el poeta
libertino, sino con un artista dramático, que muchas veces le arrancó, a él,
sinceras lágrimas de conmoción, declamando en el teatro en honra de la
moral triunfante y estigmatizando el adulterio, con la retórica más
vehemente e indignada.
¡Ah! ¡No pudo ilusionarse!... Y a despecho de lo mucho que amaba a
la ingrata, rompió con ella y se la devolvió a la madre, para huir enseguida a
São Paulo. Dona Isabel, que ya sabía, no de este último engaño de la hija,
pero sí de los anteriores, que bastante la mortificaron, ¡pobre!, se deshizo en
lágrimas, le aconsejó que se arrepintiese y mudase de conducta; enseguida
ele escribió al yerno, intercediendo por Pombinha, jurando que ahora
respondía por ella y pidiéndole que se olvidase de lo pasado y volviese
junto a la mujer. El joven no respondió a la carta y, meses después,
Pombinha desapareció de la casa de la madre. Dona Isabel casi se murió del
disgusto. ¿A dónde habría ido la hija?... “¿Dónde está? ¿Dónde no está?
¡Busca aquí! ¡Busca allá!”. Sólo la descubrió semanas después; estaba
viviendo en un hotel con Léonie. La serpiente triunfó por fin: Pombinha
fue, por su propia voluntad, a metérsele en las fauces. La pobre madre lloró
a la hija como muerta; pero visto que los disgustos no la mataron de un
golpe y, como la desgraciada no tenía con qué matar el hambre ni se sentía
con fuerzas para trabajar, aceptó con la cabeza baja el primer dinero que
Pombinha le mandó. Y, desde entonces, lo aceptó siempre, constituyéndose
la joven en su único amparo en la vejez, y sustentándola con las ganancias
de la prostitución. Después, como en este mundo una criatura se acostumbra
a todo, Dona Isabel se mudó para la casa de la hija. Pero no aparecía nunca
en la sala cuando había gente, se escondía; y, si alguno de los
frecuentadores de Pombinha la sorprendía de improviso, la infeliz se fingía
criada o dama de compañía. Lo que más la disgustaba, y lo que ella no
podía tolerar sin sentir el corazón apretado, era ver a la pequeña
endemoniarse con el champagne después de la cena y ponerse a decir cosas
sin sentido y echarse, allí mismo, en los brazos de los hombres. Lloraba
siempre que la veía entrar ebria, a deshoras, después de una orgía; y, de
disgusto en disgusto, fue debilitándose, hasta enfermar, hasta caer en cama
y ser llevada a un sanatorio, donde por fin murió.
Ahora, las dos cocottes, amigas inseparables, terribles en aquella
inquebrantable solidaridad que hacía de ellas una serpiente de dos cabezas,
dominaban Río de Janeiro de punta a punta. Eran vistas por todas partes
donde se buscaba placer; por la tarde, antes de cenar, atravesaban Catete en
un coche descubierto, con Juju al lado; por la noche, en el teatro, en un
palco de platea llamaban la atención de los viejos consejeros desgastados
por la política y ávidos de sensaciones extremas, o arrastraban , hasta las
alcobas reservadas en hoteles, a los sensuales y gordos fazendeiros del café,
que venían hasta la corte a derrochar la abundante ganancia de las cosechas
del años, recolectadas por sus esclavos. Por encima de ellas pasó una
generación entera de libertinos. Pombinha, a los tres meses de cama franca,
se había vuelto tan experta en el oficio como la otra; su infeliz inteligencia,
nacida y criada en el modesto lodo del inquilinato, medró de una manera
admirable en el fango de los vicios de largo aliento; hizo maravillas en el
arte; parecía adivinar todos los secretos de la vida; sus labios no tocaban a
nadie sin sacarle la sangre; sabía beber, gota a gota, de la boca del hombre
más avaro todo el dinero que le podía sacar a la víctima. Mientras tanto, allá
en la avenida São Romão, era como una maestra, cada vez más adorada por
sus viejos y fieles compañeros de conventillo; cuando iban allá,
acompañadas de Juju, la puerta de la casa quedaba, como antes, llena de
gente, que las bendecía con su estúpida sonrisa de pobreza hereditaria y
humilde. Pombinha abría su bolsa con generosidad, principalmente con la
mujer de Jerônimo, a cuya hija, su protegida predilecta, profesaba ahora,
por su parte, una simpatía muy especial, idéntica a la que, en otro tiempo,
había inspirado ella a Léonie. La cadena continuaba y continuaba
intermitentemente; el conventillo estaba preparando a una nueva prostituta
en aquella pobre niña desamparada, que se hacía mujer al lado de una
desgraciada madre borracha.
Y así era, con esas limosnas de Pombinha, que en la casa de Piedade
no faltaba de todo el pan, porque ya nadie confiaba a la desgraciada ropa
para lavar, y tampoco ella podía realizar ningún trabajo.
¡Desdichada mujer! ¡Había llegado hasta el extremo de los extremos!
¡Pobre! Ya no causaba dolor, causaba asco y repugnancia. Se le
extinguieron los últimos vestigios de brío; vivía andrajosa, tratándose poco
con la gente, siempre borracha, con esa embriaguez sombría y mórbida que
no se disipa nunca. Su cuarto era el peor y el más inmundo de todo el
inquilinato; hombres perversos abusaban de ella, a veces varios de una sola
vez, aprovechándose de la inconsciencia casi completa de la infeliz. Ahora
el más pequeño trago de aguardiente la emborrachaba; se levantaba todas
las mañanas atontada, triste, sin ánimos para continuar viviendo, pero era
sólo acudir a la botella y se le volvían las risas blandas, de una boca que ya
no se gobierna. Un empleado de João Romão, que últimamente lo
reemplazaba en el inquilinato, la echó tres veces, y ella, a cada vez, le pidió
que le diese algunos días para conseguir otro lugar. Por último, al día
siguiente de una visita de Pombinha con Léonie, cuando le dejó algún
dinero, le pusieron los trastos en la calle.
Y la miserable, sin llorar, se fue a refugiar con la hija al Cabeça-de-
gato que, a medida que el São Romão se agrandaba, se degradaba cada vez
más y se iba encanallando, degradado, volviéndose cada vez más
repugnante, más abyecto, más conventillo, viviendo satisfecho de la basura
y la resaca que el otro rechazaba, como si todo su ideal fuese conservar
inalterable, para siempre, el verdadero tipo de inquilinato fluminense, el
legítimo, el legendario, aquél en que los hombres se matan sin que la policía
pueda descubrir a los asesinos; vivero de larvas sensuales en que los
hermanos duermen mezclados con las hermanas en la misma cama; paraíso
de gusanos; pantano de lodo caliente y humeante, donde la vida florece
brutalmente, como de una podredumbre.
XXIII

