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Marcelo Ohienart

Nostalgias de un tiempo que pasó

Crónicas ramenses

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Agradecimientos
Esta crónica que hoy llega a sus manos ve la luz gracias a todos los amigos que de una u otra manera se prestaron a la charla con este escriba. Los recuerdos propios y ajenos de otros tiempos fueron surgiendo de manera inevitable. Por eso, este libro ya no me pertenece. Ahora, es de ustedes. Marcelo Oscar Ohienart, junio de 2007

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Introducción
Dice Alvaro Yunque, Hay seres que han pasado por la infancia, ciegos y sordos. Y como siguen sordos y ciegos creen que en ella nada interesantes les ha ocurrido. De adultos puede ser que nada interesante nos ocurra, de niños, no. En la infancia siempre ocurren cosas interesantes. Después de leer un trozo literario de este tenor que forma parte de “Un muchacho de ayer”, escrito allá por 1956, profundizar acerca del por qué de este trabajo se me presenta bastante difícil. Mis recuerdos no tienen fecha precisa, lo que trato de reflejar sucedió entre las décadas del setenta y del ochenta del “siglo pasado”. No me mueve otra intención que trasmitir historias y costumbres de un tiempo que resultó ser fantástico y que el devenir del mismo, las nuevas costumbres y el desarrollo tecnológico fue dejando de lado. Hace poco, un jugador de fútbol relataba que se encontró con la necesidad de escribir su propia historia, con la única intención de que su hijo supiera todo respecto de su padre y se preguntaba, ¿por qué sólo alguien considerado importante podía tener una biografía? Por eso, coincidiendo con él, y sin ser éste un intento autobiográfico, es que decidí emprender esta zaga de historias ramenses, con la firme convicción de que con ello, lograré trasmitirle a mis hijos una parte importante de mi vida. En este libro, no encontraran más que la desnudez de mis recuerdos. Por el rescate y la memoria...

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Crónicas ramenses
Isidoro Cañones fue un personaje de historieta muy leído, recreaba el prototipo del hombre de la noche de la década del ‘40. La forma de vivir de Isidoro representaba a todo un sector del país que, sin pertenecer a la elite económica, vivía y conocía el Buenos Aires nocturno y disfrutaba de las fiestas de la alta sociedad. Para quienes no accedían a las boites y al jetset, las aventuras de Isidoro eran una forma de vivirla. Comenzó a zafarse en 1968, cuando Faruk se incorporó al equipo de guionistas donde ya trabajaba Mariano Juliá (los dibujos eran de Tulio Lovato) Juntos pensaron cómo convencer a Dante Quinterno de que Isidoro necesitaba ampliar sus horizontes, abrir las fronteras y lanzarse a conquistar el mundo entero. Además, el play boy debía conseguir una compañera que lo secundara en sus estafas y chanchullos, aunque Faruk recuerda especialmente lo difícil que fue persuadir al dibujante. No pasó mucho tiempo antes de que el camino de Isidoro se cruzara con el de la hermosa Cachorra en pleno viaje a Mar del Plata, ciudad en la que nuestro play boy ha pasado noches inolvidables, asomado alguna que otra vez por la playa con gafas oscuras. Cachorra era tan “bandida” como Isidoro, pero ante los ojos del Coronel Cañones se mostraba como una chica de familia, estudiosa, responsable, recatada y trabajadora. Isidoro tenía una terrible fobia al trabajo; era jugador compulsivo, alcohólico empedernido y el mayor play boy del momento. Su novia era la envidia de todos, al igual que sus extravagantes fiestas y salidas nocturnas. Por aquellos años, los setenta, la movida nocturna parecía tener sólo un horizonte: el norte del gran Buenos Aires. Los boliches para escuchar y bailar “música beat” eran patrimonio de barrios como San Isidro, Olivos o Vicente López. Pero,

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había toda una movida que se estaba gestando en otra zona del conurbano, pretendiendo erigirse en una alternativa. Isidoro Cañones, ese play boy emergente de la oligarquía llegaba con toda su desfachatez, con las manías de los vivillos de barrio, con un “lenguaje de café” para burlarse de su propia clase e identificarse con la clase que iba creciendo y es justamente a partir de la influencia de las andanzas de Isidoro Cañones y sus recorridas por las “boites” de Ramos Mejía que nuestra ciudad empieza a ocupar el lugar epicéntrico del barrio porteño de la salida “apta para todo público”, sin restricciones clasistas. Era la expresión de una clase media pujante, que crecía y que comenzaba a ser la verdadera protagonista de todas las expresiones. Sin lugar a dudas, la “inversión” publicitaria en la revista dio sus frutos. Imposible, para aquellos que nos deleitamos con las andanzas de Isidoro, no recordar las salidas programadas con Cachorra, arribando en algún modelo indescifrable de convertible súper sport a los jardines de Pinar de Rocha, o sus incursiones en Juan de los Palotes. El mundo inalcanzable dejaba de serlo. No me cabe la menor duda, Isidoro Cañones merece un lugar destacado dentro de la historia nocturna de la década del setenta de nuestra ciudad. A partir de él, las salidas de los viernes y sábados tuvieron nuevo rumbo: boliches como Camelot, For Export o Crash, se convirtieron rápidamente en otra opción para la muchachada ávida de los años setenta. Hay un dato que muchos deben haber olvidado: es importante señalar que en 1973 y 1974 aparecieron 2 discos de “La Discoteca de Isidoro” producidos por el sello EMI, con los temas de moda de la época. Muchos de los jóvenes que hoy frecuentan Ramos Mejía se sorprenderán al leer esta líneas, ya que puede resultarles un tanto increíble que, por ejemplo, en la Avenida Rivadavia, desde Avenida de Mayo hasta Avellaneda, durante aquellos

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años dorados, se caminara a paso de tortuga y que encontrar una ubicación en alguna de las mesas de los boliches ubicados a lo largo de esos doscientos metros significaba ser parte de la movida nocturna, una movida que desde esa época no se ha vuelto a repetir en nuestra ciudad. Por ello, vayan estas –si me permiten la arroganciacrónicas ramenses. Para todos aquellos, hombres y mujeres que tuvieron la fortuna de vivir esa época maravillosa, y para que, desde el recuerdo y rescate, puedan compartir e incorporarle a sus hijos, adolescentes hoy, algo de lo que a ustedes les sobró: identidad. Identificación con la ciudad en la que se criaron, educaron, divirtieron, casaron y formaron una familia. Si logramos eso, estaremos salvados, porque, lo importante, seguirá siendo el valor de nuestra identidad.

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La noche que se fue
“Hay recuerdos que no voy a olvidar...”, canta Fito Páez desde el compacto y justamente de eso se trata, de los recuerdos. En esta suerte de viaje, trataré de rememorar los distintos boliches que hicieron historia en la noche de Ramos Mejía. Cual si fuera un recorrido turístico, voy a comenzar por la avenida Gaona. Llegando desde Capital, el primer boliche con el que uno se encontraba era Barbazul, un castillo feudal justo en Gaona y Gral. Paz. Más adelante, el Bowling West, hoy devenido en remisería; la próxima parada era il Cepo, ahí nomás en Gaona y República, si bien estos estaban en Ciudadela, lo incorporaremos como parte de la movida ramense, al igual que El Golfito, Brutale –Gaona 2626- y Notte, éste último ya en Ramos, en Gaona al 2700. Si el rumbo elegido era la avenida Rivadavia, Camelot, mas tarde Casino y hoy Vinicius, irrumpía con su magnificencia de castillo medieval con portón levadizo incluido. Su público rondaba los 25 a 30 años, era el boliche para los mayores. Pegadito a él estaba Cíclope, del que hasta el 2006, aún se preservaba su fachada. Era la cita obligada antes de Camelot. En la esquina de Necochea y Rivadavia, un clásico de los 70 y los 80 era Christopher: Lugar para el “levante”. En su barra se acodaban los muchachos en un remedo del viejo estaño para observar la belleza femenina que, como siempre, en Ramos fue superlativa. Su permanencia en el tiempo, me permitió llegar a su barra y acodarme en ella. Así relatado, parece una nimiedad, pero alcanzar a esa instancia o lograr una mesa en Christopher era todo un tema, tal era así que los mozos atendían a la gente aún sin tener mesa y no sólo en el interior del local, también en la vereda y nadie se iba sin pagar. Lindero a este, en Necochea

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23, existió Capricho, el que se promocionaba como “Tu cita íntima y elegante de Ramos. Whiskería, snack bar, café concert. De 17 a ..”. En esa onda, hubo en French 25 otra whiskería, se llamó Miko’s A sólo una cuadra de Christopher se erguía, orgulloso con sus letras de madera sobre un salpicré blanco en el frente, otro “templo” de la noche ramense: Juan de los Palotes. Simplemente “Juan”, para quienes supimos recorrer su barra y sus pistas. Muchos recordaran, que entrar a Juan era sumergirse en un túnel abovedado desde el cual se ingresaba a la pista, cerca, a la izquierda, estaba la primera barra. Los reservados rodeaban las pistas de baile. ¡Que lugar! Cuando hoy lo veo convertido en playa de estacionamiento, me dan ganas de llorar. El tránsito a lo largo de Rivadavia era a paso de hombre, ese recorrido fue conocido como la “vuelta al perro” que antes se hacía en Flores y que ahora se trasladaba a Ramos. Tener auto, era un adicional a la hora de la conquista. Antes de continuar, vale la pena aclarar que durante esos años no existían las famosas matineé bailables, por lo tanto, los boliches eran un sitio vedado hasta que uno llegara a los años requeridos para poder ingresar o lograr disimular la edad. Siguiendo con nuestro derrotero, sobre esa misma avenida Rivadavia se apiñaron una serie de boliches: Poupe, Sie Thao, Capote y Yesterday. Eran confiterías de luz tenue y con privados donde los mozos solían atender con una linterna en la mano; el legendario Palo 1, que aún subsiste los embates de nuevas modas y costumbres, y el bailable Jonas&Co. Ayeres, inaugurada en 1964, ubicada en Rivadavia 14234, trabajaba con los elegantes de la zona. La copa costaba en 1970, “400 pesos viejos” los días de semana. Los primeros parroquianos solían llegar a las seis de la tarde. En esa misma cuadra, existió BOA, que ofrecía espectáculos con números en vivo. Pasaron por su escenario y

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fueron promocionados como “La noche del debut de la Desfirevista, con la comicidad de Triky y Almirón, con el show estelar de Reina Reech y Juan Bautista, acompañados en la pasarela por Muñeca Moure – Ester Noemí y Fernando Mazzei” Sin dudas, un boliche íntimo fue Tiny’s, ideal para los mimos y la charla; dos pisos de techos bajos cobijaban a las parejas. Los contertulios provenían de Olivos, Martínez, Lanús y hasta de Nueva Pompeya, y llegaban –sin ser mal vistos- en traje de calle. Al 14300 de Rivadavia estaba Il Corno. Láminas de los Beatles, muebles de acrílico rojo y verde; aspecto juvenil en dos plantas. Abría a las siete de la tarde y allí se estacionaban los más adolescentes. Jonas tenía una fachada muy bien elaborada: todo su frente era el corte transversal de un barco tipo galeón. El progreso dio paso a carteles de neón que hoy anuncian la venta de electrodomésticos. Antes de rumbear para el lado norte, había que hacer una pasada por avenida de Mayo y Belgrano, ya que en esta última, frente a la sucursal del Banco Provincia, estaba Nathan Pool y sobre la avenida, Jet Set y Saloon. Otra movida no menos importante, pero con un enfoque de edad diferente, fue la que se dio en la avenida Gaona. Al igual que en Rivadavia y como vuelve a observarse hoy, circular en automóvil sólo era posible a paso de hombre. A lo largo de sus cuadras se agrupaban el Pool King, For Export, Stadium, Lo de Hansen, Crash, Lord Byron y Viejo Café. For Export sirvió de escenario a la filmación de algunas películas argentinas. Era una casona tipo Tudor a la que se le había añadido por delante una columna vidriada que contenía un ascensor por el que se accedía al primer piso, luego de atravesar un puente, también vidriado.

