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Louis Pinto, Giséle Sapiro,

Patrick Champagne (dir.)


con la colaboración de
Marie-Christine Riviére

PIERRE BOURDIEU,
SOCIÓLOGO

Con la participación del Centre National de la Recherche Scientifique


y del programa “ Para un espacio de las ciencias sociales europeas”
de la Comunidad Europea

Ediciones Nueva Visión


Buenos Aires
Pinto, Louis
Pierre Bourdieu, sociólogo / Louis Pinto; Giséle Sapiro; Patrick Champagne - 1a
ed. - Buenos Aires: Nueva Visión, 2007.
336 p., 23x15 cm (Cultura y Sociedad)

Traducido por Emilio Bernini

I.S.B.N. 978-950-602-541-0

1. Sociología. I. Sapiro, Giséle II. Champagne, Patrick III. Título


CDD 301

Título del original en francés


Pierre Bourdieu, sociologue
sous la direction de Patrick Champagne, Louis Pinto, Marie-Christine Riviére
et Giséle Sapiro
World copyright © Librairie Artheme Fayard, 2005

Traducción de Emilio Bernini

IS B N : 978-950-602-541-0

Esta obra se publica en el marco del Programa Ayuda a la Edición Victoria Oeampo
del M in isterio de Asuntos Extranjeros de Francia y del Servicio de Cooperación de
la Embajada de Francia en Argentina.

© 2007 por Ediciones N ueva V isión SA IC, Tucumán 3748, (C 1189A A V) Buenos
A ires, República Argentina. Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
Im preso en la A rgentin a / Printed in A rgentin a
INTRODUCCIÓN1
Louis Pinto
y Giséle Sapiro

Pierre Bourdieu se inscribe claramente en la tradición europea de la sociología.


Como Ém ile Durkheim, concebía la sociología como la ciencia de las restriccio­
nes que pesan sobre los individuos. Como recordaba Robert Castel: “Es alguien
que ha comprendido la dureza del mundo social y que ha intentado pensarla sin
concesiones, en todas sus implicaciones, y que se ha interrogado sobre lo que
podía hacerse cuando se sabía eso, que el mundo social es esencialmente, la
coerción social, pero que uno no se resigna a celebrar ese orden del mundo”.2Y
si, a la m anera de M arx, veía en las relaciones sociales fuerzas, también puso
en el centro de su interrogación sociológica la cuestión weberiana de las formas
de legitimidad. Suscribiendo al principio durkheimiano según el cual es preciso
explicar lo que hacen los agentes sociales por lo que son y no por lo que dicen
que hacen, reintrodujo, siguiendo a M ax Weber, el punto de vista de los agentes
como parte de la realidad social observada.
Sus propias contribuciones empíricas son indisociables de la dimensión
teórica del “oficio de sociólogo”. L a “construcción de objeto” que da cuenta de la
autonomía de la práctica científica se caracteriza por la separación de prenocio­
nes, de ídolos verbales, de clasificaciones profanas, periodísticas o burocráticas,
tentaciones proféticas, pero también por la objetivación de las jerarquías
intelectuales inculcadasy reproducidas por la ortodoxia académica contra la cual
la libertad intelectual del sociólogo debe conquistarse. N o hay territorio del
sociólogo (no hay “imperio”), hay una postura intelectual que, a través de la

1 Este volumen es el resultado, en parte, del coloquio “Ciencias sociales y reflexivid ad ” ,


organizado, en hom enaje a P ierre Bourdieu, por el Centro de Sociología Europea en la U n i­
versidad París VII/Denis-Diderot, en enero de 2003. Otros textos han sido recopilados en el
volum en dirigido por Jolian Heilbron, R em i L en oir y Giséle Sapiro, P o u r une histoire des sciences
sociales (Fayard, 2004). Los artículos han sido seleccionados y releídos por un com ité editorial
compuesto por P atrick Champagne, .Johan Heilbron, Rem i Lenoir, Pascale Pargam in, Louis
Pinto y G iséle Sapiro. M arie-C hristine R ivi ere tuvo a cargo la coordinación y la preparación del
original. Que ella encuentre aquí la expresión de nuestro reconocimiento.
2 Robert Castel, “P ierre Bourdieu et la durelé du m onde”, en P ierre E n trevé y Rose-M arie
L a gra ve (dirs.), T ra v a ille r avec B ourdieu, París, Flam m arion, 2003, p. 347. E l subrayado es de
Robert Castel.

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diversidad de los dominios empíricos, explora las recurrencias, las homologías
y también las especificidades.3 E l oficio es menos un conjunto de recetas, de
técnicas y de métodos que el esfuerzo de suspender las evidencias, obligándose
a interrogar los presupuestos vinculados a la utilización de un instrumento, al
uso de una palabra, al recorte de un objeto. Pierre Bourdieu no ha dejado de
i'epetir que la modestia y la ambición no eran virtudes necesariamente ex­
clusivas: el oficio es esa aptitud para tener a la vez un control riguroso de los
actos de la investigación y una comprensión de sus consecuencias teóricas.
E l oficio funda también la postura intelectual de Pierre Bourdieu, en ruptura
tanto con el profetismo del intelectual revolucionario profesional como con el
repliegue del sabio en su torre de marfil. En efecto, si siempre ha rechazado la
figura sartreana del “intelectual total” , ha conservado de ella el interés por los
temas “candentes” , que aborda con los instrumentos del conocimiento objetivo,
desde los trabajos sobre A rgelia hasta La misére du monde { 1993). Sus primeras
investigaciones empíricas sobre la sociedad argelina, realizadas en plena guerra
de descolonización, estudian el pasaje de una sociedad tradicional a la economía
capitalista bajo el efecto de la colonización ( Travail et travailleurs en Algérie,
1963 ;Ledéracinem ent, 1964; Es g uisse d ’une théorie déla p ra tique, 1972). Luego
emprende o dirige una serie de investigaciones sobre las desigualdades sociales
de los estudiantes frente a la cultura en el momento de la “democratización” de
la universidad (Les héritiers, 1964), y sobre las nuevas prácticas culturales co­
mo la fotografía {U n art moyen, 1965) o aun la frecuentación de museos {L ’am our
de l ’art, 1966), en el momento de la aplicación de una política cultural destinada
a favorecer el acceso a la cultura para todos. Así, contra la concepción m arxista
que basa las diferencias de clase sólo en la posesión de los medios materiales de
producción, desarrolla una teoría de la violencia simbólica ejercida en la
posesión e imposición del “capital cultural” (Le partage des bénéfices, 1966).
Condición del éxito escolar, el capital cultural heredado contribuye ampliamen­
te a la “reproducción” de las clases dominantes (ése el título de la obra que dedica
en 1970, con Jean-Claude Passeron, al sistema de enseñanza). En 1979, L a
distinction retoma y sistematiza la teoría de las diferentes especies de capitales
a través de un estudio empírico sobre los estilos de vida: con el mismo ingreso,
el estilo de vida puede variar según se dispongao no de capital cultural. En 1984,
en una perspectiva reflexiva, dedica un libro al mundo universitario, H om o
academicus (aquí vuelve sobre las causas estructurales del mayo de 1968),
continuando su estudio del sistema de enseñanza a través de una investigación
sobre las grandes escuelas que producen la nueva “nobleza de Estado” (1989).
Paralelamente, desarrolla su teoría de la práctica (E l sentido práctico, 1980) que
apunta a superar la oposición entre un objetivismo que reduce a los agentes a
no ser otra cosa que soportes de las estructuras, y la ilusión intelectualista de
la libertad absoluta del sujeto (tema sobre el que volverá en las M éditations
pascaliennes, 1997). L a emancipación de los determinismos pasa, según él, por

:l Rogers flrubaker, “ Social Th eory as H abitus” , en C raig Calhoun, E dw ard L iP u m a y M oishe


Postone ídirs.), Bourdieu. C ritica ! Perspectivas, Cam bridge, Polity Press, p. 212-234.
el conocimiento de los mecanismos de dominación interiorizados por los domina­
dos mismos, como lo desarrolló a propósito de la “dominación masculina” (1998),
en una obra que concluye su teoría de la violencia simbólica. Por último, no ha
dejado de reflexionar también sobre las condiciones de la producción artística,
elaborando, a través de trabajos dedicados a M aneto a Flaubert (Les regles de. l ’a rt,
1992), una sociología de las obras opuesta, nuevamente, tanto a la teoría del reflejo
marxista como ala libertad creadora absoluta, tal como la concebía Sartre, y basada
en una concepción de la autonomía relativa de los campos de producción cultural.
E l mismoha defendido celosamente la autonomía del campo científico, que subyace
a su concepción del compromiso del intelectual.
Por sus compromisos científicos y políticos, Bourdieu se inscribe en la tra­
dición del intelectual crítico a la francesa, que él ha contribuido a redefinir
después de Foucault. M ientras que este último limitó el dominio de la interven­
ción del “intelectual específico” en función de sus competencias, el sociólogo se
esforzó por encarnar la figura del “intelectual colectivo”, que rem ite al modo de
funcionamiento del campo científico, basado en el trabajo en equipo y en la
acumulación de conocimientos, y por poner en práctica un nuevo modo de
intervención política colectiva sobre la base de trabajos científicos, en oposición
al individualismo característico del mundo de las letras donde reina el paradig­
ma de la singularidad.
Su concepción del trabajo científico colectivo y acumulativo se concretó en los
numerosos empi'endimientos que concibió y realizó a menudo en colaboración.
La colección “Le sens commun”, que dirigió en las Editions du Minuit, desde 1964
(año de su elección como director de estudios en la École Pratique des Hautes
Études) hasta 1992, editó sus investigaciones y las de su equipo, compilaciones
de textos sociológicos clásicos (Em ile Durkheim, M arcel Mauss, Maurice
Halbwachs) y obras contemporáneas en los diferentes campos de las ciencias
humanas y sociales que se han vuelto clásicos a su vez: Ém ile Benveniste, Louis
M arin, E rving Goffman, Jack Goody, John Bumperz, W illiam Labov, Richard
Hoggart, Erwin Panofksky, Ernst Cassirer. Este trabajo tuvo su continuación
con la creación, en 1975, de la revista Actes de. la. recherche en sciences sociales,
de dimensiones pluridisciplinarias e internacionales; y luego, a partir de 1996, con
la colección “Liber”, en las Éditions du Seuil. Profesor y pedagogo, hizo escuela.
Habiendo incluido siempre en su actividad científica una reflexión sobre las
condiciones de la transmisión y del aprendizaje, se ocupaba de la formación de
jóvenes investigadores, que consideraba más dependiente del entrenamiento
deportivo que de la acumulación de saberes. Sus cursos en el Collége de France,
desde 1981, dedicados a temas tan distintos como el cuerpo, el derecho, el Estado,
el arte y la ciencia, atraían a un muy amplio público de profesores, de investigadores
y de estudiantes, tanto franceses como extranjeros.

Sabio respetado y admirado en Francia y más allá de las fronteras nacionales,


intelectual célebre, Pierre Bourdieu fue paradójicamente un autor desconocido.
Si el catálogo de los pecados teóricos y de las fallas empíricas que le ha sido

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atribuido presenta aspectos tan monótonos es sin duda porque su obra habrá
permitido reunir en un mismo frente a todos aquellos que han percibido en ella
una amenaza para la concepción que se hacen del trabajo intelectual y para la
posición que creen ocupar. En una época en que, con los medios masivos en el
papel de árbitros, es mejor priorizar lo singular antes que lo colectivo, el in­
dividuo antes que el grupo, el sujeto antes que las leyes, la persona antes que
los mecanismos, la libertad antes que las determinaciones, la iniciativa antes
que las restricciones, las diferencias antes que las desigualdades, lo particular
antes que lo universal, lo mundial antes que lo regional, el cambio antes que la
reproducción, un autor como Bourdieu estaba predispuesto a ser tomado como
blanco por semiconocedores y semiexpertos que, sabiendo seguramente de qué
lado es preciso estar, se apuran por rem itir al lado malo a aquel que hay que
superar para acceder al estatuto de un pensador victorioso respecto de las malas
inclinaciones encarnadas por el autor a superar. Era necesario entonces que
Bourdieu fuese duro como el granito para acordar a tantos pretendientes los
beneficios de la originalidad, de la imaginación, de la au daciaydela flexibilidad.
Entre los críticos, será preciso distinguir aquellos que dependen de opciones
filosóficas, por no decir metafísicas, de aquellos que aparecen, al menos en
primera instancia, justificados por la argumentación científica. ¿Se sabe bien lo
que se dice cuando se reprocha a un sociólogo convicciones “ deterministas”? Es
casi molesto tener que recordar que el determinismo no implica en sí mismo
ninguna toma de posición en cuanto a la naturaleza de las hipótesis que pueden
ser utilizadas en el trabajo de investigación. Como señala Jacques Bouveresse,''
bajo ese término, que no es más que la simple expresión del principio de razón,
se utiliza un método que el investigador está obligado a adoptar para continuar
trabajando, algo que puede hacer siempre que los fenómenos se consideren
inteligibles y estén sometidos a regularidades, y que tanto su aparición como sus
características estén fundadas en causas analizables y determinables. Pueden
reprochársele a Bourdieu muchas cosas, de no hacer soñar tal vez, pero su
determinismo no es lo que lo distingue de otros representantes de las disciplinas
científicas, y sería bueno temer en cuenta lo que le es imputable y lo que viene
a ser de las ciencias sociales.
Así, la noción de habitus, asociada tan a menudo a una causalidad rígida, es
la forma que toma en Bourdieu el intento de explicar la regularidad de las
prácticas observadas en un mismo agente, en un grupo de agentes, etc. Para él,
es una solución más satisfactoria que otras, “objetivistas” o “subjetivistas”, pero
el hecho de que haya un principio generador de prácticas no implica que sea
simple, uniforme y homogéneo en todos los agentes, ni que los productos del
habitus también sean simples, homogéneos y uniformes. Una lectura incluso
somera muestra que Bourdieu no ignoraba las tensiones internas de un agente
ni los diferentes “mercados” en los que un mismo agente puede tener que actuar
y existir. Paradójicamente, nada revela mejor un sistema de disposiciones que

4 Jacques Bouveresse, B ourdieu, savaril et p olitiqu e, M arseille, Agone, col. “ Banc d’essai” ,
2003, p. 37-40,

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las situaciones que, al salir de lo común, incitan a los agentes a una “im provi­
sación regulada”, es decir, a una búsqueda de respuestas apropiadas a pesar de
la ausencia de modelo y de precedente: incluso en casos así se manifiesta mejor
el dominio de una práctica. E l virtuoso (en la religión, en el arte...) es aquel que
parece desviarse de las reglas imponiendo a la vez nuevas posibilidades. N ada
es más libre en apariencia que una práctica inspirada sólo por el habitus, cuando
basta remitirse alo que de ella se siente oscura y casi inexorablemente. Por ello,
las cuestiones de gusto evocadas en su libro La distinction tienen, para Bour­
dieu, una importancia tan grande. El gusto es ese aspecto del habitus en el que
se expresa mejor el doble efecto de las determinaciones exteriores y de su
disimulo bajo la forma de elecciones espontáneas que escapan al cálculo, e
incluso al principio de realidad. L a atracción o repulsión por objetos (obras
culturales, consumos alimenticios, mobiliarios, amigos...) simbolizan una ma­
nera singular de ser en el mundo social que condensa una suma de experiencias,
de emociones, de afectos, de hábitos motores o sensitivos hundidos más allá de
la conciencia, en el cuerpo, la sensación, el sentimiento. Pocos sociólogos se han
arriesgado tanto a objetivar lo que es, hasta tal punto, íntimo y a hacer de esa
objetivación una dimensión esencial del conocimiento sociológico. Nos pregun­
tamos qué habría sido necesario que Bourdieu hiciera para escapar a los
estigmas del objetivismo y del sociologismo: no ignorar a los “ sujetos”, sino
mostrar, a través de unainfinidad de análisis precisos y matizados, hasta dónde
el poder de un estudio propiamente sociológico puede llegar.
¿Era Bourdieu un sociólogo sólo de la “reproducción” , ciego al cambio, sea
colectivo o individual? El malentendido aquí es del mismo tipo que aquel que
concierne al determinismo. Tres cuestiones se encuentran a menudo confundi­
das. La prim era es la de la inteligibilidad del cambio: el sociólogo puede postular
la posibilidad de dar cuenta del pasaje de un estado del mundo a otro sin recurrir
a metáforas vitalistas o cosmológicas ni ceder a la mitología del surgimiento
puro. Irrisoria es la solución que consiste en distinguir cambios menores con­
cedidos a la sociol ogía común y un gran cambio planetario que dem anda recursos
a la medida del acontecimiento. La última cuestión es la de las hipótesis
utilizadas para explicar una transformación: hay en la obra de Bourdieu una
multitud de estudios empíricos que ponen enjuego diversos instrumentos, pero
es seguro que nunca consideró incompatible la descripción de tendencias re­
productivas con la investigación de tendencias contrarias, como lo muestra su
teoría de los campos, que es una teoría de las transformaciones de un universo
social fundamentalmente dividido -un “campo de luchas” (algunos llegan,
además, a reprocharle ver “luchas” por todas partes)-. Por ejemplo, el sistema
escolar asociado tan a menudo a la idea mecánica que suele hacerse de la
reproducción en Bourdieu: se caracteriza por una inestabilidad estructural
puesto que el acceso a las posiciones superiores para los hijos de las clases
superiores es de orden estadístico (y no “mecánico”) y que la correspondencia
entre los títulos escolares y las posiciones sociales no está determinada de una
vez para siempre, lo que tiene como efecto, entre otros, suscitar posiciones

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blandas, luchas de clasificación, “reformas” de la Escuela, etc. La tercera
cuestión es la de la preferencia que la sociología de Bourdieu habría manifestado
hacia la “reproducción", dejando el campo de la “producción” a otros más
sensibles a la novedad, la mutación, el futuro. En este punto, el malentendido
refleja muy amenudo una representación mediática de lo que cambia (las clases,
las familias, los jóvenes, las empresas, las necesidades... no son más como
antes). Conservando su sangre fría, un sociólogo se dedica, en principio, a
describir lo que es, sin buscar ubicarse en la vanguardia de la modernidad,
descifrar signos inéditos y decretar que nuestros instrumentos intelectuales se
han vuelto caducos. En cuanto a la evaluación de la parte respectiva de lo que
cambia y de lo que no cambia, no es un asunto de preferencia individual sino de
investigación empírica: puede juzgarse, a partir délos datos estadísticos o de las
entrevistas, el grado de permanencia de las características de tal universo social
sin olvidar que, a veces, el cambio aparente puede cubrir modos de conservación
que apuntan a preservar el capital (social, cultural) de un grupo ofreciéndole
nuevas oportunidades en terrenos hasta entonces no ocupados.5
Ninguna empresa científica es infalible; y en cualquiera de ellas podrán
observarse olvidos y silencios. Pero al lado de eso, ¡cuántas realizaciones efec­
tivas, cuántos trabajos en construcción, programas y esbozos! Si la sociología de
Bourdieu es una empresa abierta, abierta a las disciplinas, a competencias muy
diversas, es porque ella abarca menos “teorías” que un modo de trabajar que
podría convertirse para el bien de todos en ciencias sociales.
Ni testimonio, ni panorama de textos y de tesis, ni ejercicio de glosa, el
presente libro propone estudios sobre la génesis de la obra y el uso de ciertos
conceptos (habitus, campo, clases sociales, illusio, reflexividad, etc.), sobre su
contribución a la renovación de las problemáticas en los diferentes terrenos
explorados (educación, derecho, literatura, filosofía, sociolingüística, ciencias),
sobre los compromisos científicos y políticos del sociólogo y su recepción en los
medios intelectuales, periodísticos y políticos.

5 Sobre el análisis del cambio, véanse las reflexiones de Robert Boyer, “L ’anthxopologie
économique de P ie rre Bourdieu”, Actes de la recherche en sciences sociales, 150, diciem bre de
2003, p. 65-73.

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GÉNESIS
VOLUNTADES DE SABER
BOURDIEU, DERRIDA, FOUCAULT
Louis Pinto

Ciertos autores contemporáneos han sido reunidos bajo el término “pensamien­


to de la sospecha” , bien común presumido de intelectuales que accedieron a la
notoriedad en los años ‘60 bajo los emblemas de Marx, de Nietzsche y de Freud.
Ese término, no más que otros, como “posmodemismo” u “holismo” , no habría
sido reivindicado por la mayoría de aquellos a los que se le ha atribuido: impuesto
al modo de un eslogan, sobre todo por adversarios universitarios, espiritualistas
o humanistas, preocupados por garantizar la transparencia del sentido y de la
conciencia, desvía de la comprensión de las apuestas intelectuales efectivas
contrarias de los agentes dotados de recursos diferentes.
Para escapar a los artefactos y a los artificios de una historia de las ideas tan
im aginaria como arbitraria, no hay otro medio más que intentar reconstruir el
estado del campo intelectual y teórico de esa época y, de este modo, el horizonte
de problemas, de programas, pero también de humores, de reticencias y de
rechazos que los contemporáneos compartirían hasta cierto punto. M ás que
atribuir a los miembros de toda una generación una acritud algo atrabiliaria
hacia la tradición -d e acuerdo al viejo tema del intelectual que critica todo,
incluso lo más sagrado-, es necesario recordar más prosaicamente que. durante
los años de aprendizaje, esos intelectuales debieron confrontarse con los que
ocupaban posiciones establecidas, quienes les ofrecían como toda perspectiva, ya
sea hacer una tesis de historia de la filosofía, ya sea perpetuar durante algunos
años la cultura herética en vías de consagración, marcada por una combinación
retórica de H egel y de Husserl.1Este doble rechazo es evocado retrospectiva­
mente por M ichel Foucault: “En ese panorama intelectual mis elecciones
maduraron: por un lado, no ser un historiador de la filosofía como mis profesores
y, por otro, buscar algo totalmente diferente del existencialism oV La cuestión,
tanto intelectual como profesional, que se planteaba a los aspirantes a filósofo

1 Sobre las transform aciones de la universidad en los años sesenta, véase P ie rre Bourdieu,
H o m o a ca d em icu s, P arís, M in u it, col. “ L e sens commun” , 1984. [V éan se las referen cias
bibliográficas de las obras de Bourdieu en español en “Referencias bio-bibliográficasM
2 M ichel Foucault, “Conversazione con M ichel Foucault” , entrevista con D. Trom badori, II

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en los años ‘50 era saber en qué medida ellos podían reconocerse en los pro­
fesores directores de tesis eminentes, tales como Ferdinand Alquié, M aurice de
Gandillac, Jean Hyppolite, Paul Ricoeur, Jean W ahl, que concentraban en sus
manos las posibilidades de éxito en la universidad. No es la “sospecha” lo que
los inspiraba, sino más bien una incredulidad frente a los ejercicios escolares,
con los resultados conocidos de antemano (el triunfo de la conciencia), cuyas
palabras clave eran la experiencia, la reflexión, la dialéctica, el hombre y todo
tipo de nociones claramente delimitadas que esperaban ser conciliadas en una
síntesis previsible (la conciencia y el cuerpo, el yo y el otro, la violencia en la
historia...).3 Deseo de abrir la puerta, de extrañarse, de aventurarse en una
filosofía que viaje, de instruirse. Ahora bien, la revuelta contra los dominado­
res, no lim itada a una simple crítica al conformismo y a las rutinas, tomó por
blanco, del modo más radical, los principios mismos de la definición institucio­
nal de la práctica filosófica, revistiendo en algunos de los que ingresaban al
campo la forma intelectual de una deconstrucción de presupuestos de las
producciones académicas o, mejor, de la autoridad del saber como form a de
autoridad social.
Si la comparación de autores a la vez cercanos y bien diferentes como P ierre
Bourdieu, Jacques Derrida y Michel Foucault tiene algún interés, además de
escolar, es mostrar que cada uno de ellos encarna un modo de salir de las vías
de la ortodoxia universitaria. Sus trayectorias atípicas piden ser pensadas en
el seno de una combinatoria en la que se trata de hacer variar, en relación con
la pendiente de la trayectoria, la relación con la cultura y la relación con la
filosofía, disciplina de origen, que contiene a la vez autoridad y censura
intelectuales. En la medida en que los individuos considerados no pueden
unirse u oponerse bajo el conjunto de las relaciones, puede situárselos no en
un solo eje sino, como se verá, en un triángulo cuya cúspide tiene en común con
los otros dos una parte de sus propiedades. Foucault y Derrida tienen en común
al menos la pertenencia disciplinaria, Bourdieu y Derrida un origen social
modesto, Foucault y Bourdieu un interés por la investigación empírica, por la
historia cultural y la historia social de las ciencias... L a entrada en el campo
intelectual, si es un momento determinante de la trayectoria, no puede sin
embargo revelar completamente lo que allí se encuentra desarrollado, las
pulsiones sociales y las pulsiones intelectuales socialmente condicionadas, más
que en la larga duración biográfica, en particular cuando una fase tardía
favorece la expresión de lo que no podía ser dicho antes.
Las dificultades de este tipo de anáfisis se vinculan en principio con los
lím ites de las informaciones disponibles que implican puntos tales como la

con tribu to, 4- año, 1, enero-m arzo de 1980, reeditado en M ichel Foucault, D its et écrits, París,
G allim ard, 1994, tomo 4, p. 48; sobre esta cuestión, véase Louis Pinto, “Foucault avant Foucault
Psychologie e t sciences de l ’hom m e”, en G érard M au ger y Louis Pinto, L ire les sciences sociales,
vol. 3, París, Hermés/Sciences, 2000, p. 116-122.
;i Sobre la filosofía del curso preparatorio de la École Nórm ale Superieur como m odelo de
excelencia de la nobleza escolar, véanse las evocaciones autobiográficas de P ie rre Bourdieu,
"Confessions im personnelles”, en las M éditatm ns pascaliennes, París, Seuil, 1997, p. 46 y ss.

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relación que se mantiene con el medio de origen y los momentos importantes
en las primeras fases de la trayectoria social e intelectual. Puede decirse que
los datos más pobres son los de M ichel Foucault y los más ricos los de P ierre
Bourdieu; aquellos relativos a Jacques Derrida ocupan una posición interm e­
dia. En efecto, M ichel Foucault aparece por cierto como el más discreto sobre
aquello que perm itiría comprender la formación de su habitus: las raras
informaciones provistas han sido transmitidas en ocasión de entrevistas,
género de menor dignidad, que trata a la vez cuestiones intelectuales y
cuestiones biográficas. Jacques Derrida combina dos tipos de medios de
expresión muy distintos: por un lado, entrevistas donde ofrece las inform acio­
nes a veces anecdóticas que puede ofrecer una personalidad conocida, y por otro
lado, textos donde el discurso sobre sí está integrado a una meditación de estilo
filosófico y donde se esfuerza por sugerir los signos distintivos que, en su
biografía, adquieren sentido gracias a su obra y no tienen valor sino por ella.
En cuanto a P ierre Bourdieu, luego de años de silencio, intenmmpidos aquí y
allí por algunas confidencias en entrevistas o en conferencias, asumió la
elección de hablar de sí mismo en el modo relativam ente sistemático de un
ejercicio de “socioanálisis” . Sin dejar de plantear la pregunta, especialmente a
propósito del campo intelectual, de las relaciones de afinidad entre disposicio­
nes socialmente condicionadas y una posición en el campo, Bourdieu se veía,
de algún modo, interpelado, tomado por la lógica misma de la obra científica.
E l conjunto de textos autobiográficos publicados, varias veces reeditados,
corregidos, ampliados, ha respondido en él a tres exigencias principales. La
prim era es de orden ético: se trata de no exceptuarse respecto de un modo de
tratam iento que concierne a los agentes sociales en general. L a segunda, de or­
den científico, consiste en probar la pertinencia de los instrumentos de análisis
sobre sí mismo, individuo situado a ambos lados de la barrera y, entonces, bien
ubicado para experim entar si la objetivación observada surge o no en la
experiencia interna. L a tercera, de orden propiamente socianalítico, consiste
en comprender aquello que sus propias tomas de posición deben a pulsiones
sociales. Ese proceso bastante insólito ilustra una línea intelectual, o de política
intelectual, que por la virtud del ejemplo tiende a incitar a otros, especialmente
alos especialistas de los discursos de sí, a escapar al narcisismo común y allevar
las exigencias de lucidez colectiva a un nivel superior.
A las dificultades vinculadas al material, es preciso añadir todas aquellas que
se relacionan con la naturaleza del objeto, con la relación circular entre el
registro de las disposiciones y el de las obras, de las tomas de posición (elección
de temas, de método, etc.), y que exponen a riesgos simétricos de intelectuali-
zación y de psicologización, consistentes en partir ya sea de la obra o ya de la
persona. Por último, ¿cómo no evocar la tentación que podría llam arse hagio-
gráfica, de la que soy muy consciente? Es evidente que el presente ensayo está
más en afinidad con el tipo de socioanálisis practicado por Pierre Bourdieu y que
supone varios desarrollos de su sociología de los intelectuales.4 Desde que el
4 Pu ede pensarse en, entre otros, H om o académicas, así como en los análisis que im plican

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principio de una objetivación ofrecida a todos se considera legítimo, no me queda
más, consciente de no haber dicho la última palabra, que in vitar a aquellos a los
que mis análisis no hayan convencido a continuar su proceso a través de
correcciones, de revisiones, o incluso de refutaciones.

E l tr iá n g u lo d e fa c tib le s

Las condiciones de entrada en el campo permiten comprender la relación con el


espacio de las disciplinas y con la filosofía en particular. Es necesario recordar
ante todo lo que aproxima a estos autores. Pertenecientes más o menos a la
misma generación (Foucault nació en 1926, Bourdieu y Derrida en 1930),
dotados de títulos idénticos (E N S [École Nórm ale Supérieure], licenciatura en
filosofía) y de un conocimiento de filósofos eminentes (Foucault escribió sobre
Hegel, Bourdieu sobre Leibniz, Derrida sobre Husserl), han seguido un curso de
aprendizaje muy similar. Se conocieron en la ENS, donde uno de ellos, Foucault,
dictó cursos (seguidos por los otros dos), y han conservado lazos más o menos
duraderamente.
En el espacio de las factibilidades universitarias, cada uno debía esforzarse
por encontrar una vía según ciertas señales que la demarcaban: ¿era necesario
hacer una tesis?; y si era así, ¿en qué campo, sobre qué tema?, ¿con quién? ¿Era
preciso ver a Jean Hippolyte, especialista en Hegel y en filosofía alemana,
director de la ENS, o más bien a Georges Canguilhem, profesor de L a Sorbona,
especialista en historia de las ciencias? Foucault había pensado en temas de
psicología y en temas en la frontera de la filosofía y de la psicología.5 Derrida
había pensado en principio, en acuerdo con Jean Hippolyte, en un tema
fenomenológico, “la idealidad del objeto literario” , mientras que Bourdieu había
considerado dedicarse, bajo la dirección de Georges Canguilhem, a las “estruc­
turas temporales de la vida afectiva” .
L a cultura filosófica los fam iliarizó con el horizonte problemático propio del
medio de los años ‘50, fuertemente marcado por la fenomenología, la corriente
dominante en la época (junto al polo hegeliano-marxista).5 V ivieron el agota­
miento de un programa fenomenológico que tenía por orientación principal la
descripción de la experiencia ingenua y marcada por una falta importante, la in ­
capacidad de la conciencia de fundar la historia de los saberes. Foucault evoca

las “ categorías del entendim iento profesoral” , retom adas en P ierre Bourdieu, L a noblesse d ’ E ta t,
París, M inuit, col. “le sens commun”, 1989, p. 48, respecto de las cuales hay que recordar que
tenían como m aterial copias de filosofía del curso preparatorio.
r' V éase D idier Eribon, M ich e l Foucault et ses conternporaines, París, Fayard, col. “H istoire
de la pensée” , 1994, p. 106 y ss. [M ich e l Foucault y sus contemporáneos, Buenos Aires, N u eva
Visión, 1994.J
® Lotus P in to , “ (Reitraducúons. PM nom étvologie e t ‘pYn\osop\úe aUemande’ en France” , Actes
de la recherche en sciences sociales, 145, diciem bre de 2002, p. 21-33.

18
este punto del siguiente modo: “Para mí, el problema fue planteado en términos
análogos [...]: ¿un sujeto de tipo fenomenológico, transhistórico es capaz de dar
cuenta de la historicidad de la razón?” .7El testimonio de Derrida va en el mismo
sentido: “La preocupación que compartía con no poca gente en esa época era la
de sustituir una fenomenología a la francesa (Merleau-Ponty, Sartre), poco
interesada en la cientificidad y en la epistemología, por una fenomenología más
inclinada hacia las ciencias” .8 L a fenomenología parecía desprovista en un
campo filosófico donde el marxismo y la epistemología de tipo bachelardiano
creían, en varios sentidos, situarse en el terreno de la génesis, del devenir y de
las transformaciones. Ahora bien, la apuesta de la cuestión de la “historicidad
de la razón” no era simplemente técnica, puesto que concernía a la posibilidad de
confrontarse no solamente con cuestiones de psicología sino también con la
diversidad de objetos considerados por las disciplinas científicas.
Si los tres jóvenes intelectuales tenían en común un rechazo a la ortodoxia
académica, sus proyectos se revelaron en principio sensiblemente diferentes.
Uno solo, Bourdieu, se apartó de la disciplina filosófica, no sin resistencias ín­
timas.9A l aceptar someterse a las exigencias de la precisión, como da cuenta de
ello una escritura desprovista de los signos de la distinción literaria cultivada por
tantos de sus contemporáneos, se inclinó hacia el conocimiento empírico de los
agentes sociales, entre los cuales figuran los intelectuales y los académicos. En
Los herederos. Los estudiantes y la cultura (1964), éstos fueron considerados a
partir del estudio de la institución escolar, algo que no poseía nada que atrajera
las simpatías o el interés de los primeros implicados. Luego de su retorno de
Argelia, Bourdieu enseñó sociología en la universidad (París, Lille), luego en la
E P H E [École Pratique des Hautes Études]. Como filósofos, Foucault y Derrida,
a pesar de sus diferencias, han privilegiado los textos a la vez como objetos y
como instrumentos de trabajo. Reconocidos por los filósofos y hechos visibles por
las principales revistas intelectuales ( Critique, Tel Quel), poseían un sentido de
los valores legítimos que se ve en muchos aspectos: el gusto noble de los grandes
autores y de los grandes problemas; una manera muy segura de orientarse en
el campo filosófico, como es claro en la deferencia hacia un profesor como Jean
Hyppolite, especialista en “filosofía alemana” que encarnaba, al menos para
Bourdieu, el academicismo de vanguardia;10la condescendencia hacia las cien­
cias del hombre y, en particular, la sociología, cuyo nombre está casi ausente de
sus textos (esta disciplina era despreciada por los jóvenes de esa generación,
incluido Bourdieu).11Por último, utilizaron la literatura como arma de subver­

7 M ichel Foucault, “ Estructuralism e et poststructuralisme. Er.tretien avec G érard R au let” ,


Telos, X V I (55), prim avera 1983, reeditado en M ichel Foucault, D its et écriis, op. cit., p. 436.
8 Jacques Derrida, “E ntretien” , en Dom inique Janicaud, H eidegger en Frange, volumen II:
E ntretiens, París, A lb in M ichel, 2001, p. 93.
9 “Y o me pensaba como filósofo y me lom ó mucho tiem po confesarme que me había vuelto
un etnólogo”, P ierre Bourdieu, “ Fieldw ork in Philosophy” , en P ierre Bourdieu, Choses dites,
París, M in u it, col. “L e sens commun” , 1987, p. 16-17.
10 Sobre Jean H yppolite, véase P ierre Bourdieu, Horno acackimiciis, op. cit., p. 124-125.
11 Pierre Bourdieu, Choses dites, op. cit., p. 15.

19
sión legítima, contribuyendo con ello a la consagración filosófica de Blancbot y
de Bataille y a la invención de un género híbrido, la literatura con ambiciones
teóricas. Además de los beneficios de la legitim idad cultural, estos filósofos
podían encontrar, en el acceso al campo literario, el encanto de una forma de elo­
cuencia y de un amor a las palabras más o menos disimulado detrás de
“conceptos” impresionantes e indecisos (el límite, lo imposible, la muerte...). Por
comparación, es notable que Bourdieu nunca haya sucumbido a la tentación de
mezclar la creación y el comentario, el amor al texto y la exploración de cues­
tiones esenciales y fundamentales. Cuando quiso dedicarse a la literatura, fue
en principio a partir de un programa de trabajo que quería situarse en los lím ites
de la razón científica, como da cuenta de ello su artículo “Campo intelectual y
proyecto creador”, publicado en 1966, en Les temps modernes.
En el seno de la disciplina, Foucault y Derrida inventaron dos maneras de
explorar los lím ites del campo filosófico. El primero se inclinó hacia objetos
“exóticos”, extraños o no habituales - la locura, la enfermedad...-, apoyándose
más en los recursos de la investigación histórica que en los del análisis
conceptual: marcado, como Bourdieu, por la enseñanza y la obra de Canguilhem,
se enfrentó a los saberes positivos (psiquiatría, psicología). También conoció
micialmente un período de exilio lejos de París y de la Sorbona: luego de dos años
en la fundación Thiers, aceptó un puesto de agregado cultural en Uppsala, lue­
go en Varsovia, antes de enseñar en Clermont-Ferrrand y en Túnez. En cambio,
el joven Derrida aparece como aquel que se inclinó más bien hacia valores
relativam ente seguros de la tradición filosófica (Husserl, Hegel, Platón, Rous­
seau, Heidegger..., Nietzsche, más tarde), al punto de ocupar una posición un
poco aislada en una coyuntura marcada por la expansión de las ciencias del
hombre. A l evocar su relación con el estructuralismo, D errida señala la
distancia que lo separaba de sus contemporáneos: “Tenía a la vez mucha
simpatía e interés por lo que sucedía allí y al mismo tiempo tenía la impresión
de que el concepto de escritura que me interesaba era ignorado, desconocido o
no era tenido en cuenta por esos grandes discursos” .12 M ientras que las
perspectivas de futuro eran imprecisas, su horizonte en los años 1960 continua­
ba estando dominado por la fenomenología y Heidegger, al que quería dedicar
un libro. Aunque habría querido hacerse ilustre en un genero de lectura original
que subvertiera el estado del arte, parece no haber encontrado dificultad en
imponerse como un comentador minucioso con el reconocimiento de ilustres
patrones universitarios tales como Hyppolite, Gandillac, W ahl, Ricceur... como
también Foucault. Los cargos que ocupó, luego de una estadía en Argelia, dan
cuenta de que el profesor titular respondía a las expectativas de los guardianes
de la institución escolar -curso preparatorio para la E N S en Mans, L a Sorbona,
el C N R S [Centre National de la Recherche Scientifique],13y por último la ENS,

12Jacques Derrida, “A voix nue” , en Jacques Derrida, S u r parole. Instantanés philosopkiques,


L a Tour-d’aigües, Editions de l’Aube, 1999, p. 22. [¡P a la b ra ! Instantáneas filosóficas, M adrid,
T rotta, 2001].
13 De hecho, una vez que hubo ingresado, renunciará para ir a la ENS.

20
donde fue beneficiado por el aval de Hyppolite y de Althusser. Derrida no dejará
esta última institución, donde tenía un cargo de profesor adjunto, sino en 1984,
para convertirse en director de estudios en el EH ESS [École des Hautes Études
en Sciences Sociales]. De todos modos, Foucault es aquel que, al menos exte-
riormente, parece haberse ajustado mejor a las exigencias académicas: es el
único que defendió una tesis a la edad de treinta y cinco años.
Aun muy diferentes en varios aspectos, las disposiciones intelectuales de los
tres filósofos heterodoxos parecen caracterizarse por una relación desdichada y,
hasta cierto punto, reflexiva respecto de la cultura, que los desviaba de con­
vertirse en homo academicus. Con carreras universitarias en diversas institu­
ciones marginales aunque prestigiosas (tales como ENS, E PH E , Collége de
France), estuvieron alejados de lo que Bourdieu llamaba el polo temporal del
campo universitario (jurados de concursos, comisiones, dirección de tesis,
presencia en las revistas académicas...).

M o d a lid a d e s d e la a m b iv a le n c ia

U na vez indicadas, de modo sucinto, las características de las posiciones


ocupadas en el campo filosófico, podemos intentar describir la forma de libido
sciendi, de voluntad de saber, que definió las disposiciones intelectuales de cada
uno de los autores considerados, teniendo en cuenta que a través de la compa­
ración pueden ser mejor comprendidas y, así, sustraídas a la lógica académica
del comentario.
H ijo de un gran médico que pertenecía a la burguesía de provincia, donde la
religión católica estaba muy presente, Michel Foucault estaba dotado del origen
social más elevado. Poseía, desde la escuela secundaria, los rasgos distintivos del
heredero legítim o prometido a un brillante porvenir intelectual - la seguridad,
la facilidad verbal, la distancia respecto del rol del intelectual m anifestada a
través de una actitud a veces burlona-. Maurice Pinguet, que entró a la E N S
algunos años después que él, evoca a un “joven reidor, de gestos vivos” , que tenía
“un visible placer en conversar, en explicarse con esa voz un poco metálica, con
palabras muy claras” y que “ya era célebre [...] por su fuerza de trabajo, por la
vivacidad de sus réplicas, por la expresión siempre franca, a veces cortante, de
sus opiniones”.14Michel Foucault parecía poseer las disposiciones propias de una
posición dominante, como lo sugiere la modalidad imperiosa de sus tomas de
partido: “Los matices y las sutilezas podían seducirlo, pero ni las concesiones ni
los compromisos. L e gustaban las fórmulas brillantes, los juegos de palabras L...J
nunca lo vi ofendido, ni siquiera indiferente. Pero era impaciente” .1STodos estos

14 M au rice Pinguet, “Les années d'apprentissage” , L e Débat, 41, septiem bre-noviem bre de
1986, p. 122.
15 Ibíd., p. 123.

21
rasgos, indudablemente, han marcado a Michel Foucault, como habrá podido
juzgarse más tarde por su modo de expresarse, con una elocuencia neta y
elegante, una sonrisa calma y un poco distante, con esos movimientos amplios
de los brazos y de las manos...
De todos modos, ese joven aparece como un dominador contrariado. En los
escasos testimonios sobre su infancia, puede hallarse la expresión de una
incomodidad con las ceremonias, las representaciones, las conveniencias: “Pasé
mi infancia en un medio pequeño burgués, el de la Francia provinciana, y la
obligación de hablar, de conversar con las visitas era para mí algo a la vez muy
extraño y muy molesto. Muchas veces me pregunté por qué la gente tenía la
obligación de hablar”.16 Frente a la “obligación de hablar” , en un medio que
estaba lejos de ser solamente “pequeño burgués” , Foucault reivindica la prerro­
gativa de callarse, de callar ciertas cosas íntimas, prerrogativa que difícilmente
no puede no ponerse en relación con la homosexualidad (o con una manera de
vivirla). Foucault experimenta un contraste insoportable entre la charla im ­
puesta por los otros y el derecho al silencio. Este heredero decepcionado rechaza
ser médico, pero también ser un profesor de filosofía según los modelos
académicos.
L a contradicción entre lo oficial y lo oficioso, vivida con sufrimiento en los
años de aprendizaje (en la ENS, en particular), está en el origen de la am­
bivalencia de Foucault respecto del mundo de la cultura, que se expresa en la
oscilación entre respeto y revuelta. Por un lado, se inclina a recoger de la E N S
las gratificaciones de aquellos que se sienten en armonía con sus valores y sus
clasificaciones: “cuando tenía dieciséis o diecisiete años, sólo sabía una cosa: la
vida en la escuela era un ambiente protegido de las amenazas exteriores,
protegido de la política. Y la idea de v ivir en un ambiente de estudio, en un medio
intelectual, siempre me ha fascinado”. Como otros elegidos, Foucault halló en
la escuela el medio de ponerse a distancia de las presiones de la vida social: “El
saber, para mí, es lo que debe funcionar como aquello que protege la existencia
individual y lo que permite comprender el mundo exterior” .17 En el Foucault
erudito, lector asiduo de la Biblioteca Nacional, había algo de un soñador
realizado. Por otro lado, no fue un estudiante feliz y realizado a pesar de todos
sus triunfos: su experiencia de la época estuvo marcada por la depresión, el
alcohol, una tentativa de suicidio, la proximidad de la locura. L a creencia en los
modelos ofrecidos por la institución no era suficientemente intensa o exclusiva
para llevarlo a aceptar las renuncias que ella impone: “incluso si me repugna
decirlo, es cierto que no soy lo que se llama un buen universitario. Para mí, el
trabajo intelectual está vinculado a lo que usted definiría como una forma de
esteticismo, y eso lo entiendo como la transformación de sí” .18 Rechazando el
modelo académico del religioso, el joven Foucault tendió a explorar una vía

M ichel Foucault, “ U ne in terview de M ichel Foucault avec Stephen R iggin s" (prim era
publicación en Ethos, 1 [2], otoño de 1983), en Michel Foucault, D its et écrits, op. cit., p. 525.
17 Ibíd., p. 529.
,H Ibíd., p. 535.

22
cercana al modelo del artista, según el cual la obra es concebida como in-
disociable de lo que más tarde llam ará la “inquietud de sí”. V arias elecciones de
juventud, de orden político, intelectual y literario, se inscriben en esta postura
anticonformista - e l marxismo, los pensadores de los lím ites y de las experien­
cias límite, la predilección por autores marginales o malditos (Sade, Nietzsche,
Bataille), sin hablar de una cierta propensión al dandismo-.
Resulta de ello un placer específico ligado a la distancia del rol del intelectual.
El esfuerzo por escapar de las posiciones más probables, las del espacio social (el
burgués, el profesor) como las del campo intelectual (el comentador, el historia­
dor, el filósofo, el artista), se expresa con evidencia a través de un modo de
desafiarlas clasificaciones, las identidades asignables, la objetivación, y de cul­
tivar el secreto, la disimulación, la máscara...19 Manera sutil de rehuir a las
determinaciones, la búsqueda de la personalidad lleva a hacerse, o a decirse,
impasible, serio, rígido, “aburrido” : “No sé darm eni dar a los otros esos placeres
intermedios que hacen la vida de todos los días [...] Es la razón por la que no soy
ni un ser social ni un ser cultural; es lo que hace de mí alguien tan aburrido en
la vida cotidiana. V iv ir conmigo, ¡qué aburrimiento! [...] mi vida personal no
presenta ningún interés”.20Sólo las crispaciones de mal humor donde se revela
el descontento de estar encerrado en una identidad determinada y previsible
podían a veces oponerse al deseo, tan intenso en ciertos momentos, de usar el
encanto y el misterio.
Por el hecho de esas inclinaciones sociales e intelectuales contradictorias, el
saber pudo aparecer ya sea del lado del silencio, del estudio, de la soledad, del
“sí”, ya sea del lado de la charla, la indiscreción, la fractura, del “caso” (médico,
psicológico...). Esta ambivalencia está en el origen de la relación de Foucault con
la filosofía: por una parte, no cree ya verdaderamente en esa disciplina de la cual
se aparta algo para dedicarse a la psicología, a la lectura de Dumézil, a la
investigación histórica, pero, por otra parte, no puede escapar a aquello que, a
pesar de todo, la distingue entre todas, su encanto o su prestigio. La vía
intelectual progresivamente inventada tenía un estatuto ambiguo, a medio
camino entre el saber positivo y el cuestionamiento filosófico. Como dice
Maurice Pinguet, “se pensaba filósofo sin creer en la filosofía” .21 L a mezcla
íntim a de proximidad y de lejanía hacia la disciplina le permite jugar de dos
maneras opuestas con el uso del encanto o del carisma. La primera, en la
tradición de los autores más prestigiosos, es el hechizo del gran estilo, del re­
pertorio del enigma, del misterio (de lo cual da cuenta el uso frecuente del
término “extraño”), y un uso casi lúdico de la erudición. La segunda, fiel al rol
crítico del intelectual, es el desembrujo, por el saber histórico-filosófico sobre el

En una sección de entrevistas de Le M onde (6 de abril de 1980), Foucault habia tom ado el
rol anónim o del “filósofo enmascarado” ,
'¿u M ichel Foucault, “U ne in terview de M ichel Foucault .” , op. cit., p. 534-538. L a sobriedad
elegante que caracteriza sus guscos en m ateria de vestim enta se opone a la gravedad austera
de los profesores (saco oscuro, corbata) como a la elegancia discretam ente bohemia de aquellos
que tienen la idea de “vestirse como un intelectual".
21 M aurice Pignet, “Les années d’apprentissage”, art. citado, p. 128.

23
loco, el vivo, el criminal... que, detrás de las palabras grandiosas de las visiones
paternas, oficiales, filosóficas, nos muestra los pequeños dispositivos, las “es­
tratagem as”, las “astucias” con que está hecha la historia. Una misma figura, la
de Nietzsche, pudo reunir esos dos aspectos, y estaba asociada para Foucault
tanto a una exploración grandiosa de los límites como a un conocimiento
liberador.22
La curiosidad, virtud tan importante para Foucault, es una forma muy
particular de libido sciendi. A l cuestionar la adhesión a las apariencias y a las
palabras oficiales, públicas, y al someterlas a interrogaciones radicales, (¿por
qué el discurso, la disciplina, el saber, antes que nada?), ella permite sublimar
por la ciencia la necesidad intensamente sentida de escapar al orden simbólico
y a las identidades cerradas, y calmar con ello el conflicto entre una serie de
oposiciones, lo personal y lo impersonal, el conocimiento y la creación, la
voluntad de saber y el rechazo de ser objeto de saber, la volubilidad de la eru­
dición y el gusto por silencio. A la vez cercano y distante del tem a que enuncia,
no se confunde con las pasiones investidas en el conocimiento objetivo: “U n libro
sistemático que pondría en obra un método generalizable o que daría la
demostración de una teoría portadora de enseñanzas. Mis libros no tienen
exactamente ese valor. Son más bien invitaciones, gestos hechos en público” .2:i
En suma, la curiosidad, alianza muy sutil de saber y de búsqueda de extraña­
miento, es esa pasión que ha permitido a Foucault suscitar rupturas, tomar las
figuras del erudito, del filósofo, del escritor, y no perderse en ninguna de ellas.

En contraste con este intelectual dotado de una herencia cultural alta,


Bourdieu y Derrida tenían en común, como provincianos de origen relativam en­
te modesto, ser parte de los dominados: el primero, procedente de Bearn, es hijo
de un pequeño funcionario del correo, de origen campesino; el segundo, judío de
Argelia, que llega bastante tarde a París, es hijo de un agente de comercio de una
empresa de vinos y bebidas alcohólicas. En estos individuos, la dependencia
respecto de la E N S se traiciona en una cierta vergüenza cultural cuya experien­
cia paradigmática está constituida por el rechazo de un acento juzgado feo y
vulgar. E l éxito escolar acrecentó la tensión entre el medio de origen y el medio
de destino. Excluidos del mundo de los herederos y rechazando el destino de
religiosos de institución tuvieron que definirse poco a poco a través de un juego
muy complejo de evitaciones, de rechazos, de innovaciones y contra una serie
de alternativas salidas de la oposición entre un polo dominante y un polo
dominado. A diferencia de los aspirantes de origen burgués que en su juventud
sentían la tentación de recurrir a las formas radicales del compromiso político
entonces asociadas al Partido Comunista Francés, los más aptos para mantener
lailusión de la indeterminación social no buscaron, durante los años en la ENS,
ponerse del “buen lado”, rechazando con ello, sin duda, tener que pasar sus

Ti Sobre este punto, véase Louis Pinto, Les Neveux de Zarathoustra. La réeeptwn de Nietzsche
en F rance, París, Seuil, 1995, p. 134 y ss.
M ichel Foucault, “Converzazione con M ichel Foucault”, op. cit-, p. 46-47.

24
pruebas en ese terreno o, como los hijos de los burgueses, de redim ir su origen
a través de negaciones sorprendentes.
Derrida, que habla de su “idiosincrasia un poco temerosa”, aparece en el
universo escolar como un intruso intimidado, si no aterrorizado: “puedo decir
que la escuela ha sido un infierno para mí. Fue verdaderamente traumática.
Lloré cada vez que había que volver a la escuela hasta la edad de 13 ó 14 años..
Evocando lagunas en matemáticas, en historia, en latín, en griego, se presenta
como un alumno esforzado (salvo en francés), que tuvo que soportar todo tipo de
ansiedades escolares y culturales: “En el liceo, yo era ‘bueno en el conjunto’; iba
bien en francés, a partir de cierto momento, pero con muchas inquietudes y
fragilidades [...] En el liceo, era muy desigual, siempre me sentía en falta”. El
sentimiento de inseguridad pudo ser reforzado por fracasos (uno de ellos en el
bachillerato). Desprovisto de facilidades, este alumno estaba dedicado a compen­
sar con su trabajo los límites de sus aptitudes escolares: “Fue necesario trabajar
muy duro para encontrar un nivel medio en latín”.2,1 Las lenguas antiguas
encarnaron verosímilmente para él la forma culminante de la violencia simbó­
lica. Intim idado por la escuela, este intruso se mostraba, además, fascinado por
la cultura a la que ella le perm itía acceder y, lector insaciable, se proyectaba en
los ejemplos de realización que le ofrecían los grandes escritores.
Pero no era totalmente dócil o pasivo. L a dominación, al no ser ni absoluta
ni homogénea, autoriza, según las situaciones, a inversiones que se basan en
gran parte en una manipulación de las clasificaciones con la que los dominados
consiguen arrancar algunas victorias. Así, si es cierto que los dominadores
tienen como atributos la distinción, la corrección, la seguridad, pueden, en
virtud de una simple inversión de esos mismos atributos, parecer vulnerables
por otros rasgos, tales como la ingenuidad de una visión del mundo normativa,
libresca, reglam entaria. A los dominados les corresponden, por cierto, la
molestia, la vergüenza, la torpeza, pero también armas subversivas como la as­
tucia, la desenvoltura, la ironía y, algo que no dice Derrida,25 el camelo, la
fanfarroneada, la “labia” . L a “labia” , modo un poco desviado de hablar con
autoridad, de simular la autoridad, de sorprender a los timoratos, marca el
esfuerzo de tomar a los dominadores al revés, de quitarles su iniciativa en los
intercambios verbales hundiéndolos bajo palabras, sonrisas, provocaciones
menores que los dejan desconcertados, si no admirados frente a talentos que
ellos no poseen.
Lejos de abandonarse a la docilidad que caracteriza a los casos milagrosos de
la institución, Derrida se sentía dividido en sí mismo, tomado entre dos fuerzas

24 Jacques Derrida, “L ’école a été pour moi un enfer. Conversation avec Jacques D errida” ,
C ahiers pédagogiques, 270, enero de 1989, p. 42.
25 D errida lo sugiere fugazm ente: “sucede que me comparo con un agente de comercio que
se agota al transportar valijas y al ‘vender’ su mercadería en algún mercado académico y cultural”
(Jacques D errida y Elisabeth Roudinesco, D e quoi dem ain... D ia lo g u e , París, Fayard-G alilée,
2001, p. 178. (Y m añana qué..., Buenos Aires, PC E , 2005)J. Sin duda, esta declaración vale en
segundo grado porque la posibilidad de ju gar, como aquí, con el fuego supone las garantías
ofrecidas por la consagración.

25
contrarias que iban en direcciones opuestas, el terror y la atracción, el respeto
y la ironía respecto de los modelos legítimos. Por un lado: “Tenía una relación,
un poco como los colonizados, a la vez intimidado y un poco irónico también, es
decir que en la mentalidad pied -n oir' clásica, lo que venía de la metrópoli estaba
a la vez marcado por el dominio -los maestros están a llá - y la ingenuidad -los
maestros son ingenuos, extranjeros ingenuos-. Había entonces una especie de
ironía respecto de esa cultura que nos enseñaban, que nos inculcaban con todos
los valores asociados... E ra necesario aprender la distinción social que era la de
la metrópolis, era una cuestión de acento, de retórica, de corrección. La
distinción era metropolitana” .26 Por otro lado: “El francés L.-J al mismo tiempo
era aquel que no ha abierto aún los ojos, un crédulo, el que no va a agarrarm e”.27
Esta relación ambivalente con los dominadores permite la coexistencia de
sentimientos opuestos de respeto y de irrisión. A l hablar, bastante más tarde,
de la figura tan prestigiosa de Heidegger, Derrida distingue “dos imágenes de
Heidegger: está la imagen de H eidegger gran pensador y la im agen de un gordo,
pesado, un poco vulgar, inculto en cierto sentido, desde el punto de vista de la
literatura y de las artes”.28 La conciliación de la deferencia y de la revuelta no
es posible sino al precio de una fórmula muy específica de autocontrol que lleva
a algunos dominados aim itar y, a la vez, a minar alos dominadores, a combinar,
a través de una respuesta suave y subterránea, conductas dóciles y conductas
de “crápula” (cuyo modelo aquí está provisto por la práctica juzgada casi perversa
del fútbol que se practicaba en grupos).
Todo un conjunto de prácticas, de gustos, de disgustos, parece tener como
principio la hipercorrección, el trabajo sobre sí, coherente, metódico aunque
parcialmente inconsciente, que apunta a contrarrestar las tendencias espontá­
neas inscriptas en el habitus a riesgo de excederse y de volver aparentes las
huellas del esfuerzo realizado. En la mayoría de las situaciones expuestas al
juicio social y escolar, ha sido necesario controlarse, no dejarse ir. P or esto, el
cuerpo y el lenguaje aparecen como atributos de la persona que, sometida más
que otras a la percepción ajena, han requerido de una vigilancia duplicada: “N o
he dejado de aprender, sobre todo al enseñar, a hablar bajo, algo difícil para un
‘pied-noir’ y sobre todo en m i familia, pero hacer que ese hablar bajo dejara de
parecer la retención de lo que se retiene, apenas, a gran pena retenido por la
esclusa precaria y que anuncia una catástrofe [...] Fui el primero en tener miedo
de mi voz, como si no fuese la mía y en criticarla e incluso en detestarla” .29 El
dominado, dedicado a traicionarse por el esfuerzo de no traicionarse, es espiado
en sus huellas, reconocibles en formas opuestas: por un lado, en la retención, en
la rigidez; por el otro, en la afectación, el preciosismo.

v P ie d -n o ir, francés de A rg elia [N . del T.J.


26 Jacques Derrida, “L ’école a été pour moi un enfer” , ¡írt. citado, p. 42.
27 Jacques Derrida, “’Il n’y a pas le narcissisme’ (au tobiophotographiesf, en Jacques Derrida,
P oin ts de suspensión. E ntretiens, París, G alilée, 1992, p. 218.
Jacques Derrida. “E n tretien ” , en Dom inique Janicaud, H eidegger en France, op. cit., p. 103.
23Jacques D errida, Ta tnorw linguism e de l ’autre ou la prothése d ’origine, París, G alilée, 1996,
p. 80. [E l m onolingüism o del otro o la prótesis de origen, Buenos Aires, M anantial, 1997.]

26
E l profesor Derrida confiesa que no le “gusta mucho improvisar, salvo en
condiciones muy favorables” (algo que podrá sorprender a muchos de sus
oyentes). Y no se puede sino poner en relación este rasgo con ciertas propiedades
de la postura retórica progresivamente elaborada, como el sentido de las
precauciones, de los preliminares, de los metadiscursos, del estudio interm ina­
ble de las palabras, y el énfasis puesto, bajo los emblemas de lo fundamental, de
lo inédito y de nociones últimas, en subrayar la dificultad extrema de las
cuestiones tratadas, insospechada por los espíritus superficiales.30Esta misma
reticencia a dejarse llevar está sin duda, por una parte, en el origen de la
aversión por el estilo relajado, el tono bohemio en filosofía o en política (el
vitalismo nietzscheano, o el nietzscheísmo de la plebe, el izquierdismo político
a la manera de Lyotard, Deleuze...): “[en 1968] era reservado, inquieto incluso
frente a cierta euforia espontaneísta, fusionista, antisindicalista, frente al
entusiasmo de la palabra por fin ‘liberada’, de la transparencia restaurada, etc.
No creo nunca en esas cosas... [...] N o estaba en contra pero siempre me costó
vibrar al unísono” .31
Si la hipercorrección se manifiesta negativam ente por la autocoerción, toma
de todos modos la forma positiva, más gustosamente reivindicada, de un “gusto
hiperbólico por la pureza de la lengua” que es una forma sutil y suprema de la
relación con los valores legítimos: “[...] Ese hiperbolismo (más francés que el
francés, más puramente francés que lo que lo exigía la pureza de los puristas)
[...], ese extremismo intemperante y compulsivo, sin duda lo contraje en la
escuela”.32Modo de im itar a los dominadores, ese hiperbolismo de la lengua está
marcado por la fascinación, inextricablemente sacralizante y desacralizante, pol­
las palabras, los textos, la tradición. También estuvo en el origen de la atracción
por la literatura, los estudios literarios, las cuestiones literarias, y la escritura
que ha encontrado el medio de satisfacerse en una coyuntura favorable del
campo filosófico, propicio a la atenuación de fronteras: “mi interés más constan­
te, yo diría incluso antes del interés filosófico, si es posible, iba hacia la
literatura, hacia la escritura llamada literaria” .33
Una vez que la tentación de resistir a los valores dominantes, fue contrarres­
tada por el miedo de ser confundido con los dominados ordinarios, no quedaba
otra salida que la rebelión subterránea, corregida, civilizada, estrategia que
consiste en minar, socavar aquello que no se quiere destruir o refutar abierta­
mente. Nada se muestra más revelador que una manera sofisticada, intermina-

“ L a rigidez profesoral es evocada por Foucault que, herido o m olesto por D errida (a propósito
de la interpretación del cogito cartesiano), rem ite a su contradictor a la tradición escolar, la glosa
estrecha del “pedagogo”.
:,J Jacques D errida, “ Une ‘folie’ doit veiller sur la pensée. Un entretien avec Jacques D errid a” ,
entrevista de Franpois Ewald, L e magaziru• littera ire, 286, 1991, p. 23.
32 Jacques D errida, Le m onolinguistne de l'autre..., op. cit., p. 82.
33 Jacques Derrida, “Ponctuations: le tem ps de la thése”, en Jacques D errida, Du d ro it ñ la
philosophie, París, G alilée, 1990, p. 443. [“ El tiem po de una tesis: puntuaciones”, en E l tiem po
de una tenis. D econstrucción e im plicaciones conceptuales, Barcelona, Proyecto A Ediciones,
1997 ]

27
blcmentc perseguida, de escapar a la tiranía de los opuestos. Inevitablem ente,
tiende a constituirse unajerarquía de los modos de subversión en la que las otras
opciones de vanguardia van a mostrarse algo someras o brutales: “El gesto típico
de Foucault consiste en endurecer en oposición un juego de diferencias más
complicado y que se instala en un tiempo más largo. Para esquematizar, diría
que Foucault instaura en rupturas y en oposiciones binarias un abanico de
diferencias más complejo”*4 (ese reproche podría a fo rtio ri estar dirigido a
muchos otros). Esta línea inteligente, muy “trabajada” que, en un sentido,
continúa la política por otros medios, se define por una doble distancia: a la vez
hacia las superaciones intelectuales dominantes, sospechosas de ser desenvuel­
tas y apresuradas, como las de Foucault, y hacia las respuestas dominadas del
repertorio político progresista, que no se trata ni de duplicar ni de recusar. De
este modo. Derrida podrá un día hablar incluso a propósito de Marx. Indiscuti­
blemente dotado, en estado práctico, de un sentido sociológico de las jerarquías
intelectuales, se dedica a develar las relaciones de dominación entre conceptos,
y a deshacer las pretensiones de los términos dominantes del logos filosófico
(presencia, sentido...) permaneciendo a la vez en el interior de ese logon, y
tomando distancia respecto de las revueltas comunes, la apología de los
oprimidos, el llamado a la resistencia o a la insurrección. Para e vitar errores
temidos, era esencial marcar distinciones entre operaciones aparentemente
semejantes: “L a deconstrucción... digámoslo una vez más, no es la demolición
o la destrucción [.... ] La deconstrucción no es simplemente la descomposición de
una estructura arquitectónica, es también una cuestión sobre el fundamento,
sobre la relación fundamento/fundado”.35La deconstrucción pedía ser sustraída
de un registro negativo, reactivo, contestatario, y ser pensada, por el contrario,
en el modo afirmativo y generoso de un placer sin reservas y sin medida: “es
como un éxtasis del concepto, se lo goza hasta el desborde” .3*5D el mismo modo,
nociones como la escritura o la diferencia no deben ser tomadas por términos
bajos, bajamente plebeyos, ligados al conflicto, a la subversión: “mi trabajo se ha
desplegado en una larga puesta en cuestión de todas las diferencias consideradas
como simples oposiciones. Insisto, la différance no es una oposición, ni siquiera
una oposición dialéctica” .37L a dialéctica, noción hegeliano-marxista estrecha­
mente ligada al contexto filosófico de los años ‘50, era el modelo contra el cual
precisamente la diferencia había debido constituirse progresivamente no sin
algunas dudas iniciales.38
La hipercorrección subversiva, vía original inventada por Derrida, refleja la
relación con la autoridad, con la tradición letrada: permite no estar ni dentro
como un guardián del orden, ni fuera como un bárbaro o un necio. De allí la

:u Jacques D errida e t E lisabeth Roudinesco, De q u oi dernain..., op. cit., p. 28.


M Jacques Derrida, “’Il n’y a pas le narcissism e’....”, op. cit., p. 225.
36 Jacques D errida et E lisabeth Roudinesco, D e q u oi dem ain..., op. c it., p. 17.
:i; Ibíd., p. 43.
;l8 Sobre este punto, véase la “ advertencia” de 1990, en Jacques D errida, L e p rob lém e de la
genése dans la phiJosophie de H usserl, París, P U F , 1990, p. VTI. Este texto, publicado más tarde,
era un “diplom a de estudios superiores” .

28
predilección por los temas con estatuto equívoco, “indecidible” (diferencia),
formaciones de compromiso entre revuelta y conformidad, y para los juegos de
palabras y los neologismos, que pueden ser considerados como medios de ce­
lebrar la lengua, incluso por medio de la broma y el chiste. Las audacias de la
vanguardia, lejos de ser una simple transgresión, realizan unaAufhebung de los
primeros amores de juventud: “M i deseo se parece al de un enamorado de la
tradición que querría liberarse del conservadurismo L...J. En los textos ‘decons-
tructivos’ aparentemente encarnizados que he escrito L- .J siempre hay un
momento en que declaro, lo más sinceramente del mundo, la admiración, la
deuda, el reconocimiento y la necesidad de ser fiel a la herencia con el fin de rein-
terpretarla y de reafirm arla sin fin”.39 Esta pulsión es, tal vez, el colmo de la
libido scolastica que, con las separaciones y los desvíos, gana en fantasía y en
libertad. L a consagración de Derrida, vedette internacionalmente conocida y
representante eminente d éla “filosofía continental”, ha favorecido esa relación
apaciguada con la herencia que reactiva emociones antiguas, mezcladas o
reprimid as durante los años de aprendizaj e y de lucha, hasta el punto que incluso
un reconocimiento oficial del Estado como la Legión de Honor no le ha parecido
irrisorio. El heredero improbable, inquieto y fascinado habrá debido diferir y
contem porizar-para retomar algunos de sus térm inos-porque tal era, sin duda,
la condición para ser reconocido como un heredero legítimo.

En P ierre Bourdieu puede descubrirse otra modalidad de formación y de


gestión de un “habitus dividido” que surge, en parte, del tipo de informaciones
dadas por él. “Por un lado, una disposición reacia, especialmente respecto del
sistema escolar, alm a mater con rostros contrastados que, sin duda porque ella
fue el objeto de un apego excesivo, es el objeto de una violencia y constante
revuelta basada en la deuda y la decepción. Por otro lado, la altanería, la
seguridad, incluso la arrogancia del ‘seleccionado’, que se vive como un m ila­
groso hijo de sus obras, capaces de dar cuenta de todos los desafíos”.-'0A sí llegan
a coexistir la tentación de una sobreidentificación con los modelos de excelencia
y la de una autoafirmación paradójica, a la vez fiel y desviada: la seguridad
procurada por la escuela alterna con la revuelta contra ella y la con-tamina, en
una cierta medida.
E l éxito escolar no pudo borrar en el buen alumno el sentimiento de ser un
extraño en el universo de la cultura tal como él la ve, llena de nativos seguros
y de herederos felices. Y cuando declara, a la manera de Rousseau, no amar “en
mí el intelectual” ,'11la expresión de ese malestar apunta a lo que siente como el
otro en sí mismo, la autoridad, el hecho de hablar con autoridad. La lección
inaugural en el Collége de France ilustró el dilema de aquel que, al discurrir
sobre la autoridad, no puede rem itirse simple y serenamente a las “grandezas

:ra Jacques D errida et Élisabeth Roudinesco, D e qu oi dem ain..., op. cit., p. 17.
70 P ie rre Bourdieu, Science de la Science et réflexivité, París, Raisons d’agir, col. “Cours et
travau x” , 2001, p. 214-215.
" P ie rre Bourdieu, M éd ita tion s pascaliennes, op. cit., p. 16.

29
del establecimiento” , a las instituciones, alos grandes ancestros. P ara hablar de
la autoridad con la autoridad, habría debido poder olvidar al padre, tan presente
en ese momento.
Esta prueba de la consagración paradójica, de la que podrá decirse que es
relativam ente tardía en la trayectoria de Bourdieu, ha sido preparada por una
multitud de experiencias precoces cuya acumulación ha terminado por engen­
drar un habitus escolar e intelectual marcado por el desafío y la desconfianza
hacia los valores oficiales de las instituciones. La postura de enfrentam iento es
visible en varios rasgos de juventud, en particular, una manera de resistir
“obstinadamente” a la autoridad, al liceo, al internado y, más tarde, al ejército:
la indocilidad funciona como un punto de honor frente a los guardianes del orden.
Algunos ejemplos de esta postura están en los textos autobiográficos. ¿Quién no
reconocería en el autorretrato de Bourdieu joven los rasgos distintivos del
hombre maduro? Y en principio un modo, tal vez excesivo o desmesurado, de
involucrarse (más que “hablar mucho y hacer poco”) en tareas profesionales
como el trabajo de campo, y en la comunicación oral donde, sensible a la
identidad singular de los colegas, tenía un tono de convicción tan raro en el
mundo de los académicos, donde alternaban esfuerzo sobre sí, escucha amistosa
y risa distendida o iconoclasta. No sería difícil reconocer en el centro de la teoría
una manera de resistir a la autoridad. Y es eso lo que habrá obligado a este
intelectual, para quien las justificaciones de existir no eran evidentes, a
encontrar razones intelectuales para justificarse su existencia como intelectual,
y sobre todo, como intelectual que no ama al intelectual en sí mismo. En suma,
a estar condenado a una reflexividad sin reposo y sin término, único medio
racional de sobrellevar el sentimiento de impostura intelectual.
A l haber tenido que hacer la experiencia, como Derrida, de un corte entre el
yo de origen y el yo de la escuela, Bourdieu no estaba dispuesto ni a contentarse
con la suerte modesta a la que parecía destinado, ni a pagar el acceso al estatuto
de intelectual con el precio del olvido, de la negación, de la represión de los
atributos socialmente indignos. La alternativa heredero / religioso bien podría
haber funcionado como el modelo originario de las alternativas ilusorias que
Bourdieu ha intentado deshacer y desmentir ensus investigaciones: recházalas
variantes escolares de la excelencia, tanto lo “brillante” como lo “serio”, y
deshace las clasificaciones a través de una combinación inédita de rasgos como
la “modestia” y la “ambición”, juzgados indisociables en su trabajo de sociología
(la Crítica, del ju d o de Kan t movilizada en un estudio sobre los museos). Si, al
elegir la sociología más que lafilosofía, corrió el riesgo de rebajarse o de fracasar,
supo hacer de ello una elección positiva “importando a esta disciplina inferior las
ambiciones asociadas a la altura de la disciplina de origen al mismo tiempo que
las virtudes científicas capaces de cumplirlas” .42 El “hecho de investir grandes
ambiciones teóricas en objetos empíricos a menudo muy triviales”,43 era un
desafío, en el doble sentido de rechazo y de proeza buscada. L a aversión por las

42 P ie rre Bourdieu, Science de la science el réflexivité, op. cit., p. 218.


43 Ibíd., p. 216-217.

30
posiciones simétricas que dominan la escena intelectual tuvo por correlato el
placer casi aristocrático de escapar de la percepción, de la mirada, de la opinión,
de la captura: ese aristocratismo dominado, de “rechazo” , a la vez discreto y
orgulloso como el de Canguilhem, distinto tanto del ascetismo aristocrático de
los profesores (en el modelo de Alain o de H eidegger) como del sentido burgués
de las jerarquías, conlleva una suerte de refinamiento que desconfía de los
juegos muy seductores de la distinción intelectual y, simplemente, rechaza
“gustar” cuando sería tan fácil.

H e re n c ia s b a jo in v e n ta r io

A diferencia de Derrida, Bourdieu insiste poco en las emociones culturales de la


-uventud, y prefiere poner en primer plano lo que lo inclinaba a resistir. Una
diferencia tal refleja, en cierto modo, la relación con la herencia cultural que es
difícil no poner en relación con el vínculo con el padre. A partir de los datos
disponibles se pueden esbozar algunas hipótesis. En ambos casos, los padres son
hombres dominados: el de Derrida es descrito como un buen servidor, un poco
dócil, solícito y atormentado;'1'1el de Bourdieu ocupa, en un mundo aún muy
marcado por la preeminencia de los valores rurales, un estatuto subalterno de
empleado percibido por el hijo a través de la mirada condescendiente de los
compañeros de escuela. De una de las diferencias entre esas relaciones padre/
hijo surge la posición del padre en una serie de espacios sociales concéntricos.
En el primer caso, el padre, rechazado y ansioso, había interiorizado el juicio de
un grupo que, por la mediación de las evaluaciones femeninas, se dedicaba a
despreciar a los hombres incapaces de “tener éxito”, y él aparentemente no tenía
otra cosa, nada más secreto para compartir con su hijo que el lamento de ser
incomprendido. En el segundo caso, el padre llegaba, al precio del compromiso
con la fracción dominante que había permanecido amiga de la familia, a con­
servar una suerte de orgullo discreto en el centro de una condición modesta,
recurso moral que pudo servir al hijo para resistir a los veredictos falsos de los
dominadores. Si el hijo no podía abandonarse sin reservas a las alegrías y a las
ilusiones de la consagración escolar, es porque le era necesario contar con una
fuerza oscura y silenciosa, el rechazo paternal de la negación de sí, que le
prohibía buscar hacerse el “señor”, el “ astuto” , el “intelectual” ... P ara Derrida,
tal resistencia a la dominación simbólica era imposible o impensable, como lo
sugiere accidentalmente a propósito de la lengua. Si el francés era percibido, en
la memoria familiar, como una lengua prestada, su alteridad fundamental no se
definía sin embargo en función de una referencia que habría podido ser el árabe
o el judeo-español, puesto que éstos al no ser hablados, practicados, estaban

44 Jacques D errida et Elisabeth Roudinesco, D e qu oi dernain..., op. cit., p. 177 y ss.

31
presentes solamente como posibles abolidos, imprecisos, vacíos, huellas: “Pero
cuando [...] escribo todo el tiempo sobre las cosas que son alemanas, griegas,
francesas, incluso entonces es cierto que tengo el sentimiento de hacerlo desde
otro lugar que no conozco. U na exterioridad desde un lugar que no habito, en
cierto modo”.45 E l éxito escolar, a pesar de o por sus incertidumbres, le procuró
reaseguros inesperados sobre la identidad social, al autorizarlo a la vez a
vincularse a una línea noble; heredero que amaba tanto más la herencia cuanto
que no era evidente, y a vivirse como un “m ilagro”, un elegido venido de “otro
lugar”, de ninguna parte, escapando de toda pesadez y siempre soñando con
ascensiones m isteriosas, herencias halagadoras para captar o para cons­
tru ir con la palabra.
Sería necesario añadir que las figuras paternas48 condensaban, además, las
contradicciones de una historia que no era más que familiar: en un caso, la
experiencia dolorosa de un grupo campesino dividido entre la pérdida de su
integración colectiva y la negación de la pérdida, de un grupo cuyos hijos
rechazados que emigran a la ciudad debían sin embargo saber no mostrarse
ingratos, orgullosos, fascinados por los otros; en el segundo, la tensión, muy
aguda en la pequeña burguesía judía, entre las perspectivas radiantes de la
m ovilidad social (la “Francia” ) y las marcas de esos orígenes de los cuales nadie
se acuerda muy bien, si no es a través de las experiencias de ritos conformistas
y aquellas, más vivas, del estigma.47Cada uno a su manera, Bourdieu y Derrida
pueden aparecer, en suma, como buenos hijos.
Su palabra pide ser referida a la lógica de la trayectoria. Cuando el sociólogo
habla de sí mismo tiene todo tipo de razones “personales” y profesionales para
buscar captar los atributos pertinentes que permiten distinguir y explicar su
posición. El filósofo “deconstructivo” está muy alejado, en lo que a él respecta,
de esas preocupaciones. Como se ha visto, asume el hecho de inscribirse en una
historia donde entran la fascinación, la seducción y el amor: ciertamente, la
consagración habrá favorecido la confesión en un momento en que, como filósofo
reconocido, no tenía nada que perder -p o r el contrario- al expresar el homenaje
hacia esa tradición de la cual aparece públicamente y con brillo como el
“deconstructor” . ¿Rebelde? ¿Fiel? N o podemos más que perdem os en la cuestión
de saber cuál es la verdadera identidad de un pensador que se las ha ingeniado
para ocupar una posición “indecidible” basada en la contaminación de los
opuestos, nueva versión, tal vez, del mito del “intelectual sin vínculos”.48E l so-

45 Jacques D errida, “’Il n’y a pas le narcissisme’....”, op. cit., 219.


16 H a b ría sido deseable hablar tam bién de las madres, algo que no he pasado por alto, pero
los datos son en este aspecto m uy insuficientes y, en todo caso, poco propicios para la comparación
m etódica.
47 H a y que recordar que el antisem itism o colonial que pudo expandirse bajo el gobierno de
V ichy era relativam en te antiguo e im portante.
IS A propósito de la “deconstm cción” que om ite “deconstruir" al “deconstructor”, Bourdieu
escribe: “Incesantem ente en movim iento, aprehensible e inaprehensible, el filósofo sin lu gar ni
m edio, atopos, cree escapar, según la m etáfora nietzscheana de la danza, a toda localización, a
todo punto de vista fijo de espectador inm óvil y a toda perspectiva objetivista [...]; siem pre en

32
.iólogo, tal como él lo concibe, no está dedicado a otra cosa más que aportar una
confirmación suplementaria de los presupuestos “metafi'sicos” inherentes a su
disciplina: la nitidez de las elecciones y de los rechazos intelectuales y políticos
parecería reflejar sobre todo una predilección por la presencia, el presente, lo
propio, lo determinado.
Aun cuando Bourdieu no cultivó lo indecidible y la diferencia, difícilmente
puede ser considerado solamente como un pensador de la oposición y de la
clasificación. Siempre manifestó la mayor reserva hacia las proclamas ostenta-
torias de radicalidad, de las cuales conocía bien el carácter ilusorio y superficial
y, sobre todo, la complicidad profunda que las liga a los modelos que pretenden
derrumbar. Frente a los “adversarios cómplices” que acuerdan la delimitación
deposiciones, Bourdieu rechazaba ser definido por elecciones que recusaba y se
veía llevado a mostrar concretamente todo lo que la alternativa impuesta
representa de pérdiday de renuncia. Si pudo hablar de “doble verdad” ,49objetiva
y subjetiva, a propósito de la práctica del don o bien del trabajo obrero, es porque
rechazaba elegir entre una u otra visión de la realidad, la vaguedad no implicaba
sólo los lím ites de la mirada sino las características de la realidad considerada,
que permanece indecisa tanto tiempo como la coyuntura no imponga cortar en
un sentido (el interés) o en el otro (el desinterés). D el mismo modo, el rechazo,
adolescente, intelectual o burgués, de las determinaciones, es una ilusión
objetivamente fundada y digna de ser tomada como objeto aunque produzca
efectos en el mundo social y en los agentes implicados. N o se trata nunca en
Bourdieu de una toma de partido estética a favor de la equivocidad, sino
solamente del reconocimiento del hecho de que ella pertenece a la realidad.
El alm a mater no tenía solamente un lado “nocturno” . L a revuelta podía
también consistir en buscar el vigor detrás de las fórmulas “ escolares”, la
precisión detrás de la retórica, los matices detrás de las clasificaciones, el afecto
detrás de la impersonalidad, lo “específico” detrás de lo genérico (como da cuenta
de ello el cuidado minucioso de varias descripciones). T al era el “hiperbolismo”
propio de Bourdieu: esa manera de tomar en serio la cultura escolar o es­
colástica, de tomarla en serio hasta el punto de “desviarla” (otra palabra de su
predilección) para otros usos, otras apuestas, otros objetos. Según él, las
revoluciones simbólicas, lejos de ser puramente negadoras o destructoras, se
han cumplido por revolucionarios que disponían de lo que él llamaba el capital:
su desafío está dirigido no tanto contra los dominadores como contra los límites,
las divisiones, las alternativas, las prioridades, las elecciones que impone la
dominación. Pei'o, bajo pena de fariseísmo, ese hiperbolismo sólo podía ser
púdico, tácito, “en acto”, risible solamente para aquellos que quieren ver.

vuelo, tom ador inexpugnable que no renunció sino en apariencia al sueño de la trascendencia,
m aestro del ju ego t 1, especialm ente con las ciencias sociales [•••! siem pre está seguro de poner
en duda las puestas en duda más radicales y, si no le queda nada más a la filosofía, confirm ar
que nadie puede deconstruir m ejor la filo so fía que el filósofo m ism o” (P ie r r e Bourdieu,
M éditations pascaliennes, op. cit., p. 129)
■‘!l Ibíd., p. 229 y ss; y 241 y ss.

33
Del mismo modo, el estilo de Bourdieu no podría ser remitido a la sequedad
positivista. L a ciencia, que la tradición escolar opone tan radicalmente a las
virtudes literarias,50puede perfectamente jugar con la ambigüedad y la ambiva­
lencia. Luego de los años de la ENS, expuesto en sus comienzos a las tentaciones
de una escritura conforme al rango ocupado y/o deseado (él habla de un texto de
juventud “escolarmente enfático y lleno de ripios retóricos”),51tuvo que hacer el
aprendizaje de la sobriedad a la vez que se autorizaba un cierto placer literario,
cultivado no para sí mismo sino más bien como una suerte de medida que daba
cuenta de la conveniencia del discurso respecto de las cosas descriptas y
analizadas. En su enseñanza, señalaba hasta qué punto las consideraciones de
“escritura” formaban parte del trabajo sociológico. Y en sus propios textos
utilizaba una pluralidad considerable de repertorios, de tonos, de humores,
puesto que, al lado de la expresión polémica o, al menos, combativa y desafiante,
y a veces molesta, burlona o provocadora, o de la expresión casi axiomática,
dejaba lugar a muchos otros tonos que nunca habría pensado en subrayar,
incluso si se convirtieron en unas de las marcas distintivas de su estilo: por
ejemplo, la evocación precisa y matizada de figuras tales como las de los deso­
cupados, los pequeño burgueses encadenados a la compra de una casa o los
jóvenes magrebíes sin futuro, contenía una visión melancólica del curso del
mundo, hecho de miseria, de injusticia y de vanidad. Si ciertas frases de
Bourdieu eran también largas, a veces arduas para el lector, es en la medida en
que él creí a inscribir en ell as la complejidad del todo, la solidaridad de elementos
objetivos y subjetivos, éstos mismos jerarquizados - “factores”, “homologías
estructurales”- , anticipando a la vez maneras de comprender demasiado
apuradas y fáciles que se trataban de desmentir, de suspender, de rectificar. La
preocupación por el rigor se combinaba con la obsesión por comprender y de ser
comprendido demasiado rápido y por malas razones.
Entre las diferentes figuras de Bourdieu nos abstendremos de elegir la que
sería la más “verdadera” . Y en principio porque las propiedades llamadas
pertinentes no funcionan nunca sino por, y en relación con, espacios determ i­
nados que tienden a favorecerlas o neutralizarlas. Las tensiones del habitus
social e intelectual no dejaron de ser confirmadas y sostenidas por las tensiones
internas de la actividad científica que, según las situaciones, llevaban ya sea a
insistir sobre una “verdad objetiva” inscripta en las estadísticas, en prácticas o
en discursos, ya sea a consagrar tesoros de paciencia al análisis de matices
imperceptibles de la experiencia indígena, al análisis metódico pero interm ina­
ble de “modalidades” , esas diferencias específicas que dan toda su singularidad,
toda su “necesidad” a tal o cual manera de hablar, de mantenerse, de juzgar.
Según los casos, lo más urgente y lo más difícil era sobrellevar las resistencias
sociales e intelectuales al develar regularidades objetivas, o bien, sobre todo,
describir, comprender mostrando diferencias.

m F ierre Bourdieu, “Photographies d’A lg é rie ” , en P ierre Bourdieu, Im ages d ’A lgérie. Une
a ffin ilé élective, Arles-V iena-París, Actes Sud-Camera Austria-Fondation Liber, 2003, p. 42.
S1 P ierre Bourdieu, Science de la science et réflexivité, op. cit., p. 188.

34
51 se quiere comprender las divergencias entre Bourdieu y Derrida a través
áe las “tesis” contenidas en sus escritos, como lo harían, no sin buenas razones,
la mayoría de los comentadores, se correría el riesgo de pasar por alto el modus
perandí de las actividades intelectuales y, en consecuencia, de encerrarse en
unjuego irreal de confrontaciones cuyos criterios de pertinencia son indefinidos.
Siempre se conseguirá mostrar ciertos parecidos (por ejemplo: deconstrucción
del logocentrismo/crítica de la razón escolástica) o diferencias (la relación con las
ciencias del hombre): pero siempre quedarán suspendidas en la insignificancia
áe las comparaciones doctas en la medida en que no hayan sido relacionadas con
las modalidades muy diferentes de habitus dividido que las fundamentan.
Aceptar el corte del clivaje, exacerbarlo, suspenderlo, rodearlo o conjurarlo: a
través de una infinidad de pequeñas orientaciones que hacen pensables y
deseables objetos, problemas, maneras de escribir, de hablar, se precisa y se
afirma todo el curso de una trayectoria, convirtiendo en habitus intelectual las
inclinaciones de origen.

No hay, entonces, por un lado, las pasiones y, por el otro, las instituciones;
también hay pasiones como la libido sciendi scolastica, deseo suscitado por la
escuela y que implica solamente las cosas que se han vuelto amables y
concebibles por ella. De modo que se puede describir la voluntad de saber de los
tres intelectuales considerados en función de la relación con el orden simbólico,
con la autoridad, la tradición, que está en el origen de los intereses investidos
en la actividad intelectual. Lo que los distingue es el grado en el que la crítica
se inscribe en la lógica de lo que es criticado. L a curiosidad, celebrada por
Foucault, es un modo de cambiarse a sí mismo, pero sin unirse, si no a distancia
y en la oportunidad, como por procuración, a través de una continuidad
interminable de objetos que, incluso insólitos, siguen siendo filosóficamente
importantes: ver las cosas de otro modo aparece como una fuente de satisfacción
y de liberación. Derrida, el más vinculado a la lectura de textos canónicos
incluso si se arriesgó con otros textos) parece poseído por una libido scolastica
paroxystica (hiperbólica) que consiste enllevar las reglas del juego letrado hacia
los límites donde el amor de las palabras y de los textos se conserva y es
acrecentado, una vez liberado de las trabas y de las censuras escolares. Por
último, en la medida en que lleva a interrogar los presupuestos ocultos, es decir,
sociales, de las actividades libres y desinteresadas, empezando por la del sujeto
que conoce, se puede calificar de paradójica (o simplemente indiscreta, inopor­
tuna)52 la libido sciendi que Bourdieu ha comprometido en su práctica de
sociólogo.
Se puede decir, sin duda, que la concepción misma de la voluntad de saber,
de sus objetos y de sus obstáculos varía según los puntos de vista. Para el

52 Bourdieu habla, en la conclusión de su libro de autoanálisis sociológico, de ese “oficio


sumamente difícil, que consiste en organizar el retom o de lo reprim ido y en decir a la cara de
todos lo que nadie quiere saber” (P ierre Bourdieu, Esquisse p o u r une auto-analyse, París,
Raisons d’agir, col. “Cours et travau x”, 2004, p. 141).

35
sociólogo, esta pluralidad es ella misma objetivable en el mimo nivel que otras
maneras de ver, en función de factores como las disposiciones, los capitales
poseídos, la posición ocupada en el espacio délas disciplinasy en cada disciplina.
P ara los filósofos, lo que ellos se dan como tarea designar o describir, por la
“deconstrucción” o por la “arqueología” , encierra apuestas teóricas fundamen­
tales fuera de alcance en las disciplinas positivas y permanece irreductible a la
acción de estructuras sociales determinables.s:! ¿Es necesario decir hasta qué
punto una diferencia semejante remite a la relación con la institución escolar?
La objetivación de las pulsiones académicas y escolásticas desprovista de todo
aparato intelectual, si no de toda ambición teórica, estaba en el centro de la
concepción que Bourdieu tenía de la actividad intelectual. Lo que ha evitado que
se abandonara al arte por el arte filosófico de la superación habrá sido menos una
forma de orgullo plebeyo que el rechazo, tan improbable, de compartir la ilusión
de los juegos por los cuales los buenos alumnos han sido elegidos.

5i A l presentarse como un “historiador del pensam iento” que explora una “ vía, una pista, muy
estrecha” situada “entre la h istoria social y los análisis form ales del pensam iento”, Foucault
declara: “mi Terreno es la historia del pensamiento. El hombre es un ser pensante. L a m anera
en la que piensa está ligada a la sociedad, a la política, a la economía y a la h istoria Pero el
pensam iento y las relaciones de sociedad son dos cosas bien diferentes” (M ichel Foucault, “T n ith ,
Pow er, S elf”, entrevista con R. M artin , reeditado en M ichel Foucault, D its et écrits, op. cii., p.
777-778).

•36
UNA LIBERTAD RESTRINGIDA
LA FORMACIÓN DE LA TEORÍA
DEL HABITUS
Giséle Sapiro

El concepto de habitus es un concepto clave de la teoría sociológica de Pierre


Bourdieu, ya que funda tanto su concepción de la acción como la de la percepción
del mundo. También está en el centro de su análisis de las relaciones sociales
y de los estilos de vida que estructuran el espacio social. Ese concepto y la teoría
de la práctica que le está asociada han sido elaborados en una coyuntura de
cambio de paradigma en las ciencias humanas. Aunque un poco más joven,
Bourdieu pertenece, en efecto, con Louis Althusser y M ichel Foucault, a la
generación que se constituyó y se afirmó contra el existencialismo, entonces
dominante en el campo intelectual, oponiendo a la “filosofía del sujeto” una
“filosofía sin sujeto”, al subjetivismo el objetivismo de las estructuras, al
humanismo existencialista o personalista lo que se ha llamado el “antihumanis­
mo”. Esta generación acompañó, cuando no participó directamente -com o
Bourdieu mismo-, el despliegue de las ciencias sociales, inaugurado por el éxito
del estructuralismo a fines de los años ‘50 y el ejemplo de Claude Lévi-Strauss.
Contra la tradición racionalista que, de Descartes a Sartre, postula la transpa­
rencia de la conciencia consigo misma, las ciencias nuevas, después del
psicoanálisis y de la sociología durkheimeana, se interesan en los desvíos entre V
las acciones y la conciencia que de ellas tienen los agentes, que suponen un j
inconsciente a través del cual el hombre es actuado más que actor .'¡Alimentada
con las investigaciones empíricas que dirigió en Argelia y en Bearn entre 1958
y 1960, luego en Francia en los años 1960, así como por sus lecturas de Sartre,
Merleau-Ponty, Husserl, Heidegger, Durkheim, Mauss, Saussure, Lévi-Strauss,
M arx, Weber, Panofsky, Chomsky, W ittgenstein, etc., la teoría del habitus,
progresivamente elaborada por Bourdieu durante este período se inscribe en
esas problemáticas a las que aporta una respuesta original. Al apuntar a superar
las oposiciones entre objetivismo y subjetivismo, mecanismo y finalismo, es­
tructuras e individuos, etc., la teoría del habitus reintegra la experiencia de los ;
agentes como parte de la realidad social sin buscar en ella toda la variedad de v
sus acciones, las que no adquieren sentido sino en un sistema de relaciones /
estructurado yjerárquizado.
U n a filo s o fía d el c o m p ro m is o

Bourdieu forma parte de esa generación de filósofos de posguerra que tuvo que
definirse respecto del existencialismo y del marxismo. En una época donde,
como él lo describió, “todo el campo intelectual estaba dominado por la figura de
Jean-Paul Sartre y donde los normalianos Lde la ENS], especialmente con Jean
Beaufret, destinatario de la Carta sobre el humanismo (1947) de H eidegger, y el
concurso de la École Nórm ale Supériuere misma, con su jurado compuesto en
un momento por Maurice Merleau-Ponty y Vladim ir Jankélévitch, eran o podían
aparecer como altos lugares de la vida intelectual” , la filosofía constituía más que
nunca la disciplina reinante.1Desposeída desde fines del siglo xix de una parte
de sus dominios por las nuevas ciencias humanas -especialm ente el psicoaná­
lisis, la psicología, la sociología-, la filosofía intentaba preservar su posición de
disciplina dominante, a veces desarrollando una epistemología de las ciencias,
a veces afirmando la irreductibilidad del sujeto cognoscente a un objeto de
conocimiento como los otros.2 Contra las pesadeces de la tradición académica
neokantiana, la fenomenología y el existencialismo ofrecían una filosofía en
contacto directo con el mundo, a la vez que reafirmaba la supremacía de la
disciplina en relación con las ciencias positivas, cuyo empirismo quedaba
confinado al terreno de lo probable frente a la evidencia de la percepción y la
certeza reflexiva.3 A l esforzarse por superar la oposición entre racionalismo y
empirismo, la fenomenología desplazaba la cuestión de la transparencia de la
conciencia, de la evidencia cartesiana del pensamiento a la evidencia de la per­
cepción del mundo, es decir, lo vivido.
Sartre encarnaba entonces la figura del “intelectual total”"1trascendiendo una
1 P ierre Bourdieu, Esquisse p o u r une auto-analyse, París, Raisons d’agir, col. “Cours et.
travaux", 2004, p. 16. [L a s referencias bibliográficas de las obras de Bourdieu en español se
encuentran en “ R eferencias b io-bibliográficas” .J En una versión a n terio r de ese pasaje,
Bourdieu describe igualm ente el concurso como un “acontecimiento mundano” y el hecho de
que “ aquellos que tenían reputación de ‘filósofos’ podían v iv ir como una gran experiencia
intelectual una prueba terriblem ente escolar, pero planificada por personajes prestigiosos y
m antenida en presencia de una m ultitud de adm iradores de los filósofos y de la filosofía” (P ierre
Bourdieu, “A sp iran t philosophe. U n point de vue sur le champ universitaire dans les années 50”,
en Les enjeux philosophiques des années '50, París, C entre Georges Pom pidou, 1988, p. 16-17).
V éase tam bién el testim onio titulado “Khágne 1950” {Le Débat 3, julio-agosto 1980, p. 88-101)
que esboza retratos m uy evocadores de É tienne Borne y de Jean B eau fret y restitu ye la
atm ósfera de sacralización que reinaba entonces en esos cursos.
2Jean-Louis Fabiani, Les Philosophes de la R épublique, París, M inuit, col. “ L e sens com m un”,
1988.
Para un exam en más detallado del estado de las problem áticas en filosofía en esta época,
y en particular del lu gar que ocupaba la filosofía de las ciencias como altern ativa a la co m e n te
existencialista dominante, nos rem itirem os al libro de Louis Pinto, P ie rre B ou rd ieu et la théorie
du m onde social, París, A lb in Michel, 1999.
4 P ie rre Bourdieu, “Sartre” , L on d on Review o f Books, 2,2 0 de noviem bre-3 de diciem bre 1980,
p. 11-12, reeditado en Les regles de l ’a rt, París, Seuil, 1992, p. 293-297. P a ra un análisis más
profundo de la relación de Bourdieu con Sartre, véase mi artículo “Pourquoi le m onde va-t-il de
soi? De la phénom énologie a la théorie de 1'habitus”, en G eneviéve Id t (dir.), Sartre, une écriture

38
serie de oposiciones entre creador y profesor, auctor y lector, invención y
repetición, que expresaban las relaciones de competencia entre el campo
literario y el campo universitario desde la constitución de la Universidad
republicana y la creación de la Nueva Sorbona a fines del siglo xxx; el autor de
L a náusea había asumido, durante la Liberación, la doble herencia de Gide y
áe Bergson, reconciliando así las figuras del escritor y del filósofo.5L a filosofía
íubjetivista de Sartre se vincula, desde este punto de vista, tanto al idealismo
neokantiano de Brunschvicg (al que, sin embargo, había combatido) como al
esplritualismo de Bergson (siempre enseñado en el curso preparatorio en el
momento en que Bourdieu hace sus estudios).6 Por la vasta audiencia que
encuentra fuera de los muros de la Universidad, por su carácter mundano -in s ­
cripto en el mundo-, y por el eco que encuentra en el campo literario, la figura
de Sartre como filósofo se sitúa aún en la continuidad de la de Bergson,7 cuyo
esplritualismo fue aclamado a comienzos del siglo xx por la joven generación
intelectual (Agathon8y sus consortes) como una etapa mayor de la 1ucha contra
el “cientificismo” (en particular, contra los métodos científicos de la Nueva
Sorbona: la sociología durkheimeana, la historia literaria de Lanson, el positi­
vismo histórico de Seignobos). Pero, a diferencia de su mayor, el autor de E l Ser
y la N ada predica una filosofía del compromiso que importa del campo literario
luego de_ la experiencia de la ocupación y que marcará a la generación joven, de
Foucault a Bourdieu.
Esta experiencia contribuyó a politizar el campo intelectual y a imponer en \
él, a través de la noción de “compromiso” , un moralismo humanista que im ­
pregna todo el espacio de los posibles, desde los personalistas hasta los .
comunistas, pasando por los existencialistas sartreanos. Se conocen las “conce­
siones” que Sartre, a pesar de su filosofía de la angustia y del absurdo, debió
hacer, durante la Liberación, a ese mandato moralizador: al responder, en su
célebre conferencia “ El existencialismo es un humanismo” , a las críticas de los
pensadores cristianos y comunistas que le reprochaban unos su naturalismo
relativista y otros su idealismo subjetivistay pesimista; Sartre, diferenciándose
del humanismo cristiano, sentó las bases de una moral humanista a través de
su concepción de la responsabilidad del hombre, cuyos actos comprometen a toda

en actes, Cahiers R I T M 24 (Publidix, U niversidad de N an terre), serie “ Études sartriennes” V III,


2001, p. 165-168, del que el presente artículo retom a algunos puntos.
5 Anna Boschetti, Sa rtre et “Les temps modernes", París, M inuit, col. “L e sens commun” , 1985.
[S aríre y Les Temps M odernes: una empresa intelectual, Buenos A ires, N u eva Visión, 1990.]
s E n trevista de Lucien Bianco con la autora, 3 de diciembre de 2002.
7 Incluso si la elección de este últim o en el C ollége de France, que compensaba sus fracasos
en La Sorbona, le aseguraba una posición u niversitaria a la que Sartre renunció.
8 Seudónim o de H enri Massis. licenciado en Letras, y de A lfred de Tarde, licenciado en
Derecho, hijo del sociólogo Gabriel Tarde que era el com petidor de Durkheim . V éase Claire-
Francoise Bom paire-Evesque, Un débat sur l ’U niversité au temps de la Troisiém e R épublique,
París, A u x am ants du livre, 1988. V eáse también mi artículo, “Défense eillu stra tion de 1’ ‘honnéte
homme’. Les hommes de lettres contre la sociologie” , Actes de la recherche en sciences sociales,
153, junio 2004, p. 11-29.