En la puerta de una confitería de la Rua do Ouvidor, João Romão,


elegante en su traje nuevo de casimir claro, esperaba a la familia de
Miranda, que ese día andaba de compras.
Eran las dos de la tarde y había un gran movimiento. El tiempo estaba
magnífico; hacía poco calor. La gente entraba y salía con paso lento de la
Casa Pacoal[25]. Adentro, los petimetres estaban de pie, arrojando el humo
de sus cigarros, esperando que se desocupase algunas de las mesitas de
mármol negro; grupos de señoras, vestidas de seda, hacían un lunch con
vino Porto. Se respiraba un olor agradable de esencias y vinagres
aromáticos; había un rumor cálido y galante, pero bien educado; se
cortejaba animadamente, pero con disimulo, robándose miradas en el
complicado encuentro de los espejos; algunos hombres bebían en el
mostrador y otros conversaban comiendo empanaditas junto a los pequeños
hornos; algunas personas leían los primeros diarios de la tarde;
dependientes muy atareados atendían compras de dulces y bizcochos y, sin
descanso, hacían paquetes con papeles coloridos, que los compradores
llevaban colgando de un dedo. Al fondo, sobre uno de los costados del
salón, se preparaban las grandes encomiendas de banquetes para esa noche,
desde adentro, se traían, ya preparadas, torres y castillos de confituras y
parvas de cabello de ángel e imponentes piezas culinarias caprichosamente
decoradas; los criados bajaban de las estanterías juegos de vajilla de metal
blanco, que los compañeros iban embalando en cajones llenos de papel
picado. Los empleados de las oficinas públicas venían a tomar su vermut
con soda de sifón; los cronistas se insinuaban por entre los grupos de
periodistas y políticos, con los sombreros echados sobre la nuca, ávidos de
noticias, con una indiscreta curiosidad en los ojos. João Romão, sin
abandonar la puerta, apoyado en su paraguas de empuñadura de marfil,
recibía los saludos de los que pasaban por la calle; algunos se detenían para
hablarle. Para todos, él tenía sonrisas y gentilezas; y, de cuando en cuando,
consultaba su reloj.
Pero, por fin, apareció la familia del Barão. Zulmira venía delante,
con un vestido de seda color paja ceñido al cuerpo, muy elegante en su tipo
de fluminense pálida y nerviosa; detrás de ella, Dona Estela, grave, toda
vestida de negro, paso firme y severo de quien se enorgullece de sus
virtudes y del buen cumplimiento de sus deberes. Miranda las acompañaba
de levita, cinta al pecho y cuello hasta la mandíbula, botas de charol,
sombrero de copa y el bigote cuidadosamente afeitado. Al encontrase con
João Romão, él sonrió y Zulmira también, sólo Dona Estela conservó
inalterable su fría máscara de mujer que no da a nada importancia, sólo a sí
misma.
El ex tabernero y futuro Vizconde salió a su encuentro lleno de
solicitud, descubriéndose desde el primer momento y convidándoles
insistentemente a que tomaran algo.
Entraron todos a la confitería y se apoderaron de la primera mesa que
se desocupó. Un mozo acudió de inmediato y João Romão, después de
consultar a Dona Estela, pidió sándwiches, masitas y moscatel de Setúbal.
Pero Zulmira reclamó helado y licor. Sólo ella hablaba; los otros estaban
todavía buscando un motivo de conversación; finalmente Miranda, que
durante ese tiempo había contemplado el techo y las paredes, hizo algunas
consideraciones sobre las reformas y los nuevos adornos del salón de la
confitería. Dona Estela, con pocas ganas, le hizo varias preguntas a João
Romão sobre la compañía lírica, lo que confundió de tal modo al pobre
hombre que se puso colorado y se desconcertó por completo. Felizmente, en
ese instante, llegó Botelho y trajo una noticia: la muerte de un sargento en
un cuartel; problemas entre subalternos y superiores. El sargento, insultado
por un oficial de su batallón, levantó la mano contra él, y el oficial,
desenvainando la espada, lo atravesó de lado a lado. ¡Muy bien hecho! ¡Ah,
él era riguroso en términos de disciplina militar! ¡Un sargento que le
levantaba la mano a un oficial superior… debía quedar tendido en el piso en
el mismo lugar, quién lo duda!
Y le chispeaban los ojos en su inveterado entusiasmo por todo lo que
oliese a uniforme. Vinieron luego anécdotas parecidas; Miranda contó un
hecho idéntico que se había dado veinte años atrás y Botelho citó una ristra
interminable.
Cuando se levantaron, João Romão le dio el brazo a Zulmira y el
Barão a su mujer, y siguieron todos con rumbo al Largo de São Francisco,
lentamente, con el caminar de paseantes, acompañados por el parásito.
Cuando llegaron, Miranda quería que el vecino aceptase un lugar en su
carruaje, pero João Romão aun tenía cosas que hacer en la ciudad y le pidió
que lo disculpase. Botelho también se quedó; nada más partir el carruaje,
éste, sin tomar aliento, le dijo al oído al otro:
—¿Sabe?, el hombre va hoy. ¡Ya está todo arreglado!
—¿Ah? ¿Va? ─preguntó João Romão interesado y parándose en el medio
del largo─. ¡Gracias a Dios! ¡Ya era hora!
—¿Ya era hora? ¡Pues mire mi amigo que he sudado la gota gorda! ¡Ha sido
toda una campaña!
—¡Hace ya tiempo que tratamos de esto!
¿Pero que quiere que hiciera si el hombre no aparecía?... ¡No estaba
en la ciudad! A usted le consta que le escribí varias veces y sólo ahora
conseguí encontrarlo. También fui a la policía dos veces y hoy acabo de
volver por allí; ¡está todo arreglado! Pero usted debe estar en casa para
entregar a la crioula cuando ellos aparezcan...
—Eso es lo que me gustaría evitar... Quisiera no estar presente...
—¡Ahora venimos con esa! ¿Entonces, con quién se van a entender ellos?
¡De ninguna manera! ¡Tenga paciencia!, es necesario que usted esté allá.
—Usted podría reemplazarme...
—¡Peor! ¡Así no arreglamos nada! ¡Cualquier cosa nos arruina el guiso! Es
mejor hacer las cosas bien hechas. ¿Qué diablos le cuesta esto?... Los
hombres llegan, reclaman a la esclava en nombre de la ley y usted la
entrega. ¡Listo! Queda libre para siempre, ¡y de aquí a unos días
descorchamos el champagne del casamiento! ¡Eh! ¿Qué le parece?
—Pero...
—Ella va a lloriquear, a lamentarse y todo lo demás, ¡pero usted se pone
duro y la deja seguir su destino! ¡Vamos, no fue usted el que la hizo
esclava!...
—¡Entonces vamos! Creo que ya es hora.
—¿Qué horas son?
—Tres y veinte.
—Vamos yendo.
Y descendieron de nuevo la Rua do Ouvidor hasta la parada tranvías
de Gonçalves Dias.
—El de São Clemente no ha llegado todavía ─observó el viejo─. Voy a
tomar un vaso de agua mientras esperamos.
Entraron al cafetín del lugar y, para conversar sentados, pidieron dos
copas de coñac.
—Mire ─agregó Botelho─, usted no necesita decir ni una palabra... Haga
como si usted no tuviera nada que ver. ¿Comprende?
—¿Y si el hombre quiere cobrarme los sueldos de todo el tiempo que
estuvo a mi lado?
—¿Cómo?, hijo, si usted no se la alquiló a nadie... Usted no sabe si la mujer
era o no esclava; naturalmente, la tenía por libre; ahora aparece el dueño, la
reclama y usted se la entrega, ¡porque no quiere quedarse con lo que no le
pertenece! Ella sí le puede pedir su arreglo de cuentas; pero en este caso,
usted dará lo que quiera...
—¿Cuánto debería darle?
—Unos quinientos mil réis, ¡para hacer las cosas como un hidalgo!
—¡Se los doy!
—Y hecho esto, ¡se acabó! Miranda en persona va a ir enseguida a hablar
con usted. ¡Ya lo verá!
Iba a continuar conversando, pero llegó el tranvía de São Clemente y
fue asaltado por todos lados por la gente que estaba esperando. Los dos sólo
consiguieron lugar muy separados uno del otro, de modo que no pudieron
conversar durante el viaje.
En el Largo do Carioca una victoria los pasó los pasó a todo trote.
Botelho miró hacia atrás, buscando los ojos del ventero y riendo de primera
intención. Dentro del carruaje iba Pombinha, cubierta de joyas al lado de
Henrique; ambos muy alegres de juerga. El estudiante, ahora en su cuarto
año de medicina, vivía con otros muchachos de la misma edad y pagaba a
Río de Janeiro su tributo de joven rico.
Cuando llegaron a la casa, João Romão le pidió al cómplice que
entrase y lo llevó a su escritorio.
—Descanse un poco ─le dijo.
—Tal vez sólo vengan después de cenar ─respondió el otro sentándose en
un sofá.
Un empleado se le acercó respetuosamente y le hizo varias preguntas
relativas al trabajo del almacén, a las que João Romão respondía con
monosílabos de capitalista; a su vez lo interrogó y, como no había
novedades, tomo a Botelho de un brazo y lo obligó a salir.
—Quédese a cenar. Son las cuatro y media ─le susurró en la escalera.
Ahora no era necesario avisar enfrente, porque el viejo parásito comía
a menudo en la casa del vecino.
La cena transcurrió fría e inquieta; los dos se sentían ligeramente
dominados por un vago sobresalto. João Romão no pasó de la sopa y pidió
enseguida el postre.
Estaban terminando el café, cuando un empleado subió a decirle que
abajo había un señor, acompañado de dos guardias, que deseaba hablar con
el dueño de casa.
—Ya voy ─respondió éste. Y agregó a Botelho─: ¡Son ellos!
—Deben ser ─confirmó el viejo.
Bajaron en seguida.
—¿Quién me busca?... ─exclamó con disimulo João Romão al llegar al
almacén.
Un hombre alto, con pinta de calavera, se adelantó y le entregó una
hoja de papel.
João Romão, un poco trémulo, lo abrió y lo leyó despaciosamente. Un
silencio se cerró alrededor de él, los empleados se detuvieron en medio de
su trabajo, intimidados por aquella situación en la que aparecía la policía.
—Está aquí, en efecto... ─dijo por fin el comerciante─. Yo creí que era
libre.
—Es mi esclava ─afirmó el otro─. ¿Quiere entregármela?
—Pero, inmediatamente.
—¿Dónde está?
—Debe estar allá adentro. Tenga la bondad de pasar...
El sujeto hizo una señal a los dos guardias que lo acompañaban, y se
dirigieron hacia el interior de la casa. Botelho, al frente de ellos, les
indicaba el camino. Pálido, João Romão iba detrás, con las manos cruzadas
a la espalda.
Atravesaron el almacén, luego un pequeño corredor que daba a un
patio empedrado, finalmente llegaron a la cocina. Bertoleza, que ya había
hecho subir la cena de los empleados, estaba acuclillada en el suelo,
limpiando el pescado para la cena de su hombre, cuando vio parar, frente a
ella, a aquel grupo siniestro.
Reconoció de inmediato al hijo mayor de su primitivo amo, y un
escalofrío le recorrió el cuerpo. De un golpe de vista comprendió la
situación, adivinó todo con la lucidez de quién se ve perdido para siempre;
adivinó que había sido engañada; que su carta de manumisión había sido
una mentira, y que su amante, no teniendo el coraje de matarla, la restituía a
su cautiverio.
Su primer impulso fue huir. Pero, apenas recorrió con la mirada a su
alrededor, buscando un escape, el amo se adelantó y la aseguró por el
hombro.
—¡Es esta! ─dijo a los guardias que, con un gesto, intimaban a la
desgraciada a seguirlos─. ¡Préndanla! ¡Es mi esclava!
La negra, inmóvil, cercada de escamas y tripas de pescado, con una
mano apoyada en el suelo y con la otra asegurando el cuchillo de cocina, los
miró aterrada, sin pestañear.
Los policías, viendo que ella no se movía, desenvainaron los sables.
Entonces, Bertoleza, irguiéndose con el ímpetu de un tapir salvaje, reculó
de un salto, y, antes de que alguien consiguiese agarrarla, de un solo golpe
certero y profundo se rasgó el vientre de lado a lado.
Y después cayó hacia delante, rugiendo y jadeando moribunda en un
charco de sangre.
João Romão huyó hasta el rincón más oscuro del almacén, tapándose
el rostro con las manos.
En ese instante, se detenía en la puerta de la calle un carruaje. Era una
comisión de abolicionistas que venía, de levita, a traerle respetuosamente el
diploma de socio benemérito.
El ordenó que los hiciesen pasar a la sala de visitas.
Glosario

