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2.

El contrato Grace

Michael P. Grace, fue un negociador y piedra angular del arreglo con los acreedores
extranjeros del Perú conocido como el “Contrato Grace”. En sus relaciones oficiales
con los diversos gobiernos peruanos de turno, Grace siguió una estrategia similar a
la de Henry Meiggs, pero más económica y amistosa.

Las negociaciones del Contrato Grace casi fracasan varias veces. Lo que estaba en
juego eran las deudas de 1869, 1870 y 1872 por aproximadamente 32 millones de
libras esterlinas, debidos en su mayor parte a inversionistas representados por el
Comité de Tenedores de Bonos Extranjeros con sede en Londres. En ese entonces,
el Perú era incapaz de pagar semejante deuda y tenía malas relaciones con los
tenedores británicos. En esta coyuntura, Grace ofreció sus servicios al Comité. Este
acuerdo financiero ayudaría a realizar el potencial económico medular del país.

La habilidad de Grace en mediar y presentar el acuerdo contribuyó a ganarle


respaldo local a su plan. Sin embargo, su estrategia en el país era peligrosa.
Preocupado por sus grandes pérdidas en el Perú, Grace buscó obtener pagos en
efectivo para promover negocios en otros lugares.

Intereses nacionalistas y locales se opusieron a la aprobación del contrato.


Sostenían que el Perú pagaría un precio exorbitante por una deuda que había
pasado a ser responsabilidad exclusiva de Chile. Advertían, que terminaría siendo la
ruina del Perú.

Grace advirtió que los enemigos más importantes de su proyecto eran el senador
Manuel Candamo y su facción civilista mayoritaria en ambas Cámaras del
Congreso.

Candamo criticó públicamente a Grace, describiéndole como un astuto especulador


de las concesiones ferroviarias, nocivas para el país. Grace fue acusado de estar
motivado por un plan de negocios «grandioso» y «monstruoso», que con toda
seguridad le arrojaría enormes ganancias. A pesar de todo, el negociador Grace
persistió en su intento por convencer a la oposición, dentro y fuera del país, de los
beneficios de su proyecto.
Con el respaldo de los civilistas de Candamo, Aurelio Denegri, el primer ministro
cacerista, presionó para que se nacionalizara el sistema ferroviario. Esta ofensiva
tenía detrás los intereses de W. R. Grace en Washington, que incluyeron planes
para desplegar el poderío naval de Estados Unidos en defensa de los intereses
estadounidenses en el Perú. Sin embargo, el plan «especial» de M. P. Grace,
asociado a intereses británicos, obligó a retroceder el avance estadounidense.

Como parte de sus esfuerzos por conseguir la aprobación del contrato en el Perú,
M. P. Grace intentó impedir la caída del gabinete Denegri. Una baja de este fiasco
fue Buck, quien había implementado la política de su país hacia el gobierno
peruano. Mencionando la influencia política que Grace tenía en Washington, Buck
se quejó directamente al secretario de Estado, culpó a Bayard por no haberle
apoyado y por su inconsistencia sin principios, también que la «influencia y acción
oficial estuviesen sujetas a los intereses de una aventura especulativa o empresa
comercial. Señaló, además, que el proyecto del Contrato Grace era visto en Lima
con suspicacia, y gran oposición.

Un feroz debate público fue librado por los partidarios y los oponentes del Contrato
Grace. En noviembre de 1886, un primer informe favorable presentado por los
comisionados especiales Francisco García Calderón, Francisco Rosas y Aurelio
Denegri constituyó un respaldo respetable. En noviembre de 1888, la Cámara de
diputados rechazó una versión final del Contrato Grace.

Sin embargo, hacia abril de 1889, la opinión se había desplazado a favor de Grace.
La razón es que Grace había modificado su propuesta inicial, reduciendo la parte de
la deuda que sería pagada con los activos nacionales. Además, reclutó como
«amigos» a Pedro del Solar, el cercano colaborador político de Cáceres y receptor
de préstamos personales otorgados por el gerente de Grace en Lima; el líder
parlamentario Alejandro Arenas; y el ministro y fiscal José Araníbar.

