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EL SUFRIMIENTO (III)

(Rom. 8: 18-39)

INTRODUCCIÓN.-

El capítulo 8 del libro de Romanos le llaman algunos el capítulo del Espíritu, y


seguramente es buen título. Nosotros destacaremos hoy en este texto, las
seguridades, en Dios, que tiene el cristiano que sufre. Y espero que estas certezas sean
suficientes para andar la carrera que le toca a cada uno recorrer. Es decir, la vida que le
toca a cada uno vivir.

Los días anteriores hablamos del sufrimiento en general, pensando tanto en los que
conocen a Dios, como en aquellos que todavía no le han reconocido. Hoy sin embargo,
nos centraremos más en los sufrimientos de los creyentes.

En el v. 18 dice Pablo: “De hecho, considero que en nada se comparan los sufrimientos
actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros”.

La frase indica por un lado, que hay sufrimientos, y que además son actuales. Es decir,
los experimentamos ahora, lo que los hace nada insignificantes. Pablo no minimiza la
crudeza del sufrimiento presente. Hay muchos ejemplos de estos sufrimientos en la
misma carrera de Pablo, y desde luego no son en absoluto insignificantes.

Por ejemplo en la provincia de Asia, cuenta él mismo que, “estábamos tan agobiados
bajo tanta presión, que hasta perdimos la esperanza de salir con vida: nos sentíamos
como sentenciados a muerte” (2ª Cor. 1: 8-9a)

Y todos nosotros hemos pasado, o quizá estemos pasando, profundos sufrimientos y


sabemos que no son insignificantes.

Sin embargo, Pablo que conoce muy bien, por un lado la gloria presente que hemos
recibido por el evangelio; y por otro la gloria futura que ha de manifestarse; dice
claramente que en nada se pueden comparar los sufrimientos presentes con la gloria
venidera.

Quizá dirás, ojo, Pablo no dice nada aquí de gloria presente; solo compara los
sufrimientos actuales con la gloria futura. Ciertamente mirando solo el v. 18 tienes
razón. Pero en todo el texto de Romanos 8, desde el v. 1 hasta el 39 está mostrando la
gloria presente. Y sobre ello hablaremos.

“La gloria que me diste yo les he dado”, dice Jesús en Jn. 17:22. Y el mismo Juan en su
primera carta compara la gloria presente con la venidera. (1ª Jn. 3:2) “Queridos
hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que
habremos de ser”. Y dice que “cuando Él venga seremos semejantes a Él”.

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El resto del cap. 8 hasta el final es una clara exposición, que incluso termina con un
cántico, de las seguridades, las certezas que el cristiano tiene en Dios, aún cuando pasa
a través del sufrimiento. Veámoslo, por tanto.

I.- LA GLORIA PRESENTE DE DIOS EN EL CRISTIANO, AÚN CUANDO ÉSTE PASA POR
SUFRIMIENTO.-

Los vv. 19-22 hablan de la frustración que vive toda la creación. Se resume en:
“Todavía gime a una, como si estuviera en dolores de parto” (v.22) No nos vamos a
parar en esto, porque no es nuestro tema, aunque tiene una gran importancia para
una adecuada cosmovisión cristiana.

Para nuestro propósito, nos interesa fijarnos en los vv. 23 y 24, en los que refiriéndose
a los creyentes, los que tienen las primicias del Espíritu, dice que también gemimos,
porque aún no ha sido redimido nuestro cuerpo. Así que el “todavía no” es que
nuestros cuerpos aún están sin redimir; y además vivimos, todavía, en esta creación
caída. Por lo tanto en este mundo, en esta creación, tendremos aflicción, como
también dijo Jesús.

Esta aflicción se mostrará de muchas formas: conflictos y tensiones en la vida laboral;


daños diversos que nos causan quienes no conocen a Dios; otros que recibimos de
quienes nos llamamos cristianos, pero que en un momento dado actuamos por
nuestros impulso caído y egoístas; y aún los que nos hacemos a nosotros mismos por
deseos naturales e incontrolados que no son la voluntad de Dios.

Pero la cuestión es: En este posible gemir del “todavía no” ¿Qué recursos ha puesto
Dios para nosotros? ¿Con qué podemos tener la certeza de contar? ¿De qué podemos
estar seguros?

El alcance del evangelio no es solamente el perdón de los pecados, aunque por


supuesto lo incluye. Por el Evangelio de gracia, en Cristo, tenemos una provisión
grandísima para poder vivir, aún en medio de nuestro gemir.

Seguramente, igual que pasamos momentos de alegría y bienestar, pasaremos por


otros de sufrimiento y aún de la muerte física, si el Señor no lo remedia antes. ¡El trato
no es que vayamos a ser librados de todo eso! Pero si podemos estar seguros en Él,
confiados en Él y en su actuación permanente hacia nosotros, mientras vamos siendo
transformados en su semejanza. Y aún en ocasiones se nos permitirá un canto de
alabanza en nuestros labios.

Este texto nos habla de algunas importantísimas certezas.

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1.- La seguridad, por la intercesión del Espíritu.-

“Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos que pedir,
pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse
con palabras. Y Dios que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu,
porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios” (vv.
26,27)

Donald Carson dice sobre este texto: ´En esta vida necesariamente estamos inseguros
en cuanto a cómo deberíamos orar. Pero el Espíritu mismo intercede por nosotros ante
Dios, orando por nosotros esa oración que siempre está en perfecta concordancia con
la voluntad de Dios. Pablo no está aquí hablando del don de lenguas ni nada de eso,
sino que está refiriéndose a un ministerio intercesor del Espíritu Santo en el corazón del
creyente, que se produce sin que nosotros ni siquiera tengamos conocimiento de él´.