Angú: Plato típico hecho de harina de maíz (fubá), en este caso similar a la
polenta, pero también de harina de mandioca o arroz.
Baiano, a: Nativo del estado de Bahía.
Barão: Barón, título nobiliario.
Caboclo, a: Mestizo de indio y blanco.
Cabra, cabravasco: Mestizo de blanco y negro, pendenciero, matón a
sueldo.
Cachaça: Aguardiente de caña de azúcar.
Cafuzo, a: Mestizo de indio y negro, por extensión cualquier mestizo de
piel muy oscura.
Cana-verde: Música y danza popular originaria del norte de Portugal.
Capilé: Refresco de origen portugués hecho a base de almíbar de Capilaria,
una variedad de helecho.
Capoeira: Arte marcial folklórica, de origen brasileño, por extensión a las
personas que la practican o son expertas en ella. La capoeira surgió entre
los esclavos negros y, para ocultar su carácter de arte marcial, su práctica
fue asimilada a canciones y músicas de origen Áfricano y así se asemejara a
una danza. Si bien hoy es considerado un deporte, durante el siglo XIX y
primeras décadas del XX, fue un arte de marginales ─que muchas veces
oficiaban de guardaespaldas o matones a sueldo de caciques políticos y
poderosos─; por lo tanto, su práctica fue prohibida y sus cultores eran
considerados delincuentes peligrosos y perseguidos por la justicia.
Caruru: Guiso hecho en base a una planta alimenticia de ese nombre con
camarones o pescado seco.
Cavaquiho: guitarra de pequeñas dimensiones y cuatro cuerdas.
Chorado, choradinho: baile popular acompañado de guitarra o cavaquinho.
Conto: Antigua manera de contar el dinero en Brasil, un conto equivalía a
un millón de réis.
Crioulo, a: Negro o mulato nacido en el país.
Cumaru: Árbol originario de América tropical la semilla de su fruto tiene
una fragancia muy fuerte, cuyo aroma recuerda al clavo de olor, el
cinamomo y la vainilla. Por estas propiedades es muy utilizada en
perfumería.
Curupira: Ser fantástico de la mitología brasileña, es un caboclo que habita
en la espesura de los bosques y que tiene la característica de tener los pies al
revés, con los talones hacia delante y los dedos hacia atrás.
Cuscuz: Plato hecho en base a harina de maíz o de tapioca cocida al vapor o
a la parrilla.
Dendê: Variedad de palmera y por metonimia el aceite extraído de su fruto
y muy utilizado en culinaria baiana.
Dona: Doña en un vocativo casi honorífico como milady en inglés o
madame en francés.
Entrudo: Antigua costumbre popular de festejar el carnaval arrojándose
unos a los otros agua, harina o tinta.
Fazenda: Una gran hacienda.
Fazendeiro: Rico hacendado.
Fluminense: Nativo o relativo al estado de Río de Janeiro.
Galego: En Brasil gentilicio despectivo para referirse a los portugueses.
Iscas: Tiras de carne salteadas o fritas, condimentadas con salsa picante.
Jiraus: Secadero o escurridor en forma de gradas, formado por ramas
atravesadas sobre pares de horquetas escalonadas clavadas en el suelo.
Laranjinha: Cachaça aromatizada con cáscara de naranja.
Largo: Plaza.
Lundú: En sus orígenes una danza de origen Áfricano. Posteriormente una
canción de carácter cómico e influenciada por el lirismo de la modinha.
Malta: Pandilla, banda.
Martelo: Martillo, también antigua medida de volumen para líquidos
equivalente a un vaso pequeño: 160 mililitros.
Mestre: En Brasil, nombre dado a todo buen ejecutor de un instrumento
musical y, por extensión, a alguien muy hábil en su especialidad (ciencias,
artes, deportes, capoeira).
Modinha: Canción popular de carácter lírico romántico acompañada de
guitarra.
Moqueca: Plato típico de la culinaria brasileña: es un guiso, generalmente
de peces y mariscos, pero también puede ser de pollo, cuyos principales
condimentos son la leche de coco, el aceite de dendê y la pimienta negra.
Nhá: Apócope de Sinhá, originalmente el tratamiento dado por los esclavos
a su ama, posteriormente un vocativo honorario.
Oiticica: Árbol de madera resinosa y perfumada.
Parati: Cachaça destilada en la ciudad colonial de Parati, estado de Río de
Janeiro, y por metonimia cualquier aguardiente de caña de azúcar.
Quintos: Antigua medida de volumen portuguesa, equivalente a la quinta
parte de la pipa ─de allí su nombre─ aproximadamente 100 litros.
Quitanda: Pequeña tienda donde se venden mercaderías verduras o comida
elaborada.
Réis: Reales, unidad monetaria.
Saudade: Término poético muy usado en la cultura lusobrasileña. Recuerdo
nostálgico, suave y dulce, de personas o cosas distantes o idas.
Sertanejo, a: Habitante de la región del sertão.
Sertão: Región poco poblada del interior semiárido, especialmente en el
noreste de Brasil.
Seu: Apócope de Senhor, señor, también el pronombre su.
Tamoio: Indio de la tribu del mismo nombre, cuyo hábitat era lo que es
ahora el estado de Río de Janeiro. Los tamoios se aliaron con los franceses
en la lucha contra los portugueses.
Tostão: Tostón, antigua moneda brasileña de cien réis.
Vatapá: Plato típico de la comida baiana a base de carne de pollo o pescado
a la que se le agrega, entre otros ingredientes, camarones frescos y
camarones secos, harina de maní y de castaña de cajú y cuyos condimentos
fundamentales son la leche de coco y aceite de dendê. El vatapá es el
paradigma de la culinaria y la cultura baiana y como tal figura en la obra de
muchos artistas, entre otros, el músico Dorival Caymmi y el escritor Jorge
Amado.
Vintém: Antigua moneda equivalente a 20 réis; también centavos.
Zé: Hipocorístico de José, equivale a nuestro Pepe.
Zorô: Plato tradicional de la comida nordestina que se prepara en base a
camarones, quiabo y fuertemente condimentado.
Zuarte: Dril muy tosco de color azul o rojo.

