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Aurora Jakob Böhme

TEXTOS DE LA TRADICIÓN UNÁNIME

Aurora
(Selección)
Jakob Böhme

BIBLIOTECA HERMÉTICA.COM

Mayo 2020

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Aurora Jakob Böhme

Capítulo 1

SOBRE LA ESENCIA DIVINA EN LA NATURALEZA


Acerca de entrambas cualidades

1. Si bien la carne y la sangre no pueden aprehender la esencia divina, sino


el espíritu, cuando es iluminado y encendido por Dios, si se quiere hablar
de Él, decir lo que es Dios, deben ponderarse con esmero las fuerzas en la
naturaleza, y además la creación toda, el cielo y la tierra, como también los
astros y elementos y las criaturas, que de ellos proceden, y asimismo los
ángeles sagrados, el diablo y los hombres, además de cielo e infierno.
2. En consideración tal encuentra uno dos cualidades, una buena y una
mala, que están en este mundo una en la otra como una cosa en todas las
fuerzas, en astros y elementos, como también en todas las criaturas, y no
existe en carne criatura alguna en la vida natural, que no tenga en sí ambas
cualidades.
3. Aquí debe considerarse ahora, qué significa o es la palabra cualidad.
Cualidad es la motilidad, el surgimiento o avance de una cosa, tal como es
el calor, que quema, consume y hace avanzar todo lo que llega a él, que no
comparte su propiedad. Ilumina y calienta a su vez todo lo que es frío,
húmedo y oscuro, y endurece lo blando. Empero, contiene en sí otras dos
especies, como han de notarse al respecto la luz y el encono.

4. La luz o el corazón del calor es en sí misma una visión amable,


regocijada, una fuerza de la vida, una iluminación y visión de una cosa,
que está lejos, y es una parte o fuente del bienaventurado reino de los
cielos. Pues en este mundo todo lo torna móvil y vivaz, toda carne, como
también todo árbol, hierba y follaje, crece en este mundo en la fuerza de la
luz, y tiene su vida en ella como en el bien.

5. Esa fuerza, a su vez, contiene en sí el encono, ya que quema, consume y


corrompe; el mismo encono mana, avanza y se eleva en la luz, y la torna

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móvil, y lucha y combate uno con el otro en su doble fuente, como una
cosa. Y es una cosa, teniendo, empero, una doble fuente.

6. La luz existe en Dios sin calor, mas no en la naturaleza; pues en la


naturaleza están todas las cualidades una en otra como una cualidad,
según modo y manera, como Dios lo es todo, y como todo proviene y parte
de Él. Dios es el corazón o manantial de la naturaleza, del que todo
procede.

7. Y el calor reina en todas las fuerzas de la naturaleza y todo lo calienta y


en todo es una fuente; de lo contrario, estaría el agua demasiado fría, y la
tierra se congelaría, y no habría tampoco aire alguno.

8. El calor reina en todo, en los árboles, en la hierba y en la grama. Por eso


se llama una cualidad, porque mana en todo y todo lo eleva.

9. La luz, empero, en el calor, da a todas las cualidades la fuerza de que


todo se torne amable y delicioso. El calor sin la luz no tiene para las otras
cualidades utilidad alguna, sino que es una corrupción del bien, una fuente
mala; puesto que todo se corrompe en el encono del calor. La luz es por lo
tanto en el calor un manantial vivo; en él entra el Espíritu Santo, mas no en
el encono del calor. No obstante, el calor torna móvil a la luz, haciéndola
surgir y avanzar, como se lo ve en el invierno. Si bien entonces la luz del
sol está en la tierra, los rayos del calor solar no pueden alcanzar el suelo,
por eso no crece tampoco ningún fruto.

SOBRE LA CUALIFICACIÓN DEL FRÍO

10. El frío es también una cualidad como el calor. Cualifica en todas las
criaturas, lo que ha devenido de la naturaleza, y en todo lo que en ella se
mueve: en hombres, bestias, aves, peces, gusanos, hierba y follaje, y está
opuesto al calor y cualifica en el mismo, como si fuera una cosa. Impide,
empero, el encono del calor, y atempera este último.

