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#14 | Enero 2021

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Angrynomics Autores

Mark
Blyth

Eric
Lonergan

02
Antisocial Autor

Andrew
Extremistas online, Marantz

tecno-utópicos
y el secuestro de la
conversación
estadounidense
Angry-
Nota del editor
Conscientes de que las manifestaciones de descontento
social que han campeado a lo largo del planeta son le-

nomics
gítimas y razonables, los economistas británicos Mark
Blyth y Eric Lonergan decidieron conversar sobre el
tema y, enseguida, reunieron sus diálogos en un volumen
de reciente aparición que con acierto titularon Angry-
nomics (neoconcepto que enlaza las palabras ‘ira’ y ‘eco-
nomía’). Es más: ambos se definen como dos tipos “en-
rabiados” por la falta de soluciones que los gobernantes
Mark Blyth han propuesto para resetear el capitalismo contemporá-
Eric Lonergan neo, un sistema que quedó indeleblemente fracturado en
los países desarrollados luego de que, tras la crisis finan-
ciera de 2008, el 80 por ciento más pobre de la gente
pagara por los errores del 1 por ciento más pudiente. Sin
pelos en la lengua, Blyth sostiene que lo anterior cons-
tituyó “la engañifa más grande de la historia”, mientras
que Lonergan plantea que hay que hacer una clara dis-
tinción entre la justificada rabia pública y la manipula-
ción hipócrita de la ira tribal con fines políticos. Nadie
podría decir que los autores son pensadores de izquierda
–de partida, se oponen a aumentar los impuestos a las
personas con mayores recursos–, pero lo cierto es que
delatan con pasión los pésimos manejos que deben ser
corregidos cuanto antes. Enemigos de los tecnócratas, de
las ideologías centristas, de los bancos centrales indepen-
dientes, de las medidas de austeridad y, en general, del
statu quo que ya se ha extendido por más de diez años,
los expertos proponen tres disposiciones radicales para
cambiar el curso de la realidad: dar una suerte de heren-
cia a quienes no poseen bienes a través de la creación de
un fondo de riqueza nacional, cobrarles a las empresas
privadas por el uso de nuestros datos privados e impri-
mir dinero sin temor a la hora de enfrentar una recesión,
algo que es perfectamente factible en lugares donde la
inflación está controlada. Sus ideas han sido aplaudidas
por profesionales y medios de comunicación de distintos
cuños políticos, lo que ya es bastante decir en un mundo

01
polarizado como el nuestro. Para que sus propuestas se
propaguen, Blyth y Lonergan confían simplemente en
la imitación, puesto que “la clase política copia; rara vez
piensa”. Y, en cuanto al futuro, se muestran inclinados a
reevaluar los postulados del economista John Maynard
Keynes, ya que ahora, tal como están las cosas, varios de
ellos podrían funcionar si son aplicados con convicción.
Angrynomics es un libro elocuente, original y osado: un
libro que llama a la acción inmediata en pos de mitigar
el enfurecimiento masivo que en cualquier momento
puede convertirse, como ya lo hemos visto aquí y en
otros lados, en violencia desatada.

Volver al índice Juan Manuel Vial


Angrynomics 4 Revista Cruciales

Economistas enrabiados
en busca de soluciones
radicales

1. Sistema fracturado

La ira, lo sabemos, es la más poderosa de las emociones humanas. Y se-


gún los economistas Mark Blyth y Eric Lonergan, autores de Angrynomics
(término acuñado para ligar dos palabras: ‘ira’ y ‘economía’), ya no nos
extraña constatar a diario que vivimos en un mundo saturado de rabia. Lo
anterior se debe, en buena medida, a que el quehacer económico se con-
vierte en angrynomics cuando a un nivel macro el sistema colapsa y deja al
descubierto falencias que han sido ocultadas por demasiado tiempo. “Este
libro explora cómo nuestra economía política ha dado pie a la ira: a la ira
pública, tanto como indignación moral y rabia tribal, y a la ira privada”.
Un ejemplo representativo al respecto es el de los “chalecos amarillos”
que se manifestaron masivamente en las calles de París y de otras ciuda-
des francesas contra un alza del combustible durante 2018 y 2019, “pero
en 2019”, añaden los investigadores, “los habitantes de Hong Kong tam-
bién se irguieron en protestas, al igual que los de Chile”, y lo hicieron por
las mismas razones enarboladas por los reclamantes europeos: “la desco-
nexión de las élites, el aumento de la desigualdad y el ventajismo sesgado”.

No nos gusta subsistir en la incertidumbre e intentamos minimizarla cuan-


to sea posible. Sin embargo, la economía que hemos creado en los últimos
treinta años exige que vivamos aferrados a ella, “al tiempo que los gobier-
nos progresivamente han abandonado los compromisos para entregar a
sus ciudadanos algo que los proteja de la inseguridad”. La economía de
la ira, advierten el escocés Blyth y el inglés Lonergan, sucede aquí y ahora
mismo: “Determina elecciones. Está reformulando la política partidista
a lo largo del mundo, no sólo con Trump y el Brexit, sino en países tan
diversos como Alemania, Brasil y Ucrania”, e incidiendo poderosamente
“en el renacimiento del nacionalismo en Hungría y Polonia, en la política
exterior de Rusia, en el creciente antieuropeísmo de Turquía y en el colap-
so de los partidos de centro en todos lados”. Angrynomics es un volumen
Angrynomics 5 Revista Cruciales

estructurado a partir de una serie de diálogos sostenidos entre sí por Blyth


y Lonergan, conversaciones que no tienen como destinatarios “a nuestros
colegas profesionales o académicos”, sino a a los lectores comunes y co-
rrientes. “Pensamos que el sistema está fracturado y no creemos que el or-
den actual pueda ser ‘empujado’ hacia la estabilidad”, aseguran, enfáticos.

2. Votante medio

La economía es un conjunto de ideas, un mapa que nos dice cómo opera


el ámbito de los mercados y del intercambio. “También es una descripción
del mundo en que vivimos. Si el universo de la teoría económica, es decir,
el mapa, describe con precisión el terreno que pisamos, es entonces un
buen mapa”, agregan los autores. Vista como un todo, la sociedad contem-
poránea nunca ha sido más rica, “aunque muchos de nosotros parecemos
estar trabajando más que nunca. Y en algún momento la desvinculación
entre nuestra experiencia del entorno y el modelo utilizado para explicarlo
llegó a un punto de quiebre”.

La economía ya parece ser incapaz de revelar por qué las presiones de la


vida se intensifican al tiempo que el ingreso per cápita aumenta. “Una
parte de la respuesta a este dilema”, precisan los expertos, “yace en la
desconexión entre lo que se asume que ocurre en nuestros modelos y lo
que verdaderamente sucede en el mundo tal cual es. La otra parte yace en
otra desconexión, a saber, la inautenticidad de las élites que persiguen un
progreso constante del PIB per cápita para el resto de nosotros, que somos
testigos de un cambio social dramático y desconcertante”.

En el pasado, las élites políticas se definían por los grupos a quienes repre-
sentaban. En Europa, “el laborismo y la socialdemocracia velaban por los
intereses de los trabajadores, mientras que los conservadores lo hacían por
los intereses del sector privado”. En los años 90, estas relaciones comen-
zaron a resquebrajarse y emergió una nueva forma de hacer política en los
países desarrollados, en la que distinciones como “derecha” e “izquierda”
fueron progresivamente consideradas como antiguallas irrelevantes de la
Guerra Fría. “Fue cuando los políticos dejaron de representar a sus princi-
pales electores y, a cambio, buscaron seducir al así llamado ‘votante medio’
que actuaba como agente representativo en nuestros modelos económicos”.

3. La Gran Moderación

A este votante medio, prosiguen Blyth y Lonergan, no le interesaba el


conflicto económico, “sino que, supuestamente, le interesaban los va-
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lores posmaterialistas y la buena gobernanza, algo que los partidos de-


bidamente acordaron entregar. Los grandes asuntos políticos quedaron
en manos de expertos en organizaciones internacionales y en bancos
centrales independientes”. Los políticos otorgaban menos soluciones
políticas y, aun actuando de esa manera, pretendían interpretar los in-
tereses de todos.

“Así era el mundo en los años 1990 y 2000, maravillosamente descrito


en 2004 como ‘la Gran Moderación’ por Ben Bernanke, a la fecha presi-
dente de la Reserva Federal de Estados Unidos, un mundo en donde la
eliminación de la política por parte de los tecnócratas había traído pros-
peridad para todos”. Sin embargo, tal como lo sabemos hoy, esta visión
acarreaba “defectos bastante grandes”. Y el principal de ellos, aseguran
los autores de Angrynomics, fue que las preocupaciones materiales nun-
ca se desvanecieron: “Los partidos simplemente dejaron de admitir que
estas existían”.

La economía de Gran Bretaña duplicó su tamaño entre 1980 y 2017. Pero


durante tal período el uso de los bancos de alimentos aumentó en un mil
por ciento. “Y en gran parte del orbe desarrollado la desigualdad creció
a lo largo de las décadas de 1980 y 1990, luego bajó durante diez años y
se disparó tras la crisis financiera de 2008. En el mismo espacio de tiem-
po, las corporaciones globales sencillamente dejaron de pagar impuestos.
Las mismas élites que confundieron el mundo real con el mundo de sus
modelos económicos perdieron su credibilidad ante los votantes a quienes
decían representar”.

4. El miedo, un meme motivante

Después vinieron las guerras de Irak y de Afganistán –esta última conoci-


da como “la guerra sin fin”–, los Papeles de Panamá y “las demandas judi-
ciales resueltas en 45 minutos”, seguidas de “la celebración de las finanzas
como el motor del crecimiento, celebración que estalló en nuestros rostros
y fue rápidamente sucedida por rescates estatales para salvar los bienes de
los ya ricos, salvatajes pagados por quienes ya se habían visto estrujados
por los cambios que trajeron las políticas de austeridad, políticas que, en
algunos casos, implicaron la disminución de hasta un 30 por ciento en los
servicios estatales”. En las metrópolis, mientras tanto, los bancos volvie-
ron a ganar miles de millones de dólares.

En vez de motivar a sus electorados, continúan los autores, los políticos


dejaron de presentar argumentos a favor de un cambio económico profun-
damente arraigado y se concentraron en el temor. En la crisis del euro, las
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poblaciones fueron mantenidas bajo control por medio de las amenazas


de un nuevo pánico financiero. Y tanto en los referéndums sobre la inde-
pendencia de Escocia como del Brexit, “el amedrentamiento de perder
lo que tenías fue utilizado como un arma para defender el statu quo. A lo
largo de Europa Central y Europa del Este, el miedo a que los emigrantes
destruyeran ‘nuestra’ cultura pasó a ser el meme motivante”.

Blyth y Lonergan estiman que no se puede pretender que la gente real,


“así como tampoco los agentes representativos ni los votantes medios ima-
ginarios”, acepte estas desconexiones para siempre. Eventualmente, con-
cluyen, la brecha entre cómo percibimos el mundo y el modelo económico
dispuesto por las élites para explicarlo y justificarlo se vuelve demasiado
grande para ignorarla y las élites egoístas son vilipendiadas: “Bienvenidos
al llamado mundo de la angrynomics, donde las personas reales están en-
rabiadas y tienen toda la razón para estarlo”.

5. Tipificación de la rabia

Al autodefinirse sin pelos en la lengua como “dos economistas enrabia-


dos” los autores aspiran a desentrañar cómo la economía política ha esti-
mulado el profundo descontento que hoy perciben en diversos lugares del
globo. “Si la economía describe cómo debieran funcionar los diferentes
aspectos económicos”, explican, “la economía de la ira revela lo que en
realidad ocurre. La angrynomics nos ayuda a entender la política global,
nos indica a qué debemos prestar atención, nos advierte de qué debemos
cuidarnos y nos señala cómo podríamos intentar reparar un ordenamiento
económico roto”.

La primera distinción que hacen en este sentido tiene que ver con la
rabia pública y la rabia privada, pues muchas investigaciones las tratan
como equivalentes, “siendo que, en rigor, son el opuesto”. A menudo la
rabia pública se luce como una insignia de honor: “Los islandeses que
entre 2008 y 2011 protestaron contra una clase política corrupta esta-
ban envalentonados por la virtud. Se levantaron contra la corrupción y
esperaban una reparación moral”. Cuando la gente está públicamente
enrabiada, debido a que ha sido agraviada o ha sido testigo de malas
prácticas, espera que su malestar sea reconocido y abordado. “Esto es
indignación pública”, afirman.

