Está en la página 1de 23

INTRODUCCIÓN

Permitir que 100 flores florezcan y que cien escuelas de pensamiento


compitan
Mao Tse Tung 

La  pregunta  es la forma suprema del saber


Heidegger

Aquel que tenga una opinión verdadera sobre aquello que no es


capaz de entender, es como una persona ciega que va en el
camino correcto
Sócrates

Cuando muere la fe, se encuentra la dirección


Xu Lizhi

Creemos un alma libre para revolucionarizar la Revolución


Edgar Quinet

Sin teoría revolucionaria, tampoco puede haber movimiento


revolucionario.
V.I. Lenin

Este hombre, por una parte, cree que sabe algo, mientras que no sabe
[nada].
Por otra parte, yo, que igualmente no sé [nada], tampoco creo [saber
algo].
Sócrates

1
Respice post te! Hominem te esse memento!1
Tertuliano

Memento mori2 
Esclavo de Roma

1
¡Mira tras de ti, recuerda que solo eres un hombre, no un dios!
2
Recuerda que eres mortal. Recordatorio de un esclavo a un general romano
en entrada triunfal en Roma.

2
Introducción. -
Estas reflexiones vienen a tratar sobre cómo, en el momento presente,
es de vital urgencia centrar la lucha de ideas entre lo correcto y lo
erróneo en el seno de un Espacio que pretende ser de reflexión y
acción en la perspectiva de un nuevo tipo de revolución, la
denominada revolución integral.
En realidad, se podría considerar este estudio como una continuación
y desarrollo del apartado 1, (Superando el viejo paradigma),
correspondiente al Libro I3 del texto Nacionalismo y Revolución. El
Estado nación y el paradigma de la revolución integral. Siempre he
considerado, al menos para mí, ese apartado como el de mayor
transcendencia epistemológica puesto que, sin haber quitado el velo
proletarista de la visión del mundo, en la medida en que ello ha sido
más o menos posible, no se hubiera podido abordar el conjunto de
cuestiones históricas y políticas relacionadas con el Estado y la
llamada “cuestión nacional” que en él se estudian. La ecuación fue
muy simple, si para obtener una comprensión más adecuada sobre la
cuestión del Estado moderno, y su vertiente ideológica constitutiva,
“la nación”, se ha tenido que superar una cosmovisión liberal-
proletarista, toda una teoría política, producida para y por la
modernidad, para estudiar y considerar las características de los
errores del conjunto de la visión del mundo del proletarismo,
proyectada aún, y en cierta medida, en el momento presente en la
versión de la “revolución integral”, se requerirá, igualmente, superar
la totalidad de esa cosmovisión desde sus raíces mismas, del conjunto
de sus categorías y concepciones de la llamada filosofía social que da
lugar luego al conjunto de creencias que constituyen la llamada por la
historia crítica, como teoría social, que ha dominado el mundo del
pensamiento y la política supuestamente revolucionaria desde
3
Libro I: El nacionalismo como filosofía política del Estado moderno,
incluido en el ensayo: Álvarez, E. Nacionalismo y Revolución. El Estado
moderno y el paradigma de la Revolución integral. Editorial Potlatch,
2020.
3
principios del siglo XIX hasta los años 70 del siglo XX, en que entra
en una crisis sin perspectivas de resolución.
La cuestión es muy clara: o el proyecto revolucionario de nuevo tipo,
o integral, se desprende de la herencia de la cosmovisión de la
modernidad, más concretamente de la hebra proletarista dominante, o
no hay revolución de “nuevo tipo” posible. Esa condición es así de
clara y tajante. Otra cosa, será lo que será, pero no un nuevo proyecto
revolucionario superador de la visión de la revolución proletarista de
la modernidad.
Ahora de lo que se trata es de profundizar en los aspectos históricos,
antropológicos, sociológicos, ideológicos, filosóficos y políticos del
denominado imaginario social de la modernidad debido a la gran
transcendencia que este ha tenido, y tiene aún hoy, como base en la
denominada “teoría social” en el conjunto de la cosmovisión
proletarista, y por tanto, en su pervivencia en la visión de la
revolución hoy día en aquella concepción que se pretende superadora
del proletarismo.
Pero, partamos de la realidad actual. El momento presente contiene
dos aspectos, el “objetivo” y el “subjetivo”. Una cara de la moneda
(hasta donde podemos entenderla) es la crisis que vive el Estado
nación moderno capitalista en cuanto al modelo de organización del
poder del Estado contemporáneo, junto a sus proyectos políticos
“ilusionantes” capaces de manipular al pueblo/pueblos (vulgarmente
conocido como movimiento de masas) respecto de la crisis actual. En
el Estado español, la cuestión se manifiesta en constatar cómo han
quedado inservibles instrumentos de manipulación política de la
partitocracia como Podemos-Vox en tan escaso tiempo, y a la
necesidad, por tanto, de empezarse a vislumbrar por el sistema de
poder de alternativas propias de los años 30 del siglo XX, con
proyectos populistas izquierdistas y fascistas más explícitos,
disfrazados de modernidad, como el neo falangismo o el neo
estalinismo, modelos que se creíamos plenamente superados por la
historia del pasado siglo XX. Este hecho tiene gran transcendencia en
tanto que refleja la debilidad del Estado para articular proyectos
políticos eficaces capaces de maniatar a un hipotético movimiento
4
radical de masas. Pero al mismo tiempo, refleja la profundidad de la
crisis general del propio sistema de poder: crisis del sujeto y de su
sociabilidad, destruido ahora aún más con la crisis de la pandemia,
crisis de las instituciones de poder, sobre todo el parlamentarismo y la
partitocracia, en situación de máximo desprestigio de masas, crisis de
la economía, que cae en picado mandando al Estado español hacia el
“tercer mundo”, como a toda Europa. Pero no podemos olvidar que de
la crisis de los años 30 surgió el fascismo más brutal y el estalinismo
más despiadado. La “radicalización de las masas”, no necesariamente
se ha de orientar -en situaciones de crisis social- hacia planteamientos
revolucionarios, y ello es de suma importancia tenerlo en cuanta para
no perder la perspectiva en una suerte de “triunfalismo” (o nosotros o
el caos). Puede haber caos “sin nosotros”, y es lo más probable.
La otra cara estaría formada por la situación de la conciencia, en
