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Agradecimientos

CAPITULO 1. ¿Por qué te abates, oh alma mía?

CAPITULO 2. De la oscuridad a la luz

CAPITULO 3. No temas, gusano de Jacob

CAPITULO 4. La fe a prueba

CAPITULO 5. ¿Dónde está vuestra fe?

CAPITULO 6. La tensión entre el “ya” y el “todavía no”

CAPITULO 7. La caída y la restauración de Pedro

CAPITULO 8. Confiando en el Dios inescrutable

CAPITULO 9. La decisión de Moisés

CAPITULO 10. Seguridad en un mundo inseguro

CAPITULO 11. Un llamado a la esperanza

CAPITULO 12. La Nueva Jerusalén


Palabras al cansado
Sermones de aliento y consuelo
Sugel Michelén
Palabras al cansado

Publicado por Editorial Peregrino, S.L.


Apartado 19 13350 Moral de Calatrava (Ciudad Real) España editorialperegrino@mac.com
www.editorialperegrino.com

Copyright © 2009 por Editorial Peregrino para esta versión española. Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación en
cualquier forma o por cualquier medio, electrónico, mecánico, fotocopiativo, de grabación u otro, sin el
permiso previo del editor.

Diseño de la portada: Adriana-Isabel Gutiérrez Lugo

Las citas bíblicas están tomadas de la Versión Reina–Valera 1960 © Sociedades Bíblicas Unidas, excepto
cuando se cite otra LBLA = La Biblia de las Américas © 1986, 1995, 1997 The Lockman Foundation.
Usada con permiso

ISBN: 978-84-96562-38-7

Impreso en EE.UU.
Printed in USA
Jehová el Señor me dio lengua de sabios,
para saber hablar palabras al cansado.
(Isaías 50:4)

¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los
confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su
entendimiento no hay quien lo alcance. Él da esfuerzo al cansado, y multiplica
las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los
jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas;
levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no
se fatigarán.
(Isaías 40:28-31)
A Gloria, el deleite de mis ojos, por ser una compañera fiel y santificante, por
mostrarme de mil maneras el amor incondicional de Cristo, por apoyar mi
ministerio sin reservas, y por su constante motivación a ser un mejor hombre, un
mejor padre y esposo y un mejor pastor.
Pero sobre todas las cosas, a mi Señor y Salvador Jesucristo quien, por el poder
de Su Espíritu, hace treinta y un años derribó todos mis argumentos y toda la
altivez que se levantaba en mi corazón contra el conocimiento de Dios, y desde
entonces ha estado llevando cautivos mis pensamientos a Su obediencia. Que a
Él, y solo a Él, sea la gloria y el honor por los siglos de los siglos.
Agradecimientos
Publicar un libro de sermones no es una tarea fácil. Se requiere un trabajo de
edición cuidadosa para poner por escrito, en un formato apropiado para su
lectura, las palabras que se pronunciaron a viva voz en el contexto de una iglesia
local, sin perder su sabor “sermonario” ni el estilo propio del predicador.
En tal sentido, quiero expresar mi profunda gratitud a Raquel Vargas de
Rincón por su laboriosa y diligente tarea de editar las notas de mis sermones, y
por todas las horas que tuvo que emplear escuchando los mensajes una y otra
vez, para añadir al texto todo lo que se dijo en la exposición de forma
espontánea; gracias también a su esposo, Alberto Rincón, por permitir de buena
gana que Raquel emplease todo ese tiempo en esta tarea.
A mi buen amigo, el pastor Bonifacio Lozano, por su disposición a leer cada
sermón, así como por sus certeras correcciones y comentarios. Gracias también a
Demetrio Cánovas y a todo el comité de Editorial Peregrino (del cual Bonifacio
también forma parte), por su interés en publicar esta obra.
A mis amados pastores y compañeros de milicia, Eduardo Saladín, Lester
Flaquer, Marcos Peña y Salvador Gómez: por pastorearme fielmente, por
alentarme a publicar y por hacer arreglos en mi agenda pastoral para que este
libro pueda ser hoy una realidad. Es un gozo poder servir al Señor en el
ministerio junto a hombres como ustedes.
A D.a Lina Lockward, porque fue un instrumento que el Señor usó para que,
finalmente, tomara la decisión de enfrascarme en la tarea de publicar un libro de
sermones.
A los miembros de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo —el rebaño que el
Señor me ha dado el privilegio de pastorear por veinticinco años—, no solo por
las oraciones continuas que elevan al trono de la gracia a favor de sus pastores,
sino también por la atención que prestan a la Palabra de Dios predicada. Es un
verdadero placer alimentar a un rebaño que muestra tal aprecio por el alimento
que recibe.
Y a mi esposa Gloria: por todo lo mencionado en la nota de dedicatoria, por
sus atinados comentarios al revisar el manuscrito y por su comprensión cuando
tareas como estas se añaden a mi apretada agenda pastoral.
Que el Dios de toda gracia les recompense como es debido en aquel día.
SUGEL MICHELÉN
Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios,
el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me
presentaré delante de Dios? Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche,
mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios? Me acuerdo de estas
cosas, y derramo mi alma dentro de mí; de cómo yo fui con la multitud, y la
conduje hasta la casa de Dios, entre voces de alegría y de alabanza del pueblo
en fiesta. ¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en
Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío. Dios mío, mi alma
está abatida en mí; me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán, y de
los hermonitas, desde el monte de Mizar. Un abismo llama a otro a la voz de tus
cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí. Pero de día mandará
Jehová su misericordia, y de noche su cántico estará conmigo, y mi oración al
Dios de mi vida. Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí? ¿Por
qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo? Como quien hiere mis
huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?
¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío. ( Salmo
42)

Júzgame, oh Dios, y defiende mi causa; líbrame de gente impía, y del hombre


engañoso e inicuo.
Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza, ¿por qué me has desechado? ¿Por qué
andaré enlutado por la opresión del enemigo? Envía tu luz y tu verdad; éstas me
guiarán; me conducirán a tu santo monte, y a tus moradas. Entraré al altar de
Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo; y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios
mío. ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera
en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.
(Salmo 43)
CAPITULO 1. ¿Por qué te abates, oh alma
mía?
Cuando el Dr. Martín Lloyd-Jones publicó en 1965 su obra titulada Depresión
espiritual: sus causas y su cura, rápidamente se convirtió en uno de sus libros
más leídos; y la raz ón es obvia: muchas personas tienen que pelear contra la
depresión, incluyendo a los cristianos. “No hay margen de duda —dice Lloyd-
Jones— en cuanto a que la condición que se conoce como depresión espiritual es
una dolencia muy común. A decir verdad, mientras más se piensa y se habla
acerca de ella, más evidente resulta lo común que es”1.
Probablemente es por esa misma razón que los salmos 42 y 43, que
estudiaremos a continuación, se encuentran también entre los más leídos del
salterio. Estos dos salmos nos proporcionan una radiografía espiritual de lo que
ocurre en el corazón de un creyente cuando se encuentra luchando con la
depresión. De ahí el estribillo que se repite en los versículos 5 y 11 del Salmo 42,
y en el versículo 5 del Salmo 43: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas
dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios
mío”.
Algunos estudiosos de las Escrituras opinan que estos dos salmos constituían
originalmente uno solo. Pero es muy posible que se trate de dos salmos distintos
que fueron escritos en las mismas circunstancias. De un modo u otro, es obvio
que estos dos poemas del salterio están estrechamente relacionados entre sí; en
ambos encontramos a un alma angustiada luchando con la depresión y el
abatimiento.
¿Cómo se percibe la depresión? ¿Cuáles son sus causas? ¿Por qué algunas
personas se deprimen y otras no, en medio de circunstancias muy similares? ¿Es
inevitable la depresión o hay algo que podemos hacer para no caer en ese
estado? ¿Qué debemos hacer si ya estamos sumergidos en ese pozo profundo
donde no vemos ni siquiera un pequeño rayo de luz por ningún lado?
Escuchemos al Salmista “hablando en voz alta”, por decirlo de alguna manera,
mientras lucha con este problema; porque estos dos salmos, escritos hace tanto
tiempo, constituyen un verdadero tratado de medicina espiritual para el alma.
LOS SÍNTOMAS
Una de las dificultades a las que se enfrentan los médicos al tratar de
diagnosticar el problema de sus pacientes es que a muchas personas les resulta
difícil expresar con precisión lo que sienten. Pero ese no es el caso del Salmista.
Inspirado por el Espíritu Santo, este hombre pudo describir su experiencia con
tal maestría que casi podemos sentir lo que estaba sintiendo.
Su alma estaba abatida y turbada, como él mismo confiesa abiertamente:
“Dios mío, mi alma está en mí deprimida…” (Salmo 42:6, LBLA). No era una
simple tristeza lo que este hombre sentía, sino un profundo abatimiento
acompañado a menudo de llanto: “Fueron mis lágrimas mi pan de día y de
noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?” (v. 3). Su dolor
era tan agudo que había perdido el apetito (sus lágrimas eran su alimento), y en
su mente no parece haber lugar para otra cosa que no fuera la melancolía y la
nostalgia: “Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí…” (v.
4). En otras palabras, “es tal la tristeza que me embarga, que mi alma parece
disolverse, como si mi ser interior hubiese perdido su firmeza y consistencia”.
¿Te has sentido alguna vez así? ¿Con tanta debilidad interior que piensas que
no puedes dar un solo paso más
o que eres totalmente incapaz de luchar con otra dificultad adicional? Pero la
vida continúa y nadie puede garantizarnos que no vendrán más problemas, pues
las dificultades no siempre llegan dosificadas, como vemos en la historia de Job:
en un mismo día este hombre perdió todos sus bienes y sus hijos, y poco tiempo
después también la salud. En una situación como esta puede que al principio
reaccionemos bien, pero a medida que pasan los días y el problema inicial
continúa allí mientras se añaden algunos más, la lucha contra la depresión se
vuelve más apremiante.
El teólogo norteamericano del siglo XIX Robert Dabney perdió a dos de sus
hijos en un mes. Escucha cómo describe este siervo de Dios esa terrible
experiencia en una de sus cartas: “Cuando mi Jimmy murió, la tristeza fue
atormentadoramente punzante; pero los actos de fe, el abrazo de la consolación y
todas las alentadoras verdades que me brindaron consuelo fueron igual de
intensos. No obstante, cuando el golpe fue repetido, y por tanto duplicado, yo
quedé paralizado y aturdido. Sé que mi pérdida es doble, y sé también que las
mismas alentadoras verdades son tan aplicables a la segunda como a la primera,
pero permanezco adormecido, abatido, casi sin esperanzas ni interés”2.
Este tipo de honestidad puede resultar chocante para algunos que solo quieren
escuchar hablar de gozo y de victoria; pero lo cierto es que muchos creyentes
tienen que luchar con el abatimiento, sobre todo cuando los problemas no
parecen dar tregua. Apenas estamos saliendo a flote cuando las olas de la
aflicción nos aplastan de nuevo: “Un abismo llama a otro a la voz de tus
cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí” (v. 7). En una forma
muy poética, el Salmista describe una especie de conspiración donde una
dificultad se pone de acuerdo con la otra para caer sobre él como una catarata de
aflicción.
Cuando era adolescente solía ir con mis amigos a bañarme a una playa de
fuertes oleajes: las olas se sucedían una detrás de la otra con tal fuerza que, no
habíamos sacado aún la cabeza después de ser vapuleados por una ola, cuando
otra se nos venía encima y éramos sumergidos otra vez. Lo que el Salmista está
describiendo aquí es algo similar. Aunque su lenguaje es sumamente poético y
hermoso, lo que describe es aterrador. Los problemas parecían sucederse uno
detrás del otro sin darle un momento de respiro. Y lo que hace el cuadro más
confuso es el hecho de que él sabía que su vida no estaba en manos de un destino
ciego y caprichoso, sino en las manos de un Dios soberano. Lee de nuevo el
versículo 7, pero esta vez toma nota de la perspectiva del Salmista en cuanto al
responsable final de su aflicción: “Un abismo llama a otro a la voz de tus
cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí” (v. 7). Aun en medio
de su abatimiento y turbación, el Salmista mantuvo su visión enfocada en la
soberanía de Dios; y lo que ahora le causaba perplejidad —porque no podía
entender lo que Dios estaba haciendo— es lo que a final de cuentas terminará
sacándolo del hoyo.
Querido hermano, aunque muchas veces no entendamos por qué Dios hace lo
que hace, no nos hacemos ningún favor si tratamos de “disculparle” negando la
realidad de su control soberano. Sea lo que sea que esté sucediendo, hasta si es
pecaminoso, no escapa a Su soberanía. Dios asume esa responsabilidad en Su
Palabra: “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay otro Dios fuera de mí. Yo te
ceñiré, aunque no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y
hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo,
que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo
Jehová soy el que hago todo esto” (Isaías 45:5-7). Y a través del profeta Amós
pregunta de manera retórica: “¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se
alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya
hecho?” (Amós 3:6).
Nuestro Dios no es autor de pecado —más bien lo aborrece con un
aborrecimiento infinito—; pero aun el pecado está bajo su control y Él lo usará
para Su gloria y para el bien de Su pueblo. Si el control soberano de Dios se
limitara a las cosas buenas que ocurren en el mundo, tendríamos que admitir que
es un control muy limitado. Pero lo cierto es que nada escapa de Su dominio,
incluyendo las acciones pecaminosas de los hombres; si no fuera así tendríamos
muchas razones para preocuparnos.
El Salmista sabía que Dios tenía el control de la situación, pero se encontraba
atrapado en una especie de montaña rusa emocional. Por momentos ve las cosas
claramente: “Pero de día mandará Jehová su misericordia, y de noche su cántico
estará conmigo, y mi oración al Dios de mi vida”. Pero sus emociones lo
aplastan de nuevo: “Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí? ¿Por
qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo?” (Salmo 42:8-9). El
Salmista se siente emocionalmente devastado, como alguien que ha perdido a un
ser amado. Todavía reconoce la misericordia de Dios; sabe que Dios es su Roca,
su refugio; pero al mismo tiempo se siente abandonado por Él. “¿Por qué me has
olvidado?”, pregunta; y más adelante añade: “¿Por qué me has desechado?”
(Salmo 43:2). Es triste percibir que alguien amado se ha olvidado de nosotros,
pero es mil veces peor que haya decidido excluirnos de su vida. Pues así se
sentía el Salmista: olvidado y desechado por Dios mismo.
Ahora, es importante destacar que estas no son las interrogantes de un hombre
irreverente que se atreve a sentar a Dios en el banquillo de los acusados para
recriminarle Su lejanía. Una cosa es quejarse de Dios y otra muy distinta venir
delante de Él con nuestras quejas. Esto es lo que el Salmista está haciendo aquí.
Este hombre se sentía abandonado; sus oraciones no estaban siendo respondidas
ni en la forma ni con la rapidez que él hubiese querido; pero al mismo tiempo
sabe que no tiene otro lugar adonde acudir fuera de Dios mismo. Si en algún
lugar puede encontrar respuesta y liberación es precisamente en la presencia de
ese Dios que parece haberle abandonado.
Este hombre se encontraba en medio de una lucha espiritual que se agravaba
mucho más por las burlas hirientes de sus enemigos: “Como quien quebranta mis
huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?”
(Salmo 42:10, Biblia Textual). Él sentía la afrenta de sus enemigos como si le
hubiesen clavado una espada y le estuviesen triturando los huesos. Por esa
extraña unión entre el alma y el cuerpo, aquello estaba afectando a todo su ser
hasta tal punto que ya había comenzado a sentir debilidad física; su estructura
ósea ya no parecía tan fuerte como para poder sostenerse en pie.
He ahí la imagen de una depresión: abatimiento, agitación de espíritu, una
profunda nostalgia acompañada a menudo de lágrimas, pérdida del apetito,
vaivén emocional, la sensación de haber sido abandonado por Dios, debilidad
física. Así se siente la depresión. Y a esta descripción podemos añadir un
marcado desinterés por las cosas en general, problemas para dormir o
somnolencia la mayor parte del día, fatiga, sentimiento de culpa, poca capacidad
de concentración, entumecimiento emocional (hasta los sonidos se oyen mustios
y los colores nos parecen menos vibrantes). No todos estos síntomas tienen que
estar presentes cuando alguien está deprimido, pero esas cosas nos dan una idea
de lo que implica pasar por ese valle de sombra de muerte. Por eso alguien ha
descrito la depresión como “una habitación en el infierno”3. Se trata de una
condición emocional que afecta todo nuestro ser.
Ahora bien, ¿cuáles son las causas que generan este mal? ¿Cuáles son los
pasos que llevan a una persona a caer en ese abismo emocional? Observemos
una vez más la experiencia del Salmista.
SUS CAUSAS
No podemos determinar a ciencia cierta quién es el autor de estos dos salmos,
ni las circunstancias históricas en que fueron escritos; lo que significa que
tampoco podemos conocer en detalle las dificultades que llevaron al Salmista a
la condición emocional que él describe aquí. Pero al menos podemos deducir
algunas cosas.
Por un lado, es evidente que este hombre estaba lejos de Jerusalén, en un
exilio que muy probablemente había sido forzado, no voluntario: “Mi alma tiene
sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?
[…]. Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí; de cómo yo
fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios…” (Salmo 42:2,4). El
Salmista anhela volver a experimentar la comunión con Dios y con Su pueblo en
el lugar que Él había escogido como habitación en el antiguo pacto, pero esto no
es posible por el momento; por eso pide a Dios más adelante: “Envía tu luz y tu
verdad; éstas me guiarán; me conducirán a tu santo monte, y a tus moradas.
Entraré al altar de Dios…” (Salmo 43:3-4). Él se consuela con la esperanza del
regreso a la santa ciudad para disfrutar del servicio de adoración en el santuario.
¿Dónde se encontraba el Salmista en este momento? El versículo 6 del Salmo
42 nos da la respuesta: “Dios mío, mi alma está abatida en mí; me acordaré, por
tanto, de ti desde la tierra del Jordán, y de los hermonitas, desde el monte de
Mizar ”. El autor se encuentra en una de las alturas del monte Hermón, al otro
lado del Jordán, bastante alejado de la ciudad de Jerusalén. Algunos estudiosos
sugieren que este pudiera ser el último punto geográfico en el que una persona
podría divisar la ciudad santa si se encontraba viajando en dirección a Babilonia;
por lo que es muy probable que este hombre esté siendo llevado en cautividad.
Tal vez el Salmista sabía que pasaría mucho tiempo sin experimentar de nuevo
la presencia especial de Dios en el contexto de la adoración colectiva en el
Templo. Él no ignoraba el hecho de que Dios está en todo lugar, como podemos
ver claramente en estos mismos salmos —el Salmista ora a Dios allí donde está
—; sin embargo, él sabía que el Dios omnipresente había prometido en el
antiguo pacto manifestar Su presencia especial en ciertos lugares: primero fue en
el Tabernáculo y luego en el templo de Salomón, cuando Su pueblo se reuniera
en el tiempo señalado por Él para adorarle.
Un detalle adicional para comprender la razón de su condición emocional lo
encontramos en el título del Salmo 42: “Al músico principal. Masquil de los
hijos de Coré”. Este título puede referirse al hecho de que el Salmo se escribió
para los hijos de Coré, pero también puede interpretarse como que fue escrito
por uno de ellos. Los hijos de Coré eran levitas encargados de la música en el
Templo. Si este hombre se había visto forzado a ausentarse de la ciudad de
Jerusalén, también estaba dejando atrás el trabajo al que había dedicado toda su
vida. Esto parece implícito en el versículo 4 de este mismo salmo: “Me acuerdo
de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí; de cómo yo fui con la multitud,
y la conduje a la casa de Dios, entre voces de […] alabanza del pueblo en fiesta”.
Y en el Salmo 43 añade: “Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi
gozo; y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío” (Salmo 43:4). Este hombre solía
guiar al pueblo de Dios en la alabanza, pero ahora todo había cambiado; el
trabajo que él amaba había quedado atrás, y eso, probablemente, por mucho
tiempo. Cuando por alguna razón nos vemos forzados a dejar de hacer aquello
que ha sido nuestra vocación por un período de tiempo, nos volvemos
vulnerables a la depresión porque nos sentimos inútiles y fuera de lugar. Por eso
las personas mayores son vulnerables a la depresión cuando llega el momento de
su retiro; y lo mismo ocurre con los padres cuando los hijos se van de casa.
A todo esto debemos añadir el ataque verbal a que el Salmista estaba siendo
sometido: “Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen
todos los días: ¿Dónde está tu Dios?” (Salmo 42:3). “Júzgame, oh Dios, y
defiende mi causa; líbrame de gente impía, y del hombre engañoso e inicuo.
Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza, ¿por qué me has desechado? ¿Por qué
andaré enlutado por la opresión del enemigo?” (Salmo 43:1-2). Tal vez algunos
insinuaban que la situación por la que estaba atravesando era fruto de algún
pecado personal y por eso le pide a Dios que juzgue y defienda su causa.
Sin embargo, el mayor problema del Salmista no era estar lejos de su tierra o
de su familia; tampoco era el hecho de no poder llevar a cabo su trabajo habitual
o tener que soportar la burla hiriente de sus enemigos. Estas dificultades estaban
ahí e incidían en su condición emocional; pero lo que el Salmista anhelaba más
profundamente era la comunión con Dios mismo: “Como el ciervo brama por las
corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed
de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” (vv.
1-2).
Estamos tan acostumbrados a hablar de la sed espiritual como una virtud
evangélica que fácilmente podemos perder de vista lo dolorosa que puede llegar
a ser esa experiencia. Este hombre estaba hambriento y sediento de Dios,
“desesperadamente necesitado de agua de los manantiales del Dios vivo”4; pero
Dios le parece distante y no sabe dónde encontrarlo. Comentando acerca de esto,
dice Sinclair Ferguson: “El Salmista se siente como un ciervo visiblemente
sediento, que vaga desorientado buscando alivio. No lo encuentra en los sitios
donde normalmente hay agua para beber; esos sitios se han secado. Se le van las
fuerzas; brama, cada vez más agotado. En ese momento su único interés en la
vida consiste en saciar su terrible sed”5.
No eran la ciudad de Jerusalén o el Templo en sí mismos lo que él anhelaba
principalmente, ni el volver a sentirse útil haciendo aquello que había sido
llamado a hacer. Lo que deseaba con todas las fuerzas de su corazón era volver a
disfrutar la comunión con Dios junto a Su pueblo, como él mismo revela en esta
nota de esperanza: “Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo;
y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío” (Salmo 43:4). El altar no era lo
importante, sino la Persona que había prometido hacerse presente allí.
De paso, permíteme hacerte una pregunta: ¿Es con esa conciencia que vas los
domingos a la iglesia, con el anhelo de encontrarte con Dios? La presencia
especial de Dios en el nuevo pacto no se circunscribe a un lugar geográfico ni a
un edificio en particular. Esta es la lección que el Señor imparte a la mujer
samaritana en Juan 4:21-24: “Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este
monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre […]. Dios es Espíritu; y los que le
adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. Cristo prometió su
presencia especial en el contexto de Su Iglesia reunida en Su nombre,
independientemente del lugar: “Porque donde están dos o tres congregados en
mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Sí, es bueno tener
comunión con los hermanos, cantar himnos, escuchar la Palabra predicada; pero
estos no son fines en sí mismos, sino medios para lograr un determinado fin.
Venimos a la iglesia, antes que nada, para encontrarnos con Dios, porque es a Él
a quien nuestras almas necesitan desesperadamente.
Este hombre sabía que fuera de la comunión con Dios el alma humana no
puede disfrutar del verdadero bien; solo que en este caso ese conocimiento le
estaba produciendo un dolor punzante, por lo lejos que se sentía de Él. No
obstante, como veremos en un momento, la depresión del Salmista tenía otra
causa más profunda que era necesario identificar para poder encontrar un
remedio efectivo para su mal. Este es el tema de mi último punto.
EL REMEDIO
Pero antes debo aclarar que no estamos evadiendo el hecho de que en algunos
casos una causa orgánica puede incidir en el estado depresivo de una persona; así
como el alma puede afectar al cuerpo, así también el cuerpo puede afectar al
alma. De igual manera, tam-poco pasamos por alto el hecho de que hay
temperamentos que son más proclives que otros a la melancolía y la tristeza.
Debemos tener cuidado de no simplificar exageradamente un problema que
puede ser muy complejo.
Sin embargo, si bien es cierto que tanto el temperamento como una condición
de salud pueden hacernos más vulnerables a la depresión, a final de cuentas esta
sigue siendo un problema espiritual contra el que debemos luchar
espiritualmente. El uso de medicamentos puede ayudar a una persona a tratar
con algunos síntomas de la depresión cuando estos se han agudizado, pero
ningún medicamento puede curar la depresión en sí.
Miremos una vez más nuestro manual inspirado de medicina para el alma,
porque en él hay verdadero remedio para este mal. Lo primero que hace el
Salmista es volver atrás el proceso de pensamiento que lo llevó a deprimirse.
Antes que sentir pena por su situación o justificarse pensando que, después de
todo, su tristeza tenía un origen espiritual (su sed de Dios), este hombre toma la
decisión de razonar consigo mismo y no dejar que su alma continúe
argumentando sin control. El Salmista decide hacerse cargo de la situación y
preguntarse: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera
en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío”.
Esto nos enseña algo de suprema importancia en lo que se refiere a nuestra
constitución como seres humanos. Así como tenemos un cuerpo, también
tenemos un alma donde residen las facultades del intelecto, la voluntad y las
emociones. Todas estas facultades funcionando juntas constituyen lo que somos
como personas. El problema es que, por causa del pecado, no somos seres
integrales; es decir, no siempre todos los aspectos de nuestra personalidad
funcionan al unísono, sin contradicción; por lo que muchas veces
experimentamos un conflicto interno entre nuestro “yo” racional y nuestro “yo”
emocional, por decirlo de alguna manera.
No siempre nuestra razón y nuestras emociones contemplan las cosas desde la
misma perspectiva, y si dejamos que nuestro “yo” emocional sea el que tome la
dirección de nuestra vida terminaremos hundidos en un abismo profundo, porque
las emociones humanas son muy cambiantes. Te levantas una mañana y piensas
que vas a tener un buen día; pero pasan las horas y comienzas a enfrentarte a las
dificultades de vivir en un mundo caído, de manera que llegada la noche
parecería que estás caminando al borde del Infierno.
Tal vez tuviste que enfrentarte a una fuerte tentación o, lo que es aún peor,
fuiste seducido y caíste. Y ahora te dispones a venir delante del Señor con
arrepentimiento y confesión de tu pecado. El problema es que el Diablo es muy
astuto, y él minimiza el pecado cuando nos tienta, para magnificarlo luego si
caemos. De manera que al confesar nuestro pecado, él continúa su labor
acusándonos de ser hipócritas: “Piensas que con unas pocas palabras vas a
librarte de una culpa tan grande”. Si escuchas su voz es muy probable que no te
sientas perdonado; pero entonces debes hacerte cargo de la situación y recordarte
a ti mismo textos como 1 Juan 1:7: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y
justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”. Aunque no
te sientas perdonado, según Su Palabra nuestro Dios es bueno y perdonador, y
grande en misericordia para con todos los que le invocan (Salmos 86:5). El “yo”
racional debe tomar el control. Esto no es un asunto de cómo nos sentimos, sino
de lo que Dios ha revelado en Su Palabra.
Eso es lo primero que hace aquí el Salmista, colocar su razón por encima de
sus emociones. Él se daba cuenta de que la causa subyacente de su depresión era
la incredulidad. El conocimiento que tenía de Dios y de Sus promesas no lo
estaba controlando, de manera que había dejado de esperar en Dios; de ahí la
exhortación que se dirige a sí mismo: “Espera en Dios, pues he de alabarle otra
vez por la salvación de Su presencia” (v. 5, LBLA). “Si el Dios soberano y
todopoderoso es mi Dios, y ese Dios ha hecho un pacto con su pueblo de no
volverse atrás de hacernos bien, ¿entonces por qué me deprimo, por qué esta
turbación que siento dentro de mí?”.
Por eso dice Martyn Lloyd-Jones que “el arte de la vida espiritual consiste,
fundamentalmente, en saber cómo manejarnos […]. Tenemos que hacernos
cargo de nosotros mismos; tenemos que dialogar con nosotros mismos, y
predicarnos a nosotros mismos, y cuestionarnos a nosotros mismos. Debemos
preguntarnos: ‘¿Por qué voy a inquietarme? ¿Qué motivos tengo para
perturbarme?’”6.
La victoria espiritual consiste principalmente en saber argumentar contra
nosotros mismos con la Verdad, porque lo primero que suele ponerse en acción
en medio de la tribulación no es la fe, sino la duda. Pero es precisamente en ese
momento cuando debemos tomar la determinación de no permitir que la duda se
adueñe de nuestro proceso de pensamiento, y traer a nuestras mentes lo que
conocemos de la Persona y las obras de Dios. Pablo nos dice en Romanos 8:28
que nosotros “sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a
bien”. Esto es algo que todo creyente sabe, pero que no siempre aplica en el
momento oportuno.
Lo segundo que hace el Salmista es orar. Primero trató con su alma agitada,
pero luego vino a la presencia de Dios en oración. Allí expuso su queja delante
de Dios, así como también le expresó sus anhelos; y al hacerlo llevó su mente a
recordar quién es ese Dios al cual dirige su lamento. Escucha una vez más como
el Salmista se refiere a Dios en este salmo: Él es el Dios vivo
(v. 2), el Dios de su salvación (v. 5), el Dios de toda misericordia y el Dios de
su vida (v. 8), su Roca (v. 9), el Dios de su fortaleza (43:2), el Dios de verdad
(43:3), el Dios de su alegría y de su gozo (43:4).
No debemos limitarnos a traer delante de Dios una lista de peticiones. En
medio del conflicto detente a considerar quién es ese Dios delante del cual estás:
Él es el Todopoderoso, el Dios de verdad que siempre cumple Sus promesas, el
Dios que nos amó con tan grande amor que envió a Su propio Hijo a morir por
nuestros pecados; el Dios que en este mismo momento está actuando a tu favor,
aunque la neblina de la aflicción esté obstaculizando tu visión. “Por nada estéis
afanosos —dice Pablo en Filipenses 4:6—, sino sean conocidas vuestras
peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”; estas
te llevarán a recordar todas las veces que Dios ha actuado en tu favor en
situaciones similares, o tal vez peores que las que tienes en este momento; más
aún, te obligarán a considerar el hecho de que en medio de la situación en que
estás, seguramente hay motivos por los que puedes dar gracias a Dios, motivos
que tal vez has perdido de vista por enfocar únicamente la dificultad.
Lo último que hace el Salmista es tomar la decisión de descansar en Dios:
“Espera en Dios, porque aún he de alabarle”. Él toma la decisión de confiar: “En
el día que temo, yo en ti confío” (Salmo 56:3). El Salmista no dice que él nunca
sienta temor; más bien ha decidido poner su confianza en Dios cuando el temor
lo asalte. Si el problema está en Sus manos debemos descansar en Él. Lo malo es
que muchas veces oramos al Señor, pero luego nos vamos cargando con el
problema sobre nuestros hombros. Debemos echar nuestra ansiedad sobre Él,
plenamente confiados en el hecho de que Él tiene cuidado de nosotros (1 Pedro
5:7).
Querido hermano, nadie es inmune a la depresión, pero nosotros tenemos un
arma poderosísima para luchar contra ella: la verdad de Dios revelada en Su
Palabra. “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). En la
misma medida en que arraiguemos nuestras vidas en la Verdad, en esa misma
medida seremos controlados por la razón y no por nuestras emociones. Esa
Palabra es el instrumento que usa el Espíritu para traer a nuestras almas la
cordura en medio del caos y la confusión.
1Lloyd-Jones, Dr. Martyn: Depresión espiritual, p. 25 (Libros Desafío, 2004).
2Piper, John & Taylor, Justin (eds.): El sufrimiento y la soberanía de Dios, p. 188 (Portavoz, 2008).
3Ibíd., p. 115.

4Ferguson, Sinclair: ¿Abandonado por Dios?, p. 54 (Editorial Peregrino,


1993).
5Ibíd.
6Piper & Taylor, op. cit. p. 21.
Con mi voz clamé a Dios, a Dios clamé, y él me escuchará. Al Señor busque en
el día de mi angustia; alzaba a él mis manos de noche, sin descanso; mi alma
rehusaba consuelo.
Me acordaba de Dios, y me conmovía; me quejaba, y desmayaba mi espíritu. No
me dejabas pegar los ojos; estaba yo quebrantado, y no hablaba. Consideraba
los días desde el principio, los años de los siglos. Me acordaba de mis cánticos
de noche; meditaba en mi corazón, y mi espíritu inquiría: ¿Desechará el Señor
para siempre, y no volverá más a sernos propicio? ¿Ha cesado para siempre su
misericordia? ¿Se ha acabado perpetuamente su promesa? ¿Ha olvidado Dios
el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades?
Dije: Enfermedad mía es esta; traeré, pues, a la memoria los años de la diestra
del Altísimo. Me acordaré de las obras de Jah; sí, haré yo memoria de tus
maravillas antiguas. Meditare en todas tus obras; y hablaré de tus hechos. Oh
Dios, santo es tu camino; ¿qué dios es grande como nuestro Dios? Tú eres el
Dios que hace maravillas; hiciste notorio en los pueblos tu poder. Con tu brazo
redimiste a tu pueblo,
a los hijos de Jacob y de José.
Te vieron las aguas, oh Dios; las aguas te vieron, y temieron; los abismos
también se estremecieron. Las nubes echaron inundaciones de aguas; tronaron
los cielos, y discurrieron tus rayos. La voz de tu trueno estaba en el torbellino;
tus relámpagos alumbraron el mundo; se estremeció y tembló la tierra. En el
mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas; y tus pisadas no fueron
conocidas. Condujiste a tu pueblo como ovejas por mano de Moisés y de Aarón.
(Salmo 77)
CAPITULO 2. De la oscuridad a la luz
lguien dijo una vez que “al que predica sobre el dolor de las personas, nunca le
faltará un auditorio”. El dolor y la aflicción son porciones de la vida que a todos
nos tocan en un grado u otro: ricos y pobres, creyentes e incrédulos. Nadie está
exento. “Como las chispas se leva ntan para volar por el aire, así el hombre nace
para la aflicción”, dice Elifaz en Job 5:7. Y de la misma manera nadie es inmune
al sentimiento de angustia que puede producirse en medio de la adversidad —ni
siquiera los cristianos reconocidos por su piedad y madurez—, cualquiera de
nosotros puede estar atravesando hoy por una situación sumamente angustiosa,
hasta el punto de perder casi toda esperanza. Si esa es tu condición, entonces la
experiencia de Asaf relatada en el Salmo 77 tiene mucho que enseñarte para
escapar de ese túnel oscuro en que estás metido.
Aquellos que están familiarizados con los salmos escritos por Asaf saben que
este hombre se caracteriza por la sinceridad con que desnuda su alma delante de
Dios. Es obvio que él no había hecho suya la teología de que la vida del creyente
es inmune a las tribulaciones y problemas. Este hombre sabía lo que era vivir en
el mundo real, con sus angustias y dificultades, y no se anda con rodeos cuando
describe la condición emocional en que se encuentra.
Sin embargo, Asaf supo tratar con su alma de una forma honesta y bíblica, y
de esa manera nos dejó como legado un remedio divino para los que andan en
oscuridad y en desesperación. Este salmo posee dos divisiones fácilmente
identificables. En los versículos 1 al 9 Asaf describe su angustia, y en los
versículos 10 al 20 su recuperación.