La rabia pública también tiene dos caras: la indignación moral es su lado


positivo, mientras que la generación y el reforzamiento de la identidad tri-
bal son su lado negativo. “La ira tribal es una emoción primitiva que deja
de lado nuestra brújula moral en nombre de la acción y de cerrar filas en
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pos de protección contra algún otro grupo. La rabia tribal busca amenazar
con el propósito de dominar y suprimir, y en su manifestación más violen-
ta pretende destruir”.

Observados de este modo, añaden Blyth y Lonergan, los diferentes tipos


de rabia pública sirven a distintos propósitos: hacer valer normas éticas y
regular la identidad tribal. Así es como se combinan la ira y la economía:
“Hoy por hoy, los políticos cínicos juegan con ambos tipos de rabia para
obtener apoyo. Al entender estas nociones de rabia pública y rabia privada,
de indignación moral y energía tribal, podemos comprender de mejor ma-
nera las acciones de los políticos e identificar aquello que debemos resistir.
El desafío para los políticos actuales es oír cuidadosamente, y compensar,
la ira legítima de la indignación moral, mientras denuncian, y no incitan,
el descontento violento de las tribus”.

6. Soltar la lanza

Según Eric Lonergan, las disputas comerciales que hoy vemos en el mundo
son un buen ejemplo de lo anterior: “El gran antropólogo francés Marcel
Mauss dijo que, ‘con el afán de comerciar, el hombre primero debía soltar
su lanza’”. Para el economista no es coincidencia que Donald Trump haya
elegido al comercio como su antagonista. Tampoco es causalidad, agrega,
que la derecha británica, una agrupación que intelectualmente favorece el
comercio, “se haya visto envuelta en absurdas contorsiones y negaciones
de evidencias para justificar el abandono del más rentable bloque de libre
comercio del mundo, la Unión Europea, con el propósito de establecer
nuevos acuerdos comerciales con otras tribus consideradas preferibles”.

Lonergan apela a que necesitamos hacer una clara distinción entre la le-
gítima rabia pública y la manipulación hipócrita de la ira tribal con fines
políticos, y denuncia que, si nos enfocamos en esta última, “creo que es
posible constatar que el alineamiento entre los intereses de los medios
de comunicación y de la élite política global se vale de esta energía para
motivar a los votantes y ganar elecciones, lo que es extremadamente peli-
groso”. Después de todo, prosigue, la rabia tribal está a sólo un paso de la
violencia tribal. “El desafío de instaurar una política no violenta consiste
en acusar recibo del mensaje de las críticas razonables en voz alta y cla-
ra, y de ahí responder con medidas políticas alternativas. ¿Por qué razón?
Porque cualquier medida alternativa tiene que importar: debe ser lo sufi-
cientemente significativa a un nivel emocional para así crear identidades
políticas independientes del tribalismo”. Si bien no es la única identidad
política motivadora, argumenta, el tribalismo es un poderoso acto reflejo
cuando estamos estresados y enrabiados.
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Según Mark Blyth, en la era centrista de los expresidentes Blair, Schroe-


der, Clinton y Obama simplemente no existían identidades políticas
motivantes ni ideologías que compitieran entre sí. “Se asumía que cada
cual creía en alguna variante de la economía de mercado y que adopta-
ba un individualismo cosmopolita. Si no actuabas de ese modo, eras ca-
talogado como una reliquia o, peor aun, como un nacionalista”. Cuan-
do estas ideas se hicieron trizas durante la crisis de 2008, los políticos
tuvieron que encontrar algo nuevo y lo hicieron: “En general, lo que
hoy día vemos son políticos intentando llenar el vacío que dejó un desa-
creditado consenso neoliberal con un conjunto de identidades políticas
más motivadoras”.

7. Enemigos del centrismo

A la vez, Blyth sostiene que “la crisis financiera, la brutal recesión que le
siguió, la crisis del euro, la creciente desigualdad de ingresos y de riqueza,
y un fracaso abyecto de la representación política conforman el núcleo
de nuestros problemas. Son y deberían ser objetos de reproche moral”.
E insiste en apuntar sus dardos al centrismo político “anodino y liberado
de identidad que creó el vacío ya mencionado”, un vacío que fue llenado
con rabia tribal. Lonergan, por su parte, asevera que “una consecuencia
involuntaria de la convergencia de partidos ocurrida durante las décadas
de 1990 y de 2000 fue el surgimiento de un centro tecnocrático sin vida y
en gran medida egoísta, el cual hizo que amplios segmentos del electorado
se sintieran sin voz ni representación, algo que se reflejó ininterrumpida-
mente en la disminución de la participación electoral”.

Desde este punto de vista, la rabia pública es una respuesta a la falta


de representatividad, a un sentimiento concreto de ser ignorado y no
escuchado. Los autores estiman que lo que ha ocurrido en Europa y
Estados Unidos en los últimos diez años es similar: “Los actores del
centro político quedaron totalmente sorprendidos ante una crisis que
creyeron que nunca podría suceder. Y no tuvieron otra respuesta que la
de amontonar miseria sobre las mismísimas personas que no la habían
causado. No fue de extrañar, entonces, que esta misma gente se enfu-
reciera y que, a partir de ahí, la ira haya sido amplificada y manipulada
de muchas formas”.

“¿Por qué las élites políticas y económicas tuvieron tan poco que decir en
respuesta a la debacle financiera de 2008?”, pregunta Eric Lonergan. En
respuesta, Mark Blyth informa que el principal problema guardaba mayor
relación con a quién escucharon que con lo que se dijo. “El fracaso de los
legisladores en lidiar efectivamente con la recesión que siguió a la crisis
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de 2008, y posteriormente a la crisis del euro entre 2010 y 2015, sugiere


que, al igual que con el ingreso, el acto de escuchar está sesgado hacia lo
más alto de la pirámide. Con mucha mayor intensidad que la catástrofe
en Estados Unidos, la eurocrisis demostró más allá de cualquier duda que
la política de recortar el gasto durante una recesión, la llamada austeridad,
siempre empeora las cosas. Ellos sabían eso y, sin embargo, siguieron ade-
lante. Y más tarde redoblaron las medidas, incluso cuando se percataron
de que no estaban funcionando”.

8. Causas desatendidas

A los autores les resulta alarmante aquello que definen como “un fracaso
abyecto de la política”. En lugar de presentar un programa importante de
reforma económica, la élite política global no ha ofrecido nada sustantivo,
“aparte de optar por encaramarse al tren del nacionalismo o de insistir en
que nada fundamental está mal”. Las tendencias políticas actuales son,
en parte, “una reafirmación confusa del Estado-nación para mitigar las
consecuencias de los flujos de capital sin restricciones y el poder de las
empresas en general”.

Pero las profundas causas económicas de la legítima ira pública permane-


cen desatendidas. Con esto los investigadores apuntan a la incapacidad de
lidiar rápida y poderosamente con las recesiones, “a pesar de que sabemos
cómo hacerlo”, y “al gran aumento de la desigualdad en el ingreso y la ri-
queza que ocurrió en todo el mundo desarrollado a medida que el capital
prosperó y los salarios de los trabajadores se estancaron”.

La conclusión de nuestros economistas es la siguiente: “Nadie ha imagi-


nado, ni mucho menos implementado, un conjunto de políticas públicas
capaz de afrontar estos asuntos. Creemos que hay formas ingeniosas de
hacer precisamente eso y, al mismo tiempo, proveer un antídoto contra
la angrynomics. No obstante, para llegar ahí, veamos primero con mayor
detalle cómo diablos llegamos a este desastre, a un mundo que nunca ha
sido más rico, pero que parece estar demasiado enfurecido”.

9. Capitalismo 3.0

Blyth y Lonergan utilizan los términos sistema, versión, hardware, software


y error de programación para plantear una analogía en la que el capitalismo
es una suerte de computadora que se malogra de tanto en tanto. De este
modo, la versión 1.0 del software se vino al suelo en los años 20 y 30 del
siglo pasado debido a que la mano de obra fue considerada una mercancía
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(commodity), mientras que la 2.0, inspirada en “el pensamiento brillante de


John Maynard Keynes”, terminó fracasando puesto que, inevitablemente,
“un sistema de economías cerradas que impulsan el consumo y apuntan
al pleno empleo tenía que producir una crisis inflacionaria para los inver-
sionistas. Este fue el error de programación enquistado profundamente
dentro del software del capitalismo versión 2.0”.

El neoliberalismo, la variante del capitalismo que se asentó en los países


desarrollados a partir de los años 80, ha durado tanto tiempo porque en
definitiva funcionó. En palabras de los autores, “restableció el valor del
capital y aplastó la inflación. Pero, al hacerlo, dejó al sistema expuesto ante
los tres errores de programación que lo derrumbarían en 2008”. La ver-
sión 3.0 se difundió bajo la premisa de que el capital tenía que ser liberado
con el propósito de que alcanzara los máximos réditos. “Enormes flujos
de capital, y rápidos reveses, causaron una serie de booms y quiebras en
los países en desarrollo, los que culminaron en las crisis asiática y rusa de
1997 y 1998”. El mundo desarrollado, por su parte, también se demostró
similarmente vulnerable durante la eurocrisis.

Uno de los principales argumentos en favor de la versión 3.0, añaden los


profesionales, “era que el capital iba a ser más eficientemente asignado y,
hasta cierto punto, lo fue. Pero lo que ello significó en términos reales es
que la inversión se fue de los países ricos en capital y terminó en países
pobres en capital, como China”. Las empresas, los accionistas y los con-
sumidores occidentales se beneficiaron con esto, “pero la inversión que
se hubiese solventado en las naciones desarrolladas ahora fructificaba en
otros lados, lo que implicó un costo. He aquí la razón de por qué el comer-
cio es actualmente un asunto tan polémico”.

10. Poderosos mandamases

La modificación más relevante de todas las acometidas en el hardware


del capitalismo 3.0 fue la de los llamados bancos centrales independientes.
“Una vez que has impedido que la mano de obra genere inflación”, ex-
plican nuestros entendidos, “la única otra fuente posible de inflación es
el Estado, ya que es él el que imprime dinero. Y con el auge de los mer-
cados financieros globales que podían castigar a los Estados por políticas
que no les agradaban llevándose su dinero fuera del país, devaluando así
la moneda y causando una crisis, el asunto de otorgar autoridad sobre
la política monetaria a una entidad ‘independiente’, la cual adoptaba la
visión de largo plazo en vez de permitirles a los políticos que siempre im-
plementaban la visión cortoplacista la elaboración de políticas públicas,
se hizo indispensable”.
Angrynomics 12 Revista Cruciales

Durante los años 90, esta alteración de hardware se expandió a lo largo


de casi todas las máquinas que utilizaban el software 3.0, “y el surgimien-
to del presidente del Banco Central como el más poderoso generador de
políticas se asentó en los países miembros de la OCDE y más allá”. Los
mandamases de los bancos centrales son figuras ligeramente malentendi-
das, aseguran los especialistas: “A pesar de que son autónomos, a fin de
cuentas reciben órdenes de sus gobiernos. Y cuando un sistema bancario
global que depende del endeudamiento y de los préstamos en dólares ex-
plotó, la Reserva Federal se hizo presente y le dio a casi cualquier banco
que lo necesitara, donde fuese, acceso a los dólares estadounidenses para
mantenerlo a flote, prácticamente sin importar su país de origen”.

En suma, la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón


e incluso el Banco Central Europeo rescataron el sistema a un costo de
alrededor de diecisiete billones de dólares. “Pero ya era muy tarde para
evitar una recesión global, la cuasi bancarrota de Europa y, como resulta-
do de una serie de crasos errores de políticas, el desempleo, que en luga-
res del Viejo Continente alcanzó niveles que no se veían desde la década
de 1930”. Además, luego de que se contuviese el pánico inicial, los ban-
cos centrales propiciaron los ajustes presupuestarios estatales, medidas de
austeridad que sólo provocaron que las cosas empeoraran.

11. La mayor engañifa de la historia

Otro factor que contribuyó a producir angrynomics, añaden nuestros apli-


cados observadores, fue que los contribuyentes comunes y corrientes pa-
garon la parte más dura de los costos, a través del desempleo, la reducción
del consumo y una serie de factores microestresantes. “Hablamos de gente
que en muchos casos ya estaba fuertemente endeudada y que soportaba el
peso de salarios estancados por años”. Lo que estas personas atestiguaron
fue que los miembros más ricos de sus sociedades fueron socorridos, al
tiempo que ellas eran despedidas de sus trabajos. “La mano de obra pasó a
ser nuevamente un commodity y el capital fue salvaguardado, lo cual quedó
perfectamente ilustrado en el caso de la aseguradora estadounidense AIG,
que pagó cientos de millones de dólares en bonos a sus ejecutivos en 2009
tras haber sido rescatada por los contribuyentes por un monto de 180 mil
millones de dólares”.