general, y la de tipo revolucionaria, en particular, por las
autoproclamadas fuerzas de la revolución, hoy prácticamente
inexistentes, muy embrionarias, pero que pueden ver incrementadas
sus expectativas de avance. Justamente por eso es cuanto más
importante advertir de los peligros del “uno se divide en dos”. La
lucha entre lo correcto y erróneo es universal, y al tiempo que se
agudiza la crisis del sistema de poder, es necesario impulsar la lucha
de líneas, entre lo correcto y lo erróneo, en el seno mismo de ese
espacio de reflexión y acción por una revolución integral para
justamente no bajar la guardia ante las posiciones implícitas que
tienden de forma espontánea a favorecer alternativas aparentemente
revolucionarias, pero en esencia, pueden llevar el germen de lo
reaccionario, si terminan por consolidar una posición ya conocida por
la historia, de situar a nuevas élites en los puestos de un renovado
poder en el Estado “en nombre de la revolución”.
Este y no otro es el sentido de lo que se presentan en este texto. Se
trata de identificar y combatir aquellas posiciones que existen tanto en
el seno del Espacio de Reflexión y Acción como fuerza, en el mundo
teórico intelectual o social, que es de donde se vienen promoviendo
reflexiones supuestamente renovadoras, aunque potencialmente
reaccionarias, para lo cual se necesita profundizar en cada una de sus
5
expresiones, teniendo siempre presente que no se trata de descalificar
ideas asociadas a personas, sino de ideas y posiciones que, de alguna
manera, se encuentran, en mayor o en menor medida, presentes en
cada uno de nosotros. Por tanto, tiene un doble sentido crítico-
autocrítico, y por consiguiente la finalidad no es otra que, al tiempo
que se combate al oso que nos viene por la puerta delantera, evitar
que el lobo se nos meta por la trasera.
En realidad, el blanco de la crítica es común en todo el texto, aunque
se traten cuestiones muy diversas, cómo las ideas erróneas
provenientes de la llamada “teoría social”, en particular su “eje
central”, cierta idea de revolución, perteneciente a la cosmovisión
proletarita moderna, y de su práctica política hoy. Tal es así, porque
nos influye de tal forma aún, que se corre el peligro de que
determinada cosmovisión “radical” de la modernidad, termine siendo
dominante, de tal forma que en nada esencial se distinga de una
renovada “extrema izquierda” proletarista del siglo XXI.
Esta ha sido una tendencia inherente a todos los movimientos
revolucionarios seguidores de la teoría social, como lo ha probado
sobradamente la historia de los siglos XIX y XX, y que, además,
podemos identificar claramente como un patrimonio esencial de la
izquierda. Por descontado que un nuevo concepto de “revolución” ha
de superar plenamente sus bases teóricas si no queremos repetir su
trágica historia. La consigna de la democracia directa, de la
comunalidad, la convivencialidad, etc., no constituye una bandera ni
una vacuna, de tal forma que baste proclamarla para librarnos de todo
mal dictatorial, constituyen objetivos y criterios estratégicos de la
“nueva comunidad”, que han de estar integrados en el propio concepto
de “revolución”, y que además habrá que llevarlos a la práctica en la
acción social cotidiana, pero comprendiendo su naturaleza compleja y
contradictoria. Y para ello hay aún un larguísimo camino que recorrer.
Uno de los “hitos” a superar es, sin duda, las influencias de una élite
intelectual de filósofos “poseedores” de la “autoridad moral”,
acompañada del “incorruptible” líder carismático, como ha pasado en
todos los movimientos inicialmente revolucionarios, que se presentan
como los intérpretes únicos de las claves de la “Arcadia perdida”.
6
Nunca se podrá sustituir la carga de responsabilidad que cada cual ha
de tener en la lucha por la verdad y la revolución. Y si resulta que de
ese pozo no sale agua, es que agua no había.
Por tanto, habrá que abordar cuestiones concretas muy controvertidas,
o al menos, esencial, en este momento del desarrollo de los
planteamientos generales de la visión de un nuevo modelo de
revolución. Un elemento se refiere a la necesidad de combatir y
superar la herencia concreta de las ideas jacobinistas, que ha ido la
característica en los movimientos revolucionarios de la izquierda, en
el seno de nuestro espacio. Con ello, se quiere hacer referencia a las
tentaciones personalistas de pretender la hegemonización de ideas,
conductas y decisiones sobre la base de patrimonializar el referente
revolucionario, que ya sabemos conduce al sectarismo político y al
bonapartismo organizativo.
Otra cuestión, de necesidad de claridad, es el que hace referencia a la
compleja cuestión, tan manida como indeterminada, del concepto de
la autoconstrucción del sujeto. Debemos reconocer que, hoy por hoy,
no deja de ser algo más que un amuleto mágico que nos librará de
“todo mal” en la formación de nuestra conciencia, ideología y
pensamiento, libre de todas “influencia burguesa”. No es nada sencillo
el asunto, pero debe ser abordado en su total dimensión
epistemológica. Es hoy más un deseo que una realidad pensada y
reflexionada. Desde luego, es muy sugestiva la idea de la
“construcción de uno mismo”, como “concepto”. Pero sin más, y
como tal, es idealismo. Pretender que desde la “auto reflexión” se
pueda alcanzar algo parecido a una “autonomía de la conciencia
individual”, básicamente correcta, es tanto como pretender levitar
desde de una fuerte concentración mental. Al final va a parecer que las
“ideas correctas” caen del cielo, y que además esas ideas, valores,
conciencia de sí, etc., se encuentran puras, suspendidas en el universo,
esperando a cristalizar en nuestras bien intencionadas mentes. Es un
razonamiento ingenuo que en realidad lo que pretende es sustituir los
valores y creencias provenientes del sistema de poder, por aquellas
otras que en poco esencial se diferencian de la cosmovisión de éste. Si
los criterios epistemológicos de la autoconstrucción del sujeto, los
7
marca un “líder”, ¿en qué queda la autonomía del yo?, ¿en qué se
diferencia ello de la fe? Y además, ¿se podrán discutir criterios
diferentes a los propios del líder, supremo redentor? Permítaseme la
ironía, el asunto es de una tremenda complejidad que no cabe resolver
