Está en la página 1de 319

LA EDUCACIÓN

DE

LA VOLUNTAD
roa

JULIO PAYOT
PBOFESQH d e f il o s o f ía é i n s p e c t o r d e a c a d e m ia

TBIWJCIUO DE LAClIiKTl KUIVION míCKSl


POR

MANUEL ANTON T F E R R A N D I Z
Calodrilicv do A itropolojrfa do la (Jnivem dad y Musco
lie Ciencias N jtu rales ilo Mailriil.

S E G U N D A ED ICIO N

TifAiTI-BT-n

F e r n a n d o Fe, L i b r e r o . Victoriano Suirez, Librero.


C arrera de San Jerónimo, 2. ( jilo da Pruciados, W .

1SOI
A J/lONSIEUR TH. RlBOT
Director de la Revue philosophique

y Profesor de Psicología experimental en al Colegio de Francia.

C /t fet&M&Uo- c£t rf-O im tú-,

,<7. í?
PRÓLOGO DEL TRADUCTOR

Emprendemos la traducción de este libro con el de­


seo y la seguridad de prestar un servicio á nuestro
país y sin otro fin ulterior.
Los hombres dedicados al estudio, los padres celo­
sos por la educación intelectual de sus hijos, deben
leerlo, m editarlo y practicar sus preceptos; pero sobre
todo debe ser compañero de carrera y guía constante
de los estudiantes de tas Facultades universitarias y
Escuelas superiores. Téngase presente que, asi como
para óstos es indispensable eu lectura en todo tiempo y
muy especialmente durante el periodo de vacaciones,
en cambio poco ó ningún provecho obtendrían de ella
los alumnos de segunda enseñanza, y m;nos todavía
los de los primeros años. Por su carácter psicológico,
por la profunda filosofía con que analiza y discute
cuanto se reñerc al trabajo inteleetnal de los hombres
de carrera y por la franqueza y claridad con que pre­
senta y exam ina todos los aspectos de la vida del estu­
diante abandonado ¿ su propio albedrío en las grandes
ciudades, este libro es para leído por hombres y no por ^
niños.
Así como en el hombre inteligente las funciones ce-
V IH PRÓLOGO DEL TRADUCTOR

rebrales presiden toda su fisiología, así también en el


momento en que un pueblo adquiere conciencia de su
civilización nacional, la complicada función de la en­
señanza aparece dominando todas las manifestaciones
de su actividad, á modo de medio, ó mejor, de instru­
mento indispensable para el perfeccionamiento de los
demás oficios del organismo social.
No es menester, sin embargo, andar mucho por este
camino para tropezar con el más grave y transcenden­
tal defecto, origen de todos, absolutamente de todos los
males de la civilización actual, ijue es el olvido casi
completo de cuanto concierne á la educación y ense­
ñanza de la voluntad. En los dominios del Estado m o­
derno y en los de la familia, todos los terrenos se la­
bran y preparan para el cultivo de la inteligencia, nin­
guno para la cu ltu ra de la voluntad; y ¿quién se
rüreverá á negarlo? De estas dos facultades superiores
del espíritu, nada vale la prim era sin la segunda: in­
útil es pensar sin hacer. Aun puede decirse délos hom­
bres sabios y de las naciones inteligentes y sin volun­
tad que son perjudiciales para la república, porque,
como las mujeres hermosas y estériles, más suelen ser­
vir para fomentar los vicios que la destruyen que para
engendrar y criar hijos que la sustenten y defiendan.
Con mayor exactitud que el gran naturalista Buf-
fon puede exclamarse parodiándole: la voluntad es el
hombre. En nuestro derredor y en el seno de las fam i­
lias observamos ejemplos sin fin de varones inteligen­
tes, pero débiles, dominados por mujeres ignorantes,
pero de firmes resoluciones; y la refinada y culta Gre-
P&ÓLCHJO DEL. T&ADUCTOR IX

cia, sucumbiendo bajo el poder de Roma, menos civi-


1izada; y después el imperio romano, poderoso en cien­
cia, maltrecho, roto y dominado por el rudo y casi safcf
vaje germano, y tantos otros ejemplos como ofrece la
historia de todos los tiempos, muestran y com prueban
la verdad de este aforismo.
Si á la usanza de los psicólogos de hoy, aplicamos
las leyes de compensación en el desarrollo de los orga­
nismos físicos, demostradas en estos últimos tiempos
por los naturalistas, á I09 fenómenos del mundo moral,
no sería pecado suponer que una exuberancia en el
crecimiento de la inteligencia implica una atrofia co­
rrespondiente en la voluntad. Puede suceder asi, pero
no sucede necesariamente. Gimnastas hay tan fuertes
de brazos como de piernas, y la mejor conformación de
fortaleza m uscular aparece allí donde las partes g u a r­
dan las proporciones señaladas por la naturaleza.
Otro tanto se dirá del espíritu. De la proporción y
arm onía de las formas surge la belleza, y del equili­
brio de las fuerzas, ya físicas, ya espirituales, el poder
y la energía. ¿Cómo, pues, si esto es cierto, en la edu­
cación de la juventud pocos se preocupan hoy de la
voluntad y todos de la inteligencia? Asi crece de ordi­
nario á medida de la ciencia la concupiscencia: al com­
pás d d conocimiento, el vicio, y graduada por la civi­
lización. la disolución social. ¡—
H ora es ya de acudir al remedio de tan grave mal.
Importa hacer hombres antes que sabios. Hé aquí el
más transcendental de los finas humanos.
Claro está que para tan gran misión, en lo que tie-
X PHÓLOOO DEL TRADUCTOK
t
ne de general, están dotadas las sociedades de una ins­
titución orgánica y principal: la religión y su iglesia;
pero este indispensable organismo social, estudiando la
voluntad en su propia naturaleza, la cultiva tan sólo
como una fuerza dirigida á su fin primordial y más
general, es decir, al fin moral. Y no es este el propósi­
to de este libro, que deja intacta tan augusta misión y
la elogia y encomia, sobre todo cuando puesta en prác­
tica por la Iglesia católica.
A parte que la voluntad tiene como fines secunda
rios todos los órdenes de la actividad humana, su fu n ­
ción ae realiza mediante un ejercicio, y de este ejerci­
cio aplicado al trabajo, y especialmente al trabajo inte­
lectual, es decir, al estudio, se ocupa esta obra. Así
como los tratados de gimnasia y de higiene regulan el
ejercicio de loa órganos seeún procedimientos raciona­
les para mantener ó alcanzar la salud del cuerpo, y los
tratados de lógica enseñan los métodos más adecuados
para elevarse á las claras regiones de la verdad por el
ejercicio de la inteligencia, así este libro pretende y
consigue regular el ejercicio de la voluntad mediante
leyes, prescripciones y procedimientos, cuyo objeto y
cuyo fin ¿ la vez es la actividad aplicada al estudio. Es,
pues, este un libro de gim nasia de la voluntad en cuan
to aplicada al trabajo intelectual.
Que cumple su fin lo comprueba su éxito realmente
extraordinario, según menudean las ediciones france­
sas y se han apresurado las traducciones á todos los
idiomas cultos. No h a d e holgar,' por consiguiente, su
versión al español.
PEÓLOOO DEL TEADUCTOE XI

A nuestro país le ha cabido la gloria de publicar


con El Criterio, del gran Bal mes, el prim ero de los li­
bros escritos para la gim nasia de La inteligencia.
P ara la gim nasia de la voluntad no hemos sido tan
afortunados. Publicado ya este libro con m arca extran­
jera, vale más conocerla y utilizarlo que desestimarlo
y rechazarlo. Cuando el producto es necesario y útil,
se debe aprovechar, aunque sea de ingenio extranjero.
Después de todo, la invención y la ciencia son pa­
trimonio de toda la hum anidad.
LA EDUCACIÓN

DE LA V O L U N T A D

PROLOGO
DE LA PRIMERA EDICION

r M ará villa, quo so reconozaa Is.


necesidad de m aestro* y w tu d io
p a ra todo, m eao s p u ra 1*. ciencia
de v iv ir, ú n ica q u e n i se a p r e n ­
do n i se desea B jren d o r, y A. la.
cu al se DÍega la atenoión dedi­
cad a i cu alq u iera o tra ra m a del
aabor.i
XlCOLE. D itcouri tu r la nétét-
¡iíí de ne pan >t ccmduire au
har>tr<¡-

Durante el siglo XVII y parte del XVIII la


religión imperó en absoluto sobre los ánimos,
y el problema de la educación de la voluntad
no pudo plantearse en toda su generalidad: la
iofluencia de la Iglesia católica, incompa­
rable educadora de los caracteres, bastaba para
dirigir, en sus líneas generales, la vida de los
fíeles.
2 KRÓLOGO DE LA PHIMEBA EDICIÓN

Para la mayor parte de los pensadores es


deficiente hoy esta dirección; sin embargo, no
ha sido sustituida por otra alguna. j se deplora
en libros, periódicos, revistas y hasta en nove­
las (1) ei bajo nivel alcanzado por la voluntad
en los actuales momentos.
Tal enfermedad general de las voluntades
ha tenido sus médicos; pero estos galenos dei
alma se hallan desgraciadamente poseídos de
las doctrinas psicológicas reinantes que conce­
den una capital importancia &la inñuencia ejer­
cida por la inteligencia sobre la voluntad, y se
figuran que para encontrar el remedio sólo nos
falta una teoría metafísica bien probada.
Disculpable error. Es corriente en economía
política que el cultivo se empieza siempre por
los terrenos más improductivos, pero más fáci­
les de explotar, para hacerlo luego extensivo á
otros más fértiles, pero de más difícil explota­
ción. Lo mismo ocurre en el campo de la cien­
cia psicológica, donde se ha dado preferencia
al estudio de los fenómenos más fáciles de
apreciar, pero menos fecundos en consecuencias
importantes para nuestra conducta, pasando

(I) Véa*o especialm ente ¡‘E jjo r í, p o r B ^ren^er. A rm a n d CoLin, 185)3.


Lo que da & esta lib ro una significación carac t e r á ti c a p a ra n o aatro o b ­
jeto . es que el a u to r fu ó h&ftta. h a ce poco P re sid e n te de la A soaiaclón de
e stu d ia n te s de Parla.
PHÓLOGQ DE LA PBIM EE a EDICIÓN’ a

por alto los más esenciales, sin duda pur Ja


mayor dificultad que su estudio presenta. Ya se
empieza á comprender la pona influencia que
ejercc la idea sobre el carácter y su inevitable
in'erioridad en la lucha sostenida por las diver­
sas pasiones. La voluntad es una potencia sen­
timental, y toda idea para influir sobre ella debe
teñirse de pasión.
Con haber estudiado atentamente el me­
canismo de la voluutad, se hubiera compren­
dido desde luego la poca importancia de las
teor.as metaii ricas, y como cualquier senti­
miento cuidadosamente escogido puede, por el
empleo inteligente de nuestros recursos psico­
lógicos, erigirse en objetivo único de la vida
<5n todas sus manifestaciones, ¿i el avaro sacri-
iica todas sus satisfacciones materiales, se ali­
menta mal, duerme en duro lecho, vive sin
amigos ui afecciones de ningún género, con
la sola idea de conservar ó acrecentar su te­
soro, ¿por qué hemos de desesperar de encon­
trar un sentimiento noble y eleva lo que in­
fluya también en la conciencia hasta asumir
la dirección de la vida entera? Pues qué, ¿no
se conocen los diversos medios presentados por
la psicología para modificarnos según nuestros
deseos?
Desgraciadamente nos hemos ocupado muy
poco hasta hoy de estudiar nueslros recursos
i PRÓLOGO DE LA PEIMEKA EDICIÓN

bajo este punto de 'viísta. Los genios que han


marchado al frente del pensamiento europeo
durante loa treinta últimos años aparecen en
efecto divididos por dos teorías que son la ne­
gación pura y simple de la educación de la vo­
luntad. La primera consiste en considerar el
carácter como una roca fija imposible de con­
mover por esfuerzo alguno. Más adelante nos
haremos cargo de esta pueril teoría.
La segunda, que es la teoría del libre nlbe-
drío, se presenta, en apariencia al menos, favo­
rable 6, la educación de la voluntad, y el mis­
mo stuart Mili (1) llega á decir que esta doc­
trina ha mantenido en sus defensores un vivo
entusiasmo «por la cultuia personal». A pesar
de esta afirmación de un determinista, no vaci­
lamos eu considerar la teuría. del libre albedrío
tan peligrosa para los electos d^l dominio de
sí mismo como la precedente, y tan descon­
soladora en definitiva. Nos conduce, en efec­
to, á considerar como cosa fácil y natural la
emancipación del yo, que es por el contrario
obra de largaí íntigas, requiere profunda medi­
tación y exige un conocimiento muy preciso de
nuestros recursos psicológicos.
Por su misma sencillez, esta teoría ha ex­
traviado en el estudio de las condiciones de la

(1) Lopique, I I , libro V I, c ap itu lo I I .


PRÓLOGO DE LA PBIM EEA EDICIÓN 5

voluntad á, muchos ingenios finos y penetran­


tes, ocasionando á, Ja psicología y , ¿porqué eo
decirlo?, á la humanidad entera un daño irre­
parable.
Hé aquí por qué al dedicar este libro á Mon-
sieur Ribot lo hemos hecho, más que al anti­
guo maestro & quien debemos Ja afición á los
estudios psicológicos, al hombre de iniciativa
e l pi imero de Francia en separar la metafí­
sica de la psicología, poniendo resueltamente á,
un lado y apene el estudio de la naturaleza
de los fenómenos de conciencia, para estudiar
á la manera de los científicos Jos anteceden­
tes y. las concomitancias incondicionales do
los estados intelectuales, volitivos, etc. Fijé-
menos 'bien en que este método no niega en
modo alguno la metafísica, ni excluye la psi­
cología de la metafísica, sino simplemente la
metafísica de la psicología, lo que es muy di­
ferente.
Consiste en tratar la psicología como una
ciencia, pues el fin del sabio no es saber, sino
prever pura poder. .^i, por ejemplo, importa
poco al físico que la teoría ondulatoria de la luz
sea sólo una hipótesis indemostrable, con tvl
que esta hipótesis le dé resultado, ¿qué importa
al psicólogo que su hipótesis, por ejemplo, la
hipótesis de la correlación absoluta de los esta­
dos nerviosos y de los estados psicológicos, sea
O PJfÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

indemostrable, con tal que ofrezca resultados


satislactorias? El objeto del científico y por ende
del psicólogo debe ser ponerse en condiciones de
prever Jo futuro, de modificar los fenómenos á
su antojo y , en una palabra, de hacer que lo
porvenir se ajuste á su aeseo. Este es, por lo
menos, el fin. que nos hemos propuesto al em­
prender este trabajo.
Investigando las causas de la poca energía
de la voluntad en los tiempos presentes, liemos
obtenido el convencimiento de que el único re­
medio de este mal debí buscarse en el hábil
cultivo de los estados afectivos. Medios de en­
gendrar ó de fortalecer los sentimientos em an­
cipadores y de aniquilar ó reprimir los hostiles
al dominio de nuestro propio yo- Tal puede ser
el significado del título del libro que ofrecemos
al público. Todo está por hacer en este sentido,
y nos proponemos contribuir en cuanto nues­
tras fuerzas nos consienten á obra de tamaña
importancia.
En vez de tratar de la educación de la vo­
luntad in abstracto, hemos tomado como objeto
esencia 1 la educación d* la voluntad til cual la
requiere el trabajo inteleduil prolongado y per­
severante. Estamos persuadidos de que los estu­
diantes, y en general cuantos dedican á la­
bores intelectuales, encontrarán aquí útilísimas
indicaciones.
PRÓLOGO DE LA PREMURA iODICIÓN 7

Muchos jóvenes se lamentan de la carencia


de un método para alcanzar su propio dominio. Les
ofrezco cuanto para este fin he logrado en cer­
ca de cuatro años de estudios y meditaciones.

¿Paifpi,

C him onix, 8 A gosto 1893.


PRÓLOGO
DE LA SEGUNDA EDICIÓN

La favorable acogida dispensada á este libro


por la prensa, tanto nacional como extranjera,
y el afán con que ha sido leído, agotándose en
pocas semanas su primera edicióD, prueban la
oportunidad de su publicación y el modo como
responde á una verdadera necesidad del público
ilustrado.
Agradecemos á nuestros numerosos favore­
cedores, y especialmente á los estudiantes de
Derecho y de Medicina, los múltiples y nota­
bles escritos que nos han dirigido en apoyo del
capítulo I del libro V. Algunos se revuelven
contra nuestro «pesimismo* fundándose en que
en niugún tiempo la juventud ha habludo tanto
como hoy de trabajo y de acción; pero no basta
hablar cuando es necesario obrar, ni hay que
confundir, como parece confunde la mayor par­
te, el ruido y el bullicio con la acción creadora.
10 PRÓLOGO DE LA SEGUXDA EDrCÍÓy

Otros, y aun de los más autorizados, creen que


la juventud que puebla las aulas está compues­
ta, en gran parte, de diletlanti y enervados.
Pues bien; el diletantismo y el enervamiento son
dos enfermedades de la voluntad, cuya curación
es preciso intentar.
La parte práctica de la educación de la vo­
luntad ha merecido unánimes elogios; no así el
japítulo III del libro 1 y el I del libro II, los cua­
les ya esperábamos ver combatidos; pero hemos
observado que muchos críticos han tocado de
soslayo la cuestión.
Debemos hacer notar, en primer término,
cómo eu modo alguno hemos afirmado que la
idea carezca en absoluto de influencia sobre la
voluntad, aunque concedemos mayor influencia
sobre las voliciones á los impulsos instintivos y
a los hábitos (1). Lo que sostenemos es, por una
parte, que la voluntad superior consiste en so­
meter á las ideas nuestras tendencias; y por
otra, que la idea carece de toda influencia direc­
ta é inmediata sobre la 'brutal cohorte de inclina­
ciones bastardas». La fuerza de que la idea pue­
de disponer para luchar contra tales adversarios
es indirecta, y debemos buscarla en los estados
alectivos, donde se encuentra, so pena de asistir
al fracaso de nuestros propósitos.

(1) Véase cap. III.


PRÓLOGO DE LA SEGUXDA EDICIÓN II

Es curioso observar cómo en vez de ser enér­


gicamente combatida nuestra teoría de la li­
bertad por los defeDsores del libre albedrío,
según esperábamos, por el contrario, los parti­
darios del caráctei innato han sido los primeros
que han tomado á su cargo esta tarea. La mis­
ma teoría del libre albedrío parece cada día más
abandonada por los encargados de la educación,
obligados á, luchar, no con abstracciones, sino
con vivientes realidades üe me recuerda, res­
pecto ú, esto, que Air. Marión, reconocida auto­
ridad en la materia, llamaba muy particular­
mente la atención en su curso de 1884-85 sobre
el perjuicio real pro lucido con la hipótesis me­
tafísica del ^Ubre-albedrío, impid éndonos estu­
diar las con liciones d éla libertad real, aunque
limitada, que nos es dado conquistar por nues­
tros propios esfuerzos. Mr. Marión en el prólogo
de su disiurso sobre la solidaridad moral, opo­
ne precisamente á la fórmula de Mr. Foulliée,
según la cual la idea de nuestra libertid nos
hace libres, la de que por creernos tan libres no
nos preocupamos de asegurar la libertad real
que poseemos; punto de vista éste más prác­
ticamente cierto y a la vez más útil. Nada más
exacto que estas palabras de Mr. Marión; «No
somos libres si no sabemus conquistar nuestra
libertad eo lucha abierta.»
En cuanto al cargo dirigido ai autor de no
J*RÓ LO liO I)E L a SE G U N D A E D IC IÓ N

haber dado al carácter iuuato toda la importan-


cia merecida, indudablemente tiene por base
un deficiente concepto de la esencia del carác­
ter. Un carácter no es uq elemento simple,
sino una resultante muy compleja de inclina­
ciones, id¿as, etc.* y, por consiguiente, afirmar
lo innato del carácter es afirmar varios ab­
surdos.
Es afirmir en primer término, que una re­
sultante, mezcla de elementos heterogéneos y
modo de agrupamiento de fuerzas, pueds ser
innata, cosa ininteligible.
Ks afirmar, además, que se puede obtener
el elemento innato en estado de pureza per­
fecta, desprendiéndolo de la ganga formada por
las influencias del medio y la educación, lo
que es imposible. Esta imposibilidad nos impone
la mayor reserva al fijar la parte correspondien­
te á lo innato.
Y, por último, afirmar lo innato del ca­
rácter, implica uaa aserción contra la cual sa
rebela tola nuestra propia expsriencia, ia de
todo el que se haya dedicado á educar, y la
práctica de la humanidad entera; á saber, que
los elementos esenciales del carácter, las ten­
dencias, ¡son absolutamente inmodificablesí Ya
probamos cómo esto no es cierto (lí, III) y que
se puede modificar, reprimir ó reforzar un sen­
timiento. Si la humanidad entera no fuera de
PKÓ1.0G0 DJ-: LA SEGUNDA EDICIÓÍ, la

esta opinión, no se tomaría el trabajo de educar


á los niños y encomendaría esta misión & las in­
mutables leyes de la naturaleza.
Este modo de ver teórico basta para invali­
dar la doctrina del carácter innato. Fácil es
convencerse leyendo los recientes trabajos sobre
el carácter (1), y estudiando, sobre toJo, la
torcera parte de la obra de Mr. Paulhan, donde
se verá cómo existen casi siempre pluralidad d^
tipos en un mismo individuo; cómo la evolu­
ción hace desaparecer ó acarrea coa la edad
distintas inclinaciones, y cómo son frecuentes
las sustituciones de carácter en una misma per­
sona. ¡Quiere decir esto otra cosa sino que lo
verdaderamente extraordinario es encootrar un
carácter!
La inmensa mayoría de los niños ofrece el
espectáculo de una anarquía de inclinaciones; y
el objeto de la educación, ¿no es, precisamente,
encauzar este desorden y organizar con él una
unidad estable? A menudo, cuando se cree termi­
nada la obra, llega la crisis de la pubertad, que
como viento de tempestad todo lo trastorna; la
anarquía renace, y si el joven, aislado en ade­
lante, no emprende de nuevo y por si mismo la
obra de su unificación moral, si no se crea un ca-

(1) H ibot. fítv tu pJiUo*., Ñ o r. 1893; P i a l h a n , L¿* Caracteres, I vol.331


p ig s .}IftW, A lcau; P é re i- Le Caraclére cU 1‘tn ja n t d t'hommc, I&9&, A lean.
U PRÓLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN

rácter, acabará por. ser uno de los «monigotes*


citados (cap. ni).
Por otra parte, si el carácter fuera innato, si
halláramos en nuestro origen constituida la uni­
dad de nuestra vida como don privilegiado, p o r
fueiza se encontrarían á nuestro alrededer v e r ­
daderos caracteres.
¿Dónde están? ¿Nos los suministrará el mun­
do político? Salvo honrosas excepciones, que
hacen penoso el contraste, no se encuentran en
él existencias dedicadas exclusivamente á fines
elevados. El extravío de las ideas y sentimien­
tos es tan grande, la agitación tan común y
tan rara la acción fecunda, que con frecuencia
se encuentran almas de niño en cuerp'os de
hombre.
¿No se ha visto en literatura la casi unani­
midad con que, los que manejan una pluma,
vienen consagrando sus actividades desde el te­
rrible huracán de 1870 á la glorificación de la
bestia humana? Y nada demuestra mejor y tan
completamente la perfecta exactitud de la opi­
nión de Manzoni (1) como la natalidad decre­
ciendo tanto más cuanto más aumentan las ex­
citaciones (2).

(I) Véami lib ro 1 7 , cap . I .


(i) A«1 acontoca en F ra n c ia y o» la p a rte O rien tal do los E o talo s U n i­
dos do Améiric&iVionde el sentido económ ico y d iso lu to destruye el s e n ­
tim ie n to roligioee; pero n o en I n g l i t e m , A lem ania, E sp a ñ a y otra*
PROLOGO DE LA 8BGUXDA EDICIÓN 15

En vez de estimular cuanto existe en nos­


otros de mas grande y más noble, casi todos los
escritores se han dirigido á nuestros más bajos
instintos, considerándonos como reducidos á la
médula espinal y á la médula oblongada, y nos
ofrecen una literatura más propia para séres
acéfalos que para pensadores.
Pero, ¿á qué continuar? ¿No es evidente que
si el carácter implica unidad y estabilidad y
además orientación hacia fines elevados no pue­
de ser innato? Esta unidad y esta estabilidad
repugna en grado sumo á la anarquía natural
que nos envuelve y deben conquistarse lenta­
mente. Los que no pueden ó no quieren inten­
tarlo resígnense á renunciar de una vez á cuan­
to constituye la grandeza de la personalidad
humana, es decir, á la libertad y al dominio de
sí mismos (1).

B aT-le-D uc, ÍO E n e ro 1894.

nacioncu, donde usté ú ltim o im para y dirige la vida In tim a de las clases
populares a l menos. ( S . del T.)
(1) Se h a ivprr.ch&do al a u to r con in sisten c ia al h a b e r dejado sin con •
te s ta r la p re g u p ti: /Qu-e *««>' del ./«minio i t t i mitmo uno ves canquiil¿-
d o fE l a u to r p o d ría d ecir q u e su o b ra es a n a o b ra do psicología y oomo
ta l se ba^ta 4 bí iaieQia; j» r o e n realidad considera que sn E d u c a c ió n
d b l a v o l u n t a d q u e d a ría incom pleta, í in L» filo so tU de la v id a, que es
su com plem ento, y , por cata razón, viene p re p ará n d o la hace b a stan te
tiem po.
I

PARTE TEORICA
ÜIBRO PRIMERO
P R E L IM IN A R E S

CAPÍTULO p r i m e r o

l'.t. MAL QCE HA DE COMBATIRSE Y LAS DIVERSAS 1-ORMAS


J)E INDOLENCIA EN EL ESTUDIANTE Y EN TUDO TRABAJADOR
INTELECTUAL

Deseaba Caligula que los romanos tu viesen una sola


cabeza para decapitarlos de un solo tajo. En bien dis­
tinto caso nos encontramos nosotros respecto á los ene­
migos que hemos (le combatir, pues la causa de casi
todas nuestras adversidades y desgracias es única, y
consiste en la debilidad de nuestra voluntad, en la
aversión á todo esfuerzo del ánimo y principalmente al
esfuerzo perseverante. A patía, inconstancia, desaplica­
ción, son otros tantos nombres adecuados para designar
ose fondo de universal pereza que e s a la naturaleza
hum ana lo que la gravedad ¿ 1a m ateria.
El verdadero antagonista de la voluntad perseveran -
te ha de ser sin duda alguna una fuerza continua. Las
pasiones son transitorias por naturaleza y duran tanto
menos cuanto más violentas son: su interm itencia no
Í0 LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

no9 consiente considerarlas en sí mismas eomo los ver­


daderos obstáculos para la continuidad del esfuerzo, á
excepción de casos extraordinarios en que por su fijeza
y su fuerza confinan con la alienación. En el intervalo
de sus accesos queda espacio suficiente para una gran
suma de trabajo. Mas existe un estado de ánimo funda­
mental, de acción absolutam ente continua, que recibe
los nombres de molicie, apatía, pereza ó desidia; y con
la renovación de frecuentes esfuerzos sólo se consigue
renovar la lucha contra este estado natural, sin llegar
á alcanzar una victoria definitiva.
Estado fundamental y natu ral hemos dicho; y efec­
tivam ente, el esfuerzo continuado durante largo tiempo
sólo lo acepta el hombre obligado por la necesidad. Los
viajeros aseguran unánimemente que en todos los pue­
blos no civilizados se observa la absoluta incapacidad
para todo esfuerzo perseverante. Mr. Ribot hace notar,
con m uy buen sentido, cómo los primeros esfuerzos de
atención voluntaria debieron ser hechos, temiendo al
castigo, por las mujeres sometidas á. un trabajo regular
m ientras sus señores se entregaban al descanso. ¿No es­
tamos presenciando en cierto modo la desaparición de
i
los Pieles-Rojas, que prefieren dejarse exterm inar á
someterse á un trabajo ordenado y capaz de proporcio­
narles vida más cómoda y tranquila?
No necesitamos ir tan lejos para encontrar ejemplos
harto conocidos. ¿Quién ignora la dificultad con que se
somete el niño á un trabajo metódico, y cuán raros son
los trabajadores de campo y cualquier otra clase de
obreros aficionados á perfeccionar los procedimientos
de sus antepasados ó los que observan en derredqrV
LA INDOLENCIA, EL MAL QUE HA DE COMBATIRSE SI

Pueden recorrerse, coa Spencer (1), todos loa objetos


de uso diario, y do se encontrará tan sólo uno que con
un ligero esfuerzo de inteligencia no hubiera podido
hacerse más apropiado para su uso ordinario, deducien­
do de esto, con el autor citado, que «ciertamente se ob­
serva en la mayor parte de los hombres el propósito de
gastar en su viaje á través de la vida la üienor suma
posible de ideas». Si refrescáramos nuestros recuerdos
de estudiantes, ¿cuántos aplicados podríamos citar de
entre nuestros compañeros? ¿Acaso no se concretan
casi todos á trabajar lo absolu tamen te preciso para apro­
bar sus cursos? ¡Desde el colegio es y a tan violento
cualquier esfuerzo personal de reflexiónI ¡Se encuentra
tal facilidad en todos los países para lucirse en los exá­
menes sólo con esfuerzos de memoria! De aquí resulta
un ideal poco elevado. Como dice Mr. M aneuvrier en
incomparables términos, por cuanto á nuestro país
se refiere, lo que desean «son cargos públicos, aunque
mal retribuidos y poco considerados, sin porvenir, sin
horizontes, donde el hombre envejece en un sillón de
vaqueta, contribuyendo diariam ente con la inutilidad
de un trabajo casi estéril á la decadencia y embota­
miento gradual de sus facultados, pero donde en cam­
bio goza la inefable dicha de estar dispensado de pen­
sar, ele querer y de obrar. Una reglamentación tute­
la r..... imprime á su actividad el monótono movimien­
to de un reloj y le exime del fatigoso.honor de pensar y
de vivir (¡í).»
No se acuse de esto exclusivamente á este género de
(1) Sponcor.La Sciéneié ¿ceiale, págs. 327 y 328.
(2) L*Educati&n </< Ia bóurytoiéit^ 3* odiciAn, L¿opoId Cctf, 1886.
Si LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

funcionarios. Ningún oficio ó carrera, por elevado que


sea, basta á g aran tir la personalidad, el vigor y la ener­
gía, pues si bien durante los primeros años puede el ta­
lento encontrar en clia m ateria suficiente para ejercer
su actividad, bien pronto dism inuye el número de com­
binaciones nuevas y la posibilidad de casos que cxij;in
esfuerzos de reflexión c investigación. £1 cum plim iento
aun de las funciones más elevadas que requieren en
apariencia los más poderosos esfuerzos de ingenio, con
el tiempo se convierten en fácil ru tin a. El abogado, el
m agistrado, el médico, el profesor, viven á expensas de
un caudal adquirido que acrece raras veces y con ex­
traordinaria lentitud. De año en arto dism inuye el es­
fuerzo y se agotan las ocasiones de poner en juego las
facultades más elevadas del entendimiento. Como el
surco ya e s ti abierto, la inteligencia se embota por falta
de ejercicio, y con ella la atención y el vigor del razo­
namiento y de la reflexión. Si además del ejercicio de
una profesión no se atiende á otro género de ocupacio­
nes intelectuales, este embotamiento gradual de la ener­
gía es inevitable.
Dedicado nuestro libro especialmente á los estudian­
tes y obreros de la inteligencia, es necesario observar
en ellos muy de curca la forma afectada por la enjer-
medad que ha de combatirse.
En el estudiante la forma más grave de este mal es
esa atonía, esa «languidez de ánimo» (1) que se m ani­
fiesta en todos los actos propios de un joven. Duerme
m uchas horas de más, se levanta entorpecido, flojo, in-

fl) I7mIuh. K íiu a tio * <¡e» fUUr, cap. II.


LA INDOLENCIA, EL MAL QUE HA HE COMBATIRSE !3

dolente, se ocupa lenta y torpemente de su aseo, per-


cRenSo en él nn tiempo precioso, no siente afición á
nada y ningún trabajo le gusta; todo lo hace con «laxi­
tud y fría indiferencia»; lleva retratad a la pereza en su
semblante, donde puede leerse su languidez; su aspecto
es distraído, viéndosele á veces flojo y preocupado, sin
vigor ni fijeza en los movimientos. I)espu¿s de haber
perdido la mañana, alm uerza en el café, donde lee los
periódicos sin perdonar siquiera los anuncios, porque
esta ocupación no exige esfuerzo.Recobra, sin em bargo,
algún vigor por la tarde, pero este vigor lo m algasta en f
charlas y discusiones estériles, y preferentemente (puesi
todo perezoso es envidioso) en denigrar á los hombres |
políticos; literatos y profesores; ninguno se escapa d el
su critica. Por la noche, el desgraciado se acuesta abu­
rrido, más displicente que la víspera., porque la misma
atonía revelada para el trabajo lo encadena también
casi siempre en el placer, y no hay alegría sin dolor n i-
dicha que no suponga algún esfuerzo. La lectura de un
libro, la visita á un Museo ó un paseo por el campo,
son placeres que exigen iniciativas, son placeres acti­
vos; y como, por otra parte, los placeres activos son los
únicos dignos de tenerse en cuenta, los únicos renova­
bles indefinidamente y á voluntad, el perezoso arrastra
la vida más insulsa que puede concebirse. Los perezo­
sos dejan escapar los placeres entre sus dedos por no
tomarse el trabajo de cerrar la mano. San Jerónimo los
com para, con mucha gracia, á esos soldados de los
grabados, con la espada siempre levantada, sin descar­
g ar jam ás el golpe.
L a pereza fundamental no excluye en absoluto algu-
24 LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

nos momentos de repentina energía, á manera de sacu­


didas. Lo repugnante para los pueblos no civilizados no
son los esfuerzos violentos, sino el trabajo ordenado y
continuo, que en deñnitiva consume una cantidad m u ­
cho m ayor de energía: una constante pérdida aunque
moderada, acaba por consumir más aún que los g ran ­
des gastos separados por largos espacios de reposo. Un
perezoso soporta]perfcctamente una lucha en donde vio­
lentos esfuerzos momentáneos van seguidos de largos
períodos de inacción. Los árabes conquistaron un vasto
imperio y no lo conservaron por carecer de la constan­
cia requerida para la organización adm inistrativa de un
país, apertura de caminos, fundación de escuelas y de
industrias. Del mismo modo casi todos los estudiantes
perezosos, hostigados por la proxim idad de los exám e­
nes, pueden d ar «una embestida», pero se resisten á los
esfuerzos moderados y reproducidos á diario durante
meses y años.
De modo tan cierto reside en el esfuerzo moderado,,
pero continuo, la energía real y fecunda, que todo tra­
bajo desviado de este tipo puede considerarse como un
trabajo perezoso. Todo trabajo continuo implica, claro
está, continuidad de dirección, pues la energía de la vo­
luntad se traduce menos por los esfuerzos múltiples que
por la orientación de todas las potencias del espíritu ha­
cia un mismo ñn. Un tipo m uy común de perezoso es el
joven vivo, alegre y enérgico, casi nunca desocupado,
que en un mismo día lee algún tratado de Geología, un
artículo de Brunetiére sobre Racine, revisa varios pe­
riódicos, repasa varias notas, bosqueja el plan de un
discurso y traduce algunas páginas del inglés; ni un
LA INDOLENCIA, EL MAL QUE HA DE COMBATIESE 25,

solo instante se halla inactivo, y sus compañeros adm i­


ran su resistencia para el trabajo y la diversidad desús
ocupaciones; sin embargo, este joven merece el afren­
toso calificativo de perezoso. P a ra el psicólogo sólo
existe en esta m ultiplicidad de trabajos indicios de aten­
ción espontánea y de un relativo valor; pero sin llegar
á la categoría de atención voluntaria. Esta pretendida
aptitud para el trabajo variado no es sino la manifesta­
ción de una gran flaqueza de voluntad. T al estudiante
nos sum inistra un tipo de perezoso muy común, que
llamaremos tipo desparramado. Sus «paseos del espíri­
tu» (1) son ciertam ente agradables; pero sólo paseos de”
recreo. Nicole llam a «espíritus de mosca» (2) á estos
trabajadores que pasan de un asunto á otro sin sacar el
fruto de ninguno; son, según la bella im agen de Féne-
lon (3) «como una vela encendida en lu g ar expuesto
al viento».
El gran inconveniente de esta dispersión de los es­
fuerzos consiste en que ninguna impresión tiene tiem­
po necesario para alcanzar su complemento. Puede con­
siderarse, como ley que rige en absoluto el trabajo in­
telectual, que las ideas y los sentimientos albergados,
como se acoge en una posada á un caminante, están y
habitan en nosotros á la m anera de huéspedes de paso_
t^n pronto olvidados como idos. Veremos en el capitulo
siguiente que el verdadera trabajo intelectual implica
orientación de todos los esfuerzos en una dirección
únicA. ,

(1) Lcilmiz T’Aeúfficee, pimiTo 515.


(2) Nicollc. fJuclanger tits cmirctiens, L.
(«I) fíducatioii des filie* f cap. V.
26 LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

Este horror al verdadero trabajo, es decir, á la coor­


dinación de todos los esfuerzos parciales hacia un ñn
preciso, se halla complicado con una no menor aver­
sión al esfuerzo personal. Una cosa es, en efecto, la
creación de una obra, el trabajo de invención ó de dis­
posición original, y otra el hacinamiento en la memoria
de lo producido por otros. P or otra parte, si el esfuerzo
personal fatiga tanto es porque im plica necesariamente
una coordinación. Las dos supremas formas de la labor
intelectual van indefectiblemente unidas en todo traba­
jo de producción, y estoprecisam cntcexplica lodesagra*
dable de este trabajo para la mayoría de los alumnos,
que han de constituir mañana, sin embargo, las clases
directoras. Los alumnos de las clases de Filosofía, por
ejemplo, son buenos estudiantes, estimulados con la
idea del examen de fin de curso, laboriosos, y en gene­
ral trabajadores asiduos; pero desgraciadamente no re ­
flexionan, y esta pereza del entendimiento se traduce
por una propensión á pensar con las palabras y nada
más- Asi, al estudiar Psicología, ninguno cae en la
cuenta de que haciendo desde su nacimiento y á diario
psicología aplicada, como Jourdain hacía pro.sa sin sa­
berlo, sólo observándose con atención, les seria facilísi­
mo encontrar ejemplos personales en sí mismos, sin
necesidad de recordar los citados en los libros; mas por
desgracia, una pendiente irresistible les conduce irre­
misiblemente á aprender más bien que á investigar. El
enorme recargo impuesto con esto á su memoria les
arredra menos que el más ligero esfuerzo personal, y
son indiferentes para todo, exceptuando, claro está, y
aun en corto grado, á. los alumnos más escogidos.
LA INDOLENCIA. EL MAL QUE HA DE COMBATIRSE ÍT

La prueba experim ental de esta incapacidad para el


esfuerzo personal nos la sum inistran los concursos tri­
mestrales para obtener el prim er lugar,cuyos ejercicios
rehuyen la mayor parte de los alumnos, aun cuando se
ven obligados tan sólo á escribir sobre un punto donde
nada tienen que inventar, sino casi siempre ordenar,
según un nuevo plan*conocimientos adquiridos durante
el curso, cuidando de poner en su exposición el esmero
y el lucidus ordo que exige el lector; pues aun asi, sin
embargo, resulta para ellos un ejercicio en extremo des­
agradable-
Bien mirado, esta aversión por el trabajo personal
la llevan consigoá las universidades, sin mucho perjui­
cio, porque en ningún examen se trata de averiguar el
fondo y el verdadero valer del alumno, sino el estado de
su memoria y el nivel, el estiaje de los conocimientos
adquiridos. Todo estudian te concienzudo y reflexivo r e ­
conocerá en su fuero interno á cuán pequeña sum a de
esfuerzos que no seau de memoria se ha visto obligado
en un curso de Medicina, de Derecho, de Ciencias na­
turales ó de H istoria.
Curioso es observar las sutiles formas que afecLa la
pcrezi, hasta en el sabio, aun cuando no excluya en
modo alguno una gran laboriosidad y dosis de trabajo,
pues aquí la cantidad no compensa la calidad, sino más
bien aquélla suele redundar en daño de ésta. Los e ru ­
ditos alemanes, por ejemplo, se burlan á su gusto de
nosotros y, como el ratoncillo de la fábula, sacan del
fuego las castañas que nosotros asamos: comparación
exactísim a, pues que el ratón es el verdadero símbolo
del trabajo de erudición.
38 LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

...Ratón avec sa patte


D‘une mani&re délic&te,
Ecarte un pea la cendre ct retire les doigts;
Puis les reporte á plusieurs fois;
Tire un marrón, puis deux, et puis trois en escroque...
Es, en efecto, im trabajo el de erudición que se toma
y se deja con la mayor facilidad. Constantemente ali­
mentado con textos el entendimiento, puede, siu acto
creador alguno,dedicarse con fruto á este estudio hasta
cuando ha perdido la sutileza de su penetración. Las
ciencias de pura erudición no tienen porvenir. El tiem­
po se encargará de confirmar las previsiones de Renán
sobre este punto. Sus resultados son harto precarios y
discutibles. Los 20.000 volúmenes amontonados cada
año en la Biblioteca nacional, fornurán en cincucnta
años una suma de un millón de volúmenes, sin contar
el montón de Deriódicos sumados diariam ente á la co­
lección actual. ¡Un millón de volúmenes! Tomando
como término medio del grueso de cada volumen dos
centímetros, se obtendría una. pila cuatro veces más
alta que el Monte-Blanco! ¿No es evidente que se des­
em barazará la Historia cada vez más de nombres pro -
pios, ocupándose exclusivam ente de los grandes hechos
sociales, siempre hipotéticos en cuanto se refiere á sus
causas y efectos, y que la erudición pura perderá, as­
fixiada por el enorme cúmulo de materiales, toda a u to ­
ridad en los espiritas pensadores? La acumulación se­
rá menos considerada como trabajo, y llevará esta tarea
su verdadero nombre de labor, reservando la denomina­
ción de trabajo á la exposición original, á la elim ina­
ción de detalles inútiles, á la concentración producida
LA INDOLENCIA, EL MAL QUE HA DE COMBATIASE i»

por el esfuerzo supremo del pensamiento. En efecto,


crear es buscar la silueta, esencial predominante y colo­
carla en plena luz; á su lado lós detalles ociosos sólo
sirven para desfigurar la verdad, é indicar, en cierto
modo, al ojo perspicaz que en los impulsos de la ener-
gíaintelectual hay infiltraciones del caudal de pereza-
incoercible existente en nosotros.
Sensible nos es reconocer cómo todo nuestro sistema de
enseñanza contribuye á ag rav ar esta pereza fundamen­
tal de la inteligencia. Los program as de segunda ense­
ñanza parecen destinados á form ar de cada alum no un
extraviado, obligando á estos desgraciados adolescen­
tes, con la variedad de m aterias que deben asim ilar,
á libar en todo sin perm itirles profundizar en ñafia.
¿Cómo ha de creer ningún joven en lo absurdo de ¡todo
el sistema actual de segunda enseñanza, y por tanto en
su tendencia á sofocarjen el alumno todo espíritu de
iniciativa y todo conato de voluntaria buena fe para el
trabajo? Hace algunos años la potencia de nuestra arti­
llería era sólo mediana, habiéndose hecho diez veces
m ayor de entonces acá. ¿Por qué? Porque el proyectil
estallaba en el instante de chocar con el obstáculo sin
producirle gran mella; y hoy, por la invención de un
fulm inante especial, el proyectil cam ina algunos mo­
mentos después del choque, penetra profundamente, y
alojado en el espesor mismo del muro, en espacio es-
tr ,-cho y cerrado, allí 'es donde estalla, triturando y
pulverizándolo todo. En nuestro actual sistema de edu­
cación se ha olvidado añadir al espíritu su fulminante,
y no se da lugar á que los conocimientos adquiridos
profundicen lo necesario. ¿Quieras detenerte? No pue-
&> LA. EDUCACIÓN DJO LA VOLUNTAD

de ser. ¡Adelante! ¡Adelante]—So he comprendido bien,


apenas me he formado idea"de este pensamiento por una
simple lectura..... ¡Adelante! ¡Adelante! Nuevo Judío
E rrante, debes cam inar sin descanso; atravesarás las
Matemática», la Fisica, la Química, la Zoología, la B o ­
tánica, la Geología, la H istoria de todos los pueblos, la
Geografía de las cinco partes del mundo, dos lenguas
vivas, varias L iteraturas, la Psicología, la Lógica, la
Moral, la Metafísica, la H istoria de los sistem as.....
Adelante, m archa hacia la medianía, y sal del Institu­
to de segunda enseñanza con la costumbre adquirida
de verlo todo superficialmente y de ju zg ar por las apa­
riencias.
Esta vertiginosa carrera no se moderará tampoco en
la Universidad, donde, por el contrario, aum enta su
velocidad para muchos estudiantes.
Añádase á esto que las condiciones de la vida moder­
na tienden á anular nuestra vida interior y dispersan el
espíritu en grado tal que difícilmente puede superarse.
L a facilidad de las comunicaciones, la frecuencia de los
viajes, las excursiones al mar ó la montaña disipan
nuestro pensamiento. F alta tiempo aun para leer y se
a rrastra una vida tan agitada como insulsa. La ficticia
excitación producida en el ánimo por el periódico y la
rapidez con que sus noticias conducen el interés á través
de diversos hechos acaecidos en las cinco partes del
mundo, hace enfadosa param uchoslalecluradeun libro.
¿Cómo resistir á la dispersión de las facultades inte­
lectuales promovida por el medioambiente cuando nada
hemos encontrado en la educaeión para prepararnos á
esta resistencia? ¿No desconsuela pensar que la obra
LA INDOLENCIA, EL MAL QUE HA DE COMBATI USE 31

capital de la educación de la voluntad no se acomete en


parte alguna directa y conscientemente? Todo cuanto
se hace en este sentido se dirige á distinto fin: sólo se
procura enriquecer la inteligencia, y la voluntad no se
cu ltiva sino en la medida indispensable para el trabajo
intelectual; pero digo mal, se la cultiva, se la excita y
nada más. Nadie se cuida sino del presente. Hoy todo
se reduce á un gran aparato de represión y de g alv a­
nización: la corrección del maestro, las burlas de los
compañeros, el castigo por una parte y las recompensas
y los elogios por otra. P ara m añana sólo se vislum bra
allá en lejana y vaga perspectiva un título de licenciado
en Derecho ó de doctor en Medicina, que hasta los más
haraganes consiguen alcanzar. La educación de la vo­
luntad se hace á la ventura, y sin embargo, ¿no es la
energía lo que caracteriza al hombre? ¿No permanecen
estériles sin ella los más preciados dotes de la inteligen­
cia? ¿No es el instrumento por excelencia de cuantos los
hombres han hecho de grande y admirable? ^
Allá en su fuero interño todo el mundo se dice lo que
acabamos de expresar. Todo el mundo adolece de este
desequilibrio entre la cu ltu ra abrum adora del entendi­
miento y la debilidad de la voluntad; pero, aunque pa­
rezca extraño, ningún libróse ha publicado hasta ahora
sobre los mediosdeconducir á feliz término la educación
de la voluntad, y nos encontramos sin saber cómo pro­
seguir por nosotros mismos una obra apenas bosquejada
por nuestros maestros. Interrogad á diez estudiantes
tomados al azar entre los que no trabajan y os contesta­
rán unánimemente: ayer el profesor del colegio fijaba
para cada día, ó más bien para cada hora, la tarea que
3i LA EDUCACIÓN DE I.A VOLUXTAU

se debía realizar; la orden era terminante y precisa: de­


bíamos estudiar tal capitulo de Historia, tal teorema de
Geometría, cum plir tal obligación y traducir tal párrafo;
y asi contábamos con un g u ía seguro, ya para alentar­
nos, ya para reprim irnos, y la emulación estaba sosteni­
da con ardor y habilidad. H oy no hay nada de esto:
no existo tarea fija ni precisa; disponemos del tiempo á
nuestro antojo; como siempre hemos carecido de inicia -
tiva en la distribución de nuestro trabajo, y por otra
parte nadie nos ha enseñado ningún método apropiado
á nuestras escasas fuerzas, nos encontramos exacta­
mente como si se nos arrojase completamente desnudos
en alta mar después de haber ensayado á nadar cuida­
dosamente rodeados por un triple cinturón de corcho: el
resultado es que nos ahogamos. Tío sabemos ni trabajar
ni querer, y hasta ignoramos dónde podríamos encon­
trar los medios de llevar ú cabo la educación de nuestra
voluntad por nosotros mismos, pues ningún libro prác­
tico se ha escrito con este objeto. Con todo osto nos
resignamos, y por doloroso que sea, procuramos no pen­
sar en nuestro abandono. Después de todo, tenemos el
café, la cervecería y amigos de cierto buen humor, y lo
mismo da pasar el tiempo de un modo quo de otro.....
Este libro, de cuya falta se lamentan tantos ióvenes,
es el que intentamos escribir.
C A P I T U L O II

LO (JIL-IÍ U E tíli B U S C A R S li

Aunque en los program as de enseñanza 110 se tiene


eu cuenta la voluntad del niño ni del joven, tenemos el
eonvencimiento do que nuestro valer guarda proporción
con nuestra energía, y que nada se puede esperar bajo
ningún concepto del hombre débil.Como, por otra parte,
encontramos en el trabajo la medida aproxim ada de la
potencia de la voluntad, nadie vacila en darse tono
exagerando su propio trabajo. Nada cuesta asegurar
que nos levantamos á las cuatro de la mañana, subien­
do que nadie nos bará la ofensa de venir á comprobar
tal aserto. Y si un día se presenta alguien á las ocho de
la m añana en casa de uno de est09 «furibundos» traba­
jadores y le encuentra en la cama, observa fácilmente
cómo cada una de sus visitas, aunque sean raras, por
extraordinaria desgracia coincide siempre con la ma­
ñana siguiente á una noche de teatro ó de tertulia, y
esta circunstancia le sirve para explicar el por qué no
ae halla entregado al trabajo desde las cuatro. A ndan­
do el tiempo, este furioso trabajador sale reprobado en
los exámenes.
E 11 nada como en esto mienten los estudiantes con
34 LA. EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

más facilidad, y no hay joven que no se engañe á SÍ


mismo ni deje de hacerse grandes ilusiones sobre au
propio trabajo y su capacidad para el esfuerzo. ¿Signi-
can estas m entiras otra cosa distinta del homenaje ren­
dido á la gran verdad de que el hombre no vale más
que lo marcado por su energía?
Cualquiera duda em itida por otro acerca de nuestra
voluntad nos mortifica en extremo; porque discutir
nuestra aptitud para el trabajo, ¿no equivale á poner
de manifiesto nuestra debilidad y nuestro abandono?
A dm itir la propia incapacidad para sostener con perse­
verancia el esfuerzo, sin el cual es menester renunciar
á elevarse 6obre el nivel ofdinario de pobreza intelec­
tual de los que asaltan las carreras llamadas liberales,
¿no es considerarnos irremediables medianías?
T al homenaje rendido al trabajo prueba la existen­
cia de un deseo de energía en todos los estudiantes, y
este libro trata tan sólo del examen de los procedimien­
tos que debe poner en práctica el joven veleidoso para
fortificar su deseo de trabajar, hasta transformarlo,
primero en resolución firme, vehemente y duradera, y
por último, en hábito invencible.
A nte todo, por trabajo intelectual es fuerza entender
ó bien el estudio de la naturaleza y de las obras ajenas ó
bien el ejercicio de la propia producción. Esta últim a
labor exije un previo estudio y abarca todos los géneros
del esfuerzo intelectual. El instrum ento de trabajo es,
en el prim er caso,la atención propiamente dicha, y en el
segundo, la m editación y la concentración interna, que
en resumen sólo son dos formas de atención,porque tra ­
bajar es atender. Desgraciadamente la atención no es un
LO (JUE DEBE HUSCABSE 35

«stado estable, fijo y duradero; y no seria lógico com­


pararla á un arco constantemente tenso; antes bien con­
siste en un cierto número repetido de esfuerzos de ten­
siones más ó menos intensas que se suceden con mayor
ó menor rapidez. Cuando enérgica y ejercitada, estos
esfuerzos se suceden tan de cerca que hacen el efecto
d e la continuidad, y esta continuidad aparente puede
d u ra r basta algunas horas diarias.
y É l objeto que se persígueos, pues, obtener esfuerzos
de atención intensos y sostenidos; y sería ciertam ente
uno de los más hermosos frutos producidos por el cul­
tivo de nuestro propio dominio la buena disposición del
ánim o para aceptar tales esfuerzos, constantemente re­
petidos, carga de ordinario harto pesada p ara los estu­
diantes, por cuanto la vehemente y desenfrenada juven­
tud tiende al predominio constan te de la vida anim al so­
bre la vida fría, apagada y en apariencia contranatural
de la m ayor parte délos trabajadores de la inteligencia.
Sin embargo, no bastan los esfuerzos intensos y sos­
tenidos si son anárquicos y no existe entre ellos la de­
bida armonía, dirigiéndose todos hacia un fln único.
P a ra que una idea ó un sentimiento se aclim ate y ad­
q u iera en nosotros carta de naturaleza, necesita condi­
ciones de perm anencia,frecuencia é intimidad; es preci­
so que por una lenta y sostenida serie progresiva de in­
fluencias tal idea ó sentimiento extienda el círculo de
sus relaciones y se imponga pocoá poco por su propio
valor. Asi se crean sobre todo las obras de arte. Un pen­
samiento, á menudo un pensamiento de la juventud,
nace viable, y permanece por lo pronto tímido y obscu­
ro en el hombre du genio, hasta que una lectura, cual­
36 LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

quier incidente de la vida, una expresión feliz recogida


al acaso de algún autor que ao dispuesto pa.ni este orden
de ideas, lo vislum bró sin darse cuenta de su alcance,
dan al pensamiento incubado conciencia de su valor y
de su misión posible/ Desde este instante se n u trirá de
todo: viajes, conversaciones y las más variadas lecturas
le sum inistrarán hasta fortificarle y saturarle elemen­
tos asimilables y confortables. Asi entretuvo G cthe su
concepción de Fausto durante treinta años, tiempo que
tardó eti germ inar, crecer y profundizar poco á poco
sus raíces hasta absorber de la experiencia los jugos
nutricios constitutivos de esta obra del genio.
^Lo mismo ha de acontecer, en las debidas proporcio­
nes, para tada.idea im portante. Si se lim ita á cruzar por
nuestra mente, puede considerarse nula y como no per­
cibida; es preciso prestarle atención repetida, frecuente
y cordial, cuidando de 110 abandonarla hasta que pue­
da vivir por sí misma y logre constituirse en núcleo de
organización; es forzoso albergarla largo tiempo en la
conciencia é insistir en ella á cada momento, y de este
modo adquirirá la vitalidad necesaria para asim ilarse
pensamientos fecundo.* y vigorosas inspiraciones, a tra í­
dos por esa fuerza misteriosa de im antación que se lla­
ma asociación de ideas.
Este trabajo de organización de la idea ó del senti­
miento se efectúa lentamoute, con meditación, calm a y
paciencia, al modo coma se forman esas adm irables
cristales obtenidos en el laboratorio, que exigen el de­
pósito lento y regular de millares de moléculas en el fon­
do de un liquido absolutamente tranquilo. En este sen­
tido todo descubrimiento puede considerarse como obra
LO qU E DEBE BUSCARSE 31

de la voluntad, Newton llegó á descubrir la g rav ita­


ción universal «pensando en ella constantemente».
Si aún se dudara de que el genio es sólo ouna larga
paciencia®, óigase la confesión de D arwin: «como obje­
tos de meditación y do lectura sólo escogía aquellos
asuntos que me hacían pensar directam ente en cuanto
había visto y probablemente vería......y estoy seguro
de que esta regla de conducta me cóndujo á hacer
cuanto he hecho en la ciencia»; y su hijo añade: «mi
padre poseía el don de no perder de vista un objeto du­
rante muchos años» (L).
¿A qué insistir sobre una verdad tan evidente? Re­
sumiendo: debe el trabajador intelectual perseguir y
alcanzar la energía de la atención voluntaria, y estase
traduce, no sólo por el vigor y la frecuencia de los es­
fuerzos, sino más bien y sobre todo por una orienta'
ción exactísim a de todos los pensamientos hacia un ñn
único, y por la subordinación, durante el tiempo nece­
sario, de nuestras voliciones, de nuestros sentimientos
y de nuestras ideas» á la gran idea directora y domi­
nante por la cual trabajamos; pero de este ideal, que
debemos tratar de realizar lo más completamente posi­
ble, nos alejará siempre la pereza humana.
Antes de entrar de lleno en el examen de los medios
de transform ar en voluntad duradera un débil y vaci­
lante deseo, hemos de desembarazarnos de dos teorías
filosóficas opuestas, pero igualmente funestas para con­
seguir el dominio do sí mismo.

(1) VieeC enrreupondnnce tlé D an ciu , Irad. Varigni, Rcinwal 1888, 2 vol.,
pág. ÜÜ y 135.
CAPÍTULO IH X
ELIMINACIÓN DE L \S FALSAS T DESCONSOLADORAS TEORÍAS

CONCERNIENTES Á LA EDUCACIÓN ¿>E LA VOLUNTAD

§I

La crítica para el escritor debe constituir tan sólo


un trabajo preparatorio hecho cuidadosamente, pero
guardado y reservado para sí. Nada más impotente que
la simple negación; de nada sirve criticar; pan\ con­
vencer es preciso construir.
Precisam ente porque este libro es todo él un tra b a ­
jo de construcción y ofrece una doctrina más s&tta y
sobre todo más sólidamente fundada eu los más eviden­
tes resultados de la psicología, puede atacar directa­
mente dos teorías m uy generalizadas, tan deplorables
por sus resultados prácticos como falsas especulativa­
mente consideradas.
( Falsa en sí y en la práctica deplorable en el más
alto grado la teoría que considera ol carácter como in ­
mutable, fué expuesta por Kant, renovada por Schopen-
hauer y apoyada m is tarde por Spencer.
Según Kant¿ elegimos nuestro carácter en el mundo
nouinenal y esta elección es en adelante irrevocable.
LAB FALSA.S TEOBÍAS

U na vez «descendidos» al mundo del espacio y del tiem­


po, nuestro carácter, y por consiguiente nuestra volun­
tad, permanece tal como es, sin que nos sea dable mo­
dificarla on poco ni en m ucho.)
Schopenhauer también declara que los diferentes ca­
racteres son innatos é inm utables. No se puede cam biar
la especie.de motivos á los cuales es accesible la volun­
tad del egoísta, por ejemplo. Se puede, por la educación,
engañar á un egoísta, ó más bien corregir sus ideas; h a ­
cerle comprender que si existe m edioseguro déalcanzar
el bienestar se funda en el trabajo y la honradez y no en
la picardía; pero es forzoso renunciar á modificar su
alm a haciéndola sensible al sufrim iento ajeno: imposi­
ble, tanto valdría convertir el plomo en oroj «Se puede
hacer ver á un egoísta que la renuncia de un pequeño
beneficio puede reportarle otro mucho mayor; al perv er­
so, que por causar á otro un sufrimiento se acarrea
otro más intenso; pero no hay modo de hacerles des­
echar su egoísmo ó su perversidad, como no podríamos
convencer al gato de que no le conviene cazar rato-

Aunque colocado bajo m uy distinto punto de vista,


adm ite H erberfc Spencer. con la escuela inglesa, que el
carácter hum ano puede ser transformado á la larga,
bajo la influencia de fuerzas exteriores ó condiciones
especiales de la vida; pero esta es obra de siglos, y por
lo tanto tal teoría resulta desconsoladora en la práctica,
pues el estudiante no puede contar con diez siglos de
vida, sino con veinte años de plasticidad.]-S i nos pro-

(1) Fvn¿rment tic la morql», p¿(. 114, Irad. Borricau. Aliar.


40 LA EDUCACIÓN' DE LA VOLUNTAD

pusiéramos emprender la obra de nuestro mejoramiento


m orat. no se conseguiría llegar á realizarla; porque no
se podría luchar con nuestro carácter, herencia legada
por nuestros ascendientes y querepresentam illarcs ó tal
vez millones de años de experiencias grabadas orgánica­
mente en nuestro cerebro. ¿Qué hacer contra esta for­
midable coalición de ascendientes unidos para com batir
nuestra débil voluntad personal en cuanto nos dispone­
mos á desembarazarnos de parte del legado que nos
transmitieron? >'o queda ni aun el recurso de la rebel­
día. porque iríamos á una segura derrota. Podemos,
sin embargo, consolarnos con ln. idea de que en cincuen­
ta mil años, y por D a tu r ¡il combinación del medio social
y de la herencia, llegarán nuestros descendientes á ser
una especie de m áquinas perfeccionadas recompuestas
en el transcurso de los siglos y cuyos productos serán
el sacrificio, el espíritu de iniciativa, etc.
Ciertamente esta cuestión del carácter m irada des­
de este punto de vista traspasa los lim ites de nuestro
objeto; no obstante, preferimos exam inarla en toda su
generalidad y en la posición más fuerte para nuestros
adversarios.
Creemos que las teorías acabadas de exponer son un
notable ejemplo de la pereza del espíritu, que es. como
el pecado original, inseparable, aun de las más asom ­
brosas inteligencias, sometidas á su influencia pasiva
mediante la sugestión del lenguaje. Estamos tan acos
tum brados á pensar con las palabras, que la palabra
nos vela la realidad de la idea cuyo signo es, y como es
única nos arrastra á creer en la unidad real de las cosas.
A la sugestión provocada por la palabra carácter, debe­
LAS FALSAS TEORÍAS 41

mos la apática teoría del carácter inm utable. ¿Quién no


ve, en efecto, que el .;arácíer no es más que una resul-
tnntc! Y una resultante cuyas fuerzas componentes se
bullan siempre dispuestas á modificarse. Nuestro carác­
ter goza de una unidad análoga A la de Europa, en donde
la combinación de las alianzas y la prosperidad ó deca­
dencia de un Estado modifican sin cesar la resultante.
Pues bien, lo mismo sucede en nuestras pasiones, nues­
tros sentimientos y nuestras ideas, están en un perpetuo
periodo constituyente y además pueden hacer v ariar la
intensidad y hasta la naturaleza de la resultante, por
las alianzas que m utuam ente contratan ó rompen. Todo
este libro ha de consagrarse á dem ostrar la posibilidad
de la transformación del carácter.
Si examinamos ahora el género de argum entos adu­
cidos en favor de semejante teoría^no encontraremos en
Kant más que puntos de vista ¿ prior i , j estos puntos
de vista n priori que considera necesarios para fundar
la posibilidad de la libertad se* desprenderían del sis­
tema como una ram a scca si Eant no hubiera confun­
dido el fatalismo y el determinismo, como pronto se ha
de ver.
En Schopenhauer aparecen más fantasmas que a rg u ­
mentos reales/ Le encanta hacer gala de su erudición
acum ulando autoridades sin tener en cuenta que todas
las autoridades juntas no valen tanto como la menor
prueba de hecho^lie aquí sus únicos argumentos: p ri­
mero, si el carácter fuera perfectible debería ser mucho
más virtuosa la mitad más vieja de la humanidad que la
más joven, y, sin embargo, no es asi; segundo, si al­
guien se porta una vez como un malvado pierde para
ií LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

siempre nuestra confianza, y esto dem uestra que con­


sideramos á todo carácter como inm utable. )
^¿Qué prueban tales argum entos si se reflexiona uo
poco sobre ellos? ¿Son siquiera argum entos? ¿Cuál de
aquellas aserciones, exactas por otra parte á prim era
vista, le prueba á nadie la imposibilidad de modificar su
carácter? Sólo prueban (y esto nadie lo duda) que.la in­
mensa m ayoría de las personas no ha emprendido nunca
formalmente la reforma de su carácter, y dem uestran
cómo los asuntos de la vida suelen estar regulados por
las inclinaciones naturales sin intervención de la volun­
tad. La m ayor parte de los hombres se dejan a rrastrar
por influencias extrañas; siguen la moda y la opinión
de otros sin pensar siquiera en rebelarse ni en resistir
como cuando se sigue á la tierra en su movimiento de
traslación alrededor del sol. Después de esto, ¿dudare­
mos de que la pereza es casi universal? L a m ayoría de
las gentes pasan su vida buscándose la subsistencia, y
ni los trabajadores, ni los pobres, ni las mujeres, ni los
niños, ni los hombres de sociedad se toman el trabajo de
reflexionar lo más mínimo: son «m a n iq u íe s ^ ), aunque
un poco complicados y conscientes, en los cuales el o ri­
gen de todo movimiento radica en la región de los de­
seos involuntarios y de las sugestiones extrañas. Surgi­
dos de la animalidad por una lenta evolución, bajo la
presión de las duras necesidades de la lucha por la exis­
tencia, la mayor parte poseen tendencias á retornar h a ­
cia ella en cuanto las circunstancias exteriores cesan de
aguijonearles; y cuantos en una ardiente sed de ideales

(1) Porl-Hoysl. Log¡que.


