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“La Transitoriedad”, texto freudiano

Un estudio de la depresión

Raúl Yafar

Este ensayo especula sobre un término sancionado por el uso cotidiano, el de depresión, para
albergarlo dentro de la dupla cristalizada, archi-explorada, del duelo y la melancolía. Lo hace,
entonces, planteándolo como una discernible tercera alternativa clínica.

Para esta tarea, deberemos realizar dos movimientos simultáneos: aportar un dinamismo
clínico deslindado y preciso del mismo y, en un mismo movimiento, elevar el término al rango
de discurso.

Sobre la depresión — cuadro tan multifacético como mal inexplicado — pesan dos estigmas,
dos opacidades: la primera, sociológica, es la de considerar sin más a la depresión como la
“gran neurosis contemporánea” — es el título, por ejemplo, de un libro de Roland Chemana
—- y, al mismo tiempo y en segundo lugar, soportar el peso psiquiátrico y/o “psicopatológico”
de haber recibido una legión de variadas y cambiantes clasificaciones y descripciones, pocas
veces precisas, generalmente, demasiado inespecíficas1.

En cambio, pensar la depresión como un discurso, el discurso depresivo, intenta darle no sólo
una consistencia acentuada y diferente, sino el peso de una novedad. Se trata de encontrarle
su sujeto a la depresión.

Este decir más preciso se nos ha vuelto necesario por los obstáculos de la práctica
psicoanalítica misma, donde estos cuadros florecen por doquier. En nuestro pensamiento la
depresión no sería una nueva clase dentro de las “neurosis”, sino un modo discursivo
antepuesto a todas ellas.

Es cierto que las reflexiones de Freud y Lacan en este punto no son centrales, y el legado del
primero sitúa el problema exclusivamente en la mencionada polaridad duelo-melancolía que, a
mi juicio, no alcanza a dilucidar el tema. Melanie Klein colocó lo que llamó “posición
depresiva” en el centro de su clínica, de un modo que Lacan nunca hizo, quizás porque éste
prefirió mantener y ampliar la terminología freudiana — teorizando una y otra vez los diversos
modos de la falta —-, pero siempre maquinando sobre la resolución de la llamada
“castración”. De todos modos, lo que Klein describe no tiene tampoco nada que ver con la
genuina presentación depresiva a la que nos dirigiremos.
Nuestro trampolín se presentará mediante un viaje hacia un recodo de la ruta freudiana,
donde intentaremos cazar una perla, una punta de lanza hacia la intelección. Lo hallaremos
dentro de un texto que nos resultará clarísimo al respecto.

Mi modo de exposición en este artículo tendrá dos puntos continuamente entrelazados: por
un lado, examinaremos en detalle ese texto de Freud que, por hermosamente escrito que esté,
no ha recibido — hasta donde sé — un examen crítico profundo; y, por el otro, los hallazgos
que encontremos nos permitirán integrarlo al análisis de los fundamentos estructurales —
discursivos — de los cuadros depresivos.

Resumiendo, nuestra idea es sumarnos a la ambigua diferenciación freudiana de los


mecanismos del duelo y la melancolía — distinción que Lacan sólo algunas pocas veces
profundizó —, avanzando hacia la elaboración más nítida de un tercer cuadro clínico con
identidad propia, que no es neurótico, sino para-neurótico: la depresión.

Una aclaración: nos negamos al uso coloquial, tan contemporáneo, que el término tiene, pues
esa rutina se presta a innumerables confusiones.

Nuestro intento será estrictamente conceptual.

El texto “La transitoriedad” (Vergänglichkeit)

Una anécdota freudiana para pensar el cuadro de la depresión

La escritura del artículo proviene de noviembre de 1915 — escritura fechada mientras cursaba
el segundo año de la primera Guerra Mundial — e incluye temas e ideas de otro texto: Duelo y
Melancolía, el cual era previo en su elaboración, aunque fue publicado bastante
posteriormente.
Tenemos entonces la guerra y la muerte como contexto, sumadas a las elucubraciones de esos
años sobre la metapsicología — especialmente la de la represión y del inconsciente —-, dentro
de las cuales este texto encuentra su pulso2.

El texto comienza con el relato de un paseo que Freud realiza, por un lado, junto a un poeta y,
por el otro, acompañado de un “amigo taciturno”. Los tres contemplan una hermosa campiña
— imaginemos que se refiere allí un campo florido en el punto culminante del esplendor
veraniego —. La actitud “contemplativa” de los tres compañeros, juzgamos, tiene inicialmente
la mayor importancia.

Según parece, el tercer personaje, el “amigo”, se encuentra tan “taciturno” que no habla, pero
no es ése — aunque no es desdeñable el detalle —, el punto crucial. Freud comenta, algo
azorado, que el otro paseante, el escritor — famoso ya3 — en su diálogo se expresa de un
modo singular.

Porque nos dice: “el poeta admiraba la hermosura de la naturaleza que nos circundaba, pero
sin regocijarse con ella” (cursivas mías). Vemos que hay una contradicción directa entre 1) la
contemplación admirada de un objeto — en dos dimensiones, como quien contempla un
cuadro — y 2) el gozo del mismo que, podríamos decir, debería implicar algún espesor más
sensorial.

¿Cuál es el motivo de ese no-gozo? ¿Qué se interpone entre ambas cosas? El poeta nos lo dice:
toda belleza es transitoria, está destinada a desaparecer, sabemos que ese estío concluirá,
tarde o temprano, en un invierno mortificante. También, de este modo, toda vida humana y
todas sus creaciones.

Para él, todo lo admirado carece de valor, ya que habría pronto de eclipsarse. El poeta no
consiente en disfrutar, ya que entre la admiración y el gozo se interpone… una valoración.

¿No tenemos aquí en el centro de la discusión lo que ocupará tanto a Lacan en relación con las
condiciones que hacen posible la satisfacción pulsional? ¿Cómo se intrinca la dimensión
axiomática del valor con ese plus de vitalidad experienciable que ofrece este hermoso paseo a
los tres amigos? ¿Por qué el telón de fondo de la finitud de las flores — y de la muerte como
contexto social — se abrocha a dicha satisfacción? Tenemos una respuesta cuando el poeta
enarbola una hipótesis radical: lo transitorio carece de ese valor, ya que lo Bello
“contemplado” … no es eterno y perturba toda otra satisfacción — salvo la contemplativa y
distanciada —-. ¿Es que la pulsión de este modo es expulsada, no admitida, puesta en
suspenso?