LA ANGUSTIA DE ASAF
No conocemos cuál fue la situación particular que llevó al Salmista a sentirse
tan angustiado, pero es evidente que este hombre se encontraba en medio de una
gran tribulación, tal como lo expresa en los versículos 1 y 2: “Con mi voz clamé
a Dios, a Dios clamé, y él me escuchará. Al Señor busqué en el día de mi
angustia; alzaba a él mis manos de noche, sin descanso; mi alma rehusaba
consuelo”. Asaf no escatima palabras para describir la condición emocional de
su alma. Él no trata de aparentar que es un superhéroe espiritual que nunca ha
conocido las profundidades de la depresión y la perplejidad; más bien nos deja
ver lo que hay en su corazón, con sus luchas y sus incongruencias. Por un lado,
ora a Dios con la confianza de que Él escucha las oraciones de Sus hijos (v. 1);
pero, al mismo tiempo, experimenta en su interior una terrible sensación de
abandono (v. 2).
Uno de los problemas del alma deprimida es que tiene que vencer algunos
obstáculos para razonar lógicamente. Tal vez esa sea la razón por la que los
autores del Nuevo Testamento escogieron una palabra griega que literalmente
significa “división” para indicar el “afán”; el afán y la ansiedad producen una
división en el alma entre lo que sentimos y lo que sabemos. Y esa parece ser la
condición de Asaf mientras escribe este salmo. Su dolor había llegado a un grado
tal que no podía seguir callado; pero al clamar a Dios, este parece estar ocupado
en otra cosa y la respuesta tarda en llegar. En ese punto del Salmo, sus
pensamientos acerca de Dios no le traen consuelo sino perplejidad: “Me acuerdo
de Dios, y me siento turbado; me lamento, y mi espíritu desmaya” (v. 3)1. Lo
que él conocía de Dios le estaba provocando mucha turbación, porque no podía
encajar en su mente Sus actuaciones poderosas en el pasado a favor de Su pueblo
con su condición actual.
“Has mantenido abiertos los guardas de mis ojos”, dice en el versículo 4,
como si fuera Dios mismo quien estuviera reteniendo sus párpados para
mantenerlo en vela durante la noche. Asaf no había perdido de vista la soberanía
de Dios en medio de su situación; pero en lugar de consolarlo, Su control
soberano le provocaba más confusión y turbación. Él recuerda tiempos mejores
en los que pudo cantar durante la noche sobre la bondad y el amor de Dios:
“Consideraba los días desde el principio, los años de los siglos. Me acordaba de
mis cánticos de noche; meditaba en mi corazón, y mi espíritu inquiría” (vv. 56).
Dios había mostrado en el pasado Su poder salvador, pero ahora todo era
distinto; por alguna razón desconocida había cambiado por completo Su
proceder para con Su pueblo, lo que provoca en Asaf una serie de preguntas
angustiosas.
“¿Desechará el Señor para siempre, y no volverá más a sernos propicio?” (v.
7). ¿Acaso será que Dios ha decidido abandonarnos de manera definitiva y no
actuar a nuestro favor nunca más? Eso, por supuesto, es imposible. El Dios del
pacto no puede quebrantar Sus promesas. Pero Asaf está demasiado turbado en
este momento y sus pensamientos tienden a hundirlo aún más: “¿Ha cesado para
siempre su misericordia? ¿Se ha acabado perpetuamente su promesa? ¿Ha
olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades?” (vv.
8-9). La palabra hebrea que la versión Reina-Valera traduce como “misericordia”
es hesed, la cual nos habla del amor compasivo de Dios que está firmemente
enraizado en el pacto que Él ha hecho con Su pueblo; mientras que la palabra
que se traduce como “piedades” hace referencia a las entrañas de una mujer
embarazada. Lo que Asaf se pregunta es si ese amor de Dios enraizado en su
pacto se habrá agotado por completo, de tal manera que ya no puede esperar de
Él ni una gota de misericordia y compasión. Experimentar algo así sería como
padecer el Infierno en vida.
Sin embargo, nosotros sabemos que el amor de Dios para con Sus hijos es
inagotable. Dice en Jeremías 31:3: “Jehová se manifestó a mí hace ya mucho
tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi
misericordia”. El amor de Dios es eterno e inmutable: Él no nos ama hoy ni un
poco menos de lo que nos amaba cuando Cristo estaba derramando Su sangre
por nosotros en la cruz del Calvario. Ese amor no puede evaluarse a la luz de
nuestras circunstancias, como parece estar haciendo Asaf en este salmo, sino a la
luz de la revelación divina. Y en el caso de nosotros, los creyentes del nuevo
pacto, siempre debemos evaluar la actuación de Dios desde la perspectiva de la
Cruz, donde Jesús fue desamparado por Su Padre mientras cargaba con nuestros
pecados, para que nosotros nunca tuviésemos que experimentar nada semejante.
Es con esa confianza que Pablo escribe en Romanos 8:31-39: ¿Qué, pues,
diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no
escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no
nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de
Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que
murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios,
el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo?
¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o
espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos
contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que
vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni
la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni
lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá
separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos
8:3139).
Ahora bien, aunque las preguntas de Asaf no parecen ser compatibles con la
fe, el mero hecho de expresarlas fue un paso importante hacia la recuperación.
Muchas veces nos dejamos vencer por nuestras dudas y temores porque no
hacemos lo que el Salmista está haciendo aquí; es decir, poner nuestras ideas en
blanco y negro para ver sus implicaciones. ¡Por supuesto que Dios no puede
habernos desechado para siempre, ni habernos retirado Su amor! ¿Cómo puede
olvidar Sus promesas Aquel que dijo que es más probable que el cielo y la tierra
dejen de existir antes de que Él deje de cumplir lo que ha prometido? Sin
embargo, cuando nuestra teología no controla nuestras emociones nos ofuscamos
y no vemos las implicaciones de nuestros pensamientos. “La buena teología es
esencial si vamos a sufrir bien”, dice acertadamente Dustin Shramek2.
En el Sermón del Monte, el Señor Jesucristo nos enseña que debemos razonar
lógicamente si queremos ser eficaces en nuestra lucha con el afán y la ansiedad:
“Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué
habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más
que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” (Mateo 6:25). Vamos a
razonar, dice el Señor: ¿Qué es mayor a comida y la bebida que sostienen
nuestra vida o la vida misma? ¿Qué será más difícil para Dios, darte la vida o
sostenerla? La respuesta es evidente: hay más dificultad en dar la vida que en
pro-veer el alimento que la sostiene.
¿Y qué es mayor, el cuerpo o el vestido que lo cubre? La respuesta es obvia: el
cuerpo es mayor. Pues si Dios diseñó y creó tu cuerpo con todos sus sistemas tan
complejos, ¿acaso no puede darte lo necesario para vestirlo? “Mirad las aves del
cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre
celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26).
Si nuestro Dios se ocupa de las aves y provee alimento para ellas, ¿acaso no
tendrá más cuidado de todos aquellos por quienes Cristo murió?
Y ¿quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido,
¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os
digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del
campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros,
hombres de poca fe? (Mateo 6:27-30).

Esto es un llamado a pensar correctamente: “Ved las implicaciones de vuestros


propios pensamientos, ¡y no sigáis alimentando ideas tan absurdas!”.
Asaf pudo expresar las inquietudes de su corazón, y ese mismo planteamiento
obró en su corazón para traerlo a la cordura.
LA RECUPERACIÓN DE ASAF
El Salmista reconoce que su perspectiva de la situación lo estaba enfermando
(v. 10), por lo que toma la determinación de abordar el asunto de otra manera:
“Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo. Me acordaré de
las obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas. Meditaré en
todas tus obras, y hablaré de tus hechos” (vv. 11-12). Como dice un
comentarista: “La estrategia central de la Biblia para sacarnos de la oscuridad y
el desespero es haciendo un esfuerzo consciente de la mente”. Y eso es
precisamente lo que el Salmista está haciendo aquí: “Traeré, pues, a la memoria
[…]. Me acordaré […], haré memoria […], meditaré […] hablaré”. En vez de
dejarse controlar por sus emociones, el Salmista decide echarle mano a la
información fidedigna que tiene acerca de Dios y de Sus hechos gloriosos en la
historia de Israel, y meditar y hablar de ellos.
¿Pero acaso no fue eso mismo lo que había hecho al principio sin ningún
resultado positivo? En los versículos 3 y 6 tenemos la misma palabra hebrea del
versículo 11, y que la versión Reina-Valera traduce como “acordarse”; pero
aquel ejercicio de memoria, en vez de ayudarlo, contribuyó a hundirlo más aún.
¿Qué fue lo que hizo la diferencia? Que en esta ocasión el Salmista hace algo
más que un simple ejercicio de memoria: echa mano a su teología, a lo que él
sabe con toda certeza acerca de Dios, y a través de ese prisma contempla su
situación presente.
Es interesante notar un cambio de suprema importancia que ocurre entre la
segunda parte del Salmo y la primera. En los primeros 6 versículos, el Salmista
se refiere a sí mismo en dieciocho ocasiones con los pronombres personales “yo”
y “mi”, refiriéndose a Dios solamente en seis ocasiones ya sea por nombre,
pronombre o por uno de Sus títulos. Pero, a partir del versículo 13 encontramos
veintiuna referencias a Dios y una sola referencia a sí mismo. Es obvio que Asaf
ha decidido cambiar su foco de atención; en lugar de seguir dando vueltas al
problema y teniendo pena de sí mismo, sus pensamientos giran ahora en torno a
Dios y Sus atributos. En otras palabras: Asaf comienza a ver al Invisible.
Hay tres aspectos específicos del ser de Dios en los que Asaf centra su
atención.
El primer aspecto es la santidad de Dios, una santidad que transmite todo lo
que Él es y todo lo que Él hace: “Oh Dios, santo es tu camino…” (v. 13). La
santidad de Dios es uno de los rasgos más consoladores de Su carácter. Él no
puede mentir, porque Él es santo; Él no puede dejar de cumplir Sus promesas,
porque Él es santo; Él nunca hará nada que sea incorrecto o injusto, porque Él es
santo. Sería verdaderamente aterrador estar a merced de un Dios todopoderoso
que no fuera santo. Un Dios así sería digno de terror, no de confianza. Pero tal es
la santidad de nuestro Dios y la rectitud de Su carácter que Él envió a Su propio
Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para poder mostrar Su amor por sus criaturas
rebeldes y pecadoras, sin pasar por alto Su justicia. Podemos confiar plenamente
en nuestro Dios, porque Él es santo.
Pero la santidad de Dios no alude únicamente a Su pureza moral, sino también
a Su singularidad absoluta. Cuando decimos que Dios es santo, estamos diciendo
que no hay nadie que se le asemeje. Él es el único Dios vivo y verdadero. Y
como bien señala Shramek: “Esta es nuestra esperanza en medio del sufrimiento.
No hay nadie más poderoso. No hay nadie más amoroso. No hay nadie más
misericordioso. No hay nadie más compasivo. No hay ningún otro Dios, sino
Dios. Solo Él es Salvador, y solo Él es Señor. Es gracias a que Dios es santo que
podemos confiar en que Él cumplirá sus promesas con nosotros, en que su poder
será usado para ayudarnos, en que su misericordia se derramará sobre nosotros y
en que su sabiduría planeará nuestro sufrimiento y todo lo demás en nuestras
vidas de tal modo que obre para nuestro bien”3.
El segundo aspecto que Asaf resalta de nuestro Dios es Su grandeza y poderío:
“¿Qué Dios es grande como nuestro Dios? Tú eres el Dios que hace maravillas;
hiciste notorio en los pueblos tu poder” (vv. 13b14). Así como sería algo terrible
estar en las manos de un Dios todopoderoso que no fuera santo, también sería
completamente inútil estar a merced de un Dios santo que no fuera
todopoderoso. Un Dios así estaría lleno de buenos deseos para con Sus hijos,
pero no tendría la capacidad de llevarlos a cabo. Pero nuestro Dios es Aquel que
hizo los cielos y la Tierra y que llama las cosas que no son como si fuesen. Es
Aquel del cual dijo Nabucodonosor, en Daniel 4:35, que “todos los habitantes de
la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército
del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le
diga: ¿Qué haces?”.
Nuestro Dios es soberano, Él determina lo que quiere hacer y lo hace. Nada ni
nadie puede impedir que lleve a cabo Sus designios. Como dice el profeta Isaías:
Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los
cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar. Él convierte en nada a los
poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana. Como si nunca hubieran sido
plantados, como si nunca hubieran sido sembrados, como si nunca su tronco hubiera tenido raíz en
la tierra; tan pronto como sopla en ellos se secan, y el torbellino los lleva como hojarasca. ¿A qué,
pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad
quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará;
tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio (Isaías 40:22-26).

El último aspecto en que el Salmista centra su atención es en el hecho de que


nuestro Dios tiene cuidado de los Suyos y cumplirá en ellos Sus propósitos que
son sabios y santos: “Con tu brazo redimiste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y
de José. Te vieron las aguas, oh Dios; las aguas te vieron, y temieron; los
abismos también se estremecieron” (vv. 15-16). Asaf está haciendo aquí una
descripción poética del poder que Dios desplegó a favor de Su pueblo al
rescatarlos de la esclavitud en Egipto. Las aguas del mar Rojo y del Jordán
huyeron despavoridas, como si fueran conscientes de la presencia de Dios, para
que Su pueblo pudiera pasar en seco al otro lado; luego, en los versículos 17 y
18, parece describir líricamente lo que sucedió en el monte Sinaí cuando Dios
descendió para entregar a Moisés las dos tablas de la ley: “Las nubes echaron
inundaciones de aguas; tronaron los cielos, y discurrieron tus rayos. La voz de tu
trueno estaba en el torbellino; tus relámpagos alumbraron el mundo; se
estremeció y tembló la tierra”. Algunos comentaristas opinan que aquí el
Salmista se refiere al uso que hizo Dios de los elementos de la Naturaleza para
que Su pueblo pudiera conquistar la tierra de Canaán. Tanto en un caso como en
el otro, la idea que se quiere transmitir es clara y contundente: el Dios
todopoderoso tiene cuidado de los Suyos y usará Su poder para cumplir en ellos
todo lo que se ha propuesto.
Sin embargo, Asaf también comprendió una verdad fundamental a la que el
creyente tendrá que echar mano constantemente en medio de la adversidad y del
dolor, y es el hecho de que nosotros no podemos comprender del todo los
caminos de Dios, ni descifrar infaliblemente Su providencia: “En el mar fue tu
camino, y tus sendas en las muchas aguas; y tus pisadas no fueron conocidas” (v.
19). No podemos rastrear Sus huellas hasta el punto de comprender del todo
hacia qué fin se dirigen; los planes de Dios son tan vastos como el océano.
William Cowper expresó poéticamente esta verdad en uno de sus himnos más
conocidos en el idioma inglés:
Dios se mueve de forma misteriosa buscando Sus prodigios realizar; sus huellas
deja en la mar anchurosa y en la tormenta se ve cabalgar.
En minas insondables que Él perfora, mostrando inigualable habilidad
sus brillantes diseños atesora y cumplen Su absoluta voluntad. Que tomen
nuevas fuerzas los creyentes; las nubes que hoy infunden gran temor llenas
están de gran misericordia que manda sobre ellos en Su amor. Sus designios
madura presuroso, mostrando cada instante Su labor; sabor amargo se halla en
el capullo mas es muy dulce el gusto de la flor.
Por más extrañas que nos parezcan Sus providencias de este lado del Cielo,
algún día podremos gustar de la dulzura de aquellas cosas que ahora nos resultan
amargas al paladar. ¿Sabéis por qué? Porque no estamos en las manos de un
destino ciego, sino en las manos de un Padre sabio, amante y todopoderoso. El
más grande pecado que se haya cometido en la Historia fue llevar a la muerte a
Nuestro Señor Jesucristo, pero esa ha sido también la mayor bendición que ha
ocurrido en el escenario humano. Nuestro Dios saca bienes de males; algún día
probaremos la dulzura de su providencia.
Finalmente, el Salmista concluye su poema con estas palabras tan
consoladoras: “Condujiste a tu pueblo como ovejas por mano de Moisés y de
Aarón” (v. 20). ¡Qué contraste! El Dios que hace oír Su voz en el trueno, que
hace temblar la tierra y hace huir las aguas, es el Buen Pastor que guía y protege
a cada uno de los Suyos como un pastor a sus ovejas.
Dios usa medios para pastorearnos —como usó a Moisés y Aarón en el
desierto—, para traer en el momento preciso palabras de sabiduría, aliento o
consolación; pero debemos verlo a Él detrás de esos medios: cuidando
tiernamente de nuestras almas, hasta que lleguemos seguros a Su presencia.
Queridos hermanos, nuestro Dios es veraz; Él no promete en Su Palabra que el
camino del creyente estará exento de problemas y tribulaciones, pero nos ha
revelado todo lo que necesitamos conocer de este lado del Cielo para que
podamos elevarnos por encima de las providencias aflictivas confiando
enteramente en Él.
Los creyentes del nuevo pacto tenemos hoy más recursos de los cuales echar
mano que los que tuvo Asaf, porque vivimos de este lado de la Cruz y tenemos
una revelación completa. Ya sabemos el precio tan alto que Dios estuvo
dispuesto a pagar para redimirnos de nuestros pecados y concedernos el don de
la vida eterna: la sangre preciosa de Su Hijo. ¿Qué otra cosa necesitamos
conocer para poder descansar tranquilos y seguros en Su amor? “El que no
escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no
nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32).
Que Dios aplique Su Palabra con poder en nuestros corazones, para traer
verdadero consuelo a muchos de Sus hijos que por diversas razones se
encuentran hoy en la misma condición del salmista Asaf, y estos puedan
apropiarse para sí esas conocidas palabras del profeta Habacuc con las que ahora
concluyo:
Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el
producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean
quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales;
con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis
alturas me hace andar.
(Habacuc 3:17-19)
A 2Piper&Taylor, op. cit., p. 183. 3Ibíd., p. 197.

No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro,


dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor. He aquí que yo te he puesto por
trillo, trillo nuevo, lleno de dientes; trillarás montes y los molerás, y collados
reducirás a tamo. Los aventarás, y los llevará el viento, y los esparcirá el
torbellino; pero tú te regocijarás en Jehová, te gloriarás en el Santo de Israel.
(Isaías 41:14-16)
CAPITULO 3. No temas, gusano de Jacob
ntes de ascender a los cielos, el Señor Jesucristo encargó a un pequeño grupo
de hombres sin recursos humanos la tarea de hacer discípulos en todas las
naciones debajo del cielo; y les prometió que estaría con los Suyos en el
cumplimiento de esa encomienda, hasta el fin del mundo. ¿Con qué contaban
estos hombres para llevar a cabo semejante empresa? Con lo mismo que n
osotros contamos hoy: la promesa de la presencia de Cristo por medio de Su
Espíritu.
Esa ha sido la Historia del pueblo de Dios: un puñado de hombres y mujeres
débiles, llevando a cabo una gran encomienda, y con un solo recurso a la mano:
la promesa de ayuda y asistencia del Dios Todopoderoso. Y nunca han sido más
efectivos los hijos de Dios a lo largo de los siglos que cuando han recordado
cuán débiles son, y con qué recursos cuentan para llevar a cabo la tarea que se
les ha encomendado. Ese es el tema que quiero considerar en esta ocasión, a la
luz de Isaías 41:14-16. Pero, antes, vamos a ubicar el texto en su contexto…
El capítulo 40 de Isaías inicia una nueva sección en el libro, cuya nota
dominante es la consolación de Dios a Su pueblo, anunciándole de antemano que
serían librados del cautiverio babilónico que iban a padecer unos años más tarde:
“Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de
Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es
perdonado; que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados”
(Isaías 40:1-2). En los versículos siguientes se exalta el poder y la grandeza de
Dios, que Él mostrará en favor de Su pueblo para llevar a cabo semejante
liberación.
Luego, en el capítulo 41 y en el contexto de todo lo que Él hará a favor de Su
pueblo, Dios reta a los ídolos de las naciones vecinas a que muestren de alguna
manera que realmente son dioses:
Alegad por vuestra causa, dice Jehová; presentad vuestras pruebas, dice el Rey de Jacob. Traigan,
anúnciennos lo que ha de venir; dígannos lo que ha pasado desde el principio, y pondremos nuestro
corazón en ello; sepamos también su postrimería, y hacednos entender lo que ha de venir. Dadnos
nuevas de lo que ha de ser después, para que sepamos que vosotros sois dioses; o a lo menos haced
bien, o mal, para que tengamos qué contar, y juntamente nos maravillemos (vv. 21-23).

En otras palabras: “Manifestad de alguna manera vuestro poder para que


podamos maravillarnos en ello; o dad algún aviso de lo que ha de suceder en el
futuro, para que sepamos que sois genuinamente divinos”. Dios está
denunciando a través de Su profeta la insensatez de la idolatría: “He aquí que
vosotros sois nada, y vuestras obras vanidad; abominación es el que os escogió”
(v. 24). Pero al mismo tiempo está llevando a Su pueblo a fortalecerse en la fe.
Israel era una nación pequeña, rodeada de naciones poderosas y crueles que
podían aplastarla en cualquier momento. De hecho, el mismo Dios había
anunciado que serían llevados en cautiverio por causa de su pecado. Pero, en
medio de ese panorama tan sombrío, viene este anuncio tan esperanzador: “No
temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro, dice
Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor”. Esa nación pequeña y vapuleada se
levantaría de nuevo, porque el mismo Dios que había traído juicio sobre ella,
traería también liberación en el momento preciso.
Hay tres aspectos en nuestro texto a los que quiero llamar la atención; y el
primero de ellos es la descripción que hace Dios de Su pueblo.
LA DESCRIPCIÓN QUE HACE DIOS DE SU PUEBLO
Él está tratando de alentarlos y darles valor, pero no solo los describe como
gusanos, sino que para colmo les recuerda que son pocos: “No temas, gusano de
Jacob, oh vosotros los pocos de Israel”. En cierta ocasión estaba leyendo las
Escrituras cuando, no sé de dónde, cayó sobre una de sus páginas un pequeño
gusanito; y solo fue necesario un ligero movimiento de mis dedos para
deshacerme de él. ¡Cuán indefensos son los gusanos! ¡Cuán débiles! Y, sin
embargo, esa es la figura que usa Dios aquí para describir a Su pueblo.
Israel llegó a su punto más bajo durante el cautiverio babilónico, y algunos de
sus más feroces enemigos estaban alcanzando entonces su punto más alto, tanto
en poderío militar como económico. Seguramente muchos judíos veían su
nación como un pequeño gusano en medio de animales feroces y depredadores.
Pero en vez de corregir esta percepción y subirles la autoestima, Dios les hace
ver que su percepción es correcta: se sienten como un pequeño y débil gusano,
porque eso es precisamente lo que son; y esta descripción se aplica a nosotros
también: separados del poder de Dios, somos seres débiles e indefensos.
Pensemos en nuestra vida física, por ejemplo: el más fuerte de los hombres
sufre una embolia y repentinamente se convierte en un vegetal. La picadura de
una araña o el ataque de un virus microscópico pueden ser suficientes para
llevarnos a la tumba. El hombre en su soberbia se siente fuerte e invencible,
sobre todo si goza generalmente de buena salud. Pero nada puede evitar que
lleguen los años del achaque y, a final de cuentas, todos nosotros nos
apagaremos como una vela. “¿Qué es vuestra vida? —pregunta Santiago—.
Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se
desvanece” (Santiago 4:14). Cada segundo nuestra vida pende de un hilo
delgado, y lo único que evita que ese hilo se rompa es el poder y la misericordia
de Dios. Somos como “la hierba que […] en la mañana florece y crece; [y] a la
tarde es cortada, y se seca” (Salmo 90:56). Estamos sujetos al dolor y a la
enfermedad, a los achaques del cuerpo, a la debilidad y al cansancio físico. Y lo
mismo podemos decir de nuestra vida emocional. ¿Acaso no es cierto que
nuestras emociones suelen ser sorprendentemente fluctuantes? En un momento
podemos estar rebosantes de alegría porque alguien nos ha expresado su amor o
su aprecio, y al minuto siguiente estar al borde de una depresión, porque hemos
oído un chisme sobre nosotros o algunos nos han mostrado francamente que no
somos de su agrado.
Somos débiles física y emocionalmente. Y en el plano espiritual somos mucho
más débiles aún. El más fuerte de los cristianos es, en sí mismo, tan débil como
un gusano cuando tiene que enfrentar los embates y las seducciones del enemigo
de su alma. El rey David quedó reducido a un bocado de pan por la visión de una
mujer hermosa; y este hombre, que era conforme al corazón de Dios, llegó a ser
motivo de escarnio y de burla para la verdadera fe. Somos débiles, hermanos,
muy débiles, y el enemigo de nuestras almas es fuerte, astuto y cruel. Dios nos
advierte en Su Palabra que Satanás anda como un león rugiente buscando a
quien devorar.
Y si no tenemos fuerzas en nosotros mismos para resistir los ataques del
enemigo, menos fuerzas tenemos aún para el avance y la ofensiva. El Señor
Jesucristo describe nuestra tarea, en Mateo 12:29, como un asalto a la casa del
hombre fuerte. Se nos ha llamado a penetrar en la fortaleza del enemigo y
rescatar a sus cautivos. No es tarea fácil la que se le ha encomendado a la Iglesia.
Somos como esos equipos de rescate que se envían al mar para recoger
cadáveres; pero no para darles una honrosa sepultura, sino para darles vida por
medio del Evangelio. Y nos preguntamos quiénes somos nosotros para semejante
tarea. Como dice Daniel Shanks, “en la causa de Dios y de la verdad, nuestros
propios recursos y habilidades nunca nos darán la victoria”1. “No con ejército, ni
con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6).
Hasta que lleguemos al punto de decir junto con David en el Salmo 22:6: “Soy
gusano, y no hombre”, todavía no estaremos preparados para ser usados por
Dios. Hubo una época en que Moisés se sintió capaz de liberar al pueblo de
Israel, y Dios tuvo que enviarlo a la “escuela de Madián” durante cuarenta años
para moldear su carácter; hasta tal punto que cuando Dios se le aparece en el
episodio de la zarza y le manda llevar a cabo lo que cuarenta años atrás había
intentado hacer por sí mismo, Moisés le responde: “¿Quién soy yo para que vaya
a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?”. Por fin había adquirido
conciencia de su “gusanía” y ahora estaba listo para ser usado por Dios. Moisés
fue un instrumento poderoso en las manos de Dios, pero solo cuando se vio a sí
mismo bajo esta luz y reconoció su propia indignidad y debilidad.
Y esto mismo era lo que Dios quería que Su pueblo entendiera en los días del
profeta Isaías. Él tenía grandes cosas reservadas para ellos, pero primero debían
dejar de confiar en sí mismos y verse como un gusano indefenso. Hasta que ese
momento llegara, Israel no sería más que un pequeño gusano con delirios de
grandeza, pero una vez adquirieran conciencia de lo que realmente eran, estarían
preparados para las grandes cosas que Dios haría en ellos y con ellos.
Ya vimos cómo Dios describe al pueblo; veamos ahora, en segundo lugar, lo
que Él les promete.
LA PROMESA DE DIOS PARA SU PUEBLO EN DEBILIDAD
“He aquí que yo te he puesto por trillo, trillo nuevo, lleno de dientes; trillarás
montes y los molerás, y collados reducirás a tamo. Los aventarás, y los llevará el
viento, y los esparcirá el torbellino; pero tú te regocijarás en Jehová, te gloriarás
en el Santo de Israel” (vv 15-16). Ningún obstáculo podría interponerse para que
Dios llevara a cabo Su obra en medio de ellos como, de hecho, sucedió. Unos
150 años después de que Isaías escribiera esta profecía, Dios levantó a Ciro el
Persa (mencionado veladamente en este mismo capítulo, en los versículos 1-2 y
25, y al que luego señala por nombre en 44:28 y 45:1), el cual decretó el regreso
de los judíos a su tierra (2 Crónicas 36:22-23). Y a pesar de todas las intrigas que
se tejieron en los meses siguientes para impedir que los judíos llevaran a cabo la
reconstrucción de las murallas de Jerusalén y del Templo, ninguna conspiración
pudo contra ellos, como vemos en el libro de Nehemías.
Ningún enemigo, por poderoso que sea, podrá prevalecer contra el pueblo de
Dios, siempre que este no intente luchar con sus propias fuerzas.
En los días de Gedeón se juntaron los madianitas y amalecitas con otros
pueblos del Oriente para atacar a Israel. Dice la historia bíblica que eran como
langostas en multitud tendidos en el valle, y sus camellos eran innumerables
como la arena que está a la ribera del mar. Pero Dios levantó a Gedeón para
libertar a Su pueblo, y se juntaron en torno a él más de 30 000 israelitas, un
ejército comparativamente pequeño si tomamos en consideración que el ejército
enemigo contaba con unos 135 000 hombres.
No obstante, Dios consideró que ese número era muy alto y debía disminuirse:
“El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en
su mano […]. Ahora, pues, haz pregonar en oídos del pueblo, diciendo: Quien
tema y se estremezca, madrugue y devuélvase” (Jueces 7:2-3). Se volvieron 22
000; de modo que quedaron 10 000… ¡para enfrentarse a 135 000! Pero Dios
consideró que era mucho pueblo todavía. Seguían pareciéndose más a un ejército
poderoso que a un grupo de gusanos. Así que usaron un sistema de selección que
tenía que ver con la forma en la que tomaban el agua, y finalmente quedaron 300
hombres. “Entonces Jehová dijo a Gedeón: Con estos trescientos hombres que
lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos” (Jueces
7:7). Y así lo hizo Dios; con la particularidad de que lo único que hizo este
ejército tan peculiarmente pequeño fue tocar unas trompetas y levantar sus teas
encendidas. Dios se encargó del resto.
Otro episodio que viene a nuestras mentes es el de David y Goliat. Los
filisteos desafían a Saúl y lo retan a buscar entre el pueblo a alguien que se
enfrente en una lucha cuerpo a cuerpo con ese gigante que mide unos 3 m de
alto. David llega en ese momento a visitar a sus hermanos en el campo de
batalla, escucha el desafío y acepta el reto; siendo un joven adolescente, se
enfrenta con Goliat únicamente con una honda y cinco piedras lisas. David era
un gusanito en comparación con Goliat; pero la piedra que salió de su honda fue
lanzada con energía y dirigida por el poder de Dios, de tal modo que penetró con
fuerza en el punto preciso.
En nuestras propias fuerzas somos tan débiles como gusanos, pero un gusano
en las manos del Todopoderoso puede hacer cosas extraordinarias. Y esto nos
lleva a nuestro tercer punto.
Ya hemos visto la descripción que hace Dios de Su pueblo y la promesa
contenida en el texto; veamos ahora, en tercer lugar…
LA BASE QUE SUSTENTA LA PROMESA
“No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu
socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor” (v. 14). Notad que Dios
no dice a Su pueblo: “No temas, gusano de Jacob, mañana serás un león”.
¡¡No!!; seguiría siendo un gusano, pero uno que Dios promete usar como
instrumento para trillar los montes y moler los collados. “He aquí que yo te he
puesto por trillo, trillo nuevo, lleno de dientes”. El trillo era un instrumento de
labranza que, tirado por bueyes, desbarataba los montones de grano o de tierra.
Un trillo por sí mismo no puede hacer nada, pero si es movido con fuerza y
empuñado por una mano diestra, puede hacer grandes cosas. Las naciones
poderosas eran como manojos de trigo, e Israel era como un trillo nuevo, bien
afilado y lleno de dientes, movido y guiado por el Todopoderoso.
Se cuenta la historia de cierto capitán cuya bandera siempre estaba en alto en
la batalla, y cuya espada era temida por todos sus enemigos. Su monarca,
intrigado, quiso conocer que secreto encerraba esa espada que había ganado
tantas batallas, y le pidió al capitán que se la enviara. Pero después de
examinarla cuidadosamente el monarca no encontró en ella ninguna cosa
especial, así que se la devolvió al capitán con esta nota: “No veo nada
maravilloso en la espada; y no puedo entender por qué cualquier hombre tenga
que tener temor de ella”. El capitán, entonces, con todo respeto le envió otra nota
diciendo: “Vuestra majestad ha sido complacida en examinar la espada, pero yo
no le envié el brazo que la porta; si pudiera examinarlo también, y el corazón
que guía ese brazo, entonces podría comprender el misterio”.
El secreto no estaba en la espada, sino en el brazo que la manejaba y el
corazón que guiaba al brazo. No es al hombre de Dios al que debemos mirar,
sino al poder de Dios que está detrás del hombre. La Escritura señala que los
ministros no somos competentes por nosotros mismos para hacer la obra de
Dios, sino que nuestra competencia proviene de Él (2 Corintios 3:5). Somos lo
que somos por la gracia de Dios; sin esa gracia somos menos que nada, gusanos
débiles e indefensos: “Separados de mí —dice Cristo— nada podéis hacer”
(Juan 15:5).
David llevó al pueblo de Israel a su máximo esplendor, y su reino vino a ser
uno de los reinos más poderosos del mundo en aquel entonces. Dice en 1
Crónicas 11:9 que “David se engrandecía cada vez más”. ¿Cuál era su secreto?
Que “el Señor de los ejércitos estaba con él”. Aunque somos débiles gusanos,
amparados en Dios haremos proezas. Él es el Dios Todopoderoso; Aquel cuya
mano nadie puede detener, ni preguntarle: “¿Qué haces?” (Daniel 4:35). Él es el
Dios Soberano que gobierna sobre todas las cosas que ha creado, cuyo dominio
es tan vasto que si pudiésemos volar eternamente a la velocidad de la luz, nunca
encontraríamos sus límites.
CONCLUSIÓN
Para concluir, quisiera señalar algunas lecciones prácticas que podemos
extraer de nuestro pasaje.
En primer lugar, aprendemos de nuestro texto que, para ser usados por Dios,
debemos comprender primero nuestra propia pequeñez y debilidad. Nadie será
fuerte en Dios en tanto que no se vea a sí mismo como Dios nos describe en este
texto: como meros gusanos del polvo, porque el poder de Dios se perfecciona en
nuestra debilidad. “Por tanto, de buena gana me gloriaré mas bien en mis
debilidades —dice Pablo—, para que repose sobre mí el poder de Cristo […],
porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:9-10).
Siempre somos débiles, pero no siempre estamos conscientes de ello, y nunca
somos más incapaces e ineptos en el servicio de Dios que cuando perdemos de
vista nuestra propia debilidad. La Biblia nos enseña que “el que se cree ser algo,
no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gálatas 6:3). No nos engañemos, pues, a
nosotros mismos; aun cuando estamos en nuestra mejor condición espiritual,
seguimos siendo débiles gusanos rodeados de flaquezas y debilidades. La
Escritura nos advierte que es maldito el hombre que confía en el hombre
(Jeremías 17:5). ¿Eres tú un hombre de carne y hueso? No confíes, entonces, en
ti mismo, ni para vivir la vida cristiana ni para hacer la obra de Dios.
En segundo lugar, aprendemos también que el pueblo de Dios no debe tener
temor a pesar de su débil condición: “No temas, gusano de Jacob”. Somos tan
débiles como un gusano, pero el Dios Todopoderoso ha hecho un pacto con Su
pueblo de no volverse atrás de hacernos bien (Jeremías 32:40). Él ha
comprometido Su nombre y su honor en ayudar al débil. Escucha las palabras
del Salmista, en el Salmo 146:
Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está
en Jehová su Dios, el cual hizo los cielos y la tierra, el mar, y todo lo que en
ellos hay; que guarda verdad para siempre, que hace justicia a los agraviados,
que da pan a los hambrientos. Jehová liberta a los cautivos; Jehová abre los
ojos a los ciegos; Jehová levanta a los caídos; Jehová ama a los justos. Jehová
guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda sostiene, y el camino de los
impíos trastorna.
(vv. 5-9)
No temas, hermano, que aunque los obstáculos sean tan grandes como las
murallas de Jericó, de un solo grito podremos derribarlas, siempre que gritemos
en el nombre de Dios. “En Dios haremos proezas”, dice el Salmista (Salmo
60:12). No siempre esas proezas serán vistas como tales, porque Dios no mide el
éxito de una empresa como nosotros solemos hacerlo. Dios llamó al profeta
Ezequiel a predicar Su Palabra, y le advirtió de antemano que nadie pondría por
obra sus palabras (Ezequiel 33:31-32). Si evaluamos el ministerio de Ezequiel
por sus frutos visibles, fue un absoluto fracaso. Pero si medimos a este hombre y
su ministerio con una tabla de fidelidad, y consideramos su perseverancia en
hacer la obra que Dios le encomendó a pesar de las dificultades, entonces
veremos que hizo verdaderas proezas.
Dios no ha llamado a todos sus hijos a ser pastores
o misioneros; así como tampoco ha llamado a todos sus ministros a tener
ministerios con frutos tan visibles como el de Spurgeon, o como el de
Whitefield; pero Él requiere de sus ministros, y de cada uno de sus hijos, “que
cada uno sea hallado fiel” (1 Corintios 4:2), según los dones y la vocación que el
Señor repartió a cada uno. Dios quiere padres y madres que críen fielmente a sus
hijos en Su temor; esposos y esposas fieles en ser testimonios vivos en el mundo
de la relación de Cristo con Su Iglesia; profesionales que sirvan fielmente a Dios
y a su generación por medio de sus talentos y habilidades; obreros fieles que no
sirvan al ojo, “como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón
sincero, temiendo a Dios” (Colosenses 3:22).
Dios quiere pastores y misioneros que proclamen fielmente Su Palabra, para la
salvación de unos y la edificación de otros. Si Dios nos concede ver a miles
venir a los pies de Cristo, nos gozaremos enormemente en ello. Eso es lo que
quisiéramos ver. Pero si solo son cinco, o diez, o veinte, y logramos llevar a esas
almas con seguridad hasta la Canaán celestial, habremos cumplido con nuestro
trabajo y escucharemos de Dios lo que todo siervo ansía escuchar de su Amo:
“Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra
en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:21). Una sola alma vale más que el mundo
entero (Mateo 16:26). Si tuviésemos que gas-tar nuestra vida entera por la
salvación de un alma, bien habrá valido la pena el esfuerzo.
Propongámonos, entonces, hacer la voluntad de Dios; y cuando nos parezca
que los obstáculos son muy grandes, y nos veamos tan pequeñitos delante de
ellos como gusanos, que las palabras de Dios contenidas en este texto nos sirvan
de aliento y estímulo: “No temas, gusano de Jacob […] yo soy tu socorro”.
Tal vez estás a punto de desmayar bajo el peso de tus responsabilidades como
cristiano, o bajo el peso de las tentaciones; y tal vez has deseado declararte
impotente y claudicar. Pero a la luz de la enseñanza de este pasaje, te exhorto a
volver tu debilidad en una bendición, refugiándote en Dios y en la gloria de Su
poder.
En tercer lugar, aprendemos de nuestro texto que nuestra confianza debe estar
puesta en Dios y solo en Él. ¿A quién se le ocurriría poner su confianza en un
gusano? Nos parece ridículo solo pensarlo; sin embargo, eso es lo que hacemos
cada vez que ponemos nuestra confianza en los hombres y no en Dios.
Es bueno que las ovejas confíen en sus pastores, pero no es bueno que
descansen en ellos como si fuesen capaces por ellos mismos para llevar adelante
la obra de Dios. ¿Qué son los pastores después de todo? Hombres débiles,
sujetos a tentaciones, a pruebas inusuales, a ataques despiadados; sujetos al
desánimo y al cansancio. Esto es lo que somos. Por eso nunca nos cansaremos de
suplicar que oren por nosotros. Mostrad que vuestra confianza está en Dios
intercediendo continuamente por vuestros pastores, suplicando que Dios los
guarde del mal, y que Dios los tome en sus manos para trillar los montes y moler
los collados. Por eso debemos insistir en la importancia del culto de oración
congregacional a mitad de semana. Esa es la caldera que mantiene en
movimiento el motor de la iglesia. Cuando alguien preguntó a Spurgeon dónde
estaba el éxito de su ministerio, su respuesta fue muy sencilla: “La iglesia ora
por mí”.
En cuarto lugar, y finalmente, aprendemos de este texto que Dios merece toda
la gloria por cada avance y cada logro de Su pueblo. “Pero tú te regocijarás en
Jehová, te gloriarás en el Santo de Israel” (Isaías 41:16). Tenemos un tesoro en
vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no nuestra (cf. 2
Corintios 4:7). Somos lo que somos por la gracia de Dios; desprovistos de esa
gracia no tenemos nada de qué presumir. “¿Qué tienes que no hayas recibido? —
pregunta el apóstol Pablo en 1 Corintios 4:7—. Y si lo recibiste, ¿por qué te
glorías como si no lo hubieras recibido?”. Es la conciencia de nuestra debilidad
la que nos lleva a exclamar continuamente: “No a nosotros, oh Jehová, no a
nosotros, sino a tu nombre da gloria” (Salmo 115:1).
Sigamos corriendo nuestra carrera con paciencia “con los ojos puestos en
Jesús” y poniendo nuestros dones en acción para la expansión del Reino de Dios.
Pero sean nuestro estandarte estas palabras de Pablo con las que ahora concluyo:
“Y a aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más
abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en
nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los
siglos de los siglos. Amén” (Efesios 3:20-21).
1Shanks, Daniel: Free Grace Broadcaster, Issue 140, April 1992, p.
20.
El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta
codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la
provincia de Babilonia. Y envió el rey Nabucodonosor a que se reuniesen los
sátrapas, los magistrados y capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y
todos los gobernadores de las provincias, para que viniesen a la dedicación de
la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado. Fueron, pues, reunidos
los sátrapas, magistrados, capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y
todos los gobernadores de las provincias, a la dedicación de la estatua que el
rey Nabucodonosor había levantado; y estaban en pie delante de la estatua que
había levantado el rey Nabucodonosor.
Y el pregonero anunciaba en alta voz: Mandase a vosotros, oh, pueblos,
naciones y lenguas, que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del
arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y
adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado; y cualquiera
que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de
fuego ardiendo.
Por lo cual, al oír todos los pueblos el son de la bocina, de la flauta, del
tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música,
todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro
que el rey Nabucodonosor había levantado.
Por esto en aquel tiempo algunos varones caldeos vinieron y acusaron
maliciosamente a los judíos.
Hablaron y dijeron al rey Nabucodonosor: Rey, para siempre vive. Tú, oh rey,
has dado una ley que todo hombre, al oír el son de la bocina, de la flauta, del
tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música,
se postre y adore la estatua de oro; y el que no se postre y adore, sea echado
dentro de un horno de fuego ardiendo. Hay unos varones judíos, los cuales
pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-
nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni
adoran la estatua de oro que has levantado.
Entonces Nabucodonosor dijo con ira y con enojo que trajesen a Sadrac,
Mesac y Abed-nego. Al instante fueron traídos estos varones delante del rey.
Habló Nabucodonosor y les dijo: ¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, que
vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado?
Ahora, pues, ¿estáis dispuestos para que al oír el son de la bocina, de la flauta,
del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de
música, os postréis y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis,
en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y
qué dios será aquel que os libre de mis manos?
Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: No
es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien
servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos
librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tam-poco
adoraremos la estatua que has levantado.
Entonces Nabucodonosor se llenó de ira, y se demudó el aspecto de su rostro
contra Sadrac, Mesac y Abed-nego, y ordenó que el horno se calentase siete
veces más de lo acostumbrado. Y mandó a hombres muy vigorosos que tenía en
su ejército, que atasen a Sadrac, Mesac y Abed-nego, para echarlos en el horno
de fuego ardiendo. Entonces estos varones fueron atados con sus mantos, sus
calzas, sus turbantes y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego
ardiendo. Y como la orden del rey era apremiante, y lo habían calentado mucho,
la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrac, Mesac y Abed-
nego. Y estos tres varones, Sadrac, Mesac y Abed-nego, cayeron atados dentro
del horno de fuego ardiendo.
Entonces el rey Nabucodonosor se espantó, y se levantó apresuradamente y
dijo a los de su consejo: ¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego?
Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. Y él dijo: He aquí yo veo cuatro
varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el
aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses. Entonces Nabucodonosor se
acercó a la puerta del horno de fuego ardiendo, y dijo: Sadrac, Mesac y Abed-
nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid. Entonces Sadrac, Mesac y Abed-
nego salieron de en medio del fuego. Y se juntaron los sátrapas, los
gobernadores, los capitanes y los consejeros del rey, para mirar a estos varones,
cómo el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aun el cabello
de sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor
de fuego tenían. Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de ellos, de
Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que
confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos
antes que servir y adorar a otro dios que su Dios. Por lo tanto, decreto que todo
pueblo, nación
o lengua que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego,
sea descuartizado, y su casa convertida en muladar; por cuanto no hay dios que
pueda librar como éste. Entonces el rey engrandeció a Sadrac, Mesac y Abed-
nego en la provincia de Babilonia.
(Daniel 3)
CAPITULO 4. La fe a prueba
a Palabra de Dios no s enseña que la fe de los creyentes debe ser purificada
como el oro, pasando en ocasiones a través del horno de la aflicción. El apóstol
Pedro dice en su primera carta que es necesario que seamos afligidos en diversas
pruebas, “para que sometida a prueba [nuestra] fe, mucho más preciosa que el
oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza,
gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Pedro 1:7).
El oro se prueba con fuego y la fe de los cristianos también. No siempre serán
pruebas severas, pero habrá momentos cuando sentiremos que el horno de la
aflicción está más caliente de lo habitual. De la misma manera, Su gracia
siempre será consonante con la magnitud de la prueba: “Fiel es Dios, que no os
dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también
juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios
10:13). Dios no ha prometido librarnos de las pruebas, pero sí ha prometido
guardarnos en ellas y darnos la salida juntamente con la tentación. Las pruebas
vendrán, pero el Dios de toda gracia ha de usar esos períodos de tribulación para
glorificar Su nombre y fortalecer nuestra fe.
Un ejemplo de esto lo encontramos en la historia que narra el profeta Daniel
en el capítulo 3 de su libro. En este punto de la historia, Daniel y sus amigos
tenían probablemente unos veintitantos años de edad. Eran muy jóvenes aún
cuando tuvieron que afrontar esta prueba tan severa. Sin embargo, nos dejaron
un testimonio impresionante de lo que significa ser fieles a Dios, sin importar el
precio que tengamos que pagar por ello. Quiera el Señor impactar nuestros
corazones con el ejemplo de firmeza que nos dejaron estos jóvenes, aun a riesgo
de sus propias vidas.
LA PRUEBA
El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos, y su anchura de seis
codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia. Y envió el rey Nabucodonosor
a que se reuniesen los sátrapas, los magistrados y capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y
todos los gobernadores de las provincias, para que viniesen a la dedicación de la estatua que el rey
Nabucodonosor había levantado (vv. 1-2).

