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Reproducido y Traducido con el Permiso de la Autora por:

Roger M. Villamar
Reproduced and Translated with the Author’s Permission by:
Roger M. Villamar

Un Día de Febrero (Cuento Wampis)


Por Dina Ananco*

Salir a caminar con el machete en la mano, es como revivir a mi padre de su reposo.

Hoy conversaré con mis hijos para celebrar el aniversario de su abuelo.

Si contara la historia completa desnudando mi alma, descargando toda la ira que llevo
dentro hace más de cuatro años, que, como pilas oxidadas me contaminan día a día, el
día agonizaría de sed y de hambre.

Una tarde como esta, enterré a mi padre en el centro de la casa para que proteja a sus
nietos. Después de haberme refugiado en la religión me convertí en pastor y anduve
predicando desde Pinglo hasta Papayacu, ahora no me queda nada más importante que
tapar los huecos de donde respira el otorongo.

Cómo olvidar los gemidos de dios que me pedía a gritos el nombre del asesino cuando
dormía a la orilla de Santiago debajo de las raíces del ojé que los venados se alimentan
todas las tardes. Cómo desobedecer los susurros de mi padre que me grita
monótonamente ¡Derrama la sangre!, ¡Derrama la sangre hijo mío!

Hoy les digo hijos que esto no es pecado, es una orden del más allá. Debo hacer la
justicia o la comunidad va a bailar en medio de los gusanos que crecen sutilmente en
las letrinas. Ahora caminen hacia la quebrada pedrosa donde flotan dos mojarras
esperándonos para el almuerzo y la cena.

La selva virgen y la espesura de la oscuridad es nuestro testigo. El diablo duerme


desapercibido adelantando sus guardias y sus vigilantes que calculan nuestros pasos
sigilosamente:

- ¡Mira! Duerme despreocupado con la escopeta en el pecho después de haber


cenado media parte de majás. Sí, ¡Descansa porque mañana comienzas con tu dieta!

Observo sin pestañear cada hoja seca que debo recoger antes de las nueve de la
mañana, mi mente fantasea con el asfixiar del individuo, con sus ojos idos y la cara
paliducha.
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Cuadro del pintor Shipibo Robert Rengifo

¡Hoy es el día! Aún recuerdo con nostalgia los viajes que realizaba con mi mujer: nos
sumergíamos en el espesor del bosque, lugar donde solo habitábamos nosotros y los
animales con que debíamos alimentarnos, disfrutando el aire fresco y recolectando
frutas caídas, si fuera posible tumbábamos el chupé, los shimbillos para deleitarnos
después de hacer el amor. Nuestros testigos, los paujiles, los mono cotos observaban
nuestro placer con recelo. Escuchen con atención, jamás llegará nadie a ese lugar,
porque deposité el mapa al lecho de mi mujer para perpetuar el secreto y las
aventuras.

¡Hijo! Busca el mapa, encuéntralo antes que Silverio se apodere de él. Tu madre te
espera hoy a las seis de la noche, antes que el sol se oculte debajo de los ramales de
los cedros.

Ulises, tú, ¡quédate a mi lado! Te enseñaré a atrapar a las arañas venenosas y contar
las caobas que sembré para tus hermanos.

Salí de mi casa cuando el reloj marcaba las cinco de la mañana. La linterna en la mano,
focos nuevos; recargué con pilas panasonic que Asar conservaba. Agustín seguía mis
pisadas mientras yo calculaba sus pasos del asesino. Caminaba con escopeta bajo el
brazo acompañado de sus tres hijos y mi hija. Tal vez conocían la desgracia de su
padre, o tal vez no sospechaban.

Él, disfrutaba las aromas del chupé, de las flores de Apai. Caminaba apaciblemente y
complacido de la vida, pálido y nervioso; la escopeta sin recargar bajo los brazos
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hinchados de las proteínas de las almas. Cerca al lago resbalándose con las raíces de
uña de gato cayó quejumbroso sin reservas. Juan, el hijo menor, se apresuró en ayudar
sin sospechar que la tierra agasajaba la bienvenida de su padre.

El hombre sudaba: Tengo sed hijo, mucha sed –dijo.

Entonces su nuera le preparó masato recién fermentado y le dio de beber, era la última
vez que probaba bebida adecuado a la humanidad.