con cuatro ideas sectarias de tipo “no existe una intelectualidad
revolucionaria”, “todos defienden su poltrona y el sistema de poder”,
lo siguiente pondría ser: “habrá que quemar los libros a favor de la
acción práctica”, porque al final lo que va a resultar es que lo “único
válido y verdadero” son las teorías del líder, sus libros y sus acciones
heroicas. Pero sabemos sobradamente que el camino de la historia de
las revoluciones está empedrado de las ingenuidades idealistas
basadas en el voluntarismo, que con poder, llegan a ser terribles.
Napoleón, Hitler, Stalin eran intelectuales mediocres, y la historia, la
ignorancia, el seguidismo y sobre todo a partir de las luchas de poder
entre las diferentes las élites, condujeron a Europa a verdaderas
carnicerías.
Sobre cómo afrontar los errores, el pasado, la herencia, es otra
cuestión compleja que hay que abordar: se trata del debate sobre la
dialéctica interna del mal usado concepto del hecho de ser los
humanos como “seres bipartidos”. La autocrítica solo es válida
cuando esta parte del deseo subjetivo de corregir los errores, que se
saben, se conocen, se relacionan. El problema de los sermones es que
se quedan en ello, y terminan volviéndose contra el que los usa. Por
supuesto que estamos constituidos como “seres bipartidos”, de tal
forma que llevamos en cada uno de nosotros tanto “lo bueno y lo
malo”. Esa idea es básica e ingenua y muy antigua. Pero la trampa se
encuentra siempre en el mismo lugar: la mejor defensa es un ataque, y
la forma más “inteligente” de encubrir los propios errores es plantear
el debate en términos abstractos, de tal forma que, al señalarlos de
forma genérica, podremos esconder los nuestros errores, idénticos a
los criticados, que se encuentran detrás de ese discurso. El análisis
siempre ha de ser concreto, y hoy el abuso del revolucionarismo
esconde en realidad nuevas fórmulas autoritarias. El peligro del
pensamiento único es cuando éste se termina convirtiendo en un único
pensamiento. Hoy, el revolucionarismo y el neofascismo van de la
8
mano. Este es un debate en el seno de la “práctica política” hoy, de los
proyectos doctrinales en perspectiva de imposición. Las neo-
corrientes actuales, neofascistas y neo-revolucionaristas de izquierda,
en realidad son esencialmente lo mismo. Y sus propuestas e iniciativas
se encuentran en el mundo intelectual, en el político, fuera de
“nosotros”, pero también “dentro”. Lin Piao, el “más grande
revolucionario maoísta de la historia”, situado siempre al extremo de
la izquierda, redactor del “libro rojo” de “consignas de Mao”, el que
más blandía las banderas rojas, justamente fue el que preparó un golpe
de Estado para asesinar a Mao y su grupo cercano, a fin de convertirse
en “el califa en lugar del califa”.
Por ello, es decisiva la cuestión de la necesidad de definir la identidad
de ese concepto de auténtica revolución. Por ello es requisito saber de
dónde venimos, quienes somos y a dónde vamos. Los proyectos
estratégicos -y más aún lo que tienen aspiraciones de cosmovisión-
deben contener una “identidad”. Un proyecto revolucionario que se
fundamenta en decenas o cientos, e incluso miles de pequeñas batallas
inconexas, no conduce a nada, y de la nada no surge ninguna
alternativa al actual sistema de poder. Hay que conocer muy bien la
historia, al enemigo, a nosotros mismos, y a los aliados. Cierto que la
revolución es solo la parte más pequeña del proceso estratégico,
porque luego tendrá que venir la construcción de un nuevo orden
comunitario o más bien, una renovada manera de concebir la
convivencia entre los seres humanos (o como quiera que se le desee
denominar). Pero una cuestión es muy clara: si no conocemos con
verdad histórica suficiente las características del instrumento básico
del ejercicio del poder, el Estado nación moderno capitalista, en
nuestro caso, además españolista, absolutamente nada se podrá hacer,
simplemente porque estaremos actuando a ciegas. Y será desde este
análisis de donde vendrá el programa estratégico, como conjunto de
transformaciones que se deben abordar como objetivos de la
revolución, y con fundamento en ello, la táctica, la política y la
organización, y las alianzas adecuadas para alcanzar tales metas.
No es ajeno a ello los errores de incomprensión de la naturaleza
histórico-política del Estado, las tácticas oportunistas del culto a la
9
espontaneidad, el activismo ciego, el tercerismo oportunista, y el
correspondiente modelo organizativo caótico, aparentemente ultra
democrático, dónde cada cual tiene las ideas que tiene, y hace lo que
le apetece, sin atenerse a ningún proyecto estratégico, ni plan de
trabajo, ni compromiso que se encuentren orientados por una
cosmovisión concreta, y donde se supone que la “unidad” ya está
alcanzada en la cosmovisión del líder (historia tan antigua como el
mundo).
En realidad, lo que se esconde detrás de estas ideas no es más que un
caos ideológico y ausencia de verdadera democracia, que es sustituida
por el “compromiso” individual y el activismo seguidista en la
dirección de los intereses de las ideas unilaterales del líder
carismático. Siempre ha sucedió de igual forma, donde no hay
verdadera democracia, lo que prevalece son las “ideas fuerza” del
líder, que se plantean y se intentan materializar en la práctica
espontaneísta, y que, lógicamente, fracasan en sus proyectos
concretos, una y otra vez, simplemente porque no están orientadas
estratégicamente. Así, los balances autocríticos se hacen desde y por
el líder carismático, la contradicción entre correcto/erróneo se
resuelve en sí misma, desde la misma visión errónea; siempre se
concluirá en que hubo un análisis acertado, pero…falla la gente, falla
el compromiso. Y lo que lleva esa forma de entender la política, la
táctica y la organización es, en el fondo, la torticera concepción de la
revolución jacobina de la tomar del poder entendiendo por tal la
conquista del Estado, que será inevitablemente por una élite de
nuevos ilustrados a través de un proceso de luchas parciales que se
enfrenten a ese poder, y …que alcanzado un nivel de contradicción y
antagonismo tal, se culmine con un renovado asalto a la Bastilla. La
misma historia, al fin.
