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VIAJE A NINGUNA PARTE

Jennie Carrasco Molina

QUITO, 2004
Una historia de conejos

Hace mucho, cuando el abuelo Jacinto cortaba yerba para sus conejos,
mis pies colgaban del árbol de capulí y logré sentir la altura confortable y
vertiginosa. Las puestas de sol eran mías, nadie podía entrar en ellas ni
encaramarse en mi árbol. Era mío, mío el abuelo y míos los conejos.
Pero un día, cuando él me pidió que le pasara la carabina para espantar
a los pájaros que picoteaban sus babacos, solté el seguro, apunté y le di el
balazo en la frente. Los conejos chillaron con su estrepitosa caída y, ya
repuestos, lamieron la sangre que chorreaba por sus sienes.
Desde entonces pido auxilio, que alguien me escuche, que abra de una
vez la puerta para que los conejos salgan y me dejen dormir.
¿Habrá alguien que me pueda ayudar? ¿Alguien ahí afuera? Mi alarido
es insonoro. Cada cuerda bucal, cada arteria, se crispan aferradas a mis
intestinos, y no consigo articular ninguna voz.
Encerrada como estoy, por los siglos de los siglos, la fiebre me
adormece y trato de explicar quien soy. Pero lo único que siento es la
mordedura en el cerebro, el grito que nadie escucha.

***

Creen que estoy loca porque uso esta cofia, estos botines militares,
atavíos de seda fulgurante y los labios negros. Simplemente ésas son mis
órdenes: llamar la atención, que el incienso continúe y las campanas no
callen aún siendo el día del juicio final, para purificar esta tierra tan infecta,
este país tan abandonado de la mano del corazón de Jesús.
Aquí me han traído, envuelta en engaños. De rehabilitación hablan en los
corredores, de enfermedad mental. Yo no estoy enferma, lo sé. Ellos me han
encalabozado para que no grite las verdades, ésas que laceran mi corazón y
mis entrañas. "Ellos" son todos los que están afuera, los que jamás se
aventuraron a tocar otros tambores que no fueran los perfectamente
afinados con los del presidente y sus secuaces. Me río de todos, de los
formales y los adoradores de dioses falsos; de los enmascarados y de los
estúpidos; de los “plásticos”, de los que se esconden bajo gruesas capas de
maquillaje, y de los que comulgan todos los días. Sepulcros blanqueados.
Todos.

***

Desde que está internada, Alicia ha desarrollado su propia filosofía de la


vida. Reflexiona, aturdida, en torno a los seres humanos y la civilización.
Privilegia lo imaginario en tristezas, en inusitadas alegrías y en angustiosos
pensamientos. En su cabeza se celebran insospechados rituales, y, allí
dentro va forjando una sociedad peculiar. Afuera ya no cabía más. La
familia, el barrio, todo el mundo la necesitaba encerrada para enmendar sus
culpas y locuras. Todos están a salvo si ella, la peligrosa, la manchada,
conjura con su demencia el maleficio que pendía como una nube sobre la
familia entera. Ella es el chivo expiatorio: el hospital ha abierto sus puertas
para preservar el frágil equilibrio familiar. Su felicidad es fragmentaria; la
angustia que también la habita se evidencia en su postura, en las palabras
que transmite, en sus delirios.

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Se arrincona ahora en el cuarto blando, aletargada por los
tranquilizantes, olvidando la lenta muerte que sobre todos se cierne.
Las locas y locos del hospital reciben su dosis diaria de adormecimiento.
Considerados desechos, viven envejeciendo y deformándose, resignándose
a no aparecer nunca más en las calles y parques, en los cines e iglesias.
Sus guardianes evitan pensar que la locura, la verdadera locura, está
más allá del hospital, en la ciudad, en los mendigos de ojos suplicantes, en
la miseria que galopa, apocalíptica, sobre los hombros del presidente y sus
ministros, de diputados y banqueros. Y, más lejos aún, en los hilos que
manejan los poderosos, los dueños de la tecnología y de la guerra.

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La señora de

Conoció a Pedro en una calle de Quito. Anunciaba apocalíptico, la batalla


final contra esos barbudos de pesadilla roja, pegando carteles
anticomunistas. Alicia se acercó a leer y sus ojos se encontraron. Fue
instantáneo e inexplicable. La invitó a tomar un refresco. El encuentro no fue
difícil, Pedro encarnaba la firmeza y decisión que ella no tenía.
Lo admiró por la claridad de pensamientos, por el fluido discurso y por
sus manos que fueron las primeras en despertarle cautelosamente los
sentidos. Orgulloso, la exhibía ante sus amigos y familiares, tan linda y joven
como era.
Fueron tiempos de ir al cine, a caminar por el bosque, a inofensivas
conferencias sobre filosofía y religión, y a misa. Alicia se repetía que ése no
era el mundo que quería: su sueño era viajar, conocer países exóticos y
lejanos; estudiar las culturas y sumergirse en la historia de la humanidad,
vivir experiencias más allá de cualquier límite. Pero algo de Pedro la
arrastraba, algo ancestral que era ella misma y no era. Así, se dormía y sus
fantasías de niña trepadora de árboles y descubridora de mundos
subterráneos iban a quedar en un rincón de la mente, congeladas.

Con el casamiento las ventanas de la casa parecieron clausuradas. El


piso de madera se humedecía de tanto llorar. Era un encierro forzado en el
departamento del barrio La Floresta, ama de casa novísima, receptáculo de
una fecundación no deseada. Enfermó. Fiebres intensas de un mes entero le
quitaron el apetito. No hubo explicación para los doctores que hicieron
docenas de exámenes, descartando cualquier posibilidad de tuberculosis,
tifoidea o sífilis. Adelgazaba, los ojos hundidos, el cuerpo flaco, apenas
bebía un vaso de jugo de naranja al día. Hasta que un día sanó como de
milagro. Su cuerpo había decidido resignarse.
Pedro la vestía con ropas oscuras e indefinidas, cosidas por un
anticuado sastre y le regalaba zapatos negros y apretados, muy masculinos
y fabricados por un zapatero que los hacía eternos.
Al mirarse en el espejo veía una doble figura, en el fondo la que quería
ser y de frente la que simplemente estaba. En ese momento pensó que no
tenía escapatoria. La santa madre iglesia bendijo para siempre la unión y
ella moriría al lado de su esposo, aunque para eso tuviera que renunciar a
toda su vida, su futuro, sus ganas de conocer el universo.
Entonces empezó a escribir un diario, única forma de tratar de
entenderse y aceptar su situación. “Otra vez estoy aquí... este ambiente me
enerva. Todas mis esperanzas de salir se pierden. Cuatro paredes blancas,
odioso reloj, ventanas cerradas, muralla en mi alma, quisiera dormir o morir,
que da lo mismo”.

***

"Soy un ser normal, que cuando le pellizcan siente, le duele". Sus ojos
miran como a través de un cristal. Sabe lo que hay en el mundo y es dueña
de él y de todos los mundos. Aunque no viva más que entre cuatro paredes
blancas.
A más de los conejos, otros seres la habitan. Camina por el cuarto de
puntillas para no despertarlos. Tiene en su mesa de noche un libro de pasta
dura, de color rojo: El doctor Jeckyll y mister Hyde. Cuando niña, las monjas

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la llevaron de la mano a ver la película sobre la historia de un doctor
bondadoso y humano que inventaba extrañas pócimas y, al beberlas para
experimentar, se convertía en monstruo peludo, perseguidor de doncellas
¿para devorarlas? Alicia se estremece y se ovilla en un rincón del cuarto
hasta que alguien viene para llevarla a la cama, aterida de frío, con su bata
blanca rasgada, quién sabe si por las garras de mister Hyde.

Pero ¿dónde, en qué lugar o tiempo se quebró todo? De algo está


segura: no fue en el viaje al Brasil, ni en su largo remontar el Amazonas. Fue
antes: ¿Cuando se vio impotente y usada, aferrada a la escoba, en ese
sillón execrable? ¿Fueron verdad el tiro de la carabina y los conejos
lamiendo la sangre del abuelo Jacinto? ¿Cuándo?

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Cenicienta

La vida pasaba lenta, Alicia mirando desde la ventana: "Vean cómo el


país se desbarata, los gobernantes juegan al escondite con acreedores
gigantescos, los pobres comen sus propios piojos, el pez grande se come al
chico, los cantantes protestan en las plazas, la podredumbre crece como en
un costal de manzanas".
Mientras Pedro corría detrás de ministros y embajadores, “para
engrandecer nuestro nombre”, le decía, orgulloso de sentarse a la mesa de
esos señores de Mercedes Benz y narices levantadas, ella cayó sobre la
realidad como quien se da contra un piso lleno de ripio. Y quiso irse, con sus
canciones, sus manos y sus libros a pelear junto a la gente que anhelaba
otra sociedad.

Cuando llegó Pedrito fue un vuelco. La maternidad... casi no la entendía


a los veinte años, pero el instinto estaba allí, desde que tuvo la primera
muñeca dormilona. Y con la maternidad, la virgen y todas las mujeres se
reunieron en sus pensamientos y se sintió realizada, total. Se justificaban los
exiguos orgasmos. El sexo quedaba redimido.
Vivía para él. Se volcó hacia sus llantos nocturnos, a sus balbuceos y
sus risas. Eran su carne y su sangre con rostro nuevo. El marido,
postergado y postergador, mientras ella amamantaba, mientras ella olvidaba
los inútiles coitos, y la frágil comunicación derivaba hasta el silencio, hasta el
cansancio, igual que un témpano de hielo.
Continuó posponiendo su propio crecimiento para verlo crecer a él. Con
él volvió la niña que amaba los juegos de la infancia, los toboganes y
columpios.
Luego, pensaba, podría rehilar la vida, los sueños, las ganas. Mientras
tanto, viviría la tregua. Ya crecería Pedrito, ya se convertiría en un ser
independiente de su brazo, de su abrazo. Y siguió esperando: el hijo la
obligaba a quedarse en el tibio rincón familiar, los dos aislados en un globo
de cuentos y juguetes. Pintaban las paredes con los colores del arco iris. Los
títeres y los conciertos les abrían caminos insospechados de europeos
antiguos que andaban silenciosos en sus desvelos; de viejos indios sabios
que golpeaban su ventana para invitarles a mirar las danzas del fuego.
En esa espera, Alicia se sumergía en cuadernos nocturnos. En secreto
congelaba sus anhelos. Leía debajo de las cobijas; estaba prohibido hacerlo
a la luz del día. La lectura, el papel y el lápiz eran actos subversivos. Se
sentía viviendo bajo la inquisición, el marido mirándola como a una bruja
peligrosa, digna de ser quemada, junto con Baudelaire y Henry Miller, con
Hermann Hesse y Anaïs Nin. Un marido que llegado el momento, se volvía
un monstruo de celos al ver a su Alicia intentando ser algo más que una
ostra mental. Ella se sentía una mujer de trapo.
-No sirves para nada, eres una infantil, una loca- eran frases comunes
entre el almuerzo y la cena. Y otras: eres una puta, una vagina pública, al
imaginar que amantes fogosos y dulces le proporcionaban insólitos placeres,
libertades que desataban su mente y le impedían a él llevar el control de su
vida.
Entonces comenzaban los golpes, los interminables golpes. Y después el
llanto, el perdón de rodillas, la reconciliación, por enésima vez. Y el silencio.
Y la callada vergüenza.

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"Me avergüenzo de mi propia obra, escondo debajo del caparazón mi
sensibilidad, mi forma de mirar las cosas, nunca voy a ir más allá del charco
donde me pusieron. Intento franquear puertas que no existen. He perdido la
visibilidad”, se atormentaba al ver pasar los meses inútiles y cansinos.
Más de veinte años de arrastrar una infancia de miedo y oscuridad,
boquiabierta frente a una vida que, sin saber cómo ni bajo qué órdenes,
cargaba sobre sus espaldas. Corría de aquí para allá, con la leña para avivar
el fuego de los otros, del marido sobre todo, sin poder detenerse a
contemplar ella lo hermoso de la llama que gritaba, liberándose, para salir
esbelta y humeante por la chimenea.
Programada como estaba para aceptar semejantes alfilerazos, aguantó
varios años. No obstante, algo en su espíritu se rebelaba sordamente, hasta
que un día saltó. Empezó a ahogarse, los barrotes engrosaban y pesadas
cadenas la ataban a un lugar que se convertía en un pantano de aguas
espesas y malolientes. Necesitaba respirar, romper los tragaluces, ser ella
misma luz, resplandecer y hacerse grande, grande, hasta convertirse en una
estrella.
Contra todas las advertencias del marido, puso sus pies en la
universidad y descubrió consignas y pancartas de la condenada izquierda.
Alicia con muchas ganas de vivir, de morir, de amar. Con el deseo de
derrocharse, correr como potra en una llanura libre y saltar al vacío de un
mundo desconocido. Necesidad de recuperar su adolescencia frustrada por
un matrimonio precoz. Y fue precisamente lo que hizo. Se lanzó al mundo
nuevo, desbocada y derrochando. Se entregó virgen a todo lo que se le
presentaba. Cantó con voz firme en el teatro universitario. Quiso ser actriz y
entró al grupo de la facultad. Descubrió a Samuel Beckett y el absurdo y ya
no pudo reconocerse, puesto que empezaba a ser otra, frente a las
cobardes escenas de la vida cotidiana.
Representó a Ibsen:
Nora.- No, no comprendo nada; pero quiero comprenderlo y averiguar de
parte de quién está la razón: si de la sociedad o de mí...
Deseó participar en la revolución y leyó historias que quería emular, y a
Bertold Brecht, y las teorías de Lenin y Carlos Marx. Era el descubrimiento
de un discurso que -nadie lo sabía aún- desde recién nacido tenía una
deformidad, una rigidez de granito. Años después, las revoluciones
estallarían en mil pedazos y la miseria humana se haría tan visible en
aquellos países como en los que siempre estuvieron delante de la "cortina
de hierro". Alicia reflexionando y estudiando.
Incansable subía las cuestas más polvorientas, convencida de que en la
cima se encontraba el súmmum de la felicidad. Pero no conocía más que el
modelo de felicidad fabricado por su madre, la profesora de primer grado y
todas las mujeres con las que había tenido contacto hasta entonces. La de
ellas era una felicidad rosada y absoluta. No estaban permitidas las
relatividades. Sólo años más tarde comprendería que esos absolutos no
existen; después de vagar por Sudamérica y virar sus propias concepciones,
como un guante.
El marido no aguantó semejante liberación. Golpeaba, chillaba, al ver
que su mujer de trapo se le iba de las manos, que se hacía de carne y hueso
y cobraba una fuerza jamás imaginada.
Nora.- ...tú no piensas ni hablas como el hombre a quien yo puedo
seguir... todo lo olvidaste, y vuelvo a ser tu avecilla canora, la muñequita que
estabas dispuesto a llevar en brazos como antes, y con más precauciones

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que nunca al descubrir que soy más frágil. (Levantándose). Escucha
Torvaldo: en aquel momento me pareció que había vivido ocho años en esta
casa con un extraño, y que había tenido tres hijos con él... ¡Ah! ¡No quiero
pensarlo siquiera! Tengo tentaciones de desgarrarme a mí misma en mil
pedazos.
Ya no tenía ningún miedo, ya ni siquiera le importaba que él viniera a la
madrugada y depositara en ella su semen como si se sonara la nariz. La
poseía mecánicamente, como para vengarse por haber osado rebasar las
paredes del hogar dulce hogar.

Helmer.- ¿Todo ha concluido? ¿No pensarás en mí jamás, Nora?


Nora.- Seguramente que pensaré con frecuencia en ti, y en los niños, y
en la casa.
Helmer.- ¿Puedo escribirte, Nora?
Nora.- ¡No, jamás! Te lo prohibo.
Helmer.- ¡Oh! Puedo enviarte...
Nora.- Nada, nada.
Helmer.- Ayudarte si lo necesitas.
Nora.- ¡No! No puedo aceptar nada de un extraño.
Helmer.- Nora... ¿ya no seré más que un extraño para ti?
Nora.- (Tomando el saco de viaje.) ¡Ah Torvaldo! se necesitaría que se
realizara el mayor de los prodigios.
Helmer.- Di cuál.
Nora.- Necesitaríamos transformarnos los dos hasta el extremo de... ¡Ay
Torvaldo! No creo ya en los prodigios...

Excelente la actuación de Alicia en "Casa de muñecas". Terminó en una


lloradera que volvió mucho más real al personaje. El público aplaudió hasta
el dolor.

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Despellejados

En la universidad apareció el poeta que vino a dar el empujoncito final,


tocando su lado más vulnerable, el de la sensibilidad.
-Hay que vivir despellejados- le anunció una tarde de junio, cuando el
verano empezaba.
Despellejados, palabra difícil para quien nunca se había desvestido más
que a oscuras y delante de un oscuro marido que hizo el acto de magia
perfecto para que la ciudad se volviera un pueblo moribundo, donde el
tiempo se detuvo y las personas envejecieron antes de hora.
Algún día iba a irse de ese apagado entorno. Pero no era sólo la ciudad.
Dentro de sí gritaba una Alicia que se durmió sin saber por qué, como
Cenicienta a quien le cortaron el baile, como la bella Durmiente, en un sueño
difícil de despertar.
El poeta llegó con sus canciones y su pelo largo. A Alicia le pareció que
tenía ojos de pescado, pues nunca pestañeaba. Era feo, mas para ella se
convirtió en un príncipe azul, un hombre hermoso y vital que le traía el olor
de los libros, un mundo de poesía y de novelas que era posible vivir en
carne propia.
-Me devoraste y me integraste a tu esencia -le declaró él. Yo soy tu
océano y me puedes navegar a tus anchas, soy infinito y cósmico.
Era justo lo que necesitaba, un universo sin fronteras para oír a Vivaldi y
vivir sus sueños. Dibujaron corazones en las paredes del centro histórico, el
amor llenó la casa abandonada en la que se encontraban, se regó en la
alfombra y en las canciones que él escribía para Alicia. Ese amor creció en
ella, dándole toda la fuerza que necesitaba para alzar el vuelo.
Se supo sensual y llena de ternura. Sus poros despertaban a
sensaciones diferentes y, sabía que la puerta estaba abierta a todas las
posibilidades de su cuerpo, de su voz y de su mente.
Era morir, cambiar de piel, empezar a vivir dejando atrás las inquisidoras
ideas que oprimían y torturaban, hasta dejar de ser el gusano que se
devoraba a sí mismo.
***
Comienza por mis pies. Lo hace lentamente, deteniéndose a masticar las
piernas. Escupe las vellocidades y se limpia de vez en cuando la boca con
el filo de la manga. Se para también a roer los huesos y se chupa los dedos.
No siento ningún dolor, sólo un leve cosquilleo el rato que él muerde mis
huesos. Sigue por las rodillas, se demora en raspar la rótula y el menisco
con sus sucias uñas.
¿Que por qué no me muevo? Me inyectó, antes de empezar, un veneno
paralizador. Abrir y cerrar los ojos se ha convertido para mí en una acción
vital. Al comienzo, lo miraba; mientras engullía pude sentir el cosquilleo. Ya
no están los miembros inferiores.
Cuando llega al vientre, el cosquilleo es tal que empiezo a reír y a
convulsionarme. Pero, en realidad, no hay ningún movimiento. Me imagino
que sólo en mi rostro se habrá visto el brillo de la risa incontenible. Veo una
línea de polvo blanquecino en lo que fue la parte inferior de mi cuerpo. El
gusano se relame. Llega a mi pecho y lentamente me devora los pezones.
Hay figuras en el tumbado cada vez más claras: seres deformes, sin brazos
ni piernas, mujeres gordas, sin senos, hombres sin falo, otros con huecos en
el vientre, muñecos sin cabeza, troncos, cabelleras, pies. En mi cuello siento
el ruido que hace al masticar los cartílagos. Miro mis manos a un lado y, en

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el techo, una figura con los ojos vacíos. En las cuencas se instala el gusano.
Miles de patitas me caminan por las mejillas, por la frente... se ha
multiplicado, todo está oscuro, los siento en cada pliegue del cuero
cabelludo, del cerebro, va a explotar.

***

Alicia experimenta cada vez nuevas sensaciones. Con las palabras


recogidas en todos los rincones del asilo ha creado un discurso. Las locas
más diversas hablan por su boca. Toda transpirada, con los ojos
desorbitados, los pómulos salientes, se ofrece a los demás con un gesto
desafiante.

Ella, mujer sin destino que quiso abrir una trocha en la oscura vida que
vivían casi todas las mujeres de su entorno, se encuentra ahora crucificada
por el silencio del encierro, como Juana la Loca o Camille Claudel o la
emperatriz Carlota, mujeres enloquecidas porque quisieron traspasar la línea
de sus madres, abuelas y bisabuelas.

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Huir, ¿hacia dónde?

Iban quedando atrás sus antepasadas, las monjas del colegio y las
bíblicas mujeres, crispadas y acusadoras, justificando un mundo patriarcal y
masculino. Transgredir no era fácil, pero ya no quiso dar pie atrás. Dejó la
familia, dejó la universidad y se fue.
-Si se marcha ha de ser con un hombre, qué más va a ser sino una puta
-criticaban las viejas en las cocinas. Quién iba a entender, quién, si para
ellos ser la "señora de" lo era todo.
La inculcada sensación monogámica se había quebrado en pedazos. La
maternidad se hizo añicos. La búsqueda se convirtió en desparrame total.
Tanto para dar, tantos deseos de recibir.
Caminando por las avenidas desnudas, sin Pedrito de su mano, tenía de
pronto todo el tiempo, pero no sabía qué hacer con él y vagaba sin rumbo
por horas, hasta caer rendida de cansancio y de hambre. La habitación a la
que se mudó, le recordaba aquel cuarto acogedor donde dormía la antigua
doméstica de su abuela, la María que, en el mismo sitio, molía la cebada y
armaba nacimientos inmensos con musgo traído de los páramos. Cuando
llegaba diciembre la niña buscaba su regazo, muchas veces más cálido que
el de su madre.
Huir. "Ir a donde nadie se atreva a lapidarme por haberme arriesgado".
Salir, viajar, preparar el pasaporte, una visa a un lugar donde nadie
cuestionara ni moralizara. Vencer el reto de encarar fronteras nuevas.
Nunca más volvió a ver al poeta pero le quedaría el recuerdo de quien le
quitó la venda. Después de él quiso consignar en su memoria la belleza, el
colorido de la vida y de los hombres.
Debía trabajar para comer, para comprar zapatos y vestidos. Fue
dependienta en un almacén de ropa. Vendió, de puerta en puerta, tarjetas de
navidad en beneficio de los niños.
Empezó a mirarse a ella misma por primera vez, a usar cintas en el pelo,
blusas de colores encendidos, sandalias de cuero y faldas vaporosas y
largas. La abuela le regaló algunos pañuelos, de esos con los que parecía
una gitana.
Había días en que se sentaba junto a los artesanos de la calle, mirando
arrobada los aretes, corales y chaquiras, y conversaba interminablemente
con esos viajeros anónimos por países, ciudades y montañas, lugares fuera
del tiempo y de la formalidad. De alguna manera, ellos se convirtieron en el
referente de su libertad.
Una sensación de felicidad invadió sus amaneceres, cuando el sol ya no
era el que la quemaba a través de los vidrios sino el compañero de la calle,
el llamador hacia otros horizontes.
Desde que se mudó a la nueva casa, comía y dormía a deshoras,
disolviéndose en un mundo que la atraía aceleradamente. Las reuniones de
vereda se volvieron asiduos encuentros en su propia habitación. Música
nueva, caricias nuevas, la yerba, de mano en mano, esto era vida
-alúcinante- acentuaba un argentino en un lunfardo que nadie comprendía y
todos terminaban riendo.
Probaron la vida en comunidad, de moda en los años sesenta. Todos
compartían comida, parejas y sueños. Una promiscuidad que muchas veces
terminaba en llanto y broncas porque a algunos no les hacía nada felices
que sus mujeres se cambiaran de cama.

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El placer nuevo de la penetración por un orificio prohibido le levantó un
oleaje extraño en los oídos; acostarse con un mulato y al día siguiente amar
a uno de piel blanquísima: todo estaba presente en el desafío, todos
rompiendo cadenas, inventando amores nuevos, mares diferentes para
navegar sin miedo, sin cortinas. Todos a uno, buscando dentro, en una
necesidad de medir hasta dónde respirar, hurgar, saltar al vacío.
Alicia se retraía a ratos, pues aún le quedaba una recóndita sensación de
pecado. Sin embargo, estaba dispuesta a todo, para eso se había separado
de los tules de la infancia y de los virginales consejos de su madre.
-Se ha vuelto una hippie- le llegaba de vez en cuando el comentario de
los parientes y amigos antiguos, de quienes no quería saber nada.

***

Es una mujer de piernas descomunales, pelo negro y vestido rojo sangre


que camina cuesta abajo con un paraguas en la mano. Siento sus pasos de
taco aguja. Con ellos me puede hincar la carne si no encuentro la salida.
Subo la escalera para huir de sus gruñidos de demonio de cuatro cabezas.
Bufa, jadea, raspa el piso con sus pezuñas. Abro la puerta de mi cuarto y
me encuentro con una pared. Todas las puertas siguientes son iguales,
paredes blancas y duras. Salgo al balcón. Ojalá ella no se dé cuenta de que
quiero huir por la parte delantera de la casa, toda llena de fétidos olores y de
alaridos que desgarran el aire de la noche. Me descuelgo por la ventana, es
alto el piso pero podré saltar a la calle y correr, correr para que no me
alcance el diablo que aún chilla dentro de la casa. El momento de poner mi
pie en la cornisa del piso inferior, veo el filo de su vestido de fuego e intuyo
su sonrisa de colmillos asquerosos que me morderán indefectiblemente y
me llevarán al infierno. Quiero saltar, pero el balcón ha quedado demasiado
alto. Mi propio grito me despierta, el monstruo desaparece.

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De la edípica escalera

La vida se volvió dura. Había que trabajar en algo más que las tarjetas.
Los muñecos de madera ayudaron por un tiempo: cortar, pegar, pulir, para
hacerlos bailar, títeres de piernas largas en la mano que los movía al son de
viejas cumbias. De feria en feria, encontró vendedores de todo lo
imaginable, desde muebles hasta cadenas de oro, pasando por comida,
tapices y cuadros.
Nicolás era un muchacho con pelo largo y barba, ojos profundos de miel.
La música de su mirada la deslumbró. Era dulce y un poco menor, Alicia
venciendo la timidez al acostarse y escuchando Cat Stevens mientras
hacían el amor.
-La pinza tienes que asirla firmemente y dar la vuelta al alambre hasta
que quede un gancho perfecto, entonces cortas. Para engastar, envuelves la
piedra en el alambre y, suavemente, vas enroscándolo hasta que esté bien
ajustado. Haces el gancho y cortas.- No fue difícil aprender. A pesar de las
ampollas en los dedos, armó sus primeras piezas, frente a la amorosa
paciencia de Nicolás.
La calle era su oficina, y las turquesas, ópalos y obsidianas, su mundo de
colores. A los amigos artesanos no les importaba regalarle alambre, piedras
y un paño para exhibir lo que iba fabricando. Se pasaba las tardes en
practicar engarces y cadenas. Por suerte, si algo heredó de su madre y su
abuela, fue la habilidad con las manos. No sabía si era genético o aprendido,
a fin de cuentas, doce años en colegio de monjas, bordando, perfeccionando
la caligrafía, repulgando las empanadas...
"No pensar, no a la cabeza", se reprendía a veces, cuando los recuerdos
del hijo la asaltaban en mitad de la vía pública o en plena pitada de
marihuana.
Nicolás, con sus ojos claros, infiltraba en ella una confianza nueva.
Dueños de plazas y canciones, dormían abrazados y su amor era una
explosión que arrojaba lejos los dedos condenatorios. Antes, siempre la
invadió la sensación de que se atrasaba a alguna responsabilidad, de que
tenía que estar haciendo algo o pecaba. Ahora se soltaba el pelo y no tenía
miedo al infierno ni a los hombres.
Así eran estos veinticinco años de Alicia. Vivir aceleradamente lo que no
alcanzó a ver a los dieciocho o a los veinte. Cuando necesitaba matar a su
madre y librarse de su edípica escalera.

***

La maté porque quería el osito panda que colgaba del espejo de su auto.
Ese oso panda, gordo, blanquinegro, que hace guiños con sus ojos
saltones, se lanza a mi cabeza y empieza a jalar mis pelos. Sus largas
garras, sus largas y puntiagudas garras, arañan mis mejillas y mi frente. La
mandíbula queda colgada y me siento sin nariz, sin quijada y sin orejas. El
osito se solaza en deshilachar mis cartílagos. Lanza cada pedazo de carne
contra el tumbado y, apuntando derecho, tapa los focos, las manchas de la
humedad, los alambres. Es un oso que no tiene su bambú en la mano y ha
enloquecido. En la semioscuridad consigo ver cada movimiento, cada gesto
de su hocico babeante. Lame mi sangre y arranca los últimos jirones de
carne que quedan. Al pasar la lengua por mis dientes puedo sentir que ya

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no tengo encías. Me miro en el espejo de sus ojos y me hundo en la última
mirada pues su garra alcanza mis órbitas de azabache.

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Comenzó en febrero

Pasó la navidad fría de Quito, vendiendo cientos de paquetes de tarjetas.


Esta vez no hubo regalos ni novena. Días y noches como cualesquiera,
tratando de olvidarse de la falta de reunión familiar, del pavo y el pastel de
media noche. Dios no estaba en ninguna parte, la virgen lo había
abandonado a su suerte, en un pesebre de hielo, bajo unas estrellas
calcinantes.
Y llegó el nuevo año, 1985, números de calendario inventado por los
hombres. Y su halo crecía sin medida, los amaneceres, los abrazos. El
apresurado deseo de vivir la llevó a embarcarse en un bus y viajar al límite
sur.
En los días de acera y artesanía conoció a Henrique y Claudia, dos
estudiantes brasileños que habían ido de vacaciones al Cuzco y continuaron
andando hasta llegar a Quito. Se iría con ellos, que regresaban esos días al
Brasil. Sólo que el Papa arribaba en esos días y se retrasó su salida. Todas
las fronteras se cerraron: no fuera que mataran al pobre representante de
Dios en la tierra y el fin del mundo se adelantara.
No le quedó más que enterarse de las reuniones del santísimo con
intelectuales, indios y obreros. La gente se arrodillaba ante él, su vestido
blanco brillaba en la plaza mayor. El país entero parecía resplandecer con
su presencia. Fue como si todos iban a ser salvados gracias a la bendición
de su mano huesuda. "Inútiles bendiciones, no hay nadie más conservador
que él", pensaba Alicia, deseando que se fuera rápido a Roma y ella poder
cruzar el umbral de su aventura.