LAS FALSAS TEORÍAS 13

y una relativa nobleza de alnia, no encuentran motivo»


internos que les impulsen á perseguir la penosa tarea de
redim irse de la anim alidad, se dejan arra stra r sin ru m ­
bo fijo. No tiene, pues, nada de extraño esa demostra­
ción de que el número de los viejos virtuosos no supera,
al de los jóvenes, y se tiene razón al desconfiar de un
bribón reconocido.
/E l único argum ento de valor sería probar la in u ti­
lidad de toda lucha, y que ningún egoísta ha podido'
nunca, aun deseándolo, realizar grandes sacrificios. Y
tal aserción no merece ni exam inarse. ¡Se ve á tantos
cobardes afrontar la muerte por un interés pecuniario!
¡Toda pasión puede poner a p ru e b a el desprecio de la
vida! El mayor bien para el egoísta es indudablem ente la.
vida,sin cmbargo,¿no se han vistonunca egoístas arras­
trado} par un fugaz en tus ¡asm d hasta sacrificar su exis­
tencia á la patria ó ácu alq u iera otra noble causa?IY si es
posible ese estado pasajero, ¿qué será entre tanto del
famoso oper&ri sequitur esse? Un carácter transformado'
radicalm ente, aunque sólo sea durante media hora, no
es un carácter inmutable, y es lícito esperar la renova­
ción de estos cambios cada vez con mas frecuencia.
/P or otra parte, ¿dónde ha encontrado Schopenhauer
caracteres absolutamente coherentes, egoístas, por
ejemplo, desde el primero al último pensamiento y del
prim ero al último sentimiento? T al simplificación déla»
naturaleza hum ana probablemente no se ha realizado
jam ás; y, lo repetimos, la creencia de que el caracteres
único, á la m anera de una masa homogénea, está fun­
d ada en una m uy superficial observación. El carácter e&
una resultante de fuerzas heterogéneas, y esta aserción,.
U LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

fundada en Ja observación de la hum anidad viviente, y


no on abstracciones, basta para echar por tierra la cán­
dida teoría de Kant y Schopenhauer. En cuanto á Spen-
cer, bastará hacerle observar que las buenas inclinacio­
nes son tan hereditarias y se hallan tan poderosamente
organizadas como las malas, y por ende 90 puede tener
para gf, con habilidad, tanto poder ancestral como con­
tra sil De todos modos, sólo se trata del más ó del menos,
cuestión que esperamos resolveren el transcurso de
esta obra.
Déjese, pues, á un lado la teoría del carácter inm u­
table, derribada por su propio peso. Bendigamos i Scho­
penhauer por haberla inoculado en Alemania; valdría
para nosotros dos cuerpos de ejército si no tuviésemos
también nuestros teóricos del desaliento, y en particular
Taine,que con una cortedad de vista inconcebible en tan
gran talento, no ha sabido distinguir el fatalismo del de­
terminismo, y por reacción contra el espiritualismo de
Cousin ha llegado hasta considerar la vida como inde-
pendiente de la voluntad, y á la virtud como un produc­
to,como un azúcar, por ejemplo. Imagen cándida y pue­
ril, que por su irracionalidad ha separado por mucho
tiempo á los hombres de talento del estudio del deter­
minismo psicológico y ha desfigurado desde su ap ari­
ción y muchos años después la significación del libro
de Mr. Ribot sóbrelas enfermedades de la voluntad.
Esto dem uestra cómo en m aterias tan delicadas, sobre
todo, vale más habérselas con una legión de adversa­
rios que con un amigo sutil y extraviado.
LAS FALSAS TEOEÍAS

§ 11

Réstanos ahora deácmbarazar nuestrocam inode una


teoría de mayores vuelos, que reconoce la posibilidad do
llegar á conseguir nuestro propio dominio; pero h a ­
biendo considerado cu extremo fácil esta obra de em an­
cipación, ha producido tantas y aun más decepciones
que las teorías fatalistas. Nos referimos á la teoría del
libre albedrío.
El libre albedrío, cuya suerte se ha tratado de unir á
la de la libertad mora], es independiente de ella, y aun
su mayor obstáculo. Presentar á los jóvenes como fácil,
como dependiente de un fiat una obra tan lurga, penosa
y de tantaperseveranciacom o la redención propia,equi­
vale á sumirlos de antemano en el in is completo des­
aliento. Tan pronto como los ocho años primeros de
enseñanza, de frecuentes y asiduas relaciones con los
hombres de voluntad de la antigüedad, agigantados por
la perspectiva, han llevado el entusiasmo al ánimo del
joven, es conveniente hacerle afrontar la tarea por ex­
celencia noeuinascarándole ninguna de susdiñcultades;
pero presentándole al propio tiempoaseguradoel triunfo
con la sola condición de una constancia á toda prueba.
No se consigue alcanzar el dominio de sí mismo por
un fiat, como la F rancia no consiguió tampoco, des­
pués del año 18/0, llegar á ser p jr un fiat la F rancia
poderosa de hoy. La patria ha necesitado veinte años de
penosos y perseverantes esfuerzos para levantarse, y
del mismo modo nuestra reconstitución personal ha de
18 LA EDUCACIÓN SU LA VOLUNTAD

ser obra de paciencia. Son muchos loa que durante


treinta ó m ásanos se bailan sometidos al rudo trabajo
que produce el ejercicio de cualquier oficio ó profesión,
para poder lograr un retiro en el campo donde descan­
sar de tantos afanes; ¡y no se ha de consagrar tiempo
Alguno á la noble y grande obra de nuestro propio do­
minio! De ella depende cuanto hemos de valer, y por
tanto lo que hemos de ser y el papel que hemos de re ­
presentar; por ella podremos conquistarnos el aprecio y
respeto de todos, y ab rir de par en p ar los manantiales
de la felicidad (pues toda verdadera felicidad proviene
de nuestra actividad bien ordenada, ¡y no obstante, de
esta obra casi ningún joven se preocupa! Este desprecio
oculta evidentemente un secreto m alestar por todos ex­
perimentado. ¿Qué estudiante no ha notado con pena la
desproporción que existe entre sus deeeos de portarse
bien y la debilidad de su voluntad? ¡Sois libres!, decían
nuestros maestros; pero nosotros sentíamos con deses­
peración la m entira de tal afirmación. Ni se nos enseñó
que la voluntad se conquista lentamente, ni se pensaba
en estudiar cómo se conquista, ni tampoco se nos adies­
tró para esta lucha, ni se nos alentó ¿ ella; y en tal situa­
ción, una reacción muy natural nos condujo á aceptar
arrebatadam ente las pueriles teorías de T aine y de los
fatalistas, que por lo menos uos consolaban, enseñándo­
nos á tener resignación ante la inutilidad de la lucha, y
así nos dejamos llevar tranquilam ente sin rumbo fijo por
los caminosdel aturdim iento para ti o con vencer nos de la
falsedad de estas doctrinas tan halagadoras de nuestra
pereza. ¡Ah, la causa esencial de estas teorías fatalistas
de la voluntad es la cándida y á la vez funesta teoría de
LAS FALSAS TEORÍAS *7

los filósofos del libre albeldrio! La.libertad moral como la


libertad política, y como cuanto vale algo en el mundo,
debe conquistarse en lucha abierta y defenderse sin tre­
gua, teniendo en cuenta que es la recompensa de los
fuertes, de los hábiles y de los perseverantes. Nadie es
libre si no merece serlo. La libertad no es un derecho ni
un hecho, sino una recompensa, y por cierto la más alta
y la más fecunda en satisfacciones, porque es á todos los
acontecimientos de la vida lo que la luz del sol ú un pai­
saje; y á quien no haya sabido conquistarla le st¿rán ve­
dados todos los goces sólidos y duraderos de la vida.
¡Ay! ninguna cuestión más obscurecida que esta
tan vital de la libertad. Bain la llama la enmohecida
cerradura de la metafísica. Entendemos, claro es, por
libertad el propio dominio, es decir, la dominación ase­
g u rad a de los nobles sentimientos é ideas morales sobre
los impulsos de la anim alidad. Ni que pensar hay en lle­
g a r á conseguir el dominio propio impecable; nos sepa­
ran m uy pocos siglos de nuestros antepasados los salva­
jes habitantes de las cavernas, para poder desprender­
nos en absoluto de la herencia de irascibilidad, egoísmo,
concupiscencia y pereza que nos legaron. Los grandes
santos, vencedores en esa lucha sin tregua entablada
entre nuestra naturaleza lium ana y nuestra naturaleza
anim al, no disfrutaron la alegría de los triunfos tran ­
quilos y no disputados.
Pero observemos una vez más que la obra cuyos
grandes rasgos vamos trazando no gs tan difícil como
la de nuestra propia santificación, pues una cosa es lu ­
ch ar contra nuestra pereza y nuestras pasiones, y otra
tra ta r de extirpar en absoluto de nosotros el egoísmo.
48 LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

Aun reducida á estos términes, la lucha es larga y


difícil, y ai los ignorantes ni los presuntuosos lograrán
la victoria, porque es indispensable conocer la táctica
especial que exige y aceptar la larga labor que entraña.
E n trar en la palestra sin conocer las leyes de Ja psico­
logía ó sin seguir los consejos de quien las conozca,
es como querer ganar una partida de ajedrez á un ju ­
gador consumado sin conocer la m archa de las pie­
zas. Pero, dirán los partidarios de un quim érico libre
albedrio, si nada podéis crear, si por un fiat voluntario
no podéis d a r á cualquier motivo ó móvil unafuerzaque
no posee por sí, ¡no sois libres!—Sí, en verdad, somos
libres y no deseamos serlo de otra manera: en lugar de
pretender, como vosotros, d ar iuerza á un motivo por
una simple volición (?), por un acto misterioso, extra­
vagante y contrario ¿ todas las leyes cien tíficas, preten -
demos dársela por una inteligente aplicación de la ley
de asociación. Si mandamos á la naturaleza hum ana es
obedeciéndola, y la única g arantía de nuestra libertad
son las leyes de la psicología, único instrum ento pasi­
ble á la vez de nuestra redención. P a ra nosotros no
existe libertad sino en el seno del deterninism o.
Hénos ya abordando el punto culm inante de la cues­
tión. Se nos dice: si no aceptáis que la voluntad pueda,
sin desearlo de ningún modo y únicamente por su libre
iniciativa, asegurar la preponderancia de un móvil sin
fuerza sobre otros más poderosos, presuponéis el deseo.
Si vuestro estudiante no desea trabajar, no trabajará ja ­
más. He aquí como acabáis por adm itir una predestina­
ción más despiadada que la calvinista, pues el calvinis­
ta predestinado al infierrio ignora tal predestinación y la
LAS KALSAS TEORÍAS 40

esperanza del cielo no le abandona nunca, pero vuestro


estudiante, por un profundo examen de conciencia,
puede saber que no tiene tal deseo, no la. gracia, y en
su virtud cualquier esfuerzo es inútil y debe dejar á la
puerta toda esperanza. <
Todavía con más claridad. Tengo ó no tengo deseo
de lo mejor: si no lo tengo, todo esfuerzo es inútil; pero
como el deseo no depende de mi, sino que es gracia que
sopla donde se le antoja, nos vemos reducidos al fatal is-
1110, ó, inás bien, á la predestinación. Perfectamente;
pero aun concediendo esto, concedemos menos de lo que
parece. El deseo de lo mejor, si bien se observa, por dé­
bil que sea, uos basta, porque según nuestros principios,
empleando medios convenientes de cu ltu ra se le puede
desarrollar, fortalecer y transform ar en resolución sóli­
da y duradera. Pero este deseo, aunque se le postule
débilmente, es imprescindible, y nada se puede sin su
preexistencia.
Lo admitimos plenamente, y creemos desde luego
que hasta los mismos partidarios de la libertad por el
fiat nos concederán la imposibilidad de encontrar nin­
guna decisión de mejorarse si no descansa sobre algún
deseo de m ejoram iento.Ejecutar de m ala gana una obra
de grandes alcances sin tejier afición a lo que se trata de
realizar, es renunciar á toda probabilidad de éxito.P ara
conseguir el triunfo es preciso tom ar con empeño la
obra emprendida, y, lo repetimos, nuestro estudiante
tiene ó no tiene este empeño ó deseo: si no lo tiene se
h alla condenado sin remedio. Aceptamos este dilema: ya
lo hemos dicho. ¡Sí, el deseo es necesario: si no existí*,
deseo de emancipación no existe libertad! Pero los do
Sil LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

torosos efectos de esta predestinación alcanzan sólo á


una categoría de individuos que hasta los partidarios
del más absoluto libre albedrío consideran como pre­
destinados á la desgracia.
En efecto, el grupo de tales predestinados se confun­
de con el de los infelices alienados enfermos de locura
m oral. Admitimos, sin poderlo dem ostrar y únicamente
porque ja m á s hemos encontrado casos negativos, que si
se pregunta á un hombre cualquiera, d o atacado de
alienación, $i prefiere la carrera gloriosa de un Pasteur
á la de un borracho envilecido, optará por la prim era.
Este es, sin duda alguna, nuestro postulado. ¿Quién
será capaz de discutirlo?
¿Dónde se han visto hombres absolutam ente insensi­
bles al esplendor del genio, á la belleza ó «i la grandeza
moral? Si semejante brutalidad existe ó ha existido,
conñeso que me hiela la sangre en las venas; y si mi
postulado es cierto, y es p a ra la mayor parte de la hu-
marutind, esto me basta; pues desde el momento en que
un hombre pretiere al innoble envilecimiento de los mA-s
despreciables ejemplares de la especie hum ana la g ra n ­
deza de un Sócrates, de un Régulo ó de un Vicente de
Paúl, tal preferencia, por insignificante que sea, es bas­
tante, porque preferir im plica amar, desear. Por fugaz
que se suponga este deseo puede ser favorecido y afir­
mado, siendo susceptible de tom ar cuerpo por el cultivo
y transformarse en resolución viril por la hábil combi­
nación de las leyes psicológicas. Así es como de un g ra­
no, alimento de una horm iga, surge un gigantesco ro­
ble que desafia lo* más violentos huracanes.
Por consiguiente, aun relegados á esta predestina­
LAS FALSAS TEOHÍAS 51

ción, esto en nada nos contraria, por cuanto aparte de


un grupo de alienados, sacrificados hasta por loa.parti-
■darios del libre albedrío por el /íai, y tal vez de un con­
tingente de algunas docenas de estúpidos incorregibles,
todos somos predestinados en el buen sentido de la pa­
labra. L a moral no tiene, pues, necesidad de unir su
suerte á la de teorías tan aventuradas, y lo repetimos,
tan desconsoladoras, como la del libre albedrío. La m o­
ral sólo necesita, libertad, lo que es m u y diferen te ; y la
Uberl&d no es posible Bino en y p o r el determ in ism o (l).
P a ra asegurar nuestra libertad basta que nuestra im a­
ginación sea capaz de concebir un plan de vida suscep­
tible de 9er realizado. El juicio propio y la práctica de
las leyes de la psicología nos perm itirán, por medio de
luch&9y alianzas sucesivas, asegurar la preponderan­
cia del plan escogido y hacer solidario de nuestros pro­
pósitos al tiempo, poderosa palanca de la emancipación
de nuestras ideas.
T al vez el concepto así formado de la libertad no sea
tan seductor para nuestra pereza como la teoría del li­
bre albedrío; pero tiene sobre ésta la ventaja de arm o-
aizarsecoD larealidad denuestranaturaleza psicológica
y moral, y de 110 exponernos al ridículo de una orgullo-
su afirmación de nuestra absoluta libertad, constante­
mente desmentida por un positivo vasallaje rendido á

(I) El rio lorrainiam i sign¡Q«a m|U¡, |u r a el n i t o r , u n «ústeiim «lo oliicatiA ri do Li


v o lu n ta d j nada m ás. Kn la om ina frase, y crm slanlom cnlo en Lodo el lib ro , w |in>c|,i-
jiu la liborlari m ural V s e trib u ta n ju s ltu elogios i l.i H olifidn (á tó lh q y i su s ¡u n to ;,—

y. M t.
ss LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

nuestros enemigos internos. Menos mal si este conflicto


fuese m ateria de diversión para el psicólogo observar
dor, m as por desgracia no ba de tard ar en producir el
desaliento aun en los ánimos mejor dispuestos. Ade­
más, sin duda alguna, la teoría del libre albedrío ha
apartado á muchos perspicaces talentos del estudio de
las condiciones de la voluntad (1), lo que constituye
una irreparable pérdida.
Ahora, desembarazado ya el camino de las teorías
en boga sobre la naturaleza de la voluntad, podemos
estudiar de cerca su psicología, entrando de lleno en
nuestro objeto.

(1) P a n convencerse do oslo basta conocer el profundo olvida en q u r lia caído h


obra psicológica m is im portante que lia producido U escuela de Ccusin, releí-ente á la
voluntad. Nos reforim os al adm irable T a b lw u de la eiieité tolunlaire p o u r
je rv ir d la ttieneie de 1‘edueaíiin, p or Dobs. Analcos, l& U , 106 páginas en 8.* (a).
Scfjtin tañamos entendido. Dobs m urió d e n n o s tre in ta y cu atro años; j- hay e n su
l¡l>ro páginas de prodigios* p cn o L n cita, atendiendo á la focha do la obra. En la p l j i -
iu 30 y agulonU s so observa una clara exposición do la teoría reproducida p or W . J a ­
mos, según la rual la voluntad no une los Wm in o s sino en el orden mental.
¡Uui1 no liuhiori lioclio en esto orden do estudios el sutil til coto de Jo aífro j si mi
hubiera sido desviado do <1 por lis diaxiLsiones b ia n tiru s , entonces de m o lí, acerca
del libro albedrio! Tan fatal loo ría ha sido duranto medio siglo una I n k a ]>ara ol estu­
dio do Ja voluntad.

(«) flet* el conocí míe-.-I''» de rsU obra i ta a m ab ilid ad de Mr. Kc í? r, profeaur de


liK a c a lla d rt« tílr » » de K » rc j, conocido «a el ntuodo Ilustrado n « tiII litrm o » lib ra
la Pcp o/t IntárUurt, y por l o reciente y ra u jls tm l catadla to b ra í t Juicio.
LIBRO II
PSIC O LO G ÍA D E L A V O L U N T A D

CAPÍTULO PRIM ERO \

ESTUDIO I)SL OFICIO DE L.VS IDEAS EN LA VOLUNTAD

Si los elementos de nuestra vida psicológica fueran


simples, sería m uy fácil estudiar los peligros y los re­
cursos presentados por cada uno de ellos á la obra de
nuestro propio dominio; pero tales elementos forman
entre sí mezclas y hasta combinaciones que hacen de­
licado el trabajo de análisis en sus detalles.
Sin embargo, es fácil observar cómo todos los ele­
mentos de nuestra vida íntim a se reducen á tres: nues­
tras ideas, nuestros estados afectivos y nuestras ac­
ciones.

§I

La palabra idea encierra varios elementos diferentes.


La distinción más profunda que el psicólogopreocupado
con las relaciones entre la inteligencia y la voluntad,
puede efectuar de nuestras ideas, es la distinción entre
54 PSICOLOGÍA DE LA YOL UNTAD

ideas centrípetas é ideas centrífugas. Gran número de


ideas nos vienen del exterior; están «retenidas en el
tamiz*, como dice Montaigne, como verdaderos hués­
pedes de paso, y sin sufrir ningún trabajo de asim ila­
ción, quedan como en depósito en nuestra memoria,
donde se encuentran unas al lado de otras las más con­
tradictorias, y si llevamos en nuestra cabeza un lío de
pensamientos procedentes de nuestras lecturas,de nues­
tras conversaciones y hasta de nuestros ensueños; ex­
tranjeros que se han aprovechado de nuestra pereza de
espíritu para introducirse en nosotros; la m ayor parte
bajo la capa de la autoridad d ealg ú n escritor ó maestro.
En este arsenal, hay de bueno y de malo, y e s donde
nuestra pereza y nuestra sensualidad irán á buscar ju s ­
tificación. Las ideas de esta naturaleza están á nuestra
disposición y podemos alinearlas y hacerlas evolucionar
á nuestro antojo; pero si todo lo podemos sobr« ellas,
ellas en cambio nada pueden resolutam ente sobre nos­
otros. L a m ayor parte se reducen sólo á palabras, y la
lucha de las palabras contra nuestra pñreza y nuestra
sensualidad es la lucha del puchero dé barro contra el
de hierro. Mr. Fouillée ha defendido una tésis, falsa en
general, hablando de las ideas-tuerzas, sin ver que lo
que la idea tiene do fuerza ejecutiva le viene casi siem­
pre de su alianza con las verdaderas potencias, que son
los estados afectivos. A cada instante la experiencia nos
pone de manifiesto cuán débil es el poder de la idea.H ay
gran distancia del asentimiento puram ente formal á la
fe eficiente é instigadora de actos. En cuanto á la inteli­
gencia se encuentra sola y sin recursos extraños para
luchar contra la brutal cohorte de potencias sensuales.
ESTUDIO DKL OFICIO DE LAS I Dr AS EN LA VOLUNTAD 55

queda reducida á la impotencia. Este carácter de la, i ri­


to licencia aislada es imposible de verificar en un buen
estado de salad; pero la patología se encarga de sum i­
nistrarnos evidentes pruebas de cómo toda tuerza insti­
gadora de actos im portantes emana de la sensibilidad.
No pretendemos, sin embargo, negar á la inteligencia
toda clase de fuerza propia; pero tenemos por m uy cier­
ta su impotencia para contrarrestar las torpes y burdiis
tendencias animales. Mr. Ribot (I) lia demostrado, va­
liéndose de adm irables ejemplos, que cuando la sensibi­
lidad está profundamente herida, cuando á la sensación
no sigue la satisfacción correspondiente, cuando la idea
permanece seca y íría, todo ser inteligente se hulla in­
capacitado hasta para el ligero movimiento que exige la
estampación de su Arma. ¿Quién no se ha encontrado
en un estado análogo al despertar de una noebe agitada
y de insuficiente descanso? Sumidos eu un profundo en­
torpecimiento, aunquecon la inteligencia, bastanteclara»
sin embargo, comprendemos lo que debiéramos hacer;
pero ¡ayl, sentimos al propio tiempo la fuerza de la idea
cuán escasa es por si misma. Si en tal situación oímos
ú la criada hablar con uua visit;i anunciada de an te­
mano y qno habíamos dado al olvido, la vergüenza de
caer en falta, esto es, un sentimiento, nos hará arrojar
del lecho ú toda prisa. El caso citado por Mr- Ribol es
una viva imagen de este contraste entre los efectos de
la idea y los del sentimiento. Uno de los enfermos de
cjue habla, incapaz de ejecutar el menor movimiento
voluntario á pesar do la integridad de su inteligencia.

l'l i .1/1nlniíUe ds la cW owír, página* 36, ífí), 43, "i0, I |ff> y I IT


.-.6 PSICOLOGÍA DK la VOLUNTAD

fue el primero en saltar del coche al ser atropellada por


éste una m ujer.
Desgraciadamente, se cree que los estados patológi­
cos son estados especiales, cuando no son sino exage­
raciones de la realidad. Asi como un avaro se hallará
siempre dispuesto á reirac de las ridiculas ex travagan­
cias de Harpagón (1), sin considerarse aludido, del
mismo modo en los períodos lúcidos se resiste la per­
cepción de las enfermedades mentales. N uestra expe­
riencia toda nos ha convencido de la impotencia de la
idea sobre ln voluntad. Sin hablar de los aficionados ul
alcohol, que saben muy bien las consecuencias que ten­
drá su em briaguez, aunque 110 las sienten hasta el pri­
mer ataque de apoplejía, cuando ya es demasiado ta r­
de, ¿qué es la imprevisión sino la visión de las amena­
zas del porvenir sin el sentimiento de ellas? Cuando se
llega á la miseria se exclama: ¡ah, si yo lo hubiera sa­
bido! Se sabía, pero no con aquel conocimiento sensible
y de emoción que es el único eficaz en cuanto á la vo­
luntad se refiere.
Bajo esta capa superficial de ideas poco profundas
se encuentran las ideas capaces de beneficiarse con el
apoyo de sentimientos fugaces. Después, por ejemplo, de
pasar varios días en uua semipereza, se toma un libro
y no se entera uno de lo que lee; el esfuerzo repugna, á
pesar de las excelentes razones sugeridas por la propia
reflexión: de pronto el correo nos trae la noticia del éx i­
to de un compañero; y picados de emulación, lo que no
habían podido producir las más elevadas y sólidas con­

(I) l’rotagoni-sl.i ilfl Jíl Avarn, rarn o d u d u M ofliré.— AT. d«l T.


ESTUDIO DEL OFICIO DE LAS IDEAS EN LA VOLUNTAD 57

sideraciones, lo hace en el acto una onda emotiva de or­


den interior. Jam ás olvidaré un acontecimiento que me
demostró con evidente claridad la diferencia entre la
idea y la emoción. Una mañana, antes de am anecer,
atravesaba yo, en Buet, una rápida y nevada pendiente,
cuyo fondo se perdía en la obscuridad. Resbalé, pero no
perdí ni un instante la cabeza; tenia conciencia de lo crí­
tico de mi situaciún, veía con toda claridad el peligro, y
pensando que iba á matarm e, conseguí acortar mi carre­
ra y detenerla por último cien metros m ás abajo. Con
g ran calm a atravesé m uy despacio el helero, ayudándo­
me con mi bastón ferrado, y una vez en seguridad en las
rocas, definitivamente salvado, me sobrecogió un vio­
lento temblor, probablemente á causa del agotamiento
provocado por excesivos esfuerzos. El corazón me latía
con violencia, un sudor frío cubrió todo mi cuerpo, y so­
lam ente entonces experimenté un miedo y nn terror ex­
traordinarios. En este momento la vista del p elig ro se
convirtió en sen tim ien to del p elig ro . y¿_, y /, t
Más profundas aún que estas ideas de origen exter­
no, aceptadas provisionalmente como estados afectivos
transitorios, se encuentran otras que, aunque también
de origen externo, se armonizan con sentimientos fun­
dam entales, formando con ellos una alianza tan estre­
cha que ¿o se sabe si la idea es absorbida por el senti­
miento ó éste por aquélla. Cuando alcanzan este grado,
se confunden con las ideas de origen interno, em ana­
das de nuestro seno, fiel traducción de nuestro propio
carácter y de nuestras arraigadas tendencias. Nuestra
personalidad sensible les presta una fuerte coloración, y
en cierto modo son sentimientos. Como la lava se con­
58 PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAD

serva durante años enteros abrasadora á cierta profun­


didad, aunque fría ya en la superficie, estas ideas con­
servan en su metamorfosis en inteligencia el calor de
su origen afectivo, y son á la vez inspiradoras y apoyo
de toda actividad continuada en una determ inada direc­
ción. Notemos bien, sin em bargo, cómo estas ideas no
son por completo tales, sino sustitutos obligados, pre­
cisos y fácilmente manejables de los sentimientos, es
decir, de estados psicológicos poderosos, pero lentos,
torpes y difíciles de m anejar. Difieren en mucho de las
ideas superficiales que constituyen «el hombre verbal»
y sólo á menudo son palabras ó signos huecos de las
cosas significadas. Puede decirse que absorben su ener­
gía por las raíces y la recogen en el m anantial vivo de
los sentimientos, de las pasiones, y, en una palabra,
de los estados afectivos. Cuando una idea como la ex­
presóla nace en un alm a que la acoge con entusiasmo,
por un doble y misterioso fenómeno de endósmosis, que
ya estudiaremos, la idea atrae á si los sentimientos pro­
pios para fecundarla, se nutre de ellos en cierto modo,
con ellos se fortifica, é influyendo á su vez sobre ellos
por su misma claridad, si no les presta vigor les da orien ­
tación. La idea es para los sentimientos lo que la iman­
tación para las innumerables corrientes de la b arra de
hierro dulce; dirigiéndolas en el .mismo sentido destru­
ye su anarquía, y de lo que sólo era un conjunto inco­
herente forma una corriente ordenada de fuerza cien ve­
ces mayor. Del mismo modo basta á veces en la política
la fórmula feliz de un hombre popular para d irig ir ha­
cia un fin bien determinado todas las fuerzas de una de­
mocracia, hasta entonces anárquicas y contradictorias.
ESTUDIO DEL OFICIO DE l,A6 IDEAS EN’ LA VOLTJ.VTAD 5»

Reducidas á sí mismas las ideas, quedan desarmadas


contra la brutalidad de las inclinaciones. ¿Quién no ha
experimentado alguna noche, hallándose en la cam a, un
miedo absurdo é infundado que ha hecho latir violenta­
mente su corazón y congestionar su cerebro por el aflujo
de sangre,sintiéndose incapaz de tranquilizar su ridícu­
lo temor á pesar de que su razón no se ha debilitado y
su inteligencia permanece clara? A quien quiera com­
probar semejante experiencia le aconsejo que lea en el
campo á las altas horas de una noche huracanada de in­
vierno la P orte m urée de los cuentos fantásticos de Hoff-
mann, y verá de modo evidente cuán poco influye su ra­
zón y sus más claras ideas sobre la emoción producida
por el miedo. Sin recurrir á sentimientos tan violentos y
casi instintivos.se puede dem ostrar de un modo induda­
ble la diferencia entre la potencia realizadora de la idea
y de los estados afectivos estudiando los sentimientos
adquiridos. Comparemos la creencia "de papagayo» pu­
ramente intelectual de un burgués con la fe sentida de
un dominico.Porque este último siente la verdad religio­
sa, puede sacrificarse en absolutoáella, privarse de todo
cuanto el mundo encierra, aceptar la pobreza y some­
terse á las maceraciones y al más duro régimen de vida.
El burgués, en quien la creencia es deorden intelectual,
va á misa;pero no rechaza ni el más ruin egoísmo. Rico,
á veces explota sin piedad á una pobre criada, á quien
alim enta mal y á quien, sin embargo, exige un trabajo
abrum ador. Comparemos también las veleidades de so­
cialismo del pascante en corte, incapaz de privarse de
ningún placer ni aun de ningún gasto d ep u ra vanidad,
con el socialismo sen tido de un Tolstoi, colm ado de to­
60 PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAD

dos los bienes, nobleza, fortuna y talento, y haciendo


la vida del campesino ruso. Así es como la idea de la
m uerte inevitable permanece abstracta en la m ayoría
de las personas; y siendo, después de todo, tan consola­
dora y tranquilizadora, tan propia á m itigar nuestros
sentimientos ambiciosos, nuestro orgullo y nuestro
egoísmo, y á cegar el m anantial de nuestros sufri­
mientos, carece de influencia sobre nuestra conducta,
y tan es asi, que hasta en los mismos condenados á
m uerte esta idea generalmente no es sen tida hasta el
último momento. «Siempre tenia presente esta idea en
su imaginación, pero de una m anera v ag aé indeterm i­
nada, sin que le fuera dable concretar á ella su pensa­
miento; y m ientras temblaba de terror y enrojecía co­
mo un ascua pensando en su próxima muerte, involun­
tariam ente so entretenía en contar las barras de 3a ba­
randilla del T ribunal, chocándole ver una rota y pre­
guntándose si la com pondrían... sólo en la noche de
aquel último y triste día se fijó en su ánimo con toda
su terrible realidad la idea de la desesperada situación
cuyo desenlace tocaba; hasta entonces sólo había en­
trevisto vagamente la posibilidad de morir tan pron­
to» (1).
Inútil es acum ular nuevos eiemp los; re vi se cada cual
su propia experiencia, y recogerá rica cosecha de hcchos
caracteristicosque le con venzan plenamente de nuestras
conclusiones. No, la idea por si misma no es una fuerza;
lo sería si existiera sola en la conciencia; pero como se
encuentra allí en conflicto con los estados afectivos, se

(I) ílicL oiii o r i n a r T i c h t . I h c lic tlc , 1 8 8 3 , cap* LII.


ESTUDIO PEI» OFICIO DE LAS IDEAS EN LA VOLUNTAD 01

ve obligada á solicitar de los sentimientos la fuerza


que 1c falta para lucbaT.

§ II

Esta impotencia de la idea es tanto más sensible


cuanto que poseemos pleno dominio sobre ella. El de-
terminismo de la asociación de los estados de concien­
cia, hábilmente utilizado,nos da una libertad casi abso­
luta en la esfera intelectual. Las mismas leyos de la
asociación nos perm iten romper una cadena de estados
asociados y reanudarla después de introducir en ella
nuevos elementos. Buscando un ejemplo concreto y ade­
cuado para «ilustrar» esta afirmación teórica, me lo su­
ministró la casualidad, am iga fiel de los que persiguen
una idea con constancia. Oigo el silbato do una m áqui­
na, y este sonido, este estado presentativo rompe contra
mi voluntad la tram a do las ideas que me preocupaban
é introduce súbitamente en mi conciencia la imagen del
m ar, un relieve de montaüas corsas y después el admi­
rable panorama dcscubiertodesde loa muelles de lírtstia;
y es que aquel silbato sonaba exactamente como el del
paquebote que yo estuve oyendo con tanta frecuencia
durante tres años. P ues bien, en esto descansa en últi­
mo término nuestra libertad, en la ley del más fuerte.
Un estado presentatÍYO es, por regla general, más in­
tenso que un estado representativo, y si el silbato es­
cuchado pudo romper toda una serie de ideas en las
cuales se queria pensar, ¿por qué no em plear de inten­
to y conscientemente el mismo procedimiento?
Podemos á voluntad producir en nosotros estados
6» PSICOLOGIA DJÍ LA VOLUNTAD

presentativos y romper violentamente Ja cadena de po­


derosas asociaciones librándonos de ellas cuando nos
esclavizan. H ay sobre todo un notable estado presen ta-
tivo dócil y cómodo, cual es el movimiento, y con prefe­
rencia el movimiento constitutivo del lenguaje. Se pue­
de hablar en alta voz, leer y hasta se puede, como lo
hacen los religiosos en sus tentaciones, fustigarse y de
este modo romper violentamente las asociaciones que
se quieren destruir. Así, podemos imponer por la fuer­
za la idea cuya victoria se quiere asegurar, constri-
ñéndola á ser á su vez el punto de partida de una nue­
va dirección del pensamiento.
En esta tarca nos ayuda poderosamente la gran ley
de la memoria. Todo recuerdo necesita de una repeti­
ción frecuente y prolongada para grabarse profunda­
mente, y sobre todo una atención intensa y simpática,
si asi puede decirse. Los substractos cerebrales de las
cadenas de ideas que hemos expulsado de la concien­
cia, si dejamos á éstas permanecer en el destierro se
anem ian, se borran y ocasionan con su atrofia la des­
aparición de las correspondientes ideas. Somos, pues,
dueños de nuestros pensamientos, y podemos arran car
las plantas nocivas y hasta destruir la porción de terre­
no que las sustenta.
Por el contrario, cuando queremos conservar y fa­
vorecer el desarrollo de las asociaciones presentes, el
prim ero y más grande de los cuidados es alejar los es­
tados presentativos extraños á nuestro objeto y propios
para introducirse en la conciencia: buscamos el silen­
cio, la tranquilidad y hasta se cierran los ojos, si la tra­
ma de nuestros pensamientos es frágil; acudimos ade­
ESTUDIO DEL OFICIO DE LAS IDEAS EX LA VOLUNTAD 03

más á la ayuda de estados presentativos útiles y conve­


nientes; hablamos en alta voz y escribimos nuestros
pensamientos, constituyendo este último medio, sobre
todo, un m aravillosa au x iliar en las largas meditacio­
nes, porque sostienen el pensamiento haciendo cómpli­
ces á loj ojos y á Ja mano del curso de Jas ideas. P or
una disposión natural en mí y en extrem o cultivada
por mi profesión no puedo leer sin a rticu la r , y de esta
suerte mi pegam iento está sostenido por tres cadenas
de sensaciones presentativas, y aun por cuatro, pues
que es difícil articu lar la palabra sin oiría (I).
En resumen, por ol dominio ejercido sobre nuestros
músculos y especialmente sobre los de los órganos de
tos sentidos y los que se ponen en juego para el le n ­
guaje, podemos librarnos de Ja esclavitud de la asocia­
ción de ideas. Evidentem ente puede haber en esto dife­
rencias relativas á la naturaleza de cada uno, y en psi­
cología se peca actualm ente de querer generalizar los
casos, aunque se descubren diariam ente nuevos tipos
confundidos con otro9 hasta el presente (2). P or tanto,
sólo con relación ¿ mí afirmo que el sólo recuerdo de
que puedo disponer á mi antojo y evoco siempre como
el primero cuando quiero intervenir en mi pensamien­
to para modificar su curso, es la preimagi nación de un

(I) Se saha qao el roen ordo de una p a lia r# es m u ; complejo,]) so cora pono do cua­
tro c J a irc n l» 1 * do uaa inuircn m atriz (p ila lin pronunciada); S.°, do ud»im agen vi­
sual í|M Ubra im prcsi ó m anuscrito; d.°, do una. ¡nugon auditivo (palabra oída.); 4,*, de
una ¡nugan iiioLrií gráfica (luU lira estrila). Siundo irr|X»iljlc el pcnsunicolo sin ol Ion-
guaja, os ovidonto (]ua baja cualquier Iram i do p e n sam ien to so desarrollan una ó va­
rias I ramas Tum u d as can las imigenas enum eradas. I j s cu atro Lramas do iraájionc»
pueden servir de a pujo al pensamiento ruando se escribo.
(á) llilnH. Retine p¡let. £n<¡uile tu r iet íJéet ¡¡énérttht. Octubre 1891.
«4 PSICOTOUIA JJE LA VOLUNTAD

movimiento. Si tengo dominio sobre mi pensamiento,


es porque soy dueño de mis músculos.
Sea de ello lo que quiera, la conclusión de este ca­
pítulo es bastante desconsoladora bajo el punto de vista
de la educación de la voluntad por si misma. Poseemos
completo dominio sobre nuestras ideas, pero ¡ay!, su
poder en la lucha contra la pereza y la sensualidad es
casi inapreciable. Veamos ahora si somos más afortu­
nados estudiando los recursos que ofrecen los estados
afectivos para la obra del propio, dominio.
CAPITU LO 11

B¡>TUDIO ACElICA DEI, OFICIO DE LOS ESTADOS AFECTiYuK

EN LA. VOLUNTAD

§I

L a influencia de Jos estados afectivos sobre nuestra


voluntad es superior á toda ponderación; todo lo pue­
den, hasta hacernos afrontar, sin vacilar, el tormento y
la m uerte. Demostrar su poder es atestiguar una ley
em pírica universal; pero es posible transform ar esta ley
em pírica en ley científica, es decir, derivarla de una
ley más alta considerándola como una consecuencia
deducida de una verdad evidente.
Si separamos por análisis los elementos cuya fusión
constituye el sentimiento, se encuentra en ellos, como
en un adagio de Beethoven, un motivo fundamental y
breve bajo todas las variaciones, que tan pronto le ve­
lan como le realzan; reproducido sin cesar bajo mil for­
mas» como el alm a, á la vez m últiple y única, vivifica­
dora del desenvolvimiento musical. A esta frase, sostén
del adagio entero con sus prodigiosas riquezas, corres-
66 PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAD

ponde en el sentimiento una tendencia elemental que le


da su unidad, y sobre ella pueden desenvolverse las más
ricas variantes de las sensaciones, del placer, del dolor
y de los recuerdos, aunque comunica siempre á estos
elementos secundarios un tinte especial. Como las cria­
turas, según Descartes, no existen sino por una creación
continua de Dios, nuestros placeres, nuestros dolores,
nuestras sensaciones y nuestros recuerdos no tienen
realidad sino por una especie de creación continuada,
resplandeciendo en ellos la viva energía de la inclina­
ción; y si ésta desaparece sólo se encuentra un con­
ju nto de estados psicológicos fríos, muertos, puras a b s ­
tracciones sin color y sin actividad.
Este fondo sustancial de todo sentimiento nos per­
mite comprender por qué esos estados tienen en nosotros
tan robusto poderío. En efecto, ¿qué son las inclinacio­
nes sino nuestra actividad y nuestro deseo de vivir que,
duram ente am aestrado por el dolor, se ha visto obliga­
do á abandonar m uchas de las direcciones tomadas en
su desarrollo, y á esparcirse por otras vías ya autoriza­
das, sometiéndose en cierto modo á la alternativa de
tener que perecer ó á seguir los cauces constituidos por
tendencias particulares organizadas?
Esta actividad gobernada por el dolor, en adelante
ha de traducirse por series de movimientos m usculares
que unidos intim am ente constituyen una acción ó un
grupo de nociones esencialmente diferentes de las de­
más, y es la forma inicial de toda inclinación.
Sin la enseñanza del dolor, la actividad se esparciría
en todas direcciones perdiendo su energía; pero la ex­
periencia k obliga á canalizarse en nuestras inclinacio­
OFICIO DE LOS ESTADOS AFECTIVOS EN LA VOLUNTA D 67

nes, y de esta m anera nuestra energía central y prim i­


tiva se encauza en abrasadoras corrientes, abriéndose
paso á través de la corteza superficial de las ideas ad­
quiridas y sentimientos secundarios de origen externo.
Asi nuestra fuerza viva se distribuye en los músculos
apropiados y se traduce en actos habituales, explicando
la potencia motora de las inclinaciones, que consisten
en un grupo de movimientos, ó mejor dicho, en un cú­
mulo de movimientos elementales. Por ejemplo, el apa­
rato m uscular puesto en actividad por la cólera, por el
amor, etc., es siempre y en todos casos el mismo en su
conjunto, es además sensiblemente igual en la especie
entera, y ha eido lo que es en las innum erables genera­
ciones que nos han precedido, y aunque sobre su fondo
algo confuso cada uno va imprimiendo sus innovacio­
nes personales, el conjunto es tan coherente, que su sig­
nificación la comprenden hasta las más tiernas criatu ­
ras. Esta trabazón entre una determ inada tendencia y
una serie correspondiente de expresiones m usculares ha
sido transm itida por herencia, constituyendo un lazo
muchas veces secular. Se comprende así, cómo las tra ­
mas formadas conscientemente por mí entre cierta idea
v cierto movimiento m uscular carezcan de fuerza a)
lado de aquellas otras que se han convertido ya en au­
tomáticas; y la única m anera de que no sean destroza­
das en esta lucha desigual consiste en buscar alianzas
haciendo causa común con tendencias hereditarias: sólo
de esta m anera se podrá av en tu rar una lucha cuyo
choque no es capaz de soportar la frágil trama, que uno
la idea al movimiento.
La fuerza del sentimiento se manifiesta por una gran
flí PSICOLOGIA DB LA VOLUNTAD

riqueza de efectos. Un enérgico sentimiento puede tras­


tornar los estados psicológicos al parecer más indepen­
dientes de él, como la percepción de los objetos sensi­
bles; pues ciertam ente que toda percepción, hasta la
más elemental, es una interpretación de signos. No veo
esta naranja, sólo juzgo por ciertos signos que debe
ser una naranja; y esta interpretación llega con el há­
bito á ser instantánea, autom ática y por consiguiente
muy difícil de modificar. P ues bien, el sentimiento des­
echa á cada instante la verdadera interpretación y su ­
giere uua interp1elación alucinadora que ocúpa en la
conciencia el lugar de la otra. Sin hablar del miedo que
en la obscuridad provoca interpretaciones completa­
mente absurdas de los más naturales ruidos, ¿acuso el
odio no nos ciega hasta hacernos desconocer los he­
chos más evidentes? P a ra darnos cuenta de esta curio­
sa falsificación fijémonos en los errores de las madres
sobre la belleza de sus hijos, y en la graciosa hum ora­
da de Moliere burlándose de las ilusiones provocadas
por el amor:

«La pile est au jasmin en blancheur comparable;


"La noire á faire peur, une bruñe adorable? (1)

No es sólo la percepción lo que puede falsificar el


sentimiento. P or de pronto los sentimientos más inten­
sos no respetan en modo alguno á los m ás débiles. P o r
ejemplo: la vanidad, sentimiento tan vivo en muchas
personas, puede desalojar de la conciencia otros real­
mente experimentados, sobre cuyo hecho llamaremos
(1) M wanthrope, 11. V .
OFICIO DE LO3 ESTADOS AFECTIVOS EN LA VOLUNTAD 6»

en breve la atetición. Ciertos sentimientos convenientes


ó de buen tono son sugeridos por el amor propio de un
modo enérgico; y aunque forasteros, se encajan y do­
minan en la conciencia, cubriendo y enmascarando loa
sentimientos reales, asi como un espectro aparecido so­
bre una pared oculta al alucinado los dibujos de la tapi­
cería que la reviste, cual si fuese una persona realm en­
te presente. A consecuencia de una auto-sugestión de
esta naturaleza, sacrifica el estudiante las profundas
alegrías de su edad y de su estado á pretendidos place­
res que resultan despreciables si se les desembaraza de
la ganga délos sentimientos sugeridos por la vanidad
y el medio am biente. Lo mismo ocurre con los caracte­
res superficiales que ya por gusto ya por incapacidad
jam ás buscan en el fondo de sí mismos los sentimientos
reales experimentados en el transcurso de su vida á la
vez atareada, insulsa y estéril. Adquieren el hábito de
figurarse la experiencia real de los sentimientos con­
vencionales que es de buen tono aparentar en su socie­
dad y tal hábito acaba por m a taran ellos la posibilidad
de una emoción verdadera. Esta sujeción al «qué di­
rán» los convierte en séres amables y corteses, pero sin
ninguna originalidad, como si fuesen bonitos juguetes
mecánicos cuyos hilos están en manos ajenas. Hasta en
los más terribles momentos es convencional cuanto
sienten.
£ s claro que, pudiendo adulterarse nuestras percep­
ciones y nuestros sentimientos por cosas groseras y
materiales, los estados afectivos prestarán gran utilidad
al trastornar esos estados psicológicos inestables que se
llaman recuerdos; y como todo juicio ó creencia tiene
70 PSICOLOGÍA DE LA. VOLUNTAD

por base alguna prueba más ó menos completa seguida


de una apreciación exacta de los elementos de infor­
mación, el sentimiento podrá producir aquí consecuen­
cias prodigiosas. Nuestro am or á la verdad lo emplea­
mos principalmente para.persuadirnos de la verdad que
deseamos (1). ¡Casi todos nos hacemos la ilusión de re ­
solver libremente y de escoger entre* varios el camino
que debemos de seguir! Pero ¡ay!, casi siempre nuestra
decisión está tomada en nosotros y no por nosotros, sin
participación alguna de nuestra voluntad consciente:
las inclinaciones, seguras de su victoria definitiva, con­
sienten en cierto modo deliberar á la inteligencia, con­
cediéndole la estéril satisfacción de creerse reina; pero
en realidad sólo es una reina constitucional que figura
y habla, pero no gobierna.
En efecto, la inteligencia, tan dócilmente sometida á
las violencias de los estados afectivos, no encuentra
grandes satisfacciones por el lado de la voluntad, que
se resiste á obedecer sus secas órdenes, porque como po­
tencia sentimental necesita órdenes sentidas y colorea­
das de pasión. De la patología hemos tomado el caso de
un notario absolutamente incapaz de ningún acto vo­
luntario, y sin embargo, fué el prim ero en arrojarse de
un coche para prestar sus solícitos cuidados á una mu­
je r atropellada (2). He aquí una volición singular.
Con mayor razón una voluntad duradera y enérgica
debe vivir mantenida por sentimientos enérgicos á su
vez, y si no constantes, por lo menos frecuentemente

(1) NiWilo. D e la G0HHa¡s9a%e4 de to», I, VI.


(2) RiboL Matwiic* de la voloiUé* Loe cii,} pies, id y &*, ñola.
OFICIO I>E LOS ESTADOS AFECTIVOS ES LA VOLUNTAD 11

excitados, «Una intensa, sensibilidad, dice Mili, es el


instrum ento y la condición que permite ejercer sobre
uno mismo un poderoso imperio; pero necesita cultivar-
so para este fin. Cuando ha recibido esta preparación,
no forma solamente héroes impulsivos, sino héroes vo­
luntarios. La historia y la experiencia prueban cómo
los caracteres más apasionados ofrecen el máximo de
constancia y rectitud en su sentimiento del deber cuan­
do su pasión ha sido dirigida en ese sentido» (1). Si se
observa uno á sí mismo con cuidado nota que, aparte
de los actos convertidos en automáticos por el hábito,
toda volición va precedida de una onda emotiva y de
una percepción afectiva, del acto que se quiere realizar.
L a idea del trabajo que deseamos em prender, ya lo he­
mos visto, es impotente para hacernos salir del lecho,
m ientras el sentimiento de la vergüenza de ser sorpren­
didos en él, habiendo prometido la víspera que nos le ­
vantaríam os al amanecer, basta para hacernos vestir
apresuradam ente. Así el sentimiento de una injusticia
nos im pulsa á una protesta, no obstante los gastos, etc.
De otro lado, la educación tan poco racional dada
hoy á los nifioa está fundada en parte sobre una percep­
ción vaga de la verdad.Todo el sistema de correcciones,
recompensas y castigos descansa sobre la confusa creen­
cia de que sólo las emociones pueden dar impulso á la
voluntad; y así los niños, en quienes la sensibilidad se
halla á m uy bajo nivel, son ineducables con relación á
la voluntad, y por tanto bajo todos los otros conceptos.

(1) Mili. ArmjeitUtenunl dajcmnn. 150. —HiboL. Mala lies de la volanlñ.


117, 118 y 1«¡0.
Ti PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAD

«Preciso es confesar que de todas las penalidades de la


educación ninguna es comparable á la de educar niños
faltos de sensibilidad..... todos sus pensamientos son
distracciones... todo lo escuchan y nada o y e n • (1).
Si consideramos á las sociedades y sus voliciones
colectivas como un agrandam iento de lo sucedido en
los individuos, veremos de un modo m uy manifiesto
que las ideas no gobiernan el mundo sino indirectam en­
te y apoyándose eh los sentimientos. «La exaltación de
una idea, dice Michelet, no es tanto la prim era apari­
ción de su fórmula como su definitiva incubación, cuan­
do, recogida en el abrigado seno del amor, abre su co­
rola fecundada por la fuerza del corazón» (2). Spencer
sostiene, con razón, que los sentimientos son «los que
gobiernan el mundo (3)», y S tuart Mili leobjeta (4): «ni
las emociones ni las pasiones hum anas han descubier­
to el movimiento de la tierra». No ciertam ente, pero tal
descubrimiento ha utilizado sentimientos derivados y
poderosos sin los cuales no hubiera ejercido influencia
alguna en la m archa de la hum anidad. La idea germ i­
nó en el alm a de un Pascal y de un Spinoza, y en la de
este último, sobre todo, el sentimiento de la insignifi­
cancia de nuestro globo en el Universo, y por consi­
guiente de nuestra insignificancia, ha echado raíces tan
profundas que cuantos se familiaricen con sus obras
sienten de algún modo la serena grandeza de las cosas
eternas. Sólo en los filósofos contemplativos ha pro-

(1) tVndon. fíducation des filies, cap. IV.


("2 ) L e » F e m m e * d é [a R é u o lit iio n , 1 8 5 4 , pág. 3 2 1 .
(3j Spcnccr- P o u r q u o i j e me téparé d'Aug, Comte.
(i) Aug. CoitiU ti le Pott/ieime, 100.
OFICIO DE LOS ESTADOS AFECTIVOS EN LA VOLUNTAD 13

■ducido este descubrim iento efectos prácticos, porque


sólo en ellos ha hecho brotar emociones profundas. L a
voluntad de una nación, ó de un grupo político, es una
resultante de estados afectivos (intereses, temores, sim ­
patías comunes, etc.), y las ideas puras son poco efica­
ces para conducir á los pueblos.
Basta, sin duda alguna, llam ar la atención de nues­
tros lectores sobre este punto, para que encuentren en
la historia numerosas pruebas de la debilidad con que
la idea influye en la conducta y de la fuerza ejercida
sobre ésta por las emociones.
Todo el mundo sabrá separar, por ejemplo, las ideas
puras de emoción de las de sufrimiento, de cólera, de
temor y de esperanza en los sentimientos patrióticos
que á todos nos anim an; y en cuanto á pruebas indivi­
duales, la m irada más superficial arrojada sobre la «co­
media humana» las descubrirá por docenas. Además de
los ejemplos citados en el capítulo primero de este libro,
se pueden encontrar devotos con escrúpulos de fa lta rá
una misa y sin vacilaciones para destrozar la reputación
de sus «amigos»; se verán hombres políticos hacer a la r ­
de de su filantropía y retroceder con horror ante la idea
de visitar repugnantes buhardillas y ponerse en contac­
to con el pobre á menudo sucio y siempre grosero. Tam ­
bién pueden asistir en ciertos momentos, como paraliza-
^dos, á los trastornos provocados por la sensualidad en
su propia conciencia y quedarán sorprendidos de las
ideas innobles'que una secreción acum ulada en un pun­
to del organismo es capaz de hacer germ inar en el pen­
samiento más dueño de si mismo habitualm ente. Frente
á esta impotencia de la idea coloqúese el sacrificio abso -
U PSICOLOGIA DE LA VOLUNTAD

luto, no solamente de la existencia, sino hasta de todo


am or propio, que puede producir en el alm a un profun­
do sentimiento religioso. Se convencerán de la verdad
del proverbio de la Im itación: qui ama i non íahora t: pa­
ra el que aína,en efecto, todo es fácil y agradable de rea­
lizar. ¡Con qué facilidad se comprende así cómo el am or
m aternal puede tergiversar las ideas de honor y de pa­
triotismo!: ¡que viva el hijo; aunque sea deshonrado,
que viva! Pero también se verá, por uu fenómcuo in ­
verso, el ardiente patriotismo de unu Cornelia probando
cómo á los más poderosos sentimientos se puede, sin
embargo, oponer otros de origen secundario y artificial,
capaces, sin embargo, de vencer á aquéllos; ejemplo
que nos satisface porque prueba la posibilidad de des­
arraig ar los más sólidos sentimientos instintivos. Des­
pués de una informacipn de este género, nadie podrá
negarse á reconocer el inmenso poder de los estados,
afectivos sobre la voluntad.

§11

Desgraciadamente, si la parte afectiva de nuestra


naturaleza predomina de modo tan manifiesto en núes*
tra vida psicológica, nuestra influencia sobre ella es.
m uy pequeña; y lo más grave es que, no sólo puede de*
mostrarse por el examen de los hechos la realidad, de
esta pequeñez, sino que además puede probarse cómo
no puede dejar de ser asi Esta impotencia no es, en
efecto, sino consecuencia de la propia naturaleza del
sentimiento. Hemos demostrado en otra parte (1) que

(1) Jtevuc p h ih ia p h iq u e , M ijo 1(8)0. 8¿*taUon, p la itir el douieur.


UFICIO PE LOS ESTA DOS AFECTIVOS EN LA VOLUNTA D 75

nuestros músculos son el necesario instrum ento de toda


acción ejercida, sobre el mundo exterior: donde no hay
músculos no h;iy acción externa. Pero todo impulso ve­
nido del exterior, sea cualquiera el camino, provoca una
respuesta del sór que lo recibe, respuesta m uscular, por
supuesto; y siendo en extremo variadas las impresiones
externas,en extremo variadas serán también, por consi­
guiente, las concordancias m usculares. Sea cualquiera
la forma que afecte el acto muscular, necesita un gasto
de fuerza, y á este gasto ha atendido ingeniosamente la
naturaleza, haciendo que el corazón lata con más vio­
lencia, la respiración se acelere y el conjunto de las
funciones de nutrición reciba una especie de sacudida
cuando los sentidos reciben una impresión. Esta inquie­
tud fisiológica inm ediata constituye la emoción propia­
mente dicha, tanto m ás intensa cuanto más fuerte es
aquélla; y si falta, no se presenta tampoco la emoción.
Es además autom ática ó más bien casi absolutamente
independiente de nuestra voluntad, y esto ofrece una
dificultad para llegar á ser dueños de nosotros mismos.
No podemos detener ni aun moderar directam ente
los latidos de nuestro corazón; ni abreviar un acceso
de terror, evitando la p arexiade los intestinos; ni tam ­
poco, en los accesos de sensualidad, dificultar la ela­
boración y acum ulación del fluido seminal. Nadie como
nosotros se halla convencido de cuán raros son loa hom­
bres dueñog de sí mismos; la libertad es una recompen­
sa á una acum ulación de esfuerzos prolongados quepo-
eos tienen el valor de intentar. Resulta de aquí la es­
clavitud de casi todos los hombres á la ley dul d e te rn i­
nismo, arrastrados por su vanidad y sus tendencias iras"
1(5 PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAD

cibles, y. por consiguiente, son en su gran mayoría, co­


mo dice Nicole. «muñecos* dignos de compasión. C ual­
quier villanía de el los procedente debe recibirla el filó­
sofo con completa calm a y serenidad. Que Alcestes (1),
partidario del libre albedrío, se incomode, aunque sin
resultado por supuesto, es natural; pero nosotros debe­
mos revestirnos de la sonriente tranquilidad de P h i­
lip ta:
..... Quoi qu‘á ch aq u ép asje puisse voir parattre,
En courroux, comme vous, on ne me voitpoint étre......
E t mont esprit en fin n ‘est pas plus offensé
De voir un hommo fourve, injuste, intéressé,
Que de voir des vautours aflames de carnage,
Des singes malfaisants et des loups pleius de rag e......
Hé aquí en teoría cuál debe ser la actitud del pensa­
dor. Si se venga debe hacerlo con gran calma; pero el
sabio no se venga propiamente hablando, y sólo procu­
ra precaverse para el porvenir, castigando á los que
atentan á su tranquilidad, d-í modo que en lo sucesivo
nadie ignore las ventajan de respetar su tranquilidad.
Y en lugar de esta grande y desdeñosa calm a, ¿qué se
ve? Que una herida en nuestro am or propio, una falta
de atención cualquiera, provocan repentinam ente y á
pesar nuestro la inquietud fisiológica. El corazón em­
pieza á latir irregular y convulsivamente, como loco, y
la m ayor parte de sus contracciones son imperfectas,
espasmódicas y dolorosas; la sangre va im pulsada al ce­
rebro por sacudidas violentas, congestionando tan d eli-

(1) A IcííIo?, p e rs o n a je g ra v e , q u e ilicc la voiil.id i ludo ol inundo con r u ií i fiu n -


qu oza, protagonista, rio l i f a i n o s o o n ia lü do M olidrc in tilu ln ili E l W tA n tr o p o .—
N . del T.
OFICIO DE I.OS ESTADOá AFECTIVOS EN LA VOLUNTAD 77

cado órgano y promoviendo un terreóte de pensamien­


tos impetuosos, de ideas de venganza absurdas, exage­
radas é impracticables, y nuestra filosofía presencia im­
potente este desencadenamiento completamente animal,
que reprueba y condena. ¿Por qué esta impotencia? P o r­
que la emoción tiene por antecedentes incondicionales
trastornos viscerales, sobre los que nuestra voluntad
carece de influencia.; y no pudiendo encadenar este tras­
torno orgánico, no podemos impedir su representación,
su traducción en términos psicológicos y su invasión
en la conciencia.
¿H abrá necesidad de aducir más ejemplos? ¿No tene­
mos en la sensualidad una prueba <rcrucial» de la cau ­
sa. orgánica del trastorno psíquico? L a locura transito­
ria, el automatismo de nuestras ideas, ¿no cesa cuando
la causa presunta es desterrada? ¿Para qué insistir en
el ejemplo del miedo analizado más arriba? ¿No es de
evidente claridad que debemos ser impotentes contra
los sentimientos, porque sus causas esenciales, las cau­
sas de orden fisiológico que los originan, escapan á
nuestras manos? Perm ítasem e un análisis personal para
acabar de m ostrar ese desigual conflicto entre el pen­
samiento y las visceras. Hace algún tiempo se me anun­
ció que mi hijo, que había salido por la mañana, no ha­
bía parecido por casa de los amigos donde debía estar.
Inmediatamente mi corazón empezó á latir con violen­
cia; pero reflexionando encontré en seguida una plausi­
ble explicación de tal ausencia. Sin em bargo,la extraor­
dinaria angustia de algunas personas de mi familia y la
idea sugerida, no sé por quién, de que el niño hubiera
podido irse á ju g a r al borde del rápido y caudaloso to­
7» PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAD

rrente que pasa no lejos de mi ca9a, acabaron por tras­


tornarm e. En seguida, al considerar cómo esta m alha­
dada hipótesis era ridicula por su falta de probabilidad,
la emoción fisiológica de que acabamos de hablar ll<*gó
á un grado extraordinario; el corazón latía hasta rom ­
perse; experim enté un intenso m alestar en el cuero ca­
belludo, como si se me erizasen los cabellos; mis manos
temblaban y las más locas ideas cruzaban por mi mente,
á pesar de todos mis esfuerzos para desechar aquellas
alarm as que después de todo tenía por locuras. Encon­
trado el niño al cabo de una media hora de investiga­
ciones, mi corazón continuó latiendo con violencia, y,
coaa curiosa, como si aquella emoción desaprobada,
frustrada en su fin, hubiera querido ser u tilizada, cuan­
do menos, me impulsó, siendo sensiblemente la misma
la m ateria de la cólera y de la inquietud violenta, ¿
arrem eter contra la pobre sirviente que se hallaba como
quien más acongojada. De pronto me quedó parado
ante la expresión de dolor do la pobre m uchacha y to­
mé el partido de dejar desvanecer la tempestad por si
misma, como sucedió al cabo de algún tiempo.
Cada uno puede hacer en sí mismo observaciones
análogas y llegará á la desconsoladora conclusión de
que de un modo directo nada podemos contra nuestros
sentimientos.

§ III

Henos aquí, pues, acorralados. La obra del propio


dominio es manifiestamente imposible; el titulo del li­
bro es falaz: la educación del yo , un-engaño. Por una
OFICIO DE LOS ESTADOS AFECTIVOS EN LA VOLUNTAD 79

parte sólo tengo influencia sobre mi pensamiento: el


empleo inteligente del determinismo me hace libre y me
permite m anejar las leyes de la asociación de ideas;
pero la idea es impotente y sólo posee una fuerza irriso­
ria sobre las potencias brutas contra las cuales debemos
empeñar la lucha.
Por otra parte, si los sentim ientos todo lo pueden en
nosotros; si regulan á su modo percepciones, recuerdos,
ju icio s y razonam ientos; si hasta los sentim ientos enér­
g ico s aniquilan y exp u lsan á los débiles; si, en una pala­
bra, ejercen un despotism o casi ilim itado, entonces s e ­
rán déspotas hasta cu m p lir sus ñnes y no aceptarán la9
órdenes de la razón ni la intervención de nuestra v o ­
lun tad .
Seremos, pues, ricos en medios de acción sólo allí
donde estos medios son inutilizables. La constitución
vigente en nuestra vida psicológica asegura por com­
pleto el poder á una plebe indisciplinada é ingoberna­
ble; las potencias sensatas sólo el nombre tienen de ta­
les, tienen voz .cónsul ti va, pero no deliberativa.
?sos vem os, pues, forzados á arrojar, en un arran­
que de desesperación, nuestra lanza y nuestro escudo,
á abandonar el palenque del com bate, ¿ sufrir resigna­
dos nuestra derrota y á refugiarnos en un fatalism o pró­
d igo en con su elos para los propios en vilecim ien tos, pe­
rezas y cobardías.

§ IV
Afortunadamente la. situación no es tan desespera­
da como puede creerse á prim era vista. La fuerza deque
carece la inteligencia puede dársela un factor esencial
80 FSlCOLO(rLá. DE LA VOLUNTAD

omitida hasta aquí. Si hoy no puede podrá mañana, con


ayuda de la gran potencia libertadora, el tiem po. La li­
bertad inm ediata que nos falta se puede suplir por uua
estrategia, por procedimientos mediatos é indirectos.

