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TOMO I

La Iniciación de la república: contribución al estudio de la evolución política y social del Perú

NOTA A LA PRESENTE EDICIÓN

Para esta segunda edición se corrigieron las evidentes erratas realizadas por la Librería Francesa Científica y
Casa Editorial F.y E. Rosay en 1929-30. La “Fe de erratas” de dicha edición, inserta en la página 459 del tomo
I por el propio Basadre, se ha incluido en el texto. Asimismo, para comodidad del lector, se ha modernizado
la puntuación, mas no se sustituyeron algunas palabras caídas en desuso ni tampoco los anglicismos o
galicicismos usados por el historiador
El apéndice a la presente edición muestra el Acta de Grado de la sustentación de la tesis de Jorge Basadre en
la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la UNMSM. El título de esta tesis sustentada el 27 de diciembre
de 1927 para optar el grado de doctor en Filosofía, Historia y Letras fue: “Contribución a la Historia de la
Evolución Social y Política del Perú durante la República”.
Por este hallazgo agradecemos a la Sra. Eda Pratto, de la Escuela de Literatura, asi´como al decano Dr. Cesar
Krüger por darnos las facilidades para reproducir el documento.
Las notas han sido numeradas consecutivamente para una referencia más fácil. Igualmente, se ha elaborado
un índice de nombres, al cual se hace referencia en la primera edición y que no aparece en ninguno de los
dos tomos.
Asimismo, incluimos una bibliografía que no pretende ser exhaustiva; pero sí dar cuenta de los libros de
Jorge Basadre que se encuentran en al Bilbioteca Central de San Marcos, en la Ciudad Universitaria, tanto en
la Sala de Lectura como en el Fondo Reservado.
Finalmente, agradecemos también al Dr. Manuel Valladares, Jefe de la Oficina General del Sistema de
Bibliotecas y Biblioteca Central de la UNMSM, por facilitar las primeras ediciones así como apoyar en la
captura de texto. Igualmente las gracias a la Sra. Gloria Samamé de la Biblioteca Central.

Los editores
PRESENTACIÓN

El 2003 es el año del centenario del nacimiento de don Jorge Basadre Grohmann, nuestro indiscutido
Historiador de la República, y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos ha considerado justo, necesario
y trascendente rendirle un homenaje significativo de acuerdo al valor de su obra historiográfica y a la
nobleza de su persona. Escribió, desde su ingreso a San Marcos en 1919, sobre muy diversos temas y animó,
junto a otros integrantes de su generación, el conocido Conversatorio Universitario el cual reunió y —de
alguna manera— organizó a la denominada Generación del Centenario. En 1928 comenzó su carrera
docente en San Marcos como profesor del curso “Historia del Perú–curso monográfico” y continuó hasta
1954, fecha en la cual se alejó de nuestras aulas para ocupar cargos públicos y dedicarse íntegramente a la
investigación en la soledad de su gabinete personal.
Se interesó, como lo indiqué, en una multiplicidad de temas, periodos, problemas del proceso histórico
peruano y de la naturaleza del conocimiento histórico; pero desde muy temprano su interés se fijó en un
gran tema: la República. Así, entre los años 1929 y 1930 publicó los dos tomos de La Iniciación de la
República que ahora entregamos nuevamente a los lectores y que es la obra germinal de su Historia de la
República. En el primer tomo estudia el periodo comprendido entre 1821 y 1834; en el segundo analiza el
tema de la Confederación Peruano–Boliviana. Es su libro de juventud donde ya muestra la fuerza, el talento
y esa enorme capacidad de síntesis que caracteriza su obra. Don Jorge Basadre siempre sintió que su Historia
de la República no desarrolló este libro y por eso, en 1973, en las Conversaciones… con Pablo Macera (Lima,
1974), decía: “Ahora, ese libro tan trabajado necesitaría muchas ampliaciones”. Por ello consideramos
justificada esta segunda edición. También debo agregar que el Consejo Universitario de nuestra universidad,
en sesiones sucesivas y por unanimidad, autorizó desarrollar las siguientes actividades para rendirle un justo
homenaje: a) organizar —a través de una comisión especial— conferencias, coloquios o seminarios para
analizar su obra; b) reeditar algunas de sus obras fundamentales de escasa circulación; y, c) designar a la
nueva sede administrativa central de nuestra universidad con su nombre en señal de gratitud y
reconocimiento por su obra, su trayectoria personal y por los años que dedicó a San Marcos.
Pero además, a través de estas tres actividades, queremos que el Perú lo recuerde, lo recupere, lo estudie, lo
analice y discuta su sorprendente actualidad como constructor y descifrador de la anhelada nación peruana.
Consideramos que su obra tiene una gran actualidad, por eso queremos que nuestros jóvenes profesores
abran las páginas de sus obras y descubran su mensaje de compromiso con una patria en crisis. Finalmente,
creo que este ejercicio intelectual será necesario porque necesitamos nuevas reflexiones históricas;
necesitamos abrir la actualidad a una mejor comprensión del pasado. Por eso me parece oportuno terminar
esta reflexión con palabras de Pablo Macera, que en la introducción del libro Conversaciones con Jorge
Basadre dice: “…de esta sociedad eruptiva, de nuestros ‘tiempos revueltos’ saldrá, sin duda, una nueva
historia del Perú. Basadre lo sabe y espera el día de su relevo, que también será el relevo de muchos de
nosotros. Pero puede estar seguro de no haber trabajado en vano” (p. 29). Para no trabajar en vano, para
pensar al Perú como problema y posibilidad, como realidad que podemos transformar a través de la noción
de comunidad nacional, invitamos a una nueva lectura de su obra. Quizá esta lectura nos enseñe a mirar con
mayor inteligencia el presente, a asumir colectivamente las dificultades, a entender el escenario
contemporáneo y nos ayude, por la fuerza de su generosidad y esperanza en nuestro destino, a identificar
los problemas del presente y a encontrar la clave del futuro para el Perú.

Lima, 5 de diciembre de 2002

Manuel Burga Díaz


Rector de la UNMSM
JORGE BASADRE:
EL ENSAYO COMO ESTRATEGIA

Gustavo Montoya1

Así como las sociedades, las biografías también tienen sus periodos. La Iniciación de la República
(1929/1930), corresponde a la primera etapa de la biografía intelectual de Jorge Basadre; algunos
historiadores, aludiendo a esta época, han escrito sobre el “joven” Basadre. Lo cierto es que estamos frente
a su primera obra de envergadura; una suerte de síntesis que luego habría de convertirse en el plan general
de su Historia de la República del Perú. Interesa preguntarse por las circunstancias que rodearon la
elaboración de esta obra, el ambiente intelectual de la época, el fondo de sensibilidad social, la tradición
académica de la que fue parte o, quizá, como veremos más adelante, la inauguración de un horizonte
historiográfico radicalmente inédito.
Lo primero que salta a la vista es que Basadre se formó como historiador durante el Oncenio; en efecto, la
época de la “patria nueva” se sitúa entre dos crisis: entre el ocaso de la República Aristocrática y la crisis que
antecedió a la caída de Leguía. Pero, además, aquella fue una coyuntura de movilizaciones sociales si se
tiene en cuenta que en 1918 se produjeron intensas protestas, marchas callejeras y huelgas cuyo punto
culminante fue la Ley de las Ocho Horas promulgada en el gobierno de José Pardo. También es la época de la
primera Reforma Universitaria, habiendo sido Basadre delegado de San Marcos a los 16 años en el Congreso
de Estudiantes realizado en el Cuzco. Durante esos agitados años habrían de gestarse también buena parte
de las principales obras que sentarían las bases del horizonte ideológico del corto siglo xx; me refiero a obras
tan importantes como los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), de José Carlos
Mariátegui; el aprismo con Haya de lamiento indigenista con Tempestad en los Andes (1927) de Valcárcel; el
anarquismo de Gonzales Prada; la emergencia de las provincias y el intenso debate sobre la regionalización y
el centralismo, con autores tan valiosos como Hildebrando Castro Pozo, Emilio Romero, José Antonio
Encinas, Uriel García, Julio C. Tello… y la enumeración podría continuar.
Basadre inicia su obra dentro de una generación que estuvo marcada por importantes fenómenos políticos,
sociales e ideológicos producidos en la escena internacional y nacional. El triunfo de la Revolución Rusa,
antes la Revolución Mejicana, la primera Guerra Mundial, la Reforma Universitaria iniciada en Córdoba y el
Centenario de la Independencia. Todos estos fenómenos serían decisivos no sólo para su obra, sino aun para
definir el inicial entusiasmo que mostró por el socialismo.
¿Sobre qué tipo de herencia historiográfica empezó Basadre a ejercer su oficio de historiador? ¿Cuáles
fueron los métodos, las obras y las narrativas dominantes? Interesa esto para delinear las rupturas y las
continuidades que marcaron el paso de su generación, para esclarecer e identificar el ambiente intelectual
que le antecedía y saber finalmente la actitud que asumieron los intelectuales.
Luego de la Independencia y hasta el final de la Guerra del Pacífico, lo que tenemos es un escenario
historiográfico en el que predominó la narración de acontecimientos. Y si hemos de mencionar a sus
protagonistas habría que nombrar a Mariano Felipe Paz Soldán, Sebastián Lorente, Mendiburu, Bilbao,
Santiago Távara, Odriozola, Gonzales de la Rosa, Nemesio Vargas, José Toribio Polo y, en una sección aparte,
a Ricardo Palma. Veamos rápidamente y en líneas generales algunas de sus características. Para empezar,
ninguno de ellos produjo una síntesis del proceso histórico peruano; no tendrían por qué haberlo hecho.
El Perú, como entidad colectiva, apenas si estaba en la agenda ideológica e intelectual de aquella época. De
esta manera lo que tenemos son —salvo los trabajos de Paz Soldán, Nemesio Vargas y de Sebastián Lorente
— un conjunto de publicaciones en las que se incluyen diccionarios como el de Mendiburu, fuentes
documentales como la de Odriozola —ambos ex militares de las guerras de la Independencia— y trabajos
eruditos como los de Toribio Polo y Gonzales de la Rosa. Esta histo-riografía, además de traducir y condensar
el imaginario ideológico y las tensiones culturales de esta época, también permite explicar la lenta pero
dificultosa construcción del Estado republicano, la belicosidad de los pueblos, las soberanías en conflicto, el
protagonismo de los caudillos, la ural, mestizo e icontinua
La siguiente corriente historiográfica la constituyó la llamada generación del 900, aquellos intelectuales
inicialmente orgánicos y luego críticos del periodo de la República Aristocrática. Los nombres que destacan
son definitivamente los de José de la Riva-Agüero y Francisco García Calderón, ambos provenientes de la
oligarquía peruana y con una sólida formación académica. A este respecto, resulta ejemplar el
desgarramiento interno que padecieran durante la época de su mayor capacidad intelectual y, precisamente
por ello, su abierto cuestionamiento al grupo social al que pertenecían. La obra de este grupo generacional
se puede definir como el primer intento de proporcionar imágenes sintéticas del proceso histórico peruano.
Riva-Agüero sorprendió a su tiempo con esa impecable tesis que es La historia en el Perú (1910) y en la que
hace un generoso derroche de erudición, crítica y amplitud de perspectiva histórica; es, citando a Manuel
Valladares, el Riva-Agüero demócrata y liberal. El Perú Contemporáneo (1907) de García Calderón puede ser
considerada con justeza como la primera síntesis del proceso histórico del país en dónde, además, el autor
propone un proyecto de modernización alternativo.
Y fue sobre aquella herencia y aquel escenario que Basadre fue gestando su obra, al interior de la tensión
social y la encrucijada histórica que significó el propio ambiente de su época; periodos de tránsito y de
rupturas acicateados por la Reforma Universitaria, las movilizaciones populares y la insurgencia de las
provincias. En una palabra, las expectativas que generó el proyecto de “patria nueva” y de modernización del
Oncenio leguiísta.
Como señalé líneas arriba, La Iniciación de la República fue una suerte de plan general que desarrolló luego
en su monumental Historia de la República del Perú, verdadero ensayo general de una obra que a través del
tiempo se convirtió en la referencia obligada de cualquier otro texto sobre este periodo.
Para conocer el sustento teórico de esta inaugural obra de Basadre tenemos a la mano sus propias
certidumbres sobre el método que escogió, las perspectivas teóricas que le fueron inherentes y la estrategia
intelectual que habría de inaugurar. En efecto, en la “Explicación inicial” del primer tomo, señala:
El plan seguido no es un plan meramente cronológico. Si bien éste tiene la ventaja de la visión de conjunto,
permite en cambio que se esfume, se rompa o se parcele el concepto de las tendencias. He buscado, pues,
un método que me atrevería a llamar cíclico a base de un conjunto de monografías separadas que
ocultamente se hallan unidas. La lectura de la obra en su totalidad puede dar la visión de conjunto y, al
mismo tiempo, la lectura de cada sección, llamada “libro”, o de cada capítulo puede marcar la trayectoria de
una clase social, de una tendencia doctrinaria o de una individualidad descollante.2
Aquí aparece formulada la estrategia intelectual y el método historiográfico que habría de seguir Basadre en
sus futuros trabajos, sobre todo en su monumental Historia de la República del Perú, fundando un modelo
de investigación que se corresponda con el programa historio-gráfico de su tiempo, con la generación de la
que formaba parte y con su proyecto individual.
Estas consideraciones tienen mayor sentido si se toma en cuenta que Basadre trataba de proporcionar una
visión total del Perú republicano. Esta certidumbre, común a su generación, también debe ser comprendida
en el caso particular de Basadre como una respuesta al ambiente político generado por el Centenario de la
Independencia y, desde este punto de vista, una propuesta alternativa a las imágenes fragmentadas
elaboradas hasta entonces; pero, sobre todo, la necesidad de razonar los acontecimientos y superar el tono
de condena que prevalecía sobre la República a propósito de la Guerra del Pacífico y en abierta polémica con
la prédica y el magisterio de Manuel González Prada.
En suma, construir una nueva imagen del Perú que se corresponda con las exigencias de un país en el que se
había producido importantes cambios, en el que ingresaban a la escena política y social nuevos actores
colectivos. En este punto radica la importancia de la obra de Jorge Basadre: establecer un diálogo con su
tiempo, dar respuestas afirmativas y elaborar un programa de vida en el que su biografía terminó
confundiéndose con la biografía de la sociedad y del tiempo que quiso retratar.
No deja de llamar la atención el descomunal proyecto que Basadre se impuso: establecer una periodización,
utilizar nuevas fuentes, contemporizar el razonamiento histórico, formular nuevas preguntas al pasado,
pero, sobre todo, la actitud e intuición moderna de utilizar el conocimiento histórico para explicar el
presente. Basadre inaugura de este modo, una radical manera de ejercer el oficio de historiador en el Perú. Y
es por efecto de este programa de investigación que uno puede comprender la hegemonía que esta
generación tuviera, a lo largo del “corto” siglo xx.
En el segundo tomo de La Iniciación de la República (1930), Basadre volverá sobre el método elegido y sus
certidumbres teóricas; al respecto señala:
Se necesita ver primero cómo fueron en realidad las cosas y qué hicieron los hombres para luego trazar las
coordenadas integrales de la época. En el Perú, sobre todo, no es posible en asuntos de estudio limitarse a
ser arquitecto y dibujante de la obra que se construye; hay que descender hasta ser picapedrero y albañil.
No es en este caso culpa del autor, por lo demás, si su labor, por exigencias de la labor misma, tiene que
parcelarse en más de dos volúmenes.3
Lo que aquí subyace es la exigencia de ejercitarse en la crítica de las fuentes, razonar los hechos y vincularlos
con sus protagonistas, situarlos en su contexto y darle un rostro humano al acontecer histórico: la compleja
confluencia entre el hecho histórico, el acontecimiento y la estructura.
Otro elemento que ya aparece y que luego sería desarrollado es el tema de la imaginación histórica,
rondando los predios de la literatura. Aquí la exigencia es hacer inteligible la historia, dotarle del
imprescindible tono de vivacidad y dinamismo, retratar el movimiento:
[…] el relato procura estar aquí acompañado por un propósito de claridad y de método en el enunciado, así
como de ubicación y de análisis de los acontecimientos mismos incluyendo algunos atisbos sicológicos, todo
dentro de una rígida sujeción al testimonio de las fuentes históricas. Por ello, inclusive, pierde la obra
vivacidad y amenidad. Intentando algunos sketch’s donde la imaginación quiere pintar escenas que si no son
la verdad estricta son mentiras que tienen todos los elementos de la verdad…4
Este aspecto se entiende mejor si consideramos que Basadre publicó un año antes, en 1928, Equivocaciones,
ensayo sobre literatura penúltima; en realidad, el interés que Basadre tuvo por la literatura nunca habría de
abandonarlo.
Existe un tercer elemento tempranamente advertido por Basadre y que tiene que ver con las distancias que
guardó del culto a la erudición, esa suerte de “diálogo” con los muertos, la historia como ucronía:
Tampoco campea aquí, sin embargo, el eruditismo escueto. No se trata de acumular y acumular datos en un
afán de trapero; se trata de bucearen los documentos auténticos y sacar de ellos lo más importante y
esencial. Menos se trata de encontrar en los papeles viejos una especie de droga para no vivir. El plan capital
con que esta obra ha sido concebida entraña, precisamente, lo opuesto: lejos de todo afán de exaltar o de
denigrar, de todo prejuicio o superstición sea de familia, de persona, de clase, de secta o de doctrina sólo
con el propósito de conocer cómo se ha formado y cómo ha vivido el Perú.5
“Conocer cómo se ha formado y cómo ha vivido el Perú”; no existe quizá una definición más acabada para
graficar la preocupación común de la generación a la que Basadre perteneció; dar cuenta desde el
conocimiento histórico por qué el Perú era de ese modo y no de otra manera; comprender, explicar,
reflexionar y alejarse de los juicios, las condenas y sentencias tan comunes en su época, sobre todo por
efecto de la terrible frustración que fue la derrota del Perú en la Guerra del Pacífico y por la insatisfacción
que para estos jóvenes, mayoritariamente provenientes de las clases medias de provincia, significó la
República Aristocrática y la incertidumbre con que se anunciaba la liquidación del Oncenio.
Pero hay algo más, en su temprana época de historiador, ya Basadre fue configurando en su conciencia y
luego incorporando a su vasta obra, su apuesta por la utilidad política de la historia. En efecto, historia,
nación y Estado serían para Basadre las columnas que podrían forjar la nacionalidad peruana. Años después
afirmaría categórico: “Organizar el Estado sobre la Nación: he ahí el ideal”.6 Y esa es una de las ideas fuerza
que articulan y vertebran Elecciones y centralismo en el Perú (apuntes para un esquema teórico). Y en otro
texto sobre este mismo tema:
Y dentro del espíritu de investigación de la verdad que ignoran y encharcan los que preguntan qué resultado
práctico se obtiene con tan inútiles pesquisas, cuando el noventa por ciento de la orientación científica,
incluso la de las ciencias antropológicas con las que este ensayo tiene alguna semejanza, tampoco produce
rebultados materiales. En cuanto a la historia patria, baste decir que su inmenso valor tiene, entre otras
causas, la de que frente a nuestra multiplicidad racial y a nuestra heterogeneidad geográfica es, junto con el
Porvenir, lo único que tenemos de común como nacionalidad.7
Esta manera de plantear el sentido práctico del oficio de historiador sitúa a Basadre entre los intelectuales
que realizan una lectura de la historia desde el futuro; podemos no estar de acuerdo con este postulado, por
encima de las propias atingencias de las que él era consciente, la multiplicidad racial, la diversidad
geográfica, la multiculturalidad y el plurilingüismo. Pero este es precisamente el valor que tiene su
enunciado: el de proporcionar alternativas, proponer soluciones, afirmar; o, como lo expresara Flores
Galindo en un breve artículo en homenaje a Basadre, su “terca apuesta por el sí”. Pero, además, esta actitud
tiene que ver con otro tema común a los historiadores: se trata del compromiso personal y privado entre el
historiador y su oficio, el fuero individual en el que muchas veces se definen los temas, las orientaciones, los
silencios o apologías. Este es su testimonio: “A la larga, lo que importa en la vida y en la obra es ser uno leal
consigo mismo, proceder de acuerdo con el fondo insobornable que todos llevamos adentro”.8
Paralelamente a la publicación de La Iniciación de la República, Basadre participó de un célebre acto
académico en San Marcos: pronunció el discurso de orden por la apertura del año académico en 1929. En
esa oportunidad, y ante la presencia de Leguía, Basadre desarrolló otra de las vertientes básicas de su obra.
Sintomáticamente el título de su discurso que luego se convirtió en libro fue La multitud, la ciudad y el
campo en la historia del Perú (1929). En efecto, otra de las características de este libro, fue la de incorporar y
concebir a las multitudes y a las clases populares como actores políticos y sociales esenciales en la historia.
Que esta preocupación lo acompañó toda su vida, se puede comprobar con este pasaje de su libro El azar en
la historia (1973), texto escrito cincuenta años después, con motivo de la polémica que estableció a
propósito de la Independencia del Perú:
Aquella historia de la gente de abajo, si es auténticamente efectuada, conduce a las estructuras mismas de
las sociedades y a lo más hondo de las conciencias, aunque los movimientos mismos se interrumpan […]
surge entonces en realidad, un desafío pleno a los hombres y a los grupos dominantes y la finalidad que los
alienta es, aunque se disimulara, durante un tiempo más o menos breve o más o menos largo, arrebatarles
el poder.9
Al comienzo de este ensayo había señalado que La Iniciación de la República fue el ensayo general de lo que
posteriormente desarrolló en su monumental Historia de la República del Perú. De hecho, el proyecto inicial
comprendía un tercer volumen que debía salir de inmediato y “otros más”. He aquí su testimonio:
Queda ahora para un volumen que será publicado inmediatamente después, el análisis de las tendencias
doctrinales, de la acción de las clases sociales y del factor geográfico-económico, en los años comprendidos
entre este tomo y el primero. Si la vida no lo impide, en otros volúmenes —ya de distinto título— será
continuado con los sucesos posteriores a la Restauración el plan ya enunciado. Dentro del espíritu de la
historiografía clásica, lo que el presente tomo concluye sería suficiente; pero en los tiempos actuales en que
hay tanto interés por el factor social y económico y por la confrontación ideológica ello no basta.10

