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LA ETNIA DEL DESIERTO

OBSERVACIONES CORTAS A SUS HABITANTES


Y A SU ENTORNO

D. SAMYR BAZÁN DÍAZ


© Autor/Editor: D. SAMYR BAZÁN DÍAZ
© LA ETNIA DEL DESIERTO
Corrector de estilo: E. Alejandra Robles Cruz
Hecho el Depósito en el Registro de la Propiedad
Intelectual: M-20280-2021
Imagen Portada: Bebé en su maquero - Mórrope
Fotografías: Propiedad de Samyr Bazán
Fotografías antiguas de 1906: H. Brüning propiedad del Museo
Etnológico de Hamburgo – Alemania.
Mapa: Municipalidad Distrital de Mórrope
Primera edición 2021
Impreso en Gráficas Almeida de Madrid
Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la
ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni
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cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico,
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to de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos
conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la
propiedad intelectual.
Dedicado a Dios nuestro padre,
y a mis padres terrenales: Elsa Alvitez y Francisco Díaz,
con quien disfrutaba de los «dulces de camote» que traía a
casa luego de cada viaje.
«No soy un investigador, pero al igual que en las artes hay
maestros y aprendices, los hay también en las ciencias. Soy uno
de los aprendices que, sólo colecciona datos […] sería una gran
satisfacción para mí que estos datos fueran apreciados por los
maestros de las ciencias».
(H. H. Brüning)
Prólogo
Se da por hecho que Mórrope es una localidad que apa-
rentemente ha permanecido al margen del tiempo his-
tórico. Un lugar que es normalmente visto en constante
frontera y en una suerte de localización periférica en re-
ferencia a los principales centros del poder y de la cultura
norperuana. Quizás este dar por sentado ha sido alimen-
tado por una larga tradición literaria y cultural que así ha
retratado a Mórrope: desde el costumbrismo y folclorismo
literario de inicios del siglo XX, hasta la imaginación tu-
rística contemporánea. Paradójicamente, mucha de esta
imaginación histórico-espacial ha alimentado al mismo
tiempo discursos regionales racistas y de otras formas de
discriminación, como podemos ver en el rechazo histórico
hacia “lo cholo” y “lo indio” como formas de identifica-
ción colectiva y estigmatización de raza y clase.
Por otro lado, la imaginación de un Mórrope perifé-
rico ha contribuido también al discurso de movimientos
y proyectos contemporáneos identitarios, con énfasis po-
lítico o culturalista. Estos últimos a menudo se basan en
pre-conceptos arqueológicos y turísticos, que sugieren que
en esta población habría una suerte de excepcionalidad
genética que conecta a sus pobladores con aquellas mu-
jeres y hombres Mochicas que habitaron esta región hace
más de 1300 años. Así, dentro de esta narrativa lineal, que

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traza una línea continua entre siglos, Mórrope es ubicado
al borde de la historia pero en el centro de una herencia
cultural. Se ha vuelto una fuente cultural y genética de
una supuesta identidad Moche –y por lo tanto de la iden-
tidad regional–. Esta condición se originó a raíz de una
excepcionalidad histórica producida por su ubicación en
la periferia.
Esta condición de fuente y extremo se vería amenaza-
da por una modernidad que beneficia a los grupos mes-
tizos, pero que estaría atacando las prácticas tradiciona-
les Mochicas. Dentro de esta lógica, se idea la noción de
“reducto” para pensar en Mórrope. Podríamos entender
el “reducto” en su componente beligerante, por lo que se
asume que aquello que está “combatiendo” contra lo Mo-
chica lo ha reducido a su última población, y lo ha derro-
tado a tal punto de disminuirlo a una última trinchera.
Como sabemos, por definición el reducto debe ser defen-
dido, debe mostrar resistencia, y también debe conservar-
se intacto. Esta retórica imita, por un lado, aquella de los
orígenes coloniales de la antropología, que pretendía “res-
catar” aquellas prácticas culturales en peligro de extinción;
y por otro, aquella nacionalista que justificaba la defensa
férrea y aguerrida de los valores regionales y de los espacios
asociados a ellas. Valores encarnados por una población
indígena que también debía ser “protegida”. De esta ma-
nera, el reducto y sus habitantes debe ser defendido de la
modernidad y del tiempo. El reducto no debe ir ni hacia
delante ni hacia atrás, debe permanecer suspendido en el
tiempo, pues es “fuente”; debe constituirse en santuario
atemporal del relicario identitario regional.
Como podemos predecir a partir de un examen atento
de las fuentes históricas coloniales y republicanas, estos
preconceptos no son exactos. Si consideramos el rol co-

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mercial y político que Mórrope ha tenido por lo menos
desde el siglo XVI, así como las constantes olas migrato-
rias en las que esta localidad ha estado involucrada tanto
como emisora y receptora, vemos que su inserción en la
historia regional es incluso más que regular. Pero como
podemos suponer, estas fuentes pierden importancia en
tanto las investigaciones históricas que no son placente-
ras a los discursos hegemónicos suelen ser oscurecidas o
escondidas.
Podemos entender que el imaginario de Mórrope
como semilla periférica de la identidad regional corres-
ponde a una mirada arbitraria de la historia, así como
al establecimiento de una geografía política identitaria
donde determinadas locaciones tienen un rol específico:
Lambayeque como ciudad histórica, Chiclayo como ca-
pital administrativa que proyectó hasta hace unos años
la promesa de modernidad y progreso –promesa proba-
blemente derruida tras una realidad que demuestra cuán
intrínseca es la corrupción al sueño de chiclayanidad–,
Zaña, Monsefú, Túcume, Salas, Incahuasi, etc. Pareciera
que todos estos lugares tienen un rol determinado dentro
de la geografía política de la identidad lambayecana, posi-
ciones determinadas por coordenadas históricas, políticas
y raciales. Por lo tanto, los estereotipos que he menciona-
do sobre Mórrope no son casuales ni aleatorios, sino que
corresponden a las formas en cómo una región se ve a sí
misma, y cómo continuamente se reformulan las narrati-
vas de su pasado.
Considero que “reducto” como eufemismo de perife-
ria y como metonimia de una condición histórica ha sido
efectivo para la reproducción de Lo Moche, fenómeno
regional enmarcado dentro del neoliberalismo peruano.
Como régimen cultural y de producción de tecnologías

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del yo, el neoliberalismo norperuano es imposible de con-
cebir sin otros fenómenos como el boom de la arqueolo-
gía Mochica, la proliferación de museos, y el desarrollo de
una categoría de identificación colectiva llamada “Moche”
que se presenta a sí misma como identidad. Lo Moche
no sólo media la relación afectiva entre los ciudadanos y
un pasado material, sino que establece los términos del
ser sujeto cultural y de la relación con un pasado que es
traducido hacia el presente. Lo Moche se relaciona con la
categoría científica Moche o Mochica, pero va más allá
en tanto ha establecido los términos en que otras identi-
ficaciones –Campesino, Lambayeque, Chimú, Perú, Nor-
teño– son iteradas y presentadas en diversos campos pri-
vados y públicos. Lo Moche es encarnado por los sujetos
que lo emiten, pero pretende gobernar las proyecciones
afectivas y económicas de la cultura.
Desde la década de los 90, la consolidación de nego-
cios agroexportadores que cubren extensas áreas de tierra
y contratan a trabajadores y trabajadoras, la instauración
de universidades alentadas por el modelo mercantilizador
fujimorista, y el desarrollo de una forma de identifica-
ción colectiva llamada Moche han forjado los principa-
les caracteres de lo que se entiende como neoliberalismo
norcosteño, o lo que doy en calificar “Lo Moche”. Esta
categoría no se refiere solamente a un modo comprimido
de pensar la historia precolombina, o a la formulación de
una mirada socioracial de la identidad regional centrada
en la costa mestiza, ni solamente al discurso emitido desde
las oficinas nacionales que hablan de una cultura Moche
jerárquica y señorial. Entiendo Lo Moche como un modo
de crear colectivos anclado en modos performativos del
ser político y del hacer política, en modos performativos
de hacer ciencia arqueológica y de ser un agente científico

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en la esfera pública, y una manera en que distintas pobla-
ciones interactúan con los discursos culturales hegemóni-
cos proyectados desde el estado, desde museos, direcciones
regionales, y –en menor parte– desde universidades.
Visto como un proyecto histórico de compartimenta-
lización poblacional, Lo Moche busca posicionarse como
identidad regional y como tecnología sacra del yo, y desde
ese lugar proyectar sentidos de organización espacio-ra-
cial y sentidos temporales. En este texto no estoy tratando
sobre dicha organización espacial, sino sobre los sentidos
temporales, en lo que considero que concierne especial-
mente a Mórrope y al libro de Bazán. Lo Moche como
“performance” de un ser sujeto histórico y de un hacer
la historia, dibuja una línea temporal usualmente entre-
cortada pero continua entre el pasado precolombino y el
presente. Para este proyecto se hacen necesarias tanto la
construcción de una temporalidad como la temporaliza-
ción de diversos espacios regionales.
Diversos grupos y agentes han contribuido a la cons-
trucción de una temporalidad lineal correspondiente a la
identidad Moche, desde la tercera centuria hasta el presen-
te. Sin embargo, quedan pocas dudas del rol protagonista
de la arqueología, en la medida en que ha sido la ciencia
destacada en el momento de interpretar el pasado material
y ligarlo a concepciones étnicas contemporáneas: desde
Max Uhle o Rafael Larco Hoyle hasta los científicos con-
temporáneos. No me estoy necesariamente refiriendo a las
conversaciones científicas que circulan en artículos y con-
ferencias, sino a la práctica pública del hacer arqueológico
–y de su adyacente modismo conocido como “gestión cul-
tural”– tal cual se ejecuta en la esfera pública. Los arqueó-
logos –en su mayoría, hombres que no se auto-identifican
como Mochicas– han sabido conectar su trabajo científico

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con líneas temporales regionales previas para imaginar una
supuesta conexión entre los “Moches del pasado” con los
“Moches del presente”.
Quizás la prueba más tangible de esta conexión la ve-
mos en la llamada Sala Real, último recinto que se visita
dentro del Museo Tumbas Reales de Sipán, ubicado en
la ciudad de Lambayeque. Los visitantes pueden ver un
grupo de estatuas animadas robóticamente, que replican a
los personajes hallados en la tumba del así llamado Señor
de Sipán. A la par que se experimenta este espectáculo,
se puede ver información que explica que los rostros de
estas estatuas son réplicas de pobladores Mochicas con-
temporáneos. El rostro ancestral que termina replicado en
un robot Señor de Sipán. Para construir estas conexiones
lineales de temporalidad, es tan importante el desempeño
científico y la “performance pública” –componente cen-
tral de Lo Moche como modo de hacer y de iterar, como
menciono líneas arriba–. Quizás nunca mejor encarnada
como en el arqueólogo denominado “descubridor” de la
Tumba del Señor de Sipán.
Por otro lado, se entiende que los principales espacios
de experiencia y vivencia de Lo Moche sean los edificios
precolombinos –también llamados “ruinas” o “huacas”–.
Estos espacios son un ejemplo claro de temporalización
arcaizante, pues fueron presentados por los orígenes de las
ciencias sociales como pertenecientes al pasado indígena,
a pesar de su presente vigencia en los regímenes espaciales
andinos. Otros espacios han adquirido importancia, entre
ellos el Museo como contenedor y emisor de conocimien-
to.
Dentro de este esquema, otros espacios son igual de
importantes, aunque no estamos hablando más de aque-
llos directamente ligados al trabajo arqueológico, sino a

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una visión un poco más etnológica de lo Moche. Me refie-
ro a algunas localidades rurales o semi-rurales que, debido
a diversos eventos y accidentes históricos, han quedado
relegadas del protagonismo geográfico y se les ha otorgado
una categorización racial-política. La relevancia de Mórro-
pe radica justamente en que ha sido relegada a ser reducto,
lo cual al mismo tiempo la presenta como fuera de la his-
toria y fuera del tránsito del tiempo histórico.
Visto este orden entre temporalidad neoliberal, lógicas
culturales de la identidad, y geografía política, considero
que aquí radica una de las varias formas en que el libro de
Samyr Bazán contribuye a reconsiderar esta construcción
que une espacio, etnicidad, tiempo e identidad regional.
En primer lugar, considero que este libro inscribe a Mó-
rrope no sólo en una historia regional –tarea de por sí loa-
ble– sino en diversas temporalidades históricas, lo cual se
aproxima a los modos heterogéneos en que Mórrope ha
interactuado con la historia regional y la historia peruana.
Mórrope es quizás una de las localidades lambayecanas
que ha recibido mayor atención antropológica, y reciente-
mente alguna atención de las entidades estatales y privadas
dedicadas a promover rutas y paquetes turísticos. Sin em-
bargo, gran parte de estas miradas oficiales han persevera-
do en la imagen de Mórrope como única, como fuente,
como isla. Otras formas de ser “reducto”.
La información que recibimos en este libro se distin-
gue en primer lugar por la forma en que los datos, ex-
periencias e historias son brindados por el autor. Junto a
afirmaciones sobre aspectos de la vida religiosa y de prác-
ticas de salud, podemos encontrar explicaciones que no
sólo se limitan a una visión culturalista apolítica. Bazán
sabe poner en contexto lo cultural junto a lo económico y
lo político, lo cual suma una dimensión para su audiencia.

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Se podría entender que para las personas de Mórrope, sus
prácticas religiosas, festivas o culinarias van de la mano
con el trabajo agrícola y con la facilidad o dificultad de
obtener agua, así como con el trabajo de los pescadores
artesanales. Si bien el argumento de que Mórrope ha per-
manecido al margen de la historia puede ser sencillo de
ignorar o simplemente descartar, queda la pregunta de
cómo hacerlo. Y sobre todo de cómo hacerlo incluyendo
la tradición académica de las ciencias sociales, y evitando
caer en la trampa del hiperculturalismo apolítico que ha
demostrado ser beneficioso para el neoliberalismo perua-
no. “La etnia del desierto” es una valiosa contribución en
esta dirección.
La información que este libro nos brinda parte de una
experiencia de investigación que es al mismo tiempo una
experiencia de viaje y de compilación de datos útiles y
curiosidades. Como el autor narra durante los primeros
capítulos de este trabajo, realizó una serie de viajes con-
secutivos no sólo por Mórrope sino también por algunos
caseríos aledaños. Una de las primeras cosas que podemos
encontrar en las páginas de este libro son las sensaciones
del autor desde que arriba a esta localidad, hasta las prime-
ras rápidas impresiones que puede captar. Incluso aventu-
ro la idea de que uno de los temas que movió a Bazán a
conocer Mórrope fue justamente el lugar que esta locali-
dad ha recibido en la imaginación georacial lambayecana.
Si bien llegar a Mórrope toma un poco menos de una hora
(en auto), la distancia mental entre éste y ciudades como
Chiclayo o Lambayeque es mucho mayor –el “reducto”
no puede estar ubicado cerca del “centro”–. Mórrope se
percibe lejana en el tiempo y en el espacio, como si fuera
necesario realizar dos viajes extensos para arribar al parque
principal de Mórrope y sus tres iguanas.

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Otro aspecto relacionado con el valor del trabajo de
Bazán tiene que ver con la capacidad de este libro para
poner en práctica un modo de presentar conocimiento y
experiencias. Este modo se aleja de aspiraciones positivis-
tas que pretendan “explicar” en su totalidad la cultura y el
modo de ser morropano, sino que privilegia su experien-
cia. Esta experiencia incorpora también la posicionalidad
del autor, quien en el tiempo de su visita a Mórrope se en-
tiende como un hombre joven que no se identifica como
Mochica. Como leemos en este libro, esta condición le
permite acceder a ciertos espacios, conversaciones, infor-
maciones, que probablemente le habrían sido bloqueados
en otros casos. Aunque lo mismo podría ser pensado en
viceversa, es decir sobre el conocimiento al que el autor
no habría podido acceder por su condición. Resalto este
aspecto pues es algo que el mismo autor nos recuerda du-
rante los capítulos de su libro.
Quizás esta forma de interactuar, de experimentar, y
de compartir conocimiento, hace que este libro pueda ser
catalogado al mismo tiempo como una etnografía, como
un testimonio, como un libro de viajes, y como una acu-
mulación de experiencias personales del autor. Dicha in-
decibilidad de género resuena con el estilo de escritura del
autor y con la naturaleza de su experiencia en Mórrope. El
autor no pretende emitir conocimiento que vaya a que-
dar definitivo como una guía etnológica sobre Mórrope,
a pesar de que al mismo tiempo brinde muy valiosa in-
formación para antropólogos y otros científicos sociales.
A través de las páginas de este libro, podemos aprender
de las conversaciones que el autor ha tenido, sus encuen-
tros y desencuentros, las conversaciones que pudo tener y
aquellas que se interrumpieron, los interlocutores que des-
aparecieron repentinamente, los fugaces acompañantes de

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viaje, los cansancios y los desconciertos, los aprendizajes
y los cuestionamientos, los olvidos y los desaprendizajes.
Junto a este ensamblaje de experiencias cognitivas, senso-
riales y afectivas, Samyr Bazán nos brinda un libro que no
sólo ofrece coherente conocimiento sobre sus estancias en
Mórrope, sino que propone un modelo propio de yuxta-
posición de ideas.
Después de sus libros previos, en los que ha escrito
sobre otros lugares lambayecanos como Eten y Salas, Ba-
zán continúa sus aventuras bibliográficas, las cuales cierta-
mente recuperan los largos trabajos de campo y los viajes
que emprendió hace ya varios años. Aquellos que hemos
podido leer sus libros previos, atestiguamos también la
maduración de una voz importante en las conversaciones
regionales sobre cultura y etnicidad. Incluir estas nuevas
voces es central para descentrar dichas conversaciones y
alejarlas de los esencialismos que el neoliberalismo cultu-
ral estimula.

Walther Maradiegue
Antropólogo y Doctor en estudios
culturales latinoamericanos.
Northwestern University.

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Mórrope: Pueblo de tradiciones y un investigador
incansable
En todo el departamento de Lambayeque, Mórrope, es
conocido como un pueblo extraordinario, como una co-
munidad que vive hasta ahora sus tradiciones y en donde
sus pobladores tienen la merecida fama de ser una socie-
dad lo bastante unida. En la ciudad de Lambayeque, mu-
chas veces, escuché el decir “parecen morropanos”; esto
hacía mención sobre todo cuándo, o al menos así me lo
explicaron y/o pude oír, en las oportunidades en que viajé
al país andino, al ver que se reunían varias personas para
realizar algo juntos, como por ejemplo: ir a una oficina,
al médico o a cualquier otro compromiso. Eso es símbolo
de que los morropanos se ayudan mutuamente y siempre
cuentan con el apoyo de la familia, de los vecinos o de
los amigos. El reconocido investigador alemán Hans H.
Brüning apuntó el 25 de noviembre de 1912 en su libreta:
«Los indígenas de Mórrope son los mejores agricultores del
norte; donde los mestizos ya no saben qué hacer con su tierra
por su ociosidad, vienen los morropanos, compran las tierras,
y después de un par de años han cambiado la chacra a un
jardín».
Este libro nos transporta, conforme leemos sus pági-
nas, a las inquietudes de un investigador joven por cono-
cer y entender, en el mismo sitio, las tradiciones y costum-

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bres de su gente. El autor, Samyr Bazán Díaz, se presenta
además como un maestro de la observación etnográfica;
quien durante muchas y cortas estancias en Mórrope re-
gistró no sólo la tradición oral del pueblo, sino también,
sus creencias, su medicina tradicional, aspectos de la bru-
jería, su antigua arquitectura, su alimentación y muchas
más expresiones de gran valor etnográfico, dispersos en
la vida diaria de su gente y en sus comunidades. Con esta
pasión a la investigación etnográfica el autor da un buen y
claro ejemplo a otros investigadores jóvenes para explorar
las propias tradiciones, el patrimonio cultural y la identi-
dad de su patria. Sin duda es un documento que invita a
redescubrir la sociedad nor costeña.

Doctor Bernd Schmelz


Curador de las colecciones de Europa y de Siberia
Museum am Rothenbaum, Hamburgo.
Profesor de Estudios Latinoamericanos
Universidad de Hamburgo.

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Índice
Motivos 27
De Chiclayo a Mórrope 35
Niños para el sacrificio 49
Primer vistazo 55
Templos 64
El origen 75
Diosa luna 83
Relaciones 89
Cholitos 96
Niño dientón 106
Señores de la muerte 110
Huerequeques 118
El negro y la negra 123
Regreso de la selva 130
El Romero 132
Casas indias 139
El encanto 146
Brujería 157
Chicha 165
Dios y las aves 171

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El texto que hoy presento, quizás, está poco cohesio-
nado. Con fechas que marchan y contra marchan del pa-
sado, a un pasado más reciente. Información toda que, he
procurado organizar cronológicamente de la mejor mane-
ra posible. Es a diferencia de mis otros textos, un libro-dia-
rio, de mis andanzas por Mórrope —principalmente —, y
ayudado con recuerdos de otros muchos viajes.
Dejando en estas aventuras mi vida, pero no de una
manera tan dramática como a la que nos tiene acostum-
brado Shakespeare, sino de una forma más actual, más en
línea con los tiempos modernos. Sacrificando para ello mi
poca vida social; privándome de fiestas y reuniones con
amigos, únicamente por esa excitante búsqueda de ir tras
el apasionante recuerdo que aún vive en los otros, en nues-
tros abuelos.

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1

Los factores culturales–tradicionales que unifican a los


pueblos lambayecanos (con todo y el mestizaje propiciado
desde la llegada de los españoles y el posterior desprecio
en la república), sigue siendo aún una parte dominante,
pero en constante variación, lo cual sin duda cambiará to-
talmente en esta (o a esta generación), y siendo muy opti-
mistas, en la siguiente. Son los padres y pocos “abuelos pie
al suelo” que quedan, quienes aún marcan ese delicado y a
la vez profundo nexo con un pasado netamente indígena,
de tradiciones, hoy, agonizantes. En donde mientras ellos
sigan con vida —los que yacen a su alrededor— seguirán
practicando y creyendo en lo que sus ancestros les inculca-
ron; sin embargo, cuando estos se hayan ido (en algunos
años o en pocas décadas), se perderá definitivamente la
herencia de los pueblos indígenas que se asentaron en la
costa norte del Perú (Lambayeque–muchic).
En este sentido Mórrope es, de cierta manera, un bas-
tión para las tradiciones, creencias, usos y fragmentos de
un idioma ya obsoleto (el Muchic), sin mencionar los ras-
gos físicos de sus habitantes, los cuales con mayor o menor
grado de apertura a otras poblaciones foráneas, se ha man-
tenido (sin tener que ver esto último con los conceptos
de “raza”); esto tal vez, por el tardío des-aislamiento que
1
Escena del animal lunar asociado a la Luna y a figuras estelares
(Tomado de Hocquenghem 1987).

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sufrieron, el cual se rompió gracias a la construcción de la
carretera a Bayóvar; similar a lo que les ocurrió hacía fina-
les del siglo XX a los indígenas de la Villa de Eten, quienes
vivían en un estado de semi aislamiento, que se interrum-
pió con la construcción del ferrocarril, y a posteriori signi-
ficó la pérdida de gran parte de su saber ancestral.
Por lo tanto, si entendemos que en Mórrope, existe
aún una cultura; una religión sincrética (Andina); una
música popular en común; un estilo propio en el vestir;
ritos y fiestas que los unifican e identifican como socie-
dad morropana campesina-indígena, estamos hablando de
una etnia; tal vez la última en la costa de Lambayeque.
O al menos es lo que este viajero en pleno siglo XXI cree
haber visto y sentido a lo largo de sus viajes.
Y es esa efervescente necesidad de rescatar lo que sea
posible, lo que me ha comprometido con la tarea de es-
cribir las líneas que a continuación están por ser leídas,
confiando en que algún provecho tenga en un futuro que
yace entre luces y sombras.
A continuación, los relatos de mis viajes a Mórrope
«La etnia del desierto».

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25
La Ramada
Apunte uno.
Motivos.
Debido a mis andanzas investigativas, armonizaba muy
mal mis estudios (primero secundarios y luego en la uni-
versidad); este descuido me pasaba factura en alguno que
otro curso. Por aquellos años estaba viajando, no sólo a
Eten, sino que, al par de mis andanzas al último reducto
de la lengua muchic, concurría a la vivienda de un anciano
curandero que tenía cercano a la casa de mis padres (hogar
en el cual viví por 26 inolvidables años).
Llevaba a cabo mis “mini excursiones” principalmente
los fines de semana, muy temprano y hasta tarde del día.
Tenía constante cuidado del tiempo, pues a determinada
hora, hablando de los días sábados y domingos, pasando
las seis de la tarde; ya no había transporte de regreso para
la ciudad de Chiclayo. Ese saber de —a tal hora tengo que
regresar— siempre fue un lastre en mis andanzas, puesto
que no podía quedarme hablando de Mórrope más tiem-
po del que, mi siempre austera economía de S/. 2.50 la ida
y S/. 2.50 la venida, me lo permitía. Realidad propia de
un joven pobre y económicamente dependiente, segura-
mente como cualquier otro muchacho que aún estudiaba.
Para ir paso a paso sobre mis motivaciones, debo ir un
poco más atrás en el tiempo. Hace algunos años (2007),
cuando cursaba aún la secundaria, formé parte de un gru-

27
po de estudios en el ex – INC de mi ciudad, allí conocí a
un personaje cuyo trabajo es importante para esta historia;
en la medida de llegar a ver algún día con mis propios
ojos, lo que él vio con los suyos. Se trataba del historia-
dor y archivista regional, Alfonso Samamé, un ferreñafano
que había realizado infinidad de viajes a los pueblos de
ascendencia lambayeque–muchic, con el fin de retratarlos.
En cierta ocasión, mientras dictaba una de sus clases, nos
mostró tales capturas. Cuando vi las fotografías hechas
por Samamé quedé casi anonadado a causa de tanta be-
lleza, y no digo esto último por la destreza que tenía con
la cámara, sino por los modelos que había conseguido re-
tratar, principalmente mujeres ancianas que yacían dignas
y con facciones de poderosa expresión, vestidas con trajes
que yo, hasta el momento, nunca había visto. No de ese
tipo. Lo más parecido eran las fotografiadas por H. Brü-
ning2 hace un siglo.
Esto me trae a la memoria, un recuerdo del que no
consigo dar fecha exacta (mes y día), únicamente sé con
certeza que fue el mismo año en que formé parte de aquel
grupo de estudios encabezados por Ana Ramos, Antonio
Serrepe, y el mencionado Samamé, entre otros; quienes
intentaban traer de la muerte al muchic. Por aquel en-
tonces estaba en tercero de secundaria, y estudiaba casi
en frente de la plazuela Elías Aguirre, punto neurálgico
de encuentro de todo buen chiclayano, ya sea para armar
revueltas con miras a una mejora social, o para formar pe-
queños grupos y partir en sana compañía a Pimentel y sus
playas; aquel era “el nudo” de encuentro de nuestra juven-
tud. Fue precisamente una tarde de esas en la que los cielos
norteños se tornan rojizos, para anunciar la pronta muerte
del día con la presencia de un sol sangrante, próximo a su-
2
Etnógrafo y coleccionista de antigüedades. Alemania 1848 – 1928.

28
mergirse bajo las aguas del océano; cuando en aquel atar-
decer, mientras buscaba información de otros autores en
mi biblioteca personal, fue que me topé sin querer con dos
hermosas fotos en blanco y negro, las imágenes yacían casi
al final del libro de H. Brüning3, en ellas aparecían unos
morropanos de gruesos ponchos, seguramente de algodón
nativo4, comiendo y bebiendo en su chacra. Contemplé
esa escena, como si estuviera, no sólo detenida en un tiem-
po hoy inexistente, sino que además, parecía cobrar vida
en mi interior, y por un fantasioso instante, me pareció es-
tar allí, con ellos; en su algarabía, en hermandad. Esto fue
en parte, lo que me haría tomar la decisión para comenzar
a realizar un viaje tras otro, hacia este pequeño y polvoroso
poblado lambayecano.
A mis cortos 16 años las capturas de Samamé termi-
naron siendo un recuerdo que nunca olvidaría, y fue su
imborrable presencia en mi vida, lo que sin duda suma-
rían o serían en parte, eso que seis años más adelante (en
2013), me motivaría a recorrer los viejos bosques y ardien-
tes arenales de San Pedro de Mórrope. Pero esto que ya
he contado, no produciría el detonante para emprender
mi marcha definitiva a un pueblo, distante de mi hogar
38 kilómetros. Fue en todo caso, un valor agregado, pero
no “la gota que colmó el vaso” para tomar mi decisión.
Lo que me llevó hasta allá por muchos días, días que se
convertirían en años, fue la intervención de mi amigo don
Alejandro Guzmán, el curandero del barrio, quien vivía en
el pueblo joven vecino. Alejandro era un hombre que se
había instruido en Túcume5, ante la mirada paciente de

3
Estudios Monográficos del Departamento de Lambayeque [1922]
1989.
4
(Gossypium barbadense L.)
5
Túcume fue refundado por los españoles en 1566.

29
Santos Vera6, y quien durante nuestras pláticas me conver-
saba, lento pero muy vivo, de aquellos parajes y de los en-
cantos que en la tierra de Mórrope aún hay. De esa forma
Alejandro alimentaba mi imaginación con sus historias;
por aquellos entonces tenía yo 21 ó 22 años. La mía era
una edad lo bastante buena para tener menos temores de
ir en busca de lo desconocido, nuevamente. Una edad en
la que, quizá, por tener los años mozos en contra o a fa-
vor (en donde todo puede ser revoluciones y/o pasiones
necias), no reconocía nunca los peligros. Y no es que no
supiera, al menos de oídos, de su existencia, sólo que no
lo percibía conscientemente por más que lo tuviera en mis
narices. ¡Qué ímpetu el de aquellos años!
Para estas esporádicas y pueriles “expediciones” me
ayudaba la experiencia —poca y muy empírica—obteni-
da durante mis primeros viajes. Esas salidas fuera de casa
me habían ayudado a curtir un poco más mi determina-
ción en ciertos aspectos, principalmente relacionados con
la vida de quien se “cree” investigador; aunque más tarde
aprendí que sólo era un arriesgado y muy bien documen-
tado recolector de datos.
Mórrope —pensaba yo— podría ser eso que, con
inocente deseo, salí a buscar en mis primeros viajes, le-
jos de “ese” mi pequeño mundo, el de mi hogar. ¿Podría
ser acaso este poblado, aquello que estando allí, no se de-
jaba ver? Pues mi intención fue siempre encontrar algo
que yaciera oculto. Fantaseaba con hallar una civilización
perdida, encubierta, tal vez, por cerros desérticos que en
el imaginario no son otra cosa que los cuerpos mayestá

6
Antiguo y muy famoso maestro curandero del siglo pasado. Nació en
Túcume en 1933 (falleció en 1993). Aprendió el curanderismo de su abuelo
Pedro Vera, quien al morir le dejó un poderoso bastón de madera,
extraído según propios familiares, de una de las pirámides cercanas.