§V

Antes do exponer el método de que disponemos para


hacernos independientes bueDO será hacerse cargo dé
todos nuestros recursos, y exam inar si no pudiendo
nada ó casi nada sobre lo esencial de nucslros estados
afectivos conseguiríamos tener alguna acción sobre
ellos tratando de influir sobre la m ateria secundaria de
la emoción.
Por los medios fisiológicos no tenemos ningún do­
minio directo sobre la m ateria fisiológica esencial, que
comprende la mayor parte de los órganos no sometidos
á la voluntad, principalm ente el corazón. Los únicos
medios de acción aquí son exteriores y pertenecen á la
terapéutica. U na violenta cólera puede dominarse pron­
to por la absorción de una corta dosis de digital, que
tiene la propiedad de regularizar las contracciones car­
díacas.
Se puede poner término á las más violentas eferves­
cencias sexuales por la absorción de medicamentos es­
peciales. Se acude á vencer la pereza y el entorpeci­
miento físicoé intelectual por la ingestión del café; pero
esta sustancia acelera las contracciones del corazón, co­
municándole un ritmo en cierto modo cspasmódico y
predispone á m uchas personas á la cólera. En gran
OFICIO DE LOS ESTA DOS AFECTIVOS EN LA YOLINTAD 81

número de individuos nerviosos el café ocasiona disnea,


sensación de constricción y temblor de los miembros,
predisponiendo, de este modo á congojas, inquietudes
inm otivadas y hasta irracionales terrores.
Como se ve, todos estos medios de acción son bien
escasos y, en resum idas cuentas, nuestro poder directo
sobre lo esencial de los sentimientos apenas merece fijar
la atención.
No sucede lo mismo para cuanto hay de m uscular
en el aparato del sentimiento. La traducción externa
del sentimiento nos pertenece, dueños como somos de
ejecutar ó no movimientos á nuestra voluntad. Existe
una constante asociación entre los sentimientos y su
traducción externa. Es ley general en psicología que
cuando dos elementos cualesquiera han sido frecuente­
mente asociados entre sí, cada uuo tiende á despertar
al otro.
Consecuentes con esta ley, los psicólogos prácticos
más profundos que se han ocupado de la educación del
sentimiento, Ignacio de Loyola ló mismo que Pascal,,
recomiendan los actos externos dé la fe como em inen­
temente propios para colocar al alm a en el estado afec­
tivo correspondiente. Se sabe que en el estado de suefio-
hipnótico la actitud correspondiente á una emoción d e­
term inada es soberana para sugerirla. «Sea cualquiera
la pasión que se quiera expresar por la actitud del pa­
ciente, cuando son puestos en juego los músculos nece­
sarios, la pasión estalla de repente por sí misma y el or­
ganismo entero responde á ella» (1). Dugald-Stewart

(1) Unid. IféHrypaolnifii.


8! PSICOLOGIA DE LA VOLUNTAD

cuenta que Burkc aseguraba haber sentido á menudo


encenderse en ¿1 la cólera á medida que im itaba los sig­
nos externos de esta pasión. Los perros, los niños y
basta las personas mayores cuando luchan jugando,
¿no acaban, generalmente, por incomodar-so de veras?
¿No son contagiosos la risa y el llanto? ¿Tío es de ob­
servación vulgar que la risa provoca la risa? Una per­
sona triste y melancólica, ¿no constituye uu atajasola­
ces, una calam idad para una familia? El ceremonial
chino, tan propio para dar una elevada idea de la auto­
ridad, ¿no h a sido deliberadamente establecido por Con-
fucio, quien, como Loyola, pensaba que los ademanes
tienden a sugerir los sentimientos correspondientes?
¿Las pompas católicas, con su ceremonial de tan p ro ­
funda psicología, no son especialmente propias para
causar una gran impresión sobre las almas, aun las
menos creyentes? Desafio á un creyente á impedir en
su alm a un vivo movimiento de respeto en el momen­
to en que á los cantos sucede la silenciosa y unánime
prosternación-de los fieles. Dentro del mismo orden de
ideas, ¿no nos tranquiliza muchas veces en medio de
las mayores inquietudes la visita de nn amigo que re­
bosa alegría? Es inútil, por lo demás, acum ular más
ejemplos, cualquiera puede encontrarlos fácilmente si
los busca.
Desgraciadamente, en estos casos sólo se evocan
sentimientos ya existen tes, que se renuevan ó se reani­
man, pero no se crea, y los^sentimientos así renovados
permanecen bastante débiles. Todo procedimiento que
actúa de fuera adentro no puede considerarse sino como
una poderosa ayuda y sólo sirve, en prim er término.
OFICIO DK LOS ESTADOS AFECTIVOS EX LA VOLUNTAD 83

para m antener el sentimiento á la plena luz de la con­


ciencia. Viene á ser lo que son los movimientos, y sobre
todo la escritura para el pensamiento; es decir, un re ­
curso precioso para impedir que las distracciones hagan
vacilar la atención, y para m antener en prim era Unen
la cadena de estados de conciencia, siempre pronta ú
romperse y á dejarse intercalar nuevos estados- Mas
pretender asi sugerir en un alma un sentimiento no
germ inado en ella ó sólo existente en germen, es igno­
ra r que el elemento esencial de todo sentimiento se ha­
lla fuera de nuestro alcance. (
Del mismo modo, cuando una emoción hiervo en
nosotros, podemos impedir que ec traduzca al exterior.
La cólera liene necesidad, para expresarse, de los puños
cerndos, de las m andíbulas apretadaSj de la contrac­
ción de los músculos de la cara y de una anhelante res­
piración: ¡qiios ego! yo puedo ordenar á mis músculos
que se relajen, á mi boca que sonría, puedo moderar los
espasmos respiratorios; pero si no he tratado de apagar­
las prim eras manifestaciones, cuando son todavía débi­
les, de la naciente emoción; si la lie dejado crecer, mis
esfuerzos probablemente serán inútiles, sobre todo si
desde adentro la voluntad no acude con el socorro fie
otros sentimientos, tales como el de Ja dignidad perso­
nal, el temor á un escándalo, etc. Lo mismo podría d e­
mostrarse para la emoción sensual. Si el ánimo es cóm­
plice del deseo; si la resistencia iuterna decae, la dejos
músculos, agentes del deseo, dura poco. Por regla ge­
neral, de nada sirve bloquear al enemigo levantando
contra él fortificaciones, si las tropas que han de atacar
se apresuran á huir en cuanto notan desaliento en su r
M VSICOLOG-IA DE LA VOLUNTAD

ji'fes. E sta resistencia de los músculos á obedecer á la


pasión debe ser enérgica y solidariamente sostenida por
todas las potencias internas. De aquí resulta que desde
fuera podemos poco contra lo de adentro. Nuestra in­
fluencia directa, para provocar en el ánimo un senti­
miento, ó para estacionarlo, reducirlo á la impotencia
y sobre todo, para destruirlo, es insignificante. Estos
medios externos sólo pueden sum inistrarnos una pe­
queña dosis, sin duda preciosa, pero que sólo sirve para
.sumarla á una acción interna ya Vigorosa.

§ VI

Asi. pues, si nos encerráram os en el presente, si vi­


viéramos al dia, sin previsión, toda lucha sería inútil.
Asistiríamos impotentes al conflicto habido en nosotros
mismos entre las ideas, los sentimientos y las pasiones:
lucha interesante, pero en donde la inteligencia sólo
seria espectadora de antemano desalentada. A Lo sumo
podrá, como el que apuesta en las carreras, entretener­
lo en calcular cuál va á ser el resultado de la lucha, y
hasta acabará por adquirir en este pronóstico una espe­
cie de infalibilidad, y en realidad queda reducido át esto
su papel para la m ayor parte de las personas, em bau­
cadas con su previsión, y muy ufanas porque se creen
libres y adivinan lo que sucederá, y sucede precisa­
mente lo que su deseo quiere que suceda. L a inteligen­
cia, avergonzada de su impotencia, quiere alim entarse
de la dulce ilusión de su soberanía; pero en realidad,
'las inclinaciones hacen de ella caso omiso p a r a todo .
OFICIO DE LOS ESTADOS AFECTIVOS EN LA VOLUNTAD *5

no tiene más influencia sobre el resultado del conflicto


que sobre el grado de saturación de la atm ósfera tieDc
el meteorólogo capa/ de predecir la lluvia para el dia
siguiente.
Sin em bargo, esta regla, merecida para cuantos no
han hecho ningún esfuerzo para conquistar su libertad ,
no es necesaria. Cada cual puede conseguir haccr de su
propio gobierno la ley. El tiempo, nuestro gran líber
tador, perm itirá en lo futuro co n q u istarla libertad no
alcanzada en el presente, porque es la potencia sobcra
n a que em ancipa á la inteligencia y le facilita los me
dios de sustraerse al vasallaje de las pasiones y de la
anim alidad. Los estados atectivos de cualquier orden
son fuerzas brutales y ciegas, y el papel del que no ve
se reduce á dejarse conducir, aunque sea un Hércules,
por los que ven claro. La inteligencia, con habilidad y
por su alianza con el tiempo, es decir, por medio de
una táctica paciente y tranquila, pero tenaz, va apode­
rándose lenta y seguram ente del poder y aun de la dic­
tadura; de una dictadura sólo templada por la pereza
del soberano y por pasajeras revueltas de los súbditos.
Estudiemos, desde luego, la naturaleza y los efectos
d e esta emancipación po” el tiempo, y en seguida tra­
taremos de los medios prácticos de em anciparnos.
CAPÍTULO III

LA TOS1BIUDAD DEL REINADO DE LA INTELIGENCIA

§1

Sería de capital im portancia ;n la empresa de con­


quistarse á sí mismo el enlace por la fuerza de la cos­
tum bre entre las ideas y la conducta, de modo que al
surgir en el ánimo la idea suceda la acción correspon­
diente con la precisión y vigor de un acto reflejo; pero
hemos adquirido la desconsoladora certeza do que sólo
el sentimiento puede producir actos con este cuasi auto­
matismo. La soldadura entre una idea, la idea de tra ­
bajar, por ejemplo, y su traducción en actos, no se ope­
ra en frío; y para que sea sólida y difícil de ronjper es
necesario trabarla y fundirla al calor de los estados
afectivos, porque sólo asi puede ad q u irir una extraor­
dinaria dureza.
¿Qué es, por otra parte, la educación, sino el hecho
de poner en juego sentimientos poderosos para crear
hábitos de pensar y obrar, es decir, para organizar en
el entendimiento del niño sistemas combinados de ¡deas
POSIBILIDAD DEL REINADO PE LA INTELIGENCIA 87

con ideas, ideas con sentimientos é ideas con actos? Im­


pulsado al principio por el temor, por el am or propio
y por el deseo de agradar á sus padres, el niño educa
poco á poco su atención, reprim e su tendencia á albo­
rotar, sus gestos descompuestos, se hace juicioso y tra­
baja; de este modo se emplean poderosos sentimientos
naturales, hábilmente aplicados, para romper el lazo de
unión entre ciertas inclinaciones y su expresión n atu­
ra l y para soldar sólidamente ciertas ideas con d eter'
minados actos hasta entonces no enlazados.
Las emociones religiosas en épocas ó lugares en que
domina la íc forman un conjunto de extraordinaria
energía, porque están compuestas de sentimientos ele­
mentales ya muy potentes por $í mismos y agrupados
en apretado haz. El miedo á la opinión pública, el res­
peto á la autoridad de personas revestidas de carácter
sagrado, los recuerdos acumulados de la educación, el
temor de eternos castigos, la esperanza del cielo, el te­
rro r de un Dios justiciero, presente en todas partes, que
todo lo ve y todo lo oye y penetra hasta los más recón­
ditos pensamientos, todo esto concluye por fundirse,
constituyendo un estado afectivo extremadamente com­
plejo, aunque parezca simple á la conciencia. A la ab ra­
sadora llam a de este sentimiento tan vigoroso se efec­
túan soldaduras definitivas entre ideas y actos; así es
como en las naturalezas religiosas superiores no es ca­
paz una injuria le provocar la cólera, á causa de lo
pronta y sincera q ue surge la resignación, ni la casti­
dad ocasiona luchas, por lo aniquiladas, mortecinas y
depuradas que se hallan en ellas las excitaciones sen­
suales que inflaman los cerebros de los seres inórales
88 PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAD

interiores. Hermoso ejemplo este del triunfo obtenido


contra instintos muy poderosos por el solo antagonismo
de sentimientos elevados.
Decía Renán: «siento mi vida siempre gobernada
por una fe que no tengo, y es que la fe tiene la particu­
laridad de proseguir su obra aun después de desapare­
cer.! Esto no es exclusivam ente peculiar á la fe; toda
emoción sincera que d u ran te mucho tiempo ha enlaza,
do los actos á ciertas ideas puede desaparecer, dejando
tras de sí este enlace, como en el silogismo desapare­
ce el térm ino medio y, sin embargo, la conclusión sub­
siste.
Pero tales enlacen, tan fácilmente anudados por el
sentimiento, puede también formarlos la idea, á condi­
ción de procurarse la complicidad de los estados afecti­
vos. Muy frecuente es, como hemos visto, en la educa­
ción recibida de la familia y en el colegio, que nues­
tros padres y nuestros maestros efectúen las soldadu­
ras á su voluntad, y lo mismo puede hacer la religión.
Mas en la obra d e la educación de nosotros m ismos
por nosotros m ism o* no sucede así. L a tarea es mucho
más complicada y exige un profundo conocimiento de
nuestra naturaleza psicológica y de 9us recursos bajo
este punto de vista. A la salida del liceo, los jóvenes,
hasta entonces guiados por sus p id res y sus maestros,
y á quienes la organización de aquél imponía un traba­
jo ordenado y perfectamente definido, se encuentran de
la noche á la mañana y sin preparación especial, solos,
arrojados al torbellino do una gran ciudad, sin vigilan­
cia, á menudo sin consejos, y sobre todo sin la diaria
¿area expresamente determinada, pues prepararse para
POSIBILIDAD DEL KEINADQ DK LA US rEUUENOXA. 89

un examen no es lo mismo que tener empleado el tiem­


po día por día, según un plan marcado de antemano. La
única sanción (jy ésta lejana y poco eficaz!) es el temi­
do descalabro á fin del año. Después de tndo, el gran
número de estudiantes aprobados, casi sin trabajo, ale­
ja los más serios temores: iya se arreg lará en el último
mes!
Eu medio de condiciones tan ingratas, el único re­
medio es asegurar la dominación de la idea, buscándo­
le apoyo en sentimientos ya existentes en el estudiante.
En esto consiste la táctica; mas antes vamo9 á pasar
revista á nuestros recursos sin om itir ninguno, exam i­
nando de muy cerca la cuestión de saber como ban de
llevarse á cabo los enlaces necesarios entre tales ideas
y tal conducta.

§ir
Examinaremos desde luego las relaciones de la idea
con las potencias afectivas favorables á la obra del domi­
nio de sí mismo.
Los filósofos, escasos en verdad, que se ban ocupa­
do de las relaciones en iré la inteligencia y el sentimien­
to, se inclinan á distinguir dos especies de conocimien­
to: el conocimiento propiamente intelectual y el cono­
cimiento po r el corazón (i); modo incorrecto este último
de anunciar una verdad fundam ental. Todo conoci­
miento es intelectual; pero cuando el conocimiento va
acompañado de una emoción, hay en él fusión intim a
do dos elementos, intelectual y sensible; y el sentimien-

(1) Véiso priacipalm cnlo Claj: 1‘AUemaiCvt, U ad. B urdcau, pág- -ti-
BO PSICOLOGÍA D £ LA VOLUNTAD

to, más grande en cierto modo y más intenso que la


idea, se coloca á la plena luz de la conciencia, relegan­
do á la penum bra á la idea asociada. Y a hemos visto
ejemplos de ideas que se mantienen apagadas y de re­
pente despiertan emociones violentas, de tal modo, que
en lo sucesivo la idea do podrá su rg ir en la conciencia
sin arra stra r con ella en el acto el recuerdo de la emo­
ción; recuerdo que no es, en definitiva, otra cosa, que
la misma emoción en estado naciente. Actualmente, y
después de la experiencia de tan extrem a violencia que
ya he contado, me basta con im aginarm e resbalando
por una pendiente para experim entar en seguida la sen­
sación del vértigo. Hú aquí un enlace entre una idea y
un estado afectivo antes desconocido para mí, que des­
graciadam ente ha llegado á ser autom ático por uu solo
acto. ¿Pueden soldarse artificialm ente tales enlaces? Si
la respuesta fuera negativa seria fomAo renunciar por
completo á la educación de la voluntad, y acabamos de
ver que toda educación descansa sobre esta posibilidad.
Pero cuanto han podido hacer nuestros padres y nues­
tros maestros, ¿puede emprenderlo por su propia cuen­
ta un estudiante libre y abandonado á si mismo? En
caso negativo, la educación del yo por el y o sería una
obra imposible.
Es m uy cierto que tales asociaciones son difíciles de
efectuar, y sobre todo exigen tiempo y perseverancia;
pero aun tenemos por más cierto que son posibles. Esta
posibilidad es nuestra emancipación; afirm arlo es afir­
m ar que somos libres, y sin embargo, no vacilamos en
hacer tal afirmación. Sí, somos libres, porque cada u d o
puede, si lo desea, asociar á la idea de un trabajo re­
POSIBILIDAD DEL E tX \A I> 0 P E LA INTELIGENCIA 91

pulsivo, por ejemplo, sentimientos adecuados para ha­


cerle fácil en lo sucesivo. Decimos sentim ientos, porque
en general en el trabajador intelectual esta asociación
se opera con gran número de estados afectivos, y ra ra
vez es el resultado de una experiencia única, como en
el ejemplo antes citado. Procedemos como el dibujante,
por trazos sucesivos: cada asociación efectuada deja en
la conciencia una especie de conciso bosquejo, gracias
á la ley del hábito que en tra en funciones desde la pri­
m era experiencia; y las realizadas en los momentos de
plena energia, aportan, en cierto modo, los rasgos deci­
sivos que han de form ar la obra bosquejada y después
concluida pacientemente á íuerza de retoques.
Esta lenta elaboración es necesaria, porque el traba­
jo solitario del pensamiento es tan contrario á la natu­
raleza hum ana, la atención sostenida y perseverante es
tan penosa para un joven, que para luchar contra la
aversión inspirada por este estado de inmovilidad y so­
bre todo de concentración de la atención sobre una idea,
no huelga el reunir en un sólido y apretado haz cuan­
tas potencias afectivas sean adecuadas para sostener la
voluntad en su resistencia contra las potencias fatales
de la inercia y de la pereza hum anas.
Así es que,si se exam ina cuál es el sostén de la ener­
gía en la larga y fatigosa serie de esfuerzos necesarios
á la composición de un extenso libro, al cual dedica uno
todo su empeño, se encuentra una poderosa coalicióu de
sentimientos dirigidos al mismo fín: prim era é inmedia­
tamente el sentimiento de nuestra energia, que en tan
alto grado nos proporciona actividad para el trabajo;
la meditación recompensada poV los resultados y por el
93 p s i c o lo g í a , ve l a v o lu n ta d

goce del descubrimiento; el sentimiento de superiori­


dad que da la persecución de un objeto elevado; el de
vigor y bienestar físico que proporciona la actividad
encauzada y utilizada por completo de provechoso mo­
do. Después á estos móviles tan poderosos se aüade la
conciencia del aprecio de cuantos nada hacen, pero nos
siguen, unos con entera sim patía, otros no sin algo de
envidia, y el júbilo de ir viendo ensancharse el h o ri­
zonte intelectual: y todavía además, descontando las
satisfacciones de aiuor propio y ambición, la alegria de
ver satisfechos á los seres queridos, y en fin, móviles
más elevados, como el amor á la humanidad y los ser­
vicios que pueden prestarse á tantos jóvenes como va­
gan sin saber qué hacer y sin que nadie les haya ense­
ñado jam ás el camino por donde deben dirigirse para
llegar á la ciencia de las ciencias, que es la del gobier­
no de sí mismo. Sentimientos unos egoístas en el p re ­
sente y el porvenir, otros altruistas é impersonales, nos
sum inistran un rico tesoro de tendencias, emociones y
pasiones cuya ayuda podemos reclam ar y cuyas ener­
gías, antes incoherentes, podemos coordinar para trans­
form ar un fin hasta entonces indiferente ó desagrada­
ble en otro viviente y seductor, proyectando sobre él
todo cuanto poseemos de entusiasmo ardiente y vibran­
te, comí» el am ante apasionado adorna con todo cuanto
sueña y desea á la joven amada; pero con la diferencia
de que la objetivación de las ilusiones de éste es natu­
ral, mientras para nosotros es voluntaria, deliberada y
sólo á la larga m archa espontáneamente.
¡Cómo, el avaro llega á sacrificar al dinero su salud,
sus placeres y hasta su honradez, y nosotros no con­
POSIBILIDAD DEL REINADO DE LA INTELIGENCIA 93

segu irem os encariñarnos con un fin noble com o es el


trabajo intelectual lo suficiente para sacrificarle nuestra
pereza durante a lgu n as horas del día! ¡Un com erciante
se levanta todas las m añanas á las cinco y perm anece
á disposición de sus parroquianos hasta las n ueve de la
noche, con la esperanza de retirarse un día al cam po y
disfrutar por com pleto de la ociosidad, y nuestros jó ­
venes reparan en pasar cinco horas ante su mesa de
trabajo para asegurarse en el presente y en el porvenir
todos los m últiples goces de una elevad a cu ltu ra inte­
lectual! Por desagradable que sea la tarea, y hecha
con g u sto no lo es nunca, se puede estar seguro de que
el hábito d ism in u irá las m olestias del esfuerzo, por las
ley es de la asociación de las ideas y no se tardará en
hacerla agradable-
En efecto, nuestro poder para hacer atractivo por
asociación lo que antes no lo era se extiende m uy lejos.
Podemos desde luego reforzar los sentimientos favo­
rables á nuestra voluntad y enriquecerlos hasta el pun­
to de transformarlos. ¿Quién reconocerá en los delicio­
sos sentimientos del místico que, según la expresión de
San Francisco de Sales, deja «esconder y liquidarse su
alma en Dios» una sintcsis del am or y de aquel temor
de los primeros hombres que, desnudos y arrojados en
medio de una naturaleza inconmensurable para sus
fuerzas, tenían el vivo sentimiento de su miserable es­
tado y del terror á las fuerzas naturales? Del mismo
modo nada bay, ni aun el sentimiento de la brevedad
de la vida, -«de ese resbalar del tiempo, de esc curso
imperceptible, enloquecedor cuando en él se piensa, de
esc infinito desfile de pequeños y apresurados minutos
94 PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAD

que roen el cuerpo y la vida de los hombres» (1), que


no pueda ayudarnos, enseñándonos á despreciar todas
las vulgares distracciones.
Ciertamente, no podemos ni excitar ni crear senti­
mientos cuando no existen en la conciencia: pero es in­
creíble que los sentimientos elementales puedan faltar
en la conciencia hum ana. En todo caso, si algunos
hombres pueden diferir tan profundam ente de sus se­
mejantes, no nos dirigim os á ellos. Escribimos un tra ­
tado de educación para jóvenes normales y no un m a­
nual de Teratología. Por otra parte, tales monstruos
no existen. ¿Dónde se han visto, por ejemplo, hombres
cuyo carácter distintivo sea la crueldad y jam ás en
ninguna circunstancia experimentasen piedad ni p;ira
sus padres ni para ellos mismos? Decimos jam ás, por­
que aunque estos movimientos fuesen muy raros, se­
rian tan reales como son y serán posibles. Como de un
lado sabemos que los sentimientos más complejos y
elevados son síntesis formadas por la íntim a asociación
de muchos sentimientos elementales (2), y de otro es
evidente que la atención enérgica y sostenida prestada
por el espíritu á un estado cualquiera ?le conciencia
tiende á colocarlo á la plena luz de ésta, y por con­
siguiente á perm itirle despertar los estados ¡ro cia­
dos, constituyendo un centro de organización, soste­
nemos (y cada uno puede comprobarlo en si m is­
mo) la posibilidad de anim ar y fortalecer estados afec­
tivos tímidos y humildes en cierto modo, sostenidos

(1) / 'o r í conune la U ort, Cuy de Muu[ja>sJii 1.


(2) Vrnso Paychologie, Spcncor, Irad. Rihut, I, cap. SENTI&IBS IS
POSIBILIDAD DEL HE] NA DO DE LA INTELIGENCIA 95

sólo por la inspiración, reprimidos y humillados por


potencias vecinas, vegetando sin gloria, como esa9 es­
trellas que no brillan menos en pleno día porque los
ignorantes no sospechan su presencia. N uestra aten-
ción, de la cual disponemos, sustituye á la potencia
creadora de que carecemos.
¿Cómo explicar de otro modo los éxitos de las no­
velas y, sobre todo, de dónde procede que todos las
comprenden? Porque cada una de ellas pone en activi­
dad un grupo de sentimientos que en la vida ordinaria
no habian tenido ocasión de funcionar y se produce
como un sim ulacro sustituyendo á la g uerra form al. Y
si gran parte del público puede comprender las novelas
de los grandes maestros, ¿no prueba esto que en la ma­
yoría de los lectores se hallan dormidos los sentimien­
tos y sólo esperan ocasión de aparecer á la plena luz de
la conciencia? Extraño seria por demás, si dueños de
nuestra atención y de nuestra imaginación, no Iográ-
ramos_cuanto el novelista, puede en nosotros. Sí, lo po­
demos. Yo puedo, cuando quiero, provocar en mi, por
ejemplo, cóleras artificiales, enternecimiento, entusias­
mo, y en fin, el sentimiento que me hace falta para lle­
g ar á un fin deseado. ^
¿No se observa cómo los descubrimientos científicos
crean, en el sentido humano de la palabra, sentim ien­
tos enteram ente nuevos? ¿Hay nada más frío en apa­
riencia que el mecanismo cartesiano? Y sin embargo,
esta teoría abstracta, cayendo en el alm a ardiente de
Spinoza, ¿no ha coordinado en un sistema nuevos senti­
mientos esparcidos en ella hasta entonces, y ag ru p án ­
dolos alrededor del sentimiento tan profundo que tenía
S6 PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAD

de nuestra nulidad, no ha provocado la aparición de la


más apasionada y adm irable de las novelas metafísicas,
conocidas? ¿Puede decirse que el sentimiento de hum a­
nidad sea innato en el hombre? ¿No es un producto
consciente, una síntesis nueva, síntesis de una fuerza,
incomparable? Y ¿no es evidente que Mili tiene razón
cuando escribe «el culto de la humanidad puede apo­
derarse de una vida hum ana y teñir su pensamiento,
su sentimiento y su acción con una fuerza tal que sólo
la religión ha podido d;ir una idea ó un presentimien­
to»? (1)
P or otra parte; ¿el papel encomendado á la inteli­
gencia no es el de dirig ir y operar la fusión de senti­
mientos elementales anárquicos, dándoles una expre­
sión determinada? Todo estado afectivo, todo deseo,
por sí mismo permanece m uy vago, ciego y por consi­
guiente impotente. .Salvo los sentimientos instintivos,
como la cólera y el miedo, que se traducen espontá­
neamente al exterior, la mayor parte necesitan la co­
operación de la inteligencia. Provocan en el alm a un
m alestar, un sufrimiento, cuya significación precisa el
entendimiento, y á éste incumbe la investigación de los
medios de satisfacer el deseo. Si nos sorprende una tor­
menta en el Monte Blanco yertos de frió y poseídos del
terror de una muerte horrible, la inteligencia nos su­
g erirá la idea de escavar en la nieve una g ru ta donde
esperar á que pase el peligro. Si como áRobinsón Cru-
soé 1109 abandonan en una isla desierta, ¿qué liarán to­
dos nuestros propósitos exasperados por el dolor, si no

(I) S itia r M ili. f/ííY í tari iwü» c a p . III.


POSIBILIDAD DK.L REINADO DE LA INTKLIGEKCIA 1)7

existe una inteligencia p ro n taá la tarea de realizarlos?


Si me encontrara en la miseria y deseara salir de ella,
á la inteligencia tocaría también d ar á mi conducta
una dirección bien clara y definida. Compárese la inde­
terminación y la vaguedad de la emoción producida
por la inclinación sexual en un joven perfectamente
puro é inocente, con la claridad y la energía que toma­
ría en él su deseo después de una prim era experiencia,
y se comprenderá qué género de recursos presta la in­
teligencia en los estados afectivos. Basta, por consi­
guiente, para dar extraordinaria viveza á un deseo ó á
una emoción, hacer que el objeto que se persigue apa­
rezca al entendimiento perfectamente determinado, de
tal modo que todos sus aspectos agradables, seductores
ó simplemente útiles sean vigorosamente puestos en re ­
lieve.
Vemos, pues, que por el sólo hecho de ser inteligen­
tes y capaces de previsión (saber no es, en definitiva,
más que prever), nos es dado utilizar todos los medios
de nuestra natural capacidad y además los adquiridos
por el estudio para reforzar los sentimientos relaciona­
dos entre sí. Poco podemos directam ente, mediante in­
fluencias externas, sobre nuestros estados afectivos;
pero nuestro poder adquiere una extraordinaria ex­
tensión por la aplicación inteligente de la ley de aso ­
ciación.
Veremos cómo á esta potencia se le puede prestar
un auxilio capaz de duplicarla, colocándonos en un me­
dio apropiado para la expansión de ciertos sentimien­
tos: medio (le familia ó de amigos, de relaciones, de lec­
t u r a , de e j e m p l o s , etc., y estudiaremos también exten-
98 PSICOLOGIA DE LA VOLUNTAD

sámente este modo indirecto de acción sobre nosotros


mismos (libro V).
Las consideraciones precedentes son m uy abonadas
p ara infundirnos ánimo. Si la idea para soldarse con el
acto necesita el calor de los estados afectivos, este ca­
lor, sin duda alguna, podemos producirlo alli donde lo
necesitemos, no por un /íat, pero sí por el empleo ra ­
cional de las leyes de la. asociación, y de este modo la
suprem acía de la inteligencia deja ya de parecer impo­
sible.
Pero debemos exam inar aun más de cerca las rela­
ciones entre la idea y las afecciones. El sentimiento es
un estado voluminoso, torpe, lento en despertar, y por
consiguiente, se puede prever á priori lo que confirma
la experiencia, es decir, que el sentimiento es un estado
relativamen te raro en la conciencia. El ritm o de su ap a­
rición y desaparición es m u y amplio: las emociones
presentan á modo de un flujo y reflujo, en cuyos inter­
valos el alm a se encuentra en un estado de calm a y
tranquilidad análogo al periodo intermedio entre los
dos movimientos de la marea, y esta condición periódi­
ca de los estados afectivos nos perm ite asentar con
gran firmeza el triunfo de la libertad razonable.
También el pensamiento, por su naturaleza, se baila
sujeto á un perpetuo vaivén; mas el joven ya instruido,
que por la se re ra enseñanza de las cosas y la educación
de los padres y maestros h a adquirido un gran domi­
nio sobre sí, puede sostener por mucho tiempo en la
conciencia las representaciones m ás de su "gusto ó más
convenientes. F rente á la instabilidad de los estados
afectivos se distingue de modo claro la idea por su du­
POHIBILIDAO DHL ñEL.N ADO DE L a INTELIGENCIA 99

ración y persistencia. Perm anece presente durante el


flujo del sentimiento, utilizando su movimiento, y en el
período del reflujo puede aprovechar coa actividad su
provisional dictadura para preparar los trabajos de
defensa contra el enemigo y reforzar sus propias
alianzas.
<Jnuudo el sentimiento invade la conciencia (sólo se
trata de sentimientos favorables á nuestro objeto), de­
bemos aprovechar la ocasión para im pulsar nuestra
nave: «es preciso aprovecharse de los movimientos fa­
vorables, como de la voz de Dios que nos llama, para
tom ar resoluciones eficaces» (1). Sea cualquiera el sen­
timiento aliado que inunde el alm a, utilicémosle sin de­
m ora para nuestra obra. Si la noticia'del triunfo de un
compañero es un latigazo para nuestra voluntad vaci­
lante, ¡en el acto, á trabajar! Pronto, á desembarazar­
nos valientemente de la tarea que nos tortura há tiem­
po, porque sin valor para atacarla de frente, é incapa­
ces también de sustraernos á su obsesión, nos pesa como
un remordimiento. Surge ahora mismo, como conse­
cuencia de esta lectura, el sentimiento de la grandeza
y la Santidad del trabajo: ¡en el acto, mano á la pluma!;
o aun mejor, experimentamos ese sentimiento de la ple­
nitud del vigor físico ó intelectual que hace agradable
el trabajo: ¡pronto, manos á la obra, á la tarea! Es ne­
cesario utilizar estos favorables momentos para adqui­
r ir sólidas costumbres y saborear, conservando su aro­
ma por largo tiempo, los viriles goces del pensamiento
productivo y fecundo y el Srgullo del propio dominio.

(1) L o íb o u . X o u v e a iL E II, § 3 5 .
100 PSICOLOGIA DE L a VOLUNTAD

Al retirarse el sentimiento habrá depositado, como-


limo benéfico, la costumbre fortalecida del trabajo, el
recuerdo de los goces saboreados y la eficacia de las
enérgicas resoluciones.
Guando la calm a sucede á la desaparición del senti­
miento, la idea se apodera del poder dictatorial y per­
manece rola en la concieneia; pero las ideas, como nota
Schopenhauer, «son el estanque, el depósito donde al
abrirse la tuente de la moralidad, fuente que no siem­
pre corre, vienen á depositarse los buenos sentimientos,
y desde el cual en ocasión oportuna van á distribuirse
por canales de derivación á los sitios donde son necesa­
rios» (1). Esto confirma la duración de la soldadura
efectuada entre la idea y los movimientos bajo la in­
fluencia de los sentimientos, y dem uestra por otra par­
te que, habiendo estado la idea frecuentemente asocia­
da á los sentimientos favorables, hasta en la ausencia
do estos sentimientos presentativos y actuales, por las
leyes de la asociación, puede avivarlos, en débil grado
ciertam ente, pero lo suficiente para provocar el acto.
§ III
Después de haber estudiado las relaciones de l¡i inte­
ligencia con los estados afectivos favorables, falta estu ­
d ia r las relaciones de la inteligencia con los estados afec­
tivos hostiles á la obra del dom in io de si m ism o. Y a se
ha visto cuán escaso, aunque apreciable, es nuestro po­
der si se h a de ejercer directa é inmediatamente sobre
los estados afectivos, deseos y pasiones. Nuestros me­
dios son indirectos: sólo alcanzamos dominio sobre

(t) fo iu le m c n l tlt la atórale. Alean, (lig. 125.


POSrRILIDA-D JJEL REINADO PE LA. INTELIOENCÍA 1UI

nuestros mÚ8culo9 y sobre el curso de nuestras ¡deas, y


en su v in u d pudemos reprim ir las manifestaciones ex­
ternas de las emociones y suprim ir 9u lenguaje n atu ­
ral. El cortesano y el hombro de mundo, cortesano á
menudo m uy timorato de una potencia más tiránica y
menos inteligente, como e9 la opinión pública, adquie­
ren en alto grado la facultad de reprim ir toda traduc­
ción aparente de su odio, de su cólera, de su indigna­
ción y de su desprecio.
Por otra parte, un deseo ó una inclinación se hallan
absolutamente separados del mundo exterior y no pue­
den satisfacerse sino por actos musculares: la cólera se
satisface por medio da injurias y de golpes; el amor por
abrazos, besos y caricias; pero nuestros músculos de­
penden en gran modo de nuestra voluntad; y pues que
todos pode mos negar momentáneamente á una pasión
«1 concurso de nuestros miembros, se puede, claro está,
por propio ministerio de nuestro poder, sofocar cual­
quier emoción enterrándola en nuestro interior.
Mas toda inclinación por la ley misma de la conser­
vación de la fuerfca necesita gastarse, y al encontrar di­
ficultades para su manifestación exterior, retrocede al
interior hasta refugiarse en el cerebro y oprimirle, pro­
vocando en él un desordenado torbellino de ideas, que
á su vez despiertan sentimientos asociados. En este sen­
tido dice Pascal: «A medida que se tiene más inteligen­
cia las pasiones son más grandes.»
lío lo olvidemos, sin embargo; la dirección de nues­
tros pensamientos nos pertenece, y podemos impedir
que el incendióse comunique poco á poco yporcontacto
Unas veces se podrá cortar el fuego, si comprendemos
1U2 PSICOLOGÍA de la voluntad

la im posibilidad de ex tin gu irlo, dejando, por ejem plo, a


nuestra cólera consum irse en palabras y proyectos de
ven gan za, en la seguridad de reportarnos cuando esta
d erivación, por su m ism a estupidez y ceguedad, nos
ap acigüe lo bastante para tomar con m ás calm a una
prudente retirada. Dejam os en cierto modo aniquilarse
al adversario antes de em prender un n uevo ataque.
Otras veces podemos empeñar la acción directam en­
te. Se ha visto que una inclinación algo compleja como
es ciega, necesita siempre de la inteligencia, y se baila
pendiente, por decirlo así, de una idea. E sta es la unión
del tiburón, cuya vista es débil y el olfato nulo, con su
«piloto» que lo guía hacia la prosa, y sin el cual el es­
cualo avanza brutalm ente y sin discernimiento. Hasta
tal punto el primer efecto de toda pasión ó deseo es per­
vertir la inteligencia y hacerse legitim ar, que no hay
perezoso que no alegue excelentes razones para no hacer
nada y no tenga poderosos argum entos para oponerse
á quien le invite á trabajar. Un déspota seria imperfecto
si no estuviera penetrado de su superioridad sobre las
gentes que explota, y si no hubiese examinado de cerca
los múltiples inconvenientes de la libertad. Una pasión
asi legitim ada por sofismas concluye por hacerse formi­
dable. Por esta razón, á la idea ó al grupo de ideas que
sirve de «piloto» al estado afectivo debemos apuntar
para llegar á éste, destruyendo los sofismas y desmo­
ronando y disipando las ilusiones con que la pasión ro­
dea su objeto. De este modo, la vista clara riel engaño,
del error; el descubrimiento de un porvenir desconso­
lador más allá de las falaces promesas del presente; la
previsión de consecuencias ¿olorosas para nuestra vani­
PO SIR IL ID A D DEL REINADO DE LA IN T ELIGEN CIA IU3

dad, para la salud, para la dicha ó para la dignidad, sus­


citarán frente al determinado deseo, capaz de sofocar
las consideraciones que pudieran ponerle trabas, otros
deseos, otros estados afectivos que le servirán de obstá­
culo, y si no llegan á vencerlo, sólo le dejarán una vic­
toria dudosa, deshonrosa en cierto modo, y precaria.
La guerra y la inquietud reemplazarán su tranquila
posesión do la conciencia, y así es como contra la pere­
za, satisfecha de sí misma, se podrán arm ar en la con­
ciencia adversarios prontos para la lucha y que acaba­
rán por obtener victorias cada vez más frecuentes y
decisivas.
Se recuerda con esto la sim pática figura de Q ueru­
bín en L e M ariage de Figuro (1): «Ya no sé lo que soy,
exclam a: hace tiempo que siento mi pecho agitado; mi
corazón palpita á la sola presencia de una mujer; las
palabras am or y deleite le ••xtremecen y le trastornan:
en fin, la necesidad de decir á alguien: ¡os amo!, ha en­
carnado en mí de tal m anera, que lo digo cuando estoy
solo, corriendo por el jard ín , á tu institutriz, á ti, á los
árboles, al viento..... A yer encontré á M arcelina-....
Susana (riendo): ¡ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah!—Q uerubín: ¿por
qué no?, es m ujer, es moza, ¡una mujer! ¡ah! ¡que d u l­
ces son estos nombres!* A hora bien; si Querubín hubie­
se sido capaz de reflexionar un momento, si se hubiera
detenido á m irar á Marcelina de cerca, á penetrarse de
su fealdad, de su vejez, de su necedad, su deseo hubie­
ra caído mortalmente herido; y ¿quién le hubiera ma­
tado?: el examen atento, la verdad. La pasión violenta
(1) Comedia d t Bcauiinrcliais.—Querubín os«l tipo do la jovenlud U nida y coa-
m a n d a .— y , tít i T.
104 PSICOLOGIA DE LA VOLUNTAD

impide despertar al espíritu critico; pero si se alcanza á


ver el desdoro volu ntario del objeto de la pasión, ésta
se halla en peligro de m uerte. El perezoso, hasta el me­
jor fortificado exteriorm ente de buenas razones sofísti­
cas, tiene ímpetus de trabajo en ciertos momentos en
que la prueba de la superioridad, de la dicha propor­
cionada por el trabajo sobre una vida ociosa se le apa­
rece resplandeciente; y estos momentos hacen imposi­
ble después una vida de pereza exenta de remordi­
mientos.
Lo que us posible cuando se cuenta con verdades
para oponer ú sofismas, es posible aun en casos al p are­
cer más difíciles, como cuando se trata, ó bien de opo­
ner á sofismas verdaderas m entiras voluntarias, ó lo
que es más grave, cuaudo es necesario presentar frente
á una verdad que contraría la obra del propio dominio,
una red de m entiras útiles.
Una m entira voluntaria, claro está, no puede tener
influencia alguna sobre la conducta si no le concede­
mos fe. Si esta m entira se reduce ¿ una vana fórmula,
al npsitaciamo », no nos servirá de nada. Pero aquí se
nos interrum pirá quizá con sorna: ¡Y qué! ¿Podríamos
mentirnos á nosotros mismos? ¿Y hacerlo consciente y
deliberadamente siendo juguetes de esta mentira? ¡Esto
es absurdo! Si, absurdo en aparieacia, aunque perfec­
tamente explicable para quien ha reflexionado sobre el
extraordiüario poder de emancipación que nos conce­
den las leyes de atención y de la memoria.
¿No es, en efecto, la ley más general de la memoria
que todo recuerdo no renovado de tiempo en tiempo tie­
ne tendencia á perder su claridad, á hacerse confuso, á
POSIBILIDAD DEL REINADO DE LA INTELIGENCIA 195

palidecer poco á poco, y después á desaparecer de la


memoria usual? (1). En gran parte, pues, dominadlos
nuestra atención y se puede, por consiguiente, conde­
nar á m uerte un recuerdo sólo con evitar que la aten­
ción le considere de nuevo; y por el contrario, podemos
darle intensidad y relieve á nuestro gusto en la con­
ciencia, prodigándole una reiterada y enérgica aten­
ción. Cuantos se dedican á trabajos intelectuales llegan
á no retener más que lo que quieren retener. Cuando
no se vuelve de nuevo sobre aquello en que no se quie­
re pensar ya, con seguridad se borra definitivamente,
salvo por supuesto un corto núm ero de excepciones-
Leibniz había comprendido perfectamente la influen­
cia efectiva de esta ley sobre nosotros cuando deseamos
formarnos i la. larga una convicción que no sentimos
por de pronto. «Podemos, dice, hocem os creer ......lo que
queramos, desviando la atención de un objeto desagra­
dable para aplicarla á otro de nuestro gusto, y por este
medio, considerando en prim er térm ino las razones más
propicias, acabamos por creerlas más verosímiles.* De
los motivos presentes en el entendimiento resulta en de­
finitiva necesariamente una convicción; pero relacionar
e9tos motivos es en cierto modo practicar una informa­
ción, la que se puede, á voluntad, falsificar por dos pro­
cedimientos distintos. En prim er lugar, cabe por gusto
dejarla m uy incompleta rehusando tomar eu cuenta
ciertas consideraciones, aun im portantes, entre otras
razones,porque toda información exige cierta actividad
del entendimiento, y la pereza es tan habitual que es
(1) Añadimos la palabra n n u l á fin do dejaj* inU tU U tutetúta do si tav Mgi m w -
c ucrdo cap u do perdono absolutamente.
106 PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAD

por todo extrem o fácil detenerse antes de hora, y esta


íacilidad se duplica, si tememos encontrar motivos des­
agradables. Después, truncada ó no la información, al
apreciar el valor de los motivos podemos añadir la pon­
deración de nuestros deseos sobre los que más agradan
y falsificar así el peso. Un joven que ama á una m ucha­
cha y está decidido desde luego á casarse con ella,
rehusará adquirir informes relativos á sus padres, á su
estado de salud y orígenes de su [futura, ¿Se le prueba
cómo estos orígenes no son claros? ¡qué le importa!
¿debe, por ventura, hacerse responsable á una hija de
las faltas de sus ascendientes? Por el contrarío, si
desea y trata de romper las relaciones, desembarazarse
de los lazos que le aprisionan y de las promesas arran ­
cadas merced ¿ las sorpresas de los sentidos y á su inex­
periencia, será inexorable en cuanto á la responsabili­
dad de la familia, hasta los más remotos antecesores.
T an cierto es que los motivos no 9011 comparables á pe­
sos siempre idénticos á sí mismos. Lo mismo que una
cifra colocada delante de otra ó de otras dos adquiere
un valor diez ó cien veces m ayor, un motivo, asociado
á estos ó los otros sentimientos, adquiere m uy distintos
valores; y como en gran modo somos dueños de estas
asociaciones, podem os'asignar á las ideas de nuestra
preferencia el valob y la eñcacia que nos plazca.
Además, es posible apuntalar esta potencia interior
con todas las influencias externas favorables. No sólo
disponemos delfpresente, sino también del pasado, por
la memoria; y por u a hábil empleo de los recursos de
la inteligencia, llegamos á ser dueños del porvenir. So­
mos libres de elegir nuestras lecturas, eliminando los
POSIBILIDAD DEL REINADO DE LA INTELIGENCIA 107 '

libros que pudieran estim ular nuestras inclinaciones


sensuales, predisponiéndonos al desvarío vago y senti­
m ental tan favorable á ta pereza; podemos, sobre todo,
elim inar, sea de golpe sea por una gran indiferencia,
los amigos que por su modo de ser, por su carácter, por
su género de vida, fortalecen nuestras malas disposi­
ciones, nos distraen, nos arrastran , y saben justificar
su pureza con especiosas razones. Todos los jóvenes no
van acompañados de un mentor que les arroje al m ar
en el momento del i^eligro; pero hay un medio muy
sencillo de no temer nada en una isla de perdición; y
es no abordarla.
Tales son en conjunto los medios de que disponemos
para luchar contra las potencias enemigas de la razón.
Podemos evitar que se expresen y manifiesten en su
lenguaje natural y propio; podemos, por una hábil es­
trategia, destruir los errores y los sofismas de que de­
penden nuestros deseos y hasta quitar todo su crédito á
ciertas verdades funestas, y á estos medios de acción
cabe añadir la inteligente disposición de las influencias
externas y el apartam iento del medio propio para ali­
m entar nuestras pasiones, y de las condiciones abona­
das para favorecerlas.
3 IV
Pero este conjunto de procedimientos tácticos son
más bien los aprestos para la gu erra que la gu erra mis­
ma; y pueden ser súbitamente interrum pidos por algu­
n a pasión que ha tomado cuerpo á pesar de nuestros es­
fuerzos, ó con más frecuencia, aprovechándose de nues­
tra distracción y del sueño de la voluntad. Mas cuando
108 PSICOLOGÍA DE LA VOLUNTAU

ruge la tempestad y la sensualidad, por ejemplo, inva­


de la conciencia, os preciso no olvidar que todos los
alimentos adecuados para n u trir la pasión son ideas, y
estas ideas que la pasión tiende á asociar á su m odo
podemos nosotros tratar de asociarlas al im a d ro . Si la
lucha es, ciertamente, desigual, si el incendio avanza
paso á paso, precisa que, á pesar de todo, nuestra «de­
licada y pura voluntad superior», «la agudeza de nues­
tro ingenio (1)», no lo consienta y lo sofoque; y como
esta ascendente m area de estados afectivos no es una
potencia única ni el ímpetu de un salto, sino por el
contrario, está formáda por una aglomeración de poten­
cias pesadas y divididas, que en su tum ultuoso oleaje
cubren y ocultan las potencias opuestas para vencerlas,
de nosotros depende el esfuerzo para apoyar con nues­
tra atención y nuestra simpatía estas últim as y m¡ís
desdichadas.
Unas veces se consigue rehacerlas y volver á em­
prender victoriosamente la ofensiva, cuando no se pro­
cura una retirada en perfecto orden, y así será luego
más fácil, más rápida y más decisiva nuestra propia
reconquista. P or ejemplo: en un arrebato de sensuali­
dad podemos no perder de vista un solo instante la ver­
güenza de nuestra derrota; podemos evocar y basta tal
vez conservar en el ánimo el claro presentimiento de la
depresión que seguirá á la saciedad, y la pérdida de un
hermoso y saludable día de productivo trabajo. Del
mismo modo, en un impulso de pereza, que basta los
más trabajadores los tienen, podemos, no consiguiendo

(I) San Francisco da Sitos, Introduceión d la vida rl«cf>!a, paita IV.


POSIBILIDAD DEL BEENADO DE LA INTELIGENCIA ItRI

Hogar á dominar nuestra inercia ni vencer las rebelio­


nes de «la bestia» aturdida, volver á evocar en nuestro
pensamiento el goce del trabajo, dol pleno dominio de
nosotros mismos, etc., y seguram ente la crisis será me­
nos larga y la reconquista del y o más fácil. En ocasio­
nes basta se debe renunciar á la lucha directa, y, con­
forme al caso, calm ar la emoción sensual, levantándo­
se, yéndose á paseo, á hacer una visita, etc.; en una
palabra, tratando de ahuyentar la idea fija, de desva­
necerla, de desorientarla, ó por lo menos obligarla á
com partir la conciencia coa otro9 estados así introdu­
cidos artificial mente. Tam bién se puede engañar la pe­
reza Jeyendo un libro de viajes, dibujando ó haciendo
un poco de música: y luego, en cuanto el ánimo se ha
despertado, se aprovecha este estado de atención para
em prender de nuevo el trabajo, abandonado momentos
antes por flojedad ó por entorpecimiento.
En fin, annque la voluntad fuere vencida, loque su­
cederá con frecuencia, no por esto debemos desm ayar.
Entonces, como al nadador que lucha con una rápida
corriente, nos basta con avanzar poco á poco; y hasta
es suficiente, para no desesperar del todo, que la co­
rriente nos arrastre con menos velocidad nadando que
sin nadar. Todo lo conseguimos con el tiempo. Con él
su forman las costumbres y adquieren fuerza y energía
las inclinaciones naturales. Es maravilloso el poder del
que nunca desespera. En los Alpes ge encuentran gar­
gantas en la protogina (l), profundas hasta de cien me­
tros, cortes prodigiosos formados por el desgaste ince-

(1} Roa íonmdn do fclitpilo, toar» y laico con alpina clrisulxtancvi. .V, <ftl T,
110 PSICOLOGÍA de la voluntad

sautc durante los veranos de las aguas cargadas de


arena que las escavan; de tal modo las más insignifi­
cantes acciones, repetidas indefinidamente, acaban por
producir resultados cuyas proporciones parecen no
g u ardar medida con sus causas. Ciertamente nosotros
no disponemos como la naturaleza de centenares de si­
glos; pero tampoco tenemos que socavar el granito.
Sólo nos concierne y se tra ta de desgastar las malas
costumbres y fundar en su lu g ar poco á poco otras ex­
celentes, procurando contener la sensualidad y la pe­
reza dentro de limites razonables, sin esperar encerrar­
las y sofocarlas en absoluto.
Tan numerosos y ciertos son los recursos para nues­
tra perfección, que de nuestros mismos defectos se pue­
den obtener positivas ventajas- En efecto, el hastío, esa
especie de am argo disgusto, de fatiga física, de flojeza
intelectual que nos deja la sensualidad satisfecha, si
nos entretenemos en mascarle y remas carie, es exce­
lente para dejarnos sentir su am argura y grabarse en
la memoria como recuerdo poco agradable.
Algunos días de pereza absoluta no tardan en pro­
vocar un sentimiento «intolerable» acompañado de un
disgusto de si mismo, precioso para nuestro progreso.
De cuando en cuando conviene pasar por estas expe­
riencias, tan claras y concluyentes como sea posible,
para que, por comparación, la v irtud y el trabajo apa­
rezcan tal como son en realidad: manantiales de dicha
sin mezcla y acicate de los más nobles y enérgicos
sentimientos, como el de la propia fuerza, el del or­
gullo de sentirse un hombre útil, un obrero templado
con solidez y adm irablemente preparado para prestar
POSIBILIDAD DEL REINADO DE LA INTELIGENCIA H1

grandes servicios á sus semejantes y á su país. En esta


lucha por la emancipación, existen, pues» derrotas equi­
valentes á verdaderas victorias.
P ero ya es hora de abandonar las consideraciones
generales. En adelante ya sabemos que se pueden enla­
zar en sistemas sólidamente cimentados una volición
conocida con una serie de actos determinados; y á la
inversa, pueden romperse las asociaciones más sólidas
cuando im portunas ó inconvenientes. De aquí resulta
que es posible la educación de la propia voluntad por
uno mismo.
Queda ahora por estudiar de cerca el cómo de las
asociaciones, es decir, los procedimientos eficaces para
alcanzar la plena posesión de sí mismo.
De todos estos procedimientos, los mejores y más
eficaces son de origen y uso subjetivo. Son los procedi­
mientos puram ente psicológicos.
En cuanto á los otros procedimientos los llam are­
mos exteriores y objetivos, y consisten en el inteligente
empleo de los recursos que el mundo exterior, en su
m ás amplio sentido, pone á. disposición de quien sabe
servirse de ellos.
LIBRO III

L O S M ED IO S IN T E R N O 8

§ I

Los medios internos, cu y a eficacia es infalible para


crear, fortalecer ó destruir ciertos estados afectivos, de­
ben necesariamente preceder á la utilización de los me­
dios externos, y comprenden:

L La R eflexión m editativa.
II. La. A cción.

Añadiremos como apéndice el estudio de la higiene


corporal en sus relaciones con el modo de energía espe­
cial que forma el objeto de nuestro estudio, es decir,
con el trabajo intelectual.
C A PI T U L O P R IM E R O

HEFUi.UÓN MEDITATIVA

§1

k Reflexión m editativa decimos para distinguir con


claridad esta operación intelectual de otras semejantes.
E n ningún caso, entiéndase bien, comprendemos en
esta denominación las fantasías, y menos aún las fanta­
sías sentimentales, enemigos, como veremos, contra lo*
cuales hemos de com batir enérgicamente en la obra del
dominio de nosotros mismos. L a distinción es t¿cil, por­
que m ientras en la fantasía la atención dorm ita, dejan­
do las tram as de ideas y de sentimientos difundirse sua­
vemente en la conciencia y encadenarse á los azares de
la asociación de ideas, con frecuencia de la manera
más im prevista, la reflexión m editativa nada deja á la
casualidad.
Sin embargo, difiere del¿ estadio, cuyo objeto es ad­
q u irir conocimientos precisos, «en su tendencia d «for­
jar» el alm a y no á i vestirla» (l)fE n el estudio, en
electo, perseguimos el convencimiento, y e n la refle­
xión m editativa pasan las cosas de otro modo, porque
nuestro propósito es provocar en el alm a movimientos

(I) ManUii¡m>. NI. ¡TI.

Biblioteca Nacional de España


KELKX1ÓX MEDITATIVA 115
r
de odio ó de am or. En aquél nos domina la preocupa­
ción de la verdad, y en ésta nada nos importa la ver­
dad. Aún más, preferimos á veces una m entira útil ¿
una verdad perjudicial, y toda nuestra investigación
se halla dominada exclu sivam en te por un m otivo de uli-
lid a d .
P ara em prender con fruto esta operacion, es preciso
haber estudiado á fondo la psicología y estar fam iliari­
zados con los más pequeños detalles de la ciencia de
nuestra naturaleza: se deben conocer, sobre todo, las
causas de nuestros actos intelectuales y de las propias
voliciones: es necesario haber deslindado las relaciones
existentes entre estos fenómenos, escudriñando su in ­
fluencia recíproca, su asociación y sus combinaciones;
es preciso, además, conocer las influencias del medio
físico, intelectual y moral, sobre nuestra vida psicoló­
gica.
Requiere todo esto un ¿gran hábito de observación,
pero aguda y sutil, estim ulada por esta m ira especial y
utilitaria.
Lo repetimos aún, nuestra tarea consiste en buscar
con paciencia todos los motivos capaces de despertaren
nosotros ímpetus de am or ó de odio; en fundar entre
ideas é ideas, entre sentimientos y sentimientos y entre
ideas y sentimientos, alianzas y combinaciones, ó, por
el contrario, destruir aquellas asociaciones á nuestro
juicio funestas; consiste en utilizar todas las leyes de la
atención y de la memoria para borrar ó grabar en la
conciencia lo que se presente á nuestro criterio como
más útil y conveniente] Es necesario «destilaron nues­
tra alma» las ideas y I09 sentimientos’ favorables, y
116 LOS MEDIOS INTKHNOS

transform ar las ideas abstractas en afecciones .sensibles


y vivas. |L a relie xión m editativa realiza su fin en el
momento que provoca en el alma poderosos movimien­
tos afectuosos ó enérgicas repulsiones. Mientras que el
estudio se dirige á saber, ella debe tender á la acción.
Si consideramos que ésta lo es todo en el hombre;
que el mérito de cada uno está en proporción de sus
actos; si, p«>r otra parte, se recuerda que n u estras accio­
nes son casi siempre, si no únicamente, provocadas por
estados afectivos, se comprenderá en seguida, la capi­
tal im portancia que merece el atento estudio del deli­
cado mecanismo mediante el cual se desarrollan ó am ­
plifican las afecciones favorables á nuestro propósito. I
§ II
La Química enseña que si en una solución suturada
de varios cuerpos se sum erge un cristal, las moléculas
de la misma naturaleza de éste vienen desde el fonda
de aquélla, movidas per una misteriosa atracción, á
agruparse lentamente á su alrededor. El cristal aum en­
ta poco á poco de volumen, y si el reposo ha durado se­
manas ó meses, se obtienen esas adm irables cristaliza­
ciones por su volumen y su belleza vanagloria y orgu­
llo de un laboratorio. ¿Se interrum pe á cada instante el
trabajo agitando el líquido? La precipitación se verifica
con irregularidad, el cristal resulta defectuoso y queda
inuy pequeño. Lo mismo ocurre en psicología. Gomo se
m antenga en prim era línea en la conciencia un estado
psicológico cualquiera, insensiblemente, por una afini­
dad no menos misteriosa que la otra, I >s estados inte­
lectuales y los estados afectivos de la misma natúrale-
BKFLEXIÓN MEDITATIVA 1IT

aa vieilen á agruparse á su alrededor.! Si este estado se


sostiene durante larco tiempo, puede organizar á su
alrededor un cúmulo de potencias, ad q u irir de un m odo
-decisivo una soberanía casi absoluta sobre la concien­
cia y reducir al silencio todo cuanto á él no se reñera.
Si esta «cristalización» se opera lentamente, sin sacu­
d idas ni interrupciones, adquiere un notable carácter
de solidez, y el grupo así organizado ostenta algo de
poderoso, de estable, de definitivo. Nótese bien cómo
tal vez no exista una sola idea incapaz de m ultiplicarse
según nuestro deseo hasta convertirse en una «tribu»
m uy numerosa. Las ideas religiosas, el sentimiento ma­
terno y basta sentimientos bajos y vergonzosos, como
el atán del dinero por el dinero, pueden elevarse en
nuestro interior á la omnipotencia.
Pero son raros los hombres, y con m ayor razón los
jóvenes, dotados de la serena y constante calm a necesa­
ria para este trabajo de lenta '(cristalización». La vida
es demasiado ligera y demasiado variada para el estu­
diante, principalm ente en P arís y en todas las grandes
ciudades. Una oleada de excitaciones externas'de todas
clases viene á llam ar :i la puerta de su conciencia; á
una idea sucede otra y luego otra; junto á su sentimien­
to brotan, como en loco torbellino, veinte ó treinta sen­
timientos diversos. Añádase á este desbordamiento los
millares de sensaciones asaltan d o sw sentidos, lo3 estu­
dios, las lecturas, los periódicos y las conversaciones,
y no ppdrá com pararse esta corriente á través de la con­
ciencia más que al ímpetu tum ultuoso de un torrente
chocando lurioso y con estrépito ensordecedor contra
las piedras que obstruyen su lecho.
118 LOS MEDIOS INTERNOS

Si, bien pocos recogiéndose un instante tratan d&


divisar el porvenir á través del presente. ¡Es tan cómo­
do dejarse llevar por esta desordenada invasión de im­
presiones distintas! ¡Exige esto tan pocos esfuerzos! ¡no
hay m ás que dejarse atu rd ir y arrastrar! Así, como
observa Cbanning, la m ayor parte de los hombres son
tan desconocidos para sí mismos como p ara nosotros los
países del centro de Africa (I). Jam ás han separado
voluntariam ente s u s p ira d a s del mundo exterior pura
convertirlas á su propio ser: ó mejor dicho, como han
abierto de par en par su conciencia á las cosas de afue­
ra, jam ás han tenido el valor de i r á sondar el fondo
firme y permanente de su intim a naturaleza, bajo el
depósito formado por ese torrente de origen exterior.
De aquí resulta que recorren la vida zarandearlos por
los acontecimientos externos, y son tan poco originales,
tan poco dueños de sí mismos como las hojas que se
arrem olinan arrastradas por el viento de otoño. Nulo
es asi el provecho obtenido por la experiencia, porque
dejar vagar la m irada sobre tantas cosas, equivale, en
efecto, á ño m irar nada.
Recogen, en cambio, buena cosecha de enseñanzas
los que se sumergen en el torrente de tas impresiones
sin dejarse a rrastrar y conservan la suficiente sangre
fría para coger al vuelo las circunstancias, las ideas y
los sentimientos, escogiendo y sometiéndolos en seguida
á un verdaderojtrabajo de asimilación.
Una vez comprendido de modo claro y consciente
nuestro objeto, que se reduce á fortalecer nuestra v o -

(1) De i'tdiuntinn ptreonucllf


R EFLEXIÓ N M EDITA TIVA 119

Juntad, y en particular nuestra voluntad de trabajar,


preciso es de toda necesidad la separación de todas las
circunstancias exteriores, de todas las impresiones,
ideas y sentimientos, obligando á las potencias favora­
bles á detenerse y á producir por completo sus efectos,
y dejando pasar las potencias hostiles sin dirigirles una
sola m irada de atención. El secreto del éxito consiste
en aprovecharse de cuanto es utilizable para nuestros
fines. |

§ 111

El trabajo del psicólogo queda, pues, indicado con


claridad por todos los estudios precedentes- Hélo aquí,
sin em bargo, en resumen:
1." Cuando un sentimiento favorable paga por la
conciencia, se debe im pedir su cruzamiento rápido
fijando la atención sobre él y obligándole á despertar
todas las ideas y los sentimientos de que sea capaz; es
decir, obligarle á proliferar, á dar de sí cuanto pueda
ofrecer.
2.“' Cuando nos falta un sentimiento ó se resiste á
despertar, se exam inará con qué idea ó grupo de ideas
pueda tener algunas relaciones, y se fijará la atención
sobre estas ideas, manteniéndolas con firmeza en la
conciencia, esperando á que por funcionamiento n atu­
ral de la asociación se despierte el sentimiento.
3." Cuando un sentimiento desfavorable á nuestro
propósito asalta la conciencia, es menester resistirse á
prestarle la menor atención, buscando el modo de no
pensar en él hasta hacerle perecer de ihanición.
ISO LOS MEDIOS IXTEBNO.S

4.* Cuando uu sentimiento desfavorable ha tomado


cuerpo, se impone á la atención y nos conceptuamos
impotentes para rechazarlo, entonces se someten á un
trabajo de crítica malévola todas las ideas de que de­
pende este sentimiento y aun el objeto mismo del sen­
timiento.
5." Conviene d irig ir una penetrante m irada sobre
las circunstancias exteriores de la vida, Ajándose hasta
en los más pequeños detalles para utilizar con inteli­
gencia todos los recursos y evitar todos los peligros.
T al es, por decirlo así, el program a general cuya
ejecución debe procurarse.