La medida final que garantizó la aprobación del Contrato Grace en el Congreso fue
el decreto ejecutivo del 8 de abril de 1889.. Allí se convocó a elecciones especiales
para reemplazar a los diputados. Esta transgresión constitucional consolidó, dentro
del Congreso, a las fuerzas favorables al Contrato Grace.
El convenio desempeñó un papel importante en la recuperación financiera y
económica del Perú.

En 1890, poco después de la aprobación final del Contrato Grace, se formó la


Peruvian Corporation para reemplazar al Comité de Tenedores de Bonos
Extranjeros. La deuda impaga del Perú se canceló a cambio de los derechos
otorgados a sus antiguos acreedores mediante el Contrato Grace. Gracias a la
corrupción de los funcionarios peruanos, Grace y sus intereses en el Perú recibieron
grandes ganancias, pero el resto de accionistas de la Peruvian Corporation solo
obtuvo, dividendos sumamente modestos o prácticamente nulos en el largo plazo.

3. El legado de Califa

Nicolás de Piérola es un personaje histórico, su legado y obra han trascendido la


historia, de eso no hay duda. Sin embargo su figura arrastra una leyenda negra, con
diferentes trasfondos. Por ejemplo, la narrada por Jorge Basadre; quien enaltece su
figura, destacando sus logros y aciertos, junto a su enorme aporte en el ámbito
económico. Por otro lado, tenemos a lo narrado por Manuel Gonzales Prada; quien
detallaba sus errores históricos y plasmaba con su pluma un actuar diametralmente
opuesto a lo conocido contemporáneamente. Describiéndolo textualmente como un
«Conservador con inclinación clerical y dictatorial». Fanático de Napoleón III y
apodado "El Califa".

Gonzales Prada (apoyado en menor medida Clorinda Mato de Turner) fungió el rol
de narrador antagónico para Nicolás de Pierola. Pues, como su contemporáneo, vio
de primera mano los desaciertos y prácticas cuestionables del hoy prócer. Actitud
que podemos apreciar analizando el rol desempeñado durante diferentes procesos
en los que se vio involucrado Piérola.

El acontecido con Billinghurst por ejemplo Pues este era un aliado y sucesor
presidencial voceado por Piérola, sin embargo al no ser afín a sus políticas fue
abandonado por este, optando Piérola por su contendor: Eduardo López de
Romaña. Quien tenía mayor posibilidad de llegar al puesto. Sucesos como el
anterior revelan actitudes cuestionables, como la traición e inconsistencias de
Piérola. Rasgos altamente criticables y que develarían cómo era realmente esta
figura histórica.
La vía de pichis

Durante el gobierno de Piérola tuvieron lugar numerosos contratos, con mayor o


menor justificación de ser, no obstante uno a recalcar es el denominados "La vía de
Pichis"

Que consistía en una concesión de contratos para la construcción de una


carretera a la selva central, adjudicados al Estado y con un importante presupuesto
detrás. Atrajeron la atención de varios críticos y adeptos del gobierno, uno de ellos
González prada. Se sostenía que esta obra representa un gran medio de
corrupción y «gatuperios» del Estado, concertado con aliados civilistas y personas
afines al gobierno. Hipótesis que se sostuvo a través del tiempo.