Postfacio

Bajo ese sol tremendo


Notas sobre El conventillo de Aluísio Azevedo

Mario Cámara

En un lapso de apenas nueve años, entre 1881 y 1890, se publican en


Brasil dos textos significativos, Memorias póstumas de Bras Cubas (1881)
de Machado de Assis, la primera de sus grandes novelas, y El conventillo
(1890) de Aluísio Azevedo, probablemente la última de sus grandes
novelas. Ambos textos, pese a sus importantes diferencias, han sido
considerados pioneros en la introducción del realismo literario en Brasil.
Pero además de ser textos realistas, resultan complementarios. Cara y ceca
de la explotación económica en Brasil. El conventillo devela lo que en
Memorias póstumas, si bien es mencionado, aun así, permanece en las
sombras: el mundo del trabajo. Recordar la hirsuta referencia de Bras
Cubas, protagonista del texto de Machado de Assis, a su antepasado
tonelero.[26] Desacreditado como tarea desempeñada por los esclavos, el
trabajo no forma parte de la producción literaria brasileña durante el siglo
XIX al menos hasta El conventillo. La narrativa de Aluísio Azevedo es una
extraordinaria representación de las diversas formas del trabajo libre, y de
la apropiación que hacen de éste las clases dominantes. Tal como señala
Antonio Candido: “Aluísio fue, salvo error, el primero de nuestros
novelistas que describió minuciosamente el mecanismo de formación de la
riqueza individual”.[27]
Trabajo y explotación son uno de los ejes y de las novedades de El
conventillo. El otro, quizá menos evidente a primera vista y menos
problematizado por una crítica volcada a observar los enunciados
positivistas, y por lo tanto racistas, de la historia, es la vitalidad y la
sensualidad que circula por el conventillo de comienzo a fin. Entre ambos
se teje una alegoría compleja y contradictoria del Brasil de fines del XIX,
atravesado por visiones opuestas y divergentes acerca de cómo construir en
ese inmenso territorio una nación cohesionada. Tipos, arquetipos y
estereotipos desfilan y se agolpan en la narración: los portugueses Miranda,
João Romão y Jerónimo, la cafuza Bertoleza, la mulata Rita Baiana y
decenas de personajes más. Y como fondo, pero con la importancia de un
personaje más, el conventillo, que los alberga, los contiene, los expulsa o
los potencia en su existencia cotidiana.
La crítica literaria brasileña advirtió tempranamente la figura de
Aluísio Azevedo como un extraordinario cultor y exponente no solo del
realismo, sino principalmente de la corriente naturalista, que en Francia era
representada por Emile Zola. El crítico brasileño Araripe Junior afirmaba
entusiasta: “En O mulato existe, en germen, el Aluísio Azevedo que
después se manifestó en Casa de Pensión, en Filomena Borges, en O
Coruja, en El hombre; y las cualidades que allí resplandecen son las
mismas que le han creado tropiezos en la ejecución de algunos libros, no
contenidas en la fórmula de su índole; son las mismas que ya anunciaron,
en dos de sus novelas, un observador de raza, y que harán de El conventillo,
de acuerdo a todas las probabilidades, una novela nacional, en la verdadera
acepción de la palabra”.[28]
El observador de raza, tal como define Araripe Junior a Azevedo,
era un atento lector de Zola y en El conventillo se pueden encontrar
similitudes con L’Assommoir (1877). Por ejemplo, en ambas novelas se
destacan las lavanderas y su fajina cotidiana; en ambas será una fiesta la
que oficia de encuentro a los futuros amantes, que en El conventillo son los
personajes Rita y Jerónimo. Pero lo que en que L’Assommoir funciona de
modo separado, el mundo del trabajo y el de los patrones, en El conventillo
es presentado de forma fusionada. João Romão, el dueño del conventillo
donde transcurre la historia comparte la vida cotidiana con los moradores de
aquel sitio. Como dueño de la fonda del lugar, les cocina, los sirve. La
provisión de alojamiento y comida, que en la novela se describe con gran
detalle, es el mecanismo de explotación y expoliación de los habitantes del
conventillo. Esta convivencia es uno de los aspectos más originales de la
novela.
Explotación, prostitución, engaño, y hasta esclavitud, se
complementan con diversidad de tipos y razas, el burgués ya constituido
como Miranda, el aspirante a burgués que será João Romão ,con diversidad
de oficios femeninos y masculinos, lavanderas y picapedreros, el mundo del
delito y el mundo del trabajo, la exuberancia y la sensualidad. Esa
condensación, ordenada al modo positivista y racial de la época, pero
también caótica y vital, refleja el orden social de un Brasil en pleno proceso
de constitución. El conventillo se publica dos años después del fin de la
esclavitud y un año después del fin del Imperio.
La cohabitación, se ha afirmado representa el primitivismo
económico de un país subdesarrollado y en régimen colonial, dependiente
del cultivo de la caña de azúcar. Sin embargo, a esta argumentación de tipo
economicista se puede agregar otra que expresa una larga tradición de
convivencia entre explotador y explotado, la de casa grande y la senzala en
los ingenios de azúcar del nordeste, que agrupaba bajo un mismo techo a
esclavos y patrones.[29] En este sentido, la muchedumbre constituida por los
habitantes del conventillo contiene una densidad temporal compleja que
encierra tramas afectivas provenientes del pasado, y proyecciones de futuro
acerca de un modo de pensar la cultura y convivencia en Brasil. ¿Cómo se
representa esa muchedumbre? ¿Cómo es la convivencia en un mismo
espacio de portugueses, negros cafuzos y mulatos? En ese nuevo escenario
que había traído la joven república, ¿quién era el brasileño tipo? ¿Cómo
determinarlo en una población que se había mestizado desde sus comienzos
y que ahora sufría los embates de una serie de discursos científicos que
condenaban ese mestizaje? En relación a este debate, Tobias Barreto, una
figura influyente para Aluísio Azevedo, sostenía lo siguiente: “Lo que más
salta a los ojos, lo que más sobresale ante la mirada del observador, el
fenómeno más relevante de la vida municipal, que bien se podría llamar el
exponente de la vida general del país, es la falta de cohesión social, la
desunión de los individuos, algo que los reduce a un estado de aislamiento
total, de átomos inorgánicos, casi se podría decir una polvareda impalpable
y estéril”.[30]Lo que está en juego es el destino de la nación, el proyecto de
un país viable, pero jaqueado, en palabras de Silvio Romero, otro crítico
muy cercano a Aluísio Azevedo, “por el servilismo del negro, el prejuicio
del indio y el genio autoritario y mezquino del portugués”.[31] En amplios
círculos intelectuales circulaba un diagnóstico catastrófico de esa mezcla.
Durante esas últimas décadas del siglo XIX, el positivismo caló profundo
entre intelectuales brasileños. Nina Rodrigues, Oliveira Vianna, Arthur
Ramos y Euclides da Cunha, eran pesimistas sobre las posibilidades de
fundar una civilización en los trópicos, convencidos de que el mestizaje
había producido un ser indolente y apático. La única solución que veían era
un paulatino blanqueamiento de la población con la llegada de inmigrantes
europeos.[32]
El naturalismo como género literario en Brasil participó de aquellos
debates y lo hizo utilizando la perspectiva positivista.[33]No casualmente la
primera novela importante de Aluísio Azevedo se llama O mulato,
publicada el mismo año, 1881, en que ese otro mulato que es Machado de
Assis lanza su Memorias póstumas. De este modo, el clima asume un papel
preponderante en El conventillo. Reproduzco algunos fragmentos de los
muchos que se pueden encontrar:

Florinda, alegre, perfectamente bien con el rigor del sol, silbaba


los chorados y lundús que se tocaban en el conventillo (52)

El sol daba a plomo, todo reverberaba a la luz irreconciliable de


diciembre en un día sin nubes (53)

A la izquierda, por encima de aquel vestigio de río, que parecía


haber sido bebido de un trago por aquel sol sediento (53)

El sol victorioso caía a plomo y, por entre el follaje negro del


mango, uno de sus rayos descendía, como un hilo de oro (160)

El romanticismo brasileño había construido una naturaleza sublime


fundada en la exuberancia vegetal del trópico, en la presencia del indio, y
en la ausencia de cualquier referencia urbana; en El conventillo, en cambio,
lo que se encuentra es la presencia abrumadora de un clima caliente, con un
sol siempre presente. Sin nubes, sin lluvias, y por lo tanto sin alivio, sus
habitantes viven entre un eterno verano y un perenne infierno. Pese a las
constantes imágenes abrasadoras o enceguecedoras del sol, este es una
figura ambivalente, símbolo de vida y de comienzo, y maldición que se
repite y golpea insensible sobre el cuerpo de aquella población.
Hay dos escenas centrales y estructurantes de la novela que ponen de
manifiesto la cuestión racial y, en principio, afirman la superioridad del
blanco. La primera se refiere a la cafuza Bertoleza y a la relación que
establece con João Romão como concubina y empleada todo servicio,
constituyéndose en la fuerza de trabajo privada que le asegura a Romão su
ascenso social; la segunda se refiere la relación amorosa que Rita Baiana
establece con Jerónimo, y que hará que éste abandone sus austeras
costumbres portuguesas, su trabajo y su familia. Se trata de relaciones que
producen transformaciones irreversibles en los personajes masculinos, y
dispares consecuencias en los personajes femeninos, que en el caso de
Bertoleza es la muerte.

