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La historia de Iqbal Masih, una muerte que no mató

un propósito
Después de haber vivido la esclavitud infantil su sueño era defender a los demás niños
de esas situaciones. Un sueño que lo llevó a la muerte, una bala certera que le cercenó la
vida a los doce años, era un 16 de abril y los asesinos pensaron que de esa forma
silenciarían las voces en [...]

Después de haber vivido la esclavitud infantil su sueño era defender a los demás
niños de esas situaciones. Un sueño que lo llevó a la muerte, una bala certera que le
cercenó la vida a los doce años, era un 16 de abril y los asesinos pensaron que de esa
forma silenciarían las voces en contra del trabajo infantil, nada más equivocado ya
que a partir de eso la lucha fue más ardua.

Era costumbre en Pakistan que cuando se debía casar un hijo, se entregara otro como
garantía para acceder a un préstamo, este hijo menor era vendido y debía trabajar para la
persona que prestaba su dinero. Esta fue la triste historia de Iqbal Masih. Su madre a los
cuatro años lo entregó a un fabricante de alfombras para obtener el dinero necesario, la
deuda no terminaba de saldarse nunca, nuevos préstamos más la suma de intereses
hacían que el niño tuviera que pasar doce horas diaria inclinado trenzando hilados, con
una sola comida diaria por el pago de una rupia, razón por la cual a los seis años se
detuvo su crecimiento. La vida transcurría en una sociedad feudal donde los pobres no
tenían más que sus brazos y los de sus hijos para comer y de esa forma vivir. Así, este
ritmo de trabajo hizo que Iqbal fuera teniendo grietas en sus dos manos, que como
nunca cicatrizaban , se parecían a las manos de un viejo campesino, a esto se le sumaba
la tos seca que padecía provocada por la inhalación del polvo de la fibras, la escasa
ingesta de alimentos le había provocado raquitismo crónico y el tema de la posición más
el hecho de que no lo dejaban descansar ni le daban un tiempo para estirar sus piernas,
arruinó su circulación, por lo tanto a los diez años, edad en que otros chicos se dedican a
jugar con compañeros en el patio de un colegio, él parecía un niño viejo.

Buscando una salida

Tenía apenas 10 años cuando asistió a una reunión sobre derechos humanos y allí su
vida cambió, se unió a una campaña del Frente de Liberación del Trabajo Forzado y de
esta forma consiguió su libertad. A esa temprana edad se convirtió en un militante
activo en contra del trabajo infantil, su sueño era librar a otros niños de la esclavitud y la
humillación. En esa primera reunión se animó y tomó el micrófono en sus manos para
comenzar el relato de su vida en el taller. Algo que conmovió a los miembros del
Frente.

Eran muchos los sectores que empleaban mano de obra infantil, entre ellos las fábricas
de ladrillos, hecho este que lleva a crear el “Frente de los Trabajadores del Ladrillo”.
Las voces pidiendo mejores condiciones de trabajo y el no empleo de mano de obra
infantil cobraba cada vez más fuerza.

Una nueva etapa

Comienza una etapa donde como militante y denunciante de los padecimientos de los
niños llega a Estocolmo, allí participa de una propaganda en una gran tienda donde se
vendían alfombras de Pakistán, la India, China y otras partes. Para este fin lo habían
vestido a la costumbre europea y lo filmaron sentado sobre una de esas alfombras. Su
discurso era el siguiente: “Me gustaría decir este mensaje: ¡no compren alfombras. Son
confeccionadas por niños!”

Obviamente, esto hizo que los comerciantes y fabricantes inescrupulosos que se sentían
atacados al desnudarse esta verdad, vieron en Iqbal a un enemigo.

El enigma de su muerte

Tenía doce años cuando una noche de luna llena atravesaba con dos de sus primos un
campo, iban los tres sobre una bicicleta riendo y de pronto se encontraron con un
agricultor de la zona de quien se sospecha que puede haber utilizado un fusil y lanzar un
tiro a los niños, pero nunca se supo si esto fue realmente así o si a través de esto se
camufló una muerte. Detrás de la misma había pendientes muchos asuntos los asuntos
de los poderosos que necesitaban comprar silencio.

Su muerte mostró una realidad de una sociedad injusta, donde a los niños se los somete
de diversas formas y lo que él pretendía era que en lugar de tener un amo que lo
mandara y lo explotara poder tener un maestro que le enseñara y en lugar de tener que
pasar todas sus horas en un taller sucio y sin ninguna protección, poder pasarlas en un
escuela bajo el cobijo de gente honesta que lo instruyera.

La bala que detuvo su vida no pudo detener la lucha que otros siguieron por él.

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