4. Leguía y los civilistas


Los herederos de la organización política fundada por Manuel Pardo en 1860 fueron
capaces de derrotar a Pierola. A comienzos del siglo veinte, los civilistas estaban
liderados por una nueva generación de hombres como Manuel Candamo y José
Pardo, ocasionando un grado de modernización institucional. Sin embargo, los
civilistas han sido criticados desde entonces, asimismo, por ser parte de una élite
acaudalada y retrógrada, un pequeño grupo de propietarios urbanos e historiadores
han descrito este conglomerado socio político que dice haber gobernado como una
oligarquía, por lo menos a finales de 1870.
En su vieja cruzada Pierola recibió apoyo de la multitud que gritaba: ABAJO LA
ARGOLLA. A los civilistas también se les ha acusado de usar el poder del dinero
para comprar votos, arreglar elecciones y controlarlas, distorsionar la ley y marginar
a los líderes populares. Ellos formaron el partido de los inteligentes y pudientes pero
siempre fue atacado como aristocrático. Pero, en comparación con Piérola y
Cáceres, los gobiernos civilistas tuvieron niveles de corrupción marcadamente
inferiores hasta el ascenso de Leguía y la interferencia de militares protectores de
los intereses políticos de la élite.
Algunos casos de corrupción fueron hechos públicos durante el gobierno de
transición de López de Romaña. Quizá el más importante es en el que estuvo
involucrado el empresario arequipeño Mariano Belaúnde, cercano al presidente y al
ministro de Hacienda. Belaunde usó en 1899 letras de cambio de su propia
compañía para transferir a Europa fondos oficiales hasta por 500 mil francos para
comprar armas para el ejército peruano, pero los corresponsales europeos de
Belaúnde no aceptaron, causando escándalo político y financiero. El procedimiento
de Hacienda combinaba ilícitamente intereses privados y públicos, y Belaunde fue
acusado de malversación por imprudencia temeraria, lo arrestaron y confiscaron sus
medios con un extenso proceso judicial que terminó en 1904.
La fisura entre Piérola y López de Romaña se intensificó con las recompensas
hechas al general Cáceres en el exilio. Romaña le encargó a Cáceres la compra de
armas para el ejército en Francia. Supuestamente era seguro que parte de los
fondos puestos a su disposición sirvió como un soborno para que estuviera cómodo
en el exilio. Según un diplomático francés, López de Romaña se había rodeado de
caceristas a quienes les dio puestos militares importantes para contrarrestar a
Piérola.
Cáceres regresó al Perú para desempeñar un papel importante en las elecciones de
1903, habían fraudes y compra de votos por parte de los civilistas en Lima y
provincias. Manuel Candamo fue elegido presidente luego de establecer una alianza
con el militarista y cacerista Partido Constitucionalista.
El civilista Manuel Candamo fue escogido mandatario después de entablar una
unión estratégica con el militarista y cacerista Partido Constitucionalista. Por igual,
en 1905, el civilista José Pardo, escogido mandatario en las controversiales
elecciones que se organizaron tras la repentina muerte de Candamo, recompensó a
Cáceres por el respaldo prestado con una dadivosa representación diplomática
plenipotenciaria en Roma.
El mal manejo de las instituciones electorales era la primordial fuente de los partidos
que controlaban la maquinaria electoral. En 1902, durante la presidencia de López
de Romaña, se modificó la estructura política del comité Electoral Nacional, entidad
que a partir de la dación de la ley electoral de 1896 regulaba los asuntos electorales
del territorio.
En agosto de 1902, los congresistas demócratas trataron de influir en la renovación
del comité electoral enfrentándose al régimen y a los civilistas. Demócratas de
Piérola todavía conservaban la mayor parte en la Cámara de Diputados del comité
electoral y hermano del Califa. Con su renovación en 1902, a pesar de la airada
oposición y tacha de los demócratas, los civilistas obtuvieron la mayoría en la
composición de la junta electoral.
Graves debates alrededor de la estructura y representación del comité electoral y
sus elecciones continuaron dándose en cada una de las coyunturas electorales. En
la primera parte del siglo, tanto los civilistas como Billinghurst y Leguía fueron
acusados de cometer transgresiones electorales, en especial en 1903, 1904, 1908 y
1912. Piérola y sus seguidores, dichos cambios electorales impidieron realmente la
reelección del Califa.
La animosidad visceral en medio de las familias y equipos inmersos en la batalla
política produjo sonadas conspiraciones y actividades para matar o acometer
personas, como los ataques de los rencorosos Piérola contra los altivos Pardo, la
acción de turbas contra domicilios respetables, los sangrientos duelos de honor
respetables. Los mezquinos intereses particulares o de conjunto, concluyó un
diplomático francés, prevalecían sobre el interés público más extenso.
Pese a estas situaciones, Candamo y Pardo desarrollaron una estrategia financiera
común, diseñada por Augusto B. de Hacienda y primer ministro quien sirviera a los
dos gobiernos. Bajo la bandera de «orden y progreso», dichos 2 gobiernos se vieron
constreñidos por restricciones fiscales y de presupuesto, así como por el pánico
financiero universal de 1907, situaciones que en realidad limitaron el gasto público
expansivo que principalmente llevaba al adeudo externo y a la corrupción
administrativa.
La recuperación económica del país se intensificó, especialmente bajo el régimen
de Pardo. Por cierto, menos casos de corrupción fueron denunciados en el
Congreso. No obstante, Leguía presionaba cada vez más para que se aplicaran
nuevos impuestos al alcohol, la sacarosa y los fósforos con el propósito de
aumentar las rentas y justificar de esta forma un gasto público más grande,
fundamentalmente en las superficies de protección y creación de trenes. En
consecuencia, la deuda externa comenzó a crecer.
Otro amigo político sugirió a Leguía seguir el ejemplo de Billinghurst de elevar las
expectativas de los desposeídos con «esperanzas concretas de beneficio personal»
como el ofrecer puestos en consulados peruanos del extranjero. Este mismo
personaje maquiavélico también propuso encargarle a Julio EgoAguirre lanzase una
falsa campaña electoral para engañar a Pardo y permitir el regreso de Leguía al
Perú. Sin embargo, el coronel Gonzales advirtió a Leguía que el creciente apoyo a
su causa no era suficiente en el Perú, donde la «decadencia moral» era grande y no
podía confiarse demasiado en estos partidarios y asesores políticos que carecían de
«honestidad política»
La estrategia política de Leguía evolucionó hacia un plan secreto para regresar al
Perú, respaldado por el nuevo partido en formación, y exigir un gobierno provisional
y la convocatoria a una convención nacional, objetivos todos que serían apuntalados
por un levantamiento militar. La prematura rebelión de la guarnición de Ancón en
agosto de 1918 estuvo vinculada a las redes militares de Cáceres que apoyaban a
Leguía. Las condiciones para el retorno del expresidente coincidieron con el
lanzamiento de su campaña presidencial para las elecciones de 1919, en las cuales
salió vencedor. Pero su victoria electoral no bastaba para el aspirante a dictador.
Leguía llevó a cabo un golpe «sagaz» antes de la ceremonia de investidura,
argumentando haber descubierto una conspiración para impedirle asumir el mando
(cargo sobre el cual testigos extranjeros no encontraron evidencia alguna). El golpe
contó con un amplio respaldo militar que puso abrupto fin al relativamente honesto
gobierno de Pardo, el último del civilismo, y destrozó la oposición organizada,
iniciando así una nueva era de dictadura y corrupción.