¿Qué ocurre aquí? Ubiquemos mejor el problema…


Nos equivocaríamos si siguiendo el razonamiento del poeta, exclusivamente
contrapusiéramos: 1) la idealización de la imagen bella, como lo que atañe al eje del
narcisismo y 2) el regocijo, el gozo, que remiten a la vida pulsional. Es el viejo tema del Yo
versus las pulsiones. Esto sería reflexión errónea y simplista.

Vamos a desplazar más sutilmente, en cambio, el acento en la diferenciación de las diversas


articulaciones posibles que existen entre el ideal y la pulsión. Es decir, lo que diferencia 1) el
deleite consentido del 2) cuadro de la depresión. Lo que nos importa es el contraste que se
presenta en cada caso dentro de cada articulación.

O, dicho en otros términos, el ideal funciona de un modo distinto en el sujeto depresivo y en el


que se regocija de los disfrutes humanos contingentes. La clave es la operatoria del Ideal
conjugándose o no con el goce, es decir, el acontecimiento pulsional. Se trata de modos
variados del narcisismo que se plantan diversamente ante las avatares —- destinos — de la
pulsión.

II

¿Qué es el “deleite” de un objeto?

Veamos primero en detalle que ocurre en la posición que, por momentos, defenderá Freud…
que es la arquetípica de la castración.

A diferencia de él, lo explicaremos no sólo en sus términos poético-literarios —- confusos,


imprecisos y entremezclados con argumentaciones de lo más diversas —, sino, pretendemos,
conceptuales. Usaremos incluso su propia teoría registrada en otros textos.

En el deleite de los objetos no se oponen de ninguna manera el narcisismo y la vida pulsional


— o en otros términos, no hay oposición del Yo y el Ello4 —, sino que en ese punto ambas
cosas se entraman indistinguiblemente.
Por lo menos cuando la pulsión ejecuta plenamente un trazado completo — en acto, diría
Lacan — no hay oposición al Yo. Esta es nuestra premisa básica.

Este proceso depende de varios factores que hay que discernir:

Será necesario que el principio del placer y el principio de realidad no sean enemigos, sino
aliados. Esa articulación determina un modo específico del funcionamiento del Ideal.

Es decir, la articulación yoica con la realidad no genera un conflicto estático, sino dinámico. No
hay juego opositivo irreconciliable entre yo-real y yo-ideal. El ideal es progrediente y no
paralizante. Esto es lo que permitirá, en segunda instancia, el juego pulsional.

El funcionamiento simbólico del Ideal se intrinca en una realidad articulable, entramada al


devenir, diacronizada en secuencias. Es decir, el Ideal marca un camino balizado: alguna forma
de disciplina, adquisición pautada de conocimientos, experiencia-en-práctica, aceptación de
los ciclos y su duración, una dinámica de procesos.

El Yo-real no es una imagen fragmentable y amenazada, sino solamente carente. El Yo-ideal no


es inalcanzable — como subtendido ante un abismo —: es exclusivamente meta, orientación,
guía, manojo de señales. Y el Ideal del Yo los pone a trabajar juntos, mancomunados. Un
trabajo de experiencias.

Primer paso, el “placer” narcisista es sostenidamente anhelado, mientras la realidad


“displacentera” es chequeada y reiteradamente aceptada, lo que consigue que ambos se
articulen como aliados…

Recién allí es posible el factor gozoso porque eso permite presentificar las mociones
pulsionales. Es decir, sus movimientos de satisfacción. Los “regocijos” son posibles: los
“toques” de pulsión son aciertos puntuales. Incluso crecen sus posibilitaciones y se refina la
predisposición subjetivada ante sus hallazgos.

Por ejemplo, quiero plantar un jardín. Me daría placer. Entonces, soy realista: acepto que no
estará crecido de inmediato, sino que tal vez lo vea forjándose a lo largo de los meses, incluso
años. Es decir, hay tiempos de cultivo, ciclos de florecimiento y marchitamiento. Además, me
informo, estudio, leo, consulto. Sé que no se siembra en tal o cual estación, así como sé
también que, en otra, cada tanto, una ráfaga helada puede retrasar los resultados. Mi apuesta
incluye tanto las leyes del cultivo como las contingencias del clima, así como el aprendizaje que
se acumula en las tradiciones de la jardinería y del paisajismo. También tengo en cuenta mis
posibilidades: tiempo de dedicación del que dispongo— dadas mis otras actividades — y
dinero para conseguir los materiales— tierra fértil, semillas, instrumentos para trabajar la
tierra, manuales, consultas a especialistas que me asesoren, etc. —.
Como se observará, mis anhelos narcisistas (principio del placer, mi yo-ideal lanzándome a
interactuar como creador de un jardín) se integran perfectamente a mi sensatez (principio de
realidad, mi yo-real aceptando mis posibilidades concretas). Incluso se necesitan uno al otro.

¿Para qué? Para que la pulsión aporte su goce. Es en ese contexto donde — cada tanto — se
da-a-ver la presencia del factor pulsional: sea un acierto floral sorpresivo; sea una ocurrencia
enigmática, inclasificable, de la disposición de las ramas; tal vez una disposición de fuerzas
entre las hojas o un mensaje que viene de las raíces. Eso puede hacer de mi jardín algo
irrepetible, apropiado a mí estilo, reconocible en mi (y su) singularidad. Un sello entre dos
flores, un arbusto endeble que igualmente cobija a otro más robusto, un árbol que — de reojo
— enhebra un rayo de sol, guardado durante una tarde completa para luego ensañarse con la
luna. Poesía vegetal: un destino de goce de la pulsión multisensoria.

Como se ve — en este ejemplo que homenajea al ikebana japonés y contrapongo a la visión


del poeta —, no parto, de ningún modo, del punto de vista usual. Éste supone que se trata de
resolver una oposición crasa entre narcisismo y pulsión, es decir, el Yo enemigo del Ello — al
que domeña, teme y necesita —. De ningún modo.

Pensamos, en cambio, que lo que llamaríamos la dinámica del ideal debe funcionar de un
determinado modo — muy complejo y ajustado —- para que se cree un campo de experiencia:
aquél donde el acontecimiento de la pulsión pueda ser registrable. Estos son los factores por
considerar.