39
la humanidad y que son, pues, la fuente de su angustia.0 Bourdieu evocó “el
humanismo” vago que estaba en el aire, la complacencia por lo “vivido” y esa
suerte de moralismo político10que representaban la revista E s p rit así como el
filósofo existencialista cristiano Gabriel Marcel. Contra este moralismo huma­
nista y este subjetivismo la joven generación intelectual va a promover un
objetivismo “antihumanista”: tanto en el campo de la literatura, con la nueva
novela que expulsa del relato al personaje, la intriga y el mensaje, como en el
de las ciencias humanas y sociales que, del estructuralismo al marxismo (con la
relectura de E l Capital por Althusser), privilegian más las estructuras que los
hombres.
Aunque formara parte de aquellos que “creían reaccionar contra la imagen a
la vez fascinante y rechazada del intelectual total, presente en todos los frentes del
pensamiento”, el joven Bourdieu no estuvo menos marcado por una filosofía en
contacto con las cosas de la vid a común y con el mundo: “Sartre introducía un
estilo, un tono... Era un efecto bastante análogo a aquel que había ejercido
Heidegger en otro contexto: daba la impresión de poner la filosofía en la vida.
Hablaba de cosas de la vida cotidiana en un lenguaje que podría ser el de la novela
y era muy emocionante para un joven aprendiz de filósofo”.11 Desde el curso
preparatorio de Louis-le-Grand, donde estuvo entre sus profesores el filósofo
cristiano Etienne Borne, Bourdieu leyó E l S er y la Nada, un poco por esnobismo,
dice, para diferenciarse de sus camaradas sumergidos en su “latincito” y en su
“griego”,12pero también con “mucha fascinación, mucha admiración” .13Siguien­
do el modelo de la fenomenología alemana, el pensamiento de Sartre mostraba
la posibilidad de reflexionar sobre el mundo contemporáneo.
E l espacio de las factibilidades políticas que se presentaban entonces a los
jóvenes “aspirantes a filósofos” estaba estructurado por la oposición entre, por
un lado, los partidos de gobierno, el M R P y la SFIO, que ellos ubicaban en la
derecha, y por el otro, el PCF, que dominaba el espacio de la izquierda radical.14
Cuando Bourdieu entra a la E N S d éla calleUlm , en 1951, el Partido Comunista
está allí bien establecido. Louis Althusser, entonces “caimán”, evolucionó del
catolicismo al marxismo y adhirió al P C F en 1948. En 1950, es el tum o de Michel

9 Jean-Paul Sartre, L'existencialism e est un hum anism e, París, N a gel, 1946, reed. París,
G allim ard, “Essais” 1996 [E l exislencialism o es un hum anism o, Barcelona, Edhasa, 19921.
10 Pierre Bourdieu y Jean Cla\ide-Passeron, “ Sociologie et philosophie en France depuis 1945:
m ort et résurrection de la phiiosophie sans sujet”, mimeo, octubre de 1966, p. 14. E ste texto se
editó en inglés con el títu lo “Sociology and P h ilosph y in France since 1945. D eath and
Resurrection o f a Philosophy w ithout Subject”, S ocia l Research. X X X IV , 1, prim avera de 1967,
p. 162-212. V éase también el prefacio de P ierre Bourdieu a la edición inglesa de su libro Horno
academ icus, P o lity Press, 1988, p. X I-X X V I.
,! E n trevista de P ie rre Bourdieu con F ran z Schultheis, “D er totale In tellek tu elle. Ein
Gesprach m it P ierre Bourdieu über Jean Paul-Sartre”, Süddeutsche Z e itu n g 99, 15 de abril de
2000 (traducción francesa: “L ’intellectuel total. Dialogue avec P ierre Bourdieu sur Jean-Paul
S a rtre” , L'Année sartrienne 15, junio de 2001, p. 194).
12 E ntrevista de P ierre Bourdieu con la autora, 7 de junio de 2000 (v e r anexo), Se tra ta de los
ejercicios cotidianos de esas lenguas.
,:i E n trevista citada de P ie rre Bourdieu con Franz Schultheis, p. 194.
H E n trevista de Lucien Bianco con la autora, 3 de diciem bre de 2002.

40
Foucault (quien, sin embargo, sólo permanece unos meses). Contra la “presión
estalinista”, Lucien Bianco fundó, el año siguiente, el (Comité de Intelectuales
por la Defensa de las Libertades) en el que participaban, entre otros, Pierre
Bourdieu, Jacques Derrida, Henry Joly, Louis Marín, Bernard Comte, Jean-
Claude Pariente, Jacques Rougerie y Pierre Simaz.15En 1952, Sartre opta por
acompañar al P C F ,1Bmientras que Maurice Merleau-Ponty, quien tomó distan­
cia respecto de su compromiso pro-comunista desde la publicación de Hum anis-
me et terreur en 1947, rompe con el equipo de Les temps modernes. Este cambio ,
de sitios ilustra bien la ambivalencia de los intelectuales de la época en relación 1
con un partido que, al expresar sus disposiciones críticas respecto de la sociedad j\L
y sus aspiraciones revolucionarias, quería imponer una doxa y lim itar el ejer- /
cicio del pensamiento crítico. Sartre no pi erde por esto, sin embargo, su prestigio
para el joven aprendiz de filósofo:

Siempre se dice que él [Sartre] cometió errores, que siguió a los comunistas (lo cual
es cierto y eso me irritaba) pero lo hacía a pesar de todo con más distancia de lo que
se dice hoy. [...] Estaba bastante seguro de sí para sentirse en situación de dar
lecciones de marxismo al Partido Comunista y no acordaba su adhesión sino bajo
reserva de verificaciones filosóficas que era el único capaz de ejercitar.17

Sin embargo, contra esta figura del “intelectual total”- a la que Foucault opondrá
más tarde la del “intelectual específico”, y Bourdieu la del “intelectual colectivo”—
y, sobre todo, contra su filosofía intelectualista de la libertad y de la acción,
Bourdieu va a construirse como intelectual y va a convertirse a la sociología.

D e la fe n o m e n o lo g ía a la s o c io lo g ía :
la r e la c ió n c o n e l tie m p o

L a distancia tomada respecto de la filosofía sartreana debe ser ubicada en parte


bajo la égida de Merleau-Ponty, que constituía un modelo intelectual alternativo
para la nueva generación de normalianos-filósofos, y ofrecía una versión más
rigurosa, y menos mundana de la filosofía en boga, el existencialismo, y de su
principal fuente, la fenomenología alemana. Según Louis Althusser,18Merleau-

15 E n trevista citada con Lucien Bianco y Pierre Bourdieu, “Fieldw ork in Philosophy” en P ierre
Bourdieu, Choses dites, París, M inuit. col. "L e sens commun” , 1987, p. 13. V éase tam bién el
testim onio de Jean-Claude Passeron, “ M ort d’un ami, disparition d’un penseur” , en P ie rre
Encrevé y Rose-M arie Lagrave, T ra v a ille r avec P ierre B ourdieu, París, Flam m arion, 2003, p.
49 y ss.
ls Jean-Paul Sartre, “Les communistes et la paix”, publicado en L e Tem ps M odernes en 1952
y reeditado en S itu a tion s V I, París, Gallim ard, 1964.
17 E n trevista citada de P ierre Bourdieu con Kranz Schultheis, p. 195.
!S Louis Althusser, L ’avetiir dure longtem ps, París, Stock/IMEC, reed. L e L iv r e de Poche, 1994,
p. 201 ¡E l p o rv e n ir es largo, Barcelona. Destino, 1992].

41
Ponty hacía una lectura más profunda y más adecuada de Husserl que la de
Sartre, comentando en sus cursos de la École Nórm ale las obras del final, en
particular E rfah run g und U rteil (Experiencia y juicio) -d e la cual Bourdieu
recuerda haber leído cuatro páginas por día con Jean-Claude P a rie n te -19y las
Lecciones para una fenomenología de la conciencia íntim a del tiem po. Paralela­
mente, $5®ríeau-Ponty operaba una apertura hacia las ciencias humanas:
además de su enseñanza sobre la psicología del niño en la Sorbona, dictó, en
1951, un curso sobre “las ciencias del hombre y la fenomenología” y comenzó a
publicar artículos sobre ese tema, introduciendo autores como Saussure,
Mauss, Lévi-Strauss, W eber.20 Si su libro La structure. du comportement -qu e
formaba parte del programa del curso de ingreso a la E N S - 2' se inscribía en la
crítica del objetivismo atomista y mecanicista del behaviorismo, al cual la fe­
nomenología psicológica oponía una concepción sistémica y finalista, también
ubicaba el cuerpo en el centro de la reflexión sobre la acción.
L a reflexión sobre el tiempo y aquella sobre el cuerdo son, como vamos a
verlo, determinantes en la génesisde la teoría del habitus. Bourdieu encuentra,
en efecto, en la concepción del tiempo según Husserl, y en particular en la idea
de “protensión”, el medio de romper con la teoría de la acción sartreana y la libre
proyección del sujeto en el futuro. Cuando enseña en el liceo de Moulins, luego
de haber realizado su licenciatura en 1954, Bourdieu dedica una parte de su
curso final a Husserl. Las notas dactilografiadas de ese curso se llaman “Le
temps dans la mémoire, l’imagination et la perception”22y se apoyan especial­
mente en Ideen. Las notas dan cuenta del interés central del joven filósofo sobre
la cuestión de la retención y de la protensión de lo inactual, contenido en la
conciencia no tética y reactualizado por el recuerdo. Esta concepción del tiempo
rompe con la concepción espontaneísta y discontinuista de la teoría de la acción,
que Sartre retoma de la tradición racionalista cartesiana, y sobre todo con su
teoría de las emociones, que está en el centro de las preocupaciones de Bourdieu
en esta época. Georges Canguilhem, con quien Bourdieu estudió fisiología y
medicina psicosomática, en efecto, elaboró un proyecto de tesis bajo su dirección
sobre “las estructuras temporales de la vida afectiva” -proyecto del cual sub­
sisten algunas páginas en Esquisse d’une. théorie de la pratique, sobre la
■' correspondencia entre el lenguaje en que son expresadas las emociones y las
\ manifestaciones somáticas que se vinculan a é l-.23

19 E n trevista de la autora con P ierre Bourdieu, 7 de junio de 2000.


20 M aurice M erleau -Ponty, “L o philosophe et la sociologie”, Cahier/; in te rn a tio n a u x de
sociologie, 1951, y “ De M auss á Lévi-Strauss” reeditado en Signen, París, G allim ard, 1953
ISign os, Barcelona, Seix B arral, 19641. V éase P ierre Bourdieu y Jean-C lau de Passeron,
“Sociologie et philosophie en France depuis 1945...” , documento citado, p. 6-7.
21 E n trevista citada con Lucien Bianco.
22 P ie rre Bourdieu, “L e tem ps dans la m ém oire, l ’im agination et la perception” , notas
dactilografiadas, 31 p., documento del que am ablem ente me inform ó P ierre Bourdieu.
21 Cfr., P ierre Bourdieu, Esquisse d ’une théorie de la pratique, precedido de T ro is études
d ’ethnologie kabyle, París, Droz, 1972, nueva edición Seuil, col. “ Poin ts”, 2000, p. 290-291. Véase
tam bién nuestra entrevista a P ierre Bourdieu en el anexo.

42
Como los reflejos, estudiados por Merleau-Ponty, las emociones constituían
el terreno del enfrentamiento entre objetivismo y subjetivismo. En su teoría de
las emociones,84 Sartre sustituye al análisis behaviorista por un acercamiento
de tipo finalista: uno llora no porque no pueda decir nada sino para no decir nada.
En una misma perspectiva finalista y antideterminista délas conductas (incluso
irracionales), Bourdieu va a desarrollar el concepto de estrategia (véase infra).
Del mismo modo, puede encontrarse en la teoría de la adhesión la idea de la
creencia en el juego propuesta por Sartre -id ea que proviene de hecho de la teo­
ría de la magia de M auss-. Sin embargo, luego de Janet, Sartre considera las
emociones como conductas inferiores, mágicas, irracionales. Además, el autor
de L a náusea rechaza el acercamiento psicoanalítico que explica la emoción a la
vez por lazos de causalidad y de comprensión (la simbolización). En E l S er y la
N ada,25separa la explicación freudiana del comportamiento por el inconsciente,
reemplazándola por la noción de “mala fe” para preservar la transparencia d éla
conciencia consigo misma y, por lo tanto, su libertad. Ahora bien, es precisamen­
te ese principio de la no-sinceridad de la emoción, de la “mala fe” , el que Bourdieu
rechaza, así como la radicalización, en E l Ser y la Nada, de la tesis sobre la
libertad de elección entre la interpretación mágica o técnica del mundo.
Las investigaciones etnológicas que realiza en A rgelia entre 1958 y 1960,
luego en Bearn en 1960, fundamentan su refutación de las principales tesis
sartreanas sobre la libertad de elección: la de la elección entre la interpretación
mágica o racional del mundo y la de la libre proyección del sujeto en el futuro.
L a “conversión” de Bourdieu a la etnología -qu e no fue vivida como tal: “M e
pensaba como filósofo y tardé mucho tiempo en confesarme que me había vuelto
etnólogo”- 26 coincide con la publicación de A ntropología estructural de Claude
Lévi-Strauss, en 1958, que marca la afirmación del paradigm a estructuralista.
M ientras que la sociología padecía aún el descrédito en que la habían sumergido
los ataques de los defensores de las humanidades clásicas contra la N u eva
Sorbona, antes de la Prim era Guerra Mundial y el declinar de la escuela
durkheimeana en el período de entreguerras,27 la antropología aparecía como
una ciencia del hombre más “noble”. Desde su publicación en 1949, la obra de
Lévi-Strauss, Las estructuras elementales del parentesco, fue presentada al
público letrado en Les Temps Modernes por una nota de Simone de Beauvoir, que
la había leído cuando p rep arab ais segundo sexo. La revista C ritique, fundada
en 1946 y editada por las Éditions du M inuit a partir de 1950, en la que co-
M Jean-Paul Sartre, Esquisse d'une théorie des ém otions, París, Herm ann, 1938, reed. 1995
[Bosquejo de una teoría de las emociones, M adrid, Alianza, 1983].
23 Jean-Paul Sartre, L ’É tre et le N éant, París, Gallim ard 1943, reed. col. “T e l", 1987, capítulo
2. íE l S er y la N ad a, Buenos A ires, Losada, 1966],
M P ierre Bourdieu, “Fieldw ork in Philosophy” en Pierre Bourdieu, Choses dites, op. cit., p. 17.
27 Cfr., W o lf Lepenies, T rois cultures, traducción francesa, París, Éd. De la M S H , 1990 ( Tres
culturas. L a sociología entre la litera tu ra y la ciencia, México, FC E , 1994]; Johan H eilbron, “L e
mótamorphoses du durkheimisme, 1920-1940, Revue franca ¿se de sociologie, X X V I (2), marzo-
abril de 1985, p. 203-238; Francine M uel-Dreyfus, “L a rééducation de la sociologie sous le régim e
de V ich y” , en Johan Heilbron, R ém i Len oir y Giséle Sapiro, P o u r une histoire de sciences sociales,
P arís, Fayard, col. “H istoire de la pensée”, 2004, p. 103-120.

43
laboraban, además de Georges Bataille y Maurice Blanchot, filósofos como
Alexandre Koyré y teóricos de la literatura como Roland Barthes, participó en
el advenimiento del estructuralismo abriéndose a las nuevas disciplinas de las
ciencias del hombre, la lingüística, la antropología, el psicoanálisis, así como a
la producción extranjera.
A l asistir a la universidad de Argelia, donde funda una sección del SNE-Sup
(con Alexandre Martheron como único adherente) y desde donde envía mensajes
al boletín parisino del sindicato, Bourdieu dicta allí un curso sobre Durkheim y
Saussure (una de las referencias de los estructuralistas), durante el año 1959.
Se interesa en las teorías de la cultura así como en la economía y comienza, en
plena guerra, investigaciones sobre la sociedad cabila. Fruto de las circunstan­
cias de su afectación, durante su servicio m ilitar (en 1956), al servicio de infor­
maciones del gobierno general, junto al coronel Ducourneau, que deseaba
obtener informaciones sobre Argelia, su interés por la sociedad argelina, mal
conocida por los franceses en la época, y la elección de comenzar investigaciones
en el terreno, nacieron, como él lo explica, “ de un impulso cívico más que
político”, para “proveer los elementos de un juicio, de una comprensión
adecuada”.28 Si constituyen expresiones de un doble rechazo de la postura del
sabio recluido en su torre de m arfil y de la del intelectual revolucionario
profesional, se reconoce en ellas la marca del modelo sartreano de una actividad
intelectual —literaria, filosófica o científica—“comprometida” por su proceso y por
la elección misma de sus objetos, sin que ese compromiso condicione a p rio ri las
conclusiones y dificulte la investigación de la verdad.
En principio situadas a medio camino entre el orientalismo y la etnología,
esas investigaciones, que dan lugar a un “Que sais-je?” sobre la Sociologie de
l ’A lgérie (1958), están en el origen de un proyecto más vasto sobre el problema
del pasaje de la economía precapitalista a la economía capitalista, que responde
también a las preocupaciones políticas de los intelectuales revolucionarios,
divididas en esa época entre “la vía china y la vía soviética del desarrollo” .29Ese
proyecto implicaba estudiar, por un lado, la lógica específica de la economía
precapitalista y los valores de la sociedad tradicional (relación con el tiempo, el
honor, los intercambios no mercantiles); por otro lado, el principio de las
transformaciones délas actitudes económicas. E l primer aspecto del proyecto da
lugar a una encuesta que Bourdieu lleva a cabo en 1958 sobre la sociedad
tradicional cabileña, mi entras que el segundo es objeto de la que realiza en 1960
sobre los trabajadores argelinos en el medio urbano. Una tercera encuesta sobre
los centros de reagrupamiento, llevada a cabo también en 1960, se ocupa más
de los efectos del colonialismo.
La relación con el tiempo era considerada en ese entonces como uno de los
elementos que distinguía las sociedades llamadas prim itivas de las sociedades
28 P ierre Bourdieu. “ Entre am is” , Aw al, 27-28, 2003, p. 83-86. Véase tam bién Esquiase pn u r
une auto-analyse, op. cit., p. 53 y ss; y A n d ré Nouschi, “Autour de S ociologie de l ’A lg é rie ”, A w al,
27-28, 2003, p. 29-35.
20 Ibíd., p. 86. V éase tam bién Láhouari Addi, “Les lim ites idéologiques du nationalism e
algérien ”, ibíd., p. 133-138.

44
civilizadas. Antropólogos tales como Leroi-Gourhan pensaban que el “indígena”
vive y actúa “en el presente”, sin ninguna proyección en el futuro.30 Se suponía
que esta afirmación daba cuenta de la incapacidad de los campesinos de las
sociedades precapitalistas para adoptar una actitud racional respecto del futuro,
pero chocaba con las observaciones del joven etnólogo que veía que los cam­
pesinos cabileños almacenaban trigo o cebada durante cinco o diez años y, por
lo tanto, que tenían conductas, si no de planificación, al menos de anticipación.31
Para resolver esta dificultad, Bourdieu, apoyándose en la teoría marxista que
vincula las formas de la conciencia con las condiciones de existencia, distinguió
dos relaciones diferentes con el futuro, la previsión y la previsión racional,
“antropologizando” así la distinción establecida por Husserl en Ideen I entre “la
protensión como objetivo práctico de un por-venir inscripto en el pre-sente, y
pues aprehendido como ya allí y dotado de la modalidad dóxica del presente, y
el proyecto como posición de un futuro constituido como tal, es decir, como
pudiendo suceder o no suceder” .32 Como él lo formula entonces, en un artículo
publicado en Sociologie du travail, en 1963:

Si es cierto que nada es más extraño a la sociedad argelina tradicional que la idea
de un futuro inmenso y abierto, como campo de posibles innombrables que per­
tenece a la fuerza o al cálculo humano explorar y dominar, ¿es necesario concluir
deello, comose hizo a menudo, que el fellah, suerte de mens momentánea encerrada
en la adhesión inmediata al presente directamente percibido, sea incapaz de
apuntar a un porvenir lejano?
U l De modo que es preciso distinguir netamente entre la puesta en reserva, que
consiste en tomar una parte de los bienes directos para reservarlos al consumo
futuro y que implica previsión y abstención de consumir y, por otro lado, la
acumulación capitalista, “economía creadora” que conduce a reservar bienes
indirectos envista deun uso productivo: ésta no adquiere sentido sino en referencia
a un futuro lejano y abstracto, simple consumo diferido y potencial, supone la idea
de un “por venir” concreto virtualmente encerrado en el presente percibido, un futuro
al alcance de la mano, como esos bienes con que el campesino se rodea y que
constituyen la garantía palpable de su seguridad/’3

La relación con el tiempo está aún en el centro de la estadística que lleva a


cabo Bourdieu en el verano de 1960, en colaboración con los servicios argelinos
del Instituto Nacional de Estadística y de Estudios Económicos sobre los tra-

m “ El indígena al que se ha acusado, tal vez con interés, de im previsión, pero que sin embargo
vivía y actuaba en el presente, estuvo obligado a contar con el futuro; podría decirse que la
dim ensión tem poral ha sido defin itiva m en te introducida en su existen cia’’ (A n d ré Leroi-
Gourhan y Jean Poirier, Ethnolagie de l ’U n ion franqaiste, París, PU F, 1953, t. II, p. 921, citado
por P ie rre Bourdieu, “ L a société tradition n elle. A ttitu d e á l’egard du tem ps et conduite
économique” , S ociologie du tra va il 1. enero-m arzo 1963, p. 37, n. 1).
;fl E n trevista de la autora con P ie rre Bourdieu, 7 de junio de 2000.
*2 P ierre Bourdieu, “Fieldw ork in Philosophy” en Pierre Bourdieu, C/ioses dites, op. cit., p. 22.
11P ie rre Bourdieu, “L a société traditionnelle” , op. cit., p. 26-27. Véase la versión corregida de
este pasaje en A lg é rie 60. Structures économiques et structures tem porelles, París, M inu it, col.
“grands documents”, 1977, p. 19.

45
bajadores en el medio urbano. A l volver a París -e n el momento del alzamiento
de los coroneles con la ayuda de Raymond Aron,34que le consigue un puesto de
asistente en La Sorbona y lo recibe en el Centre de Sociologie Européene que
acaba de fundar en la Ecole Pratique des Hautes Etudes (será el secretario
general en 1962), Bourdieu ofrece los primeros resultados de esa encuesta en los
artículos publicados en 1962 en Sociologie du trauail35y en Les Temps Modernes,
antes de'reunirlos en la obra colectiva Trava.il et travailleursenAlgérie (Mouton,
1963). Con el título de “Les sous-prolétaires algériens”, que se publicó en Les
temps modernes, fue transmitido por el intermediario Francis Jeanson, enton­
ces en la clandestinidad. Está centrado en el problema de la relación de los
subproletarios con el tiempo.
La estadística demuestra que los trabajadores argelinos están divididos entre
permanentes e intermitentes y que la cuestión de la estabilidad y de la seguridad
del empleo instaura entre esos dos grupos una separación radical. En esa
sociedad en transición de una economía precapitalista a una economía capitalis­
ta, las posibilidades de ajuste a ésta disminuyen a medida que se pasa de los más
pudientes (que son a menudo también letrados urbanizados) a los más desposeí­
dos, a saber los subproletarios desarraigados. Inversamente, la separación entre
las esperanzas subjetivas y las posibilidades objetivas crece a medida que se va
de los más pudientes a los más desposeídos. En razón de la imposibilidad objetiva
en la que están de asegurar su futuro racionalmente (de economizar, de es-
colarizar a sus hijos, etc.), los subproletarios están “condenados a la imprevisión
y a la renuncia fatalista, expresión de una desconfianza total en el futuro,
inspirada por la conciencia de no poder dominar el presente”, explica Bourdieu.
Esta ausencia de dominio favorece una interpretación mágica más que racional
del mundo. Su revuelta (así como sus aspiraciones o sus reivindicaciones), que
se expresa en el marco del sistema y está alimentada por el resentimiento, lejos
de ser la expresión de una verdadera conciencia revolucionaria, no es sino el
revés de la “renuncia resignada”.36
Si retiene del materialismo histórico la atención a las condiciones de
existencia diferenciadas y la concepción estructural y dialéctica de las relaciones
entre las Clases sociales, Pierre Bourdieu reinserta, siguiendo a M ax W eber, el
punto de vista subjetivo de los agentes sobre el mundo y la interrogación sobre
las lógicas de acción.'La sociología de W eber -sobre la cual dicta un curso en la
Facultad de L illc donde enseña entre 1961 a 1964-, en efecto, ofrece los medios
de integrar la visión del mundo de los individuos en el universo de las relaciones
objetivas y proporciona las herramientas conceptuales para plantear el proble­
m a al que Bourdieu se enfrenta entonces: distinguiendo la espera subjetiva del
agente singular de las posibilidades objetivas, que son las suyas, W eber es­

31 E n trevista de la autora con P ierre Bourdieu, 18 de ju lio de 2000.


P ierre Bourdieu. “L a hantise du chñmage chez l'ouvrieur algérien” , S ociologie d u trava.il,
4, 1962, p. 313-331.
16 P ie rre Bourdieu, “ Les sous-prolétaires algériens", Les temps modernes, P arís, Plon,
diciem bre de 1962, p. 1033, 1044, 1049-1050

46
tablece una relación entre “la validez objetiva media de las posibilidades
tomadas lógicamente bajo la categoría de la “posibilidad objetiva”) y las
expectativas subjetivas que se alimentan en prom edio”,37 En T ra vail et travai-
!eus en Algérie, Bourdieu emplea el concepto weberiano de ethos -qu e reem pla­
zará más tarde por el de h ab itus- para designar la interiorización de las
condiciones objetivas y la mediación entre cálculo objetivo de probabilidades y
esperanzas subjetivas.38
Las encuestas llevadas a cabo en Argelia revelaron una situación de desfasaje
entre las estructuras objetivas y la percepción subjetiva que tienen los agentes
en las sociedades en transformación. L a incapacidad de los agentes para ajus­
tarse a las nuevas estructuras resulta de la contradicción entre los valores
tradicionales -indivisión del patrimonio, la lógica del honor que rechaza el
cálculo y la racionalización de los intercambios económicos, etc.- y la lógica
capitalista, con más razón cuando ella se impone desde el exterior por el
colonialismo. Contradicciones semejantes son visiblesen la sociedad campesina
bearnesa, sobre la que Bourdieu lleva a cabo paralelamente una investigación
en 1960, que traspone a un universo muy fam iliar un a problemática en principio
elaborada sobre un terreno alejado y “exótico” : la manutención del principio de
indivisión del patrimonio, legado al hijo mayor, conduce a una forma de suicidio
colectivo -e l celibato de los hijos m ayores- en un mundo donde los valores del
campesinado están desvalorizados.
En su análisis del tradicionalismo, Bourdieu da cuenta también de las
diferentes modalidades por las que el pasado social pesa sobre el presente.
Contra los análisis puramente funcionalistas, Lévi-Strauss -cuyo seminario
-igue Bourdieu- ha indicado la importancia de la inercia de las estructuras, que
subsisten en estado de hábitos incluso cuando ellas no reemplazan ya l a función
que se les había asignado al comienzo.33Pero la cuestión de la adaptación de los
agentes a nuevas estructuras plantea problemas no resueltos por el estructura­
lismo, que hace de los agentes simples soportes de estructuras o ejecutantes de
una regla, ni incluso por el marxismo, que hace de la toma de conciencia de las
condiciones de clase la condición de la movilización en la lucha de clases. El
finalismo sartreano se une con el determinismo marxista en la interrogación
>obre las condiciones de la toma de conciencia y de la acción revolucionaria: en
ambos, hay discontinuidad entre condiciones materiales y conciencia.

:l7 M ax W eber, “L a sociologie com préhensive” , Essais sur la théorie de la Science, París, Pión,
1965, reed. coi. “Presses Pocket” , 1992, p. 341.
38 P ierre Bourdieu, A lain Darbel, Jean-Paul R iv e t y Claude Seibel, T ra v a il cd tra va illeu rs en
A lg é rie , París-La Haya. Mouton, 1962. 2!! parte, p. 338. En un artículo posterior, Bourdieu rem ite
a ese uso del térm ino "ethos" identificándolo con el de habitus íP ierre Bourdieu, “Structuralism
and Theory o f Sociological K now ledge” , S ocial Research, 4, invierno de 1968, p. 706, n. 22). < í
Claude Lévi-Strauss, A n th ropologie structurale I, P arís, Pión, 1958, reed. 1974, col. “Presses
Pocket” , 1985, p. 24.

47
D e las té c n ic a s d e l c u e rp o
a la s fo r m a s s im b ó lic a s : e l c o n c e p to d e h a b itu s

La cuestión de la adaptación de los agentes a nuevas estructuras plantea la de


las lógicas de la acción. E s a trávéi'd el cuerpo que se hace sentir la inercia del
pasado. P ara Sartre, el cuerpo es, en su esencia misma, el lugar de las inercias
y de la alienación, del que la conciencia debe desvincularse para liberarse. El
dualismo sartreano se arraiga en esta oposición radical entre el cuerpo fáctico
y la conciencia libre. El cuerpo está del lado de las cosas, de los objetos, de lo
viscoso, de lo pegajoso, es el “cuerpo-para-otro” . Esta concepción fenomenológi-
ca del poder constituyente de la mirada de los otros vuelve a verse en la
descripción etnográfica que hace Bourdieu en 1962 de los bailes en la sociedad
campesina, donde describe la percepción del cuerpo tosco, torpe, del campesino,
que aumenta el grupo de los solteros aglutinados contra una pared, mientras que
las muchachas bailan con los muchachos del pueblo."10Pero, y allí Bourdieu se
diferencia radicalmente de Sartre, el cuerpo no está alienado por esencia. Si el
cuerpo campesino es el objeto de una percepción negativa, es porque las
cualidades y los valores que le estaban asociados en el antiguo sistema, donde
prevalecía el trabajo de la tierra (fuerza física, proceso ligado a las condiciones
de trabajo, etc.), están en el presente desvalorizados en razón del cambio de
relación de fuerza, entre cultura urbana y cultura rural. Para Bourdieu, como
lo formulará más tarde, el “cuerpo socialmente objetivado es un producto social”:
“la mirada social no os un simple poder universal y abstracto de objetivación,
como la m irada sartreana, sino un poder social”.'11 L a alienación por el cuerpo
es un sentimiento desigualmente distribuido según las condiciones sociales. Así,
la molestia, que es “la experiencia por excelencia del ‘cuerpo alienado”’, tiene
más posibilidades de hallarse en las clases desfavorecidas, cuando la experiencia
opuesta, la comodidad (corporal), está más expandida entre los miembros de la
clase dominante, que poseen el poder de definición y de imposición del gusto y
de las normas estéticas legítimas, incluso en el terreno corporal (usos y reglas de
cortesía, maneras depararse, de vestirse, oposición entre lo elegante y lo vulgar,
etc.). Bourdieu comienza a explorar estos temas -qu e desarrollará en La
distinction (1979)- a mediados de los años 1960 en sus investigaciones sobre la
sociedad francesa (ver infra).
A propósito de esta descripción del cuerpo campesino aparece por primera vez
en su obra el término habitus, asociado a hexis, en referencia a Marcel Mauss
y a su análisis de las “técnicas del cuerpo”. Según Mauss, el término habitus,
tomado de la tradición aristotélico-tomista y empleado de manera ocasional por
Hegel, Husserl, W eber y Durkheim, traduce “mejor que ‘hábito’, el ‘exis’, lo

40 P ierre Bourdieu, “C élibat et condition paysanne”, reeditado en P ierre Bourdieu, L e bal des
i•élibataires. Crine de la société paysan en B éarn, París, Seuil, “Poin ts” , 2002, p. 113-115.
41 P ie rre Bourdieu, “Rem arques provisoires sur la perception sociale du corps”, Artes de la
recherche en sciences sociales, 14. abril de 1977, p. 52,

48
‘adquirido’ y la ‘facultad’ de Aristóteles” :42rem ite a los “hábitos” colectivos, que
varían de una sociedad a otra. A diferencia de Tarde, que ve en la comunidad de
las prácticas el resultado de la imitación, es, según Mauss, por la educación y
especialmente por el adiestramiento de los cuerpos, como son interiorizadas,
incorporadas, no solamente las representaciones sociales, sino también las
reglas de conducta y las prácticas. E l cuerpo socializado “piensa” , es un cuerpo
“habituado”, como explicará Bourdieu en Esquisse d ’une théorie de la p ra tiq u e ,
publicada en 1972, “las estructuras temporales [...] introducen el habitus en la
lógica de la espera y el rodeo, así pues, del cálculo” ;43 el cuerpo está temporal­
mente estructurado por el trabajo pedagógico, que consiste en enseñarle espe­
cialmente a diferir los placeres, a domesticar las pulsiones (transform ar el
hambre en apetito, etc.).
Sin embargo, el cuerpo no es simplemente una cosa, no es “en sí” : Bourdieu
ha retenido de su formación filosófica la desconfianza respecto de las explicacio­
nes mecanicistas, especialmente la explicación behaviorista, que busca los
fundamentos fisiológicos del comportamiento. El cuerpo es también el lugar de
la práctica, de la invención y de la improvisación de las conductas más o menos
ajustadas a las situaciones. Su facultad de improvisación queda, de todos modos,
limitada por las condiciones de su socialización, los hábitos incorporados que
oponen a menudo resistencias -expresión de su inercia- a las tentativas más
conscientes de dominio de su cuerpo por los individuos. Teniendo en cuenta esta
facultad de improvisación, sobre la que volveremos, el concepto de habitus traza
así los límites de la libertad de acción. Este análisis se opone tanto a la filosofía
de la acción sartreana como a la sociología de los roles entonces desarrollada por
E rving Goffman, representante del interaccionismo simbólico, cuyos principa­
les trabajos fueron importados a Francia con la contribución de Bourdieu, en la
colección “L e sens commun”, que él lanza en 1964 en Editions du Minuit.
Según Sartre, el cuerpo tan enviscado en su ser, no lo está sin embargo
suficientemente como para no poder ser librem ente manipulado en función de
la representación im aginaria de una función o de un rol que sostener, como lo
ilustra el célebre ejemplo del mozo de café. Éste, dice Sartre, hace el papel de
mozo de café de modo de realizar su condición en función de la representación
que se hace de ella, bajo el riesgo de ser despedido).'1'1E rvin g Goffman retoma
este análisis en su sociología de la representación (en el sentido teatral) y de los
juegos de roles que presiden las interacciones. A l evocar la cuestión de la
actualización de los modelos preestablecidos por los actores sociales y de su
ejecución, “con comodidad o dificultad, conscientemente o no, de buena fe o por
hipocresía”.45 Goffman cita largamente el célebre pasaje de E l Ser y la N ada

M aree! Maus, “Les teehniques du corps”, en M arcel Mauss, S ociologie et a rith ropologie,
París, P U F . 1950, P. 368 fSociología y antropología, M adrid, Tecnos, 1971J.
** P ierre Bourdieu, Esquisse d ’une théorie de la p ra tiq u e , op. cit., p. 297.
“ -Jean-Paul Sartre, L ’É tre et le N éant, op. cit., p. 95-96.
E rvin g Goffman, L a mise en scéne de la vie quotidienne, t. I, La prése.ntation de soi, París,
M inuit, col. “l/e sens commun”, 1973, p. 76.

49
sobre el mozo de café en Laprésentation de soi, primer volumen de L a mise scéne
de la vie quotidienne (cuya traducción aparece en 1973, en la colección “Le sens
commun”). Sin duda el uso de este ejemplo en la sociología de los “roles” condujo
a Bourdieu a volver a él, algunos años más tarde, con una mirada crítica,
oponiéndole la noción de habitus:

El mozo de café no hace el papel de mozo de café, como quiere Sartre. A l vestirse
con su ropa, bien constituida para expresar una forma democratizada y burocra-
tizada de la dignidad dedicada del servidor de una casa grande, y cumpliendo el
ceremonia] de la disposición y de la solicitud, que puede ser una estrategia para
enmascarar un retraso, un olvido, o para hacer pasar un mal producto, él no se hace
cosa (o “en sí”). Su cuerpo, donde está inscripta una historia, asume su función, es
decir, una historia, una tradición que nunca ha visto sino encarnada en cuerpos o
mejor, en esas ropas “habitadas” de un cierto habitus que denominamos mozos de
café.16

En principio, el cuerpo no es ese autómata que obedece a los decretos de la


conciencia, puesto que tiene sus propios principios de inercia, como lo ha
enseñado Mauss. Sartre comete un error típicamente intelectualista al proyec­
ta r sobre el mozo de café sus propias posibilidades, especialmente aquella de no
poder levantarse por las mañanas a las cinco.

En principio reservado, como en^Mauss, a las “técnicas del cuerpo”, el


concepto de habitus es sistematizado con la lectura de Panoíksy especialmente,
para volverse un concepto clave de la teoría sociológica de Bourdieu: en
Architecture gothique enpensée scolastique (1967), que Bourdieu traduce para
la colección “L e sens commun” y que acompaña con un posfacio centrado sobre la
noción de habitus, Panofsky emplea, en efecto, ese término para designar las
categorías de percepción comunes a la cultura escolástica y al arte gótico,
las cuales forman un modus operandi, es decir, el principio unificador de
prácticas diferentes.47
A diferencia de la tradición materialista que, como señala M arx en su primera
tesis sobre Feuerbach, supone al hombre pasivo frente a un mundo que conoce
por impresiones, la tradición idealista, en la línea del análisis kantiano de las ca­
tegorías del entendimiento, puso en prim er lugar el carácter activo de las
categorías de la percepción, su poder estructurante, es decir, su facultad de
construir la realidad y de darle un sentido.48Esta tradición se perpetúa tanto a
través de la obra de Cassirer, que estudia las formas simbólicas características
de una época (Bourdieu lo traduce para sí mismo a comienzos de los años ‘60 y

C!*’ P ie rre Bourdieu, “L e m ort saisit le vif: les relations entre l’historie reifiéo et l’h istorie
incorporée, Actcs de la recherche en Sciences sociales, 32-33, abril-junio de 1980, p. 8.
47 E rw in Panofsky, A rchitecture goth iqu e et pensée scolastique, traducción y posfacio de
P ie rre Bourdieu, París, M inuit, col. “ L o sens commun” , 1967 |Arquitectura gótica y pensam iento
escolástico, M adrid, La Piqueta, 19861.
48 Esta problem ática está desarrollada en Pierre Bourdieu, “Sur le pouvoir sym bolique”,
Armales, ESC, mayo-junio de 1977, p. 405-412.

50
publicará sus principales obras en la colección “Le sens commun” ), como en la
corriente culturalista: el poder de construcción del lenguaje en Sapir (también
traducido en la colección “L e sens commun” ) y W horf, o la perspectiva como
forma histórica en Panofsky. E l análisis de las formas de clasificación por
Durkheim y Mauss se inscribe igualmente en esta línea.49 Pero estos últimos,
y Bourdieu después de ellos, rompen con la tradición neokantiana al plantear el
carácter arbitrario y social de las formas de clasificación que, lejos de ser uni­
versales. son relativas a los grupos particulares, culturales e históricos.
Si esas formas son adquiridas y no innatas, queda por saber por qué el mundo
sepresenta de manera inmediata y cómo el acuerdo de sentido es posible entre
los individuóse, La tradición hermenéutica y semiótica funda el conformismo
lógico sobre uñ inconsciente colectivo del cual el análisis estructural debe dar
cuenta: son por ejemplo las estructuras profundas de la lengua versus el habla
que estudió Saussure, sobre el cual, como se sabe, Bourdieu ha dictado un curso
al mismo tiempo que sobre Durkheim, en la Universidad de Argelia, durante el
año 1959.
E l habitus viene entonces a designar ese sistema de esquemas cognitivos que
W eber nombraba con el térm ino de ethos y al que Bourdieu añade, siguiendo a
Mauss, los hábitos corporales. Sistema de estructuras estructurantes, esta
“cultura” -térm ino que Bourdieu había considerado como alternativa a “habitus”
(aparece en Les héritiers en alternancia con “hábitos culturales”), pero que
estaba demasiado connotado—50es común a un grupo social (formación social o
clase social en las sociedades diferenciadas), una clase de edad que ha sido
socializada en un mismo sistema escolar (generación) o un grupo profesional.
Algunos años antes, Jürgen Habermas había empleado el término de habitus
para proponer una tipología de las actitudes políticas de los estudiantes, en el
marco de una investigación sociológica.5, El concepto de habitus permite así a
Bourdieu integrar las adquisiciones de diferentes tradiciones de la sociología: la
tradición marxista, que recuerda que las formas de conciencias se diferencian
según las condiciones de existencia, la crítica weberiana del materialismo

1,9 Reeditada tam bién en la colección “L e sens commun” , en el marco de la publicación de las
obras com pletas de los dos autores: E m ile Durkheim y M arcel Mauss, “De quelques formes
prim itives de classification” (L'année sociologique, 1903), en M arcel Mauss, Oeuures, t. II,
Représentations collectiues et diversité des ciuilisations, presentación de Víctor K arady, París,
M in u it, “L e sens com m un” , 1974, p. 13-89 [Representaciones colectiva s y d iversid a d de
civilizaciones, Barcelona, Barral, 19711.
a) p ierre Bourdieu, “ Structuralism and T h eory o f Sociological K now ledge”, op. cit., p. 706, n.
23. Tam bién puede verse en Durkheim un uso puntual de la noción de habitus en un sentido
cercano al ethos weberiano, pero en el contexto de la educación religiosa que apunta a operar
una conversión del alma entera, véase Ém ile Durkheim, L ’évolution pédagogique en France,
París, P U F , 1938, r*- 37 [L a evolución pedagógica en Francia, M adrid, L a Piqueta, 19921.
ñl Jürgen H aberm as, Lu d w ig von Friedeburg, Christoph O eheler y Friedrich W eltz, S tud ent
und P o lilik . Ei.tie S oziologische Untersuchung zum p olitisch en Bew ufltsein d er Stu.denten,
N euw ied, 1961, p. 72 y ss. V éase ln grid Gílcher-Holety, “Jürgen Haberm as face aux événem ents
de m ai 1968”, en Johan Heilbron, Rem i Lenoir y G iséle Sapiro (dirs.), P o u r une historie des
sciences sociales, op. cit., p. 179-197. N o estoy en condiciones de decir si Bourdieu conocía esta
obra en el m om ento de la redacción del posfacio a Panofsky.
marxista, que restablece el lugar de la visión del mundo de los grupos sociales
en la orientación de su acción, y la tradición durkheimiana del estudio de las
formas de clasificación tal como ha sido adaptada por el cstructuralismo.
El concepto toma cuerpo en las investigaciones sociológicas sobre la sociedad
francesa que Bourdieu realiza en el Centre de Sociologie Européenne, en
colaboración con un equipo. Aún débilmente institucionalizada y dividida en es­
pecialidades, la sociología estaba entonces estructurada por una división del
trabajo entre el polo universitario dominante, encarnado por Georges Gurvitch
en particular, que se dedicaba a la teoría social, y el polo dominado de la
investigación empírica, representado por los investigadores del C N R S reagru-
pados en el Centre d’Etudes Sociologiques (CES) que dirigía Jean Stoezel, quien
se inclinaba a la psicosociología norteamericana.52 Además de los métodos
cuantitativos, la sociología norteamericana, en particular la corriente del
interaccionismo simbólico, salida de la escuela de Chicago, desarrollaba méto­
dos cualitativos-observaciones etnográficas, entrevistas-que Bourdieu con tri­
buye a importar a Francia a partir de mediados de los años 1960. Elegido director
de estudios en la Ecole Pratique des Hautes Etudes (V I sección) en 1964,
Bourdieu recibe, en efecto, en su seminario a representantes de la escuela de
Chicago como Anselm Strauss; y publicará de ellos estudios importantes en la
colección “Le sens commun”, que lanza el mismo año en las Editions du Minuit.
A l combinar el análisis estadístico y la encuesta cualitativa para aprehender
objetos diversos, las investigaciones llevadas a cabo por el Centre de Sociologie
Européenne -cuyo capital escolar es globalmente más elevado que el del CES a
pesar de la reivindicación anti-elitista de su equipo, puesto que atrae especial­
mente, además de a Bourdieu mismo, a varios normalianos como Jean-Claude
Passeron, Jean-Claude Chamboredon, Rém y Ponto’ Olgierd Levandowski,
Christian B audelot- trascienden la división entre teoría y empiria. Tam bién
transgreden la separación de las especialidades al abordar, a través de objetos
diversos como las prácticas culturales (la frecuentación de los museos, la
fotografía), los estudiantes (Les héritiers, 1964), problemáticas más generales
tales como los principios de ajuste - o de desfasaje- entre las esperanzas
subjetivas de los agentes, captadas en las entrevistas, y sus posibilidades
objetivas tales como las hacen aparecer las probabilidades estadísticas. A l evocar
su descubrimiento de la sociología en el seminario de la ENS, al cual Althusser
había invitado a Bourdieu, en 1962-1963, para que presentara sus trabajos sobre
Argelia, Christian Baudelot recuerda haber estado “impresionado” a la vez por
la alianza de las referencias de la cultura clásica que era la de la E N S y el carácter
“experimental” de las investigaciones:

Era verdaderamente un descubrimiento, un descubrimiento en el sentido literal.


Un cóctel muy inestable y muy dinámico entre una cultura clásica, literaria y

52 Johau Hclbron, “Pionniers par défaut?” Les debuts de la recherche au C en tre d’études
sociologiques (1946-1960)” , Revue francaise de sociologie, X X X II, 1991, p. 365-379. V éase
tam bién P ie rre Bourdieu, Esquisse p o u r une aulo-ancilyse, op. cit., p. 46-47.

52
filosófica que él dominaba como un virtuoso, por un lado, y que acarreaba la
adhesión inmediata de esos herederos que éramos nosotros, formados en filosofía,
en griego y en los grandes escritores franceses y, por otro lado, métodos de
investigación objetiva déla realidad social -entrevistas, cuestionarios-. Ese cóctel
era atrayente en el sentido literal del término. Atraía al lector o al oyente porque
lo obligaba a situarse él mismo, con su pasado, su trayectoria, su historia, sus
gustos y sus valores, en el espacio social y cultural que emergía de esos análisis.
Y nunca en el lugar que uno pensaba ocupar... Lo que siempre me impresionó en
Bourdieu es el carácter interpelante e implicante de su sociología. Es a la vez
objetivay personal sin nunca inclinarse hacia el moralismo: consigue instaurar una
relación muy personal con sus lectores u oyentes que “se reconocen en ella”.
Reconocíamos la etiqueta de calidad intelectual versión “Normal Superior” , lo que
inspiraba confianza, y nos reconocíamos allí a nosotros mismos, en tanto que per­
sonas. Era evidente que todos esos “reconocimientos” eran muy conflictivos. No
dejaban de producir un profundo trastorno de las certezas anteriores puesto que
cuestionaban los principios mismos de su propia identidad social. Era el precio a
pagar para convertirse en sociólogo.53

E l proyecto de sociología científica que elabora Bourdieu apunta desde


entonces a resolver, superándola, la oposición entre subjetivismo y objetivismo:

La sociología supone, por su existencia misma, lasuperación de la oposición ficticia


que subjetivistas y objetivistas hacen surgir arbitrariamente. Si la sociología como
ciencia objetiva es posible, es porque existen relaciones exteriores, necesarias,
independientes de las voluntades individuales y, si se quiere, inconscientes (en el
sentido de que ellas no se dan a la simple reflexión) que no pueden ser comprendí das
sino por el desvío de la observación y de la experimentación objetivas; dicho de otro
modo, es porque los sujetos no poseen toda la significación de sus comportamientos
como dato inmediato de la conciencia y porque sus comportamientos encierran
siempre más sentido de lo que saben y quieren, que la sociología no puede ser una
ciencia puramente reflexiva que accede a la certeza absoluta por 1a sola vuelta sobre
la experiencia subjetiva y que ella puede ser, al mismo tiempo, una ciencia objetiva
de lo objetivo (y de lo subjetivo), es decir, una ciencia experimental.51

L a s ló g ic a s d e la a c c ió n : d isp o sic io n e s ,
e s tra te g ia s y s e n tid o p r á c tic o

Falta, sin embargo, superar la separación entre el análisis estructural, por un


lado, y las teorías de la acción, por el otro. En lingüística como en antropología
estructural, los agentes aparecen como simples soportes de estructuras o eje­

5i Testim onio de Christian Baudelot a la autora (en trevista realizada en 18 do diciem bre de
2 0 0 2 ).
54 P ierre Bourdieu, Una a rt moyen. Essais sur les usagess sociaux de la photographie, París,
M inu it, col. “L e sens commun” , 1965, p. 19 (con Luc Boltanski, R obert C astel y Jean-Claude
C h am b o red on ).

53
cutantes de reglas o de roles. En un célebre debate, Sartre reprochó a Lévi-
Strauss vaciar la historia. A l rechazar “reducir la sociología al estudio de los
determinismos sociales”, la sociología de la acción que desarroll a entonces Alain
Touraine55 reivindica la filosofía sartreana del sujeto y de la libertad.
Bourdieu desarrolla, por su parte, una crítica del mecanismo estructuralista
basado en la constatación de una contradicción entre la teoría de las reglas de
parentesco y los resultados de las investigaciones empíricas que él llevó a cabo
en Cabilia: recurriendo a las estadísticas pudo constatar que el matrimonio con
la prima, considerado como típico de las sociedades árabe-bereberes, no repre­
senta sino el 3 y 4% délos matrimonios. La constatación de ese desvío lo condujo
a interrogarse sobre las condiciones de obediencia a la regla, problema que
W ittgenstein -qu e Bourdieu descubre en esta época- ha enunciado filosófica­
mente, o más bien, a cuestionar nuevamente ese presupuesto que funda el
juridicismo etnológico y que da cuenta, de hecho, de un error intelectualista que
consiste en proyectar la construcción del observador sobre la realidad observa­
da.56 Pero ello implica resolver el problema con el que se enfrentan tanto el
marxismo como el existencialismo, a saber, el de las lógicas de acción, tomadas
entre la restricción (las condiciones de existencia, lo práctico-interno) y la
libertad.
E l modelo chomskiano de la competencia generativa de conductas perm ite
superar la oposición entre mecanismo y libertad de acción. A l modo de Lévi-
Strauss cuando traspone a la antropología la concepción saussuriana de una
estructura profunda de la lengua que subyace al habla, Bourdieu adapta a la
sociología la noción chomskiana de competencia generativa: “Este habitus
podría ser definido por analogía con la ‘gramática generativa’ de Noam Choms­
ky, como sistema de esquemas interiorizados que permiten engendrar todos los
pensamientos, las percepciones y las acciones características de una cultura, y
solamente éstas” .57 En efecto, según Chomsky, el habla no es reductible a la
lengua, la existencia de una estructura profunda no basta para explicar cómo el
locutor es capaz de producir un número infinito de frases a partir de algunas
reglas: una gramática generativa es la que explica esta capacidad de improvisar
hasta el infinito. A diferencia de Chomsky, para quien es innata, Bourdieu
considera sin embargo esa competencia generativa de las conductas como
adquirida.
Contra el acercamiento mecanicista del estructuralismo, Bourdieu reintro-
duce, en su teoría de la práctica, la concepción finalista, cara a la fenomenología
y a M ax Weber, que describe las conductas como orientadas en relación con los
fines y pone el acento sobre su significación, igualmente cuando reintroduce el

35 A la in Touraine, S ociologie de. l ’action, París, Seuil, 1965 [S ociología de la acción, M adrid,
A riel, 1969].
sli Véase, por ejemplo, Pierre Bourdieu, “Habitus, code et codification”, Actes de la recherche
en sciences sociales, 64, septiem bre de 1986, p. 40-44 (reeditado en Choses dites, op, cit., p. 94-
105).
57 P ie rre Bourdieu, “Postface”, en E rw in Panofsky, op. cit., p. 152.

54
punto de vista subjetivo de los agentes que, si no puede bastar según él para dar
cuenta de sus conductas, contribuye a orientarlas. Dos nociones le permiten
tener en cuenta esta orientación basada en “saberes prácticos” sin que ella
implique una conciencia clara ni una aplicación mecánica de la regla: la noción
de estrategia y la de las disposiciones.
Alim entada con la teoría de los juegos y de la lingüística,58 la noción de
“estrategia”, que se encuentra también en la sociología interaccionista (en
Goffman especialmente), restituye a los agentes un margen de invención y de
improvisación. Así, las regularidades de las conductas matrimoniales de los
campesinos bearneses no deben ser analizadas como el resultado de la obedien­
cia mecánica a la regla sucesoria que hace del hijo mayor el heredero, sino de
estrategias que, como la herencia de la tierra al hijo mayor, apuntan a
salvaguardar la integridad del patrimonio. Esta cuestión está en el centro del
artículo publicado en 1972 por Anuales'. Bourdieu retoma allí y profundiza los
resultados de la primera encuesta sobre el celibato en Bearn para mostrar que
las estrategias matrimoniales no son simple obediencia a la regla sino estrate­
gias de reproducción, como lo testimonia la existencia de varios tipos de es­
trategias para la salvaguarda del patrimonio (por ejemplo, el hecho de legarlo
a una hija en ausencia de un hijo).59
No se trata, sin embargo, de volver al finalismo ultrasubjetivi sta de la filosofía
sartreana ni a una intersubjetividad que ignora las condiciones de existencia y
el peso de las estructuras. Para Sartre, no hay ninguna inercia en la conciencia.
M ala fe o alienación, la renuncia a las factibilidades caracteriza, según él, el
espíritu de seriedad del hombre inserto en el mundo, que realiza su función
social. A este espíritu de seriedad, opone, como se sabe, la angustia que nace de
la confrontación de las factibilidades y, pues, de la libertad.60 Ahora bien, res­
ponde Pierre Bourdieu en Esquisse pour une théorie de la pratique:

Si el mundo de la acción no es otra cosa que este universo imaginario de factibili­


dades intercambiables que dependen enteramente de los decretos de la conciencia
que lo crea, y que entonces está totalmente desprovisto de objetividad, si es emo-

“ Bourdieu lee hacia 1961-62 el libro de John von Neum an y O skar M orgenstern, Theory
o f Carnes and É co n o m ic B eh a vior, Princeton, Princeton U n iverstiy Press, 1944, reed. 1980. En
lingüística, se trata especialm ente de H en ri F rei, L a g ra m m a ire de fautes, Ginebra, Slatkine,
1971, reed. 1993.
59 P ierre Bourdieu, “Les stratégies m atrim oniales dans le systém c des stratégies de repro­
duction” , Arm ales E S C , 4-5 de ju lio de 1972, p. 1105-1127. Se observará que si el concepto de
habitus quedó fuertem ente identificado con la teoría sociológica de Bourdieu, el de “ estrategia”,
a menudo criticado erróneam ente como la expresión de un economicismo y de una sociología
de los intereses y del cálculo cínico (cuando no se habla de m etáfora m ilita r), ha conocido una
difusión creciente en sociología, al punto que un artículo aparecido en 1989, en S ociology, pudo
ser enteram ente dedicado a esta noción sin citar una sola vez el nombre de Bourdieu. Cfr.,
G raham Crow, "The Use o f the Concept o f ‘S trategy’ in Recent Sociological L ite ra tu re ”,
Sociology, 23, (1), febrero de 1989, p. 1-24. Es un historiador de la fam ilia el que responde a este
artículo evocando entre otros los trabajos de Bourdieu sobre las estrategias m atrim oniales en
Bearn: D avid H. J. M organ, “Strategies and Sociologists: a Com m ent on C row ” , ibíd., p. 25-29.
cu Jean-Paul Sartre, L 'É tre et le N éant, op. cit., p. 74-75.

55
donante porque el sujeto se elige emocionado, sublevante porque se elige subleva­
do, las emociones, las pasiones y las acciones no son más que juegos y juegos dobles
de la mala fe y del espíritu de seriedad, farsastristes donde uno es ala vez mal actor
y buen público.61

De allí su rechazo de la metáfora teatral y de la noción de “actor” y de “roles”


que desarrolla entonces el interaccionismo simbólico (véase supra). Producto
del habitus, la invención o la facultad de improvisación y de ajuste está, tanto
en el plano cognitivo como corporal, estrictamente limitada por el habitus. D el
mismo modo, las factibilidades tampoco están distribuidas entre los individuos,
sino que dependen de las condiciones de existencia o de la posición ocupada en
el espacio social. Productos del aprendizaje, los esquemas de percepción y de
acción orientan las conductas bajo forma de disposiciones: esta lógica de la
práctica critica el dualismo sartreano y toda forma de sesgo intelectualista.G2Las
conductas de los agentes deben vincularse con su percepción de las factibilidades
como probables y con sus esperanzas subjetivas más o menos ajustadas a
posibilidades objetivas.83 E l sentido práctico es así lo que tiende a ajustar las
esperanzas subjetivas a las posibilidades objetivas, y pues, lo posible a lo
probable/14Es significativo que la noción de “conciencia económica” que aparece
en los artículos sea reemplazada, luego, por el concepto de “disposiciones
económicas”,65que incluye a la vez las maneras de hacer y de pensar, sin suponer
conciencia clara ni “mala fe” o “falsa conciencia” . Del mismo modo, el término
durkheimeano de “saberes actuados e implícitos” es reemplazado por “saberes
prácticos”.
Si el concepto de habitus permite, pues, salir del dualismo entre el espíritu
y la m ateria y de la oposición entre el individuo y la sociedad, queda por explicar
cómo se opera el ajuste entre las estructuras incorporadas (disposiciones, ha­
bitus) y las estructuras objetivas (cosas, instituciones) que funda la ilusión de la
comprensión inmediata del mundo social y ese sentido práctico, que no es otro
que la capacidad de adoptar conductas objetivamente adaptadas a las institucio­
nes sin obedecer mecánicamente a una regla. Porque, lejos de negar esa expe­
riencia primera del mundo social como evidente, como “taken fo r granted” , que
ha constituido el aporte mayor de la fenomenología, Bourdieu la ubica en el
centro mismo de su interrogación.
Su respuesta es durkheimeana, es decir, que los hechos sociales son maneras

01 P ie rre Bourdieu, Esquissp. p o u r une théorie de la pra tiqu e, op. cit., p. 266.
ra Bourdieu desarrollará este problema del error intelectualista o “ sesgo escolástico”, como
lo llam ará más tarde, en M éditations pascaliennes, París, Seuil, col “L ib er” , 1997.
Véase especialm ente, P ierre Bourdieu, “De la régle aux stratégies”, Chases dites, op. cit.,
p. 75 y ss. Sobre el problema de la obediencia a la regla y las relaciones entre Bourdieu y
W ittgenstein, véase tam bién el número de C ritiqu e, de agosto-septiem bre de 1995, dedicado a
Bourdieu.
61 V éase la formulación de estas principios en la introducción a U n a rt mayen, op. cit., p. 21.
P ie rre Bourdieu, “ L a société traditionnnelle” , Sociologie du tra v a il 1, art. citado, p. 24-44.
Cfr., con A lg érie 60, op. cit., introducción y prim er capitulo.

56
de hacer, de pensar y de actuar más o menos instituidas, como en el derecho,
y más o menos solidificadas en las cosas. N o hay entonces diferencia de esencia
entre las estructuras incorporadas y las estructuras objetivas, que no son otra
cosa que dos formas de existencia de lo social: “ [...] toda acción histórica, pone
en presencia dos estados de la historia (o de lo social): la historia en estado
objetivado, es decir, la historia que se ha acumulado a lo largo del tiempo en las
cosas [...], y la historia en estado incorporado, vuelta habitus” .66L a adecuación
entre esas dos manifestaciones de lo social es precisamente lo que hace que el
mundo social sea evidente.
Fruto de la historia colectiva, el ajuste entre estructuras objetivas (cosas,
instituciones) y estructuras incorporadas (disposiciones, habitus) se opera, en el
nivel de la historia individual, por la educación, es decir, por el trabajo de
inculcación de esas maneras de actuar, pensar y de sentir. En oposición al
estructuralismo o a la sociología interaccionista de los roles, la teoría del habitus
reestablece el principio unificador de las prácticas de un individuo en función de
su origen social y de su educación. Si las primeras experiencias son determinan­
tes porque ellas condicionan las siguientes (por el efecto integrador del habitus),
las experiencias sucesivas y el orden en que se desarrollan singularizan a cada
individuo y, así, los desvíos del habitus permiten dar cuenta de los desvíos del
comportamiento.
L a ilusión de la comprensión inmediata, que caracteriza la experiencia prác­
tica del mundo, se basa en el hecho de que las estructuras cognitivas son el
producto de las estructuras objetivas. La experiencia de la percepción del mundo
como evidente es el fruto de un ajuste histórico entre las estructuras objetivas
y las formas simbólicas interiorizadas por la educación. Esta ilusión está en el
origen del enceguecimiento sobre su propio principio y de la resistencia a la
historia, es decir, en el estudio de su sociogénesis, que es el único que puede, sin
embargo, arrancarlo a la naturalización. Pero el ajuste no es perfecto y no funda
“la ilusión de la finalidad o, lo cual es lo mismo, del mecanismo autorreglado”
sino cuando las condiciones de producción del habitus y las condiciones de su
funcionamiento son idénticas.87Lo que explica, inversamente, los desfasajes y
los desvíos: éstos se deben a la hysteresis de los habitus producidos en si­
tuaciones históricas anteriores, mientras que las estructuras objetivas se
transforman, como dan cuenta de ello los ejemplos de los campesinos cabileños
confrontados con la economía capitalista o los de los campesinos bearneses. La
figura de Don Quijote constituye el paradigma de ese desfasaje entre la per­
cepción subjetiva del mundo social y su realidad objetiva, que traiciona la inercia
de las disposiciones.
A l responder a los problemas que la investigación empírica planteó a las

“L a adaptación a un orden económico y social, cualquiera que sea, supone un conjunto de


saberes empíricos, transm itidos por la educación difusa o especifica, de saberes actuados e
im plícitos” , escribe Bourdieu en “L a société traditionnnelle” , ibíd., p. 26. Com párese con A lg érie
60, op. cit., p. 17.
157P ierre Bourdieu, “A v e n ir de classe et causalité du probable” , Kevue fm n m is e (fe sociologie,
X V , 1974, p. 4 y ss.

57
teorías existentes, el concepto de habitus funda una teoría de la acción que
perm ite superar la alternativa entre mecanicismo y finalismo, entre objetivis­
mo y subjetivismo, entre individuo y sociedad: presuponiendo a la vez la inercia
del pasado a través de las estructuras incorporadas bajo la forma de disposicio­
nes, que explican las resistencias, tanto corporales como mentales (o cognitivas)
al cambio, restituye una dimensión inventiva a esas disposiciones, que les
permite, más o menos, según la separación entre las condiciones objetivas en
las que se formaron y aquellas en las que son reactivadas, orientarse en el
mundo social, ajustarse a sus transformaciones y proyectarse en el futuro. Esas
disposiciones se concretan de manera diferenciada según el espacio de las
factibilidades que se ofrece (desigualmente) a los individuos en los diversos
campos de actividad, donde ellas se retraducen en función de las apuestas y de
las reglas específicas de ese universo, lo que a menudo las hace desconocidas,
incluso a ojos de los individuos mismos, creando ese sentimiento de “ extraña
familiaridad” que Freud ha analizado en el plano de las relaciones afectivas.68A llí
comienza el trabajo del sociólogo.

68 Sigm und Freud, L'in qu iéta n te étrangeté et autres essais, Parts, G allim ard, 1985, reed. col.
“ Idées” , 1988.

58
Anexo
ENTREVISTA DE PIERRE BOURDIEU
CON GISÉLE SAPIRO
7 DE JUNIO DE 2000

Esta entrevista fue realizada con motivo de un trabajo sobre la génesis de los
conceptos de Pierre Bourdieu, especialmente el de habitus. Está centrada en su
formación filosófica, en la incidencia de la fenomenología en su proceso in ­
telectual y en su relación con Sartre.’ Publicamos aquí lo más importante de
ella,2 omitiendo solamente algunos pasajes más anecdóticos o algunas digre­
siones.
L a entrevista comienza con la evocación de las lecturas de juventud: "El Ser
y la N ada de Sartre, que Pierre Bourdieu leyó desde fines de los años 1940, en
el curso preparatorio de laE N S , un poco por “esnobismo” , dice, para diferenciar­
se de sus camaradas sumergidos en sus latines y griegos; luego, La estructura
del comportamiento de Merleau-Ponty, que lo marcó profundamente (más que
La fenomenología de la percepción), los textos de Husserl entonces traducidos al
francés3y E rfah run g und U rteil, del que leía todos los días algunas páginas junto
con Jean-Claude Pariente en la École Nórm ale Supérieur [...].

G is é le S a p iro : ¿Cuál es el libro que más lo ha marcado?


P ie r r e B o u rd ie u : Lo que me molestó, lo que me desató, fue Esquiase pour
une théorie des émotions ,4que me parecía falso. Entonces, uno de mis intereses
fue corregirlo. Esto no resulta anecdótico en la medida en que la teoría de la

1 Esa relación fue objeto de una ponencia presentada en el coloquio anual de! Grupo de
Estudios Sartreanos, el 24 de junio de 2000, en la sesión dedicada a “Sartre y Bourdieu” , publicada
como artículo: Giséle Sapiro, "Pourquoi le monde va-t-il de soi? De la phénom énologie á la théorie
de Yhabitus” , en G eneviéve Id t (dir.), Sartre, une écriture en acte, Cahiers, R IT M 24 (Publidix,
U niversidad de N an terre), serie “ Etudes sartriennes” , V III, 2001, p. 165-186.
2 Con la am able autorización de Jéróm e Bourdieu.
3 Edmund H usserl, Idées directrices p o u r une p h énom énologie, París, G allim ard, 1950;
L o g iq u e fo rm e lle et log iq u e transcendentales, París, P U F , 1957 [L ó g ic a fo rm a l y ló g ica
trascendental, M éxico, U N A M , 19621.
4 Jean-Paul Sartre, Esquisse p o u r une théorie des ém otions, París, Herm ann, 1938, recd. 1995
Bosquejo de una teoría de las emociones, M adrid, A lian za, 1983],

59
emoción de Sartre era muy central. En el fondo, era el problema de lo serio, que
vuelve en E l S er y la Nada, que está ligado a lo serio político.5P or otro lado, había
una frase que me chocaba mucho: “los políticos son serios” . [...] La emoción no
podía ser seria porque es la mala fe; esto estaba muy ligado a la teoría del futuro,
al proyecto. Es totalmente central, y había pues una especie de hilo cuya raíz era
el análisis de las estructuras temporales. En Heidegger, es más complicado.
H eidegger era más ambiguo y estaba más cerca de Merleau-Ponty, finalmente,
sobre el problema del tiempo. En fin, son cosas muy complejas, pero pienso que
era evidente que Sartre volvía a una visión cartesiana, radical, del sujeto creador
de valores, creador de verdades. Había también un pequeño Descartes6que Sar­
tre había publicado, donde él se expresaba por completo. Es un pequeño libro que
yo había comprado en oferta. Para mí, eso había sido una revelación porque era
la clave de su antropología, de su teoría de la libertad, del sujeto. Quería
repatriar en el hombre lo que Descartes había dado a Dios. Era totalmente
transparente. Ese era el centro de mi resistencia. Fue muy fundante porque
efectivamente todos los conceptos después, especialmente el de habitus, se
inspiraban en una filosofía que era en resistencia contra eso. Husserl era
interesante porque era ambiguo. En Husserl, había un poco las dos facetas, una
oscilación entre la faceta idealista, el idealismo trascendental, y una faceta por
la que se acercaba con sus nociones deHabitualitcit a la lectura de Merlau-Ponty.
M erleau-Ponty estaba constantemente entre los dos, pero tenía en el fondo las
mismas resistencias respecto de Sartre que yo, o más bien yo tenía las mismas
que él, para ser modesto.
GS: ¿De dónde venía esa resistencia?
PB: N o sé. Yo lo admiraba mucho y a la vez veía que no era serio. E ra una
suerte de diletantismo que yo asociaba también con su costado burgués.
GS: ¿Puede decirse que Sartre privilegia la conciencia reflexiva, mientras
que usted se interesa en general más en la conciencia no tética y luego, más
adelante, en la cuestión de la Weltanschauung?
PB: Si, así es. [...] Yo había descubierto un Dilthey que estaba más cerca de
mi visión, cuando me habían enseñado el Dilthey de la filosofía comprensiva, el
de la oposición explicar/comprender. Encontré un D ilthey que estaba más cerca
del sentido objetivo. Ligado a la noción de sentido objetivo, porque el sentido, ¿es
algo que yo construyo o algo que yo descubro? H ay toda una evolución de Dilthey
que ha ido de una filosofía subjetivista a una visión casi hegeliana de la
interpretación. Pienso que ese debate es muy importante. Es también el pro­
blema alrededor de la Gestalt.: ¿las formas son construcciones? Actualmente, la
gente descubre la luna cuando habla de construcción, de constructivismo. Son
debates antiguos sobre los que hay elaboraciones muy refinadas.
GS: M e pareció, en efecto, que usted trasponía al mundo social esta pro-

Cfr., Jean Paul Sartre, L ’É tre et le N éant, París, Gallim ard, 1943, reed. col. “T e P , 1987, p.
75 fE l S er y la N a d a , Buenos Aires, Losada, 1966],
l! Descartes, 1596-1650, introducción y selección por Jean-Paul Sartre, Ginebra, “T ra its ”,
Lausanne, L. Couchoud, 1944.

60
blemática de la fenomenología: cómo se hace lo discontinuo con lo continuo, el
problema de la forma, etc. Y a está presente en el texto sobre el tiempo. Puede
verse que usted se interesa en eso en el plano de lo fenomenológico.
PB: Lo extraño -e n fin es mi visión de la vida intelectual- es que la gente
rem ovía problemas en la superficie. Por ejemplo, sobre el estructuralismo, la
gente debatía sin tener presente las cuestiones fundamentales que Saussure
había planteado.7Sucedía algo semejante con el debate sobre el constructivismo.
La gente remueve problemas en la superficie. Desconfío mucho del filosofismo,
de la tentación de filosofaren lugar de investigar, pero pienso que las premisas,
los prerrequisitos fundamentales sociológicos, están en un nivel bastante pro­
fundo del conocimiento filosófico, y que uno no puede contentarse con decir: “lo
social es construido” , o cosas como ésa. Y o tem a la impresión de que cosas como
las de Berger y Luckmanns eran algo apresurado, algo superficial. Schutz, por
ejemplo, a quien leí mucho, es un tipo muy sólido. Schutz ha sido mal leído por
Garfinkel que leía a Parsons, por un lado, y a Schutz, por el otro.3 Tengo la
impresión de que eran chapuceros, charlatanes. Entonces, evidentemente, en
Francia es aún peor porque siempre hay lectores charlatanes de lectores char­
latanes. W eber y todos los autores que fueron importantes para m í fueron cha­
puceados. E ra superficial. Es muy extraño porque es necesario una cultura
filosófica muy fuerte y a la vez también es necesario desconfiar mucho.
GS: Usted ha explicado su rechazo de la filosofía sartreana del sujeto y, al
mismo tiempo, siempre ha indicado que es su formación fenomenológica lo que
le ayudó a evitar las trampas del objetivismo. Eso permite pensar en la trans­
posición de problemáticas fenomenológicas al mundo social. L a reflexión sobre
el tiempo se encuentra en varios niveles, por ejemplo, el peso del pasado que
aparece en el nivel del empirismo. De hecho, es ese pasado del que Sartre quiere
liberarse...
PB: Absolutamente. Yo tengo un texto, que es un apéndice del artículo sobre
el campo económico que publiqué en A den.10 Había llamado a eso “una antro­
pología im aginaria” y fue entendido como una antropología sartreana. Lo saqué
del libro sobre economía porque los economistas habrían pensado que los agre­
día. L a idea central es que la antropología sobre la que se basa la economía es
una antropología cartesiana, es decir, sartreana. En principio, es deductivista-
cartesian a-y sobre la temporalidad es instantaneísta, discontinuista y no deja
ningún lugar a la inercia, al conatus, al contrario de Leibniz. Leibniz ha sido, en

7 P ierre Bourdieu dictó un curso en 1959, en la U niversidad de A rgelia, sobre Ferdinand de


Saussure, cuyos trabajos están recopilados en el Cours de lin gu istiqu e genérale, París, Payot,
1972. [C ursó de lin gü ística general, M adrid, Alianza, 1983.]
8 P e te r B erger y Thom as Luckm ann, L a construction du sociale de la réalité, París, M éridiens,
Klincksieck, 1986 [L a construcción social de la realidad, Buenos A ires, Am orrortu, 1976],
9 En Esquisse d ’une théorie de la pra tiqu e, P ierre Bourdieu rem ite al prim ero de tres tom os
de artículos de Schutz recopilados en inglés: Collected Papers, T. I, The Pro b le m o f S o cia l R eality,
L a H aye, NijhofF, 1962 [E l problem a de la realidad social, Buenos A ires, Am orrortu, 1974],
10 P ierre Bourdieu, “ L'anthropologie im aginaire de la Rational A ctin o T h eory”, “ L e champ
économique” , Acfes de la recherche en sciences sociales, 119, septiem bre de 1997, p. 64.

61
mi trabajo, el antídoto contra Descartes. Personas como Elster, que no ha leído
a Sartre... yo discutí de eso con él; creo que lo redescubrió después, porque yo
le decía: pero todas esas cosas son tonterías y ya están en Sartre. E l creía que
había descubierto la luna, pero “Ulises y las sirenas” 11es Sartre, es la m ala fe
institucionalizada... La antropología imaginaria es la antropología cartesiana,
instantaneísta, discontinuista.
En Esquisse p ou r une théorie de la pratique,12hay una muy larga nota sobre
la emoción, que era lo que quedaba en mi cabeza de lo que había hecho en esa
época, de mi trabajo sobre la estructura de la antropología de lo imaginario.
Había una gran cantidad de cosas sobre el cuerpo... en resistencia contra esa
especie de subjetivismo. Yo estaba con Canguilhem, trabajé la fisiología, la
medicina psicosomática; hay muchas cosas que vienen también de ahí. L a
sociología de las emociones estaba muy de moda; yo leía algo de todo eso y
muchas cosas que yo no había escrito estaban ya ahí. En esa época yo tenía la
idea de que el cuerpo estaba muy profundamente estructurado [...] Tenía un
cuadro -form a parte de las cosas perdidas- con columnas: tenía las emociones,
luego las reacciones psicológicas conscientes, las reacciones fisiológicas visibles
y las reacciones fisiológicas invisibles, como la secreción de adrenalina. Y luego,
enfrente, tenía las expresiones de sentido común para enunciar esas emociones:
“me duele la panza”, “tengo un nudo en la garganta” , etc. Había una corresponden­
cia extraordinaria. Entonces, una de las cosas que me decía era: ¿hay una especie
de sabiduría que el pueblo ha registrado en el lenguaje o es el lenguaje el que
produce los síntomas? Ahora bien, algo muy interesante es que hay síntomas
que son conocidos desde hace muy poco, que son medidos únicamente por la ciencia
y que a veces sonnombrados por el lenguaje. [...] Para mí era un misterio. Recuerdo
que en Argelia seguía trabajando en eso. Era interesante porque no había lenguaje
descriptivo de las emociones para hacer una sociología comparada de las vidas
afectivas que pasaría por el lenguaje como estructurante de las percepciones y
también de las experiencias corporales. Es confuso, pero es extraño porque yo me
impregnaba de muchas cosas que ya eran mis preocupaciones. Es algo muy confuso
lo que cuento porque evoco rápido esas cosas.
GS: No, no es confuso. Para volver a la relación con el tiempo: hablábamos
del pasado, pero está también el finalismo en la fenomenología, el horizonte en
Husserl y Sartre, la proyección en el futuro. M e preguntaba si la noción de
estrategia no venía más bien de allí que de la economía.
P B : La noción de estrategia es complicada. No, no viene en absoluto de la
economía. [...] Está construida contra la regla, contra el mecanicismo. [...] Es el
partido que toma M erleau-Ponty en L ’estructure du comportement.13 Es mi

11 Jon E lster, L e la b o u re w et sea enfarda: deux easaia su r lea lim ites de la ra tio n a lité , París,
M in u it, 1987 [ Uliaes y las sirenas: estudios sobre racionalid ad e irra cion a lid a d , México, FC E ,
1989],
12 P ie rre Bourdieu, Esquisse d ’une théorie de la p ra tiq u e , precedido de T rola étudea
d'ethiw logie kabyle, París, Droz, 1972, nueva edición Seuil, col. “ Points”, 2000, p. 290-291.
1:1 M aurice M erleau-Ponty, L a structure d u com portem ent, París, P U F , 1942 [L a estructura
del com portam iento, Buenos A ires, H achette, 1957],

62
cultura de base: contra el pavlovismo mecanicista por un lado y, por otro, contra
el finalismo sartreano que conduce a la mala fe, etc.
GS: Entonces, ese finalismo lo protege del principio de obediencia a la regla
y, al mismo tiempo, usted dice que la experiencia argelina le hizo comprender
que hay relaciones diferentes con el futuro.
PB: Es así. Es extraño, es una mezcla; en principio, está mi viejo truco sobre la
protensión-proyecto que yo había definido antes. Fue en el curso de filosofía y me
pareció importante porque Sartre no veía la protensión. Entonces quedaba el
proyecto, entonces, la libertad, y entonces, la conciencia, etc. En Argelia me sor­
prendí, tuve ese problema... Había tesis, incluso la de Leroi-Gourhan, que me
chocaban mucho, que consistían en decir: “los primitivos no tienen futuro, viven
en el presente”.14 Los suprimí en mis referencias, pero me chocaba mucho. Sin
embargo, Leroi-Gourhan es un gran hombre que era de todo menos racista, de todo
menos colonialista. Pero podía decir que las personas no tienen futuro. Eso me
chocaba mucho, yo veía que esas personas hacían reservas para cinco años. Y es
ahí donde me dije que hay dos relaciones con el futuro, me serví de eso para salir
de esa dificultad: cómo pueden a la vez construir futuros -p or ejemplo los guelaa
en Marruecos—, cosas que planificaban, tal vez que no planificaban pero anticipaban
en diez años, y además se pierden cuando se les hace hacer banquetas, cuando se
'¡es dice que planten olivos de tal o cual manera, porque eso afecta su experiencia
del tiempo, de los ciclos, las anticipaciones. Evidentemente, yo estaba en la
economía, y los economistas planteaban todos esos problemas: era el cálculo
racional, el homo economicus, etc. Es extraño, porque tengo la impresión de que
el tiempo se ha detenido. Desconfío, pero al mismo tiempo es cierto, los problemas
más actuales de hoy yo los tenía en 1960. No es retrospectivo, era algo más
enredado, menos seguro, pero tenía algunos de esos problemas.
GS: L a reflexión sobre el tiempo también es lo que le perm ite poner al día,
en un análisis del don y del contra-don, el desconocimiento como un fundamento
de la legitimidad social: al reintroducir el tiempo (el contra-don es diferido),
usted muestra que el intercambio funciona porque es desconocido como tal.
PB: Absolutamente, es central. Aun ahí, también se trataba de Lévi-Strauss.
Tenía la impresión de que había una misma fam ilia de errores, intelectualista,
etc. Finalmente, el principio de todo eso se me hizo claro muy tarde, es el
scholastic bias. En el fondo, me doy cuenta de que yo pensaba en eso desde hacía
mucho tiempo.
GS: P ara volver a la fenomenología, puede decirse que, incluso cuando sigue
siendo esencialista, ella supérala oposición objetivismo/subjetivismo porque se
ubica en el terreno de la relación sujeto-objeto, cierto que al precio, en Sartre,
de un retorno al dualismo. Pero ese desplazamiento ¿no es una etapa hacia la
“desustancialización” de los objetos sociales, por el hecho de que se centra en la
relación?
PB: Sí, es totalmente justo. El problema es que la fenomenología es un campo

14 A n d ré Leroi-Gourhan y Jean Poirier, E thnologie de l ’U n io n frangaise, París, P U F , 1953,


t. I I, p. 921.

63
enorme. Es como el marxismo. Entonces, uno tiene un continuum. Sartre es
interesante porque ha radicalizado la forma... Pero tenemos también a Merleau-
Ponty, que estaba en el otro extremo, ciertos textos de Heidegger, Husserl
mismo..., es un continuum. Pero es cierto que había cogito, cogitatio, cogitatum...;
ellos pusieron el acento en cogitatio, en la intencionalidad. Ésa era la relación.
GS: Y es la relación que va a hacer que usted introduzca los puntos de vista
a llí donde el estructuralismo planteaba universales trascendentes. Yo pensaba
también en esa noción de posición ocupada en el espacio social, de agentes
“situados”, que siempre choca mucho a aquellos que son extraños a la sociología,
pero ¿no es también una transposición de la concepción fenomenológica según
la que todo ser percibido está situado?
P B : Absolutamente. Pero eso es la topología, el análisis in situ, es la lucha...
Pero es cierto que podría hacerse una lectura de Sartre muy diferente. H ay un
Sartre virtu al, que Simone de Beau voir tien e adem ás... Y o hice un tipo id ea l
de Sartre, hice el “Sartre” én estado puro. Pero él luchaba por ir en esa dirección,
hacía todo lo que podía para salir del subjetivismo, para salir del intelectualis-
mo.15Pero su habitus no lo llevaba a eso.
GS: Yo pensaba más en la percepción de los objetos, y entonces, en la ruptura
con el idealismo platónico. Efectivamente, después está la noción sartreana de
situación...
P B : De acuerdo. Pero los dos están también conectados. En todo caso, en mi
pensamiento, eso no vino de ahí. Yo me serví de eso por prim era vez fuertemente
para defender el concepto de posición de clase contra el concepto de condición.
“Condición de clase y posición de clase” que era bastante confuso, era un asunto
muy importante para salir del sustancialismo. Es un texto que fue publicado en
Archives européenes de sociologie .1 6Era la idea de que había una posición
sustancialista, puede decirse, de la clase como condición, definida por el ingreso,
por condiciones m ateriales de existencia, y luego una definición topológica de la
clase como posición en un espacio social. Ello me condujo a disolver la clase para
reem plazarla por el espacio social en el que hay posiciones, que pueden estar
constituidas en clase bajo ciertas condiciones. Era muy importante, porque era
un texto para comprender la pequeña burguesía. Había cosas ligadas al hecho
de no ser burgués, de no ser pueblo, de estar “entre” . Eso me preocupó mucho.
Y o quería mostrar que había una autonomía en relación con la condición, que
las personas que tienen las mismas condiciones, que viven de modo semejante,
tienen los mismos ingresos, pueden ser muy diferentes si su posición... De allí,
entonces, el desarrollo de una topología social. Eso funciona muy bien en el
universo donde la condición se reduce a la posición, como los universos

lr' En Esquisse d ’une théorie de la pra tiqu e, op. cit., p. 267, Bourdieu invita a oponer a esa
construcción ideal-típica do la antropología sartreana los pasajes en que Sartre evoca las “síntesis
pasivas” de un universo de significaciones ya constituidas, o bien aquellos en que anuncia
“ acciones sin agentes, producciones sin totalizar, contra-finalidades, circularidades in fern ales”,
y que sin duda tam bién dejaron su m arca en la obra del sociólogo.
16 P ierre Bourdieu, “Condition de classe et position de classe”, A rchives européenes de
sociologie, V I I , 2, 1966, p. 201-223.

64
intelectuales. Las propiedades más determinantes son posicionales, es decir,
completamente relaciónales.
GS: Incluso me preguntaba si la concepción sartreana del reconocimiento del
otro, como condición de la conciencia de sí, no esbozaba un desplazamiento
(ampliamente inconcluso) hacia un acercamiento más relacional (reconocimien­
to mutuo, etc.), sin no obstante romper con el pensamiento esencialista.
P B : Eso fue prolongado por Lacan. Extrañamente, es un asunto que nunca
se ve en Lacan. Es a través del otro que yo me descubro como ego. Y pienso que
eso viene de Sartre. Pero Sartre, y es muy extraño, tenía sus problemas de
burgués, alumno de la École, feo, obsesionado por su cuerpo. Tenía un cuerpo
desgraciado y, encima, la relación con el otro. Para el texto que escribí, “Re­
marques sur la perception du corps”,17tuve que releerlo. Es sorprendente, está
absolutam ente obsesionado por la im agen. Y a través de eso, esa idea de que
otro nos constituye, la mirada, esa obsesión de la mirada, etc.18M ientras que
M erleau-Ponty es totalmente distinto. Era un tipo apuesto, muy deportivo. Es
extraño pero eso influye mucho, está muy insertado... corporalmente. En mi
juventud, m e impresionaba mucho ese tipo, uno veía claramente que todo lo que
cuenta está marcado por eso, que es desgraciado por su cuerpo, pero que tiene
un cuerpo de alumno del curso preparatorio.
GS: Curiosamente, es el punto ciego que le impide ver que liberarse de su condición,
de su pasado, es liberarse de su cuerpo. Es lo que dice la teoría del habitus.
P B : Eso es cierto. De hecho, es un tipo que querría no tener cuerpo. Es un
cuerpo feo en una sociedad donde el cuerpo se vuelve muy importante, la
seducción, las mujeres... Canguilhem me había contado algo sobre Sartre que
me impresionó mucho. El tenía, en su banco, en la École Nórmale, la foto de una
puta. E ra una especie de afectación. Pienso que era un seductor por desespera­
ción, algo compensatorio. Todo esto es antropología salvaje. Pero pienso que
tuvo su importancia.
GS: ¿Usted lo conoció?
P B : No, nunca me atreví. Tenía ganas, por supuesto. Estaban todos los tontos
que iban a verlo. Y o tenía muchas ganas. Había tipos que iban para hacerle
pedidos... Yo lo vi, pero nunca le hablé. Lo lamento ahora. Porque para las
personas de mi generación recuerdo que... con Derrida, fuimos entrevistados
juntos, ya no sé dónde, y dijimos las mismas cosas sobre Sartre. E ra muy
importante. Yo intenté no dejarme determ inar por la importancia social de ese
tipo. Era tan importante que uno podía ser guiado por él sin saberlo.
11 P ierre Bourdieu, “Rem arques sur la perception du corps”, Actes de la recherche en sciences
sociales, 14, abril de 1977, p. 51-54.
18 V éase especialm ente Jean-Paul Sartre, L ’É tre et le N éant, op. cit. p. 298-349 y 388-400;
S artre desarrolla a llí su teoría del poder alienante de la m irada sobre el “ euerpo-para-el-otro” .
Ese análisis debería ponerse en relación con el pasaje de. M ots donde, cuando su abuelo le había
hecho cortarse el pelo, el joven Poulou siente pesar sobre él las m iradas “ preocupadas o perplejas”
de su entorno, que descubre su “ fealdad” . Sin que s é p a la razón de ello hasta la edad de doce años,
esas m iradas han generado en el niño el sentim iento de estar mal en su cuerpo, al punto de
evocarse retrospectivam ente bajo los rasgos de un sapo. Cfr., Jean-Paul Sartre, Les m ots, París,
G allim ard, 1964, col. “ Folio” , p. 88-90 [Las palabras, Buenos Aires, Losada, 20021.

65
[...]
GS: ¿Recuerda usted su prim era confrontación con el pasaje sobre el mozo de
café en E l Ser y la N a d a l
P B : No, no lo recuerdo. Eso siempre me molestó, creo que desde siempre...
GS: De su reacción.
P B : La reacción... es exactamente la misma cosa que para la emoción, es la
historia de la emoción; yo veo a un tipo detrás de la reja, etc., un rostro, tengo
miedo... Siempre pensé que ese hombre es muy fuerte, que tiene un talento real,
un talento formidable que hace que uno crea verdaderas las cosas que siente
falsas. Llega a hacerle creer a uno que vive la emoción de ese modo. Y entonces
el mozo de café... es un análisis muy bueno, pero del que todo me decía que era
falso, pero que sin embargo me parecía formidable. A l ser estudiante, en esa
época, todas las fuerzas sociales convergían para hacerme considerarlo form i­
dable. Y al mismo tiempo, no era posible.
GS: ¿No era posible?
P B : M e parecía que no era serio.
GS: ¿Y el hecho de decirse que “no era posible” , de donde le venía?
P B : Bueno, de mi habitus, sin duda, era un asunto de revuelta social. De todos
modos, era asquerosa esa visión del diletante que se hace servir en el café. En
ese entonces, evidentemente, eso me chocaba tanto más porque la gente se la
pasaba diciendo: hay que ponerse en su lugar. Pero eso de “el otro”, no lo soporto,
me parece formidablemente egoísta. Esas personas que hablan del “otro” sin
parar, cuando en verdad hablan de sí mismos. Son esas imbecilidades que no
tienen nada de altruistas, porque si por un segundo él hubiera pensado en el
mozo de café, no habría dicho: a qué hora se levantó este muchacho, yo tomé café
toda la noche hasta las tres de la mañana porque sabía que me levantaría tarde.
GS: En un sentido muy amplio, es una filosofía del dominio.
P B : Absolutamente. En Foucault también, vuelve a aparecer. En Foucault
que sin embargo rompió con tantas cosas. Entonces, tal vez, esté vinculado a
problemas del cuidado de sí..., tal vez sea heideggeriano.
GS: En Sartre, se vincula con las filosofías de entreguerras que oponían una
concepción del hombre actuante a la del hombre actuado del psicoanálisis
freudiano y de la sociología durkheimiana.
P B : En Sartre, hay otra cosa que me choca mucho, es ese rechazo del
psicoanálisis; es fantástico, el rechazo a abdicar frente a un poder superior.
GS: El inconsciente es la mala fe.
P B : A sí es. Todo es dependencia.
GS: Sí, todo es dependencia. Porque hay razones filosóficas para separar el
inconsciente, pero la conciencia no tética le interesa menos que la reílexividad.
P B : Sí, es la metáfora de lo viscoso, de lo pegajoso, de lo pastoso.
GS: Lo femenino.
P B : Lo femenino. Eso mismo.

66
GÉNESIS
DE LA DOMINACIÓN MASCULINA
Tassadit Yacine

La dom inatian masculine1tiene como objeto de estudio los modos conscientes


e inconscientes del ejercicio del poder masculino. La obra se sitúa en la línea de
tres libros importantes: Esquisse d ’une théorie de la p ratique (1972), L a dis-
tinction. C ritique sociales du jugem ent ( 1979):í y Le sens p ra tiqu e? La. lectura de
estos trabajos es indispensable para comprender las sociedades norafricanas así
como la dialéctica de las relaciones de fuerzas y de sentido.
Le sens pratique, más que Esquisse p ou r une théorie de la pratique,'' anuncia
una visión nueva y fundadora de los principios generadores de la “teoría” de la
dominación, retomada de manera profundizada, afinada y actualizada respecto
de algunos de sus predecesores como M arx, Durkheim y Weber. En Le sens
pratique, obra a la vez decisiva e incisiva, Pierre Bourdieu realiza una síntesis
entre las investigaciones antiguas y las más recientes (el universo campesino en
Bearn)5y abre una nueva manera de hacer antropología al poner el acento sobre
las relaciones complejas entre el investigador y su objeto.
En las primeras páginas, Bourdieu toma distancia respecto del marxismo
estructuralista dominante entonces en las ciencias sociales. Esta puesta a

’ P ierre Bourdieu, L a d om ination m asculine, París, Seuil, col. “Lieb er”, 1998, reed. col.
“Poin ts” , 2002.
2 P ie rre Bourdieu, La distinction. C ritiqu e sociale du jugem ent, París, M inuit, 1979.
3 P ierre Bourdieu, Le sens prati-que, París, M inuit, col. “L e sens commun” , 1980. El titulo de
la obra retom a el concepto así definido: “E l sentido práctico, necesidad social devenida naturaleza,
convertida en esquemas m otores y en automatismos corporales, es lo que hace que las prácticas,
en y por lo que en ellas queda oscuro a los ojos de sus productores y por donde se traicionan los
principios transubjetivos de su producción, son sensatas, es decir, están habitadas por un sentido
común. Es porque los agentes no saben nunca lo que hacen, ya que lo que hacen tien e más
sentido de lo que saben” , p. 116.
1 P ierre Bourdieu, Esquisse p ou r une théorie de la p ra tiq u e , precedido de T rois études
d ’ethnologie Icabyle, París. Droz, 1972, nueva edición Seuil, col. “Points” , 2000.
5 Los estudios sobre Bearn están retomados en L e bal des célibataires, París, Seuil, 2002. E l
prim er estudio: “ Les relations entre les sexes dans la société paysanne” , publicado en Les Temps
Modernes, en agosto de 1962, y reeditado y desarrollado en Etudes rurales, en 1989, será
largam ente citado en este ensayo porque es uno de los prim eros trabajos que m u estra - e n la
sociedad fra n cesa - las relaciones complejas de los géneros.

67
distancia desemboca en una teoría de las prácticas que constituye de hecho un
verdadero cambio de paradigma en las ciencias sociales 6 y denuncia las falsas
oposiciones entre teoría y práctica, objetividad y subjetividad, racionalidad e
irracionalidad y los tabiques entre etnología, sociología 7 y filosofía.