§ IV

Pero hay algunos puntos sobre los cuales tenemos


que insistir. Cuando el estudiante se haya penetrado de
la necesidad de no ser un «fugitivo de sí mismo»; cu an ­
do comprenda bien que la distracción es una debilidad
análoga al temblor de los miembros, entonces sabrá en­
contrar momentos para el recogimiento; se g u ard ará de
dispersar su espíritu como lo hacen todos sus compañe­
ros; no leerá diez periódicos en las prim eras horas d é la
tarde, y no m algastará su tiempo en ju g a r á las carias,
en discutir con vehemencia sobre cualquier simpleza, ni
en distracciones de cualquier género, porque con pun­
donor bastante para dominarse, no se dejará llevar
inerte por la corriente que a rrastra á los demás. |
El medio más eficaz de llegar á esta posesión de sí
mismo es suscitar en su alm a enérgicas afecciones ó
vehementes repulsiones. T ratará, pnes, por senciUas y
BE FLEXIÓN MEDITATIVA 1Í1

familiares reflexiones, de «hacerse» am ar el trabajo y


«hacerse» detestar la vida muelle, inútil c insulsa del
holgazán. Su propia experiencia le sum inistrará á cada
instante estas reflexiones, y no dejará que sean en se­
g uida desalojadas de su pensamiento por otras ideas;
tendrá cuidado de saborearlas, obligándolas á adquirir
tildo su desarrollo y extensión. En lugar de pensar sólo
con palabras, como es lo vulgar, qu errá ver de una m a­
nera concreta y determ in ada el objeto de su reflexión.
Ver en general y como de pasada es el método de los
espíritus perezosos. Los reflexivos dejan, por el con­
trario, destilar gota á gota y «recogen la miel» (1) en
su pensamiento de los diversos puntos de su meditación.
Todos saben y repiten, por ejemplo, que el trabajo pro­
porciona muchos goces de todas clases, á saber: prim e­
ro, intensas satisfacciones de amor propio; después, la
alegría más completa de sentir fortalecerse sus faculta­
des, de colmar de dichas á sus padres, de prepararse
una venturosa vejez, etc.; sin embargo, nuestro estu­
diante no se contentará con tal enumeración puram en­
te verbal. Son las palabras signos abreviados y cómodos
destinados á reem plazar mentalmente las cosas mismas,
siempre complejas, siempre embarazosas y que obligan
á un esfuerzo del pensamiento tanto más considerable
cuanto más numerosos son los detalles. Por eso los es­
píritus adocenados piensan con las palabras, co9&s abs­
tractas, sin vida, de tal modo que ningún eco producen
en la vida interna. ¿Quién no ve, además, cómo las pa-

(I) i\. Saml Ltllvt el Flaubtrt.


I2S LOS MEDIOS INTERNOS

labras se suceden rápidam ente y ninguna de las m uchas


imágenes que tienden á crearse por su invocación ad­
quiere vigor y claridad? £1 resultado de estas someras
evocaciones es una estéril fatiga para el espíritu, una es­
pecie de aturdim iento producido por el hervidero de
imágenes abortadas, y el remedio de este mal consiste
en ver con claridad y en detalle. No basta, por ejemplo,
con decir: ¡mis padres van á quedar satisfechos! Evo­
cad el recuerdo de los padres considerando las manifes­
taciones de su alegría á cada uno de vuestros triunfos;
imaginadlos recibiendo los plácemes de amigos y pa­
rientes; representaos el orgullo de vuestra madre, su
placer cuando en las vacaciones se pasea del brazo del
hijo du quien se envanece; asistid con el pensamiento á
la cena en donde se habla de vosotros, y ni la ingenua
vanidad de la herm anita con su hermano mayor dejéis
de saborear coij el pensamiento. En otros términos,
trátese por la evocación precisa de tales detalles, de ta­
les gestos ó de tales palabras, de g u star hasta lo más
profundo la dicha de todos esos seres amados que por
vosotros se imponen sin sentirlo los más penosos sacri­
ficios, que se privan de muchos goces para hacer vues­
tra juventud más dichosa, y echan sobre sí las cargas
de la existencia á fin de aligerar vuestros hombros.
Del mismo modo deben evocarse, hasta en sus me­
nores y más concretos detalles, los goces de la vejez,
Cuando corona una vida de trabajo; la autoridad de
nuestra palabra, de nuestros escritos, el respeto de to­
dos, el gran interés que subsiste en la vida, aun privada
de todos los placeres materiales, etc. Se deben también
«saborear» las consideraciones referentes á la indepen­
BEFLEXIÓN MEDITATIVA 153

dencia proporcionada por el trabajo, el sentimiento de


fuerza y vigor que desarrolla, las innumerables dichas
reservadas por él á los hombres de energía, y todo cuan­
to sea capaz de aum entar el gusto.....
Cuando se han meditado muchas veces todas estas
consideraciones y otras más, cuando se ha dejado al pen­
samiento im pregnarse de su perfume por mucho tiempo
y con frecuencia, es imposible que un tranquilo pero vi­
ril entusiasmo no vivifique nuestra voluntad. Mas, lo re­
petimos, apenas se dibuje un sentimiento de fervor, es
preciso insistir, dándole toda su am plitud y ¿oda su
energía. H asta cuando se trata de un sentimiento brus­
camente introducido en la conciencia por un aconteci­
miento externo, por una ceremonia en honor de un sa­
bio, por ejemplo, es preciso apresurarse en seguida á
desarrollarlo y á fortalecerlo.
Inútil es decir que cuando las consideraciones pue­
den por su naturaleza inspirar aversión á e sa vida c o n ­
tra la Cual predicamos, es también necesario formarse
una idea viva y consistente de los más preciososdctalles:
es preciso, en cierto modo, m asticar las fealdades de la
vida perezosa. Si se traga un grano de pimienta, no se
siente; pero si por el contrario lo masticamos y lo revol­
vemos en todus sentidos con la lengua, pica al paladar,
produce un sabor acre insoportable, y hace estornudar
V llorar los ojos. Lo mismo conviene hacer, en sentido
figurado en cuanto se refiere á la vida de pereza y de
sensualidad, para provocar en nosotros el disgusto y la
vergüenza. Este disgusto no debe aplicarse al mal sola­
mente, sino á «todo aquello de que él deriva y á lo que
deriva de él.» No se imite al glotón ¿q u ien los módicos
til LOS MEDIOS INTERNOS

prohibían el m elón,causa constante de sus indigestiones


seguidas de graveB recaidas. «No lo come porque el mé­
dico le amenaza con la muerte; pero tal privación le
atorm enta y preocupa......quiere por lo menos sentirla
y considera m uy íelices á los que lo pueden comer» (1)
Del mismo modo se debe, no sólo detener la vida p ere­
zosa., miserable estado en que el espíritu desocupado,
vacío, se devora á sí mismo, llegando á ser pasto de
preocupaciones mezquinas y ridiculas, sino también
abstenerse de envidiar la existencia de los holgazanes y
aun de com entarla. Es preciso aborrecer ¿ los compa­
ñeros que nos predisponen á la haraganería, y los pía •
ceresque á ella nos incitan: en una palabra, es forzoso
detestar, no sólo la enfermedad, sino el melón que pro­
voca las recaidas.
Como s : ve, el gran secreto para fortalecer en nos­
otros uri sentimiento cualquiera es m antener en la con­
ciencia per íargo tiempo y repetidas frecuentemente las
ideas de las cualcs depende, buscando para éátas el tnás
extraordinario relieve, vigor y precisión posible; y para
conseguir esto es indispensable aer concreto el detalle
vivo y característico. Este método, además, permite al
sentimiento desarrollarse por la atracción directa que
ejerce sobre los sentimientos similares y por la riqueza
de consideraciones que se despiertan unas á otras. P ara
auxiliar este trabajo convendrá dedicarse á lecturas
propias para favorecer precisamente la germinación de
tal sentimiento particular. Ejemplos se expondrán en

( 1) lolrodumnn i la Fie Dbsale.


.REFLEXIÓN MEDITATIVA lió

la parte práctica de este libro de gran utilidad para


cuantos poseen el hábito de esta clase de reflexiones-
Todos los libros que expongan las ventajas ó los goces
del estudio y los negros colores de una vida ociosa se­
rán excelentes, á título de auxiliares. L a lectura de
ciertas memorias, como las de Mili, las cartas de I)ar-
win, etc., pueden producir excelentes resultados.
Si la meditación está bien dirigida, si se ha sabido
rodearse, tanto exterior corao interiormente, de la tran­
quilidad y el silencio,á cuyo favor losmovimientosemo-
tivos se propagan hasta el fondo de la conciencia, se
vendrá á parar seguram ente á una resolución, pero aun
cuando ninguna resolución se form ara no debería creer­
se tampoco en la pérdida de esos esfuerzos para nuestro
progreso, Como observa Mili: «Cuando el hombre se
halla en este estado excepcional, sus aspiraciones y sus
facultades llegan á ser el modelo al cual compara, y,por
consecuencia, por el cual juzga sus sentimientos y sus
actos de otros momentos. Las tendencias habituales se
modelan y se labran sobre estos movimientos de noble
excitación, á pesar de su fugacidad^ (L). En efecto, nos
sucede en esto como á esos instrumentos que, según se
dice, se perfeccionan bajo los dedos de un gran artista*
Cuando hemos contemplando con serena m irada nuestra
vida entera, es imposible que el momento presente no
adquiera para nosotros una sigm ñcación completamen­
te distinta que cuando se vive al día; y cuando se han
divisado con la imaginación todos los goces proporcio-

(IJ A^uj^ttUne<neiU rita


136 LOS MEDIOS INTKBNOS

nados por el trabajo y sufrido todas las am arguras de


la. vida muelle del «indolente», no es posible que nues­
tro pensamiento entero y nuestra actividad dejen de re­
cibir un vigoroso y enérgico impulso. Desgraciadamen­
te, si no volvemos con frecuencia aobre el dibujo bos­
quejado para completan el diseúo y reforzar los trozos,
vi torrente de las excitaciones externas, pasando de
nuevo á través de la conciencia, lo borra todo bien
pronto. Forzoso es reiterar los movimientos favorables
si han de producir la cosecha de actos deseada.

§V

Es, pues, de capital im portancia no precipitarse de­


jándose a rrastrar por la baraúnda de las impresiones
externas; es preciso recogerse y d ar tiempo para llegar
á su fin, es decir, para producir firmes resoluciones á
los arranques de entusiasmo por el trabajo y á la re­
pulsión de. la pereza.
En la obra de la transformación del yo, la resolución
enérgica y claramente formulada es de absoluta neeesi-
•dad. Existen en cierto modo dos especies de resolucio­
nes. ambas producidas por la meditación: las grandes
resoluciones generales que abarcan la existencia entera
y orientan decididamente la vida hacia un polo, las cua­
les suceden por lo común á largas vacilaciones para as-
coger un camino entre varios posibles. Más generalm en­
te aún. son el resultado de luchas penosas y determinan
por una crisis de entusiasmo en las almas grandes la
repulsión brusca y definitiva de la enérgica sugestión
REFLEXIÓN MEDITATIVA 127

d e log laz03 de la familia, de las relaciones y de las p re­


ocupaciones riel mundo, que tienden á encarrilar la
vida de los jóvenes en el camino ordinariam ente fre­
cuentado y trillado por el común de las gentes.
Por el contrario, para las alm as débiles, p ara las
naturalezas aborregadas, la resolución es la paz ver­
gonzosa ó indigna del vencido; el triunfo de la media­
nía, el abandono definitivo de todo conato de lucha, la
aceptación de la vida de todo el mundo y la repulsión
á escuchar las solicitudes de un ideal más elevado, in­
soportable á la mala condición del espíritu. E ntre estos
dos casos distintos, terminados por irrevocables deci­
siones, se encuentran todos los grados de debilidad de
aquellos jóvenes que, sufriendo reacciones internas, no
llegan á sofocar la voz que los llam a á una vida m ás
noble; mas por falta de voluntad vuelven sin cesará la
que desprecian. Esclavos, sí, pero revoltosos y disgus­
tados, no aceptan, como los anteriores, su decaimiento;
comprenden la bondad de una existencia de trabajo y
no pueden trabajar, sufren la ruindad de una vida de
pereza, y ¡nada hacen sin embargo! Pero esclavos sus­
ceptibles de emanciparse al cabo por el conocimiento
de las leyes de la psicología, si no desesperan de su re­
dención y si no pretenden lograrla inmediatamente.
Si estas resoluciones tienen tanta im portancia, es
porque, en cierto modo, envuelven una conclusión. Son
la traducción de una fórm ula precisa y breve de innu­
merables veleidades, experiencias, reflexiones, lectu
ras, sentimientos é inclinaciones.
Por ejemplo, para la dirección general de la con -
ducta, se puede y debe escoger entre las dos grandes
lifl LOS MEDIOS IXTEEXOá

' hipótesis hoy existentes sobre el fin general del univer­


so. O se acepta, con los escépticos, que el mundo, tal
como existe, es de alguna m anera la resultante de uua
tirada más ó menos afortunada de dados que no se re­
producirá más, y la vida y la conciencia no han apare
cido sobre la tierra sino por casualidad, ó bien acepta­
mos la teoría opuesta, estimando que el Universo se ha­
lla en vías de evolución hacia una perfección cada vez
mayor.
La tesis escéptica se apoya en este solo argumento:
«nada sabemos»; estamos encerrados en «un cantón ais­
lado de la naturaleza», en un "reducidoencierro», y se­
ria soberbia pretensión erigir en leyes universales la
nada de nuestro conocimiento. La tesis contraria tiene
en su apoyo la verdad de hecho, y en cierto modo la po-
sesióu. Conocemos sólo nuestro mundo, pero siempre
ordenado y desde hace mucho tiempo; luego la vida s u ­
pone la invariable estabilidad de las leyes de la n atu ra­
leza. Si hoy con las cualidades visibles del trigo, por
ejemplo, coexisten cualidades comestibles, m añana con­
diciones diferentes y pasado mañana propiedades vene­
nosas, no podría organizarse vida alguna. Las leyes de
la naturaleza son constantes, puesto que vivo. Datando
la vida del periodo silúrico, van transcurridos algunos
millones de años durante los cuales las leyes de Ja na­
turaleza son lo que ahora son. A esto aludíamos al de­
cir que la tesii «moralista» tiene en su apoyo la pose­
sión.
Por otra parte, estalargaevolución, perdurable desde
hace tantos millares de años, ha producido seres pensa~
dores, y estos seres pensadores, seres morales. ¿Cómo
BEFLEXIÓX MEDITATIVA 1¿H

adm itir, pues, que la m archa de las cosas no tienda ha­


cia el pensamiento y la mortalidad? La historia natura]
y la historia hum ana enseñan que todos los horrores
del slru ggU for life se han dirigido á la formación de
una hum anidad superior.
Además, el pensamiento, lo mismo que la vida, im ­
plica el orden y la constancia. El caoa es impensable.
Pensar es organizar, clasificar. Y el pensamiento y la
conciencia, ¿no son las únicas realidades que conoce­
mos?; y aceptar la tesis escéptica, ¿no es proclam ar que
la única realidad de nosotros conocida es una quimera?
Y proclam ar esto no tiene g ran sentido, al menos para
nosotros. Tales proposiciones se pronuncian verbalmen­
te, pero carecen de todo fondo.
Teóricamente, pues, las razones en favor de la tesis
m oralista son de gran fuerza; prácticam ente, son deci­
sivas. La tesis escéptica conduce d justificar el egoísmo
personal y á no dar valor más que á la habilidad. Si la
virtud recibe algunos elogios, es á título de habilidad
superior.
Añadamos á estas consideraciones que la elección
no es facultativa sino obligatoria, pues hasta el hecho
de no elegir es elegir. Aceptar una vida de pereza y de
placer es aceptar de hecho la hipótesis de que la vida
hum ana sólo tiene valor como instrum ento de placer.
He aquí una teoría sencilla y obvia ciertam ente, mas
por eso no monos metafísica en su origen. Muchos son
más metafísicos de lo que creen, aunque lo son sin sa­
berlo.
Imposible no elegir entre las dos grandes hipótesis
metafísicas. Podrá esta elección ir precedida de años do
o
130 LOS MEDIOS IXTEBNO-S

estudios y de reflexiones, y al cabo, de repente, en un


momento feliz, sobresale un argum ento, la belleza y
m agnitud de la tesis m oralista em bargan el ánimo, y
se toma una resolución. Se decide aceptar la tesis mo­
ral, porque sólo ella da razón de nuestra existencia é
im prim e dirección á nuestros esfuerzos hacia el bien, á
nuestras luchas contra la injusticia y la inmoralidad.
Desde ese momento, una vez hecha la elección, no se
debe conceder ya un solo instante á las razones escépti­
cas para penetrar en el espíritu, y se las rechazará con
desprecio, porque existe un deber superior al placer de
filosofar: el deber de obrar, y de obrar hondamente.
Guárdese cuidadosamente la fe moral, que llega á ser
un principio de vida y da á nuestra existencia un sabor,
una elevación y una frescura siempre desconocida de
los despreocupados, en los cuales el pensamiento per­
manece impotente para producir afecciones y una acti­
vidad sólida y viril.
A p artir de esta resolución solemne, toma la vida
una dirección fija: nuestros actos cesan de vacilar al
compás de los acontecimientos exteriores, y dejamos de
ser dócil instrum ento en manos de hombres más enér­
gicos que nosotros. Aun combatidos por la tempestad
sabremos conservar nuestro camino, porque nos encon­
tram os en condiciones de afrontar las más arduas em­
presas, siendo esta resolución como el sello para las mo­
nedas: el uso podrá borrar algunos trazos, pero siem­
pre se reconocerán los principales rasgos del busto g ra ­
bado en el bronce.
Esta gran resolución m oral debe acompañarse en el
trabajador de otra resolución. Solicitado, como Hércn-
R E F L E X I Ó N M K L'IT A T IV A 131

les, por el vicio y la virtud, es fuerza aceptar resuelta­


mente la vida de trabajo y rechazar la perezosa.
Téngase en cuenta que l¡is resoluciones generales so
toman tan sólo u na vez en la vida. Esas resoluciones
solemnes son la aceptación de un ideal, la afirmación de
una verdad sentida......
Pero nunca alcanzamos de golpe el objeto de nues­
tros propósitos; tan sólo se consigue queriendo Jos me­
dios. Un atento estudio nos indicará cuáles son los más
apropiados. Es indispensable querer estos medios, y
toda volición im plica una resolución; y estas resolucio­
nes parciales llegan á ser extraordinariam ente fáciles
cuando la resolución principal ha sido bien y debida­
mente tomada: se desprende de ésta como los corola­
rios del teorema. Sin embargo, cuando se resiste y cues­
ta trabajo tom ar una resolución particular, por ejemplo,
la resolución de traducir un texto de Aristóteles, convie­
ne pensar en las consideraciones más propias para hacer­
nos agradable esta tarea. No puede negarse que si el
texto en si es desagradable, el esfuerzo necesario para
deducir el sentido de u m página, que tal vez no lo h ay a
tenido nunca,constituye una vigorosa gimnasia; y de la
gran penetración del entendí miento desarrollada en esta
lucha palmo á palmo Contra cada palabra, contra cada
proposición, y en este esfuerzo paTa deducir consecuen­
cias lógicas, se adquiere conciencia en cuanto, al cabo
de ocho días de semejante trabajo, se aplican estas ejer­
citadas facultades á una página de las meditaciones de
Descartes ó á un capítulo de S tuart Mili. Sucede como
á aquellos soldados romanos que hacían el ejercicio con
una carga doble de la exigida en tiempo de g u erra.
132 LOS MEDIOS INTERNOS

Cuando permanece bien presente la resolución de con­


junto, es raro que no basten á activar la voluntad con­
sideraciones sencillas, familiares y precisas, relaciona­
das con alguna resolución p articu la r..
Lo dicho nos dem uestra de qué elemento tan im por­
tante de éxito para la enseñanza se privan los maestros
no haciendo preceder á cada orden de estudio una ex­
posición m uy persuasiva de las grandes ventajas gene­
rales y particulares que los alum nos van á obtener de
esos estudios. De mí puedo asegurar que he estudiado
con disgusto el latín durante varios años, porque nadie
me indicó jam ás su utilidad; y e n cambio he curado de
este disgusto á alumnos completamente poseídos de él,
únicam ente haciéndoles leer y completándoles la adm i­
rable exposición de Mr. Fouillée sobre la necesidad de
los estudios clásicos.

5 VI

Sin embargo, con seguridad, en el ánimo de alg u ­


nos de nuestros lectores se presenta obstinadamente
una objeción. Con tanta frecuencia se afirma y comen­
ta la antinom ia entre la actividad y la meditación pro­
longada, y la falta de aptitud de los pensadores en ge­
neral para la vida práctica, que no creen en la utilidad
que á la acción reporta la reflexión m editativa prolon­
gada; y es que confunden á los inquietos y á los hom­
bres de acción verdaderam ente dignos de este nom­
bre. El inquieto es lo contrario del hombre de acción,
porque aquél siente la necesidad de agitarse, y su acti­
vidad se traduce por la acción frecuente, incoheren­
HEFLEXIÓN MEDITATIVA 133

te y del momento; pero como todos los éxitos en la


vida, en la política, etc., no se obtienen sino por la
continuidad de los esfuerzos en una misma dirección,
esta agitación vibrante produce mucho ruido, pero poca
t

ó ninguna labor, sobre todo labor útil. La actividad


orientada y segura de sí misma, implica meditación
profunda. Todos los hombres activos notables, como
Enrique IV y Napoleón, han reflexionado detenidamen­
te antes de obrar, sea por sí mismos ó por sus minis­
tros (SuIIy). Quien no medita; quien no tiene siempre
en la memoria el objeto general que persigue; quien no
busca asiduam ente los mejores medios para alcanzar
los fines parciales, llega ¿ ser necesariamente juguete
de las circunstancias: lo im previsto le trastorna y le
obliga á cada instante ¿ v ariar de rumbo, y acaba por
perder la dirección general que debía seguir. Y a vere­
mos, no obstante, cómo la acción debe siempre seguir á
la reflexión meditativa, porque esta sola no basta, á. pe­
sar de ser condición necesaria á toda vida activa y fe­
cunda.
Decimos condición necesaria, porque todos somos
más extraños á nosotros mismos de lo que creemos- H ay
razón para entristecerse cuando se observa cómo no se
encuentra un hombre entre mil que sea una persona:
casi todos proceden en el conjunto de su conducta y en
sus actos particulares á modo de maniquíes movidos
por una sum a de fuerzas extraordinariam ente más po­
tentes que la suya, y no gozan más vida propia que* el
trozo de madera arrojado al torrente y arrastrado sin
saber cómo ni por qué. Reproduciendo una imagen cé­
lebre y común, diremos que todos 9on movidos como si
ni LOá MEDIOS JXTEliSÍOS

fueran veletas conscientes de su movimiento y no del


viento que les impulsa. La educación, las enérgicas su­
gestiones del lenguaje, la presión en extremo poderosa
de la opinión de los compañeros y del mundo, los pro-
verbios de índole categórica, y, en fin, las inclinacio­
nes naturales nos guían á la m ayor parte, y sólo u d o s
pocos, aunque traqueteados por tantas corrientes no
sospechadas, dirigen resueltam ente su m archa hacia
un punto elegido de antemano, y saben detenerse con
frecuencia para orientarse y rectificar su rumbo.
H asta para los que intentan rehacerse en la posesión
de su propia voluntad, ¡cuán corto es el tiempo de la
posesión de sí mismos! Pasamos hasta los veintisiete
años sin reflexionar gran cosa sobre nuestro destino; y
cuando empezamos á querer tom ar la dirección de nues­
tra vida, estamos engranados en las ruedas que nos
arrastran. El sueño ocupa un tercio de la existencia;
las ocupaciones ordinarias, vestirse, comer, digerir, las
exigencias del mundo, las obligaciones de la profesión,
las estrecheces y las enfermedades, ¡dejan bien poco
tiempo para la vida elevarla! Se va m archando sin ce­
sar; los días se suceden, y sólo cuando uno lle g a á vie­
jo empieza á ver claro en su existencia. De aquí el pro­
digioso poder de la Iglesia católica, que sabe adonde
conduce ¿ las gentes, y, puesta al corriente, por la con­
fesión y la dirección de las almas, de las más profun­
das verdades de la psicología práctica, traza una ancha
vía para ese gran ejército de m aniquíes, sostiene á los
débiles cuando vacilan y da una dirección sensible­
mente uniforme á la m ultitud, que, sin ella, sin su
eficaz auxilio, hubiera descendido ó permanecido al uL
JtELEXrÓN MEDITATIVA 135

vel del anim al, bajo el punto de vista (le la moralidad.


¡Ah!, sí, ¡casi todos sufren en grado increíble las su­
gestiones de origen externo! En prim er término, la edu­
cación recibida en la familia; y como las familias de filó­
sofos racionales son raras, raros son por consiguiente
los niños que reciben una educación racional. Aun es­
tos mismos, con tal educación se hallan como sum ergi­
dos en una atmósfera de necedad. El medio ambiente,
los criados, los amigos influidos por la poderosa influen­
cia de la opinión pública, atestarán la memoria del niño
de las fórm ulas corrientes en la sociedad. Ann cuan­
do la familia pueda levantar tabiques aisladores contra
estas preocupaciones, el niño tendrá maestros, la m a­
yor parte poco reflexivos, y compañeros infestados de
las preocupaciones comunes. Además, viviendo entre
sus semejantes, el niño mejor educado ha de hablar, cla­
ro está, el lenguaje de olios,y, como todo el mundo sabe,
el lenguaje es de origen pppular. La m ultitud ha hecho
un lenguajeá imagen suya, y ha derram ado en él su
mediocridad, su odio por cuanto os verdaderam ente ele­
vado, su juicio obtuso y cándido limitado á las aparien­
cias. Por eso se encuentran en el lenguaje m ultitud de
asociaciones de ideas encomiásticas para la fortuna,
para el poder, para los hechos de guerra, y despreciati­
vas para la bondad, para el desinterés, para la vida sen­
cilla, para el trabajo intelectual. Todos nos hallaníos so­
metidos á esta sugestión del lengua je. ¿Se quiere una
prueba de ello? Pronuncíese la palabra «grandeza», y,
puede apostarse ciento contra uno, tal palabra evocará
en cuantos la escuchan ideas de poder, de aparato, antes
de hacerles pensar en la grandeza moral. Todos evoca­
130 LOB MEDIOS INTEBNOá

rán á César, nadie á Epie teto (1). ¡Si se trata de la feli­


cidad, al momento surgen en el ánimo ideas de fortu­
na, de poder, de aplausos! Hágase, como yo tengo he­
cha, la experiencia en una quincena de palabras carac­
terísticas de cuanto para un pensador puede valer en
la vida la pena de vivir; hágase creer que se buscan,
bajo el punto de vista psicológico, las imágenes que
acompañan á las palabras, á fin de que nadie dude del
alcance m oral de este ejercicio, y quedará como adm i­
rado; porque se llega á concluir que el lenguaje es el
instrum ento más poderoso de sugestión poseído por la
necia y vulgar ignorancia en perjuicio de los entendi­
mientos de valer.
Cada compañero de nuestro estudiante es propieta­
rio de un paquete de obligaciones sobre esta neceiad
universal, y las va cambiando en moneda corriente á
medida de las exigencias y las ocasiones de los gastos
cotidianos. Los proverbios encierran, en forma viva y
concisa, la sabiduría de las naciones, es decir, las ob­
servaciones de gentes incapaces de conocer las reglas
elementales de una buena observación, y de sospechar
el fundamento de una experiencia probatoria. Y repeti­
dos incesantemente, acaban por adquirir una autoridad
que es de mal tono discutir. Si se habla de un joven que
sacrifica estúpidamente todos los placeres dignos de tal
nombre á la vanidad de conducir de cervecería en cer­
vecería alguna m ujer grosera y caprichosa, no faltará

(1) FilAxifo estoico. F u l naLural de f.ro c u , poro estuvo üsclavn en Hora». Su resi*-
njLCión fue U nU , que habiéndolo rolo su jiim u n í piorna on «I fu ro r do una |ulLza, si
contentó con exclamar tranquilamente: «Yn le habla advertida que me la ¡lias i i tiin-
p » n . ¿V. d«l T.
REFLEXIÓN MEDITATIVA 137

algún grave personaje que, echándoselas de ideas libe­


rales, exclame: a ¡cosas de la edad!»; y gracias si no
anim a al joven á continuar lamentándose de haber pa­
sado para ¿1 el tiempo de tales locuras.
Forzoso es tener el valor de decirlo: tales fórmulas
aceptadas por la generalidad hacen al joven un daño
superior á toda ponderación, impidiéndole reflexionar
y ver la verdad. Y como en todos los países de Europa
y de América se nos arroja, al salir del colegio ó del li­
ceo, á una gran ciudad, sin ninguna vigilancia real, sin
ninguna tutela moral; como jam ás se nos pone en g u a r­
dia contra la fatal atmósfera de preocupaciones absur­
das respirada en un medio de estudiantes, nuestra con­
ducta incoherente y desastrosa se explica perfectamen-
te.Esas cuadrillas de estudiantes alborotadores, tan cen­
suradas por los hombres ordenados, son las mismas
ideas sin crítica que, alojadas en los cerebros de estos
•'hombrea de orden», han pasado á la sustancialidad
realizándose objetivamente.
Tan fuerte es esta sugestión, que son dignos de en­
vidia cuantos consiguen sustraerse á ella en la edad m&
d ura. Con la ayuda de la debilidad de la voluntad y la
fuerza de bajas inclinaciones tratan muchos de justificar
á fuerza de proverbios su averiada juventud y aun su
edad m adura, si es continuación de aquélla. Todos estos
errores, acumulados por la educación, el ejemplo,el len­
guaje, el medio, favorecidos por las inclinaciones, for­
man en el espíritu una densa niebla que desnaturaliza
la vista de las cosas. P ara disiparla sólo existe un me­
dio, y consiste en refugiarse con frecuencia en la sole­
dad meditativa; en sustituir en el yo, á las sugestiones
188 LOS MEDIOS INTERNOS

vulgares de cuanto nos rodea, las ele un espíritu eleva­


do, dejando en el seno de la tranquil ¡dad penetrar basta
el fondo del alm a estas sugestiones bienhechoras. L a
soledad favorable á tal penetración es fácil para el estu­
diante: en adelante, jam ás ha de volver á encontrar li­
bertad tan completa, y es verdaderam ente sensible que
uno sea tan poco dueño de sí mismo en 1?. época de la
vida de independencia más absoluta.
No es menos cierto que en esta concentración in ter­
na podemos desvanecer poco á poco nuestras ilusiones,
sea por nosotros mismos, sea ayudados de las reflexio­
nes de los pensadores, y en lugar dé ju zg ar las cosas
según la opinión de tos demás, nos acostum braremos á
verlas en sí mismas. Romperemos, sobre todo, cor la
costum bre de ju zg ar nuestros placeres y nuestrasim pre-
siones con arreglo á la opinión de los demás, y veremos
cómo el ente vulgar, cuya satisfacción se encuentra en
I09 placeres bajos, por incapacidad para los elevados,
no sólo reviste á los primeros de apariencias engañado­
ras, reservándoles todos los términos encomiásticos del
lenguaje, sino que además envuelve en desprecios y
b urlas los placeres elevados, y rebaja todo lo digao de
aprecio. Un filósofo que reflexiona y no sigue la co­
rriente, es un soñador, un excéntrico, un loco. El que
medita en un absbractor de quintas esencias, expuesto á
caer en algún pozo por m irar á las estrellas. Todos los
epítetos laudatorios, los dáctilos alegres son para el vi­
cio, y los groseros espondeos para la virtud. Tanto
como tiene lo uno de gracioso y elegante, tiene lo otro
de austero, rígido y pedantesco. El mismo Moliere, con
todo su ingenio, no hubiera podido hacernos reir del vi-
EEFLKXIÓN MEDITATIVA 139

cío. Celimene (l),la coqueta a jen aá la bondad y á la sin­


ceridad, no es ridicula; lo es el hombre honrado cuyas
palabras y acciones todas dem uestran la más noble rec­
titud, es Alcestes, quien posee el don de ser cómico. Los
escolares de ambos sexos se asombran al saber cómo
Alccstes es, sin embargo, un joven elegante; hasta tal
punto la palabra virtud lleva consigo las sugestiones
encerradas en el lenguaje corriente; depósito donde se
guarda y conserva todo lo bajo y vulgar. Max Müller
calcula en tres ó cuatro mil el número de palabras em­
pleadas por un inglés instruido y en quince ó veinte mil
el de las empleadas por los grandes maestros: Pues bien,
en el catálogo de las palabras empleadas m uy ra ra vez
en la conversación, y que constituyen la diferencia en­
tre el caudal del hombre de mundo y del pensador, ea
precisamente donde se contiene todo lo grande, noble y
elevado. Desgraciadamente, sucede con esta elevación
ocasionada por el pensamiento en el lenguaje, como con
las montañas, á cuyas cimas sólo suele hacer el vulgo
cortas excursiones,y en cambio prefiere lasllanuras para
su habitación. Hé aqui porqué las asociaciones de ideas
conspiran contra todo lo que es elevado. «Desde la in­
fancia se nos han presentado unas cosas como bienes y
otras como males: se nos ha hablado de ellas grabando
en nosotros la idea de sus movimientos, y estamos acos­
tum brados á m irarlas de la misma m anera y ¿ e n la z a r­
las con los mismos movimientos y las mismas pasio-

(1) Celünono, coijueLi y rolcldusi, do quien el g ra rc A t a l e s csU enamorad». Sun


16$ dos personajes pm tagonisU s en la famosa corncdui do Molifro intitulada E l M itán ■
tropo. — y . iltl T.
140 LOS MEDIOS INTEBNOS

ne9* (I): «no se las aprecia, pues, por au verdadero v a­


lor, sino por el que tienen en la opinión de los hom­
brea».
Lo repetimos una vez m ás: en la reflexión atenta
encontrará el estudiante el remedio y aprenderá á ver
por sí mismo. No obstante, lanzarse á la vida como los
demáa, le es absolutam ente necesario; de lo contrario,
carecería de experiencia y no sabría evitar ningún peli­
gro. Pero una vez adquirida la experiencia de la vida
ordinaria, vuelva ¿ si mismo y analice cuidadosamente
sus impresiones; entonces dejará de engañarse sobre el
valor, sobre la grandeza, principalm ente sobre la rela­
ción de las cosas con respecto á él; sabrá entresacar
cuanto corresponde á la importación de origen extraño,
y bien pronto deducirá de la vida ordinaria del estu­
diante la conclusión que la resume; á saber: que es, ge­
neralmente, el sacrificio de todos los placeres duraderos
y de los goces nobles y tranquilos á la van idad. Vanidad
de parecer libre, de alborotar Jas cervecerías con sus
gritos y cam orras, de beber como un borracho, de re ­
tirarse á las dos de la mañana por fanfarronería, osten­
tarse por todas piirtes acompañado de mujeres al día si­
guiente prendidas del brazo de sucesores no menos
ufanos de ostentarse (í¿).

(1) Nicolo. Danger des énireli&iu_


(3) El estudiante español no <nl¿ fiur fortuna depravado liadla o>tc cslrem o: y a u c -
(jue piorde muclio tiempo en al a fé , no puede on rigor aplicársele la última frase, p o r-
quo cum crva el pundonor, si no riel sccrcio, de! recalo, y lionc, á DLos gracias, por
deshonroso todiW a la osIcnLacína on los si litó p ú b lic a do «M odaJosis compartías que
en P arís soa co rrio n tas.— N . del T.
BEF-LE.VÜÓN .MEDITATIVA 141

Después de la sujeción del colegio, después de la v i­


gilancia tan cuidadosa de los padres, hay sin duda en
esta conducta una ruidosa manifestación de indepcn-
dcncia. Pero ¿le sirve para algo esta manifestación? La
más exim ia de las satisfacciones es el sentimiento real
desu independencia; lo demás sólo es vanidad. Posee un
concepto mu y equivocado del producto neto en felicidad
de esa vidaborrascosa; y en cuanto á la vanidad, ¡es tan
fácil satisfacerla de un modo inteligente! Cuánto más
vale la alegría de ser querido de los profesores, de lu­
cirse en brillantes exámenes, de colmar los deseos de
los padres y de ser proclamado hombre de provecho aun
en el reducido perím etro de su pueblo, que la vanidosa
satisfacción del placer, siempre al alcance del más necio
ganapán ó de cualquier dependiente de comercio que
acaba de cobrar su salario.
Si el estudiante penetra en sí mismo y somete á una
severa crítica todos esos placeres, no otra cosa que fa­
tigas y sinsabores disimulados por una ilusión de vani­
dad; si además diseca una por una todas tas preocupa­
ciones y todos los sofismas acum ulados contra el traba­
jo intelectual; si abre de par en par los ojos y m ira de
cerca, y ai p o r m enor, algunas de las etapas de su vida
y los principios que le sirven de gu ía; si ayuda estas
reflexiones con lecturas bien escogidas y deja á un lado
cuanto no contribuye al auxilio de su voluntad, descu­
b rirá por este procedimiento un nuevo mundo y no se
verá ya condenado á contemplar, como los prisioneros
encadenados en la caverna de P lató n , las sombras de
las cosas, 9¡no que verá cara á cara la Dura luz de la
verdad.
Ui LOS MEDIOS INTKKNOS

De este modo so creará una atmósfera de sanas y v i­


riles impresiones, y será una personalidad, una inteli­
gencia dueña de sí misma. No será ya empujado en l:is
más encontradas direcciones por iniciativas derivadas,
sea de sus ciegas tendencias, sea del lenguaje, sea de
los compañeros, del mundo y del medio.
En cualquier situación puede uno refugiarse en la
inás profunda soledad y vivir en ella con el pensamien­
to, aun en medio del mundo. L a que nosotros exigimos
consiste en no dar acceso á las preocupaciones mezqui­
nas, limitándose á aceptar solamente aquellos objetos y
consideraciones capaces de provocaren el alm a los sen­
timientos que se quiere experim entar. Esta obra no re­
quiere un encierro en la Gran C artuja (1), y es perfec­
tamente compatible con las ocupaciones habituales: b:isi­
ta saber conservar en el paseo ó en cusa un «retraimion -
to interno» y d irig ir la atención únicamente, durante
un tiempo más ó menos largo cada día ó cada semana,
sobre los motivos susceptibles de provocar sentimientos
de repulsión ó de am or.

§ VIJ

Entonces, no solamente nuestro joven escapará al


vasallaje de las sugestiones vulgares y do los errores
provocados por la pasión; no sólo su conducíase modc-

f l) So redoro el a u to r a la G r a n d fC h a r tr e tu t . c erta de Grenoblo, comunidad


famosa por el silencioso retiro <lc sus f r a il a .— iV. del T.
BEFLEXIÚX ÍLED1TATJ VA 143

lui'á únicamente sobre la verdad, sino que además evi­


tará gran ríes peligros. La posesión de sí mismo, en efec­
to, im plica el dominio propio sobre las mil sugestiones
del mundo exterior, y también, y sobre todo, la domi­
nación de la inteligencia sobre las ciegas potencias de la
sensibilidad. Si se observa con atenta m irada la conduc­
ta de los niños, de la mayor parte de las mujeres y de la
inmensa m ayoría de los hombres, sorprenderá la ten­
dencia en todos manifiesta á obrar según el impulso del
prim er momento y la ostensible incapacidad que reve­
lan para adaptar su conducta á fines algo distantes. En
cada momento realizan tal ó cual acto impulsados por
sus emocionas dominantes. A una onda de vanidad su­
cede en su conciencia otra de cólera, un ím petu de afec­
ción, etc.; y eliminados los actos habituales ú obligato­
rios, los restantes tienen por principio, sobro todo en so­
ciedad, la necesidad de hacer form ar buena opinión de
si á gentes cuyo criterio es por lo común muy poco ele­
vado. Es m uy general la tendencia á creerse candoro­
samente un tipo del bien, y el público sólo considera
como hombres de acción á los revoltosos que no pueden
perm anecer quietos, á los turbulentos. Al que se encie­
rra en su soledad para m editar y pensar se le vitupera.
Sin embargo, todo cuanto de grande y permanente se ha
hecho on el mundo ha sido realizado por los que medi­
tan y piensan. El trabajo fructuoso de la hum anidad se
ha llevado á cabo tranquilam ente, sin precipitación y
sin ruido, por esos soñadores antes referidos, «que caen
en un pozo por m irar á las estrellas». Los otros, los a l­
borotadores, los hombres políticos, los conquistadores,
los inquietos entorpecen la historia con sus tonterías, y
iW LOS JlE D IQ ü ENTBKA’OS

considerados á distancia Ies alcanza un papel m uy se­


cundario en la m archa de la hum anidad. Cuando la his­
toria, tal como se la comprende actualm ente, y que no
es más que un conjunto de anécdotas destinadas á satis­
facer la curiosidad algo simple de gran parte del público
instruido, deje el paso á la historia escrita por los pen­
sadores, asom brará ver cómo la acción de los «hombres
m uy agitados» ha modificado poco la ancha corriente de
la civilización, y los verdaderos héroes de la historia,
es decir, los grandes inventores en las ciencia», en las
artfes, en las letras, en la filosofía, en la industria, ocu­
parán el prim er lugar, el que por derecho les cor respon­
de. Un pobre meditabundo como Ampére, inepto para
g anar el dinero necesario para su sustento, irrisión y
burla de su propio portero, ha hecho más con sus des­
cubrim ientos para transform ar la sociedad y hasta la
g u erra moderna, que un Bism arck y un Moltke re ­
unidos. Un Jorge Ville ha hecho y h ará más en lo su ­
cesivo por la agricultu ra, que cincuenta ministros do
A g ricu ltu ra elegidos á propósito.
¿Cómo ha de resistir el estudiante á la opinión gene­
ral que colma de elogios á la agitación, y la confunde
con la acción fecunda? ¡Cómo no ha de considerar una
necesidad para hacerse, por lo menos, la ilusiónde vivir,
arm ar cam orras, inventar travesuras y obrarinconside-
radam ente, si esto es vivir, según la fórm ula aceptada!
Todas nuestras desgracias vienen de esa fatal necesidad
de hacer las cosas cuanto antes, necesidad estim ula­
da por los elogios de la opinión. Con el aislamiento, esta
agitación no presentaría por sí misma grandes inconve
nientes; porque no se sabría en qué hab ría de em plear­
REFLEXIÓN MEDITATIVA 1*5

se; pero solicitado en el mundo por la tendenciaá obrar


inconsideradamente, se ve convertido el estudiante en
juguete de las circunstancias exteriores, y la llegada de
un compañero á la hora del trabajo, una reunión públi­
ca, una fiesta, un acontecimiento cualquiera, le arras­
tra. Puede observarse fácilmente cómo lo imprevisto
«desconcierta» las voluntades débiles. La salvación sólo
está en la reflexión m editativa: la previsión de los acon­
tecimientos exteriores puede sustituir á la falta de ener­
gía. Ahora bien; el estudiante puede «eliminar lo im ­
previsto» de su existencia, y así prevenirse fácilmente
contra las ocasiones de disipación que puedan presen­
társele. Si sabe, por ejemplo, que un amigo le h ad e lle­
var hacia la cervecería ó á paseo, puede perfectamente
preparar de antemano el modo de excusarse, ó, si la ex­
cusa pura y simple le es violenta, puede preparar hasta
una m entira que haga imposible teda insistencia (1);
mas lo repetimos: si no se ha decidido de antemano y fir­
memente encerrarse en casa para hacer un trabajo prc -
ciso, ni se han preparado las fórmulas para poner coto
¿cu alq u ier tentativa de seducción para no hacer nada,
se tienen grandes probabilidades de perder el día. Pre­
ver, bajo el punto de vista psicológico, es preconcebir
los acontecimientos. Si esta preconcepción es enérgica

(1) No aprobamos en modo a l g u n o la intransigencia de K.mL en cuanto i Li menti­


ra , ¡Cómo! ¿iiio será permitido m alar i un hombre cu circunstancias d« legítima defen­
sa, v nn será permitida la uionlira cii ol uiisanocaso do Jcgiluiu defensa contra los in ­
discretos? Mis que un derecho os un d eb er ¿Ofender c o n tri cÜOs «I Irflbajft y ol p e n a -
mionto propios-Con frecuencia es la sola arm a disponible para defenderso sin ofender
gravem ente á otro. L a m entira imperdonable y odiosa es la ijuo perjudica á alguicu.
U i» verdad dklia w n intención de |icijm licar os tan culpalilc como una m entira. I.n
que liacc culpable un acto es la intención malévola.
Id
LOS MEDIOS INTEBNOS

y clara, equivale á un estado de semitension, mediante


el cual la respuesta ó el acto se ejecuta con gran rapi­
dez, de forma que entre el pensamiento del acto ó de la
respuesta y su realización objetiva no queda tiempo
m aterial para intercalar las incitaciones de los aconte­
cimientos externos ó las exhortaciones de los compañe­
ros. Por el contrario, los acontecimientos hostiles á
nuestra decisión no hacen, en cierto modo, más que pro­
vocar la ejecución autom ática de los actos conformes á
esta decisión.
Tan sólo los seres débiles viven en la imprevisión.
P a ra el que no tiene objeto claram ente definido, ó para
el que teniéndolo no sabe sostener sus m iradas lijas en
él, y se deja distraer constantemente, resulta la vida
incoherente. Al contrario, para el que se detiene con fre­
cuencia á «fijar el blanco» y á rectificar la dirección,
nada hay imprevisto; mas para esto es necesario darse
precisa cuenta de loque somos, de nuestros habituales
defectos, de las causan que por lo común nos hacen per­
der el tiempo, y, como consecuencia, trazarse una línea
de conducta: no debemos, digámoslo asi, perdernos de
vista.
De este modo podremos llegar á dism inuir de día en
día la parte puesta por la casualidad en nuestra existen­
cia. No sólo sabrem os sin vacilar lo que debemos decir
y hacer en cualquier acontecimiento exterior, por ejem­
plo, rom per con un amigo, cam biar de habitación, de
íonda ó m archar una tem porada al campo, sino que po­
dremos además form ar un plan de batalla completo y
detallado contra todos los a7ares internos.
fE ste plan es de capital im portancia. Cuando está
REFLEXIÓN MEDITATIVA Ii7

bien concebido, se sabe lo que debe hacerse si una su ­


gestión sensual se im planta en el pensamiento y no se
logra desecharla; se conoce la m anera de vencer los
accesos de vago sentimentalismo y cómo triunfar de la
tristeza y del desaliento. Se tienen medidos, como un
buen general, todos los obstáculos procedentes d é la s
cualidades del enemigo, de los accidentes del terreno,
de Jos defectos de sus propias tropas, y además se tie­
nen también calculadas las probabilidades de éxito,
contando con la defectuosa dirección del enemigo, con
las ventajas de aquel repliegue del terreno ó de esta
elevación del suelo y con las cualidades de subordina­
ción de las tvopas. Entonces puede m archarse adelante.
Los enemigos de fuera y de dentro son conocidos; co­
nocidos también su táctica y sus puntos vulnerables: la
victoria final no es, pues, dudosa; todo se ha .previsto,
hasta la retirada en buen orden si sobreviene una de­
rrota parcial.
Tales son precisamente los peligros internos y ex­
ternos que pueden sorprender al estudiante, y á los
cuales debemos consagrar nuestra atención, estudian­
do la táctica adecuada para vencerlos. Al hacerlo se
verá cómo pueden utilizarse las circunstancias exterio­
res haciendo contribuir á la educación por uno mismo,
de la propia voluntad, hasta aquello que habitualm en­
te suele precipitar nuestra postración m oral. ¡Hasta tal
punto es cierto que la reflexión y la inteligencia son
las más seguras armas para alcanzar la libertad y que
con el tiempo se consigue el triunfo de esas luminosas
potencias sobre las torpes y ciegas potencias censibles!
1U LOS MEDIOS INTEENOS

5 VIII

Como se ve, la reflexión m editativa os m aravillosa­


mente fecunda en resultados: da origen á poderosos
movimientos de afecto; transform a las veleidades en re­
soluciones enérgicas; neutraliza, la influencia de las su­
gestiones del lenguaje y de la pasión; permite penetrar
en el porvenir con lúcida m irada y prever los peligros
de origen interno y evitar que las circunstancias exter­
nas, y el medio, favorezcan á nuestra pereza eougénita.
¿Son estos im portantes beneficios los únicos Que pode­
mos esperar de esta potencia bienhechora? No, pues
además del auxilio directo que nos presta, es rica en
resultados indirectos.
Asi permite deducir de la experiencia diaria reglas
provisionales por el momento, que, confirmándose y
precisándose poco á poco, acaban por adquirir la auto­
ridad y la claridad de p rin cipios directores de la con­
ducta. Estos principios se forman por el lento depósito,
en el fondo del pensamiento, de m ultitud de observa­
ciones de detalle, cuyo depósito no se efectúa en los
aturdidos ni en los bulliciosos, inútiles también para
aprovechar el pasado y en los cuales, como en los alum ­
nos distraídos, se encuentran siempre los mismos sole­
cismos y las mism as incorrecciones; aunque aquí son
solecismos é incorrecciones en la conducta. Por el con­
trario, para los reflexivos, el pasado y el presente son
como una perpetua lección, que enseña á no reproducir
en el porvenir las faltas evitables. Estas lecciones se
REFLEXIÓN MKDITATIVA 1tó

condensan poco h poco en reglas que son como la expe­


riencia concentrada y reducida á extracto. Form ula­
d as estas reglas en máxim as muy claras, ayudan á dis­
ciplinar los deseos variables, los movimientos naturales
con direcciones divergentes y hacen reinar en la vida
un orden constante y seguro.
Esta fuerza, inherente á todo principio formulado
con claridad, proviene de dos causas concurrentes.
En prim er lugar, es regla casi absoluta en psicolo­
g ía que todn idea de acto, deba ó no realizarse, si es
bien distinta, tiene, en ausencia de estados afectivos hos­
tiles, una potencia de realización explicada por el hecho
de que entre la idea y el acto no existe diferencia esen­
cial. Un acto concebido es ya un acto empezado. La
preconccpción vale tanto como el ocnsayo general» del
acto; es una semitensión antecedente á la tensión final;
de tal modo, que el acto preconcebido es rápidam ente
ejecutado, sin que la turba de Jas inclinaciones tenga
tiempo de levantar la voz. Si, por ejemplo, un estudian­
te resuelve volver de nuevo al trabajo, y ha previsto
que un su amigo, de quien estaba ya solicitado para
asistir al teatro, insistirá, debe preparar la respuesta, y
al verlo, decirle: «lo siento mucho, contaba acompañar­
te; pero no puede ser, porque tal ó cual inconveniente
me obliga imprescindiblemente á quedarme». El mismo
tono tan decidido y seguro de la experiencia quita á
uno mismo toda posibilidad de volverse atrás y ta m ­
bién al amigo la de insistir.
Así como en política las personas de iniciativa re­
suelta y atrevida arrastran mejor á los indecisos, á los
tímidos y á los razonadores, en la conciencia los estados
1W LOS MEDIOS INTERNOS

francos y decididos dominan la situación; de tal modo,


que fijando hasta en sus detalles la conducta que se
debe seguir, la obligación de cum plir el program a acor­
dado ya previene las sugestiones de la pereza, de la
vanidad.....
Esta os la prim era causa del poder de los principios;
]x;ro no es la única, ni aun la más im portante. En efecto»
p ara pensar no podemos arra stra r toda una embarazosa
impedimenta de imágenes, y por eso reemplazamos las
distintas clases de objetos particulares por ab reviaturas
cómodas, por signos, al cabo usuales, á la manó, es de­
cir. por palabras. Cuando queremos, basta fijar un ins­
tante la atención en el signo pura ver su rg ir las imáge­
nes particulares, como resucitan centenares de rotíferos
desecados cuando se deja caer sobre ellos una gota de
agua.L o mismo sucede con nuestros sentimientos: si co­
sas pesadas, embarazosas y de difícil manejo para el pen­
samiento, también son reemplazadas ordinariam ente
por palabras, ó sea por signos cortos, manejables y, por
asociaciÓQ.cminentemeuteapropiadosparadespertar los
sentimientos de su significación. Ciertos vocablos son,
por decirlo asi, vibraciones de la emoción que represen­
tan: como las palabras honor, grandeza de alm a, digni­
dad hum ana..... felonía, infamia, etc. Pues bien: los
principios son también abreviaciones concisas, enérgi­
cas y en extremo apropiadas para despertar en la con­
ciencia ordinaria los sentimientos complejos, más ó me­
nos poderosos, que representan. Cuando la meditación
ha provocado en el alma movimientos afectuosos ó mo­
vimientos de repulsión, como >-stos movimientos d es­
aparecen pronto, con viene conservar una fórmula capaz
REFLEXIÓN MKDITATIVA 151

de recordarlos en caso necesario y en cierto modo de


resumirlos. Esto es tanto más útil, cuanto que una fór­
m ula concreta se fijo, en el pensamiento con gran so-
lidez, y, evocada con facilidad, lleva consigo los senti­
mientos asociados cuyo signo práctico representa: reci­
biendo de ellos la potencia, les comunica en cambio su
claridad, su comodidad para ser despertados, su facili­
dad para transportarse. Si para la propia educación no
se dispone de reglas precisas, se pierde toda agilidad y
golpe de vista en la lucha contra el medio y contra las
pasiones. Sin ellas se combate en la sombra, y las más
hermosas victorias quedan infructuosas.
De este modo las reglas de conducta dan á nuestra
voluntad la decisión, el instantáneo vigor, prenda la
más segura para el triunfo, y son cómodos sustitutos
de los sentimientos que queremos despertar. La m edi­
tación reflexiva nos sum inistra además estos nuevos é
inapreciables auxiliares de nuestra emancipación: por­
que sólo ella permite al espíritu abstraer de nuestras
incesantes experiencias las coexistencias y las conse­
cuencias constantes de que consta nuestra ciencia de la
vida, es decir, nuestro poder para prever y d irig ir el
porvenir.

5 IX

En resumen, la reflexión m editativa produce en el


alm a impulsos afectivos preciosos cuando se los sabe
utilizar, y es la más grande liberadora, por cuanto nos
permite resistir al hervidero de sentimientos, de pasio­
nes y de ideas agolpadas desordenadam ente hacia la luz
152 IO S MEDIOS INTERNOS

«le la conciencia. Nos permite también detenernos en


' medio del torrente de las excitaciones venidas del mun*
do exterior, y este poder para rehacerse y para vivir
por si es una causa fecunda de dicha; porque en lugar
de dejarnos llevar pasivamente, sin detenernos nunca,
podemos volver sobre los recuerdos agradables de la
existencia, meditarlos detenidam ente y exam inarlos de
nuevo.
Además, ¿no im porta mucho adquirir pleDa concien­
cia en la propia personalidad? ¿No se experim enta algo
del placer que tiene un buen nadador en luchar contra
l;i ola, tan pronto dejándola levantar y pasar sobre él
como una caricia, como desafiándola y atravesándola
de parte á parte? Si el sentimiento de nuestro poder
en la lucha victoriosa contra los elementos provoca
siempre en nosotros profundas y agradables emociones,
¿qué palpitante interés no tomaremos en esa lucha de la
voluntad con las potencias brutales de la sensibilidad?
P or haber pintado los goces del propio dominio alcan­
zó Corncille lugar tan preeminente en la adm iración
de la posteridad; y si sus personajes hubieran obtenido
la victoria con menos facilidad, y su lucha contra las
fatalidades de nuestra naturaleza anim al se hubiera
prolongado más, su teatro hubiera sido más profunda­
mente humano, y, como nos ofrece un ideal tan noble,
Corneille hubiera llegado á ser, no sólo el prim ero de
nuestros poetas dramáticos, sino el genio más grande y
adm irable de todos los tiempos.
CAPITULO II

LO QUE ES MEDITAR V CÓMO SE MBD1TA.