III

La depresión

Intentemos definir lo que clínicamente diagnosticamos como “depresión”. No nos referimos ni


al duelo — que es otro tópico —, ni a la melancolía —- cuadro mucho más grave y
emparentado a las psicosis —-. Tampoco hablo del sujeto que llamaré “deprimido”, aquél
contingentemente aplastado por circunstancias trágicas de la vida.
Estamos pensando un cuadro clínico muy específico:

Lo que denominamos recién la dinámica del ideal funciona, en la depresión, de un modo


totalmente distinto. La imagen “bella” está claramente idealizada, pero diríamos mejor
idolizada, lo que muy diferente a decir que es parte de la industriosidad de un ideal. Se trata
aquí de un ideal estático, en dos dimensiones.

Nos recuerda a los objetos platónicos: la imagen del campo florido que trae Freud al comienzo
del texto es, para el poeta, “bella-en-sí” y participa de la Idea de lo Bello. Es una fotografía de
una Belleza que no acaba en las flores o los árboles — que tienen su propia corporeidad —,
sino que se eleva al paradigma de lo que puede ser “Bello”.

Ella es comprobación; y si es ejemplo, lo es, digamos … por “ejemplar”. Y siendo noción y


conjetura significativa, puede ser material de debate en una peripatética caminata. Porque la
campiña casi no es experimentada, sino más bien pensada a partir de sus cualidades. Sobre
ella se discute y filosofa: no se trata de la felicidad en ningún momento, ya que después del
primer instante de contemplación, ya genera una endurecida reflexión.

Cuando el poeta “reconoce” y “admira” esa belleza…ella ya ha partido y él ya está muy lejos de
ella. Él no se puede “regocijar” porque ya no la experimenta. La ve y tiene que aceptar lo que
ve… pero sin ya registro de ningún gozo. Se ha aislado de la flor para discutir sobre su valor.

Aquí no hay referencia al funcionamiento secuencial del ideal en el sentido simbólico — que
describimos antes —, sino de una lógica instantánea cuya dinámica se reduce a solo dos
posibilidades: encendido-apagado, positivo-negativo, “on-off”. El Ideal idolizado habita en una
zona de la que la imagen participa reminiscentemente, pero todo el goce posible ha de quedar
allí expulsado —- aunque tal vez algún día lo reencontremos… si somos lo suficientemente
platónicos —.

En consecuencia, irrumpe brutalmente la moral — diría Nietzsche —-: ¡sólo tiene valor positivo
lo bello inmarcesible y valor negativo lo mortificable y/o marchito! El anhelo exaltado en esta
modalidad del narcisismo tiene por contra-cara su demoledor fracaso: el tinte “taciturno”,
digamos depresivo, de los acompañantes de Freud, tanto del amigo callado como del que
filosofa — seguramente para beneplácito del primero, es decir, imaginémonos al silente
asintiendo mudamente ante el discurso del segundo —5.

El poeta no sólo le habla a Freud, él está (mal)diciéndonos amargamente con su premisa: esta
flor, este campo, todo esto que está delante, esta vida, este mundo imperfecto y finito, ya lo
sabemos, terminará, se apagará, descenderá a los infiernos de la disolución y de la Muerte. Él
dice, le dice (y nos dice) que no hay — compréndalo profesor Freud, se lo ruego y se lo afirmo
—- delante de todos nosotros, cosas eternas6. El anticipo de lo corruptible, perecedero, finito
de las cosas —- es decir, la caída de las imágenes ideales —- está soldado — como el lado
oscuro de la luna —- a esos objetos, por lo que… les quita todo valor.

El poeta, desde ese Ideal “imaginario” coagulado — como un Jano bifronte —, no compatible
con la castración freudiana, enfrenta (y defiende) un acceso cerrado a cualquier regocijo
pulsional: su puerta se la obstruye este tipo de ideal.
En síntesis, el poeta tiene la experiencia subjetiva clausurada por dos razones:

No plantaría un jardín, porque no valdría la pena… ya que no es eterno. Es decir, para él la


carencia no es de estructura, sino que es carencia de valor.

O tal vez, quizás, lo intentaría —- pese a sí mismo —, pero lo que es seguro es que no lo habría
de disfrutar. El regocijo pulsional está cancelado para él7.

IV

La estructura de la Neurosis con respecto a la Depresión

¿Cómo se ubica la depresión en relación con las neurosis?

Sencillamente la neurosis no funciona. Y si no entra en el campo de la neurosis, si se queda —


como el poeta8 — en la antesala de la misma, tampoco puede despeñarse hacia los escenarios
castrativos. La castración es lo que habilita el goce pulsional y aquí ese escenario está
bloqueado.

Por otro lado, en los términos en que el depresivo plantea su padecer, no hay entrada en
análisis. El paciente se agolpa en los umbrales de lo que Lacan llama significación fálica —
funcionamiento simbólico del ideal —-, pero descree de un modo específico de ella.

La depresión es un cuadro concreto sostenido por un discurso, más allá de la diversidad de sus
presentaciones clínicas.

La lectura de la pulsión, entonces, no es operante porque está en suspenso. La depresión


implica alguna forma de “obstaculización” de la castración, aunque ésta ya se ha
experimentado alguna vez. El sujeto retrocede de la vía deseante por algún motivo —
circunstancial o estructural —, apartándose de los avatares del anhelo y de la lógica fálica
hacia una posición que reniega de la estructura en la que se ha incluido.

En la depresión se evita el juego del falo, lo que hace inoperante la asunción de la falta —
aunque haya sido vivenciada y reconocida — por alguna forma de desinvestidura regresiva de
los objetos.
La falta reguladora del deseo ha dejado de ser operante. La depresión es un mecanismo
contrarrestador de los avatares de la misma. Digámoslo así, es la anti-neurosis, la moral de la
anti-pulsión. Ha llegado a la estructura — donde el autista y el psicótico no pudieron internarse
plenamente —, pero guerrea con ella.

En la depresión el desenvolvimiento del deseo claudica porque el sujeto no quiere entregarse


al Otro, del que descree, en la medida en que no contiene el gozo absoluto “prometido”. Él
querría decir “todo”, vivir “todo”, la pura potencia absoluta… pero de este modo no hay acto
de deseo posible. El depresivo no quiere gastar su potencia moviéndose para usarla sólo “un
poco”, porque ningún poco vale la pena.

El goce fálico, pequeño y contingente, otorgado por el Otro es rechazado. Hay en todo
depresivo un oculto e inclaudicable punto de soberbia mezclada de desesperación: es que él
“sabe” de un Ideal puro, de una Cosa absoluta elevada a entidad idolizada.