11. También tiene, empero, dos especies en sí, de lo que ha de notarse, que
suaviza el calor, y lo hace todo delicadamente amable, y es en todas las
criaturas una calidad de la vida; porque ninguna criatura puede subsistir
fuera del frío; pues es una motilidad surgente e impulsante en todas las
cosas.

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12. La otra especie es el encono, puesto que cuando adquiere poder, todo
lo aplasta y corrompe como el calor. En él no puede subsistir vida alguna,
si el calor no se le opone. El encono del frío es una corrupción de toda vida
y una casa de la muerte, como lo es también el encono del calor.

SOBRE LA CUALIFICACIÓN DEL AIRE Y DEL AGUA

13. El aire tiene su origen del calor y del frío; pues el calor y el frío impulsan
por sí con vehemencia y todo lo colman; de allí nace un movimiento que
vive y trama. Mas cuando el frío suaviza el calor, la cualidad de ambos se
hace sutil y la cualidad amarga todo lo contrae, de modo que se convierte
en gotas. El origen y el mayor movimiento del aire, no obstante, proceden
del calor, y el agua los tiene del frío.

14. Ahora luchan las dos cualidades sin cesar una con otra. El calor
consume el agua, y el frío fuerza el aire. El aire es, empero, causa y espíritu
de toda vida y de todo movimiento en este mundo, se asemeje a la carne o
esté en lo que crece de la tierra, todo recibe su vida del aire y nada puede
subsistir fuera de él, de lo que en este mundo hay, que tiene movimiento.

15. El agua mana también en todas las cosas que viven y traman en este
mundo. En el agua perdura el cuerpo de todas las cosas, y en el aire el
espíritu, esté en la carne o en las plantas de la tierra, y ambos proceden del
calor y el frío, y cualifican entre sí como una cosa.

16. Ahora bien, en estas dos cualidades han de señalarse también, empero,
dos especies peculiares, como lo son el efecto viviente y el mortífero. El aire
es una cualidad viviente, al estar suavemente en una cosa, y el Espíritu
Santo reina en la benignidad del aire, y todas las criaturas están allí
regocijadas. Sin embargo, tiene también en sí el encono, de modo que mata
y corrompe, en virtud de su cruel exaltación. Mas la cualificación tiene su
origen en la enconada exaltación, de modo que en todo mana y se agita de
donde la vida se origina y erige; por eso tienen ambas que estar en esta
vida.

17. El agua tiene también en sí un manantial enconado y mortífero, puesto


que mata y corrompe; y así todo lo que vive y trama ha en el agua de
corromperse y perecer.

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18. Así, el calor y el frío son una causa y un origen del agua y del aire, en
los que todo obra y se erige. Toda vida y motilidad se erige en ellos, de lo
que, respecto al abrevar de los astros, voy a escribir con claridad.

SOBRE LOS INFLUJOS DE LAS OTRAS CUALIDADES EN LOS


TRES ELEMENTOS

SOBRE LA CUALIDAD AMARGA

19. La cualidad amarga es el corazón en toda vida, tal como en el aire


contrae el agua y aun la dispersa, de modo que se hace separable, así
también en todas las criaturas, como en las plantas de la tierra; pues hierba
y follaje obtienen su color verde de la cualidad amarga. Y al morar la
cualidad amarga en una criatura, es un corazón o regocijo en la misma;
puesto que corta todas las otras malas influencias, y es un comienzo o causa
del regocijo o de la risa.

20. Pues al ser movida, hace temblar y regocija a una criatura, y la eleva
con todo su cuerpo; puesto que es una visión del bienaventurado reino de
los cielos, una elevación del espíritu, un espíritu y una fuerza en todas las
plantas de la tierra, una madre de la vida.