¿Por qué se interrumpió este proyecto? La respuesta está en las circunstancias políticas de la época y en la
actitud que Basadre tomó. El año 1930 cae Leguía, la Universidad es recesada y la mayoría de intelectuales
progresistas de la época toman rumbos diferentes. Unos optan por la militancia política y se adhieren al
aprismo y al comunismo como proyectos radicales para transformar el país, no muy pocos se incorporan al
régimen de Sánchez Cerro, algunos ensayan una vía alternativa e independiente. Entre estos últimos se
encuentra Basadre. Finalmente opta por salir del país. Entonces visita Estados Unidos de Norteamérica,
Alemania y España, países en los que conoce y se acerca a las corrientes historiográficas de la época.

En Alemania conoce la dramática experiencia de la República de Weimar, asiste al ascenso del nazismo y la
agitación social por efecto de las movilizaciones, presencia ceremonias del nacional-socialismo; pero es
mejor dar paso a su propio testimonio para conocer su experiencia en Berlín:

Casas modernistas, a veces sin techo, en los barrios nuevos. Pinos. Lagos. Arena. Nudismo. Baños de sol. A
este símbolo de la enorme riqueza del universo en contraste con la miseria humana, miles de jóvenes de
entonces le rendían un culto fervoroso. Muchachos que, a veces, tenían algo de jovencitas, y niñas con cierta
apariencia viril. Agrias discusiones políticas surgidas de pronto en cualquier lugar. Mendigos que insultaban
cuando no se les daba limosna. Uniformados vendedores de periódicos. Innumerables tiendas callejeras con
folletos, libros y hojas de todas las ideologías, de todas las creencias, de todos los extremismos, no sólo los
de tipo político y social sino en múltiples campos como el ocultismo, la astrología, el uso de las drogas, la
libertad sexual, el vegetarianismo, la homeopatía y otras cosas. Manifestaciones espectaculares de los
nacional-socialistas, de los comunistas, de los socialistas, de los “alemanes nacionales”, de los “cascos de
acero”. Adolescentes agresivos irrumpiendo de pronto en las calles para gritar “Deutschland erwache”, es
decir “Alemania despierta” o “Rot front”, “frente rojo”. Propaganda, prostitución, pintura expresionista o
postexpresionista y cinema de vanguardia. Rara mezcla entre un exceso de cultura y una vitalidad primitiva
de la que fluía un nihilismo, una liberación desnuda con un amargo sabor en el que fermentaba una patética,
y a la vez, alegre despreocupación. Toda la gente hallábase infectada, de un modo u otro, como en una
epidemia, por la obsesión política, envuelta en ella y en vísperas de ser perseguida o perseguidora, víctima o
victimaria. Y en medio de todo, la belleza de los paisajes; el esplendor de los tesoros artísticos.11

Esta larga cita retrata la actitud intelectual y el peculiar estilo de Basadre: curioso, atento y observador,
facilidad de síntesis y solidez en la escritura. En efecto, la tensión de su escritura, presente en el texto
anterior escrito en 1975, ya se dejaba insinuar en La Iniciación de la República. Y este es un punto de quiebre
en el estilo de Basadre, si uno compara, La Iniciación… con su Historia de la República, lo que advertirá es la
repentina modificación de su estilo. Si en La Iniciación… el nervio de su estilo se desliza por la fina línea del
enjuiciamiento, la provocación, la sentencia contundente, el reclamo indignado y hasta el reproche juvenil,
en cambio en la Historia de la República estamos ya frente a otra actitud. La serenidad contemplativa, cierto
tipo de neutralidad que se acerca al ideal de intelectual proyectado por K. Manheim. Su consigna parece
seguir el consejo preventivo que reclamaba Espinosa: “no reír, no llorar, hay que comprender”.

Pero en Alemania también Basadre llegará a la conclusión de que el Estado es más fuerte que la nación.12
Los autores alemanes a los que Basadre hace referencia son: Hans Rosenberg, Hans Ulrich Wehler y Fritz
Fisher, de cuya obra señalará:

Esta nueva historiografía vale sobre todo, por la objetividad. Supera las presentaciones centradas alrededor
de los personajes y las de tipo descriptivo y va hacia la crítica de la colectividad en cuyo seno la política
funciona en estrecho enlace con distintos intereses y factores de tipo social y económico.13

Finalmente, en Alemania Basadre estuvo vinculado al Instituto Iberoamericano, familiarizándose con los
métodos y técnicas que luego aplicaría en su cátedra de Historia del Derecho Peruano. He aquí su
testimonio:

La ayuda del Instituto Iberoamericano y mi asistencia a la Universidad gracias a una tarjeta de oyente me
suscitaron relaciones muy valiosas. Richard Thurnwald me interesó sobre manera por sus estudios sobre los
pueblos llamados primitivos, superando las separaciones geográficas y englobando sus distintas formas
sociales, o sea, la familia, la economía, la cultura, el Estado y el derecho. Era con este último aspecto con el
que quería familiarizarme dentro de la finalidad de saber algo de la llamada etnología jurídica en sus más
recientes expresiones, por su posible utilización para el estudio del derecho prehispánico, ya que incurren en
un error quienes estudian nuestras viejas culturas utilizando sólo las huellas que de ellas han quedado y
desprecian el método comparativo, que es necesario utilizar pero, evidentemente, con suma cautela. Me
sirvieron más tarde mucho aquellos estudios para organizar la sección sobre derecho inca en mi cátedra del
Derecho Peruano. También llegue a acercarme a la técnica y a la metodología de la historia del derecho
como disciplina con identidad propia…14

En Berlín, Basadre tiene que tomar una decisión debido a que económicamente no le era posible seguir
viviendo en esa ciudad.15 Entonces, según su propio testimonio:

Adopté entonces una decisión crucial: ver la manera de quedarme en Europa. Pero, ¿a dónde ir? Acabábase
de establecer la República en España, y desde lejos, tan novísimo experimento parecía interesante. Se me
ocurrió viajar a Madrid y creí que quizás me serían útiles, desde París, las recomendaciones de mis parientes
Francisco y Ventura García Calderón.16

En Madrid conoció a Claudio Sánchez Albornoz, el gran historiador de la edad media y rector de la
Universidad de Madrid. La República en España estaba impulsando centros de investigación clásicos,
arábigos e hispanoamericanos en Salamanca, Sevilla y Granada. Conoció a José María Ots y Capdequí. En
Sevilla fue incorporado al Centro de Estudios Hispanoamericanos, dictó dos conferencias por semana y
paralelamente empezó a investigar en el Archivo de Indias y en el Palacio Real de Madrid sobre la legislación
de Indias durante el periodo inmediatamente anterior al proceso de la Independencia. Formó parte de la
Internacional hispanoamericanista. En suma, dice Basadre: “entre fines de 1932 y fines de 1935, viví
consagrado a faenas de obrero historiográfico en Sevilla y Madrid”.17

¿Por qué razón me parece que es importante conocer esta época de Basadre? Considero que este viaje a
Europa y su permanencia en Alemania y España fue esencial para su formación y la posterior continuación
de su monumental Historia de la República del Perú. Más aún, en un texto capital para conocer su biografía
como es su libro La vida y la historia, Basadre expresa su apreciación sobre la obra de Vinces Vives. Al
respecto señala que este historiador:

Buscaba un panorama general de la evolución de la Humanidad de los siglos xv al xx. Trataba, esfuerzo nada
fácil, de sintetizar la marcha de la historia desde el Renacimiento hasta los sucesos contemporáneos con el
objetivo de hacer resaltar la arquitectura del periodo, las grandes líneas de la evolución que enmarcan y
explican la totalidad de los acontecimientos históricos […] Fue un ensayo de historia general en cuanto,
centrado en la historia política, se extendió a la historia socioeconómica, cultural y religiosa […] Aquí me
interesa únicamente dejar constancia de mi profunda admiración por él…18

Otra experiencia formativa que Basadre tuvo en España fue la redacción de un libro sobre la historia
republicana del Perú, Chile y Bolivia. Texto inaugural que, transponiendo las fronteras nacionales, dirige su
atención hacia un espacio geográfico y temporal mucho más amplio. Esta zaga historiográfica, que no ha
tenido continuadores en el Perú, también es otro elemento esencial para comprender la amplitud en la
perspectiva que Basadre incorporó tempranamente a su proyecto historiográfico. He aquí su testimonio:

[…] la vida en España se me hizo más cómoda cuando, gracias a la bondad de un consagrado y ya maduro
historiador que a la vez era un gran caballero, don Antonio Ballesteros, recibí el encargo de escribir un
manual sobre la vida republicana del Perú, Chile y Bolivia auspiciado por la casa Salvat de Barcelona. […] fue
el mío un ensayo sin precedentes y todavía sin sucesores, a pesar de todas sus innumerables imperfecciones,
ya que rompió las vallas de los nacionalismos, en realidad provincianismos, en nuestra América e intentó un
estudio comparado que en Estados Unidos llámase “de área”. Las mismas guerras y losconsuetudinarios
litigios entre Bolivia, Chile y el Perú son exponentes de una honda inter-relación19

Pero, además, si uno compara La Iniciación de la República con las reediciones de su Historia de la República
del Perú, evidentemente encontrará una nueva estrategia: el intento de elaborar una historia total, una
historia en la que se combinan todas las posibilidades, donde se amplían las temáticas y se establecen
nuevas líneas de investigación; pero, sobre todo, el ensayo como estrategia.

El tipo de ensayo que Basadre inaugura no se limita a repetir los lugares comunes que a este género se le
asignan. Su estilo es más complejo, se trata de organizar el conocimiento histórico de un modo en que éste
sugiera relaciones inéditas entre los acontecimientos, establecer causa-lidades contemporáneas a los hechos
históricos, un juego de espejos en donde el pasado, el presente y el futuro asumen, alternativamente,
estancias transitorias. No se trata de ejercitarse en la especulación, el relati-vismo o el probabilismo
histórico; se trata, por el contrario, de imprimirle un movimiento permanente a la existencia humana que es
de lo que está hecho el acontecer histórico. Ésta es evidentemente una lectura hetero-doxa de la historia,
una narrativa en donde el ensayo se convierte en el artefacto discursivo que posibilita la configuración de un
vasto horizonte plagado de problemas, posibilidades y esperanzas.

Y a mí me parece que en estos aspectos es que radica la grandeza de la obra de Basadre: haber introducido
una nueva manera de ejercer el oficio de historiador. Un estilo en el que se combinan la exactitud del dato,
el razonamiento sociológico, la integridad del hecho histórico, la amplitud en la perspectiva y la utilidad
contemporánea del conocimiento histórico. Por lo demás, Basadre, como una respuesta hacia sus críticos
que observaban la ausencia en el señalamiento de fuentes, sorprendió nuevamente a sus lectores con la
publicación de su monumental Introducción a las bases documentales para la Historia de la República del
Perú con algunas reflexiones (1972), probablemente el más ambicioso catálogo de fuentes sobre el periodo
republicano.

Existe otro aspecto de la obra de Basadre que personalmente me parece que está rodeado de enigmas. Se
trata de una extraña sinfonía consensual, de un tipo particular de consensos con respecto de su obra y que
lo han convertido en el lugar de encuentro entre ideologías enfrentadas e interpretaciones disímiles del
proceso histórico peruano. ¿Por qué la obra de Basadre convoca este extraño entendimiento? ¿Será lo
monumental de su producción intelectual? Y si esto es cierto ¿cómo logró escribir tanto y de todo? O quizá
es precisamente porque deja abiertas todas las posibilidades que todos nos sentimos representados en sus
reflexiones, afirmaciones, censuras y apologías. Quizá esto que señalo no sea más que una especulación y
tiene que ver más bien con el desorden y caos —para citar a Heraclio Bonilla— que caracteriza al Perú
contemporáneo. Sea lo que fuere, y aquí sigo a Pablo Macera, Manuel Burga y Alberto Flores Galindo,
estemos o no de acuerdo con él, siempre que se escriba algo sobre la República, será inevitablemente sobre
lo que él ha levantado en su monumental Historia de la República del Perú.

En los albores del siglo xxi, la obra y la biografía de Jorge Basadre constituyen un espacio privilegiado para
reflexionar sobre las perspectivas de la República y los desafíos de la gobernabilidad contemporánea. Pero
este propósito sería incompleto si es que no nos remitimos a los orígenes del Estado peruano y por lo tanto
al mandato social y político de la gobernabilidad en La Iniciación de la República.

Notas sobre los orígenes de la gobernabilidad republicana

Una reflexión sobre los orígenes de la gobernabilidad20 republicana necesariamente tiene que dirigir su
atención a la coyuntura de la Independencia. Como se sabe, durante el proceso de la revolución
hispanoamericana, el virreinato peruano fue el centro simbólico, político y militar de la contrarrevolución. La
política de “recuperación territorial” (1814-1820) conducida por los virreyes Abascal y Pezuela,21 expresa la
unidade intereses entre el Estado colonial y un sector mayoritario de las élites coloniales peruanas. De modo
que no se trata de “lamentar” la ausencia de una voluntad separatista, sino de reconocer y explicar la
naturaleza ideológica y la conducta política de estos grupos de poder. Hasta el arribo de las famosas
“expediciones libertadoras”, lo que destaca en el Perú es la ausencia de proyectos de gobernabilidad
claramente independentistas.

Y esta comprobación empírica es una de las causas más remotas que luego prefiguran los dilemas de la
gobernabilidad durante las primeras décadas de la República.

Entonces es pertinente hablar de un centro —el virreinato peruano— y de una periferia —Colombia,
Argentina, Chile, Ecuador y Bolivia—; en este esquema, la Independencia del Perú también significó la guerra
de estos últimos países tempranamente independizados y en contra del virreinato peruano, identificado por
aquellos como el centro del dominio colonial español en Hispanoamérica, consumándose la derrota política
y material de las élites peruanas.

La “formal” proclamación de la Independencia en julio de 1821, fue el resultado del acuerdo político entre el
Ejército Unido de los Andes —con tropas argentinas, chilenas y colombianas— y el Ejército Realista, mayori-
tariamente compuesto por peruanos. Este es el origen de la larga letanía de la Independencia
“concedida”.22
El otro aspecto del proceso de la Independencia es la llegada al Perú de diversos proyectos de
gobernabilidad generados por la propia dinámica de la guerra. Así, los pilares de la incipiente organización
del Estado republicano estuvieron fuertemente teñidos por concepciones ideológicas ajenas a la realidad
peruana e inspiradas en otros espacios del continente. En el Perú no existió un Estado revolucionario,23
como por ejemplo en Argentina.

Más aún, el mando efectivo del ejército patriota, y por lo tanto la dirección de la guerra por la Independencia
—que recién se iniciaba— y de la política interna, estaba en manos de “extranjeros” (San Martín,
Monteagudo, Bolívar y Heres). Aquí, el punto es reconocer que no existía ningún grupo social y menos un
proyecto de gobernabilidad hegemónico que podría haberse impuesto, tomando la conducción de un Estado
recientemente constituido. Los sucesos acaecidos entre 1821 y 1826 (cese de la influencia bolivariana)
elevan hasta el paroxismo el proceso político de consolidación de la Independencia. Ello condujo a un
personaje usualmente ponderado como Hipólito Unanue a exclamar: “La historia de la revolución del Perú
va a ofrecer a la posteridad sucesos raros y contrarios a los naturales sentimientos del corazón humano”.24

En efecto, luego de la expulsión de Monteagudo en julio de 1822 y la liquidación del Protectorado se instala
en septiembre del mismo año el primer Congreso Constituyente. La forma irregular en que se sustentó aquel
primer ensayo de representación “nacional” —una considerable extensión del país aún estaba bajo control
realista y por lo tanto los “representantes” de aquellas regiones elegidos en Lima en forma poco
“democrática” no tenían mayor “legitimidad”— marcó desde sus inicios la corta duración de la Asamblea.
Seis meses después se produjo el golpe de Estado por intermedio de Santa Cruz y Riva-Agüero. En junio de
1823 los realistas ocupan Lima. El Congreso se dividió en tres facciones, una de ellas se quedó en la capital y
se adhiere al bando realista; otro grupo se refugió en los castillos del Callao y declara fuera de la ley a Riva-
Agüero, quien se retira a Trujillo con otro grupo de congresistas y desconoce a la facción que se quedó en el
Callao; estos últimos nombran Jefe Supremo primero a Sucre y luego a Torre Tagle. En septiembre de 1823
Bolívar es declarado Supremo Dictador y tuvo que hacer frente a Riva-Agüero, que entró en negociaciones
con los realistas, y al propio ejército del Rey.

Entre febrero y marzo de 1824, Lima nuevamente es ocupada por los realistas. Después Torre Tagle y un
significativo número de ex republicanos vuelven sobre sus pasos y se declaran abiertamente a favor de la
causa realista. Luego de la desocupación de Lima, Bolívar inicia un violento proceso de represión en contra
de los residuos de la aristocracia limeña y de la oposición civil a la Independencia. Todos estos
acontecimientos no son sino las consecuencias políticas inmediatas del precario mandato social sobre los
que se fundaron el Estado, la gobernabilidad, la nueva “soberanía” republicana y el sistema político en los
inicios de la República.

Seguidamente me propongo trazar la trayectoria de dos fenómenos paralelos y al mismo tiempo


contradictorios: la constitución del Estado republicano como nuevo centro simbólico del poder político
poscolonial y los perceptibles cambios dentro del escenario social y de los actores colectivos. Es decir, el
doble y traumático movimiento desencadenado a propósito del desmembramiento de una estructura
política, social y administrativa cuya funcionalidad perduró cerca de tres siglos: el sistema de dominio
colonial español.