La depresión no es la tristeza del duelo. Tampoco es una psicosis como la melancolía. No hay
duelo, pues no se puede perder lo que no se “tuvo”, es decir, aquello — me refiero al conjunto
de los señuelos gozables del deseo — con lo que no se estuvo comprometido.

Derrumbador del regocijo, despectivo de todo brillo del mundo, resentido de lo social,
amoroso o familiar, es una carga pesada para los que lo rodean…o para los que intenten
analizarlo.

El depresivo es, más que un derrumbado que merece aliento, un ser “odioso”, soberbio,
amargado, un despreciador del mundo —- porque si en la vida nos va mal, es porque las flores
se marchitan, los amores se terminan —. El depresivo “idoliza” un mundo interior de ideas,
mundo donde habitan “cosas” que nunca han de experimentarse, sencillamente porque nunca
han de ocurrir — aunque serían las únicas que valdrían la pena —.

Si la vida es una sucesión de amores y dolores, la vida, pues, a él no le gusta nada. Es un


guerrero de lo negativo, que quiere un vida locamente eterna, perfecta, demasiado singular y
arbitraria. Este es el resorte oculto y profundo del discurso depresivo.

Como sea, insistamos en que la depresión es un cuadro específico, ni neurótico ni psicótico.


V

Los amigos “taciturnos”

Volvamos a La transitoriedad. Freud nos habla de sujetos que no encuentran cualidad


auténticamente deseable en los objetos de la vida y se justifican en lo “transitorio” de su
existencia. El poeta no experimenta placer, no se aloja en la estructura del deseo, no
encuentra valor en las cosas, dada su finitud de valor… en la realidad. Sólo puede imaginar un
“tener” si éste estuviera por fuera del puntual goce de las pulsiones, si fuera un “tener”
atemporal, imperecedero.

Es un tener “aquello” … pero sólo si lo piensa perdido, como un paraíso incomparable. Éste
existe, pero jamás lo obtendrá. Ese “jamás” lo hace paradisíaco y, en su imposibilidad, opalece
el brillo de los objetos del mundo, ante los cuales, diría Lacan, se comporta como un “cobarde
moral”. Sólo quiere lo que sabe perdido, querido en tanto que imposible de ser gozado. Por lo
tanto, nada le duele, no se conduele, no conoce el riesgo ni el acierto. Sólo le queda su ánimo…
desanimado.

Nadie sabe lo que él, tan depresivo, siente. Y no hay afectos compartidos, sólo piensa en lo
sentimental del sufrimiento, porque el mundo no le provoca duelos. No hay algo “en falta”
ocasional, sino que el mundo está agujereado en sí.

Será un error ofrecerle cosas disfrutables, él quiere La Cosa, quiere un “todo” sin el “menos”
que implica la carencia alojada en el lenguaje. Él quiere lo verdadero de lo verdadero, no
soporta una verdad que se diga a medias, que sea no-toda.

La tentación-gozo terminal del depresivo será, entonces, una misión imposible: semblantear
un hacerse-ésa-Cosa-que-falta, hacerla él mismo en un tiempo que no pasa, postrado en una
cama, soñando goces supuestamente más verdaderos, inmovilizado, suponiendo lo vedado-
maravilloso, aquello que destituye en su brillo todo lo existente. Taciturnamente.

En cambio, el melancólico no se hace una Cosa de tal valor, no la ha “perdido” para añorarla.
No tiene ningún paraíso imaginado, él mismo es sólo un residuo de la estructura que se
despeña por la abertura de una ventana.
Cíclicamente, el depresivo una y otra vez intenta su juego: cada vez y cada vez se le brinda una
nueva oportunidad y él dice “no” a la estructura. Él no va a ser tan sólo un neurótico que se
conforma con lo que queda, con lo que se puede, con lo que le da esta simple vida. Renuncia al
compromiso con la castración.

Hay algo de tozudez, de fanatismo irresponsable, si no se pagan las tajadas que la vida nos
exige a cada paso del deseo9. Pues la vida no ha derrumbado al depresivo, él se encarga de
derrumbar todo lo que ella le ofrece.

Si bien conoce la castración, ha retrocedido ante ella: su tono despectivo ante el mundo es
muy característico. El depresivo no se conforma con un mal menor. Es un resentido social y es
muy dificultoso analizarlo… porque no juega el juego. Los que se angustian y desesperan ante
su falta de angustia… son los otros. Entre ellos…su analista.

VI

Los dos trípodes

Vale insistir: no se trata sencillamente de una oposición narcisismo versus pulsión, sino de un
fracaso del hermanamiento del Ideal y el Goce. Hay un tipo de Ideal que es incompatible con el
goce de los objetos.

El regocijo, el gozo, el éxtasis remiten a la vida pulsional, al no-todo enamorante, al


entusiasmo que no es sólo contemplación, sino profundidad de lo experimentado. Si este gozo
de las flores en primavera ha sido posible, la contra-cara será soportar el duelo ante el
marchitarse de las mismas en otoño, es decir, aquello que pone un término al disfrute
extasiado, el que va más allá de esa mirada contemplativa. Y, entonces, sólo quedará… esperar
la próxima primavera.

Si el Ideal se “chupa” la pulsión, en la aspiración de ese “otro” mundo de infinitud, mundo de


dos dimensiones, mundo aislado de las cosas reales, gozables y finitas… no hay gozo.
Podríamos armar dos trípodes teóricos distintos — con un pequeño retoque kleiniano —:

el que llamaríamos de la transitoriedad negativa o depresiva, recostado en su-Mirada-hacia-lo-


Bello-eterno. Se constituye por:

el Ideal idolizado (imaginario) del objeto

El “no ha lugar”, cerrado, a la pulsión: no hay alegría ni regocijo.

La envidia como gozo muerto, afecto dirigido hacia los que sí gozan

El otro, de la transitoriedad positiva o duelo castrativo, que no contempla, sino que implica el
hacer-de-la-pulsión:

El ideal es simbólico y es mediador entre lo real y lo ideal.

Abre al goce de la pulsión, llamémosle regocijo, deleite, disfrute.

El afecto colateral de gratitud por el enriquecimiento de la vitalidad generada, siempre dentro


del marco histórico del sujeto10.