E tn ología y relacio n es de géneros en C abilia:


el ejem plo de L e sens p ratiq u e

A la vez que toma distancia respecto del estructuralismo lévi-straussiano,


Bourdieu continúa situando su objeto en un contexto relacional, según los
términos de Cassirer, cuya dimensión simbólica y cultural -h asta entonces no
considerada por cierta etnología en provecho de las visiones economicista,
estructuralista, etnometodológica, segmentarista, etc - ocupa desde ahora un
lugar importante e incluso determinante en su visión de la investigación.
En esta línea y en la elección de su análisis estudia la cuestión de las mujeres
y de la feminidad como los fundamentos de la división sexual del trabajo y de la
división sexual vinculados a su contexto antropológico .8 Partiendo de la distri­
bución de roles entre los hombres y las mujeres, el autor de Le sens pratique se
dedica a mostrar cómo las tareas son asignadas en función de los sexos. Los
pequeños trabajos (o percibidos como tales) son tareas de las mujeres (transpor­
te de agua, de leña, jardinería, tejido, recolección de estiércol...), m ientras que
los trabajos a la vez pesados, importantes y visibles incumben a los hombres .9
A partir de esto, Bourdieu señala la importancia de lo que denomina la cultura
incorporada (es decir, la cultura hecha cuerpo) en la perpetuación del poder
masculino10 como poder real y como representación. Demuestra que la sumisión
de las mujeres no es producto de una adhesión a reglas explícitas como las
costumbres, ni incluso la expresión de la voluntad, sino el producto de una
interiorización de esquemas de apreciación y de acción bajo forma de un habitus
generador de conductas. Es evidente, según Bourdieu, que toda visión es también
di-visión como lo enunciaba ya en sus primeros trabajos, tal como lo señala aquí:

I... JPuede verse de paso cómo una lógica tal tiende a producir su propia confirma­
ción, suscitando la “vocación” por las tareas a las que uno se dedica, am or fati que
refuerza la creencia en el sistema de clasificación en vigor, haciéndolo aparecer
como basado en la realidad -lo que de hecho sucede; puesto que contribuye a
producir esa realidad y puesto que las relaciones sociales incorporadas se presen-
5 P ierre Bourdieu, “Rem arques en m arge de l’article de Sherry B. O rtn er sur T h e o r y in
A nthropology since the Sixties’”, Com parative Studies in Society and H istory. 26 (1), 1984, p.
126-166.
7 Bourdieu recurre a la estadística cuando es necesario.
8 P ie rre Bourdieu, L e sens p ra tiq u e, op. cit., p. 127-132.
9 V éase el cuadro respectivo, ibíd., p. 358.
10 Térm in o ya utilizado en L e sens p ra tiqu e, op. cit., p. 131.

68
tan con todas las apariencias de la naturaleza-, y ello no solamente a los ojos de
aquellos a quienes sirve el sistema de clasificación dominante

Calificar social mente las propiedades y los movimientos del cuerpo es a la vez
naturalizar las elecciones sociales más fundamentales y constituir el cuerpo con
sus propiedades y sus desplazamientos en operador analógico que instaura todo
tipo de equivalencias prácticas entre las clases de edad y las clases sociales o, más
exactamente, entre las significaciones y los valores asociados a los individuos
que ocupan posiciones prácticamente equivalentes en los espacios determinados
por esas divisiones. Todo permite suponer en particular que las determinaciones
sociales vinculadas a una posición determinada en el espacio social tienden a
moldear, a través de la relación con el cuerpo propio, las disposiciones constitu­
tivas de la identidad sexual (como la forma de caminar, la manera de hablar, etc.)
y, sin duda también, las disposiciones sexuales mismas .11

La dom ination masculine contrasta con el libro precedente, voluminoso,


agudo, destinado a iniciados. Esta publicación es, en efecto, densa, clara,
agradable de leer y corta. Pero eso no es más que apariencia. Porque la obra se
basa en todo un arsenal conceptual específico desarrollado no solamente en Le
sena pratique sino en varios artículos relativos al objeto .12
Apoyándose en el postulado de que las sociedades han construido un modelo
de dominación y que el hombre en tanto que macho está investido de poder,
Bourdieu intenta comprender la elaboración cultural de esta superioridad
basada -e n apariencia- en lo biológico, pero que en realidad está social y
culturalmente construida. Los mitos, los ritos y las prácticas sociales observadas
en el terreno le permitieron establecer su argumentación y relacionarla con
otros espacios sociales y mentales . 13 Como en la obra precedente, parte del
primado del ser completo argaz (el hombre), para demostrar cómo el universo
social se encuentra así sexuado y cómo el macho -com o elemento dominante del
grupo- pone en obra todo un sistema en que su poder se inscribe a la vez en el
espacio (cfr., “L a maison kabyle o le monde renversé ” )14 y en la cultura ,15 como
en la disposición del cuerpo, etc:

La oposición entre la orientación centrífuga, masculina, y laorientación centrípeta,


femenina, que es el principio de la organización del espacio interior de la casa, está
sin duda también en el fundamento de las relaciones que los dos mantienen con su
cuerpo y, más precisamente, con su sexualidad.130

11 Ibíd., p. 120.
12 E ntre otros, “L a croyance et le eorps”, ibíd.; “L a dom ination m asculine”, Actes de la recherche
en sciences sociales 84, septiem bre de 1990, p. 2-31.
,:i P ierre Bourdieu, Le sens pratique. op. cit., p. 131.
14 “ La m aison kabyle o le monde renversé”, en P ie rre Bourdieu, Esquisse d ’une. théorie de. la
pra tiqu e, op. cit.
15 P ierre Bourdieu, Le sens pratique, op. cit., p. 314-331 y p. 355-417.
16Ibíd, p. 131.

69
Es así como el discurso cabileño (el mito de los orígenes narrado por las
mujeres) puede legitim ar esa desigualdad basándola en las posiciones sexuales
propiamente dichas. La pareja es pensada con una parte superior, asociada al
hombre, que se caracteriza por su movilidad, signo de actividad y de potencia,
y se opone a la parte inferior (asociada a la mujer) que está fija en la tierra, signo
de pasividad. Aquel que debe gobernar ocupa necesariamente la parte superior. 17
El sistema mítico-ritual mediterráneo remite a una serie de oposiciones entre,
por un lado, lo interior, lo reprimido, lo discreto o, dicho de otro modo, lo
femenino y, por otro lado, el cuerpo, la acción de aquel a quien se destina al
exterior, al mundo y a su dirección, es decir, lo masculino. Bourdieu no se
detiene en diferencias objetivas y subjetivas, evidentes o latentes fácilmente
objetivables, sino que muestra cómo el orden dominante se inscribe en el
inconsciente de los individuos.

Puede pensarse fácilmente cómo debo pesar en la construcción de la im agen de sí


y del mundo la oposición entre la masculinidad y la feminidad cuando ella
constituyo el principio de división fundamental del mundo social y del mundo
simbólico. Como lo recuer da el doble sentido de la palabra n.i.f, potencia insepara­
blemente física y social, lo que es impuesto a través de una cierta definición social
de la masculinidad (y, por derivación, de la feminidad), es una mitología política,
que dirige todas las experiencias corporales, empezando por las experiencias
sexuales mismas. Así, la oposición entre la sexualidad masculina pública y
sublimada y la sexualidad femenina, secreta, y, si se quiere, “alienada”, no es otra
cosa que una especificación de la oposición entre la extraversión de la política o de
la religión pública y 1a in tro versión delam agia privada, arma vergonzosa y secreta
de los dominados, hecha esencialmente de ritos que apuntan a domesticar a los
hombres.18

No es entonces un azar que las mujeres adopten, a pesar de ellas, actitudes


que van en el sentido de ese ideal femenino condicionado por los presupuestos
masculinos . 10 Para los hombres, en cambio, se trata de una diferencia necesaria
en el otro, ya que es constitutiva de su propia identidad. En realidad, el do­
minador participa en la construcción de la identidad del dominado porque ella
funda su propia existenciay así todo el orden legítimo, que el dominado reconoce
como tal porque no puede existir de otro modo que en el reconocimiento de la
superioridad del otro. Es así que el dominado llega a legitim ar -gracias al
discurso mítico y a los rituales- esa diferencia por el reconocimiento a la vez
explícito e implícito de su inferioridad casi natural, que vendrán a consolidar y
fortalecer todos los discursos políticos modernos de todo tipo (religión, Estado,
escuela...). L a interiorización del estatuto del dominado es indudablemente el
producto de una violencia que es real incluso si participa de un orden simbólico

17 Pueden encontrarse muchas m etáforas relativas a la sexualidad en la poesía fem enina.


V éase Tassad it Yacine-Tilouh, L ’Iz li ou l ’a m ou r chanté en kabyle, París, Éd. De la M S H . 1988.
18 P ie rre Bourdieu, L e sens p ra tiqu e, op. cit., p. 133.
10 “L ’étre fém inin contrate étre per?u”, en P ierre Bourdieu, L a dom in a tion m asad m e, op. cit...
p. 70.

70
difícil do invertir. Porque la inversión de éste va necesariamente de la mano con
la transformación del mundo y de sus valores de los que el dominado es parte
importante.

A rq u e o lo g ía de las relaciones de los géneros


o la génesis de la génesis

Aunque percibido como la prolongación de Le sens pratique, La dom ination


masculine se distingue de él por su función de demostración y de síntesis. L a obra
no tiene como objeto el análisis de un m aterial nuevo, sino que pretende servir
de ilustración a la comprensión de las relaciones de fuerzas simbólicas de la que
la dominación masculina es sólo un ejemplo entre otros. Lo. dom ination mas­
culine se basa en elementos etnográficos informados en Le sens pratique,
centrado no ya sobre la dialéctica de las relaciones hombres/mujeres en su
globalidad, sino sobre la génesis del poder masculino. En el prim er caso, el
dominado, a pesar do su estatuto inferior, ejerce una función esencial, la del
contrario indispensable para la unión, a imagen de las vigas de la casa cabileño
que son interdependientes. En el segundo, el análisis está focalizado en el
hombre en posición de fu erza -al encarnar un modelo acabado del mundo social-
que constituye el polo por excelencia. Ese dominador ejerce su poder sobre todo
y todos (no solamente las mujeres, sino también los hombres estatutariamente
desfavorecidos, “rebajados” al rango de “mujeres” , como los homosexuales).
Esta visión, reflejo de la percepción global de las sociedades “patriarcales”,
¿corresponde alarealidad? En lo que concierne a la sociedad tradicional de Africa
del Norte, se puede en efecto suscribir a ella de modo global privilegiando el
punto de vista de la dominación solamente; en detalle, se sabe, la complejidad
de situaciones en período de transición o fuera del ambiente cultural deja lugar
a modos de hacer, de pensar, que difieren parcialmente de un grupo otro. Pero
ese no es el objeto del libro. N o poner de relieve esas situaciones no significa,
en ningún caso, no comprenderlas o ignorarlas. Puede estudiarse el poder en su
globalidad o señalar de él ciertas características. Pierre Bourdieu ha hecho una
elección: la dominación, sabiendo que ésta provoca necesariamente, en el
origen, una forma de resistencia por parte de los dominados, como lo señaló a
menudo en sus investigaciones sobre las sociedades argelinas y bearnesas,
matrices de la dommación simbólica.

L a exp erien c ia a rg elin a

Para comprender la génesis de La dom ination masculine, es necesario retornar


a sus primeras observaciones, efectuadas -e n dos terrenos diferentes- sin

71
marco teórico preestablecido y por lo tanto sin a p rio ri ideológico (los gender
studies todavía no estaban en vigencia), cuando la preocupación del joven
sociólogo era mostrar la complejidad de los grupos dominados, tanto por las
particularidades como por las continuidades culturales y ciertos factores ligados
a la innovación. Son, precisamente, las relaciones entre los géneros las que van
a servir a Bourdieu para forjar conceptos (entre otros, el de habitus)20 que per­
miten dar cuenta a la vez de lo que es durable en los agentes y de lo que depende
del cambio.
En Sociologie de l ’A lgérie, publicada en 1958, Bourdieu, aunque consciente de
las desigualdades establecidas por la norma religiosa, señala (apoyándose en
monografías) las distinciones culturales entre los montañeses cabileños, los
seminómades chauias y los sedentarios mozabitas del «Sur. A pesar de la
existencia de un fondo común, pone en evidencia las especificidades culturales
e históricas de cada uno de los grupos estudiados.
Esas observaciones in situ le han permitido también evitar varias trampas en
las que cayeron los etnólogos de la colonización, prisioneros de la visión nor­
m ativa del juridicismo (el derecho musulmán y las leyes consuetudinarias). De
esas investigaciones se deduce que, a pesar del carácter mixto aparente, son las
mujeres cabileñas las que parecen estar más desfavorecidas. Integradas en la
gestión económica fam iliar del clan, son las más dependientes de los hombres
porque no heredan y porque no pueden salir del círculo infernal del patriarcado
bajo el pretexto que sea, respecto de los otros dos grupos berberófonos (los
chauias y los mozabitas). “[...] la separación absoluta de los sexos que excluye a
la mujer de toda participación en la vida exterior, le quita toda posibilidad de
subsistir fuera del hogar legítim o ” .21
L a vida exterior remite aquí a aquello que da cuenta de decisiones respecto
del pueblo o la fam ilia y no respecto del ejercicio de una actividad exterior, puesto
que las mujeres cabileñas se cuentan entre aquellas que trabajan en los campos
con los hombres. Las costumbres aquí son discriminadoras, puesto que “[...] la
mujer es desheredada en virtud del principio agnático según el cual la vocación
de sucesión nace principalmente del lazo de parentesco entre hombres y existe
en provecho exclusivo de los hombres ” .22
Sucede lo mismo cuando se trata de los derechos familiares, se asiste a una
“misma brutal desigualdad ” .23 E l matrimonio, lejos de liberar alam ujer, no hace
otra cosa que transferirla de una autoridad a otra: de la dominación absoluta del
padre a la del marido y al grupo al cual este último pertenece .24 Pero para
comprender la posición de las mujeres, Bourdieu nos in vita a reubicarlas en la
sociedad global. Las mujeres están, por cierto, dominadas en tanto que mujeres

20 Concepto ya utilizado en “ Le sens de l’honneur” , en 19(í0, estudio publicado en Evqutsse


d ’une théorie de la p ra tiqu e, op. cit.
al P ie rre Bourdieu, Sociología d ’A lgérie, París, P U F , col. “ Que sais-je” , 1958, p. 23-24 (las citas
están tomadas de esta prim era edición).
22 Ibíd., p. 22-23.
23 Ibíd., p. 24.
“ Ibíd.

72
pero también y sobre todo en tanto que individuos, por el hecho de que el
individuo no tiene existencia fuera del grupo, lo que vale igualmente para los
hombres.

No es sorprendente tampoco que el matrimonio no modifique en nada la familia.


Soltero o casado, el individuo queda vinculado al grupo agnático y sometido a la
misma autoridad paterna; la mujer, por su parte, es considerada como medio de
hacer crecer la familia y de extender relaciones e influencias por las alianzas que
permite anudar.25

Es el M ’Zab -e n tanto que entidad singular en A r g e lia - el que perm ite a


Bourdieu describir de otro modo la dominación masculinaya que ella constituye,
no sin paradoja, un caso límite. P ara ello se basa también en el modo de
funcionamiento del grupo en su globalidad, para mostrar cómo las mujeres son
a la vez excluidas de toda vida exterior y constituyen uno de los pilares de la
sociedad, puesto que es sobre ellas que descansa toda la comunidad;

La cohesión extremadamente fuerte de la fam ilia constituye, pues, con el senti­


miento de pertenecer a una comunidad religiosa original y la voluntad de perma­
necer fiel a ella, el mejor obstáculo a la dispersión y al mismo tiempo déla condición
de posibilidad de la emigración.26

Es así como ese cuerpo dominado por el cuerpo social va estar en el principio
de la salvaguarda del grupo y constituir la “raíz” de la sociedad de los emigrados,
como pudo constarse en esa ley sagrada, “verdadera ley de salvación pública” que
impide a las mujeres 27 dejar el valle del M ’Zab. En verdad, son las mujeres las
que “anclan a los mozabitas a la tierra de sus ancestros y a sus tradiciones
específicas, puesto que ellas son las guardianas más encarnizadas de los valores
del pasado a pesar de la presencia de ancianos que velan por su conducta. Como
entre los tuareg, también las mujeres son las que enseñan a los niños la s
virtudes fundamentales y el estricto respeto de las leyes ’” .28 S i, en todo Á frica del
Norte, las mujeres forman una sociedad distinta, en M ’Zab, esas características
están llevadas al extremo puesto que la separación de las sociedades masculinas
y femeninas es casi total (velo que sólo descubre un ojo; local reservado para la
mezquita). Pero ello confiere paradójicamente una autonomía real a la sociedad
femenina, como puede verse en la famosa institución de las lavadoras de
muertos 29 ( tim serdin), que tiene un estatuto importante en la sociedad y sobre
todo en la comunidad femenina, puesto que ellas ejercen sobre las mujeres una
autoridad semejante a la de los doce clérigos de las comunidades estrictamente
masculinas (por ejemplo, el poder de excomunión ).39

“ Ibíd.
26 Ibíd., p. 53.
27 Se inform a que, en 1928, la población de B erriane se unió para oponerse a la partida de una
m ujer h acia A rgelia.
28 P ie rre Bourdieu, Sociologie d ’A lg é rie, op. cit., p. 53.
29 Ibíd., p. 53-54.
30 Ibíd., p. 34.

73
A l modo de las mujeres de Aurés, al margen de la religión oficial, las
Mozabitas se dedican a la magia y a la brujería, marcadas por ritos específicos
o “técnicas especiales para los trabajos comunes, un lenguaje original incluso
por su fonética, su vocabulario y su fraseología ” .31
Kl ejemplo chauia, en relación con el precedente, deja cierto m argen a las
mujeres que, en la práctica corriente, tienen en realidad muchos más privilegios
que lo que deja creer el discurso oficial. Pero antes de llegar a esta conclusión,
Bourdieu pone el acento sobre el hecho de que es por una educación, a la vez
explícita y táctica, que uno se convierte en mujer en esta sociedad, y en esto está
de acuerdo con Simone de Beauvoir, cuando ella dice que no se nace mujer sino
que se lo deviene. Así, muy jóvenes, las muchachas son “iniciadas en los
secretos, en las intrigas, en las astucias, en los chismes de la sociedad femenina
y experimentan muy fuertemente ese sentimiento de solidaridad” con un cuerpo
del que se sienten cercanas. De modo que hay una formidable complicidad que
une alas mujeres más allá délas diferencias de edad y de las condiciones sociales.
Esta comunidad de destino las empuja a asociarse contra un “adversario común”,
el hombre. Es así como ellas intentan -p o r el recurso de la m a gia- asegurarse
la dominación del hombre, lo que muestra que esas mujeres son bien conscien­
tes de su condición.

“Otro rasgo paradójico, consecuencia tal vez del precedente, es el divorcio entre la
situación de derecho, muy desfavorable, y la situación de hecho, relativamente
favorecida. En efecto, si la existencia de la mujer chama es muy dura, en razón sobre
todo de las tareas enormes que le incumben, si, al comienzo del matrimonio, su
situación de hecho está conforme con su situación de derecho (sumisión entera
a su marido que puede ejercer sobre ella el derecho de corrección y no le da ningún
lugar en las decisiones importantes), ella adquiere muy rápidamente una influen­
cia considerable. No tolera ni la poligamia, ni la inñdclidady prefiere el divorcio”. “

Y Bourdieu concluye que, en la práctica, los roles asignados son totalmente


distintos de 1 a visión oficial: “en el matrimonio, los esposos son de hecho iguales;
las mujeres tienen voz consultiva, si no decisoria, en los asuntos domésticos, con
una excepción, el presupuesto y la economía de reservas ” .33
L a retención de la dote es económicamente un triunfo mayor y, sobre todo,
socialmente, puesto que permite a las mujeres poder divorciarse. “Las razones
invocadas no son muy a menudo más que pretextos que disimulan ya sea el
deseo de adoptar la condición de azriya, ya sea el de formar un nuevo
matrimonio; en cuanto al procedimiento, es muy ingenioso: la mujer chauia
determ ina a su marido a repudiarla por una suerte de desafío al que el marido
no puede responder sino con el repudio ” .34 E l estudio de las relaciones entre los
géneros en Aurés va a perm itir al joven sociólogo comprender la importancia

■"Ibíd.
“ Ibíd.
"Ibíd.
MIbíd., p. 35.

74
de lo oficial, del capital simbólico (del honor) y de la separación entre el derecho
y su práctica.

Esta conducta puede considerarse como simbólica do las relaciones entre los sexos
en la sociedad chauia. Por derecho, sólo el hombre tiene el poder de repudiar, pero
es 1a mujer quien, en ese caso, lo incita a usarlo de algún modo a través de él, contra
él. Así, de modo general, la mujer detenta una autoridad profunda y real, déla que
el hombre conserva el ejercicio oficial.3-5

Ultimo rasgo, de gran importancia, la mujer repudiada o la viuda 30 se vuelve


azriya, hasta un nuevo matrimonio... Objeto de una gran consideración, ella ejerce
una influencia considerable, gracias a un ascendiente de carácter religioso: así las
fiestas, e incluso ciertos trabajos, no podrían concebirse sin sus cantos y sus danzas.
L a situación de las mujeres de Aurés está lejos de poder compararse con la de
las mujeres mozabitas o cabileñas puesto que cumplen un papel muy importante
en la vida del grupo, rol que excede las decisiones familiares ya que las mujeres
intervienen “en los conflictos políticos (peleas de qoffs) l ...]” ,:i7 lo que demuestra que
no están completamente excluidas de la política.
La mujer dispone, afirma Bourdieu, de una libertad y de una influencia
excepcionales en la sociedad norafricana. Se puede suponer que la mujer debe su
situación privilegiada a sus funciones de maga y de “sacerdotisa agraria”. Lam ujer
es también la “conservadora y la ordenadora de los ritos agrarios, destinados ya a
favorecer las cosechas y los bienes, ya a protegerlos contra diversos peligros, tales
como el mal de ojo, los malos genios, etc.”.3HEsta posición en la sociedad permite
un cambio de roles puesto que no solamente los hombres se vuelven tributarios de
las mujeres desde todo punto de vista, sino incluso del conjunto de la sociedad,
porque, sin su saber hacer real y “mágico”, se corre el riesgo de perturbar el cosmos
y destruir al grupo.
Esta descripción de las relaciones de los géneros en los diferentes grupos
argelinos no se limita a la relación dominador/dominado; está más bien basada en
el estudio de las prácticas culturales que van a constituir -en los años 60- uno de
los aportes mayores de la etnosociología de Bourdieu. Se puede entonces señalar
que, a pesar de la carencia de instrumentos teóricos que caracteriza a la etnología
norafricana, el estudio de la dominación en general y más particularmente de la
dominación masculina tiene sus orígenes en la Sociologie d’A lgérie, incluso si es
necesario esperar la publicación de “Guerre et mutation sociale en Algérie ”351 y de
“ Ibíd.
36 M u jer que recuperó su autonom ía respecto de las otras m ujeres de la sociedad. La “a zriya ”
(de “azri": soltera) es libre de disponer de su cuerpo, libro de sus elecciones sexuales y m a­
trim oniales.
37 P ie rre Bourdieu, S ociologie de l ’A lgerie, op. cit., p. 34.
38 Ibíd., p. 35.
39 P ierre Bourdieu, “G uerre et m utation sociale en A lg é rie ”, Eludan méditerranéennes, 7,
p rim avera de 1960, p. 25-37, reeditado en Pierre Bourdieu. Im ages d A lg érie. Une a ffin ité
élective, catálogo de la exposición del Instituto del Mundo Árabe (1MA, 23 de enero-2 de m arzo
de 2003), F ranz Sehulteis y Christine Frisinghelli, A rles, Actes Sud/Graz, Cam era Austria/París,
Fundación Líber, 2003, p. 47-66.

75
Le déracinenient40 para que Bourdieu ponga el acento en la aparición efectiva de
las mujeres en el espacio público a favor de los acontecimientos políticos.
En efecto, pueden observarse dos categorías de mujeres: aquellas que,
pasivas, se presentan como las víctimas del sistema colonial y de la guerra y
aquellas que, por contrario, ocupan el frente de la escena al tomar parte en la
lucha bajo diversos modos.
En este período, Bourdieu se dedicó a mostrar cómo esta sociedad ha sido
conminada a adaptarse a las situaciones nuevas. Analiza especialmente la
manera en que las mujeres han abandonado las funciones asignadas por la tra­
dición por otras vinculadas a las condiciones de guerra y a los cambios sociales
y mentales sucedidos.
Esta mutación, raíz de un gran trastorno de la sociedad argelina, pasa
necesariamente por el cuerpo de las mujeres, como puede leerse también en
T ra va il et travailleurs en Algérie (1963)/11 A la vez que se inclina hacia los
proletarios, Bourdieu vuelve varias veces a la cuestión del desmantelamiento de
las familias. En efecto, en los centros ui'banos, las mujeres no son completamen­
te excluidas del juego puesto que ellas son las primeras mediadoras entre el
padre y los hijos, entre la sociedad “indígena” y la sociedad “colonial” . En segundo
lugar, al modo de los hombres, las mujeres trabajan en el exterior. Es, además,
a través del trabajo que Bourdieu demuestra que son las mujeres de la casa las
que constituyen un lazo cultural entre los dos universos por el hecho de que ellas
podían conocer a los europeos (y su sistema) desde el interior, en oposición a la
elite pequeño-burguesa que no comprendía más que los modos de funcionamien­
to exteriores de la minoría europea.
Esta situación le permite deducir que, para los más pobres, la tradición puede
convertirse en un lujo, desde el momento en que las condiciones económicas y
sociales impiden respetarla. íntimamente vinculada al capital simbólico, la tra­
dición permite ver los bienes materiales (como hacer un buen matrimonio,
sacrificar una oveja en las grandes fiestas) como destinados a mantener una
posición social. Además, en esta misma óptica (la necesidad económica) se ha
operado la división de las grandes familias; de allí el interés de la emancipación
incluso si ésta no es el producto de una toma de conciencia “política” (en el sentido
amplio) sino el producto de una necesidad (económica y social) hecha virtud.
E l rol de las mujeres parece particularmente espectacular en el mundo rural
por razones que se pueden entrever fácilmente: la guerra provoca la ausencia
de la mayoría de los hombres y tiene consecuencias en el conjunto de los
miembros del grupo y principalmente en aquellos que, habiendo permanecido
en su lugar, tienen que padecer los efectos de los desplazamientos en los campos
de reagrupación. La agricultura queda entonces totalmente abandonada e
incluso dejada en manos de las mujeres que saben ocuparse de ellas como lo

P ie rre Bourdieu y A bdelm alek Sayad, Le déracinernent, la crise de l ’a g ricu ltu re tra d itio -
nnnelle en A lgérie, París, M inuit, col. “Grands documents” , 1964.
11 P ierre Bourdieu, en colaboración con A lain Darbel, Jean-Paul R ivet y Claude Seibel, T ra v a il
et tra va illeu rs en A lgérie, París-La H aya, Mouton, 1963.

76
hacen los hombres. Bourdieu se sorprende por la capacidad de las mujeres para
asumir las funciones habitualmente asignadas a los hombres, pero muestra que,
además, aseguran las funciones de guardianas culturales y que asumen el
espíritu del campesinado. Esto es posible porque hay una comunidad de saberes
que va contra la división sexual del trabajo que, aquí, se demuestra arbitraria.

En Aghbala, las mujeres mayores, casadas, viudas o madres de campesinos, son


cada vez más las que asumen totalmente la responsabilidad de la explotación
agrícola. [...] “Es una mujer, se dice, (sin embargo) que provee a su tierra y a la de
los otros”, o incluso: “Ella supera a muchos hombres que dejan sus campos sin
cultivar” .42

La posición de las mujeres está lejos, entonces, de ser fija, puesto que ellas
se adaptan a las nuevas condiciones sociales y culturales que se les imponen, a
la vez que vuelven a dar al campesinado los valores perdidos y abandonados pol­
los hombres víctimas de la aculturación. Detentar saberes masculinos por parte
de las mujeres muestra claramente que las fronteras no son tan estancas como
parece y que la división sexual del trabajo no es más que una arbitrariedad social
entre tantas otras .43
L a guerra, momento de tensión extrema, provoca numerosas mutaciones en
el campo social y político que están en el origen de comportamientos inéditos.
Así, las mujeres confinadas por la división sexual a tareas precisas se encuentran
con obligaciones políticas. Cuando ellas no pueden tomar parte en la lucha
manifiesta, actúan de acuerdo a un modo simbólico como el proceso de ve-
lamiento-develamiento del cuerpo:

Se ve en efecto que el velo es ante todo una defensa de la intimidad y una protección
contra la intrusión. Y, confusamente, los europeos siempre lo percibieron así. Por
portar el velo, la mujer argelina crea una situación de no reciprocidad; como un
jugador desleal, ve sin ser vista, sin darse a ver. Y es toda la sociedad dominada
la que, por el velo, rechazala reciprocidad, que ve, que mira, que penetra, sin dejarse
ver, mirar, penetrar. [...1 E l velo puede, entonces, considerarse como el símbolo del
cierre sobre sí. Ahora bien, en el curso de los últimos años, se observa, en las mujeres
jóvenes y las muchachas, una tendencia muy marcada al abandono del velo, con una
disminución y una regresión en el momento del 13 de mayo de 1958 - e l porte del
velo retomaba entonces su sentido de negación simbólica y el abandono podía ser
tomado, objetivamente, como signo de fidelidad- y, actualmente, un recomienzo
muy claro del movimiento, observable incluso en los campos."

Pero el terreno cabileño —piedra angular del libro—es por sí solo insuficiente
cuando se trata de aprehender los arcaísmos del inconsciente histórico medite­
rráneo. Por esta razón, es difícil hacer un impasse sobre una búsqueda im ­
portante, efectuada incluso en el período en Beam . Este ir y ven ir entre ambos

12 P ie rre Bourdieu y Abdelm alek Sayad, Lt> déracinem ent, op. cit., p. 96-97.
42Ibíd.
44 P ierre Bourdieu, “Guerre et m utation sociale en A lg é rie ”, op. cit., p. 107.

77
terrenos perm ite unlversalizar lo particular y particularizar lo universal. Sin
duda, es esta última experiencia la que ha autorizado el pasaje de una sociedad
tradicional a las sociedades diferenciadas.

L a exp erien cia bearn esa

Esencial para la comprensión de la dominación masculina, el primer artículo


sobre las relaciones de los géneros en Bearn '15 plantea los fundamentos de la
dominación simbólica y muestra el juego complejo de las relaciones de fuerzas
en el seno de las cuales los dominadores pueden ser el objeto de su propia
dominación; de allí la necesidad de retomar a grandes rasgos los elementos
necesarios para la comprensión de las relaciones de fuerzas, de modo que puedan
ayudar a volver explícitas las homologías estructurales entre esos dos univer­
sos. En ese artículo, Bourdieu precisa que “la situación de crisis provee una
ocasión privilegiada para comprenderlos rasgos esenciales de un grupo social.
E lla tiende a poner en evidencia las constantes y las alteraciones, sobre todo
cuando tiene como centro la tensión entre actitudes ajustadas a un orden
perimido y situaciones insólitas ” .40 ¿Cómo las situaciones de crisis inducen
mutaciones profundas? ¿Cómo hacen emerger situaciones insólitas y, al mismo
tiempo, formas de resistencia, es decir, de constancia cultural? Si Bourdieu tuvo
en cuenta lo que él denomina “apariciones de lo insólito y otro rasgo determ i­
nante”, es claro que esta investigación fue llevada a cabo al mismo tiempo que
sus trabajos sobre Argelia, es decir, en una sociedad que atraviesa una crisis
extrema (la guerra) y que está obligada a inventar modos de supervivencia, sin
duda pensados en el momento como provisorios pero que la marcan con pro­
fundidad, como la introducción de la moneda, el abandono de la agricultura que
conlleva la división y la crisis de la fam ilia patriarcal, los conflictos de genera­
ciones y, por último, la transformación de las relaciones hombres/mujeres. Las
relaciones matrimoniales señalan la importancia de lo biológico y de lo simbólico
en el momento de una crisis que afecta al conjunto de la sociedad, y especialmen­
te a los dominados, y hace difícil asegurarla transmisión del patrimonio material
y cultural. El análisis muestra que las consecuencias de esta forma de domina­
ción pueden privar al grupo de lo esencial de su ser: la reproducción de lo
biológico; de allí su muerte real o simbólica.
Por el lado de los dominados, en apariencia “responsables” del desequilibrio
social en la medida en que dejan de jugar el juego, es e%ddente que la dominación
simbólica alcanza su paroxismo. El éxodo de las mujeres no es otra cosa que el

15 P ie rre Bourdieu, “Les relations entre les sexes dans la société paysanne", art. citado. Este
estudio es el resultado de investigaciones realizadas en 1959 y en 1960 en un pueblo situado en
B earn .
Ibíd., p. 308.

78
fruto de una aculturación en el origen de un profundo desarraigo. Es entonces,
a partir de la experiencia cabileña, que Bourdieu vuelve a su mundo natal a la
vez para “desexotizar” lo exótico ' 7 y “exotizar” lo familiar. Y en ambos casos, las
relaciones entre los sexos en los campesinos confrontados con un cambio
cultural drástico, reflejo del mundo social en su globalidad, atraen su atención .'18
Su análisis de la anomia se realiza, entonces, sobre una sociedad en situación
común y un mundo en situación extraordinaria y apunta a mostrar que ese
estado de anomia no dejará, en ambos casos, de afectar las estructuras sociales
y mentales de una sociedad, tanto en la superficie como en la profundidad.
En los dos casos, las relaciones de géneros sirven de instrumentos de medida
de los efectos de la aculturación. Perm iten comprender los modos de funciona­
miento de la sociedad en su globalidad, porque constituyen un espejo del
equilibrio social; cuando éste se rompe, el campo de las factibilidades se abre
para aquellos mismos que, basta entonces, no tenían ninguna posibilidad de
cambiar de estatuto: las mujeres, ciertos intermediarios o aquellos salidos délos
grupos dominados como los aparceros, los domésticos, etc. A sí sucede, entonces,
con la cultura bearnesa, don de las relaciones entre los sexos están definidas por
una tradición que separa a las mujeres de los hombres y donde el derecho de
primogenitura determina en parte la transmisión de los bienes económicos (la
tierra), así como la de todos los bienes simbólicos que le están asociados. L a su­
premacía de los hombres (y de los hijos mayores) determina pues toda la historia
de esta región que ha mantenido la tradición de los valores masculinos más
antiguos, sin no obstante escapar a los efectos desestructurantes del cambio
cultural y social introducido después de la guerra y que influyeron en prim er
lugar sobre los dominados y, en particular, sobre las muchachas, que dejaron su
residencia y su modo de vida rurales para preferir un modo de vida más urbano.
“Pero el éxodo es esencialmente elhecho de las mujeres que, como se ha visto,
están mucho mejor armadas que antes para enfrentar la vida urbana y que
aspiran siempre más a huir de 1as ser vi dumbres de la vida campesina” .-19E l úni co
modo que tienen las jóvenes de escapar a la vida campesina es evitar el
matrimonio con un campesino (es decir, estar obligadas por el grupo a form ar
un matrimonio en el seno de la aldea) y no vivir bajo la dependencia de la suegra
(Ladaune).
Como en África del Norte, los matrimonios del pasado no eran consecuencia
de la sola voluntad de los interesados sino que concernían en realidad a todo el
grupo, aunque la función de quien los casaba ( lou tra ch ur) estaba completamen­
te justificada.
Puede verse cómo la lógica del sistema es implacable puesto que lleva al
sacrificio natural del individuo al interés colectivo; así sucede con el celibato,

1,7 P ierre Bourdieu, “E ntre am is”, A w al, 21, 2000, p. 10.


1STodos los estudios reeditados en Le bal des célibataires conciernen a nuestro análisis, incluso
si sólo hacemos referencia al artículo de Les tcm.ps modernes ya que es el más antiguo y el que
m ejor ilustra la dominación masculina.
49 p lerre Bourdieu, “ Les relations entre les sexes dans la société paysanne” , art. citado., p. 312.

79
sufrido como un destino absurdo mientras que tiene su raíz en la lógica profund a
de la transmisión de los bienes, basada en una cultura antigua. P ara mantener­
se, el sistema bearnés exige “ en un caso, sumisión a la regla” , es decir, aceptar
la “anomalía ‘normal’” ; en el otro, favorecer la puesta en cuestión del sistema,
es decir, inscribirse en una total “ anomia” .50 E l celibato de los hombres que hizo
su aparición en las regiones rurales es el producto de un sistema antiguo
carcomido por completo por una cultura ciudadana altamente valorizada y
valorizante, en particular en aquellos mismos que estaban socialmente predes­
tinados a ocupar posiciones dominadas y desvalorizadas (los hijos menores, los
aparceros, las mujeres en general, no herederas por definición ).51
Como en Cabilia, esta cultura de importación que viene directamente de la
ciudad, afecta al grupo en su intimidad y contribuye a invertir las relaciones de
fuerza al hacer de los dominados los dueños del juego, puestoque pueden reducir
una cultura, una sociedad a la nada, es decir, contribuir a su desaparición.
A l sistema matrimonial dominado por una estrategia colectiva lo sustituye otro
sistema dominado por el espíritu de competencia individual. En ese contexto, el
empaysannit (el campesino originario) está particularmente desfavorecido, desar­
mado por las relaciones con los hombres del pueblo, y éstos respecto de los de la
ciudad.52 Con la desaparición de la cultura campesina tradicional, a la que se añade
el préstamo de elementos ciudadanos, sólo el baile sigue siendo una institución
antigua que puede favorecer el encuentro de los dos sexos:

Dado que la separación marcada entre la sociedad masculina y la sociedad


femenina, dada la desaparición de los intermediarios y el relajamiento de los lazos
sociales tradicionales, los bailes que se realizan periódicamente en los pueblos
grandes o en las ciudades vecinas se convirtieron en la única ocasión de encuentro
socialmente aprobada.53

Es precisamente en ese encuentro ritual que los hombres - e n tanto que


dominadores- se hallan en desfasaje respecto de las mujeres y, sobre todo,
respecto a las dominadas, cuyas elecciones contribuyen indirectamente a la
muerte de toda sociedad entonces dominada por sistemas de valores divergen­
tes. Paralelam ente a los valores campesinos, otros, que pertenecen al mundo
urbano, van a ser adoptados por las mujeres: “en esta lógica, el privilegio se
encuentra conferido al ‘señor’ y al ideal de sociabilidad urbana completamente
diferente del ideal antiguo que concernía ante todo a las relaciones entre los
hombres; juzgado según sus criterios, el campesino se vuelve el hucou” .M
Esta confrontación cultural muy desigual, además, entre la ciudad y el campo,
se retraduce en una lucha interna entre hijos mayores/hijos menores, hombres/
mujeres.

50 Ibíd., p. 308.
51 Ibíd.
52 Ibíd., p. 310-311.
5¡ Ibíd., p. 320.
54 Ibíd., p. 312.

80
Por el hecho de la dualidad de los marcos de referencia, consecuencia de la
penetración diferencial, según los sexos, de los modelos culturales urbanos, las
mujeres juzgan a sus compañeros campesinos según criterios que no les dejan
ninguna posibilidad. Se comprende entonces que muchos agricultores dinámicos
puedan quedar solteros.55

A sí el celibato de los hombres traduce la crisis “mortal” que atraviesa una


sociedad “incapaz de asegurar a los más innovadores y a los más audaces entre
ios hijos mayores, depositarios del patrimonio, la posibilidad de perpetuar el
linaje, en suma, incapaz de salvaguardar los fundamentos mismos de su orden,
al mismo tiempo que dar lugar a la adaptación innovadora ” .66 ¿Cómo no estar de
acuerdo con B ourdieu cuando describe esta situación, por cierto específica
de Bearn, pero que podría ser vivida del mismo modo por otros grupos? ¿Puede
imaginarse la partida de las mujeres del M ’Zab (lazo que une al mozabita a su
tierra) sin llegar a las mismas consecuencias que en Bearn?

La s relacio n es de sexos
como relacio n es de dom inación

Estos textos, anteriores a L ’esquisse y a Le sens pratique, muestran no una


sociedad fijada como se habría tendido a creer, sino a una sociedad sujeta a
mutaciones debidas precisamente a un orden social y político exterior. Sin duda,
esos cambios rápidos, y a veces irreversibles, son los que llevaron a Bourdieu a
privilegiar ulteriormente las estructuras y sus fundamentos antropológicos, lo
cual corrobora el proceso estructuralista de los años 60. L a relectura de los
antiguos trabajos muestra que el interés por las estructuras sociales viene del
estudio de los cambios que, más allá de la coherencia aparente, pueden
igualmente producir mutaciones y una incoherencia susceptible de regular el
mundo social, como es el caso en períodos de guerra:

A las resistencias y las reticencias siguió, desde hace algunos años, una sed
extraordinaria de instrucción, que la realidad escolar permitió observar y que
aparece en otros muchos signos [...]. La instrucción de las jóvenes, motivo hasta hace
muy poco de las resistencias más fuertes, actualmente es objeto de un interés
profundo, al mismo nivel que la instrucción de los jóvenes.57

Es difícil, evidentemente, dejar de lado la ambigüedad, la astucia, en las


relaciones de poder que, aun desconociéndolas, fueron confirmadas e incluso
reconocidas. El estudio de la sociedad argelina durante la guerra y la de Bearn

55 Ibíd., p. 312.
56 Ibíd., p. 329.
87 P ie rre Bourdieu, “G uerre et m utation sociale en A lg érie” , op. cit.

81
en situación de crisis señalaron las “resistencias” del dominado así como su
capacidad para innovar, incluso para subvertir el orden social.
Las estrategias del dominado (y aquí, del colonizado) revelan una voluntad
muy fuerte de rodear las relaciones de fuerza, algo que muestra bien que
Bourdieu no deja de lado -cuando ello es necesario—los “ entre dos”, las astucias
y las ambigüedades que, una vez más, no tienen sentido sino en la relación de
poder. Ahora bien, quien dice relación de fuerza necesariamente dice movilidad,
cambio, incluso inversión de posiciones. Pero esta inversión se efectúa respecto
de un modelo, y por el dominador mismo, aunque sea en detrimento suyo. Lo
masculino no está ligado solamente a la biología, también es un estatuto: se
puede ser un hombre y no entrar (socialmente, se entiende) en esta categoría
y, en cambio, ser mujer y ser gratificada por ese estatuto altamente “honorífico”
respecto de la doxa, como es el caso de las herederas en Bearn o de las azria en
Aurés. Una vez más, son las situaciones extremas de dominación las que revelan
la relación que existe entre la biología y el estatuto. La dominación no adquiere
todo su sentido sino en un ambiente cultural y político apropiado. En situación
de crisis, sea en Bearn o en Cabilia, se puede asistir a una inversión de los roles 6*1
que no hace más que confirmar la fuerza de las estructuras.
Por esto, L a dom ination masculine, analizada a partir de un contexto preciso,
puede generar malentendidos tanto más grandes allí donde la ambigüedad y la
complejización han sido la preocupación mayor de Boui'dieu, que no se ocupa
siempre de dar cuenta del importante m aterial acumulado. De este modo, la
supremacía de los hombres -en esta obra- es percibida por un lector poco
advertido como un modelo “fijo”, al que le falta flexibilidad, que está desvinculado
de lo afectivo, cuando La. dom ination masculine constituye un work inprogress;
esta síntesis concierne no sólo a las prácticas del pasado sino también a aquellas
que se relacionan con el contexto actual, donde las relaciones de fuerza son a la
vez visibles y están vel adas y la dominación se encuentra completamente negada
a favor del progreso social del siglo xx.
Por su dimensión reflexiva, este libro se vincula con Hom oacadem icus, 59 obra
en la que Bourdieu se apoyó en las prácticas de su propia institución para
deconstruir los mecanismos de dominación en el universo específico de los
intelectuales, donde precisamente 1 a dominación está a la vez presente y negada
como lo demuestra esa obra. Bourdieu ha sido él mismo víctim a de la visión
dominante cuando precisamente no ha dado cuenta de las relaciones de género
en el universo de los intelectuales. La dom ination masculine perm ite mostrar
claramente cómo la alianza de tres disciplinas (antropología, sociología, litera­
tura), percibida como inconciliable por la doxa científica, puede contribuir a
comprender al hombre en lo que tiene de más fijo, el arcaísmo del inconsciente
ligado a la visión androcéntrica mediterránea a pesar de la travesía de las
culturas y la evolución histórica. Ese acercamiento de culturas alejadas en el
espacio y el tiempo es, al menos, un avance gracias a ese ida y vuelta constante

58Ibíd.
69 P ierre Bourdieu, Horno academi.cus, París, M inuit, col. “ le sens commun” , 1984

82
entre sociología y antropología, que ha permitido a Bourdieu anular las dis­
tancias espaciales, temporales y culturales .ii0 Por este hecho, los indígenas de
todos los lugares (de Europa y de otras partes) pueden ser sometidos a los
mismos análisis sobre todo si, como lo hace Bourdieu, los analistas se basan en
las producciones intelectuales (empezando por las de la elite, los filósofos
primero) que nos reenvían la imagen de una sociedad europea que obedece casi
a los mismos criterios de discriminación sexual que las sociedades nortafricanas.

B0 “Como en toda sociedad dominada por valores masculinos - la s sociedades europeas no son
una excepción, ya que dedican el hombre a la política, a la historia o a la guerra y a las m ujeres
al hogar, a la novela y a la psicología-, la relación propiam ente masculina con el cuerpo y la
sexualidad es la de la sublimación” , Pierre Bourdieu, L e seria pra tiqu e, op. cit., p. 131).

83
LOS MODELOS ECONÓMICOS
FRENTE AL ECONOMICISMO
Frédéric Lebaron

R ecurrir a las analogías económicas, por parte de Bourdieu, fue objeto de


numerosas críticas. Para algunos, da cuenta de una visión “economicista” del
mundo social muy fuertemente influida por la economía neoclásica.' Alain
Caillé, por ejemplo, analiza esta postura como una variante de la concepción
“utilitarista” que ha ganado una gran influencia en las ciencias sociales
contemporáneas. Según él, por la “economización del lenguaje sociológico” que
promovió, Bourdieu contribuyó a legitim ar una reducción de la diversidad de los
comportamientos humanos en la búsqueda general de provechos o de satisfac­
ciones m ateriales personales. Incluso si Bourdieu critica varias veces ese tipo
de reducción “beckeriana” , es cierto que ubicó los intereses personales de los
agentes (a menudo negados) en el centro de su modelo y que ha expresado un
fuerte escepticismo hacíalas explicaciones morales o normativas, que aparecen
como perspectivas corrientes, particularmente en las esferas religiosas y de la
producción cultural .2
P ara otros, la analogía económica es una metáfora mecanicista transportada
a los fenómenos culturales según un esquema determinista, como en la tra-
1 A la in C aillé, “L a sociologie de l’in téret est-elle intéressante?” , S ociologie d u tra v a il, 23 (3),
1981, p. 257-274; O livier Favereau, “Pen ser (l’orthodoxie) á partir de Bourdieu. Ou l’économie
du sociologue” , ponencia del sem inario IR IS , 2000. P a ra una crítica reciente de esta tesis, cfr.,
R obert B over, “L ’anthropologie économique de P ierre Bourdieu” , Actes de la recherche en
sciences sociales, 150, diciem bre de 2005, p. 65-73.
2 V e r el número de E conom ía Sociology. European Newsletter, 4, 2003, en particular los
artículos de Richard Swedberg y Bernard Convert. Agradezco a M arie-France García, Johan
Heilbron, O dile H enry y a los otros participantes del grupo “sociología económica” del Centre de
Sociologie Européenne por las discusiones colectivas sobre Bourdieu y la economía. D esde la
redacción de este texto, varias publicaciones perm itieron precisar en qué contexto estuvo Bourdieu
en contacto con los jóvenes estadísticos y economistas en A rgelia, luego en E N S A E y en el coloquio
de Arras. En particular, M arie-France Garcia-Parpet, “Des outsiders dans Téconomie de marché.
P ierre Bourdieu et les travaux sur l’A lgérie” ,A w al, 27-28,2003, p. 139-152; A la in Desrosiéres, “Une
rencontre improbable et ses deux héritages”, en Pierre Bourdieu, Esquisse p o u r une auto-analyse,
París, Raisons d’agir, col. “Cours et travaux”, 2004, en particular, p. 94-98. Tam bién nos apoyamos
en varias conversaciones personales con P ierre Bourdieu entre 1996 y 2001. P o r ejem plo,
Bourdieu, interesado en la hipótesis del “doble m ovim iento”, es el que me sugirió la expresión
“contra, completamente contra...”, respecto de su relación con la teoría económica.

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dición holista (marxista). Se acusa a Bourdieu de generalizar concepciones
marxistas deterministas de la acción individual o de la cultura, reduciéndolas a
las infraestructuras socioeconómicas, en particular la estructura de clase
definida por las desigualdades en capitales. Sus definiciones del interés, del
capital, etc., están supuestamente caracterizadas por condiciones de clase
objetivas, es decir, por factores estructurales (globales) deterministas. Se les
negaría a los individuos, particularmente a los artistas y creadores, toda
capacidad creadora singular y toda forma de acción racional correspondiente a
estrategias o representaciones cognitivas autónomas .3
En este debate, la posición de Jean-Claude Passeron 4puede aparecer como un
intento de aclarar las consecuencias y de plantear límites al uso de “metáforas”
importadas de la economía, particularmente la de inflación y, secundariamente,
las de mercadoy de capital. Passeron 5 insiste en las posibilidades de acumulación
empírica vinculadas a ese uso sistemático, que no debería entonces restringirse
por autocensuras de tipo positivista: esas metáforas serían generadoras de
nuevas observaciones, densas y estimulantes. Pero al mismo tiempo, están
limitadas, según él, por inadecuaciones, en particular, cuando se las traspone de
modo demasiado mecánico de un marco al otro. Encontramos aquí un tercer
espacio de crítica, más centrado en los límites de validez de lo que se podría
llam ar la formalización lingüística “económica” de las realidades sociales. Esta
crítica no puede reducirse a una de las dos precedentes. E lla abre, en efecto, una
discusión sobre la naturaleza del léxico económico (en qué sentido deriva de un
marco disciplinario particular y corresponde a objetos particulares, definidos
como “económicos”) y sobre la noción misma de analogía económica, a menudo
evocada a propósito del uso, por parte de Bourdieu, de las nociones de “capital”,
de “mercado”, etc.

1958-1966.
Siete obras de investigación empírica

Para comprender mejor este recurso y refutar esas críticas contradictorias, es


útil volver a los primeros casos de lo que Bourdieu llam ará una “teoría general
de la economía de las prácticas”, en Esquisse d ’une théorie de la pratique, que se
sitúan en el período 1958-1966.fi Alrededor de 1965-1966, Bourdieu ya habría
participado en siete importantes investigaciones económicas y sociales colecti-

1 P o r ejem plo, Pierre-M ichel M enger, “Tem p oralité et diff'érences interindividuelles: l’analyse
de l’action en économie et en sociologie", 3, julio-septiem bre de 1997, p. 587-633.
1 Jean-Claude Passeron, ‘‘L ’inflation des diplomes: rem arques sur l’usage de quelques
concepts analogiques en sociologie” , Revue franqaise de sociologie, 23, 1982, p. 551-584.
r' Ibíd. Véase tam bién Jean-Claude Passeron, L e raisonnem ent sociologique. L ’espace non-
poppérien du raisannemlent naturel, París, N athan, 1991.
P ierre Bourdieu, Esquisse p o u r une théorie de la pra tiqu e, precedido de Trois études
d'ethnologie kabyle, Ginebra, Droz, 1972.

85
vas, que le habían permitido trabajar en objetos variados y confrontarse con las
teorías económicas.
La transición de una sociedad tradicional a la modernidad capitalista y la
transformación del ethos económico (racionalización). Es el “período argelino”
que dio lugar a numerosas publicaciones, principalmente entre 1958 y 1977.7Ese
trabajo precoz permite una primera incursión en la discusión del modelo de la
acción racional que comienza a ser popular, en particular, en IN S E E y entre los
jóvenes economistas de administración. Esta discusión está vinculada a obser­
vaciones tanto etnográficas como estadísticas del tema del trabajo, del empleo
de estructuras temporales en Argelia. También es un período durante el cual
Bourdieu comienza a desviar ciertas categorías marxistas hacia un marco
diferente, como cuando traspone la noción de “reproducción simple” al estudio
del tiempo cíclico de la sociedad tradicional.
La transición, en ciertos sentidos semejante, a la que se produce en el mismo
período en Bearn, región natal de Bourdieu, y que induce a una forma particular
de anomia en los jóvenes campesinos (la investigación de Bearn, publicada en
un primer artículo en 1962).* Ese trabajo le permite reflexionar sobre la expan­
sión de una “economía de mercado en el interior de sociedades tradicionales y,
muy particularmente, sobre sus relaciones con la transmisión del capital (la
tierra) por el matrimonio, elemento que aparece como central en el proceso de
reproducción de las desigualdades económicas. L a herencia es el objeto y el
concepto más claramente “económico” que estimula el trabajo teórico de Bour­
dieu desde esta época. Será utilizado en la investigación sobre los estudiantes
franceses y servirá de punto de ap 03^0 para la noción de estrategia de reproduc­
ción desarrollada más tarde .9
E l modo en que un banco administra las características sociales variadas de
sus clientes y el modo en que organiza las interacciones concretas entre la
demanda y la oferta de crédito (el estudio de una compañía bancaria)."’ Es una
incursión más directa en el interior de la esfera del dinero y de las finanzas, en
el curso de la cual Bourdieu y su equipo vuelven a las nociones originales de
“crédito” y de “ahorro” , que aparecen directamente vinculadas a la confianza y
son insertadas en las relaciones sociales concretas estructuradas por las des­
igualdades. Bourdieu comienza, entonces, a enfrentarse al discurso de los
profesionales de la empresa y de la gestión. Vincula la adquisición de un crédito
bancario a la posesión de capital personal y las variaciones de las percepciones
del crédito por los clientes a sus fuentes culturales y económicas.
Las determinaciones económicas y sociales de las desigualdades escolares,

7 P ie rre Bourdieu, Sociologie de l ’A lg é rie , París, PU F , 1958; Pierre Bourdieu, Esquiase p o u r


une théorie de la p ra tiq u e, op. cit.-, Pierrfi Bourdieu, A lgérie 60. S tru ctu rcs économ iques et
structures tem porelles, París, M inuit, 1977.
s P ierre Bourdieu, “Célibat et condition paysanne” , Etudes rurales, 5-6, abril-septiem bre,
1962, p. 32-136.
" P ie rre Bourdieu, Esquisse p o u r une théorie de la pratique, op. cit.
1(1 V éase el inform e no publicado: P ierre Bourdieu, Luc Boltanski y Jean-Claude Cham bore-
don, “L a banque et sa clientele” , Inform e del Centre de Sociologie Européenne, P a rís CSE, 1963

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particularmente en la universidad (con la publicación deLes héritiers en 1964).11
Esta investigación está en el centro del pasaje de una definición económica de
la herencia (la herencia del patrimonio, y en particular, de la tierra), a una
definición generalizada, donde la tierra y el capital monetario/financiero son
casos particulares de esas “cosas” que las familias transmiten a sus hijos con el
objetivo de preservar o mejorar su posición en el seno de la sociedad: valores de
clase, jerarquías culturales, prácticas, etc.
Los determinantes de prácticas culturales (que también son prácticas de
consumo), tales como la fotografía (la “investigación Kodak” , publicada en 1965
con el apoyo del PD G de Kodak-Pathé ).12 Esas prácticas culturales están
vinculadas al proceso general de la herencia y de la reproducción del orden
social. Pero no se las describe como dependientes principalmente de las fuentes
económicas, como lo hacen ciertos discursos críticos. Las fuentes culturales y
el ethos de clase son factores explicativos negados pero muy influyentes de las
prácticas. L a reproducción de las familias está ubicada en el centro del uso de
la fotografía. Las categorías estéticas de percepción de la fotografía están ligadas
a los usos colectivos, al ethos de clase y a la distribución de los recursos
culturales.
Los determinantes de las prácticas culturales en materia de visita de museos
la “investigación museo” cuyos resultados se publicaron por primera vez en
1966).13Esta investigación será el intento más fuerte y más directo por parte de
Bourdieu y de Darbel para utilizar la potencia de la formalización matemática
y de la validación estadística para analizar una práctica cultural. Esto da cuenta
de la apropiación global de las perspectivas de la microeconomía y de la
econometría y su transposición provocadora al universo cultural. L a noción de
“nivel cultural” cumple un papel central en tanto que indicadora de factores
sociales no económicos.
Las dimensiones sociales de los cambios económicos globales en Francia
luego de la Segunda Guerra Mundial y en particular la cuestión de la reproduc­
ción de las desigualdades sociales en una economía en crecimiento rápido (el
"coloquio de Arras” que tuvo lugar en junio de 1965, cuyas actas fueron
publicadas en 1966).u Se trata déla ocasión más intensay más institucionalizada
de confrontarse con los economistas dominantes en su propio terreno, el de los
cambios macroeconómicos y hacer la síntesis de ideas teóricas y empíricas que
permiten form alizar el diálogo con la ciencia económica.
En el curso de este período de intenso trabajo de equipo, que se podría
describir como una suerte de “caldero” intelectual colectivo, Bourdieu comienza

11 P ierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron. Les héritiers. Les étudiants et la cu ltu re , París,
M inuit, col. “L e sens commnns”, 1964.
P ie rre Bourdieu (dir.). U n art moyen, essai sur las usages socia u xd e la photogrnphie, París,
M inuit, 1966 (con Luc Boltanski, Robert Castel y Jean-Claude Chamboredon).
!:l P ierre Bourdieu, A la in Darbel y Dom inique Schnapper, L ’a m ou r de l ’art. Les musées d 'a rt
€t leur p u h lic. París, M inuit, col. “L e sens commun” , 1966, reed. 1969.
u D arras [P ie rre Bourdieu et a l\, Le pa.rta.ge des bénéfices. Expansión et inégedités en France,
París, M inuit, col. “L e sens commun” , 1966.

87
a construir, sobre un modo muy práctico, su teoría de la sociedad. V a a utilizar
esos diferentes terrenos como otras tantas matrices generadoras en un proceso
de generalización, de extensión y de transferencia, cruzando los terrenos, los
objetos, haciendo híbridos los métodos, los conceptos y comparando los resulta­
dos. Ese programa va a continuar colectiva e individualmente luego de 1966. Dos
aspectos centrales del período 1958-1966, a menudo olvidado por los críticos, se
presentan rápidamente en lo que sigue: el lazo estrecho pero muy particular
entre el trabajo de Bourdieu y la ciencia económica en tanto que disciplina
científica en ascenso durante este período; la crítica que Bourdieu desarrolla
frente al modelo económico en tanto que instrumento universal para las ciencias
sociales. Si se insiste sólo sobre uno de estos dos aspectos, se corre el riesgo de
comprender mal lo que constituye la originalidad del proyecto intelectual y del
habitus científico de Bourdieu. Esta doble posición es la que abre la posibilidad
de una visión integrada de los factores “económicos y sociales” de las prácticas,
gracias a la introducción, en razonamientos formalmente inspirados de la
economía, de dimensiones culturales y simbólicas.

B o u rd ie u : de A rg e lia a A rr a s

En el curso de los años 1958-1966, Bourdieu está en contacto intelectual y


personal estrecho conjóvenes economistas del IN S E E ,* formados por economis­
tas neoclásicos como Edmond Malinvaud, que había descubierto la teoría
económica “moderna” á la Cowles Comission .15 Esos contactos son muy intensos
en Argelia, donde Bourdieu trabaja en estrecha cooperación con Alain Darbel,
Claude Seibel y otros . 115 Durante este período son probados y aplicados métodos
de investigación muy originales, en un contexto de trabajo paradójicamente
bastante libre, por parte de jóvenes economistas de administración. Esos
trabajos implican especialmente las cuestiones de definición de “trabajo”, de
empleo, de desocupación, etc .17
En los años que siguen al “período argelino” , esos contactos continúan siendo
fuertes y esa cooperación es reconocida por los dirigentes del IN S E E que, en la
época, es uno de los lugares de espíritu keynesiano en el seno de la adm inistra­
ción francesa.1®E l “coloquio de A rras” en junio de 1965 es organizado bajo los
auspicios de Claude Gruson, director general del IN S E E en los años ‘60. En el

* Institut N ation al de la S tatistique et des Etudes Économiques (In stitu to N acional de


E stadísticas y Estudios Económicos) [N . del T. 1
15 Frédéric Lebaron, L a croyance économique. Les économistes entre Science et p o litiq u e ,
París, Seuil, 2000, p. 67-71.
Ifi P ie rre Bourdieu, A lain Darbel, Jean-Pierre R ivet y Claude Seibel, T ra v a il et tra va illeu rs
en ALgérie, P arís-L a H aya, Mouton, 1963.
17 Estos puntos son desarrollados por M arie-France G arcia-Parpet, art. citado.
18 F ra n fo is Fourquet, Les comptes de la puissance. A u x origines de la eom ptabilité nationale
et d u P la n , París, Eneres, 1980.

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prefacio de las actas del coloquio publicado bajo la firm a “Darras” , en 1966, en
la colección “L e sens commun”, dirigida por Bourdieu, Gruson señala la pro­
funda originalidad y los intereses variados de una confrontación entre economis­
tas, demógrafos y sociólogos.
El tem a general del coloquio es la expansión económica, sus determinantes
y sus efectos. Los economistas que participan en él pintan el cuadro amplio de
un proceso de reconstrucción rápida luego de la Segunda Guerra M undial y
describen una economía caracterizada por rápidos cambios, que engendran
numerosos problemas estructurales (incluida la inflación). Pero todo el libro - y no
solamente las partes o capítulos escritos por Pierre Bourdieu, Alain D arbel y
otros miembros del Centre de Sociologie Européenne- está centrado en la
cuestión de las desigualdades sociales en un contexto semejante. Varios autores
sociólogos, economistas) evocan los “mecanismos de transmisión de la herencia
económica y cultural”, que contribuyen aúna inercia social sorprendentemente
fuerte mientras que el discurso de la “mutación” como la teoría de la “masifica-
ción” son omnipresentes. De hecho, desde las obras sobre A rgelia a L a do­
m ination masculine , 19 se encuentra un esquema central y recurrente del
pensamiento sociológico de Bourdieu: las tendencias a la inercia son muy a
menudo subevaluadas y no son la simple consecuencia de la reproducción
económica (por ejemplo, la explotación) o de constricciones materiales o físicas.
Incluso en un período de fuertes cambios económicos, factores culturales y
simbólicos lim itan drásticamente la “fluidez” o la “flexibilidad” de la sociedad .20
Esta visión se enfrenta con las concepciones periodísticas del cambio (se trate
de la “masificación” en los años 60, de la “ globalización” hoy), pero también con
una concepción de la economía según la cual los cambios son fáciles porque los
actores se adaptan o se ajustan rápidamente a las nuevas condiciones. Los
actores racionales son actores sin pasado, orientados hacia elfuturo, que ajustan
permanentemente sus acciones a sus objetivos, sin referencia a su experiencia
social anterior. (Esta capacidad está vinculada a la idea de “ajuste” utilizada
respecto del tem a de los mercados.) Por todas estas razones, Bourdieu es muy
escéptico frente a una visión mecanicista de la economía: está muy preocupado
por las diferencias sociales en las disposiciones a tal o cual tipo de comportamien­
tos (“racionales” o no) para aceptar los fundamentos microeconómicos ficticios
de un relato macroeconómico mítico.
Una mirada más atenta sobre la obra surgida del coloquio de Arras revela una
conexión más estrecha entre Bourdieu y los jóvenes economistas del IN S E E . En
un capítulo dedicado al fin del malthusianismo, Bourdieu y Darbel intentan
comprender el lazo existente entre la evolución de las tasas de natalidad y la
fecundidad, por un lado, y los cambios económicos y sociales globales, por el otro.
Discuten los trabajos de demógrafos que se apoyan en lo que se denomina ahora

19 P ierre Bourdieu, L a dom ination masculine. París, Seuil, col. “Liber", 1998, reed. “Points” ,
2002 .
m Las tres nociones de habitus, capital cultural y distinción son ya céntralas en los textos de
Bourdieu del Pa rta ge des bénéfices, op. cit.

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el modelo de la acción racional con el objetivo de explicar el aumento de las tasas
de natalidad en Francia después de la Segunda Guerra M undial. Demuestran allí
que en esos terrenos la racionalidad económica es particularmente difícil de
aislar respecto de factores sociales variados y entremezclados, como los que ellos
denominan “sistema de valores” o ethos. Estos tipos de factores afectan siempre
la decisión de procrear y el número de hijos “elegidos” . Pero los autores no se
asustan con los modelos económicos. Escriben la ecuación del costo marginal de
un niño y concluyen qué pasa con la tasa de fecundidad en las clases medias,
con un máximo y, luego, con un mínimo, algo que es coherente con las
observaciones estadísticas.
El problema de un modelo simplificado es, como lo exponen ellos, que no
incluye explícitamente un análisis de las determinantes sociales complejas y
múltiples de las anticipaciones económicas: el número medio de hijos puede ser
concebido como la consecuencia de un gran número de factores que incluyen la
moral social, la moral del grupo, el nivel de instrucción, la seguridad económica,
etc. Las técnicas econométricas tales como la regresión lineal (lo mismo podría
ser dicho hoy de la regresión logística) fracasan al aislar correctamente un factor
del otro, por el hecho del problema de la multicolinealidad. Aquí, Darbel aparece
como un buen estudiante de Edmond Malinvaud, que expone entonces muy
brillantemente los límites y las técnicas de regresión que resultan de la
multicolinealidad 21 (fenómeno muy común en el tipo de datos con los que se
enfrentan las ciencias sociales). En otros trabajos, Bourdieu y Darbel llevan
bastante lejos el intento de modelizar las prácticas al modo de los economistas,
sin perder de vista los factores sociológicos potencialmente explicativos .22 De
todos modos, en esos mismos estudios, se decepcionan por los lím ites técnicos
de la econometría (las técnicas de regresión). Algunos años más tarde, Bourdieu
descubre con gran interés los métodos de análisis geométrico de los datos,
inventados en la primera m itad de los años 1960 por Jean-Paul Benzécri, que
perm iten hacer la síntesis de una información estadística densa .23
21 P a ra un punto de vista reciente sobre este problema, véase H en ry Rouanet, F rédéric
Leharon, Viviano L e H ay, W ern er A ckerm ann y B rigitte L e Roux, “Régression e t analyse
géom élriqu e des données: réflexions et suggestions”, M athém atiques et Sciences hum a ines , 40
(160), 2002, p. 13-45.
22 p ie rre Bourdieu, A lain D arbel y Dom inique Schanpper, L ’am ou r de Vari, op. cit., V éase
tam bién la fórm ula propuesta en P ierre Bourdieu, L a distinction. C ritiqu e sacíala d u ju g em en t,
P arís, M inuit, col. “L e sens cominun” , 1979.
23 P a ra Bourdieu, la form alización m atem ática de la ciencia económica no puede ser criticada
en sí misma sino porque perm ite a los economistas neoclásicos separar m ejor la lógica económica
de las condiciones sociales históricas en el seno de las cuales está inserta. L a utilización de modelos
sim ples y la práctica de tests de hipótesis estim ulan el método experim ental sin ninguna
posibilidad de obtener conclusiones universales si no son explícitam ente concebidas como
históricas y contextúales. Los modelos sim plificados de la economía la m ayoría de las veces están
m uy alejados de las observaciones etnológicas o sociológicas de las realidades subyacentes. P or
esto Bourdieu hizo un uso intensivo de los métodos de análisis geom étrico de los datos (AGD>,
que descansan en un principio epistem ológico sim ple expresado por Benzécri: “el m odelo sigue
a los datos, no a la inversa”. Guiado por un m odelo teórico sociológico, el sociólogo no debe
presuponer fuertes relaciones entre dos o tres variables, sino in ten tar explorar el sistem a entero
de las interrelaciones entre num erosas variables y, sim ultáneam ente, hacer aparecer las

90
En los trabajos de Bourdieu sobre la educación y la cultura, el lenguaje
económico, que ha sido probado durante este período, se vuelve el vector de una
crítica del idealismo, y el medi o para introducir la posibilidad de una explicación
y de una modelización en sectores del espacio social profundamente reacios a la
objetivación científica (herencia, capital, inversión, interés, acumulación, pro­
vecho, precio, pero también reproducción, lucha de clases, plusvalía, etc.). La
analogía del “mercado” será utilizada para prácticas “no lucrativas” tales como
la producción de bienes simbólicos, el lenguaje ,24 etc.
Esta analogía económica contradice por completo la idea de una creación
“libre”: Bourdieu es claramente “utilitarista”, si se entiende con ello que rechaza
la ideología carismática de la creación y su visión “anticausal ” (y “anticientífica”)
del arte, las concepciones encantadas de las relaciones familiares, la idealización
normativa de la ciencia, etc. y todos los universos donde los intereses son
negados o al menos eufemizados. Normas y valores no podrían ser eficaces si no
estuviesen incorporados en intereses específicos. Ello no significa que reduzca
los intereses sociales a los intereses económicos, por el contrario, puesto que
desarrollará la “analogía económica” para captar la especificidad de los objetos
simbólicos y para sistematizar la idea según la cual ciertos universos (arte,
ciencia, burocracia...) pueden definir los intereses económicos como impuros y
secundarios en comparación con los intereses simbólicos específicos (puros, es
decir, relativam ente autónomos ).25 E l problema central, señalado por Passeron,
es la cuestión de los límites de la analogía, no porque ésta a veces es inadecuada,
como piensa Passeron, sino porque cualquier término económico puede ser
entendido en un sentido restringido o en un sentido generalizado. Por ejemplo,
la noción de “mercado escolar” utilizada por Bourdieu a propósito del sistema
educativo francés, significa que -cualquiera sea la estructura oficial de las
instituciones educativas (públicas o privadas)- los agentes están obligados a
hacer elecciones en el interior de un espectro diferenciado de posibilidades, que
las instituciones están, en cierta medida, en com petencia unas con otras, y
que el juego tiene vencedores y perdedores. Eso no significa que existiría un
mecanismo de precios en el sentido monetario. Si Bourdieu habla de “precio” en
el “mercado lingüístico”, eso no significa que esos precios estén medidos en uni­
dades monetarias, elemento constitutivo de un precio “puro” . Si los títulos
escolares son evaluados por la sociedad-a través de los salarios, los niveles de

distancias entre agentes (individuos, empresas en un mercado, etc.). Esto uso del A G D revela
homologías estructurales, pur ejemplo, entre espacio global y campos de producción específicos
tal como el campo de los productores de casas individuales), lo que perm ite com prender el
proceso social de ajuste entre la oferta y la demanda.
a.: P ierre Bourdieu, “ L e m arché des biens sym boliques”, L'année socíologique 22, 1971, p. 49-
126; P ie rre Bourdieu, Ce que p a rle r veut diré. L ’éconornie den échanges lin g u is liq u e s , París,
Fayard, 19S2.
40 Bourdieu u tilizará frecuentem ente la expresión “m axim ización del capital simbólico y
m aterial” , en 1971: P ie rre Bourdieu, “ Les stratégies m atrim oniales dans le systém e des
stratégies de reproduction” , Arm ales, 4-5, julio-octubre, 1972, p. 1105-1127. Esta expresión
m uestra claram ente el rol de los esquemas neoclásicos en el pensam iento de Bourdieu.

91
responsabilidad que permiten obtener, etc., su proceso de “ devaluación” no está
medido y cuantificado socialmente como puede estarlo una tasa de cambio. Se
podría decir que Bourdieu da a los términos económicos un sentido no monetario
y no cuantitativo, como si la “evaluación social” fuera un fenómeno general,
mientras que las evaluaciones monetarias y cuantitativas son construcciones
históricas específicas asociadas al nacimiento del campo económico. Esto lo
acerca a la hipótesis durkheimeana que está en el fundamento de una recons­
trucción sociológica de los objetos económicos.

L a in tegració n de lo económ ico


y lo social: la dim en sión sim bólica

Una línea intelectual directa permite reconstruir las operaciones científicas de


apropiación y de crítica que Bourdieu desarrolla en el período 1958-1966: los
aspectos “económicos” derivan de operaciones simbólicas específicas que tien ­
den a “autonomizar” una esfera particular de la realidad en relación con
situaciones híbridas y de mezcla. En este sentido, Bourdieu intenta, durante
este período, repensar los procesos simbólicos que dan nacimiento a un orden
social. L a noción de “cosmos económico” permite desnaturalizar ese orden social
al poner en evidencia sus fundamentos simbólicos. (Se puede ver una síntesis de
estos puntos en diversas obras posteriores ).26
Desde Sociologie d ’A lgérie,27Bourdieu ya había analizado ciertos “intercam ­
bios simbólicos” que describe como completamente imbricados con intercambios
más “m ateriales” y que, por eso mismo, limitan la posibilidad de acumulación
capitalista, especialmente porque crean “deberes” en la lógica del honor y porque
están asociados a una economía de la precaución más que de la previsión. En Le
partage des bénéfices, los autores intentan integrar el anáfisis de los cambios
económicos (practicado en las “reglas del arte” en el IN S E E ) en el cuadro global
de los cambios sociales y culturales más complejos de la sociedad francesa. Los
cambios económicos aparecen como “insertados” en las estructuras simbólicas.
Cuatro objetos particulares, estudiados en la prim era parte de los años '60,
permiten a Bourdieu promover, sobre una base empírica, una concepción más
general de la relación entre economía y sociedad, que puede ser vista como una
“corrección radical” del economicismo. En cada caso, acepta ciertos elementos
de la teorización y de las observaciones económicas (palabras, esquemas, téc­
nicas, hechos...), pero los “corrige” con respecto a las dimensiones simbólicas en
los que están insertos: microeconomía y econometría pueden ser fructíferas si
son completamente reinterpretadas en el marco de una economía simbólica. Los
resultados de ese proceso de corrección/integración incluyen la serie de tesis

2h P ierre Bourdieu, A lg é rie 60. op. cit. R aison pratiques. S u r la théorie. de l ’action, París, Seuil,
col. “Points” , 1994. P ierre Bourdieu, Les structures sociales de l ’économ ie, París, Seuil, col.
“ L ib er”, 2000.
27 P ierre Bourdieu, Sociologie d ’A lgérie, op. cit.

92
empíricas desarrolladas durante ese período, pero cuestionan las explicaciones
económicas “comunes” .
1) Las desigualdades económicas (de rentas, patrimonios, etc.) están inserta­
das en las diferencias de ethos de clase. Si se separa esas desigualdades de la
distribución de los otros recursos y de la lógica del habitus, es difícil comprender
cómo se reproducen o, al contrario, disminuyen o se acrecientan en ciertos
períodos históricos. El economicismo (en sus versiones neoliberal, keynesiana
o marxista) aparece a menudo como una suerte de optimismo ingenuo que
concierne a las posibilidades de cambio, de innovación, etc. L a reproducción del
orden económico depende no sólo de la transmisión de la herencia económica,
sino también de las disposiciones y del capital cultural, factores negados por las
visiones “operacionales” o tecnocráticas de la sociedad.
2) Cambios demográficos tales como la evolución de las tasas de natalidad,
resultan de “elecciones” fam iliares que dependen entre, otros factores de
diferentes sistemas de valores incorporados (incluyendo valores religiosos) y, en
particular, de las relaciones de futuro vinculadas a las trayectorias sociales: por
ejemplo, el “costo de un niño” raramente es un factor causal subjetivo u objetivo
ae la decisión de tener o de no tener hijos. Los modelos macroeconómicos no
pueden dar más que marcos formales y sistemas explícitos de causas posibles,
no ofrecen hipótesis sustanciales creíbles en este caso. Deben ser “leídos” por el
ojo sociológico e integrarse a una concepción disposicional y no intencional de
a acción. Pueden ayudar a la previsión pero no producen explicación verdadera.
3) Las prácticas de consumo pueden variar de manera significativa para
individuos situados en un mismo nivel de ingreso o patrimonio, algo que
muestra la importancia de los estilos de vida, vinculados a las condiciones de
existencia de clase por la mediación del habitus de clase. Esta tesis es
completamente coherente con las de Halbwachs y los durkheimeanos. Durante
el período de expansión rápida y de crecimiento de los mercados de consumo de
masa posterior a la Segunda Guerra Mundial, la “masificación”, el consumo de los
matrimonios dependía fuertemente de la búsqueda de diferencias simbólicas en
un sistema social relacional (que será llamado “espacio social” en La distinction).
La búsqueda de diferencias se concentra en la calidad y en el modo de usar bienes
más que en la adquisición o la posesión debienes (por ejemplo la televisión). Esas
dimensiones cualitativas de las prácticas económicas se vuelven invisibles por
los datos y los conceptos económicos (productos de la expansión de la M u s ió
económica); deben ser deconstruidos o al menos contextualizados si se desea
evitar una visión estructuralm ente sesgada de la realid ad social. (E sto
conducirá más tarde a Bourdieu al tem a de la economía de la felicidad,
cercana a la discusión contemporánea, crítica de los indicadores económicos
como el P IB ).28
4) Los rendimientos escolares y las prácticas culturales dependen más del
capital cultural que de los recursos económicos. Este descubrimiento lanza las

29 P ierre Bourdieu, C ontre-feux, París, Raisons d’agir, 1998.

93
bases de un uso generalizado del “ capital” en el análisis de las prácticas
culturales y de la reproducción. La noción de capital es típicamente una
categoría “no economicista” , lo que conduce a la noción de “capital económico”.
Aunque en apariencia redundante, la noción de capital está extraída25' de su
sentido restringido de forma de propiedad material o financiera. L a transposi­
ción de esta noción a cualquier campo social específico refuerza el carácter
pluralista de los intereses, recursos, acumulación y provecho. La analogía del
“juego” y la noción de illusio sistematizarán esta visión pluralista del espacio
social. Pero si el espacio social es plural, eso no significa que ningún campo
domine los otros: de hecho, el “campo económico” tiende a subordinar los otros
campos, incluido el campo político y los campos de producción cultural. Será
particularmente el caso en los años 1980-1990.

Este estudio corto (y simplificado) de la emergencia de un “discurso económico”


en el pensamiento de Bourdieu conduce a una conclusión general: dos movimien­
tos distintos aparecen simultáneamente entre 1958 y 1966 en la relación de
Bourdieu con la economía. E l primero es un movimiento hacia el centro de la
economía, en particular, la microeconomía, inspirada por el intento de objetivar
las realidades sociales, especialmente en los universos reticentes a esa objetiva­
ción (como los campos intelectual o literario); el segundo es un movimiento de
ruptura con el punto de vista escolástico particular creado por los economistas (y
con sus compromisos políticos particulares, marxista, keynesiano, liberal...). La
dimensión simbólica de las realidades sociales se vuelve el instrumento, que deriva
de la tradición durkheimeana, que permite a Bourdieu mantener constantemente
un punto de vista radicalmente sociológico en su esfuerzo por generalizar un
discurso económico que no sea ya puramente económico. Tal vez ese doble
movimiento de economización formal de su análisis del orden simbólico y de
interpretación simbólica de los fundamentos de la realidad económica finalmente
es uno de los “secretos de fábrica” más personales de Bourdieu, que podrían sin
duda vincularse a su habitus científico “ dividido” .30

29 En Le partage des bénéfices, Bourdieu aparece ya como un crítico radical del optim ism o
keynesiano, que era la ideología dom inante en Francia a mediados de los años 60. Su crítica está
dirigida particularm ente contra una forma ingenua de economicismo según la cual el crecim ien­
to en la estabilidad significa una optim ización social. T rein ta años más tarde, Bourdieu desarrolla
una crítica sim ilar del neoliberalism o y de la ciencia económica en tanto que es su fuente teórica
principal. Algunos estudiosos consideran esta crítica como una inflexión/conversión política o
ideológica; se la puede describir m ejor como la expresión bastante rara (en tre los intelectuales)
de una coherencia y de una continuidad teórica y política.
p jerre Bourdieu, Science de la science et réflexivité, París, Raisons d’agir, 2001. Véase
tam bién Pierre Bourdieu, Esquiase p o u r une auto-analyse, op. cit., 2004. P or “habitus dividido’',
Bourdieu entiende, entre otras cosas, la coexistencia de conformismo y de excelencia escolar
por un lado, y la revuelta contra la institución que lo consagra, por otro: del mismo modo, tom a
en serio y aspira a igualar a los economistas estadísticos y a la ciencia form al que ellos despliegan
(num erosos testim onios orales evocan incluso cierta fascinación respecto de la teoría de la
elección racional), a la vez que la cuestiona en su especificidad y su principio. M ientras que un
habitas habría podido conducir a la esterilidad intelectual o a una form a de “esquizofrenia”
científica e institucional, se ha convertido, en Bourdieu, en un principio de invención.

94
ESPACIO SOCIAL
Y CLASES SOCIALES
Remi Lenoir

Bourdieu solía recordar que con dificultad se pueden conciliarias dos maneras
según las cuales los sociólogos consideran el problema de las clases sociales,
porque ellas se distinguen muy concretamente en la práctica de la investigación.
Una se impone por las condiciones en las cuales son recogidos los datos y por los
procedimientos de tipo analítico con que estos últimos son tratados; la otra, más
teórica y abstracta, permite comprender las clases en términos estructurales.
Se trata de dos modos de pensamiento totalmente contrarios. Los análisis de tipo
estadístico se prestan mal al “modo de pensamiento relacional” (expresión que
3ourdieu utilizaba para designar el método estructural ) ,1 que remite a conceptos
como los de habitus, de capital (y de especies de capital), de campo, de estrategia
de reproducción, nociones que participan de un mismo conjunto conceptual y
jue pueden ser integradas lógicamente .2 Queda por considerarse que el modo
de pensamiento estructural no puede evitar la noción de espacio social, en el
sentido de una configuración construida de relaciones regulares yjerarquizadas.
La sociología 110 puede, en efecto, reducirse a una axiomática de las in­
teracciones sociales como tampoco a una ciencia de estructuras objetivas del
mundo social que hacía, como lo precisaba Bourdieu, “sistemas de relaciones
objetivas de las totalidades ya constituidas por fuera de la historia del individuo
y de la historia del grupo ” .3 Sin embargo, si se puede hablar, a propósito del
proceso sociológico de Bourdieu, si no de un primado metodológico acordado al
objetivismo, al menos de una prioridad atribuida a los métodos y técnicas de
objetivación (estadísticas, observaciones, fotografías, etc.), no es solamente
porque lo que nos es “exterior” , como escribía Durkheim, es menos inm ediata­
mente accesible a la intuición, sino porque Bourdieu siempre consideró, en los
dos sentidos, los grandes equilibrios estructurales, irreductibles a las interaccio­

1 P ie rre Bourdieu, Le sens p ra tiq u e , París, M inuit, col., “L e sens commun”, 1980, p. 11.
Louis Pinto, P ierre B ourdieu et la théorie du m onde social, París, A lb in M ichel, 1998.
P ierre Bourdieu (dir.), U n a rt moyen. Essai su r les usages sociaux de la p h otogra ph ic, París,
M inuit, col. “ L e sens commun” , 1965, p. 22 (con Luc Boltanski, Robert C astel y Jean-Claude
C h a m boredon ).

95
nes y a las prácticas en las que se manifiestan. Nociones como las de habitus,
sentido práctico, estrategia, están ligadas al esfuerzo por salir del objetivismo
estructuralista sin caer en lo que se ha constituido como su reverso, el sub­
jetivismo.
En efecto, es en las relaciones objetivas entre posiciones en la estructura
social, posiciones definidas por su rango en la distribución de diferentes poderes
o especies de capital, que se determinan las probabilidades de intercambios y de
prácticas sociales, ya que el conocimiento de esas relaciones permite reintegrar
la experiencia y las representaciones de los agentes en el análisis sociológico . 1
Bourdieu se esforzó menos por superar de modo académico lo que se ha
constituido muy tempranamente en el universo sociológico como puntos de vista
antinómicos -incluso como estrategias de lucha por el control del campo
sociológico y, más generalmente, estrategias políticas que apuntan a manipular
las relaciones de fuerza simbólicas de las que dan cuenta los actos de conocimien­
to - que a unificar el método estructuralista asimilado al objetivismo y al estudio
fenomenológico del cual el subjetivismo no es a menudo más que un sucedáneo,
afirmando que lo que consideramos realidad es una ficción construida, especial­
mente a través del vocabulario que recibimos del mundo social para nombrarlo.
Pero, lo que olvida el constructivismo es que “el mismo principio de construcción
es socialmente construido y que es común a todos los agentes socializados de
cierta m anera ” .5 En este aspecto, Bourdieu no hacía más que recordar el
postulado del “racionalismo científico” que, siguiendo a Durkheim, “extendía a
la conducta humana ” :6 la sistematicidad inmanente del mundo social, indepen­
diente de las conciencias y de las voluntades individuales y de la inteligibilidad,
en suma, inaccesible a la simple reflexión o a la intuición.

O bjetivism o y subjetivism o

Desde sus primeras investigaciones realizadas en A rgelia sobre los campesinos


y obreros argelinos, Bourdieu no se apartó nunca de lo que constituía el
quehacer sociológico cuya especificidad respecto de las otras ciencias, como él
decía en broma, estaba en el hecho de que “la sociología tiene un objeto que
habla”. Esta fórmula apuntaba a recordar que el proceso sociológico pasaba
necesariamente por dos momentos a la vez distintos pero vinculados entre ellos:
en prim er lugar, una fase inevitable de objetivación pero necesariamente abs­
tracta, que corresponde a lo que Durkheim llamaba “el establecimiento de los

4 P ierre Bourdieu, Loic Vacquant, Réponses, París, Seuil, col. “Libre exam en", 1992, p. 88 .
P ie rre Bourdieu, Jean-Claude Passeron, “Sociology and Philosophy in France since 1985:
D eath and Resurrection o f a Philosophy w ithou t Subject” , S ocia l Research, 34 (1), prim avera
1967, p. 162-212.
8 É m ile Durkheim , Les régles de la méthode sociologique, París, P U F , 1963, p. IX [L a s reglas
del m étodo sociológico, Barcelona, Folio, 2002],

96
hechos” . Bourdieu decía actualizar las estructuras de las posibilidades de acceso,
ie las distribuciones diferenciales de especies de capital y de los medios de
apropiárselos según los grupos sociales (gracias a los cálculos estadísticos, a los
modelos y a los tipos ideales). Sin duda, con ello creía romper con todas las
formas de artifícialidad que ya habían distinguido al autor de Les regles de la
■xéthode sociologique (prenociones, ilusiones de la transparencia, presupuestos
de la evidencia inmediata).
Sin ese trabajo previo de objetivación, Bourdieu no podía concebir la segunda
fase del proceso, a saber el análisis de lo que participaba también, según él, en
r! objeto de la investigación sociológica, las “representaciones” que tienen los
agentes de sus prácticas, incluso más, como lo hizo en una de sus primeras
investigaciones a propósito de los obreros argelinos ,7 a través del análisis de las
diferentes “formas y grados de la conciencia del desempleo” , las relaciones entre
'.as “representaciones” y sus condiciones económicas y sociales de posibilidad.
_as representaciones del mundo que los agentes se forjan del mundo social
arman parte, en efecto, de este último. El objetivismo hace como si bastara con
registrar lo que está constituido como grupos, cuerpos, asociaciones, familias,
:lases de edad. Ahora bien, la representación de los grupos forma parte de la
existencia de los grupos y hay incluso grupos que no existen sino por su
representación/ Esta fase de objetivación implica la exigencia de su superación:
"comprender la experiencia vivida mejor que ella se comprende a sí misma, dar
:uenta de las representaciones y de las racionalizaciones explicativas contra las
que la teoría se ha construido ” .9
Lo que Bourdieu presenta como el proceso sociológico no responde solamente
a las exigencias epistemológicas; se inscribe también en lo que siempre fue
indisociable, según él, de una visión y de una concepción científica y política de
la sociología de la que fue particularmente consciente y que asumió hasta el
ñnal, desde sus primeros a sus últimos trabajos. Así, la oposición tradicional,
pero fuertemente reactualizada en la época de sus investigaciones en Argelia,
por la predominancia del estructuralismo en el campo intelectual, como hoy por
la del subjetivismo, no tiene sentido desde un punto de vista científico. “La
estadística, escribe, apunta a comprender ‘reparticiones’ o ‘distribuciones’. El
buen estadístico mide; en un prim er momento, no se ocupa de explicar y de
comprender. Pero cuando la comprensión del hecho falla, en ese caso, por más
grande que sea la precisión con la que el peso estadístico del fenómeno puede ser
determinado numéricamente, aún sigue siendo unaestadísticaincomprensible,
un hecho puro, se trate de comportamientos manifiestos o de opiniones sub­
jetivas. Por otro lado, la inteligibilidad más perfecta del sentido sólo tiene valor
explicativo (causal) en la medida en que puede probarse que existe una

P ierre Bourdieu, “L a hantise du chómage chez l’ouvrier algérien. P ro léta ria t et systém e
colonial” , S ociologie du tra va il, 4, 1962, p. 313-331.
8 P ie rre Bourdieu, “L a délégation et le fétichism e politique” , Actes de la recherche en sciences
s-ocíales, 52-53, junio de 1984, p. 49-55.
'■>P ierre Bourdieu, “Structuralism and Theory o f Social K n ow ledge”, S o cia l R esearch, X X X V ,
4, invierno de 1968, p. 681-706.

97
probabilidad para que la acción normalmente tome, en los hechos, el curso que
ha sido comprendido como significante” ."’
Si conduce únicamente su atención a las expresiones de la conciencia del
desempleo en el obrero argelino, el sociólogo está condenado a confiar sólo en
las manifestaciones fenoménicas del sistema colonial y a promover un radica­
lismo político sentimental e irrealista, ya que la conciencia revolucionaria
racional supone condiciones sociales de producción que sólo el análisis objetivo,
en este caso estadístico, permite establecer. Y Bourdieu continúa: “La estadís­
tica pone al sociólogo en guardia contra los presupuestos implícitos de la evi­
dencia inmediata y contra el efecto de halo que es solidario de él, esa inducción
espontánea que conduce a extender, a toda una clase, los rasgos decisivos de un
individuo particular 3' particularmente ‘significativo’ en apariencia. Esto desha­
ce la red de relaciones que se teje espontáneamente en la experiencia corriente,
muy a menudo por simple proyección; hace aparecer relaciones nuevas, en
principio insólitas pero a las que la reflexión sociológica debe dar sentido
transformando la simple relación de hecho en relación significante por la
introducción de términos medios y mediadores ” . 11

Los “conceptos m ed iado res”

Los “conceptos mediadores” son aquellos mismos que perm itirán a Bourdieu
romper con lo que consideraba como el peligro más funesto para la constitución
y el desarrollo de la sociología: la oposición entre individuo y sociedad . 12 Si es
cierto que, en la línea de Durkheim y de Mauss, ha mostrado los fundamentos
políticos y sociales de esa oposición (especialmente en el campo intelectual), no
dejará de retomar y de elaborar teóricay prácticamente conceptos “intermedios”
sin embargo muy antiguos, como los de ethos y habitus. Más allá délas divisiones
conceptuales amenudo erigidas en “escuelas” (“estructuralismo” , “individualis­
mo metodológico”, “etnometodología”), la teoría de Bourdieu apunta a dar
cuenta de los principios de la acción social individual y colectiva, ya que lo “social’’
se instituye de modo multiforme, en objetos m ateriales o inmateriales, en
mecanismos y dispositivos, en reglamentaciones y disposiciones.
Así, la noción de estrategia -Bourdieu solía repetirlo- es el medio de romper
con lo que él denominaba el punto de vista de la regla y del modelo, que las
diferentes disciplinas (lingüística, etnología, economía, incluso derecho) utili­
zan, y, al mismo tiempo, con la acción sin agente que implica el estructuralismo.
“La estrategia no es ni el producto de un cálculo consciente y racional ni el
10 P ierre Bourdieu, A la in D arbel, Jean-Paul R ivet y Claude Seibel, T ra u a il et travaille.urs en
A lg é rie , P arís-L a Haya, Mouton, 1963, p. 11.
11 Ibíd., p. 12.
12 De este mndo, la noción de individuo figura raram ente en los índices de las obras de
Bourdieu, salvo para denunciar su uso y la filosofía esenciaüsta subyacente (cfr., por ejemplo.
Pierre Bourdieu, H om o academicus, París, M inuit, col. “L e sens commun”, 1984, p. 34-48).

98
desarrollo de un programa inconsciente” , declaraba. “Es el producto del sentido
práctico como sentido del juego social, de un juego social particular, histórica­
mente definido que se adquiere desde la infancia al participar en las actividades
sociales, especialmente en los juegos infantiles ” .13 Los conceptos de campo, de
capital (y de especie de capital), de habitus (o de sistema de disposiciones)
apuntan también a explicar lo que, para la mayoría de los sociólogos, se
considera como adquirido al punto de que las nociones como las de “individuo”
o de “grupo” sirven de punto de partida a sus análisis. En este sentido, Bourdieu
se inscribe bien en la tradición intelectual que se dio como objeto el análisis de
los fundamentos de las categorías y de las formas simbólicas del espíritu
humano.
Pero tal vez más que sus predecesores (se trate de Durkheim o de Mauss, de
Weber o de Cassirer), siempre puso el acento en las luchas a las que los procesos
de clasificación daban lugar e insistió sobre la dimensión política de las con­
frontaciones aparentemente conceptuales -cada noción común o erudita que
remite a una visión del mundo social-. Sobre todo es el caso cuando el discurso
erudito no se deduce del vocabulario común y juega con la polisemia, algo que
nunca deja de tener “alcance político” , para retomar la expresión de Weber,
como Bourdieu lo analiza a propósito del “doble lenguaje” en H eidegger.MP ara
Bourdieu, la toma de posición política vinculada a una producción intelectual no
se deduce lógicamente de un cuerpo de proposiciones, sino de la posición que el
autor ocupa en el campo intelectual en sus relaciones con los otros campos
especialmente político, religioso y económico) de los que ha analizado el proceso
histórico de diferenciación de manera a la vez general 15 y muy específica, es­
pecialmente a propósito del campo literario .16

La noción de campo —precisaba- está allí para recordar que el verdadero objeto do
una ciencia social no es el individuo, el autor, aun si no se puede construir un campo
más que a partir de los individuos, puesto que la información necesaria para el
análisis estadístico está vinculada generalmente a individuos o instituciones
singulares. Es el campo el que debe estar en el centro do las operaciones de la
investigación. Lo que de ningún modo implica que los individuos sean puras
“ilusiones”, que no existan. Pero la ciencia los construye como agentes y no como
individuos biológicos, actores o sujetos: esos agentes están socialmente constitui­
dos como activos y actuantes en el campo por el hecho de que poseen las propiedades
necesarias para ser eficientes en él, para producir allí efectos.17

De modo que el individuo concreto no podría ser una categoría pertinente del

l:! P ie rre Bourdieu, C/ioses dites, París, M inuit, col. “L e sens commun”, 1987, p. 79.
14 P ie ir e Bourdieu, L 'on tologie p o litiq u e de M a rtin Heidegger, París, M inuit, col “Ixí sens
commun”, 1988.
15 P ierre Bourdieu, Raisons pratiques. S u r la théorie de l ’action. París, Seuil, col. “Points” ,
1994, p. 101-133.
16 Pierre Bourdieu, Les régles de l ’art. Genése et structure du cham p litté ra ire , París, Seuil,
col. “ Lib ro exam en”, 1992, reed. col. “Poin ts”, 1998.
15 P ierre Bourdieu y Loic W acquant, Réponses, op. cit., p. 82-83.

99
análisis sociológico, incluso si es cierto, como precisa Bourdieu. que “el individuo
concreto sincréticamente aprehendido” al precio de un trabajo de construcción
del objeto de la investigación “no existe como tal sino en el espacio teórico de las
relaciones de identidad y de diferencia entre el conjunto explícitamente definido
de sus propiedades y los conjuntos singulares de propiedades, definidas según los
mismos principios, que caracterizan a los otros individuos ” . 18
Sucede lo mismo con las palabras que, en el lenguaje corriente, designan
colectivos o instituciones, que hacen, sin otra forma de construcción científica,
“sujetos históricos capaces de plantear y de realizar sus propios fines”. Toda una
filosofía social se encuentra depositada en las palabras. Como la noción de
individuo, la de grupo o de estructura tampoco explica nada y debe, al contrario,
ser explicada, salvo que se haga de ella también “ese en realissim um , esa
realidad de las realidades, principio y fin de toda vida social” cuyos mejores
ejemplos son sin duda la familia (“célula base de la sociedad”) y la clase social
(“actor” principal de la historia), nociones que permiten asignar “a los agentes
individuales o colectivos intenciones y premeditaciones” en una lógica que se
acerca más a la indignación moral que al espíritu científico .19 El modo de
pensamiento estructur al o relacional, para retomar la expresión de Bourdieu,
que no se podría confundir con el estructuralismo, ataca en su último baluarte
el modo de pensamiento sustancialista, cuya forma más frecuente es el “sujeto”,
pero también la “estructura” , que tiende a reificarse, por ejemplo, bajo la forma
de “grupos”, como aquellos definidos según el “parentesco” de sus miembros y
constituidos en tanto que entidades que existen en la naturaleza de las cosas
(¿qué puede ser más “natural” que la fam ilia?) o que están inscriptas en la lógica
de las cosas económicas (como las clases sociales).
El espíritu científico procede por operaciones explícitas y verificables. Por
eso, el análisis sociológico está de acuerdo tanto con la ruptura con las nociones
de sentido común como con la construcción del objeto científico, cuando éste es
en sociología caracterizado por la elección teóricamente fundada de las propie­
dades pertinentes en función del objeto de la investigación, es decir, eficientes
para dar cuenta de las diferencias constituidas como significantes respecto del
problema planteado. Así, el concepto de “capital cultural” ha sido inventado como
una hipótesis necesaria para dar cuenta de los rendimientos escolares diferen­
ciales según las categorías sociales, noción que pone el acento sobre la dis­
tribución desigual, entre los grupos y entre las clases, de los instrumentos
necesarios para la apropiación de los bienes culturales .20

i» P ierre Bourdieu, H om o academicus, op. cit., p. 11.


