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Lila Caimari y Máximo Sozzo (editores)

® prohi/toria
JE*'. ediciones
Historia de la cuestión criminal en América Latina / lila Caimari... [et al.];
editado por Lila Caimari-, Máximo Sozzo - la ed. - Rosario: Prehistoria Ediciones, 2017.
388 p.; 22,5x15,5 cm. - (Actas / Dir. Carolina A. Piazri y Paula Polimene; 23)

(SBN 978-987-3864-67-4

1. Historia. 2. Criminología. I. Caimari, Lila II. Caimari, Lila, ed. III. Sozzo, Máximo, ed.
CDD 363.250980

Composición y diseño: mbdiseño


Edición: Prehistoria Ediciones
ilustración de tapa: “los Tenebrosos". Raffies. Sheriock Hoímes, Año 1, Número 12,19 de
septiembre de 1911
Diseño de Tapa: mbdiseño

Este libro recibió evaluación académica y su publicación ha sido recomendada por reconocidos
especialistas que asesoran a esta editorial en la selección de los materiales.

TODOS LOS DERECHOS REGISTRADOS


HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY 11723

© Lila Caimari y Máximo Sozzo

©de esta edición:


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Prohibida (a reproducción total o parcial de esta obra, incluido su diseño tipográfico y de portada,
en cualquier formato y por cualquier medio, mecánico o electrónico, sin expresa autorización del
editor.

Este libro se terminó de imprimir en Multigraphic SA, Buenos Aires, Argentina, en el mes de
septiembre de 2017.
Impreso en la Argentina

ISBN 978-987-3864-67-4
índice

Introducción
Historia y cuestión criminal en América Latina: expansión,
tendencias y desafios
Lila Caimari y Máximo Sozzo.................................................................. 9

Los usos de Lombroso. Tres variantes en el nacimiento de la criminología


positivista en Argentina
Máximo Sozzo......................................................................................... 27

Del “favor a la ley” al Estado guardián. Las policías de Santiago de Chile


en el siglo XIX (1822-1896)
Daniel Palma Alvarado............................................................................. 71

El surgimiento de la familia policial bonaerense durante la primera mitad


del siglo XX
Osvaldo Barreneche................................................................................. 109

El policía mineiro en la historia


Lucas Carvalho Soares de Aguiar Pereira.................................................. 133

Dinámica de la venta de robos en la ciudad de Buenos Aires: una


alternativa de subsistencia (1890/1910)
Ignacio Ayala Cordero............................................................................. 163

Un artista del delito. La circulación de monedafalsa entre el


Rio de la Plata y Brasil
Diego Galeano......................................................................................... 195

Policía de identificación en Chile. El Bertillonage y la Dactiloscopia


en la Policía de Santiago de Chile
Cristian Palacios Lava!..................................... 235

¿Colonias de población o lugares de tormento y destierro? Colonias


penales en América Latina. 1800/1940
Ricardo Salvatore y Carlos Aguirre........................................................... 275
“Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis Proyectos,
legislación y políticas penitenciarias en Argentina (1916-1938)
Jeremías Silva............................................................................................. 317

“Convenenciera y metalizada”. Denuncias sobre influyentismoy corrupción en


lajusticia (Ciudad de México, 1929-1971)
Elisa Speckman Guerra.................................................................................... 357

Los autores y las autoras.................................................................................. 383


INTRODUCCION

Historia y cuestión criminal en América Latina:


expansión, tendencias y desafíos
Lila Caimari
Máximo Sozzo

ste libro es el resultado de una reunión de trabajo realizada en Santa Fe

E en diciembre de 2014, co-organizada por la Universidad Nacional del Li­


toral y la Universidad de San Andrés. Lejos de ser una ocasión aislada,
dicho encuentro se inscribía en una larga serie de instancias que continúan hoy,
y que desde hace más de una década sostienen los contactos entre investigadores
de distintas ciudades del país y la región. Cada año, en efecto, más especialistas
confluyen en reuniones que van del taller confidencial al gran simposio interna­
cional, con el objeto de someter a consideración avances de investigación sobre el
delito, la policía, la justicia penal y la prisión, agrupados bajo la noción-paraguas
de “perspectivas históricas de la cuestión criminal”. Además de renovar intercam­
bios y energizar debates, dichas ocasiones (y las publicaciones que han surgido
de ellas) permiten seguir la evolución de este campo de conocimiento, revisando
consensos y perspectivas, definiendo agendas de trabajo a futuro,1
Si en un arco de quince años se comparan los encuentros más recientes con
los que marcaron el punto de inicio, en la vuelta del 2000, la distancia recorrida re­
sulta evidente. Los proyectos de entonces, todavía tentativos, portaban la novedad
(explicitada o no) de que la historia podía hacerse caigo de temas como la prisión,
el delito o la policía, que objetos de ese tipo valían la pena ser investigados. El
éxito de esta empresa dependía, claro, de la posibilidad de definir perspectivas
propias, a la vez relevantes para los grandes problemas de la disciplina histórica y
distintas de las que provenían de áreas tradicionalmente interesadas en esas cues-

1 Podemos mencionar algunas de las compilaciones que se han publicado desde los años 2000:
Aguirre y Buffington (2000); Salvatore, Aguirre y Joseph (2001); Gayol y Kcsslec (2002); Bo-
hoslavsky y Di Liscía (2005); Caimari (2007); Candioti y Palacio (2008); Sozzo (2009); Caimari,
Bohosíavsky y Schettini (2009); Barriera (2010); Trujillo Bretón (2010); Salvatore y Barreneche
(2013); Johnson, Salvatore y Spierenburgh (2013); Palma Alvarado (2015) y Galeano y Bretas
(2017).
10 Historia de la Cuestión Criminal...

(iones, como el derecho, la sociología, la criminología o ía antropología. Impor­


taba definir un lugar de enunciación, entonces, preguntas rendidoras y, también,
un horizonte de factibilidad de la empresa garantizado por el acceso a archivos
específicos.
El vigoroso campo de estudios históricos de la cuestión criminal que hoy
conocemos recoge preguntas de la historia social, de la historia intelectual y de la
historia del derecho, pone a prueba intuiciones nacidas en las canteras foucaultia-
na y neomarxista y se emparenta con la historia de las instituciones estatales y sus
expertos. En fin, se inserta en discusiones de distinto origen y tradición. Admitien­
do esta diversidad de genealogías, hay coincidencia en que un momento clave de
la construcción del campo como tal remonta a la academia estadounidense de los
años 1990, cuando los estudios históricos de América Latina se vieron influidos
por la convergencia de potentes líneas teóricas que invitaban a mirar prácticas de
resistencia “al ras” y formas cotidianas de funcionamiento de agencias estatales
hasta entonces poco menos que ausentes de la narrativa de la historia (Scott, 1985;
Joseph y Nugent, 1994; Salvatore y Aguirre, 1996; Salvatore, Aguirre y Joseph,
2001; Caimari, 2009). También hay acuerdo en que ese momento fue seguido de
otro, que en los últimos quince años lúe delineando un polo de desarrollo paralelo
en las academias sudamericanas (las del Cono Sur en particular) en el contexto de
fortalecimiento de las democracias y la consolidación de los mundos académicos
respectivos. En ese nacimiento -a su vez, parte de un big bang historiográfico más
general- los investigadores participantes en aquellos inicios confluyeron con nue­
vas generaciones que se acercaban a explorar este universo de temas movidos por
inquietudes menos teóricas y más arraigadas a las situaciones y problemas propios
de dichas sociedades contemporáneas, instalando fuertemente la necesidad de dia­
logar con el presente -con todos los dilemas que ello implica para el trabajo de los
historiadores.
El contraste entre aquellos primeros productos y el torrente de trabajos sobre
objetos más delimitados que presenciamos hoy, organizados en tomo a discusio­
nes que son propias de cada área dentro del campo, salta a la vista. Basta observar
el registro que transitan quienes colaboran en este volumen. De este modo, la
contribución de Jeremías Silva en relación con el devenir del mundo penitenciario
en los años de entreguerras se define en diálogo critico con los trabajos sobre esa
misma cuestión en períodos anteriores y posteriores, y con perspectivas que han
subestimado el peso de los contextos políticos. A su vez, el estudio de prácticas
delictivas que ofrecen las investigaciones de Diego Galeano e Ignacio Ayala Cor­
Introducción 11

dero dan por sentada la realidad de estos universos y, lejos de discutir su entidad
o ¡a conveniencia de su estudio, apuestan a develar las especificidades de ciertos
delitos contra la propiedad a la vez que exploran su potencial para informar sobre
concepciones de trabajo y economía en sociedades que se insertaban en el mun­
do según modelos capitalistas de exportación. La identificación de dimensiones
particulares de los imaginarios policiales argentinos y brasileños que iluminan los
trabajos de Osvaldo Barreneche y Lucas Pereira se posa sobre discusiones previas
en relación con la génesis de los aparatos simbólicos de estas fuerzas, asumien­
do que la construcción de un lazo subjetivo de pertenencia es una clave decisiva
para comprender la permanencia y el funcionamiento de estas instituciones. Así
pues, cuando se observa la escala de los análisis y su inscripción en discusiones
concretas y dinámicas, se desprende que estemos ante una producción que ya no
se interroga sobre su factibilidad ni justifica su existencia, sino que transcurre en
el seno de consensos sólidos al respecto. Y por eso mismo, avanza como avanza
la historia: a fuerza de ensayo y error, de cotejo critico, de territorios que se van
mapeando, de avanzadas sucesivas en las zonas temáticas por descubrir?
Como lo muestra el espectro que cubre esta compilación, el trabajo de los
investigadores también transcurre en diálogo con colegas de varios países, donde
se han dado procesos paralelos de desarrollo de los estudios, cuyos resultados se
cruzan y cotejan con regularidad creciente. Siguiendo la dinámica general de la
investigación histórica de estos años, se han abierto (as fronteras geográficas de los
proyectos, saliendo de los centros urbanos a zonas rurales, desarrollando espacios
de análisis regionales y locales pero también transnacionales, comparativos y de
circulaciones, intercambios y redes que atraviesan las fronteras nacionales.
En este proceso de crecimiento ha sido fundamental el diálogo con otras dis­
ciplinas. En una era2 4de fronteras por demás difusas y flexibles, esta tendencia a
*
inspirarse en los planteos de la antropología, la sociología, la criminología o el
derecho no sorprende, por supuesto. Pero sí es notable la asiduidad de contactos
entre perspectivas disciplinares que convergen o conviven, más o menos armonio­
samente, en tomo de ciertos polos temáticos. La relevancia de los temas de este
campo de estudios en el debate público ha hecho que la producción guarde, desde
sus inicios, una relación fuerte (si no bien definida) con el presente. Esta relación

2 Es sintomático de esta maduración et nacimiento en 2015 de una Revisto de Historia de ¡as Pri­
siones, dirigida por José Daniel Cesano y Jorge Núñez. Más aflá de hacerse cargo del devenir dei
campo en su definición amplia, esta publicación define su foco de interés en las discusiones que
son propias de la historia del castigo y tas instituciones carcelarias latinoamericanas, además de
seguir de cerca el estado de la historiografía internacional sobre el asunto.
12 Misiona de la Cuestión Criminal...

excede el habitual marco de preocupaciones actuales que modula las preguntas


de los historiadores, pues los estudios de la cuestión criminal son un campo his-
toriográíico a la vez que un campo productor de conocimiento “en perspectiva
histórica” -en otras palabras, productor de conocimiento sobre el pasado de temas
que importan hoy. Por ese motivo, la agenda de investigaciones ha estado investi­
da de relevancia adicional, agregando expectativas, tensiones y dilemas que no se
verifican en otros campos de la historia.
Este rasgo ya podía verse en los años 1990, cuando tantos trabajos partían de
interrogantes a la sombra de la experiencia de las dictaduras militares. En la intro­
ducción del influyente Crime and Punishment in Latin América (2001), el prólogo
de Gilbert Joseph comenzaba aludiendo a la experiencia de tortura y persecución
de miles de latinoamericanos, conectando directamente los estudios sobre el siglo
XIX con la memoria contemporánea de sus autores. Hoy mismo es habitual que
ios trabajos sobre delito, policía o prisión comiencen aludiendo a los angustiantes
diagnósticos del presente que dominan el debate público, en el que los historia­
dores estarían en condiciones de aportar perspectivas de larga duración? Una de
las razones de la interdisciplinariedad, en fin, remite a cierta expectativa de rendi­
miento explicativo de la historia que no se verifica en otras zonas temáticas de la
disciplina. En este sentido, hay pocas dudas de que la multiplicación de estudios
obedece, también, al hecho de que la historia es parte de algo mayor, como es
la necesidad de dar cuenta de algunos de los más terribles problemas de nuestra
sociedad. Por el mismo peso y relevancia de los temas en el presente, este campo
(o más bien, algunas de sus zonas temáticas) tiene mayor responsabilidad de ha­
blar hacia fuera de su comunidad de expertos. Esa dimensión “pública” (Sparks y
Loader, 2010) de nuestra labor -con todos los dilemas acerca de las estrategias de
comunicación- aún espera ser asumida plenamente.
Acostumbrados a los debates más recoletos, los historiadores de la cuestión
criminal se han visto envueltos en un modo de circulación que expone sus hallaz­
gos a las preguntas y las perspectivas provenientes de otras disciplinas. Se dirá que
no había muchas alternativas, en la medida en que la historia tenía poca tradición
propia de reflexión sobre la mayor parte de estos temas, y por supuesto esto no

3 Por nombrar dos casos recientes, ver la Introducción de Barreneche y Salvatore (2013) al volu­
men colectivo El delito y el orden, que alude ai problema de la inseguridad y la violencia en las
sociedades latinoamericanas contemporáneas, adjudicando a los historiadores un papel relevante
en esos debates. Y el volumen editado por Santamaría y Carey, Violence and Crime in Latin Amé­
rica (2017) donde los ensayos de corte histórico aportan perspectivas a una discusión más general
sobre las tendencias actuales de la violencia en América Latina.
introducción 13

significa que fas diferencias disciplinares se hayan borrado. Lo que importa, más
bien, es que se avanza incorporando instrumentos adicionales a la caja de herra­
mientas -por ejemplo, la teoría sociológica del delito, la observación etnográfica
de la policía o las burocracias penales, los procedimientos narrativos de la buena
crónica producida por periodistas y escritores en esta década de auge del género,
etc. Y a la inversa, tratando de aportar profundidad cronológica y complejidad
analítica en discusiones sobre el presente, que necesitan del espesor de la historia
para evitar que los esfuerzos por razonar más allá de las coyunturas inmediatas se
malgasten en visiones planas, Ideológicas y simplistas.
Este ejercicio no es sencillo y requiere de algunos resguardos. Las miradas
de largo plazo que la historia puede producir son más que (os supuestos antece­
dentes del presente. Y para ser algo más que antecedentes supuestos, esos datos
“históricos” (resumidos en el primer capítulo de una tesis, o en la introducción
de un proyecto de ley) necesitan asumir que mirar hacia atrás es aceptar que (as
cadenas causales no siempre son claras y que incorporar miradas de mediano o
largo plazo es algo más que un ejercicio de gestualidad superficial. Asimismo, si la
historia pretende estar a la altura de su lugar en la producción interdisciplinaria de
conocimiento sobre la cuestión criminal, deberá asumir que entender la naturaleza
histórica de estos objetos es más que lograr consensos sobre cómo eran las cosas
en un período dado, algo que en algunas zonas temáticas se ha ¡do logrando. Junto
a estos avances, sin embargo, persiste la pregunta más general sobre la naturaleza
histórica de estos objetos, sobre sus modos de evolución (o no) en el tiempo, so­
bre el tipo de periodizaciones que requieren, sobre los ciclos largos y cortos que
pueden distinguirse.
Los estudios aquí reunidos sugieren también hasta qué punto este campo ha
ido definiendo recortes en el seno de la disciplina histórica. La porosidad de los
bordes temáticos, una tendencia presente desde los inicios, puede ser pensada
como una forma de integración; los estudios iniciales sobre la criminología, la
prisión y la justicia penal -por nombrar áreas que acumulan más estudios histó­
ricos- siempre se pensaron en relación con contextos sociales y económicos más
amplios, y en esa atención residía, precisamente, su diferencia con la historia del
derecho. Desde entonces, esa propensión se ha desarrollado aún más, haciéndose
caigo de temas qué antes podían ser la provincia de la historia social o económica,
como la cuestión del mercado de trabajo en el estudio de la prisión tal como apa­
rece en el texto de Aguirre y Salvatore sobre las colonias penales aquí incluido, o
la cultura del dinero en el caso de las prácticas de falsificación, como lo muestra el
14 Historia de la Cwsíién Criminal...

trabajo de Galeano. Lo mismo ha ocurrido en el desarrollo de la agenda de temas,


que se ha expandido hasta dar la impresión de un campo omnívoro, que parece
incluirlo todo para hacerse cargo de “la vida misma”, para usar la expresión de
Foucault (1993:296) al hablar del campo de intervención de la policía diecioches­
ca. Expansión e imbricación: junto a los estudios más específicos, las preguntas
por la ley, el orden, la transgresión y el castigo constituyen más bien una forma de
articulación temática, un tipo de corte transversal que conecta distintas áreas de la
historia. En este sentido, más que de un campo podríamos hablar de una “zona”
de estudios cuya proyección excede el nicho de origen, y que funciona como pro­
veedor de preguntas que ordenan y articulan elementos dispersos en núcleos te­
máticos diversos. Así, los estudios sobre delito transcurren en imbricación con los
estudios urbanos y los estudios sobre clases y culturas populares; los estudios de la
criminología y la prisión pertenecen, a su vez, al ámbito de los estudios del estado
y los saberes estatales; de la misma manera, el análisis de las percepciones públi­
cas del delincuente y de las instituciones represivas se entrelaza, también, con los
estudios de la prensa y los medios. Por ese motivo, la productividad de los estu­
dios de la cuestión criminal proviene no solamente de lo que ha dado en relación
con sus preguntas específicas -lo que sabemos hoy sobre la prisión, la policía, la
justicia penal o el delito- sino también de las nuevas combinaciones de elementos
que ha producido. De este modo, la creciente especificidad de tas discusiones se
acompaña de una más audaz inscripción temática por fuera de los nichos respec­
tivos, permitiendo que el avance de las investigaciones se mantenga permeable al
devenir más general de la producción historiográfica, y que participe de él.
El marco cronológico de los trabajos aquí reunidos también es sintomático en
relación con tendencias más generales. Por un lado, se manifiestan esfuerzos por
ofrecer síntesis, visiones en arcos cronológicos extendidos que se separan de lo
estrictamente monográfico. Es el caso del estudio de Elisa Speckman sobre prensa
y justicia en México, del trabajo de Aguirre y Salvatore sobre colonias penales y
del de Palma Alvarado sobre la policía santiaguina. Esto constituye una novedad
en relación con una configuración temporal de los estudios precedentes, que ha
tendido a concentrarse en dos polos cronológicos de cobertura. En un caso, la
exploración del pasado ha partido de preguntas del presente o del pasado reciente,
imantando la dinámica de la indagación histórica hacia adelante, en la búsqueda de
orígenes de la gran violencia de los años 1970, o bien, en perspectivas históricas
sobre la “inseguridad” como concepto o experiencia cotidiana. Estas investigacio­
nes, como hemos visto, han avanzado en diálogo con la sociología, la criminología
I>:lrfj¿máón 15

y la antropología. Un segundo polo temporal, más propiamente histórico, se orga­


niza en tomo a preguntas por la construcción estatal y el proceso modemizador, y
por eso tiene su núcleo en las últimas tres décadas del siglo XIX y la primera del
siglo XX, que han consolidado una unidad cronológica de sentidos que es muy
amplia temáticamente. En este período, el más estudiado y el más denso, quedan
vastas áreas por explorar y discusiones por saldar. Este volumen contribuye en esta
dirección con los estudios de Sozzo sobre recepción de la criminología positivista,
Galeano y Ayala Cordero sobre prácticas delictivas y Palacios sobre técnicas de
identificación policiales. Pero vale subrayar también la incursión en períodos más
francamente anclados en problemas propios del siglo XX, como ios que ofrecen
los estudios de Silva sobre el reformismo carcelario argentino de los años 1920 y
1930, Barreneche sobre la policía bonaerense de mediados del siglo, Speckman
sobre las representaciones periodísticas de la justicia mexicana y Pereira sobre
la policia mineira a lo largo de buena parte del siglo XX. Continúan existiendo
múltiples baches en la exploración de esta larga temporalidad que deberían con­
citar esfuerzos importantes en la agenda futura de la investigación histórica. Pero
también podría decirse algo semejante del terreno más explorado de las primeras
tres cuartas partes del siglo XIX, en que existen muchísimos temas que mapear e
indagar.
Otra dimensión que ha marcado el crecimiento del campo radica en la activa­
ción de nuevos archivos. Buena parte de los trabajos aquí reunidos se hicieron so­
bre la base de fuentes documentales que eran desconocidas hasta no hace tanto. En
algunos casos, se trata de fondos que estaban disponibles pero se mantenían dor­
midos, y que iniciaron una vida documental distinta con la emergencia de objetos
y preguntas nuevos. Tal es el caso de ios fondos policiales y judiciales utilizados
para reconstruir vigilancias transnacionales que utiliza Diego Galeano en su ensa­
yo sobre el falsificador Raimbault, o de los fondos penitenciarios y policiales con­
cebidos para consumo de los empleados del sistema, como es el caso de Jeremías
Silva o de Osvaldo Barreneche, repertorios hoy asiduamente interrogados para la
historia. En otros casos, se trata de archivos que se han abierto en estos años, que
han sido descubiertos -en sentido literal- gracias a iniciativas de historiadores y
de archivistas y cuyo potencial empezamos a explorar recién ahora. Es el caso, por
ejemplo, del fondo de justicia criminal en el que se apoya el trabajo de Ignacio
Ayala Cordero, accesible desde 2010. Todos los investigadores del pasado necesi­
tan archivos, por supuesto, pero este campo depende muy directamente del acceso
a materiales producidos por el estado (policiales, penitenciarios, de inteligencia,
16 Historia ífe la Cuestión Criminal...

judiciales), muchos de los cuales están en manos de las instituciones productoras


cuyas reglas de acceso se guían por lógicas muy ajenas a las del mundo científico
y académico. En otros casos, hay archivos valiosos cuyo acceso no está prohibido
por nadie, pero fueron simplemente abandonados y resultan difíciles de incorporar
sin una inversión sustantiva de expertos que hagan posible su transformación en
fuente para la historia. La relación con el archivo, el acercamiento a los proble­
mas del mundo del archivo, pero más en general la reflexión sobre la naturaleza
de los corpus que constituyen el archivo propio de este campo de estudios, que
tantos desafíos metodológicos plantean, es una dimensión que ha acompañado
esta trayectoria. La activación de nuevos repertorios es, en fin, parte intrínseca
del crecimiento de este campo, y su futuro depende estrechamente de este factor.
Estos rasgos generales del rumbo de los estudios históricos de la cuestión
criminal se manifiestan en los trabajos reunidos en este volumen, que combina
contribuciones de las tres generaciones que hoy nutren este campo: investigado­
res que son referentes-fundadores, investigadores establecidos y en plena fase de
producción, e investigadores jóvenes ingresados más recientemente a un campo ya
estructurado. Su referencia a América Latina da cuenta de la frecuencia y solidez
de los intercambios entre quienes trabajan en y sobre distintos escenarios naciona­
les de la región. Y resulta una contribución al afianzamiento de las tendencias que
hemos venido identificando hasta aquí en un plano regional.

Contribuciones a este volumen


Por razones de relevancia que son evidentes, la pregunta por la ciencia del crimen
y su papel en la formación de los estados modernos latinoamericanos ha constitui­
do, desde el comienzo, uno de los vectores con mayor continuidad de indagación.
Sacando partido de los puntos de contacto con la historia de circulación y recep­
ción de ideas, y la de las elites intelectuales y científicas, desde hace más de una
década que se sigue de cerca la emergencia de instituciones estatales modernas
(prisiones, policías, justicia), así como la constitución de campos disciplinares y
académicos que las han modelado (criminología, derecho, psiquiatría) (entre mu­
chos otros, Salvatore, 1992, 1996, 2000, 2013, 2016; Salessi, 1995; Buffington,
2001; Caimari, 2002, 2004; Álvarez, 2003; Sozzo, 2006; 2007, 2015; Creazzo,
2007). El trabajo de Máximo Sozzo retoma hipótesis establecidas en este ámbito a
partir del estudio de las operaciones de la precoz recepción, y de los usos iniciales,
de ia obra de Cesare Lombroso en Buenos Aires. A partir de un análisis minucioso
del abordaje que le reservaron autores del mundo jurídico y médico, muestra que
Intraihicáón 17

aquel primer momento de interés en las hipótesis lombrosianas estuvo lejos de ser
acrítico. Muy por el contrario, el trabajo revela un arco nutrido de posiciones que
oscilan entre los extremos de adopción y rechazo, y una gama de razonamientos
complejos donde la deferencia no oculta matices ni objeciones.
El trabajo de Jeremías Silva, por su parte, vuelve sobre la dimensión refor­
mista de las corrientes de modernización de la prisión, que hasta ahora han es­
tado fuertemente concentradas en la vuelta del siglo XIX al siglo XX (Salvato­
re y Aguirre, 1996; Caimari, 2004; Nunes et ai., 2009). Su contribución avanza
en un período escasamente investigado, como es el de las gestiones radicales de
principios del siglo, prestando atención a los contextos políticos, cuya presencia
en los análisis disponibles ha sido algo esquiva. Su investigación demuestra que,
contrariamente a lo que se había asumido, las gestiones radicales fueron pictóri­
cas de proyectos modemizadores de la prisión. Lejos de constituir una suerte de
contrapunto vacío a los períodos previos y posteriores, debe ser pensada en clara
continuidad programática con los proyectos reformistas más ambiciosos y mejor
conocidos.
Carlos Aguirre y Ricardo Salvatore se aproximan al mundo carcelario desde
un ángulo diferente, el de las experiencias de colonización penal en América La­
tina. Su trabajo -texto de síntesis más que investigación en sentido estricto- des­
cribe y compara el derrotero de largo plazo de cuatro casos, nacidos de la noción
ampliamente compartida en el siglo XIX de la conveniencia de deportar sujetos in­
deseables de las grandes ciudades a rincones marginales necesitados de población.
Las experiencias en la isla Juan Fernández en Chile, el penal de Ushuaia en Argen­
tina, la isla Femando de Noronha en Brasil y las Islas Marías en México ponen en
evidencia el recurso sostenido de los estados modernos a la figura de la expulsión
colonizadora. Conectando estas prácticas con la configuración de los mercados de
trabajo de las sociedades continentales y los mecanismos de eliminación de ciertas
poblaciones (definidas en términos de raza, clase o adscripción política), el trabajo
ilustra también contrastes importantes en la ambición y ejecución, con algunos
casos acercándose a modelos reformistas modernos de castigo y colonización, y
otros subsistiendo apenas en los márgenes de los estados nacionales.
Los estudios sobre policía, que comenzaron circunscriptos a la pregunta por
la represión política o social, constituyen una de las áreas de mayor avance en los
últimos años, guiados por preguntas sobre los procesos de modernización y pro-
fesionalización de estas fuerzas, por un lado, y al lugar capilar, difuso y a la vez
fundamental que Ies cabe en la historia de la construcción estatal. Los límites del
18 Historia lie la Cuestión Criminal...

objeto también se han ido modificando a partir de la constatación de la naturaleza


inmanente de este actor, su carácter intersticial, íntimamente ligado al devenir en
el espacio urbano (Foucault, 1989, 1993; Neocíeous, 2000; Sozzo, 2005; Galeano,
2016b; Caimari, 2012). El estudio de Daniel Palma sobre la policía de Santiago de
Chile ofrece una síntesis de la historia de esta institución, mostrando los proble­
mas más específicos del objeto (proyectos modemizadores e impulsos profesiona-
lizadores ambiciosos y de difícil ejecución) y su papel crítico en el mantenimiento
del orden callejero, conectando la historia de esta agencia estatal con los vaivenes
de la historia social y política, y la historia de la vigilancia de la moralidad y las
costumbres.
Los trabajos de Osvaldo Barreneche y de Lucas Pereira, por su parte, reto­
man una de las líneas de indagación más ricas del estudio histórico de las policías
latinoamericanas, como es la pregunta por la construcción de lazos identitarios
de pertenencia. La cuestión es bien conocida por los etnógrafos y sociólogos de
la policía, que han marcado mecanismos y operaciones que inculcan sentidos de
grupo y construyen un “nosotros” policial (Reiner, 1992; Waddington, 1999; Sírí-
marco, 2009; Galvani, 2016). Pero al tratarse de construcciones que funcionan en
el largo plazo y que explican en buena medida el éxito progresivo de los proyectos
de modernización institucional a lo largo del siglo XX, los estudios del pasado de
estos armados simbólicos resultan indispensables, de allí la atención prestada en
los últimos años a la aparición de rituales y publicaciones policiales destinados a
construir este lazo (Caimari, 2012; Galeano y Bretas, 2017). En este plano, el es­
tudio de Barreneche muestra de qué maneras la policía de la provincia de Buenos
Aires alimentó tempranos lazos mutualistas, entre los que sobresale la construc­
ción de un panteón cuyos rasgos eran reveladores de visiones simbólicas de la
institución, donde los policías de todas las jerarquías quedarían igualados ante la
muerte. Pereira, por su parte, atiende al entramado de historias heroicas del pasado
policial. En ese conjunto de referencias simbólicas, encuentra elementos que tejen
vínculos entre soldados y oficiales, al tiempo que marcan distinciones en relación
con la consolidación de los poderes estadual y estatal a lo largo de la primera mitad
del siglo XX brasilero.
El capítulo de Cristian Palacios vuelve su atención sobre un tema que ha ve­
nido cobrando fuerza en los estudios históricos sobre la policía recientemente (Ro­
dríguez, 2004; García Ferrari, 2010,2015): el desarrollo y difusión de las técnicas
y prácticas de identificación de individuos en el marco de la actividad policial y su
giro desde una lógica orientada hacia la individualización de “reincidentes” a una
Introducción 19

orientada a la individualización de “ciudadanos”. En particular, explora el proceso


de adopción de diversas ideas y técnicas al respecto en el contexto de Santiago de
Chile en las primeras dos décadas del siglo XX.
La historia del delito tiene una larga tradición como rama de la historia so­
cial del siglo XIX, encamada en los estudios del bandidismo. Junto a esa línea,
que continúa desarrollándose (Fradkín, 2006), se ha ido afianzando el estudio del
delito moderno y urbano como puerta de entrada para observar las sociedades por­
tuarias latinoamericanas (Piccato, 2001; Palma, 2011; Galeano, 2016a). El trabajo
de Ignacio Ayala Cordero sobre las redes sociales del robo en Buenos Aires se ins­
cribe en esta línea. A partir del estudio de legajos de justicia criminal, reconstruye
las amplias tramas sociales que hacían posible la circulación de bienes obtenidos
mediante el robo. La organización y persistencia de estas prácticas sugieren, en su
argumento, la existencia de visiones del trabajo y la economía diversas del modelo
capitalista.
La falsificación de moneda constituye el centro del trabajo de Diego Galea-
no. Siguiendo la pista de un falsificador de origen francés devenido célebre en ias
ciudades sudamericanas, su trabajo muestra la escala de la circulación de moneda
falsa en el espacio rioplatense. Asimismo, describe la trama de alianzas y contac­
tos que subyacía a este negocio, y la concepción espacial que lo sostenía, donde
Brasil, Uruguay y Argentina formaban parte de un mismo territorio de operacio­
nes, tanto delictivas como policiales.
En la medida en que la historia del delito, la policía y la justicia de los siglos
XIX y XX está ligada a la de las percepciones sociales en relación con estos ac­
tores, su vinculación con la historia de ia prensa y de la opinión pública ha sido
fundamental. Así, el trabajo sobre secciones específicas de los diarios (policiales,
judiciales, nota roja, etc.) fue extendiendo la inicial relación con la prensa como
insumo hacia un interés en la prensa como objeto, entendido en su complejidad.
No pocos historiadores de esta área trabajan en diálogo más o menos formal con
la historia del periodismo y con la crítica literaria culturalista, que también se
interesa en la prensa (Caimari, 2004, 2012; Kalifa, 1996; Buffington, 2001). El
trabajo de Elisa Speckman aquí incluido se inscribe en esta franja, concentrándose
en las representaciones periodísticas de la justicia mexicana en un período que
cubre buena parte del siglo XX. Demuestra que la cobertura de casos criminales,
y la crítica sistemática de los mecanismos que les reservaba la justicia, consolidó
una imagen débil y corrupta del sistema judicial mexicano, que se mantendría
en el largo plazo. Este profuso despliegue de visiones negativas, a su vez, habría
20 Historia dt la Cuestión Criminal—

constituido un canal oblicuo de crítica de los regímenes imperantes, una suerte


de válvula de escape allí donde la oposición política explícita podía ser riesgosa.
La reunión de estos trabajos en un volumen espera contribuir a difundir avan­
ces en 2onas diversas del vasto campo de estudios históricos de la cuestión crimi­
nal en América Latina, engrosando así la lista, más y más larga, de estudios que
alimentan una de las más vitales áreas de nuestra historiografía.

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Los usos de Lombroso
Tres variantes en el nacimiento de la criminología
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Máximo Sozzo

Introducción
esde mediados de los años 1880 en Buenos Aires es posible observar,
tanto en el campo médico como jurídico, algunos síntomas de la impor­
tación del discurso “en ei nombre de la ciencia” acerca de la cuestión
criminal construido en el contexto europeo y, especialmente, italiano, a partir de
las innovaciones teóricas de Cesare Lombroso y sus colegas y discípulos.
En el campo médico, la Revista Médico-Quirúrgica -la revista médica más
importante en el país, que había comenzado a aparecer en 1864- publicitaba en
1885 el Primer Congreso Internacional de Antropología Criminal que se iba a
desarrollar en Roma, a partir del impulso de Lombroso (RMQ, 1885a: 147), Y
publicaba un pequeño artículo sobre los estudios de “antropología criminal” que
Lucio Meléndez y Emilio Corti -el más importante alienista y el más importante
higienista, respectivamente, en la corporación médica bonaerense- estaban lle­
vando adelante en el asilo de locos de la ciudad: “...se han hecho mediciones
antropométricas de un cierto número de alienados criminales; más tarde se harán
las mismas en todos los asilados en el manicomio y, finalmente, para completar
tan interesantes investigaciones, se seguirán los estudios en los criminales de la
penitenciaria” (RMQ, 1885b: 226).
Se destacaba, en el mismo sentido, la tesis de medicina de Samuel Gaché,
Estudio de Psicopatología presentada en la Universidad de Buenos Aíres (Gaché,
1886; ver también, Gaché, 1887). La misma Revista Médico-Quirúrgica publicaba
una noticia sobre su presentación y congratulaba a su autor porque demostraba su
competencia en “esa rama nueva y difícil de la ciencia”, “hacemos votos para que
el Dr. Gaché continúe en Ja senda de estudios en que se ha iniciado, para que más
tarde podamos llamarle el Lombroso argentino” (RMQ, 1886: 291).
En el campo del derecho, la Revista Jurídica -la principal publicación perió­
dica de este campo- también publicaba en 1886 un par de textos donde aparecían
referencias sintéticas a las ideas de la “Escuela Positiva” al presentar los debates
28 Historia de la Cuestión Criminal...

del I Congreso Internacional de Antropología Criminal celebrado en Roma (Piñe­


ro, 1886; Brusa, 1886; Anónimo, 1886). Al año siguiente, la cátedra de Derecho
Criminal y Comercial -creada en 1856- de la Facultad de Derecho y Ciencias So­
ciales de la Universidad de Buenos Aires se dividió, autonom izándose un espacio
curricular exclusivamente dedicado al derecho criminal. Se designó como Profe­
sor Titular a Norberto Pinero, quien adoptó inmediatamente un programa com­
pletamente fundado en las enseñanzas de la “Escuela Positiva” (Piñero, 1887a;
ver Del Olmo, 1992; 3-5; Creazzo, 2007; 39-41; Sozzo, 2015: 223-224). En ese
mismo año se publica en la Revista Jurídica el “discurso inaugural” del curso por
parte de Piñero en que enfatiza la necesidad de partir del “método positivo”, seña­
la el carácter “anómalo” del “hombre delincuente” -especialmente del “criminal
nato”- la necesidad de determinar las causas del crimen e introduce el concepto de
“criminología” -a partir del uso de Garofalo (Piñero, 1887b; ver también Piñero,
1888).
En febrero de 1888 se fundó en la ciudad de Buenos Aíres, con la participa­
ción de destacados profesionales del campo de la medicina y el derecho -entre
otros, el mismo Norberto Piñero-, la Sociedad de Antropología Jurídica, con el
objetivo de “estudiar la persona del delincuente, para establecer su grado de te-
mibilidad y su grado de responsabilidad, aspirando al mismo tiempo a la reforma
gradual y progresiva de la ley penal de acuerdo con los principios de la nueva
escuela”.1
Su presidente, Francisco Ramos Mejía, dictó la primera conferencia de dicha
Sociedad en mayo de ese año, Antropología Jurídica. Principios fundamentales
de la Escuela Positiva de Derecho Penal, que es publicada inmediatamente como
folleto (Ramos Mejía, 1888; ver al respecto Del Olmo, 1981; 135; 1992; 5-6;
Scarzzanella, 1999: 13; Creazzo, 2007: 44-45). En junio de ese mismo año, tam­
bién en el marco de la Sociedad, otro de sus miembros, Luis M. Drago, dictó una
conferencia titulada Los Hombres de Presa que luego, en un formato ampliado, se
transformó en el primer libro de “criminología” publicado en Argentina, con un
prólogo del mismo Ramos Mejía (Drago, 1921).
Como vemos, las ideas de la criminología positivista producidas en el contex­
to europeo se difundieron y debatieron rápidamente en el campo de la medicina y
el derecho en Buenos Aires, dando lugar a uno de los más veloces y contundentes

l La cita sobre el objetivo de la sociedad, traducida al italiano, aparece en la noticia acerca de su


fundación que se publica en 1888 en Archivio di Psichiatria, Scienze Penali ed Antropología Cri­
mínale (Fratelli Bocea, Torino, Vol. 9:335), la revista especializada dirigida por Cesare Lombroso.
Los usos de Lombroso 29

procesos de importación cultura! de estas específicas maneras de pensar la cues­


tión criminal que se haya registrado a nivel global. La criminología positivista se
transformó velozmente en un vocabulario teórico de extraordinario peso cultural
y político en el escenario argentino -especialmente en la ciudad y provincia de
Buenos Aires (Del Olmo, 1982, 1992: 1-12; Marteau, 2003: 103-109; Creazzo,
2007: 29-57).1 23
Si bien Lombroso nunca viajó a Argentina -como sí lo hicieron en la primera
década del siglo XX personas allegadas a su trabajo como su hija Gina Lombroso,
Guglielmo Ferrero y Enrico Ferri (Salessi, 1995: 175; Scarzaneia, 1999: 87-100;
Levaggi, 2009)— su presencia fue central en el nacimiento de la criminología posi­
tivista en este contexto. Sus conceptos y argumentos se transformaron en un mate­
rial básico en la construcción de este tipo de vocabulario teórico desde mediados
de la década de 1880. Ahora bien, esta presencia de Lombroso no estuvo siempre
vinculada a una actitud apologética, como sería posible pensar a partir de una mi­
rada superficial acerca de este momento crucial en la historia de los saberes sobre
la cuestión criminal. Esa mirada superficial sobredimensiona el impacto de esta
figura intelectual y al mismo tiempo lo vuelve monovalente. Y produce una ex­
traordinaria simplificación de los rasgos de las producciones intelectuales locales.
En este trabajo diferenciaremos tres actitudes de los intelectuales locales en
relación con los conceptos y argumentos de Lombroso en la literatura producida
en los inicios de este proceso de importación cultural? Estas tres actitudes tuvie­
ron un peso relativamente equivalente y articularon una gradación del impacto de
su presencia y al mismo tiempo le dieron valencias diferentes. En primer lugar,
identificaremos una actitud de adopción, que implicó un ejercicio de apología.

1 Esto se reforzó a partir de una segunda generación de intelectuales -y operadores del sistema
penal- encabezada por Francisco de Veyga y José ingenieros, que comenzó a desarrollar sus ac­
tividades académicas e institucionales hacia fines de la década de 1890. La literatura sobre el
desenvolvimiento de la criminología positivista en la Argentina, especialmente en este segundo
momento, con diversos énfasis, ha venido creciendo en ios últimos años, véase Del Olmo (1981.
122-178; 1992); Huertas (1991:67-198); Geli (1992); Salvatore (1992, 1996, 2000, 2001,2010,
2013,2016); Ruíbal (1993, 1996); Zimmermann (1995: 126-172); Salessi (1995: 115-176); Scar-
zanella(l999: 13-100); Marteau (2003: 101-143); Caimari (2002,2004: 75-108, 137-163); Rodrí­
guez (2006); Creazzo (2007); Dovío-Cesano (2009); Zapiola (2009); Núñez (2009); Dovio (2010.
2016); Cesano (2005, 2009, 2012, 2015); Núñez y Cesano (2012, 2014, 2016); Núñez y González
Alvo (2015); González Alvo (2013:61-91); Albornoz (2015: 208-252), Porleili (2016); González
(2016); Otaeta (2016).
3 Este trabajo se Inscribe en el marco de una investigación más amplia sobre los usos de Lombroso
en la criminología positivista argentina, que abarca también el momento de su consolidación, a
partir de 1900.
30 Historia de la Cuestión Criminal...

En segundo lugar, una actitud de transacción, en la que la adopción de ideas lom-


brosianas se balancea con críticas sobre elementos importantes de su producción
intelectual. Y, por último, una actitud de rechazo, en la que la figura de Lombroso
es leída en términos negativos, aun en el marco de la reivindicación de una pers­
pectiva “científica” sobre la cuestión criminal. De este modo, mostraremos que la
presencia de Lombroso en el primer momento de nacimiento de la criminología
positivista en Argentina resultó polivalente y compleja. En síntesis, se podría sos­
tener que la criminología positivista en Argentina nació, simultáneamente, gracias
y a pesar de Lombroso.

Adopción
Desde el mismo inicio del proceso de importación del discurso criminológico po­
sitivista en Argentina se desataca entre los diferentes participantes la ruptura que
implica esta perspectiva “científica” con respecto a las posiciones “metafísicas”
del pasado, tanto católico como liberal, que caracterizaban al saber local sobre la
cuestión criminal desde su formación en los inicios del siglo XIX (Sozzo 2007,
2009, 2013b; 2015; 59-194).
La imagen de Lombroso, como decíamos, es importante en esta reivindica­
ción general. Encontramos frecuentemente en este marco una adopción de sus
ideas que deriva en una posición apologética acerca de sus aportes en tomo a
cuatro ejes fundamentales; a) la necesidad y justificación de la antropología crimi­
nal como ciencia nueva y específica, fundada en el método positivo; b) el deter-
minismo como forma de pensar la comisión de delitos; c) la imagen del “hombre
delincuente” o “criminal nato”; d) el abandono del presupuesto del libre albedrío y
la adopción del imperativo de la defensa social frente a los individuos delincuen-
Los usos de Lombroso 31

tes en función de su peligrosidad como justificación de una reforma radical de!


derecho penal.4
Ahora bien, en general dicha recepción no implicó que ios conceptos y argu­
mentos lombrosianos fueran profundamente expuestos. Más bien se observa, una
utilización liviana. Veamos algunos ejemplos en esta dirección.
En el campo de la medicina, Samuel Gaché -quien, como vimos, era anun­
ciado como una promesa de “Lombroso argentino”- presentó una tesis de gra­
do sobre “psicopatología” en la que se destacan las referencias teóricas a Morel,
Despine y Maudsley, todos autores del mundo de la medicina mental con los que
el intelectual italiano dialogó más o menos intensamente (ver al respecto Coffin,
1994; 100-102; Frigessi, 2003: 101-106). Gaché introduce brevemente las ideas
de la “antropología criminal” -“teoría bellísima”- reconociendo que el criminal
posee “caracteres esenciales, orgánicos y psíquicos” que hacen posible distinguir­
lo, mencionando -entre otros- la foseta media en el occipital y su descubrimiento
por Lombroso (1886: 150, 152). También apunta que esto vuelve al “tipo crimi­
nal” una “variedad patológica” que representa “una desviación en el tipo humano

4 Estos diferentes ejes tuvieron diverso peso, progresivamente, en el trabajo de Lombroso. Como es
sabido, su libro fundamental i’ Domo Delínqueme ñte publicado por primera vez en 1876. Pero
luego tuvo otras cuatro ediciones (1878, 1884, 1889 y 1896-1897). Además, claro está, existió una
vastísima producción intelectual del autor italiano bajo la forma de artículos y otros libros sobre
temas relacionados. Pero restringiéndonos a su libro fundamental y sus diversas ediciones, es
posible señalar que el tópico de la “terapéutica del delito" -asociado al punto d)- aunque presente
en la primera edición comienza a tener claramente más fuerza a partir de la segunda edición de
1878 (Frigessi, 2003: 115). O la imagen del hombre delincuente -asociada al punto c)- empieza
a complejizarse sustantivamente a partir de la tercera edición de 1884 con una incorporación más
decisiva del diálogo con las ideas de la medicina mental acerca de la “locura moral” y la “epilep­
sia" (Frigessi, 2003: 112, 178-188). Sobre el libro y sus vicisitudes y contenidos, ver también Gi-
bson y Hahn Rafter (2007). En los textos producidos en Argentina que analizamos en este trabajo
no siempre es del todo claro a qué edición de L' (Jomo Delinquente tuvieron acceso los autores
-aunque por las fechas de publicación es posible descartar, en algunos casos, la cuarta y siempre,
la quinta edición. En algunos casos no queda claro que hayan tenido un contacto de primera mano
con el libro. Es preciso señalar que no existió una traducción completa al español. La traducción
francesa de A. Boumer y G. Regnier para Félix Alean se publicó en 1887. En la portada se refiere
que se tradujo la cuarta edición italiana pero dado que la misma es de 1889, resulta más bien po­
sible que haya sido Ja tercera edición de 1884, lo que se ve ratificado por su contenido (ver sobre
la recepción en Francia de Lombroso, Renneville, 1994). Alguno de los intelectuales argentinos
que escriben posteriormente a esa fecha han empleado dicha traducción francesa. Sobre estos ejes
fundamentales en la obra de Lombroso, ver Wolgang (1960); Darmon (1989: 33-58, 64-65); Pick
(1989; 129-139); Renneville (1994: 107-111); Labadie (1995: 322-345); Gibson (2002; 1-55);
Frigessi (1995: 344-361; 2003: 97-116. 178-188, 197-208); Gibson y Hahn Rafter (2007: 7-15),
32 Historia la Cuestión Crimina!...

normal”, en la que destaca la “ausencia de sentido moral” (1886: 152)? Señala


asimismo el peso de la “herencia” como causa, aunque a su vez apunta el peso del
“medio social y familiar” como potencial “ortopedia cerebral” que podría impedir
en ciertos casos las “monstruosidades cerebrales” que nacen de las propensiones
hereditarias con distinto nivel de intensidad (1886: 153). Gaché enfatiza la nece­
sidad de que el derecho penal tenga en cuenta las enseñanzas de la “antropología
criminal” que “está destinada a modificar profundamente las disposiciones de los
Códigos y la filosofía del derecho penal” (1886:159-160).
Posteriormente, en un artículo dedicado especialmente al tema, Gaché desta­
ca que la “antropología criminal” como “nueva ciencia” cuya “utilidad es inmen­
sa y su porvenir imposible de calcular”, está difundiéndose “por todo el mundo
civilizado”? y enfatiza que la “organización imperfecta de los criminales es un
hecho ya fuera de duda” (Gaché, 1887:410-411). Sostiene que la misma está des­
tinada a “conmover muchos puntos importantes de la legislación penal y asentar
a la misma sobre una base nueva” (Gaché, 1887:405), entonces no se castigará al
delito “sin antes examinar al delincuente” (1887:410).
En el mismo sentido y momento, desde el campo de) derecho, Norberto Pi­
nero en el discurso inaugural de su primer curso sobre Derecho Criminal señala
resumidamente los aportes de la “escuela positiva”, “que dará la vuelta al mundo
para bien de la humanidad”:
“Por una parte, cesa de verse en el delito un ente jurídico abstrac­
to, dejan de despreciarse sus elementos naturales y sus causas;
al contrario se estudia el crimen en toda su realidad, como fenó­
meno social, se averiguan sus factores y se indagan las leyes que
dirigen su movimiento. Por otra parte, se abandona la idea de que
los delincuentes son seres normales, nada diferentes de los demás
hombres y se les examina en sus instintos, en sus tendencias y en

5 Esta referencia a la “ausencia de sentido moral” como rasgo distintivo podría vincularse al diálogo
con las teorizaciones acerca de la “locura moral" que el mismo Lombroso desarrolló. Pero también
puede originarse en las mismas exploraciones de Gaché sobre textos claves de la medicina mental
europea. En el campo médico en Buenos Aires existían desde hacía tiempo incursiones sobre este
tema que se plasmaron en diversas tesis de grado de la Universidad de Buenos Aires y en diversos
libros significativos (Córdoba, 1855; de la Reta, 1855; Mallo, 1864; Costa, 1876; Wilde, 1877; Ra­
mos Mejía, 1915 [1878/18821; Figueroa, 1879; Gaché, 1884,1886;Acevedo, 1886; ver al respecto
Sozzo, 2015:279-280,351-367).
6 Cita luego la difusión de estas ideasen Buenos Aires. Además desu tesis de grado, Gaché mencio­
na y analízala tesis en derecho de Magnasco (1887), sobre la que volveremos más adelante. Sobre
este otro precedente, señala sus puntos de disidencia y proclama que le gustaría verlo sostener “sin
temor, las ideas de la escuela antropológica” (Gaché, 1887:411 -414).
Los usos de Lambroto 33

su organización toda. Se llega así a ia adquisición de esta gran


verdad: el criminal, particularmente el criminal nato o por instin­
to es un ser más o menos anómalo” (Pinero, 1887b: 175),

En este discurso inaugural se hace ya evidente el carácter de lector activo de Lom­


broso, pero también de otros autores de la Escuela Positiva como Garofalo y Ferri
(Creazzo, 2007: 40-41). De hecho, del primero, Piñero rescata la idea de “crimi­
nología” para definir este nuevo campo de saber que incluye, pero excede, a la
“antropología criminal”. Y del segundo, recupera la idea de ia existencia de una
familia de tipos delincuentes, del que el criminal nato es solo una especie parti­
cular aunque muy importante (Piñero, 1887b; 169). En general existe una fuerte
reivindicación de la necesidad de adoptar el “método positivo” que “se impone
y tiene forzosamente que imperar en el derecho criminal” (Piñero, 1887b: 174).
Esto se ve también ratificado en un trabajo posterior titulado Problemas de Cri­
minalidad. Sobre las causas del delito, un texto de inspiración ferriana, en el que
explícitamente se hace alusión a la combinación de causas físicas, individuales
O antropológicas y sociales de este autor italiano, como la “clasificación” que ha
sido aceptada “por la escuela positiva de derecho criminal” (Piñero, 1888: 17).’
En este texto cita en diversas ocasiones a Lombroso -“el ilustre antropólogo ita­
liano”- hace referencia a la tercera edición de L ’Uomo Delinquente de 1884 y al
vínculo entre delincuente y loco moral (1888: 21, 24). Explícitamente vuelve so­
bre la relación entre la herencia y el medio en la causación del delito (1888:20-21)
y abunda sobre las necesidades de prevenir y reprimir el delito a partir del saber
del “hombre científico” que determinará cuáles son las medidas más adecuadas
para cada caso de acuerdo a su “peligrosidad”, especialmente en lo que hace a la
“eliminación” de los “incorregibles” (1888: 25-26).
Por su parte, Francisco Ramos Mejía, presidente de la Sociedad de Antropo­
logía Jurídica, publicó, como decíamos, un texto titulado Antropología Jurídica.
Principios fundamentales de la Escuela Positiva de Derecho Penal que constituye
un aporte más elaborado en la traducción de las ideas de Lombroso. Encama una
defensa de esta “ciencia especia!” fundada en el “método positivo” que ha demos­
trado que el “hombre delincuente” tiene unas “anomalías somáticas y psíquicas de
carácter determinado” y constituye “una especie, una variedad anormal” y al mis-

7 Sobre las ideas de Ferri y Garofalo, ver Sellín (1960); Alien (1960), Dignefíe (1998); Gibson
(2002:40-54,15M53); Frigessi (2003: 197-229).
34 Historiii de la Cuestión Criminal...

mo tiempo, ha reivindicado el carácter de “fenómeno natural” del delito -como el


nacimiento o la muerte (Ramos Mejía, 1888: 114-116)?
Existe “un tipo humano dedicado al crimen” que posee “anomalías anató­
micas, fisiológicas y fisiognómicas” y “en cuya escala ocupa el primer grado el
epiléptico, el segundo el loco moral y el tercero el criminal nato reunidos todos
por un elemento degenerativo” (1888: 117-119).’ Enfatiza que la pregunta central
de esta nueva ciencia se construye en tomo a cuáles son las causas que dan naci­
miento a “este producto anormal", a este “ser inferior al tipo medio de la huma­
nidad”. Y entre ellas subraya el “atavismo”, “primer fundamento de la tendencia
innata al crimen”: “El crimina) es un ser retrovolativo, un habitante de las selvas
cuaternarias perdido en la civilización del siglo XIX y es a la vez un enfermo o un
degenerado” (1888: 119). Describe luego con gran detalle los logros de Lombroso,
a quien sostiene que debe dársele el “título de jefe de la escuela”, en la demostra­
ción del “atavismo” y del parentesco del “hombre delincuente” con el “salvaje”
(1888: 120-122). Pero luego señala que (os criminales no son siempre “criminales
natos” y de allí que la antropología criminal no se circunscribe solo a ellos, com­
prendiendo también a los,
. .crimínales por causas extemas al organismo, como son (as in­
fluencias sociales y morales de la familia y de la sociedad, las del
clima, la de una alimentación excesiva o insuficiente, los excesos

8 Esto no le impide reconocer que: “Contiene todavía muchas aventuradas o incompletas generali­
zaciones poco fundadas que no revisten el carácter de certidumbre y evidencia necesarias para ser
admitidas como verdades científicamente demostradas” (Ramos Mejía, 1921: 126). En la misma
dirección se orienta en el prólogo del mismo afio al libro de Luis M. Drago (Ramos Mejía, 1921:
8). También le atribuye a la Sociedad de Antropología Jurídica porteña la tarea de ayudar a su
consolidación. Dice: “Ella contribuirá con los datos de la antropología y la sociología argentina
indígena, de que Europa carece” (1888: 126).
9 Ramos Mejía cita la traducción francesa del libro de Lombroso de ¡387(1888: lió). Es probable
que tuviera también acceso a textos menores del autor italiano que se orientaban en la dirección de
un diálogo con los conceptos de locura moral y epilepsia. Pero también que esta referencia naciera
del contacto directo con las ideas de Maudsley al respecto y el debate que habían generado en el
contexto europeo. Ya en el mundo del derecho es posible observar ei impacto del autor inglés en
relación con sus ideas acerca de la epilepsia y, en general, de la relación entre la locura y el crimen,
en la tesis de Berho(1884; ver al respecto Sozzo, 2015: 208-221). Además es posible subrayar en
este sentido la inclusión de la noción de degeneración en el texto de Ramos Mejía, elaborada por
More! y retomada por Maudsley y en principio, ajena al vocabulario ¡ombrosiano. Por ejemplo,
sin dar mucho cuenta de las posibles contradicciones el autor argentino señala. “El atavismo, pri­
mer fundamento de la inclinación innata al crimen, la suspensión del desarrollo, la degeneración"
(Ramos Mejía, 1888: 119). Esta noción de degeneración tenía ya una cierta presencia en el campo
médico en Buenos Aires (Giraud, 1876; Ramos Mejía, 1915; G fiemes, 1879; Korn, 1883; ver al
respecto Sozzo, 2015:343-344; 403-404)
Los usos de Lombroso 35

alcohólicos, del tabaco, etc, que producen la rama de importan­


cia no menor de los crimínales por pasión y de ocasión. Todos
aquellos anormales que sin poseer los caracteres antropológicos
de los demás criminales, poseen sin embargo los psíquicos que
entran en actividad bajo la acción de las causas morales o socia­
les” (1888; 123).'°

Reconoce de este modo el autor, la labor de clasificación de los criminales que


venían llevando adelante diversos partidarios de la escuela positiva habilitada y
promovida por el mismo Lombroso -Garofalo, Poietti, Ferrí, Tamassia- pero sos­
tiene, al mismo tiempo, que entre todas estas especies hay un elemento en común
que es el “deterninismo”; “el delito no es el producto de una voluntad autónoma,
sino un fenómeno necesario rejido por leyes determinadas a que se halla sometido
el hombre” (1888: 123).
A partir de este reconocimiento de que el delito es producto de “causas ma­
teriales múltiples a las que el hombre se halla sometido bajo cuya influencia obra
sin saberlo”, sédala Ramos Mejía que es evidente que la pena no puede sostenerse
sobre “el concepto de que el hombre moralmente libre y conociendo sus deberes
y derechos, falta a unos e infringe otros consciente y deliberadamente”. Esto im­
plica negar la idea de responsabilidad penal tal como la tradición jurídica la venía
sosteniendo, fundada en el principio “metafísico” del “libre albedrío”. Pero aclara
Ramos Mejía que no implica negarle a la “sociedad” el derecho de defenderse
como “función social”, como sostenían algunos críticos de la “nueva escuela” que
afirmaban que aseguraba la “impunidad” de los delincuentes. Por el contrario, se
trata de combatir el mal del delito sobre “una base racional”, “positiva”, tomando
en cuenta “los caracteres personales del delincuente que lo hacen más o menos
peligroso para la sociedad en que vive”; se “reprime el delito no porque el hom­
bre sea moralmente libre” sino para “defender a la sociedad”. De este modo, la
“sociedad lo elimina temporal o perpetuamente, según la naturaleza más o menos
peligrosa” que implica el individuo y las causas que los han llevado fatalmente a
obrar (1888; 124). La “pena” es entonces entendida como un “medio de elimina­
ción de ios miembros inaptos a la vida social”, inaptitud que puede ser “absoluta y
perpetua en los reos locos, en los necesariamente criminales y habituales que son
reos por anomalías psíquicas, congénítas e incurables” o “transitoria en los delin­
cuentes por pasión y de ocasión”. De ahí que para los primeros, “la segregación

10 Aquí se observa un rastro del peso dado a estas formas de delincuentes no atávicos desde la según-
da edición de £ * Uomo Delínquente de 187S (Frigressi, 2003: ¡15}.
36 Historia de la Cuestión Criminal...

absoluta y perpetua”, para los segundos “la segregación temporaria y parcial, más
o menos graduada” (1888: 125).

Transacción
El texto tal vez más significativo de este momento de nacimiento de la crimino­
logía positivista en Argentina fue el libro publicado en 1888 por Luis M. Drago,
Los Hombres de Presa (véase al respecto, Rodríguez, 2000:47-49; Marteau, 2003:
106-109; Creazzo, 2007: 48-49, 54-55; Salvatore, 2016). Este texto, originado
también en una conferencia dada el 27 de junio de 1888 en la Sociedad de An­
tropología Jurídica, vehiculiza una fuerte recepción de las ideas de Lombroso en
lo que se refiere a algunos de los ejes fundamentales mencionados en el apartado
precedente -y muchos otros componentes menores- pero al mismo tiempo plantea
algunas impugnaciones con respecto a elementos importantes de los aportes del
autor italiano, activando una suerte de transacción, que no compromete completa­
mente el lazo especial que plantea con el autor italiano -y más en general con la
Escuela Positiva italiana- contribuyendo también, pero de un modo más compie­
jo, a ensalzar la centralidad de su figura en este campo de saber en formación en
estas latitudes.
En 1887, Drago ya había publicado un pequeño libro, El Procedimiento Cri­
mina! en la Provincia de Buenos Aires, en que analizaba críticamente los procedi­
mientos penales en ese contexto e introducía una alabanza a la Escuela Positiva:
“Es sabida la revolución que han producido los trabajos del ilus­
tre antropólogo Lombroso y como, de 1880 acá, ha surgido la
escuela positiva italiana cuyos más ilustres representantes son
Garofalo y Ferri, creadores de una nueva ciencia, la criminolo­
gía. Dentro del nuevo sistema, el delincuente es solo una entidad
anómala, ya se trate de un lunático arrastrado al crimen por una
lesión patológica, ya de un degenerado en estado de salud que,
por atavismo, viene a quedar en retardo en la evolución progresi­
va de ia moral, especie de salvaje que estalla dentro de la civili­
zación o ya, por último, se esté en presencia de un individuo que
teniendo la aptitud para el delito en estado latente, es impelido
a él por la pasión o por circunstancias especiales del ambiente
en un momento dado (delincuentes natos, instintivos, fortuitos
en los cuales se comprende los por hábito adquirido). Una serie
interminable de experiencias ha demostrado que el delincuente
por fuerza irresistible ofrece caracteres especiales físicos y psi­
cológicos capaces de distinguirlos de los autores ocasionales de
Los usos de Lombroso 37

determinados rezagos, por mas que como hemos dicho exista en


unos y otros la aptitud especial para el delito, incoercible en los
primeros, capaz de aminorar o adormecerse en los segundos, así
que desaparezcan los motivos extemos que los llevan a delinquir.
De ahí la necesidad de que el juez estudie cuidadosamente los
antecedentes personales del procesado y haga el examen antro­
pológico y psiquiátrico que le ponga en condición de apreciar su
temibilidad y consiguientemente, la naturaleza de la pena que
ha de aplicarse [...] partiendo de la base de que la sociedad no
castiga el delito según la vieja idea teológica, como no premia la
virtud, sino que con la pena se defiende de los que la ponen en
peligro imposibilitando o haciendo dificultosos sus ataques, tan­
to mas ocasionados a repetirse cuanto menos responsables sean
sus autores desde el punto de vista de la libertad moral” (Drago,
1887: 23-24)."

Sin embargo, más allá de esta breve consideración, es en su libro de 1888 donde
este autor ingresa de lleno en la constelación de conceptos y argumento propios
de la Escuela Positiva.
Drago, como Pinero y Ramos Mejía, parte de enfatizar la “revolución” que
implica la adopción del “método positivo” en las “ciencias represivas” (1921: 29).
Señala como precursores de este cambio de rumbo que se hacía cada vez más im­
perioso a Prospere Despine y a Cesare Lombroso, “cuyo nombre resuena en todo
el mundo civilizado”, quien en L 'Uomo Delinquenie -haciendo referencia a la
tercera edición italiana de 1884- agregó al estudio de las anomalías psíquicas del
delincuente propuesto por el médico francés, el estudio de las anomalía somáticas,
generando un “movimiento” que se ha extendido rápidamente a nivel internacio­
nal (1921: 31-32).'-
Drago afirma que los rasgos morfológicos, somáticos y fisíonómicos -a los
que describe con cierto detalle- pueden constituir un indicio importante para la
identificación del “hombre delincuente” pero que como la “nueva escuela” ad­
vierte solo se presentan en 40% de los casos observados” (1921:38). De los datos

11 Este libro fue positivamente reseñado en 1888 por Raffaele Gara falo en los Archivi di Psichiatria,
Science Penali ed Antropología Criminóle. También es reseñado positivamente por Lombroso en
la introducción a la edición italiana del libro de Drago de! que nos ocuparemos en este apartado
(1890: XXXII-XXXIV).
12 Reconoce, como lo hacía Ramos Mejía, que la “nueva escuela” -entre cuyos “apóstoles" menciona
a Garofalo y Ferri- está aún en sus comienzos y “faltan datos y observaciones” que “permitan
grandes generalizaciones", pero ya se “divisan amplios horizontes en un porvenir no lejano” (Dra­
go, 1921:32-33).
38 Historia de la Cuestión Criminal..

cráneo métricos, sostiene con Benedikt y Rüdinger que solo “en raras ocasiones se
presentan como un signo seguro para la diagnosis del delito’’ (1921: 43).13 Pero
señala que esto se debe a que se trata de una “ciencia en comienzo” y que no debe
inferirse de ello que ios “caracteres somáticos tengan escaso valor”, como lo se­
ñala el mismo Lombroso (1921:44).14 Pero resulta indudable, a los ojos del autor
argentino, que las “anomalías psíquicas”, “porei momento”, “ofrecen una garantía
mayor de verdad y constituyen, por consiguiente, un elemento más completo de
convicción para llegar al averiguamiento de la constitución criminal”, apuntando
centralmente a la “ausencia de sentido moral”15 -ilustrándola con referencias a
casos de criminales locales como Castro Rodríguez, Bergallo y Castruccio (1921:
46-48).16
Marteau ha afirmado sobre este punto: “Drago hace suya a toda voz la tesis
lombrosiana de que el origen del delito debe buscarse más allá de las manifesta­
ciones psíquicas anómalas, en las degeneraciones somáticas del hombre y ello
bajo la consideración de sus características hereditarias” (2003: 107). Sin embar­
go, Drago dice algo muy distinto aún cuando no por elio se deba entender que se
separe completamente del autor italiano (Creazzo, 2007: 48; Salvatore, 2016: 2).
El mismo Marteau luego señala, en esta dirección, que para Drago el delincuente
“más allá de las anomalías físicas que pueda padecer, es sobre todo un sujeto al
que le falta de manera absoluta toda noción de sentido moral” (2003: 108).17
Drago rescata -como hacía Ramos Mejía- el parentesco establecido por
Lombroso entre el criminal nato, el loco moral y el epiléptico como “parte de una

13 Refiere al pasar, ef envío por parte de Lombroso de fotografías de cráneos de criminales a la


Sociedad de Antropología Jurídica de Buenos Aires (Drago, 1921: 38) y reproduce luego en un
anexo una carta de Lombroso a Moleschott acerca de su utilidad publicada en La Nación (1921:
154-155). Ver también Salvatore (2016: 2-3).
14 Incluso Drago, que había sido juez, sostiene la posibilidad de que se empleen como indicios judi­
ciales (Drago, 1921: 44). Las referencias a su experiencia judicial son un componente fundamental
de su argumentación a lo largo del libro (Salvatore, 2016: 3-4).
15 También destaca, siguiendo a Lombroso, otias peculiaridades psíquicas como la imprevisión, la
imprudencia y la vanidad, refiriendo diversos casos locales (1921:67-70).
16 Esta apreciación de los casos locales es luego amplificada en el apéndice con un análisis muy deta­
llado de Castro Rodrigue! y Castruccio, en el que el primero es calificado de “criminal trato’’ y el
segundo de “loco moral" (1921: 162-176) -ver respecto de estos casos judiciales Ruggiero (2004:
146-158).
17 En la misma dirección, analiza Drago críticamente la afirmación de la insensibilidad física del
“hombre delincuente" de Lombroso, sosteniendo con Garofaio que eso no puede darse por proba­
do, y señalando que los ejemplos más notables de la resistencia al dolor, desde su punto de vísta, se
encuentran generalmente en las “clases militares", aportando anécdotas de “héroes" de la historia
local que ponen en cuestión dicha asociación (Drago, 1921: 51-53; ver también Salvatore, 2016:
6-7).
Los usos de Lombroso 39

misma familia natural”. Sin embargo, reseña las críticas que dicha relación suscitó
por parte de otros positivistas como Garofaio, Jacoby o Bendickt, planteando la
dificultad que sigue reinando en la nueva escuela sobre el punto (1921:55-63). Se­
ñala incluso la contradicción en la que incurre, Lombroso que pese a afirmar este
parentesco también señala en la introducción a la traducción francesa de 1887: “el
criminal no es un enfermo, sino un cretino del sentido moral”. Pero en todo caso,
sostiene que no es posible ser concluyente al respecto (1921:63).18
Drago también discute afirmaciones de Lombroso acerca de las peculiarida­
des de los criminales relacionadas con la inclinación a formar asociaciones des­
tinadas a practicar el mal, la utilización de la jerga y el argot y el tatuaje -que los
emparentaría con los pueblos primitivos- la tendencia al juego de azar, al alcohol
y a las orgías. Para ello utiliza otras fuentes teóricas -especialmente, el trabajo de
Gabriel Tarde- pero también observaciones sobre el contexto local -especialmen­
te sobre los “lunfardos”, señalando haber conversado con algunos de “los princi­
pales y más conocidos” (1921: 71-83).1920
Pero tal vez el punto más importante en el que Drago se separa de Lombroso
es en la “embriología del crimen”, al poner en cuestión como factor causal al “ata­
vismo”, al que la “nueva escuela" le da la mayor importancia, señalando que el
delincuente “es un tipo regresivo de salvaje que estalla dentro de la civilización”
(1921: 85), planteando una larga cita de la traducción francesa de 1887 (1921;
86-87). Drago considera que las anomalías somáticas que llevan a Lombroso a
sostener “la hipótesis de una regresión específica” -y que, como ya había sosteni­
do precedentemente, solo tienen un “valor relativo” en muchos casos- más que a
la “influencia de remotos antepasados en la evolución de las generaciones” debe
atribuirse a “causas más directas”, a una “degeneración adquirida o congénita de la
masa encefálica”, que en el segundo caso no se debe a “influencias lejanas” (1921;
88). De este modo “quedaría excluido el atavismo” y la “semejanza psíquica con
ios lejanos antecesores sería puramente ilusoria” (1921; 89).2’

18 En un sentido similar se orienta en el mismo año Osvaldo Piflero -quien era profesor suplente
de Norberto Piñero en la cátedra de Derecho Penal de la Facultad de Derecho de ia Universidad
de Buenos Aires, a quien reemplaza en 1898- en un artículo titulado “Criminalidad y represión"
(1888:294).
19 Esto es algo que resalta también Francisco Ramos Mejía en el prólogo de este libro, agregando
incluso con respecto al uso del argot una referencia autobiográfica (Ramos Mejía, 1921: 9-12).
Sobre la exploración del lunfardo de Drago, Salvatore (2016:4-5).
20 De nuevo Marteau incurre en una imprecisión al decir respecto de Drago que toma “como base la
teoría lombrosiana del atavismo...’’, aunque luego aclara que también considera las críticas que
le fueron realizadas (2003: 108). En la misma dirección, parece orientarse Rodríguez (2006: 65).
40 Historia de la Cuestión Criminal...

Además impugna la afirmación que se encuentra en la base de la tesis del


“atavismo” acerca del carácter “antisocial y sanguinario” de todas las “agrupacio­
nes primitivas”, que se funda en los relatos de viajeros (1921:90-91). Esos relatos,
salvo “muy raras excepciones”, provienen de “hombres que han recorrido preci­
pitadamente los países que describen e ignorando el lenguaje de las agrupaciones
estudiadas han carecido de la preparación suficiente” (1921: 93). En particular,
dice Drago, “los americanos tenemos” “motivos especiales para dudar de algunas
de las maravillosas referencias, comúnmente aceptadas como verídicas. ¡Se ha
mentido tanto respecto de nosotros y las falsas afirmaciones han sido recibidas tan
sin control por autores respetables!” (1921; 93).
A continuación cita ejemplos de referencias risueñas sobre Argentina plan­
teadas en libros publicados en Estados Unidos y Francia -incluyendo al “conoci­
do antropólogo francés”, Topinard (1921: 93-95). Para Drago las “agrupaciones
primitivas” “en igual periodo de evolución” a veces presentan “tendencias san­
guinarias y crueles” y a veces tienen un carácter “manso y humano”. Y fúnda esto
en diversos ejemplos de "ias costumbres y tendencias nativas de los aborígenes”
que habitan la Argentina y la referencia a la “propia experiencia” y a lo observado
“por nuestros propios ojos” -al visitar el Museo de La Plata donde “viven” una
docena de “fúegueños” “traídos recientemente de sus wigams” (1921: 95-97).11
Esto prueba, desde su punto de vista, “que los diversos agregados humanos no
pueden clasificarse por series progresivas”, “las agrupaciones sociales están lejos
de seguir en su evolución una marcha homogéneamente uniforme de tal suerte
que al estudiar una tribu salvaje contemporánea, pueda concluirse con seguridad
que se halla en uno de los estadios anteriores del desenvolvimiento de las actuales
naciones civilizadas” (1921: 97-98).
Por otro lado, Drago sostiene que la “civilización” no es un patrimonio de
la “familia indoeuropea” y se refiere para probarlo a los “Incas”, “raza con carac­
teres étnicos semejantes a los que acostumbramos considerar peculiares del tipo
salvaje” que habitó América del Sud y alcanzó “un grado tal de desenvolvimiento
que apenas si logramos damos cuenta de él por un poderoso esfuerzo de la imagi­
nación, nosotros los descendientes de los conquistadores europeos, acostumbrados

Es claro que Drago se despega fuertemente de esta tesis (en el mismo sentido, Creazzo, 2007:48;
Salvatore, 2016:2, 11-12}.
21 Sobre los “indios de museo" y la discusión del “atavismo” y el evolucionismo en Drago, ver Sal­
vatore (2016: 5-6).
Los usos de Lombroso 41

a buscar en otra parte los orígenes de toda civilización” (1921: 99)." En tomo
al “atavismo”, concluye Drago, “la teoría por probar demasiado, nada probaría”
(1921: 108).
A partir del rechazo del “atavismo” -citando a Tarde (1921: 120}— Drago
argumenta que la “degeneración” es el producto combinado de factores heredi­
tarios y ambientales, cuyo peso relativo es difícil de precisar en el “estado actual
de los conocimientos”. Sin embargo, afirma la posibilidad de que “las influencias
hereditarias” sean “anuladas” por la “falta de condiciones apropiadas para su des­
envolvimiento”, de modo que “el factor biológico existe tal vez pero es menester
el reactivo que produzca el movimiento” (1921:121-122), Y aclara luego: “El fac­
tor biológico y el sociológico se combinan y compenetran tan íntimamente en la
producción del delito que no es posible prescindir del uno ni del otro” (1921: 123).
Drago considera que esto es verdad para los distintos tipos de criminales, siguien­
do en esta argumentación a Ferri -aunque no lo cita- y diferenciando el “criminal
nato o instintivo”,22
23 el “criminal fortuito o de ocasión”, el “criminal de profesión o
por hábito adquirido” y el “criminal por ímpetu de pasión" (1921: 122-123).
Por último, Drago se refiere con alarma al crecimiento del crimen en Buenos
Aires y atribuye un rol preponderante en esta situación a la “benignidad de nues­
tras leyes, a la insuficiencia de las penas” (1921: 126). Señala, en la misma di­
rección que Ramos Mejía -y siguiendo a sus maestros italianos- que sostener “la
doctrina científica que considera al criminal como el producto de una influencia
biológica derivada o actualizada por circunstancias sociales o familicas”, argu­
mentar esa “semifatalidad” del delito, no implica abrazar el camino de la “clemen­
cia” sino todo lo contrario (1921: 131). Cita aprobatoriamente en este sentido una
sentencia judicial dictada ese mismo año en La Plata por el juez José N. Matienzo
-otro miembro de la Sociedad de Antropología Criminal— en la que reconoce las
“anomalías” del imputado detectadas por la “antropología criminal” como típi­
cas del “hombre delincuente” pero que no deben ser consideradas “síntomas de
locura” pues de este modo se libraría del castigo a “los más grandes y peligrosos

22 A pesar de sus constantes referencias a lo “salvaje”, se pregunta Drago luego de dar cuenta de
algunas características de la “civilización" de los Incas: “si no hay en todas Jas razas, cualesquiera
que sean sus caracteres étnicos, la potencialidad de desarrollo a que, por circunstancias especiales,
solo algunas han podido llegar” (1921: 104) -ver sobre este punto, Salvarote (2016; 7, 12).
23 Señala aquí que pese a que en este tipo de criminal las “circunstancias extemas” parecen no jugar
ningún rol, es preciso tener en cuenta que la “degeneración hereditaria" de donde nace su "anoma­
lía" ha sido preparada “por el ambiente social a través de varias generaciones” (Drago. ¡921: 122).
42 Historia de la Cuestión Criminal...

criminales” (1921: 132),24 Drago sostiene que “la represión debe proporcionarse
al peligro que entraña el delincuente” y que aquí reside la utilidad de la “nueva
ciencia represiva” capaz de apreciar “el peligro de cada delincuente” de acuerdo a
la categoría a ia que pertenece -apoyándose en Ferri (1921: 134). De este modo,
dicha escuela le brinda a la “sociedad” nuevas “armas de precisión” en el marco de
“una estrategia científica en su lucha secular contra el delito” (1921: 138).
Hombres de presa generó un diálogo directo con Lombroso y sus colegas
que derivó en que el libro fuera traducido y publicado en italiano en 1890 -por el
impulso del intelectual turinés- con el título I Criminali Nati, con una nota intro­
ductoria de casi 40 páginas de Cesare Lombroso mismo sobre “la difusión de la
antropología criminal”, dando lugar a un primer ejercicio de reversión del flujo de
circulación de las producciones discursivas en este campo de saber entre centro y
periferia (Drago, 1890; Lombroso, 1890).
Un año antes en Archivio di Psichiatria, Antropología Crimínale e Scienze
Penali, Enrico Ferri comenta este libro reconociendo “ideas originales sostenidas
por el autor, con mucha sagacidad y elocuencia y con un conocimiento perfecto
de todas las publicaciones no solo de la antropología criminal, sino también de la
filosofía científica” (Ferri, 1889: 102). Concluye: “No podemos sino alegramos
con el autor del brillante ensayo que nos ha dado, de su valentía no solo para di­
fundir las nuevas teorías críticas sino también para someterlas a críticas originales
y fecundas y por tanto, corregirlas y completarlas” (Ferri, 1889: 103).
En la introducción al libro de Drago, Lombroso señala con respecto a la difu­
sión de la antropología criminal que:

24 Dicha sentencia penal constituye uno de los primeros impactos de las ¡deas de la Escuela Positiva
en la justicia penal en Argentina(Matienzo, 1888: 307-308). Otro efecto aun de mayor importancia
se dio en la causa judicial contra Ignacio Monjes acusado de haber intentado matar al presidente
de la República, Julio A. Roca en 1886, en la que otro miembro de la Sociedad de Antropología
Jurídica, Antonio Pinero, va a llevar adelante en 1888 una pericia muy compleja y articulada que
declara el carácter anormal del imputado pero, al mismo tiempo, reconociendo la paradoja de que
la legislación vigente lo declaraba como tal irresponsable y mandaba dejarlo en libertad pese a su
carácter peligroso, por lo que realiza un alegato a favor de la reforma del derecho penal en función
de los principios de la nueva escuela (JCC, 1890, sobre este proceso judicial, ver Sozzo, 20 i 3a;
2015: 413-457). Dicho informe pericial fue resumido, traducido y publicado en italiano bajo el
título “Delinquente poli tico ed assasino" en Archivio di Psichiatria, Antropología Crimínale e
Scienze Penali (Piflero, A., 1888), con una nota a pie de página del mismo Lombroso que señalaba:
“Estamos orgullosos de esta pericia antropológico-psiquiátrica tan completa y perfecta que hace
empalidecer las que se publican en Europa”. Lombroso se refirió también elogiosamente a este
informe pericial en la Introducción a la traducción al italiano del libro de Luis María Drago, califi­
cándolo de “tan perfecto” “que no se suele ver ciertamente en Europa” (Lombroso, 1890: XXXII).
El caso de Monjes va a ser referido brevemente por Lombroso en su libro Gii Anarchici de 1894.
Las usos de Lombrnso 43

“Un fenómeno que tal vez dentro de algunos siglos atraerá la


atención de los historiadores del pensamiento humano es la ex­
traña diferencia que se observa, entre los países por el número y
valor de los cultores de la nueva escuela penal -así mientras sus
creadores surgieron casi todos en el norte, en cambio sus segui­
dores faltan casi completamente en el norte y centro de Italia, las
Romagnas excluidas, y abundan, en cambio en las partes más
meridionales e insulares de Italia’’ (Lombroso, 1890: V).

Lo mismo, dice, sucede a nivel de Europa, donde son escasísimos los creadores y
pocos los cultores de la nueva escuela penal, Pero es en la “raza ibérica”, en Espa­
ña y en Portugal y sobre todo en la América española y portuguesa que esta ideas
“han adquirido un gran desarrollo” (1890; VII).
Luego de analizar la situación de la “nueva escuela” en España y Portugal
con un gran nivel de detalle (1890: VII-XXXI), dedica un apartado a “América
del Sud” que se refiere casi exclusivamente a Argentina, subrayando la difusión
“extraordinaria” de las nuevas ideas. Con respecto a la obra de la Sociedad de
Antropología Jurídica -a la que nomina como “Sociedad de estudios psiquiátricos
y antropológicos”- afirma;
“Le corresponde a América del Sud haber fundado una Sociedad
antropológica criminal cuando en Europa se batalla incluso para
concederle un nombre,,.y ésta tiene el honor de estar presidida
por el alienista más insigne del nuevo mundo -nueva lección para
el viejo en el que la lucha más viva y tenaz parte de aquellos que
llamo pseudo-alienistas” (Lombroso, 1890: XXXIV-XXXV).25

Y anuncia:

“Y he aquí la obra verdaderamente magistral de Drago, prece­


dida del genial prefacio de Ramos Mejía, que demuestran cómo
la aceptación de las nuevas ideas no produce daño alguno a la
originalidad de la investigación y a la perfecta independencia del
juicio, porque si muchas son las confirmaciones de nuestra teoría,
no son pocas las críticas” (1890: XXXV).