Para estos personajes freudianos, que se enrolan filosóficamente en una mezcla de 1)


platonismo despectivo del mundo sensible —- aunque en este caso se ha perdido la
ingenuidad de la creencia en un mundo inteligible y eterno —– y 2) un espontáneo gnosticismo
pesimista que añora separar nuestra alma supuestamente inmortal de la decadencia y
caducidad del cuerpo material; para ellos sólo queda, como dice Freud:

a) Ese dolorido hastío del yo — que no es tristeza — ante el mundo, que es lo que se constata
en sus dos taciturnos compañeros.

b) La revuelta de esa misma instancia yoica —- “no es posible que esto ocurra” — contra esa
facticidad encontrada.

Ambas respuestas son negaciones — o, tal vez, renegaciones —- del proceso de duelo. Quizás
pueda concebirse la segunda al modo kleiniano de la defensa maníaca.
Debemos mencionar aquel cuadro llamado “psicosis alucinatoria de deseo” o Amentia de
Meynert —- ver nota anterior —-, muy tenido en cuenta en esos años que, llegando hasta las
últimas consecuencias con respecto a dicha defensa, Freud describe como un llevar ese
rechazo del duelo hasta la alucinación. Una especie de psicosis “feliz”, que hoy ningún
psiquiatra reconocería como factible. Ésta le interesa vivamente a Freud por su conexión con la
alucinación — por regresión tópica — en el sueño. Este último es, como vendría a ser esa
supuesta “psicosis”, una… realización de deseos.

VII

Los argumentos freudianos

Volvamos a Freud. Está tentado a sufrir por el poeta, pero por suerte se indigna con su
reflexión. Es que el depresivo nunca camina solo — como lo haría un melancólico, pensando
en matarse, por ejemplo —-, nunca se dice esas cosas en soledad. Es un argumentador, una
manejador del discurso, que (des)carga sobre el otro su “sufrir”, que pone al prójimo a
“trabajar” … el que vaga a su alrededor queriéndolo convencer que vale la pena vivir.

La desazón y el fracaso caerían del lado de Freud si no fuera que él es un tozudo del deseo.

Pero lo que Freud escribe nos sirve a nosotros: si uno le plantea una estructura simbólizada al
depresivo, éste la derrumba: él hace que el neurótico se ponga a “alentarlo” a vivir, para
demostrarle —- al muy ingenuo —- que ello no vale la pena.

Veamos las entremezcladas y algo confusas respuestas de Freud, intentando ordenarlas:

1° argumento: ante un principio del placer —- tan abatido y exigente —- de los poéticos
obsesivos en cuestión, Freud contrapone el principio de realidad: “lo doloroso también es
verdadero”, que es casi una síntesis de su teoría del duelo. Esto remite a un concepto que será
el de “prueba de realidad”. Aquí Freud lo llama “valor de realidad”. Siempre será preferible,
nos (y les) dice, sensato y paternalista, constatar —- por amor a la verdad —- que lo admirado
se marchita. Lo real es mejor aunque duela… pues, teniéndolo en cuenta, se puede realizar
más tarde alguna acción práctica, según la lógica de la complementación de los dos principios
del suceder psíquico —- replantar flores la próxima estación, por ejemplo —-. Este argumento
no podría conmover a ningún depresivo ni un instante.

2° argumento: es cierto, por lo tanto, que lo bello es transitorio, pero Freud redobla la
apuesta: ¡no existe desvalorización por ello! No se empaña el regocijo, es decir, aquel goce
pulsional. Aquí empiezan, bastante confusamente, variados sub-argumentos muy entretejidos
entre sí:

a) Sub-argumento mercantil: el valor aumenta si algo es “escaso”. En el caso del texto no sería
ésa la categoría correcta, pues el campo florido no es escaso en “cantidad”, no sería “lo poco”
lo que está en juego, sino que está falto de “durabilidad”, pues las flores perduran
efímeramente. Torciendo el argumento de Freud — con este cambio categorial — es entonces
la flor de una “única” noche la que es la más exquisita. Lo corto es más gozoso. La restricción
del goce hace las cosas más apreciables. La primera categoría serviría si decimos que el estaño
vale menos que el oro… aunque ambos “brillan”, pues el primer metal abunda en el planeta y
el segundo es raro. De todos modos, se ven los límites del argumento mercantilista-
economicista, pues de hecho lo escaso en sí no es siempre lo más atractivo para el sujeto. Esta
teoría cuantitativista esquiva evaluar el caso por caso: algo breve o exiguo puede ser
considerado valioso… o ser denigrado, así como lo extenso, abundante o duradero también
pueden fluctuar en la consideración gozosa de modo positivo o negativo según múltiples
consideraciones subjetivas. Como sea, se ve el antiplatonismo de Freud: lo escaso o efímero
del mundo sensible operan dejando al sujeto más deseoso: Platón se sobre-excita más por lo
inteligible, mientras que Freud prefiere una mujer exótica o impenetrable, que habita lejos o
que ha emigrado11. Es un intento de “neurotizar” al depresivo, pero con un argumento
obsesivo.

b) Sub-argumento presocrático: en la existencia hay ciclos, hay creación y destrucción, hay un


eterno retorno de todas las cosas, que nunca se pierden, siempre vuelven. Siempre habrá
primavera, siempre habrá otoño. Nada se pierde jamás, hay un equilibrio en todas las cosas,
todo vuelve cada vez, la vida y la muerte un arco de dos nombres que son uno solo. Hay
también en esto reminiscencias orientales, como un mandala taoísta12. Y resuena ya también
a la futura dualidad freudiana de la Vida y de la Muerte, pero reducidas — como ocurre
muchas veces —- a entelequias metafísicas, no referidas todavía al goce pulsional, sino a la
universalidad de los hechos generativos del universo. Como sea, este argumento de Freud
deshace la unicidad o singularidad de la flor, si nada se pierde, todo se transforma, no hay
corte ni duelo tampoco: ¡ya florecerán otras flores iguales… o mejores! — ver más adelante —.
Por otro lado, es un argumento muy abstracto, poco apto para sacudir a un filósofo
desanimado como es un depresivo.
c) Sub-argumento bíblico: hay gran semejanza con las reflexiones del Eclesiastés, texto tan
retomado por Lacan. Especialmente el poema final (de los versículos 11-7 a 12-7), que es un
canto de invitación al gozo del espectáculo de la belleza bajo el sol en la frescura de la
juventud, pues es aquello que se pierde en las tinieblas de la vejez y de la muerte. Aquí en
Freud hay una ética de la pulsión. Si los otros dos argumentos no eran francamente pulsionales
éste lo es de lleno. Lo que vale aquí es el goce del presente, el del momento del impacto sobre
el sujeto de la fuerza (drang) de su gozo. Su “cada vez” pulsional: lo que Freud llama “su
significación para nuestra vida sensitiva”13. El instante vivido independientemente de su
duración es ¡la vivencia de la absolutez del momento experimentado a pleno, como el modo
propio de la constitución subjetiva!14 Esto tiene un aureola mucho más lacaniana: nada borra
ese segundo donde atisbamos la flor y la gozamos en su perfume. Casi parece recomendar que
gocemos de la castración misma, pues en ello se nos va la vida.