En relación con el primer punto son cuatro las entidades que destacan como nuevos espacios de
gobernabilidad. El Protectorado (julio 1821-julio 1822), el primer Congreso Constituyente (septiembre 1822-
febrero 1823), el gobierno de Riva-Agüero (febrero-junio 1823) y la dictadura de Bolívar (septiembre 1823-
julio 1827). Lo segundo tiene en realidad un origen más remoto, se trata del desorden político a raíz de la
crisis de gobernabilidad con motivo de la invasión napoleónica a España y los sorprendentes efectos sobre
un vasto conjunto de unidades territoriales: los “pueblos” de Hispanoamérica.
Una reflexión histórica que contemple ambos fenómenos puede ayudar a comprender y explicar los desafíos
de las élites republicanas por institucionalizar un nuevo sistema de gobierno y, sobre todo, la frenética
búsqueda de un nuevo centro político que domestique las fuertes tendencias de fragmentación territorial y
la desobediencia política de los “pueblos” como resultado del aflojamiento de los mecanismos políticos y
administrativos que las guerras por la Independencia pusieron al descubierto.

Un elemento común a los proyectos de gobernabilidad del Protectorado, de Riva-Agüero y de la dictadura


bolivariana es que todos ellos se sostuvieron sobre la presencia de ejércitos revolucionarios; su legitimidad
residía en el hecho de que debían liquidar a las fuerzas realistas. De ahí que cuando la gobernabilidad recae
en el primer Congreso Constituyente, éste fue disuelto por las tropas comandadas por Santa Cruz que
impusieron en la presidencia del Congreso a Riva-Agüero. Precisamente porque la naturaleza deliberativa de
la Asamblea impedía toda acción ejecutiva y rápida para la conducción de la guerra.

No está de más recordar que fue durante el mandato de la Junta Gubernativa —entidad creada por el
Congreso—, que el Ejército Unido de los Andes sufrió las derrotas de Torata y Moquegua. ¿Cómo legitimar a
una entidad política que no era el resultado de un mandato social y que por el contrario se sostenía sobre
bases tan precarias como eran los residuos de una fuerza militar públicamente censurada? ¿Cómo articular
esta forma de gobierno “republicano” con una sociedad en donde la aptitud civil estaba restringida por
limitaciones propias del antiguo régimen? República sin ciudadanos, modernidad sin revolución. Pero lo
anterior también delata una estructural fragmentación ideológica de todas las agrupaciones políticas y, por
lo mismo, el fracaso de cada una de ellas por establecer una hegemonía o una alianza entre las mismas.

Con la salida del ejército realista de Lima y la cancelación del proyecto de gobernabilidad de tipo
aristocrático constitucional diseñado durante el Protectorado, lo que se observa es el ingreso a la lucha
ideológica de un conjunto de fuerzas políticas recientemente constituidas. Aquí es posible identificar al
grupo republicano plebeyo (Sánchez Carrión, F. J. Mariátegui, Luna Pizarro, etc.), el republicanismo
conservador y nacionalista de Riva-Agüero y el proyecto confederativo de Bolívar.

Aunque todos ellos tenían el común propósito de afianzar la Independencia y establecer un gobierno
autónomo, uno de los desafíos a los que tuvieron que atender y frente al cual desarrollaron una capacidad
de maniobra realmente sorprendente, fue el de administrar la anarquía y el fantasma de la revolución social
que emergía como un sordo rumor desde los sectores populares tanto urbanos como rurales.25 Al respecto
destaca el papel y la breve dictadura ejercida por Monteagudo que, con el apoyo de los “cuerpos cívicos” —
milicia popular urbana y brazo civil armado del Protectorado—, ejerció una violenta represión hacia la
oposición civil prorrealista intacta en la capital después del retiro del Virrey. Y luego la multitud de
montoneras y guerrillas indígenas que en todo momento fueron percibidas como una amenaza a la
transición pacífica y al proyecto de independencia “controlada” que finalmente se impuso. Y este es un
escenario privilegiado para conocer lo específico de la cultura política en los actores colectivos populares
tanto rurales como urbanos en los albores de la República.

Pero existen otras historias paralelas a la construcción del Estado republicano y sus proyectos de
gobernabilidad implícitos que aún aguardan a sus historiadores: la silenciosa “revolución territorial” de los
pueblos y la lenta pero efectiva erosión de un conjunto de símbolos y lealtades por parte de los grupos
subordinados, rurales y urbanos, a toda forma de control administrativo y sujeción política. Este es el otro
aspecto de la Independencia, el inicio de un conjunto de tradiciones y prácticas vinculadas a un tipo
particular de cultura política y que no puede ser comprendida ni estudiada como la simple continuación del
imaginario político colonial.26

Una coyuntura clave para conocer la génesis de aquel proceso fueron los dispositivos electorales para la
instalación de los Ayuntamientos Constitucionales emanados del periodo liberal de las Cortes de Cádiz
(1812) para todos los espacios territoriales de Hispanoamérica. Aquí estamos frente a un inédito proceso de
transferencia de poderes desde el Estado hacia las comunidades locales. Los documentos de la época son lo
suficientemente esclarecedores sobre la entusiasta participación de los pueblos para elegir a sus
representantes. Es decir, el control directo del territorio, los recursos y la administración de justicia a escala
local, con el agregado de que todo este proceso se desencadenó en el contexto de las guerras de la
Independencia.27

Y esta es probablemente la vía más eficaz para comprender la prolífica presencia de grupos armados que
bajo el nombre de guerrillas y montoneras participaron no sólo en las guerras por la Independencia, sino que
su presencia sería decisiva para definir las alianzas y las guerras civiles durante buena parte del s. xix. Más
aún, una investigación ha demostrado cómo durante casi todo el s. xix, los espacios territoriales desde
donde se definía el “centro” político, la representación al parlamento y, en muchos casos, la elección del
ejecutivo, y por lo tanto, el mandato social de la gobernabilidad, estaban situados en la región andina.28

Dicho de otra manera, luego de la Independencia y del formal establecimiento del Estado republicano, lo
que tenemos en el escenario social rural es, sobre todo, un complejo sistema político en el que los intereses
comunales y el espíritu “localista” no sólo cuenta con un efectivo brazo armado, sino que aun existe una
cultura política con fuertes contenidos de autonomía y de resistencia a todo intento de sometimiento por
parte de una entidad —el nuevo Estado republicano— que reclama una soberanía fundada más en la
retórica que en efectivos mecanismos de obediencia política y administrativa.

No deja de llamar la atención el modo perverso con que se reproduce la dinámica de la crisis del sistema
imperial español. En efecto, el inicial enfrentamiento entre España y América, pronto se reproducirá entre
las ciudades capitales y los departamentos para, posteriormente, oponer a estos últimos con los “pueblos”.
Curiosa lógica política que atraviesa un largo trecho de nuestra historia republicana y cuyo punto culminante
sería cuando en 1894-95, una multitud de montoneras y guerrillas convergen sobre Lima para derrotar a
sangre y fuego el militarismo de Cáceres.

Otro aspecto que debe tomarse en cuenta para comprender los dilemas de la gobernabilidad es la
naturaleza ideológica de las élites republicanas y sus fundamentos doctrinales. Una atenta lectura de los
lenguajes constitucionales indica una precoz modernidad, por ejemplo en lo referente a la libertad política,
el concepto de ciudadanía, la división de poderes y el fundamento social sobre el que se intentó legitimar la
“soberanía popular” como depositaria del nuevo Estado independiente del país.

Ambiguo lenguaje político con evidentes resonancias modernas y que intentó representar a una sociedad
cuyo imaginario político todavía contenía fuertes elementos de tipo corporativo y premoderno. ¿Cómo expli-
car la frenética propensión constitucionalista de los caudillos —entre 1821 y 1840 se sancionaron cinco
constituciones y se produjeron nueve golpes de Estado— sobre una sociedad profundamente militarizada y
en donde el control del poder se definía con las armas?29

Aquí estamos frente a un problema que afecta directamente a uno de los fundamentos de la gobernabilidad,
como es la obediencia política y la legitimidad contemplativa.30 Efectivamente, se trata de explorar el
paradójico modelo de transición política que experimentó el conjunto de la monarquía española y el modo
concreto en que fue experimentado en los espacios coloniales de Hispanoamérica.

Uno de los conceptos fundamentales alrededor del cual es posible reconstruir los dramáticos
desgarramientos internos en el imaginario y el lenguaje político tanto de las élites como de los actores
colectivos es el de soberanía. Como se sabe, antes de la revolución, el titular de la soberanía era el Rey,
entidad simbólica que legitimaba una relación de tipo contractual entre el Estado y la sociedad. Pero este
modelo de estruc-turación política se sustentaba sobre un conjunto de principios, tradiciones y códigos
culturales cuya funcionalidad sólo fue reconstituida por intermedio de profundos cambios que afectaron las
relaciones sociales, políticas y económicas. Más aún, estos procesos fueron el resultado de movimientos
políticos y sociales de tipo endógeno, consecuencia de las contradicciones internas de ambas sociedades y
de la voluntad política de actores colectivos poseedores de una intencionalidad ideológica que orientaba sus
acciones.

La trayectoria de la revolución en Hispanoamérica fue distinta. En primer lugar la crisis que afectó al centro
de la soberanía imperial en España fue consecuencia de la invasión napoleónica y no de la iniciativa interna
de fuerzas sociales, ni el resultado de movimientos políticos revolucionarios o reformistas. De hecho, los
sucesos de Bayona, la abdicación de Fernando vii y su renuncia al trono fue interpretada por el pueblo
español y por los “criollos” americanos como una “traición”. La quiebra del modelo imperial sería entonces
el resultado de una peculiar combinación de pacto y ruptura, de reforma y revolución. En suma, de un
constitucionalismo histórico que apeló más a los elementos de continuidad que de ruptura.

El epílogo de este proceso fueron las Cortes de Cádiz y la Constitución liberal que emanó de su seno. Pero en
Hispanoamérica el derrotero de la revolución tuvo una trayectoria diferente y atravesó diversas fases. En un
primer momento y siguiendo la dinámica del resto del continente se manifestó el rechazo al invasor francés
y se expresó el apoyo al Rey cautivo. Pero en realidad, esta inicial actitud pronto reveló la estrategia de
vastos grupos de criollos —Santa Fe de Bogotá, Buenos Aires, Santiago, Quito, Chuquisaca, Cuzco— para
camuflar su espíritu separatista que luego desembocaría en las guerras por sus independencias. Y este es el
punto de quiebre entre el virreinato peruano y el resto de América.

Efectivamente, una sumaria revisión en la conducta política de las élites peruanas durante este periodo
podría proporcionar pistas útiles para conocer no sólo los proyectos de gobernabilidad que entonces se
formularon, sino también, y esto es lo más importante, el pensamiento político implícito en los mismos y el
modo en que éstos fueron sedimentándose entre los distintos grupos sociales y actores colectivos de la
época. Además, ayudaría a comprender también la naturaleza social del proyecto de gobernabilidad
republicano que finalmente se impuso y los antecedentes ideológicos que le fueron inherentes.

Son tres las coyunturas en las que es posible identificar otros tantos proyectos de gobernabilidad entre las
élites peruanas. Y qué mejor espacio para su estudio que la prensa doctrinal de la época.31 En efecto, a raíz
de la libertad de imprenta sancionada en las Cortes de Cádiz en abril de 1811, en el Perú se desencadenó
una verdadera “fiebre editorial”. La primera etapa recorre los años que van de 1811 a 1814. Una atenta
lectura de los contenidos presentes en los diferentes periódicos de esta época sugiere la existencia de
proyectos de gobernabilidad de tipo contractual bajo el manto constitucional del liberalismo gaditano, pero
sin que esto afecte el aspecto medular de la soberanía de España sobre el virreinato peruano. Este es el
origen de la reiterada acusación de “fidelismo” por parte de las diferentes narrativas históricas sobre la
emancipación hacia las élites peruanas de la época.

Lo que interesa aquí es explicar esta conducta. En primer lugar, quienes redactaban los principales artículos
de contenido político eran en su gran mayoría intelectuales provenientes de profesiones liberales (abogados,
médicos y publicistas).32 Es decir, no existían miembros efectivos de la clase propietaria, salvo Manuel
Salazar y Baquíjano y José Baquíjano y Carrillo. De modo que estamos frente a intelectuales orgánicos al
sistema que apostaban por una reforma política más que de su liquidación. Hipólito Unanue, Fernando
López Aldana, Diego Cisneros, José Joaquín de Larriva y Félix Devoti en ningún momento fueron más allá de
exigir el fiel cumplimiento de la Constitución de Cádiz. Y no tenían por qué hacerlo. Ocurre que su
pensamiento político y su propia identidad estaban íntimamente ligados y era el resultado del
funcionamiento del sistema de dominio colonial español aún intacto.

Entonces, no se trata de preguntar por qué no apostaron por la Independencia, sino explicar su adhesión a
un sistema constitucional que se les presentaba como una oportunidad propicia para acceder a los más altos
cargos políticos y en abierta disputa con el mayoritario sector de la clase dominante de la época que se
identificaba con los intereses del Estado colonial español.
El retorno de Fernando vii al trono en 1814 y la reinstauración del absolutismo hasta 1820, además de
fortalecer a los sectores más adictos al sistema de dominio colonial, significó un duro vuelco emocional para
estos reformistas. Sólo entonces empezaron a contemplar la posibilidad de un gobierno autónomo. Para
entonces ya se habían producido las rebeliones de Huánuco (1812) y del Cuzco (1814), movimientos en los
que el liderazgo criollo había sido rápidamente rebasado por las masas indígenas. Nunca como entonces la
violencia de las masas indígenas que siguieron a Túpac Amaru ii se convirtió en una obsesión que los dejaba
a la deriva y con pocas posibilidades de elaborar una alternativa intermedia.33 A este respecto, la biografía
intelectual y política de Manuel Lorenzo de Vidaurre es quizás la más emblemática.

Sin embargo, en el resto del continente americano, la revolución seguía inexorable por intermedio de
dramáticos hechos políticos y militares, derrotas, avances y retrocesos. Para 1820, sólo el Perú permanecía
bajo el férreo dominio español. Casi 200 años después, uno no puede dejar de imaginar el modo en que
estos acontecimientos modificaron o acentuaron las convicciones ideológicas, los temores y desaciertos de
personajes como José Faustino Sánchez Carrión, José de la Riva-Agüero o Hipólito Unanue. Sólo entonces se
produjo el desgarramiento interno y la mutua oposición entre un sector de la élite criolla reformista, que
luego se convirtió en republicana, y los verdaderos miembros de la clase propietaria. Así, sería este último
grupo social el que concibió que su futuro estaba irremediablemente ligado al destino del Estado colonial
español.34

Desde 1820, con el arribo de la Expedición Libertadora, hasta 1824, con la batalla de Ayacucho, el virreinato
peruano asistió a una guerra civil en la que un gran porcentaje de su población se alineó bajo las banderas
del Rey. Durante estos decisivos años, las percepciones políticas de los diferentes grupos sociales que
componían la sociedad peruana estuvieron fuertemente sujetas a violentas alteraciones ideológicas.

Como ya señalé líneas atrás, las clases populares urbanas tuvieron plena participación en el escenario social
de la lucha de clases para consolidar la Independencia. Se movilizaron y ejercieron una sistemática violencia
en contra de los españoles y en general de toda la oposición civil prorrealista. Organizadas como milicia
popular durante el Protectorado (1821–1822) y orientadas bajo la autoritaria dirección de Monteagudo, los
“cuerpos cívicos” fueron la expresión política y el brazo armado de los dominados y explotados de las
ciudades.

El espacio rural presenta un cuadro mucho más complejo. Aquí estamos frente a un lento pero efectivo
proceso de reconstitución del imaginario político, afianzamiento de los intereses locales, profunda
segmentación de las lealtades étnicas y la relativa autonomía de los “pueblos” para negociar su adhesión a
los diferentes caudillos civiles y militares.

Personajes éstos que ejercieron el poder real durante las primeras décadas de la República por intermedio
de una compleja red de alianzas y negociaciones. Y es sobre este escenario social que debe estudiarse los
proyectos de gobernabilidad del temprano s. xix. Una sociedad profundamente militarizada, con una cultura
política fuertemente disgregada por efecto de las permanentes guerras civiles y el desorden institucional
que siguió a la Independencia.

Más aún, lo que llama la atención ya no es este panorama aparentemente desolador y fragmentado, sino
que este proceso no haya conducido a un efectivo cercenamiento del territorio. Por ejemplo, durante la
Confederación Perú-Boliviana o con motivo de los grandes levantamientos populares de dimensión nacional
acaecidos los años 1834, 1854-55, 1865 y 1894-95.35

De esta forma, el contenido teórico de la gobernabilidad tiene que incorporar el análisis y el papel de una
figura clave de la temprana República y común para toda Hispanoamérica: el caudillo. Probablemente uno
de los principales actores de un complejo sistema político y sobre el cual aún conocemos muy poco.36 En
efecto, consolidada la Independencia y posterior al cese de la influencia bolivariana, lo que se observa es el
inicio de una práctica luego convertida en tradición en la historia política de la República: los golpes de
Estado encabezados por los caudillos.

El fenómeno caudillista se asemeja a la imagen de una pirámide. En la cima, la presencia de un caudillo


“regional” que se sostiene por una red de alianzas que a su vez se reproduce hasta la base. En ella se cobija
un conjunto de intereses de fuerte contenido “localista” y en donde la dimensión nacional apenas sirve para
legitimar la intervención de éstos en las disputas por acceder al control de un Estado al que se concibe más
como un espacio de enfrentamiento que como el centro de la gober-nabilidad. De aquí se deriva la enorme
importancia que tenía la designación de los “prefectos” luego de producirse un “golpe” de Estado.
No deja de ser curioso y cruel el contenido empírico con que se gestó la gobernabilidad luego de la
Independencia: la “venganza” de los pueblos que desde entonces impusieron las pautas al proceso político
republicano. A la inicial confusión ideológica que antecedió a los orígenes del Estado republicano, pronto le
sobrevino una profunda dispersión ideológica entre los pueblos y las regiones, que entonces podían actuar
libremente imponiendo a su participación política dimensiones reivindicativas que desafiaban todo intento
por consumar el idealismo republicano, la soberanía territorial y la obediencia política que reclamaban los
textos constitucionales.
**
Aunque el Perú no ha producido a un Domingo Sarmiento y su clásico Facundo, en cambio tenemos La
Iniciación de la República de Jorge Basadre, extraordinario fresco social y político de un siglo xix
profundamente impregnado de una violencia estructural, de la permanente beligerancia y movilización de
los “pueblos”, de un sorprendente crecimiento demográfico indígena y, con ello, la configuración de un país
eminentemente rural, indígena y mestizo.
Un país que ingresaba deslumbrado al concierto de Estados libres e independientes, una comunidad que
cargaba sobre sus hombros las pesadillas coloniales y anunciaba las promesas y utopías republicanas. Y esa
es precisamente la imagen que destila de La Iniciación de la Republica: descomunal ensayo histórico que
intentó condensar la transición política y social entre Colonia y República,37 un texto en el que Basadre, por
primera vez, proyectó con trazos sólidos, el complejo protagonismo de un conjunto de caudillos, verdaderos
centauros de la guerra, personajes en los que se enfrentaban el alboreo misticismo republicano y los
residuos del cinismo colonial, galería de figuras personificadas en nombres propios como Gamarra, Santa
Cruz, Salaverry y Castilla. Imágenes tamizadas con el polvo de las “puebladas”, del cierra puertas de las
ciudades, del imperio de la cruz, el sable, la pólvora y el eco “formal” de las constituciones.