25 Confunde aquí a Francisco Ramos Mejía -que era abogado y había sido juez del crimen en la
ciudad de Buenos Aires- con su hermano José María Ramos Mejía -medico, alienista e higienista.
A este último lo había elogiado como “uno de los más potentes pensadores y de los más grandes
alienistas de los dos mundos”, haciendo referencia a su libro La Neurosis de ¡as Hombres Ilustres
de ¡a República Argentina de 1878 (Lombroso, 1890: XXXI).
44 Historia de la Cuestión Criminal...

En una nota a pie de página, Lombroso se dedica a responder algunas de estas


críticas:
“Les faltaría el respeto a estos ilustres escritores sí no les respon­
diese con algunas palabras. Es verdad lo que dicen: que la jerga
es hasta cierto punto adoptada por todas las clases, especialmen­
te por los jóvenes, pero más allá de que difiere en estos por ia
intensidad y la ausencia de cinismo, crueldad, etc., el hecho de
estar difundidas entre los jóvenes confirma la tendencia embrio­
nal, infantil, del delito. Pero el delincuente no la usa solo en la
juventud sino hasta la extrema vejez e incluso la emplea contra
suyo. El tatuaje puede bien explicarse como consecuencia del
ocio pero solo hasta un cierto punto porque en los manicomios no
es nunca practicado y también en los hombres normales (mari­
neros) en los que se encuentra, no tienen nunca el carácter cínico
y obsceno ni la difusión enorme que tiene entre los criminales”
(1890: XXXV).

No parece casual que en la “respuesta” del maestro turinés se haga caso omiso al
rechazo de Drago del “atavismo” en la explicación de ia “embriología del deli­
to”, de sus dudas acerca del peso de las “anomalías somáticas” como síntoma del
“hombre delincuente”, o de la puesta en cuestión de la existencia de un único pro­
ceso de “civilización” en el mundo ligado a la “familia indoeuropea”, que consti­
tuyen, sin dudas, diferencias más importantes. Lombroso elige enfatizar el terre­
no en común, busca trazar, mantener y promover el lazo intelectual entre lo que
visualiza como el centro y la periferia, reforzando la jerarquía más bien explícita
que describe en su texto en la distribución geográfica de “creadores” y “cultores”
de este nuevo saber sobre la cuestión criminal.26 Un rastro de este gesto se revela
en el título elegido para traducir el libro al italiano, l Críminali Nati, reforzando la
conexión lombrosiana (Rodríguez, 2006: 266).
En el libro de Drago, este juego de la transacción puede dar lugar a impug­
naciones más o menos contenidas de conceptos y argumentos del vocabulario
lombrosiano. Estas impugnaciones pueden estructurarse apelando a información
empírica del contexto local para sostener la falta de verificación de un enunciado

26 incluso, más en general, Lombroso dice explicar esta distribución en relación con la “senilidad de
la raza”. Cuanto más vieja, paradojsímente, tantas más fuentes de “neurosis" y de “genialidad”.
De ahí que en América del Sud, una “raza más joven”, no haya habido “grandes revolucionarios
religiosos, científicos, sino que rápidamente afirmaron los descubrimientos y las ideas revolucio­
narias de los otros” (Lombroso, 1890: XXXV, XXXVIII).
í-os usos de Lombroso 45

general elaborado “allá”, en los países centrales. A su vez, esa información em­
pírica puede ser de primera o segunda mano -apelando a otros autores que han
generado observaciones de distinto tipo. Aquí el contexto, los problemas y las pre­
guntas locales juegan un rol muy relevante (Salvatore y Aguirre, 1996:33; Sozzo,
2006: 380-381, 383; Salvatore, 2016: 1, 10-11). Pero también puede construirse
sobre la base de observaciones realizadas en los contextos centrales, articulando
la importación de otras voces gestadas en dichos escenarios. También puede dar
lugar, más ambiciosamente, a la elaboración -más o menos tentativa- de un enun­
ciado general alternativo. En muchos casos, este enunciado general alternativo
también se nutre de otros ejercicios de traducción, de otras visiones generadas
igualmente en los países centrales. En todo caso, en la operación de la transacción
se genera un espacio de inventiva e innovación para los intelectuales locales que
vuelve al proceso de importación más complejo que una mera adopción. Esto no
impide que se reconozca y mantenga el vínculo con lo importado -en este caso la
obra de Lombroso- pero se vuelve más elemental y sus contornos más sinuosos y
flexibles. Drago, a su vez, podría incluso vanagloriarse de que precisamente por
esto se hace posible la reversión del flujo de circulación, dando lugar a su tumo a
una traducción en sentido estricto que permite que su perspectiva viaje desde la
periferia hacia el centro.

Rechazo
Los tentativos de importación del vocabulario criminológico positivista en Argen­
tina, y especialmente los conceptos y argumentos de Lombroso, inmediatamente
chocaron -como en otros contextos nacionales- con el rechazo radical de ciertos
juristas de derecho penal de orientación católica o liberal como Godofredo Lozano
(1889) o Guido Prack (1892). En estos textos es posible observar algo parecido a
un “choque de escuelas” (Creazzo, 2007: 50).
Sin embargo, también existieron esfuerzos intelectuales en este primer mo­
mento construidos desde un punto de vista positivista, que abrazaron la necesi­
dad de fundar un enfoque “científico” acerca de la cuestión criminal pero que
lo hicieron rechazando ejes fundamentales antes señalados de la perspectiva del
precursor italiano, traduciendo ideas de otros autores europeos relevantes que, en
sus propios escenarios, habían articulado dicho tipo de reacción. Estos esfuerzos
van más allá de la transacción que se observa en et libro de Drago -y que el mismo
Lombroso como otros autores claves de la Escuela Positiva italiana como Peni y
Garofalo elogian- avanzando en una confrontación más clara que incluso compro­
46 Historia de la Cuestión Criminal...

mete una reínterpretacíón de lo que constituye el núcleo mismo de una perspectiva


“positivista” sobre el delito y la pena. Veremos dos ejemplos significativos.
En este sentido se destaca tempranamente la tesis de grado presentada en
la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires en 1887 de Osvaldo
Magnasco, Sistema de Derecho Penal Actual. En la literatura sobre la historia del
saber sobre la cuestión criminal local, este trabajo es presentado frecuentemente
como una mera exposición de las ideas de la Escuela Positiva (Del Olmo, 1992: 5;
Creazzo, 2007: 29). Sin embargo, resulta un texto más complejo.
Magnasco ataca el “sistema metafisico que desprecia o vacila temeroso ante
las enseñanzas fecundas de la ciencia esperimental y desconoce el dogma cientí­
fico de actualidad” (1887, 14). Sostiene que este sistema es el que funda la legis­
lación y el saber penal de su presente -y del pasado-, lo que constituye a su juicio
un “lamentable absurdo” (1887: 16,18). Pero, al mismo tiempo, afirma: “No se
crea que nos dejamos alucinar por la eficacia -desgraciadamente no siempre efec­
tiva- del sistema científico positivo; no se crea que nos dejamos arrastrar de puro
orgullo por la corriente de las nuevas ideas que vienen señalando otros rumbos al
espíritu humano” (1887:17),
Plantea, entonces, la necesidad de establecer “justas limitaciones” de este
“nuevo trascendental método” que está generando en la “ciencia penal y peniten­
cial” una “tendencia positivista bien fecunda por cierto” (1887: 17,26).27
Magnasco considera al delito y al delincuente como fenómenos patológicos
de carácter moral, “enfermedad” y “enfermo”, respectivamente (1887: 14,18,45-
47). Pero, desde el inicio aclara que esta calificación no lo lleva a declarar la “irres­
ponsabilidad absoluta del criminal basado en la fatalidad del mal”. Esto llevaría,
a su juicio, a afirmar que todos los delincuentes deben ser enviados a un “asilo de
enfermos” (1887: 19) -idea que luego atribuye a algunos “discípulos de la escuela
positiva” (1887: 122).
Para Magnasco, el delito tiene su “etiología”. Pero sostener la existencia de
causas individuales o sociales no implica “negar el libre albedrío, pues que si el
acto es el resultado fatal de la causa correspondiente ya sabemos que la facultad
volitiva puede obrar en la elección de la causa” (1887: 76). Como vemos, se trata
de una versión explícitamente débil del discurso etiológico, por oposición a la que
constituye el núcleo del trabajo de Lombroso -y de la Escuela Positiva, en general.

27 Específicamente menciona las dificultades para aplicar este método experimental en el contexto
loca), por la carencia de precedentes y la ausencia de datos y observaciones (Magnasco, 1887: 23-
4, 86-87).
Los utor de Lówbroso 47

Aquí la imagen del delito como algo causado no anula la imagen del delito como
algo elegido, uniéndose estos dos elementos en forma compleja, más allá del “de-
terminismo”, lo que tiene una valencia teórica dada por el rescate de nociones tra­
dicionales como “libre albedrío’’, “voluntad criminal” o “responsabilidad” (1887:
54-56, 113-114), pero también práctica, ya que esto implica mantener la división
de las personas que cometen delitos entre aquellos que son definidos como “insa­
nos" y los que no lo son, generando respuestas alternativas por parte de la justicia
penal (1887: 109-145).
Magnasco reconoce la existencia de criminales “por instinto” o “natos”, “que
obran arrastrados por tendencias o inclinaciones congénítas generalmente heredi­
tarias”, pues “está claramente demostrada por ia observación y lo ha comprobado
la ciencia positiva”. Pero aclara inmediatamente, en relación con su argumento
etiológico débil, que ello no implica descartar su responsabilidad subjetiva ya que
“las tendencias son perfectamente resistibles por regla general”. También recono­
ce otros dos tipos de delincuentes: por “hábito” y “por ocasión” (1887: 81).
Estos tres tipos de criminales implican tres clases de “causas inmediatas"
de este “estado patológico moral”, que incluso pueden actuar conjuntamente:
herencia, costumbre y circunstancia (1887; 83-84). Con respecto a la herencia,
en particular, sostiene que ia “ciencia ha constatado ya perfectamente el hecho
de la transmisibílidad efectiva de las aptitudes y defectos morales” y por ende,
la existencia de “infractores con tendencias innatas, naturales al delito”, citando
a Lombroso (1887 ; 84, 87). “La categoría de los criminales natos, con tenden­
cias naturales poderosas a la infracción se halla pues justificada” (1887; 90). Pero
también afirma -en una dirección contraria a Lombroso- que estas “tendencias
congénítas” pueden ser contenidas e incluso destruidas a través de un “régimen
preventivo” conveniente ligado a la “educación moral” (1887: 154-157). Dicho
régimen resulta más fácilmente efectivo en los otros tipos de delincuentes y es, a
su vez, la base de la “terapéutica” destinada a la “reforma del preso” -que es, sin
embargo, valorada un tanto escépticamente (1887; 187-188).
A pesar de que esta diferenciación de tipos de delincuentes -y la categoría del
“criminal nato”- resulta inspirada en el trabajo de Lombroso -como lo reconoce
indirectamente (1887; 90)- Magnasco va a dedicarse a criticar la visión etíológica
de la “antropología criminal”. Describe las afirmaciones lombrosianas -tal como
aparecen en la segunda edición de L 'Uomo Delínqueme de 1878 y en las presen­
taciones en el Primer Congreso Internacional de Antropología Criminal- en tomo
a las características físicas del cráneo de los criminales, de su fisonomía, su sen-
48 Historia de la Cuestión Criminal...

Impugna lo que a su juicio es el principio


sibiltdad y su escritura (1887; 95-99).2829
fundamental de la aproximación de Lombroso, ya que niega que a partir de las
“peculiaridades de la conformación exterior” de un individuo se pueda “asegurar”
“cual sea su estado intelectual y moral”: “En el estado actual de la ciencia, la
mayor parte de las afirmaciones antropológicas o son evidentemente falsas o son
una verdad bien dudosa, por el sencillo motivo de que son erigidas sobre bases
indiscutiblemente fútiles, no comprobadas al menos” (1887: 103).
Magnasco dice haber observado 87 criminales en la Penitenciaría Nacional
y en comisarías y haber notado en 28 de ellos conformaciones “especial¡simas”
en el cráneo por lo que considera que esto último sí puede ser una verdad probada
pero su significado en lo que hace a las facultades intelectuales y morales es lo que
le resulta poco fundado en la antropología criminal (1887: 100). Específicamente
hace referencia a su examen del cráneo del famoso bandido Cirilo Medina, que
“no presentaba una sola de las peculiaridades señaladas por Lombroso” (1887:
103). Y refuerza su opinión con citas de Mantegazza sobre las “divagaciones lite­
rarias”, lo “temerario” y “fantástico” de mucho de lo afirmado por la antropología
criminal y hace referencia a las disputas al interior de la misma escuela sobre ele­
mentos fundamentales que si hubieran sido el resultado de “observaciones correc­
tas y fundadas en la ciencia experimental” deberían ya gozar de consenso y no dar
lugar a “afirmaciones categóricas diametralmente opuestas”. Y sostiene que esos
desacuerdos han contribuido al “desprestigio y al ridículo que hoy gravita” sobre
estas ideas (1887: I04-105).M
Como vemos, Magnasco se presenta adoptando una posición positivista, fun­
dada en la apelación a la ciencia de acuerdo al molde de la ciencia natural, pero

28 Magnasco señala que este énfasis representa una continuidad y ampliación de los estudios freno­
lógicos de Gally sus discípulos y apunta que aquella doctrina primitiva resultó desacreditada pues
su presupuesto fundamental de la localización cerebral de las facultades psicológicas, afectivas o
morales era “puramente arbitrario" -aun cuando reivindica que “estas tendencias instintos y cua­
lidades tengan un centro cerebral” pero que aún no ha sido “localizado y delimitado” (Magnasco,
¡887:99-101).
29 Sin embargo, Magnasco afirma que es posible encontrar tras “la densa nebulosa de afirmaciones
audaces, de caprichosas conclusiones, exageraciones, ridiculeces y bizarras extravagancias, un
núcleo de verdad segura, consistente, inconmovible”. Sostiene que resulta “imposible afirmar hoy
categóricamente que existe una causa del delito en el individuo que presente tal o cual conforma­
ción", pero que la antropología ha apuntado un principio, “para nosotros indudable”: “es posible
que por regla general a conformaciones semejantes correspondan caracteres o inclinaciones seme­
jantes”. Sobre este principio el futuro “progreso científico” seguramente generaría, de acuerdo a su
visión, bases más firmes que las disponibles (1887: 107). Pero mientras esto no se produzca, hay
que evitar en la “etiología del delito” la ¡dea de que la misma puede ser “obtenida exclusivamente
mediante el examen de las características físicas de los sujetos” (1887: 108).
Los usos de Lombroso 49

que se separa de la figura de Lombroso de dos modos fundamentales. Por un lado,


rompe con una idea de causalidad en sentido fuerte, asociada al “detemiinismo”,
que le posibilita rescatar nociones tradicionales como “libre albedrío”, “voluntad
criminal” y “responsabilidad”, y argumentar acerca de la necesidad de que la jus­
ticia penal mantenga la diferenciación clásica entre “insanos” y “delincuentes”
estructurando respuestas alternativas. Al mismo tiempo, esto lo lleva a sostener
crucialmenie que aún en el caso del “criminal por instinto” o “nato” se puede
evitar que la tendencia heredada se transforme en acto delictivo, a través de un
“régimen preventivo”. Por otro lado, rompe radicalmente con la idea clave en el
proyecto de una “antropología criminal” de que los rasgos físicos extemos de la
constitución del individuo puedan considerarse un signo de su estado intelectual y
moral y por ende, de su criminalidad como “estado moral anormal”?0
Algunos de estos elementos son rescatados en otra contribución fundamen­
tal en este primer momento del nacimiento de la criminología positivista en Ar­
gentina. Antonio Dellepiane, en otra importante tesis de grado en la Facultad de
Derecho de la Universidad de Buenos Aires de 1892 titulada Las Causas del De­
lito, aborda más profundamente que Magnasco la revisión crítica de las diversas
teorías producidas en el marco de la Escuela Positiva y, en particular, del enfoque
de Lombroso (Creazzo, 200: 117-123). Dellepiane opera muchas veces a partir
de la argumentación de los autores franceses e italianos críticos de Lombroso, a
quienes cita seguida y explícitamente. Aparece especialmente como un receptor
del verdadero cisma que en el marco del discurso en el nombre de la ciencia sobre
la cuestión criminal, se produce en el contexto europeo a partir del II Congreso
Internacional de Antropología Criminal realizado en París en 1889SI -ver al res­
pecto, Pick (1989: 139-152); Darmon (1989: 89-113); Beime (1993: 143-185);
Renneville (1994); Mucchieli (1994a, 1994b); Digncffe (1998); Debuyst (1998);
Gibson (2002: 55-62; 158-160), Frigessi (2003: 208-229)?3
Ahora bien, su punto de partida -como Magnasco- es reconocer la “revo­
lución que trabaja en estos momentos las entrañas mismas del derecho penal”,
nacida de la tendencia a la extensión del “método positivo” al “estudio de los he-30
*
32
31

30 Esto no impide que comparta otros elementos con Lombroso -además de la fe en el método posi­
tivo- como la posibilidad de clasificar tipos de delincuentes y el reconocimiento del tipo de “cri­
minal nato o por instinto”, dándole peso a la herencia como factor causal (aunque con la limitación
señalada más arriba).
31 Cita explícitamente los debates producidos en ese Congreso, especialmente las críticas de Ma-
nouvricr a las ideas de Lombroso (Dellepiane, 1892: 43-44, ver también 36, 50-51),
32 Rastros de algunos de estos intelectuales europeos críticos de Lombroso se encontraban también
en Drago y Magnasco, pero adquiere una centralidad mayor.
SO Historia de la Cuestión Criminal..

chos sociales y humanos”, el “positivismo”, “que está en el aire que respiramos”


(1892: 7, 9). Dellepiane se afirma partidario de la utilización de este “método de
investigación” y afirma la necesidad de conocer las causas del delito (1892: 9,
12-5). Pero, al mismo tiempo, reconoce la pluralidad de perspectivas que se han
producido en este ejercicio y afirma que no tienen prácticamente nada en común,
distinguiendo la “tendencia antropológica o patológica” -que se ocupa “más del
delincuente que del delito”, nutrida de los “estudios médicos o antropológicos”- y
la “tendencia sociológica” -que se ocupa “menos del delincuente que del delito”,
más bien de la “delincuencia”, “el delito considerado en masas” como “función
morbosa del organismo social” (1892: 15-17),33
Desde el inicio, Dellepiane se pronuncia contrario a la primera variante
(1892: 23). Desarrolla detalladamente las criticas a dicha tendencia, dándole un
tratamiento especial a las ideas de Lombroso.34 Por un lado, descarta absolutamen­
te la tesis del atavismo sostenida en L ’Uomo Delinquente -nuestro autor emplea
la tercera edición italiana de 1884 (1892: 28).35 Señala: “Es hoy una teoría muer­
ta y enterrada. El mismo que le dio el ser no intenta ya salir en su defensa (...j
Combatir el atavismo es casi como ensañarse con un cadáver” (1892: 26). Luego
de describir pormenorizadamente el argumento y las evidencias del autor italiano
(1892: 28-37), impugna diversos aspectos, siguiendo a Aramburu, Joly, Tarde y
Colajanni. En primer lugar, la afirmación lombrosíana de una ausencia de diferen­
cia cualitativa entre el hombre y el animal en cuanto a la producción del delito,
es contestada reivindicando la libertad, la racionalidad y los motivos humanos
frente a la necesidad y los instintos del animal -una contestación que tiene luego
efectos muy significativos, como tendremos ocasión de mostrar (1892: 38-39). En
segundo lugar, la aserción lombrosíana de que el delito es un hecho normal en los

33 Dellepiane distingue de estos ejercicios, aquellos que frecuentemente se han orientado a extraer
consecuencias normativas para la reforma del derecho penal, mostrándose escéptico acerca de
que las aplicaciones del método positivo hayan dado bases suficientes para hacerlo. Y elogia en
este sentido el proceder cauteloso de la Comisión para ia Reforma del Código Penal en Argentina
integrada por Rivarola, Matienzo y Pinero, que produjo el proyecto de 1891 (1892: 17-21).
34 Dellepiane ataca aquí también otras construcciones teóricas que considera que van en una direc­
ción semejante aunque no se relacionan fuertemente con el trabajo de Lombroso, como la iden­
tificación del delito y el delincuente con la enfermedad y el enfermo (Dellepiane, 1892: 53-56),
con la locura (1892: 57-66), con la neurastenia (1892: 67-76) -incluyendo lina referencia critica al
vínculo de estas ideas con las posiciones de Lombroso (1892: 73)- y con la degeneración (1892:
77-85).
35 Aunque en algún caso también cita la segunda edición de 1878 (Dellepiane, 1892: 61). También
cita Gomo di Genio publicado en 1888 (1892: 67-68) y un texto en francés de Lombroso de
1892 titulado Nouvelles Recherches de Psychiatrie el d'Anthropotogie Crimineüe (1892: 89).
Los ¡¿sos de Lombrviv 51

pueblos salvajes, es contestada señalando que también en dichos pueblos existen


definiciones acerca de lo que está bien y lo que está mal, aunque sean diferentes
a las de los pueblos civilizados y que acciones desarrolladas en esos contextos
que son crímenes para los pueblos civilizados se estructuran en realidad sobre
la base de “¡deas y sentimientos fundamentales de la naturaleza humana” -como
ciertas formas de canibalismo (1892: 39-42). En tercer lugar, la idea lombrosíana
de que el niño tiene siempre en su carácter los rasgos típicos del loco moral o
criminal nato, es contestada por su exageración que vuelve constantes y generales
elementos que se han sido observados solo excepcionalmente (1892:42). En cuar­
to lugar, la afirmación lombrosíana de que existe “un tipo criminal” en función
de sus rasgos físicos a partir de los resultados de observaciones experimentales
(con respecto al cráneo, la estatura, los brazos, etc.) que demostrarían su analogía
con el hombre salvaje y primitivo, es contestada por numerosas observaciones y
experimentaciones que han puesto de manifiesto las “contradicciones cualitativas,
étnicas, históricas y sexuales” de estas conclusiones (1892: 43-48). En quinto lu­
gar, la afirmación lombrosíana sobre el argot y el tatuaje como síntomas del tipo
criminal relacionables con el tipo salvaje, es contestada utilizando los argumentos
de Tarde que explora las diferencias de ambos entre los delincuentes y entre los
salvajes (1892: 48-50).30
Por otro lado, pero en la misma dirección, Dellepiane critica las nuevas ideas
de Lombroso17 presentadas en la tercera edición de L ’Uomo Delinquente que aso­
cian la criminalidad a la epilepsia-“todo epiléptico no sería un criminal pero
todo criminal sería un epiléptico más o menos disfrazado” (1892: 87). Sostiene
que no puede ser puesto en duda que la epilepsia sea “un factor de la delincuencia”
en ciertos casos más o menos raros -como la “alienación mental”- pero el hecho
de que existan “delincuentes epilépticos” no autoriza a sostener que “todos los
delincuentes sean epilépticos” (1892: 89). Señala que muchas de las similitudes
identificadas entre epilépticos y criminales -impulsividad, irascibilidad, fanatis­
mo religioso, etc- nacen de observaciones de epilépticos realizadas en cárceles
y hospitales, “lugares poco frecuentados sin duda por las clases más acomodadas36 37

36 Como Magnasco, esto no lleva a Dellepiane a declarar completamente inúlil una antropología
criminal que en el futuro podría dar nuevos frutos, pero refuerza la impugnación de las conclusio­
nes de esta empresa hasta el momento -rescatando la conclusión del II Congreso Internacional de
Antropología Criminal de 1889 acerca de la necesidad de continuar este género de investigaciones
“con una atención minuciosa y un criterio severo” (1892: 51).
37 Dice de Lombroso que resulta “tan paciente en la observación de los hechos como precipitado en
la generalización de principios eminentemente relativos” (Dellepiane, 1892: 87-88).
52 Historia de la Cuestión Criminal...

de la sociedad”, por lo que se podrían deber en realidad a las “condiciones que


son peculiares de las clases inferiores de la sociedad” (1892,90). Reconoce luego
que el autor italiano solo plantea “¡a identidad perfecta entre el epiléptico y el
delincuente nato”, señalando luego que el resto de los delincuentes -pasionales,
de ocasión, profesionales- serían “epileptoides” que divide en diferentes grupos o
grados, afirmando que en todos ellos hay “vestigios del temperamento epiléptico”.
Pero aclara: “Esta manera de torturar los hechos para que se acomoden a la teoría
ha encontrado entre los sabios lamas viva resistencia” (1892:91). Luego de referir
las críticas de Lacassagne, Tarde y Colajanni, concluye: “La flamante hipótesis
lombrosiana es pues una generalidad inaceptable” (1892,92).3Í
Dellepiane considera, en cambio, que es posible explicar el delito apelando a
causas sociales y psicológicas. Enmarca dicha tarea en una “sociología criminal”
como parte de una “patología social” de la que reconoce como predecesores a
autores como Quetelet, Colajanni, Garraud, Lacassagne, Tarde y Ferri -a quien
destaca por su esfuerzo de sistematización. Critica a este último -y en general a
la Escuela Positiva italiana- por su “determinismo” que lo lleva a negar el “libre
albedrío” (1892: 106). Para Dellepiane -como para Magnasco- es posible cons­
truir un discurso científico acerca de las causas del delito que no anule el recono­
cimiento de la “voluntad libre”, del “libre albedrío” de los individuos -citando
el precedente de Quetelet (1892: 103, 127-128). Se pueden reconocer “circuns­
tancias”, “condiciones” o “factores” “que influyen sobre la actividad voluntaria”,
pero que no la anulan “hasta el punto de aniquilarla", “convirtiendo al hombre en
un mero resultado del juego de las fuerzas naturales” (1892:113,126). Para Delle­
piane, aun cuando se suponga que la “regularidad de las acciones humanas es un
hecho constante y general”, esto no importaría como lo pretenden los teóricos de
la Escuela Positiva “Ja destrucción completa del libre albedrío” pues nunca puede
implicar “para un determinado individuo, la necesidad de una acción, de un delito
cualquiera” (1892: 129-130). Pero además sostiene que “las investigaciones esta­
dísticas han demostrado que dicha regularidad de los fenómenos sociales no es tan
constante como se creyó en principio siguiendo a Quetelet” (1892: 132). De allí
sostiene que las “leyes sociales” son diferentes de las “leyes físicas o fisiológicas”*

38 En otro momento, Dellepiane discute también las ideas acerca de la predisposición de ciertas
razas al delito planteadas por Lombroso, señalando que implican una “exageración” y que las
“diferencias que se notan entre los pueblos, del punto de vista de la moralidad, no son sustanciales
y se deben más a la acción de circunstancias sociológicas que a la influencia de la raza" (1892,
157-160).
Les usos de Leunbroso 53

ya que están “lejos de presentar el carácter de fatalidad” de estas últimas (1892:


133). De este modo concluye:
“Las diferencias fundamentales que acaban de señalarse demues­
tran el error en que están los partidarios del deterninismo cuando
confunden la manera de obrar de ambas clases de leyes y atribu­
yen a la ciencia social el mismo carácter de certidumbre positiva
que ofrecen las ciencias físicas o naturales. Los hombres no están
regidos en las relaciones que mantienen por leyes de un carácter
absoluto e inflexible. Es imposible prescindir en este punto de la
personalidad humana y la libertad” (1892: 134).

Esto lo lleva a afirmar que “la explicación sociológica del delito es insuficiente”.
Las influencias sociales -como las biológicas- en la producción del delito existen
pero “no son irresistibles”: “El hombre no va fatalmente al delito, en virtud de esas
influencias como la piedra que cae, cuando se la abandona a la acción de la gra­
vedad” (1892: 139). “¿Dónde está entonces, la causa de los delitos? La causa esta
simplemente en la perversión del criminal, en su voluntad depravada”, que se deja
vencer y arrastrar por “las pasiones” que constituyen los “móviles eternos de todos
los delitos” (1892: 140). Dellepiane argumenta que no existe ninguna diferencia
morfológica o fisiológica entre el hombre delincuente y el hombre honrado, pero
tampoco existe ninguna diferencia psíquica ligada a la ausencia de sentido moral
-como lo sostuvieron Despine y Garofalo. Y cita textualmente a Tarde al respecto:
“La psicología del asesino es en el fondo la psicología de todo el mundo y, para
descender a su corazón, nos basta sondear el nuestro”, para concluir que el crimi­
nal “psíquicamente considerado”, no constituye “una especie dentro de la especie”
(1892: 146-147). Para Dellepiane el delito es el producto de un “decaimiento”,
de una “perversión”, de una “depravación”, de una “degradación” que puede ser
estimulada “por influencias del orden físico y social” pero es en su mayor parte
“un producto de la libre voluntad del individuo” (1892: 148). Esta sería “la expli­
cación psicológica del delito” de la que incluso sostiene que es “la única que puede
admitirse, en nuestro concepto, en el estado actual de la ciencia” (1892: 152).-939

39 En la segunda parte de su libro, Dellepiane utiliza las exploraciones teóricas realizadas en la pri­
mera parte para dar cuenta de las “causas del delito en la Argentina", poniendo el énfasis, sin
embrago, en las “condiciones sociológicas” (1802: 274). De este modo se refiere al impacto de la
crisis económica en el aumento de la criminalidad (1892: 281-285), al impacto de la guerra (1892:
286-289), etc. No faltan algunas referencias introductorias a la composición étnica de la población
argentina, pero para afirmar la falta de influencia de la raza (1892: 249-257). También hay referen­
cias a las condiciones de vida y las características de la psicología del gaucho (1892: 264-274).
54 Historia de la Cuestión Criminal...

Como se observa, Dellepiane al igual que Magnasco, se define inicialmente


como un partidario del “método positivo”. Pero, como aquel precedente, se separa
de la perspectiva de (a antropología criminal de Lombroso a (a hora de pensar la
etiología del delito. Dellepiane lo hace más drásticamente que Magnasco, pues en
este último quedan vestigios de lo que aquel llamaría una “tendencia antropológi­
ca o patológica” -la presencia de la analogía entre delito y enfermedad y la afirma­
ción de la existencia de un “criminal por instinto” o “nato”, aunque definido a tra­
vés de rasgos psíquicos más que físicos. En este sentido, su operación de rechazo
de Lombroso es más marcada y radical, e involucra descartar más explícitamente
el proyecto de una “antropología criminal”. Pero ambos coinciden en distanciarse
de un supuesto crucial de la perspectiva de Lombroso y en general, de la Escuela
Positiva, que está dado por una idea fuerte de causalidad que se asocia al “deter-
minismo” o “fatalismo”. Para estos dos autores argentinos la exploración de las
causas del delito no anula el reconocimiento del lugar de la libertad y la voluntad
del individuo en su producción, lo que les permite incluso rescatar la idea tradicio­
nal de “libre albedrío”, articulando una versión explícitamente débil de causalidad
para este discurso en el nombre de la ciencia sobre la cuestión criminal. Esto a su
vez, les abriría todo un juego de transacciones con los enfoques católicos y libera­
les presentes en el saber penal en el contexto local. Estas operaciones de rechazo
son producidas en estos dos autores locales introduciendo conceptos y argumentos
producidos por otros autores de los países centrales, dando lugar a procesos de
selección y subrayado específicos que son alternativos a Lombroso. A diferencia
de Drago, en esta actitud de rechazo no aparece en un primer plano ia información
empírica del contexto local, aun cuando vimos cómo tanto en Magnasco como
Dellepiane juega un cierto papel, menos como fuente para la elaboración de enun­
ciados generales alternativos a Lombroso que como ilustraciones a posteriori de
dichos enunciados gestados de otro modo y en otro lugar-de allí, en Dellepiane la
ubicación de casos locales en el final del libro.

A modo de cierre
A lo largo de este trabajo he tratado de analizar el rol que jugaron los conceptos
y argumentos de Lombroso en et nacimiento de la criminología positivista en Ar­
gentina. Sin duda se trató de una presencia central. Pero la misma no se tradujo
en una única actitud de los intelectuales locales que articularon este proceso de
Los usos de Lombroso 55

importación cultural. Se abrieron diferentes posibilidades que hemos tratado de


anatomizar.40
En primer lugar, es posible identificar -como hemos hecho en el segundo
apartado de este trabajo- una actitud de adopción, en que los conceptos y argu­
mentos lonrbrosianos son trasladados al contexto local y se busca que los mismos
permanezcan intocados a pesar de este viaje que les hace atravesar fronteras y
lenguas. Ahora bien, esa actitud de adopción implica un proceso de selección de
lo que se pretende importar y de subrayado y mareaje de su relevancia que resulta
en sí misma una operación creativa por parte de los intelectuales locales invo­
lucrados. Entre un cierto cúmulo de posibilidades -los conceptos y argumentos
generados “allá”- el intelectual local elige qué adoptar para su propio contexto
local, “acá”, en relación con los problemas y preguntas que visualiza como signi­
ficativos -en este caso elementos del vocabulario lombrosiano. Al mismo tiempo,
esta actitud de adopción no puede nunca conjurar completamente el hecho de que
los conceptos y argumentos producidos “allá” al ser puestos en circulación “acá”,
aun cuando se pretenda mantenerlos inalterados, producen una serie de efectos en
relación con los dinámicas en el contexto de recepción, como red de intercambios
comunicativos histórica y espacialmente situados, que difieren -al menos parcial­
mente- de aquellos generados en su contexto de producción. Esto hace que aun
en la actitud de adopción, lo importado se vea inmerso en una metamorfosis, “una
dialéctica de lo igual y lo diferente” (Sozzo, 2006: 375-3 79).41
Ahora bien, también es posible con respecto a la figura de Lombroso, identifi­
car otras actitudes de los intelectuales locales. En el tercer apartado de este trabajo
definimos una actitud de transacción, en la que el importador, Drago, adopta ele­
mentos importantes del vocabulario de Lombroso pero al mismo tiempo rechaza
otros igualmente relevantes. El proceso de selección y despliegue de operaciones
antagónicas por parte del intelectual local es evidente. Lo hace de un modo tal
que no implica comprometer totalmente el lazo que une su propia producción a
la del intelectual italiano, lo que a su vez se evidencia en los elogios mutuos de
los dos lados del océano -y, en este sentido, reproduce un efecto que es posible

40 He rescatado, reelaborado y desarrol lado aq u í una pri mera aprox i maci ón a Ja s d ifei entes operacio­
nes de importación cultural de vocabularios criminológicas entre el centro y la periferia que había
planteado en Sozzo (2006:379-382). Considero que existen fuertes similitudes con los argumentos
en tomo a la “recepción” -más allá de las preocupaciones sobre Ja “originalidad” y la “contradic­
ción”- que se están dando en Ja historia intelectual argentina. Ver para una presentación reciente,
Tarcus (2014: 50-78).
41 Esto es válido, incluso, para las traducciones en sentido estricto, tradurore tradi/ore (Sozzo, 2006:
377).
56 Historia de la Cuestión Criminal...

observar como consecuencia de la actitud de adopción. Esto posibilita incluso,


crucialmente, una reversión del flujo de circulación a través de la traducción del
libro de Drago al italiano y su publicación con un prefacio del mismo Lombroso.
En la mirada del intelectual italiano, como vimos, esto no pone en cuestión una
jerarquía en la que se distinguen “creadores” y “cultores” del saber científico sobre
la cuestión criminal que tiene una distribución espacial que se corresponde con
el centro y la periferia -para lo cual debe, a su vez, seleccionar a qué prestarle
importancia del libro traducido proveniente de la periferia. Las contestaciones de
elementos importantes del trabajo de Lombroso por parte de Drago se realizan en
algunos casos utilizando información empírica nacida del propio contexto local -
de primera o segunda mano. Pero también importando otras voces que son críticas
de dichos aspectos y que se han estructurado apelando a observaciones empíricas
o argumentos teóricos producidos en los contextos centrales. En todo caso, esta
actitud de transacción se abre más claramente a la inventiva y la innovación local,
mostrando una más evidente metamorfosis de lo importado culturalmente. Y en
este juego, la matriz discursiva que se comparte, entre centro y periferia, se afirma
pero al mismo tiempo se vuelve sinuosa y flexible.
Por último, identificamos en el último apartado una actitud de rechazo. Aquí
predomina en Jos textos locales la contestación de elementos fundamentales del
vocabulario de Lombroso, aunque en los ejemplos que hemos presentado podría
establecerse una gradación del peso de esta actitud, menor en Magnasco y mayor
en Dellepiane, lo que implica a su vez una menor o mayor diferenciación con res­
pecto a la actitud de transacción. A diferencia del caso de Drago, la información
empírica del contexto local no juega un rol tan relevante en la estructuración de
esta operación de rechazo. Más bien, lo hacen otros conceptos y argumentos ges­
tados por otros autores en los contextos centrales que funcionan como alternativa
a Lombroso y que los intelectuales locales seleccionan, subrayan y traducen en su
propia producción intelectual. También aquí es posible registrar el despliegue de la
inventiva y la innovación local bajo esta modalidad. El lazo con Lombroso, a di­
ferencia de en las dos actitudes anteriores, se presenta maltrecho, incluso roto. Sin
embargo, eso no impide reivindicar una perspectiva igualmente científica sobre la
cuestión criminal, a partir del despliegue del método positivo que, sin embargo,
permite afirmar desde el punto de vista normativo ideas que abren todo un juego
de articulaciones posibles con las perspectivas católicas y liberales. Lombroso
también es empleado activamente en estas producciones intelectuales locales, pero
“en negativo”.
Los usos de Lombroso 57

Estos diversos usos de Lombroso permiten a los intelectuales locales que rea­
lizan estas distintas operaciones de adopción, transacción y rechazo recortar sobre
el fondo de la genérica actividad intelectual una incipiente identidad y jurisdicción
en el mundo del saber como autoridades o expertos sobre la cuestión criminal.
Además este uso, en sus diversas variantes, permitía recubrirse del prestigio social
y cultural asociado a lo europeo y a la ciencia, como fuentes de lo “civilizado” y
lo “moderno” en el contexto local, en el marco de un proceso cultural más amplio
(Salvatore y Aguirre, 1996: 5; Salvatore, 1996: 195; Sozzo, 2006: 382-384). Este
revés de la trama de ia importación cultural es crucial para la comprensión de
su producción y reproducción -¿incluso hasta eí presente? (Carrington, Hogg y
Sozzo, 2016).
Lombroso es usado en forma polivalente en el nacimiento de la criminolo­
gía positivista en Argentina. Por tanto, este vocabulario teórico sobre la cuestión
criminal nace, como lo anticipábamos, gracias y a pesar de Lombroso. Y adquiere
por lo tanto una pluralidad que no está exenta de conflictos y luchas intelectuales.
En gran medida, consideramos que este legado se transporta a la fase de consoli­
dación de la criminología positivista argentina que se abre a partir de 1900, cosa
que nos dedicaremos a mostrar en exploraciones ulteriores.
58 Histeria de ia Cuestión Criminal..

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Del “favor a la ley” al Estado guardián
Las policías de Santiago de Chile en el siglo XIX
(1822-1896)1

Daniel Palma Al varado

a historia de la policía en Chile ha sido cultivada principalmente por auto­

L res salidos de las mismas filas de las instituciones policiales. En sus obras
plasmaron un primer bosquejo de la trayectoria de los distintos cuerpos
que cumplieron funciones policiales desde finales del periodo colonia], con un
guión ceñido en lo medular a los hitos fijados por las leyes y reglamentos que les
dieron origen? Estos relatos corporativos aportan abundante información sobre
los más variados aspectos de la vida institucional y constituyen un valorable punto
de partida para ampliar el foco hacia una historia social y política de las policías
que aún está pendiente. Una historia que recoja también las preocupaciones de la
ciudadanía que diariamente debe renovar su convivencia forzada con los omnipre­
sentes “representantes de la ley y el orden’’,
¿En qué contexto y bajo qué premisas ideológicas se establecieron los ser­
vicios policiales en el país? ¿Cuáles han sido históricamente los alcances de sus
labores? ¿Cómo se reclutaban y formaban sus integrantes? ¿En qué condiciones
materiales desempeñaron su misión institucional? ¿Cómo se relacionaron los dis­
tintos cuerpos con los gobiernos y con la población? Desde luego, hay mucho
trabajo por hacer para reducir nuestra “ignorancia sobre el pasado de la policía”,
como lo expresara hace un tiempo Lila Caimari (2012: 20), y así contar con ma­
yores antecedentes que contribuyan al debate sobre el lugar de las policías y la
naturaleza de su poder en el Chile actual.
En este artículo presentamos algunos de los rasgos que marcaron el largo
proceso de conformación de fuerzas de policía en Chile durante el siglo XIX, a
partir de la experiencia de la ciudad de Santiago, poco divulgada y escasamente
sistematizada hasta la fecha. Consideramos el arco temporal que se inicia con el12

1 Este articulo es un resultado del proyecto FONDECYT núm. 1130623. Mi mayor gratitud hacia
Vania Cárdenas y Camilo Plaza por su valioso trabajo en la revisión de archivos y prensa.
2 Recomendamos el trabajo de Urzúa(l936) y los libros de Miranda Becerra, en especial (2006). Un
análisis de estas historias corporativas en Palma Alvarado (2014: 3-13).
72 Historia de la Cuestión Criminal...

establecimiento del primer servicio policial de carácter público de la capital, a car­


go del Cuerpo de Serenos desde 1822, y culmina con la organización de la Policia
Fiscal de la provincia en 1896, en un recorrido que busca comprender la institucio-
nalización de las policías dentro del marco más amplio de la formación del Estado.
Antes de entrar en materia es importante aclarar que, por desgracia, el ar­
chivo de la Prefectura de Santiago, fundamental para reconstruir buena parte de
la historia de la policía de este período, fue destmido “por orden de un jefe des­
conocedor del valor histórico que representaba”, según nos informa Waído Urzúa
(1936: 6). Sabemos que desde fines de! siglo XIX, el archivero de la policía de la
capital, Francisco Arriagada, dedicó años a clasificar, elaborar índices y empastar
los documentos que recibía de las distintas dependencias, entre los cuales estaban
los libros de partes de la intendencia de 1850 en adelante, oficios de los juzgados,
solicitudes del personal y sumarios (Honorato y Urzúa, 1923:83-84). Como cruel
ironía, se conserva incluso la fotografía de una de las salas de este archivo, la que
reproducimos como un homenaje a la labor de todos aquellos cuyo trabajo termi­
nó en las llamas producto de “una orden torpe e innecesaria” tomada por un “jefe
incomprensivo” (Urzúa, 1936:6),

Los cuerpos de policía


Durante el siglo XIX en Santiago se organizaron -y coexistieron en ocasiones-
diferentes servicios policiales. Cuando estalló la guerra de independencia, en la
ciudad solo había unos cuantos “guardias de tiendas” particulares, que se encar­
gaban de cuidar el sector comercial en el centro de la población, además de las
tradicionales rondas que llevaban a cabo los inspectores y alcaldes de barrio bajo
la supervisión del cabildo. Los primeros reglamentos policiales de 1812/1813 y
de 1817 sentaron un precedente en cuanto al rol que asumiría desde entonces el
gobierno en la gestión de las labores de policía. En ambas ordenanzas se dispuso la
creación de la figura de un “superintendente de policía”, responsable de “todos los
ramos que corresponden al aseo, policía y buen orden de la capital”, con especial
énfasis en el “cuidado de la seguridad y tranquilidad civil, doméstica y personal”.
Esta superintendencia fue conceptual izada como “la ejecución y el brazo activo
del gobierno y su subdelegado inmediato en ramos de policía”, revelando un tem­
prano afán del poder ejecutivo por intervenir en “materias de policía”, en desme­
dro del cabildo y la comunidad.
De! “favor a la ley" al 'Estadoguardián 73

Fuente: HONORATO, Oscar y URZÚA, Waldo Álbum gráfico de la Policía de Santiago,


Santiago, 1923, p. 83.

En 1817, Santiago fue dividido en ocho cuarteles al mando de un inspector cada


uno, quien a su vez supervisaba a los respectivos alcaldes de barrio (85 en total).
Los reglamentos establecían claramente que “todos estos empleados” estarían su*
jetos al superintendente. Sin embargo, a nivel local los alcaldes continuaron go­
zando de prerrogativas importantes, en la medida que cada barrio se concibió como
“una familia social, donde los vecinos observen mutuos deberes de beneficencia,
cordialidad, etc., cuidando sus alcaldes de separar todas las personas viciosas, va­
gas o sin destino”. De este modo, independientemente de la tutela gubernamental,
los alcaldes retuvieron “una especie de jurisdicción doméstica y familiar en los
pequeños negocios de su barrio”, quedando a cargo “de su conducta, costumbres,
policía, seguridad y tranquilidad”. En el cumplimiento de estas atribuciones, los
vecinos debían prestar toda su colaboración al llamado de “favor a la ley”; de lo
74 Hts'ona de ¿a Cuestión Criminal...

contrario, eran penados con una multa o el arresto en caso de negativas reiteradas.3*5
Urzúa considera con razón a los alcaldes como “los primeros jefes policiales de
barrio” (Urzúa, 1936:49).
Esta primitiva organización parapolicial (¿protopolicial?) no estuvo en con­
diciones de responder a los múltiples problemas que se presentarían en una ciu­
dad convulsionada. Al iniciarse la década de 1820, abundaban las quejas por la
inseguridad reinante, especialmente en las noches; los alcaldes denunciaban una
y otra vez el escaso apoyo que recibían de los vecinos para patrullar las calles o
el desconocimiento de su investidura por parte de militares y guardias nacionales;
mientras, el cabildo y la intendencia se enfrascaban en interminables disputas de
competencia debido a la imprecisa delimitación de las tareas de baja policía, como
el aseo y el abasto de la ciudad, y las de alta policía, vinculadas a la seguridad.
En este contexto, el director supremo Bernardo O’Higgins concretó un largo
anhelo de los vecinos de la capital y ordenó la formación de un cuerpo de serenos
que se estructuró a partir de los criterios definidos en un reglamento fechado el
30 de junio de 1822. Comenzaba, de esta manera, et proceso de organización de
una fuerza de policía bajo la supervisión de la intendencia de la provincia, la que
actuaría independientemente de las rondas vecinales encabezadas por los alcaldes
de barrio.

Cuerpos de Policía de la ciudad de Santiago, siglo XIX

Denominación Reglamentofs)
Cuerpo de Serenos 30 de junio de 1822
4 de febrero de 1841
Cuerpo de Vigilantes 8 de junio de 1830
6 de junio de 1850
Brigada de Policía (27 de diciembre de í 850)'
Guardia Municipal 3 de enero de 1860
Policía de Seguridad 25 de mayo de 1889
Policía Fiscal 26 de mayo de 1896
* Fecha en la cua! se decretó la disolución de los cuerpos de vigilantes y serenos. La Brigada empezó
a operar como ta! el 22 de enero de 1851. No hemos podido localizar reglamento alguno.

3 Véase Reglamento de Policía, Santiago, 6 de agosto de 1817, reproducido en Semanario de Poli­


cía, núm. 1, 3 de septiembre de 1817. Las expresiones entre comillas corresponden a los artículos
3,9,10, 12y 19.
favor a la ley" al Estado guardián
Del “ ~¡S

Serenos, i822-1850'
Los serenos de origen ibérico existían en algunas ciudades de Latinoamérica des­
de finales del siglo XVIII y prestaban un servicio de vigilancia exclusivamen­
te nocturna. En vista de los resultados positivos producidos en otros lugares, su
establecimiento venía siendo demandado por los vecinos de Santiago hacía ya
dos décadas como la solución más idónea para gobernar las noches e impedir los
frecuentes robos. La ampliación del alumbrado público y la presencia permanente
de centinelas armados eran las medidas con las cuales se esperaba ahuyentar a la­
drones y bandidos, vigilar la moral y las buenas costumbres y, en general, prevenir
los delitos.
El cuerpo de serenos adoptó una nomenclatura militar y debía componerse
de un comandante, secundado por cinco cabos y una tropa de ochenta soldados o
serenos de a pie y a caballo que, se esperaba, salieran a rondar las calles armados
de “dos pistolas, alabarda y sable”. Fue designado como primer comandante José
Alvarez de Toledo, quien dependía del intendente de la provincia con la obligación
de informar diariamente todas las ocurrencias de la noche. El cuerpo se financiaría
con una “contribución de serenos” que gravaba los almacenes, tiendas, pulperías y
las viviendas que se verían beneficiadas por la vigilancia, cuya cobranza también
era normada en el reglamento de 1822?
Los serenos, definidos como “los custodios de la seguridad del vecindario
contra toda invasión nocturna” (artículo 25), tenían que prestar una serie de ser­
vicios comunitarios: desde el anuncio en voz alta de la hora y el tiempo; la inter­
vención oportuna ante temblores e incendios; la búsqueda del médico, partera o
de un confesor en caso de emergencias nocturnas; hasta labores más propiamente
asociadas a la seguridad, como la vigilancia de sospechosos, la persecución de
delincuentes y la custodia de los recintos comerciales. Si se registraba algún robo,
el sereno a cargo del sector era arrestado como presunto autor o encubridor, hasta
que un juez determinara lo contrario. Las faltas, usualmente el abandonar el pues­
to, quedarse dormido o andar en estado de ebriedad, redundaban en tres días de
prisión y la expulsión del cuerpo en caso de reincidencia.
No disponemos de muchos testimonios sobre el desempeño de ios serenos a
lo largo de la década de 1820, pero es claro que asumieron un papel fundamental

4 En otra trabajo he analizado en detalle la historia de los cuerpos de serenos, que sirve de base a las
páginas que siguen. Véase Palma Al varado (2016).
5 El Reglamento en cuestión se transcribe en Peri Fagerstrom (1993}; “Los Serenos de O’Higgins”,
en Revista de Carabineros, núm. 460, Santiago, pp. 27-30. Ver también Miranda (2006: 44-47).
76 Histeria de la Cuestión Criminal...

en la preservación del orden público y ia represión de la delincuencia, cuestión que


no pasó desapercibida a los extranjeros de paso por la ciudad. El presbítero José
Sallusti, por ejemplo, de visita en Chile en 1824, escribió que el servicio de sere­
nos había sido impulsado por el gobierno “para asegurar la tranquilidad pública de
los habitantes y para impedir en sus casas y negocios tos robos nocturnos”. Estas
ventajas, sin embargo, no alcanzaban a compensar su molestia por la constante
interrupción del sueño a causa de ios gritos con que anunciaban la hora (Sallusti,
1906:429-431).
Un conocido memorialista chileno, Vicente Pérez Rosales, recordaba a pro­
pósito cómo en su infancia: “...oíanse a cada rato, en las silenciosas horas de la
noche, los desapacibles berridos de estos guardianes, quienes tras un destemplado
y estrepitoso ¡Ave María Purísima! gritaban la hora que sonaba en el histórico
reloj del templo de la Compañía, y enseguida el estado atmosférico” (citado en
Feliú Cruz, 2001: 95). Desde entonces, los serenos pasaron a formar parte de la
cotidianeidad de las noches santiaguinas.

Fuente: pintura de 1828, Museo Histórico Nacional [en línea] www.memoriachilena.cl


Del “favor a la ley” al Estado guardián 77

Los rasgos más pintorescos de estos guardias nocturnos -como el canto de la hora
que tanto irritaba a muchos habitantes- han obscurecido su principal faceta, que
fue la de velar por el orden y la seguridad en la ciudad. En el encabezado del
reglamento de 1822 se justificó la creación de este servicio en virtud de que “la
seguridad de las personas y propiedades” era uno de los “primeros objetos” del
gobierno. Más adelante, al reformarse el cuerpo en 1841, el artículo l estableció
claramente: “Habrá en Santiago un cuerpo de serenos cuyo objeto especial será
velar de noche en la conservación del orden y tranquilidad pública, seguridad de
las personas y de sus propiedades”.6 En vista de esta misión, poli cías-historiadores
como el coronel Manuel Escala, afirman que “las rondas y los serenos constituyen
[...] la encamación más rudimentaria y primitiva del concepto de Policía y de la
función policial” (1975: 36).
En efecto, los serenos encamaron el desplazamiento desde una concepción
“pre-modema” y amplia de policía, centrada en el fomento del buen gobierno
urbano y cuya expresión fueron los cabildos, inspectores y alcaldes de barrio en
combinación con los vecinos, hacia la de una policía entendida ante todo como
una institución gubernamental especializada, responsable del orden público y la
seguridad de las personas y propiedades. Inauguraron la transición hacia una no­
ción de policía focalizada en el binomio de “orden y seguridad” en el marco de
un estado de derecho.78 9Los serenos, en definitiva, pueden considerarse como la
primera expresión en Chile de una policía en el sentido moderno del concepto,
combinando labores preventivas y represivas/
Esta policía de serenos, no obstante su midosa presencia, padeció crónicos
problemas de financ i amiento. Las esporádicas menciones en la prensa y los ba­
lances gubernamentales insistían a menudo en la “poca puntualidad de algunos
vecinos en el pago de la módica cuota aplicada al sostenimiento del cuerpo de
serenos”, según expresó el ministro del Interior en su memoria de 1835? La alta
morosidad implicó a menudo trastornos y atrasos en el pago de los sueldos, de por

6 El reglamento de 1841 es reproducido en Peri Fagerstrom (1982, Tomo 2:33-41).


7 El desplazamiento de la noción de policía como “técnica de gobierno propia del Estado” absolutis­
ta hacia la de una institución fundada en el "estado de derecho” bajo una matriz liberal, se presenta
y discute sugerentemente en Sozzo (2005). Valiosos enfoques para el caso del espacio noratlántico
se encuentran en la obra de Neocleous (2009) y Raphael (2008).
8 Gaicano (2007) y (2009: 35-48), y Pulido (2011), analizan la resignificación de! concepto "poli­
cía” y el proceso de institucional izacíón del poder policial para los casos de Argentina y México,
dando cuenta de importantes similitudes con lo ocurrido en Chile.
9 Memoria que el Ministro de Estado en el Departamento del Interior presenta al Congreso Nacio­
nal de 1835, Santiago, Imprenta de La Opinión. 1835.
78 Historia de la Cuestión Criminal..

sí muy exiguos, lo cual, sumado a las malas condiciones de trabajo, repelía más
que atraía al personal (en 1835 el cuerpo disponía de apenas 53 hombres de tropa
mal remunerados en vez de tos 80 que fijaba el reglamento). También cundían las
denuncias sobre la arbitrariedad con que operaba el comandante.1011 Las “vidas y
haciendas” de los habitantes de ia capital -se quejaba el columnista de un perió­
dico- quedaban a merced del “poder sin límites del comandante de serenos”, pri­
mando “el desarreglo, la confusión y aun la injusticia... en un ramo tan importante
del servicio público”, leemos en 1841,"
Para remediar todos estos problemas, la acción del gobierno se enfocó en dos
ámbitos. Por una parte, estaba el sensible tema del financiamiento: a más de una
década de la formación del cuerpo de serenos, su mantención seguía dependiendo
en gran medida de los aportes de los particulares decretados en 1822. Con el ob­
jeto de actualizar el listado de contribuyentes y poder ampliar la vigilancia a otras
calles de la ciudad, el 23 de octubre de 1835 se despachó una ley que autorizó
al ejecutivo a preparar un reglamento para el cobro de una nueva contribución
de serenos que aumentara “moderadamente” la tarifa y optimizara el sistema de
recaudación que funcionaba al alero del municipio. La discusión fue larga e inte­
rrumpida y quedó finalmente plasmada en el reglamento del 4 de febrero de 1841.
Con esta solución, que no alteró la lógica de la contribución, se esperaba incre­
mentar los recursos y terminar con el déficit que arrojaba el sistema.
El otro flanco débil era la insuficiencia y calidad de la tropa, además de la
discrecional idad con la que actuaba el comandante del cuerpo. La citada reforma
de 1841 también se ocupó de este tema, duplicando el número de hombres y com-
plejizando su organización interna con la introducción de tenientes y el aumento
de los cabos. A diferencia de lo que se estilaba, los aspirantes debían acreditar
su buena conducta y, una vez aceptados, firmaban un contrato de servicio por al
menos un año. Aparece, asimismo, la preocupación por la instrucción de la tropa
que todos los martes y jueves asistiría a lecciones sobre el reglamento interno y los
bandos de policía, además de recibir indicaciones prácticas para las tareas de or­
den más comunitario (artículo 15). Sus funciones siguieron siendo las consabidas
de vigilar y patrullar las manzanas asignadas, mantener el alumbrado de las calles
comerciales, “cantar la hora en la forma de costumbre”, auxiliar a los vecinos en lo

10 Todos estos problemas se describen en: Informe del Intendente de Santiago, José de la Cavareda,
Santiago, 26 de septiembre de 1835, incluido como Anexo núm. 198 en la Sesión del Congreso del
5 de octubre de 1835. SCL, Tomo XXIV, Santiago, Imprenta Cervantes, 1902, pp, 180-181.
11 Remitidos, El Mercurio de Valparaíso, 27 de febrero de 1841.
De! “favor a la ley" al Esiado guardián 79

que fuere necesario, preservar la moral y la “decencia pública”, evitar desórdenes,


dar parte de reuniones sospechosas y restringir al máximo la circulación por las
calles a horas avanzadas de la noche. Los castigos por faltas cometidas durante el
servicio se endurecieron, incluyendo sanciones económicas (el vilipendiado arti­
culo 85) y el arresto por hasta quince días.12
Pese a que persistieron las dificultades, a lo largo de los años 40 los serenos se
consolidaron como una policia nocturna cada vez más apreciada por la población
y se multiplicaron por todo el pais, en la medida que asumieron responsabilidades
que la población ya no estuvo dispuesta a cumplir. Paralelamente, la preocupación
de las autoridades santiaguinas se lúe volcando hacia el problema del orden diur­
no, que se había visto postergado debido a las turbulencias políticas, la estrechez
de los recursos fiscales y la prioridad dada al servicio nocturno, no obstante suce­
sivas tentativas impulsadas desde los años 1820.1314 José Zapiola rememoró que por
entonces “el servicio de esta policía era reclamado por los continuos desórdenes
que se cometían en la calle pública. Podía decirse que más seguridad había de
noche, con el auxilio del diminuto número de serenos, que de día, en que no se
contaba con ningún recurso contra pendencieros y ladrones” (1874: 124).

Dgilanfes. 1830-1850
En junio de 1830, el flamante ministro del Interior Diego Portales decretó la
formación de un cuerpo de vigilantes diurnos para Santiago, previa cesión a la
municipalidad del ramo de las carnes muertas (impuesto a los mataderos) para
financiarlo. La seguridad fue, a no dudarlo, una de las obsesiones de Portales,
y el robustecimiento de las funciones represivas de la policía jugó un papel cla­
ve en su estrategia. Los vigilantes tuvieron por misión “cuidar durante el día, Io
de la decencia pública que debe guardarse en las calles y prevención de los crí­
menes que puedan cometerse en ellas; 2o de la aprehensión de los delincuentes
infraganti; 3o del cumplimiento de todas las disposiciones de policía, de aseo,
comodidad y buen orden de la población”.1,1 Debían “impedir” las reuniones donde
se profirieran “gritos sediciosos” o “palabras obscenas y escandalosas”, proteger
los edificios, velar por el aseo, controlar la circulación y vigilar las “reuniones
sospechosas”. Gozaron de amplias atribuciones para controlar y detener a ebrios,

12 Véase la nota 7.
13 Véase sobre esto Miranda (2006), primera parte, Capítulo II.
14 El reglamento fechado el 8 de junio de 1830, es reproducido en el trabajo de GAC1TÚA, Oscar
“La policía de Santiago. Antecedentes históricos”, publicado por entregas en el Boletín de la Poli­
cia de Santiago (en adelante BPS), núm. 25, Santiago, enero de 1905, pp. 5-10.
80 Historia de la Cuestión Criminal..-

locos, mendigos, vagos y perturbadores del orden en general, para cuya custodia
se ordenaba la habilitación de un recinto o depósito, “preparado con la comodidad
y decencia posible’’. Es interesante apuntar también que “cualquiera otra clase de
fuerza militar o municipal”, así como “cualquier individuo que se halle presente”,
tenía ia obligación de prestar auxilio, “desde el momento que un vigilante, revesti­
do de su peculiar uniforme, pronuncíe en alta voz las palabras Favor a la Ley". El
diario oficial reforzó aquello al considerar que sin la “cooperación de los vecinos
[...] jamás tendremos policía”.15
El cuerpo de vigilantes se compuso de 85 hombres para resguardar una ciu­
dad cuya población se empinaba sobre los 65.000 habitantes. Su comandante sería
el “gobernador local”, subordinado al intendente y apoyado por cuatro tenientes
cuyo sueldo lo tenía que costear el municipio. Si bien mantuvo algunos deberes
propios del ámbito de la baja policía, el énfasis de sus funciones estuvo claramente
en la preservación del orden social y político y en garantizar la seguridad de la
propiedad y las vidas de la población. Todas estas características, en la óptica de
Robinson Bascur, convirtieron a los vigilantes en “el primer cuerpo de policía de
seguridad que hubo en Chile (...] dotado de sables, pitos, gorras y con más que
mediana organización”.16 A contar del año 1830, entonces, Santiago dispuso de
dos fuerzas independientes para gestionar el orden urbano y social, cada cual con
sus mandos, horarios y fuentes de financiamiento, dando origen a un régimen que
ha sido denominado paralelismo policial (Escala, 1975: 81).
La acción (no coordinada) de estos dos cuerpos parece haber dado resultados
alentadores en lo referente a la reducción de la delincuencia, particularmente de
los homicidios que durante toda la década de 1820 habían constituido un motivo
de alarma recurrente. En 1835, el ministro del Interior expuso ante el Congreso
que “en la capital el cuerpo de serenos y de vigilancia han contribuido en gran
manera a disminuir el número de los crímenes atroces de que veíamos en otras
épocas tan frecuentes ejemplos”.17 En la noche se comenzaron a notar los efectos
de la ampliación del alumbrado impulsado por el municipio y la intendencia, de
manera que “se han impedido mil crímenes y mil y más excesos que se cometían
a la sombra de la obscuridad. La policía puede ver, prevenir y castigar, y los jefes
de la policía nocturna pueden también vigilar el cumplimiento de sus subalternos”,

Í5 La Policía, ElAraucano, Santiago, I? de mayo de 1832.


16 BASCUR, Robinson “Estudio sobre Policías”, en BPS, núm. 26, Santiago, febrero de 1905, p.
107.
17 Memoria que el Ministro de Estado en el Departamento del Interior presenta al Congreso Nacio­
nal de IS35, cit.
De¿ ‘favor a la ley ” al Estado guardián 81

afirmó el intendente de la capital al iniciarse la década de 1840.1819


Poco después nos
20
enteramos que entre ambos cuerpos sumaban 255 hombres (91 vigilantes y 164
serenos), que “llenan cumplidamente el objeto de su institución’’.'9
Pero el optimismo tuvo sus límites. El resguardo policial no alcanzó a los
bordes de la ciudad, donde se había ido instalando el creciente número de mi­
grantes en miserables rancherías que formaban laberintos “sin dirección ni sali­
da, refugio de los vagos y malhechores, que desafían desde semejantes guaridas,
los esfuerzos y vigilancia de la policía’’, según argumentó el intendente interino
Miguel de la Barra en 1842. “Ineficaces son los esfuerzos de la autoridad para
reprimir los desórdenes y evitar los crímenes que se cometen en ¡as rancherías
de la capital -insistió al año siguiente, ya asumido el cargo en propiedad- pues el
desarreglo en que se hallan colocados y la forma especial de su construcción [...]
las hace inexpugnables a la policía, y el delincuente que llega a entrar en cualquier
rancho tiene segura su evasión...”.80
Este celoso funcionario, quien fue uno de los intendentes más activos que
haya tenido Santiago, en 1844 realizó un crudo diagnóstico sobre el estado de la
fuerza:
“Cada vigilante vive en su casa, y solo concurre a la de su comi­
sario para que se le designe el punto que ha de guardar en cada
día. Esto solo demuestra que es imposible pueda haber en la com­
pañía de vigilantes, la disciplina ni moralidad que se requiere, y
que es la primera y más esencial condición de un soldado de poli­
cía. No hay disciplina, porque no hay ocasión ni tiempo para ins­
truirles en sus deberes, ni moralidad porque mal puede hacerse
responsable del no cumplimiento de sus deberes, a aquel a quien
no se le han hecho saber, ni tienen más de soldado de policía que
el vestuario adecuado para el cuerpo. También está fuera de duda,
que es imposible exigir de un individuo constante vigilancia en
una centinela de doce o catorce horas. Tienen en este tiempo,
necesidades de vida que satisfacer, y para ello o abandonan sus

18 Informe citado en GACITÚA, Oscar “La policía de Santiago../’, en BPS, núm. 27, Santiago,
marzo de 1905, p. 168. Cursiva nuestra.
19 Memoria que el Ministro del Despacho en el Departamento del Interior presenta al Congreso
Nacional de 1842, s.p.d.i., pp. 4-5. Según Miranda (2006: 85-86), estó era un “número desusado
para esa época, que arrojaba una proporción de un Vigilante por cada 440 habitantes aproximada­
mente”.
20 Los informes del intendente De la Barra del 11 de agosto de 1842 y 2? de febrero de 1843 son
citados en Salazar (2006: 70).
82 Historia de la Cuestión Criminal..

puestos, o se introducen en algún bodegón o picantería del lugar


de su custodia. Esto les obliga a tolerar mil faltas y desórdenes
en esos establecimientos, cuando no son cómplices o autores en
ellas”,31

La policía, que era “el resorte más poderoso de acción que tiene un gobierno”,
requería en su opinión de una refonna profunda que permitiera articular mejor los
servicios y disciplinar a una tropa inestable, recargada y no habituada a la vida de
cuartel. En su “Plan de arreglo de la policía de Seguridad”, presentado en 1844
al concejo municipal, De la Barra sugirió avanzar hacia una policía que contara
con “soldados acuartelados, con sus respectivos jefes, y sujetos a una ordenanza
especial y estricta”, sometiendo a la tropa a “un estricto pie militar”. Bajo estas
directrices, en junio de 1850 se promulgó un nuevo reglamento para el cuerpo de
vigilantes de Santiago que, en palabras de Urzúa, fue el primero de alguna impor­
tancia que se dictaba en el país (1936: 83).33
La reestructuración de la policía diurna -que mantuvo al intendente como
“el jefe nato superior de este cuerpo”- instauró el puesto de un “sargento ma­
yor instructor” que debía estar “dotado de los conocimientos y hábitos militares
necesarios para este objeto”. A su cargo quedaban los cuatro comisarios y los
cuatro tenientes responsables del servicio de calle en los ocho cuarteles en que
se organizó la ciudad. Asimismo, se aumentó el contingente de caballería que se
fijó en ochenta “soldados”, en desmedro de los vigilantes de a pie que serían 28.
Su primer deber era “evitar que se cometan delitos”, seguido de la detención de
“delincuentes inffaganti” y sospechosos, así como informar de las reuniones “que
juzguen atentatorias al orden público y a las autoridades constituidas” (artículo
22). La vigilancia se haría en “patrullas de cuatro o más hombres” que recorrerían
el cuartel asignado, además de puntos fijos cuando la situación lo ameritara. La
policía comenzó a consolidarse como una fuerza eminentemente represiva, cuyos
miembros quedarían sujetos a una disciplina interna mucho más rigurosa que emu­
laba el modelo militar.
La agitada coyuntura política de 1850-1851, puso a prueba estas orientacio­
nes.25 El gobierno, enfrentado a la presión de una oposición política conspiratíva
(liderada por un sector de jóvenes liberales) y a una creciente agitación social po-21
23
22

21 Plan de arreglo de la policía de Seguridad enviado por la Intendencia al Ministerio del Interior, 16
de julio 1844, Archivo Municipalidad de Santiago (en adelante AMS), Vol. 136, fs. 191-202. Sobre
la vida y obra de José Miguel de la Barra véase Hidalgo y Sánchez (2006).
22 El reglamento completo, de 31 artículos, se reproduce entre las pp. 83 y 95.
23 Sobre esta coyuntura véase Palma (2010:239-263).
Del “favor a la tey” al Estado guardián 83

pillar, apostó por reforzar a la policía como brazo leal al poder establecido.2425
Esto
venía gestándose desde hacía algún tiempo, ya que, según un diario, “desde el año
45 los agentes de policía fueron destinados a perseguir reos políticos, a husmear en
las tabernas y en los clubs, y el vigilante descuidaba el desagüe de una acequia o
dejaba arder un edificio, por atender a un motín”.15 Las funciones en aras del buen
gobierno de la ciudad que todavía prestaban los cuerpos de vigilantes y serenos,
quedaron definitivamente en un segundo plano ante las demandas por contar con
auténticas policías de seguridad, políticamente confiables. En el nuevo contexto,
el paralelismo policial había dejado de ser funcional a los propósitos de las “au­
toridades constituidas”.

Brigada de Policía, 1851-1860


Con base en las propuestas de la intendencia, el 27 de diciembre de 1850 se decre­
tó la disolución de los cuerpos de vigilantes y serenos de Santiago, conformándose
en su reemplazo una “Brigada de Policía” con dotación de 378 hombres y un indi­
simulado sello militarista, la cual entró en funciones en enero de i 851. Recibía las
órdenes del intendente y se financió con aportes fiscales, municipales y vecinales.
El vestuario, caballos, montura y forraje siguieron corriendo por cuenta del mu­
nicipio. Para lo demás se dispuso de las entradas del ramo de carnes muertas, la
contribución de serenos y $4.000 anuales otorgados por el gobierno. Como jefe
de la brigada fue designado Agustín Riesco, quien a la sazón ocupaba el puesto de
comandante de serenos.26
La prensa oficialista celebró el fin del “detestable régimen, o más bien la
falta de régimen que presidia en la fuerza de policía”, cuyos serenos y vigilan­
tes “carecían hasta de las nociones indispensables para el cumplimiento de sus
obligaciones”.27 Desde la oposición, en cambio, se denunció a la nueva brigada
como una entidad servil y corrompida, llegándose al extremo de plantear que “es­

24 “Complicó a esto el drama político: y comprendiendo Ja autoridad de cuánto provecho le sería


tener a su lado una fuerza leal y respetuosamente obediente, no menos que ajena a las injusticias
de la demagogia, y libre del contagio que infestaba a casi todo el ejército de que podía disponer,
apeló al cuerpo de policia, que a poco de recibir algunas modificaciones en su constitución regla­
mentaria, había de ponerse en pie de guerra”. Correspondencia, El Mercurio de Valparaíso, 29 de
enero de 1852.
25 Correspondencia. El Mercurio de Valparaíso, 29 de enero de 1852; La policia en Chile, El Mercu­
rio de Valparaíso, 4 de febrero de 1852.
26 Sobre la organización de la fuerza en la localidad de Santiago, El Araucano, Santiago, 28 de enero
de 1851; Miranda (2006: 116-118}.
27 Sobre la organización de la fuerza en la localidad de Santiago, El Araucano, Santiago, 28 de enero
de 1851.
84 Historia de la Cuestión Criminal..

tamos seguros de que la mayor parte de los delitos contra la seguridad pública son
perpetrados por los dependientes del señor Riesco”.2’ Sea como fuere, el proceso
organizativo culminó en octubre de 1852, cuando se aumentaron los sueldos del
personal de la brigada en consideración del “servicio constante y penoso” que
prestaban sus integrantes.
No es mucho más lo que se ha podido esclarecer sobre el funcionamiento
efectivo de esta primera fuerza unificada de policía de la capital. Gacitúa, en su
trabajo de 1905, afirmó de hecho que “no existen noticias siquiera de reglamentos,
ni ordenanzas ni disposición alguna que fijara su régimen interno ni sus procedi­
mientos en el desempeño de su misión”.28 29 Podemos especular que ia brigada se
rigió por el último reglamento dictado para los vigilantes en 1850. “La recomen­
dación constante al personal era de: ver que nadie robe, academias de pito que
debían tocar con cortos intervalos, y el canto de la hora que en aquel entonces se
estimaba indispensable para dar a conocer al vecindario el estado del tiempo y
mantener al personal constantemente despierto”.30
A partir de un debate sobre la aprobación de un subsidio fiscal para la mu­
nicipalidad de Santiago, sostenido en el Senado en 1854, constatamos cómo la
policía se había vuelto una pesada carga económica. “Tenemos, señor, una policía,
que es un verdadero ejército permanente”, opinó el senador Correa, pidiendo que
en adelante se financiara íntegramente con recursos fiscales y así aliviar la carga
al municipio que destinaba más de la mitad de su presupuesto a este ramo (las en­
tradas alcanzaron ese año a los 140 mil pesos de los cuales cerca de 80 mil fueron
a parar a la brigada). “Si se quiere, pues, mantener el ejército que ahora tenemos
en lugar de policía, -prosiguió el parlamentario- hágase pagar de las arcas nacio­
nales; de otro modo la Municipalidad estará siempre en la misma necesidad que
ahora”.31 Efectivamente, a partir de entonces el gobierno incrementó los aportes
directos para las fuerzas de policía (no solo de la capital), los que durante la década
de 1850 se estabilizaron. Un informe del tesorero de la municipalidad de Santiago
asi lo corrobora:
“Desde el mes de septiembre de 1851, el Gobierno principió a
contribuir con varias cantidades para ayuda del sostén de la Bri­
gada de la Policía, cuerpo en que se refundieron los antiguos de

28 Explicaciones, El Progreso, Santiago, 5 de marzo de 1851.


29 CACHÚA, Oscar “La policía de Santiago...", en BPS, núm. 31, Santiago, julio de 1905, p. 594.
30 GACITÚA, Oscar “La policía de Santiago...”, en BPS, núm. 31, Santiago, julio de 1905, p. 594.
Cursiva en el original.
31 Camarade Senadores, El Araucano, 24 de junio de 1854.
Del "favor a la ley” alErtado guardián 85

Vigilantes y Serenos, a proporción de las necesidades de dicha


Brigada en aquella época; sistema que duró hasta el mes de julio
de 1853, desde cuyo mes se asignó una suma tija de tres mil
pesos mensuales, la cual fue aumentada a 3.325, o sea, 39.900
pesos anuales desde el mes de diciembre de 1856”.

En 1857, el costo de mantención anual de la brigada ascendió a 122.008 pesos,


de ios cuales el municipio aportó con 82.108 (67%) y et gobierno 39.900 (33%),
además de proporcionar “el equipo militar del soldado, como fusil, sable, cara­
bina, mochila, correaje, etc.”. Los mayores recursos permitieron aumentar como
nunca antes el tamaño de la fuerza, que para 1858 alcanzó a los 310 hombres de
infantería y a los 313 montados.32 De este modo, en menos de diez años la policía
de Santiago casi duplicó sus efectivos y la asignación fiscal aumentó diez veces,
lo cual puede considerarse una consecuencia directa de las turbulencias sociales y
políticas de 1851 y expresión de la voluntad del gobierno de neutralizar por todos
los medios las amenazas al orden establecido.
Con todo, las críticas a la tropa prosiguieron igual que antaño, por su falta de
instrucción y malos modales hacia la población. Contemporáneos e historiadores
coinciden en cuanto a la enorme dificultad para reclutar a “individuos garantidos
y de antecedentes mejores” -según se expresó en un oficio de! concejo municipal
en 1855, debido al “corto sueldo de que gozan, inferior, tomando en cuenta los
servicios que prestan, al que tienen los cuerpos del ejército permanente”. Más aún,
tampoco había compensaciones para los policiales que producto de sus labores
resultaban heridos o inválidos.33 Las numerosas peticiones elevadas a las autorida­
des por los comandantes a ruego de sus subalternos o por sus deudos y familiares
con el objeto de obtener pensiones de gracia, testimonian la magnitud de este
problema. El mejoramiento de la policía pasaba ante todo por afrontar la cuestión
de los sueldos y ofrecer estímulos para ingresar a la institución.

32 Informe del tesorero municipal Agustín Prieto al intendente, Santiago, 12 de mayo de 1858, AMS,
Vol. 183.
33 En el documento aludido se agregaba: “El soldado, la clase, el oficial que se invalida en el servicio
del ejército, tiene la seguridad de obtener la asignación del Estado, que lo pone a cubierto de la
miseria; pero el servidor de la policía no; inválido o herido en el peligroso servicio de tas calles,
luchando día y noche contra los malhechores, persiguiéndolos, penetrando en sus pocilgas y en­
crucijadas, o pasando a la intemperie las noches de invierno, o los soles abrasadores durante el día,
carece de todo derecho y de toda esperanza” (Miranda, 2006: 138).
86 Histcmj /;? Cuestión Criminal...

Logo de la Brigada de Policía de Santiago

Fuente: AMS, Vol. 177.

Por otra parte, pese a los afanes discíplinadores, la brigada mantuvo un régimen
flexible, en la medida que “el personal dormía en sus casas y [solo] asistía al
cuartel para su instrucción y a las horas que le correspondía servicio”?4 Padeció
también severas falencias logísticas, según revelan las cartas dirigidas por los jefes
al municipio o a la intendencia solicitando vestuario, lumbre, útiles de aseo, herra­
mientas, forraje y caballos. El “estado de desnudez" de la tropa en más de alguna
ocasión impidió el despliegue total de la fuerza policial en las calles?5 Si agrega­
mos a esto los numerosos hombres “inutilizados” en el servicio, las enfermedades
y deserciones, se comprende que su efectividad fuera bien limitada y que el cuer­
po no gozara de una buena reputación entre la población. “La policía y el público
son en sus relaciones e intereses lo que la suegra y el yerno; difícilmente se aman,
se tratan por cortesía y acaban casi siempre por hacerse la guerra”, sentenció el34 35

34 GACITÚA, Oscar “La policía de Santiago...", en BPS, núm. 31, Santiago, julio de 1905, p. 594.
35 Por ejemplo: Oficio de José Olmos de Aguilera al intendente, Santiago, 10 de noviembre de 1857,
AMS, Vol. 177, núm. 88, f. 105, donde pedia vestuarios nuevos para toda ¡abrigada en vista de que
“tengo un número considerable de reclutas que por el estado de desnudez en que se encuentran no
me es posible hacerlos salir al servicio. El vestuario que se dio al cuerpo, hace tiempo concluyó el
de su duración, y el que tiene la tropa actualmente, excepto el de paño, es costeado con su sueldo".
jrwor a la ley ” al Estado guardián 87

columnista de un diario.16 Autores como Urzúa ratifican la “prevención que el


pueblo, la guardia nacional y hasta la milicia veterana tenían contra la policía” en
aquella época (1936:75).
En vísta de tal estado de cosas, que se reproducía también en las policías de
las provincias, el gobierno comenzó a insistir en la necesidad de reglamentar más
precisamente el ramo: “Sometidos los individuos de policía a ordenanzas espe­
ciales, que determinen claramente todo lo relativo a su instrucción, disciplina y
servicio, es de esperar que ellos cumplan más acertada y fielmente con su deber,
que el pueblo se acostumbre a respetarlos y la sociedad saque mayores ventajas
de su institución", afirmó el ministro del Interior en su memoria de 1859.36 3738
Se
aspiraba avanzar hacia un modelo policial que consolidara la injerencia del poder
ejecutivo, con una fuerza menos propensa a las influencias de los municipios y
vecinos -que todavía contribuían con buena parte de los recursos ai sostenimiento
de la policía- y mucho más profesionalizada. La organización de la Guardia Mu­
nicipal de Santiago, pese a que el nombre puede inducir a equívoco, fue un paso
concreto en esa dirección.