No sabemos en qué momento el rey de Babilonia mandó construir este


monumento, aunque es muy probable que haya sido a raíz de lo acontecido en el
capítulo 2. Nabucodonosor había visto en sueños una imagen inmensa con la
cabeza de oro, la cual representaba su imperio: “Tú eres aquella cabeza de oro”,
le dice Daniel al interpretar su sueño (2:38). Ahora, en el capítulo 3,
Nabucodonosor manda construir una estatua inmensamente grande, de unos 26
m de altura.
Al parecer, su orgullo se había inflado por lo que le había dicho Daniel en su
interpretación del sueño, a pesar de que su reacción inicial había sido muy
prometedora. Daniel concluye su narración del capítulo 2 diciendo: “Entonces el
rey Nabucodonosor se postró sobre su rostro y se humilló ante Daniel, y mandó
que le ofreciesen presentes e incienso. El rey habló a Daniel, y dijo: Ciertamente
el Dios vuestro es Dios de dioses, y Señor de los reyes, y el que revela los
misterios, pues pudiste revelar este misterio” (vv. 46-47).
Indudablemente este hombre había quedado profundamente impresionado
cuando Daniel le reveló el sueño y la interpretación; pero su impresión no
produjo resultados permanentes. Un tiempo después ordenaba construir una
estatua en su propio honor para que el pueblo la adorara. Esto nos enseña que las
impresiones del corazón, por profundas que puedan parecer, no deben
equipararse a la conversión del alma. Nabucodonosor estaba profundamente
impresionado, pero no estaba convertido. Como T. Robinson ha dicho:
“Podemos tener nuevas nociones sin una nueva naturaleza”1. Entusiasmo y
conversión no son sinónimos. No es lo mismo entusiasmarse con el Evangelio
que convertirse de corazón al Señor Jesucristo.
Eso explica por qué muchas personas que hacen profesión de fe en campañas
evangelísticas luego no muestran en sus vidas los frutos del verdadero
arrepentimiento y la verdadera conversión; algunos ni siquiera vuelven a pisar
jamás el umbral de una iglesia.
Nabucodonosor estaba impresionado, pero no convertido, y poco después
mostró lo que realmente había en su corazón. Este enorme monumento que
mandó construir era probablemente para honrar a los dioses babilónicos, pero
también para honrarse a sí mismo. Su humillación al final del capítulo 2 había
sido superficial: una mera apariencia de humildad, pero no una verdadera
inclinación del corazón ante la grandeza y la majestad de Dios. He ahí la razón
por la que los incrédulos permanecen en su incredulidad. Han levantado una
estatua en su honor y se niegan rotundamente a destruirla para adorar al único
Dios vivo y verdadero. Cristo dijo en el Sermón del Monte: “Bienaventurados
los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.
Bienaventurados aquellos que son conscientes de su propia indignidad y bajeza,
y vienen humillados a los pies de Cristo clamando por misericordia y perdón; el
Reino de los cielos está reservado para tales personas.
Nadie llegará al Cielo con su orgullo inflado, ni entrará por la puerta estrecha
que lleva a la salvación si primero no destruye su estatua de oro; no cabemos por
esa puerta con la estatua. Existe un solo Dios, y no somos ni tú, ni yo. Ese Dios
está en los cielos y merece ser servido, amado y obedecido con todo el corazón,
con toda el alma y con todas nuestras fuerzas. Nabucodonosor sufrió una
impresión muy profunda, pero en el fondo de su corazón seguía siendo un
idólatra.
Y como no era suficiente para él adorarse a sí mismo, también emite un
decreto en el que ordena que todos se postren ante la estatua o, de lo contrario,
sean arrojados en un horno de fuego.
Fueron, pues, reunidos los sátrapas, magistrados, capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y
todos los gobernadores de las provincias, a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor
había levantado; y estaban en pie delante de la estatua que había levantado el rey Nabucodonosor. Y
el pregonero anunciaba en alta voz: Mándase a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas, que al oír
el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo
instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha
levantado; y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de
fuego ardiendo (vv. 3-6).
Este hombre había traspasado los límites de su autoridad como rey y, ahora,
quería gobernar la conciencia de sus súbditos. Es muy posible que en todo esto
hubiera una mezcla fatal de política y religión. Adorar la estatua era un
reconocimiento del poderío de Nabucodonosor como persona, de la grandeza de
su reino y del poder de sus dioses. Negarse a postrarse ante ella no solo era un
acto blasfemo desde el punto de vista religioso, sino también de insubordinación
y rebeldía desde un punto de vista político. En la mente de este rey pagano una
falta tan grave solo podía ser castigada con la muerte.
Ante tal amenaza, “todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y
adoraron la estatua de oro que el rey Nabucodonosor había levantado” (v. 7).
Menos tres jóvenes judíos que no estaban dispuestos a hacer concesiones ni
comprometer sus principios. Y eso nos lleva a la segunda escena de la historia.
LA RESPUESTA DE LA FE

Esta escena consta de tres partes: estos tres jóvenes son acusados; el rey
reacciona a la acusación; y, luego, los jóvenes responden a la amenaza del rey.
Veamos en primer lugar, la acusación.
La acusación
Por esto en aquel tiempo algunos varones caldeos vinieron y acusaron maliciosamente a los judíos.
Hablaron y dijeron al rey Nabucodonosor: Rey, para siempre vive. Tú, oh rey, has dado una ley que
todo hombre, al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la
zampoña y de todo instrumento de música, se postre y adore la estatua de oro; y el que no se postre
y adore, sea echado dentro de un horno de fuego ardiendo. Hay unos varones judíos, los cuales
pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones,
oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado (vv.
8-12).
Uno de los misterios de este capítulo es dónde estaba Daniel cuando esto
sucedió, porque la historia no lo menciona. La respuesta más segura que
podemos dar es que no lo sabemos, aunque es muy probable que no estuviera en
Babilonia o, al menos, en la capital del imperio. No obstante, sus amigos sí
estaban allí, de modo que Dios no se quedó sin testimonio en aquella ocasión.
Hagamos un esfuerzo de imaginación y pongámonos en lugar de estos
jóvenes. ¿Qué hubiéramos hecho tú y yo? Estos jóvenes hubiesen podido
escoger el camino de la justificación y la racionalización: “Todo el mundo está
cediendo, incluso los otros judíos, ¿por qué tenemos que ser nosotros los más
fanáticos y recalcitrantes? Además, si nos matan, ¿quién testificará de Dios,
entonces? De hecho, nuestros cadáveres dañarían Su reputación; ya fuimos
derrotados por los babilonios ¡y ahora nos van a echar en un horno de fuego a
nosotros que hemos sido fieles a Dios! Esta gente pensará que Él no cuida de los
Suyos. Después de todo, no es más que una estatua; Dios sabe que en nuestro
corazón no la estamos adorando, estamos cumpliendo con un requisito externo,
una mera formalidad”.
Los cristianos nos encontramos muchas veces en un dilema similar a este; no
necesariamente con la amenaza de perder la vida, pero sí corriendo el riesgo de
perder el trabajo o perder los amigos. Otras veces, corriendo el riesgo de que se
burlen de nosotros o nos difamen. No es fácil tener el coraje de ser distintos, y
mucho menos para un grupo de jóvenes como era el caso de Sadrac, Mesac y
Abed-Nego. No es fácil tomar la determinación de nadar contra la corriente y no
hacer lo que todo el mundo hace; sobre todo cuando algunos que profesan la fe
comienzan a ceder también.
Constantemente sentimos la presión de bordear los límites, de acercarnos
demasiado al mundo y sus valores, al mundo y su estilo de vida; la presión de
violar la ley moral de Dios o de ir en contra de nuestra conciencia,
involucrándonos en cosas que no nos convienen. El mundo también tiene su
horno de fuego para los que deciden portarse como hombres y mujeres de valor,
para los que toman la determinación de portarse con valentía. Eso es algo que el
mundo no soporta. Si hay algo que enciende la ira de un cobarde es ver a una
persona defendiendo valientemente su integridad. El coraje del íntegro expone y
saca a la luz la cobardía del que cede. Un creyente que está dispuesto a desafiar
al mundo por su fe molestará grandemente al que no se atreve.
Imagínate la escena: cientos de miles de personas, incluyendo a un montón de
judíos, postrados ante una estatua, temblando de miedo por el decreto del
hombre más poderoso del mundo, mientras que tres jóvenes de unos 20 años
permanecen de pie en medio de la multitud. Era imposible que eso pasara
desapercibido. De inmediato “algunos varones caldeos vinieron y acusaron
maliciosamente” a los amigos de Daniel (v. 8). La frase que Reina-Valera
traduce como “acusar maliciosamente” significa “comer la carne de alguien”. Su
sentido metafórico es denunciar con el propósito expreso de hacer daño. Esos
hombres fingen estar molestos con estos judíos por haber desafiado la orden de
su rey; sin embargo, la realidad del caso es que estaban celosos, sentían envidia
de aquellos jóvenes valientes que habían alcanzado una posición tan alta en tan
poco tiempo.
Notad la astucia con que actúan delante del rey: “Hay unos varones judíos, los
cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y
Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni
adoran la estatua de oro que has levantado” (v. 12). “Tú los honraste poniéndolos
en posiciones de preeminencia —están diciendo—, y estos mal agradecidos no
han respetado tu autoridad, no adoran a tus dioses ni ado-ran la estatua,
desobedeciendo el decreto”.
Los creyentes no debemos esperar que el mundo nos ame por portarnos
rectamente. Hacer lo recto trae problemas. Muchos no entenderán tus decisiones,
muchos las interpretarán a la luz de sus prejuicios, muchos distorsionarán tus
motivaciones, te difamarán, hablarán de ti a tus espaldas y te acusarán
falsamente. El que quiera hacer lo recto, el que decida actuar conforme a su
conciencia, necesariamente tendrá que pagar un precio por ello y, en ocasiones,
será un precio muy alto. “Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo
Jesús padecerán persecución”, dice Pablo (2 Timoteo 3:12).
La reacción del rey
Por supuesto, cuando estos jóvenes fueron acusados delante del rey, su
reacción no se hizo esperar: “Entonces Nabucodonosor dijo con ira y con enojo
que trajesen a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Al instante fueron traídos estos
varones delante del rey” (v. 13). Estos hombres lograron lo que querían: el rey se
enojó grandemente y mandó a llamar a los amigos de Daniel. Pero, primero, les
dio la oportunidad de negar la acusación: “¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-
nego, que vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he
levantado?” (v. 14).
Es posible que el rey sospechara la mala motivación de los acusadores y
quisiera estar seguro de los cargos. Sin embargo, para que no quepa duda de su
determinación, de inmediato añade una promesa y una advertencia: “Ahora,
pues, ¿estáis dispuestos para que al oír el son de la bocina, de la flauta, del
tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música,
os postréis y adoréis la estatua que he hecho?” (v. 15). La pro-mesa implícita
aquí es que si estaban dispuestos a hacerlo serían librados del castigo. Por otro
lado, si no lo hacían la sentencia se cumpliría de inmediato: “Porque si no la
adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego
ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?” (v. 15b).
¡Cuánta insolencia de parte del rey! Este mismo hombre que había reconocido,
en el capítulo anterior, que el Dios de Israel era Señor de los reyes, ahora se
coloca a sí mismo en una posición de superioridad. “¿Creéis que vuestro Dios
podrá libraros de mi mano? Si Él es tan poderoso, ¿por qué estáis en Babilonia?
¿Por qué permitió que Israel fuera derrotado y llevado al cautiverio? Yo destruí
vuestro templo y traje de Jerusalén los utensilios que usabais para adorarle y los
puse en la casa de mi dios. ¿Es que no os dais cuenta de que yo soy más
poderoso que vuestro Dios y que tengo vuestras vidas en mis manos?” ¡Qué
situación tan difícil! Nabucodonosor les ha dado una oportunidad: “Si adoráis la
estatua estoy dispuesto a perdonaros y olvidar el asunto en este mismo instante;
pero si no lo hacéis, seréis castigados y no con cualquier castigo: seréis arrojados
en un horno de fuego ardiente”.
¿No es esta la situación a la que debemos enfrentarnos cada día? Tal vez no en
circunstancias tan dramáticas como estas, pero el mundo también hace promesas
y amenazas: “Si haces lo que dice el mundo te irá bien; si decides obedecer a
Dios antes que a los hombres tendrás que pagar el precio”. Sadrac, Mesac y
Abed-Nego decidieron pagarlo.
La reacción de los jóvenes
Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabu codonosor, diciendo: No es necesario que te
respondamos
sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego
ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni
tampoco adoraremos la estatua que has levantado (vv. 16-18).
Hay tres cosas que debemos notar en la respuesta que estos jóvenes dieron al
rey.
En primer lugar, su valentía. En ningún momento negaron la acusación ni
titubearon; tampoco pidieron tiempo para pensar lo que iban a hacer, no
suplicaron pidiendo misericordia ni trataron de excusarse: “No es necesario que
te respondamos sobre este asunto”. En otras palabras: “Los cargos son
verdaderos. No tenemos ninguna defensa que hacer, no tenemos ninguna excusa
que presentar. ¿Preguntas si es verdad lo que estos hombres dicen sobre
nosotros? Sí, es verdad, totalmente cierto; no nos hemos postrado ante la imagen
ni estamos dispuestos a hacerlo en el futuro”. ¡Qué ejemplo de coraje! ¡Cuánta
falta hacen en el día de hoy jóvenes y adultos así! Hombres y mujeres que no
comprometan sus principios bajo ninguna circunstancia, aunque les corten la
cabeza. Vivir en santidad exige, necesariamente, esa clase de coraje.
Cuando Josué estaba a punto de entrar en la Tierra Prometida, Dios le dice:
Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo
Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas
las cosas que emprendas […]. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni
desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas (Josué 1:7-9).

Se requiere valor para obedecer la ley de Dios, pero ese valor solo es posible
para aquellos que ven a Dios en medio de las circunstancias y le temen más a Él
que a los hombres.
Estos jóvenes no tenían temor de Nabucodonosor, ¿sabes por qué? Porque los
controlaba el temor de Dios. El rey de Babilonia podía arrojarlos en un horno de
fuego ardiente, sin embargo, no podía hacer nada más. Pero hay otro Rey que es
el Amo, Dueño y Señor del universo y ese sí que debe ser temido, amado,
servido y adorado. Delante de ese gran Rey, Nabucodonosor era menos que
nada.
En Isaías 8:11-13 dice el Profeta: Porque Jehová me dijo de esta manera con
mano fuerte, y me enseñó que no caminase por el camino de este pueblo,
diciendo: No llaméis conspiración a todas las cosas que este pueblo llama
conspiración; ni temáis lo que ellos temen, ni tengáis miedo. A Jehová de los
ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo.
Esta es la versión veterotestamentaria de Mateo 10:28: “Y no temáis a los que
matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que
puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”. Mi amigo, ¿a quién le temes
tú? Todo el mundo le teme a algo. Aquí no estamos hablando de ser temerarios y
no tener ningún temor, sino de ser sabios y temer a quien debe ser temido;
porque es de ese temor a Dios que emana el coraje y la valentía para no tener
temor a los hombres.
¿Estás cediendo aquí y allá porque en ciertas circunstancias te dejas controlar
por el temor a los hombres? ¿Estás comprometiendo tus convicciones por miedo
a que se burlen de ti? ¿Acaso te estás postrando ante el mundo para no ser
arrojado en el horno de fuego del desprecio?
“El temor del hombre pondrá lazo”, dice Proverbios 29:25. Estos jóvenes
tuvieron el coraje necesario para no ceder. Tuvieron el coraje suficiente de tener
convicciones y vivir por ellas.
Pero estos jóvenes no mostraron valentía únicamente, sino también fe: “He
aquí que nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego
ardiendo…” (v. 17). Sadrac, Mesac y Abed-Nego estaban plenamente
convencidos de que Dios tenía poder para librarlos del horno de fuego. “Tú
dices, oh rey, que ningún Dios puede librarnos de tu mano, pero el nuestro sí
puede porque es todopoderoso”. Y si acaso les tocaba morir, comoquiera serían
librados del poder terrenal de Nabucodonosor: “Y de tu mano, oh rey, nos
librará”. Estos jóvenes creían en Dios, confiaban en Él; pero sobre todas las
cosas habían determinado de corazón serle fieles. Ellos sabían que Dios podía
tener otros planes, pero aun así estaban dispuestos a someterse a Su voluntad,
cualquiera que esta fuese: “Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses,
ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (v. 18). Mostraron coraje,
mostraron fe, mostraron fidelidad.
Creían de todo corazón que Dios podía librarlos, pero si Él determinaba otra
cosa aceptarían, con gozo, sus designios. Lo que no iban a hacer de ninguna
manera era adorar la estatua de oro. “Él sabe lo que debe hacer en esta
circunstancia y tomará la mejor decisión. Si nos deja vivos, seguiremos
sirviéndole y viviendo para Su gloria; y si permite que tú nos quites la vida, oh
rey, partiremos a Su presencia con gozo porque estaremos con Él por los siglos
de los siglos. Sea de un modo u otro estaremos bien”. No temían ni a
Nabucodonosor ni a la muerte, ¿cómo se les podía forzar a hacer lo malo delante
de Dios? De ninguna manera: “Aunque Dios decida no librarnos del horno de
fuego, no serviremos a tus dioses ni tampoco adoraremos la estatua que has
levantado”.
Debemos hacer lo que debemos hacer y dejar las consecuencias en manos de
Dios. Como dice Stuart Olyot en su comentario de Daniel: “Si hacer lo recto
significa que somos arruinados, eso es asunto de Dios. Las consecuencias están
en Sus manos, pero el deber está en las nuestras. Nuestro negocio en esta vida es
hacer lo que a Él le agrada, sin importar el costo, sin importar lo que venga”2.
Esto nos lleva a nuestro tercer punto. Ya hemos visto la prueba y la respuesta
de la fe; veamos ahora, en tercer lugar…
LAS CONSECUENCIAS DE LA FIDELIDAD

El capítulo concluye con tres escenas: la ira del rey, la intervención de Dios y
la reacción de Nabucodonosor.

La ira del rey


Entonces Nabucodonosor se llenó de ira, y se demudó el aspecto de su rostro contra Sadrac, Mesac
y Abed-nego, y ordenó que el horno se calentase siete veces más de lo acostumbrado. Y mandó a
hombres muy vigorosos que tenía en su ejército, que atasen a Sadrac, Mesac y Abed-nego, para
echarlos en el horno de fuego ardiendo. Entonces estos varones fueron atados con sus mantos, sus
calzas, sus turbantes y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo. Y como
la orden del rey era apremiante, y lo habían calentado mucho, la llama del fuego mató a aquellos
que habían alzado a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Y estos tres varones, Sadrac, Mesac y Abed-nego,
cayeron atados dentro del horno de fuego ardiendo (vv. 19-23).

El rey de Babilonia no estaba acostumbrado a que una orden suya fuese


desafiada de ese modo. Daniel dice que Nabucodonosor “se llenó de ira”, una
frase que sugiere la idea de un enojo tan grande que sus acciones eran
irracionales. Su rostro se demudó y mandó que calentasen el horno siete veces
más. Tanto se calentó que los hombres que arrojaron a estos jóvenes en el horno
murieron por el calor. Sin embargo, fue precisamente en medio de estas
circunstancias tan terribles que Dios manifestó más claramente Su poder.
La intervención de Dios
Entonces el rey Nabucodonosor se espantó, y se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo:
¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. Y
él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún
daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses. Entonces Nabucodonosor se acercó a
la puerta del horno de fuego ardiendo, y dijo: Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios
Altísimo, salid y venid. Entonces Sadrac, Mesac y Abednego salieron de en medio del fuego. Y se
juntaron los sátrapas, los gobernadores, los capitanes y los consejeros del rey, para mirar a estos
varones, cómo el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aun el cabello de sus
cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor de fuego tenían (vv. 24-27).
Esta es una de las escenas más gloriosas del libro de Daniel. Estos jóvenes
fueron echados en el horno de fuego; Nabucodonosor hizo con ellos como él
quiso, pero Dios tenía la última palabra. Dos cosas ocurrieron cuando Sadrac,
Mesac y Abed-Nego cayeron en el horno.
Lo primero fue que el fuego perdió completamente su poder de quemar. Ni
siquiera olían a humo. Hasta la ropa que llevaban puesta se preservó intacta.
Pero vemos también que Dios no los dejó solos en medio de aquella situación. El
rey pregunta : “¿No eran tres los que fueron arrojados en el horno? ¿Cómo es que
ahora veo a cuatro personas allí?” Y lo más impresionante es que el cuarto era
“semejante a hijo de los dioses”. Más abajo, en el versículo 28, Nabucodonosor
declara que Dios envió “su ángel” para librarlos. Una escena similar ocurre en el
capítulo 6, cuando Daniel es arrojado en el foso de los leones: “El Dios mío
envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen mal,
porque delante de él se halló en mí justicia: y aun delante de ti, oh rey, yo no he
hecho lo que no debiese”(Daniel 6:22, RV 1909). El ángel del Señor designa, en
el Antiguo Testamento, al Hijo de Dios previo a su encarnación.
Cristo mismo se hizo presente en el horno de fuego junto a Sadrac, Mesac y
Abed-Nego. Aquí se cumplió literalmente la promesa de Dios a Su pueblo en
Isaías 43: “No temas porque, yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. Cuando
pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando
pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti”. El Hijo de Dios, la
segunda persona de la Trinidad, estuvo con ellos en medio de aquella aflicción.
Dios no ha prometido librarnos de pasar por el horno de fuego, pero sí ha
prometido estar con nosotros cuando tengamos que pasar por él; y usará esa
aflicción para Su gloria, para el bien de nuestras almas y para fortalecer la fe y el
valor de Su pueblo. ¿Cómo fueron librados estos jóvenes? Por la fe. En Hebreos
11:33 se mencionan algunos hombres “que por fe […] apagaron fuegos
impetuosos”. Estos jóvenes no eran más valientes que todos los
jóvenes, ni más fuertes, ni más temerarios; pero confiaban en Dios y no fueron
avergonzados. Finalmente, vemos en el texto cómo reacciona Nabucodonosor al
ser testigo una vez más del gran poder de Dios.

La reacción de Nabucodonosor
Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que
envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y
entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios. Por lo tanto, decreto que
todo pueblo, nación o lengua que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego,
sea descuartizado, y su casa convertida en muladar; por cuanto no hay dios que pueda librar como
éste. Entonces el rey engrandeció a Sadrac, Mesac y Abed-nego en la provincia de Babilonia (vv.
28-30).

El mismo hombre que había dicho anteriormente con arrogancia “¿y qué dios
será aquel que os libre de mis manos?”, ahora se ve forzado a reconocer que el
Dios en el cual estos jóvenes confían es digno de todo honor y reverencia: “Por
cuanto no hay dios que pueda librar como éste”. Este capítulo nos permite
vislumbrar lo que ha de ocurrir al final de los tiempos: la Biblia dice que toda
rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para la
gloria de Dios el Padre (Filipenses 2:9-11). He aquí un preámbulo de lo que
ocurrirá en aquel día.
Toda soberbia será abatida, toda arrogancia será aplastada, porque todos
tendrán que postrarse y reconocer que nuestro Dios es Dios. Esto es tan seguro
como que la noche sigue al día. Nabucodonosor tuvo que bendecir a final de
cuentas al Dios de Sadrac, Mesac y Abed-Nego. Aunque no se convirtió, una vez
más fue humillado delante de Él.
El mundo no puede hacer ningún daño permanente a aquellos que confían en
ese Dios. Sus amenazas son completamente infundadas si van dirigidas contra
aquellos que, por medio de la fe en Jesucristo, han venido a refugiarse bajo las
alas del Dios de Daniel y sus amigos. ¿Es ese Dios tu Dios? ¿A quién adoras tú?
¿A la estatua de oro que el mundo ha levantado —el dinero, la fama, el placer, tu
propio yo— o al único Dios vivo y verdadero que vemos en plena acción en esta
historia? Porque ese Dios no ha cambiado; Él sigue siendo digno de nuestro
amor reverente, de nuestra adoración y de nuestra obediencia.
Ese Dios es tu Creador y algún día tendrás que presentarte delante de Él para
ser juzgado. Pero un sinnúmero de hombres, mujeres, jóvenes y niños se
presentarán en ese juicio sin temor alguno, porque el mismo que estuvo con esos
jóvenes en el horno de fuego estará con ellos como su Representante.
Cristo dice en Juan 5:24: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi Palabra,
y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha
pasado de muerte a vida”. El que oye la Palabra y cree no tiene nada que temer,
porque Cristo pagó por todos sus pecados en la cruz del Calvario.
Quiera Dios que muchos obtengan hoy, por la fe, el perdón de sus pecados y el
don de la vida eterna. Entonces comenzarán a comprender algo del coraje que
estos jóvenes manifestaron, porque comenzarán a tener comunión cercana con el
Dios al que ellos conocían y en el cual confiaban.
1Robinson, T.: The Preacher’s Homiletic Commentary, “Daniel”, p. 62 (Baker
Book House).
2Olyot, Stuart: Dare to Stand Alone, p. 44 (Evangelical Press, 1982).
Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron. Y he aquí que se levantó
en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.
Y vinieron sus discípulos y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos, que
perecemos! Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces,
levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza. Y los
hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y
el mar le obedecen?
(Mateo 8:23-27)
CAPITULO 5. ¿Dónde está vuestra fe?
a Palabra de Dios nos enseña que la vida cristiana es, de principio a fin, una
vida de fe. Se inicia por medio de un acto de fe y, luego, continúa por fe. Dice
Pablo en 2 Corintios 5:7 que es por fe que andamos, no por vista. La fe es un
elemento vital para el creyente. Sin ella, nos dice el autor de la carta a los
Hebreos “es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6).
Ahora bien, la enseñanza de la Escritura concerniente a la fe contiene cierto
elemento de misterio y de paradoja. Por un lado, se nos dice que la fe es un
regalo de Dios. En el conocido pasaje de Efesios 2:8-9, Pablo no solo declara
que es por gracia que somos salvos “por medio de la fe”, sino que luego añade:
“Y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se
gloríe”. Todo lo necesario para ser salvos, incluyendo la fe como el medio
instrumental de la justificación, es un don de Dios; de manera que el creyente no
puede gloriarse en el hecho de haber ejercido fe. Sin embargo, la Escritura
también enseña que el creyente es responsable de ejercer y fortalecer la fe que
Dios le ha obsequiado por gracia. Es Dios quien da la fe, pero somos nosotros
quienes debemos creer. En su discurso del Aposento Alto, el Señor dice a sus
discípulos: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí”.
Y en Efesios 6:16 Pablo nos exhorta a tomar el escudo de la fe, “con que podáis
apagar — dice— todos los dardos de fuego del maligno”.
De modo que ejercer fe es parte de nuestra responsabilidad como cristianos.
Lamentablemente, esta sencilla verdad de las Escrituras muchas veces se pasa
por alto, sobre todo cuando estamos en medio de una prueba, como ocurrió con
los discípulos del Señor en la ocasión narrada por Mateo en el capítulo 8 de su
Evangelio, en los versículos 23 al 27. Esta historia contiene profundas verdades
en lo tocante al ejercicio de la fe en medio de la adversidad. Los Evangelistas
nos cuentan que el Señor deseaba cruzar desde el lado occidental del mar de
Galilea —que es el más agitado— al lado oriental. Marcos nos dice que estaba
anocheciendo, y que ellos se llevaron a Cristo “como estaba”; es decir, “cansado,
agotado, necesitado de descanso y sueño”1. Se proponían cruzar al otro lado en
un pequeño bote como el que usaban los discípulos para pescar. El mar de
Galilea es relativamente pequeño: de unos 19 km de largo y 11 de ancho. De
manera que el viaje hubiese podido ser rápido y sin ningún contratiempo, a no
ser por la particularidad de que el mar de Galilea se encuentra a unos 210 metros
bajo el nivel del mar; cuando las corrientes frías bajan del monte Hermón —a
3000 m de altura— y chocan con el aire caliente del lago, se pueden formar
repentinamente fuertes tormentas que son un verdadero peligro aun para
navegantes expertos.
Esto pudo ser lo que ocurrió esa noche. Repentinamente el cielo se vuelve
totalmente negro, el mar se agita de tal manera que “las olas cubrían la barca”
(Marcos 8:24) y, por si fuera poco, el Señor está durmiendo plácidamente en la
popa de la pequeña embarcación. Indudablemente Dios estaba poniendo a
prueba la fe de los discípulos. ¿Cómo debe reaccionar un creyente en una
situación como esa? A la luz de este relato podemos aprender grandes lecciones
al respecto. Pero antes, detengámonos a considerar lo que este pasaje nos enseña
acerca de las pruebas en sí.
LA NATURALEZA DE LAS PRUEBAS
Las pruebas son controladas y enviadas por Dios
Como hemos dicho ya, no era nada extraño que en este mar se formaran
tormentas repentinas; pero Dios tiene el control de Su Creación, incluyendo los
fenómenos de la Naturaleza. El Salmista nos dice, en el Salmo 135:7, que es
Dios quien “hace subir las nubes de los extremos de la tierra; hace los
relámpagos para la lluvia; saca de sus depósitos los vientos”. Él pudo impedir
que se levantara esa tormenta, pero no lo hizo. Más bien usó de Su poder para
que sucediera. También es cierto que el Señor estaba realmente agotado y
cansado. No estaba simulando estar dormido; aunque era el Hijo de Dios,
también era el Hijo del Hombre y, en Su humanidad, el sueño lo venció. Pero
esto también estaba contemplado dentro del plan de Dios: todos los elementos de
esta prueba estaban bajo Su control soberano.
El saber que las pruebas nacen en el trono mismo de Dios debe ser un gran
consuelo para nosotros en medio de la aflicción. Cuando Noemí regresó a su
patria, pudo decir con toda certeza: “El Todopoderoso me afligió”, como leemos
en Rut 1:21. Cuando la esposa de Job se desesperó en medio de la aflicción, este
hombre de Dios formuló una pregunta llena de sabiduría y de fe: “¿Recibiremos
de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?”2. Job era plenamente consciente
del control soberano de Dios cuando las cosas salen bien y cuando salen mal:
“Jehová dio, Jehová quitó, sea el nombre de Jehová bendito”3. No somos
víctimas de un destino ciego o de fuerzas misteriosas e irracionales. En medio de
cualquier circunstancia aflictiva podemos decir, al igual que David en el Salmo
119:75: Yo sé, Señor, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad
me has afligido.
Y es que Dios no solo nos concede la fe, sino que también nos prueba con
miras al fortalecimiento de dicha fe. Ten por cierto, mi hermano, que tu fe será
probada, que en ocasiones se levantarán grandes tempestades a tu alrededor, y
verás como las aguas comienzan a llenar tu barca.
Y para colmo de males, algunas veces parecerá que Dios no está haciendo
nada al respecto; como si Él estuviese mirando hacia otro lugar, mientras
nosotros estamos a punto de perecer. Muchos hombres de Dios han
experimentado esa sensación de abandono por parte de Dios cuando han tenido
que enfrentar grandes pruebas y dificultades. David exclama en el Salmo 10:1:
“¿Por qué estás lejos, oh Jehová, y te escondes en el tiempo de la angustia?”. Y
en otro lugar escribió: “Despierta; ¿por qué duermes, Señor? Despierta, no te
alejes para siempre. ¿Por qué escondes tu rostro, y te olvidas de nuestra
aflicción?”4. ¿Acaso no escuchamos en estas palabras el eco de nuestro propio
corazón? Los creyentes no están exentos de experimentar esta sensación de
abandono de parte de Dios y llegar a pronunciar las palabras que Isaías pone en
boca de Sion: “Me dejó Jehová y el Señor se olvidó de mi”; pero entonces Dios
pregunta a través de su profeta: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz para
dejar de compadecerse del hijo de su vientre?”. Y si aun fuese posible que algo
como eso llegara a suceder, “aunque olvide ella yo nunca me olvidaré de ti”
(Isaías 49:14-15). Dios nunca abandona a sus hijos, ni en tiempos de prueba ni
en tiempos de prosperidad.
Las pruebas vienen repentinamente sobre nosotros
Cuando los discípulos entraron en la barca esa noche, nada les presagiaba la
terrible adversidad por la que pasarían unos minutos más tarde; pero “he aquí
que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca”.
La expresión “he aquí” puede traducirse también como “de pronto”,
“repentinamente”. Esto no fue algo que ellos pudieron prever. Las pruebas
suelen llegar de manera repentina. Santiago 1:2 nos dice en su carta que
debemos tener por sumo gozo cuando nos hallemos en diversas pruebas; y la
idea que transmite el original es la de un suceso que puede llegar a nuestras
vidas en cualquier momento, sin previo aviso. En el momento menos pensado
podemos encontrarnos en medio del dolor y de la aflicción.
Las pruebas sacan a flote nuestras corrupciones
En Mateo 8:1-22 vemos que, antes de este incidente en la barca, los discípulos
habían contemplado al Señor obrar milagros portentosos; Cristo sanó a un
leproso, al criado de un centurión, a la suegra de Pedro… Podemos suponer que
los discípulos sentían tener en ese momento una fe robusta e inquebrantable.
Mientras otros veían las demandas del Señor como demasiado altas, ellos
estaban dispuestos a seguirle. ¿Pero cuán fuerte era esa fe realmente? Eso solo
podría manifestarse en medio de la prueba.
En el corazón del cristiano conviven la gracia y el pecado, que aún mora en
nosotros. Yacen tan profundamente en el corazón que no resulta un trabajo fácil
conocer el verdadero estado del alma… hasta que viene la prueba. Abraham no
sabía cuán fuerte y vigorosa era su fe hasta que Dios lo probó pidiéndole a su
hijo. Así probó Dios a Ezequías con los mensajeros de Babilonia, y de esa
manera hizo que se manifestara el orgullo que estaba escondido en lo más
profundo de su corazón. Es en medio de la prueba que conocemos el estado real
de nuestras almas. Las aflicciones son una especie de radiografía espiritual. Dice
1 Pedro 1:7 que Dios nos prueba como al oro, en el horno de fuego. El oro se
prueba en el fuego, un fuego tan ardiente que la materia se licua y hace que la
basura suba a la superficie; el orfebre, entonces, separa la escoria del material
precioso hasta que su rostro se refleja en la superficie dorada. Dios purifica a los
creyentes en el horno de la aflicción porque ahí es donde se revela el verdadero
estado del corazón.
Las pruebas nos recuerdan cuán dependientes somos de Dios Estos hombres
eran pescadores experimentados, probablemente acostumbrados a estar en
situaciones similares a estas. Sin embargo, aquí los vemos llenos de temor y
necesitados de la ayuda del Señor. Dios usa las pruebas para librarnos de la
confianza que solemos tener en nosotros mismos y llevarnos a descansar
únicamente en Él. En 2 Corintios 1:8-9 vemos ese proceso obrando en el corazón
de Pablo y de sus acompañantes:
Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en
Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun
perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte,
para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos.
Todos tenemos una fuerte tendencia a confiar en nosotros mismos. Y nunca
somos más débiles y vulnerables que cuando nos atrapa el sentimiento engañoso
de que podemos hacer las cosas con nuestras propias fuerzas. Muchos han
quedado atrapados por el pecado, creyendo que tenían la capacidad y la fuerza
de soportar las tentaciones. De hecho, Pablo parece reconocer implícitamente en
este pasaje que él mismo corría ese peligro de confiar en sus propias fuerzas y
capacidades. Pero Dios hizo uso de esta tribulación que le sobrevino en Asia,
donde fueron abrumados más allá de sus fuerzas, para que no confiaran en sí
mismos. Cuando estamos en medio de las pruebas percibimos más claramente
cuán frágiles somos; y es la conciencia de nuestra fragilidad la que nos lleva de
la mano a ampararnos en nuestro Dios.
Es por esto que Pablo se gloriaba en sus debilidades, porque ese era el medio
usado por Dios para llevarlo a ampararse únicamente en Su poder:
Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el
poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en
necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte5.