Así, esas primeras décadas posteriores a la Independencia aún aguardan a nuevos historiadores.
Monografías que necesariamente tendrán que desarrollar las pinceladas y las líneas de investigación que
Basadre anunció en La Iniciación de la República. Épocas en que “Las revoluciones y el caudillaje abrieron los
más efectivos conductos para la ascensión social”.38 Más aún, para Basadre aquel periodo estuvo
caracterizado por un espíritu “lleno de color y energía”,39 en donde “la carrera militar traía la ventaja de
llevar a los más altos cargos públicos. Se puede decir que entonces el militar representaba el papel primario
que anteriormente había desempeñado el sacerdote y que en nuestra época representa el hombre de
negocios”.40

Basadre resume estos iniciales años de la República con el siguiente enunciado sintético: “Caudillaje versus
Constituciones”.41 Principio aparentemente contradictorio pero que, sin embargo, adquirió cierta
funcionalidad por efecto de un modelo de transición en el que se superponían conflictos sociales,
económicos, étnicos irresueltos y formas ideales de organización política. O para expresarlo en los mismos
términos de Basadre: “el caudillaje es, pues, la adaptación tropical de la democracia. Es también la venganza
de la realidad contra los cánones rígidos que se quiere trasplantar de tierras ultramarinas, o de libros
enfáticos. En vano se suceden las Constituciones con modificaciones intrínsecas, más o menos
trascendentales: el caudillaje persiste con sus revoluciones, su fatal secuela”.42 ¿No es esta una cruda épica
con la que la histo-riografía sobre la República aún está en deuda?
Esa imagen de un siglo xix a la “deriva” y que fuera alegremente levantada por la historiografía de los
setenta y que adormeció la imaginación de varias generaciones, también fue testigo del humor corrosivo de
Pardo y Aliaga, quien llegó a exclamar en su obra Constitución Política: “¡vaya una República!”; que también
motivó la airada y documentada protesta de un conservador como fue José María de Pando, quien publicó
Reclamación de los vulnerados derechos de los hacendados de las provincias litorales del Departamento de
Lima (1833), quizá la más seria impugnación a los excesos cometidos en contra de la aristocracia colonial
limeña por parte del breve pero real radicalismo republicano de la Independencia. Fueron esos los años en
que, siempre siguiendo a Basadre: “los locuaces criollos de las ciudades tenían que rotar alrededor de los
generales serranos”.43

¿Cómo explicar entonces el ascendiente y magisterio que ejerciera Bartolomé Herrera, quien desde el
púlpito y el reformado colegio Carolingio invocaba el providencialismo de la soberanía de la inteligencia, el
respeto a la tradición, el orden y la autoridad? ¿O el desencanto y la vigorosa denuncia de Juan Espinoza —
ex soldado de las guerras de la Independencia— por la traición a los ideales republicanos? ¿O el breve
liderazgo del acaudalado propietario Domingo Elías, “el hombre del pueblo”, encumbrado por la plebe
durante “la semana magna”, pero que tuvo que abdicar ante el resplandor de las bayonetas y la autoridad
militar de Castilla?

Será necesario volver a revisar y releer lo escrito por Basadre, recibir la posta y el encargo que, a su tiempo,
otras generaciones lo hicieron con tonos y ritmos diferentes, ponderar sus sentencias y ejercitarnos con
nuevas interpretaciones, dejar de lado cierto tipo de angustias y fijaciones coloniales. Saber vivir con decoro
en este “tiempo de plagas” y perversiones sistematizadas.

De modo que aquí, no hay que torcer la mirada ni convertir el pasado en un desván para justificar el
presente. Después de todo, nosotros también somos personajes transitorios, habitantes de un país cuyo
movimiento acelerado parece empeñado en desafiar la imaginación y el entendimiento.

Ciudad Universitaria, noviembre de 2002

__________________________________________
1 Historiador. Jefe de la Oficina General de Relaciones Públicas (UNMSM).
2 Jorge Basadre, La Iniciación de la República (tomo primero), Lima, 1929, p. x.
3 La Iniciación de la República, tomo segundo, p. iv.
4 Ibíd.
5 Jorge Basadre, La Iniciación de la República, tomo segundo, Lima, 1930, p. v.
6 Jorge Basadre, Elecciones y centralismo en el Perú, 1980.
7 Jorge Basadre, Iniciación de la República, tomo segundo, p, v.
8 Jorge Basadre, La vida y la historia, 1975.
9 Jorge Basadre, El azar en la historia y sus límites, 1973.
10 Jorge Basadre, La Iniciación de la República, tomo segundo, Lima, 1930. P. iii.
11 Jorge Basadre, La vida y la historia, pp. 557-558.
12 Ibídem, p. 558
13 Ibíd., p. 560.
14 Ibíd., p. 534.
15 Ibíd., p. 625.
16 Ibíd., p. 627.
17 Ibíd., p. 635.
18 Jorge Basadre, La vida y la historia, p. 636.
19 Jorge Basadre, La vida y la historia, pp. 636-637.
20 Aquí utilizo el concepto de gobernabilidad en un sentido histórico; es decir, ubico el concepto en su contexto temporal y espacial,
tal como lo entendieron los actores colectivos e individuales de la época. En este sentido, la gobernabilidad republicana alude a los
proyectos de gestión estatal, a su contenido ideológico inherente, a las concepciones sobre la institucionalidad, los instrumentos de
que se valieron, los proyectos de sociedad y los mecanismos que se diseñaron para llevar adelante el ideal republicano. Es claro que
en este esquema se debe distinguir entre las formulaciones teóricas y el modo concreto en que se desarrollaron los diferentes
gobiernos posteriores a la Independencia. Por otro lado, la gobernabilidad es un concepto cuyo contenido teórico es relativamente
nuevo en la teoría política; una línea de investigación sugiere que cuando se habla de gobernabilidad se debe contemplar la eficacia y
la funcionalidad del mismo; es decir, su aspecto positivo y una mínima sincronización entre la teoría y la práctica. Aún cuando el
debate sobre este concepto es vasto, en el presente ensayo trato de distinguir entre lo que debió ser la gobernabilidad en los inicios
de la República, y lo que realmente fue.
21 Véase el trabajo de Brian Hamnett, La política contrarrevolucionaria del Virrey: Perú, 1806–1816, Cuaderno de Trabajo, IEP, Lima,
2000. También el libro de Jhon Fisher, El Perú Borbónico, 1750–1824, IEP, Lima, 2000. Sobre todo el capítulo vi: “Fidelismo,
patriotismo e independencia”.
22 Heraclio Bonilla, Metáfora y realidad de la Independencia en el Perú, IEP, Lima, 2001.
23 Nohemí Goldman, Revolución, República, Confederación, Ed. Sudamericana, Bs. As. 1998.
24 Juan Pedro Paz Soldán, Cartas históricas, Lima, 1920.
25 Gustavo Montoya, “Protectorado y Dictadura: la participación de las clases populares en la Independencia del Perú y el fantasma
de la Revolución”. En Socialismo y Participación, N.º 89, Lima, 2000.
26 Antonio Anino, Cádiz y la revolución territorial de los pueblos mexicanos 1812–1821, Buenos Aires, FCE. 1995.
27 Antonio Anino, Soberanías en lucha, Madrid, Ed. Ibercaja. 1994.
28 Gabriela Chiaramonti, Andes o nación: la reforma electoral de 1896 en el Perú, Buenos Aires, FCE. 1994.
29 Un libro fundamental que discute este aspecto del primer “constitucionalismo” republicano y propone una interpretación
histórica es el del historiador Cristóbal Aljovín de Losada, Caudillos y constituciones: Perú 1821–1840. Lima, PUC-FCE, 2000.
30 Entiendo por “legitimidad contemplativa” a la existencia de un consenso activo y/o una mayoría suficiente en la sociedad civil con
respecto al régimen realmente existente. Este aspecto de la historia política republicana es objeto de un ensayo inédito y de próxima
publicación.
31 Asención Martineze Riaza, La prensa doctrinal de la Independencia del Perú, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1985.
32 Carmen Mc Evoy, Seríamos excelentes vasallos, y nunca ciudadanos: Prensa republicana y cambio social en Lima (1791–1822).
Texto inédito y próximo a publicarse. Mi agradecimiento a la autora que me permitió consultar su trabajo antes de que sea
publicado.
33 Gustavo Montoya, Narrativas históricas en conflicto. La Independencia del Perú: 1808–1824, Lima, Ed. Seminario de Historia Rural
Andina, UNMSM, 2000.
34 Gustavo Montoya, La Independencia del Perú y el fantasma de la revolución, Lima, IEP-IFEA, 2002.
35 Jorge Basadre, Historia de la República del Perú, 1976.
36 Una excepción es el libro de Charles Walcker, De Túpac Amaru a Gamarra. Cusco y la formación del Perú Republicano.
37 Con respecto al debate entre república y monarquía, Basadre escribió en La Iniciación de la República: “[…] es curioso constatar
que mientras, por lo general, los escritos a favor de la República tienden a enlazarse con la filosofía y el derecho, los escritos a favor
de la monarquía, entre nosotros, tienden a basarse en consideraciones sociológicas”, p. 33. Y con respecto al proyecto republicano
de José Faustino Sánchez Carrión afirmó: “[…] su optimismo está en sus ideales, no está en las realidades. Por lo mismo que no tiene
un concepto óptimo sobre lo que es el Perú, ataca la Monarquía”, p. 34.
38 Jorge Basadre, La Iniciación de la República, tomo primero, p. 82.
39 Ibídem., p. 112.
40 Ibíd., p. 88.
41 Ibíd., p. 123.
42 Ibíd.
43 Ibíd., p. 125.
EXPLICACIÓN INICIAL

En diciembre de 1927 presenté a la Facultad de Letras para el grado de doctor una tesis titulada
“Contribución al estudio de la revolución social y política del Perú durante la República” que era resultado de
investigaciones hechas desde 1921 aunque con planes diversos e intermitentes; de esa discontinuidad como
de todo lo que hizo mi adolescencia no me arrepiento aunque ahora tenga distinta manera de pensar.
El presente libro es un resultado de la tesis y de las lecciones dictadas en el curso de Historia del Perú
(monográfico) del que fui nombrado profesor interino en abril de 1928 y, por el Consejo de Enseñanza
Universitaria, titular en mayo del mismo año.(*) Inmediatamente, después de iniciar dicho curso noté que la
generalidad de los alumnos no tenía conocimientos detallados de la parte narrativa. Ello era explicable, no
habiendo obras de síntesis sobre la República ya que la de Markham y el meritísimo texto de mi maestro el
Dr. Wiesse tienen que ser someros por su índole; y siendo excesiva la extensión del curso universitario
general de Historia del Perú. En cambio, mi tesis y la orientación dentro de la cual debía enmarcarse el curso
monográfico suponían el previo conocimiento efectivo de dicha parte. Y por eso en la clase como en este
libro, sin salir del primitivo plan de estudiar tendencias y características generales, he agregado un esquema
narrativo donde ha sido necesaria para la mejor comprensión de ellas.

El plan seguido no es un plan meramente cronológico. Si bien éste tiene la ventaja de la visión de conjunto
permite, en cambio, que se esfume, se rompa o se parcele el concepto de las tendencias. He buscado, pues,
un método que me atrevería a llamar cíclico a base de un conjunto

De monografías separadas que ocultamente se hallan unidas. La lectura de la obra en su totalidad puede dar
la visión de conjunto y, al mismo tiempo, la lectura de cada sección, llamada “libro”, o de cada capítulo
puede marcar la trayectoria de una clase social, de una tendencia doctrinaria o de una individualidad
descollante.

Contribuir al estudio de la evolución de la topografía social del Perú en los primeros años de la República, es
decir, de las clases sociales, de las tendencias doctrinarias y de los fenómenos políticos propiamente dichos
hasta 1872, tal es el objeto concreto de esta obra. El año de 1872 es el hito final, por ahora, porque marca la
iniciación de un periodo distinto en la evolución republicana y porque desde entonces ocurren hechos que
no tienen contenido netamente histórico, pues conservan aún su beligerancia política.

Un pequeño mapa de la travesía que con estas líneas se inicia puede ser útil.

El libro primero está dedicado a la nobleza colonial. Su inicial intervención política no fue primordial y su
tendencia doctrinaria más o menos incipiente puede estudiarse en las frustradas tentativas monarquistas. El
hecho de que la nobleza no presidiera la Emancipación, así como el colapso de la ilusión monarquista
comprueban que la nobleza no tuvo el poder político en la Emancipación y, por consiguiente, tampoco en los
primeros años de la República (Capítulo primero). Pero el estatismo en las costumbres y aun en las
instituciones sociales, indica que la nobleza mantuvo su predominio social y económico en esos primeros
años hasta el año 53, más o menos, en que con la Consolidación emerge otra evolución (Capítulo segundo).
La influencia del guano y la “europeización” paulatina del país producen esa evolución cuya madurez está
señalada por los grandes empréstitos de Balta y, luego, por el predominio del civilismo. Proceso en que el
mayor valor de las fortunas privadas tiene no tanto un origen territorial, como anteriormente, sino un origen
bursátil y fiscal. Pero antes de que se consumara esta evolución, estudiada con detenimiento más adelante,
ocurrió otro hecho histórico fundamental al que, por eso, está dedicado el libro segundo: el predominio del
militarismo.

La Independencia dejó un ejército excesivo que predomina durante cincuenta años. Es conveniente, antes de
reseñar los fenómenos particulares que son consecuencia de este predominio, hacer una breve exposición
de cómo estaba constituida y de cuáles eran las características de la clase militar (Capítulo primero del libro
segundo). El predominio del militarismo produce el caudillaje que es un fenómeno continental: su estudio
debe hacerse en relación con sus interpretaciones a través de la incipiente sociología americana y con las
reflexiones que sugiere el Perú (Capítulo segundo del libro segundo).

Pero para estudiar cómo fueron los caudillos militares peruanos es necesario ir al recuento biográfico de los
principales de ellos clasificándolos por grupos para estudiar así también la evolución del caudillaje militar en
el Perú: Gamarra, Salaverry y Santa Cruz, Vivanco y Castilla, y los caudillos de la última etapa del predominio
militarista. Desgraciadamente una razón de fuerza mayor obliga a concluir aquí el presente tomo de la obra,
en medio de la referencia biográfica de Gamarra y Santa Cruz, en el momento en que éste establece la
Confederación Perú-Boliviana. El grosor desmesurado que tendría cada ejemplar, las posibilidades
económicas, la necesidad de no recargar el precio de la edición hace inevitable este cercenamiento.

El esquema de la vida de los caudillos es breve, procurando acudir a las fuentes primordiales, ordenar,
sintetizar y clasificar los hechos. Algunas páginas reseñan hechos sobrado conocidos, pero que es
indispensable recoger en esta obra de síntesis. Y más que una posición de hipérbole o de rebajamiento
búscase aquí ubicar, precisar.

Completando este esquema, sigue el de las tendencias civiles y doctri-narias, a través de sus momentos
polémicos, de sus esfuerzos consti-tucionalistas, de sus hombres representativos. Algunas referencias han
sido hechas a estas tendencias en el libro anterior, aunque sólo cuando tenían relación fundamental con la
vida de los caudillos. Como en el Perú, por lo demás, caudillaje y doctrinarismo no fueron consubstan-ciales,
esta separación, con las excepciones mencionadas, se hace más fácil. El choque o antagonismo de las
tendencias o ideologías resalta así más nítidamente. La evolución que siguen los hombres y las ideas queda
más concentrada.

En este libro, por tener relación con el debate entre liberales y conservadores, queda comprendida, así
mismo, la trayectoria de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, así como la evolución del poder social del
clero.

En el momento en que el caudillaje decae, decaen también las tendencias doctrinarias. Se cohesiona, al
mismo tiempo, la nueva clase resultante de la fusión de parte de la aristocracia colonial con los enriquecidos.
Este proceso ha madurado merced a la evolución que finan-cieramente ha seguido el Perú; de modo que su
estudio debe hacerse desde el punto de vista financiero, así como desde el punto de vista social (Libro
cuarto).

La fisonomía social de los primeros cincuenta años republicanos no está aún completa. Hay que estudiar a
las clases medias y junto con ellas, porque contribuye a su desenvolvimiento, la enseñanza y las profesiones
liberales (Libro quinto). Además, el aporte de los extranjeros tanto política como social, económica y
financieramente (Libro sexto). Y la condición social y económica del pueblo, su intervención política en las
ciudades y en el campo, sus diferentes componentes, marcan otro aspecto capital de la época (Libro
séptimo). Así mismo, algunas consideraciones sobre la vida de familia y de la sociedad y sobre la condición
de la mujer (Libro octavo). Un esquema sobre las relaciones de la geografía humana y social con la historia
peruana en esta época finaliza la obra porque, basándose sobre hechos ya conocidos, puede efectuar más
fácilmente sus conclusiones (Libro noveno).

Hay errores y vacíos en esta obra. El título de ella advierte que no pretende ser una Historia definitiva sino
una contribución al estudio de la evolución social y política del Perú. Sirva si no para hacer olvidar esos
vacíos y esos errores, por lo menos para disminuir la grave culpabilidad que representan, la constancia de
que he hecho todo lo posible por reunir los materiales que puede suministrar la Biblioteca Nacional. Algunas
relaciones y archivos particulares pueden enmendar en todo o en parte esta obra; pero me lisonjea la
esperanza de poderla reeditar en forma más completa. Entre tanto, la escrupulosidad de la espera puede
traer la responsabilidad de la inacción, más grave que la del error.

Esta es una obra que no tiene el afán exhaustivo del erudito ni el espíritu apologético del cortesano ni la
finalidad forense del abogado ni el dilettantismo del turista. El dato que obsesiona al primero, el gesto que
entusiasma al segundo, el alegato que construye el tercero y la anécdota que extasía al último las desea
mirar a través de su valor social.

En su admirable libro Teoría e Historia de la Historiografía, Benedetto Croce dice que toda historia verdadera
es historia idealmente contemporánea porque sólo un interés de la vida presente puede mover a indagar un
hecho pasado; y por eso llama a la historia pasada, crónica, filología. Esta concepción de la palabra
“presente” es sicológica; pero si ella se extiende a la realidad misma que se estudia, si en ésta se hallan las
bases fundamentales de la realidad social actual, si para el planteamiento de los problemas de hoy es preciso
conocer los del ayer por lo menos inmediato resulta más evidente la importancia de la historia que no sólo
es contemporánea por su palpitante interés sicológico sino por los hechos mismos que investiga.
Contemporaneidad de hechos, claro está, más que de personas, de problemas y no de intereses, de orden
general y no de orden menudo.

Son incalculables la riqueza y la importancia de las épocas anteriores de nuestra Historia; pero la republicana
tiene también relieve primordial porque en ella están integrados los elementos todos que actúan en la
nacionalidad. Al lado de este valor de importancia tiene la Historia republicana un valor de facilidad. Hay
épocas donde el funcionamiento y la estructura del espíritu de los hombres se nos escapa. En cambio, estos
hombres del siglo pasado están más cerca de nosotros, se parecen más a nosotros, tenemos más
documentos para seguir sus huellas, así como los que vendrán reconstruirán fácilmente nuestra vida y
nuestro espíritu por los libros, el cinema, los periódicos y tantos otros medios de expresión que abunda en
nuestra época. Este Perú al que vamos a entrar no tiene brumas como el Perú prehispánico ni tiene fausto
como el Perú colonial; es, casi, nuestro Perú de todos los días.

Hay, sin embargo, una leyenda negra sobre la época republicana, aumentada acaso por la propaganda de
González Prada como reacción contra los hombres y contra los métodos que permitieron el Desastre del 79.
Según esta leyenda, la República fue una cueva de bandoleros. No sentenciemos tan fácilmente a
desórdenes y errores que no dejaron de estar acompañados de esfuerzos meritorios y sinceros. No hagamos
a nuestra República el homenaje de mirarla como una reproducción de Liliput mezclada con los vicios de
Sodoma. Antes de exaltar o denigrar, preferible es explicar y deducir. No hay que mirar tampoco al pasado
como a un tótem. En realidad, los tradicionalistas no aman al pasado por lo mismo que no quieren que sea
pasado, sino presente.