Guardia Municipal, 1860-1889


Desde fines de la década de 1850 se inició la restructuración de la Brigada de
Policía, proceso liderado por Manuel Chacón Garay, destacado en las historias
corporativas como el verdadero “creador de la policía moderna de Chile”?8
“La razón del progreso que alcanzó esta institución bajo la direc­
ción de Chacón, se debe al hecho de que ese hombre había con­
quistado sus grados desde simple sereno, en aquella época en que
se cantaba el Ave María [...] Por esta causa conocía Chacón el
mecanismo de todos los servicios, sabía ejecutarlos y ordenarlos,
con la ciencia experimental que había adquirido, cuyo secreto
está en la observación que le había dado una facultad investiga-

36 La policía en Chile, El Mercurio de Valparaíso, 4 de febrero de 1852.


37 Memoria que el Ministro de Estado en el Departamento del Interior presenta al Congreso nacio­
nal de IS59, Santiago, Imprenta Nacional, 1859, p. 9. Cursivas nuestras.
38 El culto a Chacón comenzó antes de su propia muerte, cuando Benjamín Vicuña Mackenna lo
retrató en el articulo “La Policía de Santiago en 1874 y el Comandante don Manuel Chacón”, pu­
blicado en el núm. 1 de la Revista Chilena (1875) y que se reproduce en Venegas y Peralta (1927:
581-584). Véase también: El comandante Manuel Chacón, BPS, núm. 15, junio de 1903, pp. 325-
327; E! comandante Chacón. Reminiscencias, BPS, núm. 16, septiembre de 1903, pp. 444-448;
ZAVALA, Manuel “Trizano-Chacón. Paralelo entre estos dos grandes jefes precursores de los
Carabineros de hoy. Una breve biografía con sus hechos sobresalientes", incluido en F. Zapatta
Silva (1946),
88 Historia de la Cuestión Criminal..

dora, fruto de sus largos años de servicios en ese ramo” (Vera,


1899: 16).

En efecto, la vasta experiencia ganada desde su ingreso a los serenos en 1838,


convirtió al “popular comandante Chacón”, como lo llama Vicuña Mackenna, en
el funcionario preciso para encabezar la obra de reformar completamente a la poli­
cía de la capital. A contar del l de enero de 1860, la brigada fue rebautizada como
“Guardia Municipal de Santiago” y desde 1864 Chacón asumió el cargo de “co­
mandante en jefe”, el que retuvo hasta su muerte en 1880. Esta policía se organizó
en dos secciones; una de infantería y otra de caballería, con cuatro compañías cada
una y un servicio de tropa que contemplaba tumos de seis horas, que a poco andar
debieron ajustarse a ocho por la imposibilidad de llenarlos todos?9 Partió con una
dotación total cercana a los 700 hombres y se financió con la contribución de se­
renos y alumbrado y la asignación fiscal que siguió incrementándose/’ Este fue el
momento en que la ciudad dispuso de la mayor cobertura policial por habitante de
todo el siglo XIX, que luego decreció, entre otros, como resultado de las penurias
económicas de la década de 1870 y el envío de un contingente de policías a pelear
en la guerra del Pacífico, según se verá luego.39
40

Policías por habitante, 1835-1895

Año Población Contingente Número de Policías


urbana, policial habitantes cada 10.000
Santiago por policía habitantes
1835 67.439 144 468 21,35
1865 141.535 719 197 50,80
1875 185.710 729(1873) 255 39,25
1885 227.626 696(1887) 327 30,57
1895 300.082 1.403 2(4 46,75
Nota: El dato de la población urbana se ha tomado de los censos nacionales de los años
respectivos.

39 La Ordenanza para la Guardia Municipal de Santiago del 3 de enero de 1860, que lleva la firma
del ministro del Interior Manuel Monte, se reproduce en GACÍTÚA, Oscar “La policía de Santia­
go...”, en BPS, núm. 31, Santiago, julio de 1905, pp. 595-597.
40 Por ejemplo, los datos disponibles en las memorias del ministerio del Interior de 1874 y 1875 re­
velan un presupuesto de $66.900 "para la policía y otros gastos de la municipalidad de Santiago".
Del "favora la ley” alEslado guardián 89

A lo largo de la década de 1860, con el decidido apoyo de los sucesivos intenden­


tes de la provincia, el cuartel de la Guardia Municipal se estableció en el histórico
edificio situado frente a la plazuela Ecuador en la céntrica calle San Pablo, donde
se habilitaron cuadras para que durmiera el personal, un comedor y una sala para
la banda de músicos. Antes de esto, los policías comían en el suelo, “ni más ni
menos que los presos”, según indicó el intendente Francisco Echaurren en 1868,
para rematar su satisfacción informando que “los policiales comen ahora en mesa,
teniendo para ello sus platos, cucharas, servilletas, etc., sin que esto haya costado
alguna cosa al tesoro municipal ni al del cuerpo”.41 En estos años también se cons­
truyeron retenes policiales en los barrios de San Isidro, Yungay, Chiloé y Recoleta
que rodeaban el casco histórico de la ciudad.
La gestión de Chacón tuvo tres pilares: la dignificación de las condiciones
de trabajo del personal de la policía; la introducción de servicios especiales des­
tinados a mejorar la vigilancia e investigación de los crímenes; y la lealtad abso­
luta profesada al gobierno de tumo. En cuanto a lo primero, desde sus tiempos
de teniente de serenos Chacón venía intercediendo en favor de sus compañeros,
redactando y firmando solicitudes de pensión de gracia que se pueden consultar
en el archivo de la municipalidad de Santiago. Ya investido de comandante, fue
reiterativo en cuanto a la recomendación de introducir estímulos para retener a
los “guardianes de la propiedad y del orden público”, cuyo destino invariable era
“sufrir, envejecerse en el servicio y tener una ancianidad miserable”.42 Para incen­
tivar a la tropa, durante su jefatura se mejoraron los sueldos, se ímplementaron los
premios de constancia y se regularon los ascensos.43 El 27 de mayo de 1868, tras
años de peticiones, se aprobó un montepío a favor de las viudas, hijos legítimos y
madres de los jefes y oficiales muertos en actos de servicio.
Los avances en infraestructura y gratificaciones fueron de la mano de mayo­
res exigencias para ingresar a la guardia. Los esfuerzos apuntaron hacía el reclu­
tamiento de hombres con experiencia en los cuerpos de! ejército, acentuando la
orientación militarista de la policía.44 También se procuró establecer requisitos de

4 i Memoria que el Ministro de Estado en el Departamento del Interior presenta al Congreso Nacio­
nal de 1868, Santiago, Imprenta Nacional, 1868, p. 156.
42 Oficio de Manuel Chacón a la intendencia de Santiago, Santiago, 2 de noviembre de 1867, AMS,
Vol. 217, núm. 337.
43 “Con este sistema se deja entrever al guardia municipal que su carrera depende única y exclusiva­
mente desús méritos y se le asegura cierta regularidad en las promociones, que es el más poderoso
estimulo para el que se dedica a servir a la causa pública, tan destituida de alicientes en este ramo
del servicio”. Memoria que el ministro de Estado del Departamento del Interior presenta al Con­
greso Nacional de 1865, Santiago, Imprenta Nacional, 1865, p. 73.
44 Memoria que el Ministro de Estado en el Departamento del Interior, presenta al Congreso Nació-
90 Historia de la Cuestión Criininal...

edad, salud, buena conducta, moralidad e instrucción, aunque con éxito relativo.
En 1865, por ejemplo, de los 650 hombres de la tropa, solo 205 (31,5%) sabían
leer y escribir. Se intentó remediar aquello a través de una escuela “establecida a
inmediaciones del cuartel”, la que debió lidiar con “la natural repugnancia que hay
entre los individuos de su clase para adquirir esta especie de conocimientos”. Con
todo, la escuela consiguió una asistencia medía de cuarenta policías durante ese
año.4546
Más adelante, en 1868, nos enteramos que no había podido seguir funcio­
nando por la sobrecarga de trabajo de los guardianes. Durante la comandancia de
Chacón también se impulsó la instrucción diaria de la oficialidad y la tropa en el
cuartel, tanto en lo relativo a los bandos y disposiciones de policía vigentes (que
se recopilaron y reunieron en un libro), como en aspectos más técnicos como el
manejo de armamento.40
Una de las principales deficiencias de los cuerpos que antecedieron a la guar­
dia municipal había sido su acotado radio de acción, limitado a los sectores más
céntricos de la ciudad. Chacón heredó este problema, pero ideó un sistema de
vigilancia de proximidad, a través del envio de piquetes a las zonas urbanas más
conflictivas. Afines de 1861, el gobierno aprobó la creación de una “sección espe­
cial de policía de seguridad” para el populoso barrio sur de Santiago, encabezada
por un comisario y compuesta por cuatro cabos y veinte soldados.47 Esta iniciativa
buscaba hacer más expedita la acción de la autoridad y así “influir de manera po­
derosa en la mejora de las costumbres de nuestras clases proletarias”.48 Se trataba
de una nueva modalidad de intervención social de ia policía. En 1865 se aumentó
la dotación del que pasó a ser el sexto cuartel de la ciudad, que funcionó como tal
hasta fines de la década, cuando sus efectivos se integraron a la fuerza principal.
Por otra parte, las labores secretas fueron recibiendo una atención creciente
dentro de la guardia municipal. En las historias corporativas se atribuye al coman­
dante Chacón el haber favorecido la práctica de reclutar soplones entre los crimi­
nales de la ciudad para que colaboraran con la policía. Varios ex-delincuentes lle­
garon incluso a formar parte de la misma (Vicuña Mackenna, 1875: 25-26; Urzúa,

nal de 1864, Santiago, Imprenta Nacional, 1864, p. 73.


45 Memoria que el ministro de Es tado del Departamento del Interior presenta al Congreso Nacional
de 1865, ciL, pp. 73-74.
46 Memoria que el Ministro de Estado en el Departamento del Interior presenta al Congreso Nacio­
nal de 1871, Santiago, Imprenta Nacional, 1871, p. 172.
47 Véase Oficio del intendente de Santiago, Santiago, 30 de noviembre de 1861.AMS, Vol. 189, núm.
103.
48 Memoria que el Ministro de Estado en el Departamento del Interior, presenta al Congreso Nacio­
nal de 1864, eit., p. 74.
Del “favora la ley" alEíiadoguardián 91

1947; 2-7), Para reforzar las investigaciones criminales, en 1864 se estructuró un


grupo de agentes al que la jefatura encomendaba comisiones secretas que debían
ejecutar vestidos de paisano. Los “guardias comisionados" de esta policía secreta
constituyeron para algunos autores “el germen de la primera sección de pesqui­
sas” y de los futuros detectives/’ Ya en los años 1870, aunque con otro nombre,
este servicio era muy bien valorado por el intendente de Santiago: “A más de la
Guardia Municipal existe la Policía Judicial, antes llamada Policía Secreta. Como
US. lo sabe y lo sabe también el público, esta institución presta servicios impor­
tantísimos en la pesquisa y descubrimientos de crímenes y criminales”.49 50 Desde
entonces, esta sección se constituyó en un auxiliar fundamenta! de la justicia.
Los comisionados -o “cómicos” en la jerga popular urbana- la sección es­
pecial del barrio sur y los guardianes apostados en los retenes de sectores menos
próximos al centro, revelan a un tipo de organización policial más compleja y
ambiciosa, con una fuerza desplegada más ampliamente en el espacio urbano. Una
policía que cumplió funciones estratégicas para sostener el orden político y social.
Una policía, al fin, que interpretaba a la perfección el papel de brazo leal a! gobier­
no. La figura de Chacón resultó ser la clave en esta apuesta. “Profesaba un respeto
notable por la autoridad y por eso era que los gobiernos se sucedían y Chacón
quedaba en su puesto mereciendo la confianza de ellos y siendo la llave segura de
toda administración que se levantaba" (Vera, 1899: 17).51
Esta docilidad política fue aprovechada por el gobierno para asegurar deter­
minados resultados electorales; “La gran popularidad de que gozaba Chacón entre
las masas de electores, su perspicacia y su valor sin medidas, y el ilimitado poder
de que disponía en aquel tiempo el primerjefe de Policía, hacían de él una máqui­
na electoral temible, que todos los partidos anhelaban conquistar”, rememoró un
conocido suyo. Nuestra fuente remata con una sentencia categórica: “Chacón nun­
ca trepidó en prestar su poderoso concurso al triunfo del Gobierno en las eleccio­
nes, porque esto entraba en la sana doctrina de los tiempos en que vivía”.52 Por eso
mismo, algunos contemporáneos lo bautizaron como el “hacedor de presidentes”.

49 Véase Hernández y Salazar (1994), capítulo 2. La expresión entre comillas en p. 17.


50 Memoria del Intendente de Santiago de 1876, citada en GACITÚA, Oscar “La policía de Santia­
go...”, en BPS, núm. 32, agosto de 1905, p. 687.
51 Chacón lideró a la policía durante los gobiernos de J. J. Pérez (1861-1871), F. Errázuríz (1871-
l876)yA. Pinto(1876-1881).
52 El comandante Chacón. Reminiscencias de 1P, BPS, núm. 16, septiembre de 1903, pp. 444-445.
Comillas nuestra.
92 Historia ¿e la Cuestión Crimina!...

Bien lo pudo comprobar el propio Vicuña Mackenna, quien durante su pe­


ríodo de intendente de Santiago (1872-1875) contó con la indispensable colabo­
ración de la guardia municipal y de su comandante, pero una vez que presentó su
candidatura presidencial en 1876, el propio Chacón le habría manifestado: “Lo
quiero como a mi padre, como a mi amigo más distinguido, pero combatiré su
candidatura como la del enemigo del Gobierno. No será Ud. Presidente de Chile,
aunque lo merezca, si no es el candidato oficial”.51 De esta manera, la policía se
consolidó como un engranaje vital en manos del gobierno, acumulando nuevas
responsabilidades que hicieron de ella un factor de la política nacional. Tareas de
la “vieja policía”, como el canto de la hora (abolido por Chacón) o el encendido de
los faroles del alumbrado público, ya eran cosa del pasado. Inclusive, el tradicio­
nal «favor a la ley» dejó de tener cabida en la simbología de este cuerpo, reflejando
el apartamiento de la comunidad de los asuntos policiales. Definitivamente, ia
guardia municipal, con su impronta militar, pasó a monopolizar la cuestión de la
seguridad en la ciudad.

53 El comandante Chacón. Reminiscencias de 1P, BPS. núm. 16, septiembre de 1903, p. 446.
De! "favor a la ley" al Estado guardián 93

Los archivos y memorias de los intendentes (que se conservan solo parcialmen­


te) ofrecen algunas noticias del desenvolvimiento de la guardia municipal en la
década de 1880. Mucho se ha destacado la última gran iniciativa de Chacón, que
fue la organización de un batallón de 500 policías escogidos -el Batallón Bulnes-
que hizo toda la campaña de la guerra del Pacífico entre 1879 y 1884 y permitió
consagrar a la policía como una institución militarizada y defensora de la patria?4
En el plano interno, en cambio, su “profesionalízación” siguió estrellándose
con los mismos obstáculos de la época de los serenos y vigilantes: los bajos suel­
55 En los años 1870, Vicuña Mackenna afirmó
dos y la condición social de la tropa.54
lapidariamente que la policía era “un objeto casi repulsivo”, tanto para el pueblo
como para “la sociedad en general” (1875: 3). La rotación del personal era altísi­
ma (sobre 50% en un año) y sus servicios “estaban totalmente desprestigiados”,
a decir de Urzúa (1936: 121). La escasa disponibilidad de voluntarios obligó a
salir a buscar reclutas fuera de la capital, según consta por las hojas de vida de 63
policías activos de la Guardia Municipal en la década de 1880 (aproximadamente
un 10% de la fuerza).5657 Solo el 17% eran oriundos de Santiago, mientras los de­
más provenían principalmente del valle central (Rancagua, Colchagua, Curicó y
Talca). Esto mismo explica la juventud e inexperiencia laboral de buena parte de
los enganchados: el 61% eran menores de 25 años, un 72% era soltero y un 40%
no declaró oficio al ser enlistado. Pero también detectamos un segundo perfil,
constituido por hombres sobre los 26 años, generalmente casados y con experien­
cia en otros oficios como labrador, arriero, zapatero, albañil, aguador, artesano o
pelionero. Curiosamente, ninguno mencionó alguna experiencia militar, lo cual
induce a pensar que los ex-soldados prefirieron evitar el servicio en la policía; no
obstante, en las anotaciones en las hojas de vida consta que un tercio de nuestra
muestra pasó por el Batallón Bulnes durante la guerra del Pacífico.
A fines de la década, la guardia sobrepasó los 800 hombres que se distribuye­
ron en nueve compañías (cinco de caballería y cuatro de infantería), desplegadas
en su mayoría en el sector central de la ciudad y, en menor medida, en los retenes
ubicados en barrios populares como Chuchunco, Matadero y Ultra Mapocho.5’ La

54 Véase, por ejemplo, Peri Fagerstrom (1981) y Escala (1975: I03-IJ9).


55 Sobre las di ficultades pa ra recl utar' ‘ ind i viduos de una clase superior, ni ás i lustrados, más morales"
para la policía, puede revisarse un interesante debate que tuvo lugar en el Senado el 2 de diciembre
de 1881. Se reproduce en Peri Fagerstrom (1982, Tomo 11: 201-209).
56 Ixrs documentos están en AMS, Vol. 313.
57 Anexo a la memoria del Ministro del Interior presentada al Congreso Nacional en 1884, Santiago,
Imprenta Nacional, 1884, p. 386.
94 Histeria de la Cuestión Criminal...

tropa utilizaba rifles Comblain y la caballería, carabinas Remington. Los comi­


sionados se distinguían por el porte de revólveres. En los documentos se recalca
mucho la insuficiente presencia de policías en las calles (ya sea por lo reducido de
la dotación o por el gran número de guardianes ocupados en tareas de cuartel, de
escoltas, diligencias en los juzgados, etc.) y su precariedad material: “Es induda­
ble que un hombre mal vestido y peor armado, no podrá jamás tener la entereza y
arrogancia que tanto necesitan los guardianes de la Capital, para hacerse obedecer,
querer y respetar”, opinaba et comandante del cuerpo en 1888.58 Pese a ciertos
avances en infraestructura y organización, había mucho trabajo por hacer.
La orientación militarista que desde mediados del siglo XIX presidió la or­
ganización de la policía urbana, empezó a sumar detractores desde la época de
la intendencia de Vicuña Mackenna. Particularmente este último jugó un papel
muy activo en la controversia, abogando por un modelo de policía de seguridad
de carácter civil, más próximo a la comunidad, menos centralizado, que emulara
lo mejor de sus símiles de Londres, París y Nueva York. No sabemos el curso que
tomó ese debate, pero es claro que algo debe haber incidido en ios redactores del
proyecto de “reorganización completa del cuerpo” que el municipio de Santiago
presentó al ejecutivo a comienzos de mayo de 1889 y que pretendía crear una
“Policía de Seguridad” bajo directrices completamente nuevas. En una decisión
cuyos fundamentos habría que investigar más, el gobierno del presidente Balma-
ceda accedió.

Palíela de Seguridad, 1889-1896


No es tarea fácil explicar las razones por las cuales se aprobó el proyecto impulsa­
do por el municipio para transformar a la policía de Santiago. Más aún si pensamos
que desde los primeros cuerpos que cumplieron funciones policiales en la capital,
el gobierno había dictado las pautas en cuanto al modelo y el carácter de la fuerza.
A la fecha, el único autor que reparó en la trascendencia de la conversión de la
guardia municipal en “policía de seguridad” ha sido Diego Miranda, para quien
este acto revistió un “carácter fundacional, pues la organización, nomenclatura e
instrucción castrense fueron reemplazadas por otras esencialmente policiales, de
acuerdo a los cánones vigentes en los países desarrollados” (Miranda, 2006: 164-
178). Fue un punto de inflexión. Sin embargo, no hay mayores pistas del porqué
de este sorpresivo cambio.

58 Informe del comandante Estanislao del Canto al intendente de Santiago, 15 de marzo de 1888,
Archivo Intendencia de Santiago (en adelante AIS), Vol. 61.
Del Javera la ley" alEjladoguardián 95

Los documentos sobre la discusión que se dio en el concejo municipal ilu­


minan en parte los motivos subyacentes a la reforma.59 En los dos anteproyectos
(uno elaborado por una comisión mandatada por el municipio y el otro por el
regidor Miguel del Fierro) se repiten varios tópicos que luego se plasmarían en la
ordenanza definitiva. Un primer aspecto fue la crítica a la excesiva concentración
de la guardia municipal; en palabras de uno de los proyectos: “hay que reaccionar
contra la centralización que hasta aquí ha caracterizado a la policía de seguridad”.
Proponía constituir una red de comisarías que asumieran el trabajo policial en cada
uno de los cuarteles en que se dividía la ciudad. De esa forma, se podría descon­
gestionar el edificio central de San Pablo y ampliar la vigilancia hacia barrios que
carecían de ella. A la cabeza de esta estructura se nombraría a un Prefecto, cargo
que a la sazón no existía en la policía de Santiago.
Una segunda cuestión recogió ios ecos de las viejas aspiraciones de Vicuña
Mackenna, cuando planteó la idea de crear una policía civil. Este concepto fue
retomado por Del Fierro, quien apoyó su argumento en cierto clamor general:
“Unánime es la opinión en todo el vecindario de Santiago, manifestado desde
mucho tiempo en los salones, en los Clubs, en los talleres y en la prensa, de que
el régimen militar de la actual Guardia Municipal debe desaparecer en absoluto
y ser sustituido por otro puramente civil que esté en armonía con nuestra cultura,
con nuestro progreso y con nuestros adelantos”. El fin del “régimen puramente
militar” daría paso a “una nueva Policía de Seguridad bajo un régimen puramente
civil. No se usarán en ella otras armas que el bastón y el revólver, ni se aplicarán
otras penas que la amonestación, el arresto y la separación o expulsión”. Era una
jugada audaz, que rompía con las orientaciones que hasta allí habían guiado la
estructuración de policías en el país.
Por último, en ambos proyectos se contemplaban una serie de sugerencias
para atraer reclutas e incentivar su permanencia en la fuerza. A las demandas his­
tóricas sobre aumento de la dotación, alza de los sueldos y requisitos más estrictos
para ingresar a sus filas, se sumó cierta preocupación por el bienestar del personal.
En las dos propuestas se estipuló que los guardianes y aspirantes debían recibir,
además del sueldo, un rancho. Asimismo, se abogó por la creación de una caja de
ahorros de la policía y una reglamentación más precisa del retiro y las jubilaciones.
La ordenanza del 25 de mayo de 1889 incorporó gran parte de estas recomen­
daciones. La nueva estructura de la policía de seguridad se erigió a partir de una

59 Existe un legajo con documentación sobre esta reorganización policial que nos permite conocer los
anteproyectos de las ordenanzas y del reglamento aprobados en 1889. Ver AMS, Vol. 341. Todo el
crédito a Camilo Plaza por este gran hallazgo. Las citas siguientes fueron tomadas de dicho legajo.
96 Misiona de la Cuestión Criminal...

prefectura al mando de un prefecto como máxima autoridad policial y ocho comi­


sarias, cada una con su “sección de policía de pesquisas”. Así se esperaba avanzar
hacia la descentralización de la fuerza, al mismo tiempo que se extendía ei espacio
urbano puesto bajo su custodia. Si bien la redacción final de la reforma no hace
alusión alguna a la cuestión de la policía civil, podemos advertir que ésta influyó
al menos en la decisión de “cambiar los nombres de jerarquías”, como una forma
de desmarcar a la policía del ejército. Se sustituyeron los tradicionales grados pro­
pios del escalafón militar (comandante en jefe, sargento mayor, capitán, teniente,
sargento, cabo y soldado) por los de prefecto, subprefecto, comisario, inspector,
subinspector, guardián y aspirante, en lo que representó un claro viraje respecto
a la nomenclatura que se había usado desde la formación de los serenos. La ley
aumentó el personal a un mínimo de 18 jefes, 56 oficiales y 760 guardianes, fijó
mejores sueldos, incluyó el rancho para ía tropa y creó la anhelada caja de ahorro.
Para regular la implementación de la reforma policial, se redactó un “Re­
glamento del Cuerpo de Policía de Santiago”, donde se especificaron los límites
de ias comisarías, las atribuciones de ios distintos funcionarios, su vestimenta,
armamento y las penas en caso de insubordinación. La misión institucional no
varió en relación con la de todos los cuerpos precedentes; “al cuerpo de policía
corresponde la conservación del orden público, la seguridad de las personas y
las propiedades; y la vigilancia sobre el cumplimiento de las leyes, ordenanzas y
demás disposiciones generales y locales” (artículo 7). Cada uno de los miembros
de la policía estaba “obligado a ejercer su autoridad dentro del recinto urbano”.
Los guardianes debían “recorrer constantemente sus puntos” y comportarse de
manera ejemplar, preocupándose de no maltratar “de obra ni de palabra” a quienes
fueran aprehendidos.6” La tesorería municipal retuvo la contabilidad de la policía
y el pago de los sueldos. En 1890, por ejemplo, el ítem “policía” tuvo un costo de
$387.962, con $100.000 proporcionados por el fisco (25,78%) y el resto cargado a
las arcas municipales (74,22%).6061
¿En qué medida esta reorganización fue exitosa? La pregunta es complicada,
por lo breve y accidentada de la experiencia de la policía de seguridad. Según
Miranda,

60 Reglamento del Cuerpo de Policía de Santiago (borrador), 9 de agosto de 1889, AMS, Vol. 341.
61 Memoria del Ministro del Interior presentada al Congreso Nacional en i890. Intendencias de la
República, Santiago, Imprenta Nacional, 1890, p. XXVI. Es llamativo el elevado porcentaje del
aporte municipal, pero por eso mismo era impagable. En enero de 1890, el Congreso concedió un
"auxilio extraordinario” de $400.000 a la municipalidad de Santiago, “para atender en el presente
año a los gastos que exige el sostenimiento de la policía de seguridad” (Peri, 1982, Tomo 2; 251).
De/ favor a la ley” a[ Estado guardián 97

“...la descentralización del servicio, y el uso del teléfono, dieron


a la Policía de Seguridad de Santiago una gran agilidad y eficien­
cia. El apreciable incremento de los sueldos permitió, por otra
parte, completar las dotaciones, que antes eran insuficientes y
muy difícil de llenar, obteniéndose además, como consecuencia
natural del aumento de remuneraciones, el ingreso de personal de
condiciones y aptitudes muy superiores a las que antes se conse­
guían” (2006: 168).

Los datos que hemos reunido confirman a primera vista un mayor interés por in­
gresara la policía. Hacia mediados de 1891, la fuerza efectiva de las ocho comisa­
rias sumada al personal de la prefectura alcanzó a los 904 hombres, número supe­
rior incluso al mínimo establecido en la ordenanza.62 No obstante, los problemas
disciplinarios persistieron y siguieron minando la confianza de la población en la
policía, según se desprende de las numerosas denuncias que se hallan en el archivo
de la intendencia de Santiago o en la poesía popular urbana.63
La guerra civil de 1891 impidió que este modelo policial descentralizado y
(hasta cierto punto) desmilitarizado se consolidara.64 En medio de acusaciones
de la oposición al presidente Balmaceda por emplear a las policías “en organizar
y dirigir turbas asalariadas del populacho para promover los más vergonzosos y
criminales atentados contra el orden público”, el gobierno contragolpeó: “Aumen­
tase la policía de Seguridad de Santiago en seis inspectores, diez sub-inspectores
y seiscientos guardianes”.65 Sin embargo, la derrota militar y el suicidio del presi­

62 Informes de los comisarios,Santiago,ódejuniode 1891, AIS, Vol. 95.


63 Por ejemplo: “Los sub-inspectores Don Lisandro Rubio de la 8a sección y Don Florencio Bandorse
de la 5’, han cometido faltas graves embriagándose en el servicio que compromete el buen nombre
y prestigio del Cuerpo de Policía, razón por la cual me veo en el caso de pedir a US. la separación
de ambos sub-inspectores". Oficio del prefecto Carvallo Orrego, Santiago, 10 de abril de 1890,
AIS, Vol.82.0 el caso del subinspector Sabino Leclair que fue amonestado por no comparecer a
tiempo a un llamado de su superior y tras cumplir su tumo “se le vio en estado de ebriedad hasta en
la mañana de hoy que se te encontró en la Plaza del Mercado con mujeres prostitutas de la última
clase”. Oficio del prefecto Carvallo Orrego, Santiago, 26 de noviembre de 1890, AIS, Vol. 89, Un
ejemplo de Ja poesía popular es Rosa Araneda, “Contrapunto de dos razones entre un guardián y
un hitaso", Colección Amunálegu i, II, 316, mié. 44.
64 Esta guerra enfrentó a los partidarios del gobierno de Balmaceda, empeñado en profundizar un
proyecto de desarrollo nacional que requería canalizar más recursos desde la región productora
de salitre controlada por empresarios ingleses y nacionales; y a una oposición atrincherada en el
congreso y coludida con los intereses salitreros, que levantó la bandera de la lucha contra el auto­
ritarismo presidencial para justificar su alzamiento armado contra el gobierno.
65 Las acusaciones de la oposición en: Acta de deposición del Presidente Balmaceda, Santiago, l de
enero de 1891; el aumento de la dotación en: Decreto del 9 de enero de 1891, en AIS, Vol. 91.
98 Historia de la Cuestión Criminal...

dente Balmaceda provocaron un desbande generalizado. En carta del general Ba-


quedano al nuevo mandatario, Jorge Montt, le informaba que “la policía de segu­
ridad se había dispersado totalmente, llevándose los guardianes armas y caballos”.
Otro testigo, Enrique Vergara Robles, anotó que la policía “tiraba las armas y se
disolvía” (citas en Miranda, 2006: 177, nota 55). Mientras, los oficiales de policía
que habían permanecido fieles al malogrado Balmaceda sufrieron los rigores de la
represión de los vencedores y en solo un par de meses “cincuenta de ellos fueron
llevados a la cárcel” (Miranda, 2006: 178).
El nuevo gobierno se ocupó rápidamente de llenar las plazas vacantes de la
policía para asegurar el orden. A juzgar por los reportes disponibles, el objetivo
se consiguió sin mayor zozobra y para mediados de 1892 había ya una dotación
de 10 jefes, 92 oficiales y 1.170 guardianes. Por otra parte, hubo que enfrentar los
estragos que la guerra había causado en la infraestructura. Con ese fin, el prefecto
solicitó la refacción de los edificios que servían de cuarteles y la reposición del
mobiliario y los útiles de oficina que habían sido destruidos durante el conflicto
armado. Igualmente, pedia más caballos y la reparación de los corrales, pesebreras
y comedores para la caballada que se encontraban en estado “deplorable”. En su
reporte agregó que ninguna comisaría contaba con baños.66

Progresión de la fuerza de policía de Santiago

Año Núm. de hombres


1835 144 (vigilantes y serenos)
¡842 255 (vigilantes y serenos)
¡851 378 (brigada de policía)
1858 623 (brigada de policía)
1865 719 (guardia municipal)
1873 729 (guardia municipal)
1887 696 (guardia municipal)
1896 662 (policía de seguridad)
1891 904 (policía de seguridad)
1892 1.272 (policía de seguridad)
1895 1.403 (policía de seguridad)
Nota: Las cifras corresponden a referencias a ía fuerza efectiva, sumando jefes, oficiales y tropa, y
fueron tomadas de memorias ministeriales, de documentación de la intendencia y del municipio de
Santiago.

66 Memoria del Prefecto de Policía al Intendente de 1° de septiembre de 1891 a 30 de abril de 1892,


Santiago, 14 de mayo de 1892, AIS, Vol. 103.
Del "favor a la ley ” al Estado guardián 99

Los últimos años de la policía de seguridad transcurrieron en el contexto de un


país política y socialmente fracturado. La vigilancia policial a los simpatizantes
del gobierno derrocado y la localización de los prófugos se intensificó, tal cual se
había dado en coyunturas anteriores como la de 1851.67 Asimismo, constatamos
la emergencia de un discurso policial cada vez más atento a la creciente agitación
social. “El espíritu de asociación con tendencias subversivas del orden empujado
por las ideas socialistas que tienen conmovida la Europa, cunde y se desarrolla
aquí en proporciones alarmantes -escribió el prefecto Lopetegui en su memoria
de 1893. Su represión sería imposible si, para entonces, no tuviéramos una Policía
suficiente en número, experta y bien rentada".68 La institución ya no solo sería
responsable de perseguir a delincuentes comunes y velar por el orden público; de
sostener a los gobiernos por (a vía de la intervención electoral; ahora comenzaba
a jugar un papel crucial en los conflictos entre el capital y el trabajo en el marco
de la “cuestión social”.
Para fines de 1895, la policía de Santiago contaba con una fuerza total de
1.403 hombres. Soío durante ese año se habían producido 1.530 bajas y 1.510
altas. De las bajas, 138 habían sido por “no convenir al servicio”, 241 por mala
conducta, 458 por “viciosos”, 14 por ladrones, 83 por desertores, entre otros mo­
tivos. El análisis del prefecto revela que los guardianes estaban todavía lejos del
ideal soñado:
“La calidad de los guardianes deja algo que desear y esto se com­
prueba con el movimiento de alta y baja habido durante el año.
La razón, señor, es obvia. Los elementos de que se nutre la poli­
cía salen de las últimas ciases del pueblo, porque el sueldo que
los individuos enrolados en ella vienen a disfrutar como guardia­
nes, está equiparado con los jornales exiguos que disfrutan como
peones. Con mejores sueldos, sin duda, se obtendría un personal
más culto e inteligente y en consecuencia más a propósito para
ejercer las funciones de guardián del orden”.69

67 Véase el capitulo “Escapando de la policía” del abogado y militar balmaoedista José Miguel Vá­
rela, donde narra la persecución de la que fue objeto por el “prepotente” jefe policial de Santiago,
Antonio Maffet. Parvex (2007:400-405).
68 Memoria de la Prefectura de ia Policía de Seguridad correspondiente al año 1893, Santiago, 15
de febrero de 1894, AIS, Vol. 125.
69 Memoria de la Prefectura de Policía correspondiente al año 1895, Santiago, 20 de marzo de 1896,
AIS, Vol. 258. El mismo fenómeno se aprecia enesta época en las policías de otras ciudades. Sobre
el caso de Valparaíso véase Cárdenas (2013, Tercera Parte: 37-188); sobre la policía de Buenos
Aires, Gayol (1996); y sobre la de Río de Janeiro, el excelente libro de Bretas (1997).
100 Historia de la Cuestión Criminal...

La policía continuaba presa de sus falencias históricas. Y el rechazo de los santia-


guinos a los funcionarios se perpetuó en estas condiciones. “Señores, la policía /
No castiga a los ladrones / Que roban ya por montones / En la ciudad día a día”,
voceaba el poeta El Chonchón por las calles de la ciudad.’” A los cuestionamientos
sobre la reducida efectividad se sumaron frecuentes denuncias de abusos de poder,
como la que lideró el periodista Juan Rafael Allende en 1895, cuando unos hom­
bres inocentes habían sido flagelados en la tercera comisaría.

“Ah! los tales comisarios


No pueden llamarse tales,
Sino feroces chacales
I verdugos sanguinarios.
¿I qué te diré, lector,
De nuestros comisionados?
La vísta de esos malvados
¿A quién no produce horror?”’1

Esta clase de imputaciones motivaron incluso acciones desde la municipalidad,


como en julio de 1895, cuando el regidor Ríos presentó el caso de Pedro Tapia,
quien había sufrido torturas en la 4a comisaría. El concejo municipal, a la vista de
las lesiones, resolvió pasar los antecedentes a la justicia ordinaria.70
7273
71
Así las cosas, el gobierno se hizo a la obra de rediseñar una vez más el sis­
tema policial, apuntando a un marco regulatorio que sirviera no solamente para
Santiago, sino en todo el país. Lo central pasaba por recuperar el pleno control so­
bre las fuerzas de policía que, en virtud de la Ley de Comuna Autónoma decretada
a fines de 1891, se había traspasado a los alcaldes. Los vicios que conllevó esta
resolución en la práctica y la insolvencia crónica del municipio, de hecho pusieron
a la policía de la capital bajo dependencia del Ministerio del Interior desde 1894.7)
Una ley del 12 de febrero de 1896 ratificó aquello y estipuló que a contar de ese

70 El Chonchón, "Aletazos", Colección Lenz, 8, 14, mic. 50.


71 Tercera Comisaría en Chile, Poncio Pilotos, 297,13 de junio de 1895. Véase también MENESES,
Daniel “La inquisición en Chile. Las grandes flagelaciones en las comisarias de Santiago” (1895),
Colección Amunálegui, l, 90, míe. 15, donde poetiza: “Si uno cae por sospecha I En poder de
policiales, / Con los verdugos chacales / Tiene que aguantar la mecha...".
72 Comunicación de la Secretaría Municipal al Juez del Crimen, Santiago, 3 de julio de 1895, AMS,
Vol. 363, f. 12.
73 Ver por ejemplo: Decreto que entrega a Interior las policías de Santiago, 31 de mayo de 1895, en
Anuario del Ministerio del interior correspondiente al año 1895, Santiago, Imprenta Nacional,
1896, p. 427. También, Miranda (2006: 181-195 y Cárdenas (2013), pp.40-48.
Del “fauor a la ley” al Estado guardián 101

año los gastos de mantenimiento de la policía de seguridad correrían exclusiva­


mente por cuenta fiscal.
Unos meses después, ei 26 de mayo, se promulgó el “Reglamento de Orga­
nización y Servicio de la Policía de Santiago”, que creó una “Policía Fiscal” que
“prestará sus servicios bajo la dirección de! Intendente de la provincia y las órde­
nes inmediatas del Prefecto”. El nuevo cuerpo mantuvo el escalafón de la policía
de seguridad y heredó el modelo descentralizado con una prefectura, diez comisa­
rías y una “Sección de Seguridad” independiente como principal novedad.74 Con
el control total (financiero y administrativo) por parte del gobierno, culminó la
fose de instalación del dispositivo policial en el país. La Policía Fiscal sería desde
entonces la principal y más duradera encamación policial, cargando con el desafio
de revertir la mala imagen de sus antecesoras entre la población y avanzar hacia la
tan anhelada profesionalízación.

Comentarios y conclusiones
El proceso de introducción de policías en Chile durante el siglo XIX deja varias
enseñanzas. En primer lugar, hay que considerar la trayectoria de la policía en
el marco de la formación del Estado moderno, cuestión que ha sido largamente
debatida en otros contextos75. Hemos podido observar cómo, en un plazo extenso,
desde la misma independencia de España, todos los gobiernos chilenos dedicaron
esfuerzos y recursos a la conformación de instituciones policiales, siempre con el
binomio de ‘orden y seguridad’ como metas fundamentales. En ese sentido, con al­
gún desfase, se verificaron experiencias bastante análogas a las europeas, donde la
estructuración de cuerpos de policía acompañó la implantación de lo que Raphael
llama el “Estado administrativo y de derecho”. Las policías y el poder policial, con
su “presencia espectral”, parafraseando a Walter Benjamín, se desarrollaron en
Chile como parte de la conquista estatal del monopolio de la violencia (Galeano,
2007, especialmente: 102-107 y 121-122).
A lo largo del siglo XIX, el Estado fue asumiendo cada vez mayores res­
ponsabilidades en el terreno de la seguridad, “expropiándolas” a las comunidades
locales y los municipios. En Santiago, que tras las guerras de independencia ex­
perimentó los problemas propios de una ciudad populosa, donde cotidianamente
había homicidios, se hablaba de la “plaga del bandolerismo” y del relajo moral de

74 El reglamento de la policía fiscal se reproduce en Peri (1982), tomo II, pp.310-323.


75 Véase para el caso europeo, el libro de Raphael (2008, original en alemán, 2000); la compilación
de Lüdtke(1992); y la vasta obra de Emsley (por ejemplo, 2009).
102 Historia de la Cuestión Criminal...

(a plebe, la gestión (ocal de la seguridad se vio prontamente rebasada. De ahí en


más, los ministros del Interior y, especialmente, intendentes de la provincia como
Cavareda, De la Barra, Bascuñán Guerrero o Vicuña Mackenna, tomaron la ini­
ciativa en cuanto a la definición de un modelo policial, sancionaron y elaboraron
los reglamentos y actuaron como superiores directos de los cuerpos de policía.
Mientras esto ocurría, prácticas más tradicionales como las rondas efectuadas por
los alcaldes de barrio o los llamados de colaboración a los vecinos (el “favor a la
ley”) fueron extinguiéndose. El municipio, en tanto, si bien formalmente mantuvo
compromisos financieros con la policía hasta 1896, fue cediendo terreno de modo
paulatino (con el paréntesis de la ley de comuna autónoma), hasta que a fines del
siglo perdió toda injerencia directa.
Tal cual lo exigió De la Barra en 1844, la policía se convirtió en “el resorte
más poderoso de acción que tiene un gobierno”. Y en esa calidad, sus funciones
fueron refinándose conforme a las necesidades del Estado. La defensa del orden y
las propiedades, el control de la moral, la vigilancia de opositores o el patrullaje de
los barrios populares se volvieron materia de intervención policial. En ese sentido,
se dio un fenómeno como el que describe Raphael para el caso europeo: “Además
de los esfuerzos por imponer las normas burguesas de conducta, fueron sobre todo
las ampliaciones del ámbito de actividad estatal ¡as que a su vez ampliaron el radio
de acción de la policía” (2008: 126).
La policía chilena terminó mimetizándose con el Estado, según lo expresó
gráficamente un funcionario en 1897: “El templo y el teatro; el palacio y la choza,
el taller, el hospital, la casa y la calle, todo entra, todo se confunde y se coloca
bajo el ala tutelar del Estado, representado por la Policía’'.76 Entonces, si bien la
moderna noción de policía supuso una minimización de las funciones asociadas a
la prosperidad y bienestar de la población establecidas por la “ciencia de policía”
en boga durante los siglos XVII y XVIII (Sozzo, 2005), con el correr de los años
la policía en tanto institución estatal pasó a ostentar una importancia y visibilidad
cada vez mayores.
Una segunda cuestión sobre la cual queremos llamar la atención es la de la
utilización proselitista y política de la policía de Santiago. Desde el momento en
que el ministro Portales estableció la policía diurna en 1830, recordó un contem­
poráneo, “...sus enemigos dieron a esta nueva institución un sentido siniestro,
diciendo que el cuerpo de vigilantes no era otra cosa que un vasto espionaje que

76 Proyecto de Organización General de Policía de la República, Santiago, 19 de junio de 1897,


Archivo Ministerio del Interior, Vol. 2174. Cursivas nuestras.
Del "favor a la ley" alEsíadoguardián 103

debía tener al Gobierno a toda hora al corriente de los pasos y movimientos de la


oposición” (Zapiola, 1874: 124, cursivas en original). Las fuentes analizadas no
permiten dímensíonar el alcance de estas prácticas u otros usos políticos dados a
las policías en esos años, pero es claro que desde la década de 1840, la policía de
Santiago se ocupó de algo más que del orden público y la delincuencia.
La instrumentalización política de la policía se consagró desde 1851, cuando,
según vimos, fue organizada la brigada para enfrentar con mayor eficacia las ame­
nazas al “orden constitucional” y los tumultos populares. Por los servicios presta­
dos en la represión del motín del 20 de abril de 1851 en Santiago, los policías reci­
bieron una inédita recompensa: en un decreto del 26 de abril de 1851, firmado por
el presidente Bulnes y su ministro del Interior Varas, se reconocían “los buenos y
leales servicios que la brigada de policía de Santiago prestó para reprimir el motín
del 20 del corriente" y se le otorgó a sus miembros una gratificación equivalente
a un mes de sueldo además de un “distintivo de honor”.77 Más aún, durante esta
delicada coyuntura la brigada recibió el auxilio de ia “Guardia de Santiago”, un
efímero “cuerpo de ciudadanos annados” integrado “por personas que figuraban
en la alta clase social y que gustosos se prestaban para coadyuvar a la acción del
gobierno en la mantención del orden alterado”.7* La policía, se advierte, lejos de la
prescindencia política, fue manipulada para proteger los intereses del sector social
y político identificado con el gobierno de tumo.
Desde la década de 1860, con el compromiso del imperturbable comandante
Chacón, la guardia municipal se mantuvo alineada del lado del gobierno, “a pe­
sar de todas las acechanzas y ofertas de la oposición, que muchas veces fueron
tentadoras para cualquiera otro que Chacón”.7' De esta forma, el poder policial se
solidificó de la mano de su descarada intervención en las contiendas electorales.
En efecto, rememoró el político conservador Abdón Cifuentcs, “bajo los gobier­
nos de Errázuriz, Pinto, Santa María y Balmaceda, se convirtieron las policías en
la máquina electoral más temible” (citado en Hernández y Salazar, 1994:44). La
actuación de la policía en el contexto de la guerra civil de 1891 no vino más que
a confirmar estas prácticas, duramente criticadas por la oposición, pero que una
vez triunfante no vacilaría en replicarlas. Por otra parte, el vertiginoso desarrollo
de la “cuestión social” coronaría en adelante a la policía como la institución por

77 Documento en Peri (1982, Temo 2:83-84). El parte del comandante Riesco, con el relato de la de­
cisiva participación de la brigada durante el motín, se puede Tívisar en Miranda (2006: 121 -124).
78 GACITÚA, Oscar “La policía de Santiago...’’, en BPS, núm. 31, Santiago Julio de 1905, pp. 589-
592.
79 El comandante Chacón. Reminiscencias de IR BPS, núm. 16, septiembre de 1903, p. 445.
104 Historia de la Cuestión Criminal...

excelencia para reprimir a la disidencia política y al movimiento social, vigilar a


sus dirigentes y albergar en su interior a una sección de seguridad que sentaría las
bases para la organización de una policía política (Plaza, 2015).
Finalmente, es preciso reflexionar sobre los sujetos que ejercieron las labores
policiales, y avanzar algunas conclusiones sobre el perfil social de los policías del
siglo XIX. Según hemos mostrado a lo largo de este texto, el plantel fue reclutado
entre los sectores más postergados de la sociedad chilena y permaneció inestable
durante todo el siglo. A lo menos hasta la reforma de 1889, las autoridades tuvie­
ron serias dificultades para llenar las plazas de la policía, dada la mínima atracción
hacia un oficio mal remunerado y menospreciado por la población. Urzúa sugiere
de hecho que ios “sueldos de hambre” fueron la “causa inmediata de la inestabi­
lidad del personal” (1936: 122). Pese a algunas mejoras salariales, especialmente
desde los años 80, la crónica insuficiencia y alta rotación del personal de calle
resultaron ser problemas insolubles, según se ha documentado también en otros
países y ciudades de la región como Buenos Aires, Río de Janeiro, San Paulo o
Ciudad de México.
El discipiinamíento de acuerdo a modelos castrenses no resultó eficaz a la
hora de conformar una policía plenamente compenetrada de sus deberes. La alta
tasa de infracciones a los reglamentos, por ebriedad, abandonar el servicio o in­
subordinación, es expresiva de la distancia entre el policía ideal y el que a duras
penas prestó sus servicios día tras día. Como bien lo ha ilustrado Vania Cárdenas
en su libro sobre la “implementación del orden guardián” en la policía de Valparaí­
so, solo desde fines del siglo XIX, en el seno de la Policía Fiscal, se emprendieron
iniciativas más sistemáticas para mejorar la instrucción, tanto de los guardianes
como de los oficiales, aunque con resultados bien modestos (Cárdenas, 2013 y
2015). Las policías anteriores a 1896, en cambio, se caracterizaron por su falta de
preparación, limitada a algunas sesiones en el cuartel central, las que a menudo
tuvieron que ser sacrificadas ante el recargo de trabajo en las calles de la ciudad.
Estas características en su conjunto nos parece que explican la reticencia ha­
cia la policía por parte del pueblo santiaguino. Sin embargo, paradójicamente, no
logramos pesquisar mayores resistencias sociales a la introducción e incremento
de policías durante la centuria, asumiéndose por parte de la población que los
“representantes de la ley y el orden” eran los responsables de brindar la seguridad
que antiguamente había implicado la participación de los vecinos. Fueron estas
“necesidades burguesas de seguridad”, como las designa Raphael (2008), las que
en última instancia permitieron a la institución policial afianzarse y reclamar ante
los habitantes el papel de protectora exclusiva de sus vidas y propiedades.
Del favor a la ley" al Estado guardián 105

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El surgimiento de la familia policial bonaerense
durante la primera mitad del siglo XX

Osvaldo Barreneche

E
l 7 de septiembre de 2015 se realizó una manifestación en la ciudad de
La Plata por parte de SIPOBA, el no reconocido Sindicato Policial Bue­
nos Aires que pretende nuclear al personal de la policía de esa provincia.
La convocatoria, destinada explícitamente a la familia policial, buscó nuclear el
“reclamo de justicia por los policías asesinados y caídos en defensa de nuestros
derechos [y en] procura de mayor seguridad para nuestra sociedad”, incluyen­
do un pedido de “transparencia en el proceso penal que injustamente afrontan 8
compañeros”.1 Más allá de los motivos de este episodio, que muestran la comple­
jidad de la problemática policial actual -que incluye a policías que reclaman por
más seguridad cuando su función sería brindarla- este llamamiento a ía familia
policial se inscribe en una larga lista de invocaciones a un colectivo con varios
significados.
¿Qué es y quiénes componen la familia policial bonaerense? Por un lado,
este término suele ser utilizado, como en el ejemplo anterior, por quienes en rea­
lidad son considerados como los “amigos” de la policía. Esto es, ¡as asociaciones
y círculos policiales, las agrupaciones que dicen representar diversos intereses
sectoriales de la fuerza, ciertos políticos y funcionarios judiciales, integrantes de
cámaras de comercio regionales y locales, como así también los “representantes
de las fuerzas vivas” de la comunidad.1 23Se trata, pues, de un colectivo heterogéneo
de personas e intereses que confluyen o no según el momento histórico del que
se trate. Pero más específicamente, a lo largo de la historia de las instituciones de
seguridad en el siglo XX, la composición de la familia policial ha quedado cada
vez más circunscripta a los policías en actividad y sus familiares directos, como
también, y solo hasta cierto punto, a los policías retirados o jubilados.3

1 Información extraída del sitio www.sipoba.com.ar. “Convocatoria a fa marcha del 7 de septiembre


de 2015”.
2 En ciertos periodos históricos, desde mediados del siglo XX en adelante, también podrían sumarse
a esta familia las asociaciones y miembros de otras agencias militares y de seguridad cercanas a la
policía (como el Ejército argentino y el Servicio Penitenciario Bonaerense).
3 Mayores referencias a esta cuestión son tratadas, por ejemplo, en el libro de Garay (2010).
110 Historia de h Cuestión Criminal...

Para una institución organizada sobre la base de rígidos parámetros jerárqui­


cos cuya normativa, al menos hasta tiempos recientes, castigaba cualquier mani­
festación de protesta, descontento o reclamo, la familia policial, como forma de
expresión colectiva pero al mismo tiempo anónima, ha sido el canal de comunica­
ción por el cual se ha hecho sentir aquello que no podía ser dicho “con el uniforme
puesto”. De este modo, indagar en los orígenes e historia de esta “familia” pue­
de arrojar luz sobre la conformación de una matriz cultural y ciertos parámetros
de conducta institucional policial cuya persistencia ha sabido resistir los diversos
cambios de rumbo que se han tratado de imprimir a dicha agencia de seguridad
bonaerense. A su vez, la idea y encamación misma de lafamilia policial ha sabido
moldearse a estos diversos tiempos, permitiéndose ajustes que no podían darse-
solo dentro de la institución.
Durante la larga etapa en la cual la historia de las policías estuvo ligada a la
producción historiográfica de las mismas fuerzas de seguridad, las referencias a
la familia policial fueron ocasionales. Los textos entonces difundidos pretendían
ordenar los acontecimientos que marcaron el desarrollo histórico de las policías y
penitenciarías, al tiempo que resaltaban las virtudes y logros de dichas agencias.
Mientras la mayoría de estos trabajos se remontaron al periodo colonial, buscando
antecedentes remotos de tales instituciones, pocos avanzaron más allá de media­
dos del siglo XX. Y ios que lo hicieron, se concentraron en simples enumeraciones
de innovaciones y avances aislados. Así, el pasado reciente fue visto y explicado
en estas producciones, como una palestra donde exhibir los logros institucionales,
consecuencia lógica de una historia lineal y acrítica.'1 En ese plano, las referencias
a lafamilia policial se circunscribieron mayormente al círculo propiamente fami­
liar de los policías, resaltándose diversos beneficios obtenidos para ellos.
El interés de las ciencias sociales por la historia de las instituciones de se­
guridad empezó a diversificarse a partir de la década de 1980, durante el proceso
de transición a la democracia en Argentina, en el cual tuvo lugar una ampliación
y consolidación de organismos dedicados a la defensa de los derechos humanos.
En el interior de estas organizaciones, comenzaron a formarse equipos de inves­
tigación que, en su búsqueda para analizar el papel de las fuerzas de seguridad
durante la última dictadura militar, editaron trabajos sobre historia reciente de*

4 Por ejemplo. Rodríguez y Zappietro (1999). Una figura clave en la producción histórica de este
tenor fue la de Romay (1965 a 1972). En el caso de la policía bonaerense, existen obras colectivas
institucionales, sin menciones destacadas de autores específicos, siendo una de las últimas la pro­
ducida durante la reciente dictadura militar, titulada Síntesis histórica de ¡a Policía de ¡aProvincia
de Buenos Aires, 1580-1980.
El surgimiento de la familia policial bonaerense 111

estas fuerzas que en algunas ocasiones se remontaron hasta mediados del siglo
XX. Efectivamente, entre los objetivos trazados por estas investigaciones, se puso
en evidencia la necesidad de conocer más sobre el pasado de estas agencias que
habían desempeñado un rol fundamental en el periodo de predominio del terroris­
mo de Estado. La historia de las policías y penitenciarías, en estos casos, vino a
darle una cierta profundidad temporal a un análisis centrado en lo contemporáneo.
Fueron precisamente las contribuciones académicas nacidas de estos organismos,
como el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), las que marcaron este
nuevo interés por el estudio de las fuerzas policiales, motivado por una continua
voluntad de denuncia y búsqueda de transformación y control civil sobre dichas
instituciones? En esta etapa, las referencias a lafamilia policial son también esca­
sas, identificándola como un grupo de presión vinculado a ia supervivencia de la
estructura de funcionamiento policial vigente hasta entonces y a través del cual se
procuró contraatacar y neutralizar el proceso de identificación de responsabilida­
des por los crímenes y delitos cometidos en años previos.
De este modo, tras la recuperación democrática, las ciencias sociales se acer­
caron al estudio de las agencias de seguridad desde una perspectiva crítica orien­
tada inicialmente al análisis de la violencia institucional y la persistencia del auto­
ritarismo. Un problema fundamental giró en tomo a la relación entre las prácticas
represivas del pasado (fundamentalmente durante la dictadura de 1976-1983) y
la violencia ilegal desplegada por las agencias de seguridad durante los primeros
años de la democracia. La hipótesis de la continuidad afirmaba que los procesos
de socialización institucional y las rutinas del trabajo policial perpetuaban una
concepción militarista de la seguridad. Al amparo de este argumento, se iniciaron
un conjunto de investigaciones sobre la trama normativa de la institución policial
y sobre los procedimientos formales e informales de formación y capacitación
intema. Sin embargo, la historia quedó muchas veces fuera de esos enfoques, cen­
trados sobre todo en la sociología, la antropología y la ciencia política? Y dentro
de este panorama, solo los estudios antropológicos comenzaron a prestar mayor
atención a lo que ocurría en el entorno familiar y de sociabilidad de los integrantes
de la institución policial?
Ya en la década de 1990 surgió otro tipo de análisis sobre las instituciones de
seguridad. Los nuevos estudiosos elaboraron planes y proyectos para depurar las

5 Por ejemplo, Tiscomia (2004)


6 Par ejemplo, Sozzo (2005); Frühling y Candína (2001); Tricornia y Pita (2005); Stanley (2002).
7 Un estudio más reciente, que reflejó este recorrido, es el de Sírimarco (2009).
112 Historia de la Cuestión Criminal..

policías y penitenciarias, para reformarlas y modernizarlas. Algunos de ellos, de


hecho, se sumaron a la acción política y asumieron cargos de responsabilidad en
las secretarias y ministerios de justicia y seguridad que se crearon por encima de
las jefaturas uniformadas. El intento de control político de las agencias de seguri­
dad fue primordial en estos procesos.
En este contexto también aparecen los estudios sobre las “relaciones cívico-
militares”, centrados en conocer acerca de los vínculos entre los gobiernos civiles
y las corporaciones militares y policiales. Esta perspectiva fue importante en el es­
tudio de las fuerzas de seguridad en la Argentina de losados 1990 y puso en primer
plano los aspectos institucionales, políticos y sociales del gobierno democrático
de las agencias estatales de seguridad. En estos trabajos existe una disposición de
la mirada orientada al análisis del funcionamiento de la institución policial y de
sus vínculos con el sistema político y con la sociedad en general. A pesar de ello,
en esta producción tampoco encontramos un gran interés por analizar el vínculo
entre institución y familia policial, aun cuando esta última funcionó como uno de
los actores principales opuestos a todo este proceso de reformas.
Desde finales del siglo pasado hubo un mayor interés de los historiadores por
estas temáticas. Los conocidos aportes de Lila Caimari sobre la administración del
castigo, el control social y el rol de la policía en algunos de los procesos señalados
anteriormente abrieron un camino de pesquisa que aún continúa. A ello sumamos
otros estudios sobre el rol del Estado y sus funcionarios (policías incluidos) en la
historia Argentina del siglo XX. También incluimos la historia del delito, del con­
trol social, de la violencia, y de tas resonancias culturales y representaciones pe­
riodísticas, literarias y científicas del crimen y del castigo. Queda claro entonces,
en el contexto actual, que se cuenta con líneas de investigación y producciones que
estudian la historia de las policías y que dialogan con los análisis contemporáneos
sobre la institución policial y su rol dentro del sistema democrático.’
De allí que nos proponemos conocer acerca del surgimiento de la idea de
familia policial entre Jos integrantes de la agencia de seguridad bonaerense desde
los inicios del siglo XX hasta, en este caso, comienzos de los años 1970. En la
construcción de dicha familia se aunaron esfuerzos institucionales como de otros
espacios ligados a la labor policial de aquel entonces, los cuales se desarrolla­
ron junto con los intentos de profesionalización de la policía provincial. Dotar de
sentido de pertenencia y dar contención a los integrantes de una policía que solo

8 A los ejemplos ya citados sumo algunos de mis aportes, Barreneche (2007, 2008, 2009, 2010,
2011,2012).
El surgimiento de la familia policial bonaerense 113

ofrecía bajos sueldos, casi ningún beneficio social y escasa estabilidad laboral fue
un desafío para las conducciones políticas de la institución, especialmente en las
primeras décadas del siglo XX. Para ello se valieron de otros espacios, como la
Sociedad de Socorros Mutuos de Policía, desde los cuales se fueron delineando
algunas de las características de esta familia y de los valores, ideario y prácticas
que debían seguir aquellos que querían integrarla.
Este trabajo presenta algunos ejemplos históricos concretos donde esta ¡dea
fue tomando cuerpo. Por ejemplo, la fundación de la Sociedad de Socorros Mu­
tuos de Policía, la construcción del Panteón Social Policial en el cementerio muni­
cipal de La Plata y ía creación de un centro de formación, de enseñanza secundaria
y profesional, en el parque Pereyra Iraola, cercano a la ciudad de La Plata. Con el
desarrollo de estos casos se pone en discusión la fisonomía de estafamilia policial
como construcción histórica, al tiempo que se reflexiona sobre la incidencia que
esto pudo haber tenido en la consolidación de un tipo de cultura institucional con
la que se suele caracterizar a la policía bonaerense hasta, al menos, la primera
década de! siglo XXI.

Ayuda familiar
Una de las bases en la conformación de lafamilia policial bonaerense fue el naci­
miento de la Sociedad de Soconos Mutuos de Policía. En una reconstrucción his­
tórica realizada con motivo del cincuenta aniversario de su creación se mencionan
algunas circunstancias que llevaron a la fundación de la misma. En primer lugar, el
impulso del jefe de policía Narciso P, Lozano, quien en 1894 apoyó una iniciativa
de Juan Vucetich para crear una “biblioteca de propiedad de la Policía” que habría
de funcionar en la Oficina de Estadística que este último dirigía.9 La biblioteca fue
un paso intermedio en la aparición de la Sociedad, pues eso “dio margen a que na­
ciera la idea de unirse el personal de Policía y formar una entidad de Ayuda mutua,
para estar en condiciones de hacer frente a ¡os gastos que pudieran presentarse por
motivo de enfermedades y fallecimientos.” De hecho, en el mismo despacho del
jefe Lozano se llevó a cabo, ei 29 de septiembre de 1894, “una reunión de funcio­
narios de la Repartición, quienes después de un agitado debate dejan constituida
[...] ¡a Sociedad de Socorros Mutuos y Biblioteca de Policía”.10

9 Policía de la provincia de Buenos Aires, Orden del día número 1662, 5 de agosto de 1894.
10 Reseña Histórica de ¡a Sociedad de Socorros Mutuos de Policía de ia provincia de Buenos Aires
escrita por su presidente Don Rómulo Méndez Caldeira en ocasión del 50 aniversario de su fun­
dación. 1894 -29 de septiembre- 1944, publicado en el Libro de Oro de la entidad en 2014, p. 40.
í 14 Historia de la Cuestión Criminal...

Si bien los pormenores del “agitado debate” no pudieron ser verificados,


seguramente estas palabras reflejaron la preocupación de los jefes policiales de
entonces por encontrar soluciones a las exiguas cualidades profesionales del per­
sonal subordinado, agravadas por la precariedad de sus condiciones materiales de
vida. El mismo documento refiere al contexto de la crisis y revoluciones de 1890
y 1893, “épocas turbulentas [que] trajeron aparejadas una serie de consecuencias
graves [...] creando problemas que estaban muy lejos de solucionarse con los
exiguos sueldos que por ese entonces devengaban los empleados de la Adminis­
tración, y en forma especial el personal de Policía”.11
Que la fundación de la Sociedad de Socorros Mutuos de Policía se haya con­
cretado en presencia del Jefe de Policía y en su propio despacho, junto a otros
funcionarios de alta jerarquía y con la participación del mismísimo Vucetich, mar­
ca la clara incidencia de la conducción policial de entonces en la creación de la
Sociedad. En ese mismo año de 1894, la policía bonaerense adoptó oficialmente el
sistema de identificación ideado por Vucetich, por lo que su asistencia a aquel acto
fue importante a la luz de lo que su figura representaba, más allá de haber sido el
autor de la iniciativa mutualista.11
12 El hecho de que en años sucesivos, como vere­
mos, otros jefes de policía no siempre acompañaron o apoyaron económicamente
el desarrollo de la Sociedad, no significa que se desentendieran de su importancia.
Los estatutos de la nueva entidad sufrieron varias modificaciones y ajustes
durante las décadas iniciales de existencia. Visto desde épocas posteriores, cuando
se consideraba que era el Estado el encargado de proveer los servicios sociales bá­
sicos a sus empleados, el ideario mutualista basado en el “principio de compañe­
rismo”, plasmado en aquellas primeras obligaciones estatutarias, habría provocado
“ingentes pérdidas a la Sociedad, originando sus primeros desastres financieros”.
En realidad, los registros existentes ponen en evidencia que la masa societaria era
exigua respecto a las necesidades a cubrir. Durante sus primeros años de vida la
Sociedad no superaba los 100 afiliados. Luego ese número fue en aumento, pero
con una gran disparidad, en cuanto que resultaba muy difícil mantener el cobro de
las cuotas de manera regular y al día.13

11 Reseña Histórica de la Sociedad..., eit., p. 35. Sobre la inestabilidad laboral del personal y las di­
ficultades que representaba para los jefes el mantenimiento de un plantel estable de policías puede
verse Gayol (1996).
12 Sobre la importancia de Vucetich en este contexto ver el libro de García Ferrari (2015).
13 Reseña Histórica de la Sociedad..., eit., pp. 46-53. Sobre algunas formas asociativas de ayuda
mutua y otras de asistencia social anteriores a la emergencia dei Estado de Bienestar, puede verse
el libro de Moreno (2000).
Elsurgimiento de la familia policial bonaerense 115

Algunas propuestas de la Sociedad, incluidas en sus estatutos, no alcanza­


ron a concretarse, o bien tuvieron corta vida, o no siempre pudieron sostenerse
sobre la base de la cuota societaria. Por ejemplo, el Banco Policial ideado en
1915, nunca se creó. La Caja de Ahorros y Préstamos o la Caja de Descuentos
siguieron el derrotero de las finanzas societaria, originando diversas reacciones de
expansión y reducción en las sucesivas Asambleas. El proyecto de apertura de una
Farmacia Social y de Consultorios Médicos no pasó de la instancia de estudio de
factibilidad que se la había encomendado a una comisión especial. Y la Revista de
Policía creada por la Sociedad en 1910, de aparición mensual, tuvo solo dos años
de duración en esta primera etapa, pues “sus entradas no compensan las salidas”.1,1
A pesar de ser editada desde la Sociedad de Socorros Mutuos y no desde la
misma institución, la Revista de Policía bonaerense dependió mucho de la jefatura
en aquella primera era de dos años. Sus directores fueron designados por el jefe de
policía y sus principales colaboradores eran oficiales de la fuerza. En este aspecto,
la publicación surgida en La Plata tuvo similitudes con la tercera era de la Revista
de Policía de la ciudad de Buenos Aires, editada a partir de 1897. A diferencia
de sus dos épocas previas de aparición, siempre dentro del último tercio del siglo
XIX, esta nueva versión de la revista policial de la Capital Federal, dirigida por
los Comisarios Antonio Ballvé y José Cesario tuvo un carácter oficial, e incluyó
un grupo estable de policías en actividad encargados de la gestión de sus conteni­
dos. En cuanto a estos últimos encontramos importantes coincidencias en ambas
publicaciones, como espacios de defensa de lo institucional, de búsqueda de una
identidad policial y de análisis de la sociedad de la época, especialmente en las
cuestiones de la criminalidad. Además, en estos años iniciales del siglo XX, ambas
revistas coincidieron en la necesidad de contribuir a la profesíonalización de los
policías y en brindarles la protección y satisfacción de sus necesidades familiares.
Si bien, al menos en la publicación bonaerense, no se encuentran referencias direc­
tas a la familia policial (término que comenzamos a ver a partir de tos años 1930),
las alusiones a los servicios sociales debidos a los policías anticipan, en contenido,
lo que luego sería uno de los significados más importantes de dicho término.
Por su parte, la Revísta de Policía bonaerense estaba destinada a toda la fuer­
za, pero tuvo como principales receptores a policías de graduación media y alta.
No contaba con alguna sección semejante a la revista Magazine Policial, que imi-*

14 Se editaron 36 números de la primera serie de la Revista, entre julio de 1900 y diciembre de 1902.
La propuesta original era de frecuencia quincenal, pero esto no pudo sostenerse durante esos dos
años. La Revista de Policía volvió a publicarse el I de mayo de 1941.
116 Historia de la Cuestión Criminal...

tando el modelo misceláneo de Caras y Caretas, según Lila Caimari, estaba desti­
nada directamente al entretenimiento de la tropa de la policía de ia Capital. En este
sentido, la función pedagógica del Magazine conformaba un repertorio temático
que iba contorneando una red de sociabilidad para la familia policial (Caimari,
2012; 194-95). En lugar de apelar directamente al lector “raso”, la publicación
platense buscó un mayor reconocimiento sobre la existencia de dicha familia a
partir de la concientización del personal policial jerárquico, de la oficialidad, y de
su “deber” de integrar y proteger a sus subordinados y sus familias.
Transcurridas las primeras tres décadas de su existencia, la Sociedad de So­
corros Mutuos no había logrado consolidarse institucíonalmente. El propósito de
asistir a la familia policial de entonces aun no podía cumplirse y las asambleas
realizadas daban cuenta del déficit crónico de la entidad. Frente a dicho panorama,
los policías no se veían particularmente atraídos a asociarse y participar. Los be­
neficios obtenidos eran escasos y constantemente suspendidos por falta de fondos,
como en la asamblea del 11 de junio de 1920, cuando se resolvió cortar “la entrega
de médicamentos y asistencia a los enfermos venéreo-sifiiíticos”. Y no faltaban
tampoco los problemas por desviación o apropiación indebida de dineros de la
Sociedad, lo cual minaba su reputación. Así, en la asamblea del 3 de diciembre de
1932 se informó del suicidio del tesorero de ía Junta Ejecutiva al tiempo que se
descubría un faltante de ocho mil pesos del fondo social de la entidad.15
Tal panorama hizo a la Sociedad muy dependiente, en términos económicos,
de la jefatura de policía y del gobierno provincial. La suscripción de socios, rifas,
kermeses y otras actividades no alcanzaban para cubrir los objetivos estatutarios
de la entidad. Muchos requerimientos y necesidades no podían ser satisfechos,
lo cual hacía apoyar más las finanzas en las donaciones y subsidios permanentes
para la asistencia social de los afiliados. Las sucesivas conducciones policiales,
comenzando por aquella que propició el nacimiento de la Sociedad, eran conscien­
tes del rol que cumplía una entidad “hermana” que podía dar respuestas rápidas a
problemas concretos de los policías, sin tener que recurrir a la burocracia. Sin em­
bargo, no todos los jefes de policía se comprometían de igual manera. Por ello la
Sociedad iba a recordar y reconocer especialmente a Luis María Doyhenard, quien
fuera jefe de policía y dos veces presidente de la Sociedad (1902-1906 y 1916),
como uno de los que supo sostener el mutualísmo policial en momentos difíciles.16

15 SOCIEDAD DE SOCORROS MUTUOS DE POLICÍA Documentos de archivo, Asambleas, 1920


y 1932.
16 Además de ayudas concretas, Doyhenard también impulsó la iniciativa del panteón social, por lo
que, a poco de inaugurarse el mismo, sus restos fueron trasladados a la nueva bóveda. SOCIEDAD
El surgimiento ele la familia policial bonaerense 117

No encontramos menciones a la familia policial sino hasta la década de 1930,


y las mismas comienzan a escucharse de parte de los políticos conservadores que
dominaban la provincia de Buenos Aires por aquellos tiempos. Por su parte, la
Sociedad de Soconos Mutuos de Policía más bien se refería a sus “asociados,” en
sentido individual, aun cuando en las reuniones y asambleas se pusiesen de relieve
las necesidades de los policías como conjunto. Existe también un gran contraste
entre la permanencia en el caigo de los presidentes de la Sociedad hasta ios años
1930 y de allí en adelante. Dieciséis fueron los presidentes desde 1894 hasta 1933,
un promedio de poco más de dos años cada uno. Observando las fechas de cada
presidencia, se nota que la sucesión de estos 16 presidentes no file siempre produc­
to de las finalizaciones de sus mandatos sino más bien respondieron a los cambios
políticos y de conducción de la jefatura de policía. Allí también puede verse el
vínculo fuerte que existía entre las autoridades de la Sociedad y la conducción
policial de tumo.17
A comienzos de los años 1930 mudó la frecuencia de recambio de las autori­
dades de la Sociedad. A partir de 1933 hasta la actualidad, solamente siete perso­
nas han ejercido la presidencia, dos de las cuales lo hicieron “a cargo” por menos
de un año, debido al fallecimiento del presidente. De los cinco restantes, sobre­
salen las sucesivas reelecciones de Rómulo Méndez Caldeira (presidente entre
1933 y 1948) y Carlos M. Spinosa (presidente entre 1948 y 1997).1819 La gestión de
Méndez Caldeira y sus vínculos con la dirigencia política conservadora le permi­
tieron dar continuidad a sus mandatos más allá de los sucesivos cambios políticos
de esas décadas. Una de las primeras medidas del nuevo presidente fue gestionar
y obtener una subvención mensual de parte del gobierno, la cual fue incluida en el
presupuesto anual de la provincia. Esta y otras ayudas y donaciones fueron estabi­
lizando las finanzas de la Sociedad. Además, la cantidad de socios fue en aumento,
pasando de 2012 en 1934 a 3300 en 1938.17 SÍ tomamos en cuenta que la cantidad
total de policías en 1933 era de 10.221, ascendiendo a 14.066 para 1943, podemos

DE SOCORROS MUTUOS DE POLICÍA “Lista de presidentes de la entidad desde su fundación


en 1894 hasta la actualidad”.
17 Los continuos cambios de Estatuto iban adecuando la duración de los mandatos, inicialmente
previstos con una duración de dos años, con renovaciones.
18 SOCIEDAD DE SOCORROS MUTUOS DE POLICÍA Nómina de sus Presidentes desde la fun­
dación (1894) hasta la actualidad (2014).
19 Con altibajos, la cantidad de socios fue incrementándose desde principios de siglo XX. Para la
segunda mitad de la década de 1920 el promedio de socios era de 1.500, por lo que los mismos se
duplicaron en la década siguiente. Reseña Histórica de la Sociedad..., cit., pp. 62-6J.
118 Historia de la Cuestión Criminal...

pensar que la cobertura de la Sociedad solo alcanzaba a, aproximadamente, un


20% del personal policial.
A pesar de las referencias iniciales a la familia policial, entendida entonces
como los familiares directos de los policías, los gobiernos conservadores aun no
otorgaban beneficios sociales generales al personal de la institución. La paga local,
por comisaría, y la posibilidad de administrar las altas y bajas de cada dependen­
cia, hacía que su personal fuera más dependiente de las autoridades policiales y
políticas locales y municipales, de las cuales también obtenían ayuda para paliar
sus necesidades personales y familiares. Si bien no contamos con la distribución
regional de los asociados, los informes y documentos de la Sociedad indican que
su mayor radío de acción era La Plata y alrededores, con alguna presencia en
otras ciudades bonaerenses. Eso hacía que los beneficios otorgados no llegasen a
todos los policías bonaerenses como bien señalan las cifras ya marcadas. Por su
parte, los sucesivos gobernadores, y especialmente Manuel Antonio Fresco (1936-
1940), intentaron modificar esta situación, procurando una mayor subordinación
de la policía a la conducción provincial.20 Pero mientras esto no ocurría, tampoco
quisieron ampliar beneficios aunque sí dieron un fuerte respaldo a los planes y
objetivos de la Sociedad.
Hacia comienzos de los años 1940 aun no se reconocía claramente la fisono­
mía de unafamilia policial en la provincia de Buenos Aires, pero se habían puesto
las bases para su aparición como colectivo de invocación para múltiples usos. Y
sí bien la asistencia social de la Sociedad de Socorros Mutuos de Policía no había
alcanzado a beneficiar a una masa crítica de integrantes de la naciente familia, al
menos dio visibilidad inicial a ese conjunto.
Por entonces, la creación de dos espacios físicos administrados por la en­
tidad, vinculados a la vida y la muerte, iban a servir de pilares para afianzar esa
condición “familiar” que se perfilaba.

Un vínculo más fuerte que la muerte


La adquisición de una sede social permanente en la ciudad de La Plata y la cons­
trucción del “panteón social” en el cementerio de dicha ciudad resultaban ser dos
metas buscadas prácticamente desde ios orígenes de la Sociedad. Los asientos de
la entidad funcionaron en diversas locaciones de la ciudad hasta que, por fin, a fi­
nales de 1943 pudo adquirirse el inmueble de la calle 59 entre 6 y 7 que ha servido

20 Sobre este tema puede verse mi trabajo sobre la refotma policial iniciada durante la gobernación
de Fresco, Barreneche (2010).
surgtfítitnto de familia policial botiaerertse 119

de sede desde entonces. Una donación de títulos de la provincia de Buenos Aires


por quinientos mil pesos dejados en el testamento de Luis A. Repetto, fallecido en
septiembre de 1940, dotó a la Sociedad de una inesperada suma de cuyos intere­
ses se valió para reunir parte de los fondos necesarios en la compra de la nueva
Otra parte del dinero fue cubierta por un préstamo solicitado al Banco de la
sede.2122
Provincia de Buenos Aires, con el aval del gobierno provincial. De este modo, se
estableció un punto fijo de referencia, en la ciudad de La Plata, donde funcionaría
permanentemente la Sociedad y donde se trasladaron los consultorios médicos,
la biblioteca y otros servicios que prestaba. Desde entonces, el sitio fue frecuen­
tado por los asociados y sus familiares, tomándose en un lugar reconocible para
los policías, especialmente aquellos residentes en la capital provincial y zonas de
influencia.
Mayor impacto simbólico tuvo la construcción e inauguración del panteón
policial bonaerense en ei cementerio municipal de La Plata en 1940.23 En las re­
soluciones de las juntas ejecutivas de la Sociedad encontramos, desde 1902, ante­
cedentes de la búsqueda de fondos para dicho emprendimiento. Existen, también,
planos y bocetos de los proyectos presentados. En los dos más desarrollados, de
1904 y 1923 respectivamente, notamos un estilo muy ornamentado y cargado que
remataba en cúpula. El diseño era similar al panteón militar, de principios de siglo
XX, y al de la entonces Policía de la Capital, inaugurado en 1922, ambos situados
en el cementerio de la Chacarita. En su estudio sobre estos últimos, Diego Galeano
señala que esta coincidencia no era casual, pues “los policías reclamaban un lugar
en el culto necrológico a ios héroes de la patria” (2011:207).
Sobre la base de esos proyectos, en 1913 se colocó la piedra fundamental
del “Panteón Guardianes del Orden Público” en un sitio del cementerio de La
Plata cedido por el Concejo Deliberante. Sin embargo, éste nunca se construyó y
la cesión municipal terminó caducando. El motivo principal de este fallido tuvo
que ver con la ya señalada situación financiera de la Sociedad en aquellas décadas.
Por un tiempo se lograba acumular una suma de dinero, por donaciones, rifas,
etc. destinada especialmente a la construcción del panteón. Sin embargo, tarde o

21 En la síntesis histórica de la Sociedad se transcribe el testamento del Sr. Repeno, quien además de
dejar algunos inmuebles a favor de sus hermanas y sobrinas políticas, detalla numerosas propieda­
des, sumas de dinero y títulos públicos que dejase a hospitales, instituciones públicas y privadas,
particulares, y sociedades como la de Socorros Mutuos de Policía, sin que pudiese conocerse, en
este último caso, los motivos que llevaron a tal donación. Cfr. Reseña Histórica de la Sociedad...,
cit., pp. 69-70.
22 Sobre los diversos significados de la muerte y su culto, en el contexto latinoamericano, puede
verse el libro editado por Johnson (2004).
120 Historia de la Cuestión Criminal...

temprano, la junta ejecutiva de tumo debía echar mano a ese dinero para cubrir el
déficit crónico de la entidad.
El culto a (os muertos, los entierros, las tumbas y monumentos dentro y fue­
ra de los cementerios, atravesaban entonces un proceso de transformación que
señalaba claramente el uso político de todo ello, al tiempo que revelaba nuevas
estéticas y sensibilidades sociales en la Argentina de principios del siglo XX. Así,
los diseños aludidos respondían a un nuevo ritual celebratorio que era acompaña­
do por la monumental idad de las tumbas. Sandra Gayol, Gabriel Kessler y otros
han estudiado este tema, señalando que el Estado no ha sido ajeno a la “función
unificadora de los ritos mortuorios” (2015: 10). Ellos también muestran los cam­
bios producidos a lo largo del siglo XX hasta la actualidad. En ese sentido, el caso
del panteón policial bonaerense sigue los parámetros descriptos por estos autores.
En efecto, cuando recobró fuerza este proyecto, hacia finales de los años 1930, el
estado provincial y los personajes destacados de la política bonaerense dieron un
fuerte impulso para su concreción. Si bien la Sociedad había vuelto a reunir dinero
para este propósito, fueron las donaciones del gobernador Manuel Fresco y del
intendente de Avellaneda Alberto Barceló, las que en 1938 permitieron finalmente
el inicio de las obras. La Municipalidad de La Plata volvió a ceder un terreno en
la necrópolis local, colocándose la nueva piedra fundamental en mayo de 1939 e
inaugurándose en octubre de 1940.23
Como puede verse en la Fotografía 1, el panteón policial bonaerense resulta
estéticamente muy diferente a aquellos de las otras fuerzas militares y policiales
inaugurados en las décadas previas. De hecho, el Panteón Naval, ubicado muy
cerca del policial en el mismo cementerio de La Plata (Fotografía 2), contrasta
con éste y se parece más al militar y policial de la Chacarita, con sus columnas y
cúpulas que asemejan la entrada a un templo.

23 Reseña Histórica de la Saciedad..., cit., p. 117.


El surgimiento de la familia policial bonaerense 121

1, Frente del Panteón de la Sociedad de Socorros Mutuos de Policía,


ubicado el cementerio de la ciudad de La Plata, inaugurado en 1940
122 Historia de la Cuestión Criminal...