5. ESCÁNDALOS DEL ONCENIO DE LEGUÍA

Para 1919, Leguía iniciaba el periodo conocido, posteriormente, como el “oncenio


de Leguía”. Su primera acción fue convocar a una asamblea constitucional para
reformar la constitución de 1860. La nueva constitución de 1920, significo un revés
para las débiles instituciones y normas de la democracia republicana peruana.

Otra de las acciones resaltantes, fue la destrucción de la dirigencia civilista mediante


encarcelamientos en la isla de San Lorenzo, con la excusa de combatir las
conspiraciones. La represión desatada contra todo opositor por el ministro de
Gobierno Germán Leguía y Martínez, primo del presidente, forzó una estabilidad
política beneficiosa para la dictadura.

La prensa, en algunos casos fue cerrada y puesta bajo amenaza de ser clausurada.
Esto provoco que medios como La Prensa (expropiado al exiliado Augusto Durand
en 1921) y el West Coast Leader, publicación en inglés sucesora del Peru To-Day,
alabasen los logros del gobierno, confundiendo así a la opinión pública nacional e
internacional.
Luego de desmantelar a los grupos opositores políticos y tener a la prensa de su
lado para desviar la opinión, Leguía pudo dedicarse a sus anchas a su querida
política de grandes obras públicas plagadas de corrupción y financiadas con un
masivo endeudamiento externo.