Tales, los marcos que han servido para esta obra que, aparte de su finalidad circunscrita, tiene, para alguien
al menos, el valor de los pocos rostros, a veces ni perfectos ni egregios y de las pocas ideas, a veces ni
inútiles ni definitivas que surgen del trajín cotidiano como única compensación de su mezquindad.
LIBRO PRIMERO

CAPÍTULO I
LA MONARQUÍA EN EL PERÚ

La nobleza peruana

La nobleza peruana, radicada en Trujillo, Huánuco, Arequipa, pero, sobre todo, en Lima, tenía triple origen:
1º los conquistadores y pobladores. 2° los empleados del virreinato, hijos de casas solariegas. 3° los
comerciantes enriquecidos que habían abandonado su profesión y obtenido, previa información sobre sus
antecesores, títulos de nobleza. Llegó a haber en el Perú 1 duque con grandeza de España, 58 marqueses, 45
condes, 1 vizconde, más los caballeros cruzados y fijodalgos. En ningún otro país de América del Sur se
extendió tanto la nobleza española. Los impuestos que esta clase social demandaba no podían ser atendidos
en otras regiones americanas. La nobleza estaba, además, ligada al régimen colonial por sus excepciones y
fueros, inclusive el mayorazgo, por el cual la herencia no se repartía entre todos los hijos legítimos sino sólo
se daba al mayor de ellos. Las vinculaciones territoriales que aparte del mayorazgo también existían
contribuían al carácter feudal en el régimen de la propiedad.1

La nobleza española, y por ende la peruana, consideraba por lo general depresivo el trabajo industrial. La
nobleza peruana poseía grandes haciendas, pero ellas estaban al cuidado de mayordomos generalmente
mestizos y solían los propietarios visitarlas sólo como motivo de descanso o diversión. Las amplias casonas
solariegas en las ciudades revelaban holgura, vida perezosa y tranquila. Sin acción política, ni aun oculta o
formal, la influencia de la nobleza se redujo, pues, a la vida de salón. Por eso, en sus fiestas y vestidos ponía
singular esplendidez. Contáronse a fines del siglo xviii 5000 a 6000 calesas en Lima, lo que implicaba graves
problemas de tráfico en nuestras estrechas calles. Desde el punto de vista intelectual y cultural, sin embargo,
la nobleza limeña, sobre todo, tiene en sus sectores más escogidos, valor y significación.

En una página densa Spengler ha dicho lo que es, lo que debe ser la nobleza. “Es una idea —dice— la que
sirve de base a las dos clases primordiales y sólo a ellas. Esta idea les proporciona el poderoso sentimiento
de un rango concedido Dios y, por lo tanto, sustraído a toda crítica; rango que les impone el deber de
respetarse a sí mismas, de tener conciencia de sí mismas y también de someterse a la más dura crianza y, en
ocasiones, de afrontar la muerte. Este rango confiere a las clases primordiales la superioridad histórica, el
encanto del alma que no presupone fuerza pero que la crea. Los hombres que pertenecen a dichas clases
íntimamente, y no sólo por el nombre, son verdaderamente algo distinto del resto; su vida, en oposición a la
vida aldeana y burguesa, va sustentada en una dignidad simbólica. Su vida no es vida para ser vivida, sino
para tener un sentido… La nobleza en sentido histórico universal es infinitamente más de lo que las cómodas
épocas postrimeras quieren que sea. No es una suma de títulos íntima, derechos y ceremonias, sino una
posesión íntima, difícil de adquirir, difícil de conservar y que, si se entiende bien, parece digna de que se le
sacrifique una vida. Una vieja estirpe no significa solamente una serie de antepasados — todos tenemos
abuelos— sino de antepasados que en largas series de generaciones vivieron en las cumbres de la historia y
no sólo tuvieron, sino que fueron sino, y en cuya sangre, merced a una experiencia secular, fue criada hasta
la perfección, la forma del acontecer”.2

La nobleza peruana, en cambio, no tuvo un carácter militar como la de Esparta, no estuvo adentrada en la
tierra ni familiarizada con la autoridad como la de Roma o la de Inglaterra, ni había acaparado el gobierno
como la de Venecia. Y no consumó su misión dirigente. Por su posición privilegiada, económica y
culturalmente, un criterio que miraba las cosas desde el punto de vista racionalista y no desde la realidad,
diría que pudo recoger la herencia de la metrópoli, que pudo ser el nexo entre la sujeción absoluta y la
libertad ignorada. A buscar esa situación intermedia tendieron las tentativas monarquistas.

Ellas tuvieron su capital en la Argentina. Largo tiempo anudáronse intrigas entre Europa y América para
implantar la monarquía; intrigas que ha contribuido a esclarecer el historiador venezolano C. A. Villanueva
en su serie de libros agrupados bajo el título: La monarquía en América.

Las tentativas monarquistas a principios del siglo XIX

Los gobiernos de Inglaterra, Francia y otros de Europa, salvo el de España, que como la vieja aristocracia
francesa y la aristocracia rusa olvidó que la mejor manera de defender los intereses creados está en la
concesión, miraron con beneplácito tales intentonas.

Sin entrar al proyecto ideado en 1783 por el Conde de Aranda sobre la creación de tres reinos en América
con el rey de España como emperador y al de Godoy, Príncipe de la Paz, para enviar a América a los infantes
en vez de los virreyes, sólo tiene un valor de anécdota saber que a fines del siglo xviii el marqués de
Campuzano anduviera por comisión del Inca Felipe buscando apoyo en Europa; y que agentes que tomaron
el nombre de Túpac Amaru también hicieron gestiones allá. Más importante que esta absurda diplomacia es
el intento de restauración incaísta que el prócer argentino Belgrano y el partido de los altoperuanos hicieron
infructuosamente en 1816, en el Congreso de Tucumán, para que el Cusco fuera la capital del ilusorio reino.
Y más importantes son aún los esfuerzos monarquistas criollos y europeizantes que tienen ya existencia en
1806, pues cuando sir Home Popham y Miranda llevaban la revolución emancipadora a Buenos Aires y a
Venezuela, el duque de Orleáns, Luis Felipe, se hallaba en relación con magnates sudamericanos para
establecer la monarquía.3

Interés singular tiene a este respecto la intentona carlotina. La Corte de Lisboa, ante la invasión del territorio
francés por las armas napoleónicas, había huido de la Península buscando refugio en el Brasil en 1807, desde
donde trató de influir sobre las provincias del Plata haciendo valer los derechos eventuales de la infanta
Carlota al trono de España e Indias. Carlota era hermana mayor de Fernando VII, que había sido apresado
por Napoleón, y esposa del príncipe regente del Portugal, más tarde Juan VI. En 1806 a pesar la oposición
inglesa y del embajador portugués en Buenos Aires, Linhares, Carlota había ganado al prócer argentino
Belgrano: el plan era anexar Chile al virreinato de la Plata y así formar un nuevo reino; un emisario, Manuel
Barañao, fue mandado a Chile, país al que no encontró maduro para el cambio. A mediados de 1809 Carlota
logró conquistar a una figura de más relieve aun que Belgrano en Buenos Aires: Liniers. Sorprendida la
confabulación por los partidarios de la Junta Central de Sevilla, de Pueyrredón quien logró fugar a Río de
Janeiro para instar a Carlota a que pasara el Plata y reivindicase por la fuerza sus derechos. Mitre dice en su
Historia de Belgrano que, si Carlota se decide a dar este paso, hubiera triunfado.4 Lo que hizo fue tan sólo
enviar a la Junta Central de Sevilla al conde de Palmella para reclamar sus derechos eventuales al trono de
España y solicitar la abolición de la ley sálica. Olivera Lima en su libro Don Juan VI del Brasil ha revelado que
habíase puesto Carlota en contacto con personas influyentes de Chile, Perú y Méjico.
Disuelto en 1810 el partido de Carlota, la intervención peruana es igualmente insignificante en las otras
tentativas monarquistas: la tentativa, hecha ante Carlos IV, anteriormente por Belgrano y Rivadavia para
traer al infante Francisco de Paula; el plan, quizá sólo existente en la mente de los agentes franceses en
Estados unidos, para coronar a José Bonaparte rey de Indias y jefe de la Confederación Napoleónica
hispanoamericana; los proyectos que el canciller francés Richelieu redactó para que expresara las ponencias
de Francia ante el Congreso de Aquisgrán sobre la base del reconocimiento de Buenos Aires y Chile como
monarquía constitucional continuando Méjico y Perú bajo la sujeción a la metrópoli con una libertad
moderada. En septiembre de 1818, además, Le Moyne, enviado del embajador francés en Londres, se dirigía
a Buenos Aires a discutir con Pueyrredón, que era ya Supremo Director, las bases de otro plan monárquico,
obteniendo acogida; San Martín y Belgrano estaban dentro del plan que consistía en traer al Duque de
Orleáns a América como rey, siempre sobre la base del Perú y Méjico para España. Paralelamente, se
realizaba la gestión de José Valentín Gómez ante el Barón Desolle, que había reemplazado a Richelieu en la
chancillería francesa. Luis xviii pensó entonces en Carlos Luis de Borbón, sobrino de Fernando VII, príncipe de
Luca, quien por pertenecer a la dinastía española podía ser grato al gobierno de Madrid y por pertenecer, así
mismo, a una rama separada, podía no ser recibido con odiosidad en América. La corte española, sin
embargo, por orgullo, por ausencia de visión política y diplomática, por confianza en la expedición que
aprestábase en Cádiz para zarpar a América, por las noticias de la anarquía en que había caído Buenos Aires,
por la sugestión rusa, no aceptó. A pesar de esto continuaron las negociaciones con Gómez; el congreso
argentino aprobó las bases para la venida del príncipe de Luca; Pueyrredón había sido reemplazado como
Supremo Director por Rondeau. Pero vinieron luego indiscreciones y enfriamientos. En noviembre de 1819 el
barón de Pasquier, nuevo canciller francés, anunciaba que todas las negociaciones habían concluido. Gómez
regresó a su patria a fines de 1820. Su fracaso debíase, sobre todo, a Fernando VII, obstáculo principal para
los proyectos monarquistas porque confiaba en una reconquista de América; sin embargo, Oliveira Lima
exagera al atribuirle en su Evolución Histórica de América Latina un rol decisivo. Así tenemos que el gobierno
de Rondeau fue vencido por el general Ramírez, quien lo acusó de traición; Saavedra, nuevo gobernador de
Buenos Aires, publicó en un folleto todas las negociaciones. Por esa época, San Martín pasó los Andes con su
ejército inmortal. Traía al Perú la primera expedición libertadora; traíale, también, el más formidable apoyo
a la ilusión monarquista.

Abascal y el Perú

El Perú había sido prácticamente ajeno a todas las intrigas monarquistas. Por largo tiempo, en Lima, el
máximo liberalismo se redujo al programa apenas autonomista que en diciembre de 1810 presentaron los
diputados peruanos ante las Cortes de las islas de León. José de la Riva-Agüero Osma reconoce que en 1810
y los años inmediatamente siguientes, una sublevación en Lima con la creación de su correspondiente Junta
hubiera sido fácil; y que si no la hubo fue porque las clases dirigentes no lo quisieron. Pero no solamente
ocurrió esto, sino que el Perú, mientras España invadida por Napoleón no pudiera atender a Ultramar,
pretendió suplirla asumiendo como primogénito la representación de la metrópoli aunque en el mismo
consejo de Abascal hubo quienes opinaran porque lo prudente era mantenerse tan sólo a la defensiva.5

Don José Antonio de Lavalle en su estudio sobre Abascal cuenta que éste, cuyo prestigio era enorme
contribuyendo con él a la falta de deseo revolucionario, fue acometido por varias tentaciones: Carlos IV le
ordenó secretamente que no obedeciera a su hijo; Carlota le dio plenos poderes; José Bonaparte le dispensó
honores; en Lima se le quería coronar, pues —sigue hablando Lavalle— era popular la fórmula “La
Independencia con Abascal como soberano”. Esta última sugestión fue la más poderosa: el día 13 de octubre
de 1808 señalado para proclamar a Fernando VII fue el decisivo: hasta el último instante el anciano virrey fue
instado por sus amigos vacilando por un instante su lealtad para triunfar, luego, efectuándose la
proclamación del monarca español.6 Romántica tradición que acaso exagera la verdad pero que se inspira
en fundamentos verdaderos.
Baquíjano y Carrillo y su posición centrista

Pero el movimiento al que cabe considerar representativo de la nobleza peruana, en lo que ella había de más
valioso y cultivado, es el que se encarna en la figura eminente de don José Baquíjano Carrillo, conde de Vista
Florida. Baquíjano que habíase iniciado en el seminario de Santo Toribio, diose a conocer prematuramente
por sus brillantes estudios; y antes de las inquietudes separatistas habíase distinguido más aún por dos
hechos: el discurso que pronunció en la Universidad en 1780 con motivo del recibimiento del virrey don
Agustín de Jáuregui donde la elegancia del lenguaje con ser un mérito de dicho discurso está supeditada a la
importancia de haber pintado en él Baquíjano algunos de los errores e injusticias del gobierno español. Y en
seguido lugar, su prominente rol como presidente de la “sociedad de amantes del país” en el periódico
Mercurio Peruano de tan primordial valor histórico, por haber encarnado la tendencia al estudio de las cosas
del país, con elevación, cultura y celo que extendieron el prestigio de este periódico hasta Europa.

A pesar de que, por los temores que suscitaban sus ideas liberales, no logró ser Rector de la Universidad de
San Marcos, Baquíjano recibió una serie de honores de parte de la administración española. En febrero de
1812 la Regencia de España lo nombró consejero de Estado: y en Lima y en provincias se produjo un
movimiento en todos los sectores sociales, desde las mujeres linajudas hasta los negros esclavos:
manifestaciones populares, iluminaciones, bailes, certámenes poéticos; en éstos tomaron parte en Lima,
José F. Sánchez Carrión y en Arequipa Mariano Melgar. Viajó a España, pues, Baquíjano; no regresó ya a su
patria: le sorprendió allá el retorno del régimen absoluto y aunque al principio no fue perseguido por él, sí lo
fue más tarde, cuando cayó en desgracia el duque de San Carlos, limeño y consejero de Fernando vii que era
amigo suyo: falleciendo en Sevilla, confinado, en 1818.7

Baquíjano parece que encabezaba un partido liberal en el cual repercutía en el Perú el constitucionalismo de
las Cortes de Cádiz. Más que partido era más bien una tendencia este sector americano del liberalismo
peninsular que había hallado eco en los sectores cultivados de la nobleza criolla. Quería, a lo sumo, la
libertad comercial y política, la plenitud de derechos para los criollos, quizá cierta autonomía, pero sin cortar
los vínculos con España. Buscaba no ya la unidad personal que había sido la base de las relaciones entre la
monarquía absoluta y las colonias; sino la unidad nacional. Diferenciábase esta tendencia del liberalismo de
los legisladores de Cádiz en que, además, era partidaria de la descentralización; tenía carácter regionalista,
pues quería aflojar los lazos con la metrópoli para que no se rompieran.

En Europa esta tendencia fue encarnada tácitamente por don Vicente Morález Duárez, limeño, diputado a
Cortes que murió en 1812 como presidente del Congreso. Varias publicaciones en Lima, la encarnan; sobre
todo, El Satélite del Peruano. Aunque nominalmente este periódico, cuyo prospecto apareció el 20 de
febrero de 1812, era redactado por una “sociedad filantrópica” y al frente de él apareció luego un joven
periodista neogranadino, Fernando López Aldana; es evidente que fue si no redactado, al menos inspirado y
protegido por Baquíjano, que figuraba como el primero de los suscritores, y algunos de los antiguos
miembros de Mercurio Peruano. El Satélite del Peruano llegó sólo hasta el N.º 2 y fue decomisado su primer
número por revelar excesivo espíritu liberal en los párrafos ya famosos que comienzan diciendo: “Por patria
entendemos la vasta extensión en ambas Américas”.8

Representativo de lo que en la nobleza limeña había de renovación ideológica, Baquíjano se quedó pues
ante la Emancipación en algo que dentro de la moderna terminología cabría calificar como “centrismo”.
Vicuña Mackenna lo ha llamado con acierto jefe del grupo peruano-español,que si bien acaso
filosóficamente no negaba la justicia de la Independencia de América, no veía los hombres apropiados para
gobernar ni las circunstancias propicias para realizar con éxito la transformación. En cambio, seguramente se
equivoca Vicuña Mackenna al fijar como algo cardinal dentro de la actitud de Baquíjano sus vinculaciones
con Carlota que no existieron o, si existieron, fueron fugaces. Precisamente El Satélite del Peruano en su N.º
2 del 1° de abril de 1812 transcribe un artículo titulado “Reflexiones sobre los derechos de la Infanta Carlota”
en el cual se considera la dominación portuguesa, tan extranjera y odiosa como cualquier otra.
De todos modos, Baquíjano pecó en esto de tímido; no es raro que el torrente de los sucesos se precipitara
por cauces bien distintos a los que él hubiera querido. Baquíjano era intelectual y era aristócrata. Como
intelectual, su capacidad para la acción no era intensa; vivía en el mundo de los hechos, en el mundo de los
sistemas y no en el mundo de los acontecimientos. Como aristócrata, tenía seguramente esa morosa
vinculación con las viejas cosas, natural dada su cómoda posición personal aun su edad; y, a pesar de sus
lecturas y de sus reflexiones, se dejaba sentir en él también la falta de impulso de su casta.

Cuando en 1810 Manuel Lorenzo de Vidaurre escribe su Plan del Perú, a pesar de ciertas afirmaciones
heterodoxas en el orden religioso, respeta la tradición política. Más tarde ha de confesar que en esa época
Grecia y Roma lo curan de la fiebre democrática; donde todos son iguales, todos quieren ser superiores,
afirma; la anarquía es la enfermedad mortal del republicanismo; un pueblo acostumbrado a la esclavitud no
aspira sino a mudar de amo; el sistema monárquico constitucional es el puente que evita el abismo entre la
Colonia y la libertad. Quizá esas ideas influyen grandemente para que se niegue a aceptar la dirección del
movimiento revolucionario iniciado en el Cusco en 1814 por Pumacahua. En aquella época, pues, Vidaurre
era tan moderado como Baquíjano.

Riva-Agüero

Pero la nobleza limeña tuvo un miembro que dejó de un lado honores, títulos, fortuna y posición social ante
la prédica revolucionaria: don José de la Riva-Agüero y Sánchez Boquete. Perteneciente a una antigua y
nobilísima familia de Lima y de España, Riva-Agüero fue en el periodo precursor de la Independencia, la
antítesis de Baquíjano. Nacido en Lima en 1783, Riva-Agüero concluyó su educación en España e inicióse en
la carrera militar, pero contrariando a su familia, la interrumpió, así como también sus estudios de Leyes e
hizo un dilatado viaje de paseo a Francia. En esta época ya estaba en contacto con el ministro inglés Canning
a quien propuso varios planes para la Independencia de América. Regresó a Madrid poco antes de la guerra
de la Independencia española tomando parte en algunos encuentros al iniciarse ella. Sabida la muerte de su
padre volvió al Perú por la vía de Buenos Aires en 1809. En Montevideo fue apresado de orden del
gobernador Elío por sospechoso; en Buenos Aires hubo de escaparse ocultamente, pues se le iba a obligar a
regresar a España: algo análogo ocurrióle en Mendoza. En Lima estuvo constantemente vigilado y, a veces,
perseguido salvándole la intervención de poderosos parientes y relacionados. Ingresó al Tribunal Mayor de
Cuentas como contador y juez conservador del ramo de suertes y loterías de Lima publicando un folleto en
1813 sobre su desorden (Ligera idea del abandono en que se halla el Tribunal de Cuentas del Perú).
Destituido y enjuiciado se le confinó a Tarma. Era ya el agente secreto de las juntas separatistas de Buenos
Aires y de Chile y dirigía la logia de Lima que funcionaba en su casa o en la del conde de la Vega del Ren, de
quien cuéntase que en 1812 se ponía de rodillas al firmar una petición a favor de los derechos de los
americanos. Con esa preeminencia secreta que seguramente le hizo soñar con ser el caudillo epónimo de la
Revolución peruana, no se satisfizo del todo su vanidad postergada por el virrey; quizá por eso escribió más
o menos en 1820 su folleto inédito: Origen de que los mandones y tiranos del Perú me consideren enemigo
de ellos.