30
ticos de viejas y poderosas deidades, de las eras ágrafas;
fantaseaba con toparme con escondidas gentes del ayer
entre bosques secos de magia y sobrenatural vida. Surgían
dentro de mí ingenuas inventivas desarrolladas, gracias a
los efectos secundarios de haber visto todas las películas
gringas de Indiana Jones, quien —en mi caso— en lugar
de ir en búsqueda del “arca perdida”, iría tras los pasos del
último muchic hablante, el cual (aunque sumando meses
y kilómetros en campo) nunca se pudo encontrar.
Hoy, siete años después, en pleno 2020, revisando mis
archivos he tenido, por fin, las ganas que necesitaba para
contar algo (aunque sea pequeño) de aquel lugar y de su
noble gente. No busco en ello cosa grandiosa, hablando
de fama y vanidades que poco enriquecen y que por el
contrario mucho entorpecen los buenos juicios; sino úni-
camente la satisfacción que produce hacer las cosas. Mó-
rrope respondió muchas preguntas en mi vida y, también,
generó otras. Pero todas para bien y mejor; de no haber
sido así, por muy lindo todo, habría sido muy pobre mi
aprendizaje.
Estando lejos de la patria, como hoy me encuentro,
apartado de los míos —y esto es un deseo en voz alta—,
espero que algún antropólogo y no únicamente un esme-
rado “recolector de datos” (como lo he sido yo con toda
pasión) se tome el tiempo para vivir cortas o largas tem-
poradas allá, entre ellos; pues son sus arenas, un vergel
aún fecundo para las descripciones etnográficas. Quizás,
alguien haga algo, antes de que todo sea únicamente una
serena imagen detenida en el tiempo, y nada más.
En Mórrope no hay que escarbar ni mucho, ni poco,
para encontrar grandes tesoros. Sus tesoros están visibles y
se pueden hallar a diario, prudentemente guardados en el
recuerdo de sus viejos habitantes.

31
Hágase, como dicen los españoles, «un trabajo sin
pausa, pero sin prisa».

32
Charca de Morropanos en Túcume
12 de agosto de 1906
Charca de Morropanos en Túcume
12 de agosto de 1906
Apunte dos.
De Chiclayo a Mórrope.
Mi vivienda, por aquellos años, estaba ubicada frente a
las aguas de un viejo canal de regadío, quizás de épocas
prehispánicas, la Cois, que había sido décadas atrás tierras
de un italiano. El mío era un barrio obrero al Este de la
ciudad capital, con pocas calles asfaltadas, hasta donde,
de cuando en cuando, iban seudo políticos con sus mi-
serables propuestas de campaña. Vendedores de mentiras
todos ellos.
La zona en su gran mayoría era de migrantes serra-
nos. Yo mismo pues, aunque nací en Chiclayo y mis pa-
dres también. Ese no fue el caso de mis abuelos, quienes
eran de la sierra (Cajamarca), con excepción de mi abuelo
Francisco a quien su madre lo alumbró en el Ferreñafe de
los años 30’; aunque sus padres eran, uno de Cutervo y la
otra de Santa Cruz.
Yo vivía entre las calles Miraflores y Nicolás de Pié-
rola, en un hogar donde nunca nos faltó de comer, no
éramos ricos, pero mis abuelos maternos se habían en-
cargado de trabajar tan duramente cuando eran jóvenes,
que casi habían asegurado la tranquilidad económica de
sus hijos y hasta de sus nietos. El sacrificio de ellos, era la
recompensa de nosotros. Yo vivía rodeado de familiares,
pues mis abuelos poseían una casa tan amplia que, sin

35
invadir el espacio de uno y de otro, habían conseguido
criar en ella a sus cinco hijos y estos a los suyos, y mis
primos y hermanas a mis sobrinos. Teníamos una de las
propiedades más grandes de todo Campodónico Nuevo,
o quizás, la mayor; a tan sólo tres kilómetros del centro
de la ciudad. Este fue el punto de partida para todos mis
viajes, mi centro de operaciones; en donde una noche
antes, buscaba en algún mapa regional mi futuro desti-
no, aunque muy posiblemente, al día siguiente estuviera
muy lejos de aquel sitio que había avizorado la noche
anterior. A veces seguía mis lineamientos y otras simple-
mente me dejaba llevar por la curiosidad de lo nuevo, de
lo desconocido.
Para ir a Mórrope, mejor dicho, para llegar primero
hasta la terminal, siempre tenía que ir recto junto al ca-
nal, que dependiendo los meses del año, podían sus tur-
bias aguas animarte a entrar con toda algarabía en ellas y
bañarte con la chiquillada, bajo la sombra protectora de
gruesos y olorosos molles que yacían en pie a lo largo de
su recorrido; árboles que, además de dar protección frente
a los insoportables rayos solares, entregaban generosos “sa-
nidad” —ante la gripe y otros males— sin tener que hacer
nada más que estirar la mano y arrancar una o dos de sus
ramas, las cuales luego eran hervidas por nuestras madres,
y finalmente bebida su cocción. A los vecinos, con las pri-
meras o con las últimas luces del día, se les veía sacar cuan-
tiosas cantidades de agua con ayuda de baldes de plástico
sujetos a cuerdas, para regar nuestras siempre polvorosas
calles. Las aguas de la Cois, también podía provocar que
uno se alejase todo lo posible o que más de uno quisiera
mudarse de allí, pues cuando venían los limpiadores de
acequia, con sus palanas (una vez al año), extraían tal can-
tidad de basura humana y restos de animales que conse-

36
guían crear pequeños cerrillos de mierda fangosa, oscura y
excesivamente apestosa; dispuesta en toda la avenida, con
cada palanazo y, a ambos flancos del canal. Estas apestosas
lomas artificiales, junto con las aguas estancadas, servían
de fortaleza y nido para millares de zancudos, quienes al
caer la tarde marchaban con los aguijones descubiertos
hasta las casas de nosotros, sus atormentadas víctimas. Y
ya las “espirales gallo”, encendidas cada noche o la mu-
ñiga7 seca de las vacas, poco podían hacer para repeler el
tormentoso ataque. Una acometida no únicamente física,
sino también auditiva.
En una terrible oportunidad, el hermano de un amigo
cayó en sus suaves aguas, que no son del todo profundas;
sin embargo, la acción combinada del alcohol en sus ve-
nas, el golpe de la caída, las paredes altas y mohosas, y
una madrugada donde nadie oyó — o no quiso oír lla-
mada alguna de auxilio— convirtió aquel lugar en un
corredor de la muerte, del cual no pudo salir con vida.
Se le encontró flotando al día siguiente, posteriormente
lo velaron en casa de sus padres, no muy lejos, frente a
la avenida Agricultura (popularmente llamada como “la
pista de Ferreñafe”, pues esa es la carretera que conecta a
la capital con “el pueblo de la doble fe”). Muertes así de
raras no han sido del todo ajenas a la zona, pues metros
más allá de este fallecer, en el parque de López Albujar, se
encontró a un hombre a quien el frío y una mala salud lo
condujeron directo y sin escalas a la tumba. En Chiclayo
las temperaturas no suelen bajar más allá de los 16 grados
centígrados; pero para un hombre de su resistencia física,
esto podría haber sido más que suficiente para provocarle
“una muerte dulce”. Lo conocíamos en la zona únicamen-
7
Es un error del hablante, quien en lugar de decir “boñiga”, dice
“muñiga”.

37
te como “el mañanero”8. Cierto día, una vecina lo halló,
aparentemente dormido; al intentar despertarlo se llevó la
sorpresa de que el pobre indigente yacía inerte con claros
signos de la rigidez post mortem. Como era conocido por
todos en el barrio, los vecinos se organizaron y le dieron
un final más digno del que había tenido, al menos, en sus
últimos años de vida. De eso hace cuatro años, quizá más.
Le compraron un ataúd, el más barato y horrible pues lo
importante era guardar sus menesterosos restos; le orga-
nizaron una velación en lo que fue el Pronoei donde años
antes había estudiado, y finalmente se le dio sepultura.
Hoy yace abandonado, pero no olvidado, no del todo.
Todas las veces que salía de mi casa con destino a Mó-
rrope, iba como de costumbre junto a la acequia. Al llegar
a la intersección con la Av. Jorge Chávez, esperaba —casi
nada—, hasta que pasara alguna combi que me dejase lo
más cerca posible en el “Paradero de los Pueblos”9, ubica-
do en toda la avenida Leguía. Hasta allá también llegaba
la nada serpenteante acequia Cois.
La improvisada terminal, conocida en el argot «de los
hombres de a pie» como “Los Pueblos”, se situaba por
aquellos años entre una pollería de mala muerte y el para-
dero de Olmos; en medio de ambos estaba el de Mórrope,
al interior de una pequeña cochera. Ya dentro del lugar,
lo normal era subir al vehículo, rotulado con el nombre
de alguna de las tantísimas empresas, casi familiares, que
allí había; aguardando, eso sí, entre cumbias y los gritos10
destemplados y repetitivos por parte de nuestro y de los
8
Su apellido era Chávez.
9
Salen de allí “combis” para los distritos de Olmos, Motupe, Túcume,
Jayanca, etc. Por lo general todo los ubicados en la provincia de
Lambayeque.
10
Un cobrador de combi en Lambayeque puede ganar entre 30 a 40
soles diarios.

38
otros cobradores, hasta que se llenase de pasajeros; de no
ser así, el transporte no salía de su plaza. A lo mucho, el
conductor encendía el motor, y con eso pretendía darnos
falsas esperanzas. Esa era una técnica muy habitual entre
todos los choferes, disque para calmar así los nervios de
los pasajeros.
La espera, si era buena, podía tardar nada; pero si te
pillaba un mal horario, tranquilamente se podría estar me-
dia hora calentando el asiento. Algunas veces los llenadores
(esos casi símbolos de nuestro informal y siempre criollazo
transporte nacional), tenían la voz exhausta de tanto jalar
peatones. Eran individuos que parecían ser todos gruesos
y estar muy vivaces, muchos de ellos venían a trabajar a la
capital desde los caseríos ubicados en la provincia vecina.
En su intento por completar las combis, se trenzaban a
golpes, unos con otros, rompiéndose las camisas y dejando
sangrar las jetas; para luego regresar al mismo griterío:
—Sube, sube. Apéguese por favor.
Otras veces sólo se lanzaban improperios. Y así, el re-
cuerdo de madres y hermanas pagaban el pato en estos
absurdos enfrentamientos.
Un cliente curtido como yo, sabía cuánto podía
aguantar, y cuando veía que tardaría demasiado en salir,
tomaba otro transporte. Tenía que ir sólo hasta la bene-
mérita Lambayeque, pues allá, a la altura del mercado mo-
delo, estaba el último paradero de los morropanos; si no
llenaban de pasajeros allí, muy probablemente irían vacíos
hasta Mórrope o más allá, ya que algunos tenían como
destino los caseríos al interior del distrito, llegando —de
ser posible— hasta Caracucho11 (unos 10 kilómetros hacia
adentro), ubicado al Noreste de aquel distrito. Aunque es
11
Se llama así porque anteriormente, según dicen, abundaba este árbol
en la zona (del tipo blanco y rosado).

39
verdad que siempre se las ingeniaban para levantar per-
sonas, encomiendas o animales a lo largo de la carretera;
claro está, por un precio mucho menor. Era esto o ir sin
nada en los bolsillos.

Huacas de Mocce en Lambayeque

40
Una vez dejas a espaldas la antigua capital del depar-
tamento, y poco antes de que el conductor desvíe su tra-
yecto por la nueva panamericana (la que sacó a Mórrope
y a sus aldeas de su “aislamiento”), se puede admirar las
ruinas de un viejo molino de arroz, del siglo pasado, pro-
piedad que fue de un italiano de apellido Oneto; de eso
únicamente queda visible una pobre fachada y una chime-
nea, todo de ladrillos corroídos, que sirven de alimento al
salitre. A espaldas de estas, no muy lejos, se levantan otras
ruinas, mucho más antiguas e importantes, pero con una
historia menos conocida; aunque ha sido visitada desde
finales del siglo XIX por importantes estudiosos del pa-
sado peruano, como los alemanes: Max Uhle (quien la
fotografió en 1897) y H. Heinrich Brüning (quien hizo
lo mismo en 1899).
De ellas, si algo se ha escrito, quedó perennizado en
los textos del folklorista Augusto L. Barandiarán, quien en
1938 la inmortalizaría en la siguiente leyenda, conforme a
una vieja historia popular que dice:

[Tancum era cacique de Mocce, antigua ciudad […]


al norte de la actual ciudad de Lambayeque. Aún exis-
ten ruinas de sus templos y palacios, conocidas con el
nombre de huaca de Mocce. La casa del cacique era
grande, toda hecha adobe, con pilares, terrazas y por-
tales, y rodeadas totalmente por un circuito o plaza
grande, donde se efectuaban los bailes y las fiestas […]
Fue después de uno de estos agasajos que el cacique de
Mocce; que era malvado y ambicioso, abusivo y cruel,
enfermó. Cuando sus familiares y súbditos se dieron
cuenta de su cercana muerte y de la imposibilidad en
que se encontraba para ejercitar sus acostumbradas
venganzas y castigos, pusieron en libertad a los pri-

41
sioneros, que en buen número habitaban los subterrá-
neos del palacio, soltaron a los animales, saquearon los
graneros y destruyeron la propia casa del cacique. Solo
fue respetado el cuerpo del moribundo que se hallaba
situado en un aposento ubicado en el centro del pala-
cio, todo cubierto con esteras o mejor dicho, revestido
de esteras.
Cuando los sublevados ingresaron a este aposento,
encontraron que sobre el cuerpo del cacique, ya ago-
nizante, en el pecho del mismo, se había posado una
lechuza de las cercanías, animal que lanzó un grito es-
tridente, imitando la voz áspera del propio Tancum,
en cuyo mismo instante el indio expiró.
Y desde aquella lejana época, el grito de la lechuza fue
anunciador de una muerte cercana y aquella ave se tor-
nó en agorera y nocturna]12.

Estas milenarias edificaciones posiblemente levanta-


das entre los años 1100 al 1400 d.c (periodo Lambayeque
Medio)13, eran un conjunto de cuatro pirámides truncas
nombradas comúnmente como huacas de Mocce por la
población cercana, lugar que hoy por hoy sirve de bota-
dero de basura y que habitualmente es frecuentado por
brujos de la zona. Fue en uno de mis viajes a este complejo
en específico, donde encontré allí algunos elementos que
usan los curiosos para hacer sus rituales, además, tanto a
los pies como sobre las huacas se notaban profundos pozos
de huaqueo. El área, según leí, antes de instalarse la em-
presa de arroz (décadas anteriores a 1934) parecían tierras
12
Mitos, Leyendas y Tradiciones lambayecanas. Lima 1938: 86 - 87.
13
Datos obtenidos de boca del arqueólogo Ignacio Alva, quien me dio
una aproximación de su periodo constructivo. Julio César F. Alvarado,
sin embargo, referiría que este conjunto piramidal podría ser aún más
antiguo, perteneciente al periodo Mochica.

42
inexploradas, algunas partes tenían excesiva vegetación
y estaban algo pantanosas, o al menos, así figura en un
recorte de la época14. Durante mis obligatorios tránsitos
a los otros pueblos (más al norte) procuraba observarlas,
pero visto lo visto, tendría que tener mucha imaginación
para creer tal afirmación.
Todas las combis que iban a Mórrope y los buses con
destino a Piura, a determinada altura, hacían un cruce en
L, frente a las ruinas de los antiguos. Se seguía entonces
una recta carretera, que por algunos sectores yace en mal
estado, flanqueada toda, por tierras de cultivo y algunas
arboledas de gruesos algarrobos. En cada uno de esos via-
jes vi una fábrica artesanal de yeso, parecía un paraje extra-
ño de tierra blanca, de otro mundo; en donde inclusive los
que laboraban allí, daban la impresión de ser fantasmas. Y
como fantasmagóricos seres habrán parecido estos obreros
en su andar por los despoblados, cuando se enrumbaban
hasta las minas de yeso y de sal, en busca del sustento con
el que han mantenido a sus familias, no por años o déca-
das, sino desde siglos en el pasado.
Fueron estas minas llenas de sal lo único que, al pare-
cer, llamó la atención del distinguido naturalista italiano
Antonio Raymondi, cuando llegó hasta estas tierras en
compañía de su amigo Manuel Izaga15, en junio de 1868.
Apuntó únicamente lo siguiente:

[De Lambayeque hicimos también una pequeña ex-


cursión al pueblo de Mórrope, que dista unas cuatro
leguas largas. Esta población de puros indígenas, que

14
Publicado en El Perú en el mundo, de E. Centurión Herrera, Bruselas,
1939.
15
No es otro que el importante hacendando chiclayano, Manuel María
Izaga y Arbulú (1831 - 1907).

43
conservan todavía casi todas las costumbres de sus
antepasados, se halla en el límite con el desierto que
llaman de Sechura, y la principal industria de sus ha-
bitantes es el comercio de la sal]16.
Hasta allá, se conducen los morropanos aún ahora
(hablando de las minas de yeso), llevando consigo —para
tantos días— baldes de chicha, agua, y alimentos crudos
para preparar. Sostienen entre sus manos, como única
arma con la cual arrancar a la tierra, sus riquezas minera-
les: fuertes barretas del más puro acero.
En el trayecto a Mórrope a veces estábamos acompa-
ñados por destartalados burros y leñosas carretas de re-
negridas llantas, las cuales en un abrir y cerrar de ojos,
dejábamos atrás; solamente se alcanzaba a ver al rebufado
campesino haciendo un ademán amenazante con el brazo
enérgicamente levantado, y diciendo, no sé qué cosas, se-
guramente muy hirientes al conductor del vehículo que,
poco o nada le importaba, pues estos sujetos, casi siempre
van “como alma que lleva el diablo”. Eso era el pan nues-
tro de cada viaje.
El primer caserío a la vista era Cruz de Medianía, lla-
mado así porque, precisamente tiene una cruz —no sé si
natural— a la entrada. Cabe decir que, aquí en Mórrope,
como en otras partes de la región17, le dan cierto carácter
sagrado a estos tallos de madera encontrados de forma ex-
traña y, porque no decirlo, “sobrenatural”. Engendrados
por la madre naturaleza, cuentan tantas historias, circuns-
critas todas dentro de un sincretismo cosmogónico que
ha dado paso, hoy en día, a lo que se denomina religión o
16
El Perú, tomo I; 1874: 331.
17
Motupe, Olmos, Penachí (Salas), Batan Grande (Pítipo), Cascajales
(Ciudad Eten), son algunos lugares de la región en donde hay esta clase
de cruces.

44
religiosidad Andina; de ello ha escrito bastante el doctor
Luis Millones.
En junio de 2013, una pobladora daría fe de lo que
ahora escribo:
—Nuestros abuelos y papás, si se encontraban una cruz
que nacía del propio algarrobo, le rendían culto; le adoraban
con flores y decían que era una bendición para quien lo en-
contrase18.
Y si alguno pudiera pensar que exagero en esto, es por-
que, quizá, no conoce la devoción de su gente a esta clase
de imágenes. Sobre todo, la que profesan a otro de estos
maderos, conocido como Cruz de Pañalá. Resulta que en
uno de los tantos trayectos de regreso a mi ciudad, el con-
ductor con el que veníamos platicando sobre el significa-
do de algunos localismos, (como el de chalaquear19) hizo
mención de esto, afirmaba que a él se lo había relatado el
hijo de su descubridor, en una de las fiestas en honor al
sagrado madero. El joven le comentó que a su padre, En-
carnación Ynoñán (criador de chivos), se le había perdido
un grupo de estos animales, motivo más que suficiente
para salir a buscarlos. Los halló, luego de mucho indagar,
por unos algarrobales; todos estaban extrañamente reuni-
dos. Los trajo enseguida; pero en el trayecto de regreso, así
como en su casa, se preguntaba el ¿por qué se había reu-
nido allí su ganado? Su curiosidad lo motivó a regresar al
lugar y halló, aparentemente, el motivo real de tan extra-
ña reunión. Allí encontró la famosa Cruz de algarrobo en
1961; al hallarla regresó a su pueblo (caserío Pañalá) y con
ayuda de otras personas fueron y la trajeron. A partir de
entonces comenzó la historia de tan peculiar veneración.
Una veneración cuyos hechos sorprenden, pues la presen-
18
Afirmado por María Tuñoque Peche.
19
Significa algo así como: blanco, perdiendo color, canoso.

45
cia de cruces (para el poblador de los primeros años de la
conquista) representó y aún representa, en cierta medida,
la imposición o sobreposición del culto cristiano y de la
cultura europea española frente a la cosmovisión indígena.
Lo verdaderamente sorprendente —al menos para mí—
es saber que esta “cruz” llamó o congregó a una cantidad
de ganado, algo que es muy común en el accionar de los
antiguos seres-sagrados o deidades; pues aún hoy en día,
en la tradición oral de los pueblos lambayecanos-muchic, se
hace hincapié de que los encantos (fuerza de las divinida-
des indígenas que habitan en un lugar o centro de poder
en especifico y que sobreabundan en esta área) crían, lla-
man o tienen animales, y atraen con esto o con otras tretas
a los hombres.
Luego de dejar atrás este caserío, se llega al Asenta-
miento Humano “Portada de Belén”, el cual está a tiro de
piedra del pueblo de Mórrope.
Lo primero que el viajero verá, antes de entrar a la
capital del distrito, son las dos enormes torres de campa-
nario de su iglesia San Pedro (construida en el siglo XVIII)
que, en la distancia, y conforme se acorta el trayecto, da la
impresión de ser ciclópeos testigos, atalayas de un mundo
rural que poco a poco se va extinguiendo; a la vista de su
aún, hoy, poderoso volumen, con el cual domina el espa-
cio de este pueblo y de sus caseríos más inmediatos. Las
combis atraviesan luego Puente Salado, construcción que
casi nunca lleva consigo grandes cantidades de agua, la
poca que vi parecía un gran charco estancado. La única vez
que supe que este río cobró vida, fue en el año 2017, cuan-
do se precipitó a nuestras costas el llamado Fenómeno del
Niño Costero20; catástrofe que incomunicó esta parte del
país —o de este proyecto llamado nación— para lo cual y
20
Oficialmente comenzó desde diciembre de 2016 hasta mayo de 2017.

46
como en todos los desastres de nuestra historia más recien-
te, nunca estamos preparados.
Cruzando Puente Salado, ya se podía decir que estaba
uno en los linderos de tan viejísima población.

47
Carreta con anciano y niño

48
Apunte tres.
Niños para el sacrificio.
Para los que lean este texto, y quizás no sepan mucho o
nada, el pueblo al que me estoy refiriendo es una de las
poquísimas ramas que aún quedan de un tronco mucho
mayor, de una etnia muy antigua que gobernó la costa
norte del Perú hace casi 2000 años. Se le conoce arqueo-
lógicamente hoy en día como los Mochicas (100 – 700
d.c) y, tras su aún, misterioso ocaso, surgieron de entre los
valles que alguna vez gobernaron: los Lambayeque (750
– 1375 d.c). Ambas civilizaciones fueron habilidosas con
los metales preciosos, y también grandes constructores de
pirámides, no como las de Egipto o México, pues las suyas
no únicamente fueron tumbas a sus desaparecidos seño-
res, sino que, además, les sirvieron como palacios mien-
tras vivían. Las pirámides en esta parte del país fueron
hechas con ladrillos de adobe, que en todo el norte son
muy abundantes y son conocidas habitualmente con el
nombre de huacas.
Los sacrificios en las sociedades antiguas del actual
Perú, fueron bastante comunes. No solamente se derra-
maba la sangre de animales, sino también la de seres hu-
manos.
Respecto al por qué de la ejecución de tales prácticas
y su real importancia en esta zona del Perú; el arqueólogo

49
Ignacio Alva21, en un intercambio de correos, lo definiría
así:
«Los sacrificios son ofrendas al cosmos, para aplacar de-
sastres naturales especialmente El Niño, y así estabilizar los
ciclos regulares alterados por el calentamiento del mar».
Pero hasta hace algún tiempo se pensó que, no las des-
piadadas escenas que aparecían retratadas en su magnífica
cerámica, sino la excesiva proliferación de jóvenes, eran
más una exageración del artista, no así tal grado de sal-
vajismo; entendido en otro contexto, pues resultaba para
las víctimas, un honor el poder morir para los dioses y en
beneficio de su pueblo. Su vida, así, era entonces sacrali-
zada con la muerte.
Las ofrendas humanas eran drogadas con hierbas y
otros elixires, y se pensaba que la excesiva caravana de
cuerpos (en la iconografía) podía ser únicamente viable en
las sociedades mesoamericanas.
Sin embargo, todo eso cambió luego de las excavacio-
nes efectuadas por Gabriel Prieto Burméster en Huancha-
co, las cuales han demostrado que la sociedad Chimú (850
–1470 d.c) heredera de los Moches del Sur y hermana de
los Lambayeque, practicó, quizá, la mayor masacre del
mundo entero en niños. Sus hallazgos arqueológicos han
encontrado el espantoso total de 227 infantes (algunos de
los cuales se dieron casi, en el tiempo del contacto con
los españoles) a los que se les abrió la caja torácica para
extraerles el corazón de sus infantiles cuerpos. Como así
también apareció en la revista National Geographic22 en
septiembre de 2019.

21
Ignacio Alva Meneses, arqueólogo y descubridor de los murales más
antiguos de América en cerro Ventarrón (Pomalca).
22
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/exclusiva-sacrificio-
masivo-ninos-y-llamas-peru-siglo-xv_12644

50
Un acontecer muy similar relataría el conquistador es-
pañol Francisco de Xerez23, quien junto a Pizarro y otros
tantos hombres, en el trayecto que iba de Copiz (antiguo
Olmos) hasta Motux (Motupe) y más allá, fueron testigos
de las prácticas religiosas y sacrificios que en los valles de
Lambayeque se llevaban a cabo. Él nos cuenta con temor
y asombro lo que a su paso vio:

[…tienen otras suciedades de sacrificios y mezquitas,


á las cuales tienen en veneración; todo lo mejor de sus
haciendas, ofrescen en ellas. Sacrifican cada mes á sus
propios hijos, y con la sangre dellos untan las caras á
los ídolos y las puertas á las mezquitas, y echan della
encima de las sepulturas de los muertos; y los mes-
mos de quien hacen sacrificio se dan de voluntad á la
muerte, riendo y bailando y cantando, y ellos la piden
después que están hartos de beber, antes que les corten
las cabezas; también sacrifican ovejas]24

Los ancestros indígenas de los actuales morropanos


(quienes fueron parientes étnicos de los señores de Chan-
Chan) no escaparon a esta práctica atroz. En el año de
1782, cuando el despótico y paternalista sacerdote espa-
ñol-americano don Justo Modesto de Rubiños25 era cura
de Pacora y Mórrope, apuntó que en la tradición oral de
los naturales, relacionado con la fundación del actual pue-
blo, existía —aún en su recuerdo— el sacrificio efectuado
a tres niños, quienes por fortuna para los suyos y desgracia
23
Francisco López de Jerez. Sevilla, 1497 – ?, s. VXI. Cronista secretario
de Francisco Pizarro y conquistador del Perú. Estuvo en la fundación de
San Miguel de Tangarará y en la captura del Inca Atahualpa.
24
La verdadera relación de la conquista del Perú. Francisco de Xerez;
Sevilla 1534 (Madrid 1891): 59.
25
Nació en Lambayeque en 1724 y falleció en 1788.

51
para ellos, siguieron a una iguana, la cual entró en una
brecha que el sol mismo escarbó en la tierra. Allí encontra-
ron agua (líquido vital en estas fronteras con el desierto).
Los ingenuos infantes fueron con alegría a contárselo a
sus padres, quienes agrandaron la fisura y la convirtieron
en un pozo y, del barro que extrajeron de su interior, die-
ron la forma de aquel reptil que los salvó de la muerte en
el yermo de Sechura. Lo convirtieron en dios para ellos,
incluso más importante que la Luna26, a la que todos los
indígenas de este y los demás valles vecinos, veían por en-
cima del astro rey. En gratitud a su nueva deidad sacri-
ficaron solemnemente la vida de aquellos tres inocentes.
Con esta sangrienta acción demostraron que el bienestar
comunitario, para estas sociedades prehispánicas, estaba
por encima del individual.
La leyenda que relata su éxodo y posterior estableci-
miento en el sitio que hoy conocemos es la siguiente (fue
recogida en 1782):
[Félam campo árido, y seco […] era solo pascana de
los gentiles, que entraban, y salían por el despoblado
[…] en adelante se fueron congregando algunas fami-
lias en Félam, manteniéndose con aves, y siervos, que
flechaban en la sexa de un monte vestido de fayques,
y algarrobos, como plantas que beben por las copas de
un desierto, que jamás tuvo agua por la tierra.
Aconteció, pues, que siendo Inca Yupanqui27 décimo
26
“Adoraban los Indios de Pacasmayo, i los mas valles de los llanos
por principal y superior dios a la Luna, porque predominaba sobre los
elementos, cría las comidas, i causa albortos del mar, rayos y truenos. En
una guaca fue su adoratorio, que llamaban Sian, que en lengua Iunga,
quiere decir casa de la luna”. Cronica moralizadora del orden de San Agustin
en el Perú con sucesos ejemplares en esta monarquia. Antonio de la Calancha;
1638: 552.
27
Túpac Yupanqui (1441-1493), fue precisamente este Inca quien

52
Rey de estas gentes, se retiraron las nubes muchos
meses, que sobrevino a Félam una grande epidemia,
infructífera la Trra. y secos los montes. Con que se re-
solvían estos indios a dexar a Félam y partir a Pacora, a
cuyo curaca alias cacique estaban sometidos […] Dan-
do la edad lo que es suyo, unos cholillos dos leguas dis-
tante de Félam azia el Oriente, dexando la población
al Ocaso, perseguían una iguana, que a pocos lances
se entró a una brecha que el sol havia avierto al golpe
de sus rayos en la Trra. ellos con incesante travesura
profundaron la concavidad y en vez de encontrar con
la iguana, dieron en agua. Avisaron festivos a sus pa-
dres y alargando éstos la sisura, soltó la vena de agua
dulce, y cristalino chorro […] construyeron un pozo,
que desde entonces que acá es incesante recurso de ra-
cionales y brutos.
Con que dando de un abismo en otro abismo forma-
ron una iguana del propio barro, que sacaron al pro-
fundar el pozo, dándole el título de deidad benefacto-
ra, y Diosa de las Aguas. Pusieron el Idolo en el adora-
torio destronizando a la Luna, y en signo de gratitud
sacrificaron solemnemente las tres vidas de los tres
cholitos innosentes, que havian descubierto el pozo.
Pusieron por nombre a este pozo Murrup, que en la
lengua Muchic que en aquella época usaban los natu-
rales de estos valles quiere decir Iguana; y que después
corrompidos por los españoles, se dice Mórrope en lu-
gar de Murrup. Con esto dexaron los indios a Félam,
que en el mismo ydioma significa sentarse a descansar:
aludiendo a que necesariamente hacían mansión los
trancitantes en aquel sitio; y arrastraron a sus familias
para poblar Mórrope a fin de tener el agua a mano.
conquistó a los reinos de la costa norte del Perú.

53
El lugar en que Félam existía es el mismo en que hoy
está el asiento que los indios llaman el Paraje, como
yendo de Mórrope a Sechura, sale del monte, y entra
al despoblado]28.

Aquel pozo fue llamado en un principio Murrup, pa-


labra que en su desaparecida lengua —el muchic29— sig-
nificó iguana o lagartija; vocablo que con el correr de los
años, y la poca habilidad e interés de los castellanos para
pronunciarlo y escribirlo correctamente se convirtió en
Mórrope, nombre actual del pueblo y el distrito.
El pozo del cual han bebido —por siglos— es y fue
real, y aún yace entre ellos. Hoy, sobre aquel, se ha levan-
tado una pintoresca construcción en la que aparecen tres
esculturas de los mencionados reptiles, y en medio de ellos
un cántaro.
Durante las diferentes ocasiones en las que pude ir
hasta allá, descubrí que su nombre moderno era el de “la
mariposa”, pues las personas con las que conversé decían
que de allí salían, de tanto en tanto y muy extrañamente,
esos insectos. Poco después, la fuente de su vieja divinidad
se secó, así como su primitiva fe, y fue sepultada —preci-
samente— por los descendientes de aquellos que la abrie-
ron hace siglos en el pasado. Actualmente está en medio
de su plaza de armas, pero ya nadie extrae agua de allí.
Aunque ciertamente conocí a quienes habían conseguido
disfrutar de su dulzura, de aquel salvador líquido que su,
ahora, obsoleta divinidad y héroe les proporcionó, en una
era tan remota que se ha perdido entre mitos y leyendas.
28
Justo Modesto Rubiños y Andrade. “Sucesión Cronológica o Serie
Historial de los curas de Mórrope y Pacora...año de 1782”. En: Revista
Histórica, t.X. Lima, 1936: 291–293.
29
El muchic se extinguió definitivamente a comienzos del siglo XX en
Ciudad Eten.