En definitiva lo que se quiere plantear aquí son cuestiones más que
aserciones, preguntas más que respuestas, dudas antes que certezas. Y
la pregunta esencial es: ¿es posible realizar una transformación radical
del mundo presente que pueda superar los males que tienen su origen
en un comportamiento humano errático? Y si ello fuera cierto, ¿no
requeriría tal transformación la superación completa de la fracasada y
10
errónea cosmovisión de la modernidad? Y si tal fuera el caso, ¿no se
debería dar por totalmente superada la visión de la revolución social
propia del proletarismo cuyos desastrosos resultados prácticos ha
significado el mayor e histórico caos relativo la teoría y práctica del
llamado “cambio social”?
Si esto es así, al menos es la hipótesis que yo sostengo, nos
encontramos aún en el inicio de todo un proceso histórico equivalente
al que vivió en Europa desde el siglo XVII, en que, frente a la
“concepción del mundo providencialista y divina”, se inicia la
configuración de la “teoría individualista sobre la libertad y la
naturaleza humana”, hasta principios del XIX, en que se configura
una tercera fase de reflexiones sobre “filosofía social” que dará como
resultado el advenimiento de toda una cosmovisión moderna, la
“teoría social”, la que ha abrazado todo el proletarismo desde
principios del siglo XIX, hasta los años 70 del siglo XX, como luego
veremos.
En realidad, lo que ha sucedido es que el fuerte impulso del poder del
Estado (absoluto ya), unido a la “guerra de religiones”, dentro del
cristianismo de Estado (protestante/católicos), camino ya hacia la
“historia individualista liberal”, y de ésta a “la social”, se producen
cambios cuantitativos en los modelos de cómo entender el mundo, el
hombre, la política, la economía, y el Estado, y todo ello, sobre la base
de una especulación filosófica, construyéndose todo un imaginario
moderno de tipo social. Una cuestión es la realidad, y otra bien
distinta lo que la élite intelectual entendía o imaginaba esa realidad.
Pensar el mundo no es el mundo.
Hoy nos encontramos en un momento transcendental, pues se trata
nada menos que de vislumbrar una revolución de nuevo tipo, que sea
capaz de superar la concepción del mundo de la modernidad
(entendiendo como tal, tanto a la visión liberal, como la social). De la
misma forma en que la “teoría social” heredó y expandió
infinitamente, en lo esencial, la cosmovisión liberal (economicismo,
apriorismo, determinismo, positivismo, cientificismo, historicismo,
mecanicismo, estatismo), lo cual ha significado, en esencia, el
dominio de una concepción del mundo idealista-, de igual manera el
11
proyecto actual de una revolución de nuevo tipo viene pareciéndose
cada vez más a las del “viejo tipo”, padeciendo los mismos defectos
claramente heredados de la cosmovisión moderna-proletarista, en
términos epistemológicos (con evidentes muestras prácticas de ello en
el terreno de la táctica). Por eso, justamente, es de vital importancia
hoy advertir y fomentar la lucha de ideas en este campo
revolucionario, a fin de que no termine abrazado finalmente a un
“renovado modelo” dentro del paradigma de la “teoría social”, y con
ello, volver a repetir la historia, pero… ya en forma de “comedia”.
Como “uno se divide en dos”, siendo realista-pesimista, creo que ya se
ha avanzado demasiado en los errores, y los que nos queda es asistir a
la creación organizativa de un movimiento inscrito en el
revolucionarismo posmoderno aparentemente distinto a los propios
del proletarismo histórico, pero siendo idealista-optimista, creo que
una profunda reflexión autocritica podrá conseguir grandes lecciones
para un proyecto estratégico auténticamente revolucionario.
Puede sonar bastante pretenciosa esta aseveración, pero son
demasiados los indicios, posiciones, actos, formulaciones, en que se
pueden constatar la mayoría de sus expresiones teóricas, políticas y
tácticas de esta renovada corriente de la extrema izquierda como para
no hacerse suficientemente evidente esa orientación e influencia
oportunista, economicista, espontaneísta y cesarista que la viene
caracterizando desde que ha pasado de la “teoría” a la “práctica” (que
situaría en todo el año 2020, incluyendo el IV Encuentro de
Revolución Integral).
Si reflexionamos con rigor, la situación no puede ser más que lógica.
Dejar atrás toda una concepción del mundo, de la historia y de la
política, será una tarea inmensa y durará decenios. Una de las
“ingenuidades” propias del actual proyecto de Revolución Integral, y
a la vez, una demostración más de que se encuentra contaminado de
idealismo catastrofista, constituye reflexionar en términos: o nuestra
revolución o el fin de la humanidad, lo que significa un elemento más
de su culto a la espontaneidad, a un análisis histórico idealista de tipo
catastrofista que ya fue una características de la extrema izquierda y el
nacionalismo revolucionario en su historia pasada: de victoria en
12
victoria hasta el fracaso total. ¿Significa ello que todo el fundamento
teórico y político es erróneo? Lógicamente no. El acervo de lo que
hasta el momento ha alcanzado el Espacio de Reflexión por una
Revolución Integral es correcto en gran parte, pero en otra gran parte,
es herencia de la concepción de la revolución proletarista propia de la
modernidad. Pero, insisto, eso era lo lógico. Pergeñar un renovado
concepto de la revolución implica diferenciar lo correcto de lo erróneo
en nuestras propias concepciones, de tal forma que: uno, habrá que
reconocer nuestros aciertos y saber ciertamente que nos diferencia de
la “tradición” de la extrema izquierda de la modernidad; y dos,
debemos combatir tales errores de la herencia de esta tradición en
nuestras concepciones.
Respecto de lo primero, son esenciales y han de constituir las bases
teóricas de partida, las aportaciones, como teóricos políticos y
revolucionarios, de varios pensadores que reúnen la característica
esencial de que han sido, y son, auténticos revolucionarios. Ese es el
elemento central que los distingue de cualquier otro pensador o
intelectual, que los hay y muy buenos, pero en ámbitos más de la
intelectualidad académica, que debemos tener presentes, pero que no
alcanzan la categoría de ejemplaridad y corrección revolucionaria de,