Mi amado hermano, nunca eres más fuerte en tu vida cristiana que cuando en
medio del dolor y la aflicción sientes que se acaban tus fuerzas, y entonces te
amparas en el poder de la gracia de Dios. Siempre somos débiles, pero no
siempre somos conscientes de nuestra propia debilidad. Las pruebas son un
poderoso recordatorio de que separados de Cristo y de Su gracia nada podemos
hacer.

Las pruebas nos brindan una oportunidad excelente para aumentar


nuestro conocimiento experimental de Dios
Los discípulos sabían del poder omnipotente de Dios pero, después de que
Cristo reprendió las olas y el viento, adquirieron un conocimiento experimental
de Su persona que antes no tenían, hasta tal punto que exclamaron espantados:
“¿Qué hombre es éste que aun los vientos y el mar le obedecen?” (v. 27). Ellos
habían visto a Cristo sanar enfermedades; pero ahora tuvieron la oportunidad de
ver Su poder en acción sobre los elementos de la Naturaleza. Las pruebas
convierten el conocimiento teórico que tenemos de Dios en verdadero
conocimiento: “De oídas te había oído —dijo Job después de su prueba—; mas
ahora mis ojos te ven” (Job 42:5).
Los cristianos tendrán que enfrentar las dificultades y los sufrimientos de vivir
en un mundo caído, Dios no ha prometido lo contrario. Pero es en medio de tales
situaciones donde tenemos la oportunidad de ver a Dios obrar en nuestras vidas
y en las vidas de otros, de modo que la teoría venga a ser conocimiento
experimental.
LA NATURALEZA DE LA FE
Estos discípulos fueron controlados de tal modo por el miedo y la angustia
que, aunque mostraron tener fe en el Señor, al mismo tiempo demostraron la
debilidad de dicha fe. Mateo relata que los discípulos exclamaron: “¡Señor,
sálvanos, que perecemos!” (Mateo 8:25). En el Evangelio según Lucas leemos:
“¡Maestro, Maestro, que perecemos!” (Lucas 8:24). Y Marcos escribe: “Maestro,
¿no tienes cuidado que perecemos?” (Marcos 4:38). No todos los discípulos
dijeron lo mismo, de ahí las diferencias entre los Evangelistas. Pero dos cosas
están claras en todos los relatos: en primer lugar, que los discípulos estaban
llenos de miedo; y, en segundo lugar, que reprochaban a Cristo el que estuviera
durmiendo en una situación como esa. Esta escena nos enseña al menos dos
grandes verdades acerca de la naturaleza de la fe.
La fe rehúsa dejarse controlar por el miedo
En medio de una situación tan difícil y de tanta confusión, Cristo hace una
pregunta que a primera impresión nos parece insólita: “¿Por qué teméis?”. Al
leer este relato, nuestro corazón nos mueve a ser compasivos con los discípulos.
Pensamos que, después de todo, ellos tenían buenas razones para dejarse
dominar por el miedo; pero esa no fue la opinión del Señor: Él más bien los
reprendió por haber reaccionado de ese modo. Los cristianos tenemos derecho a
sentir temor en ciertas circunstancias, pero no debemos dejarnos controlar por
ese temor.
Estos hombres habían perdido el control de sí mismos, de tal modo que se
llenaron de angustia, a pesar de que el Hijo de Dios iba en la barca, hasta tal
punto que incluso pusieron en duda Su interés por ellos: “Maestro, ¿no tienes
cuidado que perecemos?”. Hendriksen lo parafrasea de este modo: “¿Tan poco
valor tenemos para ti? Con la muerte mirándonos de frente, ¿cómo puedes tú
dormir? ¿No te importa que seamos tragados por el airado mar?”. Pero Cristo les
hace ver que su pánico no era producto de la tormenta, sino de la debilidad de su
fe. Estos hombres tenían fe en Cristo; después de todo acudieron a Él para que
los socorriera; pero el miedo y la angustia que los sobrecogió demostraban cuál
era la condición real de su fe.
La fe rehúsa dejarse controlar por el miedo. En Juan
12:27 vemos al Señor Jesucristo experimentando una angustia anticipada por
lo que le esperaba en la cruz unas horas más tarde: “Ahora esta turbada mi alma;
¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta
hora”. Cristo estaba sintiendo el dolor punzante de saber que iba a pasar por la
cruz, pero no se dejó dominar por el miedo y la angustia.
Pero aprendemos también de este relato que la fe es una actividad.
La fe es una actividad
Lo que quiero decir con esto es que la fe no actúa automáticamente, por sí
sola, sino que debe ponerse en acción. Como hemos visto ya, los discípulos
creían en Cristo, pero en el momento de la prueba no hicieron nada con su fe.
De ahí la pregunta del Señor, después de calmar el mar embravecido: “¿Dónde
está vuestra fe?” (Lucas 8:25). En otras palabras: “¿Qué hicisteis en este
momento con la fe que profesáis tener en mí?”. Nuestro problema radica,
muchas veces, en no comprender que debemos hacer algo con nuestra fe para
impedir que la angustia cubra nuestro corazón. “En el día que temo —escribe el
Salmista—, yo en ti confío” (Salmo 56:3). Él no oculta la realidad de que había
días en los que le asaltaba el temor; pero en esos momentos tomaba la decisión
de confiar en Dios, de poner su fe en movimiento. Es a eso a lo que nos
referimos al decir que la fe es una actividad: es la actividad de mantener la
incredulidad sujeta. Como dice Martyn Lloyd-Jones: “Fe significa aquietar la
perpetua incredulidad, como la serpiente sujeta a los pies por Miguel”6.
La serpiente de la incredulidad está ahí, y seguirá ahí mientras dure nuestro
peregrinaje hacia la Canaán celestial. Y lo más terrible es que, en medio de la
prueba, es la incredulidad lo primero que usualmente se dispara, no la fe. Los
discípulos en la barca fueron a Cristo, eso es fe; pero fueron llenos de miedo, eso
es duda. Cada vez que nos encontremos en medio de una situación adversa, esa
serpiente sacará la cabeza. Pero cuando esto ocurra, entonces llegó la hora de
sujetar la incredulidad poniendo la fe en acción. ¿Cómo? Acallando la voz
inquieta de nuestras almas con el conocimiento que tenemos de Dios y de Sus
promesas. Ese es el remedio que el Salmista se aplica a sí mismo cuando el
temor y la angustia cubren su corazón: “¿Por que te abates, oh alma mía, y te
turbas dentro de mí? Espera en Dios” (Salmo 42:5). Él no permitió que su alma
continuara argumentando sin control. Lo mismo hace Asaf en el Salmo 77:
“Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo. Me acordaré de
las obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas” (vv.
10-11). No podemos permitir que la angustia y la ansiedad tomen el control;
debemos hacer un uso santificado de nuestra memoria.
Esta enseñanza se encuentra implícita en la exhortación de Pablo en Filipenses
4:6: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante
de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. No basta con traer
nuestras súplicas delante de Dios cuando estamos atravesando situaciones
angustiosas, también debemos traer nuestras acciones de gracias; estas nos
obligan a recordar todas las veces que, en tiempos de aflicción y adversidad,
Dios nos socorrió en el momento preciso.
Cuando se levanta la tormenta a nuestro alrededor y la barca comienza a
hundirse, es en ese momento cuando debemos recordar todo aquello que
conocemos acerca de la naturaleza de Dios, de Su amor para con nosotros y de
Su cuidado tierno y solícito. Pablo dice con certeza que los creyentes “sabemos
que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien” (Ro. 8:28). Esta es
una verdad que el Espíritu Santo ha impreso en el corazón de todo verdadero
creyente. ¿Cuál es el problema, entonces? El poco uso que le damos a nuestra
memoria. Son innumerables los problemas que se derivan del poco uso que le
damos a este aliado que Dios ha colocado en nosotros.
Poco tiempo después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces,
el Señor advierte a los discípulos que se cuiden de la levadura de los escribas y
fariseos, pero ellos pensaban que se refería al hecho de que habían olvidado
comprar pan; Cristo, entonces, los reprende por su mala memoria, pero no por el
olvido del pan sino por el olvido del milagro:
Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no
tenéis pan? ¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes entre cinco mil hombres, y cuántas
cestas recogisteis? ¿Ni de los siete panes entre cuatro mil, y cuántas canastas recogisteis? ¿Cómo es
que no entendéis que no fue por el pan que os dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y
de los saduceos?

La poca fe y la mala memoria caminan mano a mano.


En el libro de La peregrina de Bunyan, Gran-corazón le advierte a uno de los
hijos de Cristiana acerca de un lugar llamado Llanura del Olvido: “Por cierto que
es la parte más peligrosa de estos contornos; pues si hay ocasiones en que los
peregrinos sufren algún desastre es precisamente cuando se olvidan de los
favores que han recibido y de lo inmerecido de los mismos”.
Cuando el Señor pregunta a sus discípulos dónde estaba la fe de ellos, les
estaba reprochando que no hicieran uso de la fe que poseían en esa situación
particular. Dejaron que sus almas argumentaran sin control y olvidaron todo
aquello que habían aprendido de Cristo y Su poder. John MacArthur dice al
respecto: “El creyente que es consciente del poder y el amor de Dios no tiene
razón para tener temor de nada […]. El poder de Dios y Su amor nos verán en
medio de la tormenta, y esa es la esencia de lo que necesitamos conocer y
considerar cuando tenemos problemas”7. No basta con conocer estas cosas;
debemos meditar en ellas en medio de la adversidad.
DOS APLICACIONES PRÁCTICAS QUE PODEMOS DERIVAR DE
NUESTRO RELATO
Vemos que la fe genuina, aunque sea pequeña, posee un gran valor
La fe de estos discípulos era real. Después de todo, ¿qué fue lo que los movió
a ir a Cristo en busca de ayuda? ¿Qué podía hacer este Hombre que estaba tan
cansado, que ni la furia del mar podía despertarlo? De hecho, el mismo Señor
reconoce que ellos tenían fe: “¿Por qué teméis, hombres de poca fe? ¿Dónde está
vuestra fe?”. Era una fe débil, vacilante, pequeña; pero estaba colocada en el
objeto correcto. Indudablemente una fe grande nos ayudará a hacer grandes
cosas para Dios; pero gracias a Él que aun la fe pequeña, si es genuina, sigue
siendo fe. El Señor los reprendió por su poca fe, pero tan pronto los discípulos
acudieron a Él, el viento y el mar tuvieron que aquietarse. Muchas veces el
Señor nos reprenderá en nuestros corazones por nuestra fe vacilante; pero nunca
nos desechará por nuestra poca fe. Él se goza con aquellos creyentes que
mantienen encendido el fuego de la fe, pero si el pábilo apenas está humeando Él
no lo apagará.
Los creyentes tenemos la responsabilidad de fortalecer nuestra fe
El Señor reprendió a sus discípulos por haber tenido una fe tan débil. Dios ha
implantado en nosotros Sus múltiples gracias, una de las cuales es la fe; pero es
nuestra la responsabilidad desarrollar y fortalecer tales gracias, incluyendo la fe.
¿Y cómo podemos hacer esto?
Lo primero que debemos hacer es escudriñar las Escrituras para aumentar cada
día nuestro conocimiento de Dios y de Sus promesas. La Biblia es la Palabra de
Dios que da vida al corazón; ella fue el medio que Dios usó para implantar la
semilla de la fe en nuestros corazones, como dice el apóstol Pedro en su Primera
Epístola8. Pero es también el medio que Dios ha de usar para incrementar
nuestra fe: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada,
para que por ella crezcáis para salvación” (1 Pedro 2:2).
Lo segundo que debemos hacer es pedirle a Cristo, quien es el Autor y
Consumador de nuestra fe, que la fortalezca. En cierta ocasión un hombre se
acercó al Señor para suplicarle que sanara a su hijo. Jesús le dijo: “Si puedes
creer, al que cree todo lo es posible”. El hombre, entonces, respondió
impulsivamente: “Creo”; pero parece que luego lo pensó mejor, y exclamó:
“Ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:23-24). Todos necesitamos de la gracia de
Su Espíritu cada día para fortalecer nuestra fe.
Lo tercero que debemos hacer es ejercitar la fe. Cuando deseamos fortalecer
algún músculo de nuestro cuerpo una de las cosas que debemos hacer es
ejercitarlo; hacer algún tipo de actividad en la que tengamos que forzar ese
músculo. Muchos creyentes tienen una fe débil porque no la ejercitan a menudo,
a pesar de las buenas oportunidades que se nos presentan cada día.
Hay tres momentos que son muy apropiados para ejercitar la fe. En primer
lugar, cuando tenemos que cumplir un deber que por alguna razón no nos es
agradable o nos parece ilógico; por ejemplo, cuando tenemos que reprender a
alguien y decidimos hacerlo. Aunque no tengamos el deseo estamos
fortaleciendo nuestra fe, porque estamos obedeciendo a Dios antes que guiarnos
por nuestros sentimientos y deseos. En segundo lugar, cuando estamos en medio
de la aflicción y decidimos confiar en Dios a pesar de las circunstancias. Y en
tercer lugar, cuando estamos en medio de la tentación y decidimos creer a Dios
antes que al engaño del pecado.
Finalmente debemos cuidarnos de los sentidos, porque estos intentan suplantar
a la fe. Juan nos dice que la fe vence al mundo, estableciendo de ese modo que
entre la fe y el mundo existe un conflicto constante. Aunque es por medio de los
sentidos que nos ponemos en contacto con el mundo, es por medio de la fe que
podemos elevarnos por encima de nuestros sentidos y percibir realidades
espirituales que nos permitirán ver más allá de las propias circunstancias de
nuestra vida: “Por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7).
CONCLUSIÓN
Amados hermanos, estas historias quedaron registradas en las Escrituras para
nuestra enseñanza. La naturaleza humana sigue siendo la misma, la reacción de
los discípulos hubiese podido ser la nuestra de haber estado nosotros allí; pero
Cristo también sigue siendo el mismo. No importa cuán severa sea la tormenta,
ni cuán claro sea a nuestros ojos que la barca está a punto de naufragar, una sola
palabra de Cristo es suficiente para que el mar vuelva a sosegarse. Él dirá esa
palabra en el momento preciso, cuando la prueba haya cumplido su cometido.
Que Dios nos conceda ojos para ver y una mente para recordar, de modo que
podamos glorificarle en medio de la aflicción, mostrando al mundo que estamos
en las manos de un Dios sabio y todopoderoso que nos ama con amor eterno e
inalterable, que ha hecho un pacto con Su pueblo de no volverse atrás de
hacernos bien. Que podamos glorificarle en medio de la adversidad.
1Hendriksen, Guillermo: El Evangelio según Marcos, p. 189 (TELL., 1987).
2
Job 2:10
Job 1:21
3

Salmo 44:23-24
4
5
2 Corintios 12:9-10
6Lloyd-Jones, Martyn, op. cit., p. 143.
7MacArthur, John: Matthew 8-15, p. 35 (Moody Press, 1987).
8
1 Pedro 1:23-25
Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un
hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los
hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Y cuando
salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña. Vinieron
entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste
buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña? Él les dijo: Un
enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y
la arranquemos? Él les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis
también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la
siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la
cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi
granero.
(Mateo 13:24-30)
Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus
discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo.
Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del
Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la
cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es
el fin del siglo; y los segadores son los ángeles. De manera que como se arranca
la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo
del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de
tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí
será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el
sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.
(Mateo 13:36-43)
CAPITULO 6. La tensión entre el “ya” y el
“todavía no”
lguien dijo que se puede llamar a la Biblia, con toda propiedad, el libro que
trata sobre la venida del Reino de Dios. Ese es el gran tema que encontramos en
las páginas de las Escrituras de principio a fin: la obra de Dios a través de la
Historia para que el Paraíso perdido por la entrada del pecado venga a ser el
Paraíso recobrado. Ahora bien, cuando habl amos del Reino de Dios no debemos
asociarlo primariamente con un territorio o lugar geográfico, sino con el
gobierno de Dios sobre todas las cosas creadas; con el ejercicio de Su poder y
autoridad como Rey sobre Su reino. Es por eso que la Biblia habla de los
creyentes como ciudadanos que ya pertenecen a ese Reino y disfrutan de sus
beneficios. Un creyente es alguien que, por el poder de Dios, ha venido a
sujetarse voluntariamente a Su gobierno y, por lo tanto, pertenece al Reino de
Dios sin importar el territorio donde viva.
Pablo dice en Colosenses 1:13 que el creyente ha sido librado de la potestad de
las tinieblas y trasladado al Reino del Hijo amado de Dios. De manera que el
Reino es una realidad presente que los cristianos ya disfrutamos aquí y ahora.
Sin embargo, en el Nuevo Testamento también se habla del Reino de Dios como
algo de lo que participaremos en el futuro. Por ejemplo, en Gálatas
5:21 el apóstol Pablo advierte que “los que practican tales cosas [las obras de
la carne] no heredarán el reino de Dios”. Y en 1 Corintios 6:9-11, en un tono
similar, escribe:
¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los
idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los
avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.

Estamos en el Reino, pero esperando con expectación la consumación final de


ese Reino. Esto es lo que algunos teólogos han denominado el “ya” y el “todavía
no” del Reino de los cielos. Ahora bien, esta realidad de vivir en un Reino que
ha sido inaugurado, pero que no se ha consumado aún, produce una tensión que
todo creyente debe conocer y aprender a manejar para correr bien su carrera
hasta el fin. En la conocida parábola del trigo y la cizaña, en el capítulo 13 del
Evangelio según Mateo, el Señor Jesucristo instruyó a Sus discípulos al respecto.
En este capítulo encontramos una serie de parábolas a través de las cuales el
Señor les revela algunos “misterios” acerca del Reino de los cielos: “Entonces,
acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? Él
respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino
de los cielos; mas a ellos no les es dado” (vv. 10-11). Las parábolas de Mateo 13
giran en torno a este asunto, siendo la del trigo y la cizaña una de las más ricas
en contenido.
Pero antes de pasar a considerar su enseñanza, debemos enfocar primero el
problema que esta parábola presenta.
EL PROBLEMA DE ESTA PARÁBOLA
Tal como hace notar Samuel Waldron en su exposición de este pasaje, la
parábola del trigo y la cizaña tiene un problema, y es el hecho de que no presenta
ningún problema. Su enseñanza parece ser demasiado simple, sin
complicaciones ni complejidades. La enseñanza básica de esta parábola es que
los justos y los injustos deben cohabitar en este mundo hasta el Día del Juicio,
como el mismo Señor interpreta más adelante: “Respondiendo él, les dijo: El que
siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena
semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo” (Mateo 13:37-
38). Observa que el campo es el mundo y no la Iglesia, como muchos
erróneamente han interpretado. ¿Cuál es, entonces, la enseñanza que Cristo
imparte aquí a Sus discípulos? Que en este campo del mundo cohabitan el trigo
de Dios y la cizaña del malo, los justos y los injustos; eso es todo. Pero es aquí
precisamente donde radica el problema. El Señor está revelando a Sus discípulos
“los misterios del reino de los cielos”. ¿Pero qué tiene esta enseñanza de
misteriosa? ¿Acaso no sabían sus discípulos que los justos y los injustos
coexistirían en este mundo hasta el fin de los tiempos? ¿En qué sentido es esto
un misterio?
La palabra “misterio” se usa en la Escritura para señalar algo que no podría ser
conocido a menos que Dios lo revelase. Por eso el Señor dijo a Sus discípulos,
en el versículo 11, que estas enseñanzas no eran para el mundo en general, sino
únicamente para aquellos a quiénes Dios quiera revelárselas. ¿Pero acaso
desconocen los incrédulos que en el mundo hay una mezcla de gente justa y de
gente injusta? ¿Acaso no perciben esto por simple observación? ¿Por qué el
Señor dice a Sus discípulos que esto es un “misterio”? Para responder esa
pregunta tenemos que conocer, en segundo lugar, el trasfondo de esta parábola.
EL TRASFONDO
Una clave para descubrir el trasfondo de esta parábola la encontramos en la
predicación de Juan el Bautista a orillas del río Jordán al inicio de su ministerio.
Dice en Mateo 3:1-2: “En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el
desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha
acercado”. La predicación de Juan el Bautista giraba en torno a la llegada del
Reino de los cielos, cuya instauración traería como consecuencia una profunda
transformación al mundo tal cual lo conocemos ahora:
Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación
de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de
arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: a Abraham tenemos por padre;
porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el
hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y
echado en el fuego. Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras
mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu
Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y
quemará la paja en fuego que nunca se apagará (Mateo 3:7-12).

Juan el Bautista está anunciando la llegada del Reino de Dios y las


consecuencias que vendrían sobre la Tierra cuando ese Reino fuese establecido:
los justos serían bendecidos con la vida eterna y los malos serían cortados para
siempre: “El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles —dice Juan—, lista
para cortar todo árbol que no da buen fruto; y el Mesías viene con un aventador
en su mano para separar la paja del trigo. El trigo será guardado en el granero,
mientras que la paja se quemará”. ¿Cuándo ocurriría esto? Juan el Bautista
responde: “Cuando venga el reino de Dios”.
Unos meses después, el Señor Jesucristo enseñaría claramente que ese Reino
había quedado inaugurado con el inicio de Su ministerio. Habiéndole acusado
los fariseos de sacar fuera demonios por el poder de Beelzebú, príncipe de los
demonios, el Señor les dice:
Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no
permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues,
permanecerá su reino? Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros
hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces. Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los
demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios (Mateo 12:25-28).

El hecho de que el Señor echara fuera los demonios por el poder del Espíritu
de Dios era una prueba de que, con Su ministerio, había quedado inaugurado el
Reino de Dios.
Pero es aquí precisamente donde la enseñanza de Jesús no parece encajar con
la de Juan el Bautista, debido a que este contemplaba el Reino de Dios desde la
perspectiva de los profetas del Antiguo Testamento: como un evento que sería
inaugurado con la llegada del Mesías y que traería inmediatamente la bendición
final de los justos y el castigo de los injustos, sin ningún espacio de tiempo entre
la llegada del Reino y su desenlace. Dos montañas pueden estar muy separadas
entre sí por un ancho valle, pero si las contemplamos desde lejos una detrás de la
otra puede darnos la impresión de que sus dos picos están cerca; solo
observándolas desde arriba podríamos ver el inmenso valle que las separa. Juan
el Bautista contempló la venida del Reino de Dios como los dos picos que se
siguen inmediatamente el uno del otro. ¿Pero qué sucedió? Que el Mesías vino,
fue bautizado por el mismo Juan y nada de lo que este había anunciado tuvo
lugar. Por el contrario, unos meses después Juan fue encarcelado por el rey
Herodes al haber denunciado su pecado de adulterio y, como es fácil suponer,
esto trajo un fuerte conflicto interno en Juan el Bautista: “Si Cristo es el Mesías
—se diría—, y el Reino de Dios ha llegado, entonces ¿por qué los injustos
continúan en el mundo? Y lo que es peor aún, ¿por qué continúan teniendo
dominio sobre los justos? ¿Cómo puede ser esto posible?”.
Fue este conflicto lo que dio lugar a la escena que encontramos en Mateo
11:2-3: “Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus
discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a
otro?”. Después de bautizar a Cristo y haber proclamado que Él era el Mesías,
ahora lo vemos lleno de dudas y confusión. ¿Por qué? Porque estaba en prisión y
ese era el último lugar donde él esperaba estar después de la llegada del Reino de
Dios. Juan no estaba dudando de las Escrituras ni de las promesas de Dios, pero
estaba confundido y quería que Cristo mismo aclarara su confusión. Los hechos
no encajaban con su perspectiva profética.
Para aquietar el corazón de Juan, Cristo presenta a sus discípulos las pruebas
de Su mesiazgo: “Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las
cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados,
los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el
evangelio; y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí” (Mateo 11:4-6).
Juan sabía, por las profecías del Antiguo Testamento, que esas obras eran
algunas de las marcas que identificarían al Mesías.
Ahora bien, muchos de los discípulos de Cristo habían sido previamente
discípulos de Juan el Bautista. Por consiguiente, era muy probable que ellos
tuviesen la misma confusión de su maestro; y es en ese contexto que el Señor les
revela en Mateo 13 “los misterios del reino de los cielos”. Ese es el trasfondo de
la parábola del trigo y la cizaña. Ellos esperaban la llegada del Reino de Dios y
sabían que en ese Reino los injustos serían separados de los justos así como se
separa la paja del trigo. El trigo sería guardado en el granero y la paja se
quemaría en el fuego. ¿Pero qué sucedió? El Mesías vino, proclamó la llegada
del Reino, pero los malos continuaban reinando y persiguiendo a los justos.
Incluso su antiguo maestro, Juan el Bautista, estaba en la cárcel por órdenes del
rey Herodes. Estos hombres necesitaban urgentemente una explicación, y eso es
lo que el Señor les ofrece en estas parábolas.
Habiendo visto el problema de la parábola y su trasfondo, veamos ahora, en
tercer lugar, su interpretación.
LA INTERPRETACIÓN DE ESTA PARÁBOLA

Para sacarlos de su confusión, Cristo muestra a Sus discípulos que el Reino de


Dios vendría en dos etapas: una etapa de siembra y una etapa de siega.
Ciertamente el Reino de Dios vendría en su etapa de siega, tal como Juan
describe en su discurso del capítulo 3 de Mateo, pero eso ocurriría al final de los
tiempos; entonces el trigo será recogido en el granero y la paja será quemada en
el fuego. Eso sucederá “en el fin de este siglo”, cuando finalice esta era
evangélica con la Segunda Venida de Cristo. Mientras tanto, durante esta etapa
de siembra, se dejarían crecer juntamente el trigo con la cizaña. He ahí el
misterio del Reino de los cielos: que en esta primera etapa del Reino los justos
cohabitarán con los injustos en el mundo, y así será hasta que llegue el día de la
siega, el día final, cuando serán separados unos de otros como se separa la paja
del trigo: “No os sorprendáis —dice el Señor— de que los injustos estén aquí
todavía a pesar de la llegada del Reino de Dios, y de que continúen haciendo
daño a los justos, como ha sucedido con Juan el Bautista. Estos deben
permanecer juntos hasta el fin del mundo. Entonces vendrá el tiempo de la siega
y serán separados para siempre como se separa la paja del trigo”. Esa es la
enseñanza de la parábola del trigo y la cizaña. Que haya buenos y malos en el
mundo coexistiendo juntos, eso no es nada extraño. Pero que estén aquí a pesar
de que el Reino de Dios ya fue inaugurado por el Señor Jesucristo, ¡eso sí que es
un misterio!
El Señor está mostrando a Sus discípulos el valle que había entre los dos
picos, un valle que ni los profetas del Antiguo Testamento ni Juan el Bautista
pudieron percibir; ese es el misterio. Cristo vino como un siervo humilde a
sembrar la semilla del Evangelio del Reino; pero estamos esperando que ese
Mesías vuelva otra vez, no ya como un siervo humilde, sino con el esplendor de
un Monarca y con el aventador en su mano para separar la paja del trigo.
Entonces se cumplirán las palabras del anuncio celestial en Apocalipsis 11:15:
“Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él
reinará por los siglos de los siglos”.
Por último, veamos cuáles aplicaciones prácticas podemos derivar de esta
enseñanza acerca del Reino de Dios que encontramos en Mateo 13.
LAS APLICACIONES DE ESTA PARÁBOLA
En primer lugar, aprendemos que en esta era presente debemos esperar el
avance y la influencia del Reino de Dios, así como el avance y la influencia de la
maldad. El Señor nos advierte en esta parábola que, en esta era presente, no solo
estarán juntos los hijos del Reino y los hijos del malo, sino que crecerán juntos:
“Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega…” (Mateo 13:30).
Refiriéndose a la extraordinaria expansión del Reino de Dios en esta etapa de
siembra, dice en la siguiente parábola: “El reino de los cielos es semejante al
grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la
verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la
mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del
cielo y hacen nidos en sus ramas” (Mateo 13:3132). El Reino de Dios
experimentaría una expansión sorprendente, pero lo mismo ocurriría con la
maldad. Pablo nos advierte en 2 Timoteo 3:13 que “los malos hombres y los
engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados”.
Algunos pudieran pensar que el crecimiento de uno debería significar la
disminución del otro, pero no es así; el Señor predijo que ambos crecerían
juntos. Nunca llegará el mal a un punto tan alto que haga fracasar y sucumbir a
la Iglesia; como tampoco avanzará tanto la Iglesia que haga desaparecer por
completo la presencia del mal en el mundo. Eso solo sucederá cuando Nuestro
Señor Jesucristo regrese en gloria; esto nos provee una visión realista de la
misión de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos sirve de estímulo en el desempeño
de nuestra labor.
Cuando contemplamos el aumento de la maldad en el mundo, el avance del
humanismo, la apostasía de muchos que profesan la fe y el incremento de la
mundanalidad en muchos que dicen ser cristianos, nos preguntamos: ¿Habrá
futuro para la Iglesia? ¿Llegará un momento en que ya no quedarán creyentes en
el mundo? ¿Acaso llegará un momento en que el mal se tragará por completo
hasta el último vestigio del bien? No, hermanos, Cristo dijo que ambas cosas
crecerían juntas. No importa cuán despiadados sean los ataques del Diablo sobre
la Iglesia, el Señor prometió preservarla a pesar del crecimiento del mal. Más
aún, ha prometido que la Iglesia seguirá su marcha victoriosa contra las puertas
del Hades. Esas puertas no prevalecerán en contra nuestra. ¿No es eso lo que ha
ocurrido a lo largo de 2000 años de Historia, de persecución, de ataques crueles
en contra de la Iglesia? Mientras predicamos la Palabra de Dios a los pecadores
o nos involucramos en llevar esa Palabra a otros lugares lejanos y cercanos, ¿qué
encontraremos? Nos toparemos con este misterio del Reino de los cielos. Por un
lado veremos cómo esta Palabra es similar a una levadura que penetra en el
corazón de algunos y los transforma; mientras que otros no recibirán esa Palabra,
sino que en ocasiones la rechazarán con desdén y hasta con furia. Muchos
tratarán de estorbar la predicación del Evangelio y muchas veces lo lograrán, al
menos temporalmente. ¿No es eso lo que encontramos en las páginas del Nuevo
Testamento, a los discípulos predicando exitosamente la Palabra y siendo
también exitosamente estorbados? Ese es el misterio del Reino de los cielos en
acción.
En segundo lugar, esta enseñanza nos ayuda a tratar adecuadamente las dificultades que enfrentamos
cada día en el desempeño de nuestra vida cristiana, como hijos de Dios que somos y como miembros de una
iglesia. Pensemos por un momento en nuestra relación con Dios, ¡cuán maravillosa es esa relación! Pero, al
mismo tiempo, ¡que compleja! Estamos tan acostumbrados a hablar de “nuestra relación con Dios” que
podemos perder de vista el grandioso privilegio que tenemos los creyentes de tener comunión íntima con el
Dios del Cielo. ¡Qué cosa más maravillosa que los creyentes podamos postrarnos en oración y hablarle al
que creó los cielos y la Tierra, con la certeza de que Él escucha nuestro clamor! ¿Pero acaso no es cierto que
en el desarrollo de esa relación, si bien tenemos muchas veces motivos de gozo, de alegría, de esperanza, al
mismo tiempo enfrentamos muchas veces tristeza y dolor por nuestros fracasos, debilidades y pecados? Eso
puede generar en el creyente mucha confusión y turbación.
Anhelamos de todo corazón que llegue el día en que podamos disfrutar de una
comunión ininterrumpida con nuestro Señor, en el que nunca más tengamos que
sentir la vergüenza y el dolor de haber pecado; anhelamos que llegue ese
momento cuando nunca más veamos en acción el pecado remanente en nosotros
seduciéndonos e intentando alejarnos de Dios. ¡Cómo anhelamos la llegada de
ese día! Sin embargo, esto solo será una realidad en el Reino consumado de
Dios. Mientras tanto, debemos aprender a controlar esta tensión que produce
vivir en la carne y en esta era presente, habiendo gustado y participado de los
bienes del mundo venidero. La tensión de tener el anticipo, pero no la herencia
completa; el Espíritu de Dios morando en nosotros, sin haber sido, al mismo
tiempo, perfeccionados.
No decimos esto para que los creyentes sean complacientes en su lucha con el
pecado, sino para que se conozcan mejor a sí mismos y esa experiencia no los
desanime al descubrir tanta contradicción en sus propios corazones. Debemos
hacer uso de los medios de la gracia que Dios ha provisto para que podamos
crecer espiritualmente y en el conocimiento de Él. Debemos hacer morir lo
terrenal que hay en nosotros, en dependencia del Espíritu de Dios, y así poder
seguir corriendo con paciencia la carrera que tenemos por delante, con los ojos
puestos en Jesús, sabiendo que la victoria es segura, que algún día seremos
semejantes en todo a nuestro Señor. Pero sin olvidar el misterio del Reino de los
cielos, ni esa tensión entre el Reino inaugurado y el Reino aún sin consumar.
Juan nos dice en su Primera Epístola: “Amados ahora somos hijos de Dios, y
aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se
manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan
3:2). Ya somos hijos de Dios y súbditos de Su reino; sin embargo, aún no se ha
manifestado lo que hemos de ser, no hemos llegado aún a nuestro estado de
glorificación y perfección. C. S. Lewis decía que “si las personas pudieran ver
cómo los creyentes van a ser en el Reino de Dios se postrarían a adorarlo”. “Los
justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre”, dice el Señor en
Mateo 13:43. Es basado en esta realidad que Pablo escribe en Romanos 8:18 que
“las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera
que en nosotros ha de manifestarse”. Ya somos hijos de Dios, pero aún estamos a
la espera de nuestra glorificación, de ese día cuando el Señor Jesucristo
“transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al
cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:21).
Pero esa realidad no la vemos únicamente en nuestra relación personal con
Dios, sino también en nuestra relación con los otros creyentes. Dice el Señor a
Sus discípulos en Juan 13:34: “Un mandamiento nuevo os doy que os améis
unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros”. El amor
y la comunión de los creyentes entre sí es una realidad. Seguramente muchos
cristianos pueden dar testimonio de las muestras de amor de sus hermanos y
hermanas en Cristo, pero ¡cuán compleja puede llegar a ser esa relación! ¡Cuánta
perplejidad nos causa cuando vemos que en ocasiones los cristianos no se aman
como deberían amarse! ¡Cuánto desanima descubrir malentendidos en la iglesia,
problemas entre hermanos que no se resuelven bíblicamente, inmadurez,
chismes, difamaciones! ¿Cómo podemos explicar esto? Una explicación es que
hay muchas personas en la Iglesia que dicen ser cristianos y no lo son. Pero
también es cierto que nuestros hermanos se encuentran en el mismo proceso en
que nos encontramos nosotros, viviendo dentro de ese Reino inaugurado pero
que no se ha consumado todavía.
Es por eso que en el Nuevo Testamento encontramos un sinnúmero de
directrices claras y precisas para personas que viven en esa tensión que hemos
estado analizando. Allí se habla de amonestar al hermano que peca contra
nosotros, de perdonarnos unos a otros, de soportarnos unos a otros, de
sobrellevar las flaquezas los unos de los otros. Encontramos principios para la
solución de conflictos dentro de la iglesia, para tratar con los pecados de
aquellos que profesan la fe. ¿Por qué? Porque tendremos que lidiar con todas
esas cosas. La Biblia no nos presenta una visión romántica de la vida cristiana ni
de la Iglesia, sino más bien una visión realista. Pero al mirar esta cara de la
moneda no debemos dejar de mirar la otra, porque si bien es cierto que no somos
aún lo que seremos después, también es cierto que no somos ahora lo que una
vez fuimos. El poder de Cristo se ha manifestado en nuestras vidas y seguirá
manifestándose hasta el día de nuestra glorificación. Por eso cuando los
creyentes son convencidos de pecado vienen al arrepentimiento y, por eso, no se
dejan llevar por todos los impulsos pecaminosos que aún residen en sus
corazones.
¿Cuántas luchas y victorias que nadie ve experimentan los creyentes cada día?
¿Cuántas veces se quedan estos callados cuando lo que desean en realidad es
herir al otro, responder irónicamente, pagar con la misma moneda? Cuando un
cristiano responde mal, eso se hace evidente, pero no siempre se evidencia
cuando sucede al revés. Nadie sabe lo que cuesta el silencio en ciertas
circunstancias; eso es algo que queda entre nosotros y Dios. Nadie ve cuando ese
creyente evita mirar lo que no debe mirar, ni cuando está luchando por no
entretenerse con un mal pensamiento, cuando lo único que le impide pecar es el
temor de Dios que tiene en su corazón.
La visión que tenemos de la vida cristiana debe ser realista, pero no pesimista.
Si bien no hemos llegado al Cielo, lo cierto es que ya hemos gustado —y
seguiremos gustando— de los poderes del siglo venidero. Por eso seguimos
viendo almas venir a la fe y al arrepentimiento: cada alma que se convierte al
Señor es un milagro extraordinario; es una persona que ha pasado de muerte a
vida. Es por eso que aún vemos hombres y mujeres que visitan iglesias en las
cuales se predica la Palabra de Dios y que no han convertido sus cultos en un
espectáculo religioso. Seguimos viendo creyentes que están creciendo en gracia
y en el conocimiento de Dios, perseverando en su fe a pesar de muchas
tribulaciones; hombres y mujeres que no tienen temor de identificarse como
cristianos en medio de esta generación perversa en la que nos ha tocado vivir.
¿Sabéis qué son todas esas cosas? Manifestaciones del Reino de Dios en el
mundo, anticipos de aquella gloria que verán nuestros ojos cuando el Reino sea
consumado en la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo.
Amados hermanos, no perdamos de vista esta realidad, porque si lo hacemos
nuestra vida espiritual sufrirá enormemente. Juan el Bautista la perdió de vista
mientras estaba en la cárcel y se llenó de confusión. Él estaba esperando el Cielo
antes de tiempo; pero este mundo nunca será un paraíso hasta que Nuestro Señor
Jesucristo regrese en gloria. “En el mundo tendréis aflicción”. Esto no es el
Cielo, aunque ya disfrutamos una gloriosa comunión filial con el Dios del Cielo;
ya podemos experimentar esa paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento;
aquí y ahora podemos alegrarnos con ese gozo inefable y glorioso del que habla
Pedro en su Primera Epístola; vivimos por una esperanza ciertísima que la fe
pone delante de nuestros ojos y nos permite disfrutar de antemano. No hemos
llegado al Cielo, pero estamos en la antesala; eso es la vida cristiana, hermanos,
la antesala del Cielo. Podemos gozarnos aquí y ahora en lo que nuestro Dios nos
ha concedido ya, al trasladarnos del reino de las tinieblas al Reino de Su amado
Hijo, mientras aguardamos con esperanza la llegada de ese día en que
resplandeceremos como el Sol en el Reino de nuestro Padre.
Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para
zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una
vez vuelto, confirma a tus hermanos. Él le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir
contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte. Y él le dijo: Pedro, te digo
que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces
[…]”.
Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y
Pedro le seguía de lejos. Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio,
se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos. Pero una criada, al
verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. Pero él lo
negó, diciendo: Mujer, no lo conozco. Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú
también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy. Como una hora después,
otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es
galileo. Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él
todavía hablaba, el gallo cantó. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y
Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo
cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.
(Lucas 22:31-34, 54-62)
CAPITULO 7. La caída y la restauración de
Pedro
a negación de Pedro es, sin duda alguna, una esc ena vergonzosa y triste; sin
embargo, Dios quiso dejar constancia de este suceso en los cuatro Evangelios. El
Espíritu Santo inspiró a cada uno de los Evangelistas para que incluyeran este
relato en sus narrativas de la vida y el ministerio de Nuestro Señor Jesucristo
como una advertencia para los creyentes, para que no caigamos de la misma
manera que este gran hombre cayó; pero también como un recordatorio de que
en Cristo hay lugar para la restauración de aquellos que tropiezan en medio de la
carrera.
El apóstol Pedro pecó de una manera vergonzosa: en el momento en que debió
solidarizarse con su Señor, lo traicionó. Sin embargo, a diferencia de Judas,
Pedro no permaneció en esa condición; lloró amargamente su traición y, no solo
obtuvo el perdón de Cristo, sino que fue plenamente restaurado para llegar a ser
uno de los pilares de la Iglesia en sus primeros años.
Veamos, en primer lugar, las solemnes palabras de advertencia que el Señor
dirigió a Pedro esa noche.
LA ADVERTENCIA DE CRISTO A PEDRO

Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo;
pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos (Lucas
22:31-32).