El [João Romão] le propuso vivir juntos y ella lo aceptó con los


brazos abiertos, feliz de juntarse de nuevo con un portugués,
porque, como toda cafuza, Bertoleza no quería juntarse con
negros y procuraba, instintivamente, al hombre de una raza
superior a la suya. (10)

pero desde que Jerônimo manifestó su atracción hacia ella,


fascinándola con su tranquila seriedad de animal bueno y fuerte,
la sangre de la mestiza reclamó sus derechos de selección, y Rita
prefirió al europeo, al macho de raza superior (200)

Las parejas funcionan de modo invertido. Romão explota a esa


esclava que se creía liberada, manteniéndola en un régimen de servidumbre
voluntaria. Esa convivencia es la más próxima a las de las mencionadas
casas grandes y senzalas. La diferencia, si se toma una perspectiva como la
de Gilberto Freyre, es que no hay afecto en la morada de João Romão, todo
es pura y simple explotación hasta el final. La construcción literaria de
Romão no deja lugar a dudas de ambición, ignominia y crueldad. La
paradoja que contiene el enunciado positivista es que se apela al discurso
médico para justificar el mestizaje y no condenarlo. El caso de Rita y
Jerónimo es más complejo. En una lectura superficial se observa que la
relación es la opuesta, Rita comanda los destinos de Jerónimo, lo seduce, lo
enamora y lo manipula. Sostener esta lectura requiere deshacer la supuesta
superioridad del blanco, e ignorar que al menos durante un lapso de tiempo
prolongado la relación entre ellos está fundada en un amor genuino.
Las determinaciones se extienden al propio conventillo, que como
una criatura viviente nace, crece y muere, esto último por causa de un
incendio presentado como purificador y a partir del cual renace
transformado en un sitio sólo apto para obreros, artistas y empleados con
mayor educación y poder adquisitivo.[34] El surgimiento del conventillo
primero es descripto de la siguiente forma:

Y en aquella tierra encharcada y humeante, en aquella


humedad caliente y lodosa, comenzó a hormiguear, a hervir y
crecer un mundo, una cosa viva, una generación, que parecía
brotar espontánea, allí mismo, de aquel lodazal, y multiplicarse
como larvas en el estiércol (24)

La imagen apela al mundo animal: “hormiguear” y “multiplicarse


como larvas”. Y luego se vale una vez más del clima, el conventillo
“hierve” en un lugar “humeante”. El charco, el lodo y el estiércol son los
materiales bajos escogidos, dotando a todo el conjunto de una dimensión
abyecta. Más que nacer, la imagen transmite la impresión de que aquello se
encuentra en un estado de putrefacción. Sin embargo, la cotidianeidad que
la novela va representando no revela una dimensión degradada, asociada,
como podría sugerir ese comienzo, a la suciedad o a la promiscuidad. No
hay asesinatos, ni grescas violentas. Por otra parte, es significativa la casi
completa omisión de enfermedades asociadas a la suciedad, como la peste
bubónica o el tifus, que en una ciudad como Río de Janeiro causaron
estragos al menos hasta las primeras décadas del siglo XX. Sólo hay tres
referencias a la fiebre amarilla y en ninguna de ellas aparece como plaga.[35]
Por el contrario, la presencia de las lavanderas, las numerosas escenas que
describen su oficio[36], los interiores de algunas de las casuchas como la de
Jerónimo y su familia, van construyendo un espacio más relacionado con la
pulcritud y la salud que con la suciedad y la enfermedad. Como si ese
surgimiento abyecto fuera más bien el cumplimiento con ciertos protocolos
del naturalismo que rápidamente son olvidados o transgredidos por la
narración. Dicho en otras palabras, el inicio larvario del conventillo no
condiciona su desarrollo ulterior. En este sentido, el incendio final se debe
más a la desagregación social, la partida de Jerónimo y Rita Baiana, por
ejemplo, que a la propia decadencia del conventillo. Por otra parte, el nuevo
estatus que adquiere después del incendio cuestiona la supuestamente férrea
determinación biológica.

Ya no se admitía así a cualquiera, para entrar era necesario un


garante y una recomendación especial. Los precios de las
viviendas subieron y muchos de los antiguos huéspedes,
principalmente los italianos, se iban por motivos económicos,
desertando para el Cabeça-de-gato y siempre sustituidos por
gente más limpia. También disminuía el número de lavanderas, y
la mayor parte de las casitas eran ocupadas ahora por pequeñas
familias de obreros, artistas y empleados de oficina. El
conventillo se aristocratizaba. Inmediatamente después de la
puerta de entrada, había un sastre, hombre serio de patillas
blancas, que cosía en su máquina entre sus oficiales, ayudado
por su mujer, una lisboeta color de nabo, gorda, algo avejentada,
con un principio de barba y bigote, pero extremadamente
circunspecta; después, un relojero calvo, de anteojos, que
parecía momificado detrás de la vidriera en la que, sin cambiar
de posición, trabajaba de la mañana a la noche; después, un
pintor de techos y carteles, que llevó su fantasía artística a punto
de hacer, a pincel, una enredadera alrededor de su puerta, donde
se veían pájaros de varios colores y figuras, que acreditaban su
valía profesional; más adelante se había instalado un cigarrero,
que ocupaba tres números del conventillo y tenía cuatro hijas y
dos hijos que armaban cigarros, y tres obreros que preparaban la
chala y picaban y deshilachaban tabaco. Florinda, ahora amigada
con un despachante de ferrocarril, había vuelto al São Romão y
tenía una casita muy limpia y arreglada. (266)

En este punto se torna importante la figura de João Romão, que


impone su voluntad en el diseño del nuevo emprendimiento por sobre los
designios aleatorios de un surgimiento natural. Teniendo en cuenta el
destino de Jerónimo, que se nos presenta como “devorado” por el trópico a
través de un violento proceso de sustituciones:

el aguardiente de caña sustituyó al vino; la harina de mandioca


reemplazó al pan de maíz; la carne seca y los porotos negros al
bacalao con papas y cebollas cocidas, la pimienta malagueta y la
pimienta de Cayena invadieron victoriosamente su mesa; el
caldo verde, la sopa de ajo y la sopa de tocino fueron
desalojados por los rubios y sabrosos manjares baianos, por la
moqueca, por el vatapá y por el caruru, el repollo a la mineira
destronó al repollo a la portuguesa, el puré de mandioca a las
migas y, desde que el café llenó la casa con su aroma caliente,
Jerônimo empezó a encontrar agradable el olor del tabaco y no
demoró en fumar él también con los amigos (107),

la pregunta que surge entonces es ¿por qué João Romão consigue


“domesticar” el conventillo? Dado que domesticarlo significaba domesticar
al trópico, y domesticar al trópico era domesticar a Brasil. Primera
respuesta, si la novela describe el proceso de acumulación primaria, la
domesticación del conventillo es una metáfora del éxito de ese proceso de
acumulación. Esta respuesta genera otra duda, ¿cómo será la relación de
João Romão con los nuevos habitantes?
Segunda respuesta. Clima y medio no condicionan a João Romão ni
a Miranda, personaje que desde el comienzo pertenece a la clase alta
carioca. Miranda es un portugués ya aclimatado al medio, sin nostalgias de
su tierra natal. Ha realizado un buen casamiento, del que obtuvo una
importante dote, y su existencia, si bien no es feliz, le resulta plácida.
Miranda no extraña su tierra pero tampoco se convierte en el tipo de
brasileño que será Jerónimo. João Romão tiene un origen casi tan pobre
como el de Jerónimo pero el sol y el permanente contacto con la población
del conventillo jamás producen en él ninguna duda. Romão no siente la
sensualidad que induce el calor, ni el gusto de la pimienta malagueta.
Miranda y João son los puntos ciegos de la teoría del medio, como si el
medio sólo condicionara a las clases bajas.
En el caso de Romão, el medio y su capacidad de condicionar y
moldear conductas son neutralizados por una ambición inquebrantable. Y
esa ambición refuerza la capacidad de control del medio. Otro aspecto a
tener en cuenta está constituido por una serie de dispositivos físicos, de
consumo y de circulación que atraviesan y definen a las clases altas, y que
garantizan que la aclimatación al medio se neutralice a través de una
aclimatación de tipo cosmopolita. En este sentido, la presencia de João
Romão no solo permite observar de cerca los modos de expropiación que
las clases dominantes ejercen sobre las clases populares, sino la
metamorfosis corporal y cultural a la que este personaje se somete para
ingresar a la alta sociedad carioca:

Dejó de tusarse el cabello a cepillo, se afeitó, conservando


apenas el bigote, que ahora trataba con brillantina cada vez que
iba al barbero. ¡Ya no era el mismo seboso! Y no paró allí; se
hizo socio de un club de danza y, dos noches por semana, iba a
aprender a bailar, comenzó a usar reloj con leontina de oro;
mandó hacer una limpieza en su dormitorio, hizo ponerle piso
nuevo, empapelar y pintar; compró algunos muebles de segunda
mano; instaló una ducha al lado del retrete; empezó a comer con
servilleta y a tener mantel y copas sobre la mesa; empezó a
tomar vino, no del ordinario que vendía a los trabajadores sino
de uno especial, que tenía para su consumo. En los días de fiesta
se acercaba al Paseo Público después del almuerzo o iba al teatro
São Pedro de Alcântara para asistir a los espectáculos
vespertinos; además del Jornal do Comércio, que era el único al
que estaba suscripto desde hacía tres años y poco, comenzó a
recibir dos periódicos más y a adquirir entregas de novelas
francesas traducidas, que el ambicioso leía de cabo a rabo, con
una paciencia de santo, en la dulce convicción de que se estaba
instruyendo (175).