El 80 por ciento más pobre efectivamente pagó por los errores del 1 por
ciento más pudiente, “mientras que en el proceso también rescataron
los activos y los ingresos del 20 por ciento más adinerado de la pobla-
ción, situación que se dio a lo largo y ancho del mundo”. Según Mark
Blyth, lo anterior constituyó “la engañifa más grande de la historia”, ya
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que “los pasivos del sector privado en el sistema bancario terminaron


siendo puestos en la hoja del balance público de los Estados en calidad
de más deuda pública, algo que las mismas clases políticas que habían
permitido que todo esto pasara definieron como una crisis de ‘gasto
excesivo’ de parte de los Estados, una crisis que, sin embargo, simple-
mente no había sucedido”.

12. Indignación burbujeante

El capitalismo 3.0 se vio afectado por tres errores de programación: la des-


igualdad, el estancamiento salarial y una dispersión masiva en la distribu-
ción de salarios y, en último lugar, la reacción que terminó agravando los
dos factores anteriores. “La combinación entre una creciente inequidad y
sueldos inmóviles”, profundizan los autores, “podía mantenerse en pie por
un tiempo extendido sólo si la inflación era baja (lo fue), sólo si las tasas
de interés eran inicialmente altas pero caían con el correr del tiempo (tal
cual) y sólo si la capacidad de endeudarse era ilimitada (ni qué decir)”.

Cuando el sistema se derrumbó, en 2008, quedó al descubierto la tremen-


da influencia de que gozaban los bancos y cuán polarizados habían llegado
a estar los países en términos de ingreso y riqueza. La debacle también de-
mostró cómo el ordenamiento político-económico yacía sobre entidades
financieras que rotaban constantemente préstamos de un lugar a otro de
la sociedad de manera exagerada y, en el caso de la eurozona, de un país a
otro. “Todo esto descansaba, una vez más, en el supuesto de que la mano
de obra era una mercancía como cualquiera, y en que la gente no se enfu-
recía cuando se enteraba de que estaba siendo tratada como un producto.
Desafortunadamente, parece que sí le afecta”.

Blyth y Lonergan plantean que las injusticias han campeado a lo largo de la


crisis y que la reevaluación de treinta años de desregulación no puede em-
prenderse si se prosigue con el statu quo. “El capitalismo 3.0 fue rescatado sin
un reseteo. Las consecuencias de no haber reiniciado el sistema, ni de tampo-
co haber hecho nada para deshacerse de los errores de programación en su
software, han producido un nuevo y profundo reguero de ira. La indignación
burbujea, es sistémica, está profundamente enraizada y llegó para quedarse”.
El populismo, prosiguen, es la consecuencia de no haber reseteado el siste-
ma luego de la debacle. “Al fallar en aplicar cambios fundamentales sobre
un orden que se ha convertido en un generador de estrés para la mayoría de
la población, hemos creado las condiciones para otra ronda de angrynomics.
Los quiebres a nivel macro siempre producen rabia”. Este furor, concluyen,
puede ser justo –y en consecuencia atendido– o puede ser una energía tribal
que se torne violenta. “Estamos en medio de tal momento”.
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13. Tasas de interés inoperantes

En los últimos tres o cuatro años, observan los autores, ha surgido un


problema: las tasas de interés ya no parecen funcionar. Con creciente fre-
cuencia, los bancos centrales declaran su impotencia ante tal situación.
Por décadas la ideología de los gobiernos había sido “no se preocupen,
las tasas de interés siempre funcionan. La inflación es siempre y en todos
lados un fenómeno monetario”, sólo que ahora demuestra ser asimétri-
co. “A veces podemos vivir en un mundo inflacionario”, agregan, “como
en los años 60 y 70, donde la inflación se acomodaba con el crecimiento
de la oferta de dinero, pero cuando ocurre la deflación, como en Japón
o en Europa, donde la inflación ha estado por debajo de la meta por un
largo período de tiempo, los bancos centrales dan la apariencia de ser
ineficientes. Por lo visto, la herramienta hasta ahora elegida puede ser
dependiente del hardware”.

La respuesta de política monetaria con que se enfrentó la catástrofe


financiera de 2008 ha causado una profunda crisis sobre este enfoque
y, “después de todo, hemos descubierto que no habíamos eliminado
las recesiones. La tragedia es que les dimos la totalidad de los poderes
de creación de políticas macro a los bancos centrales, que utilizaban
las tasas de interés para determinarlo todo, y ahora decimos ‘no, toda-
vía tenemos ciclos y, ayayay, el único punto de apoyo en torno al cual
construimos nuestras instituciones y el marco intelectual (las tasas de
interés) ya no funciona’”. Blyth y Lonergan apuntan a que debe dejar-
se atrás esta manera de gobernar la economía y a que, además, habría
buenas razones para hacerlo.

Algo nuevo ha ocurrido, agregan enseguida, algo que debe incitar un re-
planteamiento fundamental: existe una combinación de empleo casi pleno
con tasas de interés tan bajas que, al no disponer de herramientas reno-
vadas, los bancos centrales han demostrado ser impotentes frente a ella.
“Si tú crees en la importancia de prevenir las recesiones, mantra en el que
nosotros creemos, este asunto debe abordarse”. Al mismo tiempo, con-
tinúan, hay dos problemas que “lloran” por respuestas políticas directas,
poderosas y convincentes: el cambio climático y la desigualdad. Pero, en
opinión de los expertos, “el centro político no da la talla, pues no tiene
idea de cómo enfrentar ninguno de estos urgentísimos desafíos”.

14. Keynes resucitado

Es sumamente irónico que las políticas neoliberales introducidas en los


años 80 como respuesta al fracaso percibido de los postulados keynesia-
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nos hayan provocado que, vistas las cosas en el debido contexto, la gestión
de la demanda keynesiana sea hoy mucho más factible. Las medidas de los
80 y de los 90, es decir, la globalización y la desregulación del mercado de
productos y del mercado laboral, destruyeron la inflación. “La razón de
que muchos economistas y políticos anunciaran ‘no más booms y quiebras’
era, por lo tanto, comprensible. La experiencia de los 70 les enseñó que la
inflación era la causa principal de las recesiones. Y en muchas economías
de menores ingresos, como Turquía, India, Brasil y Sudáfrica, la inflación
es todavía un problema mayor que les impide detener las recesiones flexi-
bilizando la política fiscal y monetaria”.

No obstante, a pesar de que en la actualidad es obvio, “los legisladores ol-


vidaron la segunda fuente de inestabilidad mayor: el sector financiero. Peor
aun: pasaron por alto el peligro de que, en respuesta a una gran estabilidad
económica debida al control de la inflación, el sector privado tomaría más
riesgos financieros y que, eventualmente, esto sería tremendamente deses-
tabilizador. La severidad de la debacle fue en parte el reflejo de un éxito”.
Los autores plantean que, habiendo reaprendido las lecciones de la historia
económica, es importante hacer un balance: “Necesitamos mantener la re-
gulación fuerte de los bancos ganada con tantos esfuerzos. Pero no quere-
mos regular al resto del sector privado y traer con ello la inflación de vuelta,
o habrá costos onerosos”. Si bien estiman que a menudo los costos de la in-
flación tienden a exagerarse, es evidente que las economías altamente infla-
cionarias no son en modo alguno parámetros de estabilidad ni de bienestar.

Finalmente, Blyth y Lonergan aducen que existe un poderoso argumento


político para no volver a la inflación. “En una economía altamente regu-
lada y no competitiva, como la que prevaleció en los años 70, la idea de
que los gobiernos podían aplicar la receta keynesiana e imprimir dinero
durante una recesión para aliviar el pesar quedó desacreditada. El resul-
tado siempre fue una inflación más alta y el aumento en el índice del
desempleo. El efecto fue la estanflación, o sea, la inflación y el desempleo
creciendo a la par”. Pero al haber aniquilado la inflación a nivel estructu-
ral, prosiguen, estas políticas hoy por hoy funcionan. Ambos pensadores
aseguran que pueden ser sustantivamente mejoradas, “pero la evidencia
es clarísima en cuanto a que, en las economías competitivas, desreguladas
y desarrolladas, el hecho de imprimir dinero para evitar las recesiones no
implica costos en términos de inflación”.

15. Impuestos anticuados

En opinión de nuestros pensadores, una política pública inteligente debe


contar con tres rasgos. En primer lugar, ha de marcar una gran diferencia
Angrynomics 16 Revista Cruciales

con lo existente. Luego, tiene que ser fácilmente explicable y comprensi-


ble. Y, finalmente, debe atravesar de manera transversal las líneas parti-
distas tradicionales, de modo que obtenga y preserve sustento a lo largo
de diferentes ciclos electorales. “Si dispone de estas tres características, el
movimiento puede dar paso a una serie de políticas que calmen la indig-
nación, simplemente porque funciona, es vendible y no hay razón para
oponerse a él”.

Enseguida, los investigadores se detienen en otros tres asuntos, esta vez


los que sería necesario reparar. Para ello, proponen como prerrequisitos
el control de la inflación y una fuerte regulación del sector bancario.
“Sin inflación podemos imprimir dinero para evitar la recesión, pero
con tasas de interés cercanas a cero y niveles de deuda tan altos los
bancos centrales necesitan de herramientas nuevas para acometer el
trabajo la próxima vez que sea necesario hacerlo, y con certeza habrá
una próxima vez”.

Blyth y Lonergan estiman que lo anterior se puede lograr sin depender


de un alza de impuestos, “ni perseguir tiros largos como la coopera-
ción internacional en torno a la riqueza escondida de los oligarcas o
nuevos impuestos a la riqueza, como lo que propusieron los economis-
tas cercanos a la exprecandidata demócrata Elizabeth Warren”. Ambos
aclaran que la idea de usar los tributos les parece “anticuada”, pues no
calza con dos de los tres puntos de una política inteligente expuestos
al principio: si bien la medida funciona, existe una tremenda oposición
política al alza de impuestos y, además, el capital es hoy en día global,
es decir, “demasiado difícil de atrapar”. En último lugar, informan,
“queremos financiar un boom en la inversión sustentable que realmente
dé por iniciado el esfuerzo por descarbonizar nuestras economías. Po-
demos utilizar todas estas políticas para mitigar los factores microes-
tresantes que provocan la rabia privada y para empoderar a los indivi-
duos”, aseguran, convencidos.

16. Herencia nacional

En la mayoría de los países desarrollados, el 20 por ciento de la población


con mayores ingresos es dueño de más del 80 por ciento de los bienes.
En otras palabras, el 20 por ciento más pobre no hereda ni posee prácti-
camente nada. La primera propuesta de los autores apunta a la creación
de fondos de riqueza nacional (NWF, por sus siglas en inglés). “Sabemos
que implementar un NWF es posible porque ya existen los fondos sobera-
nos de inversión (FSI)”. Países como Singapur, Noruega y varios Estados
del Golfo Pérsico, “lugares que no son precisamente enclaves marxistas”,
Angrynomics 17 Revista Cruciales

disponen de estas herramientas. Los FSI son grandes holdings de activos


–bonos, acciones, infraestructura y propiedad– que el Estado posee y ad-
ministra por su cuenta o a través de terceros. “Aquí es importante recalcar
que el Estado no pretende dirigir estos activos, pues no se trata de una
nacionalización como las de la vieja escuela”. Los bienes de los FSI se
comercian en bolsas de todo el mundo y, en general, los FSI son titulares
minoritarios pasivos de los recursos. En suma, los FSI compran bienes en
nombre de su público para generar ahorros y riqueza a partir de las ganan-
cias que estos acumulan.

La idea expuesta tiene dos características singulares. “La primera”, ex-


plican los investigadores, “es que estamos explotando un rasgo único del
mundo de nuestros días: las tasas de interés negativas. Es absurdo que los
gobiernos no saquen ventaja de tal situación”. La única razón por la que
un fondo de riqueza nacional de grandes proporciones puede crearse rá-
pidamente, añaden, es porque el costo de la deuda para el gobierno es de-
masiado bajo. “Esto es parte de la solución al estancamiento secular”, afir-
man, aludiendo a la condición que ocurre cuando una economía basada
en el mercado presenta un crecimiento insignificante o nulo. El segundo
rasgo de lo que Blyth y Lonergan proponen guarda relación con distribuir
la propiedad entre aquellos que no poseen bienes: “Queremos crear una
herencia nacional que vaya más allá de la seguridad social”.