Este es uno de los pasajes del Nuevo Testamento que revela con más claridad
el hecho de que la vida cristiana se desenvuelve en un campo de batalla; estamos
enfrascados en una lucha espiritual que en ocasiones puede llegar a ser agónica.
Tenemos en contra nuestra a un enemigo feroz, a quien la Biblia llama Diablo y
Satanás, y acerca de quien el mismo apóstol Pedro dijo en su primera carta que
“como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).
El Apóstol conoció por experiencia propia el peligro de subestimar a este
enemigo y, precisamente por eso, advierte a sus lectores, para que no pasen por
la misma experiencia que él pasó. El Señor le había advertido del peligro, pero
no hizo caso, a pesar de la vehemencia y solemnidad que Cristo puso en sus
palabras: “Simón, Simón” —una repetición del nombre usada aquí para enfatizar
la preocupación de Cristo por Su discípulo—; “he aquí Satanás os ha pedido…”.
Satanás no puede actuar sin el permiso de Dios para tocar a ninguna de Sus
criaturas, mucho menos para tocar a uno de los Suyos. Su deseo malvado es
acabar con el pueblo de Dios, levantar persecuciones contra ellos, seducirlos a
pecar y a rebelarse de alguna manera contra la autoridad de Dios; pero no puede
hacer eso a menos que Dios se lo permita. Esa es una de las enseñanzas que
podemos extraer de la historia de Job. Satanás pidió permiso a Dios para tocar a
Job y Dios se lo concedió (cf. Job 1:6-12). Hay un misterio envuelto en todo
esto, pero es una realidad. Existe una lucha espiritual que nuestros ojos no
pueden ver y que nuestras mentes finitas no pueden comprender del todo.
No obstante, al menos sabemos dos cosas que deben servirnos de alivio y
consuelo en medio de la lucha. En primer lugar, que todas las cosas y todos los
seres, incluyendo a Satanás, se encuentran bajo el control soberano de Dios; y,
en segundo lugar, que todas las cosas son gobernadas por Él para Su gloria y el
bien de Su pueblo. Puede ser que al principio no parezca así; pero al final de la
Historia veremos que el propósito maestro de Dios se llevó a cumplimiento en
todas las cosas. Todas serán para Su gloria y para nuestro bien, incluyendo el
ataque del maligno.
Ahora bien, nota que he dicho que estas cosas deben ser motivo de alivio y
consuelo para el creyente, pero no que deben ser motivos de descuido. La caída
de Pedro quedó registrada en las Escrituras, entre otras cosas, para que ningún
creyente tome a juego al contrincante contra el cual estamos luchando. Se trata
de un enemigo astuto y cruel, que tratará por todos los medios que tenga a su
alcance de acabar con nosotros.
Esa noche los discípulos pasarían por una prueba espantosa. Satanás
aprovecharía que Cristo no estaba físicamente cerca de ellos para probar su fe.
Así como el trigo se somete a sacudidas repetidas, rápidas y violentas para
limpiarlo, de la misma manera los discípulos serían sacudidos esa noche: “He
aquí Satanás os ha pedido [a todos vosotros] para zarandearos como a trigo”.
Todos ellos serían sometidos a esa prueba; sin embargo, el Señor advierte a
Pedro de manera particular: “Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte”. El
Señor no pidió que Pedro fuese relevado de la prueba, sino que su fe
prevaleciera hasta el fin. Las palabras de Cristo claramente dan a entender que
Dios le concedió a Satanás el permiso que pidió para zarandear a los discípulos,
pues oró al Padre por ellos para que fuesen preservados.
En Juan 17:6-19 vemos que el Señor oró por todos los discípulos esa noche.
Por todos ellos pidió que fuesen guardados por el Padre. Pero quiso hacer saber
al apóstol Pedro que él sería probado de una manera especial. Pedro era el líder
indiscutible de los Apóstoles, y por eso mismo Satanás lo atacaría a él más
despiadadamente que a los demás. Mientras más visible sea la posición de un
cristiano, más cuidado debe tener, porque probablemente será atacado con más
saña y crueldad. La caída de un cristiano prominente causa más daño y deshonra
al Evangelio que la caída de un cristiano común.
Ningún creyente debe descuidarse, porque la caída de cualquier cristiano es
una vergüenza para el evangelio de Cristo, más aún cuando se trata de alguien
que ha sido colocado en una posición de preeminencia. El Señor advierte a Pedro
que sería probado esa noche de una forma particular; pero no solo le advierte,
sino que también le promete su restauración: “Y tú, una vez vuelto, confirma a
tus hermanos” (v. 32b). Si había alguien que debía estar en guardia más
intensamente esa noche, era el apóstol Pedro. Las palabras de Cristo debieron
haber llenado su corazón de temor y temblor. Pero, lamentablemente, no fue así.
En cierto modo podemos decir que Pedro comenzó a caer desde el mismo
momento en que fue advertido.
LA REACCIÓN DE PEDRO A LA ADVERTENCIA DEL SEÑOR
¿Cómo reacciona Pedro ante las solemnes palabras del Señor?
Él le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte. Y él le
dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces
(Lucas 22:33-34).
He aquí una buena ilustración de la enseñanza de las Escrituras acerca de que
el corazón es engañoso más que todas las cosas. Indudablemente Pedro no se
conocía a sí mismo. Con toda seguridad y confianza en su propio amor por
Cristo, tuvo la osadía de desestimar las palabras de este: “Aunque todos se
escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré […]. Aunque me sea necesario
morir contigo, no te negaré” (Mateo 26:33-35). Independientemente de lo que
los demás Apóstoles hicieran, él permanecería fiel. Pedro estaba seguro de su
propia integridad y de la realidad de su amor por Cristo. “Yo sé lo que siento por
Ti, Señor —se diría—, y sé que sería incapaz de cometer un acto de traición
semejante. Tal vez los otros te traicionen —yo no puedo hablar por ellos—, pero
en lo que a mí concierne puedes tener la seguridad de que nunca haría tal cosa.
Pueden meterme en la cárcel, torturarme o aun matarme, pero nada conseguirían
con eso. Yo nunca te negaría. Pase lo que pase seguiré siendo fiel a Ti, aunque
sea yo solo”.
¿Procedían estas palabras de un corazón arropado por la hipocresía o de un
corazón sincero? Pedro tendría que comerse sus palabras unas horas más tarde;
la pregunta que nos hacemos es si al pronunciarlas estaba siendo íntegro.
Personalmente pienso que sí. Pedro realmente amaba al Señor, lo amaba hasta
escandalizarse de pensar en la posibilidad de una traición. Hugh Martin dice al
respecto: “Sin lugar a dudas, Pedro quiso decir todo lo que dijo. Él no estaba
pretendiendo tener un amor hacia Jesús que en verdad no sentía… Ni estaba
haciendo promesas que no estuviera ansioso de cumplir. Más aún, nos
inclinaríamos a decir que nunca fue Pedro mas sincero ni estuvo nunca tan
consciente de la integridad de su amor hacia Jesús, que en ese preciso
momento”1.
Los sucesos de esa noche revelan que Pedro no era un hipócrita. Unas horas
antes de la advertencia de Cristo, los discípulos se sentaron a la mesa para comer
la Pascua; pero, como no había sirviente allí, y ninguno de ellos tomó la
iniciativa de lavar los pies de los demás, el Señor Jesucristo asume el papel de
siervo y comienza a lavar los pies de los discípulos que observan atónitos la
escena. Pero Pedro no podía quedarse callado; él no podía concebir que Aquel
que era el objeto de su admiración y de su gozo se postrara como un esclavo a
lavarle los pies. Podemos imaginar su cara de espanto cuando dice a Jesús:
“Señor, ¿tú me lavas los pies?” (Juan 13:6). Es como si estuviera diciendo “¿Tú,
mi Maestro y mi Señor, el Rey de la gloria, vas a lavarme los pies a mí, un
miserable y vil pecador?”.
El Señor le responde: “Lo que yo hago, tu no lo comprendes ahora; mas lo
entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás [‘ni en toda la
eternidad’, dice el texto literalmente]” (Juan 13:7). Alguien podría decir que
Pedro traspasó los límites del respeto y, en cierto modo, es verdad. ¿Pero acaso
no vemos también en este pasaje la reacción amante y sincera de un hombre
impetuoso? Cuando Cristo le dice a Pedro que si no se deja lavar no tendrá parte
con Él, su impetuosidad lo lleva entonces al otro extremo: “Le dijo Simón Pedro:
Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza” (Juan 13:9). “Lo
que fuese necesario, Señor, con tal de seguir contigo”. Pedro era sincero. Las
emociones que emanan de él con tanta naturalidad revelan a un verdadero
discípulo, no a un hipócrita.
Mas adelante, esa misma noche, estaban todos sentados en el Aposento Alto
comiendo la Pascua y, repentinamente, el Señor anuncia que entre ellos hay un
traidor: “De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar”
(Juan 13:21). Debemos suponer que esa noticia cayó como una bomba en medio
del grupo. Seguramente el anuncio los tomó por sorpresa; pero, entonces, todos
comenzaron a dudar de su propia integridad. Uno a uno, incluyendo a Pedro,
comenzaron a preguntar: “¿Acaso soy yo, Señor?”. Pero Cristo no les dio
respuesta. Ese no era el momento oportuno para revelar la identidad del traidor.
Sin embargo, Pedro no tenía temperamento para dejar las cosas así;
probablemente las dudas lo estaban matando.
Para entender lo que sucedió entonces debemos saber que en aquellos días las
personas no se sentaban a comer como nosotros lo hacemos hoy, sino que más
bien había una especie de mesa, no muy elevada del suelo, en la cual se
reclinaban a comer sentados sobre un cojín, con el codo apoyado en la mesa, de
manera que la cabeza de uno quedaba cerca del pecho del que estaba al lado.
Pedro aprovecha que Juan está al lado del Señor y, conociendo la intimidad que
había entre ellos, le hace señas para que pregunte a Cristo quién es el traidor. El
Señor le responde: “A quien yo diere el pan mojado, aquél es. Y mojando el pan,
lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón” (Juan 13:26). Todo eso sucedió entre
susurros. Ninguno de los discípulos se percató de esa conversación, excepto
Juan, por supuesto, y muy probablemente Pedro.
Ellos conocieron la identidad del traidor antes que los demás. Pero el punto
que quiero resaltar aquí es la forma de actuar del Apóstol, típica de una persona
impetuosa, pero al mismo tiempo sincera. Pedro amaba al Señor —lo amaba
sinceramente— y lo sabía; por eso no podía soportar la idea de ser un traidor.
Las mismas palabras con que Cristo anunció su traición confirma lo que estamos
diciendo: “Pedro, yo he rogado por ti, que tu fe —la fe que tienes— no falte; por
eso, cuando vuelvas, cuando te recobres de tu caída, confirma a tus hermanos”.
Cristo mismo testificó de la sinceridad de Pedro.
¿Cuál fue su problema, entonces? ¿Cuál fue su pecado? Que amparado en su
propia sinceridad, se descuidó. El problema de Pedro fue exceso de confianza.
Como dice un comentarista, Pedro cometió el error de pensar que “su sinceridad
era la medida de su fortaleza”2: el error de creer que así como era de sincero, así
era de fuerte.
Mi hermano, no importa cuán sincero seas en tu amor por Cristo, no importa
cuán sinceramente desees vivir para Él, sigues siendo débil. Pablo dice a los
hermanos de Corinto que el que piensa que está firme, que vigile bien sus pasos,
no sea que caiga (1 Corintios 10:12). No te sientas seguro simplemente porque
eres sincero. Ese fue el error de Pedro; su sinceridad lo llevó a tener exceso de
seguridad. Esa noche Pedro se comportó como un hombre insensato, tan
insensato que no tuvo reparo alguno en contradecir las palabras de Cristo. El
Señor había dicho a Sus discípulos: “Todos os escandalizaréis de mí esta noche;
porque escrito está [¡el Señor se apoyó en la Escritura!]: “Heriré al pastor, y las
ovejas serán dispersadas” (Marcos 14:27).
Pero Pedro estaba tan seguro de su sinceridad que se atrevió a insinuar que
Cristo y la Escritura se habían equivocado: “Aunque todos se escandalicen, yo
no”. ¡No tuvo temor! El Señor apoyó su aseveración en una profecía bíblica
—“Así está escrito que sucediera”—, y ni aun así le hizo caso. Sin saber lo que
vendría sobre ellos esa noche comienza a proclamar su disposición a vencer
cualquier oposición que se presente.
Después de todo, él no era como los otros. Ellos sí que eran capaces de huir y
dejar solo al Señor, pero no él. Ni Satanás en persona podría hacerle sucumbir.
Detengámonos a considerar esto por un momento. Cristo le está diciendo a
Pedro que Satanás los ha pedido —a todos ellos— para zarandearlos como se
zarandea el trigo. Y Pedro le dice: “Que se cuiden estos porque, en lo que a mí
respecta, yo sé lo qué sería capaz de hacer por amor a Ti”. ¡Cuán insensatos
podemos llegar a ser cuando sucumbimos a la tentación de confiar en nosotros
mismos! Pedro estaba actuando como un necio y, por supuesto, cosechó el fruto
de su necedad. “Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que
tú niegues tres veces que me conoces” (v. 34). En otras palabras: “Antes de que
amanezca, tú me habrás negado tres veces. No solo negarás que eres uno de mis
discípulos. No. Negarás incluso que me conoces; y no una, sino tres veces”.
El canto del gallo fue una disposición amante de Cristo para la restauración de
Pedro. El Señor, que gobierna todas las cosas por Su providencia, tenía el control
aun de ese canto del gallo y, en su momento, lo usaría como una nota de
recordatorio. “No lo olvides, Pedro, antes de que el gallo anuncie la llegada del
alba, me negarás”. Más que ningún otro de los discípulos, Pedro debió tomar en
serio las palabras que el Señor pronunció, unos minutos después, en el huerto de
Getsemaní: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mateo 26:41). No
obstante, Pedro continuó en esa misma disposición de autoconfianza, y
finalmente cayó.
Habiendo visto, entonces, la advertencia del Señor, y la reacción de Pedro,
veamos ahora, en tercer lugar, su caída.
LA CAÍDA DE PEDRO
Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos.
Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó
también entre ellos. Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste
estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco. Un poco después, viéndole otro, dijo:
Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy. Como una hora después, otro afirmaba,
diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo. Y Pedro dijo: Hombre, no
sé lo que dices (vv. 54-60).

No vamos a detenernos mucho en este penoso incidente. Los Evangelios nos


cuentan que, usando la influencia de Juan, que tenía un conocido en la casa del
sumo sacerdote, Pedro logra penetrar en el patio donde están interrogando al
Señor. Es allí, precisamente, donde tienen cumplimiento las palabras proféticas
de Cristo. En tres ocasiones distintas, tal como el Señor había predicho, el
apóstol Pedro es cuestionado acerca de su vinculación con Él, y en las tres
ocasiones niega, incluso con maldición y juramento, que le conoce.
Marcos dice en su Evangelio que Pedro “comenzó a maldecir, y a jurar: No
conozco a este hombre de quien habláis” (Marcos 14:71). Pedro llamó a Dios
como testigo de su mentira, y aun se atrevió a clamar sobre sí una maldición si
no era veraz en lo que afirmaba. Su cobardía y su traición lo habían arrastrado a
una condición verdaderamente vergonzosa. Pero el Señor no se había olvidado
de él. Estando en la condición en que se encontraba, maltratado por Sus
enemigos y abandonado por Sus amigos, Cristo estaba pendiente de Pedro. El
Señor no lo dejaría sumido en su pecado y que siguiera descendiendo más y más
hasta llegar adonde Judas llegó: a la apostasía total. Así como los Evangelistas
narraron su caída, también nos narran su restauración.
LA RESTAURACIÓN DE PEDRO Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó.
Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había
dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente
(vv. 60b-62).
Cristo usó dos elementos para despertar al Apóstol y hacerlo volver en sí: el
canto del gallo y Su mirada. No fue necesaria ninguna otra cosa. El gallo cantó y,
en ese mismo momento, los ojos de Pedro se encontraron con los de Cristo. El
comentarista Bliss describe la escena con estas palabras: “El sonido del canto del
gallo atrajo las miradas de ambos, y los ojos de Pedro se encontraron con esa
mirada. En ella se mezclaba tristeza, admonición, amor anhelante, apelación
suplicante… Tal mirada tuvo el poder de evitar que la caída de Pedro
desembocara en la traición de Judas. Ella despertó en su pecho el claro recuerdo
de ese amor que temblaba en los tonos de Jesús, cuando él dijo: ‘Antes que el
gallo cante, me negarás tres veces’. Y saliendo fuera Pedro, lloró amargamente.
¡Oh, si hubiera él podido confesar su pecado a su maestro!… Pero no podía
más que llorar en profundo arrepentimiento, con elocuente y amarga
lamentación”3.
Jesús estaba atado, siendo acusado injustamente, había sido golpeado y
maltratado por una turba de soldados que estaba fuera de sí. Sin embargo, estaba
pendiente de Pedro. En una situación semejante, lo más natural es que un
hombre se quede absorto en sus propios pensamientos, pensando en sus propias
desgracias. Pero nuestro bendito Salvador estaba pensando en Pedro. Cuando las
burlas y los golpes caían sobre Él, Sus pensamientos estaban con aquel que en
ese mismo instante lo estaba traicionando y, en el momento preciso, le dirigió
una mirada que lo hizo despertar. Tal y como Cristo había predicho, la gracia
venció; Pedro fue recobrado y su fe prevaleció finalmente.
Hasta aquí la historia tal cual la encontramos narrada en los Evangelios; pero
ahora debemos preguntarnos qué aprendemos de todo esto. ¿Cuáles aplicaciones
prácticas podemos extraer de esta narración?
APLICACIONES PRÁCTICAS
Aprendemos de esta historia que no debemos, bajo ninguna circunstancia,
ampararnos en nuestras propias fuerzas para vivir la vida cristiana
Como hemos visto ya, el grave error que Pedro cometió fue, precisamente,
exceso de confianza. Pedro llegó a ser un presuntuoso; se sintió seguro de sí
mismo y finalmente cayó. La Biblia dice que antes de la caída viene la altivez
(Proverbios 16:18). Querido hermano, no te ampares en tu firmeza de carácter, ni
en la sinceridad de tu amor por Cristo, ni en las experiencias que has adquirido a
través de tus años en el Evangelio, ni en tu discernimiento o tu madurez; pues
aun cuando estamos en nuestra mejor condición espiritual somos demasiado
débiles. La única seguridad que el creyente posee reside en la persona de Cristo.
Separados de Él nada podemos hacer (cf. Juan 15:5); pero “todo lo podemos en
Cristo que nos fortalece” (Filipenses 4:13). Nunca llegarás a una condición
espiritual tal que te permita sentirte seguro de ti mismo.
Siempre serás un hombre débil y necesitado que tendrá que suplicar
diariamente la gracia de Dios para no sucumbir ante el pecado: “El que piensa
estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12). Por eso nunca nos
encontramos en mayor peligro que cuando nos sentimos seguros de nuestra
propia firmeza de carácter y de nuestra propia madurez.
¿Cómo podemos saber que hemos caído en esa seguridad carnal que precede a
la caída? Cuando dejamos de suplicar ferviente y diariamente a Dios que nos
preserve del mal; cuando pasamos por alto las continúas advertencias de las
Escrituras con respecto al pecado y a las seducciones de este mundo; cuando nos
creemos lo suficientemente maduros como para caminar cerca de las tentaciones.
El que manifiesta esos peligrosos síntomas y no los corrige a tiempo, con toda
seguridad caerá, y vendrá a ser una deshonra para el Evangelio y el nombre de
Cristo. Hermano, nunca olvides esto: somos débiles, demasiado débiles. Si no
fuese por la gracia de Dios que nos preserva, hace tiempo que habríamos
apostatado.
Aprendemos de este relato que no debemos, bajo ninguna circunstancia,
desestimar el poder, la astucia y la crueldad del enemigo de nuestras almas
El mismo Pedro diría años más tarde: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro
adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien
devorar” (1 Pedro 5:8). “Ejerced continuamente el dominio propio, controlad
vuestros apetitos y deseos, gobernadlos con los principios bíblicos”, eso es lo
que significa ser sobrios. Debemos examinarlo todo a la luz del bienestar de
nuestras almas, porque aunque todo me es lícito, no todo le conviene a mi alma,
y estamos rodeados de peligros. Debemos mantenernos en guardia, con todos los
sentidos espirituales alertas, andando y viviendo en este mundo como el soldado
que tiene que atravesar por un campo lleno de minas explosivas. ¿Por qué?
Porque tenemos un enemigo, un adversario poderoso, astuto y cruel, que anda
alrededor buscando activamente a quien puede devorar.
Querido hermano, si de veras te preocupa el bienestar tu alma, no subestimes
el poder, la astucia y la cruel-dad de nuestro adversario espiritual. Nada puede
ser peor en una guerra que subestimar al enemigo y hacerle una débil oposición.
Sabemos que Satanás no es todopoderoso, como también sabemos que no puede
actuar sin el permiso de Dios; y, como decíamos al principio, eso debe darnos
alivio y consuelo, pero nunca debe movernos al descuido.
Aprendemos de este relato que nuestro Señor siempre está presto para
perdonar y restaurar a aquel de los suyos que ha caído
¡Con cuánta compasión y solicitud Cristo trató con el alma de Pedro!
Intercedió por él en oración antes de que llegara la prueba y, cuando finalmente
sucumbió al pecado, Cristo estaba allí para traerle a la cordura a través del canto
de un gallo y de una mirada. Estimado lector, no sé cuál es la condición en que
se encuentra tu alma en este momento, pero debes saber que en Cristo hay
perdón y restauración. Dice el autor de la Epístola a los Hebreos que Nuestro
Señor Jesucristo “puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios,
viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25). Así como Cristo oró
por Pedro, así también intercede continuamente por cada uno de los Suyos. De
manera que no hay razón para quedarte postrado donde estás, porque la sangre
de Cristo puede limpiarte de todo pecado y la gracia de Su Espíritu puede
restablecer nuevamente las fuerzas que has per-dido.
¿Es esta verdad un incentivo para el pecado? ¿Acaso debe movernos a pensar:
“No importa lo que haga, allí siempre estará Cristo dispuesto a perdonarme”? Oh
no, mi amigo, así puede pensar únicamente un alma que no conoce la amargura
de pecar después de haber experimentado la dulzura del perdón. Quien así
razona no conoce la gracia de Dios en Cristo. Para el verdadero cristiano el
perdón de Dios nunca es un combustible para el pecado, sino para seguir
corriendo con paciencia la carrera, sobre todo cuando ha encontrado un tropiezo
en el camino.
Eso fue lo que sucedió en la vida de Pedro, como relata Juan en su Evangelio:
Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que
éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a
decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tu sabes que
te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro
se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? Y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú
sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas (Juan 21:15-17).

La restauración había sido completada.


Te repito, hermano, que no conozco el estado real de tu alma en estos
momentos, pero si has encontrado grandes obstáculos en el camino, y en este
momento te sientes a punto de desfallecer, espero que este relato renueve tus
esperanzas. Dice el profeta Isaías que “los que esperan en Jehová tendrán nuevas
fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán,
y no se fatigarán” (Isaías 40:31).
Sin embargo, si acaso no has venido a Cristo con arrepentimiento y fe, no
pienses que solo los cristianos tienen un adversario espiritual. El mismo que la
Biblia señala como el enemigo de nuestras almas, es el enemigo del alma tuya.
Solo que tu situación es mucho peor, ya que no solo no tienes protección alguna
ni donde refugiarte, sino que la naturaleza del peligro que te acecha es muy
distinta. Satanás ataca al cristiano para hacerlo ineficaz en el Reino y para que,
de alguna manera, sirva de escarnio al nombre de Cristo, y eso es terrible. Pero
el hombre incrédulo está bajo su dominio y allí tratará de mantenerlo esclavizado
hasta lograr que comparta la misma suerte que él en el Infierno, por toda la
eternidad. Mi amigo, solo hay un refugio seguro donde puedes esconderte. Por
amor a tu alma ven a Cristo, confiando únicamente en Él, clamando por Su
misericordia. Todos tus pecados serán perdonados y la gracia transformadora de
Dios te libertará del yugo del pecado para que vengas a ser un esclavo de Cristo.
Pero debes venir a Él y aceptarlo plenamente, en Sus términos, como Rey y
Señor de tu vida. ¡Oh que Su gracia venza tu obstinación y te mueva eficazmente
a ampararte en Cristo, y solo en Él, para el perdón de tus pecados! Entonces
podrás descansar seguro en los brazos del Salvador, mientras dure tu carrera aquí
y por toda la eternidad.
1Martin Hugh: Simon Peter, p. 111 (The Banner of Truth Trust, 1984).
2Ibíd., p. 116.

3Broadus, J.A. & Bliss, G.R.: Comentario expositivo sobre el Nuevo


Testamento, “Marcos y Lucas”, p. 483 (Casa Bautista de Publicaciones, 1966).
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán
insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!
(Romanos 11:33)
CAPITULO 8. Confiando en el Dios
inescrutable

uan Calvino introduce su obra más conocida — Institución de la religión

J
cristiana — con esta declaración: “Casi toda la suma de nuestra sabiduría, que

de veras se deba tener por verdadera y sólida sabidu ría, consiste en dos

puntos: a saber, en el conocimiento que el hombre debe tener de Dios, y en el

conocimiento que debe tener de sí mismo” . El hombre verdaderamente sabio


1

conoce a Dios. Ese es un deber que todo hombre tiene, por cuanto Dios se ha

revelado a través de Su creación y de Su Palabra pero, sobre todas las cosas, a

través de Su propio Hijo, nuestro Señor Jesucristo. “Y esta es la vida eterna”


—dice el Señor en Juan 17:3—: que te conozcan a ti, el único Dios

verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

Ahora bien, ¿cuánto podemos conocer a Dios? ¿Cuán profundo podemos


llegar en el conocimiento de Su naturaleza, Su modo de obrar, Sus planes y
propósitos? Dios nos ha dado la capacidad de conocerle, pero es imposible para
sus criaturas hacerlo plenamente. Por más profundo que nos sumerjamos en el
conocimiento de Dios, siempre quedará debajo de nuestros pies un océano sin
límites; y es parte de nuestra sabiduría como creyentes aceptar esta limitación
para vivir en consecuencia.
Como decíamos al principio, el hombre sabio conoce a Dios, pero también se
conoce a sí mismo. Y una de las cosas que ese hombre conoce de sí mismo son
sus propias limitaciones; sobre todo, cuando se trata del conocimiento de Dios.
Nuestro Dios es conocible, pero es inescrutable. Ese es el tema que quisiera
tratar con ustedes en esta ocasión: La inescrutabilidad de Dios, a la luz de la
enseñanza de Pablo en Romanos
11:33: “¡Oh, profundidad de las riquezas, de la sabiduría y de la ciencia de
Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!”. Pero
antes de considerar nuestro tema, vamos a ubicar nuestro texto en su contexto.
La Epístola a los Romanos es una especie de carta de presentación del apóstol
Pablo a una iglesia que no le conocía personalmente. Él deseaba visitar esta
iglesia, pero como no podía hacerlo en ese momento le escribe este grandioso
tratado que explica, con todo lujo de detalles, el Evangelio que predicaba en
cada lugar en el que Dios le daba la oportunidad de hacerlo. A partir del capítulo
1 versículo 18, hasta el capítulo 11 versículo 32, encontramos todos los temas
relevantes que componen el Evangelio.
Fue la contemplación de este maravilloso plan de salvación lo que movió al
apóstol Pablo a exclamar: “¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y de
la ciencia de Dios!”. Cuando Pablo contempla la manera como Dios resuelve el
dilema de la salvación de hombres pecadores que merecen ser condenados —sin
pasar por alto Su justicia—, no puede hacer otra cosa que alabar a Dios por Su
sabiduría: una sabiduría que está muy por encima de nuestra capacidad de
comprensión. Y esto no se evidencia únicamente en el Evangelio, que es el
asunto particular que está tratando aquí, sino también en todo lo que Dios es y en
todo cuanto hace.
Esta declaración del versículo 33 contiene dos aspectos a los que deseo llamar
la atención. En primer lugar, Pablo declara que…
LA SABIDURÍA DE DIOS ES INFINITA
“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” Es
obvio que Pablo está intentando comunicar algo difícil de expresar en un
lenguaje ordinario. Esta expresión —“profundidad de las riquezas”— comunica
la idea de lo “inconcebible”, de aquello que está fuera del alcance de nuestra
comprensión. La sabiduría y la ciencia de Dios no poseen límites; se trata de una
sabiduría infinita que descansa en un conocimiento infinito.
Nuestro Dios lo sabe todo: lo que ha sido, lo que es, lo que será y aun lo que
hubiese podido ser en otras circunstancias. En 1 Samuel 23:12, David consulta a
Dios si los vecinos de la ciudad de Keila —donde se había escondido con los
suyos— los entregarían en manos de Saúl si permanecían en la ciudad, y Dios le
responde que serían entregados. Y en Mateo 11:20-24, el Señor declara que si Él
hubiese hecho en Sodoma, en Tiro y en Sidón, los milagros que hizo en Corazín,
Betsaida y Capernaum, los habitantes de aquellas ciudades paganas se habrían
convertido. Nuestro Dios conoce todas las posibilidades. Más aún, Él sabe qué
hacer con lo que sabe. Una persona puede poseer mucho conocimiento y carecer
por completo de sabiduría, tener la cabeza llena de teoría y no poder luchar con
los problemas prácticos de la vida. Pero nuestro Dios no es así: Él posee
conocimiento y sabiduría. Establece las mejores metas y, para lograrlas, usa los
mejores medios. De antemano conoce todas las eventualidades que surgirán en el
camino y hace provisión para llevar Su plan hasta su cumplimiento. Nada lo
toma por sorpresa ni puede frustrar Sus designios. Dice el Salmista en el Salmo
104:24: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con
sabiduría”. Las obras más complejas del intelecto humano vienen a ser un juego
de niños cuando se comparan con las obras de Dios.
Piensa en el reto que sería para un grupo de ingenieros diseñar una bomba con
las siguientes especificaciones: expectativa de 75 años de vida, que no necesite
mantenimiento ni lubricación, con un peso que no exceda 10,5 onzas (300 g),
capacidad para bombear 2000 galones por día (7600 l) y con válvulas trabajando
de 4000 a 5000 veces por hora.
Supongo que ya habrás notado que estamos hablando del corazón, el cual Dios
forma en el cuerpo de cada ser humano cuando se encuentra en el vientre de su
madre.
O consideremos la complejísima estructura de una célula, una pequeña y
minúscula célula. Para que podamos entender esta maravilla de la creación,
Michael Denton sugiere que la imaginemos agrandándola “mil millones de veces
hasta que tenga 20 km de diámetro y se parezca a una nave espacial lo
suficientemente grande como para cubrir una ciudad como Londres o Nueva
York. En su superficie veríamos lo que parecerían ser millones de portezuelas,
abriéndose y cerrándose para permitir una continua corriente de materiales
entrando y saliendo. Al entrar en una de esas aberturas, descubriríamos ‘un
mundo de suprema tecnología y complejidad asombrosa’. Veríamos
interminables pasillos altamente organizados y conductos ramificándose en todas
direcciones, alejándose del perímetro de la célula; algunos de los conductos
dirigiéndose al banco de memoria central en el núcleo y otros a plantas de
ensamblaje y unidades procesadoras… Nos asombraríamos por el nivel de
control implícito en los movimientos de tantos objetos bajando por todos esos
conductos aparentemente interminables, todos perfectamente al unísono”.
Se parece a “una inmensa factoría, una factoría más grande que una ciudad”.
Sin embargo sería radicalmente diferente de las factorías y maquinarias más
avanzadas conocidas por el hombre, ya que podría duplicarse completamente en
unas pocas horas2.
Si todo eso te resulta asombroso, entonces considera además que hay un
número de células aproximado de 75 trillones —es decir 75 millones de millones
de millones— todas funcionando en perfecta coordinación; debido a la
información que cada una de ellas lleva consigo en el ADN que hay en el núcleo
de cada célula. Y esta es solo una parte pequeña de una de las creaciones de
Dios.
Ahora pensemos en todas las cosas que existen y actúan en conjunto bajo el
gobierno providencial de Dios —añadido a todo lo que Dios ha hecho, hace y
hará para la redención de Su pueblo—; entonces entenderemos por qué Pablo
exclama sorprendido en Romanos 11:33: “¡Oh profundidad de las riquezas de la
sabiduría y de la ciencia de Dios!”.
La sabiduría de Dios no tiene límites. Hablando de esta creación que tanto nos
asombra Job 26:14 dice: “He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus
caminos; ¡y cuán leve es el susurro que hemos oído de él! Pero el trueno de su
poder, ¿quién lo puede comprender?”. Job contempla la creación de Dios y dice:
“Todo esto no es más que el producto del susurro de Su voz, ¡imagínense si Dios
hubiese tronado!”.
Pero Pablo no se limita a declarar en el texto que la sabiduría de Dios es
infinita, sino que da un paso más adelante y declara en segundo lugar que…
EL HOMBRE ES INCAPAZ DE ENTENDER PLENAMENTE LAS
ACTUACIONES DE DIOS