19 Pierre Bourdieu, “L e m ort saisit le vif. Les relations entre l’histoire réifiée et l’histoire
incorporée”, Actes de la recherche en sciences sociales, 32-33, abril-junio de 1980, p. 4-5.
2(> p ¡erre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, L a Reproduction. É lém ents p o u r une théorie du
systéme d ’enseignement, París, M inuit, col. “L e sens commun” , 1970.
P ro p ie d a d e s de condición
y p ro p ied a d es de posición en el espacio social

La lucha de las clasificaciones es una de las dimensiones esenciales de la lucha


de clases, porque da cuenta de los agentes que luchan por apropiarse del mundo
social buscando im poner la representación del mundo social más conforme a
sus intereses. Los problemas de clasificación que conoce toda forma de pro­
ducción simbólica, especialmente el modo de pensamiento científico, no se
plantean nunca, según Bourdieu, de manera tan conflictiva como a propósito
de las clases sociales porque ellas permiten ver mejor las afinidades entre las
teorías del conocimiento y las teorías políticas. En efecto, a una concepción
empirista y realista de las clases sociales (las clases sociales existen en la
realidad, la ciencia no hace más que constatarlas y m edirlas) corresponde una
teoría de la acción política de tipo objetivista y cientificista (las clases existen,
el partido no hace más que revelar a la masa). A una teoría constructivista de
las clases (no hay objetos percibidos más que por un acto de construcción)
corresponde una concepción de la acción política de tipo espontaneísta con
fuerte coloración subjetivista (la clase existe sólo en estado m ovilizado ).21 La
prim era concepción, objetivista, concibe más bien a las clases en términos de
condición, la segunda, voluntarista, más bien en términos de conciencia de cla­
se. L a primera es más bien una representación de erudito, la segunda más bien
una visión de m ilitante. Es decir que, para Bourdieu, la posición que se toma
sobre el problema de las clases depende en buena parte de la posición que se
ocupa en la estructura de las clases22 y, más particularmente, en los campos
intelectual y político, cuando el espacio social pertinente varía según el objeto
de la investigación.
El concepto de espacio social, por el hecho de su relativa indeterminación y
de su plasticidad, es una de esas herramientas conceptuales que permiten
escapar a la alternativa del nominalismo y del realismo, del subjetivismo
voluntarista y del objetivismo cientificista. El problema, en efecto, para el
sociólogo, es que tiene que vérselas con un objeto que clasifica, con sujetos a
clasificar, capaces de producir clasificaciones. De allí la pregunta: ¿de dónde
proceden esas clasificaciones? La clase, según Bourdieu, existe a la vez en la
objetividad y en estado no subjetivo, pero en estado incorporado, en estado de
esquemas prácticos, de esquemas inconscientes de clasificación, lo que él
denominaba el “sentido práctico de lo social”. Es decir que los cuerpos son, en
gran parte, instrumentos de clasificación o, mejor, clases incorporadas. El
habitus es, en este sentido, uno de los modos de existencia de la clase. T a l vez
por esto, el mundo social se presenta como natural y por eso es tan difícil

21 Cfr., P ie rre Bourdieu, “L a gréve et l ’action ouvriére” , en P ierre Bourdieu, Queslions de


sociologie, París, M inuit, reed. 1984.
‘a P ierre Bourdieu, “Bspace social et genése des ‘clases’”, Actes de la recherche en sciences
sociales, 52-53, 1984, p. 3-14.

101
concebirlo como el producto do una historia, la historia incorporada como
naturaleza .23
Pero, antes de tratar lo que importaba más al autor de L a distinction, las
clasificaciones sociales como instrumentos simbólicos de las luchas sociales ,2'1
Bourdieu se interesó en principio menos en las propiedades de clase en tanto que
signos de demarcación, bajo la forma de un capital simbólico capaz de asegurar
lo que él denominaba un ingreso de distinción, que en lo que las clases debían
a las relaciones que ellas mantenían con las otras clases en el espacio social.
Desde sus primeros trabajos, criticó la comprensión “realista” de las clases
sociales. Se trataba, para él, de sacar partido del hecho de que toda clase social
debe una parte de sus propiedades a la posición que ocupa en una estructura
social (como una parte en un todo); esas propiedades, según la lógica estructu­
ralista que Bourdieu llevaba hasta el límite, debían ser relativam ente indepen­
dientes de sus cualidades intrínsecas, las que la clase tiene de sus condiciones
m ateriales de existencia .25 Bourdieu utilizará esta oposición entre propiedades
de posición y propiedades de situación o de condición para definir el objeto de la
obra que dirigió, La misére du monde, diferenciando la m iseria de condición y
la m iseria de posición, aquella sobre la que pondrán más particularmente el
acento los estudios reunidos allí .26
Sin duda, la distinción de esos dos tipos de propiedades de clase es, en parte,
artificial, a no ser porque la situación de clase, como lo hace la teoría marxista,
puede también definirse en tanto que posición en el sistema de las relaciones do
producción y sobre todo porque, según Bourdieu, la situación de clase define el
margen de variación, general pero desigualmente, estrecho, que es dejado a las
propiedades de posición. Desde este primer esbozo sistemático de lo que constituye,
a comienzos de los años 60, un análisis estructuralista de las clases sociales,
cuestiona la concepción sustancialista de la noción de clase, tal como circulaba en
Francia en la mayoría de los trabajos históricos y sociológicos, entonces dominados
por el marxismo y la sociología empírica. Gracias al recurso sistemático del método
comparativo experimenta la fecundidad heurística de esta distinción que apunta a
restituir a la noción de estructura-es decir, de la totalidadjerarquizada—su fuerza
teórica que está en el origen de la pertinencia de toda comparación entre sistemas
sociales.27 El estudio de casos aislados del contexto histórico y social en el que

-' P ierre Bourdieu, “L e m o rts a is itle v i f ’, art. citado, p. 3-14 . Uno de los modos de desnaturalizar
el mundo social es hacer la génesis de las categorías de percepción del mundo social (cfr., por
ejemplo, Rem i Lenoir, Généalogie de la m orale fa m ilia le , París, Seuil, col. “L íb e r”, 2003).
24 Y los efectos simbólicos que ellas ejercen desdo que son públicamente reconocidas, aunque
fuese en el modo del desconocimiento; el desconocimiento de la verdad de las relaciones de clases
form a parte integrante de la verdad de esas relaciones (cfr., P ie rre Bourdieu, Le sens pratique.,
op. cit., p. 23.3-244).
25 P ierre Bourdieu, "Condiction de classe et position de classe”, A rchives européennes de
sociologie. V I (2), 1966, p. 201-229.
* P ie rre Bourdieu (dir.), L a misére du monde, París, Seuil, 1993, reed. col “Poin ts” , 1998.
27 P ierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, “L a com parabilité des systém es d’enseignem ent” .
en R obert Castel y Jean-Claude Passeron (dirs.), Educa.ti.on, développem ent el dém ocratie,
París-La H aya, Mouton, col. “ Oahiers du C entre de Sociologie Européenne”, 4, 1967, p. 21-58.

102
están insertos, sin hablar de los apareamientos puramente nominales, es, en
efecto, uno de los peligros de las transferencias desconsideradas de los esquemas
descriptivos y explicativos de una sociedad a otra o de unaépoca a otra de la misma
sociedad. La comparación no puede efectuarse sino entre estructuras homologas
o entre partes estructuralmente homologas de esas estructuras. En este sentido,
Bourdieu critica tanto a M arx como a W eber que asignan, en cada clase o en cada
grupo de estatuto, propiedades transhistóricas o transculturales. E l hecho de
ignorar que una clase recibe del sistema de sus relaciones con las otras clases una
parte de sus propiedades puede conducir a operar falsas identificacionesy a perder
analogías reales.
Según Bourdieu, cuatro propiedades generales se deducen de un estudio
estructural de las clases sociales. En principio, se observan propiedades seme­
jantes entre clases sociales que ocupan posiciones homologas en estructuras
sociales diferentes. Bourdieu hace aquí referencia a múltiples trabajos, entre
ellos, los de W eber y de Sombart, que han demostrado que el resentimiento,
disfrazado de indignación moral, está históricamente asociado a una posición
inferior en las estructuras sociales, especialmente en la pertenencia a una
posición como la de las clases medias en un estado determinado de una for­
mación social. Así, en Francia, en este aspecto, la burguesía es a la aristocracia
del siglo x v i i lo que las clases medias son a la burguesía del siglo xx: como da
cuenta de ello el ethos ascético que caracteriza a esas clases, al menos en su fase
ascendente. Del mismo modo, la inseguridad económica, asociada, entre otras
cosas, a la irregularidad de los ingresos y a la inestabilidad del empleo, impide
a los subproletarios constituir un cuerpo coherente de reivindicaciones econó­
micas y sociales .28 Luego, la fuerza de las proposiciones de tipo estructural varía
según la posición de las clases sociales. Esta define el margen, generalmente
estrecho, que se deja a las propiedades de posición. En este aspecto, las
propiedades de las clases medias, a la inversa de las de los subproletarios, están
menos completamente determinadas por, la situación y más por su posición
entre clases dominantes y clases dominadas .29 Por último, la posición de un
grupo en la estructura social no puede ser definida solamente desde un punto
de vista estrictamente estático porque el punto de la trayectoria, que toma un
corte sincrónico, encierra la pendiente del trayecto social del grupo, es decir, del
devenir de su posición.
Queda por señalar que las diferencias de hecho, que están vinculadas a la
posición o a la situación de clase, se transmutan en signos distintivos, en
distinciones significantes, en suma, en distinciones simbólicas, porque la lógica
de la estructura social es la de la distinción y de las luchas de clase que le están
asociadas, objeto del texto L a distinction. Pero las observaciones evocadas hasta
el momento recuerdan que las condiciones sociales de posibilidad de la transmu­
tación simbólica de las diferencias de posición y de situación de clase varían
según la posición que las clases mismas ocupan en el conjunto del espacio social.
p ¡erre Bourdieu, "L a hantise du chómage chez l’ouvrier algérien” , art. citado, p. 313-331.
P ierre Bourdieu (d ir ), U n a rt moyen, op. cit., p. 17-28.

103
L a teo ría de las clases com o ap u esta de luchas:
el efecto de la teoría

Bourdieu decía a menudo que la cuestión de las clases era tratada según una
oposición teológica entre las teorías puras y totalmente abstractas (la “gran
teoría”), que no se basan en ningún dato empírico, y las teorías de la estratifi­
cación social, que se basan en trabajos empíricos pero que no tienen de teoría
más que el nombre .30 ¿Por qué el debate sobre las clases sociales es un debate
interminable? Porque implica muchas apuestas: es tan central en el caso de la
sociología que los intereses estratégicos (in telectu ales y políticos) asociados
a la intención de apropiarse ese objeto particular que se llam a “clase” , definida
de cierta manera, hacen imposible la constitución científica de ese objeto que es
la lucha a propósito de la definición de la lucha de clases. Porque, especialmente
en el campo intelectual, hay una lucha entre especialistas de las ciencias sociales
a propósito de la lucha de clases. Y de hecho, Bourdieu proponía para este tem a
lo que él denominaba una “problemática provisoria de las clases” .
Sobre la lucha de clases, Bourdieu se sitúa siempre respecto de Marx. M arx
escribe, y en esto Bourdieu está de acuerdo con él, que ciertos estudiosos ya no
están en el mundo social pero no hacen más que observarlo: el trabajo científico
perm itiría al intelectual ponerse en una posición vertical respecto del mundo del
que form a parte. Una de las condiciones de este despegue vertical es, como
piensa M arx, “tomar conciencia” . Así, el estudioso se encuentra como en un
sobrevuelo respecto de la posición a partir de la cual objetiva el mundo social,
y del cual, al mismo tiempo, se abstrae. Esto le permite sin duda construir las
clases como una apuesta de luchas, en particular en el interior del campo
científico. Pero, para Bourdieu, el trabajo sociológico no se detiene allí: el
sociólogo también debe objetivar el trabajo de objetivación .31 En este aspecto,
Bourdieu observa la siguiente paradoja: M arx ha creado la teoría de las clases
políticamente más poderosa sin hacer entrar en su teoría del mundo social la
política, es decir, el poder de la teoría: el poder de la teoría, según Bourdieu, es
el poder de ver y de hacer ver (theorein significa en griego antiguo “lo que hace
ver”). H ay cosas que no existen activamente más que cuando se tiene su teoría:
cuando se trata del mundo social, el hecho de tener la teoría que hace ver cambia
lo que se ve. De este modo, la teoría puede convertirse en una fuerza social en
las manos de las personas que tienen el poder de imponer esa manera de ver.
De suerte que elaborar una teoría de las clases sociales, sin tener en cuenta el
hecho de que la teoría de las clases sociales es constitutiva de la realidad que se
describe, corresponde a un proceso incompleto .32
A l final del Capital, M arx busca considerar las clases que están en la realidad.

30 P ierre Bourdieu, Questians de sociologie, op. cit., p. 53-56.


” P ierre Bourdieu, Science de la science et réflexivité, París, Raisons d’agir, col. “Cours et
travau x” , 20 0 2 .
32 P ie rre Bourdieu, “ C apital sym bolique et classes sociales” L ’A r c , 72, 1978, p. 13-19.

104
Pero de hecho, sin saberlo, no hace, según Bourdieu, más que eso: las clases que
analiza no pueden existir como tales en la realidad sino cuando se consigue
transformar en fuerza social una visión del mundo constituida según la teoría
de las clases, cuando la teoría de la lucha de clases se vuelve una fuerza social
a través de partidos que hacen de ella su línea teórica, política. Y cuando la lucha
política es una lucha para cambiar el mundo social, al cambiar la manera de
pensar el mundo social, la teoría de las clases se vuelve una fuerza real bajo la
forma de miles de cerebros estructurados según esta teoría, que perciben la rea­
lidad a través de ella. Sin duda, la teoría de la lucha de clases sólo puede ejercer
efecto teórico porque está fundada objetivamente en la realidad. Podría ser
verdadera, como la teoría de la gravedad de Newton. Pero en las ciencias
sociales, el hecho de decir la verdad de lo que sucede termina, como Bourdieu
solía repetirlo, en que lo que se dice pasa entonces de otro modo, especialmente
desde el momento en que un conjunto de personas organizadas para la lucha
política tiene la posibilidad, gracias a la pedagogía, la acción, el poder, de
coaccionar la conciencia de los actores sociales, de saber y de hacer saber que
el mundo social está dividido en clases. En ese momento, hay un efecto de teoría,
según su expresión, que permite decir que las clases sociales existen.
En este sentido, antes de M arx las clases no existían en el sentido en que ellas
existen después de Marx. Del mismo modo que la noción de gravedad no existía
como existe desde Newton. Pero con la diferencia de que, en el caso de la
gravedad, este reconocimiento no cambia en nada respecto del movimiento de
los planetas, mientras que en el caso de la sociedad, hace posible el cambio
social .33 Es una paradoja que la teoría marxista no dé lugar a este efecto, que la
práctica misma de los partidos marxistas confirma. Dicho de otro modo, hay en
la práctica de los partidos que reivindican el marxismo algo que no está implicado
en la teoría en nombre de la cual se hace la práctica, es decir, la política. Así, la
teoría marxista de las clases, al menos en sus formas más economicistas, no da
lugar a la política. Una clase, según Bourdieu, es un grupo movilizado por y para
la defensa de sus miembros y no puede llegar a la existencia social sino al cabo
de un trabajo colectivo de construcción inseparablemente teórica y práctica.
Pero eso sólo es posible si los agentes que se reúnen están juntos en lo que él
denomina espacio social, en tanto que espacio estructurado.

33 Es cierto, como ha demostrado A lexandre K ojéve, que la nueva concepción de la gravedad


es correlativa a la transform ación de la visión del funcionam iento del mundo natural pero
tam bién de la naturaleza de Dios y por lo tanto del mundo social. Cfr., A lexan dre K ojéve, D u
nwnde clon á l ’univers in fin i, París, Gallim ard, col. “T e l” , 1973, p. 215-127 [D el m undo cerrado
a l universo in fin ito , México, Siglo X X I],

105
A n álisis de la estratificación social
y ca u sa lid ad estructural

En efecto, según Bourdieu, la sociología debe construir no clases sino espacios


sociales en el interior de los cuales puedan ser recortadas las clases, es decir,
aislar configuraciones de propiedades que forman unidades sociales relativa­
mente homogéneas. Esas configuraciones no tienen existencia sino “en el
papel”, según su expresión, incluso si las divisiones operadas por el investigador,
como sucede en La distinction, corresponden a diferencias reales en los terrenos
más diversos.3'* Todas las sociedades pueden estar constituidas como espacios
sociales, es decir, en estructuras de diferencias. E l espacio social no tiene
realidad en sí mismo; es un universo de posiciones dependientes unas de otras
y jerarquizadas a través de varias dimensiones. U n universo social es un
conjunto de límites más o menos instituidos. La tarea del sociólogo es construir
los principios generadores que están en el fundamento de esas diferencias en la
objetividad y que pueden variar según los lugares y los momentos. ¿Cuáles son
esos principios? Si hay divergencias según los teóricos sobre el principio o el
criterio de estratificación -algunos basándose únicamente en los ingresos o la
categoría socioprofesional, mientras que otros sólo tienen en cuenta índices de
prestigio de la profesión-, existe en cambio un acuerdo entre ellos en el hecho
de que no se pueda encontrar un criterio, un principio único de jerarquización
social, y que sea así posible establecer una jerarquía única.
Bourdieu encuentra en W eber un cuestionamiento de la ambición de descu­
brir el principio de una jerarquía social única. L a oposición weberiana entre
clase y grupo de estatuto {Stand) correspondía a la oposición entre las sociedades
tradicionales opreindustriales, en las queel principio de diferenciación era más
bien del orden de la calidad más que del de las diferencias económicas, y las
sociedades de tipo capitalista, en las que el principio fundamental de diferencia­
ción hay que buscarlo más bien por el lado de las diferencias económicas. Pero
el análisis weberiano no adquiere toda su fuerza si no se considera que se trata
simplemente de una distinción entre dos conceptos más o menos adecuados a dos
tipos de sociedades, pero que esa distinción vale desigualmente para todas las
sociedades y para los diferentes “estratos” que constituyen las diversas socieda­
des; dicho de otro modo, la distinción weberiana entre Stand y clase es una de
las herramientas conceptuales más útiles para pensar todo principio de je ra r­
quía social, cuando el problema más difícil de resolver es el de d efin irla relación
que se establece en la realidad entre esos dos principios de estratificación.
Bourdieu se refiere entonces a los trabajos de Gerhard Lenski. Desde que se
tiene en cuenta diferentes criterios como, por ejemplo, el ingreso, la profesión,
el nivel de instrucción, la etnia, la religión, para m edir la posición social de un
individuo, de una fam ilia o de un grupo, se plantea el problema de la coherencia

M Pierre Bourdieu, L a distinction. C ritiqu e sociale du jugem ent, París, M inuit, col. “L e sens
commun” , 1979.

106
entre las posiciones establecidas según diferentes tipos de criterios, cuando un
mismo individuo puede ocupar una posición elevada en una escala y baja en otra.
La interrogación fundamental consiste, entonces, en preguntarse en qué me­
dida y según qué proceso se establece la compatibilidad (o la incompatibilidad)
entre las diferentes posiciones que un mismo individuo ocupa en las diferentes
jerarquías. A un razonamiento en términos de escala vertical, Lenski sustituye
una problemática de tipo horizontal, con el objetivo de hallar las relaciones que
existen entre las diferentes posiciones sobre las diversas escalas, ya que la
cuestión fundamental es el análisis del grado de coherencia entre las diferentes
posiciones de estas últimas .35 Habiendo enunciado el problema en esos térm i­
nos, Lenski se vio llevado a plantear preguntas de estructura. Así, por ejemplo,
un individuo puede tener una débil tasa de cristalización de dos maneras; puede
tener altos ingresos y un bajo nivel de instrucción, o inversamente, puede tener
un alto nivel e ingresos muy bajos. Lenski constata que, grosso modo, hay un
efecto autónomo del débil grado de cristalización, cualquiera sea el sentido en
el que se produce la desnivelación. Algo que contradice la intuición primera: los
individuos de fuerte nivel de instrucción y débiles ingresos (los profesores) no
tienen una propensión a la m arginalidad más fuerte que los individuos de muy
altos ingresos y débil nivel de instrucción (los “arribistas”).
Pero el análisis de Gerhard Lenski tiene un límite: aislando la eficacia de cada
una de las variables, busca el efecto de esa otra variable que constituye la
cristalización del estatuto, haciendo como si esta última actuara cuando las otras
estaban neutralizadas, así es el caso en el análisis multivariado. Según Bour­
dieu, Lenski piensa, procediendo así, en una lógica analítica (el análisis
m ultivariado) lo que debería pensar en una lógica estructural: hace de la
configuración de las posiciones una variable suplementaria, mientras que es el
efecto mismo de la estructura de las posiciones. Así, Bourdieu y Passeron
estudiaron, en la época de Les héritiers, los factores de desigualdad frente a la
práctica de la lengua en la enseñanza superior, según una lógica de causalidad
ejercida por una configuración de factores y no por una suma de factores
aprehendidos uno a uno, ya que el efecto de estructura es una manera de captar
el efecto de clase, algo que en otra lógica se captaría bajo la forma de un ethos,
de un sistema de valores interiorizados .86

35 L a problem ática de G erhard Lenski consiste en in vestigar el efecto específico de la


estructura de los factores (cualquiera sean esos factores) y de la configuración de los desfasajes:
¿cuál es la interrelación entre las diferentes posiciones de un individuo? Para eso. Lenski
construye un índice que perm ite cifrar el grado de coherencia de las posiciones de los individuos
(o de un grupo) en las diferentes jerarquías: se pregunta si hay una relación entre cierto tipo
de estructura de la constelación de posiciones y las opiniones políticas, con la hipótesis de que
cuanto más débil es el grado de coherencia de las diferentes posiciones, los individu os
caracterizados por esta constelación poco coherente están más inclinados a una posición política
más bien de derecha ("lib era l"). (G erh ard Lenski, “Status C rvstallization : a N on-V ertical
D im ensión o f Social Status”, A m erica n S ociologica l Review, 19 (4), agosto de 1954, p. 405-413).
m p ierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, “ Langage et rapport au langage dans la situation
pedagogique” , R a p p ort pédagogique el C om m unication, París, L a H aya, M outon, col. “ Cahiers
du Centre de Sociologie Européenne” , 2, 1965, p. 9-36.

107
El principio de economía que dirige a menudo la producción sociológica lleva
generalmente a dejar escapar los fenómenos más importantes. Por ejemplo, la
idea que viene al espíritu para reducir el gran número de criterios necesarios
para codificar las categorías socioprofesionales y las otras variables de base que
apuntan a caracterizar la estructura social es muy a menudo construir un índice,
a la manera de W illiam Lloyd Warner, que es el resultado de promedios obte­
nidos por los individuos e n las diferentes categorías .37 Este tipo de índice formado
por suma de promedios es poco satisfactorio en la medida en que deja escapar
a la observación los efectos que pueden estar vinculados a la estructura de la
constelación de los factores.
Otros autores, como Herber Blumer, plantean el problema de la búsqueda de
relaciones de causalidad entre variables dependientes y variables independien­
tes: el análisis multivariado procede así a un corte sincrónico y busca las
relaciones entre variables. ¿En qué condiciones el análisis m ultivariado es
posible y legítimo y cuáles son los límites de su legitimidad, si es cierto que ella
opera siempre ese tipo de abstracción que consiste en proceder por cortes
sincrónicos? En efecto, uno se encuentra con frecuencia en presencia del caso
en que una variable x actúa sobre la variable y sólo si una variable z está
presente: se dice entonces que la relación entre x ey es condicional. En realidad,
ese tipo de reflexión también se opone a una reflexión de tipo estructural en la
medida en que, en el ejemplo citado, se consideran tres variables para plantear
la cuestión de saber si lo que actúa sobre la variable dependiente es realmente
una variable, olvidando a la vez que aquello que ejerce su acción puede ser de
hecho una relación entre dos variables .38
Sin embargo, el análisis multivariado puede ser utilizado como un caso
particular de un tipo de análisis estructural que buscaría, no la eficacia de tal
variable independiente sobre tal variable dependiente, sino la eficacia de una
constelación de variables sobre una variable dependiente, i. e., la eficacia propia
de la estructura de la constelación de variables utilizadas.S!) P or ejemplo, un
estudio sobre la natalidad permite descubrir un conjunto de factores vinculados
por relaciones más o menos fuertes a las tasas de fecundidad de una población.
Si se intenta aislar sucesivamente las diferentes variables, incluso neutralizar
una variable y examinar lo que sucede, el análisis se ve reenviado al infinito. L a
relación de causalidad sólo puede comprenderse si la constelación de las va­
riables que están todas en relaciones definidas mantienen con la variable a
explicar relaciones me diatizadas por las otras variables retenidas en función del
objeto. Del mismo modo, la frecuentación de museos depende de la estructura

17 W illia m Lioyd W arner (dir.), Dem oi'racy in Jonesville: A Study in Q u a lity an d In equ a lity ,
N u eva York , Evanston, H arpers and Row, 1949.
™ El análisis m u ltivariado que se presentaba en los años 50 como el ne.cplus ultra, m etodológico
no es otra cosa que la lógica analítica a lo Stuart M ili (cf. Jean M ichel Chapoulie, “ Un type
d’explication en sociologie: les systémes de variables en relations causales” , Reuue francaise de
sociologie, X (3), julio-septiem bre de 1969, p. 333-351).
w P ierre Bourdieu, “L a fin d’un m althusianism e”, en D arras [P ie rre Bourdieu et cd], L e partage
des bénéfices: expansión et inégalités en France, París, M inuit, 1966, p. 13.6-154.

108
de un conjunto de factores que puede tomar formas muy diversas en países con
estructuras sociales diferentes. “Todo sucede como si la eficacia de cada uno de
los factores secundarios, escriben los autores de L ’am our de l ’art, estuviese
subordinada a la estructura del conjunto de los factores, de modo que la mo­
dificación de uno de ellos puede siempre compensarse en tanto que la estructura
del conjunto no sufra la transformación sistemática que sería la única capaz,
pareciera, de afectar de modo sensible la relación fundamental entre la
instrucción y la frecuentación ” .40
De hecho, según Bourdieu, es necesario plantear el problema de la causalidad
en términos de “causalidad estructural” , en la medida en que siempre la que
actúa es una constelación de variables. Si se consideran, por ejemplo, cinco o seis
factores, se obtendrá cada vez una constelación particular de factores que, aun
permaneciendo iguales, tendrán pesos relativos diferentes: por ejemplo, el
factor “estudiante asalariado” puede tener significaciones y eficacias causales
completamente diferentes según la constelación de factores en la que está
Inserto. Ese factor no tiene una eficacia causal “en sí” (sustancialismo) sino que
posee una eficacia proporcional a su peso en una cierta estructura. Tómese el
ejemplo de la constelación de factores que explican el éxito en la enseñanza
superior; se pueden encontrar mezclados como factores elhecho de no trabajar,
la edad, la categoría socioprofesional (C S P ) de los padres. Ahora bien, indepen­
dientemente de toda relación oculta entre esos factores y la CSP de los padres,
se puede pensar que ese ú ltimo factor, aunque sólo pueda actuar si otros factores
están presentes, sigue siendo preeminente, de modo que cuando se lo toma como
principio de análisis, se corre menos el riesgo de errar sobre la estructura de los
fenómenos que partiendo de un factor que, aun participando de la misma cons­
telación, tendría un peso funcional infinitesimal, como el hecho de ser interno
o externo .41
La eficacia explicativa de un factor está vinculada, en efecto, a la posición que
ese factor ocupa en una cierta estructura de factores (¿.e., al peso relativo
que tiene en esa estructura). Dicho de otro modo, existe siempre un factor
predom inante en toda estructura, lo que no significa, sin em bargo, que ese
factor sea independiente de los otros factores que constituyen con él la
configuración de los factores actuantes en una variable dada .'13 P ara volver al
análisis de la estratificación social, se podría decir, para simplificar, que dos tipos
de representaciones de la estratificación se oponen: una representación horizon­
tal y una vertical y unilineal. Si esas dos representaciones son abstractas, es
porque ambas rechazan el esquema de tipo estructural que perm ite razonar en
el orden horizontal sin, no obstante, condenarse a un relativismo absoluto (dar
el mismo peso a todos los factores de la constelación). De hecho, porque existe
40 P ie rre Bourdieu, A lain Darbel y Dominique Schnapper, L ’a m ou r de l ’art. Leu inusées d ’a rt
européenns et Leur p u b lic, París, M inuit. col. “le sens commun”. 1966. reed. 1969, p. 56.
11 P ierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, Les héritiers. te s étudiants el la culture, París,
M inuit, col. “L e sens commun”, 1964.
42 El ejem plo paradigm ático se encuentra en P ierre Bourdieu, A la in D arbel y D om inique
Schnapper, L ’a m on r de l ’art, op. cit., p. 35-66.

109
un factor predominante, se comprende que, contrariamente a las interpretacio­
nes configuracionistas, no es posible poner, por ejemplo, en el mismo plano la
manera de poner pañales a los niños y el cultivo del m aíz .43
Bourdieu toma el caso de un Abram Kardiner, determinista y mecanicista,
para quien la estructura fam iliar y el modo de poner pañales a los niños se
deducen del modo de producción y un Abram Kardiner, relativista y configura-
cionista, para quien todo está en todo, el modo de cultivar el arroz entre los
tanala y la manera de poner pañales a los niños en el mismo plano, en la medida
en que aquello que es causa puede convertirse en efecto. Rechazando el análi­
sis en términos de causalidad estructural, se ve llevado simultáneamente a
concebir una causalidad mecanicista y una causalidad circular y generalizada.
A l tratarse del problema de la estratificación social, se encuentra esta alterna­
tiva en la que cae siempre la sociología, porque son dos formas de sociología
ingenuas: la alternativa entre un esquema de explicación unidimensional por la
posición en una jerarquía unidimensional y una actitud relativista hacia la que
tiende una problemática de tipo w am eriana ,'1'1
Una reflexión de tipo estructural permite conservarlo que apórtala reflexión
de tipo horizontal, el efecto causal propio concerniente no a la acción de la su­
ma de factores - lo que aceptaría el análisis m ultivariado- sino a la estructura
de las relaciones entre esos factores que es irreductible a la suma de esos
factores, reteniendo a la vez del estudio de tipo vertical que todos los factores
constitutivos de una constelación no son igualmente eficaces para la explicación,
en la medida en que no tienen la misma eficacia causal. A l introducir la noción
de peso funcional, se mantiene a la vez la idea de que cada factor depende de la
estructura de factores y la de que ciertos factores contribuyen a la estructuración
de esa estructura. Pero la reflexión de tipo estructural 110 vale solamente para un
análisis de la causalidad y de la explicación. Se constata, en efecto, que un mismo
factor puede tener sentidos diferentes en estructuras sociales de factores sociales
diferentes: por ejemplo, el hecho de tener una habitación independiente no tiene
el mismo sentido según se trate de una joven muchacha del distrito X V I de París,
que quiere tener “su libertad”, o del hijo de un campesino que hace sus estudios en
la capital; por último, se sabe que existen disciplinas que son disciplinas de
relegación para unos y disciplinas de refugio para otros, etcétera .-15
Ese tipo de reflexión no era nuevo en el esquema general de la teoría de

4:i Cfr., Abram K ard in er y Ralph Linton, L 'in d iv id u daña sa société. E ssai d ’anthropologfc
p sychanalitique, París, Gallim ard, 1969.
44 A l partir de la constelación según la cual, de acüerdo al criterio de estratificación retenido
(idea de que los individuos se hacen su posición en la jerarqu ía social, ingreso, prestigio, modo
do vida, etc.), la posición en la jerarqu ía social varía; W illia m Lloyd W arn er se ve llevado no a
decir que la estratificación no existe, sino que la cosa es tan complicada que es m ejor considerar
que todas las jerarqu ías posibles valen (cfr., W illiam Lloyd W arner, M archia M eek er y Kenneth
Feels, S o cia l Clann in A m erica : a M a n u a l o f Proceditre fo r the M easurem ent o f S o cia l Status,
H arper and Row, N u eva Y ork y Evanston, 1960).
•ir, p ierre Bourdieu, Jean-Claude Passeron y M onique de S ain t M artin , “Les étudiants et la
langue d’enseigncm ent” , R apport pédagogique et com m unication, op. cit., p. 36-67.

110
Bourdieu. Se piensa en aquel que había elaborado Maurice M erleau-Ponty, cuyo
bro La structure du comportement influyó mucho en él, a propósito de ciertos
-:pos de explicación reflexológica: la reacción de un sujeto no puede explicarse
por la acción de una adición de stim uli sino por referencia a la estructura de la
configuración concreta de esos stim uli. Los stim uli no actúan de a uno y cada uno
por su cuenta. Se trata siempre de un conjunto de stim u li que mantienen entre
ellos un cierto tipo de relaciones que define la estructura de esos stimuli.™

E spacio social y clases sociales:


la distinción

"El espacio social, en el que las distancias se miden en cantidad de capital” -e s ­


cribe Bourdieu-, define proximidades y afinidades, alejamientos eincompatibi-
'.idades, en suma, probabilidades de pertenecer a grupos realmente unificados,
ramillas, clubes, o clases movilizadas, pero es en la lucha de las clasificaciones,
lucha por imponer tal o cual manera de recortar el espacio, para unificar o para
diversificar, etc., donde se definen los acercamientos reales. La clase nunca está
dada en las cosas; también es representación y voluntad, pero no tiene posi­
bilidad de encarnar en las cosas si acerca lo que está objetivamente cerca y aleja
lo que está objetivamente alejado .47
Es decir que, como afirma en otra parte Bourdieu, “la verdad de la interacción
nunca está entera en la interacción tal como ella se da a la observación” . Y tomar
como ejemplo las estrategias de condescendencia “por las que los agentes ocupan
una posición superior en una de las jerarquías del espacio objetivo niega
simbólicamente la distancia social que no deja de existir ” .48
El espacio social se presenta en las sociedades estratificadas como un con­
junto fuertemente estructurado: los agentes están provistos de propiedades
comunes y diferentes sistemáticamente vinculadas entre ellas. Para compren­
der su sentido, esas propiedades deben ser “clasificadas” , en el sentido de
Durkheim, es decir, reagrupadas según sus similitudes y sus diferencias
respecto del objeto estudiado. A l tratarse de La d is tin ció n , cuyo objeto es la
contribución de los efectos de la dominación cultural en las relaciones sociales,
la descripción se realiza aparentemente sobre los estilos de vida, las prácticas
religiosas, las opiniones políticas, único medio empírico de marcar las posiciones
en el espacio de las posiciones de poder.
Así, pueden verse configuraciones de propiedades en esta topografía doble­
mente construida, por la elección de variables y las maneras de tratarlas: el

‘m Maurice M erleau-Ponty, L a structure du com portem ent, París, P U F , 1953 IL a estructura


del com portam iento. Buenos Aires, Hachette, 1.9571.
47 P ierre Bourdieu, Choses d ites, op. cit., p. 93.
'IN Ibíd, p. 151-152.

111
análisis de las correspondencias múltiples calcula las “distancias” entre los
valores de las variables establecidas según los criterios retenidos por el sociólogo
en función de su objeto. Las distancias son objetivas en el sentido de que no
deben nada a las propiedades singulares de los individuos, puesto que éstos son
deconstruidos en otras tantas variables que el análisis necesita. En efecto, en ese
espacio construido abstractamente, las posiciones se definen unas en relación
con las otras y no consideradas en su valor sustancial. En los métodos de análisis
geométrico de los datos a los que Bourdieu intenta recurrir por prim era vez en
esta obra, incluso si no tenía aún en la época todos los medios técnicos de a-
plicarlos, aquello a lo que apunta es a hacer aparecer, a partir de sistemas de
variables disponibles y pertinentes, las distancias entre agentes y las homolo­
gías estructurales entre sus posiciones en el espacio social y su estilo de vida,
sus prácticas religiosas, sus opiniones políticas, etcétera .'19
De este modo, Bourdieu establece que, en las sociedades más desarrolladas,
dos principios reparten grupos en función de su posición en las distribuciones
estadísticas. Los dos principios entre los más eficientes son —aunque no los
únicos- el capital económico y el capital cultural. Esos principios se quieren
explicativos en el sentido de que se vinculan a propiedades socialmente
determinantes que permiten distinguir y reunir agentes tan semejantes como
es posible (y tan diferentes como es posible de los miembros de otras clases).
Según los resultados del análisis de las correspondencias, el espacio de las
clases sociales está construido según tres dimensiones. La prim era es la del
volumen global del capital que los agentes poseen en sus diferentes especies. La
segunda es la estructura del capital, es decir, el peso relativo de las diferentes
especies de capital, económico y cultural, en el volumen total de su capital. A
cada uno de los polos corresponden categorías socioprofesionales, incluso si las
posiciones así definidas por el diagrama que Bourdieu construyó en L a distinc­
tion 50 no se reducen a ellas. En la primera dimensión del espacio social, los que
poseen un fuerte volumen de capital global, como los patrones de grandes y
medianas empresas, los miembros de profesiones liberales y los profesores de
universidad se oponen a los más desprovistos de las diferentes especies de ca­
pital, como los obreros sin calificación y los asalariados agrícolas. L a segunda
dimensión es el peso relativo del capital económico y del capital cultural en el
conjunto del patrimonio: en esta relación, los profesores, más ricos relativam en­
te en capital cultural que en capital económico, se oponen a los patrones, más
ricos relativam ente en capital económico que en capital cultural. La tercera
dimensión es la de la trayectoria social, es decir, la evolución en el tiempo del
volumen y de la estructura de las especies de capital.
A estas posiciones en el espacio social corresponden prácticas que el análisis
de los datos permite establecer, de modo que todo sucede como si el espacio de
las posiciones sociales se retradujera bajo la forma de un espacio de disposiciones

m H en ry Rouanet (et a l), “Régression et analyse géom étrique des données: réflexions et
suggestions", M athém atiques et sciences humainea, 40, (160). 20 02 , p. 13-45.
so p ¡erre Bourdieu, L a d istinction, op. t il., p. 140-141.

112
incorporadas (de gustos, de deseo, de afinidades, de bienes poseídos) y de tomas
de posiciones (opiniones, representaciones). A cada clase de propiedades está
vinculada una clase de habitus producida por los condicionamientos y las señales
sociales asociadas a la condición correspondiente. Según Bourdieu, el habitus es
el principio que da cuenta de la unidad de estilo que une las prácticas y los bienes
de una clase de agentes; que retraduce en características intrínsecas y relació­
nales las propiedades vinculadas a las posiciones mismas definidas unas en
relación con las otras. El habitus está en el principio de un conjunto unitario de
elecciones de personas, de bienes, de prácticas en todos los sectores de la vida
social. Porque detrás de la idea de pertenencia de clase (si esta expresión tiene
un sentido), está, en efecto, la hipótesis de la coherencia de las actitudes (algo
que Bourdieu llamó durante mucho tiempo el ethos de clase).5lAsí, las clases, que
se distinguen al recortar regiones del espacio social, reúnen agentes tan homo­
géneos como es posible desde el punto de vista no sólo de sus condiciones de
existencia sino también de sus prácticas culturales, de su consumo, de sus
opiniones políticas, etc. E l espacio social, tal como lo concibe Bourdieu, es así un
sistema, de diferencias, es decir, un conjunto de propiedades estructuralmente
definidas, repartidas diferencialmente según las clases.
Gracias a las investigaciones estadísticas y a los múltiples tratamientos a los
que dan lugar, se pueden formar clases tan homogéneas como es posible desde
el punto de vista de los criterios pertinentes para construir el espacio en el que
se sitúan. Cuanto más precisas son las prácticas analizadas, más es preciso
m ovilizar, para comprenderlas, un gran número de propiedades. A l tratarse, por
ejemplo, de la visita a los museos, el sistema de variables pertinentes (n ivel de
instrucción, oferta institucional) puede ser relativam ente reducido, mientras
que para explicar la frecuentación de las galerías de arte moderno las propieda­
des a tener en cuenta son más numerosas /’2 Sin hablar del anáfisis de las
trayectorias individuales como las de Flauberty de M anet que Bourdieu estudió
con una gran precisión, que nada tiene que ver con la erudición ostentada .53 De
modo que todos los agentes -puede existir uno solo- que se encuentran en el
interior de esta clase comparten un conjunto de propiedades que son predictivas
de numerosos comportamientos y de opiniones. Pero esas clases estadísticas no
son clases sociales en estado de movilización. De modo que, según Bourdieu, es
solamente después de Marx, e incluso después de la creación de partidos en
condiciones de imponer una visión del mundo social organizada según la teoría
de la lucha de clases, que se puede hablar de clase y de lucha de clases .51
Las clases nunca están m ovilizadas si no son, en efecto, el producto de esa
lucha de clasificaciones como lucha propiamente simbólica (y política) para

51 L a noción de ethos designa más precisamente una dimensión fuertem ente ética del habitus
como en la expresión “ethos pequeño-burgués” .
52 P ie rre Bourdieu, A lain Darbel y Dom inique Schnapper, L ’a m ou r de l ’art, op. cit., p. 35-66.
53 P ierre Bourdieu, “Champ du pouvoir, champ intellectuel e t habitus do classe” , Scolw s, 1,
1971, p. 7-26.
M P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r veut dire. L ’économ ie des évhanges sym boliques, París,
Fayard, 1982, p. 157-161.

113
imponer una visión del mundo social y principios de división según los cuales el
mundo social es susceptible de ser recortado. De modo que la existencia de las
clases es una apuesta de luchas tanto en las representaciones como en la
realidad. Una clase incluso movilizada por y para la defensa de sus intereses no
puede constituirse en tanto que tal sino al precio de, y luego de, un trabajo
colectivo de construcción inseparablemente teórico y práctico. Pero ella tiene
tantas más posibilidades de advenir a la existencia social y de perdurar en cuanto
los agentes que se reúnen estén cerca en el espacio social. E l trabajo simbólico
de consagración es necesario para formar una clase: imposición de nombres, de
siglas, de signos de alianza, instancias de representación, formas de manifesta­
ciones públicas, etc ."5 Ese trabajo tiene tantas más posibilidades de triunfar en
la medición que los agentes sociales sobre los que se ejerce están más inclinados
a reconocerse en un mismo pi'oyecto, por el hecho de su proximidad en el espacio
de las posiciones sociales y de las disposiciones y de los intereses asociados a esas
posiciones.
La ambición de Bourdieu ha sido construir un modelo general de la diferen­
ciación constitutiva de los espacios sociales, ya que los principios de dominación
pueden cambiar según las relaciones de fuerzas entre las clases, el valor relativo
de las especies de capital, pero también según el estado de los mecanismos de
reproducción de la estructura social, es decir, la redistribución del volum en
y de las diferentes especies de capital entre las generaciones. Bourdieu hace aquí
alusión a los espacios sociales en los cuales ciertos grupos se apropian los bienes
y los servicios públicos, de modo que se ve llevado a inventar lo que denomina
el “capital político”, para designar esa forma de patrimonialización de los
recursos colectivos que se acumulan y se transmiten a través de los aparatos de
los partidos, de los sindicatos y de las redes de relaciones —especialmente
fam iliares- como en los regímenes comunistas, incluidos los países escandina­
vos. Las especies de capital pueden así cambiar ségún los modos de reproducción
de la estructura social e inversamente .56 Frente al fuerte retorno de diferentes
formas de la sociología subjetivista que, bajo la apariencia del interaccionismo
o de la etnometodología, son otras tantas formas que apuntan a preservar los
derechos imprescriptibles de la persona y el derecho ontológico a la conciencia
clara del sentido y de la determinación libre de la acción, es indispensable
recordar las bases sin las cuales no podría haber sociología científica.

55 P ie rre Bourdieu, “ L ’identité et la représentation” , Actas de. la recherche en sciences socíales,.


35, noviem bre de 1980, p. 63-72.
56 P ierre Bourdieu, “L a variante ‘soviétique’ et lo capital p olitique”, en Pierre Bourdieu, R aison
praliques. S u r la théorie de l'aetion, op. cit., p. 31-35.

114
REFLEXIÓN SOBRE EL LENGUAJE
Y REFLEXIVIDAD
Anna Boschetti

La importancia que P ierre Bourdieu asignó a la reflexión sobre el lenguaje es


completamente excepcional respecto de la tradición sociológica. Para explicar
esa atención privilegiada, es preciso tener en cuenta el hecho de que el espacio
de las factibilidades respecto del cual esta reflexión ha tenido lugar y se ha
definido no se reduda a las “posiciones constituidas como sociólogos” .' Como
Bourdieu mismo lo señaló en sus autoanálisis, fue importante en su i nvestigación
un habitus intelectual que lo conducía a ignorar las fronteras entre las especiali­
dades, pero también entre los dominios disciplinarios instituidos, y a pensar su
trabajo respecto del conjunto del espacio intelectual. Su formación -está muy
relacionada con esta actitud, cuando la ambición del pensamiento soberano
constituye laidea reguladora de la vocación filosófica. Bourdieu ocupa una posición
singular porque pretende cumplir a la vez la tarea del filósofo y la del erudito, al
conciliar la investigación empírica y el trabajo teórico en su acepción más exigente,
implicando con ello la construcción de un pensamiento sistémico y un esfuerzo
constante por fundar una epistemología de las ciencias sociales. L a reflexión sobre
el lenguaje es una dimensión fundamental de ese esfuerzo.
Su cultura filosófica (vuelta decididamente del lado de la tradición -filosofía
e historia de las ciencias- que encarnan, entre otros, Cassirer, Koyré, Bache-
lard,Canghilhem ,Vuillem in)perm iteaBourdieum edir rápidamente la indigen­
cia teórica de la sociología contemporánea. En 1967, en un largo artículo firmado
con Jean-Claude Passeron y publicado en una revista extranjera,- describe sin
miramientos el campo sociológico francés como dividido entre un ncopositivis-
mo que se ignora como tal, y que obtiene su legitimidad de su referencia a la
sociología norteamericana-, y otras posiciones que continúan inspirándoseya en
el marxismo (Chombart de Lauwe, Friedmann), ya en el modelo sartreano (la
“sociología de la libertad” y del “ actor” de Alain Touraine), ya en una relectura

1 Pierre Bourdieu, Science de la Science et réflexivité, París, Raisons d’agir, col. “ Cours et
travau x”, 2001, p, 195.
2 P ierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, “Sociology and Philosophy in France since 1945:
D eath and R epresen tation o f a Philosophy w ith ou t Subject”, S o cia l Reaserch, X X X IV , 1,
prim avera de 1967, p. 162-212.

115
neokantiana de W eber (Raymond Aron). La “nueva” teoría que, bajo el impulso
de Lévi-Strauss, ejerce un verdadero dominio en las ciencias sociales y en el
conjunto del espacio intelectual francés es el modelo elaborado por Saussure y
por sus epígonos.
El “entusiasmo metacicntífico”a con el que Bourdieu acoge en los años 1950
la obra de Claude Lévi-Strauss no tiene nada del capricho por una “moda” . Como
lo reconoció más tarde, la aparición de esa “nueva manera de concebir la
actividad intelectual que se oponía de modo completamente dialéctico a la figura
del intelectual ‘total’ L...J que encarnaba Jean-Paul Sartre [•••] no contribuyó
poco, sin duda, a alentar, en muchos de aquellos que se orientaron en ese
momento hacia las ciencias sociales, la ambición de reconciliar las intenciones
teóricas y las intenciones prácticas, la vocación científica y la vocación ética, o
política, tan a menudo desdobladas ” .4 Bourdieu reconoce una importancia
fundamenta] en la introducción del modelo estructural en las ciencias sociales.
Pero, al aplicarlo en sus investigaciones sobre el matrimonio cabileño, en varios
puntos le parece insatisfactorio. E l cuestionamiento de la antr opología estruc­
tural y de sus presupuestos concluye en la exigencia de interrogar los lím ites del
modelo en que se ha inspirado Lévi-Strauss - la construcción saussuriana- y
otros modelos que ofrece el espacio teórico.

L a epistem ología
com o “rectificación m etódica del e r r o r ”

En ese trabajo crítico, Bourdieu pone en funcionamiento de modo muy coheren­


te los principios expuestos, en 1968, en Le métier de sociologue, una obra
enteramente consagrada, como lo indica su subtítulo, a la definición de
“precondiciones epistemológicas” . El sociólogo venido de la filosofía considera
esa tarea como urgente, al haber constatado “la inexistencia de una epistemo­
logía de las ciencias sociales” ,5 necesaria según su punto de vista para hacer
posible una práctica científica de la sociología. Frente a las ciencias de la
naturaleza, las ciencias del hombre están lejos de acordar un cuerpo de
principios elementales que definan, más allá de las diferencias entre las
posiciones, las condiciones generales de posibilidad de la cientificidad de sus
productos. L a mayoría de los sociólogos, incluidos los padres fundadores, “fueron
llevados a confundir con su teoría particular del sistema social la teoría del
conocimiento de lo social que tomaban, al menos implícitamente, en su práctica
sociológica ” .6 L a definición de los principios y de los preceptos prácticos con que

:l P ierre Bourdieu, L e sens pra tiqu e, París, M inuit, col. “L e sens commun” , 1980, p. 9.
11 Ibíd., p. 8 .
5 P ie rre Bourdieu, Jean-C laude Cham boredon y Jean-C laude Passeron, L e m é tie r de
sociologue 11968], París, E P IIR y Mouton & Col., 1973, p. 5.
5 Ibíd., p. 16.

116
puede armarse la vigilancia epistemológica cumple un rol mayor en el progreso
de toda ciencia y es particularmente urgente en las ciencias sociales: por la
naturaleza de su objeto, éstas están incesantemente expuestas a la ilusión del
íaber inmediato y a las falsas evidencias que vehiculan las prenociones del dis­
curso común. Bourdieu y Passeron se esfuerzan por ayudar a su disciplina
a salir de ese estado de “ anarquía conceptual ” ,7 explicitando los principios
epistem ológicos que las principales teorías sociológicas tien en en común y
los conocimientos que las ciencias sociales pueden tom ar de la tradición de
otras ciencias.
E sta am bición por d efin ir en gen eral los principios de la teoría del
conocimiento sociológico es, a primera vista, ingenua e ilusoria. Pero la
concepción de la tarea epistemológica que este intento reivindica expresamente
permite precisarla y justificarla. Es la concepción propuesta por Gastón Bache­
lard, de acuerdo a la cual la epistemología se aplica “no a la ciencia hecha [...] sino
a la ciencia en estado de hacerse'”, no al opus operatum, sino al modus operandi.
Consiste en “descubrir en la práctica científica misma, incesantemente enfren­
tada al error, las condiciones en las que se puede obtener lo verdadero de lo falso,
pasando de un conocimiento menos verdadero a un conocimiento más verdade­
ro”, o mejor, como dice Bachelard, ‘aproximado, es decir, rectificado’” .
Los autores de Le métier de sociologue se proponen transponer al caso de las
ciencias del hombre esa idea del trabajo epistemológico “que define en lo que
tienen de específico los principios del ‘racionalismo regional’ propio de la ciencia
sociológica ” .8Lo que hace posible el progreso del conocimiento es el esfuerzo por
"captar la lógica del error [...] y [...J para someter las verdades aproximadas de
la ciencia y los métodos que ella utiliza aúna rectificación metódica y permanen­
te ” .3 Por eso,L e m étier de sociologue se presenta como “el proyecto de transm itir
metódicamente un ars inveniendi” lü que se opone explícitamente a aquellos que
reducen la tarea de la epistemología a un ars probandi y a aquellos que declaran,
como Popper: “No existe nada que se parezca a un método lógico par a tener ideas
o a una reconstitución lógica de ese proceso ” . 11
Lejos de pretender presentar sus “precondiciones epistemológicas” como una
verdad absoluta, Bourdieu y Passeron no ven allí más que una “verdad aproxima­
da”, un intento que apunta a dar forma explícita y sistemática a un estado de la
reflexión epistemológica. Como toda toma de posición teórica, Le métier de socio-
logue es también, objetivamente, un golpe de mano simbólico por el que sus autores
promueven su concepción del trabajo científico y descalifican la mayoría de las
posiciones. Pero el interés que tenían en ese cuestionamiento no disminuye ni
relativiza en nada su aporte. Todo conocimiento está dedicado por definición a ser
superado y la única manera legítima de hacerlo es “rectificándolo”.
1 1bíd., p. 13.
8Ibíd., p. 2 0 .
9 Ibíd., p. 14.
1,1 Ibíd., p. 17.
111 K a rl Popper. The L o g ic o f S cien tifíc D iscovery, Londres, Hutchinson, 1959, p. 32, citado
ibíd, nota 1, p. 17.

117
Los principios o preceptos propuestos en Le métier de sociologue están
ilustrados por una selección de textos. Marx, Weber, Durkheim son citados a
menudo, así como filósofos, historiadores de las ciencias y eruditos, mientras
que pocos sociólogos contemporáneos son considerados. Sólo figura un texto de
Lévi-Strauss; en cuanto a los lingüistas, no están representados sino por un
texto de Hjem slev que señala el progreso que el proceso estructural de Saussure
hizo cumplir a la lingüística.

E l m odelo estructuralista
en la “p ru e b a de la explicitación”

El trabajo crítico por el que Bourdieu toma distancia progresivamente respecto


de todas las principales teorías antropológicas contemporáneas, dedicándose a
analizar su modus operandi, ilustra de modo muy convincente la eficacia de las
herramientas presentadas en Le métier de sociologue. Su proceso muestra
especialmente los méritos heurísticos de la explicitación, recomendada en su
obra como un instrumento poderoso de “corte epistemológico” : “ Es solamente
a condición de someter a la prueba de la explicitación completa los esquemas
utilizados por la explicación sociológica como se puede evitar la contaminación
a la que quedan expuestos los esquemas más depurados cada vez que presentan
una afinidad de estructura con los esquemas comunes” . 12
El único m érito que Bourdieu reconoce al estructuralismo, en el plano de los
principios, es haber contribuido a introducir en las ciencias sociales el modo de
pensamiento “relacionar (vinculando cada elemento al sistema de relaciones
del que forma parte) que ya se había impuesto en la física y la matemática
modernas , 13 y que se “encuentra detrás de las empresas científicas tan dife­
rentes, en apariencia, como las del formalista ruso Tinianov, del psicosociólogo
K urt Lewin, de Norbert E lias ” .14 Por su objeto, las ciencias del hombre tienen
más dificultades para cuestionar la filosofía “ sustancialista” , la que se dedica a
definir “sustancias”, en lugar de ver relaciones. Bourdieu siempre prefirió
hablar de pensamiento “relacional ” , 15 más que “estructural”, para señalar me­
jo r el carácter general de ese principio: en este punto, como en muchos otros,
las ciencias del hombre (contrariamente a la pretensión, aún muy expandida,
de atribuirles un estatuto de excepción) reconocieron fi nalmente su parentesco
con las otras ciencias.
Para lo que es otro principio fundamental, la “no conciencia” de los sujetos (un
postulado que se opone a todas las doctrinas artificialistas o subjetivistas que,
n Ibíd., p. 40.
1:1 P ierre Bourdieu, “Structuralism and Theory o f Sociological K now ledge” , S o cia l Research,
XX X V , 4, invierno de 1968, p. 681-706.
u P ierre Bourdieu y Lolc Wacquant, Réponses, París, Seuil, 1992, p. 72.
lr> Bourdieu se refiere explícitam ente a E rnst Cassirer que, en Suhstance et F on ction , opone
la visión relacional do la ciencia moderna al “ sustancialismo” del pensam iento clásico.

118
de Sartre al individualismo metodológico, pretenden explicar las prácticas por
¡os “fines” o las “elecciones” de los sujetos), Le métier de sociologue señala que
Marx, W eber y Durkheim introdujeron ese corte epistemológico mucho antes
de que Saussure haya pensado en aplicarlo en el terreno de la lingüística.
Un préstamo del léxico de Chomsky (“gramáticas generativas de esquemas
transponibles ” )16 no podría ser tomado como indicador de una alianza teórica. En
su primer artículo sobre la cultura cabileña (“The Scntiment o f Honour in
Kabyle Society”, publicado en 1965),17 Bourdieu ubicó maliciosamente en un
epígrafe un texto donde Chomsky reconoce la impotencia de su teoría para
fundar la noción de aceptabilidad. Con ese epígrafe, Bourdieu reivindica
implícitamente la superioridad del modelo que pone en funcionamiento en su
texto, que permite dar cuenta de la diversidad de las prácticas empíricamente
observables y de su “aceptabilidad” social. Si habla de “gramática generativa” es
para señalar que su teoría permite responder a las cuestiones que plantea e
intenta resolver en vano la noción de competencia propiamente lingüística,
definida abstractamente. Así, se distancia desde el comienzo (como lo hará
explícitamente en Esquisse d ’une théorie de la pratique) del “ uso, teóricamente
ambiguo” que Chomsky hace de ese concepto, marcando la diferencia de estat uto
que impone distinguir las normas de la gramática tanto de los esquemas
inmanentes que moldean las prácticas como de los modelos teóricos construidos
para dar cuenta de ellos .18
En cuanto a los errores y las lagunas de la antropología estructural, el
análisis de Bourdieu vuelve a mostrar fundamentalmente que siempre están
vinculados a una falta de vigilancia epistemológica. E l primer texto en que se
expresan reservas (el artículo de 1967, “ Sociology and Philosophy in France
since 1945” )'t’ invita a reconocer en el proceso objetivista de Lévi-Strauss un
retorno a Durkheim que no se reconoce como tal. Aun más, Lévi-Strauss sólo
ha retomado un aspecto del proyecto durkheimiano (la ciencia del funcionamien­
to de los sistemas sociales) y puesto entre paréntesis el otro aspecto (la ciencia
del devenir histórico), exponiéndose así al riesgo del esencialismo, que reprime
la historia y naturaliza la estructura.
“Stracturalism and Theory of Sociological Knowledge” (un artículo de 1968,
también publicado en Social Research) busca explicitar sistemáticamente la
teoría del conocimiento del estructuralismo y sus lím ites .20 Si Lévi-Strauss,
observa Bourdieu, termina por tomar la estructura por el principio de funciona-

I<! P ie rre Bourdieu, Jean-C laude Cham boredon y Jean-C laude Passeron, L e m é tie r de
.sociologue, np. cit., p. 79.
17 P ierre Bourdieu, “Th e Sentim ent oí' Honour in K abyle Society” , en J.-G. P eristian y (dir.),
H o n o u r and S h a m e, C hicago, T h e U n iv e rs ity o f C hicago Press, Londres, W eid en feld y
Nicholson, 1965, reeditado bajo el título “Le sens de íhonneu r”, en P ie rre Bourdieu, Esquisse
d ’une thérorie de la pra tiqu e, precedido de T rois eludes d ’éthnologie kabyle, Ginebra, Droz,
nueva edición, París, Seuil, 2000, p. 19-60.
18 P ierre Bourdieu, Esquisse d'une thérorie de la pratique, op. cit., p. 300-301.
19 P ierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, “Sociology and Philosophy in France since 1945:
Death and Representation o f a Philosophy w ithout Subject”, art. citado.
20 P ierre Bourdieu. “Structuralism and Theory o f Sociological K n ow ledge” , art. citado.

119
miento de la realidad, es porque omite interrogarse sobre la génesis y sobre las
funciones sociales de los sistemas simbólicos que estudia (ritos, mitos, parentes­
cos) y sobre el estatuto de la teoría, a diferencia de Durkheim que, más atento
a la definición de los principios (por el hecho de su posición de fundador),
reconoció que la teoría no es sino una representación simbólica, vinculada a la
realidad por una relación de analogía .21
Esquiase d ’une théorie de la pratique retoma y profundiza este análisis,
remontándose a las condiciones sociales de posibilidad de los errores y de las
renuncias que caracterizan al estudio estructuralista, así como, en general, a
todos los estudios objetivistas, de Saussure a Chomsky. Estos procesos terminan
en el “realismo de la estructura”, porque confieren el valor de una descripción
antropológica al modelo teórico. Aún más, fracasan en dar cuenta de las
prácticas particulares que enumera la observación empírica, a falta de tomar en
consideración la lógica “práctica” de las conductas y de los factores fundamenta­
les como la representación de los agentes, la afectividad, la relación con el
tiempo y la dimensión corporal.
“Ubicados en una situación de dependencia teórica respecto de la lingüística,
los etnólogos estructuralistas ” 22 hicieron “la economía de una reflexión episte­
mológica sobre las condiciones y los lím ites de validez de la transposición de la
construcción saussuriana ”23 y han admitido como evidente la homología entre
la oposición de la lengua y el habla y la de la cultura y la conducta. H an omitido
interrogar los presupuestos implícitos en la decisión metodológica de abando­
nar el terreno de la historia y estudiar la lengua y la cultura como sistemas
autónomos de signos en los que se trata de descifrar las reglas de funcionamien­
to. Las operaciones teóricas por las que se ha constituido la lingüística
saussuriana son para Bourdieu el ejemplo mismo del modo de conocimiento
objetivista, que p rivilegia la estructura y no da cuenta de las prácticas
concretas, reduciéndolas a funciones de comunicación y pensándolas sólo
como ejecución del código común inscripto en la estructura. A sí, el análisis
del modus operandi de la lin gü ística se im pone como el m ejor m edio para
poner en evidencia los presupuestos y las implicaciones de la herm enéutica
objetivista.

A n álisis del len gu aje y deud as filosóficas

Varios instrumentos utilizados por Bourdieu en su crítica al estructuralismo


proceden de su reflexión epistemológica sobre el lenguaje. Durante el invierno

21 Bourdieu cita en este aspecto a Em ile Durkheim , “Représentations invidividu elles et


Représentations col 1actives” , Revite de métaphysique et de m orale, t. V I, m ayo de 1898, reed. en
Ém ile Durkheim , Sociologie et Philosophie, París, F. A lean, 1924; 3“ ed., París, P U F , 1963.
22 P ierre Bourdieu, Esquisse d ’une thérorie de la pratique, op. cit., p. 242.
23 Ibíd., p. 243.

120
de 1966-67, participa en programas de filosofía consagrados al lenguaje .24 Le
riétier de sociologue permite hacerse una idea de esta reflexión que se alimenta
con sugerencias tomadas de autores muy diversos, filósofos en su mayoría.
La epistemología histórica de inspiración neokantiana atribuye al lenguaje el
poder de contribuir activamente a modelar el mundo social, por el hecho de que
es el principal vector de las categorías que estructuran la percepción y la repre­
sentación .25 Esta hipótesis condujo a Bourdieu, en sus investigaciones sobre la
cultura argelina, a apoyarse constantemente en el análisis de los hechos de
lenguaje, tratados como indicadores de la representación del orden social que
vehiculan y que contribuyen a perpetuar: “La palabra o, a fortiori, el dicho, el
proverbio y todas las formas de expresión estereotipadas o rituales son progra­
mas de percepción ” .26
El lenguaje común y los usos cultos de las palabras comunes cooperan en la
reproducción de las prenociones, las falsas evidencias, contra las cuales la cien­
cia debe luchar. Durkheim, Brunschvicg, Cassirer, Bachelard, Canguilhem
señalaron todos el rol que cumple el lenguaje en la construcción de los objetos
científicos .27 Citando a Frege, que en Sens et signification (1892) llamó la
atención sobre las palabras que, al no referir nada, pueden producir discursos
engañosos, formalmente correctos pero que exceden “los límites de la intuición
o de la verificación empírica”, Bourdieu no dejará nunca de alertar contra ese
poder temible que hace del lenguaje “el soporte por excelencia del sueño del po­
der absoluto ” .28 La ruptura epistemológica con la ilusión del saber inmediato es,
en principio, ruptura con los hábitos de lenguaje, y el análisis del lenguaje es “la
condición previa más indispensable para la elaboración controlada de nociones
científicas” .29
Le m étier de sociologue recomienda explícitamente el recurso al análisis
lógico como “ayudante de la vigilancia epistemológica”, proveyendo varios

21 Dossiers pédagogiques de radiotelevisión scolaire, París, In stitu t Pédagogique N ation al,


1967.
Bourdieu cita tanto la línea europea de la tradición neokantiana (H um boldt-C assirer) como
ia “ va ria n te norteam ericana, S a p ir-W h orf para el lenguaje” . P ie rre Bourdieu, “S ystém es
den seign em en t et systém es de pensée” , Revue internationale des sciences sociales, “Fonctions
sociales de l’éducation” , X IX , 3, 1967, p. 367-388 y P ierre Bourdieu, “Sur le pouvoir sym bolique” ,
Añílales, 32 (3), m ayo-junio de 1977, p. 405-411; reedición en Pierre Bourdieu, Langage et p o u v o ir
symbolique, París, Seuil, 2001, p. 201-211.
26 P ie rre Bourdieu, Langage et p o u v o ir sym bolique, op. cit., p. 156.
27 E n tre las referencias citadas, nótense las páginas tomadas de Les regles de la méthode
socio lo g iq u e de D u rk h eim (P ie r r e B ourdieu, Jean -C lau de C ham boredon y J ean -C lau d e
Passeron, L e m étier de sociologue, op. cit., p. 126-129); una obra de Léon Brunschvicg con un
título elocuente, H éritage de mots, héritage d ’idées, y dos artículos de E rnst Cassirer: “L e langage
et la construction du monde des objets"Jou rn a l de psychologie nórm ale et p a thologique, vol.
XXX, 1933, p. 18-44; “Th e Influence o fL a n g u a g e upon the D evelopm ent o f Scientific Thou ght”,
The J o u rn a l o f Philosophy, vol. 33, 1936, p. 309-327.
28 P ie rre Bourdieu, Ce que p a rle r veut dire, París, Fayard, 1982, p. 20; Langage et p o u v o ir
symbolique, op. c.it., p. 66 .
20 P ie rre B ourdieu, Jean-C laude Cham boredon y Jean-C laude Passeron, L e m é tie r de
sociologue, op. cit., p. 28.

121
ejemplos, entre los cuales se incluye un análisis de Goldthorpe y Lockwood que
muestra que las hipótesis que utilizan conceptos tomados del lenguaje común
(tales como “conformismo” y “ aburguesamiento” ) pueden ser sometidos a una
verificación experimental, siempre que se expliciten sus presupuestos, se
verifique su coherencia y se deduzcan sus implicaciones .30 Otros ejemplos
ilustran las técnicas de crítica del lenguaje por las cuales W ittgenstein y la
filosofía analítica ponen en evidencia los mecanismos a través de los cuales el
discurso permite acceder a la existencia de las cosas que no existen, produciendo
representaciones colectivas comunes. U n texto de M áxim e Chastaing describe
y desarrolla el análisis que W ittgenstein dedicó a una estrategia insidiosa y muy
expandida, que consiste en interpretar de modo esencialista, descontextualiza-
do, palabras comunes polisémicas, tales como “juego” o “regla”, que hacen
posibles “los dobles sentidos o los malentendidos entendidos ” .31 Un texto del
mismo W ittgenstein muestra que la noción de inconsciente oculta un paralogis­
mo ontológico, infiriendo subrepticiamente la sustancia de lo sustantivo .32
En Esquisse d’une théorie de la pratique, Bourdieu provee buenos ejemplos
de la ayuda que el análisis del lenguaje puede ofrecer al develamiento de
ambigüedades lexicales que enmascaran los lím ites y las oscilaciones de las
teorías. Trabaja con citas de W ittgenstein para señalar el uso fluctuante que
Lévi-Strauss hace de palabras que tienen un rol clave en su teoría, tales como
“regla” e “inconsciente” . N o se podría subestimar, dice Bourdieu, la importanci a
de esas fluctuaciones, porque gracias a ellas Lévi-Strauss llega a ocultar las
incertidumbres y las omisiones de su teoría de la práctica .33 En él, como en
Chomsky, los deslizamientos semánticos en el uso de la noción de regla (a veces,
norm a social, a veces, modelo teórico, esquema inmanente a la práctica) ocultan
la reificación de abstracciones que permite deslizarse del modelo construido a
las “estructuras inconscientes” , cuyas prácticas no serían otra cosa que su
ejecución. Otra forma de abuso del lenguaje, la personificación de colectivos (que
operan subrepticiamente enunciados predicativos como “la burguesía piensa
que...” o “la clase obrera no acepta que...”), “conduce” -observa Bourdieu-, “tan
seguramente como las profesiones de fe durkheimeanas, a postular la existencia
de una ‘conciencia colectiva’, de grupo o de clase ” .34 Señala los efectos teóricos
y políticos nefastos que pudo ejercer por ese tipo de postulado la tradición

30 John H. Goldthorpe y D avid Lockwood, “L ’analyse logique comme adjuvant de la vigilance


cpistém ologique”, en ibíd., p, 134-145, tomado de .John H. Goldthorpe y D avid Lockwood,
“A fflu en ce and the British Class Structure”, The S ociolog ica l Review, vol. XI, n" 2, 1963, p. 134-
136 y 148-156.
31 P ie rre Bourdieu, Jean-C laude Cham boredon y Jean-C laude Passeron, L e m étier de
sociologue, op. cit., p. 42. El texto de C hastaing está tomado de M áxim e Chastaing, “W ittgenstein
e t les problém es de la connaissance d’autrui” , Revue philosophique de la France et de l ’étranger,
París, P U F , t. C L, 1960, p. 297-303.
“ “L ’inconscient: du substantif á la substance”, tomado de L u d w ig W ittgenstein, L e ca h ier bien
el le ca h ier brun. Eludes p rélim in a ires aux investigations philosophiques, París, Gallim ard.
1965, p. 57-58 f Cuadernos azul y m a rrón , M adrid, Tecnos, 1974].
:tl P ierre Bourdieu, Esquisse d ’une thérorie de la pratique, op. cit., p. 248-255.
11 Ibíd., p. 255.

122
marxista: “al poner en los grupos o en instituciones disposiciones que no pueden
constituirse sino en las conciencias individuales, incluso si son el producto de
condiciones colectivas, como la toma de conciencia de los intereses de clase, se
e vita analizar esas condiciones y, en particular, las que determinan el grado de
homogeneidad objetiva y subjetiva del grupo considerado y el grado de concien­
cia de sus miembros ” .35
Puede comprenderse, entonces, la importancia que Bourdieu siempre dio a
las herramientas que proveen W ittegenstein y la filosofía analítica. En 1982,
iedica un artículo elogioso, en Libération, a un libro de Denis Zaslawsky,
Analyse de l ’étre, que desarrolla el análisis de los paralogismos ontológicos que
contribuyen a perpetuar el pensamiento fetichista, mágico, anticientífico, con­
firiendo la apariencia de realidad a lo que ellos enuncian .315

L a sociología del len gu aje

A l proponerse presentar sólo “precondiciones espistemológicas” , los autores de


Le m étier de sociologue no dan ninguna ilustración práctica de la sociología del
conocimiento que preconizan, en la conclusión de su obra, como “el instrumento
que permite dar su fuerza plena y su forma específica a la crítica epistemológi­
ca” .37 Y la única ahisión a la sociología del lenguaje está relegada a una nota: “En
esta tarea de control semántico, la sociología puede armarse no sólo con aquello
que Bachelard designaba como psicoanálisis del conocimiento o con una crítica
puramente lógica o lingüística, sino también con una sociología de uso social de
los esquemas de interpretación de lo social” .3*
Pero Bourdieu no esperó a 1968 para “armarse” con los instrumentos que
provee la sociología del lenguaje. En sus investigaciones sobre la cultura cabi-
leña, las numerosas observaciones lingüísticas apuntan a señalar la función del
lenguaje en la reproducción de las oposiciones que estructuran las representa­
ciones sociales del espacio social. Por otra parte, la experiencia argelina, sin
duda, contribuyó a que estuviese particularmente atento respecto de una forma
de error, el etnocentrismo lingüístico, contra el cual previene en Le métier du
sociologue, recordando que. a falta de tener en cuenta el hecho de que lenguajes

15 Ibíd. Puede reconocerse en esta observación el esbozo del análisis que desarrollará más tarde
en “Espace social et genése des ‘classes”1, Aclcs de la recherche en sciences sociales, 52-53, junio
de 1984, p. 3-12, reedición en P ierre Bourdieu, Langage et p o u v o ir symbolique, op. cit., p. 293-
323.
;lii P ierre Bourdieu, “Zaslawsky, contre la m agie des m ots" (á propos de Denis Zaslawsky,
Analyse de V ilre. lis sai de ph ilosoph ie analytiqua. París, M inuit, 1982), L ib é ra tio n , 1 de
diciem bre de 1982, p. 21.
17 P ie rre Bourdieu, Jean-Claude Cham boredon y Jean-C laude Passeron, L e m é tie r de.
sociologue, op. cit., p. 95,
Ibíd., p. 40.

123
diferentes vehiculizan representaciones diferentes, el investigador se expone a
comparar lo incomparable .39
Bourdieu recurrió siempre a la sociología del lenguaje en las investigaciones
que realiza con su equipo desde su vuelta de Argelia; la mayoría de esas
investigaciones estaban dedicadas a dos universos, la escuela y el campo
intelectual, que cumplen un papel mayor en la reproducción de los esquemas de
pensamiento comunes y eruditos. E l análisis de la comunicación en el informe
pedagógico está en el centro de las primeras investigaciones que su equipo
dedica al sistema de enseñanza .'10 Si el sistema de educación es el objeto por
excelencia para el sociólogo que quiere hacer aparecer los mecanismos de
reproducción de la sociedad contemporánea, el estudio del lenguaje y de la
relación con el lenguaje es esencial para comprender el funcionamiento de esos
mecanismos. El análisis del lenguaje es también crucial para la sociología de los
intelectuales. A través del estudio de tres casos (el discurso de H eid egger," el
de Balibar ,42 y el de Montesquieu ),43 Bourdieu apunta especialmente a develar
algunas de las principales formas que reviste, en los pensadores y los eruditos,
la explotación de ese poder del lenguaje que consiste en hacer existir en las
palabras aquello que no existe en las cosas, dando a proposiciones falsas las apa­
riencias de la verdad y de la autoridad. Así, desde el comienzo, su atención en
las funciones del lenguaje es “inseparablemente” científica y política.
En sus análisis, Bourdieu integra todos los instrumentos: historización.
crítica lógica, objetivación sociológica. Si, en Esquisse d’une théorie de la
pra tiq u e, luego en Le sens pratique, su crítica del uso del término de regla -en
Lévi-Strauss y en Chom sky- se apoya en los análisis de W ittgenstein, de Z iff y
de Quine, los supera porque no se detiene en el develamiento de las contradic­
ciones, sino que se remonta a las condiciones sociales de posibilidad del error
objetivista, es decir, el habitus intelectualista del teórico, inclinado a universa-
m Ibíd., p. 63-64.
40 Cfr. especialm ente P ierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, “Lan gage et rapport au
langage dans la situation pédagogique”, en P ierre Bourdieu, Jean-Claude Passeron y M onique
de Saint Mar tín (dir.), R a p p ort pédagogique et com m unication, P a rís-L a H aya, M outon, Cahiers
du Centre de Sociologie Européenne, 2, 1965, p. 9-36; P ierre Bourdieu, Jean-Claude Passeron
y M onique de S ain t M artín, “Les étudiants et la langue d’enseignem ent”, ibíd, p. 37-69.
41 Este análisis es una parte de P ierre Bourdieu, “L ’ontologie politique de M a rtin H eidegger".
Actes de la recherche en sciences sociales, 5-6, noviem bre de 1975, p. 109-156; reedición (revisada
y aum entada), L'ontnlogie p o litiq u e de M a rtin H eidegger, París, M inuit, col. “L e sens commun”.
1988.
P ierre Bourdieu, “La lecture de M arx: quelques rem arques critiques á propos de 'Quelques
rem arques critiques á propos de L ire L e C a p ita l’”, Actes de la recherche en sciences sociales, 5-
6 , noviem bre de 1975; reedición (versión modificada), “L e discours d’im portance. Quelques
réflexions sociologiques sur ‘Quelques rem arques critiques á propos de L ire Le C a p ita l"’, en
P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r ueut dire, op. cit., p. 207-226; tam bién en P. Bourdieu, Langage
et p ou u oir sym bolique, op. cit., p. 379-396.
4 Pierre Bourdieu, “Le N ord et le M idi. Contribution á une analyse de l’efFet M ontesquieu”.
Actes de la recherche en sciences sociales, 35, noviem bre de 1980, p. 21-25; reedición (versión
m odificada), “L a rhétorique de la scientificité: contribution á une analyse de l ’effet M ontesquieu”
en P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r veut dire, op. c it., p. 227-239; tam bién, en P. Bourdieu, Langage
et p o u v o ir sym bolique, op. cit., p. 331-342.

124
lizar, atribuyendo a todas las prácticas, la relación particular con el mundo social
que implica la actividad teórica, para la cual la actividad práctica es un objeto de
observación y de análisis, un sistema hecho para ser interpretado. Esta crítica
del intelectualismo, que Bourdieu nunca dejará de desarrollar y de precisar
(especialmente en Le. sens pratique y en M éditations pascaliennes), se basa en
sugerencias que dan cuenta de la amplitud del espacio teórico que toma en con­
sideración .44
Esquisse d ’une théorie de la pratique señala los errores sistemáticos que
engendra “la indiferencia respecto de la génesis y la función, es decir, respecto
de las condiciones sociales en las cuales se efectúan la producción, la reproduc­
ción [...] la circulación y el consumo de los bienes simbólicos” .45 Los etnólogos
descuidan distinguir entre categorías tan diversas como los esquemas genera­
dores de las prácticas, las representaciones de los agentes, los preceptos éticos
expresamente formulados, las normas jurídicas codificadas y sostenidas por
sanciones sociales, las hipótesis construidas por las que intentan dar cuenta del
funcionamiento de las prácticas. Bourdieu señala especialmente laim portancia
de la oposición entre el modo de transmisión oral y el modo de transmisión
escrito, que es siempre el producto de una manipulación letrada “ que amalgama
estilos, temas y objetos de épocas y de culturas diferentes ” .4*5Cita aB ajtín cuando
denuncia esa suerte de perversión que él denomina “filologismo”, que consiste
en ponerse en posición de un descifrador que trata la lengua como lengua
m uerta .47

L a sistem atización teórica:


“L a econom ía de los intercam bios lingüísticos”

En su lucha contra el imperio que el modelo “cibernético” posee en las ciencias


sociales, Bourdieu siente la exigencia de no lim itarse en esa tarea crítica. Desde
1975, comienza a transponer su “teoría de la práctica” al terreno de la lingüística,
a través de formulaciones sucesivas que van a terminar, en 1982, en la
publicación de Ce que p a rler veut dire. Las prácticas lingüísticas son un ob­
servatorio privilegiado para poner a prueba y especificar sus hipótesis relativas

‘11 Bourdieu trabaja, en efecto (como en todos los otros aspectos do su reflexión), con autores
a quienes a prim era vista todo separa: además de W ittgenstein y Quine, es preciso a gregar a
Husserl, B ajtín, Sapir, Bailly, M erleau-Ponty.
a P ierre Bourdieu, Esquisse d ’une théorie de la pratique, op. cit., p. 312.
“n Ibíd., p. 313. En L e sens p ra tiq u e añadirá una referencia explícita a los trabajos de Jack
Godoy, especialm ente Jack Godoy, L a raison graphique, París, M ihu it, col. “L e sens commun” ,
1979.
P ie rre Bourdieu, “Leclure, lecteurs, lettrés, littératu rc”, en Recherches su r la philosophie
et le langage, Grenoble, CJniversité des Sciences Sociales, C ahier du groupe de recherches sur
la pbilosophie et le langage. 1981, p. 5-16; reedición en P ierre Bourdieu, Choses di-tes, París,
M inuit, col. “L e sens commun” , 1987, p. 132-147.

125
al funcionamiento y las funciones de lo simbólico, puesto que éstas son, en toda
sociedad, su principal manifestación. Bourdieu, no deja de recordar la importan­
cia particular que la sociología del lenguaje reviste para la ciencia social: “está
vinculada a realidades ya nombradas, ya clasificadas, portadoras de nombres
propios y de nombres comunes, de títulos de signos, de siglas. Bajo pena de
retomar por su cuenta sin saberlo actas de constitución cuya lógica y necesidad
ignora, le es necesario tomar por objetos las operaciones sociales de nom inación
y los ritos de institución a través de los cuales se cumplen. Pero, más
profundamente, le es preciso examinar la parte que implica a las palabras en la
construcción de las cosas sociales” .',,,
Desde su primera versión (“Le fétichisme de la langue” , publicada con Luc
Boltanski en 1975),19 esta reflexión vuelve a cuestionar explícitamente lo que
Bourdieu considera el lím ite principal de la lingüística estructural, es decir, “la
ilusión del comunismo lingüístico” . La “lengua” de los lingüistas, dice Bourdieu,
es “un objeto preconstruidó, cuyas leyes sociales de construcción olvidan ” ."’0 L a
reconstitución histórica perm ite actualizar el proceso de codificación y de
imposición institucional que produce y reproduce la lengualegí tima, en el marco
del proceso de constitución del Estado.
E l modelo de Bourdieu se diferencia también déla sociolingüística, porque se
inscribe en una reflexión antropológica sistémica, recusando como abstractas e
inadecuadas tanto la noción de competencia como la de situación. Esta última
describe los intercambios como una interacción determinada por el contexto, sin
tener en cuenta la manera en que la estructura social orienta la forma de la
interacción y la explica .51 A ello le opone la noción de mercado lingüístico. E l
recurrir al lenguaje de la economía (mercado, costos y ganancias, capital, etc.)
señala la ruptura con el modelo estructuralista, que sólo tiene en cuenta la
función de comunicación y se encierra en el estudio inmanente de la lengua: las
prácticas lingüísticas obedecen a una economía simbólica que se puede recons­
tituir y explicar, siempre que se tome en consideración su función de reproduc­
ción y de legitimación de relaciones de fuerzas.
N o se trata de negar la utilidad de los aportes específicos de la lingüística ,52
sino de hacer emerger lo que reprime la ficción de la lengua como “tesoro
común”: la diversidad de habitus lingüísticos, la distribución desigual de la
competencia legítim a y el rol que cumplen esas desigualdades en los mecanis­
mos de la dominación simbólica, pero también política y económica. Se trata
también de mostrar la contribución que su teoría puede aportar al lingüista, que

4S P ierre Bourdieu, Langage et p o u v o ir sym bolique, op. cit., p. 155.


111 P ierre Bourdieu y Luc Boltanski, “L e fétichism e de la langue”, Actes de ta recherche en
Sciences sociales, 4, ju lio de 1975, p. 2-32.
sn P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r veut dire, reeditado en Langage et p o u v o ir sym boliqu e, op.
cit., p. 69. L a s citas rem iten a este últim o libro.
61 Ibíd., p. 100-107.
5- P or el contrario, Bourdieu siem pre tomó en serio los aportes de los lingüistas, como lo
m uestran sus numerosas referencias a las obras de lingüística y al lugar que dio a los lingüistas
en su colección en Editions de M inuit.

126
trata de explicarse las propiedades de los actos de lenguaje y, al mismo tiempo,
de trabajar en la construcción de la antropología cuyos jalones han sido plan­
tados por L a distintion y Le setis pratique.
Saussure y sus continuadores no tienen para nada en cuenta el aspecto
concreto, físico del lenguaje y de todo lo que implica, mientras que Bourdieu
descubrió precozmente, gracias a su experiencia de desarraigo, la importancia
del acento, que él designa más precisamente como “estilo articulatorio”, to ­
mando la noción de Pierre Guiraud .53 Hecho significativo, la prim era publicación
en que Bourdieu ha esbozado un socioanálisis de las conductas que implican el
lenguaje y el cuerpo es “Célibat et condition paysanne ” ,54 retorno reflexivo sobre
el mundo natal, concebido “como una suerte de contraprueba de [su |experiencia
etnológica de la familiarización con un mundo extranjero ” :55 “se trataba para mí
d e‘hacer un Tristes trópicos a la inversa’”.58Ese texto (etapa capital en su trabajo
de construcción teórica) es una réplica sistemática a los lím ites que Bourdieu
reprocha a la antropología estructural: la distancia estética que permite un
objeto exótico, así como la represión de la historia, de los agentes, de su en-
raizam iento social, de su representación de la realidad, especialmente de los
costados afectivos y corporales de su percepción. De este modo, ha sido
particularmente receptivo respecto de los análisis fenomenológicos (especial­
mente los de M erleau-Ponty) y de las obras (como las de Goffman y de Labov)
que tienen en cuenta el aspecto físico y emocional del lenguaje. Pero Bourdieu
las ha superado, integrándolas en una economía de las prácticas, que hace de la
competencia lingüística una dimensión de la hexis corporal donde se expresa
“toda la relación socialmente instruida con el mundo ” .57

E l le n gu a je del sociólogo e n cuestión

Esta reflexión sobre el lenguaje permite comprender la importancia científica


y política que Bourdieu dio siempre al cuestionamiento del uso del lenguaje y a
la vigilancia respecto de ese uso. Nunca dejó de recordar que “cuando se trata
del mundo social, las palabras pueden hacerlas cosas [...], bajo ciertas condicio­
nes sociales ” ,58 ni de señalar los errores, las malas construcciones de objetos a
las que se expone el investigador, a falta de cumplir el trabajo de objetivación
de 1 as prenociones inscriptas en las palabras de que se sirve y a falta de objetivar
su relación con el lenguaje.

f,:l Ibíd., p. 126.


r.i p jerre Bourdieu, “Célibat et condition pavsanne”, Études rurales, 5-6, abril-septiem bre de
1962, p. 32-136; reedición en P ierre Bourdieu, L e bal des célibataires, París, Seuil, col. “Poin ts” ,
2002, p. 15-66.
55 p ierre Bourdieu, L e sens pratique, op. cit., p. 32-33.
11 Pierre Bourdieu, Le bal des célibataires, op. cit., p. 11 de la introducción
67 P ierre Bourdieu, Langage et p o u v o ir sym bolique, op. cit., p. 126.
' s Ibíd., p. 328.

127
Bourdieu recuerda especialmente los riesgos que implica la situación de
investigación, “uno de los lugares donde se actualizan las relaciones de fuerza
lingüísticas y culturales”.59 Más generalmente, recuerda al investigador la
exigencia de objetivar su habitus lingüístico, así como las condiciones sociales
de producción y de recepción de sus actos lingüísticos, tanto en su trabajo de
investigación como en la presentación de sus trabajos. Bourdieu no se limitó sólo
a enunciar principios; da cuenta de ello su atención sobre todos esos aspectos en
la concepción, la puesta en funcionamiento, el tratamiento y la publicación de
las entrevistas, desde sus investigaciones argelinas hasta las de L a misére du
monde.
Citando a Francis Ponge, recordaba que “enseñar el arte de resistir a las
palabras [...], el arte de no decir sino lo que se quiere decir [...] es una obra de
salvación pública” .00 Bourdieu era un lector sensible y asiduo de M allarm é
y de muchos otros poetas, entre ellos varios contemporáneos. V eía en las
grandes obras literarias conquistas de la humanidad y formas específicas de
conocimiento. Reconocía especialmente que el esfuerzo de la poesía tal como lo
definió M allarm é - “ dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”- 61hace
del lenguaje poético un poderoso detector-analizador de las costumbres de
pensamiento depositadas en el lenguaje común y erudito. Es cierto que el poeta
y el sociólogo no persiguen el mismo objetivo. Uno se dedica sobre todo a
restituir su poder al lenguaje banalizado por la rutina. E l otro se esfuerza por
luchar contra el error y la violencia que las palabras pueden enmascarar y
legitim ar. Pero ambos cuestionan el orden simbólico y político que está inscripto
en el lenguaje, si es cierto que para “desfatalizar el mundo social” , es preciso co­
menzar por “destruir los automatismos verbales y mentales” .62 De este modo,
puede comprenderse el rechazo y la represión que la historiografía y la teoría
literaria han ejercido respecto de las experimentaciones poéticas del último
siglo, que se dedicaron a explotar las dimensiones concretas, físicas del lenguaje
-poesía “visual”, caligramas, poesía “sonora” , perform a nce- en la época en que
Jakobson y otros teóricos elaboraban su concepción estrictamente verbal y
abstracta del significante poético: esas prácticas híbridas fueron vistas como
atentados al orden logocéntrico e intelectualista en que se basa la definición de
la lengua legítima.
El análisis de hechos de lenguaje cumple un papel importante en la mayoría
de los textos y do las intervenciones de Bourdieu. Su crítica de la noción de
“cultura popular” , por ejemplo, se apoya en el análisis de losusos y de las

59 p ierre Bourdieu, Questions de sociologie, París, M inuit, col.“ documents” , 1980, nueva
edición, 1984, p. 128.
Kl Ibíd., p. 17.
65 Bourdieu anota explícitam ente que esta fórm ula de M allarm é describe tanto el funciona­
miento de la poesía berebere, tal como lo analizó Mouloud M am m eri, como el tratam iento al que
los presocráticos, Empédocles, por ejem plo (siguiendo los análisis de Jean Bollack), som eten el
lenguaje de H om ero (P ie rre Bourdieu, “Lecture, lecteurs, Iettrós, littéra tu re”, art. citado, p. 7-
8; reedición en P ierre Bourdieu, Choses dites, op. cit., p. 134-135).
62 P ierre Bourdieu, Questions de sociologie, op. cit., p. 110.

128
funciones de la palabra “popular”.153Del mismo modo, advierte incesantemente
contra el recurso a palabras tales como “juventud” y “vejez”, basadas en cortes
que, siendo importantes en la lucha entre las generaciones, son el producto de
manipulaciones.64 Sus intervenciones políticas se dedican metódicamente a
develar lo impensado y la violencia simbólica que las palabras pueden ocultar.
En el número que L ib er dedica, en junio de 1993, al estallido de la ex Yugoslavia,
Bourdieu recuerda que “cuando hay siglos de historia detrás de cada palabra, uno
se expone a ser manipulado por las palabras que manipula, a tomar partido sin
saberlo sobre las cuestiones que las palabras disimulan (a comprometer por
ejemplo toda una visión de Bosnia y de la población que la ocupa en el solo hecho
de llam ar ‘bosnios1 a los Musulmanes —o musulmanes- de esa ‘región’)”,65 y
señala la responsabilidad de los intelectuales en cuestiones de palabras que son,
como en ese caso, cuestiones de vida o de muerte. En varios textos reunidos en
los dos volúmenes de Contre-feux, el análisis de palabras tales como “globaliza­
ción” y “flexibilidad” es el punto de partida del trabajo de objetivación de las
nuevas formas de dominación.
La reflexividad del sociólogo concerniente al lenguaje no se reduce, para
Bourdieu, a una caza del error. Su obra propone un conjunto de principios y de
prácticas de las que se puede deducir una concepción del discurso sociológico
original y coherente.
El punto de partida de esas proposiciones es la afirmación según la cual el
sociólogo no podría aspirar a crearse un lenguaje específico, enteramente cons­
truido y formalizado. Más que otros investigadores, está obligado a servirse de
las palabras comunes. Para operar un “corte epistemológico” respecto del uso
común de los términos, no basta con someterlos al análisis. Es preciso, siguiendo
los preceptos del M étier de sociologue, “redefinirlos en el interior de un sistema
de nociones expresamente definidas y metódicamente depuradas” ,1 86como reco­
mendaba Durkheim, que hacía de la definición previa, provisoria y revisable, un
importante instrumento de ruptura con las prenociones.67 Bourdieu tiene el
cuidado de señalar aquello que distingue ese uso de la definición de lo que se
denomina la “definición operatoria” : el sentido de una palabra no podría ser
definido caso por caso. P ara que esa definición sea controlada, debe insertarse
de modo coherente en la construcción teórica del sociólogo. Como la teoría, la

r'3 P ie rre Bourdieu, “Vos avez dit ‘populaire’?” , Actes de la recherche en sciences sociales, 46,
m arzo 1983, p. 98-105; reedición en P ierre Bourdieu, L angage et p o u v o ir symbolique, op. cit.,
p. 132-151.
64 P ierre Bourdieu, “ La jeunesse n’est qu’un m ot” . entrevista con A n n e-M arie M étailié, en Les
jeunes et le p re m ie r em ploi, París, Association des ages, 1978, p. 520-530; reedición en P ierre
Bourdieu, Questions de sociologie, op. cit., p. 134-154.
66 P ierre Bourdieu, “L a responsabilité des intellectuels’\ L ib e r, 14, junio de 1993, p. 2.
6fi P ie rre Bourdieu, Jean-C laude Cham boredon y Jean-C laude Passeron, L e m é tie r de
sociologue, op. cit., p. 37.
67 E sta concepción de la definición está presentada en L e m étier de sociologue (op. cit., p. 130-
133) a través de un Lexto de M arcel Mauss, “La priere” , publicado además en M arcel Mauss,
Oeuvres, t. 1, Les fonctions sociales du sacré, París, Minuit, col. “L e sens commun", 1968 [L a *
funciones de lo sagrado. Barcelona, B arral editores, 1970],

129
definición de las palabras no podría ser un modelo local, sino un aspecto del
cuerpo sistemático de términos y de conceptos.
Bourdieu no se ha limitado a emplear las palabras corrientes, sino que forjó
términos nuevos o redeflnió palabras, tomadas do la lengua común, como
“campo”, o palabras raras y eruditas como habitus, allodoxia.** ¿Por qué esa
“jerga” que se le ha reprochado a menudo? Las palabras del sociólogo - a r ­
gumentó—deben poder recordar el sentido particular que les dan la teoría así
como la dimensión construida de la teoría. La preocupación por el rigor explica
el rechazo de simplificar, de sacrificar la precisión a la elegancia. A l mismo
tiempo, su preocupación pedagógica lo condujo ano descuidar nada para hacerse
comprender. Basta pensar en la sorprendente combinación de medios expresi­
vos desplegada en su revista y en varias de sus sobras, especialmente La
distintion. No se trata solamente de resortes propiamente lingüísticos muy
variados que su trayectoria heterodoxa le permitió dominar, sino de una
concepción ampliada del significante, incluyendo las técnicas de la sociología
(cuadros, gráficos), las de la etnología (especialmente la fotografía), las de las
vanguardias literarias (por ejemplo, los juegos sobre la puesta en la página y el
collage de documentos en bruto), sin olvidar el dibujo y la historieta. Así, en su
crítica a Balibar, el recurso a tres modos de presentación visualmente diferentes
(texto impreso, documentos reproducidos en marcos, historieta) perm ite distin­
guir tres tipos de discursos: el análisis, el texto de Balibar, el texto de Marx.
Resulta de ello un palchwork que limpia y renueva la escritura sociológica."9

“H a c e r co m u nicar sectores del pensam iento


que en ge n e ra l no com unican”

L a reflexión sobre el lenguaje innegablemente cumplió un papel mayor en la


construcción teórica y en la práctica de Bourdieu. Puede decirse, parafraseando
una de sus expresiones, a menudo citada, que la sociología del lenguaje no es,
para él, “una 'especialidad’ entre otras, sino una de las condiciones primeras de
una sociología científica” .70Es cierto que esa reflexión se le impuso por razones
coyunturales. Pero, como lo recordaba en Réponses, reivindicando a Gastón
Bachelard, “la epistemología es siempre coyuntural y [...] sus proposiciones
están determinadas por el peligro principal del momento” .71Su origen coyuntu­
ral no invalida en nada las verdades siempre parciales y revisables que aporta
el trabajo científico. E l hecho es que la teoría del conocimiento sociológico y el
oficio de sociólogo salen mejor armados de esta confrontación con tradiciones

GH Fierre Bourdieu, “La sociologie en question” , Questions de sociologie, op. cit., p. 38-39
60 P ie rre Boui-dieu, “L a lecture de M arx: quelques rem arques á propos de 'Q uelques
rem arques critiques á propos de L ite Le C a p ita l”", art. citado.
711 P ierre Bourdieu, Questions de sociologie, op. cit., p. 22.
71 P ierre Bourdieu, Loíc W acquant, Réponses, op. cit., p. 150.

130
disciplinarias que la división del trabajo intelectual separa, tales como la
tradición filosófica, la etnología, la lingüística, los lenguajes del arte y de la li­
teratura.
Como Bourdieu dijo en una entrevista de 1982, una de las dificultades de esa
concepción de la ciencia es que ella demanda que se haga comunicar sectores del
pensamiento que en general no comunican”.72Las divisiones disciplinarias y los
límites culturales de las investigaciones amenazan la transmisión y la explota­
ción del conocimiento original y precioso que representa para la sociología esta
reflexión sobre el lenguaje. La historia de la ciencia muestra que es vano creer
en la fuerza intrínseca de la idea verdadera. Entonces, conviene velar con tanta
más atención en reconocer e integrar esta conquista cuanto que es improbable
y frágil, porque, como varios de los aportes teóricos de Bourdieu, se basa en la
confrontación y la integración de puntos de vista que factores soci al es poderosos
(tales como los hábitos del pensamiento, la organización instituida de la
investigación, los intereses vinculados a las divisiones en dominios separados)
tienden a disociar, si no a hacer aparecer como inconciliables.

72 “ La sociologie et la linguistiquo” , entrevista con Jacques Bauduin, Magazine. des se ¡enees


hurnaines, R TB F1. 145, noviem bre de 1982, versión francesa inédita.