54
Apunte cuatro.
Primer vistazo.

La primera vez que llegué al pueblo de Mórrope, después


de hacer un viaje como muchos o como pocos, sentí la
emoción de quien se sabe estar en los dominios que alguna
vez fueron del cacique gentil Caxu Soli30 (en cuya vida
avanzaron los españoles por el aún inexistente Perú). Re-
cuerdo que, en aquella oportunidad, como en las siguien-
tes, el chofer se detuvo entre las avenidas Alfonso Ugarte y
Túpac Amaru, hasta allí llegábamos; tenía que caminar el
resto del trayecto. Tan pronto descendía, veía perderse a la
combi entre sus calles rectas y limpias.
Caigo en la cuenta de que, en mi primera correría a
este pueblo, y de haber caminado tan sólo unos cuantos
metros —y con esto no miento— me pareció un pueblo
poco menos que aburrido y pequeño. Al cual, sin desme-
recer, tengo que reconocerle su constante pujanza, pues
hasta hace algunas décadas, quizás poco antes de la cons-
trucción del tramo a Bayóvar, era más una aldea de casas
indígenas y algunas viviendas de adobe. Respecto de ello
precisamente, una anciana del lugar recordaría para mí, al
pueblo de su niñez de la siguiente manera:
30
En “Mórrope, el pueblo de la iguana (2003); por José Gómez Cumpa.”

55
«Mórrope antes, era sólo unas cuantas casitas al lado de
la iglesia. Las casitas en esos tiempos todas eran de cañita
embarrada, y todo era arena. Así era antes, ahora está muy
bonito»31.
Sin embargo, esta adelantada e inexacta opinión iría
cambiando con el pasar del tiempo. Y hoy sé que, a ve-
ces, las mejores experiencias que esta vida nos puede ofre-
cer —o al menos de las que yo he gozado— no nacieron
como si todo tuviera que ser un “amor a primera vista”,
muchas de ellas toman su tiempo, y hay que saber apren-
der a encariñarnos. Lo que verdaderamente vale la pena
cuesta trabajo y mucha dedicación. Así me pasó, y pronto
descubriría la real importancia de esta localidad, ubicada a
tan sólo 23 m.s.n.m. dueña de un clima desértico tropical.
Muy cerca del paradero está el mercado, quizás el lugar
más lleno de vida en todo el distrito. Siempre que viaja-
ba hasta allá, me detenía a observar a las vendedoras y
comerciantes (la mayoría descalzos) que yacían sentados
sobre telas blancas de costalillo, suavemente tendidas en
el incómodo pavimento. En otra tela, justo enfrente de
ellos, colocaban todos los productos que consigo habían
traído desde el interior, desde sus chacras: camotes, zapa-
llos de la variedad loche y fuque, limones, etc. Productos
y extremidades, a veces, se confundían en el suelo. Otros
estaban de pie, vendían: petates, mates, ollas de barro o
de metal. Había quienes, como los vendedores de grue-
sos anillos de acero (objetos que se cree en toda la región
sirve para repeler el “daño” o algún acto de hechicería), lo
hacían sobre pequeños balayes. Por las arterias del merca-
do, que se abarrotaban sobre todo los días domingo, veía
pregoneros que intentaban vender sus canastas de carrizo.
31
Comunicación personal con Manuela Acosta Suclúp (1930), domingo
26 de mayo de 2013.

56
Notaba a los compradores (hombres y mujeres de recios
rasgos) con alforjas al hombro, todas de bellísimos diseños
y pronunciados colores; las ancianas pies al suelo, como
si al auto privarse de calzado, guardaran la decencia de
los ancestros. Las morropanas jóvenes eran más propensas
a —según pude ver— llevar una fuerte y gruesa trenza,
entretejida únicamente con ayuda de sus propios y oscuros
cabellos, aunque también había buen número de mucha-
chas que llevaban su cabellera arreglada en dos coletas. Sin
embargo, las ancianas del lugar, casi por unanimidad, usa-
ban siempre una única trenza, algunas veces entrelazada
con hilo azul oscuro. Lo hacen debido a la pérdida pro-
gresiva de su pelo conforme alcanzan mayor edad. En los
tiempos indígenas, fue bastante usual que disimularan esta
condición con ayuda de algodón nativo, de color pardo32.
Los abuelos, por su parte, lucían resistentes yanques33.
Portaban, sobre sus cabezas, sombreros confeccionados en
junco (un tipo de planta silvestre color verde que crece en
los ríos o muy cerca de ellos).
Los comerciantes que parecían tener una mejor po-
sición económica, se podían permitir tener sus negocios
dentro del mercado, y no en la calle de manera ambu-
lante. Adentro del centro de abastos, vendían lo mismo y
muchas veces al mismo o parecido precio. En otro sector,
pues es más extendido el comercio informal en las calles
colindantes que dentro, se vendía también ropa, yerbas,
chicha —de un sabor un poco salubre—, particularmen-
te la que vendían fuera del mercado me parecía de muy
mala calidad, pero la que dispendiaban a las afueras del
cementerio, me era de una delicia para la cual el mundo
no estaba aún preparado.
32
Según supe después, ponían el algodón pardo al cabello de una mujer
ya que se creía que era bueno para que no se caiga, y/o no se quiebre.
33
Sandalia de jebe, hechas de los restos de llantas viejas.

57
Seguía caminando, reconociéndome entre su gente,
familiarizándome con sus calles. Me dejaba sorprender
por pequeñas cosas que, hoy, atesoro como invaluables
recuerdos.
Como sabía que ésta no sería mi única visita, decidí
con libertad estudiar el terreno, e ir por aquí y perderme
por allá. Quería, al menos por ese momento, ser sólo un
observador. Yo creo que, sin exagerar, en un buen día se
puede conocer todo el pueblo de cabo a rabo.
En mi recorrido se veían por algunas partes unas cuan-
tas viviendas destruidas, otras abandonadas o pequeñas
“rancherías” de cañas con quincha. En todas estas locacio-
nes, se apreciaban fragmentos de cerámica.
Tal abundancia de restos se debía a que este lugar,
hoy en día es, quizás, el último asentamiento en toda la
región en donde se elabora cerámica con las técnicas de
los antiguos pueblos alfareros que aquí rigieron hace más
de mil años. Los que conocen los procesos ancestrales de
su elaboración, paletean la arcilla (traída de la zona de
chochor) con utensilios de madera hasta darle la forma
deseada; luego la pasan a unos grandes hornos —a cielo
abierto— para ser quemados con la leña de sus bosques
(a muy altas temperaturas); así el barro adquiere un color
que parece ser obsequio de las llamas, pues al salir de estos
rústicos hornos de ladrillos (al cabo de dos días) muestra
en su figura una tonalidad rojiza como el fuego, sinónimo
de que su cocción ha sido exitosa. Los artesanos de mayor
edad que aún quedan, comentan confiados que este oficio
no es para cualquiera, ya que el fuego en que se cuece la
arcilla es un ser celoso.
Callejeando con tranquilidad se llega pronto hasta su
plaza de armas, en el trayecto uno se podía percatar que
buena parte de las casas parecían ser de material noble, y

58
aunque aún quedaban muchas construcciones de adobe,
no eran la mayoría. Se podría decir que, por fuera —al
menos a la vista— las de cemento con acero marcaban una
línea de separación muy clara frente a las viejas construc-
ciones de tierra y madera. Sin embargo, en cuanto eché un
vistazo al interior de algunas, supe de inmediato que eran
la misma cosa: sin excesos en la decoración, con salas que
servían a veces de almacenes para productos de pan llevar
o como habitaciones improvisadas.
Recorrí muchas veces las mismas calles, y aunque es-
taba en un pueblo tranquilo, siempre debía ser precavido,
pues no quería que me asaltaran por un descuido. En es-
tos lugares poco se roba lo que uno carga encima, por lo
general se estila apropiarse del ganado ajeno y venderlo
rápidamente en otros pueblos. Si las tres grandes capitales
provinciales en la región sufren el azote de la delincuencia
común y la extorsión, estos pueblos y sus caseríos, adole-
cen por los abigeos.

59
Mercado de Mórrope
Mercado de Mórrope
Vendedora de pescado en el mercado de Mórrope
Vendedora ambulante Mórrope
Apunte cinco.
Templos.
Cierto día, aunque no había caminado mucho me sen-
tía un poco agotado. Tan pronto me di cuenta, ya estaba
cerca de la plaza de armas, precisamente a espaldas de su
iglesia principal. La observé desde atrás, era el mejor y más
bello edificio a kilómetros, eso sí muy antiguo. Ningún
otro, en los siglos que lleva en pie, se había levantado tan
alto como él. Son sus prominentes torres un hito arqui-
tectónico que desde cualquier límite de la ciudad uno las
puede contemplar y maravillarse, pues hay una gran di-
ferencia y contraste entre esta y las aún no tan elevadas
construcciones que poco a poco se comienzan a hacer con
miras hacia arriba, de forma vertical.
Volteé por La Ramada, una capilla semi adosada al
templo principal, pero mucho más antiguo y de menor
tamaño. Ambas edificaciones estaban conectadas por ar-
cos arbotantes (grandes receptores de la presión que llega
a ellos desde la bóveda de cañón del templo), entre uno y
otro se encontraba un amplio pasaje en donde los clérigos
del lugar, y sus cofradías, dejaban al descubierto las andas
—a veces carcomidas y a veces rotas— en las que trans-
portan sus santos y vírgenes.
Precisamente en una ocasión, por andar de preguntón,
durante las fiestas del corpus christi tuve que transportar

64
a regañadientes el palio de esta procesión, con ayuda de
otros tres hombres, mientras el cura iba cómodamente a la
sombra de nuestras fuerzas por las calles del pueblo. Hasta
en esto me he visto involucrado por andar en la búsqueda
de información. Aquel día no me gustaría repetirlo.
Respecto a la procesión del santoral, quisiera hacer un
pequeño alto, para sumar un hecho “poco anecdótico” ocu-
rrido hace, quizás, ochenta o noventa años. Decía una de
mis informantes, la señora Rosa Farroñán, que su abuelo le
contó un hecho ocurrido hace ya buenas décadas en el pa-
sado, en la aldea de Caracucho. Su abuelo le había explicado
que anteriormente sólo las muchachas vírgenes podían alzar
o cargar las imágenes de los santos, para pasearlas por las ca-
lles. Resultó que en cierta oportunidad le tocó tal privilegio
a una familia de su zona, le correspondía cargar tal ídolo a
la hija de un hombre bastante conocido por aquellos años.
Ya los mayordomos estaban frente a su casa, y el padre (con
confianza y alegría) fue a llamar a su última hija, expresán-
dole: «hijita ya es tu turno ve y carga al santo». La joven
muchacha no quiso, decía que no podía, pero el padre le
increpaba el porqué de su negación. Tanta fue la insistencia
del papá que su joven hija, con lágrimas en los ojos y muy
avergonzada, tuvo que reconocer que ya había “pecado” con
un varón, por lo que no era digna de ese privilegio. Enfure-
cido el hombre de familia (por la tal “deshonra” confesada,
sobre todo delante de tanta gente) tomó a su inocente hija
y la sujetó al tronco de un árbol, una vez amarrada la gol-
peó con ayuda de un látigo hasta hacerla sangrar. Tanta fue
su brutalidad que tuvieron que intervenir los mayordomos
y demás pobladores para evitar que siguiera pegándole de
tal manera a la inocente. Así le dijo su abuelo que eran las
costumbres de antes; siendo el duro flagelo, un arrebato de
irracional cólera, y no parte de la costumbre.

65
A la sincrética Ramada no entraría sino años después,
para el día de mi cumpleaños número 27, cuando fuimos
a realizar unos bosquejos de ella, en compañía de un par
de amigas francesas y algunos amigos chiclayanos. Aquel
gran día, pude conocer el interior indígena de esta capilla
levantada únicamente con materiales de la zona, usaron
sus constructores para ello nada más que madera de alga-
rrobo, barro y caña brava. Todo esto muestra un primer
intento de mestizaje entre los estilos indígena e hispano;
disfrazado de un interior autóctono (apetecible a los natu-
rales) con un rostro occidental (necesario para los prime-
ros evangelizadores, para que el cambio a la nueva fe no
fuera tan brusco). Se puede decir que se las ideaban para
confundir y convencer al natural.
La puerta de acceso era de una madera gruesísima,
y tras abrirla con un tipo de llave «de las de hierro», se
dejaba ver su esplendoroso pasado. En línea recta, hasta
llegar a un altar piramidal (separado tantos metros una
de la otra), había columnas retorcidas de algarrobo. Y el
suelo, ese suelo era como ningún otro, parecía de tierra o
de adobe, y sobre su rostro había cientos o quizás miles
de pequeños y amorfos orificios. Era un suelo con las
cicatrices que ha dejado sobre él, las marcas del pasado
y las inclemencias del clima. Mini cráteres lunares en el
piso. Sé que anteriormente había en su interior bancas
de madera, algunas, como obsequio de su feligresía, pero
cuando yo la visité (en febrero de 2018) habían desapa-
recido.
En su techumbre las viguetas se extendían a manera de
alargados y ancianos dedos, y sobre estas, algún tipo de pe-
tate que estaba por todas partes, como alfombra de grueso
tejido. Finalmente, en frente de nosotros se mostraba un
altar piramidal escalonado, el cual evocaba sin duda a la

66
otrora religión de los lambayeques, acompañaba esto un
extraño mural, color blanco, del cual se desprendían líneas
negras, como plumas de alguna ave sagrada o como rayos
de luz divina. A sus pies, había una fosa que vista desde
lo alto daba la impresión de tener forma de una cruz; al
mirar hacia su interior, había tablas en forma de ataúd o
cajatumbas (así se refieren los locales a los sarcófagos de los
gentiles que duermen en su interior). Dentro, estaban los
pocos y consumidos restos de alguien que había sido en-
terrado aquí hace siglos; quizás, aquellos restos que vimos
eran de un antiguo dignatario. No lo sé. Sólo eran huesos
incompletos.

Frontis de la Ramada

67
Interior de la Ramada

68
La Ramada, edificación bisagra entre el mundo per-
dido de los amerindios con el de los europeos, se había
levantado sobre una pirámide o huaca.
Tan pronto acabó nuestro recorrido, por su interior,
fuimos a un chicherío cercano, que ya conocía desde mis
primeros viajes. Allí bebimos y comimos no solamen-
te por ser día de mi santo, sino, sobre todo, por haber
conseguido entrar a la colonial Ramada, templo viviente
en el cual se llevaron a cabo las primeras conversiones al
monoteísmo.

La iglesia de San Pedro, contigua a La Ramada, es y segui-
rá siendo por muchos años más, la construcción de mayor
altura en este pueblo y en los caseríos a la redonda. Por lo
general los fines de semana se ofician bautismos y matri-
monios con gran despliegue de trajes “típicos-contempo-
ráneos”, y digo esto último porque, hasta hace no mucho,
la vestimenta autóctona era el oscuro capuz (de falda y
blusa), adornado con “quintos de oro”34 y un corazón35
del mismo metal. A dicha prenda enterraban en un fango
negro, y teñían con ayuda de una planta natural llamada
paipay36.
Sobre todo, cuando había matrimonios, no era raro
ver apostados en las afueras de su templo mayor, los re-
galos que cada invitado había traído. A los costados del
parque estacionaban las combis y camionetas que, una vez
acabado el acto puramente religioso, los conducirían has-
ta sus destinos; algunas veces, en las aldeas más remotas
del distrito. Allí comienza el verdadero jolgorio y se hace,

34
Un tipo de arete muy antiguo.
35
El corazón de oro, colgaba del cuello, e iba sujeto por una cinta color
negro.
36
(Caesalpinia paipai)

69
además, entrega de paños y fajas tejidas a telar por parte
de la novia al novio y su parentela más íntima. Según sus
costumbres.
La fachada de este templo barroco es impresionante,
su frontis está coronado por una cruz de madera, como
también lo están las dos torres gemelas que lo componen
y resguardan a cada costado. En ellas, además, cuelgan dos
enormes campanas que, de tanto en tanto, hacen sonar.
Para llegar hasta su cima, se tiene que pasar por unas esca-
leras angostas y en espiral. Y cuando ya se ha alcanzado el
campanario, se puede contemplar desde allí todo el pue-
blo, viéndose la campiña hasta los arenales. Estar a tan
gran altura da la impresión de tener un soberbio control
del lugar.
Al interior del recinto (que es de una sola nave), en dos
filas, hay largas bancas de madera que llegan muy cerca al
altar mayor.
Cuando entré, me pareció curioso ver que entre hom-
bres y mujeres —principalmente en los mayores— pro-
curaban no mezclarse; cada quien tomaba asiento junto a
su género. He visto muchas veces a las señoras en el lado
izquierdo y a los hombres en el lado derecho. Una costum-
bre heredada al parecer del Catolicismo–Romano el cual,
por cierto, ha desaparecido casi totalmente en Europa37,
pero que extrañamente se mantiene en muchos pueblos
del Perú.
Las paredes estaban decoradas con pinturas de ya va-
rios siglos, inclusive encontré allí un Adán con su Eva;
muy próximo a ellos, yacía la pintura mural de Santo
Domingo de Guzmán. Y así, muchas otras curiosidades.
37
En España, en pueblos de Andalucía y Extremadura era costumbre
la separación hasta hace 30 años. El concilio Vaticano II, no entró en
España hasta muy avanzado los años 80.

70
En otra de las paredes descubrí, quizá, la fecha de su
edificación, escrita en un castellano antiguo. Allí se leía:
«Heste templo los estreno Bendijo y Pontifico el Yli-
mo S.D.D. Pedro José Barroeta Arsobispo38 de Lima el 23
de Mayo de 1751. Memoria Eterna al benerable parroco
José Albarado y Toledo que lo construyó, adornó y enri-
queció, hizo la caza parroquia cabildo y cerco de paredes
y balvertes las calles y por todas le consagra el mayor re-
conocimiento su mas pequeño sucesor Antonio Artiaga y
Castro».
Recuerdo, a manera de semblanza —ya que estoy ha-
blando de este templo— que, en cierta ocasión, el clérigo
local anunció a sus feligreses que una de sus más veneradas
reliquias partiría a Lima para ser restaurada; pero el pueblo
oía a regañadientes todas sus palabras, y murmuraba sin
disimulo alguno en su contra. El hombre trató de hacerles
entender el beneficio que esto traería, si querían que tal
reliquia se mantuviera un par de décadas más, y en mejor
estado, pero ellos, haciéndose sordos y argumentando po-
sibles tragedias, comenzaron a levantar la voz a tal punto
que el sacerdote tuvo que desistir. Yo mismo me inquieté
al ver la reacción de estos hombres de gran fe, pero de poca
“confianza” —por así decirlo—.
Sus naturales, en especial los que nacieron bajo el tí-
tulo registral de indígenas, son altamente supersticiosos;
para algunos, cualquier cosa, por insignificante que fuere,
guarda un consejo, un aviso o una maldición. Por ejem-
plo, tras el incidente que he comentado, salí y descansé en
la plaza de armas a la sombra de algún frondoso árbol y a
pocos metros del Banco de la Nación (edificio republicano
38
Pedro Antonio Barroeta y Ángel, nación en la localidad riojana de
Ezcaray en 1669, y llegó a ser Arzobispo de Lima entre 1751-1758.
Murió en Granada el 20 de marzo de 1775.

71
que fuera anteriormente el primer colegio del lugar) tuve
oportunidad de comentarle esto a algunas amistades que
ya había hecho de manera improvisada. Tan pronto acabé,
uno de los presentes, afirmó que, cuando quisieron pintar
la iglesia, esta se comenzó a rajar. Razón por la cual pen-
saron que estaba enojada. Y sí así reflexionaron cuando se
tuvo que pintar el templo, ¡qué ideas no maquinarían con
la sola intención de extraer una reliquia de su interior!

Frontis de la Iglesia de San Pedro de Mórrope


Uno de los costados de la Iglesia de San Pedro de Mórrope
Costado de la Iglesia de San Pedro de Mórrope
Apunte seis.
El origen.
Las tierras del distrito de Mórrope son, para quien lo co-
noce de cabo a rabo, casi en su mayoría desierto. Y confor-
me uno se acerca al Noroeste esto se vuelve más notorio.
No por nada la mayoría de sus pueblos están orientados
hacia el extremo Este. Aquí hay muchas áreas sin vida en
las que lo único que se forma son grandes dunas con apa-
riencia de montañas o de media lunas, y cuando se preci-
pitan torrenciales lluvias sobre su territorio, erráticamente
cada diez o quince años, dejan tras su paso, además de
desgracias y cuantiosas pérdidas económicas, lagunas esta-
cionales en medio de los siempre áridos arenales.
Este es, además, uno de los distritos más extensos en
la región con poco más de 1000 km2, pero con un es-
pacio agrícola muy reducido. Las hectáreas que no son
empleadas para la siembra (por ser bosques secos) son de-
predados continuamente para hacer de sus árboles leña y
carbón, que se venden a precios miserables dentro y fuera
de la provincia. Las pollerías en la capital regional y las
cocinas rústicas de los actuales lambayecanos, favorecen
la destrucción de estos montes relictos. Pues este material
combustible es el preferido para sus hogares y negocios.
De hecho, existe la convicción, tanto en el Perú como en
España, —quizás cierta— de que la mejor comida se hace

75
a leña. Esta inocente opinión sentencia a muerte la vida de
los bosques (esas gruesas existencias que saben desfallecer
de pie).
Durante los años en que realicé mis viajes (2013 -
2018), muchas combis transportaban ilegalmente la made-
ra, principalmente de algarrobo; evadían lo mejor posible a
la Policía Nacional. Precisamente en el año 2014 una niña
de diez años, murió accidentalmente entre un enfrenta-
miento de policías y traficantes de carbón, en el sector de
Angolo; aunque fue llevada de inmediato al hospital Belén
en Lambayeque, la pobre inocente no resistió los disparos.
Ante este terrible hecho, la ira de los poblanos fue tal, que,
arremetieron contra la comisaría de Mórrope y quemaron
un patrullero. Por momentos se pensó lo peor.
Para los morropanos que viven en el pueblo capital,
todo lo que está fuera de su área es la campiña, y precisa-
mente su urbe es frontera entre las pampas eriazas con las
pocas áreas fértiles; regadas por canales pre-Incas, y ríos
que, desde las altas serranías, hacen un recorrido en el que
sus fuertes corrientes y espaciosos cauces van languide-
ciendo, a tal punto que llegan únicamente a morir sobre
las arenas salitrosas de este distrito. Es aquí precisamente
en donde culmina el recorrido del río La Leche (nacido en
Incahuasi), el cual al confluir con el río Motupe en la zona
de Las Juntas, es llamado en adelante como Mórrope. Se-
gún una vieja leyenda, este tuvo un origen ni natural ni in-
dígena, sino anterior a la visita del oidor español Gregorio
González de Cuenca39; cuando un cura del lugar reunió a
los indígenas para que, junto a ellos, fueran hasta las altu-
ras de Salas (Penachí) y abrieran a fuerza bruta un canal
39
De la Real Audiencia de Lima. Oidor: denominación de los jueces
miembros de las Reales Audiencias o Cancillerías, tribunales colegiados
originarios de Castilla, que se convirtió en los máximos órganos de
justicia dentro del Imperio Español.

76
que beneficiara a este pueblo en el llano. Tal proeza de-
mandó cuatro años de pesada labor, al término de lo cual
no se observó ningún resultado como el que se esperaba,
razón por la que, acabada la intervención de los hombres,
correspondía ahora la manifestación de Dios; llevándose
a cabo una procesión por todo su cauce. Al menos eso
dice la leyenda40. Respecto a este “contemporáneo relato”,
Rubiños y Andrade, apuntó muchos siglos antes (1782) lo
siguiente, como un supuesto hecho histórico.

[Este cura, que había sido ynter en estas doctrinas, lue-


go que tomó posessión de ellas hizo la vtilíssima obra
del río de la Leche, porque desde la falda de los cerros
Penachi, y Salas41, abrió una acequia, que en el giro
de 27 leguas trajo hasta Mórrope el agua. Habiéndo-
se sujetado estos yndios a pagar cierto tributo en sal,
agí y algodón al cacique de Penachi por los derrames
y sobras de sus aguas desde la gentilidad; pero como
venían sin cauce, se vertían por varias partes, de modo
que apenas llegaba el agua a Mórrope en tiempo solo
de crecientes. Con que formada la acequia, a pocas
avenidas se hizo un río caudaloso, que llaman de la
Leche por su christalina dulzura. Después el señor
Cuenca, en la repartición que hizo del agua, y tierras,
quitó el tributo del algodón, sal, y agí]42
40
Mitos, leyendas y tradiciones lambayecanas (1938). Por A. León
Barandiarán.
41
En el tiempo en que Rubiños escribe este texto estaba incorporado al
territorio de Salas el actual distrito de Incahuasi (donde nace el río La
Leche). Hoy solo conserva la zona de Penachí.
42
Justo Modesto Rubiños y Andrade. “Sucesión Cronológica o Serie
Historial de los curas de Mórrope y Pacora...año de 1782”. En: Revista
Histórica, t.X. Lima, 1936: 302.

77
Es de preguntarse cómo pudieron asentarse aquí las
sociedades del pasado, pues habiendo valles más fértiles
en otros puntos de la región, se quedaron aquí los hijos de
una milenaria etnia (la cual sigue recorriendo sus caminos,
desde épocas inmemoriales).
Quizás lo que está por decirse responda tal inquietud.
El día de mí llegada, por vez primera a Mórrope, acae-
ció una mañana de domingo. Era un 26 de mayo de 2013,
y precisamente, de lo primero que pude averiguar, fue la
tradición oral que aún conservan de cómo llegaron sus
ancestros hasta este lugar. Aún se transmite entre ellos y se
ha adecuado con el paso de los siglos a los nuevos tiempos.
Ese día tomé asiento en la plaza y vi a una anciana que,
por ser ya mayor, creía me podría ayudar a saber algo; algo
“del tiempo de antes” —como así dicen—. La señora se
llamaba Manuela Acosta Suclúp, ella había nacido aquí
en 1930, y en esa oportunidad estaba acompañada de su
hijo, Felipe Merino.
La pregunta que le hice fue simple; sabía que los ma-
yores atesoraban en su interior los relatos de aquellos que
—ya hace mucho— dejaron este mundo, y que antes de
partir a la existencia espiritual, lograron perennizar tales
sucesos en la retentiva de ellos (sus descendientes) cuando
fueron niños.
—¿Cómo se fundó Mórrope? — le pregunté.
Tan corta como atrayente fue su respuesta.
—Contaban antes que, por aquí pasaban los mareros y
que ellos vieron dos o tres iguanitas que se echaron a escarbar.
Y los mareros entonces trajeron palanas y lo covaron, y que
dií daban agua a sus piajenos. Que así lo hicieron cuando
pasaban y se iban a la mar.
En cuanto dejó de hablar la anciana, supe que la vieja

78
tradición recogida hace más de 200 años por Rubiños se
seguía transmitiendo, claramente adecuada a los tiempos
actuales, pero yacía aún con vida. Lo que la anciana no sa-
bía, pues esto se ha perdido definitivamente en el recuerdo
no sólo de ella sino de todos, es que el asiento mítico de
los actuales morropanos no quedó aquí, estaba en Félam
(una remota pascana de los gentiles, ubicado en el despo-
blado, en un área que para mí fue imposible de encontrar).
Un mal día fue duramente azotada por una epidemia que
volvió infructífera su tierra, al punto de secar los montes.
Los pobres habitantes de Félam estaban decididos a par-
tir en éxodo hasta Pacora, bajo cuya pachaca o huaranca43
estaban sometidos, y estos a su vez al Señorío de Jayanca.
Pero fue en estas correrías que tres niños indígenas encon-
traron el proto–pozo en donde posteriormente se fundaría
su nueva población.
Es curioso cómo en el relato de la anciana aparecen
tres iguanas salvadoras, número que guarda relación, quizá
casual, con las tres vidas de los inocentes que fueron sacri-
ficados. En otra ocasión, para ser exactos, un domingo 9
de junio de 2013, mientras averiguaba un poco más sobre
una huaca conocida como “Cerro Gallinazo” (que dicen
tiene la forma de una cruz y es el límite con Olmos), co-
nocí a un curandero que venía una vez por semana, desde
el caserío Lagunas; con el tiempo este hombre se convirtió
en un buen conocido y hasta llegamos a tomar cantidades
considerables de chicha, siempre de un par de botellas en
un par de botellas, pues como solía decir: «dos son mis
43
Cuando pasaron por aquí los españoles (al menos así figura en la
temprana visita a Jayanca por parte de Sebastián de la Gama en 1540);
el señorío de Xayanca, gobernado por Caxu Soli, estaba compuesto por
dos grandes huarancas, una del cacique Minimixas y la otra de Facollapa,
bajo esta última dependía el señor y pueblo de Pacora, al que su vez
estaba sometido Félam, y luego Mórrope.

79
ojos», y dos debían ser los frascos. En esa oportunidad,
con media camisa abotonada y antes de almorzar algo en
el puesto de la señora María Tuñoque, me relató la versión
que a él le relataron los caminantes de antaño:
—Los viejos antes contaban que, donde ahora está Mó-
rrope no había nada, no había este pueblo, sino que cuando
pasaba por aquí la gente, ellos descansaban en una ramada.
Aquí en la ramada descansaban los pacoranos y jayancanos,
pero no había agua para tomar; entonces ellos vieron unas
iguanitas, las oían que gritaban, pero ellos no le veían. En
su grito decían: murrai murrai. Cuando se acercaron, vieron
que ese animal era de oro y brillaba. Donde la vieron comen-
zaron a escarbar y sacaron agua de ese pozo. Allí hicieron el
“de la mariposa”. Los viejos contaban que, de aquí salía un
pájaro que gritaba como murrai, a eso de las doce del día,
pues eso era la iguana que gritaba.
Según otras versiones44 (que más tarde oí) los viejos mo-
rropanos decían haber escuchado —de sus mayores— his-
torias sobre los pacoranos, quienes en su peregrinaje hasta el
mar, pasaban por aquí. Y así fue como se fundó este pueblo;
como una parada obligatoria en su lento tránsito al océano.
Fue en ese mar por donde, y muy cerca (en San José), arribó
en un tiempo mítico el legendario Naymlap, quien levan-
tó el primer templo-palacio (Chot) y colocó en él al ídolo
Yampallec; del cual devino luego el nombre de esta región.
Contaban ya como una más de sus fábulas que, antigua-
mente existió un camino secreto por las arenas y tierras de
44
“Se contaba antes que, los pacoranos salían de tiempo en tiempo a pescar al mar y
para llegar ellos al mar pasaban por estas tierras que aún no se llamaban Mórrope.
Dicen que, en el trayecto, se quedaron sin agua; fue así que divisaron unas iguanas
que hacían unos huecos en la tierra, de donde ellos sacaron agua para continuar su
camino.
Es por ese motivo que le llamaron a este lugar murrp. Hoy se ha cambiado en
Morrope”. (Narrado por Juan Mercedes Sandoval Valdivieso -2013).