El difunto plan de la línea férrea a Ucayali se reemplazó con una nueva obsesión
por la urbanización, los proyectos de irrigación y la construcción de carreteras. Los
masivos préstamos de la banca estadounidense financiaron obras públicas
asignadas a contratistas norteamericanos: el monopolio de las obras urbanas y de
salubridad por la Foundation Company, la construcción de carreteras y puertos por
Snare & Co., y los proyectos públicos de irrigación (entre ellos, el gran proyecto de
Pampas Imperial en Cañete y de Olmos en Lambayeque, en los que Leguía tenía
sustanciales intereses) a cargo del ingeniero Charles W. Sutton.

Asimismo, para la celebración por el centenario de la independencia se acarrearon


gastos excesivos y derroche de fondos públicos a gran escala, no obstante, la caída
de los precios de las exportaciones en 1921. Se erigieron nuevos edificios públicos y
monumentos patrióticos. Para ganarse la buena fe de diversos intereses
extranjeros, el gobierno de Leguía le regaló a la embajada española un edificio que
valía 45.000 libras peruanas, contrató profesionales estadounidenses como
administradores públicos.

Estos préstamos, privilegios y monopolios causaron críticas por parte de otras


compañías y representantes extranjeros.

Del mismo modo, se otorgaron concesiones importantes a la Peruvian Corporation,


a la London & Pacific Petroleum Co. y a la British Marconi Wireless Co. para el
monopolio de los servicios locales de correo y telégrafo. Casi todos estos acuerdos
y contratos con empresas foráneas tuvieron resultados negativos.

El contrato con la Marconi fue objeto de una investigación parlamentaria por


ineficiencia y corrupción, debidas a los problemas causados por empleados nativos
quienes tenían un escenario perfecto para actos de corrupción.
La corrupción prevaleció en todo ámbito administrativo, el mal ejemplo fue dado por
los ministros y empleados públicos de alto rango, que llegaron a su cargo sin
riqueza personal y, en corto tiempo, aparecían amasando fortunas.

Los parientes cercanos y amigos de Leguía se encontraban en la cima de esta


cadena informal. Su primo Eulogio Romero, presidente del nuevo Banco de
Reserva, su yerno Pedro Larrañaga y su antiguo amigo político Miguel Echenique se
beneficiaron con el auge de la construcción como contratistas (Cía. de Autovías y
Pavimentos) y socios privilegiados del monopolio del cemento (la Cía. Portland
Peruana).

El economista estadounidense William W. Cumberland, a pedido de Leguía,


funcionario del Departamento de Estado de EE. UU, fue nombrado, en 1921, jefe de
la Administración de Aduanas y Presupuesto; y, en 1922, director del primer banco
central, el Banco de Reserva del Perú.

Cumberland descubrió que el gasto fiscal ascendía a aproximadamente el doble de


las rentas, lo cual ejercía fuerte presión para la devaluación de la moneda. Hacia la
segunda mitad de 1922, el gasto fiscal, mediante créditos especiales y
malversaciones, había generado un déficit inmanejable en casi todos los ministerios.

En la Administración de Aduanas, la corrupción proliferaba pues pocos eran los que


pagaban los aranceles como era debido y por tanto la cuestión era negociar el pago
con los funcionarios peruanos.

En 1923 Cumberland renunció como director del banco. Reveló después que Leguía
permitió a todos sus asociados aprovecharse de la corrupción a sus anchas, arruinó
las finanzas del Perú tan exhaustivamente como si él mismo hubiese sido el
corrupto.

La creciente falta de recursos fiscales obligaba a pagar los salarios de los


profesores de colegio con vales. Se hizo una costumbre intercambiar estos últimos
por dinero a través de la mediación política de congresistas que cobraban una
comisión del 25 por ciento.
Según el funcionario estadounidense, esta confabulación era una de las mayores
fuentes de corrupción en Perú y una de las principales motivaciones para ser
senador o diputado. Cada uno cobraba una parte sustancial de los salarios de los
profesores de su distrito.