131
CAMPOS
ESCUELA,
LA LUCHA DE CLASES RECUPERADA
Christian Baudelot
y Roger Establet

Antes de la publicación de Les héritiers, en 1964, las cuestiones de la educación


no constituían en Francia ni un problema social ni un objeto científico. La
fundación de la escuela laica, gratu itay obligatoria había cumplido un papel tan
decisivo en la fundación de la República a fines del siglo xtx y a comienzos del xx
que todos estaban persuadidos de que la distancia era débil entre los valores de
progreso inscriptos en el frontón de cada establecimiento y la realidad. La
escuela era en sí portadora de libertad, de igualdad y áe fraternidad. Liberadora,
la escuela contribuía a la emancipación moral e intelectual de los individuos y
a la promoción social de los alumnos más meritorios, cualquiera fuera su lugar
de origen. E l imaginario republicano abundaba en ejemplos de movilidad social
en tres generaciones: abuelos campesinos, padres maestros de pueblo, hijo gran
intelectual (sobre todo escritor), gerente de empresa e incluso presidente de la
República. Fue el caso de Georges Pompidou, educado en una pequeña ciudad
del Cantal por padres maestros y abuelos campesinos. Si la movilidad no era
perfecta, era por falta de medios cuantitativos: las organizaciones políticas y
sindicales reclamaron más medios materiales (“papel, gomas, lápices...” )y becas
para que la escuela asegurara plenamente su misión republicana.
Por el lado científico, la educación y la escuela eran, a comienzos de los años
1960, objetos sociológicamente poco legítimos. Aparte de los trabajos pioneros
de Viviane Isambert-Jamati que cuestionaban la escuela a partir de una proble­
mática durkheimeana de los saberes y de los contenidos, la escuela era un
asunto de pedagogos y de psicólogos. La sociología de la época se interesaba en
objetos mucho más “nobles” : el trabajo (Georges Friedman, Pierre Naville,
Alain Tourraine), la burocracia y las organizaciones (M ichel Crozier), la religión
(Gabriel Lebras, F r a ilá is Isambert), la ciudad (Henri Lefebvre), los placeres
(Joffre Dumazedier), los campesinos (Henri Mendras). Ese grado cero en la
escala de los valores se duplicaba con una gran miseria empírica.
Desde fines del siglo x.ix no existía ninguna investigación de envergadura que
perm itiera hacerse una idea del estado y del grado de democratización del
sistema escolar de nuestro país. Sólo a partir de 1962 se comenzó, en el IN E D ,

135
una investigación longitudinal, conducida porA lain G irard yR ogerB astide,qu e
tenía en cuenta los recorridos escolares de un vasto m uestrario de alumnos
que habían entrado a sexto ese año. Esta investigación tuvo el inmenso mérito
de abrir una nueva era en el análisis sociológico de la realidad escolar y de las
funciones sociales reales que ella ejercía en nuestro país. L a investigación
proveía, en principio, a todos aquellos que querían estudiar el rol de la escuela
en la sociedad, un banco de datos nacionales de gran calidad. Una misma cohorte
de alumnos era seguida cada año en el curso de su camino escolar, en sus éxitos
y en sus fracasos. Los procesos de orientación y de relegación, los niveles
decisivos eran identificados. Gracias a tablas de escolaridad que cruzaban
sistemáticamente variables de base (edad, sexo, profesión de los padres, nivel de
ingresos...) con comportamientos escolares como la repetición del grado, el
abandono por trabajo, el éxito escolar y los mecanismos de orientación, una de
las funciones de la escuela se hacía evidente. E l camino escolar de una cohorte
representativa de alumnos se vinculaba con un proceso de selección y de
eliminación sociales. M inoritario al comienzo, el peso relativo de los niños de las
clases sociales más favorecidas no dejaba, con el transcurso del tiempo, de
crecer, en detrimento de aquel de los hijos de las clases populares: obreros,
empleados, campesinos. Se trataba de un fenómeno de gran amplitud puesto
que, desde la clase de sexto - e l prim er año del ciclo secundario-, el 76% de los
hijos de gerentes de empresas están en su nivel o adelantados, mientras que el
64% de los hijos de obreros señalaban ya un retraso. Ese proceso masivo de
eliminación continua de niños de las clases populares no concordaba con una
ideología del don o del simple mérito, explicación dominante en esa época.

D e sig u a ld a d es escolares,
d e sigu a ld ad es sociales

Además de esa primera medida de las desigualdades sociales frente a la escuela,


los estadísticos del IN E D hacían otro descubrimiento de un alcance considera­
ble, cuyas lecciones obtuvieron inmediatamente Bourdieu y Passeron. Contra­
riamente a lo que se creía en la época, esas desigualdades sociales frente a la
escuela no se explicaban por diferencias de ingreso de las familias sino por
desvíos de instrucción. L a teoría de la autonomía del capital cultural, en gran
parte, fue sugerida a Bourdieu y Passeron por dos pequeños cuadros estadísti­
cos, elaborados por Paul Clerc,' que cruzaba, en el primero, la vigilancia fam iliar
de los trabajos escolares del niño en la casa, su éxito escolar y el título de los
padres, y, en el segundo, el éxito escolar, el ingreso mensual de los padres y su
nivel de instrucción. Las conclusiones no tienen, en ambos casos, la más mínima
! Pau l Clerc, “L a fam ilia e t l ’orientation scolaire au niveau de la sixiém e”, investigación de junio
de 1963 en París y sus suburbios, P o p u la íio n , 4, 1964.

136
ambigüedad: no existe lazo entre la frecuencia de la intervención de los padres
y el nivel de éxito. N o es el hecho de intervenir en la vida escolar del niño la causa
del éxito escolar sino más bien la manera y la riqueza de la intervención que
puede ir desde un simple control disciplinario hasta un verdadero preceptorado.
P or otro lado, con el mismo título, el ingreso no ejerce ninguna influencia sobre
el éxito escolar del niño. Esto conduce a Paul Clerc a formular por primera vez
en 1964, antes de Bourdieu y Passeron uno de los principios de la teoría de la
autonomía del capital cultural: “L a acción del medio fam iliar sobre el éxito
escolar parece pues casi exclusivamente cultural” .
La invención conceptual de Bourdieu y Passeron es, sin embargo, bien real. La
descripción por Descartes del reflejo palpebral no lo hace el inventor del concepto
de reflejo. Aunque los méritos del IN E D ' y de Paul Clerc son en este caso más
grandes que los de Descartes respecto del reflejo: no hay simple descripción de un
fenómeno sino la construcción razonada de una fenomenología estadística impres­
cindible (muestras nacionales bien construidas, estudios longitudinales), la eviden-
ciación de una relación pertinente entre dos variables y la proposición de un
término muy justo -c u ltu r a l- para precisar la acción del título.
Pero el concepto de “capital cultural” va mucho más allá: no designa una
relación, sino un conjunto de relaciones que se puede describir, sobre la base de
investigaciones precisas: la sociología escolar de los años 1960 ha mostrado
sobre qué bases desiguales y hereditarias se constituían esas formas tan
diferentes de socialización. Se puede retomar en un esquema las grandes
investigaciones que describieron el ciclo de la transmisión del patrimonio
cultural.

N ivel do instrucción —> L ’A m o u r de L’art, 1966 —> Acceso a la s obras culturales

T i
Les h éritiers, 1964, L e ch oix du con join t, 1964
Pan el IN E D 1962
/Tv I
i i
Capital cultural fam iliar i— L e partage des bénéfices, 1966 i— Form ación de las parejas

La sociología de la escuela se sitúa como un momento en el círculo de la


reproducción. No puede ya aparecer como el punto de partida de todos los
universos culturales en expansión; por el contrario, se sitúa en el centro de un
proceso donde los puntos de partida y los puntos de llegada coinciden. De tal
padre, tal hijo. El círculo infernal aquí dibujado se parece al círculo de la
acumulación de capital material que lleva siempre el agua al propio molino: sin
embargo, no se reduce a ello.
Estamos en presencia de un patrimonio, puesto que la escuela consagra y

In s titu í N acional d’Étudcs D ém ographiques íInstituto Nacional de Estudios Dem ográficos I.

137
transmite la herencia familiar, y de un capital, puesto que se constata, de una
generación a otra, una acumulación de desigualdades, ya que la escuela dirige
sus inversiones más fuertes hacia los alumnos mejor provistos. Los trabajos de
sociología de la cultura muestran la eficacia preponderante, y a veces exclusiva,
de la instrucción adquirida sobre el acceso a las obras de arte y, más generalmen­
te, sobre los consumos culturales. Así, el rizo de la reproducción está rizado.
No es todo. La sociología de la educación sugiere que existen similitudes
fuertes en el contenido de las relaciones que conducen de la escuela a la cultura,
de la cultura a la formación de las parejas y del capital cultural fam iliar al éxito
escolar. Varias cosas se juegan aquí en el nivel de lo implícito: uno no le pregunta
por sus títulos a la futura esposa, no se pide a los visitantes de los museos sus
títulos escolares, los maestros se dirigen en principio a todos los niños en el
mismo lenguaje. Todo es aquí asunto de código, desigualmente transmitido pero
universalmente exigido, para asegurar la legitim idad de su proceso de alumno,
de conocedor de arte o de cónyuge potencial. Los sociólogos franceses tomaron
de Basil Bernstein el concepto fecundo de “pedagogía invisible”2 y desalojaron,
con ello, las huellas de la arbitrariedad cultural, en todos los niveles del aparato
escolar y en las exigencias escolares aparentemente más inocentes.

Los herederos

La publicación de Les héritiers fue un trueno en un cielo sereno. De golpe, el


paisaje era trastornado por completo. Las desigualdades sociales frente a la
escuela eran “develadas” y nadie había sospechado su amplitud. Por una razón
que se vinculaba con la naturaleza de los datos disponibles, la medida de las
desigualdades sociales se limitaba en la época a comparar las proporciones de los
niños originarios de diferentes categorías sociales que hubiesen alcanzado un
nivel dado del curso escolar. Esta manera de contar subestimaba gravemente su
alcance. Bourdieu y Passeron invierten la perspectiva: con la ayuda de Alain
Darbel, administrador del IN S E E ,' calculan la probabilidad objetiva vinculada a
un niño, desde el día de su nacimiento, de acceder a la enseñanza superior,
conociendo la profesión de su padre. Como los datos del Bureau Universitaire
de Statistique eran muy incompletos, Darbel construyó modelos complejos que
implican en particular hipótesis sobre el futuro de la fecundidad diferencial de
las mujeres según la categoría social. Ese modo de cálculo (la tasa de acceso) que
se impone hoy como un “dato natural” relativamente fácil de obtener, gracias a

Institu t N alion al de la Statistique et dea Études Economiques (Instituto N acional de


Estadísticas y Estudios Económicos) [N . del T . i
- Basil Berstein, Langage et elasses sociales, codc socio-linguistiques et contróle social, París,
M inu it, col. "L e sens cominun” , 1975 IClases, códigos sociales y control II. H acia una teoría de
las transm isiones ed ucativas, M adrid, Akal, 19881.

138
los datos del censo que permiten conocer el número exacto de hijos en edad de
acceder a la universidad por categoría social, era una novedad radical y el
producto de un trabajointelectual audaz. Los resultados son espectaculares. Las
posibilidades de entrada a la universidad para un hijo de gerente de empresa o
de profesional liberal eran respectivamente 80 y 40 veces más grandes que las de
un hijo de un asalariado agrícola o de un obrero. Lejos de ser inocente, la escuela
contribuía activamente a producirlos y reproducirlos en su acción cotidiana. Los
“responsables” no estaban solamente en el ministerio y en el gobierno, estaban
en las prácticas pedagógicas cotidianas de los maestros de todos los niveles, en
los comportamientos familiares inconscientes que penalizan a los menos
favorecidos por el abismo entre la cultura escolar y la cultura fam iliar y
dinamizan a los otros por la transmisión osmótica de los códigos y de las posturas
morales y culturales escolarmente rentables. Todos se veían así implicados por
estos descubrimientos. Se supo entonces que la escuela, institución ayer banal
y descuidada, cumplía un papel decisivo y central en los modos de reproducción
social.
U n nuevo objeto científico había sido creado, se había inaugurado una nueva
manera de estudiar el sistema escolar, se había abierto un nuevo campo de
luchas sociales cuyas implicaciones políticas no escaparon a nadie. Cada quien
podía tomar esta nueva sociología de asignación y de manipulación de los bienes
simbólicos y culturales. Los sociólogos, sin duda, pero también los actores
sociales. Bourdieu y Passeron, volantes, nolentes, hicieron de esta nueva so­
ciología de la educación un arma política que enseguida tomaron los militantes
del movimiento del mayo de 1968, y muchos otros después de ellos.
El golpe de fuerza de Bourdieu y Passeron - y otros que produjeron en la
misma época análisis del mismo tip o-h a sido transformar por completo la visión
que se tenía de la escuela y del sistema escolar. Antes y después de Les héritiers,
la mirada ha cambiado, no solamente la de los sociólogos, sino también la de las
“amplias masas” : educadores, estudiantes, padres y asociaciones de padres de
alumnos...

C apital cu ltu ral y relaciones de clases

Y sin embargo, la escuela o la educación nunca constituyeron para Bourdieu y


Passeron objetos científicos autónomos. Su propósito era mucho más vasto. Se
trataba de fundar una teoría de la relación social con los bienes déla cultura, con
su transmisión, su manipulación, su apropiación por parte de ciertos grupos
sociales. El subtítulo de Les héritiers es, no olvidemos, “los estudiantes y la
cultura” . L a cuestión de la escuela no es sino un caso particular, puesto que
la desigualdad frente a la escuela está en el principio de desigualdad frente a la
cultura.

139
Este punto de vista “exterior” sobre la escuela es decisivo. Se asegura un
análisis social de conjunto, que no autonomiza ni bipostasia nunca la institución
escolar en tanto que tal. Bourdieu la incluyó en el marco más general de una
sociología de la cultura y de la dominación cultural; Beud y Pialoux en un análisis
de la condición obrera bajo todos sus aspectos: trabajo, hábitat, inmigración,
modos de vida;:! Baudelot y Establet vinculándola a la cuestión del trabajo, del
empleo y de los conflictos de clases.4 Es ese punto de vista de conjunto el que
constituye la diferencia con lo que se denomina las “ciencias de la educación”
que, contrariamente a lo que el nombre sugiere, se encierran deliberadamente
en el seno del sistema escolar y les falta entonces, a menudo cruelmente,
distancia respecto de las propias demandas de la institución.
Antes de Bourdieu, la concepción que se hacía la sociología de las clases
sociales y de las relaciones de clases estaba fuertemente marcada por el sello de
un marxismo sumario. E ra muy poco implicante para los individuos. Todo
sucedía fuera de ellos. Lo esencial se resumía en el enfrentamiento secular
entre las clases: la burguesía cargada de todos los vicios y de todos los pecados
y el proletariado de los obreros de la industria, portador de un porvenir radiante
para la humanidad, desde el momento en que se liberaría de sus cadenas.
Entre esos dos polos, nada, sino polvaredas individuales y un cierto número
de grupos sociales, a p rio ri sospechosos, residuos de modos de producción
anteriores y condenados a perecer rápidamente: los pequeños campesinos, los
artesanos, los comerciantes o el magma de las “capas medias asalariadas”,
prometidas por su desarrollo numérico a una envidiable proletarizadón. El
lugar en que se manifestaban las relaciones de clases bajo la forma de una lucha
permanente estaba geográficamente circunscripto: la fábrica y sus alrededores
con, a veces, desbordes en la calle. E l concepto clave que perm itía pensar las
relaciones de clases era el de la explotación. Las apuestas esenciales eran de
naturaleza económica: salarios, tiempos de trabajo, condiciones de trabajo. Las
dimensiones subjetivas estaban ausentes, el único concepto disponible para
pensarlas era, en la época, la noción muy global de conciencia de clase, concepto
encargado por sí solo de establecer un lazo entre la instancia objetiva de lo
económico y el estado subjetivo de lo psicológico. A medio camino entre lo in­
dividual y lo colectivo, la conciencia de clase era, además, considerada como un
dato innato en los obreros, bajo las formas de la fuerza que les perm itía en ciertos
momentos levantarse todos juntos “ como un solo hombre” . M otor de la Historia,
con I I mayúscula, la lucha de clase se libraba entre grandes bloques históricos
respecto de los cuales los individuos se encontraban separados en su vida
cotidiana. Sobretodo, hasta en los años 60, la cuestión de las relaciones de clases
no daba lugar en la sociología a investigaciones concretas y las únicas existentes
se desarrollaban en el marco industrial de las grandes empresas.
Desde los años 1960, Bourdieu impuso una concepción mucho más compleja

3 Stéphanc Beaud y Michel Pialoux, R etou r su r la m n d itio n ouvriére, París, Fayard, 1999.
1Christian Baudelot y Roper Establet, La peti.lv bourgeoisw en France, P arís, M aspero, 1974;
y A v o ir trente aivs- en 1968 et 2998, París, Seuil, col. “l'Epreuve des faits” , 2000

140
de las relaciones de clases. Enriqueciendo las relaciones de clase con sus
dimensiones culturales y simbólicas, morales, psicológicas y corporales, Bour­
dieu reintrodujo a la vez a los individuos y la vida cotidiana en los análisis de
clase. De allí el carácter personalmente implicante de la mayoría de sus textos.
Mientras que el espectáculo del enfrentamiento secular entre burguesía y
proletariado podía contemplarse de lejos, sin implicación particular, la irrupción
de lo cultural y de lo simbólico en las relaciones de clases no deja ya a nadie de
lado. L a lucha de clases se volvía así cotidiana y se jugaba en las escenas más
triviales de la vida de todos los días, públicas y privadas: en la mesa, en clase,
en los comercios, los restaurantes, los bailes, las discotecas, en los cursos de
tenis o en los terrenos de footing. También se da en el seno de la célula familiar.
Cada uno, cada una, se encuentra implicado en ella, lo quiera o no. E l gusto más
inocente es no solamente el efecto indirecto de una posición de clase, expresa
también un posicionamiento que defiende un grupo social contra otros. El lector
es invitado entonces a contemplar el panorama de las prácticas culturales, pero
sobre todo, al hacerlo, a posicionarse él mismo en una suerte de autoanálisis
crítico.
En este sentido, la sociología en su trabajo de investigación estadístico
reencuentra el campo abierto en la literatura por Marcel Proust, muy sensible
a los análisis de las relaciones entre personas y lo que ellos deben a las herencias
sociales, incluidas las actitudes físicas.

Si el príncipe de Borodino no quería hacer avances a Saint-Loup ni a los otros


miembros de la sociedad del Faubourg Saint-Germain que tenía en el regimiento
(mientras invitaba mucho a dos tenientes plebeyos, que eran personas simpáti­
cas), era porque, considerándolos desde lo alto de su grandeza imperial, hacía, entre
aquellos inferiores, la diferencia de que unos eran inferiores que sabían que lo eran
y con los cuales se sentía encantado de rozarse, porque era, bajo sus apariencias
de majestad, de carácter simple y jovial, y los otros eran inferiores que se creían
superiores, cosa que él 110 admitía. Así, mientras todos los oficiales del regimiento
festejaban a Saint-Loup, el príncipe de Borodino, a quien habría sido recomendado
Saint-Loup por el mariscal de X..., se lim itaba a ser cortés con él en el servicio,
donde Saint-Loup era, por otra parte, ejemplar, pero no lo recibía jamás, salvo en
una circunstancia particular, en la que se vio en cierto modo forzado a invitarlo y
en la que, como se presentó durante mi estadía, le pidió que me llevara. Pude
fácilmente esa noche, al ver a Saint-Loup en la mesa de su capitán, discernir hasta
en las maneras y la elegancia de cada uno de ellos la diferencia que hay entre dos
aristocracias: la antigua nobleza y la del Imperio. Surgido de una casa cuyos
defectos, incluso aunque los repudiara con toda su inteligencia, habían pasado a
su sangre y que tras dejar de ejercer autoridad real desde hacía por lo menos un siglo,
no ve en la amabilidad protectora que forma parte de la educación que recibe más
que un ejercicio como la equitación o la esgrima, cultivada sin fines serios, por
diversión, ante los burgueses a quienes esa nobleza desprecia bastante como para
creer que su familiaridad los halaga y que su aire casual los honra, Saint-Loup
tomaba amistosamente la mano de no importa qué burgués que le presentaran y
cuyo nombre tal vez no había oído, y al charlar con él (sin dejar de cruzar y descruzar
las piernas, echándose hacia atrás, en actitud de abandono, con el pie en la mano)

141
lo llamaba "querido” . Por el contrario, surgido de una nobleza cuyos títulos todavía
conservaban su significado que recompensaban gloriosos servicios y traían el re­
cuerdo de las altas funciones bajo las cuales se manda a muchos hombres, el
príncipe de Borodino -y a que no distintamente y en su conciencia personal y clara,
por lo menos en su cuerpo, que lo revelaba en sus actitudes y maneras-consideraba
su rango como una prerrogativa real; a los mismos plebeyos a quienes Saint-Loup
habría palmeado el hombro y tomado del brazo, se dirigía él con una afabilidad
majestuosa, donde una reserva llena de grandeza atemperaba la sonriente bonho-
mía, y que era para él natural, con un tono mezclado a la vez por una cortesía sincera
y por una altanería deliberada. Esto se debía sin duda a que estaba menos alejado
de las grandes embajadas y de la corte, donde su padre había ocupado los más altos
cargos, y donde las maneras de Saint-Loup, con el codo sobre la mesa y el pie en la
mano, habrían sido mal recibidas, pero sobre todo dependía de que despreciaba
menos a aquella burguesía, que era la gran reserva de donde el primer Emperador
había sacado sus mariscales, sus nobles, y donde el segundo había encontrado a
un Fould, un Rouher.5

La exactitud de las descripciones de las actitudes corporales, la exploración


de sus significaciones subyacentes, hacen de este trabajo de escritura un
equivalente literario de los grandes cuadros estadísticos de La distinction.
Estadístico en principio y ante todo, como lo recuerda en La sociologie est un
sport de combat, Bourdieu no se contenta con un cuadro más o menos exhaustivo
de las clases sociales sino que se esfuerza por insertar allí las manifestaciones
más concretas de las interacciones cotidianas.6
Esta proximidad entre Proust y Bourdieu puede confirmarse con un texto que
seguramente les gustaba a los dos.

Los geómetras que sólo son geómetras tienen el espíritu recto, pero siempre que
se les explique bien todo por definición y por principios; de otro modo, son falsos e
insoportables, porque sólo son rectos sobre los principios bien establecidos; y los
finos que sólo son finos no pueden tener la paciencia de descender hasta el primer
principio de las cosas especulativas y de imaginación que ellos nunca vieron en el
mundo y en el uso.7

L a sociología en su exigencia de geometría y de fineza no agotará nunca su


objeto, así como el narrador descubre sucesivamente los lados reales y contra­
dictorios de las personas e incluso de los paisajes que encuentra.
N o es útil enumerarlas contradicciones de la obra de Bourdieu, dividida entre
la medida precisa y las interpretaciones especulativas, la objetivación estadís­
tica y el autoanálisis, o la denuncia de una metodología que prohíbe perentoria-

Marcel Proust, D u cotá des G uerm antes, París, Garm er-Flam m arion, 1987, p. 204-206
{Traducción tom ada de E n busca del tiem po perdido. D el lado de Guerm antes, Buenos Aires,
Losada, 2003, p. 131-133. Trad. de Estela CantoJ.
‘ Pocos sociólogos han ejercido una influencia tan fecunda sobre los estadísticos franceses,
en particular los del IN SE E .
7 B laise Pascal, Pensées, en Oeuvres Completes I I , París, G allim ard, col. “Bibliothcque de la
Pléia d e” , 2000, p. 1093.

142
mente procesos mismos que se autoriza. Es la realidad social misma, heterogé­
nea y contradictoria -hombres, obj etos, territorios- la que obliga a esos retornos
desconcertantes y que produce esas insatisfacciones fecundas.
El trabajo de Bourdieu renueva con profundidad el estudio de las clases
sociales. Pero es necesario inspeccionarlo como a una obra en construcción,
inacabada porque está en proceso, si se puede decir así, ya que ha sido abordado
de manera pascaliana bajo todos los ángulos de ataque autorizados por nuestra
disciplina. La reproduction, en su lógica implacable, es un estudio de “estadística
social” : un estudio sobre el peso de los diferentes capitales en la reconducción
de las desigualdades. Los estudios recientes más precisos, tales como los
trabajos de V a lle ty Caille, sobre el panel 89,8confirman el diagnóstico del peso
del capital cultural sobre el éxito escolar, puesto que el título, y sobre todo el
título de la madre, teniendo en cuenta otros componentes de la categoría social,
se muestran más explicativos del acceso al liceo en las mejores condiciones. El
primer modelo de Goux y Maurin0 valida también el resultado fundamental
producido a fines de los años 1960 por Bourdieu y Passeron. Todas las medidas
confirman la lentitud con la que se transforma el régimen específico de las
desigualdades escolares a través del tiempo y del espacio.
No se trata, sin embargo, de reducirla sociología al estudio de las estadísticas
sociales. Bourdieu, desde Le partage des bénéfices, toma como objeto laa trans­
formaciones de la sociedad francesa desde 1a guerra y, especial mente, los efectos
del desarrollo de la instrucción sobre la riqueza nacional. Esto es lo que permite
delim itar con precisión los efectos del desarrollo del capital cultural sobre el
conjunto de la vida social, en dominios donde no se lo esperaría en principio: en
pleno baby room. Firm a con Darbel uno de los más bellos diagnósticos y
pronósticos de la evolución demográfica.10Considerado de cerca, clase social por
clase social, el alza de la natalidad se demuestra como un fenómeno menos
masivo que su resultante global. El grupo de los empleados es particularmente
revelador de la relación con la instrucción de una clase social atenta a las nuevas
posibilidades de educación pero detentadora de un capital cultural demasiado
débil para tomarlo sin dedicar toda su energía a un pequeño número de
herederos. Construido como estadístico riguroso, el modelo nos hace encontrar
al actor y la causalidad de lo probable. E l lado Durkheim desemboca en el lado
Proust. Se puede fácilmente, cuando se quiere polemizar contra Bourdieu —o
quién sabe, tomar su lugar—, oponer los textos uno a uno. L o mejor es considerar
que se trata de exigencias contradictorias de la investigación en ciencias
sociales.
E l concepto de capital cultural hace pareja con otros dos que se articulan
estrechamente con él: arbitrariedad cultural y violencia simbólica. E l primero
* Louis-André V a llet y Jean-Paul C aille, “N iveau en franpais et en m athém atiques des eleves
étrangers ou issus de l’im m igration”, É conom ie et statistique, IN S E E , 293, 1996-3, p. 137-153.
:l Dom inique Goux et Eric Maurin, “ Destinées sociales: le role de l’ecole et du m ilieu d'origine”,
É conom ie et statistique. IN S E E , 306, 1997-2, p. 13-26.
lu P ierre Bourdieu y A lain Darbel, “ L a fin d'un m althusianism e”, en D arras (P ie rre Bourdieu
et al\, L e partage des bénéfices, París, M inuit, col. “L e sens commun”, 1966, p. 134-154.

143
permite inscribir la noción de capital cultural en una perspectiva histórica y
relativizar sus efectos. In vita a introducir mucha relatividad en los contenidos
de cultura y de enseñanza que la escuela plantea como datos universales e
intangibles, incluso en las ciencias. E l grado de certeza en la afirmación del
carácter universal de un contenido de enseñanza depende a menudo del número
de profesores presentes en el establecimiento. Ese concepto invita al sociólogo
a m irar muy de cerca los saberes y las modalidades de su transmisión selec­
cionadas por la escuela. El concepto de violencia simbólica es más conocido.
Ese juego de tres conceptos conduce a análisis de hecho nuevos de la escuela.
Constituyen verdaderos incentivos que permiten romper con las representacio­
nes espontáneas e ideológicas del sistema escolar. Ese juego de tres conceptos
es, en particular, mucho más fecundo que el uso exclusivo del concepto de
reproducción cuyas tonalidades mecanicistas y funcionalistas fueron denuncia­
das más de una vez.

¿Pero hoy?

Todo este conjunto teórico ha sido elaborado en los años 1960. ¿Sobrevivió a las
transformaciones profundas que ha conocido el sistema escolar francés desde
hace cuarenta años?
Desde hace una decena de años, los educadores expresan de un modo cada vez
más colectivo y determinado un conjunto de insatisfacciones que la prensa
denomina púdicamente como “molestia de la educación” y que los interesados
sienten más radicalmente como un “estar hartos”. M ás allá de las reivindicacio­
nes a menudo estrictamente cuantitativas que reclaman siempre más medios
(créditos, cargos suplementarios...), se trata de un sufrimiento social en el
sentido pleno del término. Las razones de esa desgracia de la educación remiten
a las transformaciones recientes del sistema escolar que en parte trastornaron
el ejercicio de su oficio. El foco principal del descontento se sitúa hoy en la
enseñanza secundaria. Es en los colegios y los liceos que la desgracia de la edu­
cación es más viva; los profesores de las escuelas primarias y de la enseñanza
superior se encuentran en gran parte a salvo. Este sufrimiento social proviene
del desfasaje -qu e a menudo toma la amplitud de un abism o- entre las expec­
tativas profesionales y sociales de los jóvenes profesores que se hacían una cierta
idea de su oficio de educadores y la realidad que descubren en la práctica. Esto
se exacerba cuando se trata de educadores salidos de medios sociales favoreci­
dos, que eligieron estudios literarios (letras, lenguas, historia, filosofía), que se
encuentran enviados al frente en los colegios o los liceos de suburbio. E l relato
de M ara Goyet expresa bien esta desilusión que proviene del desplazamiento
entre la ambición primera (“me dije incluso que convertirse en profesora podía
constituir para m í un medio de ser intelectual con pocos gastos”) y el trabajo día

144
a día del educador, a menudo ingrato, a veces apasionante. Resulta de eso un
sufrimiento social que no hay que subestimar.11
De hecho, desde hace unos veinte años cierto número de objetivos sociales
atribuidos a la escuela por sus fundadores parecen cada vez más difíciles de
alcanzar. ¿La instrucción elemental de base? Las evaluaciones sucesivas
manifiestan que a la salida de la escuela primaria, una proporción sustancial de
alumnos no domina correctamente las técnicas de la lectura. Algunos tienen
incluso muchas dificultades para leer. Los ministros están obligados a desplegar
planes de envergadura para luchar contra el analfabetismo. ¿La cohesión social
por la integración intelectual y moral? Numerosos, y cada vez más mediatizados,
son los casos de violencia en la escuela que cuestionan a la vez la autoridad de
la institución y sobre todoel carácter universal delacultura escolar. En vilo total
con los valores y los comportamientos de las nuevas generaciones de jóvenes de
los suburbios, educados en ciudades minadas por el desempleo o el subempleo,
la cultura escolar tradicional es rechazada en bloque. ¿La integración por la
aplicación a todos de una regla común de laicismo que obliga a las diferencias
vinculadas a la cultura de origen y a la religión a manifestarse sólo en la esfera
privada, fuera del santuario escolar? La confusión mediática y política organi­
zada alrededor del asunto llamado “fular islámico” muestra que el combate del
laicismo está lejos de haberse ganado. ¿Una única escuela, la misma para todos,
independientemente de los orígenes sociales? La escuela republicana con la que
soñaba Jules F erry se ha vuelto el lugar de nuevas segregaciones. Las des­
igualdades tradicionales y a menudo invisibles entre clases sociales se duplica­
ron con segregaciones espaciales que estallan con plena evidencia. Nuevos fosos
se cavaron entre los establecimientos del centro de la ciudad, relativam ente
preservados de los trastornos sociales y frecuentados principalmente por
alumnos salidos de los medios intelectuales y favorecidos, y los colegios o los
liceos de suburbios, algunos de los cuales se han convertido en verdaderos
guetos que sólo reciben a los hijos de la inmigración. Esos establecimientos de
la periferia son también aquellos en que son afectados autoritariamente los
jóvenes educadores desprovistos de toda experiencia profesional. Esta segrega­
ción espacial de la institución escolar, radicalmente nueva en Francia, se realizó
progresivamente por la concentración de los niños de medios favorecidos en los
establecimientos del centro de la ciudad y por su retirada respecto de aquellos
situados en “zonas sensibles” . Hoy se encuentra consagrada y legitim ada por
todo un conjunto de medidas legislativas que tienden a sellar la muerte del
Colegio único, instituido en 1975, bajo el septenio de V aléry Giscard d’Estaing,
por el ministro René Haby. Las dificultades reconcentradas hoy en la escuela
pública aseguran buenos tiempos para la escuela privada que sirve a menudo de
rueda de auxilio. Casi un alumno joven de cada tres pasa al menos un año de su
escolaridad en una institución privada.
Sobre todo, el régimen anterior de los niveles de aspiración se transformó
profundamente. Bourdieu y Passeron habían demostrado que, enlos años 1960,
11Mara G oyet, Coliéges de France, París, Fayard, 2003.

145
las familias populares participaban en parte en su auto-eliminación del sistema
escolar. “E l liceo, decían ellas, no es para nosotros”. Y Bourdieu describía esa
actitud de resignación -form a suprema de interiorización de la coacción social-
señalando que, lejos de tomar sus deseos como realidad, razonan en sentido
contrario y “toman la realidad como sus deseos”.yi Hoy pasa algo completamente
distinto. En el curso de los últimos treinta años, las aspiraciones escolares de las
familias, sobre todo de las familias populares, no sólo han aumentado sino que
incluso se han transformado profundamente. La crisis del empleo, en efecto, dio
un golpe mortal al modelo obrero de pasaje a la edad adulta donde importaba,
en principio, que, lo más pronto posible, el joven tuviera un buen oficio, pudiera
ganar su vida y fundar una familia.
En el antiguo régimen, la institución escolarperm anecíalargam ente extran­
jera al universo fam iliar y profesional de los obreros. Sólo una minoría de hijos
de obreros accedía al ciclo largo de las escuelas. Verdaderos “m ilagros” escola­
res, obtenían cuando tenían éxito títulos raros que consagraban su derecho a
entrar en profesiones pertenecientes a la esfera de las clases medias o
superiores. Se trataba para ellos y para sus padres de una promoción social
objetiva. Cualesquiera que fueran los desgarramientos y las rupturas soporta­
dos en el curso de esa metamorfosis a veces vivida bajo el modo de la traición,
el resultado estaba allí: la inversión escolar había pagado lo que se esperaba en
términos económicos y sociales. Pero aún no se trataba sino de una ínfim a
minoría de niños de origen popular.13
Para la inmensa mayoría de los otros, una vía tradicional estaba trazada: una
educación profesional corta y un comienzo precoz en el trabajo. Lo esencial era
que de los hijos de los obreros devenían obreros a su vez. No es necesariamente
el mejor futuro que los padres habrían deseado para sus hijos, pero se resignaban
tan bien como mal a esa situación que no presentaba más que inconvenientes.
Se vivía en un país desconocido. Los padres eran capaces de controlar la
educación dispensada a sus hijos. El padre y el hijo evolucionaban en el seno del
mismo universo y el primero podía recordar discretamente su autoridad al
último por los consejos, golpes o recomendaciones a colegas o jefes de empresa.
Existía, por otro lado, un relativo ajuste entre las aspiraciones escolares y
profesionales de los padres para con los hijos y la oferta de trabajo a nivel local.
Esta transmisión del estatuto entre las generaciones bajo la forma de
reproducción está hoy, en parte, prohibida por el crecimiento del desempleo,
pero sobre todo es objeto de un rechazo determinado por los padres como por los
hijos. La desvalorización de la condición obrera, la intensificación de las
condiciones de trabajo, la precarización de los estatutos y el crecimiento del
desempleo hacen de la fábrica un polo repulsivo, tanto para los padres que
12 P ierre Bourdieu, “ La transm isión de L ’h éntage culture!” , en D arí as [P ierre Bourdieu et a l.].
L e Partage des bcnúfices, op. cit., p. 383-420.
1:1Véanse los relatos de Annie Ernaux (Les arm oires vides, París, Gallim ard, 1974. reedición
“Folio” , 1995; La honte, París, Gallim ard, 1997) y el estudio de Stéphane Beaud y M ich el Pialoux,
R etou r sur La condition ouvriére, op. cit., y sobre todo, Stéphane Beaud, 80% au bac et ciprés?,
París. L a D écouverte, 2002.

146
trabajan en ella como para los hijos que harán todo para no trabajar allí. El
rechazo de la fábrica no es nuevo. Los padres obreros siempre han deseado que
sus hijos tuvieran mejor suerte que ellos. Pero ese rechazo nunca conoció la
amplitud y la dramaticidad que tiene hoy.

Continuar...

L a propulsión de los hijos en los raíles del ciclo largo se efectúa, entonces, sobre
el fondo de un sentimiento profundo de desvalorización y de desmoralización
colectiva del grupo obrero. La primera virtud asignada a la escuela es de orden
negativo: se trata de una escapatoria, el único medio de evitar a sus hijos el destino
del obrero de fábrica. Las vías tradicionales de la educación tradicional donde
correrían el riesgo de hacerlos caer en la fábrica también son rechazadas. “La
última solución, no somos más que eso”. Secundaria profesional y títulos asociados
son el objeto de un fuerte rechazo incluidos aquellos que no pudieron escapar a ella.
La elevación general del nivel contribuyó a debilitar la educación profesional. El
modelo del estudiante secundario general es omnipresente y sirve de referencia
a los alumnos de secundaria para medir mejor el grado de su relegación y de su
encierro en una condición que rechazan. De inaccesible y lejano que era, hace
apenas diez años, ese modelo de estudiante de secundaria general se vuelve hoy
muy concreto. En una misma familia, las escolaridades de los niños están lejos de
ser homogéneas y el alumno relegado en un L P tiene hoy un hermano, una
hermana, un pariente cercano que sigue una escolaridad larga. De allí, esa toma
de distancia ostensible con todos los signos asociados al estatuto de obrero: ver­
güenza del azul llevado en un modo descuidado de manera de dejar1ver la ropa civil,
desvalorización verbal de los títulos preparados. Hay que “continuar”. Ir lo más
lejos posible y aferrarse a la escuela cueste lo que cueste con el fin de evitar el
desempleo y beneficiarse con un mejor salario. “Continuar” , el infinitivo es un
imperativo: hay que continuar.
Esas transformaciones mayores parecen volver a discutir la legitimidad de lo
que sus enemigos llaman “las sociologías de la reproducción”. No serían adecuadas
a la realidad de la escuela contemporánea.
Es cierto que por razones históricas, un cierto número de rasgos asociados a los
herederos de ayer envejecieron un poco. El tipo ideal del heredero, de 1964, alumno
de la École Nórmale, filósofo, salido de los barrios parisinos y con el prestigio de
la exhibición impuesta de su capital cultural a base de literatura, de arte y de filo­
sofía ha visto apagarse su esplendor. No es que haya desapar ecido. Pero su valor
en el mercado de bienes simbólicos padeció un fuerte quebranto en provecho de
otros representantes escolares de la excelencia social. El cursor se ha desplazado
notoriamente de las humanidades hacia las ciencias.
Las desigualdades sociales de acceso a la enseñanza superior se modificaron
muy poco desde los años 1960, algunas incluso sehan profundizado. La concepción
de conjunto que se hace Bourdieu, desde 1960, de las relaciones entre la escuela

147
y la sociedad así como las expectativas de las diferentes clases sociales constituye
aún hoy una fuente explicativa fundamental. La mejor prueba de esa fecundidad
heurística la aporta Bourdieu mismo en un texto escrito en colaboración con
Patrick Champagne y publicado en La misére du monde: “Les exclus de l’interieur”.14
A l tratar de frente las transformaciones que trabajaron en profundidad el
sistema escolar francés desde hace treinta años, Pierre Bourdieu y Patrick
Champagne muestran cómo el sistema de enseñanza “permanece abierto a
todos y reservado para algunos”. Los principios de selección y de eliminación han
cambiado. L a liberalización aparente de los accesos los volvió cada vez más
invisibles pero persisten. Los “nuevos estudiantes” de origen popular y a me­
nudo extranjero no son tontos. Se dan cuenta muy rápidamente de que no basta
con acceder al secundario para tener éxito allí y sobre todo que no basta con tener
éxito para acceder a las posiciones social es a las que los mismos títulos escolares
daban acceso. El bachillerato en particular. La situación hoy es nueva en tanto
que consigue ese tour de forcé de reunir las apariencias de la democratización
y la realidad de la reproducción que se cumple en un grado superior de
disimulación, por lo tanto, con un efecto acrecentado de legitimación social. De
allí que la institución escolar se encuentre desde entonces habitada durablemen­
te en su interior por “excluidos en potencia”. Esos excluidos del interior
constituyen una nueva figura de una institución escolar que sigue en gran parte
apropiada, todavía hoy, por una minoría de herederos.
En esta vasta obra abierta por Bourdieu y Passeron, por nuestra parte, hemos
llevado nuestra atención a la bolsa de intercambio de diferentes capitales. P ara
compren der las el ases sociales y sus relaciones, no podemos limitarnos al capital
económico. Pero si la instrucción constituye un capital - “capital cultural”- , eso
signi fica que puede conducir a compartir los beneficios materiales, bajo la forma
de posiciones sociales adquiridas o mantenidas por la instrucción. Nos hemos
esforzado por m edir la parte de plusvalía asociada a la detentación de un capital
cultural dado: los años dedicados a instruirse reportan más, en términos de
salario, que aquello que han costado.
Detrás de la fachada única del “salario”, se revelan los privilegios palpables
asociados a la adquisición de un capital cultural dado. Esta medida marxista nos
acerca en un sentido a la teoría del capital humano, que considera la instrucción
como una economía y las diferencias de remuneraciones como retornos de una
inversión. Pero ella nos conduce también a reexaminar en términos de posieiona-
miento social, en el sentido del Bourdieu de La distintion, las actitudes políticas
características de las diferentes fracciones de la pequeña burguesía. A llí incluso,
las reglas de conversión de un capital en otro están sometidas a las fluctuaciones de la
historia. La conjunción de una prolongación de los estudios y la persistencia de un
desempleo en masa no garantizan más, al menos a todos los recibidos, los retornos de
la inversión que la certificación aseguraba antes de los shocks petroleros.15
w P ie rre Bourdieu y Patrick Champagne, “ Les excius de l’intérieu r” , en Pierre Bourdieu ídir.),
La misére du m onde, París, Seuil, 1993, reedición col. “Points” , 1998, p. 913-923.
!r‘ Stéphane Beaud, 80% au bac et apres?, op. cit.; Chrístian Baudelot et R oger E stablet, A u oir
trente ans en 1968 et en 1998, op. cit.

148
E l estudio do las reglas de conversión entre las diferentes especies de capital
es una necesidad, si no se quiere utilizar el término “capital” en un sentido
banalmente metafórico cuando uno se aleja del capital económico. Jean-Michel
Faure y Charles Suaud, al estudiar la evolución del deporte profesional mo­
derno, especialmente en el caso del fútbol, muestran con justeza que cada
deportista detenta, bajo forma de aptitudes, un capital incorporado que ha sido
formado, mantenido en un campo específico, celoso de sus fronteras. Los autores
hablan de “capital deportivo”.115La pregunta se plantea inmediatamente: saber
cuántos deportistas acceden, por la detentación de ese capital deportivo especí­
fico, a remuneraciones que les permiten detentar posiciones envidiables en la
sociedad global. Porque si hay “capital deportivo” , se trata de un recurso raro,
que permite a quien lo posee definirse frente a todos.
La relación entre capital cultural y posición social da cuenta de la escolariza-
ción misma, que no puede estudiarse solamente entre las cuatro paredes de los
establecimientos o de las aulas.

C a p ita l cu ltu ral y capital hum ano

Un progreso conceptual de gran am plitudha tenido 1ugar desde los años 60 para
pensar en su complejidad la cuestión de los efectos de la educación. Se produjo
simultáneamente, pero de modo independiente, en sociología y en economía.
Los principales promotores fueron dos hermanos enemigos, P ierre Bourdieu y
Gary Becker. Uno y otro recurrieron a la metáfora económica del “capital” para
designar los efectos producidos sobre un individuo por un proceso de educación.
Los conceptos de “capital humano” (Becker)17y de “capital cultural” (Bourdieu)
no se confunden ni se superponen. Difieren en principio por sus contenidos: la
dimensión educativa del “capital humano” -qu e incluye igualmente la salud del
individuo considerado- se lim ita a competencias profesionales y saberes cogni-
tivos relativam ente objetivables mientras que el “capital cultural” está consti­
tuido en gran parte de disposiciones, posturas y, más generalmente, de habitus
entendidos como gramáticas generativas susceptibles de engendrar conductas
adaptadas a nuevos contextos. Segunda diferencia fundamental, el capital
humano es en Becker una realidad a la vez individual y colectiva. Caracteriza
el valor de un individuo en el mercado de trabajo pero también puede, bajo forma
agregada, ser considerado como un stock productivo, incluso como un factor
global de producción a escala de la sociedad entera al mismo nivel que el capital
físico. N o sucede lo mismo con el capital cultural que es considerado por
Bourdieu, sobre todo, en sus dimensiones individuales: un capital cultural es un
atributo distintivo de un individuo.

lfi Jean-Michel Faure y Challes Suaud, Le foothall profese,ionml a la franqaise, París, PU F, 1999.
17 G ary B ecker, H u m a n C apital. A T h eoretica l an d E m p ir ic a l A nalysis, w ith S p ecia l
Refercnce to E d u ca tion , N ew York. Columbia U n iversity Press, 1964.

149
En los dos casos igualmente, el capital producido por la educación da cuenta
de la lógica en obra para las otras especies de capital. Que sea “humano” o
“cultural”, se adquiere, se acumula, se amortiza, se transmite, fructifica o se
deprecia. Se trata de una grandeza móvil, sometida a fluctuaciones, que nunca
es adquirida y transmisible, como tal, una vez por todas. Puede adquirirse de
diferentes maneras: por el trabajo -social y profesional-, la herencia o la ubi­
cación. Puede transmitirse, en el marco de la familia, de lá escuela o de la
empresa. Sobre todo, después del período de formación, puede amortiguarse,
explotarse y rentabilizarse y conferir a su poseedor ingresos materiales y
simbólicos asegurando también al empleador el valor añadido. Puede fructificar,
puede también depreciarse.
Esta concepción de la educación como capital permite plantear, sobre bases más
seguras, la cuestión de los efectos de la educación. Cultural o humano, esta nueva
especie de capital reclama esfuerzos para adquirirloy mantenerlo. Es preciso poner
para ello de lo propio, sin duda, pero los contextos de su valorización ejercen
también efectos mayores sobre su crecimiento o depreciación. Hay profesiones
que, por la naturaleza del trabajo y de las misiones que ellas suponen, permiten
mantener y acrecentar el capital inicial, y otras, por el contrario, que, dejándolo
en barbecho, contribuyen a su destrucción. En este sentido, las prácticas culturales
que van creciendo a medida que se eleva el nivel del título obtenido pueden ser
consideradas como puros consumos pero también como consumos productivos que
contribuyen con eficacia a la manutención y la fructificación del capital inicial.
Importantes desigualdades se observan entonces en los contextos profesionales de
valorización o de depreciación de ese capital.
De todos los grandes elementos abiertos por Bourdieu en el terreno de la
educación, hay uno que reclama, entre otros, ser continuado. El del sentido de
los contenidos y de la formación de las calificaciones. ¿Qué aprenden los alumnos
en la escuela? ¿Cuál es la naturaleza exacta de los saberes, saber hacer, saber
ser, transmitidos a los diferentes individuos por la institución escolar? ¿Saberes
objetivos y universales de tipo cognitive skills que revelarían calificaciones
descriptas por la teoría del capital humano? ¿Modos distintivos de acumular y
consumir patrimonio cultural? ¿Una adhesión social a formas de arbitrio
cultural? Está fuera de cuestión elegir entre esos diversos aspectos de los
saberes que coexisten y cohabitan en el mínimo elemento de conocimiento
transmitido. Está fuera de cuestión señalar el error en Gary Bcclcer o en Pierre
Bourdieu: los dos tienen razón. Se trata más bien de analizar y de describir los
modos de articulación y de dosificación de esas grandes funciones, incluido el
aprendizaje de saberes aparentemente más universales como las matemáticas.
La cuestión es importante porque, al inscribirse en esa pedagogía racional a la
que Bourdieu y Passeron apelaban al final de Les héritiers, la elucidación de esos
puntos aún ampliamente oscuros perm itiría echar las bases de una transforma­
ción democrática de la transmisión de saberes.

150
LEER “EL CAPITAL”
DE PIERRE BOURDIEU*
Loíc Wacquant

Entre las obras mayores de Pierre Bourdieu, L a noblesse d ’É ta t es ta l vez la más


temible y la más desconcertante, incluso sorprendente para sus lectores extran­
jeros. En principio, porque es a la vez obstinadamente “francocéntrica” , por su
m ateria y por su perímetro empíricos, e impl acablemente unlversalizante en su
intención y su alcance analíticos. Luego, y es una de las marcas de fábrica
sociológica de Bourdieu, La noblesse d ’É ta t es un trabajo resueltamente empí­
rico, cargado de datos hasta el punto de saturación y, sin embargo, animado por
un proyecto teórico vigoroso que lo ubica en el epicentro de los debates sobre las
relaciones entre poder, cultura, y razón a finales del siglo xx.
M ás aún que La distinction, que completa y prolonga en varias direcciones,1
este estudio de la lógica de la dominación social en una sociedad avanzada y de
los mecanismos por los cuales esta dominación se disimula y se perpetúa está
anclado profundamente en las especificidades del sistema francés de las clases
sociales, de la estratificación cultural y de la enseñanza, durante los dos decenios
que siguieron a los levantamientos de mayo de 1968. A l mismo tiempo, como en
toda buena reseña etnológica según M arcel Mauss, “lo que pueden parecer
detalles fútiles es en realidad una condensación de principios” , respecto de los
cuales Bourdieu sostiene que son operatorios en otros países y en otras épocas.

P o d e r m aterial y p o d er sim bólico

El primero de esos principios enuncia una relación problemática pero tenaz,


hecha de colisión y de colusión, de autonomía y de complicidad, de distancia y

' Este texto es la traducción del prefacio a la edición inglesa de P ierre Bourdieu, La noblesse
d'Ktat. Grandes écoles et esprit de corps (París, M inuit, 19S9): The State N o b ility (C am bridge,
P o lity Press, 1997), redactado en enero de 1995. *
' P ierre Bourdieu, L a d istinction. C ritiqu e socíale du ju gem en t, París, Minuit. col. “L e sens
commun” , 1979.

151
de dependencia, entre poder m aterial y poder simbólico. Como había señalado
Weber, en toda estructura de dominación, aquellos que están “privilegiados por
los órdenes político, social y económico existentes” no se contentan nunca con
un ejercicio bruto y brutal de su poder que impondría sin vestim enta sus
prerrogativas. Desean más bien “ver sus posiciones transformarse de puras
relaciones factuales de poder en un cosmos adquirido y saber que así son
santificadas”.2 En la sociedad feudal, la Iglesia era la institución encargada de
transm utar la fuerza del señor, basada en el control de las armas, de la tierra
y de las riquezas, en derecho divino; la autoridad eclesiástica se desplegaba para
justificar y así solidificar el imperio de la nueva clase de guerreros. Bourdieu
sostiene que en las sociedades complejas producidas por el capitalismo avanza­
do, la Escuela ha retomado a su cargo ese trabajo de santificación de las
divisiones sociales. De modo que no una sino dos especies de capital dan desde
entonces acceso a las posiciones de poder, definen la estructura del espacio social
y gobiernan las posibilidades de vida y la trayectoria de los grupos y de los
individuos: el capital económico y el capital cultural.
Los diplomas y los títulos escolares contribuyen a definir el orden social
contemporáneo, en el sentido medieval de ordo, conjunto de gradaciones a la vez
temporales y espirituales, terrestres y celestes, que establecen grados de valor
inconmensurables entre los hombres y entre las mujeres, no solamente seleccio­
nándolos y repartiéndolos a través de las diferentes posiciones que componen la
estructura social, sino también, y de modo más decisivo, presentándolas desigual­
dades que resultan de ello como necesidades ineluctables nacidas del talento, del
esfuerzo, del deseo de los individuos. Eso porque el capital cultural, aunque esen­
cialmente acumulado y transmitido en el seno de la familia, parece consustancial
a la persona de su portador. El hecho de que “llegue a combinar el prestigio de la
propiedad innata con los méritos de la adquisición”3lo vuelve particularmente apto
para legitimar la perpetuación de la herencia de los privilegios sociales en
sociedades prendadas del ideal democrático.
E l objeto de Bourdieu es aquí la operación de alquim ia social por la que una
jerarquía social se disimula, tanto a aquellos que gratifica como a aquellos que
excluye, y se vuelve una escala de la excelencia humana, por la que un orden
social históricamente arbitrario y arraigado en la materialidad del poder eco­
nómico y político se transmuta ostentando todas las apariencias exteriores de
una aristocracia de la inteligencia. Bajo este ángulo, la adquisición de un diploma
de elite no es tanto un “rito de pasaje” a lo Van Gennep como un rito de
institución;'1el acceso a un título escolar-no delimita tanto un antes y un después

* M a x W eber, F ro m M ax Weber: Essays in Sociology, Hans Gerth y C. W righ t M ills eds.,


Oxford, Oxford U n iversity Press, 1946, p. 146.
3Pierre Bourdieu, “Forms o f Capital”, en John G. Ric.hardson (dir.), Handbook ofTheory and Research
fo r the Sociology o f Education, N ew York, Greenwood Press, 1986, p, 245. Este artículo ofrece un
resumen de la teoría generalizada del capital de Bourdieu, sus formas fundamentales, sus propiedades
respectivas y sus mecanismos do convexión, así como las especificidades del capital cultural.
J Fierre Bourdieu, “Les rites d’institution", en P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r ve.ut diré.
L ’économie des échanges linguistiqu.es, París, Fayard, 1982, p. 121-134.

152
que distingue - y educa- a aquellos que están destinados a ocupar posiciones
sociales eminentes de aquellos sobre los que ejercerán su imperio. Suscita
reverencia respecto de esas elites que consagra, en el sentido más fuerte del
termino, es decir, que vuelve sagradas (cualquiera que baya asistido a una
ceremonia de entrega de títulos en una gran universidad británica o norteame­
ricana no puede sino sorprenderse por su dimensión religiosa y arcaica, que
habría encantado a Robertson Smith). Como da cuenta la etimología de la
palabra inglesa credentials, credentialis (“dar autoridad”) -qu e deriva a su vez de
credere, creer-, el otorgamiento de un diploma es la apoteosis de un largo ciclo
de producción de la fe colectiva en la legitimidad de una nueva forma de dominio
de clase.

U n nuevo m odo de dom inación

De hecho, Bourdieu argumenta que, del mismo modo que la “generalización de


la ceremonia de armadura” fue, según Marc Bloch, “ el síntoma de una profunda
transformación de la noción de caballería” en la Edad M edia,5la generalización
de títulos escolares como condición previa al ascenso a la cima de las empresas
privadas y de las burocracias públicas es el signo de la consolidación de un nuevo
sistema de estrategias gracias a las cuales la clase dominante se mantiene y se
enmascara, al precio de una autometamorfosis rápida y continua.
En la sociedad feudal, la relación entre los polos temporal y espiritual del
poder tomaba la forma de una oposición relativamente simple, dualista y sin
embargo complementaria, entre los guerreros y los sacerdotes, entre la auto­
ridad m ilitar y la autoridad hierocrática, los poseedores de armas (swords) y los
poseedores de palabras (words). Con la formación de un Estado formalmente
racional y el ascenso concomitante del “segundo capital” (los dos fenómenos,
según la hipótesis de Bourdieu, son invenciones históricas correlativas), esa
pareja antagónica se ve reemplazada por una tejido inmensamente complejo de
relaciones entrecruzadas entre una pluralidad de campos en el seno de los cuales
circulan y se concentran las diversas formas de poder social desde entonces
eficientes. La cadena de interdependencias que las vincula en el seno de esa
entidad particular que Bourdieu llama campo de poder (una noción que in ­
troduce a comienzos de los años 1970, pero que elabora por primera vez aquí en
el doble plano teórico y empírico) se extiende del campo económico, en un
extremo, al campo de la producción cultural, en el otro.RE l industrial y el artista

f,M arc Bloch, La sociétéféodale, París, A lbin M ichel, 1968, p. 437 (1* edición 1930) IL a sociedad
feudal, M adrid, A k al, 1987],
{i P ierre Bourdieu, “Cham p du pouvoir, champ intellectuel et habitus de classe", Scolies, 1,
1971, p. 7-26; el concepto más general de campo está discutido de m anera sintética en “Quelques
propriétés des cham ps” , en P ie rre Bourdieu, Questions de s o ciolog ie , P arís, M in u it, col.

153
en el siglo xix, el gerente y el intelectual en elxx, son, en los dos casos en Francia,
las encarnaciones respectivas de los polos dominador y dominado del campo del
poder. Entre ellos, en un orden inverso y simétrico según la preponderancia
relativa que acuerdan al capital económico o cultural, se despliegan los campos
de la política, de la alta función pública, de las profesiones liberales y de la
universidad.
A medida que las especies de capital se diversifican y que los campos
autónomos se multiplican -dos proposiciones que, para Bourdieu, son traduccio­
nes conceptuales equivalentes de la misma tendencia secular, puesto que capital
y campo se definen y se especifican mutuamente— y que una “solidaridad
mecánica” relativamente transparente entre poderes débilmente diferenciados
e intercambiables deja lugar a una “solidaridad orgánica” más compleja entre
dos poderes distintos e inconexos, la tensión sube y los enfrentamientos
amenazan con estallar. Porque el simple hecho de que las especies variadas de
capital entran, desde entonces, en la fórmula de la dominación im plica que
diferentes principi os de primacía y de legitimidad social deben en todo momento
ser tenidos en cuenta y reconciliados, aunque fuese provisoriamente. E l campo
de poder es precisamente esa arena en el seno de la cual los poseedores de
diversos tipos de capital compiten con el fin de determ inar cuál de ellos
prevalecerá. La apuesta de esas luchas entre los dominadores (a menudo
tomadas como confrontaciones entre las clases dirigentes y las clases subordi­
nadas) es el valor y la potencia relativas de especies rivales de capital, fijadas
especialmente por la “tasa de cambio” corriente entre las monedas económica
y cultural.
Es allí que el sistema de los establecimientos de elite de la enseñanza superior
entra en escena. En sociedades caracterizadas por la copresenciay la competen­
cia de diversas formas de poder que se apoyan todas, cada vez más, sobre la
conversión en títulos escolares como medio de autoperpetuación, ese sistema no
garantiza solamente un acceso preferencia] y acelerado a los puestos de
dirección a los hijos de los linajes que ya los monopolizan (la plena pertenencia
a la nobleza, esté basada en la sangre o en los diplomas, es esencialmente un
asunto de hombres). Su alto grado de autonomía y de diferenciación interna,
según esa misma antinomia entre el dinero y la cultura que organiza el campo
del poder en su conjunto, le permite igualmente desactivar los conflictos
internos reconociendo y recompensando formas diversificadas de la excelencia
escolar y, por tanto, social.
Las “escuelas intelectuales” , como la Ecole Nórm ale Supérieure, cuna de la
alta ¿ntelligentzia francesa (Bourdieu mismo se inscribe en un largo linaje de
antiguos alumnos célebres), acogen y honran principalmente a los estudiantes
que de entrada están más fuertemente atraídos por ellas, porque sus disposicio­
nes son la encarnación viviente del tipo de capital que exigen y valorizan esas

“Documente” , 1980, nueva edición, 1984, p. 113-120. Para elaboraciones e ilustraciones ejem ­
plares, véase P ierre Bourdieu, The F ietd o f C u ltu ra l P rod u ction (trad. P e te r Collier), C am brid­
ge, P o lity Press y N e w York, Colum bia U n iversity Press, 1993.

154
escuelas: niños provenientes de fracciones cultivadas de la burguesía, hacia las
cuales se apuran por volver. P or otro lado, los establecimientos dedicados al
entrenamiento de capitanes de industria y de Estado, tales como la École des
Hautes Études Commerciales y la École Polytechnique, son principalmente el
coto reservado de los estudiantes a la vez salidos de las fracciones económica­
mente ricas de la gran burguesía francesa y destinados a esas mismas fracciones.
Situados a media distancia entre los dos polos del espacio de las grandes
escuelas, la Ecole National d’Administration, de donde proceden la mayoría de
los ministros y de los altos funcionarios, mezcla los dos tipos de competencias,
cultural y económica, y recluta estudiantes cuyo patrimonio fam iliar acumula
de manera típica títulos escolares raros y viejas fortunas.
El campo de las escuelas de elite, que provee vías de transmisión de privilegios
separadas y reconoce reivindicaciones competentes, incluso antagónicas, res­
pecto de la preeminencia en el seno de su propio orden, protege y tranquiliza a
las diversas categorías de herederos del poder y asegura, mejor que ningún otro
dispositivo, la pax dom inorum indispensable a la división de los beneficios de la
hegemonía. Así, no es uno u otro de esos establecimientos sino el campo (es
decir, el espacio de las relaciones objetivas) que ellos componen lo que
contribuye en tanto que tal a la reproducción de la m atriz de las diferencias y de
las distancias que constituyen el orden social. E l objeto inm ediato y concreto
de L a noblesse d’É ta t es la estructura y el funcionamiento del sector más elevado
del sistema francés de enseñanza superior y sus lazos con la burguesía y las
grandes empresas del país. Su objeto teórico más profundo es elaborar un
modelo de la división social del trabajo de dominación que tiene lugar en las
sociedades avanzadas en el seno de las cuales una pluralidad de formas de poder
coexisten y rivalizan por la supremacía.

U n m odelo transponible:
el ejem plo norteam erican o

Su extrema centralización y su alta selectividad social, arraigadas en lazos


perennes entre divisiones de clase, construcción de Estado, ideología republica­
na y educación, así como en la bifurcación histórica entre universidades y
grandes escuelas, el ardor con el que santifica las dotaciones culturales
temporales (es decir, burguesas) y la brutalidad correlativa con la que devalúa
sus propios productos como “ escolares” : propiedades que hacen del sistema de
enseñanza superior francés un terreno propicio para poner en evidencia la
correlación oculta entre clasificaciones escolares y clasificaciones sociales, y el
lazo bifronte de connivencia en el conflicto que se anuda entre los dos polos
del campo del poder. De todos modos, la especificidad de esos materiales
empíricos no debe oscurecer la aplicabilidad más general del marco analítico

155
empleado para tratarlos. Correctamente interpretada, L a noblesse d ’É tat ofrece
un programa de investigación sistemática sobre todo campo de poder nacional,
por poco que el lector norteamericano (británico, japonés, brasileño, etc.)
efectúe el trabajo de transposición necesario para generar, gracias al razona­
miento homológico, un conjunto organizado de hipótesis para una investigación
comparativa de su propio país.7
Bourdieu sostiene que la organización quiasmática de la clase dominante
contemporánea, traducción de un estado histórico de la división del trabajo entre
capital material (económico) y capital simbólico (cultural),8como su proyección
en el campo de las escuelas deelite, caracterizaatodaslas sociedades avanzadas.
Pero esta estructura de oposición subterránea toma formas fenoménicamente
diversas en diferentes países, en función de un cierto número de factores ligados
entre ellos, entre los cuales están la trayectoria histórica de la formación de
clase (superior), las estructuras del Estado y la fisonomía del sistema de en­
señanza propio de la sociedad y de la época consideradas. Del mismo modo,
Boudieu sugiere que la emergencia del “nuevo capital” se traduce en todas partes
en un desplazamiento de los modos de reproducción, de una reproducción
directa, en la que el poder se transm ite esencialmente en el seno de la fam ilia
a través de la propiedad económica, hacia una reproducción de componente
escolar, en la cual la herencia de los privilegios se encuentra simultáneamente
asegurada y transfigurada por la intermediación de instituciones de enseñanza.
Pero, allí aun, todas las clases dominantes recurren conjuntamente a dos modos
(Bourdieu se toma el trabajo de señalar que el peso relativo creciente del capital
cultural no borra en absoluto la capacidad del capital económico de propagarse
de modo autónomo) y su predilección temporaria por uno o por otro dependerá
del sistema completo de los instrumentos de reproducción a su disposición y del
equilibrio corriente del poder entre las diversas fracciones vinculadas a tal o cual
modo de transmisión.
Sería, en consecuencia, un error -A lfred North Whitehead lo bautizó como
“sofismo de la concreción mal ubicada”—9 investigar correspondencias término a
término en diferentes sociedades nacionales entre las instituciones encargadas de
perpetuar la red de las posiciones de poder (por ejemplo, buscar un equivalente
norteamericano o británico exacto de la École Nationale d’Administration, que no
existe). Es necesario más bien, aplicando el modo de pensamiento relacional
sintetizado por la noción de campo, esforzarse, en cada caso particular, por poner
en evidencia empíricamente las configuraciones específicas tomadas por el comple­

7 P a ra una discusión de las seducciones de la reducción ideográfica a propósito del análisis del
campo universitario francés de Bourdieu, véase Loíc W acquant, “ Sociology as Socio-Analysis:
T ales o f ‘Homo Academ icus’”, S ociologica l F oru m , 5, invierno de 1990, p. 677-689.
s L a constitución histórica de la oposición entre el “dinero” y el “arte" en la Francia del siglo
xix está trazada en P ierre Bourdieu, Les régles de l ’art. Geiiese et ¡structure du cham p littéra ire,
París, Seuil, col. “L ib re exam en” , 1992, reedición col. “Points” , 1998.
9 A lfre d N orth W hitehead, Science and the. M od era W orld, N u eva York, N ew A m erican
L ib ra r}', 1948, p. 52 (1" edición 1925) [L a ciencia y el m undo m oderno, Buenos A ires, Losada.
19491.

156
jo de oposiciones que estructura el espacio social, el sistema de educación y el
campo del poder, así como sus interconexiones.
A modo de ilustración breve, la estructura del espacio de la enseñanza de elite
se organiza, en el casofrancés, alrededor del dualismo horizontal dividido entre,
grandes escuelas (que, en su mayoría, son escuelas doctorales selectivas basadas
en un numerus clausus, de las clases preparatorias especializadas y de los
concursos de ingresos nacionales, que conducen directamente a los cargos más
elevados de su profesión respectiva) y universidades (instituciones de masa
abiertas a todos aquellos que terminan sus estudios secundarios y vinculadas de
manera laxa al mundo profesional) y, en el seno del campo de las grandes
escuelas dividido entre, según un segundo eje, los establecimientos orientados
hacia valores intelectuales y aquellos que conducen a posiciones de dirección
económica y política. En el sistema de educación descentralizado de los Estados
Unidos, esas dualidades son refractadas en una serie de oposiciones encastra­
das, verticales tanto como horizontales, que m aterializa la oposición entre
sector privado y sector público (y esto desde la enseñanza secundaria), entre los
com.muni.ty colleges (establecimientos postsecundarios de recuperación o que
ofrecen un diploma desvalorizado al cabo de dos o tres años de estudios pro­
fesionalizados) y las universities (cursos de cuatro años que conducen a un título
con valor nacional) y, por último, entre la gran masa de las instituciones de
formación del 3er ciclo y un puñado de campus de elite (encarnado en institucio­
nes privadas de la costa Este que forman \alvy League) que se arrogan la parte
del león de los cargos de poder tanto en lo privado como en lo público.10 Por el
hecho del arraigo histórico profundo de la preponderancia del capital económico
sobre el capital cultural en ese país, la oposición entre ambos polos del poder y
entre las fracciones correspondientes de la clase dominante estadounidense, no
se materializa bajo la forma de cursos o de escuelas rivales. E lla se proyecta en
el seno mismo de cada universidad de elite en las relaciones conflictivas y tensas
entre las escuelas doctorales (gradúate divisions) de las humanidades y de las
ciencias, por un lado, y las escuelas que forman en las pro-fesiones liberales
(particularmente derecho, medicina y comercio), por el otro, así como en las
relaciones divergentes que éstas mantienen con los poderes establecidos y en las
imágenes contrastadas del saber a las que apelan (la investigación contra el
servicio, la crítica contra la experiencia, la “creatividad" contra la “utilidad”,
etcétera.).

10 Sobre estas divisiones, véase respectivam ente Ira Katznelson y M a rga ret W eir, S ch oolin g
fo r A ll: Race, Class, and the Decline, o f the D em ocra tic Id ea l, Nueva York, Basic Books, 1987,
particularm ente p. 208-221; Barbara Falsey y Barbara Henys, “The C ollege Channel: P ríva te
and Public Schools Reconsidered”, Soci.ology o f E ducation, 57, abril de 1984, p. 111-122; P e te r
W. Cookson Jr. y C aroline H odges Persell, P re p a rin g fo r Pow er: A m erica's E lite B oa rd in g
Schools, N u eva York , Basic Books, 1985; Steven B rint y Jerom e Karabel, The D iverted D ream
C om m u n ity Colleges an d the Promi.se o f E d u ca tion a l O p p ortu n ity in A m erica, 1950-1985,
N u eva Y o rk y Oxford, Oxford U n iversity Press, 1989; y W iliiam Kingston P ow ell y Lion el S. Lew is
(dirs.), H ig h S tatus T ra ck : Studies o f E lite Schools and S tra tifica tion , Albany, State U n iversity
o f N e w Y ork Press, 1990.

157
A pesar de todas esas diferencias de posición, la rod estrechamente integrada
de las universidades de la Ivy League y de los boarding schools (secundarios
privados) funciona a la manera de un analogon cercano, aunque parcial, del
dispositivo francés de las grandes escuelas y de los cursos preparatorios que
están vinculados. Porque la “simple afirmación de que las escuelas de elites
existen, particularmente las escuelas de elites sociales, va contra la vena
norteamericana’5,11no es tal vez superfluo recordar brevemente hasta qué punto
éstas son exclusivas - y excluyentes-. Basta para ello observar que la casi
totalidad délos diplomas de los boarding schools estadounidenses más altos (que
representan el 1% de los alumnos de las secundarias norteamericanas) acceden
a la enseñanza superior, contra un 76% de alumnos de escuelas católicas y de
otros establecimientos privados, y 45% de los últimos cursos de secundarios
públicos tomados en conjunto. Esos estudiantes sobreprivilegiados, cuyo noven­
ta por ciento son hijos de profesionales liberales y de gerentes de empresa (dos
tercios de sus padres y un tercio de sus madres pasaron por un tercer ciclo
universitario o una escuela que forma en las profesiones liberales) son también
aquellos que tienen las posibilidades más fuertes de frecuentar los campus más
valuados, incluso controlando estadísticamente los scores de aptitud escolar: en
1982, cerca de la mitad de las preppies que salen de los boarding schools de la
costa Este se presentaron como candidatos a las universidades de la Iv y League
y 42% de esos candidatos fueron admitidos allí, contra el 26% de todos los
candidatos a nivel nacional (incluso cuando estos últimos salen del 4% de los me­
jores alumnos del país), gracias a los lazos organizacionales estrechos y a los
canales de reclutamiento activos que vinculan a los boarding schools con lo
mejor de las universidades privadas.12
En 1984, trece boarding schools de elite apenas habían asegurado la instruc­
ción del 10% de los miembros de los consejos de administración de las empresas
estadounidenses más grandes, y de cerca de una quinta parte de los dirigentes
de las 200 primeras sociedades comerciales e industriales del país. En efecto, la
combinaci ón de diplomas universitarios exclusivos y de un origen social elevado
multiplica la probabilidad de acceder al “círculo interior” ( inner circle) del poder
de empresa. Entre los cuadros de alto rango, la posesión de títulos escolares
prestigiosos refuerza el efecto del origen de clase elevado para determ inar el
acceso al cargo de director general, la participación en el consejo de adm inistra­
ción de empresas internacionales y la dirección de grandes asociaciones
patronales. Y, del mismo modo que en Francia los títulos escolares que
sancionan “una cultura burocrática generalizada” tienden a suplantar los
certificados de aptitud técnica, en los Estados Unidos un diploma de elite en
derecho o una maestría ( bachelor’s degree) obtenida en un college privado
selectivo confieren aun cuadro una posibilidad mayor de alcanzar la cima de la

11 P eter W. Cookson Jr. y Caroline Hodges Persell, P re p a rin g fo r Pm uer, op. cit., p. 15. Las
cifras que siguen también son de este excelente estudio, capítulo 3.
12 Caroline Hodges Persell y P eter W. Cookson Jr., “C hartering and B artering: E lite Education
and Social Reproduction” , S ocia l Problem s, 33, diciem bre de 1985, p. 114-129.

158
pirámide de las responsabilidades en el mundo de la empresa que una m aestría
obtenida en una escuela de comercio reputada.13
Los diplomas de las boarding schools y de las universidades de elite que
descienden de familias acomodadas repertoriadas en el Social Register también
están masivamente sobrerrepresentadas en las altas esferas del Estado norte­
americano (especialmente en el seno del Consejo de ministros, del aparato
judicial y de las comisiones y consejos oficiales), entre el personal político, en los
gabinetes de los abogados más reputados, los medios nacionales, las organiza­
ciones filantrópicas y las artes.14Y aquellos que emergen del modelo de lasprep.
schools para convertirse en hombres de poder en Washington, Boston o Los
Ángeles no se sienten menos seguros de gozar de su posición y de sus
prerrogativas que sus equivalentes de la calle Saint-Guillaume en París.

O rd en social y o rd en gnoseológico

Distinguiendo los resultados empíricos (específicos) del modelo teórico (general)


contenidos en La noblesse d’État, se puede proponer aquí un programa de
sociología genética y estructural comparativo de los campos de poder nacionales
capaz de hacer un censo, para cada sociedad, de las formas eficientes de capital,
y capaz de especificarlos determinantes sociales de sus grados de diferenciación,
de distancia y de antagonismo, y de evaluar el papel cumplido por el sistema de
las escuelas de elite (o por instituciones funcionalmente equivalentes) en las
relaciones entre esas formas de capital.
Una investigación tal confirmaría sin ninguna duda que la mayor opacidad del
mundo de reproducción escolar y, pues, su capacidad mejorada para disimular
la perpetuación del poder, tiene un precio. En principio, es cada vez más costoso
ser un heredero: en todas partes, las escuelas de elite someten de manera típica
a sus estudiantes a regímenes de trabajo draconianos, modos de vida austeros
y prácticas de mortificación intelectual y social que implican un sacrificio personal

11 M ichael Unseem y Jerome Karabel, “Educactional P athw ays to Top Corporate M an age­
ment", A m e rica n S ociologica l Reuiew, 51, abril de 1986, p. 184-200.
K M ichael Unseem , The In n e r C ircle: L a rge C orporatw ns and the R ise o f Business P o litic a l
A ctiv ity in U.S. and U.K .. N u eva York, Oxford U n iversity Press, 1984; P eter W. Cookson .Jr.
y Caroline H odges Persell, P re p a rin g fo r Pow er, op. cit., p. 198-202; M ichael Schw artz (dir.), The
S tru ctu re o f Pow er in A m erica : The C orporate E lite as Ruli.ng Class, N u eva York, H olm es and
M eier, 1987; George E. Marcus, Lines in T ru st: The Fortunes o f Dynastic F a m ilie s in La te 20"'
Century A m erica , Boulder, W estview Press, 1991; G. W illiam Domhoff, The Pow er E lite and
the State, N u eva Y o rk y B erlín, Aldine, 1993; Steven B. Levine, “T h e R ise o f Am erican B oarding
Schools and the D evelopm ent o f a N ation al U pper Class”, S ocia l Problem s, 28, abril de 1980, p.
63-94; y, para una perspectiva histórica, E. D igby B altzell, P h ila d elp h ia G entlem en: The M a k in g
o f a N a tio n a l Upper Class, N ew Brunswick, Transaction Press, 1989 (1" edición 1958). Tam bién
debe observarse que la pertenencia com pleta al campo del poder estadounidense por la vía de
la enseñanza de elite continúa estando reservada de hecho a la casta de los blancos (R ichard L.
Z w eigen h aft y G. W illiam Dom hoff, Blacks in the W hite E stablishm ent? A Study o f Race and
Class in A m erica , N e w H aven, Y a le U n iversity Press, 1991),

159
considerable. Luego, la lógica estocástica que gobierna desde entonces la transmi­
sión de los privilegios es tal que, aunque gocen desde el comienzo de todas las
ventajas posibles, todos los hijos de P-DG, de cirujano o de académico no tienen
asegurado el acceso a posiciones sociales eminentes comparables al fin del curso.15
La contradicción específica del modo de reproducción con componente escolar
reside precisamente en la disociación entre el interés colectivo de la clase que
salvaguarda el campo de las escuelas de elite y el interés de aquellos de sus
miembros individuales que debe inevitablemente sacrificar para hacerlo.
Bourdieu sostiene que la movilidad descendiente (limitada) de un contingente
de jóvenes de la clase superior, así como las “trayectorias desviantes” y transver­
sales que conducen a cierto número de ellos de un polo del campo de poder a otro
-por ejemplo, cuando descendientes de fracciones cultivadas de la burguesía
acceden a puestos de responsabilidad política o económica-, son fuentes poderosas
de cambio en el seno del campo del poder y contribuyen al desarrollo de los “nuevos
movimientos sociales” que han florecido en la era de la competencia escolar
universal. Algo seguro es que, bajo ese régimen, todos los herederos no son a la
vez capaces ni están deseosos de cargar con el fardo de la sucesión.
Esto implica que, para cumplirse plenamente, una sociología generadora de las
lógicas múltiples del poder no puede contentarse con erigh' una topología objeti-
vista de las distribuciones del capital. Debe englobar en su seno esa “psicología
especial” a la que Durkheim apelaba pero que no ofreció nunca.16 Debe, en otros
términos, dar cuenta plenamente de la génesis social y de la puesta en obra de las
categorías de pensamiento y de acción a través de las cuales los participantes en
los diversos mundos estudiados perciben y actualizan (o no) las potencialidades que
encierran. Para Bourdieu, un análisis semejante de la actividad cognitiva práctica
de los individuos es indispensable porque las estrategias sociales nunca están
determinadas unilateralmente por constricciones objetivas del agente. Más exac­
tamente, la práctica se engendra en la correspondencia, a veces armoniosa y a
veces discordante, entre las posiciones y las disposiciones, “las estructuras sociales
y las estructuras mentales”, la historia “objetivada” como campo y la historia
“incorporada” bajo la forma de esa matriz de preferencias y de propensiones
socialmente modeladas que constituye el habitus.n

Ifi Cookson y Persell señalan que la “correspondencia entre el paso por un boa rd m g school
y la admisión en los círculos de la elite” no tiene nada de perfecto {P rep a rin g fo r Power, op. cit.,
p. 204 y ss.) e indican que los hijos de la clase dominante estadounidense son cada v e z más
reticentes a tolerar el sacrificio de sí, el aislam iento, el sufrim iento físico y el ascetismo invasor
que requiere la transmisión del poder. Un núm ero no desdeñable de ellos abandonan la escuela
preparatoria (o se ven excluidos), hacen tentativas de suicidios o sim plem ente deciden seguir
otras vocaciones menos austeras.
,K “Afirm am os que la sociología no cumplió com pletam ente su tarea en tanto que no ha
penetrado en el fuero interior del individuo en vistas a vincular las instituciones que intenta
explicar con su condición psicológica” (É m ile Durkheim, “ Sociologie religieu se e t théorie de la
connaissance” , Revue de métaphysique et de morale, 17, 1909, p. 755).
1' P a ra una discusión más completa de la relación de doble sentido entre habitúa y campo, véase
P ierre Bourdieu y L oíc W acquant, Réponses. P o u r une a n thropologie réflcxiue, París, Seuil, col.
“ Lib re exam en” , 1992, p. 20-26 y 72-115.

160
Por esto, La noblesse d ’É ta t se abre con un análisis de las taxonomías y de las
actividades prácticas por las cuales educadores y estudiantes producen conjun­
tamente la realidad cotidiana de las escuelas de elite francesas como Lebenswe.lt
significante. En 1a primera parte del libro (“Méconnaissance et violence symbo-
lique”), Bourdieu nos introduce en el mundo de una profesora de filosofía del
curso preparatorio de la École Nórm ale a fin de perm itim os aprender a pensar,
sentir y ju zgar como uno de ellos y así comprender desde el interior, de alguna
manera, la evidencia de la relación umbilical - y sin embargo perpetuamente
negada- que se anuda en su seno entre la excelencia escolar y la distinción de
clase. Y en la segunda parte (“L ’ordination”), reconstruye con una precisión
minuciosa y un sentido agudo del pathos de las operaciones cuasi mágicas de
segregación y de agregación gracias alas cuales la nobleza escolar se unifica por
el cuerpo y el alma y ve insuflarse la certeza total de la justeza de su misión
social. E l (re)modelado completo del sujeto que im plícala fábrica del habitus del
dominador revela cómo el poder se insinúa moldeando los espíritus y forjando
los deseos desde el interior tanto si no más que a través d éla “sorda constricción”
de las condiciones materiales que operan desde el exterior.
Lejos de resolverse en el juego mecánico de las estructuras homologas (y de
las correspondencias secundarias entre homologías que operan en diferentes
niveles del campo del poder y délos subcampos que lo componen) Bourdieu llega
a mostrar que la dominación emerge en y por esa relación pa rticu la r de
concordancia o de “•c om plicidad” in mediata e infra-consciente entre la. estructu­
ra y el agente que se establece desde el momento en que los individuos
construyen el mundo social a través de principios de visión que están organiza­
dos de acuerdo a sus divisiones objetivas. Puede afirmar así en el mismo
movimiento, y sin contradicción, que los agentes sociales están determinados
plenamente y son plenamente determinantes (disolviendo de este modo la
oposición escolástica entre el agente y la estructura).
Para parafrasear una célebre fórmula de Marx, podría decirse que, para
Bourdieu, los hombres y las mujeres “hacen su propia historia, pero no la hacen
arbitrariamente” con categorías “elegidas por ellos”, sino con categorías “direc­
tamente dadas y heredadas” de esa historia.18Y se podría añadir, sin sucumbir
al idealismo, que el orden social es, en el fondo, un orden gnoseológico, siempre
que se reconozca en el mismo movimiento que los esquemas cognitivos a través
de los cuales conocemos, interpretamos y reunimos activamente nuestro
mundo son construcciones sociales que transcriben en el interior de los cuerpos
de los individiios las constricciones y los triunfos de nuestro medio de origen.

la Kavl M arx, Le 18-B rum aire du Louis-N a p oléon Bonaparte, París, Pauvert, 1982, p. 219.

161
L a m onopolización
de la violen cia sim bólica legítim a p o r el E stado

Puede parecer curioso que L a noblesse d ’Etat dé poco lugar a las estructuras
oficiales del Estado, a sus políticas y a su personal —a los fondos de comercio
tradicional de los sociólogos del Estado-. Esta ausencia deliberada apunta a
dram atizar uno de los argumentos clave de Bourdieu: el Estado no está nece­
sariamente allí donde se lo busca habitualmente (dicho de otro modo, allí donde
nos da la orden silenciosa de echar nuestra mirada o nuestra red), o, más
exactamente, está precisamente allí donde no se lo espera y donde no se
sospecha que su eficacia y sus efectos son los más poderosos.19
Para Bourdieu, la especificidad del Estado en tanto que organización nací da de.
y dedicada a la concentración de los poderes no reside allí donde las teorías
materialistas lo ubican generalmente, de Max Weber a Charles Tilly pasando por
Norbert Elias. Estamos muy aferrados a la concepción del Estado, heredada del
siglo xviii, como “colector de ingresos y sargento reclutador” cuando vemos en él
esa instancia que se arroga, con éxito, el monopolio de la violencia física legítima
y cuando descuidamos damos cuenta que también se ha apropiado, de manera más
decisiva, del monopolio de la violencia simbólica legítima.21’Pierre Bourdieu señala
el hecho de que el Estado es ante todo el “banco central de crédito simbólico” que
avala todos los actos de nominación por los cuales las divisiones y las dignidades
sociales son asignadasy proclamadas, es decir, promulgadas como universalmente
válidas en los límites de un territorio y de una población dadas. Bajo este ángulo,
el título escolar es la manifestación paradigmática de esa “magia de Estado” por la
cual las identidades y los destinos sociales son fabricados, magia que fusiona
competencias técnicas y competencias sociales de modo de transmutar privilegios
exorbitantes en derechos legítimos.
L a violencia del Estado no se ejerce entonces solamente (o incluso principal­
m ente) sobre los subalternos, los locos, los enfermos y los criminales. E lla pesa
sobre todos nosotros, en una miríada de maneras minúsculas e invisibles, cada
vez que percibimos y construimos el mundo social a través de las categorías
instiladas en nosotros por nuestra educación. El Estado no se manifiesta
solamente bajo la forma de burocracias, de autoridades y do ceremonias.
También está grabado en nosotros de manera imborrable, alojado en la
intimidad de nuestro ser, en nuestras maneras compartidas de sentir, de pensar
y de juzgar. No es el ejército, el asilo, el hospital o la cárcel, sino más bien la

10 Bourdieu acuerda en esto con Philip Ahrams, quien señalaba {en “ Kot.es on the D ifíieulty
o f Studying the S tate”, J o u rn a l o f H istórica ! Sociology, 1-1, 1988, p. 58-89) que uno de los
principales obstáculos a la sociología del Estado reside en la capacidad especial que tiene este
últim o de secretar su propio poder.
zu p jerre Bourdieu, “E sprit d’Etat. Genése et structure du ehamp b u re a ucra ti que”, A ctes de
la recherche en sciences sociales (1993), reeditado en P ierre Bourdieu, Raisons p ra tiq u e s. S u r
la théorie de l ’action, París, Seuil, col. ‘ Points”, 1994. De hecho, se podría argum entar que es
necesario que el Estado haya capturado una gran cantidad de poder simbólico para estar en
condiciones de establecer la legitim idad de su uso.

162
Escuela la que, en este sentido, es el servidor más poderoso y la correa de
transmisión del Estado más eficaz.
Durkheim estaba en lo cierto cuando, como buen kantiano que era, describía
el Estado como un “cerebro social” cuya “función esencial es pensar” , un “órgano
especial encargado de elaborar ciertas representaciones que valen para la
colectividad”.21 Pero, insiste Bourdieu, esas representaciones son aquellas de
una sociedad dividida en clases, no las de un organismo social unificado y
armonioso; y su aceptación es el producto de una imposición furtiva y no de un
consentimiento espontáneo. A diferencia de los mitos totémicos, las “formas
escolares de clasificación” que proveen la base de la integración lógica de los
Estados-nación avanzados son ideologías de clase que sirven intereses particu­
lares en el m ovimiento mismo por el que los presentan como universales. Los
instrumentos de conocimiento y de construcción de la realidad social difundidos
e inculcados por la escuela son también, e ineluctablemente, instrumentos de
dominación simbólica. Así la nobleza basada en los títulos escolares debe la
fidelidad -e n el doble sentido de sumisión y de creencia- que nosotros le
acordamos al hecho de que los “marcos de interpretación” que el Estado forja y
nos impone por intermedio de la escuela son, para tomar otra expresión feliz de
Kenneth Burke, otros tantos “marcos de aceptación [acceptance fram es]”22 que
nos hacen doblegarnos dulcemente al yugo que ni siquiera sentimos.

L a s astueias de la razón

Al librar en principio una anatomía de la producción del nuevo capital, después


de un análisis de los efectos sociales de su circulación en los múltiples campos
que participan del trabajo de dominación, L a noblesse d ’E ta t revela que la
sociología “de la educación” de Bourdieu es —lo que siempre ha sido en verdad-
una antropología generativa de los poderes centrada en la contribución especí­
fica que las formas simbólicas aportan a su funcionamiento, su conversión y su
naturalización. Del mismo modo que el triunvirato fundador de la sociología
clásica estuvo preocupado por la religión como opio del pueblo, cimiento moral
y teodicea de la modernidad capitalista naciente, el interés constante de
Bourdieu por la escuela procede del papel que le asigna como garante del orden
social contemporáneo por el efecto de la magia del Estado que consagra las
divisiones sociales al inscribirlas simultáneamente en la objetividad de las dis­
tribuciones materiales y en la subjetividad de las clasificaciones cognitivas.
La advertencia de W eber según la cual “los diplomas de estudio crearán una
‘casta’ privilegiada” se ha revelado visionaria: los tecnócratas que dirigen las
empresas capitalistas y las administraciones públicas de hoy tienen a su

21 É m ile Durkheim , “Détinition de l’État”, en Ém ile Durkheim , Le<;cms de sociologw , París,


P U F , 1950, p. 89 y 87.
22 Kenneth Burke, Atlitud.es Towcirchi H istory, Berkeley, Th e U n iversity o f California Press,
1 9 8 4 (1 “ edición 1937).

163
disposición una panoplia de poderes y de títulos -d e propiedad, de educación y
de descendencia- sin precedente histórico. No tienen necesidad de elegir entre
el nacimiento y el mérito, la ascription y el achievement, la herencia y el
esfuerzo, el aura de la tradición y la eficiencia de la modernidad, porque pueden
abrazarlas en conjunto. Y, sin embargo, el sobrio diagnóstico que hace Bourdieu
del advenimiento de la nobleza de Estado no nos condena al cinismo y a la
pasividad, ni al falso radicalismo de la retórica de la “reivindicación cultural” o
de la política de las identidades comunitarias. Porque la autonomía relativa de
que debe, por necesidad, gozar el poder simbólico para cumplir su función
legitimadora implica siempre la posibilidad de su desvío al servicio de objetivos
otros que la reproducción. Es particularmente cierto que la dominación se ejerce
en nombre de la razón, de la universalidad y del bien público.
L a razón, sostiene Bourdieu llevando el racionalismo historicista hasta su
límite, no es ni un giro de ilusionista nietzscheano alimentado por la “voluntad
de poder”, ni una invariante antropológica arraigada en la estructura inmanen­
te de la comunicación humana, como en Habermas, sino una invención histórica
poderosa y frágil a la vez, nacida de la multiplicación de esos microcosmos
sociales, tales como los campos de la ciencia, del arte, del derecho y de la política,
en el seno de los cuales los valores universales pueden encontrarse realizados,
aunque imperfectamente.23Que un número cada vez más grande de protagonis­
tas del juego de la dominación encuentre necesario elaborar justificaciones
racionales de sus acciones aumenta las posibilidades de que éstas favorezcan a
sus en corporaciones defendiendo la marcha hacia adelante de la razón.
Jugar con lo universal es jugar con el fuego. Y el papel colectivo de los
intelectuales en tanto que defensores del “corporativismo de lo universal” es
constreñir a los poderes temporales a poner sus actos de acuerdo con las normas
de la razón que invocan, aunque hipócritamente, y a forzarse unos a otros a
respetarlas. Esto ubica a la ciencia - y la ciencia social en particu lar- en el
epicentro de las luchas de nuestro tiempo. Porque cuanto más es convocada la
ciencia por los dominadores al servicio de su dominación, más se vuelve vital
para los dominados apropiarse de sus resultados y de sus instrumentos. Tales
son la significación y el objetivo políticos de La noblesse d ’État: contribuir a ese
conocimiento racional de la dominación que, no obstante las jerem iadas
ofendidas de los profetas del posmodernismo, sigue siendo nuestra mejor arma
contra la racionalización de la dominación.

n P ie r r e B ou rdieu , “ T h e S ch olastic P o in t o f V ie w ” , C u ltu ra l A n th ro p o io g y , 5, n o viem b re


de 1990, p. 380-391; y P ie rre B ourdieu, R a ison s p ra tiq u e s , op. c it.; “ U n a cle désin térossé
est-il possible?” , ibíd.. p. 161-167. P a ra dos in terp reta cio n es e stim u la n tes de la “te rc e ra v ía ”
p rop u esta por B o u rd ieu e n tre el ra c io n a lis m o m o d ern ista y el r e la tiv is m o lla m a d o
posm oderno, vé a s e C ra ig C alhoun, “ H ab itu s, F ie ld and C ap ita l: H is tó ric a ! S p c c ific ity in the
T h eo ry o fP r a c t ic e ” , en C ra ig Calhoun, E d w ard L ip u m a y ¡Vloishe Postpon e, C r it ic a l S o c ia l
T h e o ry : C u ltu re , H istory , a n d the C h a llen g e o f D iffe re n ce , O xford, B a sil B ta c k w c ll, 1995,
p. 132-61; y P au l Raym ond H a rriso n , “B ou rd ieu and th e P o s s ib ility o f a P osm od ern
S o cio lo g y ” , Thesis E le v e n , 35, 1993, p. 36-50.

164
DEL DERECHO
AL CAMPO JURÍDICO*
Remi Lenoir

Desde sus primeras investigaciones antropológicas, realizadas a fines de los


años 1950 en K ab iliay en Béam , Bourdieu se remitió a los trabajos dirigidos muy
a menudo por juristas sobre las costumbres y el derecho que implicaban directa
o indirectamente las prácticas matrimoniales y de sucesión.1Bourdieu repetía
a menudo que los juristas habían sido los primeros en conocer el mundo social
por las funciones que asumen pero también gracias a las categorías jurídicas que
les perm iten interpretar las prácticas y pensar las instituciones. Entre otras
cosas, Bourdieu hacía alusión al uso del derecho romano que los legistas habían
tomado desde el siglo x i i para pensar y construir el Estado moderno. También
le gustabamostrar laingeniosidadjurídica que perm itía paliar las insuficiencias
ligadas al estado biológico délos individuos: la permanencia délas instituciones
más allá de la duración o de los accidentes de la vida de los individuos (“el rey
ha muerto, viva el rey”, “la función sobrevive al funcionario” ), la ubicuidad geo­
gráfica de los actores sociales gracias a procedimientos de delegación, etc. Por
último, en sus obras teóricas, entre las más importantes (por ejemplo, Le sens
pratique olas M éditations pascaliennes), la entrada “ derecho” figura en el índice
temático.
Pero como lo señalan las remisiones agregadas a menudo a esas entradas, el
derecho también está asociado al “universo de la regla” y a lo que él denomina
el “juridism o”;2pero si estuvo lejos de ignorar el derecho, no hizo de él un objeto
de sus investigaciones.3Por dos razones. Desde sus primeros trabajos etnológi-

E.stc texto es una versión m odificada de una intervención en el coloquio que Denys de
Béchillon y A la in Bernard, profesores de derecho, organizaron en la U n iversidad de P a u y de
Adour, el 2S y 29 de noviem bre de 20Ü2, en hom enaje a Pierre Bourdieu.
1P ierre Bourdieu, Sociologie de VAlgérie (1“ edición 1958), París, PU F, col. “ Que sais-je?”, 2001
y P ierre Bourdieu, L e bal des célibataires. Crise du la société paysanne en Béarn, París, Seuil,
col. “P oin ts”, 2002.
2 Para un ejem plo, véase P ierre Bourdieu, Les struclures sociales de l ’économ ie, París, Seuil,
col. “L ib e r”, 2000.
:l Sin hablar de su artículo sobre “L a forcé du droit. Élém ents pour une sociologie du champ
ju rid iqu e”, Actes de la recherche en sciences sociales, 64, septiem bre de 1986, p. 3-19, debemos
sin em bargo señalar el gran interés en la historia de los estudios jurídicos a propósito de las

165
eos, no dejará de criticar las categorías y los presupuestos de la filosofía
intelectualista del estructuralismo que Bourdieu identificaba con el “juridism o”
y la concepción de la acción social subyacente: tomar el modelo construido por
el etnólogo o el derecho elaborado por el legista como principios de engendra­
miento de las prácticas.'1A propósito de la lingüística, pero podría haberlo dicho
respecto tanto de la etnología como del derecho, Bourdieu escribía más
generalmente que “la filosofía intelectualista hacía del lenguaje un objeto de
intelección, más que un instrumento de acción y de poder”,5 algo que es objeto
del estudio sociológico. Además, concebía el trabajo del jurista como el revés, si
no lo inverso, del trabajo del sociólogo: categorizar, clasificar, definir, trazar
límites, operaciones que efectúa el derecho. E l jurista tiende a registrar las
prácticas sociales dándoles la apariencia de la evidencia lógica, mientras que el
sociólogo busca, por el contrario, “deconstruirlas”, es decir, mostrar su arbitra­
riedad (en el sentido de Saussure). Bourdieu replicaba con el “juridismo” no un
modo de pensamiento propio de los juristas, que sólo estudiará de modo rápido
y general, sino una de las formas del intelectualismo, el modo de pensamiento
académico que él ha estudiado de modo profundo en sus investigaciones sobre
los sistemas de parentesco y sus investigaciones sociológicas sobre las funciones
del sistema de enseñanza.® La relación con el mundo social que implica ese
modo de pensamiento, y más particularmente lo que él ha denominado “el
inconsciente epistemológico del estructuralismo” ,7 se inscribe, en efecto, en
una tradición intelectual, la tradición escolástica cuyos presupuestos concer­
nientes a la acción social han sido el objeto de un amplio análisis, especialmente
en las M éditationspascaliennes *

R e gla y sentido práctico:


la n oción de h abitu s

E l punto de partida del análisis es el siguiente: la observación de regularidades


estadísticas no autoriza a ver allí el producto de la obediencia a reglas, órdenes

costumbres locales de Béarn y en la organización social de las poblaciones de los Pirineos (cerca
de unas cuarenta referencias). N o se tra ta solam ente de una bibliografía sino de un esbozo de
análisis crítico de ese tipo de trabajo que emana en particular de los historiadores del derecho
(“N otes bibliographiques” , redactadas en colaboración con M arie-C laire Bourdieu, en P ierre
Bourdieu, L e bal des célibataires, op. cit., p. 130-145).
4 P ie rre Bourdieu, “Introduction” , en P ie rre Bourdieu (dir.), U n art moyen. E ssai su r les
usages sociaux de la photographie, París, M inuit, 1965, p. 17-28 (con Luc Boltanski, R obert C astel
y Jean-Claude Cam boredon).
5 P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r veut dire. L ’économ ie des échanges lin gu istiqu es, París,
Fayard, 1982, p. 13. E l subrayado es de Bourdieu.
11"E l intelectualism o transfiere la verdad objetiva establecida por la ciencia en una práctica
que excluye por esencia la postura teórica que hace posible el establecim iento de esa verdad".
(P ie rre Bourdieu, L e sens pratique, París, M in u it, col. “L e sens commun” , 1980, p 66).
7 P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r veut dire, op. cit., p. 13, nota 1.
s P ie rre Bourdieu, M éditations pascaliennes, París, Seuil, col. “ Lib er” , 1997,

166
o prohibiciones. Ahora bien, la tradición etnológica, en el origen fuertemente
marcada por las categorías jurídicas (varios délos primeros etnólogos tenían una
formación de juristas),9 tiende a tratar toda práctica como la ejecución de un
orden, de un plan, de un proyecto. Es en este sentido que respecto de los estudios
de los sistemas de parentesco se puede hablar de “juridismo” . Se trata de un
modo de pensamiento que vuelve a explicar las prácticas como si estas últimas
fuesen directamente dcducibles de las reglas que el derecho fija e impone y cuya
forma extrema es el “silogismo jurídico” . El juridismo, precisa Bourdieu, es una
“suerte de academicismo de las prácticas sociales que, habiendo extraído del
opus operatum. los principios de su producción, hace con ello la norma que lig e
explícitamente las prácticas” .10Porque, según el autor de Le sens pratique, las
estructuras no actúan solas; ellas resultan de acciones realizadas por los actores
sociales, incluso si esas acciones están estructuradas, como lo recuerda el lugar
central que ocupa la noción de habitus en “la teoría de la práctica” que concibió
desde sus pi'imeros trabajos etnográficos. Esta noción es el instrumento con­
ceptual que le perm itirá romper con la postura que implica el formalismo
jurídico: Bourdieu desplaza sus observaciones de los sistemas de reglas a los de
las prácticas y las disposiciones, “yendo de las normas explícitas a los esquemas
prácticos” y de las “intenciones de una conciencia clara de sí misma a las
intuiciones como inconscientes del habitus”. "
Lo que puede aparecer como un cambio de vocabulario es un cambio de punto
de vista: “Se trata de evitar fijar al principio de la práctica a los agentes de la
teoría que debe construirse para dar cuenta de ello”.1 -2 De allí la necesidad de
aclarar la noción de reglas y sus usos. Los deslizamientos de sentido tienen por
efecto ocultar lo que constituye el problema epistemológico inherente al empleo
de la noción de regla y de sus equivalentes: “No se sabe nunca exactamente si
por regla se entiende un principio de tipo jurídico o casi jurídico más o menos
conscientemente producido y dominado por los agentes o un conjunto de re­
gularidades objetivas que se imponen a todos aquellos que entran en un juego.
Es a uno u otro de esos dos sentidos a los que uno se refiere cuando habla de regla
del juego. Pero incluso puede pensarse en un tercer sentido, el de modelo, de
principio construido por el estudioso para dar cuenta del juego. Yo creo que al
escamotear esas distinciones uno se expone a caer en uno de los paralogismos
más funestos en ciencias humanas, el que consiste en dar, según la vieja
observación de Marx, ‘las cosas de la lógica por la lógica de las cosas’. Para

P a ra citar los más conocidos: H enry Jam es M ain e (1822-1888), A n d e n La iv (1861); Johan
Jakob Bachofen (1815-1887), D as M u tterrech t (1861); John Ferguson M clennan (1827-1881),
P rim itiv e M a rria g e (1865); L ew is H en ry M organ (1818-1881), Systems o f Consanguinity and
A ffin ity o f the H u m a n F a m ily (3871), etc. En este punto, véase Edw ard E. E vans-Pritchard,
A n th rop ologie sociale, París, Payot, 1969, p. 37-57.
lu P ie rre Bourdieu, Esquisse p o u r une théorie de la pratique, precedido de T rois études
d ’etknologie kabyle (1" edición 1972), París, Seuil, 2000, p. 315.
11 P ierre Bourdieu, “Habitus, code et codification”, Actes de la recherche en sciences sociales,
64, septiem bre de 1986, p. 40-44.
12 P ie rre Bourdieu, Choses dites, París, M inuit, col. “L e sens commun”, 1987, p. 76.