§1

81 la reflexión m editativa tiene tan capital im portan­


cia en nuestro trabajo de emancipación, urge averiguar
cómo debe meditarse y exam inar los recursos, en cierto
modo materiales, que el conocimiento de las leyes psi­
cológicas y la experiencia pueden proporcionarnos para
este ejercicio.
Lo repetimos: por la reflexión m editativa se trata de
remover en nosotros enérgicos movimientos de afecto ó
de odio, de provocar resoluciones, de establecer reglas
de conducta, de escapar al doble torbellino de los esta­
dos de conciencia de origen interno, y de los estados di*
conciencia provocados por el mundo exterior.
La gran regla general para reflexionar y m editar de
una m anera útil se desprende del examen mismo de la
naturaleza del pensamiento. Pensamos con palabras.
Como hemos indicado anteriorm ente, para pensar es
preciso deshacernos de las imágenes reales, porque son
154 LOS MEDIOS INTEBNOS

toscas, embarazosas y de difícil manejo, y sustituirlas


por signos breves, fáciles de retener y de transm itir ¿
los demás: estos signos son las palabras generales; y
éstas, asociadas á las cosas, tienen la propiedad de po­
der evocar esas mismas cosas cuando se quiere, á con­
dición de que la palabra h ay a penetrado en la memoria
después de la experiencia de las cosas, ó coa tal, por lo
menos, que se le haya aüadido dicha experiencia. Des­
graciadam ente, de niños aprendemos lo prim ero las pa­
labras (salvo en lo referente Alos conocimientos elemen­
tales, percepciones sencillas, etc.); y p ara la mayor
parte de estas palabras no hemos tenido tiempo, posibi­
lidad ó alientos de añadir á «su paja el grano de las co­
sas». Son espigas ligeras y hasta vanas. Todos sin ex­
cepción tenemos gran número de estas palabras en la
memoria. Como no he oído jam ás barir un elefante, la
palabra barir es para mi una espiga vana. El vulgo po­
see m ultitud de estas palabras. H ay quien declara sufi­
cientemente discutido algo enseñado por la experiencia,
é ignora en absoluto las condiciones necesarias para que
una experiencia tenga valor; y así sucesivamente. E xa­
minando las frases usuales que pronunciamos, quedare­
mos atónitos de la vaguedad de muchos de nuestros
pensamientos, y hasta se descubre cómo los más inteli­
gentes hablan á menudo como papagayos, sin q u e á sus
palabras corresponda ninguna realidad.
Ahora bien: m editar es en cierto modo aventar la
paja para separar el grano. Se impone aqui como regla
dominante el reemplazar siempre las palabras por las
cosas; y no por una imagen vaga é indeterm inada de
ellas, sino, por las cosas consideradas en sus más mi-
LO yU E ES MBDITAR Y UÓMO SE MEDITA 1¡»

nucíosos detalles. Siempre se debe particularizar y con­


cretar nuestro pensamiento. Si se trata, por ejemplo, de
conducirse á sí mismo á tomar la resolución de no fu­
m ar, se exam inarán todos los inconvenientes de fum ar,
sin om itir ninguno; desde el ennegrecimiento de los
dientes, hasta los cien francos anuales que cuesta fum ar j
un solo cigarro después de cada comida. Se comproba- í
r á la justa observación de Tolstoí de qu« el tabaco em­
bota la agudeza del entendimiento; se probará, un día
de perfecta lucidez intelectual.á seguir una sutil deduc­
ción.filosófica, y continuarla luego fumando, observan­
do el trabajo que cuesta fijar el pensamiento y compren­
der después de haber fumado; y algunos experimentos
análogos nos convencerán de cómo el tabaco embota la
fina y elevada punta del entendimiento. Se reflexiona­
rá, además, acerca del placel- de fum ar, y se percibirá
cómo es uno de esos placeres puram ente físicos que no
tardan en desaparecer como tales para dejar lugar á
una tiránica costumbre. Se pensará en todos los casos
en que se ha sufrido esta tiranía, y con tales observa­
ciones y otras más se dará gran fuerza á la resolución
de no fumar tomada en momentos de posesión de si mis­
mo. Lo mismo debe procederse así en detalle en cuanto
á las múltiples satisfacciones reportadas por el trabajo.
Descendiendo hasta el más detallado análisis, se lie- ,
garán á disipar las sugestiones del lenguaje, las ilusio- /
n e s d e la pasión, comprobando minuciosamente las afir- ^
maciones engañosas. En la parte práctica de este libro I
examinaremos por semejante método la afirmación I
constantemente repetida de que sólo en P arís se tra b a j^ /
bien.
156 LOS MEDIOS INTERNOS

En ñn, también por la observación detallada, la [/re­


visión de loa peligros originados por nuestras pasiones
y por nuestra pereza alcanzará probabilidades de ser
impecable, yotro tanto puede asegurarse déla previsión
de los peligros y de los auxilios procedentes del medio,
de las relaciones, de la profesión, de los cosos a c c ió n -
tales, etc.
P ara au x iliar nuestras meditaciones debemos evitar
el ruido, recogernos, después consultar los libros que
tratan del objeto de nuestra meditación actual, repasar
nuestras notas, y, en ñu, por un trabajo enérgico de
imaginación, representarnos de una m anera clara, pre­
cisa y concreta todos los detalles del peligro que corre­
mos y la ventaja de seguir esta ó la otra conducta. No
basta pasar rápidamente; es necesario ver, comprender,
sentir y tocar. Es preciso lograr, por una reflexión in­
tensa. que el objeto examinado nos sea tan presente
como si realmente lo estuviera; ¿qué digo tan presente?;
más presente; pues asi como el arte representa una es­
cena ó un paisaje inás lógicamente, y con más unidad,
y por tanto más verdadero que la m ism a realidad, nues­
tra imaginación debo también representarnos el objeto
d éla meditación más claro, más lógico y más verdadero
<jue lo es en realidad, y por tanto más vivo y más capaz
de impresionar.
S 11

___ Existen coadyuvantes indiscutibles para que nues­


tras reflexiones produzcan todo su efecto. Ricos con las
experiencias de sus predecesores y de observaciones
personales, constantemente comprobadas por la confe­
LO CiUF. K8 M EDITAR Y CÓMO SE MEDITA 157

sión, los grandes directores católicos de la conciencia,


para quien rem over en el alnia poderosas emociones no
es como para nosotros un medio, sino el ñn supremo,
nos dem uestran cuánta importancia tienen en psicolo­
gía las más pequeñas prácticas. No es posible asistir á
una ceremonia en una iglesia sin quedar admirado de la
perfecta ciencia que preside los menores detalles. En
una ceremonia fúnebre, por ejemplo, todos los gestos,
todas las actitudes, todos los cantos, hasta la luz de las
vidrieras, concurren con m aravillosa lógica á transfor­
m ar en gran fervor religioso el dolor de los pudres. La
emoción debe penetrar hasta lo más recóndito del alma
de los asistentes con fe sincera á tales ceremonias.
Pero h:ista en la iglesia son excepcionales esas ce­
remonias tan eficaces, y los directores de la conciencia
aconsejan cierto núm ero de procedimientos prácticos
muy seguros para conmover él alm a. Sin hablar de los
«retiros», y fijándonos tan sólo en las prácticas aconse­
jadas para la soledad, no es posible dejar de asombrarse
del auxilio que exigen á lo físico para sostener lo moral.
Sa.ntoJ>omingo in ventó el rosario, avivando así la me­
ditación con una ocupación m anual, es decir, con un
modo de ejercicio. San Francisco de Sales recomienda,
sobre todo en los momentos difíciles, recu rrir á las a c ­
tos externos, á las actitudes propias para sugerir los
pensamientos, á las lecturas, y hasta á las palabras
pronunciadas en alta voz. ¿No habla constantemente
Pascal de «inclinar al autómata»? El mismo Leibniz
(System a theologicum ), en unpasajepococonocido, dice:
«No puedo estar de acuerdo con los que, bajo pretexto
de adorar en espíritu yen verdad, dcstierr&ndel cultodi-
158 LOS MfcDIOS INTERNOS

vino todo lo que cae bajo loa sentidos, todo lo que exci­
ta la imaginación, do teniendo bastante en cuenta la i n ­
seguridad hum ana no podemos ni fijar la atención
sobre nuestras ideas internas, ni grabarlas en nuestro
espíritu sin reforzarlas con algunos recursos exter­
nos..... y esos signos son tanto más eficaces cuanto más
expresivos son.»
Asi, aprovechando la experiencia, debemos, en la
reflexión m editativa, cuando no brota la inspiración, re­
c u rrir á lecturas especialmente adecuadas á nuestro ob­
jeto; debemos sostener nuestra atención por palabras
pronunciadas en voz alta, lo que, según hemos visto, es
un medio seguro de violentar nuestras representaciones
y obligarlas á obedecer. H asta deb-jremos escribir nues­
tras meditaciones, y, en unapalabra, utilizar, para d iri­
g ir á nuestro gusto nuestras representaciones, la in­
fluencia preferente que sobre ellas tienen los estados
presentativos, principalm ente los ya recomendados (pa­
labras pronunciadas en voz alta, escritura, etc.) De este
modo podremos arrojar á la conciencia los principales
obstáculos á la reflexión, ¿ saber, el recuerdo de los pla­
ceres sensibles y las distracciones de la imaginación, ú
im plantar en ella las tram as de las ideas deseadas.
En cuanto á la época más conveniente para este
género de meditaciones afectivas, nos parece ser la úl­
tim a semana de vacaciones, que precede á la reanuda­
ción del curso. A cada vacación, es decir, tres veces al
año (1), conviene volverse ¿ entregar por completo á las

(1) Téngase presento que eo K ra n tii las cursos son sooicslralra.— ¿V. <Ui T.
LO QUE ES M ED ITAR V CÓMO SE MEDITA. 159

meditaciones útiles, en una especie de retiro tan agrada­


ble como sea posible entre las espesuras de un bosque ó
á la orilla del m ar. Tales «retiros», extraordinariam en­
te provechosos, templan de nuevo la voluntad y hacen
del estudiante una personalidad consciente. Tam bién
debe uno procurarse en el transcurso del año escolar
múltiples instantes de reflexión sobre sí en los interva­
los de su diaria actividad. Por la noche al dormirse, ó
al despertar, ó en los momentos de descanso, en vez de
dejar á las mezquinas preocupaciones invadir la con­
ciencia, ¿hay algo más fácil que renovar tan buenas
resoluciones y resolver sobre las ocupaciones ó recreos?
¿Qué ocupación más útil también por la mañana al le­
vantarse, y m ientras uno se viste y se dispone al trab a­
jo, que «hacer reverdecer la planta de los buenos de­
seos» y trazarse el plan de conducta p ir a el día. Estos
hábitos de frecuente meditación se adquieren muy
pronto, y son además tan fértiles en buenos resultados,
que nos parece poco todo consejo á la gente joven reco­
mendando el esfuerzo necesario p ara hacer de este há­
bito una verdadera necesidad.
CAPITULO ID

OFICIO DE LA ACCIÓN BN LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

§1

L a reflexión m editativa es indispensable, pero impo­


tente por si sola. Une por una acción común las espar­
cidas fuerzas del alm a, y da el impulso; pero, del mismo
modo que en el m ar las más frescas rachas concluyen
por am ainar, inútiles, si no encuentran una vela á quien
hinchar y em pujar, las emociones más violentas mueren
estériles si cada uno de sus arranques no capitaliza a l­
guna parte de su energía en nuestra propia actividad.
Así como se deposita en la memoria del estudiante bajo
form a de recuerdo una partedel trabajo realizado, sede-
posita en nosotros nuestra actividad bajo la form a de
hábitos activos. Nada se pierde en nuestra vida psicoló­
gica: la naturaleza es un escrupuloso adm inistrador.
Nuestros actos más insignificantes en apariencia, re­
petidos poco á poco, forman al cabo de semanas, meses
y años, un total enorme inscrito en la memoria orgánica
bajo forma de hábitos inextirpables. El tiempo, precioso
LA ACCIÓN EN LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 161

auxiliar de nuestra emancipación, trabaja con tranqui­


la obstinación contra nosotros, si no le obligam osá tra ­
b ajar en nuestro provecho, y utiliza en nosotros la ley
preponderante de la psicología, la ley del hábito, ya en
pro ó ya en contra nuestra. Soberanó y seguro del triu n ­
fo, el hábito procede con m archa insidiosa y sin apresu­
rarse. Se difia que conoce la prodigiosa eficacia de las
acciones lentas y repetirlas indefinidamente. Realizado
un prim er acto, aunque desagradable, cuesta ya menos
su repetición. A una tercera ó á una cuarta reproduc­
ción, el esfuerzo dism inuye más, y va atenuándose has-
t;i desaparecer. ¡Qué digo desaparecer! El acto penoso
al principio acaba por constituirse poco á poco en una
necesidad; y si tan desagradable fué primero, depués lo
será su no realización. ¡Dónde encontrar un aliado más
precioso para los actos que debemos desear! ¡Y cómo se
presta á transform ar rápidam ente en un largo y hermo­
so Camino el sendero pedregoso donde nos aventurába­
mos con repugnancia! ¡Apenas con dulce violencia nos
conduce al objeto de nuestro propósito, allí donde nues­
tra pereza rehusaba primero ir!
Pues bieti: la conversión y la fijación de nuestra
energia en hábitos puede realizarse mediante la activ i­
dad, y de ningún modo por la sola reflexión m editativa.
Ko basta, sin embargo, proclam ar en términos genera­
les la necesidad de la acción, palabra que encubre y
con mucha frecuencia oculta á la vista las mismas rea­
lidades que designa. Aqui para nosotros, lo interesante
es la acción del estudiante. P ara éste, su actividad con­
siste en realizar una m ultitud de actos especióles; y asi
como no hay en ellos voluntad, sino solamente actos
ti
162 LOS MEDIOS INTERNOS

voluntarios, tampoco hay acción, sino sólo actos parti­


culares. P ara el estudiante de filosofía, por ejemplo, su
acción se determ ina levantándose á las siete para leer
con profunda atención un capitulo de Leibniz ó de Des­
cartes, tom ar notas, etc. Aun la misma lectura encubre
gran cantidad de esfuerzos sucesivos de atención. Se
realiza además su acción repasando sus notas, apren­
diéndolas con afán, buscando los m ateriales de una d i­
sertación, ordenando su plan general y después el plan
de cada párrafo, meditando, buscando, enmendando,
etcétera.
liaras son en la vida las ocasiones de realizar accio­
nes brillantes. Una excursión al Monte Blanco se redu­
ce á algunos millares de pasos, de esfuerzos, de saltos,
de cortes en el hielo; y del mismo modo la vida de los
más grandes sabios se reduce á una larga serie de pa­
cientes esfuerzos. O brar es, pues, realizar mil insignifi­
cantes acciones. Bossuet, que fué un adm irable director
de conciencia, *á los grandes y extraordinarios esfuer­
zos alcanzados mediante grandes Ímpetus, pero de don­
de se desciende por una profunda caída», prefería «I03
pequeños sacrificios, algunas veces los más mortifican­
tes y los m ás humillantes», las ganancias modestas pero
seguras, los actos fáciles pero repetidos y que convier­
ten en hábitos insensibles..... basta un poco cada día si
cada día se adquiere este poco..... (1). En efecto,el hom­
bre valiente no e$ el que realiza algún gran acto de va­
lor, sino más bien el que realiza valerosamente todos los
actos de la vida: el alumno q u e á pesar de su repugnan-

(1) Víi«{ fíofiiitet de Ijirtsgfl,


LA ACCIÓN EN LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 193

cia se levan ta á fin de ir á buscar una palabra en el dic­


cionario, term ina la lectura de una página enojosa y
acaba su tarea á pesar del deseo de holgar. Eli estas mil
acciones, insignificantes en apariencia, se templa la v o ­
luntad, y «todas Jas obras producen engrandecimiento».
A falta de grandes esfuerzos, deb -mos realizarlos peque­
ños, pero constantes, con perfección y con ainor. Qui
spernil módica, p a u latim decidet. La gran regla aquí es
evadir siempre, hasta en las más pequeñas acciones, la
tiranía de la pereza, de los deseos y de los impulsos
perturbadores. Hasta debemos buscar las ocasiones de
g anar esas pequeñas victorias. Si se le llama á uno
m ientras trabaja, puede experim entar un momento de
trastorno; pero debe levantarse en seguida y obligarse
á ir decidida y alegrem ente adonde se le llam a. ¡Si, con­
cluido el paseo, un amigo pretende arrastraros á otra
parte, porque el tiempo es excelente y convida, volved
al trabajo con presteza! Si el escaparate de un librero os
atrae á la hora en que os retiráis, pasad á la otra acera
y acelerad el paso. Con tales «mortificaciones» os habi­
tuaréis á triunfar de vuestras inclinaciones, á ser acti­
vos para todo y siem pre..... hasta cuando dormís ó va­
gáis sin objeto, que sea porque habéis querido ese repo­
so. Aun en los bancos del colegio, en el estudio, apren-
de el niño una ciencia más preciosa que el latin ó las
matemáticas que estudia: la ciencia de dominarse, de
luchar contra la distracción, contra las dificultades des­
agradables, contra el enojo de las investigaciones en el
diccionario ó la gram ática, contra el deseo de perder el
tiempo en desvarios; y como consoladora consecuencia
se halla que los progresos realizados en el estudio están
1GÍ LOS MEDIOS IXTKHNOS

siempre, dígase cuanto $e quiera, en razón directa do los


progresos realizados en la- obra del propio dominio.
¡Hasta tal punto es cierto que la energía de la voluntad
es á la vez la más preciosa, de las conquistas y la más
facunda eu excelentes consecuencias!
¿Por qué tienen tanta, im portancia estos pequeños
esfuerzos? Porque ninguno de ellos se pierde: porque
cada uno aporta su cuota á la forruación.del hábito y
hace más fáciles los actos sucesivos. Muestras acciones
ubran sobre nosotros depositando hábitos; el hábito de
la atención, el hábito de la actividad para el trabajo, el
hábito de despreciar y no atender las solicitudes de
nuestros deseos como no se atiende al vuelo de las
moscas.
Además, ya lo hemos visto antes, la acción sostiene
con eficacia el pensamiento mismo. Vertiendo á cada
instante en la conciencia estados presentativos de la
misma naturaleza que nuestras ideas, fortifica la aten ­
ción y la reanim a cuando languidece. Escribir los pen­
samientos, tom ar notas de 1¡ls lecturas, precisar las ob­
jeciones formulándolas, todo esto hemos dicho que des­
empeña el mismo papel de apoyo para el pensamiento
que los trabajos manuales de laboratorio para el sabio
y las fórm ulas para el geómetra.
Pero la acción produce también otro resultado en
extremo im portante. En efecto, obrar es, en cierto modo,
m anifestar, proclam ar nuestra voluntad. V, por tanto,
nuestros actos nos afilian públicamente en un determ i­
nado partido. P ara quien quiere adoptar un género de
vida como debe ser, todos los moralistas afirman la ne­
cesidad de arrojarse «resueltamente y de una vez en el
LA ACCIÓN EN LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 1W

buen camino, en oposición completa con todos nuestros


hábitos y todas nuestras inclinaciones anteriores.... Es
necesario despreciarlo todo y desprendernos de nuestro
antiguo yo», y, según la enérgica expresión de Veui-
llot.es preciso servir áD ios «descaradamente». La ener­
gía aportada á los sentimientos y á la voluntad por una
manifestación pública y ruidosa es superior á toda pon­
deración. Nuestros actos anteriores nos ligan más de lo
que se piensa: primero, por una necesidad de lógica,
según la cual una vida desarreglada llamando tanto la
atención, se prefiere continuar en el mismo camino á
cam biar, aunque sea mejorando; luego, por un respeto
humano m uy poderoso y m uy justificado, porque sabe­
mos que esa incoherencia en nuestros actos ha de apa­
recer como signo de una debilidad de voluntad acaso
lindante con la locura. Hó aquí por qué, cuando se
rompe con una vida de pereza, es im portante romper
con ruido, adquiriendo uu compromiso de honor consi­
go mismo y con los demás. Se debe cam biar de café, de
habitación, de relaciones; eada palabra debe ser una
afirmación de la voluntad de obrar bien; todo sofisma
desconsulador debe rechazarse con cortesía, pero enér­
gicamente- No se consentirá nunca escarnecer el traba­
jo ni elogiar la vida del estudiante calavera. Que los
demás nos tengan por lo que quisiéramos ser duplica
nuestra fuerza de enmienda, porque con ello se pone al
servicio de nuestra debilidad esa necesidad tan profun­
da, por todos sentida, de la aprobación de los demás,
hasta de la de gentes desconocidas.
Añadamos á estas diversas influencias de la acción
el placer experimentado en el trabajo, tan vivo que m u­
IBS LOS MEDIOS 1XTEHNOS

cho9 trabajan sólo por trabajar, sin objeto, sin provecho


y á veces hasta con gran perjuicio. T al placer tiene
algo de em briagador que nos perturba el sentido, y aca­
so este fenómeno provenga de que la acción, más que
cualquier otra cosa, nos d a el sentimiento de nuestra
existencia y de nuestra fuerza.
Es, pues, á todas luces indispensable unir á la medi­
tación la acción: indispensable, porque sólo ésta puede
organizar sólidas costumbres, ó más bien transform ar
en necesidades actos francam ente desagradables al prin­
cipio. Trabajando es como nos aprestaremos á luchar
contra las tendencias fatales de nuestra naturaleza, á
triunfar constantemente y á cada minuto de todo cuan­
to es hostil al pleno dominio propio. Además, al m ani­
festar al exterior nueslra voluntad, la acción empeña
nuestro honor, fortalece nuestras resoluciones, y por si
misma, y llamando en su ayuda al poder de la opinión
por complemento, nos concede en recompensa sus v iri­
les y enérgicos goces.
§ II

Por desgracia, el tiempo de la actividad voluntaria


es m uy corto y las necesidades fisiológicas y sociales de­
voran m ucha parte de la existencia. Puram ente anim al
la vida del niño hasta los cinco ó seis años, su existen­
cia se reduce á dormir, comer y ju g ar; bastante tiene
con desembrollar el caos de las impresiones externas
que asaltan el umbral de su cojuiieiiííía, y le impiden do­
m inar el mundo exterior, donde se halla como aturdido.
Después, hasta los diez y ocho artos, sobra tarea con es­
tudiar cuanto los demás han pensado, y no queda tiem­
LA ACCIÓN EN LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD lt¡7

po para pensar por si mismo. Term inada la segunda


enseñanza, parecía llegadoel momento para reconocerse
disponiéndose al estudio de si mismo y á la observación
de la sociedad cuyos umbrales atraviesa, hallándose to­
das sus facultados aguzadas y templadas por algunos
años de cultura desinteresada; pero desgraciadamente,
aun conociendo bastante bien el mundo físico en el cual
se mueve, sil vista se velado pronto, por un lado una
nube se interpone entre sus facultades de observación y
su misma personalidad, y por otro entre su espíritu c r í­
tico y la' sociedad. Ensueños vagos, soberbios arran ­
ques sin objeto em bargan su conciencia; y es que apa­
rece la pubertad, edad de la revolución en el cuerpo del
adolescente. En esta edad, ea que hubiera podido domi­
narse. las pasiones invaden su alm a, [y desgraciado si,
como sucede en todas las facultades de enseñanza en
Europa y en América, se encuentra libre, con libertad
absoluta, sin apoyo, sin un director de conciencia, sin
posibilidad de traspasar la densa atmósfera de ilusiones
que lo asfixia! El estudiante se encuentra como atu rd i­
do, incapaz de m archar, arrastrado por las preocupacio­
nes reinantesá su alrededor. ¿Qué hombre adulto v u el­
ve su pensamiento á aquella época, sin maldecir la im ­
previsión de la sociedad, que al salir del liceo ó del gim ­
nasio (1) nos arroja absolutamente aislados en una gran
ciudad, sin apoyo moral, sin más consejos que las estú­
pidas formas en uso para adornar con brillantes colo­
res lo que sólo es una vida bestial? ¡Cosa rara! T an

(1) Del Instituía de segunda cosoflania m ir e n osoln& —AT. del. T.


168 LOS MEDIOS IJÍTERXOS

grande es la influencia de las ideas corrientes, que en


muchos padres de fam ilia se observa im;i especie de pre­
vención contra la vida del estudiante juicioso y traba*
jador!
Añúdase que el joven en su aislamiento ni aun sabe
trabajar; nunca se le ha dado un método de trabajo ad ap ­
tado á sus fuerzas y á la naturaleza de su entendim ien­
to. Así los años de estudios superiores son generalmente
perdidos para la obra de la propia emancipación; y, sin
embargo, son los hermosos y radiantes días de la vida.
El estudiante se pertenece casi en absoluto: abenas pe­
san sobro él las mil sugestiones de la vida social; aún
no se ven alrededor de su cuello los vestigios del dogal,
es decir, de su profesiónódesu carrera. Tampoco le pre­
ocupan los cuidados propiosdeljefed¿ la familia. Losdías
son suyos, completamente suyos. Pero ¡ay! ¿qué es la li­
bertad exterior para quien no es dueño de sí mismo?
«Aquí mandas en todo», podrá decírsele, "menos en tí
mismo» (1), y los días transcurren estériles con h artafre-
cuencia.Por otra parte, h a 'ta en esta plena libertad, las
exigencias de la vida roban mucho tiempo. Al levantar­
se, una media hora para el aseo; después las idas y ve­
nidas necesarias desde casa á la universidad ó al café;
las comidas; el tiempo de la digestión, incompatible con
el trabajo intelectual; algunas visitas, escribir cartas,
trastornos imprevistos, los paseos necesarios, las horas
robadas por las incomodidades; todo ese conjunto de
necesidades imperiosas consume cerca de diez y seis
horas diarias, contando con las ocho horas de sueño.

(1) neannurcliais. Le mariurje de F ijara.


LA. ACCIÓX £N l-A EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 160

necesarias á los hombres dedicados al trabajo. La cuen-


■ta es fácil de hacer. Más tarde vendrán á añadirse á to­
das esas necesidades las de la carrera, y entonces, aun
cercenando todo lo posible á las comidas y al tiempo del
paseo, serán raros los que dispongan de cinco horas dia­
rias completamente suyas, completamente libres para el
trabajo predilecto y la meditación tranquila. Además, si
del trabajo aparente restim os el tiempo de las investiga­
ciones en los libros; el gastado en copiar, en escribir, y
hasta el tiempo empleado en respirar, duran teel cual no
es posible ningún esfuerzo, se verá cuán corto es el tiem­
po del esfuerzo real del en ten dim ien to. Cualquiera que
reflexione sinceramente se indignará contra esas falcas
biografías, tan propias para desanim ar á los jóvenes, en
los cuales se nos m uestran sabios y hombres políticos
que trabajan diariam en te quince horas.
Afortunadamente, como observa Bossuet en un p a­
saje ya citado, basta un poco por cada día si cada día
adquiere ese poco: aun con la más lenta m archa se hace
camino si no se para nunca. Lo im portante para el tra­
bajo intelectual no es precisamente la regularidad, si­
no la continuidad. Se ha dicho que el genio no es más
que una larga paciencia. Todos los grandes trabajos
han sido realizados con paciencia perseverante. Neew-
ton descubrió la gravitación universalá fuerza de medi­
tar. «Es inconcebible lo que se hace con el tiempo cuan­
do se tiene paciencia para esperarlo sin apresurarse»,
escribióLacordaire. Observad la naturaleza: un torren­
te devasta el valle de San Gervasio y apenas deja una
cantidad insignificante de depósitos; por el contrario,
la leuta acción de las heladas y de las lluvias, la m ar­
110 LOS MEDIOS INTERNOS

cha apenas sensible de los ventisqueros, disgregan to­


dos los años, casi piedra por piedra, las penas más
enormes y acarrean á los valles prodigiosas masas de
aluviones. Un torrente arrastrando gravas desgasta á
diario el granito sobre el cual corre, y llega, con los
siglos, á excavar en la roca gargantas de gran profun­
didad. Lo mismo sucede con las obras hum anas: todas
proceden por la acumulación de esfuerzos tan pequeños,
que mirados en sí mismos parecen completamente des­
proporcionados á la obra realizada. La Gal ia, en otro
tiempo cubierta de bosques y pantanos, ha sido talada,
surcada de carreteras, canales, caminos de hierro, sem­
brada de ciudades y lugares, por m illares de esfuerzos
m usculares insignificantes en si mismos. Cada una de
las letras que componen la gigantesca Sum m n de Santo
Tomás de Aquino, fué preciso que la escribiera Santo
Tomás, y fué preciso enseguida que los obreros tomasen
u n a á una la 9 letras de fundición d élas cajas de im­
prenta; y de esa labor, incesantemente repetida durante
algunas horas diarias, por espacio de cincuenta aflos,
9alióesaobra prodigiosa. La acción, la actividad enérgi­
ca toma, en efecto, dos formas de distinto valor. Tan
pronto procede por grandes saltos, por bruscas sacudi-
das de energía, como, por el contrario, hace el trabajo
obstinado, perseveran te, paciente. Aun en la gu erra, las
cualidades de resistencia á la fatiga y al desaliento son
las fundam enta les, y sobre ellas se desarrollande tiempo
en tiempo los brillantes hechos de armas. Pero en el tra­
bajo no se encuentran ni aun £§as brillantes ráfagas, ni
son recomendables bajo ningún punto de vista las brus-
cas acometividades de trabajo exagerado, pues casi siem-
LA ACCIÓN EN LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 171

prevan seguidas de períodos muy largos de postración y


de pereza. No, el verdadero valor consiste aquí en la
prolongada y perseverante paciencia. Lo im portante para
el estudiante es no estar nunca ocioso. £1 tiempo tiene
un valor incomparable, porque los instantes perdidos lo
son para siempre, irrem ediablemente. Es preciso, pues,
economizarlo. Sin embargo, no soy partidario, en modo
alguno, deesas reglas rigurosas, de esas distribuciones
del tiempo, bien trazadas en tablas, en las cuales el em­
pleo de cada hora se halla fijado de antemano, porque
rara vez se observan con exactitud; y siempre hábil
nuestra pereza para crearse aparentes razones, se sirve
de ellas frecuentemente como excusa para no hacer
nada á las horas señaladas para el trabajo. Los únicos
artículos respetados escrupulosamente son los que se
refieren al descanso y al paseo. Además, la imposibili­
dad de sujetarse á seguir las reglas con el detalle m ar­
cado, acostum bra demasiado á la voluntad á verse v e n '
cida en sus esfuerzos, y la conciencia de que somos y
seremos siempre derrotados en semejante lucha por la
regularidad es m uy á propósito para producir el des­
aliento. Sucede también á menudo que á las horas fija­
das para el trabajo no se encuentra uno bien dispuesto,
y lo está en cambio á las reservadas para el paseo.
En la labor intelectual son necesarias más libertad y
más espontaneidad, y el objeto que debe perseguirse en
la educación de nuestra energia no es la estrecha obe­
diencia á la consigna propia de un cabo prusiano. No,
ciertam ente. El estudiante debe proponerse otro fin
bien distinto: debe tra ta r de ser activo siempre y para
todo. P ara el trabajo no hay horas especiales, porque
11! LOS M ED IOS INTERNOS

todas son buenas. Ser activo es saltar de la cama deci­


didamente por la mañana, arreglarse de cualquier mo­
do y de prisa, ponerse en la mesa de trabajo sin titu ­
bear y sin perm itir que ninguna preocupación extraña
penetre en el pensamiento; ser activo en el trabajo es
no leer jam ás pasivamente, sino con un esfuerzo cons­
tante de atención. Tam bién es ser activo levantarse r e ­
sueltamente para irse á pasear ó ú visitar un museo,
cuando se siente agotar la reserva de fuerza nerviosa y
dejan de ser fecundos los esfuerzos; porque es una g ran
tontería insistir por mucho tiempo en esfuerzos estéri­
les que agobian y desalientan. Es necesario saber apro­
vechar esos instantes de cansancio pava visitar colec­
ciones de cuadros, etc., y para conversar con amigos
inteligentes. Se puede ser activo hasta comiendo, esfor­
zándose ep mascar bien los alimentos para evitar al es­
tómago un recargo de trabajo. La gran flaqueza del es­
tudiante consiste en esos momentos de inercia, de no
querer, tontamente desperdiciados en una vergonzosa
pereza. Cuando se emplean dos horas en arreglarse, se
pierden las mañanas en bostezar, en hojear con abando­
no un libro y luego otro, y no se sabe tornar ninguna
term inante resolución, ni siquiera la de 110 hacer nada
decididamente, ni menos la de trabajar. Vo hay ningu­
na necesidad de buscar ocasiones de ser activo, pues
esa» ocasiones se suceden diariam ente de la mañana- á
la noche.
El procedimiento capital para llegar á este dominio
de la propia energía consiste en no dormirse nunca sin
fijar la tarea exacta para el día siguiente; y al decir
exacta no me refiero á la cantidad, porque podríamos
LA ACCIÓN l'.N LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 173

aplicar ¿ ésta cuanto decíamos liace un instante de los


■empleos dol tiempo», sino solamente á la naturaleza
del trabajo. A la mañana siguiente, al levantarse, se
recoge en seguida el espíritu, sin darle tiempo á dis­
traerse, se le obliga á disponerse desde luego al trabajo,
aun durante el aseo, y en seguida conduce uno su
cuerpo delante de la mesa dol trabajo, y se toma la plu­
ma en la mano sin darle siquiera tiempo de rebelarse.
Además, si m ientras se pasca ó se lee se levanta en
la conciencia algún remordimiento de estar ocioso, si se
siente uno tocado de la gracia, si se comprueba que se
produce en el alm a un movimiento favorable, es nece­
sario aprovecharlo en seguida. Tso se debe im itar á los
que el viernes por la mañana deciden heroicamente po­
nerse á trabajar desde el lunes sin falta: si no lo hacen
en segu ida ,su pretendida resolución no essino una men­
tira contra ellos mismos, una veleidad pobreé impo­
tente. Es necesario, como dice Leibniz, aprovecharse de
nuestros movimientos favorables «eomode la voz de Dios
que nos llaman: desperdiciar estosfavorablcs movimien­
tos, burlarlos dejando su ejecución para más tarde, no
aprovecharlos inmediatamente para crear buenas cos­
tumbres y para hacer saborear á nuestra alm a los viriles
goces del trabajo, de modo que conserve su gusto, es el
m ayorcrím en com ctidocontralaeducacióndelaenergía.
No proponiéndose sujetar la actividad á reglas fija9.
sino actuar enérgicamente en todo y siempre, es nece­
sario aprovechar los cuartos de hora y hasta los m inu­
tos-Escuchad lo que d iced e Darwin su hijo (1): «Un
( I ) ViectcorrejporuUmcédeCJt. Darwiu» RoínwaVd, 1 8 8 8 .2 voL I, 135 y si-
£u ¡entes.
114 LOS MEDIOS 1NTEBNOS

rasgo de su carácter era su respeto al tiempo. Jam&9


olvidaba cuán precioso es..... economizaba los m inu­
tos..... nunca desperdiciaba algunos minutos, si se le
presentaban, aun creyendo que no merecían la pena de
dedicarlos al trabajo......todo lo ejecutaba rápidamente
con una especio de contenido ardor.» Esos minutos, esos
cuartos de hora perdidos por casi todo el mundo tan
tontamente, bajo pretexto de que no vale la pena dedi­
carlos á comenzar nada, acaban por form ar un total
enorme al ñn del año. Fué Aguessdau (1), si no me en­
gaño, quien presentó un día á su m ujer, como entre­
més, un libro escrito durante los cuartos de hora tran s­
curridos esperando el almuerzo, que nunca estaba dis­
puesto á tiempo. |Es tan fácil en cinco ó diez minutos
«armar» el espíritu, leer con fervor un párrafo, ade­
lantar algunas lincasel trabajo, copiar un pasaje ó po­
ner al corriente el cuadro de las m aterias de notas y
estudios!
Se dice, y con razón, que el tiempo no falta jam ás á
quien sabe aprovecharlo bien; y es tan ju sta la observa­
ción, según la cual los que tienen más tiempo libre son
loa que menos tiempo tienen para cum plir con su deber,
como es cierto también que quejarse de no tener tiempo
de trabajar es confesar flojedad de ánimo y horror al
esfuerzo.
Mas si examinamos la causa de perder el tiempo,
veremos cómo en la mayor parte de los casos nuestra

( I ) O incillcr y político francés notiblo d a ñ ó le «1 periodo do U Regencia, tm la


p rim era m itid dol siglo XVIII. A utor tam bién de nn Libro intitulado L'Im trueliaa
Je mei enfanh. — X . del T.
LA ACCJÓN EN LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 175

debilidad está en cierto modo sostenida por la indeter­


minación de la tarea que ha de realizarse. De mi sé de­
cir, por constante experiencia, que si antes de dorm ir­
me no veo con claridad mi tarea del día siguiente, por
lo menos pierdo la mañana. No basta con determ inarse
mu objeto general, ni decir: «mañana trabajaré*; ni
¡iun: «mañana empezaré el estudio de la moral de
Kant»; «s necesario siempre fijarse una tarea clara y
term inante, decirse: «mañana empezaré resueltamente
y desde el principio Ja lectura de la Razón Práctica, de
Kant, ó estudiaré y extractaré tal capítulo de Fisio­
logía».
Al precepto de Ajar siempre con claridad la tarea es
necesario añadir el dejterminar siempre y concienzuda­
mente cuanto se ha comenzado, á fin de no tener que
volver sobre ello. Librarse de la necesidad de volver so­
bre un trabajo haciendo nuestras labores definitivas,
entraña una extraordinaria economía de tiempo. Por eso
debe dar el estudiante á sus lecturas solides y energía;
debe extractarlas por escrito; copiar cuanto sea necesa­
rio; escribir resúmenes de utilidad prevista, y en segui­
da repartir sus notas según títulos de un índice dado
para encontrarlas cuando quiera. De este modo no es
menester jam ás volver á empezar una lectura, como no
sea uno de esos libros que se leen para dorm irse. Asi
se m archa lentamente; pero como no se da un paso ade­
lante sino después de haber asegurado definitivamente
los de atrás, tampoco se retrocede nunca, y con m archa
lenta, pero segura y continua, se avanza y aun, como
la tortuga de la fábula, se llega antes que la l^bre, más
ágil, ciertam ente, pero menos ordenada. La regla más
170 LOS MEDIOS IX TEEN O S

esencial, á nuestro juicio, pava trabajar es: A g e quod,


agís", hacer cada cosa á su tiempo, á fondo, sin prisa y
sin agitación. El gran pensionario W itt (i) d irigía to­
dos los negocios de la República y encontraba, sin em­
bargo, tiempo disponible para altern ar en sociedad y
asistir ¿ los banquetes. Preguntado cómo podia encon­
tra r tiempo para resolver tan m últiples asuntos y para
divertirse: «Nada tan fácil, resp o n d ió le reduce á no ha­
cer nunca dos cosas á un tiempo y á no dejar jam ás para
el día siguiente lo que puede hacerseeIm ism odía».Lord
Chesterficld (2) recomendaba á su hijo no perder tiempo,
ni aun en el retrete, y le citaba como ejemplo a u n indi­
viduo que se encerraba en tan excusado lugar con algu­
nas páginas de una edición vu lg ar de Horacio, «que lue­
go arrojaba en él, como sacrificio áCloacina». Sin llevar
¿este extrem óla econom iade tiempo, es indudable la
gran utilidad del aprovechamiento de todos los instantes
en favor de un fin único. Si una actividad cualquiera no
sabe amoldarse á la ley de 110 hacer más que una cosa á
la vez, puede reputarse por desordenada; desprovista de
unidad, revolotea de objeto en objeto, y acaso resulte
peor que la misma ociosidad; pues la ociosidad disgusta
por si misma, mientras una agitación de esta índole, por
su esterilidad, acaba por hacer desagradable el trabajo
y sustituye la intensa alegría de la obra «que avanza*-

(I) .1ii.i r ilc W iit. £i .i n |>en»innann <t je fe su p re m a on ta a n tig u a ¡ | ji h U .i il c ll o -


lainla. K lcvadu |» 'r «i p a rtid o p o p u la r, cí-lcbra p o r *u¡> vu l u i k f , s u v.isU iiL sIn n v ió a >
mi .ijlw ia jiolílícn: vivió pn lieir.po cíe l.u is XIV y su p o ro sU lir las inli i p i s v las guo*
Tr.ij't|ui! i>Il- icy iininiuviii e u n li? las KsUdus Genera lo*.— N . Jt.l T.
iS ; C ílc lu e |"ililitu inglés, .11) tu r do un lib iv ia lilu tid o Carla* i in i hijo.—
y . ,ui r.
LA ACCIÓN EN LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 177

por el m alestar, aturdim iento y descorazonamiento pro­


ducido por L s múltiples tareas pendientes y sin term i­
nar. San Francisco de Sales vió en estos cambios per­
petuos un artificio del diablo. Es necesario, dice, no se­
g u ir varios ejercicios á la vez y al mismo tiempo, «pues
con frecuencia el enemigo trata de hacernos em prender
y comenzar varios propósitos, á fin de que, abrum ados
por demasiadas ocupaciot.es, nada acabemos y lo deje­
mos todo imperfecto..... Algunas veces hasta nos sugie­
re la voluntad de em prender el comienzo de alguna ex­
celente obra, cuando prevé, que no la terminaremos,
para disuadirnos de perseguir o tra menos sublime, pero
que hubiéramos term inado fácilmente» (1).
Tam bién he observado con frecuencia cómo lo que
se empieza y no se acaba es lo que más tiempo hace per­
der, dejandoá m anera de un desfallecimiento análogo al
experim entadocuandose persigue la solución de un pro­
blema por largo tiempo y en vano; esto es, se sufre cier­
to disgusto; el objeto del trabajo abandonado se venga
de nuestro desprecio ocupando nuestra mente y distra­
yéndonos en nuestros otros trabajos; y esto se debe á
que la atencióu excitada no ha encontrado su legitim a
satisfacción. P or el contrario, el trabajo cum plidam ente
realizado deja en el ánimo unsentim iento de satisfacción
y, en cierto modo, de apetito satisfecho: el pensamiento
queda aligerado de una preocupación y libre para dedi­
carse á ocupaciones nuevas.
Y si esto es verdad tratándose de un trabajo inte­
rrum pido,sucede también eonuntrabajoquedebe hacer-

(fl) T ra ite tU l'-amour tlt f í ¡ m . V I I I , x r .


12
178 LOS MEDIOS INTEBNOS

se y no se hace. Tenemos el sentimiento perfecto de la


necesidad, por ejemplo, de escribir una carta, y no la
escribimos: pasan los días, y se conserva esta idea como
un remordimiento que va exasperándose: se continúa
todavía sin escribir, y la obsesión liega á s?r tan moles­
ta, que por fin se resuelve uno á realizar este trabajo;
pero una vez hccho en hora tardía no proporciona ya
la satisfacción que lleva consigo toda tarea concluida.
Hágase, pues, cada cosa en el momento en que debe
hacerse, y hágase todo á conciencia.

§ III

Cuando se consolida en un joven este im portante y


fecundo hábito de decidirse rápidam ente, de hacer las
cosas sin agitación febril, rotundam ente, de buena fe y
con sencillez, no existe objetivo intelectual, por elevado
que sea, al cual no pueda aspirar. Si tiene ideas nuevas
ó si ve de un nuevo modo cuestiones añejas, llevará en
su mente esas ideas durante ocho ó diez años, haciéndo­
las objeto de una asidua labor. Ellas atraerán centenares
de imágenes, comparaciones y semejanzas ocultas para
todos; organizarán estos materiales, para nutrirse, for­
tificarse y engrandecerse; y como de la semilla del roble
salen robustos árboles, de esas ideas, fecundadas por la
atención sostenidadurante años, saldrán notables libros,
que serán para las personas de juicio, en su lucha con­
tra el mal, lo que son para los soldados los clarines to­
cando ataque; ó más bien se concretarán.estas ideas
realizándose en una hermosa y continua vida llena de
generosa actividad.
LA ACCIÓN EX LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 179

Y no vale ocultarlo: si hemos tenido la g ran dicha de


poder alcanzar la vida de la inteligencia, esta aristocra­
cia conferida por la instrucción es tan mortalmentc
odiosa como la aristocracia del dinero, si no hacemos
perdonar nuestra superioridad intelectual por la supe­
rioridad do nuestra vida moral. Los que al salir de la se­
gunda enseñanza llegáis á sel' estudiantes de Derecho,
de Ciencias, de Letras ó de Medicina, teneis el deber de
ser los más activos, los más constantes bienhechores de
los que se hallan sujetos á ganarse penosamente la vida,
sin poder dirig ir una m irada más allá de la hora pre­
sente. Los estudiantes form arán necesariamente la cla­
se directora en todos los países, hasta en los regidos por
el sufragio universal; porque la m ultitud, incapaz de
dirigirse por sí misma, se someterá siempre á las luces
de los que han dominado y fortalecido su entendimien­
to por algunos arios de cu ltu ra aprovechada. Esta situa­
ción impone deberes muy term inantes á todos los jó v e ­
nes dotados con el beneficio de la enseñanza superior:
sin duda alguna para gu iar á los demás es necesario
primero saberse guiar asimismo. En vano se predicará
á los demás la moderación, el desinterés y el sacrificio,
si no se predica con el ejemplo sabiendo aceptar alegre­
mente uníi vida de trabajo y de actividad enérgica pol­
las palabras y por los actos.
¡Ah! si cada año media docena de estudiantes vol­
vieran á sus pueblos, á sus lugares, como médicos,
como abogados, como profesores, decididos á no des­
perdiciar una ocasión de hablar, de obrar en favor del
bién; decididos á m anifestar el m ayor respeto á todos
los hombres, aun los de más modesta posición; d no de­
180 LOS MEDIOS INTERNOS

ja r nunca pasar una injusticia sin protesta enérgica y


perseverante; á introducir en las relaciones sociales ma­
yor bondad, más verdadera equidad, más tolerancia, en
veinte años para la felicidad de la patria, de cada país,
se reconstituiría una aristocracia nueva, absolutamente
respetada y omnipotente para el bien general. Los jóve­
nes que salen de las universidades y no ven en el foro,
en la medicina, etc., sino el producto en dinero de esas,
carreras, y'sólo piensan en divertirse torpe y groseram en­
te, son unos miserables. Afortunadamente, la opinión
pública se equivoca en esto cada vez menos.

§1V

Pero, se nos objetará, el continuo trabajo, la preocu­


pación constante de una idea, esta actividad siem pre
despierta, no será en extremo perjudicial á la salud?
Procede tal objeción de la falsa idea formada ordinaria­
mente del trabajo intelectual. En efreto, tomamos aquí
la continuidad en sentido humano; poi que es claro que
el sueno interrum pe el trabujo é implica reposo, y es
claro también, según lo antes expresado, que la m ayor
parte del tiempo de la vigilia su pierde necesariamente
para las ocupaciones intelectuales. T rab ajar es tan sólo
sujetar A nuestro entendim ientoá pensar exclusivamen­
te en el objeto de nuestro estudio d u ran te todo el tiempo
en que no tenemos otra cosa que hacer. Por otra parte,
la palabra trabajo no debe evocar la imagen de un estu­
diante sentado, con el cuerpo inclinado sobre una me­
LA- ACCIÓN EX LA EDUCACIÓN D H L A VOLUNTAD 181

sa; se puede leer, m editar y componer paseándose, y


aun éste es el mejor método, el menos fatigoso y el más
fecundo en descubrimientos, por cuanto el paseo facili­
ta especialmente el trabajo de asimilación de los m ate­
riales intelectuales y su mejor empleo también.
En efecto, ser un trabajador intelectual no supone
como corolario ser im previsor. Hoy, sobre todo, cuando
■conocemos bastante bien las relaciones entre lo físico y
lo moral, nos haríamos dignos de la irrisión de los ig ­
norantes si no supiéramos conservar nuestra salud; tan­
to más, cuanto que la adquisición de los materiales es
la parte más insignificante de la tarea, siendo de mu­
ch a m ayor importancia su elección y organización. El
crítico no lo es por saber más detalles, sino por tener
su entendimiento siempre en actividad y siempre tra ­
bajando. No vale confundir la ciencia con la erudición.
La erudición es bastante á menudo pereza de espíritu.
"No basta una buena memoria para crear; es preciso que
el entendimiento domine las m aterias y no sea obstrui­
do por ellas.
Podrá ser, ciertam ente, de m uy buen tono aparecer
enfermo á fuerza de trabajar, sin duda porque esto hace
honor á nuestra voluntad; mas reconozcamos la necesi­
dad de probar que el trabajo tan 6ólo es causa de n u es­
tro abatimiento, y he aquí una prueba imposible. Seria
necesario poder descontar todas las otras causas de aba­
timiento, em presa absurda; y, digámoslo resueltam en­
te, nunca llega á saberse si cuanto se atribuye al traba­
jo do proviene, por ejemplo, de la sensualidad. Tío creo
que sea frecuente ver en el colegio jóvenes, y más tarde
estudiantes com pletam ente agobiados p o r la aplicación;
183 LOS MEDIOS INTERNOS

cu esta edad, el exceso de carga, ¿por qué no decirlo?,


procede de los hábitos viciosos.
La parte tom ada por la sensualidad en este lam enta­
ble decaimiento, sobre todo llevada al abuso, proviene
de las decepciones, de la envidia, de los celos, y princi­
palmente de un am or propio enfermizo ó hiperestésico,
surgido de una falsa idea de nuestra misión en el m un­
do y de un exagerado sentimiento de nuestra persona­
lidad. Si se tiene bastante energía para expulsar de la
conciencia esos sentimientos roedores, queda eliminada,
con eso una gran causa de fatiga.
Sólo el trabajo intelectual bien ordenado, respetuoso-
de la higiene, es decir, de la vida, y por ende del tiem­
po, puede perm itir los superiores desarrollos del pensa­
miento. Aún más: el trabajo libre de los compromisos
de la sensualidad, el trabajo alegre y confiado, sin celos,,
sin vanidad herida, es eminentemente propio para for­
talecer la salud. Si se facilitan á la atencióu bellas y fe­
cundas ideas, el pensamiento las elabora y organiza; y
si se deja al azar de las impresiones el sum inistro de
los m ateriales, la fatiga es sensiblemente la misma q u e
cuando la voluntad preside su elección; pero es raro que
el azar, enemigo de nuestro sosiego, no lleve consigo^
un enjambre de contrariedades. En efecto, el hombre
vive en sociedad y necesita del aprecio y hasla del elo­
gio de los demás; pero como los demás tienen rara viz.
tan buena opinión de nosotros como nosotros mismos,
y como, por otra parte, gran número de nuestros seme­
jantes adolecen de falta de tacto, y con frecuencia hasta,
de caridad, sucede m uy comunmente, en todas las si­
tuaciones, que la vida social es fecunda en pequeños ro -
LA ACCIÓN EX LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD lltf

z&mientos. Es un estimulo más para el trabajador ver á


los perezosos pagar cruelm ente su pereza; porque en su
espíritu vacio crecen, como en inculto campo, m ultitud
de malas hierbas y pasan su tiempo en rum iar ideas-
poco elevadas, en entretenimientos, celos y ambiciones-
poco dignas.
Nada hay para la dicha como trocar las preocupa­
ciones en ocupaciones, y quien dicc dicha dice salud.
¡De tal modo el trabajo es la profunda ley de la h u m a­
nidad, y quien se emancipa de esta ley, renuncia al
mismo tiempo á todos los goces elevados y duraderos!
Añádase á estas observaciones que como el trabajo
desordenado y sin método fatiga, se im putan á menudo-
ai trabajo mismo los malos efectos de una inoportuna
dirección. Lo que fatiga es la m ultiplicidad de las ocu­
paciones, ninguna de las cuales lleva consigo el tr a n ­
quilo goce de las tareas acabadas; y el espíritu, solici­
tado en diversas direcciones conserva en cada tarea
como una sorda inquietud: los trabajos tan sólo bosque­
jados producen una rum iación intelectual m uy modes­
ta. A M. de Goncourt decía Michelet que hacia los trein­
ta años sulria horribles jaquecas á consecuencia del
g ran número de cosas á que atendía, y resolvió no leer
más libros,pero sí hacerlos: «Desde ese día,al levantar­
me, sabia con toda claridad lo que tenía que hacer, y me
curé en cuanto mi pensamiento se redujo á fijarse úni­
camente en un solo objeto á la vez» (1). Nada es más
cierto: empeñarse en llevar de frente varias obras es
entregarse á una segura fatiga. A ge quod ngis: hágase

(í) Journal de« Qofwourt, 12 Marxu 1 6 4 .


181 IO S MEDIOS INTERNOS

de veras y á fondo lo que se haga, porque este es el me­


dio, no sólo de m archar de prisa, como hemos visto,
sino también el más seguro para evitar la fatiga y cose­
char los dilatados goces de las tareas llevadas á su com­
pleto término.

§V

En resumen, si bien la meditación promueve en el


alm a potentes emociones, no puede capitalizarlas bajo
forma de hábitos; y como la educación de la voluntad
es imposible sin la creación de excelentes y sólidas cos­
tum bres, sin las cuales habríamos de vo lv erá empezar
constantemente nuestros esfuerzos, y por las cuales so­
lam ente podemos asegurar nuestras conquistas y m ar­
ch ar adelante, es forzoso crearlas por el único procedi­
miento posible, según hemos visto, es decir, por la ac­
ción.
P ara obrar es necesario saber realizar con valor cada
una de las pequeñas acciones que constituyen la perse­
cución del ñn. L a acción fija el pensamiento, nos afilia
públicam ente en un partido y produce una profunda
alegría.
Por desgracia, el tiempo de la actividad, ya tan cor­
to, se halla además disminuido por falta de método p a ­
ra el trabajo en el estudiante, y, á pesar de esto, y a lo
hemos diebo, «poco basta en cada día si cada día trae
este poco». L a paciencia de los esfuerzos incesantemen­
te renovados da resultados prodigiosos, por cuyo moti­
vo el estudiante debe adquirir el hábito de la actividad
LA ACCIÓN EN LA EDUCACION DE LA VOLUNTAD 185

incesante; y para mejor éxito debe ñjarso cada noche la


tarea del día siguiente, aprovechar todos los movimien­
tos favorables, term inar todo trabajo comenzado, no ha­
cer más que una cosa á la vez y no desperdiciar ni la
más pequeña parte de tiempo. Tales hábitos le perm iti­
rán aspirar á la mayor fortuna, y hasta le pondrán en
condiciones de pagar á la sociedad la deuda de recono­
cimiento, á cuya aceptación le obligan los beneficios de
ella recibidos.
El trabajo así entendido no puede nunca rendir: la
fatiga atribuida al trabajo proviene, en efecto, casi
siempre de los excesos de la sensualidad, de las inquie­
tudes, de las emociones egoístas, de un mal método; el
trabajo bien entendido, el hábito de los pensamientos
nobles y elevados, no pueden menos de fortalecer la sa­
lud, si, como es cierto, una de las más excelentes con­
diciones fisiológicas consiste en vivir serenos, tran q u i­
los y felices.
CAPITULO IV

LA HIGIENE CORPORAL CONSIDERADA BAJO


EL PUNTO DE VISTA DE LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD
BN EL ESTUDIANTE

§I

Hasta aquí hemos estudiado la cuestión en su aspec­


to psicológico: nos falta exam inar ahora las condiciones
fisiológicas del dominio de si mismo. La voluntad y su
más elevada forma, la atención, son inseparables de un
sistema nervioso. Si los centros nerviosos se agotan rá­
pidamente, ó si una vez agotados recobran su vigor con
extrem ada lentitud, no es posible ningún esfuerzo ni
ninguna perseverancia. La debilidad corporal va acom­
pañada de una voluntad débil y de una atención breve y
lánguida; y si se observa que en todos los órdenes de la
actividad el éxito depende más de una energía infati­
gable que de cualquier otra cansa, sin inconveniente se
podrá aceptar como prim era condición de todo éxito en
la conquista de sí mismo la de ser, según una célebre
frase, «un buen animal». Casi siémpre coexiste el entu­
siasmo moral con esos radiantes momentos en que el
LA KK.IKN’ K. COHPOHAL 187

cuerpo, como instrum ento bien templado,desempeña su


parte sin desafinar ni distraer con notos discordantes la
conciencia íntima. En esos momentos de pleno vigor, la
voluntad es omnipotente en nosotros, y la atención pue­
de sostenerse con energía. Por el contrario, cuando es­
tamos delicados, débiles, sentimos la pesadumbre de
las cadenas que enlazan nuestro espíritu al cuerpo; y los
descalabros de la voluntad tienen á menudo por causa
los desfallecimientos de orden fisiológico. Añádase ¿ es­
tas consideraciones que la recompensa natural de todo
trabajo que ejercita las fuerzas sin agotarlas, es un sen­
timiento de bienestar y alegría de bastante larga d u ra ­
ción. Si el agotam iento se presenta desde el principio
del trabajo, no aparece ese sentimiento agradable pro­
ducido por la fuerza acrecentada y es reemplazado por
una penosa sensación de fatiga y disgusto. P ara los in­
felices asi debilitados, el trabajo, desprovisto de la pe­
netrante alegría que es su recompensa, constituye una
c a rg a r, un castigo y un dolor.
Además, todos los psicólogos están de acuerdo a c e r­
ca de la im portancia de las condiciones fisiológicas en
la memoria. Cuando una circulación activa impulsa al
cerebro una sangre bien n utrida y m uy pura, los re­
cuerdos, y por tanto los hábitos, se graban rápidam en­
te y por largo tiempo.
La salud, condición de una volición y de una aten­
ción prolongada y vigorosa eminentemente favorable á
la memoria, no se lim ita á recompensar el trabajo con
la alegría, su consecuencia n atural, sino además tiene
una extraordinaria influencia sobre la felicidad. Es,
como se ha dicho, la cifra que, colocada delante de los
188 LOS MEDIOS INTERNOS

ceros de la vida, les da su valor. Voltaire, usando lina


imagen feliz de H arlay, que tenía una m ujer encanta­
dora y todos los bienes de la fortuna, decía: "Nada tie ­
ne ai no digiere.»
Desgraciadamente, el trabajo intelectual mal enten­
dido puede ser m uy perjudicial. Impone la inmovilidad,
del cuerpo, la vida sedentaria, la reclusión en departa­
mentos mal acondicionados; impone, en fin, la actitud
sentada. Esos graves inconvenientes, A los que viene á
sum arse una m ala higiene alim enticia, no tardan en de­
bilitar el estómago; las digestiones se hacen laboriosas;
y como el estómago se halla rodeado de un:v espesa red
de nervios, los trastornos de este órgano repercuten
con extraordinaria intensidad en el sistema nervioso.
Después do las comidas se congestiona la cabeza, los
pies se enfrían fácilmente, y se experim enta un entor­
pecimiento, una soñolencia,seguida prontamente de una
irritabilidad que hace singular contraste con la alegría
de los campesinos y de los artesanos después de comer.
El estado nervioso im pera poco á poco, y muchos de los
que trabajan intclectualm ente llegan á no poder dom i­
nar sus impresiones; á la menor contrariedad palpita su
corazón y se contrae su estómago. Es el prim er grado
del nervosism o, cuyo punto de partida consiste casi siem­
pre en una deficiencia de las funciones nutritivas. El
cerebro deja de ser el gi’an regulador, y en lugar ele los
ritmos lentos y vigorosos de la vida fisiológica, se tiene
la irritabilidad y el trastorno de la patológica.
Y, sin embargo, la omnipotencia que nos confiere el
tiempo para la obra del propio dominio, nos la concede
también para cam biar nuestro temperamento y afirm ar
LA H IG IE N E COEI O EA L 189

nuestra salud. En un pasaje célebre nos compara H ux-


ley á jugadores de ajedrez: nuestro compañero de p a rti­
da es un adversario paciente y despiadadoque no perdo­
na el menor descuido, pero que paga con superabundan­
te generosidad á los buenos y victoriosos jugadores.
Este adversario es la misma naturaleza, y tanto peor
para quien ignora las reglas del juego. Estudiando esas
reglas, leyes descubiertas por los sabios, y , sobre todo,
api ¡candólas, se tiene seguridad de gan ar la partida,esto
es, la salud. Pero sucede con la conquista de la salud
como con la conquista de nuestra libertad; no es el r e ­
sultado de un fiat, sino de m ultitud de pequeñas accio­
nes realizada* centenares de veces por raes.ó cuyo cu m ­
plimiento, por el contrario, se rebusa. Debe fijarse ¡a
atención sobre muchos puntos y conceder ¿ cada d eta­
lle su im portancia. Es necesario atender al calor, al
frió, ¿ la humedad; cuidar de la pureza de la atmósfera,
del alum brado, de las comidas; hacer suficiente ejer­
cicio, etc.
¡Pero, se exclam ará, tales cuidados harán la vida ri­
dicula y consumirán todo el tiempo! Puro sofisma. Esos
cuidados son cuestión de costum bre. El misino tiempo
se emplea en comcr según las buenas reglas que de
cualquier modo; ni se necesita holgar más para pasear­
se un poco, que para permanecer perezosamente hacien­
do una mala digestión en una butaca, ó para leer los pe­
riódicos en el calé. El tiempo perdido en renovar de
cuando en cuando el aire del gabinete de trabajo es in­
significante. Hasta fijar de una vez para siempre las mo­
dificaciones que se deben introducir en el régimen de
vida. Et único motivo para no obrar razonablemente
190 LOS MEDIOS IN T E Mi OS

la pereza: pereza intelectual para prever, pereza física


para ejecutar.
Lo repetimos: Ja recompensa será la salud, es decir,
la condición necesaria para gozar así dol éxito y riel
triunfo como de la felicidad.
Con preferencia debe atenderse, sobre todo,á las f un­
ciones de nutrición; y el punto más eseucial consiste en
la calidad y la cantidad de los alimentos que deben in­
gerirse. Hasta los trabajos de B erthelot era em pírico
todo lo referente á la alim entación; pero hoy el proble­
ma se baila planteado con b a s ó t e claridad. Se sabe
actualm ente que ningún alimento graso ó hidrocarbo-
nado puede reemplazar á la albúm ina en la reconstitu­
ción de los tejidos, y, por lo tanto, ésta es indispensable
á la alimentación. Mas, por otra parte, si en lugar de
tom ar una ración suficiente de albúm ina se fuerza la
dosis, el resultado obtenido es en extremo curioso, por­
q ue esta ración exagerada provoca una precipitación
de albúm ina, en detrim ento de nuestros órganos, m uy
superior á la cantidad de albúm ina ingerida (1). Basta
consum ir diariam ente una cantidad de alimentos azoa­
dos de 75 gram os próximamente. Cuanto se absorbe más
allá de este peso, lejos de asim ilarse, tiende á provocar
una precipitación de la albúm ina de los músculos.
Observación m uy interesante para el estudiante que
come en las fondas dos ó tres veces más carne de la
con veniente.
H ay más: sea cualquiera la cantidad de albúm ina
ingerida, si no absorbemos al mismo tiempo alimentos

(1) G. S4o. í 'o rmulaire alimentaire. Battaille y Cío., 1893.


LA H IG IEN E COfiPOBAL 191

grasos ó hidratos de carbono, se opera la precipitación


de la albúm ina, asi como no se efectúa en el caso con­
trario. De aquí proviene el nombre de ración azoada
protegida, d ad o á I09 75 gram os de albúm ina, cuando
se mezclan con estos alimentos hidroearbonados.
Se sabe, por otra parte, que el trabajo provoca p rin ­
cipalmente la descomposición de las grasas ó de las fé­
culas. Se sabe, además, que el hombre debe gastar dia­
riam ente 2.800 y hasta 3.400 calorías, si el trabajo es
intenso (1). Pues que 75 gram os de albúm ina dan 307
calorías, tomando como térm ino medio superior 3.000
calorías, h ay un defecto de í&ás de 2.700 calorías para
el que trabaja intelectualm ente. Como no se asimilan
más de 200 á 250 gram os de grasas (225x9,3=2.092 ca­
lorías), es forzoso exigir 600 calorías á los alimentos hi-
drocarbonados (próxim amente unos 150 gramos). Con
buscar en los libros especiales el valor de cada alim en­
to en albúm ina, en grasa y en elementos hidrocarbona-
dos, se puede componer la alimentación diaria.
Hecha la investigación, se impune la conclusión de
que comemos demasiado, sobre todo dem asiada carne,
imponiendo al estómago y á los intestinos un trabajo
absurdo (2). En la generalidad de las personas de la
clase acomodada, la m ayor parte de las fuerzas adqui­
ridas por el trabajo de la digestión se consumen en dige­
rir. No se crea que exageramos* Durante el acto de la
digestión, en efecto, digeriríam os las paredes del cstó-

(1) 1 ftnm o de albúmina d a........................................... 4,1 calorías.


1 (rim o de p a s a ....................................................... 9.3 —
i gramo de hidrato de carbono............................ 4,1 —
(4) No m olvido quo el auLor &c refiere i los « lu d ía n le s do P a rtí.— y . tUl T-
192 LOS MKDIOS INTERNOS

mago y de los intestinos, si su superficie no renovara


incesantemente un tejido protector formado con gran
rapidez á medida que los jugos digestivos lo atacan; y
este solo trabajo es enorme. Los intestinos tienen de
siete á ocho veces la longitud del cuerpo sobre unos 30
centímetros de ancho cuando se Ies extiende. L¡i super­
ficie laborante de loa intestinos y del estómago es, por
lo menos, de cinco metros cuadrados. Añádase al consi­
derable trabajo exigido por la renovación incesante,
durante varias horas d iarias.d e las vellosidades que
tapizan tamaña superficie, las fuerzas empleadas en
mascar, las consumidas por los movimientos peristálti­
cos del estómago, por la formación de una considerable
cantidad desaliva, por la producción de los jugos d i­
gestivos del estómago, del páncreas, de la vesícula bi­
liar, y se tendrá idea del prodigioso consumo de fuerzas
necesarias para el acto digestivo......
¿No es evidente que los hombres que comen con ex­
ceso son puros animales, reducidos al papel poco hon­
roso de servidores de su tubo digestivo? Añádase que la
m aytir.parte, ante la cantidad de m anjares por deglu­
tir, encuentran pesado y molesto m ascar bien los ali­
mentos, y entorpecen y prolongan además con este in­
conveniente la labor de la digestión, no pudiendo los
jugos digestivos penetrar sino lentamente las masas
m uy poco divididas.
¡Cuán útil seria un manual que indicara la cantidad
de albúm ina, de grasas, de elementos hidrocarbonados
asimilables, contenida en cada alimento! Todos los tra­
tados especiales dan la cantidad de ázoe; pero sabemos
hoy que muchos compuestos azoados no son, propia­
LA HIULENE CORPORAL 198

mente hablando, alimentos reparadores. Con semejante


cuadro, podría el estudiante form ar aproxim adam ente
Su lista de platos con el doble resultado de nuestro bien
y de evitar á sus órganos digestivos un trabajo exagera­
do red lindando en detrim ento del trabajo intelectual. La
cuestión del número y hora de las comidas resulta bala-
di al lado de la capital im portancia de la dosificación de
los alimentos. No se trata tampoco de ver al estudiante
pesar, como decía Cornaro, todos sus manjares; pero al
cabo de algunas pesadas tendría idea aproxim ada de lo
que debía comer, y evitaría por lo menos el enorme
desperdicio de fuerzas á que está expuesto el joven qpe
frecuenta las fondas, y al rum or de las conversaciones
y de las discusiones, come hasta hartarse en las repos­
terías (1).
L a higiene de la respiración es más sencilla; y á de­
cir verdad, respirar aire puro no parece á prim era vista
una necesidad indispensable: ¡cuántas veces he visto jó ­
venes que preferían respirar u njaire viciado y repug­
nante, á tomar con el aire puro un poco de frío! L a h i­
giene de los colegios y de las viviendas permanece en
estado prim itivo en cuanto á esto. E stá, sin embargo,
bien averiguado que el aire viciado le hace á uno inquie-

( t) No te puede dejar osle asunto sin hablar del uso dei c afé. No se 1c debe pros­
cribir. Enerva tonudo coa cncteo y pro p trad o sObrt el nitro que la a i prime na.
lenm cnLc: pera preparado i la u s a n n ir i b e , en infusión y en pequeñas ta ia s,
es rocno¡> ir r ita n te , y ofrece un ausiliu útil al Lrabajo de la digestión - H ist*
fuera de las com idas, puede una pequeña cantidad, p or la m a ñ a n a , p n r qjemplo,
hacer desaparoccr esa torpeza del pensamiento, queja de imidios <]ue trabajan, y pro­
vocar una viva vxeilarMp intelectual. A ow dieíñn do que so evite ol alineo y so a p ro ­
vecho onsecuklj esta fixciLacióu [uní ponerse i lrah.ij.ir, no hay ningún inconveniente
«ti U arlo.
1.1
194 LOS MEDIOS INTERNOS

to, ag rio y malhumorado; porque careciendo el organis­


mo del sano estímulo ofrecido por el aire puro, se en­
cuentra sometido á estim ulantes viciosos. El estudiante
no siempre se halla forzado á «rumiar» en su habitación
un aire y a respirado: con un poco de cuidadopuede ven­
tila rla con frecuencia, y, lo que es mejor, puede traba­
ja r al aire libre. También es conveniente pasearse por la
habitación y leer ó hablar en voz alta. Se sabe de los sor­
domudos que tienen los pulmones m uy débiles, como
no ejercitados por el habla, y apenas son capaces
de apagar una bujía colocada á algunos centímetros
de su boca. La palabra es una enérgica gim nasia del
pulm ón.
Obsérvese también cómo la actitud encorvada del
que escribe ó lee ofrece una gran dificultad á los movi­
mientos respiratorios, y á la larga puede llegar á ser
perjudicial para el trabajador: se debe, pues, tomar la
costum bre de tener el busto m uy derecho, á ñn de lu ­
ch ar contra esta causa de debilidad, desahogando el pe­
cho y asegurando la libertad de los movimientos respi­
ratorios.
A posar de todo, son insuficientes estas precauciones
y es indispensable suspender frecuentemente el trabajo
y lev an tarsep ararecu rrir á los excelentes ejercicios que
Mr. L agrange llama tía gim nástica respiratoria.» Con­
sisten en amplias inspiraciones, practicadas artificial-
mente im itándolas escenas m atutinas cuando por instin­
to nos estiramos unay otra vez. Seelevanm uylentam en-
te los dos brazos y se separan, respirando tan profunda­
mente como sea posible; después se bajan, arrojando el
aire inspirado. También esconveniente, al subirlos bra-
LA HIU1EJÍE COUrOBAC, lfti

zoe, «levarse sobre las puntas de loa pies, como si se


tratase de crecer: cstaoperación provoca la rectificación
de las curvaturas de la columna vertebral, mediante la
cual las costillas describen de abajo á arrib a un seg­
mento de círculo sensiblemente m ayor que el segmento
habitual mente recorrido. Este ejercicio im pídela anqui­
losas de las costillas, «despliega» gran número de vesí­
culas pulm onares aplastadas y donde no penetraba el
oxígeno, y de este modo aum enta la superficie donde se
verifican los cambios entre la sangre y el aire; expli­
cándose así el fenómeno demostrado por Marey de que
«I ritm o de la respiración permanece modificado hastaen
el reposo subsiguien te á tales ejercicios un tanto prolon­
gados. Nótese que el empleo de las grandes pesas de
gim nasia está aquí contraindicado, porque no es posible
esfuerzo alguno sin contener la respiración.
Tales precauciones, aunquedeexcelentes resultados,
son, sin embargo, meros paliativos, que en ningún caso
pueden dispensar el ejercicio propiamente dicho; au n ­
que éste nada crea en realidad por si mismo, porque
obraindirectam ente; pero mejora el conjunto de las fun­
ciones de nutrición.
+ Acabamos de ver cómo en la habitación se puedo
aum entar la capacidad respiratoria por ejercicios á jus
cuales se recurre de cuando en cuando; más difícil sería
favorecer la rapidez en la circulación de la sangre, obli­
gándola á pasar con más frecuencia por los pulmones.
P ero como las funciones respiratoria y circulatoria son
en cierto modo una misma, considerada bajo dos punto*
de vista, todocuanlu activa la una ejerce su acción sobre
la otra. LavoÍ9ier, en una comunicación á la Academia
196 LOS MEDIOS INTERNOS

«le Ciencias (1789), llamaba la atención sobre el hecho


de que un hombre asim ilaba, en ayunas, después de un
trabajo m uscular, cerca de tres veces m ás oxigeno que
en reposo. Por consiguiente, el primer efecto del ejerci­
cio es hacer penetrar en el organism >una considerable
cantidad de oxígeno. Mientras el estudiante de hábitos
sedentarios, arrastra una vida lánguida, t i que practica
el movimiento al aire libre aborda el trabajo con una
sangre más rica y una respiración más activa; su ce­
rebro se hace capaz de esfuerzos más enérgicos y pro­
longados; el mismo trabajo del corazón dism inuye con
m ayor efecto útil sin embargo, pues así como la inmovi­
lidad tiende á estancar la sangre en los capilares, reta r­
dando las combustiones vitales, en el ejercicio, por una
acción «de vecind¡»do, la circulación en los capilares
orovocada por la acción m uscular aum enta, determ i'
nando «una especie de corazón periíérico», constituido
per la elasticidad de las pequeñas arterias, que reduce
en todo su trabajo propio el trabajo del órgano cen­
tral.
Tío son estos los únicos beneficios de la actividad
m uscular: los músculos son, como lo ha demostrado
P aul Bert, acum uladores de oxigeno. En este sentido se
convierten en verdaderos órganos respiratorios, por
cuanto se opera en ello, un cambio extraordinariam ente
im portante de oxigeno inspirado y de ácido carbónico
cuya eliminación es indispensable. Cuanto más enérgi­
cos son estos cambios, m ás enérgica es tam b án la com­
bustión de las grasas de alimentación; y, por el con­
trario . la inmovilidad, «no quemando» las reservas g ra­
sosas, favorece su depósito por todas partes, y produce
LA H IU IEN E COJtPOEAL 1&7

por ende la obesidad. Ni aun son esos depósitos, por otra


parte, los únicos inconvenientes de la pereza corporal,
si es cierto, como parece demostrado, que el artritism o,
la gota, los cálculos y el asma, reconocen por causa
esencial los productos incompletamente quemados por
falta de una respiración bastaute enérgica. Esta respi­
ración tan im portante de los músculos no existe sólo du­
ran te el trabajo: como ya hemos dicho, estos órganos
conservan por un tiempo no corto una superactividad
respiratoria.
Nótese también cómo el ejercicio es absolutamente
indispensable á la m ayor parte de los jóvenes pertene­
cientes á familias acomodadas acostumbrados á comer
demasiado. El ejercicio, hasta el violento, puede serles
útil para quem ar el exceso de m ateriales ingeridos. Co­
miendo mucho y llevando uua vida ociosa, se ingurgi­
tan todos los vasos receptores del quilo; y las incomo­
didades, las molestias, son frecuentes, sobre todo por la
m añana, cuando el descanso de la noche ha venido á
ag rav ar esa supernutrición. El estómago se hace pere­
zoso, y la sangre literalm ente se «espesa», es decir, se
sobrecarga de materiales propios para quemarse. Por
eso al despertar suele sentirse con m ucha frecuencia un
estado paradójico, experimentando esa laxitud, esa tor­
peza, esa pereza de espíritu producida por la acum ula­
ción de las reservas. 'El origen de semejante laxitud
puede demostrarse con la prueba del tormento de po­
nerse á trabajar con valor y resueltamente; entonces, á
medida que la fatiga'debería aum entar, disminuye, por
el contrario, disminuyendo por su oxigenación los ma­
teriales acum ulados con exceso en la sangre-
LOS m e d i o s i n t e r n o s

E n resumen, el ejercicio provoca un vivo y enérgico


trabajo de asimilación, el transporte acelerado de una
sangre rica y, como corolario, la rápida evacuación de
losproductos de desasimilación. Incontestablessus efec­
tos generales sobre la salud, apenas es necesario, ade­
más, hacer notar los excelentes efecto° del paseo sobre
los movimientos peristálticos del estómago (1).