Sin embargo, Juan Leguía Swayne, el más joven de los hijos del presidente, superó
a todos los demás asociados cercanos a Leguía en el cobro de comisiones y
sobornos por diversos tratos oficiales, especialmente en la contratación de
préstamos extranjeros y compra de equipos militares, navales y aviones de guerra.

Augusto B. Leguía había recompensado a los oficiales militares y navales


ascendiéndolos de grado. El viejo general Cáceres, un influyente partidario de la
aventura dictatorial de Leguía, fue glorificado y ascendido al rango máximo y
exaltado de mariscal.

Juan Leguía ostentaba el rango de coronel y el cargo oficial de inspector en jefe de


la Aviación Naval y Militar. Juan Leguía viajaba frecuentemente a los Estados
Unidos, donde en una oportunidad lanzó acusaciones alarmantes contra los
asesores militares franceses y alemanes en el Perú, y brindó su apoyo a las
misiones naval y militar estadounidenses.

Un pilar fundamental de los abusos de Leguía fue el respaldo inquebrantable de


bancos, corporaciones e, incluso, diplomáticos estadounidenses. La amistad y el
respaldo de estos representantes llegó incluso a hacerlos declarar que Leguía era
uno de los hombres más notables del hemisferio occidental, un “gigante del
Pacífico” digno de un premio Nobel.

El arreglo de las disputas limítrofes con Chile y Colombia a través de tratados


mediados por Estados Unidos consolidó la posición internacional de Leguía. Sin
embargo, la oposición doméstica a estos tratados internacionales le causó
problemas políticos internos muy serios. Es el caso del senador Julio C. Arana,
antiguo aliado político que buscaba una compensación privada por sus tierras
cedidas a Colombia en el territorio cauchero del Putumayo. También, la reacción de
descontento militar por la entrega de Arica a Chile.
La campaña de reelección de 1929, justificada mediante una enmienda
constitucional previa, en medio de una situación económica internacional y nacional
en deterioro, selló el destino político de Leguía.

El 22 de agosto de 1930, un levantamiento militar en Arequipa, liderado por el


comandante Luis M. Sánchez Cerro, desató la caída de Leguía. En medio de la
inestabilidad, Leguía se vio forzado a renunciar tres días más tarde a favor de una
junta militar.

Posteriormente, Leguía y su hijo Juan fueron encarcelados, por órdenes de Sánchez


Cerro, en el penal de la isla de San Lorenzo a donde Leguía había enviado a
innumerables presos políticos. Padre e hijo fueron posteriormente juzgados por los
más graves cargos de corrupción hasta ese entonces presentados contra un
presidente, su familia y sus cómplices.

6. Sanciones ineptas

Como postulado central para llegar al poder, el nuevo sistema militar encabezado
por Sánchez Cerro prometió castigar la corrupción del difunto régimen y elevar los
principios morales de la gestión pública. Luego de dichos sensacionales juicios y
publicidad, la mayor parte de las ex autoridades ligadas a la corrupción fueron
calladamente exoneradas, castigadas levemente o, inclusive, certificadas como
inocentes. Estas apreciaciones concuerdan, en cierta medida, con varias variantes
periodísticas extranjeras del instante que sostenían que Leguía era causante de
ambición política anteriormente de corrupción, aun cuando le habría sido difícil
desconocer «que sus hijos, familiares y amigos recibían millones en comisiones y
ganancias derivadas de los préstamos extranjeros y contratos de obras públicas».
Dichos argumentos resonaron en la protección póstuma que Leguía en teoría habría
realizado de uno mismo, en la cual sostuvo no ser responsable por la corrupción de
otros durante su régimen.

Pese a la ineptitud del Tribunal de Sanción Nacional, la información que este


produjo es preciada para rastrear los mecanismos de corrupción y sus secuelas en
el Oncenio tardío. Quedó claro que el ímpetu modernizador de Leguía poseía como
base el gasto en obras públicas que no podían describir el crecimiento exponencial
de la deuda pública. Era la corrupción y la incompetencia las que habían elevado los
precios de obras y contratos hasta el doble de su costo real. Al finalizar sus
ocupaciones en abril de 1931, el Tribunal concentró las subjetivamente escasas
condenas probadas en Leguía y su círculo íntimo de familiares y secuaces.