En 1816 escribió Riva-Agüero su folleto Manifestación histórica y política de la Revolución de América,


publicado en Buenos Aires en 1818 y conocido con el nombre del folleto de las 28 causas. Estuvo complicado
en casi todas las conspiraciones limeñas, que tuvieron por sustento casi siempre el apoyo de algunos
aristócratas. Vicuña Mackenna hace la siguiente lista de dichas inquietudes capitalinas:

1808. —Denuncia sobre reuniones en la Facultad de Medicina con la participación de Unanue y otros.
1809. —Conspiración de Pardo y Silva. Antonio María de Pardo, miembro principal de esta conjura, era
protegido del Conde de Montemira.
1810. —Denuncias contra Riva-Agüero. Prisión del cura Tagle, Saravia, Boque y Anchoris.
1812. —Prisiones realizadas a raíz de las fiestas con motivo del nombramiento de Baquíjano. De estas
prisiones no se tiene noticias seguras y, en todo caso, Baquíjano fue ajeno a las inquietudes que las
motivaron.
1814. —Conspiración del Conde de la Vega del Ren, de Quiróz y de Pardo Zela.
1818. — Complot abortado de Gómez y de Espejo en el Callao.
1819. —Prisión de Riva-Agüero y otros por delación del oficial García que había venido con comunicaciones
de San Martín. Absolución de los reos por falta de prueba.

Lima ante la Emancipación

Sin escatimar la admiración a los hombres abnegados que las fomentaron, no hay que exagerar la
importancia de las conspiraciones limeñas mencionadas, salvo la de 1818 en que no actuó la nobleza. Sobre
la primera de las denuncias, la de las reuniones en la Facultad de Medicina, de gente prominente dentro del
Virreinato, cuenta Vicuña Mackenna, con evidente exageración, a través del relato de Pérez Tudela, que el
enfriamiento que demostró Abascal a sus áulicos comprometidos en tales coloquios, como único castigo de
ellos, contribuyó a que perdiera el juicio el matemático don José Gregorio Paredes, y a que Unanue, por la
zozobra consiguiente, ya no volviera a despegar los labios para manifestar en público sus ideas políticas. Y
cuéntase, así mismo —verdad que la anécdota pertenece a los primeros tiempos revolucionarios y cuando
dominaba Abascal— que cierta noche en que un grupo de conjurados salía embozado del lugar de su cita, la
linterna de un agente del virrey iba alumbrando cada rostro mientras el agente decía: “El Excmo., señor
virrey desea a Usia buenas noches”.

Que en Lima no fue muy ardoroso el entusiasmo emancipador lo revelan varios documentos de la época
publicados en la Correspondencia del General San Martín. En el informe del teniente coronel José Bernaldez
Polledo, fechado en Lima el 18 de diciembre de 1817, léase lo siguiente: “No pondero: si nuestro ejército
estuviera a seis leguas de distancia de esta capital y el visir hiciera una corrida de toros, los limeños fueran a
ella contentos sin pensar en el riesgo que les amenazaba. Ocuparíamos la ciudad y los limeños no
interrumpirían el curso de sus placeres”.9

Pero aún es más gráfica la información dada a San Martín por uno de sus corresponsales capitolinos, oculto
bajo el seudónimo de “Aristipo Emero” y correspondiente más o menos al año de 1820: “Los de la clase alta,
aunque deseen la Independencia, no darán sin embargo ni un peso para lograrla o secundarla; pues como
tienen a sus padres empleados o son mayorazgos o hacendados, etc., no se afanan mucho por mudar de
existencia política, respecto a que viven con desahogo bajo el actual gobierno. Los de la clase media, que son
muchos, no harán tampoco nada activamente hasta que no vengan los libertadores y les pongan las armas
en la mano; su patriotismo sólo sirve para regar noticias, copiar papeles de los independientes, formar
proclamas, etc., levantar muchas mentiras que incomodan al gobierno y nada más. Los de la clase baja que
comprende este pueblo, para nada sirven ni son capaces de ninguna revolución. En una palabra: no hay que
esperar ningún movimiento que favorezca los del ejército protector, de esta capital pues en ella reina una
indolencia, una miseria, una flojedad, una insustancialidad, una falta absoluta de heroísmo, de virtudes
republicanas tan general, que nadie resollará aunque vean subir al cadalso un centenar o dos de
patriotas”.10

El plan de campaña que siguió San Martín en el Perú le fue enviado por Riva-Agüero.11 Entonces se le juzgó
en un consejo de guerra de oficiales generales que presidió La Serna. Valiéndose de persuasiones y de otros
medios, Riva-Agüero introdujo la deserción en las tropas realistas y estuvo conectando con numerosos
agentes aún en los centros mismos del gobierno español. Muchos de los que desertaban eran encaminados
por sus agentes por sendas extraviadas hasta incorporarlos a las guerrillas de los independientes,
refugiándose algunos en su Chacra para ser habilitados y conducidos sin riesgo. Constantes fueron los avisos
que dio durante la campaña alrededor de Lima a San Martín y a los jefes de partidas; ellos contribuyeron a
destruir la división Ricafort, al fracaso de la expedición del virrey a Pasco y de la sorpresa de Valdez desde
Aznapuquio cuando San Martín estaba en Retes. Así mismo, envió medicinas a los independientes en
Huacho y Pativilca. Contribuyó también a producir la división y el desacuerdo entre los propios generales
españoles e introdujo en el cuartel general y en el ejército espías dobles. Algunas veces su ingenio le sugirió
recursos pintorescos: mandar, por ejemplo, a los monasterios por conducto de mujeres, papeles alarmistas
con firmas supuestas o entablar correspondencia aviesa con el redactor del periódico que se editaba en la
única imprenta de la ciudad para así obtener la publicación de escritos favorables a la Independencia,
aunque fuera acompañada por insultos.12

La primera etapa del monarquismo de San Martín en el Perú. La primera gestión oficial: Punchauca

Es un extranjero el que da la primera, la más efectiva batalla por la monarquía en el Perú. El impulso de San
Martín implica el más alto momento de auge de la ilusión monarquista.

Apenas desembarcado San Martín inició Pezuela las negociaciones que condujeron a la conferencia de
Miraflores (septiembre 1820) donde en forma reservada fue planteada por los delegados del primero la
coronación de un príncipe de España en el Perú independizado. Cuatro meses después del fracaso de estas
negociaciones por el extremismo del virrey había empeorado la situación de los realistas. Los vecinos de
Lima suscribieron una exposición pidiendo arreglos (6 de diciembre). Dicha exposición, presentada al
ayuntamiento, decía que debía propenderse a una transacción “con tanta más anticipación, cuanto en las
negociaciones, de Miraflores indicaron los diputados del general D. José de San Martín según aparece de su
oficio N.º 2 que no sería difícil hallar un medio de avenimiento amistoso”. Firmaban esta representación,
entre otros, Hipólito Unanue, Justo Figuerola, el Conde de Vista Florida que lo era entonces Salazar y
Baquíjano y otros personajes que actuaron en la Independencia. El Ayuntamiento pasó esta representación
al virrey.13 Pero el 29 de enero de 1821, en el campamento de Aznapuquio a base de la impericia militar de
Pezuela, los militares lo depusieron.14 Contribuyó a esta deposición también la creencia esparcida entre los
militares españoles de que Pezuela, aconsejado por gentes poco esperanzadas en el éxito sobre San Martín,
estaba fomentando el movimiento a favor de los arreglos. Las conversaciones entabladas en Torre Blanca
entre realistas y patriotas tampoco dieron resultado alguno (19 de febrero). Pero en los primeros días de
abril llegó a Lima el capitán de fragata Manuel Abreu, uno de los dos comisionados autorizados por la
metrópoli para tratar la paz; el otro había fallecido en Panamá. Abreu, que en su viaje había estado en el
campamento de San Martín en Huaura, llegó a Lima, favorablemente impresionado sobre los patriotas y
contribuyó a que se reabrieran las negociaciones. Realizáronse éstas en Punchauca, produciéndose la
histórica entrevista entre San Martín y La Serna (mayo 18 de 1821) obteniéndose un armisticio. San Martín
propuso allí el establecimiento de una regencia con un delegado por ambas partes y la presidencia de La
Serna y que él mismo, en caso necesario, iría a solicitar la venida de un príncipe de la casa reinante de
España. San Martín quería así —según la expresión de Mitre— realizar la Independencia por medio de los
españoles. La propuesta fue recibida con regocijo en el séquito del virrey; cambiáronse luego, en la comida
que siguió a la conversación, brindis expresivos. Aunque esta fórmula tenía importantes partidarios en Lima,
el virrey que debía su poder al ejército, consultó con los jefes de él, quienes, sin oponer, creyeron necesaria
la aprobación del rey. El virrey, entonces, propuso la suspensión de hostilidades y que se trazara una línea
entre ambos ejércitos embarcándose ambos, La Serna y San Martín, a España. Pero San Martín quería la
aceptación previa de la Independencia y la negociación se frustró. En El Pacificador, periódico del ejercito
patriota que redactaba Monteagudo, ya había aparecido un artículo propiciando la fórmula monárquica. Y
cuando se realizó a bordo de uno los buques patriotas la entrevista entre San Martín y el general español
Valdez que puso término a las negociaciones, Valdez amenazó con la retirada de los españoles a la sierra,
proclamando el imperio incaico, para lo cual tenía en sus filas a un cacique de sangre real.15

La segunda etapa del monarquismo de San Martín en el Perú. La segunda gestión oficial: Misión García del
Río-Paroissien
Enseguida vino la entrada de San Martín en Lima, el Protectorado. San Martín, que al emprender su
expedición había lanzado una proclama a la nobleza recordándole que “el primer título de nobleza fue
siempre el de la protección dada al oprimido y su dignidad jamás se ha conciliado con una oscura molicie o
un servil abatimiento”, en su decreto de 3 de agosto de 1821 llegó a decir que “la experiencia de diez años,
el imperio de las circunstancias, le habían enseñado a conocer los males de gobernar la América por medio
de la expresión de la voluntad nacional antes de estar asegurada la Independencia”.

El monarquismo de San Martín, trasunto del monarquismo rioplatense que inspira a Pueyrredón, Rondeau y
Belgrano, ha evolucionado después del fracaso de Punchauca. No se basa ya en el entendimiento con La
Serna y con los españoles sino en la acción directa ante Europa de acuerdo y en conexión con la nobleza.

Así, al crearse por el Estatuto Provisorio en 8 de octubre de 1821 un Consejo de Estado, los únicos puestos
que en él podían adjudicarse libremente fueron dados a los Condes del Valle Oselle y de la Vega del Ren y a
los marqueses de Torre Tagle y de Torre Velarde. La institución de la Orden del Sol cuyos miembros tenían
carácter hereditario, para así formar una nueva nobleza; el decreto de 27 de diciembre de 1821 declarando
títulos del Perú a los de Castilla con cargo de tomar nuevos despachos, fueron reveladores del mismo
espíritu. En el Cabildo, los marqueses de Santa María de Pacoyán, de Casa Muoz y de Corpa y los condes de
Vega del Ren y de Casa Saavedra; en la Sociedad Patriótica los marqueses de Torre Tagle y de Valle Oselle y
los condes de Torre Velarde, de Casa Saavedra y de Villar de Fuentes, además otros en la Universidad, en la
junta de libertad de imprenta pudieron contribuir a la realización de los planes de San Martín.16

Llegó a despacharse la misión García del Río y Paroissien (acta del Consejo de Estado de 24 de diciembre de
1821) en busca del rey para el Perú: primero debían los comisionados solicitar al príncipe de Saxe Coburgo
que fue más tarde Leopoldo, rey de los belgas u otros de la dinastía inglesa bajo la condición de su
catolicidad; si no, debían solicitar algún príncipe de la casa Brunswick o negociar con Austria, Rusia, Francia o
Portugal y, en último caso, solicitar de España el duque de Luca. Dos cronistas apasionados de la época,
Mariátegui en sus apostillas a la historia de Paz Soldán y Távara en su “Historia de los partidos” dicen que los
comisionados fueron desdeñados en Europa; pera Villanueva, en La monarquía en América, afirma que nada
solicitaron y que además sus facultades caducaron con los cambios políticos que pronto ocurrieron en el
Perú,17 lo cual está confirmado por las cartas de García del Río que publica Vicuña Mackenna.18

García del Río y Paroissien, a su paso por Chile, premunidos de la amistad entre O’Higgins y San Martín,
había intentado asociar al primero a sus planes monárquicos, tan infructuosamente como antes había sido la
gestión de Irrisari con el mismo objeto.

El momento oratorio de la lucha entre monarquistas y republicanos

El Protectorado hizo aún más por la monarquía. Favoreció el planteamiento en discusión pública de la
conveniencia de dicha fórmula. Para ello había creado la Sociedad Patriótica: academia de carácter literario
destinada a discutir todas las cuestiones de interés público de la cual fueron nombrados miembros los
personajes de la actualidad del momento, inclusive los republicanos aunque en minoría. La defensa de la
monarquía fue hecha el 1° de marzo por el doctor José Ignacio Moreno, abordando la primera cuestión
sobre la que se propuso deliberar la Sociedad Patriótica: cuál era la forma de gobierno que más convenía al
Perú. Las otras dos cuestiones eran las causas del retardo de la Independencia en Lima y la necesidad de la
conservación del orden público para terminar la guerra y perpetuar la paz.19 Los liberales quisieron eludir la
discusión sobre la forma de gobierno dadas las manifiestas tendencias monárquicas de Monteagudo más
temibles por el carácter terrorista que se veía en su gobierno. Pérez Tudela dijo que todas las provincias no
estaban representadas, que la forma del gobierno del Perú debía ser la del resto de América y que, en todo
caso, la decisión sería meramente académica. Luna Pizarro, previamente, había pedido que se dejara
constancia de la libertad de palabra.
La base de la disertación de Moreno era la siguiente fórmula, sacada de Montesquieu: la difusión del poder
político debía estar en relación directa con la ilustración y civilización del pueblo; y en razón inversa de la
grandeza del territorio. La escasez de ilustración y civilización en el Perú estaba improbada por la ignorancia
de los más, pues la población no se hallaba en estado de conocer bien y calcular por sí misma sus propios
intereses ni de caminar siempre a un mismo fin, si no se ponía en manos de uno solo que ayudado de las
luces de los sabios y moderado bajo el imperio de las leyes fundamentales establecidas por el Congreso
nacional, gobernara. La heterogeneidad de los elementos de la población del Perú, sus diversas castas, eran
un riego para la discordia; además, aquí nunca se había conocido otro gobierno que el monárquico, inclusive
desde antes de la llegada de los españoles. Y en cuanto a la segunda parte de su fórmula, Moreno decía,
repitiendo una vez más a Montesquieu, que la democracia había surgido históricamente en países de corta
extensión y que Roma habíala superado cuando extendió sus fronteras en virtud de sus conquistas. Si la
extensión del territorio mitigaba la demasiada actividad del poder real —agregaba— anularía en cambio en
la democracia los derechos de los ciudadanos robusteciendo el poder. Su disertación concluyó con una cita
literaria: aquel verso de la Ilíada (Lib. 2, v. 204) en que Ulises dice a los griegos ante las puertas de Troya: “No
es bueno que muchos manden, uno solo impere, haya un solo rey”. La disertación fue publicada en El Sol del
Perú, órgano de la Sociedad Patriótica.20

“La segunda sesión, dice Raúl Porras Barrenechea en su estudio sobre Mariano José de Arce, tuvo lugar
cuatro días después, el 5 de marzo. La inquietud de los republicanos era creciente. En el intervalo que
precedió a la sesión estos se habían puesto de acuerdo sobre la forma en que combatían el discurso de
Moreno. La expectación se hizo más intensa por el numeroso público que se reunió para presenciar el
debate desde la barra. Parece que se hallaba convenido entre los republicanos que antes de que Tudela y
Luna Pizarro hicieran la impugnación que les correspondía, Mariátegui como Secretario de la Sociedad, diera
lectura a una carta dirigida a ésta la cual era un valiente alegato en contra de la Monarquía, escrito por
Sánchez Carrión, quien la firmaba con el seudónimo de ‘El Solitario de Sayán’. El plan de los republicanos se
desbarató por completo en la sesión. Abierto el pliego cerrado, que contenía la carta de Sánchez Carrión, el
Secretario comenzó a darle lectura pero Monteagudo al darse cuenta de la certera refutación de sus propios
argumentos que ésta contenía y del viril aliento doctrinario del documento, suspendió la lectura, alegando
que se trataba de un escrito anónimo cuyo contenido debía examinarse previamente. La palabra
correspondía a Pérez de Tudela, quien en forma mesurada hizo más que la refutación del discurso de
Moreno, una apología del sistema republicano y expresó su optimismo en cuanto a la posibilidad de su
aplicación el Perú. Para el espíritu democrático de Tudela, el indio y el africano, podían ejercer dignamente
la libertad que habían sido capaces de defender. Hay en el Perú —dijo— heterogeneidad en los colores, pero
no en los deseos y sentimientos. El alma es igual en todos”. Existiendo una población apta para la libertad,
sólo eran necesarios algunos hombres de luces y virtudes como Franklin, Wáshington y San Martín. La
unidad americana, frente a España, exigía por último, formar secciones regidas por las mismas leyes, a fin de
formar en el momento oportuno un cuerpo común.

“El disgusto de Monteagudo al escuchar la oración de Tudela fue visible, pero ésta en cambio, dice
Mariátegui, fue recibida con júbilo enorme por la barra que aplaudió largamente al disertante, Luna Pizarro
debía hablar enseguida y todos esperaban oír de sus labios una hábil impugnación que desbaratara la
dialéctica del discurso de Moreno que el de Tudela casi no había discutido. Pero en medio del desconcierto
general Luna Pizarro permaneció sin pedir la palabra, guardando un silencio que según se dijo entonces, dice
Mariátegui ‘se le había exigido’”.

“En ese momento de espectación, en que pareció que la maquiavélica obra de zapa de Monteagudo, iba a
vencer, fue que Arce solicitó la palabra. Su réplica tuvo desde el comienzo el tono que el auditorio exigía. Fue
una crítica intemperante, de las ideas expresadas por el clérigo Moreno al que envolvió en su censura contra
la forma monárquica. El clérigo republicano tuvo desde la iniciación de su discurso esa fortuna de las
primeras palabras que deciden un definitivo triunfo oratorio. Comenzó diciendo, que al escuchar al Canónigo
Moreno, había sentido la sensación de oír a Bossuet defendiendo a los despóticos reyes de Francia y que el
discurso de éste era digno del siglo de Luis xiv. Después de este exordio rotundo examinó las formas de
gobierno señaladas por Montesquieu hizo el elogio del sistema representativo. Extrañó que se quisiera
delegar el poder de un solo hombre, cuando la ciencia política de su época, proclamaba la división de los
poderes y el gobierno de la nación sólo podían ejercerlo los representantes de ésta reunidos en un Congreso
constituyente. En forma despectiva se refirió a los argumentos de Moreno sobre la libertad en relación con
la extensión del territorio. ‘Confesó —dice el acta de la sesión— que esta máxima le era muy obscura y que
no alcanzaba lo que quería decir a no ser que coincidiera con el aserto de Montesquieu; que un gobierno
republicano sólo puede mantenerse en un territorio pequeño y que uno dilatado sólo puede gobernarse
bajo la monarquía. Este aserto es mirado como erróneo, después de haberse descubierto el sistema
representativo el cual es adaptable desde el más pequeño hasta el más grande territorio.’ El extracto que
consignan las actas de la Sociedad es demasiado lacónico, pero deja sospechar los sentimientos que
animaron aquella arenga: el republicanismo encendido del orador, su desdén profundo por la organización
monárquica y por los sostenedores de ella, su teoricismo político confiado e infalible. Para los espíritus
apasionados no es fácil separar las ideas de quienes las encarnan o defienden. El final de aquella peroración
candente hubo de recaer bruscamente, como el exordio, sobre la cabeza del áulico clérigo monarquista.
‘Concluyó —dice el acta— que los argumentos del señor Moreno a pesar de su elocuencia no le convencían,
tal vez por ser idénticos a los que muchas veces oyó hacer para sostener el cetro de Fernando’”.