Quiero denominar estas transformaciones como dispositivos


“contratropicales”. Tanto en la cita precedente, como en otras descripciones
relacionadas con la familia de Miranda y con la paulatina incorporación de
João Romão, lo que se observa la adquisición de un gusto internacional, que
funciona como coraza, y construye redes simbólicas de pertenencia.[37] Ir al
teatro São Pedro de Alcântara no sólo significa participar de un espacio de
socialización de las clases dominantes, sino de un consumo cultural que
excedía Brasil, se iba al teatro en París, en Londres, en Roma. La forma del
bigote, los pasos de danza, el oro en el reloj, se transforman en signos de
una clase que justifica en los usos y costumbres generados en otros centros
urbanos.

Fiesta y animalidad

Si la moda, la gastronomía y la cultura en El conventillo parecen


viajar sin sobresaltos de Europa a Brasil, ¿cómo viajan las teorías y cómo se
adaptan fuera de sus sitios de emisión? ¿Cómo funcionan en la novela los
conceptos de raza y determinismo geográfico construidos originalmente en
Europa? Roberto Schwarz sostenía que en una economía basada en la mano
de obra esclava para el cultivo de la caña de azúcar, la ideología liberal a la
que adhería la clase dirigente en el siglo XIX estaba fuera de lugar[38], y
Araripe Junior acusaba a Aluísio Azevedo de haber aplicado los principios
naturalistas franceses sin adaptarlos a la realidad tropical de Brasil. Quiero
utilizar al propio Araripe para pensar contra él y proponer que en El
conventillo las teorías sobre las determinaciones del medio se encuentran
invertidas.
Convencido de que todo europeo en el trópico sufre un proceso de
transformación, Araripe acuñó el concepto de “obnubilación brasílica”,
apuntando que: “Lo tropical no puede ser correcto. La corrección es el fruto
de la paciencia y de los países fríos; en los países calientes la atención es
intermitentes. Aquí, donde los frutos maduran en horas, donde la mujer
explota en llantos histéricos a los 10 años, donde la vegetación crece y salta
a la vista, donde la vida es una orgía de crecimiento, donde todo es extremo,
y extremados son los fenómenos; aquí donde el hombre se sensualiza hasta
con el contacto del aire y lo terrestre asume proporciones enormes,
vibrando electricidad, que en ciertas ocasiones parece involucrar a toda la
región circundante”.[39] Su objetivo no era cuestionar la importancia del
medio, sino retirarle al medio tropical su condición desviada o patológica.
Por ello hablaba de un “estilo tropical” y lo definía como “el jugo de piña
del cual las aves se alimentan”.[40]
De modo que en lugar de decadencia, pestes, y violencia, es más
factible encontrar, por efecto del clima, vida que bulle, traducida en farra,
en deseo de holganza, en gritos y discusiones, en fiestas interminables.
Acumulación primaria, en efecto, pero también universo pleno de vida y
afectos. La vida cotidiana de El conventillo en su primera parte alberga
intensidades que se manifiestan en las fiestas, en los personajes de las
lavanderas con su fajina, sus gritos y sus discusiones, en las pausas para el
almuerzo en la venta de João Romão, cuando los hombres comen con
hambre y beben con sed en un clima fraternal. Lo que sucede fuera del
tiempo de la dominación, que define lo que se puede y lo que no se puede,
que es lo actual y que es lo pasado. Como apunta Jacques Rancière en La
noche de los proletarios la emancipación del obrero consiste en
reapropiarse de un tiempo fragmentado para crear formas de subjetividad
que vivan otro ritmo que el del sistema.[41] Las escenas de fiesta, como la
que reproduzco a continuación, tienen que ser leídas desde esta perspectiva,
como apropiaciones temporales y formas de subjetivación y comunitarismo:

En otra casilla del conventillo acababa de producirse otra


sobremesa, engrosando el barullo general: era la cena de un
grupo de italianos vendedores ambulantes, donde Delporto,
Pompeo, Francesco y Andréa representaban las principales
figuras. Todos ellos cantaban en coro, más afinados que en las
otras dos casas; sin embargo, casi no se podían oír las voces,
tantas y tan estruendosas eran las imprecaciones que proferían al
mismo tiempo. De cuando en cuando, entre el grueso y viril
vocear de los hombres, surgía un falsete femenino, tan estridente
que provocaba la respuesta de los papagayos y pavos de la
vecindad. Y aquí y allá iban estallando nuevas algazaras de
grupos formados de otros lugares del conventillo. Existía, entre
los obreros y los trabajadores, la decidida disposición de farrear,
para aprovechar bien, hasta el fin, aquel día de holganza. El
conventillo fermentaba revolucionado, como un estómago de
borracho después de una francachela, y eructaba sobre el patio
un hálito caliente y ruidoso que mareaba. (79)

Si bien el conventillo posee un nacimiento larvario y abyecto, en


numerosas descripciones se lo presenta como una criatura llena de vida:
Eran las cinco de la mañana y el conventillo despertaba,
abriendo no los ojos sino su infinidad de puertas y ventanas
cerradas.
Un despertar alegre y pleno de quien durmió, de un tirón, siete
horas de plomo. Como si se escucharan todavía, en la indolencia
de la neblina, las postreras notas de la última guitarra de la
noche anterior, disolviéndose en la luz dorada y tierna de la
aurora, como un suspiro de saudade perdido en tierra extraña.
(37)

Por otra parte, es verdad que los personajes muchas veces son presentados
bajo rasgos animales, poseen deseos animales, en los momentos de
agotamiento exhalan como animales cansados, se autodescriben como
animales, sienten un placer animal de existir, las mujeres tienen “caderas de
animal”. Y este tipo de caracterizaciones contribuye, como es obvio, a un
proceso de deshumanización. Igualados a bestias de carga, son explotados
como éstas. Pero teniendo en cuenta el deseo que contiene esa
metamorfosis de lo humano a lo animal, más que un proceso de
brutalización se debería pensar en una vitalización de los diferentes
personajes. Su animalización es la reserva de energía para el baile, la fiesta
y el sexo.
Había apuntado que el concepto de raza está presente en la novela. En
este sentido, Antonio Candido afirma “En El conventillo el mestizo es
embriagante, sensual, inquieto, fermento de disolución que justifica todas
las transgresiones y constituye, frente al europeo, un peligro y una
tentación.[42] Pero ¿en qué sentido Rita Baiana es un peligro? Resulta difícil
encontrar caracterizaciones negativas de este personaje, más bien al
contrario, su alegría y su vitalidad prevalecen hasta la última línea de la
novela. El peligro al que alude Candido se relaciona con la atracción que
despierta en los hombres. Jerónimo lo deja todo por ella y por ella adopta
una identidad brasileña. Sin embargo, Rita no es manipuladora como la
mujer de Miranda o como comenzará a serlo Pombinha al final de la
novela, una vez convertida en prostituta. Unida a Jerónimo, Rita demuestra
amor y fidelidad hasta el final. Como apunta Leonardo Mendes, es notoria
la simpatía del narrador por Rita. “Sus intervenciones son las de una mujer
libre, generosa, sin preconceptos, amiga de todos los habitantes del
conventillo”.[43] Rita se destaca como un personaje excepcional entre todos
los personajes femeninos de la novela.[44] El resto fluctúa entre la
abnegación, como la cafuza y esclava Bertoleza, concubina de João Romão
, Piedade de Jesús, mujer de Jerónimo hasta que éste la abandona por Rita
Baiana; y del lado de la manipulación, como apunté, se encuentran
Pombinha y la mujer de Miranda.
Entre la obnubilación brasílica enunciada por su compatriota
nordestino Araripe Junior, y el solapamiento de la elite que se libra de los
condicionamientos negativos o positivos del medio, El conventillo enuncia
ciertos preceptos positivistas pero los desplaza, los subvierte o los ignora, y
construye una sociología cultural inédita para su época. Con ello, produce
varios retratos, el de un país subdesarrollado sometido a un proceso de
acumulación primitiva, el de una vida popular que se asfixia y se potencia
bajo ese sol impenitente, el de una clase dominante que se inserta
tempranamente en una red internacional de consumos y distinciones.
Bibliografía

Araripe Junior. Obra crítica de Araripe Junior. (Dir. Afranio Coutinho) Río
de Janeiro, MEC-Caca Rui Barbosa, 1970.
Candido, Antonio. “De conventillo a conventillo”, in Novos Estudos nº 30,
1991.
Moreira de Mello, Celina Maria (ed.). Crítica e movimentos estéticos:
configurações discursivas do campo literário. Rio de Janeiro: 7 Letras,
2006.
Rancière, Jacques. La noche de los proletarios. Buenos Aires: Tinta y
limón, 2010.
Romero, Silvio. Ensayos literarios. Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1982.
Schwarz, Roberto. As ideias fora do lugar. San Pablo: Companhia das
letras, 2014.