Al parecer, argumentan, “hemos identificado un atributo del capitalismo


3.0 que nos permite tratar de forma seria uno de los motivos de queja de la
angrynomics –la extrema desigualdad de riqueza–, un rasgo que genera el
sistema por sí mismo, sin aumentar los impuestos.Y tal vez podamos crear
hasta un 20 por ciento del producto interno bruto en riqueza cada quince
años para quienes en nuestra sociedad no poseen bienes”. Como se sabe,
prosiguen, la propiedad de activos es una forma de seguro. Si alguien dis-
pone de un conjunto de bienes al cual echar mano para resolver asuntos
de salud, educación y entrenamiento profesional, ese alguien cuenta con
protección para cumplir con las necesidades más onerosas e importantes
que enfrenta cada hogar. “Visto de este modo”, agregan, “un fondo de ri-
queza nacional abordaría parte de la ira legítima contra la desigualdad de
ingresos que produce la angrynomics, al tiempo que mitigaría los factores
estresantes privados de la incertidumbre relacionada con la salud, la edu-
cación y la vivienda. ¿Quién podría oponerse a esto?”.

17. Demasiado bueno para ser cierto

Mark Blyth va más allá en su entusiasmo y plantea que esta solución po-
dría llevarse a cabo en sólo cuestión de meses: “Aunque el gobierno está
Angrynomics 18 Revista Cruciales

emitiendo deuda, su deuda neta, que es la diferencia entre sus activos y


pasivos, permanece inalterada porque no emite deuda para ser gastada
en consumo. Está comprando bienes reales con ella. Y sólo se distribuiría
un excedente después de que la deuda haya sido pagada en diez o quince
años, dependiendo del éxito de las inversiones”. Por lo demás, los retornos
generados por los fondos soberanos de inversión ya existentes sugieren
una probabilidad de éxito elevada.

A pesar del optimismo demostrado, los autores no dejan de enumerar


las dudas y preocupaciones típicas que este tipo de operaciones suscitan:
“Primero, esto suena riesgoso: emitir deuda y comprar acciones. Segun-
do: ¿acaso el gobierno no carga ya con demasiadas deudas? Tercero: ¿por
qué el gobierno es capaz de hacer esto? Suena demasiado bueno para ser
cierto. ¿Si las tasas de interés suben, será aún posible implementar este
sistema?”. Dicho esto, abordan entre los dos, debida y detalladamente,
cada uno de estos temores, y concluyen que la opción sigue siendo viable
y sumamente conveniente.

Y para demostrarlo presentan un ejemplo fácil de seguir: “Imagina que tu


banco ofrece pagarte por pedir un crédito hipotecario. En vez de cobrarte
intereses, te paga el 1 por ciento. Entonces sacas el préstamo, compras una
propiedad y la arriendas, digamos que a un rendimiento del 6 por ciento.
Así las cosas, cada año obtienes un retorno del 7 por ciento (6 por cien-
to de ingresos de alquiler y el 1 por ciento que te da el banco) y esto se
acumula con el correr del tiempo. En diez años puedes pagar el crédito y
ser completamente dueño de la propiedad que arrendabas”. Estas son las
consecuencias, continúan los autores, del interés compuesto y del costo
del capital del gobierno. “Dado que este es el caso”, concluyen, “habría
que preguntarse por qué el sector privado está dispuesto a prestarle dine-
ro al gobierno a un retorno real de suma cero o negativo, pero el primer
punto a destacar, sin lugar a dudas, es que, dado el costo real actual de la
deuda del gobierno, cualquier inversión que él haga con un retorno posi-
tivo real crea valor para el Estado”.

18. No me importa la privacidad

El ingreso básico universal, que consiste en una suma de dinero que el


Estado les paga a todos los ciudadanos, es una idea que últimamente ha
ganado adeptos en todo el mundo. No obstante, las principales reticen-
cias para adoptar este sistema apuntan a que podría socavar los recursos
disponibles para la seguridad social y, por otro lado, a si es correcto re-
cibir plata por no hacer nada. Blyth y Lonergan le dan un giro al asunto
y proponen una solución que denominan dividendo de datos. “Lo que
Angrynomics 19 Revista Cruciales

sugerimos es que debiese pagársenos por algo que ya es nuestro. Quere-


mos concederles a las compañías del sector privado el derecho a acceder
a nuestros datos, pero con una tarifa, la cual podría en parte costear un
ingreso mínimo”.

Eric Lonergan declara no tener inconvenientes en que las empresas


tecnológicas y financieras gocen de acceso a sus datos: “Veo grandes
beneficios en esto, desde los diagnósticos médicos que utilizan la inte-
ligencia artificial hasta Amazon ofreciéndome lo que quiero antes de
que yo lo sepa. Quiero acceder a estas ganancias de productividad y no
me importa el tema de la privacidad”, argumenta. Aun así, el autor se
da cuenta perfectamente de que hay economías de escala en muchos de
estos negocios y, por lo tanto, algunos de ellos pueden tender hacia el
monopolio. Ciertamente, afirma, Google, Facebook, Amazon y Apple
tienen características monopólicas y, por lo general, los monopolios
son propiedad del Estado o están regulados por este, pues, de otro
modo, su poder de mercado queda dispuesto al abuso en detrimento
del consumidor.

Debido a que las firmas tecnológicas dominantes recién mencionadas se


valen de nuestros datos colectivos para obtener utilidades, es posible plan-
tear un trato. A cambio de nuestra información, prosigue el economista,
“podríamos pedirles que pagaran un royalty, un pago único, o podríamos
otorgarles una licencia por treinta o cuarenta años del mismo modo que el
espectro digital fue rematado a las compañías de teléfonos móviles. Esto
podría hacerse a nivel nacional”. Una posibilidad sería invertir la recau-
dación de esta licencia o royalty en acciones de estas mismas empresas y
repartir un dividendo igual a cada persona que les haya permitido acceso
a sus datos. “La operación refleja un derecho de propiedad”, concluye Lo-
nergan, “y sin dudas sería un buen comienzo”.

19. Timos irrelevantes

Según estos expertos, el comportamiento de las grandes compañías tec-


nológicas está bastante mal entendido. Algunas de ellas, como Amazon y
Facebook, compiten agresivamente con otras firmas, y al así actuar pro-
veen servicios gratis a los consumidores, como en el caso de Facebook, o
a precios cada vez más bajos, como en el de Amazon. “No queremos que
dejen de hacerlo; queremos estimularlos a que sigan así, pero compartien-
do sus ganancias de manera más amplia”, aseveran. Apple, por ejemplo,
tiene enormes márgenes de ganancias y vende teléfonos a precios premium,
“por lo que, en cierto sentido, tima a medio mundo. Pero si tenemos par-
ticipación en su propiedad, eso no nos altera. Apple paga grandes dividen-
Angrynomics 20 Revista Cruciales

dos a sus accionistas –y eso podríamos ser todos nosotros en un fondo de


riqueza nacional– y, en consecuencia, también podríamos obtener algún
ingreso de los dividendos de los datos”.

Por otro lado, añaden, el hecho de que Amazon se valiera de nuestra in-
formación para atacar a una industria tras otra tampoco debiera quitarnos
el sueño, “pues haremos grandes ganancias de capital a medida que cre-
ce. Y si Amazon se convirtiera en un tremendo monopolio que produjera
altísimos dividendos, seríamos tanto dueños como receptores de aquellas
utilidades. Y si eventualmente intentara engañarnos en calidad de mono-
polista, sería mucho más fácil regular algo en lo que posees una contun-
dente participación accionaria”. Esta es la razón por la que el dividendo
de datos podría resultar mucho más atractivo que un simple ingreso bási-
co universal, concluyen.

20. Legisladores al banquillo

Si se tratara de hacer una jerarquía de los pecados que hasta ahora ha re-
velado la angrynomics, el de producir recesiones figuraría en primerísimo
lugar. Mark Blyth estima que la eurocrisis es la fuente de ira pública más
legítima que puede imaginar, “la innecesaria y profunda destrucción de
buena parte de las economías de Italia, España, Portugal y Grecia”. No
es casualidad, agrega, que las voces de la angrynomics sean más febriles en
Europa. “La debacle financiera allá fue reprensible. De hecho, creo que
hay genuinos argumentos para poner a los legisladores en el banquillo y
juzgarlos en un tribunal de derechos humanos. Lo que se les hizo a Grecia,
Portugal, España e Italia es imperdonable. Y el sufrimiento humano cau-
sado sin necesidad es sumamente destructivo. Transcurridos incluso diez
años, la recuperación aún no se ha completado”.

En las últimas páginas del libro, los especialistas recapitulan sobre todo lo
dicho y señalan que han propuesto algunas políticas radicales para elimi-
nar las recesiones, redistribuir significativamente el ingreso y la riqueza,
asegurar a la gente ante los peligros y los cambios económicos, y estimular
la toma de riesgos en una sociedad más justa. “Ahora necesitamos ver que
los países implementen estas políticas, y cuando funcionen otros las copia-
rán. La clase política copia; rara vez piensa”.

Los políticos de centro como Emmanuel Macron, sentencian, “sólo ga-


nan elecciones porque nadie va a votar. Les lanzamos el guante a la
izquierda y a la derecha, pues hemos demostrado que las mejoras se
pueden llevar a cabo sin reventar a todos con impuestos y sin dejar al
Estado en bancarrota”. Y a modo de despedida enrabiada, tomando la
Angrynomics 21 Revista Cruciales

voz de una inmensa mayoría, Blyth y Lonergan dictaminan que no se-


rán tolerables las recesiones ni el desempleo cuando no haya inflación.
“Esto es una falencia mental”, aseguran. “El pensamiento convencional
es una premisa inadmisible para rechazar reformas convincentes en po-
líticas fiscales y monetarias que acarrearían gigantescas mejoras en las
vidas de las personas”.

Angrynomics
Agenda Publishing | 2020 | 192 páginas

Mark Blyth nació en 1967. Estudió en la Universidad de Strathclyde, en Glasgow. En 1999


obtuvo un PhD en Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia. Actualmente enseña
Economía Política en el Instituto Watson de la Brown University, en Rhode Island, y dicta
charlas por YouTube que son seguidas por millones de personas. Ha publicado varios libros,
tanto individualmente como en colaboración.

Eric Lonergan nació en 1971. Estudió en la Universidad de Oxford y obtuvo un máster


en Economía y otro en Filosofía en la London School of Economics. En la actualidad se
desempeña como gerente de un fondo de inversión y escribe con frecuencia en Foreign
Affairs, Financial Times y The Economist. En 2009 publicó el libro Money.
Anti-
Nota del editor
Según planteaba con sagacidad el filósofo estadounidense
Richard Rorty, la manera en que una sociedad se habla

social
a sí misma determina sus creencias, su política y hasta su
cultura. Tal noción le resultó muy útil a Andrew Marantz,
el periodista de la revista NewYorker que investigó por
años a los grupos de extrema derecha que pavimenta-
ron el camino de Donald Trump a la Casa Blanca y que,
semanas atrás, intentaron impedir que este abandonara
su cargo emprendiéndolas con una violencia desatada en

Online Extremists, contra del Capitolio de Washington. Al iniciar el reportero


sus pesquisas, las arengas paranoicas y conspirativas que
caracterizarían la presidencia de Trump todavía no en-
Techno-Utopians, contraban espacio en los ambientes de élite, aunque ya se
habían asentado con fuerza en el debate virtual y comen-

and the Hijacking zaban a desbordarlo ante la perplejidad de los biempen-


santes. Fue entonces cuando David Remnick, el director
del NewYorker, le encomendó a nuestro cronista dilucidar

of the American quiénes estaban detrás de esta transformación. Los alar-


mantes descubrimientos de Marantz, obtenidos a partir
de un intachable reporteo cara a cara, son el caldo de vida
Conversation de Antisocial. Online Extremists,Techno-Utopians, and the
Hijacking of the American Conversation (‘Antisocial. Extre-
mistas online, tecno-utópicos y el secuestro de la conver-
Andrew Marantz sación estadounidense’), un libro que pone en duda el tan
celebrado rol de los emprendedores de Silicon Valley (los
tecno-utópicos del título) que crearon las redes sociales a
través de las cuales los radicales difundieron sus creencias
odiosas, y que al mismo tiempo denuncia a los principa-
les incitadores de un tipo de brutalidad política, Trump
incluido, que por momentos tuvo a la democracia de
Estados Unidos por las cuerdas. Además de ofrecer una
cartografía completa de los libertarios, neonazis, naciona-
listas, autoritarios, teóricos de la conspiración y posfascis-
tas que componen las agrupaciones de la llamada derecha
alternativa, el autor narra en detalle cómo los medios de
prensa tradicionales terminaron amparando y replicando
el discurso de la virulencia y del desacato a las verdades
establecidas. Los miembros de las organizaciones ultras,

02
apunta Marantz, “creían que las viejas instituciones de-
bían ser quemadas hasta sus cimientos y utilizaban las
herramientas a su disposición –los nuevos medios, espe-
cialmente las redes sociales– para prender tantos fósforos
como fuera posible”.Y aunque no tienen claro qué puede
venir después del incendio, añade, tampoco les importa
mucho. Su espíritu nihilista se concentra en liquidar el
statu quo y en ello ponen todo su esfuerzo. Sabiendo todo
lo que hoy sabemos, Antisocial viene ser un documento
que ordena de modo impecable lo hasta ahora sucedido
y, a la vez, enciende las debidas alarmas ante una realidad
inquietante de la que no estamos liberados.
Volver al índice
Juan Manuel Vial
Antisocial 23 Revista Cruciales

Los gurúes de los


asaltantes del Capitolio

1. Vocabulario destrozado

Durante tres años, el periodista norteamericano Andrew Marantz recorrió


Estados Unidos de costa a costa para sumergirse en el mundo extremo de
la derecha alternativa de su país. Como reportero de la revista New Yorker,
cohabitó con la denominada alt-right, una tribu política compuesta por una
fauna tan variopinta como radical de libertarios, neonazis, nacionalistas,
autoritarios, teóricos de la conspiración y posfascistas que por años residió
en los márgenes de la política estadounidense, pero que, en especial gracias
a las redes sociales y al liderazgo del expresidente Donald Trump, consiguió
notoriedad e incluso fue capaz de tomar por asalto el Capitolio y hacer que
la investidura de Joe Biden como el cuadragesimosexto presidente de Esta-
dos Unidos tuviera lugar en un Washington sitiado por los militares.