“Las frases de Arce, dice Mariátegui en sus recuerdos históricos, hicieron que el público prorrumpiera en
risas poco deferentes para Moreno. Éste interrumpió entonces a Arce, afirmando que se le insultaba y que
se retiraría de la sala si aquél no se retractaba de sus frases. Arce repuso que Moreno no tenía por qué
apropiarse las invectivas dirigidas por él […] en auxilio de Moreno, para recomendar que fuera esa la última
vez ‘que se vertiesen personalidades’ en el seno de la sociedad.”

“Los partidarios de Monteagudo apoyaron entonces a Moreno y hubo quien pretendió concretar el debate
sobre la persona que debería ocupar el trono, lo que provocó la protesta de los republicanos Álvarez y
Tudela. La discusión tornóse seguramente álgida, porque Unanue, el blando anciano venerable, intervino
solicitando que el debate se redujera al tema propuesto por Monteagudo y hubo aún de poner su prestigio
de sabio y de patriota al lado de Moreno, diciendo ‘que había desenvuelto magistralmente estos principios
respecto al Gobierno Monárquico’.”

“Pero la tranquilidad del debate y la resolución unánime prevista por Monteagudo a favor de sus proyectos
se habían perdido ya por completo, Monteagudo y Tudela discutieron aún teóricamente y Arce hubo de
reclamar finalmente la palabra, para decir, en refutación de Moreno, que no podía tomarse como punto de
partida para la elección de la forma monárquica, la falta de ilustración del Perú el que progresará muy
pronto desaparecida ya la Inquisición que era el único obstáculo que anteriormente existía.”21

Además de la refutación hecha a Moreno por el Solitario de Sayán, o sea José Faustino Sánchez Carrión,
hubo la refutación de don Pedro Antonio de la Torre que más tarde cambió de ideología

El momento tumultuario de la lucha entre monarquistas y republicanos

Presidente de la Sociedad Patriótica, principal autor de la propaganda monarquista y consejero de San


Martín era Bernardo Monteagudo. Argentino o alto peruano, Monteagudo habíase distinguido muy joven en
el levantamiento de Chuquisaca el 25 de mayo de 1809; desterrado en Buenos Aires, producida allí la
formación de una Junta provisoria revolucionaria, publicó el periódico Mártir o libre cuya subvención fue
suspendida por la Junta a causa de sus avanzados escritos; secretario de Castelli en la campaña de éste en el
Alto Perú en 1811 y diputado en el Congreso de 1812 a 1815, fue desterrado a Europa en este último año
por ser leader de la extrema izquierda que por breve tiempo imperó llevando al poder al general Alvear;
consejero de San Martín en 1818 y miembro conspicuo de la “Logia Lautarina”, dícese que influyó en el
ajusticiamiento de los próceres chilenos Luis y Juan José Carrera en Mendoza y en el ajusticiamiento de
prisioneros realistas en San Luis, este último debido a pasiones personales; en 1820 redactó en Santiago El
Censor de la Revolución abriendo campaña contra el radicalismo que antes había profesado; incorporado al
ejército libertador del Perú, fue nombrado Auditor General de Guerra y secretario del General en Jefe y
luego, ministro de Guerra y Relaciones Exteriores. Como ministro expidió decretos, exornados por
declamatorios preámbulos, redimiendo a los indígenas del pago de la mita y del tributo, emancipando los
esclavos, prohibiendo el juego de envite, de gallos y de carnaval, fundando la Biblioteca Nacional de Lima,
reformando las cárceles, inaugurando establecimientos de enseñanza mutua, reglamentando la
administración de justicia, fundando la primera Escuela normal de preceptores de América, editando las
bases de un Banco Nacional. Pero, al mismo tiempo, procedió a la expulsión de los españoles de Lima y al
secuestro de sus bienes, al fusilamiento de algunos patriotas exaltados, al destierro de otros. Además, su
vanidad y su sensualidad de mulato estudiadas clínicamente por Ramos Mejía en su libro Neurosis de los
hombres célebres contribuían a hacerle odioso. Ello, unido al descontento contra San Martín y su
administración y unido también a cierto nacionalismo incipiente que veía con disgusto muchos de los
principales puestos del país en manos de extranjeros, sirvió de combustible para que Riva-Agüero,
presidente (prefecto) del departamento que habíase convertido en enemigo personal de Monteagudo a
quien acusó más tarde de haberlo querido asesinar por medio de una carta envenenada que lo dejó privado
por largas horas y de haberlo querido expatriar, provocara el motín del 25 de julio de 1822. Este motín se
realizó ocho días después de que San Martín había dejado Lima para ir a Guayaquil a entrevistarse con
Bolívar. Ante la noticia de que iban a realizarse nuevos destierros con el objeto de que Monteagudo
cómodamente pudiera imponer a los que debían formar el Congreso, se aglomeró el populacho, se redactó
un acta pidiendo la deposición del ministro; Torre Tagle, delegado de San Martín, accedió, y ante una nueva
reunión de cabildo abierto pidió la expatriación. Ella se produjo el 30 de julio habiendo hecho el gobierno
embarcar a Monteagudo clandestinamente con rumbo a Guayaquil. Riva-Agüero, que ya había dado nuevas
muestras de su popularidad y de su dinamismo en septiembre de 1821 encabezando los preparativos
populares en contra de la inminente invasión española al mando de Canterac, fue el corifeo principal de este
movimiento y publicó a raíz de él un folleto titulado Lima justificada.22 Así, pues, parte principal de la
nobleza limeña y los españoles peruanos que habían sido víctimas de aquel mulato tempestuoso, se alejaron
de él y lo echaron abajo; pero perdiendo con ello un defensor valioso contra la ideología avancista. Los
liberales, por supuesto, coadyuvaron decididamente a su caída. En realidad, según dice el escritor liberal
Távara en su “Historia de los partidos”, la deposición de Monteagudo implica la primera victoria de dicho
grupo.

Esta jornada demagógica es la primera en la que actúa la multitud en la capital; ella en análogas turbulencias
moverá más tarde apenas su cuerpo de gigante y su cabeza de niño para combatir contra el despotismo
militar el 28 de enero de 1834, para hacer arrojar la banda presidencial por el balcón a don Justo Figuerola
en 1843, para bailar iracunda alrededor de los cadáveres de los Gutiérrez e izarlos luego en las torres de la
Catedral en 1872, despertando así en forma epiléptica que contrastará con su inacción habitual. Pero con la
deposición de Monteagudo los republicanos, que se sumaron a los ajetreos de Riva-Agüero y de su corifeo
Tramarria que parece hermano de algunos de los grandes agitadores arequipeños. Domingo Gamio o Diego
Masías no terminaron la escaramuza con los monarquistas que ya habíase iniciado oratoriamente en la
Sociedad Patriótica. Después del breve periodo oratorio y de aquel instante tumultuario, el debate entre
monarquistas y republicanos tuvo una forma periodística, pues con la deposición de Monteagudo la
imprenta pudo tener libertad.

El momento periodístico de la ofensiva de los republicanos

El órgano más importante de los republicanos fue el pequeño periódico La Abeja Republicana en cuya
redacción intervinieron Mariátegui y Sánchez Carrión y cuyo significado cívico sólo se ha de repetir en 1859
en el Constitucional cuando dos generaciones liberales opusieron la vana fuerza de las ideas frente a los
desmanes de Castilla. El prospecto ya aludía al despotismo de Monteagudo explícitamente y también en
forma tácita incluyendo unas estrofas de Quintana que invitaban a jurar que la muerte era preferible a
cualquier tirano; las suscripciones para este periódico se recibían en casa de don Mariano Tramarria. En el
primer número, aparecido el 5 de agosto de 1822, se insertaban unas observaciones a la opinión expresada
por Moreno en la Sociedad Patriótica por alguien que no era miembro de la Sociedad “ni político”, pero a
“quien las desgracias de la Humanidad conmueven”. No es el trabajo de La Torre, que, según Mariátegui, no
se publicó. Está escrita en estilo fervoroso y elocuente: a la tesis de que el régimen democrático depende de
la civilización responde con la tesis roussoniana del amor innato de la libertad en el hombre primitivo y
añadiendo que “bárbara era la Suiza cuando la ennobleció Tell, ignorante la Suecia cuando la inmortalizó
Gustavo y la Patria de Locke estaba cubierta de las tinieblas de la feudalidad y el fanatismo cuando la Gran
Carta asombró al mundo”. Al argumento basado en la extensión, respondía: “No se necesita ya para que un
pueblo sea libre que corran los ciudadanos a la plaza pública o al campo de Marte a decidir su suerte; no es
ya tiempo de que Graco muera en presencia del mismo pueblo que justa pero imprudentemente quiso
proteger”. Exalta, enseguida, las excelencias del sistema representativo: “el desventurado que habita en las
cavernas de los Andes y el que trabaja en las playas que besa el Pacífico encontrarán pues su apoyo y su
consuelo en estos apoderados de la Humanidad”. Y frente a todas las razones yergue, sobre todo, su amor a
la libertad: “tienen las sociedades como los hombres sus enfermedades: el despotismo es la peor”.

La Abeja Republicana ocupaba sus minúsculas páginas con largas disertaciones de filosofía política que a
veces llenaban dos números o más; pero algunas veces incluía, así mismo, alguna denuncia porque
Monteagudo negoció con una recua de mulas, algún epitafio en verso al mismo ex ministro, algunas estrofas
exaltando las virtudes cívicas y, muy rara vez algún remitido. El documento más relevante allí inserto es, sin
duda, la carta del Solitario de Sayán al editor de El Correo Mercantil y Político de Lima fechada el 1º de
marzo de 1822, publicada en este periódico en su número 17 y en La Abeja… en su número 4. Una segunda
carta fechada el 17 de agosto y publicada en El Correo Mercantil…, N.º 64, de 6 de septiembre de 1822,
resumió sus ideas políticas y propició la fórmula federalista. Por su dialéctica, por su significación como gesto
simbólico, por la personalidad de su autor, estas cartas señalan la iniciación del Derecho Político Peruano; y
es curioso constatar que mientras, por lo general, los escritos a favor de la República tienden a enlazarse con
la filosofía y con el derecho, los escritos a favor de la Monarquía, entre nosotros, tienden a basarse en
consideraciones sociológicas; así, la memoria de Monteagudo desde Quito en ese año podría ser
antecedente de los estudios de sociología nacional. Así mismo, puédese constatar otra conclusión: en la
época de la primera República lo que se escribía sobre política tiene más valor inclusive formal que el valor
atribuible, por lo general, a lo estrictamente literario. No es en las huecas estrofas del himno nacional, ni en
las odas circunstanciales cuyo osario es la Lira patriótica de Corpancho, donde la emoción de la patria libre
vibra con más intensidad; sino en las cartas del “Solitario de Sayán”, en las páginas amarillentas de La Abeja
Republicana, transfiguradas aún por el jadear de las pasiones y el fulgor de las ideas de los hombres que
forjaron la República.

Sánchez Carrión examina en su primera carta los inconvenientes de la monarquía desde el punto de vista del
espíritu mismo de dicho régimen: “No se puede imaginar la sangre derramada a las márgenes del Támesis
por defender la magna carta contra los ataques de los Enriques y Guillermos; horrorizan las atrocidades que
produjo el tenaz empeño de restablecer a los Stuardos; se inflama el espíritu en furor al ver la desventura de
los comuneros castellanos que no han podido repararse de la jornada de Villalar; y la generación presente
aún no aparta su admiración de la sangrienta escena de la Francia. Desengañémonos, nada escarmienta a los
reyes, ni nada será capaz de persuadirles que son hombres como los demás”.

Impregnado de una ideología generosa afirma que el gobierno del Perú debe ser la misma cosa que la
sociedad peruana. Rinde tributo a los postulados de la época afirmando que la constitución debe atender a
la conservación de los derechos imprescriptibles e irrenunciables cuales son la libertad, la seguridad y
propiedad para que no sean defraudados. Pero su optimismo está en sus ideales, no está en las realidades.
Por lo mismo que no tiene un concepto óptimo sobre lo que es el Perú, ataca la monarquía. “Conocida es la
blandura del carácter peruano… debilitada nuestra fuerza y avezados al sistema colonial ¿qué seríamos? Yo
lo diré: seríamos excelentes vasallos y nunca ciudadanos; tendríamos aspiraciones serviles y nuestro mayor
placer consistiría en que S. M. extendiese su real mano…” “Un trono en el Perú sería acaso más despótico
que en Asia”. Tiene párrafos en que tras de la página impresa se oye rugir la voz del tribuno: “Las sencillas
palomas nunca se avienen con los milanos, huyen cuanto pueden de sus asechanzas; pero nosotros nos
disputamos la gloria de rellenar con nuestra sangre un estómago… Admírase a Esaú vendiendo su
primogenitura por un plato de lentejas y no se extraña ver a la imagen de Dios dando gracias por la
servidumbre que sobre su frente ha marcado un cetro”… “Parece que es nuestra herencia la bajeza”… Del
gobierno monárquico dice una vez más: “Un gobierno en donde el medio de adular es el exclusivo medio de
conseguir”…

“Al declararse independiente el Perú, lo que quiso y lo que quiere es: que esa pequeña población se
centuplique; que esas costumbres se descolonicen; que esa ilustración toque su máximum”. “Si se ha
resuelto el problema a su favor (de la monarquía), se ha resuelto la continuación de nuestros males”.

Otras consideraciones sobre la extensión de la población, las costumbres y la civilización a favor de la


República llenan esta carta que concluye señalando el ejemplo yanqui que también ha de invocar luego
Sánchez Carrión cuando en su segunda carta y desde la tribuna del Congreso Constituyente propicie el
sistema federal.23

No debe omitirse al lado de La Abeja Republicana otros nombres de periódicos republicanos que
coincidieron en su campaña; así por ejemplo, El Cometa,24 que recordó entre otras cosas que la fórmula de
Montesquieu repetida por Moreno había sido refutada por Mably y Filanjieri, que Montesquieu no había
conocido las modernas democracias representativas de las que Estados Unidos era un ejemplo, que la caída
de la democracia romana tuvo causas complejas, diferenciando así mismo la anarquía de la república.

El Republicano apenas llegó a publicar el prospecto y el N.º 1 de 8 de agosto de 1822. Más duró El Tribuno
de la República Peruana redactado por Sánchez Carrión y que apareció en noviembre y diciembre de 1822;
este periódico, de una etapa posterior correspondiente a la obra del Congreso.

Pero si los republicanos pusieron fervor en la controversia, los monárquicos asumieron actitudes más
flexibles. Un escrito fue repartido afirmando que Moreno había defendido la monarquía por la sencilla razón
de que Unanue lo había propuesto para que arguyera y que había adoptado esa tesis por razones dialécticas;
habiéndose explicado en una de las sesiones que en el mes de abril celebró la Sociedad Patriótica en
presencia del Protector en el sentido de que sus palabras eran sinceras en cuanto querían un gobierno fuerte
que podía encarnarse en el ejecutivo emanado de la soberanía popular. Un remitido regocijado publicado en
La Abeja Republicana expresó dudas sobre el mea culpa del sacerdote que, según dícese, recibió una
prebenda de Monteagudo por su primer alegato.25

Periódicos hubo como La Cotorra que al mismo tiempo que reconocían que las leyes españolas habían sido
buenas pero inaplicadas, se pronunciaban a favor de la “representación, sublime y majestuosa” de la
monarquía pero propiciándola en su forma electiva y no hereditaria, agregando que el verdadero monarca
sería el pueblo.26

Práctica fue la actitud de don Guillermo del Río que empezó a editar en 1821 el periódico Los Andes Libres,
publicando en su número 9 el “Cuadro político de la Revolución” tomado de El Censor de la Revolución, el
periódico de Monteagudo en Chile, en contra del liberalismo y también en contra de los españoles. Más
tarde Los Andes Libres se transformaron en El Correo Mercantil, Político y Literario que tuvo un carácter
predominantemente informativo, análogo al que más tarde tendría El Comercio, aunque dio cabida a varios
remitidos sobre la forma de gobierno. En el prospecto del tomo II de El Correo Mercantil… decíase que “se
había calado ya la gorra republicana”.
Monteagudo fue fiel a sus ideas, pues en el destierro, en Quito, publicó su Memoria uno de los documentos
de este debate.27 Esta Memoria resume y defiende los principios que siguió durante su administración: la
persecución a los españoles, la restricción de las ideas democráticas, el fomento de la instrucción pública, la
obra de preparar la opinión del Perú para recibir el gobierno constitucional haciendo a propósito de este
último punto un ataque al federalismo. En lo que se refiere a sus ideas políticas, dice que cuando llegó al
Perú, ellas estaban maduras; ya el atraso en la carrera de la Independencia, el furor democrático y
federalista le habían hecho sanar de la fiebre mental que había padecido en su juventud, cuando creía que
aún el pacto social de Rousseau era favorable al despotismo. Confiesa que restringió las ideas democráticas
porque la moral del pueblo, el estado de su civilización, la proporción en que está distribuida la masa de la
riqueza y las mutuas relaciones entre las varias clases sociales no la favorecen en el Perú. Su punto de vista,
pues, no es teorético sino pragmático. Es por eso que dice: “Las autoridades y los ejemplos persuaden poco
cuando las ilusiones del momento son las que dan la ley. Solo un raciocinio práctico puede entonces
suspender el encanto de las bellezas ideales y hacer soportable el aspecto de la verdad”. La moral del
pueblo, en efecto, no era sino el producto de una larga esclavitud. El estado de la civilización tenía su índice
en la ignorancia de la masa y en la escasez y aun en las limitaciones de la minoría ilustrada. En una
democracia todo ciudadano es un funcionario latente; y ello requiere conocimientos indispensables. “El
estudio de la Política y de la Legislación ha sido, decía Monteagudo para relievar la paradoja que la realidad
ofrecía a este respecto —hasta aquí tan peligroso como inútil; la ciencia económica estaba en diametral
oposición con las leyes coloniales; la diplomacia no tenía objeto”. La proporción en la distribución de la
riqueza no tenía menor importancia porque “cuando la generalidad de los habitantes de un país puede vivir
independientemente con el producto que le rinde el capital, hacienda o industria que posee, cada individuo
goza de más libertad en sus acciones y está menos expuesto a renunciar sus derechos por temor o venderlos
a vil precio”. Pero en el Perú, agregaba, los bienes y raíces y los capitales están en escasas manos, la industria
es incipiente: la independencia individual no está asegurada. Por último, las mutuas relaciones entre las
clases sociales contradecían al máximum las ideas democráticas: la diversidad de condiciones y multitud de
castas, la fuerte aversión de unas para con otras, su carácter opuesto, la diferencia en las ideas, en los usos,
en las costumbres, en las necesidades y en los medios de satisfacerlas amenazarían la existencia social si un
gobierno sabio y vigoroso no previene su influjo, sobre todo en una época de relajación de los vínculos
tradicionales. Monteagudo concluye este notable documento, con una afirmación jactanciosa. Se declara
orgulloso porque es atacado, es decir, no olvidado y dice que va a servir a su país, que es toda América, en lo
sucesivo pues no saldrá de este mundo después de haber vivido en él inútilmente. Pero, a pesar del relieve
que más tarde volvería a adquirir al lado de Bolívar, había llegado el ocaso de este hombre interesantísimo
en quien se unían, al decir de Bulnes, los resplandores del genio y las obscuridades del crimen. Hombre de
visión y de ambición, cruel y retórico, pese a sus belfos sin elegancia, a su lacia cabeza y a su acanelado
estigma de mulato, parece un rezagado de la raza tumultuosa que hizo deliciosa y detestable a la vida en los
días místicos y cínicos del Renacimiento.