80
esta zona, afirmaban que, únicamente los “viejos de antes”
conocían la entrada a un túnel por el cual llegaban de forma
rápida, y casi en instantes hasta Mórrope. Los que supuesta-
mente iban por arriba demoraban mucho tiempo en llegar.
Precisamente, hablando, no del “supuesto túnel subterrá-
neo”, sino del camino en la superficie es que, en Túcume, el
año 2014, durante una conversación con el señor Román
M. Asalde45 (1930) —ex–alcalde de ese distrito y amigo del
aventurero noruego Thor Heyerdahl46, quien por cierto se
embarcó en 1947 para llegar desde el Perú a la Polinesia
en nada más ni menos que una rústica balsa de madera a
la cual llamó Kon-Tiki— me habló de la existencia de un
antiguo camino entre ambos pueblos; quizás, el que usaban
los pacoranos para ir al mar. Asalde refería que, décadas
atrás, para ir al mar partías del puente El Pavo Dos, y de
allí tenías que seguir directo hasta llegar a las playas; era una
travesía de nada menos que 35 kilómetros, siendo el punto
medio, el pueblo morropano. Ese, dice él, era el paraje y
puerta de entrada por donde las gentes de Túcume, Pacora
y Jayanca hacían su ingreso a las tierras de Mórrope.
La presencia de túneles en el área andina (en los relatos
rurales) no es nueva, pues lo mismo dicen en Cajamarca,
en donde aseguran hay un camino subterráneo que parte
del cerro Santa Apolonia y llega hasta la ciudad Imperial
del Cuzco; proeza que es achacada a los Incas. Así tam-
bién, pero ya nuevamente en el territorio lambayecano,
dicen que hay caminos bajo tierra que conectan ciudades
o templos perdidos. Por ejemplo: Lambayeque con Ferre-
ñafe, Chotuna con Chornancap, entre otros.
45
Conocí a don Román M. Asalde Monje el 9 de junio de 2014, cuando
él era encargado de la casa Villarreal.
46
Etnógrafo noruego nacido en 1914, y fallecido en Italia el 2002. Él
fue uno de los principales benefactores del proyecto arqueológico en
Túcume.

81
Ruta para ir a pescar a Mórrope según Román

Mapa para ir a pescar a Mórrope según Román


Apunte siete.
Diosa Luna.
En el 2013 sentía consolidarse en mi fuero más interno
tal identidad y amor por mi cultura que no pasaban des-
apercibidos en el exterior. Creía que, hasta cierto punto,
podía ser un “ejemplo” de apego a las viejas costumbres y
usos. Llegué a tal aceptación de mi herencia que no me
era incómodo ir con un sombrero de palma toquilla por
las calles de mi barrio. Esta prenda, por cierto, había sido
un obsequio de mi tío cuando estuvimos en la montaña;
la adquirimos en Rioja, por tan sólo 150 soles. Y digo «tan
sólo» porque fácilmente nos hubiera costado el doble, ya
que estos sombreros, como los de Eten y Celendín, llegan
a alcanzar precios muy elevados.
Años más tarde la terminaría regalando a un amigo y
ex–misionero mormón, quien ahora la debe de tener en
Elk Ridge (Utah). Así, también, había adquirido algunas
alforjas, aprovechaba para comprarlas los días de domin-
go, inclusive me hice con una del tipo arriera (que se co-
loca sobre los animales de carga). Quien diría que, un año
después, me serviría para descender los casi 140 metros
que hay desde una de las cimas del cerro Campana, en
Puerto Eten, hasta su encuentro con la pampa; y de allí
otros 960 metros más adelante, para poder llegar a la pla-
za de aquel pueblo pesquero; con un fonolito a cuestas,

83
el que por cierto es una extrañísima roca capaz de emitir
un sonido similar al tañir de metales, pero aquella es otra
historia para otro libro.
Iba bastante complacido por las calles y hasta en los
pueblos, con esa alforja puesta sobre mi hombrera que me
acompañaba a todos lados. Ciertamente algunas miradas
de desconcierto y de disimulada burla lograba captar, pues
no era común que algún joven “de ciudad” usase algo así,
al menos que este estuviera o viviera en el campo y, aun
así, era ya poco frecuente. A mí me parecían tan bellas y
elegantes que las consideraba dignísimas de llevar.
A Mórrope me acompañó muchas veces una alforja
color azul, con diseños de aves y flores. Un día de domingo,
mientras recorría una de sus calles con mi alforja al hombro,
me topé, de manera fortuita, con el señor Juan Mercedes
S. (natural del lugar), de quien supe, por nuestra conversa-
ción, estaba muy involucrado en asuntos de la comunidad
campesina. Se le veía, además, como un hombre bastante
conocedor de su tierra. Era culto y bonachón. No sé por
dónde arrancamos nuestra plática, el hecho es que llegamos
a tocar los asuntos que conciernen a la Luna (Si o Rem en la
lengua muchic), la otrora mayor deidad de estos valles, y de
cómo influye en la cotidianidad del poblador local actual-
mente. Este es un aspecto del cual hablaré en esta sección,
y también de manera esparcida en otros acápites del libro,
pues tal satélite, no sólo para nuestra sociedad sino para
muchas otras jugó en el mundo un rol preponderante en los
ciclos de la vida. Algo que ya había sido visto y entendido
por el filósofo e historiador de las religiones Mircea Eliade,
cuando al respecto dijo lo siguiente:

[Ese eterno retorno a sus formas iniciales, esa perio-


dicidad sin fin hace de la luna el astro por excelencia

84
de los ritmos de la vida, Por eso no es de extrañar que
controle todos los planos cósmicos sujetos a la ley del
devenir cíclico: aguas, lluvia, vegetación, fertilidad.
Las fases de la luna revelaron al hombre el tiempo con-
creto, distinto del tiempo astronómico, que probable-
mente no se descubrió hasta mucho más adelante […]
El “espíritu primitivo”, que conoce las virtudes de la
luna, establece relaciones de simpatía o de equivalen-
cia entre estas series de fenómenos. Así, por ejemplo,
desde los tiempos más remotos, desde el neolítico por
lo menos, aparece, en el momento en que se descubre
la agricultura, un simbolismo que vincula entre sí a la
luna, las aguas, la lluvia, la fecundidad de la mujer y la
de los animales, la vegetación, el destino del hombre
después de la muerte y las ceremonias de iniciación. El
descubrimiento del ritmo lunar hizo posible esas sínte-
sis mentales que ponen en relación y unifican realida-
des heterogéneas; si el hombre “primitivo” no hubiera
intuido la ley de la variación periódica de la luna, no
se hubiera descubierto esas simetrías de estructura ni
esas analogías de funcionamiento]47.

Este conocimiento u etnociencia no era únicamente


aceptada por los pueblos de ascendencia lambayeque–mu-
chic, sino que era bastante extendido su “culto” o, mejor
dicho, su aprovechamiento en las distintas sociedades abo-
rígenes y campesinas, en este caso, de la América del Sur
(esto desde antes de los Incas). Tristemente la ciencia con-
vencional —por mucho tiempo— negó tajantemente la
extraordinaria influencia de la luna sobre nuestro planeta,
lo hacía parecer un asunto de poderes mágicos. Brüning,
47
Mircea Eliade. Tratado de Historia de las Religiones (Tercera ed.). Madrid:
Ediciones Cristiandad; 2000: 256-258.

85
el gran etnógrafo alemán, notó esto cien años en el pasa-
do, y además resaltó cómo podían actuar sus fases en la
manifestación de lluvias o en el movimiento de las mareas.
Schaedel48 hablando de las observaciones del distinguido
alemán, diría:

[En sus apuntes meteorológicos para los meses de no-


viembre hasta febrero, pone un diagrama indicando
la curva de la luna ascendente. Indicó que cuando el
cuerno izquierdo (o del sur) se levanta sobre el cuerno
derecho, sería un indicio de que iba a haber más agua
en la sierra]49.

Así también, el teniente coronel Percy H. Fawcett50,


describió en sus viajes por la amazonía, antes de desapare-
cer en ella, la importancia crucial que tenía para los pue-
blos indígenas no sólo del Perú, sino también de Brasil y
Bolivia.
En cuanto a mi encuentro con Juan Mercedes, deteni-
dos sobre la vía, frente al muy austero local de algún parti-
do político, y rodeados de otros caballeros, —seguramente
correligionarios suyos—, comenzó a darme pistas y pautas
sobre algunas creencias que tienen sus paisanos; no sola-
mente del aspecto sexual, sino que además de temas agríco-
las, constructivos, entre otros. Razón por la que, días des-
pués, me enfoqué en hacer mejores preguntas que pudieran
ayudarme a entender con mayor acierto lo que, hoy, oía.
Ya tenía mi tarea asignada, sólo me faltaba encontrar a las
48
Richard Paul Schaedel nació en 1920. Obtuvo una licenciatura en
Antropología de la Universidad de Wisconsin en 1942 y un Ph.D.  en
antropología por la Universidad de Yale en 1952. Falleció en 2005.
49
La Etnografía Muchik en las fotografías de H. Brüning 1886 – 1925.
R. Schaedel; 1988: 31.
50
Reino Unido 1867 – Brasil 1925.

86
personas indicadas. Conversé un poco más con Sandoval, y
tras ver la urgencia no disimulada de sus acompañantes por
llevarlo a alguna otra parte, me despedí de él. No lo volví a
ver. Luego supe que llegó a tener un cargo importante en el
distrito, pero nunca más volvimos a hablar.
Yo estoy convencido que, en ninguna otra parte del
Perú antiguo ni en el actual, la luna tuvo un carácter tan
relevante. Lo digo porque en mis viajes al interior de la
región, desde Olmos hasta Oyotún, se notaba su indiscu-
tible presencia en casi todos los aspectos de la vida. Tanto
así que algunas opiniones, vertidas por el ciudadano co-
mún, podrían llamar a la risa a un público desinformado;
pero, más allá de las primeras carcajadas, hubiera asom-
brado y generado mayores inquietudes y por qué no, una
pizca de fascinación en el oyente.
Es sabido que, en el mundo precolombino, durante
los eclipses, los pueblos indígenas le rogaban a la luna,
(satélite nocturno y diurno), al contemplar sus manchas,
los naturales de la costa creían ver a un animal cuadrúpe-
do; mientras que las poblaciones serranas hasta el sol de
hoy, dicen observar a una mujer tejiendo o hilando. Le
suplicaban para que no muriera, para que al oír el quejido
de sus hijos recobrara sus fuerzas y regresara a la vida, pues
se creía que, si moría, con ella caerían los pesados cielos y
la humanidad desaparecería de la faz de la tierra. No hace
muchas décadas en la región, cuando se presentaban tales
fenómenos astronómicos, los naturales hacían ruidos con
objetos, y hasta golpeaban a sus perros y gallinas para que
la luna los escuchara. En otros pueblos como Monsefú, se
arrodillaban las ancianas rogando al Todo Poderoso, es-
perando que nada malo se suscitara. No sería disparatado
pensar que tal creencia aún siga subsistiendo en alguna
remota aldea de la región.

87
Así también son de la firme idea de que todo árbol
debe ser cortado con la presencia del astro nocturno en su
madurez, en la fase que conocemos nosotros como «lle-
na»; suponen que, de no hacerlo así, la madera se echará a
perder, y no aguantará ni las plagas, ni el paso del tiempo.
Algo de lo que ciertamente me informé (años antes) se
lleva a cabo, de igual manera, en El Marco (un caserío
ubicado en el distrito de Jayanca, cercano a la ex-hacienda
La Viña). Quizá por ello los lambayecanos originales —de
este y de otras poblaciones—, no se asombran al encontrar
trozos bien conservados de tablas, en las tumbas de sus
gentiles; y al verlo ellos, cuando huaquean, rinden con sus
comentarios, halagadoras palabras al conocimiento de los
indígenas del pasado, pues «los viejos de antes, las “anti-
vas” sabían cómo y cuándo talar los árboles.
La reducida agricultura del lugar debe esperar también
los ciclos lunares para comenzar con la siembra y cosecha.
Si algún campesino, por ejemplo, sembrara el maíz con la
Luna Verde (inmadura), este cereal se caería, o al menos
eso se dice ocurre siempre que se ha hecho así; por eso
esperan que pase al ciclo “maduro”. Siembran y cosechan
con la Luna Madura, como así les han enseñado sus pa-
dres. Además, y respecto a los cultivos, no dejan que nin-
guna mujer —únicamente cuando está menstruando— se
pasee por sus campos, ya que tienen la convicción de que
los echará a perder y, si toma algún fruto con las manos,
hasta arrancarlo, la planta irremediablemente se morirá.

88
Apunte ocho.
Relaciones.
Aquí en Mórrope, especialmente en sus caseríos y anexos,
las jóvenes se comprometen con rapidez, y algunas sin de-
jar de ser niñas se convierten en mujeres. Casi siempre los
esposos de ellas son hombres un poco mayores y cuando
son rechazadas las muestras de afecto del interesado mu-
chacho que la corteja, es usual que se las robe. Se las llevan
a algún lugar alejado, y regresan juntos a los pocos días.
Convertida la, hasta entonces señorita, en su mujer.
He visto niñas de catorce y dieciséis años ya con mari-
dos y algunas hasta con hijos.
Entre los mayores se ejercitó una extraña práctica, ya
sea por costumbre o conveniencia, se unían entre grupos
familiares que tuvieran relaciones productivas o extractivas
similares. Hoy esta regla no se cumple con exclusividad o
como ley inquebrantable, no sólo por la apertura lenta al
mundo moderno o la migración que ha habido de otros
pueblos (de dentro o de fuera de la región, principalmente
serranos) sino que han ido variando algunas costumbres
y prácticas internas, traducido esto en factores de cambio
y/o fenómenos culturales-sociales que han contribuido a
ello. Creo, sin embargo, que incluso en el pasado no re-
gía para toda la masa poblacional, sino para determinados
grupos dentro de ella, conjetura bastante apresurada pero

89
no del todo descabellada. En otros pueblos, principalmen-
te los pescadores, he visto llevarse a cabo estas uniones
entre descendientes de una misma “etnia” y de un mismo
oficio. Relaciones que actualmente se siguen dando entre
la población (clanes o grupos de poder) de todo el país
para mantener, quizás, un estatus social, económico y/o
cultural.
Según me han hecho saber, a manera de un ejemplo
verídico; en determinada oportunidad un joven alfarero
aquí en Mórrope, fue a pedir a los padres de la chica el
permiso para casarse con ella, y aunque sabía que no era
bien visto por ellos, este se expresó de la siguiente manera
ante su vacilación: «Somos dia barro a barro». En alusión
directa a que la familia del joven —así como la de la mu-
chacha— eran alfareras, por lo que teniendo el mismo ofi-
cio ambas, no habría por que discutir o pelear, pues por
el contrario se sabrían entender. Esta “regla” de vínculos
entre ceramistas, se podría llevar un poco más allá, pues
hasta hace un siglo o más, los grupos lambayeque-muchic
no se habían entregado completamente al mestizaje con
otras poblaciones, sino que habían mantenido “pura” su
etnia, en uniones con habitantes dentro de sus pueblos o
de pueblos vecinos que tuvieran el mismo ancestro legen-
dario. Yo que algo he recorrido sus poblaciones, he escu-
chado a las ancianas casi lamentarse por sus descendientes,
quienes, al no tener un apellido oriundo de su tierra, eran
vistos como hijos no del todo aceptados. Depositaban so-
bre ellos los estigmas y estereotipos con que los lambaye-
canos originales veían a los grupos foráneos, fueran estos
mestizos, serranos o amazónicos. Lo cual muchas veces
estaba marcado por calificativos muy duros y, porque no
decirlo, racistas frente a los que no eran puros como ellos,
y aún más con los que no tenía ni una gota de su sangre.

90
En alusión directa a esto, quiero decir que en la plaza
del pueblo conocí a una anciana natural del lugar y a su
hijo quien tenía un apellido51 que no correspondía a esta
parte del país. Cuando le dije a él que su apellido no me
parecía morropano, su madre intervino, casi exclamando
con tristeza, como si fuera algo, quizá vergonzoso:
—¡Pobrecito mi hijo, todo el mundo se da cuenta! —fue-
ron así expresadas las sentidas palabras de ella.
En otras oportunidades ya había presenciado tal sentir
en ancianos de Monsefú, pues pareciera ser que, para ellos,
el haberse mezclado con otros grupos, hubiera significado
(en su tiempo), la pérdida de algún valor o el menosprecio
entre los que —como he dicho— son o se decían “puros”.
En cierta ocasión en la “ciudad de las flores”, meses antes,
los naturales (ancianos todos) con quienes hablé, se veían
a ellos y a los suyos como individuos superiores frente a los
que poblaban las alturas del país.
En Mórrope fue de conformidad con sus costumbres
el “de pelo a pelo”, es decir, cholo con china, algo que tam-
bién ha dejado aún hoy profundas cicatrices en los dis-
tritos como Monsefú y Eten. Esto sin duda ha sido un
asunto que por muchas décadas marcó la separación de
grupos provenientes de la sierra, frente a los de la costa.
El rechazo de unos a otros, engendró odios y enfrenta-
mientos, expresados en insultos raciales como «serrano
patas con queso», «cholos pata rajada»; o que inclusive las
migraciones serranas (propiciadas estas últimas, principal-
mente por el boom de las haciendas a comienzos del siglo
XX y hasta mediados del siguiente), buscaran lugares para
vivir en donde se asentara un número importante de ellos,
51
Los apellidos morropanos por excelencia, aunque no los únicos, son:
Mochén, Santisteban, Valdera, Bances, Álamo, Ventura, Cajusol, Inoñan,
Ballena, Chapoñán, Vidaurre, Suclup, por mencionar algunos.

91
así crearon pueblos jóvenes o asentamientos humanos con
gran número de individuos provenientes de Cajamarca,
y aunque el factor racial no fue la única causa para tal
concentración, fue sin duda una de ellas. Los lambayeca-
nos-muchic no veían con buenos ojos a los forasteros se-
rranos en sus pueblos, y los migrantes andinos (ya esta-
blecidos) al ser la mayoría en algunas zonas de ciudades
grandes (Chiclayo), choleaban al natural, y tildaban de
aguaruna o charapo al amazónico. Sin olvidar por ello, la
dura discriminación de la que fueron victima todos estos
grupos por parte de las poblaciones criollas en ciudades
como Lambayeque, o en la capital regional.

Respecto a esto, conocí a una pareja muy joven, que te-
nía ya sus dos criaturas, y tanto él como ella, tenían una
fisionomía única, con facciones sumamente bellas. Eran
de la campiña, del caserío Cartagena; y si hubiera habi-
do en aquel momento uno de esos superficiales, estúpidos
e improductivos certámenes de belleza, estoy seguro que
ambos (únicamente por su apariencia) hubieran triunfa-
do. Pues su figura era de contemplar. Su piel, color canela,
se veía muy bien cuidada, sin manchas ni cicatrices —algo
bastante raro por la vida dura que tienen en el campo—,
sus ojos rasgados evocaban honestamente las formas más
exquisitas de sus ancestros; y yo que tengo la mirada algo
caída, al ver la de ellos, me daba la impresión de estar
siendo observado por la poderosa vista de algún ave rapaz.
Sus cabellos de grueso y oscuro brillar52, los hacía ver a
ambos muy lozanos. Eran un magnífico ejemplo de la raza
humana, de su etnia. Se les veía felices.
52
Los morropanos, desde los adultos hasta los más jóvenes, tienen la
fascinación de colocarse el “aceite de coco”, líquido grasoso con el que
dan aún más brillo a sus cabellos.

92

Luego del enamoramiento, y habiendo acabado las for-
malidades propias de lo que es una pedida de mano, que
consiste en llevar algún cabrito como obsequio a la familia
de la joven que se ama; se fija fecha para el matrimonio.
Cuando ya se han casado, lo festejan por varios días, como
se estila también en Eten, pero aquí podría llegar hacer
por un tiempo aún más prolongado. Cuando abandonan
la iglesia, van hasta sus hogares y allí comienzan las festi-
vidades, en donde el comer, el beber y el bailar no puede
mezquinarse. Sobreabunda todo allí.
En cierta oportunidad, camino de regreso a Lambaye-
que, encontré una caravana de buses y carros que se habían
detenido no muy lejos de la carretera, en Cruz de Medianía.
Los hombres, todos de unánime y solemne color; eran opa-
cados por la policroma presencia de atuendos azules, celes-
tes, verdes y morados, de las mujeres que, al igual que ellos,
se desplazaban por la pampa. Todos iban jubilosos hasta la
casa de los ahora marido y mujer. Los potentes parlantes (en
torres) resonaban con tal estruendo que llegaban a escuchar-
se en la carretera. Uno tras otro iban avanzando con sus re-
galos entre los brazos. Sudorosos por el calor, y ajustados en
sus vestidos; a paso firme y dejando huella sobre el arenal.
Los viejos del lugar contaban que, en décadas anterio-
res, las parejas llegaban hasta la puerta de la iglesia monta-
da en una yunta, mientras que los invitados lo hacían en
carretas o sobre sus piajenos; (transporte bastante propicio
si consideramos la realidad en la cual vivían hasta hace
algunas décadas).
Aquí son dos días para el cholo, y dos días para la chi-
na —palabras con las que se refieren, no únicamente a los
novios, sino también a los jóvenes y niños—. Es decir que
en el día que le corresponde a cada uno, es él o ella quien
asumirá el coste de todo.

93
En las reuniones organizadas por la parentela, se estila
preparar el Ornado53, un tipo de pachamanca54 costeño y
que en Piura conocen como Copús, pues al igual que en
los asentamientos serranos del Sur del país, en Mórrope,
cocinan este platillo dentro del cuerpo mismo de la tierra;
resulta ser de lo más suculento y esperado por todos ellos.
Lamentablemente nunca pude probar esta exquisitez; he-
rencia gastronómica de otros tiempos.
La chicha es una bebida, que nunca ha de faltar, se
prepara días antes del evento, y beben especialmente para
los matrimonios y bautismos un tipo de ella hecha con
la pata de un toro (extremidad que hacen hervir hasta
deshacerla). Con tangentes cantidades de esta cocción se
embriagan de felicidad y, muy probablemente, perderán el
conocimiento en, al menos, una de las tantas noches por
venir. Este tipo de fiesta, suele durar entre cinco a siete
días, tiempo en el cual no dejarán de sonar cumbias, san-
juanitos y marineras. Mientras más distante esté el caserío
del pueblo, más tradicional suele ser.
Aproveché una ocasión en la que una pareja salía del
templo de San Pedro, para enrumbarse hasta su caserío;
allí pude intercambiar un diálogo breve pero revelador
con una de las mujeres que había ido como invitada. La
susodicha señora, trajeada de un uniforme color con enca-
jes en altorrelieve, me contó que hasta hace diez o quince
años, era aún común ver a las mujeres casaderas confec-
cionando ellas solas una manta de entre uno y dos metros
de largo, tela que era tejida de íntegro en algodón pardo.

53
En un buen ornado puede entrar: 7 chanchos, 5 pavos, 10 patos, y todo
esto se puede acompañar con pan, biscochos, garbanzo, papa, zapallo.
54
La pachamanca es un plato típico del Perú, elaborado por la cocción,
al calor de piedras precalentadas. Todo se entierra y cubre con hojas y
tierra.

94
Tal manto, únicamente era utilizado el día del matrimo-
nio, pero no en el interior de la iglesia, sino en la casa de
alguno de los padres de los ahora esposos. Allí se arrodilla-
ban ambos para pedir el perdón de sus progenitores. No
estoy seguro en que consiste “el perdón” aquí, y eso fue
un error de mi parte al no investigar más; pero tanto en
Olmos como en Túcume, esto hacía referencia a un azote55
ritual tradicional, llevado a cabo por los padres o ancianos.
En posteriores viajes, escuché que “el perdón” se daba
inmediatamente después de regresar la joven a su casa, y
el muchacho, muy temprano acudía a ver a los padres de
ella, se arrodillaba frente a ellos en señal de sumisión, es-
perando ser perdonado por haberla secuestrado. En estas
versiones ya no encontré mención al manto sobre el que
se postraban.

55
Hoy sé que se emplea también algunos otros objetos como: correas de
cuero, varillas muy delgadas de palos, o bofetadas.

95
Apunte nueve.
Cholitos.
Su gente me contó, no sin poco insistir que, para que sus
futuros hijos nacieran fuertes y sin enfermedades, aguarda-
ban la aparición de la Luna Madura, esperaban su presen-
cia en los cielos despejados para así ayuntarse carnalmente
y sin reparos. También me hablaron que, si se presentaba
algún movimiento sísmico, ponían boca abajo a las mu-
jeres embarazadas para que no se viera afectado el aún no
nacido. Una práctica similar la oí en Cascajales (Ciudad
Eten, 2008), pues allá creen que cuando hay “temblores de
aire”, la mujer debe ser recostada mirando a la tierra, con
el único fin de que así, la criatura que lleva en su vientre,
no cambie de posición.
En otra oportunidad, dos hombres —ambos promo-
ciones de carpeta56—, uno de apellido Santamaría Bances
y el otro Tuñoque Chapoñán, decían que lo que yo había
escuchado respecto a ese tema era verdad. Uno de estos
caballeros, al querer dejar las cosas lo más claro posible se
expresó diciendo:
—Los antiguos (de antes) no tenían hijos por tener; no
se acostaban simplemente por tener ganas. Ellos esperaban la
luna madura para procrear. No cachaban por cachar, pues.
Decían que, si no era así, sus hijos salían débiles y malogrados.
56
Expresión usada entre ex compañeros de primaria o secundaria.

96
Su compañero, dio por verdad sus palabras al asentir
una y otra vez con la cabeza, pero como para no quedarse
atrás añadió:
—Los antiguos esperaban “la estrella y la luna” para te-
ner relaciones, y para cultivar y cosechar.
Creo que tal costumbre está más puramente conserva-
da aquí que en otros lugares, pues algo similar, no igual,
he oído con anterioridad en los distritos habitados por los
descendientes de esta etnia. En ellos la presencia lunar es,
sobre todo, bien utilizada cuando no se ha podido conce-
bir hijo alguno.
Y este, casi pensamiento dogmático, no sólo los acom-
pañaba en lo que era el acto puramente coital, sino que se
extendía a los meses siguientes, cuando sus mujeres gesta-
ban. Respecto de esto último, en el 2014, casi un año des-
pués de haber conversado con estos dos señores; y estando
yo en el pueblo de Ferreñafe, conocí a doña Rosa Farro-
ñán, aproveché nuestra amena y casual conversación para
preguntarle cosas de su tierra, pues ella, aunque trabajaba
aquí, se venía todos los fines de semana desde el lejano ca-
serío de Caracucho, únicamente para vender su ceviche de
caballa. Ella ya tenía una plaza ganada frente a la acequia
el Pueblo, no muy lejos del paradero a Incahuasi. En aque-
lla ocasión me dijo, en su improvisado puesto ambulante
hecho nada más que de madera y techo de plástico:
—Se cree que la luna es hembra, que la luna es agua y,
que ella nos manda a nosotros desde que nos estamos forman-
do, pues vivimos en agua (placenta).

Hoy hay un puesto de salud en la capital del distrito y
otro por el caserío Árbolsol, ambos menos que básicos y
con las mismas carencias que sufren todos estos estableci-
mientos a lo largo y ancho del país. Por eso, las que pue-

97
den y resisten, se atienden en la ciudad de Lambayeque y
cuando ésta, también empobrecida sede, no da para más,
son referidos a algún hospital chiclayano, preferentemen-
te a Las Mercedes. Precisamente en este lugar tengo muy
malos recuerdos, pues hace como diez o doce años me en-
contré entre sus centenarios pabellones57; iba por un leve
problema en la pierna. El único recuerdo que tengo de
tal establecimiento, era el de un calamitoso estado, con
pacientes hacinados, durmiendo y quejándose en los pa-
sillos, acompañados de sus familiares; quienes pedían en
todo momento un trato más digno para ellos. Pero poco
o nada puede hacer el personal sanitario, cuando esto es
producto del desinterés en el propio Estado. Aquí, por
instantes, era comprensible que surcara por la cabeza el
desalentador pensamiento de no saber si se ha llegado a un
lugar de sanación o de muerte.
Por aquel entonces era un deprimente nosocomio, en
donde ¡gracias a Dios! no he vuelto a oír las bárbaras ne-
gligencias del pasado. Pues casi por el año en que fui, se
habían detectado ratas dentro de sus instalaciones, y hasta
salió en la prensa local, amputaciones equivocadas a pa-
cientes, quienes iban por un tratamiento “sencillo” y salían
sin piernas o sin vida.
Como en la salud todas son penas, los que no tienen al-
gún conocido en los hospitales pueden esperar meses para
obtener respuesta o quedarse así hasta que su muerte lle-
gue. Esto da pie —y con justa razón— a que sigan siendo
de fiar en los puntos más alejados, la presencia de parteras
o comadronas, quienes ayudan a las gestantes cuando es su
momento de parir. Las experimentadas parteras semanas
antes de que alumbren una nueva criatura a este mundo
57
Los pabellones de este hospital llevan los apellidos de algunos
filántropos de la época: Cuglievan, Gonzáles, Larco Herrera.

98
mandan a los futuros padres a buscar la «cera de asparga-
te», la cual supuestamente es una sustancia que crece den-
tro de troncos fofos (huecos), producido por las abejas. Se
la dan de beber a la madre, mezclada con chocolate, justo
después de que nazca el bebé. Cuidan mucho que la mujer
vote completamente la placenta, pues hay muchos casos
en los montes, de jovencitas que días después de parir, han
muerto de infección. En algunos lugares del país está tan
arraigada la presencia y fiabilidad de las comadronas y del
curanderismo que, teniendo hospitales para su tratamien-
to, no acuden a estos establecimientos, quizá, por miedo
a lo nuevo, por los comentarios de ciertas malas praxis, o
por un excesivo pudor de que alguien desconocido —con
prácticas occidentales— les vea o toque sus partes más ín-
timas. Y para esto quiero apuntar un ejemplo que bien
puede ser útil para otras realidades.
En un viaje de Cutervo a San Andrés (junio de 2015),
entré hábilmente en la conversación de dos sanitarias, una
me parece que era enfermera y la otra obstetra; ambas dia-
logaban con un claro intercambio de emociones que iban
de la cólera al lamento, respecto de algunas tradiciones
que consideraban totalmente perjudiciales de seguir (to-
das las cuales eran o han sido alimentadas por las creencias
y miedos ya comentadas), en el caso de las mujeres y los
niños por nacer. Decían que era tanta la falta de confianza
hacía ellas y su labor, que muchas mujeres de la serranía
más agreste preferían morir con los hijos dentro, antes de
que las viera alguno de estos especialistas con sus métodos
extraños. Y si por desgracia en su grupo había un hombre,
menos aún, pues ya lo podrían dar por perdido.
No solamente era este su malestar, sino que además,
se respiraba un poco de temor en ellas (durante el viaje),
el cual trataban de controlar; pues si la persona atendida

99
empeoraba tras el tratamiento (por el motivo que fuese), la
familia y hasta la comunidad entera podrían tranquilamen-
te ir en su contra. Tomaban justicia por sus propias manos
o recurrían a los durísimos y casi salvajes castigos que im-
partían las rondas campesinas, que en las altas tierras son la
ley y el orden —una ley que tanto bien como mal hace—.
Ambas mujeres, sin darse cuenta, eran sutilmente vigiladas
por el ojo inquieto de “la lunareja”, señora muy robusta y
llena de mil polleras, a la que todos temían en los pueblos y
aldeas de Cutervo; se decía que la respetada “lunareja” había
ideado el monstruoso castigo de sentar a hombres y mujeres
sobre rocas terriblemente calientes, casi incandescentes. La
rondera fue mi acompañante en el viaje y no supe de su
fama hasta que descendió del vehículo, justamente antes de
llegar a San Lorenzo de la Cruz de Sócota; pues nadie se
animaba a hablar de ella en su delante.
Esta organización comunal no existe en la costa lam-
bayecana (no al menos de la manera en que si impera en
Cajamarca) aunque sí parecidos temores con la medicina
occidental que, bastante aceptada está ahora en todo Lam-
bayeque.
Respecto a Mórrope, aquí los bebés al nacer son pro-
tegidos de muchas supersticiones, por ejemplo: de que no
los vea alguien con “la vista fuerte”58, de que no los cargue
en brazos una mujer que está menstruando o que recién se
le están desarrollando los senos pues les producen pujos;
así como también de los ruidos fuertes, ya que aseguran
les pueden rajar la cabeza. Hay, precisamente aquí, un ave
que nunca he visto y no sé hasta qué punto exista o sea un
mito su, —por así decirlo— maligna presencia. Algunos
58
Creencia popular y supersticiosa, la cual afirma que ciertas personas
tienen una vista tan poderosa que pueden enfermar a un ser débil
(bebés).