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Stadium, en Parera y Gaona, tenía un frente armado con una estructura tubular con acrílicos verdes y blancos. Por su parte, Lo de Hansen, en Alvarez Jonte 395, era un lugar con sillones de mimbre, toldos rayados y cuadros coloniales, que daban al reducto un clima de quinta de fin de semana. En Hansen, predominaban las “maxis” y los “palazzos”; en cambio ellos, vestían de sport. Crash tenía como particularidad sus pistas circulares las que eran rodeadas por una escalera, junto a ella, se repartían asientos reservados. Lord Byron y Viejo Café marcaron nuevas modas: el primero era un café tipo inglés, en cambio el segundo, para esa época resultó toda una innovación: fue uno de los primeros piano-bar con cerveza y cáscaras de maní que tapizaban el suelo. Estaba bastante alejado, desde ahí se pegaba la vuelta para llegar hasta, seguramente, el símbolo esencial de Ramos Mejía: Pinar De Rocha; ahí sobre segunda Rivadavia, donde Ramos ya le da paso al vecino Haedo. Jamás debe haber imaginado Dardo Rocha que su estancia, inaugurada en 1864, se convertiría después de más de 100 años en una boite de moda. Pinar de Rocha, o simplemente Pinar, tenía en su jardín una jaula en la que permanecía encerrado un puma. Esa misma jaula se mantuvo junto al árbol más allá de los embates del tiempo. Hubo un tiempo en que cerró y cuando se lanzó su reapertura, convirtiéndolo en un mega centro de esparcimiento, la jaula que se mantuvo por más de treinta años, buscó un nuevo horizonte. En aquel 1970, se recomendaba que “bien valía pagar unos 500 pesos viejos por un trago de lunes a jueves; o unos 700 los viernes y domingo”. Los primeros viernes de cada mes, por 3.000 pesos la pareja, había canilla libre. Ser habitué de Pinar se premiaba con una distinción: “La Llave del Pinar”.

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Espectáculos en los setenta
Desempolvar las tarjetas de los boliches, guardadas después de tantos años, me deparó una grata sorpresa: la calidad de los espectáculos que la noche de Ramos ofrecía por aquellos años. Entre ellas, una vieja tarjeta de Pinar anunciaba para un domingo en “Exclusivo (en vivo)” a Gloria Gaynor, una artista internacional que hoy sigue llenado teatros. Otros que participaron de los espectáculos de aquellos años fueron Chassman y Chirolita, José Marrone, Juan Carlos Calabró, Litto Nebbia, Charly García, Nito Mestre, los Blue Jeans, Jorge Porcel, Juan Marcelo, Juan Verdaguer, Valeria Lynch y Víctor Heredia, por citar sólo algunos. También supo destacarse por los desfiles, por sus pasarelas se mostraron Pata Villanueva, Graciela Alfano, Adriana Constantini, Antoine y Carlos Iglesias. En las fiestas de estudiantes, organizadas para recaudar dinero para el viaje de egresados, donde se debían vender entradas y armar a pulmón los shows, eran invitados músicos de la talla de Invisible, Mantra y Los Bárbaros. Por su parte, Camelot invitaba para sus vacaciones de invierno, a presentaciones ofrecidas por Polifemo, Alma y Vida y Vox Dei, quizá lo más importante del incipiente rock nacional de ese momento. En tanto, Juan de los Palotes invitaba al “recital del sensacional conjunto Los Plateros” para el viernes 1 de abril de 1977. Como ven, la calidad de los artistas era de primera línea y para que ello sucediera, funcionaron algunas organizaciones encargadas de traerlos. Recuerdo a Uma Club, Mac, Danger, Floyd y Caprice. Uma es una de las empresas que ha perdurado a través del tiempo. Uma anunciaba por aquellos años: “Estamos en el mejor nivel, desde hace un tiempo, Uma Club, se propuso dar a

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Pinar de Rocha el nivel que su majestuosa estructura merece, y logramos en poco tiempo superar con holgura todo lo planeado, transformando a Pinar en el único local de Bs. As. que cuenta además de sus tres pistas de baile, con un sector de la boite el cual fue adecuado para Café Concert, donde durante el 76 y lo que va del 77 fueron presentados espectáculos de la magnitud de (...) Por el precio de la entrada no te preocupes pues está al mismo precio que en cualquier otro lado, además podés venir sola o acompañada” Notte, presentaba el espectáculo “único de Roberto Vicario”, un engolado galán de los “cuarenta” que recitaba poemas no exentos de curcilería, pesadas e interminables; también Barbazul a “Jorge Troiani y el Grupo Axioma”, con la organización de Laif, en tanto Floyd hacía lo propio en los espectáculos de Notte. Por esas cosas de la vida, me encontré a la vuelta de la esquina con Alberto Cambas Sabaté: trompetista de jazz y escritor, entre algunas de sus diversas ocupaciones. Mi obcecada pasión por leer y escribir me acercó un poco más a él, y aún más, cuando note su preocupación por tratar de mejorar mi escritura. A lo largo de tantas tardes compartidas, le conté la idea de escribir algo sobre mi ciudad; una vez más me volvió a sorprender cuando me acercó el original de un programa de jazz que por la década del setenta se ofrecía en la Tua Pizza de Rivadavia 14326, tal vez la primera pizzería que ofreció la pizza por metro. Cuando uno se abre a los recuerdos, las sorpresas no dejan de aparecer. Esos “viernes de jazz” que anunciaba ese programa contaban con la actuación de la Original Jazz Orchestra, luego Original Jazz Band. Que fuera uno de los conjuntos insignes de la época y de la cual, Alberto fuera su trompetista.

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Vaya recuerdo y sobre todo porque “la Tua” se había escapado de mi memoria. Ahí nomás, ante mi sorpresa por el hallazgo gráfico, él se despachó con sus recuerdos de músico y me relató el auge que por aquellos años tenía el escenario que Pinar tenía en los fondos de la casona bailable. La esquina de Brasil y Casares, que para mí fue un sórdido pool, resultó ser un importante lugar que supo tener su momento de gloria. No pude resistir pedirle que escribiese algo para un periódico en el que yo colaboraba y así dio luz a estas líneas que fueron publicadas en 1999. Hoy, con su permiso, la transcribo para que todos puedan leerla: Los fantasmas suelen andar de la mano de Shakespeare, en medio de la bruma del Canterville de Chaucer, o simplemente paseándose por el Roxy de Joan Manuel Serrat, ese maravilloso juglar, el mejor del siglo pasado, que además de seguir cautivando generaciones y de volver loca a mi mujer, es hincha de Boca. Los fantasmas están en todas partes, no discriminan. Aparecen, se instalan y se obsesionan por hacer oír el sonido de sus herrumbres. Y no solo lo hacen en Escocia, donde no hay castillo que no albergue uno de estos inquilinos inmateriales. También sobrevuelan Ramos Mejía ¿por qué no? ¿Porque Hamlet no anda llorando por los andenes de la estación? ¿Porque no se mueven objetos; porque el Pinar, que vive un eterno romance con la segunda Rivadavia, ocupa un pequeño lugar en el universo de los fantasmas? Sin embargo, algunos de estos fantasmas han pasado por el Pinar, enfundados en sus

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conjuntos “british” con melenitas sobre los hombros, montgomeris, mocasines color caca, hot pants y largos abrigos negros que ocultaban a medias, los cuerpos mágicos de las muchachas. Final de los sesenta y principios del setenta... Pinar de Rocha era un templo. No cualquiera subía a su escenario: la calidad y el buen gusto fueron haciéndolo famoso. Mariquena Monti, Les Luthiers, Manal, La Porteña Jazz Band, Opus 4, Markama y muchos otros aparecían anunciados en los espectáculos de viernes, sábados y domingos. Eran números de culto y había una generación explosiva, feroz, tan mágica como los fantasmas, que respondía a ello. El lugar tenía un salón exclusivo para estos espectáculos mientras los bailes eran cosa de otro mundo. Caravanas de jóvenes anónimos fluían hacia la ochava inconfundible de Pinar de Rocha. Ya no era necesario ir al “centro” para ver a los artistas de calidad. El Pinar lo tenía, ya no era necesario “ir al norte” para bailar con “pibas de película”. Ramos Mejía Se hacía famoso y el “templo”continuaba creciendo y erigiéndose como símbolo de lo mejor. Luego... pasó el tiempo; el país fue cambiando, la gente fue cambiando, las modas, las costumbres y hasta la música. Pero, afortunadamente, lo bueno persistió con estoicismo ante el embate de un ejército

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espantoso que se dedicó a esgrimir el arma más letal: la mediocridad. Los buenos se refugiaron tras incorruptibles barricadas, transformando paradójicamente aquello que era popular, en los “clásicos” de hoy. ¿Y qué pasó con el Pinar? Seguramente escondidos entre las cálidas paredes, en algún sótano perdido, en una casita invisible de algún árbol del parque, los fantasmas también se refugiaron. Los fantasmas del Pinar, los primos hermanos del padre de Hamlet y de los muertos por amor en las torres oscuras de los castillos de Escocia, porque los fantasmas suelen no tener edad, nacionalidad, ropaje. Los fantasmas son parios y vagos. Los fantasmas son sucios y hermosos. Y está allí. Cuando aparezcan, ahora que el Pinar reabrió sus puertas, no vayan a creer que la jaula que está en el parque permanece vacía. Dicen los vecinos que, en las noches de luna llena, se escucha el rugido de un puma que sabe salir de juerga con un hato de sábanas blancas que despiden un dulce aroma a recuerdos y no lo olviden...los animales también tienen sus aparecidos que asustan y ronronean.... Por aquellos primeros años de la década del setenta, hubo en nuestra ciudad un lugar que fue referencia del incipiente movimiento roquero que se gestaba en el país. En avenida de

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Mayo 37, justo al lado de la farmacia Social y ocupando su planta alta, estaba Divagario. Debo decir que si no fuera por Josué Marchi, Divagario no hubiera figurado en este trabajo, puesto que él fue quien me alerto sobre ese lugar y me conminó a rastrear su historia. A partir de allí, surge la búsqueda. Costo bastante referenciar el lugar. Juan Avalos, más conocido como “el piojo”, recuerda que junto con Haydee, su mujer, ambos con apenas dieciséis años, concurrían a Divagario, y según él “era un lugar para divagar y zapar, al que caía la cana y la rutina era bajar con el DNI en la mano, previo dejar el baño lleno de porquerías” “Además –agrega- al que veían con barba y pelo largo, le decían Pappo, para ellos, todos éramos Pappo”. El Piojo Avalos recuerda también las improvisaciones del primer Manal en el Club Estudiantil Porteño, de Barcala716. Lo que agrega una nueva búsqueda, encontrar referencias de Manal ensayando en Ramos. Así llegue a Jorge Capello, guitarrista de “Semilla de este Tiempo”, “La pesada del rock & roll” junto a Kubero Díaz y de María José Cantilo, entre otras importantes agrupaciones. Jorge, alejado del ruido de Buenos Aires, vive en Villa Mercedes, San Luis, donde es profesor de lenguaje musical y guitarra, da recitales-charlas sobre la historia del rock argentino. No dudó un instante en regalarme su valioso aporte sobre esos años. Jorge me cuenta que Divagario fue un lugar, creado por un grupo de amigos, como intento alternativo para tocar nuestra música y llevar adelante las ideas. El Rock en ese momento venia de la mano con la política, los sindicatos obreros independientes, todas las artes, el mayo francés y la guerra en Vietnam. Cuando se habla de "movimiento rock", era justamente eso, un movimiento ligado a todo lo que fuera cambiar el mundo y despertar conciencias. Esto se también se escuchaba. Nada de "blandos" ni "cancioncitas" (odiábamos a

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Sui Generis). El habitué de "Divagario", amaba a Hendrix, Cream, Zepp, Neil Young, Kerouak, Dylan. Acá ya había aparecido Manal, que con una base Cream-Hendrixiana, por llamarla de alguna manera, mas letras discepoleanas y en general crudas y altamente corrosivas, cuando no caóticas, en cuanto a la descripción de la realidad, metían su discurso en todo lugar donde podían. Estudiantil Porteño, los cobijo un par de noches. Por otro lado, los domingos a la mañana Almendra empezaba a girar y uno de los lugares donde toco unas cuantas veces fue en el cine Belgrano, hoy desaparecido. A Divagario llegaban todos, Pappo, Willy Gardi (El Reloj), el “Bocon” Frascino (Pescado), toda gente del oeste. Al igual que el piojo Avalos, recuerda una anécdota con la policía: “una noche cayó ‘la cana’ y se llevo como a 400, entre los cuales estaban Pappo y muchos personajes mas de la época. Tuvieron que sacar las maquinas de escribir al patio de la comisaría para tomar datos. Recuerdo que a mi me metieron en un cuarto que estaba lleno de carpetas y papeles; estaba tan loco que no podía parar, y al cuarto lo desarme todo!!!! Leyendo esas cosas (que ni idea de que hablaban, pero en ese estado me parecían importantes), luego las dejé tiradas por el piso. Cuando me vinieron a buscar no me mataron a palos, aun no se porque...” Los que alquilaron Divagario fueron Jota (hijo del dueño de Saloon) y 2 o 3 más que no recuerdo, pero el emprendimiento fue de todos: Omar "rocanrol", la "bruja" Bertotto, el "negro Wattussi", Quique "buzo" Boserup y "las chicas", por supuesto, entre otros tantos que no recuerdo. Cerrando la charla, Jorge se ensombrece y agrega: “es muy difícil, hay que estar muy inspirado y fuerte para bancarte recordar el clima y las ansias que se respiraban en esa épocas impresionantes, tal vez hoy no sea mi día, para tal cuestión. Porque Divagario fue solo una "estrella" mas en un horizonte donde había muchas, tal vez demasiadas para este mundo.

