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No hay nada como un computador

Por Eduardo Arias *

HÁBITOSHoylos avances tecnológicos hacen que las cosas se vuelvan


rápidamente obsoletas, aunque muchas de ellas inolvidables.
Domingo 27 Junio 2010

Cada vez que oigo (y me oigo) maldecir porque Internet anda lento, porque se bloqueó el
computador y toca reiniciarlo, porque se acabaron los minutos, pienso en lo frágil que es la
memoria humana. No hablo de remontarse a 1455, el año de la invención de la imprenta. Ni
siquiera me remito a una época anterior a los computadores personales a mediados del siglo
pasado. No. Hablo de años tan recientes como 2002 o 2003. Me basta con recordar cómo era
el mundo hace cinco o diez años (en tiempos de los procesadores Pentium II) y es como
regresar al Neolítico temprano: un mundo sin iPad, sin Twitter, sin YouTube, sin Facebook, sin
Google, sin celulares que son minicomputadores portátiles y cámaras de fotografía y video de
alta definición y grabadoras de voz y GPS. Son tan rápidos los avances de la tecnología que
cada seis meses este planeta (al menos el que gira alrededor de los chips y del silicio) se
vuelve obsoleto.Y si eso siento ahora, cuando miro cómo eran las cosas unos siete años atrás,
ni pensar lo extraño que me resultan los tiempos en que me gradué del colegio y entré a la
universidad.

Información
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Recuadros

 Añoranzas
¿Qué añoro de aquellos tiempos? Por un lado, que los avances tecnológicos llegaban poco a
poco. Uno disfrutaba de cada innovación, se familiarizaba con ella, aprendía a quererla y a
generar cierto sentido de pertenencia. Cambiar de equipo de sonido era casi como cambiar de
casa o de carro. En esa época los amplificadores, los tornamesas y los parlantes se
fabricaban para que duraran toda la vida y la gente era hincha de las marcas: Marantz,
McIntosh, Teac, Garrard, Kenwood, Technics...

No había computadores sino teléfonos de disco, reglas de cálculo, enciclopedias impresas en


decenas de tomos. La gran novedad eran las calculadoras electrónicas con muchas funciones.
Las llamaban científicas. Tampoco había procesadores de texto sino máquinas de escribir…
Cuántas cuartillas era necesario botar a la caneca antes de que el autor quedara satisfecho
con su texto.

Yo, que odio desperdiciar papel, aprendí a editar a punta de pegadit, cinta pegante y tijeras. El
párrafo que me gustaba –o que no tenía demasiados tachones– lo agregaba con cinta
pegante o lo pegaba encima del que había decidido cambiar.

Pero tal vez lo que más añoro de aquellos tiempos premodernos es el ritual de escribir cartas.
Hoy día uno recibe al día diez, 30, 50 correos electrónicos. Casi todos se leen a vuelo de
pájaro y se responden casi sin pensar, aun los de los amigos. En cambio, hace 30 años recibir
una carta de alguien que vivía en otra ciudad o país era todo un acontecimiento. Así fuera una
postal. Uno abría con mucho cuidado el sobre, recortaba las estampillas y las guardaba por si
acaso algún día le daba por coleccionarlas.

Responder la carta era todo un proceso. La primera frase había que pensarla mucho, porque
si no tocaba romper el papel y arrancar de nuevo. Cada frase se pensaba. Que tuviera ritmo,
que fuera gramaticalmente correcta.

Una vez terminada, se doblaba con mucho cuidado y se introducía en un sobre en el que uno
escribía con mucho cuidado la dirección, con letra clara para que no se fuera a perder. Luego,
había que caminar hasta la droguería del barrio, donde vendías estampillas y había un buzón.
Pero también lamento que hacia 1990 no existieran los computadores de hoy en día, con
tarjetas de sonido, video y gran capacidad de memoria y almacenamiento. La gran cantidad de
proyectos musicales y periodísticos que se quedaron en nada porque grabar una canción era
una odisea, no existían los blogs y prensar un disco o imprimir era costosísimo, o
sencillamente porque no existía Photoshop ni la fotografía digital.

Por eso recuerdo con mucho cariño aquellos tiempos, pero no los echo de menos. Nada como
un computador con un par de buenas tarjetas de sonido y video y programas de edición.

*Periodist