Un estudio más descriptivo de la documentación original del Tribunal ilumina mejor


los escándalos de corrupción del Oncenio. La corrupción había infiltrado casi todos
los puntos del sector público y de la vida empresarial privada. En pueblos y
localidades reinaba la malversación de los impuestos municipales y la corrupción de
inescrupulosos contratistas urbanos. Bontá denunció actos ilegales por diversos
gobiernos de Perú y extranjeros que ayudaron con Leguía en un sistema encubierto
de malversación de fondos, que fueron invertidos en bolsas extranjeras y usados en
las campañas para reelegir al dictador.

Según Bontá, Leguía financió además sus campañas políticas por medio de un
producido proyecto que ligaba sus negocios privados, manejados por agentes
pagados con fondos públicos.

7. Legados duraderos

El Tribunal de Sanción Nacional difundió información clave para investigación, a


través de prensa local y para uso extranjero (senadores estadounidenses). En estas
circunstancias, “…en las audiencias del comité de finanzas del Senado
estadounidense en enero de 1932 se cuestionaron varias emisiones de bonos de
préstamos al Perú por hasta 106 millones de dólares en 1927 y 1928, negociadas
por banqueros de Nueva York”. Deudas que no habían sido pagadas desde abril de
1931, por el sobreendeudamiento, por gasto en obras públicas caras e
improductivas, y el declive económico en el Perú agravado por la Gran Depresión.
(Quiroz, 2013, p. 310)

Al ser confrontados sobre la información dispuesta, Frederick Strauss y Henry


Breck, “banqueros y jefes de “J. W. Seligman & Co.”, dieron a conocer que se
habían pagado comisiones de 0,5 a 0,75 por ciento del valor nominal total de los
préstamos peruanos, para facilitar la aprobación de los mismos. Además, el
beneficiario era Juan Leguía, hijo del depuesto dictador.
Justificándose, los banqueros de Seligman afirmaron que este negocio y sus
condiciones habían llegado por intermedio de F. J. Lisman & Co. y que inicialmente
desconocían la identidad del beneficiario. En el interrogatorio, revelaron que habían
abierto una cuenta corriente a nombre de Juan Leguía para el depósito de las
“comisiones”, con el cual se daba la gran vida. Por otra parte, mencionaron que en
países latinoamericanos era común el pago de “comisiones” para la aprobación de
un contrato.

En 1934 el Senado de Estados Unidos investigaba el negocio de municiones de


guerra, había sospechas de lucro con estas en el extranjero. Con ese fin, se
interrogó a Henry Carse y Lawrence Spear, presidente y vicepresidente de la
Electric Boat Company. Esta compañía había tomado parte en las negociaciones
para la venta de submarinos al gobierno de Leguía, y los fondos para dicha compra
se obtuvieron mediante un incremento de la deuda externa y de la emisión de bonos
de deuda interna.

La Electric Boat contaba con los servicios de un oficial naval peruano, Luis Aubry,
quien promovió la venta de submarinos, recibiendo una “comisión” de 3 por ciento
de las ventas, además de negociar las “comisiones locales” a tres funcionarios
claves en Perú. Entre 1924 y 1926, la marina peruana adquirió cuatro submarinos
de la Electric Boat. Además, los ejecutivos de la compañía autorizaron a Aubry a
pagar a funcionarios peruanos una “comisión” por el negocio.

Entre 1927 y 1929, otro contrato frustrado para la venta de dos submarinos incluyó
una promesa de pago a Juan Leguía, Aubry y otros dos funcionarios. Cuando se les
preguntó si consideraban que la corrupción y el soborno eran la base de sus
negocios en Sudámerica, Spear sostuvo que lo que era considerado “soborno” en
Estados Unidos, en América del Sur no era así. Esta transacción era más bien una
práctica general.