21. El Espíritu Santo se agita e impulsa vigorosamente en esta cualidad,


puesto que ella es una parte del bienaventurado reino de los cielos, como
he de demostrar más tarde. Sin embargo, contiene en sí otra especie, el
encono, que es una verdadera casa de la muerte, corrupción de todo lo
bueno, perdición y consunción de la vida en la carne. Pues cuando se
encumbra en una criatura en demasía, y se enciende en el calor, separa
carne y espíritu, y la criatura debe morir la muerte; porque mana y
enciende el elemento fuego, en el que no puede subsistir carne alguna, con
el gran calor y la amargura. Mas cuando se enciende en el elemento agua
y se hace surgente en ella, lleva la carne a la languidez y enfermedad, y
finalmente a la muerte.

SOBRE LA CUALIDAD DULCE

22. La cualidad dulce se opone a la amarga y es una cualidad propicia y


amable, una confortación de la vida, un apaciguamiento del encono, todo

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lo hace amable y amistoso en las criaturas. Hace fragantes y sabrosas las


plantas de la tierra, con bellos colores gualdos, blancos y rojizos. Es una
visión y fuente de la benignidad, una delicia del bienaventurado reino de
los cielos, una casa del Espíritu Santo, una cualificación del amor y la
misericordia, un júbilo de la vida. Por el contrario, tiene también en sí una
enconada fuente de la muerte y la corrupción; pues cuando, en la cualidad
amarga, se enciende en el elemento agua, nace de ella la enfermedad y la
tumefacta pestilencia y la corrupción de la carne. Mas si se enciende en el
calor y la amargura, infecta el elemento aire, del que se alumbra la
pestilencia alígera, veloz, y la muerte abrupta.

SOBRE LA CUALIDAD AGRIA

23. La cualidad ácida se opone a la amarga y a la dulce, y todo lo tempera


bien, una confortación y apagamiento, cuando la amarga y la dulce se
encumbran en demasía. Un apetito en el gusto, un placer de la vida, un
regocijo que brota en todas las cosas, un apetito, ansia y placer del reino
bienaventurado, una serena delicia del espíritu, eso tempera en todas las
cosas vivas y surgentes. No obstante, contiene también en ella una fuente
del mal y la corrupción, puesto que al encumbrarse en exceso o manar en
una cosa en demasía, encendiéndose, nacen de ella la tristeza, melancolía,
en el agua un hedor, deleznable y enérgico, un olvido de todo lo bueno,
una tristeza de la vida, una casa de la muerte, un comienzo de la tristeza y
un fin del regocijo.

SOBRE LA CUALIDAD SALADA O SALITROSA

24. La cualidad salada es una buena temperancia en la amarga, dulce y


ácida, y todo lo hace finamente amable, impide el ascenso de la cualidad
amarga, como también de la dulce y ácida, para que no se enciendan. Es
una cualidad penetrante, un placer del gusto, una fuente de la vida y del
regocijo. Por el contrario, contiene también en sí el encono y la corrupción.
Cuando se enciende en el fuego, nace de ella un género duro, impetuoso,
pétreo, una fuente enconada, una corrupción de la vida. De allí crece en la
carne la piedra, de allí sufre la carne gran martirio. Mas si se enciende en

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el agua, engendra en la carne malignas sarnas, tumores, el mal gálico, la


tiña y la lepra, y una casa mortuoria, una miseria y un olvido de todo bien.

(Traducción Guillermo C. Colussi y Héctor A. Piccoli. Hemos seguido


también la traducción de Agustín Andreu Rodrigo en la edición Alfaguara
1979).

Capítulo 19

SOBRE EL CIELO

El auténtico cielo que es nuestro propio cielo humano, al que viaja el alma
cuando se separa del cuerpo; el cielo en el que entró Christus, nuestro rey,
y del que vino desde su Padre cuando nació y se hizo hombre en el cuerpo
de la Virgen María; [ese cielo] estuvo hasta hoy día casi oculto a los hijos
de los hombres, que tuvieron sobre él muy diversas opiniones. También
por esto anduvieron los sabios a la greña, con muchos y raros escritos,
mesándose unos a otros las barbas, con injurias y vergüenzas. Afrentaron
así el nombre de Dios, lastimaron a sus miembros, destrozaron su templo
y resultó el cielo con semejantes blasfemias y peleas des-santificado.

