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IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA “PUERTA DE SALVACIÓN”

MENSAJE

La esencia del amor

Lectura Bíblica: «Amados,


amémonos unos a otros; porque
el amor es de Dios. Todo aquel
que ama, es nacido de Dios, y
conoce a Dios. El que no ama, no
ha conocido a Dios; porque Dios
es amor» (1 Juan 4: 7-8).

Amados Hermanos en Cristo Jesús, al Dios Omnipotente demos gracias por su


infinito amor, porque siendo nosotros pecadores, envió a su amado Hijo para
redimirnos de nuestra situación pecadora, porque por los méritos de Jesucristo
hemos sido hechos merecedores de entrar al reino de los cielos, esa es la
esencia del amor, la presencia de Dios que es la Luz verdadera que ilumina
nuestros corazones.
Vemos cada día con trizteza que el amor está ausente en el pensamiento,
palabras y actos de la mayoría de las personas, incluso en aquellos que deberían
comportarse diferente, esto es los creyentes. El Señor nos invita en un día como
hoy a conocerle, esto es, discernir sobre Él, y eso es lo que intentaremos por
medio del estudio de Su Santa Palabra, el mensaje de la verdadera esencia del
amor, doy gracias a Dios por darme esta oportunidad de estar con ustedes y
elevo mi ruego porque permanezcan en Su Paz y disfruten el gozo de Su Amor 1/.
Quisiera, hacer un paréntesis antes de abordar el tema. Hace muchos años, en mi
adolescencia y juventud abrigaba en mi corazón como la más alta expresión de lo
que era el amor, las palabras del filósofo Federico Nietzche: ‘Ama a tu amigo’,
pues me parecía correcto este proceder, ya que sólo debía tener un sentimiento
de amor hacia aquellas personas que consideraba mis amigos. Este filósofo, en
sus obras estaba haciendo una pobre parodia de la Biblia y de la vida cristiana.
Cuando Dios abrió mis ojos y mi corazón a Su Santa Palabra, pude comprender
cuan lejos estaba mi pensamiento del pensamiento de Dios y cuan errónea era la
posición del filósofo admirado. Esto entendí al escuchar la voz de Jesús que me
decía en el llamado ‘Sermón del Monte’:
«Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero
yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced
bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen... »
(Mateo 5: 43-44).
Pues bien amados, sólo por la misericordia de Dios podemos pasar de las
tinieblas a la luz, del reino del pecado y del egoísmo, donde hacemos nuestra
propia voluntad, al reino de Dios, donde vivimos por Él, en Él y para Él y
obedecemos Su Voluntad, y aceptamos con agrado la siguiente declaración:
«Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mateo 6: 10).
1 /
En este párrafo y el resto del documento, he recurrido a la práctica de resaltar, añadir comillas o
manejar en cursiva algunas partes para darles mayor énfasis; uso que agradeceré al lector perdone.

12 de septiembre del 2010 Antonio Morales Nájar 1/4


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Por mucho tiempo, pensé que el amor era una de las más grandes virtudes de la
vida cristiana, pero una vez más, mi visión era solo parcial, el Santo Espíritu me
mostraría a través de las Sagradas Escrituras, que el amor es la vida cristiana,
porque no podemos expresar el amor de Dios a menos que realmente hagamos
nuestras las palabras de nuestro Divino Salvador: sin amor no hay vida eterna. El
amor es la evidencia de nuestra salvación.
No podemos engañarnos, la muestra de nuestra salvación no es que hayamos
sido bautizados, que hayamos declarado nuestra fe, o seamos correctos en
nuestra vida diaria, evitando las bebidas, alejándonos de los placeres mundanos,
no engañando a nuestro cónyuge, cumpliendo con nuestros deberes en la familia
y el trabajo, o asistiendo puntualmente a todos los cultos, etc. Todo esto es bueno
y lo correcto, pero no es tanto como el amor, pues si tenemos un verdadero amor
hacia los demás, haremos todas estas cosas de manera natural, en obediencia a
Dios. El apóstol Juan es su primera epístola nos dice: «Amados, amémonos unos
a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y
conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor»
(capítulo 7, vv. 7 y 8).
Si amásemos a nuestros semejantes, y a nuestros hermanos, como Dios desea lo
hagamos, no sería necesaria la Ley, porque «El amor no hace mal al prójimo; así
que el cumplimiento de la ley es el amor» (Romanos 13: 10).
Como cristianos podemos entender entonces que el amor es la vida cristiana, es
la esencia del cristianismo; podemos tener hermosos templos, bellos himnos,
podemos reunimos para escuchar profundos estudios teológicos, pero si no está
presente y patente nuestro amor, no viviremos como el Señor lo espera; El
apóstol Pablo, movido por el Santo Espíritu de Dios, en su carta a la iglesia de
Corinto, nos muestra las características del verdadero amor, del amor sin
condiciones, de aquel amor que se entrega sin ninguna prenda a cambio, con el
amor que el Padre nos ha amado desde la fundación del mundo y por el cual
envió a nuestro Salvador Jesucristo para pagar por nuestras faltas (13: 1-3):
«Si yo hablase lenguas humanas y angélicas,
y no tengo amor,
vengo a ser como metal que resuena,
o címbalo que retiñe.
Y si tuviese profecía,
y entendiese todos los misterios y toda ciencia,
y si tuviese toda la fe,
de tal manera que trasladase los montes,
y no tengo amor, nada soy.
Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres,
y si entregase mi cuerpo para ser quemado;
y no tengo amor, de nada me sirve.»
Para que podamos entender mejor el amor, permítanme presentar una escala del
amor tomando lo que nuestro amado Maestro dijo en diversas ocasiones en su
ministerio terrenal:

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Antes, es importante señalar, que desde nuestro nacimiento todos hemos


desarrollado el amor hacia nosotros mismos, y nos queremos mucho, yo diría que
demasiado, de ahí el individualismo y el egoísmo que caracteriza la vida humana;
pasamos la vida en conflictos permanentes con los demás, empujándonos,
cercando nuestras vidas para proteger nuestro YO, dudamos al compartir y
darnos los unos a los otros, tropezamos como si estuviésemos en la oscuridad,
faltos de la verdadera luz, que es el amor, y Dios es amor.
El anterior mandato en el Antiguo Testamento «Ama a tu prójimo como a ti
mismo» (Levítico 19: 18) es el primer grado del amor, esto es el mínimo que los
hebreos tenían que tener y constituía la ley moral establecida por Dios para las
relaciones entre todos los seres humanos. Este mandamiento significa que lo
mismo que deseo para mí y busco para mí lo he de desear y buscar para mi
prójimo. Por ejemplo, si tengo comida y mi prójimo no, debería compartirla con él;
si Dios me bendijo con varias camizas, debería esforzarme para que mi prójimo
tuviera lo mismo, o al menos le daría una de ellas. Esta práctica es con mi prójimo
y tiene el alcance de lo más próximo: al vecino, al amigo, al compañero, al
contrario a la fe que profesamos, como lo muestra el trato con los extranjeros, las
viudas, los huérfanos o los desamparados, enseñado en el Pentateuco.
Cuando un maestro de la Ley le preguntó a Jesús para probarle: ¿y quién es mi
prójimo? Jesús le contestó con la parábola del samaritano que socorrió al hombre
que yacía herido después de que fue asaltado, y le llevó y curó sus heridas, y
pagó su estancia hasta su restablecimiento; por el contrario, el sacerdote y el
escriba que conocían el mandato, pasaron de largo (Lucas 10: 25-36). Al final del
relato, Jesús nos invita y dice hoy: «Ve, y has tu lo mismo» (v. 37).
Nuestro Señor Jesucristo, no quiere que nuestro amor se quede en el nivel más
bajo, y enseñó a sus discípulos que había un grado superior del amor, un amor
que supera el amar a otros como a nosotros mismos: «Un mandamiento nuevo os
doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis
unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor
los unos con los otros» (Juan 13: 34-35).
¿Y como nos amó Jesús? ¿Nos amó como a si mismo? No, nos amó mas que a
si mismo, y padeció y dio su vida por nosotros, con un nivel de amor que deja
fuera el amor a nosotros mismos, un amor que nos lleva a dar la vida por el
prójimo; es mas que darle a otro de comer, de protegerle con ropa, de asistirle en
los padecimientos, es entregar nuestra vida si es necesario. Pidamos a Dios en
oración que cambie nuestra visión del amor y la grabe en nuestro corazón para
que pongamos en práctica el ejemplo de nuestro Salvador al morir por nosotros
en la cruz: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus
amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Juan 15: 13).
Busquemos ser amigos de Dios y mostremos nuestra obediencia.
Este grado de amor, significa la renuncia del YO para seguir el ejemplo de nuestro
Señor Jesucristo. El apóstol Pablo lo resume de la siguiente manera: «Haya,
pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en
forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que

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se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;


y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2: 5-8).
Como lo cité al inicio de este mensaje, en el Sermón del Monte Jesús enseñó a
sus discípulos y dijo:
«Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero
yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced
bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para
que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol
sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si
amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo
mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué
hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros
perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mateo 5:
43-48).
Esta es la clase de amor que espera Dios este en nosotros. Porque siendo
enemigos de Dios, él nos amó sin límites. Es el amor que el Padre y el Hijo nos
tienen, como lo expresa este versículo que todos conocemos de memoria:
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para
que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3: 16).
Pero, aún hay un nivel más grande del amor, el que existe entre el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo en la unidad de la Trinidad, y el cual Jesús nos pidió buscar y
que anunció tendríamos cuando seamos uno con Él. Poco antes de ser arrestado,
Jesús oraba al Padre por sus discípulos y decía: «Y les he dado a conocer tu
nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté
en ellos, y yo en ellos» (Juan 17: 26). Un amor infinito y eterno, de quienes son
uno e inseparables. Es el amor divino expresado en la alegoría que enseña Juan
en el Apocalipsis, de las bodas del Cordero con su esposa, la Iglesia, un amor de
millones de millones de redimidos con el Eterno Dios para ser Uno para siempre.
Es el tipo de amor que El Señor quiere de cada uno de los hermanos en la Iglesia,
de cada una de las familias dentro de la Iglesia, de los miembros en cada familia,
de cada uno de nosotros con Él.
Más ¿entendemos el concepto del amor que nos enseña nuestro Señor
Jesucristo?, o simplemente pensamos que amamos, pero los demás, “el prójimo”
no ve nuestro amor, y no lo encuentra porque no lo mostramos con nuestras
obras, con nuestras palabras o con nuestro egoismo. Amados, en esto conocerán
que somos seguidores de Cristo, o cristianos, que tenemos amor los unos con los
otros.
Dios les bendiga.

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