100
lo llaman soi59 y otros soil, quizás sea un ser fantástico de
su imaginario pues muchos de los que aseguran haberlo
escuchado, nunca han visto a esta especie de “criptido”; y
sin embargo decían que, cuando gritaba, le rajaba la cabe-
za a los recién nacidos. Otros aseguran que exprofesamen-
te llega a las viviendas en donde hay un bebé, para causar-
le dicho mal, provocándoles así una muerte prematura.
Los locales creen que, de tal manera, el soi se alimenta del
ánima de los recién nacidos. Para prevenir tal infortunio
en sus hogares, ponen en un cuenco pequeño o poto: ajo,
cebolla, carbón y ají. Esto lo colocan cerca de la cabecera
en donde duerme el recién nacido, para así evitar este mal.
Ellos creen que funciona.

A los recién nacidos, sus madres los fajan con firmeza;
además, se los acomoda dentro de telas en una posición
de firmes60, con los brazos y piernas extendidas. Realizan
esto a partir de los ocho días de haber nacido sus hijos. En
aquel amoroso rigor son envueltos casi totalmente, con
las mismas mantas que les sirven de abrigo. Así los tienen
durante los primeros dos meses de nacidos; dicen hacer
esto para que sus hijos sean fuertes (cuando grandes), y
otras mujeres aseguran también que, funciona para que no
quiebren las cosas, ni sean traviesos; los pies se les sujeta
para que, cuando han aprendido a caminar, no se caigan
(buscan la firmeza). Rosa Farroñán me aseguró que esto lo
59
Una persona identificó a dicho ser con la lechuza panteonera.
60
Práctica muy popular en los pueblos indígenas de las Américas, y en
especial en el mundo Andino, usando para ello una faja llamada Chumpi.
“La American Academy of Pediatrics (AAP) dice que cuando se hace
correctamente, envolver al bebé (como tamalito o burrito) puede ser una
técnica eficaz para ayudar a tranquilizar al bebé y a
promover el  sueño”. (https://www.healthychildren.org/Spanish/ages-
stages/baby/diapers-clothing/Paginas/swaddling-is-it-safe.aspx)

101
hacían en horas puntuales del día. Durante toda la noche
tienen que estar así, y en la mañana, a partir de las nueve
u ocho, se les deja sueltos, hasta promediar las seis de la
tarde.
Las cabecitas de sus bebés, cubren con un gorro dentro
del cual acomodan algodón pardo (sin pepas), previamen-
te sahúman dicha fibra, lo hacen con la única finalidad de
que no les entre el frío a sus molleras, esto último lo he
visto realizarse también en Chiclayo.
Al interior de sus viviendas sólo los llevan en brazos
cuando es necesario, pues así —dicen ellos— no los “mal
acostumbran”; además es regla general tenerlos sujetos
con ayuda de unas cuerdas y dentro de una tela; toda esta
rústica estructura se desprende de sus techos. Aquello es
bastante beneficioso para sus madres pues, mientras me-
cen a sus niños, van haciendo alguna labor propia del
hogar.
No son como las hamacas, aunque sí algo similar; las
conocen aquí como maqueros, y da la impresión de que él
bebé está en una posición casi vertical. Vi muchos de estos
maqueros en el centro poblado Cruz del Médano61, cuan-
do partí hacia allá el 27 de enero del 2018, al tomar la vía a
Lambayeque. Ni bien salí del pueblo de Mórrope hice un
desvío a mano izquierda, y tras largos minutos llegué a un
lugar que hace honor a su nombre, pues este poblado está
entre ralas arboledas de algarrobos y extensos médanos, a
poco más de seis kilómetros. No me fue muy bien en el
sitio, tengo que admitirlo, ya que, no sólo en este lugar
sino también en los otros caseríos, parecía que todos sus
habitantes estaban expectantes a una tragedia que llenaba
61
Según los profesores Erik Lázaro y Sacramento Santisteban en su
libro: “Memorias Murrup”, este C.P se llamó (antes de 1985), Cruz de
Fanupe (caserío). Voz híbrida en donde fanu (muchic) significa perro.

102
Bebé en maquero - Cruz del Médano
de lágrimas diferentes hogares. Resulta que el día 24 del
mismo mes, a treinta y tres kilómetros de la costa, una
embarcación de ocho tripulantes, había chocado contra
una nave liberiana, lo que le costó la vida a la tripulación.
Los cuerpos de estos pescadores artesanales, fueron apare-
ciendo poco a poco; era tal la expectación que nadie tenía
tiempo para los extraños intereses de un joven como yo.
Sentado en su modestísimo parque, y viendo que ese
día no conseguiría nada; regresé de allí sin más que algu-
nas fotos de estos maqueros.

Cuando las recién paridas van por las calles, llevan a sus
hijos sobre sus espaldas, al interior de bellos mantos, deco-
rados con bordados en los que representan a aves y a la flo-
ra silvestre del lugar; en las que, además, escriben con hi-
los de variopintos tonos, alguna frase de amor hacia ellos.
Anteriormente eran confeccionados en algodón nativo62.
Cuando busqué a alguien para que me confeccionara al-
guna prenda en Mórrope, me fue muy difícil hallarla, y las
pocas referencias para encontrar a una experta, me indica-
ban que debía ir a algún caserío. Fue tanta la mala racha
con esto que desistí y únicamente compré la tela, pero los
bordados los realicé en Chiclayo con ayuda de la tecnolo-
gía. Al parecer tal habilidosa industria se está perdiendo, y
es cada vez más complicado hallar a quien conoce o sabe
los usos del pasado.
Cuando se les raja la cabeza a sus niños, no por el soi
(del cual ya he hablado), sino por otras enfermedades —
que juzgo son psicosomáticas—, les soban a los bebés con
una bola hecha de tabaco (caliente), luego les amarran esto
a su cabeza, con ayuda de un trapo negro, para que no se
62
El algodón nativo tiene tonalidades pardas (marrón), blanco, verde
y fifo

104
mueva. Esta “sobada” se llevaba a cabo únicamente en dos
o tres ocasiones.
Y como muchas de las cosas que aquí practican, dicen
que esta, también funciona.

Mujer con bebé a espaldas, manta decorada.

105
Apunte diez.
Niño dientón.
Durante los viajes que emprendía hasta Mórrope, cada vez
que tenía un dinerillo extra en los bolsillos, me iba conten-
to y hambriento al puesto de doña María Tuñoque (quien
se convirtió en una buena amiga mía). Fueron, sin duda,
largas y provechosas horas en su compañía; tengo que ad-
mitir que, de cierta manera, gracias a ella pude entablar
conversación con variopintos personajes que casualmente
se detenían, como yo, a comer en su puesto ambulante; en
plena plaza de armas, bajo la sombra agradable de los tupi-
dos árboles que allí habían crecido. Y aunque sus hojudas
ramas eran refugio perfecto contra el sol abrasador, no lo
era contra la caída de sus viejos pétalos e inoportunos bi-
chos; pues a veces, entre la impoluta blancura del arroz, se
posaba la oscura presencia de lo que del árbol caía abatida
por el viento.
Una tarde, como tantas otras, le comenté de las adver-
tencias que había recibido en otros pueblos; no respecto
a “Juan el oso” de quien se asegura mora en un gran y
solitario cerro, sino sobre una criatura de los caminos, que
se manifestaba en el llanto de los recién nacidos. Cuando
terminé de hablar, ella me relató una historia peculiar, la
cual sin mayores dilataciones, dice así:
—Dicen que, un señor de esos antiguos, vestido con su

106
poncho se iba pa’ su chacra y en el camino este oía que llo-
raba una criatura. Dice que él decía, que se pregunta: «esta
criatura de dónde gritará». Hasta que lo encontró votado,
tiradito por el monte al bebé. Él mismo se decía: «qué madre
desnaturalizada es la que ha hecho esto».
Como lo vio votadito por ahí decidió llevárselo consigo,
pues, para criarlo como suyo. Lo agarró y lo tapó con su pon-
cho, y así lo subió al caballo. Pero resulta que al poco tiempo
de subir al bebé, el caballo no quería avanzar, no se movía
para nada. Fue entonces cuando el bebito que había recogido
comenzó a crecer cada vez más, y más grande. Fue allí que
le habló la criatura y esta le dijo: «taita mírame las muelas».
Las muelas las tenía grandes, como las de un coche ¡Huy! el
hombre se dio un tremendo susto, pues. Era el diablo el que
tenía en brazos. El hombre se puso mal al ver cómo crecía, y
cómo le hablaba. Ya dicen que al poco rato murió. Me dijo.
Finalizando con un certero aviso: «Tiene que tener cuidado
joven, esas cosas existen63».
De inmediato me recordó los consejos y sugerencias
que había recibido en Oyotún, respecto a las maloras64;
o las que me dio una curandera en La Victoria (amiga de
mi tía-abuela). Esta mujer me sugirió que siempre llevara
conmigo agua florida y de kananga, para que cuando al
salir del territorio de los antiguos (huacas), me frotara y
pudiera expulsar así, todo lo que uno se lleva consigo y
que no ve de esos sitios. En la región tienen la supersti-
ción de que en estas ruinas hay una existencia que no se
ve, pero que se siente, o al menos, poco a poco se puede
ir manifestando su maligna influencia en la vida de uno
63
Similar relato, afirmaba el profesor y amigo, Kevin Huagit Díaz,
haberlo oído en la serranía, propiamente dicho, en el caserío La Pampa,
distrito de Querocoto en la provincia de Chota (Cajamarca).
64
Horas del día o de la noche en las que se hace manifiesto las fuerzas de
la oscuridad en este mundo.

107
mismo o en la de los suyos. Como se comenta, esto les ha
ocurrido a los saqueadores de tumbas o huaqueros.
Las narraciones en donde aparece involucrado “el niño
dientón” por lo general discurren en el viaje de una perso-
na que escucha llorar a una criatura a la medianoche, en
un camino solitario. Este por buena voluntad lo recoge y
lleva consigo en brazos. Mientras prosigue en su recorrido,
se va haciendo más pesado el niño, el incauto comienza a
sentirse mal (sin fuerzas, comienza a tener miedo, frío, se
le escarapela el cuerpo). Finalmente descubre el peligro en
que está inmerso al ver el rostro del bebé; o cuando este
le ha hablado: «papá, papá mira mis dientes» los cuales
han aumentado su tamaño, semejantes a los de un cerdo,
como colmillos (según algunos otros).
El hombre aterrado trata de soltarse de este ser-demo-
nio, pero no puede, las fuerzas le traicionan, y cada vez es
más complicado desprenderse de la criatura.
Algo peculiar, no en está, pero si en otras historias, es
que la personificación del héroe no es un ser humano, sino
un ave, en este caso un gallo, que al dejar oír su canto por
tres veces lo libera del influjo diabólico en el que ha caído.
Por lo que el llamado “niño dientón” lo deja forzosamente
libre, hace hincapié, antes o durante su desaparición, de
que agradezca al gallo, pues de no ser por él, ya se lo habría
llevado consigo.
El poder de esta ave, no solo actúa en este caso, sino
también en contra de espíritus y sombras malignas (según
el folclor actual de los lambayecanos) quienes se mani-
fiestan en la oscuridad de la noche, a veces antes de que
raye el alba, pues la luz del nuevo día disipa las fuerzas
de las tinieblas; así también el canto del gallo, del que he
documentado su intervención en lugares como Túcume,
Mórrope, y hasta en Oyotún.

108
La aparición del personaje “ave”, guarda en esencia re-
ferencias también al mundo precolombino. Si bien este
ovíparo no es oriundo de nuestra tierra, parece tener re-
lación con el mundo indígena por ser ave (alas/ hacer el
ademán de volar/canto), me lleva a relacionarlo con el
llamado numen tutelar de Lambayeque (propuesto por
Zevallos), con el dios Ave o Ñam, a manera de una divi-
nidad salvadora y protectora de los viajantes; la cual ejerce
su poder a través del ave doméstica (según lo que podría
ser un pensamiento rural actual). Así al sentir la presencia
del demonio niño-animal-colmilludo65 deja salir su canto,
sonido que tiene el poder suficiente para ahuyentarlo.
Muchos campesinos al relatar la historia se expresaban
así: «sino fuera porque cantó el gallo me llevaba», recono-
ciendo cierta virtud en este ovíparo.
Podría atreverme a insinuar que es el pensamiento
Lambayeque sobre el Mochica, en donde la deidad forá-
nea encabezada en su líder Naylamp (ave o gallina de
agua) se sobrepone al pensamiento religioso ya existente
en la costa norte. Con esto podemos hallar reminiscencias
del pensamiento indígena primitivo, el cual ha sobrevivi-
do dentro de las narraciones modernas que reemplazaron
a las ya existentes. La idea indígena llevada y adecuada
al pensamiento y narrativa contemporánea, en lo que se
denomina sincretismo.
Al menos es esa la hipótesis que tengo por ahora.

65
Los colmillos felinos son muy recurrentes en el arte Mochica (señor de
Sipán) y en civilizaciones anteriores como la Chavín.

109
Apunte once.
Señores de la muerte.
La muerte, que a todos nos llega, toma aquí otros matices,
más originales u originarios. Y no lo digo únicamente por
el anuncio que días antes hace oír la noctámbula lechuza a
través de su canto (cántico que siempre resuena cercano a
la vivienda de quien está próximo a partir de este mundo).
La lechuza, y así lo dicen, persigue o va en busca del espí-
ritu, y al llegar, declara la presencia de la muerte y de su
inevitable suceso. Entre su razonar y entender el viaje que
lleva a cabo el espíritu de quien ha fallecido, algunos (so-
bre todo ancianas) creen que al morir, su ánima atraviesa
ciertos ríos en el otro mundo (aunque únicamente recor-
daban uno), siendo el más triste de cruzar, el llamado “río
Jordán”; suponen que allí se llora amargamente, se sufre
tanto que ningún muerto lo quiere surcar cuando frente a
sus orillas se ve. Del mítico “río Jordán” únicamente sé que
yace en los cielos66, en el camino de las estrellas. En rela-
tos actuales se le menciona y aparece documentado tam-
bién por los primeros españoles que llegaron a este “nuevo
mundo”. Hoy en día, en algunas noches —sin luz— es
totalmente visible como una cadena o río de luminarias;
es lo que la astronomía denomina Vía Láctea. Esto me
66
Tengo la duda de que, quizás, el río de los muertos y el que está en las
estrellas, no sean los mismos.

110
recuerda los escritos en los que se hace referencia al Yawar-
mayu67 o río de sangre, en el sur del Perú; así como tam-
bién a los cinco ríos del Hades (inframundo) los cuales
son nombrados en los mitos griegos; o el Chiconahuapan
afluente por el cual se llega al Mictlán de los aztecas.
Menciono esto para que sepan que las corrientes de
agua en el mundo de los difuntos, no es exclusivo del pen-
samiento religioso de una sola cultura, sino que su presen-
cia se repite en otras tantas sociedades a lo largo y ancho
del planeta. Entremos al siguiente recuerdo:
Algunas veces, entre uno y otro viaje, veía a lo largo de
la carretera, mujeres en el más estricto negror de prendas,
lo que indicaba que hace poco habían perdido a un ser
amado. Faldas, blusas, medias, todo era de color oscuro,
a excepción de los aretes que siempre debían ser de oro
puro. Llevaban sobre sí, un tipo de chal —del mismo co-
lor— (prenda que nunca había visto antes), con el que cu-
brían sus espaldas y las puntas de este, caían sujetas sobre
sus pechos. Sobre sus senos hacían un nudo, o con ayuda
de un imperdible lo mantenían amarrado. Ya luego, con
un ojo más acucioso, conseguiría verlas en los montes de
Lambayeque y en Mochumí.
Muchas morropanas se enlutaban por uno, dos o, has-
ta el excesivo caso de, cinco años. En algunas familias fue
tanta la mortalidad, y tan seguida que, parecían guardar
un eterno duelo. Me refiero por sobre todo a las mujeres,
pues los hombres, aunque también se vestían de negro,
aprovechaban para quitárselo en cuanto pudieran.
Aquí, cuando alguien parte al encuentro con Dios, lo
velan en su hogar por tres días, y todos los que van a dar el
pésame a su familia, muchas veces se quedan a acompañar-
67
Disidentes, heterodoxos y marginados en la historia. Ediciones
Universidad de Salamanca, Salamanca; 1998: 252.

111
los, realizan la respectiva vigilia con los restos del occiso en
su delante, y abatidamente escoltados por sollozos que no
dejan de oírse. Hay casos en los que es tanto el dolor que
le reclaman al cadáver —llenos de enojo y autoridad— el
porqué de su partida, el porqué de su abandono; sus ros-
tros parecen encharcados por las lágrimas que derraman
sin contención alguna; mientras miran una y otra vez con
desesperanza el interior del ataúd. Vuelven a gemir con
amargura por ellos y por quien ya dejó este mundo.

Suponen aquí, como en otras partes que, es la tristeza la
que engendra los piojos en el cuerpo de los vivos y hasta en
el de los muertos. Cuando se ve piojosa la parentela más
cercana, justifican la presencia de estos insectos, en ellos,
por el hondo pesar que tienen. Cabe aclarar que tener pio-
jo no es, “estar de piojo”, en lo primero los morropanos
hacen referencia a la manifestación literal de estos carán-
ganos en el cuero cabelludo, mientras que en lo segundo
es únicamente una expresión que usan para referirse a al-
guien que pronto será padre o madre.
En la melancolía de las noches que siguen al falleci-
miento de alguien, suelen transcurrir con evocación de los
mejores y más valientes recuerdos del difunto. Siempre en
la ardiente y dulce compañía de una y otra copita de yon-
que68, ya que las noches suelen ser frías, y, al menos, los
cuerpos de los que aún respiran, necesitan abrigarse con
aquel fuerte sabor. Así se dan mayor valor.
Las ropas del occiso, todas las que pueden, son co-
locadas al interior de su caja fúnebre; y las que no han
conseguido entrar, proceden a ser quemadas.
68
Aguardiente de caña, conocido también como cañazo. Sus precios en
el norte del Perú suelen estar por los suelos, a 0.50 céntimos o 1.00 sol,
una pequeña botella.

112

Una tarde, mientras recorría sin rumbo sus calles, en-
contré una casa con las puertas abiertas, allí, hombres y
mujeres —todos de luto— estaban en una actitud casi
solemne; en la parte principal de la habitación yacía una
especie de tela negra. Al parecer aún no habían hecho lo
que se conoce como “la bajada del manto”. Explicaré esto
un poco mejor.
Después del entierro, un número muy pequeño de los
concurrentes regresarán a la vivienda de donde, una o dos
semanas antes, salieron en penosa procesión; para que, al
regresar, los hijos o la esposa (luego de una misa y la visita
a los restos del occiso en el cementerio) busquen de entre
los presentes a una pareja que funge de padrino. Los que
cumplen o aceptan el rol de padrinos, al acabar el even-
to (bajar el manto69) entregan una simbólica cantidad de
dinero a los deudos. Se asegura que los que llegan a ser
padrinos, son “bendecidos”, pues desde aquel entonces y
en adelante, el muerto los cuidará también a ellos; y esto
último es “fácil de aceptar”, pues en todo Lambayeque
creen de manera fehaciente que el espíritu de sus difuntos,
puede aún interferir en este mundo, para bien o mal.

El 14 de mayo de 2017, me encontraba en las puertas del
cementerio del Sagrado Corazón de Jesús, en compañía
de mi amigo, el arquitecto Jorge A. García Mogollón, con
quien en principio sólo fuimos hasta allá para hacer un
recorrido veloz y poder estudiar la arquitectura indígena
de lugar (la poca que aún está en pie).
69
La “bajada del manto” se realiza luego del entierro, y posterior a ello
continúan 7 ó 9 días de rezos en el hogar del occiso. Algunas veces
cambia y el manto es retirado al finalizar una semana de rezos.

113
En un tramo del trayecto nos detuvimos —no por el
cansancio, sino por el hambre— a comer y beber algo;
a tan solo pocos metros del Campo Santo. En el lugar,
mientras compartíamos alimentos con los locales, dejé por
un instante a Jorge para conversar con algunos individuos
que estaban comprando arreglos florales que llevarían has-
ta los nichos de sus difuntos. En un intercambio de pre-
guntas y respuestas, volví a corroborar lo que tiempo atrás,
en 2013, ya había oído con respecto del chancho (animal
que “dicen” es hermano del hombre). No hubo uno solo
que manifestara lo contrario, al menos no me topé con
ninguno. Creen que al morir alguien, y durante el primer
año de luto, no se debe comer la carne de este mamífero,
pues —y aquí viene lo verdaderamente extraño— asegu-
ran que, en un tiempo lejano, fue nuestro hermano, y si
alguien lo come antes de cumplirse tal fecha, sería como
comerse el ánima del fallecido. La macabra advertencia
para quien transgrede esta creencia, es que morirá junto
a su familia. Natividad Sandoval (de Lagunas) el 2013,
me afirmó que su sobrino fue víctima de su propia incre-
dulidad.
—Mi sobrino no creía en esto y, cuando falleció su mamá,
a los seis meses se fue a festejar en una reunión. Allí se alimen-
taron del animal y, al poco tiempo, se murió.
Para ellos, al menos una parte del ánima del fallecido
reposa por esos primeros 12 ó 24 meses al interior de los
cerdos, cómo o por qué, es un misterio. Pero lo que no es
un secreto, es su renuncia a dicha carne mientras dure su
luto. Lo he preguntado también en plena marcha de las
combis, a mujeres ancianas, quienes con entera seguridad y
estupor dicen que es cierto, y hasta informaban de hechos
en donde, por no seguir tal creencia, habían padecido los
desobedientes. Algo que podría dilucidar un poco esto es

114
lo que pude hallar en un distrito vecino (ubicado poco
más al norte). Era el día 13 de abril de 2015, y siendo las
cinco de la tarde, estaba en las tierras de Olmos (distrito
más extenso y uno de los más alejados de todo Lambaye-
que), había ido también en busca de mayores y reveladores
datos. A diferencia de los otros pueblos, los olmanos, tu-
vieron una lengua distinta y eran hijos de otra etnia, pero
al igual que sus vecinos en Mórrope y Motupe, conserva-
ban ciertas semejanzas. En aquella oportunidad encontré,
quizá, la respuesta al origen del porque los morropanos
emparentan a la humanidad con aquel mamífero. La mu-
jer con quien conversé (frente a su tricentenaria y aún no
destruida iglesia de Santo Domingo70), me explicó en es-
tos términos lo que en otras latitudes —no muy lejanas—
es una creencia, pero que aquí sigue siendo un mito:
—El chancho es hermano del hombre, dicen que es como
nosotros, porque, en el momento de la creación, Dios decía:
¿de dónde creo este animal? Le faltaba un animal a Dios, y
tomando a un hombre lo maldijo, convirtiéndolo en chancho.
Es por eso que, él, es hermano nuestro. Y es por tal motivo que
el coche no mira arriba, ni de frente; siempre abajo, como
recordatorio de tal maldición.
Si bien son pueblos similares, no iguales, apelo a que
tal vez este mito local pueda explicar mejor una práctica
en sus vecinos al Sur.
Un apunte más, antes de dar por finalizado esta sec-
ción es que, existen para ellos, dos aves pequeñas cono-
cidas como Chiflón71 y Putilla, las cuales son capaces de
ver al espíritu del muerto, al observarlo proceden a gritar
indeteniblemente. Los naturales morropanos son muy de

La histórica iglesia de Olmos fue destruida en 2017.


70

71
He escuchado que al chiflón o chiclón no cazan aquí, porque suponen
que al hacerlo los vuelve tontos.

115
hacer caso a los augurios, no sólo de sueños sino también
el que les transmiten determinadas aves, como las que aca-
bo de mencionar. No serían las únicas.

Morropanos de luto fuera del cementerio

116
Vendedora de flores en el cementerio de Mórrope

117
Apunte doce.
Huerequeques.
Continuando con estas interpretaciones visionarias que
determinados pájaros brindan a los naturales de esta parte
del mundo, como si se tratase de un anuncio encriptado
por viejos dioses; está aquella que sobre sí, lleva el huere-
queque72, ave que por cierto es el símbolo de la región.
Este pequeño ser, de no más de cuarenta centímetros
y de hábitos principalmente nocturnos, habita por todas
partes. Fuera de sus alargadas patas y de sus ojos gran-
des, no tiene quizá mayor estimación. Todo esto a ojos
de un extraño, claro está; pues para los oriundos de estas
siempre polvorosas tierras, entre sus plumas, andar, o la
manifestación repentina de su presencia, está escrito para
los morropanos, una señal o mensaje codificado que hay
que atender con cautela.
Dicen, en su rural sabiduría, que cuando uno lo ve vo-
lando y, además, pasa cantando, es porque habrá un robo
o algún fallecido. No hay nada de raro en encontrarse a
este pájaro al andar, lo singular es verlo emprender vuelo,
pues prefieren ir por el suelo, y cuando echan a correr son
como los avestruces, pero en miniatura. Otros dicen que la
presencia del huerequeque solo denuncia alguna novedad.

72
(Burhinus superciliaris)

118
A este augurio antecede, tal vez, una vieja historia que
podría ser el origen de tan particular opinión. Estaba co-
miendo en el pequeño puesto de doña María Tuñoque,
cuando un joven (natural de Cartagena) se acercó. El mu-
chacho, vestido como los mayores, de pantalón y camisa,
con la correa hasta la cintura, se detuvo a almorzar algo.
Como se veía de mi edad, me fue muy fácil entablar con-
versación. Doña María que ya conocía mis intereses ni se
molestaba, y por el contrario parecía ser ayuda propicia
en esta clase de trabajos, pues siempre que podía y quería,
participaba aportando recuerdos y experiencias.
Del joven, lamentablemente no conseguí rescatar su
nombre, lo perdí entre mis apuntes sueltos. Pero recuerdo
que su apellido paterno era Chapoñán (de Cartagena).
Él, haciendo un alto a su cucharear, me relató lo si-
guiente:
—Antes, y así me lo ha contado mi tío, dice que hubo un
hombre, un agricultor que trabajaba en su chacra, pues, y que
de él estaban dos mujeres enamoradas queriéndolo mucho, al
fulano; pero este nada les hacía caso.
Hartas, cansadas de sus desplantes y ninguna importan-
cia que él les hacía a ellas, es que estas lo llamaron, lo citaron
en un lugar y, como lo vieron sólo, le golpearon de tal manera
que lo durmieron, pero no era su intención matarlo. Luego lo
amarraron a un árbol y terminado eso se fueron de ahí. Lo
que no sabían ellas era que de ese árbol salían hormigas, las
cuales le dieron muerte al hombre que habían dejado atado
como castigo.
Al saberse la cruel muerte que había tenido dicho hom-
bre, la justicia, encabezada por el perro, que era el policía
de allí, comenzó la búsqueda de ellas. Cuando por fin las
encontraron, dice que, las retuvieron en una especie de cárcel,
en la prisión para ser juzgadas.

119
Cuando el perro –que era el juez y policía– fue a verlas
sólo encontró a dos huerequecas en la cárcel y al abrir las
puertas estas dos mujeres, que se habían convertido en hue-
requeques, salieron volando; y es por ellas y en ellas que se
originó esta ave.
A este relato desde un principio puse en tela de juicio,
sólo porque me lo contó una persona joven. No estoy di-
ciendo que él fuera un mentiroso, o que tuviera motivos
para hacerlo; sino que por regla general siempre descon-
fiaba de las personas jóvenes, en cuanto a la recolección de
material etnográfico se tratase. Tal descreimiento aumentó
cuando —una vez que se marchó el chico— pregunté a
doña María si había oído algo respecto de esto, pero ella
juraba nunca haberse enterado, y lo único que me decía
era que, quizás, ellos por ser de la campiña, sabían o con-
servaban mayores conocimientos. Ese día regresé a casa
con un sin sabor, aunque esperaba que lo dicho por él
fuera verdad. Otro asunto que me hacía dudar, era que
su narración se parecía, en algo, a las publicadas hace 82
años, por Augusto L. Barandiarán, y de las que ciertamen-
te, siempre he tenido mis dudas. Afortunadamente, casi
tres meses después, el 25 de mayo de 2014, la pude co-
rroborar con ayuda de doña Rosa Farroñán, quien al igual
que aquel joven, era de la campiña morropana.
—Esta historia me la contó mi abuelo don Gregorio Pis-
coya Sandoval, sobre el origen de los huerequeques. Él decía,
contaba pues, que fueron tres hermanitas huerequequitas lla-
madas Juanitas. Dicen que ellas eran solas, no había nadie
más, pero cierto día encontraron a un joven por el campo que
se llamaba Juan. Al verlo se enamoraron de él; pero el mu-
chacho ¡cómo era antes las gentes pues! Él conversaba con ellas
como hermanitas, ya que él las veía así, pero ellas se enamora-
ron de él, y al ver que no les correspondía, dijeron entre ellas:

120
«Este hombre lo queremos, pero no nos habla nada de amor.
Agora será que lo matemos por no querernos, porque nosotras
queremos de él, pero no nos quiere. Entonces, mañana que
va a conversar con nosotras le vamos a decir: “si te queremos,
pero déjate amarrar en el árbol”».
Y dice que, allí lo han amarrado, en ese árbol que tenía
bastante hormiga, ya cuando lo dejaron allí, y al otro día que
regresaron a verlo ya estaba muertito.
Tanto se riyeron de lo que lo hallaron muertito que se
convirtieron las tres hermanas en huerequeques.
Claramente es un mito sobre el origen de tal ave, pero
respecto a las hormigas que se mencionan en ambas histo-
rias, tengo que decir que nunca en mis viajes he conocido
u oído de alguna planta, dentro de la región, capaz de
alojar hormigas “asesinas”. No he tenido noticias de su
existencia, pero quizás en el pasado pudo haber crecido
un tipo similar al que se narra en el mito. Hoy extinto. El
único árbol que conozco, que cría un tipo de hormiga tan
agresiva, es la tangarana73, planta que crece a cientos de
kilómetros de Mórrope, en la Amazonía. Precisamente de
Santiago de los ocho valles de Moyobamba a Santa Cruz
de los Molitones de Tarapoto, hay un lugar, entre los pro-
fundos abismos de verdor casi impenetrable, en donde se
dice se enraíza y crece tal árbol, fieramente protegido por
unos insectos de color rojizo, que reciben el nombre, tam-
bién, de tangaranas74. Los lugareños (mestizos y colonos),
de la montaña, afirman que allí anteriormente los indíge-
nas o chunchos75 (término con el cual son generalizados
todos los pueblos aborígenes de la selva, por los lamba-
yecanos) castigaban con total salvajismo a otros hombres.
73
(Triplaris americana)
74
(Pseudomyrmex viduus)
75
Aunque se refieren así a casi todos los indios de la Amazonía, de
preferencia se lo asignan a los Aguarunas.