Antisocial es el título del libro resultante de la investigación llevada a cabo


por Marantz. El periodista afirma que no se trata de uno de esos textos pe-
simistas que lamentan que “hayan ganado los fascistas”, pero que tampoco
es un volumen que asevere con optimismo ingenuo que Estados Unidos
está destinado a vivir de acuerdo a los ideales de libertad e igualdad que
inspiraron a sus fundadores. Si se quiere entender lo que está ocurriendo
en su país, asegura, no se puede confiar en lo que uno desea, sino que es
necesario mirar el problema de frente para descubrir “cómo el vocabulario
nacional, y por lo tanto el carácter nacional, está siendo destrozado”.

Marantz describe un drama respecto del cual no se considera neutral. Para


él, al cubrir un asunto como este, no se requiere presentar ambos lados de
la historia ni tampoco ser simpático con todos los entrevistados. Sin em-
bargo, eso no descalifica la calidad de su trabajo ni lo desvía de su objetivo.
“Lo que puedo ofrecer”, apunta, “es la historia de cómo unos pocos em-
presarios disruptivos, motivados por la ingenuidad y un tecno-utopismo
Antisocial 24 Revista Cruciales

imprudente, construyeron poderosos nuevos sistemas plagados de vulne-


rabilidades imprevistas, y cómo un heterogéneo cuadro de provocadores
extremos, motivados por el fanatismo, la mala fe y el nihilismo, explotaron
esas vulnerabilidades para secuestrar el diálogo cívico estadounidense”.

2. La fiesta de los deplorables

La historia a la que alude Marantz comienza durante el DeploraBall (jue-


go de palabras que en inglés refiere a un ‘baile de deplorables’), un evento
celebrado en Washington el día antes de la inauguración del mandato de
Donald Trump, en enero de 2017. El nombre de la fiesta era una alusión
irónica a una frase pronunciada en la campaña presidencial por la candidata
perdedora, Hillary Clinton. En un arranque emocional que luego lamenta-
ría, Clinton dijo en un acto en Nueva York que “la mitad de los votantes de
Trump son una cesta de deplorables”. El apelativo capturó la imaginación
de los organizadores del DeploraBall, que ahora homenajeaban a los trolls
de extrema derecha que ayudaron al republicano a llegar a la Casa Blanca
desde las redes sociales. Era una oportunidad para “tomarse unos tragos
con los mayores personajes de la temporada”, como consignaba la invita-
ción en línea. Considerados por separado, apunta el autor, cada uno de ellos
parecía ser un tipo descartable. En conjunto, no obstante, “habían tenido
un impacto decisivo en la campaña de 2016 y en la opinión pública. Era
difícil imaginar que Trump hubiera ganado sin ellos”.

La derecha alternativa es aquella que se distingue de la tradicional, encarna-


da por la corriente central del Partido Republicano, a la que Trump desafió y
derrotó en las primarias. Marantz establece que el término surgió en 2008, de
boca del líder nacionalista Richard Spencer, quien dos años más tarde fundaría
AlternativeRight.com, “una revista online de tradicionalismo radical” que de-
fendía “el ideal” de crear “un etno-Estado blanco en Norteamérica”. Spencer
obtuvo cobertura nacional luego de que se diera a conocer un video en el que
sus adherentes brindaban con el brazo alzado al estilo nazi. Marantz indica
que, desde entonces, “Spencer se convirtió en el rostro indeleble de la alt-right
y esta se vinculó indeleblemente al neonazismo”. La etiqueta llegó a abarcar a
toda la derecha marginal, pese a que muchos de sus miembros rechazan abier-
tamente e incluso desprecian el entorno nacionalsocialista que rodea a líderes
como Spencer o Mike Enoch, o al menos toman distancia de él.

3. Quemar las viejas instituciones

Los próceres de la alt-right que concurrieron al DeploraBall generan


y monetizan contenido en la forma de podcasts, memes virales, trucos
Antisocial 25 Revista Cruciales

publicitarios, etcétera. Viven de su popularidad digital, mostrando una


enorme destreza para identificar mensajes e imágenes atractivos y para
llevarlos desde los márgenes de internet al debate mainstream en sitios
web, blogs y redes sociales. Desde diversos orígenes socioeconómicos
y políticos, y con objetivos diferentes, comparten, según el reportero,
un propósito común: “Todos creían que las viejas instituciones debían
ser quemadas hasta sus cimientos y utilizaban las herramientas a su
disposición –los nuevos medios, especialmente las redes sociales– para
prender tantos fósforos como fuera posible”. No tienen para nada cla-
ro qué puede venir después del incendio, pero tampoco les importa
mucho. Su espíritu nihilista se concentra en liquidar el statu quo y en
ello ponen todo su esfuerzo. “Somos los nuevos medios”, le dijo uno
de ellos a Marantz. “Los días de la prensa de las noticias falsas están
contados”, agregó.

Entre los protagonistas del DeploraBall figuraba Gavin McInness, anfi-


trión de un programa en YouTube y fundador de los Proud Boys, un gru-
po que promueve el “orgullo de ser blanco” y que ocupó un sitio promi-
nente entre los asaltantes del Congreso el 6 de enero pasado. McInness,
quien ya no encabeza los Proud Boys y está casado con una mujer de
origen indígena, saltó a la fama como fundador de la revista hípster Vice
y luego derivó hacia lo que él denomina “la defensa de los valores occi-
dentales”. Otros personajes VIP destacaban entre los más de mil parti-
cipantes del evento: allí estaban el controvertido asesor político Roger
Stone, la exsocialista Cassandra Fairbanks, la teórica de la conspiración
Lauren Southern, la activista antiislam Laura Loomer, el bloguero Jim
Hoft, el sheriff de raza negra David Clarke, el cofundador de PayPal Pe-
ter Thiel y, por supuesto, Mike Cernovich, el anfitrión de la fiesta, quien
dio la bienvenida a todos ufanándose de que la victoria de Trump se de-
bió a que “nosotros dirigimos Twitter durante la campaña”. Cernovich,
McInness y otros pueden ser identificados como miembros de la alt-light,
una versión menos agresiva de la derecha alternativa que propone el
“nacionalismo cívico”, pero igualmente hábil en el uso de las tecnologías
digitales y adepta a las teorías conspirativas.

4. Avance incontenible

Cuando en 2015 un amigo ecuatoriano le preguntó a Marantz sobre


Trump después de que este calificara a los mexicanos de “violadores”, el
autor le aseguró que no existía la menor posibilidad de que un candidato
así llegara a ser presidente. Su opinión, sin embargo, comenzó a variar a
medida que avanzaba la campaña, porque vio el efecto que estaba tenien-
do el republicano en las redes sociales.
Antisocial 26 Revista Cruciales

Desde que en 1998 Matt Drudge reveló en su blog el escándalo Lewins-


ky, que estuvo a punto de derribar a Bill Clinton, el poder de internet
para divulgar noticias –reales y falsas– fue creciendo hasta hacerse in-
contenible. El avance tecnológico puso al alcance de cualquiera la po-
sibilidad de comunicar ideas, datos, hechos y fantasías, desafiando el
poder fiscalizador de los medios tradicionales. Hasta entonces, diarios
y cadenas de televisión habían actuado como guardianes de contenido
que daban poco espacio a las visiones extremas. Tenían rutinas profe-
sionales para verificar las noticias y descartar las versiones dudosas o
abiertamente falaces.

Pero internet cambió las cosas. El entorno digital ofrece un mercado de


las ideas abierto a todos. Marantz se pregunta “qué podría evitar que una
mentira le ganara a un hecho” en un ambiente así, donde sólo basta tener
determinación y un dispositivo con conexión en línea para transformarse
en encantador de serpientes. Como señaló a su público el sitio de derecha
alternativa The Right Stuff, “la guerra cultural se combate diariamente a
través de tu teléfono inteligente”.

5. Vacío de poder

Lo que estaba teniendo lugar en las redes sociales era una guerra de pa-
labras con graves consecuencias, indica Marantz. Recuerda al filósofo Ri-
chard Rorty, quien afirmó que la manera en que una sociedad se habla a
sí misma determina sus creencias, su política y hasta su cultura. Siguiendo
esa línea de argumentación, el periodista concluye que, “si cambia nues-
tra forma de hablar, cambiamos nosotros”. Según él, con la intención
de correr la línea de lo admisible por medio del escándalo y la polémica
constantes, los “deplorables” alteraron las reglas del juego. “No estaban
interesados en el diálogo. Estaban cómodos cuando se les describía como
controversiales, incluso peligrosos”, manifiesta. “Son hábiles propagan-
distas que, habiendo identificado que las redes sociales crearon un vacío
de poder, se decidieron a explotarlo”.

Marantz explica que las buenas intenciones de los creadores de MySpace,


Reddit o Twitter los llevaron a creer que cambiarían el mundo para bien.
Mark Zuckerberg, el CEO de Facebook, declaró en 2012 que las inno-
vaciones tecnológicas incentivaban el progreso y acercaban a los seres
humanos. El presidente Barack Obama se sumó a este optimismo cuan-
do dijo que, gracias al avance digital, la “verdad no puede ser ocultada”.
Las redes sociales se definieron a sí mismas como garantes de la libre
expresión. Haciendo gala de un optimismo a toda prueba, sus promoto-
res estaban convencidos de que su papel consistía en aplanar una cancha
Antisocial 27 Revista Cruciales

dispareja y darles poder a quienes no lo tenían. Proveían una plataforma


para criticar, ironizar, felicitar, informar y ser escuchados. Todo con la
más estricta neutralidad: “Somos una compañía tecnológica, no una de
medios. Construimos herramientas y no proveemos contenidos”, com-
plementó Zuckerberg en 2016. Sin embargo, plantea Marantz, la rea-
lidad se encargaría de poner en aprietos el ideal tecno-utópico de los
jóvenes nerds de Silicon Valley.

6. Filtro burbuja

En una conferencia en Nueva York, Marantz se topó con Eli Pariser, autor
de El filtro burbuja, un libro que denunció el efecto dañino para la demo-
cracia del modelo de negocios de las redes sociales. Pariser escribió que las
grandes compañías tecnológicas acumulan información sobre los gustos
personales de sus usuarios y luego la utilizan para poner a su disposición
links y sitios que se asemejan a esas inclinaciones. Con esta estrategia de
microtargeting crean una muy rentable cámara de resonancia que dificulta
a los usuarios exponerse a mensajes diferentes a los de su preferencia y
los hace residir en una burbuja digital. Pariser subrayó el peligro que esto
supone para la convivencia social al generar personas encerradas dentro
de sus posturas que sólo reciben y emiten mensajes que reafirman sus
creencias, sin desafiarlas ni cuestionarlas. Marantz añade una pregunta:
“Si los filtros burbuja son malos para la democracia, ¿entonces Google y
Facebook también eran dañinos para la democracia?”.