Febrero, frío, sombrero y adiós. Alicia se fue sin regresar a ver. Como
Rumiñahui cuando prendió fuego a la ciudad, por los cuatro costados, para
que no quedara nada, nada más que el tesoro bien escondido. Rumiñahui,
que jamás ha sido herido por la espalda, se aleja de las altas llamas. Le
lloran los ojos por el humo.
Pedrito crecía solo, en casa de sus tías, aprendiendo la tristeza en cada
esquina donde no estaba su madre para cruzar la transitada calle. La
profesora del jardín de infantes lo veía lloroso en la última fila de la clase. La
melena lacia y castaña como la de su madre, después la cortarían y su
sonrisa se iba a convertir en un doloroso rictus que le quedaría para
siempre. Pedrito, cada vez más lejos, cada vez más inasible, menos talco y
piel de vellos suaves, menos beso de buenas noches.
Perú, cuatro veces más grande que Ecuador, le abrió sus puertas y le
provocaba un vértigo inusual en el bus lleno de gallinas y acentos extraños,
a los que se sumaban olores peculiares, mezcla de sobacos con cebolla y
pescado. Al cruzar el infinito desierto de Sechura, Alicia miraba el mar, a lo
lejos, para perderse y no chillar, tan enervada como estaba con los gritos y
las hediondeces. Al llegar a Chiclayo, Trujillo, Chimbote, se daba cuenta de
que se desprendía de su vida antigua, de que debía hacerse, nueva,
crearse, dejando esa opaca piel de culebra por otra colorida y brillante.

***

Un solo zapato. La mujer vaga por el patio buscando su otro zapato, el


par del tacón de color blanco, el de su ajuar de novia, ¿dónde está?
Pregunta a todas las internas y ellas sólo saben mostrar dientes que ríen,

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bocas ciegas de palabras, dopadas como están, sin entender la
desesperación de la que ha perdido su taco. Mira con insistencia al que
sostiene en su mano, lo acaricia. Unas le dicen que alguien se lo llevó a la
sección C. Pero no puede salir a buscarlo. En la sección A, está encerrada
con llave. La enfermera no hace caso, sabe que ella misma ha escondido el
zapato y ahora no lo recuerda. Alicia la mira con pena y decide ayudarla en
su búsqueda. La mujer la toma del brazo y la lleva a un rincón del pasillo.
"Tengo que contarte algo, pero que no se entere la hermana", le dice en voz
baja.
- Anoche vino Dios y me puso una corona de cobre.
- Y ¿qué sentiste?
- Fue como una corriente eléctrica que me recorría todo el cuerpo. Me
sentí larga y delgada. A otros les pone la corona sólo cuando hay cadáver.
Pero a mí me puso sin cadáver.
-¿Y la corona, dónde está?
- No la tengo, la tiene Dios. Y me han encerrado aquí para cuidarme de
Él. No sea que me la vaya a poner otra vez .

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De robos y derrotas

En un hotel de Chiclayo se hospedaron con un japonés que habían


conocido en el camino. El hombre era un ladrón. Increíble que un habitante
del primer mundo le robara diez dólares del bolso, a media noche, con el
poco dinero que cargaba. Ella lo sintió levantarse y se movió. Él fingió
taparla del frío con una frazada y se retiró rápidamente. Al día siguiente lo
vio hurgando en el bolso de Henrique y le reclamó. El hombre puso cara de
llanto y en inglés perfecto ofreció que, si quería, él le daba veinte dólares.
Pero le entró el remordimiento, ¡a ella!, y dejó que el tipo se llevara la plata.
Así sería como iba a comenzar su viaje, en la primera ciudad polvorienta y
calurosa de un país convulsionado por las guerrillas, un país en vísperas de
elecciones, empapelado de ofrecimientos a los indios moribundos de la
puna.

Abierta como estaba a vivir todo lo que se le presentara terminó en la


casa de un militar que, en plena plaza, se desabotonó la camisa y le mostró
una cicatriz que le atravesaba el vientre.
- Esto me hicieron tus compatriotas- se quejó. Y le contó que en tiempos
de paz peruanos y ecuatorianos jugaban voleibol e intercambiaban leche
condensada por chocolate, apretones de manos y verduras. Cuando llegó la
guerra los dos equipos ya no tomaron el balón sino las ametralladoras.
Esa noche se quedarían en casa del militar. El hombre trajo una mujer de
la calle y aparecieron otros que bebían cerveza y fumaban bazuko. Todos
hablaban en voz alta. Alicia quiso cerrar la ventana y un vidrio flojo cayó
rompiendo el silencio de la noche. El olor de la droga era muy fuerte. De
claro en claro se amanecieron fumando, mientras el militar y un hombre que
encontró días antes en la plaza se turnaban besándola y acariciándola.
Al día siguiente, ése sería un recuerdo más. Horas y horas sentados en
un bus, Henrique, rubio y de ojos verdes y Claudia, de pelo ensortijado y
mulato, en su saudade do Brasil, la ignoraban y ella se hundía en sus
pensamientos, mirándose a un espejo de mano para saber cómo andaban
sus dientes, sus ojeras, sus despeinados cabellos.

***

Se le acaba de romper el espejo. Todo por dos moscas que se posaron


en él y trató de matarlas con el pañuelo hindú. Llora al ver los mil pedazos
en el piso. ¿Cómo rehacerlos? ¿Cómo reconstruir su imagen repetida,
rompecabezas, en cada una de esas inevitables heridas?
Siempre le gustó mirarse al espejo. Cuando era adolescente lo hacía de
reojo, no fuera que cayera en tentación al ver su hermoso cuerpo. Porque,
aunque era de baja estatura, estaba bien formada, unas caderas firmes y
prominentes, unos pechos duros y redondos, una cintura de sesenta
centímetros. Y era bonita, se lo decían: ojos negros, rodeados de espesas
pestañas, los pómulos un poco salientes, labios rosados y carnosos, cejas
pobladas, la piel tersa y blanca, con pelos casi invisibles a los lados de las
orejas, y esos cabellos castaños brillantes. Ahora se mira en los añicos y ve
repetida una imagen vieja y con manchas en la cara. "Por el sol", se dice,
haciendo una mueca. Repasa las leves corrugaciones alrededor de los ojos,
los párpados caídos, las comisuras de los labios excesivamente marcadas, y

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sufre. No quería envejecer, no quería sentir en sus senos la flaccidez del
tiempo.
Y para colmo los siete años de mala suerte. Con paciencia, comienza a
colocar los pedazos, uno junto a otro, para tratar de armar la pieza entera,
de armarse ella, tan hecha ciscos como tiene su propia cordura.

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Un globo inmenso

Pueblos perdidos en medio de las montañas, polvorientos y grises,


plazas de tierra, iglesias del mismo color que las plazas, con campanas
herrumbrosas y sin cura, ruinas, muros sembrados de flores silvestres,
pescados muertos en aguas negras, fábricas enormes, todo le llamaba la
atención a ella, que nunca salió de su ciudad.
Sólo dos veces había ido a la playa. La una, al terminar la secundaria,
con las compañeras y dos monjas que llevaban cada año a las señoritas a
un hotel honorable en Salinas y a conocer los barcos de la armada. Eran
niñas bien educadas, saludaban serias a los cadetes y bailaban con ellos
hasta las nueve de la noche, vigiladas por las monjas que bebían coca cola,
sentadas en un rincón.
La otra vez fue cuando Pedrito tenía dos años. Primera y única vez que
percibió el calor de la costa esmeraldeña y se sintió sensual, piel de canela,
queriendo amar en ese espacio pegajoso y acalorado que la llenaba de una
aventurada lascivia. Ella sola imaginando exuberantes amores a la orilla de
una palmera. El marido, tendido en una hamaca bebía agua de coco, quién
sabe si soñando también con una morena esculpida por el mar.
Las demás salidas se limitaban a los cortos viajes a la finca de los
abuelos paternos, en Cotaló, pueblo mágico, de noches brillantes frente al
Tungurahua, ese nevado azul que la sobrecogía y la dejaba sin habla, tan
cerca, incomprensiblemente grande y rodeado de estrellas. Eran las mejores
vacaciones, las únicas, con lectura de revistas Ecran incluida, colección de
las tías. Fue bueno mirar las fotos de los James Dean o de los Alain Delon y
soñar con ellos por la noche, en vez de llorar por la mamá o del miedo a las
ratas que se paseaban por el techo.
Eran días de leche ordeñada y de caballos, y de caminar por los muros
de piedra, buscando moras silvestres. A cuatro horas de viaje desde Quito,
por un camino que bordeaba las montañas y con el mismo paisaje angosto
que mirar, nevados azules y lejanos, nada más. Sierra estrecha y más
sierra. Y los cuentos de la abuela Rosario mientras desgranaban maíz. Y el
olor de la abuela a manzanas y café en leche. Rosario sembrando flores y
criando gallinas de campo.
Ahora el globo se le abría, inmenso e irrepetible, con carreteras que la
guiaban en un viaje interminable. Ni siquiera intuía el final del camino. Ahora
todo era andar y andar, subir y bajar de buses, camiones o automóviles,
dormir en camas duras, en el piso de algún taller, en el altillo sobre una
carpintería o en hotel de una estrella. "Comida en restaurante vegetariano,
hare krshnas", anotaba telegráficamente en su libreta, como para no olvidar.
"Hoy he vendido 10 mil soles, alcanzan para la cena y el hotel de esta
noche".
Por eso del colegio, las monjas, buena alumna, se sabía de memoria el
mapa de América del Sur. Los nombres de las capitales y ciudades
importantes, los presidentes, las monedas, alguno que otro río o accidente
geográfico puntiagudo o redondeado, golfos, bahías, cordilleras, todo giraba
en su cabeza de mapamundi. Pero al ver el azul de la costa peruana, al ver
el volcán Misti, desde Arequipa, su sorpresa no cabía en los pliegues del
mapa, ese papel pegado en lienzo y colgado de un marco de madera al
fondo de la clase de quinto grado.
Más tarde compró el pasaje a Cuzco, donde hace quinientos años
nacieron altares en las plazas. Pendones de seda, bordados de águilas,

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pasearon junto con los barbudos que no pudieron arrancarles la lengua.
Todos hablan quechua y se ríen de las iglesias erigidas sobre los antiguos y
eternos muros incas, las voces resuenan y el eco resbala por las paredes
brillantes levantadas para glorificar al dios nuevo, ése que hablaba a través
de un papel. Bailó huaynos en la peña Qatuchay, respirando el aire inca
arraigado en todas las piedras y en las miradas de los indios.

Más arriba, más frío: la delgada cobija insuficiente ya, los pies y las
manos morados, enrollada en el asiento. Ante el enjambre de vendedoras de
emoliente, en Juliaca, se refregó las manos y exhaló un vaho helado. La
bebida aromática la salvó del frío. Pedrito, de noche en su cama, la buscaba
en sus sueños, mojando las sábanas, su mano siempre a tientas, los ojos
apretados para apaciguar el miedo.
De Puno ya era un paso a Bolivia. El atlas de colores y puntos negros se
le fue llenando de pieles, dientes, vestidos y sombreros, de las aguas
resplandecientes del lago Titicaca. "Me imagino a las mujeres dominando
estas tierras, ellas la base del ayllu, jefas de los collas: mantas, centros,
chullos de colores... Veo las casas en forma de iglú de los chipayas, vestidos
de negro, marrón y beige, ningún colorido, el pelo peinado en miles de
trenzas, tristes y helados al tope de la cordillera".

Recuerda la barca que la llevó al otro lado de la frontera donde la imagen


de la virgen de Copacabana era transportada en barca de totora al pueblo
en el que le pidieron el pasaporte y le colocaron un flamante sello de estadía
en Bolivia por un mes.
Al admirar el lago azul y grande, sintió un inmenso amor por esa tierra
que sabía sagrada. "Bolivia Manta ¿quién te rescatará? Te toman fotos y te
publican en idiomas desconocidos, eres linda como para lucir en las
portadas de revistas extranjeras, pero tu belleza es aún más rica, lo
sabemos nosotros los andinos, lo llevamos dentro, igual que vos, esa
cercanía al cielo y, a la vez, a la Pachamama, esa tristeza que se mezcla
con la chicha y las zampoñas y nos vuelve alegres y dueños de todo el
universo", señalaba en su diario.
Vehemente, a cada paso, le crecía una sed de adueñarse de esta
América jamás imaginada. "Me voy a morir un día y quiero vivir
intensamente, sin que nada interfiera entre la naturaleza y yo. Quiero ser
consciente, clara, flexible, estar abierta a cualquier cosa, sin perder de vista
el objetivo final", escribió chuecas palabras en su vieja libreta.

***

Cierra los ojos y se acurruca en su cama. Esta mañana no quiere


levantarse. Le quedan en la mente las imágenes que vio anoche en la
televisión. Todo es una masa de tomas negras en los pasillos de las oficinas
estatales, los gritos del ministro y las acusaciones, los parientes del primer
mandatario envueltos en oscuros negocios, sangre rodeando a los muertos
de Palestina, cadáveres de negros envueltos en moscas verdes, metralletas
arrinconando a los pasajeros de un bus, bombas explotando en edificios
atestados de gente, animales cazados, robos a bancos en Guayaquil,
carreteras tomadas por asaltantes, droga camuflada en biblias y en juguetes
de madera, peces muertos a la orilla de ríos y mares, muerte aquí, muerte

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allá... Ella enrollada cada vez más en su manta de cuadros, no quiere saber,
no quiere despertar al día del mundo hecho mierda.

21
Puna y canción

Los amaneceres eran tranquilizadores. "De alguna manera, cuando sale


el sol es como si nuestra propia vida comenzara con toda la fosforescencia
de un nacimiento", cavilaba, sonriente, al mirar por la ventana los rebaños
blancos de alpacas que correteaban felices por la inmensa puna. Y se ponía
a cantar. Entonces se le iba el frío, se acordaba de Pedrito con alegría,
queriendo que estuviera en ese instante para ver las pequeñas llamas
corriendo al lado de sus madres. Todo el bus la miraba de reojo. La canción
iba subiendo de tono hasta llenar el vehículo entero con su voz. "La música
me fascina", discurría al oír el canto de los Beatles en el destartalado bus:
Baby don't let me down tomorrow...

***

Una sola canción recuerda Alicia de cuando tocaba la guitarra. Que la


tocaba ni se acuerda, pero sabe cantar una cancioncita muy querida que ella
misma compuso en la época de la universidad; que la compuso tampoco
sabe ya, sólo tiene algunos pedazos de ella en la memoria... “Estaba sola/ y
mi guitarra dormida/ me despertó una voz en la ventana/ Era un caballo/ de
dientes hermosos/ tenía alas/ y me invitaba a volar. Sueño mío sueño míío/
vé a buscar ese lugar/ de colores y de nuubes/ donde se asa el tibio pan/
donde se asa el tibio paaan/ donde se asa el tibio pan”.
Canta con voz quebrada, pero la melodía está intacta. Se da la vuelta en
la cama y la luz del poste exterior la encandila.

***

¿Qué llevan? Acerquen la cámara. Veo algo como un cuadro inmenso.


¿Serán ladrones de museos? El uno carga el cuadro grande y el otro dos
chiquitos. Puedo fijar la mirada: es aberrante, son varias fotografías
enmarcadas. No, no es pornográfico, las de arriba han enfocado a un
camión rojo destrozado al fondo de una quebrada, miren ese primer plano
de latas retorcidas y árboles rotos y manchados. En el centro está el retrato
en blanco y negro de un hombre. Abajo, los restos de quien, se supone, es
el hombre del retrato. Sangre, pedazos de carne tirados entre las ramas,
todo en primer plano.

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Amores de plata

Alicia tomó la ruta hacia el Brasil, sin rumbo fijo, sólo con la idea de
escapar y, en el fondo, el sueño de aventurarse más allá de cualquier límite.
Todo era ver y anotar. El olor de las salteñas en la calle del mercado en La
Paz, el sabor exacto del chancho que comió con maíz blanco cocinado. Los
heladeros de mamelucos y gorritos blancos, las mujeres, con sombreros
pequeños y muchas polleras de colores, vendiendo globos en la plaza
central. Bebió chicha de maní, luego de ver la muchedumbre de mineros,
todos con las mejillas curtidas por el sol, manifestando en la calle principal.
No pudo olvidar en mucho tiempo sus caras del color de los túneles
donde transcurren sus vidas desde hace siglos, desde cuando la plata y el
oro se fueron sin que nadie se diera cuenta y las montañas quedaron flacas
y negras, como estos hombres. Altas cruces de plata encabezando
procesiones, calles de plata, herraduras de plata... la plata desfila fuerte,
fulgurante, pisafuerte, sabedora de que no hay espacio en la tierra o en el
cielo que no pueda comprar.
"¿Cómo amarán estos hombres?", se preguntaba al verlos sucios y
cansados junto a sus mujeres. Los imaginaba en unos rituales amorosos
simples pero intensos de los que nacerían hijos destinados a las mismas
penumbras, a ese vientre oscurecido que les iría matando poco a poco.

***

Se despierta mojada en sudor, las piernas rígidas, los pezones erectos.


De vez en cuando tiene sueños eróticos y desea ardientemente a su lado
alguien a quien acariciar y que la acaricie. La angosta cama se llena de un
deseo incontenible y Alicia escucha de pronto el susurro de una voz dulce y
acariciante, amorosamente viril: quiero darte mis besos más húmedos, más
profundos; quiero desnudarte, arrancar tus vestidos y tu ropa interior, tocar
tus senos, besar tus pezones cubiertos de dulce mermelada y tu ombligo, y
bajar a tu sexo y lamer y beberte, quiero sentir tu boca por todo mi cuerpo y
en mi sexo, quiero que me bebas, verte desnuda y apretada a mí. Quiero
sentir tu lengua dulce en mi sexo erguido, penetrarte. Y quiero que me mires
en el momento del orgasmo y derramarme sobre tu vientre, dentro de ti o en
tus manos, quiero amarte hasta el infinito... En su alucinación, Alicia ve a un
hombre inmenso, con el pelo chispeante y largo como crines de caballo, un
velo de luna que viene a cubrirla de amor. La sonrisa le llena toda la cara,
sus ojos claros se cierran despacio y penetra en ella suavemente, con un
movimiento casi imperceptible. Es un montón de campanas que la inundan
con un maravilloso líquido fecundante. Se mira las manos y están mojadas
de llanto, es tal el placer que termina llorando y abrazada del incorpóreo
amante.
A veces el hombre tiene ojos verdes y es agua penetrándola con olas
transparentes. Puede escuchar su sonido de mar y saborear la espuma
salada. Otras veces tiene un solo ojo, la mira, ciclópeo, llenándola de miel,
espesa y dulce. Otras, la mira un poco duro, como si fuera el ojo de un
marino a punto de partir, entonces es un oleaje apagado que se pierde en la
lobreguez de un mar sin fondo. Alicia configura en su demencia al amante
callado, que llega sin golpear y se acuesta a su lado a dormir. Se funden los
dos en un cuerpo que se eleva hacia un orgasmo eterno, inmóvil. Entonces,
se levanta y agradece a la vida por permitirle amar de tal manera. Abre la

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ventana y dice adiós a su enamorado de aire que desaparece en la noche
de su imaginación. Es cuando puede dormir de un solo lado. Sin necesidad
de la maldita pastilla, engaña a las monjas arrojándola en el lavabo y se
acuesta plácida y feliz.

24
El abismo invisible

El viaje era el tiempo mismo que volaba a ratos y otros se detenía en


ciudades como Cochabamba, llena de bicicletas incansables rodando por las
calles perdidas en los montes. Almorzó escuchando una canción que se
volvería su himno: tienes que volar paloma... la cantó a voz en cuello,
cuando el bus se dañó en pleno viaje a Santacruz de la Sierra. La cordillera
resultaba dura para vehículos tan viejos. Una carretera angosta y pedregosa
y, abajo, el abismo invisible. Alicia perdía el miedo de que el carro cayera al
barranco, e iba acostumbrándose a reconocer la vida más allá del espacio.
Día y noche viajando. Un bebé con el llanto del hambre, el cielo azul
cruzado de gallinazos, una voz antigua cantando en el radio del vetusto
autobús. Llegaron a Santacruz y la fatiga no la dejó despegarse del andén
donde quedó sentada por horas. Había un ambiente caluroso que la hizo
sentirse desvalida y sola.
Tenía que ganar sitio en el tren que iba a la frontera, en el calor
insoportable del vagón repleto de sacos de azúcar, tanques de gas, gallinas,
gentes, todos apiñados respirando un aire pesado y sudoroso.
No pudo dormir las veinticuatro horas que duró la travesía por esa selva
verde y oscura, secretamente hostil. Árboles y árboles, enormes, retorcidos,
altísimos perdiéndose en el alto cielo, morada de aves de colores y bichos
invisibles, árboles. Entonces ya la tentaron. Quiso subir para alcanzar las
estrellas, para mirar sobre las copas, más allá del horizonte. Todos los
cuerpos se amontonaban, uno sobre otro, hombres y mujeres morenos y
callados, de regreso por una jungla que le remitía a hombres barbudos
cargados de metralletas, buscando la estrella de la libertad: el Che,
apocalíptico, arrastrando sus sueños floresta adentro. "¿Dónde lo habrán
enterrado? ¿Dónde se ha perdido su sueño de libertar América entera?"

La frontera con Brasil se veía amplia y olía diferente. Cruzaron Puerto


Suárez, la última ciudad boliviana, y cuando entraban a la aduana brasileña,
tembló al suponer que no la dejarían entrar. Debía mostrar suficientes
dólares para obtener el sello en el pasaporte. "Papeles absurdos, ¿desde
cuándo existen tantas leyes y controles?", sufría al presagiar su extranjería
en una república tan inmensa. Inventó unos parientes en Sao Paulo para
justificar la falta de plata y suspiró aliviada al ver el flamante sello de tres
meses de estadía -con fecha 7 de marzo- que colocaron en la página virgen
de su pasaporte.
Los primeros brasileños con nombre y apellido, moradores de Corumbá,
tierra caliente y alegre, le brindaron su casa y Alicia por fin pudo dormir una
noche en cama confortable y tomar un buen desayuno. Miró televisión y
escuchó una larga conversación en portugués, lengua que casi entendía
porque llevaba meses oyendo hablar a Claudia y Henrique. Se durmió
contenta y tranquila, la casa familiar le daba seguridad. Era el comienzo de
una erranza que más tarde se convertiría en nebuloso vagar por un
continente que en cada esquina, en cada árbol, en cada gente, le ofrecía los
más variados placeres y amargores.

***

Ella llegó cuando las manzanas florecían en la casa de los abuelos. Por
la larga avenida empedrada vino el médico, subió la escalera de piedra y

25
entró al dormitorio. Todo estaba listo. La cama de madera, la abuela con
agua caliente y toallas limpias. Genoveva, la madre, adolorida. La pequeña
no quería salir. Era muy cómodo y caliente, nada de irse para afuera, a
sentir quién sabía qué desagradables olores, fríos o calores. Era una
oscuridad de lo más deliciosa. Pero a la madre le dolía mucho. Acostada
pujó y pujó hasta que la cabeza, húmeda y de pelos pegados apareció a la
luz. Eran las ocho y diez de la mañana. Primer parto, normal y en pocas
horas. La hermosa niña vino a alegrar el hogar de los esposos Ramírez
Albán. Pocos días después, el principal diario de la ciudad anunciaría el
nacimiento a todos los lectores.

Genoveva Albán fue quien dominó en el proceso de crecimiento de sus


hijos. Les preparaba para la escuela e iba siempre a las reuniones de padres
de familia. Ella decidía lo que iban a vestir, con quienes jugar y a qué hora
debían dormir.
Era una mujer llena de quejas y enfermedades. Se enamoró de Gabriel
en una fiesta: él, encantador con su canciones, ella, esperando pescar un
novio rico que resolviera su vida para siempre. Él tocaba la guitarra y la
envolvió con sus canciones. Ella quiso hacerse cargo de su media lucidez,
tomar la llave para abrir su puerta y rescatarlo de su sueño sin sábanas, de
su vuelo descompasado. ¡Oh! su lucidez de pájaro dormido, su senda
zigzagueante, de tos y dientes amarillos, de alcohol y sollozos de niño tierno.
Genoveva enamorada sin saber por qué, como pasa siempre el amor: sin
saber por qué.
Sus padres, con catorce hijos y docena de criados que alimentar, se
habían preocupado por mantener la inmensa casa y por hacer producir la
hacienda. Esa niña de ojos grises y tristes aprendió a amar a través de las
heroínas novelescas y se graduó de bachiller sin conocer lo que era un
beso. Luego vino el matrimonio, con una virginidad rota casi a la fuerza, los
cuatro hijos y la resignación. Mimada y enfermiza, la abuela Margoth no
supo qué hacer con ella, que creció entre las criadas, oyendo cánticos
llorones y rezando novenas a todos los santos.
Si no era la jaqueca, que la mantenía en la semipenumbra de su cuarto,
eran los dolores abdominales lo que la llevaba todo el tiempo al médico. La
clínica era su segunda casa.
Cuando no le dolía nada transcurrían tardes enteras leyendo novelas de
Corín Tellado. Y si no leía Corín Tellado, estaba para sobreproteger a sus
hijos y restringirles todo, rechazando cualquier muestra de cariño. Fría y
lejana, volvía a sus novelas rosa para refugiarse en historias de amor que
hubiera querido vivir.

26
El tren de la muerte

Padaria fue la primera palabra que vio escrita en un rótulo que brillaba
en una calle de Corumbá. Después observó varios más, la palabra repetida
casi en cada esquina donde humeaban los olores de las panaderías.
Aprendió a escribir en portugués y pronunciar el nombre del alimento más
antiguo y más común en el planeta. Pao, pronunciado nasalmente, delicioso
y tibio, con el sabor peculiar de cada ciudad, de cada país.

El tren de la muerte, el tren de la muerte, el tren de la muerte... La


curiosidad la embargó al enterarse de que tenía que embarcar en un
peligroso vagón para atravesar el pantanal. Gruesas columnas de cemento
sostienen los rieles antiguos y por todo lado, sólo hay agua y más agua.
El hermoso paisaje la sumió en un sueño con príncipes nativos de esta
tierra de enormes yacarés de fauces abiertas. Todo estaba blanqueado de
garzas y verdeado de lechuguillas, el horizonte inalcanzable, el cielo de un
azul desconocido. Una familia de bolivianos que conversaba en un
castellano de acento indio le recordó la niñez, cuando los indígenas bajaban
desde los páramos, montados en llamas, para vender ocas, mellocos y
habas. Llevaban también un toro bravo a la feria. Unos doscientos metros
delante, iba uno de ellos con bocina y poncho rojo, anunciando el paso del
animal. Toda la gente se ponía a buen recaudo, se cerraban las puertas, se
detenía el barrio hasta que pasara el monstruoso bicho. Cinco o más
hombres lo transportaban tirando de una larga soga, bien segura. Alicia y
sus hermanos lo miraban pasar detrás de la verja de la casa. Ella sentía el
miedo invadir todo su cuerpo y pensaba que la bestia podía zafarse y entrar
directamente a atacarla. Por la noche soñaba con toros que la perseguían
por interminables calles y laberintos, minotauros de ojos salientes y cuernos
puntiagudos. La niña, por suerte, siempre lograba escapar y esconderse en
el zaguán de una casa en el centro de la ciudad.

La travesía fue larga. Permaneció dos días en un tren con bancas de


madera y meseros ofreciendo cafés y sánduches. Anocheció y amaneció
con una tibieza fresca. Llegaron a Baurú a la una de la tarde. De allí sólo
quedaban ocho horas hasta Sao Paulo, ciudad amada para Claudia y
Henrique que volvían a su vida diaria, a su urbe. Para ella, era el comienzo
de una aventura sola, de un camino por sitios abarrotados de gente distinta,
de miles de preguntas por responder, de pasos vacilantes en un lugar
totalmente ajeno. Otra lengua, otras costumbres. La inmensa Sao Paulo
devorándola con sus luces, le encegueció, más que los ojos, el corazón,
porque se sintió anónima en una ciudad de doce millones de habitantes.
Perdida en la estación, sus amigos abrazaban a parientes y conocidos frente
a ella, campesina junto a su mochila.

El volkswagen del novio de la hermana de Claudia corría raudo por las


avenidas exageradamente iluminadas. La estación quedó atrás, se abrían
inmensas bocas como para engullirla, ángel expulsado del paraíso que tenía
que comenzar a moverse por este purgatorio que buscó voluntariamente. Iba
a quedarse donde dona Marlene, la tía de Claudia.

***

27
La relación con sus hermanos era casi imperceptible. Ella era la mayor y
cinco años después vino Isolda. Jugaban con muñecas de caucho, cosían
vestidos y cocinaban sopas imaginarias. Luego estaban Jaime y Andrés. Los
varones salían a conquistar territorios indios en sus caballos de ramas, con
pistolas de madera. Fueron días que se perdieron al crecer, horas y años de
infancia, colgados en el armario con las cintas de colores con que la madre
ataba sus cabellos, y los sacos de casimir que producían escozor y eran un
suplicio.
Isolda era alegre y se reía de la vida. Para ella no había tanto problema
con la madre que las ignoraba. Fabricó un mundo de fantasía y jugaba sola,
creando personajes inverosímiles y jugando a ser ella misma uno de esos
caballeros andantes, príncipes azules o sirenas encantadas.
En la época de colegialas, cada una estudió como pudo. Su hermana
terminó el bachillerato y decidió irse a los Estados Unidos. Con una beca
para estudiar filosofía, se embarcó un día y no volvió más. De vez en cuando
Alicia recibía cartas y fotos de ella con su esposo gringo, sus hijos gringos y
su perro gringo. "Bien por ella que logró salir de este mundo. La quiero y me
gusta con su nuevo look de pelo rubio".