121
Los amarraban a su tronco, y se iban los salvajes, entre los
desesperados gritos de sus víctimas.
Otra referencia no tengo, y consigno esta únicamente
para hacer saber que existe un árbol con tales característi-
cas, pero en una geografía ajena a la nuestra.

122
Apunte trece.
El negro y la negra.
Antes de que partiera definitivamente el muchacho con el
que hablaba, y habiéndole animado a que buscara en sus
recuerdos alguna otra historia de sus mayores; me refirió
que del caserío Cartagena al mar, existen unas insólitas
ruinas, y allí mismo, pero en el pasado reciente, estuvieron
en pie dos “estatuas”: una de un hombre y la otra de una
mujer. Ambas imágenes eran de color oscuro, y todos las
conocían únicamente como «el Negro y la Negra».
No hacía mucho que había escuchado algo muy escue-
to de ello, en donde pobremente algunos decían, entre las
dudas que toda leyenda genera, que eran en realidad como
dos pequeños cerrillos, y que «el Negro» yacía en uno de
los límites de la playa, mientras que «la Negra» descansaba
cercana a las costas de Sechura; dispuestos como centine-
las en cada extremo, guardianes de sus mares, y vigilantes
pétreos de los que a él entraban. Además de mi inquieta
persona, el antropólogo Alfredo Narváez ha hecho men-
ción de ello en una de las leyendas que recolectó76 para su
publicación del año 2000.
76
“Si, más adentro, es una persona, no es persona, es una piedra que esta
dibujada una negra ahí, y todo pescador que pasa a pescar, ahí le lleva
un piqueo, un calabazo de chicha y le pide permiso que se va a pescar y
encuentra bastante pescado” (Dioses Encantos y Gentiles, 2014: 387)

123
Suponía que, por sus características, se referían a un
encanto. Que no es otra cosa (en su cosmovisión) que un
lugar con, o en donde, una fuerza sobrenatural habita y
ejerce su poder, y puede a su vez, afectar en la vida de los
hombres. Al menos, así parecen dejarlo entrever.
Decía mi informante que allí abundaban los burros
salvajes, nadie los cría o alimenta; por lo mismo exponía
convencido que «son animales que viven y se reproducen
por el encanto. Él los cría». Su resolución me recordó los
zoológicos divinos, en donde los antiguos dioses criaban
distintas especies. Thor el dios nórdico del trueno, tenía
dos machos cabríos que lo conducían a todos lados; al
dios Sobek, le criaban y momificaban cocodrilos en sus
templos del antiguo Egipto; y muchas otras divinidades se
revelaban en la tierra convertidas en animales.
Pero lo que él intentaba decirme, era algo poco distin-
to. Los pescadores de Cartagena que distan del Océano
unos 11 kilómetros, al salir de sus viviendas con dirección
al mar y, exclusivamente, cuando pasaban por los parajes
de «el Negro» y «la Negra», pagaban ofrendas a tales ídolos
que, precisamente, aparecían en el camino hacia su desti-
no final. El joven con el que hablé, me confirmó que tanto
su padre, así como su abuelo, dejaban chicha en botella, y
de ser posible algo de dinero, y comida; que eran ofrecidas
a unas viejas entidades animistas o totémicas, entendidas
como tales desde las culturas del pasado y transmitido a
ellos como herencia.
Era una suerte de litolatría local que había conseguido
sobrevivir a la destrucción de ídolos por parte de los ex-
tirpadores de idolatrías. Lo que me decía él, no era para
ponerlo en duda, pues en cierta oportunidad, y en este
mismo pueblo, conocí a un carpintero que tenía su casa y
negocio frente a la nueva carretera panamericana, él era,

124
además, un esporádico huaquero77 (especialmente por se-
mana santa), y me había mostrado al interior de su hogar
cerámica prehispánica color negro, que había encontrado
en sus prohibidas excavaciones; faenas en las cuales mu-
chas veces se había encontrado frente al mar, desenterran-
do de las playas, grandes vasijas (como porongos) que los
antiguos dejaban allí, seguramente con bebida o comida a
los viejos dioses o seres-sagrado-divinos.

«Tengo entendido respecto de ello, por mis viajes a


Salas, que anteriormente cuando las lluvias no se ma-
nifestaban en la serranía lambayecana, se acostumbra-
ba enviar ofrecimientos a las costas; y de las playas de
Mórrope salían odres cargando en su interior agua de
mar para ser (una vez en las altas tierras), destapadas
al ritmo de añosos ritos; aquello que se conoce como
secretos, siempre bajo la dirección de un maestro cu-
randero, y así llamar a las fuerzas que propiciaban las
tormentas»78.

Al realizar estas ofrendas, llegaban a la conjetura de que


recibían el permiso y la bendición de ambos “monolitos”
para entrar a las desoladoras aguas de esta parte del Perú,
territorio marino bastante convulsionado por aquellos años,
pues muchos naturales encontraban buena parte de sus cos-
tas y bajamar invadidas por pescadores del vecino distrito
de San José; con quienes no siempre se ponían de acuerdo.
77
Persona que se dedica a escarbar en las ruinas prehispánicas en busca
de objetos antiguos (cerámica, oro, etc).
78
El profesor Kevin H. Díaz, al leer mi memoria (quien, además, ha
leído el manuscrito entero), me confió que, su madre, una mujer de la
sierra, atesoraba en su saber el cortar con un cuchillo la lluvia, para de
esta manera escamparla; pues si había una forma de llamarla, también
había otra para rechazarla.

125
Precisamente, y haciendo una digresión en el texto, en 2014
estando yo en el pueblo de pescadores San Josefino, con el
propósito de volver a hacer un recorrido a pie hasta la huaca
de Chotuna (pirámide trunca que se supone fue edificada
por el mítico Naymlap tras su arribo a estas costas), me de-
tuve entre los pescadores para conversar sobre aspectos del
pasado en relación a la extracción de productos marinos.
En San José, aún hoy en día, es muy apreciada la carne de
morena; pez del que es bastante popular su consumo, sobre
todo en ocasiones de importancia social familiar, como ma-
trimonios. Un viejo marinero artesanal con el que conversé
en uno de esos viajes al distrito pesquero, me refirió que,
para los acontecimientos de importancia, se enrumbaban al
mar los balseros, sin más ayuda que el viento soplando en
sus velas; ya que los caballitos de totora no se podían alejar
mucho de la costa. El viaje hasta la isla Lobos de Tierra era
de varios días que transcurrían entre el ir, la estadía y el
regreso. Era en la isla más norteña de la región en donde
se proveían del tan anhelado pez. Desde su caleta hasta el
extremo más septentrional siguiendo la costa, hay unos 82
kilómetros, área que pertenece a la comunidad campesina
de San Pedro de Mórrope, de allí únicamente hay que ale-
jarse mar adentro unos 20 kilómetros al Oeste, hasta arribar
a la isla. Hoy en día sin embargo las bolicheras salen directa-
mente de la caleta. La forma más rápida de llegar, como he
mencionado, era navegando siguiendo las costas morropa-
nas, hasta casi culminar la región. De allí se adentraban al
país de los muertos, pues las islas yungas en el pasado, como
diría Fray Antonio de la Calancha, eran entendidas por los
indígenas como la morada de los espíritus, ánimas que eran
transportadas desde las playas por lobos marinos79.
79
“i los otros de la costa dicen que van las animas a la isla de guano, i que las llevan
los lobos marinos que ellos llaman tumi”. Coronica moralizada del orden de
San Agustín en el Perú [1631: 379].

126
De aquellos de quienes sí se cuidaban los pescadores
morropanos, era de los marineros piuranos, quienes los
corrían de sus costas a punta de patadas, piedras y hasta
machetazos. Esto último lo contaba mi joven informante
con entendible indignación. Seguramente la misma o pa-
recida molestia que sintieron sus ancestros, desde épocas
coloniales, cuando el gobierno chapetón asignó el mono-
polio de la comercialización de pescado a los indígenas
sechuranos80.
Como iba diciendo los pescadores confiaban que, al
dejar sus ofrendas, serían favorecidos para tener una pro-
vechosa pesca; y el que ignoraba tal tradición, padecía mu-
cho en la faena marina. Podía no pescar nada o inclusive
desaparecer en las gélidas profundidades del Pacifico Sur.
Declaraba, él, con seguridad que «todos los viejos, y no
tan viejos lo han practicado, y aún practican». Y, quizás,
una de sus peticiones sería el no encontrarse con sus abu-
sivos vecinos del norte.
Lamentablemente se sabe, me dijo, que unos gringos
tiempo atrás, vinieron y dinamitaron tanto al Negro como
a la Negra que era la que estaba más próxima al océano.
Le pregunté si sabía el motivo de tal atropello, pero no
pudo afirmar el objeto de dicho atentado. Antes de partir
mencionó:
—Jamás lo sabremos, pero aún hoy, entre las ruinas que
han dejado, es visible ver algo de ambas “estatuas” que infun-
den respeto y miedo a los pescadores, quienes siguen dejando
sus ofrendas al Negro y la Negra.
Finalmente, este chico se levantó de la mesa y se fue.
Lo vi perderse con su familia por las calles y entre la mu
80
Víctor Peralta Ruiz, “Caminantes del desierto. Arrieros y comerciantes
indígenas en Lambayeque, siglo XVIII. Scarlett O’Phelan Godoy y Yves
Saint-Geours” (2015:143-167)

127
chedumbre. Sabía que no lo volvería a encontrar. De eso
ya han pasado seis años.

Ya que he hablado un poco sobre los ritos o creencias de
los pescadores, me animo a seguir conversando un poco
más de esto. Para ello debo alejarme de la tradición que re-
presenta «el Negro» y «la Negra» en su imaginario, y acer-
carme más a las fuerzas del océano, y los entes incorpóreos
que habitan en las monumentales ruinas del pasado, los
que, al parecer (por la oralidad), realizan actividades “hu-
manas”, como el robar en las chacras de los campesinos o
salir a pescar con la luna.
A los morropanos les gusta mucho comer los caraco-
les que sacan del mar, únicamente les echan limón y sal.
También comen los mariscos al sol usando los mismos y
anteriores ingredientes. Practica que, según ellos, realiza-
ban también los gentiles81, pues estos espíritus de los an-
tiguos —según se oye de su boca— van a la mar a traer
conchitas y pescar. Los vivos que relatan estos supuestos
hechos, dan como prueba de la realización de tal práctica,
la presencia de restos marinos en las huacas. Es así pues
que, para ellos —vivos y no vivos— se alimentan tanto de
lo acuático como de lo terrestre, manteniendo la misma o
parecida dieta.
En una historia que oí en 2014, dicen que los morro-
panos de 80 años en adelante creen que el mar es mujer
y que ella, al igual que los hombres, juega en dos bandos
para las fiestas de carnavales. Explican que “la mar” así
como ellos, también juega a los bandos y que cuando fina-
liza los juegos o carnavales de los hombres, también llega
al final los suyos.
81
Habitantes del mundo precristiano, y que hoy son únicamente espíritus
que habitan en ruinas indígenas anteriores a la evangelización.

128
Según he escuchado de una mujer, lo que a ella le con-
tó su abuelo es lo siguiente:
«la mar juega distinto a los hombres, ella golpea las olas y
que al tiempo del término de sus carnavales ella malpare por
tanto jugar, arrojando al mar como si fueran colores, muchos
colores».
Quien me lo narró no supo describirlo muy bien, pero
afirmaba que lo que bota “la mar” es de múltiples colores.
Repiten que esto ocurre todos los años, malpariendo una
y otra vez por tanto jugar los bandos durante tres meses
completos, y que ya luego de esto comienza a malparir.
Lo que sí queda claro es que con esta clase de convicción
le asignan un carácter animista al océano y a sus fuerzas.
Quizá tal fenómeno no sea tan ilógico, sino que por el
contrario responda a una actividad natural provocada
—sin estar seguro de ello— por la baja de la marea o la
influencia del satélite natural.

129
Apunte catorce.
Regreso de la Selva.
Era finales del año 2013, vísperas del año nuevo, y venía-
mos, con mi tío Agustín, desde la otra parte de “la gran
montaña”. Habíamos recorrido con pausas y progresos,
casi 400 kilómetros. El día anterior, salimos de Tarapoto
y de sus bosques nubosos, dejando atrás tantos pueblos
y aldeas, como estrellas tiene el cielo en sus noches más
oscuras, llegamos, tal vez, al mediodía a la capital del Ut-
cubamba, era una ciudad mediana y excesivamente calu-
rosa, como todas las que están esparcidas a lo largo de la
inmensidad amazónica, acompañada esta, por un pardo y
oscuro río, que daba nombre a esta provincia peruana de
importante ritmo comercial. Valle en donde, siglos en el
pasado, se fundó la desaparecida Nueva Jerez de la Fron-
tera, por el conquistador español Juan Porcel de Padilla.
En Bagua Grande nos detuvimos para suministrarnos
de algunos productos que llevaríamos a nuestras familias en
Chiclayo, sobre todo queríamos comprar el buen arroz que
allí se cultiva, del tipo que conocen como “moro”. Estando
aún en sus linderos, le llegó a mi tío la noticia del terrible
final del mayor Bazán, de quién jamás encontraron su cuer-
po, tras aquel fatídico choque entre las fuerzas policiales y
grupos indígenas de la zona. Ya habían pasado, quizás, 4
años desde aquella matanza (el baguazo), el cual tuvo su

130
punto más álgido en la llamada «curva del diablo», lugar en
el que murieron más de 33 peruanos. Es de nunca olvidar,
por dignidad y respeto a los caídos de aquel día (en ambos
bandos) que, la orden que propició tal derramamiento de
sangre, fue dada por Mercedes Cabanillas (ex–ministra del
interior) y Yehude Simon (ex premier), durante el gobierno
del tristemente célebre Alan García, quien en abril del 2019
acabó con su vida, pegándose un tiro.
Aquel hombre, conocido al parecer de mi tío, relató
con seguridad única que, el cuerpo del mayor Bazán, nun-
ca sería encontrado, ya que las enajenadas e irracionales
turbas de indígenas aguarunas, al darle muerte, le abrieron
como animal, colocando en su interior rocas pesadísimas,
siendo arrojado su cadáver a las turbias aguas de aquel río
que baña esta tierra. Otros, dice él, creen que lo amarraron
a una roca enorme, y con ella lo arrojaron para que sea
alimento de algún animal acuático, al ir descomponiéndo-
se sus tejidos en lo profundo de aquellas aguas que, nada
traslucen. Nos despedimos. Cargamos lo que vinimos a
comprar y seguimos nuestro trayecto hasta la costa. Al pa-
sar por la «curva del diablo», ya a las afueras del pueblo,
observé que le habían cambiado el nombre; ahora llevaba
uno menos dramático, y algo más esperanzador. ¡Sabrá
Dios qué pasó verdaderamente con el mayor Bazán!
A los pocos días de mí llegada, ocurrida el 31 de di-
ciembre, y luego de pasar las fiestas; regresaría de lleno
y con muchísimas ganas a los asuntos de mi interés en
los pueblos Lambayecanos, especialmente Mórrope, del
cual me ausenté por algunos meses, mientras vivía en San
Martín.
Esta vez iría con la esperanza de aprender, en lo posible,
el milenario arte de tejer en telar de cintura. Y para esto “el
pueblo de la iguana” era por mucho, el lugar indicado.

131
Apunte quince.
El Romero.
Había nacido en mí, durante o antes de mi estadía en la
montaña, la idea de aprender a confeccionar alforjas. Por
eso busqué quien pudiera instruirme o, siquiera, me per-
mitiera observar cómo se elaboraban. Quería estar en el
«paso a paso» de la tejeduría de alforjas (de una o dos asas),
conocer los procesos de uso del mermado, quide, luño, etc.
En la capital morropana me fue imposible encontrar una
maestra artesana, no tenía suerte, siempre «las pocas per-
sonas que sabían el oficio» no estaban. Muchos a los que
pregunté me indicaron que debería ir hasta El Romero, un
centro poblado a cinco kilómetros de distancia, o a una
hora con varios minutos de “poco más o menos” solitario
paseo. Y así fue.
Salí de Mórrope con la idea, quizás equivocada, de que
tal conocimiento moriría frente al rechazo de las nuevas
generaciones, aunque estaban en su derecho de querer o
no aprenderlo. De cualquier forma, no podía dejar de ser
menos penosa la pérdida progresiva de una labor milenaria
en estos valles, que había sido delineada con gran maestría
en la cerámica de las antiguas civilizaciones nor costeñas.
Quizás en algún momento, que espero no ver, se es-
criba en su cultural epitafio: “murió de olvido y se perdió
en el rechazo”.

132
Salí directo, tomé la calle Real y de allí fui todo dere-
cho hasta acabar en su última vía —la marañón—, más
adelante había una pista asfaltada que atraviesa otras po-
blaciones menores, pero equivocadamente tomé la vía que
estaba más hacia la derecha (llena de tierra y polvo). En
una parte del trayecto tuve que avanzar por un costado, a
pocos metros del cementerio.
Conforme daba una pisada tras otra, el monte fue ga-
nando terreno y las pocas casas que había se fueron ha-
ciendo poco frecuentes. Esperaba ver en el trayecto alguna
planta de choloque82 (jabón natural muy popular, emplea-
do desde tiempos indígenas para lavar la ropa) pero no
distinguí ninguna. Por este camino carrozable, además de
los burros, únicamente van y vienen mototaxis que han
ido desplazando, casi totalmente, a las carretas de madera.
Las mototaxis antes de mostrar sus trípedos soportes, se
las escucha, pues los que las conducen tienen la fascina-
ción de ir con el mayor ruido musical posible; como si
efectivamente estuvieran montando una fiesta privada en
su interior, y a toda marcha. Uno de estos mototaxistas
(algo junagranpucta, quizás por mostrar su habilidad en
el volante) pasó tan cerca de mí que pensé dos cosas de
inmediato, frente a lo que parecía un inevitable accidente:
me va a robar o me chocará.
Lo segundo fue lo que estuvo más cerca de ocurrir. La
mototeca, en una estúpida maniobra, se inclinó a tal pun-
to que casi pierde el control. Estoy casi seguro que sentí
el frío de su metal rozarme la nariz. Menos mal que sólo
fue un susto. A pocos metros se detuvo, casi en seco, el
irresponsable; bajó el volumen y se quedó quieto. Por mi
parte, me quedé parado esperando lo qué podría ocurrir.
Tal vez, si quería robarme.
82
(Sapindus saponaria)

133
Volvió a encender su vehículo y como si nada hubie-
ra pasado se fue, dejó tras de sí, no solamente una mala
impresión sino, además, una avalancha de polvo. Siem-
pre con su música a todo volumen. Quizás estaba algo
tomado.
Un kilómetro más allá, me acerqué a una vivienda para
pedir referencias, pues no quería tomar equivocadamente
alguno de los tantos caminos que se dibujan al andar. Tan
pronto me acerqué a su tranca, levanté mi voz para hacer-
me oír por sus dueños, en vista de que la casa estaba aún
más retirada.
Mala elección, me dije después. De su interior nunca
salió persona alguna, y únicamente recibí el susto de una
jauría de perros chuscos, quienes intentaron abalanzarse
sobre mí. Reaccioné de inmediato y tomé un palo que te-
nía próximo a mi mano derecha, mientras que con la otra
mano hice el ademán de tener sujeta una piedra. Los pe-
rros al ver mi brazo levantado, más que al tronco, se echa-
ron para atrás y, en su animal ladrido, seguramente me
iban requintando conforme me alejaba entre el camino.
Siempre, por doquier de los montes, he tenido la mala
racha de enfrascarme con estos canes, por la defensa de
mis piernas, para que estas puedan escapar de sus babean-
tes mordeduras.
Entre avances y paradas y, mientras cavilaba sobre las
casi desaparecidas especies de camotes en el distrito, ya
fuera jepano83, espelma84, portoviejo y pancamote —de este
último se afirmaba que por su textura seca, duraba entre
dos a tres años sin malograrse—, encontré a una mujer
que cargaba sobre su hombro una alforja bastante robusta,
estaba repleta de fiambres y botellas de chicha. Alcé mi voz
83
Era un camote pequeño color morado.
84
Era un camote pequeño pero de color blanco.

134
a varios metros de distancia de la susodicha, que por cierto
andaba dando extenuantes pasos; para así no sorprenderla.
Se detuvo un poco aliviada, y le comenté que mí propósito
de ir hasta El Romero, era porque me gustaría aprender a
confeccionar alforjas. Al saber luego que ella sabía la téc-
nica, le propuse me lo enseñara. En principio, y aunque
seguramente extrañada por mi intención, me dijo que no
tenía problema alguno para enseñarme, pero que ahora
no era el momento oportuno, pues en la chacra, muerto
del hambre, lo esperaba su marido y su padre. Antes de
dejarla ir, y en señal de que mi palabra era verdadera, le
entregué unos 20 soles. Era todo lo que llevaba conmigo,
fuera de los S/. 2.50 con los que contaba para mi regreso
a Chiclayo. La buscaría dentro de dos días en El Romero.
Lo cierto es que la vi perderse con mi dinero en mano y
nunca más volví a verla. Ahora que medito en como son
de supersticiosos, quizás en sus relatos familiares, sea yo,
un buen espíritu que se le apareció para darle algo; espero
que sea así, y no que por el contrario haya enfermado ni
nada parecido, porque en todo caso, sería mi recuerdo,
ahora, como un demonio dentro de su imaginario.
Y he dicho esto por lo siguiente:
(Lo que a continuación voy a narrar, me contó doña
María Tuñoque Peche en enero de 2014).

«Hace algún tiempo atrás en la calle de allá (paralela a


la calle Real), de esta esquina ahí nomás, dicen, que hay
dos mujeres compactadas las que tienen dos tiendas pues,
según cuentan por aquí, ellas tienen pacto con el diablo.
Ellas son sus mujeres, pero es raro porque el diablo mayor-
mente se compacta con hombres y les mata sus mujeres.
Resulta que en esa calle se vio dinero, billetes que daban
vueltas frente a esa casa, pero los que pasaban no lo que-

135
rían agarrar, nadie se detenía a recogerlo porque decían
que ese dinero era para “comer gente”; nadie lo agarró, y
no lo hacen porque ya algunos años atrás, cuando se estaba
festejando un matrimonio en esta iglesia (la catedral), una
viejita que venía al matrimonio acompañada de su ñete-
sita vio en la calle cien soles, los cuales dicen que lo agarró,
lo amarró en su pañuelo y lo guardó en su pecho pues.
Ya pues, la señora entró a la iglesia, pero ya se sentía mal,
le dolía la cabeza y al salir ya no podía ni hablar, nadie
sabía que tenía; estaba sana cuando salió de su casa. La
llevaron de regreso a su casa, pero sólo llegó para morir, y
al preguntarle a la niña que cosa habían visto o comido
en el camino, sólo dijo que su abuelita había recogido
cien soles, y los había amarrado a su pañuelo. Cuando re-
visaron el pañuelo no había nada. Es por eso que la gente
tiene miedo de recoger dinero hasta ahora».

Como dije, la vi marcharse, perderse entre matorrales


y las ramas de los árboles. Continué mi andar, y tras no
mucho tiempo, llegué. Era ciertamente el caserío: unas
casitas colocadas a lo largo del camino, con una pobla-
ción que apenas sobre pasaba los 1000 habitantes85. Hice
algunas preguntas entre su gente y de los labios de una
bodeguera, volví a oír el nombre de Casa Grande, el cual
pronunciaba en baja voz. Estaba aterrada, como tantos
otros, a causa de los cuentos que, de tal lugar inubicable,
se habla aún ahora.
Antes de emprender mí retorno, y ya que estaba en un
caserío, considero oportuno comentar que, por estos lares,
así como también en Olmos, tuestan algunos alimentos
dentro de vasijas (tipo de plato extendido) y al interior de
ellas colocan arena (muy fina), de un tipo que extraen úni-
85
Fuente INEI 2017. Tomado del libro “Memorias Murrup; 2019: 12”

136
camente de los médanos. La vasija es puesta luego sobre
brasas de carbón y entre los alimentos que allí cocinan o
tuestan está la cancha, o un tipo de maíz llamado chulpi.
Dicen que es la mejor forma de prepararla, cocinándose
de manera aún más uniforme. Para los desayunos (sobre
todo de antes), los naturales de estas tierras, colocaban
una lapa repleta de chileno (sancochado), otra lapa de raya
seca, también cocida, y finalmente un mate de chicha. Ese
era el desayuno típico en años anteriores a mi llegada. Se-
guramente, aún se sigue preparando y comiendo así por
algunas familias, pero cada vez es menos frecuente y tien-
de a desaparecer, ya que tanto el pan como el arroz han
desplazado de su lugar, antes habitual, a muchos alimen-
tos autóctonos. Tradición alimentaria que seguramente (o
muy parecida) fue la que vieron los primeros europeos al
pasar por estos valles de camino a Cajamarca, allá por el
lejano verano austral de 1532.

[Por este camino toda la gente tiene una mesma mane-


ra da vivir […] comen carne y pescado, todo crudo; el
maíz comen cocido y tostado…]86

En este viaje tampoco corrí con suerte. Sin tiempo que


perder regresé por donde había venido. No quería que me
callera la noche por esos montes, y menos quedarme sin
transporte para ir a Chiclayo. No tenía miedo de fantas-
mas o a “niños dientones”, pero si a los perros y a hombres
malos, pues, cuando el sol cae merodean por todos lados.
No he tenido la oportunidad de regresar, y mis ganas
de aprender este oficio fueron consoladas únicamente por
el mentiroso pensamiento de que, quizás, en Túcume o
86
La verdadera relación de la conquista del Perú. Francisco de Xerez;
Sevilla 1534 (Madrid 1891): 59.

137
Monsefú podría tener mejor ventura que la obtenida sobre
estos polvorosos caminos.

Anciana morropana con alforja al hombro

138
Apunte dieciséis.
Casas indias.
En dirección al río Mórrope que, por cierto, es el término
del poblado, hay unas casas o lo que queda de ellas. Son
algo así como la muestra fantasmagórica de una antigua
ciudad del barro y de la caña; alguna vez habitada por
indígenas del desierto. Las veo en estado sombrío, enfer-
mizas, avasalladas por nuevas construcciones. Allí están;
raquíticas, sí, pero están.
Cuando se camina entre sus silenciosas ruinas, apor-
tan —a quien las contempla— una extraña melancolía de
otras eras; el aire que las surca, hace tiritar sus carcomidos
cimientos. En ellas se percibe, aún después de tantos si-
glos, la vitalidad cobriza de quienes las construyeron, de
quienes supieron vencer un erial destino.
Es raro dar pisadas entre sus escombros y corroídos
muros, muros que con cada inesperada lluvia se ven
como si fueran descarnadas costillas de algún animal pre-
histórico. Siempre que iba, me detenía a contemplarlas,
las veía con la añoranza propia de quien, al penetrar con
sus estudios al pasado, es penetrado de igual y singular
manera por él. Parecían seguir con vida, una vida distin-
ta, extraña. Sensación similar se genera cuando se está
entre las monumentales huacas que, otrora civilizaciones,
dejaron.

139
Con la certeza de que pasaría poco tiempo para que
el terreno (que ocupan estas moradas indígenas), formara
parte de alguna edificación moderna o de algún tipo de
cochera para motos y carros; fue que decidí pedirle ayuda
a un amigo, Jorge A. García, confiaba en que él me ayu-
daría a entender un poco mejor los principios básicos de
la arquitectura.
Con Jorge en el lugar, comenzamos a realizar medicio-
nes y observaciones que yo, por mi falta de expertise, no
habría visto con los ojos que él sí.
Ese día mientras él conversaba con un obrero “saca
tierras” que habíamos visto, me puse a imaginar a sus an-
tiguos constructores. Los soñé-despierto, por así decirlo,
en plena labor constructiva y, creo poder recrearlo todo
en mi mente.
Primero, y antes que nada, los vislumbro avanzan-
do sobre los montes de boscosos y retorcidos maderajes,
siempre en las noches de «la luna como de día», al amparo
de las estrellas y en el guitarrear de los insectos. Sobre sí
cargan herramientas rústicas y propicias para talar la exis-
tencia de frondosos algarrobos que servirán para dar cobi-
jo a otras vidas.
Me imagino que los constructores tienen la creencia
de que la luna ha impregnado de cierta fuerza —casi in-
mortal— a los materiales, para que estos soporten siglos
en pie. Comienzan —sobre el terreno escogido— a escar-
bar zanjas en tierra, en donde cimentarán profundas zapa-
tas. Al interior de las vacías zapatas colocan los horcones
o columnas, hasta dejarlos en pie (ocho en total). Dos se
izarán al comienzo de la vivienda y en cada esquina o ex-
tremo; dos intermedias y más altas en donde se forma una
pendiente; luego otras dos más; y finalmente un par en el
remate del todo, con una inclinación tan pronunciada que

140
se queda en una altura mínima, la cual servirá (cuando
todo esté terminado) de espacio íntimo.
Entre las durísimas columnas, asignarán caña brava o
de carrizo, lo más cerrado posible, una después de la otra,
hasta crear dos cercos casi inaccesibles; aparentemente,
entrelazados en las puntas. Una vez finalizado esto, proce-
derán a cubrir las zapatas con una cimentación ciclópea,
brutalmente taconeada en donde yacen los erguidos hor-
cones y, luego, tanto ello, como la superficial zanja en
donde está la base de las cañas, cubrirán con tierra algo
cascajosa. Todo fuertemente presionado, buscando maci-
cez y estabilidad.
Una vez levantado todo el armazón de la vivienda, se
continúa con la colocación de las vigas, las que, con devo-
ción casi bárbara, irán sobre los reumáticos y abiertos de-
dos de los horcones. Ellas irán de manera diagonal (en total
cuatro). Sobre las vigas, con una orientación contraria (per-
pendicular), situarán de forma espaciadas (a 30 o 40 cen-
tímetros), las viguetas que son menos pesadas y más finas;
hasta darles una forma rectangular al techo (con dos caídas).
Antes de proceder, se comenzará a amarrar fuertemente
cada unión (tronco con tronco, tronco con caña, y caña con
caña) con cuerdas hechas de fibra natural; y una vez suje-
to todo ello, continuarán con la colocación del techo que,
es una trama del mismo material que las paredes. Primero
pondrán una cama de finos tallos en forma horizontal, y
luego otra de manera totalmente opuesta. El segundo entra-
mado servirá para dar mayor soporte. Todo es nuevamente
sujeto (con la ayuda de sogas) a las vigas y viguetas.
Para finalizar, a no mucha distancia, hombres de es-
paldas doradas —por el sol—, habrán dejado de batir el
barro con sus cuarteados pies; cieno en el cual añaden,
además, restos marinos y pajilla, con el único propósito

141
de reforzar la mezcla. Todo esto se conoce como quincha.
Una vez lista la torta o quincha, la llevan —fresca— has-
ta la incompleta casa. Allí comenzarán a cubrir toda la
techumbre y, luego, harán lo mismo con las paredes exte-
riores e interiores.
Una vez terminados, se convierten en hogares sin
ventanas, de un sólo cuerpo, con una única entrada; esta
puerta se sostiene por el marco y un dintel. Son hechas así
para asignar mayor estabilidad a la construcción, pues los
materiales empleados son bastante sensibles.
Estas moradas lucían, caídas de una o dos aguas. Algu-
nas llevan delante una pequeña ramada para dar sombra
en los días soleados y recrear en su espacio, improvisadas
reuniones sociales, para «salir sin tener que partir del ho-
gar»; otras carecían de tal prolongación. Pero en casi to-
das, se formaba una mampostería cuadrangular alargada,
también de cañas, que arrancaba desde la pared trasera y
que podía ser tan amplia como el área construida; estas
servirían de corral y cocina. Precisamente, en esta sección
de las viviendas tradicionales se estilaba situar los batanes
de madera, que son troncos alargados y huecos, al interior
de lo cual se colocaba lo que se deseaba triturar con ayuda
de una madera o un tipo de roca conocido como chunga,
(utensilios domésticos que algunas mujeres daban por he-
rencia a sus hijas o como obsequio póstumo tras la muerte
de la madre o de su dueña).
Por dentro, el hogar era un espacio rectangular, con pi-
sos de tierra afirmada, suelos vencidos por las muchas pi-
sadas de hombres y mujeres, en donde, en su parte última
(separado por un delicado entramado) estaba el dormito-
rio de todos; era la parte más baja de la construcción, allí
únicamente se podía estar sentado o recostado. Tanto Jorge
como yo, creemos que en esa diminuta sección dormían.