167
escapar a eso, es necesario inscribir en la teoría el principio real de las
estrategias, es decir, el sentido práctico, si se prefiere, eso que los deportistas
llam an el sentido del juego, como dominio práctico de la lógica o de la necesidad
inmanente de un juego que se adquiere por la experiencia del juego y que
funciona más acá de la conciencia y del discurso (al modo, por ejemplo, de las
técnicas del cuerpo). Nociones como habitus o el sistema de disposiciones, de
estrategias están vinculadas al esfuerzo por salir del objetivismo estructuralista
sin caer en el subjetivismo” .13
En efecto, lanoción de habitus aparece como una hipótesis necesaria para dar
cuenta de observaciones hechas respecto de las representaciones que los
trabajadores argelinos o los campesinos bearneses se hacían de su futuro y,
luego, de las estrategias escolares de las diferentes clases sociales en Francia en
los años 1960. ¿A qué problema corresponde la noción de habitus? A l de la
correspondencia establecida a menudo entre las posibilidades objetivas que son
definidas por un individuo de cumplir tal o cual acto y la inclinación que puede
tener para hacerlo.1'1 En esos términos, Weber, a quien Bourdieu se refiere
particularmente en este aspecto, había formalizado esta observación que puede
resumirse así: en general, los individuos quieren lo que pueden. ¿Es como
consecuencia de un cálculo racional, de una suerte de cogito ? ¿Se trata de una
autodeterminación? No. Para escapar a esta abstracción, Bourdieu retom a la
noción filosófica de habitus para designar el proceso según el cual los indi viduos
son formados por las estructuras sociales encarnadas, incorporadas bajo forma
de estructuras mentales, sensitivas, corporales, afectivasy, más generalmente, de
disposiciones.ir’ Esta conformidad entre las estructuras objetivas y subjetivas,
entre las posiciones y las disposiciones es lo que perm itía también a Durkheim
decir que los individuos, formados por la práctica y para la práctica, estaban
dotados de una suerte de “justeza práctica”.16 Las disposiciones durablemente
inculcadas por las condiciones de vida tienden a engendrar prácticas objetiva­
mente compatibles con esas condiciones, y a asegurar así, fuera de toda postura
reflexiva, de todo cálculo racional, la correspondencia entre la probabilidad a
p rio ri de efectuar tal práctica y aquella a posteriori de cumplirla.17
Si el sociólogo, por las necesidades de la investigación, está obligado a cons­
truir gracias a la estadística las posibilidades objetivas es porque esta construc­
ción permite expresar mejor aquello que, en un tipo de condiciones sociales
dadas, está en relación causal con el habitus. Le es preciso buscar luego en el
entorno, en las experiencias primarias y secundarias todo lo que es el equiva-

“ Ibíd., p. 77.
14 P ierre Bourdieu, L e sens pratique, np. cit., p. 90-91.
13 Sobre la noción de disposición, véase Bmmanuel Bourdieu, S a v o ir faire. C on trib u tion á
une théorie d ispositionnelle de l ’action, París, Seuil. 1998, p. 109-192 y P ierre Bourdieu y Loíc
W acquant, Réponses. P o u r une anthropologic réflexive. op. cit., pp. 105-106.
É m ile Durkheim , Les regles de la méthode sociologique, París, P U F . 1963, p. 16 [L a s reglas
del m étodo sociológico, Barcelona, Folio, 20021.
17 P ierre Bourdieu, “A ven ir de classe et causalité de probable”, Reuue franqaise de sociología,
X V (1), enero-m arzo de 1974, p. 3-42.

168
lente real de lo que construye sobre el plano teórico con la noción de probabilidad
objetiva. Según Bourdieu, cada individuo recibe un conjunto de propiedades (son
las probabilidades objetivas): ser hijo de obrero agrícola significa tener cierta
probabilidad de ser migrante, de quedar soltero, de seguir la enseñanza
superior, de vivir hasta cierta edad. Pero ese lote, el individuo no lo hereda bajo
esta forma. Mecanismos, experiencias actuarán sobre él, un conjunto de
comportamientos en su entorno le recordarán el equivalente de esas probabili­
dades, que actúan como una suerte de “signos sociales” o de “llamados al orden”
que son el homólogo práctico de las posibilidades objetivas que el estudioso
comprende a posteriori ,1S donde el juego hará que todo actor social se conduzca
como lo hace.
Así, la teoría de la acción, tal como la ha construido y pensado Bourdieu, está
muy alejada de las formalizaciones jurídica, económica, lingüística o aun
etnológica.19En relación con el derecho, no se encuentra en la obra de Bourdieu
ningún análisis que podría vincularse con objetos que den cuenta tradicional­
mente de las actividades jurídicas stricto sensu. Si sus tres estudios de etnología
cabileña se ocupan de las estrategias matrimoniales y de sucesión, es menos
para determ inar sus leyes, en el doble sentido jurídico y estadístico, que para
analizar su contribución a la reproducción de las estructuras sociales: todo el
grupo está movilizado en las negociaciones y las representaciones a que dan
lugar y la lógica en acción es la del honor y no la de la ley. Bourdieu cita
maliciosamente a Montesquieu: “Lo que prohíbe el honor está más prohibido
cuando las leyes no lo prohíben, lo que prescribe, se exige aun más cuando las
leyes no lo exigen”.20Sucede lo mismo con sus trabajos realizados en Béarn que
analizan la crisis de la sociedad campesina en esa región y sus efectos, es­
pecialmente, a través de las contradicciones internas del sistema de intercam­
bios matrimoniales.
Este análisis del “juridismo”, precisa Bourdieu, no implica que sea negado el
efecto propio de la explicitación de la regla, sobre todo cuando ella surge de
sanciones, como es el caso de la regla jurídica, pero esa eficacia sólo está
fundamentada si el derecho es reconocido socialmente. Como repite a menudo,
en una fórmula abreviada, que remite a Max Weber, “la regla oficial no
determina la práctica sino cuando el interés en obedecerla prevalece por sobre
el interés en desobedecerla” .21Do modo que si es una eficacia propia de la regla
y, más generalmente, de la reglamentación, además de los derechos que acuer­
da y que autoriza, es un interés que está inevitablemente asociado, el de “tener

13 Los signos sociales 110 son “llam ados al orden" sino para “ los individuos predispuestos a
percibirlos, y que, como el frenado, desencadenan disposiciones corporales profundam ente
arraigadas sin pasar por las vías de la conciencia y del cálculo” (P ie rre Bourdieu, M éd ita tion s
pascaliennes, op. cit.. p. 210). Sobre la teoría de la acción de Bourdieu. Choscs dites, op. cil., p.
13-24.
10 E l subtítulo de Raisons pratiques precisa “Sur la théorie de l’action” (P ie rre Bourdieu,
Raisons pratiques S u r la théorie de l ’action. París, Seuil, col. “ Points”, 1994).
Citado en P ierre Bourdieu, Esquisse d ’une théorie de la p ra tiq u e , op. cit., p. 59.
21 Cfr., por ejemplo, P ierre Bourdieu, H abitus, code et codifi catión, op. cit., p. 40.

169
el derecho de su lado”, es decir, “tomar al grupo en su propio juego presentando los
intereses bajo las apariencias desconocidas de valores reconocidos por el grupo”.22
Por las ventajas, los triunfos y las prerrogativas a las que están vinculadas, o aun
a las sanciones y las penas que inflige, el derecho puede no solamente orientar las
conductas sino también, tanto en los profesionales del derecho como en aquellos
a quienes aconsej an, puede hacer existir explícita y oficialmente, en las conciencias
como en las cosas, las divisiones del orden social y los principios de la visión del
mundo a los que ellas corresponden.23
Pero las reglas en tanto que tales no se aplican por sí mismas. Según Bourdieu,
así como para Ludwig Wittgenstein, al que a menudo hace referencia a este
respecto, ellas no contienen en sí mismas las condiciones de su efectuación.
Ninguna regla, incluso aquellas que son explícitas y que están acompañadas de
sanciones, determina su aplicación. De modo que no se las podría considerar como
“causas”, en el sentido mecánico, de la acción individual. Así como “el acto de habla
no puede ser reducido a una simple ejecución”, una conducta no puede ser
interpretada como la aplicación de una regla,24 ni las regularidades observadas
como el producto de la “obediencia a las reglas”.25 Sin duda, “el juego social está
reglado, es el lugar de las regularidades”, y según Bourdieu, “para construir un
modelo de juego que no es ni el simple registro de las normas explícitas, ni el
enunciado de regularidades, integrando a la vez las unas a las otras, es necesario
reflexionar sobre los modos de existencia diferentes de los principios de regulación
y de regularidades de las prácticas: está, sin duda, el habitus, esa disposición
reglada aengendrar condiciones regladasy regulares fuera de toda referencia alas
reglas: y en las sociedades donde el trabajo de codificación no está muy avanzado,
el habitus es el principio de la mayoría de las prácticas”.26

D erecho y relaciones de dom inación

Los textos sobre el derecho se ocupan siempre, en Bourdieu, de un objeto que


supera la definición común que se da de las prácticasy de las producciones jurídicas:
así, “la fuerza del derecho” remite a lo que él denomina la “magia del Estado” y el
efecto de oficialización y de certificación que está vinculado a él. La única in ­
vestigación que realizó y que puede acercarse a un estudio clásico de sociología

12 P ierre Bourdieu, L e sens pratique, op. cit., p. ] 85-186. En este sentido, Bourdieu está mucho
más cerca de Durkheim que de W eb er (véase R em i Lenoir, “L e droit et ses usages” , en Ph ilip p e
Besnard, Mnssimo Borland! y Paul L. V ogt (dirs ), D ivisión du tra v n il social et lien social. La
thése de D u rk h eim un sier.le aprés, París, P U F , 1993, p. 165-181).
23 E velyn e Serverin, ‘ A pir selon les regles dans la sociologie de M a x W eber” , en E velyn e
S erverin, Arnaud Berthoud (dirs.), L a prod u ction des normes entre l ’É tat et la sociéte civile,
P arís, L ’H arm attan, 2000, p. 209-235.
24 P ie rre Bourdieu, L e sens pratique, op. cit., p. 55.
25 P ierre Bourdieu, M éd ita tion s pascaliennes, op. cit., p. 165.
M P ie rre Bourdieu, Choses ditcs, op. cit., 1987, p. 81-82. El subrayado es de Bourdieu.

170
del derecho (la reglamentación en materia de alojamiento) se vincula con lo que
inicialmente tituló “la economía de la casa”, y luego, “el campo de los poderes
locales”. Su artículo “Droit et passe-droit” define así el objeto: “el campo de los
poderes territoriales y la puesta en acción de las reglas” ; y su objetivo apunta a
demostrar que el “verdadero sujeto de la puesta en acción del reglamento no es otra
cosa que el campo territorial en el interior del cual se determinan las ‘elecciones’
de ios responsables”, es decir, el espacio de las estrategias posibles de los diferentes
actores implicados en “el seno del universo por excelencia de la regla y del
reglamento, el juego con la regla [que forma] parte de la regla del juego”.27Es decir
que estamos lejos de los temas habitualmente estudiados en sociología del derecho
y, si se tienen en cuenta las categorías según las cuales la sociología se divide
tradicionalmente, más cerca de la sociología de la administración o de la burocra­
cia”.28Porque en Bourdieu, el derecho y su “potencia coercitiva” se comprenden a
través de la acción, más a menudo represiva que permisiva del Estado: “el derecho
consagra el orden establecido al consagrar una visión de ese orden que es una visión
del Estado, garantizada por el Estado”.21'Y las múltiples remisiones a Pascal (“La
Ley es la ley y nada más”) van, sin duda, en ese sentido.30
Esas referencias al derecho se inscriben muy a menudo en sus estudios sobre
la dominación simbólica, el objeto central de la teoría de Bourdieu. El efecto
específico de la violencia simbólica es, según esta teoría, la transfiguración y la
eufemización de las relaciones de fuerza entre las clases o entre los grupos: “El
derecho no hace más que consagrar simbólicamente, por un registro que eterniza
y universaliza, el estado de la relación de fuerzas entre los grupos y las clases que
produce y garantiza prácticamente el funcionamiento de esos mecanismos”.31
Según Bourdieu, el derecho actúa como por añadidura “poniendo en forma” y
“poniendo formas a las relaciones de fuerza”.Y precisa: “La fuerza de la forma, esta
vis formae de que hablaban los Antiguos, es esa fuerza propiamente simbólica que
permite a la fuerza ejercerse plenamente y hacerse desconocer en tanto que fuerza
y hacerse reconocer, aprobar, aceptar, por el hecho de presentarse bajo las
apariencias de la universalidad, de la razón o de la m oral”.32Este efecto de “neu­
tralización” se obtiene por el uso de un lenguaje donde dominan las construccio­
nes pasivas y las formulaciones impersonales, la sistematización y la racional i-
zación vinculadas a la codificación, a las que se añaden la localización y el
desarrollo mismo de los procesos que contribuyen a una suspensión de las
puestas en juego prácticas de los litigios, gracias ala desrealización y al
distanciamiento inducidos por la transformación de la confrontación directa de

27 P ierre Bourdieu. “D roit et passe-droit. L e champ des pouvoirs territoriaux e t la m ise en


oeuvre des réglem ents” , Actes de la recherche en Sciences sociales, 81-82, m arzo de 1990, p. 86-
96; y P ierre Bourdieu, Les structures sociales de leconom ie, op. cit., p. 155-172.
23 P ierre Lascoumes y Jean-Pierre L e Bourhis, “ Des ‘passe-droits’ aux passes du droit. L a m ise
en oeuvre socio-juridique de l’action publique”, D ro it et société, 32. 1996, p. 51-73.
25 P ierre Bourdieu, “L a forcé du droit", op. cit , p. 17.
111 P ierre Bourdieu, M éd ita tion s pascaliennes, op. cit., p. 114-118 y p. 201-206.
" Pierre Bourdieu, Le sens p ra tiqu e, op. cit., p. 228-229.
M P ierre Bourdieu. Chases dites, op. cit., p. 103.

171
los justiciables en intercambios reglados de argumentos entre juristas. Esta
mediación del derecho se acompaña con la redefinición de los modos comunes
de reglam ento de los conflictos que puede llegar a la expropiación; la puesta en
juego de la controversia se deviene en una causa que supera a los adversarios
en un proceso.
Pero el derecho-esta “fuerza justificada” según la expresión de Bourdieu- no
hace más que ocultar el carácter arbitrario de las relaciones de dominación. Por
el trabajo de codificación, de lógica, al que está consustancialmente vinculado,
instituye y fija el resultado de las relaciones de fuerzas entre los grupos, bajo la
forma de categorías claramente delimitadas asegurando de hecho mía perm a­
nencia y una previsibilidad, pero “que no aseguran nunca completamente los
principios prácticos de los habitus o las sanciones de la costumbre que son el
producto de la aplicación directa a un caso particular de esos principios no
formulados” .33En efecto, a diferencia del derecho moderno, el juicio en téi'minos
de equidad va directamente del caso particular al caso particular sin pasar pol­
la mediación del concepto y de la ley que encarna el juicio profesional. Bajo esta
relación, y solamente bajo ella, el derecho moderno es, según Bourdieu, un
conjunto de leyes, fundado en principios generales y explícitos, con el fin de
proveer respuestas válidas en todos los casos y para todos los que están en
proceso de juicio. Esta coherencia interna acerca el derecho a todo sistema
simbólico (mito, religión) y constituye en este sentido, como lo analizaba ya
Durkheim, “uno de los principios mayores de su eficacia específica” .3'1
Porque para Bourdieu, el derecho es sobre todo un discurso. Bourdieu hace
referencia a Em ile Benveniste que había establecido que, en las lenguas
indoeuropeas, las palabras que designan todo aquello que tiene que ver con las
actividades jurídicas se vinculan a la raíz de “decir” . Decir el derecho (ju rid ic tio )
es enunciar el deber ser: más precisamente, el derecho que tiende a hacer existir
lo que enuncia consagrando la representación colectivamente reconocida que,
por ese acto de magia social, la vuelve efectiva. Bourdieu explícita: “Aquellos
que, como M ax Weber, opusieron al derecho mágico ocarismático del juram ento
colectivo o de la ordalía, un derecho racional basado en la calculabilidad y la
previsibilidad olvidando que el derechomás rigurosamente racionalizado nunca
es otra cosa que un acto de magia social que tiene éxito”.35

C am po ju ríd ic o y cam po bu rocrático:


la invención del E stado m oderno

Sin embargo, la sociología de Bourdieu, o más bien su manera de hacer


sociología, puede ser útil para comprender laproducción jurídica y las relaciones
que las actividades de las diferentes categorías de juristas mantienen con los

33 P ierre Bourdieu, “L a forcé du droit”, op. cit., p. 17.


:M P ie rre Bourdieu, M éd ita tion s pascaliennes, op. cit., p. 211.
35 P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r veut dire, op. cit., p. 20.

172
otros universos sociales, especialmente político y económico, pero también con
el universo intelectual. Como para todos los universos que han conquistado su
autonomía de funcionamiento -como da cuenta de ello en particular la forma­
ción de una doctrina, es decir, de un derecho erudito-,36la producción jurídica
no podría, según Bourdieu, ser interpretada ni como un sistema cerrado y desde
el único punto de vista de su lógica interna (dogmatismo jurídico), ni como el
reflejo directo de factores que son, en diversos grados, exteriores (económicos,
políticos, mediáticos). La noción de campo aplicada al universojurídicorecuerda
que este último debe ser pensado relacionalmente, tanto en su funcionamiento
interno como en sus relaciones con los otros campos, como un espacio estruc­
turado de posiciones (y de cargos que le corresponden) a los que están vinculadas
propiedades relativam ente independientes de las de los individuos que los
ocupan. La noción de campo perm ite establecer las relaciones objetivas entre
esas posiciones (la estructura de las disciplinas jurídicas, la de las jerarquías
profesionales, las de los honores académicos), estas últimas y las diferentes
formas de produccionesjurídicas, incl uso las definiciones de la actividad jurídica
misma.
La puesta en relación entre esas posiciones (lo que supone determinarlas,
porque ellas no se reducen sólo a los estatutos preestablecidos), y las propiedades
sociales y culturales de sus ocupantes (que hace aparecer el recurso al método
prosopográfico) no tendría sentido si no fuera definido lo que específicamente se
juega en el universo y los subuniversos jurídicos. Está claro, por ejemplo, que
las distinciones como las que oponen el derecho público y el derecho privado
remiten a intereses aún muy diferentes, aunque los agentes tengan en comiin
una disposición a jugar el juego que exige el espacio de la disciplina, es decir, un
habitus que implica el conocimiento y el reconocimiento de las reglas del juego
y del interés de las apuestas (es decir, la illusio propia del campo que se designa
a menudo como “un espíritu” , en este caso, el “espíritu jurídico”). Es también y
ante todo un oficio, un conjunto de técnicas, de referencias, de conocim ien­
tos y de “creencias” propias de este espacio, ya se trate de la jerarquía de los
principios fundamentales, de las disciplinas, de las facultades, así como también
de las revistas y editoriales, ni hablar de la manera de redactar textos y de la
importancia acordada a las remisiones y a las notas al pie de página.
La noción de campo perm ite pensar también las relaciones que el universo
jurídico mantiene con el campo intelectual. Bourdieu no realizó estudios en este
sentido. Y o he intentado hacerlo bajo forma de un esbozo, respecto de la manera
en que Michel Foucault había sido recibido, si no leído, por las diferentes
categorías de agentes del universo jurídico y judicial susceptibles de estar
interesados, es decir, los “especialistas del derecho penal” . El modo de pensa­
miento estructural que Bourdieu aplicó a las producciones de otros universos
sociales se reveló aquí fecundo, al poner en evidencia y al confirmar una ley que
se puede observar en todos los campos: cuanto más los actores del campo
encarnan las virtudes propias del campo, la ortodoxia, menos inclinados están
™ Philippe Jestaz y Christophe Jamin, L a d o ctrin e , París, Dalloz, 2004.

173
a recibir producciones que vienen de otros universos; a la inversa, cuanto más
los actores sociales se sitúan en posiciones dominadas profesional y socialmente
(mujeres, protestantes, maestros, trabajadores sociales, provincianos) o en
posiciones heterodoxas, más hacen referencia y utilizan esas producciones
externas, pero según la lógica de su propio espacio de producción y de difusión,
es decir, muy a menudo por oposición a aquellos que ocupan las posiciones
dominantes en el espacio implicado.37
Bourdieu dedicó una parte de sus trabajos menos a la historia del campo
jurídico que a la del campo burocrático que sus análisis históricos asimilan a
menudo y que convendría, sin duda, desde el punto de vista de una sociología del
campo jurídico actual, distinguir, incluso si la autonomía relativa de este último
es muy débil, aunque desigualmente según el tipo de derecho, la forma del
Estado o aun la estructura del mercado económico. Porque un campo se define
por su historia más que por la manera de hacer esa historia (en este caso, la
historia del derecho). Como recuerda Bourdieu a propósito del campo burocrá­
tico, “la eficacia simbólica [...J tiene por condición cierta independencia de la
instancia legitimadora respecto de la instancia legitimada”.38Sin duda el derecho
es, según esta afirmación, la instancia legitimadora (ella misma legitim ada por
la filosofía y la historia del derecho así como por la doctrina jurídica) del Estado
y de las actividades que están vinculadas a él. Por esto no se podría estudiar las
prácticas, más particularmente las de los profesores de derecho, sin conocer la
historia interna del campo universitario y sin poner en relación este último con
los otros campos (político, burocrático, pero también económico y científico,
incluso religioso), los comentarios, las exégesis, las compilaciones, los tratados,
encontrando allí su origen y, entonces, su sentido.39
Porque el Estado no es solamente un conjunto de mecanismos y de procedi­
mientos, son también agentes que lo encarnan en cierto momento. Michel
Crozier atribuía a los puestos burocráticos propiedades que los ocupantes
importaban de su medios de origen.40Ahora bien, esas características, habitual­
mente imputadas en Francia a los burócratas, son propias del habitus de los
miembros de la pequeña burguesía que ocuparon varios puestos en la pequeña
y mediana función pública. Si el estudio que Bourdieu hace de la casuística del
derecho puede parecer para algunos limitada, sin embargo tiene el m érito de
recordar las relaciones de poder en todas las burocracias y, especialmente, la
burocracia judicial (por excelencia, el lugar, “donde el juego con la regla forma
parte de la regla del juego”), donde la legislación y la reglamentación, su manera
de aplicarla, son apuestas de luchas a la vez internas y externas al campo.
El análisis de Bourdieu sobre el “juridismo” se apoyaba más particularmente

Rem i Lenoir, “S u ru cille r el p u n ir dans les m ilieux ju ridiciares”, en G érard M au ger y Louis
Pinto, L ire les sciences sociales, París, H erm és Sciences, 2000, tomo 3, p 147-163.
:ls P ierre Bourdieu. M éd ita tion s pasca Heniles, op. cit., p. 126.
™ É velyn e Serverin, De la jurispruden.ee en d ro it privé. Théorie d'une pra tiqu e, Lyon, Presses
universitahes de Lyon, 1985.
Michel Crozier, Ta;phénornene bureaucratique, París, Seuil, 1963 [E l fenóm eno burocrático,
Buenos Aires, Am orrortu, 1969],

174
en los trabajos etnológicos. Su reflexión sobre el derecho se inscribe más
bien en sus investigaciones sobre la nobleza de Estado y su génesis que están
en continuidad directa con sus trabajos sobre el sistema de enseñanza, especial­
mente sobre la noción de título escolar. Según Bourdieu, el título escolar es el
acto típico de lo que él llama la “m agia del Estado” y de la cual el Estado, por un
largo proceso histórico de formación, terminó por detentar el monopolio." El
diploma forma parte de esa categoría de actos de certificación, de va I¡dación por
las cuales el Estado garantiza y consagra cierto estado de cosas sociales: en este
caso, un nivel escolar, pero, en otros sectores de la actividad social, el dinamismo
de competencia de una profesión, una identidad, un estado civil. E l Estado,
reconociendo esos estados de hecho, les hace padecer lo que Bourdieu llama una
promoción ontológica, una transmutación, una “transustanciación”, retomando
la expresión de Maurice Hauriou, referencia jurídica si la hay. Los actos de
registro operados por los agentes del Estado dan a situaciones de hecho un
estatuto oficial: “a la vez eso no cambia nada y eso cambia todo” , según la
expresión que Bourdieu empleaba a menudo. Son actos de reconocimiento que
prescriben lo que consagran y están dotados “por la virtud misma de la tras­
cendencia de lo social”, “ de una objetividad y de una universalidad que las
[.propiedades estatutarias] imponen a la percepción de todos [...], como inscriptas
en una esencia de una naturaleza socialmente garantizada’1.'12
L a invención del Estado como instancia de veredicto está vinculada al des­
arrollo de los grandes cuerpos y de las instituciones de enseñanza que están
ligadas a é l, por las que ese nuevo tipo de nobleza se formó al establecer el Estado
que contribuyó a formarlo. La autonomización de un campo burocrático es corre­
lativa a la formación de esos nuevos cuerpos basados, según Bourdieu, “en una
combinación sin precedentes de principios de dominación y de legitimación de
la dominación: el capital cultural como el clero, la herencia y la transmisión por
herencia, como la nobleza del Antiguo Régimen y también la dedicación al
servicio público encarnada hasta entonces por el rey y la realeza”.4:1Esta nueva
nobleza (que por una parte, como lo recuerda, es el producto de la reconversión
de una fracción de la antigua nobleza) desarrolló una visión política del servicio
del Estado como servicio público, es decir, como actividad desinteresada
orientada hacia fines universales y no hacia el servicio y la gloria del rey, a
fortiori hacia la defensa de sus propios intereses.44
Contra el nominalismo radical que plantea que la fuerza del derecho tiene
como principio el derecho mismo, el derecho no debe esa fuerza aú na virtud que
le sería propia. “No es mucho decir, escribe Bourdieu, que [el derecho] hace el

41 P ierre Bourdieu, “E sprit d’État. Genése et, structure du champ hureaucratique” , Actes de
la recherche en sciences sociales, 96-97, marzo de 1993, p. 49-62; y P ieiT e Bourdieu, “ De la maispn
du roí á la raison d’État. U n m odéle de la genése du champ bureaucratique” , Actes de la recherche
en sciences sociales, 1.18, junio de 1997, p. 55-68.
4* P ie rre Bourdieu, L a noblesse d'Etat. Grandes écoles et esprit de corps, París, M in u it, col.
“ Le sens commun”, 1989, p. 539.
49 P ie rre Bourdieu. “De la maison du roi á la raison d’É tat” , op. cit., p. 59.
44 P ierre Bourdieu, L a noblesse d'Etat, op. cit., p. 539-548.

175
mundo social, siempre que no se olvide que está hecho por él” . Sólo en la medida
en que el derecho corresponde a las estructuras producidas no por decreto sino
por un trabajo histórico colectivo, en el que se engendran estructuras sociales,
cognitivas y simbólicas del mundo, produce sus efectos. “Es en la medida,
solamente”, precisa Bourdieu, “ en que proponen principios de visión y de
división, objetivamente ajustados a las divisiones preexistentes de las que son
el producto, que los actos simbólicos de nominación tienen toda su eficacia de
enunciación creadora que, al consagrar lo que ella enuncia, lo lleva a un grado
de existencia superior, plenamente cumplido, el de la institución instituida”.45

F in a lid a d social del derecho


y efecto de norm alizáción

L a nobleza de Estado basó, como escribe varias veces Bourdieu, su razón de ser
social y su dominación al afirm ar y defender la autonomía del servicio público
en nombre del derecho respecto del poder real, en nombre de la competencia
respecto de la nobleza hereditaria, y en nombre del interés general por oposición
al universo económico. Lo que no deja de plantear la cuestión de la finalidad
social del derecho que no podría reducirse a la invención de un modo racional
de gestión administrativa, a la burocracia y al ideal de neutralidad, de desinterés
y de universalidad que está ligado a él. En efecto, vincular, como hace Bourdieu,
una práctica jurídica a la existencia de un grupo social que estableció su do­
minación sobre la posesión de ese tipo de competencia plantea el problema de
los fines de la actividad jurídica y de la moral que está asociada a ella, la de la
universalidad del derecho y, en este caso, de los derechos del hombre (es decir,
de la clase y de la organización social y política que les corresponden).
Porque “lo universal” no preexiste, según Bourdieu, a la formulación del Estado
moderno. Los funcionarios de ese tipo de Estado nolo utilizan para enmascarar sus
privilegios y sus intereses propios. Al elaborar los principios normativos y el
derecho que surge de él, los juristas y los parlamentarios de los siglos xvii y xvm
han buscado j ustificar la autori dad superior que intentan encarnar al difundir una
filosofía jurídica y política del Estado desde la cual seve desvalorizada, si no
descalificada, toda otra teoría inmediatamente reducida alos intereses de los
grupos desde entonces constituidos como partícula res, corporativos, en suma, pre-
estatales. Según Bourdieu, los grupos sociales que construyeron la burocracia y
todo lo que se vincula a lo que W eber llamaba la “dominación legal-racional”,
“debieron inventar lo universal (el derecho, la idea de servicio público, la idea de
interés general, de población, etc.) y, si se puede decir así, la dominación en nombre
de lo universal para acceder a la dominación”.46

P ierre Bourdieu, “L a forcé du droit”, op. cit., p. 13.


45 P ierre Bourdieu, RaLsonn platiquen, op. cit., p. 167.

176
L a universalidad de la competencia política identificada ai respeto del derecho
es negada con la construcción del Estado, en el sentido moderno, es decir, con
esa forma de estructura social que se piensa (a través de sus juristas y sus
filósofos y, más tarde, sus expertos) como el reverso de un grupo de intereses
particulares. E l Estado moderno no es una estructura social como la fam ilia o
una comunidad religiosa, territorial, profesional. Como escribe Cathcrine
Colliot-Théléne, el Estado constituye “esa forma particular de totalidad social
que tiene por especificidad negarse como particular L...J. La primacía del interés
público sobre los intereses particulares es el ethos de la res publica y de aquellos
que la elaboran y la ponen en acción” .'17 La razón no es un dato, se trate de la
razón científica, de la razón jurídica o de la racionalidad ética a la que a menudo
se asocia esta última. “L a pretensión de los juristas a la universalidad está
fundamentada, declara Bourdieu, pero de un modo distinto al que creen. No está
basada en una norma fundamental. Es necesario abandonar la cuestión del
fundamento y aceptar que el derecho, como la ciencia, como el arte (los
problemas son los mismos en m ateria de derecho y de estética), no está basado
sino en la historia, en la sociedad, sin que por ello sean aniquiladas sus
pretensiones a la universalidad” .'18
Pero, ¿de qué universalidad se trata? Todo depende del grupo al que ella
remite, su estructura, su posición, su integración, su poder. Bourdieu piensa en
la universalidad de Estado, la que contribuye a producir el Estado permitiendo
a los agentes autorizados declarar públicamente lo que los individuos son
socialmente, para ellos mismos y para los otros. Estos últimos padecen una
transmutación desde que han sido conocidos y reconocidos oficialmente, es
decir, nombrados y homologados según las categorías de la burocracia de Estado
y del derecho (“racional”) que aparentemente las fundamentan. Puede tomarse
el ejemplo de la noción de ‘pariente aislado” : utilizada especialmente en los
informes de peritaje, las estadísticas y, más generalmente, las ciencias de
gestión de las poblaciones, esta categoría participó, al dar un nombre a una
situación de hecho (“hija-madre”), en el trabajo de acompañamiento simbólico
de una transformación de prácticas que el derecho terminó por consagrar y
confiriendo derechos a estos últimos, es decir, una forma de existencia social.
E l efecto de universalización es también un efecto de normalización, transfor­
mando las regularidades de hecho en regla de derecho, constituyendo al mismo
tiempo las prácticas diferentes como anormales y desviadas, incluso contra
natura.'*8

17 Catherine C olliot-Théléne, “ La sociologie réflexive, ranthrnpologie, ¡'historie” , C ritiq u e ,


579-580, agosto-septiem bre de 1995, p. 637-638.
',s P ierre Bourdieu, “L e s juristes, gardiens de l’hypocrisie collective”, en Jacques C om m aille
y Francois Chazel (dirs.), N orm es ju rid iq u e s et régulation sociale, París, LG D J, 1991, p. 95.
,*11 Cfr., Remi Lenoir. Généalagie de la m ora l fa m ilia le , Paris, Seuil, 2003, p. 40-41.

177
“Y ju ristas con los que no tenía demasiada sim patía” 50

Si Bourdieu dedicó algunos de sus múltiples artículos, así como una parte -e s
cierto que m enor- de sus numerosas obras al derecho stricto sem a, no realizó
investigaciones empíricas y profundas sobre el universo jurídico. Este no le era
fam iliar en todos sus aspectos. Salido de unafam ilia rural modesta, viejo alumno
de la Ecole Nórm ale Supérieure, licenciado en filosofía a mediados de los años
’50, nada lo predisponía a interesarse por el derecho, no más que a los grandes
intelectuales de su generación. Se sabe todo lo que opuso, desde fines del siglo
xix en Francia, las facultades de derecho a las facultades de letras; una de las
cuestiones que se jugaban era, entre otras, la elección del tipo de facultad donde
debía enseñarse la sociología.51Si los durkheimcanos finalmente ganaron, no es
menos cierto que en Durkheim mismo, pero también en sus discípulos, el
derecho ha sido un objeto de estudio de la mayor seriedad, incluso con cierta
reverencia. Pero también con cierta distancia que se ha mantenido en la
mayoría de los sociólogos franceses, especialmente en aquellos de formación
filosófica hasta en los años ‘60.
En el capítulo de H om o academicus sobre “el conflicto de las facultades” ,
título que tomaba de la célebre obra de Kant, Bourdieu dem uestra que todo
opone a los profesores de derecho, más particularm ente los profesores de
derecho privado en la cima de la jerarq u ía y los profesores de letras,
especialm ente los que enseñan filosofía, la disciplina más alta en la escala
de las disciplinas literarias. L a repartición de las propiedades sociales y
culturales de los profesores presentaba a fines de los años 1960 una
estructura hom ologa a la del espacio del poder; las facultades de letras y de
ciencias se oponían a las facultades socialm ente dom inantes, la de derecho
y la de medicina respecto del capital social (origen social, residencia,
condecoraciones) y sobre todo del capital político mismo (participación en
comisiones y organismos públicos). Esas oposiciones se retraducen en los
estilos y modos de vida, especialm ente en varios aspectos (económico,
cultural, pero tam bién religioso y político). Pero tam bién ético, como lo
indican las tasas de celibatos o de divorcios y sobre todo el tam año de la
fam ilia, índice no solamente de la integración social sino tam bién, como
precisa Bourdieu, de la integración al orden social: se tra ta de indicadores
de ese gusto por el orden que es más im portante en los ju ristas y los médicos
que el capital escolar y la búsqueda de la notoriedad in telectu al y del
p restigio científico.52
En Bourdieu, ese conflicto estructural entre facultades, en el doble
sentido, y las propiedades que le estaban asociadas, era llevado al extremo.

50 Pierre Bourdier, Esquisse p o u r une autoanalyse, París, Raisons d’agir, 2004, col. “ Cours et
travau x".
5¡ Victor Karady, “Stratégies de réussite et mode de faire-valoir de la sociologie chez Íes
durkheim iens” , Recue franqaisp. de sociologie, 20, enero-marzo de 1979, p. 49-82.
52 P ie rre Bourdieu, H om o academicus, París, M inuit, 1984, p. 55-96.

178
N a d a lo había inclinado a adherir a un mundo social en el que se había
llegado a ocupar por “caminos oblicuos” una posición socialm ente dom inada
e intelectualm ente dom inante (se había recibido y había preparado el
concurso de ingreso a la École Nórm ale Supérieure en el liceo Louis-le-
Grand). Desde su infancia y, sobre todo, en su adolescencia, m anifestaba
todos los signos de esa rebelión fren te al orden, en particu lar el del gran liceo
de provincia frecuentado por los hijos de la burguesía local, compuesta sobre
todo de ju ristas, de médicos y de com erciantes. Y todo lo que podía
representar un orden constituido, un aparato, un cuerpo y, más gen era l­
mente, todo lo que estaba ligado a las exigencias burocráticas e in stitu cio­
nales le provocaba un horror visceral. Su aversión encontraba su fundam en­
to en lo que resum ió a p osteriori con la expresión “ la autonomía entre la
ciencia y la respetabilidad social”*3 que, para él, todo lo oponía.
Sin duda, en los repliegues y las sinuosidades del habitus de Bourdieu hay que
buscar esa suerte de desconfianza tanto respecto de los profesionales del
derecho como de la “ciencia del derecho” / 1en suma, el derecho, y todo aquello
que, según é l, está asociado, negación inseparablemente burguesa y católica de
la ciencia, prim ado del capital social. A uno de sus alumnos de la secundaria
de Moulins, futuro presidente de un tribunal para niños, que le preguntaba,
para orientarse en los estudios superiores, lo que pensaba de los estudios de
derecho, Bourdieu respondió como instintivam ente sonriendo: “ ¡Ah, no, el
derecho no!”. Y a otro, futuro director de un instituto regional de adm inistra­
ción, que lo interrogaba sobre los estudios a seguir para preparar un concurso
de. administración, respondió: “ ¡El derecho, qué pena!” . En este sentido se
diferenciaba de Michel Foucault, más conforme a las exigencias académicas
(defendió, por ejemplo, su tesis a los 35 años) y al orden institucional y que, hijo
de un médico de provincia, trabajaba sobre objetos que no lo alejaban en absoluto
de su universo intelectual de origen (epistemología de las ciencias, locura, prisión).
Ese universo, además, lo reconocía siempre como uno de los suyos, incluso en sus
rupturas más radicales. Como, por ejemplo, cuando contribuyó a crear en 1971 el
Grupo Información Prisión (GEP),r,salgoque no le impidió debatir, al mismo tiempo,
en Le Nouvel Observateur con Robert Badinter que, vuelto Ministro de Justicia -
“el mejor Ministro de Justicia que hayamos tenido desde decenas de años”, según
su expresión—,56no paró hasta tenerlo a su lado.57
En Esquisse p o u r une auto-analyse, así como en las entrevistas donde
habla de su infancia, Bourdieu in sisteen lo que diferenciaba a sus padres de
los m iem bros de su comunidad de origen y respecto de aquello que lo
separaba de sus compañeros de escuela. H ijo único, estaba a la vez muy

11:1Ibíd., p. 87.
r,‘ M ireille D elm as-M arty, Legan ciu Collége de France, París, Éd. du C ollége de France. 2003.
' Francois Boullant, M ich el Foucault et les prisons, París, PU F , 2003.
5K M ichel Foucault, “In terview de Michel Foucault”, A ctes: Cahiers d ’actiori ju rid iq u e , 45-46,
junio de 1984, reedición en M ichel Foucault, Dita et écrits, París, G allim ard, col. “ Bibliothéque
des sciences hum aínes”, 1994, tomo 4. p. 691.
1,7 Robert Radinter, “Au nom des mots” . en CFDT, Michel Foucault, París, Syros, 1985, p. 73-75.

179
integrado, al menos por aspiración, y separado por una fran ja irreductible,
la del “trán sfuga” , con la que había identificado su éxito escolar, y poco
dispuesto a adh erir a un orden que lo rechazaba ta l como era. y que lo
constituía como “ disidente” , “solitario” e incluso como un “usurpador” . E sta
predisposición a no som eterse se acentuó tanto que, realm en te separado de
sus padres y de la pequeña ciudad donde tenía sus am igos, se encontró
enfrentado a un universo que, bajo muchos aspectos, salvo el de su excep­
cional éxito escolar, razón por la cual se h allaba allí, lo rechazaba. Confron­
tación que no dejó de reforzar su inclinación a la revu elta, en la percepción
extrem adam ente aguda que ten ía de lo que esa situación en falso debía a las
d iferentes propiedades sociales de sus condiscípulos de origen burgués,
especialm ente su existencia “p rotegida” respecto de las luchas cotidianas
para conquistar y m antener su lugar en la clase y en el liceo.
Esta experiencia crucial —“ el racismo de clase” , según su expresión—,
propensa “ a la formación de disposiciones asociadas a la posición de o ri­
gen”,ss es sin duda el principio de su reserva hacia los valores instituidos bajo
la form a de disciplina, de reglam ento y, más generalm ente, respecto de un
orden establecido con sus sanciones y sus persecuciones, sus com plicidades,
sus hipocresías, sus complacencias y sus injusticias. N a d ie duda de que la
visión global que Bourdieu tenía del orden jurídico y del derecho no haya
tenido su fuente en esa experiencia escolar, reforzada por el hecho de que
los estudiantes de derecho eran de una extracción relativa m en te elevad a y
que estaban lejos de ten er el éxito escolar que habría correspondido, para
él, a su posición. Y a pesar de los esfuerzos que hizo especialm ente en el
C ollége de France para colaborar en trabajos realizados con ciertos juristas,
nunca estuvo totalm ente convencido ni de su utilidad ni de su posibilidad.
Todo lo que concernía al derecho lo ponía incómodo, tanto le era extrañ o ese
universo, en todos los sentidos.
P o r esto, ¿es necesario negar todo valor a los trabajos y reflexiones de
Bourdieu en el campo jurídico, e incluso más globalm ente en el campo
burocrático sobre el que tan to trabajó? N o es raro escuchar que la relación
distante que m antenía generalm ente con el mundo de los dom inadores
encuentre su principio en el “resen tim ien to” que alim en taba respecto de
estos últim os que no lo habrían reconocido lo suficiente. Y esa suerte de ra ­
bia y de rencor sociales, de celos y - l a palabra es dicha a m enudo- de odio
de clase, sesgarían sus análisis hasta anularlos y condenarlos. Esto es
conocer m al a la persona y su obra.
Bourdieu corrió el riesgo de dar lugar a ese tipo de interpretación al publicar,
en Esquisse, los esquemas para comprender aquello de lo cual su obra era el
producto -¡estam os lejos de M ax Scheler!-, con ello, corrió el peligro de
contribuir a reforzar la visión que sus adversarios podían tener de él, al igual
que algunos de sus condiscípulos de la secundaria y de la École Nórm ale
Supérieure. Su respuesta fue siempre proveerse de los medios para estudiar
“ P ierre Bourdieu, Esquisse p o u r une auto-analyse, op. cit., p. 109.

180
incluso lo que no le era familiar, es decir, entre otras cosas, y sin hablar de
H eidegger del cual no estaba intelectualmente tan alejado, los costureros, el
patronazgo, los obispos y el campo jurídico mismo. Respecto de este último,
había leído, además de la obra de Iienri-Francois d’Aguesseau de la que hace
un comentario conciso en La nablesse d ’É tat,59 a André Jean Arnaud, a Julien
Bonnccsac, aJean Carbonnier, aR cnc David, a Jacques Ellul, a Eugen Ehrlich,
a Adhémar Esmein, a Georges Kalinowski, a Hans Kelsen, a Niklas Luhman, a
H em iM otulski, a Michel Viley. Alahum illación sufrida durante su juventud se
añadió la ofensa contra su persona. Bourdieu respondió como lo hizo siempre,
con sus armas, esencialmente la polémica argumentativa y sobre todo el
conocimiento científico, aunque fuera en estado de “borrador”, así como la
difusión de los instrumentos para profundizarlos.™

S!l P ierre Bourdieu, L a noblesse d ’Élcit, op. cit., p. 545-547.


5il A diferencia de otras revistas generales de sociología, la revista Actas; de la recherche. en
sciences sociales, fundada en 1975 y dirigida por Bourdieu, dedicó dos números al derecho y a
los profesionales del derecho. Uno en septiem bre de 1986 (n" 64, “D e que! droit?”), el otro en m arzo
de 1989 (n- 76/77, “D ro it et e x p e rtis e ” ), sin o lv id a r los a rtícu los de E d w a rd P. Th om pson ,
“ M odcs do dom ination et révolutions en A n gleterre” (n- 2-3, junio de 1976, p. 133-151), de P ie rre
Cam sobre “Juges rouges et droit du tra va il” (n'J 19, enero de 1978, p. 2-27} y el de P ie rre Bourdieu
sobre “D roit et passe-droit”, op. cit. Por último, puede recordarse que Bourdieu aceptó form ar
parte del com ité científico fundador de la revista D ro it et société.

181
EL APORTE DE LA TEORÍA
DEL CAMPO
A LOS ESTUDIOS LITERARIOS
Joseph Jurt

En uno de sus líltimos trabajos antes de su muerte en 1960, Leo Spitzer relevó
tres escuelas de crítica que se habían dedicado, independientemente y sin
conocimiento una de otra, al estudio de la especificidad literaria a través de una
descripción de la obra literaria sin recurrir a un irracional romántico: en primer
lugar, el formalismo ruso hacia 1915, luego la Stilk ritik alemana, más dudosa
y, hacia 1930, el New C riticism norteamericano.1 Spitzer no observaba en
Francia un movimiento teórico sim ilar y expresó su sorpresa respecto de ese
“retraso” “en una nación tan sensible a los efectos artísticos de la palabra”,2y
explicaba el aislamiento francés por tres razones: un sentimiento de superiori­
dad basado en una tradición literaria eminente que im pediría abrirse a los
aportes extranjeros, luego el espíritu general de los estudios literarios fuerte­
mente impregnados por el positivismo científico del siglo xix y, por último, la
práctica de la explicación del texto, inventario rutinizado de los aspectos for­
males. Antoine Compagnon notó recientemente que la situación cambiaba en
Francia justo en el momento en que Spitzer realizaba ese severo diagnóstico.
P or una curiosa inversión, la teoría francesa se encontraría súbitamente en la
vanguardia de los estudios literarios del mundo, como si hubiese reculado para
saltar mejor.3
Spitzer no se había equivocado cuando relevaba para el período anterior la
predominancia del modelo del “hombre y la obra” en los estudios literarios
franceses que él designaba como biographical fallacy. Aunque no había en
Francia un equivalente del estudio estilístico caro a Spitzer, es necesario
mencionar sin embargo, desde los años ‘50, intentos por salir de un estudio
biográfico tradicional, a través de una nueva definición del sujeto de la pro­
ducción literaria.

1 Leo Spitzer, “'Les études de style et le différents pays” , en La n gu e et littérature. A ctes du


V IH congrés de la Fédération Internationale des langues et littératures modernes, París, Les
Belles-Lettres, 1961, p. 23-38.
‘ Ibíd., p. 35.
1A n toin e Compagnon, Le démon da la théorie. L ittéra tu re et sens com m un, París, Seuil, 2001,
p. 8-9.

182
E l estraetu ralism o genético
de L u cien G oldm ann

A l partir de un marxismo dialéctico, Lucien Goldmann había intentado así


dilucidar el problema del verdadero sujeto de la creación literaria, especialmen­
te a través de su libro L e D ie u caché, publicado en 1955. En la línea de Lukács,
creía poder explicar genéticamente las obras literarias. El verdadero sujeto de
la creación literaria es para Goldmann el grupo social -criterio de explicación
más objetivo que el del sujeto individual puesto que, según su criterio, la
estructuración de la unidad colectiva es más simple y más coherente que la de
la psicología de los individuos-. E l grupo social elabora en su seno “tendencias
afectivas, intelectuales y prácticas convergentes en una respuesta coherente a
los problemas que plantean sus relaciones con la naturaleza y sus relaciones
interhumanas”,^ a saber, los elementos de una visión del mundo. Las tendencias
de la conciencia colectiva están condicionadas a su vez por una situación social,
política y económica dada; pensamientos similares al nivel de la conciencia - e l
calvinismo y el jansenismo, por ejem plo- no se especifican más que en sus
prolongaciones en la vida social y económica. E l pensamiento parcialmente
expresado a nivel del grupo social alcanza una coherencia eficaz en las grandes
obras culturales cuya estructura es homologa a las estructuras mentales del
grupo. La conciencia colectiva, lugar de elaboración de la visión del mundo,
constituye así un eslabón mediador esencial entre las manifestaciones literarias
y la vida económica, social y política.
En su obra principal, Le Dieu caché, la estructura trágica del teatro raciniano
y de los Pensamientos de Pascal es así interpretada como la expresión de la visión
del mundo elaborada por la conciencia colectiva, a saber el jansenismo extremis­
ta en tanto que expresión ideológica de la nobleza de toga. La situación de clase
de la nobleza de toga sólo puede ser explicada por la inserción de esta última en
una sociedad global donde esta clase se diferencia a la vez de la burguesía y de
la nobleza de espada. Cada una de esas estructuras es en sí misma significativa;
pero cada una nace de una totalidad más vasta. Goldmann no descuida el aspecto
“anticipador” de un pensamiento. Presenta el de Pascal, por ejemplo, “cuando
se trata del mundo actual (epistemología, estética, teoría de la vida social ), como
una etapa muy avanzada en el camino que conduce del individualismo raciona­
lista y escéptico hacia el pensamiento dialéctico” .5
Cuando Goldmann se puso a estudiar la novela contemporánea, pudo cons­
tatar una homología entre la obra literaria y la estructura socioeconómica, sin
poder deducir una estructura análoga en el nivel de la conciencia colectiva. Esta
ausencia de mediación se explica, según él, por un proceso de reificación

Lucien Goldmann, P o u r une sociologie du rom án, París, Gallim ard, 1964, p. 346 [P a ra una
sociología de la novela, M adrid, Ayuso, 19751.
r' Lucien Goldmann, L e D ieu caché, París, Gallim ard, 1971, p 290 \El hom bre y lo absoluto.
E l dios oculto, Barcelona. Península, 19851

183
económica que ha vuelto implícitos los valores que se expresan en el arte
moderno. Esta explicación muestra que el concepto de visión del mundo no es
pertinente para la época moderna. Además, se le reprochó a ese concepto
descuidar la especifici dad literaria, una visión del mundo que puede expresarse
tanto a través de una obra filosófica como de una obra literaria. P or otro lado,
se consideró que ese estructuralismo genético operaba de una manera reduccio­
nista. Christophe Charle recordó que la homología no es necesariamente una
categoría de explicación muy pertinente. “Lo social es tanto lo diferente como
lo homólogo, sobre todo en lo que concierne a los intelectuales o a los escritores.
!... I Ser jansenista no es ser un burgués de toga como los otros, y escribir tra­
gedias o los Pensamientos no es tampoco ser un jansenista como los otros”.fi

L a sociología positivista de E sc arp it

Si Lucien Goldmann había intentado renovar los estudios literarios al designar


como productores de obras no ya a los individuos sino a los grupos sociales, el
termino de sociología de la literatura se vinculó en Francia más bien con Robert
Escarpit y, con ello también, con una posición m arginal en el seno del campo
universitario.
/Robert Escarpit publicó, en 1958 en la colección “Que sais-je?” , un pequeño
volumen con el título lacónico de Sociologie de la littérature.7 El estudio no
apunta ya exclusivamente alas obras y los escritores en tanto que creadores sino
a la dimensión social de la literatura. Se trata de delim itar mejor cierto número
de fenómenos sociales que condicionan al hecho literario en un sentido so­
ciológico. LaJLiteratura” considerada bajo una perspectiva sociológica significa,
según Escarpit, una interacción entre productores, productos y consumidores.
Cada una de esas unidades debe ser definida por criterios cuantit ativam ente
mensurables. Lo que plantea, según su criterio, la mayor cantidad de problemas
es la definición del “producto”. Escarpit se cuida de definir la literatura por
criterios cualitativos, a saber, estéticos. Su único criterio es “la aptitud para la
. gratuidad”: “Es literatura toda obra que no es un medio, sino un fin en sí. Es
literaria toda lectura no funcional, es decir, que satisface una necesidad cultural

, no utilitaria”.8 Escarpit no define la literatura con criterios inherentes a las
obras, sino por su uso (no funcional). “En la medida en que perm ite evadirse,
soñar o por el contrario meditar, cultivarse gratuitamente, todo escrito puede
volverse literatura” .fl A partir de ese criterio, Escarpit busca estudiar el proceso

* Christophe Charle, La crine littéra ire á l ’époque du naturalism e. R om a n -T h éá tre-P olitiq u e,


París, P E N S , 1979, p. 23.
7 Robert Escarpit, Sociologie de la littéra tu re, París, PU F, col. “Que sais-je?”, 1958 [Sociología
ríe la litera tu ra , Buenos Aires, Fabril, 19621.
" Ibíd.. p. 21.
9 Ibíd., p. 22.

184
do lectura en el marco preciso del tiempo libre. Justifica su definición formal de la
literatu ra argum entando que los criterios estéticos d é la crítica lite ra ria son
puramente subjetivos, puesto que se basan en impresiones, m ientras que el
uso (funcional o no funcional) del libro en la lectura sería un fenómeno
objetivo. Se inscribe así en una tradición p ositivista de la in terpretación del
hecho litera rio. A la in V ia la señaló que ese sociologísm o positivista no
plantea la cuestión del sentido, dejando el conocimiento del sentido a los
filólogos. La tarea de la sociología de la litera tu ra se reduciría a proponer
un modelo de explicación a p artir de condiciones de producción y de
recepción de la lite ra tu ra .10
Puesto que la literatura es definida aquí por un criterio form al (mínimo), se
explora de ella en prim er lugar la dimensión pragmática constituida por la
relación autor-obra-público. Frente a concepciones “idealistas” que sólo tienen
en cuenta el proceso de transmisión de contenidos abstractos, Escarpit señala
también la dimensión m aterial de la producción del libro que participa en
circuitos económicos. No es indiferente, observa Escarpit en principio, “que la
literatura sea -e n tre otras cosas, pero de una manera irrefu ta ble- la ram a
producción’ de la industria del libro como la lectura es la rama ‘consumo’” .11
Escarpit no reduce sin embargo la comunicación literaria a la dimensión
m aterial de la producción y de la distribución de libros. Desde la invención de
la imprenta, la comunicación literaria habría tomado una doble forma, la de un
proceso que vincula al autor con el lector por intermedio de un médium, y la del
aparato a la vez técnico, social y económico que comprende una fase de
producción, un mercado y una fase de consumo.ia E l proceso de comunicación
autor-lector a través del texto es entonces, de algún modo, desdoblado y, en
cierta medida, está dominado por los intercambios que se establecen en el nivel
del aparato controlado por el editor. Es a él a quien el autor se dirige para hacer
de su texto un libro y es aun hacia el editor que el lector se vuelve al darle una
respuesta con la compra del libro.13
Escarpit tuvo el mérito de ser uno de los primeros en Francia en efectuar
investigaciones sistemáticas sobre la lectura. Se inserta así en una tradición
positivista de investigaciones literarias que se vincula, en Francia, al nombre
de Gustave Lanson. Este había expuesto, desde 1904, invitado por Durkheim,
su concepción de las relaciones entre “ la historia literaria y la sociología”. La
naturaleza social de la literatura residiría, en efecto, para Lanson, en la
relación no con un lector individual sino con el ser colectivo que es el público.1,1

IU A lain Viala, “Sociopoétique” , en Georges M olinié y A lia n Viala, Approche de la réception,


París, P U F , 1993, p. 165.
11 Robert Escarpit, op. cit., p. 7.
12Robert Escarpit, “ L e littéraire et le social”, en Robert E scarpit (et a l), L e littéra ire et le social.
É lém ents p o u r une sociologie de la litté ra tu re , París, Flam m arion, 1970, p. 29-38.
13 R o b en Escarpit, L ’écrit et la commun.ica.tion, París, PU F , p. 73-80.
11 V éase respecto de este tema, Paul Dirkx, Sociologie de la littéra tu re, París, A rm an d Colín,
2000, p. 51-59 y Rém y Ponton, “ Durkheim et Lanson”, en Michel Espagne y Michaél W e m e r
(dirs.), Ph ilo lo g iq u e s /, París, Éd. de la M S H , 1990, p. 253-286.

185
Ahora bien, como constata Alain Viala, no fueron los herederos de Lanson los
que realizaron ese programa sino más bien un universitario como Escarpit que,
especialista en literatura inglesa en la Facultad de Bordeaux, procedía de una
zona periférica del campo académico, y no dudó sin embargo en explorar objetos
nuevos como introducir métodos de investigación con que los representantes
clásicos de las letras no estaban familiarizados.16Los universitarios que practi­
caban un estudio impresionista de la literatura no podían más que sentirse
afectados por esos métodos positivistas.

L a teoría de las form as literarias

L a sociología del aparato literario de Escarpit no ocupó sino una posición


marginal, mientras que las investigaciones sobre la lectura y la distribución
parecían depender de un dominio que no concernía a los estudios literarios, que
se ocupaban exclusivamente de la literatura en tanto que producción de sen­
tido. Si Lucien Goldmann partía de las obras cuyas estructuras (de contenido)
analizaba, su explicación basada en el sujeto creador (incluso colectivo) pareció
rápidamente obsoleta. Porque, desde 1960, el paradigm a “estructuralista” se
imponía con fuerza en el campo intelectual francés, relegando la noción de
“sujeto” a la m azm orra en provecho de las estructuras. U na tendencia form a­
lista se abría entonces camino en el terreno de los estudios literarios,
rechazando toda referencia a la categoría de sujeto, fuera individual o colectivo.
La teoría de las formas literarias fue desarrollada especialmente por Roland
Barthes y Gérard Genette. En uno de los estudios reunidos en el prim er tomo
de Figures, Genette habla de la “vocación estructuralista” de la crítica literaria
que debería organizarse en un verdadero método estructural que siguiera la
orientación actual de las ciencias humanas, como la lingüística o la antropolo­
gía. Genette se refiere especialmente a Lévi-Strauss. E l método estructuralista
se revelaría particularmente fecundo en el momento en que la crítica renuncia
a analizar las condiciones de posibilidad de la obra o los determinismos -p s i­
cológicos o sociales- para considerarla como un “ ser absoluto” .16L a simpatía de
Genette es por este tipo de estudio, sobre todo cuando afirm a que la historia
“historizante”, la ilusión biográfica o el positivismo no son admisibles. El
análisis estructural podría ser considerado como un equivalente de lo que los
norteamericanos llamaban cióse reading o los europeos, en la línea de Spitzer,
estudio inm anente, que trata a las obras como organismos poéticos en sí sin
recurrir a la psicología del autor. Este tipo de análisis daría al estudio
inmanente una racionalidad de comprensión que reem plaza la racionalidad de
explicación (por la búsqueda de causas). Un detcrminismo espacial sustituiría
!í A la in V iala, “Sociopoétique” , op. cit., p. 165.
1B G érard Genette, Figures I , París, Seuil, 1966, p. 156.

186
el determinismo temporal de la génesis, los términos de filiación ceden lugar
a los de relación.17
En Figures I II , publicado en 1972, Genette definió con más energía aun su
estudio como una teoría de las formas literarias, como una poética. A través de
esta designación, se inscribe en la tradición secular que va de Aristóteles a La
Harpe, suspendida de alguna manera por el romanticismo que desplazó la
atención de las formas y de los géneros hacia los “individuos creadores” . Luego,
desde Sainte-Beuve hasta la actualidad, la crítica se habría aplicado a una
psicología de la obra, ya sea esta perspectiva histórica, psicoanalítica, sociológica
o marxista, ya se realice sobre el autor o sobre el lector, la función esencial de
la crítica era siempre la de “mantener el diálogo de un texto y de una psiquis,
consciente y/o inconsciente, individual y/o colectiva, creadora y/o receptora”.1®
El texto no es analizado en su lógica interna, sino en relación con un polo
constitutivo exterior a la obra. N o se trata ya de la obra singular sino de datos
trascendentes que dependen de la lingüística, de la estilística, de la semiología,
del análisis de los discursos, de la lógica narrativa, de la temática de los géneros.
Por intermedio de esas categorías que trascienden la obra particular se
constituiría “una teoría general de las formas literarias, digamos una poética”?*
E l estudio de Genette se definía así por su cientificidad -im agen de marca de
las ciencias humanas-; el término “poética” sugería incluso una continuidad
desde los primeros estudios de la literatura en la Antigüedad. La poética no es
definida, como en la época clásica, por su dimensión normativa que erige en
norma la tradición. Se trata más bien de explorar las diversas posibilidades del
discurso, cuyas obras escritas o por escribir no constituyen sino realizaciones
particulares, otras combinaciones siempre posibles.2"
L a teoría de las formas literarias excluye radicalmente el sujeto -in dividual
o colectivo- como categoría de explicación. N o se define tampoco como un
estudio histórico en un sentido tradicional. Genette caracteriza la teoría de las
formas literarias como “una puesta entre paréntesis provisoria, una suspensión
metódica” de la Historia, es decir, de la génesis y la difusión de las obras.21
Respecto de las obras literarias en su textualidad, no se podría decir nada
diacrónicamente. La crítica literaria “no puede ser histórica, porque consiste
siempre en una relación directa de interpretación L...J entre la crítica y la obra
y esa relación es esencialmente anacrónica”.22

17 Ibíd., p. 156-157. G enette se refiere en ese contexto a Jakobson: “L a lingüística estructural


como la mecánica cuántica ganan en determ inism o m óríieo lo que pierden en determ inism o
tem poral” (Essai de lin gu istiqu e generóle, París, Seuil, 1963, p. 74).
1S G érard G enette, Figures I I I , París, Seuil, 1972, p. 10 [Figuras I I I , Barcelona, Lum en, 19891.
19 Ibíd., p. 10.
20 A l señalar el carácter abierto de la poética, Genette. quiere evitar un eventual reproche de
apego al pasado: con cierto énfasis, escribe: “L a teoría lite ra n a f...l será moderna y estará
vinculada a la m odernidad de la literatu ra o no será nada” (Ibíd., p. 11).
Z1 Ibíd., p. 13.
2- Ibíd., p. 17-18. M ás Larde, Genette afirm ará que la crítica que se encierra en “la inm anencia
del texto” parecería a menudo am enazada de asfixia. Por esta razón, G enette habría optado por
la transtextualidad, a saber la hipertextualidad que es el objeto de Palim psestes o el paratexto

187
Genette se refiere aquí al importante estudio de Roland Barthes “H istoire et
littératurc”, publicado en 1960 en los Anuales y reeditado en S u r Hacine.
Barthes defiende allí la tesis de la impermeabilidad entre la historia general y
las obras: “el mundo, su abundancia de hechos, políticos, sociales, económicos,
ideológicos” no tiene nada que ver con “la obra de apariencia solitaria, siempre
ambigua puesto que ella se presta a la vez a varias significaciones” . Los dos
continentes no son complementarios, las formas resisten y no cambian al mismo
ritmo.23 Las historias literarias tradicionales no proponen más que sucesiones
de retratos de autores. La obra no es juzgable por la historia, de algún modo
escapa a ella. Barthes establece así una dicotomía entre la literatura en tanto
que institución que depende de la historia y la literatura como creación que
depende de la psicología. “La historia no nos dirá nunca lo que sucede con un
autor en el momento en que escribe” , afirma.24 La historia literaria debe, por
esta razón, limitarse al estudio de la “función literaria”, “el medio” , la formación
intelectual del público y de los autores, los hechos de mentalidad colectiva, los
hechos literarios institucionalizados tales como la retórica, la historia de la idea
de literatura. A lo s ojos de Barthes, “es entonces sólo en el nivel de las funciones
literarias (producción, comunicación, consumo) que la historia puede solamente
ubicarse, y no en el nivel de los individuos que las han ejercido. Dicho de otro
modo, la historia literaria no es posible si no se hace sociológica, si no se interesa
en las actividades y en las instituciones, no en los individuos” .25 Es necesario,
entonces, amputar la literatura de su dimensión histórica del individuo. L a obra
no depende del individuo y, en este aspecto, ninguna afirmación objetiva es
concebible; incumbe pues al crítico anunciar su sistema de lectura, “compren­
diendo que no existe uno neutro”.26 “Reconocer esta impotencia para decir la
verdad sobre Racine es precisamente reconocer el estatuto especial de la
literatura. Se sostiene en una paradoja: la literatura es ese conjunto de objetos
y de reglas, de técnicas y de obras, cuya función en la economía general de
nuestra sociedad es precisamente institucionalizar la subjetividad”.27 Roland
Barthes considera a Lucien Goldmann como aquel que ha dado “la teoría más
profunda de lo que podría llamarse la crítica de la significación” .28Percibe en él
esa voluntad de vincular el mundo y la obra, lo institucional y lo individual.
“Incluso Goldmann, tan preocupado por multiplicar los relevos entre la obra y
su significado, cede al postulado analógico: Pascal y Racine pertenecen a un
grupo social políticamente frustrado, su visión del mundo reproducirá esa
decepción, como si el escritor no tuviese otro poder que el de copiarse li-

que constituye el centro de Seuils. P ero se trata sin duda siem pre de un universo de textos. (V éase
G érard Genette, “Transtextu a Ii té” , M agazine littéraire, 192, febrero de 1983, p. 40-41.)
n R oland Barthes, “H istoire et littérature: á propos de Racine”, Arm ales E S C , III, m ayo-junio
de 1960, p. 524 [S obre Racine, México, Siglo X X I, 1992J.
21 Ibíd., p. 526.
25 Ibíd., p. 530.
26 Ibíd., p. 537.
517Ibíd., p. 536.
38 Ibíd., p. 531.

188
teralmente a sí mismo”.2'1Barthes postula entonces, para las obras, un estatuto
de extraterritorialidad histórica y social. Aunque se recuse así una relación
simplemente mimética o analógica entre el texto y el contexto, no podría
negarse la presencia de lo social en la obra misma, una presencia que presupone
métodos más sutiles que permitan comprenderla en su especificidad.
El “textualismo” tuvo, desde comienzos de los años 60, un impacto muy
importante en Francia. Incluso la “sociocrítica” elaborada alrededor de Claude
Duchet y de su revista Littérature, que quería contribuir “a una crítica
materialista y al desarrollo de la investigación marxista” ,30 encontraba en el
análisis de Goldmann sobre M alraux la garantía de su propio proceso. Ahora
bien, el análisis goldmanniano de Malraux, que se atiene a los textos del
novelista y sólo a ellos, no aplica del todo su propio postulado, que consiste en
explicar las estructuras significativas del texto por la inserción en una estruc­
tura (social) englobante. Concentrándose sólo en los textos, de los que tiende a
explorarse la “socialidad”, la sociocrítica se conformó con la tendencia dominan­
te de las investigaciones literarias de esa época, marcada por el “textualismo”.
Podemos preguntarnos en qué un estudio semejante es aún sociológico. La
sociocrítica parece desconocer que se pueda prestar atención al texto buscando
a la vez principios de explicación a través de un análisis del universo de sus
luchas, universo del que los textos y los autores necesariamente forman parte.
Esta dimensión se sitúa muy alegremente “por delante y por detrás de las
obras”.31

L a teoría del cam po literario

En el contexto de los años 1960, marcado por las tendencias que acabamos de
evocar, Pierre Bourdieu elaboró su teoría del campo literario. Si uno de sus
primeros artículos, publicado en 1959, ya estaba dedicado a un texto literario,
Tartufo,™ desarrolla por prim era vez un estudio sistem ático del hecho lite ­
rario en un artículo publicado en 1966, enLes TempsModernes, titulado “Champ
intellectuel et projet créateur”.33 Siguen luego, a un ritmo regular, estudios que

29Ibíd., p. 535.
Claude Duchet, “Posítions et propositions” , en Claude Duchet (d ir.), S o ciocriliq u e, París,
N athan, 1979, p. 5.
" Ibíd., p. 4. Duchet enumera todos esos procesos “paralelos” y auxiliares: “Sociología de los
escritores y de los hechos literarios, sociología cultural o sociología de la connivencia, sociología
de la lectura o de la recepción, pero tam bién esa sociología de las mediaciones que definía poco
a poco objetos analizando los aparatos y los procedimientos de legitim ación”.
32 Fierre Bourdieu, “T artu ffe ou le dram e de la foi ou de la m auvaise foi”, Revue de la
M éditerranee, tomo 9. 4/5, 1959, p. 453-458.
:ti P ie rre Bourdieu, “Cham p intellectuel e t projet créateur” , Leu temps m odernes, 246,
noviem bre de 1966, p. S65-9Ü6 [Véanse las referencias a las traducciones al español de las obras
de Bourdieu en “R eferencias bio-biblibgráfieas”l.

189
abordan la litera tu ra a p artir del concepto de campo, introducido en 1966,34
y que culminaron en 1992, en su obra fundam ental, Leu regles de Vart. Los
problem as vinculados al arte, la litera tu ra y su autonomía tam bién forman
el centro del diálogo con H ans H aacke, publicado en 1994, bajo el título de
Libre-échange
P ierre Bourdieu elaboró el concepto de campo por m edio de una recons­
trucción de la sociología de las religiones de M ax W eber expuesta en W irtschaft
und G e s e lls c h a ft.Por un proceso de analogía controlada, identificó principios
similares de estructuración interna y de delimitación externa en otros terrenos
y, así, el concepto de campo se volvió -a l modo del de habitus- fundamental para
pensar el proceso de diferenciación social.37 Del mismo modo que Max W eber
veía en la oposición entre “sacerdote” y “profeta”, caracterizando en el campo
religioso una tipología realista, Bourdieu partió, en su texto de 1966 sobre el
campo intelectual, de un modelo interaccionista para analizar las relaciones
reales entre los diferentes actores del campo (autores, críticos, editores). Más
tarde, iba a señalar el carácter más constructivista y estructural del concepto de
campo.38
Sin duda, los contenidos y los intereses difieren de un campo a otro: “cada uno
sabe por experiencia que lo que hace correr al alto funcionario puede dejar
indiferente al investigador y que las inversiones del artista son ininteligibles
para el banquero” .3-’ Pero el concepto de campo permite comprender hechos
fenomenológicamente diferentes como estructuralmente similares. Así, por
ejemplo, el antagonismo entre “profeta” y “sacerdote” tiene, en el campo in-

'* “Disposition esthétique et compétence artistique” , Les temps modernes, 295, 1971, p. 1345-
1378; “L e m arché des biens sym boliques”, L A im ée soeioloyique, 22, 1971, p. 49-126; “ Cham p du
pouvoir, champ in tellectiiel et habitus de classe”, Scolies, 1, 1977, p. 7-26; “L ’invention de la vie
d'artiste”, A cles de la recherche. en sciences sociales, 2, marzo de 1975, p. 68-93; “L a production
de la croyance: contribution á une économie des biens symboliques” , A rtes de. la recherche en
sciences sociales, 13, febrero de 1977, p. 4-43; Questions de sociologie, París, M in u it, col.
“ Documents” , 1980, reedición 1984, p. 113-120: “Quelques propriétés des champs” , p. 207-221:
“M ais qui a creé Ies ‘createurs’?”; Choses dites, París, M inuit, col. “L e sens commun”, 1987, p. 167-
177: “L e champ intellectuel: un monde á part” ; “L e champ littéraire. P réalables critiques et
principes de m éthode”, Lendem ains IX, 36,1984, p. 5-20, “The Genesis o f the Concept o f H abitus
and F ield ", S o ciocriticism , 2, 1985, p. 11-26; Raisons p ratiques. S u r la théorie de l'a ction , París,
Seuil, col. “Points” , 1994, p. 53-97: “Pour une science des oeuvres”; “ L e fonctionnem ent du champ
intellectu el”, Regarás sociologiques, 17/18, 1999, p. 5-27.
:tó P ierre Bourdieu y Hans Haacke, Libre-échangc, París, Seuil-Les Presses du réel, 1994.
'I<! Reconstrucción que Bourdieu publicará más tarde: P ierre Bourdieu, “U ne interprétation
de la sociologie religieuse de M ax W eber”, A rchives européennes de sociologie, X II, 1, 1971, p.
3-23 y P ierre Bourdieu, “Genése et structure du champ religieux” , Revue francaise de sociologie,
X II, 1971, p. 295-334.
■*’ Bourdieu señaló que las grandes intenciones teóricas, las que se condensan en los conceptos
de habitus y de estrategia, estaban presentes en una form a sem iexplícita desde el origen de su
trabajo, m ientras que el concepto de campo sin em bargo era mucho más reciente: “Surgió del
encuentro entre las investigaciones de sociología del arte que empecé, en m í sem inario de la École
N órm ale Supérieure, hacia 1960, y el com entario del capítulo dedicado a la sociología religiosa
en W irtschaft und Gesellchaft” (P ie rre Bourdieu, Choses dites, op. cit., p. 33).
:UI Véase P ierre Bourdieu, Lecon sur la leqon, París, M inuit, 1982, p. 42.
Ibíd., p. 47.

190
telectual, un equivalente estructural que corresponde a la oposición establecida
en la Edad Media entre auctor y lector.
La introducción del concepto de “campo” en los estudios literarios permitió
salir de las aporías de los estudios corrientes de la literatura. En prim er lugar,
la teoría del campo literario retoma la dimensión sistémica del estudio “estruc-
:ural” al concebir el campo como una unidad definida por un conjunto de re­
laciones objetivas, pero sin evacuar a los actores -lo que no implica sin embargo
volver a la filosofía del “sujeto”—y sin descuidar la dimensión histórica al modo
de los estructuralistas puros y duros. En segundo lugar, respecto del estudio
goldmanniano, la teoría del campo no concibe las obras literarias como expre­
sión inmediata de un grupo social, sino que toma en cuenta el proceso histórico
de la autonomización de los universos artísticos, considerando a la vez las
relaciones y las interacciones entre los actores literarios como un fenómeno
eminentemente social. Por último, si la teoría del campo literario no reduce la
literatura solamente al texto, no define el contexto en un sentido muy amplio,
pero se atiene a un espacio -relativam ente— autónomo, cuya dimensión
simbólica es irreductible al economicismo en el sentido estrecho. La descripción
de las relaciones reales entre los actores no basta para definir ese espacio, que
es necesario reconstruir poniendo en evidencia las relaciones -in visibles- que ex­
plican las estrategias de los actores.

E l cam po y las estructuras

En Michel Foucault se encuentra, según Bourdieu, la formulación más rigurosa de


los fundamentos de un análisis estructural d e las obras culturales.40 No habla
de obras singulares sino de una red deinterdependencias que vincula las obras unas
a otras. Los estructuralistas buscan exclusivamente en el campo del discurso el
principio de elucidación de cada discurso. Este tipo de estudio permanece fiel a la
tradición saussureana y a la ruptura que opera entre lingüística interna y
lingüística externa. Para Bourdieu, no es posible tratar el orden cultural -la
episteme- como totalmente independiente de los agentes y de las instituciones. De
lo contrario resulta imposible explicar los cambios que suceden en ese universo
arbitrariamente aislado, a menos que se le acuerde una suerte de poder de auto-
generación debido solamente a las contradicciones internas, conforme a una visión
hegeliana. La creencia en la unidad cultural de una época y de una sociedad habría
salido de esa misma tradición. La unidad cultural de una época es creada a
posteriori por la mirada retrospectiva del observador.
L a teoría del campo se diferencia así de los estudios sistémicos que pudieron
concebirse por la transferencia del modelo fonológico. M ientras que la concep-
V éase P ie rre Bourdieu, Les regles de l ’a rt. Genése et structure du cham p littéra ire, Taris,
Seuil, col. “ L ib re exam en” , 1992, p. 278-280.

191
ción sistémica evoluciona a un nivel bastante abstracto y comprende preferen­
temente la lógica interna de un conjunto de textos descuidando las determ ina­
ciones sociales y las relaciones de poder, el análisis sociológico tiene en cuenta
a la vez el campo de posiciones deducibles de las características de los agentes
y el campo de tomas de posición definido por medio de las obras artísticas o
literarias, o también por los actos y los discursos políticos.
A l establecer una relación entre las tomas de posición y las posiciones
sociales, Bourdieu reintrodujo los agentes definidos por sus habitus. Esc
concepto fue elaborado en el contexto epistemológico de los años 1960, en
reacción a la vez a la filosofía del sujeto y al estructuralismo.
A l reintroducir a los agentes, Bourdieu reintroduce al mismo tiempo la
historia evacuada por los estructuralistas que se atenían sólo al sistema
sincrónico y a su funcionamiento. Concibe la historia, especialmente, como un
proceso de diferenciación social. En sus Méditationspascaliennes (1997), Bour­
dieu señala, de una manera muy detallada, todo el proceso histórico de
diferenciación por el que los diferentes campos de producción simbólica se
autonomizaron y se constituyeron. E l primer campo, que se constituyó en
Grecia desde el siglo v antes de nuestra era, ha sido, según este esbozo histórico,
el campo filosófico que tomó su autonomía respecto del campo político y
religioso; la formación de ese campo se cumplió “en una búsqueda de las reglas
de la lógica inseparable de una búsqueda de las reglas de la comunicación y del
acuerdo intersubjetivo” . En la Italia del Renacimiento recomienza el proceso de
diferenciación y los campos científico, literario y artístico se autonomizan
respecto del campo filosófico. E l campo económico no se constituye, según
Bourdieu, sino al término de una larga evolución tendiente a despojar las
relaciones de producción de su aspecto simbólico, al concebirse como un
universo separado regido por las leyes del cálculo, de la competencia y de la
explotación.

E l cam po literario y la historia

Como la noción de estructura, la de campo sugiere en principio la imagen de un


sistema sincrónico. E l “campo” es una construcción que hace visibles las luchas
de poder y de posición entre fuerzas que están allí presentes. El subtítulo de Les
regles de l ’a rt —Genése et structure du champ littéraire—remite, sin embargo, a
una doble dimensión, sincrónica y diacrónica. Si le hubiese gustado el juego de
etiquetas, señaló Bourdieu en una entrevista, habría podido definir su estudio
como un intento por elaborar un “estructuralismo genético”.'11
El pensamiento relacional y la historización son, en efecto, para Bourdieu, los
dos estudios decisivos para escapar a todo sustancialismo. Esta intención de
41 P ie rre Bourdieu, d ioses dites, op. cit., p. 24.

192
captar a la vez la génesis y la estructura manifiesta la voluntad de fundar una
ciencia social unificada: la historia debería ser una sociología histórica del
pasado y la sociología una historia social del presente.42Defiende en ese contexto
una doble historización “ de la tradición y de la ‘aplicación’ de la tradición”.43
Bourdieu remite a sus estudios sobre los campos literario y artístico de la época
de Flaubert y de M anet; sólo podría comprenderse la dinámica de un campo a
través del análisis de su estructura y, simultáneamente, sólo podría compren­
derse esa estructura con un análisis genético de su constitución y de las
tensiones entre las posiciones que la constituyen.44
L a historia está presente en el campo literario en un doble sentido; está
presente en las obras particulares, publicadas en un momento dado; y además,
el campo en tanto que tal está inserto en un proceso histórico que es, grosso
modo, el de una autonomización progresiva.43E l campo literario o artístico es
el lugar de un proceso acumultativo en el curso del cual se elaboran obras, cada
vez más depuradas, refinadas, las cuales se distinguen de las que no son el
producto de una historia semejante; las obras de vanguardia sólo se vuelven
accesibles “si se domina la historia relativam ente acumulativa de la producción
artística anterior, es decir, la serie sin fin de las superaciones que condujo al
estado presente del arte -con, por ejemplo, la poesía como ‘antipoesía’ (algo que
no deja de observar, evidentemente, diferencias en la forma misma de las obras
que se pueden estudiar)”—.45
La historia no está inscripta solamente en las obras; el campo literario mismo
es el lugar de una evolución histórica. Bourdieu no ve en absoluto esa historia
como una evolución lineal en el sentido de una filosofía de la historia. Apunta
a una historia estructural que describe la estructura del campo en un momento
histórico dado como el producto de tensiones anteriores, y la dinámica de esa
estructura como el motor de las transformaciones futuras. La antinomia entre
una estructura como conjunto sincrónico y la historia puede ser, a sus ojos,
trascendida, si no se busca el motor de las transformaciones en las obras mismas
sino en la oposición fundamental entre las posiciones dominantes tendientes a
la conservación del orden simbólico reinante y las posiciones dominadas, que
marcan la ruptura herética con ese orden. L a historia del campo particular
también es la historia de un enfrentamiento dinámico entre el principio de la
autonomía y el de la heteronomía.
En Les regles de l ’art, Bourdieu sitúa la constitución de un campo relativa­

42Véase P ierre Bourdieu, “Sur les rapports entre la sociologie et lh is to rie en AUem angne et
en F rance” (en trevista con L u tz R aphael), Actes de la recherche en sciences sociales, 106-107,
m arzo de 1995, p. 108-122.
4:1P ierre Bourdieu, Les réglen de l ’art, op. cit., p. 426.
41P ierre Bourdieu y Loíc W acquant, Réponses. P o u r une anthropologie réflexive, París, Seuil,
col. “L ib re exam en”, 1992, p. 67.
45 Véase sobre este tem a, G iséle Sapiro, “Autonom ism e esthétique e t au tonom isation
littéra ire”, en P ierre Encrevé y Rose-M arie L a gra ve (dirs.), T ra v a ille r avec B ourd ieu. París,
Flam m arion, 2003, p. 289-296.
46P ierre Bourdieu y Loíc W acquant, Réponses, op. cit., p. 64

193
mente autónomo bajo el Segundo Imperio, con el advenimiento de posiciones
autónomas del poeta y del escritor, encarnadas respectivamente por Baudelaire
y F1aubert. Ese momento histórico se distingue de las fases anteriores de la vida
literaria. L a dicotomía constitutiva entre una lógica intraliteraria y una lógica
económica no es aún perceptible en el siglo xvn. Los escritores más renombrados
de esa época son al mismo tiempo aquellos que obtuvieron las pensiones más
grandes. Según Bourdieu, sólo a fines del siglo xix, “el sistema de rasgos
constitutivos de un campo autónomo se encuentra reunido (sin que se vea
excluida para siempre la posibilidad de regresiones hacia la heteronomía, como
la que se reanuda hoy, a favor de un retorno a formas nuevas de mecenazgo,
público o privado, y en razón del imperio creciente del periodismo)”.'17
Si sólo se puedehablar de un verdadero campo literario en la Francia del siglo
xix, ¿cuál es el valor universal del concepto de “campo”? ¿Vale sólo para un
período relativam ente corto? Bourdieu no esboza, en Les regles de l ’art, una
historia sistemática del campo literario en Francia. Describe tres cortes his­
tóricos: en principio, el período del Segundo Imperio (“la conquista de la
autonomía”), luego los dos últimos decenios del siglo XIX (“emergencia de una
estructura dualista”) y, por último, el campo literario actual.
En lo que concierne al campo artístico, Bourdieu sitúa el proceso de
autonomización desde la época de la pintura barroca, remitiendo a los análisis
de Francis Haskell.-18 En sus estudios anteriores sobre e) campo artístico y
literario, Bourdieu ya había esbozado una historia del proceso de autonomiza­
ción; señalaba allí que el período que va de la Edad M edia al siglo clásico estaba
marcado por instancias de legitimación externas (la Iglesia, la aristocracia) que
estaban en condiciones de imponer sus concepciones morales y estéticas tam ­
bién en el terreno de la literatura. Sin embargo, se podía constatar desde el siglo
xv en Florencia la formación, para la esfera artística (forma/estilo), de una
legitim idad artística particular, que ya no se subordinaba a las normas religiosas
y políticas. Ese primer movimiento fue no obstante, según el análisis de
Bourdieu, interrumpido durante dos siglos con la monarquía absoluta y la
Contrarreform a que intentaron someter de nuevo el arte a sus intereses.49
Así, la tendencia hacia la autonomía del arte y de la literatura se dibuja en el
momento en que los artistas y los escritores comienzan a firm ar sus obras y
afirman, por su firma, una voluntad estilística independiente de las determ ina­
ciones religiosas o sociales. Heteronomía y autonomía no se excluyen mutua­
mente.
A lain V iala dedujo los primeros elementos del proceso de autonomización
■para el período del clasicismo francés, sin no obstante negar los elementos

47 P ie rre Bourdieu, Les regles de l ’art, op. cit., p. 166.


« I b í d . , p. 358.
49 P ierre Bourdieu, “ L e marché des biens sym boliques” , L'arinée sociologtque, 22, 1971, p. 49-
124, sobre todo p. 50- 54: “L a logique du processus d’autonom isation” ; y de una m anera sim ilar
en otro artículo: P ierre Bourdieu, “ Disposition esthétique et compétence artistique”, artículo
citado, p. 1349-1350.

194
heterónomos; sobre todo describió la relación entre heteronomía y autonomía
como una relación conflictiva y no estática. Propuso, además, un ensayo de
periodización a través de los diferentes tipos de institucionalizació'n. En la
primera fase -m ás o menos la de la Edad M ed ia- la literatura estaba sometida
aun principio heterónomo (formulado en primer lugar por la Iglesia); en el curso
de la segunda fase, el principio heterónomo (el poder político) se enfrentó con
una prim era reivindicación de autonomía (la época del clasicismo); durante la
tercera fase, la autonomía se impuso en la esfera dominante como un valor
simbólico (siglo xix).50
Sin ninguna duda, se podría escribir una historia social del campo literario
francés desde el período del siglo xvn. Hasta el presente, toda una serie de estudios
utilizaron con felicidad el concepto de “campo”, desde el análisis del “nacimiento del
escritor”, por Alain Viala, al del grupo Tel Quel, por Niño Kauppi. Una laguna
subsiste sin embargo para el siglo xvm (con la excepción de los análisis de Roger
Chartier), la mayoría de los trabajos sobre el campo literario se realizan sobre el
siglo xrx (por ejemplo, los de Rémy Ponton y Christophe Charle) o el xx (Pascale
Casanova, Anna Boschetti, Giséle Sapiro, Jéróme Meizoz). Esos trabajos son la
mejor prueba de la pertinencia de la teoría del campo literario.

E l cam po literario y la sociedad

Lucien Goldmann veía en las obras literarias la expresión de la visión del mundo
de un grupo social. A la inversa, se pudo reprochar a la teoría del campo de
subrayar demasiado los límites que separan esos universos autónomos de la so­
ciedad. “L a noción de campo autónomo, decía Jacques Dubois, conduce a la teo­
ría a no pensar lo social y sus determinaciones sino como exterioridad, como si
la institución no dependiera de lo social o no contribuyese a hacerlo existir”.51
Según Bourdieu, las interferencias sociales no actúan de modo inmediato sobre
los agentes del campo; ellas son reinterpretadas según la lógica del campo. Así,
“los determinismos no se vuelven determinación específicamente intelectual
sino reinterpretándose, según la lógica específica del campo intelectual, en un
proyecto creador” .52
Bourdieu no niega la existencia de interferencias políticas, sociales y econó­
micas, pero éstas siempre están, para él, mediatizadas. “E l campo intelectual,
por grande que pueda ser su autonomía, está determinado en su estructura y su
función por la posición que ocupa en el interior del campo del poder”,53

611Alain V íala, “ L ’écrivain e tson m anuscrit” , en Michel Contat (d ir.), L ’a u te u re t son m anuscrit,
París. PU F , 1991, p. 106-108.
51 Jacques Dubois, V in s titu tio n de la littérature, París-Bruselas, N athan, 1978, p. 38.
“ P ierre Bourdieu, “Champ intellectuel et projot créateur” , artículo citado, p. 905.
5i P ierre Bourdieu, “Champ du pouvoir, champ intellectuel et habitus de classe”, artículo
citado, p. 15.

195
subrayándolo desde sus primeras publicaciones sobre este tema. Luego debía
caracterizar su posición: los campos de producción cultural ocupan una posición
dominada en el campo del poder o, en otros términos, los artistas y los escritores
constituyen una fracción dominada de la clase dominante. Los escritores y los
artistas son dominadores porque detentan un capital cultural que les confiere
un poder y privilegios. Pero, en sus relaciones con los poseedores de poder
político y económico, son dominados. N o se trata hoy de una dominación per­
sonal, como era el caso en la época del mecenazgo, sino de una dominación
estructural ejercida por mecanismos generosos como los del mercado. Esta
posición de dominadores dominados explica, según Bourdieu, la ambigüedad de
las tomas de posición de los intelectuales: “Rebelados contra aquellos a los que
llam an ‘burgueses’, son solidarios del orden burgués, como puede verse en todos
los períodos de crisis en que su capital específico y su posición en el orden social
se ven verdaderamente amenazados”.5'1

L a teo ría del cam po literario


y los aspectos form ales

E l modelo del campo literario permite comprender las relaciones internas entre
dominadores y dominados como relaciones de fuerza y de lucha, lo que implica
una desconfianza respecto de las representaciones producidas por los escritores
a propósito de su actividad. Ese tipo de acercamiento privilegia el análisis de las
elecciones literarias en términos de estrategias, asociadas a la puesta en rela­
ción de tomas de posición de los escritores con sus posiciones en el campo, sin
no obstante descuidar los aspectos formales. La teoría del campo literario no se
reduce ni a una puesta en relación directa de los productos culturales con la
biografía individual o la clase social ni al análisis interno o intertextual: “hay que
hacer todo eso junto” .55
Pierre Bourdieu postula una homología entre, por un lado, el espacio de las
obras en sus diferencias, sus desvíos, y por el otro, el espacio de los productores
y de las instancias de producción.56A las diferentes posiciones ocupadas en el
campo de producción (género literario, jerarquía de los géneros, lugar de pu­
blicación) corresponden las posiciones tomadas en el espacio de los modos de
expresión (formas literarias y artísticas, alejandrino u otro metro, rim a o verso
libre, temas y toda suerte de marcas formales).
Especialmente en su análisis de La educación sentimental, ubicada al
comienzo de Les regles de l ’a rt, Bourdieu señala la importancia de las estructu­
ras formales así como la función cognitiva de la literatura. Pone de relieve la
especificidad del modo de aprehensión de lo social por la literatura que devela

51 P ierre Bourdieu, Choses dites, op. cit., p. 173.


65 Ibíd., p. 175.
56Ibíd., p. 175.

196
velando, por un trabajo de puesta en forma que permite una anamnesis parcial
de las estructuras profundas reprimidas.
El verdadero aporte de la forma literaria consiste en un trabajo de modcliza-
ción de la realidad en la construcción de una imagen caracterizada únicamente
por elementos necesarios y no ya contingentes. “El trabajo de escritura crea así
un universo saturado de detalles significativos y, con ello, más significante,
como lo testimonia la abundancia de indicios pertinentes que ofrece al análi­
sis”.57Bourdieu habla, a propósito de L a educación sentimental, de una “visión
que podría decir sociológica” porque ella “restituye de una manera extraordina­
riamente exacta la estructura del mundo social en que ha sido producida e
incluso las estructuras mentales que, moldeadas por esas estructuras sociales,
son el principio generador de la obra en que esas estructuras se revelan” .58
Bourdieu publicó casi al mismo tiempo, enlos años 1990, La m iséredu monde
y Les regles de l ’art. Esta concomitancia no fue fortuita. La voluntad de dar la
palabra a aquellos que no son escuchados era para él, como lo dijo, un desafío
de orden a la vez ético y estético. L a literatura, en su relación sutil entre el
narrador y el objeto de su narración, resolvió perfectamente los problemas de
escritura que se le planteaban a él, sociólogo, cuando intentaba dar las palabras
de aquellos que están, o se sienten, excluidos. No es un azar si textos de La
inisére du monde fueron retomados varias veces.
Además, la singularidad unlversalizante de la obra literaria le permite
condensar hechos que un análisis científico no puede sino desarrollarlentamen-
te.SÍ) En Réponses, Bourdieu compara el trabajo del sociólogo y el del escritor. La
frase de Flaubert, “ querría vivir todas las vidas” corresponde, según él, a la
intención del sociólogo de comprender tantas experiencias humanas como sea
posible. A l modo del escritor, el sociólogo debe formular lo no formulado.

En eso el trabajo del sociólogo se vincula al trabajo del escritor ( pienso, por ejemplo,
en Proust): como él, tenemos que explicitar experiencias, genéricas o específicas,
que, comúnmente, son inadvertidas o quedan sin formularse.

A través de sus procedimientos estéticos, la literatura puede dar la comple­


jidad de las experiencias de la vida sin simplificaciones lineales:

He visto allí, muy claramente, hasta qué punto los historiadores de vida lineales,
con los que so contentan a menudo los etnólogos y los sociólogos, son artificiales y
las investigaciones en apariencia más formales de Virginia Woolf, de Faulkner, de
Joyee o de Claude Simón me parecen hojrmucho más “realistas” (si la palabra tiene
un sentido), más verdaderas antropológicamente, más cercanas a la verdad de la
experiencia temporal que los relatos lineales."1

57 P ie rre Bourdieu, Les regles de l ’art, tip. cit., p. 22


58 Ibíd., p. 59-60.
58 Ibíd., p. 48.
60 P ie rre Bourdieu y Loi'c Wacquant, Réponses, op. cit., p. 178.
81 Ibíd., p. 179.

197
En Bourdieu, la sociología se acerca a la literatura no solamente en sus
intenciones, sino tal vez también en sus resultados. No es un azar si Annie
Eraaux puede afirmar que muchos libros le parecen tener un “valor de literatura
aunque no estén clasificados como literatura, textos de Michel Foucault, de
Bourdieu, por ejemplo”.62

B2 Annie Eraaux, L ’écriture com m e un couteau, París, Stock, 2003, p. 122.