____________________________________
1 Estado social del Perú bajo la dominación española; por Javier Prado y Ugarteche, Lima, 1894, pp. 111-116. Carlos Wiesse, Historia
Crítica del Perú, época colonial; volumen difícil de conseguir que es una admirable síntesis de la época colonial en todos sus
aspectos. Pablo Patrón, “Comentarios al discurso del Dr. Prado y Ugarteche” y “Lima antigua”, artículo publicado en El Ateneo de
Lima.
2 La Decadencia de Occidente, tomo iv, pp. 110-118.
3 Carlos A. Villanueva, Bolívar y el general San Martín. Ver también Fernando vii y los nuevos Estados y El Imperio de los Andes.
4 Mitre, Historia de Belgrano, tomo i, pp. 235-238.
5 José de la Riva-Agüero, El Perú Histórico y Artístico.
6 J.A. de Lavalle, “Abascal”, en La Revista de Lima de 1861 y, corregido, en El Ateneo de Lima. Mendiburu dice en su Diccionario
(Tomo i) que cuando todo estaba dispuesto para la jura de Fernando vii en Lima llegaron cédulas de Carlos iv para que se reconociese
por regente del Reino al príncipe Murat, así como la renuncia de Fernando pero que Abascal no las tomó en cuenta. Dice, así mismo,
que al mes de proclamado Fernando llegaron cartas de Carlota y luego una fragata inglesa con la noticia de que luego vendría el
infante Pedro a gobernar el Perú en nombre de Fernando vii. También considera indudable que el rey José Bonaparte inició
relaciones con el virrey a través de su agente en Buenos Aires, conde de Sassenag.
7 José de la Riva-Agüero, “Don José Baquíjano y Carrillo”, en El Ateneo, tomos vii y viii.
8 El Satélite del Peruano, en el tomo 3-0097 de los periódicos de la Bib. Nac. Para este resumen se ha tenido en cuenta, además, el
libro de Vicuña Mackenna La Revolución de la Independencia del Perú, sobre todo, pp. 109 y 110 en la edición de 1924; y la biografía
de Mendiburu.
9 Correspondencia de San Martín, tomo vii, p. 27.
10 Correspondencia de San Martín, tomo vii, p. 190.
11 Memoria dirigida desde Amberes al Congreso del Perú por don José de la Riva-Agüero ex presidente de aquella República.
Santiago de Chile, imp. De N. Ambrosi y Cía, 1828, pp. 50 y 51. Los intermediarios con San Martín fueron don Francisco Caldera, don
Joaquín Echevarría y Larraín y don Antonio Álvarez Jonte. Una comunicación de éste dirigida al Pbro. Cayetano Requena, también en
conexión con Riva-Agüero fue interceptada por el virrey.
12 Memoria citada, pp. 53 y 54. Pruvonena, ii, pp. 86 a 45.
13 Esto está en todos los libros sobre la época, pero el presente libro de síntesis y de divulgación no puede dejar de incluir una serie
de hechos conocidos. Se ha seguido aquí, sobre todo, las Memorias de Camba, tomo i, pp. 319-421.
14 El conde de Torata niega la versión de Bulnes sobre que este movimiento fue hecho por los liberales y constitucionalistas (Historia
de la guerra separatista del Perú, tomo iii, p. 387).
15 Libro del conde de Torata, citado. Tomo iii, pp. 336 y 337.
16 “Títulos de Castilla y mayorazgos del Perú después de 1821” por Enrique Torres Saldamando en Revista Peruana, 1879, tomo ii.
17 El acta del Consejo de Estado autorizando la misión fue conocida por el Congreso Constituyente y está publicada, entre otros, por
Paz Soldán en su Historia del Perú Independiente y por Vicuña Mackenna en su Ostracismo del general O’Higgins. De las Anotaciones
de Mariátegui hay una edición hecha en 1925 por la Edit. Garcilaso (pp. 108-111). La “Historia de los partidos” de Távara está en El
Comercio de julio, agosto y septiembre de 1882.
18 En Ostracismo del general O’Higgins.
19 Las Actas de la Sociedad Patriótica en Documentos Históricos de Odriozola, último tomo.
20 El Sol del Perú se publicó en imp. Del Estado del 14 de marzo al 27 de junio de 1822. En los dos primeros números, su material fue
inofensivo: una disertación sobre las ruinas de Pachacamac por Félix Devoti, otra sobre las jugadas de toros por José Gregorio
Paredes son lo más importante de ellas. Además del discurso de Moreno y de Pérez de Tudela publicó el comienzo de la opinión de
José Cavero a favor de la monarquía, las actas de la Sociedad, dos disertaciones sobre las causas del retardo de la independencia por
José Morales y Miguel Tafúr, otra del vizconde de San Donás sobre el orden público y otra sobre la idea de patria por Paredes. No se
confunda este periódico con El Sol del Perú (No hay tinieblas a la presencia del astro) aparecido el 16 y el 30 de enero de 1823 en la
imprenta de J. Antonio López con un material insípido y de análogas tendencias a su homónimo según lo revelan sus críticas a la
Abeja Republicana a la que llama “homicida, patricida y suicida”.
21 Mariano José de Arce, por Raúl Porras Barrenechea, 1927.
22 “Lima justificada en el suceso del 25 de Julio. Impreso de orden de la Ilustrísima Municipalidad”. En Memorias y documentos de
Pruvonena, tomo ii, p. 19.
23 La Abeja Republicana alcanzó hasta el número 36 de 5 de diciembre de 1822 en su primer tomo. El último tomo es el iii y el
último, el 7 de junio de 1823.
24 N.º 1 el 17 de agosto de 1822. Hasta el N.º 4, el 21 de septiembre de 1822.
25 «Explicación del objeto que se propuso el señor Moreno en el discurso que dijo en la Sociedad Patriótica el 1° de Marzo y de los
sentimientos que lo animan», por «Un amigo de los hombres de bien».
26 Véase el N.º 7 y el 8 de 18 y 21 de agosto de 1822. Algunos artículos estaban firmados con las iniciales E. D.
27 “Memoria sobre los principios políticos que seguí en la administración del Perú y acontecimientos posteriores a mi separación”.
Apéndice en la Vida y escritos de B. Monteagudo por J. B. Muñoz Cabrera, Valparaíso, 1869.
CAPÍTULO II
EL PODER SOCIAL DE LA NOBLEZA DURANTE LA REPÚBLICA

La supervivencia colonial en las costumbres


Como en el cuento de Mark Twain la Colonia pudo decir a pesar de la implantación de la República: “La
noticia de mi muerte es un poco exagerada”.

La clase aristocrática no llegó a conservar en sus manos la dirección de la Revolución de la independencia y


ello fue una de las causas del fracaso del monarquismo en el Perú; pero durante algunos años después de
Ayacucho mantuvo no el predominio político pero sí el predominio social.

La victoria de Ayacucho trajo el vencimiento de los soldados virrei-nales; pero no de los prejuicios, de las
costumbres, de los hábitos virreinales. La revolución fue una realidad militar y política; pero no fue una
realidad económica y social. Sucediéronse los motines; pero perduró la feudalidad. La revolución no fue un
“devenir”, es decir, no continuó gestándose. Su único impulso en ese sentido fue un impulso larvado.

Quizá si la subsistencia colonial en la Infraestructura del país se exhibe incluso en la vida social.
Generalmente las provincias permanecen sumidas en un apego estacionario al pasado; la capital, en cambio,
representa por tendencia la facilidad para el dinamismo y el progreso que a veces da una impresión
engañosa sobre los adelantos del país. Visitemos a Lima en los primeros años de la República tal como está
perennizada con los dibujos de Pancho Fierro; penetremos en los escenarios jacarandosos de Segura; o
detengámonos a escuchar las conversaciones interminables de sus personajes en el Puente o en el Café la
“Bola de Oro” o a mirar sus tribulaciones en carnaval; abramos de nuevo las páginas acompasadas de Pardo
en cuyo ambiente de viejo salón alfombrado y linajudo penetra a veces un eco de zamacueca; miremos las
láminas y las crónicas de la Lima de Fuentes; unámonos a los apresurados fisgoneos de los viajeros. La
conclusión será la misma: Lima no es, como lo ha sido más tarde, una provincia más de esa gran metrópoli
que es Europa; Lima, no obstante ser la capital, vive sumida en una vida social análoga a la que llevó durante
el coloniaje. Verdad es que por las portadas suelen entrar los montoneros y saquear a tenderos inermes
entre disparos intermitentes, “vivas” circunstanciales y alarmados repiques de campanas. Los vecinos se ven
entonces obligados a recurrir constantemente al simbólico “cierrapuertas”; y las corporaciones van también
a menudo a Palacio a pronunciar idénticas arengas de barroca elocuencia ante presidentes distintos. Pero
bajo la inquietud política, subsiste el estatismo social.

Se almorzaba, como antaño, de 9 a 10 de la mañana; se comía de 3 a 4 de la tarde; se cenaba a las 10 de la


noche; y, luego, se rezaba el rosario en familia. El mobiliario de las casas, la indumentaria personal, los
saraos de buen tono, los jolgorios populares apenas cambiaron. Cuando de la torre de la Catedral descendía
al caer la tarde el toque de la oración, como en los viejos tiempos del virrey, toda la ciudad quedábase
inmóvil y silenciosa: “quitábanse los clérigos sus puntiagudos sombreros de teja, los caballeros sus altísimos
tarros, las vendedoras sus jipijapas, los esclavos sus gorros”. Como en la Colonia, las procesiones conmovían
a la ciudad entera, acompañadas algunas por las mascaradas de los gigantes y cabezudos o coincidiendo con
los autos de moros y cristianos que revivían en castellano antiguo autos sacramentales antiquísimos. Viajar
era un problema; quizá el niño Goyito que retrató Pardo, sea un símbolo de este estatismo social.

Pero toda esta lentitud en la transición social tenía aún otra manifestación más visible en la moda. Las
tapadas duraron hasta 1859, más o menos, tocando al viajero francés Grandidier anotar su decadencia,
aunque ya en 1850 constataba Lastarria en sus cartas sobre Lima55 que estaba siendo desplazada. Las
tapadas jugaron rol primordial en las luchas políticas tomando las modas el nombre del caudillo en apogeo;
así, la saya, salaverrina, la orbegosina, la saya gamarrina.56 En general rompían la monotonía de aquella
vida puesto que abrían innumerables caminos a la aventura y a la intriga. Pero como hecho social e histórico
tienen un significado retardatario. En su Filosofía de la Moda el filósofo alemán Jorge Simmel dice que entre
las causas del predominio enorme que en nuestra época tiene la moda, está nuestro creciente rompimiento
con el pasado que trae una acentuación de lo variable y del cambio; y que cuanto más nerviosa es la época,
tanto más velozmente cambian las modas ya que en ellas se juntan la sed de excitantes siempre nuevos con
la depresión de las energías nerviosas. Del apego al pasado, de la falta de nerviosidad en esta época de
nuestra Historia se podría deducir la permanencia de la saya y manto. Hasta en sus formas más
aparienciales, hasta en aquellas que, por definición, están bajo la dependencia de lo novísimo, la tradición
dominó socialmente entonces. El folclorista se entusiasma ante la saya y manto —olvidando que podría
identificarse con el espíritu de chismorreo, de clandestinidad—. El sociólogo debería abismarse ante su
significado retardatario.

Se habla mucho de la anarquía de aquella época, con desdén o con horror; pero la anarquía peruana fue leve
onda de lago en comparación con la anarquía de las provincias de Río de la Plata donde sí hubo fuertes
conmociones sociales.

Las revoluciones y el caudillaje abrieron los más efectivos conductos para la ascensión social. Pero por lo
general los indios y mestizos, los generales serranos que tomaran el nombre de “S.E. el Protector” o de “S.E.
el Restaurador”, aunque antes habían sido gente humilde, entre nosotros respetaron y aún buscaron el
apoyo de las clases con abolengo o con fortuna. “Aunque la ley había abolido los títulos de Castilla —dice
don Ricardo Palma en su tradición ‘El baile de la Victoria’ evocando aquellos días que fueron los días de su
niñez— ellos seguían en boca de todo el mundo. ¡Salud, señor marqués! ¡Adiós señor conde!, eran frasecitas
de cajón o de cortesía que ni el más exaltado patriota escrupulizaba pronunciar, tal vez por el gustazo de oír
esta contestación: ¡Vaya Ud. Con Dios, mi coronel! Ciertamente que la aristocracia de los pergaminos con las
leyes excepciones de toda regla no descollaba por el talento o la ilustración; pero sí deslumbraba todavía por
su riqueza y boato”.57

Verdad es que, bruscamente, la Constitución de 1823 reconoció la igualdad civil, la libertad individual y todas
las demás garantías individuales. Verdad es, también, que, como se ha visto, en el mismo año de 1823
fueron suprimidos los títulos de Castilla. La Constitución de 1828 llegó a algo más radical aún: prohibió las
vinculaciones laicales.

Vinculaciones son la unión o sujeción de los bienes al perpetuo dominio de alguna familia con prohibición de
enajenarlos; vinculaciones laicales son las civiles, las particulares, en oposición a las eclesiásticas que
quedaron legalizadas tácitamente por esta Constitución. Ya España había dado en 20 de septiembre de 1820
una ley para desvincular los bienes amayorazgados; ley que por la guerra de la Emancipación no llegó a
aplicarse en el Perú.

Otro exponente del mismo impulso fue la ley de 20 de diciembre de 1829 concediendo a los poseedores de
los mayorazgos la facultad de disponer de la mitad de ellos, reservando la otra mitad para el inmediato
sucesor que a su vez tenía igual derecho sobre ella. Pero en la práctica, los poseedores de los mayorazgos no
estuvieron muy dispuestos a la desvinculación y los mayorazgos pasaron, en su mayor parte, íntegros a sus
inmediatos sucesores. Mayorazgo quiere decir el derecho de suceder en los bienes vinculados, esto es en los
bienes sujetos al perpetuo dominio de una familia con prohibición de enajenarlos. Los mayorazgos
subsistieron así en el Perú hasta la mitad del siglo pasado; sólo la ley de 4 de septiembre de 1849 declaró
forzosa la desvinculación entre el poseedor actual y el sucesor inmediato. El Código Civil de 1852 prohibió los
mayorazgos.

Las capellanías fueron prohibidas de fundarse por las citadas leyes de 1829 y 1849, aunque subsistieron las
ya fundadas. El Código Civil, así mismo, reconoció esta situación.

Obsérvase, en general, lentitud en la liquidación de los privilegios de esta índole, que no estuvo
acompañada, por lo demás, con otras leyes sobre parcelación de la propiedad, ruptura del régimen feudal en
la tierra y en el trabajo, etc.

El liberalismo, el individualismo, el anticolonialismo, la antifeudalidad necesitaban para su advenimiento de


la civilización, de la europeización. Pero ellas, por razones geográficas, sociales y económicas llegaron con
tardanza.

En 1840 vino recién la navegación a vapor; en 1846 apenas se planeaba la formación de un banco aunque las
actividades efectivas de estos establecimientos fueron después de 1862; en 1852 se implantó el tráfico por
ferrocarril; en 1855 se instaló el alumbrado de gas; en 1842 se introdujeron los dagerrotipos; en 1856 llegó la
primera compañía de zarzuela; en 1870 la primera compañía de ópera bufa.58 Aumentó sin control el
latifundio sin la sanción siquiera indirecta del impuesto por la falta de cultivo; perduraron el analfabetismo,
la esclavitud, el tributo, los diezmos, los gremios, las vinculaciones eclesiásticas, las manos muertas. Los
gremios fueron abolidos recién en 1849. Los diezmos fueron abolidos, nominalmente en 1856. Cuando el
tributo fue abolido en 1854, se le quiso restablecer en 1855, en 1866 y en 1873. Cuando la esclavitud fue
abolida vino la introducción de los coolíes.

Claro que la transición hacia el estado social que la técnica y el espíritu de la época imponían fue
operándose, sobre todo, desde la mitad del siglo; pero no en forma total e integral.

Por otra parte la subsistencia del poderío social y económico de las clases altas durante la primera época de
la República estuvo acompañada por el empobrecimiento de dichas clases. Las revoluciones y las
montoneras perjudicaban grandemente a la campiña y cogían a los hombres dedicados al sembrío y la
cosecha poniendo, al mismo tiempo, cupos y dejando sin sanción al latrocinio. Había una increíble insipiencia
industrial y económica en el país. Pero la situación hacendaria del Estado llena de estrecheces en los
primeros años republicanos desde 1841 más o menos comenzó a mejorar produciéndose luego una bonanza
meteórica. Ésa es la primera consecuencia del guano: bonanza artificial y pasajera que más tarde da lugar a
la bancarrota. La segunda consecuencia es la acentuación del carácter costeño de nuestra vida republicana.
Pero al lado de estas consecuencias hay otra de índole social: la formación de una nueva clase enriquecida.
Primeramente las fortunas privadas habían tenido como base principal la riqueza de la tierra, minería,
agricultura o predios urbanos. Con este nuevo proceso el predominio en las fortunas privadas pasa a tener
un origen bursátil y fiscal. Y la nueva clase así emergida resulta fusionándose, en parte, con la antigua
nobleza colonial territorial y genealógica. Mientras tanto ya la saya tradicional está siendo reemplazada por
la europea crinolina o miriñaque; y se acentúa la tendencia a la europeización en la vida y en las costumbres.
Pero antes de que se consumara este proceso al que se refiere un capítulo posterior de este libro
transcurrieron los largos años del predominio militar.

___________________________________
55 El Comercio del 21, 22 y 23 de febrero de 1851.
56 Flora Tristán describe de esta manera a la saya en su libro Peregrinations d’une Parie (1838):
“Este traje llamado saya se compone de una falda y de una especie de saco que envuelve las espaldas, los brazos y la cabeza y que se llama manto.
Nuestras elegantes parisienses se divertirían con la simplicidad de este traje… Se hace de diferentes telas según la jerarquía de los rangos y la
diversidad de las fortunas y es de una confección tan extraordinaria que merece figurar en las colecciones como objeto de curiosidad. Sólo en Lima se
las puede hacer y las limeñas pretenden que es preciso nacer en Lima para poder ser un obrero en saya; que un arequipeño, un cuzqueño, un chileno
jamás llegan a plisar la saya; esta afirmación que no me he preocupado de constatar en su rigor prueba cómo este vestido hace excepción a todos los
vestidos conocidos. Para hacer una saya ordinaria se necesitan de doce a quince varas francesas (la vara francesa tiene un metro dieciocho cm) de
raso; forrado en tafetán o en tela ligera de algodón; y en cambio de las catorce varas de raso el obrero os devuelve una falda diminuta que no tiene
sino tres cuartas de altura y se prende del talle a dos dedos debajo de las caderas descendiendo hasta los tobillos de los pies y es tan angosta hacia
abajo que apenas proporciona el espació justo para poner un pie delante de otro y marchar a pequeños pasos. Se encuentra uno constreñida dentro
de esta falda como dentro de una vaina. Es plisada toda de alto a bajo con pliegues muy pequeños y con una tal regularidad que es imposible
descubrir las costuras. Los pliegues están tan bien hechos que dan al traje tal elasticidad que yo he visto sayas de quince años que se prestan para
dibujar todas las formas y seguir todos los movimientos.
El manto está también artísticamente plisado pero con tela más ligera, no dura tanto como la saya ni los pliegues resisten los movimientos continuos
de la que lo lleva. Las mujeres de la buena sociedad llevan sayas en satín negro; las elegantes en colores de fantasía como violeta, marrón, verde, azul
obscuro rayadas pero jamás en colores claros porque las mujeres públicas los adoptan de preferencia. El manto es siempre negro, envuelve el busto
entero y no deja en descubierto sino un ojo. Las limeñas llevan un pequeño corpiño del que no se ve sino las mangas que son de rica tela en
terciopelo, satín de color o tul; pero la mayoría lleva los brazos desnudos siempre. El calzado es de una atrayente elegancia: de raso de todos los
colores, con bordados, con cintas cuyo color contrasta con el del calzado”.
57 En el “Apéndice a mis últimas Tradiciones Peruanas”.
58 Véase “Nuestra Pequeña Historia”, recopilación de datos por José Gálvez en el Almanaque Peruano de 1829.

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