Contenido
El conventillo
El conventillo
Nuestra edición
El Conventillo
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
Glosario

[1]
No recuso a discurrir de cosas peligrosas.
[2]
La verdad, toda la verdad, sólo la verdad.
[3]
"Mis honrados colegas periodistas, y todos los especialistas en derecho público que fatigan cielo y
tierra para demostrar que esta, en la que estamos, es la verdadera época de transición, estos nos dirán
si la Providencia andaría bien o mal si hoy se levantase un nuevo Timón de la auténtica raza de las
furias, que con las puntas viperinas del zurriago vengador lacerase, impiadoso, los crímenes y los
vicios que la deshonran."
[4]
El fragmento corresponde a La leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine, al capítulo de la vida de
San Francisco de Asís. Su traducción aproximada sería: “Un pájaro llamado cigarra estaba en una
higuera, Francisco extendió su mano y lo llamó, él obedeció y vino a posarse en su mano. Y él le
dijo: ‘Canta mi hermana, y alabe a nuestro Señor’. Ella cantó de inmediato y no se retiró hasta que
tuvo el permiso de hacerlo”.

[5]
Medida de longitud equivalente a dos varas, 1,67 m.
[6]
Palmo o cuarta, medida de longitud correspondiente al ancho de la mano extendida y abierta,
desde el pulgar hasta el meñique, equivale a unos 20 centímetros.
[7]
Los portugueses fueron pioneros en la colonización de Africa, en la explotación de sus recursos
naturales y en el tráfico de esclavos. De allí que, por metonimia, el nombre del continente pasara a
ser en Portugal sinónimo de enriquecimiento, éxito personal o cualquier tipo de hazaña.
[8]
José María da Silva Paranhos (1819-1880), Vizconde de Rio Branco, fue un periodista, político,
profesor y diplomático que tuvo un destacado papel de estadista en la monarquía brasileña. Trabajó
por la abolición de la esclavitud. La ley de referencia data de 1871 y es llamada también Lei do
Ventre Livre (ley del vientre libre o ley de libertad de vientres) que otorgaba la libertad a los hijos de
esclavos.
[9]
La Rua do Ouvidor, en el centro de Río de Janeiro, fue famosa por concentrar la mayoría de
tiendas francesas de ropa femenina y masculina, y las tiendas que no lo eran afrancesaban su nombre.
Además eran reputados sus peluqueros femeninos, librerías, cafés, restaurantes y confiterías. Por esta
razón, la Rua do Ouvidor era llamada “beco de luxo” (callejón de lujo) y un lugar que toda persona
reputada de elegante, o con pretensiones de serlo, debía frecuentar.
[10]
De los Dolores.
[11]
Carne Blanda.
[12]
Este hábito revela los delirios de grandeza de la venida a menos Dona Isabel. El consumo de rapé
era un hábito de aristócratas o de gente adinerada.
[13]
Palomita.
[14]
Si bien es muy difícil, de transcribir en una traducción, a lo largo de este fragmento, el fino oído
de Aluísio Azevedo pone, en boca de la Machona, la manera de imprecar bombástica, típica de los
portugueses. Obsérvese a lo largo de la novela esta manera particular e hiperbólica de maldecir en
todos los protagonistas de esta nacionalidad.
[15]
Cántiga antigua de origen nordestino, que Aluísio Azevedo rescató, y de la cual su único registro
es este pasaje de la novela. Marimbar es tocar la marimba o, mejor aún, el berimbau, pero también
significa holgazanear o vagabundear. Por lo tanto esta canción de lavanderas nos dice que, en vez de
lavar la ropa, como sugiere la presencia del “riacho”: Maricas esta holgazaneando / Maricas está
holgazaneando / el pasaje del riacho / Maricas está holgazaneando.
[16]
O simplemente un petrópolis, por la ciudad de la sierra cercana a Río de Janeiro. Allí se hacían
estas porras, también usadas por la policía.
[17]
Personaje legendario en Río de Janeiro a mediados del siglo XIX y del cual no hay datos
concretos de su existencia. Se dice que fue un mestre capoeirista y que tenía un puesto de pescado en
el mercado, no formó parte de ninguna pandilla (malta), actuaba siempre solo como guardaespaldas
de gente adinerada, temido por todos los capoeiristas y la policía. Mulato alto y robusto, vestía como
un dandy, además era experto en esgrima de bastón con su caña malaca y siempre llevaba una navaja
al cinto.
[18]
Por Cassange o Kasange, pueblo del interior de Angola, por metonimia fue el gentilicio que
recibieron sus habitantes que llegaron como esclavos a Brasil.
[19]
Desde la llegada de la familia imperial a Brasil en 1808, la moda y la formalidad francesa se
impusieron como símbolo de elegancia y distinción en la sociedad brasileña, especialmente en Río de
Janeiro. En este pasaje se ve como los vecinos del conventillo ven en la ropa y los modales de la
prostituta Léonie el summum de la elegancia y el refinamiento.
[20]
Juego de palabras, en portugués madama puede significar bien señora o dama, pero en otro
contexto prostituta.
[21]
Actualmente Rua Primeiro de Março, donde se ubica la Igreja de Nossa Senhora do Monte do
Carmo. La calle era famosa por su proximidad al antiguo palacio real y fue parte de la historia
cultural del Río de Janeiro y el Brasil decimonónico porque algunos acontecimientos notables del
período la tuvieron como escenario. Además, la Rua Direita era sede de bancos y oficinas
comerciales; por lo tanto, frecuentarla, además de participar de un ambiente social muy semejante a
la Rua do Ouvidor, significaba estar ligado a los mentideros del mundo de las finanzas y de la alta
política, en momentos en que Río de Janeiro era la capital de Brasil. De allí que la vestimenta,
gestualidad y nuevos espacios frecuentados, van marcando el cambio social de João Romão, quien de
ventero está deviniendo financista.
[22]
La expresión popular “Mais vale um gosto do que quatro vinténs”, fue acuñada en Brasil cuando
el rey de Portugal, Dom João V, fijó el precio de exportación de la caja de azúcar brasileña en cuatro
vinténs; entonces el pueblo comenzó a decir que, a ese precio no valía la pena su venta, mejor era
comerlo.
[23]
En este pasaje de la incursión de los cabeça-de-gato, el autor ofrece una descripción de una lucha
de maltas de capoeira y sus rituales de combate ─no hay que olvidar que, en los años que esta novela
fue escrita, la capoeira era una forma de lucha de los bajos fondos. Y eso revela el conocimiento de
Río de Janeiro en todos sus niveles sociales, inclusive el submundo de marginales y delincuentes, del
flâneur Aluísio Azevedo─. En este fragmento: el mestre Porfiro, a la cabeza de la malta de su
conventillo, marca el ritmo de todos los cabeça-de-gato. Porfiro avanza con movimientos de ginga,
guardia fundamental de este arte marcial y de la cual parten todos los golpes, de ataque o de defensa;
la ginga permite tanto la finta como el regate ─nuestro “esquive”─ frente al adversario; de esta
manera el capoeirista, balanceándose sin dejar de mantener una firme base de apoyo, en combinación
con los movimientos de las manos, procura engañar e desorientar a su contendiente. Como si
estuviera danzando; con la ginga, el luchador avanza un par de pasos ─siempre apoyando toda la
planta del pie adelantado y manteniendo el retrasado apoyado solo en la punta, algo similar a la
guardia de box─ con el brazo opuesto al pie adelantado cruzado y levemente flexionado a la altura
del pecho para mantener el equilibrio y al mismo tiempo como una forma de guardia; también puede
retroceder de la misma manera. Al mismo tiempo, va lanzando largos barridos de piernas o rasteiras
para mantener alejado a su, o sus, contendientes.
[24]
Antiguamente, para que los niños indeseados fuesen abandonados en los conventos sin riesgo
para los padres ─por lo general sólo la madre─ de ser identificados, existía, en lugares de acceso
discreto, una especie de armario que ocultaba una puerta giratoria ─el torno─ que permitía hacer
pasar a los recién nacidos desde el exterior al interior. Al lado de la puerta de acceso al torno había un
cordón que, al tirarlo, hacía sonar una campanilla en el patio del convento para avisar que se acababa
de abandonar un niño ya que este tipo de operación se hacía, por lo general, en horas de la
madrugada. El torno todavía está en uso, en los conventos de clausura, como una manera de
comunicarse de las monjas con el exterior, por ejemplo la entrega de y recibo de mercadería.
[25]
La Casa Pascoal o Confeitaria Pascoal, una de la tantas confiterías de la Rua do Ouvidor, era
afamada por sus aperitivos y lunchs y, además, por ser uno de los lugares de encuentro del mundillo
bohemio, literario, periodístico y mundano de la época. Allí, hombres y mujeres de sociedad acudían
a flirtear; pero también era uno de los mentideros de la gente del mundo de las altas finanzas. La
elección de este lugar, donde ya es habitué, por João Romão da una idea de la consagración definitiva
en su proyecto de ascenso social. Como en otros pasajes de esta novela, esta descripción de Aluísio
Azevedo, da otro testimonio de lugares, prácticas y costumbres, canciones, personajes o ritos sociales
desaparecidos del Río de Janeiro de finales del siglo XIX.
[26]
Respecto de su origen, sostiene el difunto Bras Cubas: “El fundador de mi familia fue un cierto
Damián Cubas, que floreció en la primera mitad del siglo XVIII. Tonelero de oficio, era natural de
Río de Janeiro, donde hubiera muerto en la oscuridad y la penuria si solo hubiese ejercido esa
profesión. Pero no fue así, pues se hizo labrador; sembró, cosechó, permutó sus productos por buenos
y honrados patacones, hasta que murió, dejando un grueso caudal a su hijo, el licenciado Luis Cubas.
Con este muchacho empieza, realmente, la serie de mis abuelos ─de los abuelos que mi familia
siempre confesó─, porque Damián Cubas era, al fin de cuentas, un tonelero, y quizá mal tonelero,
mientas que Luis Cubas estudió en Coimbra, primó en el Estado y fue uno de los amigos particulares
del Virrey Conde da Cunha. Argentina: Club del Libro, 1940, p. 14-15. Obsérvese como queda
subsumido el tonelero por Luis Cubas, quien ya no trabaja y se dedica a vivir de rentas.
[27]
En “De conventillo a conventillo”, in Novos Estudos nº 30, 1991, p. 115
[28]
Ver: http://docvirt.com/docreader.net/DocReader.aspx?bib=BibObPub&PagFis=7850, p. 65.
[29]
En su ensayo Casa Grande e Senzala (1933) Gilberto Freyre realiza un análisis sociológico y
antropológico de las relaciones entre amos y esclavos, y recupera la figura de modo positivo la figura
del mulato. Transforma en usa unidad habitacional en el modelo originario del Brasil moderno, que
aseguró la implantación de una exitosa civilización en los trópicos.
[30]
Apud Silvio Romero. Ensayos Literarios. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1982, p. 11.
[31]
Ibid, p. 10.
[32]
Uno de los pensadores centrales para el desarrollo de teorías racistas, Arthur de Gobineau, vivió
en Brasil entre 1869 y 1870. Predijo un futuro sombrío, tanto debido a la presencia de razas que
consideraba inferiores como la población negra e india, como por la mixtura que se estaba
produciendo entras éstas y la población blanca. Los mestizos y los pardos que surgirían de allí,
pronosticaba, serían “estériles” y “degenerados”. Otro nombre que resultó determinante, por ejemplo
para el crítico literario Silvio Romero, y para el naturalismo en su conjunto como género literario, fue
el de Hippolyte Taine, que además de la raza incorporaba el paradigma climático como factor
determinante de la cultura de un país. En O conventillo es posible observar en funcionamiento todas
estas categorías, la superioridad de la raza blanca, la determinación negativa del clima, y el uso de un
vocabulario cientificista y biologicista para explicar fenómenos sociales y urbanos.
[33]
En Brasil el naturalismo tuvo epicentro en el nordeste. Aluísio Azevedo era oriundo de São Luiz
do Maranhão, Adolfo Caminha era de Aracati, Domingos Olímpio Braga Cavalcanti era de Sobral,
Manuel y los críticos José Veríssimo, Silvio Romero y Araripe Junior, todos provenían de la región
nordestina.