al menos, 4 personalidades esenciales: Rudolf Rocker (1873-1958), sin
cuyos análisis teóricos e históricos sobre la esencia del Estado nación
moderno y su proceso de construcción ideológica y cultural,
difícilmente podríamos haber entendido (aún todavía muy poca gente
llega a entenderlo) una cuestión que es decisiva para la nueva
cosmovisión superadora de la idea moderna del Estado, la esencia de
la filosofía política del Estado nación moderno. Mientras nuestros
marxistas leninistas y los nacionalistas rebeldes dogmatizaban con la
“cuestión nacional” de Stalin, copia barata de la posición que ya
defendía W. Wilson (y el imperialismo yanki en esa época), como el
derecho de autodeterminación nacional, la magnífica obra central de
Rocker (Nacionalismo y Cultura), dormía en el cielo de los justos, una
verdadera vergüenza para todo aquel que se autocalifique de
revolucionario. Además, Rocker tuvo la gran “intuición”, o mejor, un
gran conocimiento concreto de la historia, de vislumbrar, y reconocer,
13
la conexión existente entre las ideas absolutistas del jacobinismo y su
ineludible tendencia autoritaria y dictatorial en la práctica política
fascista de la izquierda socialista y comunista. La obra de Rocker
como teórico político (además de ser un militante revolucionario),
vino a suponer -sin proponérselo- un cuestionamiento general de la
teoría y práctica proletarista.
En segundo lugar debemos valorar la obra, aunque efímera como su
vida, de Simone Weil (1909-1943). S. Weil aporta una renovada
cosmovisión de la revolución muy innovadora, como su crítica e
impugnación de las instituciones del poder del Estado moderno, como
los partidos políticos, o directamente, la clase política, y la lucha
política, y más aún más, el carácter dogmatizante de todas las
ideologías. Constituye, con su propio ejemplo personal, una viva
muestra de la actitud auténticamente revolucionaria de entrega
desinteresada al combate por los “desfavorecidos y oprimidos”,
mostrando el camino verdadero de la ética y la moral revolucionaria.
En general aporta una perspectiva realmente innovadora en el
cuestionamiento del orden político de la modernidad, de sus
instituciones de poder, de la inhumanidad del capitalismo, de los
mitos filosóficos de la modernidad, superando con mucho el eticismo
anarquista. Sin las aportaciones de S. Weil, el proyecto de una nueva
cosmovisión revolucionaria carecería de alma. Sus textos Reflexiones
sobre las causas de la libertad y de la opresión social. Ensayos sobre
la condición obrera y Primeros escritos filosóficos (que comenzó a
redactar con tan solo 16 años), textos todos anteriores a 1936,
constituyen reflexiones en los ámbitos de la filosofía y la política que
difícilmente pueden tener encaje en los dogmas típicos del
proletarismo.
El siguiente referente es Murray Bookchin (1921-2006). Quizás le
debamos la más grande contribución teórica al nuevo concepto de
“revolución”. Fue en su juventud leninista, luego trotskista y
finalmente se orienta hacia posiciones libertarias, hasta finalmente
criticarlas todas. Y ahí está justamente su valor, pues mediante una
verdadera autocritica basada en reflexiones teóricas, históricas y
políticas, fue capaz de dar un giro radical a su cosmovisión, sobre
14
todo a partir de los años 70, que concluye en los años 90, con su tesis
sobre el comunalismo, donde la base argumental ya se encuentra en el
convivencionalismo democrático antes que en la tesis clásicas
proletaristas (comunistas y anarquistas), esencialmente economicistas,
y basadas en criterios de “relaciones de producción”. Tiene
muchísimos textos, pero en la obra de Janet Biehl Ecología o
catástrofe. La vida de Murray Bookchin, se puede encontrar una
sistematización muy completa de sus aportaciones. Lo esencial de M.
Bookchin es que plantea una renovada concepción de la revolución,
superadora de las tesis proletaristas definidas y puestas en práctica por
el marxismo leninismo, e incluso superando a las propias del
anarquismo, al que igualmente refuta. Esta renovada visión del
proceso revolucionario basado en las tesis comunalistas y
convivencialistas implica cambios esenciales en la perspectiva
estratégica propia del proletarismo en el sentido de cómo este
comprende la revolución conforme al modelo “golpe de Estado
jacobino-bolchevique”. No se trata ya de “tomar el poder”, sino de
crear un sistema de poder basado en la estrategia de la democracia
directa de las comunidades, incorporando tales criterios a la misma
táctica. Sin duda es el teórico político y historiador que ha dado el
mayor giro y aportado mayor contribución a una nueva perspectiva de
la revolución de nuevo tipo, superadora de la propia de la filosofía de
lo social de la modernidad, aunque en sus tesis no se tenga aún la
visión más completa del necesario cambio de cosmovisión y aún
perduren aspectos y herencias propias del proletarismo. Pero sus
aportaciones son inmensamente superiores a sus errores. Ha abierto la
puerta a una nueva dimensión en la comprensión de una teoría
revolucionaria de nuevo tipo, superadora de la propia de la
modernidad, aunque el mismo no fuese consciente de ello.
El tercer teórico político esencial de la nueva cosmovisión
contramoderna es, sin duda, Abdullah Öcalan (1947). También su
formación política e ideológica de origen sigue la doctrina marxista
leninista (y maoísta). Desde 1978 es líder del PKK, hasta la
actualidad, en que ostenta el cargo de Presidente, aunque se encuentra
en prisión de aislamiento en la isla de Imrali (Turquía, sur del mar de
15
Mármara). Es a finales de los años 90 del siglo XX, ya en prisión,
cuando realiza una profunda transformación de su cosmovisión,
mediante una consecuente autocrítica respecto de su ideología y
pensamiento anterior, en que la influencia de las tesis de M. Bookchin
fueron decisivas, desarrollando las bases teóricas (históricas,
filosóficas, políticas e ideológicas) de su tesis principal estratégica
actual, el Confederalismo Democrático. Las bases de tales reflexiones
se encuentran recogidas en dos amplios textos titulados, el primero,
Orígenes de la civilización. La era de los dioses enmascarados y los
reyes cubiertos. El otro texto es: Civilización capitalista. La era de