Recostado en el tronco del cedro recreaba mi pensamiento mientras la risa singular de


mi mujer hacía eco en el bosque espantando a los pájaros que anidaban en los bejucos.
Una vez más mi cuñada me gritaba discretamente ¡fue él, fue él! Mi ira aumentaba
cada vez más y era evidente que el sonido estruendoso de mi corazón semejaba al de
otorongo cuando espera su presa favorita.

Mi hermana en compañía de sus hijas, atrapaba a los camarones mientras su hijo


menor recolectaba los racimos de pifayo y la semilla de palmeras caídas que
perfumaban todo el camino hacía una semana.

¡Tal vez escuchó el disparo o tal vez no! Ojalá mi mujer haya intervenido en su
pensamiento relatando nuestras incontables historias. Ella tan convincente, recogía su
larga cabellera y encaminaba en dirección a la pisigranja de su cuñado a recoger los
huevos de los picaflores y las palomas que pululaban procreándose en la orilla.

Mis hijos pescaban sungaros jamás vistos por los santiaguinos que al instante se
colocaba en fila con los platos en la mano; cada uno esperando una porción: unos para
la aleta, otros para la cola, otros para las hueveras y los más lejanos para el obsequio
de las presas que ellos decidían concederles.

María acaba de llegar a la casa. Mi mujer me sirve patarashca indecisamente y ceno


con mis hijos. El recuerdo me perturba y me ahoga, fomentando más mi deseo de
eliminar la mancha negra de mi kanus.

Agustín contempla al asesino de su madre defecando como ronzoco en la esquina de la


chacra. Yo, arrodillado frente a la escopeta que recargué con el último cartucho que mi
mujer me obsequió en mi cumpleaños pido perdón a Satán por obedecer a Dios.

El tiempo anunciaba el hecho y todos caminaban y trabajaban sin hacer menor caso a
los presagios de picaflor cuando Torberito dijo “Esto por mis hijos, mis sobrinos, mi
mujer, mis hermanos y amigos y porque en mi pueblo florezca zanangos, toes y
ayahuascas. Son la 1:30 pm. Todos almuerzan patarashca de boquichico, huangana
asado y yo a ti”. El sol se apaciguó y celebró fúnebremente la desdicha de Anatalio.
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Soy tu primo, ¡Torberito! Es la única bala que puede penetrar en tu corazón –le dijo
mostrando el casco amarillento del cartucho. Sí, acabaré contigo y huiré como un
cobarde, en la noche cenaré con tu mujer y tus hijos.

Anatalio, observaba atónito a su primo que le gritaba lanzando amenazas cuando la


bala ya había penetrado en su corazón. Tú, cobarde, murmuró el moribundo, cayendo
al suelo con la boca ensangrentada, mientras mi hija miraba fijamente al desdichado
con el suri en la boca, y sus dos hijos, observando cómo revoloteaban los ojos
blanquecinos de su padre, disparaban sin dirección alguna.

Hoy lloran tus ojos hija mía, mañana llorarás de alegría. Yo iré a espantar los gallinazos
de la cocina de tu suegro que disfrutan la carne putrefacta.

Dice que trajeron a Anatalio ya cadáver en su casa. ¿Para qué vino Anatalio? Tal vez
para despedirse de la comunidad que se acercaba distraído para darle el último adiós
con la sonrisa en los labios.

¡Hipócritas! Gritó el hijo.

Hoy es el entierro. Estoy sentada al lado de mi esposa frente al lago que construyó mi
padre y veo a mi vecino disfrutar con las puertas abiertas de par en par los hongos de
su chacra recién abierta.

Hoy lloran todos, mis hijos, mis amigos, mis sobrinos, tíos y hermanas y mis enemigos.

Mis nietos me buscan sin hallar ningún rastro. Este mes es de ayunas. Los niños gimen
de hambre y los viejos permanecen quietos, atemorizados por los insultos de los
transeúntes. En las noches se realizan fiestas interminables, todos corren a salvar su
vida buscando un espacio dónde aposentarse como las garzas al atardecer. A la otra
banda mis sobrinos vigilan el camino turnándose cada cinco horas. Los chismes fluyen
como los ríos en la época de lluvia. Eso les asusta y lloran lágrimas amargas, unos
maldiciéndome por la suerte concedida y otros por la intranquilidad y otros por
indiferencia. Las noches son un caos, una especie de simulacro de la guerra civil. En el
día asisten a las reuniones fastidiosas para luego salir en comisiones buscando mis
huellas como si fueran inspectores privados.

