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El desarrollo de la amistad.

Antes de los tres años, la mayoría de la actividad social implica


simplemente reunirse en el mismo lugar en el mismo momento, aunque en
estas circunstancias no se da una interacción social real. Sin embargo, sobre
la edad de los tres años, los niños comienzan a desarrollar amistades
verdaderas, ya que a medida que van creciendo sus ideas y actitudes acerca
de la amistad cambian.
A esta edad ven la amistad como un estado continuo, una relación segura
que no solo brinda satisfacción inmediata, sino que también promete
actividad futura.
A lo largo de los años, aunque el acto de jugar juntos ha seguido siendo una
parte importante de todas las amistades. En la edad preescolar, la calidad y
los tipos de interacciones que los niños tienen con sus amigos cambian. La
alegría de participar en actividades compartidas representa la base de la
amistad. No obstante, los preescolares mayores le prestan más importancia
a la confianza brindada, el apoyo e intereses comunes.

Jugando de acuerdo con las reglas:


La función del juego
El juego cumple un rol importante en la edad preescolar ya que ayuda a los
niños a desarrollarse social, cognoscitiva y físicamente
Clasificación del juego
Juego funcional, consiste, principalmente, en la repetición de ciertas
acciones con el fin de obtener un resultado inmediato y placentero, estar
activo o entretenerse a sí mismos. Las acciones pueden realizarse con
objetos o sin ellos. De esta forma, los juegos de ejercicio pueden ser con el
cuerpo, con objetos o con persona.
En el juego constructivo, consiste en la manipulación de objetos con el
propósito de construir o crear algo” .El niño tiene una meta final en mente
que requiere la trasformación de los objetos en una nueva configuración.
Por ejemplo, construir una pared con bloques, o hacer una persona de
plastilina.
Los aspectos sociales del juego.
Si dos preescolares estuvieran sentados lado a lado en una mesa, cada uno
armando un rompecabezas diferente, ¿estarían jugando juntos? De acuerdo
con el trabajo pionero en el campo que realizó Mildred Parten (1932), la
respuesta sería afirmativa. Ella consideraba que estos preescolares estaban
enfrascados en el llamado juego paralelo, pues juegan con juguetes
parecidos y de una forma similar, pero sin interactuar entre sí.
Juego del observador, en el que los niños sencillamente miran a otros
jugar, pero no participan realmente en el juego. A veces, observan en
silencio y, otras, hacen comentarios de ánimo o de consejo.
Juego asociativo, Juego donde dos o más niños interactúan al compartir o
prestarse juguetes o materiales, aunque no hagan la misma actividad.
juego cooperativo, los niños genuinamente juegan unos con otros, toman
turnos, practican juegos o diseñan concursos. Por lo general, el juego
asociativo y el cooperativo no son comunes sino hasta que los niños llegan
al final del periodo preescolar. Pero los niños que cuentan con una buena
experiencia preescolar están más dispuestos a participar en formas más
sociales de comportamiento, como el juego asociativo y cooperativo,
mucho antes que aquéllos con menos experiencia (Roopnarine, Johnson y
Hooper, 1994).

La vida familiar de los preescolares


Para un número cada vez mayor de niños preescolares, la vida no refleja lo
que vemos en las repeticiones de las viejas comedias familiares. Muchos
encaran la realidad de un mundo cada vez más complejo, los niños tienen
cada vez más probabilidad de vivir con un solo progenitor. En 1960, menos
de 10% de todos los niños menores de 18 años vivían en un hogar
monoparental. En el 2000, 21% de las familias blancas estaban
encabezadas por un solo progenitor, al igual que 35% de las familias
hispanas y 55% de las familias afroamericanas. Sin embargo, para la
mayoría de los niños, los años preescolares no son un periodo de agitación
y confusión. En vez de ello, este periodo supone una creciente interacción
con el mundo. Como hemos visto, por ejemplo, los preescolares empiezan
a desarrollar amistades genuinas con otros, en las cuales surgen lazos
estrechos. Un factor central que lleva a los preescolares a desarrollar
amistades es el hecho de que los padres brinden un ambiente hogareño
cálido y de apoyo. Mucha de la investigación realizada ha encontrado que
las relaciones fuertes y positivas entre padres e hijos impulsan las
relaciones del niño con otros (Sroufe, 1994; Howes et al., 1998).
Los principales estilos de paternidad identificados por Diana Baumrind
(1971, 1980) y posteriormente actualizada por Eleanor Maccoby y sus
colaboradores (Baumrind, 1971, 1980; Maccoby y Martin, 1983).