2. Frente del Panteón Naval del Cementen» de La Plata

El panteón policial bonaerense es de un estilo simple, sin ornamentos, con un te­


cho originalmente plano, donde solo sobresale la representación de una llama voti­
va. Con la ampliación proyectada desde la década de 1960 y finalmente culminada
en 1985, se le construyó un segundo piso coronado por un tinglado de chapa como
techo, por lo que la llama quedó alojada dentro de la pared frontal, como puede
verse en la Fotografía 1. Las formas sobrias del panteón policial están acordes a la
época de su construcción, en la cual la política de masas y los “funerales republi­
canos” marcaron distancia respecto a la exaltación individual del muerto ilustre o
E/ surgimiento de la familia policial bonaerense 123

heroico y su visibilidad en el sitio elegido para su eterno reposo, que había sido la
característica saliente a comienzos del siglo.24
Inmediatamente de inaugurado, el panteón policial tuvo su reglamento (vi­
gente hasta hoy) por el cual cada nicho conservaría un ataúd por 20 años, para
luego reducir los restos y conservarlos en el sector del panteón destinado a tal fin.
Tal como indicase el presidente de la Sociedad, Rómulo Méndez Caldeira, en su
discurso inaugural, rodeado de autoridades políticas y policiales, “ni el tiempo
ni cualquier circunstancia, hará que un empleado de policía de la Provincia que
forme parte de la Entidad o caído en medio de la lucha diaria contra el delito, o
cualquier allegado a ios mismos y que perteneciera a nuestra Institución, será ol­
vidado; sus restos serán conservados eternamente dentro del Panteón’’.2526 En efec­
to, el acceso al sitio policial del descanso postumo se destinó a los asociados y
familiares pero también incluyó a los “caídos en el cumplimiento del deber”. Sin
embargo, el reglamento estableció que todos los nichos fuesen iguales, indicán­
dose solamente el nombre del difunto y la fecha de fallecimiento, no las causas o
circunstancias de la muerte.
En la Fotografía 3 puede verse la uniformidad de los nichos situados en una
de las paredes laterales de la capilla localizada en Ja planta baja central del pan­
teón.16 Hacia el fondo, en una ubicación ordinaria, se observan algunas puertas de
nichos abiertas. En una de ellas se encuentran depositados los restos de Juan Vu­
cetich, fallecido y sepultado en Dolores en 1925, y trasladado al panteón policial
en 1941. El ilustre policía es el único cuyo cadáver no fue reducido luego de los
20 años. Esta es la excepción establecida por la Sociedad para el más famoso de
sus miembros y quien fuera, además, su primer presidente. Sin embargo, su féretro
está allí como uno más, rodeado de policías solo conocidos por sus allegados más
cercanos. Como señalaba en su discurso el presidente Mendez Caldeira, “se buscó
uniformidad en todo”, infiriéndose de sus palabras que tas diferencias jerárquicas
y de otro tipo que tanto distinguían (y aun distinguen) a la policía bonaerense,
caducan en la puerta del panteón. Allí los policías muertos, naturalmente o “en
cumplimiento del deber”, son todos iguales.

24 Al respecto, véase Gayol{2013).


25 Rómulo Méndez Caldeira, discurso pronunciado con motivo de la inauguración del Panteón Poli­
cial, 18 de octubre de 1940, en Reseña Histórica de la Sociedad..., cit.
26 En los otros pisos del panteón existe una disposición igualmente uniforme, solo que en el lugar que
ocupa la capilla de planta baja, hay otra hilera de nichos.
124 Historia de la Cuestión Criminal...

3. Vista lateral de la capilla y los nichos del panteón policial

El panteón tuvo un impacto importante como lugar simbólico, y a la vez concreto,


para la emergente familia policial bonaerense. Fue un lugar de encuentro “igua­
lador” para todos sus miembros. Un sitio de homenaje, de memoria y también de
culto, pues hasta hoy se celebran allí periódicas ceremonias religiosas, obviamente
del rito católico. En esa morada colectiva, los cuerpos de un jefe policial y del más
raso de los agentes yacen uno al lado del otro, o tal vez contiguos a los restos de un
familiar de otro policía. Así, durante et siglo XX, el panteón policial atravesó las
estructuras institucionales diferenciadas de los policías, marcadas por la división
tajante entre el escalafón de oficiales y de suboficiales, de uniformados y auxilia­
res, conformando un ámbito único.
Mientras durante la segunda mitad del siglo se iban creando espacios de
socialización policial también diferenciados, como el “Círculo de Oficiales”, el
“Centro de Suboficiales”, etc., la Sociedad de Soconos Mutuos de Policía, con su
El ¡«rgimunlo de la familia policial bonaerense 125

sede y su panteón, se mantuvo como un ámbito de reunión de “toda” familia po­


licial, sin distinciones. El panteón policial, sobre todo, puede verse entonces como
un legado del mutualismo en el universo policial bonaerense y, por ende, un lugar
donde las particularidades de los rangos y especialidades policiales pasaban a un
segundo plano respecto de aquellos elementos distintivos de LA policía y comunes
a toda la fuerza. Quizás es por eso que fue perdiendo peso entre muchos policías
que, también por sus rangos y especialidades, querían cada vez más distinguirse y
no “igualarse” entre ellos.

Familia policial y educación


Las referencias a la familia policial, cada vez más invocada a partir de la década
de 1940, comenzaron también a asociarse con la educación desús jóvenes miem­
bros. Las concreciones en este aspecto ya no cupieron a la Sociedad de Socorros
Mutuos, sino a la propia institución. En aquel momento, se dio mayor valor a la
formación policial, especialmente en el nivel inicial, vinculándola a la idea de que
el ingreso a la policía no era simplemente acceder a un nuevo trabajo. El aspirante
a policía debía comprometer también a su entorno más íntimo en el empeño de la
carrera que deseaba emprender. Es por ello que uno de los documentos compilados
en los legajos de los postulantes era un “informe ambiental” donde se evaluaba el
grado de compromiso y adhesión que tenían los familiares y amigos del ingresante
para con la policía. Es que estos jóvenes se incorporaban a la institución pero,
también, a la familia policial y con ellos ingresaban sus parientes más directos.
Por ello, la creación de la Escuela de Policía, su posterior traslado, y luego, la
inauguración del Liceo Policial, están relacionadas no solamente con una idea de
profesionalización de las fuerzas policiales, sino también con una materialidad,
con un espacio reconocible donde la familia policial pudiese reconocer sus logros
y celebrarse.
La creación y consolidación de un ámbito formativo propio cobró pues im­
portancia y las circunstancias históricas favorecieron la apropiación de un espacio
físico privilegiado para el desarrollo de tales propósitos. La Escuela de Cadetes
de la Policía bonaerense fue creada en agosto de 1941 por el entonces interventor
federal y jefe de policía coronel (R) Enrique Rottjer. Luego de algunas sedes pro­
visorias, la escuela fiie reubicada en un predio policial contiguo a la estación de
trenes de Tolosa, ciudad vecina a La Plata, en 1944.
Esta sede de la Escuela de Policía era considerada inapropiada por las au­
toridades. Estaba en constantes reparaciones y carecía de lugar suficiente para
126 Historia de la Cuestión Criminal...

el desarrollo de las actividades previstas. Fue gestándose, entonces, la idea de


convertir a la ex estancia San Juan del parque Pereyra-Iraola en la nueva sede de
la Escuela de Policía. Ya para 1958, el proyecto contaba con el apoyo del ministro
de Gobierno de la intervención provincial Juan Aguirre Lanari, y era impulsado
por el entonces jefe de Policía, teniente coronel Desiderio Fernández Suarez.27 Sin
embargo, ambos dejaron sus cargos al asumir el nuevo gobernador de la provincia
de Buenos Aires, Oscar Alende, en mayo de ese año.
La continuidad de la iniciativa estuvo en manos del director de la Escuela de
Policía, comisario inspector Jorge Vicente Schoo. Era doctor en filosofía por la
Universidad Nacional de La Plata, docente universitario y tenía contactos con di­
versas autoridades de la capital provincial. De allí que gozara de reconocimiento y
de cierta autonomía respecto a otros jefes policiales de entonces. Su permanencia
en el cargo de director de la Escuela de Policía durante 1958 y 1959 fue impor­
tante para lo que iba a ocurrir. Un incendio de dimensiones modestas, acontecido
a comienzos de 1959 en la Escuela de Policía de Tolosa fue la excusa para pasar a
una ocupación permanente de la ex estancia San Juan en el parque Pereyra-Iraola.
El director Jorge Vicente Schoo dispuso el traslado de todos los cadetes al
predio mencionado, iniciándose obras de construcción de las compañías y demás
dependencias. Las autoridades provinciales reaccionaron tibiamente ante la ocu­
pación policial de la ex estancia San Juan. Por lo pronto, no intimaron a la policía
a que desalojase el predio. Se inició un sumario penal y otro administrativo en el
que según testimonios, el director Jorge Schoo fue el principal imputado. Por otro
lado, la cúpula policial protegió a Schoo, quien fue relevado de su cargo, pero
continuó vinculado al área de formación policial.
Poco tiempo después, en 1962, fundó y dirigió el Liceo Policial, institución
de enseñanza secundaria para varones, con régimen de internado, destinado prin­
cipalmente a que los hijos del personal policial subalterno pudiesen realizar sus
estudios secundarios. La creación de esta escuela secundaria, ubicada en el mismo
predio que ocupara la Escuela de Policía “Juan Vucetich”, impactó positivamente
en la familia policial, que vio allí un espacio donde sus integrantes más jóvenes
pudiesen ser formados en los valores y tradiciones que ya se cultivaban como
propios dentro de la institución policial.
La instalación definitiva de la Escuela de Policía “Juan Vucetich” en los terre­
nos de la ex Estancia San Juan del parque Pereyra-Iraola, seguidos de la apertura

27 En la ceremonia de inauguración de ios ciclo lectivo policial de 1958 se hizo referencia a esta
cuestión. Véase Revista de Policía. Afio II, núm. 21, marzo de 1958, pp. 10-11.
El surgimiento de la fainilia policial bonaerense 127

del “Liceo Policial” y de la “Escuela de Suboficiales y Tropa” en el mismo sitio,


dotó a la policía bonaerense de un ámbito propio donde llevar adelante la forma­
ción de sus cuadros desde muy temprana edad.

Consideraciones finales
Los significados y los usos contemporáneos dados al término familia policial son
diversos, como variados son sus integrantes. Desde una perspectiva histórica, nos
referimos a un colectivo, a un grupo de personas vinculadas por una actividad pro­
fesional, que a lo largo del siglo XX han ido cimentando una identidad particular.
Esto se ha hecho siguiendo el recorrido de un camino sinuoso (social, política y
culturalmente construido) con intervenciones específicas que contribuyeron a de­
linear los contornos de dicha familia. A medida que avanzan los primeros tramos
del siglo XX, vemos la confluencia de dos tipos de preocupaciones en la policía
bonaerense: la de la conducción política, que busca afirmar el perfil profesional
de ia agencia, acentuando tanto la disciplina y verticalidad como la centralización
de sus partes. Y la del personal policial en general, que pretende satisfacer las
necesidades propias y de sus familias, y que espera y reclama por compensacio­
nes mayores, proporcionales al riesgo que su labor cotidiana implica. Con todas
las limitaciones señaladas, podemos situar a la Sociedad de Socorros Mutuos de
Policía, que también crece con el siglo, en i a encrucijada donde estas (ambas)
preocupaciones encontrarían algún tipo de respuesta. Allí ubicamos el origen de la
familia policial. Una familia que articula la rigidez cada vez mayor del universo
prescriptivo que le da sentido y le sirve de marco, con la creciente complejidad en
la gestión y acción en espacios de sociabilidad, de contención, de trascendencia y
continuidad de una generación a otra, y que van conformando un modo de ser, de
pensar, de obrar en los que asienta su perfil.
Al mismo tiempo, es la propia institución policial la que va reforzando los
contornos de este ideario familiar, inviniendo recursos, ocupando espacios y
creando las condiciones materiales para desarrollar la formación de los futuros
policías. Como hemos visto, ia centralidad y valor simbólico del polo educativo
policial conformado en el Parque Pereyra-Iraola se convierte, así, en un escenario
privilegiado donde se da cita la familia policial para el ritual de entrega de sus
hijos ingresantes, para celebrar su incorporación a la fuerza, rodeados de sus seres
queridos a quienes también dará cobijo.
Se trata, entonces, de un colectivo que también reconoce una simbología de
conductas, de lugares, de imágenes, y que integra a sus componentes bajo una
128 Historia de la Cuestión Criminal...

anónima protección, todo ello apoyado en una estética de la uniformidad que ha


quedado plasmada en la cultura institucional de la policía bonaerense y que parece
costar tanto modificar. Pero debemos aquí recordar que los estudios históricos
sobre las policías nos han llevado a resaltar la gran heterogeneidad y las grandes
contradicciones internas de las mismas. Al respecto, podemos decir que la idea de
familia policial es funcional a tal diversidad. Vemos, a partir de la década de 1960,
una gran disparidad en la evocación e invocación de dichafamilia. La convicción
con la que se la convoca parte de diversos sectores, dentro y fuera de la policía.
Sirve como una especie de fuerza de choque simbólica frente a las más variadas
“amenazas” contra aquellos que se escudan detrás de ella. Ofrece protección o
condena para sus miembros individuales, apoyándolos o denostándolos según sea
el momento y las circunstancias. Y lo hace, precisamente, sin necesidad de tener
que dar fundadas razones, sin exponerse a alguna recusación o contrapunto sobre
ello y sin dictar ninguna resolución oficial, todo lo cual sería imprescindible y ne­
cesario si hubiese de hacerse siguiendo las leyes y normas institucionales.
La familia policial es una voz más y son muchas voces al mismo tiempo.
Son esas voces que ahora se difunden también en las redes sociales y que intentan
apropiarse de un colectivo imaginario donde se busca colocar lo mejor de lo que
cada uno entiende que ha sido su trayectoria policial. En esos esfuerzos, que se
confrontan con otras miradas sobre la mismafamilia, suele invocarse a la historia.
Se aplica aquí, en la mayoría de los casos, el conocido dicho de que todo tiempo
pasado fue mejor. La evocación de ese pasado idealizado e inexistente justifica la
llamada familiar del presente. En este sentido, el trabajo ha procurado mostrar una
historia con contingencias, con decisiones políticas, con acuerdos y desacuerdos,
sobre los cuales, por su parte, se ha ido construyendo esta poderosa idea que aun
sirve a múltiples intereses contemporáneos vinculados a la policía bonaerense. Su
comprensión histórica, por ende, nos parece indispensable para comenzar a desen­
trañar la dimensión cultural de una institución tan resistente al cambio.
El surgimiento de la familia policial bonaerense 129

Bibliografía

BARREN ECHE, Osvaldo


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El policía mineiro en la historia:
narraciones históricas de las fuerzas militares
de Minas Gerais y la figura del policía militar1

Lucas Carvalho Soares de Aguiar Pereira

¿Para qué prefacio? Las glorias se explican por ellas


mismas
Augusto de Lima Júnior en “Crónica Militar”

L
os estudios sobre historia de la policía vienen consolidándose como campo
significativo en las investigaciones historiográficas, despertando intereses
de cubrir lagunas empíricas y teóricas especialmente en relación con la fi­
gura del policía como sujeto histórico (Weinberger, 1995; Emsley, 2000; Shpayer-
Makov, 2002; Klein, 2010; Caimari, 2012;Galeano, 2012). Siguiendo una tenden­
cia internacional, los trabajos de historia de la policía en Brasil están enfocándose
en ese problema (Bretas & Rosemberg, 2013). Los orígenes sociales y cuestiones
como identidades, entrenamiento y la sociabilidad son temas de esa producción,
que investiga, cada vez más, las relaciones entre la policía y la cultura (Bretas,
1997; Fonteles Neto, 2005; Rosemberg, 2010; Mauch, 2011). Análisis historíográ-
ficos han movilizado diferentes fuentes y nociones para analizar no solamente las
intervenciones de la policía en la cultura, como la represión en manifestaciones re­
ligiosas y diversiones populares, por ejemplo; sino también para estudiar el papel
de la cultura en la producción de determinadas prácticas e identidades policiales,
como la recurrencia de determinadas formas de violencia policial y su relación con
una forma cultural (Bretas, 2000: 259).
En este capítulo, analizo la producción literaria sobre el pasado de las fuer­
zas de las policías militares en Minas Gerais escrita, en gran parte, por policías
militares mineiros y publicada a partir de la década de 1950, buscando responder
a la pregunta: ¿Cómo los policías se imaginaron en el transcurso de su propia

l Agradezco las contribuciones de Diego Galeano, Lila Caimari, Máximo Sozzo y Daniel Palma Alva-
rado. Sus intervenciones y críticas contribuyeron significativamente para la revisión de este trabajo.
Este estudio es fruto de Jas reflexiones iniciales de una investigación, todavía en curso y más amplia,
titulada “¿Un ejército particular del gobernador?: Las redes de sociabilidad de plazas y oficiales de la
Brigada Policial y de la Fuerza Pública en el ejercicio de las funciones policiales y militares en Minas
Gerais (1890-1940) ”, desarrollada en el curso de Doctorado en Historia Social de la Universidad
Federal do Río de Janeiro, bajo orientación del profesor Marcos Bretas.
134 Historia de la Cuestión Crimina!...

historia?23Se observa un importante lugar de la narración sobre el pasado en el des­


envolvimiento de identidades de los policías (Lawrence, 2000: 64) y en la forma­
ción tanto de solidaridades como de distinciones entre soldados y oficiales? Las
explicaciones producidas por esa literatura para la consolidación de la fuerza de la
policía militar en el estado de Minas Gerais y para su actuación en determinados
eventos históricos regionales y nacionales, permiten identificar tentativas de legi­
timación, nombramiento y autorización de una identidad policial relacionada con
la consolidación de los poderes políticos estadual y estatal a lo largo de la primera
mitad del siglo XX brasilero.
Después de una breve presentación de las discusiones de las ciencias sociales
sobre las relaciones entre las fuerzas públicas y la formación del estado, el capítulo
presenta una reflexión acerca del papel de la biografía como recurso de formación
de una identidad institucional en el interior de esas narrativas. A continuación, se
analiza la construcción de representaciones de los soldados y oficiales de las fuer­
zas militares de Minas Gerais, en la tentativa de promover una crítica documental
y notas metodológicas que puedan contribuir a la reflexión sobre el concepto de
“cultura policial” y la cuestión de la formación del policía.

Estado y policía: por una historia social


En un enfoque comparativo entre los estados europeos, el sociólogo Jean-Clau-
de Monet argumenta que las organizaciones policiales serían el resultado de la
“voluntad de los gobernantes de adquirir instrumentos políticamente confiables”,
más que una respuesta a las demandas populares por seguridad o por servicios de
administración pública (2001: 72). La policía, en general, ha ejercido un papel
fundamental en la propia formación de los estados, primero como administración
del territorio y comercio y, posteriormente, en la gestión de la población y de los

2 Minas Gera i s es u n estado bras i lero q ue figuró como región económ ica y política fundamental para
las Coronas portuguesa y brasilera, y para los lideres políticos en el periodo republicano (Resende,
VillaltalO 14). Quien nace en Minas Gerais es llamado mineiro.
3 La producción literaria de los policías mineros sobre el pasado de la institución es muy amplia.
Existen escritos anteriores a la década de 1950, pero las publicaciones impresas encontradas hasta
el momento son datadas de mediados del siglo XX. Se trata de escritores que buscaron pensar su
pasado y el de su institución, narrando eventos significativos, movilizando, para eso, documentos
oficiales y memorias personales de los acontecimientos más relevantes de la historia institucional.
Para Dominique Kalifa, estas narrativas memorísticas nos remiten a la historia de la escritura, edi­
ción y formación de la figura del autor; a la historia de la legitimación de la profesión del policía;
y, finalmente, de un imaginario “que se impuso, poco a poco, como el principal instrumento de
reconocimiento y reevaluación simbólica del oficio del policía”, contribuyendo a la formación de
la identidad profesional (2005:68).
El policía mineiro en ¿a historia 135

conflictos interpersonales, conformando características de lo que fue denominado


cultura policial (Monkkonen, 2003; Milliot, 2008; Rosemberg, 2011). Existe un
amplio debate encabezado por la sociología y por la historia de la policía alrededor
de la noción de cultura policial que, al principio, buscaba identificar característi­
cas únicas para una teoría general de policía. Según una perspectiva sociológica
más clásica, no sería posible observar características capaces de conectar una va­
riedad de individuos en una cultura unitaria, debido a la diversidad y complejidad
burocrática, étnica, ocupacional y, también, a las tensiones, disputas y rivalidades
existentes en los diferentes tipos y reparticiones policiales (Monjardet, 2002: 14-
15). Otras perspectivas entienden que es posible sugerir cierta unidad en relación
con las funciones de manutención del orden público, pero admite que “las formas
tomadas por las instituciones varían mucho” a lo largo del tiempo y del espacio
(Bretas, 1997b: 81).
Cabe resaltar que, paralelamente a este debate, la noción de cultura ha sufri­
do revisiones profundas desde el último cuarto de siglo XX, no admitiéndose su
definición como un patrón único de comportamiento y costumbres, pero, sí como
una multiplicidad de patrones que son producidos, reproducidos, compartidos y
negociados dentro de las interacciones sociales (Barth, 2000: 209). Además de
eso, historiadores y sociólogos de la policía en las décadas de 1960 y 1970 des­
cubrieron la importancia de la discrecionalidad para lo cotidiano del policía y de­
mostraron cómo su trabajo, a pesar de la obligación formal de seguir el texto de la
ley, tiende a guiarse por “directivas de servicio” -aprendidas en lo cotidiano y en
orientaciones genéricas- más que en órdenes explícitamente definidas (Batitucci,
2010: 77-79). De esa manera, uno de los problemas abordados por el debate de la
cultura policial, son las acciones policiales orientadas por las normas informales
que actúan en las fisuras administrativas, especialmente cuando los agentes se
encuentran distantes de sus supervisores (Rosemberg, 2011: 6). André Rosem­
berg apuesta a la posibilidad de comprender los significados construidos por los
policías “respecto de pertenecer a la corporación policial”, argumentando que ese
enfoque tiende a “evaluar los medios por los cuales la práctica policial tuvo im­
pacto en el proceso de construcción de los esquemas (reglas) de orientación de
conductas” (2011: 15)/ El estudio de la relación de los sujetos que componen el

4 Para Bourdieu, “el agente hace lo que está en su poder para realizar la actualización de los poten­
ciales inscritos en su cuerpo en la forma de capacidades y disposiciones moldeadas por las condi­
ciones de existencia”, así, las acciones de los policías en relación con la cultura policial y con la
sociedad en la que está inserto, pasan a tener gran importancia en el análisis sobre las instituciones
policiales (1997: 178}.
136 Historia de la Cuestión Criminal...

estado y las fuerzas policiales, como el de los sentidos que los policías atribuyeran
a sus prácticas, puede contribuir a profundizar el debate sobre la cultura policial.
La producción hís fonográfica brasilera ha establecido que las Fuerzas Públi­
cas en Brasil -instituciones policiales con carácter militar o militares con carácter
policial- eran pequeños ejércitos estaduales, cuya actuación principal se daba en
la represión a las revueltas populares y a los conflictos políticos de gran interés
(Dallari, 1977; Femandes, 1977; Cotta, 2006). Tales análisis buscaron identificar
los valores ideológicos del estado que estuvieron presentes en la formación de las
fuerzas policiales republicanas, como la defensa del federalismo, la protección de
¡as elites agrarias, y la manutención de la dominación burguesa sobre la clase obre­
ra. Nuevos estudios vienen reevaluando esas imágenes más cristalizadas sobre la
acción de los policías militares en el territorio brasilero en diferentes momentos
históricos. Movilizando documentaciones producidas por las policías brasileras, esos
trabajos ponen en evidencia que esas instituciones no pudieron cumplir su ideal civi­
lizador y de control social debido a la precariedad de la formación del personal en la
disciplina militar, taspésimas condiciones materiales, los bajos salarios, la falta de per­
sonal, entre otros obstáculos cotidianos a la consolidación del proyecto civilizador del
estado nacional (Bretas, 1998; Mauch, 2011; Rosemberg, 2010; Vellasco, 2004).
Estudiando la génesis y formación de las instituciones del Estado Imperial,
Ivan Vellasco (2007) diseñó un cuadro de la actuación cotidiana de los policías en
la provincia mineira en el siglo XIX. El autor argumenta que la actividad policial
estaría más próxima del “mantenimiento del orden en las calles”, lo que puede
ser explicado, por un lado, por la “ineficacia generalizada del aparato policial” y,
por otro, por “una mayor proximidad con la rutina de las calles y la actuación en
¡os conflictos de la población, en ¡as peleas entre vecinos, en las disputas entre
iguales, en fin, en el cotidiano de las relaciones sociales” (2007:259-261) Vellasco
sostiene así, que, por un lado, ocurrió una inserción paulatina de la policía en el
“mundo social de los más pobres”, actuando en espacios específicos, y que, por
otro lado, el orden social sería regulado más por reglas tácitas de una compleja
ordenación de los grupos sociales, como las redes de clientela y amistad, que por
los mecanismos estatales. Para Viscardi, la consolidación de la policía militaren el
territorio mineiro estaría dada por el dualismo entre gobierno central y potentados
locales desde el período colonial (1995: 60-61). Su pasado estaría así entrelazado
con la construcción del estado nacional, no solamente en su dimensión política-
administrativa, sino también, a partir de las diferentes y complejas matrices so­
ciales, culturales y económicas que formaron la sociedad brasilera a lo largo del
Elpolicía mineiro en la historia 137

siglo XIX. Además de eso, la documentación del Arquivo Público Mineiro viene
comprobando que, todavía en el periodo republicano, esos ideales no tendrían
condiciones materiales y sociales suficientes para ser cumplidos.
La explicación de Vellasco corrobora una bibliografía que investigó el pro­
ceso de constitución y desenvolvimiento de la racionalidad estatal, y que pone
en evidencia el lugar clave de las formas de clientelismo, como el coronelismo,
en la cultura política brasilera? En el ámbito de la policía de Río de Janeiro, esa
racionalidad también hubiera sido comprometida, visto que la “inserción de los
policías en los cuadros de control por la elite hasta entonces permanecía vinculada
a acuerdos personales y a la búsqueda de recompensas” (Bretas, 1998: 231). Un
movimiento semejante se observa en la fuerza policial militar de la provincia de
Sáo Paulo en las últimas décadas del Imperio, Para Andró Rosemberg, los policías
paulistas en el siglo XIX, “gran parte de ellos compuestos de individuos pobres
y no blancos”, absorbieron las jerarquías sociales propias de la estructura de la
sociedad esclavista, “provistos de una parte importante de la autoridad del Estado,
que les confiaba utilizar, en concreto, la violencia legitimada que se pretendía
monopolizar” (2011: 17-18). Esos estudios llamaron la atención sobre la amplia
“familiaridad” de los policías “con el universo popular”, como los innumerables
casos documentados de detenciones de soldados, cabos y oficiales en espacios o ac­
tividades que deberían ser vigilados y controlados, en diferentes contextos históricos
(Bretas, 2000:255).

5 La vertiente de mayor expresión sigue ia linea de explicación de la formación del estado elabora­
da por autores de tradiciones intelectuales distintas, tales como José Murilo de Carvalho, Víctor
Nones Leal y María Sylvia de Carvalho Franco y sus análisis de fenómenos políticos como el
clientelismo, los clanes rurales y (as elecciones municipales. Franco promovió importantes cues-
tionamientos teóricos sobre la historicidad de la vida social, refutando las imágenes abstractas de
transposición de modelos sociológicos europeos para América Latina. En ese sentido, a pesar de
concordar con los datos presentados respecto de la precariedad material de las policías estaduales,
discrepo con la idea de ineficacia movilizada por los autores, pues carga una imagen de la policía
como un hacerse que nunca se completa y, por eso, será siempre ineficiente. Es necesario, por el
contrario, buscar comprender cómo se dio la disputa por la definición y legitimación de la actua­
ción y de las funciones de las policías en la formación del estado brasilero y cuáles pueden ser los
significados culturales y políticos a lo largo del tiempo. Considerando, por lo tanto, que las institu­
ciones policiales, constantemente, “se hace[n] y se inventa[n); ella[s] pemtanece[n] en el orden de
la regulación y no necesítalo] del ejemplo de la ley”, sin, con todo, “dar cuenta de la continuidad
de las prácticas, la inercia de ciertos caminos profesionales, la adaptación y el reempleo de ciertas
justificaciones de las misiones policiales" (Milliot, 2008: 15-16). La historiografía brasilera, no
obstante, todavía necesita superar una lógica binaria de comprensión de la formación de Jas poli­
cías en Brasil, conjugando las interpretaciones tradicionales con una perspectiva que entiende al
policía no solamente como “agente de la dominación estatal”, sino también, como partícipe “de los
dramas de las vidas de la camada de hombres libres y pobres” (Bretas, 1998: 220).
138 Historia de la Cuestión Criminal..

La historia del estado es tradicíonalmente escrita como la historia de la cons­


trucción de una entidad política que pasa a intervenir significativamente en la vida
de los individuos, pero, desde el último cuarto del siglo XX el estado viene siendo
comprendido como actor de agregación de un conjunto articulado de agencias
algunas veces contradictorias (Evans, Rueschmeyer y Skocpol, 1985). Este ob­
jeto ha sido encarado, frecuentemente, como un territorio, un campo de luchas y
demandas divergentes, produciendo un “efecto de estado” cargado de contradic­
ciones como, por ejemplo, el caso de las instituciones policiales. Entiendo que,
para superar la comprensión del estado como una topografía de territorios de fuerza,
como espacio político, en la perspectiva bourdiana, es necesario, todavía, percibirlo
en su dimensión temporal, dando cuenta de las mutaciones del poder y de las confi­
guraciones establecidas entre los agentes públicos. En ese sentido, a fin de contribuir
al debate en cuestión, lo que sigue es una discusión sobre los sentidos que los policías
militares mineiros atribuyeron a su práctica laboral en el curso del siglo XX, por medio
del análisis de la literatura publicada por los policías, disponible en las colecciones
públicas.

Individuo y sociedad: narraciones biográficas del pasado e identidades


policiales
Una corriente de la sociología histórica, que ha quebrado el dualismo entre el ego y
el sistema social, percibe el individuo y la sociedad como “aspectos distintos, pero
inseparables, de los mismos seres humanos”, conectados por una figuración, por redes
de interdependencia mutua en las cuales los sujetos “participan de una transformación
estructural” constante (Elias, 1994: 220- 249). Pierre Bourdieu también buscó supe­
rar esa dualidad, expresa en la dicotomía subjetivismo versus objetivismo. Alejándose
de las tradiciones durkheimianas, estructura! ista y marxista -pero inspirado por esas
escuelas sociológicas- él entendía que ia agencia del individuo se daría en un “espacio
de relaciones”, en el cual las clases sociales se conformarían como una lucha simbólica
de definición legítima del mundo social, en que la definición de los “estilos de vida”
autorizados estarían en disputa por su legitimidad (Bourdieu, 2009; 136).
El problema entre lo general y lo particular, entre lo específico y el patrón,
todavía persiste como pregunta de fondo del hacer his fonográfico contemporáneo.
Como no conviene retomarlo en todos sus términos, será suficiente resaltar que
desde la década de 1980 los individuos, las personas comunes, los sujetos, en ge­
neral, fueron probíematizados y pasaron a ocupar un lugar importante en la histo­
riografía social y cultural brasilera, siguiendo una tendencia francesa e inglesa. La
hzlpoliáa mineiro m la historia 139

historia social en aquel periodo pasó, cada vez más, a valerse de las perspectivas,
debates y orientaciones metodológicas de la historia cultural, produciendo trabajos
interesados en pensar lo social a partir de lo cultural (Soihet, 2009: 15). Lo cotí*
diano y las relaciones interpersonales, entendidos por la historiograña cuantitativa
europea -entre las décadas de 1950 y 1970- como anécdotas que solo deberían ser
tenidas en cuenta si mantuvieran relaciones con una serie documental, pasaron a
ocupar un lugar importante en diferentes trabajos de los programas de posgrado
de historia, con orientaciones teórico-metodológicas distintas, a partir de la déca­
da de 1980 (Soihet, 2009: 13). Los historiadores pasaron a seguir a los mismos
individuos en diferentes contextos sociales a fin de realizar “un análisis de las
condiciones de la experiencia social” (Revel, 1998:25). La literatura que aborda el
trabajador como tema central de investigación en Brasil produjo, desde entonces,
excelentes trabajos de historia social, enfocándose en trayectorias individuales que
permitieron concebir situaciones heterogéneas, contradictorias y paradójicas de
los trabajadores (Batalha, 2006).6
El retomo a la valorización del individuo por la historiografía fue acompañado,
también, por el resurgimiento de la biografía histórica entre los enfoques historiográ-
ficos legítimos. Pero todavía prevalece la idea del biografiado “como un prisma, un
punto de observación, para entender mejor una determinada época y un determinado
lugar”. Así, tanto las biografías, como los trabajos de historia social se vieron ante el
problema de la representatívidad: “¿Hasta qué punto un individuo representa su medio
social? Si lo tomamos como representante, ¿no estaremos realizando, paradójicamen­
te, la eliminación de su individualidad? ¿Cómo mantener la tensión, a lo largo de una
biografía, entre la norma y la posibilidad, entre las restricciones sociales y la libertad
individual?” (Schmídt, 2000: 9).
La discusión sobre biografía e historia, no obstante, no se restringe a los
interesados en investigar y producir biografías históricas o en profundizar en las
posibilidades heurísticas de su producción. La considero importante para el escrito

6 En esa perspectiva, la agencia humana tiene un lugar importante en la construcción y transfor­


mación de las estructuras sociales. Para E. P. Thompson (2001: 263), la transformación histórica
acontece “por el hecho de que las alteraciones en las relaciones productivas sean vi vendadas
en la vida social y cultural, por repercutir en las ideas y valores humanos, por ser cuestionados
en las acciones, opciones y creencias humanas". Es necesario reconocer la importancia para el
análisis histórico de la articulación elástica establecida entre una escala micro y otra maceo, entre
el individuo y lo social, entre la experiencia de los agentes y sus determinaciones y restricciones
económicas y culturales, considerando, todavía, que las “personas son tan determinadas (y no más)
en sus valores cuanto lo son en sus ideas y acciones, son tan “sujetos" (y no más) de su propia
consciencia afectiva y moral cuanto de su historia general” (Thompson, 1981: 194).
140 Historia de la Cuestión Criminal..

de la historia como un todo. El individuo, como afirmó Sabina Loriga (1998:249),


dice acerca de lo particular y lo fragmentado y solamente respetando la tensión en­
tre el individuo y lo social es “que se puede romper las homogeneidades aparentes
(por ejemplo, la institución, la comunidad o grupo social) y revelar los conflic­
tos que presidieron la formación y a la edificación de las prácticas culturales” y,
personalmente agregaría, sociales. Esa vertiente metodológica permite observar las
formas de las cuales los individuos se valen para moldear y modificar “las relaciones
de poder ’ en que están inmersos.
El debate de la sociología de la policía sobre la cultura policial, ya mencio­
nado anteriormente, ha sido marcado, de un lado, por una perspectiva que entiende
la cultura como parte de un proceso de transmisión de saberes prácticos, orientado
por determinados valores y, por otro, por la comprensión de que esa transmisión
opera en la esfera de lo cotidiano, de lo rutinario, sin relación con valores morales
previos (Rosemberg, 2011: 6).7 Sin pretensión de cenar tal discusión, entiendo
que ha sido fundamental enfatizar en las especificaciones de las normas (sistema
de valores) y de los rituales, y reinsertar el significado de acciones individuales
y colectivas de diferentes agolpamientos policiales en su contexto específico, tal
como había observado Thompson respecto de los estudios de los rituales populares
(2001; 244). La reinserción del individuo en una red de orientación y dependencia
mutua, y del estado como campo territorial y temporal de demandas divergentes,
vinculada a una perspectiva que comprende la cultura como una multiplicidad de
patrones parciales con cierto grado de coherencia (Barth, 2000:112), se ha conver­
tido en una opción teórico-metodológica alternativa para manejar los problemas
que involucra la noción de cultura policial:8
Los aparatos policiales brasileros, especialmente la vertiente militarizada, ad­
quirieron a lo largo de los dos últimos siglos “una ampliación del espacio de auto­
nomía funcional”, lo que permitió un dístanciamiento entre las prácticas policiales
y los intereses de los administradores políticos, por un lado, y una aproximación
de los policías a las “disputas invisibles del dia a dia rural” (Bretas y Rosemberg,
2013; 170). La proximidad de los policías con los problemas de los habitantes de

7 Para algunos autores la cultura policial es un concepto “muleta”, que funciona como una “variable
imprevista”, además de existir definiciones bastante discrepantes sobre su sentido o su amplitud
(Rosemberg, 2011: 4). Estoy de acuerdo con Rosemberg en cuanto a la necesidad de observar ios
sentidos del ser policía como salida metodológica para el refinamiento del concepto y de la com­
prensión de las experiencias policiales en diferentes procesos históricos.
8 La preocupación por el individuo y su relación con el estado ya viene siendo incorporada en dife­
rentes estudios de historia de la policía y del policía. Ver, por ejemplo, Klein (2010).
Elpolicía mineiro en la historia 141

las localidades donde estaban destinados se constituyó como cuestión crucial para
problematizar sus experiencias de sociabilidad en el territorio mineiro, a fin de
“descubrir las condiciones políticas, sociales, ideológicas que hicieron legítimas
las maneras de actuar de la policía” (Mitliot, 2008: 24). Así, los relatos biográficos
y las publicaciones de historias hechas por los soldados y oficiales adquieren un
papel importante en la comprensión historiográfica sobre la constitución de una
cultura y una identidad policial, pues son capaces de revelar conflictos, palabras
diferenciadas y son parámetros para el establecimiento de comportamientos ritua­
les codificados (Thompson, 2001: 251).
Los textos que pretendieron construir, organizar y divulgar la historia y la me­
moria de las policías militares en Minas Gerais, escritos por las altas autoridades
de las instituciones militares, por los oficiales activos o retirados, por intelectuales
simpatizantes de la fuerza pública y, en menor volumen, por los propios soldados,
contienen bocetos biográficos y autobiográficos, como parte significativa de su
narrativa.9 Esos libros, capítulos, secciones, columnas o artículos, se caracterizan
por el saludo, la dedicatoria y los homenajes prestados a algún héroe o mártir que
hicieron parte de la historia de las corporaciones militares en el estado.
La práctica memorialista y de producción biográfica es recurrente en las po­
licías en Brasil, y también puede ser observada en otros países latinoamericanos y
europeos (Lawrence, 2000; Bretas, 2009; Galeano, 2009). Los libros de historia y
de memoria de i a policía y de policías mineiros están repletos de casos de hazañas
de los soldados en las “guerras” libradas bajo los poderes estadua! y central y en
las actuaciones destacadas como la detención de “facinerosos” del sertáo. Veamos
un ejemplo de un texto biográfico, de carácter institucional, enfatizando la gloria,
el esfuerzo individual e incondicional del oficial para defender el estado y trabajar
por la fuerza pública. El texto fue elaborado por los redactores de la Revista do 5°
Batalháo como forma de homenaje al coronel José Gabriel Marques, comandante
del Estado Mayor de la Fuerza Pública en la década de 1930:
“La prueba más verídica la tenemos en su rápido ascenso a los
varios puestos de la Fuerza Pública, conquistados y obtenidos
por sus propios méritos, por su conducta, por su valor y por su
capacidad de trabajo. Es un militar que debe ser tomado como
ejemplo y debe ser imitado. En 1888, nació, en este Estado de
Minas, el Cel. José Gabriel Marques y, como cada individuo en

9 Como ejem pío, consu liar Carval ho (i 940); A ndrade (19 81); Assis d e A Ives (197 2); Demarco Fi­
lho (1990); Lima Júnior (í 969); Sitveira (1966).
142 Historia de la Cuestión Criminal...

un país libre como es nuestro querido Brasil tiene en sus manos


el camino a seguir, el Coronel Marques tomó el de la carrera mi­
litar, con toda espontaneidad. En 1903, se hizo soldado, entrando
para el lo Batallón de la Fuerza Pública. Considerado listo, se
dedicó a la música, convirtiéndose por su genio artístico en un
experto ejecutor y, sin mucha demora, fue considerado músico
de primera clase. Se matriculó, con el debido respeto, en el gim­
nasio de la capital, haciendo progresos en los estudios. Sus su­
periores veían, en el joven soldado, un hombre de futuro, por su
irreprochable conducta, por el cumplimento de su deber y por sus
maneras cuidadosas y gentiles. Pasó por los puestos inferiores
sin el menor sacrificio, porque poseía pasta suficiente para impo­
nerse; cumplidor del deber, estudioso y listo para todo obedecer
y ejecutar. Lo que muchos no consiguen en 30 años, solo en 11 el
Cel. Marques pasó por las graduaciones de inferior, alcanzándo­
las siempre con logros y con verdadera galantería. En la fecha del
Io de septiembre de 1914, fue promovido al puesto de teniente
segundo, continuando siempre cada vez más admirado por su fe
de oficio y cumplimiento del deber. El 30 de septiembre de 1921,
fue promovido a teniente primero, y el 29 de julio de 1926 fue
merecidamente, promovido a capitán. En este puesto, como en
los anteriores, fueron varios los servicios prestados al Estado,
recibiendo, sin adulación, muchos elogios del Jefe de la Fuerza
Pública y de los Presidentes del Estado. El 24 de octubre de 1928,
fue promovido a mayor. Luego, en seguida, a teniente-coronel y,
el 29 de diciembre de 1930, fue promovido a coronel...”.10

La figura del coronel es diseñada a partir de la lógica del ejemplo, su trayectoria for­
ma al individuo exitoso, aquel que, con trabajo arduo, cosechó los ñutos de una vida
dedicada a la institución, destacándose la fidelidad, lealtad, inteligencia y habilidad
para ejecutar órdenes superiores. La dedicación y los buenos modos son aspectos
resaltados del joven soldado, cuyo cuerpo, una vez educado para las artes militares
y para la obediencia, se convierte en disciplinado y listo para sostener los funda­
mentos de la corporación, cerrando el ciclo de la manutención institucional. Ese
tipo de escrito, publicado en revistas, periódicos o impresiones institucionales, es un
importante vehículo de fundación y difusión de identidades colectivas de las corpo­

19 APM, COL 228, Minas Gerais, Revista Do 5°Boralhdo, Revista comemorativa do 10’ aniversario
do 5° batalhao da Fonja Pública do Estado de Minas Gerais, e ein homenagem ao Exmo. Sr. Dr.
Olegario Dias Maciel, D. D. Presidente do Estado, 1932, pp. 6-7. Enfasis en el original.
Elpolicía mineiro en la historia 143

raciones, movilizando, no obstante, trayectorias de vida de determinados individuos


para la consolidación de un arquetipo de la policía (Bretas, 2009: 102-103). O sea,
aunque fundadas en el colectivo, las narraciones de los policías no prescindieron de
la característica individual y fueron marcadas por tensiones establecidas entre el yo-
individuo y el nosotros-colectivo.11
Esos extractos biográficos o “perfiles históricos” se formaron como un impor­
tante mecanismo en el proceso de construcción de una identidad institucional. El
oficial Geraldo Tito Silveira (1966) dedicó centenares de páginas a describir anéc­
dotas y transformaciones importantes en el interior de la llamada “policía militar”.
En “Crónica de la Policía Militar de Minas” entrelaza breves textos biográficos de
23 oficiales de la Fuerza Pública en el período republicano, haciendo uso de docu­
mentos de lo más variados, entre ellos los relatos de la cultura oral. Entre coroneles,
mayores y teniente-coroneles, las imágenes de un alférez y un teniente surgen como
símbolos de verdaderos soldados, que, en la lógica del autor, hicieron la historia de
la policía (Silveira, 1966: 469-491). El alférez Félix Rodrigues da Silva fue exal­
tado por su valentía, que le concedió todas las promociones en la carrera militar,
envuelta por la violencia para mantener el orden y la captura de “bandidos” en el
sertao mineiro. Su perfil histórico está lleno de hazañas y atrocidades cometidas en
la captura de criminales, pero también de explicaciones y notas sobre oficiales del
mismo período.
El teniente Joviano Dutra es recordado por las proezas en el 14° Batallón de
Infantería Provisorio durante la guerra contra Sao Paulo en 1932, cuando fuerzas
militares paulistas enfrentaron las fuerzas militares mineiras. Según el cronista, Jo­
viano evitó una masacre de las tropas mineiras, que venían siendo perseguidas por
paulistas en una región montañosa, garantizando la victoria del grupo.1* Los perfiles
de los coroneles trazados por Silveira (1966) se apoyan en características generales
de la carrera militar, en sus lazos sociales y políticos, así como en las conquistas de
la institución realizadas en acciones bajo sus responsabilidades. Los coroneles son,
además de eso, representados en otras partes de la obra como figuras destacadas en
los capítulos organizados en las partes “Calendario histórico” y “Detalles históri­
cos”. La vida profesional de esos oficiales es ensalzada en la obra de Silveira, que
crea una amalgama entre el sujeto y su profesión, sintetizada en la figura del soldado11
12

11 Tal como ocurriera con la identidad operaría en Rio Grande do Sal en el siglo XX, conforme analiza­
do por Benito Schmidt (2000: 10).
12 El autor ya había publicado perfiles biográficos de muchos de los oficiales en la obra Los bigotu­
dos, libro todavía no encontrado en esta investigación.
144 Historia de la Cuestión Criminal...

ideal. Ese soldado es comprendido de manera genérica como aquel que sirve a la
institución militar, que nació para ese trabajo y que, por eso mismo, alcanza rápida­
mente los altos puestos de la carrera.
La forma de la escritura literaria, especialmente el cuento, también fue movi­
lizada como recurso para construir perfiles de los miembros de la Fuerza Pública,
como en la obra de ficción “Su excelencia, el cabo”, de autoría de José Satys Ro­
drigues Valle (1971), comandante de la Policía Militar. El autor diseñó veintidós
posibles perfiles de los diferentes tipos de cabos existentes en el territorio mineiro.
El cabo -segunda graduación de un soldado- es retratado como un sujeto múltiple,
cumplidor de órdenes y versátil en relación con las adversidades. Imaginación y
experiencia de vida se mezclan en la construcción de determinados patrones de la
figura del policía, uno pasaba la noche tocando la guitarra, otro hacía el papel de
casamentero, otros fueron representados como intelectuales, religiosos, y en otros
tantos persiste la representación del soldado cuyo vínculo con el mundo rural y con
la tradición popular mineira es muy fuerte. Los perfiles biográficos, incluso los de la
ficción, jugaron un papel importante en este proceso de construcción de significados
que los policías imprimieron sobre sí mismos.
En 1991, un libro compiló cuarenta y seis crónicas escritas por oficiales for­
mados en la Academia de la Policía Militar de Minas Gerais entre 1936 y 1990,
inspiradas en sus memorias. En este caso, las memorias de esos oficiales destacaron
experiencias colectivas, buscando sintetizar el perfil de tos grupos de los oficiales
estudiantes (denominados como aspirantes) y recordando los grandes momentos y
enseñanzas más importantes. Sin embargo, señales y vestigios fugaces de experien­
cias, marcan los dropes biográficos, ensayando homenajes a colegas fallecidos, a
los compañeros de ejercicios militares, narrando pequeños destinos y trayectorias
vivendadas por los compañeros de la academia, cómplices de una experiencia pro­
fesional tan distintiva como la carrera de policía militar (Santos, 1991).
Es interesante notar que, así como se ha observado en la cultura obrera alre­
dedor del mundo, la biografía y la narración de trayectorias de vida también des­
empeñaron un importante papel en la formación de una cultura laboral como la de
los policías, grupo de trabajadores tradicionalmente olvidados por la literatura de ía
historia del trabajo (Emsley, 2000: 90). Eso se dio de forma todavía más vertical, en
la comparación del arquetipo policial con aquellos elaborados por otros grupos de
trabajadores: el mártir-héroe. Muchas veces, en ambos casos, el trabajador común,
aquel que no dedicó su vida a la lucha obrera ni tampoco a la gloria de la corpora­
ción, es dejado de lado en estos relatos, como si de sus vidas nada pudiese ser dicho,
Elpoliáa mineiro en la historia 145

o ningún provecho se sacara al narrarlas (Schmidt, 2000: 16). Los homenajes postu­
mos son importantes elementos en la construcción de una mirada sobre el pasado de las
instituciones y se presentan como discursos, imágenes impresas en “santos”, poesías,
dedicatorias y cartas. Había en ese material producido por esos trabajadores, una
postura que privilegiaba (y creaba) una excepc tonalidad y que quería transformarla
en una normalidad cotidiana del trabajo, promoviendo valores y comportamientos de
adhesión integral a la institución, como se observa en el homenaje al soldado Ildeu de
Souza, muerto en el conflicto de octubre de 1930 (Figura 1).

Figura 1
“Homenaje de la Unión de los reformados”

Fuente: Catálogo del Museo Histórico PMMG, 1981, p. 37.


146 Historia de la Cuestión Criminal..

La muerte del soldado monumentalizada en documentos, como en el homenaje de


la Figura 1, es recurrente en las experiencias de memoria de instituciones militares.
Antes entendidos como meros prestadores de servicios básicos y, muchas veces, toma­
dos como ignorantes y desprevenidos, al pasar para el reino de Táñalos, los soldados
sin formación, especialmente en momentos de conflictos armados, frecuentemente se
convirtieron en referencia para la identidad deseada de la policía por las autoridades de
la institución policial militar. Irónicamente, la imagen de Ildeu de Souza no se grabó
en la memoria oficial de ia institución como el soldado modelo descrito en las obras
consultadas. No obstante, la figura del combatiente se convirtió en recurrente en las
crónicas e historias de ¡a policía mineira. Sus biografías anónimas fueron exploradas
por representaciones formuladas por soldados y oficiales del alto escalón en diferentes
contextos. La sangre derramada por los soldados denominados como “héroes” de la
“tierra mineira" a lo largo de la historia pasó a ser movilizada en las narraciones poli­
ciales como chispa para mantener encendida en el pecho del soldado el “amor por la
tierra adorada” en la función de redimir el Brasil “del yugo servil” que caracterizaba
su pasado (Lima Júnior, Apud Silveira, 1966:413). La escritura y el debate sobre el
pasado de la política militar se convirtieron, entre los policías militares mineims, en
prácticas fundamentales para la reflexión y la atribución de los sentidos de la vida en
sociedad, del estado, del trabajo, de las acciones cotidianas y de la propia existencia.
Entender esa producción es crucial para profundizar nuestra compresión de aspectos
de la cultura policial, especialmente en lo que toca a los significados del ser policía y
la importancia del pasado para la construcción de esa identidad profesional.

La naturaleza combatiente del soldado mineiro en las narraciones policiales


La literatura que tiene como tema ia historia de las fuerzas policiales militares
en Minas Gerais fue marcadamente producida por militares activos y retirados o
por simpatizantes con el proyecto político de las instituciones militares.13 Desde
la década de 1920 existen órdenes del comandante general de la Fuerza Pública
para que los comandantes de los batallones efectuasen envíos de “históricos” de
sus unidades. Esto puede ser representado por el trabajo producido por el coman­
dante del 2° Batallón en Juiz de Foca, coronel Otavio Diniz. Este oficial esperaba
que sus escritos, basados en el archivo del batallón bajo su comando, ayudasen a
orientar al Comando General “en la brillante historia de nuestra querida Fuerza
Pública” que sería organizada. Diniz, que también se valió de los homenajes a los

13 Francís Cotta, policía e historiador, desde el inicio del siglo ha producido estudios sobre grupos
militares existentes durante el período colonial.
Hlpt!Í!cia mineiro en la htsioria 147

grandes oficiales de la institución, asumía en el prefacio de su informe que cabía


al comandante general incluir lo que le “parezca necesario y de justicia”,'4 reve­
lando plena comprensión de la lógica de funcionamiento de la producción de una
historia oficial'5 El comandante general, como era de esperarse, no llegó a reunir
los relatos en una edición de la historia general de la Fuerza Pública, dejando para
la posteridad la función de hacer público ese conocimiento, probablemente por no
haber recibido “históricos” de los otros batallones.
Un importante paso en dirección a la publicación de una obra general sobre
la historia de la policía militar en Minas Gerais fue efectuada por el director del
Arquivo Público Minero, Theóphilo Feu de Carvalho en 1940.14 16 Él llegó a enviar
15
al comandante general Alvino Alvim de Menezes, un ejemplar original de “La
Fuerza Pública Policial de Minas Gerais - 1831-1890” para su apreciación y pu­
blicación. La respuesta, recibida después de la consulta a! gobernador, lúe negativa,
pues, según constaba, gastar cuarenta conlos de reís (40:000$000) seria inoportuno
en aquel momento.1718 De los veintiún capítulos de ia obra no publicada, dos fueron
dedicados al período colonial y dos al período joanino * -antes del proceso de in­
dependencia nacional. Sin embargo, el foco y el aliento más profundo del original
se concentraron entre 1831 y 1890, revelando una preocupación por comprender
los vínculos entre la formación del estado y la organización de la policía como ins­
titución estatal. Además de eso, Feu de Carvalho también produjo relatos sobre la
trayectoria del Jefe de Policía Alvaro Baptista de Oliveira, el secretario del Interior
Gabriel de Rezende Passos y el comandante de la Fuerza Pública el coronel Alvino
Alvim de Menezes.19

14 APM, 355, M663h. Minas Gerais, Histórico do 2’ Batalhio, Organizado na administraqáo do


Corone) Octavio Diniz, Juiz de Pora, 1936, p. 12.
15 La biografía, como no podía ser de otra manera ocupa un lugar relevante en la apertura de ese
documento. Así como en la mayoría de los libros aquí analizados, la figura del comandante general
emerge como modelo. Es interesante observar que Diniz expuso su propia trayectoria, buscando
evidenciar su lugar de destacado junto a la institución.
16 En la década de 1930, el cronista Djalma Andrade también habría publicado 26 crónicas sobre la
policía mineiro en el periódico oficial Minas Gerais en 1934, pero que no llegó a ser impreso en el
formato de libro (Cotia, 2006:20).
17 APM, TFC, 01, Cx. 02, Doc. 06, Correspondencia do Gabinete do Comandante Geral da For$a
Policial do Estado de Minas Gerais a Feu de Carvaiha, datada de 28 de agosto de 1940.
18 Concerniente al gobierno del rey Juan V] del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve desde
1816 a 1822.
19 APM, TFC, 01, Cx. 02, Doc. 07, CARVALHO, Theóplúlo Feu de A for<;a pública policial de Mi­
nas Gerais 1831-1890 (i940]. La obra fue publicada al final de 2014, antes de la reestructuración
del gobierno de Minas y de la asunción por el actual gobernador. Agradezco a Marta Alkimim,
funcionaria del Archivo Público Minero, por haber permitido y facilitado el acceso integral a ios
148 Histeria de ¡a Cuestión Criminal...

Los anhelos de esos individuos por la publicación de una historia de la po­


licía militar tuvieron que esperar las décadas de 1950 y 1960, cuando surgen los
primeros libros sobre el tema, frutos de estudios independientes y autodidactas.
Una de las primeras publicaciones disponibles que vinculó la entonces “Policía
Militar” a las corporaciones militares que actuaron en el siglo XVIII y XIX es el
libro Crónica militar de Augusto de Lima Júnior, de 1960. En la edición de 1969,
que salió en la Prensa Oficial, el autor revisita los doscientos y cincuenta años de
la creación de las “instituciones militares de Minas Gerais”, volviendo su mirada
a la Compañía de Dragones en el siglo XVIII y dedicando su obra a los oficiales
y soldados de la Policía Militar, que sería “sucesora del glorioso Cuerpo Policial
y de la ilustre Tropa Paga de Minas Gerais” (Lima Júnior, 1969: s/f). Geraldo Tito
Silveira ya había publicado en 1955 La Policía Militar de Minas, compilando
anécdotas e historias sobre los miembros de la institución y en 1957 Milicianos
en la Capitanía del Oro. Este teniente coronel, residente en Montes Claros, Norte
de Minas explicó que, a pesar de que los policías militares nunca han sido “mili­
cianos”, eran “herederos legítimos de la Tropa Paga de la Capitanía de Minas, a
su vez una continuación de las Compañías Regulares de Dragones, cabiéndonos
la reivindicación [...] de esa herencia grandiosa de pertenecer a la misma tropa del
Alférez JOAQUIM JOSÉ DA SILVA XAVIER, el inmortal TIRADENTES!” (Sii-
veira, 1966: 22).*20 Tales narraciones evidencian una constante en la literatura de la
historia de la Fuerza Pública/Policía Militar: el problema del origen, desarrollado a
partir de una sucesión de hechos que remontan a los patriotas milicianos que habrían
defendido la libertad del territorio mineiro y protegido la exploración del oro en los
siglos XVIII, y a los heroicos soldados de la Guerra del Paraguay.
Esa literatura no se caracterizó solamente por la lógica lineal de ios aconteci­
mientos, por la repetición de argumentos y reproducción de documentos, caracte­
rística sobresaliente en los trabajos consultados. No se trata apenas de la “historia
de su corporación [...] tomada con diligencia, celo y criterio, en los archivos y
fuentes”, como habría dicho un critico de una de esas obras en un periódico mi-

origínales de 1940 y a la publicación de 2014, promovida por la Fundación Joño Pinhciro y por Ja
Policía Militar de Minas Gerais.
20 Mayúsculas en el original. Tiradentes fue condenado a muerte por su participación en la Conspi­
ración Minera, ocurrida en el Brasil colonial el año 1789, movimiento que puso en duda la auto­
ridad dei Reino de Portugal que impuso nuevo tributo a la minería de oro, tratando de declarar la
independencia de la provincia de Minas. Como es sabido, la imagen de Tiradentes vino a tallar en
la construcción de la imagen del estado de Minas como la cuna de la libertad en Brasil (Fotiseca,
2001}. El personaje figura como patrón oficial de la policía militaren el estado mineiro, entre otras
policías.
Elpolicía mineiro en la historia 1 +9

neiro de aquel momento (Sílveira, 1966: 497), Entre una publicación y otra hay
desacuerdos, negociaciones, revisiones de documentos, transcripciones literales
sin referencias, reconocimiento de los trabajos de los colegas, omisiones e incluso,
desconocimiento de otras publicaciones. Hasta la elaboración de un manual y la
formal ización de un curso de historia de la institución en la curricula del Curso de
Formación de Oficiales de la Policía Militar de Minas Gerais, al final de la década
de 1980, grandes batallas de narrativas fueron libradas, pues no todos los trabajos,
a pesar de ser muy repetitivos, poseen el mismo sentido.
A pesar de la valorización de las glorias y hazañas, algunas obras revelan in­
satisfacciones y críticas a la institución en diferentes sentidos. Desde la insuficien­
cia estatal para proveer condiciones materiales e intelectuales, hasta el problema
de la precariedad de la formación física e intelectual de la población masculina
para ocupar los variados cargos y funciones del ejercicio militar, como puede ser
observado en los escritos de Anatólio Alves Assis (1972) y de Luis Góes (2001).
Otras publicaciones exploran más profundamente la habilidad de los comandantes
y las estrategias oficiales en la consolidación de la fuerza militar, pero no por eso
dejaron de presentar anécdotas, alegorías y valores fundamentales que dieron sen­
tido a la “superación” de una posición precaria de este servicio estatal hacia una
modemizadora (Andrade, 1981; Silveira, 1966)?'
La identidad del policía militar en esas narraciones es marcada por las ideas
de heroísmo y patriotismo amalgamadas en la figura del soldado del pasado, hecho
de valentía, heroísmo y disciplina. Los libros de historia y de memoria de la poli­
cía mineira están repletos de las proezas de los soldados y oficiales en las guerras
libradas en el ámbito del poder central y de los poderes estaduales. Para los autores
de esos libros la guerra tuvo un papel importante en la producción tanto del esta­
do como de la corporación policial. Esa representación explica el énfasis que los
grandes eventos tuvieron en la comprensión que esos estudios dieron del papel de
la policía militar de Minas Gerais en los principales eventos políticos nacionales
como la Guerra del Paraguay, la Revolución de 1930 y el Golpe Militar de 1964
(representado en la literatura como Revolución de 1964). Lo que estaba enjuego
en esas situaciones, según esa literatura, era el deber de protección de la patria por*

21 La Revista Militar, publicación quincenal de los oficiales de la Fuerza Pública en 1911, así como la
revista producida en conmemoración a los 10 años del 5° Batallón, datada de 1922, ya revelaban,
aunque indirectamente, los problemas que implicaba la consolidación profesional de la fuerza
pública, entre ellos la educación intelectual, física y técnica del soldado, de manera semejante a la
revista policial de la Fuerza Pública de Río de Janeiro, publicada en 1903. Sobre la revista carioca
ver Bretas (2009).
150 Histeria de la Cuestión Crimina!...

parte de la institución militar, llevada adelante por medio de la guerra. Pero, ade­
más de eso, el uso del término “guerra” revela la identificación del policía con esas
funciones atribuidas a los “combatientes” en las “revoluciones” político-sociales
de las décadas de 1920 y 1930.22
Desde hace mucho tiempo, el lugar de pertenencia de los actores sociales,
ha sido una preocupación de los historiadores al analizar la elaboración de sus
palabras y visiones de mundo. La posición desde la que se habla es fundamental,
primero, para que ciertos enunciados puedan ser emitidos y, luego, para que sean
legitimados o deslegitimados (Bourdieu, 1982; 105-107). Los policías retirados o
activos, frecuentemente, dirigen sus historias a sus colegas de profesión, además
de normalmente iniciar sus obras con homenajes a los políticos, comandantes y
personajes importantes para la historia de la institución, de acuerdo con el momen­
to. Es necesario considerar que esas publicaciones son ediciones del autor o de
pequeñas editoras locales, como “El Luchador” y la “Prensa Oficial”. Todas, por
lo tanto, parecen caracterizarse por una circulación muy limitada, llegando a las
manos, probablemente, de familiares, amigos, colegas de trabajo, escritores loca­
les, servidores públicos y, ciertamente, otras instituciones semejantes. Pero al ex­
poner su visión sobre la institución, el soldado y la sociedad a la cual pertenecen,
los autores estaban dialogando con un público más amplio, demostrando el interés
en preservar esa historia, y en compartir memorias, experiencias y significados de
la labor policial con las próximas generaciones. Se trata, tal como argumenta Ales-
sandro Portelii, de la construcción de un mito, que sería una formación simbólica
y narrativa de historias significativas y de las auto representaciones compartidas
por una cultura (1996: 117).
Entre esas historias que ayudaron a forjar la figura del policía militar mineiro,
destaco los trabajos de Anatólio Assis. Este autor, oficial retirado, incorporó en
sus textos pequeños relatos biográficos y homenajes a tos soldados del frente, así
como a los comandantes que actuaron en la Fuerza Pública entre 1920 y 1960. Vi­
niendo de familia pobre, él destacaba su relación con las historias sobre el pasado
desde la infancia, por influencia de las historias contadas por su padre sobre las
batallas de la Gran Guerra y de héroes griegos, escuchadas alrededor de una fogata
en el sertao mineiro (Assis de Alves, 1972: 17-19; 1989: 7). Ese acontecimiento

22 La ¡magín del brasilero como pacífico, conciliador es movilizada en diversas estudios de análisis
de la historia política reciente y de historia cultural de larga duración, pero viene siendo revisada
por diferentes estudios sobre las guerras y revueltas populares desde el siglo XIX, además de las
guerras emprendidas contra las poblaciones nativas. Sobre el asunto véase Motta (2009); Dantas
(2011).
Elpolicía mineiro en la historia 151

excepcional hubiera sido el impulso inicial para escribir y, posteriormente, publi­


car sus anotaciones, lo que fue hecho solamente a partir de la década de 1970. Su
libro Historias del 3" batallón tiene como foco sus compañeros que sirvieron en
aquel batallón, localizado en Diamantina y que cubría, básicamente, toda la región
norte y nordeste de Minas. Esta obra está marcada por representaciones de la fuer­
za del soldado en la guerra y en el combate ai bandidaje, de sus hazañas y lealtades
a la corporación, entre otras situaciones que glorifican a los soldados y oficiales.
Su relato tiene dos elementos frecuentes. Se trata, por un lado, de la afirma­
ción de la escasez, de la precariedad material, de las privaciones y subordinaciones
de los soldados a castigos terribles y, por otro, del resentimiento en relación con
el olvido de los “héroes” de guerra y de la corporación que, después del ejercicio
de sus funciones, retomaban a sus casas y morían en el olvido. “Y años y años,
hasta que se verificó su retiro, se perdió en el anonimato somnoliento de la vida
de cuartel”, lamenta sobre el teniente José António de Faria, que tuvo importante
participación en las “revoluciones” entre las décadas de 1920 y 1930 (1972:111).
La cuestión social marca la escritura de Anatólio. Los bravos soldados en su obra
son, de hecho, “humildes legionarios, casi todos ellos salidos de los barrios perifé­
ricos y villas de nuestra entonces naciente Belo Horizonte, bien como del Arraial
de los Fonos, del Anai al de Baixo y de Burgalhau, de la hermosa y aguerrida
Diamantina” (1989:29),
Asi, la tan soñada gloria militar no consiguió sustentarse en el ejercicio co­
tidiano de las actividades policiales. Las propias nanativas de los memorialistas
tejieron imágenes de negligencia de la institución con las condiciones materiales
de los cuarteles, sobre la dura rutina de un soldado u oficial inferior y el abandono
de los llamados “combatientes”. Para ei autor “el soldado en aquel tiempo tenía
vida corta” y la publicación de sus libros sería un intento de luchar contra la segun­
da muerte del soldado, que simbólicamente desfallecía en las nanativas históricas
sobre la construcción del estado brasilero (Assis, 1972: 127). El típico soldado del
3o batallón era, en la visión de Assis, “pueblerino y mestizo, trayendo en el rostro y
en la mirada el fatalismo crónico del habitante de la soledad árida de esta parte de
las Gerais” (1972: 127). Su mirada incorporaba, así, el determínismo geográfico
tan frecuente en ei pensamiento social brasilero, cuya fuerza interpretativa de la
formación del Brasil todavía se hacía sentir fuertemente en el imaginario social del
período (Assis, 1972:49; Maia, 2013).
La naturalización de la muerte prematura del soldado, movilizado para la
resolución de diversos conflictos interpersonales en el interior mineiro, es acom-
152 Historia de la Cuestión Criminal...

panada, en la crítica del autor, por una representación del sujeto policial como el
“macho” del sertao. autoritario por naturaleza. Hablando de Diamantina y en la
condición de Mayor retirado de la Policía Militar, Anatólio de Assis se refiere a
la realidad de las regiones rurales de extrema pobreza, actualmente denominadas
como Jequitínhonha, Vale do Mucurí, Norte y Noroeste de Minas. El soldado en su
obra es representado como un sujeto listo para enfrentar pistoleros y bandoleros,
como el alférez Félix Rodrigues da Silva, el “Felao”, descrito como “un típico
representante del medio. Autoritario, rudo, franco, leal y valiente” (Assis, 1972:
201). Sin embargo, más que revelar la característica típica de un soldado de la
Fuerza Pública, sus escritos forjaron una realidad muy próxima a sus intereses y
proyectos políticos y de policía: una fuerza pública que hubiera actuado y debería
continuar actuando cívica y patrióticamente en la defensa del poder político es-
tadual, asociado, muchas veces, a la figura de los gobernantes (Assis, 1989: 16).
Así como Assis, otros autores también estaban interesados en demarcar ofi­
cialmente una identidad guerrera y patriótica. Esa perspectiva está presente en los
trabajos de Augusto de Lima Júnior, Geraldo Tito Silveira, Paulo Rene de An-
drade, entre otros, que refuerzan las imágenes de los soldados como legendarios
servidores a la patria mineira y al estado brasilero. La tradición, antes de todo, es
el foco de esas historias, que buscaron demostrar la fuerza de la institución, evi­
denciando la recurrencia de la dedicación y superación como marca característica
de sus miembros. La fuerza física y moral de los soldados y oficiales de la Fuerza
Pública de Minas Gerais, mostraban, cada vez que eran reproducidas, la identidad
que los autores y sus contemporáneos buscaban fundar y hacer legítima delante
de sus lectores.
A partir de 1987, las narrativas pasaron a articular el discurso historiográfico
a la formación de los oficiales a fin de promover el sentido de unidad institucional.
La historia de la institución era vista como mecanismo para combatir la entrada de
soldados que vetan a la policía como trabajo secundario o como una experiencia
de trabajo temporaria (Demarco Filho, 1990: 5). Cabe recordar que la profesio-
nalización de la policía militar en Minas es una política llevada adelante por las
autoridades policiales desde la década de 1950. No obstante, las medidas tomadas
hasta la década de 1990 no habrían conseguido consolidar la actuación del policía
como una profesión. Según Eduardo Batítucci, las demandas de los policías por
mejores condiciones de trabajo y por su reconocimiento como “sujetos de dere­
cho”, expresadas en la huelga de 1997, a pesar que hubieran sido importantes para
la profesionalízación de los oficiales inferiores responsables de la gestión, todavía
Elpolicía mineiro en la historia 153

no ha afectado a íos policías de las posiciones inferiores, minimizados simbólica


y estratégicamente por la corporación (2010: ¡71-172; Almeida, 20OS: 23). Toda­
vía hoy se percibe la permanencia de un esfuerzo significativo en oficializar una
narrativa histórica capaz de conformar en los policías una identidad patriótica, tal
como la historia oficial que pasó a ser enseñada por ia institución a partir del libro
Historia Militar de la PMMG de Luiz de Marco Filho en 1987, contribuyendo a
consolidar una cultura policial propia (Silva Júnior, 2012: 26).

Consideraciones finales
Como he demostrado, las historias del pasado fueron vistas por los propios poli­
cías como importantes modos de consolidación de un “espíritu de cuerpo” que,
a largo plazo, podría consolidar interna y externamente buenas imágenes de la
condición del policía. Los policías expresaron su propia visión acerca del pasado
de su institución y sus experiencias laborales, y establecieron relaciones entre una
“cultura policial militar” y el proceso de legitimación de la identidad policial,
ambos en larga duración. Notamos la importancia de la difusión de memorias
e historias informales para el proceso de construcción de una identidad policial
mineira.23 Esta identidad mantenía conexiones con ¡os valores de libertad y orden
público importantes para la consolidación política de las elites locales en la pro­
vincia de Minas Gerais.
El soldado mineiro ha sido pintado como parte estructural de la sociedad mi-
neira. Originario de la gente común, de las clases medias o de las elites políticas,
el soldado se caracterizaba por los valores políticos que tradicionalmente fueran
asignados a los mineiros, como la lucha por la libertad. La producción textual
de los policías es parte de una tradición literaria que enaltece el pasado colonial,
imperial y republicano de la provincia minera y su población. Así, los distintos
autores resaltaron el papel activo del policía común en la formación y consolida­
ción del estado mineiro y brasilero. Por otro lado, estas experiencias destacaron
la precariedad material del trabajo realizado por los militares en los rincones de
la provincia, sugiriendo la necesidad de una dedicación constante de los sujetos
policiales.

23 Esa valorización de lo informal puede ser observada en publicaciones como las de Anatóíio Assis
de Alves (1972, J989), Luiz Góes (2001), entre otros, pero por otro lado esa informalidad no
fue tan valorizada en las publicaciones de coroneles, como Paulo Andrade (1981; 1990), o del
teniente-coronel Luis de Marco Filho (1990). Tal vez eso explique la legitimación de la obra de
este último como “Trabajo Técnico-Profesional" por el comando de la Policía Militar de Minas
Gerais, siendo utilizada en los cursos de formación de oficiales a partir de 1987.
154 Historia de la Cuestión Criminal...

Escribir biografías de soldados se ha convertido en una actividad fundamental


para las reflexiones acerca de los significados del ser policía militar. El patrón de
repetición de documentos, argumentos, acontecimientos y personajes sugiere que,
a pesar de diferencias individuales, la perspectiva de los autores que buscaron
dar sentido a su historia de vida se inserta en la lógica de la producción de una
subjetividad institucional, que se pretende colectiva por excelencia. El pasado pro­
fesional de los autores emerge en el seno de la historia de la institución y la figura
del soldado se constituye como una alegoría de la amalgama entre el pueblo y el
estado mineiro, expresando valores tales como lealtad, serenidad y sabiduría para
usar la violencia, tan necesaria para la sobrevivencia en el sértelo. Además, este
pasado fue narrado como un homenaje a aquellos que dedicaran sus vidas a la me­
jora de la institución, que han fallecido en los campos de batalla y en el ejercicio
de las funciones militares.
La producción de conocimiento sobre el pasado, generados por la institución
y por sus miembros, es marcada por luchas de percepciones entre actores públicos
(institucionales), actores sociales (de las más diversas formas de organización) y
los propios actores policiales. El telón de fondo de estas narrativas contenía una
cuestión importante en el debate histórico producido en tomo a las instituciones
policiales, que puede ser traducido de la siguiente manera: ¿Cuál seria el lugar
ocupado por la policía y por la policía militar en la cultura mineira y nacional? Las
respuestas elaboradas por esa diversificada literatura, por un lado, indican que la
narración histórica de la experiencia militar/policial en Minas Gerais no se consti­
tuyó como un bloque homogéneo y que su legitimidad y autoridad, a pesar de rela­
tivamente consolidada, todavía está en proceso de construcción. Y, por otro, ponen
en evidencia, cuando son comparadas entre sí y con la documentación disponible
en los archivos públicos, la dificultad de llevar a cabo los proyectos y modelos
modemízadores de la policía y del policía, ambos militares, al largo del siglo XX,
enunciando y denunciando deseos de transformación y precariedades arcaizantes
presentes en la formación estructural del estado nacional. Se observa, finalmente,
la importancia de esa literatura en la construcción de la identidad colectiva de los
policías y en la lucha por la nominación y legitimación de la institución como
símbolo de defensa de la libertad en la historia del país y en la construcción de las
fronteras provinciales.
Como he demostrado, las glorias de las instituciones militares en Minas Ge­
rais no se consiguieron explicar por ellas mismas, conforme sofiaba Augusto de
Lima Júnior, citado en el epígrafe de este trabajo. Las narrativas históricas y me­
morialistas han indicado la complejidad tanto de los procesos de institucionaliza-
Elpolicía mineiro m ¡a historia 155

ción y profesionalízación de la policía militaren el escenario mineiro cuanto de la


legitimación y reconocimiento del soldado como sujeto histórico, partícipe en la
construcción de la institución. Ese primer análisis de la bibliografía historiógrafo
ca y memorial i stica producida por los policías militares mineiros refuerza lo que
otros trabajos ya plantean sobre la importancia de las representaciones que tos
policías hacen de sí mismos -bien como los saberes y las relaciones informales
mantenidas entre los policías- para la conformación y transformación de normas
y proyectos institucionales (Rosemberg, 2008; Shpayer-Makov, 2002). Se espera
que la continuidad de esta investigación, todavía en curso, pueda contribuir para
una compresión más vertical de la experiencia de esos sujetos dentro y fuera de esa
institución, auxiliando a explorar ¡os significados del ser policía.

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una alternativa de subsistencia
(1890-1910)

Ignacio Avala Cordero

“El ‘Pibe Oscar’ antes de su reclusión en la Co­


rreccional y a pesar de ser un verdadero píllete,
jamás había creído y menos imaginado que
le íuera posible a un hombre vivir únicamente del
producto del robo y por lo tanto, vestirse lo más
‘cafiola’1 y ‘garufiarla’*2 mejor, sin necesidad de
agachar los lomos en el más simple trabajo”
(Vi 11 amayor, 2015: 87)

ste fragmento de la novela “La muerte del Pibe Oscar (célebre escrushian-

E te)”, de Luis C. Viliamayor, introduce tres elementos fundamentales para


una historia social del crimen. En primer lugar, el lunfardo como forma
específica de la jerga delictiva. En seguida, la central idad de la experiencia de la
prisión en la vida de los criminales. Ambos tienen una nutrida tradición literaria e
historiográfica,3 a diferencia de! tercer elemento -que articula la presente investi­
gación- a saber: la compleja relación entre “el más simple trabajo” y la posibilidad
de “vivir únicamente del producto del robo”. Es decir, el problema de los medios
de subsistencia, con el trabajo asalariado en una esquina y el robo como forma de
vida, en la otra.
¿Cómo podría ser posible vivir únicamente del producto del robo? Tal el
interrogante que surge tras la lectura de la novela de Viliamayor, Una respuesta
tentativa es que la organización en redes sociales por parte de los delincuentes
contra la propiedad, en conjunto con el proceso de reducción de bienes robados y

¡ “Bien vestido, a ia manera de un rufián" (Viliamayor, 2015: nota 73),


2 “Pasársela de fiesta en fiesta" (Viliamayor, 2015: nota 74).
3 En el caso del lunfardo, véase: Dellepiane (1994); Álvarez(Fray Mocho) (1943); Gómez (1908);
Gobello (¡989); Antoniotti (2003); Conde (2011). Respecto de ¡a historiografía de los regíme­
nes carcelarios, véase: Foucault (1976); Melossi y Pavarini (1980), En el caso de las referencias
latinoamericanas, sobre criminalidad y regímenes carcelarios, existen tres títulos que inauguran
la historiografía específica: Salvatore y Aguine (1996); Aguirre y Buffington (2000). Salvatore,
Aguirre y Joseph (2001).
164 Historia de la Cuestión Criminal..

su redistribución, son elementos fundamentales para considerar al robo como una


forma de subsistencia. De esta manera, la dinámica de reducción de robos (que
reúne la dimensión organizativa y redistributiva del delito) puede ser considerada
como fundamento de una forma de vida alternativa a la “necesidad de agachar los
lomos”.
Esta investigación busca dar cuenta del funcionamiento de la dinámica social
de reducción de robos a través del análisis de expedientes judiciales criminales
caratulados como robos y hurtos, seguidos en Buenos Aires, entre 1890 y 1910.
El esquema de este capítulo comienza con la caracterización de las principa­
les estructuras de los expedientes criminales, reconociendo de qué manera cada
una de ellas puede incorporar información relevante para la argumentación sos­
tenida en el presente trabajo. Acto seguido, se describen las “temporalidades” de
los delitos contra la propiedad presentes en cada expediente analizado, destacando
al menos tres momentos diferentes en la práctica de robos y hurtos: preparación,
perpetración y reducción.
A continuación, se busca visibilizar los sujetos y espacios vinculados a la
“venta de robos”, con el objetivo de evidenciar la dinámica relacional en que se
fúnda esta práctica, destacando los factores comunes al comparar distintos ca­
sos. Los expedientes estudiados incluyen la participación de familiares, amigos y
“queridas”, que se transforman en cómplices al vender ei producto de las fecho­
rías principalmente en casas de empeño o “cambalaches”. También figuran indivi­
duos especializados en la función de “corredores” y “comisionistas”, ocupados en
“comprar en casas de remate para revender”. La incorporación de nuevos sujetos
expresa la densidad del entramado social que sustenta la práctica delictiva.
El último apartado está enfocado a comprender esta dinámica de reducción
en un contexto de discipl inamiento de la mano de obra a partir del paradigma de la
“ética del trabajo”. Esa contextualización de cada robo y hurto permitiría evaluar
la posibilidad del robo como una forma de vida racionalmente llevada acabo. Para
ello, se procede a presentar la información relativa al mundo del trabajo disponible
en los mismos expedientes, como así también discursos que circularon en la época.
La hipótesis que guía este trabajo plantea: l) la posibilidad de subsistir a tra­
vés de formas alternativas al trabajo asalariado, como el delito contra la propiedad,
al significar un acceso a bienes susceptibles de convertir en dinero en efectivo; 2)
que dicha alternativa de subsistencia está basada en un denso entramado social que
extiende la posibilidad de vivir sin trabajar más allá de los meros perpetradores;
y 3) que esta alternativa permite intuir cierta racionalidad en los ladrones y redes
Dinámica soaal de !a venta de robos en Buenos Aires 165

de reducción de robos, que se evidenciaría al comparar los montos sustraídos con


los salarios mensuales que su situación de inestabilidad Laboral podría ofrecerles.
Este trabajo forma parte de un proyecto de investigación tendiente a anali­
zar otras alternativas de subsistencia al trabajo asalariado en diversos espacios de
América Latina, que junto con los delitos contra la propiedad permitirían aproxi­
marse a una densa red de marginalidad social urbana, que incluiría ladrones, pros­
titutas, tahúres, entre otros, extendiendo socialmente la perspectiva de vivir sin
trabajar.