142
Casa indígena

143
Lo más probable es que sus camas no eran más que
esteras y trapos. El resto de la vivienda era de espacio
“social”, ya que allí comían, en mates y con cucharas de
palo; conversaban sus vivencias diarias y las historias de
sus mayores; desarrollaban algún oficio como el tejer
sombreros; velaban rodeando a sus muertos; o almace-
naban algunos alimentos, así como herramientas. Hoy
en día todavía se comenta que “los viejos de antes”, en-
terraban o escondían su dinero en el interior de troncos
de algarrobo; hacían huecos y allí los dejaban, a manera
de caja fuerte.
La ausencia de ventanas, tragaluces u alguna otra
puerta, se debe a que, los naturales se protegían lo mejor
posible de los vientos fríos. Si consideramos que, en esas
épocas, las ciudades no habían crecido aún hacia arriba,
pues tal crecimiento vertical, hoy, corta las fuertes ven-
tiscas; pero en el pasado no fue así, y las humildes aldeas
estaban desprotegidas frente a los “ciclones”. Así, el diseño
de estas casas responde, no sólo a una cuestión estructural,
sino por sobre todo, a una función como aislante térmi-
co. Lamentablemente esta ventaja en las estaciones en que
había temperaturas muy bajas, era bastante perjudicial
cuando en sus pueblos azotaban pandemias, pues al no
tener corrientes de aire (por la ausencia de otras aberturas)
se generaba la proliferación de enfermedades contagiosas.
Esto no sería el único agravante.
Si bien ahora, quizás después de cien o doscientos
años vemos los restos de estas viviendas, capaces de aislar
el frío. Se sabe con solo verlas que carecían de resistencia
e impermeabilidad frente a las lluvias, y en cuanto algún
fenómeno devastador llegaba a esta parte (en forma de llu-
vias) en tan sólo uno o dos días, podía sin molestia alguna,
deshacer estas edificaciones indígenas.

144
Antes de irme veo por última vez los viejos horcones
que sostienen todo y, me parecen como lejanos y leñosos
parientes del mítico Atlas, pues sobre sus hombros o de-
dos, llevan el peso —no del mundo— sino de los años.
Pocos días después de nuestra visita en esas ruinosas
moradas Jorge me compartió su opinión, la cual percibí de
la mayor y más sentida franqueza. Él me escribiría:
«La vivienda vernácula lambayecana ha formado parte
fundamental en el uso de los sistemas constructivos, y este se
constituye como la identidad material, en la que su memoria
se ve ahora quebrantada, para situarse dentro de las líneas del
paso del tiempo y sus repercusiones».
El predio que vimos aquel día, Jorge y yo, era enorme,
y sobre él, además de destruidas paredes de adobe, vimos
dos de estas casas, una en peor y más deprimente estado
que la otra. De la vivienda que estaba en no tan malas
condiciones sacamos las siguientes medidas:
Hablando del terreno de la casa, este tenía 10 metros
de fondo por 3.32 m de ancho. La fachada tenía una altu-
ra de 2.57 m, mientras que la puerta no superaba el 1.40
m por arriba del suelo. La parte más elevada de la casa
era, justamente, en donde se formaban ambas caídas, dos
aguas, con un máximo de 2.87 m, precisamente allí, existe
un traslape en el cual se unen las viguetas, para luego ser
amarradas. Del primer grupo de columnas o eje “a”, al
segundo eje “b”, había una distancia de 3.70 m; del eje
“b” al “c”, 2.82 m; y del eje “c” al último eje “d”, 3.74 m;
espacio que, además, era el más bajo con un máximo 2.18
m y un mínimo de 1.34 m.

145
Apunte diecisiete.
El encanto.
En más de una oportunidad, y con una y otra persona,
había oído de ellos pronunciar el nombre Casa Grande, las
primeras veces pensé que se referían a alguno de sus tantos
caseríos, pero pronto entendí que no era así, pues cada vez
que soltaban su nombre, lo hacían con extraña discreción
y entre lejanos susurros.
Hacia no mucho que estaba de regreso en Chiclayo, y
mi salida a los pueblos las compaginaba con mis entrevis-
tas a don Alejandro Guzmán.
Un día en su casa, le comenté lo poco que había oído
de aquel lugar, del cual dicen yace entre la inmensidad de
las arenas de Mórrope, y más allá de las tormentas de pol-
vo; pero nadie sabe dar con su ubicación; supuestamente
aparece y desaparece a voluntad, y únicamente se muestra
a los que quiere. Este último hecho es algo bastante recu-
rrente en los encantos, similar a como dicen ocurre con
“Ferreñafe viejo”, propiedad de Chaparrí.
Quienes más afirman haberlo visto eran los viejos pes-
cadores, que anteriormente hacían rutas muy largas y por
parajes más que solitarios.
Durante mis pláticas con quienes conocen respecto de
este tema, aseguraban que la única manera de hallarlo era
siguiendo los cielos nocturnos, pues las “Tres Marías” o

146
Cinturón de Orión, delataban su ubicación en la tierra
de los hombres con la presencia de tres dunas; desde don-
de se podía divisar el encantado sitio. Otros —muy con-
vencidos— aseguraban que, en tiempos ya borrados de la
memoria de muchos, si seguías el cauce del río seco (no
el de ahora), las aguas de este terminaban justamente en
aquel misterioso territorio. Y como para aumentar la fas-
cinación o la fábula local, ellos mismos tejían la versión de
que este canal era el único que traía agua en épocas secas,
y que dentro de él se veía a una mujer totalmente desnuda
trayendo tras su cintura el líquido elemento (tan vital para
el desarrollo de la vida). Ella continuaba su recorrido y
se perdía a lo lejos, en la corriente, mientras que el río se
enralecía entre las doradas e infinitas pampas.
Cierto día, había caído sediento en el chicherío87 de
don Norberto Santamaría Santisteban (1940), quien a pe-
sar de ser un anciano que se guardaba mucho, me contó
con estupor, y sin mayor compañía que el incesante jadeo
de sus patos y las milicias de chicha embotellada —todas
de pie y en el suelo— lo que a sus oídos había llegado de
tal encanto:
—Una tal Manuela pasó por Casa Grande, que, cuando
pasaba por ahí, encontró algodón colorado, que eso se llevó a
su casa. Nuevamente ya al día siguiente regresó por ese méda-
no para traer más algodón, pues, dicen que eso era un paraíso,
pero ya nunca más se supo de la señora. Ella entró al encanto
y no salió. Se encontró su ropa porque cuando esa huaca te
come es como cuando uno nace. —Calló, y su voz se apagó en
un aura de advertencia.
En otra ocasión, debido a mi insatisfacción con lo que
me había relatado el señor Norberto, me vi nuevamente
87
El chicherío (de su propiedad) estaba frente de su casa, ubicada en la
avenida Augusto B. Leguía # 610.

147
en un chicherío, esta vez en aquel que llamaban jocosa-
mente como: “El cuarto Juzgado”, lugar del que dicen los
borrachos, entre jocosos, es la última instancia para re-
solver cualquier problema o disputa. Allí, entre baldes de
chicha, le comenté lo poco que sabía a Rosario Santamaría
Bances, quien, aunque con una versión poco diferente, era
de la misma opinión que el viejo Norberto:
—Esa huaca come gente, el que va sin conocer o sin la
compañía de alguien que conozca el camino, nunca regresará
de allá, es como otro mundo, otro planeta en donde ocurren
cosas que nadie cree. Esa huaca cuando come, te come calato.
Tu ropa se queda afuera pues los gentiles que viven adentro te
visten y te dan unas sandalias de plata. Ellos te dicen, sólo te
vas a ir cuando se terminen las sandalias, pero son de plata,
eso nunca se acaba.
Si en la ubicación nadie se ponía de acuerdo; en decir
qué era exactamente, menos aún. Algunos dicen que es
un cerro, y otros que es una huaca; lo cierto es que, y esto
lo aprendí después que en el mundo andino-yunga, mu-
chas veces huacas y cerros son vistos o entendidos como lo
mismo, sobre todo, en las poblaciones costeñas. Hasta no
verlo con mis propios ojos, no me quedaba más remedio
que aceptar su mutabilidad. Y si no he tenido la oportu-
nidad de decirlo antes, lo aclaro ahora. Las huacas como
monumentos del pasado, no son otra cosa que elevadas pi-
rámides-truncas hechas con millares de ladrillos de adobe
cosidos al sol, en donde vivieron antiguos gobernantes de
estas tierras, antes de la intromisión española (en 1532).
Y para los actuales pobladores tales ruinas son vistas con
cuidado y temor; no solamente la que ya he mencionado,
sino también la llamada huaca Cucufana o Cufufuna, la
huaca Solecape, o la huaca Trapiche de Bronce, ubicada
esta última muy cerca de Caracucho, de la que se decía,

148
provocaba en los saqueadores vómitos incontrolables de
sangre.
Ya no me quedaban dudas que este relato era el más
difundido en todo Mórrope, mi amigo don Alejandro
Guzmán (tocmochano radicado en Chiclayo he instruido
en Túcume) también conocía del poder e influencia de tal
potestad, así como muchas más personas que vivían en los
distritos cercanos. La fama de su malignidad no se había
restringido a sus límites distritales, sino que se extendió
por buena parte de la provincia.
Alejandro, había visto al encanto, no como los morro-
panos, sino en uno de sus “vuelos mágicos”. No me decía
como era exteriormente, aunque la llamaba “cerro”, me
hablaba de lo que habitaba en su interior y cómo proteger-
se. Los brujos, sin duda, saben muchas cosas raras, desco-
nocidas y, verdad o no; ellos las creen. Y no es malo oírlas.
—De allí sale gran cantidad de culebras, perros y toros,
un sinfín de animales bravos para morderte y provocarte, así,
miedo. Busca esto para llevarte consigo. Todas esas son sus
formas, las apariencias que toma este cerro encantado; pero si
sabes cómo protegerte, todos esos animales pasarán por tus pies
sin hacerte el mayor daño.
Algo similar, no igual, es lo que aún se conversa de la
huaca Colorada (en Chóchope) de la que dicen, con mie-
do, salen bestias de todo tipo.
Para él la única forma de salir airoso de estos terrores
era, más que con un amuleto, sabiendo sacarle una cuenta;
pero las cuentas (cantos mágicos) son únicamente conoci-
das por los brujos, es decir que, para el mortal común, no
son ni están permitidas.
Me había interesado el tema del encanto de Casa Gran-
de, el infierno en la tierra, por lo que decidí regresar, esta
vez, con el exprofeso interés de averiguar un poco más.

149
Cierto día (del que no recuerdo la fecha) me encontra-
ba conversando con doña María. Se presentó en el puesto
de comida la señora Santisteban, quien de reojo estaba
muy atenta a su niña que jugueteaba por el parque. Le
hice mención de ese lugar maldito por ellos, y está mujer
que no negaba tampoco su existencia, decía que de allí
salían naves que se perdían en el mar. Al escucharlo me
quedé con la cara en el suelo, casi perplejo. Incluso me
dibujó una ruta de los supuestos “avistamientos”, segura-
mente basado en la oralidad; y yo que poco simpatizo con
“extraterrizar” todo, le hice saber mi postura de la manera
más correcta, la cual seguía un lineamiento desde la propia
tradición oral del pueblo, que era realmente lo que más
me importaba.
Al parecer a la mujer no le hizo mucha gracia que le
volteara la tortilla de su teoría, o que me aferrara más a
las interpretaciones rurales de tales avistamientos. Es ver-
dad, como decía ella, que de Casa Grande, casi todos di-
cen que salen luces y «no naves» que entran y escapan de
sus entrañas al mar; y que en las noches más cerradas, se
pueden percibir dichos resplandores como antorchas que
iluminan la inhóspita tierra. Pero esa es otra de las particu-
laridades que tienen los encantos lambayecanos; sin ir muy
lejos, de montañas como Jotoro (en Jayanca) y de Campa-
na (en Oyotún), los lugareños me aseguraban haber sido
testigos de tales manifestaciones.
Nuestras posturas eran totalmente antagónicas. Al dar-
se cuenta que sus ufólogas interpretaciones no florecerían
en donde nunca echaron raíz; con la mayor educación, se
fue en el más obvio malestar.
Un día después de encontrarme con la señora Santiste-
ban, me hallé con don Natividad Sandoval, había regresa-
do desde Lagunas por víveres y yerbas para sus ritos. Volví

150
a tocar el tema de aquel encanto del que tanto se hablaba,
aquel encanto que come tanto personas como animales,
y que muestra maravillas primaverales en el yermo más
hostil. Natividad Sandoval me dijo:
—Casa Grande comía gente y animales; tenía una boca
que miraba tierra adentro, miraba para acá; pero ya hace
tiempo se la han volteado y ahora mira al mar. Es por eso
que ya no come gente, ni causa mal. De Casa Grande salían
luces, se dejaban ver luces que rodeaban la huaca y perseguían
a las personas.
Resulta que, por aquellos entonces que no tienen fecha
en ningún año, un grupo de 7 brujos, así dicen, se armaron
con sus objetos de poder y se fueron al lugar en donde sabían
que encontrarían no únicamente al encanto, sino también
a su señor. Llevaron sus artes de poder y al llegar lo vieron
con la boca abierta, mirando a Mórrope. El antiguo que la
habitaba se tragaba, así, a todo ser viviente que pasara por
sus siempre desencajadas fauces. Allí mismo tendieron todo y
comenzaron a luchar con el mal, con aquella fuerza oscura
y primigenia que a muchos se había llevado. Se conversa que
al final de tal batalla, le consiguieron voltear su hambrienta
boca al encanto, la cual ahora mira en dirección al mar, pero
tal proeza costó la vida de cada uno de los participantes maes-
tros curanderos, quienes murieron de la peor manera, arro-
jando por todos lados sangre en irrefrenable cantidad. Sólo
uno, moribundo, llegó al pueblo y dio el aviso del triunfo. En
cuanto acabó de contarlo, falleció exánime allí mismo.
Mucho después me comunicaría con el periodista li-
meño, Rafo León, sé que fue el único que conscientemen-
te partió en una expedición para así hallar físicamente el
encanto. Lo que él tuviera que decirme, sería, quizá, mi
última oportunidad para intentar ubicar el lugar de los
avistamientos.

151
—Hace cosa de ocho o nueve años, cuando yo aún tenía
el programa Tiempo de Viaje, organicé una visita a Mórrope,
motivado por dos cosas: la primera, el recuerdo que yo tenía
del pueblo a partir de visitas anteriores: las misas de los lunes,
los alfareros, la arquitectura de caña y barro, la comida an-
cestral. Y lo segundo, la investigación de Lucho Millones sobre
dos lugares en el Perú donde se ubica el infierno en la tierra.
Y esos lugares son según el estudio etnohistórico de Lucho, una
cueva en Carhuahurán (Ayacucho) y el playón de Mórrope.
Mi contacto allá fue Luisa Santisteban, muy comprome-
tida con el pueblo. Ella había ubicado a dos maestros88 para
que nos guiaran a la zona de Casa Grande y nos explicaran
lo que allí ocurre.
No recuerdo los nombres de los maestros, sin duda están
en el guion que escribí para el programa, pero ubicar ese ar-
chivo sería cosa de arqueología. Lo cierto es que nos presenta-
mos con los dos maestros y de entrada me llamó la atención
la absoluta convicción de que en sus playas estaba la entrada
al infierno, lo decían como quien relata una faena de trabajo
en el campo.
El día estaba nublado, enrumbamos hacia el litoral, pa-
samos una zona de dunas arenosas e ingresamos a otra terro-
sa, de piso duro y vegetación suculenta pequeña. Los maestros
bajaron de la camioneta y se dispersaron en distintas direc-
ciones, pero comunicándose entre ellos mediante sus celulares.
Así, se informaban sobre puntos del suelo, distancias, dudas,
en fin.
Volviendo al playón, pasó un buen tiempo, tres horas o
más, y los dos maestros, presas de tensión, seguían buscan-
do. El punto es que parte de la historia es que la duna,
88
En una comunicación personal con la señora Luisa Santisteban (en
2021), esta me refirió que uno de los curanderos de aquel viaje, fue el
señor Germán Santisteban, del otro no recordaba su nombre.

152
dependiendo de variables desconocidas, puede abrirse o no
a los ojos humanos, de manera voluntaria, es decir, solo si el
demonio está de acuerdo.
Eso fue lo que ocurrió aquel día, nunca pudimos ver la
entrada al subsuelo porque la duna no lo mostró. Nos tuvimos
que conformar con el relato que nos hicieron los dos hombres
sobre este lugar del territorio peruano, en donde el infierno
es una cosa real, amenazante y arbitraria en sus decisiones.
Algunos años después de estos primeros indicios, me
encontraba en la casa del sociólogo Julio Sevilla89, (en el
pueblo de Ferreñafe), quien me dio un dato bastante in-
teresante, aunque sin mayores fuentes de dónde lo había
obtenido. Por lo que tomé con pinzas sus palabras. Aque-
lla tarde, refirió que el lugar, durante los primeros años de
dominio español, fue un pueblo habitado por indígenas
que habían huido, quienes, además, se resistían a abrazar
la nueva fe. No dijo más, quizá, porque tampoco lo sabía.
Durante algún tiempo busqué otro dato o documento
que sustentara esto, pero fue en vano. Lo único que pude
hallar fue lo que en 1988 publicó Erasmos Zacarias Villa-
monte R90, quien afirmaba, por una “supuesta” tradición
oral, que Casa Grande fue una ciudadela o fortaleza levan-
tada sobre terreno inestable, rodeado de “arenas movedi-
zas”, razón por la que desaparecían las personas. Fue según
él, refugio de Curacas. Quizás sea está la fuente de Sevilla,
de quien espero con el tiempo publique información que
nos ayude a develar tal misterio. Hasta entonces no hay
más crédito que el imaginario popular.

89
Me reuní con Julio César Sevilla Exebio a comienzos del año 2018, tras
la publicación de mi primer libro.
90
Su información apareció publicada en libro: Referencia Histórica de la
Comunidad Campesina San Pedro de Mórrope; 1988: 17-18.

153

En otro punto de la región, a más de 57 kilómetros “en lí-
nea recta” al Este de Mórrope capital, se levanta majestuoso,
por encima de los 1000 metros, el señor de todos los encan-
tos —hasta donde supone la propia población—. Es una
montaña que habita rodeada de un entorno totalmente aje-
no al de las ardientes arenas del desierto, lo inundan, como
corte de un antiguo régimen, miles de árboles y animales:
osos, pumas, venados, macanches91, entre otros; son sus es-
pecies y, van libres por sus extensas hectáreas. Es un bosque,
sí, pero no como el de otras partes, “más globalizadas del
mundo”; este lugar es por así decirlo, menos domesticado.
Allí el dominio del espíritu, de sus fuerzas, de su naturaleza,
esconden misterios que en otras tierras ya han sido doma-
das. Aquí hay algo de la atemporal creación.
Este cerro es, como muchos de su orden, un encanto,
pero a diferencia de todos los existentes; se ha levantado y
enseñoreado de ellos. En la oralidad lambayecana cuando
se habla de las potestades originarias, Chaparrí, ocupa el
sitial más alto de esta pléyade de olvidados dioses, poten-
cias a las que alguna vez se les entregó la vida de muchos.
Las leyendas locales escritas por connotados estudio-
sos del folclore del nororiente, dan muestra de ello. Esta
montaña para alcanzar el podio que hoy ocupa, venció a
otros encantos o deidades líticas, avasalló al cerro Yana-
huanca92 en Hualgayoc, al Ilucán en Cutervo y a tantos
otros en la costa. De lo que no estaba al corriente era que,
también, según el relato de Rosa Farroñán (de Caracu-
cho), se había enfrascado en una brutal contienda contra
el encanto morropano de Casa Grande, antropófaga enti-
91
(Boa constrictor ortonii). Llega a medir hasta 3 metros.
92
Creo que en realidad debería hacer mención al cerro del mismo
nombre que está en Penachí (Salas).

154
dad de esos áridos parajes. Dice doña Rosa93 que, allá por
1973, su abuelo fue testigo ocular de tal enfrentamiento.
Ambos —Chaparrí y Casa Grande— entraron en “alu-
chamiento”; su abuelo que vio todo ello se lo contó. Ante
tal encuentro, la tierra se estremecía una y otra vez con
cada golpe que ambos contendores se propiciaban. Para él
(como recordaba ella), era igual que escuchar a dos toros
sacudir el suelo, mientras que los aires reventaban, sin la
presencia fulgurosa de los rayos. Su abuelo, además, le dijo
que anteriormente, los ancianos decían que cuando dichas
fuerzas batallaban, era para que las tormentas se manifes-
taran y, tan pronto terminaba el conflicto, las lluvias, en
gigantesca proporción caían en tierra.
El propósito o consecuencia de todo ello, según esta
tradición oral, generaba un beneficio mayor, que no era
más que la presencia de las épocas lluviosas que tan impor-
tantes son en esta parte del país. Aunque un exceso de ellas
(debido al calentamiento de las aguas del océano) puede
también provocar grandes catástrofes.
Es probable que la población indígena entendiera
estos cambios climatológicos como encuentros o luchas
rituales entre las fuerzas de la naturaleza (divinizadas).
En algunos otros casos, tales encuentros, únicamente re-
plicaban la contienda entre grupos étnicos contrarios, los
cuales llevaban al campo de batalla a sus dioses. Se podría
entender dos cosas de todo esto: lo primero es que, el éxito
de los hombres en sus campañas militares, era el triunfo
de su dios y/o viceversa. Siendo algunos relatos de luchas
93
“Allá por 1973 dice mi abuelo que, entró en aluchamiento el cerro de Casa
Grande, su encanto con el encanto del Chaparrí; en esos tiempos como se estremecía
la tierra al escuchar cómo se golpeaban ambos, parecían como 2 toros que sacudían
el suelo y sonaba el aire.
Decían los viejos que cuando ellos luchaban era para que llueva; después y luego
como…llovía” (Versión original de Rosa Farroñán).

155
entre antiguas fuerzas no humanas, la recreación mítica y
hasta romántica de contiendas terrenales entre grupos in-
dígenas. Y dos, en donde fenómenos climatológicos eran
entendidos como verdaderas luchas divinas, sin que por
ello hubiera una guerra entre pueblos vecinos. Tal vez así
entendían a El Niño.

156
Apunte dieciocho.
Brujería.
En toda la costa y sierra norte del Perú, existen dos ejes
muy importantes de curiosidad: Piura y Lambayeque, y
dentro del segundo hay una espada de dos filos, sobre esta
materia, en donde ambas han dado fama y mayor misterio
al antiguo departamento; como si no fuese suficiente con
todo lo que ya hay. Nadie que hable de Salas como capital
del curanderismo, puede obviar a Mórrope (ligado por la
tradición oral, no únicamente al bien sino, y por sobre
todo, a la malería); y aunque en toda la región se practica
la medicina mágico-religiosa, es quizás esta parte del país,
la predilecta geografía en donde más fecundamente se de-
sarrolló tal saber ancestral. La flor del chamanismo regio-
nal, desde hace mucho, ha sido puesta sobre los cerros de
Salas y las arenas de Mórrope.
Hasta el día de hoy se comenta por la población que los
viejos brujos (aquellos que habían mal aprendido el espa-
ñol, quienes sin saber lo que era leer o escribir en la lengua
de Castilla), eran capaces, con sus artes y secretos, de dirigir
a la muerte como cruel mensajera; la obligaban a ir en busca
de sus enemigos. Su fatal arribo se manifestaba en la vida
de los contrarios bajo la forma de algún animal —de ser
posible un ave— y de la consecuente aparición de extrañas
dolencias y/o horribles enfermedades. Comentan también

157
que los antiguos maestros, con sólo desearlo, “agusanaban”
la chicha de quien odiaban o aborrecían e; inclusive hacían
desaparecer familias enteras, algunas veces con muertes ma-
sivas o de uno en uno, alargando el sufrir del clan.
La fama de los maestros morropanos, va más allá de sus
límites distritales, los he oído en versiones orales, en la-
bios de ciudadanos de otras provincias. Sus más acérrimos
contrarios son, por tradición, los maestros de Salas, con
quienes tienen una disputa casi legendaria. En Salas, dicen
que, las huacas de estos cholos no aguantan la fuerza de sus
cerros; y aquí, que sus cerros no soportan la bravura del
mar. Aunque los encantos morropanos son pocos, en com-
paración con otros territorios, estas primitivas potestades
son, aquí, más salvajes, y no han sido ultrajadas con la
presencia de foráneos hombres de otras latitudes. Ejemplo
claro de ello Casa Grande, al cual muchos maestros invo-
can en sus rituales o mesadas.
Los brujos de los pueblos colindantes aseguraban que,
entre la espesura de los bosques y en la profundidad más
inhóspita de esta tierra, los maestros morropanos se reunían
con el único fin de castigar (con justa o injusta razón) a
algún semejante. Le ponían, gracias a sus ritos, marcas en
la frente o en alguna otra parte del cuerpo; y hasta los ha-
cían hablar con mugidos, gruñidos, rebuznos y balares. Esta
última parte me recuerda a los informes proporcionados
por el extirpador jesuita José de Arriaga quien, en sus do-
cumentos, afirmaba que, confabulados al interior de parajes
inexplorados, se reunían los brujos de los llanos para comer
la carne de sus enemigos, la cual extraían de sus víctimas sin
que aquel o aquella lo notaran. Encubiertos por la noche.
Un documento colonial revela la onda tradición que
los morropanos han tenido y aún tienen por estos asuntos,
que escapan a toda lógica posible.

158
[De una tradición, que había entre los indios ancia-
nos, que encontré el año 1750, en mi primer ingreso
a este curato; parece que había en Pacora un indio
llamado Lucas Tornelo después de baptisado: y antes
entre los gentiles conocido por Umu, que es decir,
hechicero mayor o solemne brujo. Este a los 44 años
de trahido a la luz y conocimiento de la verdadera ley,
y fée católica no havía dado muestra alguna de cris-
tiano, conque reconcentrado en sus abominaciones
cayó con el mal de la muerte, no quería reducirse a
penitencia. Dio fray Donato de Mena noticia a Oli-
vares, y éste pasó de Mórrope a Pacora, y trabajó con
él hasta ponerlo en estado de verdadera condición.
Ministróle los sacramentos, murió, dióle sepultura y
a pocos días regresando Olivares a Mórrope al entrar
al monte por Fañupe como a las siete de la noche,
oyó la voz de Lucas Tornelo, que le pedía unas misas
para salir del purgatorio. Habiendo dicho tres misas
al desnudarse en la sacristía, volvió a oir a Tornelo
que le daba las gracias por el beneficio de haberle
convertido a Dios. Salió Olivares a su casa, y al otro
día le dio un accidente, que en breve tiempo le quitó
la vida.
Esta es solo tradición, lo que consta de un apunta-
miento de letra de don Juan Bautista Roldán, cura de
Jayanca, es, que muerto Olivares le hallaron el cuerpo
cargado de cilicios, tasajeadas las espaldas de la disci-
plina; y que había sido sacerdote inmutable, y siempre
sereno en los bienes y en los males]94

94
Justo Modesto Rubiños y Andrade. “Sucesión Cronológica o Serie
Historial de los curas de Mórrope y Pacora...año de 1782”. En: Revista
Histórica, t.X. Lima, 1936: 301.

159
Al igual que sus otros pares en la costa norte del país,
aquí también se consume el sampedro95, cactus que, luego
de beber su cocción, les provoca alucinaciones que ellos
juzgan son las voces y enseñanzas que el espíritu de tal
planta les quiere comunicar; la mezcalina se convierte, así,
en la virtud de su poder. Creen respecto de esta talluda cac-
tácea que cualquier individuo no la puede sembrar, pues
quien lo intente podría enfermar. Deben crecer libres, sin
la intervención de la mano de hombre alguno, ya que la
“yerbita” es un regalo divino, y no una vana siembra mor-
tal. Para añadir un dato más a esta extrañeza, en el cercano
distrito de Jayanca, hay quienes suponen que incluso no
la puede cortar individuo común, pues al igual que como
ocurre con quien la siembre, este enfermaría. Razón por la
que cuando se siembra (para ser una planta “ornamental”)
o se la corta; los curiosos, la tarjan con un fin específico y
únicamente es en sus mesadas donde se las cuenta.
En el pueblo, aunque lo intenté, no me fue posible
llegar a acuerdo alguno con ningún curandero para realizar
entrevistas. Conocí a un maestro chamán de Lagunas, pero
nunca pudimos llegar a nada más que a esos inesperados
encuentros en el puesto de doña María.
Esta tierra está plagada de hombres y mujeres de po-
der, pero si careces de un contacto es muy difícil llegar a
ellos sin ser visto con desconfianza o recelo. Una de las
pocas cosas de las que me enteré, casi sin buscarlo, fue el
nombre de una poderosa maestra de otro tiempo, llamada
Cayetana Ventura Bances, quien aún hoy, los más ancia-
nos evocan con seguridad la calidad de su poder (galar-
dón conseguido gracias a maravillosas e incomprensibles
hazañas). Ya que los curiosos aquí, como en otras partes,
gozan de esa tripartita insignia: prestigio, temor, y respeto.
95
(Echinopsis pachanoi)

160
Quizás los mejores relatos sobre esta tierra de brujos, no
está en la memoria de sus hijos, sino en los imborrables
recuerdos de los afectados, más allá de sus arenales.
Un ejemplo de lo que digo, antes de acabar con este
tema, es el siguiente relato, el cual tuve la oportunidad de
oír en Mochumí:

[Era abril de 2015 cuando llegué al sofocante pueblo


de Mochumí en busca de información etnográfica.
Recuerdo con lucidez haber descendido del vehículo
justo enfrente de la iglesia local.
Rápidamente encontré asiento junto a unos hombres
de edad avanzada, que estaban bajo la sosegada copa
de un árbol, en su aún no reformado parque principal.
El nombre de ambos sujetos ha desaparecido de mis
libretas, pero gracias a una grabación sé que uno de
ellos nació en 1934, y el otro, un poco mayor, en 1930
(ambos eran naturales del lugar). Tras algunos minutos
de agradable plática sobre distintos temas, el anciano
de menor edad, tocó el asunto de “la brujería” y co-
menzó a narrarnos su sobrenatural experiencia.
El efluvio de este hecho perverso inició cuando el
menor de los dos dijo que hacía varios años su espo-
sa había caído enferma y, precisamente por aquellos
tiempos, la llevó donde un brujo que trabajaba muy
cerca de las tierras del popular Santos Vera. El maestro
se llamaba Serafín. Era un paisano venido desde muy
lejos de la serranía.
Nuestro anciano relator decía que a dicho lugar iban
casi todos los desventurados y enfermos de la zona.
Afirmaba además que al llevar a su mujer a sortear con
este curioso, el diagnóstico ofrecido fue que su cón-
yuge estaba encantada. Conocidas las causas, Serafín

161
los citó a una mesada (por lo que tendrían que ir al
monte); allá por las cercanías del cerro La Raya, al pro-
mediar las siete de la noche.
Y aunque la historia comienza teniendo a este caballe-
ro y su mujer como las principales víctimas, toma un
giro dramático en sus acontecimientos, para incorpo-
rar a quien, quizás, sea el protagonista de tal insólito
hecho.
Una hora después de su llegada, hizo su aparición en
el lugar un conocido suyo de apellido Chimoy, varón
obeso a quien transportaban tendido sobre la parte
trasera de una camioneta, pues no podía ponerse en
pie. Esta discapacidad se debía, no a su gordura, sino a
causas de un supuesto daño.
—El gordo Chimoy no podía caminar —dijo el an-
ciano relator, con una voz frescamente sorprendida y
lastimera, que hacía pensar al escucha qué lo que nos
transmitía hubiera ocurrido apenas hacía algunas horas.
Los pacientes del maestro que llevaban consigo cuyes,
yerbas y dolencias para ser tratadas; al ver las luces
acercándose conversaban nerviosos entre sí.
—¡Cojudo! viene la policía. No, decía otro. De seguro
traen enfermos—.
El anciano con su relato prosiguió de la siguiente ma-
nera:
«Eran las doce de la noche cuando comenzó a bru-
jear el maestro con ayuda de sus cuatro alzadores. Los
minutos pasaban y cada uno de los que habían ido a
hacerse curar eran atendidos. Recuerdo que una seño-
ra había llevado un cuy para que la limpiaran. Llegó
luego el turno de Chimoy que llevaban echado. Cuan-
do lo estaban trabajando, para curarlo, parece que el
otro brujo, alertado por fuerzas que desconozco, se dio

162
cuenta y comenzó a mover la macana en contra de él
y del curandero.
«No te voy a engañar hermano, pero ¡por Diosito lin-
do! que, durante la mesada se dejó escuchar un burro
como cuando grita al estar en celo por la burra.
¡Pucta! Yo que me cagaba de miedo.
«El brujo no se daba ni cuenta. Fue uno de sus alzado-
res quien le avisó de la presencia contraria. El animal
“gritaba” en la mesa.
«Los alzadores dijeron:
—Maestro, al encanto lo están mandando desde Mó-
rrope.
«El brujo ya advertido comenzó a defenderse. ¡Con-
chesumare! le hubieras visto como brujeaba.
De un momento a otro el serrano se sacó el poncho, y
los alzadores nos dijeron a todos que no nos moviéra-
mos, que ni hablásemos. Eran tan fuertes los “gritos”
del animal y el ruido de sus patas que parecía corre-
tear por todo el lugar. Yo pensaba que vendría y nos
patearía.
«Fue entonces cuando Serafín alcanzó a ver, y dijo:
—Es el encanto de Mórrope, el cual ha mandado el
malero. Es un brujo mórropano, que viene por el se-
ñor que han traído mal. Por eso nadie lo cura, ni lo
curarán.
¡Pucta! El serrano para defenderse era bravo. A él
también se lo quería tirar el brujo contrario. Mien-
tras estaban luchando, los alzadores soplaban cañazo y
cañazo. Eran ya las dos de la madrugada. Y así lo iban
levantando de vez en cuando a su maestro, porque de
lo contrario, allí nomás quedaría y moriría.
«Yo me cagaba de miedo al oír el rebuznar, y las patas
del furioso asno.