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Il Bucanero
Ahí nomás, donde empieza San Martín, justo frente a la plazoleta que lleva el nombre del Libertador. Fue justo ahí, donde un par de vecinos decidieron convertirse en socios. Fernando y José alquilaron el local que supo albergar al más grande conglomerado de peluqueros masculinos que conoció Ramos Mejía. Si hasta le dejaron el mismo nombre. Tanto la decoración del interior como la marquesina eran perfectas para el lugar que se abriría. Ese lugar ya no podía llamarse de otra manera, y con ese nombre brilló durante más de tres años en la noche ramense: “il bucanero pool” fue un boom en los ochenta. La amistad de mi familia con la familia de Fernando, sumado a la vecindad que me unía con José, me dio un plus respecto de muchos habitués, ¡bah!, a esta altura, quizá ese plus me lo tome yo, lo cierto es que Fernando y José, junto a Diógenes y El Chino hicieron de il Bucanero “el lugar” de Ramos Mejía. Fue justo en esa época en que Gaona ya no era la misma, su declinación se sucedía a pasos agigantados. Las primeras maquinas de video, esas que eran una mesa con un monitor enfocado hacia arriba y cubiertas con una tapa de vidrio, habitaron su salón. El Pac Man, Donky Kong, el Gálaga y Mario Broos comenzaron a ser personajes conocidos. Los viejos flippers se recogían, amenazados en los rincones. Diógenes, un impresionante personaje de esos años, comandaba la música y la barra. En esa época, sonaba con fuerza Miguel Abuelo y Zás con Miguel Mateos a la cabeza. En il Bucanero, la noche arrancaba cuando desde los parlantes emergía la voz de Miguel entonando aquello de “la otra noche te esperé bajo la lluvia mil horas, como un perro”.

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Fue tanto el furor del Bucanero en aquellos primeros años de la década del ochenta que para jugar al pool en alguna de sus 6 u 8 mesas, se entregaban turnos. Solía suceder entonces, que por una mesa había que esperar hasta unas dos horas. Los campeonatos de Bola 8 fueron increíbles, casi tanto como las mujeres que adornaban todos los sábados sus mesas. Verdaderas diosas concurrían al Bucanero. Como les relataba más arriba, la suerte quiso que Fernando, en ese momento casi como un segundo papá, fuera uno de los dueños. Esa circunstancia me permitió, desde tomar fiado hasta por alguna fortuita ausencia, cubrir un lugar en el despacho de tragos en la barra. Valga comentar entonces, la ventaja con la que corrían mis amigos, los de mi barra, Juancito, Andy y el Gordo Dani. Como habrá sido aquello, que uno de ellos recordó hace poco, que su primer borrachera la contrajo en el Bucanero. Visto a la distancia es imposible no reconocer que “pibes” éramos para el ambiente habitual del Bucanero. Recuerdo especialmente que había una rubia, menudita y especialmente bonita, que nos llevaría unos 5 o 6 años, que nos volvía locos. Era verla llegar y enloquecer ¡Cuánto la deseamos en aquellos años mozos! Volviendo al tema de su esplendor, cerca de 1983, sucedió algo dignísimo de destacar en este recuerdo: un sábado, con el boliche a full, abarrotado de gente, desde los que jugaban al pool hasta los que bailaban junto a las mesas, se cortó la luz. Con el boliche a oscuras, los clientes que tenían vehículos reacomodaron los mismos en sentido transversal a la calle, abandonando el clásico estacionamiento paralelo al cordón. Para ser claros, se corto el tránsito de San Martín. Una vez reacomodados, todos prendieron sus luces para iluminar el interior del boliche y seguir disfrutando de la noche. Esa fue una de las mejores noches que se vivieron en il bucanero.

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En lo personal y como muestra de testimonio de gratitud hacia Fernando, José y Diógenes, quiero manifestar que il bucanero me sirvió para “hacerme más grande”. Fuiste en esos años muy importante. Después de tanta oscuridad, en aquellos primeros años democráticos, resultaste una excelente cueva para empezar, algunos a caminar y para otros para volver a andar. Por ello, vaya desde aquí el recuerdo para il bucanero pool, “él lugar” de Ramos en los ’80.

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Los cines de Ramos
Nuestra ciudad tenía dos cines, el Belgrano y el San Martín. Así como los porteños tienen su calle Lavalle, la “calle de los cines”, que los fines de semana revienta de gente; por aquel entonces los ramenses no teníamos necesidad de corrernos hasta el centro. En aquellos años, casi todas las localidades del conurbano poseían sus propias salas de cine, más tarde, el auge de nuevas modas y el avance tecnológico las fue llevando paulatinamente a su cierre. El video y los videoclubes colaboraron para que paulatinamente la gente se fuera alejando de ellos, muchos se reconvirtieron en templos de religiones alternativas, otros tantos cerraron definitivamente y algunos pocos, estoicamente enfrentaron la crisis y subsistieron. En nuestro caso, primero cayó el San Martín. El cine San Martín estaba en la calle Mitre, en el mismo edificio donde funciona el Bingo. En ese solar, propiedad de la Sociedad de Socorros Mutuos de Ramos Mejía, cuando era cine teatro, supo cantar Carlos Gardel. La acción decidida de un vecino, Norberto Frasisti, permitió que cuando se cerraron las puertas del cine definitivamente, se rescataran sus butacas. Después de muchos años, cuando se terminó la ampliación de la sede de la Sociedad de Socorros Mutuos de San Martín 390, las butacas volvieron a ser utilizadas. El micro cine de esa institución las rescató del polvo y el olvido. El cine Belgrano, cuyo local es hoy utilizado por la empresa Musimundo, era de categoría superior. El Belgrano, nada tenía que envidiarle a sus hermanos mayores de Lavalle: poseía un gran hall, rodeado de dos escaleras a ambos lados por las que se accedía al primer piso. Por el Belgrano pasaron, además del cine, las figuras más importantes del espectáculo de los años setenta. Cuando éramos chicos y concurríamos a ver el cine continuado (las

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funciones eran de dos películas seguidas) nos divertíamos jugando a “buscar la palabra”. En los telones que cubrían la pantalla, los cines solían tener las publicidades de los comercios del barrio; al azar alguno de nosotros elegía una palabra de las publicidades y el resto tenía que encontrarla antes de que empezara la proyección, mientras masticábamos ruidosamente los maníes con chocolate. Para no cometer una falsedad, debo mencionar una tercera sala que hubo en nuestra ciudad, el Cine Ramos Mejía, situado en parte de los que hoy ocupa la casa deportiva Madeo, inmueble propiedad de la familia Lynch. El cine Ramos Mejía, era conocido como “la piojera”, según me refiriera Eduardo Harboure. Su techo era el característico tinglado inglés que se iba cerrando hacia el medio, es decir a dos aguas, en cuya cumbrera tenía una claraboya sobrepuesta, la que podía ser abierta, permitiendo de esa manera ver el cielo, en días de buen tiempo. La piojera, pasaba tres películas en continuado y era el lugar elegido por los jóvenes estudiantes secundarios para esconderse durante sus rateadas.

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La tarde de los sábados
Resulta casi imposible calcular las horas/hombre que se utilizaron durante la década del setenta en la limpieza de los automóviles para usarlos los sábados por la noche. La cosa empezaba, más o menos así: después de un rápido almuerzo, los jóvenes se instalaban en las veredas de sus casas para “hermosear” sus autos. Por esos años, no existían las hidrolavadoras, así que había que arreglárselas con la presión del agua corriente. Se pasaban horas entre esponjas, espuma y trapos rejillas; luego de ello, se continuaba con el lustrado de carrocería, alfombras y cubiertas, con pastas de dudosa composición química y de olores penetrantes. Toda esta ceremonia, cual rito pagano de adoración al cuatro ruedas, era siempre acompañada por la presencia de uno o dos amigos que no tenían auto y que colaboraban en este menester o, circunstancialmente, alguno se acercaba a los efectos de cebar algún mate a los sacrificados y abnegados adoradores de los fierros. En mi caso, mi familia no tenía auto, así que era uno más de esos que se acercaban a la casa del amigo en la que se sucedía el ritual. Recuerdo que sobre la calle Gobernador Costa al 300 eran varios los que lavaban sus autos, quizá el más fanático de todos era Alejandro “el Chivi” Cibeira, ese sí que le ponía ganas. El Falcón -creo que Futura- color beige de Jorge, quedaba impecable después del trabajo del Chivi; más tarde fue un viejo Peugeot 404 color blanco, con el que alguna vez nos aventuramos hacia la costa. Alejandro era un experto en el embellecimiento automotor. Al finalizar la faena de limpieza, cerca de las seis de la tarde, la última de las tareas era la puesta a punto mecánica, ya que siempre se descubría alguna cosita nueva, además, no fuera

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que tanta belleza externa se viera menoscabada por un ronroneo agónico o un incontinencia motriz. Para cuando consideraban finalizada la tarea, ya había pasado toda la tarde del sábado, pero aún quedaba algo más: ese sublime instante de admiración y adoración situándose a unos metros del mismo, permaneciendo inmóvil frente a él y sin sacarle la vista de encima; ese era el momento en que hombre y auto eran uno. En esa simbiosis, uno soñaba con su conquista nocturna frente al volante y el otro permanecía listo para deslumbrar y colaborar en la aventura. Hoy, la costumbre de lavar los vehículos en los barrios en las puertas de las casas se ha ido perdiendo, entre otras cosas, por la inseguridad que representa pasarse seis horas en la vereda con las puertas de la casa abiertas de par en par. ¡Que tristeza!

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La vuelta al perro
Si hubo un rito en los setenta, similar al del lavado del auto, ese fue “la vuelta al perro”. La vuelta al perro consistía, si uno tenía auto o podía rescatar el del padre luego del lavado, en desandar a paso de hombre las calles en las que se concentraba la movida nocturna. Para recorrer los doscientos metros de Rivadavia que había entre Avellaneda y la avenida de Mayo, había que invertir casi una hora y media. Se circulaba en doble fila y el “yeite” consistía en “varearse” para ser visto por las “minas”, sentadas con comodidad en las sillas de las mesas dispuestas en las veredas por los “bolicheros”. Las pasadas se repetían tantas veces como fuera necesario, es decir, hasta lograr que alguna subiera al auto. En la esquina de Necochea, justo en la puerta de Christopher, cabía la posibilidad de girar por ésta para pasar por la puerta de Juan y acortar la vuelta ¡Ojo! también había que pasar por la puerta de Jet Set, en avenida de Mayo entre Alsina y Belgrano. En qué se movían los jóvenes por esos años, el yeyo (Peugeot 504), el auto considerado más ganador, era el más visto. Bajada la suspensión, spoiller, babero y buena música sonando desde el magazzine (antecesor del estéreo, del compacto y del dvd) no aseguraban la conquista, pero aceleraban varios pasos.¡Otra que tuñado! El gamba 28 (Fiat 128), y si era IAVA mejor, debe haberle seguido en preferencia. Hablar del Torino, merece una pausa, ya que este vehículo enteramente argentino, fabricado por Renault, era el “sumun”. La gente “in” podía acceder a un Torino Comahue, diseñado por Luteral, que sobre la base del auto, trabajo en su luneta trasera dándole una forma de coupé , incorporando además estéreo, bafles y un motor de más

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potencia. El Ford Fairlane o el Dodge Polara, eran los preferidos de los amantes de los autos tipo americano, más espacio y cilindrada superior, pero, por encima de estas modas, siempre perduro la “puja” Chivo Ford. Dos grandes, tanto el Rally Super Sport, color naranja con líneas negras, como el Sprint 221. Eran las figuras centrales de las pasadas y picadas nocturnas de los setenta. También surgieron por esos años algunos automóviles sport prototipos o berlinas, bautizados Tulietas, recordando a las Julietas de Alfa Romeo, en virtud del nombre de su creador, don Tulio Crespi, quien las fabricaba en su planta automotriz de la provincia de Córdoba. Las cuatro por cuatro no eran tan vistas y populares como lo son hoy, en cambio un simpático monocasco era la delicia del verano: el Bugui, reemplazado después por el Citroen Mehari, ambos, herederos del Jeep Willis como vehículo diario. Para los de menor poder adquisitivo había algunas ofertas, por caso, el auto más vendido en la Argentina, el Fiat 600, el entrañable Fitito o Bolita. Casi paralelamente circulaban airosos en los Dauphine, el Isard, el NSU o el Gordini y por último, el auto de la clase media baja o del excéntrico, el Citroen 2CV, sólo dos caballos vapor y 6 volts de corriente; al que como sólo le gustaba a sus dueños, los argentinos lo bautizaron, cariñosamente, “pedo”. Todos ellos brillaban en la vuelta al perro, colofón de la tarde del sábado.