***

En la sección A del hospital hay de todo. Está la Juanita, con su bolso de


cachivaches, que cuenta que alguna vez vendió en el mercado central.
Gorda y cariñosa, aconseja a todas con su saber popular. Está la profesora
de filosofía que se pasa contando los misterios desentrañados por griegos y
alemanes. Y esa mujer que nunca habla y camina sin cansarse, larga y de
pelos desgarbados. Con pantalones demasiado cortos para sus piernas
llenas de vellos, mide sus pasos por el corredor, contándolos exactamente,
son ciento veinte. A buen ritmo, los camina en diez minutos. Durante el día
son cincuenta vueltas.
Está la adolescente a quien sus padres encerraron porque andaba en
cuestiones de drogas. De Baños viene la muchacha, pide a gritos que
llamen a su tía para que le traiga yogurt, chochos con tostado y chocolates.
Se queja amargamente de la comida del hospital. Saca de su bolso un
calendario que anuncia una tienda de peluches y se lo da a Alicia como
recuerdo. Ella va a salir dentro de poco y quiere que no la olviden.
Las visitas de la trabajadora social son espaciadas. Cuando ella llega la
rodean para pedirle que las saque de allí, que les traiga cosméticos y
mandarinas, que les ponga en la lista de las que les toca salir esta quincena.
Paciente, la señorita trabajadora social, hace como que anotara para
complacer a todas. Llena inútilmente su cuaderno porque sabe que están
condenadas a morir ahí dentro. Ella trabajará unos meses más y se irá. No
aguanta este deambular de fantasmas por el viejo edificio de paredes altas.

28
El revés del revés

Sao Paulo la devoró apenas bajó del metro. Escribió cartas, vagó entre
avalanchas de niseis y migrantes de todas partes, oyendo diversidad de
lenguas, amistando con argentinos y chilenos que hablaban portuñol. A ratos
se estremecía, sin saber qué rumbo tomar, jugando al cara o cruz con su
vida, mientras le llegaba la noticia de que el carnaval moría en Río de
Janeiro.
Sao as águas de março fechando o verao, é promesa de vida no teu
coraçao. Escuchó la canción que, en su medio portugués tarareaba cada día
para darse ánimos. Sí, la vida era una promesa, aunque la incertidumbre se
había apoderado de ella. Su destino, ¿cuál era?
"¿Cómo estará todo allá donde se habla castellano?", miraba las
estrellas traspasar la enorme capa de humo. Ahí estaba la cruz del sur -o
cruzeiro do sul pronunciaba en su flamante portugués- y sabía que Pedrito
estaría mirando el mismo cielo, buscándola en el infinito, con las manos
extendidas. Ella, nebulosa y anónima, caminaba por la gran ciudad.
Cada vez la afligía menos el recuerdo de las alturas y las quenas, las
montañas azules y los indios, referente total de su andinidad. Sólo estaba la
necesidad de comunicarse con su hijo: llamada por cobrar, para hablar con
él, desde cada esquina, desde cada plaza o estación del metro.
Pronto se sintió cosmopolita, como si hubiera vivido siempre en esa
urbe. Poco a poco descubría la ciudad, algo sucedía en su corazón,
Ipiranga, el parque de Ibirapuera, la estación Sao Bento, la catedral da Sé.
Cuando llegó no entendía aún da dura poesia concreta de tuas esquinas, da
deselegância discreta de tuas meninas, como cantaba Caetano Veloso en
una especie de himno a la ciudad. Al escuchar: Quando eu te encarei frente
a frente nao vi o meu rosto, chamei de mau gosto o que vi, de mau gosto
mau gosto... se consoló porque entendió que no sólo ella por venir de muy
lejos se sentía extraña en Sao Paulo. Quem vem de otro sonho feliz de
cidade, aprende de presa a chamarte de realidade, porque eis o avesso do
avesso do avesso do avesso, gritaba Caetano en la radio, mientras ella
comía caquí, esa extraña fruta parecida a un tomate, dulce y con un
delicioso aroma que inauguraba su paladar dispuesto a probar de todo.
Sentada debajo del árbol, en el patio de la tía de Claudia, sonreía
saboreando e intuyendo nuevas vivencias en este laberinto.
Sao Paulo... una ciudad influenciada por la danza de la civilización
norteamericana, la cultura de la hamburguesa y el rascacielos, con una
extraña mezcla de culturas de todas partes del mundo. Sin embargo,
imperaban las estridencias de rock que Alicia oía y bailaba contorsionándose
entre otras jóvenes de cuerpos hermosos, junto a hombres que las
manoseaban y les brindaba whisky y droga.

***
El teatro está repleto de adolescentes con caras de monstruos que
fuman cigarrillos baratos y toman licor sin medida. Cientos de muchachos de
lenguas rosadas y sonrisa de tontos frente a esa música que a mí me
retuerce las entrañas. Chillan los cantantes, el humo blanquea el encerrado
local. La guitarra, la batería y el bajo retumban, el piso tiembla, se me meten
los sonidos hasta el centro de los huesos. Sudan los jóvenes, yo helada, en
el sillón forrado de terciopelo. Bailan como locos, se empujan, saltan, gritan.
Mis mandíbulas se remuerden, quiero correr, pero algo me paraliza en el

29
asiento. El ruido es insoportable, las guitarras deshacen mi voluntad y me
derrumbo. Trato de incorporarme, de sentir lo que sienten ellos. Sus ojos
perdidos se fijan de pronto en mí que estoy quieta frente a la turba. Me
clavan furiosas miradas. Son unos niños. Bailan frenéticos. Los músicos
bajan del escenario, con las bocas abiertas como fauces, gritan canciones
sin sentido, pronuncian incoherencias, el alarido es cada vez más estridente.
Los bailarines se han detenido y me rodean, amenazantes. Cierro los ojos y
me enrosco en el piso alfombrado. El guitarrista levanta su instrumento.
Aunque ha dejado de tocar, la música sigue sonando en mis oídos. El
muchacho se agiganta, la guitarra es un enorme garrote que cae sobre mis
espaldas mientras un ser diabólico vocifera el último verso de la canción.
Dolorida hasta los huesos, trato de incorporarme y los duros guitarrazos
siguen cayendo, mientras la muchedumbre enardecida ruge contra mí, que
me he entrometido en su ritual de juventud. Todos desfilan sobre mi cuerpo,
siento sus pies como agujas, la sangre salada, la canción dulcificándose, el
conjunto musical convertido en mi ídolo, yo adorándolo desde mi tumba,
hundida en la tierra negra.

***

En esas largas tardes y noches de adolescencia, Alicia tenía a las


amigas y amigos del barrio. Entonces se llenaban sus ojos de sueños y, con
Maricruz, su vecina más cercana, construía globos inmensos que volarían
más allá de las colinas polvorientas del vecindario. Era fácil entrar de
puntillas al Taj Majal y planear sobre la estepa rusa. Montadas en camellos
atravesaron desiertos rodeados de peligrosos árabes pero finalmente,
escoltadas por moros de fantasía llegaban sanas y salvas a dorados oasis.
Bucear en el Caribe, y encontrar perlas y corales rarísimos, con el producto
de cuya venta podían dar la vuelta al mundo, oír las campanadas del Big
Ben, visitar la casa de van Gogh, la tumba de Ramsés II, la isla de
Madagascar, se convirtió en la ilusión palpable de su adolescencia.
Los juegos nocturnos, detrás de las palmeras, eran misterios por
descubrir, preguntas sobre el futuro suyo, del país, de la familia. Todo un
diario pizarrón con respuestas a medias, que se irían configurando muchos
años después, cuando cada una encontrara la puerta de salida.
Maricruz la encontró. Se casó con un chileno y se fue a vivir a las
montañas frías, en la frontera con Argentina. Su destino fue escribir. Ganó
varios premios en concursos internacionales. Fue una mujer que dio el salto
al descubrir que "el mundo también puede ser de nosotras, Alicia, más allá
de las jaulas de oro donde entonamos nuestros mudos cantos de canarios
de alas pintadas".
Se escribían largas cartas al estilo medieval y, con un lenguaje que sólo
las dos conocían, despertaban quizá vidas antiguas, recreando las largas
misivas que se entregaban personalmente, golpeando cada una la puerta
del castillo de la otra. Se esmeraron siempre en hacer las mejores viñetas y
utilizar los colores precisos. Fueron cartas de un contenido válido sólo para
las dos, con olor a chicle de banana, envueltas en papel amarillo.
Maricruz viajó aprendiendo finlandés, sueco e italiano. Sabía inglés y
francés y traducía escritoras desconocidas para las ávidas lectoras
sudamericanas que se sumaban a un movimiento de mujeres cuyo hacer era
precisamente levantar desde lo subterráneo la capa de la historia patriarcal.

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Por largos años se cartearon. Maricruz militó en el movimiento feminista
de Chile y le mandaba folletos y fotocopias con extensas explicaciones
sobre la teoría feminista inentendible entonces para Alicia. En Santiago,
México y Brasilia, las mujeres avanzaban con la fuerza de puños y de un
encuentro con su propio yo, como jamás se había visto. Ahora, lejos de ese
tiempo, Alicia se libera de otra manera, en una búsqueda que ha revertido el
duro silencio.

***

Se sienta en el banco, junto a una mujer muy joven y ojerosa. La mira


largamente e imagina su propia figura. Hace días que no se ve al espejo y
observa en esta muchacha su propio rostro, su cuerpo lánguido, sus brazos
vacíos.
-Necesito que me traten con amabilidad, dice de pronto la joven con aire
de derrota en sus ojos. Mi vida ha pasado -susurra-. Ahora ya no hay nada.
No necesito sufrir. Fui, ahora todo está terminado.
Se levanta y se aleja. Alicia se apena al sentir semejante aire; la
envuelve, atrapa sus ideas, y todo el misterio que rodea a la historia de la
que acaba de ausentarse, la sume a ella en una angustia de la que no podrá
salir sino volviendo a una impenetrable máscara.
Se le quedan las palabras en la boca, olvida quién es y dónde está.
Se dirige al pabellón de las ancianas. Éstas lloran, lamentándose porque
no tienen nada en el mundo y por las condiciones de deterioro de sus
cuerpos. Una de ellas no puede comer con sus propias manos, le colocan un
babero enorme que termina hecho un asco.
-Estoy tan triste porque no tengo nada que comer, se lamenta entre
cucharada y cucharada-.
La ayudante le mete la cuchara con cuidado, limpia la sopa que chorrea
por su quijada, le pregunta, cariñosa, si está rico. La viejita asiente, se
sonríe, desdentada y agradecida porque tiene alguien que le da de comer en
la boca. Sus manos torcidas no la ayudan para nada. Cuando va al baño
alguien tiene que bajarle los calzones, limpiarla, soltar el agua del retrete.
Al terminar la comida atan a la viejita a una silla para impedir que
escape del salón donde otras locas casi curadas ayudan a las monjas,
leyendo libros o contándoles unos chistes tan estúpidos que estas viejas sin
razón ni siquiera ríen. Ellas sólo esperan que todo se apague y descansar
para siempre.

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Mangueando

Pasó horas fabricando aretes y collares en el cuarto de la terraza, sin


hablar con nadie. Al llamado de la tía bajaba a comer nuevos y extraños
frutos como quiabo y cajú. Tomaba un vaso de agua y rápidamente pedía
permiso para irse a continuar con su trabajo.
Llenó tres paños con sus joyas. Todo estaba listo y se fue a la avenida
Paulista. Sola, en esa inmensidad llena de carros y de gente, esperó en
vano. Nadie se acercó a mirar sus obras. No le quedaba más que
"manguear", como hacían muchos extranjeros o brasileños que, sin ningún
trabajo que mostrar y sin vergüenza, pedían a los transeúntes. La primera
vez le resultó tan bochornoso... "No he vendido nada en todo el día y no
tengo para comer, ¿puede regalarme unos cruzeiros?". Alguien la invitó a
una hamburguesa, algunos le regalaban pases para el metro o el autobús,
otros unas pocas monedas.
La metrópoli devoradora, con la impersonalidad de las grandes urbes,
trataba de rescatar un poco de humanidad organizando ferias artesanales en
las plazas, esas plazas con árboles escuálidos, tan diferentes a aquellos de
la selva, a los frutales de su infancia. Cuando descubrió la feria, Alicia se
sintió feliz al ver gente que sonreía diferente, que se parecía a ella en la
forma de vestir, de caminar, de mirar.
Vendió su poncho de alpaca peruana y su saco de lana de borrego,
tesoros de los que hubo de desprenderse para tener un poco más de dinero.
Encontró gente afín, como Mauricio, un uruguayo que vendía ropa de la
India y unos dibujos esotéricos, y cantaba canciones de Pablo Milanés.
Aparecieron personajes de lo más folclóricos, como Luiz, un negro que se
ganaba la vida arreglando vitrinas e iba los fines de semana a la playa de
Santos, en las fachas más estrafalarias, cargando una tabla de surf. Los
invitó a ella y a Mauricio a hospedarse en su casa. Con la mochila a cuestas
llegó al lejano barrio del amigo.
Luiz vivía en una casa de dos cuartos con piso de cemento, no tenía
cocina ni refrigerador. Según él, todo se lo habían robado, pero Alicia y
Mauricio sospechaban que nunca había tenido nada, pues por la pequeña
ventana que señaló como salida de los objetos robados, a duras penas
pasaría un niño de seis años. "El Pedrito se deslizaría por ahí. ¿De qué
tamaño estará? Ya debe estar usando ropas que no conozco, zapatos de
mal gusto”, sufría en los atardeceres.

Mostrando los dientes detrás de sus labios gruesos, Luiz le ofreció


comprar una moto e irse los dos a viajar por América del Sur. A ella no le
interesaba semejante propuesta y quería irse de esa casa lo más pronto
posible.
Una noche Alicia y Mauricio se quejaron de no haber comido. En
silencio, Luiz salió al patio, trajo dos ladrillos, armó un fogón y prendió fuego
para colocar una olla y cocinar algo. No había nada que preparar y lo único
que consiguió fue que casi se incendiara la casa.
Alicia y el uruguayo se marcharon, decididos a buscar carona para Río
de Janeiro. Una noche durmieron en un parque pues el templo Hare Krishna,
donde comieron prashada, y esperaban les diera posada, les cerró la puerta
en las narices. Alicia, Mauricio y otros tres mochileros, se acomodaron muy
juntos para no morirse de frío, amigos que en el camino se habían
convertido en vagabundos igual que ella, buscándose en cada calle, en los

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amaneceres y en la maconha. Cuando salió el sol, la pareja voló hasta la
autopista. Todo el día intentaron embarcarse en algún camión. Anocheció y
seguían en el mismo lugar. Tuvieron que dormir en un puesto de gasolina.
Renunciaron a su intención de viajar a dedo y al día siguiente se fueron
directo al terminal para tomar un bus que los llevaría al norte. Río de Janeiro
era la próxima parada. No pudo evitar la emoción al llegar a la famosa
ciudad del Corcovado y el Pao de Açucar. Los veía con sus propios ojos, ya
no eran postal ni objeto lejano.

En Río, Alicia conoció a Mário da Silva, con el hermoso pelo ensortijado,


abundante y lleno de piojos. El deseo de Mário había sido llegar a la gran
ciudad y grabar un disco. Río, la ciudad esplendorosa, extendida entre las
favelas y el mar de un azul como el papel para envolver las manzanas, con
una arena blanquísima que parecía nieve. Dos días de viaje y el brillo de la
lejana ciudad iba a estar a sus pies. En Maceió no podía tener ningún éxito,
menos grabar un disco. Su ciudad era sólo un montón de casas y una playa
con palmeras de afiche turístico, a la que casi nadie llegaba.

Dos meses habían estado Mário y Carlinhos en la casa de estudiantes.


Se les acabó el dinero y se les desgastó la esperanza de acudir a las
pruebas en la casa disquera.

Hacinados en el cuarto de un estudiante, se reunían a cantar; un


bahiano contaba anécdotas de su ciudad y hablaba palabrotas; Carlinhos
tocaba su dulce guitarra y Alicia le sacaba los piojos a Mário fumador
contumaz de marihuana. Se los descubrió una noche cuando, en el bar de la
residencia, unas cervezas los acercaron. Miró sus ojos profundos, tenía
unos dientes perfectos y una frente morena... y los piojos paseando por sus
sienes. En el cuarto, el aire estaba enrarecido de tanta yerba. Se pegaron
también pastillas de colores y mucho ron. Los cuerpos muy cerca unos de
otros. Alicia dejó que todos la acariciaran, la desnudaran, le lamieran. Fue
como bajar al infierno. Pero para ella resultó ser otra cosa. No sabía de
tantos placeres, se abrían paraísos insospechados. ¿Por qué le dijeron
siempre que el placer era pecado?
Más tarde se fue con Mario.
-Quero ficar com você- le dijo al oído con la voz melosa de quien tiene
una urgencia sexual. Salieron a la terraza desde donde se observaban los
veleros en la bahía; uno de esos era el del cantante Roberto Carlos: Mário
soñando, sí, algún día. Alicia vio sus ojos perderse en la distancia y atrapar
con la vista un pedazo de vela, de quilla, de ola siquiera.
Para eso estaban sus canciones, su voz y su guitarra. Con los arreglos
en el estudio de grabación todo saldría perfecto. Además, a dúo con
Carlinhos, su música sonaba casi celestial.
La besó bajo el cielo estrellado y decidió quedarse en su cuarto. Alicia
bailó para él, se sintió sensual y perfecta. El la miraba, de ojos vidriosos,
devorándola con su mirada. Se acostó en silencio y, mientras fumaba, sus
ojos se perdieron en el alto tumbado de la habitación. Alicia sintió que, en
esos momentos alucinados, él no estaba en ninguna parte, no era nadie ni
nada, sólo un cuerpo vacío, estático. Luego fue como si volviera en sí y
poseyó a Alicia con furia, bañando su cuerpo con cerveza y lamiéndolo
pedazo a pedazo. Se detuvo en la vagina. Allí chupó con unción, pasó su
lengua como si fuera el más dulce caramelo. Alicia de piernas abiertas,

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dibujando círculos con su placer, atrapando el cielo con sus caderas y
llegando al orgasmo más grande sentido jamás.

Iba todos los días a Copacabana e Ipanema con su paño de joyas.


Vendía bien a las turistas tendidas como focas, unas sobre otras, en la
arena blanca. Conoció a una mujer que le regaló una tanga y ella también,
cuando estaba cansada de vender, se echaba al sol, con el cuerpo untado
de aceite de zanahoria. Su piel adquirió un color amarillento y tostado.
Esas mujeres que parecían no tener otra cosa que hacer no eran las
esculturales de las propagandas del carnaval. Había de todo: viejas y con
las carnes colgando, jóvenes y de piel templada, gordas cuyas tangas
reventaban. Cuerpos de todos los tamaños y colores. Mujeres hermosas,
feas, bajitas o altísimas. Travestis con los pechos al aire. Todas en
competencia de bronceados. Allí aprendió a mirar su cuerpo de diferente
manera, a apreciarlo. Si las otras lucían lo que tenían por qué ella no... y se
atrevía con la tanga. "Día de mucho sol y arena. Partes de mi cuerpo que
nunca estuvieron expuestas van a quemarse", se decía, sobrevolando el
pudor.

Vagó por los bares repletos de gente, ofreciendo aretes. Algunas


personas le compraron algo, otras la invitaban a tomar cerveza. En una
concurrida calle encontró dos indios de su país, con ponchos y sus largas
trenzas. Una extraña dicha la invadió. El olor, los sabores del maíz y los
chochos vinieron al verlos. Se acercó identificándose como ecuatoriana en
cuerpo y alma. Solidarios, la invitaron a cenar. Uno de ellos le propuso
quedarse en su hotel. Durmió con él, que le hizo el amor suave, casi
imperceptiblemente, y le regaló un tapiz hecho a mano en telar, entre humo
de choza y cuyes, y un bolso en el que guardó sus pertenencias.

La enorme residencia universitaria había sido un hotel que fue


desocupado después de un incendio. Los estudiantes se hicieron dueños del
edificio casi en ruinas, con todos los servicios en franco deterioro. Había tres
baños para cerca de trescientas personas, la cocina se caía de vieja. El bar
era lo único que funcionaba y con lo que vendían en él podían mantener la
casa de alguna manera.
En un viejo salón algunos estudiantes practicaban capoeira, ese juego
atlético, con un sistema de ataque y defensa individual, mezcla de danza y
lucha que dejaba atónita a Alicia por la musicalidad de los movimientos y el
sonido alegre del berimbau.

La locura de los hinchas de fútbol. Alicia fue al estadio más grande del
mundo, lleno de gente en fiesta total, con la alegría rezumando hasta el
cielo. Los cariocas gritaban a sus equipos con banderas de colores, cantos,
volcando toda la samba que les sobró del carnaval en los vivas a sus ídolos.
Alicia, curiosa, miraba los goles más perfectos del planeta, contagiada del
baile, borracha de euforia.
Después de tanto grito y de tanta gente, al regresar a la casa de
estudiantes, sintió la mudez total de las altas paredes y habló en voz alta
hasta quedarse dormida.
-É só vocé e Deus, sentenció un artesano en Botafogo, cuando ella le
dijo que esperaba siempre algo de alguien, aún sin saber de quién. Sí, eran

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ella sola y Dios, con nadie más tenía que vérselas, ni confiar en nadie más
que en ella misma. Y debía sacar energías de donde fuera, para continuar.

***

Ya no aguanto más esta prisión. ¿Dónde están las calles iluminadas por
el sol y las veredas de los parques? Quiero ver las ventanas desde afuera,
quiero subir escaleras que lleguen al cielo, cosechar moras y caminar
descalza entre las nubes. ¿Cómo me llamaba... me llamaban? Qué importa
un nombre cuando estoy entre rejas, presa. Ellos me trajeron, los que creían
que yo activé la bomba, que yo disparé al abuelo; los que no me dejaron ser
la sacerdotisa del sol en la pirámide norte de la mitad del mundo. Moscas
inmundas que amenazan con crucificarme, ¡fuera de mis manos, fuera de
mis orejas y de mi vagina! La telaraña es inmensa, paralizante, ¡¡¡quiero
salir!!!

***

Al darse cuenta de su encierro se dispone a tomar la maleta e irse por la


puerta principal. Ella no está loca, debe irse inmediatamente de este lugar
tan terrible. ¿Qué hace entre tanto enajenado, entre mujeres que vagan por
los pasillos, midiéndolos lenta y repetidamente, entre monjas que arrullan a
las locas para que se duerman? ¿Qué hace perdiendo el tiempo en ensartar
infinitos collares con fideos de colores, en meter palillos de fósforos en esas
eternas cajas de El Gallo? Mientras afuera la vida sigue, su pelo se vuelve
ceniza y su piel huele a moho. Cómo va a ser suficiente el viento débil que
se mete en el jardín interior del hospital, el cuadrado de cielo que se ve
desde ese jardín, el rayo de sol que reluce en ese cielo, la tibieza de ese
sol... Quiere campos dorados con trigos de Van Gogh, sembríos inmensos
de tulipanes rojos. Tal vez en otra vida fue holandesa. Se ve campesina de
mejillas rosadas, cosechando esas flores carnosas, con un delantal blanco.
Puede oír el sutil viento que se pasea por el techo y los peladores de papas,
en la oscuridad de la choza, grises y melancólicos, ella alegre y rodeada de
flores. Imagina el mar del Norte, los canales de la ciudad antigua, rubios
capitanes desembarcando. Quizá uno de ellos fue su marido, le dio hijos y
luego tuvo nietos y fue una anciana feliz. Se duerme con una sonrisa
purificada por la visión familiar.

35
La tierra de Tiradentes

Días más tarde se embarcó en un tren que la llevaría a Belo Horizonte.


Un vagón elegante comparado con aquel del tren de la muerte. En el coche
comedor decidió darse el lujo de comer bien.
Al llegar a la capital de Minas Gerais escuchó una traducción de Janis
Joplin: Eu canto com minha voz/com meu corpo/com meu sexo/eu canto
toda, y sintió que cada día despertaba a una Alicia nueva, con miedo pero
con coraje a la vez. Y con unas incipientes alas de libertad.
Imaginó montañas enteras de piedras semipreciosas. El bus llegaba a
Ouro Preto. A lo largo de las calles en cuesta estaban las "repúblicas": así
se llaman las residencias de estudiantes que vienen a esta ciudad para
aprender toda clase de ingenierías relacionadas con las minas y las piedras.
Docenas de iglesias coloniales se levantan en las colinas de la desigual
geografía de la antigua Vila Rica. En esta ciudad se conspiró contra la
monarquía portuguesa. Tiradentes, un hermoso soñador, barbado y decidido
-Alicia pensaba que debió haber sido un hombre maravilloso y guapo- fue el
principal conspirador. Todo falló y lo mataron, cortaron su cabeza y los
pedazos de su cuerpo descuartizado fueron regados por los caminos de
Minas Gerais, los mismos por donde Alicia pasaba asustada al oír semejante
historia. En la plaza donde se paró a contemplar la estatua del héroe, habían
colocado su cabeza.

Comió una feijoada en el restaurante universitario. Asistió a una fiesta


con los estudiantes de la república Maracangalha, donde por suerte halló un
lugar para dormir pues uno de los muchachos se había ido a su ciudad por
el fin de semana. Alicia quería anclar a toda costa en cualquier lugar pero
era imposible. Debía continuar.
Subió y bajó cuestas para conocer el pueblo y se fue a pedir carona en
la carretera. Eran las 7 de la mañana. "Es feo irse y dejar a las personas que
uno empieza a amar. Es imposible decir no a los sentimientos. La gente es
tan linda, los muchachos de ayer, su hospitalidad, el sexo con el primero que
se atrevió".
Paró un camión y, en la cabina, sentada junto al chofer negro, escuchó
la historia del hombre que le hablaba de su madre con quien vivía solo. Le
dijo que le encantaría tenerla como nuera y compañía mientras él viajaba.
Alicia tuvo una fugaz visión con el chofer y su madre y, entre el ruido del
motor, logró oír una especie de negro espiritual sonando en el radio del
camión y, cerrando los ojos, dejó de oír al hombre para sumergirse en la
música.

36
Fantasma

Caminó bajo el sol candente de Belo Horizonte, durmió en el hotel San


Carlos y se fue por la mañana a escribir su diario en la banca de un parque.
Allí se encontró con Eduardo, un peruano que había conocido en Río de
Janeiro y vivía de gigolo pero no de mujeres sino de hombres. Era alto, no
muy feo y prestaba favores amorosos a cuanto extranjero llegaba al Brasil.
Iba muy bien vestido y perfumado y por esos días no tenía plata. Alicia
estaba alojada en una habitación de dos camas y le dijo que podía ir con
ella. Muy confiada se desvistió y se acostó. Con los ojos cerrados hizo una
vaga oración mientras se adormecía. Entre sueños escuchó el crujido de la
cama vecina, era Eduardo que se levantaba y pretendía acostarse con ella.
Furiosa, se incorporó de golpe y le ordenó volver a su sitio. El hombre se
quedó de una pieza al ver su actitud, y regresó a su cama. Le trajo a la
memoria el fantasma del marido, cuando se montaba encima de ella y la
poseía para desocupar su deseo y nada más. Se sentía una muñeca de
caucho, un objeto.
Al día siguiente, lo más temprano posible, se levantó y abandonó el
cuarto para irse directamente al terminal de buses. "Alcanzar la estrella
infinita que brilla dentro de mí para tener mi propio brillo. De eso se trata, del
ser único y visionario que siente a la vida en su entera dimensión. Con todo
un arco de posibilidades a escoger, el arco iris, la risa, el sol, llenar de vida
la vida, mis huecos, como dentro del mar, donde el agua llena hasta la
última cueva, hasta el oído del último caracol", escribió en su diario.

***

Alicia cree que tiene el nudo del cordón umbilical mal hecho. Cuando
algún profundo dolor le asalta el alma, siente que por ahí se le escapa el
aliento, como el de esos globos que de niña desanudaba y con los dedos
sostenía el pico para que se fuera todo el gas. Luego guardaba en el cajón
de sus medias el arrugado pedazo de caucho, para volver a inflarlo cada vez
con menos esfuerzo, mandando su aire en un solo soplo.
Entonces, se hurga con el dedo índice y se huele enrollando el cuerpo
como una lombriz que quiere morderse la cola. En esa posición permanece
y comienza a llorar, reclamando por Pedrito. Soñó con un montón de hijos,
casa en el campo, gatos, perros y gallinas. Y el único hijo, afuera, ignora
cómo se debate entre recuerdos nebulosos.

Es entonces cuando comienza a vagar por los oscuros pasillos, llamando


a su hijo, en voz baja, le dijo la madre que cuida el pabellón de seis a seis,
para no despertar a las otras mujeres que descansan. Paso a paso, mide las
baldosas y comienza a saltar, volviendo a la rayuela de la infancia. Era tan
ágil, tan experta, el pie derecho de cuadro en cuadro, la caja de betún llena
de arena pasando del jueves al viernes, al domingo... Alicia, la campeona, le
brillan los ojos, le toca hacer su casa en martes... y descansa. Sudorosa,
borra de su frente la reminiscencia del patio escolar y se sienta en uno de
los cuadros a lamentar la ausencia de la señorita Lucía, profesora de sexto
grado, la del lunar de carne en el lado derecho del cuello, abierta a cualquier
pregunta, la única que no se asustaba ante el empecinado silencio de esa
niña que se iba haciendo mujer. Ella la comprendía en sus días oscuros, los
primeros de la menstruación, Alicia de vientre hinchado, sangrando durante

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ocho días. La señorita Lucía aliviaba su cólico con agua de hoja de higo, que
la haría fecunda y buena para parir muchos hijos, y le explicaba el proceso
mensual de las mujeres, el embarazo y el parto.

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Bahía de novela

Llegó a Bahía. Tal como la había descrito Jorge Amado, las casas
colgaban de la parte alta, mirando al mar. Ahora la palpaba, olía, sentía,
ciudad de carne y hueso, llena de magia y de rara fantasía. Intuyó a los
orixás, dioses traídos de Africa, velando en silencio desde hacía cientos de
años y observó a los negros, ocho de cada diez habitantes de la ciudad, con
una vida aparentemente frívola, desfilar triunfales por el largo de Pelourinho.
De la estación de buses se fue directamente al puerto. Quería ver el mar,
irse lejos, lejos.
"Hay viento aquí, en la ciudad alta". Alicia observaba todos los barcos
anclados como si su mirada tuviera la fuerza mágica de convertir a
cualquiera de ellos en el barco que quería ver.
"Allá lejos viene un velero. ¿Será el que va a llevarme?” Y el deseo de
volar más lejos se hacía fuerte, fuerte. Si sólo tuviera una fuerza tremenda
para con su magnetismo atraer el navío en un juego de cámara a toda
velocidad, detenerlo y embarcar. Los veleros pasaban de largo, extraños y
ausentes.