Al principio, nadie formulaba ese tipo de interrogantes. Se consideraba


“divisivo”, sugiere Marantz. “Era mucho más aceptable socialmente exal-
tar el reluciente vehículo de la tecnología –mirar con admiración amoral
su velocidad y vigor– que preguntar hacia dónde iba dirigido o si algún día
iba a terminar despeñándose por un acantilado”.

El periodista postula que los valores del nuevo entorno digital no prio-
rizan lo importante, sino que persiguen la popularidad y la viralización.
Por ejemplo, el sitio Upworthy no creaba contenido, sino que escanea-
ba la red para encontrar videos y material atractivos, los reempaqueta-
ba, les ponía un titular irresistible, los testeaba y luego los publicaba.
El propósito no era informar, sino despertar la curiosidad del lector
por medio de una carnada bien diseñada que permitiera obtener clicks
y pageviews. Otros actores de la industria, como BuzzFeed, ofrecieron
más componentes, como botones para expresar emociones y compartir
contenidos. En el orbe digital, la mejor publicación pasó a ser la que
conseguía más clicks, despertaba más emociones y era reenviada el ma-
yor número de veces.
Antisocial 28 Revista Cruciales

7. Cultura del impacto

Aunque pueda parecer casual, no hay nada de aleatorio en la viralización.


Marantz entrevista a Emerson Spartz, quien se autodefine como “apasio-
nado con la viralización”. Según él, la manera en que los medios tradicio-
nales relatan la realidad es “aburrida y predecible”. Para llegar al público
es necesario crear un nuevo lenguaje: saber lo que ocurre, identificar unas
imágenes e historias conmovedoras y emotivas, y producir un video corto
de no más de tres minutos con un mensaje claro y simple acompañado
de estadísticas. Marantz le discute. Pregunta por el contenido, pero para
Spartz no hay dudas: “Si es compartido, tiene calidad”. Dos frases resu-
men su ideario: “me interesa el impacto” y “quiero cambiar el mundo”.

El periodista dice que la idea de revolución que Spartz tiene en mente es


“distribuir un meme a millones de personas”. El concepto de meme, vale
recordarlo, proviene de la biología evolutiva y fue propuesto por Richard
Dawkins en su libro El gen egoísta en la década de los 70 del siglo pasado.
Allí plantea que, tal como los genes son la unidad de transmisión genética,
el meme es “la unidad de transmisión cultural” que se propaga “saltando
de cerebro en cerebro”.

Marantz apunta que, para los nuevos sacerdotes de la revolución di-


gital, el cambio llegaría por medio de mensajes cortos, emocionales y
sencillos que saltarían de cerebro en cerebro. El algoritmo que utilizaba
Spartz comparaba titulares y escogía el que atraía mayor cantidad de
clicks. Todas las decisiones que el empresario adoptaba estaban orienta-
das a maximizar el tráfico de lo que publicaba. En el caso de Dosis, el
sitio de Spartz, se trataba de notas inocuas sobre nimiedades y chismes.
Marantz señala que “la spartzificación del ecosistema de medios” parecía
inevitable e irresistible. Por todas partes, compañías similares adopta-
ban su modelo de bajo costo, agregación y paquetización de contenidos
producidos por otros. Los periodistas tradicionales estaban perdiendo la
competencia con los tecno-utópicos de Silicon Valley, que sostenían que
todo sería para mejor en un mundo sin guardianes editoriales obsesiona-
dos con el contenido y la calidad.

8. La mentalidad tecno-utópica

La industria de la tecnología de la información está dominada, dice el


autor, por una jerarquía poco numerosa de íconos que todos los techies
desean emular. Argumenta que, detrás de su juventud, su forma de vida
austera y sana, sus eslóganes (“Piensa diferente”, “No seas malo”) y
su descarnado éxito, los miembros de esta élite esconden un profun-
Antisocial 29 Revista Cruciales

do deseo por “ser considerados luminarias, hombres del Renacimiento,


los tipos más inteligentes de la habitación”. Son receptivos a las nuevas
ideas, están comprometidos con el medio ambiente, apoyan el avance
científico y el progreso médico, encabezan o financian obras caritativas
de amplio alcance. Poseen también una enorme confianza en sí mismos
que los lleva a descartar los conceptos que resulten incompatibles con su
estilo de vida. “Por ejemplo, consideraban risible e impensable la noción
de que la industria del capitalismo tecnocrático pudiera terminar resul-
tando en el mejor de los casos una broma y en el peor una catástrofe”,
escribe Marantz.

El reportero añade que esa reducida plutocracia de empresarios tec-


nológicos se hizo muy pronto dueña de casi todo. Sus determinaciones
comenzaron a tener efectos en las decisiones cotidianas de cientos de
millones de personas, desde la información a la que acceden hasta qué
y cómo compran y dónde y cómo se entretienen. El evangelio que pre-
dicaban era simple y directo: “Hay que darle al público lo que quiere”.
Y este se mostraba ávido de información. En una conferencia celebrada
en 2008, Zuckerberg indicó que “el próximo año la gente va a compartir
el doble de información que este año, y el año siguiente la duplicarán
de nuevo”. La “ley de Zuckerberg”, explica el periodista del New Yorker,
demostró estar en lo correcto.

Sobre la base de esa insaciable demanda, los grandes empresarios tec-


nológicos han construido imperios económicos y culturales. Concen-
tran en sus manos un poder enorme, advierte Marantz. Su modelo de
negocios abrió una serie de posibilidades en toda clase de ámbitos. La
oportunidad no pasó desapercibida para los expertos en comunicación
política, según quedó en evidencia durante campañas electorales como
la de 2016 en Estados Unidos.

9. Darwinismo puro

Brad Parscale, el director digital de la campaña de Donald Trump aquel


año (y también en 2020), entendió el potencial del microtargeting para su
candidato. “Comprendí muy temprano que Facebook era el medio a tra-
vés del cual Trump iba a ganar”, dijo después de la elección. Parscale y su
equipo diseñaban distintas versiones de avisos de propaganda electoral, las
testeaban y escogían las que recogían más clicks y eran más compartidas.
“Usamos análisis de datos y así sabíamos qué avisos funcionaban mejor”,
explicó. En su oficina en San Antonio, Texas, Parscale recibía propuestas
de distintos equipos. Marantz relata que entre las empresas que lo ase-
soraban estaba la británica Cambridge Analytica, que usaba técnicas de
Antisocial 30 Revista Cruciales

microtargeting para incentivar la participación electoral de los adherentes


de Trump e inhibir la de los seguidores de Clinton, a la vez que divulgaba
memes y otro material de campaña.

Marantz critica el hecho de que el modelo diseñado por tecno-utopistas


como Spartz haya terminado siendo útil para candidatos como Trump.
Apunta que, “obviamente, Emerson Spartz no provocó que el candidato
republicano llegara al poder. Pero las condiciones que hicieron posible el
éxito de Spartz –la deriva del mercado hacia el darwinismo puro, la fusión
entre calidad y popularidad, el embrutecimiento del vocabulario nacio-
nal– estaban entre las principales condiciones que hicieron posible la pre-
sidencia de Donald Trump”.

10. La estrategia Sailer

La idea central detrás de la estrategia de Trump, indica el autor, era que al


Partido Republicano le bastaba con movilizar a los votantes blancos para
ganar la elección. Debía concentrarse sin complejos sólo en un tema: la
inmigración y sus consecuencias. Esta noción resultaba difícil de digerir
para la derecha tradicional, que insistía en girar hacia el centro y atraer
a votantes latinos y de raza negra. Para el columnista y bloguero Steve
Sailer, en cambio, el viraje hacia la derecha y el voto blanco representaba
la solución para los problemas electorales de los republicanos. Marantz
expone que, pese a que a partir de la elección presidencial del año 2000
Sailer planteó varias veces su postura, nadie quiso escucharlo. Medios
conservadores como The Wall Street Journal, Fox News o National Review
no querían saber nada de la “estrategia Sailer”, pues esta desafiaba la na-
rrativa políticamente correcta que se imponía por todas partes.

Fue la revolución digital la que les abrió espacios a Sailer y a otros que
pensaban como él para exponer masivamente sus postulados. Fundaron
nuevas publicaciones en línea que empezaron a difundir la “estrategia Sai-
ler”, dando origen al término alt-right, acuñado por Richard Spencer en
2008. También hicieron proliferar nuevos sitios en internet que llamaban
a defender Occidente, publicaban chistes racistas y utilizaban imágenes
grecorromanas. Encontraron un público de ánimo rebelde dispuesto a vi-
ralizar sus contenidos en redes sociales como Reddit, Twitter, 4chan y
Facebook. Marantz describe a esa nueva audiencia de la siguiente manera:
“Algunos eran hipercontradictores, adictos a hacer preguntas prohibidas y
listos para rechazar respuestas ampliamente aceptadas. Otros eran jóvenes
alienados, intranquilos y frustrados, llenos de una rabia superficial contra
las mujeres o el mundo. Algunos habían llegado a entender su vida como
simulaciones ficticias y estaban ansiosos por vivir una nueva experiencia.
Antisocial 31 Revista Cruciales

Y algunos, como un villano de la trilogía de El caballero de la noche, sólo


querían ver arder al mundo”.

11. ¡Estás despedido!

Al principio dispersas, las audiencias de la derecha alternativa comenza-


ron a formar comunidades virtuales en torno a algunos tópicos conspira-
tivos. Marantz sostiene que vieron en Donald Trump a un catalizador y
decidieron apoyarlo sin restricciones en su campaña para llegar a la Casa
Blanca. Cuando el 16 de junio de 2015 Trump anunció que buscaría
la nominación republicana porque “necesitamos a alguien que tome la
marca de Estados Unidos y la haga grande de nuevo”, la derecha alter-
nativa estaba lista. Trump ya había tratado de ser candidato en 1987 y
en 1999, pero nadie lo había tomado en serio y los medios tradicionales
lo trataron como una curiosidad. En 2011 lanzó un globo sonda a través
de internet y Twitter para ver si su candidatura prendía. Marantz afirma
que, para llamar la atención, Trump usó un recurso típico de los trolls: la
controversia a través de una teoría conspirativa. Comenzó a cuestionar el
origen del presidente Barack Obama, sembrando sospechas acerca de su
lugar de nacimiento. Pero no fue suficiente y finalmente desistió, aunque
el experimento le sirvió, según el autor, para darse cuenta de que, “en la
era de las redes sociales, los estándares habían bajado” y era más sencillo
ganar notoriedad.

Como dijo ese año Andrew Breitbart –a quien Marantz califica como “el
Juan Bautista de los deplorables”– Trump es, ante todo, una celebridad.
Al menos al principio, los votantes no lo juzgaban por sus propuestas,
sino por su condición de millonario exitoso y anfitrión de El aprendiz,
un reality show donde se distinguió por usar la frase “¡estás despedido!”.
En 2016 eso hizo aun más fácil la viralización de su campaña. Junto a su
condición de famoso, su desfachatez y su uso del escándalo sin respeto
por la verdad, la neutralidad de las redes sociales –su “apertura amoral”,
dice el autor– permitió que el mensaje de Trump y sus adherentes se dis-
tribuyera por todas partes.

Trump desafiaba la lógica política conocida. “Todas las semanas decía algo
indignante que parecía destinado a poner fin a su campaña. Sin embargo,
seguía liderando la carrera republicana”, recuerda Marantz. Las páginas
de sus seguidores en Facebook, mientras tanto, replicaban esas y otras ex-
presiones. Eran un ejército de viralizadores y grupos bajo nombres como
Ser Patriota o Escritores por la Libertad, entre otros de esa estofa. Cada
una de sus publicaciones lograba cientos o miles de me gusta y era compar-
tida otras tantas veces. Lo que en el sesudo mundo de la élite intelectual
Antisocial 32 Revista Cruciales

parecía improbable resultaba perfectamente posible en el universo digital.


El discurso paranoico y conspirativo que todavía no encontraba espacio
en los ambientes de élite ya se había asentado con fuerza en el debate vir-
tual y comenzaba a desbordarlo ante la perplejidad de los biempensantes.
Marantz habló del tema con David Remnick, el director del New Yorker, y
este le encargó investigar quiénes estaban detrás de esa transformación.

12. Sin cortapisas

El primer nombre que Marantz encontró fue el de Mike Cernovich, uno de


los organizadores del DeploraBall. Cernovich era un tipo de origen humil-
de que creció en Kewanee, Illinois, en una familia a la que le costaba llegar
a final de mes. Desde niño mostró un espíritu rebelde y cuestionador que
se intensificó en la adolescencia y más tarde lo llevó a estudiar en la uni-
versidad, algo poco frecuente en su círculo de amigos. Allí no sólo conoció
a la que llegaría a ser su primera esposa, sino también a intelectuales como
Friedrich Nietzsche, Carl Jung y Ayn Rand. Leyéndolos, se convenció de
que era un libertario. En 2004, poco antes de graduarse como abogado
en la Universidad de Pepperdine (California), creó su propio sitio web,
donde relataba y denunciaba abusos policiales y burocráticos cometidos
por el gobierno.