Estoy en la casa, en mi casa, frente a la candela está sentada mi mujer. Entonces


recordé su muerte. Al pestañear vi un tronco de árbol –era una leña- que había traído
mi nieta. Recogeré las hojas de toe, de sanango y me iré a pasar la noche en las faldas
de la Cordillera de Cóndor. Mis piernas enflaquecen, no puedo avanzar el camino, la
anemia me consume día a día. No distingo los colores. Me sumergiré en el agujero y
pasaré la noche ensimismado en la oscuridad. Mañana continuaré el camino solitario
donde el sol cena con la luna.
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Roger M. Villamar
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* Dina Ananco es Awajún Wampís. Egresada en Literatura (UNMSM). Escribe poemas y


cuentos. Trabaja en Servindi (http://servindi.org/).

A Day in February (W am pis Story)


By Dina Ananco*

Taking a walk with the machete in my hand is like awakening my father from his
eternal rest.

Today I will talk to my children to celebrate their grandfather’s anniversary.

If I were to tell the whole story, stripping my soul, letting all that anger out today after
four years; anger that like corroded batteries poisons my day-to-day activities; this day
would agonize out of thirst and hunger.

An afternoon just like this one, I buried my father in the center of my house so that he
could protect his grandchildren. After having found refuge in religion, I became a
preacher, and I preached the word of God all the way from Pinglo to Papayacu. Now
there is nothing left for me to do other than to cover the breathing holes made by the
otorongo.

In the name of God, how can I forget those wailings I heard? As I was sleeping at the
banks of the Santiago river, those awful wailings kept asking me out loud for the name
of the murderer. This happened as I was resting under the roots of the ojé; those roots
that the deer use to feed on every afternoon. How can I disobey my father’s whispers
screaming monotonously in my ear, “spill blood!” “Spill blood my son!”

Today I tell my children that it’s not a sin. It’s a command from the afterlife. I must do
justice or the community will dance among the worms that illusively grow in the
latrines. Now walk toward the rocky brook where two mojarras are floating, waiting for
us for today’s lunch and dinner.

The virgin Amazon and the thickness of darkness are our witnesses. The devil rests
unnoticed sending his guards and watchdogs that calculate our steps quietly:

- ¡Look! He sleeps unconcerned with the rifle resting on his chest after having
had half of a majás for dinner. “Yes, rest because tomorrow you will get started on your
diet!”

I observe, without blinking an eye, each dry leave I shall pick up before nine o’ clock
tomorrow morning. My mind fantasizes with the image of that guy choking to death,
with his eyes gone and his face pale.
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Painting of the Shipibo painter Robert Rengifo

Today is the day! I still remember nostalgically those trips I used to take with my wife:
we would get submerged in the thickness of the jungle, where we co-existed only with
those animals that were supposed to feed us; enjoying the fresh air and gathering
fruits, and whenever possible, we knocked down the chupé and the shimbillos that we
used to enjoy ourselves with after making love. Our witnesses: the paujiles, and the
coto monos spying on our pleasure with suspicion. Listen carefully; no one will ever get
to that place because I put the map in my wife’s bed in order to perpetuate our secret
and our adventures.

Son! Look for the map; find it before Silverio gets it. Your mother waits for you tonight
at six before the sun sets under the cedar bushes.

Ulises, you, stay here by my side! I will teach you to catch venomous spiders and to
count the caobas (mahogany) I planted for your siblings.

I left my house this morning when the clock struck five; flashlight at hand; new light
bulbs; I had recharged it with the Panasonic batteries that Asar kept. Agustín followed
my footprints while I was calculating the murderer’s steps. I walked with the rifle under
my arm, and was accompanied by his three children and my daughter. Maybe they
knew about his father’s misfortune, maybe they had no idea.

He enjoyed the aroma of the chupé, of the Apai flowers. He walked peacefully and very
pleased with his life, pale and nervous at times; the rifle with no bullets under his arms,
which were swollen by the proteins that came from the spirits. Near the lake, and
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sliding with the uña de gato’s (cat’s claws) roots, he fell down, painfully complaining
without any reservations. Juan, his younger son, rushed to help without realizing that
the earth was happily welcoming the arrival of his father.

The man sweated: I am thirsty, really thirsty –He said.

Then, his daughter in law prepared him recently fermented masato and helped him
drink it. It was the last time he would taste a human drink.

Resting against the cedar tree trunk, I was enjoying my thought as the peculiar
laughter from my wife echoed in the jungle, frightening off the birds that nested in the
bejucos. Once again my sister in law discretely screamed at me saying “it was him!” My
wrath increased more and more each time, and it was evident how the thunderous
sound of my heart equaled that of the otorongo as it waits for its favorite pray.