Al hablar del “juicio” de Dios en este contexto en particular, Pablo no se


refiere a la ejecución de la justicia de Dios al castigar a los pecadores, sino más
bien a Sus decisiones o procedimientos. Este uso es similar al que damos cuando
decimos que una persona tiene “buen juicio”, para referirnos al hecho de que
actúa con prudencia y sensatez. ¿Y qué dice Pablo en este texto de las
decisiones, decretos o disposiciones de Dios? Que son “insondables”. Las
embarcaciones usan sondas para medir la profundidad del agua; de modo que lo
que Pablo nos está diciendo aquí es que somos incapaces de entender cabalmente
las decisiones de Dios. Podemos sumergirnos en ese océano y, dependiendo de
nuestra capacidad, llegaremos a cierto punto de comprensión; pero habrá un
momento en que tendremos que detenernos, en que no podremos descender más.
Por más capacidad y conocimiento que un hombre posea (tanto de la Biblia
como de la teología), cuando trate con la mente de Dios siempre dejará bajo sus
pies un océano infinito.
Los juicios de Dios son insondables; y Sus caminos (es decir, los métodos que
usa para llevar a cabo Sus planes) son “inescrutables”. Esta palabra señala algo
que no se puede rastrear. Se usaba para el cazador que iba detrás de la presa
siguiendo las huellas del animal, pero luego se daba cuenta de que había perdido
el rastro por completo. Así son los caminos de Dios —dice Pablo—:
inescrutables; es imposible para el hombre comprenderlos plenamente. “En el
mar fue tu camino —dice el Salmista—, y tus sendas en las muchas aguas; y tus
pisadas no fueron conocidas” (Salmo 77:19). Así como no podemos rastrear la
estela de un bote en el océano, así tam-poco podemos rastrear los caminos de
Dios hasta el fin. Pablo declara en 1 Corintios 2:11 que así como las cosas del
hombre solo las conoce su propio espíritu, “así tam-poco nadie conoce las cosas
de Dios, sino el Espíritu de Dios”. En otras palabras, solo Dios se conoce
perfectamente a sí mismo.
Nosotros podemos y debemos conocer a Dios, pero el creyente nunca debe
olvidar que ese conocimiento tendrá un límite; sobre todo cuando nos
enfrentemos a situaciones que, a nuestros ojos, no parecen tener sentido. Muchas
veces juzgamos las acciones de otros tomando como punto de referencia lo que
nosotros hubiésemos hecho de haber estado en su lugar. “Si yo hubiese sido
fulano, habría hecho esto o aquello”. Pero, si bien eso podría funcionar en
ocasiones a escala horizontal, eso nunca funciona a nivel vertical. Cometen un
grave —y peligroso— error los que intentan evaluar las decisiones y métodos de
Dios con un parámetro humano. Inconscientemente piensan: “Si yo fuera Dios lo
hubiese hecho de otro modo”; pero no tenemos ni el conocimiento ni la sabiduría
que Dios tiene. Ese fue el problema que Job afrontó. Él pasó por grandes
aflicciones: la pérdida de todos sus bienes; luego la pérdida de todos sus hijos; y,
finalmente, la pérdida de su salud. Y, como si todo eso fuera poco, tuvo que
enfrentar la incomprensión de su mujer y sus amigos. Pero ninguna de esas cosas
fue para Job tan dolorosa como la perplejidad que le causaba la actuación de
Dios en todo esto. Cuando leemos el libro de Job no encontramos en ningún
lugar una petición a Dios para que le devolviera sus bienes materiales o su salud,
ni que le diera más hijos. Lo único que Job pedía una y otra vez era una
explicación: “Dios, Tú sabes que no soy un impío, Tú sabes que he andado en
integridad delante de Ti, ¿por qué ha venido todo esto a mi vida; por qué tantas
aflicciones y tanto dolor?”. Esa perplejidad era para Job sumamente dolorosa;
nada podía compararse con el sufrimiento interno que le causaba no entender por
qué Dios actuaba de ese modo. “Si tan solo pudiera tratar este asunto
directamente con Dios, si tan solo me diera una explicación…”.
Finalmente vemos, en el capítulo 38, que Dios accede a la petición de Job. El
Dios Todopoderoso rompe Su silencio, pero en vez de responder a sus preguntas
más bien multiplica sus interrogantes: “Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te
preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?
Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes?
¿O quién extendió sobre ella cordel?”. Y así continúa Dios, formulando pregunta
tras pregunta, todas totalmente fuera del alcance de la comprensión de este
hombre que tanto insistió en que se le diera una explicación. Dios quería que Job
viera sus limitaciones.
Esta es una lección que todo creyente debe aprender si desea llegar a ser un
cristiano maduro y estable. Muchas veces nuestras actitudes ante las dificultades
de la vida revelan que, consciente o inconscientemente, estamos haciendo
exigencias similares a las de Job: “Dios tiene que explicarme lo que Él está
haciendo, porque esto no tiene ningún sentido para mí”. Pero tales exigencias
presuponen dos premisas que son completamente falsas. La primera es que
tenemos el derecho de demandarle a Dios una explicación. La segunda es que si
Dios accediera a nuestro reclamo entenderíamos cabalmente lo que Él está
haciendo. Pero lo cierto es que Dios no está obligado a darnos una explicación
de Sus actos. Como dice Eliú a Job en su discurso: “Él no da cuenta de ninguna
de sus razones” (Job 33:13); y aun si accediera a darnos una explicación, no
podríamos entender plenamente Su modo de obrar. Debemos aceptar
humildemente que la mente de Dios está fuera del alcance de nuestro
entendimiento. Dios llevó a Job a entender que él era una criatura limitada, a la
vez que le llevó a meditar en aquellas cosas que sí conocía: Él ha hecho un
universo maravilloso que revela tanto Su bon-dad como Su sabiduría; de manera
que podemos confiar en Él, aun en medio de aquellas circunstancias que no
somos capaces de entender.
Mi amado hermano, no es necesario que Dios levante por completo el telón de
la providencia para que podamos confiar en Él. Ese mismo Dios que creó el
universo, y que gobierna todas las cosas con Su poder, es el mismo en cuya
mano está tu vida. No necesitamos que Él nos explique Sus planes con todo
detalle para que podamos descansar confiados; y no olvides que si accediera a
explicarlos, tampoco lo entenderíamos. Lo que Él ha revelado de sí mismo a
través de Su creación y de Su Palabra es suficiente.
Tratemos de visualizar por un momento las repercusiones que tienen las
acciones de cada ser humano y cada cosa que ocurre en el mundo, como si se
trataran de ondas que se forman en el agua de un estanque a la caída de una
piedra. Son innumerables las repercusiones que cada acción humana puede tener
en otros. Nosotros mismos no somos conscientes de la forma en la que nuestra
vida puede afectar a un montón de personas en un momento dado.
Ahora imaginemos que, en vez de una piedra, son diez las que han caído en el
estanque, y tratemos de visualizar cómo las ondas de todas ellas chocan entre sí,
interactuando unas con otras. Pero ahora supongamos que no son diez, sino 100,
o 1000, o un millón, o seis billones; entonces tendremos una idea aproximada de
la enorme complejidad de la providencia divina que gobierna todas las cosas y
todos los seres para Su gloria y para el bien de Su pueblo. Todo esto sin eliminar
en absoluto la responsabilidad humana.
El hombre no es un autómata; es un ser creado a la imagen de Dios con
intelecto, voluntad, autodeterminación y emociones. Cuando toma una decisión
lo hace conforme a lo que desea: es su decisión, él es responsable. Sin embargo,
Dios sigue siendo soberano y Su plan perfecto será llevado a su cumplimiento.
“¿Quién entendió la mente del Señor?”, pregunta Pablo en Romanos 11:34. La
respuesta, por supuesto, es: “Nadie”. Nadie entendió ni entenderá jamás la mente
del Señor, no a plenitud. Sus juicios son insondables y Sus caminos son
inescrutables. Como dice el profeta Isaías en el capítulo 40, versículo 28: “Su
entendimiento no hay quien lo alcance”.
CONCLUSIÓN
Querido hermano, podemos y debemos confiar en Dios aun cuando no
entendamos del todo lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Nuestro Dios ha
dado muestras innumerables de poder, sabiduría y bondad. Como bien señala
Pablo en Romanos 1:20, todos estos atributos divinos se hacen “claramente
visibles por medio de las cosas hechas”. En el caso de Su pueblo redimido, sus
muestras de amor y sabiduría son aún más abundantes, pues fue por nosotros que
envío a Su propio Hijo a morir en una cruz para redimirnos de nuestros pecados.
¿Acaso no podemos confiar en Él en aquellos momentos en los que no
entendemos qué es lo que está haciendo?
Dios no nos pide que actuemos en contra de la razón. El mandamiento más
importante de las Escrituras es que amemos a Dios con todo el corazón, con toda
el alma y con toda la mente . La fe no es irracional, pero es capaz de llegar hasta
donde la razón no puede llegar; nos permite levantarnos por encima de las
circunstancias aflictivas, del dolor, de la tragedia y de la confusión mental, para
llevarnos a descansar en ese Dios que es infinitamente sabio y digno de
confianza, que está llevando a fiel cumplimiento Su plan soberano, aunque
nosotros no lo entendamos.
¿Recuerdas a los dos discípulos camino de Emaús que no pudieron reconocer
al Señor resucitado? Ellos iban hablando en el camino de todas las cosas que
habían acontecido, de cómo Jesús había sido entregado a las autoridades
romanas y crucificado. Repentinamente uno de ellos comenta desalentado: “Pero
nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel” (Lucas 24:21).
¡Eso era precisamente lo que había acontecido! ¡La redención había sido
efectuada y consumada! Pero como Dios había actuado de una forma distinta a
como ellos lo hubiesen hecho, no lo entendían.
Querido hermano, los caminos de Dios son inescrutables: “Porque mis
pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos,
dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos
más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros
pensamientos” (Isaías 55:8-9). Él nos ha revelado Sus pensamientos y caminos
de modo que podamos entenderlos, pero no olvides que esa revelación es
limitada.
Miramos la vida como quien observa el pequeño pedazo de un enorme tapiz,
y, para colmo, lo está viendo por detrás. Para nosotros no es más que una maraña
de hilos que no sabemos ni de dónde vienen ni adónde van; pero algún día
veremos el tapiz por delante y percibiremos, como ahora no podemos percibirlas
en este cuerpo mortal, la complejidad y la hermosura de su diseño; entonces
alabaremos a Dios y le daremos gloria por cada hilo, cada color, cada textura.
Pero no tenemos que esperar hasta que podamos contemplar el tapiz perfecto de
la providencia divina para alabar a Dios y descansar en Él.
El creyente anda por fe, no por vista; pero conoce lo suficiente de Dios como
para poder decir junto al Salmista en el Salmo 46:1-3: “Dios es nuestro amparo y
fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones; por tanto, no temeremos,
aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar;
aunque bra-men y se turben sus aguas a causa de su braveza”. Nunca podremos
entender plenamente los pensamientos y caminos de Dios, pero siempre
podremos “confiar en Él aunque la vida duela”3, porque nuestro Dios es
infinitamente sabio y digno de confianza.
Pero esa no es la única lección práctica que podemos extraer de este texto;
aprendemos también que la labor más beneficiosa, más noble y más profunda a
la que puede dedicarse la mente humana es la de conocer a Dios y Sus caminos.
Los logros más sublimes del hombre, tanto en las ciencias como en las artes,
nunca podrán compararse con el conocimiento de Dios y de Su Palabra.
Los incrédulos se jactan de sus avances intelectuales, y muchas veces miran al
creyente con desprecio o con pena, como personas de mente cerrada y obtusa;
¿pero acaso existe algún tema más profundo al cual dedicar nuestra atención que
al ser de Dios y a Sus caminos?
¿Acaso puede un hombre encontrar aguas más profundas en las cuales
sumergirse que las que encontramos en la bendita Palabra de Dios? ¿Puede el
hombre encontrar un asunto más beneficioso al que dedicar sus pensamientos
que al Dios altísimo y Sus caminos? ¿Existe acaso un privilegio más grande que
conocer a ese Dios? Como dice en Jeremías 9:23-24: “No se alabe el sabio en su
sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus
riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y
conocerme, que yo soy Jehová”. No existe mayor privilegio que conocer a Dios,
al Dios infinitamente sabio, cuyos juicios son insondables y Sus caminos
inescrutables.
En uno de sus primeros sermones, Spurgeon dijo lo siguiente al respecto:
La ciencia más elevada, la especulación más encumbrada, la filosofía más vigorosa, que puedan
jamás ocupar la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la persona, la obra, los
hechos, y la existencia de ese gran Dios a quien llama Padre.
En la contemplación de la Divinidad hay algo extraordinariamente beneficioso para la mente. Es un
tema tan vasto que todos nuestros pensamientos se pierden en su inmensidad; tan profundo, que
nuestro orgullo se hunde en su infinitud… Ningún tema de contemplación tenderá a humillar a la
mente en mayor medida que los pensamientos de Dios…
Mas, si bien el tema humilla la mente, al propio tiempo la expande. [Aquel] que con frecuencia
piensa en Dios tendrá una mente más amplia que el hombre que se afana simplemente por lo que le
ofrece este mundo estrecho… Nada hay que desarrolle tanto el intelecto, que magnifique tanto el
alma del hombre, como la investigación devota, sincera, y continua del gran tema de la Deidad.
Además, a la vez que humilla y ensancha [la mente], este tema tiene un efecto
eminentemente consolador. La contemplación de Cristo proporciona un bálsamo
para toda herida; la meditación sobre el Padre proporciona descanso de toda
aflicción; y en la influencia del Espíritu Santo hay bálsamo para todo mal.
¿Quieres librarte de tu dolor? ¿Quieres ahogar tus preocupaciones? Entonces ve
y zambúllete en lo más profundo del mar de la Deidad; piérdete en su
inmensidad; y saldrás de allí como al levantarte de un lecho de descanso,
renovado y fortalecido. No conozco nada que sea tan consolador para el alma,
que apacigüe las crecientes olas del dolor y la aflicción, que proporcione paz
ante los vientos de las pruebas, como la ferviente reflexión sobre el tema de la
Deidad4.
Por último, también aprendemos de este texto cuán absurdas son las religiones
inventadas por los hombres. No debemos olvidar el contexto en el que esta
declaración fue hecha, en el capítulo 11 de la carta a los Romanos. Pablo no
estaba sentado bajo la sombra de un árbol meditando en la maravilla del
universo o del diseño del cuerpo humano. Él estaba disertando sobre el
Evangelio. Es al considerar este maravilloso plan de salvación, ideado por el
trino Dios desde antes de la fundación del mundo, que Pablo prorrumpe en este
canto de alabanza: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la
ciencia de Dios!”.
Nunca hubiese podido la mente humana concebir el mensaje de salvación
revelado en las Escrituras, ni este puede llegar a conocerse por deducción
mental. Dios tenía que revelarnos el camino por el que debemos transitar para
regresar a Él, y eso es precisamente lo que Él hizo en el Evangelio. Por eso no
existe otro medio de salvación que aquel que Dios ha provisto en la Persona y la
obra de Nuestro Señor Jesucristo. El Hijo de Dios se hizo Hombre, vivió una
vida perfecta de obediencia, y luego murió en una cruz, “para que todo aquel que
en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Si bien no podemos entender todas las complejidades envueltas en este
maravilloso plan de redención, al menos Dios ha revelado lo suficiente para que
sepamos lo que debemos hacer: arrepentirnos de nuestros pecados y confiar
plenamente en Su Hijo, en Su justicia perfecta, en Su muerte en la cruz y en Su
resurrección. Todo aquel que tal haga vendrá a conocer en Cristo al único Dios
vivo y verdadero. “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida nadie viene al Padre
sino por mí”, dice el Señor Jesucristo en Juan 14:6. Quiera Dios que algunos que
aún no lo poseen, puedan adquirir este conocimiento que es la esencia y el
fundamento de la verdadera sabiduría.
1Calvino, Juan: Institución de la religión cristiana, Libro I, 1. 2Denton, Michael, citado en Bridges,
Jerry: El gozo de temer a Dios,
pp. 87-88 (Editorial Eternidad, 2000). 3Título de una conocida obra de Jerry Bridges 4Packer, J.I.:
Conociendo a Dios, pp. 11-12 (Oasis, 1985).

Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey, porque se sostuvo como
viendo al Invisible.
(Hebreos 11:27)
CAPITULO 9. La decisión de Moisés
n la famosa obra de Shakespeare titulada El mercader de Venecia, la heroína es
una joven hermosa y rica heredera llamada Porcia a quien muchos hombres, de
noble cuna, pretenden. Sin embargo, su padre había puesto una prueba para
determinar cuál de ellos sería el hombr e más adecuado para casarse con su hija.
Todos debían escoger una opción entre tres cofres. El primero era de oro y en él
estaban escritas estas palabras: “Quien me elija obtendrá lo que muchos desean”;
este cofre tenía dentro una calavera. El segundo era de plata y decía en su
inscripción: “El que me elija obtendrá lo que merece”; dentro tenía el retrato de
un tonto. El tercero era de bronce y decía: “El que me elija tendrá que dar y
arriesgar todo lo que tiene”; en este se encontraba el retrato de Porcia y el que lo
eligiera se casaría con ella. Todos escogieron uno de los dos primeros cofres para
su propio perjuicio, con excepción de Basanio que escogió el de bronce y obtuvo
el derecho de casarse con la mujer que amaba.
La moraleja de la historia es clara: No debemos tomar decisiones guiados por
las apariencias, porque las cosas que realmente importan no se ven a simple
vista; el hombre sabio no toma decisiones basado en algo tan engañoso. Esa es la
lección que aprendemos de la vida de Moisés en Hebreos 11:24-27:
Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser
maltratado con el pueblo de Dios que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por
mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la
mirada en el galardón. Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como
viendo al Invisible (Hebreos 11:24-27).
Hebreos 11 es el gran capítulo neotestamentario de la fe, escrito a un grupo de
creyentes hebreos que estaban siendo tentados a abandonar la fe cristiana por la
presión que recibían de parte de sus hermanos de raza, quienes los tenían por
apóstatas de la verdadera fe.
Pero el autor de la carta les hace ver que todos los santos del Antiguo
Testamento se salvaron por la fe y que todas las grandes obras que hicieron
fueron motivadas por esa misma fe. En ese sentido el nuevo pacto no difiere del
antiguo. Pero también demuestra a través de estos ejemplos de las Escrituras que
la fe verdadera persevera en medio de las dificultades. El gran mensaje de
Hebreos 11 es que el peregrinaje de los creyentes nunca ha sido fácil y nunca lo
será; pero la fe los capacita para perseverar hasta el fin, aun a pesar de las
dificultades y tribulaciones.
Ese es el ejemplo que nos dejaron Abel, Enoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob,
José; y es el que vemos en la vida de Moisés, que es el que estaremos
considerando en esta ocasión a la luz de lo que se dice de él en el versículo 27:
“Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey, porque se sostuvo como
viendo al Invisible”.
En primer lugar veremos qué fue lo que hizo Moisés; en segundo lugar, por
qué hizo Moisés lo que hizo; y, en tercer lugar, cómo podemos imitarle en medio
de las circunstancias de nuestra vida.
¿QUÉ FUE LO QUE HIZO MOISÉS?
Nuestro texto dice que Moisés dejó Egipto; pero esto plantea de entrada una dificultad, y es el hecho de
que Moisés dejó Egipto en dos ocasiones. La primera como un fugitivo solitario, cuando se descubrió que
había matado a un egipcio que golpeaba a un israelita (Éxodo 2:14-15); mientras que la segunda ocurrió
unos cuarenta años más tarde, cuando Moisés regresa a Egipto para libertar al pueblo de Israel y sale con
ellos hacia la Tierra Prometida. ¿Cuál de estos dos episodios es el que el autor tiene en mente? Los
comentaristas están muy divididos al respecto, y tanto para una posición como para la otra nos presentan
argumentos de peso. Pero es posible que el autor de la carta haya dejado esta ambigüedad adrede debido a la
relación tan estrecha que guardan ambos eventos. Hubo un momento en el que Moisés decidió dejar a
Egipto e identificarse con sus hermanos de raza: “Por la fe Moisés dejó a Egipto”. No fue simplemente que
se mudó de localidad para irse a vivir a otro lugar; Moisés decidió dejar atrás la nación en la cual había sido
criado, su cultura, su estilo de vida y, como consecuencia de eso, en dos ocasiones tuvo que salir
literalmente de Egipto.
La palabra que la versión Reina-Valera traduce como “dejar” implica tanto un
movimiento físico como el abandono de algo. Es la misma palabra que aparece
en Lucas 5:28, donde se dice que Mateo estaba sentado en el banco de los
tributos públicos cuando Cristo le llamó para que lo siguiera, y “dejándolo todo,
se levantó y le siguió”. Mateo se fue detrás del Señor literalmente, pero también
abandonó la vida que había vivido hasta entonces. Fue en ese mismo sentido que
Moisés tomó la decisión de dejar a Egipto.
En ese punto de su vida Moisés se encontró ante una disyuntiva muy difícil: continuar como un egipcio
en el palacio de Faraón, tal vez con la posibilidad de llegar a sucederle en el trono algún día, o identificarse
con un pueblo esclavizado al cual solo le unían sus vínculos raciales, pero con el cual nunca había vivido.
¡Que decisión tan difícil! En Hechos 7:23 se nos dice que Moisés tenía en esos momentos 40 años de edad;
no era un muchacho impulsivo, sino un hombre maduro con una vida hecha en Egipto. Por otro lado, le
debía gratitud a la hija de Faraón, quien lo adoptó y lo crió como su hijo, con todas las ventajas que eso
seguramente había significado para él. Debemos suponer que la perspectiva de mantener una posición de
influencia debía ser muy atractiva para Moisés. Egipto era la nación más poderosa de la Tierra en aquellos
días, y aun si no llegaba a ser el próximo Faraón, Moisés tenía delante de sí una perspectiva segura de fama,
influencia y poder.
Pero a pesar de todo esto, “hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de
Faraón” (v. 24). De golpe y porrazo renunció a su rango de honor, a sus títulos y
a su dignidad. Moisés era un hombre sujeto a pasiones iguales que las nuestras,
acostumbrado a mandar, a que le rindieran pleitesía, a ser el centro de atención;
durante cuarenta años había disfrutado la gloria de ser el nieto de Faraón, pero
en un momento dado decidió dejar todo eso atrás.
También renunció voluntariamente a una vida llena de placeres (v. 25). Egipto
era en aquellos días una tierra de intelectuales y artistas, un lugar donde se podía
disfrutar de una gran variedad de placeres sensuales, sobre todo en la corte de
Faraón; y eso no es algo que se abandona con facilidad. Muchas personas viven
por el placer y están dispuestas a hacer lo que sea con tal de obtener aquello que
disfrutan. Moisés tenía en Egipto todo lo que pudiera desear —y en abundancia
—, pero tomó la decisión de abandonarlo. También renunció a riquezas
incalculables (v. 26). Siendo nieto de Faraón, todos los tesoros de Egipto estaban
a su disposición; y eso no era cualquier cosa, como podemos ver en los
monumentos que los faraones construyeron y en las joyas que se han encontrado
en algunas de sus tumbas. No obstante, Moisés decidió deliberadamente dejar
Egipto. Todo aquello por lo que los hombres suspiran —lo que muchos
consideran que son las cosas más importantes de la vida— fue despreciado por
Moisés como algo sin valor. Y todo eso ¿a cambio de qué?
Hemos visto lo que Moisés abandonó; pero vamos a observar ahora lo que
escogió. En primer lugar, Moisés escogió sufrimientos y aflicciones. Él prefirió
“ser maltratado con el pueblo de Dios”, dice el versículo 25. Todos nosotros
rechazamos por naturaleza el dolor y el sufrimiento; esto es algo instintivo en el
ser humano. Si nos presentan dos cursos legítimos de acción, muy
probablemente escogeremos el menos desagradable y difícil; sin embargo
Moisés escogió la aflicción y el sufrimiento.
En segundo lugar, escogió la compañía de un pueblo despreciado y maltratado.
Acostumbrado a vivir entre los grandes, entre aquellos que tenían el control, los
ricos y poderosos, Moisés decidió identificarse con un pueblo pobre y oprimido
durante más de 400 años. No fue simplemente que sintió pena por sus hermanos
de raza y decidió usar su influencia para aliviar sus calamidades. Moisés no
pensó: “Voy a levantar un fondo de ayuda para los desamparados en Israel, pero
yo debo seguir aquí en el palacio de Faraón como un egipcio más para no perder
mi influencia”. No. Moisés rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón,
“escogiendo […] ser maltratado con el pueblo de Dios”. Voluntariamente decidió
identificarse con un pueblo de esclavos, no con los egipcios.
Pero todavía hay algo más que Moisés escogió: “Por la fe Moisés, hecho ya
grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser
maltratado con el pueblo de Dios que gozar de los deleites temporales del
pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de
los egipcios”. Moisés escogió reproches, burlas, escarnio. Y lo hizo plenamente
consciente. La palabra que Reina-Valera traduce como “teniendo”, podemos
traducirla también por “considerando”. Esa palabra conlleva la idea de una
decisión debidamente sopesada. Él evaluó los “pros” y los “contras” de su
decisión y, con una plena conciencia de lo que iba a costarle, decidió dejar
Egipto atrás.
Hoy podemos leer su historia y ver las grandes cosas que Dios hizo por medio
de él. Todos sabemos que el nombre de Moisés ocupa un puesto de honor en la
revelación bíblica y en la conciencia del pueblo de Dios; pero en aquel momento
esa decisión le costó cuarenta años en el desierto, viviendo en el anonimato,
rodeado de personas que no tenían su mismo nivel cultural e intelectual. Él era
una persona brillante, bien instruida, capaz de sostener una conversación al más
alto nivel académico; pero durante cuarenta años vivió entre pastores de ovejas
con los que muy probablemente no podía compartir muchas de sus inquietudes.
Cuarenta años después, Dios se le aparece en una zarza ardiendo y le da la
comisión de regresar a Egipto para libertar a Su pueblo. Finalmente se
comienzan a ver los frutos de aquella decisión que había tomado cuatro décadas
atrás, pero sus problemas apenas estaban comenzando. Ahora se tendría que
enfrentar al hombre más poderoso de la Tierra, y probablemente uno de los más
tercos y obstinados, en una contienda abierta por la liberación de su pueblo.
Todos conocemos el desenlace de la historia: Faraón fue humillado, el pueblo de
Israel libertado por el poder de Dios y Moisés tendría que llevar a más de 600
000 personas a través de un desierto grande y espantoso hacia la Tierra
Prometida. ¡Y qué pueblo! Durante otros cuarenta años Moisés tuvo que soportar
la incredulidad de esta gente, sus quejas, sus terribles manifestaciones de
ingratitud… Hoy los judíos veneran su nombre, pero en aquellos días trataron de
matarlo más de una vez. Y podemos suponer cuántas veces Satanás trató de
desanimarlo con este dardo de fuego: “Mira cómo te tratan, Moisés. ¿Acaso no
abandonaste tu posición en Egipto, tu prestigio y tu futuro por ellos? ¿Valió la
pena el esfuerzo? ¡Esta gente no te aprecia! ¡Lo diste todo por nada!”.
Si el costo inicial de su decisión fue alto, el costo que tuvo que pagar luego no
fue menor. Esta decisión implicó para él muchas dificultades y mucha aflicción
para el resto de su vida. Por eso es tan significativo que el autor de la carta a los
Hebreos diga en el versículo 27 que Moisés “se sostuvo” todos esos años. Esa
breve expresión nos da la idea de perseverancia, fortaleza y coraje en medio de
las dificultades y tribulaciones. Moisés tomó una decisión en un punto de su
vida, y cuando comenzó a cosechar las consecuencias no claudicó.
Muchos toman la decisión de seguir a Cristo y comprometerse con Su causa;
pero tan pronto comienzan a sentir los embates del maligno, sus propias luchas
internas, la ingratitud de la gente a la cual sirven, el rechazo y el maltrato,
abandonan el puesto de combate. Otros resisten por un tiempo —cinco, diez,
quince años—, pero llega un momento en que el cansancio los vence y vuelven
atrás. Moisés no pertenece a esta categoría. Él se sostuvo, perseveró, siguió
corriendo la carrera durante ochenta años. Nada lo hizo desistir, ni siquiera la ira
del rey, el más poderoso de los reyes terrenales en aquellos días: Moisés tomó
una decisión y la mantuvo hasta el fin.
Y nos preguntamos: ¿Cuál fue su secreto? ¿Dónde encontró Moisés la
motivación y el estímulo para correr una carrera tan larga y difícil?
Esto nos lleva a nuestro segundo punto. Hemos visto qué fue lo que hizo
Moisés; veamos ahora, en segundo lugar, por qué hizo lo que hizo.
¿POR QUÉ HIZO MOISÉS LO QUE HIZO?
Aquí también nuestro texto es claro: por la fe. Fue por la fe que Moisés,
siendo un adulto, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón; fue por la fe que dejó
Egipto y se sostuvo todos esos años, a pesar de las enormes dificultades que tuvo
que enfrentar. No existe ninguna explicación natural satisfactoria para la
decisión que Moisés tomó ni para la vida que vivió. Él hizo lo que hizo por la fe.
Por fe rechazó lo que rechazó, por fe escogió lo que escogió.
Debemos suponer que su madre, Jocabed, lo había instruido en los primeros
años de su vida. Recordemos que ella fue contratada por la hija de Faraón para
ser la nodriza del niño, sin saber aquella que era su madre biológica. Debemos
suponer que su madre le habló del pacto que Dios había hecho con Abraham y
de la posición tan singular que tenía el pueblo de Israel en los planes redentores
de Dios. Y cuando él llegó a ser un adulto se apropió personalmente de todas
esas promesas por la fe; promesas que luego fueron confirmadas y ampliadas por
Dios mismo en el episodio de la zarza ardiente. Moisés descansó plenamente en
la revelación de Dios. Creyó que Dios era fiel y todopoderoso, y que cumpliría
lo que había prometido; nada ni nadie podía impedirle llevar a cabo lo que
soberanamente había decretado.
La fe le permitió ver más allá de las circunstancias que le rodeaban, levantarse
por encima de sus sentidos y percibir aquellas cosas que no se ven a simple vista.
Dice en el versículo 26 que Moisés “tenía puesta la mirada en el galardón”.
Comparados con ese galardón, los tesoros de los egipcios perdieron todo su
encanto. Cuando tuvo que escoger entre uno y otro, la decisión correcta vino a
ser tan clara para él como la luz del mediodía. Los tesoros de Egipto no tienen
ningún valor comparados con el galardón de Dios. La Biblia nos asegura que los
creyentes somos herederos de Dios, que algún día seremos partícipes con Cristo
de todo lo que a Él le pertenece. Las riquezas temporales que este mundo ofrece
nunca podrán compararse con los tesoros de gracia que Dios tiene reservados
para el disfrute eterno de Sus hijos. Dice Pablo en Romanos
8:18: “Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son
comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”.
Lo que hizo Moisés fue actuar en consecuencia con lo que profesaba creer. La
fe actuó en ese momento como un telescopio que puso delante de sus ojos lo que
se encontraba a cierta distancia. Cuando Moisés tomó su decisión tenía delante
de sí los tesoros de los egipcios; pero con el telescopio de la fe pudo contemplar
a lo lejos el galardón de Dios y eso le permitió tomar la decisión correcta. ¿Pero
cómo se aplica esto a nosotros? ¿Realmente creemos lo que decimos creer?
Si preguntamos a cualquier cristiano si Moisés tomó una buena decisión,
seguramente respondería: “¡Por supuesto que sí!”. Ahora podemos observar el
curso de su vida de principio a fin para ver que, ciertamente, su decisión fue la
mejor. Pero permíteme formular otra pregunta un poco más difícil y
comprometedora: Si alguien lee tu historia dentro de cien años ¿podrá decir lo
mismo de ti? ¿Se dirá que tomaste la decisión correcta, que no te dejaste seducir
por el brillo pasajero de este mundo, sino que escogiste por fe el galardón de
Dios?
¿Sabes qué fue lo que la fe hizo por Moisés? Lo ayudó a interpretar
correctamente las cosas; la fe le mostró una perspectiva adecuada de la realidad.
Podemos imaginar al tentador susurrando en sus oídos: “Moisés, aquí está la
oferta de los egipcios: prestigio, fama, influencia, poder, placeres, riquezas…
Por el otro lado, esta es la oferta de Dios: dificultades, tribulaciones, un pueblo
esclavizado, la burla y el escarnio del mundo”. Pero, entonces, la fe vino en su
ayuda: “Eso es cierto, Moisés; pero todo lo que Egipto te ofrece es temporal,
ninguna de esas cosas dura para siempre y ninguna de ellas podrá aliviar tu dolor
y tu miseria cuando tengas que pagar por tus pecados por los siglos de los siglos.
Por otro lado, las dificultades que ves en la senda de Dios también son
temporales, y serán usadas por Él para moldear tu carácter. Más aún, esa puerta
estrecha y ese camino angosto es el que lleva a la vida; al final de esa senda
disfrutarás de todas Sus riquezas en gloria por siempre jamás”.
Esa fue la lección que la fe le impartió a Moisés: la misma que el Espíritu
Santo imparte a todos los que creen. La diferencia entre Moisés y muchos de
nosotros es que él realmente lo creyó. No es lo que decimos con nuestros labios,
sino nuestras actuaciones y decisiones, las que revelan nuestras creencias. El que
vive como un mundano está diciendo abiertamente que sus riquezas pertenecen a
este mundo, no importa la fe que profese; la mundanalidad es una consecuencia
directa de lo que esa persona realmente cree.
Pero la fe no solo dio a Moisés una perspectiva adecuada de las riquezas de
este mundo en comparación con el galardón de Dios; la fe también abrió sus ojos
para que pudiera ver a Dios mismo. Dice en el versículo 27 que Moisés “se
sostuvo como viendo al Invisible”. Por eso no tuvo temor de la ira del rey y pudo
soportar con entereza tantas dificultades y tribulaciones, porque mantuvo todo el
tiempo delante de su vista la presencia de Dios, Su bondad, Su misericordia, Su
poder y Su fidelidad. Por la fe pudo ver a Dios y esa visión de la Deidad lo
sostuvo durante ochenta años.
Pero aún nos queda una pregunta por responder…
¿COMO PODEMOS IMITAR A MOISÉS EN MEDIO DE LAS
CIRCUNSTANCIAS DE NUESTRA VIDA?