Encontró en el muelle a una francesa que también venía en busca de un


yate, el de Luiz, un millonario de San Salvador que acababa de llegar de
África. Tampoco Françoise encontró a su amigo. Ella vagaba también de
barco en barco y pensaba quedarse un tiempo en la fascinante Bahía. Había
viajado en un barco de la armada francesa, bebiendo champaña y
escondiéndole la gorra al capitán.
El hotel Colón, diagonal a la iglesia de San Francisco, pertenecía a un
español. Allí se alojaban europeos buscadores del hechizo del Brasil
brasileiro, fríos y de pieles blanquísimas, corriendo detrás de mujeres
morenas de una hermosura impresionante.
Ahí estaban los italianos que leían interminablemente; las hermanas
francesas que adoptaron un perro y le pagaban alojamiento, mientras
fumaban marihuana todo el día; los alemanes y belgas; brasileños de otras
partes del país que querían vivir insólitas aventuras; y Alicia junto a
Françoise, sin querer separarse de ella que la protegía y le prestó
trescientos dólares para que pudiera mostrar en extranjería y renovar su visa
por tres meses más.
La sal del mar caminaba por Pelourinho, ese barrio colonial de estrechas
calles de piedra e iglesias, con olor a orinas, mierda, perfumes baratos y
alcohol. Las puertas se entreabrían para mostrar mujeres pintarrajeadas,
ofreciéndose por irrisorios precios, feas y envejecidas, lagrimosas. Se paró
junto a ellas y fue una más. Conseguiría algo de plata para continuar el viaje.
En la cantina da Lua sonaba el Ave María de Schubert y las sillas de
metal celeste cielo se llenaban de malucos y mujeres, alcohólicos, ellas y
ellos, de mesa en mesa, reflejando el vía crucis de los vecinos. Los niños
vendían maní tostado en vez de jugar o irse a dormir. Seres de ojos
hundidos en soledad, un retraimiento infinito de hambre y miseria. La ciudad
vieja semiderruida y los surgientes edificios de las últimas décadas. Los
travestis, lindas mujeres con expresión masculina en las manos y en la voz.
Las ratas y cucarachas, los bohemios que fumaban eternos porros de
marihuana en tugurios dignos de una novela de Dostoievsky. A ellos se
sumó Alicia y los acompañó en sus viajes en alas de la yerba y otras drogas
que los mantenían lejos de la podredumbre, felices y adormecidos.

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Ella, atraída por el mar gigante al que empezaba a amar tanto como a
ese otro mar, el de una realidad que pocos conocían. "Ya no es cuestión de
protestar contra el sistema, es un grado tan aparte el de esta gente que
bebe y vive. Mientras tanto, las francesas pagan el hotel para ese perro flaco
y feo que recogieron por ahí, le dan medicinas, le traen mucha carne, andan
detrás de él limpiando su caca y llamándole: Você, Você".

En Bahía todo es al revés, desde la atmósfera lenta y pesada, que


parecería detener el tiempo, hasta la vida misma de las gentes. Para ellos
todo transcurre alrededor del baile y la comida, alrededor del candomblé y la
umbanda.
Alicia conoció a los orixás, hermosamente representados por sensuales
figuras negras como la de Yemanjá, saliendo del agua o en forma de sirena.
Creyó verla en el mar, frente a la isla de Itaparica, donde flotaban las
ofrendas de comida y flores, sacrificios que a veces significaban sangre de
gallinas u otros animales.
El orixá también podía ser un ancestro divinizado que en vida habría
manejado el trueno, el viento y las aguas dulces o saladas o también gran
cazador, trabajador de los metales o diestro en el conocimiento de las
propiedades de las plantas. Después de su muerte, este ser se encarnaba
en uno de sus descendientes mediante un acto de posesión impuesto,
provocado por él. Los orixás... seres sin cuerpo material, vagando sobre el
cielo de Bahía, velando por ese pueblo tan sentimental y profundo.

Alicia y Françoise fueron a un terreiro donde se ofrecía un ritual a Exu, el


orixá que más cerca está de los humanos. La estatua coronada, con barba y
un tridente en la mano derecha parecía mirarlas con ojos intensos y
bendecidores. Ella se tomó muy a pecho la solemnidad del momento. Ahí
estaba el padre de santo, escuchando lo que decían los dioses sobre Alicia.
Lanzó los búzios, esos caracoles marinos que sirven para adivinar,
preguntando sobre el destino que le esperaba a esta mujer andante. Los
dieciséis caracoles cayeron sobre la mesa cubierta con toalla blanca. Alicia
había preguntado si volvería a encontrar a Pedrito. ¡Ejiala Keltu!: dos
fragmentos quedaron con la parte interna para arriba y los otros no... la
respuesta fue favorable.
Salió tranquila de ese ambiente tan místico y decidió que sería bueno
beber una cerveza en el bar de Banzo.

Yo amo los mundos sutiles/ingrávidos y gentiles/ como pompas de


jabón... Los versos del español Antonio Machado resonaron en sus oídos,
arrimada en la baranda del mirador. El mundo mágico y alegre de los
bahianos era eso, algo ingrávido y gentil. El sol caía al atardecer sobre
Itaparica. A la tarde Alicia se embarcó con Françoise y Rita, una mujer de
Belém que andaba a la caza de extranjeros y vivía de ellos, mientras
pasaban su verano en América. Las acompañaron tres alemanes de piel
casi transparente. El ferry llegó en media hora a la isla, el sol casi escondido
y los germanos tendidos en la arena para tomar otro color. Imposible, tan
rosados, tan de esa Europa fría y decadente.
La asaltó la sensación de ser dueña de este lado del planeta. Con sus
pieles bronceadas, ella y Rita se sumergían en el agua cristalina, buceando
y tomándole las manos a Françoise, más latina, más cercana a ellas. El

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agua fría las acariciaba, era su mar, su Atlántico celeste, jugaban como
niñas, mientras sus amigos insistían en untarse bronceador.

De regreso, en el ferry, mientras Rita se entregaba al dulce romance con


su alemán, Alicia miraba claramente de qué lado de la vida estaba. Por lo
menos eso se le aclaró en Bahía al ver tanto europeo pálido y con los ojos
desbordantes de una avidez por lo agreste, lo salvaje, lo recién nacido de
este continente. "Soy tan nueva, tan llena de respiración", reafirmó su
identidad, fundida con la selva, el calor y la exuberancia. Su afinidad estaba
en la piel, en los ojos oscuros, en la tierra que pisaba aunque no fuera el
suelo donde nació. Y, aunque nunca había estado en Europa, intuyó la
antigüedad de la vida, en los monumentos y construcciones, en París,
Londres, Roma, donde se dictan las normas de la moda, la música, la
arquitectura... Alicia se sentía privilegiada de tener sangre latina, bronceada
ahora, salvaje, parte de un continente recién descubierto por estos hombres
y mujeres que querían probarlo todo.

Rita Dos Santos. Se encontraron un día en la plaza, a la orilla de una


iglesia, rodeada de gitanas de pulseras tintineantes y amplios vestidos.
- ¿Has vendido algo?
- No, pero es temprano aún. Al final del día ya tendré para comer.
- ¿Cuánto ganas en un día?
- Si alcanzo a vender un par de aretes, cuatro mil cruzeiros.
La sorpresa le desorbitó los ojos a Rita.
- ¿Cómo? ¿Tan poco? Vente a la boite donde yo trabajo, allí gano ciento
cincuenta mil en una noche.
Una boite significaba irse cada vez con uno o varios hombres,
entretenerles, complacerles en lo que pidieran y cobrar. Rita lo hacía sin
ningún problema. Era su modo de vivir. Y se la veía muy contenta con su
alemán, hasta que él se fuera y llegara otro que la mantuviera por unos días,
y así, sucesivamente. De esa manera siempre tenía dinero para mandar a
su madre, quien cuidaba de su hijo de siete años. La madre no lo sabía, por
supuesto. Y Rita advirtió a Alicia, que más tarde pasaría por Belém, que no
le comentara nada de su vida; ella creía a su hija trabajando como costurera.
- Pero carezco de ropa y se necesitan atuendos elegantes y zapatos de
taco. Mira mis fachas, no tengo casi nada que ponerme.
Rita, alta, guapa y muy bien formada, le ofreció prestarle algo de ropa y
zapatos.
- Ven a mi departamento, ahí veremos algo que te pueda quedar.
Decidida a ir, anotó la dirección. Se despidieron. Levantó la vista. La
campana de la iglesia brillaba, atravesada por un rayo de sol que parecía ser
la mirada de un Cristo olvidado hacía años. Pensó en María Magdalena, de
la que salieron siete demonios... Jesús la perdonó, la amó y ella estuvo
hasta el final al pie de su sepulcro, y le bañó los pies en un caro perfume, y
lo amó, y se asustó de amarlo porque jamás vio mirada igual. Alicia en un
club nocturno bailando y bebiendo cachaza. Tal vez le convenía ese trabajo,
cansada como estaba de vagar y no ganar mucho dinero con la artesanía.
En ese momento se acercó una gitana a ofrecerle un acto de adivinación. La
gitana vio sus ojos grandes y se ofreció a leer las líneas de su mano sin
cobrarle nada.
- Vas a encontrarte con un hombre que te dará todo lo que necesitas.
Pero te irás de su lado y su recuerdo no te abandonará en mucho tiempo.

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Tienes un hijo que está lejos y llora por ti. Se reunirán y estarán muy felices
los dos. Pero vas a entrar en un mundo de maravilla y de color que será sólo
tuyo. Un castillo de cristal en el que únicamente tu rostro se reflejará y donde
vivirán muchos monstruos también.
La gitana de ojos rasgados le regaló un amuleto para la buena suerte,
era una semilla roja pequeña, que Alicia guardó durante el resto del viaje.
Por la noche fue al departamento de Rita, quien le prestó un elegante y
estrecho vestido, refulgente y lleno de lentejuelas. Salieron para la boite.
Cada vez le resultaba menos pesado el paso por este mundo de
estimulantes, alcohol y hombres. Sólo que ahora la diferencia era que le
pagaron.

Pasaron dos semanas intensas incluido el robo de su bolso con un paño


de aretes, las herramientas y sus zapatos chinos. Arrastrando los pies
continuó el ritual de conocimiento de la seductora ciudad. Tomó caldo de
sirí, a la orilla del mar, bebió jugo de cacao, miró hasta saciarse capoeira en
las plazas, probó casi todos los manjares que vendían en las esquinas las
blanquísimas bahianas: acarajé, bala de estudante, vatapá, queijada,
caruru, canjica... comidas baratas y deliciosas que le mostraban la generosa
sazón de las morenas de Salvador.

***

Alicia se ha rebelado contra la cocina del hospital. Ha decidido no comer


a nombre de aquellos que se mueren de hambre en el mundo. Describe
sistemáticamente los famélicos cuerpos de infantes africanos que muestran
las costillas, los brazos y piernas de una delgadez inenarrable, y a la vez, los
gordos y rosados rostros de los niños europeos y norteamericanos. Además,
semejantes mazacotes, esas salchichas fritas, esos purés asquerosos, los
jugos pura agua y demasiado almibarados, quién puede tragarlos.

- Come la sopa, piensa en todos los pequeños que no tienen nada que
comer y se mueren de hambre- sentenciaba la madre. Alicia permanecía
tres horas frente al plato espeso de morocho, con natas amarillentas y de
grasa, las hojas de culantro flotando entre papas que la miraban llenas de
ojos chispeantes. Se enfriaba la sopa y no comía. Imposible engullir
semejante colada, la gruesa correa de cuero a su lado casi silbando la
amenaza, mamá furiosa mirando a la niña a punto de vomitar.

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Mario en Maceió

"Casi las once de la mañana. Estoy viajando desde ayer a las nueve de
la noche. Llegaremos a Maceió mañana por la mañana. Estoy cansada".
Eran las seis cuando llegó a Maceió, pequeña ciudad marina de
Alagoas, en el nordeste pobre y asolado por sequías desde siempre y
abatido por inundaciones que perdían las casas y los animales debajo de
lagunas recién nacidas.
Caminó por una interminable avenida, buscando la casa de Mário da
Silva, el nordestino que encontró en Río de Janeiro.
El sudor le chorreaba por todo el cuerpo, y tuvo que sentarse al filo de la
vereda a esperar que el sol estuviera un poco más alto, para tocar la puerta.
A las ocho, por fin se animó. Golpeó. Demoraban en abrir, estarían
durmiendo aún. Por fin escuchó pasos, el picaporte, Mário con la cabeza
totalmente rapada. "No habrá soportado más los piojos", pensó.

Lo único que quería era tomar un baño. Su amigo le indicó dónde estaba
la ducha de agua fría y le advirtió que se bañara rápidamente porque había
que ahorrar agua. Y empezó con una retahila de advertencias: que no
podemos comer más que un plato de maíz, que las yucas en el mercado, las
más baratas, que apagara la luz enseguida, que... Y, de repente, como en
Río, sus ojos perdidos, no se sabía dónde.
Le mostró la habitación donde iba a dormir, una cama con su mosquitero
y nada más. Su cuarto era igual, y el de su madre, que había ido a pasar el
fin de semana con la hija casada. Mário quería realizar el proyecto de su
vida. Si no funcionó lo de la música, haría videos. Entonces encendía un
cigarrillo de cannabis y, acostado en la cama, se ponía a delinear punto por
punto el interesante proyecto, hablando para nadie más que para él mismo.
Su cerebro estaba abarrotado de planes, de ideas, era una bodega en la que
entraba a repasar, con cada vez más perfecta precisión, las estanterías y
cajones. Ella lo vio horas enteras. Y así se le iban los días, con sus
obsesiones y sus castillos en el aire. Llovía a cántaros. Le pareció que la
lluvia le iba a caer encima con todo y techo. Al día siguiente fue a la playa
con Mário, él paseando ensimismado, ella en traje de baño, mirando las
palmeras y sintiéndose dueña de un planeta único y sólo de ella.
Se despidió con alivio. Siempre lo recordaría dando vueltas y vueltas, en
un intento por cuajar algún proyecto en su cabeza. "Tal vez ya no vive en
esa casa o ya murió". Lo imaginaba sentado en una mecedora, en la vereda,
canoso y perdidos sus ojos en la nube más lejana, fumando un pito,
sonriendo a nadie, meciendo lenta y monótonamente la silla.

***

Amanece en el jardín, en el huerto y las ventanas. Alicia sigue en el


rincón, helada, dormida a fuerza de llanto. Su locura, a ratos, parecería ser
sólo tristeza por los que son y los que no son, sus antepasados y los que
vendrán, el mundo corrompido y armado, los niños de las calles, las mujeres
abandonadas, la tierra herida y moribunda, los animales cazados en Africa,
los indefensos periquitos de la selva, vendidos en tierras lejanas. Ha
memorizado una tremenda frase leída en una novela, que en la portada
llevaba calaveras reflejadas en espejos: todo en una estéril prolongación de
la vida, en un continuo martirio, en el cual ya ni la muerte es necesaria.

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Acomoda las frases a su estado de delirio: días insulsos, comida sin sabor,
saludos mecánicos, manos frías. No entiende la existencia. "¿Para qué
están esos niños mocosos que se revuelcan en la calle por la que todos
caminan como autómatas? ¿Para qué habitan en este planeta las vacas y
los elefantes? ¿Los árboles y las gentes? ¿Por qué hay tanta guerra?¿Qué
hace este girante globo azul en medio de la nada?"

Evoca la turba que camina por las calles del centro de Quito, llena las
cuestas, huye de los gases que disparan los policías; compra y vende, orina
contra las paredes. Mujeres que no son el prototipo de la barbie, sino más
bien gordas, con el pelo pintado de amarillo. Otros sacan a pasear al
hermano ciego y parapléjico, la silla de ruedas estorba a los transeúntes.
Los vendedores de música con sus acordeones y cassettes grabados en
estudios clandestinos. Y, más allá, a pocas cuadras, justo detrás de la
iglesia de san Francisco, el sórdido edificio de las torturas. Alicia grita al
recordar lo que le contaron. Hombres, mujeres o niños, no importaba, les
bañaban en sangre, les cocinaban como a chicharrones y les llevaban a una
laguna de leyenda. "¿Todo eso por qué existe? ¿Qué fin tiene la mujer muda
que, con sonrisa perdida y cinco niños alrededor, extiende la mano para
pedir plata?"
Se ríe pensando que ésa no es estampa turística para ningún folleto de
promoción del país. "Les friega el negocio a los grandes turisteros y les
exacerba el morbo a los uniformados con la pistola al cinto que paran a
tomar café con la gorra municipal bajo el brazo. Ellos, impecables y azules,
seguro que en el cuartel les obligan a bañarse aunque no quieran".
"¿Para qué reconstruyen los templos?". Le maravillan
estremecedoramente la podredumbre de la civilización, el perfeccionamiento
de la crueldad, el crimen institucionalizado, masificado. "Pudo haber sido de
otra manera". Alicia ensoñando, "pudieron haber existido más cosas buenas
que malas, mayor belleza que fealdad, un equilibrio, pero no, el hombre
infesta con sus purulentas ideas, decisiones, actos, cada partícula de polvo,
de nube o de agua". Para ella la realidad es una cáscara debajo de la cual
sólo respira. Por eso prefiere su ilusión de ser la reina; le ocupa la mayor
parte del tiempo: ella, coronada, miles de vasallos y un rey a sus pies.

Toma su bandera, una franela enmugrecida que robó en el cuarto de


limpieza, y camina por los patios, trepa las paredes y se dirige al pabellón de
los hombres. Canta estrofas del himno nacional que describen el odio a los
antiguos conquistadores, leones que usurparon, asesinos. Las mezcla con
un himno religioso que, para ese momento la tiene ya instalada en una
banca de la iglesia, con una pila de periódicos a su lado.
"Oh Jesús de la Buena Esperanza, ten piedad de tu pueblo, Señor". Usa
salida de cama de felpa rosada, negra por el uso, larga y caliente y, sobre
todo, elegante, "como para visitarle a Él, amado mío, Jesucristo..." El lugar
está lleno de gente. Llegan viejas que necesitan sentarse y solicitan lugar. -
¿No ve que está ocupado?- les dice enojada. Mujer de adoratorio, perdida la
razón en las manos de un Cristo huesudo y sangrante. Lo ama, quiere
limpiarle, untarle mentol chino en las remelladas rodillas y en los codos.
"¡Cómo te van a poner esa corona! Perdónales porque no saben lo que
hacen". Contempla con unción la franela que tiene entre sus manos. El
Cristo de Caspicara la observa largamente y sonríe agradecido. Algún día

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bajará de esa cruz y vendrá de brazos abiertos para dejar que Alicia en
persona cure sus heridas. Ella espera pacientemente.
Vuelve al muro. Los hombres la miran en lo alto, Alicia les dispara con su
arma imaginaria, quiere matarlos, son los culpables. Para entonces, las
guardianas de su pabellón la han encontrado y le llaman dulcemente del otro
lado de la pared:
- Alicia, ven, es hora de desayunar.

45
El dolor de los cadáveres

El 10 de junio Alicia llegó a Recife, el mayor centro azucarero en la


época colonial, por el que peleaban portugueses y holandeses. Éstos
atacaron Pernambuco en 1630 y gobernaron durante algunos años. Miró los
restos de puentes, palacios y el fuerte construido para defender la ciudad.
Por suerte, los holandeses tuvieron problemas con Inglaterra y la
insurrección pernambucana los expulsó. Vio los cañones que miran al mar,
como ojos fijos de la antigua guerra. Esos cañones habrán hundido docenas
de galeones que hasta ahora deben suspirar, fierros hundidos, en el fondo
del mar, cantando la derrota de quienes los dirigían.

***

Recuerda cuánto la aterrorizó la guerra cercana. Ecuador y Perú


enviando soldados para adueñarse de unos pocos metros. Soldados
inocentes, pueblos que han habitado milenariamente esa floresta, víctimas
de una generalizada estupidez. Los niños, sus madres y sus abuelas,
dejaron atrás las chozas, rostros dolidos, sin entender nada de esos
hombres disfrazados de selva que pasaron oscuros y camuflados para ir a
matar. Quería morir cuando escuchaba los informes en la televisión, tal era
su impotencia, quería ofrendar su vida con tal de que todo acabara. Supo de
los muertos y los bombardeos. Sin entender para nada el salvajismo de los
hombres fabulaba un mundo gobernado por mujeres, donde no hubiera
armas ni violencia. Encerrada en la casa, el miedo invadía todos sus huesos
y el mínimo ruido la asustaba. Casi sin comer, ojerosa y demacrada, pasó
esas semanas de sobresalto.

La resonancia de la guerra se quedará en su mente para siempre. Qué


experiencia tan espeluznante: la televisión, la radio y los periódicos en
competencia de bombardeo informativo, y ella peleando con su propia razón
para entender, para objetivar la verdad. ¿Quiénes la tenían? Los unos y los
otros aseguraban haber sido invadidos. "Parecen niños peleándose por la
línea de la rayuela, o por el filo del círculo donde cayó la moneda con la que
juegan la vida de millones de personas", extrae antiguos pensamientos,
ahora el país nuevamente en la interminable guerra, decorada por los
abrazos de los presidentes en pasillos iluminados para la televisión. Sueña
con soldados enemigos. Se le metió en la carne el dolor de los cadáveres.

46
Eros alucinado

Mira atrás el día de su boda. El temor al lecho nupcial, al dolor de perder


la virginidad. El vestido blanco de cola larga, el velo cubriéndole el rostro,
Alicia virgen, tenía dieciocho años y apenas había oído hablar de "hacer el
amor". Tener relaciones sexuales decía el docto profesor de biología;
relaciones matrimoniales las monjas.
Poco a poco habían ido avanzando. Primero la mano sobre la mano, el
beso corto en los labios. La niña pura sin dejar de pensar en el pecado
original.
Luego vinieron las caricias en los senos intocados, después, la mano
debajo de la falda. Ella también se atrevió y bajó el cierre de los pantalones
de su novio. Pero no, debía esperar hasta el día del matrimonio. Virgen,
siempre virgen hasta sellar su unión bajo la ley de Dios.
Ése era el estigma. No sentir el placer porque es pecado, no tocar parte
alguna del propio cuerpo porque provoca tentaciones irrefrenables.
Entonces, desde primer grado, todas las niñas olvidaron su cuerpo. Alicia no
conocía nada de sus órganos sexuales, salvo por la explicación del profesor,
pero ese cuerpo no era el suyo, era el mero dibujo, la sola teoría de alguien
que se llamaba mujer, que sufría cambios, que menstruaba, que tenía hijos.
Pero ella no sintió más que los terribles cólicos. Todo eso era como
purificarse si hubo malos pensamientos, la presencia de la virgen María muy
fuerte.
Hasta que el día de la boda tuvo que entregarse a lo que viniera. Fue
doloroso, desgarró la sábana y casi gritó, ahí estaba la mancha rojiza como
prueba del triunfo del hombre sobre ella, montado encima, rasgándola,
rompiendo su himen que había estado intacto hasta el fatídico día de la
boda. Pero sintió todo el placer, ése que no debía sentir y que la atrajo más
que nada, para siempre.

***

En el encierro, Alicia escucha música clásica. Le gustan los barrocos y


los religiosos. Caminando a oscuras por la habitación, desnuda, abre el
candado del armario, con la llave que lleva atada al cuello, atada con un
pedazo de lana. Saca la botella de whisky y bebe copiosamente. Las
hermanas no se han percatado nunca, tan hábil es para despistar.
La desnudez la excita, siente la erección de sus pezones y, al mirar su
sexo abierto como flor, frente al espejo, se regocija pensando en atrapar el
falo de su amante.
El alcohol la va excitando más y más. Juega con danzas del vientre, sus
manos acarician las nalgas, como ante un extático público de cabaret.
Se sabe de una hermosa desnudez. Mientras afuera llueve, ella en el
calor de su cuarto - las monjas bien lejos, tejiendo chales y tapetes- con el
cálido whisky bajando por su garganta, se inspira para crear coreografías
increíbles. Ella sola y su sombra, tres velas sobre la mesa y variedad de
música, la más contorsionante posible. Tiene que ser la estrella del music
hall más famoso, el vaso en la mano, la transparente tela hindú envolviendo
su cuerpo, solitaria, a la espera de que el milagro de una caricia salga del
azogue brillante. Pero, al final, la única caricia es la de su propia mano.

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Horas dura, a veces, el rito, mirando cada poro de su piel, desde los pies
hasta el cabello, el largo cabello con el que se cubre cuando la ataca la
vergüenza, ésa de las monjas de la escuela y de la purísima virgen María.
Al cabo de todo, una estola de frío cubre sus hombros y el pubis oscuro
y velludo está demás, peor aún si escucha la canción en alemán que la
remite al último hombre que la acarició, antes de entrar al hospital, hace ya
siglos.
Baila con zapatos de gamuza y vestido negro de terciopelo, con
pañuelos de las más finas sedas, y sin ropa alguna. Las humedades
olorosas a membrillo y con un indefinido sabor la llevan al acto final. Las
sesiones de autoamor son cada vez más perfectas, a veces como
consecuencia de la soledad más absoluta, otras, por necesidad de contactar
consigo misma, con su ser más interior o para huir del terror que le provoca
la enajenación en la que se encuentra sumida. Al acariciarse, siente la vida
volver a su cuerpo, la respiración.
Increíble haber conjurado para siempre el dedo acusador de las monjas
de primaria que destinaban al infierno a esas niñas que se masturbaran. No
lo llamaban así en esos tiempos, hacer malas crianzas, decían las virginales.
Alicia se tocaba a hurtadillas, en plena clase, los incipientes senos y,
cruzando las piernas para apretar sus partes íntimas, se iba de la clase de
religión. Ya vendrían después la confesión y la promesa de nunca más.
Pero, a la semana, esa niña demoníaca y pecadora lo volvía a hacer. Y así,
sucesivamente, en la adolescencia, a los veinticinco, a los veintiseis...
Pedrito de cinco años descubriendo el placer infantil al tocar su falo
pequeñito, la madre haciéndole entender que es normal, que hacer el amor,
que el placer es divino, aun sin creer en lo que ella misma decía.

48
Un cuento de barcos

Su amiga Claudia le contó que había viajado una vez de carona en


avión. Ingenua, Alicia se fue al aeropuerto como si los aviones pasaran por
su lado para ver su mano hecha puño con el pulgar dirigiéndose hacia el
norte. Estuvo horas sentada en el terminal aéreo sin saber qué hacer. "Me
asalta el pesimismo. La plata se está acabando y el viaje aún es largo",
aceptaba asustada.
Se le ocurrió ir al puerto, si no en avión, tal vez en barco. Con la mochila
a cuestas llegó al anochecer. En el muelle le avisaron de la llegada de unos
franceses y que esperara su regreso de la ciudad. Mientras aguardaba,
comió algo. El hambre era, a veces, un sordo animal instalado en su
estómago.

"En el barco de los franceses. Por fin algo diferente, dormí aquí, tengo
muy fuertes sensaciones de mi casa, de mi adolescencia, algo así como un
sueño realizado", escribió en su agenda.
Antoine, el dueño del velero, le brindó una compañía diferente. Aunque
no iba para el norte sino para el sur, le propuso quedarse en el velero con él
y su padre. "¿Por qué no embarcar para vivir quizás la aventura definitiva?".
Se sintió tentada, mientras disfrutaba de un desayuno preparado por
Antoine: crepas deliciosas con mantequilla y miel.
Las sensaciones, los olores, la vida, eran tan otros, tan increíbles que
Alicia era una mujer diferente, viviendo con un francés por una semana en
un velero construido por él y su padre en el lejano puerto de Nantes.
La historia de Antoine era también un caso aparte. La madre se había
ido con otro hombre y él sentía la tremenda responsabilidad de cuidar a su
padre, de acompañarlo hasta el fin del mundo, aun a costa de su propia
felicidad. De baja estatura, el francés había sido jockey en su adolescencia y
ahora, a los 30 años, buscaba desesperadamente una mujer para casarse.
Y claro, se enamoró de esta Alicia que tenía el coraje de andar sola por
el mundo. Sin embargo, después de una semana en el barco Alicia decidió
partir. Fueron días felices, unos pocos días felices: el mar, un gusto salobre
en los cuerpos, las caricias nuevas de Antoine, ella también enamorada. Le
dolía dejarlo, pero él se iba a Río, de donde ella venía, y el recuerdo de
Pedrito era demasiado fuerte: tenía que avanzar y tomar el rumbo del
regreso. Se abrazaron con intensa y naciente nostalgia. Ella iba hacia el
norte, él hacia el sur.

***

Me lanzo al agua de color chocolate y el río me traga. Peces de bocas


abiertas me esperan para devorarme. Sus dientes puntiagudos arrancan mi
piel y se enganchan en los tendones que suenan como una música de arpa
china, con eco en el fondo de las aguas. Bailo mientras ellos se reparten mis
pedazos, los oídos aún escuchan el correr de este río turbulento. Nado,
esqueleto, hasta la orilla. Allí están los músicos que necesitan huesos para
completar sus marimbas. La danza es de muerte, llegué demasiado tarde,
todos han sido devorados por caníbales que sonríen satisfechos. Sólo faltan
las copas de vino para que esto se asemeje a una bacanal romana. Los
conejos vuelven a mirarme con sus ojos de color granate, me rodean, me
señalan con el dedo, conejos de sangre.

49
***

En el hospital, doctores y enfermeras caminan rápidamente, no quieren


dejarse devorar por los enfermos, están sordos, así se evitan problemas.
Mientras, a ella la persiguen voces, gestos que amenazan. Un sentimiento
de irrealidad la rodea, trata de descifrarlo, de expresarlo pero enmudece y
sólo le quedan el pánico y la interrogación. Sin luces claras, frente al vacío, a
la falta de reconocimiento del ser, al fin de la historia, Alicia intenta asirse a
algo, la luz de Dios, la búsqueda de la palabra divina, para deshacerse del
desconcierto en el que sume a todos esta sociedad con sus incongruencias,
sus claudicaciones, sus seudojustificaciones.
Creyó haber encontrado una razón para vivir al liberarse del esposo que
acosaba, que atacaba. Pensó que el hijo era esa razón, pero no, ahí estaba
él, creciendo a la buena de Dios. Intentó trabajar por un ideal, pero fue
defraudada. No era la universidad, no era la carrera. Sus sentidos fueron
violados y se interrumpió esa razón de vivir. Su vida se detuvo, se produjo el
vacío, la oscuridad, y en esa penumbra subsiste su lúcida visión de
demente. La sociedad le exigía adaptarse, es decir, volverse mediocre, y ella
no estaba dispuesta a renunciar. Prefirió romper todas las cuerdas de lo
establecido y lanzarse al mar donde nadaban los señalados con el dedo,
drogadictos, alcohólicos, putas. Ella, una más, flotando en un cielo de fuego,
sin límites, al margen de la vida, en una vida que también lo es y que es la
opción de millones de seres en el mundo. “¿Qué es lo correcto, lo moral, lo
recto?”, escribía en su cuaderno, cuando volvía de los “blancazos” que le
azotaban ante ciertos excesos.