los dioses sin máscara y los reyes desnudos (prisión de Imrali, 2008).
Lo auténticamente relevante en la contribución de A. Öcalan a una
renovada visión de la revolución es que pone en el “blanco”
estratégico de la misma al Estado nación moderno capitalista. Se
puede objetar que también el marxismo y el anarquismo se
propusieron como metas estratégicas la destrucción y abolición del
Estado, pero nunca entendieron la naturaleza real del Estado ni de la
“cuestión nacional”, y sobre todo, el “modelo” de revolución que
sostenían, entendido como “asalto al poder”, no podía conducir más
que a una renovada y aún más represiva jaula de hierro. Lo cierto es
que las tesis de M. Bookchin influyen de tal manera en A. Öcalan que
éste, sobre la base de un estudio y reflexión muy profunda sobre la
cuestión del Estado, contempla una estrategia revolucionaria donde el
comunalismo y la convivencialidad constituyen sus piedras angulares,
con independencia de la ideología moderna del “nacionalismo”, los
orígenes étnicos o creencias religiosas o culturales de las diferentes
comunidades en su ámbito de acción territorial, el Kurdistán. Pero
todavía hay algo más relevante, puesto que “las teorías, teorías son”,
de tal forma que la terrible guerra de rapiña imperialista sobre Siria
(en que una parte es territorio del Kurdistán), ofreció la oportunidad
de poner en práctica tales estrategias y políticas, discutidas y asumidas
por el PKK, y luego por las diferentes comunidades del Kurdistán,
creándose un autentico movimiento revolucionario bajo la consigna
estratégica del Confederalismo Democrático. En medio de una guerra
contra el fascismo yihadista del ISIS, y de la confluencia de intereses
16
estratégicos contradictorios entre las potencias imperialistas
mundiales, se pusieron en práctica tales criterios, desarrollándose en
los territorios de asentamiento kurdo bajo dirección de las
organizaciones políticas, militares y civiles del poder popular, toda
una experiencia única de organización comunal, convivencial, de
democracia directa, de autodefensa armada, etc., propias de una
revolución de nuevo tipo. No es el lugar ni el momento de hacer una
evaluación de tal experiencia (todavía en curso), sino de destacar, en
sí mismo, la gran significación histórica de este hecho, desde la
perspectiva de la inauguración una nueva época histórica en que
empieza a ser posible la superación del Estado y del Capitalismo bajo
una nueva estrategia superadora de las experiencias fracasadas del
proletarismo en su historia4.
Finalmente, debemos valorar las aportaciones de Félix Rodrigo Mora
como esenciales para una comprensión completa de una renovada
cosmovisión de la revolución en el momento presente. Es muy difícil
en mi caso ser “imparcial” respecto a una valoración “teórica” del
pensamiento de Félix, primero, porque mantengo una relación de
amistad y camaradería de cerca de 40 años, y por tanto, no solamente
conozco su obra, de antes y de ahora, sino que he participado en su
desarrollo e implantación, en alguna medida, de hecho, alguien dijo
una vez (no precisamente con un tono amistoso) que yo era el
monaguillo de Félix. Y en segundo lugar, al menos, lo que sí debo
reconocer es que, tanto en errores como en aciertos, mi deuda
intelectual con Félix ha sido determinante en toda mi vida de militante
revolucionario, antes de mi etapa nacionalista-marxista, y por
supuesto, en los tiempos en que éste desarrolla su actual cosmovisión.
En el supuesto histórico vital de Félix ha sucedido como a tantos
revolucionarios, en que la constatación del rotundo fracaso histórico
de la experiencia del proletarismo, asume una profunda reflexión por
la que supera su visión de la revolución sobre unas bases marxistas
4
Una evaluación de las tesis de M. Bookchin y Abdullah Öcalan se
encuentra en Álvarez, E. Nacionalismo y Revolución. El Estado nación y el
paradigma de la Revolución Integral. Libro V, La cuestión nacional en el
siglo XXI. Nuevos paradigmas, nuevas estrategias. Potlatch ediciones, 2020.
17
leninistas. Es lo lógico, porque sería materialmente imposible que
alguien que deseara ser un revolucionario contra el Estado y
Capitalismo, después de la revolución de octubre, no hubiera tomado
como referencia alguna modalidad de las doctrinas proletaristas
(marxistas, leninistas, trotskistas, maoístas o anarquistas). En el caso
de Félix, tras un arduo trabajo teórico y reflexivo de cerca de 20 años,
y lo más relevante, de forma autónoma, sin influencias de teórico o
revolucionario alguno, fue capaz de impugnar el sistema de ideas y
políticas de la modernidad, tanto del liberalismo, como del
proletarismo, basándose en criterios comparativos con el sistema de
poder y de organización social y política de la experiencia hispana alto
medieval, además, por supuesto, de la reflexión sobre teoría política,
historia, filosofía, ética, etc., de muy amplio espectro. Su texto La
Democracia y el Triunfo del Estado. Esbozo de una revolución
democrática, axiológica y civilizadora constituye una aportación
histórica esencial para configurar una nueva teoría de la revolución
superadora de la propia de la modernidad, con independencia de los
numerosos estudios y análisis sobre cuestiones esenciales filosóficas y
políticas que viene planteando en sus numerosos textos e
intervenciones.
Por supuesto que existen innumerables pensadores que han aportado
esenciales análisis para el cambio de la cosmovisión moderno
proletarista de la revolución en el siglo y XX, pero no son
revolucionarios, solo intelectuales. Mientras que los cuatro citados
son, buenos intelectuales, pero antes que nada, revolucionarios. Y
como humanos, y más aún, por el propio proceso del conocimiento,
acotado por cada momento histórico, sus posiciones contienen errores,
pero sobre todo (por eso son imprescindibles) incorporan muchos más
aciertos que equívocos para la constitución de una futura cosmovisión
de la revolución, superadora, al fin, de la proletarista. Es más, en este
momento histórico, a pesar de que fracaso práctico de la experiencia
proletarista, es una evidencia histórica, nadie podrá dudarlo, (y así
pasarán a la historia), el carácter de revolucionarios auténticos, desde
C. Marx (como bien reconoció F. Engels en el famoso discurso ante