Si resumimos, vemos que estos dos fuertes argumentos muestran que Freud se ubica, ora del
lado de la realidad (función paterna), ora del lado de lo real (de la pulsión), pero en ningún
caso aboga en favor del funcionamiento del principio del placer — sabe que éste, desamarrado
del principio de realidad, conduce a la depresión terminal del personaje de Narciso —-.

Esto es de una claridad meridiana, aunque — según nuestra óptica — hagamos la salvedad de
que Freud cuestiona, en realidad, un determinado modo del narcisismo y de vivir los ideales, el
que nosotros llamamos “depresión”.

VIII

La respuesta depresiva

Veamos los efectos de las argumentaciones de Freud en el diálogo con los amigos. Según éste
estas reflexiones “no hacen impresión alguna” ni en el poeta ni en el otro amigo de ambos.
Freud estima que los dos hombres tienen el “juicio enturbiado”.
Aquí no se trata de un “juicio” en el sentido de que éste ha dejado de remitir a la realidad, sino
de la torpe elección de perder todo goce de ésta. Estos taciturnos están “locos”, no alucinan
pero están desenfocados, en algún sentido, de otra dimensión más regocijante de la vida.
Dicho en términos sencillos, son dos individuos limitados que no disfrutan de lo existente15.
Destaquemos que es notable que Freud en ningún momento intenta “consolarlos”, pues ese
gesto sería un reflejo complementario de la posición subjetiva de ambos.

La conclusión de Freud es que se trata de una “revuelta anímica” contra el duelo: un


“pregusto” a duelo los aleja del goce pulsional, pues duelo remite en su raíz etimológica a…
“dolor” y al vislumbrar su lógica, se refugian en un narcisismo que los lleva al tedio.

Como no hacen un duelo… ni por una flor, agreguemos, viven depresivos.

Freud aclara que el duelo sería por el sepultamiento (Untergang) de las cosas, por lo que
remite a un concepto muy conclusivo. El término alemán Untergehen se traduce por sepultar,
disolver, aniquilar: todos términos que Freud usa en su obra cuando se refiere a finales sin
retorno, finales que no remiten a las formaciones del inconciente, sino que hablan de
auténticas destrucciones definitivas, irrevocables.

Estos individuos son capaces de perder todo el conjunto, es decir, el gozo sumado al duelo, con
tal de esquivar este último. Es esto, entonces, lo que les desvaloriza el goce de lo bello: es la
evitación del duelo, aun a costa de deprimirlos. Una vida sin goce es deprimente, aunque el
ideal imaginarizado la comande. Por su mezquindad, no tendrán nada que agradecerle a la
vida. Si no hay don posible a ser reconocido, tampoco habrá ninguna gratitud.

IX

La concepción teórica del duelo

Pero, detengámonos un momento a pensar el duelo: ¿es obvio este proceso? No, el duelo es
algo enigmático para Freud. Su ética lo ha aproximado a la satisfacción de la pulsión, pero sin
“exagerar” … ni comprender todas sus consecuencias.
Ensaya, no obstante, un primer intento de explicación de lo que sería un duelo. Para ello
primeramente repasa su teoría de la libido. En términos de Freud existe un pasaje económico
posible de la libido narcisista a la libido de objeto y viceversa. Es la metáfora freudiana de la
ameba para dar cuenta del narcisismo. Un pseudopodio se estira y retorna, hay ganancia y
pérdida de investiduras. En esta economía de diversas libidos, si el objeto se pierde la libido
queda libre para retornar al yo o de sustituir al objeto por otro.

La libido es, entonces, para Freud, al decir de Lacan, “reversible”. Hay un movimiento de idea y
vuelta la misma: el que va de la imagen de sí a la imagen del otro (el semejante) — es lo que
Lacan llama eje imaginario —-. Como sea, en la teoría de Freud no hay resto ni enigma en esa
límpida reversibilidad.

Agreguemos algunos elementos que permitan ver esta dinámica con algo más de detalle. La
ameba tiene la posibilidad de engendrar esos alargamientos protoplásmicos, cada uno
representa una investidura. Si la ameba dispone de un quantum de energía libidinal, digamos
una carga absoluta de “x” investiduras posibles, cuando se “enamora” invierte un porcentaje
que deposita sobre el objeto (libido de objeto) y el resto quedará como “reserva de libido”
narcisista (libido yoica).

Luego, si, en el amor, la ameba es correspondida le retornan esas investiduras arrojadas sobre
el objeto. Si no hay correspondencia dentro de esa vicisitud amorosa deberá retirarlas y
ubicarlas en otro objeto alternativo. No hay residuo ni pérdida, el sistema se mantiene
equilibrado.

Se ve que el modelo económico se ubica enteramente en el registro de lo imaginario, sin más


allá alguno del mismo.

Podríamos entender, dice Freud, que el acto de desprender el (a)brazo del objeto —- que tan
generosamente ha sido ubicado en él —- genere cierta necesidad de un trabajo y que éste
tenga cierto costo, aunque el dolor mismo como tal diste de ser comprensible, pero ¿por qué
tanta “viscosidad” de la libido que se niega a abandonar el objeto investido? Incluso re-investir
otro objeto no produce tan sencillamente un alivio tal como el esperado por Freud. El
mecanismo está repleto de enigmas que se multiplican.

En síntesis, ¿por qué el duelo duele? Freud, entonces, no acierta a entenderlo. ¿Por qué la
libido se aferra a los objetos? Tampoco. Si ya hay objeto sustitutivo a mano, ¿por qué el sujeto
no se resigna y lo disfruta? No lo sabemos.

Freud protesta y se rebela, pero no entiende por qué no somos todos depresivos.
Esto muestra las limitaciones de lo que Freud entiende por amor, que sólo sería un
encadenamiento de compensaciones, todas semejantemente importantes. El corte doloroso
del duelo le resulta difícil de entender. No hay teoría aquí de algún elemento radical, absoluto
e insustituible que el duelo ha movilizado16. Freud se mantiene éticamente más allá de la
obsesión y del narcisismo, pero no acuña ninguna teoría de un amor no narcisista, donde el
sujeto ubicaría aquello que tiene un “valor de verdad” para lo más íntimo de sí mismo.
Elemento que sería completamente singular.