La carga de este capítulo 11 del libro de Hebreos no es meramente


informativa. El autor de la carta no tenía la intención de que visitáramos esta
galería de los héroes de la fe del antiguo pacto para entretenernos con las
hazañas de los personajes que aquí aparecen. La intención obvia era decir a estos
creyentes hebreos del siglo I, y a todos los creyentes en Cristo de todas las
épocas, que lo mismo que la fe hizo por Moisés puede hacerlo por todos
nosotros también.
Debemos imitar a Moisés al tomar nuestras decisiones cada día
Es posible que nunca nos veamos en la disyuntiva de tomar una decisión tan
dramática como la que Moisés tomó. Pero diariamente tenemos que tomar
muchas decisiones, pequeñas y grandes, las cuales nos colocan en la misma
disyuntiva en que este hombre se encontró: hacer las cosas a la manera del
mundo o a la manera de Dios, darle valor a lo que el mundo valora o a lo que
Dios le da valor.
Cada decisión de nuestra vida refleja el sistema de valores que tenemos; y lo
cierto es que las cosas que realmente tienen valor no se ven a simple vista, solo
pueden ser contempladas por la fe. Moisés hizo lo que hizo porque vio lo que
vio: al Invisible y Su galardón. Y eso solo fue posible por la fe.
Y ahora te pregunto: ¿En base a qué estás tomando cada día las decisiones que
tomas? ¿Qué te controla, lo que tus ojos físicos ven o aquellas cosas que solo
pueden ser contempladas por medio de la fe?
Por tanto, no desmayamos —dice Pablo en 2 Corintios 4:16-18—; antes, aunque este nuestro
hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve
tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no
mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son
temporales, pero las que no se ven son eternas.
Debemos imitar a Moisés al enfrentar las dificultades de vivir en un mundo
caído y hostil a Dios
Cada día tenemos que enfrentar las dificultades y tribulaciones por vivir en un
mundo caído donde reinan el pecado y la maldad. Y muchas veces nos
sentiremos exhaustos, a punto de desmayar: “Si tan solo fuera un problema a la
vez, o todos se circunscribieran a una sola área de mi vida, tal vez sería más fácil
de tratar; pero son tantos problemas al mismo tiempo y tan distintos entre sí…
Problemas con mis tentaciones personales, con mi economía, con mi salud;
problemas causados por los pecados de otros”. Sí, eso es verdad; pero lo que
necesitamos no es una circunstancia distinta, sino una fe más fuerte. Nos
aplastamos en medio de las dificultades porque dejamos de ver al Invisible y Su
galardón.
Dice en el versículo 26 que Moisés tenía puesta “la mirada en el galardón”, y
en el versículo 27 que “se sostuvo como viendo al Invisible”. Moisés no
perseveró por una ojeada momentánea. Él fijó sus ojos en el galardón y así se
mantuvo año tras año, década tras década, hasta llegar al lugar de su reposo. La
victoria no se obtiene ejerciendo fe en un momento: tenemos que seguir
creyendo contra viento y marea, a pesar de la información que recibimos por los
sentidos. “Por fe andamos, no por vista”, dice Pablo en 2 Corintios 5:7. No dejes
de ver al Invisible, no pierdas de vista ni por un instante Su amor, Su fidelidad,
Su sabiduría, Su poder y bondad.
Por eso es tan importante que un creyente adquiera un conocimiento cada vez
más amplio y preciso de la Persona de Dios, porque nadie puede ver al Invisible
a menos que conozca al Invisible. Muchos creyentes cometen el error de
concentrarse únicamente en lecturas de consolación cuando se encuentran en
medio de las dificultades; y no es que esté mal leer esa clase de literatura, pero
es un error centrarse en ella en detrimento de la teología, porque el mayor
consuelo de un creyente se deriva del conocimiento que adquiera de Dios a
través del estudio de Su Palabra, mientras medita en Su soberanía, Sus atributos,
Sus decretos y Sus promesas. Es así como vemos al Invisible. Es así como
ponemos a funcionar el principio de la fe en nuestras vidas.
Por más duras que sean las dificultades y tentaciones, nuestro Dios sigue
siendo el mismo y Sus promesas permanecen vigentes. Si “Dios es nuestro
amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”, entonces no
tenemos que tener temor, “aunque la tierra sea removida, y se traspasen los
montes al corazón del mar” (Salmo 42:1-2). La tranquilidad de nuestras almas y
la paz de nuestros corazones no dependen de las circunstancias, sino de la visión
que tengamos de Dios por la fe.
Debemos imitar a Moisés al enfrentar las seducciones del mundo
Al igual que Moisés, nosotros también somos sometidos a una seducción
constante con las riquezas y los placeres de Egipto; y lo mismo que él somos
tentados a abandonar nuestra carrera. Ese es un peligro real dentro del pueblo de
Dios, y lo único que puede guardarnos de esa terrible seducción y mantenernos
corriendo es la fe. Dice en 1 Juan 5:4 que “todo lo que es nacido de Dios vence
al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe”. Por ella es
que podemos contemplar el galardón de Dios, por ella podemos sostenernos
viendo al Invisible.
Si mantienes tu mirada fija en lo que no se ve, y en base a la perspectiva de la
fe guías tu vida, tomas decisiones y te conduces en el mundo, entonces tu
corazón estará confiado en medio de las dificultades, vivirás con una limpia
conciencia y, al igual que Moisés, te sostendrás firme en la carrera, no por uno,
dos, cinco ni diez años, sino hasta que Cristo te llame a Su presencia a disfrutar
por vista lo que aquí solo podemos contemplar por la fe.
Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo,
después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione,
afirme, fortalezca y establezca. A él sea la gloria y el imperio por los siglos de
los siglos. Amén.
(1 Pedro 5:10-11)
CAPITULO 10. Seguridad en un mundo
inseguro
o hay que ser muy observador para darse cuenta de que vivimos en un mundo
inseguro. Por causa de la caída de nuestros primeros padres, nuestro mundo vino
a ser un lugar peligroso y adverso. Y no me refiero únicamente a todas aquellas
cosas que pueden poner en peligro nuestros cuerpos o nuestros bienes, sino
también a todo aquello que puede dañar nuestras almas. De hecho, los peligros
que no se ven suelen ser más perjudiciales que aquellos que se ven.
Esa es una de las razones por las que muchos cristianos se llenan de temor y
ansiedad. Los creyentes conocemos nuestras propias debilidades y limitaciones,
así como la hostilidad del mundo a nuestro alrededor; somos tan frecuentemente
tentados a desmayar y a abandonar la lucha, que nos preguntamos si podremos
perseverar corriendo la carrera hasta el final: “Si se levantara una fuerte
persecución contra la Iglesia, como la que han tenido que padecer muchos
creyentes a través de la Historia, y como están padeciendo muchos cristianos
actualmente en otros lugares del mundo, ¿sería yo capaz de retener mi fe y
seguir siendo fiel al Señor?”.
Es en momentos como esos cuando necesitamos las palabras de aliento que
encontramos en 1 Pedro 5:10
11. Los creyentes que recibieron originalmente esta epístola estaban pagando
un alto precio por causa de su fe, y unos meses más tarde las cosas se pondrían
peor con la persecución de Nerón; pero aun así, Pedro les asegura que sus almas
estaban seguras en las manos del Señor. A pesar de los muchos y variados
peligros que el creyente enfrenta cada día —de dentro y de fuera— por causa del
carácter de Dios y de Su obra en nosotros, podemos experimentar seguridad, a
pesar de las circunstancias difíciles que tendremos que afrontar en este mundo
caído.
Veamos, en primer lugar, la seguridad del creyente por causa del ser de Dios.
SEGURIDAD EN EL SER DE DIOS
Hay dos aspectos del ser de Dios que Pedro resalta en el texto. El primero es
que Él es “el Dios de toda gracia” (v. 10). La “gracia” es central en el Evangelio
de Cristo. La vida cristiana comienza por gracia y continúa por gracia. Pablo
dice en Efesios 2:8-9 que somos salvos por gracia, por medio de la fe. Pero es
por medio de esa misma gracia que somos santificados, fortalecidos y
capacitados para perseverar hasta el fin. Cada día que perseveramos corriendo la
carrera de la fe es una manifestación de la multiforme gracia de Dios actuando
en nosotros.
Los creyentes somos constantemente asaltados por tentaciones, dudas,
pensamientos derrotistas (“yo no sé si vale la pena seguir adelante”; “¿quién
sabe por cuanto tiempo más voy a poder soportar?”); y a medida que pasan los
años en el Evangelio nos vamos percatando de peligros más sutiles que antes no
veíamos tan claramente, y la lucha se vuelve más intensa. De manera que si aún
estamos en pie no es porque poseamos una fortaleza que los demás no tienen, es
por la gracia de Dios.
Es triste que tantos que profesaban la fe en algún momento se apartaran; pero
¡cuántos continúan corriendo la carrera habiendo enfrentado las mismas
dificultades y aún peores! No es porque eran mejores que los otros; la diferencia
fue la gracia de Dios. Es Él quien suple abundantemente toda la gracia que
necesitamos, no solo para perseverar, sino también para ministrar a otros. Fue en
el contexto de Su ministerio que Pablo dijo: “Por la gracia de Dios soy lo que
soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo”. “No he sido yo —dice Pablo
— sino la gracia de Dios actuando en mí”. ¿Quién era Pablo antes de ser
alcanzado por la gracia de Dios cuando iba de camino a Damasco? Un enemigo,
abierto de Cristo y del Evangelio, que perseguía con saña a los cristianos. Pero
por la gracia transformadora de Dios “cambió de opresor a siervo, de
encarcelador a libertador, de juez a amigo, de quitar la vida a dar la vida”1. Eso
es algo que Pablo nunca pudo olvidar: “Es por gracia y solo por gracia”. No hay
nada de qué gloriarse en el hecho de ser de Cristo o en el hecho de servir a
Cristo, porque de principio a fin todo es de gracia. Y esa gracia está disponible
para todo el que la procure. En este punto es importante corregir un concepto
erróneo bastante común en cuanto al tema de la gracia divina. Muchos piensan
que la gracia y el esfuerzo humano son incompatibles. “Si es por gracia,
entonces no se supone que yo deba hacer absolutamente nada en el cuidado de
mi vida espiritual”. Esa enseñanza se conoce como “quietismo”: “Quédate
quieto y espera en Dios, porque Él actúa cuando tú decides dejar de actuar”. Pero
la Biblia no contrapone la gracia de Dios y el esfuerzo humano, sino más bien la
gracia frente al mérito.
Pablo le dice a Timoteo: “Tu, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en
Cristo Jesús” (2 Timoteo 2:1). No hay contradicción alguna en esta frase.
Debemos esforzarnos en la gracia. ¿Cómo? Haciendo un uso diligente y fiel de
los medios de gracia que Dios ha provisto para fortalecer nuestras almas.
Cuando hacemos uso de esos medios, no nos estamos haciendo merecedores del
favor divino. No es para comprar el favor de Dios que debemos leer la Biblia
todos los días, orar sin cesar o venir a los cultos de la iglesia cada domingo. No
importa cuánto hagamos, nunca seremos merecedores de la bendición de Dios.
Pero así como Dios ha provisto ciertos medios para mantener la salud del
cuerpo, así también nos proporciona ciertos medios para mantener la salud del
alma.
Nadie mantiene un régimen saludable de alimentación para “merecer” seguir
viviendo, o para “merecer” una mejor calidad de vida. Esto no es un asunto de
mérito, sino de sensatez. El que come saludablemente está reconociendo que, en
la generalidad de los casos, el cuerpo humano funciona mejor bajo ciertas
condiciones. Pues lo mismo ocurre con aquel que cuida de su vida espiritual:
está proveyendo a su alma aquellas condiciones que son indispensables para
desarrollarla saludable y fuerte. No obstante, continúan siendo medios de gracia,
porque no funcionan automáticamente, sino en la medida en que nos acercamos
a Dios por medio de ellos y, en el contexto de esa comunión y dependencia en
Dios, recibimos de Su arsenal inagotable las bendiciones que necesitamos.
Él es el Dios de toda gracia, lo que significa que Su gracia nunca se agota y
que puede suplir todo tipo de necesidad espiritual. La gracia de Dios —dice en 1
Pedro 4:10— es “multiforme”; y la idea que esa palabra comunica es la de “rica
en variedad”, una gracia que se manifiesta de diversas maneras: supliendo dones
y capacidades de servicio, consolando, fortaleciendo, alentando, reprendiendo…
Por eso sentimos vergüenza por nuestros pecados y somos movidos a venir a
Dios con arrepentimiento y confesión.
Si los creyentes permanecemos firmes día tras día, mes tras mes, año tras año,
es únicamente por esa obra de la gracia de Dios en nuestras vidas, porque en
nuestras propias fuerzas no podríamos permanecer en pie ni un segundo.
Tomando en cuenta todos los peligros que amenazan a nuestras almas, es un
verdadero milagro que una persona pueda mantenerse corriendo la carrera de la
fe hasta llegar al Cielo. Pero nuestro Dios es el Dios de toda gracia y es por esa
bendita gracia actuando misteriosa, secreta y continuamente en los verdaderos
cristianos por lo que Juan pudo ver en aquella visión que relata en Apocalipsis 7,
a una gran multitud que no se podía contar de todo pueblo, lengua, tribu y
nación, seguros por siempre en la presencia de Dios.
Pero hay algo más que Pedro resalta en nuestro texto sobre el ser de Dios, y es
el hecho de Él posee todo poder y dominio: “A él sea la gloria y el imperio por
los siglos de los siglos. Amén” (v. 11). La palabra que la Reina-Valera traduce
como “imperio” es la palabra griega “kratos”, que significa “poder”, “dominio”,
“soberanía”… De esa palabra se deriva nuestra palabra “democracia”, que según
un diccionario señala el “predominio del pueblo en el gobierno político de un
estado”. Cuando se usa en referencia a Dios, se está estableciendo el hecho de
que Él posee todo el dominio y todo el poder, de tal manera que nada ni nadie
podrá impedir que lleve a cabo Sus propósitos eternos.
Una de las declaraciones bíblicas más impactantes de la soberanía divina fue
la que salió de boca del rey Nabucodonosor, en Daniel 4:35: “Todos los
habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad
en el ejército del cielo y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su
mano, y le diga: ¿Qué haces?”. En otras palabras, nadie puede llamarle a cuentas
ni impedir que Él haga lo que se ha propuesto hacer. Dios anuncia acerca de sí
mismo, a través del profeta Isaías: “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que
quiero (Isaías 46:10).
¿Y qué es lo que ese Dios soberano se ha propuesto hacer con Sus hijos? Eso
nos lleva a nuestro segundo punto. Hemos visto la seguridad del creyente sobre
la base del ser de Dios, veamos ahora, en segundo lugar, la seguridad del
creyente en base a la obra de Dios a favor nuestro.
SEGURIDAD EN LA OBRA DE DIOS
Y lo primero que Pedro señala en nuestro texto es el hecho de que Dios “nos
llamó a su gloria eterna en Jesucristo” (v. 10). Ese Dios de toda gracia, y de todo
dominio y poder, nos ha llamado personalmente con un llamamiento eficaz e
irrevocable a que participemos de Su gloria eterna; en otras palabras, a que
podamos reflejar en el máximo grado que seamos capaces, las excelencias
morales que lo hacen a Él un Ser glorioso. Y todo eso en virtud de nuestra unión
espiritual con Su Hijo, nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Es por la obra
redentora de Cristo, por medio de la cual hemos sido librados de la condenación
y de la esclavitud del pecado, que ahora podemos reflejar la gloria de Dios.
Esa capacidad es imperfecta en esta vida, porque el pecado aún mora en
nosotros, pero Dios nos llamó para que podamos cumplir con plenitud el
propósito de nuestra existencia: glorificarle a Él y gozar de Él por siempre. Y
cuando estemos en Su presencia, libres ya totalmente de la presencia del pecado
en nuestras vidas, ese propósito maestro por el cual fuimos creados, ha de
cumplirse en nosotros con toda certeza, sin el menor asomo de duda. Para eso
fuimos escogidos desde antes de la fundación del mundo y llamados a la
salvación: para participar de la gloria de Dios en Cristo.
Esa es la cadena de la salvación que Pablo presenta en Romanos 8:28-30,
donde cada eslabón está unido al otro con un vínculo indisoluble:
Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme
a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen
hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y
a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que
justificó, a éstos también glorificó.
¿Existe alguna posibilidad de que algunos de los elegidos de Dios —de esos
que fueron predestinados, llamados a la salvación y justificados— se aparte
permanentemente del Señor y termine perdiéndose? No; eso es sencillamente
imposible. Pablo continúa diciendo:
¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni
a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las
cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que
condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra
de Dios, el que también intercede por nosotros (vv. 31-34).
Dios tuvo un propósito muy definido cuando nos eligió para disfrutar de esta
salvación desde antes de la fundación del mundo. Para cumplir ese propósito
envió a Su Hijo, quien se encarnó y murió por nosotros, y en un momento de
nuestras vidas nos llamó a la salvación, nos justificó, nos adoptó y nos santificó.
Y ese propósito divino de ningún modo será frustrado, ni por los ataques del
Diablo ni por las seducciones del mundo ni por el pecado que mora en nosotros:
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o
desnudez, o peligro,
o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como
ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que
nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni
potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos
podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (vv. 35-39).

Si hay algo claro en las Escrituras es que ninguna de las verdaderas ovejas de
Cristo se perderá; eso es sencillamente imposible, porque sería frustrar los
designios del Dios soberano y todopoderoso: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las
conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie
las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie
las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos” (Juan
10:27-30).
“El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de
Jesucristo”, dice Pablo en Filipenses 1:6. Dios no dejará Su obra inconclusa. ¿Y
qué ocurrirá con aquellos que por un tiempo profesan ser cristianos y luego se
apartan? Si mueren en su apostasía, entonces podemos llegar a la conclusión de
que nunca fueron verdaderos creyentes: “Salieron de nosotros, pero no eran de
nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con
nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros” (1
Juan 2:19; cf. Mateo 7:21-23; 2 Juan 9). Llama la atención que Juan no haya
escrito: “Salieron para que se manifestase que no todos eran de nosotros”; más
bien señala que esos que salieron nos recuerdan “que no todos son de nosotros”.
En otras palabras, puede que haya otros aún en medio de nosotros, profesando
ser creyentes, que manifestarán en el futuro que no lo son realmente. Pero los
que son creyentes verdaderos perseverarán hasta el fin, seguros en las manos de
Dios, porque nada ni nadie puede frustrar Sus designios; Él nos ha llamado a
participar de Su gloria eterna en Jesucristo y ha prometido llevar ese propósito
hasta su cumplimiento. Por eso Pedro continúa diciendo: “Él mismo os
perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (1 Pedro 5:10).
Estos cuatro verbos al final del versículo 10 se encuentran en futuro
indicativo, lo que significa que no se trata de un mero deseo de parte del apóstol
Pedro, sino de una promesa que ciertamente ha de ocurrir. Por eso la Biblia de
las Américas lo traduce: “El mismo os perfeccionará, confirmará, fortalecerá y
establecerá”. Se trata de cuatro palabras muy similares entre sí, pero cada una
contiene un enfoque distinto.
En primer lugar, Dios promete perfeccionarnos; y esta palabra significa
“completar”, “arreglar”, “equi-par”. Nos recuerda que Dios está trabajando con
nuestros defectos y debilidades, a la vez que nos equipa para la vida y el servicio
cristiano. Él no nos manda desarmados al campo de batalla. Por medio de Su
Palabra y de Su Espíritu nos capacita para salir airosos. Y aunque en ocasiones
saldremos maltrechos de algunos combates, la gracia de Dios nos “remendará”,
que es otro de los significados de la palabra que Pedro usa aquí, para que
sigamos siendo útiles en Su Reino.
El comentarista Simon Kistemaker dice al respecto: “El significado básico de
la palabra griega ‘restaurar’ es el de arreglar lo que ha estado roto de tal modo
que quede íntegro de nuevo […]. Una traducción encomiable es la siguiente:
‘[Dios] se encargará de que todo esté nuevamente bien’ (BJ)”2.
En segundo lugar, Dios promete confirmarnos; es decir, mantenernos firmes,
afianzados. Esta palabra se usaba en los días de Pedro para expresar la acción de
proveer estabilidad a través de un soporte. Como decíamos al principio, muchas
veces los creyentes sienten el temor de caer y ser una deshonra para el nombre
de su Señor y el Evangelio, pero Dios pro-mete aquí darles la estabilidad que
necesitan para permanecer fieles hasta el fin.
Puede que en algún momento los creyentes se tam-baleen, como sucedió con
el mismo Pedro la noche antes de la Crucifixión. Pero la gracia de Dios saldrá
victoriosa a final de cuentas. Esta promesa es similar a la que encontramos en 2
Tesalonicenses 3:3: “Pero fiel es el Señor que os afirmará [la misma palabra de 1
Pedro 5:10] y guardará del mal”.
En tercer lugar, Dios promete fortalecernos, no solo para que podamos resistir,
sino también para que podamos llevar a cabo lo que se demanda de nosotros. En
otras palabras, no solo podremos resistir, sino también avanzar.
Y finalmente Dios promete establecernos; es decir, hacer ineficaces los
ataques del maligno para que permanezcamos anclados en la salvación que es en
Cristo Jesús, firmes en el fundamento de nuestra fe. Eso no significa que todos
los ataques del maligno serán neutralizados. La Escritura nos advierte que el que
piensa estar firme debe vigilar bien sus pasos, no sea que caiga (1 Corintios
10:12). Pero todos los ataques del Infierno no podrán apartar a un verdadero hijo
de Dios de la mano de Cristo y de su Padre.
Ahora bien, aquí hay algo muy importante. Lo que Dios promete no es que
Sus hijos serán librados de dificultades, sino que Él hará una obra, a pesar de las
dificultades y por medio de ellas: “Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a
su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él
mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (v. 10). Como bien señala
Dustin Shramek: “La soberanía de Dios no elimina el dolor y el mal que
afrontamos en nuestra vida; hace que obren para nuestro bien”3.
Las aflicciones que vienen a la vida del creyente no lo llevan a apartarse del
Señor, sino más bien a perseverar a Su lado. Es por eso que Pablo señala en el
capítulo 5 de Romanos que los creyentes “nos gloriamos en las tribulaciones,
sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba [es decir,
un carácter probado]; y la prueba, esperanza” (vv. 34). El creyente es como la
cometa: mientras más fuerte sople el viento, más alto se eleva.
Dios nos conoce muy bien: Él sabe que en todos nosotros hay un engañoso
sentido de autosuficiencia que debe ser destruido para que podamos descansar
plenamente en Él. Tenemos una fuerte tendencia a confiar en nosotros mismos y
hacer castillos en el aire que no tienen ningún fundamento. Y pocas cosas
pueden ser más eficaces que las aflicciones para librarnos de ese mal. Pablo
reconoce, en su segunda carta a los Corintios, que la tribulación que les
sobrevino en Asia —donde fueron abrumados de tal manera que perdieron la
esperanza de conservar la vida— Dios la usó “para que no confiásemos en
nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (2 Corintios 1:8-9).
Cuando tenemos que atravesar por el horno de la aflicción nos vemos tales
cuales somos, seres débiles e indefensos, con una terrible propensión a la duda y
al temor. Pero en vez de huir del Señor, el verdadero creyente se aferra a Él más
decididamente que antes; y es en el contexto de ese proceso que Dios cumple Su
promesa de hacernos madurar, afirmarnos, fortalecernos y establecernos. Esa fue
la lección que Pablo tuvo que aprender al luchar con el aguijón que tenía en su
carne. Tres veces le pidió a Dios que se lo quitara; pero la respuesta que le vino
del Cielo fue:
Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto —dice—, de buena
gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo
cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones,
en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Corintios 12:9-10).
El Señor dice en Lucas 8:13 que hay personas que profesan ser cristianas por
un tiempo, pero cuando vienen las pruebas se apartan. Pero, en el caso del
verdadero creyente, las mismas pruebas que alejan al apóstata, son las que lo
afianzan más en el cimiento de su fe.
Ahora noten que, si bien tendremos que padecer, Pedro señala que será por
“un poco de tiempo”. Queridos hermanos, las pruebas que vienen a nuestras
vidas son comparativamente moderadas en grados y en duración cuando las
comparamos con esa gloria eterna a la cual fuimos llamados en Cristo. “Las
aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria que en nosotros
ha de manifestarse” (Roma-nos 8:18). Dios nos llamó a Su gloria eterna en
Jesucristo, y Él cumplirá Su promesa “después que hayáis padecido un poco de
tiempo”.
¿Es acaso esta promesa un incentivo para descuidarnos? De ninguna manera.
El mismo Pedro advierte a sus lectores unos versículos antes que tenemos un
adversario que anda como león rugiente buscando a quien devorar (v. 8). Si nos
descuidamos saldremos dañados. La fe verdadera es una fe perseverante y es una
fe activa. Dice en Daniel 11:32 que “el pueblo que conoce a su Dios, se esforzará
y actuará”.
Las promesas de Dios no fueron dadas para alentar al que todavía es amigo del
pecado y anhela vivir en él, sino para alentar a aquellos que están en pie de
guerra en pos de la santidad, aunque se sienten tan débiles e inadecuados que
muchas veces se preguntan si podrán resistir hasta el fin. Es a ellos que van
dirigidas estas extraordinarias palabras de 1 Pedro 5:10: “Mas el Dios de toda
gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis
padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y
establezca”.
Y si alguien está leyendo este sermón, y aún no ha venido a Cristo con
arrepentimiento y fe, le ruego observe una vez más que a Dios se le presenta en
este pasaje como el Dios “de toda gracia”. En otras palabras, el Dios que se
deleita en otorgar favores a través de Su Hijo a hombres y mujeres que merecen
Su condenación. Para salvar a pecadores ese Dios envió a Su Hijo al mundo,
para que asumiera en una cruz el castigo que ellos merecían, y ahora ofrece a
todos indistintamente el don de Su gracia, por medio de la fe.
No es necesario conocer el decreto eterno de Dios para saber si fuimos
elegidos o no para esta gran salvación. En ningún lugar de las Escrituras se
exhorta al pecador a que trate de descubrir si fue predestinado para entonces
venir a Cristo. No, mi amigo. Lo único que necesitas saber es que eres pecador,
que no puedes presentarte en el tribunal de Dios en la condición en que estás,
pero que el mismo Dios ha provisto por gracia una vía de escape por medio de la
fe en Su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Y todo aquel que viene a Él arrepentido
de sus pecados y confiando únicamente en Él, será recibido y perdonado. Mi
amigo, el don de la vida eterna está disponible para ti hoy, únicamente por gracia
por medio de la fe. No rechaces esta invitación del Dios de toda gracia, para que
no tengas luego que enfrentarte a Él como Juez, cuando ya no tengas ninguna
oportunidad de recibir Su misericordia. El día es hoy y el momento es ahora.
Mañana puede ser lo suficientemente tarde como para que lo lamentes por toda
la eternidad.
1MacArthur, John: 1 Corintios p. 467 (Editorial Portavoz, 2003).
2Kistemaker, Simon: 1 y 2 Pedro, Judas, p. 239 (Libros Desafío, 1994).
3Piper & Taylor, op. cit., p. 183

Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad
por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado.
(1 Pedro 1:13)
CAPITULO 11. Un llamado a la esperanza
a primera carta del apóstol Pedro fue dirigida originalmente a un grupo de
cristianos ubicados en la parte noroeste del Asia Menor, bordeando el mar
Negro, en la región que hoy conocemos como Turquía. Estos hermanos estaban
padeciendo por causa de su fe muchas dificultades, y el futuro inmediato no
parecía mejor. Poco tiempo después de haber recibido esta carta, muchos de los
creyentes a los que iba dirigida sufrieron una de las más feroces persecuciones
que experimentó la Iglesia de Cristo en el siglo I, instigada por Nerón.
Es por eso que desde el inicio de esta carta, Pedro quiere hacer entender a sus
lectores “que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la
gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”, como escribe Pablo en
Romanos 8:18. En los versículos 3 al 5 del capítulo 1, Pedro les muestra la
misericordia que Dios ha tenido con ellos al hacerlos renacer para una esperanza
viva: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su
grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la
resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible,
incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois
guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que
está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.
El mundo a nuestro alrededor se está cayendo en pedazos y los cristianos
sufrimos los azotes de vivir en un mundo caído; pero al final del camino nos
espera una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en
los cielos. ¿Qué debe producir en el cristiano la certeza de esa esperanza futura?
Gozo y alegría en el presente, a pesar de las aflicciones:
En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser
afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el
oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando
sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo
veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación
de vuestras almas (1 Pedro 1:6-9).

El Apóstol conoció a Cristo en persona, pero la mayoría de los lectores de su


carta no tuvieron ese privilegio; sin embargo él les dice que esa experiencia no
es necesaria para amar a Cristo y gozarse en Él.
Los cristianos aman al Señor sin haberle visto, y por medio de la fe se alegran
en Él con un gozo inefable y glorioso, tan profundo que es imposible de expresar
adecuadamente con palabras. A pesar de nuestras circunstancias, nosotros
disfrutamos de la gran salvación que fue anunciada por los profetas del Antiguo
Testamento, proclamada con poder por los apóstoles de Cristo y seguida con
sumo interés por los ángeles del Cielo.
Esto es básicamente lo que Pedro dice a sus lectores en los primeros doce
versículos del capítulo 1. Pero ahora, a partir del versículo 13, el Apóstol
comienza una serie de exhortaciones que se derivan de las doctrinas que han sido
expuestas anteriormente. No es suficiente que tengamos un entendimiento
adecuado de las doctrinas bíblicas: ese entendimiento debe ir acompañado de
una vida cristiana que sea consecuente con aquellas cosas que nosotros decimos
creer.
¿Cómo se supone que debemos vivir a la luz de la herencia que el Señor tiene
reservada para nosotros en los cielos y de la cual disfrutaremos plenamente
cuando el Señor Jesucristo regrese en gloria? Ese es el tema que el Apóstol va a
desarrollar a partir del versículo 13: “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro
entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá
cuando Jesucristo sea manifestado”.
Aunque la versión Reina-Valera posee tres imperativos —“ceñid los lomos
[…], sed sobrios, y esperad por completo”—, en el texto original el único
imperativo que hay es el tercero: “Esperad por completo en la gracia que se os
traerá”. Los otros dos verbos funcionan en la oración calificando el mandato. La
versión Reina-Valera Textual lo traduce: “Por tanto, después de ceñir los lomos
de vuestro entendimiento, siendo sobrios, esperad completamente en la gracia
que os es traída en la revelación de Jesucristo”.
Así que, la esperanza cristiana es el centro de esta exhortación, la cual
veremos bajo tres puntos: en primer lugar, el objeto de la esperanza cristiana; en
segundo lugar, el deber de la esperanza cristiana; y finalmente, el cultivo de la
esperanza cristiana. Con relación a estos tres aspectos de nuestro tema, debo
señalar que los he tomado prestados del conocido predicador bautista del siglo
XIX, Alexander McLaren.
EL OBJETO DE LA ESPERANZA CRISTIANA

Si alguien preguntara a un creyente qué es aquello que espera con mayor


expectación, su respuesta debería ser: el día que Dios ha señalado en Su
calendario para el regreso en gloria de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Podemos esperar muchas otras cosas en este mundo presente; pero ninguna
debemos esperarla con mayor expectación.
El apóstol Pablo nos dice, en Filipenses 3:20-21, que “nuestra ciudadanía está
en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo”. Y
en Colosenses 3:1-4 nos dice, en el mismo sentido:
Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la
diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra; porque habéis muerto, y
vuestra vida esta escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces
vosotros también seréis manifestados con él en gloria.

El cristiano debe vivir a la espera del regreso en gloria de su Señor. Para eso
fuimos convertidos, dice Pablo en 1 Tesalonicenses 1:9: “Para servir al Dios vivo
y verdadero; y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a
Jesús, quien nos libra de la ira venidera”.
La esperanza del cristiano en la Segunda Venida de Cristo es un aspecto
esencial de su fe; eso es lo que Pedro nos enseña en nuestro texto. Por un lado,
nos dice que debemos esperar por completo “en la gracia que se [n]os traerá
cuando Jesucristo sea manifestado”. Esa herencia, de la que disfrutaremos
plenamente en aquel día, es un obsequio de la gracia de Dios para Sus hijos.
De paso, aquí es necesario que nos detengamos por un momento a corregir un
concepto incompleto que muchos tienen de la gracia de Dios. La gracia es
usualmente definida como un favor que Él concede a personas que no lo
merecen. No merecemos lo que se nos da, no hay ninguna cosa en nosotros o
que haya sido hecha por nosotros que mueva al Dador a darnos lo que nos da,
pero Él nos lo da: es el favor que se muestra hacia el que nada merece. Pero esta
definición se queda un poco corta de lo que la Biblia enseña respecto a la gracia.
Ciertamente es un favor inmerecido; no obstante, debemos decir también que
se trata de un favor otorgado por causa de Cristo a una persona que merece todo
lo contrario. En otras palabras, no se trata únicamente del favor que se otorga al
que no tiene méritos, sino al que tiene deméritos. Si tendemos una mano de
ayuda a un mendigo hambriento, eso es misericordia; pero si un hombre comete
una fechoría contra nosotros y, en lugar de darle el castigo que merece, le
hacemos un favor, eso es gracia. Lo que la Biblia enseña es que todos los favores
que recibimos de la mano de Dios, absolutamente todos, son otorgados por pura
gracia. Por eso es que la Biblia contrasta una y otra vez lo que se obtiene por
gracia con lo que se pretende recibir por obras.
En Romanos 11: 5-6, nos dice el apóstol Pablo: “Así también aun en este
tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. Y si por gracia, ya no es
por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es
gracia; de otra manera la obra ya no es obra”.
Estos dos conceptos —gracia y mérito— son mutuamente excluyentes. Si es
por obras, entonces ya no es por gracia; y si es por gracia, entonces ya no es por
obras. Pero no puede ser por ambas cosas al mismo tiempo. Si Dios nos pagara
conforme a nuestros méritos, lo que recibiríamos de Su mano no sería la gloria
del Cielo, sino la condenación del Infierno. Pero, por causa de Cristo y de
nuestra unión con Él, en vez de recibir lo que nosotros merecemos, el Señor nos
otorga lo que Cristo merece. Eso es gracia.
Ahora bien, los cristianos ya disfrutan de esa gracia aquí y ahora: todas las
bendiciones espirituales y materiales que recibimos de la mano de Dios cada día
son un regalo de Su gracia, favores inmerecidos que Dios nos otorga en virtud de
la obra de Cristo y de la relación que tenemos con Él por medio de la fe. Sin
embargo, la enseñanza implícita de nuestro texto es que las bendiciones que
disfrutamos en el presente no se pueden comparar con las que disfrutaremos en
el futuro. Ya somos beneficiarios de la gracia de Dios, pero el apóstol Pedro nos
exhorta a esperar la gracia que Cristo traerá consigo para nosotros en aquel día.
Vamos a ponerlo de esta forma: lo que ahora recibimos es la lluvia de Su
gracia y es una lluvia más que abundante; pero lo que recibiremos en la Segunda
Venida de Cristo será un diluvio. Si alguna vez te has sentido sobrecogido por
las bendiciones que el Señor ha derramado sobre tu vida, créeme que lo mejor
está por llegar. Hablando de esa gloria que los creyentes disfrutarán en aquel día,
el Señor Jesucristo dice en Mateo 13:43 que “los justos resplandecerán como el
sol en el reino de su Padre”.
Pero hay algo más que quiero que notes en el lenguaje que usa el Apóstol en
nuestro texto, y es que el verbo “traer” es un participio presente que debe
traducirse por “esperad por completo en la gracia que está siendo traída en la
manifestación de Jesucristo”. Pedro lo presenta como algo que ya está en
camino. Cuando vamos a un restaurante y preguntamos al camarero si le queda
mucho para que nos traigan lo que hemos pedido, y él nos dice que “ya está
saliendo”, lo que nos quiere decir es que está a punto de llegar. De la misma
manera, cada día que pasa nos acerca a ese gran evento que es el objeto primero
de nuestra esperanza: la segunda venida en gloria de nuestro Señor y Salvador
Jesucristo. Como dice Pablo en Romanos 13:11: “Ahora está más cerca de
nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada y se
acerca el día”. Hoy estamos más cerca que ayer, y mañana estaremos más cerca
que hoy. Cada tictac del reloj nos aproxima a ese gran evento en el que nuestra
redención será consumada.
Alguno podría estar pensando: “Pero yo no sé si voy a estar aquí cuando eso
ocurra. ¿En qué sentido es esa pro-mesa una esperanza para mí?” La Segunda
Venida de Cristo será un evento glorioso para todos los hijos de Dios, ya sea que
estén vivos o que hayan partido a Su presencia. Esa es la enseñanza de Pablo en
1 Tesalonicenses 4:13-14: “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca
de los que duermen, para que no os entristezcáis como aquellos que no tienen
esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios
con Jesús a los que durmieron en él”.
Ese será el día de nuestra coronación, cuando todos los creyentes recibirán la
herencia plena que Cristo compró para ellos en la cruz del Calvario: “Cuando
Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis
manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:4). Y creo que hay indicios en las
Escrituras para suponer que los creyentes que han partido con el Señor anhelan,
en el Cielo, la llegada de ese día. En Apocalipsis 6:9-11, Juan contempla en
visión las almas de aquellos que han partido; y nos dice que…
Clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas
nuestra sangre en los que moran en la tierra? Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que
descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus
hermanos, que también habían de ser muertos como ellos.

He aquí a un grupo de creyentes en la presencia de Dios, aguardando con


expectación la victoria de la Iglesia. Y si ellos, que ya no sufren las aflicciones
de vivir en un mundo caído, tienen esa expectativa, ¡cuánto más nosotros, que
continuamos en medio del campo de batalla, luchando con nuestros propios
pecados y los de otros!
Esto nos lleva a nuestro segundo punto. Ya hemos visto cuál es el objeto de
nuestra esperanza; veamos ahora, en segundo lugar, el deber que tenemos como
cristianos de vivir amparados en esa esperanza.
EL DEBER DE LA ESPERANZA CRISTIANA
Puede que a muchos les resulte chocante escuchar hablar de la esperanza como
si fuera un deber. Todo el mundo reconoce la esperanza como una virtud, ¿pero
debemos considerarla también como una obligación? ¿Podemos decir que si un
hijo de Dios está perdiendo de vista su esperanza está faltando a uno de sus
deberes como creyente? Tal parece que sí, porque el Apóstol habla en nuestro
texto en tono imperativo: “Esperad por completo en la gracia que se os traerá”.
Los cristianos deben vivir en esperanza. Como bien dijo el comentarista Edmond
Hiebert, “este es un asunto que no tiene que ver con nuestras emociones, sino
con nuestra voluntad”1.
De la misma manera que decido obedecer a Dios, debo decidir esperar en la
Segunda Venida de Cristo. La manera como Pedro lo presenta en el idioma
original transmite la idea de algo que es urgente. La esperanza no es un lujo en la
vida del cristiano, como una joya cara que sería bueno tener pero que no es
indispensable. La Biblia presenta la esperanza como un elemento vital para una
vida de piedad vigorosa y saludable. En 1 Corintios 13:13, el apóstol Pablo
presenta la fe, la esperanza y el amor como las virtudes cardinales de la vida
cristiana. De hecho, podemos decir que, en muchos sentidos, la vida cristiana
práctica no es otra cosa que la esperanza cristiana en acción. Es por la esperanza
que podemos tener coraje en medio de la dificultad, y gozo en medio de la
aflicción.
La esperanza nos da una perspectiva correcta del verdadero valor de las cosas;
nos ayuda en nuestra lucha contra el pecado y nos mantiene corriendo la carrera,
a pesar de todos los obstáculos que encontramos en el camino. En el Nuevo
Testamento encontramos un enfoque marcado en el papel fundamental que juega
la esperanza en la vida cristiana. Veamos los siguientes textos:
Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la
paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza […].Y el Dios de esperanza os
llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo
(Romanos 15:4,13).
Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha
llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos (Efesios 1:18).
En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la
promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo (Efesios 2:12).
Pero nosotros que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de
amor, y con la esperanza de salvación como yelmo (1 Tesalonicenses 5:8).
Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo
renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos (1 Pedro 1:3).
Sino santificad a Dios, el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar
defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay
en vosotros (1 Pedro 3: 15).
Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro (1 Juan 3:3).

Ahora bien, debemos notar que no se trata únicamente de esperar, sino de


esperar “por completo”; y esa palabra añade dos cualidades a la esperanza
cristiana: certeza y continuidad. Aquí no estamos hablando de algo que los
cristianos pueden esperar con cierto grado de certidumbre; ni siquiera con
bastante certeza. Nuestro Dios y Padre nos hizo renacer para que podamos tener
una esperanza viva, y uno de los atributos esenciales de Dios es Su fidelidad.
Escribiendo a Tito, Pablo encabeza su carta diciendo:
Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el
conocimiento de la verdad que es según la piedad, en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios
que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos (Tito 1:1-2).