***

Los franceses estaban en el río Paraíba, en Jacaré, pueblo perdido en la


geografía casi virgen de un Brasil no inventado. El anhelado abrazo, el
pequeño barco, las caricias de Antoine, profusas y exultantes.
Apenas a dos horas de Recife se encuentra Jacaré. Camarones,
ensaladas, carnes, pescado fresco, el barco frente a la costa de “Gringo”, el
dueño del restaurante donde los franceses comían. Y todos los días
caipirinhas o cerveza. Veludo, el perro, le ladró a Alicia, intrusa en una tierra
por la que vagaba sin rumbo, accediendo a todo, cada vez más lejos de su
antigua realidad. Pasaba el día entero sin hacer nada y tenía toda la comida
y bebida del mundo. Y para completarlo, el amor de Antoine, que la llenaba
de besos y de mimos y que insistía en casarse con ella e irse a vivir a París.
Pero había momentos en que Alicia se sentía en un agujero negro. Y
escribía. “Cada quien tiene el suyo, con sus propios fantasmas, con sus
telarañas y murciélagos. Llueve. La música me hunde en el hueco de la
noche. El río oscuro y tranquilo abre su cuerpo para henchirse de agua. Él
acude al juego de cartas: agua, ahogarse, lágrimas, depresión, miedo. La
dama de corazones, el amor, los viajes, negro, negro... superstición,
aferrarse a una certeza. Y después del café queda un sabor amargo. Las
hojas de toronjil se pegan al estómago y refriegan el aroma contra las
paredes. Todo el mágico poder del mar y de las nubes baja, se achica, se
vuelca en un simple vaso de cerveza, me devora como lava candente que
chisporrotea en el cerebro”.

50
***

Paseó por la inmensa orilla de la mano de Antoine. Costinha: el barco


pescador de ballenas llegaba con un ballenato muerto, quince metros, sus
casi cien toneladas de peso, arrastradas directamente a la fábrica. Allí le
sacarían el aceite, trizarían sus huesos, procesarían su carne. Todo el
pueblo reunido para mirar el espectáculo, la madre lloraría su ausencia, un
animal menos en el mar, como tantos miles desapareciendo en el mundo
cada año.

¿No has sentido nunca que había que ir rápido, rápido, rápido y que
faltaba el tiempo? Nunca pudo dejar su libro de cabecera. Las palabras de
Jean Paul Sartre hablando de moscas, él una mosca más aplastada en la
cortina, en la ventana de la existencia. Así se sintió ella entonces: perdida y
sin alas, paseando casi ciega por un vidrio empañado. "La inmensidad del
mar era la salida para expandirme un poco, pero de un día para otro me creo
la barrera. No es esto lo que buscaba, ¿debo seguir mi peregrinación por el
mundo? ¿Hasta cuándo ese no saber qué es lo que quiero cuando oigo esas
campanas en la mañana de Ouro Preto? ¿O cuando los violoncelos se
mezclan con la lluvia y el choque del agua debajo del barco? ¿O cuando el
tren con su luz ciclópea se acerca ululando en la neblina y lo espero mojada
y abrazada de Antoine que me calienta un poco, me quita el
desacompañamiento por un rato, y ...? Las máscaras africanas en la pared,
junto al baño del barco, me remontan a la infancia y a las sombras que se
cernían sobre mí en las noches que no podía dormir, necesitada de calor,
con terrores nocturnos, intuyendo la inmensidad del universo, intentando
buscar alguna solución existencial o intestinal a los problemas del cosmos,
preparándome para cargar sobre mis espaldas el pesado bagaje del planeta
Tierra". El diario iba poblándose de ausencias y desencuentros con su
propio ser, con su esencia.
Lo que a la luz del día le parecía de fácil solución, en la noche oscura la
enajenaba y, a pesar de los momentos de intensa comunicación, Alicia y
Antoine se perdieron en la diferencia de su destino, en la divergencia de sus
actos, de sus modos de pensar, de ver la humanidad, de nombrar el norte de
sus vidas.

***

La primera vez que se enamoró fue en esa fiesta donde sonaba


Manzanero y ella nunca había bailado en brazos de nadie, sólo en los de su
padre que le enseñó el bolero y el tango. Era muy diferente, pegadas las
mejillas, la mano derecha de ella entrelazada con la izquierda de él, los
cuerpos adolescentes moviéndose lentamente al son de la balada. Se
llamaba Iván. No era muy alto ni muy guapo, pero tenía una hermosa voz.
Venía siempre con amigos a cantar en la casa de los abuelos, y los serenos
a la madrugada eran un baño de alegría en medio del pánico nocturno, del
incomprensible terror de la adolescente a la oscuridad y a lo desconocido.
Alicia escuchaba esa voz recorrerla entera, en la cama tibia, una infantil
emoción, el cuento de hadas debajo de la almohada, las primeras
sensaciones de erotismo, un cosquilleo raro, una atracción indefinible por
ese chico que estudiaba en el colegio de agricultura. Ella, la recatada niña
de trece años, experimentando algo totalmente nuevo, abandonando las

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muñecas antes de tiempo, instalándose a soñar con un príncipe azul criollo
que cobraba para ella el tamaño del rey más dotado. Sería entonces cuando
iba a empezar a sobredimensionar sus propios sentimientos y la imagen de
los hombres a quienes amaría.

***

Cuando el sol sale las moscas se refugian aquí dentro y se me montan


encima, me caminan, me huelen, me reconocen y se ríen de mí cuando
quiero matarlas. El balanceo del barco no las afecta, se pasean orondas por
todas partes y bailan y cagan en el techo y no hay quien pueda con ellas. Ya
que me niegan el destino de hombre, seré el destino de una mosca, Sartre
sentenciando, lo escribió pensando en una mosca que iba a matar cuando
era niño y la atrapó en una trampa de muselina en la cortina de la biblioteca
de su abuelo. La sangre habrá quedado para siempre en la cortina y el niño
remordiéndose luego de su crimen, y de viejo diciendo insecticida, tomo el
lugar de la víctima y me vuelvo insecto, soy una mosca, siempre lo he sido.

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Del lado simple

"¡Qué placer! la soledumbre, la amada soledumbre llegó. Trae viento,


olor de pescado frito, voces y llanto de niños, ese aire salobre de abandono,
que produce una extraña plenitud".
Por momentos deseaba estar sola pues en el barco se ahogaba. “En la
estación, lejos de Antoine. Ayer, un día pleno y hoy, día gris, vacío, sin
sentido”.
Todo estaba en su punto. Pero algo la empujaba a continuar, sin
detenerse, hasta llegar al fondo mismo de su propio ser. Entonces venían
las ganas de huir. Se refugiaba en escribir o en el más absoluto silencio.
Pedrito lejos, lejos, y ella en ese lugar tan aislado, que existía nada más que
para sus doscientos habitantes y para los tripulantes del barco. "El tren se
demora tanto. Hay pocas personas esperando, estoy sentada en el piso,
descalza. Demasiado viento".

Un charlatán en la plaza de Joao Pessoa la sacó de sus pensamientos.


- Lleve la piedra bendita en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Antes de
salir encienda una vela detrás de la puerta. Para tener suerte, use una
piedra de estas en el bolso, otra deje en la casa y la tercera dé al marido. Si
usted es comerciante ponga una en la caja del dinero.
Él trabajaba con oraciones. - Si cree en Dios y cree en el espiritismo, por
las tres piedras pague mil cruzeiros. Si no cree, no lleve, no.
- Contra catimbó, mal de ojo, hechicería o macumba. Use con fe en Dios
y en la virgen María, las piedritas de la suerte. Si es perseguido por el mal
vecino lleve una de estas. Ralladura de ojo de pescado para la mujer que
está sin suerte en el amor. Las traigo de Bahía, sólo yo las tengo. Piedras
bien pulidas, tomadas de algún río y tal vez bendecidas en Bahía por algún
pai de santo.

Los edificios despintados y oscuros le daban un aire de desolación al


centro de Joao Pessoa. Más allá, todo verde, típica ciudad brasileña y
tropical, como Corumbá y las otras ciudades de Matto Grosso. Alicia
imaginaba el norte, Sao Luiz, Belém, Manaos...
La estación estaba repleta de gente en espera del tren. "Zumbido de
voces y arrastrar de pies que resbalan hacia el infinito, vestidos o desnudos,
reemplazando los pies por alas, los zapatos por plumas para escribir en los
planetas, para dejar la huella a través de las estrellas, rojos, azules,
brillantes de luz mezclada con las aguas del mar. Plateados los cuerpos,
nadan sin sentir el frío de la noche, absorben sal y humo para completar el
hechizo que ejerce la naturaleza sobre los hombres, las mujeres y los niños,
la inmensidad de los paisajes, la cercanía de la clorofila y su proceso, los
rayos infrarrojos o ultravioletas traspasan la piel, tornándola de bronce
cobrizo, nacidos del sol, niños de oro con sangre negra en las venas,
combinaciones fantásticas de razas y especies de toda partes.
“Y la raza humana surgiendo sonriente y triunfadora para probar su
nueva bomba, la más avanzada, inmunizada contra la crueldad,
destruyendo, sembrando desolación para cosechar la muerte, en un sube y
baja de sus huestes, de los ejércitos alados que escalan las nubes para
poner sus huevos en la penumbra de los meteoritos más alejados, reducidos
a la cuarta dimensión, a donde llegaron empujados desde la terraza de un
rascacielos. Ahí les negaron la última firma para construir la escalera.

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Entonces se les ocurrió fabricar alas, ícaros soñadores, ahora vuelan en
dirección contraria, hacen una cuenta regresiva, la explosión sonará en
cualquier momento. Palancas, botones a apretar, y listo".

De regreso a Jacaré, Alicia se sentó en la banca de madera amarilla del


tren y miró por la vieja ventana. Es el mismo tren que Penélope tomó con
Antoine para llegar a Jacaré y ver que no era quien ella esperó. Y se quedó
con su bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón, sentada en la
estación.

***

¿Quién inventa las voces? ¿Ellos o yo? ¿Quién esos pasos que no
existen?
***

Cada siglo una reina. Ahora me tocaba a mí. Tanto luto, tanta sangre,
tanta cera quemándose en el holocausto de la nada. Todos esos recuerdos
se me agolpan en el alma a los treinta años de reclusión en esta cárcel
maldita que ha dado mesura de sus grandezas y de mis fantasías, y que
ahora asiste, impávida, al eclipse lento de mis carnes y de mi espíritu en
medio de una historia sucia donde los búhos son los únicos mensajeros de
los secretos que la rigen. Juana la loca, personaja de novela, Alicia se
identificaba de pronto con esta reina que jamás reinó porque los hombres,
su marido, el rey Felipe el Hermoso y su padre el rey Fernando de Aragón,
descuartizaron su cordura y sus posesiones. Para ellos lo más importante
era acrecentar sus reinos, ella, Juana, estaba destinada a ser la "loca"; no le
permitirían oponerse a sus deseos de ser los dueños, era mejor declararla
chiflada definitivamente, como a muchas otras mujeres que se atrevieron a
amar más de la cuenta, a entregarse al arte, a la vida, más allá de lo que la
historia se lo permitía.
Camille Claudel, la escultora, se animó a poner su desgarrada vida en
cada golpe que dio al mármol, en cada movimiento de sus manos sobre la
arcilla. Hasta que esculpió su propio destino, el de superar a su maestro, el
famoso Rodin. Y fue el fin: el manicomio.

***

Aparece una niña con vestido de encajes blancos, sentada en medio de


la cocina con paredes llenas de hollín, sin tumbado. Unos ratones juguetean
entre sus pies. Come su manzana con toda tranquilidad y se levanta. Se
dirige hacia la mesa antigua que está en el rincón derecho del cuarto. Abre
el cajón y saca un cuaderno manchado de grasa. Comienza a dibujar.
Hasta el momento, su rostro no ha sido enfocado por los reflectores,
sólo el vestido, tan blanco. Las cámaras se acercan y sobre la salpicada
hoja se ve el dibujo. La niña levanta su cabeza y no tiene rostro. Su faz
plana y negra es un plato de hierro enlozado. En el dibujo se ven unos
hermosos ojos sonriendo al público.

Cuando era pequeña deseó ser varón, seguir el ejemplo del hermano de
la empleada, controlador de bus interprovincial. Quería ser marino también...
"Somos los marineritos que venimos de alta mar..." cantaron las niñas de

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cuarto grado. Ella con el pantalón de su primo, subida en el barco de cartón,
imaginando las olas inmensas que tendría que vencer, los gigantes
monstruos marinos que debería matar para arribar a la isla donde se
hallaban codiciados tesoros. Pero no era más que una niña que tenía una
muñeca llamada Marilú. La bañaba y peinaba, le colocaba el sombrero y el
vestido de organdí. Le cantaba canciones de cuna, la dormía, le pintaba los
labios. Las niñas tenían que mirar detrás de las ventanas a los muchachos
correteando por la calle, las niñas aprendían a bordar y a cocinar, mientras
ellos jugaban fútbol o se iniciaban en el arte de fumar.

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La despedida

Antoine escribió en el diario de Alicia un triste y largo adiós en francés:


Avec toi quel marvelleux instants passés... et maintenant que la lumiere et la
chaleur de ce nouveau soleil est venu burnir et celair mon visage et mes
idées, j'ai soif, soif d'etre seul pour tout, dans tout, avec tout le monde...
Ce soir quand le soleil tombra je lui dirais bonsoir, mais aussi la peine et
cette peur de la separation me suivra quand je quitterais le champ de nos
rêves et projets je sais si demain elle souvrira por moi je ne le reverais peut
être pas mais elle restera en moi comme un rayon de soleil qui me fait entrer
sa chaleur dans mon coeur... Petite rose peut être qu'un jour en poussant la
barrière d'un autre champ, je te revêrais et ce jour quel joie de nous racontér
nos aventures, nos joies, nos peines. Au revoir petite fleur.
Adiós pequeña flor, dijo abrazándola y sosteniendo las lágrimas. Ella,
con la mochila al hombro, emprendía nuevamente el viaje. Antoine, un mes
junto a él, largo para ella que se había acostumbrado a la erranza; no fue
posible. Algo la llamaba a seguir vagando, aún no estaba preparada para
quedarse, para casarse con su francés e ir a rescatar a Pedrito y volar a
París. "Adiós, rompo como un feroz animal la red que me tenía atrapada.
Antoine está muy fuerte en mí, pero no podemos quedarnos juntos. No sé.
¿Por qué romper así un sentimiento, retorcerlo hasta ahorcarle y matarle?".
En su cabeza se desató un sopor de anochecer donde se mezclaban los
sonidos de cada parlante, voces y canciones, ruido de buses que llegaban o
salían. Tomó la decisión, el pasaje a Belém comprado, las amarras
definitivamente rotas.
- La desolación es peor que la pena -le había dicho el francés, y así se
sentía, como un campo yermo y abandonado, empezando otra vez a buscar
agua, a buscarse ella que por un momento se refugió en los brazos de
Antoine, dejando el hundimiento en las drogas y el trago, el vagar de abrazo
en abrazo, el gozo momentáneo.
El francés le escribió por un tiempo, esperando una respuesta, un
arrepentimiento tal vez.

***

Guarda en un cajón todas las cartas y libros dedicados por un Antoine


enamorado de sus ojos negros.
Es una correspondencia insólita con idílicas declaraciones de amor, con
eternos juramentos, inacabables besos, una unión, una estrechez, un estar
extrañamente cerca, sólo a través de esas cartas. Antoine pensando en una
Alicia inasible, de aire, mujer envuelta en papel crepé que bailaba sola por
las calles. Él sabía que era una locura llenar y llenar hojas de colores,
papeles finos, tarjetas, postales, con dibujos, flores, ángeles, poemas,
porque jamás recibía una respuesta. Ella se perdía en las esquinas con
paraguas y descalza. A su alrededor flotaba un halo impenetrable, una sutil
barrera que nacía del fuego de su mirada en desvarío.
Un día, Alicia se sentó a leer en el medio de la calle. Los transeúntes la
miraban de ceño fruncido, con preocupación. Sin oír los pitos de los carros,
desgranaba el paquete colorido. Bordeadas de cenefas con tinta china,
filigranas diminutas grabadas en las horas huecas del monótono navegar,
las cartas tenían frases almibaradas que deslumbraron a Alicia. Adorada
mía deseada, extrañada... pasan los días, pasan los veranos y los inviernos,

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y sé que volveremos a encontrarnos... No recuerda más, abraza las cartas y
se duerme sintiendo el olor de la loción after shave del hombre que
desapareció un día cualquiera como desaparecieron todas las mujeres y
hombres que poblaron alguna vez sus pensamientos.

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Junio, san Juan

Durante el tiempo que Alicia estuvo en el barco conoció a unos amigos


de Antoine y su padre, unos pernambucanos que la invitaron, cálidos y
amorosos.
“Fueron unos días tan lindos. Realmente ¿es tan fácil enamorarse y
desenamorarse? A seguir el viaje. ¡Me cuesta tanto!". Se iba con el corazón
hecho un nudo. Pudo haber sido su pareja verdadera. Ya no el artista de
cine del afiche pegado a la pared, tampoco el marido bruto e incomprensivo
que le había tocado, ni el intelectual de lentes redondos, rodeado de libros e
inalcanzables conversaciones. Era Antoine, que conocía el mar y había
trabajado en un puerto, que tenía por casa un barco y dormía en un
camarote acogedor, con toldo negro de tul, mecido por las aguas del mar y
que la abrazó cálidamente por la noche y le hizo el amor como nunca nadie
lo había hecho. Ella también le hizo el amor a él: tocándole donde debía,
llevándolo -sabia, intuitiva, incitante- al paroxismo, a la dulce y súbita
dejación de sí. "Adiós Antoine, aunque quiera volver al barco, es imposible,
ustedes ya fueron a la capitanía del puerto a registrar dos pasajeros
únicamente. Yo, sola, seguiré mi viaje incierto", anotó en su arrugado
cuaderno.
Se quedó en Recife. Llamó a Regina y le preguntó si podía alojarla. No
quería ni pensar siquiera en volver a cargar la mochila cada vez más
pesada, tanto por lo que llevaba como por el hecho de no ir a ninguna parte.
Otra vez la incertidumbre, sin conocer el mapa, queriendo frenar ese
peregrinaje, ese huir de ella misma hacia no se sabía dónde. "¿Hasta
cuándo?". Por eso decidió quedarse algunos días en la casa de los Nunes
Leal para pensar y decidir a dónde quería ir, qué haría. Antoine muy fuerte
en la memoria de su cuerpo.

Recife. Toda la ciudad había sido engalanada para las fiestas de san
Juan. Alicia fue al supermercado y robó castañas de cajú. Le gustaban
mucho esta especie de nueces que proporcionan una extraña energía.
Las comparsas bailaban en las esquinas, todos los barrios se habían
preparado y los caboclos, esos campesinos del nordeste, llegaban a caballo
para bailar forró, sobre todo el que interpretaba Gonzagao, el más famoso
tocador de acordeón de la región. Había orquestas en cada esquina y, en la
avenida principal, concursos y canciones. Los cuerpos se contorsionaban
enteros, Alicia, aprendiendo a bailar, en media calle, con doña Neusa, la
viejita que arreglaba la casa de los Nunes, bebió cerveza, disfrutó de las
fiestas y pensó mucho en Antoine que por esos momentos estaría rumbo al
sur.

"Estoy sola en la casa de Regina. Paz, pájaros, viento. Ideas que se


cruzan y enmarañan mi cabeza”.
-¿Pensando en él? le preguntaba Regina y ella -sí- siempre con la mente
en Antoine, en sus ojos de marino, en su abrazo de niño necesitado también
de una protección y de un aliento en su oído.
Otra vez, lo único que sabía hacer le dio un poco de plata. Cocinó,
arregló la casa durante una semana y Regina le pagó. Tenía ya para su
pasaje a Teresina.

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***
Es domingo, el día del baile. Las puertas se abren, hombres y mujeres
se juntan para reconocerse, toparse, danzar. A diario están bajo llave, ellas
en su sección, ellos en la suya, todos silenciados por los medicamentos,
unos más fuertes, otros menos. Algunas mujeres tienen la mandíbula
colgando y hablan lenta, lentamente. Eso es el encierro: depender de
soporíferos y antidepresivos u otros que calman el zumbido de las voces, de
las órdenes y contraórdenes. Algunos se dejan la pastilla debajo de la
lengua, la botan, engañan a las enfermeras y, el rato menos pensado ahí
están, con la agresividad saliéndoseles por los ojos, con los aullidos en su
cerebro que no dejan dormir ni a ellos ni a los vecinos. Ahí están, tratando
de correr para no ser atrapados por enemigos invisibles, o para atrapar ellos
a espías que tienen información secreta sobre la guerra con el Perú.
Suenan los vallenatos y la salsa. Todos bailan atontadamente alegres,
bajo la vigilante mirada de enfermeras y monjas. El movimiento es monótono
y casi sin ritmo. Algunas jóvenes se contorsionan, provocando a los
hombres. Ellos, casi enceguecidos, se lanzan a abrazarlas, pero basta la voz
de la madre superiora, masculina y firme, para que suelten a sus presas y
vuelvan a bailar dentro de los cánones de la disciplina del encierro.
Monjas y enfermeras no les quitan un ojo de encima, es posible que
alguna pareja se escape al jardín trasero y pase lo ineludible. Los fieros
instintos podrían despertar. Algunos han logrado burlar la vigilancia y se han
perdido en las delicias de placeres que les permiten recobrar, por minutos, la
lucidez de ser hombres y mujeres capaces de amar y ser amados.

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En un camino de tierra

El cielo nublado y una zona poco montañosa eran ahora el escenario del
peregrinar de Alicia. Extrañando inmensamente a Antoine, oía el canto
lejano de los gallos. En la carretera, pedía carona para continuar hacia el
norte. Se detuvo un auto conducido por un hombre de mediana edad,
cabello canoso, sonrisa llena de dientes.
- Podemos quedarnos en un hotel a la orilla del camino.
- Necesito llegar a Teresina.
- Me gustan tus ojos, morena, quédate conmigo.
- Está bien.
Y otra vez se desencadenó esa mórbida necesidad de acostarse con
hombres, si le pagaban, mejor.
- Adeus, linda. Y el hombre siguió su camino.
Otra vez la carretera y Alicia pidió nuevamente carona. Le preguntó su
nombre, si era casada o soltera, si quería un marido, si le gustaría hacer el
amor con él.
- No gracias, no me interesa, por favor, pare que me bajo.
El hombre miraba de reojo sus piernas y levantaba la vista hacia la orilla
de la carretera como buscando un lugar para desviarse. Alicia empezó a
sudar, temblaba sólo de imaginar lo que podría pasar. Se acordó de sor
Juana Inés de la Cruz y deseó con todas sus fuerzas que estuviera junto a
ella, con su cáustica poesía, para defenderla de semejante atrevido. Le pidió
que se detuviera. Él no quiso parar, ella comenzó a gritar.
- Pare, filho da puta!
- No seas así, quédate conmigo.
Meloso el hombre se lamía los labios. Bruscamente viró hacia la derecha
y condujo por un camino de tierra.
- ¡¡Socorro!!
- Nadie va a oír tus gritos, hija mía. Ven mi amor, te voy a dar mucho
placer.
El hombre estaba con los ojos semicerrados, extendiendo la mano
derecha para apretar los senos de Alicia que no podía moverse porque tenía
la mochila entre los pies.
No quería arriesgarse a abrir la puerta del carro y saltar. El hombre
oprimía sus senos hasta hacerle doler. Fugaces imágenes de mujeres
violadas pasaban por su mente. No tenía muchas alternativas. El hombre
detuvo el auto y se lanzó sobre ella. Forcejearon. El hombre le levantó la
camiseta. Con una sonrisa lasciva y babeante se agachó y empezó a morder
sus senos.
Le bajó el pantalón de algodón floreado. Ella con las piernas totalmente
tensas, la vagina comprimida, el quejido en la garganta. No era así como le
gustaban las cosas.
El hombre rasgó su braga e, inesperadamente, comenzó a acariciarla
con mucha suavidad, se diría que hasta con ternura. Sabía que su
resistencia jamás podría contra aquel macho y decidió entregarse. Lo besó
con furia, le mordió los labios hasta hacerle sangrar, hizo todo lo que él le
dijo que hiciera. Sí, sintió mucho placer, un placer rabioso y amargo. El
momento del orgasmo lloró en silencio mientras el hombre se quedaba
instantáneamente dormido.

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Hizo un nudo en la parte rota de su interior, se puso el pantalón de
algodón floreado, se acomodó la camiseta, tomó su mochila, y se fue por el
camino de tierra, levantando pequeñas polvaredas con los pies.

En el bus, no quería hablar con nadie. Buscó mentalmente en el mapa el


lugar donde se encontraban y no lo encontró. Ni idea tuvo del pueblo perdido
en la lejanía de las montañas del norte brasileño.
El viejo que iba junto a ella no tenía dientes. Usaba pantalón verde
militar y camisa rosada con blanco a rayas. Era chiquito y flaco. La gente
hablaba y reía, ella los miraba a través de un opaco cristal. El viejo se puso
a toda velocidad la dentadura postiza. La sacó del bolsillo de la camisa y se
la colocó esperando que nadie lo notara. Ella lo vio, dientes perfectos en la
caja rosada. Medias rojas y zapatos cafés, dedos artríticos, su oído
profundo, su perfil, con ojos de ratón asustado. Las palmas de las manos,
encallecidas. Se notaba que era un labrador, que estaba incómodo con esas
ropas nuevas que le pusieron para viajar. "La tierra está cercada. ¿Quién se
adueñó de ella hace cientos de años? Miles de hectáreas con alambre de
púas, campos desolados, rocosos y con ventiscas. Unos pájaros negros,
negros. ¿Serán cuervos? Never more. ¿Qué irá a acontecer? ¿Qué gentes?
¿Qué lugares?"
Dándole en plena cara, el sol la sofocaba. Al pensar en Antoine, lloró.
¿Por qué no se quedó? Hubiera evitado el episodio del camino de tierra.
Sudaba. El trópico en todo su esplendor, ecuatorial e hirviente, la sumió en
un sopor que la hizo olvidar, por un rato, todo lo pasado.

***

Es una manzana verde y jugosa, con una mejilla roja. El canasto está en
el suelo, en la mitad del cuarto, un canasto redondo, lindo, bien trenzado,
típico de Manabí.
Hay tantas manzanas, es marzo. Pasa un desfile por la calle principal.
Manzanas ruedan en contravía, la gente las pisa y resbala, todos caen. Son
tan duras que no les pasa nada. Las reinas de belleza lanzan frutas como
piedras, directamente a la cara de los espectadores.
Me acerco a una manzana, empiezo a horadarla, es roja, roja, con finas
rayas amarillas. Fácil entrar porque está madura y arenosa. No me gustan
las frutas maduras. Desalojo inmediato. Repto por la avenida y me
encuentro con esas hermosas manzanas verdes. De un mordisco entro en
una de ellas. La gente pasa tropezándose, me refugio en la fruta. Me
patean, me pisan, nunca podré dejar mi manzana. Intento rodar hacia un
rincón; tal vez si me dirijo al río, en su orilla podré descansar. Llego y todo
apesta. Las ratas se han instalado y no hay lugar. Arrastro mi caparazón-
manzana nuevamente a la avenida por donde desfilan miles de gusanos sin
atreverse a horadar ningún fruto. Entonces recuerdo que la manzana es
prohibida y entiendo por qué todos resbalan, todos se deshacen de ellas,
aunque para eso tengan que lanzarlas a la cara de los demás.

***

Alicia teje un saco para Pedrito. Los pelos de la lana le producen


comezón en la nariz. Estornuda y se suena fuertemente. Los ojos le
lagrimean, escupe interminables hilos de baba. Esta horrible lana que la

61
enreda y empieza a enrollarse en su cuello. Todo el ovillo se ha deshecho,
las piernas, casi inmóviles, patalean; los brazos se debaten entre agujetas y
trozos de estambre, arrancados con los dientes. Alicia llama a voz en cuello
a la hermana Consolata. La monja acude a los chillidos. Es una pena dejar
la hermosa sinfonía concertante de Mozart para venir a atender a la loca
más loca del manicomio. "Sor Consolata, quiero aprender a escribir, pero
vea cómo me han atado las manos. Ellos lo hacen porque saben que puedo
delatar todos sus planes. Usted tiene que ayudarme, por favor. Es necesario
que yo escriba los mensajes que me han transmitido para así salvar a la
ciudad de los hombres de negro, ésos que quieren destruir los cables
eléctricos. Imagínese, entonces no podremos transmitir las noticias al otro
lado del continente. Madre, desáteme y tráigame la pizarra para escribir. El
abecedario, las vocales, aprenderé rápido, se lo prometo. Hay que apurarse,
antes de que anochezca, antes de que las ratas suban al trono del poder".

62
Desdibujo

Fue una puesta de sol como pocas. El bus paró para merendar y Alicia
no tenía un céntimo. Cambió un par de aretes por una bolsa con cuatro
naranjas y otra con algunos plátanos. Una mujer le regaló un sándwich y un
vaso de guaraná. La necesidad la obligaba a tomar decisiones para hacer
cosas que no le gustaban. Sentía que había perdido la dimensión del
respeto a sí misma. Ya no le importaba mendigar.
La carretera negra se abría como una boca infinita, una ballena
gigantesca que iba devorando el viejo autobús. Era la noche, extendiéndose
como un manto de silencio.