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El café comprometido
Para aquellos jóvenes idealistas de los años setenta, activos militantes de la política, Ramos supo tener su oferta de encuentro: el Dos Avenidas, después Odeón y hoy Palamos, la Peña La Brasa y la legendaria cervecería “el 24”. La Peña La Brasa, acercó las costumbres campestres al centro de nuestra ciudad. La música folclórica devenida en expresión ideológica, acompañaba las empanadas salteñas que amenizaban los encuentros casi clandestinos que algunos muchachos comprometidos políticamente, realizaban en sus mesas. Fundada en 1943 en Rosales 152, tuvo un lema que estaba escrito en una de sus paredes y decía: “los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden conciencia de su destino”. Situado en Moreno y Rivadavia, en una ubicación estratégica respecto al sentido del tránsito de esa época; tal vez algunos lo recuerden: los vehículos circulaban exactamente al revés que ahora. Moreno era la calle por la que se entraba a Ramos; las distintas líneas de colectivos que venían de Capital doblaban por Moreno y continuaban por Mitre, Belgrano y seguían su rumbo por Avenida de Mayo hacia San Justo. Justamente, al doblar en Moreno, tenían parada sobre la acera izquierda, delante de la puerta del “24”. El 24 tiene una particularidad que difícilmente pueda ser superada por otro café: Francisco Gambarte, conocido popularmente por los parroquianos como Pichón, lleva más de treinta y cinco años sirviendo las mesas de éste singular lugar. En una charla mantenida con Pichón, no hace mucho tiempo, me contó que en la década del setenta, la mejor según él, el 24 despachaba cerca de 15 docenas de facturas durante los desayunos. Hoy, unos jóvenes parroquianos, esparcidos por las distintas mesas, Israel Pellegrino, Osvaldo López y Lucio Rossi, por nombrar sólo algunos, desconocedores por su edad

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de estás historias, disfrutan como lo hicieron tantos otros de éste mítico cafetín. Entre esos tantos otros que alguna vez supieron ocupar una mesa en el 24, está Josué Marchi, músico, ex Marlene, Robertones y Chevy Rockets. La fortuna hizo que me cruzara con Josué poco antes de terminar este trabajo. Sin que yo supiera, ocupe la mesa que él solía ocupar, mientras lo esperaba una tarde de viernes. Josué suele zapar los domingos en Mr. Jones cuando algunos buenos músicos se juntan a blusear en ese reducto ramense. Inmediatamente nos introducimos de lleno en la nostalgia y los recuerdos. Josué me decía: la nostalgia me genera la energía para seguir tocando, y rememora: pienso en Ramos y se me pone la piel de gallina, me acuerdo de los primeros flippers, de la banda de plaza Sarmiento, unos chicos que yo miraba con mucho respeto, porque sabía que estaban experimentando cosas densas. Josué rescato del olvido “Disco Ban”, la disquería que estaba en el viejo mercado de Ramos, la que le permitió aproximarse a la música, un local en el que las guitarras tenían marcados sus precios con la vieja rotuladora Sylvaletra y él, con la inocencia de un pibe de diez años le preguntó al vendedor si esas guitarras se enchufaban a la pared y sonaban. Me cuenta que promediando los ochenta empieza a parar en este “boliche” y que el tema 24 bar, grabado en el cassette “Guitarras y Mujeres” del grupo Marlene, sale una noche de legui y de ginebra, a partir de escribir frases sueltas que luego dieron forma a la letra final de la canción. Sí, nuestro 24 tiene un rock and roll en su honor, y lo maravilloso, es, como dice Josué que24 Bar lo sigue sorprendiendo: ha pegado tan fuerte... y es un tema de una banda under que lo único que tuvo fueron 10 segundos de fama en la micro guía de la rock n’pop durante dos meses, y no hay lugar donde vaya en el que no haya alguien que salte y me pida “tocate el 24 Bar”.

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Me recuerda, promediando la charla y después de varios cafés, que en el 24 paraban Gustavo Spalletti; Black Amaya; Osvaldo “Bocon” Frascino, el bajista de Pescado, que solía llegar con su Fender Stratocaster; Pappo, que solía tomar té de boldo; el Indio Solari y el “piojo” Avalos, el batero de los Redondos, entre tantos otros. Cerrando la charla, una frase de Josué: “yo me tomo un café en el 24 y me siento protegido; tomo lo mismo en cualquier otro lado y me siento desnudo”. Sin más preámbulos, aquí va, obligado, la letra de 24 Bar: En una mesa del 24 bar, cuatro amigos se emborrachan y no paran de tomar. Noche de blues y de ginebra, en la estación Ramos Mejía. En una mesa del 24 bar, un pelado que se queja, una natalia le quiere cobrar. Noche de blues y de ginebra en la estación Ramos Mejía. Nena no me vaciles, nena no me fastidies, hay una banda que me espera en el 24 bar. En otra mesa del 24 bar, el gordito enfermeti que no para de fanfarronear, cuenta novelas de su vida que quisiera protagonizar. En otra mesa del 24 bar, hay un par de borrachos a punto de volcar. Noche de blues y de ginebra en la estación Ramos Mejía. Nena no me vaciles, nena no me fastidies, hay una banda que me espera en el 24 bar.

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Josué, es un romántico, un sensible que se extraña aún de haber perdido la inocencia: a quien no le gusta que lo despierten, y menos si esta soñando. Algún otro reducto habrá quedado olvidado, pero no quiero dejar de mencionar un lugar bastante especial, al que quiero dedicarle el espacio que merece. Sobre la calle Belgrano, en la hoy Galería Strada, existió un mercado, el viejo mercado Ramos Mejía. En uno de sus locales a la calle, funcionaba un bodegón al que todos conocíamos como El Vómito. Era el típico copetín al paso que aún subsiste en los andenes de algunas estaciones ferroviarias. Cuando la salida del sábado se prolongaba hasta bien entrada la mañana del domingo, El Vómito servía los más grandes y mejores sándwich de milanesa. A fines de la década del ochenta, andando por la zona de Villa Crespo con el amigo Jorge Srur, un día cualquiera fuimos a tomar un cafecito al boliche de Corrientes y Thames. Vaya sorpresa al sentarnos en sus mesas, el lugar era idéntico al viejo Vómito de Ramos. Al atendernos, Jorge reconoció al improvisado mozo, era el antiguo dueño del Vómito, el que después de abandonar el local de Ramos por el cierre del mercado, mudó su boliche a esa esquina. El Vómito cobijó durante muchos años a la juventud ramense. Para los que alguna vez se acodaron en su barra, vaya este recuerdo con olor a fritanga, o porque no, a vascolet con medialunas.

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¿Comemos pizza, una parrillada o llevamos pollo al spiedo?
Era costumbre de aquellos años, que las familias ramenses salieran a comer pizza al “centro” de Ramos. La oferta gastronómica estaba entre la Tua Pizza, de la que ya nos referimos anteriormente, las pizzerías Soria, Las Palmas, La Victoria y Tía Tona. La vieja pizzería Soria, conocida hoy como La Diva, en su vidriera sobre Belgrano, tenía ubicado el viejo horno “Poyin”, en el que los pollos cocinados al spiedo eran elegidos por los compradores. Larga era la espera, aún recuerdo ir con mi abuelo Américo y pasar bastante tiempo aguardando ser atendidos. Eso sí, si de comer pizza se hablaba, sólo podía pensarse en “La Victoria”. Lejos, la mejor pizza de Ramos por esos años. La Victoria estaba ubicada en avenida de Mayo al 100, tenía sus paredes revestidas con azulejos, de esos pequeños que se usan para cubrir las piscinas. Con el tiempo, el local de La Victoria fue ocupado por la conocida casa de deportes La Monona, también desaparecida. Tía Tona, de Gaona y Monteagudo, fue la típica pizzería de barrio, sobre sus veredas tenía el viejo cerramiento de chapa algunas de las cuales se giraban para dejar pasar la luz. Era un local no muy grande, pero su pizza era excelente. En rigor de verdad, no puedo dejar de mencionar que, si bien no tiene nada que ver con Ramos, la novedosa pizza por metro hizo furor en los setenta, y el lugar era uno solo: Cittadella, en Juan B. Justo casi Nazca. Pero como aclaramos en páginas anteriores, nuestra Tua Pizza no tuvo nada que envidiarle. En la esquina de avenida de Mayo y Chacabuco, donde hoy se levanta un edificio, hubo hace bastante tiempo una parrilla,

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que si mal no recuerdo sufrió un incendio que apagó sus días y a la que solíamos ir con discontinua frecuencia con mis padres. La recuerdo claramente porque era un quincho con techo de paja. Su nombre ha quedado en el olvido. En Rivadavia 13354, los ramenses podíamos degustar un buen pollo al galeto en Galeto Uno y si no, compitiendo con La Brasa, pero con otra onda, The Gaucho’s House, en Gaona 232 (numeración antigua) nos sorprendía con su oferta de comidas regionales, empanadas, vino y una buena guitarreada. Voy a citar textualmente el recuerdo de algunos amigos sobre éste capítulo: La victoria! De dimensiones típicas de los 60, angostas y bien profundas, donde el piso de mármol transpiraba humedad cansado del paso del ramense de la época. Ir caminando a comprar la ‘zapi’ con el viejo era un ritual inolvidable. Es increíble, pero ya por el paso del tiempo hasta los recuerdos se vuelven sepia, pero creo que sus azulejos eran claros, piso oscuro y grupo de mesas en fila tomando distancia separadas por un pasillo central donde uno desfilaba a buscar la pizza como en un casamiento.......todo se vuelve sepia, pero a la vez atemporal, parece ahora que camino a buscar mi pizza con mi viejo....... La pizza por metro en Ramos se vendía en el Globo Rojo, donde ahora es Muraroa, en “la Gaona”. Roberto ¿No vamos a hablar de "MAMA VIEJA", en Av. de Mayo al 1300? Estuvo aproximadamente 30 años en esa esquina en donde hoy se encuentra una casa de empanadas. Allí, yo acompañaba

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caminando a mi padre a comprar "locro" para llevar a mi casa. Tenía 10 años, aproximadamente. Una vez allí dentro, te encontrabas con un mobiliario muy típico de los lugares de campo, con largos e incómodos asientos confeccionados con unos troncos todos astillados. Una particularidad de este lugar que siempre me llamó la atención era que el dueño, que tenia un Torino Comahue marrón, a la noche cuando cerraba el boliche, guardaba el auto dentro del local. Gabriel

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El ateneo Don Bosco
Parece ser que cerró. El tiempo se detiene, y por un instante todo se pone en blanco y negro. Es que en ese espacio, finito en duración que se abre ante mis ojos, el color tiene más que ver con el presente. Y no es por lo de blanco y negro que el recuerdo que sobreviene a mi memoria, necesariamente debe asociarse con la tristeza... en el abunda la nostalgia y la añoranza. Mi viejo nunca se destacó por ser un gran deportista, pero un domingo, su único día de descanso, me llevó hasta el club y vaya a saber con qué pretexto, logró birlar el acceso y me puso, de golpe y por primera vez, en una cancha de fútbol. Cancha que, en rigor de verdad, tenía más que ver con un potrero que con una de ésas que los domingos al mediodía veía por el viejo Canal 7 cuando se transmitían los partidos de reserva y que por supuesto me apasionaban. Ya no recuerdo cuantos domingos compartimos en ese potrero que daba hacia la calle Cerrito, pero sí, que gracias a esos domingos empezaron mis primeros pasos futboleros, y era ahí donde me convertía en Picki Ferrero, el Mané Ponce o Hugo Curioni, y donde también mi viejo se debe haber sentido un émulo del Tanque Roma o del Loco Sánchez, atajando mis primeros botinazos, ejecutados con los queridos botines Sacachispas de lona y goma. Con el tiempo, el viejo dejó de acompañarme, y yo, que era un pibe todavía, me hice socio del club, al igual que la mayoría de mis compañeros del séptimo grado “A” de la Escuela 29. Compartíamos tardes enteras; llegábamos apenas despuntado el mediodía para jugar un desafío futbolero con los chicos del otro séptimo, justa deportiva que por esos años, tuvo espectadoras de lujo: nuestras compañeras, ante las que, por supuesto no podíamos hacer un papelón. No sé a estas

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alturas, como se incorporó el elenco femenino a la rutina futbolera, pero qué lindo era tenerlas a un costado de la cancha, justo en esa época, en la que para ambos, chicas y chicos, comenzaba a crecer esa hermosa necesidad de conectarse y... en ese conectarse, el lago, que aun formaba parte del paisaje encantador del club, fue testigo de muchos primeros besos, entre los que por supuesto también estuvo mi primer beso. También fue testigo de primeros desengaños, como el que una tarde me tocó descubrir en la cancha cubierta de pelota paleta y me obligó a correr, para ocultar mis lágrimas de las risas de los demás hasta aquella orilla más alejada del lago, la que lindaba con la avenida Palacios. Qué hondo es el dolor del primer desengaño, pero qué bueno haber tenido al club como cómplice para poder compartirlo y, en algún punto, darnos cuenta que éramos muchos los que dejamos rodar lágrimas de amor que se confundían con las turbias aguas de la laguna. En esa ambivalencia entre crecer y seguir siendo niños, esa orilla del lago, la más alejada, también fue la mejor guarida cuando jugábamos a las “escondidas”. Ya Alejandro Dolina se encargó de desarrollar las reglas de este juego como nadie, pero vale la pena contar que en esas “escondidas” valía todo el territorio del club, y sabido es que normalmente, ante tamaño desafío, el que oficiaba de “buscador”, rara vez se alejaba de la “piedra” más allá de diez metros, así que el juego se tornaba aburrido, a no ser que se coincidiera en el escondite con la chica preferida. ¡Qué inocencia la de los 12 años de la década del setenta! Si hasta las travesuras, vistas con ojos de hoy, parecen tonterías, pero, en aquellos años había que tener agallas para desprender un bote del amarradero del lago e internarse hasta lo más profundo sin que el cuidador se diera cuenta. ¡Pensar que éramos felices con tan poco!