198
EFECTO DE REAL
Y REALIDAD DE LA ILUSIÓN
EL FLAUBERT DE BOURDIEU*
Sergio Miceli

El análisis sociológico de las condiciones de trabajo intelectual está asociado, en


Bourdieu, al rechazo de los relatos convencionales de la historia literaria y de
la crítica de arte inspirados a menudo en una ideología romántica del genio
creador, que intentan considerar la biografía como el soporte de un proyecto
puramente estético, ya que la vida del autor o del artista es leída como una obra
de arte. Más que considerar, a la manera de Sartre con Flaubert, las mediaciones
que moldean la individualidad singular del artista, Bourdieu se interesa más en
los factores que determinan las prácticas de todo escritor y dependen del sistema
de relaciones y de posiciones designado como campo intelectual.

E l concepto d e cam po

El campo constituye un espacio en que el análisis puede comprender posiciones


a partir de las cuales se producen concepciones, obras y tomas de posición
diferentes correspondientes a clases de agentes provistos de propiedades
distintivas, portadores de un habitus, también socialmente constituido. Fundan-
do '‘una ciencia rigurosa de los hechos intelectuales y artísticos”, el concepto de
campo abre la vía a un triple análisis: en principio, la posición de los intelectuales
y los artistas en la estructura de las clases dominantes; luego, la competencia
interna entre las diversas categorías y grupos alrededor de la legitim idad cul­
tural; por último, la construcción del habitus en tanto que sistema de disposicio­
nes socialmente constituidas de un grupo de agentes.
Como los intelectuales y los artistas están caracterizados por su situación de
dependencia material y política respecto de los grupos y fracciones dirigentes,
todo sucede como si las obras y las tomas de posición estéticas de los agentes que
pertenecen a tal región del campo intelectual se situaran en un continuo que está
* Traducido de la versión francesa de A n gela X a vier de Bréto del original portugués.

199
jerarquizado por los productores culturales según su grado de subordinación a
las fracciones poseedoras del poder económico y político, que va de los produc­
tores más dependientes a los más autónomos. Así, el rasgo biográfico más
decisivo de los escritores del “ arte por el arte” reside en el hecho de sor “bur­
gueses”, más “desviados” que “desclasados”.1
Crítico del estudio sartreano, que privilegia la toma de conciencia por parte
del sujeto creador de la verdad objetiva de su condición de clase, Bourdieu resta
importancia a la parte del trabajo d éla concienciay hace del habitus el principio
unificador y generador de toda práctica. El habitus es definido como “el producto
de la interiorización de las estructuras objetivas”, lugar geométrico de una
determinación que moldea el futuro objetivoy las esperanzas subjetivas, ordena
las prácticas, cualesquiera sean, en una trayectoria social más o menos ajustada
a las estructuras objetivas.
L a figura social y literaria de Flaubert aparece ya en esta primera conceptua-
lización. El novelista se vuelve, en la pluma de Bourdieu, el inventor de la vida
de artista, y L o educación sentimental ofrece los materiales poéticos e históricos
a partir de los cuales vuelve a pensar enteramente sus primeras formulaciones
sobre la manera en que la sociología podría y debería comprender el trabajo
intelectual.2 Flaubert tiene derecho sin embargo, y desde el comienzo, a un
tratamiento a la altura de su condición de protagonista de la vida literaria,
incluso si él es objeto de cierta distancia marcada por reservas. En principio, es
mencionado como un “mandarín intelectual” , que gusta de la estetización
excesiva de toda su existencia. En tanto que representante ejem plar del “arte
por el arte”, tiene características propias que lo diferencian tanto de los
escritores “burgueses” como de los escritores “socialistas” y lo conducen a la vez
a rechazar o a identificarse con unos o con otros, cuando el sentimiento de ser
prisionero de su clase de origen está en el principio de un aristocratismo inte­
lectual insuperable.
Todo sucede como si, animado con el proyecto de situar a Flaubert en el seno
del espacio cultural en curso de transformación entre 1830 y 1850, más que
lim itarse al examen de los procedimientos y de las estrategias de fabricación de
sus novelas, Bourdieu buscara restringirse a una especie de cartografía densa
y articulada de los principios sociales que están en el origen de la formación de
ese espacio de competencia entre los escritores que ocupan las diversas
posiciones disponibles en el campo intelectual y en el origen de los investim ien­
tos en ese espacio, como si Bourdieu concentrara lo esencial de sus esfuerzos en
la objetivación de las disposiciones interiorizadas por los agentes y producidas
por esos múltiples condicionamientos. En un ta l sistema, las determinaciones
tendrían un peso ta l que impedirían a los agentes considerar o inventar nuevas
maneras de ser o de hacer, incluso de decir.
Incluso si no define nunca a los agentes como simples ejecutores de
1 P ierre Bourdieu, “Champ du pouvoir, champ intellectuel et habitus de classe” . Scolies. 1,
1971, p. 7-26.
Hierre Bourdieu, Les regles de Vari. Genése et structure du cham p litté ra ire , París, Seuil,
col. “L ib re exam en” , 1992.

200
probabilidades inscriptas en las estructuras objetivas, Bourdieu p rivilegia el
peso de las características sociales que les asignan una posición determinada en
un sistema de tensiones y de competencia sometidos a la acción de fuerzas y de
constricciones sociales. La enseñanza obtenida de la lectura de Panofsky, sin
duda, incitó a Bourdieu a adaptar la noción de habitus, desarrollada a propósito
del paradigm a escolástico y de su retraducción en las estructuras arquitectóni­
cas de las iglesias góticas, al tratamiento de las disposiciones que dirigen las
prácticas sociales y permiten improvisaciones plásticamente ajustadas a una
configuración social.
Varios atributos del concepto de campo aparecen ya en los primeros trabajos
de Bourdieu, empezando por la ambición de poner en relación el trabajo
intelectual y artístico y el contexto más general de las relaciones de fuerza
sociales que son el producto de una historia, algo que permite analizar todo lo
que las obras y sus significaciones deben a sus condiciones sociales de exis­
tencia. A l trabajo de interpretación subordinado a una cartografía previa del
conjunto de las instancias y de los lugares sociales que alim entan los
proyectos creadores de los escritores y de los artistas, Bourdieu asocia una
forma de inmersión forzada del analista en la diversidad como en la particula­
ridad de las experiencias, destinada a esbozar el cuadro de las apuestas internas
de la competencia. En ese movimiento descriptivo y analítico de las diversas
transacciones y engranajes constitutivos de esa competencia, donde arraigan las
razones de ser de los participantes de cada sector de la actividad cultural, el
concepto de campo da la medida de su poder de totalización: contribuye a
producir una historia social de los enfrentamientos y de la competencia
encarnizada entre los agentes productores de símbolos, sometidos a tradiciones,
herencias, lenguajes, genealogías, formas expresivas, problemáticas propias,
que tienen curso en universos diferenciados de prácticas sociales.
Ese esfuerzo de totalización es particularmente esclarecedor en el análisis y
la identificación de los procedimientos y de las técnicas de lenguaje empleadas
especialmente en las obras consideradas como innovadoras, en ruptura con los
cánones en vigor. Sin querer afectar el placer de aquellos que sostienen la
irreductibilidad de la obra de arte, los rasgos incluso más singulares del estilo
de un autor constituyen una respuesta, a través de un lenguaje más o menos
idiomático, a los desafíos lanzados por los competidores, pares y epígonos.

E l efecto de creencia:
el ejem plo de La educación sentimental

E l análisis de la novela de Flaubert, L a educación sentimental, constituye la


experimentación sociológica más lograda de Bourdieu en el campo de la so­
ciología de la cultura. Este análisis fue concebido como una introducción a un

201
libro que, si hubiese comenzado de otra manera, habría podido ser calificado de
“reduccionista”, en el sentido de una sociología “dura”, sin imaginación. P ero a
medida que avanza en su lectura de la novela, se tiene la impresión de que el
sociólogo se deja tomar en el juego de los procedimientos y de los recursos
creativos de Flaubert. Esa identidad en la que es posible proyectarse y el
entusiasmo manifiesto por los logros de la creación literaria contribu 3'eron, sin
duda, a una comprensión mucho más cuidada de los m ateriales expresivos de la
ficción y, con ello, al examen meticuloso de los recursos literarios movilizados
por Flaubert que, por otro lado, condujeron a Bourdieu a reflexionar sobre las
similitudes y las diferencias entre la creación literaria y el análisis sociológico.
A pesar de lo que habría podido temerse, o mejor, a riesgo de decepcionar las
expectativas de sus detractores, el análisis de la novela se apoya casi enteramen­
te en materiales provistos por la obra misma. Incluso en el tercer anexo del
texto, la proyección de las trayectorias de los personajes en el mapa del París
urbano de la época reconstruye, con rigor, una representación espacial de las
biografías de los personajes de la novela, sin que Bourdieu haya tenido que forzar
la interpretación.3Las referencias a la revolución de 1848 -invocación usual en
trabajos recientes- o a toda fecha, acontecimiento o personaje histórico, son
accesorias, como si el autor abandonara todo intento de transformar la novela
en un “documento sociológico o histórico” . Ninguna atención específica respecto
de las informaciones de contexto o los elementos anecdóticos que podrían servir
al develamiento de la intriga. Todo sucede como si la novela tuviese el don
mágico, casi milagroso, de producir la ilusión de la vida, dem odotantoocasim ás
convincente que cualquier estudio histórico de lasociedad francesa de laprim era
mitad del siglo XIX. La novela termina por imponerse, dando cuenta así de modo
sorprendente de la fuerza de la literatura llevada a su cima por autores inno­
vadores como Flaubert o Baudelaire, cuyos medios y recursos permitieron
reinventar la vida y el trabajo del escritor y del artista. Ese tema, además, está
tratado en detalle en la segunda parte de la obra, dedicada a las etapas decisivas
de la constitución del campo literario francés.
Se habría podido, tal vez, condensar en una fórmula los procedimientos
literarios utilizados por Flaubert para dar una verosimilitud formidable a la
ilusión novelesca en la que se implican, en principio, los personajes, luego, el
novelista mismo en tanto que narrador y espectador y, más tarde, los lectores,
entre ellos Bourdieu. En efecto, el sociólogo se sintió arrastrado en el flujo de
ese relato y del mundo social que construye. A fin de diferir lo más posible el
desenlace de esas vidas cruzadas y de retrasar, al mismo tiempo, la progresión
de las determinaciones sociales ineluctables, Flaubert esbozó el retrato de un
grupo de jóvenes dotados de disposiciones bastante variables en términos de
proyectos y de carreras, de adolescentes en transición entre lo que querrían ser
y lo que podrían hacer, entre el arte y el dinero, entre la potencia y la impotencia.
El enfoque novelesco de abordar el mundo social a través de personajes

3 V case el anexo 3, “L e París de L'éducation sentim entale", en P ierre Bourdieu, Lex reglen de
i ’art, op, cit., p. 68-71.

202
adolescentes aporta así a la intriga una cierta virtualidad difusa que descansa en
un conjunto de potencialidades, de trayectorias posibles. Frédéric Moreau, el
personaje central, lleva al colmo esa indeterminación en todos los campos de su
existencia: en el plano amoroso y sexual, ya se trate de un tipo de sexualidad
- ¿su encanto no hace de él una figura deseada por los hombres y ubicada en una
suerte de postura homosexual laten te?-, o de sus posibles parejas fem eninas
- é l es compartido por cuatro mujeres con las que proyecta sus pulsiones y sus
esperas-; en el plano profesional, duda entre proyectos intelectuales y una
carrera política; en el plano del patrimonio, oscila entre diferentes alternativas
para hacer valer su herencia. Esta indeterminación casi irremediable se
extiende a todas las dimensiones de la vida, ya se trate del género, de la edad,
de la clase o de la profesión. Las innumerables cualidades individuales del
personaje-belleza, inteligencia, personalidad- duplican e intensifican la fuerza
de identificación del lector, haciendo aun más tensas y ambivalentes las
características de esa indeterminación.
Esta “epopeya asfixiante” -p ara utilizar la expresión de Henry Jam es-retom a
ciertas experiencias estructurales del aprendizaje del mundo social. L a educa­
ción sentimental devela el proceso de envejecimiento socialy hace surgir, de este
modo, las incompatibilidades entre los universos sociales donde circulan los
personajes. La progresión novelesca se efectúa gracias a la intervención de
azares y de circunstancias socialm ente configuradas: en prim er lugar, al
situar a los personajes en espacios del mundo social desde donde perciben
itin erarios y ocasiones potenciales de investim iento de sus pulsiones; en
segundo lugar, al problem atizar los procesos de socialización que perm iten
a un individuo acceder a un estatuto social por completo o a medias,
poniendo ante todo particu larm ente los azares inherentes a la gestión de la
herencia; en tercer lugar, los azares y los accidentes de los recorridos
term in an por aparecer como otras tantas factibilidades inscriptas en las
condiciones sociales objetivas que dan cuenta de la m ovilidad y de los
desplazam ientos de los personajes en el espacio social.
Es la indeterminación la que moldea al personaje central, debatido entre
direcciones contradictorias e inconciliables, y que da a la novela su fuerza, que
está situada en el quiasmo entre las ensoñaciones de Frédéric y las constriccio­
nes a las que todos están expuestos. Todo sucede como si los personajes no
pudieran sustraerse a la progresión ineluctable de las exhortaciones materiales,
políticas y sexuales, a pesar de la fuerte maleabilidad del universo social en que
evolucionan, que el trabajo del novelista señala.
Esta lectura permite a Bourdieu efectuar un acercamiento heurístico entre
la ilusión ñccional y la ilusión colectiva, al mostrar que la “realidad” que sirve
de referencia a todas las ficciones depende de una ilusión colectiva, de una
construcción a la que su carácter colectivo garantiza una forma de universalidad.
E l poder persuasivo de la ficción se apoya en la movilización de invariantes
estructurales-por ejemplo, las vicisitudes que enfrentan los herederos o de una
manera más general, ios problemas transicionales de la adolescencia-, que

203
mantienen las relaciones de identificación entre el lector y el personaje, y que
constituyen sin duda uno de los fundamentos del carácter atemporal imputado
por la tradición literaria a ciertas obras y a ciertos personajes novelescos (Don
Quijote, Emma Bovary, etc.).
Bourdieu pone el acento en el hecho de que las relaciones afectivas y
sentimentales constituyen la estructura que funda la ficción, lo que contribuye
de manera decisiva al efecto de real producido por la intriga novelesca, a la vez
que confunde su inteligibilidad; el “sentido literario” reside entonces en la
incapacidad de buscar la clave de los sentimientos en las estructuras sociales.
El universo novelesco, espacio finito y cerrado sobre sí mismo, es el sucedáneo
de un ejercicio sociológico riguroso, un simulador de sociabilidad en el interior
del cual todos los personajes deberán necesariamente confrontarse unos con
otros, a través de todas las peripecias suscitadas por sus aventuras, sus acciones
y sus interacciones.
En última instancia, los acercamientos que Bourdieu sugiere entre el análisis
sociológico y la construcción ficcional parecen obsesionados por una ambivalen-
cia idéntica a la que Flaubert alimenta respecto de Frédéric, sin nunca poder
identificarse íntegramente con ninguno de sus personajes. A quí reside el secreto
de la vigilancia que dicta 1a distancia tomada por el narrador, tal vez también por
el sociólogo. Hasta ciertos rasgos del estilo de Flaubert-com o, por ejemplo, la
variación -sutil de la distancia entre el sujeto y el objeto del relato, la predomi­
nancia del punto de vista del narrador sobre el de los personajes, o aun la visión
hipotética derivada del empleo del “como si...”- , parecen presentes en el
acercamiento entre dos modalidades distintas de restitución del mundo social.
Las ejemplificaciones elaboradas por Flaubert están dotadas de una energía
de encantamiento, en la medida en que los recursos novelescos que utiliza —ha­
cer ver, emocionar a través de evocaciones capaces de hablar a la sensibilidad-
llegan a suscitar una adhesión imaginaria análoga a la que se acuerda al mundo
real. Este efecto de creencia permite que la obra literaria pueda a veces decir
más sobre el mundo social que innumerables textos con pretensión científica,
incluso si esa eficacia de la obra sólo es posible si se limita a un acercamiento
en el que nada está completamente dicho. L a alquimia expresiva del conjunto
novelesco procede por la eufemización y por la negación de la realidad. Así, la
expresión literaria cumple el logro de manifestar, poniéndola en forma y
componiéndola, una verdad que, de otra forma, se volvería insoportable. “El
‘efecto de real’ es esa forma muy particular de la creencia que la ficción literaria
produce a través de una referencia negada a lo designado real, que permite saber
todo rechazando saber lo que es verdaderamente”.'1
La lectura sociológica tendría la capacidad de romper el encanto enceguece-
dor de esa ficción emocionante del mundo social , siempre que recupere lo real
negado en la puesta en forma que realizan los actos de creación del trabajo
literario. Dicho de otro modo, mientras que la objetivación literaria gana en
emoción y en encanto al utilizar un discurso codificado cuyo sentido profundo
1Ibíd., p. 6 0 .

204
hay que investigar en las estructuras sociales; el análisis sociológico, por el
contrario, gana en verdad y en potencia para revelarlo que está oculto y la razón
de esa disimulación. Como decía Flaubert, no puede “vivirse todas las vidas” sino
por medio de la escritura o de la lectura, puesto que se trata, en efecto, de
maneras de no vivirlas de hecho. En este punto del esfuerzo de develamiento del
trabajo literario, revelado desde ahora en los rasgos que comparte con otras
modalidades de restitución de la experiencia social, aparece la illusio, el
investimiento en el juego como principio de funcionamiento de todos los campos
sociales. E l concepto de campo perm ite dar cuenta de los fundamentos de la
illusio, como una forma desplegada de creencia en un espacio dado de sociabi­
lidad, que encierra el sentido de nuestro compromiso incondicional en el juego.
Las formas más radicales de la ilusión novelesca tienden a abolir la frontera
entre la realidad y la ficción y encuentran su principio en la experiencia de la
realidad como ilusión, en la manera exaltaday casi perfecta de Frédéric cuando
procede como un extraordinario analista de nuestra relación más profunda con
el mundo social. A su vez, la sociología busca objetivar la ilusión novelesca,
especialmente la relación con lo que se denomina el mundo real que está
implicado en ella, recordando solamente “que la realidad con la que medimos
todas las ficciones no es sino el referente reconocido de una ilusión (casi)
universalmente compartida” .5
Los hallazgos analíticos de este texto sobre Flaubert dan cuenta de los
perfeccionamientos a que llegó Bourdieu en el uso de los conceptos de habitas
y de campo. Podría suceder que no haya ninguna sociología de la cultura posible,
si Bourdieu no hubiese dispuesto de una teoría sociológica de los hechos
culturales, es decir, si no hubiese forjado instrumentos que permiten la
exploración y el análisis de los procesos de fabricación, de los productores
culturales y de las condiciones mismas que presiden la elaboración de las
diferentes modalidades de las obras culturales.

r' Ibíd., p. G2.

205
LENGUA Y DOMINACIÓN
Pierre Encrevé

No es posible aquí -no hace falta decirlo- ni siquiera mencionar el conjunto de


problemas planteados por la coordinación de dos términos: lengua y dominación.
M e lim itaré a abordar el problema de las relaciones entre la sociología de
Bourdieu, la cuestión de la lengua y la problemática de la lingüística, planteán­
dolo por el lado que indica este título, e intentando prolongar la m irada que
Bourdieu tenía sobre estos problemas hacia nuevas formas de dominación,
particularmente aquellas que están vinculadas a la globalización del mercado
lingüístico.

Pero, antes incluso de entrar en tema, querría comenzar por lo que se impone
inmediatamente: decir que sin el trabajo de Pierre Bourdieu, la lingüística tal
como yo la concibo simplemente no sería posible y seguiría siendo impensada,
si no impensable. En su último curso en el Collége de France, Science de la
Science et réflexivité, Bourdieu señala lo que el desarrollo en Francia de una
verdadera sociolingüística debe a W illiam Labov.1Es hacer justicia añadir que,
en principio gracias a Bourdieu, esta corriente que denominamos lingüística
variacionista se debe haber podido desarrollar en Francia e incluso que, sin la
po-sibilidad de interpretar el trabajo de Labov en términos de conceptos y de la
teorización de Bourdieu, no habríamos podido dar fundamento sólido a una
sociolingüística que sea una verdadera lingüística, reconocida como tal por el
conjunto de los lingüistas, pero armada de la sociología de bienes simbólicos; la
única manera, de acuerdo a mi criterio, para la lingüística de alcanzar verdade­
ramente los objetivos que se fija.

1 P ie rre Bourdieu, Science de la Science et réflexivité, París, Raisons d’agir, col. “Cours e l
travau x” , 2001, p. 201 [L a s referencias a las obras de Bourdieu e.n español se encuentran en
“Referencias bio-bibliográficas” J.

206
U n a gra m ática g e n e ra d o ra de prácticas

Lengua y dominación: los términos mismos señalan que elegí situarme como
lingüista, cuando lenguaje y poder (términos utilizados por Bourdieu para titular
la reedición aumentada de Ce queparler veut dire, 1984) implican una reflexión
del lado de la sociología. Es la posibilidad de anudar esos dos puntos de vista la
que me importa. La lingüística general, en efecto, se dio como objeto la lengua
y no el habla y el discurso, la competencia y no las performances, y esa elección,
que hizo posible la definición actual de la lingüística como ciencia cognitiva,
ciencia de gramáticas interiorizadas que el niño comienza a construirse desde
su ingreso al mundo, no es cuestionada por ningún lingüista, ni siquiera por
Labov ni por nosotros mismos, con el riesgo de que se desplace el lugar de la
frontera entre lengua y habla para construir gramáticas que den cuenta de su
utilización efectiva en la vida común de los locutores-oyentes que somos todos
nosotros: gramáticas que integren la heterogeneidad, la variación inherente al
sistema, que deben en principio al hecho de que el niño construye su o sus
gramáticas en una comunidad lingüística siempre, y desde el prim er día,
socialmente diferenciada, dividida.
En el desarrollo de su investigación, Bourdieu adoptó un doble punto de vista
sobre la distinción fundadora de Saussure entre lengua y habla. Si en principio
la saludó, en Le métier de sociologue, como corte epistemológico ejemplar,2
cuatro años más tarde, enEsquissed'une théorie de lapratique, subrayabamás bien
los “presupuestos intelectualistas” y la incapacidad para captar el habla de otro
modo que como ejecución, y no como práctica, que iba a hacer que el estructura­
lismo lingüístico “dejara entera la cuestión del principio de producción de las
regularidades que se contenta con registrar”.3Pero, ya desde 1966, se interesó muy
de cerca en la lingüística que entonces competía con, y más bien liquidaba, el
estructuralismo clásico, la gramática generativa de Chomsky que es por cierto el
lingüista no francés que se lee y, en todo caso, se cita desde esa época.
En “Champ intellectuel et projet créateur” , en efecto, definió el habitúa
(referido al habit-form ing forcé de Panofsky) como “disposición general, genera­
dora de esquemas particulares”4y al año siguiente, en el posfacio a Aqui.tectu.ra
gótica y pensamiento escolástico de Erwin Panofsky, precisa: “Ese habitus podría
definirse por analogía con la ‘gramática generativa’ de Noam Chomsky, como
sistema de esquemas interiorizados que permiten engendrar todos los pensa­
mientos, las percepciones y las acciones características de una cultura y ellas
solamente”,5fórmula intencionalmente calcada de la de Chomsky para quien la

2 P ie rre Bourdieu, Jean-C laude Cham boredon y Jean-C lau de Passeron, L e m é tie r de
sociologue, París, Mouton-Bordas, 1968, p. 60.
:i P ierre Bourdieu, Esquisse p o u r une théorie de la pra tiqu e, precedido de T ro is ctude.s
d'e lhnologie kabyle, Ginebra, Droz, 1972, p. 170 (nueva edición, París, Seuil, col. “Poin ts”, 2000).
4 Fierre Bourdieu. “Champ intellectuel et projet créateur”, Les Tem ps Modernes. “Problem es
du stracturalism e”. 246, noviem bre de 1966, p. 904.
’ P ierre Bourdieu, Posfacio a E rvw in Panofsky, Arch.itect.we goth iqu e et pensée svolastique,

207
lingüística debía elaborarla gramática generativa interiorizada capaz de engen­
drar todas las frases posibles de la lengua y ellas solamente. En Le m étier de
sociologue, del mismo modo, Chomsky es citado como ejemplo de la ruptura con
la epistemología espontánea por haber invertido la relación positivista entre
teoría y experiencia.6

Cuando conocí a Pierre Bourdieu, en mayo de 1968, algunas horas antes


precisamente del desencadenamiento del movimiento desde entonces histórico
ligado a ese mes de ese año, justo antes, entonces, de que las discusiones
intelectuales francesas cambiaran brutalmente de objeto por cierto tiempo, su
proyecto era explícitamente paralelo al de la lingüística chomskiana: quería
construir la gramática generativa, interiorizada por los agentes, de las prácticas
sociales. Recuerdo haber quedado inmediatamente fascinado por esa ambición
de sociología cognitiva, opuesta a los clichés corrientes, desde esa época, sobre
el coautor de Les H éritiers, y que retenía de la teoría chomskiana lo que ella
tenía para m í de más prometedor, a saber, la perspectiva cognitiva, ampliamen­
te abandonada por el estructuralismo desde la muerte de Edward Sapir (que
exploraba, en 1933, “La réalité psychologique des phonémes”, un texto mayor
de la fonología que Bourdieu hizo traducir, en 1968, en su colección “Le sens
cornmun”):7 el hecho de no situar ya la gramática en la comunidad sino en el
locutor-oyente, que comienza su elaboración desde la prim era infancia, mucho
antes de hablar. De hecho, Bourdieu desarrollará efectivamente la teoría del
habitúa, modus operandi que no dejará de ser pensado como un principio
generador, pero no persistirá en la idea de desplegarlo explícitamente sobre el
modelo de una gramática generativa chomskiana, modelo que además no ha
dejado de evolucionar, tendiendo cada vez más a abandonar las lenguas
particulares para concentrarse en la gramática universal. Es cierto que aquello
que fue durante un tiempo el sueño bourdieseano no perdió nada de su poder de
fascinación para mí y sigo esperando que el proyecto de pensar una suerte de “gra­
mática” cognitiva, necesariamente variacionista, capaz de dar cuenta de aspec­
tos esenciales del conjunto de las prácticas simbólicas (incluidas las del lenguaje)
sobre la base de principios universales y de parámetros particulares según los
habitus de todo tipo, será reactualizado en el futuro.
Como con Saussure, Esquisse d ’une théorie de la pratique es respecto de
Chomsky el momento de la toma de distancia. Se trata todavía para Bourdieu
de “construir la teoría de la práctica o, más exactam ente, el modo de gen era­
ción de las prácticas”,8pero los términos de gramática generadora (o más bien

P arís, M inuit, col. "L e sens commun” , 1967, p. 152 [A rqu itectu ra gótica y pensam iento escolástico,
M adrid, L a Piqueta, 19861.
" P ie rre Bourdieu, Jean-C lau de Cham boredon y J ean -C lau de Passeron, L e m é tie r de
sociologue, op. cit., p. 91.
7 Edward Sapir, L in g u is tiq u e , traducción francesa de Jean-Élie Boltanski y N icole Soulé-
Susbielle. París, M inuit, col. “L e sens commun”, 1968, p. 165-186.
8 P ie rre Bourdieu, Esquiase p o u r une théorie de la pra tiqu e, op. cit., p, 174-175.

208
generativa, en el uso que se impuso con las primeras traducciones al francés) no
aparecen más, y no aparecerán nunca más, para definir el habitus: al contrario,
Bourdieu critica explícitamente “el uso teóricamente ambiguo del concepto de
gramática generadora” y “la rehabilitación chomskiana de los gramáticos”,9con
sus reglas normativas. N o es que Bourdieu se distancie del aspecto generativo
del dispositivo chomskiano, sino de los efectos sociales perversos, según su
criterio, del uso del término gramática, por parte de Chomsky: mientras que el
término estaba hasta entonces proscrito por los lingüistas, preocupados por
separar su disciplina del discurso prescriptivo sin base científica de la gramática
escolar, es fácil constatar, en efecto, que su reapropiación por el chomskismo
fue, en Francia, en esa época, el operador de la entrada masiva de los profesores
de gramática en el campo universitario, que les había sido cerrado, de la
lingüística, donde el efecto de Mayo de 1968 acababa, por causas de “modernidad”
(o de moda...), de multiplicar los cargos.10
En suma, al tratarse de conceptos lingüísticos de lengua, competencia y
gramática generativa, Bourdieu, unívocamente receptivo en los años 1960,
adopta desde su gran libro de 1972 una actitud ambivalente, según mi criterio
justificada, pero que no va a facilitar larecepción de su trabajo por una disciplina
acostumbrada, desde Lévi-Strauss, a ser designada como la más científica de
todas las ciencias sociales, como el modelo a seguir -estatuto que Bourdieu,
m ilitante incansable de la primacía de la sociología, no estaba en condiciones de
concederle-. Sobre la cuestión de la dominación y de la violencia simbólica la
crítica de la lingüística, por parte de Bourdieu, será la más radical, y la peor
recibida por los lingüistas en general, que van a perder así lo que Bourdieu les
proponía como más necesario para alcanzar su propio objetivo.

L a dom inación sim bólica

Aquí nuevamente, algo de historia. En los años ‘60, en efecto, paralelam ente a
su reflexión sobre la lingüística, independientemente de ella, Bourdieu comien­
za a elaborar su sociología del lenguaje. Si su sociología de A rgelia no trata de
ningún modo este tema, y si no hay tampoco sombra de una sociología de la
lengua y de sus variaciones en sus estudios de etnología cabileña,11 se ve ya
aparecer una en los trabajos sobre los campesinos bearneses,12 pero son las

9 Ibíd., p. 199.
10 Jean-Claude C h evalier y P ierre Encrevé, “ L a créalion de revucs dans les années ‘60.
M atériau x pour Fhistoire récente de la linguistique en France” , en Jean-Claude C h evalier y
P ie rre Encrevé (dirs.), La n gu e frangaise, “Y e rs une histoire sociale de la lingu istiqu e”, 63,
septiem bre de 1984, p. 57-102.
11 P ie rre Bourdieu, Esquisse p o u r une théorie de la p la tiq u e , op. cit., p. 9-151.
12 Pierre Bourdieu, “ Célibat et condition paysanne”, Etudes rurales, 5-6, abril-septiem bre de
1962, p. 32-136.

209
investigaciones desarrolladas en L ille a comienzos de los años 1960, sobre la
relación pedagógica con la universidad, las que van a dar un lugar creciente a
esta cuestión en su trabajo.13 A lo largo de los textos, se ve cómo precisa los
conceptos y diseña el sistema de análisis que, a partir de los artículos de 1975,
“L e fétichisme de la langue”,H escrito con Luc Boltanski, y de 1977, “L ’économie
des échanges linguistiques”,15que publiqué en un número de Langue francaise
titulado “Linguistique et sociolinguistique” , va a conducir a Ce que p a rler ueut
dire, en 1982,lf' último gran texto de Bourdieu exclusivamente dedicado a la
sociología de la lengua y del lenguaje, texto reeditado con complementos, en el
otoño de 2001, bajo el título de Langage et p ou voir symbolique ,1 7L a evolución
es epistemológicamente esclarecedora: se pasa así por ejemplo de “privilegio
cultural” en Les Héritiers ( 1968),18a “herencia cultural” y “herencia lingüística”
en Rapport.pédagogiqueet com m unication (1965),IHluego a “capital cultural” en
“Latransm issionderhéritage culturel” (1966),20para terminar, en L a reproduc­
tion (1970),21 en “capital lingüístico”. A partir, especialmente, de una relectura
de la Filosofía de las formas simbólicas de Cassirer y de la sociología religiosa de
W eber, que introdujo los conceptos de “bienes de salvación ” y de “monopolio
de la manipulación” de esos bienes, la lingüística va a encontrarse considerada,
desde comienzos de los años 1970, en la “economía de los bienes simbólicos”,
concepto que va a favorecer la aparición del de “mercado lingüístico”, insepara­
blemente ligado a la “ dominación simbólica” y a su “violencia” , consentida
porque es socialmente “legítim a”. Este conjunto conceptual está sistematizado
en los textos de 1975 y 1977, reelaborados en la prim era parte de Ce que p a rler
veut d ire, donde el concepto de “habitus lingüístico” será entonces construido por
completo.
En esos textos, Bourdieu establece la unión entre la sociología de la lengua,
que sólo había aplicado hasta entonces al sistema de enseñanza, y la lingüística
general, de la que analiza la connivencia implícita con ese sistema cuando ella

13P ie rre Bourdieu, “Langage et rapport au lan gage dans la situation pédagogique” (avec Jean-
Claude Passeron) y “ Les étudiants et la lange d’enseignem ent” (con Jean-Claude Passeron y
Monique de Saint-M artin), en P. Bourdieu, J-.C. Passeron y M. de S aint-M artin (dirs.), R a p p o rt
pédagogique et co m m u n ica tion , P a rís-L a H aya, Mouton, C ahiers du C en tre de Sociologie
Européenne, 2, 1965, p. 9-36 y 36-69.
i-i P ierre Bourdieu, “ Le fétichism e de la langue”, Actas de la recherche. en sciences sociales,
4, ju lio de 1975, p. 2-32.
15 P ierre Bourdieu, “ Le économie des échanges linguistiques”, en P. Encrevé (dir.), Langue
/'rancaise, “ Linguistique et sociolinguistique” , 34, mayo de 1977, p. 17-34.
16 P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r ic.ut dire. L ’éconornie des échanges lin gu istiqu es, París,
F ayard, 1982.
17 P ie rre Bourdieu, Langage et p o u v o ir symbolique, París, Seuil, col. “Poin ts”, 2001.
18 P ierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, I^es H éritiers. Les étudiants et la cu ltu re, París,
M inuit, col. “L e sens commun” , 1964
19 R a p p o rt pédagogique et com m unication, op. cit.
211E n [P ierre Bourdieu et al\, Le partage des bénéfices, expansión et inégalités en France, París,
M inuit, col. “ Lo sens commun”, 1966, p. 383-420.
P ie rre Bourdieu et Jean-Claude Passeron, L a reproduction. ElémetUs p o u r une théorie du
systéme d ’en.seignement, París, M inuit, col. “L e sens commun” , 1970.

210
ciérralos ojos respecto de la arbitrariedad cultural que reina allí. Para Bourdieu,
cuando Saussure define la lengua como un “ tesoro común”, y cuando es
retomado por Chom skyy los lingüistas en general, se oculta la desigualdad de
la repartición del capital lingüístico y, al hacerlo, se vuelve cómplice de la
violencia simbólica ejercida por las formas legítimas de la lengua sobre aquellos
que no pueden exhibir más que variedades desvalorizadas. Esos textos, en la
época, chocaron mucho a los lingüistas franceses, pero en parte era su objetivo
y, lo que era menos deseable y seguramente no querido, los desviaron am plia­
mente de una lectura profunda de Bourdieu.
Sin embargo, independientemente de esa polémica, en última instancia
secundaria, contra la lingüística, el conjunto del sistema conceptual que esos
textos ponen en práctica me parece hoy que pertenecen al bagaje intelectual de
primera necesidad del que todo lingüista no debería separarse nunca. Porque
Bourdieu reconoce explícitamente, además, algunas páginas más adelante, que
“la ciencia social debe tomar nota de la autonomía de la lengua, de su lógica
específica y de sus reglas propias de funcionamiento” ,22lo que implica que, para
él también, la gramática no es reductible al habitus lingüístico.
Pero demuestra que la cuestión de la dominación simbólica, que concierne
evidentemente a lo que Saussure llamaba la lingüística externa -p o r el modo,
por ejemplo, en que el Estado y la Escuela se apoderan de la lengua llamada
común, legitimando las formas de lalengua de aquellos que monopolizan de facto
el Estado en su provecho-, se dirige además directamente a la lingüística in­
terna, la de la lengua misma, la gramática interiorizada. El habitus lingüístico
interioriza las condiciones sociales de adquisición de la lengua, y la gramática
del locutor-oyente está modelada parcialmente por esta incorporación de lo
social. En este sentido, la dominación lingüística está inscripta en el centro de
las gramáticas siempre heterogéneas que construyen los “sujetos hablantes”.
Y o no ignoro que, incluso para un üngüista, tales aserciones son nada menos
que transparentes, pero el mal no tiene remedio: establecer un lazo sistemático
y explícito entre el habitus lingüístico y la gramática del locutor-oyente, para mí,
la tarea específica de la lingüística variacionista, pero no existe ninguna manera
no técnica de tratar ese problema. P ara tratarla sin embargo de modo informal,
se puede pensar en el fenómeno específicamente francés del enlace [liaison] oral
entre una palabra que termina en una consonante y la palabra que sigue, si
comienza con una vocal. Además de que no se halla algo así en ninguna otra
lengua del mundo, el fenómeno es interesante por varios aspectos para el
sociólogo y el sociolinguísta. En principio, porque es uno de los raros hechos
lingüísticos mayores del francés donde todos los lingüistas concuerdan en
reconocer una variación interna a la gramática que no pueda reducirse a lo
estilístico, lo social o lo diacrónico; luego, porque, sin embargo, el enlace llamado
facultativo es una marca indiscutible de distinción social, que pertenece al
hablar de las “clases cultivadas” ; porque, incluso, fenómeno puramente oral, no
es enseñado en forma de reglas por 1a escuela, que se lim ita en general a intentar
22 P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r veul dire, op. cit., p. 20.

211
normar lo escrito, al menos para la ortografía; porque, finalmente, si el enlace
obligatorio siempre es realizado por todos los franceses, incluso antes del
ingreso a la escuela, sin que ninguna regla ni recomendación sea nunca
formulada (nadie olvida concordar mon-ami, un-ami, des-amis, nous-avons, on-
a, etc.), el enlace facultativo (conjunto de todos los enlaces realizados a veces,
pero no siempre) mantiene lazos estrechos con la ortografía, aunque los
profesores de escuela la enseñen sin pensar en aquélla. L a situación es,
entonces, la siguiente: todos los locutores practican por sí mismos el enlace (en
los casos llamados obligatorios), pero no todos realizan enlaces facultativos,
aunque todos los escuchen (al menos en la radio y en la televisión) y “compren­
dan” generalmente aquellos que son realizados por quienes los hacen escuchar
(es el caso de todos los profesionales de la palabra pública, hombres de radio y
de televisión, profesores, hombres políticos): es decir que los locutores al lim itar
sus enlaces a los casos “obligatorios” no tienen dificultad en recuperar, en
aquellos que realizan enlaces “facultativos”, las palabras que ellos mismos no
usan nunca con una consonante final. Así, aquel que pronuncia siempre C ’est/
un-am i comprende perfectamente a aquel que dice más bien C ’est-un-ami.
Esquematizando de manera simplista por las necesidades de una presentación
rápida, se dirá que sólo los locutores que hayan seguido estudios superiores
practican regularmente, pero muy variablemente, los enlaces facultativos en la
producción; algo que, teniendo en cuenta precisamente que este tipo de locutor
está presente todos los días en la televisión y es escuchado, pues, por todos
aquellos que no han hecho estudios superiores, implica que estos últimos
practican también la concordancia facultativa pasivamente: en la recepción (o, si
se prefiere, en el reconocimiento). E l lingüista que construye una gramática
formal de la fonología del francés debe dar cuenta de esta complejidad. L a única
manera de hacerlo consiste en plantear el habitus como “gramática generadora
de las prácticas” determinando la partición entre lo que, para cada categoría de
prácticas, es decir, de locutores-oyentes, será activado en la producción y lo que
no será activado sino en la recepción: en el centro de la construcción y de la
reelaboración continua de las gramáticas interiorizadas siempre heterogéneas
y variacionistas de los locutores-oyentes está en acción directamente el dispo­
sitivo al que apunta el concepto de Bourdieu.23Pero la sociolingüística del enlace
no se detiene allí: es claro que el aprendizaje de la ortografía (no digo su dominio)
- y especialmente el dictado, que enseña a escribir al final de la palabra la
consonante de enlace incluso cuando no es pronunciada- provee la pronuncia­
ción del enlace facultativo, conforme a la ortografía, de una legitim idad que el
habitus dominado reconoce, en el desconocimiento de la arbitrariedad propia de

23 P ara un tratam iento desarrollado y propiam ente lingüístico del problem a habitus/gramá-
tica, rem ito a los lectores interesados a los trabajos de M ichel de Fornel, Bernard Laks o los míos,
em pezando por aquellos que Bourdieu publicó en el número 46 de Actes da la recherche en
sciences sociales, de m arzo de 1983, titulado “L ’ usage de la parole” , donde se encontrarán
d iferentes proposiciones técnicas de solución a este problema. Sobre la cuestión evocada aquí,
cf., P ierre Encrevé, L a liaison avec et saris enchainernent, phoruilogie trid im ensionelle et usages
d u franquía, París, Seuil, 1998, cap. V.

212
la violencia simbólica. Reconoce a la vez la inferioridad de su capital lingüístico,
lo que lo conduce a lim itarse a lo que domina: el enlace obligatorio, que
generalmente ni siquiera es percibido como un enlace (de allí las jerem iadas
corrientes de los que desprecian la Escuela, según los cuales “ya no se hacen
enlaces”, mientras que los enlaces obligatorios, de lejos los más numerosos en
la palabras, siempre se realizan). De modo que la gramática, aquí, en la sola
identificación de una partición obliga toria/facul tativa encuanto a la realización
del enlace, incorpora todo el sistema de la dominación lingüística, entre los
cuales están el rol de la Escuela y de sus herramientas especializadas en el
conservadurismo lingüístico, como la ortografía.
Si, como acabamos de intentar demostrar, el análisis desarrollado por
Bourdieu conviene admirablemente al objeto en el que piensa, el francés en
Francia, queda por ver si ese análisis se propone im plícitamente como válido
para toda lengua, para lo que es preciso cierto número de transposiciones.
Porque, entre las casi 5000 lenguas del mundo, el caso del francés considerado
(en la Francia metropolitana, en los años 1950 y 1960) es un caso particular, que
se une a algunos otros que no representan sino una ínfim a minoría de las
lenguas del mundo. Para el Bourdieu de Ce que p a rler veut dire, que se apoya
esencialmente en su experiencia personal y en sus viejas investigaciones en el
medio universitario, todo sucede como si toda lengua, por definición, poseyera
una escritura, una ortografía oficial, se apoyara en un Estado, un sistema de
enseñanza, gramáticos, diccionarios, una academia, un mercado lingüístico
unificado para su provecho, etc. De allí afirmaciones como ésta, que cargan a
la vez contra Saussure y Chomsky: “Hablar de la lengua, sin otra precisión,
como hacen los lingüistas, es aceptar tácitamente la definición oficial de la
lengua oficial de una unidad política; esta lengua es la que, en los lím ites
territoriales de esa unidad, se impone a todos los hablantes como la única
legitim a” .2'1Ahora bien, la inmensa mayoría de los lingüistas no trabajan sobre
lenguas del Estado, de la escuela y de la escritura, y el estructuralismo se
desarrolló primero en los Estados Unidos, bajo el impulso de Boas, en el marco
de la descripción de las lenguas indias, cuyos vestigios los lingüistas habían ido
a recoger entre los sobrevivientes de antes de las reservas hasta en los
hospitales de la costa Oeste: “hablar de la lengua, sin otra precisión” no
implicaba evidentemente, en esc marco, las consecuencias denunciadas por
Bourdieu. Además, incluso en esa Suiza donde Saussure había dictado sus
famosos cursos publicados en el Curso de lingüística general, donde establece
el concepto de lengua por oposición al de habla, el monolingüismo de Estado a
la francesa no existe, algo que Bourdieu no consideró: la expresión “la lengua”
enunciada en Ginebra, a comienzos del siglo xx, no apuntaba indiscutiblemente
a la lengua oficial y única legítim a, puesto que entonces, como hoy, Suiza
reconoce constitucionalmente tres lenguas oficiales... Cuando Saussure -quien,
rompiendo con el filologismo, impuso a la lingüística la lengua oral como objeto-
y los lingüistas después de él hablan de “ la lengua” sin otra precisión, apuntan
24 P ierre Bourdieu, Ce que p a rle r veut dire, op. cit., p. ‘27.

213
explícitamente a toda lengua, todo sistema de signos lingüísticos verbales, es
decir, cada una de las 5.000 lenguas del mundo, cualquiera sea su estatuto
político y social, “lengua oficial”, “dialecto”, “habla” o “je rga ” .
Y sin embargo, sostengo que Bourdieu tiene razón, si se quiere trasponer lo
que debe ser traspuesto, porque el fenómeno de la dominación lingüística no está
limitado a las sociedades de clase monolingües, sino que juega con el uso de toda
lengua. Cada vez que los lingüistas o sociolingüistas se esforzaron por describir
las lenguas por la observación de comunidades lingüísticas, en lugar de
limitarse, como sucede a menudo, a uno o dos “informadores” , evidenciaron
sistemas de variaciones lingüísticas directamente vinculados a la estructura­
ción social de las comunidades, dando lugar a fenómenos de dominación
lingüística y de violencia simbólica, por más dominadas que sean esas lenguas
y comunidades. Son fenómenos que he observado yo mismo en Francia, en los
años 1960, entre los últimos campesinos que practicaron comúnmente restos de
lenguas de oíl:25 en los sub-mercados lingüísticos también, sin el seguro de la
menor institución oficial, los capitales lingüísticos están repartidos desigual­
mente y la economía de los intercambios lingüísticos concuerda con los análisis
de Bourdieu, una vez establecidas las trasposiciones indispensables. A llí tam­
bién, una investigación lingüística sociológicamente armada conduce a plantear
gramáticas variacionistas directamente vinculadas a habitúa distintos.

La s evoluciones
de la situación sociolingüística en Fra n cia

En Homo academicus, Bourdieu se preguntaba sobre su empleo del tiempo


presente, “el presente transhistórico de la enunciación científica” ,26 para un
análisis sobre datos fechados hace unos veinte años, y respondía que el desfasaje
temporal y las evoluciones ulteriores del sistema permitían juzgar si el modelo
propuesto deducía verdaderas invariantes estructurales, transhistóricas por
definición. Sucede lo mismo con su sociología del lenguaje. Los ejemplos
empíricos utilizados, el conjunto considerado, remiten a la situación lingüística
francesa anterior a los años 70 y una relectura de esos textos en la perspectiva
de utilizarlos para comprender los usos contemporáneos de la lengua impone
una actualización de datos, lo cual implica un nuevo análisis. L a mejor prueba
de la validez durable de 1as herramientas conceptuales forj adas por Bourdieu es,
según mi criterio, que permiten modificar sus propios análisis en el mismo
terreno considerado algunos decenios más tarde. Si se trata de seguir con
Bourdieu el análisis de los intercambios lingüísticos y de la dominación en

“ P ie rre Encrevé, Problem es de bilinguism e dialectal. La situation lin gu istiqu e á Foussais


(Vendée). tesis de doctorado de lingüística, París, L a Sorbona, 1967.
2,1 Pien-e Bourdieu, H om o academ icus, París, M inuit, col. “L e sens commun” , 1984, p. 49,

214
Francia, me parece, en efecto, sociológicamente necesario poner en tela de
juicio la situación lingüística tenida por adquirida: el francés legítim o, estatal,
escolar, el que la Constitución misma (Artículo 2: “La lengua de la República es
el francés”) establece como “dominante”, ¿sigue siendo en Francia, en el año
2004, la lengua simbólicamente dominante?
N o es éste el lugar para desarrollar la respuesta, pero tres aspectos al menos
deben ser tenidos en cuenta para juzgar a la vez los desvíos y las invariantes. En
prim er lugar, el lugar del inglés, evidentemente, ya manifiesto hace veinte años,
pero que no aparece como tal en la comprensión, por parte de Bourdieu, del
sistema de enseñanza estatal que implica la dominación lingüística, a saber que
es el Estado francés mismo el que asegura el desarrollo del uso del inglés en
Francia junto al francés: luego de haber impuesto el francés a todos los niños que
viven en Francia a través de la escuela primaria, totalmente obligatoria desde
fines del siglo xix, el Estado con el alargamiento del tiempo escolar, es decir la
instauración de la secundaria obligatoria, a p artir de los años 1960, condujo
a la imposición de facto de un aprendizaje del inglés a todos los niños que viven
en Francia. Durante mucho tiempo, sin duda, esas horas de enseñanza
semanales no implicaron sino raramente un uso activo de la segunda lengua .
Pero, por un lado, el uso pasivo no deja de tener efectos simbólicos y, por otro
lado, en el contexto actual de globalización de todas las formas de comunicación,
pero también de dominación económica y política de un Estado anglófono,
nuestra enseñanza tiene y tendrá cada vez más como efectos ineluctables usos
activos del “inglés internacional” por parte de los jóvenes franceses en la misma
Francia. Las decisiones recientes (2001) de enseñar a todos los alumnos una
lengua extranjera desde la escuela primaria aprovecharán, inevitablemente, y
a pesar de todas las negaciones oficiales obligadas, en principio a la lengua
extranjera dominante. El fenómeno no es propio de Francia: es un efecto directo
de la globalización, en este caso, la del mercado lingüístico, donde la ley del
mercado juega en provecho del capital lingüístico dominante. Pero hay que
observar que el Estado francés, detrás de sus virtuosas leyes de “defensa” de la
“lengua de la República” (L ey Bas-Lauriol de 1977; ley Toubon de 1994), en
realidad, no pudo ni quiso hacer de otro modo que ponerse también al servicio
de otra lengua -n o es azaroso que sea la del Estado que liberó a Francia (y a toda
la Europa occidental, que hoy enseña el inglés a todos sus niños) de la ocupación
nazi, con lo cual adquiría una legitim idad simbólica sin igual—.
Este estado de hecho, incesantemente más perceptible, relativiza, en parte,
la violencia simbólica ejercida por el francés legítimo en el mundo escolar, por
el hecho de que el francés, siempre dominante en el mercado de las instituciones
públicas, no deja de perder partes del mercado de trabajo. E l bilingüismo que de
hecho gana terreno, lenta pero seguramente, en la sociedad francesa ataca
insidiosamente, en efecto, la arbitrariedad cultural tradicional, señalada por
Bourdieu, que se basaba en el monolingüismo autoritario del Estado francés,
sustituido en la sociedad civil por la ideología lingüística francesa. U n punto
habría que profundizar: la dominación universal del inglés en los mercados

215
dominantes parece el corol ario de una ausencia de normatividad, opuesto al caso
del francés. N o es una forma de inglés la que es legítim a en el mundo, sino toda
forma de inglés, realidad que remite al contraste entre los usos lingüísticos de
dialecto en Francia y de dialecto en los Estados Unidos: los dialectos en Francia
se oponen a la lengua de la que son variedades ilegítimas, pero en los Estados
Unidos el conjunto de los dialectos componen la lengua.
Segundo aspecto, la multiplicación de lenguas surgidas por la inmigración
presente en Francia: el aspecto lingüístico de la investigación Fam ilia realizada
por el IN E D y el IN SE E, en ocasión del último censo, sobre una población de
380.000 personas, hizo aparecer una realidad insospechada: interrogados sobre
la identidad de las lenguas que les hablaban sus padres, las investigaciones
inscribieron 6.700 títulos de esas lenguas, conjunto que, tratado por los
lingüistas, conduce incluso a casi 400 lenguas diferentes identificadas en el
repertorio mundial de referencia.27 Es decir que el multilingüismo en Francia
tomó proporciones considerables, que implicaban multitudes de submercados
locales o familiares. Desde hace unos quince años, además, el Estado francés
modifica por pequeños toques su política lingüística:28 así la toma en considera­
ción de las lenguas de D OM -TOM por más tardía que sea, comienza a traducirse
en una forma de reconocimiento, y la escuela ha dejado de negarlas obstinada­
mente como lo hacía antes.
P or último, teniendo en cuenta los dos aspectos precedentes, el lugar tomado
por la televisión en la vida social constituye, desde hace unos treinta años, un
vector esencial de la unificación lingüística alrededor del francés, en detrimento
de las antiguas lenguas regionales, como también sucede en otros lados en
Europa, en Italia por ejemplo. Es un punto que Bourdieu no me admitía en los
años 70 (de allí la ausencia de referencia a la televisión en Ce que p a rler veut
diré), pero había terminado por acordar con mi análisis, hoy tiivial. Ahora bien,
esta evolución no deja de tener efectos en el orden simbólico, puesto que el
sistema de enseñanza no es la única institución que unifica lingüísticamente la
sociedad francesa y puesto que el modo de acción de la televisión difiere
sensiblemente de lo que La reproduction designa como Acción Pedagógica.
Como lo ilustra este muy breve análisis, esas evoluciones que complejizan
considerablemente la situación sociolingüística francesa, por un lado, se dejan
describir perfectamente en el marco de los conceptos transhistóricos de la
economía de los intercambios lingüísticos elaborada por Bourdieu y, por otro,
imponen más que nunca a los lingüistas preocupados por lo real, la necesidad de
construir gramáticas de locutores todos más o menos multilingüistas, al menos
pasivos, gramáticas intrínsecamente heterogéneas y que no se dejan captar sin
tener en cuenta sus habitus.

27 F ra n fois H éran, Alexandra Filhon y C h iistin e Deprez, “La dynam ique des langues en
France au fil du X X C siécle”, Pnpulatiuns et Sociétés, 376, febrero de 2002, p. 1-4.
is P ierre Encrevé, “ L a langue de la République”, P ou voirs, “ La République” , 100, enero de
2002, p. 123-136.
PIERRE BOURDIEU Y LA FILOSOFÍA.
A PROPÓSITO DE LAS
MEDITACIONES PASCALIANAS
Louis Pinto

La libertad que P ierre Bourdieu, como etnólogo y sociólogo, piensa haber ad


quirido respecto de la filosofía, su disciplina de origen, nunca estuvo acompañada
por una actitud de desprecio, contrariamente a la idea que pueden hacerse todos
aquellos que, especialmente en el seno de esa disciplina, son incapaces de
im aginar otra alternativa que la de la negación y la conformidad que encarnan.
Esa libertad simplemente requirió una mirada nueva sobre los usos de la cultura
filosófica, favorecida por el descubrimiento de contextos de utilización inéditos,
y desvinculada de la preocupación del comentario como de las tentaciones de la
retórica. No sin ironía, Bourdieu señaló que la originalidad de su proceso en
filosofía debe algo a promesas 110 mantenidas por aquellos que se ubican en esa
disciplina: “Si tomé la decisión”, escribe en la introducción de las M éditations
pascaliennes, “de plantear algunas preguntas que habría preferido dejar a la
filosofía, es porque me pareció que ella, sin embargo tan crítica, no las plan­
teaba”.1Burlarse de la filosofía: es una manera de tomarla en serio que su trabajo
de sociólogo lo condujo a adoptar, sustituyendo el lenguaje perentorio de
fundamentos y de fronteras por una preocupación por la reflexividad generali­
zada que concierne no sólo a una disciplina sino también a la postura erudita
misma.

U n a “filosofía de la filo sofía”

En el curso de los años 1990, Pierre Bourdieu operó un triple ajuste de su trabajo
que surgía de la lógica interna de la obra, así como de las transformaciones de
las relaciones entre la obra y su espacio de recepción y de lectura a medida que

1P ierre Bourdieu, M éd ita tion s pascaliennes, París, col. “ L ib er”, Seuil, 1997, p. 9. Desde ahora,
las referencias a este libro estarán entre paréntesis en el texto. (Las referencias a las obras en
español de Bourdieu se encuentran en “Referencias bio-bibliográficas”J.

217
su notoriedad crecía. Ajuste político: se trata de asumir las implicaciones
sociales de la actividad científica, rechazando el corte intelectualmente arbitra­
rio entre la descripción de lo real y la referencia a normas, y explicitando las
apuestas sociales que el trabajo sociológico habrá permitido poner en evidencia.
P ara ser tan eficaces como sea posible, las tomas de posición suponían ser
públicas, poniendo en juego el capital científico acumulado, a riesgo de verlo
expuesto a las críticas adversarias muy poco dispuestas a capitular frente a los
poderes de la razón científica. Una segunda forma de ajuste fue, sin duda, recu­
rrir cada vez más sistemáticamente al autoanálisis sociológico: se realiza sobre
una persona que no tiene simplemente por propiedad ser interesante y conocida,
o interesante porque es conocida, sino al ser poseedora de un inmenso capital
científico, plantea una pregunta propiamente científica, la de las condiciones
biográficas de la relación de afinidad entre un individuo singular y una posición
objetivamente determinable en un espacio de posibles intelectuales y cien­
tíficos.
Aiuste filosófico, por último: se trata de explicitar lo que, hasta entonces,
podía ser solamente sugerido, confiado a la armonía de disposiciones comunes
más que propuesto al examen del entendimiento. Puede decirse, grosso modo.
que las tres actitudes posibles de un sociólogo hacia la filosofía se sucedieron, sin
excluirse nunca: la abstención teórica, la crítica de las pretensiones de autono­
m ía absoluta, la contribución sustantiva a ciertas cuestiones. A riesgo de afligir
tanto a aquellos que pretenden de Bourdieu un odio a la filosofía como a aquellos
que le atribuyen un amor oculto y reprimido durante mucho tiempo, no hubo,
de su parte, un cambio respecto de la actitud inicialmente adoptada hacia la
filosofía. Desde los primeros trabajos, un rechazo obstinado de lo que él llamaba
el empirismo (o el positivismo) acompañaba una postura de abstención. Esas dos
actitudes no son contradictorias. Por un lado, la teoría del conocimiento de lo
social2 afirma que los datos están construidos y que, incluso cuando ellos se
presentan bajo el aspecto de la primera evidencia, elecciones socialmente
condicionadas están implicadas en el centro de las situaciones de investigación
y de la relación investigador-investigado, bajo forma de nomenclaturas, de
palabras, de medidas. A aquellos para quienes el conocimiento objetivo debe
registrar el dato tal como se da, así como a aquellos que entienden solamente
“ describir” las cosas como son descriptas por los agentes, es necesario repetir
que el sociólogo debe decidirse a tener presupuestos y que lo mejor es saber
explicitarlos, corregirlos y ponerlos a prueba. Por otro lado, la máxima absten­
ción no tiene nada de voto de renuncia perpetua por parte del sociólogo que se
prohibiría toda incursión en una disciplina extranjera; expresa más bien la
reticencia a comprometerse en terrenos en que está poco inclinado a aventurar­
se, porque se siente extranjero respecto de cuestiones abordadas por los
contemporáneos, extranjero respecto de las alternativas que se imponen y

'l Sobre la distinción “teoría del conocimiento de lo social/teoría de lo social”, véase P ie rre
Bourdieu, Jean-Claude Ohamboredon y Jean-Claude Passeron, Le m étier de ¡sociologue, París-
L a H aya, Mouton, 1968, p. 10-11.

218
respecto de las (buenas) elecciones que hay que hacer: de allí, una relación con
la cultura filosófica que, indiferente a las jerarquías dominantes, sabe utilizar
referencias diversas y combinar autores como Sartre y Lévi-Strauss o tradicio­
nes aparentemente antagonistas, como la fenomenología y la epistemología en
el estilo bachelardiano o canguilhemiano. Sin caer en el eclecticismo, Bourdieu
no dejó, por desafío, de tener un malvado placer en ignorar, rodear o suspender
las elecciones obligadas e inventar una multitud de fórmulas, de giros (“ capital
simbólico”, “ontología política” ...), en suma, un estilo que invita a la imaginación
teórica.
En los primeros textos, especialmente aquellos dedicados a la cultura (la
frecuentación de museos, los usos sociales de la fotografía), como luego (L a
distinction), la cultura filosófica está presente más “en estado práctico” que bajo
la forma de un discurso teórico: la preocupación mayor de Bourdieu, comprome­
tido en esa época en una reconversión, era probar por el ejemplo {Le m étier de
sociologue) la posibilidad de superar la alternativa entre el teoricismo de los
sociólogos académicos, que discurrían abstractamente sobre las clases sociales
y el positivismo de los sociólogos “de campo”.
Luego de haber puesto incansablemente en obra la exigencia crítica sobre la
“tradición letrada” y sobre los bienes sagrados de la literatura, de la religión y
de la filosofía (“L ’ontologie politique de M artin Heidegger”),3Bourdieu comenzó
a presentar, en 1997 en las Meditaciones pascalianas, los principales aspectos
filosóficos4 que le parecían contenidos en su obra y que pueden agruparse
alrededor de tres motivos: una crítica social de la razón escolástica, un análisis
de la historicidad de los saberes y una explicitación de la “idea del ‘hombre’
inevitablemente implicada en Isusl elecciones científicas” . “Yo también quise
intentar hallar el punto a partir del cual el conjunto de mi ‘obra’ podría ser
captada con una sola mirada, liberada de las confusiones y de las oscuridades que
podía descubrir en ella “haciéndola’ y en las que uno se detiene cuando se mira
de muy cerca” (p. 17). Incluso si tantas costumbres “escolásticas” nos llevan a
ello, es preciso cuidarse de ir a buscar los resultados teóricos más allá de la
“obra”; y, por otro lado, somos invitados a no extraviarnos en los hábitos del
lector: “el malentendido más claro viene del hecho de que la lectura del lector
es ella misma su fin y que ella se interesa en los textos, en las teorías, métodos
o conceptos que vehiculizan, no para hacer algo con eso, es decir, para hacerlos
entrar, como instrumentos útiles o perfectibles, en un uso práctico, sino para
glosarlos vinculándolos a otros textos” (p. 17). La construcción y la escritura de
las M éditations pascaliennes lo tienen todo para disuadir la lectura del lector:
aunque construido con un extremo rigor, ese libro de filosofía no cede nada a las
seducciones de la discusión y de la exégesis puras, prefiriendo ilustrar otra

:l P ierre Bourdieu, “ L ’ontologie politique de M artin H eid egger” , Actes de la recherche en


scienx:es sociales, 5-6, noviem bre de 1975.
1 Sin duda, puede encontrarse ya en libros como Esquisse d ’une théorie de la pra tiqu e
(G inebra, Droz, 1972) y Le sens p ra tiq u e (París, M inuit. col. “L e sens commun", 1980) varias
concepciones que serán retom adas ulteriorm ente.

219
manera de ver las cuestiones filosóficas a través de ejemplos, “digresiones” y,
más generalmente, un tono que prohíbe una comprensión puramente escolás­
tica por parte del lector.
Se podrá reconocer en los conceptos principales la huella de varios autores.
Pero, sólo es legítimo acercar a Bourdieu a algunos de aquellos que pudieron ser
importantes para él, sea en los años de formación,5sea más tarde, siempre que
se los vea de algún modo operando en la práctica del sociólogo: por ejemplo, Kant
y el neokantismo a lo Cassirer, en la investigación sobre las categorías de
pensamiento y las formas “simbólicas” , H eidegger y Merleau-Ponty, en el aná­
lisis de la relación práctica con el mundo, Freud en la puesta en evidencia de
formas de censura, de denegación y represión, y en el uso de nociones como
“ pulsión” o libido, W ittgenstein en la mirada sobre las reglas, Austin en el juego
de lo constatativo y lo performativo, etc. De ello se sigue que las cuestiones
tradicionales del comentador, como la cuestión de saber si lo que Bourdieu dijo
ya estaba en otros o la de determinar en qué medida habría sido un lector fiel,1’
no tienen interés puesto que nunca tuvo las pretensiones en nombre de las
cuales precisamente se cree juzgarlo.
Del mismo modo que no interesa la cuestión de saber en qué proporción es
un sociólogo o un filósofo, como si para los filósofos que plantean generalmente
este tipo de cuestiones fuera importante para su salvación intelectual. N o puede
sino constatarse la fosa que habrá separado a Bourdieu de la mayoría de los
filósofos. Se vio alejado de ellos por los temas abordados y más aun por di­
ferencias de estilo. M ientras que los pensadores dotados de una reputación
subversiva se vinculaban, incluso en sus declaraciones iconoclastas al modelo
heroico de un genio en ruptura con todas las convenciones, las conveniencias y
lo impensado, y obtenían ventajas de los recursos de una lengua metafórica y de
nociones grandiosas (e l “ Occidente”), Bourdieu no dejó de manifestar su
predilección por la claridad y la precisión, al riesgo de confirmar las sospechas
de positivismo que suscita la referencia a un ideal de racionalidad.7 Es difícil
encontrar en Bourdieu ese tono que K an t llamaba “aristocrático” ( vornehm ).
“N o se hacía el filósofo” , declaró en un homenaje sincero y sobrio a propósito de
Canghilhem: no se podría decir algo mejor para evocar lo que él esperaba de un
filósofo, a la vez poco y mucho. Es cierto, como señalaron defensores de la dis­
ciplina, que Bourdieu pudo hablar de modo global de los “filósofos” como si se
tratara de un rechazo indiferenciado. Ahora bien, el contexto de utilización no
deja duda sobre sus intenciones: “los” filósofos a los que hacía referencia no eran

s Louis Pinto, P ierre B ou rd ieu el la théorie du m onde ¡social, París, Seuil, col. “Points-Essais”,
2002, p. 21 y ss.
6 Sólo pueden tem erse los textos que no van a dejar de referirse a “Bourdieu, lector de X ”,
género inagotable para los comentadores que raram ente plantean la pregunta por el interés de
un ejercicio semejante.
" A lejado de los modelos dominantes, Bourdieu podía encontrar en algunos filósofos lectores
atentos y advertidos, como lo m uestra bien el caso de Jacques Bouveresse, tan cercano a él en
cierto núm ero de cuestiones, em pezando por la concepción del trabajo in telectu al (véase
especialm ente de éste, Bourdieu, savont et po litiq u e , M arsella, A gone, col. “Banc d’essai” , 2004).

220
ni el conjunto de los pensadores eminentes de la tradición ni un grupo pro­
fesional como tal, sino simplemente aquellos que, dotados o no de título, se
abandonan a la pendiente social que les bace “hacerse los filósofos” , contentos
de los provechos simbólicos que obtienen con ello, pero inconscientes de las
causas y de las razones que los llevan a existir así. Y el hecho de que, exasperados
por todo cuestionamiento, varios de esos “filósofos” se hayan sentido obligados
a afirm ar su solidaridad frente al sociólogo es otro asunto.8 Burlarse de la
filosofía es, en principio, burlarse de las fronteras que asignan a la filosofía tareas
imperiosas sobre un terreno delimitado y sagrado,8y pensar que se puede en­
contrar filosofía de otro modo y en otra parte que allí donde la tradición
académica entiende ponerla por separado; es, por esto, burlarse de la “‘filosofía’
de la filosofía, que está comprometida tácitamente en la práctica social que se
designa, en un lugar y en tiempos determinados, como filosófica” (p. 41). M ás que
por contribuciones particulares a cuestiones de filosofía que no tenía la intención
de tratar en tanto que tales, Bourdieu buscó mostrar el aporte filosófico de las
ciencias sociales a otra “ filosofía de la filosofía” .
Si, a la vez que se evita la búsqueda tradicional de influencias y de pre­
cursores, sebuscacon qué filósofos Bourdieu pretendía vincularse, sería preciso
nombrar en primer lugar a los autores susceptibles de ser inscriptos ya en un
linaje crítico, ya en un linaje que pone ante todo la especificidad de la práctica
y del sentido común. Entre ellos, los nombres principales son, sin duda, los de
Pascal, Hume, Kant, Marx, Husserl, Bachelard, Wittgenstein, Austin y D ewey.111
En tales autores, la crítica apunta menos al sentido común, que se presume
como insuficientemente instruido y seguro, que a pretensiones exorbitantes, las
de profesionales del discurso, que conducen a disociar el lenguaje de sus
condiciones de uso normales y legítimas y a suscitar ilusiones, mitologías,
fetiches. L a abstención de Bourdieu respecto de varios ejercicios filosóficos
obligados en que se complacieron tantos contemporáneos suyos no es otra cosa
que una manera de rechazar su carácter irreal y preferir cuestiones vinculadas
a prácticas efectivas, sean sociales o científicas. Esto implica una toma de partido
a favor de esa “filosofía en acción” a la que invitaba Bachelard, contra las
tranquilas seguridades de la meditación. Cualquiera sea su diversidad, las
mitologías intelectuales y filosóficas pueden finalmente considerarse como una
de las expresiones más evidentes de la condición del ocio, ese “punto de vista
escolástico” que es propio del pensador liberado de las coacciones y de las
urgencias de la vida común. Pensar ese punto de vista como tal es una tarea en
la que el sociólogo y el filósofo pueden unirse.

s Aunque parezca m entira existe algo así como “resistencias" a la sociología, que disgusta a
quienes se escudan detrás de un popperismo estándar para reubicar todo socioanálisis en el
pensam iento “ totalitario” y “no falseable”: sometidas a un conjunto de causas identifícables y
mensurables por indicadores objetivos, las resistencias son perfectam ente analizables y, sin
duda, som etibles a la comprobación empírica.
0Tam bién es “burlarse de la sociología”, pero este punto dem andaría aun otros desarrollos.
la Basta con observar el índice de las M éd ita tion s pascaliennes.

221
U n a autocrítica de la illusio eru dita

Una lectura generosa de Bourdieu es aquella que tendría como propósito no,
evidentemente, suscribir a todas las proposiciones teóricas o empíricas sino, al
menos, intentar juzgarlas teniendo en cuenta los objetivos que se había fijado,
así como la adecuación de los medios utilizados para alcanzarlos. U n a lectura
semejante se opone en todos los puntos a los estudios más expandidos en
Francia" uno de ellos apunta a cortar la obra en rodajas, el fragmento de elección
teórica que interesa a los filósofos que, dejando de lado el trabajo de campo que
los aburre, se dirigen a los pares, para mostrarles, con una mueca bien filosófica,
incoherencias, simplismos, lecturas defectuosas, influencias ocultas; otro, con­
siste en acumular los beneficios del conocimiento de la obra, evocados en un
primer momento de manera más o menos respetuosa, con, en un segundo
momento, los beneficios de la superación de las faltas certificadas por la opinión
común de los doctores, e incansablemente repetidas (rigidez del habitus,
estructura como historia, determinismo, economicismo...), y esto contra las
innumerables advertencias de Bourdieu. Críticas de este tipo, que se cuidan bien
de mostrar cómo las faltas en cuestión pesaron concretamente en el trabajo de
investigación (prohibiendo, por ejemplo, dar cuenta de crisis, dereconversiones,
de divisiones íntimas, de usos diferentes de un mismo tipo de capital, etc.) deben
ciertamente una parte de su eficacia a la disimetría de los argumentos a favor,
afectados por una toma de posición de incondicionalidad ciega, y de los
argumentos contra. Bourdieu pudo expresar “el sentimiento de haber sido
bastante mal comprendido”: “Los análisis y los modelos que yo proponía fueron
así comprendidos, muy a menudo, a través de las categorías de pensamiento que,
como las grandes alternativas obligadas del pensamiento dualista (mecanismo/
finalismo, objetivismo/subjetivismo, holismo/individualismo, etc.), eran preci­
samente revocadas” (p. 16-17). Lo que suele olvidarse es que, si Bourdieu se
esforzó por dar, incluso de manera provisoria, una expresión relativam ente
sistemática a los presupuestos contenidos en una obra científica in progress, el
valor de las proposiciones de naturaleza “teórica” que se arriesgó a formular
debe juzgarse en principio en función de sus efectos en la investigación so­
ciológica y de las interrogaciones reales que suscita.
N o se insistirá aquí en aquello que podía predisponer a Bourdieu a mantener
esa relación crítica con la cultura filosófica: no era una pura elección teórica, sino
la experiencia vivida de la separación entre la relación erudita y la relación
común, vulgar, popular con el mundo.11 Esa experiencia contenía efectos de
conocimiento por la serie de rechazos que tendía a oponer a las evidencias de los
herederos para quienes la cultura va de suyo. La tarea más inmediata y más
urgente para el sociólogo enfrentado a diversos terrenos empíricos, especial­
mente la educación y las prácticas culturales, habrá sido hacer una crítica social
del juicio erudito, para generalizar la expresión (empleada como subtítulo d eLa
11 Louis Pinto, “Pen ser la pratique”, A w al, 27-28, 2003, p. 87-100.

222
distinction) de “crítica social del gusto” . Contribución específica del sociólogo a
la crítica de la razón erudita, esa crítica social tiene como objeto m anifestar los
límites factuales de validez de conceptos dotados de significación universal. Y si
la cultura ha sido considerada como el dominio por excelencia de ese efecto de
falsa universalidad, es p orqueresu lta particularm ente propicia a una form a
de ilusión que consiste en procurar las apariencias de la inmediatez y de lo
natural a lo que es el producto de una construcción social de los sujetos, de los
bienes y de los juicios. En consecuencia, la problemática kantiana del juicio de
gusto, con su “finalidad sin fin” y su “placer desinteresado”, aparece como lapues-
ta en forma erudita de una experiencia social, la del gusto cultivado de la cual
la investigación empírica constata su ausencia en poblaciones concretas (las
clases populares). Habiendo estudiado experiencias socialmente indignas, el
sociólogo invitaba a cuestionar, gracias a los resultados de la investigación
positiva, universalidades ficticias cuya fuerza inmanente se basa, en gran parte,
en el borrado de sus condiciones sociales de posibilidad y de su relatividad
antropológica. U n cuestionamiento semejante, doblemente ejemplar (que im ­
plica, a propósito de esa cosa tan personal que es el gusto, todos los principios
del pensador por excelencia de las “condiciones de posibilidad”), podía extenderse
al universo en que reinan formas puras: en todos esos casos (literatura, filosofía,
derecho, economía...), el punto de vista formalista demandaba ser vinculado a
agentes dotados de la competencia, de la cultura y de los intereses que los
distinguen de los profanos, de los “bárbaros” , y les procuran una autoridad, sin
olvidar que esos agentes deben su existencia a campos cuya autoridad detentan,
como poder y como saber.
Más allá de las cuestiones de juicio estético abordadas desde comienzos de los
años 60, la sociología de la cultura aparece como un modo de constituir, en tanto
que tal, el punto de vista erudito sobre el mundo. Proceso que se inscribe
perfectamente en la filiación de la filosofía crítica como ejercicio sobre los poderes
y los límites de la razón erudita, pero a la que se añade que se tienen en cuenta
explícita y metódicamente los agentes socialmente determinados. La intención del
sociólogo no consiste en refutar una argumentación pre o a-sociológica, ni en
reducir el punto de vista erudito a un puro condicionamiento ni poner en duda su
pertinencia propia, sino más bien comprenderla ceguera específica (social) que, en
los profesionales de la lucidez, se inscribe en el centro del saber.
L a sociología de los filósofos, porque cuestionar el efecto de autonomía y de
cierre propio de ese universo erudito no es ciertamente para Bourdieu un
“simple paso previo que no haría más que introducir una crítica propiamente
filosófica más radical y más específica” (p. 41): su convicción es “que no hay
actividad más filosófica [...] que el análisis de la lógica específica del campo
filosófico, de las disposiciones y de las creencias socialmente reconocidas como
‘filosóficas’ que se engendran y se cumplen allí” (p. 40). Sin imperialismo, es
decir, sin pretender sustituir a los filósofos, Bourdieu quiere recordarles que la
autonomía es una conquista histórica, que requiere de una vigilancia modesta
que no tiene nada que ver con ninguna seguridad estatutaria y que es bueno

223
saber la parte de impensado que entra en la reivindicación del estatuto de
filósofo, incluso en los más críticos, los más radicales y los más deconstructivos. -
Si aceptaran plantearse sobre ellos mismos preguntas prosaicas y apropiadas
para la investigación empírica, “los filósofos podrían asegurarse las condiciones
de una verdadera libertad con respecto a todo lo que los autoriza y les permite
decirse y pensarse filósofos” (p. 39), y liberarse realmente de las censuras
mutuas. Y si es cierto que la definición del filósofo se basa en el reconocimiento
de los pares, éste no podría confundirse con la lógica académica de certificación
y de normalización de las competencias, de los problemas, de los temas y de las
fronteras. La oposición entre estudio interno y estudio externo corre el riesgo
de funcionar como un modo de defensa de una corporación docta tanto tiempo
como ella tiene como único propósito servir para separar de entrada la idea de
que puntos de vista nuevos puedan modificar la línea divisoria entre esos
estudios así como para la definición de aquello que, en filosofía, es pertinente,
interno, específico.
Las contribuciones críticas de la sociología pueden referirse respecto de
algunos esquemas principales de análisis. El primero consiste en poner en
relación conceptos de tipo abstracto con sus condiciones sociales de posibilidad
o, si se prefiere, con las experiencias sociales que las presuponen. Así, la teoría
kantiana del juicio estético gana con ser considerada como una manera
formalizada de expresar la experiencia culta o la relación con el arte de ciertos
individuos dotados del poder de suspender los intereses de la existencia común.
L a inmediatez aparente de ese tipo de experiencia disimula las condiciones
históricas que hicieron posible a la vez agentes, bienes, posturas de consumo y
de evaluación, modos de clasificación, instituciones. Y se podría decir cosas
semejantes a propósito de otros universos dedicados, más o menos por las
mismas razones, al olvido de su génesis y a la ilusión de la lectura pura, de la
pura comunicación, de la pura norma. Esos universos (ciencia, arte, filología...)
engendran variantes del hombre escolástico, entre las cuales la más reciente es
ta l vez la del homo oeconomicus.
Esa misma actitud se puede reconocer en las reacciones de Bourdieu, que
pueden considerarse espontáneas, respecto de intentos de filósofos tales como
Habermas (p. 80 y ss.) y Rawls (p. 94) que buscan una justificación racional del
orden social ideal, no reductible a valores contingentes e históricamente
determinados. Esos autores, que Bourdieu no pretende refutar, tienen en
común tranponer en el registro irreal del análisis conceptual y de la razón pura
problemas que se plantean de modo muy distinto a la humanidad común. El
hecho de pensar la sociedad sobre el modelo de un debate racional, cuyas
principal es implicaciones se deducen por procedimientos formales, muestra una
ingenuidad intelectual que desvía de preguntarse si la historia empírica no
podría conducir a modificar el tipo de cuestiones que un filósofo se plantea. E l
rol atribuido a disposiciones éticas puras independientes de la experiencia desvía
12 V éase el pasaje dedicado a Jacques Dei-rida, “P arerga et paralipom ena”, en L a distinction.
C ritiqu e du ju g cm e n t n od a l, París, M inuit, col. “ Le sens commun” , 1979, p. 578 y ss.

224
de apelar a la experiencia para procurarse un conocimiento de aquello que hace
obstáculo a la razón, perdiendo con eso mismo una oportunidad de poner en
juego los poderes de la racionalidad y profundizarlos gracias a una uA ufklarung
permanente de la A ufklarung”, a una “crítica de la crítica formalmente univer­
salista” (p. 86). El racionalismo consecuente es más bien el que Durkheim,
cuando cita a Taine, llamaba “racionalismo empirista” : confrontación metódica
con el espesor de los datos, que tiene más que ver con unaR ealpolitik de la razón
que con las soluciones elegantes de la filosofía moral y política, y que consiste
en no disociar nunca las definiciones de lo justo y de lo razonable de su puesta en
obra histórica y de sus condiciones sociales de posibilidad.13
Un segundo esquema de crítica sociológica consiste en revelar los fetiches
conceptuales que tienden a imponerse a través de las palabras y las institucio­
nes. El esencialismoresulta de la propensión espontánea de los filósofos a buscar
más bien en el interior de sus propios usos lingüísticos las estructuras uni­
versales que fundan la inteligibilidad de los objetos considerados. Algo que los
expone a dos riesgos: tomar las palabras ofrecidas por los discursos eruditos de
la tradición por las cosas mismas y desconocer los límites de su punto de vista
y de sus saberes apoyándose en aquello que les parece evidente. E l primer error
es aquel del cual son víctimas, por ejemplo, la mayoría de aquellos que se dicen
especialistas de “filosofía política” : piensan su traba.] o a partir de un presupuesto
que es la preeminencia de la filosofía sobre la historia (en particular, social); se
dedican a extraer de un conjunto de corpas de sabios los conceptos mayores en
función de los cuales, según ellos, la historia se despliega. E l segundo error, ya
señalado por Durkheim, es el que sucede a favor de estudios conceptuales donde
el filósofo sólo encuentra lo que su cultura y su experiencia le ofrecen. No se
podría, en efecto, hablar rigurosamente de nociones como clase social, Estado
o fam ilia sin comprender que tienen una historia, a la vez social e intelectual,
y sobre todo que los instrumentos que empleamos para pensarlas forman parte
de esa historia misma que es necesario objetivar. Esas nociones, lejos de ser el
producto de entidades misteriosas, “modernidad”, “Occidente”, son el resultado
de un largo trabajo de acumulación que tuvo aspectos inseparablemente sociales
y teóricos: la génesis de una razón de Estado es indisociable de la constitución
de un grupo de profesionales del derecho predispuestos a servir lo universal y
a servarse de él, y ese universal, progresivamente conquistado contr a la lógica
doméstica de la familia y de la “casa” , se inscribe en profesiones, códigos, textos
y también en espíritus que tienden a reproducir en su manera de ver los
principios de división objetivos. Tom ar en cuenta el “efecto de teoría” , que hizo
inseparables las cosas descriptas de las palabras que las han construido, es una
manera de sustraerse a la magia de las palabras.
Un tercer esquema implica el trabajo de construcción simbólica del mundo.
En sus estudios sobre la sociología de la religión de M ax Weber, Bourdieu había

1:1 Podrían hacerse observaciones sem ejantes respecto de esos especialistas anglosajones de
filosofía política, que se dicen “ de izquierda” y que intentan convertir la cuestión de las
desigualdades sociales en problemas filosóficam ente tratables de “equidad" o de “ju sticia”.

225
intentado concebir las relaciones entre los conceptos surgidos de tradiciones
sociológicas diferentes, muy a menudo consideradas como exclusivas e incom­
patibles. M ientras que, por un lado, autores de inspiración kantiana como
Durkheim o Lévi-Strauss tienden a tratar los instrumentos simbólicos esencial­
mente como instrumentos de conocimiento y/o de comunicación, por otro lado,
la tradición de autores como M arx o W eber “privilegia las funciones políticas de
los ‘sistemas simbólicos’ en detrimento de su estructura lógica y de su función
gnoseológica” .14P ara escapar a la ceguera propia de cada tradición sin caer en
la ceguera opuesta, es necesario intentar encontrar no tanto una vía media que
concibe los opuestos, como una vía inexplorada donde la alternativa se disuelve
de algún modo: es preciso 11egar a una visión que permita percibir la contribución
que la producción de sentido en tanto que tal aporta a la conservación o a la
transformación de las relaciones de fuerza, o si se prefiere, comprender cómo
las relaciones de fuerza no tienen posibilidades de imponerse sino a condición
de cumplirse a través de esquemas de pensamiento, de clasificación y de
evaluación cuya forma tiene el poder de disimular lo arbitrario que los funda. El
orden social se inscribe en el orden de los espíritus y de los cuerpos, y por esto
el trabajo empírico consiste en describir concretamente las categorías que
permiten dar cuenta de la manera en que los agentes perciben, sienten, piensan
y actúan. Es una combinación de conocimiento, de reconocimiento y de des­
conocimiento, teniendo todo para desconcertar los entendimientos escolásticos,
que es característico del efecto propio de lo simbólico. A través de una serie de
oxímora (tales como “violencia simbólica” , “capital simbólico”) propios para
borronear las fronteras entre la fuerza y el derecho, el interés y la razón, o aun
ló temporal y lo espiritual, Bourdieu devela una posibilidad conceptual que, a
pesar de su fecundidad sociológica, se vio reprimida o excluida en tanto ella se
enfrentaba con los hábitos mentales compartidos que están en el principio de la
sobreestimación intelectualista de los poderes del pensamiento puro.
Una de las prioridades asignadas por él al trabajo del sociólogo habrá sido
analizar esa función estratégica de lo simbólico que da cuenta de la posibilidad
del orden, a la vez en las cosas y en los espíritus. Un análisis semejante toma
dos direcciones principales que, aunque distintas, no son en absoluto contradic­
torias. L a primera tiene por objeto pensar el “va de suyo” de la experiencia
ordinaria de agentes socialmente determinados, algo que se designa habitual­
mente a través de la noción de “sentido común” : éste, lejos de ser una suerte de
impensado primordial, está estructurado en función de categorías históricamen­
te determinadas, pero se presenta como la cosa de todos, el mínimo requerido
para orientarse en el mundo social, algo que se puede esperar de quien no es ni
insensato, ni estúpido (p. 118 y ss.). La segunda consiste en comprender los
efectos de legitimidad, de autoridad, que están siempre más o menos asociados
a la existencia de los “campos” diferenciados: hay ahí también una form a de
sentido común que, poseída esta vez solamente por los agentes calificados, hace
posible el acuerdo sobre apuestas comunes y, pues, los desacuerdos y las luchas
14 Pierre Bourdieu, “ Sur le pouvoir sym bolique”, Anuales, 3, m ayo-junio de 1977, p. '108.

22fi
por la definición de la manera legítim a de pertenecer al campo considerado.
Bourdieu siempre consideró como secundario o irrisorio el poder atribuido a las
“ideologías”, que le parecía que enmascaraban lo esencial, la doxa hecha de
evidencia, de creencias indiscutidas que delimitan el horizonte de lo pensable y
de lo posible.15La violencia simbólica debe su eficacia propia al hecho de que se
ejerce con la complicidad de los espíritus y de los cuerpos que hace posible la
correspondencia entre posiciones en el espacio social y las visiones que les
permite ser lo que son.
Es otra manera de decir que debe tomarse por principio buscar, ante todo,
comprender a las personas de buena fe y de buen sentido de las que el mundo
social está lleno. L a crítica del intelectualismo escolástico se basa paradójica­
mente en una suerte de “sobreintelectualismo” (en el sentido de Bachelard
cuando hablaba de un “sobrerracionalismo” para evocar las correcciones que la
ciencia contemporánea imponía al concepto filosófico de razón). Las estructuras
mentales que hacen posible la visión de los agentes contribuyen a la reproduc­
ción de su punto de vista y de su posición. Y esa puesta en orden del mundo se
prolonga más allá o más acá del lenguaje, de la conciencia, hasta en esa vida del
cuerpo hecha de hábitos motrices, de posturas, de reflejos, de modos de sentir
engendrados según los mismos principios que las categorías de pensamiento
(v.g. masculino/femenino).

U n a m irad a sociológica
s o b re algu n a s cuestiones filosóficas

En oposición a cuestiones irreales que ocupan a una parte de los filósofos, se ve


que las cuestiones que pueden ser consideradas reales son aquellas que, al no
ser deducibles de un conjunto de postulados estilizados, pueden solamente
encontrarse en el trabajo efectivo de la investigación. Lejos de excluir a los
filósofos, Bourdieu pensó que esas cuestiones podían interesar a aquellos que
acepten deshacerse de una representación aristocrática de la jerarquía de los
objetos y consentir en efectuar un desvío hacia la empiria. Después de todo, no
está prohibido soñar. Las contribuciones del sociólogo como tal a cuestiones
filosóficas deben buscarse en los trabajos en que se presentan en principio en
estado práctico. L asMeditationspascaliennes no son una concesión del sociólogo
consagrado que se inclina frente a la disciplina noble, ni el resultado de una
necesidad de suplemento de alma teórica, como sucede tan a menudo entre los
sociólogos que se esfuerzan por pensar por encima de lo común. Ese libro no
contiene nada que no haya sido dicho hasta entonces, pero lo dice de una manera

15 L o que no quiere decir que no exista algo como las ideologías: éstas son el producto
relativam en te coherente de un trabajo colectivo de producción simbólica dotada de funciones
prácticas.

227
más “poderosa” y para ser mejor comprendidopor aquellos que habrían leído mal
los trabajos precedentes, insensibles a las apuestas y a los puntos de vista que
la división del trabajo intelectual hace difíciles de concebir. A los filósofos, o al
menos a aquellos de entre ellos que eran capaces de adm itir un cuestionamiento
de sus costumbres, Bourdieu intentó mostrarles que cierto número de cuestio­
nes que se plantean no puede ser considerado de modo tradicional si es cierto
que la sociología por sus propios medios implica desarrollos que contribuyen a
modificarlas.
Una primera serie de cuestiones está vinculada con la naturaleza de las
relaciones entre nociones tales como la objetividad o la verdad y la relatividad
histórica de los saberes que la sociología parece implicar y confirmar. L a crítica
de la razón escolástica, ampliamente expuesta en las M editations, en principio,
podría pasar bien por una forma radical de objetivación de las producciones
eruditas como resultado de la cual no habría más que tomar nota del hecho de
qtie la ciencia y el sujeto erudito son posibilidades antropológicas entre otras.
Sería, en apariencia, el triunfo del sociólogo que habría tenido éxito en de­
mostrar el carácter dogmático de todos los saberes con pretensión de validez
universal, ciencias, filosofía... Pero Bourdieu no estaba inchnado a ceder a esa
tentación “sociologista”. Su concepción del estatuto propiamente científico del
saber sociológico no deja ninguna duda: lo que se esfuerza por volver pensable
es una concepción ampliada de la ciencia que permite pensarla históricamente
o, más bien, que permite a la ciencia pensar su propia posibilidad. De allí un doble
rechazo: el del purismo logicista, heredero de una tradición antinaturalista, y el
del relativismo. L a sociología, si toma en serio la historia, lo hace de manera
“consecuente”, es decir, remitiéndose a la historia para acceder a lo que no es
simplemente histórico y reviste un valor científico de objetividad. En el fun­
cionamiento de ciertos campos autónomos puede descubrirse una lógica espe­
cífica que favorece la acumulación a través de la crítica inmanente. L a única
manera de imponerse en tales campos, para aquellos que poseen las disposicio­
nes y las competencias, es buscar tener razón con los medios ofrecidos por las
normas internas del campo: es preciso dominar el sentido del juego así como
ciertas nociones que conciernen al estado de lo que se puede llam ar el espacio
de los objetos, de los problemas, de las soluciones, de las pruebas, de los debates.
Esta vía defendida por Bourdieu tiene el mérito de conciliar exigencias que
parecen empujar en direcciones opuestas: permite dispensarse del recurso a
fundamentos situados fuera de la historia, sin no obstante sacrificar el estatuto
de las teorías y de las proposiciones científicas. Pero el riesgo sería ver allí una
solución de algún modo especulativa que remite a la historia el cuidado de
regular el problema planteado inicialmente. U n poco a la manera de la astucia
de la razón hegeliana, la razón científica será tratada como un telos oscuramente
presente, activo en el tumulto de las pasiones humanas y seguro de su triunfo
final. L a respuesta a esta objeción no debe buscarse en una teoría sino en la
sociología de las ciencias. E l sociólogo, si se dedica a la investigación positiva
sobre instituciones o estrategias no puede sino intentar situarse en esa zona

228
equívoca o plurívoca donde pueden percibirse mejor las relaciones entre dis­
posiciones y posiciones, intereses singulares y prácticas desinteresadas, pulsio­
nes sociales y objetividad. Y contrariamente a laidea según la cual la objetividad
reside en la neutralidad -suerte de suspensión decisiva de las inclinaciones y de
las preferencias-, es preciso contar con una voluntad de saber desigualmente
distribuida porque las pulsiones espontáneas que actúan en el campo científico
son igualmente propicias a la búsqueda de la verdad. La solución propuesta no
es relativista: no consiste simplemente en rem itir a la historia para fundar la
razón, sino en plantear, en la línea de Bachelard, que al ser imposible el recurso
a fundamentos, solamente en el interior de la historia pueden ser develadas la
racionalidad y la objetividad.
La crítica de la razón escolástica da cuenta del poder que tiene la razón erudita
para comprenderse como tal. “Ciencias sociales que asumieran sin evasivas la
historicidad radical de la razón y estén templadas por la prueba de la historiza-
ción permanente podrían convertirse en el sostén más seguro de un racionalis­
mo historicista o de un historicismo racionalista” (p. 145). El sociólogo que habla
sobre el punto de vista escolástico como punto de vista no se expresa sólo en su
nombre, lo hace en nombre de todos aquellos que comparten una misma exi­
gencia de racionalidad, al punto de aplicarla a esa experiencia tan común que es
la adopción del punto de vista erudito sobre el mundo. Toma en serio la
“sorpresa” de los filósofos que merece ser tratada de otro modo que como un
lugar común de la retórica académica: si hay algo como el saber más que nada,
hay allí de qué sorprenderse puesto que el saber no descansa en ninguna
necesidad trascendente, en ningún “cielo de las ideas” preexistente, que no pue­
de ser fundado o descrito fuera de la historia y que es una de las posibilidades
antropológicas, junto al conocimiento práctico. Era preciso un discurso (¿filosó­
fico, sociológico?, poco importa) capaz de dar razón de las implicaciones de toda
actividad erudita de la que la actividad científica del sociólogo no es más que un
caso particular.
L a unidad profunda de las Méditations pascaliennes se basa en la solidaridad
de las tres dimensiones de la ciencia que puede ser considerada, en principio,
como un caso privilegiado de la relación erudita con el mundo, luego, como un
producto histórico singular y, por último, como una relación de conocimiento
con un objeto que tiene por propiedad no poder definirse solamente por su
estatuto de objeto de conocimiento. Es preciso abordar ahora este último punto.
La idea, progresivamente desarrollada por Bourdieu, es la de una ciencia que
sabe obtener las consecuencias de la dualidad de los modos de ser y de los modos
de conocimiento: el sujeto cognoscente debe elucidar el estatuto del conocimien­
to y el estatuto de aquellos con quienes se vincula el conocimiento. E l primer
objetivo era el análisis del “sentido práctico”, como medio de poner en evidencia
la especificidad de una relación no escolástica con el mundo. En el contexto de
las investigaciones empíricas, se trataba, ante todo, de dar cuenta menos de la
existencia de una regla (ésta podía ser inferida a partir de regularidades
constatadas) que del hecho de “seguir una regla” sabiendo discernir en la in ­

229
finidad de situaciones la regla a poner en acción, sin que esa puesta en acción
se base en un repertorio previo de aplicaciones concretas de las reglas. Según
el contexto de trabajo, puede insistirse ya en la creatividad, o ya en la producción
de las regularidades objetivas. N o hay allí ninguna contradicción: es necesario
renunciar a querer reducir la noción de habitus a una nueva ocurrencia del
debate filosófico-metafísico sobre la libertad. El agente es, por sus disposiciones,
capaz de ingeniosidad, de acción e incluso de reflexividad,18 pero no es menos
cierto que actúa no a partir de una tabula rasa, sino gracias a esquemas de
percepción y de acción. El habitus ha sido, ante todo, una manera de escapar a
los escollos del juridicismo, del mecanicismo y del finalismo para dar una
solución satisfactoria a dos problemas difíciles de ignorar y de subestimar: el de
la contribución que las prácticas aportan (o no) a la reproducción de la posición
de un agente determinado, desde que se ha separado las hipótesis irrealistas que
conducen hacia esos escollos;^ el del parentesco de las diferentes prácticas de
un mismo agente más allá de la diversidad de los dominios.
Bourdieu, uno de los raros autores en operar, de modo efectivo y metódico,
una deconstrucción del sujeto, concebido por él como el lugar de una multitud
de formas de conocimiento, de reconocimiento y de desconocimiento, no apunta
a revertir una tradición llam ada metafísica y sus fundamentos ta l vez ilusorios,
sino a responder concretamente, a partir de los problemas de la investigación,
a una cuestión antigua que es posible abordar con.instrumentos nuevos: desde
que la ciencia devela la verdad de un agente y de sus prácticas, ¿cómo ca­
racterizar la parte de conocimiento y la parte de ignorancia que da su marca a
ese saber específico que es el suyo? La objetivación nos libera de prenociones y
de preconstrucciones, pero falta comprender qué es la comprensión científica,
lo que aporta y, pues, cómo debemos comprender lo que hasta entonces había
permanecido “oculto” .17La alternativa entre objetivismo y subjetivismo, entre
construcción y visión, condena a adoptar posiciones extremas, poco satisfacto­
rias: una consiste en plantear que la construcción de un modelo de inteligibilidad
es una tarea suficiente y que, en consecuencia, el interés por el punto de vista
de los agentes no posee otro interés más que marginal; el otro atribuye al sujeto
un poder de construcción de lo real, pero con la obligación, como contrapartida,
de ofrecer una explicación de la separación entre los puntos de vista singulares
y parciales y la apariencia de opacidad relativa que el mundo social reviste para
esos puntos de vista. Objetivismo y subjetivismo tienen que ver, cada uno por
su lado, con un residuo difícil de escamotear. Bourdieu quiso defender una
concepción del conocimiento científico como ruptura con el sentido común, pero,
al mismo tiempo, dejó de lado la tentación de fundar esa ruptura en la deva­
luación de los agentes comunes cuyas razones incansablemente intentó com­

16 L a s investigaciones de Bourdieu, etnológicas o sociológicas, contienen un número consi­


derable de análisis de “im provisación reglada": véase por ejemplo, en L e ¡senspratique, el análisis
del calendario cabileño.
17 Sobre la cuestión de lo que está oculto en sociología, véanse las referencias propuestas en
Louis Pinto, “V o ir autrem ent”, Revue internationale de. p hilosphie, 2, 2002.