$ II

H asta aquí hemos considerado la utilidad del ejer­


cicio sólo bajo el punto de vista de las funciones de n u ­
trición; p 1 más esencial para nuestro objeto, por cuanto
la voluntad y la atención se hallan en m uy íntim a de­
pendencia con el buen estado del organismo. El ejerci­
cio m uscular tiene además relaciones menos im portan­
tes, aunque más intim as, con la voluntad. En efecto,
por actos musculares, inaugura tím idam ente la voluntad
sus ensayos ep el niño, y el largo aprendizaje necesario
á cada cual para llegar á ser dueño de sus movimientos
templa la voluntad y disciplina la atención. ¿Quién no
comprende de modo evidente que aun en l&mayor edad,

(1) Siendo la actitud general del asludianlc la eslariiin sentada ó do pie, loi múscu­
los <|iiq tQilcaa la s visceras abdominales se hallui KcncralmcnU cu estad» do relajación
Su ¡mclitridad los deja sin fuerza contra Ioí clefi<Kitos grasosos ijue aum entan «I volu­
men dol abdomen, y adornas dejan de soflcner vigorosam ente el «stómago, que adquie­
re tendencia i dilatarse. M. Lagringc, en su hermoso libro, indica los procedimientog
amploados en los gimnasios de S uccu |ia ra com batir este estado da c o su . Consistan en
siolo movimientos que es Fácil á lodos «¡ocular en su propia c isa . Capitulo Exereitt
ehta le» adullet, pig. ittUi y siguientes
LA H IG IE N E C O R PO H A L 1»9

ea los momentos de profunda pereza, intentar un mo­


vimiento, levantarse, salir, etc., ea un difícil acto de vo­
luntad? Y ¿quién puede, por consiguiente, discutir que
la actividad m uscular, ó mejor dicho los movimientos
rápidos y precisos (pues no tardando la m archa en lle­
g ar á ser puram ente autom ática, no tiene valor bajo este
punto de vista),no son excelentes ensayos de voluntad y
de atención?Tan cierto es esto, que á los neurópatas in­
capaces de atención se les ordena el ejercicio muscular.
Un esfuerzo im plica voluntad, y la voluntad se des­
arrolla, como todas nuestras facultades, por la repeti­
ción. Además, el trabajo m uscular, en cuanto se siente
la fatiga, se convierte en dolor; y saber resistir un do­
lor, ¿no es voluntad, y de la m ás sublime?
Se ve, pues, que el ejercicio es directam ente y por
si mismo como la escuela prim aria de la voluntad.
¿Ha de carecer por esto de influencia sobre la inteli­
gencia? De ningún modo. E3ta influencia es real; la pe­
reza corporal es funesta; nuestras percepciones se re-
nuev;in poco; permanecemos voluntariam ente en una
profunda monotonía y nos dejamos invadir por el enojo
y por el disgusto. Y esto modo de ser tan triste, por to
dos experimentado, no proviene sino de la vida física
retardada; ideas lentas en despertar, carencia de excita­
ciones externas; estado que contrasta singularm ente con
la lucidez de las ideas y con la gran vivacidad y riqueza
de impresiones de quien medita paseándose, por ejem­
plo, en el campo. N oes posible, pues, negar la extraor­
dinaria influenciadel ejercicio sobrenuestras facultades.
200 LOS MK.DIOS INTERNOS

Sin embargo, el estudiante debe considerar de cerca


los notables errores de curso corriente respecto á este
ejercicio fisico cuyos beneficios acabamos de dem ostrar.
Se confunden á menudo dos cosas m uy distintas: la s a ­
lud y la fuerza m uscular. Lo que constituye una salud
robusta es el vigor de los órganos respiratorios y del
aparato digestivo. E star bueno es digerir bien, respirar
libremente, tener una circulación enérgica y regular; es,
además, resistir fácilmente tas variaciones de tempera*
tu ra, y todas estas cualidades de resistencia no tienen
ningún vínculo de casualidad con la fuerza m uscular.
Los atletas de feria y los mozos de cordel pueden tener
una salud m uy escasa, y un hombre de bufete poseer
una salud de hierro, coexistente con una m ediana po­
tencia m uscular. No sólo no debemos aspirar á la fuer­
za «Hética, sino antes bien conviene evitarla, por cuau-
to se fortalece tan sólo por el ejercicio violento; y pues­
to aparte que tales ejercicios entorpecen el juego reg u ­
la r de la respiración y provocan una congestión muy
notable de las venas del cuello y de la frente, es m uy
cierto, además, que son extenuantes. Es posible hacer
m archar de frente y unidos esfuerzos físicos intensosjy
enérgicos esfuerzos intelectuales. Además, el abati­
miento ocasionado por los esfuerzos deja al cuerpo pre­
dispuesto á los enfriamientos tan frecuentes en los cam­
pesinos y habitantes de las montañas.
LA H IG IE N E C O R P O R A L 201

Añádase á esto que el ejercicio violento es útil úni­


camente cuando sea necesario quem ar las reservas nu­
tritivas procedentes de una supernutrición; y el que tra­
baja haciendo enérgicos esfuerzos de atención gasta
tantos y tal vez más materiales que el campesino traba­
jador de la tierra. Asi el estudiante digno de este nom­
bre no es en modo alguno comparable al empleado sen­
tado en su despacho, ante un trabajo siempre igual y
cuya inteligencia es tan perezosa como sucuerpo.C uan­
to más se trabaja intelectualm ente, menos necesidad se
tiene del ejercicio m uscular destinado á quem ar el ex­
ceso de materiales no empleados.
Cosa curiosa: en F ran cia alabamos la educación
atlética que reciben los jóvenes ingleses, y la admiramos
sin discernimiento, con esa total ausencia de espíritu
científico, característica del espíritu público actual. Nos
hallamos como deslumbrados por algunos grandes co­
legios donde la pensión cuesta hasta 5.000 francos anua­
les, y por los opulentos hijos de lores que, como aficio­
nados, frecuentan laa universidades, sin observar que
este género de educación debe en justicia ser compara­
do á la de los aficionados al aporl entre nosotros. Los
ingleses inteligentes no ven con buenos ojos la exagera­
ción de los ejercicios físicos en las escuelas de su país.
W ilkieC ollins, en el prólogo de M ari e tF e m m e , escri­
to en 1871, dem uestra un fatal desarrollo de grosería y
de brutalidad en la sociedad b ritánica,á cuyodesarroUo
ha contribuido principalm ente el abuso de los ejercicios
físicos. M attbew A rnold.cuya im parcialidad nadie pon­
d rá en duda, envidia el sistema de educación francés.
Según él, lo característico en los bárbaros y en los filis­
812 LOS MEDIOS INTEBN08

teos (1) es que los prim eros no snn aficionados más que
á las dignidades, á las satisfacciones de la vanidad, á
los ejercicios corporales, al sp o rt , á los placeres ruido­
sos; y los segundos sólo aprecian la fiebre y el bullicio
de los negocios, el arte de g an ar dinero, lu comodidad
y las intrigas, y opina que la educación inglesa tiende á
aum entar el número de loa filisteos y de los bárbaros.
Observa con razón «cómo los puros trabajadores de la
inteligencia son tan morales como los exclusivamente
atletas», y pudo añadir que los gimnasios griego», don­
de et ejercicio físico era tenido en gran estima, estaban
deshonrados por los amores contranaturales. Por otra
parte,¿hay algún trabajador intelectual privado de con­
sultar á s u propia experiencia? Nuestro capital de fuer­
zas no está depositado precisamente en dos departam en­
tos separados por tabiques estancos: el departam ento de
las fuerzas cerebrales y el de las fuerzas físicas; y es sa­
bido que cuanto se gasta de más en ejercicios violentos,
se pierde para los trabajos del pensamiento. No hay in­
conveniente en que el imbécil, incapaz de reflexionar.se
atraque de alimentos y de bebidas fermentadas, gaste
las fuerzas restantes después de la digestión en ejerci­
cios fatigosos, y contemple con entusiasmo sus múscu­
los de atleta; pero proponer tal género de vida á nues­
tros futuros médicos, á nuestros futuros abogados, á
nuestros científicos, á nuestros literatos, es una falta de
sentido. Las grandes victorias hum anas no se ganan en

(1) fo n este nnm brí bihlico se designaba en la» univcrsidailcs Uc Alemania cierU*
CftlidianUs m is ó UlCdOí m crfjdi'L O ,que vivían a c o d a do los demás.}’ahora se aplica
en muclios p tlses en sentido parecido al quo en fo[iaOa se da picanscam onto i la voi
jodio.— N. del T.
LA HIGrlkNE COÜ>OKAL SOS

modo alguno con músculos; se ganan con descubrim ien­


tos, con grandes pensamientos, con ideas fecundas; y
daríam os los músculos de quinientos cavadores, más los
perfectamente inútiles de todos los caballeros de sport,
por la poderosa inteligencia de un Pasteur, de un Am-
pére ó de un Malebranche.
Además,el hombre mejor adiestradonovencerá nun­
ca en la c a rre ra á un caballo, ni tampoco á un perro; y
un mono gorila no teme la lucha con un hércules de fe­
ria. N uestra superioridad no consiste, pues, en el peso
de nuestros músculos; y se prueba viendo cómo el hom­
bre ha domesticado á los animales más forzudos, y en­
cierra tigres y leones para solaz de los niños concu­
rrentes á los jardines públicos.
Salta á la vista que la im portancia de la fuerza mus­
cular dism inuye de día en dia, porque la inteligencia la
reem plaza por las fuerzas, incomparablemente más po­
derosas, de las máquinas, siendo el destino de los hom­
bres fuertes por sus músculos nada vez más semejante
al de las máquinas: son instrum entos dóciles en manos
de los más inteligentes. Un contratista que no trabaja,
dirige á los obreros; y los contratistas son á su vez di­
rigidos por un ingeniero, cuyas manos no están ca­
llosas.
En resumen, la campaña sostenida para convertir á
nuestros hijos en atletas es absurda: se apoya en u q &
grosera confusión entre la salud y la fuerza muscular:
tiende á hacer de nuestros jóvenes, en detrimento de su
potencia intelectual, groseros luchadores. Entre losíuer-
tes en textos y los fuertes en el boxeo, la elección no
debe ser dudosa. No debe tomarse por un progreso
30* LOS MEDIOS INTERNOS

esta tendencia á hacernos retroceder á la anim alidad.


Excesos por excesos, prefiero los de las escuelas de la
edad media, que nos han dado á Santo Tomás de Aqui-
no, á Montaigne y á líabelais, á los de las escuelas que
nos dan vencedores al remo.
Francam ente, si se quitara á estas lides el valor que
lea presta una estúpida vanidad (¡estúpida, porque se
entusiasm a con superioridades m uy inferiores á las de
muchos animales!), nadie se sujetaría á las fatigas que
supone la preparación de una reg ata al remo. No im ite­
mos en esto á la Inglaterra ru tin aria y brutal, sino más
bien á la Suecia, que ha renunciado completamente en
sus escuelas y para sus jóvenes á ruinosos esfuerzos
físicos. Se ocupan allí de formar jóvenes robustos y sa­
nos, y se ha comprendido que el abuso de los ejerci­
cios físicos conduce con más seguridad que el excesivo
estudio al aniquilam iento. De -cuanto precede resulta
que la elección de los ejercicios dignos de recom endar­
se á los estudiantes está sometida á una regla absoluta:
esos ejercicios no deben ni enervar, ni aun llegar á la
fatiga excesiva.

S IV

, Si tan perjudiciales errores se cometen en lo re la ti­


vo al ejercicio físico, otros no menos funestos se admiten
generalmente en cuanto afecta al trabajo intelectual,
considerándole necesariamente sedentario. Como hemos
dicho, la idea de un trabajador intelectual despierta en
seguida la imagen de un hombre sentado, con la cabeza
LA. H IU IE N F , C O ilP O R A L 405

entre las manos para m editar, ó el pecho comprimido


contra la mesa para escribir; y, sin embargo, nada es
más falso que esta idea. Ciertamente, la prim era labor
BÓlo puede ejecutarse ante la mesa de trabajo; para tra ­
ducir, es necesario gram ática y diccionario; para leer,
hay que sostener la atención y fijar los recuerdos to ­
mando notas, grabando en el papel las sugestiones evo­
cadas por el autor; pero efectuado ese prim er trabajo,
todo el siguiente, de memoria propiamente d ich o .n o
sólo puede realizarse fuera de casa, sino que gana m u­
cho al ser hecho en el campo ó en un jard ín público.
Además de esta labor de memoria, la meditación y la
confección de un plan de organización de m aterias se
facilitan notablemente por el paseo al aire libre. En
cuanto á mí, confieso que todas las ideas nuevas que be
tenido la dicha de descubrir, me han ocurrido en mis
paseos. El Mediterráneo, los Alpes ó los bosques de Lo-
renfc, forman como el fondo del cuadro de todas mis
concepciones. Si es cierto, como afirma H erbert Spen-
cer (l), nada sospechoso en achaques de pereza, <tque
la organización de los conocimientos es mucho más im­
portante que su adquisición», y si, como dice también,
«para esta organización de las cosas son necesarios el
tiempo y el trabajo espontáneo del pensamiento®, yo
proclamo que esta organización nunca es tan vigorosa
como en pleno campo. Q u idqu id conficio a u t cogito , irt
am bulationis fere tem pus confero (2). El movimiento del
paseo, la sangre circulando alegremente, el aire puro y

(1) Educaiion, pág. 291.


(3) Cicerón, A d QuiiUil., 3.
906 LOS MEDIOS IN TERN OS

vivificante que im pregna el cuerpo de un oxigeno más


abundante, todas esas circunstancias contribuyen á que
el pensamiento tenga un vigor, una espontaneidad ra ra
vez alcanzada en el trabajo sedentario. Mili refiere en
sus M em orias cómo ha compuesto gran parte de su L ó -
jica. camino de las oficinas de la Compañía de las In­
dias. Tan cierto es que el trabajo fecundo puede ser
ejecutado en gran parte al aire libre y á la plena luz
del sol.

§V

Y a hemos tratado del ejercicio: nos falta ahora h a­


blar del reposo. No es éste pereza; antes bien la pereza
es incomponible con el reposo. Reposo, en efecto, supone
trabajo previo; y si no fatiga, por lo menos necesidad
de reparación. Jam ás el perezoso saboreó las delicias
del reposo bien ganado; pues si, como dice Pascal, el
frío es agradable por calentarse, el trabajo es ag rad a­
ble por descansar. El reposo sin trabajo que le haya
hecho necesario es la haraganería con su melancólico
enojo y su intolerancia. Como dicc Ituskin (1), el re­
poso glorioso es el de la gamuza, que su acuesta jadean­
te sobre su lecho de granito, y no el del buey siempre
en el establo, rum iando su forraje.
El reposo por excelencia es el sueño. Tranquilo y
profundo, perm ite las reparaciones completas. Poco des-

(1) A ulor inglés de csUs siglo; famoso por la s libros d a e s tític a ¡r critica do lis
irles de It Pintura y Arquitectura. Son notables sin artículos en la Q u a r te r ly R t -
cú rtc.— iV. del T.
LA H IG IE N E CORPOBAL *07

pués de despertar se experim enta cierto bienestar y se


siente un acopio de energía para el trabajo diario. Des­
graciadam ente, la cuestión del sueño es una de las más
em brolladas por ideas falsas. Con la manía de regla­
mentarlo todo, con una autoridad tanto más risible
cuanto que su ciencia sólo consiste en un manojo de le­
yes empíricas, los higienistas limitan á seis ó siete ho­
ras el tiempo del sueúo. La única regla aplicable es no
atenerse sino á una m uy general, á saber, no acostarse
demasiado tarde y saltar de la cam a en el momento de
despertar.
Recomendamos no acostarse demasiado tarde, por­
que se debe condenar en absoluto el trabajo prolongado
basta media noche. Se sabe que en la tem peratura de la
sángrese inicia un descenso hacia las cuatro de la ta r­
de, y que la sangre tiene tendencia á impurificarse con
m ateriales de deaasimilación durante la nochc. Jam ás
el esfuerzo intelectual resulta m uy intenso á esta hora;
y si al parecer se siente mejor disposición que durante
el diu, de temer es como causa que, embotado el enten­
dimiento, se contente m uy fácilmente con la ilusión de
un mediano trabajo.
Además, esta aplicación intensa y á deshora del en­
tendimiento es funesta para el sueño y causa una a g i­
tación capaz de estorbar un descanso suficiente. Aun
puede originarse una especie de fiebre en el momento
en que todo convida al sueño; y asi por un cálculo mal
hecho, se rinde el cerebro tan sólo con un moderado tra­
bajo, en detrimento de la frescura y el vigor de medi­
tación del día siguiente. El resultado más seguro de
esta absurda derogación de las leyes naturales es el de
408 LOS MEDIOS INTI-RNOS

aum entar la irritabilidad. P ara la noche deben reser­


varse los trabajos materiales, como señalar con lápiz
en el libro notas dignas de tener en cuenta, buscar tex­
tos para citas, hacer extractos, etc.
También dudo de la utilidad del trabajo en Ia9 horas
de la m adrugada. Desde luego es ra ra la energia par.i
levantarse á Jas cuatro de la mañana todos los días.
Menester es contar con otro recurso que el de la volun­
tad, siempre débil cuando se trata, en invierno por ejem­
plo, de pasar de la dulce templanza del lecho á la atmós­
fera fría de la habitación. En cierto pueblo tenía yo una
habitación en casa de un panadero, cuyos criados tenían
orden de obl igarme á levantar al abandonar ellos el tra ­
bajo, sin respetar las protestas de «la bestia violenta­
d a s Así logré todo un invierno encontrarm e sentado
en mi mesa de trabajo antes de las cinco; y con esta lar­
ga experiencia he deducido que, aunque bastante tarde
y con dificultad, se logra ponerse á estas horas en bue­
nas condiciones á fuerza de constancia. El trabajo no
tardaba en ser provechoso, y todas las adquisiciones de
conocimientos eran definitivas; pero el resto del día es­
taba algo soñoliento; y sin duda alguna, la utilización
de las horas de buena luz del día vale más que ese tra ­
bajo anticipado. La única ventaja de semejante proce­
dimiento m atutino es que no se pierde ningún día: en
todos se puede trabajar, m ientras que durante las horas
ordinarias del día está uno expuesto, con una débil vo­
luntad, á perder el tiempo y la energía.
Ko conviene prolongar m ucho,sin embargo, el tiem­
po de reposo en el lecho por dos razones: prolongado
habitual mente más allá del tiempo necesario, variable
LA H IG JEN E COfiFORAL 109

para cada uno, el sueño «espesa la sangre», y se pierde


la mañana, porque se levanta uno melancólico, indo­
lente, triste, impresionable, y con facilidad se siente
frío. Con todo no es éste el más grav e inconveniente del
reposo exagerado: se puede sentar con regla absoluta y
sin excepción que todo estudiante que se empereza en
la cam a y permanece en ella mucho tiempo después de
despertar, es arrastrado invenciblemente á prácticas so­
litarias, tan funestas para la salud como para el traba*
jo. Dime á que hora te levantas, y te diré si eres vicioso.

í VI

A parte dol suoño, ol reposo toma J:i forma de recreo.


Es indispensable trabajar de un modo interm itente. La
antigua comparación del espíritu y ol arco, que siempre
tirante acaba por perder (oda fuerza, es exacta. El tra ­
bajo, sin su recompensa natural, que es el reposo, se
convierte en una carga. Hasta para la asimilación de
nuestras adquisiciones y para su desarrollo y fecundi­
dad es necesario dejar tiempo entre las diversas tareas.
Este reposo es pura y simplemente una ventaja para el
trabajo mismo: en efecto, la labor intelectual no deja de
ir acompañada de un trabajo activo en los centros n e r­
viosos*, y, á la inversa, un trabajo activo en los centros
nerviosos precede á menudo á nuestras indagaciones in­
telectuales, aun cuando sea completamente inconscien­
te. No es menester ya defender el fecundo descubrim ien­
to de la correlación de las ¡(leas y de un '<substratum
nervioso»; mas cuando el trabajo intelectual cesa, no lo
hace en seguida la actividad de los centros nerviosos;
ti
910 LOS MEDIOS INTERNOS

aún continúa el trabajo inconsciente, y en definitiva, se


aprovecha este tiempo al menos para la fijación y elabo­
ración de los recuerdos. Es, pues, una tontería con­
cluido un trabajo pasar en seguida á otro nuevo; por­
que, en prim er lugar, se pierde la ventaja de ese trabajo
espontáneo operado en las regiones subconscientes del
espíritu, y por otra parte hay que contrariar, en cierto
modo, las corrientes sanguíneas establecidas para re­
adaptarlas con arreglo á un nuevo plan. Con esto suce­
de como con un tren lanzado por su gran velocidad en
una via que no ha de seguir, y es menester detenerle y
hacerle retroceder para en trar en agujas en seguida por
otro camino. Más vale dejar que se agote naturalm ente
el impulso adquirido mediante algún reposo y un poco
de ejercicio, y esperar el restablecimiento de la calma
en la circulación cerebral. En una larga práctica de la
enseñanza he visto á menudo alumnos á quienes costa­
ba trabajo seguir la m archa del curso, y no compren­
dían bien el encadenamiento de las cuestiones, volver
transformados después de quince dias de absoluto re­
poso intelectual en las vacaciones de Pascua. Un acre­
centam iento se ha verificado en su mente, y, term ina­
da la nueva organización de los materiales, quedan
definitivamente dueños del curso. Sin esta suspensión
bienhechora de adquisiciones nuevas, tal vez nada de
esto hubieran alcanzado.
No se ha proclamado aún bastante la necesidad del
descanso para el trabajador. Cuánta, razón tiene TOpf-
fer (1): ''Es necesario trabajar, am igo mío, y después

(1) Preabytire, M.
LA H IG IE N E CO.rtPOB.AL 211

□o hacer nada, ver el inundo, tomar el aire, callejear,


porque así es como se digiere lo que se aprende, como
-Se observa, como se enlaza la ciencia á la vida en lu ­
g a r de enlazarla sólo á la memoria.»
Pero no es licito perseguir el reposo como un objeto,
pues que ni es, ni debe ser, más que un medio de reani­
mar nuestra onergia.
Sin embargo, hay muchas maneras de descansar, y
la elección de las distracciones no puede ser indiferente
para quien quiere fortalecer su voluntad. Los caracte­
res esenciales de una buena distracción deben ser ace­
lerar la circulación y el ritmo respiratorio, y especial
m ente provocar un extenso trabajo de los músculos del
tórax, de la columna vertebral, de los planos muscula­
res del estómago, y también descansar la vista.
P or el pronto, esas condiciones exigidas nos llevan
;i abandonar absolutamente, por tener todos los incon­
venientes de lo sedentario, y además, con m ucha fre­
cuencia, los de una atmósfera malsana, los juegos de
cartas, el ajedrez, y en general todos los juegos practi­
cados en lugares cerrados, en un aire saturado de humo
de tabaco y poco renovado.
Por el contrario, la m archa al aire libre, los lento;
y encantadores paseos por el campo, cumplen Ja mejor
parte del program a más excelente. Desgraciadamente
estos placeres no llenan todas las condiciones indicadus.
pues dejan inmóviles los músculos de la columna verte­
bral, que contribuyen á la respiración, y los que ro­
dean el estómago. En cambio inundan los pulmones de
aire puro, y proporcionan agradable descanso á los
ojos. La patinación, el más activo de los placeres de
213 LOS MEDIOS INTERNOS

■ejercicio y uno de los más completos como variedad de


movimientos; la natación en verano, el mas vigoroso de
los ejercicios respiratorios, tienen un maravilloso p*>dor
recreativo para el que trabaja con la inteligencia. Añá­
dase á esos ejercicios el del remo, contemplando los
bellos paisajes de las orillas del rio, y la jardinería, con
los movimientos tan diversos que exige (1).
En casa, los dias de lluvia, el billar y la carpintería
son excelentes ocupaciones. En el jard ín se puede ju g a r
á las bochas, á los bolos, á la pelota, á todos esos anti
guos juegos franceses que no debieron reemplazar, ni
el crockett, ni el law n -ten m s. Durante las vacaciones
nada más útil que las alegres excursiones, con el mo­
rral al hombro, en los Alpes, en los Pirineos, en los
Yosgos ó en Bretaña. Es necesario cuidar durante los-
meses de trabajo (en vacaciones no tiene inconvenien­
tes) de que el ejercicio, provocando un excesivo sndor,
□o vaya nunca más allá de la laxitud. Toda fatiga es
excesiva, por cuanto, añadida al trabajo intelectual,
llega á ser un agobio.
Además de los beneficios inmediatos reportados por
las distracciones bien comprendidas, el goce de los ejer­
cicios saludables tiene, como toda emoción alegre y li­
gera, un gran papel higiénico. Se ha dicho que el mejor
tónico es la alegría; la alegría física es como el canto de
triunfo del organismo bien equilibrado. Cuando á estos

(1) .No lialiLimos ai|iii ni do U c a s i, i m anuda M lcniianla, y que no puado on nio-


pun casa ser un ejercicio liabilual, ni do la esgrim í, q u i, provocando una fatiga ntr-
v io ta , e s li form ilm onle contraindicada para los quo Ir.ibajan coa el coroliro- (Víase
L a g n n g c , l'Exorcice t í a I4 4 adiUttt, p4g. 899 y sig d icn ltí.)
LA H IG IEN E TÉM ^O E A L «3

goces animales vienen á añadirse las elevadas satisfac­


ciones del trabajo intelectual, que no son exclusivas do
ningún género especial de dicha, sino que más bien
d an á los otros placeres un sabor franco y agradable, la
felicidad es completa: para los jóvenes bastante dueños
■de sí mismos para arreg lar su vida de modo convenien­
te, la vida vale la pena de vivirla; y todos podemos for­
m ar parte, si sabemos quererlo, de esta cohorte privile­
giada.

§vn

En resumen, la energía de la voluntad, de la volun­


tad perseverante, implica laposibilidad de largos esfuer­
zos. A falta de salud, falta de esfuerzos duraderos. La
salud es, pues, una condición esencial de la energía mo­
ral. Nadie que no sea geóm etra entra aquí, decía P la ‘
tón; nadie entra aquí, diríamos nosotros de buena gana,
si no sigue las leyes de la higiene en cuanto tienen de
ciertas. Asi como la voluntad se forma por insignifican­
tes esfuerzos reiterados, los fundamentos de la higiene
consisten en insignificantes cuidados higiénicos, refe­
rentes á la alimentación, al aire que se respira y á los
movimientos de la sangre, y suponen reposo y ejercicios
■físicos bien comprendidos- Deber nuestro ha sido, res*
pecto á esto, com batir la exageración en moda actual­
mente con nuestra insulsa imitación de Inglaterra; he­
mos llevado el escrúpulo hasta pasar una su m ariare-
vista á las distracciones perjudiciales y ¿ las útiles, no
sin haber, de paso, ñjado las condiciones del trabajo in­
SU LOS MEDIOS JXTSiJNOS

telectual fecundo; porque tenemos la profunda convic­


ción de que la inteligencia, la sensibilidad y la voluntad
dependen en gran parte del estado del cuerpo. Si un a l­
ma, como dice Bossuet, es dueña del cuerpo que anima,
110 permanece en ¿1 mucho tiempo si el cuerpo se halla
debilitado y arruinado. En talescondiciones podemosin-
tcntar un esfuerzo heroico; pero es imposible continuar
enseguida con otros esfuerzos, por cuanto un absoluta
abatim iento será la consecuencia del primero En la vi­
da, tal como resulta de la civilización, son raras las oca­
siones de heroísmo, tanto, que no es para ellas para lo­
que debemos prepararnos, sino más bien para los es­
fuerzos al por menor, reiterados y repetidos cada día, y
cada hora. Con m ayor motivo aún, una voluntad tem­
plada por estos perpetuos esfuerzos estará más dispues­
ta que otra á las brillantes acciones cuando llegue la.
hora de realizarlas. Esos reiterados esfuerzos constitu­
yen la constancia y el espíritu de prosecución; y habien­
do perseverancia en el esfuerzo, la ha de haber tam bién
en la aparición de las fuerzas. Nunca se estim ará bas­
tante con cuánta razón proclamaron los antiguos su fa
mosa máxima: Mens sana in corpore sano. Conservémo­
nos, pues, sanos, para sum inistrar á nuestra voluntad
las provisiones de energía física, sin las cuales todo es­
fuerzo, de cualquier orden que sea, permanece caduco
é infecundo.
CAPITULO V

REVISI ÓN GENERAL

Llegamos al término de la prim era parte de nuestro


tratado.
Hemos determinado prim eram ente con claridad la
clase de enemigos que es menester com batir en esta lu ­
cha tan noble y tan fecunda contra las potencias infe­
riores de nuestra naturaleza. Hemos comprendido cómo
las pasiones no tendrían gran im portancia en la batalla
para la conquista del yo si no fuera por la ayuda que
prestan al gran enemigo, la pereza, fuerza de inercia
dirigida constantemente á obligar al hombre á descen­
der de nuevo al punto desde donde con tanto trabajóse
ha elevado a costa de siglos de esfuerzos. Hemos com­
prendido también que es preciso guardarse de entender
por dominio de sí mismo una voluntad intermitente;
siendo la suprem a energía la continua, prolongada d u ­
rante meses y años, y la duración la piedra de toque de
la voluntad.
Después hemos desembarazado nuestro camino de
dos teorías filosóficas, á nuestro juicio tan desconsola-
316 LOS MEDIOS INTERNOS

doras la una como la otra. Según la una, nada podemos


sobre nuestro carácter, predeterminado é innato; somos
lo que somos, y nada podemos intvntíir para em ancipar­
nos ¡absurda teoría que dem uestra tal costumbre de pen­
sar con palabras y tal ignorancia de los hechos elemen­
tales de la psicología, que asom braría verla sostenida
por filósofos de valer, si no se conociera la poderosa su­
gestión ejercida por las teorías preconcebidas, capaz de
cegar al entendimiento impidiéndole ver los hechos más
ostensibles.
L a otra teoría, la del libre albedrío absoluto, no es
ni menos inocente ni menos funesta, en cuanto conside­
ra la reforma del carácter como obra de un instante, y
ha apartado, ciertam ente á los m oralistas del estudio de
la psicología; y, sin embargo, sólo en el profundo cono­
cimiento de Jas leyes de nuestra naturaleza pueden en­
contrarse las indicaciones por las cuales podemos a l­
canzar la reforma del carácter.
Desbrozado el terreno de e9tas dos teorías, hemos
entrado en el estudio psicológico de nuestro objeto, ob­
servando nuestro gran poder sobre las propias ideas y
el débil apoyo que éstas pueden prestarnos directam en­
te, m ientras que casi nada podemos directam ente sobre
los sentimientos, omnipotentes en nosotros. Pero feliz­
mente, con ayuda del tiempo y de una diplomacia pene­
trante, podemos vencer todas las dificultades y, por pro­
cedimientos indirectos, llegar á triu n far cuando la de­
rrota parece cierta. Esos procedimientos no9 conducen
al dominio de nosotros mismos, y los hemos estudiado
detenidam ente en los capítulos sobre la reflexión me­
ditó li va y sobre la acción: y, penetrados de la intimidad
REVISIÓN OENEBAL *17 .

de las relaciones entre lo físico y lo moral, hemos exa­


minado en un capítulo de higiene tas condiciones fisio­
lógicas favorables al ejercicio de la voluntad.
Está, pues, term inada la parte puram ente teórica de
nuestra obra, nos falta descender á los detalles y aplicar
á la vida del estudiante las grandes leyes generales es­
tudiadas hasta aquí en ellos mismos. En otros términos,
debemos estudiar de cerca la uaturaleza de los peligros
especiales que amenazan la autonom ía moral del estu­
diante y la naturaleza de los recursos que puede encon -
tra r para rechazarlos, sea en sí mismo, sea fuera de ¿I.
Esta segunda parte es un tratado práctico, y la divi­
dimos en dos libros, el IV y el V.
El libro IV comprende dos grandes secciones: una
consagrada á los enemigos que es forzoso com batir
(pará deati-uena), y la otra (p sr s construens) es la e ip o ­
sición de las meditaciones apropiadas para provocar en
el joven un vivo deseo de una vida de energía, som eti­
da únicamente á la voluntad.
El libro V pasa revista á los aliados exteriores que
puede encontrar el estudiante para la educación de su
voluntad en la sociedad que le rodea.
II

PARTE PRACTICA
klBRO IV
M E D IT A C IO N E S P A R T IC U L A S E S

CAPÍTULO PRIMERO

ENEMIGOS QUE SE DEBEN COUBAT1E: SENTIMENTALISMO


VAGO T SENSUALIDAD
~\
$1
Según hemos visto, á dos se reducen los enemigos,
que es menester com batir: la sensualidad y la pereza.
Gomo ésta significa perpetuo abandono de si mismo,
constituye el «medio» necesario al desarrollo de todos
los gérmenes del vicio, y en tal sentido, toda pasión baja
implica pereza. Sin violencia alguna se puede aceptar
con los estoicos que todas las pasiones inferiores son
ana relajación de la voluntad. ¿Qué significa, en efecto^
ser apasionado, sino cesar de ser el dueño de sí? La pa­
sión es la animalidad victoriosa, el ciego impulso de l:i.
herencia que obscurece la inteligencia, la oprime y
hasta la pone á su servicio; es la supresión de nuestra
humanidad, el rebajamiento de cuanto constituye el
honor y la razón; y m ientras ru je volvemos á ocupar
un puesto en la serie zoológica.
\ ' i
«3 ENEMIGOS QUE SE DEBEN COMBATIR

) Sin embargo, las pasiones, á nuestro juicio, son me­


nos peligrosas, por su poca duración, que esas fuerzas
de acción continua y perjudicial en todos los instantes,
ya comparadas á la acción de la gravedad sobre la pie­
d ra. Así como un cdiñcio no es sólido sino cuando el
arquitecto aplica en beneficio de la estabilidad de los
muros las mismas leyes de la gravedad, lo mismo aquí,
la obra de nuestra regeneración no será duradera sino
cuando hayamos neutralizado en absoluto la acción
de las potencias hostiles y opuestas á la victoriosaorgani-
zación do las fuerzas favorables á nuestro fin, obligando
además á determinadas potencias hostiles á luchar en
nuestro favor. Pero ¿cómo reconocer al prim er golpe de
vista si una fuerza es hostil ó favorable? Nada más sen­
cillo, sin embargo. Toda fuerza psicológica es perjudi­
cial para nuestra voluntad, si obra en el mismo sentido
de la pereza, y ventajosa si obra en sentido contrario.
Resulta, pues, m uy clara la em presa que debemos
acometer: primero, debilitar ó destruir, si es posible, las
potencias encaminadas á destruir la energía; y después,
conferir la mayor fuerza posible á cuantas tienden á v i­
gorizarla. —
Las causas de decaimiento de una voluntad perse­
verante son numerosas. La prim era en im portancia se
debe á ese sentimentalismo vago, tan frecuente en los
jóvenes, que conduce insensiblemente la imaginación á
deleitarse con ilusiones voluptuosas, causa ordinaria de
funestos hábitos solitarios. Viene enseguida la fatal in ­
fluencia de los compañeros abandonados y despreocupa­
dos de cuanto se refiere á su propia educación, la vida
de café y de hospedaje, la tristeza, el desaliento, la for­
SENTIM ENTALISM O VAGO y SENSUALIDAD 253

midable cohorte de sofismas siempre á mano de los p e ­


rezosos para excusar su haraganería: sofismas impues­
tos por su frecuente repetición aun á las personas ilus­
tradas, y que acaban por adq u irir la autoridad y la evi ■
dencia de axiomas: ¡axiomas los más funestos sin dud.i
alguna!

§ II

Empezaremos el estudio de los hechos psicológicos


de funestos efectos en la voluntad exam inando el senti­
mentalismo vago y las aspiraciones sin objeto. ^
En el colegio, el joven adolescente, contenido por la
disciplinadela casa, ocupado en tareas múltiples y obli­
gatorias, cohibido por la emulación y por la 70Z0bra de
los exámenes, obligado á llevar una vida sobria y rig u ­
rosamente reglam entada, no tiene tiempo de entregarse
á largos desvarios, al menos en la disciplina actual, dis­
m inuida en cuanto al número de horas de estudio y a u ­
m entada para las de recreo. No puede ya, como por su
desgracia lo hacían en otro tiempo todos los alumnos in­
ternos, consagrar buena parte del tiempo de sus estu­
dios de la noche á la evocación fantástica de escenas de
ternura apasionada. Pero al salir del colegio, solo, brus­
camente arrojado en una ciudad, sin padres, sin vigilan­
cia, sin trabajo inm ediatamente obligatorio, y hasta sin
trabajo claram ente definido, las horas de entero abando­
no, de molicie, de pereza absoluta, se acum ulan. Por
desgracia, en esta misma época alcanzan su término
transformaciones fisiológicas de tiempo atrás en elabora­
«I ENKMIGOá QUE SE DEBEN COMBATIK

ción. £1 crecimiento está casi terminado; el enorme es­


fuerzo necesario al niño para clasificar y desenredar el
mundo exterior llega á su fin; la gran cantidad de
tuerzas desde entonces sin aplicación va á convertirse
en causa de trastornos, el completo despertar del sen­
tido genésico tiüede repente el pensamiento con reflejos
antes desconocidos. Lá imaginación toma parte, y se
.produce ese estado de sufrimiento real poetizado por la
literatura, tan bien descrito por Beau marcháis en el tipo
de Querubín antes citado.J No se am a á ninguna m ujer
determinada; se «ama el am or». H ay en esta edad tal
potencia de transfiguración, tan exuberante vigor vital,
tal ncccsidad de prodigarse al exterior, de consagrarse
á alguna causa, de sacrificarse, que bien puede llam ar­
se época de bendición.
Pero ¡ay! este es un momento decisivo cu la vida;
e$ preciso gastar ardor; y si no se dirige hacia ocu­
paciones dignas, acaba por inclinarse hacia los placeres
viles y vergonzosos. La hercúlea lucha entre el vicio y
la virtud se entabla en tan crítico momento, y, sea cual-
quieracl partido elegido, se le acepta con extraordinaria
fogosidad. P ara la gran m ayoría de los jóvenes, la elec­
ción no es dudosa. Van adonde los lleva el disgusto del
estudio, los deplorables ejemplos, la ausencia de recreos
saludables, la debilidad de su voluntad, su imaginación
ya manchad» y corrompida. No se Duede decir de ellos
que abandonan la lucha,cuando no la intentan ni por un
solo instante. Menester es confesar, por otra parte, que
esas bellas novelas forjadas por la imaginación, esepor-
venir arreglado á gusto de cada cual, son infinitamente
más interesantes que el trabajo y exigen menos asfuer-
SENTIM ENTALISMO VAGO T SENSUALIDAD ií5

zos. Añádase lo desagradable del estudio y la absoluta


libertad del estudiante para dejar para el día siguiente
sus deberes actuales, y se verá por qué se deja llevar
por esas ilusiones que absorben lo mejor de su tiempo.
¡Cuántos jóvenes viven de este modo cu plena novela,
con todos sus requisitos, durante semanas y semanas,
variando el tema de cien distintos modos, imaginándose
á su heroína en m uy diversas circunstancias, dirigién­
dole, hasta en alta voz, las palabras más tiernas, más
dulces y más ardientes! ¡Ah! ¡Las novelas de los mejo­
res novelistas son pálidas y descoloridas al lado de Jas
nuestras propias de los diez y ocho años! Falta en aqué­
llas á sus situaciones y á sus personajes esa gran super­
abundancia de alecto, esa generosidad de desinterés que
es la hijuela de tan privilegiada edad. Tan sólo más
tarde, andando el tiempo, cuando ya se fija la im agina­
ción en objetos serios y se ha refrigerado, entonces bus­
camos en el novelista al poela p ara que reemplace al
que un día fuimos nosotros y ya no somos. Desgraciada­
mente, esas hermosas novelas se forjan en las horas des­
tinadas al trabajo, y con frecuencia los jóvenes habitua­
dos de tal modo á las ilusiones quedan inutilizados para
todo trabajo formal |U n a palabra leída ó una sugestión
cualquiera bastan para distraernos absolutamente en
nuestras tareas, y fácilmente transcurre una hora antes
de volver de nuevo á la realidad. Añádese, para mayor
efecto, la vida solitaria del estudiante aislado en su ha­
bitación, y sus trabajos, á menudo tan enojosos y al pa­
recer tan amargos, que no hay valor capaz de resis­
tirlos. |Es tan duro volver á descender desde un cielo
encantado al prosaísmo de la vida real! Tales son los
y
996 EN EM IG 08 QUE SE DEBEN COM BATIS

terribles perjuicios de estos vagos desvarios. ¡Cuántas


horas fecundas para el trabajo se consumen inútiles y
vanas!
Ese desperdicio de inteligencia y de sentimiento pro­
viene de causas superficiales, de un desarreglo de la
imaginación y, desgraciadamente, también de causas
más hondas.
Una de estas últimas es la transformación fisiológi­
ca antes referida, el advenimiento de la virilidad, y la
falta de armonía que existe entre esta capacidad fisioló­
gica y la correspondiente capacidad social. Terminados
sus estudios de segunda enseñanza, debe trabajar el jo­
ven ocho ó diez años para crearse una posición que le
perm ita casarse «según las conveniencias».1^ admite
entre nosotros que una joven debe «comprar» su marido,
y son raros los jóvenes que se atreven á afrontar el m a­
trimonio sin dote, contando sólo con su juventud, su
ardor y su valor, para llegar á crearse el bienestar de
una posición desahogada. Prefieren esperar, y á veces
calculan malisimamente, pues, por desgracia, la dote
no va sin la mujer, y m uy á menudo está compensada
por su salud no muy segura, su afición al despilfarro,
su incapacidad para todo trabajo doméstico, y por los
inconvenientes que resultan para la m ujer y para el
m arido de la ociosidad de aquélla.
Con semejantes costumbres sociales, ra ra vez un es­
tudiante puede casarse antes de los treinta años, y así
los diez años m ás hermosos de la vida se pasan, ó bien
en luchas, siempre penosas, contra las necesidades fisio­
lógicas, 6 bien en el vicio. Son pocos los que luchan
mucho tiempo, y la m ayoría de los estudiantes m al-
SENTIM EJíTA LISXO VAGO V SENSUALIDAD 527

gastan 9U juventud en una vida tonta, absurda y des­


moralizada.
Causa tristeza ajustar la cuenta de las desdichas o ri­
ginadas por la fatal moda de los casamientos tardíos.
jQué de alearías, de salud, de energía locamente des­
perdiciadas! Si el matrimonio tiene inconvenientes, si
impone rudas cargas, las impone á la edad capaz de so­
portarlas alegremente. Los esfuerzos necesarios para
vivir y mantener á los suyos no sun en modo alguno
esfuerzos exclusivam ente egoístas, y constituyen para
el joven una viril y saludable organización del trabajo
en favor de los demás. Por o tra parte, si el matrimonio
sin dote tiene inconvenientes, tiene también grandes
ventajas morales: el marido y la mujer sienten su abso­
luta solidaridad, y hay un interés prim ordial en la mu­
je r de procurar en su marido la inteligencia despejada
y el cuidado de su salud. Tampoco delega en ningún
criado inmoral el cuidado de p reparar la comida; los di­
versos manjares son para ella una clave estudiada y co­
nocida que maneja hábilmente, y cuyos efectos sobre la
salud del que loes todo para ella le son conocidos. E l
marido, por su parte, se siente lleno de ánimo para so­
brellevar su carga; no experim enta inquietud alguna, y
hasta puede precaver las eventualidades de su mueríe
por un seguro sobre la vida. Al salir de su casa deja en
ella una m ujer de buen sentido y de corazón, sana de
cuerpo y vigorosa, y vuelve con la seguridad de encon­
tra r al regreso un seguro afecto y excelentes consuelos
en sus sinsabores, una casa lim pia y bien preparada,con
«se aspecto de alegría encanto de los hogares 'felices. No
h ay sentimiento capaz de prestar másjfuerza á un joven
M8 ENEMIGOS QUE 3E DEBEN COMBATIR

que el producido por esta asociación de dos personas de


buen sentido y de corazón contra la desgracia y las en­
fermedades. Se avanza en la vida, y el alecto y la feli-
licid ad aum entan; el trabajo del uno y la economía de
la otra perm iten embellecer el domicilio; cada alhaja
com prada, cada mueble nuevo es el resultado del sacri­
ficio de todo placer, de toda alegría no común á ambos!
todo esto, aun sin hablar de los hijos, crea lazos de una
fuerza extraordinaria. En la casa donde se ha empeza­
dlo modestamente, el bienestar aum enta con la edad, las
cargas disminuyen y la vejez es completamente feliz,
porque no se goza bien de la seguridad y tranquilidad
que proporciona la fortuna sino después de haber tra ­
bajado durante mucho tiempo para obtenerlas. Tan
cierto es esto, que, como dice el poeta,

• . . . L 'hom m c no jo u it lem ptomps e t urna rtm o rd s


p u e d e s bien» ch <5rem en! payés jw .rbís offort¡>...« J ) .

No se debe, pues, vacilar en casarse cuando joven;


y como esto no es posible sino renunciando á las dotes
cuantiosas, se tiene en cambio la ventaja de elegir la
m ujer por ella misma y por sus cualidades. P or otra
parte, es menester confesar que las jóvenes con dote
destinadas á casarse más tarde con nuestros estudian­
tes, son cada vez menos á propósito para el matrimonio.
L a educación de estufa que reciben, la falta de ejercicio
y de aire libre, .el abuso del corsé, en buena p árte las
inhabilitan para lasiuulusfiás ¿el embarazo, y m uy po­
cas sienten el valor ó Ja fuerza natural para criar á sus

( )1 S n lly Pm dhom m e. Lt Bonhsur, S , Lo nerifler»


SENTIM ENTALISM O VAGO Y SENSU ALID AD i»

hijos. Loa médicos, además, están unánimes en cuanto


á la alarm ante frecuencia de los desarreglos del útero.
Todavía más grave es la ociosidad absoluta en que
pasan los años seguidos á la salida del colegio, la exce­
lente alimentación con que se nutren, la ausencia de
toda fatiga, las reuniones excitantes adonde se las lleva,
la ópera, la lectura de las novelas sentimentales que se
les permite y les facilitan los periódicos de modas ó de
señoritas; conjunto de causas suficientes para la perver­
sión de su imaginación y de sus instintos. Se descono­
cen ó no se aprecian bien cuantos terribles sufrim ien­
tos ocultan las jóvenes ociosas.
Además» educadas en las holguras de la vida, pres­
tando atención tan sólo á las ceremoniosas apariencias
de las relaciones sociales, y seguras, por ótra parte, del
mañana, desconocen la verdad de las cosas y se forman
de todo las ideas más apropiadas para producir doloro­
sos desencantos al surgir la realidad. En general tienen,
seguram ente, menos buen sentido que las hijas de fami­
lias laboriosas. ^
Pero, se dice, las jóvenes ricas tienen por lo menos
la ventaja de la instrucción. ¡Ay!, también sobre este
punto se forjan las más graves ilusiones. Jam ás alcan­
zan una cultura sólida:podrán acum ular en su memoria
m uchas cosas, pero no se espere de ellas esfuerzos de
imaginación creadora. Sólo m uy difícilm ente se logra
en ellas la «personalidad», y M. Manuel, inspector gene­
ral y presidente desde hace muchos años de tribunal de
exámenes en concursos de señoritas, lo dem uestra en
varias de sus Me morías anuales. Además, por m ucha que
sea su instrucción, cuando nos casamos con ellas les He-
230 ENEMIGOS QUE BE DEBEN COM BATIS

vamos en este punto tal ventaja, que jam ás pueden pa­


recer á su m arida más que medianas educandas, sobre
todo si éste trabaja y piensa. En cambio, aun sin g ran
instrucción, la mujer de entendimiento recto,de pruden­
te juicio y de observación penetrante vale infinitamente
más para el hombre de talento; porque viviendo, en rea­
lidad, cada vez m4s por encima de la hum anidad cons­
tantemente dedicado á la caza de ideas, acaba por per­
der todo punto de contacto con el mundo que le rodea;
y la mujer, conservándose por completo en ese mundo,
puede sacar con un buen sentido abundante cosecha de
observaciones que el marido, desdeñoso de los detalles,
no hubiera podido apercibir: sirve asi de lazo de unión
entre el mundo y él, y se ingenia á veces m aravillosa­
mente para pescar datos, de los cuales el marido sólo
percibe la consecuencia general.Stuart Mili habla siem­
pre en términos extrem adam ente encomiásticos de la
señora Taylor; y, por el contrario, sus amigos, y prin­
cipalmente Bain (1), declaran que era de talento m uy
vulgar. No han comprendido que pura, un pensador co­
mo Mili, m uy encerrado en la abstracción, si la señora
T aylor era de juicio penetrante y de espíritu observa­
dor, ha debido sum inistrarle, como declara Mili, la ma­
teria de sus más hermosas teorías económicas; pues
constantemente, en su Econom ie P olitiqu e, elogia Alill
el espíritu eminentemente práctico de las mujeres y su
aptitud para los detalles. He aquí explicada la gran in­
fluencia de la señora Taylor; y por un motivo comple-

(I ) Flain. Stitar M'¡H, a enl'Qum- Lcogmins Grvcn. Londres, |úg. 163.


SENTIM ENTALISM O Y ¿G O T SENSUALIDAD 931

t&mente parecido, una mujer dotada de un espíritu de


observación algo cauteloso, pero penetrante, es más
apreciada por el pensador que todo un harén de muje­
res sabias (1).
Sin embargo, por pronto que pueda casarse un joven
dedicado al trabajo intelectual, como no puede hacerlo
al salir del liceo ó del gimnasio, le quedan varios años
durante los cuales tiene que luchar para librarse del
vasallaje de l a s e x i g e n c i a s fisiológicas. A hora bien, esta
lucha e9 pura cuestión de táctica: si se plantea mal, es
segura la derrota.

3 III

En un libro escrito principalm ente para jóvenes de


diez y ocho á veinticinco años se puede sin temor abor­
dar la km im portante cuestión de la sensualidad. El si­
lencio acerca de un asunto conocido y aun sufrido por
los más puros genios humanos es pu ra hipocresía. ¡Kant
tiene sobre este particular una bellísima página, reem ­
plazada en la traducción francesa por algunas líneas de
puntos! Esos puntos, dicen mucho sobre el estado del
espíritu público en esta cuestión; y cuando se piensa en
la grosería de las conversaciones mantenidas en tre hom­
bres «bien educados» en la sala (le fum ar, después de

(1) La mujor o sü aücad.i da una nilopia inlolocluat, dice con ra tó n St-hoponhauer,


que le pcmiilo, p a r ana especie de intuición, ver de una m anera profunda, las cosas
p ró iin u s .. X uestra nitrada, por el contrario, tra |u sa, sin duUinerso on ullis, las cosas
que no? sulLaa i la vista, y busca cJ más allá: necesitamos reducirnos á una m anera da
vor má? cancilla y m is rápida- P tn tie i el Jragmenlt. A la n , pig. 131.
w
23* E.SEMIOO^ Q fE SE DEBEN COMBATli*

haber comido, seria preciso ser tontos para tom ar como


plata de ley un pudor que sólo es hipocresía, y para no
atreverse á decir cuanto un hombre de conciencia tiene
el deber de decir. Es m uy cierto que el sentimentalis­
mo vago producido por la pubertad se transform a pron­
to en sensualidad. Las imágenes confusas se precisanv
los vagos deseos se convierten en actos, y el estudiante,
ó bien se deja llevar por vergonzosos hábitos, ó bien,
como la monor parte de los jóvenes, más atrevidos ó
más ricos, frecuentan el trato de las mujeres cuyo ofi­
cio es venderse.
Se exageran ordinariam ente de tal modo las conse­
cuencias de este estado de cosas, que el cuadro, aunque
demasiado recargado, á nadie asusta. No es menos cier­
to que la salud se resiente seriamente con los excesos,
y Jos jóvenes que los cometen toman aspecto de viejos;
se produce una consunción dorsal, debilidad m uscular
innegable, pesadez en la médula espinal, síntomas ocul­
tos y despreciados en los momentos de locura de la
exuberancia anim al. Los colores se m architan, la fres­
cu ra desaparece, los ojos tienen un aspecto tierno y lán­
guido, y aparecen rodeados de un círculo azulado; en
la fisonomía se m arca el aplanamiento, y todo indica
una fatiga que, frecuentem ente'|repetida, no tarda en
atacar hasta los orígenes de la vida; se efectúa así una
preparación de las gastralgias, de las neuralgias, de las
hipertrofias del corazón, de las decadencias de la vida,
que bacía los treinta años corroen ya la existencia de
tantos imprudentes.
Mas no alcanza sólo al cuerpo la desastrosa influen­
cia de la sensualidad; también la memoria se embota de
SENTIM ENTALISM O VAGO Y SENSUALIDAD 233

modo prodigioso y el entendimiento pierde toda su


energía y vigor. Se vive languideciendo, y como presa
de la torpeza: la atención es débil y vacilante: los dias
transcurren en apática indiferencia, en una dejadez y
una pereza desconsoladora, y se pierde, sobre todo, ia
vigorosa, alegría debida al trabajo, que se convierte en
pesada servidum bre en cuanto le falta su recompensa
natural.
Al cabo, el hábito de los placeres físicos reemplaza
las emociones suaves pero duraderas del alm a por las
groseras é impetuosas. Esos violentos sacudimientos
destruyen la alegría de los placeres tranquilos; y como
los goces sensuales son cortos y dejan tras de si fatiga
y disgusto, el carácter llega á hacerse ¡ habitualm ente
triste, lúgubre, de una tristeza abrum adora, que incita
á buscar los placeres tumultuosos, brutales, violentos.
Círculo vicioso desesperante. —
Es inútil añadir á este cuadro, nada exagerado, las
consecuencias sociales de la vida licenciosa, tan dolo-
rosa para la m ujer en una sociedad como la nuestra,
aun sem ibárbara, que asegura á los jóvenes de las clases
acomodadas la im punidad de la seducción y que se es­
fuerza en hacer inofensivas las consecuencias de la co­
rrupción con las mozas de partido.
Las causas de esta sensualidad son múltiples. H ay
entre ellas, según hemos visto, una orgánica. Así como
el aviso del estómago á la conciencia toma la forma del
sufrimiento llam ada hambre, y el de las vías respirato­
rias consiste en la sensación de asfixia violentamente
producida en cnanto el aire deja de llegar á loa pulmo­
nes, asi existe una apelación ie los órganos sensuales
334 EHEMKrOS QUE SE DEBEN COMBATIO*

cuando el fluido seminal se acum ula en ellos, brutal,


imperiosa y que, por una fuerza mal explicada, mien­
tras no se satisface el deseo trastorna el regular fun­
cionamiento de la inteligencia.
Sin em barco, no existe aquí, como en el caso del
ham bre, sufrimiento por defecto, sino más bien sufri­
miento por plétora. H ay superabundancia de fuerzas
disponibles para gastar. Mas en fisiología, como en un
presupuesto, son posibles las transferencias de fondos, y
se pueden aplicar á un capítulo las sumas no empleadas
de otros. Todo el secreto se reduce, pues, á encontrar
un sistema de equivalencias, hallazgo fácil por cuanto,
cualquiera que sea el origen de la fuerza superabundan­
te, la consume y destruye una fatiga de cualquier clase.
De modo que si la necesidad subsistiera tal cual es
en sí, seria fácil la lucha contra ella y contra sus incita­
ciones; mas, por desgracia, esta necesidad suele crecer
azotada ó sobrexcitada por muchas causas que transfor­
man A veces las incitaciones en un acceso de locura fu­
riosa é irresistible, capaz de conducir á cometer actos
insensatos y criminales.
La prim era causa de sobrexcitación se encuentra en
nuestro régim en’alimenticio. Y a hemos visto que casi
todos comemos demasiado. ^Nuestra alimentación es á
la vez demasiado abundante y demasiado suculenta; y,
como dice Tolsto'i (1), nos alimentamos como garañones.
Observad cómo abandonan la mesa esos estudiantes, ro ­
jos, congestionados, hablando á voces y rebosando ale­
gría, y decid si Jes será posible el trabajo intelectual d u ­

(I) S o n a ta d K reu lzc r.


SENTIM ENTALISMO VAüO Y SENSUALIDAD Í35

rante las horas de laboriosa digestión que van á seguir,


y si la pura anim alidad no va á triunfar en ellos.
Añádase á esta causa de excitación, la actitud senta­
da y prolongada por mucho tiempo en la atmósfera cal­
deada de las aulas ó en la pesada y densa de los cafés
durante el invierno, y también el sueño prolongado, se­
g u ra causa de sensualidad exasperada; y decimos segu­
ra causa, porque en el sopor de la mañana que sucede
al sueño, la voluntad se encuentra como derretida y la
bestia reina sin oposición. El entendimiento mismo está
soñoliento; y si á muchos parece excelente el trabajo de
meditación en esas dulces horas, no deja de ser una ilu­
sión, pues la agudeza del entendimiento está embotada;
las ideas más serviles parecen originales, y cuando se
escriben todas esas bellas ideas de la mañana, se cae en
la cuenta de su inutilidad, porque el pretendido trabajo
del entendimiento resulta un automatismo del pensa­
miento, sin gran valor. )
„ Automatismo es, en efecto, y el autóm ata en nosotros
revela al animal suelto, con sus instintos y sus deseos;
y su tendencia natural, el término de su carrera, es el
placer sensual. De modo que se puede sentar como re­
gla sin excepción, conforme á lo dicho anteriorm ente,
que todo joven que permanece en el lecho una ó varias
horas después de despertar es fatalm ente vicioso.
A esas causas de orden físico viene á añadirse el
atractivo del medio. El trato de compañeros mediocres,
sin carácter, sin energía y sin moralidad no puede me­
nos de ser m uy perjudicial; y desgraciadamente,preciso
es confesarlo, hay entre los estudiantes de todos los
países un considerable núm ero de rematados bribones.
330 ENEMIGOS QUE SE DEBEN COMBATIR

En las reuniones se manifiesta una insensata «m ula-


ción, por cuyo efecto los más locos dan el tono á los de"
más. E n el comedor, sobre todo en las mesas económi­
cas m uy concurridas, las comidas son escandalosas, y
en ellos se acaloran los ánimos con discusiones ridicu­
las y desordenadas, y salen de allí sobrexcitados y dis*
puestos á sufrir las sugestiones de los compañeros más
groseros y audaces y á recorrer las cervecerías donde la
orgia empieza. Después de estas sacudidas tan violen­
tas no se puede en mucho tiempo volver al trabajo pa­
cífico y á los delicados goces del pensamiento. Esos des­
órdenes depositan una especie de fermento maléfico que
desorganiza lo* sen li míen tos elevados, tan instables en^
el joven.
Aun si estas fueran las únicas causas de deprava­
ción, ciertas naturalezas buenas de por si podrían des­
pués de todo evitarlas; pero desgraciadamente hay otras
Sugestiones de orden más elevado y sofismas corrientes
y aceptados, que legitiman los peores excesos.
En la parte psicológica de este libro hemos estudia­
do las relaciones entre la inclinación y la inteligencia.
Ciega de por si, la inclinación recibe del entendi­
miento su dirección precisa, y desde el momento en que
adquiere conciencia del objeto y de los medios, se m ul­
tiplica su poder. P or otra parte, la tendencia atrae en
cierto modo y agrupa á su alrededor ideas de su misma
naturaleza,á las que presta su poder, recibiendo de oilas
á su vez otro poder acrecentado. Hay en ello una estre­
cha alianza, y más que una alianza, una solidaridad tal,
que cuanto debilita á una de las parles contratantes de­
bilita á la otra, y cuanto fortalece á ésta, fortalece á
SENTIM ENTALISM O VAGO Y SENSUALIDAD 237

aquélla. Sobre todor es esto cierto para las inclinaciones


de orden sexual, en las cuales las imágenes afectan un
extraordinario poder de realización y repercuten con
prodigiosa rapidez sobre los órganos reproductores.
Guando se excita la inclinación, abarca la inteligencia
entera y tiende á producir una sugestión violenta y
casi alucinadora; y, por el contrario, ninguna tendencia
se despierta con más facilidad por ideas ó imágenes. E l/
papel de la imaginación en la pasión amorosa es tan^
grande como pueda im aginarse. Puede decirse que e t
trabajo automático del pensamiento tiene por objeto
principal este orden de deseos, sobre todo en un espíritu
ocioso; y la prueba es que el am or no ha podido ser ocu­
pación dominante de la vida más que en las antiguas
cortes reales y en el gran «mundo* actual, porque en
general los hombres de inundo viven en la más deplo­
rable ociosidad. P ara los trabajadores, sólo es lo que
debe ser* un entremés en el banquete de la vida.
Gran desgracia resulta también para el estudiante
que en esta lucha, ya tan difícil, en lugar de ser sosteni­
do y anim ado por el medio que le rodea, no encuentre,
por el contrario, sino alicientes para entregarse- P or
eso, et menor accidente puede romper la fragilísim a ba­
rra de su timón y arro jar el atm a en el automatismo de
la pasión. Sucede con la conciencia del joven como con
el mar en el mes de Marzo: jam ás se halla en calma, y
cuando lo está en apariencia, un atento examen descu­
bre un potente «mar de fondo» que el viento más insig­
nificante puede convertir en formidable borrasca. Con­
vendría, pues, evitar con escrupuloso cuidado todo cuan­
to pueda provocar un huracán, aunque sea momentá
338 ENEMIGOS QUE SE DEBEN COMBATIK

neo; pero ¿qué ba de hacer quien se agita en medio de


una sociedad y de una literatu ra harto pródiga de peli­
grosas excitaciones? El joven vive como en una atmós­
fera em briagadora, donde todo parece combinado á su
alrededor puru confundir su discernimiento en cu an to á
los placeres del am or. Es m uy cierto que la inmensa
m ayoría de las personas «bien educadas» se mantiene
extraña á los placeres artísticos é intelectuales, y con
frecuencia también incapaz de gustar de un modo pro­
fundo y duradero las bellezas de la naturaleza; por el
I contrario, los placeres sensuales, no sólo accesibles al
hombre, sino á casi todos los animales, no exigen sacri­
ficios prolpngados, sino que se alcanzan fácilmente, y,
desapareciendo bien pronto con ellos los gustos delica­
dos, sólo queda capacidad para los placeres groseros.
« Resulta de este estado general de cosas que todas
las reuniones m undanales son, ante todu, excitaciones
sensuales enm ascaradas con diversos pretextos, m úsi­
ca, representaciones teatrales, etc. El joven que des­
pués de una reunión vuelve á su modesta habitación de
estudiante, entra en ella con la imaginación llena de
confusiones; y el contraste de aquellas luces, de aque­
llas danzas, de aquellos tocados provocativos, con su
pobre cuarto de trabajo, es mortal para la salud del es­
píritu. N inguna impresión más desconsoladora para él
en la ausencia total de critica y censura para estos pre­
tendidos placeres; y rico como es en fuerzas y en ilusio­
nes, uo llega á-penetrarse de su incapacidad para per­
cibir la realidad tal cual es. Se forja con todas sus pie­
zas un mundo exterior hijo de su fantasía con los per­
sonajes correspondientes en movimiento, y tan viva
SENTIM ENTALISM O VAUO Y SENSUALIDAD «39

alucinación se interpone eutre él y la realidad que le


oculta. Sin asombro, y por contraste, su vida tan sose­
gada, tan tranquila, tan libre, tan feliz en realidad, le
parece insoportablemente monótona y triste. Ni por aso­
mo intenta el pobre estudiante volver á en trar en si
mismo, ni nada tampoco en su educación anterior le
previno coutra esos peligros. ¡Por el contrario! La lite­
ra tu ra contemporánea es casi en su mayor parte una
glorificación del acto sexual. ¡A creer á muchos de
nuestros novelistas y de nuestros poetas,el más elevado,
el más noble fin que puede proponerse un ser buraano,
es la satisfacción de un instinto común con todos los
animales! ¡No es del pensamiento ni de la acción de lo
que debemos enorgullecem os, sino más bien de una ne­
cesidad fisiológica! «Lo execrada más violentamente
por Oarlyle (1) en T h ackerav (2) consistía en aquella
representación del amoFTárteTnoda francesa, como ex­
tendiéndose sobre toda nuestra existencia, constituyen­
do su principal interés, cuando, por el contrario (lo que
se llam a amor), está confinado en un pequeño número
de años de la vida del hombre, y, aun en esta fracción
insignificante de tiempo, es tan sólo «uno# de los objetos
de la ocupación del hombre entre una m ultitud infinita­
mente más im portante......A decir verdad, todo asunto
de am or es tan miserablemente fútil, que en una época

(1) Kilfoofo, DHlduático, lt¡slw»dor y crítico inglés muy coleJmrio y fwomio, pao
llena la primera mitad do esto siglo.—ÍT. del T.
(2) Famoso novelista, inglés do nuestros días, alabado por su humorismo, que I»
ha valido oJ nombre de Dieketu moderno. Ha publicado mochos artículos en el «etni-
aário cómico de Londres intitulado Punch.— N . del T.
MO ENEMIGOS QUE BE DEBEN COMBATIR

heroica nadie se hubiera tomado el trabajo de pensar en


él, y aún menos de nombrarlo siquiera» (L).
Y Manzoni (2): «Yo soy, escribe, de los que afirman
que no debe hablarse del am or en términos de inclinar
hacia esta pasión el ánimo de los lectores......El am or es
necesario en este mundo, pero ha de abundar siempre,
aunque no se le fomente. No es, pues, útil en verdad
tomarse el trabajo de cultivarlo, porqu e al quererlo cul­
tiva r no se hace m is que provocarlo a llí donde tío se le
necesita. H ay otros sentimientos necesarios á la moral,
y quo un escritor debe inculcar en las alm as constante­
mente, y con toda la medida desús fuerzas, tales como
Ja piedad, el amor al prójimo, la dulzura, la indulgen­
cia, el espíritu de sacrificio..... »
Las palabras de Cari y le y las de Manzoni son las más
sensatas que se han escrito sobre asunto tan impor­
tante como el am or. Además de la tendencia absurda
de la literatura corriente por lo general en manos del
público, es decir, y en últim o término, de la literatura
de segundo orden, circulan gran número de sofismas
que’desarman de antemano al estudiante en sus ensa­
yos para alcanzar el dominio de si mismo. Autores de
la m ayor parte de estos sofismas son los médicos, que
los han lanzado con ese tono contundente y con esa
acendrada fe, característica en muchos de ellos cuando
afirm an como indubitables axiomas, proposiciones de­
ducidas de inducciones verdaderamente inocentes. Des-

(() Citado por msijnma Carlyle.