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Rápidamente vienen a mi memoria nombres imborrables: don Coronel, el viejo Inocencio, José (descubridor de jugadores si los hubo), mis compañeros: Marcelo Di Paolo, Marcelo Vodopivec, Mauricio Caudullo, Víctor Coronel (todos jugadorazos de fútbol), Gustavo y Roberto cómplices de aventuras; las “nenas” María Cristina Landa, Viviana Herrero, Andrea Guzzetti, Andrea Huarte, Laura Longobucco, “nuestras princesas”. Con el tiempo, ya convertido en categoría “cadete”, con carné naranja y todo, se sumaron nuevos amigos, con los que iniciamos los primeros partidos en la cancha grande del club; fue la época de esplendor del Olimpia, el equipo de mi barrio, el de la esquina de Gobernador Costa y Bolívar, aquel que supo medirse en incontadas tenidas de fútbol con su par representativo del club, cual clásico Boca-River, y que llegó a tener una discreta actuación en un campeonato en el que participaban equipos conformados por hombres que nos doblaban en edad. El Olimpia vestía camiseta verde-amarilla como la del seleccionado brasileño y, en líneas generales, mantuvo su formación a lo largo del tiempo con muy pocas variantes: íbamos con “Monstruo” (tenía nombre pero siempre lo llamamos así), a veces el “Gordo Boni” y en las últimas épocas con Daniel Cardillo, en el arco. En el fondo, Andrés López (un pura sangre con sobrado temperamento, un Passarella de barrio); Gustavo Barán (el que cuando iba a los costados ganaba siempre); el fallecido Jorgito Stefani y Alejandro López (en una efímera y olvidable incursión futbolera). En el medio, haciendo brillar la casaca número ocho, la “gorda” Daniel Dastugue, un jugador diferente (él, fue mi Jorge “Chino” Benítez). A su lado, “dos exquisitos”, Guillermo López y Marcelo Stingo. En la ofensiva con la siete Juan Carlos Espinoza, toda potencia y entrega, con la nueve el

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desaparecido Marcelito Blotto y en el ala izquierda con la 11, quien escribe, un pendenciero y pretencioso puntero izquierdo. Hubo otros que el Olimpia fue incorporando con el paso del tiempo, por caso Fabio Cardillo, Ariel Vitró y Hernán Gargano. El equipo del club tuvo grandes jugadores, licencia que me permito tomar por el paso del tiempo para reconocer a quienes fueron archí rivales; no recuerdo los nombres de todos sólo de algunos, el gordo Valle, un zaguero que te mataba, Cenci, Killy, Julián y Fabio Ferreira. Quiero creer, a esta altura, que todos los que fueron parte de esos duelos, recordarán aquel partido jugado un día de enero con 39 grados, a las dos de la tarde y al que para poder jugarlo hubo que hacer colar a unos siete u ocho jugadores del Olimpia que no eran socios del club. ¡Colados!, eso creímos nosotros, aunque seguramente lo pudimos hacer, ante la mirada cómplice del viejo cuidador, don Coronel, el de la puerta de Humboldt y Bolívar. Aquel partido tuvo un agregado especial, una vez finalizado, vaya a saber con que resultado final, los veintidós jugadores nos fuimos a la pileta, cual fraternidad rugbística, para descubrirnos en una nueva oferta que nos brindaba el club. Pasamos muchas temporadas de verano disfrutando de esa pileta, eran épocas de vacaciones pobres. En ella, aprendí a nadar, a jugar al “verdugo con las ojotas”, a trenzarnos en interminables partidos de truco, si hasta perdí un anillo de oro en el agite que hacíamos sobre el agua cuando se retiraba la colonia; con los años, uno de nosotros, Andrés López, llegó a ser guardavidas durante una temporada, que podrían haber sido algunas más de no ser por la intemperancia de un sombrío sacerdote que pasó por la dirección del club. De esa vieja competencia futbolera a competir por las chicas hubo un paso, y el club, una vez más fue testigo de esos primeros escarceos amorosos. Por esos años no existía la

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matineé, así que la salida quedaba circunscripta a los bailes que se empezaban a realizar en el gimnasio, a los que ya no nos colábamos pero madrugábamos alguna que otra entrada. En aquellos años, los boliches eran sólo para mayores, por lo tanto, esa adrenalina que fluía por todo nuestro cuerpo buscaba en los bailes del club la compañía femenina que coincidiera con nuestros ímpetus. Recuerdo la musicalización a cargo de Alejandro Messina, Mario Valeres o Gustavo Fernández junto a Norberto Diez. El devenir de los años, los distintos caminos tomados, nos fueron alejando del club, pero tal vez, porque me dijeron que cerró y que su destino es incierto, es que siento un dolorcito en el pecho, ahí justito en el corazón. Cuando empecé a escribir este capitulo, tenía la intención de que fuera denunciativo, pero al avanzar en la escritura, me fui dando cuenta lo mucho que tuvo el que ver en nuestras vidas, mucho de lo que vivimos en esos años fue compartido en ese club. Fuiste un testigo mudo de nuestro crecimiento. Hoy no soy el más indicado para reclamar por él, siento que lo abandoné con esa inconsciencia propia de los jóvenes. Pero otros pelearon por su permanencia, a ellos va mi pedido, aunque más no sea, para que no cejen en su lucha y para que permitan que nuestros recuerdos sigan teniendo un marco. Pasamos demasiados momentos juntos para que desaparezca, y aunque el mundo esté lleno de insensibles, para los que rondamos los cuarenta años, el otrora portentoso Ateneo Familiar Don Bosco nos acompañó como el mejor de los amigos, y pase lo que pase, esa manzana gigante de Bolívar, Palacios, Cerrito y Humboldt, será por siempre referencia obligada de, por lo menos, mi generación.

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La cuadra
Por aquellos años setenta, la cuadra tenía todo un simbolismo que se ha ido perdiendo con el tiempo. La cuadra, después del hogar, era el lugar de pertenencia inmediato, en ella, se daba todo. Aún recuerdo como si fuera hoy mi cuadra, la de Caseros al trescientos. Aún existe, por supuesto, pero es otra, no es mejor ni peor, simplemente es diferente. Cuando yo era niño, esa cuadra tenía características que se hacen difíciles de olvidar. En esa época no había alumbrado público, pero la cosa no presentó mayores contratiempos: simplemente los vecinos de la cuadra se reunieron, averiguaron precios de farolas, se reunió el dinero entre todos y luego, democráticamente, se decidió cuales serían los frentes en donde debían ser ubicados. A mi casa le toco en suerte un farol, el que luego, con los años, por arte de magia ocupó un nuevo lugar en nuestro patio. La electricidad que proveía a ese farol sobre la vereda era suministrada por el frentista, quien además, se hacia cargo del consumo, alguien se preguntará ¿por qué?, simplemente porque ese vecino tenía luz propia en su vereda. Otro tema fue el asfalto, no recuerdo bien cuando llegó, pero acceder a El –así, con mayúsculas- era el progreso. Resulta vago el recuerdo de la calle de tierra, pero, por el contrario tengo bastante presentes los jardines armados sobre la vereda, con el pasto bien cortado y recuadrado, que moría en una zanja. Es verdad, Sergio Trimarchi, un amigo de años, me comentaba, no es culpa del progreso haber perdido la cuadra, o la solidaridad que se daba en ella entre los vecinos, el tema es que aquello que los unía, aquellos objetivos comunes que los identificaban, han desaparecido desintegrándolos, quizá el

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desafío sea definir las nuevas necesidades u objetivos que les permitan volver a unirse. La cuadra, como dije al principio, era el lugar de pertenencia inmediato. Por esos años, todos nos conocíamos, y los hijos del vecino, eran cuidados por todos los integrantes de la cuadra. Puedo decir uno a uno los nombres de aquellas familias que formaron parte de mi infancia, en la vereda de enfrente, empezando por Pringles, vivían Rodolfito, Olga y Oscar Pisiccini, la familia Menéndez, doña Anita, doña Jovita y Luisa, la familia Briasco, Hugo y Marcelo, dos chicos cuyos padres eran brasileños y eran por todos llamados los portugueses y el matrimonio de Susana y Nicolás Cardillo, padres de José y Roberto. En la vereda de enfrente, la familia Labat, un par de chalets en construcción, Lorenzo y Palmira, la familia Fanello, que tenía tres hijas mujeres que supieron mimarme cuando era un infante, los González, las familias Pino y Balard. De todas ellas puedo contar historias; por ejemplo: don Oscar Pisiccini tenía junto a su casa un terreno vacío, que por supuesto, era la canchita de la cuadra aún contra su voluntad; era propietario de un Valiant II, modelo 1962, un lujo para la época. Los Menéndez, tenían un chalet de dos plantas, en la planta baja vivían los viejos y arriba el matrimonio de su hija con sus dos hijos. Recuerdo que el “gallego” Menéndez, solía usar una típica boina negra y fumaba habanos. La escalera que llevaba a la planta alta, tenía un hueco debajo del descanso que fue uno de los mejores escondites de la cuadra. Doña Jovita y Luisa, eran madre e hija, Luisa era por esos años, enfermera en el desaparecido Hospital Salaberry y Jovita, era una simpática vieja, extremadamente peronista. La familia Briasco era muy elegante. Mi madre, suele cruzarse a

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Juancito, el hijo del matrimonio, cuando va “a Ramos”, a pesar de haber dejado ambos esa cuadra. La familia González, es un caso especial; Raúl junto a mi abuelo Américo solían reunirse por las tardes a esperar “La Razón 5ta.” que les traía Tito (el fallecido diariero de Alvarado y Avenida de Mayo) para luego discurrir sobre el contenido de la misma. Américo y Raúl eran peronistas. Según suele contarme Omar, el hijo de Raúl, tanto su viejo como mi abuelo, se hicieron un aguante mutuo en una época en que ser peronista era medio complicado. Por aquellos años, creo que Raúl era chofer de ómnibus y mi abuelo aún ejercía su oficio de carnicero. La familia Fanello, era comandada por don Darío, de ocupación taxista. Su Siam Di Tella 1500 estaba siempre reluciente. Darío y Nieves tenían tres hijas, Susana, Irma y Liliana. Con ellas, en las horas de la siesta de los sábados, mientras me cuidaban, descubrí “la toca” y la “depilación a la cera negra”; vocablos como bozo y pierna entera, pasaron a ser palabras comunes para mí. Un último recuerdo, la familia Balard. El era bioquímico y su esposa, doña Porota, profesora de matemáticas. Creo, sin temor a equivocarme, que todos los chicos del barrio, aprobaron matemáticas gracias a la ayuda, siempre desinteresada de Porota. Con ella, además de poder entender álgebra e integrales, aprendí a solucionar la Claringrilla. Siempre me decía que, sí se puede usar un diccionario para solucionar un crucigrama, porque lo importante era aprender lo que no se sabía y que con el mata burros se lograba el objetivo. Hoy, después de treinta años, completar la Claringrilla sigue siendo el pasatiempo de mis primeras horas de la mañana.