Todas estas investigaciones causaron solo un escándalo público en el Perú, debido


a que no se logró generar una reforma institucional efectiva. De la misma manera,
estos actos se acentúan también en la época fujimorista.
La recuperación de la posguerra del Pacífico y la modernización, se caracterizaron
por los muchos mecanismos de corrupción. Los escasos recursos fiscales y crédito
externo limitaron el crecimiento de estas formas de corrupción heredadas. Pero, el
soborno fue sumamente importante para la aprobación del acuerdo financiero
estratégico alcanzado con los acreedores extranjeros en 1889.

Cuando Piérola asume la presidencia en 1895, los cambios en las estructuras


económicas e institucionales dieron contrapesos “al viejo estilo caudillista de
corrupción y patronazgo político”. Las fuerzas armadas fueron reestructuradas y
profesionalizadas, los grupos económicos favorecieron derechos de propiedad más
claros. Los gastos presupuestarios y las obras públicas fueron limitados, mientras
que los sistemas político y electoral fueron reordenados.

Estas limitaciones impuestas a la corrupción, perduraron en el periodo 1899-1919,


aunque con algunas interrupciones importantes. Como el movimiento insurreccional
pierolista, con políticos de talla de Leguía y Billinghurst; y, por el otro, el golpe del
coronel Benavides de 1914. Este último, al proteger los intereses de la élite
contribuyó a la participación de militares, perjudicando las pretensiones civilistas de
legitimidad electoral. En un contexto en que los partidos populares se debilitaban, el
“patronazgo” continuó recabando respaldo en ambiciosos líderes políticos para
alcanzar el poder y retenerlo. Entonces, con recursos fiscales limitados y bajos
salarios de los empleados públicos, la corrupción se propagó en todos los niveles
administrativos del estado peruano.

Este patrón persiste en el siglo XX. Sin embargo, la evolución de las elecciones
políticas, le complicó la vida a las redes de patronazgo. La competencia por el
control del sistema electoral dejó una huella en las percepciones populares de la
corrupción, reduciendo su “umbral de tolerancia” acostumbrado. De igual manera, el
financiamiento de partidos políticos, dependía menos de contribuyentes extranjeros,
y más de empresas nacionales y extranjeras interesadas en lograr un entorno de
estabilidad política para la inversión directa local.

La prensa alcanzó un mayor grado de libertad, a pesar de intentos de controlarla y


manipularla por parte de gobiernos autoritarios. Todos estos avances, fueron
revertidos durante el Oncenio de Leguía. La corrupción incontrolada empeñaba
todas las instituciones claves y los medios. Agudizando en problemas económicos
que afectan a nuestra nación.

El promedio estimado anual de los costos de la corrupción en la década de 1920


sumaba seis veces el del periodo de 1910-1919 y quince veces el del periodo 1900-
1909. Esto porcentualmente como un gasto gubernamental va de la siguiente
manera; entre 1900-1909 fue de 25 por ciento, el periodo 1910-1919 alrededor de
28 por ciento, el del período 1920-1929 alcanzó 72 por ciento. El costo de la
corrupción se incrementó como porcentaje del PBI hasta un 3,8 por ciento, en
comparación con el 1 y 1,1 por ciento de las dos décadas anteriores,
respectivamente. “El Oncenio de Leguía fue claramente el más corrupto de la era de
la modernización y compite con los niveles de corrupción alcanzados posteriormente
por los regímenes de las décadas de 1970 y 1990”. (Quiroz, 2013, p. 314)

El intento de Leguía de reelección en 1930 superó el límite de tolerancia del pueblo


y desencadenó un levantamiento militar que prometió poner fin a la corrupción
incontrolada. Con el fin de legitimar, el nuevo régimen militar impuso un tribunal de
sanciones para castigar a exfuncionarios y captar el respaldo del pueblo. Pero, sus
cuestionados procedimientos y naturaleza inconstitucional la estropearon.
“Entonces, una nueva era de actores políticos populares y populistas había
comenzado. Durante ella, nuevos mecanismos de corrupción se enlazaron con
viejos legados”. (Quiroz, 2013, p. 314)

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