Las fuentes documentales consultadas


Este capítulo está basado en el trabajo con expedientes judiciales criminales por
delitos contra la propiedad en Buenos Aires, correspondientes al período 1890-
1910, consultados en la Sala X del Archivo General de la Nación, Argentina. Co­
rresponden a casos de robos y hurtos, a través de cuyo análisis se pretende des­
entrañar la dinámica organizacional que funcionó como base de la delincuencia
común, sus temporalidades, los sujetos que de ella participaron, así como evaluar
ia posibilidad del crimen como alternativa al trabajo asalariado.
En lo relativo a la disponibilidad de los expedientes criminales en el Archivo
General, hay que decir que se trata de documentos que (al menos en el momento
de su consulta durante los años 2009-2010) estaban muy precariamente cataloga­
dos. Solo existían referencias en un catálogo titulado como “Tribunal Criminal (A-
D)” -apenas tejido su lomo por un cordón y con tapas de cartón- correspondientes
nada más que a aquellos expedientes en ios que el apellido del principal procesado
comenzaba con las letras A, B, C y D. Más allá de la insistencia y buena voluntad
del personal del Archivo, otros expedientes no estaban disponibles. La forma de
catalogación entregaba pocos criterios de búsqueda: nombre de procesado prin­
cipal, delito del que se le acusa, año de inicio del proceso y, a veces, nombre del
denunciante.
Salvando esta dificultad inicial, la materialidad de los legajos disponibles
estaba relativamente bien conservada. En su mayoría, eran expedientes cosidos
con hilo en sus lomos, al parecer de escasa consulta (salvo por algunos “casos
célebres” cuyos folios aparecen sueltos y ajados, como aquellos sobre la venganza
de Simón Radowitzky,4 o el atentado de Ignacio Monjes contra Julio A. Roca).5 La

4 Sobre Simón Radowitzky y su acción de venganza contra el coronel Ramón Raleón, véase: Bayer
(2007).
5 El atentado de Monjes al entonces presidente argentino, aparece en: Sozzo (2015). Véase específi­
camente el capítulo sobre el caso de Ignacio Monjes.
166 Hisiaria de la Cuestión Criminal...

caligrafía es bien cuidada y de fácil lectura. Algunos de los documentos cuentan


con interesante material anexo, por ejemplo; cartas escritas por y para los proce­
sados, boletos de casas de empeño, fotografías, fichas antropométricas, croquis de
pericias practicadas, entre otros.
La estructura del documento da cuenta de sucesivas etapas del procedimiento
jurídico que se plasman en estos expedientes, comenzando alternativamente por
las denuncias de las víctimas presentadas ante el personal a cargo de las reparti­
ciones policiales correspondientes al lugar en que se desarrolló el delito; o bien,
la detención in fraganli de los procesados. En las fojas correspondientes a esta
primera etapa, se da cuenta del lugar geográfico, la fecha y hora del crimen, así
como también eventuales líneas investigativas y ciertos antecedentes recopilados
en primera instancia, susceptibles de guiar futuras pesquisas. En los casos de de­
litos contra la propiedad que nos convocan, se adjunta el detalle de los bienes
sustraídos y el valor estimado por las víctimas.
En segundo lugar, aparecen las declaraciones de los procesados. A este res­
pecto, corresponde reconocer que los expedientes criminales resultan ser una fuen­
te de primer orden para el estudio de las prácticas ilegales y transgresoras de los
delincuentes urbanos, sobre todo por la importancia que tienen para una historia
“desde abajo”. Las declaraciones indagatorias corresponden a una primera aproxi­
mación al hecho punible desde el testimonio de sus perpetradores, instancias que
constituyen el primer acercamiento entre los criminales y el aparato represivo, en
sí mismo constatación de la conflictividad social cotidiana subyacente. Por otra
parte, las declaraciones de los imputados figuran como un elemento de gran rique­
za discursiva para la reconstrucción del entramado social de la criminalidad urba­
na con la particularidad de ser presentadas por los mismos sujetos a quienes se le
toman las declaraciones indagatorias, las cuales contrastadas con las declaraciones
de otros procesados, así como los testimonios de las víctimas, personal policial y
otros involucrados en el expediente, contribuyen a la reconstrucción de una red de
relaciones que conectan a cada procesado con su entorno social.
Tras la seguidilla de declaraciones indagatorias prestadas por los procesados
por delitos contra la propiedad, se multiplican las pesquisas que vienen a consti­
tuirse en nuevos antecedentes de prueba para la posterior sentencia. Se trata de
los allanamientos de domicilio de los procesados y de los lugares donde se haya
producido la etapa de reducción -destacando en este sentido las casas de empe­
ño o “cambalaches”- con miras al secuestro de especies cuya procedencia pueda
despertar las sospechas de los agentes de pesquisas respecto a su origen. En esta
Dinámica sacia/ de ¿a vefita de robos en Buenos ^ires 167

instancia aparecen nuevos sujetos integrantes de una red social que se extiende
más allá de la actuación de los criminales y de la perpetración de crímenes, como
asimismo puede dimensionarse la magnitud de la circulación de bienes económi­
cos en el seno de esta economía informal.
Finalmente, el proceso culmina con diversas diligencias correspondientes a
la etapa de sentencia. Éstas pueden variar de un proceso a otro, pero en términos
esquemáticos, contemplan la solicitud de sentencia por parte del fiscal, la respues­
ta de la defensa respecto de dicha solicitud de sentencia, la apertura del plazo para
presentación de nuevos antecedentes (por ejemplo, declaraciones de testigos sobre
[a conducta anterior de los acusados) y la sentencia de primera instancia. En caso
de apelación, se eleva la causa a instancias judiciales superiores.

Temporalidades del delito: preparación y perpetración


A partir del análisis de los expedientes criminales relativos a delitos contra la
propiedad privada es posible establecer que los robos y hurtos tienen una tempora­
lidad específica que excede (y también antecede) la práctica criminal propiamente
tal. Si bien las denuncias y detenciones con que se abre et proceso se refieren al
delito mismo, rápidamente se extienden al eventual período de preparación en que
se configura el grupo de ladrones, junto con la estrategia a llevar a cabo, la divi­
sión de roles y la definición del lugar a robar. También se refiere la etapa posterior
al hecho delictivo, donde aparecen encubridores, reducidores, testigos indirectos,
relaciones amorosas, de amistad y espacios de sociabilidad.6
El primer momento en la temporalidad propia del crimen contra la propiedad
corresponde, a su preparación, instancia en la cual se genera el vínculo entre los
diversos ladrones que se incorporarán a! delito. La formación de esta red puede
tener lugar en alguno de los distintos ámbitos de sociabilidad urbana, sea de diver­
sión, de vivienda, de trabajo, o de reclusión. A este nivel, existen roles comparti-
mentados, aunque modíficables, como quien hace extensivo el “convite” a otros
sujetos, quien entregará el “dato” respecto a un lugar adecuado para desarrollar un
delito, u otras funciones. Estos sujetos, sus roles específicos y las relaciones que
establecen, constituyen la “red social criminal” que hace posible la perpetración.
Preparación y perpetración, son las primeras temporalidades del delito.
El relato de uno de los numerosos robos practicados en ei período estudiado
puede ilustrar con mayor detalle las temporalidades del delito contra la propiedad:

6 Para un análisis más detal lado de las d ¡versas temporalidades del delito y las modalidades de per­
petración de delitos contra la propiedad, véase Ayaia Cordero (2010).
168 Historia de la Cuestión Criminal...

“Alrededor de las cinco de la madrugada del 3 de diciembre de


1891, la casa mayorista de artículos de costura, propiedad de don
Jorge Magné, ubicada en Esmeralda #55, pleno centro de Buenos
Aires, era víctima de un robo cuyo monto ascendía, según esti­
mación de la parte afectada a más de diecinueve mil pesos. Once
días más tarde, se secuestraban desde dos negocios de sastrería
numerosas especies reconocidas como parte de lo sustraído -Vic­
toria #881 a 883, y Rivadavia #3734-. Horas más tarde eran dete­
nidos por la policía Ignacio Cánepa, Antonio Cavalari y Esteban
Perotti, quienes compartían una pieza del conventillo Suípacha
#1441, al llegar a Paseo de Julio.
Según sus declaraciones indagatorias, hacia fines de noviembre
el detenido Antonio Cavalari se encontraba en los alrededores
de la Asistencia Pública con un tal ‘Sassi’, quien refiriéndose a
la falta de trabajo y la necesidad de dinero para regresar a Italia,
le ofrecía el golpe en lo de Magné, comprometiendo la entrega
en unos días más de la copia de las llaves del negocio. Tras la
perpetración del crimen, recurrieron a los servicios del carrero
Jacinto Ferrari, quien los transportó al corralón del conocido de
Cánepa, David Raffo, alias “Breca Ñeca” -Bustamante #2465,
Barrio Norte-, allí ocultaron las especies a la espera de encontrar
compradores”.7

La preparación y la estrategia desarrollada para perpetrar este robo nos permite


caracterizar los delitos contra la propiedad analizados, como delitos de planifica­
ción. En palabras de Mary Mcintosh (1986), esto los definiría como “criminalidad
de proyecto”, por cuanto “cada uno de estos delitos, o serie pequeña de delitos,
es en sí mismo un proyecto, que implica una planificación y organización antici­
padas y separadas”. Esta clasificación de Mcintosh, separa los delitos “de proyec­
to” de aquellos catalogados como “criminalidad de maña”, caracterizados por la
no preparación previa, por su espontaneidad, así como también por el contexto
económico en que tal tipo de delincuencia organizada se desarrolló, porque “[IJa
realización de un proyecto tan elaborado para, por ejemplo, un asalto o un robo, se
vuelve redituable porque, con ia creciente escala de las actividades productivas y
comerciales, aparecen volúmenes atractivos de bienes que las compañías poseen,

7 Archivo General de la Nación, Fondo Tribunal Criminal (en adelante AGN, FTC) Legajo C-62,
1891, Juzgado de! Crimen de la Capital de la República, contra Ignacio Cánepa, Antonio Cavalari
y Esteban Perotti, por Acusación de Robo a don Jorge Magné.
Dinámica soda!, de la venia de robot en Buenas Aires 169

guardan o transportan” (Mcintosh, 1986: 51). Este último elemento aparece re­
flejado en el hecho de que el robo perpetrado por Cavalari, Cánepa y Perotti tuvo
lugar en un negocio de comercio mayorista.
Tras la preparación, a través de la cual se conforma la red social criminal y
se establecen las estrategias para el crimen y el lugar donde efectuarlo, se definen
los roles a desarrollar por cada perpetrador, así como cuál modalidad de robo es la
que se llevará a cabo.
Los diversos tipos de delitos contra la propiedad en Argentina tienen una
literatura extensa, tomada de la escuela criminológica de inicios del siglo XX.
Autores de la talla de Francisco De Veyga, José Ingenieros, Eusebio Gómez, así
como también funcionarios de la policía y personal de prisiones, como el conocido
“Fray Mocho” y Luis Cfontreras] Villamayor, dedican numerosos estudios sobre
este particular. El famoso comisario de pesquisas de la Policía Federal de Buenos
Aires, José S. Alvarez -conocido por el pseudónimo de Fray Mocho- identificaba
a los cinco criminales tipos en el mundo del robo bonaerense, a través de la si­
guiente taxonomía:
“Entre los lunfardos hay cinco grandes familias; los punguistas,
o limpiabolsillos; los escruchantes, o abridores de puertas; los
que dan la caramayolí, o la biaba, o sea, los asaltantes; los que
cuentan el cuento, o hacen el scruscho, vulgarmente llamados
estafadores y, finalmente, los que reúnen en su honorable persona
las habilidades de cada especie: estos estuches son conocidos por
de las cuatro armas” (Alvarez, 1943: 97).

En el ejemplo del robo a la casa de comercio mayorista de Jorge Magné, el modo


de perpetración del robo corresponde a la categoría de “scrushante”. En palabras
de Eusebio Gómez, la misma caracterización de este tipo de delito da cuenta de
la forma en que se articula la división de roles al momento del robo, por cuanto
“el scruchante penetra en compañía del aprendiz, mientras el campana merodea
por las inmediaciones, con la consigna de dar el aviso convenido, al más mínimo
asomo de peligro” (Gómez, 1908; 61).
Más allá de las referencias de la literatura criminológica sobre las diferentes
formas de perpetración del delito contra la propiedad, el análisis de los expedien­
tes criminales se condice con dicha bibliografía, reflejando una situación en que
dialogan criminólogos, policías, periodistas, jueces e incluso criminales -que se
autodefinen según la especialidad de su forma de perpetración delictiva. Desde
mi punto de vista, no se trata de la imposición de conceptos ajenos, sino de una
170 Historia de la Cueslio>1 Criminal...

construcción de saberes sobre la criminalidad en que cada grupo de actores figura


en un papel protagónico (Caimari, 2007).
Una temporalidad posterior de! delito está constituida por la configuración de
nuevos roles y relaciones que la “red social criminal” extiende hacia sus “redes de
complicidad”, conformadas por aquellos sujetos que sin involucrarse directamente
en la comisión de los delitos, se ocupan del desarrollo de roles específicos necesa­
rios para la constitución del crimen en una forma de vida alternativa al trabajo asa­
lariado. A través de la provisión de espacios de seguridad para sortear las primeras
pesquisas policiales, o bien posibilitando por medio de la reducción, la circulación
de dinero y otros bienes económicos. Las redes de complicidad constituirían el
sustrato social que posibilita ei desarrollo de la práctica delictiva como medio de
subsistencia para sus perpetradores y, por extensión, a otros sujetos marginalmente
integrados o abiertamente desafiliados del mercado laboral. Esta temporalidad es
la que conforma la base de este trabajo.
Finalmente, la “extensión de redes sociales” hacia vagos, prostitutas, veci­
nos, parejas y parroquianos de lugares de sociabilidad frecuentados por estos cri­
minales, aunque no resultaría estrictamente necesaria para la constitución de la
criminalidad como práctica, permitiría extender su incidencia social. El flujo de
información relativa a determinados delitos y al desarrollo de las pesquisas poli­
ciales, así como la redistribución de los bienes robados por concepto de regalos o
invitaciones a beber como forma de celebrar tras un robo, son elementos que tam­
bién pueden ser hallados en el anáfisis de los expedientes, y que permiten extender
social y temporalmente las redes sociales desde la criminalidad.

Dinámica social de la reducción de robos


La circulación de bienes robados marca la posterioridad de la perpetración del de­
lito contra (a propiedad. Su organización constituye la “red de complicidad” y está
formada por aquellos sujetos que se encargaron de la venta de los objetos robados,
por los compradores de dichos objetos y también por diversos sujetos que se invo­
lucraron en esta dinámica social de reducción. Esta red expresa la extensión social
de la práctica criminal. Así, ei rol de los reducidores corresponde a una segunda
etapa de (os robos y hurtos, que da cuenta del modo de circulación por las vías
del empeño, de la venta y del reparto de los botines obtenidos. Esta circulación se
inicia con el proceso de reducción, a través del cual se obtiene dinero en efectivo
por concepto de venta del producto del delito. En los diferentes expedientes cri­
minales analizados la reducción adopta diversas modalidades. A partir del tipo de
Dinámica social de la venta de robos en Buenos Aires 171

reducidor de que se trate, puede ser: 1) reducción por venta directa a comerciantes
informales; 2) reducción por venta (o encargo de confección) a comerciantes es­
tablecidos para posterior reventa; 3) préstamo sobre prendas en casas de empeño.
Esta última modalidad, a su vez generaría una cuarta modalidad de reducción, y
a su vez otro nivel de extensión de las redes de circulación de objetos robados,
por cuanto se extiende a aquellos sujetos especializados en comprar en remates
desarrollados por las mismas casas de empeño, aquellos objetos que no fueron
desempeñados. Según algunos datos disponibles en los expedientes analizados, se
podría inferir que varios de dichos objetos rematados podrían haber sido objetos
robados y posteriormente reducidos en las casas de empeño.

Reducción por venta directa


Durante la mañana del 10 de diciembre de 1890, Rodolfo Calveyra denunciaba
el robo perpetrado en un depósito de mercaderías, ubicado en Suipacha #459. Se
trataba de las existencias de varias casas de empeño, depositadas a la espera del
remate legal de aquellos objetos que no habían sido reclamados en el plazo esta­
blecido en los respectivos boletos, remate del cual Calveyra era encargado. Según
su declaración, al ser advertido de la situación por sus peones Manuel Rodríguez
y Rafael Velasco, “pudo cerciorarse que la puerta estaba abierta y destrozada la
cerradura y la madera cercana a ésta hecha pedazos”. Tras practicar una revisión
de las mercaderías disponibles, notó que faltaban,
“...como mil quinientas corbatas de seda de diferentes colores
y formas, siete piezas de seda de diversos colores, una pieza de
cambray blanco, dos abanicos finos, una boa para señora, de
gasa, dos relojes despertadores, dos cuadros de oleografía repre­
sentando algunos caballos, cincuenta paquetes de cigarros Lis­
boa, cuatro cajas de cigarros, seis jarrones y la bandera que indi­
caba el remate con la inscripción siguiente: ‘Remate por Rodolfo
Calveyra’, todo lo que justiprecia en la suma de mil pesos m. n.”s

Según se desprende de numerosos testimonios y pesquisas policiales tendientes


a esclarecer el delito, la noche anterior habría tenido lugar un encuentro entre un
sujeto andaluz, conocido como Paco y el procesado Saturnino Borras, teniendo
por escenario un café del Paseo de Julio. En la ampliación de su declaración in-

8 AGN, FTC, Legajo B-47. 1890-1891, Contra Beitol i ni, Antonio; Saturnino Borras; Benito Au­
gusto Jaime; y Silvestre Branca, por Robo. Denuncia de Rodolfo Calveyra, Buenos Aires, 10 de
diciembre de 1890, ff. 2 vías.
112 Historia de ia Cuestión Criminal...

dagatoria, Saturnino Borras -ante la exposición de los objetos secuestrados de su


domicilio (Venezuela 1120)- confesaba ante el juez:

“...que todas las mercaderías que se le ponen de manifiesto las


compró al individuo llamado Paco, a que antes se refirió; que
el día nueve se los ofreció en el “Café sin nombre” en el Paseo
de Julio y que después de un cambio de ofertas, convinieron en
que se los compraría por trescientos pesos; que Paco [...] le lle­
varía las mercaderías a su casa, lo que así efectuó a la mañana
siguiente como a las siete a. m., llevándole tres baúles llenos de
mercaderías en un carro a casa de Bertolini [...] Que una vez que
las trasladó desde casa de Bertolini a la pieza de calle Venezuela,
Bertolini empezó a practicar diligencias, lo mismo que el expo­
nente, para encontrar comprador; que por fin Bertolini llevó a un
Señor Hilario Navarro como interesado, con quien se trasladaron
a la pieza donde estaba los efectos, para tratar el precio”.5

Considerando que el acuerdo previo entre “Paco” y Borras se habría producido


durante la noche del 9 de diciembre, y que las especies que Borras reconoció en el
Juzgado como provenientes de tal transacción corresponden a las que el damnifi­
cado señor Calveyra declara haberle sido robadas durante la madrugada del diez de
diciembre, ha de reconocerse que se trató de un robo estudiado por “Paco” -sabía
de las especies disponibles en el depósito y cuáles podría robar- cuya reducción
por concepto de venta directa estaba previamente acordada con Saturnino Borras.
Las especies fueron llevadas al domicilio del procesado, el cual compartía con
Antonio Bertolini, a las siete de la mañana, elemento que reflejaría la búsqueda
del ocultamiento de especies como primer objetivo tras la perpetración del delito.
El análisis de este fragmento nos permite reconocer diversas temporalidades del
delito de robo en el depósito de mercaderías de Suipacha #459. En primer lugar,
la preparación del delito a través del acuerdo previo sobre la forma de reducir los
eventuales bienes robados. Este acuerdo se establece en el “Café Sin Nombre”
del Paseo de Julio, reflejando la centralidad de los lugares de sociabilidad como
escenario de interacción que aparece de manera transversal en los expedientes
analizados.
En segundo lugar, el momento del ocultamiento y las formas específicas que
adopta la reducción de objetos robados. En tal perspectiva, aparece el acuerdo de

9 AGN, FTC, Legajo B-47, 1890-1891, Ampliación de la declaración indagatoria de Saturnino Bo­
rras, Buenos Aires, 25 de diciembre de 1890, ff. 40 v.-42.
Dinámica social de la venia de robos en Buenos Aires 173

compra; la recepción de las mercaderías provenientes del robo en lo de Calveyra;


la búsqueda de compradores para tales enseres, con ia ayuda de Antonio Berto-
liní; hasta llegar a la participación de Hilario Navarro como comprador. En este
ejemplo de reducción se verifica la participación de un número de individuos, con
diversos roles específicos, que exceden a la red social criminal y que conformarían
diversos niveles del circuito económico informal, extendiendo también las tempo­
ralidades del delito contra la propiedad.
Asimismo, los lugares de desarrollo de los delitos asociados a este robo se
extienden desde el depósito de mercaderías de Calveyra, donde tuvo lugar la per­
petración, a la casa de Antonio Bertolini, espacio de ocultamiento, terminando en
la pieza ocupada por Saturnino Borras, donde se efectuó la reducción.
En otro expediente analizado se investigaba el robo de alhajas perpetrado el
14 de julio de 1900, en casa de Don Rene Saulquin. Ladislao Breski -alias de Luis
Bermúdez- aparece como procesado en calidad de encubridor del delito de robo,
por cuanto en su domicilio fueron encontradas por la policía una serie de joyas
reconocidas por Saulquin como de su propiedad. Al ser interrogado respecto al
origen de estas especies, Breski, o Bermúdez, confesaba su calidad de reducidor
de especies robadas, por concepto de venta directa, al declarar;
“Que las limas y las seis llaves se las dio a guardar Guido Fri-
coccetti cuyo domicilio ignora, a quien el exponente le compró
en la suma de veintiocho pesos los dos prendedores de corbata,
el anillo de señora, la pulsera, los tres pares de aros, la cruz, la
virgencita de Lujan y el prendedor de plata con medallitas [...]
Que las demás alhajas, juntamente con dos o tres anillos para
señora, un anillo con un brillante para hombre, cuatro relojes de
señora, una cadena de fantasía y varios pares de aros, los compró
a Enrique Rouisc [...] [que] éste se las vendió en dos lotes, uno
por el valor que ha referido [doscientos cincuenta o doscientos
sesenta pesos] y otro por ciento cuarenta pesos”.10

No solo en los espacios de sociabilidad y los domicilios declarados se comenzaba


a configurar el circuito de las economías informales generadas a partir del atentado
contra la propiedad privada. Ámbitos de tránsito tan circunstancial como una con­
currida plaza bonaerense, también podían erigirse como lugares de reducción de

10 AGN, FTC, Legajo B-82, 1900. Contra Breski, Ladislao o J. R. Mieres o Luis Bermúdez; y Juan
E. o Antonio Grattd, por encubridores en el delito de Robe. Declaración indagatoria de Ladislao
Breski, Buenos Aíres, 3 de agosto de 1900, ft. 4 i y 43 v.
174 fí/xtóíM de la Cuestión Criminal...

objetos robados por concepto de venta directa desde sus perpetradores. Represen­
tativa de tal situación es la transacción entre Francisco Firpo y Alberto Costa que,
sin embargo, fue abortada por la detención de ambos sujetos. Interrogado respecto
al origen de un reloj de oro que fue secuestrado de entre sus pertenencias, Costa
declaraba ante el juez que:
“Ese reloj lo tenía Francisco Firpo, o sea, el mismo sujeto con
el que fue detenido quien se lo ofreció en venta al exponente,
compra que nunca efectuó; afirmando es cierto que Firpo y el ex­
ponente fueron a la relojería que ha indicado [Defensa, entre San
Juan y Cochabamba, propiedad de Lázaro Vasallo] para hacerlo
tasar. Que ignora de adonde ni cómo habrá obtenido Firpo ese
reloj, y hace presente que si se encontró en poder del declarante
ha sido porque como ya ha dicho pensaba comprárselo dándole
la suma de setenta y cinco nacionales”."

Venta a comerciantes establecidos


Otra modalidad a través de la cual se llevó a cabo la reducción de especies robadas
en el contexto de esta investigación corresponde a la compra directa de la totali­
dad o de una parte del botín conseguido a través de un determinado delito, en una
casa de comercio o el taller de algún oficio artesanal. Esta modalidad implica que
los circuitos de economía informal pernearon las instancias de comercio formal­
mente establecido, complejizando de esta manera las formas de redistribución de
objetos robados, por cuanto no formarían parte de estas redes personajes margina­
les, exclusivamente, sino también comerciantes cuyos negocios eran -al menos en
apariencia- totalmente lícitos.
El comerciante en telas Gregorio Solachi, en las dependencias de su casa de
negocio ubicada en la calle Victoria entre los números 881 y 883, adquirió una
gran cantidad de telas de diversos tipos y calidades, ascendiente a unos mil metros
en total. Prestando testimonio en la instancia judicial, Solachi declaraba:

“...que el tres o cuatro de! comente como a las doce del día se
presentaron a su casa de comercio [...] el individuo Antonio Ca­
valari y otro más que no sabe cómo se llama; que los dos llevaban
una pieza de terciopelo y otra de género de seda, y le dijeron al*

11 AGN, FTC, Legajo C-93, 1895 (Primer cuerpo). Contra Costa, Alberto; Pedro Re vello. Donato
Perlní y Francisco Firpo, por Robos. Ampliación de la declaración indagatoria de Alberto Costa,
Buenos Aires, 10 de junio de 1895,f. 136 v.
Dinámica social de la venta de robos en Buenos Aires 175

exponente si quería comprar algunas piezas de las mismas por­


que tenían un saldo, y que ellos se ocupaban en comprar y vender
mercaderías, que el ex ponente les dijo que no tenía inconvenien­
te en comprarle algunas, quedando dichos individuos en volver
al dia siguiente con las mercadería para que las viera, y ajustar el
precio; que efectivamente volvieron al día siguiente en circuns­
tancias que el declarante estaba ausente, y llevaron un pequeño
cajón con las mercaderías, quedando en volver; que al otro día
fueron los mismos individuos y procedieron a sacar las piezas
de género de seda y terciopelo que contenía, no recordando el
número, pero recuerda que serían como mil metros entre todas;
que convinieron en que les pagaría a razón de un peso y setenta
y cinco centavos moneda nacional el metro, que forman mil sete­
cientos cincuenta pesos, cuya cantidad les entregó en cambio de
la mercadería”.1213

La presentación de Cavalari y su compañero en el negocio de Solachi se produjo


alrededor de las doce del día, horas después de haber perpetrado el delito en la casa
de comercio de Don Jorge Magné. Con relación a este mismo expediente, figuran
. otros sujetos vinculados a las redes de complicidad de Cavalari y sus compañeros,
- como por ejemplo, el rol de ocultador de especies robadas desempeñado por Da­
vid Raffo, cuya incorporación en el nivel de las redes de complicidad se produjo
alrededor de ¡as siete de la mañana del mismo tres de diciembre. Por su parte, la
incorporación de Gregorio Solachi en calidad de reducidor de especies, habría te­
nido lugar al mediodía, una vez que ya habían sido ocultados y contabilizados los
géneros robados. Respecto al modo en que se llegó a reducir tales especies, lo pri-
mero fue el acuerdo previo de compra entre Cavalari y Solachi, el cual se tradujo
: al día siguiente en la compra por $ 1750 in. n., cantidad respecto de la cual Cavalari
; “la distribuyó en esta forma; cuatrocientos veinte pesos a Perotó, a Cánepa
:: cuatrocientos y pico; a [Raffo] cuatrocientos pesos, quedándose el exponente con
■ cuatrocientos treinta pesos”.13
= A través de esta declaración de Cavalari, se expresa la forma en que se desa-
rrolló la redistribución de los productos del robo. Es posible reconocer esta redis-

12 AGN, FTC, Legajo C-62, 1891. Contra Cánepa, Ignacio, Antonio Cavalari y Esteban Perotti, acu­
sados de Robo. Testimonio de Gregorio Solachi. Buenos Aires, 14 de diciembre de 1891, ff. 43-43
v.
13 AGN, FTC, Legajo C-62, 1891. Contra Cánepa, Ignacio, Antonio Cavalari y Esteban Perotti, por
Robo. Declaración indagatoria de Antonio Cavalari. Buenos Aires, 14 de diciembre de 1891, f. 33
v.
176 Histeria de la Cuestión Criminal...

tribución, tanto desde la perspectiva de la circulación de los bienes robados, con*


figurando un circuito de economía informal; como también en el modo de repartir
el dinero generado por dicha reducción, como una manera de obtener dinero en
efectivo por parte de los sujetos asociados a la red social criminal y sus cómplices.
En el año 1898 es interrogado el comerciante José Amand, domiciliado en
Corrientes #3132. En el contexto de! proceso por el robo perpetrado el 6 de julio
en la cigarrería de don Domingo Anaccito, es allanado su negocio de cigarrería y
despacho de bebidas, desde donde fueron secuestradas algunas de las existencias
robadas. En su declaración indagatoria, reconocía:
“.. .que ayer entre siete y ocho de la mañana fueron a su negocio
dos sujetos desconocidos llevando una bolsa, los que ofrecieron
en venta una cantidad de cajas de cigarros y cigarrillos de dis­
tintas marcas; que suponiendo fueran corredores de alguna casa,
se negó en primer momento a comprarles, pero insistieron tanto
que, suponiendo estuvieran necesitados de dinero, pues le ofre­
cían la mercadería más o menos treinta pesos menos de su valor,
que creyendo hacer un buen negocio aceptó [...] que una vez que
concluyó la compra, entregó el importe de noventa y seis pesos
con cuarenta centavos a los desconocidos*’.14

Este fragmento del expediente criminal contra Juan Develli y otros, permite esbo­
zar algunos de los principales motivos que podrían haber conducido a comercian­
tes legalmente establecidos, a vincularse con las redes de complicidad ligadas a
delitos de robo en Buenos Aires. En primer lugar, es posible reconocer que existe
un primer momento de desconfianza respecto de los sujetos que se acercan a ven­
der, destacando a este respecto el hecho de que se trata de “desconocidos”, que
eventualmente podrían ser empleados de alguna casa comercial, lo que podría
significar un problema posterior con sus empleadores, posibles dueños legítimos
de la mercadería. Sin embargo, prima un afán económico en el reconocimiento por
parte de Anaccito del hecho que “le ofrecían la mercadería más o menos treinta
pesos menos de su valor”, que finalmente habría aceptado ante la perspectiva de
“un buen negocio” tocando su puerta.
También ligado a la forma en que los comerciantes establecidos se integran al
circuito económico informal de objetos robados, operó una modalidad específica

14 AGN, FTC, Legajo D-54,1898. Contra Develi, Juan; Enrique Marches!; Pedro Príggioní; Antonio
Zembo la; Rafael Florentino; y Evaristo Bernárdez, Acusados de Robo. Declaración indagatoria de
José Amand, Buenos Aires, 2 de julio de 1898, ff. 50 y 51.
Dinámica social di' la venta de robos en Buenos Aires 177

de reducción: la confección por encargo. Aparece en los expedientes analizados


la existencia de casos en los cuales ia reducción de objetos, fundamentalmente
telas y cuero, es operada a través de la entrega en comercios establecidos de estas
materias primas, para solicitar la confección de vestuario y de calzado a medida.
En el citado proceso judicial contra Antonio Cavalariy sus cómplices, figura
el testimonio de Femando Parducci, de 27 años, italiano de nacionalidad, con ofi­
cio de sastre y domiciliado en Rivadavia #3734, quien declaraba:
“...que el día tres del corriente [diciembre de 1891] fueron a su
negocio de sastrería que tiene establecido en la casa que ha dado
por domicilio, los individuos Antonio Cavalari e Ignacio Cánepa
para que les hiciera un traje a cada uno, y también al cochero
[Esteban Perotti] del carro en que habían llegado, el cual se paró
en la puerta; que después de tomarles las medidas, les dijo que
tenían que dejar algo en seña, entregándole por este motivo cin­
cuenta pesos, no recuerda cuál de ellos; que como le pidieron los
trajes con mucho apuro les manifestó el exponente que podían
volver a probárselos al día siguiente; Que así fue, volvieron al
otro día como a las diez de la mañana y se los probaron, como
también dos pantalones más; que los dos individuos nombrados
fe dijeron que necesitaban la ropa para el siguiente día porque se
iban a ir afuera; que como no tenían dinero le dejaría en garantía
por el saldo que quedaba, unas 6 piezas de seda y unos siete me­
tros y medio de terciopelo negro, que había comprado el decla­
rante, y que dentro de pocos días volvían a pagarle y a retirar los
otros géneros; que el exponente aceptó porque con ellas quedaba
suficientemente garantido; que el domingo seis, a eso de las once
y media de la mañana, fueron los tres individuos y se llevaron las
ropas que habían mandado hacer”.IJ

En 1895, durante el proceso contra Alberto Costa, Francisco Firpo, Donato Perini
y Pedro Revello, y a razón de las numerosas pesquisas solicitadas en el contexto de
dar con el paradero de los culpables de numerosos robos perpetrados en la capital,
se procedió al allanamiento policial de la casa en que vivía Costa y Revetlo. Según
el informe policial de dicho procedimiento:

15 AGN, FTC, Legajo C-62, 1891. Contra Cánepa, Ignacio, Antonio Cavalari y Esteban Perotti, por
Robo. Declaración indagatoria de Antonio Cavalari. Buenos Aires, 14 de diciembre de 1891, fT.
39-39v.
178 f-íistoria ile la Cuestión Criminal..

“En virtud de haber sido encontradas en ¡a casa Comercio tres


mil cuatrocientos cuarenta y tres, el par de botas y botines sin uso
a que se ha hecho referencia en estos antecedentes, comisioné ai
Oficial Inspector Don Tomás Barralio a fin de que se trasladase a
la zapatería sita Chacabuco número trescientos treinta donde se
había confeccionado dicho calzado y averiguase a qué personas
le había sido vendido. En este caso se presenta el referido em­
pleado y me comunica que el dueño del negocio Tomás Pittalugo
dice que fueron allí tres individuos a quien por primera vez veían
y le pidieron les hiciera un par de botas y un par de botines, co­
rrespondiendo lo primero al que dijo llamarse Alberto Batto y lo
segundo a Alberto Costa, las que fueron entregadas el día diez y
ocho del actual a sus respectivos dueños; y que ayer se presen­
tó Batto, pidiéndole le hiciera otro par de botas iguales, pues se
las habían robado las anteriores conjuntamente con una escopeta
[habían sido secuestradas por la policía en un allanamiento an­
terior], dándole en seña diez pesos quedó en volver el sábado en
su busca”.'0

Esta modalidad específica de la reducción en comercios establecidos es muy inte­


resante de analizar en el contexto de una economía en proceso de modernización,
como era el caso de Buenos Aires hacia las postrimerías del siglo XIX, porque se
trata de una manera de acceder a determinados bienes de consumo “de lujo” por
parte de personajes marginales. Aun cuando no corresponde al tema principal de
esta investigación, se puede proponer la hipótesis de que se trata de un modo de
aparentar una mayor posición social, la que a su vez puede comprenderse como
una estrategia en el proceso de profesionalización de la actividad delictiva. Acce­
der a un negocio determinado, con miras a la preparación de un robo, podría haber
implicado en el período investigado -como implica en la actualidad- la necesidad
de transmitir confianza a las futuras víctimas. Confianza que puede transmitirse
con una correcta forma de vestir.
Otra posible explicación para esta forma de reducción es posible de extraer
del fragmento de la obra de Villamayor que funciona como epígrafe de este capí­
tulo. Encargar la confección de vestuario y calzado a medida es una manera que
tienen los sujetos asociados a la vida criminal para “vestirse de lo más ‘cafiola’”,

16 AGN, FTC, Legajo C-93, 1895 (Primer cuerpo). Contra Costa, Alberto; Pedro Revello; Donato
Perini y Francisco Firpo, por Robos. Informe de pesquisas por Laurentino Mejías, Buenos Aires,
29 de mayo de 1895, ff. 18-l8v.
Dt/idmioa soáal de la venta de robos en Quenas Aires 179

demostrando también un estatus superior respecto de otros delincuentes en sus


diversos espacios de sociabilidad específica.

Casas de préstamo sobre prendas


Una tercera modalidad en el desarrollo de la reducción -tras haber caracterizado la
compra directa por parte del cómplice, y la compra en las dependencias de casas
de comercio o talleres artesanales- corresponde a la extendida práctica social del
“empeño” de objetos en tas casas de préstamo sobre prendas, parte de la economía
doméstica de los sectores populares desde las postrimerías del siglo XIX.17 El
cambio de un anillo de oro, un reloj o una cadena, quizás heredados, significaba la
posibilidad de conseguir dinero para los gastos del hogar en caso de necesidad. Sin
embargo, esta práctica también era utilizada por los delincuentes contra la propie­
dad que encontraban en los “cambalaches” el lugar adecuado y más ampliamente
accesible para reducir especies robadas.
La importancia de esta modalidad de reducción, que extiende las redes de la
criminalidad a partir de la incorporación de sujetos ajenos a la perpetración, pero
dispuestos a adquirir por bajo costo objetos de valor que podrían rematar a mayor
precio, está reflejada en varios textos ligados a la criminología y el desempeño de
Ja labor policial en et Buenos Aires hacia la época del Centenario. Francisco De
Veyga, por ejemplo, destacaba el rol que correspondía “al cambalachero de cierto
orden, que compra y negocia los robos sin tomar parte en ellos” (1910: 8), entre
aquellos “auxiliares del vicio y del delito” que conformaban el bajo fondo social
porteño. Eusebio Gómez, por su parte, refiriéndose a los “lunfardos”, también
describe a quienes desempeñaron el rol de reducidores, donde generalmente se
encuentran los “cambalacheros” junto a muchos joyeros que también solían des­
empeñar tal función, que “compran los objetos robados, explotando a los vende­
dores, conociendo, como conocen, la procedencia de lo que adquieren” (Gómez,
1908: 104).
El recurso a la reducción en casas de empeño constituye un aspecto caracte­
rístico de los diferentes procesos criminales analizados, su representatividad está
signada en la multiplicación de ejemplos disponibles para Buenos Aires.
Los días 9, 13 y 15 de marzo de 1897, el empleado del servicio doméstico en
casa de don Marcelino Mezquita, Valentín Bianchi, habría empeñado en tres casas
de empeño diferentes, una serie de cubiertos de plata de su patrón. De este modo

17 El empeflo como práctica económica de crédito es una perspectiva escasamente abordada en Lati­
noamérica. Sin embargo, se recomienda el trabajo de Fran<;ois (2006).
180 Historia de ia Cuestión Criminal...

confesaba Bianchi su delito de hurto con agravante de reiteración, y su recurso a


las casas de empeño para la reducción de especies;
“Preguntado qué hizo con los mencionados cubiertos una vez que
los hurtó de casa del Sr. Mezquita, contestó: que los llevó a em­
peñar a diferentes casas de empeños, una sita en la calle Piedad
mil trescientos cuarenta y cuatro; otra, ‘La Equitativa’, Cerrito
entre Cuyo y Corrientes; otra a la calle Taicahuano entre Corrien­
tes y Lavalle; y que la suma que recibió en ellas fue de diez y
ocho pesos en la primera; doscientos veinte en la segunda y se­
senta pesos en la tercera casa mencionadas, respectivamente”."*

Aun cuando las especies sustraídas fueron avaluadas “en la suma de seiscientos
treinta y cinco pesos”,1819 todo indica que doscientos noventa y ocho pesos como
resultado del empeño de las especies hurtadas en casa de su patrón constituirían
una alternativa, literalmente, al alcance de la mano, para un empleado doméstico.
Este monto se alejaría de su realidad salarial, y su reiteración daría cuenta de que
tras una primera aproximación al delito, los dividendos económicos resultantes
habrían incitado la realización de un segundo intento, cuyo alto importe inspiró
un tercer hurto. Estos delitos terminarían con la condena de Bianchi a un año de
arresto, pena agotada con la prisión preventiva sufrida.
Una de las características documentales de este expediente en particular, es
el hecho de que entre sus folios, anexa los boletos de empeño referidos. En uno
de ellos, correspondiente a “La Equitativa. Casa de Comisiones (Calle Cerrito
#358)”, se explícita que;
“Son condiciones de esta comisión:
1° Que la venta se realizará por un precio que exceda los [pesos
moneda nacional] Quince
2° Que si esta venta no pudiera realizarse en el término de treinta
días por ser alta la tasa de tal caso, LA EQUITATIVA podrá rea­
lizar la venta en remate por el martiliero que designe la Justicia,
publicado por tres días en dos diarios.

18 AGN, FTC, Legajo B-73, 1897. Contra Valentín Bianchi, por Hurto, Declaración indagatoria de
Valentín Bianchi. Buenos Aires, 24 de abril de 1897, f. 15.
19 AGN, FTC, Legajo B-73, 1897, Contra Valentín Bianchi, por Hurto, Tasación de Jos objetos se­
cuestrados de las casas de empeño mencionadas, (t 19v y 26v.
Dinámica social de la venta de robos en Buenos Aires 181

3° Del precio que se obtenga de la venta, la Casa descontará la


suma de [pesos moneda nacional] Diez, que ha entregado a título
de anticipo y a más el 5% por guarda, comisión de venta y gasto
de avisos.
4° Si el comitente retirara la orden de venta antes del remate,
deberá abonar la suma adelantada más la comisión del rematador
y los gastos de publicaciones”.20

El análisis del boleto de empeño permite establecer una serie de criterios a consi­
derar. Por una parte, el carácter mercantil de la práctica del empeño privado en el
caso de Buenos Aires, donde el criterio fundamental es el lucro, ya sea en la ins­
tancia de desempeño del objeto por parte del cliente -instancia característicamente
llamada “venta”- o bien durante el remate de existencias. Este lucro opera con los
porcentajes y gastos de transacción asociados. Por ejemplo, cualquier sujeto que
empeñe una alhaja (un par de aretes), recibiría una cantidad específica de dinero
(por ejemplo, 20 pesos). La venta por parte del dueño de la casa de empeño se
efectuaría por un monto superior a los 20 pesos (primera forma de ganancia). Al
vencerse el plazo de 30 días, y por regulación vigente, tendrían que publicarse tres
avisos en dos diarios (es decir, 6 avisos), con un costo determinado cada uno (por
ejemplo, 5 pesos, alcanzando la suma de 30 en total). Este costo es marginal en la
medida que la cantidad de existencia vencidas podrían ser numerosas, y el costo de
los avisos, del martiliero y del bodegaje, siendo único, es agregado independiente­
mente a cada uno de los objetos a rematar (segunda forma de ganancia).
La participación de los dueños de casas de empeño en el circuito económico
informal generado a partir de la dinámica social de venta de bienes robados, operó
tanto en lo referente a la compra/recepción de objetos, como en la venta, amplian­
do de esta manera la temporalidad del delito, así como también complejizando las
dinámicas sociales de reducción integrando nuevos protagonistas.
Donato Perini, preguntado para que manifestase la procedencia de los objetos
que dice le pertenecen dentro del conjunto de numerosas especies secuestradas de
la pieza en que habitaba y del domicilio de algunos de sus encubridores, dijo: ”...
que los naipes los compró en un remate en la calle Bolívar; que el candado lo com­
pró en un cambalache situado frente a la Plaza Monserrat; que el corte de casimir

20 AGN, FTC, Legajo B-73, 1897. Contra Valentín Bianchi, por Hurto. Boleto núm. 82479 [adjunto
al expediente], correspondiente a la casa de empeño “La Equitativa”, f. 3.
182 Historia efe la Cuestión Criminal...

se lo compró por cuarenta y seis nacionales a un mercanchifle; y que el manojo de


llaves lo compró en un cambalache de la calle Santiago del Estero”.21
Este fragmento permite establecer que la práctica de la reducción de objetos
robados a través de la venta en casas de empeño constituye un prisma fundamental
para analizar la constitución de redes sociales y, sobre todo, el nivel de extensión
y densidad que tales redes tuvieron durante el período analizado. Siguiendo la
declaración de Donato Periní, podemos reconocer la amplitud del empeño en la
geografía urbana porteña. Por otra parte, la detención y procesamiento por el deli­
to de robo lo vincula como agente en este circuito económico, por cuanto sabemos
que -pese a que no culmina por probarse su calidad de autor- se establece al me­
nos su rol como encubridor y reducidor al encontrarse objetos robados en su poder.
Pero además, porque este fragmento de su declaración reconoce que las casas de
empeño también eran espacios de venta propiamente tal, no solo de “desempeño”,
donde él compró determinados artículos. Además, permite una aproximación a
la dinámica de los remates, donde individuos como Perini habrían participado
de manera extendida. Por último, también se reconoce la presencia del mercado
informal con la mención a “un mercanchifle”.
Otro expediente que nos permite desentrañar la dinámica del recurso a las
casas de empeño como forma específica de reducción de objetos robados, es el
proceso seguido contra Luis Buisson y Francisca Delichel, por hurto efectuado en
la joyería de don Miguel Cortada, ubicada en Corrientes #619, el 6 de enero de
1902. En circunstancias que Luis Buisson se desempeñaba como empleado de una
empresa de aseo, le correspondió desempeñar su oficio en el negocio de Cortada,
del cual ya tenía noticias por no ser la primera vez en que trabajaba limpiando ei
lugar. Conociendo el negocio y sospechando el valor comercial de los productos
en vitrina, terminaría por hurtar algunas alhajas, antes de abandonar definitiva­
mente la joyería, su empleo en la empresa de aseo y darse a la fuga.
En su declaración indagatoria, prestada días más tarde de efectuado el hurto,
dijo:
“Que dichas alhajas se las dio el mismo día del hurto, seis del co­
rriente, a Francisca [Delichel] de Hille para que fuera a venderlas
a Montevideo, diciéndole que eran hurtadas, conviniendo en que
a su regreso se dividirían el producto de la venta; Que para ir a

21 AGN, FTC, Legajo C-93, 1895 (Primer cuerpo). Contra Costa, Alberto; Pedro Revello; Donato
Perini y Francisco Firpo, por Robos. Declaración de Donato Perini, Buenos Aires, 5 de junio de
1895, f. 95v.
Dinámica social de la venta de robos en Buenos Aires 183

Montevideo, Francisca empeñó un reloj con anillo de oro en una


casa de empeño de la calle Cerrito, ignora si el empeño lo hizo
ella personalmente, o por intermedio de otra persona”?2

A través de la declaración de Buisson, se establece el modo en que tras el hurto


perpetrado, se incorporan otros sujetos al circuito económico informal, extendien­
do la participación social en el delito y sus eventuales beneficios. En este caso, el
rol de Francisca Delichel, “querida” de Sebastián Hille, corresponde al de reduci­
dora de especies robadas. Existen a este respecto, dos elementos particulares, pero
significativos de la dinámica social de venta de robos en este ejemplo de cómo
íuncionaban las redes de reducción en Buenos Aires. El primero es la reducción en
casa de empeño por parte de una persona no vinculada a la perpetración del ilícito,
quien además es mujer. La presencia femenina en los expedientes analizados es
relativamente escasa en lo que se refiere a la perpetración del delito, sin embargo,
habría adoptado una mayor centralidad cuando se trata de recurrir a la forma espe­
cifica de reducción que es el empeño.
El segundo elemento susceptible de análisis en este fragmento es la circu­
lación transfronteriza a través del Rio de la Plata, dando cuenta de la porosidad
del espacio nacional entre Argentina y Uruguay y, más específicamente, la vin­
culación de Buenos Aires y Montevideo como espacios de tránsito permanente
de personas y bienes. En el caso de los delincuentes, esta circulación de personas
ha sido investigada notablemente por Diego Galeano, respecto a la problemática
policial de los “delincuentes viajeros” (2009).
Luego de haber sido detenida, tras numerosas pesquisas policiales, Francisca
Delichel prestaba su declaración indagatoria, según la cual:
“...a su regreso de Montevideo, fue a esperarla al muelle Buis­
son, con quien fue hasta el centro en un carruaje, manifestándole
que había vendido los aros en trescientos pesos oro, y el reloj en
once pesos oro; que en el carruaje entregó a Buisson $ 150 oro en
papel de Montevideo, quedándose la declarante con los ciento
cincuenta pesos restantes de la venta de los aros y con los once
pesos oro de la venta del reloj”.22
23

22 AGN, FTC, Legajo B-95, 1902. Contra Buisson, Luis, Claudio Hille, Sebastián Vidal y Francisca
Delichel, acusados de Robo el primero, y de complicidad los otros. Declaración indagatoria de
Luís Buisson, Buenos Aires, 11 de enero de 1902, f. 22v.
23 AGN, FTC, Legajo B-95, 1902. Contra Buisson, Luis, Claudio Hille, Sebastián Vidal y Francisca
Delichel, acusados de Robo el primero, y de complicidad los otros. Tercera declaración de Fran­
cisca Delichel, Buenos Aires, 11 de enero de 1902, f. 28v.
184 Historia de la Cuestión Criminal...

Este fragmento permite reconocer la racionalidad que existe en la forma de re­


ducción desarrollada en este caso. Aun cuando su viaje al extranjero significó la
necesidad de empeñar un reloj con anillo de oro, efectivamente habría sido una
alternativa económicamente redituable por cuanto los referidos 311 pesos oro uru­
guayos, al ser convertidos a moneda nacional argentina habrían correspondido a
$659,32 mn.
El recurso a las casas de empeño como forma de reducción de bienes robados
fue una práctica extendida en el contexto de la red social vinculada a la venta de
robos en Buenos Aires. Ello nos permite observar de una manera anecdótica la
leyenda que aparecía en el boleto de empeño núm. 268310, correspondiente ai
“cambalache” “La Cotizadora” -ubicado en Cerrito #136, “entre B. Mitre y Can­
gallo”- secuestrado a Francisca Delichel tras su detención: “LA COTIZADORA,
en sus mucho años de existencia jamás ha sido objeto de ninguna reclamación por
parte de todos sus clientes, ni tampoco ha prestado declaración alguna ante los
tribunales de justicia, ni policiales; estos hechos ponen de relieve la honradez y
legalidad en todas sus transacciones”.M
¿Habrá existido en la época investigada alguna casa de empeño con estas
características de honradez y absoluta legalidad, respecto de la cual jamás se haya
hecho reclamación alguna por parte de sus clientes? El análisis de los expedientes
criminales por delitos contra la propiedad en Buenos Aires indica que tal posibili­
dad es, a lo menos, escasa.

Comisionistas y corredores, profesionales de la reducción


Una vez caracterizadas las principales modalidades de reducción de objetos ro­
bados a la luz de los expedientes analizados, corresponde reconocer el hecho de
que la dinámica social de la venta de robos, como forma de circuito económi­
co informal no se habría agotado en la reducción. Al contrario, los antecedentes
disponibles en la documentación consultada permiten extender la circulación de
bienes robados más allá del rol de dueños de casas de empeño, comerciantes faltos
de ética y otros compradores. En varios de los expedientes figura una ocupación
específica que orienta este apartado, la ocupación de los “corredores”.
Según el boleto de empeño anexado al proceso criminal contra Valentín Bian-
chi, citado anteriormente, donde se establece las “condiciones de esta comisión”,

24 AGN, FTC, Legajo B-95, 1902. Contra Buisson, Luis, Claudio Hille, Sebastián Vidal y Francisca
Delichel, acusados de Robo el primero, y de complicidad los otros. Ampliación de la declaración
indagatoria de Francisca Delichel, Buenos Aíres, 10 de enero de 1902, f. 15 [$311 (Montevideo) =
1659,32 (Buenos Aires)].
Dinámica social de la venta de robos en Buenos Aires 185

figura en el segundo apartado “que si esta venta no pudiera realizarse en el término


de treinta días por ser alta la tasa de tal caso, LA EQUITATIVA podrá realizar la
venta en remate por el martiliero que designe la Justicia, publicado por tres días
en dos diarios”.2526
¿A qué podría obedecer la baja tasa de recuperación de los objetos empeña­
dos en las diversas casas de comisiones, que se destaca entre las condiciones de la
comisión? ¿Quiénes podrían haber sido los compradores de todo este excedente de
objetos no recuperados? ¿Podría este elemento constituir una pista para la exten­
sión del circuito económico informal de objetos robados, ampliando la dinámica
social de la venta de robos en Buenos Aires?
EJeodoro Della Martino, cuya ocupación declarada es la de “comerciante,
comprador en casa de remate para revender”, una vez interrogado judicialmente,
dirá respecto del origen de una serie de objetos reclamados como parte del botín
obtenido en ei robo en casa de don Reinaldo Otero, “que esos objetos los ha com­
prado en remate en distintas ocasiones, de lo que reservaba para su uso lo que le
era necesario, revendiendo lo que no precisaba”.24
Al igual que Della Martino, los comisionistas y corredores aparecía como una
categoría especifica en las estadísticas de la criminalidad bonaerense, alcanzando
un total de 45 los procesados que declaraban tal ocupación como medio ordinario
de vida, hacia 1900.27 El “corredor”, es decir, aquel que se ocupa en la “compra y
venta de objetos que adquiere en remates”, aparece como un sujeto característico
del circuito económico informal de la marginal idad porteña que adquiere aquellos
bienes no reclamados por quienes llegan a empeñarlos en los cambalaches y casas
de cambio, contra pago en efectivo por parte del dependiente.
Tener el boleto de un empeño constituía una forma de obtener dinero a través
de una forma de crédito (aunque con intereses altísimos), sin embargo, el recurso
de los ladrones hacia la práctica del empeño implicaba que los objetos entregados
podrían nunca ser reclamados para su recuperación. Esta circunstancia habría sido
aprovechada por los “corredores”, reflejando su rol específico, la extensión del
circuito económico informal que las redes de complicidad habrían generado tras la

25 AGN, FTC, Legajo B-73, í 897. Contra Valentín Elianchi, por Hurto. Boleto núm. 82479 [adjunto
al expediente], correspondiente a la casa de empeño “La Equitativa”, f. 3. Las cursivas son mías.
26 AGN, FTC, Legajo D-60, 1899. Contra Della Rosa, Juan, Eleodoro Della Martino y José Gafciati;
por Robo. Declaración indagatoria de Eleodoro Della Martino. Buenos Aires, 22 de noviembre de
1899, f. 52v.
27 Memoria presentada al Congreso Nacional de 1901, por el Ministro de Justicia i Instrucción Pú­
blica. Tomo 1, Texto y anexos de Justicia. Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, Buenos
Aires, 1901.
186 Historia de la Cuestión Criminal.,

obtención a través del robo de objetos susceptibles de ser reducidos y convertidos


de este modo en el dinero que posibilitaría y reproduciría una forma de vivir “sin
necesidad de agachar los lomos”. Una alternativa de supervivencia disponible para
criminales y cómplices.
En el mismo proceso contra Eleodoro Della Martino, su co-reo, Juan Della
Rosa, declaraba “que no tiene profesión, ocupándose en esta ciudad en la reventa
de mercaderías que compra”. Al ser preguntado sobre la procedencia de una serie
de especies secuestradas durante el allanamiento de su domicilio y respecto de las
cuales se declaró propietario, explicó:
“Que el resto de ropa, como ser vestidos de señora y ropa de
hombre, las llevaron a su casa como a las seis o siete, dos per­
sonas que no conoce, en tres bultos y se lo ofertaron en venta,
haciéndole ver lo conveniente del negocio; que no quería hacer­
lo, pero tanto insistieron aquellos que el exponente les permitió
dejaran esas cosas allí, entregándoles él diez pesos a cuenta del
importe total si convenía el negocio”?8

Otro de los sujetos procesados en el contexto de los expedientes analizados fue


Pedro Revello, cuya filiación era de nacionalidad italiana, de 24 años de edad,
con tres años de residencia en Argentina, de estado civil soltero, domiciliado en
Comercio #3443 y de ocupación “corredor”. En su declaración indagatoria, al ser
preguntado respecto de qué significaba el corretaje, dónde lo ha ejercido y con
qué personas, contestó: “Que lo que el exponente llama corretaje consiste en lo
siguiente: en Europa tiene su señora madre y hermanos, quienes de cuando en
cuando le mandaban ropas y otros artículos que los vendía en esta Ciudad, en la
Boca del Riachuelo, siendo los compradores gente de a bordo y almaceneros”?9
Alberto Costa, procesado en el contexto del proceso conducente al esclareci­
miento de una serie de robos en la capital argentina durante 1895, al ser detenido
y sometido al interrogatorio correspondiente, declaró respecto de su ocupación;
“Que en comprar y vender diversos artículos a bordo, habiendo hecho siempre sus
operaciones en la Boca y en el Puerto de la Plata (...] Que compraba a los foguis-28
29

28 AGN, FTC, Legajo D-60,1899. Contra Delta Rosa, Juan, Eleodoro Della Martino y José Galciati;
por Robo. Declaración indagatoria de Juan Della Rosa. Buenos Aires, 22 de noviembre de 1899,
ÍF. 56 y 57-57v.
29 AGN, FTC, Legajo C-93, 1895 (Primer cuerpo). Contra Costa, Alberto; Pedro Revello; Donato
Perini y Francisco Firpo, por Robos. Declaración indagatoria de Pedro Revello. Buenos Aires, 4
dejuniode 1895, f. 47.
Dinumtta social de la venia de robos en Buenos Aires 187

tas de transportes transatlánticos, y vendía por las calles a personas que no conoce,
lo mismo que a bordo”.30
Este apartado comenzaba con una serie de preguntas, A la luz de los fragmen­
tos de las declaraciones indagatorias citados, junto con la puesta en contexto de
tales referencias, se puede plantear que la baja tasa de recuperación de los objetos
empeñados en las diversas casas de empeño puede explicarse tanto por la tasa usu­
raria de interés impuesta por los dueños de “cambalaches” en la ciudad porteña,
pero también por el papel de las casas de empeño en el circuito económico infor­
mal de objetos robados, al menos en un doble sentido. Por un lado, como forma de
reducción de objetos robados que, por tal razón, no serían reclamados por quienes
los vendieron/empeftaron. Por otra parte, también como instancia de acceso a tales
bienes robados por parte los “corredores”. Estos fueron los sujetos que habrían
comprado los excedentes puestos a la venta a través de remates judiciales de exis­
tencias no reclamadas.
Al menos a nivel de los indicios disponibles en los expedientes judiciales
consultados, el nivel de los “corredores” corresponde a la mayor extensión del
circuito económico informal de objetos robados. Tras obtenerse un determinado
botín tras la perpetración de un delito contra la propiedad, éste suele pasar por
una primera etapa de ocultamiento, tras la cual pueden desarrollarse una o va­
rias de las diferentes formas de reducción presentadas. Cada una de estas formas
permite plantear la posibilidad de un siguiente nivel de extensión de las redes de
complicidad. Respecto de la venta a comerciantes informales, se puede entender
que esa compra de objetos robados busca la reventa en el mercado informal; más
clara es la intención de reventa en la declaración de los comerciantes establecidos
involucrados en la compra de objetos sustraídos. Por otra parte, en el caso de la
reducción en casas de empeño, las huellas documentales de su extensión hacía
los “corredores” son más específicas y, a su vez, permiten comprender que estos
mismos sujetos también persiguieron el afán de reventa.

El robo como alternativa al trabajo asalariado


Anteriormente se hacía mención al reparto del producto del empeño en el caso del
robo perpetrado por Antonio Cavalari y sus cómplices. El producto en efectivo

70 AGN, FTC. Legajo C-93, 1895 (Primer cuerpo). Contra Costa, Alberto; Pedro Revello; Donato
Perini y Francisco Firpo, por Robos. Declaración indagatoria de Alberto Costa. Buenos Aires, 8 de
junio de 1895, f. 128v.
188 Hatona de la Cuestión Criminal..

ascendía a algo más de $1.700 moneda nacional, siendo distribuido en alrededor


de $400 para cada sujeto directamente comprometido con el ilícito.
Respecto a este monto, exiguo considerando que el avalúo judicial de las
especies ascendía a casi veinte mil pesos, corresponde considerar que los más de
cuatrocientos pesos correspondientes a cada uno de ios sujetos participantes de la
red social criminal -además del caso de David Raffo, que prestó la cobertura de
primera instancia para el ocultamiento del robo- distaba mucho del salario pro­
medio de un trabajador bonaerense en el contexto de la modernización capitalista,
tal como consta en la Tabla 1. Por otra parte, no se establece que la totalidad de la
reducción se haya desarrollado exclusivamente en el taller de sastrería de Solachi,
por lo que ei monto final de la reducción podría haber sido superior.

Tabla 1
Salarios diarios para jornaleros y trabajadores especializados
del rubro construcción,
expresado en pesos oro, 1870-1910

Año Jornalero construcción Trabajador especializado


1890-1891 0,60 1,20
1892 0,30 - 0,50 0,75-1,00
Fuente: Scobie (1974: 266).

Nota: Considerando que hacia 1891, la conversión entre pesos oro y pesos moneda nacio­
nal era de 5 a 1, a partir de la información precedente el salario mensual de un jornalero en
el rubro de construcción hubo ascendido a $90 moneda nacional, mientras el salario de un
trabajador especializado de la construcción, a $180 nacionales.

La opción del delito, a través de la comparación entre los datos sobre salarios y
recursos obtenidos a partir del robo y hurto, permitiría postular la posibilidad de
que no solamente se trataba de vivir sin trabajar, sino que era incluso una alterna­
tiva económicamente racionalmente elegida por los criminales, lo cual podemos
establecer a partir de la relación entre tasación de los efectos robados y el sueldo
percibido por una ocupación precaria a la que los sujetos protagonistas de esta
investigación podrían haber accedido.
Además, existen también algunas referencias específicas al monto percibido
por concepto de salario, dentro de los expedientes analizados. Por ejemplo, Ma­
nuel Basualdo íue condenado junto a Juan Sartori a cuatro años y medio de Peni­
tenciaría por un robo perpetrado en Pueyrredón ü 1332, propiedad de doña Carmen
Dinámica ¡acial de la venta de robos en Buenos Aires 189

S. de Pandolfini, “de donde sustrajeron dinero y alhajas cuyo valor ascendía a


trescientos veinticinco pesos, según la estimación hecha ante el Comisario suma­
riante por la damnificada”. En tas instancias judiciales, presentando su declaración
indagatoria, el reo al ser preguntado dónde trabaja, dijo: “Que en la talabartería de
Antonio Blanco, Victoria tres mil cuarenta y nueve, donde gana sesenta pesos”.3132 33
En el expediente correspondiente a una serie de pequeños hurtos en las mer­
caderías importadas por ia casa de consignación y comercio de Landaburu y Cía.,
perpetrados por dos de los empleados de la firma, aparecen las declaraciones in­
dagatorias de los procesados, según las cuales, en el caso de Faustino Correyero
“entró como peón en la casa [...] gozando el sueldo de setenta y cinco pesos
moneda nacional, el que era abonado mensual mente”?2 Mientras que su cómplice,
Francisco Rey Rodríguez “trabajaba como peón en la casa de Comercio de Landa­
buru y Compañía desde el mes de Febrero del año próximo pasado, teniendo como
sueldo ochenta pesos moneda nacional mensual”?3
Metodológicamente, resulta insuficiente referimos de manera exclusiva a lo
que la documentación consultada refiere sobre los salarios nominales de los suje­
tos precariamente integrados al mercado laboral bonaerense hacia finales del siglo
XIX e inicios del siglo pasado. Para fortalecer la argumentación sobre la racio­
nalidad económica detrás del delito contra la propiedad practicado como “medio
ordinario de vida”, nuevamente los expedientes consultados permiten una aproxi­
mación a los salarios reales, al contrastar la información de salarios nominales
con algunas referencias aisladas sobre el costo de la vida, considerando algunos
artículos básicos como el gasto mensual de alimentación, el costo de mobiliario
básico y de renta.
Pedro Revello, declaraba al ser sometido a interrogatorio judicial:
“Que desde hace dos meses vive en la calle Comercio, que el ex­
ponente es el inquilino principal y que la propietaria de la casa es
una señora de nombre María que vive en la calle Sarandí, número
doscientos cincuenta y cinco [...] Que la persona a quien alquila

31 AGN, FTC, Legajo B-97, 1903. Cotura Basualdo, Manuel L., Fidel de la Vega y Juan Sartori o
Teodora Gutiérrez, por Robo. Declaraciones indagatorias de Manuel Basualdo. Buenos Aires, 22
de septiembre de ¡903, f. 56v
32 AGN. FTC, Legajo C-163, 1905. Contra Coneyero, Faustino, Francisco Rey Rodríguez y Pascual
Muscariello, por Hurto. Declaración indagatoria de Faustino Correyero. Buenos Aires, 12 de junio
de 1905, f.28v.
33 AGN, FTC, Legajo C-163, 1905. Contra Correyero, Faustino, Francisco Rey Rodríguez y Pascual
Muscariello, por Hurto. Declaración indagatoria de Francisco Rey Rodríguez. Buenos Aires, 12 de
junio de 1905, f. 31 v.
190 Hriíarú dela Cm¡tión Criminal...

ia primera pieza se llama Francisco y que lo ha oído llamar Cirio,


sin saber si es su apellido o apodo; y que el comedor lo alquila a
Alberto Costa y su mujer [...] que el primero le pagaba quince
pesos, y el segundo diez y ocho”.34

Otra referencia al costo de algunos elementos esenciales disponible en los ex­


pedientes analizados corresponde a la información contenida en la caria enviada
por Eduardo Font -desde la celda 518 de la Penitenciaria Nacional- a su amigo
Eleodoro Deíla Martino. procesado por robo. En tai misiva, aparece el siguiente
fragmento:
“Mientras, tú con el dinero compras una cama de jaula, como
se llama, para dos personas que cuestan 15 pesos, compras una
mesita de noche en un cambalache que por 8 pesos la encuentras,
y una mesa más pequeña y dos mudas de cama y fúnda [...] y
buscan un cuarto más pequeño, aunque sea más lejos, y pagas
dos meses adelantados, que sea 15 pesos cada mes, son 30; y que
con mudanzas y otros gastos, gastes 20 más; y demás cosas de
planchado de ropa y tus necesidades, otros 20; importa los gastos
93 pesos.
Por barato que lo vendas te darán 150 pesos; aún te sobran 57
para pagar un mes de comida”.35

Estos fragmentos hacen referencia a algunos elementos que forman parte de “lo
que hace falta para la vida común del hombre”,36 según la afortunada expresión de
otro de los amigos presidiarios de Eleodoro Della Martino, el español Pedro Ca­
rreras. Según tales huellas documentales, considerando $57 para cubrir Ja comida
mensual, $15 por concepto de renta de una habitación y otros gastos asociados,
entre otros gastos, fácilmente se ve cubiertos los 80 o 90 pesos desalario en el caso
de los trabajadores no especializados.

34 AGN, FTC, Legajo C-93, Í895 (Primer cuerpo). Contra Costa, Alberto; Pedro Revejió; Donato
Perini y Francisco Firpo, por Robos. Declaración indagatoria de Pedro Reveilo. Buenos Aires, 4
de junio de 1895, f. 45.
35 AGN, FTC, Legajo D-60, 1899. Contra Della Rosa, Juan, Eleodoro Della Martino y José Galciati;
por Robo. Carta de Eduardo Font a Eleodoro Della Martino (anexa al expediente]. Celda 518,
Penitenciaría Nacional, jueves 27 [sin referencia de mes ni abo], f. 66.
36 AGN, FTC, Legajo D-60, 1899. Contra Della Rosa, Juan, Eleodoro Della Martino y José Galciati;
por Robo. Carta de Pedro Carreras a Eleodoro Della Martino [anexa al expediente]. Celda 518,
Penitenciaría Nacional, 8 de septiembre de 1896, f. 63.
Ddrówira soetal de Zr venta de robos en Buenos y^ires 191

Reflexiones finales
A través de este anáfisis de la dinámica social de reducción de robos en Buenos
Aires durante la última década del siglo XIX y primeros años del siglo XX, es
posible reconocer la forma en que fluyó el producto de los delitos contra la pro­
piedad, configurando un circuito económico informal, el cual habría sido capaz de
reproducir y extender una vida al margen del trabajo asalariado, a partir de la re­
distribución del botín obtenido por las “redes sociales criminales” tras el desarro­
llo de sus atentados contra la propiedad, con la ayuda fundamental de un conjunto
de agentes que conforman sus “redes de complicidad”.
El análisis desarrollado en esta investigación permite asimismo reconocer
que las redes sociales configuran las condiciones que permitirían el desarrollo de
la criminalidad contra la propiedad como medio ordinario de vida, ya que esta
estrategia desplegada por los ladrones encuentra sus pilares fundamentales en la
complicidad, encubrimiento y reducción, en asociación con sus cómplices.
En este sentido, es reconocible un proceso de retroalimentación entre la red
social criminal y las redes de complicidad. De tal forma, aquellos que recurrieron a
la criminalidad contra la propiedad como estrategia de supervivencia, se constitu­
yeron en agentes aglutinantes de un denso entramado de sujetos. La introducción
-a partir de la estrategia del robo, del hurto, o del delito contra la propiedad en
general- de dinero y especies que circularon entre los miembros de los diversos
niveles de las redes sociales vinculadas al crimen, constituye el combustible que
pone en movimiento el engranaje de una vida ajena al trabajo asalariado.
Una vez que el “Pibe Oscar” comprendió la dinámica propia de las redes
sociales vinculadas al delito contra la propiedad, se percató de que efectivamente
era posible vivir únicamente del producto del robo sin la necesidad de agachar
los lomos en el más simple trabajo. Así como lo comprendió el “Pibe”, es posible
reconocer que fueron muchos los que también comprendieron los mecanismos que
hacían posible el robo como medio ordinario de vida.
192 Hittoña de la Cuestión Caminal..

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Un artista del delito: circulación de dinero falso
entre el Río de la Plata y el Brasil,
1899-1911

Diego Galeano

“La moneda falsa, que previene la miseria, no la


previene para siempre porque la policía tiene el
poder inicuo de interrumpir los estudios de graba­
do y meter toda una academia en la prisión” (Ma­
chado de Assis “A semana”, Gazeta de Noticias,
Río de Janeiro, 29 de enero de 1893, p. 1)

Introducción
n agosto de 1899, el jefe de la policía de Buenos Aires, Francisco Beazley,
estaba en Río de Janeiro como parte de la comitiva del presidente Roca.
Llevaba como misión entrevistarse con su par carioca y celebrar acuerdos
de intercambio de informaciones sobre delincuentes que viajaban con frecuencia
por distintas ciudades del atlántico sudamericano (Galeano, 2016: 119-126). Du­
rante la estadía ofreció una larga entrevista al diario Jornal do Comercio, en la que
explicó su proyecto de un servicio policial “internacionalmente coordinado” entre
Brasil, Argentina y Uruguay. Beazley entregó a la policía brasilera dos álbumes
con retratos de ladrones conocidos y “algunos billetes falsos brasileros de 50 mil
reis” aprehendidos en Buenos Aires.1
Poco después del regreso de Beazley a la Argentina se desencadena la trama
que será objeto de este capítulo: la historia de un falsificador de dinero que revela
íntimas conexiones entre el mundo delictivo y policial de esos tres países. Desde
ese punto de observación, se indaga la emergencia de un campo de posibilidades
delictivas y de cooperaciones policiales que mucho le debían a la mundialización
de los transportes y de las telecomunicaciones. Sin embargo, como propone Nata-
lie Zemon Davis (2011), no es la “historia global” la única manera de dar cuenta
del pasado del mundo globalízado. Lejos de despegarse de las dinámicas locales y
tomar distancia de las prácticas sociales territorializadas, este trabajo apuesta a un
juego de escalas que ensambla la trayectoria concreta de un falsificador con fenó-

I “Entrevista com o Dr. Beazley”, Joma/ do Comercio, Río de Janeiro, 10 de agosto de 1899, p. 1
196 Historia rie la Cuestión Criminal...

menos más amplios que la atraviesan y la condicionan: circulaciones de personas


en la era de las migraciones de masas y de los navios a vapor, formación de eco­
nomías monetarias e intercambios comerciales, transformación de la legislación
penal y de las instituciones policiales.
Esa apuesta involucra también una estrategia metodológica de multiplicación
de fuentes documentales, privilegiando la pluralidad de perspectivas por sobre
el análisis serial. Prensa periódica y magazines ilustrados de Argentina, Brasil y
Uruguay, revistas y memorias policiales, sumarios, peritajes, declaraciones testi­
moniales y pedidos de habeas corpus, telegramas, informes confidenciales, libros
y folletos, componen un mosaico de piezas, a menudo fragmentarias, en el que, sin
embargo, pueden visualizarse rutas y lógicas de circulación transnacional.
La falsificación de dinero es un tema poco explorado por la historiografía,
pero los escasos estudios existentes sugieren que el análisis de sus mecanismos de
circulación internacional es fundamental para comprender esta práctica delictiva.
Por un lado, algunos trabajos abordan la falsificación de dinero metálico en los
siglos XVII y XVIII, como una actividad transfronteriza entroncada con los inter­
cambios comerciales entre las colonias latinoamericanas y sus metrópolis (Capo-
rossi, 2007), o involucrando bandas con alta movilidad entre distintas regiones de
Europa (Cruz Valenciano, 1986; Dubois, 1999). A excepción de un estudio sobre
la falsificación de moneda francesa en Barcelona a fines del siglo XIX (Sainz Or­
tega, 1994) y de otro que analiza el fenómeno en zonas de frontera de América del
Norte (Mihm, 2009), la historia de los billetes falsos -una historia que envuelve
técnicas específicas del campo de la fotografía y el grabado- es todavía una tierra
virgen.
El trabajo de Mihm señala que, a comienzos del siglo XIX, en un momento
en que la producción oficial de billetes aún no estaba centralizada, y que diversos
tipos de moneda de curso legal eran emitidos por bancos privados, era más bien
tenue la línea que separaba la especulación financiera de la producción de dinero
falso. Pero en lugar de considerar el fenómeno de la falsificación de dinero para
pensar los orígenes del capitalismo en un determinado país (en palabras de Mihm,
los Estados Unidos como nation of counterfeíters), aquí optamos por indagar su
modo de existencia transnacional. En particular, el caso analizado a continuación
permite comprender las circulaciones delictivas de falsificadores en el mundo at­
lántico y en el período de las migraciones masivas de europeos a las Américas.
Entre el desplazamiento territorial de fotógrafos, dibujantes y litógrafos que bus­
caban mejores oportunidades de trabajo y las redes de falsificación de dinero se
Un artista del delito 19 7

iban conformando complejos vínculos, dentro de un universo plagado de trayecto­


rias aventureras, algunos éxitos y muchas caídas.

“La sociedad de los monederos falsos”


Cuatro de diciembre de 1899. Euclides Bemardino de Moura asumía la sub-je-
fatura de la 4a región del Estado de Rio Grande do Sul, con sede en la ciudad de
Pelotas. Así se convertía en la principal autoridad policial de esta zona cercana a
la frontera entre Brasil y Uruguay, Miembro de una familia tradicional de Pelotas,
poco antes de asumir este cargo había sido comisario seccional en Río de Janeiro,
durante la jefatura de Sampaio Ferraz. Después de una serie de escándalos por el
accionar violento de sus subordinados y de ataques de la prensa capitalina,2 Moura
volvió a su tierra. Más que la tranquilidad de la pampa riograndense, al regresar
se encontró con un embrollo: un resonante caso de dinero falso lo esperaba en el
escritorio.
Entre otras documentaciones, su antecesor le entregó una serie de telegramas
del comisario de Píratini, pequeño poblado a unos cien kilómetros de Pelotas. En
retirada del cargo, no era mucho lo que había podido hacer con estos telegramas
que hablaban de una aprehensión de billetes falsos de 500 mil reis y la detención
de un circulador conocido como Bernardo Rocha. Pocos días después de los te­
legramas, aquel subjefe recibió un pedido de renuncia. Todo quedó, entonces, en
manos de Moura, quien se tomó la cosa muy en serio.
A lo largo de diciembre, Moura fue recogiendo nuevas informaciones sobre
billetes falsos circulando en otras localidades del interior riograndense. Su táctica
era observar en silencio. Sabía que la falsificación de dinero era un delito perpe­
trado por bandas con extensas redes de complicidad. Lo mejor era dejar que sus
miembros desplegaran el plan, simulando que la policía estaba completamente
al margen de los acontecimientos, que lo ignoraba todo. La tarea no era sencilla,
porque en poblaciones tan pequeñas cualquier movimiento policial era percibido
y comentado. Moura se dedicaba a recoger rumores y a calmar a los policías que,
desde diversos lugares, pedían pasar a la acción. Según sus propias palabras, “fue
necesario esperar que, por una aparente indiferencia o incluso manifiesta incredu­
lidad” de la policía “en su inercia los monederos falsos abusaran de la confianza”
(Moura, 1900a).

2 “O delegado da teroeira. Escándalo policial", A Imprenta, Rio de Janeiro, 6 de mayo de 1899, p.


I; ‘‘O delegado da terceira. Uní covil de gatunos”. Jornal do Brasil, Río de Janeiro, 8 de mayo de
1899, p. 2.
198 Historia de la Cuestión Criminal...

Esa inercia se vio algo alterada horas después de la Navidad de 1899. Moura
recibió noticias de un conflicto en una chacra en Santana do Livramento, muni­
cipio de frontera, pegado a la ciudad uruguaya de Rivera. Los primeros rumores
hablaban de un hombre herido de bala y de un altercado que tenía como protago­
nistas a una banda de falsificadores de dinero. Moura intentó mantener su estrate­
gia, hasta que un testigo del conflicto decidió hablar con un comisario de policía de
apellido Lupi. Por ese motivo, las últimas horas del último día del año encontraron
al sub-jefe interrogando, junto con Lupi, a un individuo llamado Francisco Coim-
bra. Nervioso, respondía con frases incompletas y razonamientos inconexos. Des­
de el comienzo Moura sospechó que se trataba de un espía, una suerte de testigo
falso enviado por la banda para desviar la pesquisa de su rumbo o -peor aún- para
enterarse del rumbo de la pesquisa. Durante el mes de enero de 1900 Moura pudo
reconstruir la trama del conflicto inicialmente narrado por Coimbra. Ese conflicto
fue el hilo que le permitió empezar a desanudar la madeja del caso de Pelotas.
El altercado que presenció Coimbra fue un enfrentamiento entre dos inte­
grantes clave de la banda: el portugués Antonio Guimaráes y el francés Georges
Raimbault. Dueño de la chacra de Santana do Livramento, Guimariíes era el nexo
local de esta red de falsificadores y distribuidores de moneda falsa que, como será
analizado a lo largo de este texto, involucraba conexiones con Buenos Aires y
Montevideo. Según la investigación policial, la banda y sus cómplices alcanzaban
una cifra cercana a una veintena de personas, dos de ellas mujeres. Muchos eran
habitantes de distintas ciudades del estado de Rio Grande do Sul: de su capital,
Porto Alegre, de la propia ciudad de Pelotas y de otros poblados aledaños. Raim­
bault y el uruguayo Midario Fernández eran el brazo rioplatense de la banda. Un
dato cardinal era la significativa presencia de comerciantes en el grupo. Gregorio
Figuereido era vendedor de gaseosas, Henrique Frank y Joño Paulo Ridser, ven­
dedores de dulces, Antonio da Costa Pereira trabajaba como cigarrero, Ignacio
Fabiano como zapatero, mientras que otros tantos acusados de circular el dinero
falso eran empleados en bares y fondas de Pelotas. Además de los comerciantes, la
red de cómplices incluía dos agentes de las fuerzas de seguridad: Leño Gon?alves,
un guardia nocturno de la localidad de Lomba, y el teniente Joño da Luz del pueblo
de Cangutju.
La historia de la formación de esta banda se remonta a un contacto inicial
entre Guimaráes y Raimbault, fabricante de dinero falso con notables antecedentes
en el oficio. Entre ellos hubo un intermediario, Joaquim Louren?o Ferreira, más
conocido como Quincas Ferreira, descrito en el informe que Moura elevó a la
Utt artista del delito 199

justicia como un “individuo cuya preocupación constante ha sido, según la voz ge­
neral, hacer fortuna por medio de la moneda falsa”. Ferreira conocía a Raimbault
desde hacía mucho tiempo y persuadió a Guimaráes -junto a otros dos cómplices
llamados Femando Negreira y Pedro Marques da Rosa- de formar una “sociedad
para la fabricación de moneda falsa”. Guimaraes y Negreira aceptaron entrar en
ei acuerdo como los “capitalistas que costearían todos los gastos”. Según Moura,
el 19 de abril de 1899 la banda hizo una extracción de mil pesos en el Banco Ita­
liano del Uruguay (probablemente en la ciudad vecina de Rivera) y partió rumbo
a Montevideo a buscar al “socio de la industria y precioso amigo de Ferreira”, el
francés Raimbault (Moura, 1900a).
Entre ei viaje por tierra, la estadía en la capital uruguaya y el regreso al Brasil,
pasó aproximadamente un mes. Sobre la ida se sabe poco; la vuelta de Montevideo
hasta Bagé fue en un carruaje tirado a caballos, en el que además de Raimbault
viajaron su mujer, María Luisa Rigault, y a un ayudante llamado Genaro Rojas.
La primera escala fue en la ciudad de Bagé, conocida como “reina de la frontera”
y situada a mitad de camino entre Santana do Livramento y Pelotas. Desde allí to­
maron un tren rumbo a la estación de Piratini, donde la comitiva “oriental” se hos­
pedó un par de noches en el Hotel Lemos. En esa localidad vivía Quincas Ferreira,
quien se reencontró con su amigo Raimbault, mientras Guimaraes seguía viaje
hacia Santana do Livramento para ocuparse de instalar el taller de falsificación.
Además del traslado de Raimbault al Brasil y el alquiler de una casa para hospedar
a su familia, la inversión inicial involucró otros gastos como la adquisición de una
nueva máquina fotográfica, porque el falsificador declaró inservible la que estaba
esperándolo en la casa de Quincas Ferreira.
Durante dos meses, Raimbault trabajó en un taller de Piratini, pero sospechas
de cerco policial llevaron a la banda a trasladar la fábrica a una casa en la agreste
región del Monte Bonito, a pocos kilómetros de Pelotas. Su dueño, Manoel Joa­
quina, sintió desde el comienzo que había algo extraño, empezando por la manera
en que los inquilinos aceptaron, sin reclamar, el pago de un alquiler exorbitante.
En el testimonio a la policía, Manoel Joaquim declaró no haber creído mucho en la
excusa de la presencia de una mujer loca en la familia para justificar la prohibición
de acercarse a la casa. De hecho, no respetó ese pedido y cada vez que se aproximó
pudo constatar que vivían “tres individuos en forma misteriosa, porque además de
andar siempre con las puertas y ventanas cerradas, tapaban hasta los huecos de las
cerraduras” (Moura, 1900b).
200 Historia de la Cuestión Criminal..