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El barrio
Decía que la cuadra era después del hogar, el lugar de pertenencia inmediato; ampliando el horizonte podríamos agregar que el barrio era el aglutinador de ambas circunstancias. El barrio, para quienes pudimos disfrutarlo, no era muy extenso; quedaba circunscripto a un par de cuadras más allá de la nuestra, sin orientación definida; puede decirse que el barrio era la ampliación de la cuadra hacia los cuatro puntos cardinales, aunque sin dudas, siempre se orientaba hacia algún punto especifico, por ejemplo, por la existencia de un puñado de negocios. El barrio, en mi caso, se expandía hacia la calle Bolívar; sobre ella se apiñaban algunos negocios inmediatos: la verdulería de don Pedro, el almacén de Mauro, el kiosco de Pocho y, un poquito más allá, la mueblería de don Isaac y la ferretería de León. Como ven, todo estaba a mano, por lo menos, lo más indispensable. No fue aquella la época de los supermercados. Luego aparecieron Gigante y Gran Tía. No deben quedar muchos que recuerden que en donde hoy está el maximercado Makro de Haedo, se levantaba el supermercado Gran Tía o que en el predio ubicado entre el Carrefour y el Easy de Liniers, ahí sobre Juan B. Justo, existió el supermercado Gigante. Para ir a Gigante, existía un servicio de colectivos que recorría los barrios reuniendo gente. Esos micros no eran nada más ni nada menos que los ómnibus escolares, los que en aquellos años eran de color blanco y no naranjas como ahora. Pero, volviendo al barrio, es bueno recordar que en él se involucraba al resto de los habitantes de las demás cuadras, así las cosas, nuevos vecinos se incorporaban a nuestra vida. El barrio pasaba a ser patrimonio de todos. Surgían entonces las barras de las esquinas. Las había de todo tipo, unas más

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pendencieras que otras y algunas, más buenas que el puré, como la mía. Normalmente, siempre había “pica” entre esas barras, pero por esos años, la disputa no pasaba a mayores y terminaba arreglándose el problema con algún picado, que naturalmente finiquitaba a los piñazos. Es decir, lo que no podía el balón, lo podía un puñetazo. Recuerdo las barras de Caseros y Cerrito, la de Oncativo y Bolívar y la de Yerbal y Pringles. Estaba también la barra del Ateneo, cuya asociación tenía que ver con otra identidad, ya no la barrial sino la de pertenecer a un grupo societario. La nuestra tuvo pica con la de Caseros y Cerrito, hasta que decidimos la amistad -por conveniencia de nuestros dientespara ir por otra barra, la del ateneo.

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¿Vamos a Ramos?
En el primer cordón del conurbano bonaerense, en las barriadas, cuando uno desde su calle o su barrio debía trasladarse hasta el centro comercial de su localidad, solía decir, por ejemplo en nuestro caso, “me voy a Ramos”, como si el lugar que uno habitaba no fuese el mismo Ramos. Esta manifestación, solía provocar ciertas confusiones a los recién venidos al barrio o a los ajenos al mismo, un ejemplo clásico es el del habitante de la capital, quien suele manifestar, viviendo en cualquiera de los barrios capitalinos “vamos al centro”, en clara referencia a su desplazamiento hasta el microcentro porteño. Que en los barrios se utilizara el “vamos a Ramos, ..Morón, o ..Caseros”, está directamente ligado a la frase “vamos al centro”, quizá para no ser menos que el porteño. Citar esta frase comprende una anécdota personal. Para nosotros, que la usábamos con mucha frecuencia, sin tener en cuenta quién era nuestro interlocutor, a veces nos ocasionaba más de una aclaración: si uno comenzaba a “noviar” con alguna chica que no pertenecía al conurbano, por ejemplo una porteña, en sus primeras visitas a nuestro barrio solía confundirse más de una vez al escucharnos hablar. Convengamos que aquellos no eran los mismos tiempos que ahora; por esos años no todo el mundo poseía un vehículo y no era usual que quien viviera en la Capital se trasladara con demasiada frecuencia al conurbano. Normalmente éramos nosotros los que nos movilizábamos de un lado a otro. Acostumbrados a que Dios atienda en Capital Federal, era muy normal viajar desde la periferia al microcentro porteño. Por eso, para ellas o ellos, cuando se acercaban a nuestros confines les resultaba confuso saber donde estaban; imaginen un diálogo:

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Ella (en la casa de su novio): ¿qué barrio es éste, dónde estamos? El: en Ramos. Diez minutos más tarde, El: ¿te parece si vamos a Ramos? Ella: ¿perdón, pero dónde estamos entonces?

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La vestimenta y la música de los setenta y los ochenta
Al principio no era moda, con el devenir del tiempo se fueron creando lo que ahora llamamos tribus, así aparecieron “los chetos”, “los pardos” y “los stones”. Pero antes de eso, cómo nos vestíamos: comenzaba paulatinamente a abandonarse el saco y la corbata, usábamos pantalones pinzados “pata de elefante”, cuyas botamangas, para ser “in”, debían tapar totalmente el tamaño del zapato, que en un tiempo los hombres supimos usar con plataforma. Las camisas se ceñían al cuerpo y por lo general eran de colores muy fuertes. Las chicas por su parte, usaban camisolas de bambula con altísimos suecos con plataforma de corcho, estrenaban el mini-shorts (sucesor de la minifalda) al que acompañaban con larguísimas botas hasta las rodillas y llamativas bufandas de colores. El montgomeri con canutillos, y el gamulán se imponían como abrigo entre los hombres. Sin embargo, las publicidades gráficas de la primera mitad de la década del setenta, relacionadas con la vestimenta, nos proponían los “Jeans Wado’s”; los pantalones “Hernán Bravo”, con el eslogan “pantalones para elegir, elegir, elegir y elegir”; el “Calzado deportivo Interminable, el que superaba todas las marcas” y la ropa de cuero de “Ñaró”, entre tantas otras. La vieja fábrica San Marcos de Acha y Alte. Brown, durante la primera mitad de la década del setenta, era la proveedora habitual de equipos de gimnasia. Eran conjuntos de dos piezas parecidos a los actuales joggins, confeccionados en algodón frizado y las zapatillas eran marca Flecha, con su característica puntera de goma con forma de serrucho.

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También hubo algunas copias de baja calidad, por caso, las zapatillas Potro, que se conseguían en la tienda Remolino de Ciudadela, en Gral. Paz y Rivadavia. Las Flecha, fueron rescatadas del olvido por Kosiuko, una empresa de ropa informal muy de moda en estos tiempos entre los jóvenes. Alcanzaron tal relevancia que hasta tuvieron un programa de radio que se llamaba “Flecha Juventud”: lo emitía Radio Belgrano y lo conducían Juan Alberto Badía y Graciela Mancuso. Después vinieron los conjuntos deportivos Dipportto, las zapatillas Topper Náuticas y las Adidas New York. Los chetos, palabra que asimilada al lunfardo podemos asociarla con cajetilla o petimetre, que así se llama a la persona que se preocupa mucho de su compostura y de seguir la moda, comenzaban a fines del setenta a marcar toda una tendencia en la ropa y una toma de posición social. Los chetos usaban mocasines legítimos adquiridos en Guido, pantalones de jean Levis 505 etiqueta roja, cinturón y cuenta ganado de cuero crudo y chombas Penguin, Fred Perry o remeras Hering blancas con cuello rojo. Tanto el jean como las chombas eran producto de la importación del maléfico Martínez de Hoz. Después vinieron Sun Serf y Ocean Pacific entre otras marcas. Las botas salteñas tuvieron su momento de gloria. Las chicas se vestían con polleras kill y bufanda al tono, compraban la ropa en Hendy, John Cooke o Chocolate y calzaban Kickers o sandalias Skippi. La mayoría estudiaba en colegios privados, y en nuestra ciudad, solían reunirse en Pumper Nic, ubicado en el predio que hoy ocupa una prepaga y mucho antes Saloon, en Avenida de Mayo entre Rivadavia y Belgrano o, en Tommys, el de Ricchieri y Gaona (de cuyas hamburguesas todos guardamos un grato recuerdo).

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Los stones era otra de las tribus de aquellos años, hoy, devenidos en “rolingas”. Los originarios, usaban mamelucos o carpinteros de jean, que no podían ser otros que los de la casa Little Stone, que quedaba en la Galería del Este en la calle Florida. El flequillo no era un distintivo como lo es hoy, en cambio, el morral era insustituible. Normalmente solía ser decorado con los nombres de los grupos de esos años. Las zapatillas, eran Topper para los stones y All Star para los chetos. Entre unos y otros, quedaban los pardos, genero conformado por todos aquellos que, simplemente, eran jóvenes de la clase media argentina que no se interesaban por estas costumbres pasajeras y baladíes. Aunque en esta división, el calificativo “pardo” también fue usado peyorativamente y los “chetos” solían utilizarlo para referirse así de los muchachos de clase baja. Para la pequeña burguesía de Ramos Mejía, no había posibilidades de que un auténtico ramense fuera “pardo”, si eras de Ramos tenías que ser “cheto” o a la sumo, “stones”. El gusto musical solía estar ligado a la tribu de pertenencia, aunque había grupos que eran escuchados por todos. Pero, algo cambio cuando el viernes 12 de junio de 1970, ante más de siete mil personas que colmaban el Luna Park, Alfredo en bajo, Ciro en órgano, Pappo en guitarra, Moro en batería y la voz de Litto Nebbia, quedaron consagrados como el conjunto local número uno. Dicen las crónicas de ese día que las primeras notas de Ciro fueron el comienzo de un enloquecedor ritmo que copó el estadio, mientras dos docenas de policías trataban de contener a la horda que luchaba por llegar a sus ídolos. Pappo, extasiaba con las agresivas notas que emergían de su viola, mientras dos robustos y desconcertados guardianes arrastraban a Marta Minujín fuera del escenario, donde se había trepado bailando y

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gesticulando. Los “héroes de la noche” eran Los Gatos, aquellos que a partir de 1966 “instituyeron” su hit “la Balsa”. Los Gatos ingresaron al folclore beat local junto a Vox Dei, que ya triunfaba con “La Biblia”. El movimiento rockero presentaba dos líneas: la música acústica representada por Sui Generis, León Gieco y Pedro y Pablo y, por otro lado, la “pesada del rock and roll” que encabezaba Billy Bond y la Cofradía de la Flor Solar. Surgía Miguel Peralta, cantante folklórico, quien se asomó un día por La Cueva y aceptó como desafío y a modo de repudio cantar “Vidala del angelito”. Muy pronto se hizo llamar Miguel Abuelo; Pescado Rabioso, liderado por Alberto Spinetta y más tarde, la Maquina de Hacer Pájaros, grupo que dio pie al surgimiento posterior de Serú Girán (Charly, Moro, Aznar y Lebón), quizá el grupo más importante de la década del ochenta. Por esos años, se produjeron el Acusticazo y los B.A. rock, hasta una última y legendaria función dio lugar a la película “Hasta que se ponga el sol”. Sin embargo, otros ritmos y gustos musicales sonaban entre los jóvenes: Vángelis, Yes, Frank Zappa, Pink Floyd (The Wall, fue un emblema de la generación revolucionaria) y Rush, dejando de lado a los eternos The Beatles y los Rolling Stones, entre otros. Durante la dictadura militar, la música rock estuvo silenciada durante los años de vigencia del régimen, hasta que la consideraron estratégicamente: durante la guerra de Malvinas permitieron su actuación sin persecución. En los ochenta se produce un cambio en la estética rockera, aparecen grupos como Virus, Soda Stereo, Sumo y Patricio Rey y los Redonditos de Ricota. Otros ritmos también se escuchaban en nuestros pagos; relegados por la moda, esperaron su momento y volvieron a surgir, entre tanto, sobrevivían en las peñas que mantuvieron estoicamente su público fiel. Los conjuntos vocales como Los Huanca Hua, las Voces Blancas, Cuarteto Zupay, Los

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Trovadores, tenían una impronta revolucionaria e instalaron un nuevo estilo folclórico, las canciones testimoniales se abrían paso entre el canto dedicado a la tierra. Con el retorno de la democracia, regresan al país muchos artistas que sufrieron el exilio, Cesar Isella, la negra Mercedes Sosa, José Larralde y el Chango Farías Gómez, entre otros ocupan los primeros espacios en los teatros porteños. En nuestra tierra, el teatro del Colegio Don Bosco o el mismo cine Belgrano prestaron su escenario a Larralde, Gieco y la negra Mercedes. Pero también hubo un lugar que supo cobijar a toda una movida musical más que importante. Quedaba en la avenida de Mayo 720, la casa de Edgardo Porcelli, más adelante conocida como la “Posta de Yatasto”. Fue un lugar raro “la posta”, ya que en él comulgaron tangueros y folcloristas. Uniéndose de esta manera dos estilos musicales opuestos. Las reuniones de música, eran eso: solo música y poesía. Alguien recitaba a Tejada Gómez, otros cantaban Zamba de Lozano o Edgardo cantaba Ché bandoneón. Nelly y Chiquito junto a Edgardo Oscar, fueron los anfitriones de la “Posta de Yatasto” en Ramos Mejía. Seguramente desde alguna estrella estarán dándole las gracias a la legión que pasó por su ilustre morada: Tito Ortiz (creador de los Nocheros de Anta), Cuti y Cali Carabajal, Agustín “el negro” Gómez, integrante del conjunto Los Andariegos, el inolvidable Agustín Carabajal, Zamba Quipildor y Lalo Homer, entre tantos otros.