Padres autoritarios.
Son controladores, rígidos y fríos. Su palabra es la ley y valoran la
obediencia estricta y sin cuestionamientos de sus hijos. Tampoco toleran
expresiones de desacuerdo.
Los niños con padres autoritarios tienden a ser retraídos, muestran muy
poca sociabilidad. No son muy amistosos y a menudo se comportan de
forma inquieta cuando se encuentran entre sus pares. Las hijas de padres
autoritarios son particularmente dependientes de ellos, mientras que los
varones son inusualmente hostiles.
Los padres permisivos, en contraste, dan una retroalimentación laxa e
inconsistente. Exigen poco a sus hijos y no se ven a sí mismos como
responsables de lo que sus hijos llegarán a ser. Ponen pocos o ningún límite
o control al comportamiento de sus hijos.
Los padres permisivos tienen hijos que, en muchas formas, comparten las
características indeseables de los hijos de padres autoritarios. Los niños con
padres permisivos tienden a ser dependientes, volubles y tienen habilidades
sociales y de autocontrol deficiente.
Los padres autoritarios, son firmes y establecen límites claros y
consistentes. Aunque tienden a ser relativamente estrictos, como los padres
autoritarios, son amorosos y apoyan a nivel emocional. También tratan de
razonar con sus hijos, dándoles explicaciones de por qué se tienen que
comportar de una forma particular y comunican el razonamiento de
cualquier castigo que impongan.
Los hijos de padres con autoridad corren con mejor suerte. Por lo general,
son independientes, amistosos con sus pares, asertivos y cooperativos.
Cuentan con una alta motivación de logro y por lo común son queridos y
exitosos
Por último, los padres indiferentes no manifiestan ningún interés en sus
hijos, mostrando un comportamiento indiferente y de rechazo. Se
desapegan emocionalmente y ven su papel como el de simples proveedores
de alimentación, vestido y casa para sus hijos. En los casos más extremos,
la paternidad indiferente tiene como consecuencia la negligencia, una
forma de abuso infantil. (Steinberg et al., 1994; Parke y Buriel, 1998;
Collett et al., 2001; Snynder, Cramer y Afrank, 2005):
Los niños cuyos padres muestran estilos de paternidad indiferente son los
que corren con peor suerte. La falta de interés de sus padres altera su
desarrollo emocional considerablemente, lo que los lleva a sentirse no
amados y a desapegarse emocionalmente; este estilo también obstaculiza su
desarrollo físico y cognoscitivo.
La empatía y el comportamiento moral.
De acuerdo con algunos estudiosos del desarrollo, la empatía —la
comprensión de lo que otra persona siente yace en la parte medular de
algunos tipos de comportamiento moral. Algunos teóricos consideran que
el incremento de la empatía —y de otras emociones positivas, como la
simpatía y la admiración— conduce a los niños a comportarse de una
forma más moral. Además, algunas emociones negativas —como la ira en
una situación injusta o la vergüenza acerca de trasgresiones anteriores—
también promueven el comportamiento moral (Farver y Branstetter, 1994;
Millar y Jansen op de Haar, 1997; Valiente, Eisenberg y Fabes, 2004).
Freud —en su teoría psicoanalítica del desarrollo de la personalidad— fue
quien sugirió por primera vez la concepción de que las emociones
negativas favorecen el desarrollo moral. Freud afirmaba que el superyó del
niño, la parte de la personalidad que representa lo que se puede hacer o no
en la sociedad, se desarrolla a partir de la resolución del complejo de
Edipo. Los niños se identifican con su progenitor del mismo sexo,
incorporando sus normas de moralidad para evitar la culpa inconsciente
originada a raíz del complejo de Edipo. Ya sea que aceptemos o no la
explicación de Freud acerca del complejo de Edipo y la culpa que provoca,
su teoría es consistente con hallazgos recientes. Éstos sugieren que los
esfuerzos de los preescolares por evitar experimentar emociones negativas,
en ocasiones los conducen a actuar de formas más morales y útiles.
(Eisenberg y Fabes, 1991; Eisenberg, Valiente y Champion, 2004; Valiente
et al., 2004).
ROBERT S., FELDMAN Desarrollo en la infancia Cuarta
edición.PEARSON EDUCACIÓN, México, 2008

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