Una vez más, Raimbault abandonó el lugar elegido para la fábrica, pero este
giro no se debió ni a sospechas de vigilancia policial ni a las indiscreciones de Ma-
noel Joaquim. Sucedió que cierta noche, tras una tentativa de asalto de un grupo
de “ladrones comunes”, los falsificadores huyeron de la propiedad dejando en ella
vidrios con tintas y otros objetos que más tarde se convertirían en prueba judicial.
El francés decidió proseguir el trabajo en una habitación de la casa de Guimaráes
en Santana do Livramento, ayudado por su mujer y su socio. No era la situación
ideal. Tuvieron que prohibir a los niños jugar en las proximidades de la fábrica de
dinero falso y los criados de la casa se vieron obligados a dar una enorme vuelta
por afuera de la propiedad cada vez que debían ir de un lugar a otro.
La banda estaba dando demasiados pasos en falso y el nerviosismo aumenta­
ba. Un día, por fin, Raimbault terminó la fabricación de dinero prevista en el pacto
inicial: tres mil billetes de 500 mil reis, lo que equivalía a mil quinientos contos
do reis. Ese monto duplicaba el presupuesto anual de la Justicia Federal para todo
el territorio brasilero, o sea, del aparato que poco después terminó juzgando a
Raimbault en su sede de Porto Alegre.3 Esta falsificación no era, por eso, un juego
de niños. A los billetes impresos todavía les faltaban los retoques y la numeración
de las cédulas. En tomo de estas cuestiones surgió el conflicto entre los integrantes
de la banda. Ante la falta de un perito tipógrafo que colaborara con la impresión
de los algoritmos, Raimbault exigió la compra de un numerador automático, pero
los otros se negaron porque no querían exponerse más. Negreira propuso darle el
dinero al francés para que él mismo fuera a comprar la maquinita. La negativa fue
rotunda: según Raimbault, un falsificador jamás debía salir de su guarida.
Así lo manifestó y amenazó con volverse a Europa. Escondió entre sus per­
tenencias los billetes mejor terminados y entregó a sus cómplices el resto de las
impresiones, sin retocar ni numerar. Los demás se dieron cuenta de la maniobra
y, en vísperas de Navidad, hubo una fuerte discusión entre todos. Al calor del
altercado, Guimaráes insultó a Raimbault con la peor de las injurias posibles para
un falsificador profesional: lo trató de “ladrón”. El francés desempuñó su arma y
apuntó contra el portugués. Pero Guimaráes, también armado, fue más rápido en
la maniobra: acertó un tiro en el pecho de Raimbault y huyó del lugar. Pese a la
gravedad de la herida, Raimbault persiguió a Guimaráes y entró a su habitación,

3 Conlo de reís era una expresión usada en Brasil y Portugal para referirse a un millón de reis, la
unidad monetaria vigente en la época. El presupuesto aprobado para [ajusticia Federal al ano 1901
era de $832.374.118, o sea, algo más de ochocientos cortos de reis (Relatório, 1901:311).
Un artista del delito 201

creyendo que se escondía debajo de la cama. No lo encontró y, en ese instante,


cayó desvanecido perdiendo el conocimiento.
El pánico se apoderó de la chacra, las mujeres gritaban horrorizadas y los
niños lloraban. Los hombres fueron a buscar un médico de la zona. Le aseguraron
que había sido un accidente mientras el francés limpiaba su revólver. Pasaron ia
Nochebuena alrededor del lecho de un Raimbault en estado crítico, amenazándolo
para que confesara el escondite de los billetes falsos. El francés cedió, pero no lo­
graba hablar. Como pudo, dibujó en un papel un croquis de la chacra indicando el
lugar donde había enterrado el dinero, oculto entre unas latas de kerosene. Cuando
Raimbault se recuperó, lo llevaron a una casa en la ciudad de Pelotas, en el número
34 de la calle Félix da Cunha. El francés prometió concluir el retoque y la nume­
ración de los billetes restantes. Mientras trabajaba en esa nueva casa, cómplices de
la banda entraban y salían con paquetes cerrados que contenían dinero falso. En
ese momento, la policía riograndense ya seguía de cerca todos estos movimientos
(Moura, 1900b).
El 9 de febrero de 1900, Moura decidió suspender la táctica de investigación
sigilosa y agazapada. El motivo del cambio de estrategia eran las informaciones
sobre repentinas fugas de los cómplices de la banda, que estaban huyendo por
miedo a la intervención policial. Era la hora de pasar a la acción. Moura hizo
viajar con destino a Pelotas, en tren especial, a un grupo de agentes policiales de
ciudades vecinas. Luego del amanecer, saldrían partidas para detener a los acusa­
dos y allanar casas sospechadas de albergar evidencias de la falsificación. Antes,
esa misma noche a las 23 horas, el subjefe inauguró las acciones policiales con
el allanamiento en una taberna perteneciente al uruguayo Midario Fernández y
situada en un suburbio de Pelotas. La hora elegida no era casual: Moura sabía
que Fernández había pactado un encuentro con dos sujetos que buscarían en su
propiedad moneda falsa por 15 mil reis, en billetes falsos de quinientos, y que
pagarían el 40% de ese valor en dinero legal. Fernández fue preso en “flagrante
delito” (Moura, 1900b).
A la mañana siguiente continuaron los allanamientos. Primero fue el tumo de
la casa hab itada por Jorge Raimbault en la calle Félix da Cunha. Había en esta resi­
dencia pocos billetes falsos (apenas dos de 500 mil reis y estaban inconclusos, sin
firma ni numeración), pero fueron secuestrados instrumentos para la falsificación
y documentos que comprometía a los acusados. También en la ciudad de Pelotas
los policías invadieron las propiedades de Leao Amo (cercana a la de Raimbault),
donde encontraron diez de esos mismos billetes, y de Francisco Coimbra, el falso
202 Histeria de la Cuestión Criminal...

testigo que terminó acusado como cómplice. Además de billetes falsos de quinien­
tos idénticos a los demás, en la casa de Coímbra se encontraron herramientas de
fabricación de billetes de 20 mil reís.
Junto a estos cuatro allanamientos en la ciudad de Pelotas, hubo otra serie de
acciones que llevaron a los policías a chacras y áreas rurales de la región. Es que
cuando la policía decidió pasar de la fase de investigación sigilosa a la acción, la
banda se dispersó a toda velocidad. Muchos cómplices escaparon hacia pueblos
de la frontera con el Uruguay, mientras diferentes partidas de policías siguieron
sus huellas con orden de captura. Además de conducir personalmente la investiga­
ción, Moura era el eje de una red de comunicaciones telegráficas que se activó en
la etapa de detención de los acusados. Recibía desde Porto Alegre mensajes de la
justicia federal con instrucciones precisas sobre los allanamientos. Ya que era im­
posible estar al mismo tiempo en todas las operaciones, su ubicuidad era tejida por
esos cables. A su vez, por las vías del tren que conectaba a Pelotas con Cangayu,
Herval, Tablada, Piratini y Cerrito, circulaban los telegramas que Moura enviaba
a cada comisario local, Y también circulaban por vía ferroviaria los propios agen­
tes policiales que iban a ios pueblos con órdenes de allanamiento de propiedades
rurales. De todos esos operativos, el más fructífero fue en la chacra de Antonio
Guimaraes en Santana do Livramento: fueron secuestrados 1.157 billetes de qui­
nientos mil reis (idénticos a los encontrados en la casa de Raimbault), escondidos
encima de una pared de ladrillos. Moura sabía que esta suma apenas alcanzaba la
mitad de la falsificación.
Al día siguiente de los allanamientos, la prensa brasilera comenzaba a hacer
público lo que hasta entonces había podido mantenerse en secreto policial. Prime­
ro fue el tumo de los diarios de Río Grande do Sul. El hiperbólico tono elogioso
hacia Euclides Moura y los detalles que rápidamente se filtraron en las crónicas
periodísticas hacen suponer que él mismo se preocupó por convertir este caso en
una propaganda de la gestión que recién comenzaba en la sub-jefatura. Además de
los periódicos locales de Pelotas, el oficialista^ Federafdo, de Porto Alegre, cedió
gran espacio al caso y tuvo el privilegio de ofrecer a sus lectores el informe que
Moura escribió para elevar al juzgado. De acuerdo con un cronista de este diario,
hacía bastante tiempo que el gobierno riograndense perseguía esta “industria de
falsificación de dinero en papel proveniente del Río de la Plata para ser desparra­
mado en el Estado [de Río Grande do Sul]’’ y, en referencia al caso de Pelotas,
prometía transmitir todos los “pormenores sobre esta importantísima diligencia,
Un artista del delito 203

un nuevo registro de glorias para la policía del Estado”.4 Los alcances políticos de
la falsificación de Raimbault se constataban hasta las más altas esferas del gobier­
no riograndense, a tal punto que el propio presidente del Estado, Antonio Borges
de Medeiros, lo mencionaba en su mensaje anual a la legislatura. Al aludir a la
“acción constante y represora de la autoridad policial”, destacaba la persecución
de fabricantes de moneda falsa, “sobre todo en la ciudad de Pelotas, centro de
irradiación” de este delito. Y su impacto -agregaba- solo podía ser comprendido
por aquellos que realmente conocieran el “extraordinario daño moral y material”
de la falsificación de dinero.5
Mientras en la ciudad de Pelotas el caso del francés Raimbault se convertía
en un “teatro inagotable piara todas las conversaciones”, en objeto de “los más
extravagantes comentarios” que inclusive “aumentaban sus proporciones”, los
diarios de Río de Janeiro, San Pablo y Minas Gerais comenzaban a hacerse eco
de la noticia. También tuvo cierta repercusión en la prensa uruguaya, sobre todo
en las localidades de frontera con el Brasil: los periódicos de Rivera, algunos de
ellos bilingües (con contenidos en español y portugués) como O Maragalo y O
Canabarro, dedicaron espacio a las noticias que llegaban de Pelotas.67A lo largo
del siglo XIX, esa zona de frontera entre Brasil y Uruguay había ganado la fama
de un territorio de circulaciones delictivas, contrabandos y fugas que forzaban
intercambios -y provocaban no pocas tensiones- entre Rio Grande do Sul y las
autoridades rioplatenses.’ De hecho, la llegada de un telegrama enviado por la
jefatura de policía de Buenos Aires le permitió a Moura empezar a responder dos
interrogantes que le quitaban el sueño: ¿Quién era Raimbault? ¿Y cómo había ido
a parar este falsificador francés a Montevideo y, desde allí, a Pelotas?

4 “Moeda falsa. Diligencia notável”, A Federafáo, Porto Alegre, 10 de febrero de 1900, p. 2. En


la ciudad de Pelotas, los periódicos Correio Mercantil y Diario Popular dedicaron notas al caso
desde el día siguiente a los allanamientos. A partir del 10 de febrero, A Federacdo publicó una
serie de noticias antes de reproducir el informe que vio luz en las páginas del diario entre los días
19 y 21 de marzo (Moura 1900a, 1900b, 1900c).
5 Mensagem enviada a Assembleía dos Representantes do Estado do Rio Grande do Sul pelo pre­
sidente Antonio Augusto Borges de Medeiros em 20 de setembro de 1900, Porto Alegre, Oficinas
Tipográficas d’A Federafáo, pp. 12-13.
6 “Telegramas”, A Noticia, Río de Janeiro, 25 de febrero de 1900, p. 2; “Moeda falsa”, O Canabar-
ro, Rivera, 22 de febrero de 1900, p. 2; “Moeda Falsa- Alerta”, O Maragato, Rivera, 2 de mayo de
1900, p. 2. Sobre los periódicos bilingües y el uso del portugués en la prensa uruguaya de frontera,
ver la monografía de Santi González (2007).
7 En un estudio con documentación de la justicia criminal de Rio Grande do Sul, Mariana Flores
muestra la compleja trama social de relaciones transfronterizas que estaba por detrás de estos
delitos en el siglo XIX (Flores, 2014),
204 Historia de la Cuestión Criminal...

Un falsificador francés en América del Sur


El telegrama de Ja policía portería era una respuesta a una comunicación anterior
de la jefatura central de Porto Alegre, solicitando antecedentes del falsificador
francés en ía búsqueda de pruebas de reincidencia. Afines del siglo XIX y comien­
zos del siglo XX, los intercambios de información entre las policías sudamerica­
nas se intensificaron y la vía telegráfica era vista como un canal ágil, que permitía,
a veces, un diálogo directo sin pasar por filtros consulares (Galeano, 2016; 137-
147). Así sucedió con las comunicaciones policiales en tomo del caso Raimbault:
canjes de telegramas y prontuarios entre las jefaturas de Río de Janeiro, Porto
Alegre, San Pablo, Buenos Aires y Montevideo.
Vestigios de esas redes pueden encontrarse en otros acervos. Por ejemplo, en
el Archivo Público de! Estado de San Pablo se preservan dos libros sobre investi­
gaciones policiales en casos de falsificación, organizados por el comisario Cantin-
ho Filho. Los tomos encuadernados, en los que el comisario alternaba anotaciones
manuscritas con recortes de diarios y pruebas recogidas durante la investigación,
están organizados por casos célebres que movilizaron la intervención de la poli­
cía paulista. El segundo volumen contiene un dossier sobre Raimbault, en cuyas
páginas de cartulina fueron adheridos distintos billetes falsos fabricados por e!
falsificador francés, su ficha de identificación con las huellas dactilares, un telegra­
ma enviado por la policía porteña y una copia del prontuario de Raimbault, cuyo
original estaba en la Comisaría de Investigaciones de Buenos Aires.*
Este prontuario atesorado por la policía de San Pablo y el telegrama recibido
en Porto Alegre daban la misma versión sobre los antecedentes de Raimbault. En
mayo de 1894 fue preso en Buenos Aires por el delito de falsificación de billetes
de banco. El fallo del Juez Federal que lo mandó a la Penitenciaría Nacional re­
vela algunos aspectos importantes de esta primera falsificación. Fue organizada
por una banda de franceses entre los que estaban el fotógrafo Raimbault, el retra­
tista Víctor Tizón y los litógrafos Carlos Vergnon y Juan Betbezel. En el proceso
aparece mencionado un quinto francés, Pedro Lafaye, involucrado por habitar la
misma casa que Raimbault en una isla del Tigre, aunque terminó siendo absuelto.
Firmada en 1896, la sentencia que condenó a Raimbault a siete años de prisión*

8 “Prontuario n. 256 L. E. Policía de Buenos Aires" (APESP, 1916). Las siglas “L. E." se referían a
la sección de “Leyes Especiales” de la Policía de Investigaciones, que se ocupaba de la represión
del juego clandestino y la falsificación de dinero, como será explicado más adelante. Sobre la
trayectoria del comisario Cantinho Filho véase Quintanílha Martins (2014: 70).
Un artista del delito 205

fue apelada y, al año siguiente, confirmada por la Suprema Corte de Justicia? En


1899, cuando fueron a buscarlo los cómplices riograndenses al Uruguay, residía en
Montevideo porque el año anterior la pena había sido conmutada por un destierro
al país vecino.
Cuando ya estaba preso en el sur brasilero, un repórter local lo entrevistó en
la cárcel y escribió una crónica que echa cierta luz sobre su vida antes de llegar a
América del Sur.9 Según esta versión, Georges Raimbault había nacido el 22 de
1011
marzo de 1865 en la ciudad de Bourges, cabecera del departamento francés de
Cher. Hijo legítimo de Guillaume Raimbault y Célestine Mallet, tuvo su educación
inicial en el Seminario de Bourges, hasta que con 17 años se mudó a París para
continuar sus estudios en la prestigiosa Ecole des Beaux-Arts. Fue recomendado
por un pariente llamado Juíes Gotté, dueño de un atelier fotográfico en Bourges.
La copia del prontuario argentino conservada en San Pablo repite los mismos da­
tos de filiación, la misma fecha y lugar de nacimiento, mientras que los archivos
franceses ratifican algunos de esos datos y permiten corregir otros.
Ante todo, Raimbault no nació en Bourges como indica ia documentación
policial de Argentina y Brasil: su certificado de nacimiento -así como el acta de
casamiento de los padres- muestra que la familia Raimbault vivía en Henriche-
mont, un pequeño poblado a treinta kilómetros de Bourges, donde Célestine parió
a su quinto y último hijo, Georges. Aunque Raimbault más tarde llegara a ser, para
muchos cronistas sudamericanos, un arquetipo de “delincuente gentleman”, los
archivos municipales de Cher revelan orígenes más bien plebeyos, que pueden
haber tenido incidencia en sus estrategias de supervivencia posteriores: el viaje a
Bourges, el paso por París y la migración a la Argentina. Guillaume, el padre de
familia, era tornero y parecía trabajar en un taller propio, ya que en el censo de
Henrichcmont de 1866 su primogénito Clément fue registrado con el mismo ofi­
cio. Al año siguiente Guillaume falleció y la familia tuvo que trasladarse a la casa
de Jos padres de Célestine."
Mientras Clément Raimbault continuó el oficio de su padre para mantener
a la familia, Georges logró salir del hogar gracias a su hermana mayor, Marie

9 “Causa criminal contra Jorge Raimbault y otros, por delito de falsificación y circulación de billetes
de curso legal falsos", en Fallos de la Suprema Corte de Justicia Nacional, vol. 68, Buenos Aires,
Imprenta de Pablo Coni e Hijos, 1898, pp. 123-132.
10 Amaral. “Impressóes”, O ¡ndependente, Porto Alegre, 17/12/1903, p. I.
11 Archives Departamentales du Cher, Commune Henrichemont, Registres paroissiaux et état civil,
Registre de Naissances 1865: Cod. 3E 4035 ; Recensement 1866 - Cod. 6M 0046 ; Recensement
1872 - Cod. 6M 0070.
206 Historia de la Cuestión Criminal...

Lorette. Casada con el fotógrafo Jules Gotté en Henríchemont, figura en el censo


de Bourges de 1876 viviendo con su marido y tres hijos pequeños. En el siguiente
censo (1881), a la familia Gotté se le había sumado un cuarto hijo y otro integrante
registrado como “Joseph Raimbault”, de 16 años de edad y de profesión fotógrafo.
Teniendo en cuenta que después, en América de! Sur, se lo mencionaba como “Jor­
ge José”, y que la edad coincide exactamente con su fecha de nacimiento, queda
claro que ese nuevo integrante era el mismo Georges Raimbault.12 Todo eso confir­
ma, entonces, la versión que el falsificador le contó al periodista de Porto Alegre:
que aprendió el oficio de fotógrafo en el atelier de Jules Gotté y que abandonó
Boutges alrededor de 1882. En efecto, Raimbault ya no figura entre los integrantes
de la familia Gotté en el siguiente censo de la ciudad,13 dato que toma verosímil
la historia de su paso por la École des Beaux-Arts de París antes de migrar a la
Argentina en 1887. Es difícil saber si fue Gotté quien le facilitó los contactos con
el mundo artístico parisino, como insinúa el reportaje brasilero. Pero numerosas
fuentes indican que Gotté -ganador de varios premios en el rubro- era reconocido
en Francia como un representante de la “fotografía artística”.14
También es espinosa la tarea de comprender los motivos que llevaron a Raim­
bault a embarcarse rumbo a Buenos Aires en 1887. Mientras en el reportaje de
Porto Alegre los años anteriores a su partida de Francia eran objeto de cierto de­
talle, el salto a América del Sur quedaba resuelto en pocas palabras y cubierto de
una nebulosa insinuación sobre el genial artista caído en desgracia. En contraste
con su extravagante trayectoria delictiva, la migración de Raimbault a la Argentina
parecía seguir las tendencias de su época. Llegó al país en el medio de un auge de
la inmigración francesa, motivado por la política de pasajes subsidiados por el go­
bierno argentino (Otero, 2000). Al igual que la gran mayoría de los franceses que
arribaron en esos años, era un hombre joven y soltero. Se instaló -como muchos
otros compatriotas- en la ciudad de Buenos Aires.
Vivió entre franceses y se casó con una francesa. A través de las actas del
matrimonio con María Luisa Rigault y de los bautismos de los hijos es posible
reconstruir algunos trazos de sus primeros años en la Argentina. Todo indica que
la pareja se conoció poco después de la llegada de Raimbault al país, cuando am­
bos vivían en el barrio de Belgrano, que concentraba gran parte los inmigrantes

12 Archives Municipales de Bourges, Recensement 1876 - Cod 1F23 ; Recensement 1881 - Cod
IF24.
13 Archives Municipales de Bourges, Recensement 1886 - Cod 1F25.
14 “Exposition de Bourges. La grande photographie artistique”, Le Panthéon de ¡'industríe, n. 585,
París, 6/6/1886, p. 172-173.
Ufí artisla del delito 207

franceses con cualificación profesional El primer hijo, Mario Raimbault, nació en


septiembre de 1888 y fue bautizado en la Parroquia de la Inmaculada Concepción,
principal iglesia católica del barrio. Georges, que en estos registros ya aparecía
anotado con el nombre “Jorge” que lo acompañaría en los prontuarios y las no­
ticias policiales, tenía entonces 23 años y María Luisa 25. Mientras nacieron sus
hijos vivieron en concubinato: recién se casaron en 1894, después de la primera
falsificación de Raimbault. El 12 de julio de ese año, la familia entera concurrió a
la Parroquia de Nuestra Señora de Balvanera. Jorge y María Luisa se casaron y, en
el mismo acto, legitimaron a sus tres hijos: Mario, Carlos y Marta Raimbault.15 El
domicilio asentado en actas -calle Moreno al número 2088- coincidía con la casa
en la que fue encontrada la familia durante el censo de 1895. Ante la pregunta de
cuánto tiempo llevaba casada, María Luisa respondió con los años de concubina­
to: ocho, dijo, contando desde que se conocieron, recién llegados, en 1887. Pero
su marido ya no estaba en casa: esperaba en la Penitenciaría Nacional la primera
condena, que llegaría en 1896.
Aunque estas huellas sobre los primeros años en la Argentina sean insuficien­
tes para comprender cómo Raimbault se convirtió en falsificador de dinero, al me­
nos algo parece claro: todo sucedió en el seno de redes de inmigrantes franceses,
profesionales de la fotografía y la litografía, probablemente arribados en el medio
del boom de la década de 1880. Para involucrarse en una aventura de riesgo como
la falsificación monetaria, esas tramas de amistad y complicidad parecen haber
sido fundamentales, aunque también engañosas. Un artículo publicado en 1897
en la Revista de Policía de Buenos Aires, probablemente escrito por un agente de
la Comisaría de Investigaciones, hacía referencia a la falsificación de 1894. Para
el autor del texto, Raimbault era “el más hábil de los falsificadores” que ya había
conocido. Lo que esta nota intentaba demostrar era que el delito de falsificación de
moneda involucraba una estricta división del trabajo entre los fabricantes (quienes
“jamás entregan personalmente un billete falso al público”) y una “larga lista de
circuladores" que terminaban llevándose la gran tajada del negocio. El caso de
Raimbault demostraba esa mecánica interna de las bandas: “nos confesó una vez
que su primera falsificación -200 billetes de 200 pesos cada uno, tan bien hechos
que todavía andan muchos en circulación- no le produjo, muy bien vendida, más
que ocho mil nacionales de beneficio bruto”. De los cuarenta mil pesos falsos

15 Parroquia de la Inmaculada Concepción, Registro de Bautismos, vol. SO, nitm. 1965, 1888; Parro­
quia de Nuestra Señora de Balvanera, Registro de Matrimonios, vol. 50, num. 150 y Registro de
Bautismos, vol. 118, num. 226-228, 1894.
208 Historia de la Cuestión Criminal..

fabricados le había quedado apenas un 20% de lucro en moneda legítima. A los


restantes treinta y dos mil pesos “se lo comieron los corredores, los circuladores,
las aves negras del gremio de los falsarios”.16
En el caso de Pelotas esa división del trabajo parece haberse dado al pie de la
letra. Luego de interrogar a Raimbault en febrero de 1900, Euclides Moura lo des­
cribía como un “perfecto tipo de aventurero audaz, hábil, inteligente y revestido
de admirable constancia” (Moura, 1900c). Tras su detención, la policía aseguraba
haberlo encontrado todavía débil por la herida en el pecho. Entre los documentos
secuestrados, el que más llamó la atención de las autoridades fue un inventario de
los objetos que se necesitaban para la fabricación del dinero falso: en una maleta
de cuero aparecieron manuscritos en francés que contenían, en el verso, “recetas
relativas a artes gráficas y, especialmente, a procesos fotográficos” (listas de má­
quinas de impresión, productos químicos, tintas de tipografía, rollos de papel, cris­
tales y cubetas) y, en el reverso, la anotación “numerador automático - Marechal
Floriano 30”, en referencia a la calle donde su auxiliar debía ir a buscar el aparato
para la complicada numeración de los billetes.17
En las declaraciones testimoniales, Raimbault se contradijo con su mujer. El
francés aseguró haber viajado de Montevideo a Piratini solo con su familia, mien­
tras que María Luisa dijo que lo habían hecho acompañados por Guimaráes. Estas
contradicciones agravaban la situación de los acusados, que permanecían deteni­
dos en la cárcel de Pelotas. Otro agravante eran los antecedentes criminales y, en
particular, la reincidencia en el delito de falsificación. Moura construyó su informe
buscando subrayar el pasado sucio de cada uno de los acusados. Guimaráes era
descrito como un portugués “enriquecido gracias a ilícitas transacciones y equívo­
cos negocios”. El también portugués Quincas Ferreira, “alma maier de la abultada
empresa”, era -al igual que Raimbault- reincidente en el delito de moneda falsa,
por el que en 1883 había sido preso en la ciudad de Porto a pedido del cónsul
brasilero (este último dato sugiere que la falsificación ejecutada en Portugal era de
dinero del Brasil). El subjefe de Pelotas cerró su informe incriminando a diecisiete
personas, entre integrantes plenos de la banda y cómplices en la tarea de circula­
ción del dinero (Moura, 1900c).

16 Bedel, “Procedimientos policiales. Falsificación de moneda’’, Revistó de Policía, Año I, n. U,


Buenos Aires, 1/11/1897, p. 165.
17 Arquivo Nacional do Brasil, Fundo do Supremo Tribunal Federal, Revisáo de Processo Criminal
“Jorge Raimbault”, Código BV.0.RMÍ.O7OI, (904, pp. 56-70.
Un artista del delito 209

El falsificador francés presentó un primer habeos coi-pus ante el Juzgado Fe­


dera! de Porto Alegre, pero le fue negado en abril de 1900.1819 Entonces decidió fu­
garse de la cárcel de Pelotas, Cuando a fines de abril el carcelero encontró su celda
vacía, juró que no le cabía la menor duda de haberla cerrado la noche anterior.
Recordaba haber regresado para verificar la cerradura. En la celda encontraron
un papel en el que Raimbault dejó escrito un mensaje en español, haciendo una
apología de su inocencia en el delito de moneda falsa y asegurando que se había
fugado sin cómplices. Esa declaración no fue suficiente para salvar el pellejo de)
carcelero, que perdió su trabajo y quedó detenido.”
Raimbault fue recapturado en una persecución que los diarios colorearon con
tintes novelescos. Una tropa policial encontró al francés y a uno de los cómplices
de la banda, Gregorio Figuereido, en la zona fronteriza de Jaguarao. Intentaban
regresar al Uruguay para huir del juicio que se avecinaba. Cuando la tropa avistó a
ios fugitivos, acababan de atravesar el límite que separa Brasil del Uruguay. Ante
la intimación para entregarse, Figuereido gritó que no lo haría porque “ya estaba
en la República Oriental del Uruguay”. Como respuesta recibió un tiro: murió allí
mismo, desparramado en los pajonales. Todo el operativo de la policía brasilera en
territorio uruguayo se hizo sin mediación diplomática. El 7 de mayo Raimbault fue
trasladado en el tren de la tarde hasta la estación de Pelotas. Lo esperaba una mul­
titud deseosa de ver en persona al famoso falsificador. Algunos curiosos estaban
en el lugar desde la noche anterior. En la caminata hasta la cárcel, que parecía una
procesión, tuvieron que custodiarlo diez soldados de la Brigada Militar y cinco
guardias municipales.20
Durante algunos meses, Raimbault esperó en su celda que lo llamaran a de­
clarar en el juzgado federal de Porto Alegre. Moura seguía trabajando en el caso
porque faltaba arrestar cómplices de la banda que habían logrado huir a tiempo.
El último en caer fue Pedro Marques da Rosa, detenido en una casa próxima a la
estación ferroviaria Passo das Pedras.21 Cuando el juicio comenzó, había pasado
exactamente un año desde aquel conflicto en la chacra de Santana do Livramento
que comenzó a sellar el derrumbe de esta banda internacional. Ahora volvían a
verse las caras en el tribunal, rodeados de policías, fiscales y abogados. El juez

i 8 “Secfaojud ¡ciaría”, A Federando. Porto Aiegre, 5 de abril de 1900, p. 2.


19 “Evasáo”, A Federando. Porto Alegre, 30 de abril de 1900, p. I.
20 “Captura importante", A Federarse, Porto Alegre, i de mayo de 1900, p. 2 y “A captura de Raim­
bault", A Federaqátu Porto Alegre, 8 de mayo de 1900, p. 2.
21 “Servido Telegráfico”, A Federando, Porto Alegre, 5 de octubre de 1900, p. 2 y “Moeda Falsa”, A
Federando, Porto Alegre, 9 de octubre de 1900, p. I.
210 Histona de la Cuestión Criminal...

procesó a Raimbault, a su esposa María Luisa, a Guimaráes y a otros cuatro in­


tegrantes de la banda por el art. 240 del Código Penal de 1890, el primero del
período republicano,22 Sin embargo, el atraso de testigos que debían llegar desde
Pelotas terminó con la decisión de postergar el juicio que, como ya eran vísperas
de año nuevo, tuvo que esperar hasta fines de enero de 1901.23
Mientras Raimbault aguardaba su sentencia en Rio Grande do Sul, el país
sudamericano que lo había condenado por primera vez debatía una ley contra la
falsificación de dinero. Hacía tiempo que los policías argentinos reclamaban un
endurecimiento legislativo para castigar el crimen de moneda falsa. Hasta ese mo­
mento, el máximum de la pena era exactamente la que había recibido Raimbault
en 1894: siete años de reclusión con trabajos forzados. Para el comisario Antonio
Ballvé, la benignidad de las penas contempladas en el Código Penal había propi­
ciado este delito “con pasmosa profusión”, convirtiéndolo “en una verdadera in­
dustria, provechosa y lucrativa”. Según Ballvé, en la última década del siglo XIX
la policía había investigado cerca de setenta falsificaciones de moneda y logró des­
cubrir a sus autores en dos tercios de los casos. La mayor parte recibió condena,
pero ninguno la cumplió: “todos fueron agraciados, o les fue conmutada la pena
de trabajos forzados por la de simple destierro” (Ballvé, 1901: 10-11). De hecho,
eso había sucedido con Raimbault, con su destierro en el Uruguay, confinado en la
ciudad a ía que un año más tarde iría a buscarlo Guimaraes.
El parlamento argentino sancionó esta nueva ley en noviembre de 1900, Ba­
llvé y la Revista de Policía, que él mismo dirigía junto a otro comisario, festejaron
con entusiasmo la conquista. Dos innovaciones resultaban particularmente signi­
ficativas. En primer lugar, el máximum de la pena pasaba a veinticuatro años de
prisión y a eso se le sumaba un agravamiento por reincidencia en el mismo delito,
directamente castigado con deportación. En segundo lugar, la ley pasaba a punir
con idéntico castigo la fabricación y circulación de “moneda falsa extranjera”,
algo que, de acuerdo con un redactor de la revista policial, apuntaba a combatir a
los que establecían “vastos talleres de falsificación de monedas y valores de otras

22 El Código Penal de 1890 incluía un capítulo específico sobre falsificación de dinero, con seis
artículos. Los dos primeros (239 y 240) se referían a la fabricación de moneda falsa, brasilera o
extranjera, con penas de hasta ocho años de prisión. Por su parte, el art. 241 contemplaba la circu­
lación dolosa de moneda falsa y la introducción en el país de dinero falsificado en el exterior, con
una pena máxima de cuatro años (Estados Unidos do Brasil, 1891). Por ese último artículo fueron
procesados nueve cómplices.
23 “Juízo Federal”, A Federacao, Porto Alegre, 10 de octubre de 1900, p. 2, “Juízo Federal”, A Fede­
raban, Porto Alegre, 24 de octubre de 1900, p. 2 y “Juízo Federal”, A Federando, Porto Alegre, 19
de diciembre de 1900, p. 2.
Un artista del delito 211

naciones’*.24 De esta manera, la legislación argentina endurecía las penas contra


los falsificadores, dejándolas más severas no solo en comparación con sus propias
leyes anteriores sino también con los castigos de menor cuantía que prevalecían en
países vecinos como el Brasil y el Uruguay.2526
Por el momento, en esas condiciones, Raimbault no podía recibir más de
ocho años de prisión en el sur brasilero, pero igualmente, para el francés, era
mucho tiempo. El juicio de Porto Alegre se reinició en los últimos días de enero
de 1901. Los acusados fueron acompañados hasta el tribunal por una veintena de
soldados de infantería de la Brigada Militar. La sala de audiencias estaba repleta.
El falsificador y sus cómplices tuvieron que escuchar la lectura de un proceso
que a esa altura acumulaba tres volúmenes, para luego ser sometidos a extensos
interrogatorios.21' También desfilaron por la sala testigos que la policía trajo desde
Pelotas y otros pueblos del interior profundo de Rio Grande do Sul. Las declara­
ciones mostraban la manera en que las noticias de la prensa se inmiscuían en la
maquinaria de administración de justicia. Ante las preguntas de los juristas, los
testigos solían responder que conocían la historia por los diarios y por los rumores
que circulaban oralmente en ia ciudad. Un abogado le preguntó a un comerciante
portugués “si al menos había oído decir” que Jorge Raimbault era el fabricante de
los billetes falsos. El testigo respondió que “la primera vez que escuchó hablar de
ese hecho fue cuando leyó en los diarios el informe del subjefe” -Moura- y que
lo juzgaba verdadero.27
Estas vaguedades no impidieron que la sentencia, publicada a fines de mar­
zo de 1901, fuera lo más severa que permitía la ley brasilera. Jorge Raimbault y
Antonio Guimaráes fueron condenados a ocho años de prisión, el primero por
haber sido el “autor técnico de la fabricación” y el segundo por ser el autor de las
firmas de los billetes. Quincas Ferreira, Femando Negreira y Pedro Marques da
Rosa recibieron cinco años y cuatro meses cada uno, acusados de ser auxiliares de
la sociedad delictiva, proveedores del capital necesario para dar inicio al negocio,
comprar instrumentos y alquilar las casas donde se instalaron las fábricas. Por

24 “Una ley buena. Penalidad a los falsificadores. Examen comparativo”, Revista de Policía, Año IV,
núm. 83, Buenos Aires, I de noviembre de 1900, p. 164.
25 Al igual que el primer Código Penal del Brasil republicano, el código uruguayo de 1889 establecía
en su artículo 220 un máximo de ocho años de prisión para “el que fabricase moneda falsa, nacio­
nal o extranjera, de curso legal en la República o fuera de ella" (República Oriental del Uruguay,
1889:66).
26 “Juizo Federal”, A Federando, Porto Alegre, 28 de enero de 1901, p. 2.
27 Arquivo Nacional do Brasil, Fundo do Supremo Tribunal Federal, Revistió de Processo Criminal
“Jorge Raimbault”, Código BV.0.RMI.O70I, 1904, pp. 27-36.
212 Historia de la Cuestión Criminal...

similares motivos, Leáo Amo, Midario Fernández y Claudio Berrocal fueron con­
denados a cuatro años de prisión. Los demás, incluyendo a la mujer de Raimbault,
fueron absueltos?8
A partir de ese momento, la historia del falsificador francés se bifurcó en dos
caminos paralelos. Por un lado, sus abogados llevaron el caso hasta la Suprema
Corte de Justicia del Brasil, trasladando así la disputa jurídica desde Porto Alegre
hasta Río de Janeiro. El pedido de revisión del proceso en la última instancia
era justificado por la “manera irregular y violenta con que actuó la policía de
la ciudad de Pelotas”. Los defensores de Raimbault parecían conocer el pasado
de Moura como comisario en la policía carioca, cuando aludían a su “celebridad
por las violencias” con que ejercía sus caicos?9 Tres estrategias vertebraban el
pedido de revisión tratando de demostrar que esas arbitrariedades y violencias de
Moura habían viciado al proceso desde sus primeros pasos. En primer lugar, una
denuncia de la producción de testimonios fraguados. Diogo Licinio de Moráis,
antiguo peón de Quincas Ferreira, denunció que la policía lo había obligado a
declarar contra su patrón mientras se encontraba preso en la cárcel de Piratini?0
La segunda estrategia era desacreditar declaraciones de testigos que no pasaban
de soplones y agentes secretos de la policía de Moura. Así sucedía con Joaquim
Rodrigues Pereira, a quien los abogados consideraban un “testigo sospechoso,
sin valor probatorio”?1 Por último, la acusación más grave al proceder de Moura
apuntaba a irregularidades en el allanamiento en la casa de Raimbault?*2 Según la
versión de Moura, el falsificador francés tuvo el recaudo de esconder muy bien su
parte del botín y la existencia de esos dos billetes habría sido un descuido de sus
hijos (Moura, 1900c). Raimbault y sus abogados denunciaban que todo eso no
pasaba de otra farsa orquestada por el subjefe de policía. La acusación era grave:
ante el fracaso de allanamientos anteriores, Moura habría mandado a la policía a
“hacer una nueva diligencia munido de la prueba de criminalidad que debía ser

28 “Sentenqa em 1* instancia” (Arquivo Nacional do Brasil, Fundo do Supremo Tribunal Federal,


Revisáo de Processo Criminal “Jorge Raimbault”, Código BV.O.RMI.0701, 1904, pp. 74-76). Ver
también: “Juizo Federal”, A Federando. Porto Alegre, l de abril de 1901, p. 2.
29 Arquivo Nacional do Brasil, Fundo do Supremo Tribunal Federal, Revistió de Processo Criminal
“Jorge Raimbault”, Código BV.O.RMI.0701, 1904, pp. 3-5.
30 Arquivo Nacional do Brasil, Fundo do Supremo Tribunal Federal, Revisáo de Processo Criminal
“Jorge Raimbault”, Código BV.O.RMI.0701, 1904, pp. 12-13.
31 Arquivo Nacional do Brasil, Fundo do Supremo Tribunal Federal, Revisáo de Processo Criminal
“Jorge Raimbault”, Código BV.O.RMI.0701, 1904, p. 15.
32 Arquivo Nacional do Brasil, Fundo do Supremo Tribunal Federal, Revisao de Processo Criminal
“Jorge Raimbault”, Código BV.O.RMI.0701, 1904, pp. 9-11.
Un artista de/ de/ita 213

imputada” a Raimbault. Es decir, se incriminaba a la policía por haber plantado la


prueba en un libro que estaba sobre una mesa en la sala de visitas. Moura era el
blanco principal de la denuncia: “no tenía pruebas, las inventó; la perfidia, todo,
todo fue puesto en práctica por el subjefe, a fin de que no se le escapara el delin­
cuente por él inventado”.33
Junto al pedido de revisión del proceso criminal, el otro camino de la bifur­
cación lleva a la historia del falsificador puertas adentro de la prisión, donde el
propio Raimbault tejía los hilos de una inusitada trama que envolvió autoridades
penitenciarias, clubes políticos riograndenses y periodistas de la capital del esta­
do. ¿Qué hacía el falsificador francés en la cárcel de Porto Alegre mientras sus
abogados batallaban en el Supremo Tribunal? Trabajaba como fotógrafo. En la
prisión ocupaba una celda próxima al Servicio Antropométrico porque, según un
cronista del diario A Federa^ao, se había convertido en el “director del gabinete
de fotografía”, encargado de hacer los retratos de los condenados.3435 Además de
36
producir estos retratos de delincuentes, durante la noche se dedicaba a hacer otros
trabajos fotográficos para importantes ateliers de la ciudad y retratos de figuras
ilustres de la ciudad hechos con bromuro y crayón. Los elogios a sus dotes artísti­
cos fueron creciendo en la prensa local de la mano de retratos a líderes del Partido
Republicano que gobernaba Rio Grande do Sul desde hacia una década, también
de sus esposas, de militares y de obispos. El Club Julio de Castilhos -órgano del
partido- decidió comprar algunas de esas obras de Raimbault que se encontraban
en exposición en el atelier Grima de Porto Alegre?5
En octubre de 1903, la muerte de Julio de Castilhos, primer gobernador y
líder del Partido Republicano, sacudió a Rio Grande do Sul. Poco antes, en la
sala de honor de la jefatura de policía fueron inaugurados dos retratos a crayón de
autoría de Raimbault, uno de Julio de Castilhos, el otro de su sucesor y entonces
gobernador del estado, Borges de Medetros. Con sus elegantes molduras doradas,
los cuadros del francés fueron un éxito absoluto?6 “Trabajo magnífico”, “hábil
artista”, “admirable obra” eran algunos de los elogios que parecían dejar atrás el
estigma que rodeaba al nombre Jorge Raimbault en la prensa riograndense. Inclu­

33 Arquivo Nacional do Brasil, Fundo do Supremo Tribunal Federal, Revisáo de Processo Criminal
"Jorge Raimbault”, Código BV.0.RMI.O7O1, 1904, pp. 6-8.
34 “Jorge Raimbault”, A Federando, Porto Alegre, 10 de julio de 1905, p. 2. Sobre el Servicio An­
tropométrico y la producción de retratos de prisioneros en la cárcel de Porto Alegre ver Pesavento
(2009).
35 “Clube J úlio de Castilhos”, A Federando, Porto Alegre, 13 de octubre de 1902, p. 2.
36 “Nachefatura de policía”, A Ferferapño, Porto Alegre, 16 de octubre de 1902, p. 2 y “CasaFelizar-
do”, Petit Journa!, Porto Alegre, 9 de diciembre de 1903, p. 2.
214 Historia de la Cuestión Criminal...

sive, algunos diarios se referían a esos retratos como obra del “director del gabi­
nete fotográfico” de ia prisión, sin siquiera mencionar que también era un preso.
Dos crónicas sobre el trabajo artístico de Raimbault revelaban que, por detrás
de esos elogios, latía la idea de la libertad condicional para el otrora falsificador,
devenido eximio fotógrafo y pintor. En un texto sobre las galerías de arte en Por­
to Alegre, publicado en la Gazeta do Comercio, después de elogiar las obras de
Raimbault se explicaba que el francés “cumplía su pena dedicándose al culto del
arte y dejando en aquel recinto del dolor un ejemplo elocuente de regeneración”.
El redactor agregaba que Raimbault, “artista útil que el egoísmo de la sociedad
moderna arrojó a una cárcel”, había participado en exposiciones de arte con tal
éxito “que su nombre era arrancado del rol de los culpados para ser inscripto entre
los artistas más honestos”?’ Por su parte, el cronista de O Independente contaba
que Raimbault trabajaba sin cesar en “altas horas de la noche” y que era evidente
su “profundo pesar y su arrepentimiento”, su “dedicación al trabajo, a la familia
y su comportamiento ejemplarísimo”. En este caso, la insinuación dejaba lugar al
reclamo ostensible; “sí, Jorge Raimbault debe dejar la prisión donde se encuentra
y volver a la sociedad de la que fue retirado” y, evocando un pasaje del Código
Penal, pedía un decreto de perdón del Presidente de la República “porque si lúe un
delincuente, hoy es un arrepentido y sus hijos lloran su falta”?8
Mientras los periodistas riograndenses clamaban su perdón, los abogados
usaban, ante el Supremo Tribunal, las evidencias de su éxito artístico para reforzar
el pedido de revisión de la condena. De hecho, varios de esos recortes de la prensa
iban anexados al legajo, junto con tres cartas conseguidas desde la cárcel por el
propio Raimbault. La primera era una declaración del Administrador de la Casa
de Corrección, Ernesto Theobaldo Jaeger (de quien Raimbault también hizo un
retrato notable), firmada el 17 de noviembre de 1903. Aseguraba que el francés
había trabajado desde que comenzó a cumplir sentencia y que su conducta era
ejemplar. Las otras eran cartas de dos reconocidísimos fotógrafos de Porto Alegre:
el italiano Virgilio Calegari, con un pésimo portugués, elogiaba los trabajos que
Raimbault había hecho por encargo de su atelier; y uno de los hermanos Barbeitos,
dueños de otro atelier, respondieron el pedido de Raimbault destacando su “mere­
cimiento artístico reconocido en todo el Estado”?9

37 “Galería de arte”, Gazeta do Comercio, Pono Alegre, 30 de marzo de 1903, p. 1.


38 Amara!. “ImpressOes”, O independente, Porto Alegre, 17 de diciembre de 1903, p. 1.
39 Arquivo Nacional do Brasil, Fundo do Supremo Tribunal Federal, Revisiío de Processo Crimi­
nal “Jorge Raimbault", Código BV.O.RM1.0701, 1904, pp. 79-82. Sobre los atelíers fotográficos
Un artista del delito 215

El fallo del Supremo Tribunal no hizo ninguna mención a las acusaciones


contra Moura, pero en cambio se refirió a su trabajo como artista en la prisión:
“los documentos con que el demandante instruyó su pedido prueban un talento
como fotógrafo y retratista, pero no tienen ningún valor para fundamentar una
revisión” Estaba dicha la última palabra, ya no había instancia superior de ape­
lación de la condena que terminaba recién en febrero de 1908. Un mes después
de la confirmación de la sentencia en el Supremo Tribunal, el 9 de julio de 1905
a las 6 de la mañana, el guardia de la prisión de Porto Alegre encontró la celda de
Raimbault vacía. Al igual que en 1900, cuando ante la negación del babeas corpus
se escapó de la cárcel de Pelotas, las cerraduras estaban intactas. El jefe de policía
suspendió a varios guardias, mandó a vigilar las embarcaciones en el puerto y las
estaciones del ferrocarril. Los diarios pedían a ía población que estuvieran atentos
a la presencia de un hombre francés de estatura regular, bigote y cabellos rubios,
nariz aguileña, acento español en su hablar, elegante y correcto en el caminar, que
usaba anteojos de marco de oro, aunque se insinuaba que podía andar disfrazado
de cualquier otra manera. Muchos dijeron verlo por aquí y por allá. El capitán
Mauricio Teixeira da Silva, de una localidad en la sierra gaucha, cerca de Caxias
do Sul, creyó ver a Raimbault cuando notó la presencia de un “extraño visitante”,
bien vestido, al que le preguntó de dónde venía y hacia dónde iba. “Soy de Dios
y voy hacia Dios”, respondió, y siguió caminando. Parece que era algún predica­
dor/1 Lo cierto es que nadie más vio a Georges Raimbault en Rio Grande do Sul.

“Raimbault el Grande”
¿Adonde fue a parar el falsificador francés después de esta segunda fuga en 1905?
Por lo pronto, rápidamente desapareció de los diarios brasileros, pero es posible
seguirle el rastro. En 1911, el escritor Elysio de Carvalho, entonces director del
Gabinete de Identificación de la policía carioca, publicó en el Boletim Policial un
extenso artículo sobre la falsificación de dinero brasilero. Denunciaba la emer­
gencia de un crimen que estaba tomándose endémico, una industria inteligente,
rendidora y practicada a gran escala por societas delinquendi. Todo el relato sobre*

de Virgilio Caiegari y los hermanos Barbeítos en Porto Alegre, véase Sandri (2007) y Possamai
(2013).
40 Arquivo Nacional do Brasil, Fundo do Supremo Tribunal Federal, Revisao de Processo Criminal
“Jorge Raimbault”, Código BV.0.RMI.07O1, 1904,pp. 144-145.
41 La fuga y búsqueda del falsificador fue materia de crónicas periodísticas: “Jorge Raimbault”, A
Federando, Porto Alegre, 10 de julio de 1905, p. 2. ‘‘Telegramas", Gazeta de Noticias, Rio de
Janeiro, 10 de julio de 1905, p. 1. “Jorge Raimbault”, A FederafSo, Porto Alegre, 11 de julio de
1905, p. 2; “Raimbault", A Federando, Porto Alegre, 4 de agosto de 1905, p. 2.
216 Historia de la Cuestión Criminal...

las características de los falsificadores y de sus redes de complicidad encajaba


perfectamente con el caso de Pelotas. Los fabricantes de billetes falsos -explicaba
Carvalho- solían ser verdaderos artistas del delito; “dibujantes talentosos, graba­
dores adiestrados e impresores hábiles” que se aventuraban en el mundo del cri­
men hipnotizados por el talismán del dinero. Fabricantes extranjeros que jamás se
inmiscuían en el negocio de la circulación, siempre en manos de “intermediarios”
lanzados a la conquista de compradores al por mayor.42*
Todo encajaba a excepción de un detalle: según Carvalho, el dinero falso bra­
silero provenía del extranjero, en especial de Buenos Aires y Montevideo, donde
existían “verdaderas fábricas” montadas “casi exclusivamente” para la falsifica­
ción de moneda brasilera. Ese dinero era importado al Brasil por la misma vía
en que entraban las mercancías del comercio agroexportador (dentro de cajones
de frutas, latas de conservas, toneles de vino), aunque a veces era transportado
personalmente por “introductores” en viajes periódicos a Porto Alegre, San Pa­
blo, Río de Janeiro y numerosas ciudades del interior (Carvalho, 1912: 7). ¿De
dónde provenían estos datos tan precisos? En la policía de la capital brasilera, la
persecución del crimen de moneda falsa no era ámbito de injerencia del Gabinete
de Identificación que dirigía Carvalho, sino del Cuerpo de Investigación y Seguri­
dad Pública creado durante la reforma policial de 1907 (Bretas, 1997). La fuente
eran los informes de un inspector de ese cuerpo, llamado Pedro Cámara Campos.
Gracias a notables intervenciones en casos de falsificación de dinero, el inspector
había ganado el mote de “Sherlock carioca”.41
Esa fama se debía a la repercusión que tuvo, en la prensa brasilera, una serie
de viajes de Cámara Campos en la búsqueda de las fábricas que producían dinero
falso. Constantes desplazamientos en tren a San Pablo, donde mantenía una rela­
ción tensa con la policía local, y desde allí, un viaje a Montevideo tras las huellas
de un tal Julio Somaschini en marzo de 1911. En su nota, Elysio de Carvalho
reprodujo íntegramente el extenso informe de la misión en la capital uruguaya que
Cámara Campos le envió al jefe de la policía carioca. Después de entablar contac­
to con Somaschini, haciéndose pasar por un brasilero interesado en comprar mo­
neda falsa, logró combinar un encuentro para detenerlo infraganti delito con todas

42 Carvalho(1912:6). Uso la versión que fije publicada como folleto, en 1912, dentro de la colección
Biblioteca del Boletim Policial creada y dirigida por el propio Elysio de Carvalho.
4J “A nossa policía descobre urna grande fábrica de notas e estampilhas falsas em Montevideo”,
Córrela da Mankd, Rio de Janeiro, 20 de abril de 1911, p. 3, “Sherlocks cariocas. Diligencia no
estraugeiro", Jornal do Brasil, Rio de Janeiro. 20 de abril de 1911, p. 7; “Sherlocks cariocas. Um
sucesso em Montevideo", Jornal do Brasil, Rio de Janeiro, 13 de junio de 1911,p. 7.
Un artista del delito 217

las pruebas sobre la mesa. Previo intercambio de telegramas entre Montevideo y


Río de Janeiro, el inspector Cámara Campos logró el apoyo de Arturo Brizuela,
jefe de la sección de Investigaciones de la policía uruguaya. Brizuela consiguió
una orden de allanamiento de un juez y toda la comitiva (el inspector carioca con
dos agentes que lo habían acompañado al Uruguay, Brizuela y sus subalternos, el
juez y su escribiente) escoltaron a Cámara Campos hasta la casa de la calle Treinta
y Tres. En el segundo piso, Somaschini había armado la fábrica. Detenido el fal­
sificador y aprehendidas las pruebas, el “Sherlock carioca” regresó ai Brasil con
toda la gloria en el vapor inglés Aragón (Carvalho, 1912: 13-16).
La prensa uruguaya revela datos importantes sobre la historia de Somaschini.
Algunos años antes, en diciembre de 1907, estuvo involucrado con otro caso de
falsificación de dinero, esta vez de billetes de 10 pesos del Banco de la República
del Uruguay. Dos agentes de la policía de investigaciones detuvieron a Somaschini
en Paysandú, localidad a la vera del río que divide al Uruguay de la Argentina.
Somaschini había llegado a esa región fronteriza para vender billetes falsos a co­
merciantes de las provincias argentinas de Entre Ríos y Santa Fe. Compartió el
viaje con otro intermediario de la banda, Mario Raimbault, también detenido por
la policía.44 Arturo Brizuela, que entonces ya era jefe de investigaciones, esperó
en la Estación Central de Montevideo el arribo del tren que traía a los presos desde
Paysandú.
Al ser interrogado en la oficina de Brizuela, Mario Raimbault negó estar in­
volucrado en el delito de moneda falsa y dijo que había viajado a Paysandú para
acompañar a Julio Somaschini. Este último, en cambio, decidió confesar detalles.
Declaró que el “único y verdadero autor de la falsificación” era el padre de Mario,
“famoso cuadrista de la calle Maldonado esquina Andes”, un francés de 45 años,
alto, fuerte, cara rosada, bigote castaño claro y pelo algo canoso: Jorge Raimbault.
Algunas crónicas de la prensa uruguaya lo mencionaban como “Clemente Raim-
bault”. Es probable que, en los dos años transcurridos entre su fuga de la prisión
de Porto Alegre y esta reaparición con un atelier fotográfico en el centro de Mon­
tevideo, haya adoptado este nuevo nombre social para evitar problemas con las
autoridades. No fue en ese atelier céntrico de la capital donde Raimbault se lanzó
de nuevo al arte de la falsificación de dinero. Cinco meses antes de la detención de
su hijo en Paysandú, alquiló una pieza en los suburbios de Montevideo, para ins­
talar maquinaria y herramientas. Cuando la policía desbarató el plan, Raimbault y

44 “La gran falsificación”, El Bien Público, Montevideo, 6 de diciembre de 1907, p. 3; “La falsifica­
ción de billetes. Policía de Paysandú”, El Día, Montevideo, 7 de diciembre de 1907, p. 1.
218 Historia de la Cuestión Criminal,.,

el zapatero Salvador Pizzi, que según testigos lo había ayudado en la falsificación,


se esfumaron sin dejar rastros.4546
A! parecer, Mario Raimbault no pasó mucho tiempo preso por este episodio
de 1907, porque la policía de Montevideo volvió a detenerlo a mediados de 1911
cuando intentaba circular billetes falsos brasileros fabricados en Buenos Aires por
su padre.40 Los policías sudamericanos estaban cercando a Jorge Raimbault a base
de intercambios de información y viajes de agentes secretos de las secciones de
investigación. Si en el juicio de 1900 el telegrama de la policía de Buenos Aires
había sido central para comprobar la reincidencia del falsificador francés, una dé­
cada más tarde las redes de cooperación policial estaban todavía más aceitadas,
tras la Conferencia Sudamericana de Policía de 1905 (Gateano, 2016; 126-137).
En las fuentes, de hecho, hay numerosas pistas sobre la incidencia de las conexio­
nes transnacionales entre las policías en la detención de Raimbault en Buenos
Aires, la madrugada del 28 de agosto de 1911. Al día siguiente, las páginas poli­
ciales del diario La Nación eran ocupadas por un extenso reportaje sobre el caso.
La nota comenzaba explicando que, algunos meses antes, las autoridades de Río
de Janeiro habían dado aviso a la policía porteña acerca de una falsificación de
dinero brasilero que parecía proceder de Buenos Aires.4748 El cuerpo de investiga­
ciones de Cámara Campos estaba por detrás de todo esto. Las detalladas crónicas
de la prensa carioca sobre las misiones rioplatenses del inspector daban cuenta de
esos contactos con Buenos Aires. A comienzos de 1911, mientras CámaraCampos
tramaba la detención de Somaschini con los policías uruguayos, mandó a Buenos
Aires a sus dos subalternos, los “viejos y experimentados agentes” Joño Martins
y José Francisco da Silva.4* Además, el itinerario que había llevado al propio ins­
pector Cámara Campos de Río de Janeiro a San Pablo y, desde el puerto de Santos,
al Uruguay, mostraba un tramo curioso. Partió el 21 de marzo y el 24 a la mañana
el barco llegó a Montevideo. Sin embargo, en vez de quedarse en la ciudad donde

45 “Las falsificaciones de billetes. Llegada de Sommaschini y Reímbaud. Confesión del delito”. La


Democracia, Montevideo, 8 de diciembre de 1907, p. 1; “Policía. La falsificación de billetes". El
Día, Montevideo, 8 de diciembre de 1907, p. 1; “La falsificación de billetes. Los detenidos Rim-
bault Somaschini. Sus declaraciones”, El Siglo, Montevideo, 8 de diciembre de 1907, p. 5.
46 “Em Buenos Aires e Montevideo sáo presos varios individuos implicados no caso da falsificado
de notas brasileras”, Corréis da Manha, Río de Janeiro. 31 de agosto de 1911, p. 3.
47 “Descubrimiento de una falsificación”, La Nación, Buenos Aires, 29 de agosto de 1911, p. 11. En
el dossier del Archivo Público de San Pablo hay numerosas evidencias de los intercambios entre
las policías de Argentina y Brasil, en tomo a esta falsificación de 1911 (Arquivo Público do Estado
de Sao Paulo, Arquivo do Dr. Cantinho Filho, Osfalsarios: diligencias diversas, Vol. 2, 1916).
48 “Urna grande diligencia", O País, Río de Janeiro, 20 de abril de 1911, p. 2.
Un artisla á'l delilv 219

estaba Somaschíni, siguió esa misma noche hacía Buenos Aires y recién regresó a
Montevideo el 27 (Carvalho, 1912: 13).
¿Por qué ese desvío y esos tres días en la capital argentina? No queda claro
si existía una hipótesis de vínculo directo con la falsificación de pesos uruguayos
en la que estaba involucrado Somaschíni, pero es evidente que Cámara Campos se
entrevistó con autoridades de la sección de investigaciones de la policía argentina
para tratar la cuestión del dinero falso brasilero fabricado en el Río de la Plata.
De acuerdo con las noticias que circularon en Río de Janeiro, la investigación que
terminó con la detención de Raimbault a fines de agosto de 1911 comenzó varios
meses antes cuando la policía carioca detuvo a un sujeto que pretendía introdu­
cir billetes falsos. Entre los papeles incautados en su casa, encontraron cartas en
español que sugerían la existencia de una fábrica en Buenos Aires. Fue entonces
cuando los policías se comunicaron con sus pares argentinos, dando inicio a la
pesquisa.49 Teniendo en cuenta los antecedentes de Raimbault, es probable que
Cámara Campos sospechara ligaciones entre los falsificadores de Montevideo y de
Buenos Aires en la tarea de fabricación de moneda falsa brasilera.
En Argentina, la policía de investigaciones también había pasado por una
reforma significativa. Esta oficina, que surgió a fines del siglo XIX con el nombre
de Comisaría de Pesquisas (Galeano, 2009; 85-87), fue transformada en 1902 en
una dependencia compuesta por trece secciones diferentes (Orden Público, Orden
Social, Seguridad Personal, Robos y Hurtos, etc.). Una de esas secciones recibió el
nombre “Leyes Especiales”, por ocuparse de dos asuntos que habían sido materia
de innovación legislativa en los últimos años: la ley de falsificación de dinero de
noviembre de 1900 y la ley de represión del juego clandestino de agosto de 1902.50
A lo largo de la primera década del siglo XX, la policía de investigaciones aumen­
tó sensiblemente su plantel y estableció una relación de intimidad con algunos
medios de prensa, a los que ofrecía primicias e imágenes exclusivas a cambio de
elogios sobre las pesquisas. La crónica de La Nación del día siguiente al allana­
miento a la fábrica de Raimbault reflejaba esos lazos entre la policía y la prensa.
No solo porque fuera improbable la construcción de ese reportaje meticuloso en
tan pocas horas, sino porque entre las numerosas imágenes que lo ilustraban se
destacaban los retratos de cuatro investigadores.

49 “Notas falsas. Pristió dos falsificadores em Buenos Aires”, O Paá, Río de Janeiro, 4 de julio de
191 l,p. 2.
50 LAGUARDA, Francisco “La Policía de Investigaciones. Su evolución”, Hevista de Policía, Bue­
nos Aires, núm. 471, 1 de febrero de 1918, pp. 42-46. Sobre la Ley de Represión de Juego de 1902
ver Cecchi(2OI6).
220 Histeria de la Cuestión Criminal..

El cronista explicaba que desde el comienzo, es decir, desde el momento en


que la policía carioca informó sus sospechas, la pesquisa recayó en “dos antiguos
conocidos de la policía”: Jorge Raimbault, alias “el Francés”, y Amoldo Pedretti,
alias “Pera”. Cuando agentes secretos empezaron a seguirlos, descubrieron que
Pedretti frecuentaba diariamente la casa de Raimbault en la calle Conde al 1342.
Después notaron que concurría, y solía permanecer por varias horas, otro sujeto
que resultó llamarse Francisco Repullo, alias “Repollito”. Con esos indicios, la
policía obtuvo órdenes de allanamiento del juez federal Miguel Jantus y organizó
un operativo conjunto previsto para las cinco de la mañana del 28 de agosto. A la
misma hora, un comisario y dos auxiliares se ocuparon de la casa de Raimbault, un
subcomisario se dirigió a la de Pedretti en la calle Coronel Díaz, mientras los de­
más fueron a buscar a Repullo. Al día siguiente, los diarios de la ciudad narraban
en coro el éxito de estos allanamientos?1
En los fondos de la casa de Raimbault, los policías encontraron un taller
provisto de máquinas, instrumentos y productos químicos propios de una “falsi­
ficación en grande escala”. Entre las herramientas hallaron planchas litográficas
para la emisión de billetes de 200,100, 50, 20 y 10 mil reís. Cuando los agentes
de investigaciones entraron en el taller, sobre la mesa de trabajo había varios bi­
lletes sin terminar y otros, en un secador, “listos para ser lanzados a circulación y
difícilmente reconocibles por la perfección con que han sido terminados”?1 Los
magazines ilustrados Caras y Caretas, PBT y Sherlock Holmes dedicaron exten­
sos foto-reportajes al caso Raimbault, con agregados más intimistas en la vida del
falsificador. El acento del relato estaba colocado en los interiores de la casa de la
calle Conde, que había llamado la atención de los policías por su elegancia y buen
gusto. “Casa de apariencia nada pobre”, advertía el cronista de Sherlock Holmes'.
cinco habitaciones, tres destinadas al dormitorio, vestidor y comedor de la familia
del francés (su mujer, María Luisa, y dos de sus tres hijos, ya que Mario estaba
preso en Montevideo). Otra habitación era ocupada por su sirviente y la última
por el taller de falsificación: “Nadie diría, al mirar sus visillos del más puro tejido
holandés, y al contemplar su hall y los cristales cincelados de las cancelas, que tras
aquella apariencia de una burguesía imponderable se escondía nada menos que el*

51 Por ejemplo: "La falsificación de billetes de banco brasileños. Resultados de una pesquisa poli­
cial", La Prensa, Buenos Aíres, 29 de agosto de 1911, p. 13; “La falsificación. Actuaciones del
sumario”, La Tribuna, Buenos Aires, 29 de agosto de 19.11, p. 8.
52 “Descubrimiento de una falsificación”, La Nación, Buenos Aires, 29 de agosto de 1911, p. 11.
Un artista del delito 221

cerebro diabólico de Jorge Raimbault”, un “eximio artista” y el falsificador “más


hábil del mundo”.53
A diferencia de La Nación, que se dedicaba a encumbrar la pesquisa con
numerosas fotos de sus agentes, la revista Sherlock Holmes jugaba a competir con
la policía de investigaciones. Según la crónica, la policía conocía los antecedentes
de Raimbault en la década de 1890, pero ignoraba su destino posterior. ‘"Sherlock
Holmes llenará esta laguna de la vida de Raimbault, el Benvenuto Cellini de los
falsificadores”, prometían los detectives de la revista. Entonces se contaba deta­
lles que, en realidad, la policía conocía muy bien, como su paso por Montevideo,
donde estaba preso por el mismo delito “Mario Raimbault, hijo de Raimbault el
Grande”. El reportaje revelaba pormenores sobre la familia: que poseía cinco ca­
sas de altísimo valor, una jaula con gallinas de raza, tres perros ingleses; que Marta
Raimbault tenía 18 años, vivía “indistintamente en Montevideo o Buenos Aíres” y
que estuvo a punto de casarse con Virgilio Calegari, el fotógrafo de Porto Alegre,
con quien aparentemente Raimbault mantenía contacto.
Dos semanas más tarde, Sherlock Holmes publicó una segunda crónica, en
la que el tono se volvía más elogioso hacia la policía porteña. El nuevo reportaje
traía, además, fotografías de todos los cómplices de la banda. Amaldo Pedretti era,
según las informaciones del expediente, uno de los inversores de la empresa y en­
cargado de la circulación de Jos billetes en el Brasil y el Uruguay. Los circuladores
internacionales se completaban con Repullo, una mujer italiana conocida como
doña Ana Garzogiio y su esposo, Francisco Mazzioli. A primera vista, era difícil
distinguir a los jerarcas policiales, cuyos retratos también adornaban las páginas,
de los cómplices de la falsificación que -al igual que sus perseguidores- lucían
elegantes trajes, moños y bigotes prolijamente cortados. ¿Cómo funcionaba esta
banda de caballeros del delito? Según el cronista de Sherlock Holmes, para las
remesas de billetes al Brasil y al Uruguay se usaban telegramas con frases cifradas
como “verdaderas bellezas”, que significaba la llegada exitosa del dinero a su des­
tino, o “muebles Art Nouveau”, que indicaba la necesidad de enviar dinero por un
cierto valor acordado de antemano. Las palabras en portugués charuto (cigarro) y
garrafa (botella) eran usadas en los cables telegráficos para referirse a los distin­
tos tipos de billetes. “Con sucursales en diversas ciudades brasileñas y orientales*10

53 “El falsificador más hábil del mundo ha operado en Buenos Aires”, Sherloclc Holmes, Año I, núm.
10, Buenos Aires, 5 de julio de 1911, p. 17-20.
222 Historia de la Cuestión Criminal..

-explicaba el cronista- la fábrica de papel moneda de Raimbault tenia sus agentes


bien remunerados”, desde Montevideo hasta San Pablo y Río de Janeiro.54
Todas estas informaciones habían sido obtenidas por la policía y el juzgado
federal a cargo de Jantus. La cooperación policial fue, una vez más, central para
demostrar las conexiones delictivas con cómplices de los países vecinos. Un tele­
grama de Arturo Brizuela confirmó que la reciente detención de Mario Raimbault
era por circular billetes brasileros idénticos a los encontrados en Buenos Aires
y que su padre aún era considerado prófugo de la justicia por la falsificación de
dinero uruguayo en 1907. Otro telegrama, enviado por la jefatura policial de Río
de Janeiro, informaba sobre detenciones de cómplices en el Brasil.5556 También cir­
57
culaban por hilos telegráficos las noticias que los diarios uruguayos y brasileros
difundían en sus países, siguiendo el caso día a día, una reverberación periodística
transnacional que ninguna de las falsificaciones anteriores de Raimbault había al­
canzado. Y no solo noticias breves en la sección telegráfica: largas crónicas en la
Gazeta de Noticias de Río de Janeiro y en el diario El Siglo de Montevideo iban
inclusive acompañadas por las mismas fotografías que, en Buenos Aires, habían
publicado La Nación y La Prensa.*
En paralelo al intercambio de telegramas con las policías de Montevideo y
Río de Janeiro, los investigadores porteños obtuvieron informaciones clave en
numerosos allanamientos y en los interrogatorios a tos sospechosos, que man­
tuvieron varios días detenidos e incomunicados. El juez Jantus autorizó que se
interviniera la casilla de correos de Raimbault, donde fueron encontradas cartas
comprometedoras recibidas del Uruguay. En sus primeros días en el calabozo, el
falsificador francés se negó a declarar e inclusive a ingerir alimentos. Solo pedía
al agente que lo custodiaba que le diera un revólver para quitarse la vida. Prefería,
le dijo, “darse muerte a verse nuevamente en la cárcel”?7 Poco después accedió
a ser interrogado por la policía y en el testimonio, que duró siete horas, hizo lo

54 “Algo más sobre la falsificación Raimbault", Sheríock Holmes, Año!, núm. 12, Buenos Aires, 19
de septiembre de 1911, pp. 62-64. Sobre las redes de Raimbault en Brasil y Uruguay ver también:
“La falsificación de billetes brasileños. Pedido de antecedentes”, La Prensa, Buenos Aires, 21 de
agosto de 1911, p. 14.
55 “La falsificación de moneda. Nuevas diligencias”, La Nación, Buenos Aires, 30 de agosto de 1911,
p. 13; “La falsificación de billetes brasileños. Nuevos detalles", La Prensa, Buenos Aires, 30 de
agosto de 1911, p. 13.
56 “La falsificación de billetes brasileños”, El Siglo, Montevideo, 31 de agosto 1911, p. 8; “Deseo-
berta de urna fábrica de falsificado de notas brasiteiras”, Gazeta de Noticias, Río de Janeiro, S de
septiembre 1911, p. 5.
57 “La falsificación de moneda brasileña. Tribulaciones del autor principar’. La Nación, Buenos Ai­
res, 2 de septiembre de 1911, p. 12.
Un artista del delito 223

que pudo para dar respuestas evasivas, pese a que las pruebas en su contra eran
más que contundentes. Por ¡a delación de Raimbault, Jantus ordenó la captura de
un nuevo sospechoso cuyo nombre la prensa vaciló en publicar, dando primero
algunas pistas tímidas y más tarde sus iniciales, hasta que terminó estampando su
nombre en las páginas policiales: Antero Carbonell.”
Esos titubeos se debían a su estatus dentro del mundo empresarial y financie­
ro. Carbonell era un brasilero de 38 años, casado, que trabajaba como inspector
en la casa Gath & Chaves, sociedad anónima de capitales ingleses responsable
por una red de boutiques de moda, a la que ingresó por recomendación del cónsul
del Brasil. Antes de establecerse en Buenos Aires, había sido durante ocho años
agente de la empresa Lloyd Brasileiro en las oficinas de Santana do Lívramento
y Montevideo. Esa empresa era la más importante compañía de navegación del
Brasil, con una inmensa flota de buques de pasajeros y de carga que cubrían las
rutas del atlántico sudamericano y otras líneas a América del Norte y Europa.
Detenido en su domicilio sobre la calle México al 463, la policía le incautó cien
libras esterlinas, más una gran cantidad de cartas y tarjetas que parecían probar su
participación en la banda. En el interrogatorio, confesó haber aceptado un negocio
propuesto por el propio Raimbault en un café de la Avenida de Mayo esquina con
calle Tacuarí. Carbonell había puesto al francés en contacto con un funcionario de
la compañía brasilera de navegación.’*
La declaración de Carbonell fue fundamental para entender la mecánica de
la banda, que usaba sus contactos dentro de la compañía de navegación para hacer
operaciones de cambio de moneda con brasileros que llegaban a los puertos de
Montevideo y Buenos Aires, pasándoles así dinero falso. También existían sucur­
sales del negocio en las ciudades de San Pablo y Porto Alegre, donde contaban
con depósitos de billetes falsificados. El impacto de la detención de Carbonell fue
grande en la prensa de Brasil y Uruguay, porque destapó la olla de las conexiones
con cómplices en esos países. Inclusive se ampliaban las informaciones y diarios
de Rio de Janeiro brindaron detalles del sumario policial, por ejemplo, que ios
billetes eran enviados al Brasil en latas de dulces transportadas en los buques de*

58 ‘‘La falsificación de billetes. Otra importante captura”, La Prensa, Buenos Aires, 3 de septiembre
de 1911, p. 13; “La falsificación de billetes brasileños’'. La Nación, Buenos Aires, 3 de septiembre
de 191 l,p. 11.
59 “La falsificación de moneda brasileña. Una declaración importante", La Nación, Buenos Aires, 5
de septiembre de 1911, p. 12; “La falsificación de billetes brasileños. Actuación de Carbonell”, La
Prensa, Buenos Aires, 6 de septiembre de 1911, p. 13.
224 Historia de la Cuestión Criminal..

carga de Lloyd Brasileiro.™ Cuando el funcionamiento de la red fue revelado,


Raimbault declaró a la prensa: “todos los detenidos se han complotado para res­
ponsabilizar de la falsificación a una sola persona; han buscado una víctima, y la
han hallado en mí”.60 61
Raimbault estaba seriamente abatido. Una de las cosas que más le molestaba
era la publicación de sus retratos en la prensa de varios países, algo que esta vez
no pudo evitar. Esa exposición le generaba graves problemas a un hombre cuyo
oficio exigía trabajar en las sombras. Tomaba incierta la posibilidad de reconstruir
su vida en otro lado y comenzar de nuevo, como había hecho otras veces, porque
esas fotos viajaban hasta lugares insólitos. Un comisario de Bahía Blanca le envió
un telegrama a la policía porteña: un pasador de billetes falsos detenido en esa
ciudad aseguraba haberlos adquirido en manos del mismísimo Jorge Raimbault.
Lo había reconocido al ver la fotografía de su rostro publicada en el diario La
Nación el 30 de agosto de 1911.62 Pero había un problema con ese retrato; no era
Jorge Raimbault. Ní los cronistas de Caras y Caretas ni los del seminario PBT
se percataron del error al reproducirlo en sus páginas. PBT publicó la imagen en
un cuadro con los rostros de otros imputados y, en el centro, una fotografía más
reciente del falsificador.

60 “A fábrica de notas brasileiras em Buenos Aíres”, 4 Noite, Rio de Janeiro, 6 de septiembre de de


¡911, p. 2; ‘‘La falsificación de billetes brasileños. En busca de cómplices”, La Tribuna Popular,
Montevideo, 7 de septiembre de 1911, p. 10; “Telégrafo”, O Paiz, Río de Janeiro, 8 de septiembre
de 1911, p. 5.
61 La falsificación de billetes brasileños. Un asunto que se complica. Cómo operaban los falsificado­
res”, La Prensa, Buenos Aires, 5 de septiembre de 1911, p. 15.
62 “La falsificación de billetes brasileños. Seis detenidos", La Nación, Buenos Aires, 1 de septiembre
de 1911, p. 11.
Un artista del delito 225

J oreje RnitnbO'UU

Fuente; La Nación, Buenos Aires, 30 de agosto de 1911, p. 13.


226 Historia de la Cuestión Criminal...

Fuente: PBT. Semanario ilustrado, núm, 353, Buenos Aires, 2 de septiembre de 1911.

Cuando la prensa argentina llegó en papel al Brasil, transportada en navios a va­


por, el error se transformó en un escándalo. El retrato en cuestión era del gran
procer riograndense, Julio de Castiihos, uno de los tantos que Raimbault había
hecho en su atelier de la prisión de Porto Alegre. Quizás el falsificador guardaba
alguna copia en su casa de la calle Conde, ya que en las fotos del interior de su
dormitorio se vislumbran numerosos cuadros en la pared. En Río Grande do Sul,
donde todavía se secaban las lágrimas por la muerte de su caudillo, la confusión
de retratos se vivió como una afrenta mayúscula, A Federando, diario fundado por
el propio Castiihos junto con otros líderes del Partido Republicano, se convirtió
en el eje de una campaña vindicadora. Dos posibilidades eran admitidas y ninguna
dejaba bien parados a los periodistas argentinos. SÍ se trataba de un error involun­
tario, reflejaba una "ignorancia plena” y “falta de lectura de la historia de América
del Sur” porque nadie podía ignorar el rosto del Grande Morlo. Si, en cambio,
Un artista del delito 227

era una provocación deliberada, el acto se tenía de tonalidades de “procedimiento


criminal” perpetrado por un “gusano que inspira asco y repulsión”.63
En Brasil, las noticias de la condena de Jorge Raimbault a siete años y medio
de prisión convivieron con las repercusiones del escándalo de este retrato. Solem­
nes cartas de solidaridad “Pro-Castilhos” se mezclaban con algunas socarronas
burlas. La revista ilustrada O Malho, de Río de Janeiro, publicó el dibujo de un re­
trato dedicado a la “populaos tma revista porteña Caras y Caretas", que prometía
rectificar el “lamentable engaño” con la publicación del “verdadero retrato del no
menos verdadero falsificador de notas brasileras”.64 La letra cursiva en el término
“notas” jugaba con el doble sentido del término, que en portugués puede referirse
tanto a un mensaje escrito como al papel moneda. Aunque no se explicitaba el
nombre del “verdadero retratado”, que lucía en el pecho una cucarda con el nú­
mero 9, cualquier lector de la revista sabía que se trataba de Estanislao Zeballos,
el Ministro de Relaciones Exteriores argentino que renunció tres años antes cuan­
do se demostró que había falsificado el telegrama secreto núm. 9, supuestamente
interceptado por el gobierno argentino y que revelaría planes de guerra contra el
país (Heinsfeld, 2014:192-195). Es probable que, en estos últimos meses de 1911,
Raimbault haya permanecido ajeno a la trifulca internacional provocada por aquel
retrato de Julio de Castilhos pintado en la prisión de Porto Alegre. Volvía a la cár­
cel. Volvía a los calabozos de la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires, que había
dejado en 1898 para iniciar una nueva vida en el Uruguay. Se cerraba un círculo,
pero la vida de Raimbault tenía, aún, muchas falsificaciones en el horizonte.

Trayecto final
En la nueva estadía en la Penitenciaría Nacional, Raimbault volvió a usar las ha­
bilidades de su oficio para obtener un puesto en la sección de litografía. Pasó poco
tiempo entre la recuperación de la libertad y otra acusación policial que lo señaló,
a mediados de 1919, como el posible autor de una falsificación de billetes de 100
pesos uruguayos. Un juez de instrucción le dictó prisión preventiva, pero el delito
no pudo comprobarse. Tres años más tarde, en septiembre de 1922, no tuvo la
misma suerte. Aparecieron billetes falsos argentinos y, por su buena calidad, las
sospechas policiales recayeron sobre el francés. Allanaron la casa en la que vivía
con su esposa, ahora en el barrio porteño de Villa Devoto. En una propiedad con­
tigua vivían sus dos hijos varones, Mario y Carlos. La policía de investigaciones

63 “Unía infamia”, A Federafdo, Porto Alegre, 9 de septiembre de 1911, p. I.


64 “Salada da semana”, O Malho, núm. 470, Rio de Janeiro, 16 de septiembre de 1911, p. 20.
228 Historia de ¡a Cuestión Criminal..

no encontró rastro alguno de dinero falso argentino, pero se topó con billetes de
50 mil y 500 mil reis. Hacía rato que la policía carioca venía comunicando a la de
Buenos Aires que dinero falso de esos valores nominales circulaba en ciudades
del Brasil. Mario no estaba cuando la policía irrumpió en Villa Devoto, llevando
a su padre y a su hermano. Las sospechas apuntaban a un viaje a Río de Janeiro.65
Cuando la policía interrogó a Raimbault, el francés negó la imputación y dijo
que esos billetes de 100 pesos falsos no habían sido fabricados en el país porque
“ningún profesional medianamente inteligente confecciona billetes del país en que
los ha de circular”.66 El francés ya no negaba a la policía su condición de falsifica*
dor, más bien tendía a mostrarse como un jubilado del rubro que, a sus casi sesenta
años, prefería dedicarse a otras cosas. Si para Raimbault un buen monedero falso
jamás fabricaba dinero del país en el que residía e iniciaba la circulación, ¿por qué
tanta insistencia en los billetes del Brasil? Muchos indicios sugieren que había una
cuestión técnica por detrás de esa elección. En 1914, Elysio de Carvalho publicó
un nuevo texto sobre el tema titulado “nuestro papel moneda no posee elementos
de defensa contra la falsificación”. Mientras en el folleto anterior ponía el énfasis
en la “facilidad para hacer circular” el dinero falso en el Brasil como factor expli­
cativo del auge de las fábricas rioplatenses (Carvalho, 1912; 7), ahora el énfasis
se inclinaba hacia la materialidad de los billetes; el tipo de papel utilizado en la
emisión y las medidas de seguridad como la impresión de imágenes en relieve y
las marcas de agua, ya implementadas por diversos países, se tomaban problemas
centrales (Carvalho, 1914). El cambio de interpretación del policía brasilero se
debía a la visita al Brasil del célebre criminalista de Lausana, Rudoiphe Archibald
Reiss, especialista en peritajes gráficos. En una de sus conferencias en San Pablo,
Reiss disertó, ante la presencia de Elysio de Carvalho, sobre las medidas de se­
guridad para evitar la falsificación de billetes de banco (Reiss, 1913: 20-24). Pero
antes que Reiss y Carvalho, el cómplice de Raimbault en la falsificación de 1911,
Antero Carbonell, había confesado a la policía argentina la razón por la que el
francés falsificaba billetes del Brasil: la falta de marcas de agua en las impresiones
del dinero legítimo tomaba la imitación más fácil.67
La descripción densa de los casos de 1899 y 1911 permite entender tres cues­
tiones fundamentales de la falsificación de dinero en América del Sur. En primer

65 “Policía", Critica, Buenos Aires, 14 de septiembre de 1922, p. 3.