18
su tumba)5, los “padres” del anarquismo del siglo XIX, y los líderes
proletaristas del siglo XX que llegaron, nada menos, que a “asaltar los
cielos” en el siglo XX ¿Quién puede dudar de la naturaleza
genuinamente revolucionaria6 de Lenin, Trotsky, o Mao? Otra cosa
muy diferente es que sus proyectos estratégicos, basándose en una
modalidad de proletarismo, en gran parte erróneos, hayan fracasado,
pero más como una inevitabilidad histórica, como elementos
5
En el Discurso ante la tumba de Marx, pronunciado en inglés por F. Engels
en el cementerio de Highgate en Londres, el 17 de marzo de 1883, dice
tajantemente: Pues Marx era, ante todo, un revolucionario.
6
Esto requiere una aclaración: me refiero con “genuinamente
revolucionarios”, a que, sin duda, en las mentes de estos hombres valerosos
e inteligentes, estaba la intencionalidad de cambiar radicalmente el mundo,
y a su manera, como suprimir la injusticia y la opresión de los seres
humanos. De hecho, ni Marx ni Lenin tuvieron tiempo de demostrar
suficientemente, en su práctica, una naturaleza tiránica y cesarista. En el
supuesto de Trotsky, son muchos los historiadores que consideran que si
hubiera ganado la lucha por el poder contra Stalin, su “estrategia” de la
revolución permanente hubiera llevado a la Rusia bolchevique a una guerra
de agresión socialimperialista contra Alemania y Europa (tal era su
concepción economicista-revolucionarista del internacionalismo proletario),
anticipando con ello en algo más de 10 años la II Guerra Mundial. Hubiera
sido, sin duda, un dictador más despiadado aún que Stalin, pues su pasado
como jefe militar del Ejército rojo lo prueba sobradamente. Fue su
prepotencia lo que lo perdió, pues “se creyó” el “sucesor natural” de Lenin
(ya gravemente enfermo) y dio al astuto de Stalin, que manejaba mejor que
nadie el aparato represivo del partido, la oportunidad de controlar mejor las
alianzas que lo llevaron al exilio, y luego al asesinato en México por agentes
comunistas del PCE, por orden suya. Entre 1923 y 1929 se produce una
encarnizada lucha por el poder en el seno del partido bolchevique en la
misma cúpula dirigente (como posteriormente sucedería de igual forma en el
PCCh, y que pierde Mao). El primero en tomar posiciones fue precisamente
Trotsky, que se enfrenta a Stalin entre 1923 y 1925, solo que éste se alía con
G. Zinóviev y L. Kaménev (el ala derecha del partido) y lo derrota
transitoriamente. Luego, entre 1925 y 1926, Stalin se alía con N. Bujarin
para combatir las “aspiraciones” de control del partido de Zinóviev y
Kaménev, sus antiguos aliados contra Trotsky. Finalmente, entre 1928 y
19
correspondientes al ala izquierda de la cosmovisión de la modernidad
que fueron. No es válida, por sectaria o directamente simplista,
realizar una descalificación general de las posiciones teóricas de estos
líderes de la revolución de los siglos XIX y XX. La mayoría de sus
obras no fueron ni comprendidas por sus propios seguidos, y en aún
caso concreto, simplemente las desconocían, como Los Manuscritos
de economía y filosofía de C. Marx, escritos en 1844, y publicados por
vez primera en 1932, con lo cual ningún marxista del siglo XIX y casi
la primera mitad del XX los pudo conocer, como el mismo Lenin. Y la
mayoría de los que los conocieron, simplemente los ignoraron por
razones políticas (por su importancia, volveremos a ello más
adelante)7. Lo decisivo no era la naturaleza de sus errores que eran
muchos y muy variados, sino que sus posiciones generales, su
cosmovisión obedecía a un imaginario concreto, el moderno y social.
No obstante, respecto de una renovada cosmovisión de la revolución
en el siglo XXI, el mañana está por escribir. Lo primero es “poner los
pies en el suelo” y dejar de soñar en el afloramiento de “revoluciones”
proletaristas de “nuevo tipo”. Superar toda una cosmovisión, de la
modernidad en su versión “social”, va a requerir todo un periodo
histórico, no se “construye” un nuevo “imaginario” a base de ilusiones
voluntaristas.
1929, Stalin se enfrenta a la alianza de Bujarin, Rýkov y Tomsky que pugna
por el poder, con lo cual, queda depurado la totalidad del politburó, máximo
órgano de poder del partido, eliminándolos además físicamente (solo se libra
Rýkov, temporalmente). En la Gran Purga (los llamados Juicios de Moscú)
promovidos por Stalin de los años 1937 y 1938, o se suicidan o son
ejecutados, junto a miles de miembros del partido comunista y otras
ideologías de izquierda (como anarquistas), todos los antiguos líderes del
partido bolchevique en época de Lenin. Pero las “purgas”, y los asesinatos