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Siempre y de uno u otro modo pensaron los hombres que el cielo está a
muchos cientos o miles de millas de este globo terráqueo y que sólo Dios
mora en ese cielo. Arregláronselas también algunos physici para medir la
altura y averiguar muy raras cosas.

En verdad antes de [tener] este conocimiento y revelación de Dios,


mantuve yo mismo que el único cielo auténtico es el encerrado por el
círculo redondo azul y luminoso del Universo más allá de las estrellas,
pensando que allá dentro tiene sólo Dios su esencia especial y que rige en
solitario este mundo con la sola fuerza de su Espíritu Santo. Y cuando este
asunto me había dado ya muchos quebraderos que venían sin duda del
Espíritu, que en ello se complugo, vine a dar al cabo en una áspera
melancolía y tristeza, viendo la gran profundidad de este mundo, a más
del sol y las estrellas, así como las nubes, la lluvia y la nieve, y
contemplando en mi espíritu la entera creación de este mundo. Y en todas
las cosas encontré mal y bien, amor e ira: en las criaturas irracionales como
la madera, las piedras, la tierra y los elementos igual que en los hombres y
en los animales. Consideré entonces esa pequeña chispilla que es el
hombre, lo que será ante Dios en comparación de esta gran fábrica que son
cielo y tierra. Y como me encontré con que en todas las cosas había mal y
bien, en los elementos así como en las criaturas; que en este mundo al
impío, le iba tan bien como al piadoso y que los pueblos bárbaros poseían
las mejores tierras y les asistía la bonanza más que a los piadosos, púseme
con eso melancólico en extremo y muy confuso y no podía consolarme
ninguna Escritura, que algo bien ya la conocía, además de que el demonio
no se daba reposo y me inculcaba pensamientos paganos sobre los cuales
voy a guardar aquí silencio.

10. Pero cuando mi espíritu, que poco y nada entendía yo lo que era, se
elevó en tamaña tribulación seriamente a Dios como en un grande asalto y
se encerraron allí mi corazón entero y mi ánimo con todos los demás
pensamientos y con la voluntad, sin dejar de pugnar con el amor y la
misericordia de Dios ni aflojar; bendíjome Él luego, es decir, me iluminó
con su Espíritu Santo para que pudiera entender yo su voluntad y
liberarme de mi tristeza. Así irrumpió el Espíritu. Y cuando con el celo que
me brotara me arrojé tan reciamente sobre Dios y las puertas de todos los
infiernos como si dispusiera aún de más fuerzas, con la voluntad de poner
allí la vida, cosa de que no hubiera sido capaz sin la ayuda del Espíritu de
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Dios, luego después de algunos recios asaltos abriose enseguida paso mi


espíritu a través de las puertas del infierno hasta el más interior nacimiento
de la Divinidad y allí lo abrazó amorosamente [la Divinidad] como abraza
un novio a su querida novia. Pero no puedo escribir o hablar acerca de la
clase de triunfo en el Espíritu que fue aquello; no se puede comparar con
nada más que con el nacimiento de la vida en medio de la muerte, y se
compara a la resurrección de los muertos.

A esta luz se le hizo enseguida transparente todo a mi espíritu; en todas las


criaturas, igual en la hierba que en el heno, conoció a Dios, quién es y como
es y cuál es su voluntad; acrecentose también, en seguida, a esa luz mi
voluntad con un grande impulso a describir la esencia divina.

Pero como no puede captar enseguida los profundos nacimientos de Dios


en su esencia y comprenderlos con mi razón, pasaron doce años antes de
que se me diera la auténtica inteligencia. Y ocurrió como con un árbol joven
plantado en la tierra, que primero es joven y delicado y tiene un amigable
aspecto, especialmente cuando se mueve a crecer, mas no lleva en seguida
frutos y, aunque florecen, se le caen. Pasan sobre él mucho viento frío,
[mucha] escarcha y mucha nieve antes de que crezca y lleve fruto. Así le
fue también a este espíritu. El primer fuego fue sólo una semilla, no una
luz constante; desde entonces lo azotó mucho viento frío, pero no se
extinguió su voluntad. También intentó el árbol a menudo ver si podía
llevar frutos, y floreció, pero hasta el día de hoy la flor fue sacudida del
árbol. Y aquí está con su primer fruto en crecimiento.