66 “Parece que están en circulación muchos billetes falsos de 100S”, La Nación, Buenos Aires, 15 de
septiembre de 1922, p. 5.
67 “Teiegrapho", O Paiz, Río de taneiro, 8 de septiembre de 191!, p. 5.
Un arlista del delito 229

lugar, la intensa trama de circulaciones -delictivas y policiales- entre las ciudades


localizadas en el espacio atlántico sudamericano: ciudades portuarias como Bue­
nos Aires, Montevideo, Porto Alegre y Río de Janeiro, pero también numerosas
localidades conectadas con esos puertos por la vía ferroviaria. En segundo lugar,
el papel de las redes de inmigrantes (en este caso, franceses y portugueses) en la
construcción de lazos de confianza y complicidades necesarias para emprender un
negocio que involucraba, inevitablemente, muchos actores con papeles diferencia­
dos. Por último, el vínculo entre las condiciones materiales de impresión y circula­
ción de dinero “oficial” y las tendencias en la falsificación de billetes. Aunque este
último punto requiere de un análisis que excede los alcances de este trabajo, puede
entreverse que contrastes en el tipo de papel usado, la calidad de impresión y las
medidas de seguridad, como la marca de agua, podían ser elementos tentadores
para lanzarse a la fabricación de dinero falso de un país y no de otro.
La historia de Raimbault sigue más allá de este capítulo. Fue nuevamente pre­
so en la década de 1920 y casi lo mandan al temible presidio de Ushuaia por tiem­
po indeterminado. Ya acumulaba una importante porción de su vida tras las rejas.
Aunque a menudo la prensa brasilera se quejara de la inacción de las autoridades
y la responsabilizara por el descontrol de la moneda falsa, el “poder inicuo” de la
policía para “interrumpir los estudios de grabado” (volviendo sobre las palabras
de Machado de Assis), no era nada despreciable en la vida de los falsificadores.
Cada vez que instalaba una fábrica, Raimbault sabía que el allanamiento policial,
el juicio y la cárcel eran contingencias probables del juego de la moneda falsa.
Pero, como un terco burgués aventurero, nunca dejó de arrojarse a la actividad ver­
tiginosa de la fabricación de billetes. Una nueva falsificación en 1933 lo llevó a la
prisión. Para el cronista policial de La Nación, diario que le venía siguiendo las an­
danzas por cuatro décadas, “estaba escrito que el viejo falsificador no podía vivir
dentro de la ley”.6869No está claro cuánto tiempo más pasó en la cárcel, ni a qué se
dedicó en los últimos años de su vida. Una breve referencia en el Registro Oficial
de la República Argentina, en la que aparece una transferencia de terreno a su hija
por “causa de muerte”’6’ hace pensar que Georges Raimbault, el eximio litógrafo
y pintor nacido en la Francia del Segundo Imperio, el gran falsificador de América
de Sur, haya terminado sus días en la Buenos Aires de posguerra. Quizás llegó a
enterarse, por los diarios, de las iniciativas de Interpol para coordinar el combate

68 "Descubrióse una falsificación de billetes de $50”, La Nación, Buenos Aires, 29 de enero de 1933,
p. 6.
69 “Transferencias de dominio por causa de muerte", Boletín Oficial de la República Argentina, núm.
16.682, Buenos Aires, 8 dejuiiode 1950, p. 33.
230 Historia de la Cuestión Criminal..

internacional del delito de moneda falsa, o de las fabulosas falsificaciones de libras


esterlinas y dólares en el régimen nazi. Quizás leyó, en sus últimos años de vida,
alguna de las ficciones que, en los años 1930, hablaban de falsificadores que se
desplazaban en aviones, como el Doctor Müller en L ’íle Noire de las aventuras de
Tintín. Quizás no. Pero Raimbault se retiró del mundo de la falsificación cuando
las cosas estaban cambiando.

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Policía de Identificación
El Bertillonage y la Dactiloscopia
en la Policía de Santiago de Chile, 1899-1924

Cristian Palacios Laval

Introducción
n este capítulo se propone indagar la relación entre la identificación cien­
tífica de las personas y la Policía en Chile durante 1899 y 1924. Durante
las primeras décadas del siglo XX, el saber policial, dentro de su rol de
encargados del orden público y auxiliar de la justicia criminal, se centró en la in­
dividualización de los delincuentes. El problema de determinar la reincidencia del
detenido o procesado conllevó la instalación de la Oficina de Identificación Antro­
pométrica en la policía de Santiago en 1899, y la recepción y puesta en marcha de
las novedosas prácticas policiales que brindaban la policía de París y la de Buenos
Aires en el campo de la identificación criminal: el bertillonage y la dactiloscopia.
Estas técnicas prontamente se irían ampliando hacia el resto de la sociedad civil.
Este avance de la “policía de identificación” se concretó con el decreto-ley 26 de!
7 de octubre de 1924, que estableció el Servicio de Identificación Personal Obli­
gatorio basado en el sistema dactiloscópico de Juan Vucetich y el morfológico de
Alfonso Bertillon.
Con respecto al cuerpo policial vigente durante el periodo que es objeto de
estudio, en 1896 la institución adquirió un carácter centralizado. La ley 344, del
12 de febrero, dio origen a las “Policías Fiscales” en las cabeceras de departamen­
tos, organizadas y dirigidas por una jefatura a nivel nacional y sostenidas eco­
nómicamente con fondos fiscales. El 26 mayo de ese mismo año se promulgó el
“Reglamento orgánico para la Organización y Servicio de la Policía de Santiago”,
que estableció su ordenamiento en dos secciones, una de Orden y otra de Seguri­
dad. La primera, cuya gestión era el mantenimiento del orden público al “prevenir
toda causa que pueda perturbarla y velar por el cumplimiento de las disposiciones
dictadas en beneficio de la seguridad, salubridad, comodidad y omato de la pobla­
ción”, y la segunda, destinada a la lucha contra el delito, al “perseguir y aprehen­
der a los delincuentes y de practicar las gestiones que tiendan al esclarecimiento
de los juicios e investigaciones en materia criminal y a facilitar la acción de super-
vigilancia que corresponde a la autoridad pública sobre los criminales” (Cífuentes
236 Historia de la Cuestión Criminal..,

y Pérez Montt, 1911: 60). Sería una organización policial cuyos servicios estarían
bajo la “dirección del Intendencia de la provincia y a las órdenes inmediatas del
Prefecto” (Cifuentes y Pérez Montt, 1911: 60), y compuesta por una Prefectura,
10 comisarías (posteriormente se crean tres más), una Sección de Seguridad, un
Servicio de Sanidad, y, desde 1906, de una Brigada Central.1 Aquel cuerpo de po­
licía se reorganizó por el decreto con fuerza de ley 2484 del 27 de abril de 1927,
que centralizó y unificó los servicios de policiales existentes en el país en una sola
institución de fuerte impronta militar, Carabineros de Chile, dependiente del Mi­
nisterio del Interior, y actual policía chilena.
Tomando en cuenta lo anterior, se postula que durante el periodo entre 1899 y
1924, las técnicas de identificación y vigilancia de personas se consolidaron como
especialidad policial, en una primera instancia centrada en la figura del reinciden­
te, pero advirtiéndose un temprano empeño por avanzar hacia una identificación
preventiva, que comprendía el registro de la población civil. Esta concepción, que
se integraba dentro de la idea policial de que la eficacia de su labor preventiva,
dependía de su mayor capacidad de conocimiento y control de las personas en
general. En otras palabras, la solución racional ante el problema de la seguridad
pública implicó la modernización de los saberes y prácticas policiales, mediante
la construcción y administración científica y técnica de registros de identidad e
información de la población.

El método de Bertillon y su adopción en la Policía de Santiago


Localizar a un delincuente durante las últimas décadas del siglo XIX no era tarea
sencilla. La migración interna y la expansión urbana que sufrió la ciudad de San­
tiago trajo consigo nuevas caras que se confundían con las antiguas, una multitud
de personas en constante desplazamiento. Los medios de transporte facilitaron la
movilización interna y externa de personas, y la formación de conexiones entre
ciudades y localidades. Los ferrocarriles y tranvías permitieron la ampliación de
las rutas, que a la vez habilitaron una circulación de delincuentes que retaba el re­

1 Según la orden del día núm. 751, del 10 de marzo de 1906, la Brigada Central tiene como finalidad
“aliviar en lo posible los servicios extraordinarios que pesan sobre el personal de las otras”. Con
servicios extraordinarios se refiere principalmente a servicios públicos de vigilancia de Teatros,
reuniones, meetings, manifestaciones públicas; servicio de tráfico en las principales calles y de
primeros auxilios en caso de accidentes, etc. Dicha sección, estuvo compuesta inicialmente por
un Comisario, Sub-Comisario, Inspectores, Sub-Inspectores y de personal de tropa seleccionados
dentro de las diferentes comisarías. Posteriormente el personal subalterno se compondrá de 10
guardianes 10 guardianes 2d“y 230 guardianes 3"” (INTENDENCIA DE LA PROVINCIA
DE SANTIAGO Memoria anua! de la intendencia de Santiago, Santiago, imprenta “Santiago”, 1
de julio de 1911, p. 45).
Policía de Identificación 237

curso tradicional de sospecha que la policía usaba para fijar a determinados indivi­
duos en la categoría de delincuentes conocidos: la memoria visual. La exhibición
y descripción física de los detenidos en las comisarías fue la forma más habitual de
individualización policial. Los guardianes del orden memorizaban ciertos rasgos
del rostro y del cuerpo del individuo que les eran particulares para reconocerlo y
asi poder detenerlo la siguiente vez que lo vieran en la calle.
SÍ bien la memoria visual de los policías de orden y seguridad cumplía un rol
activo en el poder de policía basado en la sospecha, ciertamente era una táctica
imperfecta. Para la Sección de Seguridad de la Policía de Santiago, encargada de
la investigación del delito y/o la búsqueda de reos por orden judicial, la facilidad
con que los delincuentes eludían el agravamiento penal, principalmente mediante
la apropiación del nombre de otra persona, y la dificultades de sus pesquisas, de­
mandaba para esta agencia policial la urgente búsqueda de medios más fehacientes
para comprobar la identidad para evitar errores judiciales. Uno de los primeros fue
el uso de la fotografía.
Tal como lo recoge Marco León León (2003), el espacio carcelario fue in­
augural en el uso de la fotografía para identificar delincuentes en Chile. En los
últimos años de la década de 1860, encontramos los primeros intentos por formar
una “galería de retratos” de la población carcelaria. En 1877, en la Penitenciaria
de Santiago ya se habían realizado 1.290 retratos (León, 2003: 471-477) y en la
Cárcel de Talca, entre 1869 y 1874, el número de reos fotografiados fue de 1.000
(Leyton y Díaz, 2007; 994). Además de su fotografía, estas galerías incluían los
datos físico-orgánicos, civiles y penales de los individuos condenados. Sin embar­
go, las primeras experiencias del retrato judicial estuvieron cargadas de una serie
de inconvenientes.
En primer lugar, no se contaba con el personal adecuado. Por ejemplo, en la
Penitenciaría de Santiago, las autoridades habrían designado dentro de la misma
población carcelaria al primer fotógrafo y responsable del taller, precariedad téc­
nica que nos permite inferir que los retratos sacados no presentaban un formato
uniforme, como tampoco las galerías estaban organizadas bajo un sistema de cla­
sificación y archivo que permitiese un acceso y uso expedito de la información
contenida. A lo anterior podemos agregar el problema de los altos costos que sig­
nificaba el envío de las fichas de identificación a otras dependencias policiales y
judiciales del país, lo que perfiló un lento proceso de implementación de esta nue­
va técnica de identificación en el espacio judicial chileno (León, 2003; 474-475).
Por otro lado, la historia oficial de la policía ubica en 1874 el uso de la fo­
tografía en la confección de galerías de delincuentes conocidos en la Policía de
238 Historia de la Cuestión Criminal...

Valparaíso, bajo la jefatura del comandante Jacinto Pinto. También destacan al fo­
tógrafo de la morgue de Santiago, Cleto Ramírez, quien en 1887 habría propuesto
retratar a todos los sujetos que fuesen aprehendidos por la policía. Esta galería de
retratos, para Ramírez, no solo tendría un uso policial sino también de prevención
individual porque “las personas que tuvieran sospecha de algún individuo o que
quisieran saber el nombre de algún ratero, pudieran consultarlo fácilmente con el
empleado encargado” (Urzúa, 1947: 10), Sin embargo, dicha sugerencia se mate­
rializó diez años después, cuando la Policía de Santiago incorpora la antropome­
tría policial como técnica para identificar delincuentes.
Durante la década de 1890 encontramos las primeras noticias sobre el siste­
ma antropométrico en Chile? El abogado liberal y posterior ministro de Justicia e
Instrucción Pública (1899-1901), Francisco J, Herboso, publicó en 1892 “Estudios
penitenciarios”, trabajo que contiene las memorias del viaje que realizó a Europa
entre 1887 y 1890, encargado por el gobierno de José Manuel Balmaceda, para
estudiar las distintas organizaciones y sistemas penitenciarios. Dentro del itine­
rario visitó el Depósito de la Prefectura de Policía de París, donde pudo observar
la puesta en práctica de la antropología “policial”. Para el abogado chileno, el
método de Bertiilon resolvería dos inconvenientes claves para el sistema penal:
en primer lugar, la imposibilidad de determinar la veracidad del nombre declarado
por el delincuente ante el juez, “interesado como está en ocultar su verdadero ape­
llido y en esconderse de los agentes de pesquisas, hoy se llama González, mañana

2 E¡ uso de la antropometría para singularizar al sujeto criminal y determinar si correspondía a un


reincidente o no, data de 1882 en la Prefectura de Policía de París. Atphonse Bertiilon, hijo y
hermano de dos connotados médicos y estadistas franceses, Louís y Jacques, respectivamente,
elaboró un sistema de clasificación y archivo de individuos a partir de las medidas o “estadísticas"
del cuerpo humano. Fuertemente influenciado por Jos estudios de estadística social de Adolphe
Quetelet y por la antropología racista francesa, liderada por Paúl Broca, Bertiilon creía que el
esqueleto humano permanecía más o menos inalterable desde la edad de 20 años, además de
creer que las dimensiones de éste eran extremadamente desiguales entre dos individuos diferentes
(Kaluszynski, 1987:273). Establecidas estas leyes, la antropología “policial” consistió en la toma
minuciosa de once medidas anatómicas: “largo y ancho de la cabeza, largo de los dedos medio y
auricular izquierdo, largo del pie izquierdo, largo del antebrazo izquierdo, largo de la oreja dere­
cha, estatura, extensión de los brazos, altura del bulto y color del ojo izquierdo” (García Ferrari,
2010: 121). Según Alan Sekuía, careciendo de un entendimiento muy acabado de cálculos proba­
bilísimos, Bertiilon estableció que Ja posibilidad de que Jas once medidas se repitiesen en distintos
individuos era de alrededor de una en cuatro millones (Sekula, 1986: 28). Prontamente, a las
medidas corporales, las que por sí solas no consiguieron determinar absolutamente Ja identidad de
los reincidentes, Bertiilon incorporó otros registros descriptivos para revertir dicha problemática y
hacer de su sistema un método de identificación incuestionable en el espacio jurídico, tales como
el relrato hablado (señalamiento descriptivo), las señas particulares y la fotografía estandarizada.
Policía de Identificación 239

Vargas, pasado mañana Martínez, etc.”. (Herboso, 1892: 467). Y en segundo, lo


manipulable e irregular que podría ser la identificación mediante ia fotografía y lo
tedioso, y el extenso tiempo, que tomaba la búsqueda de miles de fichas fotográfi­
cas en archivos escasamente clasificados. Así también lo comprendía el psiquiatra
chileno Manuel 2o Beca:
“La fisionomía cambia mucho por sí misma en períodos relati­
vamente cortos de la vida; las descripciones varían, con la apre­
ciación, criterio i conocimiento del encargado de hacerlas; luego,
punto menos que imposible, sería buscar la fotografía i descrip­
ción de un individuo dado, supuesto recidivista i que niega su
nombre, entre muchos miles acumulados durante algún tiempo; i
aun este trabajo que demandaría horas, días o semanas para cada
caso...” (Beca, 1898; 18).

Por lo tanto, para Beca, quien en 1898 presentó en el V Congreso Científico Gene­
ral Chileno un estudio sobre el estado de la cuestión de la antropología criminal y
de la antropometría judicial, esta última por sus regias anatómicas fijas y “univer­
sales”, era el método “más seguro” para establecer la verdadera identidad del cri­
minal. Un saber técnico-médico que debía reemplazar la inconstante y dubitativa
mirada policial como saber de individualización y vigilancia:

“Más aun, se comprende que tal delincuente puede así tener fa­
cilidades para recorrer toda la República i viajar sin temor de
ciudad en ciudad, cometiendo depredaciones, robos u otros deli­
tos i crímenes, sin que se sepa que él es un criminal fortuito o de
ocasión o de hábito, i sin que se le aplique la pena que merecería,
si se conociese su historia” (Beca, 1898: 21).

En ambos casos la observación in situ les pennitió afirmar y legitimar sus preten­
siones de implementar la antropometría en el contexto local. Para Herboso, las ob­
servaciones constantes de su funcionamiento le permitían recomendar el sistema
que “ha dado excelentes resultados en la práctica” y que el tiempo en tomar las
medidas corporales es mínimo. Pero también este tipo de observación le permitía
prevenir ciertos convenientes en el sistema, continúa Francisco Herboso, es “casi
infalible para los mayores de diez y ocho años, los individuos menores de esta
edad eran susceptibles de pequeños cambios que pueden comprometer fácilmente
el éxito de la medición...” (Herboso, 1892:468).
En el caso de Manuel 2° Beca, comisionado por el Estado para estudiar las
enfermedades nerviosas y mentales y la organización de los servicios de Enajena-
240 Histeria ¡i’ la Cuestión Criminal...

dos de Europa y Estados Unidos entre 1895 y 1897, pudo observar la implementa-
ción del bei tillonage en la Policía de París, Scotland Yard y en el Hospital de Cri­
minales Enajenados de Matteawan, en el Estado Nueva York. En estas dos últimas
instituciones pudo constatar el uso de Fingerprinls para el registro de criminales
declarados locos. Para Beca, los buenos resultados observados en las instituciones
europeas y norteamericanas revelaban que “la identificación de criminales es una
cosa fácil i posible”, su ejecución era simple y no se requería adquirir instrumen­
tos estrafalarios. Es más, ya eran conocidos y de común uso en el espacio médico
chileno; “bastan los cartabones que todos conocemos, una medida de corredera i
un compás de espesor”, su puesta en marcha solo requería de “una organización
adecuada i poco costosa”(Beca, 1898; 25).
Paralelamente, la policía chilena se iría aproximando a la nueva técnica de
identificación a través de su homónima trasandina. A diferencia de los casos ante­
riormente estudiados, los que requirieron de prolongados viajes de conocimientos,
la policía observó de cerca las Oficinas de Identificación Antropométricas de la
Capital y de la Provincia de Buenos Aires, creadas respectivamente en 1889 y
1891. Durante el periodo que cubre este capítulo, las comunicaciones y viajes de
estudio entre ambas policías fueron constantes, existiendo una fructífera corres­
pondencia entre el jefe de la Oficina de Identificación de la Policía de la Provincia
de Buenos Aires, Juan Vucetich, con las cúpulas policiales de Santiago y Valparaí­
so y conocidos personajes de la justicia chilena.
Dentro de estas correspondencias, encontramos la fechada el 8 de agosto de
1893, donde el por entonces Prefecto de la Policía de Santiago, Femando Lo-
petegui, le correspondía en agradecimientos el envío del manual “Instrucciones
Generales para identificación antropométrica, basada en los sistemas de Alfonso
Bertillon y Francis Galton”, de 1893. Tal fue el interés que despertó en el Prefecto
el trabajo de Vucetich que al día siguiente de haber sido recibida la misiva se le
solicitaba: “Cuantos datos pueda Ud. enviarme sobre el servicio antropométrico
que Ud. tan bien dirije, como así mismo los datos estadísticos completos del año
próximo pasado y lo que Ud. crea por conveniente ser útiles para el cuerpo de
policía de Santiago”.3
Asimismo, con fecha de 6 de junio de 1896, la Policía de Valparaíso agrade­
cía el envío del mismo manual y de los “cuadros sinópticos correspondientes que

3 “Carta de! Teniente [Yávar, firma ilegible! Prefectura de Policía de Santiago a Juan Vucetich”,
1893, Fondo Particular de Juan Vucetich, Museo Policial de la Provincia de Buenos Aires, Ij
Plata, Argentina.
Policía de Identificación 241

han servido para la implementación del sistema de filiación policial en la Provin­


cia de Buenos Aíres”.'1
Como podemos observar, el manual realizado por Juan Vucetich en 1893 fue
el primer acercamiento teórico que tuvieron las policías de Santiago y de Valparaí­
so de ¡as novedosas técnicas de la antropometría y de las huellas digitales para la
identificación de delincuentes. Tal como lo índica Mercedes García Ferrari, el ma­
nual “Instrucciones Generales para identificación antropométrica” fue netamente
técnico e ilustrativo, contaba con fotografías que permitían al lector neófito acce­
der y conocer de forma más “realista” la práctica identificatoria por las medidas
del cuerpo y el funcionamiento de una Oficina de Identificación (García Ferrari,
2009; 35).
A inicios de 1897, la Policía de Santiago conocía la Oficina de Identificación
Antropométrica de la Policía de la Capital argentina. Producto de la pesquisa del
caso del abogado Luis Matta Pérez, acusado de dar muerte (mediante asfixia por
sofocación) a su amante Sara Lyon Recabarren, y de quien se tenía la información
de que había huido hacia Buenos Aires, el segundo jefe de la Sección de Seguridad
Guillermo Borchert visita dicha oficina. Su corta estadía en la capital trasandina, le
fue suficiente para proponer a su regreso una oficina semejante para la ciudad de
Santiago, con lo que se conseguiría evitar nuevos casos de fugas de delincuentes.
Según Eugenio Castro, Borchert por esfuerzo propio habría adquirido instrumen­
tal básico para la medición corporal y para su clasificación y archivo, “cartabón,
taburete para medir el pie y compases de metal para la medición de la cabeza, oreja
y pie izquierdo”, y “tres muebles para el casillero alfabético”, además de organizar
un gabinete fotográfico (Castro, 1901: 227).
A poco andar, la improvisada Oficina de Identificación Antropométrica de la
Policía de Santiago sufrió sus primeros inconvenientes. El limitado conocimien­
to sobre antropometría policial de Borchert y sus ayudantes, más las primeras
manifestaciones de resistencia en el campo al sistema “a pretexto de vejámenes”
significó, temporalmente, dejar de lado las medidas corporales. Durante ios pocos
meses de aplicación, se logró identificar entre 18 y 35 personas. Desde el 27 de
julio de 1897, el personal de la Sección de Seguridad solo se dedicaría a retratar y
formar galerías de reos encatgados por los jueces.
Sin embargo, en mayo de 1899 se restableció la antropometría en la Oficina
de Identificación. La Ley sobre la libre apreciación judicial, promulgada el 3 de*

4 “Carta Prefectura de la Policía de Valparaíso a Juan Vucetich", 1896, Fondo Particular de Juan
Vucetich, Museo Policial de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, Argentina.
242 Historia de la Cuestión Criminal...

agosto de 1876, fue utilizada por la Policía de Santiago para legitimar nuevamente
las medidas corporales para la identificación de delincuentes. Esta ley “especial”
dictada para erradicar una supuesta “ola delictiva” que asolaba al campo y a la
ciudad, entregó vastos poderes discrecionales a los jueces, quienes podían vali­
dar una condena o absolver a los acusados de “homicidio, hurto, robo, incendio i
accidentes de ferrocarriles” (Marchant, 1901: 8), con una total flexibilidad de la
apreciación de la prueba e incluso con la absoluta falta de ellas. Para la policía,
este escenario proclive a errores judiciales en las sentencias hacía imperioso el
uso de la antropometría entendida como la prueba más competente para delatar la
verdadera personalidad del sujeto acusado.
El entonces jefe de la Sección de Seguridad, Exequiel Rodríguez, y el inten­
dente de Santiago, el parlamentario conservador Juan de Dios Correa Sanfúentes,
fueron los principales promotores de la antropometría policial. El primero de ellos,
según Barros Ovalle “suministró los fondos necesarios para hacer las fichas de las
filiaciones en números de algunos miles, imprimir dos grandes libros copiadores,
hacer dos grandes al lápiz, comprar un buen número de obras, etc.” (Barros, 1900;
XV). Fue nombrado como primer jefe de la Oficina de Identificación el médico-
cirujano Pedro Barros Ovalle, quien.se encargó de la instrucción del método de
Bertillon al personal de la Sección de Seguridad y de instalar el Archivo índice Al­
fabético. De estos primeros alumnos se destacó el policía Luis Leiva Salas, quien
tuvo un papel fundamental en redacción de la Ley del Servicio de Identificación
personal Obligatoria de 1924.
El doctor Pedro Barros Ovalle había iniciado sus estudios sobre antropome­
tría en i 894 en Europa, comisionado por el presidente de la Sociedad Médica de
Chile, el neuropsiquiatra Augusto Orrego Luco. A su regreso, difundió el sistema
en el IV Congreso Científico General Chileno, celebrado en la ciudad de Talca en
1897 y posteriormente en 1900 publicó el Manual de Antropometría Criminal i Je­
neral. Si bien este último trabajo puede considerarse una traducción selectiva del
estudio Indentification Anlropométrique. Instructions sígnalétiques de Alphonse
Bertillon (1893), en el prólogo encontramos ciertas ideas que creemos de impor­
tancia atender.
En primer lugar, Barros Ovalle proponía extender el uso previsto del berti-
llonage (la identificación de reincidentes), para el registro de “vagos y ociosos”
que como potenciales delincuentes debían ser conocidos por la policía para así
ubicarlos nuevamente en la disciplina del trabajo asalariado. A su vez, sugiere la
confección de cédulas de identidad, las que todo individuo debería portar. Estas
Policía de identificación 243

libretas debían incluir los siguientes datos “el estado civil, militar, relaciones i
filiación del sujeto, etc.; documento que a éste debe servirle en toda ocasión [...]
que debe exhibir a requisición de la policía o en cualquier otro acto judicial o
administrativo” (1900: 5). Para el doctor chileno, el ser identificado era un medio
que acreditaba la identidad moral y jurídica del sujeto, “la posesión de él es un
justificativo de honradez i de ocupación conocidas y su carencia una sospecha de
delincuencia” (1900: 5).
A partir de lo anterior, es interesante observar cómo el sistema antropomé­
trico fire pensado, desde sus inicios, para usos que sobrepasaban lo estrictamente
judicial. Sin ir más lejos, el título completo del manual de Barros Ovalle revela
los verdaderos alcances que podría ofrecer la técnica bertilloniana: “Manual de
Antropometría Criminal i Jeneral escrito según el sistema de A. Bertillon para la
identificación personal i destinado al uso de los establecimientos penitenciarios,
autoridades judiciales, compañías de seguros, cuerpo, armados...”. En unos pocos
años más, los usos “civiles” de la identificación policial serán parte de la realidad
social y política chilena.
Iniciado el siglo XX, la Oficina de Identificación establecida en la Sección de
Seguridad tuvo en pleno funcionamiento la antropometría y del taller fotográfico.
Con respecto a la jefatura, existieron algunos movimientos. En junio de 1900,
el doctor Pedro Barros Ovalle se retiró y fue reemplazado interinamente por el
doctor Juan Ravenna, quien permaneció en la cabecera de la oficina hasta abril de
1901. Desde el 22 de abril de ese mismo año quedó como jefe el médico Adolfo
Hirth, quien había estudiado la antropometría en Alemania, permaneciendo como
tal hasta el 25 de noviembre de 1924. Dependiente de la Sección de Seguridad, la
Oficina de Identificación Antropométrica durante su primera década de funciona­
miento, contó con un Jefe, un Ayudante-Repetidor, dos auxiliares y un fotógrafo.
La escasez de personal propio era cubierta por 25 agentes de la Sección de Segu­
ridad que ejercían como operadores, auxiliares y escribientes.5
En 1900 se promulgaron tres órdenes que reglamentaron la identificación
de delincuentes. La primera de carácter interno fue dictada por el Prefecto de la
Policía Joaquín Pinto Concha (1899-1906) el 15 de mayo de 1900, en la cual se
precisaba que solo estaban sujetos a la identificación antropométrica ios indivi­
duos previamente condenados por la justicia: “La Sección de Seguridad hará filiar

5 INTENDENCIA DE LA PROVINCIA DE SANTIAGO Memoria anual de la intendencia de San­


tiago, Santiago, Imprenta “Santiago”, l de julio de 191 i, p. 82.
244 Historia de la Cuestión Crismnal...

antropométricamente solo a los rateros que sean aprehendidos en lo sucesivo en


la referida Sección y hayan sido condenados anteriormente” (Castro, 1901: 228).
Esta Orden fue seguida por el decreto núm. 1516 del Ministerio de Justicia,
con fecha 14 de mayo, que ordenaba a los jefes de los establecimientos penales de
ía ciudad de Santiago hacer dirigir a todos los reos salidos en libertad a la Sección
de Seguridad para que fueran filiados antropométricamente, además de entregar
todos los datos necesarios de los reos, y el decreto núm. 2675 del 24 de octubre
que solicitaba a dichos jefes cuidar o fiscalizar que los reos o presuntos reos que
ingresaran a sus establecimientos hubieran sido previamente identificados por la
policía. Dentro de esta seguidilla de decretos, es interesante agregar el núm. 2078
del 27 de julio del mismo año que anexó la Sección de Detenidos de la Cárcel de
Santiago, especie de depósito de contraventores y sospechosos puestos a disposi­
ción de los jueces, a la Prefectura de Policía bajo la administración de la Sección
de Seguridad.
Como podemos observar, la acción identificatoria de la policía se restringió al
individuo previamente condenado por los jueces. Dicha medida estuvo motivada
por los reclamos suscitados por la justicia de la regular práctica de enviar a los
detenidos de la comisaría hacia la Sección de Seguridad para su identificación,
causas principales de Ja eliminación de la antropometría durante la improvisada
Oficina dirigida por Guillermo Borchert (1897) y los dificultosos inicios de Pedro
Barros Ovalle (1899). Interesante también es observar que la policía de identifi­
cación no solo intervenia en el individuo condenado sino también en aquel puesto
en libertad. Aquí podemos ver cómo para el campo penal la condena era la marca
definitiva del potencial futuro delictivo del individuo, siendo esta supuesta predis­
posición a reincidir el antecedente de sospecha que activaba la vigilancia policial.
Aplicado al cuerpo culpable, el sistema antropométrico significó un conside­
rable incremento en la cantidad de sujetos identificados por la Oficina de Identifi­
cación. Los decretos policiales y gubernamentales autorizaron el funcionamiento
de la oficina, haciendo posible la construcción de un archivo de identidades y
registro de antecedentes de los delincuentes, tanto de los liberados como de los
recién ingresados.
Las estadísticas de la Sección de Seguridad, publicadas en el Boletín de la
Policía de Santiago, revista institucional (1901-1924), nos entregan de manera
irregular algunos datos sobre el número de operaciones realizadas por la Oficina
de Identificación. Según estas estadísticas, entre 1898 y 1901 se registraba un total
Policía de Identificación 245

de 3,728 identificaciones antropométricas.6 En 1903 hubo un total de 3.710 identi­


ficaciones. Con respecto, al taller fotográfico, durante el primer semestre de 1901
se realizaron 4.791 retratos, de las cuales 2.164 fueron destinados para el libro de
filiaciones, 1.082 para la “sala de exhibición”,78880 para reos sujetos a vigilancia,
550 para la morgue y 140 encargadas por distintas dependencias o autoridades
jurídicas y policiales de provincia? En el segundo semestre, el total fue de 6.863
retratos, 2.478 para el libro de filiación y 2.160 para la vigilancia de reos liberados
Estadística Sección de Seguridad, 1902: 106). Finalmente podemos entregar los
datos de 1903, año en que se efectuaron 33.747 retratos, 32.250 fueron para fichas
antropométricas y alfabéticas, 1.206 enviadas a provincia, 107 a distintos juzgados
del país y 40 retratos para las placas de los agentes.9
Uno de los problemas centrales que revelaban estas estadísticas eran las altas
cifras de reos condenados con diversos nombres, situación que generó la regular
sugerencia por parte de la policía a los jueces de que los reos fuesen conducidos
a la Oficina de Identificación antes de dictarse las sentencias. El castigar de la
reincidencia, para la policía, solo se haría efectivo si la identificación se ampliase
a todos los individuos detenidos en las diferentes comisarías del departamento de
Santiago.
Uno de estos casos fue el de Abelardo Silva Sánchez, quien el 30 de septiem­
bre de 1903 condenado a 6 meses de presidio por hurto por el Juez del 3o Juzgado
del Crimen, José Astorquiza fue enviado posteriormente al servicio antropométri­
co de la Policía, donde se comprobaron sucesivas condenas por ebriedad (5 días
por el 4° Juzgado, el 12 abril de 1902; 5 días por el Io Juzgado, el 13 de mayo de
1902 y 5 días por el 4° Juzgado, el 13 de mayo de 1903) con el nombre de Alfredo
Arcáncel Basterrica.

6 Según las Estadísticas de la Sección de Seguridad en 1898 hubo un total de 18 identificaciones, en


1899,68; en 1900, 1.445 y en 1901,2197. Estadísticas de la Sección de Seguridad, Boletín de la
Policía de Santiago, Ario 1, núm. 4, 15 de julio, Santiago, Imprenta de la Policía, 1’ semestre de
1901; Estadísticas de la Sección de Seguridad. Boletín de la Policía de Santiago, Año II, núm. 7,
20 de enero, Santiago, Imprenta de la Policía, 2o semestre de 1901 (1902).
7 La sala de exhibición se refiere al espacio dedicado para el reconocimiento, por medio de álbumes
o series de fotografías, de los delincuentes conocidos que por sus modas operandi o por el solo
hecho de aparecer en dichos álbumes serán considerados potenciales sospechosos de los delitos
que persiguen los agentes de seguridad.
8 Estadísticas de la Sección de Seguridad, Boletín de la Policía de Santiago, Año l, núnt. 4, 15 de
julio, Santiago, Imprenta de la Policía, I" semestre de 1901, p. 580.
9 Prefectura de Policía de Santiago Boletín de ia Policía de Santiago, Año [V, núm. 19, 30 de abril
de 1903, Santiago, Imprenta de la Prefectura de Policía, 1904, p. 83.
246 Historia de la Cuestión Criminal...

Dichos antecedentes, previa autorización del prefecto Joaquín Pinto Concha


y a solicitud del jefe de la Oficina de Identificación Adolfo Hirth, fueron enviados
por el jefe de la Sección de Seguridad Eugenio Castro al juez José Astorquiza
para obtener su permiso para identificar a los detenidos previa comparecencia al
juzgado correspondiente “como único medio de que éste pueda aplicar la Ley de
Alcoholes" (promulgada el 18 de enero de 1902) y de este modo evitar que los
infractores entreguen datos y/o nombres falsos para eludir la condena.
La nota fue fuertemente respondida por el promotor fiscal Robustiano Vera,
quien ya había demostrado ser un acérrimo crítico de la policía chilena. É° Los ar*
gumentos versados por este, en misiva al juez Astorquiza, nos dan un interesante
panorama de la resistencia de la justicia chilena al método de Bertillon. Según Ro­
bustiano Vera, la solicitud del médico-jefe de identificación Adolfo Hirth*. “Trata
de algo muy grave y que es necesario pensar mucho [...] porque entraña un perjui­
cio grave para la persona filiada de ese modo y un descrédito para su persona’’.11
Robustiano Vera consideraba que el honor y la reputación de las personas se
veían dañadas por el carácter invasivo de las mensuras corporales y la exhibición
de los retratos fotográficos en la Oficina de Identificación.10
12 A esto se suma que
11
la propuesta de Adolfo Hirth quebrantaba la garantía básica que todo imputado
gozaba antes de ser condenado, la presunción de inocencia. La filiación en estos
términos era vista como un prejuicio y un descrédito para la honra de las personas,
como también un acto ilegal (la ley penal permitía la filiación antropométrica y
el retrato solo a los reos condenados por delitos y no por simples faltas, como el
caso de la ebriedad). Ya en 1899, en su “Estudios sobre Policías”, Vera presentó
sus consideraciones con respecto a la identificación antropométrica y la fotografía
frente/perfil. Para Vera, dichas técnicas debían ser aplicadas al que ha sido “en­
cargado reo por auto ejecutorio” o al “condenado por sentencia firme”. Pero para
el caso de “vagos y rateros conocidos”, aquellos que hacían del delito un oficio,

10 En 1891, Vera denunció la violencia policial en las comisarías caracterizada por la aplicación de
tormentos y torturas en los detenidos como medio para “sacarles*’ la confesión del supuesto hecho
delictivo imputado. En 1899, realizó un estudio sobre reforma policial. Dentro de sus medidas
propuestas estaban la creación de una Dirección General de Policías, cajas de ahorro, la publica­
ción de una revista institucional, la construcción de una biblioteca y una academia de instrucción
para jefes y subalternos. Con respecto al problema de la construcción de un sujeto policial, tuvo
un tratamiento importante. Vera culpaba de la “mala fama" que el personal subalterno llevaba en
la sociedad a la oficialidad policial por su escasa educación y cultura escrita.
11 “Antecedentes sobre filiación antropométrica", en Boletín de la Policía de Santiago, Imprenta de
la Prefectura de Policía, Santiago de Chile, Año III, núm. 18, 31 de diciembre de 1903, p. 640.
12 Con respecto a las resistencias a la identificación antropométrica por parte de Injusticia veáse los
trabajos de Ruggiero (2001; 2004).
Pollita de Identificación 247

debían ser medidos y retratados, sus filiaciones repartidas por el país, su retrato
exhibido en galerías policiales y públicas para su reconocimiento. Por otro lado,
propone la destrucción de las fichas antropométricas en el caso de los individuos
absueltos del delito acusado o de aquel cuyo sumario es sobreseído, ya que la per­
sistencia en galerías policiales o públicas soportaría daños a la honra de la persona
(Vera, 1899).
Las apreciaciones negativas que Robustiano Vera entregó al juez Astorqui-
za sobre identificación antropométrica estaban sumamente influenciadas por su
acercamiento a Juan Vucetich y al sistema dactiloscópico por él creado. En 1900
se establecieron las primeras comunicaciones entre ambos. En julio de 1901, Vera
publicó una reseña en la Revista del Ateneo de Buenos Aires, corregida por Vu­
cetich, sobre el libro de Ernesto Quesada La Comprobación de la Reincidencia.
Para Robustiano Vera, el método de Bertillon revelaba ciertos problemas in­
herentes al sistema que sepultaban su valor identificatorio. Los errores en la toma
de las medidas del cuerpo eran posibles y comunes, lo que conllevaba que “las
medidas hechas sobre un individuo no concuerdan al día siguiente en todos sus
datos...”.1’
El éxito en la medición dependía de la expertise del mensurador y la “buena
voluntad” del medido, ya que un pequeño cambio en la postura podría alterar el
sistema de clasificación y archivo ideados por Bertillon. Por otro lado, el siste­
ma, al estar basado en normas estadísticas diseñadas para cuerpos de completo
desarrollo somático, hacía muy complicada su aplicación en cuerpos no confor­
mes a dicho requisito: mujeres, niños y jóvenes. La imposibilidad de establecer la
identidad de manera absoluta hacía de este sistema cuestionable como prueba de
validez jurídica para determinar la reincidencia. Como era de esperar, para Vera
la solución a este inconveniente era adoptar un nuevo sistema “verdaderamente
eficaz” e infalible de identificación: la dactiloscopia.
La comunicación del promotor fiscal con el juez Astorquiza tuvo una pronta
reacción por parte de la policía de Santiago. Eugenio Castro solicitó un informe
al jefe de la Oficina de Identificación, Adolfo Hírth, sobre las apreciaciones y
acusaciones versadas en éste. El informe escrito por Hírth se ocupó de desmentir
y desacreditar los comentarios del promotor fiscal, considerados carentes de todo
criterio científico y que manifestaban un tota! desconocimiento del funcionamien­
to de la Oficina de Identificación, Por ejemplo, el uso de las impresiones digitales

13 Antecedentes sobre filiación antropométrica", en Boletín de ía Policía de Santiago, Imprenta de la


Prefectura de Policía, Santiago de Chile, Año [II, núm. 18, 31 de diciembre de 1903, p. 641.
248 Historia de la Cuestión Criminal...

como complemento de la identificación antropométrica y la fotografía, desde julio


de 1903.
La aproximación de Adolfo Hirth al berlillonage fue totalmente acrítica, los
problemas estructurales del sistema para el medico chileno eran inexistentes. Si
bien concordaba con Robustiano Vera en que la efectividad del sistema se limitaba
solo a sujetos adultos, este hecho no tendría relevancia en la prevención del deli­
to, en el caso chileno, porque “el número de niños es relativamente escaso, y se
emplea con ellos otro sistema, basado en la inmutabilidad de algunas facciones”.14
Como médico pensaba la antropometría como un método sólido respaldado por
teorías bioestadísticas de larga data. Su exactitud científica solo podía ser com­
prendida por sujetos con experiencia en el campo biométrico, como él, Vera, en
cambio, era una persona “no iniciada” en el estudio de la antropometría, lo que
explica sus prejuicios.
Con relación a la dactiloscopia, el médico-jefe de la Oficina de Identifica­
ción Antropométrica tendría una aproximación ecléctica. En primer lugar, acu­
saba a Robustiano Vera de que sus opiniones sobre el valor identificatorio de la
dactiloscopia eran una “copia” de las conferencias dictadas por Juan Vucetich en
Argentina y la realizadas en el II Congreso Científico Latinoamericano, celebrado
en Montevideo en 1901, con el objeto de divulgar su sistema. Si bien reconocía
en Vucetich el mérito científico de haber estudiado profunda y pacientemente las
huellas digitales y encontrado un método para clasificarlas, para Hirth el sistema
no estaría exento de limitaciones. Citaba como ejemplos los del albañil, el za­
patero o el vidriero que alteran las huellas digitales o la acción de la cal que las
hace ilegibles, como también el uso intencional de soda cáustica para conseguir
su alteración.
Por otro lado, según Hirth, las impresiones digitales, al estar limitadas a la
comprobación de la identidad, tenían un valor investigativo/preventivo reducido,
por lo que se le debía completar con la fotografía y las señas particulares para la
vigilancia de presuntos delincuentes encargada por la justicia:
“Qué contestaría y qué podría hacer el más hábil de los detectives
a quien se entregase las impresiones digitales de un individuo
para que se echase a buscarlo por la ciudad. Es indudable que
el Agente estimaría más que se le diga que el reo tiene una ci­
catriz en la mejilla derecha, o la nariz desviada a la izquierda o

14 Antecedentes sobre filiación antropométrica”, en Boletín de la Policía de Santiago, imprenta de la


Prefectura de Policía, Santiago de Chile, Año III, núm. 18,31 de diciembre de 1903, p. 647.
Policía de Identificación 249

cualquiera otra marca de las que tanto desprecio merecen a los


impugnadores del Bertillonage”.15

Aquí deja claro los usos de la identificación de personas; por un lado, su uso judi­
cial, el que buscaba determinar si un sujeto era reincidente de determinado delito,
y el policial, que “guiaba” la mirada del policía mediante las marcas anatómicas
del cuerpo previamente clasificado.
Para finalizar, desde noviembre de 1912 la Oficina de Identificación por de­
creto ministerial adquirió el “derecho” de identificar y prontuariar a todo individuo
detenido por ebriedad sin requerir con anterioridad de una orden judicial que la
Como hemos podido observar, la aparición y uso de las impresiones
autorice.1617
digitales en la Policía de Santiago no significó, como en otras experiencias policia­
les sudamericanas, el reemplazo del bertillonage como sistema de identificación
de criminales, sino más bien se observa una Oficina de Identificación que utilizó
ambas técnicas complementariamente. Recién en 1913 se dejó de identificar an­
tropométricamente, quedando solo los caracteres cromáticos y morfológicos, y la
fotografía como complemento de la dactiloscopia.
Enunciado ya por Adolfo Hirth, las demás ramas técnicas que componían el
paradigma bertilloniano (retrato hablado, señas particulares y la fotografía estan­
darizada) se irían consolidando como método de investigación policial. La con­
fección de álbumes personales de delincuentes profesionales por los detectives
chilenos, con sus fotografías de frente/perfil, y de cuerpo completo, fue una meto­
dología policial muy difundida en la década de 1920 y 1930. Las ciases de “mor­
fología de delito”, “retrato hablado” y “antropometría” impartidas en la Escuela
de Carabineros a sus aspirantes, el uso del retrato hablado para identificar reos y
detenidos en el Servicio de Identificación (1927-1932) y la publicación en la Re­
vista Detective, orgánico oficial de la Dirección de Investigaciones, Identificación
y Pasaporte (1933) de secciones como “Álbum de delincuentes” o “No se deje
robar”, son algunos de los ejemplos que demuestran más la vigencia que el ocaso
del bertillonage como técnica de individualización al servicio de! saber policial.1’

15 “Antecedentes sobre filiación antropométrica”, en Boletín de la Policía de Santiago, Imprenta de


la Prefectura de Policía, Santiago de Chile, Año III, núm. 18,31 de diciembre de 1903, p. 650.
16 "Orden de día, núm. 2708,16 de noviembre. Identificación de reos por ebriedad", en Boletín de la
Policía de Santiago, Imprenta de la Prefectura de Policía, Santiago de Chile, Año XII, núm. 125,
diciembre de 1912, p. 502.
17 Elocuentes son las palabras del agente 2° Carlos Araneda Contreras sobre la pertinencia del ber-
tiilonage en la construcción de las marcas que delatan la sospecha o la peligrosidad de un sujeto:
“Porque por medio del retrato hablado es más fácil la identificación de un individuo, o sea su des-
250 Historia de la Cuestión Criminal...

La “solución perfecta”. El sistema dactiloscópico argentino en la Policía de


Santiago
Como pudimos observar, el sistema antropométrico como método único de iden­
tificación tuvo una corta vida en la Policía de Santiago. En julio de 1903, las
impresiones digitales comenzaron a ser estudiadas y aplicadas en la Oficina de
Identificación.1* Esto fue producto del viaje de estudio del secretario de ¡a Prefec­
tura de la Policía de Santiago, el abogado Luis Manuel Rodríguez para el estudio
de la organización y funcionamiento de la Policía de la Capital y de la provincia de
Buenos Aires. En esta última conoció a Juan Vucetich y su sistema de identifica­
ción de delincuentes basado en la impresión decidactilar y posterior clasificación
(y subclasificación) numérica basada en los cuatro valores o tipos fundamentales
de las huellas digitales: arco, presilla interna, presilla externa, y verticilo (Ro­
dríguez, 2004: 402). Este sistema fue implementado desde el año de fundación
de la Oficina de Identificación Antropométrica de la Policía de La Plata, el 1 de
septiembre de 1891 en conjunto con la antropometría y desde 1896 como método
único de identificación. A su regreso al país, y dotado por Vucetich de ios aparatos
necesarios para la toma de las impresiones digitales, el secretario de la Prefectura*

cripción completa que se divide en tres partes: cabeza, tronco y extremidades [...] para describir
casi exactamente un sujeto, se empieza su descripción por la cabeza, indicando color del pelo,
forma de la fíente, ojos, oreja, cara, mentón, cicatrices, etc; después viene el tronco, si esjibado, si
es obeso o delgado, si tiene tatuajes, etc., y finalmente sus extremidades, indicando sus defectos,
ya sea cojo, zunco, etc. [...] Por esta razón, creo que la antropometría es la que debe observar con
mayor deten i miento el detective" (Araneda, 1934:40).
18 Como lo indican About y Denis (2011), la observación de las huellas digitales como medio de
autentificar la identidad humana se remonta a la Antigüedad. La práctica de Ja impresión de los
dedos como signo de autentificar la identidad de los individuos y de autenticidad de documentos o
cartas fue común en culturas asiáticas, tales como ia china y/o bengali. En 1823, el fisiólogo checo
Jan Evangelista Purkyne fue el primero en realizar estudios teóricos sobre Jas huellas digitales.
“Thesis" fue su principal trabajo donde propuso una clasificación de nueve tipos y afirmó que no
existen dos individuos con huellas digitales iguales. En el contexto del colonialismo británico,
William Herschel en Bengala y Edward Henry en Nepal utilizaron las impresiones digitales para
el monitoreo de la administración pública (contratos, fraudes, o el cobro de pensiones) y para el
control de ia población civil y delincuente. Por otro lado, en 1874, Henry Faulds, físico y misio­
nero escocés, propuso una clasificación para identificar delincuentes mediante la observación de
las impresiones de los dedos y manos grabadas en cerámicas japonesas antiguas. Las experiencias
coloniales de las huellas digitales hicieron eco en Ja opinión pública británica, los trabajos de
Herschel y Faulds fueron recepcionados por Francis Galton, quien profundizará en su estudio pero
con un fin distinto: la heredabilidad de las huellas digitales y las diferencias raciales. En ‘'Fínger-
prints” (1892) propuso una clasificación de tres tipos (arch- arco-, foop-presilla- y whor!-verticilo)
y presentó los experimentos sobre los temas antes indicados. Sobre sus resultados, en el primer
caso, Galton se abstuvo de omitir comentarios en cuanto a su confiabilidad, y en el segundo, si bien
encontró ligeras diferencias estadísticas, concluyó que no existe un patrón dactilar particular que
caracterice y diferencie a los individuos por razas (Galton, 1892: 199-193).
Policía de IdoitificMión 2 51

solicitó a las autoridades policiales santiaguinas complementar a la Oficina de


Identificación Antropométrica con la dactiloscopia.
A diferencia de la antropometría, la dactiloscopia permitía establecer la iden­
tificación positiva. Las huellas digitales eran únicas e inmutables y matemática­
mente exactas. Estando presentes desde los últimos meses de la vida intrauterina
hasta la muerte, las impresiones digitales podían ser tomadas desde la infancia has­
ta la putrefacción de! cadáver sin temor de alteraciones como ocurría comúnmente
con la identificación antropométrica. Más sencillo que el método de Bertillon, la
reducción del número de intervenciones sobre el cuerpo humano hacia de la dac­
tiloscopia un sistema menos violento, por lo tanto más aceptado, y con un margen
de error mínimo. El escaso valor de los aparatos de impresión y clasificación y la
simpleza de su aplicación (entintar los dedos e imprimirlos en una ficha), acción
que no requería mayores aprendizajes, dotaba a la dactiloscopia de la condición
de “solución perfecta” para el problema de la identificación de delincuentes. Solo
la clasificación y posterior archivo de las claves requería de una mayor experlise.
La veracidad y simplicidad de la dactiloscopia fueron los argumentos recu­
rrentes utilizados en el campo científico y policial internacional y nacional para
su adhesión, por ejemplo, importantes representantes de la ciencia criminológica
europea, tales como Césare Lombroso, Alexandre Lacassagne o Edmond Locard
apoyaron que el sistema de identificación propuesto por Vucetich substituyera
definitivamente a la antropometría, que había comprobado sus deficiencias es­
tructurales. Sin embargo, la toma de las impresiones digitales no era tan sencilla
como parecía ser. En el caso chileno, los primeros años de la implementación
de la dactiloscopia no fueron del todo efectivos. En correspondencia entre Luis
Manuel Rodríguez y Juan Vucetich se da cuenta de que las fichas dactiloscópicas
realizadas entre julio de 1903 y finales de 1904 fueron en un número no menor,
inclasificables. El problema se debió al escaso o nulo conocimiento que el per­
sonal de la Oficina de Identificación tenía del valor de la asepsia en el protocolo
dactiloscópico:19

19 La escasa prolijidad en la toma de las impresiones digitales fue un problema constante para la
oficialidad policial. En la orden del día núm. 5526 del 21 de abril de 1922, se recomendaba a los
comisarios exigir al personal encargado de! servicio de identificación “la mayor escrupulosidad en
su trabajo, pues por la falta de cuidado con que se ha estado ejecutando hasta hoy, van quedando
en la Oficina de Identificación buen número de cédulas sin entrar al archivo”. En la Orden del día
núm. 6305, del 27 de noviembre de 1924 se instaba a tomar las impresiones digitales “con esmero
y limpieza" para evitar los inconvenientes que acontecían con recurrencia en la Oficina de Identi­
ficación por la acumulación de cédulas digitales mal impresas.
252 Historia de la Cuestión Criminal..

“.. .ayer me informó el Dr. [Ravenna] - 2° Jefe de ella- que gra­


cias á sus indicaciones de lavados en agua tibia y uso de piedra
pómez, todas las fichas obtenidas de Enero acá eran perfectamen­
te legibles y clasificares, al revés de lo que antes ocurría en que
el porcentaje de fichas malas o inútiles era crecido, como Ud. lo
vio”.20

A inicio de enero de 1905, Juan Vucetich realizó su primera visita a la Policía de


Santiago. Su estadía no solo significó la enseñanza práctica del uso de los aparatos,
el modo correcto de entintar los dedos, tomar impresiones y clasificar las cédulas
dactiloscópicas al personal de la Oficina de Identificación, sino también la legiti­
mación e impulso del sistema dentro de ésta. Según Luis Manuel Rodríguez:
“Su visita ha sido muy provechosa porque ha dado mayor auto­
ridad á mi adhesión y propaganda por el sistema dactiloscópi­
co de identificación, que hasta su venida había sido recibido y
esperimentado con cierta frialdad, á pesar de mis esfuerzos, tal
vez por la poca intervención inmediata que me corresponde en la
Oficina de Identificación. Hoy ya es otra cosa: hemos publicado
para el Boletín algunos antecedentes para el estudio y se publi­
carán más...”.21

Desde la visita realizada por Juan Vucetich la dactiloscopia se fue consolidando


en la Policía de Santiago. En 1906 se instaló el casillero dactiloscópico cuyo fun­
cionamiento estuvo encargado al comisario del Servicio de Investigaciones de la
Policía de la Capital, César Etcheverry, quien también estuvo a cargo de la instruc­
ción del personal en lo que respecta el procedimiento de clasificación y distribu­
ción de las fichas dactiloscópicas. Para ese mismo año, la Oficina de Identificación
realizó la primera identificación de un cadáver por las impresiones digitales, co­
rrespondiendo al cuerpo de Manuel Pérez Ríos alias el Peso Llano.22 Entre 1903
y 1911 el Boletín de la Policía de Santiago publicó el mayor número de artículos
y trabajos sobre dactiloscopia. Por ejemplo, el de Edmond Locard titulado “La

20 Carta del secretario de la Prefectura de la Policía de Santiago Luis Manuel Rodrigue! a Juan Vu­
cetich, Santiago de Chile, Fondo Particular de Juan Vucetich, Museo Policial de la Provincia de
Buenos Aires, La Plata, Argentina, 1905.
21 Carta del secretario de la Prefectura de la Policía de Santiago Luis Manuel Rodríguez a Juan
Vucetich, Santiago de Chiie, Fondo Particular de Juan Vucetich, Museo Policial de la Provincia de
Buenos Aires, La Plata, Argentina, 190.5.
22 “Identificación de cadáveres por la dactiloscopia. Un nuevo caso”, en Boletín de la Policía de San­
tiago, Imprenta de la Prefectura de Policía, Santiago de Chile, Año VI, núm. 48, SO de septiembre
de 1906, p. 667.
f'oháa tk Identificación 253

identificación por las Impresiones Digitales ó sea el empleo de la dactilyloscopia-


sístema Vucetich en Sud- América” traducido al español por el escritor chileno
Clemente Barahona Vega; “Dactiloscopia Comparada” y “Convención Internacio­
nal de Identificación” de Juan Vucetich y “Dactiloscopia argentina: su historia é
influencia en la legislación” (dos capítulos) y el “Origen del vucetichismo” ambos
de los de Luis Rey na Almandos. En enero de 1909 el Boletín publicó un número
especial dedicado a la participación de Juan Vucetich y los trabajos sobre policía
en el IV Congreso Científico Latinoamericano (I Panamericano) celebrado en San­
tiago entre el 25 de diciembre de 1908 y 5 de enero de 1909.
Otro acontecimiento de suma trascendencia para la legitimación de la dacti­
loscopia dentro del espacio policial chileno fue la celebración de la Conferencia
Internacional de Policía entre el 11 y el 20 de octubre de 1905. Se reunieron en
el Departamento Central de la Policía de Buenos Aires, los jefes y representantes
de las Oficinas de Identificación de las policías de la Argentina, Brasil, Uruguay
y Chile; el Comisario de Investigaciones de la Policía de la Capital, José Rossi; el
jefe de la Oficina Central de Identificación de la Policía de La Plata, Juan Vucetich;
el Jefe del Gabinete de Identificación y Estadística de la Policía de Río de Janeiro,
Félix Pacheco; el jefe de la Oficina de Identificación Dactiloscópica de la Policía
de Montevideo, Alejandro Saráchaga; y, por la Policía de Santiago, el secretario de
la Prefectura, el abogado Luis Manuel Rodríguez. El objetivo central de la reunión
fue el “canje de los antecedentes útiles para los fines policiales, respecto de las
personas clasificadas ó consideradas como peligrosas para la sociedad”.23 El inter­
cambio de antecedentes entre las policías contratantes estaría conformado por las
impresiones digitales según el sistema Vucetich; los datos civiles; la descripción
morfológica, según el sistema “Provincia de Buenos Aires”; los datos judiciales y
de conducta; y en algunos caso, la fotografía”.24
Bajo lo acordado en el Convenio de Buenos Aires, la Policía de Santiago con
la Orden del Día núm. 758 del 19 de marzo de 1906 ordenó a la Oficina de Identi­
ficación la filiación dactiloscópica para el canje y para el uso intemo de la Sección
de Seguridad de los reos con primeras condenas y reincidentes por falsificación de

23 Conferencia Internacional de Policía Convenio celebrado entre las policías de La Plata y Buenos
Aires (Argentina), de Rio de Janeiro (Brasil), de Santiago de Chile y de Montevideo (R. O. del
Uruguay), Buenos Aires, Imprenta y Encuademación de la Policía de la Capital Federal, 1905, p,
29.
24 Conferencia Internacional de Policía Convenio celebrado entre las policías de La Piala y Buenos
Aires (Argentina), de Rio de Janeiro (Brasil), de Santiago de Chile y de Montevideo (R. O. del
Uruguay), Buenos Aires, Imprenta y Encuademación de la Policía de la Capital Federal, 1905, p.
6.
254 Histeria de la Cuesl’An Criminal...

monedas, de valores mobiliarios, por vagancia, porte de ganzúas u otros aparatos


supuestos para delinquir, y a los delincuentes contra la propiedad. Dicho proce­
dimiento se hizo extensivo al reo extranjero, independientemente de su delito, al
delincuente viajero chileno, al anarquista y al agitador profesional.2’
Tal como lo indica Mercedes García Ferrari (2010), dicha reunión debe en­
tenderse como hito policial no solo al pretender fundar un vasto dispositivo de
“cooperación policial a distancia”, mediante la construcción y puesta en circula­
ción de documentos de identidad con el objetivo de anticipar la acción delictiva
internacional o de individuos considerados “indeseables” o peligrosos para el or­
den público y la seguridad global, sino también por proponer la necesidad de ex­
tender progresivamente la identificación dactiloscópica a las personas “honestas”
(artículo 10),
En este escenario, la dactiloscopia de Vucetich vuelve a despertar los empla­
zamientos hacia la justicia chilena por el escaso interés prestado a las prácticas
identificatorias policiales. Desde la tribuna de “Los lunes de El Chileno”, el arti­
culista y funcionario policial Luis H, Molina, presentaba una serie de casos recogi­
dos de las estadísticas policiales de delincuentes condenados con nombres falsos,
por ejemplo, el reo Arturo Torres Barros o Arturo Morales quien entre 1901 y 1906
presentaba 22 condenas, 10 por hurto, 10 por vagancia, 1 por tentativa de robo y,
1 por tener en su poder llave ganzúa, ninguna de las cuales presentaba los efectos
agravantes de la pena por reincidencia. Según el articulista policial, esta situación
dejaba claro, pese a los avances en temas de identificación y cooperación policial
supranacional “la ninguna importancia que los jueces del crimen atribuyen a la
identificación de los criminales, seguramente por ignorar el principio científico en
que se basan los sistemas [...], uno de ios cuales ha sido adoptado, según conve­
nio, por las policías de Brasil, Argentina, Uruguay y Chile, y no tardará en serio
por todas las grandes policías del mundo” (Molina, 1907; s/f).
En la misma sintonía, el Diario Ilustrado, en una retórica policial-alarmista,
planteaba que el Código de Procedimiento Penal promulgado el 13 de febrero de
1906 “nos ha traído una mayor libertad para los criminales y una incertidumbre
mayor por la seguridad de las vidas”. Seguía el diario, los “progresos en las leyes”
son el síntoma de “un desconocimiento en sus autores de las condiciones en que
se desenvuelve la criminalidad chilena”. Esta justicia “temiblemente” garantista y
“blanda” con los delincuentes, que no asumía su papel represor en la lucha contra

25 Boletín de la Policía de Santiago, Santiago de Chile, Año VI, núm. 48,30 de septiembre de 1906,
pp. 182-183.
Policía de Identificación 255

el delito, debía adherirse a una administración penal con orientación policíaca,


donde el mantenimiento del orden y la seguridad pública estuviesen por sobre las
garantías individuales de la población.
De hecho, el 21 de octubre de 1907, en el diario El Mercurio, encontramos
una de las primeras publicaciones que plantea la creación de una ley de identifi­
cación personal obligatoria basada en la dactiloscopia. Bajo el discurso del “au­
mento de la criminalidad”, para el articulista, el control de los trasgresores del
orden social demandaba para “asegurar” la seguridad individual de las personas
“honestas” medidas policiales que coartaban las libertades individuales:
“Ya que la vida social nos obliga á sacrificar á cada paso alguna
parte de nuestra libertad en obsequio a nuestra seguridad indi­
vidual, bien podemos agregar a los varios sacrificios cotidianos
el de manchar, una vez en la vida los diez dedos de nuestras
manos para facilitar a la policía su difícil “caza” de asesinos y
ladrones”.2627

Considerados por el articulista como potenciales víctimas y posibles sospechosos,


los “buenos ciudadanos” debían estar bajo la vigilancia o autoridad policial me­
diante la identificación dactiloscópica. Éste sería el método más idóneo para evi­
denciar el crimen, lo desconocido y el engaño. El registro de las huellas digitales
no soto entregaría garantías para la seguridad pública, al detectar y diferenciar al
honesto del deshonesto o descubrir a los autores de un delito por las impresiones
que sus huellas dejaran en la escena del crimen, sino también para la seguridad
individual, al impedir la usurpación del nombre. Para solucionar y/o evitar los
problemas que acarreaba el registro parcial de la identidad física en la policía,
se debía legislar una ficha de identificación individual (que contemplase solo las
huellas digitales) “universal” y “obligatoria” otorgada por las oficinas policiales
o por el registro civil: “Cada individuo debería á la edad de 15 años, presentarse
al oficial del rejistro civil de su comuna para dejar impresa en hojas especiales
la imájen dactiloscópica que permitiría identificarlo, muerto ó vivo, hasta ía más
avanzada vejez”.2’

26 MM “La identificación obligatoria y universal. Cómo y por qué deberíamos hacer de la “dacti­
loscopia” policial una obligación universal", en Ei Mercurio, Afío VIH, núm. 2.686, 21 de octubre
de 1907. p. 3.
27 MM “La identificación obligatoria y universal. Cómo y por qué deberíamos haceT de la “dacti­
loscopia” policial una obligación universal”, en El Mercurio, Año VIH, núm. 2.686,21 de octubre
de 1907, p. 3.
256 Historia de la Cuestión Criminal..

Como hemos podido observar, orientadas inicialmente para la comprobación


de la reincidencia, las prácticas i den tifi calorías de la policía fueron poco a poco
ampliando su capacidad de intervención en la sociedad. En ese respecto, la dacti­
loscopia abría la puerta a una nueva dimensión de la intervención policial, donde
la añorada identificación preventiva no se limitaba solo a los sujetos sospechosos
sino que se extendía a toda la población civil.

Represión y ampliación de la identificación policial


Hacia fines de la primera década del siglo XX, la identificación dactiloscópica
recibió una importante revalidación dentro de uno de los eventos científicos y tec­
nológicos más importantes, el IV Congreso Científico y Primero Panamericano,
celebrado en Santiago entre diciembre de 1908 y enero de 1909. Una de las parti­
cularidades de este evento, a diferencia de sus anteriores versiones, es que contó
con una sesión extraordinaria, celebrada el 2 de enero, dedicada a temas policiales
y carcelarios dentro de la Sección Ciencias Económicas y Sociales.
Los trabajos presentados fueron dominados por la delegación argentina, cu­
yos exponentes Rieron Juan Vucetich, Luis Reyna Almandos y Eusebio Gómez.
Otro de los exponentes fue el peruano Maximiliano González Olaechea. Dentro
de los asistentes extranjeros en la sesión extraordinaria podemos destacar los nom­
bres del diputado peruano José Matías Manzanilla, que ejerció la presidencia de
la sesión, al director de la Escuela de Minas de Ouro Preto Joaquín C. da Costa
Senna y al director del Instituto de la Orden de Abogados Brasileños Alvaro de
Souza Sa Vianna. Entre los chilenos participaron José Toribio Marín, Ministro de
la Corte de Apelaciones de Santiago, y los abogados Tomás Ramírez (profesor de
derecho civil y medicina legal de la Universidad de Chile), Julio Philippi (profesor
de Hacienda Pública y Estadística), el diputado Malaquías Concha y miembros
de la Policía de Santiago, el Prefecto Nicolás Yávar, Luis Manuel Rodríguez y
Eugenio Castro.
Pronunciadas en la Prefectura de la Policía, las conferencias de Vucetich tra­
taron sobre la creación de una Oficina Central deddentificación en cada país y
de una estadística nacional de criminalidad, y la adopción de un modelo de ficha
de canje universal. Vucetich fue la figura central de las jomadas dedicadas a la
identificación policial, el banquete ofrecido a su honor en el Salón de Cristal del
Cerro Santa Lucía refleja la admiración de sus pares chilenos considerado por la
policía un verdadero hombre de ciencia, un sabio comparable a un Arquímedes
o un Pasteur, quien había entregado a la humanidad uno de sus más importantes
Policía de Identificación 257

avances: (a ciencia de la “exacta determinación de la personalidad humana” (Re-


yna Almandos, 1930; 12). Sin embargo, el objetivo central para Vucetich, recibir
la legitimación de su idea de extender el registro, la identificación y el canje de
individuales dactiloscópicas hacia la población civil, encontró en la persona del
presidente de la sección, José Matías Manzanilla, su principal opositor. La inter­
vención del abogado y diputado peruano, como también de otros miembros que
adherían a las inquietudes por los usos civiles de la identificación policial, como
el chileno Tomás Ramírez, tuvo como resultado que las resoluciones a favor de
los trabajos de Vucetich quedarían limitadas exclusivamente en el ámbito de la
identificación de delincuentes.
Si bien en el escenario científico las pretensiones de Juan Vucetich y de la ofi­
cialidad policial santiaguina de ampliar la identificación dactiloscópica a la socie­
dad civil sufrieron un traspié, en el escenario social las técnicas de identificación
ya se habían hecho extensivas a ciertos grupos socio-laborales. Como lo indica
Vania Cárdenas (2013: 107), en 1906 la Municipalidad de Valparaíso facultó a la
policía de seguridad del puerto a identificar mediante el retrato fotográfico a ios
cocheros. Dentro de la “reglamentación de los servicio”, el gremio de los cocheros
debía traer consigo una libreta de identidad otorgada por la Sección de Seguridad
que incluía: la fotografía de frente, la impresión digital de ambos pulgares, su
filiación civil y física, el número del vehículo, y de matrícula (De la Fuente, 1913:
11). El siguiente año se repitió la fórmula, con los suplementeros, al crearse bajo
la administración policial un Registro de Inscripción de vendedores de diarios.
También existen registros que informan la instalación de una oficina de identifica­
ción dactiloscópica en la Policía de Iquique en 1908, como parte de las políticas
preventivas del Estado contra el movimiento social de Tarapacá, gestionada por el
intendente Joaquín Pinto Concha, ex Prefecto de la Policía de Santiago (Artaza,
2006: 191-192). Es más, la identificación y el retrato se hicieron recursos habi­
tuales para el alta de guardianes. En 1910, existían 2.758 aspirantes identificados
(2.660 sin antecedentes y 98 con antecedentes)?8
El registro de antecedentes e identificación del mundo del trabajo debe en­
tenderse como instrumento fundamental para garantizar el orden capitalista. Un
tipo de reacción preventiva a momentos o contextos de agitación y conflicto social
que cristalizan la inseguridad civil en la clase trabajadora. La individualización de
la sospecha o de la amenaza activada por la policía a través de las disposiciones

28 INTENDENCIA DE LA PROVINCIA DE SANTIAGO Memoria anual de la intendencia de San­


tiago, Santiago, Imprenta “Santiago", I de julio de 1911.
258 Histeria de la Cuestión Criminal...

estatales de retratar a los obreros tendrá significativas manifestaciones de resis­


tencia individual y colectiva. Una de las más importantes fue la llamada “Huelga
del Mono’’.29
Tal como lo indica Eduardo Godoy (2014), el 16 de octubre de 1913, la pri­
mera sección de los operarios de los ferrocarriles de Valparaíso, perteneciente a
la Federación de Empleados a Jornal, se declaró en huelga por el despido del
armador y vicepresidente de la Federación Eleuterio Arce, por no cumplir con el
decreto del Ministerio de Industria, Obras Públicas y Ferrocarriles del 21 de abril
de 1913, que obligaba a los empleados a jornal de los Ferrocarriles del Estado a
retratarse. El 18 de octubre el Comité provisional de la Huelga hizo público un ma­
nifiesto que apelaba a la solidaridad obrera, en contra del requisito fotográfico por
considerarse una medida denigratoria que los etiquetaba y asociaba a los crimi­
nales, policías, prostitutas y rufianes. Prontamente, la paralización intema de los
empleados a jornal de los Ferrocarriles de Valparaíso se transformó en una huelga
general, que contó con el apoyo y solidaridad de diversos gremios trabajadores del
país, que paralizo la ciudad de Valparaíso hasta el mes de noviembre.
SÍ bien en el transcurso del conflicto la demanda inicial de derogar la orden
ministerial del retrato fotográfico obligatorio comenzó a debilitarse y ser eclipsa­
da por otras de mayor reivindicación social, la “huelga del mono’’ mostró “que
ios trabajadores no solo luchaban [...] por reivindicaciones “pancistas" (salaria­
les), sino también defendiendo su integridad como seres humanos” (Godoy, 2014;
193). Por otro lado, marca un precedente en la discusión parlamentaria sobre la
identificación estatal y las garantías individuales.
Los diputados demócratas Malaquías Concha y Bonifacio Veas fueron los
principales opositores del retrato obligatorio. La interpelación realizada al minis­
tro de Industria, Obras Pública y Ferrocarriles Enrique Zafiartu Prieto versó en el
carácter inconstitucional y de deshonor que significaba la medida:

“Nadie tiene derecho de arrogarse una facultad semejante, i


esto, que únicamente se hace con los presidiarios, no está toda­
vía fundado en un precepto legal, es decir, que obligue a una
persona a retratarse contra su voluntad. Ahora, sí se exije este

29 Con respecto a la resistencia popular y significados sociales de la identificación policial, debemos


destacar el trabajo de Mercedes García Ferrad (2007). Este estudio se introduce en el conflicto
generado por el requerimiento de la obligatoriedad del retrato realizado por la Intendencia de la
Ciudad de Buenos Aires al gremio de los cocheros. Según la autora, la huelga del 14 de abril de
1899 significó un punto de inflexión en la implementacíón de las técnicas de identificación que
venían desarrollándose en el último tercio del siglo XIX.
Policía de Identificación 259

retrato como condición esencial para que pueda prestar sus ser­
vicios en una empresa fiscal, a fin de dar una garantía al Estado,
de la buena conducta anterior de esa persona, la cosa pasa a ser
un acto de opresión, de tiranía intolerable [...] ¿Qué concepto
tiene de la libertad humana ese jefe de Valparaíso que considera
propaganda subversiva la acción de un ciudadano que formula
observaciones i protesta contra una medida de la Dirección de
ios Ferrocarriles?”30

Ante lo inconstitucional de la decisión ministerial y el cuestionamiento al avance


de las potestades coercitivas del Estado, se advierten los usos policiales del retrato.
La fotografía hacía accesible la mirada estatal sobre el obrero, proporcionando a
los intereses burgueses una operatoria “policial” de reconocimiento individual y
colectivo que perseguía la administración y regulación desde lógicas ordenadoras
y disciplinantes, de las identidades y conductas “prejuzgadas” como contrarias
al orden y de prevención del activismo político de las clases trabajadoras, para
garantizar el orden público.
Sin embargo, tras el ocaso de la huelga general, la postura de los diputados
democráticos comenzó a ser menos intransigente con el retrato obligatorio. Por
ejemplo, para el diputado Veas, el problema ya no era si la medida era arbitraria o
si vulneraba los derechos de los trabajadores, la cuestión que había que discutir era
si la técnica de identificación propuesta era la más conveniente para el registro de
los obreros. Ante dicha situación, sugería como salida “conciliadora” al conflicto
y a la interpelación al ministro Zañartu, reemplazar la fotografía por la antropome­
tría y la dactiloscopia policial:
“Repito que el argumento que el señor Ministro de Ferrocarriles
trajo a la Honorable Cámara para sostener su decreto no es efecti­
vo; se aplica el sistema antropométrico, que consiste en el retrato
combinado con la filiación. I, todavía, la Sección de Seguridad,
que el emplea el último procedimiento para poder identificar las
personas, aplica el de las impresiones dijitales. I éste es el proce­
dimiento que [...] debiera adoptar para identificar a las personas
a quienes se quiera que en el desempeño de sus funciones cum­
plan correcta i hottradamenle con sus deberes”.31

30 CÁMARA DE DIPUTADOS Diario de sesiones, “Huelgas de los operarios de los ferrocarriles”,


en Sesión 3' extraordinaria, 23 de octubre de 1913, Presidencia del señor Larraín don José Manuel.
31 CÁMARA DE DIPUTADOS Diario de sesiones, “Huelga de los operarios de los ferrocarriles
del Estado”, en Sesión 25’ extraordinaria, 29 de noviembre de 1913, Presidencia de los señores
260 Misioria de ¿r Cuestión Criminal..

Pese a las discusiones suscitadas en el Congreso Nacional y la resistencia sociola-


boral manifestada contra el decreto ministerial, la fotografía de identificación no
fue derogada. Es más, la intervención de la policía de identificación se generalizó
en el mundo del trabajo con el objeto de prevenir o dar freno a la movilización
política. En agosto de 1922, el diputado Luis Cruz denunciaba en el Congreso que
el jefe 2o de la Oficina de Identificación Luis Leiva Salas se encontraba en las ofi­
cinas salitreras de Antofagasta retratando y obligando a los trabajadores a comprar
la cédula de identidad. Según los diputados Cruz y Manuel O’Ryan, encomendado
por el ex-ministro del Interior Héctor Arancibia Lazo, conocido en la clase obrera
como el “Ministro del Palo” (apodo dado por el marcado estilo de brutal represión
que su gestión ministerial confirió a los movimientos populares) (Grez, 2011),
Luis Leiva Salas realizó una "gira de identificación” iniciada aproximadamente en
octubre de 1921 en el Mineral El Teniente, en manos norteamericanas, ubicada en
la ciudad de Rancagua:
“En la actualidad se está dando cumplimiento a este decreto, y se
ha estimado conveniente empezar por las zonas pobladas de tra­
bajadores: primeramente se empezó por Rancagua, especialmen­
te por el mineral de El Teniente, sacrificando a los obreros con
una cuota de 10 pesos. Se están haciendo, también, estas identifi­
caciones en la provincia de Antofagasta, con grave perjuicio para
los trabajadores de esta región”?2

Desde ese entonces, la Empresa de Ferrocarriles del Estado y el Mineral de Chu-


quicamata en el norte y de El Teniente en el sur tuvieron sus propios gabinetes y
servicios de cédulas de identidad, organizados por Luis Leiva Salas, para registrar
y así vigilar a sus trabajadores.
Para los promotores de la identificación total, se contaba con un método cien­
tífico de bajas probabilidades de error, tal como lo indican Ilsen About y Vincent
Denis (2011: 106), la dactiloscopia haría posible la “identificación verdaderamen­
te de masas”, por ser un sistema poco costoso y de aplicación sencilla, pero princi­
palmente porque era el único competente para asegurar la identidad de la persona
y diferenciarla a ésta del resto de la sociedad. La cédula de identidad, basada en
las impresiones digitales y la fotografía, se fue conformando como una técnica

Balmaceda i Puga Borne, p. 627.


32 CÁMARA DE DIPUTADOS Diario de sesiones, Sesión l* extraordinaria, 4 de octubre de 1922,
Presidencia del señor Rivas Vicuña, p. 21.
Policía de Identificación 261

de policía, no sin obstáculos y resistencias, aceptada, normalizada, y permanente,


necesaria para la seguridad pública.

De la Ley de Residencia a la Ley de Identificación obligatoria


A finales de la década de 1910, la elíte política, apoyada por la prensa burguesa y
una amplia parte de la opinión pública, fijó en el sujeto extranjero los problemas
de seguridad pública del país. La escenificación de una situación de colapso de
la sociedad capitalista justificó la promulgación de leyes represivas tal como la
ley núm, 3.446 “que impide la entrada al país o la residencia en él de elementos
indeseables” del 12 de diciembre de 1918 (en adelante Ley de Residencia), y de
una ley que organizara el sistema policial de identificación en todo el país y una
de cédulas de identidad, pensadas ambas como instrumentos indispensables para
hacer efectivos el control migratorio y la expulsión de extranjeros “peligrosos”.
Así lo indicaba el policía Manuel Riquetme Pareja, posterior Jefe del Gabinete
Central del Servicio de Identificación y Pasaporte de los Carabineros de Chile:
“La aprobación de este proyecto de Ley, íntimamente ligado a
la acción policial, tendería a lo largo de las fronteras del país, un
cordón invisible e insalvable, que defenderá nuestras proverbia­
les costumbres de orden, hoy que la emigración de otras razas,
amenaza contaminar con doctrinas ilusorias, la paz social, que ha
llevado a ios chilenos, a un expectable lugar entre sus congéneres
de la América del Sur” (Riquelme, 1922: s/f).