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La televisión que mirábamos
Las familias argentinas disfrutaban del televisor como medio de distracción; esas grandes caja de madera con sintonizador manual de sólo cinco canales y estabilizador de tensión, empezaron a imponer en los primeros años de la década del setenta programas musicales para la juventud: “Música en Libertad” y “Alta Tensión”, aunque también los mayores tenían su oferta: “Grandes Valores del Tango” y “Asado con cuentos”. Es la década en que se inician las transmisiones deportivas; desde Alemania se televisa el Mundial de Fútbol de 1974, las carreras de Fórmula 1 con Lole Reuteman y los combates de Carlos Monzón y Víctor Galíndez que nos mantenían atados a nuestras sillas cuando ambos subían al ring. Por aquellos años, las primeras horas de la tarde y el horario central de la noche, fueron copados por las telenovelas: “Rolando Rivas, Taxista”, “Pobre Diabla”, “Dos a quererse”, “Piel naranja”, “Pablo en nuestra piel”, “Estación Retiro”, “Me llaman Gorrión”, “Papá Corazón”, “Malevo”, “Un mundo de 20 veinte asientos” y “Carmiña” entre tantas otras. Así, la televisión se nutrió de una nueva generación de actores: Claudio García Satur, Arturo Puig, Claudio Levrino, Alberto Martín, Arnaldo André; y actrices como Soledad Silveyra, Thelma Biral, Beatriz Taibo, Gabriela Gilly y María de los Angeles Medrano. Lamentablemente la televisión no pudo escapar de la eclosión política que había en el país. Cuando se sucede el golpe de estado de 1976, los canales, hasta ese momento en manos privadas, pasan a manos del Estado, de tal manera que las fuerza armadas se reparten un canal para cada una. A pesar de ello, uno de los máximos capocómicos argentinos pudo mantener su programa en el aire durante esa nefasta época:

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“Tato” Bores, con un altísimo nivel de humor, nos abría los ojos y nos hacía reír. En esa década, con otro estilo de humor al que los argentinos parecemos habernos acostumbrado después de los noventa, nos entreteníamos con “La Tuerca”, “Humor Redondo”, “Telecataplum” (verdadera revolución del humor, los uruguayos demostraron que se podía hacer con buen gusto y talento), “Polémica en el Bar” (con la inolvidable participación del inventor de la sanata, el genial Fidel Pintos). “Operación Ja Ja”, “No toca Botón”, “El Chupete”, “Porcelandia” y “Fresco y Batata”, entre tantos otros. Sin computadora ni Play Station, los chicos de esa época nos entreteníamos viendo “Titanes en el Ring”, “El Club de Hijitus”, “El Circo de Gaby, Fofó y Miliky”, “Señorita maestra”, “Viendo a Biondi”, “El Circo de Marrone”, “Las Aventuras del Capitán Piluso”, “Las Aventuras del Zorro” y “El show de los Tres Chiflados”. Los unitarios tuvieron su máximo exponente en “Alta Comedia” por Canal 9 y “Cosa Juzgada” dirigida por el recordado David Stivel, con los mejores elencos de la escena nacional como protagonistas. Las comedias “Viernes de Pacheco”, “Teatro como en el teatro”, “Gorosito y Sra.” y el “Teatro de Dario Vittori”, ponían humor a la televisión. Los programas informativos, periodísticos y de interés general como “Derecho a réplica”, “Tiempo Nuevo”, “Pinky y la noticia”, “Buenas Noches, Argentina”, “El Abogado del Diablo”, “Mónica Presenta”, “La hora de Andrés”, nos mantenían informados. Jorge “Cacho” Fontana, trazó un antes y un después en la televisión al crear “VideoShow”, ya que fue el primer programa en utilizar una videocámara; entre sus famosos movileros, Cacho contaba con la hoy primerísima Magdalena Ruiz Guiñazú En la década siguiente la mayoría de los programas mantuvieron el mismo formato y las telenovelas comenzaron a

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incorporar niños y adolescentes como protagonistas: “Pelito”, “Andrea Celeste” y “Clave de Sol”. Con el cercano retorno de la democracia, en 1983, la televisión vive una suerte de destape y, tanto el lenguaje como su formato ya no será el mismo. Surgen así “La noticia Rebelde”, “Semanario Insólito”, “Cable a tierra”, “Badía y Compañía”, las comedias “Mesa de Noticias”, “Los Hijos de López” y “Buscavidas”. Aparecen también nuevos unitarios: “Nosotros y los miedos” “Compromiso”, “Hombres de ley”, “Situación Límite”, “La bonita página”, “Atreverse”, todos abordando una temática más comprometida. Las telenovelas se hacen más creíbles, “Historia de un trepador” o “Contracara”, valen como ejemplo. Hubo dos experiencias periodísticas que merecen destacarse, aunque su paso por la televisión fue muy breve “El Monitor Argentino” (dirigido por Roberto Cenderelli y conducido por Tomás Eloy Martínez y Martín Caparrós) y “El Galpón de la Memoria” (cuya segunda emisión fue censurada por el COMFER en 1987). Surgen muchos programas de entretenimiento, premios y de corte pasatista. Entre los más exitosos recordamos “Finalísima”, “Venga a bailar” y “Seis para triunfar”; aunque a partir de 1987 aparece uno de los programas símbolo de la siguiente década “Hola Susana” conducido por Susana Giménez. Sirva éste, como un breve pantallazo de lo que veíamos los argentinos.

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La violencia de los setenta
Por aquellos años, la gente solía decir que como el movimiento político mayoritario del país estaba proscripto desde la instauración de la Revolución Libertadora, todos los gobiernos que asumieron después habían fracasado por culpa de esa proscripción. A fines de la década del sesenta, con la caída de Levingston y con Lanusse en el gobierno, después del asesinato de Pedro Aramburu a manos de la Organización Montoneros, la dictadura comenzó un lento retroceso debido a la presión de las fuerzas populares. "Militancia" fue una palabra desacreditada en los noventa y es triste, porque justamente “militar” significa compromiso y participación. Héctor Alvarez realizó un escrito que quiero compartir con ustedes, ya que me parece un buen aporte para esta etapa del libro: “Era otro país, era otro el clima. Un mosaico de experiencias guerrilleras en cada país latinoamericano, el largo historial de las intervenciones militares de los Estados Unidos, la experiencia chilena de Salvador Allende, el atractivo de la revolución cubana, la imagen del Che Guevara. En ese otro clima, hasta la Iglesia latinoamericana hablaba en otro lenguaje, reflejo de las concepciones del Concilio Vaticano II. En el documento de Medellín —año 1968— se decía que ‘Si los privilegiados retienen celosamente sus privilegios, y sobre todo, si los retienen usando ellos mismos los medios violentos, se hacen responsables ante la historia de provocar las revoluciones explosivas de la desesperación’. Al calor de Medellín, surgió en el país el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. En abril del '69, desde una revista que estuvo emparentada con la trayectoria de Montoneros, ‘Cristianismo y Revolución’, un líder de este movimiento, el padre Rafael Yacuzzi, insistía: La violencia ¿dónde está? La Violencia está en el monte, en las criaturas desnutridas, es la falta de trabajo,

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de asistencia médica, de cultura, la falta absoluta de posibilidades para enfrentar el mañana” Duro el padre Yacuzzi. Pero en aquellos años no sonaba disparatado. Aunque el padre Yacuzzi, como el resto del Movimiento, estaba enfrentado a la jerarquía eclesiástica. Sobre esa atmósfera social hoy parece ser que tenemos algún concepto un poco más claro; es que en aquellos años, quienes solían tener el papel o el deber de interpretar y canalizar los fervores de una sociedad en crisis, no lo hicieron muy brillantemente. Todo el potencial, la riqueza contenida en los nuevos fenómenos sociales, fue dirigida al campo de la política, como una forzada disputa por los espacios de poder —con el Estado como meta final— sin la serenidad o la lucidez necesaria como para rescatar el sentido antiautoritario y democratizador de esas reacciones. Se suponía que Perón regresaría a la Argentina, tras un apasionante juego político con Lanusse, para salvarla de la amenaza del caos. Antes del triunfo de Cámpora, supo emplear a los sectores más radicalizados del peronismo —a los que legitimó reiteradamente respecto al uso de la violencia— dentro de una amplia estrategia que se convirtió en alternativa obligada tras el retiro militar. Montoneros y la Tendencia Revolucionaria del peronismo entendieron ese respaldo de Perón como una coincidencia básica en cuanto al proyecto de país que se iba a impulsar. Dado que esos sectores fueron protagonistas principales de la dinámica política previa a la asunción de Cámpora, pudieron ocupar importantes espacios de poder a partir del 25 de mayo de 1973: gobernadores en las provincias más importantes, ministerios, universidades, más la inserción natural de la “Jotapé” en barrios, villas, facultades y colegios. Sin embargo Perón no tardó en quitar respaldo a los sectores que llenaban la Plaza de Mayo pidiendo “la Patria socialista”. Pese a lo cual, y matanza de Ezeiza de por medio,

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las alas duras del peronismo intentaron por algún tiempo, como diría el general, “mantener los pies dentro del plato”. Un periodista que siguió con gran lucidez el deterioro del proceso político de aquellos años, Rodolfo Terragno, comentaba en septiembre de 1973, desde "Cuestionario": "Cuando los propios dirigentes que los jóvenes cuestionan realizaron, el 31 de agosto pasado, el acto de apoyo a Perón, la juventud decidió participar y no aparecer marginada en una manifestación obrera. En ella pudo la juventud demostrar su mayor capacidad de movilización... la característica más notable de este sector juvenil —acusado más de una vez de irreflexión— es su madurez... Una madurez que no es fácil de alcanzar, lo más sencillo en política es dejarse mover por impulsos; lo más sencillo, pero lo menos eficaz". Yo no quiero volverme tan loco, yo no quiero vestirme de rojo, yo no quiero morir en el mundo hoy. Yo no quiero ya verte tan triste, yo no quiero saber lo que hiciste yo no quiero esta pena en mi corazón. Escucho un bit de un tambor entre la desolación de una radio en una calle desierta están las puertas cerradas y las ventanas también no será que nuestra gente está muerta? Presiento el fin de un amor en la era del color, la televisión está en las vidrieras, toda esa gente parada que tiene grasa en la piel no se entera ni que el mundo da vueltas. Yo no quiero meterme en problemas, yo no quiero asuntos que queman, yo tan sólo les digo que es un bajón. Yo no quiero sembrar la anarquía, yo no quiero vivir como digan, tengo algo que darte en mi corazón. Escucho un tango y un rock y presiento que soy yo y

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quisiera ver al mundo de fiesta. Veo tantas chicas castradas y tantos tontos que al fin, yo no sé si vivir tanto les cuesta. Yo quiero ver muchos más delirantes por ahí bailando en una calle cualquiera, en Buenos Aires se ve que ya no hay tiempo de más la alegría no es sólo brasilera. Yo no quiero vivir paranoico, yo no quiero ver chicos con odio, yo no quiero sentir esta depresión voy buscando el placer de estar vivo no me importa si soy un bandido voy pateando basura en el callejón. Yo no quiero volverme tan loco, yo no quiero vestirme de rojo, yo no quiero morir en el mundo hoy. Yo no quiero ya verte tan triste, yo no quiero saber lo que hiciste, yo no quiero esta pena en mi corazón. Yo no quiero sentir esta pena en mi corazón. Charly García ¿Fueron lo suficientemente maduros? Puede que se hayan dejado manejar por los impulsos: que se pusieran corazas para controlar el dolor de las primeras muertes a manos de la Triple A. Puede que no supieran, puede que no pudieran pedir explicaciones sobre los errores que se iban acumulando, pero lo que es seguro es que la calificación de ‘idiotas útiles’ fue un golpe bajo. Trató de transformarse en una forma de negar la vigencia de aquello en que sí pudieran tener la razón, en los argumentos y en las ambiciones. Es más aterradora la abstracción que los incluye como ‘subversivos’. Como si todos, absolutamente todos los muertos, inocentes o culpables (nunca juzgados), pudieran definirse como robots producidos a escala por una fábrica infernal en manos de Mario Eduardo Firmenich. ¿Y los subversivos adultos? ¿Los que murieron con un arma en la

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mano? ¿No fueron la parte visible de un momento desgarrador de nuestra historia? ¿Qué hay sobre las responsabilidades silenciosas, históricas, de los sensatos y tradicionales dirigentes argentinos? La asunción del mando por parte de Isabel Perón fue el disparador inevitable de la violencia. La guerrilla, actuando con la convicción de que si —tal como se había interpretado en el '73— la violencia había sido un arma legítima y eficaz en la caída de la dictadura anterior, esta vez podía volver a serlo para un triunfo definitivo. Para el peronismo encaramado en el poder, y para las clases dominantes, Montoneros no sólo era un problema de orden interno, sino una amenaza política, complementaria a la rebeldía de las bases trabajadoras. Isabel, además de permitir la represión legal e ilegal coordinada por las FF.AA., practicó una política que la aisló progresivamente, incluso ante la propia CGT. La Triple A, había empezado con la caza de "zurdos" y terminó atacando indiscriminadamente a todos los sectores democráticos de esa época. La sociedad, intimidada, no alcanzaba a reaccionar. Entre otras cosas, porque si Isabel había acumulado el 62% de votos de Perón, se suponía que la sociedad estaba formalmente representada. Entonces la implosión del peronismo era la explosión de la sociedad toda. Los partidos de la oposición no supieron o no quisieron encontrar el camino de la pacificación. Situación de la que sólo podían ser beneficiados quienes habían perdido la batalla en los capítulos finales del régimen iniciado por Onganía. Tres semanas antes del golpe de Videla, la revista española ‘Cambio 16’ denuncia que de 5.000 detenidos políticos, en la Argentina 4.000 lo estaban ‘sin causa, ni proceso, ni acusación alguna, a disposición del Poder Ejecutivo en virtud del Estado de Sitio... a ello se suma la desaparición misteriosa de más de dos mil personas y una escalofriante cifra de asesinatos de 2.500 en dieciocho meses’.