My sister with her daughters were catching shrimp as her youngest son gathered up the
clusters of pifayo and the palm tree seeds that had fallen and spread their perfume on
the road for about a week now.

Maybe she heard the shot, maybe not! I hope my wife has influenced her thought by
telling her our countless stories. She was so convincing. She would tie her long hair up
in the back and go to her brother in law’s fish farm to pick up the eggs from the
abundant numbers of hummingbirds and doves mating at the banks of the river.

My children were fishing for sungaros that the santiaguinos (people from santiago) had
never seen. These people would just stand in line with their plates in their hands
waiting for a portion: some wanted the fin, others the tail, some others the spawn, and
those who were further away would wait for the gift of pieces that they would decide to
give them.

María just arrived home. My wife doubts as she serves me some patarashca, and I have
dinner with my children. What I remember disturbs me and chokes me, building inside
of me more and more each time, so that I just wish to eliminate the black spot from my
kanus.

Agustín contemplates his mother’s murderer defecating like a ronzoco on the corner of
the chacra (garden). I, kneeling in front of the rifle, loaded it with the last bullet my
wife gave me as a birthday gift, and finally ask for forgiveness from Satan for obeying
God.

Time announced the incident and everyone kept walking or working without paying any
attention to the omens of the hummingbirds when Torberito said “This is for my
children, my nephews and nieces, my wife, mi siblings and friends, and for zanangos,
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toes, and ayahuascas to blossom among my people. It’s 1:30 pm. Everyone is having
boquichico patarashca, baked huangana, and I am having you.” The sun got peaceful
and mournfully celebrated Anatalio’s misfortune.

I am your cousin, Torberito! It’s the only one bullet that can penetrate your heart –he
told him, showing him the yellowish shell of the cartridge. Yes, I will finish with you and
I will run like a coward, and tonight I will be having dinner with your woman and your
children.

Anatalio, watched astonished as his cousin yelled at him with threats after the bullet
had already penetrated his heart. You coward, murmured the agonizing man, as he fell
to the ground with blood spilling out of his mouth. In the meantime, my daughter
stared at the unfortunate individual with the suri in her mouth; and her two children
watched how the two pallid eyes of his father wandered around without being able to
focus anywhere.

Today your eyes mourn my daughter, tomorrow you will cry out of happiness. I will go
to scare away the buzzards from your father in law’s kitchen. They love rotten meat.

They say Anatalio’s dead body was brought back to his house. Why did Anatalio come?
Maybe to say good bye to the community members who were approaching the house to
pay their respects with smiles on their faces.

Hipocrats! Shouted the son.

Today is the burial. I am sitting here next to my wife in front of the lake my father built,
and I see my neighbor with his doors wide open, enjoying the fresh mushrooms from
his recently opened chacra (garden).

Today, everyone cries, my children, my friends, my nephews and nieces, uncles and
aunts, my siblings, and my enemies.

My grandchildren search without being able to find a trace of me. This is the month to
fast. Hungry children groan, and the elderly remain quiet; fearful because of the insults
of those who pass by. At night never-ending parties go on and on, and they all run to
save their lives looking for a spot where to rest, just like the herons do when the sun
goes down. At the other bank of the river, mi nephews and nieces watch the road
taking turns every five hours. Gossip flows like the river during the rainy season. That
scares them and they cry bitter tears. Some curse me because of such an unfortunate
fate. Some curse me because of the lack of peace and others out of indifference. Nights
are chaotic; they are sort of a drill for a civil war. During the day, they go to annoying
meetings only to come out later in posses looking for my footprints, as if they were
private investigators.
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I am at home, in my house. My wife is sitting in front of the fire. Then, I remembered


her death. As I blinked I saw a tree trunk –it was a log- that my granddaughter had
brought in. I will pick up the leaves of toe, sanango, and I will go to spend the night at
the bottom of the Cordillera del Condor (the Condor Mountain range). My legs are
weakening, I can’t move forward down the road; the anemia extinguishes me day by
day. I can’t see colors anymore. I will submerge myself in the hole and spend the night
absorbed into the darkness. Tomorrow I will keep walking the lonely road to where the
sun dines with the moon.

* Dina Ananco is Awajún Wampís. She graduated from college with a Bachelor’s degree
in Literature (UNMSM). She writes poems and stories, and works for Servindi
(http://servindi.org/).

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