163
«El curandero a última hora, y en compañía de sus
alzadores, sacó su revólver y comenzó a disparar. Con
los revólveres brujeaba el serrano. Las balas las dejó
para el final, pues primero se defendía con sus espadas.
Antes del amanecer acabó la pelea. El maestro había
terminado su mesada arrastras. Los alzadores lo tuvie-
ron que parar. El brujo se salvó, pero el tal Chimoy
murió, se lo llevó la parte contraria.]96
Para concluir, quiero mencionar que los morropanos,
al igual que los demás hijos de Lambayeque, creen —con
sabor a miedo— que los compactados (en este caso los brujos
maleros), deben dejarse poseer sexualmente por el demonio
(saber o especulación bastante extendida en otros pueblos);
sin embargo, aquí, consideran que este aberrante coito está
personificado en doce animales (seres en los que se transfor-
ma el demonio para intimar con sus pactados). Una mujer
de sesenta y cinco años, natural del caserío Pósitos, enume-
ró a alguno de estos: el caballo, el burro, el ganso, el perro, el
pavo, el gallo, el gato, el chancho, el chivo. Añadió, además
que, a medianoche cuando los maleros tienen hambre de vi-
das humanas, se convierten en animales bellos y brillantes,
que transitan por los caminos en busca de alguien. Quien se
cruce en su mal andar, caerá enfermo y luego morirá. Iray-
da Chapoñán, referiría que para contrarrestar esto, había
que llevar a cabo un secreto, lo cual básicamente consistía
en pasar –jalar– un trapo por todo el cuerpo del afectado;
tela que previamente tenía que haber sido sumergida en un
preparado de: ajo macho (una sola cabeza), ruda, agua de
kananga y siete espíritus. Al finalizar todo ello, la tela usada
debía ser arrojada lo más lejos posible y en lugar no frecuen-
tado por persona alguna.
96
Relato aparecido por primera vez en el libro “En Busca del Poder
Oculto” (2019).

164
Apunte diecinueve.
Chicha.
Entre el comer y el beber, hay una vieja expresión en la
región que dice algo así como: «Es mejor que nos falte que
comer, a que no tengamos que beber».
Yo, que he tomado la bebida de los antiguos en Eten,
Monsefú, Olmos, Ferreñafe, Salas, Cajamarca, Tarapoto,
entre muchos otros lugares poco más lejos, poco más cer-
ca; no he probado hasta el sol de hoy, alguna que en su
textura y sabor compita con la que preparan en Mórrope.
Podría casi atreverme a asegurar que, si se la pudiera co-
mercializar de manera global, la cerveza perdería tantos
adeptos como empresas productoras.
Esta cocción, se elabora en el Perú desde hace siglos,
y en cada rincón del territorio nacional toma identidad
propia, un ADN que comparte con los pueblos que la
elaboran de manera artesanal. Haciendo un poco de
historia, mencionaré al cronista español Cieza de León,
quien recorrió los valles nor costeños, tras la pacificación
del territorio. Cieza describiría una práctica y tradición
chichera que posee completa relevancia, y aunque sus pa-
labras son de hace más de 400 años, aún no dejan de
tener vigencia.

165
[Y cierto, cosa es grande la cantidad de vino o chicha
que estos indios beben, pues nunca dejan de tener el
vaso en la mano...]97

El trago de hombres y dioses, fue la chicha, bebida


fermentada de claro origen pre-colombino, tiene como
insumo base al maíz; y es muy popular en esta parte del
país. No es extraño que aquí se consuma más tal cocción
—de la jora— que la propia agua, pues termina siendo no
sólo más nutritiva sino, además, más saludable, ya que el
agua en estas tierras suele ser algo salada, y podría provo-
car hasta diarreas en los estómagos no acostumbrados, si
no se ha hervido previamente. Mórrope, además, tiene un
muy grave problema con el agua de sus pozos subterrá-
neos (en más de catorce comunidades), en donde se han
hallado elevados porcentajes de arsénico (sustancia que es
altamente dañina para el ser humano). La necesaria prác-
tica de hacer grandes y muy profundos pozos, se lleva rea-
lizando sobre estos áridos territorios desde antes de que el
hombre europeo cabalgara sobre ellos. Estas excavaciones
son sobre todo muy notorias aquí como en Olmos, distri-
tos en los cuales el acceso al agua potable es muy pobre.
Ya en el siglo XVI, al pasar por Motupe y otros pueblos
indígenas vecinos, nuevamente sería Cieza de León quien
apuntaría.

[Y aunque en lo más bajo del valle hay pueblos de in-


dios, se mantienen del agua que sacan de pozos hondos
que hacen, y unos y otros tienen su contratación…]98

97 Crónica del Perú, El señorío de los Incas. Pedro de Cieza de León;


1553 [2005]: 175
98 Crónica del Perú, El señorío de los Incas. Pedro de Cieza de León;
1553 [2005]: 187.

166
En Mórrope cuando se toma chicha (de jora), al igual
que en Chiclayo, esperan que todos en la reunión se apor-
ten con un balde de ella, o como se dice en la capital regio-
nal, “con su cariño”. Cuando alguien manda “una ronda”
como lo he hecho yo las veces que he estado en chicheríos,
en compañía de los locales, antes de consumirla me dicen:
«¡haber, vamos a probar la fuerza de mi Bazán!», expresión
más que halagadora y, como seguramente terminaría uno
un poco más ebrio que antes de no tenerla en su organis-
mo, era entendido como que el cariño era genuino. Astuta
relación entre emborracharse a costa de otros.
Antes de servirse de la jarra o botella o cualquier otro
recipiente, siempre lo remueven, para mezclar homogé-
neamente todo el contenido, pues lo espeso siempre se
asienta en la parte baja; le llaman yuto o yudo; y lo claro se
muestra por encima. Hecho esto, recién proceden a ser-
virse.
De los baldes o, también, de los enormes mates, ex-
traen la bebida con ayuda de un recipiente en forma de
cucharón que llaman chicúla, fabricado de calabazo seco,
con el sirven sobre el único poto (vaso rústico tradicional)
disponible en la mesa, pues todos, deberán beber del mis-
mo recipiente, en un gesto de unión y hermandad; lo cual
ha pasado a formar parte, también, de la tradición-ritual
cervecera del norte del Perú.
En 2010 una profesora de mi colegio, quien además
dictaba clases en uno de estos caseríos, me comentó algo
que hasta hoy recuerdo:
«En reuniones o en algún evento de importancia, el jefe
de la familia toma entre sus manos una gran lapa o mate
lleno de chicha para bebérselo, y hará que cada uno de sus
invitados ingieran un trago del mismo recipiente; el cual será
pasado de mano en mano. Si alguien no bebiera o pusiera

167
gestos desagradables, esto se consideraría una gran ofensa e
insulto, no sólo para el dueño de la casa, sino también a todos
los miembros de la familia. Si se llegara a cometer este desaire,
el jefe del hogar se ve en todo el derecho de pedirle al fulano o
fulana, según sea el caso, que se retire».
No tengo dudas de que algo así pudiera ser posible.
Cuando la bebida está por acabarse, se ve en el fondo
residuos o partículas más gruesas, esto recibe otro nom-
bre conocido como concho, que siempre desestiman. Cabe
mencionar que, en muchos lugares de la región, concho,
también hace alusión al último hijo(a), el conchito.
Por cada balde de chicha va incluido un piqueo, y a
lo que en Chiclayo llamamos yapa (cortesía), aquí se co-
noce como piyar, y se usa en todas las expresiones de la
gastronomía local. Uno de estos dichos decía: «¡dele su
piyangango pa’ que se vaya andando! Y, así, los piqueos con
que se acompaña esta bebida, nunca faltan».

En Mórrope fue muy popular enterrar la chicha, como
así también en casi toda la región, pero de aquellos años
a la fecha, mucho se ha perdido. Aquí la sepultaban por
tres meses, seis meses, o hasta un año, y cuando la desen-
terraban, la consumían por tragos cortos, y únicamente
en ocasiones que así lo ameritaran. En una inesperada
entrevista, una mujer recordó el proceso que su abue-
lo llevaba a cabo para enterrar esta bebida. Evocó lo si-
guiente:
“Terminada la preparación de la chicha, se la almacena-
ba en unos cántaros de regular tamaño; estos eran tapados o
se les amarraba el “pico”. Sobre su parte superior ponían un
checo y todo ello lo cubrían con una manta, hasta conseguir
envolverlo, o también se podía poner en un cuero de chivo.
Esto lo llevaban a enterrar a los pies de alguna huaca. Luego

168
de taparlo con tierra, ponían una cruz para saber dónde esta-
ba, y así lo dejaban por un año o más”.
Este extraño proceder, quizá, pueda responder otros
relatos aún más insólitos que he oído en otros pueblos
dentro de la región. En mis conversaciones con huaque-
ros y con agricultores, o en su defecto, con sus familias,
afirmaban maravillados del descubrimiento de un tipo de
chicha que ellos llaman “de los gentiles”, las cuales han
hallado precisamente al interior de las huacas, y creen que
era la bebida de los antiguos. Un anciano en Mochumí,
dijo que, incluso se había arriesgado a tomarla, y que la
encontraba de una delicia única. La describen con una to-
nalidad distinta a la de la jora; pero desde que oí el relato
de tal morropana, creo que en realidad lo que ellos han
encontrado y bebido, no ha sido más que «el entierro de
otro», quien por olvido o por muerte la dejó allí, y como
se estilaba dejarla sepultada a los pies de las viejas ruinas
(del tiempo de indígenas gentiles), con mayor y equivoca-
da “razón” se habrá pensado que era de ellos.

Ya que he hablado de la chicha, me detendré un poco
para hacer mención a un objeto utilitario empleado des-
de tiempos pre cerámicos y, aún en uso, no solamente en
Lambayeque, sino en otras partes del Perú y el mundo.
Me refiero a la planta mate, un tipo de calabazo herbáceo
de tallos rastreros. Sirve para beber agua o licor de maíz,
pero también para comer. Todos los productos que de ella
derivan como mates, lapas, cojudos, cojuditos, checos, potos,
chicúlas, tiene como origen un mismo vegetal.
Cuando conversé con Sergio M. Alfaro de la Cruz99
(cuya madre era de Caracucho) me hizo saber que el mate,
en Mórrope, como en otros pueblos se “siembra” al boleo,
99
Nació en la ciudad de Lambayeque en 1983.

169
es decir, sin ningún criterio de producción técnica. Lo que
hacen los campesinos es arrojar la semilla casi indiscrimi-
nadamente y dejarlo crecer junto a otros productos, como
puede ser el maíz, esperando que alguna germine. Luego
de caer el germen en tierra, demora una semana en nacer,
se tiene como inviolable costumbre el tener que realizarlo
durante la luna llena, pues creen que, de tal forma, el mate
saldrá bien formado y tan redondo como el astro nocturno.
Las pequeñas calabazas tardan en crecer cuatro o cinco
semanas, mientras que las muy grandes pueden esperar
hasta cumplir los ocho o doce meses. Una vez lo suficien-
temente crecidos se seleccionan los que están maduros,
para lo cual usan un método rústico, empleando la uña
del dedo. Si al poner o presionar la uña ésta deja huella
sobre lo que ellos conocen como losa, la planta aún se con-
sidera verde, así siguen con la siguiente hasta encontrar la
adecuada.
Cuando ya han seleccionado los mates maduros, lo
primero que llevan a cabo es retirar una pequeña piel o
cáscara superficial exterior, pues de no hacerlo, nunca
secaría. Luego de ello, lo segundo es quitar el relleno o
comida por completo, una vez hecho esto se raspan las
paredes internas de la planta, ya que de no hacer esto, no
se podría beber o comer nada en su interior, pues interna-
mente desarrolla un sabor excesivamente amargo.
Al finalizar todo esto, dejan secar los mates al sol. En
verano puede tardar dos a tres semanas, pero en las esta-
ciones frías demora un mes o hasta más. Cuando se ha se-
cado toma ese color bronceado marrón característico que
todos conocen, y que podemos apreciar en tales utensilios
empleados dentro de los chicheríos, hogares y hasta en las
ferias típicas, no sólo en este pueblo, sino también en to-
dos los pueblos que conforman la región.

170
Apunte veinte.
Dios y las aves.
Los relatos tradicionales, pasados de boca en boca —en
este y otros pueblos—, son riquísimos y, aunque están
bastante mestizados, en ellos aparece lo fabuloso y mara-
villoso de un mundo con claras raíces indígenas, que aún
atesoran con fuerza los naturales de esta tierra; seguramen-
te creados para dar entendimiento a los misterios más sim-
ples o complejos de un mundo visible y de otro invisible.
Las respuestas a tales preguntas dieron nacimiento a los
mitos, entregándoles además un carácter sagrado y ejem-
plificador en el cual las fuerzas primigenias hacían notar su
poder a los mortales. En otras secciones —de este mi viaje
a Mórrope— he narrado algunos de estos, como el origen
del pueblo, el del huerequeque, o el por qué el chancho
es hermano del hombre, entre otras; todo ello responde a
una cosmovisión fantástica que se maneja entre lo autóc-
tono y lo contemporáneo, pues para sobrevivir tienen que
adecuarse a los nuevos tiempos.
La presencia de “Dios” en las historias de estos pue-
blos lambayeque-muchic, no es más que la transmutación
de una figura, hoy desconocida, de un viejo dios de estos
territorios. El dios cristiano, al menos en el nombre, se
sobrepuso a los viejos términos o nombres, respetando sus
hazañas, pero asumiendo un crédito que no le correspon-

171
día. Claro ejemplo de ello es la presencia de Jesucristo en
el cerro La Vieja de Motupe, en donde claramente se ha-
bla en el relato de una figura totalmente ajena al mundo
europeo católico, pero que tras la conquista y los siglos
transcurridos se ha generado un fenómeno sincrético en-
tre el personaje judío y una vieja divinidad yunga. Y así,
muchos casos no sólo en Lambayeque, sino en toda Amé-
rica Hispana.
En cierta ocasión oí dos de estos mitos en los que las
aves son los personajes “principales”, quienes por su inter-
vención, y papel desempeñado, recuerdan los relatos del
sureño Cuniraya Huiracocha100, quien en su descenso a la
costa, conversa, premia o castiga a los seres con los que en-
tabla momentáneamente un diálogo. Aquello ocurría en
un tiempo cuando los dioses caminaban por la tierra y los
animales aún tenían la facultad de hablar como hombres.
Los viejos morropanos conversaban —en el decir
de los antiguos— que mucho antes de que los tiempos
comenzaran a envejecer, Dios, su antiguo dios, maldijo
al chilalo101 (ave de los bosques secos que hace nidos en
forma de hornos de barro) y esta cortísima historia nos
cuenta el por qué tal ave es así:
«Se cuenta que dios dejó de lado a este pajarito, pues
cuando dios se ponía a hacer sus palomitas de barro, el chi-
lalo venía y lo rompía, y se llevaba ese mismo barro a otro
lado. Es por eso que dios no podía darle sus palmaditas102 a
sus palomitas.
Dios maldijo a esta ave, pues cuando él venía ya los en-
contraba malogradas (sus palomitas), y nunca podía darle su
palmadita para que vivan, pues estaban malogradas.
100
Leer el libro “Dioses y hombres de Huarochirí”
101
(Furnarius cinnamomeus).
102
Semeja al “aliento de vida”.

172
Es por eso que dios dijo: “maldito animal, andarás con tu
rabo torcido, con tu cola tuerta y nadie te recogerá, siempre
estarás de lao’».
Para ahondar un poco más en ello, debo mover mi
memoria a un poblado no tan lejano del que este libro
me ocupa.
Son horas de la tarde en el mismísimo pueblo de San-
to Domingo de Olmos, y hago esta aclaración porque el
distrito en el cual está incrustado se llama de la misma
manera; tierra en donde a sus habitantes se les conoce en
la provincia como «cuajo seco», por la obvia razón de ser
en la región, los mejores criadores de caprinos, quienes,
además, son expertos aprovechadores de los productos que
de esta especie —viva o muerta— obtienen; como es el
caso de la cuajada (queso), por cuya elaboración adquie-
ren su peculiar apelativo. Diría yo que, en este oficio no
hay quien hable con mayor fuerza ni más ganas. Son los
señores de las cabras (en la ganadería) y, también, de los
limones (en la agricultura).
Los olmanos, por decirlo así, parecen ser individuos
algo particulares, respecto al resto de lambayecanos, ya
que estos hombres y mujeres de castaña piel, no sólo habi-
tan, desde mucho tiempo atrás, la gran pampa lambayeca-
na, en un gigantesco distrito que es “parte y frontera” con
el desierto de Sechura. Si no que y, además, mantuvieron
hasta hace un siglo, una lengua indígena propia que los
diferenció del resto de sus vecinos, y de la cual hoy poco se
sabe y ya nada queda.
La gran mayoría de olmanos únicamente vienen al
pueblo los fines de semana para abastecerse de lo necesa-
rio o abastecer a otros, luego de comerciar regresan hasta
sus muy alejados hogares; se internan así en sus más de
220 caseríos. Así pues, no se les vuelve a ver ni el pelo

173
hasta el sábado o domingo próximo. Esta forma de vida ha
contribuido a que ciertos usos, y la tradición oral del lu-
gar, se mantengan con envidiable extrañeza frente a otras
latitudes.
Para contar el relato que me he propuesto, tengo a
bien decir que me acompañaban veinticuatro abriles en
aquel primer contacto; con esa edad, y ya desde hacía bue-
nas y olvidadas lunas, había comenzado a “andar de salta-
perico” por otros tantos pueblos, cerros y bosques de esta
región. En busca casi siempre de la memoria hablada, del
mínimo recuerdo.
Lo que estoy por narrar me lo contó una mujer natural
del lugar, una tarde de marzo de 2015. Hasta allá llegué
luego de “calentar un asiento” forrado de plástico, por
poco más de dos horas. Esta incómoda y sudorosa espera
desapareció únicamente tras cruzar el gran río, por cierto,
homónimo al distrito.
Luego de haber hecho mi ridícula “inspección” por
sus terrosas calles, relajé las piernas y acomodé el cuerpo
gordo, que en esos años aún soportaba, sobre una banca,
en plena plaza y frente a su aún no destruida tricentenaria
iglesia. En tan agradecida situación conocí a una mujer
cuyo nombre, hoy, tristemente no recuerdo.
La mujer, de largos años, me confió un mito segura-
mente oído en sus años mozos, de esos que explican o
buscan responder de la manera más increíble los «por qué»
del mundo. Y que comparto ahora por guardar relación
con lo escuetamente oído, pocos años antes en Mórrope.
En esa tarde excesivamente calurosa, que inevitable-
mente sigue a los días de lluvia sobre las tierras norteñas,
me habló de dios, del gallinazo y la chilala. Pero no me
estaba hablando del Dios judío, no, ella se refería en su
contemporáneo saber, sin ser consciente de ello, al dios

174
lambayecano, del cual su nombre fue silenciado, pero no
sus hazañas. Se remitía, sin saberlo, a esa deidad primi-
genia de los costeños, capaz de premiar o castigar a los
animales, en las eras jóvenes de una tierra sobre la cual
hombres, dioses, animales y plantas tenían voz. Hoy para
simplificar esto, en el argot popular, se le ha rebautizado
con el título de “Dios” o “Jesucristo”, pero que eso no
los confunda o engañe, pues un nuevo nombre no hace
desaparecer las viejas mañas. Claro ejemplo de esto es nue-
vamente, y repito, la leyenda del cerro La Vieja cercano al
vecino asentamiento de Motupe; así como la presencia de
ancianos pobres que anteceden a grandes diluvios, prin-
cipalmente en la sierra, como es el caso de la laguna de
Pomacochas103 (o al menos como así resolví interpretar en
uno de mis viajes a esa tierra). Los expertos lo llaman sin-
cretismo, a mí me gusta pensar que es astucia pura y dura
de los pueblos sometidos. Dicho de otra manera, «para
que nombrar al santo que no gusta, si podemos hablar de
sus milagros». Y como no podía ser de otra forma, como
toda buena divinidad o ser espiritual–sagrado, andaba por
aquí y por allá el dios lambayecano, repartiendo pencazos
de maldición o de ejemplar castigo, según sea el caso.
Pero, quizás, en este asunto en particular, este mito
pueda explicarnos la apariencia física, el propósito exis-
tencial, y el final o muerte de dos aves muy representativas
de la costa peruana.
Su historia es como sigue:

[Dios dio la orden al gallinazo y a la chilala que cuando


encontrasen un muerto o un enfermo, lo trajeran donde
él para revivirlo. Pero la chilala y el gallinazo se pusieron
103
Pomacochas (lago de los pumas), está ubicada a 2257 m.s.n.m. en las
alturas de la provincia de Bongará (región de Amazonas).

175
de acuerdo para contradecir los designios de Dios. Y, muy
por el contrario, al encontrar alguno, no solo no lo traían
sino que, además, se lo comían. Y a los pocos que llevaban
ante la presencia del gran creador, la chilala muy astu-
tamente para arruinar el plan divino, previamente les
ponía barro en la boca con la única intención de evitar,
así, la resurrección.
Resultó entonces que Dios llegó y los encontró en manifies-
ta falta. A lo cual, y levantando su voz, dijo:
—¡Qué hacen allí! Yo he mandado que me traigan a las
personas, no a que se las coman.
En aquel preciso momento, Dios tomó un copo de algo-
dón y le prendió fuego. Se lo arrojó al gallinazo sobre su
cabeza, quedando, desde aquel entonces y para siempre,
convertido en un ave cuya cabeza es negra y arrugada, lo
que recuerda la quemadura de la primera ave; al no que-
dar conforme, el Gran Padre lo volvió cojo. Diciéndole:
—Cojo siempre andarás.
Y a la chilala también castigó, declarándole que moriría
en este mundo pidiendo perdón al cielo].

Nuevamente en Mórrope, me topé con otro relato mí-


tico de este pueblo y de su gente; el cual esta vez tiene
como personajes centrales a otro grupo de aves: chiflón o
chiclón104, al chisco105 y al hijo de Dios.
Y esto es lo que cuentan:

«Cuando nuestro señor andaba por estos lugares, escon-


diéndose de los que lo seguían, era el chiflón y el chisco los que
siempre lo delataban, y anunciaban su ubicación. Cuando
Dios se ocultaba en tal lugar, el chiflón decía: “acá está”, y
104
(Crotophaga sulcirostris).
105
(Mimus longicaudatus).

176
cuando le preguntaban al chisco este confirmaba lo dicho por
el otro diciendo: “chis-chis, chis-chis”. Y dios los maldijo con
que nadies los recoja».

Antes de finalizar cabría recordar que para algunas


sociedades antiguas (como los Mochicas), muestran en
su iconografía lo que parece ser gallinazos, representados
en algunas escenas de sacrificios humanos y, por ende,
de muerte. También aparecen escenas de pájaros antro-
pomorfos llevando mensajes o participando en actos de
guerra. La relevancia que tuvieron ciertas aves para ser re-
presentadas en la cerámica y en los textiles pre-hispánicos
no fue únicamente decorativa, sino también simbólica,
pues posiblemente evocaba a hechos legendarios transmi-
tidos desde la oralidad. Los Lambayeque por su parte, le
dieron mucha relevancia a un ave en particular, quizás, “el
águila pescadora”, quien aparece en su cerámica y en los
frisos de muchos de sus templos. Todo ello sigue de alguna
extraña manera vigente, con importancia en los augurios
y mitos locales, como en el “viaje al cielo” y el “ciclo del
zorro”; relatos estos últimos muy populares en la región
Lambayeque. Lo que me lleva a pensar en la «ornitoma-
nía lambayecana» propuesta por Alfredo Narváez, para
comenzar a entender esto. Pero este no es el momento
para explicarlo, y sin duda será tema de mayor estudio por
parte de antropólogos.
Yo por mi parte y con este último tema, doy por termi-
nado este diario de viajes, esta conmemoración de hechos
vistos u oídos por mí o por otras personas. De esta manera
llega a su fin este libro, que se suma con ello, a los otros
textos ya publicados, bajo la única insignia de dar a cono-
cer aspectos de un pueblo rico y milenario, en la pluma de
un mestizo de todas las sangres de este Perú.

177
Epílogo
Hasta la fecha, año 2021, no he vuelto a regresar a Mó-
rrope; en estos más de tres años lejos del terruño patrio, y
96 meses desde que realicé mi primer viaje a dicho pueblo
(en 2013), no solamente he perdido a mi amado padre,
sino también a muchos amigos en distintos pueblos lam-
bayecanos, hombres y mujeres ancianos en su mayoría
que supieron compartir conmigo su saber y su vivir. Pero,
aunque lejos, sé que algunos están allí, combatiendo en el
silencio de voces cansadas, la feroz y diaria envestida de
la que, sin cuartel, son víctimas a consecuencia de la glo-
balización (ese fenómeno que está transformando o des-
truyendo a las culturas del mundo, en algunas partes con
mayor o menor éxito). Sin embargo, quiero y tengo que
creer que los pueblos Lambayeque-muchic, sabrán adecuar-
se a los nuevos tiempos, sin perder por ello su esencia, su
originalidad. Este texto únicamente ha servido para reco-
rrer a través de mi memoria, la sabiduría de otros; nacidos,
criados y muertos sobre una geografía hostil, en la que sus
habitantes han conseguido subsistir a fuerza, sudor y lágri-
mas por más de mil años. Por mi parte, espero sin ver, bajo
una certeza de profundo optimismo, estar pronto entre
ellos, perderme en sus voces, cantar sus canciones, bailar
sus ritmos y beber de sus fuentes. Pronto, espero sea muy
pronto. Hasta entonces sólo me queda soñar con estar allí.
Soñar con los cholos, como cholo; con los indios, como
indio.

179
Relación de algunos informantes

Don Rosario Santamaría Bances


Don Nicolás Tuñoque Chapoñán
Doña María Tuñoque Peche (1961)
Doña Rosa Farroñán Piscoya (1950)
Doña Manuela Acosta Suclup (1930)
Don Juan Mercedes Sandoval Valdivieso
Don Norberto Santamaría Santisteban (1940)
Doña Josefa Valdera Bances (esposa de Norberto)
Don Natividad Sandoval Santisteban (de Lagunas)
Doña Irayda Chapoñán Santamaría (de Pósitos)
Don Sergio M. Alfaro de la Cruz (de Lambayeque)

Agradecimientos

Iris Tuñoque Santisteban (Mórrope)


Kevin H. Díaz Torres (José L. Ortiz)
Bryan A. Santisteban Bereche (Mórrope)
Luisa Santisteban (Mórrope)
Erick J. Lázaro Vega (Jaén)
Jorge A. García Mogollón (Tumbes)
Bernd Schmelz (Alemania) por su ayuda con los
permisos de las fotografías antiguas.

181
Este libro se terminó de imprimir en Gráficas
Almeida de Madrid, a siete meses de la muer-
te de papá, caballero que dió pasos rectos y
justos en vida. Fué un hombre de voz tierna
y mando firme. Y tanto en los cielos como en
la tierra, a su debido tiempo, nos volveremos
a encontrar. De una u otra forma estaremos
nuevamente juntos. Hasta entonces, padre,
me refugiaré en tu recuerdo, que rompe todo
silencio, que acallanta todo olvido. Porque
más fuerte que la muerte es el amor.
Julio de 2021.
Un adolescente estudiante de secundaria en su natal Chi-
clayo, es capturado por la belleza y la fuerza de los persona-
jes y escenarios que pueblan las fotografías de un historia-
dor local, imágenes capturadas en el pueblo de Mórrope;
retratos llenos de dignidad que configurarían una idea en
la pesquisa del muchacho: esas personas son pobres, cierta-
mente pero sus vidas se articulan en el prestigio, el temor
y el respeto, los componentes de una definición del poder
en la que coexisten el presente con el mundo invisible del
arcano y la sacralidad. A partir de esas experiencias el joven
decide internarse en los últimos espacios en los que sigue
viva la cultura muchic, los marginados caseríos y pobla-
dos rurales del desierto lambayecano. La Etnia del Desierto
es el compendio de crónicas que ese joven, Samyr Bazán
produce, narraciones a caballo entre la crónica de viajes,
la etnografía y la literatura. De manera desprejuiciada Ba-
zán se vincula con Mórrope y va develando una forma de
vivir determinada por factores externos al sujeto, lo que la
simplificación occidental calificaría como “supersticiones”;
mas el autor no es ajeno a lo que observa y así, frente a
las ruinas de las construcciones tradicionales morropanas,
anota: “Siempre que iba me detenía a contemplarlas, las
veía con la añoranza propia de quien, al penetrar con sus
estudios el pasado, es penetrado de igual y singular manera
por él”.
Rafo León

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