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Lo que vino después quedó grabado en el romancero popular, con aquel cantito que acompañó nuestro fervor democrático: “Que es lo que han hecho con los desaparecidos, la deuda externa, la corrupción. Que pasó con las Malvinas. Esos chicos ya no están. No los hemos olvidado y por eso hay que luchar” El país destruido, uno de cada tres obreros vendiendo peines en el colectivo, la mayor inflación del mundo, la incertidumbre y el NO futuro. Como diría Charly García, ‘Yo no quiero vestirme de rojo’. Tampoco queremos de vuelta los tiros, porque ya se demostró lo complicado que es zafar de la violencia y quién gana cuando reina la ley de la selva. Ya que superamos esa violencia, lo interesante sería superar la derrota mental. Pero eso va a ser difícil en la medida en que no logremos consenso de todos respecto de este tema. Va a ser difícil en la medida en que algunos insistan con la idea de que los sueños de los muertos no son sueños humanos.

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Haber nacido tarde o carta a los que tienen más de cincuenta
Seguro que para muchos, la década del ochenta no fue tan relevante como las anteriores, y ni que hablar de los noventa. Es posible que los cincuentones no puedan sentir de otra manera; pasaron del hippismo de los sesenta a la politización más increíble que pudo haber tenido nuestro país, durante los setenta. Aquellos sí que fueron años maravillosos. A pesar de todo lo que vino después. En un punto creo que si hubiésemos, aunque más no sea imaginado el desenlace catastrófico que tuvo nuestro sueño de libertad, quizás ni siquiera lo hubiéramos proyectado, pero... a la vuelta de las cosas, que lindo fue haberlo intentado suelen repetir... Y yo pienso... eso, justamente es lo mejor de ustedes, haberlo intentado. Siempre que puedo trato de conversar con mis mayores, y advierto en todos una singular característica que se repite casi como una constante, es como un gesto de satisfacción que les quedo grabado en el rostro, algo parecido, pero distinto a aquello de ...con la satisfacción del deber cumplido. Cuando pienso en ustedes y su tiempo, me transporto. He pasado mucho tiempo imaginándome en su época, y siempre me asaltan las mismas dudas. ¿Me habría comprometido como lo hicieron aquellos que ya no están?, ¿Hubiera abrazado la lucha de la misma manera?, ¿Me habría animado a esa militancia tan comprometida, esa que los llevaba a las villas para dar educación a los más humildes?, ¿Habría sido capaz de

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entender que era lo que se estaba jugando?, ¿Hubiera sido lo suficientemente hábil para zafar? Me habría, me hubiera, hubiese podido... Todas son preguntas concretas con respuestas imaginadas, posibles o no, pero sin duda pendientes, sólo por ser, únicamente, de otro tiempo. En ese ser de otro tiempo me tocaron vivir alternativas muy diferentes a las suyas, tal vez menos arriesgadas, pero no por ello al punto de ser despreciables o ser consideradas sin pena ni gloria. Por eso a veces me envuelve una congoja. Mirá, no pretendo justificar a mi generación, ni mucho menos a mí mismo por no tener respuestas a interrogantes que me asaltan de tanto en tanto... pero voy a contarte algunas cosas: cuando la noche de los bastones largos allá por el ’66, ¿te acordas? muchos recién empezábamos a caminar; más tarde, cuando proponían el LUCHE Y VUELVE, apenas teníamos seis años; cuando llenaban la plaza con 100 mil militantes políticos de un día para el otro, rondábamos los diez; cuando pasaron a la clandestinidad no habíamos terminado el primario y cuando los “chupaban” y se los llevaban a la ESMA, juntábamos figuritas del mundial ’78. Ustedes fueron testigos del “mayo francés”, del “cordobazo”; escuchaban a Zitarrosa, Viglietti, Les Luthiers, Opus 4; leían a Sartre, Litín, Walsh, Conti, Cortazar; vieron La naranja mecánica, Ultimo tango en París; descubrían el “amor libre”, Villa Gesell, el Bolsón. Tuvieron el Di Tella y la audacia del teatro independiente.

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En tanto a nosotros, muchos aún niños y otros tantos casi púberes, nos hacían escuchar “Música en Libertad” con Rubén Matos y Heleno. Nos llevaban al cine a ver los Superagentes, Brigada Azul y Dos locos en el aire. Leíamos la historia argentina de Ibáñez y nos inventaron ERSA, devenida en “Formación Moral y Cívica”, con la cual nos explicaban que era democracia, vaya paradoja Cuando empezamos a despertar de nuestra adolescencia, los mismos contra los que ustedes se enfrentaron, nos despabilaron de un baldazo a una realidad totalmente ajena y nos mandaron a una guerra, esa misma que muchos de ustedes apoyaron y hoy se empeñan en descalificar sin acordarse de nosotros, ¡puta!, si hasta nos hicieron sentir cómplices de la decisión de un general etílico, dándonos la espalda cuando más los necesitábamos. Sin embargo ese acontecimiento nos movilizó como nunca, no por apoyar la guerra, sino por nuestros compañeros y amigos que estaban siendo masacrados en Darwin y Monte Longdon, aunque de ello nos enteraríamos meses más tarde, ya que la propaganda oficial, sobre todo a través de la revista Gente, nos vendía románticas historias de la guerra, o Tiempo Nuevo de Bernardo Neustad, que resaltaba la figura del General Menéndez como “el jefe militar que cualquiera quisiera tener”. La derrota militar terminó con ese proceso nefasto que cegó durante siete años a nuestro país, y los cegó tanto, que no pudieron vernos cuando empezamos a reunirnos por la caída del régimen. Seguramente, si ustedes hubieran estado con nosotros, las cosas habrían sido diferentes, pero, el proceso nos dejó sin referentes, la brecha era muy grande entre nuestra incipiente participación y quienes nos convocaban. Y de ahí nuestro reproche y nuestro dolor.

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A fines de 1982 y principios del ’83, plena primavera alfonsinista, nosotros también tuvimos utopías, empezamos a creer que el cambio era posible, muchos nos involucramos, algunos desde la universidad, pensando que ese era nuestro puesto de lucha desde donde pretendimos volver a instalar la idea de una sociedad más justa. Tuvimos que empezar de cero, ustedes no estaban, muchos no estarían más (lamentablemente los más lúcidos y audaces) y otros tanto, estaban volviendo del exilio. Hicimos lo que pudimos, empezamos por tratar de recrear la mística de la militancia que sus recuerdos nos relataban. Aún hoy, ¡y mirá que pasaron unos cuantos años! Se me eriza la piel cuando recuerdo la primera manifestación, a la que concurrí con una emoción desaforada. Todavía bajo la dictadura, formando parte de la JP entrando a una Plaza de Mayo abarrotada de gente que se iba abriendo a nuestro paso al son de “y ya lo ve, y ya lo ve, es la gloriosa JP”. En esta instancia bien vale una aclaración, gracias por habernos dejado esa herencia, por un instante, quizás por unos días, portar el brazalete, ser parte de la organización y movilizar a tantos compañeros, ha pasado a ser un recuerdo imborrable para muchos de nosotros. Te decía que desde nuestra escasa formación política, tratamos de recrear un ambiente participativo y popular. Nos tuvimos que crear “iconos”, para asimilarnos un poco más a ustedes y su historia. Así fue como Nicaragua se convirtió en nuestro Cuba, con su “Congreso por la Paz de Nicaragua”, sí hasta a un nuevo idioma nos adaptamos, palabras como “pueblo”, “jprra”, “el viejo”, “orga” y “cumpa” ocupaban nuestro vocabulario. El regreso de los recitales populares con interpretes de la talla de la negra Sosa, el Nano Serrat, Víctor Heredia, Viglietti, León y Pablo Milanés, todos prohibidos durante la dictadura militar, se convirtieron en mítines políticos increíbles; muchos se enganchaban en las “Brigadas del

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Café” que viajaban a Nicaragua y otros tanto se corrían hasta Chile para participar de las jornadas de protesta contra Augusto Pinochet. A diferencia de los cafés tipo La Paz, nos inventamos los cafés literarios, en los que al igual que ustedes, discutíamos sobre sus mesas el futuro. Fueron lectura obligada por aquellos incipientes años democráticos, Hernández Arregui, Jauretche, Cortazar y Walsh, para nombrarte algunos. Entiéndannos, nosotros recién los descubríamos. En las universidades, las cátedras cuyos titulares eran docentes vueltos del exilio quintuplicaban en alumnos a las de los que durante el proceso jamás perdieron sus cátedras. Recuerdo que por aquellos años, en Arquitectura, volvían a la docencia Fredy Garay, Jorge Moscato y la negra Córdova, entre tantos otros. Acorde con los tiempos, al igual que en los ’70, “el taller confederado Sorondo-Moscato”, superaba en más de cuatrocientos inscriptos al resto de las cátedras. Los locales partidarios surgían por todas partes y ello se debía en muchos casos, al empuje de nosotros, y desde ahí, sino de donde iban a salir quienes se sumaron al pedido inclaudicable por los desaparecidos, acompañando a las Madres de la Plaza. Fue nuestra generación la inventora del “escrache”. En esos años, la Argentina era una fiesta y nosotros, al igual que ustedes, fuimos utópicos, creímos de verdad que desde la democracia la cosa se podía cambiar. Y confiamos en una clase política que, a la vuelta de las cosas, poco a poco nos sacó las ganas de soñar, de participar y de creer. Es injusto pensar que los ochenta pasaron sin pena ni gloria, nosotros tratamos de que así no fuera, pero flaco favor nos hicieron y les hicieron quienes dijeron representarnos. La gran diferencia entre los setenta y los ochenta está dada en que mientras a ustedes les arrancaban la vida, a nosotros nos iban matando la ilusión, nos asesinaron la utopía, esa

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misma que nos legaron ustedes con su lucha: la de creer en un tiempo más justo y solidario para todos. Hoy, muchos de nosotros, devenidos padres de familia, con otras responsabilidades no menos importantes, seguimos luchando en silencio, desde otra perspectiva y otro puesto, tratando de inculcar -una vez más- a nuestros hijos, y para que ellos la sigan trasmitiendo, aquella vieja mística militancia por la vida que ustedes nos legaron. Y perdónennos por haber nacido tarde, nosotros no tenemos la culpa.

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Apostillas
Ya en el final no quería dejar de mencionar como colofón del presente trabajo una poesía que encontré en la búsqueda de información, sobre todo por que, quien la escribió, de un profesor de historia de la que fuera la Escuela Nacional de Comercio de Ramos Mejía, hoy Juan Bautista La Salle, nada más ni nada menos que don Baldomero Fernández Moreno. Aquí va: Tarde fría de invierno, tarde bien provinciana, casa viejas, molinos y sombras amarillas, aquí está la estación más allá la placita tu campanario agudo oh, gris Ramos Mejía

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Bibliografía
Revista “Panorama” - Ejemplares varios de la década del setenta. Colegio Universitario de Periodismo de la provincia de Córdoba – “Apuntes sobre la televisión”. Revista “La Barra Dyr” – Ramos Mejía. Mensuario “La Gente” – Ramos Mejía Página web personal de Edgardo Oscar Porcelli Blog “la-matanza.blogspot.com” de Pablo Aleandro Página web “elortiba.org” Página web “zatirica.com” Revistas TV Guía, Siete Días, Gente, La Semana, Antena, Somos, ejemplares varios. Aquel Ramos Mejía de Antaño. Eduardo Jiménez. Edición del autor. Las infinitas charlas con todos los amigos mencionados durante el relato, que hicieron posible refrescar la memoria, Josué Marchi, Jorge Capello, Sergio Trimarchi, Omar Turconi, Eduardo Harboure, Omar Gonzalez, Alberto Cambas, Alberto y Julián Rosenfeld, Lucio Rossi, Jorge De Vinzenzi y muchísimos más que seguramente me estoy olvidando, pero que permanecen en mi corazón.

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