Justo entonces, un episodio cambió para siempre a Cernovich. Una an-


tigua compañera de universidad lo acusó de haberla violado varios años
atrás. Él se defendió diciendo que habían tenido sexo consentido. Aunque
los cargos fueron finalmente desechados en 2009, Cernovich se convenció
de que el sistema criminal de justicia está orientado a dar fe a las acusa-
ciones de mujeres como la que le afectó a él y de que el feminismo es una
“filosofía de esclavitud”.

La denuncia hizo que no pudiera ejercer como abogado. Se instaló con


su mujer en San Francisco en 2004, donde hacía pequeños trabajos que
le dejaban mucho tiempo libre. Se convirtió en un asiduo visitante de in-
ternet y también continuó posteando en su blog personal bajo su propio
nombre. “Cada vez que apretaba el botón ‘publicar’, podía sentir cómo
se aceleraba su pulso”, señala Marantz, quien consigna que Cernovich
escribía de todo, desde relaciones entre hombres y mujeres hasta política,
pasando por nutrición y endocrinología. Pronto notó que, mientras más
extremas eran las posiciones que presentaba en sus posteos, mayores eran
la atención y el tráfico que conseguía. Allí exponía sus ideas sin cortapisas
y fue desarrollando sus argumentos sobre “la guerra del feminismo contra
las mujeres”, como la describía. En 2011 publicó en su blog un artículo
bajo el título “El surgimiento del nuevo hombre independiente”, donde
Antisocial 33 Revista Cruciales

acusaba a los medios y a los partidos políticos tradicionales de tener al


país sumido en mentiras, y celebraba el advenimiento de internet, el único
lugar, según él, donde existía verdadera libertad para expresarse e infor-
marse y para interactuar con otros.

13. Los beneficios de ser un troll

El proceso de radicalización de Cernovich tuvo lugar bajo dos consignas:


“conflicto es atención” y “atención es influencia”. Cuando abrió su cuenta
de Twitter –una red social que, en opinión de Marantz, “sobrerrepresenta
la controversia”–, descubrió que ser un troll genera respuestas y fama vir-
tual. “Twitter es mi droga”, afirma Cernovich. Las redes sociales son para
él un ring donde buscar peleas y entablar polémicas para aumentar el nú-
mero de sus seguidores y, a la vez, un lugar desde el cual es posible desafiar
la narrativa dominante e “informar” desde su particular punto de vista.

Marantz relata que, en 2015, cuando Donald Trump entró a la carrera pre-
sidencial, Cernovich comenzó a comentar sobre política, criticando a los
medios tradicionales, apoyando al candidato republicano y lanzando acu-
saciones infundadas sobre la salud de Hillary Clinton. “Si hay una historia
que pueda dañarla, la quiero en el ciclo noticioso”, decía. Su público no
paraba de crecer. En 2016 tenía 109 mil seguidores en Twitter, en 2019 ya
contaba con 467 mil y en 2020 superaba los 600 mil. “Twitter/YouTube/
Facebook realmente le dan el poder al pueblo”, publicó con entusiasmo.

A medida que Cernovich se hizo más famoso y conocedor de cómo ope-


raba el modelo, supo explotarlo mejor. Cuando quería decir algo negativo
de Clinton, por ejemplo, convocaba a sus seguidores en livestream y trans-
mitía en video para recibir sugerencias de ellos. Esto le permitía elegir un
hashtag atractivo para usar en Twitter. Cuando publicaba algo, ya sabía
que iba a ser exitoso. Y lo era. Marantz asegura que Cernovich había de-
sarrollado su propio sistema para atraer clicks y viralizar contenidos y que
en numerosas ocasiones conseguía instalar trending topics en Twitter que
eran recogidos por los medios tradicionales. “Objetivamente, yo soy el
nuevo medio”, se ufanaba, al contrastar su influencia con la de numerosos
comentaristas en la prensa.

14. Eres lo que escribes

Cernovich y sus colegas en la derecha marginal supieron aprovechar las


ventajas que ofrecía la web 2.0. Marantz explica que “si la web 1.0 estuvo
dominada por las grandes instituciones, la web 2.0 le daría el poder a la
Antisocial 34 Revista Cruciales

gente” a través de su principal innovación: las redes sociales. Estas debían


profundizar la democracia y permitir que “los amateurs sobrepasen a los
profesionales” gracias a que contarían con las facilidades técnicas para
hacerlo. Las barreras de entrada serían eliminadas o reducidas y todos po-
drían ser lo que quisieran. Como señala Paul Graham, uno de los gurúes
de Silicon Valley y multimillonario dueño de un fondo de inversiones de
riesgo, “cualquiera puede publicar un ensayo en la red. Eres lo que escri-
bes”. La medida del éxito estaba dada por una sencilla métrica cuantifica-
ble: el número de pageviews.

Bajo el alero de Graham, en 2005 dos de sus más aventajados discípulos


crearon Reddit, un agregador de noticias que usaba un sistema democrático:
ubicaba los links con más votos favorables al tope de la página. Steve Huff-
man y Alexis Ohanian diseñaron un sistema de incentivos para promover la
participación de sus usuarios –los redditors– y luego incluyeron la posibilidad
de que estos comentaran y debatieran entre ellos, votando también acerca
de cada comentario. La comunidad virtual que resultó de este experimento
era irreverente y a menudo políticamente incorrecta, opuesta a la narrativa
oficial, indica Marantz. Para sus creadores, Reddit era “la primera plana de
internet” y Paul Graham también lo creía: “Ya no miro un sitio de noticias
que no sea Reddit. Sé que, si ocurre algo importante o si alguien escribe un
artículo interesante, va a estar allí. Sitios como ese funcionan como un filtro
de calidad”. En 2006, Huffman y Ohanian vendieron Reddit a Condé Nast,
una cadena editora que publica revistas de élite como The NewYorker, Vanity
Fair y Vogue. Trabajaron allí un tiempo más y luego se fueron. A los 25 años,
eran multimillonarios. Más adelante volverían.

A través de sus distintos foros de opinión (subreddits), Reddit continuó


siendo un receptáculo de comentarios agresivos, insultos y teorías de la
conspiración, otro símbolo más de que Estados Unidos “estaba sufriendo
un cambio súbito y doloroso. El antiguo vocabulario nacional estaba sien-
do desmantelado” y nadie sabía bien qué lo reemplazaría, apunta Marantz.
Para el autor, resulta claro que la ventana de Overton –el marco imaginario
que delimita qué es aceptable en la conversación pública– se estaba des-
plazando. Aquello que era considerado marginal hacía un tiempo ahora
estaba entrando de lleno en el debate, gracias a la acción de líderes como
Trump, el espacio libre de las redes digitales y el descaro de tipos como
Cernovich y sus colegas de la alt-right y la alt-light.

15. Ventana irreconocible

Fue ese giro el que permitió el triunfo de Donald Trump el 8 de noviem-


bre de 2016. Para Marantz, el resultado significó una “tragedia nacional”
Antisocial 35 Revista Cruciales

que incluso hizo que su esposa no pudiera reprimir el llanto. De hecho,


aquel fue el título del ensayo que publicó al día siguiente David Remnick
en el New Yorker. La revista tenía planificado cómo cubriría la victoria de
Clinton, pero nadie pensó que sería derrotada por el advenedizo Trump.
La sorpresa fue completa y dolorosa. Marantz escribió una nota en la que
afirmaba que “la alt-right había estirado la ventana de Overton hasta ha-
cerla irreconocible: su activismo en las redes sociales hizo posible –y con-
cebible– que Trump fuera electo”.

El reportero critica que la cultura libertaria que animó a los tecno-utopis-


tas haya sido utilizada con habilidad por los partidarios de Trump y por
el candidato mismo. Al principio, las compañías tecnológicas rechazaron
las acusaciones. “La idea de que las noticias falsas en Facebook, que son
una parte muy pequeña de todo su contenido, influenciaron la elección de
alguna manera, es bastante loca”, dijo Mark Zuckerberg dos días después
de la victoria del republicano. Lo que hacía Facebook, según explicó uno
de sus ingenieros más importantes en junio de 2016, era “conectar a la
gente. La cruda verdad es que creemos tan profundamente en conectar a
la gente que cualquier cosa que nos permita hacerlo es de hecho buena”.
Marantz califica esa actitud como “tecno-utopismo maquiavélico”.

Las cosas, sin embargo, comenzarían a cambiar. Ya antes de la elección de


Trump, sitios como Reddit iniciaron el bloqueo de foros donde campea-
ban el racismo, algunos tipos de pornografía (otros estaban permitidos) o
el odio. En 2015 Huffman retornó a Reddit como CEO de la compañía y
tomó la decisión de dejar fuera a algunos trolls y subreddits violentos. El in-
menso impacto que significó la victoria de Trump para las élites liberales y
progresistas aceleró la disposición de las grandes empresas tecnológicas a
intervenir con mayor fuerza. Tres días después del acontecimiento, el gurú
digital Paul Graham expresó sus aprensiones: “Cuando Reddit fue funda-
do, yo pensaba que su insolente lema sobre ser libres de la prensa estaba
en lo correcto. Ahora me preocupa hacia dónde vamos”. Marantz señala
que los tecno-utopistas empezaban a ser conscientes de que tendrían que
refrenar a sus usuarios.

16. Periodistas canallas

El arribo de Trump a la Casa Blanca desató una batalla de acusaciones


acerca de quiénes difundían “noticias falsas”. El autor explica que, por
años, la izquierda liberal había usado la expresión para desacreditar los in-
formes de sitios de derecha marginal como Breitbart News, Infowars, The
Right Stuff o The Gateway Pundit. Pero cuando el presidente comenzó a
atribuirlo a los medios tradicionales, originó una guerra de acusaciones.
Antisocial 36 Revista Cruciales

“Estamos combatiendo las noticias falsas”, aseguró Trump en un discur-


so. La discusión se prolongó. Marantz trata de delimitarla diciendo que
“un medio que produce noticias falsas es aquel que tiene poco interés en
ceñirse a los hechos o que considera que la falta de exactitud es una ca-
racterística, no un error”. No obstante, añade que el uso confuso que le
dieron Trump y sus partidarios hizo que la expresión terminara perdiendo
valor y efectividad.

Como Trump tenía “baja tolerancia para la televisión aburrida”, designó


a un vocero que garantizaba el espectáculo. Pronto Sean Spicer se hizo
conocido por sus intervenciones confrontacionales y sus denuncias infun-
dadas, las cuales eran reproducidas en las redes sociales por los trolls de
la alt-right. En las rondas de preguntas, el vocero escogía en primer lugar
a los reporteros de medios afines, como Breitbart News o The New York
Post, y rebatía a los de los medios tradicionales. Spicer seguía así el guion
impuesto por su jefe. Marantz escribe que Trump “peleaba especialmente
con los reporteros, en parte porque las peleas daban buen rating, y cam-
biaba de parecer en casi todos los temas, pero mantenía constante su acu-
sación de que los periodistas que lo cubrían eran canallas”. Los acusaba
de ser “sórdidos” y “deshonestos”. Agrega que, al actuar de esa manera,
el mandatario “parecía operar sobre la base de varias suposiciones super-
puestas: que un ejercicio arbitrario del poder lo haría parecer fuerte; que
le correspondía tratar a los medios tradicionales, una de las instituciones
menos populares del país, como su rival; que tendría más espacio para
mentir si continuaba atacando la noción que la verdad está en los hechos;
y que el conflicto es atención y la atención es influencia”.

17. Sorprendidos y neutralizados

La sala de prensa de la Casa Blanca se fue llenando de personajes nuevos


provenientes de sitios y páginas web de noticias de la derecha marginal.
Cuando el desfachatado Lucian Wintrich recibió su credencial oficial como
corresponsal de The Gateway Pundit, lo primero que hizo fue sacarse una
selfie con su jefe, Jim Hoft, en el podio que habitualmente usaba Spicer y
publicarla en Facebook, lo que generó cierto revuelo. Mike Cernovich y
Cassandra Fairbanks también obtuvieron pases, así como Jack Posobiec,
de Rebel Media, Jerome Corsi, de Infowars, e incluso el polémico Milo
Yiannopoulos, de Breitbart News, quien había sufrido en 2015 el cierre
de su cuenta en Twitter luego de violar las normas de uso de la red social
y enfrentarse con el jefe de prensa de Barack Obama.