De esta sola luz tengo mi conocimiento, así como mi voluntad e impulso;


quiero escribir según mis talentos lo que he conocido y dejar que Dios se
mueva, y aunque se aíren el mundo, el demonio y todas las puertas del
infierno, quiero ver qué es lo que quiere decir Dios con ello, pues soy
demasiado débil para conocer su propósito; aunque el Espíritu da a
conocer en la luz algunas cosas futuras, soy demasiado débil según el
hombre exterior para comprender esas cosas. Compréndelas el espíritu
animal que incualifica con Dios, mientras que el cuerpo bestial no alcanza
a verlo más que en un abrir y cerrar de ojos como en un relámpago: así se
presenta el más interior nacimiento del alma cuando atraviesa el
nacimiento más exterior en la elevación del Espíritu Santo y atraviesa las
puertas del infierno, pero el nacimiento más exterior se cierra desde luego

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otra vez, porque la ira de Dios le echa un sólido cerrojo y lo mantiene preso
en su poder. Allí se queda encerrado el conocimiento del hombre más
exterior y con su atribulado y temeroso nacimiento va cual mujer encinta a
la que le llegaron los dolores, que bien quisiera siempre alumbrar, pero no
puede y está siempre atemorizada. Eso le pasa también al cuerpo bestial;
una vez prueba la dulzura de Dios, tiene de continuo hambre y sed de él,
pero el demonio se defiende muy bien en la fuerza de la ira de Dios y en
tal situación no tiene el hombre más remedio que estar en la angustia del
nacimiento ni hay en su nacimiento más que luchas y apuros.

No he escrito esto en alabanza mía, sino para consuelo del lector, por si le
place acaso caminar conmigo por esta estrecha pasarela mía, que no se
desespere en seguida cuando se encuentre con las puertas del infierno y de
la ira de Dios y choquen ante sus mismos ojos. Cuando pasando por la
estrecha pasarela del nacimiento carnal lleguemos juntos a aquel verde
prado al que no llega la ira de Dios, luego nos compensaremos de esta
desgracia sufrida, aunque para el mundo seamos ahora unos locos y
tengamos que dejar que nos zarandee el demonio en la ira de Dios. No
importa, mejor nos irá así en aquella vida que si en ésta hubiésemos llevado
una corona real, pues pasa el breve tiempo éste y no vale la pena ni de
llamarlo tiempo.

SOBRE LA FORMA DE LA TIERRA

Cierto que muchos escritores escribieron que cielo y tierra fueron creados
de la nada. Me maravilla que entre tantos varones discretos no se haya
encontrado ni uno que haya alcanzado a describir el auténtico fundamento,
puesto que desde la eternidad hubo el mismo Dios que hay ahora. De
donde nada hay, nada resulta. Toda cosa tiene que tener una raíz, de lo
contrario no crece. Si desde la eternidad no hubiera habido los siete
espíritus de la Naturaleza, no llegara a ser ningún ángel ni ningún cielo ni
tierra alguna.

Mas resultó la tierra del salitre corrompido del más exterior nacimiento,
esto no puedes negarlo. Si miras la tierra y las piedras, tienes que decir que
sí, que allí dentro está la muerte. Al contrario, has de decir también que allí

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dentro hay una vida, pues de otro modo, de allí no crecería ni oro ni plata
ni hierbas ni plantas.

Podría preguntar alguien: ¿También están allí los tres nacimientos?

Sí, la vida atraviesa a la muerte. El nacimiento más exterior es la muerte; el


segundo es la vida que está en el fuego de la ira y en el amor; el tercero es
la vida santa.

(Traducción de Agustín Andreu Rodrigo en la edición Alfaguara 1979).

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