La Dirección de la Cura en la Depresión

Antes de ir a una última reflexión sobre el texto freudiano y su conclusión, pensemos un poco
más en una dirección de la cura posible ante el cuadro que describimos.

Nuestras proposiciones:

El diagnóstico debe apuntar a detectar un posicionamiento en el discurso, más allá de la mera


descripción de un mayor o menor “talante taciturno” y, por supuesto, más allá de lo que llamo
la depresión instalada, es decir, el depresivo como alguien ya ultra-intoxicado de su propio
decir, que ha sucumbido a su propia concepción de la vida, sacrificándose ante un Ideal del Yo
implacable. Éste sería el depresivo terminal, arrojado al abismo de las cobijas de su cama.

Hay depresivos más agresivos, más ensimismados, más asustadizos, más taciturnos, más
paralizados, otros más filosóficos. No creo que importe esencialmente nada de ello.
Antepongo un decidido diagnóstico de discurso. Se puede ser alguien brillante, irónico y
sonriente —- no es lo usual, obviamente — y seguir enarbolando cínicamente las banderas
grises de la depresión.

No se trata de alentar al depresivo —- como bien comprende Freud —-, pues no es verdad que
esté caído, derrotado, sin fuerzas. No obstante, ésta es la tentación mayor del terapeuta — así
como la del familiar o del amigo —. Pero ella será en vano. El depresivo es un filósofo, un
polemista, un “odioso”, un combatiente de la negatividad. No cabe convencerlo de nada.
No hay que discutir en su terreno, el del valor o no de las cosas, pues en ese terreno él parte
de la base de que ya triunfó, es un experto en derrumbar las cosas del mundo. Siempre se
puede encontrar una limitación en cualquiera de ellas.

Hay que dirigirse al funcionamiento específico de su ideal, a los resortes que lo sostienen. Para
el depresivo sólo hay flores eternas, parejas idealizadas —- el hombre debería ser un “príncipe
azul”, la mujer una “princesa rosa” —, sólo amores congelados, sin final ni tropiezo,
emprendimientos que siempre resultan bien, desde el comienzo y sin final.

Es crucial mostrar la soberbia de su mirada sobre el mundo, su militancia, su encono. Si


consulta es para venir a guerrear, trae su pregunta ante el analista: “¿Y pará qué?”. Nos trae su
¿para qué? de las palabras, las cosas y los hechos, porque este mundo… digame usted, señor
terapeuta, ¿para qué?17.

Se puede ir señalando que el depresivo no corre riesgos, no apuesta, no aventura, no conoce la


pérdida, ni el duelo. Por lo tanto, no tiene experiencias, no aprende, todo es repetición de lo
mismo anticipada. Él ya sabe que todo será igual, incluso lo que nunca ocurrió —- aunque
apele a alguna experiencia dispersa con la que sí coqueteó en algún momento de su vida —-.

El depresivo destruye su vida al desestimar la realidad, descarta lazos amorosos, amistosos,


transferenciales Él viene a atacar la transferencia, porque todo lo que ha de traer será pura
transferencia, todo lo que cuenta se dirige a su analista. Con una salvedad: ese todo ocurre en
la antesala del análisis. Es esencial mostrarle que no destruye al analista, sino que destruye su
comienzo de análisis posible. El propio.

Es probable que lo que Freud llamaba “reacción terapeútica negativa” hayan sido momentos
depresivos de los análisis, que generalmente acontecían tras el optimismo del analista ante los
aparentes progresos de la cura. No necesitamos una teoría de la pulsión de muerte para
explicar estos retrocesos de los tratamientos.

Por último, si el valor no está en la medida del goce fálico — el que el depresivo refuta
constantemente —-, hay que apuntar al más allá del mismo, que es lo que verdaderamente
sostiene la dimensión fálica operativa. Hay que hacer un tránsito de la supuesta “inutilidad”
del brillo de los objetos falicizados a la respuesta abierta por los no-fálicos. Son los objetos sin
utilidad trascendental alguna los que importan en el goce pulsional: por ejemplo y para
empezar, los seres humanos y sus cosas.

Si el depresivo pregunta: “¿Y para qué sirve que le cuente un sueño?”, podríamos responderle
“¿Y quién le dijo que aquí pensamos que los sueños sirven para algo?”. Apartarlo del valor y de
la utilidad trascendentes. No es porque es útil que hablamos, nos enamoramos, plantamos
jardines, es por Otra Cosa.

Esto instala la dimensión del misterio: que cuente el sueño sencillamente… porque sí — “la
rosa es sin porqué”, citaba Heidegger a Silesius —-, por apostar, por divertirse de otro modo,
que lo compruebe hablando, sin garantías. La alegría de las pasiones, acercándonos a Spinoza y
a Nietzsche, está en otro lado que en este mundo inteligible de un seudo Platón.

XI
La guerra de 1914 y sus consecuencias

Ésta recién ha comenzado, pero ya destruye todo lo bello, lo que era parte del orgullo, de lo
que generaba respeto en la comunidad humana, en la esperanza de los hombres. Es decir,
abole todo lo que parecía eterno al narcisismo.

Freud ya no se dirige a sus amigos amargados, sino que habla a la humanidad en general.

Y le dice a ésta que se ha desatado la vida pulsional de los hombres, ya que los logros de la
educación no han frenado ya más su perentoriedad (drang). Aunque Freud piensa a las
pulsiones como lo indómito en general —- estamos en 1915, antes de la posterior dualidad
pulsional —- en realidad aquí hay que entender que se desató lo que será la dimensión de lo
thanático y no el campo del Eros pulsional, ya que éste permite gozar, pese a su transitoriedad,
de los objetos, mientras que Thanatos ataca y precipita, acelerándola, esa finitud, sin gozo
erótico alguno. Conduce a lo inanimado sin la mediación del goce atemperado que Freud
defiende.

Esto tiene consecuencias. Freud dice que entonces nos aferramos a aquello que quedó vivo, es
decir, acentuamos la libido de objeto sobre todo lo que ha sobrevivido a la muerte. Pero ¿y lo
que perdimos? ¿está desvalorizado por haber mostrado su finitud?

Aquí es donde Freud se habrá de mostrar más exaltado y romántico que nunca18 y esto le
implica una imposibilidad de diferenciar teóricamente el duelo de la depresión y la melancolía.