Marantz apunta que, sorprendidos y neutralizados por la retórica vitrió-


lica de Trump y el desembarco de los trolls de la derecha alternativa, los
Antisocial 37 Revista Cruciales

medios tradicionales y sus corresponsales no supieron cómo reaccionar.


Mientras el presidente los acusaba de “no contarle la verdad al pueblo
americano”, ellos trataban de usar las herramientas de su profesión para
desafiar la mendacidad y volatilidad del mandatario. Pero al tiempo que lo
hacían, sin embargo, “legitimaban y diseminaban el mensaje de Trump”,
a quien el autor no duda en calificar como “el más dotado de los trolls”.

18. Revelación de Antifa

La guerrilla ideológica de internet también incluye a activistas pertene-


cientes al movimiento Antifa, un grupo de extrema izquierda. La alt-right
y la izquierda radical intercambian insultos en la red. Ocasionalmente
también se enfrentan físicamente, incluso con lamentables consecuen-
cias, como ocurrió en agosto de 2017 en Charlottesville, Virginia. Allí,
grupos de contramanifestantes de Antifa intervinieron un acto de gru-
pos neonazis y una mujer resultó muerta tras ser atropellada por un su-
premacista blanco.

Marantz relata una de las manifestaciones online de esta guerrilla: el


doxing (revelación online de datos personales o privados para intimidar
a alguien) que sufrió el neonazi Mike Enoch a manos de grupos an-
tifas, “posiblemente en conjunto con sectores de la alt-right enojados
con él”. Durante años, Enoch había usado su blog (The Right Stuff)
y su podcast (The Daily Shoah) para negar el Holocausto, tildar a los
afroamericanos de “monos” y “salvajes”, y promover la creación de un
etno-Estado blanco en Estados Unidos. Según él, utilizaba un seudó-
nimo para proteger su verdadera identidad y criticar libremente la “na-
rrativa liberal predominante que nos programa desde pequeños”. En
noviembre de 2016, los antifas dieron a conocer su nombre: Michael
Enoch Isaac Peinovich, un programador computacional que trabajaba
en una agencia de publicidad digital en Nueva York y que estaba casado
con una mujer de origen judío.

Los antifas revelaron dos direcciones de correo electrónico de Peinovich.


Marantz le escribió para entrevistarlo. No tuvo éxito, pero sí contactó a su
padre, quien le contó que la familia vivía en un suburbio de clase media
alta de Nueva Jersey (un barrio conocido por su tendencia liberal progre-
sista) y que había tratado de educar a su hijo “en la corriente central y nor-
mal de Estados Unidos”. La decepción de Peinovich senior era evidente:
“Supongo que no conozco a mi hijo como pensé que lo conocía”. Tiempo
después, tras ver un video en el que su hijo arengaba a los supremacistas
blancos en el acto de Charlottesville, se decidió a hablar más largo con
Marantz. Lo llamó por teléfono para contarle la vida de Enoch.
Antisocial 38 Revista Cruciales

19. La historia de un neonazi

Michael Enoch Isaac Peinovich fue un niño frágil y alérgico que sufrió
con el divorcio de sus padres. Estos lo enviaron a terapia. “Es vulne-
rable como una uva pelada”, diagnosticó el doctor que lo trató. Extre-
madamente inteligente, creció aislado y solitario, a menudo víctima de
bromas de sus compañeros de colegio. Según Marantz, esto lo llevó
a desarrollar una respuesta defensiva: siempre llevaba la contraria y
desafiaba los consensos, con el objetivo de desagradar a los que lo ro-
deaban, contra quienes parecía resentido. Le molestaban las injusticias,
las diferencias de un sistema que él percibía como inclinado en favor
de los poderosos. Fue a cuatro universidades, pero no se graduó en
ninguna, y finalmente aprendió a programar computadores a través de
tutoriales de YouTube.

Entró a trabajar a America Online, donde conoció a la que sería su es-


posa. Paralelamente comenzó a ingerir pastillas de esteroides y a par-
ticipar en foros extremos de Reddit, 4chan, 8chan y Facebook. Se fue
radicalizando: primero fue anarquista, luego trotskista; más tarde se
orientó hacia el libertarianismo tras leer a Ayn Rand, Murray Rothbard
y Ludwig von Mises. Expresaba sus visiones y emociones en un blog
al que bautizó The Emptiness (‘El Vacío’). Pronto se sintió inquieto y
pasó al anarcocapitalismo: había que abolir el Estado corrupto y dejar
todo en manos del mercado. Sin embargo, fuertemente persuadido de
que no todas las personas son iguales, derivó hacia el racismo y al su-
premacismo blanco. Marantz expone que, crecientemente afiebrado,
Enoch se convenció de que los blancos son más ricos y exitosos porque
son superiores.

Se alejó de sus padres y comenzó a interactuar con grupos poslibertarios


en Facebook, Twitter y Reddit. Con ellos creó The Right Stuff en 2012
y más tarde, en 2014, lanzó el podcast The Daily Shoah. Marantz señala
que, con Enoch como líder indiscutido, el grupo ventilaba un suprema-
cismo blanco extremo, pero todavía abierto a las bromas y al debate. Las
cosas cambiaron, manifiesta, cuando Enoch leyó La cultura de la crítica,
un volumen de contenido antisemita escrito en 1998 por Kevin MacDo-
nald, profesor de psicología de la Universidad de Estatal de California.
“Es un libro devastador e importante”, dijo a sus auditores. De ahí en
adelante, agrega el autor, el podcast se hizo abiertamente neonazi: un
“aporte” al movimiento alt-right que se sumó a otros grupos hábiles para
mostrar su actividad en las redes sociales y atacar a la alt-light, a la de-
recha conservadora tradicional, el progresismo liberal y el izquierdismo
ultrista de Antifa.
Antisocial 39 Revista Cruciales

20. No lo sé

Luego de que la identidad de Enoch fue revelada, la relación con su fami-


lia se quebró. Su hermano adoptivo, de raza negra, dejó de tener contacto
con él. Su padre lo desheredó y le pidió que se cambiara de apellido. El
día del incidente en Charlottesville, Peinovich padre le escribió para recor-
darle su solicitud. “Has abandonado tu legado, tus ideales y tu familia”,
le dijo. Enoch le respondió que defendería sus creencias y no renunciaría
a su nombre, porque era “un ciudadano americano con derechos”. Fue
la última vez que hablaron. A diferencia de su padre, la madre de Enoch
mantuvo el nexo. Si bien desaprueba su ideología (incluso trabajó para la
campaña de Hillary Clinton en Nueva York), afirma que “él es mi hijo y
jamás dejaré de hablar con él y de amarlo”.

Enterado de que el reportero del NewYorker había estado hablando con su


familia, Enoch decidió contar su versión y llamó a Marantz. Conversaron
dos horas por teléfono, en las cuales él repitió su desprecio por los judíos
y el periodista le preguntó por qué se había casado con una hebrea. Su
primera respuesta: “No lo sé”. Después explicó que ella no mostraba los
rasgos que a él le resultan desagradables de los judíos. No pasó mucho
tiempo antes de que su mujer lo abandonara. Ella dice que no conocía la
actividad neonazi de su exmarido, pero el autor lo pone en duda.

La inesperada revelación de la identidad de Peinovich provocó revuelo en la


alt-right. Las opiniones se dividieron. Al principio, Enoch dijo a sus cercanos
que abandonaría el supremacismo blanco. Pero luego recapacitó. Marantz
postula que, “con suficiente talento y tiempo, un propagandista puede expli-
car incluso la contradicción más deslumbrante, y Enoch había pasado años
desarrollando un lazo íntimo con sus seguidores”. Lo perdonaron. Dejó
Brooklyn y se fue a vivir cerca de Jesse Dunstan, uno de los coanfitriones de
The Daily Shoah, que a partir de 2018 pasó a llamarse TDS y empezó a de-
jar de lado los contenidos racistas y la glorificación explícita de la violencia.
“Estaban tratando de moverse hacia el margen de la corriente convencional
o, por lo menos, intentando evitar el tipo de atención viral que provocaría
que las plataformas los cancelaran”, apunta Marantz.

21. Cambio de atmósfera

Un año después del DeploraBall, Marantz asiste a otra fiesta. El orga-


nizador es Mike Cernovich, que ha arrendado un sitio en Nueva York
para celebrar “Una noche por la libertad”. Espera reunir al “movimien-
to”, porque “es bueno que nos sigamos encontrando”. Pero esta vez la
atmósfera es diferente. Lucian Wintrich está decepcionado con Trump y
Antisocial 40 Revista Cruciales

se pregunta “dónde termina el teatro político y comienza la sinceridad”.


El propio Cernovich se ha alejado del lema MAGA (las siglas en inglés
del eslogan de campaña de Trump: “Hacer a Estados Unidos grande
de nuevo”) y explora otras temáticas. Marantz afirma que el lugar está
lleno a medias y que la atmósfera se percibe “triste y artificial, como la
recepción matrimonial de una pareja infeliz”. No sólo la alt-light pare-
cía cambiada. También las redes sociales se advertían diferentes. Aun-
que habían surgido nuevas plataformas como BitChute, Rofkin y Parler,
donde era posible seguir la conversación agresiva, las grandes compañías
tecnológicas “habían comenzado a entender que su utopía no se mate-
rializaría jamás”, escribe Marantz. Esto era una señal de madurez y una
consecuencia de la transformación del entorno: la actitud del público
había pasado desde la admiración reverencial por los grandes empre-
sarios digitales hacia una furia viral contra ellos y sus emprendimien-
tos. Quizás avergonzado por haber sido útil para la elección de Donald
Trump, en 2018 Mark Zuckerberg sostuvo que “los dos últimos años
han demostrado que, sin las salvaguardas suficientes, la gente utilizará
de forma inadecuada esas herramientas (las redes sociales y la tecnología
digital) para interferir en elecciones, distribuir desinformación e incitar
a la violencia”. Algo parecido ocurrió en Reddit: Steve Huffman dispuso
la eliminación de algunos subreddits donde comentaban supremacistas
blancos y violentistas. “Esas comunidades son malas para Reddit y malas
para el mundo”, se justificó Huffman.

Una de las víctimas del nuevo clima fue Milo Yiannopoulos. Durante un
tiempo, el editor de Breitbart News se ufanó de que “hacía lo que quería”.
Pero en 2017 se difundió un video en el que legitimaba la pederastia y más
tarde se conocieron sus flirteos con grupos neonazis. Su estrella se opacó
y debió dejar Breitbart. Fue cancelado en Venmo y PayPal, la editorial Si-
mon & Schuster le rescindió contrato y Patreon le impidió desarrollar una
campaña de crowdfunding para pagar su “magnífico regreso”. Por distintas
razones, varias organizaciones y personajes de la derecha marginal co-
menzaron a ser eliminados de las redes sociales. Twitter cerró las cuentas
de Mike Enoch, y Gavin McInness fue prohibido en Facebook, Twitter,
Instagram y Amazon. Lyft y Uber cancelaron las cuentas de Laura Loo-
mer. Al final, señala Marantz, los “deplorables” no consiguieron todos sus
propósitos, aunque sí fueron capaces de “normalizar la mentira flagrante y
el racismo abierto”. Por eso, señala, es necesario salirles al paso, algo que
ya han empezado a hacer las compañías tecnológicas.

Marantz anota que “por demasiado tiempo, los guardianes que dirigían
los sistemas de distribución de información más poderosos en la historia
de la humanidad fueron capaces de fingir que no eran guardianes. La
información quiere ser libre; la gente que se molesta debería culpar al autor,
Antisocial 41 Revista Cruciales

no al mensajero; la responsabilidad final está en el consumidor. Ahora, en


lugar de imaginar que habitamos en una utopía posguardianes, tendría
más sentido reclamar que los guardianes sean mejores y más pensantes”.
Los antiguos adolescentes tecno-utopistas ya tienen más de 30 años, son
millonarios e influyentes y se han vuelto realistas. Se han dado cuenta,
afirma el autor de Antisocial, de que “cambiar cómo hablamos es cam-
biar quiénes somos. Cada vez más, cómo hablamos es función de cómo
hablamos en internet”.

Antisocial
Viking | 2019 | 380 páginas

Andrew Marantz nació en Nueva York en 1984. Formado en las universidades de Brown y
Nueva York, en esta última obtuvo una maestría en Periodismo. Desde 2011 colabora en la
revista New Yorker, donde escribe sobre asuntos relacionados con medios de comunicación
y el mundo digital.
Ver ediciones anteriores aquí

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