Luego en el v. 34 y también en Heb. 7:25 se nos habla también de que Cristo, al lado
del Padre, “vive siempre para interceder por los creyentes”.

Así que tenemos una doble intercesión para que nuestra vida esté bajo la voluntad de
Dios. Esta es una intercesión que no depende siquiera de nuestro velar y orar, sino del
Señor y del Espíritu. ¡Qué tremendo descanso! Pero también que llamada de atención,
porque ambos, El Señor y el Espíritu interceden de acuerdo a la voluntad de Dios. Esta
certeza, de la intercesión del Señor y del Espíritu, nos puede dar descanso o temor,
depende de cuáles sean nuestros deseos.

Así que, quiero deciros una cosa: Tú y yo oramos, a veces, por una cosa que nos parece
buena, pero sobre todo que la deseamos mucho. Pero en lugar de darnos eso que
pedimos, nos llega una situación que no es la que deseábamos. Y eso nos trastorna
bastante, y tal vez nos haga sufrir. De momento lo pasamos mal, y puede ser incluso
que nuestra carne y nuestro corazón desfallezcan, como dice el salmista.

Pero la verdad es que el causante de esta ´jugada´ es la intercesión del Señor y del
Espíritu. A Él hemos de quejarnos, porque simplemente ha estado intercediendo de
acuerdo a la voluntad de Dios para nosotros, que en el fondo es nuestro bien. Como
dice el refrán hemos de quejarnos al maestro armero. El Espíritu y el Señor son el
maestro armero en este caso.

Bromas aparte, esto supone una certeza y confianza extraordinarias, que cuesta
explicar con palabras.

Pero hay una segunda e importantísima seguridad.

2.- La seguridad, porque Dios dispone todas las cosas para nuestro bien.-

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Dios oye, pues, la intercesión del Espíritu y dispone todas las cosas para el bien de los
que le aman. “…sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo
aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. Porque a los que Dios
conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de
su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”. (vv. 28,29)

Es decir, nada que pueda afectarnos queda fuera del cuidado soberano del Padre. Esta
es otra gran certeza, que trae mucha seguridad y consuelo, al margen de que nosotros
velemos o no. Tiene su fundamento en la intercesión del Espíritu y en el hecho que
Dios, oyendo esa intercesión, actúa disponiendo todas las cosas y circunstancias para
nuestro bien. Este es por tanto otro gran fundamento, como una roca. Y es motivo de
gozo y de una esperanza sólida. Dios dispone todas las cosas, todas las circunstancias
para el bien de los que le aman.

Seguidamente Pablo aclara en qué consiste este bien. Un bien según sus términos, y
no necesariamente los nuestros.

Dios sabe que el mayor bien para nosotros es conocerlo, disfrutar de su presencia por
siempre, gozándonos en Él y en su obra hecha a nuestro favor. Nosotros, en cambio,
somos dados a entender como nuestro bien disfrutar y gozarnos de los éxitos de
distinto tipo que podemos tener, en vez de en Dios mismo.

Desde luego Él sabe, que mientras vivimos en este cuerpo y en este mundo,
necesitamos comida, ropa, un lugar bajo el sol y lo necesario para cumplir nuestras
responsabilidades. Pero puede permitir, o como diría Pablo, ´puede concedernos´
participar con Él de la pobreza, enfermedad o dolor, si eso es para su gloria y ayuda a
transformarnos más a su semejanza. Podemos así participar de sus sufrimientos y
rechazo, para así ser partícipes también de su vida, su poder y su carácter.

El bien por tanto es esa transformación a su imagen. No es que sufrimos como castigo,
pues Él ya ha llevado todo el castigo que nosotros merecemos. Pero sí nos es dado
sufrir para participar más de su vida gloriosa.

Hemos visto, estas dos acciones de Dios:

1. La intercesión de su Espíritu conforme a la voluntad de Dios.


2. La contestación de Dios a esta intercesión disponiendo todas las cosas y
circunstancias para nuestro bien.

Las certezas, por tanto, solo nos pueden llegar cuando ponemos nuestros ojos y
dependemos de lo que Él hizo y hace en Cristo y por su Espíritu. Nunca tendremos
certezas mientras las hagamos depender de nuestro esfuerzo por seguirle.

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La respuesta de Pablo, y de los cristianos en general, y tal vez la única respuesta
posible ante la contemplación de esas extraordinarias afirmaciones que hemos estado
viendo, es el himno de victoria y de certeza de los vv. 31 a 39.

Por sí solo este himno ha levantado el alma de cristianos sufrientes, en multitud de


ocasiones a lo largo de la historia. En nuestro caso no entraremos en él, porque como
digo es solo la respuesta a la contemplación de las obras de Dios en las que hemos
estado meditando.

Sin embargo, para terminar, lo leeremos simplemente:


31
¿Qué diremos frente a esto? Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en
contra nuestra?32 El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos
nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?33
¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica.34 ¿Quién
condenará? Cristo Jesús es el que murió, e incluso *resucitó, y está a la *derecha de
Dios e intercede por nosotros.35 ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La
tribulación, o la angustia, la persecución, el hambre, la indigencia, el peligro, o la
violencia?36 Así está escrito:
«Por tu causa siempre nos llevan a la muerte;
¡nos tratan como a ovejas para el matadero!»
37
Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos
amó.38 Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los
demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes,39 ni lo alto ni lo profundo, ni
cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha
manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.

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