230
prender, la “razón de los efectos” . La superación d éla alternativa supone atribuir
a la mirada erudita la tarea de incluir, en el conocimiento del objeto, el saber
práctico de los agentes. P ara dar cuenta de esas prácticas, es necesario admitir
agentes que, al estar dotados de ciertas capacidades cognitivas y prácticas,
producen una visión de las cosas dirigida por el punto de vista que es el de la po­
sición objetiva ocupada en el espacio social. E l conocimiento del punto de vista
(de un subproletario, de un pequeño burgués, de un “dominador” , etc.) implica
el conocimiento de las características de la posición que la hace posible, así
como el de los límites del conocimiento asociados a tal punto de vista.
Comprender no es compartir la experiencia extranjera, es percibir la necesidad
profunda inscripta en la visión de los agentes. Todo saber práctico encierra un
desconocimiento específico vinculado a la imposibilidad de verse como punto de
vista y a no relacionar los sistemas de clasificación con las divisiones objetivas
del espacio social que los fundamentan. Ese desconocimiento, acentuado por el
hecho de que un habitus es raram ente simple y uniforme, de algún modo es lo
que precede, y puede ser, si no enteramente abolido, al menos corregido por la
adquisición del punto de vista que la ciencia favorece (verse bajo la relación de
la posición y del punto de vista que engendra).
A la dimensión disposicional que conduce a rechazar el primado cartesiano
del cogito, hay que añadir la dimensión racional. Porque una fam ilia de habitus
demanda ser aprehendida en un espacio de posibles, es decir, vinculada a las fac­
tibilidades de las cuales se distingue. La escala con que las prácticas pueden ser
consideradas no es el átomo individual, porque ese átomo no existe, sino al
modo de una “mónada” que refleja, cada vez más, el universo entero. Como la
m ayoría de las propiedades son distintivas, el punto de vista de la ciencia
impone una desustancialización del objeto, incluso cuando ese objeto es sí
mismo: verse bajo la relación del espacio de los puntos de vista consiste en verse
bajóla relación de las propiedades diferenciales desarrolladas en la posición. A l
ser el campo la unidad de análisis, también es, pero entre comillas, el verdadero
sujeto'.18
Ese doble descentramiento, disposicional y relacional, si pone en causa las
teorías eruditas del sujeto, no desemboca en una objetivación que sería
necesariamente objetivista: significa solamente, en conformidad con el postu­
lado de inteligibilidad sociológica, que las diferencias subjetivas pueden estar
objetivam ente fundadas y puestas en relación con las diferencias objetivas. Con
la consecuencia interesante de que la distribución desigual de las disposiciones
a la objetivación es un caso particular, puesto que está basada en diferencias
objetivas o fundadas objetivamente. Es decir que no hay ley de hierro de la

’ Juego de palabras con sujet que, en francés, es “sujeto” y es “tem a” [N . del T.l.
,fl “Recordar que todo es histórico es dar a la historia, y a la sociedad, todo lo que se ha dado
a una trascendencia o a un sujeto trascendental. Es, más precisam ente, f.,.1 adm itir que el
verdadero ‘sujeto’ [sujet] de las obras humanas más logradas no es otro que el campo en el que,
es decir, gracias al que y contra el que, se rea lizan ” (p. 137). P o r cierto, el campo no “piensa” , pero
un agente singular m odifica profundamente la visión que tiene de sí mismo cuando se piensa
en el in terior del campo.

231
separación entre el sentido vivido y la virtud objetiva. El partido adoptado por
Bourdieu raramente (¿nunca?) fue el de una descalificación radical del punto de
vista de los agentes. Dar cuenta de la experiencia, como no dejó de hacerlo, es
plantear en cada caso la cuestión del modo en que cierto saber objetivo está
presente en la conciencia, aunque fuese en grados infinitesimales, como en las
“pequeñas percepciones” de Leibniz que reflejan el universo confusamente.
A falta de estudiar exhaustivamente el espacio de las soluciones propuestas,
pueden evocarse algunos casos significativos y, en principio, el de la “doble
verdad” (p. 229 y ss. y 241 y ss.) que pareció ser considerado varias veces. Es de
las prácticas que, como la del don o del trabajo obrero, mezclan los momentos
contrarios de lo subjetivo y lo objetivo: el don es a la vez interesado y de­
sinteresado, el trabajo es a la vez explotación y afirmación de sí... como lo “saben
bien” , a su manera, los agentes mismos. Lo que resulta desconocido, lejos de
estar abolido, está bien presente, pero es invisible a fuerza de ser evidente,
explicitable solamente en una situación de crisis (juzgo que es ingrato, que no
se me devuelve lo que doy, que mi celo en el trabajo nunca es recompensado...
incluso si pretendo no vivir o trabajar más que “para eso” ). Entre esas dos
verdades, la observación no tiene que elegir, puesto que esa coexistencia
extraña forma parte de la realidad que se trata de comprender. Mientras que la
verdad subjetiva procura el placer indispensable para el cumplimiento de las
prácticas (como sin duda una imagen de sí aceptable), la verdad objetiva está
presente bajo forma de principio de realidad, como horizonte de sanciones
posibles y se recuerda cuando el curso de común de las cosas deja de ser evidente,
cuando no queda más que reclamar su prenda, su paga, su parte...
Otro caso es el de la traducción entre registros sociales diferentes, gracias a
la que puede operarse el pasaje entre un orden profano, tal como el de las
ideologías políticas, y un orden erudito. En los análisis dedicados a Heidegger,
Bourdieu tuvo el cuidado de sostener que la ontología era una cuestión de
política. Su propósito eram ás bienm ostrar que el discurso sobre el Ser perm itía
hacer dos cosas al mismo tiempo, hablar del mundo social y, también, hablar de
temas de aspecto abstracto y puro que tenían por propiedad realizar, con sus
propios medios, un coup de forcé del mismo estilo que el de los ideólogos de la
“ revolución conservadora” : para evitar pagar el precio de referencias sociales
muy directas a ellos, bastaba remitirse sin intención ni cálculo, a los esquemas
prácticos de la competencia erudita que sugerían una concepción del tiempo y
de la historicidad que perm itía superar las limitaciones de las concepciones
racionalistas. L a lucha propiamente filosófica, la única oficial, cumple indisocia-
blemente funciones internas y funciones externas, a través de las “ significacio­
nes equívocas” de las palabras de doble sentido que moviliza (el “destino”, la
“resolución”..,).
U na lectura sociológica semejante que se esfuerza por desarticular la
alternativa entre la lectura pura y la crítica ideológica, entre el culto y la de­
nuncia, y ofrecer una contribución constructiva al análisis filosófico, será
rem itida a la máquina de guerra “reduccionista” durante tanto tiempo como los

232
filósofos permanezcan con la idea de una pureza filosófica que no admite grados
y prohíbe todo examen.

E n ju e g o

L a teoría de la práctica estaba dedicada a ser parcial porque apuntaba, sobre


todo, a responder a una cuestión rigurosamente delimitada, que im plica la po­
sibilidad de las prácticas y su conformidad con las estructuras objetivas: la
cuestión de saber cómo inscribir, en el agente, el orden social. Dado este
objetivo, el punto de vista adoptado estaba afectado por un “sesgo” que se podría
llam ar cognitivo (al precio de una simplificación) y que estaba caracterizado por
la importancia acordada a la dimensión categorial, como lo muestra la termino­
logía de las “estructuras” (objetivas, mentales...).
De allí un segundo objetivo conforme a viejos intereses de Bourdieu, que era
insertar ese punto de vista en una visión antropológica global y totalizar en un
discurso relativam ente unitario lo que había sido dicho del hombre a través de
esbozos sucesivos. E l agente que se trata de describir tan completa y fielmente
como sea posible, no debe ser comprendido solamente en función de su capacidad
de actuar de modo conforme y oportuno sino en función de justificaciones de
existir que hace suyas, no sobre un método teórico sino a través de su relación
con el mundo que también es una relación consigo mismo. A la separación entre
sujeto y objeto, que surge de presupuestos cartesianos, debe sustituirse no tanto
una nueva oposición sino una polarización entre aquel para quien las cosas
ocurren y el mundo en el que existe y compromete su ser. A favor de experiencias
de apariencia común, examen escolar, ascenso, cambio de empleo, desempleo,
elección de una residencia, matrimonio, transmisión de una herencia, se trata
de lo que importa en el punto más alto, la definición total de lo que totalmente
se es o se está llamado a ser. El mundo, que no podría darse como un espectáculo
ofrecido al cálculo o a la meditación, designa más bien, como correlato del “ser
ahí” , el horizonte de factibilidades concretas y eficientes, de cosas por hacer,
planteadas por y pai’a el agente portador de pulsiones sociales o socialmentc
condicionadas que lo habitan y que le dan tanto las razones como el gusto de
hacer lo que hace, de vivir como vive. A diferencia del “sujeto” de la filosofía
clásica (cartesiano o trascendente), el agente se ve suscitado, ante todo, por las
factibilidades sociales que son las suyas propias.
Lo que Bourdieu preservó de Heidegger, hacia quien se muestra, además, tan
crítico, es esa polarización entre un “ser ahí”, al que se le asigna lo que existe,
y el mundo como dominio de sus emprendimientos. Se encuentran muchas
huellas de esa herencia en palabras y expresiones (el ser social, la existencia, el
porvenir). Y si resultan evidentes en las M editations pascaliennes más que en
otra parte, es en la medida en que Bourdieu, más que nunca, se sintió libre de

233
hacerlo sin tener que soportar las cargas del homenaje o de la puesta a punto
obligada. Pero gracias a conceptos como el capital simbólico, el campo, el interés
y la creencia, el marco existencia! es revisitado, sociológicamente rectificado
porque una descripción concreta no puede limitarse al puro éxtasis del Da-sein
y a sus adherencias primordiales al mundo, y debe dar cuenta del ser social en
tanto que está envuelto e investido en un aquí-ahora socialmente estructurado
y diferenciado. El ser en el mundo es un ser enjuego, tomado en una pluralidad
de juegos. Cada juego produce, perpetúa, valida un valor específico, un modo de
justificación de existir y, entonces, tiende a resolver una cuestión “inseparable­
mente escatológica y sociológica” (p. 280) que concierne a los juegos y a los
jugadores. E l valor que, en una filosofía de tipo existencial, no puede más que
plantear problemas, es inmanente al mundo y a todos los espacios diferenciados
que encierra: “el mundo social ofrece a los humanos aquello de que están más
desprovistos: una justificación de existir” (p. 282).
Mientras que la ontología existencial, por su preocupación noble acerca de lo
fundamental, eliminaba todo lo que parecía vinculado a la contingencia histórica
y privilegiaba las estructuras universales, la antropología positiva practicada
por Bourdieu atribuye un sentido concreto a la polarización de la existencia y del
mundo: el mundo social es eso que se impone al agente singular a través de una
multiplicidad de “juegos” (la política, la ciencia, la santidad, los honores...), y la
cuestión principal del juego no se plantea o, al menos, no lo hace bajo la forma
de un juego último, exterior a los otros. El juego no es una escena mantenida
a distancia sino un espacio de factibilidades que, al existir de modo, de alguna
manera, trascendente, descansa en los poderes irremplazables de la creencia
que, a su vez, descansa en el capital simbólico. Nada se juega sin la adhesión de
aquellos que tienen que jugar, jugarse y ser jugados en el juego, aportar
seguridad, energía colectivamente validada o, al menos, “convicción” ; esa
energía primitiva, pura que, parecida al trabajo “vivo” evocado por Marx, puede
ser el único “capital” disponible, la única cosa de la que pueda decirse que de­
pende de nosotros.19Como esta prerrogativa asignada al agente no podría ser ni
alienada ni delegada, la angustia, tratada por los filósofos como una invariante
existencial, constituye esa invariante de la existencia social en y por la que se
devela la soledad del individuo, para quien la existencia sucede. Incluso si, como
lo muestra bien la estadística, se juega pensando en los triunfos (“capital”
económico, cultural, social...), el juego en el que se es tomado tiene un carácter
abierto, nunca totalmente irreversible y previsible, y distinto de la “incertidum-
bre” tal como es formalizada luego por la teoría.
Es el juego el que produce temporalidad, como lo han mostrado los análisis
que conciernen a la estructura del campo literario, basada no solamente en la
coexistencia de posiciones diferenciadas sino también en la coexistencia de
subespacios en competencia que difieren por su ciclo de producción, de consumo

!í) Respecto de esta forma elem enta! de “capital”, véanse las reflexiones propuestas en Louis
Pinto, ‘“C ’est moi qui te le dis’. Les m odalités sociales de la certitude", Actes de la recherche en
sciences sociales, 52-53, p 107-108.

234
y de consagración. En este aspecto, la temporalidad constituye una estructura
insuperable de la experiencia social. Los juegos imponen a los que se compro­
meten en ellos medidas y escansiones cada vez específicas; y una de las inva­
riantes es quizá la oposición que, en casi todos los campos, se establece entre
jóvenes y viejos, entre pretendientes y poseedores de posiciones existentes y, en
cada polo, entre aquellos que respetan las condiciones de entrada y de sucesión
y aquellos que no las respetan (arribistas/gerontes). La temporalidad ha estado
en el centro de varios análisis de Bourdieu (la práctica del don, el orden de
sucesión, la relación con el tiempo del subproletario, del campesino, del
estudiante “heredero”, del pequeño burgués, del gerente...). Esto quiere decir
que los análisis sobre esta cuestión no fueron emprendidos ni como un ejercicio
juzgado interesante por sí mismo ni para proveer un simple complemento
fenomenológico al estudio de las determinaciones sociales ni, por último, para
colmar alguna nostalgia filosófica, con resonancias heideggerianas. Plenamente
sociológicos, responden a una tarea inscripta en la lógica de la investigación.
El rechazo insistente de la alternativa del objetivismo y del subjetivismo
supone la posibilidad de conciliar concretamente dos repertorios descriptivos
que tienen su validez propia, el de las estructuras, de las probabilidades
objetivas, y el de los puntos de vista, las visiones, las esperanzas subjetivas.
Ahora bien, esta conciliación puede revestir dos formas distintas: ya sea que se
efectúe desde el punto de vista del erudito, que nos presenta razones convincen­
tes para proponer la hipótesis de, por ejemplo, que la soltura conviene a los
dominadores o que el resentimiento o el am or fa ti concuerda más bien con las
posiciones dominadas, etc.; ya sea que sea realizada en el interior mismo del
punto de vista de los agentes. Esta segunda modalidad es la que justifica la
importancia acordada a la dimensión temporal. En efecto, el tiempo, forma
universal de la experiencia, no escapa a la economía general de las prácticas; es
a la vez expresión y medida del poder social. Y Bourdieu habla esencialmente de
esto bajo esa relación que es el dominio de las factibilidades: “El capital bajo sus
diferentes especies es un conjunto de derechos sobre el futuro” (p. 267). El tiem ­
po no está dado como una pura sucesión, sino en la urgencia ineluctable de un
presente en que es necesario tomar partido, “determinarse” : “El presente es el
conjunto de aquello en lo que se está presente, es decir, interesado [...]. Por esto,
no se reduce a un momento puntual [...]: engloba las anticipaciones y las
retrospecciones prácticas que están inscriptas como potencialidades o marcas
objetivas en lo dado inmediato. El habitúa es esa presencia del pasado en el
presente que hace posible la presencia en el presente del porvenir” (p. 251).
Desde sus primeros trabajos sobre Argelia, Bourdieu había encontrado dos
cuestiones que remitían directamente al tiempo: la de la relación con el futuro
por parte de los proletarios, de campesinos desarraigados que se encontraban sin
dominio sobre su propia suerte, abandonados al azar de las ocasiones, inmersos
en un presente indefinidamente repetido; y la del proyecto colectivo de tipo
revolucionario que supone la posibilidad de proyectarse en un futuro en vista del
cual se m ovilizan medios en el presente. E l poder social es un quantum finito que

235
admite grados: es porque todas las descripciones de la conciencia temporal
pueden ser situadas en relación con las extremidades que corresponden a condi­
ciones objetivas, la de los dominadores y las de los dominados. H ay tiempo
porque la parte de indeterminación y de incertidumbre es imposible de excluir
totalmente: ningún agente existe como una esencia instantánea que controla
todas sus factibilidades. Las estrategias de reproducción que no reflejan más que
la relación de confirmación mutua de las posibilidades objetivas y de las dis­
posiciones socialmente condicionadas a existir como tal, a perseverar en su ser,
son compatibles con ajustes suscitados por una transformación de las oportuni­
dades ofrecidas por el estado del mundo, incluso si, sin duda, la extensión de las
oportunidades explotables depende de las características de las disposiciones en
juego. En todos los casos, la descripción de la experiencia temporal no muestra
nada semejante más que un sujeto momentáneo que se determ ina frente a
factibilidades abstractas; hipótesis irrealista que es, por ejemplo, la de la teoría
de la acción racional.
Se comprende, entonces, el carácter casi sistemático que revisten, en la obra
de Bourdieu, los análisis dedicados al tiempo, al tiempo social. Las estrategias
elaboradas en las condiciones de impotencia social, que van de la miseria
material hasta el desempleo son de supervivencia, puesto que los individuos
implicados, que experimentan lo que les sucede como un destino, pura sucesión
de instantes, vacío de potencialidades a explotar, tienen en principio por
preocupación no doblegarse, no sucumbir frente a las fuerzas adversas. A l
quebrarse, o al ser muy frágil, la dialéctica de los poderes y de las factibilidades,
el tiempo se ve como fijo, suspendido en un transcurrir que no conduce a ninguna
parte. Sobrevivir no consiste, entonces, más que en oscilar entre la espera de
un improbable cambio -u n “milagro”- y una actividad voluntarista que apunta
a colmar el vacío por medio de pequeñas actividades que uno se impone a sí
mismo. Las estrategias de los individuos mejor dotados se basan, por el
contrario, en lo que caracteriza el “proyecto” , el poder' de actuar sobre el futuro
movilizando en el presente los recursos que son requeridos por él. El tiempo
reviste, en ese caso, la forma de una sucesión ordenada de fases que convergen
en la dirección descontada: crecimiento del patrimonio, consagración intelec­
tual, etc. A l tratarse de individuos, no es posible deslindar la parte de las
anticipaciones racionales y la de las potencialidades objetivas que se precisan y
se refuerzan a medida que su trayectoria revela nuevas factibilidades. La unión
casi orgánica del pasado sedimentado bajo forma de competencias reconocidas
y del futuro que se ofrece bajo el aspecto de una promesa segura de ser-
mantenida, toma en ellos la forma de la certeza de sí. Sería necesario, por cierto,
distinguir, entre los dominadores, el tiempo largo y casi impersonal de la
acumulación de los poderes sociales (la herencia recibida y aceptada), y el tiempo
breve y fugaz en que se juegan las cosas a hacer en postergaciones reducidas y
donde, como en el campo económico, hay que actuar a tiempo: los dominadores
reivindican simultáneamente, por un lado, los privilegios de la antigüedad que
deshacen las pretensiones de los impacientes y los advenedizos y, por otro lado,

236
la aptitud para hacer frente con seguridad y dominio, si no con gracia, a los
“riesgos” y cambios que ponen en cuestión las situaciones adquiridas, dando
cuenta así de lo bien fundado de los méritos asegurados desde el nacimiento.
Con la seguridad procurada por el dominio de los posibles crece el poder de
suspender la presión del presente y de las urgencias, de modo que la distancia
respecto del rol que caracteriza la excelencia social puede ser considerada, en
cierto modo, como la expresión de una distancia con el tiempo, privilegio social
de suspender las factibilidades, difiriéndolas hasta el momento querido, o
indefinidamente. Las diferentes fases de la trayectoria son desigualmente
favorables a la negación de las coacciones, y por esto, en los trabajos de Bourdieu,
la puesta en evidencia de la relación dominante con la cultura parecía estable­
cida por la experiencia de la relación con el futuro délos adolescentes burgueses:
el período de indeterminación relativa que les es propio tiene todo para man­
tenerlos en el sentimiento de escapar a las determinaciones que pesan sobre la
humanidad común y, por lo tanto, de no deber su suerte sino sólo a las
inclinaciones del yo profundo. L a postura escolástica es una modalidad particu­
lar de esa relación con el tiempo propicio al ocio, a la contemplación, al retroceso
respecto del curso de las cosas y a la abstención respecto de las ocupaciones
comunes; el pensador es aquel que dispone de los medios de sustraerse, hasta
cierto punto, de los asuntos temporales (política, economía, ceremonias...), de
la práctica y de la utilidad, para adoptar un punto de vista singular que tiene el
poder de aniquilar la tiranía del presente. Puede verse cómo esta cuestión de la
relación con el tiempo, esbozada desde el comienzo, contenía un programa para
la sociología del espacio social y para la sociología de los intelectuales como
momento de la reflexividad sociológica.

Nu eva ilustración de otra “filosofía de la filosofía” , el análisis sociológico del


tiempo, del juego, del capital simbólico de las razones de existir, no es una
manera de retomar intereses filósoficos largo tiempo reprimidos o neutraliza­
dos, sino un intento por hacer decibles o visibles cosas que las tradiciones
escolares o escolásticas tienden a ocultar. Puede decirse que la sociología, tanto
entendida como practicada, es serena respecto de la filosofía, ya que ella avanza
a su propio ritmo, ni fascinada, ni ignorante: los filósofos son, como los otros
miembros del campo científico, colegas cerca de los cuales la sociología puede
hallar varias herramientas, que piden ser transpuestas en otro contexto de
utilización. E incluso, cuando en Bourdieu la filosofía reviste la forma de un
discurso explícito, si no sistemático, sigue estando, en cierto modo, en estado
práctico: siempre desconfiando un poco frente a la finalidad sin fin de los
filósofos, resulta de cuestiones de sociología que suscita a la vez un movimiento
flexible e interminable. Lo peor sería leer a Bourdieu dejando de lado la actividad
de investigación. Nunca tuvo la convicción de haber elaborado y expuesto una
teoría en filosofía. Porque la concepción que tenía del trabajo intelectual no era
el modelo individualista de una sucesión de pensadores creadores de “doctrinas”,
sino más bien el de una producción colectiva de racionalidad crítica, donde la

237
sociología aporta una contribución específica. Si su obra debía tener sobre la
filosofía efectos conforme a sus intenciones, sería, ante todo, en una manera
concreta, ilustrada por miles de ejemplos, de liberarse de ciertos lím ites in vi­
sibles que son inherentes al privilegio del pensador. Es allí, más que en las “tesis”
comentadas de modo erudito o de modo crítico, donde su obra podrá permanecer
durablemente abierta y activa.
REFLEXIVTDAD Y SOCIOLOGÍA
DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
Yves Gingras

El interés de hablar aquí de reflexividad es doble.1En principio, el tema y, sobre


todo, la práctica de la reflexividad están en el centro de toda la obra de Pierre
Bourdieu, desde sus primeros trabajos hasta los últimos. L a segunda razón es
que la sociología de las ciencias conoció un gran entusiasmo por la reflexividad
luego de la enunciación de los grandes principios del “programa fuerte” , por
David Bloor en 1976, en su lib roKnowledge and Social Imagery. Esa corriente
de reflexividad proclamada se mostró, sin embargo, completamente opuesta a
la que puso en práctica Bourdieu. Querría intentar aquí explicar por qué esa
concepción no podía sino conducir a un impasse, mientras que la práctica de la
reflexividad preconizada por Bourdieu habría perm itido evitar tal derrape
narcisista.

R e flexivid ad: d e l tem a al térm ino

Recordemos, en principio, que el término mismo de “reflexividad” es muy poco


utilizado por Bourdieu antes de los años 90. Su uso explícito es, en efecto,
bastante raro comparado con los conceptos centrales de su obra (campo, ha­
bitus). E l término está, entonces, más o menos ausente en los índices de sus
libros, y se sabe que Bourdieu daba mucha importancia a la preparación de los
índices (contrariamente a la mayoría de los editores franceses).12El carácter

1A gradezco a Louis Pinto y a Johan H eilbron sus útiles com entarios y sugerencias.
M e perm ito aquí rem itir al lector a un breve análisis sociológico de la ausencia do los índices
en la m ayoría de los libros franceses, que publiqué hace vein te años en L a Recherche 140, enero
de 1983, p. 112-113. E scribía a llí que una excepción a esta regla era la colección ‘‘L e sens commun” ,
dirigida por Bourdieu, y vinculaba este hecho a su concepción del trabajo científico. Entonces
estudiante en esa época, había corrido el “riesgo” de enviárselo a Bourdieu quien tuvo la gentileza
de escribirm e que yo tenía “mil veces razón” y que ese trabajo de constitución del índice para
facilitar el trabajo científico estaba “destinado a pasar inadvertido”. Quedamos en contacto desde
ese prim er intercambio.

239
reflexivo de sus trabajos se refleja más bien en el uso de formulaciones que
sugieren explícitamente una forma de circulan dad: “sociología de la sociología”,
“sociólogos de mitologías y mitologías de sociólogos” , “quién ha creado a los
creadores”, “sociólogos de la creencia y creencia de sociólogos” , etc. De este
modo, ferviente lector de Bachelard, utilizaba más bien la expresión de
“vigilancia epistemológica”, que ocupa un lugar central en Le métier de
sociologue. Se sabe que Bachelard, al trabajar la analogía con el psicoanálisis,
hablaba de un “superyó de la ciudad científica” que apelaba a una “vigilancia
intelectual de sí” recurrente y dialéctica, que conduce a una “vigilancia de la
vigilancia”.3A l prolongar ese “psicoanálisis del espíritu científico” con un “aná­
lisis de las condiciones sociales en las que se producen las obras sociológicas”,
“el sociólogo puede encontrar un instrumento privilegiado de vigilancia episte­
mológica en la sociología del conocimiento”.•*Entonces, en la tradición bachelar-
diana, transformada en socioanálisis, se sitúa la fuente de la reflexividad
preconizada por Bourdieu que también es recurrente, como vamos a verlo más
adelante, al pasar de la objetivación del agente a la del campo.
El uso más frecuente del término “reflexividad”. por parte de Bourdieu, en el
curso de los años 1990 puede, de hecho, interpretarse como un efecto de
retroacción (feedback) de la circulación internacional de su obra, particularmen­
te en el campo sociológico anglosajón donde este término conoció una gran boga
desde fines de los años 1980. Así, mientras que Choses dites, publicado en 1987,
no tiene un subtítulo donde figuraría la reflexividad, la traducción inglesa
publicada en 1990 hace aparecer el término: In Other Words: Essays Towards
a Reflexive Sociology. Dos años más tarde aparece, siempre en inglés, ln vita tion
toReflexiva Sociology, pasando entonces el término del subtítulo al título. Pero
vuelve al subtítulo en la versión francesa de esta obra: Réponses. P o u r un
antrhropologie reflexive. Se observará también la traducción de sociology por
“antropología”... La circulación del término “reflexividad” en la obra francófona
de Bourdieu comienza así en 1992, pero el término permanece todavía marginal
en los índices de los libros publicados luego de esa fecha.5Por último, el término
alcanza, por así decir, el apogeo de su trayectoria al aparecer en el título mismo
de su última obra con la publicación, en 2001, de Science de la science et réfle­
xivité, dedicada a la sociología de las ciencias.
El término “reflexividad” tiene una historia reciente en el léxico de las
ciencias sociales. Recién emerge a mediados de los años 1970, en las revistas

1Gastón Bachelard, Le rationalism e ap p liqu é, París, P U F , 1975 ( l 9 edición 1948), p. 70 \E".


racionalism o aplicado, Buenos A ires, Paidós, 19781.
'* P ie rre Bourdieu, Jean-C laude Cham boredon y Jean-C laude Passeron, Le m é tie r eV
sociologue, París, Mouton, 1973 (2a edición), p. 14 [Las referencias a las obras de Bourdieu er.
español se encuentran en “Referncias bio-bibliográíicas” l.
Justam ente en esa época, 1992-1993, escribe un artículo que critica la concepción
anglosajona de la reflexividad tai como se la encuentra por ejemplo en Gouldner. Ese texto, nunca
publicado en francés, está disponible en traducción alemana: “Narzisstische R eflex ivitá t und
W isenschaftliche R eflexivitá t”, en E. B erg & M. Fuchs (dirs.), K u ltu r, soziale Praxis, Text,
Frankfurt, Suhrkam p-Verlag, 1993, p. 365-374.

240
académicas, y se vuelve omnipresente en el curso de los años 1990. Así, con­
tamos apenas cuatro artículos por año que utilizaron el término durante el
decenio de 1970, promedio que se duplica en el curso del decenio siguiente y
crece de manera exponencial en el curso de los años 1990, para alcanzar una
media de más de 35 artículos por año/' En suma, es la recepción anglosajona de
Bourdieu la que hace aparecer el término “reflexividad” en sus obras en el
decenio de 1990. E l empleo del término permite entonces hacer más visible una
característica central de su obra, pero que no estaba específicamente nombrada
antes, incluso si había sido fuertemente conceptualizada, porque Borudieu tenía
una práctica reflexiva mucho antes de utilizar la etiqueta que se convirtió en
moda a fines de los años 1980. Esta nueva centralidad del término en relación
con la obra de Bourdieu es también evidente en los coloquios y obras en lengua
francesa que se le dedicaron luego de su muerte.

R e fle xivid ad epistém ica y reflex iv id ad sociológica

Consideremos ahora los usos de la reflexividad en la sociología del conocimiento


científico. A fin de comprender bien los límites de esta concepción y de ver cómo
ella difiere de la que preconizó Bourdieu, es útil establecer una distinción entre
dos tipos principales de reflexividad: la reflexividad epistémica y la reflexividad
sociológica.7 L a primera se lim ita a una reflexión sobre los conceptos y su uso
reflexivo en las teorías o en textos, m ientras que la segunda tiene en cuenta la
trayectoria y la posición del analista en la estructura social. Esta última puede
verse en los trabajos de K arl Mannheim sobre la sociología del conocimiento
como desarrollo sociohistórico. Se sabe, en efecto, que él vinculaba directamen­
te la emergencia de la sociología del conocimiento a la confrontación de dife­
rentes modos de interpretación socialmente situados. Veía así la superación de
la determinación social de los puntos de vista particulares en la confrontación
relacional de diversos puntos de vista posibles.8 Esta reflexividad de prim er

Estos datos, basados en la presencia del térm ino reflexivity en el resum en de artículos,
fueron extraídos de la base Sociafile m ultilingiie que censa la m ayoría de las revistas académicas
de las ciencias humanas y sociales. Sirven aquí de indicador de tendencia y no buscan ser
exhaustivos.
; Sin dudas es posible m ultiplicar al infinito las distinciones: W oolgar, por ejem plo, opone la
reflexividad “ constitutiva” (y sin duda “radical” ) a la “instrum ental” (connotada negativam ente),
m ientras que Michael Lynch propone seis grandes categorías divididas en 14 subeategorías...
V éase Steve W oolgar, “K eilex ivity is the Ethnographer o f the T ext", in S. W o o lga r (dir.),
Know ledge and R eflexivity, Londres, Sage, 1988, p 14-34; M. Lynch, “A gain st R eflexivity as an
Academ ic V irtu e and Source o f P rivileged Know ledge’', Theory, C ulture a nd Suciety, 17 (3), 2000,
p. 26-54.

H K a rl M annheim , Ideology and Utupia. A n Intrnd.uction to the S ociology o f Knowledge,
N ueva York. Harcourt 13race Janovich, 1985 1Ideología y utop ía , México, FC E , 1993J.

241
nivel, que vincula directamente el contexto social global con las tomas de
posición teóricas del académico, se volverá preponderante a fines de los años 60,
cuando varios autores propongan una sociología de la sociología funcionalista
norteamericana, en el contexto do una crítica del conservadurismo social y del
rol del Estado en el desarrollo de una sociología centrada en la resolución de los
problemas sociales.‘J
Como vamos a verlo ahora, la reflexividad en la sociología del conocimiento
científico, en el curso délos años 80, es de naturaleza epistém icay no se interesa
verdaderamente en ese primer nivel de reflexividad sociológica que tenía, al
menos, la ventaja de ser sensible a la trayectoria y a la posición del académico
en el espacio social. En su primera formulación explícita, por parte de David
Bloor en su libro Knowledge. and Social Imagery, el principio de reflexividad
cumple, en efecto, un papel puramente formal que apunta a asegurar la cohe­
rencia lógica de la empresa: puesto que todo saber puede ser sometido a examen
sociológico, no hay ninguna razón para excluir la sociología de la ciencia misma
de tal interrogación. Al pretenderse ciencia, la sociología del conocimiento
científico debía poder aplicar a ella misma su teoría de la producción de los
conocimientos científicos.'0Más allá de ese enunciado de principio, la reflexivi­
dad en Bloor no tiene ninguna utilidad práctica y el término está incluso ausente
del índice del libro.
Algunos años más tarde, H arry Cllins propone un “programa empírico para
el relativism o” (1981), que rechaza explícitamente la reflexividad, juzgada sir.
interés para la práctica sociológica. Para Collins, el sociólogo de las ciencias d e t;
estudiar su objeto en un modo realista y dejai' a otros el cuidado de estudiar
los sociólogos de las ciencias.11Es preciso, de hecho, esperar a fines de los añ;
80 para que, en la corriente dé la sociología del conocimiento científico, el terr.¿
de la reflexividad se vuelva una apuesta importante gracias a las contribuciones c:
Steve W oolgar, Malcolm Ashmore y Michael M ulkay.12 Para esos autores, i
sociología del conocimiento científico sólo puede ser verdaderamente reflexiv:
si encuentra modos de mostrar explícitamente que, tanto en la práctica de \i
investigación, como en las formas de redacción de los textos que son sus
productos, el analista-autores consciente de que está construyendo “ socialmer.
te” sus resultados. Esta reflexividad “constitutiva” (y sin duda “radical” ) conduc:
entonces a la construcción de “nuevas formas literarias” , concebidas con.

1
1V éase por ejem plo, A lvin W. Gouldner, The C orning C risis o f Western Suciology, N u e'
Y ork , Basic Books, 1970 ILa crisis de la sociología occidental, Buenos Aires, Am orrortu, 197J
R obert W . Friedrichs, ;4 Sociology o f Sociology, N u eva York, F ree Press, 1970 ISociología
la sociología, Buenos Aires, Am orrortu, 19771.
D avid Bloor, Knowledge and S ocia l Im agery, Chicago, U n iversity o f Chicago Press, 199:
(2“ edición), p. 7 [C on ocim ien to c im a gin a rio social, Barcelona, Gedisa, 19981.
11H a rrv M . Collins, “W h at is TR A S P?: T h e Radical Program m e as a M ethodoligical Impera
tiv e ”, Ph ilosophy o f the S ocia l Sciences, 11 (2), junio de 1981, p. 215-224.
12Steve W oolgar (d ir.), Knowledge and Reflexw ity, Lonches, Sage, 1988; Malcolm Ashm oi
The R eflexive Thesis, Chicago, U n iversity o f Chicago Press, 1989; Michael M ulkay, The UV-
and. tlu> World-. E xplora tion s in the Forrn o f Sociologica l Analysis, Londres, A lien and U nw ir
1985.

242
herramientas reflexivas. Este estudio no es de hecho otra cosa que la reinven­
ción del proceso de distanciamiento utilizado en el teatro de Bertolt Brecht, al
que sus autores no hacen sin embargo referencia. P ara el dramaturgo alemán,
era importante que los espectadores no se identificaran muy fuertemente con
los roles interpretados por los actores, para no olvidar que no se trata sino de
teatro y no de la realidad. A fín de asegurar esa conciencia permanente del juego,
introduce en las obras medios que recuerdan a los espectadores que los actores
no son otra cosa que actores. En la obra Galileo, por ejemplo, poco antes del final,
los comediantes entran en escena vestidos con ropas modernas mientras siguen
interpretando sus papeles, cuando hasta entonces habían estado vestidos como
los personajes del Renacimiento que encamaban. Ese proceso de distanciamien­
to es bien conocido, pero es necesario admitir que también, es una manera de
distanciarse de los espectadores al tomarlos por más ingenuos de lo que son en
realidad. Del mismo modo, todos esos esfuerzos por hacer transparentar en los
textos constructivistas su naturaleza construida presuponen que los lectores
son ingenuos, que toman necesariamente todo lo que leen por un simple reflejo
de la realidad. Contrariamente a Brecht sin embargo, cuyos espectadores no
eran dramaturgos, los lectores de textos reflexivos son, ante todo, sociólogos,
algo que vuelve a esto modo de escritura aun más pedante.13
Una interpretación más caritativa de las capacidades de interpretación do los
lectores, cuya mayoría son competidores en el campo de la sociología, permite
de hecho suponer que están en posición de comprender que lo que es ofrecido
por un analista nunca es otra cosa que una interpretación abierta a la discusión.
Es, entonces, inútil inventar estilos literarios sofisticados, tanto más cuanto que
no pueden asegurar por sí mismos que los lectores no reificarán los conceptos
o los resultados del análisis. Incluso los más cálidos partidarios de esa forma de
reflexividad reconocieron los límites. A l hacer el balance de los trabajos re­
flexivos en 1991, Steier escribe (en un estilo narrativo tradicional) que si “ las
formas literarias no tradicionales pueden ser útiles” , ellas no garantizan de
ningún modo “una lectura construida y reflexiva por parte del lector” .14Es, en
efecto, curioso que los promotores del uso de un estilo literario destinado a
provocar la reflexividad no hayan explicado nunca cómo esas nuevas formas de
escritura podían imponer automáticamente a los lectores una lectura reflexiva
de los textos. Caso típico de regador- regado, W oolgar y Ashmore fueron además
1:5H ay que creer que M ulkay mismo term inó por comprender la inutilidad, n al menos los
limites, de una tal gim nasia textual. En efecto, en 1997 publicó un estudio totalm ente clásico (y
muy in teresan te) sobre el debate británico alrededor de las investigaciones sobre los embriones,
admitiendo que “a straightforw ard narrative form is w ell suited to the topic o f the em bryo
reseatch debate” . Para m ostrar que él habría podido escribirlo do otro modo, el epílogo se presenta
:ajo la form a de un sueño (drearn fantasy). Pero el autor no dice verdaderam ente p o r qué no
.a escrito todo el libro como el relato de un sueño. Podemos preguntarnos, de modo prosaico,
C am bridge U n iversity Press h abría publicado un libro sem ejante que m ezclara realidad y
ficción sobre un. tem a entonces de actualidad; véase M ichael M ulkay, The Em bryo Research
Debate. Science and. the P o litics o f Reproduction, Cam bridge, Cam bridge U n iversity Press. .1997,
p .X .
11 Frederick S teier (dir.), Research and R eflexivity, Londres, Sage, 1991, p. 10.

243
criticados por S0 derqvist por no haber hecho verdaderamente la demostración
al lector del “carácter único, contingente y local de la producción de su propio
texto”.,s Según este último, esos autores habrían debido presentar su texto “en
su carácter encarnado incluyendo registros de video del proceso de escritura,
copias de las versiones manuscritas, así como registros de audio que dieran
cuenta de las discusiones informales mantenidas entre los autores” .
Puede verse hasta dónde puede conducir una reflexividad narcisista cuando no
está limitada por una reflexividad sociológica. De hecho, el límite último de ese
género de reflexividad lo alcanza Wollgar, quien concl uye un estudio dedicado a la
naturaleza de la ciencia afirmando que “el yo debería ser un blanco estratégico para
la ciencia social”.10Habiendo (¡literalmente!) “deconstrui do” todo, W oolgar lleva su
programa hasta su conclusión lógica, que lo deja en la contemplación de su propia
imagen en un espejo que no es más que la proyección de su propio ego.
Frente a tales extravíos, puede comprenderse que Collins haya rechazado una
práctica que conduce al investigador a tomarse constantemente como objeto, en
lugar de estudiar el mundo que lo rodea. Pero ¿es necesario detenerse en ese
rechazo o, por el contrario, oponerle una reflexividad sociológica que peim ita no
sólo evitar tales extravíos sino incluso explicarlos? Es aquí, creo, donde la con­
cepción de Bourdieu de la reflexividad muestra su utilidad teórica y práctica.

Los tres m om entos


de la reflex iv id ad sociológica segú n B o u rd ie u

Para Bourdieu, el análisis reflexivo procede en tres momentos.17 El primero


retoma la tradición que surge con Mannheim y objetiva las condiciones sociales
de producción del académico (sociólogo, historiador, etc.), poniendo así en
evidencia sus disposiciones de clase, de género y los intereses que le están
asociados. La crítica reflexiva de la sociología de fines de los años 60, como se
ha visto, se limitó muy a menudo a esta etapa al vincular directamente la
posición social del investigador con sus intereses cognitivos. Se encuentra así un
tipo de análisis, basado en una simple teoría del reflejo (lo social se refleja
directamente en la ciencia), en estudios de sociología del conocimiento científi­
co.18 Rápidamente abandonada como muy simplista, esta vía sólo fue reempla­
zada, sin embargo, por un nuevo internalismo en el que solamente algunos
actores de la comunidad científica cumplen un papel activo y debaten entre ellos
1!i Thom as Saderqvist, “B iograpby or Ethnobiography or Botb? Embodied R eflexivity and the
Deconstruetion o f Knowledge-Power”, en F. Steier (ed.), Research anti Reflexivity, op. cit., p. 156.
,r> Steve W oolgar, Science the Very Idea, Londres, T avistock Publications, p. 108-109.
17 P ierre Bourdieu, M éd ita tion s pascaliennes, París, Seuil 1997, p. 22; véase también
"N arzisstische R eflexivitS t und wissenschaftliche R eflex ivitá t”, en E. B erg & M . Fuchs (dirs. i.
op. cit., nota 5.
1,1 Véanse por ejem plo los trabajos reunidos en B arry Barnes y Steven Shapin, N a tu ra l Order.
H is tó rica l Studies o f S cien tific C u ltu re, Londres, Sage, 1979.

244
sin mediación social, política o incluso institucional.1'’ Ahora bien, el segundo
momento del análisis reflexivo propuesto por Bourdieu permite tener en cuenta
la especificidad de las disciplinas y de las instituciones, gracias al concepto de campo
científico como espacio estructurado de posiciones y de tomas de posición con un
interés propio: la autoridad científica.2" Desde este punto de vista, el investigador
no existe solamente en el espacio social (primer momento) sino también en el
espacio específico de su disciplina y sus instituciones. E l análisis reflexivo debe
entonces también objetivar la posición del investigador en ese espacio relativamen­
te autónomo que tiene sus intereses y su lógica propias.21 La desaparición de ese
nivel de análisis en la mayoría de los estudios de “sociología del conocimiento
científico” es, según nuestra opinión, una consecuencia directa del abandono de la
sociología de las ciencias desarrollada por Robert K. Merton. En efecto, al aban­
donar completamente el nivel de las instancias para limitarse a las interacciones
microsociológicas de la práctica científica, la sociología del conocimiento científico
se privó de un concepto que permite tener en cuenta estructuras institucionales.
Es por lo menos irónico que un terreno de investigación entonces en plena fase de
construcción in stitucional haya estado ciego a la im portancia de los concep­
tos de institución y disciplina. Porque, a pesar de sus límites, la sociología de las
ciencias de Merton y de sus discípulos tenía medios para ser (y era) más reflexiva
que la sociología del conocimiento científico. En efecto, los conceptos de disciplina
y de especialidad hacían posible un análisis reflexivo de la emergencia de la
sociología de las ciencias en tanto que especialidad.22
En lugar de hacer tabla rasa de la tradición sociológica, como hacen los
principales autores de la corriente constructivista en sociología de las ciencias,
Bourdieu integra los aportes anteriores de Mannheim y de Merton para
superarlos. En efecto, el prim er momento de la reflexividad en Bourdieu retoma
el aporte de Mannheim (que también se encuentra en Luckács), mientras que el
segundo momento no se vuelve posible sino con la autonomía relativa de la
disciplina aparecida con Merton, que tiene en cuenta la especificidad del
microcosmos científico. Bourdieu vuelve a pensar, de todos modos, la estructura

10L a noción de core set, nudo de científicos activos en la producción de saber, subrayada por
Collins representa bien este nuevo internalism o; véase H a rry M. Collins, C ha n gin g O rder,
Londres, Sage, 1985.
1" P ierre Bourdieu, “L e champ scientifique y les conditions sociales du progres de la raison",
S ociologie et sociétés, 7 (1), m ayo de 1975, p. 91-118.
21 Es bastante sorprendente leer en la pluma de Scott Lash que el género de reflexividad
preconizado por el “ programa fuerte” no se encuentra en Bourdieu. Sólo una lectura muy
superficial y rápida de los textos del “program a fuerte” de Bourdieu puede explicar una fa lta de
comprensión semejante. Véase su contribución al volum en, C raig Calhoun, Edw ard Lipum a y
Moishe Postone ( d ir.), Bourdieu. C riticn l perspectivas, Chicago, U n iversity o f Chicago Press,
1993, p. 210.
22J.-R. Colé y H. Zuckerman, “T h e E m ergence o f a Scientifíc Speciality: T h e Self-Exem pli-
f3'in g Case o f the .Sociology o f Science”, en L. A . Coser, The Jdi>a o f S ocia l S tructure, N u eva York,
H arcourt Brace Janovich, 1975. p. 139-174 El olvido de este aporte es Lal en la sociología del
conocimiento científico que M alcolm Ashm ore, que descubre cierta reflexividad en los m erlo-
nianos, observa incluso que eso “m ay seem sligh tly surprising” ; véase M. Ahsm ore, The Reflexive
Thesis, op. cit., p. 63.

245
para hacer de ella un verdadero campo científico y no una simple “comunidad
científica” como en Merton.23 Por último, el tercer momento, que constituye un
nuevo aporte de Bourdieu, consiste en objetivar la mirada académica misma y el
sesgo escolástico de sus esquemas de pensamiento que lo conducen a ver el mundo
con categorías académicas y a proyectarlas inconscientemente en el mundo para
luego descubrirlas en él. Ese nivel de reflexividad, más profundo, nos permite ver
que aquellos que pretenden a n alizar la tecnología “como un texto” no hacen
más que proyectar su inconsciente de intelectual en el mundo tecnológico.2,1
Lejos de constituir un ejercicio ad hoc, como es el caso en la tradición de la
“sociología del conocimiento científico”, el conjunto del proceso de reflexividad
es inseparable, en Bourdieu, de los conceptos fundamentales de su teoría del
mundo social (campo y habitus como resultado incorporado de una trayectoria
singular en el espacio social y en un campo científico).

In d ivid u a lism o y narcisism o

Se comprende que cuando las instituciones y las estructuras sociales desapare­


cieron del conocimiento científico, sólo quedaran los individuos como base del
análisis reflexivo: de allí la propensión al narcisimo. L a ausencia de la noción de
campo en la sociología del conocimiento científico puede de hecho explicarse, en
parte, por su contexto de emergencia. En efecto, el campo de investigación se
definió más en oposición respecto de la filosofía de las ciencias que respecto de
la sociología, lo que contribuyó a hacerle aceptar tácitamente, de la filosofía que
critica, una epistemología individualista centrada en el sujeto. Es, en efecto,
sorprendente que los autores tomados por la sociología del conocimiento cien­
tífico sean más Karl Popper y otros filósofos racionalistas que sociólogos como
Robert M erton que, como se ha dicho, son más bien ignorados. Tener en cuenta
la estructura del campo en que el investigador está inserto perm ite evitar esta
regresión hacia el individuo, al mantener juntos a todos los agentes activos en
el campo, actuando de ese modo unos sobre otros.
En suma, la regresión, en la sociología del conocimiento científico, de la re­
flexividad sociológica a una simple reflexividad epistémica, es el efecto de una
concepción aun más individualista de la práctica científica y de un olvido de las
estructuras sociales específicas que hacen posible esa práctica. El uso, desde
mediados de los años 70, de los conceptos de campo y de habitus, propuestos por
Bourdieu, habría podido permitir a la sociología de las ciencias evitar esos
extravíos. A l ser, desde entonces, parte integrante de la tradición sociológica,
esos conceptos pueden aún iluminar nuestra comprensión de la ciencia en acción.

** Véase ej texto que Bourdieu dedicó a M erton en R aisonspraliques. S u r la théorie de T a ction ,


París, Seuil, 1994, p. 91-97. V uelve tam bién sobre la contribución de M erton en Science de la
science et réflexivité, París, Raisons d’agir, 2001, p. 25-34.
Véase S teve W oolgar, "T h e Turn to Technology in Social Studies oí' Science” , Science.
Technology and H u m a n Valúes, 16, 1991, p. 20-50.

246
RESISTENCIAS A LA SOCIOLOGÍA
DE PIERRE BOURDIEU
Gérard Mauger

“Si se acepta la hipótesis de que las personas 110 se leen, se comprenden muchas
cosas que no se comprenden mientras se cree que se leen”, decía un día Pierre
Bourdieu a propósito de las lecturas de Michel Foucault en el seno mismo del
universo académico.1Y precisaba: “en general, lo que circula son los títulos”,
convertidos en palabras clave o eslóganes divulgados por el rumor intelectual.
Lo que decía Bourdieu a propósito de Foucault vale sin duda también para él
mismo. Juicios incomprensibles, durante tanto tiempo como se supone que
aquellos que se autorizan a enunciarlos lo han leído, se vuelven inteligibles si
se postula la hipótesis de que su lectura no fue más allá de los títulos: Les
Héritiers, La reproduction, La distintion, La misére du monde, etc.
De hecho, la apropiación de la obra de Bourdieu, como toda gran obra
científica, supone superar múltiples obstáculos: yo querría intentar identificar
algunos con la convicción de que conocerlos mejor es acrecentar las posibilidades
de superarlos. Mencionaré en principio los obstáculos sintácticos y semánticos
de la obra, y las dificultades respectivas de la transmisión oral o escrita que
varían con el capital cultural poseído por el público al que apunta (“público
restringido de pares” o “gran público”). Si es cierto que el tiempo libre (la skholé)
y el capital cultural acumulado facilitan la recepción, la obra de Bourdieu toma,
a la inversa, también el habitus del lector de los intelectualesy algunas creencias
fundadoras del “sentido común erudito” : de allí, una segunda serie de mal en­
tendidos característicos de su recepción por parte de los intelectuales. Por
último, la preocupación-política- de alcanzar el “gran público” implica el acceso
al universo mediático que opone una tercera serie de obstáculos.

1 P ierre Bourdieu, "Q u’est-ce que faire parler un auteur? A propos de M ichel Foucault” ,
Sociétés et Répresentations, “Michel Foucault. S u rv e ille r et p u n ir: la prison vin gt ans aprés” , 3,
n oviem bre de 1966, p. 13-18.

262
Obstáculos pedagógicos

La transmisión de una obra científica pasa a la vez por cursos, seminarios y


conferencias (los de Bourdieu aún hoy son, en parte, accesibles vía la radio, la
televisión o el cine) y por libros, artículos, transcripciones de entrevistas y
conferencias.2 Después de haber mencionado las dificultades estilísticas de la
obra, querría interrogarme -como lo hizo Bourdieu m ism o-3sobre las dificulta­
des y las facilidades respectivas de la expresión oral y la expresión escrita.

Aquellos mismos que se autorizan a juzgar una obra sin haberla leído,
confiesan a menudo su acto al declarar, perentorios, que Bourdieu es “ilegible”.
“Pero ¿qué es ‘escribir bien’?” , señala Claude Simón: a criterio de los contempo­
ráneos, Flaubert escribía de modo “confuso”, Proust “pesadamente” y Dostoie-
vski “horriblemente mal” para un idiota que “ se las da de crítico” literario
intelectual...”.'1 Si cito a Claude Simón es porque me parece que, en órdenes
diferentes, su esfuerzo de búsqueda no deja de tener vínculos: la misma longitud
de las frases, la misma multiplicación de incisos -digresiones, asociaciones,
homologías-, la misma búsqueda de la palabra justa y del enunciado “ajustado
lo más posible” .ñAdemás, no se puede desconocer, más allá de la disuasión que
ejercen sobre los profanos los lugares de publicación,6las dificultades semánti­
cas y sintácticas inherentes a la obra de Bourdieu’ como a la de Claude Simón.
“Una de las únicas críticas que haría respecto de usted es que cuanto más lo leo,
más me persuado de que su obra será siempre de difícil acceso para aquellas y

2Tam bién puede ser transm itida bajo la form a escolar de "m anuales” , pero BoiiTdieu no "pudo
nunca resignarse a intentar dar una presentación global de (su) trabajo” len “Sur l’esprit du’ la
recherche”, entrevista con Y v e tte Delsaut, en Y . D elsaut y M arie-C hristine R iviere, B ib liog ra -
p h ie des trcwaux de Fierre B ourdieu, Pantin, Le temps de cerises, 2002, p. 175-2391. De allí el
carácter necesariam ente fragm entario de la lectura de una obra reacia a toda em presa de
“m anualización” .
:l Véase en particular, P ierre Bourdieu, “Prologue” y “L e sociologue en question” (cti P ierre
Bourdieu, Questions de sociologie, París, M inuit, col. “Documents”, 1980, reed., 1984, p. 7-9 y
p. 37-60); “Avant-propos” (en P ie rre Bourdieu, Choses dites, París, M in u it, col. “ Le sens
commun”, 1987, p. 7-10) y “Sur l’esprit de la recherche", entrevista con Ivette D elsaut (op. ctt.)
ILas referencias a las obras de Bourdieu en español se encuentran en “R eferen cias bio-
bibliográficas” ].
ICarta de Claude Simón a Joan Dubuffet del 21 de octubre de 1982, en -lean D u b u ffety Claude
Simón, Correspondance, 1970-1984, París, L ’échoppe, 1994, p. 51.
'■ Pienso en particular en las posdatas y paréntesis de M éditations pascaliennes (P a rís, Seuil,
col. “L iber", 1997 1 o en las largas notas y en los párrafos en pequeños caracteres de La d is tiru tio n
(París, M in u it, col. “ L e sens commun", 1979).
II Durante mucho tiem po se trataba, para el novelista como para el sociólogo, de las Editions
de M inuit. Sobre los efectos propios de “ la m aterialidad de los textos', véase D avid F. M acKenzie.
Lri biblw graphie et la sociologie des textes, París, Cercle de la Lib ra irie, 1991.
' El carácter mas o menos insuperable de esas dificultades de lenguaje depende evid entem en­
te de los recursos culturales (y, más específicamente, sociológicos) de los lectores. Sobre este
tem a, véase G érard M au ger y Claude Poliak, L e s usages sociaux de la lecture” , Actas de la
recherche en sciences sociales, 123, junio de 1998.

263
aquellos desprovistos de las herramientas necesarias para su apropiación”, le
escribía así un antiguo obrero convertido en formador de trabajadores sociales.8
“En lo que me concierne, debo decirle que a los 21 años, como electromecánico
y algunos rudimentos autodidácticos en la cabeza, fue una verdadera guerra
conmigo mismo conseguir descifrar sus textos”, continuaba. Bourdieu había
respondido, en cierto modo, por adelantado a esta crítica: “ deplorarla oscuridad
es tal vez también una manera de dar cuenta que se querría comprender las
cosas que se siente que merecen ser comprendidas”.1’ Además, la dificultad de
acceso a la obra de Bourdieu no puede escapar a los lectores más sagaces: está
vinculada a la vez con la densidad de la argumentación, con el carácter abun­
dante de la ejemplificación, a menudo duplicada con la indicación lateral de
homologías posibles, interrogaciones sobre la validez de tal esquema de in ter­
pretación propuesto para aquí y ahora, si se lo transpone a ayer y a otra parte,
a la preocupación permanente de delim itar las condiciones de validez de un
enunciado, de prevenir las objeciones posibles o de anticipar eventuales in ter­
pretaciones erróneas, con la complejidad de la estructura de las frases cuya
construcción refleja a la vez el carácter relacional de los procesos sociales y el
movimiento de un pensamiento que se duplica con un retorno permanente sobre
sí mismo, con el uso de un idiolecto conceptual construido para romper con el
sentido común vehiculado por el lenguaje ordinario. “Romper los automatismos
verbales no es crear artificialm ente una diferencia distinguida que pone a
distancia al profano; es romper con la filosofía social que está inscripta en el
discurso espontáneo. Poner una palabra por otra es a menudo operar un cambio
epistemológico decisivo (que corro el riesgo además de pasar inadvertido). Para
romper con la filosofía social que asedia las palabras usuales y también para
expresar cosas que el lenguaje usual no puede expresar (por ejemplo, todo lo que
se sitúa en el orden de lo evidente), el sociólogo debe recurrir a palabras forjadas
- y protegidas por eso, al menos relativamente, contra las proyecciones ingenuas
del sentido común—”, explicaba Bourdieu cuando fue interpelado por el empleo
de una jerga particular y particularmente difícil que a menudo hace su discurso
inaccesible a los profanos.1(1E l “estilo” de Bourdieu aparece así como el producto
de un intento controlado por restituir la complejidad de una realidad que él se
esfuerza por volver inteligible, a la vez que delimita las condiciones de validez
de un enunciado, esforzándose por responder a las críticas posiblesy por disipar
las incomprensiones probables."
“El discurso escrito es un producto extraño que se inventa en la confrontación

s Raphacl Desanti, Carta a P ierre Bourdieu del 3 de septiem bre de 1998, publicada bajo el título
"De l'usinu á la l'ac, en pa.ssant par Bourdieu” en el sitio: http: //www homme-moderne.org/socio/
bourdieu.
:i P ierre Bourdieu, “ Prologue” , en P ierre Bourdieu, Questinns de sociologie, op. cit., p. 7-9.
1 P ierre Bourdieu, “L e sociologue en question” , Questionx de sociologie, op. cit., p 37-39.
" Sobre el estilo de P ierre Bourdieu, véase Lo'ic W acquant, “Bourdieu in Am erica: N otes on
the Transatlantic lm portation o f Social Th eory” . en C raig Calhoun. Edward LiPnm n y M oishe
Postone, B im rdien: C ritica I Perspectivas, Cam bridge, P o lity Press, 1993, p. 2'I7; G érard M auger,
“L ir e P ierre Bourdieu” , Poli.tis, 31, enero de 2002.

264
pura entre aquel que escribe y ‘lo que tiene para decir’, fuera de toda experiencia
directa de una relación social, fuera también de las limitaciones y solicitaciones
de una demanda inmediatamente percibida, que se manifiesta por todo tipo de
resistencia o de aprobación” , escribía Bourdieu. Y precisaba: “No necesito decir
las virtudes irremplazables de este cierre sobre sí: es claro que, entre otros
efectos, funda la autonomía de un texto de donde el autor se ha retirado lo más
posible, llevando con él los efectos retóricos propios para m anifestar su inter­
vención y su compromiso en el discurso (aunque fuese el simple uso de la
prim era persona), como para dejar entera libertad al lector” .12Pero, Bourdieu
decía también que podía “sucederle hablar claro, oralmente, de cosas que el
trabajo de escritura va a complejizar, enmascarar” . Indicaba entonces todo lo
que, en el pasaje de lo oral a lo escrito, depende de la censura académica, del
trabajo retórico que tiende a hacer desaparecer toda huella de duda, de arre­
pentimiento, de tachadura y, a la vez, el movimiento mismo del pensamiento,
que denuncia la ilusión de lo “definitivo”, “el efecto de cierre” asociados a los
textos “terminados” que travisten el perpetuo taller del trabajo científico.13
Si es cierto, a la inversa, que la expresión oral invita a la fórmula-choque pero
a veces aproximativa, a la evocación más o menos controlada, a la simplificación,
al resumen de la argumentación en provecho de las conclusiones, a la elisión de
precauciones, con el riesgo de mantener la confusión entre demostración y
profesión de fe, también implica un cambio de percepción del “horizonte de
expectativas” del público, el intento de tomar la medida de lo que constituye la
especificidad de una coyuntura de enunciación singular, una vigilancia particu­
lar respecto de la recepción, un ajuste intuitivo a propósito de las expectativas
probables del público al que uno se dirige, un esfuerzo específico por preven i r los
malentendidos, técnicas de captación de la atención. En la medida en que se
trata, para el sociólogo, de comunicar a la vez un análisis y una experiencia, la
presencia de un auditorio permite levantar obstáculos a la comunicación que,
muy a menudo, se sitúan menos en el orden de la comprensión que en el de la
voluntad:

La preocupación por hacer sentir ohacer comprender, que se impone por la presencia
directa de interlocutores atentos, incita a un ida y vuelta entre la abstracción y la
ejemplificación, y estimula la búsqueda de metáforas o de analogías que, cuando
se pueden señalar los límites en el instante mismo de su uso, permiten dar una pri­
mera intuición aproximativa de los modelos más complejos e introducir así una
presentación más rigurosa,1'1

Además, la expresión oral demanda un lenguaje más simple, autoriza las


improvisaciones, las bromas y, de modo más general, la suspensión de las cen­
suras académicas, permite los cambios de tono, de ritmo, de tem po, la apertura
de paréntesis cerrados mucho tiempo después: “es paradójicamente una retórica

12P ierre Bourdieu, “Avant-propos”, en P ie rre Bourdieu, Chases dites, op. cit., p. 7-10.
1:1P ierreBourdieu, “Sur I’esprit de la recherche”, entrevista con Y v e tte Delsaut, op. cit.
" P ierre Bourdieu, “Avant-propos” , en P ie rre Bourdieu, Chases dites, op. cit., p. 7-10.

265
oral la que hace comprender un escrito que tiene el aspecto de muy escrito, a
veces demasiado” .15Aquellos que tuvieron la posibilidad de escuchar los cursos
de Bourdieu (él podía suponer que era, si no comprendido, al menos escuchado
con un interés por comprenderlo) o de asistir a sus seminarios donde comentaba
librem ente trabajos en curso pudieron descubrir un pensamiento en construc­
ción (work inprogress), conocer allí un modus operandi, escuchar una palabra
homologa de su escritura, pero menos controlada o más bien un pensamiento
anterior al retiro de los “andamiajes” y aproximarse tal vez así lo más cerca al
tipo de comprensión que supone su trabajo.
Denunciando el prejuicio que querría que la palabra sea más fútil y más
mundana que el escrito, Bourdieu, se preguntó “a partir de cierto momento, si
esto tenía sentido, cuando se trata de temas importantes continuar es­
cribiendo para un pequeño grupo cerrado, que no hace nada. Y si no valía la pena
hacer pasar las ideas más allá, lo que implica que se cambie un poco el soporte,
que se den señales de accesibilidad”.,s De allí, considerando que “la comprensi­
bilidad tiene mucho que ver con problemas de forma, de lugares de publica­
ción” ,17 el sacrificio deliberado de la preocupación de respetabilidad académica
(muy rápidamente confundido conla respetabilidad científica) y la transgresión
asum ida de la lín ea sagrada de la conveniencia erudita; además, la creación
de las ediciones Raisons d’agir y la publicación cada vez más frecuente de
transcripciones de entrevistas, de intervenciones o de conferencias, de cursos
y de seminarios/8conservando, en la medida de lo posible, su forma oral:19esos
textos permiten, según mi criterio, más fácilmente que otros, hacer el aprendi­
zaje del modo de pensamiento que era el suyo.
En una perspectiva en cierto modo cercana a la de Michel Foucault, que decía
que “el trabajo de modificación de su propio pensamiento y del de los otros (le
parecía) era la razón de ser de los intelectuales”, Bourdieu creó las ediciones
Raisons d’agir: “concebidas y realizadas por investigadores en ciencias sociales,
sociólogos, historiadores, economistas, pero también por escritores y artistas,
animados con la voluntad militante de difundir el saber indispensable a la
reflexión y a la acción políticas en una democracia, estas pequeñas obras, densas
y bien documentadas, deberían constituir poco a poco, una suerte de enciclope­
dia popular internacional” . Cada uno de esos pequeños libros puede comprender­
se como un intento por superar los obstáculos de todo tipo para la difusión de una

ir' f ie r r e Bourdieu, “Sur l’esprit de la recherche”, entrevista con Y v e tte Dclsaut, op. cit.
18Ibíd.
17“Pienso que. al cam biar de lugar de publicación, el texto cambia de sentido, porque cambia
de lectores, se vuelve accesible a lectores que estaban excluidos hasta entonces y que im portan
los hábitos de lectura” (ibíd.). En esta perspectiva, véase David F. M acK enzie, L a bibliógraphie
et la ¡sociologie des textes, op. cit.
V éase en particular, Pierre Bourdieu, Questions de sociologie, op. cit.-, Chases dites, op. cit..
Réponses. P o u r une anthropologie réflexive, París, Seuil, 1992 (con Loíc W acquant); Contre-feux.
Propos p o u r servir ñ la résistance contre l ’hw asion néo-libérale, París, Raisons d’agir, 1998;
Contre-feux 2 P o u r un mouvem ent social européen, París, Kaisons d’agir, 2001.
19 Véase el prólogo de Questions de sociologie (p.7-9), el prefacio de Choses ditea (p. 7-10) y
el prólogo de Loíc W acquant a Réponses (p. 7-11).

266
sociología concebida como un “deporte de combate” . Pero, más allá de los
problemas de accesibilidad de una obra difícil, si es cierto que se trata ante todo
de transm itir un modas operandi, “un habitus sociológico” ,'20 podemos pregun­
tarnos si la transmisión oral no cumple un papel irreemplazable. A l dirigirse en
una videoconferencia a un público de universitarios norteamericanos, Bour­
dieu, que decía también que él inventaba a menudo al hablar,21 declaraba: “M e
habría gustado [...] presentarme a ustedes en persona y darles así una idea de
lo que soy y de lo que hago, una idea más viva y menos abstracta que la que puede
procurar la lectura de un texto” .22Creo que hay allí más que una declaración de
circunstancia: cualquiera que haya podido asistir regularmente a sus cursos o
seminarios, habrá podido observar la propensión a menudo inconsciente al
mimetismo corporal de los oyentes asiduos. Todo sucede como si, en más de un
caso, la apropiación del modus operandi, la interiorización del “habitus socioló­
gico” pasara también por la del hexis corporal correspondiente (juego de manos,
tics de lenguaje, etc.)

O bstáculos escolásticos

Si es cierto que la lectura supone no solamente el tiempo de aprender a leer (es


decir, de adquirir las disposiciones y las competencias requeridas que no son sólo
semánticas y sintácticas) y el tiempo de leer (el tiempo libre del estudio), ella
supone igualmente la necesidad de leer, o mejor, un interés por la lectura que
también es un interés en la lectura.23Ahora bien, “las resistencias a la sociología”
no se sitúan solamente en el orden del entendimiento, sino también en el de la
voluntad (rechazo o represión). De difícil acceso para los profanos, la obra de
Bourdieu también lo es -p o r otras razones- para los intelectuales.
Predispuesto a una comprensión crítica particularm ente aguda del campo
in telectu al, por una trayectoria social im probable que lo conduce de un
pueblo, en una región lejan a del sudeste de Francia, a la cima del sistem a
escolar francés, tránsfuga de clase decepcionado por la realidad de un
universo in telectual idealizado, Bourdieu no dejó de objetivar ese universo
de recepción y de cuestionar las creencias m ejor com partidas, tom ando
sistem áticam ente a contrapelo cada uno de los campos que delim itan

20 L a expresión está tomada de Rogers Brubaker, “Social Th eory as H abitus” , en C raig


Calhoun, Edw ard L iP u m a y M oishe Po.st.one, Bourdieu: Crítica!. Perspectives, op. cit., p. 212-234.
21 En “Sur l’esprit de la recherche” , entrevista con Y vette Delsaut, op. cit.
24 P ie rre Bourdieu, “ Passport to Duke", en M ’ham m ed Sabour (ed.), “ P ierre Bourdieu's
Thought in Contem porary Social Sciences”, In tern a tion a l J o u rn a l o f Contem porary Sociology,
33 (2), octubre de 1996, p. 145-150.
Sobre este tema, véase P ierre Bourdieu, “ Lecture, lecteurs, lettrés, littérature", en P ierre
Bourdieu, Choses diten, op. cit., p. 132-143 y “L a lecture: une pratique cu lturelle” (diálogo con
R oger C h a rtier) en R oger C h artier (dir.), P ra tiqu es de la lecture, M arsella, R ivages, 1985, p. 218-
239; Gérard M auger et Claude Poliak, “Les usages sociaux de la lecture” , op. cit.

267
d ivisiones recu rren tes.2,1Además de objetivar la condición escolástica, la obra
de Bourdieu rompe con la relación encantada de los intelectuales con el mundo
social y con su propia condición, desmitificando las pretensiones “logoterapéu-
ticas” y las creencias populistas25de los “intelectuales orgánicos” , en una época
en que la actitud respecto del marxismo dividía el campo intelectual francés, y
denunciando “el radicalismo del campus", ella opera a fines de los años 60 una
doble ruptura: por un lado, con la filosofía del sujeto, el humanismo existencia-
lista, el subjetivismo radical encarnado por Sartrey, por otro lado, con la filosofía
sin sujeto, el antihumanismo del estructuralismo, el objetivismo no menos
radical encarnado entonces por Lévi-Strauss.
Doble ruptura duplicada con una doble demarcación respecto de, por un lado,
el tcoricismo de la tradición literario-filosófica dominante en el campo intelec­
tual francés, alentada por el “narcisismo individual y colectivo que incita a los
intelectuales a pensarse capaces de pensar el mundo como una totalidad”2iiy, por
otro lado, la relación con el empirismo positivista promovido por la dominación
internacional de la sociología norteamericana. Porque era percibido como
“conservador” por “los revolucionarios del campus” y como “revolucionario” por
“los conservadores”, como “objetivista” por los “subjetivistas” y como “humanis­
ta” por los “estructuralistas”, como “teórico” por “los empiristas” y como
“positivista” por “ las filosofías de la historia”, “la recepción del trabajo de
Bourdieu estuvo determinada ampliamente, como observa Rogers Brubalcer,27
por las mismas falsas fronteras y divisiones artificiales que su trabajo cuestionó
continuamente” y que dividen todos los campos nacionales.2S Es decir, a la
inversa, que la comprensión de la sociología de Bourdieu supone una doble
ruptura con las oposiciones canónicas entre objetivismo y subjetivismo, teori-
cismo y empirismo, e implica situarse a sí mismo en la tradición epistemológica
que guía su modus o p e r a n d irechazo de disociar la teoría de la empiria y
voluntad de analizar cada caso particular como “un caso particular de lo
posible”.23

Véase P ierre Bourdieu, Science ele la Science et réflexiuitá, París, Raisons d’agir, 2001, p.
184-223 y Esquisxe p a u r une aulo-analyse, París, Raisons d’agir, col. “ Cours et travau x”, 2004.
2‘ En particular, al poner en evidencia en todas las categorías de dominados una form a de
sumisión (que no excluye, en ciertas condiciones, una form a de resistencia) a través de la que
contribuyen hasta cierto punto a su propia dominación.
a; p ¡erre Bourdieu, “Concludm g Rem arks: F or a Sociogenetic U nderstanding o f Intelectual
W orks” , in C ra ig Calhoun, Edw ard LiPu m a, M oishe Fostone, Bourdieu: C rilic a l Perspectives,
op. c it ., p. 270.
27 Rogers Brubacker, “ R eth in kin g Classical Sociology: the Sociological V ision o f P ierre
Bourdieu", Theory and Society, 14 (6), noviem bre de 1985, p. 745-775.
28Sobre los obstáculos propios del comercio internacional de las ideas, véase P ie rre Bourdieu,
“ Les conditions sociales de la circulation internationale des idees” , *4cíes de la recherche en
aciences sociales, 145, diciem bre de 2002, p. 3-8.
20La sociología de Pierre Bourdieu se inscribe, además, en la tradición científica durkheim iana
y bachetardiana de ruptura con el sentido común: al tratarse de ciencias sociales esto tiene
consecuencias, en la medida en que la ruptura científica tam bién es, en este caso, una ruptura
social y política.

268
51 la obra de Bourdieu tiene tanto con que desconcertar a los intelectuales,
también os porque no dejó de ponerse en guardia contra la lectura escolástica,
espontáneamente practicada por los intelectuales. Lectura de lector, consiste en
reducir la obra a su dimensión puramente teórica, empezando por los conceptos
en lugar de utilizarlos. Esto conduce no sólo a ignorar la dimensión empírica de
la obra y su contribución al conocimiento de la sociedad francesa y, a través
de ella, m utatis mutandis, de todas las sociedades modernas, sino sobre todo a
considerar como “tratados teóricos” , destinados a ser leídos y comentados,
trabajos concebidos para ser puestos en práctica. La incomprensión alcanza a la
vez al proceso y a la intención. La práctica del trabajo intelectual de Bourdieu
era irreductible al “trabajo teórico” : “No se puede comprender la lógica más
profunda del mundo social sin sumergirse en la especificidad de una realidad
empírica, históricamente situaday datada”, explicaba. Su ambición era transmi­
tir herramientas de investigación, instrumentos teóricos y disposiciones cien­
tíficas: “Siempre estuve inmerso en proyectos de investigación empírica y los
instrumentos teóricos que construí no fueron concebidos para el comentario y
la exégesis, sino para utilizarlos en nuevas investigaciones” .'10Si Bourdieu aler­
taba contra una lectura “ filosófica” o “teórica” de los trabajos de ciencias sociales,
que consiste en retener las “tesis”, las “conclusiones”, independientemente del
proceso del que son el p rodu cto,ta m b ién es porque sus trabajos demandan una
comprensión a través del uso, la puesta en obra de un modus operandi, cuya
interiorización, a través de la aplicación repetida y situada, es su objetivo
primero. “ Lo que produzco y transmito per encima de todo es un hobitus
científico, un sistema de disposiciones necesarias al oficio de sociólogo en su
universalidad”, explicaba.32
Pero si la comprensión es indisociable del modas operandi y si el habitas
sociológico del que es solidario es en definitiva lo que se trata de comprender,
o más bien de interiorizar, no se trata sin embargo de adquirir un saber hacer
empírico al precio de una renuncia a toda ambición teórica. L a advertencia
contra el teoricismo tiene, como corolario, una advertencia contra el empirismo
que confunde el objeto aparente con el objeto real: la inmersión en la realidad
empírica es indisociable de la perspectiva de construir el caso observado como
un caso de figura en un universo finito de configuraciones posibles. Detrás de
cada variación observada, se trata de captar la invariante, entendiendo que la
estructura no se descubre al primer vistazo detrás de las diferencias pintorescas
y que la invariante es relacional: es necesario cuidarse, en efecto, de no
transformar en características sustanciales, intrínsecas a un grupo, las carac­
terísticas adquiridas en un momento dado y vinculadas a la posición ocupada en
un espacio determinado.

10P ierre Bourdieu, “Concluding Rem arks: For a Sociogenetic U ndestanding o f Intelectual
W orks” , op. cit., p. 271.
" P ie rre Bourdieu, “L e sociologue en question” , Questions de sociologie, op. cit., p. 39
52P ierre Bourdieu, “Concluding Rem arks: F or a Sociogenetic Understanding o f Intelectual
W orks” , op. cit., p. 271.

269
L a recepción erudita de la obra de Bourdieu encuentra también resistencias
que oponen los esquemas de la doxa intelectual asociados hoy al reviva!, de la
“filosofía del sujeto” , filosofía ingenua de la acción y de la relación del sujeto con
su acción, rebelado contra “el determinismo” , es decir, en definitiva, contra el
proyecto mismo de una ciencia social. A menudo focalizada en el concepto de
habitus, ella se manifiesta en la protesta subjetivista contra “el principio de la
no conciencia”, es decir, de hecho, contra uno de los principios fundamentales
de la teoría del conocimiento sociológico compartido por Marx, Durkheim,
Weber, Bourdieu y varios otros. La sociología, tal como la concebía Bourdieu,
choca inevitablemente con “el punto de honor espiritualista” de varios de
aquellos que sienten “como una reducción ‘sociologista’ o ‘m aterialista’ toda
tentativa por establecer que el sentido de las acciones más personales y más
‘transparentes’ no pertenece al sujeto que los cumple sino al sistema completo
de las relaciones en las que y por las que se cumplen” .33
A esos apóstoles de “la libertad del sujeto”, Bourdieu respondía, en sustancia,
que el conocimiento de las restricciones y de los límites vinculados a una
trayectoria y a una posición determinada en el espacio social es, sin duda, la
única posibilidad de neutralizar sus efectos: el socioanálisis, instrumento de
comprensión de sí mismo y de los otros, instrumento de liberación del incons­
ciente social inscripto en las instituciones y en los habitus, ofrece un medio de
liberarse de ese inconsciente que conduce u obliga a las prácticas y, al
n eu tralizar los efectos de los determ inism os, hace posible la em ergencia de
un sujeto racional. D el mismo modo, porque estudia los modos de reproduc­
ción, porque pone en evidencia los fundamentos, los mecanismos, los
resortes de la dominación y de la violencia sim bólica, la sociología de
Bourdieu “desespera” a la m ayoría de los intelectuales inclinados a descono­
cer la violen cia inerte del orden social y a reducir las relaciones de fu erza
a relaciones de comunicación: los enunciados sociológicos a menudo desencan­
tadores (como “el éxito escolar depende del capital cultural heredado” ) suelen
ser percibidos como encierro en un destino (“el éxito escolar no depende más
que de la herencia cultural”),3'' los enunciados constatativos (“es así”) son a
menudo tomados como enunciados performativos (“es sin duda así”) y el
sociólogo por un aguafiestas.
A ese voluntarismo, Bourdieu oponía que, contrariamente a las apariencias,
“elevando el grado de necesidad percibida y dando un mejor conocimiento de las
leyes del mundo social, la ciencia social da más libertad” : “todo progreso en el
conocimiento de la necesidad es un progreso en la libertad posible”.36 El
conocimiento de las leyes tendenciales del mundo social abre una posibilidad de

3! Fierre Bourdieu, Jean-C laude Cham boredon y Jean-C laude Passeron, Le m étier de
sociologue, París-La H aya, Mouton, 1968.
M L a ignorancia o la incomprensión del modo de pensamiento estadístico lleva a confundir
lo probable y lo necesario: de a llí la imputación de fatalismo. Sobre este tema, véase C larisse
Guiraud y Tiphaine Colin, “ Com m ent enseigner Bourdieu aux éléves des m ilieux populaires?” ,
Idees, 129, (10), 2002, p. 14-17.
i3 P ierre Bourdieu, “L e sociologue en question” , Questions de socialogie, up. cil.

270
contrarrestar los efectos; es la condición del éxito de las acciones que apuntan
a desmentirlas: “la acción política verdadera consiste en servirse del conoci­
miento de lo probable para reforzarlas chances de lo posible” , “del mismo modo
que desnaturaliza, la sociología desfataliza ” ,36 “lo que el mundo social ha hecho
puede, armado de esc saber, deshacerlo”, escribía .37 El compromiso sociológico,
según Bourdieu, debe “contribuir a definir el utopismo racional, capaz de jugar
con el conocimiento de lo probable para hacer advenir lo posible”.

O bstáculos políticos

Pero, porque “sólo hay ciencia de lo escondido” (Bachelard) y porque los objetos
de la sociología son intereses en lucha, las principales dificultades de acceso a
la obra de Bourdieu no están vinculadas ni con la complejidad de la sintaxis ni
con el esoterismo del léxico, ni con las inclinaciones escolásticas de los inte­
lectuales, sino con las resistencias que suscita toda empresa de sociología
crítica .38 Porque la sociología, salvo que se renuncie a las ambiciones científicas
de sus fundadores (de M arx a Durkheim. pasando por Weber), se esfuerza por
romper con las prenociones, las ilusiones del sentido común, la evidencia de la
doxa, la sociología también es necesariamente crítica y, pues, política.™ “La
ciencia de la sociedad es, por sí misma, crítica, sin que el erudito que elige la cien­
cia nunca haya elegido la crítica: lo oculto es, en este caso, un secreto, y un
secreto bien guardado, incluso cuando nadie está encargado de su guardia,
porque contribuye a la reproducción de un ‘orden social’ fundado en la disimu­
lación de los mecanismos más eficaces de su reproducción y sirve con ello a los
intereses de aquellos que tienen interés en la conservación de ese orden”,
escribían Bourdieu y Jean-Claude Passeron .-10 “Al evidenciar los mecanismos
sociales que aseguran mantener el orden establecido y cuya eficacia propiamen­
te simbólica se basa en el desconocimiento de su lógica y de sus efectos [...], la
ciencia social necesariamente toma partido en la lucha política” , escribe
Bourdieu en el análisis que propone del campo científico .41

:wIbíd.
” P ierre Bourdieu (dir.), L a misare du m onde, París, Seuil. 1993, col. “ Points” , 1998.
IS Las estrategias de racionalización de la dominación sugeridas por los sociólogos del orden
establecido no son objeto evidentem ente del m ism o tratam iento.
n De hecho, toda sociología (incluidas aquellas que recusan la ruptura con el sentido com ún)
tien e un alcance político, en la m edida en que puede prevalecer por sób rela autoridad de la ciencia:
“ porque nada es menos neutro cuando se trata del mundo social que enunciar el Ser con
autoridad, las afirm aciones de la ciencia ejercen inevitablem ente una eficacia política” , escribe
Bourdieu (Legón sur la legón. París, M inuit, 1982).
40 P ierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, L a reproduction. Élém ents p o u r une théorie du
systeme d ’enseignement, París, M inuit, col. L e sens coinmun” , 1970, p. 250, nota 35.
41 P ierre Bourdieu, “ L e champ scien ti fique”, Actes de la recherche en sciences sociales, 2-3,
ju n io de 1976, p. 88-104.

271
Si la sociología es una ciencia que desencanta y desacraliza, también es “una
ciencia que molesta ’"12 al develar cosas ocultas y a veces reprimidas, pero sobre
todo al chocar con los intereses de los dominantes que están de acuerdo con el
silencio. Al esforzarse por develar los fundamentos ocultos de la dominación bajo
todas sus formas, la sociología de Bourdieu no podía dejar de provocar la
hostilidad de aquellos que están de acuerdo con “el buen sentido” que dice que
“lo que es debe ser y no puede ser de otro modo” : de allí las recurrentes des­
calificaciones, más políticas que científicas, de la que la sociología fue y
probablemente siga siendo blanco. L a sociología no puede contar, escribía, “con
los patrones, los obispos o los periodistas para elogiar lacientificidad de trabajos
que develan los fundamentos ocultos de su dominación”, ni con aquellos que
hacen profesión de producir “los lugares comunes” que forman “el sentido
común” (que sólo es tan bien entendido porque no dice a su público más que lo
que quiere escuchar) en su esfuerzo por difundir lo que ella ha aprendido: y ese
obstáculo político a la comprensión de la obra de Bourdieu no es sin duda el
menor.

Bourdieu declaró a Laure Adler, el 28 de abril de 1998: “Cuanto más


envejezco, más me siento llevado al crimen. Transgredo las líneas que me había
prohibido transgredir [paraj aportar en el mundo político valores que son
corrientes en el mundo intelectual”. En el prefacio de Contre-feux 2, al llam ar
a los investigadores a “hacer entrar en el debate público [...] las conquistas de
la ciencia” y a “ mezclarse en los debates plebeyos del mundo periodístico y
político”, se exponía deliberadamente a “chocar con aquellos que, al elegir las
facilidades virtuosas del encierro en su torre de marfil, ven en la intervención
fuera de la esfera académica una peligrosa falta a la famosa neutralidad
axiológica, identificada erróneamente con la objetividad científica y con la idea
de ser malentendido e incluso condenado sin examen, en nombre de la virtud
académica Lque cree] defender contra ella misma ” .'13 Esta inflexión en la tra­
yectoria intelectual de Bourdieu no es ni epistemológica, ni científica, sino
práctica. Contra la “tesis de los dos Bourdieu” , científico y luego político ,4'1
podemos demostrar, como han intentado hacerlo los editores de la compilación
Interventions de Bourdieu ,45 que sus intervenciones en el espacio público datan
de su entrada en la vida intelectual, a comienzos de los años 60, a propósito de

12 L a expresión está tom ada de un título de una entrevista de Bourdieu con P ierre T h u illier
(L a recherche, 112, junio de 1980, p. 738-743) publicada en P ierre Bourdieu, Questions de
sociologie, op. cit., p. 19-36. El trabajo sociológico conduce raram ente a “ lo que se denom ina la
claridad, es decir, el reforzam iento de las evidencias del buen sentido o de las certezas del
fanatism o” , escribía Bourdieu (“L e sociologue en question”, Questions de sociologie, op. cit.. p.
37-60).
4:1 P ie rre Bourdieu, Contre-feux 2, op. cit.
w Sobre “ el m ito de los dos Bourdieu” , véase Anua Boschetti, “ Des deux M arx aux deux
Bourdieu. Critique d’un m ythe m alveillan t” , en Gérard M au ger (dir.), Rencontres avec P ierre
B ourdieu, a publicarse.
■|r‘ P ie rre Bourdieu, In terven tion s 1961-2001. Science sociale et a ction p o litiq u e , textos
elegidos y presentados por Franck Poupeau y T h ierry Discepolo, M arsella, Agone, 2002.

272
la guerra de Argelia, y poner en evidencia, en cada etapa del itinerario del
sociólogo, situado en su contexto histórico, las relaciones entre la investigación
científica y la intervención política. La dificultad reside, entonces, en distinguir
"esas intervenciones en el espacio público” de las publicaciones “propiamente
científicas” : ¿qué criterios de delimitación mantener? ¿Los propios del texto
(constatativo/normativo), los del soporte elegido (mercado restringido/mercado
de gran difusión), los del público buscado (campo científico/campo político)?
Evidentemente no está prohibido preguntarse si esa inflexión práctica no tuvo
efectos científicos (por ejemplo, la aparición, rara, de ataques ad hom inem ).
También podemos preguntarnos, a la inversa, sobre los efectos (estilísticos, por
ejemplo) inducidos por el partido tomado de no dirigirse más que al público
restringido de los pares. Además de que al período en que Bourdieu pudo parecer
cultivar “la ciencia por la ciencia” , en el universo “contestatario” de los añ os’70,
le ha sucedido “ un compromiso sociológico” cada vez más radical en el curso de
los años 90, en un campo intelectual que reivindicaba la neutralidad axiológica
o cultivaba el relativismo científico.
Esta inflexión se explica a la vez, según Bourdieu, por la intensificación déla
ofensiva neoliberal y por el crecimiento de su capacidad de intervención: “por
razones que tienen que ver sin duda conmigo, y sobre todo con el estado del
mundo, he llegado a pensar que aquellos que tienen la posibilidad de poder
dedicar su vida al estudio del mundo social, no pueden permanecer neutros e
indiferentes, separados de las luchas donde se juega el futuro de este mundo”.'"'’
L a notoriedad del sociólogo consagrado, en efecto, se extendió considerablemen­
te luego de la publicación de L a misera du monde, al mismo tiempo que se
agravabalo queél denominaba “la destrucción de una civilización ” 47 y que se for­
maba la resistencia. Pero, sin duda, esa inflexión se explica también por la
recepción ampliada de una sociología crítica que, de Les H éritiers a La
distinction, colmaba el déficit de pensamiento, acentuado por el declinar del
marxismo: frente a la expansión de los “nuevos filósofos” y del pensamiento
neoliberal, la sociología de Bourdieu aparece como un arma científico-política
defensiva y ofensiva. Así Bourdieu se vio solicitado, luego captado por una
demanda científico-política que lo condujo a plantearse teórica y prácticamente
la cuestión de las modalidades de intervención política de los intelectuales, a
buscar los medios para “dar una fuerza social a la crítica intelectual y una fuerza
intelectual a la crítica social” .48

Esta interrogación sobre las modalidades de acción política de los intelectua­


les no era evidentemente nueva :49 del “intelectual de partido” o del “compañero

46 P ie rre Bourdieu, Contre-feux 2, op. cit.


4‘ P ierre Bourdieu, “ Contre la destruction d’une civilization ”, intervención en la estación de
L von durante las huelgas de diciem bre de 1975, en P ierre Bourdieu, Contre-feux 2, op. cit.
4H Pierre Bourdieu, entrevista con Rene P ierre y D idier Éribon. L ib era tion , 23 de diciem bre
de 1981, reproducido en P ierre Bourdieu, Interventions, op. cit.
4S Sobre este punto, véase Gérard M auger, “ L ’engagem ent sociologique” , C ritiq u e , “ P ierre
Bourdieu”, 579-580. agosto-septiem bre de 1995, p. 674-696.

273
de ruta” a “la experiencia intelectual ” ,50 del “intelectual universal, maestro de
verdad y de justicia”5' al “intelectual específico”, del “intelectual específico” al
“intelectual colectivo ” , 52 en el filo de su carrera, Bourdieu hizo la experiencia de
esos diferentes modos de intervención. Sin prejuzgar los problemas planteados
por la simple comprensión de los enunciados del sociólogo o los de los efectos de
su comprensión sobre su “conciencia política ” ,53 la acción política del sociólogo
supone al menos la posibilidad de hacerse escuchar más allá del círculo
restringido de los iniciados: “Somos, como decía Husserl, ‘funcionarios de la
humanidad’, pagados por el Estado para descubrir cosas, ya sobre el mundo
natural, ya sobre el mundo social, y forma parte de nuestras obligaciones, me
parece, restituir lo que hemos adquirido”, escribía Bourdieu en el prefacio de
S u r la televisión.™ Pero ¿cómo salir del público restringido de los especialistas,
del círculo de los iniciados? Bourdieu utilizó un conjunto de soluciones disponi­
bles .55
Buscando una forma escrita accesible al gran público, asociando testimonios
y análisis, L a misére du monde consiguió hacer penetrar la sociología en el
debate político; creando o utilizando medios alternativos: por ejemplo, regis­
trando dos emisiones, en el marco de una serie de cursos del Collége de France,
difundidos por Paris Prem iére, prestándose al rodaje de L a sociologie est un
sport de combat, de Pierre Caries, o aun creando Líb er y luego las ediciones
Raisons d’agir. Interviniendo públicamente fuera de los cenáculos universita­
rios: lectura de un mensaje en la estación de Lyon o debate en Val-Fourré en
Mantes-la-Jolie.5KPor último, interviniendo en la televisión, en la radio (entre-
“ Cfr., los intentos reiterados de contribución a una reform a del sistem a escolar: en 1985,
B o u rd ieu es el p rin cip a l red a ctor del in fo rm e elab orad o por el C o llé g e de F ra n ce, a pedido
de F ran fois M iterrand, Propositions p o u r un enseignement de l ’avenir, en 1989, preside con
Franpois Gros una comisión encargada por Lionel Jospin de reflexionar sobre “los contenidos
de la enseñanza” y sobre “ una revisión de los saberes enseñados”.
51 A l recordar al gobierno socialista, “contra la K ea lp oiitik , las obligaciones de la moral
internacional” , la llamada a favor de Solidarnosc del 15 de diciem bre de 1981, iniciada por
Bourdieu y M ichel Koucault, se inscribe en la tradición de los “intelectuales universales” de Zola
a Sartre (cfr., “Les rendez-vous manqués: aprés 1936 et 1956,1981?”, Lib era tion , 15 de diciem bre
de 1981).
52 P ierre Bourdieu, “Pour un savoir engagé”, Contre-feux 2, op. cit., p. 33-41.
5:1 “¿En qué medida creía realm ente que, para ser útil a los desposeídos, basta con descubrir
y revela r la verdad del mundo social?” , se pregunta Jacaues Bouveresse. “ El consideraba
seguram ente eso como una condición necesaria, algo que es comprensible en la m edida en que,
si un intelectual puede, en tanto que tal, ser útil a los más desposeídos, no puede serlo
verosím ilm ente más que por lo que representa y es capaz de aportar, a saber, el conocimiento.
Pero sobre la cuestión de saber si la condición necesaria es igu alm ente suficiente, Bourdieu
dudaba, creo, o se volvió con los años más dubitativo” {P ierre B ourdieu, savant et p o litiq u e .
M arsella, Agone, col. “Banc d’essai”, 2003).
54 P ierre Bourdieu, S u r la télévision, París, Raisons d’agir, 199G.
55 Incluso firm ando o estando a la in iciativa de las peticiones: cfr., por ejem plo, el “A p p el des
intellectuels en soutien aux grévistes”, de diciem bre de 1985, opuesto a la petición que emanaba
de la revista E s p rit y de la fundación Saint-Simon. Sobre este tem a, véase Julien Duval,
Christophe Gaubert, Frédéric Lebaron, Dom inique M archetti y Fabienne Pavis, Le “déeernbre”
des intellectuels franqais, París, Raisons d’agir, 1998.
Cfr. el film de P ierre Caries, L a sociologie est un sport de combat.

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vista o debate, en directo o en diferido) o en la prensa escrita (columna o
entrevista): porque los periodistas “poseen un monopolio de hecho sobre los
instrumentos de producción y de difusión a gran escala de la información y, a
través de esos instrumentos, sobre el acceso de los simples ciudadanos pero
también sobre otros productores culturales, eruditos, artistas, escritores, lo
que a veces so llam a ‘el espacio público’, es decir, la gran difusión” , escribe
Bourdieu, “el partido tomado del rechazo puro y simple de expresarse en la
televisión no me parece defendible. Pienso incluso que, en ciertos casos, puede
haber allí una suerte de deber de hacerlo, siempre que sea posible en con­
diciones razonables ” .57

A l poner en crisis el espacio de producción de 1a doxa. intelectual® -e l universo


de los “doxósofos”- , esas intervenciones hicieron evidentes, a través de la
producción discursiva masiva, simultánea y casi unánime (es decir tan im per­
sonal, redundante y, en una amplia medida, intercambiable )59 que suscitaron
propiedades de ese universo que permanecieron inadvertidas porque son
tácitas. Esa suerte de comunión solemne en la estigmatización condujo, en
efecto, a los oficiantes a enunciar algunas de las normas implícitas que re­
glamentan el acceso al espacio de los productores autorizados y a explicitar los
esquemas estructurantes de ios discursos posibles. Los conflictos de legitim idad
—¿quién tiene derecho a la palabra y en qué condiciones?—no son evidentemente
extraños a la naturaleza de las tomas de posición. Pero, como observa Michel
Onfray, la casi unanimidad de los medios contra Bourdieu se explica también,
y sin duda, en principio, por una razón evidente: “Bourdieu deja claro su combate
contra el capitalismo en su versión liberal y, consecuentemente, hereda como
enemigos a todos aquellos que defienden esta política, derecha e izquierda
confundidas, además de la mayoría de los diarios ” .50
Esquemáticamente, el análisis délas campañas mediáticas dirigidas contra
Bourdieu luego de noviembre-diciembre de 1995 muestra que el debate político
“autorizado” se basa en dos condiciones .*11 En principio, la abjuración del

67 P ierre Bourdieu, S u r la télévision, op. cit., p. 52.


5S Louis P in to la define en estos términos: “L a doxa intelectual, ese conjunto rela tivam en te
sistem ático de palabras, de expresiones, de eslóganes, de cuestiones y de debates cuyas
evidencias com partidas delim itan lo pensable y hacen posible la comunicación, es el producto
colectivo y anónimo de intercambios que tienden a instaurarse entre periodistas e intelectuales
o, más precisam ente, entre los más intelectuales de los periodistas y los más periodistas de los
intelectuales en lugares neutros propicios a la atenuación de diferencias y a la acumulación de
capitales relativam ente heterogéneos (“ L a doxa intellectuelle”, Actes de la recherche en sciences
sociales, 90, diciem bre de 1991, p. 95-100).
53 En rigor, sería necesario distinguir las diferentes tomas de posición (a menudo indiscer­
nibles) y vincularlas a las posiciones ocupadas en el campo m ediático (entendiendo que cada
título, más o menos unificado puede ser descrito como un campo).
s0 Michel O nfray, Célébration du génie colérique, París, G alilée, 2002
nl Sobre este tema, véase en este volum en el artículo de Patrick Cham pagne, “ Sobre la
'm ediatización' del campo intelectual” ; y G érard M auger, “L a doxa outragée. Sur la réception des
interventions de P ierre Bourdieu et Raisons d’agir” , a editarse.

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marxismo (clases sociales, luchas sociales, explotación, dominación, etc., son
conceptos tabúes), consecuencia necesaria de la ecuación desde entonces con­
siderada “irrefutable” , “M arx = Lenin = Stalin = Goulag” y, por extensión, toda
representación conflictiva del mundo social. Desde este punto de vista, los “ex”
se benefician con lo que Jacques Bouveresse llam a la “primacía del error”: “la
posición ideal, escribe, es siempre la del intelectual que ha hecho el recorrido
completo de los errores obligatorios y continúa dando lecciones a los otros a
partir de sus convicciones, de sus descubrimientos y de sus actitudes más
recientes ” .62 Además, el triunfo del cinismo neoliberal induce a una nueva
división del trabajo ideológico que crea una gran necesidad de filosofía: “Una
sociedad que acuerda tan poca importancia, en la práctica, a las ideas y a los
ideales tiene tanto más necesidad de profesionales de las grandes ideas, que le
permiten continuar siendo idealista de algún modo por delegación”, observa
Bouveresse .63 “Se espera del filósofo que haga la moral a una sociedad que es,
en su conjunto, totalmente inmoral. Cuanto más la realidad verdadera es la de
la competencia económica, del mercado y de la ganancia, más parece tenerse
necesidad de personas que recuerden que las grandes ideasy los grandes ideales
siguen siendo esenciales, incluso si son contradichos de modo patente y casi
insoportable por esta realidad ” .6,1 Como el Sancho de M arx, los “profesionales de
las grandes ideas” , “al no querer que dos individuos estén en contradicción uno
con otro, como burgués y proletario [...], querrían verlos entrar en una relación
personal de individuo a individuo” : se indignan al escuchar a\m hablar hoy de
“dominadores” y “dominados” , de “lucha de ciases”, hombres de diálogo y de con-
certación a quienes indigna toda visión agonística del mundo social; son
consensúales y califican todo pensamiento crít