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El ideal de excelencia de Homero

La Ilíada y la Odisea, las cuales atribuían los griegos a Homero, se utilizaron en la


antigüedad como libros de texto básicos para la educación de los griegos durante cientos de
años. Este pasaje, tomado de la Ilíada, que describe una conversación sostenida entre
Héctor, príncipe de Troya, y Andrómaca, su esposa, ilustra el ideal griego de lograr el
honor mediante el combate. Al final del pasaje, Homero también revela la actitud de los
griegos respecto a las mujeres.
Homero, La Ilíada
Héctor miró a su hijo y le sonrió, pero no dijo nada. Andrómaca, estallando en llanto, se le
acerco y puso sus manos sobre la de él. “Héctor”, dijo, estás poseído. Esta valentía tuya
provocará tu fin. No piensas en tu pequeño hijo o en tu desdicha esposa, a quien convertirás
pronto en viuda. Uno de estos días los aqueos [los griegos] te matarán inevitablemente en
un ataque masivo. Y cuando te pierda, yo también estaré muerta... No tengo padre, ni
madre, ahora... También tenía siete hermanos en casa. En un sólo día todos descendieron a
la casa de Hades. El gran Aquiles de pies ligeros los mató...
“Así que tú, Héctor, eres como un padre, una madre y un hermano para mí, así como mi
amado esposo. Compadécete de mí ahora; permanece en la torre; y no conviertas a tu hijo
en huérfano, y a tu esposa en una viuda...”
“Todo esto, amada mía”, dijo Héctor el del yelmo resplandeciente, “ciertamente me
preocupa. Pero si me escondo como un cobarde y rehuso pelear, nunca podría dar la cara a
los troyanos y a las troyanas ataviadas con sus encantadoras vestimentas. Además, iría a
contrapelo, ya que siempre me he entrenado como un buen soldado para ocupar mi lugar en
la línea del frente y ganar la gloria para mi padre y para mí...
“Conforme terminaba de hablar, el glorioso Héctor extendió sus brazos para asir a su hijo,
Pero el niño se echó para atrás con un llanto, hacia el regazo de su niñera fajada, asustado
por la apariencia de su padre. Estaba espantado por el bronce de su yelmo y el adorno
hecho de crines que veía cómo se bamboleaba sombríamente sobre él. Su padre y su madre
se echaron a reír. Pero el noble Héctor pronto se quitó su yelmo, y puso la horrible cosa en
el suelo. Después besó a su hijo, lo meció en sus brazos y rogó a Zeus y a los otros dioses:
“Zeus, así como los otros dioses, permitid que este hijo mío sea como yo, preeminente en
Troya; tan fuerte y tan valiente como yo; un poderoso rey de Ilión. Que la gente diga
cuando regrese de la batalla, “es un mejor hombre que su padre”. Permitidle que traiga a
casa la armadura ensangrentada del enemigo que haya matado, y que haga a su madre
feliz”.
Héctor dejó al niño con su madre, quien lo recibió en su seno fragante. Estaba sonriendo a
través de las lágrimas, y cuando su esposo se percató de esto, se conmovió. La acarició con
su mano y le dijo: “Mi amada, te suplico que no te aflijas mucho. Nadie me va a enviar al
Hades antes que suene mi hora. Pero el Destino es una cosa de la que ningún hombre parido
por una mujer, cobarde o héroe puede escapar. Ve a casa ahora y atiende tu propio deber, el
telar y la aguja, asimismo, cuida que las doncellas cumplan también con los suyos. La
guerra es asunto de hombres; y esta guerra es asunto de todos los hombres de Ilión, sobre
todo mío.

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