de miles de miembros de las instituciones estatales continuaron hasta la
muerte del mismo Stalin.
7
Isaiah Berlin, en su “biografía” sobre Marx, justamente dice esto: que el
texto más relevante de Marx, el Capitulo I del Capital, apenas fue entendido
por nadie, de hecho siempre se ha considerado como un texto de “economía
capitalista”, cuando en realidad era un compendio de todo, historia, filosofía,
política, etc.
20
Tenemos logrado un punto de partida, pero las tesis de los
revolucionarios citados aún están muy lejos de entender la necesidad
de la superación de los errores de la “teoría social”, y por tanto, cómo
una renovada teoría de la revolución (que en sí misma es una categoría
moderna), requerirá llegar hasta el fondo de las implicaciones
epistemológicas. No es solamente una impugnación desde
determinada concepción de la historia, de la política o de la filosofía,
requerirá, hasta cierto punto, “salirse” de esa misma cosmovisión, de
esa matriz de categorías y conceptos, y para ello no queda otro
remedio que acudir a disciplinas colaterales a las propias de las
tradicionales de ciencia política, de la historia y de la filosofía propias
de la modernidad, liberal o social, y acudir a renovados análisis que
vienen cuestionando hoy el conjunto de aserciones de las “teorías” de
la modernidad, como un nuevo concepto histórico de la “historia”, la
cuestión de la ideología bajo el prisma de la sociología de las
mentalidades, o determinados análisis relativos a la antropología
cultural, la filosofía del lenguaje, y por supuesto de la historia, pero
no desde los relatos de “historia, ideológica y política”, sino desde la
valoración de los trabajos de investigación de historiadores empíricos,
de sociólogos, etc., que ya vienen siendo muchos, y que cuestionan,
por su simpleza y tendenciosidad politicista, esa versión de la historia
del imaginario de la modernidad, y en particular, de lo social, por su
carácter totalizador de la modernidad, que se ha cimentado sobre una
visión del mundo con pretensiones de “racional validez universal”,
con lo cual se ha generalizado un núcleo de pensamiento impuesto a
todas las civilizaciones desde el siglo XV-XVI, de naturaleza
eurocéntrica, con la traslación a miles de comunidades humanas del
pensamiento y de las instituciones de la modernidad: el Estado nación,
las guerras de dominación, el colonialismo, el neocolonialismo, la
forma de explotación de los seres humanos bajo el capitalismo, y los
criterios culturales, valores, ideologías religiosas, etc., imposición de
todo un imaginario moderno ajeno completamente a la realidad del
conjunto de comunidades, pueblos y seres humanos del plantea, bajo
el criterio de la teoría del progreso de validez y superioridad
eurocentrista respecto al resto de culturas. Por eso, una tarea esencial
21
hoy es desmontar todos los mitos imaginarios modernos integrados en
su matriz categorial: la existencia real es el Estado, como conjunto de
instituciones de poder, así como el capitalismo explotador, el
neocolonialismo, la esclavitud asalariada, la destrucción del sujeto, el
ecocidio, y el terror del Estado, etc. Pero conceptos como nación,
pueblo, revolución, libertad, democracia, justicia, igualdad,
soberanía, identidad, ciudadanía, sexualidad, creencia, raza, patria,
política, ideología, historia, teoría, práctica, humanidad, etc., son
conceptos creados por el imaginario social de la modernidad, y por
tanto, no tienen una consistencia real, actúan como categorías
conceptuales, nociones básicas, abstractas, generales, que han de
ordenar el pensamiento y la vida de los seres humanos, que se
proyectan sobre el mundo, cual caverna, para organizar y dominar las
mentes y las acciones de los hombres conforme a determinada idea o
concreción del mundo. Son los elementos, conceptos y categorías de
cómo se piensa y conceptualiza el mundo, por parte de las élites
intelectuales y del poder; definen cómo ha de ser el mundo moderno
en cualquiera de sus modalidades paradigmáticas, primero como
doctrina política e ideología, y luego como socialización, mediante la
internalización de tales ideas en las masas adoctrinadas. De cómo aún
perdura dicho imaginario en las mentes de los que pretenden dar el
salto hacia una nueva cosmovisión y un nuevo y renovado proyecto de
transformación integral, de todo ello trata el presente ensayo. Proceso
arduo complejo que va mucha más allá de simplemente “cambiar una
palabra por otra”, no se trata de una simple corrección semántica de
donde dice Revolución, se pone Transformación.
Junio de 2021

22
23

También podría gustarte