(¿j C itaJo p o r ChngliL Ifa v u e rft* D e u x M ondes^ 15 de Julio de 1699» pág.fóO»
SENTIM ENTALISM O VAGO Y SENSUALIDAD S4I

de luego citan el ejemplo de los anim ales para probar


por la serie entera la necesidad n atu ra l de realizar
esas funciones fisiológicas, como si las largas interm i­
tencias de esta función en la m ayor parte de los anim a­
les no estuviese en contradicción con su tesis, y como
si, por otra parte, no estuviese precisamente interesado
el honor del hombre en saber librarse de las necesida­
des puram ente animales. ¿Qué es, además, una necesi­
dad de la cual han sabido evadirse tantos hombres? Y
no se tiene el derecho de quedar estupefacto leyendo en
la obra de un célebre médico: «el am or tiene en la vida
un lugar preferente. Cuando se llega á cierta edad, en
que no se puede y a abrigar otra ilusión sino es la de no
descender demasiado de prisa la pendiente que conduce
á la vejez, se reconoce cómo todo es vanidad, salvo el
amor!,» el am or físico, entiéndase bien, pues sólo de él
se tra ta en todo el capítulo. ¡Cómo! ¡el conjunto de los
goces intelectuales y artísticos, el amor de la naturale­
za, los esfuerzos para m ejorar la suerte de los pobres y
de los desheredados de la sociedad, el am or paternal, la
caridnd, todo esto no será nada, y se dará por algunos
instantes ríe un espasmo que nos es común con casi to­
dos los animales!
Que el mismo Renán hay a pronunciado palabras
análogas, lo comprendemos, porque este gran estilista
ha hecho siempre gala en sus estudios de las mayores
despreocupaciones; y su optimista beatitud, signo exte­
rior de «u medianía del alma, nada tiene que repug­
ne á tales concepciones; pero asombra que un médico,
constantemente en contacto con el dolor humano, y que
todos los días ve morir á alguien, profese tal opinión.
■US ENEMIGOS QUE SE DEBEN COM BATIR

Además, si eslo fuese el fin supremo de la vida humana,


¿por qué los am ores seniles hablan de parecem os des­
preciables? Y ¿qué sería la existencia de los viejos, colo­
cados por su edad fuera de la hum anidad, ó, por mejor
decir, de la animalidad? Con franqueza, declaremos ta­
les máximas absolutamente tontas é innobles,y además,
denotan en sus autores unas miras tan miserables y tan
faltas de realidad, que aturde encontrarlas en los hom­
bres de ciencia, que deberían estar acostumbrados á
inferencias más sólidas.
Si exam ina cada cual su existencia y la de los de­
más, ¿no salta á la vista que en la gran m ayoría de
los campesinos, de Jos obreros y de cuantos hacen una
vida sana y activa, que no comen siempre hasta la in­
digestión y no pasan doce horas en la cama, el am or no
es, como dice Carlyle, sino un entremés? ¿No queda
m uy reducido su papel? Que el am or sea el todo para
los ociosos, pase: ya lo sabemos, hasta se publican para
d io s periódicos y libros destinados á estim ularlos.
¡Pero cuán duro es su castigo!: á la edad en que ya no
pueden alcanzar esas satisfacciones, palidece su vida,
pierde todo su interés, y presentan entonces el gro­
tesco y repugnante espectáculo de los disolutos im
potentes. ¡Lamentable aseveración la de declarar como
únicas ocupaciones dignas de la vejez las de delei­
tarse con imágenes sensuales! ¿No es cien veces me­
jor felicitarse, á la manera de Cicerón, de haber esca­
pado al vasallaje de las pasiones, y consagrarse á la po­
lítica, á la literatura, á las artes, á las ciencias ó á la
filosofía?
La estúpida opinión de que el am or es el todo de la
SENTIMENTALISMO VAGO Y S ■XSUALIUAD »«
vida va acompañada á menudo de sofismas tan mons­
truosos como ella. ¡Se declara la castidad perjudicial á
la salud! Sin embarco, no se observa que las ordenas
religiosas, donde la castidad es regla absoluta,s^au más
fecundas en enfermedades que la prostitución. Si «e e n ­
cerrara en una habitación á un joven ¡«in libros ysin po­
sibilidad de trabajar, s e g u r a m e n t e la sugestión sensual
podría hacerse irresistible y producir un trastorno g ra ­
ve. 110 en la salud, sino en la inteligencia; pero para un
joven activo y enérgico, la sugestión no llega nunca á
ser intolerable; las transferencias de fondos son posibles,
y el trabajo triunfa bien pronto del deseo. Por otra p a r­
te, los perjuicios de Ja continencia, tan problemáticos,
do son nada en comparación de las consecuencias del
exceso contrario. En París sólo hay dos hospitales para
las enfermedades de este origen; y mientras que de año
en año va aumentando el numero de personas atacadas
de reblandecimiento de la médula espinal y ataxia loco
motriz por consecuencia de excesos, ¡es, por Jo menos,
risible ver al autor de un enorme libro de 1.500 páginas
en 8." sobre higiene proclam ar que la continencia mina
la salud! ¿No es evidente que el placer venéreo arruina,
y que, por el contrario, la continencia presta al organis­
mo y á la inteligencia un vigor y una plenitud de ener­
gía admirables? El medio de triunfar de nuestros ape­
titos, ¿consiste acaso en ceder siempre á ellos? ¿No sa­
ben hasta los psicólogos incipientes que el carácter
esencial de los apetitos, sin ninguna excepción, es una
especie de insaciabilidad, U nto más exasperada cuanto
más fácilmente se cede á ellos? ¡Extraña m anera de re ­
prim ir la audacia del enemigo es batirse en retirada ó
Ui E N K M IG 0 3 Q U E S E DK BEX C O M B A T IR

entregarse cu cuanto se presenta! ¡Sobre todo, esperar


«1 dominio de los apetitos sexuales por concesiones acu­
sa la mejor prueba de un grandísim o desconocimiento
de sí mismo. Entonces ceder no es aplacar, sino exaspe­
ra r. P a ra dom inar la sensualidad no hay nada como
Juchar contra ella por todos los medios. Pero dejemos
ya estas teorías módicas, tan inocentes y tan pueriles
que 9ÓI0 sirven para dar una nueva prueba de la radical
insuficiencia de los estudios lógicos, psicológicos y mo­
rales de la m ayor parte de los estudiantes de medicina.
Hay, pues, que luchar contra el deseo: ciertam ente
la victoria es difícil; pero es el supremo triunfo del pro­
pio dominio. Cuando existe la costumbre do burlarse de
la pureza de un joven de veinte años; cuando se toma la
disolución por una prueba de virilidad, ¡cuán triste es
pensar en el extraordinario trastorno producido en todo
por el lenguaje y por las fórmulas convencionales! L a
fuerza de las fuerzas,la pura energía, la voluntad libiv,
victoriosa, ¿no ha de quedar dueña del campo en la lu­
cha contra este instinto tan poderoso? En esto, y no en
otra cosa., consiste la virilidad: en el dominio de sí m is­
mo, y tiene razón la Iglesia al ver en la castidad la su-
■prema garantía de la energía de la voluntad, energía
qi.e á su vez garantiza la posibilidad de todos los demás
sacrificios para el sacerdote.
Pero si el triunfo es posible, no es fácil. En esto,
como en todo, cuanto de más valor es la conquista, ma­
yores esfuerzos y más constante habilidad cuesta. Los
remedios son tan variados como las causas.
Urge, en prim er término, com batir las condiciones
im nediatamente predisponen tes: regular severamente el
SENTIM ENTALISMO VAGO Y SENSUALIDAD itó

sueño, 110 acostándose hasta encontrarse cansado, y le­


vantándose en cuanto se despierta, y evitar las cumas
demasiado blandas, tjue incitan á las prolongadas pere­
zas de la mañana. Si la voluntad no es bastante fuerte
para arrojarnos de la cania al despertar, rccúrrase á al­
g una persona de condiciones á propósito, designada al
electo para obligarnos :i levantar en el momento, á pe­
sar de nuestras protestas.
Además, el estudiante deberá cuidar de su alim enta­
ción, evitar los m anjares irritantes, el exceso de carnes,
y los vinos generosos, que deben proscribirse á esta
edad. Lo m¿9 seguro para ¿1 será escoger, lejos del local
de la facultad, un alojamiento tranquilo, alegre, lleno
de aire y de sol, y com^r coa frecuencia 011 su casa al­
gunos m anjares fáciles de preparar.
Debe también permanecer poco tiempo sentado,
m antener cu su habitación una atmósfera pura y una
tem peratura moderada; salir todas las tardes, m editan­
do sobre su trabajo del día siguiente, y continuar su
paseo hasta el cansancio, acostándose en seguida. Le
conviene imponerse estos paseos, sea cualquiera el
tiempo; pues, como observa un hum orista inglés, la llu­
via cae siempre con más violencia y el tiempo es m u­
cho peor para quien contempla la calle á través de los
vidrios de una habitación que para quien no teme salir,
Pero, no lo olvidemos, en las personas de régim en
alim enticio moderado y que siguen las leyes de una sa­
bia higiene,las solicitaciones de orden fisiológico no son
ni frecuentes, ni difíciles de eludir, y la lucha contra la
sensualidad seria íácil si los estímulos de origen intelec­
tual y la esperanza del placer no aportasen á la auges-
W« EKEM IUO'i QUE S í DEBEN COMBATIR

tión física el apoyo de imágenes determinadas y de una


atención agradable.
Hemos estudiado extensamente más arriba las estre­
chas relacíoLes mediantes entre la inteligencia y las pa
siones. La pasión, ciega por naturaleza, nada puede sin
el auxilio de la inteligencia; pero si consigue la compli­
cidad de ésla. logra exacerbar y crear en provecho pro­
pio un movimiento torrencial dé ideas y de sentimientos
accesorios, al í|ue no pueden resistir ni aun las volun­
tades más firmes. Menester es, pues, tener cuidado de
evitar el concurso del pensamiento,y por regla general,
la lucha directa contra la sensualidad es peligrosa, por­
que cuanta más atención se presta, aunque .s e a par»
com batirla, más se fortifica. En este caso, el valor con­
siste en huir. La lucha 110 es de fuerza, sino de astucia.
Atacando al enemigo de frente se va á una segura de­
rrota. Mientras que las grandes conquistas intelectuales
se hacen pensando siempre en ellas, las grandes con­
quistas sobre la sensualidad se hacen no pensando nunca
en ellas. Evítese á toda costa la unión del pensamiento y
de la tentación naciente, y el remover una tras otra las
imágenes sensuales aun dormidas en el espíritu; evítese
la lectura de novelas, y sobre todo de libros y periódicos
licencioso*; páginas hay, como alguna de r>iderot. cuya
lectura equivale á la absorción de una substancia enér­
gicam ente afrodisiaca; evítese la contemplación de g ra­
bados obscenos, aun más peligrosos para la tranquilidad
dol espíritu que las lecturas; evítese el trato de amigos
libertinos y las ocasiones hasta en los ínfimos detalles
para no dejarse nunca sorprender por la tentación. Al
principio se insinúa un simple pensamiento, sin fuerza
SENTIM ENTALISM O VAHO Y SENSUAL1JDAÜ 217

aún, y estando alerta en usté momento, nada más fácil


que arrojar al importuno; pero si se dejan precisar las
imágenes, si se encuentra placer en evocarlas, si se de­
leita uno con ellas, se llega tarde al remedio.
Hé aquí por qué el remedio soberano es el trabajo
del entendimiento. Cuando ol pensamiento está ocupado
con intensidad, las tím idas solicitudes de la pasión se
detienen impotentes en el umbral de la conciencia. >”o
se les da audiencia; sólo tienen probabilidad de entrar
cuando el espíritu se halla vacio, es, en efecto, más
cierto de lo que se cree que la ociosidad es la madre del
vicic. L a tentación se introduce en la conciencia en los
momentos de desvario ó de inactividad del espíritu, y
fijándose en ella la atención, la fortalece y precisa. El
despertar de los recuerdos grabados en la memoria se
verifica con rapidez, y la parte de la bestia sensual va
organizándose basta el momento en que la voluntad ra ­
zonable abdica, dejando el campo libre á las potencias
animales.
Tam bién puede afirm arse sin temor de equivocarse
que el perezoso, el ocioso viven habitualm ente someti­
dos á su sensualidad, no sólo porque el vacio de su pen­
samiento deja la conciencia abierta, en cierto modo, á
las sugestiones sexuales, sino también porque un hom­
bre, sobre todo si es joven, tiene necesidad de placer, de
sacudidas violentas; y cuando <*se placer y esas sacudi­
das no van á buscarse en el trabajo intelectual, ni en
las distracciones saludables y regeneradoras, infalible­
mente se acude en dem anda de otras más enérgicas y
más violentas en las costumbres viciosas ó en la diso­
lución. i "
ÍW EXEM.'GOS QUE 8E DEBEN COM BATIli

P or esto no basta tenor el entendimiento ocupado


para resistir á las pasiones sensuales, sino también que
la ocupación lleve consigo el placer y l¡v alegría del tr a ­
bajo fecundo. El trabajo disperso, la atención desparra­
m ada sobre muchos objetos, no lleva consigo goce alg u ­
no, sino más bien, por el contrario, produce una irrita­
ción, un disgusto de si mismo m uy manifiesto y casi tan
favorable para el desencadenamiento de las pasiones
como la misma ociosidad.|Sólo el trabajo metódico y
ordenado promueven en el pensamiento un poderoso
interés, un interés continuo y durable. Produce la a l e ­
g ría que experimentan los afic’onados á expediciones
campestres en sentir su propia energía y en ver ap ro x i­
marse la cum bre poco á poco, y también es el solo
quien puede oponer un dique de granito á la invasión
del pensamiento por las sugestiones sexuales-
Si á ese trabajo agradable se unen costumbres bien
adquiridas, y si se sabe buscar los placeres antes en u ­
merados, no falta m is para la salvación que dar á las
vagas aspiraciones despertadas por la juventud satis­
facciones precisas. Dada más fácil en esta edad feliz
comprendida desde los diez y ocho hasta los veinticinco
años, que orendarse de la naturaleza, de la montaña, de
los bosques, del m ar, am ar hasta la pasión todo lo que
es bello, grande, consolador; las bellas artes, la litera­
tu ra, las ciencias, la historia, sin contar los nuevos ho­
rizontes que ofrece el desarrollo de las ideas sociales á
quien se dedica á su estudio. ¡Cuán recompensados serán
los esfuerzos del joven dedicado á realizar semejante
programa! Su vigor fortificado,su inteligencia acrecen­
tada, su sensibilidad noblemente cultivada le formarán
SENTIM ENTALISM O VAGO V SENSUALIDAD Ü9

una existencia digna de envidia; las desgracias mismas,


cuya am argura ha de saborear, no le quitarán nada de
su varonil dignidad, y sabrá levantarse de nuevo re ­
sueltam ente y volver á em prender la lucha. No es po­
sible la victoria completa; pero triu n faren este comba­
te es no resultar vencido á cada momento y no aceptar
.jamás las derrotas con ánimo alegre y satisfecho.

§ IV

Ahora estudiemos más de cerca las dos formas que


afecta la sensualidad en la vida del estudiante. Como
hemos dicho ya, la moralidad media de los escolares es
bastante mediana, y ésta es la consecuencia natural de
encontrarse lanzados sin vigilancia ni dirección en las
grandes ciudades. Gran número de ellos pierden tam ­
bién su buena intención y el valor de la energía en amo­
res de baja estofa. Sin consejo, sin g u ía y perturbados
como $e hallan, resultan incapaces por mucho tiempo
de disipar las candorosas ilusiones que sirven de base
á su concepto de la vida de estudiante. Nadie les obliga
á reflexionar acerca de sus gustos, y sólo m uy tarde
llegan á sospechar la parte principal de la vanidad, en
el proceso de sus amores.
Los compañeros de posada no suelen ser los más
á propósito para su ilustración, y muchos de ellos tie­
nen compañera, y en parte porque son tontos de por si,
y en parte por ostentación, exageran los goces de su si­
tuación, sin darse cuenta de que esos goces tienen sus
inconvenientes y cuestan muy caros, obligados á vivir
250 ENEM IGOS QUK SE DEBEN COMBATIR

entre mujeres groseras y sin inteligencia, cuyos capri­


chos, necedades, mal humor y afición al despilfarro han
de soportar á cambio de un placer m aterial, sin dicha
alguna. Sin embargo, la mayor parte sólo tienen que­
ridas por pura vanidad, por poder jactarse de ello y pa­
searlas; si no las guardasen para lucirlas, no podrían
soportarlas ni por ocho días (1). En éstos existe una fal­
ta absoluta de criterio: si se colocan en un platillo de la
balanza el placer material y las satisfacciones de la va­
nidad, habrá que poner en el otro las hermosas maña­
nas de bueno y delicioso trabajo perdidas y reem plaza­
das por días de desfallecimiento, de ruina física, de em­
brutecimiento, y contar también los hermosos viajes
tontamente desperdiciados, las deudas que será fuerza
pagar más tarde, el arrepentim iento de la edad m adura
y todas las tristezas y envilecimientos del presente.
Solo existe un remedio, huir del peligro, y, si y a no
i'¿¡ tiempo, romper resueltamente, cam biar de medio,
abandonar á los amigos cuya influencia se juzgue per­
judicial, m udar de casa y hasta de barrio si fuere me­
nester. Gs preciso adoptar en pensamiento, en palabras
y en actos, una vida contraria á la que nos molesta, y
sobre todo someter á un examen crítico y no exento de
m alicia todos los placeres debidos al frecuente trato de
las «mujeres de estudiantes» (2). Si el estudiante apli-

(1) Víase respecto i esta un bonito capitulo de Máximo du Camp en su Tutament


littératre: Le crepúsculo, pro pos du soir. llacliotlo, 1893, íap . II, LA v a N I T í í
(2) L nlrc nosotros d o se conoce, por fortuna, esa clise; pero co n o cada cual pnede
acomodar fácilroCatO Osles consejos á la vida, bastante diferente, del (aludíanle espa­
ñol, na queramos alte ra r el to ito .—A \ del T.
SENTIM EN TALISM O \ A G O V SENSUALIDAD 2SI

case durante quince días á estos amores pasajeros un


buen método de valuación; si cada día, después de un
profundo examen, escribiese en una columna los place­
res y en otra los pesares, quedaría sorprendido del re­
sultado. Tal vez lo fuese más si cada noche, ó, mejor,
cada par de lloras, anotase «su estado de áuimo», pues
entonces empezaría á darse cuenta de la extraordinaria
ilusión que falsifica el resultado total de cada día y de
(•¡ida mes, y le hace creer que se divierte ó se ha diver­
tido, cuando cada uno de los instantes resulta más bien
mi momento de enojo, de disgusto, ó cuando menos de
indiferencia. El error en que vi ve es el resultado de un
c urioso fenómeno de auto sugestión, que oculta la me­
moria de la realidad, sustituyéndola por un recuerdo
fingido y engañoso. Este pseudo-recuerdo es un estado
im aginario y fantástico, es el estado de conciencia de­
seado y esjierndn, que hubiera debido existir después de
nuestra cándida ilusión; poro que ni un solo instante se
encontró presente en la conciencia. Nuestra potencia de
ilusión con relación á esto llega á ser tan grande, que
m uy á menudo no prestamos atención alguna al estado
presente y real de nuestro ánimo, porque no concuerda
con el que nosotros creemos que debe producirse. Pues
bien: en ninguna parte es más fuerte ni más deplorable
esta ilusión que en el cstLdiantc Cuando valúa los place­
res que le proporcionan las mujeres. La casi totalidad de
los momentos pasados con esos desdichados seres cuyos
cerebros están llenos de ideas groseras ó estúpidas y de
caprichos insoportables, es desagradable por sí, y, sin
embargo, ¡la sum a de estos momentos desagradables
se transform a en un recuerdo agradable bajo la influen-
252 E.VEMIQOS QUE SE DJCBEN COMBATIR

cía de la vanidad! No se hacc caso, no tememos re ­


petirlo, ni dtíl tiempo desperdiciado, ni del dinero gas­
tado tontamente, ni de la ruina intelectual que sigue
á los excesos. No se reflexiona en los goces sacrifica­
dos, en los muscos que se hubieran podido visitar, en
las cosas cultas que hubieran podido leerse; se olvida
el sacrificio de conversaciones inteligentes, de los pa­
seos con amigos escogidos. No se piensa cómo el d is­
gusto que sigue á las orgias es una de las cosas más
tristes y más despreciables de la existencia, ni tampoco
en la privación de visitar d u ran te las vacaciones los
Alpes, los Pirineos ó la B retaña. Se olvida que por el
precio de algunas noches de em brutecimiento se hubiera
podido hacer un viaje á Bélgica, á Holanda, á las m ár­
genes del Rhin ó á Italia. No se reflexiona en esa ag ra­
dable colección do recuerdos acum ulados por los viajes
en la memoria de los veinte años, recuerdos saboreados
más tarde como un encanto en los ingratos dias de tris­
teza y de trabajo; y no hablemos de los hermosos libros
de arte, los de viajes, etc., los grabados, los cuadros;
fieles compañeros de la vida entera, que se tendrían á
mano durante las largas veladas de invierno, y sin em­
bargo no se compran.
H asta la misma vanidad, satisfecha por la necesidad
deexhibición.es de condición m uy inferior. Seguramen­
te no vale lo queel orgullo de los triunfos debidos al tr a ­
bajo, ni aun lo que las mil vanidades disculpables del es-
, tudiante, engreído al enseñar sus modestos tesoros a rtís­
ticos ó al contar sus viajes. La vida del estudiante que
«sedivierte»es, pues, una vida deplorablemente|monóto-
na, estéril, y sobre todo estúpida, estúpida hasta el delirio.
SENTIM ENTALISMO YAGO T SENSUALIDAD Í53

§V

Las consecuencias sociales de la prostitución son


tan lamentables; la vida tan triste, llam ada, siu duda
por antífrasis, «vida alegre», prepara tan bien al joven
para una moral *de munición», y 4 menudo para aban­
donos de afrentosa crueldad; son, en fin, tan grandes
los peligros que amenazan la salud del estudiante, y tan
durables las consecuencias acarreadas para los años
sucesivos por los despilfarras de dinero y de tiempo,
que por todos estos motivos junt09 ningún joven de co­
razón vacilará en volver sobre sí mismo y em prende1.'
resoluciones razonables y honradas.
O tra forma de sensualidad existe que debemos abor­
dar sin mal entendidos reparos y cuyos estragos, no por
más ocultos, son menos lamentables. ÍSe tratad o un vi­
cio por sí mismo nada seductor, y tal, que la aprecia­
ción de los innobles placeres que proporciona no se h a ­
lla falseada por sentimiento alguno de vanidad; es pura
y simplemente un vicio, vicio vergonzoso que se oculta;
es evidentemente una mancha, y constituye un caso pa­
tológico m uy claro; y cuando se tiene la desgracia de
sucum bir á su brutalidad, se deplora ha oer sucumbido.
P or todas estas razones, el tratam iento resulta sencillo
y segura la curación. Tío hay sofisma posible para velar
la deformidad de tan deplorable hábito.
Por lo mismo que el desgraciado atacado de esta
ueurosis se halla reducido á sus propias sensaciones,
sin mezcla de otros sentimientos postizos, ta lucha r e ­
E N E M IO 0S 3 U E HE DEBEN COMBATIR

sulla, si no fácil, posible. Aun aquí no es de temer gran


cosa la necesidad, porque es posible realizar «transfe­
rencias de fondos» é inscribir en otro capítulo del p re ­
supuesto los sobrantes de fuerzas. Todo el mal viene de
la imaginación, y por lo tan|» es prudente, c*n Cuanto
una sugestión aparece en la conciencia y se siente uno
vencido de antemano, m archarse en busca de sociedad,
ó ponerse á trabajar con energia. Aquí, sobre todo, es
peligrosa la lucha directa, y la victoria se alcanza h u ­
yendo. Conviene seguir el camino como se hace cuando
ladran los perros; porque ladran, tanto más tiempo
cuanto más atención se presta ¿ su s ladridos. Búsquese
á todo trance el triunfo absoluto, porque todo lo demás
es vergonzoso, indigno, vil y tan bajo, que aniquila el
cuerpo y prostituye el espíritu (1).
Añádase, además, que la causa principal de este v i­
cio es el vacio del espíritu que consiente toda su fuerza
á las sugestiones, y la ausencia de excitaciones saluda­
bles y vigorosas. El gran remedio es, pues, lo repeti­
mos. el trabajo metódico, es decir, fecundo y satisfac­
torio, y una vida rica en activos y enérgicos placeres.

(1) Nos hemos permitido on oslo solii punió modificar ligeram ente el consejo (luí
a u lo r.— N. del T.
CAPITULO II

ENE.MIGOS QUE SE DEBEN COMBATIR; AMIGOS, ETC,

Term inada la parte más im portante de nuestra tarea,


cúmplenos ahora pasar una rápida revista á ciertos pe­
ligros de orden secundario que amenazan el trabajo del
estudiante. Debe éste, claro está, escoger con cuidado
los compañeros cuyo trato ha de frecuentar, porque á su
alrededor, bajo capa de amigos, encontrará los más se­
guros enemigos de su porvenir. En prim er término,
cierto número de jóvenes ricos, que, no estimulados por
las preocupaciones de la existencia y un tanto relajados
por las costumbres regaladas de su casa, pasan tonta­
mente su adolescencia preparando la inutilidad de la
edad m adura, y que, reconociéndose en su interior un
tanto despreciables, tratan de ocultar este desprecio
intimo burlándose de los hábitos de laboriosidad de los
aplicados. Mas existe otra clase mucho más temible y
que ya causa sus estragos en el colegio; tal es la de los
pesimistas, por razón de su debilidad, desalentados an ­
tes del combate. Envidiosos en extremo, hipócritas y
rastreram ente celosos, como todos los impotentes, su
85S ENEM IGO j Í¿UE e>E DEBEN COMBATIR

miserable estado de áuimo conviértelos en misioneros


de nueva especie, pacientes y perseverantes, cuyo obje­
to parece ser desvirtuar las buenas voluntades; ejer­
ciendo una acción deprimente en todos los instantes y
en acecho de todas las flaquezas, acaban por adquirir
una influencia funesta. Convencidos de su debilidad y
del triste porvenir que les aguarda, se complacen en
impedir el trabajo y el esfuerzo de sus compañeros.
'-T am b ién abundan los simplemente perezosos, que
exhortan é inclinan á sus compañeros á no hacer nada,
y les invitan al café 6 á la cervecería, proporcionándoles
ocasión de francachelas. Los estudiantes franceses están
m uy por encima, en ciertas cosas, de los alemanes,
apresados cuidadosamente en sociedades donde se les
arrebata toda iniciativa, toda independencia, y seles
enseña á beber cou exceso (1). Son más sobrios y dispo­
nen más de si mismos; pero la mayor parte tienen una
idea m uy exagerada de Ja extensión de su libertad; y
aunque abandonados en una gran ciudad, viven en una
esclavitud m uy penosa y la arrastran siempre consigo,
porque en ellos se engendra y existe la causa. L a vani­
dad, tan pujante á los veinte años, los somete dócilmen­
te á la opinión pública, es decir, á la opinión de sus com­
pañeros, y principalmente de los más perdidos, general­
mente revestidos de la autoridad que presta la audacia,
una conducta resuelta, segura de sí misma, un tono im-
l*erioso y frases violentas para ajar toda conducta recta
y digna, es decir, el conjunto de las cualidades más pro-

í l ) T h r d c W v z C w i . L ' t o i t c¿ iea « « u r * D éux


M o nde*t 1£> Xlai-oj, arlo L X I .
LOS AMIGOS, LAS DELACIONES, ETC. 2¿7

pias para imponerse á las voluntadas débiles, dando el


tono á todo el que se les aproxim a. Esta autoridad se
acrecienta con la fuerza prestada por los prosélitos ya
convertidos, que aceptan ciegamente, como vida de pla­
cer, como la vida por excelencia del estudiante, la vida
más fatigosa, más vana y más tonta que es posible im a­
ginar. A rruinan su salud y su inteligencia para compla­
cer al que ellos adm iran hasta im itarlo servilm ente.
«¡Si se atuvieran á sus propios vicios, observa Ches-
terfield (1), pocas personas serían tan viciosas como
son!* B rillar como brillan I 09 jóvenes entregados á la
vida de crápula, es brillar, como dice el mismo autor,
como en la oscuridad el tronco podrido. El joven ver­
daderam ente independiente se desprende de tales suges­
tiones; sabe dar á esa felicidad su verdadero nombre de
servidum bre fatigosa y perjudicial; sabe oponer á sus
atractivos u aa repulsa cortés, pero inquebrantable; no
se deja hostigar por el ridiculo, y evita toda tentativa
de discusión sobre el trabajo y sobre los propósitos ele
diversión,cuya solución final percibe con deslum brante
realidad. Sabe que la g ran m ayoría de sus compañeros
no ha reflexionado nunca acerca de la dirección de su
propia vida, y son arrastrados, como en un torbellino,
juguetes inconscientes, zarandeados por las fuerzas ex­
teriores, y concede á su opinión la misma importancia
que un médico alienista ¿ la de los desequilibrados de
su clínica. ¡Y qué! porque esos jóvenes tienen prejuicios
absurdos, ¡yo, que tengo conciencia de ello, voy á some­

t í ) LtUrtt de Lord Chtilerfitid d toiu fila I’Ji. Stanhope. Septiem bre J Oc-
t a b r í dA 1748.
i;
158 ENEMIGOS QUE BE DEBEN COMBATES

terme á su m anera de ser, iré á sacrificar mi libertad,


mi salud, los goces fecundos del trabajo, para evitar sus
sarcasmos y para merecer su perdón ó hasta au adm ira­
ción! Yo, que sé que sus placeres no son más que fatiga
y aturdim iento, ¿he de asociarme á sus desconciertos?
Advertido de que el lenguaje corriente es el receptáculo
de la medianía y de la grosería de las muchedumbres,
¡sufriré la influencia de los epítetos, de las asociaciones
de palabras, de las fórmulas, de los pretendidos axio­
mas, encaminados á legitim ar el triunfo de la bestia h u ­
m ana sobre la voluntad razonable! ¡Nunca tal abdica­
ción! Es mil veces preferible la soledad; vale más hu ir
de la vida en común con los estudiantes, y en un barrio
cuyo apartam iento no sea del gusto de los compañeros
desocupados arreglarse una agradable vivienda, ador­
nada con resplandeciente aseo, alegrada, si es posible,
por el sol y por las fiares; hay que buscar el trato de
personas superiores, visitar a los profesores, tenerlos al
corriente de sus trabajos, de sus esperanzas, de sus obli­
gaciones, y buscar entre ellos alguno como director de
conciencia; es necesario reem plazar la cervecería y el
café por la visita metódica á los museos, los paseos cam­
pestres, las conversaciones en casa con uno ó dos am i­
gos de ánimo fuerte y elevado.
En cuanto á la actitud del estudiante respecto á las
asociaciones de compañeros, debe ser la de completa
simpatía. L a mayor parte de los jóvenes seguramente
ganan en abandonar lo9 cafés por las sociedades de es­
colares, donde se encuentra un medio seguram ente me­
diocre, pero donde también podrán encontrarse elemen­
tos superiores, conocerse y sim patizar. El solo perjui-
LOS AMIGOS, LAS RELACIONES, ETC. «59

ció, m uy grande, pero no m ayor que el del caté, son las


costum bres que se engendran y echan profundas raíces
en las oscuras regiones de nuestra actividad, para domi­
n arla poco á poco hasta inmovilizarla, como á Gulliver,
clavado en el suelo por las mil dim inutas ligaduras de
sus cabellos, atados por los liliputienses á otras tantas
estaquillas clavadas en el suelo..... El estudiante poco á
poco adquiere la necesidad de la excitación producida
por los compañeros: siente el imperio de a hacer la p arti­
da» habitual, que consume, en salas á menudo llenas de
humo de tabaco y en una inm ovilidad funesta, las horas
robadas al paseo y al aire libre. Otro gran perjuicio es el
cúm ulo de periódicos y revistas que dispersan el espíri­
tu, lo desparram an, y, por consiguiente, aniquilan sus
fuerzas. El pensamiento recibe de éstos una excitación
febril, análoga á la de los estimulantes en el organismo,
y doblemente ruinosa; ruinosa en sí misma por ser exci­
tación, y ruinosa por su esterilidad ulterior. ¿Quién no
escapa de mal hum or y enervado después de leer ocho
ó diez periódicos, y quién no ha sentido y comparado la
fatiga nerviosa perjudicial consecuencia de esta lectu­
ra, con la gran alegría experim entada después del tra­
bajo metódico, eficaz y fructuoso?
A condición de permanecer dueño de si mismo, ele
no a d q ririr malos h ib ito s, de no dispersar sus energías
mentales, puede el estudiante encontrar en «su círculo»
una útil diversión, una alegría tranquila en la risa de
alegres compañeros y hasta en discusiones sugestivas;
y repito que hay muchas probabilidades de encontrar
allí los elementos de una sociedad de compañeros esco­
gidos. Así como la im prenta ha emancipado la inteli­
360 ENEMIGOS QUE SE DEBEN COM BATIS

gencia, colocando al alcance de los espíritus aislados


las obras de los grandes genios de todos los tiempos,
las asociaciones de estudiantes pueden servir para
em anciparles de las tertulias de café y de amistades
adquiridas por casualidad, porque ponen en presencia
espíritus y caracteres m uy diferentes los unos de los
otros, y facilitan entre ellos las amistades en arm onía
con sus aficiones. Sin estas asociaciones, las relaciones
quedan entregadas á la m era casualidad.
Esas grandes exposiciones de alm as que cons­
tituyen las asociaciones de jó v e n es, permiten las
agrupaciones de espíritus y de caracteres simpáti­
cos, y9 por semejanza, ya por contraste; agrupacio­
nes necesarias, como veremos, para la educación de sí
mismos.
En cuanto á las relaciones sociales, la única utili­
dad que el estudiante puede reportar de ellas es la li­
bertad de formas y cierto barniz de ■distinción- Lo que
se llam a «el mundo», sobretodo en provincias, no es
sociedad á propósito para templar la inteligencia ni el
carácter: la moral se halla rebajada de un modo alar­
mante y es «le una hipocresía sin limites. Alli todo lo
legitim a el dinero; la única religión reinante es la ado­
ración servil de la fortuna (1); el joven no recibe lec­
ción alguna que se eleve por encima del nivel medio,
m uy bajo, de las conciencias. Seguramente no recibe

(1) Estos juicios no » d rigurosam ente c u c lc s aplic-nios ca F.>paíla, dundo una me­
dianía caballeresca y holgazana y el vicio del juego caíaclo riia l.t suoieriad aromo dada
do las provincias, cuando lia perdido, que no os siempre, sus antiguas costum bres do
austera religión y generosa hidalgnia.— y . <Ul T.
LOS AMIUOS, LAS SALACIONES, ETC. SOI

ninguna lección de sobriedad, ni se aprende á apreciar


la superioridad de la inteligencia a i la del carácter.
L a gente de mundo, á causa de su falta de toda cultura
profunda, se halla íntimamente apegada á los prejui­
cios reinantes; y como la tontería es contagiosa, el jo ­
ven no tarda, si se roza mucho con ella, en ver perdidas
sus más caras ideas, y, lo <jue es más grave, en contem­
p la r blanco del ridículo su generosa indignación contra
u n estado social defectuoso y contra su sed de justicia
y de sacrificio; y con estos medios, ei mundo le conver­
tirá, á su ejemplo, bien pronto en un indiferente á cuan­
to no sea el afán de prosperar; le arran cará las razones
p ara una vida mejor y agotará en su espíritu el manan*
tial del entusiasmo. La sociedad le aplaudirá cuando
h aya llegado á ser uno de esos hombres “siempre m i­
rando, siempre escuchando y nunca pensando», que
M arivaux ( 1 ) compara oportunam ente á las personas
que pasan la vida en la ventana; cuando viva sin inte­
resarse por nada, obligado, para disim ularse á si mismo
el vacio horriblemente penoso de su existencia, á redu­
cirse á las obligaciones tiránicas que hacen de la vida
del hombre de mundo, la más fatigosa, más insustan­
cial y más irrem ediablemente monótona á la vez que
se puede im aginar. Toda discusión sobre asuntos que
dividan las opiniones pasa por signo de mala educa­
ción, y la conversación sólo puede recaer sobre cosas
fútiles. Un joven de inteligencia y de carácter se en­
cuentra allí desterrado, y no sólo pierde su tiempo, sino

(1) Via <ie Mar la une, quinta p irlc . (Macaulay declara que esta novela es una de
las m is admirables que so han escrito, ; tiene raiAn.)
2G2 ENEM IGOS QUE SE DEBEN COMBATIR

que deja algo de su vigor moral. Má¿ vale, seguram en­


te, el trato frecuente de los compañeros, el choque vio­
lento de los partidos encontrados, las discusiones, sem­
bradas como las de los héroes de Homero, de epítetos
apasionados.....
CAPITULO ni

LOS ENEMIGOS QUE SE DEBEN COMBATIR: SOFISMAS


DE LOS l’ERBZOSOS

51

La pereza, como todas las pasiones, pretende hacer­


se legitim ar por la inteligencia; y como la m ayor parte
de los hombres ni aun trata de com batir sus inclina­
ciones de orden inferior, se puede calcular que no han
de faltar axiomas solemnes y proverbios reputados in­
falibles para excusar y hasta para glorificar á los ha­
raganes.
Hemos estudiado antes, y completamente destruido
(así á lo menos lo entendemos), la creencia en la inmu­
tabilidad del carácter recibido con el nacimiento. H e­
mos visto en esta ¡nocente teoría un ejemplo del poder
de las palabras para hacernos creer en la unidad de las
cosas que designan: aunque no hemos de volver sobre
este asunto, sin em bargo, nos im porta ahora observar
el poderoso apoyo que esta creencia presta á nuestra
flojedad y á nuestra pereza. Tal vez haya encontrado
en nuestra rebeldía contra la larga serie de esfuerzos
SU ENEMIGOS QUE SE DEBEN COMBATLR

necesarios para la conquista de nosotros mismos el ner­


vio de su fuerza, y, como justa reciprocidad, devuelve
centuplicada á nuestra pereza la fuerza que de ella ha
recibido. Esta teoría sólo es, por otra parte, uno de los
recursos que encuentra la pereza en el arsenal de las
máxim as inventadas por sus secuaces. El diablo, dice
una antigua tabula, se ve obligado á variar sus cebos
para tentar á los viciosos; pero no para los perezosos,
que se tragan los anzuelos más burdos, y el infernal
pescador está seguro de sacar siempre su pesca. E n
efecto, ninguna pasión se presta más á tom ar por exce­
lentes las más especiosas y cándidas justificaciones.
Las lamentaciones son generales entre los estudian­
tes; y los qne se ven obligados :í acep tar,p ara vivir,fun­
ciones de repasadores ó profesores en pequeños colegios,
ó de preceptores, hasta los que se dedican sólo á dar a l­
gunas lecciones, declaran unánimemente que el trabajo
m aterial les absorbe. Sin embargo, el tiempo, como se ha
dicho, rem unera siempre á quien sabe aprovecharlo.
Imposible es en las veinticuatro horas del día no encon­
tra r cuatro necesarias y suficientes á todos para una só­
lida cu ltu ra intelectual. Basta, en efecto, con algunas
horas diarias, si se cuida de dedicar al estudio el tiempo
en que el entendimiento reúne todo su vigor y todos sus
recursos. Si á estas horas de enérgica atención se suma,
p ara el trabajo de notas, de copias, de arreglo de los ma­
teriales, La utilización de los ratos perdidos tontamente
y por costumbre, no hay carrera que no consienta á la
vez el más amplio desarrollo del entendimiento; tanto
más, cuanto que las profesiones menos rutinarias en
apariencia, como el foro, la medicina ó el profesorado,
SOFISMAS S E LOS PEREZOSOS 265

concluyen, como hemos dicho, por dejar de poner á con­


tribución casi del todo la inteligencia. Al cabo de pocos
años el profesor sabe su curso, el abogado y el médico
han agotado todos los casos nuevos, coa raras excepcio­
nes; y así se explica cómo en los puestos más elevados
se encuentran tantos hombres notables en su especiali­
dad, pero que indudablemente han dejado enmollecer,
por falta de uso, sus facultades superiores, y fuera del
ejercicio de su profesión revelan una asombrosa estu­
pidez. La fatiga del profesor, las más veces, no'es en
modo alguno de origen intelectual, sino que proviene
del exceso de trabajo de los músculos concernientes á la
emisión de la palabra, que se cansan pronto» porque
constituyen un grupo reducido. Este cansancio local
sólo tiene un eco moderado sobre el estado de las fuer­
zas generales, y no excluye en modo alguno la posibi­
lidad del trabajo intelectual.
P or otra parte, muchas personas reconocen, cuando
se les apura, que podrían disponer de tres ó cuatro ho­
ras diarias para el estudio; pero se echan la cuenta de
que, para salir con éxito de un examen determinado, se­
ría necesario trabajar por lo menos seis horas diarias,
y concluyen por creerse con razón para no hacer nada*
¡Ah! A éstos les digo yo: poneos á trabajar tres horas
diarias, y pronto veréis cómo no'hay trabajo inútil: al
cabo la sum a de horas de trabajo es la misma siendo
tres durante seis meses y seis durante tres meses. A par­
te que en el trabajo no hay siempre paridad en cuanto
á los resultados; pues, como dice Leibniz, *tanto se
quiere afilar nuestro entendimiento por el exceso de es­
tudio, que acaba por embotarse».
366 ENEMIGOS QUE SE BEBEN COM BATIS

Otros perezosos reconocen que no falta tiempo; pero,


dicen, es inútil ponerse á tra b a ja r cuando no se está en
aptitud para ello: el entendimiento torpe y soñoliento no
hace nada de provecho; por esta razón, añaden, ren u n ­
ciamos á trabajar por la mañana, porque se pierde mu­
cho tiempo en oponerse uno en marcha». ¡Qué horror!
Si el sueño ha sido profundo, siem pre es posible, insis­
tiendo un cuarto de hora en los esfuerzos, «emprender
la m archa*. A menos de pasar la nochc sin dorm ir,
nunca he visto que el estudiante deje de encontrar re­
compensa en una excelente labor, cuando persevera en
luchar contra esta soñolencia m atutina: la inteligencia
se despierta pronto, lunciona con facilidad, y, en resu­
midas cuentas, esta pretendida torpeza de la inteligen­
cia viene á resultar tan sólo torpeza de la voluntad.

§11
*

No podemos pasar revista á todos los sofismas in­


ventados por la pereza; pero, sin embargo, en un libro
como este, dedicado á jóvenes estudiantes, debemos re*-
chazar uno de % los más funestos axiomas corrientes,1
enunciado con sum a ligereza por hombres que están le­
jos desospechar los éxtragos causados por sus palabras.
Se desanima de antemano á los estudiantes laborio­
sos que por sus circunstancias se ven obligados á per­
m anecer en las pequeñas poblaciones, pregonando por
todas partes la imposibilidad del trabajo intelectual fue­
ra de las grandes universidades. Con frecuencia, se oye
decir en F rancia que el estudio sólo es posible en P arís.
SOFISM AS DE LOS PKBEZOSOS SM

No hay afirmación más funesta ni que máa haga de­


caer el ánimo, solemnemente repetida por hombres de
talento.
Sin embargo, apenas si contiene una m uy pequeña
pai te de verdad. Cualesquiera que sean las autoridades
citadas en su apoyo, es casi enteram ente falsa.
En primer lugar, contra ella están los hechos. La
m ayor parte de los grandes pensadores han madurado
sus concepciones en la soledad. Descartes, Spinoza,
Kant, Rousseau, y en nuestros días Darwin, Stuart-
Mill, Renouvicr, Spencer y Tolsto*, que han transfor­
mado modernamente las ideas sobre tantas cosas, deben
la m ayor parte de sus éxitos á la soledad.
En efecto, nada hay en la naturaleza del trabajo in­
telectual que justifique la necesidad de la residencia en
P arís. Se cree en F rancia que sólo P arís da la sanción
al talento, y sólo allí puede organizarse un reclamo
constantemente renovado alrededor de los hombres
nuevos. A causa de nuestra excesiva centralización, la
atención se fija en P arís, como en un foco adonde con­
vergen todas las m iradas y donde resplandecen las re­
putaciones; pero ese privilegio no es especial al talento,
y un asesino célebre utiliza este reclam o tanto como un
escritor cuyas obras han de d u rar siglos.
Además, si París es útil para exponer á la luz del
día los nombres célebres, no es necesario durante el
largo periodo de trabajos y de esfuerzos precedente á
los primeros éxitos.
Que P arís sea indispensable al físico, al psico-fisico
que han menester de laboratorios, tampoco está en modo
alguno probado, y d ejaría de ser absolutamente cierto si
«W ENEM IGOS QUE SE DEBEN COMBATIR

las facultades erigidas en universidades, teniendo el de­


recho de poseer y de adquirir, pudiendo d ar m ayor des­
arrollo á sus instalaciones (1). Esas universidades su­
m inistrarían una nueva prueba de la ley sentada por
Haeckel, el gran naturalista alemán, según la cual «las
producciones científicas de las universidades están en
razón inversa de su grandeza»; porque en ciencias,
como en otras cosas, el vigor del talento, la iniciativa,
la pasión de investigación suplen á los recursos m ate­
riales, y con escasos medios hacen m aravillas, m ientras
que con espléndidos laboratorios el pensamiento puede
por su inercia permanecer estéril. Lo im portante es
poseer el entusiasmo capaz de realizar grandes cosas.
Un laboratorio no sirve más que para com probar ideas
preconcebidas: el descubrimiento es la idea, y los apa­
ratos no las sugieren.
Aparte de las ciencias queda la historia, que necesita
documentos que deben consultarse donde se encuen­
tren; pero la filosofía, la literatura, la filosofía de la his­
toria, y, entre las ciencias, las matemáticas, la botánica,
la zoología, la quím ica vegetal y la geología, ¿exigen la
residencia en una gran población? Si el talento consiste
menos en la absorción de numerosas m aterias que en la
asimilación de las mejor escogidas, y si los talentos
privilegiados se distinguen sobre todo por su potencia

(I) Con razón sorprendo y acongoja sabor eduu) el proyecta do M. l.ü rd sobro tas
universidades ncRionilos frscasd anlo ol Sonada, gracias á la intervención de un a nti­
guo prflftocr do filosofía, M. Cballoniol-Lacour. Kso piovoctu, |¡arjnlizandü la libortad
del profesor de faculLad, paula d u absoluto i U idea eiontifica f i i c r a de lodi ingoroncia
O slraik, y ora, además, un magnifica ensayo do itoacontialiación ni I d actual.
SOFISMAS DE LOS PEBEZOSOS S'B

para organizar y vivificar los hechos observados ó re­


cogidos, ¿quién no ve cómo á nuestras investigaciones
en las bibliotecas deben seguir Jargos periodos de me­
ditación y de tranquilidad?
ftN Las grandes bibliotecas no dejan de tener graves
inconvenientes. Con la facilidad de v er cuanto nuestros
antecesores han pensado de las cuestiones que nos inte­
resan, se acaba por perder el hábito de pensar por si
mismo; y como ningún poder se debilita más pronto por
falta de ejercicio que el del esfuerzo personal, se llega
m uy pronto ¿su stitu ir, siempre y para todo, los esfuer­
zos de la investigación propia y activa por esfuerzos He
memoria. Casi siem pre la capacidad del pensamiento
personal es inversam ente proporcional á la riqueza de
recursos proporcionados por el medio donde se vive.
P or este motivo, los estudiantes dotados de una memo­
ria m uy feliz son casi siempre inferiores á sus compa­
ñeros peor dotados de esta facultad. Estos últimos, como
desconfían de su capacidad retentiva, recurren á ella lo
menos posible; escogen escrupulosamente las materias
más fáciles de introducir por la repetición en la memo­
ria, y confían a ésta tan sólo lo esencial, dejando al
olvido destruir todo cuando no es más que accidental.
H asta lo esencial urge organizado de un modo sólido;
y cuando se logra una memoria así, es como un ejérci­
to escogido «formando el cuadro*. Así el que tiene ce­
rradas las bibliotecas numero$as sólo se rodea de libros
escogidos; los lee con cuidado; medita y critica, suplien­
do cuanto le falta por la observación personal, y por
esfuerzos de penetración templa el talento de un modo
adm irable.
<10 ENEMIGOS QUE SE DEBEN COMBATIH

La tranquilidad del recogimiento es indispensable


al trabajo de organización á que nos referimos» y es difí­
cil disfrutar de este reposo en París. Además de no dis­
frutar allí jam ás ei silencio absoluto proporcionado por
el campo, donde puede decirse que se oye al pensamien­
to, el medio higiénico es deplorable. El horizonte de
chimeneas y de tubos de ventilación de los fosos que
se divisa delante de la ventana; el medio ficticio, so­
brexcitante; lo sedentario y obligatorio, tanto del
placer como del estudio, todo contribuyo á destruir la
salud.
Se acaba por adquirir en París algo de esa agitación
sin objeto, característica del habitante de las grandes
poblaciones. Las impresiones se multiplican extraordi­
nariamente, hierven á nuestro alrededor, ycon estaagi-
tación se concluye por perder mucho de la propia perso­
nalidad, porque se lija la atención constan temen te sobre
cosas insignificantes, y se deja uno arra stra r por la mo­
da, precisamente porque es difícil contenerse en esa pre­
cipitada carrera. Añádase que el trabajo intelectual por
si mismo tiene algo de febril ym alsano.P ara convencer­
se de cuánto se resiente el estado de espíritu del trabaja­
dor intelectual porcuantas causas de irritabilidad le c ir­
cundan, basta leer la m uy instructiva y sincera inform a­
ción hechaporM . H uret sobre la evolución lite ra ria (1).
En ella se ven los efectos del agrupam iento y del tacto
de codos en un medio de enervados, y se contemplan con
lástim a los sufrimientos de esos jóvenes literatos devo-

(1) Julos HuroL E nqwlit tu r l'éooluCio» litiéraire. Ikichclle, 1831.


SOFISMAS DE LOS PEBEZOSOS ÍT1

rados por la envidia, por las inquietudes, y muy desgra­


ciados sólo por su estado. En cuanto á mí, lo confieso, se
me alcanza bien cómo puede producir irritaciones y tras­
tornos el vivir estrechamente eu un cuarto piso de una
calle llena de barullo, lejos del campo y del bosque, y
en cambio no veo absolutamente lo que este estado de
cosas puede contribuir al valor intelectual de un joven.
Y no se nos venga hablando de la sociedad que se
frecuenta en P arís. Se puede desde el fondo de un pue­
blo hallarse en relación con )o9 mayores talentos con­
temporáneos, y basta para lograrlo comprar sus pro­
ducciones. Esos grandes hombres han confiado lo mejor
de su geuio á sus libros, y por lo común, no gustando
hablar de sus obras m ientras andan preñados de ellas,
consideran á la sociedad como un recreo, y el provecho
intelectual que los jóvenes sacan de su trato es tan es­
caso como importante puede ser el que obtengan de la
meditación de sus publicaciones. La inmensa ventaja
que tilles relaciones pueden tener para un joven de ta­
lento y energía es la noble emulación experim entada
al tocar en cierto modo los resultados de una vida de
trabajo; pero auti así, tales relaciones son el lote de una
ínfima minoría.
L a única grande é inapreciable ventaja de la resi­
dencia en París consiste en la cultura estática que allí
puede adquirirse. P ara la música, para la pintura, para
la escultura ó la elocuencia, hay en esa m aravillosa ciu ­
dad una iniciativa artística de que carecen la mayor
parte de las capitales de provincia. Pero recibida esa
iniciación, presenta la provincia muchos recursos de
conveniente utilidad para el trabajador intelectual. Por
575 ENEMIGOS QUE Sfc DEBEN' COM BATIR

otra parte, ser un provinciano no quiere decir que se


habite en cualquier pueblo ó capital de segundo orden.
También se puede ser provinciano en P arís; pues si este
nombre tiene algún sentido, sólo puede significar la
ausencia de toda preocupación elevada. El provinciano
es el hombre cuyo entendimiento, ocupado en embrollos
9ÍQ im portancia, reduce la vida á comer, beber, dorm ir
y g an ar dinero; es el imbécil sin otro pasatiempo que
fum ar, ju g a r á las cartas y brom ear groseramente
con personas de su mismo nivel intelectual; pero si
en un pueblo de provincia hubiese un joven aficiona­
do á la naturaleza, sosteniendo comunicación cons­
tante con los más grandes pensadores, seguram ente no
merecería el epíteto de provinciano con significación
ultrajante.
[Y qué compensaciones no se encuentran viviendo
alejados de los grandes centros! Algunos autores han
comparado los pequeños pueblos á conventos; y. en
efecto, se goza en ellos el silencio y la tranquilidad de
los claustros, y desde allí puede seguirse el movimiento
del pensamiento sin estar constantem ente distraído por
el medio circundante; sin dispersar la atención; se vive
en sí mismo; goza uno de su pensamiento, y con la gran
tranquilidad las más raras impresiones ganan en pro­
fundidad; las ideas se despiertan frecuentemente y se
agrupan según sus afinidades; los recuerdos adquieren
nueva vida, y el crecimiento lento, tranquilo y poderoso
de la inteligencia es m uy superior al desarrollo á sal­
tos, desigual y febril recibido en las grandes ciudades.
Las noches son allí noches de reposo, seguidas de
mañanas de plena energía, y las horas de recreo, pasa­
SOFISMAS DE LOS PEREZOSOS 273

das en el campo al aire libro, sonhoras de reconstitución.


A m ayor irritabilidad, más fiebre: la persecución asidua
y tranquila de ana idea, hasta en sus más hondas ramifi­
caciones, llega á ser fácil. Los trabajos de memoria pue­
den hacerse, y ¡con cuánto fruto!, sin estar doblado so­
bre la mesa del trabajo, en el bosque, en el campo; la
sangre batida por la m archa, y como inundada de oxí­
geno, graba para siempre en el cerebro los recuerdos
que se le confían en estos felices momentos. El trabajo
de composición y la meditación se hacen fáciles; las
ideas cruzan por el pensamiento y se agrupan satisfac­
toriamente; se vuelve á la mesa de trabajo con un plan
claro, abundante cosecha de imágenes y de ideas, y
además con todas las ventajas higiénicas del ejercicio
al aire libre y puro.
Basta con lo dicho, porque, después de todo, nunca
las circunstancias exteriores producen los talentos. El
desarrollo no crece de fuera á dentro, sino más bien de
dentro á fuera. Las circunstancias exteriores sun m era­
mente accesorias: ayudan ó contrarían tal voz menos de
lo que se cree generalm ente. No es lícito, pues, clasificar
á los estudiantes en estudiantes que habitan en P arís y
estudiantes que no viven en él: dos grandes categorías
tan sólo se pueden establecer entre ellos: los que hacen
las cosas formalmente, los hombres de energía, y los
que no saben hacerlas asíj las voluntades débiles. Los
primeros, sea cualquiera el medio donde se encuentren,
harán m aravillas con pocos recursos, y generalmente
su energía empezará por crear éstos; los segundos, aun­
que estuviesen rodeados de bibliotecas y laboratorios,
ni hacen ni harán jam ás nada.
18
SU ENEMIUO.S QUE SE DEBEN COMBATÍS

5 111

Heno9 aquí ya casi a] final del libro cuarto, después


de abordar de cerca la cuestión del sentimentalismo
vago, estado tan perjudicial para la voluntad. Exam i­
nadas sus causas y sus remedios, hemos tenido que des­
tru ir las naturales ilusiones originadas por el m aravi­
lloso desprecio hecho por el estudiante de la valoración
de sus placeres. P a ra esto nos hemos detenido en el
triste asunto de la sensualidad en sus diversas formas,
exam inando los medios de luchar contra ellas, y, por
ñn, aunque de paso, hemos destruido los prejuicios,
los sofismas que, bajo forma de axiomas, ha sugerido
la pereza A cuantos ú toda costa rehúsan el trabajo.
Réstanos ahora hacer la operación inversa; es decir,
ediñear- Después de las meditaciones destructoras ex*
puestas por vía de ejemplo, y que cada estudiante de­
berá com pletar por su experiencia y sus reflexiones
personales, deben venir las meditaciones fortificantes
á propósito para estim ular la voluntad y afirm ar la
energia.
CAPITULO IV

LOS GOCIíS DEL TRABAJO

B1

La más triste idea posible surge al considerar el rá ­


pido curso de nuestra existencia. Sentimos desaparecer
irrem ediablemente las horas, los dias y los años con ple­
na conciencia de esc movimiento que nos arrastra rápi­
dam ente hacia l¡i muerte. Cuantos desperdician su tiem­
po en frivolas ocupaciones y no dejan obras capaces de
m arcar el camino recorrido,experim entan una singular
impresión al d irigir una m irada al pasado y contemplar
vacios tantos y tantos años, porque éstos no dejan otro
recuerdo si no es el de los esfuerzos fructuosos que los
ban ocupado. La vida tran scu rrid a se red u ceá la nada
en la conciencia, é irrem isiblemente nace la idea de que
el pasado sólo encierra una vana ilusión.
Por otra parte, cuando el camino empieza á perder
ej interés de su novedad; cuando las dificultades de la
existencia nos ban ilustrado sobre el lím ite de nuestras
fuerzas y aparece la monotonía del presente y del por­
venir, parece acelerarse el movimiento de la vida; y á la
210 LAS MEDITACIONES FOHTIF1C ANTES

íden. de que el pasado sólo es un sueño, se añade la más


sensible de que el presente lo es tam bién. P ara cuantos
no saben conquistar hermosas horas de meditación,
cercenándolas de las fatalidades de la vida orgánica,
de la pereza y de las ligaduras de la vida social y de la
profesión, basta ese ensueño Lienealgo de dolorosamen­
te pasivo, y son conducidos como prisioneros en un tren
rápido y á pesar suyo.
E l hombre juicioso es conducido seguram ente con la
misma velocidad; pero como ha reflexionado en la inuti­
lidad de toda residencia, se entrega y acepta lo que no
puede evitar, pero trata al menos de dar al trayecto la
apariencia de un largo camino, y lo consigue no permi­
tiendo que el pasado desaparezca enteram ente. P ara
cuantos no dejan rastro de su paso, la idea d eq u e la exis­
tencia es una débil ilusión sin realidad se hace intolera­
ble. Y esa idea es inevitable en los ociosos, en los «hom­
bres de mundo»,en la generalidad délos hombres políti­
cos, cuya vida está encenagada por las mñsbajas preocu­
paciones y por el esfuerzo estéril; en todos aquellos, en
una palabra, Cuyo trabajo 110 deja palpables resultados.
No se puede evitar esta idea destructora de la reali­
dad si no se ha subordinado la existencia entera á algún
gran pensamiento realizado poco á poco por los propios
esfflerzos. Entonces se«experimenta un sentimiento con­
trario, el de la realidad de la vida. Muy v iv o y a c n el la­
brador, todos cuyos esfuerzos dejan huella, alcanza su
m ayor desarrollo en el escritor, penetrado de su papql
social. P ara él cada día añade a lg o á los resultados tan­
gibles de la víspera: su vida acaba por identificarse en
parte con su obra, y hasta por apropiarse algo de su rea­
LOS GOCES J)EL TitA D A JO 217

lidad concreta, y así puede decirse que la vida del traba­


jador es, por el contrario de la del ocioso, profunday sus­
tancial. L a diaria haraganería nos quita el sentimiento
de nuestra existencia, y lo sustituye por una ilusión va­
na y despreciable. Sólo el trabajo alegre, tranquilo y fe­
cundo puede dar á la vida todo su sabor. Sólo el trabajo
puede regularizar y hacer habitual ese sentimiento tan
completo y de tan plena satisfacción, que puede llamarse
«rsentirse vivir», y mediante el cual la alegría de vivir se
siente diez veces m ayor, desconocida para el perezoso.
P or otra ) arte, si la vida del trabajador intelectual
no fuese naturalm ente fecunda en horas deliciosas; si no
fuese un m anantial vivo de donde brotasen en abundan­
cia las alegrías de la vida activa, todavía le quedaría el
ser lo contrario de la vida ociosa. Y por el sólo hecho de
escapar del bullicio,de las zozobras m ezquinasydel abu­
rrim iento triste é intolerable de los ociosos, la existen­
cia resulta la más envidiable posible. «Durante mi per­
manencia en Maer, como mi salud era mala, estuve es­
candalosamente perezoso, y me ha quedado la impresión
de que no hay nada tan insoportable como la pere-
za»(l). Pascal ha dicho: «Cuando un soldadoó un labra­
dor se quejan de su trabajo, déjeseles sin hacer nada.»
En efecto, el perezoso es un he&ulontimórumenos, ea
decir, un verdugo de sí mismo, y la ociosidad absoluta
del espíritu y del cuerpo no tarda en engendrar un pe­
sado y doloroso aburrim iento. Muchas personas ricas,
relevadas por la fortuna de la saludable necesidad del
trabajo, y careciendo de valor para em prender cual-

(1J Jo u-rn aide D arw in, Agnslo, 1839.