Pero Dios no solo prometió, sino que también juró, para que no tuviésemos
ninguna duda en cuanto a Su intención de concedernos lo que nos ha prometido:
Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la
inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales
es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos
de la esperanza puesta delante de nosotros (Hebreos 6:17-18).
Nosotros podemos esperar con toda certeza en la gracia que el Señor traerá
consigo en Su venida. Eso es más seguro que la salida del Sol mañana: “El cielo
y la tierra pasarán, dice el Señor, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35).
Más fácilmente se desharán los cielos y la tierra antes que una promesa de Dios
quede sin cumplimiento.
Pero nuestra esperanza no solo está garantizada por la veracidad de Dios, sino
también por la obra redentora de Cristo. La resurrección de nuestro Señor
Jesucristo es el punto culminante de la obra de redención. Por un lado, confirmó
que Cristo era quién decía ser: el Hijo de Dios hecho hombre, el Mesías
prometido. Pero, por el otro lado, la Resurrección fue la prueba de que Dios el
Padre había aceptado los sufrimientos y la muerte de Cristo como el castigo que
la justicia divina demandaba de los transgresores. Por eso Pablo dice en
Romanos 4:25 que el Señor “fue entregado por nuestras transgresiones, y
resucitado para nuestra justificación”. Porque Cristo resucitó nuestra salvación
es segura y nuestra esperanza ciertísima.
Lo que Cristo promete traer consigo en Su segunda venida ya lo compró para
nosotros en la cruz del Calvario, a precio de Su sangre. Es completamente
imposible que nuestra esperanza sea frustrada.
Pero, como decíamos hace un momento, esto es algo que no solo debemos
esperar con certeza, sino también permanentemente. El asunto no es tener esa
esperanza hoy, mañana y dentro de un mes; sino seguir esperando hasta que
veamos el cumplimiento de la promesa. Las circunstancias a nuestro alrededor
cambian constantemente: hoy tenemos salud, mañana podemos estar enfermos;
hoy estamos rodeados de amigos, mañana podemos estar solos; hoy tenemos
prosperidad y mañana podemos estar en la pobreza. No obstante, el objeto de
nuestra esperanza permanece inamovible, porque no depende de las
circunstancias a nuestro alrededor, sino de la veracidad de Dios y de la obra
redentora de Cristo.
Si estás atravesando por una situación aflictiva, esa aflicción presente en
ningún sentido anula lo que te espera en el futuro. El hecho de que estés en una
situación de aflicción no debe llevarte a perder de vista el objeto de tu esperanza.
Y esto nos lleva a nuestro tercer y último punto: el cultivo de la esperanza
cristiana, aun en medio de las situaciones que traen aflicción.
EL CULTIVO DE LA ESPERANZA CRISTIANA
En este punto debemos recordar las circunstancias particulares por las que
estaban atravesando los creyentes a quienes Pedro dirige esta carta. Ellos estaban
afrontando una situación muy difícil al tratar de vivir como cristianos en medio
de un mundo pagano. Muchos eran perseguidos por causa de su fe en Jesucristo;
los siervos cristianos que trabajaban para amos incrédulos eran maltratados y se
abusaba de ellos; y las esposas cristianas, casadas con hombres inconversos,
tenían una situación similar.
Es a estos creyentes a los que Pedro exhorta a vivir con esperanza. ¿Pero cómo
puede ser eso posible? ¿Cómo puede un creyente escapar del gigante
Desesperación, para usar el lenguaje de Bunyan en El progreso del peregrino,
sobre todo cuando tiene que atravesar por períodos de intensas y prolongadas
aflicciones? Pedro nos da la respuesta en nuestro texto: “Ciñendo los lomos de
nuestro entendimiento y siendo sobrios”.
El apóstol Pedro está usando aquí una figura que sus lectores del siglo I
entenderían perfectamente. En aquella época los hombres usaban una túnica
larga que llegaba hasta los pies. Cuando participaban de alguna ceremonia
religiosa o cuando se encontraban en una postura relajada, conversando en el
mercado o descansando en la casa, dejaban que la túnica cayera libremente. Pero
para todo servicio activo, ya sea para trabajar o para ir a la guerra, debían
recoger la túnica y atarla a la cintura, fijándola con una correa de cuero para que
no se les enredara entre los pies. Así que cuando se mencionaba la expresión
“ceñir los lomos”, todo el mundo comprendía que era un llamado a prepararse
para la acción.
Algunos comentaristas ven en este lenguaje de Pedro una reminiscencia de la
forma como los judíos debían participar de la cena de la Pascua. Dice en Éxodo
12:11 que debían comerla “ceñidos vuestros lomos, vuestro calzado en vuestros
pies, y vuestro bordón en vuestra mano”; en otras palabras, listos para partir.
Recordemos que ellos celebraron la Pascua por primera vez la noche antes de
salir de Egipto.
El Señor Jesucristo usa una figura similar en Lucas 12:35, hablando
precisamente de Su segunda venida: “Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras
lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que
su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en
seguida”.
¿Cuál es, entonces, la idea que Pedro quiere comunicarnos al decirnos que
ciñamos los lomos de nuestro entendimiento? Que lo mismo que ellos hacían
con la ropa debemos hacerlo nosotros con nuestros pensamientos. Del mismo
modo que estos hombres no debían dejarse la túnica suelta para que no se les
enredara entre los pies en medio de una actividad intensa, así tampoco debemos
dejar que nuestros pensamientos divaguen aquí y allá si queremos correr bien
nuestra carrera hasta el fin. Debemos tener nuestros pensamientos enfocados en
la Segunda Venida de Cristo y en la gloria venidera, de modo que podamos estar
listos para la acción, preparados para hacer la voluntad de Dios.
Nosotros también estamos en medio de un viaje, porque somos extranjeros y
peregrinos; tenemos una obra que hacer y una guerra que pelear; y, por lo tanto,
no podemos permitir que nuestros pensamientos se enreden. Debemos
desarrollar una disciplina mental que nos permita mantener nuestros
pensamientos en perspectiva todo el tiempo. “¿Cuál es mi identidad ahora que
soy cristiano? ¿Cómo debo relacionarme con este mundo, ya que todavía estoy
en él pero no pertenezco a él? Tomando en cuenta que soy un peregrino y
extranjero en este mundo, ¿estoy invirtiendo demasiado tiempo y energía en
cosas que perecen y que no voy a retener conmigo para siempre? ¿Qué es lo que
realmente importa en la vida? ¿Cuáles son las cosas que realmente tienen valor?
A la luz de esa herencia que me aguarda, ¿cuál es la manera más efectiva de
hacer tesoros en los cielos?”.
Cuando no mantenemos nuestros pensamientos bien enfocados, nuestra mente
comienza a divagar con un montón de cosas que no tienen valor. ¿Y sabes cuál
es el resultado? Que perdemos de vista nuestra esperanza. Recuerdo una vez más
lo que dice Pablo en Colosenses 3:1-4:
Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la
diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y
vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces
vosotros también seréis manifestados con él en gloria.

Por eso decíamos hace un momento que este es un asunto que tiene que ver
con nuestra voluntad, no con nuestras emociones. Si queremos cultivar la
esperanza cristiana, hay algo que debemos hacer con nuestro proceso de
pensamiento. Pero no solo debemos ceñir los lomos de nuestro entendimiento; si
queremos cultivar la esperanza cristiana también debemos ser sobrios. Y esa
palabra se usaba en los tiempos bíblicos para señalar a una persona que estaba
libre de toda sustancia tóxica. La idea que transmite es la de una mente clara,
estable, bien equilibrada: una mente en su sano juicio.
Una persona sobria posee una perspectiva adecuada de las cosas y por eso vive
de una manera adecuada. Mas adelante, en 1 Pedro 4:7, el Apóstol vuelve a
insistir en este asunto de la sobriedad de pensamiento: “Mas el fin de todas las
cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración”. Luego, en el capítulo 5,
versículo 8, nos vuelve a recordar: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro
adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien
devorar”.
Los cristianos no estamos llamados a ser escapistas en tiempos de dificultad.
Por eso no tenemos que recurrir a las drogas o al alcohol, ni entontecer nuestras
mentes con un exceso de placeres o de diversión. Por el contrario, debemos
mantener sobriedad mental, viendo las cosas tales cuales son, porque, si bien es
cierto que nos rodean las aflicciones y las dificultades, también es cierto que
nuestro Dios tiene el control, cuidando de nosotros, y que usa esas aflicciones
para moldear nuestro carácter y hacernos cada vez más semejantes a nuestro
Señor y Salvador Jesucristo. Más aún, si bien es cierto que en el mundo
tendremos aflicciones, también es cierto que “las aflicciones del tiempo presente
no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”
(Romanos 8:18).
Así que, lo que necesitamos para traer paz y tranquilidad a nuestras almas no
es una mente obtusa e intoxicada; lo que necesitamos es una mente clara,
estable, bien equilibrada: una mente en su sano juicio. Es así como los creyentes
podemos cultivar la esperanza cristiana.
Resumiendo lo que hemos visto, ¿cuál es la lección principal que aprendemos
de este texto? Que la esperanza es fundamental en la vida cristiana, una virtud
que todo creyente debe cultivar desarrollando una forma bíblica de pensar. La
mente es una facultad del alma que juega un papel vital en la vida del cristiano.
Como tú piensas, así vives: “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es
él” (Proverbios 23:7). ¡Qué facultad tan maravillosa es la mente humana! Con
ella podemos pensar, comprender las cosas, entender las Escrituras, conocer a
Dios. Con la memoria podemos recrear el pasado y también imaginar cosas que
aún no han ocurrido. Y lo que Pedro nos está diciendo en este texto es que si
queremos cultivar la esperanza cristiana, no podemos permitirnos que nuestras
mentes se entretengan y se distraigan constantemente en cosas triviales y
superficiales que nos llevan a perder de vista las realidades presentes y las
promesas futuras.
Mi amado hermano, cuando estás soñando despierto, ¿cuáles son las cosas en
las que sueñas? ¿Cuánto estás llenando tu mente de la Escritura para que ella
moldee tu proceso de pensamiento? “La palabra de Cristo more en abundancia
en vosotros —escribe Pablo—; enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda
sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e
himnos y cánticos espirituales” (Colosenses 3:16). ¿Puedes decir con verdad lo
que dice el Salmista en el Salmo
119:11: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”?
Que el Señor nos ayude a cultivar la esperanza cristiana, de manera que
podamos afrontar las dificultades con coraje y las aflicciones con
contentamiento, y así podamos mantenernos corriendo la carrera con paciencia,
sin importar los obstáculos que tengamos que sortear en el camino.
1Hiebert, Edmond: First Peter, An Expositional Commentary, p. 80 (Moody
Press, Chicago, 1984)
Vino entonces a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de
las siete plagas postreras, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la
desposada, la esposa del Cordero. Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y
alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de
Dios, teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra
preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal. Tenía un muro
grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres
inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres
puertas; al norte tres puertas; al sur tres puertas; al occidente tres puertas. Y el
muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los
doce apóstoles del Cordero. El que hablaba conmigo tenía una caña de medir,
de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. La ciudad se halla
establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura; y él midió la ciudad
con la caña, doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de ella son
iguales. Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, de medida de hombre,
la cual es de ángel. El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de
oro puro, semejante al vidrio limpio; y los cimientos del muro de la ciudad
estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el
segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda; el quinto, ónice; el
sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el
décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista. Las doce
puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la
ciudad era de oro puro, transparente como vidrio. Y no vi en ella templo; porque
el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no
tiene necesidad de sol ni de luna que brille en ella; porque la gloria de Dios la
ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Y las naciones que hubieren sido salvas
andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella.
Sus puer
tas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán la gloria y
la honra de las naciones a ella. No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que
hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de
la vida del Cordero.
(Apocalipsis 21: 9-27)
CAPITULO 12. La Nueva Jerusalén
na encuesta realizada en diciembre del año 2005 por los medios informativos
de la ABC , mostró que el 89% de los estadounidenses dice creer en la existencia
del Cielo, y un 75% de ellos tener la esperanza de llegar allí. Probablemente los
números serían un poco más elevados en América Latina. Muchas personan
poseen la “extraña sensación” de que nuestra existencia no puede estar
circunscrita a las experiencias de nuestra vida terrenal. El hombre aspira a la
inmortalidad porque Dios puso ese anhelo en su corazón (Eclesiastés 3:11).
Sin embargo, aunque muchos dicen creer en el Cielo, esa “fe” que profesan no
parece marcar sus vidas. Creen en el Cielo, piensan que van de camino hacia
allá, pero esa creencia tiene poco impacto en sus vidas aquí y ahora. Viven en
este mundo como si no hubiese Cielo alguno que esperar.
El hecho es que el Cielo es una doctrina muy descuidada entre los cristianos
contemporáneos. Hay tantas cosas que llaman nuestra atención, tantos afanes y
preocupaciones de esta vida presente, tantas cosas que deseamos hacer y
disfrutar, que parece que no tenemos ni el tiempo ni la disposición de considerar
seriamente las realidades eternas. Muchos creyentes dan la impresión de sentirse
muy a gusto en este mundo, tanto que no parecen anhelar profundamente la
patria celestial.
Es muy probable que esto se deba, en parte, a que en nuestros días es
relativamente fácil profesar la fe de Cristo; los cristianos de Occidente no
estamos sujetos a las mismas persecuciones y privaciones que muchos de
nuestros hermanos han tenido que afrontar a lo largo de la Historia, y que otros
están enfrentando en otras partes del mundo. Ese es uno de los peligros que
corremos los creyentes en tiempos de paz y tranquilidad. Para algunos es tan
cómoda su situación que tienden a perder de vista la temporalidad y vanidad de
esta vida presente.
Pero es posible que este desinterés se deba también a la visión distorsionada
que muchos tienen del Cielo. Lo imaginan como un lugar poco emocionante,
donde no hay mucho que hacer, excepto saltar de una nube a otra teniendo
cuidado para que no se les caiga el arpa. Un predicador confiesa que cuando él
era niño no tenía ninguna ilusión de ir al Cielo, porque ¡se imaginaba ese lugar
como un culto interminable en donde tendríamos que estar quietos por los siglos
de los siglos! ¿Pero es así como debemos imaginar la vida en el Cielo? ¡Por
supuesto que no!
Aunque el Señor no ha revelado en todos sus detalles cómo será la vida futura,
al menos ha descorrido el velo lo suficiente en Su Palabra como para que
tengamos una idea aproximada de las cosas maravillosas y extraordinarias que
Sus hijos disfrutarán cuando moren en Su presencia. Una de esas “ventanas” es
Apocalipsis 21:9-27, que vamos a estudiar a continuación.
Puede que este pasaje resulte oscuro y difícil para muchos, ya que describe el
futuro de la Iglesia en un lenguaje lleno de símbolos y figuras. Sin embargo,
cuando comparamos este pasaje de la Palabra de Dios con otros que abordan este
tema más claramente, vemos cómo las dificultades comienzan a desaparecer.
Algunos detalles pueden ser difíciles y sujetos a discusión; pero la enseñanza
esencial de nuestro pasaje no lo es, como veremos a continuación. Analicemos,
en primer lugar, la identidad de esta ciudad que Juan ve descender del Cielo y a
la que llama “la gran ciudad santa de Jerusalén”.
SU IDENTIDAD
Es sumamente importante que determinemos la identidad de esta ciudad que
Juan llama “la Nueva Jerusalén” o, de lo contrario, llegaremos a conclusiones
ficticias en cuanto a la vida futura en el Cielo. Algunos piensan que los creyentes
vivirán eternamente en una gran ciudad en forma de cubo, con calles de oro y
puertas de perla. Sin embargo, debemos tomar en cuenta que esta descripción se
encuentra en un libro altamente simbólico. La literatura apocalíptica se
caracteriza por el uso abundante de símbolos y figuras con el fin de transmitir
verdades espirituales de una forma vívida e impactante.
En este caso particular no es necesario que especulemos sobre la identidad de
esta ciudad, pues el mismo ángel que muestra a Juan la visión le provee la clave
para interpretarla: “Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero.
Y me llevó a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de
Jerusalén…” (vv. 9-10). La ciudad se identifica como la esposa del Cordero. Esta
misma comparación la encontramos en Apocalipsis 21:2: “Y yo Juan vi la santa
ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una
esposa ataviada para su marido”. ¿Qué fue lo que Juan vio en esta visión? Una
ciudad que era al mismo tiempo una esposa: dos figuras que se usan en el Nuevo
Testamento para designar a la Iglesia.
En Efesios 2:12, describiendo la condición pasada de estos creyentes, Pablo
les dice que en aquel tiempo estaban “sin Cristo y alejados de la ciudadanía de
Israel”; condición que cambió radicalmente después de su conversión. “Ya no
sois extranjeros —les dice ahora— ni advenedizos, sino conciudadanos de los
santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19). Los miembros de la
Iglesia, seamos gentiles o seamos judíos, pertenecemos a la misma ciudad
espiritual con todos los derechos de ciudadanía.
El concepto de “ciudad” en los tiempos bíblicos evocaba la idea de residencia
permanente, de protección, de seguridad, de compañerismo, de vida en sociedad.
Los creyentes en Cristo forman una sociedad de santos, unidos entre sí por un
vínculo espiritual indisoluble: la presencia del Espíritu de Dios en sus corazones.
Esa unidad tiene que vencer muchos escollos de este lado de la eternidad para
manifestarse plenamente, pero en aquel día será perfecta. Es en ese sentido que
la Iglesia se compara con una ciudad; y, por su conexión íntima con el Dios del
pacto, se la llama también “la gran ciudad santa de Jerusalén”. Esta terminología
de ciudad santa para referirse a Jerusalén proviene del Antiguo Testamento ( cf.
Nehemías 11:1,18; Isaías 48:2; 52:1; Daniel 9:24). En el Nuevo Testamento este
término se usa para señalar a la Iglesia de Cristo. En Hebreos 12:22, el autor se
refiere a la Iglesia como “la ciudad de Dios, Jerusalén la celestial” ( cf. Gálatas
4:26; Hebreos 11:10,16).
Ahora bien, esta sociedad de santos, descrita en estos textos como una ciudad,
también se describe en el Nuevo Testamento como la esposa de Cristo.
Escribiendo a los hermanos de Corinto, Pablo les dice: “Porque os celo con celo
de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una
virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2). Y en el clásico pasaje de Efesios 5:25,
el Apóstol exhorta a los maridos a amar a sus esposas “así como Cristo amó a la
iglesia, y se entregó a sí mismo por ella para santificarla”.
Esta es la esposa que Juan contempla en la visión descendiendo del Cielo
ataviada como una novia para su Esposo (cf. Apocalipsis 19:7-9).
De manera que lo que Juan contempla en su visión no es una ciudad cúbica
suspendida en el Cielo y donde los cristianos van a morar eternamente. Se trata
más bien de la Iglesia, cuyas perfecciones futuras están descritas aquí, en
términos simbólicos, como una ciudad extraordinaria y una esposa gloriosa ( cf.
Isaías 61:10). Un detalle adicional que confirma esta interpretación es el hecho
de que los nombres de los Doce apóstoles se encuentren en sus fundamentos (vv.
14). Interpretando la Escritura con la Escritura, esto solo puede referirse a la
Iglesia de Cristo, la cual, según Pablo en Efesios 2:20, es edificada “sobre el
fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo
Jesucristo mismo”. Esto no significa que la Iglesia esté siendo edificada sobre las
personas de los Apóstoles; sino que la Palabra de Dios proclamada por ellos es el
fundamento de la verdadera Iglesia de Cristo.
Es interesante notar el agudo contraste entre Apocalipsis 17:1 y 21:9:
Vino entonces uno de los siete ángeles que tenían las siete copas, y habló conmigo diciéndome: Ven
acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas
(Apocalipsis 17:1).
Vino entonces a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas
postreras, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero
(Apocalipsis 21:9).

He aquí dos visiones completamente distintas (y notad que en ambos casos la


visión le es mostrada a Juan por “uno de los siete ángeles que tenían las siete
copas”): la mujer de Apocalipsis 17 es una ramera, mientras que la de
Apocalipsis 21 es una virgen que llega pura al día de sus bodas. Una de ellas
representa la pompa vana, el glamour, el pecado; mientras que la otra representa
a la esposa de Cristo, la Iglesia, ataviada con hermosura y santidad.
SU DESCRIPCIÓN
La gloria perfecta de la Iglesia
Lo primero que Juan resalta de la visión es la gloria perfecta de la Iglesia:
Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén,
que descendía del Cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una
piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal […]. El material de su muro era
de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio; y los cimientos del muro de la
ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el segundo, zafiro;
el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda; el quinto, ónice; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el
octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo,
amatista. Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la
ciudad era de oro puro, transparente como vidrio (vv. 10-11, 18-21).

Anteriormente, Juan había hecho uso de las piedras preciosas —y, de manera
particular, del jaspe— para describir la gloria de Dios:
Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno
sentado. Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina; y había
alrededor del trono un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda (Apocalipsis 4:2-3).

Es obvio que Juan no está describiendo aquí algo literal: él mismo nos dice
que se trata de una comparación: “El aspecto […] era semejante…”. Pues, de la
misma manera que Dios no está hecho de piedras preciosas, así tampoco la
ciudad que Juan describe en Apocalipsis 21 está construida con esa clase de
materia prima. Lo que él trata de comunicar es que la Iglesia, en su estado
perfecto, reflejará la gloria de Dios como nunca antes lo había hecho. Ella
desciende “teniendo la gloria de Dios”
(v. 11).
De ahí su brillantez y luminosidad: “Y su fulgor era semejante al de una piedra
preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal”. La ciudad no brilla
con luz propia, sino por la presencia permanente de la gloria de Dios en medio
de ella. Esa gloria que guió al pueblo de Israel en el desierto en forma de luz
brillante, y que luego descendió sobre el Tabernáculo (Éxodo 40:34-38) y sobre
el templo de Salomón (1 Reyes 8:1011), reside ahora permanentemente en la
ciudad. Es por eso que “no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella;
porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera” (v. 23).
Como bien señala Richard Brooks en su comentario del Apocalipsis: “Todas
las perfecciones y virtudes infinitas de Dios, todo su conocimiento, gracia,
justicia, amor, santidad, sabiduría, bondad; son reflejadas en la Iglesia. La Iglesia
es adornada con la gloria de Dios, irradiada de esa gloria, llenada de esa gloria:
encendida en fulgor por ella”1. Escribiendo a los filipenses, Pablo los describe
como “luminares”2 en el mundo, que resplandecen en medio de una generación
maligna y perversa. Somos —dice Pedro en su primera carta— “linaje escogido,
real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que [anunciemos]
las virtudes de aquel que [nos] llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1
Pedro 2:9). Esa es la realidad actual de la Iglesia, aunque debemos reconocer que
ese brillo se opaca en ocasiones por el pecado que aún mora en nosotros. Si el
cristal está opaco no puede reflejar la luz en todo su esplendor y brillo; pero en
aquel día ya no será así. En nuestro carácter y adoración reflejaremos
perfectamente la gloria de nuestro Dios. Cada uno de nosotros, individualmente,
será glorificado y perfeccionado. Cristo, el Esposo, se ha comprometido con
presentarse a sí mismo “una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni
cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:26). Eso es lo que
Juan está contemplando en esta visión y lo que está tratando de describir.
En el versículo 18 nos dice que “la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio
limpio”; y en el versículo 21 dice algo similar de sus calles. Esta figura también
está tomada del Antiguo Testamento; sobre el templo de Salomón dice en 1
Reyes 6:30: “Y cubrió de oro el piso de la casa, por dentro y por fuera”. En la
visión del Apocalipsis esta figura representa la perfección que disfrutarán los
creyentes en el Cielo. El comentarista Kistemaker dice al respecto: “Esta calle
está hecha de oro puro, que simboliza la perfección del cielo […]. Juan la
compara con el vidrio transparente, que denota pureza perfecta. Su claridad era
de tal magnitud que no tenía absolutamente ningún defecto. Todos los habitantes
de esta ciudad no tenían defecto alguno”3.
Los creyentes se encuentran, aquí y ahora, en el horno donde son refinados
como el oro, “el cual aunque perecedero se prueba con fuego” (1 Pedro 1:7).
Pero a Juan le fue dado contemplar el resultado final de haber estado en ese
horno purificador. Aunque en el presente nos vemos a veces un poco
chamuscados, cuando estemos en gloria nuestra condición será completamente
distinta: “Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria
venidera que en nosotros ha de manifestarse”, dice Pablo en Romanos
8:18. Y el Señor Jesucristo dice en Mateo 13:43 que en aquel día “los justos
resplandecerán como el sol en el reino de su Padre”.
Creyente, gózate en esto por la fe; porque algún día tu debilidad se cambiará
en fortaleza, y la pesadumbre que sientes por causa de tu pecado remanente será
cambiada en gozo y alegría perpetuos, ya que la lucha contra el pecado habrá
terminado para siempre. “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces
vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:4).
La seguridad perfecta de la Iglesia
Tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos,
que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al
sur tres puertas; al occidente tres puertas. Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos
los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero […]. Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro
codos, de medida de hombre, la cual es de ángel (vv. 12-14,17).

En aquellos días las murallas de la ciudad tenían una gran importancia


estratégica. La protección de sus ciudadanos dependía en gran medida de sus
muros. Estos representaban protección, confianza, seguridad… Dice en
Proverbios 18:11 que “las riquezas del rico son su ciudad fortificada y como un
muro alto en su imaginación”. Ellos creen que están seguros porque son ricos.
Pero el creyente está realmente seguro en las manos del Todopoderoso, quien
nos llevará consigo a un lugar completamente seguro.
En la actualidad nos enfrentamos a muchos peligros y temores; y muchas
veces nos preguntamos si podremos permanecer firmes hasta el fin. Pero en
aquel día todos esos peligros que hoy nos amenazan habrán sido eliminados para
siempre. El Diablo, el mundo y la carne ya no nos molestarán nunca más.
La intimidad perfecta de la Iglesia en su comunión con Dios
El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su
muro. La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura; y él midió la
ciudad con la caña, doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales (vv. 1-
16).

La ciudad que el Apóstol vio era un cubo perfecto de aproximadamente 2240


km de alto, 2240 km de ancho y 2240 km de longitud. Era una ciudad de
proporciones enormes, de un tamaño aproximado a la mitad del territorio que
cubre los Estados Unidos. Lo que nos lleva a preguntarnos, ¿qué significa esta
figura? ¿Por qué esta ciudad tiene forma cúbica? Dado que la Biblia se interpreta
a sí misma, debemos preguntarnos: “¿Qué otro lugar aparece en la Biblia que
tenga esa forma?” Y la respuesta es: “El Lugar Santísimo”. En 1 Reyes 6:20
leemos que “el lugar santísimo estaba en la parte de adentro, el cual tenía veinte
codos de largo, veinte de ancho, y veinte de altura; y lo cubrió de oro purísimo;
asimismo cubrió de oro el altar de cedro”.
Este lugar era el más sagrado del Templo, porque allí se manifestaba la
presencia especial de Dios en el antiguo pacto. A este lugar entraba únicamente
el sumo sacerdote, y solo una vez al año, en el Día de la Expiación. Sin embargo,
cuando Cristo murió en la cruz, dice la Escritura que el velo del templo se rasgó
en dos de arriba a abajo, dándonos a entender que el camino al santuario se había
abierto para todos los que creen.
De ahí la exhortación del autor de la Epístola a los Hebreos:
Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la
sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del
velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,
acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los
corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura (Hebreos
10:19-22).
Ahora tenemos libre acceso al trono de la gracia y podemos entrar en el Lugar
Santísimo, a la presencia misma de Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Tristemente los cristianos no hacemos el uso que debiéramos de este
privilegio. Por causa de nuestros pecados no experimentamos una comunión con
Dios perfecta e ininterrumpida. Pero en el Cielo no será así: la Iglesia será como
un inmenso Lugar Santísimo donde disfrutaremos de la presencia especial de
Dios y de una plena intimidad con Él, por los siglos de los siglos. Aquí nos
distraemos con muchas cosas; por momentos perdemos de vista la hermosura de
Dios y somos seducidos por el brillo pasajero de este mundo. Pero en aquel día
nada nos distraerá ni competirá por nuestros afectos, porque amaremos a Dios y
nos deleitaremos en Él con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con
todas nuestras fuerzas.
Los componentes de la Iglesia
¿Quiénes disfrutarán de la condición gloriosa que Juan describe en este
pasaje? Todos los redimidos de todas las épocas, tanto del Antiguo como del
Nuevo Testamento. La ciudad que Juan describe aquí tiene tres puertas a cada
lado (vv. 12 y 13), con los nombres inscritos de las doce tribus de Israel,
aludiendo probablemente al orden en que las tribus debían acampar, por mandato
expreso de Dios, a cada lado del santuario (Números 2). Mientras que “el muro
de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce
apóstoles del Cordero” (v. 14). El verdadero Israel de Dios estará presente allí,
sin faltar uno solo de sus miembros, tal como Cristo prometió:
También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer, y oirán mi voz; y
habrá un [solo] rebaño, y un pastor […]. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y
yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me
las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno
somos (Juan 10:16, 27-30).

La vida perfecta de la Iglesia


Hay tres cosas que el apóstol Juan señala en estos versículos, y que nos dan
una idea aproximada de cómo será nuestra vida en el Cielo. En primer lugar, será
una vida de adoración continua: “Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios
Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero” (vv. 22). Juan vio muchas
cosas maravillosas en esa ciudad simbólica, pero extrañamente no vio allí ningún
templo.
En el antiguo pacto, el Templo era el lugar donde Dios manifestaba Su
presencia especial. En el nuevo pacto ese Templo es la Iglesia, que por
convocación divina se reúne en el nombre de Cristo para adorar a Dios en su día.
En 1 Timoteo 3:15, Pablo describe la “casa de Dios” del nuevo pacto como “la
iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”.
En la Nueva Jerusalén la ciudad toda es el templo; no será necesario que nos
traslademos a algún lugar a congregarnos como pueblo de Dios, porque todo el
tiempo estaremos en Su presencia especial. Ya había dicho Juan anteriormente:
“Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los
hombres; y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con
ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:3). Entonces se cumplirá la promesa que se
repite una y otra vez en todos los pactos que Dios ha hecho con Su pueblo a
través de la historia de la Redención: “Yo seré su Dios, y ellos serán mi
pueblo”4.
Pero hay algo más: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen
en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera” (v. 23).
Esta descripción parece ser una paráfrasis de Isaías
60:19: “El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la
luna te alumbrará, sino que Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu
gloria”.
La luz es necesaria, entre muchas otras cosas, para ver y conocer. En aquel día
no necesitaremos de ninguna fuente de luz como las que tenemos ahora, porque
todo el conocimiento lo recibiremos por medio de Cristo. El hecho de que
seremos perfectos no significa que no habrá oportunidad alguna de desarrollo.
Cristo nació siendo un Hombre perfecto y, sin embargo, estuvo sujeto al proceso
humano del crecimiento: “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia
para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52). Lo mismo vemos con respecto a los
ángeles; ellos continúan aprendiendo en esta dispensación evangélica, por medio
de la Iglesia, sobre “la multiforme sabiduría de Dios” (Efesios 3:10; cf. 1 Pedro
1:12).
Pues lo mismo ocurrirá con nosotros en el Cielo. Los impedimentos que
encontramos aquí para desarrollarnos (falta de recursos, tiempo y capacidad), ya
no serán un obstáculo para nosotros nunca más. En el Cielo estaremos envueltos
en un proceso de crecimiento continuo en nuestro conocimiento de Dios, de Su
belleza, majestad, amor, poder, santidad; y ese conocimiento producirá en
nosotros una adoración cada vez más profunda y deleitosa. Allí estaremos
envueltos en un proceso continuo de aprendizaje, eternamente sorprendidos y
eternamente adorando.
En segundo lugar, será una vida de actividad constante: “Y las naciones que
hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su
gloria y honor a ella. Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá
noche. Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella” (vv. 24-26).
La Iglesia no estará dividida en países; sin embargo el texto reconoce lo que
Juan ha descrito antes en Apocalipsis 7:9, cuando vio una gran multitud “de
todas naciones y tribus y pueblos y lenguas”, todos ellos envueltos en actividad
constante para la gloria de Dios. Por eso sus puertas no se cierran nunca. El
Cielo será un lugar de reposo, pero no de ociosidad. Descansaremos del pecado,
de las tentaciones, de las dudas, de las aflicciones y dificultades de esta vida
presente. Descansaremos de las frustraciones, de la vergüenza de pecar, de las
seducciones del mundo. Pero nos involucraremos, en cambio, en una intensa y
deleitosa actividad para la gloria de Dios.
Por causa de su pecado, Adán no pudo cumplir cabalmente el mandato que se
le dio de someter la Creación y enseñorearse de ella (Génesis 1:27-28). Las
posibilidades de este mundo apenas han sido descubiertas y usadas por el
hombre. Esa labor proseguirá en la nueva Tierra en una forma que ahora no
podemos ni siquiera vislumbrar. En Mateo 25:21 se nos señala que el Señor
llamará a sus siervos fieles y les dirá: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has
sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”. Aquí se nos
confió lo pequeño, pero allá se nos confiará lo que es realmente grande; y,
aunque no sabemos en detalle cuáles serán esas cosas, podemos estar seguros de
que serán grandiosas.
En tercer lugar, será una vida de pureza. “No entrará en ella ninguna cosa
inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están
inscritos en el libro de la vida del Cordero” (v. 27). Solo los redimidos estarán
allí, y todos ellos perfectos en santidad. Como hemos visto ya, en el Cielo no
experimentaremos lucha con nuestros propios pecados y, por esto mismo, tam-
poco sufriremos por el pecado de otros; todos los habitantes del Cielo serán
gloriosos y atractivos, con el atractivo de la gloria de Cristo brillando en ellos.
Todos serán fáciles de amar y de tratar; todo lo que ahora es en ellos digno de
alabanza, será magnificado en el Cielo, y aquello que es una debilidad o defecto
de carácter será completamente eliminado. Nuestra comunión con los santos será
todo lo dulce, placentera y edificante que puede llegar a ser.
SU LOCALIZACIÓN
¿Dónde está el Cielo? O, para ser más precisos, ¿en qué lugar disfrutaremos
los creyentes de la condición que Juan está describiendo en este pasaje? El texto
señala que la Nueva Jerusalén “desciende del cielo”, por lo que cabe preguntarse
¿para posarse dónde? Este es un punto en que no todos los estudiosos de las
Escrituras están de acuerdo. Algunos creen que los creyentes pasaremos la
eternidad en el mismo lugar al que nos dirigimos al morir. La Biblia enseña con
toda claridad que al partir de este mundo los hijos de Dios pasan de inmediato a
la presencia del Señor en el Cielo. Pablo nos dice en 2 Corintios 5:8 que el morir
implica estar “ausentes del cuerpo [pero] presentes al Señor”. Y en Filipenses
1:23 expresa su “deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor”.
Así que, el Cielo existe actualmente; es un lugar real donde la gloria de Dios
se manifiesta en todo Su esplendor y en donde los creyentes que han partido se
encuentran aguardando el día de la resurrección. Muchos creen que es allí donde
los creyentes viviremos eternamente en cuerpo y alma.
Sin embargo, otros estudiosos de las Escrituras no opinan de ese modo. Estos
también creen que los creyentes al morir parten a la presencia del Señor, pero
sostienen que después de la Segunda Venida de Cristo, y cuando toda la
Creación sea renovada, los creyentes viviremos en la nueva Tierra en comunión
con Dios por toda la eternidad. Sin ser dogmático al respecto, esa es mi
convicción personal.
Notemos que la descripción que Juan nos da de la Nueva Jerusalén en
Apocalipsis 21 se encuentra precisamente en el contexto de la creación de un
cielo nuevo y una Tierra nueva. “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el
primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más” (Apocalipsis
21:1). En el idioma griego se usan dos palabras distintas para expresar la idea de
“nuevo”. La primera es neos que significa “nuevo en tiempo u origen”, y se usa
para referirse a algo que acaba de venir a la existencia. La otra palabra es kainos,
que significa “nuevo en cualidad” y se usa para hablar de algo que ya existía,
pero que ahora posee cualidades nuevas que antes no poseía. Esta es la palabra
que usa la Escritura en relación con los cielos nuevos y la Tierra nueva: kainos,
nuevo en cualidad no en tiempo.
Cuando el Señor Jesucristo regrese en gloria los santos heredarán una Tierra
nueva, renovada, un mundo que habrá sido libertado de todas las consecuencias
de la caída del hombre: “Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva
tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento” (Isaías
65:17). La antigua Creación no será aniquilada, no será llevada a la inexistencia,
sino más bien renovada, purificada de todo vestigio de mal y de toda la
corrupción que vino por causa del pecado. Consideremos brevemente los
siguientes pasajes de las Escrituras.
Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el
trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para
juzgar a las doce tribus de Israel (Mateo 19:28)

La palabra “regeneración”, significa literalmente “un nuevo nacimiento”, y en


este caso se aplica al renacer de la Tierra cuando esta sea divinamente renovada.
Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la
presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a
quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las
cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo
(Hechos 3:19-21).
La palabra que la versión Reina-Valera traduce como “restauración” era un
término médico que se usaba para referirse a la completa reposición de la salud.
Es decir, que todas las cosas serán transformadas, restauradas del daño causado
por el pecado en la caída de nuestros primeros padres.
Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria
venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar
la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia
voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será
libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos
que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino
que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos
dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en
esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a
qué esperarlo? (Romanos 8:18-24).
Por causa del pecado la Creación fue sujetada a vanidad, condenada a producir
lo que no sirve; pero algún día será libertada de esa maldición —dice Pablo—,
unida en su liberación con la glorificación de los hijos de Dios. La Tierra será
librada de corrupción, de futilidad, de esclavitud. No esperamos la aniquilación
del planeta, sino su renovación.
Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande
estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán
quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en
santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el
cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!
Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la
justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser
hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz (2 Pedro 3:10-14).
Este es uno de los pasajes favoritos de aquellos que enseñan que este universo
será totalmente destruido y aniquilado para dar paso a uno nuevo. No obstante, si
lo observamos más detenidamente veremos que, lejos de enseñar tal cosa, este
pasaje confirma la enseñanza de los textos que hemos leído anteriormente.
Notad, en primer lugar, que el apóstol Pedro establece un paralelo entre la
destrucción que se produjo en el tiempo de Noé, cuando la Tierra fue destruida
por un diluvio, y la destrucción que tendrá lugar cuando el Señor Jesucristo
regrese en gloria (vv. 6-7). El mundo de entonces fue destruido, pero no fue
aniquilado, para dar paso a uno completamente nuevo. Entonces, no hay razón
para pensar que el mundo actual lo será cuando el Señor Jesucristo vuelva,
aunque sí será destruido como lo fue el mundo antiguo en el tiempo de Noé.
En segundo lugar, la palabra que encontramos en el versículo 10, cuando dice
que “la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas”, es la misma que
aparece en Mateo 3:11-12 para referirse al castigo que sufrirán los impíos en el
Infierno:
Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo
no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su
aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en
fuego que nunca se apagará.

Los impíos no serán aniquilados en el Infierno, sino que serán castigados por
los siglos de los siglos. Si ellos dejaran de existir, ¿qué sentido tendría la
mención de un fuego que nunca se apagará? Así que Pedro no anuncia en el
versículo 10 la aniquilación total de este universo, sino más bien la destrucción
de las cosas creadas, tal como existen actualmente para, de esta manera, dar paso
a una transformación completa. Es en esa Tierra renovada donde creemos que
los creyentes morarán en la presencia del Señor por los siglos de los siglos. El
Señor Jesucristo dice en Mateo 5:5 que los mansos son bienaventurados “porque
ellos recibirán la tierra por heredad”5. En cierto modo el Cielo y la Tierra se
fundirán en uno en aquel día y, de ese modo, el paraíso que Adán y Eva
perdieron por causa del pecado, será nuevamente recobrado. A final de cuentas
Satanás no se saldrá con la suya; todo lo malo que se introdujo en el mundo por
causa del pecado será totalmente borrado.
Ahora bien, independientemente de la postura que asumamos en cuanto a la
localización permanente del Cielo, hay algo en lo que todos estamos de acuerdo:
el Cielo es un lugar real, un lugar perfecto y extraordinario, más allá de lo que
podemos concebir o expresar. El entorno celestial será sencillamente
indescriptible y nuestra condición será gloriosa, como Juan describe en
Apocalipsis 21. Cuando lleguemos al Cielo, tal vez recordaremos todos los
sermones que escuchamos y todos los libros que leímos acerca de este tema; de
ser así, veremos que en realidad se quedaron muy cortos.

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