Sándalo, ése fue el olor que percibió al entrar al templo. Las notas de un
órgano y el trino de un pájaro inundaban todos los rincones, iluminados por
velas largas y amarillas. Al fondo, en el altar, el cura levantaba la custodia,
cubiertas las manos con la capa bordada de oro. Alicia le había prometido a
Pedrito que entraría a todas las iglesias de los pueblos que visitara. Siempre
estaban el recogimiento y el silencioso misterio para refugiarse en
reflexiones como ahora ésta que la tenía envuelta en un sentimiento nuevo
de brumosa plenitud y exaltantes deseos.
Apenas llegada a Teresina caminó acalorada, en busca de un sitio
donde tomar un baño y descansar. Se dirigió a una pensión de señoritas
estudiantes. No había lugar. "Si por lo menos me dejaran dormir en el
corredor, no quiero molestar, mañana ya me voy para Belém". Una de las
hijas de la dueña aceptó que durmiera en el desván donde había una cama
desocupada. La invitaron a cenar y a tomar café. Esa noche casi no pegó los
ojos. Los pensamientos eran como zancudos que picaban todo su cuerpo,
apenas cubierto con un pedazo de tela. Soñó con hocicos puntiagudos que
agujereaban sus piernas, los pies, la vagina y le impedían dar un paso.

***

Hoy le toca terapia a Alicia. Llega al consultorio. Se sienta desmadejada


en el sillón. El siquiatra de blanco la mira en silencio. Le sudan las manos,
quiere levantarse y salir corriendo. Tiene mucho miedo.
- No quiero remover los sapos y culebras que me habitan. Es como agua
empozada que luego se vuelve más lóbrega de lo que es si abro la boca.
No, no diré nada.
El médico le pide que se acueste. Alicia cierra los ojos. - Es como
periódico arrugado todo lo que veo, todo está tan retorcido-.
El doctor le pasa diarios viejos. Alicia comienza a estrujarlos con rabia, llora,
siempre ha sido así en su mente. Luego de los conejos sangrientos,
aparecían, en todo lo que su vista abarcaba, periódicos como para limpiar
vidrios. El doctor le dice que los rompa. Alicia comienza a hacer tiras de
papel que parecería confetti. Rasga y rasga papeles y más papeles; está
cubierta con ellos, pedazos de todos los tamaños, con tinta negra, noticias,
anuncios, fotos, todo hecho pedazos.
Pasa mucho tiempo rompiendo los periódicos, queda completamente
cubierta.
Los papeles comienzan a ahogarla, se los retira con paciencia, los hace
a todos a un lado; ha quedado completamente relajada. La asalta el miedo al
vacío, siente un hueco en el vientre y una necesidad inmensa de encogerse

63
como una larva. Se enrosca, se enrosca y adquiere seguridad. Todo está
apagado, el doctor la cubre con una manta. Siente calor, se está tan bien
así, en este útero cálido y acogedor. No quiere moverse, es una sensación
placentera, de placenta y de placer, Alicia de nueve meses, rodeada de
sangre, alimentándose y durmiendo, nada más.
Disfruta - le dice el doctor- disfruta.
No quiere salir, no sabe qué le espera afuera. Es ella sola guardada en
este vientre tan suyo, tan carne y sangre, tan calor y protección.
Llega un momento en que está tan ridículamente grande en ese útero de
una mujer de 1,55 de estatura, que siente que debe salir. Se resiste, se pega
a las paredes uterinas, se aferra con sus manitas rosadas, se encoge más y
más, no quiere salir, ¡¡¡noooo!!! ¡¡¡nooo!!!

***

Inmovilizada estoy, casi no siento la respiración, templadas las vísceras,


la joroba cada vez más prominente. El sol apunta sobre mi cabeza y se
ensaña en resquebrajar mi ya partido rostro. La misma sensación de
desfiguración y muerte. Una piel que sólo cubre los desarticulados huesos.
Metálica, tiesa, endurecida, ni siquiera un metal bruñido y templado, no, la
herrumbre me invade, las telarañas, el cansancio. No respiro, muero, todo el
cuerpo desconectado de la línea vital. No alegría, no brillo en los ojos. Se
cierra el aciago destino sobre esta tristura eterna.

64
Mujer ecuatorial

Apareció el cielo de un azul hermosísimo y el sol que se iba regando en


él para volverlo amarillo. Agua, palmeras, todo verde, árboles con muchas
ramas. Eran 900 kilómetros hasta Belém. Alicia sonrió al recordar a un
árbitro que dirigía un partido de fútbol, en plena lluvia, con paraguas.
Corriendo de un lado al otro de la cancha, los zapatos mojados, el resto
intactamente seco, el hombre de negro no soltaba por nada su protección de
las aguas. Por las carreteras llenas de baches y aguacero transitaban
campesinos a caballo. Nunca les faltaba un paraguas. Lo gracioso de esa
figura se iba a quedar con ella por bastante tiempo y disfrutaría mucho al
verla pasar por sus noches solas.

Una vez en Belém, bajo el sol ecuatorial, Alicia observó a los artesanos a
la orilla de las principales avenidas, exhibiendo trabajos con materiales
propios de la zona: cuerda, semillas, dientes de mono, huesos de pescado;
fabricaban cortinas, collares, adornos para paredes y oscilantes. "Menos mal
que hay una buena parte de la raza humana que está volviendo a lo natural,
que trata de rescatarse rechazando la cosificación, la tecnolatría, los
plásticos". Siempre le preocupó el descalabro de los hombres, insensatos,
caminando hacia el abismo de la autodestrucción. Mientras reflexionaba
frente a una cerveza, en el bar de un parque, se fijó en el desfile de
vendedores por entre las mesas llenas de turistas. Unos gringos de ojos
adormecidos por la cerveza compraron perfumes ives saint laurent. Todo
verde, verde en la capital de Pará. Nuevamente se fijó en los árboles,
maravillas de la selva, con los enormes troncos macizos, con las hojas de
formas y colores tan variados.

***

Aquel vómito verde yo no sabía qué era. Me pareció estar endiablada


como la chica de El exorcista, o tal vez eran sólo las lechugas del almuerzo
o los limones de la caipirinha. Más tarde recordé entre danzas locas, que
había comido aceitunas en una noche verde, como los ojos de los franceses
que me perseguían por la orilla del río verde, con arenas verdes y árboles
fosforescentes, rosarios que brillaban en la noche de las jaculatorias a una
virgen verde que se desintegraba en un sueño de color yerba.

***

Se le fueron hasta las entrañas la primera vez que bebió hasta perder la
razón. Tenía diecisiete años y las monjas no se habían percatado de que
sus graduandas introdujeron varias botellas de vino al recinto donde se iba a
desarrollar el último retiro espiritual del colegio.
Eran doce horas de silencio, lectura de la biblia, reflexión sobre los
pecados propios y los ajenos. De cinco de la mañana a cinco de la tarde,
había un silencio de tumba y las chicas paseaban por los corredores
guiñando ojos y mandando señales de manos. Luego de la cena, a la cama
y a dormir rezando a la virgen María y a san José. Fue una semana entera
en la que Alicia no hizo más que revivir sus visitas imaginarias con Maricruz
a los templos profanos, adoratorios a dioses ajenos a los de estas monjas
monoteístas y virginales.

65
Cuando las soeurs dormían, las chicas sacaron de sus envoltorios las
preciadas botellas. Bebieron y bebieron, soñaron con príncipes que venían a
rescatarlas de ese silencio abrumador. Reían bajo las cobijas, hablaron de
cómo sería hacer el amor, de las prohibidas relaciones prematrimoniales, de
cuánto habían avanzado con sus enamorados, de leyendas de monjas
pariendo en túneles que unían los conventos de ellas con los de curas
libidinosos y descuidados, que terminaban matando a los hijos. Más tarde,
decía el horroroso cuento, se encontraron cientos de osamentas infantiles en
los subterráneos que habían permitido el paso a esos amores clandestinos y
diabólicos.

66
Facturar

En Belém llegó a la casa de la familia de Rita, la mujer que la invitó a


trabajar en la boite de Salvador. Era grato estar en una casa de familia, le
venían ganas de quedarse bajo el techo seguro, bajo los brazos de madres
postizas que la acogían como para suplir la ausencia de hijas perdidas.

Ciudad amazónica por excelencia. El verdor acalora y da a la boca un


sabor de castañas, mangos y pomarrosas. Allí fue a la basílica de nuestra
señora de Nazareth, donde se celebra la mayor fiesta del Brasil: "O círio de
Nazareth". Quinientos mil fieles descalzos acuden portando velas para
celebrar una anticipada Navidad, el segundo domingo de octubre. Quince
días pasan en torno a la basílica, rezando y cantando. Ella no lo vivió, pero
se lo contaron.
Rita, lejana y enviando siempre dinero para su hijo.
En Belém, Alicia conoció a una mujer, casada ahora con un francés.
- Yo trabajaba como secretaria y en las noches iba a la boite, porque lo
que ganaba no me alcanzaba para vivir. Ahí fue que conocí a Henri. Pero yo
no era una puta. Para mí putas son las que se acuestan con los hombres
porque les gusta. Yo lo hacía por necesidad, le dijo.
Fue un discurso lanzado a quemarropa, como para justificar un pasado
que ella misma odiaba y del que no lograba desprenderse porque el marido,
cada vez que peleaban, le recordaba de dónde la había sacado.
También otra mujer que conoció en Paraíba le había dicho en un
arranque de sinceridad:
- Estoy feliz. Vivo ahora a la orilla del mar y todo es tan natural. Ya no
tengo que arreglar mis uñas y mi cabello. Ya no tengo que ver a gentes
desagradables con las que debía salir porque era mi trabajo.
Ella entendía perfectamente a estas mujeres, se solidarizaba con ellas
hasta las últimas consecuencias. De alguna manera ella era una más. Ya no
lo hacía por amor, como le habían dicho las monjas. Para ellas era imposible
desligar el cuerpo del alma. El placer era pecado. El cuerpo había que
negarlo y tomarlo en cuenta única y estrictamente para las funciones
biológicas. El goce por el goce, la carne por la carne era lo que ahora Alicia
experimentaba.
Estas mujeres justificaban la prostitución de la manera más ingenua y
simple. No cuestionaban moral alguna ni existía conflicto. Sólo las invadía el
pensamiento de que iba a ser un buen partido que resolvería su necesidad
de dinero. Era lo más normal. Mujeres que jamás pensaron en el pecado ni
en la ruptura de esquemas. Gordas, morenas, bonitas, feas, todas lo hacían
por una cosa: sobrevivencia.
Al ver su situación, todas insistieron, "no seas boba, tienes que
"facturar".

***

Soy una frágil canoa envuelta en las garras de ese oleaje infernal. El
mar encrespado da vueltas y yo, débil balsa, me enrosco en el rugir de las
aguas. Mis manos parecen globos, se inflan, se inflan y van a estallar. Y
estallan en mis tripas. Hombres y mujeres se agolpan y salen por mis ojos,
ensangrentados, vueltos bestias ávidas de amor. Danzan en la punta de mi

67
nariz mientras copulan, escatológicos, y tienden un velo torrentoso de
semen sobre mis debilitados párpados.
Casi no respiro, estoy muerta, mis ojos son una sola tea de sangre,
odiosa. Mastico el plástico de que están hechas mis piernas, éstas que me
permiten pisar los huesos de los muertos. Soy de piedra, mi corazón es una
roca, la más dura que haya existido en la tierra. Mis dedos son garfios que
pueden arrancar las entrañas a cualquiera para oír sus lamentos con estos
oídos de agudeza infinita. Puedo matarlos a todos si quiero. Así quedaré
libre de estos conejos que me chupan los sesos.

68
El Amazonas

En agosto abordó el navío Rondônia de la Armada del Brasil, que hacía


recorridos por el río mar, como lo llamaron los admirados conquistadores
hace siglos. Se embarcó con su hamaca, su mochila y su sudor.
Docenas de chinchorros de todos los colores y diseños: a cuadros, con
flores, a rayas, estampados, un hermoso colorido, decoraban la sección de
las mujeres. Una vieja a la derecha y otra a la izquierda, una mujer
atravesada, justo encima de Alicia. "Las manos de la vieja parecen las
garras de un ave de rapiña, huesudas y con pellejo arrugado y uñas largas.
Es una promiscuidad agradable esta de las hamacas”.
Estaba la sección de parejas con hijos que olía a orinas de bebé, con
llantos y pañales colgados a secar. Al otro lado se hallaba la sección de los
hombres. La ocupaban varios italianos, alemanes, un inglés, un canadiense
y comerciantes amazónicos que iban y venían por el río como si fuera una
de las calles de su barrio.
" El sol salió espléndido, reflejándose aguas arriba. Hay un ronroneo que
no molesta y el movimiento es casi imperceptible cuando no se mira el
agua".
Desayuno, almuerzo y cena estaban incluidos en el pasaje. El café de la
mañana: un pan, un vaso de café con leche y una colada de maicena. Al
almuerzo, las mismas bandejas que en todo Brasil, el mismo gusto en las
comidas: frijoles, arroz, pescado y un puré de maíz que le pareció horrible.
De postre, dulce de guayaba.
Alguien le ofreció piracuí, una rica preparación de harina de pescado con
aceite y harina de mandioca.
Santarém, la primera ciudad de la Amazonia brasileña. El ronco pito del
barco anunció su llegada y las aguas se aquietaron al apagar los motores.
Para casi toda la gente, éste era un viaje normal, vivían en Belém o en
Santarém y ésa era la manera de transportarse. Para Alicia fue algo
impresionante, el Amazonas, caudaloso y gigantesco, las orillas lejanas y
verdes, otras cercanas, eran islas. "¿Sabes lo que significa ver el sol fundido
en el agua y decir Van Gogh? ¿Repetir su nombre a medida que se van
intensificando los colores? A un lado del barco el sol con su moribundo
aleteo. Acá, al otro lado, la noche con sus estrellas brillantes".
Era la primera vez en su vida que veía una puesta de sol con caracoles
rosa en las nubes, en contraste con la selva amazónica. Las vio en Ecuador
pero limitadas por las montañas. Aquí todo se extiende, el sol tiene por
donde regarse, y su reflejo es mucho más firme en el agua que pierde su
marrón para volverse azul, porque el cielo se acerca, desciende, cuando
menos se lo espera, para copular con el río. Cada día era una puesta de sol
mejor que la anterior. Alicia vio el cielo de un color que nunca había visto:
fucsia. Luego el negro profundo, el telón abajo. De vez en cuando un
relámpago encendía la noche.

Mientras escribía en su cuaderno se le acercó un señor muy amable. En


la mañana le brindó una cerveza, un paquete de cigarrillos, en la noche un
refresco, un agua mineral y le ofreció pagar por unos días el hotel en
Manaos. Parecía buena gente. ¿Desinteresado? ¿Simple caridad?
Varios hombres la asediaban. Todos iguales: eran amables, la conquistaban
con un café, una cerveza, ofrecían pagar el pasaje en el próximo barco, la
estadía en Manaos. No necesitaban decirlo: ella sabía cuál era el pago que

69
buscaban. Aceptó las propuestas aunque a veces el tipo era feo y
desdentado, tenía guata y calva, olía mal. No importaba. Lo aprendió bien,
todo por dinero. Pero siempre, antes, un pito o unos cuantos tragos de
cualquier cosa.
Las tardes eran calientes, de selva y de río mar. El juego de baraja en la
cubierta del barco, el bar que vendía agua helada, cafés y jugos, hacían
pensar que el tiempo era eterno y único.
Un italiano tocaba la armónica, música campesina de su país. Era un
buen sonido en el silencio de la noche y en contraste con el barullo de los
motores del barco.
Un inglés que escribía solitario la atrajo mucho. Finalmente se quedaron
en la cubierta del barco conversando por cerca de siete horas. Más tarde se
encontrarían en Manaos, irían juntos al museo del Indio y ella presintió que
lo volvería a ver en alguna parte del mundo. Pero era apenas el deseo de
compañía, de un ser que la comprendiera y le tendiera una mano en medio
del monólogo que, lo sentía, se hallaba representando.

***

Niños, jóvenes y viejos con chupones en la boca o tomando mamadera,


con los dientes torcidos y los labios deformados, emiten sonidos guturales e
ininteligibles, comiéndose las uñas y sorbiendo mocos, rascándose, macacos
jorobados que andan de árbol en árbol, de lengua en lengua, correteando,
huyendo de su sombra, de las pisadas de los otros. Rayan el piso con sus
pezuñas, con sus garras, sus colmillos superdesarrollados.

70
Los niños del río

Cuando el barco llegó a Parintins, un hombre subió a vender quesos.


También subieron niñas de rasgos indios, con una bandeja de cocadas que
enseguida quedó vacía. Las chicas contaron los billetes.
A lo largo del río se acercaban canoas de indios a pedir regalos. Los
asiduos viajeros que conocían esta costumbre, les lanzaron bolsas de
plástico con ropa y comida. Los niños, expertos en remar, entre victorias
regias, algas y pescados, se abalanzaron a toda velocidad sobre los
paquetes. Parecían pirañas hambrientas, desesperadas por devorar la
presa, por ganar un pedazo de esta civilización que no conocían. Cinco
millones habían sido cuando Pedro Álvarez Cabral llegó, con sus trece
navíos, a la costa virgen del Brasil. Ahora son poco más de 200 mil.
Estaban a la vista los encantos de un mundo maravilloso y desconocido.
Bromelias, flores exóticas, toda clase de monos de árbol en árbol, como si
tuvieran alas, panteras negras desfilando atentas por la espesura. Se enteró
que hay más de dos millones de especies animales y vegetales en esta
selva sofocante, húmeda, envolvente. La última frontera del mundo en que
florestas y ríos determinan el curso de la vida.
Llegó a Manaos antes de que saliera el sol. La mayoría de pasajeros
descendió del navío. ¿A dónde ir? Sin esperanzas de nada se acodó en la
baranda del barco a esperar que amaneciera.

***

Por lapsos prolongados, Alicia se aleja de todo contacto social. Sus


afectos se bloquean, se congelan. Mira su silueta en la ventana
infranqueable y se sienta, al filo de la cama. Observa sus manos, la cicatriz
en el dedo medio de la mano derecha, una gruesa lacra que supuró
interminablemente cuando se cortó con el cuchillo de cocina. Eran los
últimos días de su matrimonio, preparaba la carne, el cuchillo recién afilado,
el deseo de morir muy fuerte. Pero no se atrevía a acercarlo a las venas. La
muñeca se le mostraba lejana y endurecida. No, no sería capaz.
Si el marido la hubiera visto tendida en el piso, rodeada de sangre,
cercenadas las dos manos, las piernas, el cuello, tal vez así cambiaría, se
fijaría un poco en ella que lo único que necesitaba era un poco de amor.
John Lennon lo entendió todo en su simple canción: All you need is love. Los
Beatles en la portada de una revista de moda, con uniformes azules, reyes
de la música pop de los sesenta. Pero en algún momento, a alguien le llegó
a estorbar ese Lennon pacifista, que era capaz de protestar desde su cama
blanca, él de blanco y su mujer japonesa, fundidos con las ganas de
revolucionar al mundo en pleno Nueva York. Y lo mataron. No caben en este
mundo quienes protestan contra los que quieren maniatar a todos, cuyo
único interés son los grises números de la bolsa de Wall Street y el juego
macabro de la venta de juguetes aparentemente inofensivos. Robots y
vaqueros que se dan la mano con perros de plastilina y juegan con cubos y
abecedarios de la realidad virtual. Siempre con final feliz, las películas de
dibujos animados, las de animales humanizados que hablan perfecto
nuestras lenguas. Ellos solucionan los problemas de la humanidad, sin
sobrepasar los límites de la pantalla.

***

71
Alicia sufre por este mundo en el que ella cree ser una de las elegidas
para salvar a la mayor cantidad posible de seres, sean éstos gatos u
hombres. Claro que salvar a un gato es más fácil que a un hombre, basta
con darle de comer, curar sus heridas y acostarlo a dormir a los pies o a la
cabecera y él se vuelve fiel y amoroso. Pero un hombre no, son difíciles de
entender, de querer, de domesticar.

72
La herencia

Empezó a cuestionar su creatividad para producir cosas. "Es la falta de


dinero lo que frena el desarrollo de esta y otras capacidades y el mal es
hereditario", justificaba su limitación. De niña, ella quiso hacer danza, pintar,
pertenecer al grupo de andinismo. Sus padres no tenían dinero y... cortadas
las alas. "Todo eso es porque me acostumbré a ser pobre, una pobre
simple, porque lo heredé. Si ellos hubieran tenido plata..." No obstante ahora
no le importa. Ahora vive el día a día, aquí y ahora, como la canción de
Serrat que dice: hoy puede ser un gran día... si lo empleas como el único
que te toca vivir.

***

Frente al cementerio quedaba la casa de las prestamistas, esas


hermanas viejas, vestidas de negro eterno que le chupaban los intereses a
los miserables que fiaban para comer, para pagar el arriendo y se
enredaban en un nudo sin fin de deudas, círculo maldito que iba
ahogándolos hasta que algunos decidían huir o ahorcarse en el cuarto de
cualquier hotel.
El padre de Alicia era uno de ellos. El no huyó ni se suicidó, pero vivía
cada vez más hundido en el alcohol y en la guitarra.
Cuando tenía unos diez años la llevó a ese tétrico lugar. Le parecía una
casa de brujas malvadas que iban a devorar a su indefenso papá. Había un
fuerte olor de cosas antiguas y embodegadas, las cortinas oscuras volvían
más miedoso al lugar. Alicia esperó en el corredor mientras su padre
negociaba. Desde allí podía ver las cruces y los mausoleos, los nichos
blancos rodeados de coronas gastadas y flores podridas. Era el atardecer,
pronto oscurecería y los muertos se levantarían de sus tumbas para salir a
deambular por la ciudad. La niña imaginaba a su padre atacado por las
viejas que, en ese momento, estarían convertidas en terribles arpías,
sacándole los ojos, o en vampiresas devoradoras de hombres.
Pero al rato él salía más bien con una sonrisa de alivio porque había
logrado negociar una postergación para el pago de la siguiente cuota.

***

El viejo desdentado pronuncia un sermón largo sobre dios y el diablo. El


revoltijo de aguas marrones parece tripas, cerebros, placentas reventadas.
Y esa espuma que devora la parte calma del río trae un cadáver hinchado,
un hombre de barba entrecana y nariz grande, calvo. ¿Quién es? ¿Cómo
apareció entre la mordedura de motores, algas y serpientes? Tal vez lo tocó
una cerbatana envenenada, su cuerpo tirado entre las hojas podridas, las
hormigas caminándole, comiendo poco a poco su carne, debajo de la
camisa, los zapatos reventados con la hinchazón de unos pies cárdenos,
litros y litros de agua saliendo por entre su piel abierta, el corazón partido en
dos, tal vez el pánico lo mató, tal vez algún amor antiguo o uno nuevo que
surgió ante sus ojos justo el rato de morir. Me quedo mirando fijamente
aquello, fumo un cigarrillo y lloro en este atardecer frío y de soledad. Los
relámpagos encienden el horizonte.

73
Manaos

Así vio Alicia a Manaos cuando llegó: amanecer divino con un cachito de
luna casi naranja en el cielo azul.
Mejor no pensar en el pánico de bajar a un puerto donde nadie había
venido a recibirla. Una, dos, tres, cuatro, cinco campanadas de la iglesia
matriz, chifles de desayuno que le recordaron inmediatamente su lejana
tierra. Una muchacha que había viajado cerca de ella, con la que apenas
cruzó palabra, le ofreció su casa. Podía quedarse allí hasta que decidiera
continuar el viaje.

***

Era una ciudad llena de manzanas de porcelana flotando en el ambiente.


Mujeres de trajes blancos cruzaban las calles de lodo amarillo con sus
sandalias de fino taco, las manzanas creciendo en ramas de alambre,
interponiéndose entre Alicia y las mujeres, entre las mujeres y las calles,
entre las calles y las casas. Era tan vívido que quería cogerlas, quién sabe si
las podría llevar de recuerdo para repartir entre sus amigas, cuando
regresara. Y justo cuando se acercaba a la fruta más cercana, la que estaba
ahí, al extender el brazo, el bocinazo de un carro la dejaba aterida del susto
en medio de la calle y sin ningunas manzanas.
Esa extraña visión le reconstruyó los cuadros de Dalí, uno de sus
favoritos. Se entretenía mucho mirando su Assumpta corpuscularia
lapislazulina o El enigma de Guillermo Tell. Dalí, tan grotesco, tan
descomunal, con su bigote engominado y un poco ridículo, pensó, y su
mirada burlona. Podía ser que por eso le atraía tanto, porque se reía de
todos y se consideraba uno de los genios más grandes de la historia... "yo,
ni el genio de la lámpara, una lámpara que no existe, y si existiera, nadie
frotaría". Él, tan orgulloso, tan siempre voy de uniforme de Dalí, como decía.
Un ser que no creía en nadie más que en sí mismo. ¿Cómo puedo dudar de
que todo lo que me ocurre es altamente excepcional?, leyó alguna vez en un
diario de este pintor por quien sentía una rara fascinación. "Quiero ser como
él ¿Llegaré a cagarme en el mundo alguna vez?", se preguntaba. La
respuesta estaba lejos de ser positiva porque su pasado reciente y el más
antiguo certificaban todo lo contrario. En su cerebro aparecía una quimera:
ella presidiendo una procesión, como virgen a la que llevan en hombros,
dominando la ciudad con su cántico y su manto bordado de estrellas, con
bendiciones para todos, para salvarlos de la inundación de manzanas, de los
terrores nocturnos. La ilusión se esfumó y Alicia se descubrió sentada en la
rama alta de un árbol de la plaza, por donde pasaban verdes bandadas de
pericos. Sin entender cómo había ido a parar allí, descendió, envuelta en el
desconcierto más grande.
"¿Cómo harán para no ensuciarse?" se preocupaba al ver a esas damas
de los vestidos blancos, tan ausentes, tan debajo de sus sombrillas, ella, que
siempre tenía los pies grises en sus chinelas havaianas y las heridas
purulentas, salpicadas de barro.

***

Algunas construcciones tropicales pertenecen a fines del siglo XVIII.


Madera carcomida, ventanas clausuradas, quién sabe si allí moran los

74
fantasmas de pretéritos comerciantes de oro, lavadores de las arenas
amazónicas, compañeros de las damas de blanco que también parecían
salidas de un viejo grabado.
Manaos surgió de la nada. Los ricos hacendados irguieron el majestuoso
teatro Amazonas, que simboliza el portento del ciclo del caucho -millonarios
que traían de Europa los materiales para construir, no escatimaron gasto
alguno, tenía que ser lo mejor de lo mejor- uno de los cuatro teatros más
importantes del mundo. Los otros, el Colón de Buenos Aires, la Scala de
Milán y la Ópera de París.
Entró a la catedral, una iglesia vetusta que no debe tener más de un
siglo. Había palomas en los capiteles de la nave. Se encendieron las luces
del altar, en misa, Alicia se recogió y rezó. En la iglesia de construcción
simple, el techo que fue de madera estaba totalmente descubierto para ser
restaurado. Los albañiles se paseaban hablando en voz alta por encima de
la hostia consagrada. Para ellos ése era simplemente su lugar de trabajo.

Vio los rastros de remotas civilizaciones amazónicas y la influencia


europea. Miles de años en estado "salvaje", no necesitaban más. Para qué
la civilización si la naturaleza es tan rica. Los indios tapajos fueron
encontrados por la expedición de Orellana en 1542. Mandioca, caza, pesca,
tenían todo. Alicia enmudecía ante las urnas funerarias, esas vasijas
grandes con huesos de miles de años. Algunos cuerpos son puestos en el
agua donde hay pirañas, para exhumar más rápido los esqueletos.
En el museo del Indio vio extrañas máscaras de danza. Las mujeres no
deben verlas ni asistir al ritual. Una cestería que bastaría para cargar los
bártulos imprescindibles. La cuenca amazónica, la más grande del planeta,
con siete millones de kilómetros cuadrados, tan inalcanzable, ella tan
pequeña, surcando esas aguas en barcos de papel.

***

Pedrito avanzaba rápidamente en la escuela. Cuando vivían juntos era


un niño alegre y de mirada franca. Quien lo miraba ahora se topaba con un
ser opaco y de ojos agachados. Apenas sonreía. Jamás volvió a mirar de
frente, más bien su cuerpo era ahora un poco encorvado, como tratando
siempre de evitar que algún golpe le cayera encima.
Se refugió en los libros de texto y se volvió el mejor alumno. Leía y leía.
Subrayó los tomos de geografía de Sudamérica y colocó señales en los
pueblos por donde andaba su madre. Leía los viajes de Gulliver y los de
Julio Verne. Construyó barcos, aviones y naves espaciales para ir a rescatar
a su mamá de las garras de extraños monstruos que poblaban los pantanos,
desiertos y montañas lodosas por donde la imaginaba errando.

***

Miro a todos con sus trajes pierre cardin y sus lentes oscuros. Nadie
debe notar la angustia, la necesidad de unos brazos y de un piano. Quiero
mandar todo al carajo y mis piernas se chorrean. Caigo de rodillas, repito
plegarias elevadas a un dios que no existe. Pero la fiesta se enciende, igual.
Los invitados aplaudirán cuando yo dé el primer paso, cuando consiga
tenerme en pie y corra a los brazos de mamá. Pero se cubrirán la cara
cuando vean que retrocedo y me darán la espalda cuando vean que resbalo,

75
que al levantarme no camino como ellos ni en la misma dirección. Cerrarán
sus puertas cuando sientan que vivo mientras ellos van muriendo.

***

El día de Navidad vienen unos estudiantes de psiquiatría para festejar a


las mujeres. Traen bolsas de caramelos y un pastel. El ambiente los detiene
por un momento, no contaban con un panorama tan desolador. Todas son
viejas, algunas han sido atadas a las sillas, cuidado escapen del agasajo.
Con los ojos lacrimosos, con la saliva resbalándoles por las comisuras de los
labios, emiten sonidos guturales y golpean el piso mecánicamente. Todos
esperan que pase algo pero parecería que el tiempo se ha detenido.
Es una escena congelada. Los caramelos yacen en el piso, la torta sobre
la mesa, viejitas y enfermeras expectantes. Por fin, alguien toma la guitarra
y comienza a tocar un pasacalle. Las ancianas bailan con torpes
movimientos. Los estudiantes reparten caramelos. Son bolsas de plástico
rojo transparente y un papá Noel en uno de sus lados. Dentro hay galletas
en forma de animales, huevos de chocolate, dulces de leche miel, de limón,
naranja y piña, envueltos en papeles amarillos, azules, verdes, rojos. Las
mujeres son niñas. Algunas desocupan las bolsas en el piso y se sientan a
jugar con los dulces. Otras le sacan la envoltura a varios caramelos y se los
meten por puñados a la boca.
Las enfermeras les quitan los paquetes pues tienen toda la intención de
engullirlos de una sola. Algunas lloran, quieren tenerlas consigo. La guitarra
las distrae un poco y cantan El chulla quiteño. Las que están atadas a la silla
piden que las zafen para salir a danzar. Los ojillos semiapagados se
encienden a ratos con chispazos de recuerdos de juventud. Bailan,
aplauden, pierden el ritmo. La fiesta termina.