2T8 LAS MEDITACIONES FO R T IFIC A N T E S

quier taren duradera, no tardan en experim entar ese


pesado y doloroso aburrim iento, zozobrando en el hastio
y arrastrando por tochis partes su disgusto, ó buscando
en los placeres sensuales una diversión que no tarda,
por la saciedad, en redoblar sus sufrimientos.
Pero la ociosidad absoluta es rara, y, como dice el
proverbio, «cuando el diablo no tiene que hacer, con el
rabo mata moscas». Cuando el espíritu no tiene ocupa­
ciones elevadas, no tarda en ser invadido por preocupa­
ciones mezquinas. Quien nada hace, tiene tiempo p ara
m ascar y rem ascar sus pequeñas contrariedades, y esta
rumiación, lejos de n u trir el espíritu, lo destruye. La
fuerza de los sentimientos, no canalizada, 110 pudiendo
verterse, para fertilizarlas, en las elevadas regiones de
nuestra naturaleza, se derram a en los bajos fondos de
la animalidad y allí se corrompe. Las imperceptibles he­
rejías del am or propio se exacerban, las inevi tables con­
trariedades de la vida envenenan los dias y turban el
sueño. Bien mirado, nada tiene de envidiable el reposo
del gran señor. H asta los placeres llegan á serle gravo­
sos: pierden todo su sabor, toda su mordacidad, porque,
para el hombre, el placer es inseparable de la actividad.
L a pereza hasta repercute sobre el cuerpo, y tiende á.
agotar la salud, por la languidez y leutitud que aporta á
las funciones de nutrición y de relación. Los caracteres
de la inteligencia en este caso son la vaguedad y la pre­
ocupación estéril y fatigosa. El espíritu se carcome, se­
gún la enérgica frase popular. En cuanto á la voluntad,
casi no hay necesidad de recordar con qué sensible ra ­
pidez se atrofia ea el hombre ocioso; todo esfuerzo llega
á serle doloroso, hasta tal punto, que halla motivos p ara
LOS GOCES DEL TRA BAJO ¿7»

sufrir, basta donde el hombre activo ni siquiera sospe­


cha la posibilidad de un sufrimiento. ¡Cuán distinto se
siente el trabajador! Siendo eJ trabajo la forma continua
y duradera del esfuerzo, constituye una excelente edu­
cación de la voluntad;ym ás que ningún otro, el intelec­
tual, pues con la mayor parte de los trabajos manuales
puede coexistir una casi completa vagancia del pensa­
miento. Por el contrario, el trabajo intelectual supone á
la vez la obediencia del cuerpo.cn cierto modo atado pol­
la atención y la rigurosa subordinación de los pensa­
mientos y de los sentimientos. Si este poder dictatorial
sobre el pensamiento no va seguido de fatiga y de un
completo abandono de sí mismo; si se tiene cuidado de
no abusar de las fuerzas; si se las ha sabido economizar
de m anera que se Conserve un vigor suficiente, aunque
disminuido, durante las largas horas no dedicadas al
trabajo, se adquirirá el hábito de esta presencia de espí­
ritu . de esta atención al registro de sí mismo; y como
el secreto de la felicidad consiste únicamente en la di­
rección del pensamiento propio y de los propios senti­
mientos, se habrá encontrado, por el camino indirecto
del trabajo, la piedra filosofal de la dicha.
Sensible es, por otra parte, que el vulgo, formando el
lenguaje, haya asociado á la palabra trabajo la idea de
pena, de fatiga, de dolor, cuando en psicología es de
sum a evidencia que todo esfuerzo produce placer, con
tal que el gasto no exceda de lo que pueda sum inistrar
el normal y regular funcionamiento de la nutrición (1).

(1) Víase para el desarrollo de este pensamiento ylas prnetns rigorosas en so ipo-
yo, Jttoae phíloiophique, Majo, 1890, nuestro articulo P lacer y dolor.
280 LAS MEDITACIONES FO RTIFICA NTES

Montaigne observa, cop relación á la virtud, cómo «la


señal más clara del buen juicio es un regocijo constan­
te ..... ; su estado es...... siempre sereno....... : la virtud no
se halla im plantada en la cima de un monte escarpado,
escabroso é inaccesible: cuantos se han aproxim ado á
ella, la colocan, por el contrario, emplazada ea una
hermosa planicie, fértil y florida......, adonde puede lle­
garse, sabiendo el camino, por sendas cubiertas de som­
bras, tapizadas de césped y regaladas con suaves aro­
m as..... Por no haber conocido esa v irtu d privilegiada,
bella, triunfante, amorosa, deliciosa y animosa, á la vez
enemiga profesa é irreconciliable del mal hum or y de
la pena, del temor y de la violencia..... , han fingido
esta necia imagen, triste, plañidera, déspota, amenaza­
dora y corrosiva, colocándola sobre una roca aislada
y cercada de espinos; fantasm a propio para a s u s ta rá
la gente» (1). Cuanto Montaigne dice de la virtud, pue­
de decirse del trabajo intelectual. Poco ha de ser cuan­
to se predique á los jóvenes sobre la realidad de su na­
turaleza, también abella, triunfante, enem iga profesa
é irreconciliable del mal humor, em briagadora y deli­
ciosa».
L a felicidad proporcionada por el trabajo no es cier­
tamente una felicidad negativa. No sólo impide que la
vida pierda su sabor y se transforme en un eueflo sin
realidad, y el espíritu sea invadido por contrariedades
y trastornos sociales, sino también resulta por sí mismo
y por los efectos de su acumulación un m anantial vivo
de felicidad.

(1) Montaigne, U náis, I, XXV.


LOS GOCES DEL TRA BAJO 281

Por sí mismo nose'eva m uy por encima del nivel or­


dinario y nos da entrada, bajo un pie de perfecta ig u al­
dad y grata intimidad, en la sociedad de los más grandes
y de los más nobles talentos de todos los tiempos, reno­
vando así constantemente las fuentes de nuestro interés.
Mientras que el ocioso tiene necesidad de una sociedad
con frecuencia muy baja para pasar el tiempo, el traba­
jador se basta á sí mismo. La imposibilidad de bastarse
á sí mismo pone al ocioso bajo la dependencia de los de­
más y le obliga á mil servidum bres desconocidas para
el trabajador; de modo que cuando se dice: «el trabajo
es la libertad», no hay en ello metáfora alguna. Epicteto
divide las cosas en cosas dependientes de nosotros y en
cosas no dependientes, y observa que de la persecución
de estas últim as proviene la m ayor parte de nuestros
disgustos y de nuestros sufrimientos. Ahora bien: mien­
tras que la felicidad del ocioso depende únicamente de
los demás, el hombre acostumbrado al trabajo encuen­
tra sus mayores placeres en sí mismo.
Además, la sucesión de los días se reduce para el
ocioso á los progresos de la edad y de una vida estéril,
y aum enta lenta, pero seguramente, el tesoro de I09 co­
nocimientos del estudiante laborioso; y así como cada
día puede apreciarse el crecimiento de ciertas plantas,
así t&mbién después de cada semana de perseverancia
en el esfuerzo puede el joven tener conciencia del cre­
ciente poder de sus facultades. Estos crecimientos, len­
tos, pero indefinidamente repetidos, le conducen á un
grado m uy alto de potencia intelectual; y como después
de la grandeza moral nada b rilla con tan vivo resplan­
dor como una inteligencia cultivada, m ientras que el
883 LAS MEDITACIONES FOfiTIFJCA.NTKS

ocioso se embrutece con la edad, el estudioso ve crecer


de año en año su autoridad sobre cuantos le rodean.
¿Y qué sucede al cabo? Sucede que la vejez, alejando
poco á poco todos los placeres de los sentidos y dando
el más absoluto mentís á las satisfacciones puramente
egoístas, m ultiplica los goces de la vida para cuantos
se han enriquecido con una vasta cu ltu ra humana. Nin­
guno de los manantiales de verdadera felicidad puede
agotarse con el progreso de lus anos; ni el interés que
se toma por la ciencia, por las letras, por la naturaleza
ó por la hum anidad, dism inuye en lo más mínimo; an­
tes al contrario. Nada más exacto que las palabras de
Quinefc: *Al llegar la vejez la he encontrado incompara­
blemente menos am arga que la suponíais. Los años que
me anunciabais como el colmo de la miseria y de la
aflicción, han sido para mí más dulces que los de la ju ­
ventud..... Esperaba una cima helada, desierta, reduci­
da, sumida en la brum a, y he encontrado, por el con­
trario, á mi alrededor un vasto horizonte no descubier­
to nunca hasta ahora por mi vista. "Veía más claro en
mí mismo y en lo demás..... » Y añadía: aAfirmáis que
los sentimientos se embotan viviendo; pero tengo el
convencimiento de que si viviera un siglo, nunca me
acostum braría á lo q u e hoy me indignas (1).
Así Tesulta la vida del trabajador intelectual la vida
feliz por excelencia. No veda ningún placer real, y sólo
ella nos da el pleno sentimiento de la realidad de nues­
tra existencia, ocultando la impresión inevitable y do-
lorosa para el ocioso de que la vida es un sueño sin

(1) L 'a p r it nouvtau, libro VII, capllalo H.


LOS GOCiiS DEL TRABAJO 383

consistencia. Nos arranca de la miserable servidum bre


del pensamiento, que convierte al desocupado en un
juguete zarandeado por las circunstancias exteriores,
y no deja al entendimiento rum iar preocupaciones de
medianías ó pensamientos bajos. A estos beneficios indi­
rectos añade otro9 la vida laboriosa: templa la volun­
tad, manantial de toda felicidad duradera; nos erige en
habitantes de la ciudad de la luz, poblada de lo más se­
lecto de la humanidad, y, en fin, nos prepara una vejez
feliz, rodeada de deferencias y de respetos. A cambio
de una vida retirada, da con prodigalidad, además de
los elevados goces del espíritu y del alm a, basta las
más dulces satisfacciones del orgullo, resum idas en la
autoridad adquirida y en el sentimiento ríe la propia
superioridad, alcanzando esas satisfacciones buscadas
por las medianías sin encontrarlas casi nunca, y cuan­
do logradas, imperfectas y adulteradas siempre, porque
consisten en el lujo de sus atavíos, en su fortuna, en las
dignidades, en el poderío político, m ientras el hombre
estudioso las encuentra sin buscarlas, á titulo de g ra­
ciosa recompensa y como un sobreprecio por encima
de lo ajustado, en medio de la rica cosecha de goces
elevados de que le colman las justas leyes emanadas
del fondo de las cosas.

§ II

Es claro que las meditaciones precedentes, asi las


«destructoras» como las destinadas á fortificar el deseo
del bien, no pueden ser más que bosquejos, por otra
parte m uy incompletos, y cada uno debe enriquecerlos
184 LAS MEDITACIONES FO BTIFICA N TES

según sus experiencias personales, sus reflexiones y sus


lecturas (1). El punto esencial en esta clase de medita­
ciones es no pasar nunca ligeramente sobre ninguna
idea ni sobre ningún sentimiento á propósito para a u ­
m entar el disgusto de la vida ociosa ó para dar im pul­
so á la buena voluntad. Es necesario, como hemos di­
cho, que cada consideración «destile* lentamente en el
alma, la penetre hasta el fondo y engendre vivos mo­
vimientos de repulsión ó de afecto.
H asta aquí hemos estudiado especialmente nuestros
recursos íntimos. Réstanos echar una ojeada sobre|el
mundo exterior, sobre el m edio, en el sentido más ge­
neral, y exam inar de cerca los auxilios que en él puede
encontrar el joven deseoso de completar la educación
de su voluntad.

(1) El autor considera su Tratado de la educación de la voluntad como al li­


bro mis úlil que eseribió jamás, y, on ana palabra, como su obra capital. Picosa, guar­
darla todavía muchos a Sos en su taller, i fln de complalarla, pulimentarla.»..; os decir,
qua accplari enn reconocimiento cuantas indicaciones quietan dirigírselo sobre u le
asante do todos sus entusiasmos.
LIBRO V
LO S A U X IL IO S D E L M E D IO

CAPITULO PRIM ERO K.fc

LA OPINIÓN, LOS PROFUSORES, ETC.

§I

Hemos examinado hasta aquí la cuestión de la. edu­


cación de la voluntad, como si sólo dispusiéramos de
recursos puram ente personales, como si estuviésemos
aislados y sin poder esperar apoyo alguno de la so­
ciedad.
Bien claro es que, abandonados de esc modo á nues­
tra propia energía, no tardaríam os en rendir nuestras
arm as y sentarnos desanimados ante la extrem a dura­
ción de la conquista de nosotros mismos; porque si el
impulso hacia el perfeccionamiento de nuestra voluntad
debe necesariamente provenir de nuestra naturaleza
moral íntim a, este impulso necesita ser sostenido por
m uy poderosos sentimientos sociales.
E n realidad, nunca nos encontramos aislados y re­
ducidos á nuestros propios recursos: nuestra familia,
sse LOd AUXILIOS DEL HEDIO

nuestras relaciones próximas, la gente de nuestro pue­


blo ó nuestra aldea sostiene nuestros esfuerzos con sus
aplausos, por un exceso de afecto y de simpatía, sin
perjuicio de los aplausos de un público más numeroso
cuando se trata de éxitos notables.
Nada grande se efectúa en el mundo 9Ín esfuerzos
prolongados, y ningún esfuerzo puede sostenerse d u ­
rante meses y aüos sin esa galvanización de la energía
por la opinión pública. Los mismos que rechazan abier­
tamente las opiniones corrientes, encuentran en la a r­
diente sim patía de una minoría entusiasta el valor ne­
cesario para desafiar á la m ayoría; pero resistir solo y
durante muchos años á la unanimidad, es obra sobre­
hum ana, de la que 110 conozco ningún ejemplo.
Bain, hablando con Mili de la energía, declaraba
que sus dos fuentes esenciales son, ó bien un vigor n a­
turalm ente superabundante, ó bien un estim ulante ca­
paz de sobrexcitarla. Mili respondió: Therc: slun u latian
i's w hat poeple v e v e r sufftcienlly a llo w fu r{ 1). Efectiva­
mente, la opinión pública es un enérgico estim ulan­
te; y cuando nada ni nadie la contradice, su potencia
puede llegar á ser prodigiosa. No cabe exagerar sus
efectos. En Atenas, la unanimidad en adm irar y aplau­
d ir la fuerza física y el genio literario hizo flore­
cer, á pesar de lo reducido del territorio, la más rica
cosecha de atletas, de poetas y de filósofos jam ás reco­
lectada por país alguno. En Laccdemonia, el deseo del
elogio público produjo una raza de extraordinaria ener­
gía. Se conoce la historia perfectamente verosímil de
(I) John Stuart Mili, a Criticitm, by A. Bain. LomJua. Lougnuiu, 1882, pá­
gina
LA O PINIÓN , LOS PHOFEtr’ORES, ETC. 281

aquel niño espartano que, sorprendido al robar una zo­


rra, la ocultó bajo su ropa, dejándose m order cruel­
mente y desgarrar el vientre sin descubrir su secreto.
No se diga que esos son pueblos excepcionales coloca­
dos en las últimas gradas de la especie hum ana: los
Pieles Rojas sufren los más crueles suplicios y todavía
insultan á sus enemigos, y muchos malvados encuen­
tran en el temor de parecer débiles un valor estoico
para subir al cadalso. En nuestras modernas socieda­
des, no ya el deseo de alcanzar la independencia y la
seguridad, sino de alcanzar el lujo y ostentarlo, de sal­
picar de lodo á los demás, de hacer gala d i una tonta
vanidad, es parte para soportar todo un pueblo de co­
merciantes, de banqueros y de industriales, las más
ingratas ocupaciones. Casi todos los hombres juzgan
las cosas por el valor que les atribuye la opinión, que
no sólo hincha las velas de nuestra nave, sino también
gobierna el timón, quitándonos hasta la elección de ca­
mino y reduciéndonos á un pap¿l puramente pasivo.
Tan fuerte es el poder de la opinión sobre nosotros,
que no podemos sufrir la menor señal de desdén, ni
aun de desconocidos, ni de personas por todos concep­
tos despreciables. Todos los profesores de g i m n a s i a sa­
ben hasta qué punto la presencia de un extraño hace
realizar prodigios á los jóvenes. En la Escuela de nata­
ción ó de patinación, el público aum enta el ánimo. Si
se quiere, por otra parte, medir el completo poder de
los demás sobre nosotros, apréciense los sufrimientos
experimentados al salir ataviados como mendigos, aun
en un pueblo donde no hayamos estado nunca, y sobre
todo al atravesar nuestra propia calle vestidos con un
m LOS A U X IL IO S DEL MED 10

traje ridiculo. Lo que sufre uua m ujer llevando un ves­


tido pasado de moda da la medida de cuánto pesan en
nosotros las opiniones de I09 demás-
Recuerdo con toda claridad el acerbo dolor que ex­
perimenté hace veinte aüos, siendo m uy joven aún y
bailándome en el colegio, al salir vestido con un traje
remendado en el codo con dim inuta pieza, que, sin
duda alguna, nadie notó.
Y, sin embargo, ni se trata siquiera de organizar
deliberadamente para el bien ese espantoso despotismo
ejercido por la sociedad sobre nuestras más insignifi­
cantes acciones, y, aunque parezca imposible, se deja
perder sin utilizarla.
En el colegio sufre el niño hasta el más alto grado
la presión de la opinión de sus compañeros, de sus
maestros y de sus padres, porque hay convergencia de
esas diversas fuerzas. Sin embargo, esas fuerzas no se
ejercen sino respecto al trabajo intelectual, y hasta en
este sentido jnzgan m uy mal los compañeros; porque
sienten cierto desprecio hacia el estudiante de mediana
inteligeñeia. Les seducen los éxitos fáciles, elegantes en
cierto modo, que brotan expontáneamente, g ra c ia sá la
fertilidad del terruño. Se observa en los niños el error
capital de nuestros sistemas de educación, que sacrifi­
can la cultura de la voluntad á la cu ltu ra intelectual.
El conjunto de la triple opinión de los padres, de los
maestros: y de los alumnos, forma una corriente am plia
de dirección única. Así se logran en los colegios jóve­
nes prodigiosos que nada harían entregados á sí mismos.
Esta opinión se traduce, además, toda la semana por
señales tangibles, por las categorías obtenidas en los
LA O PINIÓN , LOS PROFESORES, ETC. 288

ejercicios de composición, por las not^s leídas en clase,


por los reproches ó los elogios del maestro delante de
todos los condiscípulos. Se acude también con dema­
siada frecuencia á los sentimientos egoístas, á la emu­
lación, al deseo de alabanza, y no siempre al senti­
miento personal del deber. No se llam a bastante la aten-
ción sobre el vivo placer proporcionado por el senti­
miento del vigor intelectual acrecentado, sobre la ale­
g ría del perfeccionamiento de si mismo, sobre las m úl­
tiples satisfacciones conseguidas por el trabajo, ya
inmediatamente, y a en sus consecuencias. De este modo
se rodea al alum no de corchos en lu g ar de enseñarle á
nadar sin auxilios; lo que es tanto más funesto, cuanto
que más tarde, al llegar á la facultad, se ha de encon­
tra r completamente aislado, porque el profesor está de­
masiado alto y los' padres demasiado lejos, y lo único
que pesa sobre el estudiante es la idea del porvenir;
idea m uy vaga y que acaba por reducir á la impoten­
cia el ejemplo de algunos privilegiados que han salido
adelante sin grandes esfuerzos. L a proximidad del exa­
men provoca esfuerzos momentáneos, siempre desorde­
nados, que, como los fuegos de artiñeio, sólo lucen a l­
gunos momentos.
Gran ventaja seria para el estudiante estar sostenido
exteriorm ente por la opinión de sus compañeros; pero
desgraciadamente esta opinión, como hemos visto, glo­
rifica de ordinario ó afecta glorificar cualquiera otra
cosa que no sea el trabajo. Si un joven necesita para
obrar bien del estimulo de la alabanza de los demás,
tan sólo puede esperarlo de un pequeño grupo deprim er
orden y cuidadosamente escogido entre la m ultitud. Si
19
490 LOS A U X IL IO » DEL H ED IO

u n estudiante se decide á que su historia no sea un co­


m entario en acción de las canciones de B éranger (1) ó
de las poesías de Alfredo de Musset (2), fácilmente pue­
de, si quiere, encontrar y hasta crearse un medio favo­
rable á sus proyectos. Gran número de jóvenes salen
del liceo con aspiraciones elevadas; pero, como observa
Mili (3). "la disposición para los nobles sentimientos es
en m uchas naturalezas una planta delicada, fácilmente
m archita por las influencias hostiles..... ; en la m ayor
parte de los jóvenes esta planta muere fácilmente, si
sus ocupaciones y la sociedad en donde se encuentran
lanzados no son favorables al ejercicio de sus nobles
facultades..... ; los hombres pierden sus aspiraciones
nobles y sus gustos intelectuales porque no tienen tiem­
po ó gusto para cultivarlas; y se entregan á los placeres
bajos, uo porque los prefieran, sino porque son los úni­
cos fáciles de alcanzar, y bien pronto son también los
únicos que son capaces de buscar.»
La mejor solución de las dificultadas originadas por
la inferioridad moral de la masa de estudiantes estaría,
para r,uien tiene miras un poco elevadas, en la forma­
ción do pequeños grupos de tres ó cuatro compañeros
decididos á trabajar juntos combinando sus esfuerzos.
Aquí es donde el papel de los profesores de Facultad
podría ser grandioso si tuviesen conciencia de la gran-

(t) Celebrado poeta del tiempo del prim er Imperio, autor del Cancionero fra n o it
^ tachado de «picureo y malicioso.— JT, ,h l T.
(!) Conviene re c o rd a r aquí, para la mejor inteligencia del tc ito , qoo « t o famosi-
túno poeta futí de carácter irónico jr on o.üromo disoluto on so vida p riv a d a .- ^ . del T-
(3) Utililaritme, cap . II, trad. Lomonnior.
LA O PIN IÓ N , LOS PROF^SORl^S, ETC. 291

deza de su tarea y de su autoridad sobre los estudian­


tes. Desgraciadamente, los errores remantes sobre e>
oflcio de la enseñanza superior impiden á la mayor
parte de ellos darse cuenta de sus deberes. Se repite (1)
que el papel del profesor de F acu ltrd diñerc esencial­
mente del de Liceo, por cuanto este último es, ante
todo, un educador, y el primero un sabio. Al segundo
compete obrar sobre el alm a del niño y modelarle, si
puede; al primero, la tranquila indiferencia del inves­
tigador, preocupado tan sólo de la verdad.
No obstante, tales aserciones son monstruosas cuan­
do menos. Desde luego supouen como admitidos postu­
lados inaceptables. Suponen, en prim er término, que el
profesor de Facultad es un si'bio cuyos únicos deberes
son los relativos á la ciencia. Esta pretensión sería
aceptable si el profesor viviera únicamente de su cien-
ciri, de sus rlescubrimiunto'i, y si viviese aislado en su
laboratorio ó en su gubiuetc de trabajo.
Pero no es así. Todo profesor de Facultad cobra su
nómiaa mensualmcnte, y este acto insignificante, tan
rápidamente ejecutado, reproducido tan sólo doce veces
al año, basta, sin embargo, para transform ar la situa­
ción dol sabio en la de un profesor aníe iodo, con debe­
res, no sólo relativos á la ciencia, sino también relati­
vos á sus discípulos.
P a ra darse bien ¿lienta de esos deberes es necesario
estudiar el estado de ánimo del estudiante á su llegada

(1) El mismo H. Kouillée ha acoplado, aunque de pasada, eslossuperBcial*. puní*i


de risu en so libro, Unadmirable en Joque-se refiere 1 la segunda euseAanza cUáca.
*32 LOS A U X IL IO S DEL MEDIO

¿ la facultad. La m ateria de este estudio nos la sum i­


nistra una m irada retrospectiva imparcial sobre nos­
otros mismos; las quejas de antiguos condiscípulos,
consignadas en cartas; las respuestas de actuales estu­
diantes á compañeros que se han prestado a dirigirles
verdaderos cuestionarios hábilmente disimulados; las-
confidencias, en fin, de estudiantes, ya directa y am i­
gablemente provocadas, ya sorprendidas en alg u n a
confesión escapada, ya reveladas cándidamente en al­
gunas palabras características para un atento obser­
vador.
Hé aquí las líneas generales de este estado de ánimo.
D urante las prim eras semanas experimenta el estudian­
te una em briaguez parecida al prisionero á quien acaba
de darse libertad; estado negativo, en cierto modo,
como la sensación del que respira libre de toda presión.
L a casi totalidad experim enta la necesidad de conven­
cerse asimismo de esta libertad por el escándalo y por
la estancia prolongada hasta altas horas de la noche en
las cervecerías y en otros lugares. ¡Qué orgullo al día
siguiente, cuando se puede vanagloriar de haberse re­
tirado á las dos de la m añana!..... EL m ayor número de
los medianos y de débil voluntad continúa indefinida­
mente esta vida tonta, fatigosa y estéril; pero los de na­
turaleza privilegiada no tardan en contenerse. Más tar­
de, la carencia de dinero obliga bien pronto ¿ los estu­
diantes pobres á cam biar de vida y á rom per con los
compañeros de pereza, y bajo esta fecunda presión se
despierta el gusto de una vida superior en muchos bue­
nos espíritus de débil voluntad; y con éstos y los de
naturaleza privilegiada resultan las dos únicas catego-
LA O PIN IÓ N . LOS PBOFESOEB3, ETC* W3

rías de estudiantes que merecen el interés de sus maes­


tros: á Dios gracias, forman un efectivo todavía conso­
lador.
Luego que el hábito de la libertad ha disipado la
loca embriaguez de los primeros tiempos y los jóvenes
vuelven en sí, casi todos se sienten aislados de un modo
cruel. Muchos ven entonces claramente lo q u e les falta.
E n esta edad es tan viva la necesidad de una fuerte
unión en la vida moral, que buscan instintivam ente
amigos en los cuales puedan encontrar sus mismas as­
piraciones. Tales grupos serian láciles de formar, como
decimos, si todos los jóvenes de corazón se sublevaran
resueltamente contra la tirania de la opinión del medio,
que les obliga á parecer lo que en el loado quisieran no
ser. Muchos, por timidez ó por falta de valor moral,
repiten las fórmulas adm itidas, aun considerándolas
falsas, simulan poseer de la vida un concepto indife­
rente, que seguramente no tienen, y aíectan una gro­
sería que les repugna al principio y á la cual, por des­
gracia, llegan á habituarse.
Estas agrupaciones de jóvenes con los mismos sen­
timientos no dan resultado, sia embargo, á menos que
uno de los compañeros tenga un valor moral notable­
mente superior, y esto no es posible en esa edad. Se
siente, pues, la necesidad de un apoyo más elevado, de
una aprobación personal de más elevado origen. Esta
es la necesidad tan hum ana que la Iglesia católica sa­
tisface por medio de los directores de conciencia. En la
enseñanza no existe nada parecido: el abandono es com­
pleto. Pero cuando se comprueba la adm iración de los
estudiantes por los maestros á quienes estiman; cuando
894 LOS A U X ILIO S DEL 21EDIO

se experimenta el vigor de su fe en d io s ¿ poco que


esos maestros se muestren dignos por su talento, no
pueue menos de entristecerse profundamente al consi­
derar que ningún partido se saca de ese sentimiento.
El profesor apenas conoce á sus discipulos; nada sabe
de sus antecedentes, nada de su fam ilia, nuda de sus
deseos, de sus aspiraciones ni de sus ilusiones para el
porvenir. ¡Si se sospechara cuánta im portancia puede
tener una palabra animosa, un buen consejo, hasta una
am igable reprensión, en esos benditos momentos de loa
veinte años! Si la universidad, con su cultura moral
superior, su profunda ciencia, tomase de la Iglesia ca­
tólica todo cuanto el adm irable conocimiento del cora­
zón humano ha sugerido á esa prodigiosa institución,
la universidad gobernaría el alm a de la juventud siu
competencia ni rivalidad posible. Cuando se piensa eu
lo que Fichte y los profesores alemanes, á pesar de su
ignorancia de la psicología, han podido hacer por 1&
grandeza de Alemania, sólo por la perfecta convergen­
cia de sus miras y por la influencia personal sobre sus
estudiantes, desconsuela ver cómo nada se hace, sin
embargo de que serian posibles con nuestros jóvenes
movimientos diez veces mas poderosos. Contémplese,
no obsLantc, lo sucedido en Francia, lo realizado por
un hombre enérgico, con conciencia del fin adonde se
encaminaban sus propósitos. En prim er término ha lo­
grado agrupar los estudiantes.
Después de creados algunos grupos, le ha bastado
expresar eu términos m uy claros la labor internacional
que debia proponerse la juventud de Francia, y sua
fórmulas precisas, expresadas por un hombre tan que-
LA OPINIÓN, LO* P K O F B ao ah B , ETC. S'JS

rido de los jóvenes, han orientado, como potente imán,


en una misma dirección, innum erables fuerzas, antes
en estado anárquico, y que se destruían contrapon ¡en­
dose. Ahora bien: si lo que M, Lavissc (1) lia hecho so­
bre un punto determinado y para el conjunto de los
estudiantes, lo hiciese cad* profesor en la intim idad
para lo más selecto de sus discípulos, los resultados
obtenidos superarían á toda esperanza. El cuerpo do­
cente podría crear en el país esa aristocracia de que
antes hemos hablado; aristocracia de caracteres ya tem­
plados para todos los trabajos elevados-

§ II

El secundo postulado inaceptable supuesto por el


concepto general corriente acerca de la enseñanza supe­
rior, es la identidad de la erudición y de la ciencia. Los
estudiantes se quejan de la masa enorme é indigesta de
los m ateriales que han de asim ilar, y se quejan también
de su falta de práctica conforme á un buen método de
trabajo. Estas dos quejas son conexas: si el estudiante
no tiene un buen método de trabajo, cúlpese á la absur­
da organización de los estudios. Parece aceptarse como
un axioma que tan pronto como el estudiante abandone
la F acultad, no ha de trabajar ya nunca; de donde re-

(1j Profesor de Uistona moderna cr. La facultad de Letra? de París, autor de varios
proyectos de rolonna universitaria, publicados on diforoDüs libros, y muy especial­
m ente cd el intitulado Qu¿$tioiu d'enaeiynemcni fw»¿*otvar(Í885), y a u to r también
dt alftuus obra* dedicadas aJ estudio do Aloraania coolanporinca.—N . del T.
396 LOS A UXXLIOS D £L MEDIO

sulta que mientras se le tiene allí se hacen esfuerzos


para verter en él, como «en un embudo», cuantas no­
ciones es posible hacerle aprender. Se exige á su me­
moria un esfuerzo sobrehumano. ¡Vaya si son adecua­
dos para prestar ánimo los resultados de este método!
La mayor parte de los jóvenes pierde para siempre la
afición al trabajo. Esta estupenda m anera de enseñar
supone desde luego la creencia, á todas luces absurda,
dé que todo cuanto se ha aprendido permanece en la
memoria. ¡Como si se lograse fijar otras cosas que
aquellas con frecuencia repetidas, y como si la repeti­
ción frecuente pudiera extenderse A toda una indigesta
enciclopedia!.
Es inútil, por otra parte, discutir palmo á palmo los
inconvenientes de la enseñanza superior tal como la
exige la necesidad de los exámenes mal concebidos;
basta con descubrir la clave de la bóveda que sustenta
todo el sistema. Esta clave es la idea errónea concebida
respecto á la naturaleza de la ciencia, al valor de un
espíritu científico, á las [cualidades esenciales del «in­
vestigador* y al modo de transmisión de la ciencia á
los discípulos. Alemania nos ha perjudicado mucho co­
municándonos sus falsos conceptos sobre todos estos
puntos: no, la erudición no es la ciencia,’y másjbien lé
falta poco para ser su negación. La palabra «ciencia»
nos sugiere desde luego la idea de saber acumulado,
cuando debiera sugerirnos la de un espíritu atrevid” ,
vigoroso, lleno de iniciativa, pero en extremo prudente
en la comprobación. La m ayor parte de los sabios de
prim er orden, de los grandes descubridores, son mucho
más ignorantes que sus discípulos; hasta no pueden ser
LA O PINIÓN , LOS PBOFESOBES, ETC. »7

verdaderos sabios si do tienen el entendimiento m uy


libre, y la condición de todo descubrimiento es, sobre
todo, una actividad de entendimiento infatigable en
una determ inada dirección. Hemos citado ya (I, II) la
célebre respuesta de New ton á quien le pedía el secreto
de su fecundo método. Hemos presentado á Darwin
privándose de toda lectura extraña al objeto desús me­
ditaciones y dirigiendo su talento, henchido de curio­
sidad, durante cerca de treinta años, hacia todos los
hcchos susceptibles de form ar parte, como células vi­
vas, del organismo constitutivo de su sistema. Fuerza
de meditación infinitamente paciente y penetrante, es­
píritu critico siempre en vela: hé aquí lo que constitu­
y e un gran sabio. P a ra sostener esta paciencia, esta
atención siempre orientada hacia un mismo fin, es ne­
cesaria la pasión de la verdad y un verdadero entu­
siasmo.
La erudición, por el contrario, tiende á abrum ar el
entendimiento. El cúmulo de los pequeños hcchos em­
baraza la memoria: por eso un talento superior deja
para sus notas el mayor número de cosas posible; no le
seduce el honor de ser un diccionario vivo; trata de
entresacar las ideas dominantes de sus investigaciones;
les hace sufrir una crítica severa, y si se resisten á lar­
gas pruebas las adopta y las deja lentamente adquirir
fuerza; las ama, y así vivificadas concluyen por dejar
de ser en el pensamiento ideas m uertas, pasivas, para
convertirse en potencias activas y vigorosas. Desde ese
momento la idea, sugerida primero por el estudio de
los hechos, se mueve á su vez para organizar éstos.
Como un imán atrae la lim adura de hierro y la dispone
398 LOS A U X IL IO S DEL H ED IO

en figuras regulares, la idea pone orden en el desorden,


convierte un batiborrillo en una obra de arte, y los ma­
teriales amontonados en un edificio. Hechos sin impor­
tancia aparente salen á la clara luz, y otros embarazo­
sos se rechazan con desdén. £1 hombre que tiene la
dicha de haber así examinado debidamente algunas
ideas capaces de llegar á ser agentes activos de pode­
rosas organizaciones de hechos, resulta entonces un
g ran hombre-
Asi, pues, el valer de un sabio no es proporcional al
cúmulo de hechos amontonados, sino que está en razón
de la energia del espíritu de investigación y de aven­
tura, si asi puede dccirse, constantemente depurado por
una severa critica. El núm ero de los hechos nada sig­
nifica, su calidad es el todo, y esto se olvida demasiado
en la enseñanza superior. No se desarrolla en ella en
modo alguno el vigor del juicio, el espíritu de libertad
á.la vez que de prudencia: se recarga á los jóvenes de
nociones de m uy distinto valor, y sólo se cultiva su
memoria, y de esta m anera se olvida lo esencial, que
es, no tememos repetirlo hasta la saciedad, el espíritu
de iniciativa unido á la duda metódica.
Nótese que el acto del examen resulta extraordina­
riam ente fácil, en el actual estado de cosas, tanto para
el discípulo como para el maestro. Al primero le basta
un atracón de ideas para formarse la ilusión de su sa­
ber; y en cuanto al exam inador, le es mucho más fácil
comprobar si el alum no sabe esto, lo otro y lo de más
allá, que form ar juicio sobre su valor como talento.
Asi el examen se convierte en una lotería. Pueden
comprobarse estas aserciones con el program a mons­
LA O PINIÓN , LOS PJIO FE 90B E8, ETC. tii

truoso del prim er año de medicina, con el de la licen­


ciatura de ciencias naturales, con el de la licenciatura
de filosofía y letras, sin hablar del de la m ayor parte
de las agregaciones (1), y se verá al desnudo esa fatal
tendencia á transform ar la enseñanza superior en cu l­
tu ra de la memoria (2).
A hora bien, menester es que los profesores lo sepan:
lo mejor de su enseñanza no son sus cursos. Necesaria­
mente fragm entarios en si mismos y sin enlace con los
otros cursos (3), no sirven para gran cosa, y los mejo­
res cursos del mundo, desde la salida del liceo (y y a
desde antes), no valen lo que algunas horas de un v er­
dadero esfuerzo personal del estudiante. EL gran valor
á la enseñanza superior descansa sobre los trabajos
prácticos y el contacto del discípulo con el maestro.
Desde luego, y por el mero hecho de estar allí, prueba
el maestro la posibilidad del trabajo, y es ejemplo, vivo,
concreto, tangible y respetado de cuánto se puede con-

(1) Concordas do «unión, cqniválcnu» i nnestru oposiciones, p i Ingresar on ol


Profesorado auxiliar d« instituios (liceos; y universidades.—X del T.
(2) Desalío i un hombre do buen ¡calido i lew sin indignación el programa do
pregadas para los aspircates i la Politécnica j i Saint-C jr (ir). Si s* bubiora querido
desanimar á lodos los talentos de valer para aspirar á o a s escuelas, no se hubiera be-
cho mejor. I j misma eseuela de guerra sus ti lu je al trabaje do rcQeiMo ciagerados
esfuerzos do memoria. F". Nowoelle Btvue: L a m istión tociaie J e i o j ficitr, 1.* j
15 Julio 1803.
(3) En España no cabe csU t e m a n dol autor, porque los cunos no son fragmen­
tarios, iioo eomplolos } cln ¿alucina de continuidad, por lo que seria m is fícil aplicar
esto mModo. Es do advertir, on honor do nuestro país, quo no sarta osla aplicación una
novedad, pOrquo desdo baci a ¡los se sigue, más 6 niOaOs cQMplOtamQoU), «o machas cá­
tedras del Musco de Cloncias Naturales de Madrid, dondo la enseBana «dosransa sobro
los trabajos prictic-oj y ol contacto dol discípulo con ol maestro», como dico el autor en
seguida.— N . del T.
(a) Escuela militar.—A*. M T.
300 LOS A U X IL IO S DEL MEDIO

seguir con el trabajo. Después sus conversaciones, sus


recomendaciones, siis declaraciones, sus semiconfiden-
cias sobre el método; y aun más que todo eso, el ejem­
plo dado en el laboratorio; y todavía más, la iniciativa
del alumno entusiasta; los trabajos personales que se
suscitan, las exposiciones delante de los compañeros,
el dar cuenta eu puro y simple resumen de los libros
leídos, todo eso ejecutado bajo la bienhechora dirección
y censura del maestro, es lo que constituye pa ense­
ñanza fecunda. Cuanto más brillante es un profesor,
más se complace en oírse hablar á sí mismo, y cuanto
más explica, menos le confiaría yo los jóvenes; es pre­
ciso que los haga trotar delante de él, como dice Mon­
taigne (1). Escuchando al maestro no se aprende mejor
el arte del trabajo ni se hacen más verdaderos progre­
sos en sentido científico que se hacen en gim nástica
asistiendo á una representación en un eirco.
Como se ve, las dos necesidades esenciales del estu­
diante, la de dirección moral y la de dirección m etódi­
ca del trabajo, tienen un remedio común: la íntima re­
lación del profesor con el alumno. El profesor mismo
encontrará en ello su recompensa; pues excitando en
sus discípulos el entusiasmo científico, refrescará el
suyo propio, y se convencerá además fácilmente de que
todos los grandes movimientos del pensamiento reali­
zados en el mundo, lo han sido, no por la com unica­
ción de los conocimientos, sino por la de]'un lamor en­
tusiasta por la verdad ó por alguna gran causa, y por

(1) E u a ii, I, ILSV.


LA O PIN IÓ N , LOS P B 0 F E 8 0 R E S , ETC. 301

la enseñanza de buenos métodos de trabajo, es decir,


en una palabra, que la influencia no se obtiene sino por
la unión de los hombres realizada de alma á alma. Asi
es como Sócrates transm itió á Platón su método y su
entusiasmo por la verdad. Así se explica también que.
en Alemania todos los grandes genios científicos hayan
salido de los pequeños centros universitarios (1) en que
el profesor y el alumno se encontraban en ese contacto
de alma á alm a á que nos referimos.

(1) HaecleIJ L eí p ro n ta du Cramjormiamt, pi*. 35.


CAPITULO II

INFLUENCIA DE LOS «HÉROES DBL PASADO»

Si la vida intelectual y la energia de la voluntad se


templan tan poderosamente con las relacione» estrechas
del alumno y del maestro, el estudiante sin esta venta­
ja puede encontrar todavía, en su soledad una sustitu­
ción, aunque más débil, de esta acción personal. Hay,
en efecto, muertos á la vez xnás vivos y más capaces
de transm itir la vida quo los mismos vivientes, y, á
falta de modelos parlantes y en acción, nada vale tanto,
para sostener el entusiasmo moral, como la contempla­
ción de vidas puras, sencillas y heroicas. Este ejército
de grandes testim onios nos ayuda á com batir en la bre­
cha. En la calm a y la soledad, el conocimiento «de las
grandes alm as de los mejores siglos» fortalece de modo
maravilloso 2a voluntad, a Recuerdo, dice Micholet,
que sumido en esta desgracia, privaciones del presente,
temores para el porvenir, el enemigo á dos pasos (1814)
y mis propios enemigos burlándose de mi á diario, un
día, jueves por la mañana, me recogí en mí mismo; sin
lum bre (la nieve lo cubría todo), no sabiendo ni aun si
IN FLUENCIA DE LOS 4 H EBOES DEL PASADO* 38*

tendría pan á la noche, perdida toda esperanza, me in­


vadió un sentimiento puram ente estoico, y golpeando
mi mesa de encina con la mano hinchada por el frió,
sentí una viril alegría, propia de la juventud y del
porvenir......¿Quién me dió aquel varonil aliento? Aque­
llos con quienes vivía á diario: mis autores favoritos.
A la grandeza de su sociedad me sentía cada día más
atraído* (1). S tuart Mili (2) cuenta que á su padre le
gustaba ponerle en la mano libros donde se ofrecieran
ejemplos de hombres enérgicos y llenos de recursos en
lucha con grandes dificultades al fin vencidas: libros
de viajes. Robinson Crusoé, etc.; y más adelante (3) re­
fiere el ef jcto vivificante que produjeron en él los cua­
dros que Platón traza de Sócrates y la vida de Condor-
cet p o rT u rg o t. En efecto, tales lecturas pueden dejar
impresiones profundas y duraderas. ¡Admirable acción
de los héroes del pensamiento! Después de transcurri­
dos más de «ios mil años, vemos á Sócrates conservar
toda su autoridad y su maravilloso p^der de encender
el más puro entusiasrco en las almas jóvenes.
Es una desgrucia no poseer, como la Iglesia católi­
ca, vidas de santos laicos para el uso de los jóvenes. La
vida de un filósofo como Spinoza, ¿no produce una ex­
traordinaria impresión de adm iración en cuantos se
penetran de sus raras vicisitudes?
Se echa de menos una colección única de tantas bio­
grafías ejemplares como hay diseminadas cada una por

(1) Ufa jeumste, plg. 99.


(2) Mémniret, pág. 8.
(3 ) M é m o irtt, p íg . 108.
LOS A U X IL IO S DEL MEDIO

su lado: un libro tal sería el P lutarco donde los traba­


jadores del entendimiento irían á reforzar el temple de
su energía: la idea del calendario de Augusto Comte,
señalando para cada día la meditación de la vida de un
bienhechor de la humanidad, era y es excelente. Por
otra parte, la educación clásica bien entendida, ¿no
tiene por objeto principal encender en el alm a de los
alumnos un entusiasmo tranquilo y duradero por todo
lo grande, noble y generoso? Y ¿no alcanza su objeto
si una selección de hombres de mérito penetrados de
un elevado ideal se mantienen en el porvenir sin dege­
nerar ni descender ni aun al nivel medio? Esa selección,
destinada á form ar el batallón sagrado sobre el cual
fija los ojos el mundo civilizado, debe su superioridad
á sus constantes relaciones de estudio con los más puros
genios humanos de la antigüedad.
Desgraciadamente, si bien podemos con esas fre­
cuentaciones reforzar el temple de nuestros sentimien­
tos generosos, esos muertos no nos proporcionan los
consejos precisos de que tenemos necesidad, y por eso
nada puede suplir en absoluto la dirección de concien­
cia de un maestro experimentado y escrupuloso.
CONCLUSION

¡Los precedentes capítulos nos permiten ab rig ar la


esperanza de cuán fácil podría ser la tarea del propio
dominio, si en la educación nacional todo convergiera
á esta, gran conquista! Porque, en definitiva, si la lucha
contra la pereza y la sensualidad no es fácil, es por lo
menos posible, y el conocimiento de nuestros recursos
(psicológicos debe prestarnos confianza en el éxito. Del
conjunto de esta obra se deduce como conclusión que
podemos reformar nuestro carácter; que ^podemos edu­
car nuestra voluntad por nosotros mismos, y que con
el tiempo y el conocimiento de las leyes de nuestra na­
turaleza estamos seguros de conseguir un extraordina­
rio dominio sobre nosotros mismos^ Lo que la religión
católica consigue de las naturalezas hum anas superio­
res, nos autoriza á prever cuánto po d ría obtenerse de
lo más selecto de la juventud. Y 110 Se diga que las re­
ligiones reveladas disponen de medios ahora y después
fuera de nuestro alcance; porque si se exam ina el t'un -
damento del formidable poder de las iglesias sobre los
306 CONCLUSIÓN

fieles, se descubre que sus medios de acción pueden ser


divididos en dos grandes categorías: los meramente
humanos y los de orden puram ente religioso.
Los medios humanos pueden reducirse á tres: poder
de la autoridad; autoridad de los hombres de genio ya
muertos; autoridad de los obispos, de los sacerdotes, de
los teólogos, etc., y aun hasta la autoridad civil, po­
niendo al servicio de la íe en ocasiones la prisión, el
tormento y la hoguera. A estos poderes, hoy m uy re­
ducidos, se añadía todo el peso de la opinión pública: el
odio, el desprecio y la mala acogida dispensada por los
creyentes á los que no lo eran. En fin, desde la infan­
cia, la educación religiosa modela al niño, y por repe­
ticiones, bajo todas formas, enseñanza oral, lecturas,
ceremonias públicas, sermones, etc., introduce hasta
lo más profundo de su alm a los sentimientos religiosos.
Y ¿no podríamos nosotros disponer de estos tres po­
deres aun en m ayor grado que las iglesias? ¿No existe
un acuerdo unánim e entre los pensadores de todos los
órdenes sobre el gran Sn del perfeccionamiento de uno
mismo? ¿Son posibles en esto las disidencias como en
los dogmas religiosos? ¿No tenemos también la educa­
ción del niño? si nuestros métodos llegasen á arm o­
nizarse y todos tuviésemos conciencia del ñn que debe
perseguirse, ¿no llegaría á ser enorme nuestro poder?
Y ¿no podríamos también modelar á nuestro gusto el
alm a del niño? ^ n cuanto á la opinión pública, á la edu­
cación precisamente compete transform arla: ¿no se ad­
m ira ya casi siempre todo lo grande y generoso? Los
sentimientos elevados son causa de unión entre los
hombres y tienden á fortalecerse más rápidam ente que
CONCLUSIÓN 30:

aquellos otros causa de divisiones. Por esto con fre­


cuencia una m ultitud, compuesta en su m ayor parte
de bribones, aplaude toda palabra honrada. Además, la
opinión pública es como un rebaño, al que basta una
minoría de gente honrada y enérgica para dirigirla
por el camino recto. Lo que se pudo en Atenas para la
belleza y el talento, y en Esparta para la abnegación,
¿quién se atreverá á sostener que las sociedades actua­
les no lo podrán nunca alcanzar para una obra más
noble todavia?3
Pero, se añade, no es posible obra alguna de mejo­
ramiento d i oral profundo si d o se halla fundada en me­
dios de orden religioso. Asi lo creemos, aunque creemos
también que la sola verdad religiosa necesaria y sufi­
ciente para este caso, es adm itir que el universo y la
vida hum ana no existen sin un fin moral, y ningún es­
fuerzo hacia el bien puede considerarse inútil y perdi­
do. Hemos visto ya (1) cómo esta tesis tiene en su favor
las más formales presunciones, y que, en último aná­
lisis, es forzoso escoger necesariamente entre ella y la
tesis contraria, y cualquiera que sea la elección hecha,
no se la puede justificar experimentalmente. Elección
por elección, im porta preferir las presunciones más
fuertes, tanto más, cuanto que la hipótesis moralista,
adem ás de ser más verosímil, es la única que tiene sen­
tido para nosotros, y es al mismo tiempo consoladora
y socialmente indispensable. Ese mínimum de verdad
religiosa puede llegar á ser para los espíritus pensado-

f l) Ví j í o libro III. cap. I, párrafo IV.


308 CONOIjTJSIÓN

res un abundante manantial de poderosos sentimientos-


religiosos, y sin perjudicar en nada á las religiones re­
veladas, puede encerrarlas como el género encierra en
potencia las especies. Además, no pudiendo bastar esc
mínimum de creencia religiosa más que á ciertos espí­
ritus cultivados, el pensador puede considerar como-
aliados para el mismo fin las religiones cristianas, en
tanto, por lo menos, que se encierren en un escrupulo­
so respeto á las opiniones disidentes. Decimos bien al
decir aliadas, puesto que las religiones cristianas han
tomado como tarea esencial la lucha contra la n atu ra­
leza animal del hombre, ó sea, en definitiva, la educa­
ción de la voluntad, con el objeto de alcanzar en nos­
otros el dominio de la razón sobre las brutales poten­
cias de Ja sensibilidad egoísta.
impone, pues, con fuerza irresistible la convic­
ción de que todo hombre puede, con el auxilio del tiem­
po y de todos nuestros recursos psicológicos, llegar al
dominio de sí mismo. Posible esta obra suprema, debe,
por su im portancia, ocupar el lugar preferente de nues­
tro pensamiento. Nuestra felicidad depende de la edu­
cación de la voluntad, por cuanto la felicidad consiste
en obligar á las ideas y sentimientos agradables á dal­
la mayor sum a de alegría posible é impedir que los
pensamientos y las emociones dolorosas tengan acceso
en la conciencia por lo menos, que se enseñoreen de
ella. La felicidad supone, pues, un grado m uy alto
en el dominio de la atención, que no es sino la voluntad
en su grado más eminente.
Pero no sólo nuestra felicidad depende del grado del
poder adquirido sobre uno mismo; también la cultura
CONCLUSIÓN 30!)

intelectual se encuentra en este cano. El genio es, ante


todo, una larga paciencia"!^ los trabajos científicos y li­
terarios que más honran al talento humano, no se deben
en modo alguno á la superioridad de la inteligencia,
■como generalm ente se cree, sino á la superioridad de
una voluntad admirablemente dueña de sí mismi
este panto de vista, ha de ser preciso modificar desde
•el principio hasta el fin nuestra enseñanza secundaria
y superiorjE s urgente destruir el absurdo y exclusivo
culto de la m e m o ria que d eb ilítalas fuerzas vivas de
la nacióih Menester será esgrim ir el hacha en las inex­
tricables espesuras de toda clase de program as, hacien­
do am plias talas en todas direcciones para lograr cla­
ridad y aire, y hasta el sacrificio de plantas m uy her­
mosas, pero que se perjudican por su extraordinaria
espesura./A l montón de la memoria sustituyam os por
completo los ejercicios activos (1), los trabajos que tem­
plan el juicio, la iniciativa intelectual, las vigorosas
deducciones; y cultivando la voluntad se harán hom­
bres de genio, porque todas las cualidades de primer
orden atribuidas á la inteligencia, son en realidad cua­
lidades de energía y constancia de la voluntad^)
En nuestro siglo hemos encaminado todos nuestros
esfuerzos á la conquista del mundo exterior, y con esto
no hemos hecho más que doblar nuestras codicias, exas-

( I) Esta soslitnción es muy fácil. M. Coait, recior do flordeaux, presidente del T ri­
bunal do euncursos de ^raiuilici, propone en su informo de 1M Í (Jietm» u n í oerri-
taire, 15 Di-íicnhiti 1992) suprimir U designación do lutoios. En lugar de estudiar i
cnnrioncia Ules y cuajes textos pra»üm enle designados, se deberá dominar el lalin j a l
griega; los alim ones orales lun do str más flojos; poro ¿quién no Tí en Wt* transfor­
mación U «usliUickin de un trabajo do moniom por oln> de inteligencia?
JIO COKCLUSIÓN

perar nuestros deseos, y, en definitiva, vivimos más-


inquietos, más perturbados y más desgraciados que
antes; y es que esas conquistas exteriores han distraído
nuestra atención de los mejoramientos internos) Hemos
dejado á un lado la obra esencial, la educación de nues­
tra voluntad^y así, por una inconcebible aberración,,
se ha confiado i la casualidad el cuidado de templar el
instrum ento por excelencia de nuestra potencia intelec­
tual y de nuestra felicidad)
Las cuestiones sociales, por otra parte, nos apre­
mian á modificar radicalm ente nuestro sistema de edu­
cación. Si se presentan como insolublesjy de inconve­
nientes tan aflictivosees porque no se ha cuidado, lo-
mismo en la escuela prim aria que en la segunda ense­
ñanza, de anteponer como su necesario precedente á
la educación moral, su indispensable fundamento, la
educación de la voluntad^ Se predican m uy hermosas
reglas de conducta á las gentes sin ejercitarlas en con­
ducirse bien; á personas egoístas, irascibles, perezosas,
sensuales, con frecuencia deseosas casi siempre de co­
rregirse, pero que gracias á la desastrosa teoría del
absoluto libre albedrio, capaz de desanim ar las mejores
voluntades, no han tenido ocasión de aprender que la
libertad y el dominio de sí mismos deben ser conquis­
tados poco á poco/ Nadie les h a enseñado cómo/ i con-
dición de emplear los medios necesarios, es posible la
conquista de sí mismos, hasta en los casos más deses­
perados. Nadie les ha enseñado tampoco la táctica que
asegura la victori^l. Nadie les ha inculcado el ardiente
deseo de em puñar las arm as para tan magno combate;
no saben ni cuán noble es por sí mismo el propio domi­
CONCLUSIÓN 311

nio, ni cuán rico en consecuencias para la felicidad y


la elevada cultura del entendimiento.] Si cada uno se
tomase el trabajo de pensar en la necesidad de esta em­
presa y en la superabundante generosidad con que son
recompensados los menores esfuerzos hechos en su fa­
vor, le otorgaría, no sólo el prim er lu g ar de sus pre­
ocupaciones personales y públicas, sino aun la elevaría
fuera de línea y por encima, como la obra capital’v
más urgente de todas A
INDICE

Páginat¡.

P r ó l o g o d b l t h a d u c t o i l .............................................................. ................. v ji

PRÓLOGO DE UL PBUCBU RDIOldM. ........................................... 1


P r ó l o g o t»b l i s e g u n d a k d i c i ó n ............................................................... 0

1 ,-F A H T E T E Ó B IC A

LIBRO PRIMERO.—P r e l i m i n a r e s

Capítulo frjuhso ,—Bl mal q iu k a d t e&mbatirt» y latdioerus


form ar i» indolencia t* el etludiami* y n todo trabajador inU- ■
leetual............................................................................... ^ 10
Atóala, diaperaión del penas miento, honor al eafuerio
personal. pereta j erudición, vicio* de la enseñan**
Menndaria.

Capítulo II.—Lo que debe btteartt........................................ 33


Eafuéreos Intensos y perae.Torantea orientados hacia un
miamo flr.

Capítulo n i.—Eliminaeiá* de l a t f t k t t y deteontoladotat Uo-


r iu nnetruienlet á la tducatión de la .................... 38 (
S I.—Teoría considerando el carácter como inmu­
table.
Mglua.

§ 'Teoría del libre albedrío absoluto: id. t i i m u j


refutación; nneTa teoría da la libertad.

LIBRO II.—PkiC0 L00U os l a v o lu n ta d

Capítulo I .—Bttudio del cjitiú de Us idMJ m U voluntad........... 63


{ § I.—La. idea «s impotente catado está reynelta por
el torbellino de loa instintos.
§ II.—Nuestro poder aobre laa ideaa ea mnj Tasto.—
Mecaniatno de «ate poder.

C a p I t u l o I I . — Aludía
acerca del ojete de lo* estado» aftciiw i
m la voluntad............................................................................. 65

§ vlVOoaoipotflucI*.d» los estados afectivos sobre nos-

§ II.—Insigniflcueia de nntatro poder direeto aobre


nuestros astados afeotiToa. Uauaaa de eata im­
potencia.
§ III.—Todo lo podemos aobre nuestras Ideas, que son
impotentes, y nada sobre n u e stro emocionos,
ue son todopoderosas; situación al parecer
3
esesperada.
§ IV.—Pero el tiempo nos emancipa.
§ V.—Nnestro poder sobre los materiales seoundarios
de la emoción.
VI.—CoLelasLón del capitulo.

Capítulo III. —Pttibttidad del rtiuada de la inteligencia......... 86

§ I.—El fln que debemos perseguir oonsiste en ligar


Con fu e m laa ideas ¿ los acto».
§ II.-E stra te g ia de la inteligencia en presencia de las
emociones favorables.
§ III.—Estrategia do la inteligencia en presencia de las
emociones hostiles.
§ IV.—Táctica p ira cuando ruge la tempestad 4e laa
pasiones.

LIBRO III.—Losubviob 'MTBtiNoa

C a p ítu lo prim bbo.—Reflexión m elitniiea .....................................

§ I. -Sttolijeto: cómo cree impulsoi afectivoBde atrac­


ción ó repulsión.
§ II.—Precieióu de dar tiempo suficiente para «criata-
lizar* loa estados de candencia c a ja energía
conviene asegurar.
§ 111.—Programa gañera! para meditar con fruto.
§ IV.—l > reflexión meditativa oonaist» en ver de nn
modo concreto las eoiaa m u complicad*#,
g V.-Ofleio de las resoluciones bien determinadas.
Las dos grandrs hipótesis metafísicas. No de­
cidirse es dscidiise. Resoluciones secunda­
rias.
§ V I . L a acción presupone la meditación. La humani­
dad entá fórmala casi exclusivamente por ma
niquics. Sugestiones de la educación, familia»
medio j lenguaje. El lenguaje oscurece hasta,
lo más elevado. Vanidad. La meditación p er­
mite neutralizar estas sugestiones.
§ V II.—Todo el trabajo fructífero de la hum anidades
obra de loe nombres reflexivo». La agitación
no es Ja acción. La medicación elimina lo ex­
temporáneo, completa j fortifica la energia y
marca uu método bien determinado de con­
ducta.
§ V III.-L a meditación produce los principios d¡reoloras
de la condnota. Ofloio da estos principios: Bit
acción es debldaá su fijeza; 6 la facilidad con
que evocan emociones cujob »ignoa son.
$ IX .—Resumen del capitulo VIII.

Capítulo II.—Qué n meditar y e&no u rudila......................¿

§ I.—Meditar es do pausar con palabras * reemplazar


el signo con las cosas significadle.
PAginas.

$ II.—Ayudantes de la meditación. Unión del espíritu


j del Cuerpo.

C a p í t u l o I I I . — Oficio de U ución en It educación dt i* vo­


luntad ..................................................................................... , . ............... 100

5 I.—Sólo toa seto* depositan» hábitos en nosotros: '


oficio de las acciones de pooa importancia en
este «depósito». Oficio de la acción en cnanto
manifestación qtie nos atrae. Las setos como
causa de placeres.
$ II.—El tiempo de la actividad voluntaria ee m u ;
corto. Se suple por el poder prodigioso de los
pequeños efectos acumulados dorante largo
tiempo; es indispensable mAa actividad cons­
tante. Inconvenientes de las distribuciones
previas y detalladas del tiempo. Este no (alta
jamás ¿ quien eabe aprovecharlo, fijándose
tareas bien determinadae,aprovechando todoe
los buenos impulsos y aplicando el precepto:
A g t quod a fii.
$ III. - E l egoísta profesa odio A muerte i toda cultura
elevada; aristocracia del porvenir.
§ IV.—La desesperación y el agobio no proceden por
punto genrrat de exageración de actividad,
aino de malas costumbrea, de un amor propio
enfermlso y del trabajo «desparramado».
g V. —Resumen del capitulo III.

C a p ítu lo IV.—Za higiene corporal contiderada bajo el punto de


vista de té educación de la voluntad en el aludíante................ 186

$ I.—La salud, condición esencial del dominio de sí


mismo j del trabajo perseverante. Inconve­
nientes para la salud da un trabajo Intelectual
mal entendido. Cada oual pneda cambiar su
temperamento.
Necesidad de ana alimentación raoional. Se
come demasiado. Exceso de trabajo de los ór-
PigilM*.

ganos digestivos. Higiene de la reapiraaidn.


Ventajas del ejercicio,
$ 11.—El ejercicio considerado como «escuela p rim a­
ria» de Ib Tala otad.
§ III.—Errorea concernientes a l ejercicio. iN^da de
atleiaal Eatúpida imitación de loa Ingleses.
Lamentaciones de sabios inglese* acarea del
abnBO de ejercicios ? iolertoe. La vanidad de
loa ejercicios de fuerza.
$ IV.—Trabajo intelectual al aire libre.
$ V .-E eposo. Su d ferencia de la. peieza. Saaño. El
trabajo haata la medianoche. B1 trabajo en la
madrugada.
¡§ VI.—Bepoao (continuación). Utilidad del entreteni-
mianlo. Condiciones que deben reunir l u dis-
tracciones del trabajador intelectual.
8 T il.—Be turnen del capitulo IV.

UapItulo V.—R ctisii* general.................................................. 215

I L —P A S T E P R Á C T IC A

LIBRO IV.—M e d i ta c i o n e s f a b t i c u l a b e s

Capítu l o paila e r o . — Enemigos fue te deben combatir: tmtímen -


talúmo vage y sensualidad..................................................... / 22l'5)-
3 I.—Para qué ae deben averiguar cuáles son loe es­
tados enemigos del dominio de si mismo. Ku
enumeración.
& II.—Sentimentalismo vago. Criéis d« la pubertad.
Nov-laa de imaginaciones de veinte aSos. El
matrimonio tardío: sus consecuencias.
$ III. - Sensualidad: b u s consecuencia», sue causaB; la
sociedad y la literatura prodigan las excita*
cionee; opinión de C arljley de Manzoni. Ofi­
cio del amor en la vida. Sofismas relativos á
este bartioular. Medios de combatir la sen­
sualidad.
g IV.—Mediana moralidad da la mavor parte de loa
estudiantes; 6stos suelen ser víctima» de una
vanidad eetilpidn. Sus ilusiones infantiles tu
la evaluación de loa placeres del amor venal.
$ V. - Hábitos viciosos: efectos, remedios.

C a p it u lo II. —Enemigor que Je de’ien eamiaCir: iat em íjot, l&t


relacione*, tle ...................................................................................... 255

Categorías de amigo» peligrosos. Circuios de estudian-


tea; relaciona» tueialns.

Enemigos qrt» n deben combatir: sofitmai de lot


C a p I tu l o I I I .-
peretoior..................................................................................... 263

§ I .—Imposibilidad de reparar el tiempo perdido.


Ocupacione* de la carrera, etc.
§ II. —(No se puede trabajar más que en Paria! Venta­
jas «le lis provincias p a n el trabajo intelec­
tual.
§ III.—Resnmen del capitulo III.

C a p ít u l o IV. —ff.x u del froto/»................................................. 21b

Loa vago* son desgraciados. El trabajo como manantial


de felicidad por sí mismo j por sus consecuencias.

L1HEQ V.—Los a u x il io s d e l m e d io

Capítulo p sim e b o . —£a opinión, íot proftitut, t u ................. 285


§ I —Influencia capital del daaeo da conseguir elo­
gios. L» opinión en el colegio j en la (leal­
tad. ¿Onál deba ser el papel del profesor de
facultad? Necosidadas def estudiante. Noble
e m p T e s a q u e d e b e r í a proponerse l a enseñan»
superior.
Pifión.
S II.—Concepción absurda «arríente da la enaefianza
■uperior. Degenera en un cultivo exclusivo y
abusivo de la memoria. El erudito no ei el la ­
bio. Camele res eaanoialea del sabio digno de
eate nombre.
C¿ pItdlo II.— A / w u ú i» los tMrott 4il puadet ................... 302
C o n c l u s i ó n .................................................................................................................... 305