Por eso piensa que los que así sienten —- y no quieren reinvestir objetos nuevos —- es porque
están “de duelo” por esas pérdidas. Enigmáticamente, pues el duelo tiene algo de
incomprensible, su libido permanece aún adherida a los objetos perdidos. Se niegan a concluir
su duelo.

Freud discrepa con ellos. Él cree que es posible amar a otra, a otro, a otras cosas, igual o más
aún. El duelo espira espontáneamente —- “ya se les pasará”, parece decir —- y el sujeto estará
listo para sustituir sus pérdidas por objetos “al menos” tan buenos como los anteriores.
Apenas se supere el mal trance del duelo, se reconstruirá todo lo perdido y… será aún mejor.

Así concluye su texto con un tono triunfalista: la defensa maníaca “freudiana” no pasa por
negar lo que ha ocurrido —- su devoción por la verdad y el principio de realidad se lo
impedirían —-, sino por un “ya lo sé, pero no debe importarnos”, pues la fe está puesta en el
futuro.

Con una salvedad pequeña, pero interesantísima, que aparece en un párrafo de forma
colateral. Allí aclara que esta reconstrucción post-bélica será “si somos jóvenes y capaces de
vida”. Claro, digamos que es obvio, porque ¿cómo supera la pérdida de sus hijos en la guerra
una mujer post-menopáusica, por poner un ejemplo paradigmático?

No obstante, hay una salvedad mayor que él ni siquiera considera y queremos agregar
nosotros. Pues, aunque se tratase de una mujer más joven… ¿se supone que deberíamos
recomendarle que termine espontánea y lo más rápidamente posible su “enigmático” proceso
de duelo y que se preñe —- nuevamente ilusionada —- de otro hijo …. “aún mejor” que el
fallecido?

El rostro agónico de esa madre nos mira y seguimos entonces sin poder alejarnos de nuestro
tema. En esta contraposición de pareceres, ¿quién es el que no entiende lo que es un duelo?

Efectivamente para Freud el duelo es enigmático, pero no menos que el resorte último del
amor…
Footnotes

Con respecto a ellas, citemos el cuadro “trastorno depresivo mayor” en el DSM-5, un menjunje
indefinido absoluto.

Vale detenerse un momento a pensar por qué la metapsicología culmina allí: Freud viene de
pensar el sueño y la Psicosis Alucinatoria de Deseo o Amentia de Meynert. Inmediatamente, se
dirige a ese extraño estado “normal” que es duelo y su contraposición con la melancolía —-
verdadero tema del artículo —.

Algunos suponen que se trata de Rilke, pero Stratchey lo niega.

Antes que lanzarnos a imaginar obsesivamente el domeñamiento del “caballo” pulsional por el
“jinete” yoico, que Freud nos propone algunas veces, me gustaría mejor pensar en la vivencia
de un centauro, el paradigma de un apasionado de la equitación — eso también Freud lo
insinúa en algún recodo de El Yo y el Ello —.

Desistimos de respondernos más extensamente la pregunta de por qué Freud pasea con esa
gente, dejándoles que intenten arruinarle la mañana. No son los sujetos más adecuados para ir
de picnic. Esto parece anecdótico, pero si consideramos que Freud comenzó su práctica con
adictos y neuróticos “actuales” y que él mismo ingería cocaína para combatir sus estados
depresivos…

Es decir, el poeta es un “neurótico”, no está loco en lo más mínimo: “sabe” de una realidad…
sólo que no la acepta. Ha registrado el marchitamiento de muchas flores en su vida… el asunto,
para nosotros, es lo que hace con esa experiencia. No es que no “reconozca” la castración —
como sería el caso si ese proceso estuviera forcluido, por ejemplo —-. De ningún modo está
psicótico.

Como la puerta de Kafka ante la Ley.

Una aclaración importante: el poeta tiene un discurso depresivo, pero no por ello deja de ser
productivo, sigue siendo poeta y, según Freud, muy bueno. Un paso más — en el sentido de
más adentrado en su discurso —- sería que,intoxicado de sí mismo, llegara a la depresión
clínica, que sí puede ser muy invalidante. En esos casos se observa que no es gratis abolir el
disfrute de los objetos del mundo.

“Vivir sólo cuesta vida”, dice la canción de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota.

Recordemos también el tema Gracias a la vida de Violeta Parra.

Podríamos agregar otro tema que Freud no considera y que sería una estupenda crítica a la
idea de que la elevación de la tensión es displacentera y que por lo tanto un disfrute menor
podría hacer más valioso al objeto — esto se complementa con la idea de la escasez planetaria
o lo efímero de su existencia—. Aunque Freud no lo entienda así, la sexualidad opera
exactamente en forma opuesta. El gozo sexual es mayor si se eleva crecientemente la tensión
del juego amoroso, a diferencia de un coito hiperbreve —- al modo de una descarga
masturbatoria —.
Una flor derramándose en la primavera y, posteriormente, sus pétalos marchitos… constituyen
una verdadera banda moebiusiana. Empieza a resonar alguna lectura aproximada a algunos
aspectos del Eclesiastés.

También recordemos el “aprovecha el día” (carpe diem) de Horacio.

Más coloquialmente…. ¿quién te/me quita lo bailado?

Digamos mejor que disfrutarían — disfrutan — de soñar lo inexistente.

Según la teoría canónica, el objeto es lo que menos importa en la pulsión. Es — al decir de


Freud — “lo más variable de la pulsión”. Tomar esto en consideración, es decir, revisar esta
idea implicaría revisar toda la metapsicología freudiana. Y no olvidemos que los textos de la
misma iban a ser doce y sólo se publicaron cinco, siendo aparentemente quemados los otros
siete. La metapsicología de Freud no puede avanzar más allá de “Duelo y Melancolía”. Allí se
detiene. Empastada en sus propias contradicciones.

A diferencia del melancólico, que ensaya un feroz “porque”. Es decir: “porque soy una basura
humana, un desecho, un error de la naturaleza, merezco, incluso, la muerte”. Es él, el
melancólico, el que no se merece la belleza del campo florido. El melancólico no es un
guerrero del sinsentido, por el contrario, ha encontrado un sentido absoluto: él no merece la
vida.

Aceptemos, no obstante, que más allá de nuestro análisis —- que apunta a lo teórico —- Freud
está intentando darle a la humanidad a la que se dirige un apoyo humanista provechoso en
tiempos de penuria extrema.

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