76
A bordo del Itaberaba

Dos ratas blancas muertas encima de un cajón y el hombre sentado en


el suelo cortándose la planta del pie con un pedazo de botella y cosiendo la
herida con un hilo común de color negro. Cosas raras vio Alicia en esta
ciudad verde.
Al final de un día caluroso y agotador, un amigo recién conseguido en la
plaza la invitó a fumar macoña. Se sumergió en ese mundo dorado y
algodonoso y pasó la semana con los ojos llenos de Amazonia y de cielo.
Muchas mujeres se detenían a preguntar precios; "ésta sí va a comprar",
se decía. Cogían los aretes, se probaban, ¿iba a estar mañana? regresarían
en la tarde. Ella sabía que eran de las que no vuelven más. Y la esperanza
se iba con el sol y sólo en la noche se daba cuenta de que no había vendido
nada. Pedía dinero para el transporte. Al día siguiente, otra vez, con la
esperanza al hombro, "ahora sí comprarán..." Pero llegaba el medio día,
quizá después de almuerzo o a la salida de los trabajos... y lo que hacía era
hundirse en sus pensamientos cada vez más dislocados, para estar a gusto
en su propio cerebro.
Junto a ella, un viejo pedía caridad mientras lanzaba unos dolorosos
quejidos. ¡Oooooh!, la voz en un hilo, cada vez más perfeccionada, cada vez
más doliente, el sombrero lleno de billetes de cien, doscientos y quinientos.
¿Cuánto reuniría en un día?
La gente comía, bebía y fumaba. Los parlantes anunciaban mercaderías
baratas. Fotógrafos de parque en competencia. Turistas llenos de collares
con semillas y plumas teñidas, shorts y cámaras de fotos, de esos que
andan atrás del exotismo, todo se unía en una sola contemplación y se
quedaba en la retina de Alicia, en su diario, que la sacaba muchas veces del
mutismo al que se veía obligada, detenida como estaba en las plazas
repletas de gente y vacías de una voz que secundara sus pensamientos.

Después de una semana en Manaos, Alicia se embarcó en el Itaberaba,


para terminar la parte brasileña del río Amazonas y salir hacia el Perú. Era
un barco pequeño, tan sólo para 36 pasajeros, mientras que el Rondônia
albergaba 400. Conoció la vida de los tripulantes, y su desesperación: ese
hambre de mujeres y trago cuando desembarcan en los puertos. Al
amanecer y al anochecer, el sol, bola roja, aparecía río abajo y río arriba,
indescriptible.
Había un ambiente familiar en este barco. Desayuno: leche, café,
galletas y mantequilla. El almuerzo, lo de siempre: arroz, fideos, frijoles,
carne y farinha.
El barco de madera llevaba una carga inmensa, dos carros, azúcar,
bolsas con roscas, pan y cajas de no se sabía qué.
La mayoría de viajeros eran magnates en pequeño, comerciantes que
viajan y en cada puerto tienen una mujer, o varias. Tienen una puta, una
amante discreta que les manda recados y la que consiguen en el viaje. El
viajante o patrón del barco, era un viejo seco que no salió de su camarote
sino para cobrar los pasajes.
Alicia conoció a una mujer gorda que viajaba regularmente de un puerto
a otro, por razones de comercio.
- Cuando viajo sin mi marido siempre saco para el pasaje -: le guiñó un
ojo, aconsejándola que se acostara con un hombre más o menos guapo,
envuelto en cadenas de oro, con pelo en pecho y bigote bien recortado, con

77
comidas diferentes a las del resto de pasajeros, sin mezclarse con los
demás, que jugaba dominó con otros tan vestidos y perfumados como él.
- Aprovecha, insistió la mujer, podrías pagar tu pasaje con lo que le
saques a él -. Y, muy comedida, fue a decirle que Alicia estaba dispuesta a
hacer lo que él quisiera.
Se fijó en el hombre, tocaba la guitarra en su hamaca y le sonreía. Le
gustó. Sí, estaría con él porque le gustaba, no porque quisiera cobrar nada.
Durmieron la siesta en una hamaca y la noche en el camarote de uno de los
tripulantes. Era profundamente extraño sentir ese cuerpo de hombre, tocarlo
en la hamaca, en el camarote, y saber que lo hacía más que nada por
razones mercenarias.
- Conmigo vas a ganar más que vendiendo pulseras- le dijo el oloroso
comerciante.
El calor y las mariposas nocturnas, la rara sensación de que iban a
pagarle, hicieron que Alicia disfrutara de la situación y agradeció la
presencia de la mujer gorda que le hizo semejante recomendación. El
camarote ajeno, desvestirse sudorosa y expectante. El hombre, con sonrisa
impersonal pero con caricias ondulantes, besos con la dulzura del caldo de
caña que vendían en todas las ciudades. Se sintió objeto del deseo oscuro y
caliente.

Al bajar del barco, el hombre le dio diez mil cruceiros y una palmada en
el culo. Se quedó con el extraño gozo de haber dado placer a otro y de que
le pagaran por ello. Al fin y al cabo era un derecho cobrar por ciertos
favores.

Una frontera más

Se encontró en Benjamin Constant, frontera entre Brasil y Colombia,


puerto en el río Solimoes con las mujeres que esperan a los tripulantes de
los barcos, hoteles buenos y de la peor calaña. Encontró peruanos,
brasileños comerciantes que hacen sus cuentas, desembarcan la
mercadería.
Con la mochila a cuestas, cruzó la frontera. Fue cuestión de atravesar
una calle. De una esquina a otra estaba un nuevo pueblo, bandera amarillo,
azul y rojo, algo familiar en el ambiente, pero todavía el evidente aislamiento,
la incomunicación.
Acento, música, rasgos físicos, a diez minutos de distancia cambia todo,
la forma de las construcciones, la lengua, el ambiente, y sin embargo, no
hay nada visible en esta separación de países, nada físico como las paredes
para separar una casa de otra o como la muralla china. Basta cruzar de una
acera a otra. La frontera es humana, en Leticia una lengua, una comida, una
música, en Tabatinga otra, las arepas, la música llanera, Colombia y Brasil.

Amaneció en Leticia. Durmió con los vagabundos que se reunían en el


muelle sobre el río Amazonas. A ratos tenía miedo pero todos esos hombres
parecían buena gente. Esperó un remolcador que la llevara a Puerto Asís.
De allí iría por tierra hasta Ipiales, y la patria de nuevo, segura y acogedora,
la entrada por el norte. Hacía planes, averiguaba itinerarios: por el Putumayo
a San Miguel de Sucumbíos para ir de ahí a Lago Agrio. Leguízamo, Puerto
Ospina, Puerto El Carmen. Nombres que anotaba en su libreta, palabras

78
intuidas en una geografía inexplorada. Por momentos deseaba quedarse por
un tiempo indefinido trabajando en el Oriente, en cualquier cosa.
Salió a vender. Se acercó a la puerta de un bar y ofreció su trabajo a un
hombre que bebía una cerveza.
- Para su novia, su hermana, su amiga. Compre un par de aretes.
El hombre la invitó y pidió una coca cola. Se sentó junto a él. Directo y
apurado, le dijo que no le iba a comprar joyas pero que se fueran a hacer el
amor y le pagaría 200 pesos, bastante más de lo que costaba cualquiera de
las joyas que ella vendía.
La llevó a una casa humilde, al caluroso cuarto donde se alojaba,
comerciante también, vendedor de ropa. La relación sexual no demoró más
de quince minutos. El hombre se vistió y salió a lavarse en un improvisado
baño de tablas que quedaba frente al cuarto. Mientras, Alicia se vistió
mecánicamente, había actuado como un robot. El hombre le pagó, no
supieron ni sus nombres, no volvieron a verse nunca más.
Durmió dos noches a la intemperie, con los posibles compañeros de
viaje. Uno de ellos era un ecuatoriano que viajaba con su hija de tres años,
una negrita hermosa a la que su madre había abandonado. Un buscador de
oro, un garimpeiro más, perdido en los lodazales, que regresaba ahora a
Guayaquil a dejar a la niña con sus abuelos. Él no podía tenerla, imposible
en un ambiente tan hostil.
Durante esos días la había encargado con una familia de evangélicos.
Alicia lo acompañó a verla y conoció a unos vecinos. La mujer de treinta
años llamada Chavita, que bebía caña todo el día, mientras cocinaba,
mientras enjuagaba la ropa, mientras lavaba los platos, mientras barría, la
invitó a quedarse en su casa. Por las noches, infallable, Chavita salía a
buscar hombres y cocaína. Tenía tres hijas hermosas. Fue muy amable y
cariñosa con su invitación. Alicia aceptó, feliz de saber que ya no iba a
dormir en una vereda, a la orilla del río, entre docenas de peruanos que se
decían colombianos, de mendigos y buscadores de algún trabajo para
sobrevivir.
Se acomodó en un cuarto con techo de zinc y piso de cemento, como
todos los cuartos y las casas humildes de esos lados.
Pasó una semana en Leticia. Las niñas se pegaron a ella, carentes como
estaban de una madre que les diera caricias y amor. Ella las sacaba a
pasear, les ayudaba en las tareas de la escuela y les contaba historias de su
país.

***

Como no tiene risas infantiles a su alrededor, Alicia asegura que mató a


todos los hijos que dio a luz. Cree haber tenido varios partos, luminosos y
felices, el doctor sonriente a su lado y el marido sin rostro tomando su mano
y limpiándole las lágrimas de felicidad que resbalaban hasta meterse en los
oídos. Recuerda vívidamente la placidez después de haber expulsado a los
hijos. Calcula que fueron catorce. “¿Dónde están?” llora en silencio.
Se recupera cuando Pedrito vuelve a su nostalgia, intacto y completo. El
hijo de siete años, vagando en su memoria entrecortada, no sabe que ahora
está casado, tiene hijos y es dueño de una distribuidora de materiales de
construcción.

***

79
Pedrito creció callado y solitario. Todos los días se instalaba en un llanto
de abandono del que no salía sino a través del sueño. Mientras el sol
brillaba prefería sumergirse en el juego o en las matemáticas. La pelota, el
patio de tierra, los goles, el solazo. La pelota, el patio de tierra, los goles, el
solazo. La pelota, el patio de tierra, los goles, el solazo. Sumar, multiplicar,
raíz cuadrada, ecuaciones. Sumar, multiplicar, raíz cuadrada, ecuaciones.
Sumar, multiplicar, raíz cuadrada, ecuaciones. Crecer solo, llorando cada día
por la madre ausente, sin entender por qué. Llorando sobre todo en los
atardeceres, cuando no había quién le explicara ese sentimiento de muerte
que llegaba con la oscuridad. Se fue haciendo un Pedrito hosco y encerrado
en una concha que difícilmente alguien lograría romper.

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La otra orilla

Ante la inminente cercanía de su regreso, Alicia empezó a hacer planes.


Frente a una cerveza y al río quieto, con el camino de luz que la luna trazaba
de una orilla a otra, reflexionaba sobre su edad y el camino andado hasta
ese momento. "Las ilusiones están en su lugar. Después de haber regresado
a la adolescencia, estoy recuperando el tiempo presente. Era el pedazo que
faltaba. Sé que el producto o la suma total no van a ser tan correctos porque
aquí el orden de los factores sí afecta, pero confío en mí, voy a poder
arreglar las piezas al volver..."

Y de repente otra vez, como en Manaos, se vio en la copa de un árbol,


cantando coplas argentinas que escuchó en su infancia, el paño de aretes
abandonado en una banca, junto a los zapatos y el bolso con las
herramientas, el pasaporte y algunos materiales. Una mujer le hacía señas
desde abajo, pues alguien había llamado a la policía, para quejarse por la
estridencia de su voz.
Bajó del árbol, asustada y vuelta a la realidad, otra vez sin entender por
qué había hecho semejante acto. Agradeciendo a la mujer, tomó sus cosas y
se fue, cabizbaja. "No, no estoy loca", se repetía, mientras caminaba sin
rumbo por la ciudad anochecida y buscaba un sitio donde alguien le regalara
un poco de yerba.

***

Son cuerpos reconstituidos dentro de moldes horneados a seis mil


grados para dar mayor consistencia a las articulaciones. El fabricante coloca
a veces demasiado bórax en los moldes y surgen figuras con desperfectos,
cuarteadas, con las cabezas que incuban huevos de dinosaurio. Crecen
lentamente. Al eclosionar explotará en las sienes la esquizofrenia, el humo
los cegará irremisiblemente hasta consumirlos. Calcinados, su hedor
rondará por la Tierra, borrará la T mayúscula y las botas que pisan los
brotes de vida, comerán las cenizas de los muertos, de sus propios muertos.

***

Miro la foto del Pedrito y su melena lisa me llama para ser peinada, sus
ojos profundos gritan para que esté a su lado. Ya voy pequeño a dormir con
vos en la hamaca del barco. Cruzaremos el Atlántico, comeremos carne de
tortuga y beberemos del mar. Así nuestros ojos se volverán de agua y
podremos mirarnos en la profundidad del océano y besarnos y jugar con los
delfines. Espérame Pedrito mío, ya llego, no me dejes, no te vayas con esa
bruja disfrazada de princesa, nomeolvides como las flores azules que crecen
en el campo por el que corríamos en las vacaciones en la quinta de la
abuela Margoth. Allí deben estar los choclos esperando para que lleguemos
a comerlos y a jugar a ponernos barbas con sus pelos amarillos. No te vayas
Pedrito, el barco aún no está lleno, mira, los pasajeros se atrasan, están
comprando sus hamacas, sus aguas minerales, su galletas y sus monos. No
prendas el motor todavía, la pileta aún no se ha llenado, las algas no han
sido retiradas, las hélices se van a enredar y nos vamos a hundir. No
llegaremos al puerto, y todos los que nos esperan con sus pañuelos blancos
llorarán mucho. Espera, Pedrito, ya llego, no abras la lata de atún. No.

81
82
En el motor Yurimaguas

Salió para Iquitos a las 6 de la mañana. Era un barco viejo y lleno de


voces con acento peruano. Los rasgos indios, las pieles morenas, de
estatura corta, todos metidos en sus propias hamacas. Nadie hablaba con
nadie. Un pequeño mono dormitaba casi sobre su cabeza. Ella no podía
conciliar el sueño, los olores del animal, el llanto de la niña afiebrada, el
barco bamboleante y roto, la mantenían en un sopor incontenible. La comida
era magra y casi sin sabor. Fueron tres días y tres noches de mirar las
monótonas aguas sin ninguna emoción, sólo con el deseo vehemente de
llegar.
Una madrugada, mientras se adormecía en su hamaca, alguien llamó:
-¡Los ecuatorianos, a sellar sus pasaportes!
Había que cruzar una insegura y angosta tabla hasta la pendiente de
lodo para subir a tierra y entrar a una casa de madera donde estaban los
militares peruanos. El pasaporte de Alicia presentaba alguna anomalía por la
semana que estuvo sin marcar entrada ni salida en Leticia. Empezó a
imaginarse prisionera en lo más hondo de la selva. El hombre, a su lado,
muy tranquilo, traía su pasaporte vencido hacía mucho. Revisaron sus
papeles, la respiración se le detuvo, los oídos le zumbaban, pensó en el
mono asqueroso que se paseaba por encima de ella, miró la noche oscura
de la Amazonia, parecía que iba a desmayarse, las piernas estaban débiles
y los ojos nublados. Se sentó en un banco viejo. La lámpara petromax
alumbraba el rostro del militar y una linterna hurgaba en cada letra de su
pasaporte. Alicia sudaba. El militar levantó la mano, tomó un sello y estampó
la entrada a Perú con una visa de dos meses. Alzó la vista y le devolvió el
libretín de color verde. Ella extendió la mano, se levantó pesadamente y se
dirigió a la puerta. Su compatriota inventó una historia de lo más inverosímil
y los soldados le pusieron igualmente el sello de entrada al Perú.

“En Iquitos. Plaza central. 7 de la mañana. Comiendo pan de medio sol y


agua con la Neguinha”, escribió en su gastada libreta. Esa parte de la ciudad
era bonita y muy limpia, con unos curiosos carros de tres ruedas. Vio
palomas en el parque, un monumento a una locomotora antigua, un
fotógrafo de manga, árboles de flores amarillas y rojas, colores tórridos y
fuertes. Pero, en plena ciudad, cuando menos se lo imagina, aparece un
basurero en una esquina y los gallinazos, andando campantes entre el mal
olor y las moscas, alzan el vuelo entre las cabezas de las gentes.
Las cucarachas se paseaban por entre las sábanas de la cama donde la
acomodaron. Todo era un recorrido de bichos dentro de ella, un hormigueo
debajo de la piel. Las cosas eran cada vez más oscuras. Una gigantesca
telaraña comenzaba a cubrir su cerebro.
Final del viaje. Le llegó un cansancio casi paralizador. Estaría tan bien
con Pedro y su hijo, licenciada con el título enmarcado en la pared de la
sala, con su casa propia, buena comida, su cama suave con edredón de
encajes, televisión y libros de poesía, música clásica y descanso.
¿Realmente valía la pena andar lo que había andado en estos últimos
meses? ¿No estaba más perdida que antes?
"Falta ya tan poco para llegar”. Sin embargo, al regresar ya no habría
ningún puesto para ella, todo seguiría su curso, no haría falta ni a su hijo,
acostumbrado a vivir con su padre y una madrastra adorable y adorada. Ella

83
no existía para nadie. Su padre, su madre y sus hermanos la ignoraban por
completo. La ciudad no la necesitaba ni el país ni la vida. Estaba muerta.

***

Este día las puertas del cielo están completamente cerradas. Se le


endurecen los huesos y su cara muestra un ser repulsivo y angustiado. Las
mandíbulas están remordidas, el ceño con profundas líneas y los labios con
un rictus de dolor. Hasta ayer nomás todo estaba bien en el pabellón de las
mujeres. Se sentía optimista, pensando que pronto iba a salir, que el mundo
cruel de la reclusión iba a terminar. En su mente alucinada imaginó que los
doctores, en consejo pleno, habían resuelto su caso. Que la declararían
curada.

Mira sus manos envejecidas y sufre por el tiempo perdido, por haberse
extraviado en un desierto de mutismo y desvelos. ¿Dónde estará en este
momento el Pedrito? ¿Y Antoine y Nicolás? ¿Y papá, que me amaba tanto,
se habrá muerto? Ninguno de ellos debe acordarse de mí. Yo aquí,
desesperada por salir a caminar por la ciudad, mirando a los ojos de la
gente. Quiero estar bien. Sí, me lo voy a proponer, no más paseos por los
muros cantando salmos, no más juegos diabólicos en mi cerebro. El
hemisferio derecho funciona... voy a darme un masaje, así podré receptar el
mundo en su globalidad, los sentimientos, el arte, que me hace sensible a
los olores y a las vibraciones. No quiero la unilateralidad. Sé que el
hemisferio izquierdo es el que me jode porque está manejando lo mental, mi
parte masculina. La armonía ¿qué significa? A veces veo tan clara la
diferencia entre las partes de mi cuerpo. La derecha, dura dolorida:
hombros, dedos, pie, cara, oreja. La izquierda, armonizada y tranquila,
liviana y oscura. Si pudiera equilibrar, si pudiera permitir que semejantes
flechazos que salen de la parte izquierda del cerebro se pierdan para
siempre en el espacio...

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Es octubre...

Los días se volvieron nebulosos y los momentos de laguna mental, cada


vez más frecuentes. Era casi el final del viaje. Desde Iquitos, la única forma
de regresar era en avión y no contaba con el dinero suficiente para comprar
un pasaje. Le preocupaba que de pronto pasara algún pariente o conocido y
la viera, preguntara inquisidor, fastidiara con sus galas.
Permaneció en Iquitos un mes y medio, vendiendo aretes para reunir el
dinero suficiente para el boleto.
"Es octubre, no sé qué fecha". Caminaba por las calles de un sol
candente, sin darse casi cuenta de dónde estaba. Quería con impaciencia
ver terminada la historia, su historia, después de haber deseado abarcarlo
todo y sintiendo las manos vacías al darse cuenta de que nada lo hizo
completo. La universidad quedó a medias, la crianza del hijo a medias. Y ella
al filo de la vereda como artesana a medias también, sin decidirse a saltar
de una vez la cerca de lo que fue y lo que quiso ser a su realidad actual.
Hasta su cordura era ahora una cordura dividida, un cerebro medio
iluminado, en penumbra.
Pretendía convencerse de que la artesanía era lo que la acercaba a los
impulsos vitales más importantes. Aspiraba a una vida alejada de la
sociedad de consumo, de los escalones que todos se pelean por subir, de la
inevitable competencia.

A pesar del desaliento había días alegres. Cruzando el río en canoa, otro
mundo la esperaba: la selva, la espesura, casas con techo de palma y
madera, todo un esplendor. Las pocas viviendas tenían ahí mismo su propio
cementerio. Fue con sus amigas de paseo un día feriado. Se bañó en el río
y nadó deliciosamente. Se integró a la vida de la familia donde estaba
alojada, ayudando a moler la yuca para los "juanes", unos tamales rellenos
de pescado que la madre de la casa vendía en el mercado de la ciudad
amazónica.
Allí vivía un curador espiritual. Recibió los poderes de su suegro y de
doctores que acudían para sanar a través de él. Fumaba unos cigarros
hediondos y sacudía extrañas yerbas sobre los cuerpos de sus pacientes.
Algunos llevaban la foto del amado o la amada para hacerle algún
enganche, para recuperarlo si se ha ido o para maldecirlo.

Mientras imaginaba la continuación del show de la vida urbana en su


ciudad, escuchaba historias de mujeres que confirmaron que nada funciona
bien en la sociedad y sus instituciones. En las tardes calurosas se reunían a
comentar: “el hombre llegó mientras ella estaba cocinando. Le dijo que lo
mirara y ella le vio la cara y la ropa llena de pintura de labios. Empezaron a
discutir - contaba con vehemencia la amiga- y ella lo agarró de los testículos
y se los retorcía. La abuela de él, que miraba la escena, le gritaba "¡suelta a
mi nietito, le vas a dejar sin huevos!". Después el hombre hasta tuvo que ir al
médico.
Un día de paseo, Alicia conoció a un viejo que tocaba tambor, otro el
bombo y el tercero una flauta de plástico. Un solo ritmo monótono, mezcla
de Amazonia y andinidad, música tristona y semitropical inundaba la casa
vieja con escalera y remecía las tablas del piso desigual, la improvisada sala
de baile y de caña. Los barriles de guarapo se vaciaban. Sentados en viejas
bancas de madera, los visitantes bebían toda la tarde. Alicia tomaba tragos

85
lentos. La “leva” alegró a los asistentes que se contorsionaban
exageradamente. Dos homosexuales danzaron con Alicia. Nadie los sacaba
a bailar, nadie se juntaría con esos seres travestidos.
Toda la gente los miraba sorprendida, comentando entre ellos y riendo.
"La mujer que baila con maricas".
De regreso a la casa, la conversación giró alrededor de hombres. Nadie
se admiró cuando Alicia dijo que quiere un amante. Una de las chicas le
propuso, "si no hay, hazte la paja".

***

"Siempre surge de golpe la idea y así doy el próximo paso hacia mi


futuro de meses, días o semanas. Es una chispa que, obligada por la
premura del tiempo, me veo encendiendo. Todo me llama la atención porque
soy yo y nadie sobre mí quien dirige mi vida. Ahora veo cuán dependiente
estuve. Nunca supe lo que era tomar una decisión, hacer mi camino". Antes
todo estaba hecho: los padres, los abuelos, el marido. Se hallaba
cómodamente en una red, en una jaula. Al salir, dio tumbos, cayó, tenía que
aprender a volar. Quería reafirmar su regreso. "Sí, nadie me lo va a prohibir.
Un ser vivo puede moverse, vivir, trabajar. Voy a hacerlo. Es tan claro como
el agua, dirigir el velero hacia el puerto donde quiero anclar, cerca del
Pedrito. Irnos a vivir a una ciudad pequeña. Una vida sosegada y simple, sin
las complicaciones urbanas ni la competencia de posición económica y
social frente a los parientes que son como una paja en el ojo". Los chispazos
de lucidez le permitían convencerse de que podría iniciar una existencia
tranquila, sin los monstruos del pasado.

***

Hubo momentos en que los rostros de todos los familiares acudían


nítidos a su mente cada vez más perdida. Las tías, sus voces, sus ojos
maquillados, sus gestos. Recordó las uvas que el tío Andrés cosechaba
antes de convertirse en héroe de la guerra norteamericana contra Vietnam.
Alicia tiene un tío veterano de guerra del Ejército de los Estados Unidos. Era
el orgullo de toda la familia. Sus fotos en la sala, vestido de oliva, con la cara
larga y la sonrisa de oreja a oreja. Cariñoso y amable, trajo regalos para
todos cuando regresó, ciudadano americano, a contar sus hazañas en la
guerra. "Pero es un yanqui, y Mickey Mouse y la United Airlines". Alicia
protesta contra la familia, ella sola quiere entender tanta entrega a los
gringos, tanto amor incondicional al señor Kennedy. "Cómo lloraron todos
cuando lo mató el osado, el loco".

***

Alicia quiere un cigarrillo. Se lo pide a todas las demás. Nadie le hace


caso. Ellas fuman como chimeneas pero no están dispuestas a regalarle uno
solo de sus puchos. Es difícil, aquí, conseguir una cajetilla. Acude a una
mujer que visita a alguna paciente.
- Regáleme un cigarrillo.
- No tengo, pero le prometo que la próxima vez que venga se lo traigo.
Sin creer en el ofrecimiento, Alicia da media vuelta y se va hacia el
jardín. Mira la yerba verde, las flores. Se acuesta bajo el sol de las dos de la

86
tarde. Hay una calma que exaspera. Un cercano olor a cigarrillo la llama. Su
ansiedad crece, necesita fumar. Comienza a caminar con pasos rápidos, va
y viene, casi corre, se retuerce las manos, mueve la cabeza sin control. Por
fin, una de las mujeres se compadece de su necesidad y le ofrece un tabaco
negro. Cualquier cosa es buena, lo enciende, toma una larga bocanada. Es
como si el aire que le faltaba, volviera a llenar sus pulmones. Suspira
aliviada. Una tras otra, las pitadas van consumiendo el papel, la limadura de
tabaco, queda el filtro, lo arroja al suelo.

Una semana más tarde, la mujer vuelve a visitar a su pariente y le


entrega un paquete de cigarrillos rubios. Sorprendida, se lo agradece y
comienza a preguntarle por su vida, por el mundo de afuera.
La conversación se alarga, la mujer le pide información. Al enterarse de
que está realmente loca, la reconforta. Las horas pasan en un diálogo
ameno entre locas y visitante.
Las puertas están con llave, la mujer quiere irse. Alicia se ofrece a
llevarla hasta la enfermera para que abra los cerrojos.
- Ábrame la puerta, por favor.
- ¿Cómo así?
- Ella no está loca, tercia Alicia.
La mujer muestra una cara de pánico. Por segundos creyó que iban a
dejarla encerrada. Agradece a Alicia por salir en su defensa y se va sin
regresar a ver. La enfermera abre la puerta y la visitante desaparece, sus
pasos mutilando el silencio eterno del sanatorio.

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En el más hondo cajón

“El ceviche de pescado: exprimir bastante limón y poner a cocinar en ese


jugo el pescado crudo picadito. Echar sal y pimienta. Después se pedacea el
apio (no indispensable), y bastante culantro. Al momento de servir poner la
cebolla en cuadrados bien finos”.
Anotó en su cuaderno la famosa receta, esperando prepararla a su
regreso. El diario quedaría guardado en el más hondo cajón de su cómoda y
lo olvidaría como olvidó la fiesta de labios pintados a la que asistió con un
horrible vestido de polyester rojo con azul y zapatos blancos prestados por la
dueña de casa.
La fiesta era en una casa de paredes de madera forrada con periódicos
anunciando las noticias más sangrientas que se pudiera imaginar.
"Aborrezco a los periodistas que hurgan en la vida de las gentes para darnos
a comer la truculencia del crimen pasional, de los homosexuales enrollados
en celos de muerte, del padre que asesina a cinco hijos y a la mujer y luego
se suicida porque no tiene para darles de comer, los misiles de guerra
disparando y descabezando a cientos de gentes, las bombas explotando
frente a escuelas o en buses llenos de pasajeros, todo cubierto de vísceras
explotadas, cuerpos mutilados, miembros repartidos por las calles, en las
aceras, en las ventanas, colgando de los postes y de las antenas de
televisión". Los globos y las serpentinas la sacaron de la desesperación que
provocaban los amarillentos papeles de la pared que mareaba de tanta
sangre. La fiesta se extendió hasta la madrugada. Alicia se quedó a dormir
en esa casa extraña pero con gente amable que le ofreció un poco de agua
de sus barriles para bañarse al día siguiente, como todos, en el patio de
atrás.

***

Su cumpleaños lo pasó en Iquitos, en una calle, tejiendo pulseras de hilo


a los transeúntes que pedían su signo zodiacal. Fue un día como cualquier
otro, así quiso convencerse, pero no pudo evitar sentir nostalgia por no
recibir alguna tarjeta, un abrazo o un regalo.
Esa noche soñó que su amiga Françoise de Bahía le contaba que
Antoine había muerto. Y soñó que su abuela la acompañaba en el hospital
donde iban a operarla. La llevaban por un largo corredor donde se cruzó con
otra camilla que transportaba una mujer muerta. ¿"Por qué soñé con
muertos?", se preguntó. Sólo más tarde entendería que soñar con cadáveres
significaba que ella misma estaba muriendo a una forma antigua de vida y
que nacía otra en su interior, una Alicia nueva que al cumplir 26 años
iniciaba una etapa diferente. No importaba que fuera una vida de
enajenación, era algo nuevo, una sensación que se le iba de las manos, un
sentimiento de "qué me importa", de no sentirse responsable por nada, de
ser dueña del mundo y a la vez dueña de nada.
Ese día decidió también purificar su organismo y compró en la calle un
tratamiento al charlatán que ofrecía padrax, leche de magnesia y sal de
andrews con jugo de naranja. Era la fórmula para "purgar". Debía esperar
los resultados tomando agua tibia todo el día. A la mañana siguiente compró
las yerbas para purificar la sangre. Tomar taza tras taza de agua hasta
embotarse, vomitar todo y limpiar el estómago.