[34]
La inclusión de artistas en el nuevo conventillo puede parecer extraña, pero en la novela aparecen
algunos artistas, como el poeta que la mujer de Miranda engaña a su marido, o los músicos del primer
conventillo.
[35]
Las siguientes son las tres únicas referencias a la fiebre amarilla: “Ella salió afligida. Cualquier
perturbación en el marido, por pequeña que fuera; la ponía fuera de sí. “¿Un hombre fuerte que nunca
caía enfermo? ¿Sería la fiebre amarilla?... ¡Jesús, Santo hijo de María, que ni siquiera había que
pensar en eso! ¡Credo!” (73); “─ ¡Quiero esto limpio! ─bramaba furioso─ ¡Está peor que un
chiquero! ¡Arre! ¡Ojalá la fiebre amarilla se los cargue a todos! ¡Maldita raza de carcamanes! ¡Me
van a dejar esto limpio o los pongo a todos en la calle! ¡Aquí mando yo! (110); “A medida que
algunos arrendatarios abandonaban el conventillo, muchos pretendientes aparecían, disputando
cuartos para alquilar. Del Porto y Pompeo fueron barridos por la fiebre amarilla y otros tres italianos
estuvieron en riesgo de vida”. (138)
[36]
Ya en las primeras páginas de la novela se pueden leer escenas como las siguientes: “Algunas
lavanderas ya estaban llenando sus tinas, otras colgaban en los tendederos la ropa que había quedado
en remojo. Empezaba el trabajo, rompían en las gargantas los fados portugueses y las modinhas
brasileñas (29); “Y mientras tanto, el resto de la hilera, la Machona, Augusta y Leocádia, la Bruja,
Marciana y su hija conversaban de tina a tina, gritando y casi sin oírse, la voz un tanto cansada ya por
el trabajo; al frente de ellas, separada por los jiraus, se formaba una nueva hilera de lavanderas, que
venían desde afuera cargadas de atados, e iban tomando lugar ruidosamente, unas al lado de las otras,
en medio de una agitación sin treguas, donde no se distinguía lo que era jarana de lo que era pelea.
Una a una, ocupaban todas las tinas”. (34)
[37]
Obsérvese aquí que la contracara de la adaptación es la condición animal: “¡He sido un
animal!”… pensó para sus adentros amargamente. “¡Un gran animal!”… ¡Por qué! ¿Por qué, cuando
todavía estaba a tiempo, no había tratado de adaptarse a otra manera de vivir, como hacían tantos
compatriotas y colegas?... ¿Por qué no había aprendido a bailar como ellos? ¿Y no había frecuentado
sociedades de carnaval? ¿Y no había ido de cuando en cuando a la Rua do Ouvidor y a los teatros,
bailes, y a carreras y a paseos?... ¿Por qué no se había habituado a las ropas finas, y al calzado a
medida, y al bastón, y al pañuelo, y al cigarro, y al sombrero, y a la cerveza, y a todo lo que los otros
usaban naturalmente, sin necesidad de privilegios para esto?... ¡Maldita economía!” (109)
[38]
Ver As ideias fora do lugar. San Pablo: Companhia das letras, 2014.
[39]
Ver:http://culturaebarbarie.org/sopro/arquivo/araripe.html#.VZSyNfl_Oko
[40]
Ver Obra crítica de Araripe Junior. (Dir. Afranio Coutinho) Río de Janeiro, MEC-Caca Rui
Barbosa, 1970.
[41]
Buenos Aires: Tinta y limón, 2010.
[42]
“De conventillo a conventillo”, op. Cit., p. 121.
[43]
In Celina Maria Moreira de Mello (ed.). Crítica e movimentos estéticos: configuraçoes
discursivas do campo literário. Rio de Janeiro: 7 Letras, 2006, p. 153
[44]
Podríamos aventurar que el futuro de Rita Baiana es Gabriela clavo y canela, la novela que Jorge
Amado publica en 1958, que cuenta la historia de la sertaneja Gabriela, una mujer libre, sensual y
bondadosa.