88
***

"No sé de dónde viene ni para dónde va. Está ahí quieto y silencioso,
azul y verde. Nubes de laguna colgadas en el horizonte. Es la primera vez
que vengo a contemplar el Amazonas en mi amada soledad. Hay un barco
que llega con bandera peruana. Soy muy parte de esto. Una canoa a motor,
¿de dónde vendrá?
“¿Oú est mon petit prince? ¿Se acordará de mí? Anoche le soñé, tan
real, él y al final no él. Los dos nos hicimos la ilusión de ser la persona
amada pero anoche acabé por darme cuenta de que su rostro era el de otro
hombre. ¿Existirá ese hombre, ese rostro, ese cuerpo?"

***

Tan al filo de la navaja como vivió desde su decisión de dejar la


formalidad, ahora se siente liberada, ya no tendrá que dar cuentas a nadie
de sus actos ni de sus no actos.

89
Un cuarto negro

Se puso un mandil blanco, se sentó en la silla de doña Delinda y vendió


juanes, arroz chaufa, huevos cocidos y refresco de cocona. Extraña, le daba
risa y algo de vergüenza y miedo de que algún conocido pasara y la viera.
Su primera venta: un juane y un refresco. Se aburría y recién comenzaba
el día: una mañana fresca, de viento, la gente salía al trabajo, a la escuela.
Creyó que los clientes iban a llegar uno tras otro, pero la calle estaba
vacía y polvorienta. Nadie vendría a comprar la comida preparada por doña
Deli desde el amanecer. El arroz se enfriaba, los juanes y los plátanos fritos.
Envuelta en una tremenda timidez, sentada allí de vendedora de
comidas callejeras a las once de la mañana, observaba el vuelo de los
gallinazos bajo una luna blanca en cielo azul. A dónde vas luna de día, luna
de barro y soledad..., recordó la canción de Serrat que cantaba en su
adolescencia.

Aparecían figuras surrealistas dibujadas por el calor abochornante del


medio día: una muchacha que se sacó la falda y la blusa y se quedó en
calzón. Era morena, con un corte estilo príncipe valiente, flaca, sus senos
erectos. ¿Cuántos años? ¿16, 18, 20? Se sentó en la esquina. Se levantó,
se pegó a la pared. Debía tener mucho calor para haberse quitado toda la
ropa. Se paró frente a una tienda. Nadie parecía reparar en ella. Los
hombres la miraban sin ninguna morbosidad, su erotismo se perdió con su
razón. Mientras Alicia vendía un refresco, ella desapareció. Sólo sus ropas
quedaron en la vereda, desparramadas.
Pasaron una mujer con un solo diente dorado en la encía superior y una
sonrisa más de carne que de oro; y otra que había clavado pedazos de tabla
en sus zapatos en vez de suela, con un vestido amplio de varias telas
coloridas y un moño alto en la cabeza.
Se dedicó también a cuidar las motos de personas que iban a hacer sus
diligencias por ahí cerca.
- Chao, mi linda
- Ta luego, señor
- Chao, señora
- Chao.

***

Todo tiene que estar sincronizado, encajar unos números en otros,


encuadrar unos resultados con otros para solventar la lucha por la vida, por
la muerte. ¿Por qué los hombres civilizados se complican tanto? Pitágoras y
sus teoremas, las álgebras y sus ecuaciones, los dólares y la Internet. Ahí
está el origen de todo este caos de la occidentalidad, el adelanto, el
desarrollo. Sacar los resultados exactos para encender un foco, subir una
escalera, ir al baño, tomar un refresco, certificar tu asistencia a las puestas
de sol, para enrolarte o no en las filas de los ciegos, de los que usan lentes
con marco de plata, charreteras doradas, teléfonos celulares, moldes de
telenovela maquillada de realidades estúpidas con mujeres disfrazadas de
pato donald, hombres que sacan su nalga y se masturban frente a espejos
que adelgazan, alargan, achican o ensanchan su figura, sus erectos falos.
Submarinos y destructores que no hacen caso a las advertencias para evitar
el sida y el neoliberalismo. Sin tomar en cuenta a los niños envejecidos a

90
fuerza de cargar pesos más pesados que ellos mismos. Niños que no han
conocido barcos de metal ni aviones de cuerda. Sólo alguna cometa de
periódico recortado con los dedos sucios y amarrada con cualquier pedazo
de telaraña. Niños con las camisas más arriba del ombligo, los pies
enlodados y los bolsillos llenos de sapos y monedas inservibles, colección
de bolas de cristal para adivinar su futuro de aguardiente y camastro sin
sábanas en cuarto de hotelucho lleno de ratas y de cucarachas.

***

En el hospital. Alicia está acostada en el diván. Una débil luz se filtra a


través de los visillos. Cierra los ojos y ve un cuarto negro. Por la alta
ventana, a duras penas entra un poco de luz. Alicia mira las nubes blancas y
brillantes de la mañana. Pero el cuarto es tan oscuro... Se fija en un rincón y
ve unos cajones de madera vacíos, no sabe para qué están allí. Al regresar
hacia la pared del ventanuco, la deslumbra la claridad que ha invadido de
pronto la estancia. Unos robots han botado el muro y entra toda la luz
necesaria como para que las paredes aparezcan de color azul. Parece que
hubieran cobrado vida.
- Purifícame, señor, cúbreme con tu luz, con las flores de tu santidad.
Miro la hostia sacramentada y sé que entiendes mi monomanía, ven a
recoger del camino de la oscuridad a esta hija perturbada.
El santísimo la mira sonriente. Sí, Él la comprende. Él está aquí para
redimirla cada vez que cae, para levantarla y llevarla a su diestra, en la
seguridad de su altar de madera, oloroso a velas y a incienso, a nardos y
santidad, lejos de todo peligro, de cualquier ataque a traición de su mente
obnubilada.

91
De regreso

El viernes 8 de noviembre se fue al aeropuerto de Iquitos a esperar el


avión para viajar a Trujillo. Miró las palmeras orientales y despertó. Se había
acostumbrado a estar en ese pueblo, a su cálido verdor y a sus gentes
acogedoras.
El transporte alado. Las hormigas suben la escalera, el equipaje en la
panza del acerado animal. Se instalan en sus poltronas acolchonadas y
continúan representando el drama, con la cámara de fotos al cuello, la
colección de artículos exóticos fabricados para ellos por el muchachito de
veinte años que vino de Lima y, disfrazado de nativo, aprendió a hacer
collares, tejer, buscar todo tipo de semillas en los más remontados rincones
de la selva y venderlos a los turistas. Con él Alicia fue a coger bambú y
luego se bañaron en el río Nanay.
En la casa quedaba la familia cuyo amor era capaz de superar el
corretear de las ratas, el reptar de lagartijas por las paredes, los pollos y su
mierda en el comedor y la cocina, los desperdicios, la podredumbre, los
desagües al aire libre. Pueblo joven, suburbio, favela, viven acomodados, sin
conocer otra cosa que su vida casi infrahumana, pero felices y dueños del
mundo porque a diario ganan lo suficiente para comer su plátano maduro, su
yuca, su paiche seco, carachama y boquichico. El río, pródigo, ofreciendo
carnes blancas y sabrosas.

Llegó a Trujillo y durmió como hacía mucho no había dormido: en un


hotel antiguo, en cama con sábanas blancas, cena deliciosa y caliente. Le
tocaba acostumbrarse otra vez a una ciudad sin selva, sin el bochorno
pegajoso de cuarenta grados. Todo seco y desértico, con frío de mar
Pacífico.
Viajando para Chiclayo empezó a sentir algo de desasosiego. De lejos
era muy fácil hacer planes para la vuelta. Ahora que ya estaba a un día de
camino, los planes se desfiguraban. ¿Qué hacer? Era difícil volver, ya la
Amazonia le jalaba de nuevo hacia el canto de los pericos y la tibieza de la
gente con la que vivió durante meses.
"¿Qué hará, dirá, sentirá el Pedrito al verme? Quién sabe si me rechace,
temo aproximarme, no quiero llegar, no quiero volver, no quiero encontrarme
con un mundo que me escupió y me obligó a irme a vagar, despatriada,
desterrada de mí misma y de todo. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? Estoy tan
cansada".
Frontera sur del Ecuador, El Oro, bandera de tres colores celebrando la
llegada de esta mujer que logró trasponer el umbral del regreso.
Nuevamente el país amado y, a la vez, la nada, el vacío, el caos del
reencuentro con la gente, las calles, el cielo. Ella, la misma, pero a la vez,
otra. "La readaptación, las condiciones, las puertas y ventanas que se han
abierto y se han cerrado". Cruzó el puente, con el sudor pegándole la ropa y
los pies pesados.
No tenía a dónde llegar. Había perdido todo contacto desde que partió.
Parecía como si se hubiera ido hacía años, siglos. Y sentía que todos la
habían olvidado, como si estuviera muerta. Con la diferencia de que nadie la
habría llorado, salvo, quizá, su padre y su hijo.

***

92
Quizás debí haber cambiado mi nombre, mi cara, mi memoria, pero todo
es igual, yo y los otros. Puede ser que las envolturas cambien un poco pero
en esencia todos somos lo mismo, desde el principio hasta el fin, congénitos,
lanzando agudos ladridos que se repiten en cada montaña, en cada nube,
pared o brizna de aire viciado, contaminado, gateando hasta besar las
lombrices y disputárnoslas con los pájaros mientras nos crece el bigote y
osamos para la foto familiar.
Y luego la borracherra y el temor a estar solos, sin poder dormir,
mientras miramos el techo y hacemos planes a largo plazo y los acortamos y
acomodamos según el sueño se va acercando con esas sombras en la
mente que nos sumergen en mercurio y nos levantan en el aire, y nos
descuartizan en bolas plateadas que ruedan por la habitación, por la casa, la
ciudad y el continente.

93
La hija pródiga

Noviembre 19. Cayó sobre la fecha como sobre un montón de plumas en


las que se iba hundiendo sin sentir. El regreso. Casi todo el año fuera. Hija
pródiga que retornaba con las manos vacías, con el corazón encogido,
intuyendo el rechazo de todos porque no había multiplicado sus talentos.
Aquí estaba, tal como se fue. Y menos, porque en su mochila apenas traía
unas pocas ropas, algunos aretes que no alcanzó a vender y sus
herramientas. Un plato peruano de cerámica y un par de sandalias de cuero
eran los únicos recuerdos que traía de su largo viaje. Y con la lucidez
disminuida, con nebulosos conjuros dentro de sí, que le impedían ver
claramente el futuro, el presente. " Y nada para el Pedrito, con qué plata le
iba a comprar aunque fuera una camiseta turística que dijera Brasil, si
apenas tenía para comer. Pedrito mío ¿dónde estás? ¿cómo voy a
encontrarte entre tanta gente que camina por estas calles oscuras? Ya sé
que te han llevado a otra ciudad, pero a cuál. ¿Estarás en Guayaquil? ¿En
Ambato? Es pequeño este país, mas para andarlo con mis pies y golpear
todas las puertas hasta encontrarte, se me hace infinitamente inmenso.
¡Pedritoooo! ¡¿Dónde estás?!".

***

Besaba el suelo de Quito cada vez que caía en la cuenta de que ésta es
su patria amada, su ciudad. Se acomodaba e iba acostumbrándose a oír las
risas de siempre.
Las reuniones con amigos de antes, los borboteos del vómito frente a la
botella de trópico, los diálogos aparentemente complicados entre
"intelectuales", los diarios y la tv, la hartaron enseguida. Nada había
cambiado. Todos continuaban lanzándose supuestas tablas de salvación
unos a otros, pero dentro de un diminuto estanque de aguas podridas. Hubo
un tiempo en que ella criticó todo. Ahora estaba convencida de que lo había
superado. "No soporto esas conversaciones complicadas ni las actitudes de
las gentes. ¿Será que estoy más desadaptada que antes? Siento que estoy
de paso por aquí. Éste no es mi lugar. ¡Quiero mi lugar!”.
Salió a vagar por las avenidas. Ninguno era su ámbito, no había espacio
para ella ni en la calle ni en los parques. Todo estaba lleno de gente que
corría a ganar puesto en las filas del banco, en las iglesias y en los
supermercados. Había más apuro por vivir, por comprar, por llegar quién
sabía a dónde. Su tiempo hasta ese momento no estaba determinado por
prisa alguna. Era otro tiempo, no el de la ciudad ni el de los relojes. Ella era
dueña de toda otra dimensión, de un tiempo y un espacio de burbuja, pompa
de jabón.
De pronto descubrió los árboles. Sí, allí era, en el Ejido o en la Alameda,
subir a los árboles que podían ser todos suyos porque nadie había tomado
posesión de ellos. O en cualquier avenida o plaza. Treparía a todos antes de
que la muerte, que despedían los escapes de los carros, terminara de
derrumbarlos.

***

Esos aullidos y ese viento... Las puertas del cementerio se abren.


Animales extraños. Olor a podredumbre. Noche oscurísima y amenazante.

94
Suena el opaco grito del cándido muerto sin ojos. Sale, agusanado. El
vendaval le despeinaría si tuviera pelo pero siempre fue calvo. El graznido
acezante de las lechuzas se le mete por la garganta descompuesta. Un
llanto ronco de nonato le llena de lágrimas las cuencas vacías. El cadáver
siente un fuerte dolor en la séptima cervical. El sonido de un órgano invade
el cementerio. El muerto sonríe, es la música que le gusta, notas largas en
una sola tecla, gota de agua en algún mausoleo. Las guitarras introducen un
tono de alegría. Otros muertos se suman a la danza. Aquí estamos todos.
Me duele cada vez más la espalda. Es una daga clavada en el hombro
derecho. La capa se desprendió hace mucho. El invitado principal está por
llegar. Bajo la luna escondida, todos bailan. Yo me repliego a mi nicho para
desgranar los rencores, los odios, la rabia de siempre, la soledad mortal en
que me ha dejado este hombre que debí haber matado con la pistola la
primera vez que me atreví a acercarme a él. Ésta es mi noche. Los gusanos
cantan en mis tripas y sólo siento el olor de un lago nauseabundo. Soy un
esqueleto que se arrastra por las paredes de la noche. Todas las células
han muerto pero no mis sentimientos macabros, la negrura de mis entrañas.
Sentiré eternamente la desazón de haber venido a este mundo para nada,
para amar siempre a seres inasibles, para andar a diario escribiendo con
carbones encendidos que ahora no son más que cenizas frías. Estoy
colgada del árbol de una esperanza que no existe. Jamás voy a volver a ese
cuerpo que yace podrido debajo de la tierra. Riego, a ratos, diminutas
plantas de esperanza de amores eternos. Pero no florecen, no. El agua se
va sin detenerse. Las algas desaparecen, soy pantano sin ninguna garza,
cueva llena de murciélagos. La música continúa. El invitado principal ha
llegado. Bailar e invocar a íncubos y súcubos. Las gárgolas cobran vida y
bailan también. La fiesta es perfecta. Sus ojos me buscan, brillantes. Baile
disciplinado, madrugada tibia, todos se empeñan en encontrarme. Antes de
que él empiece a desesperar.
Mientras más enmarañados sean los huesos y más retorcido el
pensamiento, él más adora al poseedor de semejante cráneo, de
semejantes intestinos. El invitado principal. Con su capa negra forrada de
terciopelo y sus hermosos dientes.

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La persecución

Pedrito quiso ir en busca de su madre antes de que toda la familia


decidiera perseguirla y encerrarla. En las esporádicas visitas a casa de los
abuelos, oía a su abuela materna musitar oraciones para que no se acercara
el día en que la loca de su hija apareciera.
Ya habían llegado rumores. Fronteras y distancias no fueron suficientes
para que pasaran por alto que algo andaba mal en la cabeza de Alicia. Antes
de que los amigos y demás parentela y conocidos empezaran a murmurar,
había que salir a rescatar el honor de la familia, esconderla, meterla en un
manicomio.
-Dizque está en Iquitos -, cuchicheaban las tías. Los tíos querían iniciar
la búsqueda inmediata. La madre, de soponcio en soponcio, rogaba que la
encontraran.
Pedro, impávido, hacía como que no era con él. Había preferido alejarse
para siempre de la familia de Alicia. Se llevó a Pedrito con él y con su nueva
esposa. A otra ciudad, donde nadie viera su humillación porque la mujer que
amaba lo abandonó. El niño creció lejos de su familia materna.
- La muy puta, vuelve ahora hecha la loca. Conmigo eso terminó. No la
perdonaré nunca, decía entre trago y trago a los amigos de aquellos años en
que la mostraba orgulloso de saber que tenía la esposa perfecta.
- La han visto en el Oriente-, decían otros comedidos que querían que se
la encontrara lo más pronto para ver qué había sido de ella, con qué cara
llegaba, con qué cuerpo.
Todos estaban pendientes. Parecía que sobre la ciudad entera pesaba
un cielo que espera tormenta. Ya mismo, se balanceaban las nubes, se
arrastraban las ramas de los árboles, parecía rugir la tierra debajo del
pavimento de las calles por las que transitaban todos aquellos que
esperaban.
- Dizque está en Machala, en Loja, en Lago Agrio -. Parecería haberse
multiplicado, en todas partes la avistaban. Era casi una fantasía. La vestían
de harapos, volviendo como mendiga. Otros hablaban de su vuelta con
varios bultos de mercadería, convertida en comerciante. También la
suponían de regreso, casada con un hombre rico del Brasil.

Antes de que la internaran vagó y vagó por las calles de antaño, sin
reconocer a quienes se cruzaban en su camino: el pintor cuencano que se
había enamorado de ella años atrás, la mujer con la que intentó formar un
grupo para ayudar a las de los "sectores populares" y que se fue a México
huyendo de quienes la tildaron de autoritaria y ladrona. Estaba el actor de
parque que alguna vez dijo que si los payasos gobernaran otro sería el
cantar del país. Pasaban las antiguas compañeras de colegio, topándola,
moviendo las palabras delante de sus ojos perdidos. Algunas monjas se
cruzaron también con ella en la Plaza Grande y sacudían la cabeza,
compasivas, al verla en el atrio de la catedral, iniciando un discurso religioso
para emular a otras locas que había visto, años atrás, predicando por la
salvación de los pecadores.
Pedrito angustiado pensaba en ella. Cómo encontrarla. Quería recuperar
su imagen, saber cómo era esa madre que se había ido de exploradora por
selvas y montañas. Eso fue lo que le dijo cuando emprendía la marcha, que
se iba tras un tesoro que se le había perdido. Era buscar su propio ser, la

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inocencia, las ganas de vivir. Intentar comprender el mundo, aceptar el yo,
un encuentro consigo misma. Ahora toda ella fragmentada.

Al regreso halló igual cantidad de mendigos y microbios en las calles de


Quito. En otros tiempos no había nada de eso. Ahora la ciudad estaba
plagada de hombres y mujeres con las ropas ennegrecidas y los pelos
apelmazados, cargando bolsas llenas de desperdicios y hurgando en los
basureros.
Por los mercados pululaban ratas y niños hambrientos. "¿Es para ver
esto que he vuelto?". Era la verdadera máscara monstruosa de la
modernidad, de la civilización represora y omnipotente y la miseria más
honda. Ella soñaba con una sociedad libre para todos.
Entonces se iba a la plaza de Santo Domingo, y terminaba bebiendo
canelazos y bailando al son de los acordeones ciegos de la noche.
En el peregrinar de regreso a la casa, trepaba por lo menos a tres
árboles. El camino se le hacía corto y, en silencio, se desvestía, cansada de
haber deambulado por las calles de siempre, ahora para ella con otro aire,
otra largura y otra luz.

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Como hojas secas

Todo era un desbarajuste en su cabeza. Recordó unas sillas que había


dejado en el mercado de Santa Clara para que cambiaran el mimbre viejo y
que jamás fue a retirar. Se las habrán vendido a alguien, pensaba. La
desesperación se agolpaba en su garganta porque no había hecho nada en
toda su vida, no tenía profesión, no sabía cómo se maneja una
computadora. No tenía chequera ni libreta de ahorros. Se le vino a la mente
la amiga a quien no abrió la puerta años atrás porque no quería que se
enterara del rollo aquel con el poeta de los ojos de pescado, cuando aún
estaba casada. Los recuerdos volvían como hojas secas pisoteadas en los
caminos de un parque. Se hacía presente y claro el episodio de la violación,
la prostitución, todo lo que significaban la masturbación, el coito y el placer.
Su memoria fotográfica trajo a la mente trenes, muchos trenes que
retumbaban al pasar a las diez de la noche por la casa de los abuelos.
Todas las ventanas se estremecían con el estruendo y parecía un temblor
de tierra. Ella creía que el suelo iba a abrirse de un rato al otro y a tragarse
la casa entera, la ciudad.
Pero el tren pasaba y todo volvía al silencio del sueño. Alicia continuaba
durmiendo. Durante el día era diferente con los trenes. Al escuchar su
sirena, todas las niñas del barrio corrían a verlo pasar y a saludar a los
maquinistas que iban en el techo de los vagones de carga.

***

- ¡Bienvenida!
- ¿Usted es nueva aquí? ¿Cuándo llegó?
- Venga le cuento lo injustos que son conmigo. Me tienen encerrada sin
motivo mientras afuera me espera el mundo para vivir, para cantar y bailar.
- Quiero salir para ver a mis hijos y a mi marido. No han de tener quién
les atienda.
- ¿Usted es la señorita trabajadora social? Por favor póngame en la lista
de salidas de esta quincena.
Alicia, nueva en el hospital, reconocía caras, mirando mujeres
aparentemente normales, mujeres que caminaban con los ojos perdidos,
algunas con pasos lentos, lentos. Es otro tiempo, otro espacio. Los
movimientos no corresponden a la forma de estar ni siquiera de las plantas
y de las bancas, de las mesas o los cuadros religiosos. Las locas son seres
de otra dimensión, sobredibujadas, como exageradamente rayadas en un
cuaderno de hojas transparentes.
Con sonrisas extraviadas la reciben y aplauden, hacen fiesta: una más
para el grupo, en la ronda del patio, en el monótono trabajo mañanero. Un
puesto más en la mesa y en la televisión, una historia nueva para oír.
- ¿Por qué la trajeron?
- ¿Quién se empeñó en internarla?
- Mentira que está demente ¿no es cierto? Ninguna de nosotras está
loca sino que a ellos les interesa tenernos encerradas. Para no oír nuestros
reclamos, nuestras voces diferentes. Para que las miradas y las preguntas
no se nos escapen más allá de las rejas que nos pusieron. Para que el cielo
reciba a las que son y a ninguna más. Ciento cuarenta y cuatro son las
elegidas. Ellas irán con sus túnicas y con sus salmos. Usted, ¿no quisiera
estar entre las elegidas?

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Las mujeres la rodean. Huelen en ella el aire de afuera, que todavía
corre con los efluvios de los árboles y de las gentes, el humo de los carros y
de la tripa mishqui, los perfumes de los jóvenes y de los mayores, las risas
de los niños, la fragancia de las florerías y de las velas en las iglesias. Ella
les trae la esencia de la ciudad. Su ropa, sus cabellos, todavía están
impregnados de aromas arcaicos y nuevos. Se acercan más, husmean,
parecen gatas olfateando las emanaciones de las cocinas y de las
fritaderías.
Han olvidado el color de los atardeceres. Ya no aprecian los hechos de
la vida cotidiana. Pero quieren salir, saben de la nostalgia de estar una tarde
al filo de un bar tomando un café. Otras sólo saben del abrazo de unos hijos
que se han ido. Algunas quieren partir para hacer el amor con el novio que
creen las espera en la esquina del hospital. Hay quien quiere salir para
denunciar lo que sucede ahí dentro. O trasponer el umbral para ir a nadar a
la orilla del río. O para viajar conociendo países de maravilla.
Un año, cinco años, veinte. Poco tiempo, mucho tiempo. Para ellas es lo
mismo. Todas están fuera de la vida y eso las identifica. Mujeres
enloquecidas.

99
Un planeta inexistente

Alicia no vio a Pedrito en los momentos de soledad y de revistas con


mujeres desnudas. Los compañeros de colegio, maestros para fumar, para
enseñar los besos y las poses del kamasutra. Sus ojos tristes se encendían
al imaginar a la chica del barrio con quien le gustaría experimentar esas
nuevas sensaciones. Los cuerpos ardientes, las manos descubriendo,
aprendiendo mejor que frente a las láminas de educación sexual del colegio
de curas. La historia se repetía. Ella no estuvo para enseñarle, para decirle
que el cuerpo puede ser un templo del espíritu santo pero que ese espíritu
santo acaba por señalar con el dedo a los que se atreven a cruzar los
umbrales del placer.
¿Dónde estaba ella que no lo abrazaba en los momentos de las anginas
que llegan con el polvo del verano? Estaba perdida en nubes de marihuana,
recorriendo un planeta inexistente, real sólo en su resquebrajado cerebro,
escondida en recuerdos de danzantes con penachos de espejos y tambores
que partían la tierra que pisaban, provocando terremotos e inundaciones.
Las quebradas se abrían para tragarse a las niñas malcriadas, a las que se
subían a los árboles a comer capulíes hasta el anochecer y asustaban a la
madre que ignoraba dónde se habían metido.

***
Es sábado y viene Pedrito a visitarla. Se ha arreglado de la mejor
manera, el vestido azul de terciopelo, zapatos de gamuza verde, tacón alto,
pañuelo de color violeta al cuello. El lápiz de labios está un poco fuerte pero
no importa, le da más brillo al rostro ajado. Un poco de negro en el párpado
inferior, carbón que resalta la mirada, rímel por montones en las pocas
pestañas que le quedan. Está lista, también llevará su cartera de lentejuelas
de colores. Así él verá que aquí está bien, que los días son una fiesta, que
se encuentra los domingos con Fausto, en el baile, y que se miran
largamente. Tal vez se case con él y entonces sí podrán irse a vivir en el
campo, como ha sido siempre su sueño.
Pedrito llega a visitarla. Alicia acaricia la mano de su hijo y se le saltan
las lágrimas negreando sus mejillas.
Pedrito, ¿te lavaste las manos? Yo no puedo estar en la casa para
cuidarte porque me tienen aquí hasta que declare mi inocencia en el caso de
la bomba, pero quiero que te portes bien, que reces antes de dormir, que
hagas tus deberes. Pedrito mío, te dejé botado en una acequia, y me fui con
miedo de que te comieran los lobos, de que te desgarraran con sus fauces.
Hijo chiquito, ven te arrullo, no llores, mamá va a hacer realidad todos tus
sueños, te va a guardar aquí debajo de sus alas, para que no te pase nada.
Ven, Pedrito. No te asustes si lloro pero es que estoy feliz porque ya mismo
acabo de tejer tu gorrita y tus escarpines. Ves que son suaves, ella no te va
a romper el corazón, calla, no llores, mamá va a escogerte una novia que no
sea mala con vos, te voy a tener limpio y cuidado. Ven a mis brazos, ¿ya
comiste? ¿tienes hambre? todavía tengo leche, mira mis senos rebosando.
No, no hay ningún avión en el cielo, no te asustes, no van a botar la bomba.

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Brillar, resplandecer, nada más

Un día cortan su largo y enmarañado cabello. “He desperdiciado aquí mi


vida”, piensa al despertar de un sueño en el que se vio rodeada de una
intensa línea de luz: su cuerpo en la oscura cavidad materna, luminoso,
pleno, completo. No importa lo que haya afuera, va a salir, se siente fuerte y
se decide, rompe, patalea. Afuera todo es de una blancura inusitada. Alicia
se despereza, sonríe con los pelos pegados a la frente y la sangre
rodeándole las orejas. Está feliz, mira su piel, se sabe de ojos lindos, todos
afuera admirándola, descubren que es ella, no él, ella admirándose a sí
misma por haber sido capaz de respirar, de beber de un sorbo el aire nuevo,
el día. Está bañada en lágrimas de felicidad al sentirse recién nacida,
hermosa, mujer. El cielo está anochecido. Mira por la ventana y no ve
ninguna estrella.
Recorre la vista por su cuerpo y se ve llena de luminosidad, es ella
misma una estrella, no quiere nada más, sólo brillar en su propio cielo,
brillar, resplandecer, nada más.
Luego del sueño piensa que ha roto la barbarie de los dominadores y
que el mundo está renovado, santo. América entera en su vientre, en su
mente brumosa, gestándose. América retozando en el arco iris, concibiendo
hijos inundados de risa y de poder, dioses redivivos salidos de entre las
piedras de Machu Picchu y de Teotihuacán, de Inga Pirca y de Chichén Itzá,
trazando mandalas en Cuba y en Guatemala, en Haití y en Brasil. Para
cobrar venganza, para trazar el nuevo universo a partir de las tinieblas.

Va a la cocina. Alguien pela papas y las bota a una inmensa olla,


salpicando el agua a los pies descalzos de Alicia. Quiere mondar algunas,
alcanza el cuchillo acabado de afilar. Pela una y se la come cruda. Es una
manzana con sabor a la tierra negra donde florecen, subterráneos, los
cusos, esas larvas que se pueden abrir para sacarles una grasa blanquecina
y untar en la espalda para calmar el dolor. Corta las venas a lo largo de los
brazos, rasga, hiende. La sangre fluye indetenible.

Todo sucede tan rápido que nadie logra quitarle el cuchillo.

Alcanza a llegar al patio, donde las mujeres tejen mientras toman sol.
Camina sin prisa, con la cabeza alta y la mirada vacía, vacío su cuerpo
de sangre.
- Nosotras salvaremos al mundo. Inventemos un idioma de flores y de
juego. Encendamos las lámparas, ¡oh vírgenes prudentes! Estemos alertas
porque el fin del planeta se acelera. Busquemos un punto de encuentro con
nuestros semejantes, con los prójimos que esperan para fecundarnos, les
dice con voz casi inaudible.
Todas asienten con movimientos uniformes. Aplauden en cámara lenta.
Tejen un largo manto de colores con el que quieren cubrir el planeta para
hacer el acto de magia final: que desaparezca todo para volver a crearlo.
Los pedazos de tejido forman una sola chalina inmensa. Ya cubre el patio,
envolverá el edificio, la urbe, el país. Tejen y tejen. Alicia busca su corona y
cae al suelo, imaginando que desde el techo del hospital dirigirá la creación
del nuevo mundo.

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