Con la Revolución Rusa, el miedo burgués al descalabro del sistema de propiedad


privada incorporó un componente objetivo, cuyas posibilidades de propagación
hacían que la alternativa revolucionaria en otros espacios geográficos fuese más
concreta, más real, más amenazante. Así lo pensaba Luis Manuel Rodríguez, ex­
secretario de la Prefectura de la Policía de Santiago, quien en la segunda versión
de la Conferencia Interpolicial celebrada en 1920 y con una retórica fuertemente
militarista y menos garantista que la utilizada en 1905, creía que la policía de se­
guridad debía armarse con todos los instrumentos disponibles para defender a la
sociedad ante la embestida del “incendio revolucionario”:
“Ese triunfo clamoroso y ensordecedor ha sido como una chispa
que amenaza producir el incendio revolucionario en las masas
proletarias de todos los países, que aspiran también, como las
rusas, á tomar en sus manos los destinos de la nación, á socializar
a su modo la tierra y a castigar con la privación de sus bienes y
262 Historia de la Cuestión Criminal...

de sus derechos de ciudadanos á los que han cometido el delito


muy grave de ser propietarios de tierras, de fábricas ó de valores
de cualquier especie [...] Pero sea esta actitud la de delincuentes
vulgares ó sea la de simples propagadores- como ellos preten­
den- de nuevas doctrinas sociales y económicas, es indiscutible
el derecho de la sociedad de defenderse de estos innovadores,
con todas las armas que el ataque haga necesarias; y es ineludi­
ble, en consecuencia, la obligación de acudir á esa defensa que
gravita sobre las instituciones que la misma sociedad ha creado y
ha armado para que la defiendan”.H

La Ley de Residencia, auspiciada por los diputados Romualdo Silva, José Ignacio
Escobar, Alejo Lira, J. Ramón Herrera y Armando Jaramillo, buscaba prohibir la
entrada y facultaba la detención y expulsión del territorio nacional de todo extran­
jero considerado como “elemento indeseable”, entendido como enemigo racial
que amenazaba sanitaria, moral y políticamente la sociedad.
Esta ley imponía, además, a los extranjeros que permanecieran en el país la
obligatoriedad de portar una cédula de identidad y la inscripción en un registro es­
pecial a cargo de la Prefectura de Policía, Asimismo, facultaba a ésta fiscalizar los
libros o registros de pasajeros en hoteles o pensiones; “Les notificarán, además,
que la cuenta semanal a que están obligados sobre el movimiento de pasajeros
deberá contener los siguientes datos: el nombre, nacionalidad, profesión, edad,
lugar de procedencia, lugar de destino, fecha de la llegada y fecha de la salida o
de posible partida”?'*1
El posible acceso a los datos personales brindaba un recurso de control polí­
tico de fuerte carácter discrecional a la policía, referida a la posibilidad de definir,
separar y “juzgar”, quiénes eran inmigrantes de “buena fe” y/o perturbadores del
orden político, bajos criterios geográficos y laborales, para su posterior detención
y posible expulsión del país.
Paralelamente a la discusión y posterior promulgación de la Ley de Residen­
cia, por decreto 715 emanado por el Ministerio del Interior el 2 de abril de 1918,
se nombró ad honorem Director General del Servicio de Identificación a Adolfo
Hirth, e Inspectores a Luis Leiva Salas, y César Zilleruelo, y se le encargó a estos

33 Conferencia Internacional Sudamericana de Policía. Convenios y Actas, Bueno; Aires, Imprenta


I. Tragan!, 1920, pp. 40-41.
34 “Orden de I día núm. 5177, 24 de febrero: Extranjeros de tránsito", en Boletín de la Policio de
Santiago, Santiago de Chile, Año XXI, núm. 225, marzo de 1921, p. 103.
Policía de IdenliftCíición 263

Ja redacción de un proyecto de ley para organizar el servicio de identificación en


todo el país.3í
El 4 de junio del mismo año se presentó un reglamento orgánico del Servicio
de Identificación de carácter transitorio. Entre sus disposiciones generales, las ofi­
cinas de identificación existentes hasta la fecha en las policías del país (por ejem­
plo en las ciudades de Antofagasta, Iquique, Valparaíso, Talca y Concepción) y las
que posteriormente se estableciesen, estarían encargadas de la identificación civil
y la penal. Además, se establecía un Gabinete de Identificación, suerte de Oficina
Central, en la ciudad de Santiago.
En el caso de la identificación civil, su registro era voluntario y debía ser
acompañado por el certificado de nacimiento o a falta de éste, el testimonio de dos
personas “honorables” o de todo documento o antecedente que la oficina conside­
rarse necesario para comprobar su personalidad (Honorato y Urzúa, 1923: 107).
Las cédulas de identidad otorgadas por las distintas oficinas de identificación es­
tarían compuestas por la fotografía de frente y perfil, la impresión dígito pulgar
derecho, la individual dactiloscópica, el número de prontuario, el nombre, edad,
estado civil, profesión u oficio, capacidad de leer y escribir.
En el caso del registro penal, a los reos que hacían ingreso a los estableci­
mientos de detención se les aplicaría la filiación dactiloscópica, más los datos civi­
les, la descripción cromática y las marcas particulares. Al cumplírsele la condena,
se hacía la fotografía frente y perfil. A su vez, el reglamento facilitaba al Prefecto
de Policía pedir la identificación de las personas detenidas, bajo criterios de sospe­
chas de ser un delincuente habitual o rufián, o por considerar que sus conductas y
comportamiento eran ajenos a la “respetabilidad” burguesa, por lo tanto un peligro
presente y futuro para las “buenas costumbres” y la armonía social” (Honorato y
Urzúa, 1923:108).
En el caso de Santiago, la ampliación de los individuos posibles de ser iden­
tificados por la policía significó atender uno de los principales problemas que aca­
rreaba la Oficina de Identificación desde su fundación: el escaso personal propio
que la configuraba. Como fue indicado en el primer apartado, los primeros años
de funcionamiento se utilizaron algunos agentes de la Sección de Seguridad para
auxiliar las labores de identificación de delincuentes. Desde la década de 1920, el
personal de la Oficina de Identificación aumentó, se incorporaron las primeras mu­
jeres como el caso de la auxiliar 3o Humilde Espinoza y se impartieron cursos de

35 “Identificación personal", Boletín de la Policía de Santiago. Imprenta de la Prefectura de Policía,


Santiago de Chile, Año XVIII, núm. 190, abril de 1918, p. 134.
264 Historia de la Cuestión Criminal...

identificación36 en las 13 comisarías y la Brigada Central que formaban el servicio


de población de la policía, con el objetivo de formar instructores (oficiales de po­
licía) y personal (guardianes) responsables del servicio de filiación dactiloscópica
en esas reparticiones, y de otorgar cédulas de identidad a todos los detenidos, “sin
excepción de sexo, edad o posición social’’.3738
Con respecto a las cédulas de identidad, el 30 de diciembre de 1919 Hum­
berto Duccí y Roberto Matus ofrecieron al jefe del Gabinete de Identificación de
Santiago un procedimiento que, según ellos, impedía la adulteración de ía foto­
grafía en las cédulas de identidad. Dicha técnica consistía en el uso de un papel
con un especial brillo que desaparecía al ser falsificado” (Craib, 2015: 175). El
servicio de que eran propietarios Duccí y Matus fue patentando por el Gobierno y
aceptado por la Intendencia de Santiago el 1 de marzo de 1920, para el expendio
de cédulas de identidad y posteriormente de los pasaportes.5* Este hecho nos reve­
la la intención de tecnificar este tipo de documentos para evitar posibles casos de
falsificación de identidad.
El 10 de octubre de 1918 se presentó en el Congreso Nacional un proyec­
to de Cédula de Identidad Obligatoria. Su responsable fue el diputado por Los
Andes, el liberal Tito Lisoni. Éste propuso que todas las personas, nacionales o
extranjeros, portasen un carnet de identidad desde los 15 años. La presentación
del proyecto realizada por Lizoni nos permite observar que las técnicas de identi­
ficación policial van adquiriendo nuevos significados y usos, tales como impedir
et incumpliendo o infracciones a la ley del servicio militar obligatorio, evitar los
fraudes electorales y ía suplantación de identidad en juicios civiles y contratos. El
paradigma que envuelve la obligatoriedad de la cédula de identidad es el control
social (policíaco) y la lucha contra el delito;
“...establecida la cédula, disminuiría considerablemente el por­
centaje de la delincuencia, porque, siendo más fácil perseguir las
responsabilidades criminales, hallará más obstáculos la frecuente
repetición de los delitos. La filiación, las impresiones dijitales, la
fotografía y los datos relativos al estado civil, profesión y demás

36 Hemos registrado en 1912 la realización del primer curso de identificación en la Escuela Policial,
creada en 1909 para la formación de los futuros oficiales de policía, impartido por el entonces
ayudante-repetidor Luis Leiva Salas.
37 “Reglamentación en las Comisarias del Servicio de Identificación", en Boletín de la Policía de
Santiago, Imprenta de la Prefectura de Policía, Santiago de Chile, Ailo XXlt, núm. 242, agosto de
1922, p. 278.
38 “Orden del día núm. 5543, 11 de mayo: Cédulas de Identidad”, Boletín de la Policía de Santiago,
Imprenta de la Prefectura de Policía, Santiago de Chile, Año XXII, núm. 240, junio de 1922, p. 170.
Noticia de Identificación 265

circunstancias características de cada individuo, abrirían el am­


plio campo a las investigaciones y traerían como resultante inme­
diata la dificultad de que los conculcadores de las leyes pudieran
sustraerse a la acción severa de la justicia”.3’

La cédula de identidad sería el documento único de acreditación legal y moral de


la identidad pública y privada de la persona. De esta manera, se convertiría en el
mecanismo por excelencia de la certificación de la sospecha de una persona al es­
tar “obligada a exhibir su cédula a la autoridad policial, cuando ésta, por cualquier
motivo, lo exijiere”.40 Por otro lado, serviría como base fidedigna para establecer
el empadronamiento obligatorio de todos los habitantes, uno de los principales
anhelos de la jerarquía policial:
“Otras de las ventajas evidentes de este proyecto es que ofrece
una base cierta para establecer el rol de vecindad en todas las ciu­
dades del país, que no solo serviría de guía a los particulares sino
también de cooperación inapreciable a las policías en el ejercicio
de sus delicados deberes de defensa del orden, de los bienes y de
la vida de los ciudadanos”.41

Finalmente, y en clara sintonía con las discusiones sobre una Ley de Residencia,
la influencia que la Primera Guerra Mundial pudiese provocar en el aumento del
flujo inmigratorio hacía de la cédula un mecanismo preventivo para controlar la
movilidad de aquellos extranjeros “aceptados” para ingresar al territorio nacional.
Sin discusión sustantiva en el parlamento, el proyecto de Tito Lizoni “dur­
mió” hasta el 14 de febrero de 1923, cuando fue aprobado por la Comisión de
Legislación y Justicia. Sin embargo, sufrió un nuevo aplazamiento, quedando de­
finitivamente encarpetado.
El 5 de septiembre de 1924 se efectuó un golpe militar contra el régimen de
gobierno representado por el sistema parlamentario que derivó en la renuncia del
presidente Arturo Alessandri Palma, la disolución del poder legislativo y la sus­
pensión de la Constitución Política regida desde 1833.42 Instalada la junta militar

39 CÁMARA DE DIPUTADOS Diario de lesiones, Sesión Ia estraord inaria en 10 de octubre de


1918, Presidencia del señor Bermúdez, p. 15.
40 CÁMARA DE DIPUTADOS Diario de sesiones. Sesión l* estraord inaria en 10 de octubre de
1918, Presidencia del señor Bermúdez, p. 17.
4t CÁMARA DE DIPUTADOS Diario de sesiones, Sesión l* estraordinaria en 10 de octubre de
1918, Presidencia del señor Bermúdez, p. 16.
42 La intervención militar motivada por un agudizado escenario nacional de conílictividad e ines­
tabilidad económica, social y política y por problemas específicos de la institución militar, for-
266 Historia ¿e la Cuestión Criminal.,

de gobierno presidida por el general Luis Altamirano, ésta promulgó, el 7 de octu­


bre de 1924, el decreto-ley 26, basado en un proyecto presentado por los miembros
de la Policía de Santiago, el Sub-Prefecto de la Sección de Seguridad Carlos Bravo
Murillo y el Jefe 2o de la Oficina de Identificación Luis Leíva Salas, que estableció
el Servicio de Identificación Personal Obligatorio sobre la base del sistema dacti­
loscópico de Juan Vucetich y la descripción morfológica de Bertillon. Separado de
la Sección de Seguridad desde 1922, el Servicio de Identificación dependió de la
Dirección General de Policías, y se componía de un Gabinete Central, con asiento
en la ciudad de Santiago y de gabinetes de identificación ubicados en las cabeceras
de provincias y de departamentos del país. Estos últimos eran supervisados por las
respectivas jefaturas de policía, pero técnicamente quedaban bajo la supervisión
del gabinete central. También, este decreto ley suprimió las oficinas de identifi­
cación particulares existentes hasta la fecha y prohibió su futura instalación bajo
multa monetaria, clausura y el decomiso de los aparatos y muebles que utilizasen.
Las competencias y funciones que debía asumir el Servicio de Identifica­
ción a nivel nacional fueron la confección y entrega del carnet de identidad y de
certificados de conducta, la gestión de los prontuarios judiciales y policiales, la
formación de estadísticas criminales, y el despacho de las carpetas de información
a solicitud de las autoridades judiciales o administrativas.*43

zó al congreso, compuesto mayoritariamente por la oposición oligárquica al presidente Arturo


Alessandri Palma, a aprobar una serie de reformas sociales y laborales entrampadas por arios, el
8 de septiembre de 1924. Por ejemplo: sobre contrato de trabajo, indemnizaciones por accidentes
del trabajo, organización del sindicato industrial, sobre Tribunales de conciliación y arbitraje, la
creación de sociedades cooperativas, de la Caja de Seguro Obligatorio de enfermedad, invalidez
y vejez (Seguro Obrero) y Ja Caja de Empleados Particulares. Dentro de las reformas aprobadas
por la fuerza se incluyó una relativa a la policía, la ley 4052, que unificó las Policías Fiscales en
un solo cuerpo y creó la Dirección General de Policías, órgano encargado de vigilar y fiscalizar la
institución policial a nivel nacional.
43 MINISTERIO DEL INTERIOR “Decreto-ley 26 que establece el servicio de identificación per­
sonal obligatorio”, 7 de octubre de 1924, Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, Legisla­
ción chilena [en línea] http://www. leych i ie.cl/Navegar/?idNorma=5676&id Vera ion-1928-01-
H&idParte. La filiación de las personas en los gabinetes de identificación se dividiría en cuatro
documentos/registros. El prontuario compuesto por la fotografía frente y perfil, los antecedentes
civiles comprobados por el certificado de nacimiento u otro documento público, los caracteres cro­
máticos y morfológicos, la firma y fas impresiones digitales; la Cédula dactiloscópica; la Tarjeta
índice con los datos civiles y las impresiones de cuatro dedos y finalmente la Cédula de identidad
con la fotografía de frente, la impresión digital del dedo pulgar derecho, la clasificación dactilos­
cópica, datos civiles y las señas particulares visible MINISTERIO DEL INTERIOR Decreto-ley
102, 18 de noviembre de 1924, Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, Legislación chilena,
[en línea] http://wwvv.ieychile.cl/N?i=5759&f=1924-ll-l8£p-
Policía ¡i' Identificación 267

Los hombres mayores de 18 años, nacionales y extranjeros, debían adquirir


su cédula de identidad y renovarla cada cuatro años.41 Exceptuados de este manda­
to se encontraban las mujeres, los religiosos enclaustrados, los recluidos en Hos­
picios y en la Casa de Orates, los condenados, y los considerados incapaces para
todo trabajo.15 Se estableció un plazo de tres meses para que las policías locales
creasen y organizasen sus respectivos gabinetes de identificación, y de un año para
la obligatoriedad de la libreta de identificación personal.
El 18 de noviembre del mismo año se complementó con el decreto-ley 102,
que en conformidad con el artículo 30 del decreto-ley 78 del 5 de noviembre, “Ley
de elecciones”, incluyó reformas que buscaban concretar a breve plazo la filiación
de todos los ciudadanos con derecho a sufragio con el propósito de adoptar la
cédula de identidad en las siguientes inscripciones electorales.115 Además, este de­
creto asignó el personal, sueldos, y orden territorial del Servicio de Identificación.44
46
45

44 La ley 4237 promulgada el 30 de diciembre de 1927 extiendía la obligatoriedad de libreta de iden­


tidad a los 21 años.
45 MINISTERIO DEL INTERÍOR “Decreto-ley 26 que establece el servicio de identificación
personal obligatorio”, 7 de octubre de 1924, Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, Leg­
islación chilena [en línea] httpi//www.leychile.cl/Navegar/?idNorma=5676&idVersion=l 928-01-
ll&id Parte.
46 Si bien para este artículo no se incluyó la relación entre identificación científica, la policía y el
registro electoral, urge la realización de una investigación que atienda los discursos y prácticas
identificatorias en una perspectiva distinta a las actividades de prevención y control policial. El
presente trabajo dio muestra que los discursos sobre los usos de la cédula de identidad y sus ele­
mentos identificatorios estuvieron más limitados al resguardo del orden social y [amoralidad pú­
blica que a la “depuración” del corrupto y vicioso sistema electoral, caracterizado por el cohecho,
la suplantación de electores y la falsificación de escrutinios. Sin embargo, en el afio 1925 encontra­
mos los primeros decretos que incluyen la identificación dactiloscópica en el proceso electoral. Por
ejemplo, el decreto ley 343 de! 17 de marzo de 1925 sobre inscripciones electorales permanentes,
en su articulo 17 se establece que el proceso de inscripción incluya la impresión digital pulgar. En
caso de no contar con la cédula de identidad al momento de ser inscrito, se le debía tomar la impre­
sión decidactilar en dos fichas dactiloscópicas y la impresión de cuatro dedos en dos tarjetas índice
para el Gabinete Central y para el jefe de la Policía Fiscal. También se establece que las cédulas
de inscripción sean remitidas al Gabinete de Identificación respectivo con el objeto de determinar
si el inscrito lo ha hecho más de una vez. Ese mismo año, el decreto ley 542 del 23 de septiembre
sobre Ley de elecciones exige la presencia de un experto dactiloscópico en las mesas electorales
en Jos casos que existan dudas sobre la veracidad de los datos y la firma puesta en los registros de
inscripción o en la cédula de identidad presentada por los sufragantes. En estos casos, el experto
interviene mediante una “prueba dactiloscópica” consistente en la identificación y autentificación
de la persona, cuyo informe determina si el derecho a sufragio es admisible o rechazable. Ambos
decretos ley serán refundados en la ley 4445 del 9 de febrero de 1929 sobre Registro Electoral e
Inscripción permanecen que estableció la obligatoriedad de la cédula de identidad para la inscrip­
ción en los registros electorales y dispuso a los jefe de Oficinas de Identificación como miembro
de las juntas inscriptoras permanentes junto a los Notarios conservador de bienes raíces y tesoreros
departamentales.
268 Historia de la Cuestión Criminal...

Como era de esperar, el aumento exponencial de los individuos sometidos a!


nuevo régimen de identificación, más el precario poder infraestructural para ope­
rar sobre dicha población y la desconfianza o resistencia social a la identificación
policial, se tradujeron en sucesivas prórrogas de la ejecución efectiva de la ley. El
decreto- ley 460 del 31 de julio de 1925 aplazó la obligatoriedad de la cédula hasta
el 1 de enero de 1926, plazo extendido por cuatro años más por la ley 4237.
A pesar de lo anterior, con el decreto-ley 26 se hacen extensivos los métodos
de identificación policial a los ciudadanos, anhelo que acompañó al saber policial
desde los primeros años del siglo XX. Así lo pensaba Luis Leiva Salas en 1916,
para quien en la potestad policial de establecer y verificar la identidad: “Se con­
centran todos los resultados prácticos que para defensa de una sociedad puede ob­
tener la Policía, pues la única manera segura é infalible de que un cuerpo policial
preste servicios eficientes, es la de que conozca, lo mejor posible, á las personas
con quienes tenga que relacionarse” (1916:202).
Según el jefe del Departamento Criminológico de la Dirección de Investi­
gaciones, Identificación y Pasaporte (1933-1942) Gilberto Llanos Valenzuela, las
estadísticas estatales indicaban que en la década de 1930 el Gabinete Central de
Identificación de Santiago figuraban identificados a nivel nacional 333.000 reos
y por medio de la cédula de identidad, certificados de antecedentes y pasaportes
1.360.000 personas (Llanos, 1937: 61). Hasta el año 1942, existían 105 gabinetes
de identificación a nivel nacional.

A modo de cierre
Como hemos podido observar a lo largo de este estudio, la policía de Santiago de
Chile se adjudicó como expertise la identificación de las personas. Desde el delin­
cuente condenado al trabajador, de éste al extranjero y del extranjero al ciudadano
común, el avance en pocas décadas de la policía de identificación nos demuestra
cómo la policialización del orden público, como técnica de defensa social, hizo de
las restricciones de las libertades individuales la garantía de protección del Estado
hacia la sociedad civil.
En este sentido, desde el punto de vista policial, la cédula de identidad se arti­
culó como la nueva herramienta de intervención social y política, cuyo valor legal
probatorio de la identidad permitió la prevención y neutralización “selectiva” de
grupos determinados que representaban amenazas para la seguridad urbana. Por
ejemplo, en la Cartilla del Guardián redactada en 1926 por el entonces Comisario
Policía de Identificación 269

Humberto Contreras de la Vega, incorporaba eí documento dentro de la rutina


policial de detención de personas bajo criterios de sospecha:

“El guardián debe interrogar al sospechoso sobre su personali­


dad, antecedentes y motivos de su estada o actitud que hacen
dudar de sus designios; si las respuestas no le satisfacen y el in­
terrogado no posee documentos que acrediten su personalidad y
antecedentes de buena conducta deber ser detenido y conducido
al cuartel” (Contreras, 1926; 223).

Las técnicas de identificación consolidaron el poder de policía, fundado en el or­


denamiento social, su conocimiento organizado y exacto. Un poder de policía, en­
tendido como “saber de vigilancia, de examen, organizado alrededor de la norma,
por el control de los individuos durante toda su existencia” (Foucault, 2005:105).
Una presencia fantasmal, como lo indica Walter Benjamín, que “penetra todo, en
la vida de los estados civilizados” (Seri, 2011: 352).
De esta forma, la identificación policial civil inauguró un “régimen de iden­
tificación”, entendido como el genuino conocimiento científico de cada persona
dentro del Estado. Esta “nueva” relación entre el Estado y los ciudadanos, conce­
bida como precondición de la seguridad nacional y la protección individual y jurí­
dica, fue dando forma a una administración y gestión estatal de la “identificación
total”, es decir, del conocimiento del “número exacto de ciudadanos, residentes en
el país, las relaciones, la edad, el estado civil, el domicilio, la profesión” y dirigir
“la capacidad moral, intelectual, física, pecuniaria de cada uno”.47
Estudiar a la policía desde sus saberes, prácticas e identidad institucional
nos deja ver más continuidades que posibles rupturas históricas del poder poli­
cial en la sociedad actual. La aprobación de la Cámara de Diputados y Senadores
de la llamada “Agenda corta antidelincuencia”, en condición de ser promulgada
como ley, contenía dentro de sus medidas más polémicas el Control Preventivo
de Identidad que reactivaba la detención por sospecha derogada en 1998, facul­
tad profundamente discrecional y amparada por la ley desde la Ley de Garantías
Individuales de 1884, nos revela cómo las prácticas de control y arbitrariedad
policial parecen ser resistentes al paso del tiempo y a los avances en materia de
derechos humanos. Presenciamos un Estado gendarme que se actualiza, tecnifica y
prolifera en una serie de medidas de seguridad ciudadana que abogan por mayores

47 “Notas y Comentarios a las Actas de la Comisión de Reformas", en Progreso. Revista de identi­


ficación científica, Mo II, núm. 24, Santiago, Imprenta y Lit. “La Ilustración", junio de 1930, p.
167.
270 Historia de la Cuestión Criminal..

poderes a la policía y más presencia de ésta en las calles, y en la configuración de


ciudadanos-policíacos, de una red de vigilantes comunal o vecinal compuesta por
consumidores de un mercado privado, cada vez más sofisticado y públicamente
“aceptable” de seguridad individual y colectiva, sostenido en un discurso social
del miedo profundamente excluyente y discriminatorio.
La coalición en las demandas por políticas autoritarias, de marcado populis­
mo punitivo y neoconservadoras, contra el desorden social y el delincuente por
parte de las bancadas de derecha y de izquierda, los medios de comunicación do­
minados por el empresariado y la opinión pública en la sociedad neoliberal, nos
invitan a seguir avanzando en la investigación histórica de la seguridad y el rol
de la policía en su configuración, y así aportar con conocimiento crítico al debate
nacional.

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¿Colonias de población o lugares
de destierro y tormento?
Colonias penales en América Latina, c. 1800-19401

Ricardo D. Salvatore
Carlos Aguirre

Introducción
os estados-naciones latinoamericanos de la era post-independencia se em­
barcaron gradualmente en un proceso de transformación ambicioso -si
bien frecuentemente contradictorio- de ¡as estructuras políticas, económi­
cas, institucionales y laborales. En la mayoría de los casos, el rumbo proyectado
movería a estas sociedades hacía economías liberales de mercado, trabajo asala­
riado, republicanismo, ciudadanía masculina universal e imperio de la ley. La abo­
lición de la esclavitud y otras formas de trabajo forzado eran vistos como un paso
necesario en dicho proceso, como lo era la implementación de varios mecanismos
disciplinarios -educación pública, nuevos códigos civiles y penales, y reformas
policiales y carcelarias, para nombrar solo algunos- que permitirían que dichas
sociedades se modernizaran y civilizaran, a la vez que forjaban ciudadanos libres
y virtuosos. Este conjunto de objetivos fue permanentemente frenado, e incluso
subvertido, por la fragmentación social y étnica, la implementación desigual de
algunas de las principales reformas previstas, la inestabilidad política recurrente,
patrones de dominación y control social heredados de tiempos coloniales, restric­
ciones económicas, formas autoritarias de gobierno e intervención extranjera.
Dos ámbitos clave de cambio social e institucional en el curso del siglo XIX
fueron el del castigo y el trabajo. Aunque a distintos ritmos, el modelo preferido
de castigo en la mayor parte de los países fue el encarcelamiento, y el sistema de
prisión escogido tendió a ser el régimen penitenciario (Salvatore y Aguirre, 1996).
No obstante, la implementación efectiva de este diseño penal se vio severamen­
te afectada por varios factores, que resultaron en la supervivencia de formas de
castigo coloniales y de antiguo régimen (pena de muerte, azotes, destierro, traba­
jos forzados, entre otros), la persistencia de cárceles y prisiones no-reformadas,

l Este trabajo fue originalmente publicado en Christian Giuseppe De Vito y Aiex Líchtensteín (eds.t.
Global Convict Labour, Bríll: Leiden/ Bostón, 2015, pp. 273-311. Traducido por Lila Caimari.
276 Historia ae la Cuestión Criminal...

y la aplicación limitada e inconsistente dei modelo penitenciario (Caimari, 2004;


Aguirre, 2005; Bohoslavsky, 2005), Amplias áreas del sistema de justicia penal
de cada país se mantuvieron apegadas a formas muy tradicionales de intervención
policial, de elaboración de sentencias y de prácticas de castigo. No solamente no
triunfó la visión rehabilitadora, sino que en algunas regiones ni siquiera fue puesta
en práctica. En teoría, el trabajo era parte central de la rehabilitación de delincuen­
tes, pero en los hechos se convirtió en otra forma frecuente de explotación despia­
dada de fuerza de trabajo cautiva a bajo costo. La construcción de penitenciarías
modernas estaba destinada a volver obsoletas viejas formas de castigo como el
destierro, el exilio o la pena de muerte; en cambio, estas últimas siguieron siendo
utilizadas por estados modemizadores ansiosos de deshacerse de poblaciones de
indeseables y peligrosos considerados “irreformables”.
Por otro lado, los sistemas de trabajo reflejaban la vigencia de concepciones
tradicionales de las jerarquías sociales y raciales, la desigual distribución de de­
rechos entre distintos segmentos de la población (negados a los descendientes de
africanos e indígenas), y la enorme concentración de poder en manos de las élites
sociales y políticas. La esclavitud africana comenzó a ser desmantelada durante
las guerras de independencia de la segunda década del siglo XIX, pero duró mu­
cho más en algunos países, particularmente en Cuba (hasta 1886) y Brasil (1888).
Varias formas de trabajo coercitivo complementaron y reemplazaron a la escla­
vitud africana, incluido el peonaje por deudas, los trabajadores sirvientes chinos
(coolies), el trabajo indígena forzado, las leyes de vagancia, la conscripción mili­
tar compulsiva y el trabajo obligatorio de los convictos. Mientras el trabajo asala­
riado se difundía lentamente en la región, especialmente en áreas orientadas a la
exportación, el espacio rural fue escenario de la consolidación de viejas y nuevas
formas de trabajo forzado. Una vez más, muchas de estas modalidades estaban
asociadas a grupos raciales y étnicos específicos -indios, negros, chinos- cuya in­
clusión como miembros de nuevos estados-naciones era, en el mejor de los casos,
a la vez efímera y limitada.
Este ensayo procura explorar el uso del trabajo penal en América Latina du­
rante el “largo” siglo XIX, concentrándose en la historia de las colonias penales.
Examinaremos cuatro casos: Juan Fernández en Chile, Ushuaia en Argentina, Fer­
nando de Noronha en Brasil e Islas Marías en México. Las similitudes y diferen­
cias entre estos casos nos permitirán echar luz sobre dimensiones múltiples de la
intersección entre castigo y trabajo en la construcción de las sociedades latinoa­
mericanas modernas. Las colonias penales estaban localizadas en los márgenes de
¿Colonia! de población o lugares de destierroy tormento? 277

sus respectivos estados-naciones, pero su administración y problemas no resueltos


reflejaban dilemas de gobemanza asi como conflictos sociales y políticos en los
territorios centrales.
Como veremos, cada caso se distingue de los demás: algunas colonias fueron
simples depósitos de criminales y deportados, mientras otras evolucionaron hacia
verdaderas (y supuestamente modernas) penitenciarías; otras eran pensadas como
instrumentos para el desarrollo de asentamientos permanentes en áreas remotas o
fronterizas, mientras que otras más fueron concebidas simplemente como medios
para obtener fuerza de trabajo de la población penal. En todos los casos, mecanis­
mos ilegales de tormento y castigo fueron ampliamente utilizados contra la pobla­
ción penal, a veces con total impunidad, impidiendo así el desarrollo de técnicas
punitivas humanitarias y rehabilitadoras. Nuestro argumento es que los rasgos que
caracterizaron a las colonias penales en América Latina revelan la persistencia
de prácticas coloniales y de antiguo régimen (destierro y trabajo carcelario) para
hacer frente a los desafíos planteados por la modernización: obtener trabajadores
para las industrias exportadoras, controlar la protesta social, consolidar el control
territorial por parte del estado-nación y disciplinar amplios sectores de los tra­
bajadores más pobres. Por acción u omisión, las colonias penales se tomaron en
evidencia de la imposibilidad, por parte de los estados y sus elites, de imaginar
soluciones inclusivas, democráticas y efectivamente “modernas” para los urgentes
problemas que debían encarar.

Las Islas Juan Fernández (Chile)


Entre los siglos XVII y XIX, estas islas atravesaron cambios importantes. Inicial­
mente codiciadas por piratas y marinas rivales, se convirtieron en bastión español
para la defensa del Pacífico Sur en la segunda mitad del siglo XVIII. Desde en­
tonces, comenzaron a recibir delincuentes comunes en exilio permanente. Pero la
función del archipiélago como lugar de exilio de prisioneros políticos y criminales
se consolidó recién con el inicio de la república en el temprano siglo XIX. Hacia
la segunda mitad de ese siglo, particularmente después de 1860, las autoridades
chilenas hicieron intentos de promover la colonización privada de las islas. Todos
fracasaron.
Entre 1624 y 1749, las islas fueron presa de corsarios británicos, franceses y
holandeses. La Corona española respondió al desafio geopolítico de imperios co­
merciales y marinos rivales mediante la construcción de fortificaciones y el esta­
blecimiento de pequeñas guarniciones militares. Desastres naturales (terremotos),
278 Historia í¡e la Cuestión Criminal...

miseras condiciones presupuestarias y la falta de una vía confiable de transporte al


continente condenaron al fracaso los intentos tempranos de establecer un asenta­
miento. A partir de 1749, las islas dejaron de ser “nido de piratas” para convertirse
en una preocupación geopolítica para el imperio español sur-Pacífico. La guarni­
ción fortificada construida en la década de 1750 ayudó a defender la navegación y
comercio españoles contra las incursiones de piratas de naciones rivales.
Además de actuar como punto fronterizo defensivo, desde el tardío siglo
XVIII las islas sirvieron como depósito de reincidentes, condenados por las au­
diencias de Quito, Lima y Santiago. Juan Fernández se tomó en el destino de mu­
chos delincuentes condenados a la pena de destierro.2 Las autoridades coloniales
utilizaron el destierro a las islas para castigar delitos graves, preservando otras
penas como los azotes, la humillación pública e incluso la horca para transgresio­
nes menores como el robo o el hurto. En este caso, el destierro era el sustituto de la
pena capital, asegurando que delincuentes reincidentes incorregibles no volvieran
a las ciudades “civilizadas” del imperio. Los “prisioneros” debían mantenerse lo
más lejos posible de la población respetuosa de la ley del reino, en este caso, los
territorios del Virreinato del Perú y de la Capitanía General de Chile.
¿Cabría el nombre de colonia penal para este arreglo? Quienes estaban con­
finados en las islas Juan Fernández eran simplemente soltados en el lugar con una
muda de ropa y forzados a trabajar para procurarse alimento. Los españoles no
construyeron ningún edificio especial para albergar prisioneros. Muchos fueron
forzados a abrir cuevas en la ladera de las montañas, adonde eran encerrados tras
barrotes de hierro durante la noche. Otros convictos tenían permitido construir sus
chozas (hechas de adobe y techos de paja). Un grupo de soldados, habitualmente
inferior en número a los prisioneros, vigilaba a los confinados y atendía además las
baterías y fortificaciones dispuestas para repeler los ataques de navios extranjeros.
En este sentido, la así llamada colonia penal era en verdad un lugar de descarga
de indeseables más que una prisión. Preocupadas principalmente por defender sus
posesiones en el Pacífico, las autoridades españolas no esperaban la rehabilitación
de los prisioneros que pasaban tiempo en Juan Fernández.
¿Quiénes eran los prisioneros confinados en Juan Fernández? El historiador
Benjamín Vicuña Mackenna menciona algunos ejemplos de prisioneros desterra­
dos en las décadas de 1780 y 1790. Ramón Negrete fue condenado a diez años de
presidio por incendiar y robar; Jorge Bosque fue sentenciado por sodomía; Miguel

2 “Juan Fernández-escribió el historiador chileno Vicuña Mackenna-era la Bastilla en común de la


América española occidental desde Panamá al Cabo de Hornos” (Vicuña Mackenna, 1883: 301).
¿Colonias de población o lugares de destierroy tormento? 279

Garrido, un peruano negro, fue confinado por robar barras de plata; Juan Pino, un
zapatero de Quito, fue juzgado por incesto, secuestro de una mujer y cuatrerismo.
También había oficiales confinados por insubordinación o amotinamiento, religio*
sos rebeldes o inconformistas, y algunos condenados a exilio por la Inquisición
de Lima (Vicuña Mackenna, 1883: 303*305). Puesto que los penados venían de
todos los puntos de la costa Pacífica de América del Sur, las islas Juan Fernández
reunieron un conjunto multiétnico y multilocal de personas, con solo dos cosas en
común: su confinamiento al trabajo forzado en una isla distante y su permanente
deseo de escapar.5
Luego de la independencia de España,34 el nuevo gobierno nacional carecía de
los recursos y de la voluntad política para mantener Juan Fernández como puesto
fronterizo defensivo. El gobierno chileno dejó que las fortificaciones se deteriora­
ran y que la guarnición militar mermara, de tal manera que los barcos extranjeros
podían desembarcar para abastecerse sin obstáculos. Sin embargo, se siguió consi­
derando conveniente la preservación de la colonia penal como sitio de deportación
y exilio de opositores políticos y criminales comunes. A medida que la dinámica
de la república estimulaba las actividades de rebeldes políticos y bandidos comu­
nes, Chile necesitaba un lugar para depositarlos fuera de las áreas pobladas. En
este sentido, la transición de colonia a república deparó pocas novedades en tos
usos de la colonia penal.
En octubre de 1814, por ejemplo, luego de la batalla de Rancagua - una de­
rrota de los patriotas chilenos -, el comandante de las fuerzas españolas, General
Osorio, ordenó el arresto y deportación a Juan Fernández de cincuenta patriotas
residentes en Santiago (Vicuña Mackenna, 1883: 412-414). Pasaron veintisiete
meses en las islas solo por ser sospechosos de oposición ai régimen colonial. Con
todo, el gobierno patriota que le siguió hizo algo notablemente similar. En mayo de
1821, el nuevo Director Supremo Bernardo O’Higgins mandó un contingente de
opositores políticos a Juan Fernández. Eran seguidores de los hermanos Carrera,
lideres de las guerras de independencia ahora opuestos al gobierno de O’Higgins,
al que calificaban de régimen despótico y autoritario. Una vez más, las islas fueron
utilizadas como lugar de descarga de exiliados políticos opositores.
Ladiferencia crucial entre el régimen colonial español y las repúblicas recien­
temente independizadas de la costa sur-pacífica radicaba en el ámbito del poder

3 Vicuña Mackenna escribió: “Era aquella una abigarrada comitiva de negros de! Perú, zambos de
Quito, soldados de España, i sin contar otras castas, dos indios de Chile” (1883:307).
4 En un proceso que podría ser fechado entre 1810 y 1818.
280 Historia de la Cuestión Criminal...

naval y las estrategias geopolíticas. El gobierno de O’Higgins carecía de recursos


fiscales o navales para reprimir cualquier motín o rebelión en esta distante colo­
nia penal. Cuando los Camerinos, asistidos por soldados de la isla, se rebelaron
y tomaron la guarnición en 1821, el rescate de la colonia penal estuvo a cargo de
un barco de guerra norteamericano, que logró restaurar el orden. Por supuesto, la
mayoría de los prisioneros, incluidos los Camerinos, ya habían escapado.
La debilidad fiscal y militar del gobierno chileno se traducía en la imposi­
bilidad de desarrollar una política sustentable en relación a la colonia penal. En
1822, O’Higgins declaró que todos los recursos de la isla (ganado, madera, lobos
y langostas marinos, frutas) pertenecían a la nación chilena y, en consecuencia, se
prohibió la extracción de recursos a barcos extranjeros, con la amenaza de confis­
cación de las caigas. Era una afirmación de soberanía nacional que el gobierno no
estaba en condiciones de ejercer, pues carecía de las tuerzas navales para perseguir
y confiscar navios extranjeros. La colonia penal quedó prácticamente desierta, sin
soldados que pudieran usar los cañones oxidados instalados en tiempos coloniales
(Vicuña Mackenna, 1883:483-484).
En la década de 1830, durante la gestión conservadora de Diego Portales,
las islas siguieron siendo destino de opositores políticos, junto a algunos crimina­
les comunes. Esta vez las víctimas del destierro eran los liberales o pipiólos. La
gestión conservadora procuró imponer un orden más draconiano en la inestable
colonia penal, mediante el nombramiento de Francisco de Paula Latappiat como
nuevo gobernador. Apodado “el fusilador” por las ejecuciones que ordenó durante
las guerras de independencia, Latappiat abordó el manejo de las islas como una
inquisición privada, estableciendo una serie de reglas detalladas sobre matrimo­
nio, bebida y juego, así como el monopolio estatal de la provisión de alimentos.
Cualquier violación de dichas reglas implicaba castigo corporal o aislamiento de
largo plazo en las cuevas. Como era de esperar, su tiránico mandato generó nuevos
motines en 1833, al cabo de los cuales Latappiat ordenó la ejecución de dos de los
amotinados (Vicuña Mackenna, 1883: 531-533).
Estas ejecuciones fueron desaprobadas por el gobierno chileno y severamen­
te criticadas en Ja prensa, puesto que violaban principios de humanidad y de im­
perio de la ley que el gobierno republicano supuestamente defendía. Al ordenar
ejecución sin previo juicio, el gobernador Latappiat había abusado de su autoridad
sobre los prisioneros. En palabras del gobierno chileno, la ejecución sin juicio
debido no estaba admitida ni siquiera en el campo de batalla (Woodward, 1969;
153-154). Decisiones similares de ejecutar prisioneros encontraron obstáculos pa­
¿Colonias de población o lugares de destierro y tormento? 281

recidos: el estado chileno concebía su soberanía como un conjunto de derechos y


obligaciones que se extendían a todos los ciudadanos de la república. Y aunque las
islas distantes mantuvieran su función de depósito de desterrados políticos y de­
lincuentes durante buena parte del período post-independentista, la retórica oficial
era que los prisioneros estaban imbuidos de derechos constitucionales.
Los intentos de establecer colonizadores en Juan Fernández frieron esporá­
dicos, fugaces y siempre complementarios de la idea de una colonia penal de exi­
liados políticos.
En 1829, el Congreso chileno decidió alquilar las islas a un concesionario
privado, Joaquín Larraín, miembro de una familia de notables patricios. A cambio
del mantenimiento de unos cien prisioneros, el gobierno proveería una guarnición
de 25 hombres, autorizaba la libre importación de abastecimientos del continente
y se hacía cargo del transporte de los prisioneros. Larraín delegaba el manejo de la
colonia penal en manos de Giuseppe Zopetti, quien hizo poco por atraer colonos
o mejorar el bienestar material de los penados. Hacia fines de 1831, cuando un
nuevo motín interrumpió la tranquilidad de las islas, había unos 200 prisioneros,
incluidos los desterrados políticos y criminales peligrosos. Un puñado de colonos
libres cultivaban las laderas de las montañas, se ocupaban de los rebaños de ga­
nado de vacas, ovejas y cerdos, y cosechaban sándalo, que los barcos extranjeros
demandaban (Woodward, 1969; 144-147). Luego de aplastada la rebelión, Larraín
fue obligado a vivir en la isla. Desde entonces prestó mayor atención a las quejas
de los prisioneros y logró atraer algunos colonos?
En 1851 se hizo un segundo intento de colonización privada. Dos bolivianos,
los hermanos Soruco, recibieron derecho exclusivo para atraer colonos y desarro­
llar la isla, con la obligación de manejar también a los prisioneros. Puesto que la
colonia era una dependencia administrativa del Departamento de Valparaíso, se
nombró un sub-delegado, J, A. Soto. La nueva administración garantizó más liber­
tad a los prisioneros, puesto que la colonia carecía ahora de guarnición militar, y
la vigilancia estaba en manos solo de guardias civiles. Aunque la colonia pareció
mejorar durante un tiempo, un nuevo desembarco de prisioneros políticos (120
liberales) llevó a un nuevo motín y fuga. Los rebeldes arrestaron al sub-delegado
y lo mandaron al continente encadenado (Woodward, 1969; 191-194). La nueva
revuelta de prisioneros abortó el esfuerzo de colonización privada y, como resul­
tado, la colonia fue abandonada en 1852.

5 Hacia 1832, unos 300 hombres y mujeres constituían la población de esta aldea de pescadores y
pastores.
282 Histeria dr la Cuestión Criminal...

En 1867, e! gobierno resucitó la idea de alquilar la isla a empresarios pri­


vados. El contrato fue acordado primero con un empresario naviero radicado en
Valparaíso, pero debido a su incumplimiento de las condiciones, fue transferido
a los hermanos Fernández López. Estos empresarios privados prometieron llevar
un número creciente de colonos a lo largo de nueve anos, a cambio de la explo­
tación libre de ios recursos de la isla. Además, el firmante accedió a alimentar y
mantener a los prisioneros en orden, con ayuda de una pequeña guarnición militar.
Los hermanos Fernández López, como otros contratistas que los siguieron, no
lograron atraer colonos libres a esta isla distante. Nueve años más tarde (1876),
soto había 37, incluidas siete mujeres y diez niños. Los emprendedores privados
nunca pudieron elevar la condición de la población de Juan Fernández, y así la isla
siguió siendo lo que había sido durante la mayor parte del siglo XIX: una pequeña
y precaria “aldea de pescadores” (Vicuña Mackenna, 1883: 742-755).
En 1877, el gobierno chileno ofreció las islas Juan Fernández en arriendo en
una subasta pública. Un aristócrata suizo radicado en Valparaíso, Alfredo Rodt,
ganó ofreciendo 2500 pesos al estado. El contratista prometía poco (mantener
comunicación mensual entre la isla y el continente), pero con el tiempo logró
incrementar la población del lugar, por entonces casi abandonado. El número de
colonos pasó de 65 en 1877 a 147 en 1880. También creció el ganado. El historia­
dor Vicuña Mackenna consideraba la subasta de 1877 como el final del período en
el que las islas proveían narrativas de valor romántico o histórico. Desde entonces,
los móviles económicos comenzaron a definir su uso (Vicuña Mackenna, 1883).
Más importante, la subasta pública marca el escepticismo, por parte del gobierno
chileno, en relación a la posibilidad de mantener una colonia penal a 300 millas
náuticas de la costa de Chile. En lo sucesivo -imaginaba Vicuña Mackenna- las
islas estarían destinadas al interés turístico. Con el tiempo podrían convertirse en
estación balnearia para extranjeros y chilenos de clase alta. Con el apoyo de nave­
gación a vapor confiable, la isla podía ofrecer una provisión generosa de pescado
barato para ciudades de la costa chilena. Era hora de abandonar el ideal de una
colonia penal imposible y dejar que las fuerzas del progreso, la navegación a vapor
y la búsqueda de ganancia, hicieran su trabajo en las distantes islas (Vicuña Mac­
kenna, 1883: 801-806). En 1908, una comisión creada para estudiar la viabilidad
de una colonia penal en Juan Fernández recomendó su erección en la isla “Más
Afuera” del mismo archipiélago, localizada a 170 kilómetros al oeste de la isla
principal (la “Robinson Crusoe”). Inaugurada en 1909, esta nueva colonia penal
iba a hospedar a “todos los penados susceptibles de ser reformados", que podían ir
¿Colonias de población o lugares de destierroy tormento? 283

acompañados de sus familias inmediatas (Ministerio de Justicia, 1908: 171-178).


El proyecto tampoco funcionó. Hacía la década de 1920, la isla se usaba para pre­
sos criminales y políticos (González, 1930). Fue clausurada en 1930.
La razón del fracaso de las islas de Juan Fernández incluso en su más modes­
ta función de depósito de prisioneros desterrados es clara; numerosas revueltas,
motines y fugas salpicadas de violencia plagaron su historia. Algunos de estos
atentados lograron incluso desplazar a las autoridades legítimas. Así, la isla fue
abandonada muchas veces a lo largo del siglo XIX. Ya presente durante el período
colonial, el abandono y recolonización de la colonia penal se tomó en patrón recu­
rrente durante el período post-independiente.
Las quejas y el resentimiento contra las políticas de los gobernadores penales
fueron permanentes. Los prisioneros vivían en cuevas, los barcos de aprovisio­
namiento no siempre llegaban y autoridades abusivas procuraron repetidas veces
imponer medidas draconianas. No sorprende que prisioneros en condiciones de
vida tan horribles buscaran maneras de escapar. La ocasión crucial que precipitaba
un escape era el desembarco de una nave extranjera, única manera de salir de la
isla para alcanzar la costa oeste del continente. Cuando esto ocurría, los presos, a
menudo en alianza con los soldados que supuestamente los vigilaban, se levanta­
ban en revuelta contra las autoridades políticas y militares e intentaban tomar por
la fuerza el barco recién llegado. La guarnición militar siempre fue demasiado
pequeña para contener motines o intentos de fuga.
El primer abandono de la isla durante el período republicano ocurrió en 1814.
El gobierno patriota, concentrado en las guerras de independencia, descuidó la
colonia penal. Las provisiones se interrumpieron entre 1811 y 1812, por lo que los
presos sufrieron privaciones alimentarias. Gradualmente, imposibilitado de enviar
refuerzos y provisiones a la colonia penal, el gobierno abandonó la isla, hasta
que quedaron solamente tres soldados. Las autoridades españolas pronto enviaron
ex-patriotas al destierro, reabriendo la colonia penal. Pero cuando las victorias pa­
triotas revirtieron el curso de la guerra (1817-19), los prisioneros fueron liberados,
dejando la Isla casi desierta.
Motines y revueltas produjeron abandonos sucesivos. Uno de estos eventos
fue liderado por Carrerínos. En septiembre de 1821 se amotinaron y tomaron el
gobierno de la isla. Como resultado del violento episodio, los colonos, prisioneros
y soldados restantes frieron enviados al continente. Así, entre 1822 y 1830 la isla
permaneció desierta, habitada solamente por tres colonos que se negaron a partir.
Una nueva revuelta tuvo lugar en diciembre de 1831, con 104 prisioneros invo-
284 Historia de ¿i Cuestión Criminal...

lucrados. Esta vez secuestraron un ballenero norteamericano y viajaron hasta Co-


piapó, donde saquearon la aldea chilena y mataron a siete de sus residentes. Otros
prófugos atravesaron la meseta e ingresaron a la Argentina, decididos a unirse a las
fuerzas del caudillo Facundo Quíroga. Otros siguieron rumbo al norte, y llegaron
hasta Tacna y Arica, donde fueron capturados y ejecutados. Como resultado de la
revuelta, la isla volvió a ser abandonada en 1832.
La rebelión siguiente estuvo dirigida contra el gobernador Latappiat y su des­
pótico gobierno. En 1834, prisioneros armados con palos, piedras y cuchillos ata­
caron la guarnición. Al encontrar resistencia, algunos de los rebeldes se refugiaron
en las montañas, mientras otros embarcaron en una nave que se dirigía a Copiapó.
Esta vez, Latappiat y los soldados se las arreglaron para controlar a los rebeldes
restantes y restaurar el orden, luego de ejecutar a dos de los líderes. Al año siguien­
te hubo otro motín. En 1836, el gobierno de Portales arrestó al comandante liberal
Freiré y sus seguidores y los deportó a Juan Fernández. Pronto las islas se llenaron
de pipiólos (opositores liberales) quienes, como era de esperar, organizaron un
nuevo motín y escaparon.
Estos son solo algunos de los muchos motines y revueltas que interrumpieron
la vida en la colonia penal, generando una fuerte represión o el abandono de las
islas. Cuando ocurría esto último, algunos colonos permanecían, viviendo como
“Robinsons”, matando cabras y leones marinos y cultivando algunos pocos vege­
tales. Los motines mostraron la persistencia del gobierno chileno en la reapertura
de la colonia penal luego de cada revuelta. A pesar de la obvia inviabilidad del pro­
yecto, parecía que la república necesitaba de un lugar para destierro de criminales
y opositores políticos. Con el tiempo, sin embargo, se hizo evidente que el orden
y la seguridad que debían seguir a la deportación de estos sujetos producía efectos
opuestos. De hecho, los amotinados desembarcaban en los pueblos costeros de
Chile y Perú, produciendo violencia y devastación.
De todos estos episodios se desprende que mantener la disciplina en las islas
era muy difícil. Disensiones intemas entre el jefe de la guarnición y el director de
la colonia penal generaban “partidos” dispuestos a conspirar contra los oponentes.
A veces, el cura intervenía a favor de una de las partes. La mezcla de prisioneros
políticos y criminales reincidentes resultó explosiva. Juan Fernández era el espejo
invertido del territorio continental chileno, donde prevalecía un orden constitucio­
nal conservador, otorgando estabilidad a la república. En este contexto, la pregun­
ta por el uso del trabajo penal está fuera de cuestión, puesto que las autoridades
¿Colonias de población o lugares de destierroy tormentol 285

no podían mantener la estabilidad y el orden mínimos para garantizar el trabajo


continuo y productivo de los convictos.

La colonia penal de Ushuaia (Argentina)


El tratado de límites de 1881 firmado por Argentina y Chile dividía la Patagonia
entre dos países, siguiendo la línea de la cordillera de los Andes. Dicho tratado re­
solvió un problema político serio y estableció las bases para la ocupación efectiva
de los territorios del sur. Los proyectos previos de Nicasio Oroño y Francisco P.
Moreno (en 1868 y 1876) habían señalado la necesidad de establecer una colonia
penal en la Patagonia, con el objeto de confinar allí la creciente población delicti­
va que la inmigración y la urbanización estaban generando (García Basalo, 1981:
5-8; Cccarelli, 2010:91-92). El proyecto de establecer una colonia penal en Tierra
del Fuego fue obra del Ministro de Justicia Eduardo Madero (1882). Dicho pro­
yecto contemplaba una institución penal-que albergaría a delincuentes deportados
condenados a trabajos forzados, con la expectativa de que los ex-convictos se ra­
dicarían en la zona una vez cumplidas sus sentencias. Cuando el Presidente Roca
lo presentó al Congreso en 1883, el proyecto estaba concebido como una “colo­
nización penal” (García Basalo, 1981: 13-15). La prisión contendría delincuentes
peligrosos y reincidentes, pero el objetivo final era la radicación de población para
afirmar la soberanía argentina en la mitad oriental de Tierra del Fuego. Puesto que
la colonia penal sureña tenía un interés geopolítico general, el Presidente Roca
presentó el proyecto como una réplica de la experiencia australiana. El Congreso
demoró el tratamiento, y un tecnicismo legal terminó obstruyendo la aprobación.6
No obstante, los planes para el establecimiento de una colonia penal en Tierra del
Fuego continuaron. En 1883 se crearon nuevas subprefecturas en Santa Cruz y
Ushuaia, reafirmando la voluntad del estado central de establecer soberanía sobre
(a punta más austral de la nación (García Basalo, 1981: 36-40). En 1884, con la
fundación del pueblo de Ushuaia, el gobernador designado estuvo temporalmente
a cargo de fundar la colonia penal. Mientras tanto, el ejército había creado en la
vecina Isla de los Estados un presidio militar, que funcionó entre 1884 y 1899.
La sanción de la ley 3335 en 1895 levantó los impedimentos existentes, esta­
bleciendo la pena de deportación o exilio a los territorios del sur para delincuentes
que reincidían más de dos veces. La mayoría de ellos venían de Buenos Aires, y
eran lo que los criminólogos llamaban “ladrones profesionales” (Cecarelli, 2010:
70-73; García Basalo, 1981: 68-73). Desde 1894-95, la isla había comenzado a

6 El motivo era que el Código Penal vigente no contemplaba la pena de transporte.


286 í-íis/aria de la Cuestión Criminal...

recibir presos “voluntarios" para trabajar en las primeras instalaciones de la co­


lonia penal.’ En 1896, la isla de Tierra del Fuego fue finalmente designada como
sitio para la construcción de una nueva prisión, cuyo diseño arquitectónico fue
puesto bajo la supervisión de las oficinas técnicas del gobierno central. En 1899, el
ingeniero Catello Muratgia, un seguidor de los principios de la criminología posi­
tivista, asumió la dirección de la colonia penal. Aunque al comienzo intentó mudar
la prisión a un espacio más abierto, en la bahía de Lapataia, la fuerte oposición
de los residentes de Ushuaia lo obligó a revisar su decisión y construir la prisión
junto al pueblo (Cecarelli, 2010: 102). El proyecto de Muratgia contemplaba la
combinación de una prisión moderna con una colonia de colonos libres. Apenas
modificado, el proyecto de “colonización penal” de Roca seguía vigente.
La construcción del nuevo Presidio comenzó en 1902. Fue imaginado como
una prisión moderna, construida con materiales locales y el trabajo exclusivo de
los prisioneros, con un costo muy bajo para el estado. Las piedras provendrían de
una cantera local, mientras que los bosques circundantes iban a proveer la madera
necesaria para el proyecto. El diseño arquitectónico - un edificio radial, con cinco
pabellones provistos de celdas individuales y ambientes amplios para el trabajo
- seguía los principios de las penitenciarías modernas (Vairo, 2007: 91-92). En
1902, los prisioneros militares de la vecina Isla de los Estados fueron trasladados a
Ushuaia, generando una situación en la que dos presidios coexistían contiguamen­
te. Este movimiento generó el primer motín y fuga de presos, que nunca se repeti­
ría en esta magnitud. En 1911, ambos presidios fueron unificados bajo un mismo
mando, con el nombre de “Presidio Militar y Cárcel de Reincidentes” (Cecarelli,
2010:109). Con el tiempo, el director Muratgia trató de darle al Presidio rasgos de
una penitenciaría moderna, separando penados según la gravedad de sus delitos,
implementando rutinas de trabajo para los diversos talleres e introduciendo un
cuerpo de guardia-cárceles profesionales. Pero debido a la constante demanda de
trabajo requerida en la ciudad, y la necesidad de mantener los hornos y la cale­
facción del penal funcionando, Muratgia implemento un sistema laboral basado
en grupos que trabajaban al aire libre, con supervisión limitada (Cecarelli, 2010:
112). Los penados iban todos los días (en un trencito diseñado para este fin) a un
bosque situado a 10 km, a cortar árboles y traer la madera necesaria para construc­
ción y calefacción. Hacia 1907 ya operaban varios talleres; carpintería, herrería,
mecánica, fundición, una fábrica de fideos, zapatería, una imprenta y un molino.

7 Ushuaia era entonces una pequeña aldea de 313 residentes y 16 casas.


¿Colonias de población o lugares de destierroy tormento? 287

El trabajo era concebido como actividad terapéutica (rehabilitadora) y como una


manera de mantener a los convictos ocupados.*
Desde comienzos del siglo XX, prisioneros anarquistas y socialistas comen­
zaron a ser enviados al “Penal de Ushuaia” (asi era llamado), como una manera
de extirpar trabajadores radicales de la ciudad. Quizás el más famoso penado haya
sido Simón Radowítsky, el joven anarquista que en 1909 había matado al jefe de
la policía de Buenos Aires. A partir de 1900, el Penal también empezó a recibir cri­
minales más peligrosos (homicidas). Así, el grupo inicial de “pequeños ladrones”
con condenas cortas fue reemplazado por una población de convictos compuesta
por criminales más peligrosos, cumpliendo condenas largas. En la década de 1920,
periodistas de Buenos Aires visitaban la isla-prisión y criticaban la dureza del
aparato represivo del estado, demandando un tratamiento más humano para los
prisioneros. Fue entonces cuando la isla adquirió la reputación de “tierra maldita”.
Hacia mediados de la década de 1910, era evidente que el proyecto original
de “colonización penal” había sido abandonado en favor de una penitenciaría es­
tándar. Con todo, las autoridades mantuvieron la expectativa de que ex-penados se
quedarían en el territorio, contribuyendo al proceso de establecimiento de una po­
blación fronteriza en el extremo sur de la nación. En contraste con otras colonias
penales como Femando de Noronha y Juan Fernández (pero de manera similar a
Islas Marías en México), el trabajo de los convictos jugó un papel fundamental en
el crecimiento y desarrollo de la ciudad de Ushuaia. En primer lugar, la prisión
misma fue construida exclusivamente con trabajo penal. En segundo lugar, los pe­
nados proveyeron piedra y madera para la construcción de las casas de los colonos,
así como la leña que calentaba la prisión y las casas del pueblo. Con el tiempo, el
pueblo adquirió ciertos elementos de modernidad: luz eléctrica, calles bien hechas,
veredas, agua corriente, un muelle, etc. Todo fue construido con trabajo carcela­
rio (Caimari, 2004: 67-68). Además, los prisioneros fabricaron muebles, ladrillos,
uniformes y papel para los pobladores y burócratas (Vaíro, 1997: 101-103).
A comienzos de la década de 1930, después del golpe militar que devolvió
el gobierno del país a los conservadores, un nuevo director de la prisión (Cema­
das) impuso códigos de disciplina más rígidos. Aparentemente, permitió que los
guardias aplicaran castigos corporales y humillaran a los prisioneros. Esto produjo
mucha crítica en la prensa de Buenos Aires, así como una investigación judicial

8 El director Muratgia era un partidario de los principios de la criminología positivista. Creó una ofi­
cina antropométrica y escribió informes sobre el estado físico y mental de los penados (Cecarelli,
2010: 111).
288 Historia de la Cuestión Criminal.,

que culminó en la condena del jefe de guardíacárceles y de 19 subalternos por


maltrato de los prisioneros (Vairo, 1997: 114-117). Más tarde, bajo la supervisión
de la Dirección General de Institutos Penales, el Penal de Ushuaia se volvió objeto
de escrutinio más atento por parte del gobierno, comenzando un largo proceso de
reforma en el sentido de un trato más humano de los internos, que culminaría con
el cierre del Penal en 1948 durante la gestión peronista.
En las décadas de 1920 y 1930, el Penal de Ushuaia contaba con la mayor
parte de los inmuebles, servicios y procedimientos que caracterizaban a las peni­
tenciarías de la época. Como otros establecimientos de este tipo, tenía un diseño
radial, con un hall central conectando sus cinco rayos y 68 celdas individuales
en cada pabellón. El Penal tenía una escuela primaria para instruir a los penados
y varios talleres donde ellos podían aprender oficios y pasar el día trabajando.
A diferencia de otras penitenciarías similares, un grupo importante de los inter­
nos trabajaba fuera de la prisión con poca supervisión, en un sistema de puertas
abiertas (open door). El reglamento organizaba todas las actividades diarias de los
convictos, desde el despertar hasta la hora de dormir, y un sistema de incentivos
y castigos guiaba la disciplina. Aquellos convictos que demostraban buena con­
ducta podían trabajan afuera, en los bosques o en los trabajos de infraestructura
del pueblo. Quienes no cumplían con el reglamento debían trabajar dentro del
establecimiento, en alguno de los talleres.
Los penados se quejaban del maltrato y del sufrimiento adicional que pade­
cían. Muchos resentían la separación de sus familias debida a la distancia, además
de la inclemencia del tiempo y el maltrato de los guardias. No obstante, sucesivas
inspecciones concluyeron que los penados estaban bien alimentados, que la cale­
facción era suficiente a pesar del frío, que las enfermedades estaban controladas y
(con excepción del período 1931-1934) que los penados eran tratados con respeto.
Muchos visitantes subrayaron la higiene del lugar. Los penados pasaban el día
limpiando los pasillos, las celdas y el resto de las instalaciones. A partir de 1911,
cuando un servicio nacional de guardia-cárceles fue establecido, el Penal de Us­
huaia tenia su cuerpo de personal especialmente entrenado. Como establecimiento
open-door, requería de la vigilancia distante de guardias armados -generalmente
provenientes del ejército- además de guardias no armados que estaban en contacto
cercano con los penados.
Una vez inaugurada la penitenciaría radial, los penados fueron separados en
pabellones según los crímenes cometidos. Había pabellones diferentes para la­
drones, asesinos, estafadores e internos con enfermedades infecciosas. Los pre­
¿Colonias de población o lugares de destierro y loríenlo? 289

sos llevaban un número en sus sacos, gorros y pantalones. Los asesinos estaban
identificados con una marca roja (Vairo, 1997: 99). Los menores enviados desde
reformatorios en Buenos Aires vivían en un edificio aparte. El Penal también tenía
una oficina antropométrica, donde se guardaba documentación correspondiente
para la historia de cada caso. No sabemos, sin embargo, hasta qué punto esta in­
formación fire usada para implementar el tratamiento individual favorecido por los
criminólogos positivistas.
Visto retrospectivamente, el Penal de Ushuaia tenía muchos rasgos de las
colonias penales aisladas, que servían como lugares de destierro y tormento para
delincuentes y opositores políticos de las naciones del continente. No obstante,
está claro que el “ideal rehabilítador” se mantuvo como uno de los ingredientes de
esta peculiar colonia. Las autoridades locales y carcelarias esperaban que los ex­
convictos, acostumbrados al duro trabajo de la prisión, contribuirían luego con sus
servicios laborales a la comunidad, convirtiéndose ellos también en colonos pro­
ductivos. Aunque la colonia penal fue utilizada como solución a la sobrepoblación
de la penitenciaría de Buenos Aires, con el tiempo adquirió ella misma algunos
rasgos propios de la penitenciaría moderna.
¿Por qué, entonces, adquirió el Penal de Ushuaia su fama de “viaje sin retor­
no”, “tierra maldita” donde los prisioneros eran objeto de toda clase de tormentos?
En parte, esto se debió a la visibilidad pública que ganó la prisión a través de
activistas políticos y periodistas. El testimonio escrito de conocidos socialistas y
anarquistas enviados para documentar el sufrimiento de presos políticos tuvo gran
repercusión en la prensa porteña. Como resultado. Tierra del Fuego adquirió mala
reputación como lugar de aislamiento, tormento y duro trato a sus prisioneros. El
hecho de que algunos fuesen famosos delincuentes (como el anarquista Simón
Radowitzky o el asesino de niños Santos Godino) no logró debilitar la simpatía
del público lector hacia los deportados del Penal de Ushuaia. A comienzos de la
década de 1930, informes de tormentos a convictos llegaron al sistema judicial.
El Juez federal de Santa Cruz investigó las denuncias de tortura presentadas por
prisioneros, culminando en la condena de 19 guardias. Esta investigación, junto a
las entrevistas a presos realizadas por periodistas, convencieron al público de que
los castigos corporales se usaban a menudo, un diagnóstico que fue rápidamente
asociado a las prácticas del gobierno conservador de 1931-1933.
En los inicios del siglo XX el Penal contribuía a aliviar la superpoblación
de la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires. La posibilidad de ser enviado a la
colonia penal austral funcionaba también para intimidar prisioneros, en particular
290 Historia de la Cuestión Criminal...

los reincidentes. Las autoridades de la Penitenciaría Nacional seleccionaban para


ser enviados a Tierra del Fuego a aquellos que no podían o no querían adaptarse a
las reglas de la institución. Si la condena en una penitenciaría pasó a reemplazar
a la pena de muerte como castigo último, el transporte a Tierra del Fuego agregó
una temida cuota de castigo a los "criminales duros” que rechazaban las reglas
disciplinarías. Y si al comienzo aquellos seleccionados para deportación eran la­
drones reincidentes, con el tiempo se agregaron asesinos y otros criminales más
peligrosos al contingente que viajaba a la colonia penal del sur.
A diferencia de Juan Fernández, donde motines y fugas masivas eran frecuen­
tes, había pocas fugas del Penal de Ushuaia, y la mayoría fracasaron (Caimari,
2004: 71). Los inicios de la colonia penal fueron desalentadores, marcados por
una fuga masiva cuando las autoridades intentaban mudar a los prisioneros a un
nuevo edificio. Pero desde entonces, orden y disciplina fueron la norma. Intentos
de escape en 1902, 1904 y 1914 resultaron en la aprehensión de los convictos fu­
gados, algunos de los cuales fueron luego ejecutados por resistencia a la autoridad.
El hecho de que la prisión estuviera rodeada de montañas, bosques y lagos, junto
al intenso frío, hicieron difícil la supervivencia de quienes intentaron escapar. Esto
frenó el número de intentos.
¿Atrajo la colonia penal población suficiente para garantizar la formación
de un asentamiento estable? La distancia de la capital del país, el hecho de que
el penal austral recibiera atención limitada del estado central argentino y los pre­
supuestos magros, todo ello se tradujo en el crecimiento lento de la población.
Claramente, Tierra del Fuego no era un lugar atractivo para los inmigrantes eu­
ropeos, excepto para el número limitado de españoles que llegaron a la isla para
emplearse en la prisión. El resto de los habitantes libres de Tierra del Fuego eran
criollos chilenos o argentinos, ex-prisioneros del archipiélago carcelario o peones
que habían trabajado en estancias o aserraderos cercanos. Pocos ex-convictos que­
rían quedarse en la isla, a pesar de los incentivos ofrecidos -como tierra gratuita y
materiales de construcción- y la alta demanda de su fuerza de trabajo en el pueblo
o los alrededores. La mayoría quería regresar al "Norte”, o continente, especial­
mente a la ciudad de Buenos Aires, de donde buena parte de ellos provenían. La
falta de recursos para viajar de regreso a sus lugares de origen, sin embargo, forzó
a algunos ex-convictos a aceptar trabajos en la economía local (Vairo, 1997: 118).
Que el estado nacional no proveyera los recursos para regresar era fuente de mu­
cho resentimiento.
¿Ccíonidi de población o tugares de destierroy tormento? 291

Por otro lado, el Penal de Ushuaia ejerció una importante influencia en el


desarrollo del pueblo y áreas cercanas. Hasta cierto punto, la economía de Ushuaia
dependía del penal (Cecareili, 2010: 118). El pueblo tenía un número inusual de
establecimientos comerciales que sobrevivían gracias a ios encargos del penal.
El pueblo se benefició enormemente del trabajo de los penados. La electricidad
y calefacción de la que gozaban los residentes era generada por madera extraí­
da, transportada y cortada por convictos. Lo mismo podría decirse de numerosas
obras del pueblo, tales como el agua corriente, el sistema sanitario, las calles pavi­
mentadas y el muelle. Nada de esto hubiera sido posible sin el extenuante trabajo
de los convictos. Los principales colonos del pueblo de Ushuaia eran empleados
de la prisión, comerciantes o proveedores de otros servicios al Penal. Para ellos,
el trabajo de los presos proveía una transferencia sustantiva de recursos que faci­
litaba sus vidas, reduciendo el costo de vivienda, calefacción y otros servicios. De
hecho, podría argumentarse que, contrariamente al caso de las aldeas comunitarias
de Juan Fernández y Femando de Noronha, el pueblo de Ushuaia llegaría a con­
vertirse en ciudad gracias al trabajo sistemático y disciplinado de los convictos.
Los residentes locales consideraban que la fuerza laboral del penal era crucial
para su supervivencia. Cuando el director Muratgía contempló la idea de mudar
la prisión a la más amplia bahía de Lapataia, los residentes principales de Ushuaia
resistieron la idea. En última instancia prevalecieron, y el nuevo Presidio fue cons­
truido en el mismo terreno del anterior, junto al pueblo. En un momento, el pueblo
estuvo rodeado de dos prisiones, el Presidio Militar y la Cárcel de Reincidentes.
Aparentemente, esto no generó mucha ansiedad de inseguridad entre los residen­
tes. Desde el principio hubo interacción cotidiana entre ios habitantes del pueblo y
los convictos. Aunque había a veces preocupación y aprehensión sobre la posibi­
lidad de fugas, las relaciones entre prisioneros y residentes parecen haber sido, en
general, bastante cordiales. Los habitantes del pueblo iban diariamente a la prisión
a comprar pan, y ocasionalmente para obtener leña y madera para la construcción.
Bajo el control del director del penal, el trabajo de los convictos fue canali­
zado hacia las necesidades del presidio y el pueblo, no hacia los requerimientos
del desarrollo regional. Disputas jurisdiccionales entre el director de la prisión y
el gobernador del territorio impedían o demoraban la resolución de cuestiones im­
portantes para el desarrollo de la región: la construcción de un puerto más grande,
la organización de servicios regulares que conectaran Tierra del Fuego y el conti­
nente y, lo más importante, la apertura de caminos a través de la isla para explotar
los recursos naturales. Durante mucho tiempo, ambas autoridades se disputaron la
292 Historia de la Cuestión Criminal..

potestad para otorgar licencias de explotación de los bosques, operación de líneas


navieras y uso de la tierra para el ganado ovino. Incluso el aserradero, una de las
principales actividades del pueblo, era un recurso disputado entre el gobernador
del territorio y el director de la prisión. También incidía aquí la falta de partidas
específicas del presupuesto nacional destinadas a la colonia penal.’ En la medida
en que el presidio y el pueblo progresaron, no lo hicieron gracias a transferencias
fiscales del gobierno federal, sino al trabajo barato de los convictos.
En la década de 1920, las ideas de colonización penal impulsadas por el Pre­
sidente J. A. Roca y otros funcionarios habían sido abandonadas. La prisión había
tomado la forma de una penitenciaría, con la mencionada peculiaridad de que
su régimen de trabajo incluía un sistema open door para convictos con buena
conducta. La idea inicial de otorgar lotes de tierra a ex-penados -siguiendo el
modelo australiano- produjo escasos resultados en el aumento de cultivo o de
población. El puñado de ex-convictos que decidió quedarse en la isla recibió un
lote de tierra y materiales de construcción, pero la mayor parte de estos beneficios
fue para los empleados del penal. No obstante, a través de sus gastos y demandas
de servicios, la penitenciaría estimuló la radicación de empleados, comerciantes y
otros proveedores de servicios. Ellos constituían el núcleo de esta comunidad “al
fin del mundo”. La demografía hizo su trabajo; las escasas mujeres que llegaron
a la región se casaron con ex-convictos o empleados, y tuvieron familias nume­
rosas. Como resultado, Ushuaia tenía 1447 habitantes en 1914 (1211 hombres y
226 mujeres). La proporción entre residentes libres y convictos era 50-50 aproxi­
madamente. Algunos hombres desempleados de Buenos Aires se aventuraron a
Tierra del Fuego en busca de una vida mejor, para terminar como trabajadores en
estancias o empresas madereras o, más a menudo, como empleados del presidio.
Pocas mujeres encontraron motivos para migrar a Tierra del Fuego, por lo que la
colonia creció a ritmo lento.
Podemos afirmar, retrospectivamente, que la idea de hacer una “nueva Aus­
tralia” de los territorios australes de la Argentina nunca fructificó. Los ex-convic-
tos mostraron escaso interés en establecerse en Tierra del Fuego. A pesar de esto,
una colonia de convictos, empleados y colonos se desarrolló con notable armonía.
La pequeña colonia cumplió con la crucial misión imaginada por el Presidente
Roca; establecer un puesto fronterizo austral con colonos para reafirmar la sobera­
nía argentina en Tierra del Fuego. Cuando la prisión cerró sus puertas en 1948 no

9 Los fondos utilizados en el Penal de Ushuaia provenían de los presupuestos acordados a los minis­
terios de Justicia e Instrucción, y Defensa.
¿Colonias de poblaáón o lugares de destierro y tormento ? 293

había dudas de que (a isla era parte del territorio argentino. En este sentido, Tierra
del Fuego experimentó un largo y demorado proceso que la llevó de puesto de de­
fensa de la nacionalidad a colonia del estado central -una “gobernación marítima”
en la que los residentes tenían, en el mejor de los casos, pocos derechos políticos.1011

La Isla Fernando de Noronha (Brasil)


Durante la mayor parte del siglo XIX, la isla Femando de Noronha funcionó como
una prisión central para todos los estados brasileños. Convictos sentenciados a
galés (barcos-prisión o, más generalmente, trabajo forzado) y degredo (depor­
tación) fueron enviados desde casi todos los estados brasileños desprovistos de
prisiones modernas o seguras.11 Entre 1830 y 1890 hubo una transición gradual
del control militar de la prisión -las islas eran utilizadas para el confinamiento
de sentenciados por tribunales militares- a la jurisdicción civil (Beattie, 1999;
847-878). En 1833 la isla comenzó a recibir civiles condenados por los tribunales
penales del continente. En 1865 la isla-prisión fue transferida a la jurisdicción
del Ministerio de Justicia y, en consecuencia, su guarnición militar pasó a estar
bajo supervisión de autoridades civiles. No obstante, durante la mayor parte del
período, prisioneros civiles y militares compartieron edificios y la vida cotidiana
en la isla. Si bien la isla servia como lugar de destierro temporal para criminales y
prisioneros políticos -y en este sentido, apenas se diferenciaba de Juan Fernández
en Chile- Femando de Noronha siempre fue utilizada para experimentar con re­
formas penitenciarias. En este sentido, también fue un laboratorio de ideas sobre el
tratamiento penal moderno y la rehabilitación moral de los prisioneros. El fracaso
de estas reformas en la transformación de la vida cotidiana, la disciplina y la segu­
ridad en la isla condujo a su abandono final, como prisión central del país primero,
y como colonia experimental después.
El historiador Pedrosa Costa ha documentado dos intentos principales de
reforma de la isla-prisión, uno liderado por H. de B. Rohan en 1863 y otro pro­
movido por A. Bandeira Filho y las nuevas reglamentaciones aprobadas en 1885
(Pedrosa Costa, 2007). El proyecto de Rohan requería el transporte de mujeres a la
isla, para que los prisioneros formaran familias. Quería que los penados trabajaran
en agricultura, cultivando mandioca y mijo, además del algodón ya plantado. Los

10 Con el tiempo, esta colonia austral también se convertiría, como el resto de los “territorios nacio­
nales” argentinos, en provincia, con beneficios políticos y fiscales. Tíetra del Fuego fue declarada
Gobernación Marítima en 1943 y Territorio Nacional en 1957. Finalmente, fue declarada Provin­
cia en 1986.
11 Sobre la pena de “degredo” ver Noronha (2004: 1-16).
294 Historia de la Cuestión Criminal...

prisioneros también criarían ganado (vacas, caballos, cerdos y ovejas) y pollos.


En el futuro, esperaba, la agricultura se constituiría en una actividad lucrativa y
autosuficiente que podría complementarse con productos caseros (queso y harina).
Rohan esperaba que el poder combinado del trabajo agrícola, la vida de familia
y la instrucción religiosa lograría reformar a los prisioneros. La vida familiar era
concebida como el ancla que mantendría a los prisioneros ligados a su nueva tierra
(Pedrosa Costa, 2007: 57-65).
En la colonia penal imaginada por Rohan (e implementada por medio del
Reglamento de 1865), los prisioneros y sus familias tendrían el privilegio de dor­
mir en sus hogares, mientras los solteros pasarían la noche en el presidio. El Re­
glamento hacía del trabajo una obligación para todos los convictos, a excepción
de los enfermos o inválidos. Los convictos recibían un pago por su trabajo, parte
del cual era depositado en un banco de Pemambuco para ser extraído al final de
la condena.
Lamentablemente, una serie de obstáculos impidieron el cumplimiento de
los planes de Rohan. Para empezar, el comandante de la guarnición era excesiva­
mente severo con los prisioneros, convirtiéndose en una suerte de tirano. Luego,
los funcionarios de la prisión comenzaron a emplear convictos para sus negocios
privados (plantar y vender productos agrícolas a Recife, por ejemplo), generando
resentimiento entre el resto de los prisioneros. Igualmente importante fue el fra­
caso de Rohan en la obtención de fondos para garantizar el mantenimiento de las
familias de los penados por parte del estado. Con estas restricciones, sus reformas
no llegaron lejos.
La reforma propuesta por Bandeira Filho trataba de colocar a la isla-prisión
dentro de una transformación más general de las instituciones brasileñas de encie­
rro, en el marco del ideal penitenciario. Cuando visitó la isla en 1877, Bandeira
Filho encontró muchos defectos en la labor de su predecesor. La prisión carecía de
verdaderos instrumentos para reformar: trabajo, instrucción religiosa y educación.
El trabajo penal no había producido ninguna corrección en la conducta de los
penados. Como muy pocos asistían a la escuela de la prisión, 87% de los penados
seguían siendo analfabetos. No había incentivos claros para mejorar la conducta,
y las mujeres traídas para formar familias habían comenzado un pequeño negocio
de prostitución. Así, Bandeira Filho decidió redirigir la colonia entera hacia el
modelo Crofton, introduciendo la separación de prisioneros por categorías, trabajo
común en talleres, educación moral impartida por capellanes y retiro nocturno en
las celdas. Mientras se cumplía con este plan, se fue abandonando no solamente
¿Colonias de población o lugares de destierroy Sarmentó? 295

el modelo de Rohan de la colonial penal agrícola sino también la antigua idea de


destierro. El penal dejaría de ser un mero depósito de prisioneros para convertirse
en una estación en un sistema nacional de prisiones, aceptando solamente intemos
reformables (Pedrosa Costa, 2007: 80-85).
Aunque ios ideales de disciplina moderna y tratamiento humano de los pri­
sioneros nunca fructificaron en la isla (debido a una multiplicidad de obstáculos
que serán tratados más adelante), Femando de Noronha fue al menos objeto de
reflexión y experimentación por parte de penalistas y criminólogos imbuidos de
las ideas de “castigo civilizado” y “rehabilitación moral’’. Y debido a que la labor
de los convictos fue siempre considerada en relación con los objetivos de orden y
reforma, la productividad y el valor de uso de la labor de los convictos nunca fue
una cuestión crucial.
Como resultado de las reformas de 1885, Femando de Noronha fue designada
“penitenciaría moderna” para alojar solamente convictos con condenas a prisión
con trabajos forzados. Esto por sí solo era consistente con los principios de la
penitenciaría moderna. La isla no aceptaría más rebeldes militares o malhechores
civiles con condenas cortas, sino que se especializaría en el tratamiento de “penas
largas o perpetuas”. Las reformas lideradas por Bandeira Filho eran ambiciosas y
abarcadoras. Aspiraban a integrar Femando de Noronha en el sistema gradual de
prisiones en todo Brasil, que contemplaba instituciones diferentes según el tipo de
crimen, la peligrosidad del transgresor y el progreso del convicto en el proceso de
reforma. Nuevas penitenciarías en tierra firme se encargarían de los delincuentes
peligrosos y habría otras instituciones para esclavos rebeldes así como cárceles y
casas correccionales para transgresores de menor calibre. Dentro de este esquema,
Femando de Noronha serviría como segunda instancia de reforma. La isla recibi­
ría solo convictos sentenciados a más de diez años de prisión o presidio, y solo
después de haber pasado por las prisiones del continente. La isla-prisión comple­
taría, idealmente, la segunda fase en un proceso de reforma que en última instancia
incluía un sistema de libertad condicional.
En el nuevo esquema, Femando de Noronha se convertiría en “lugar de rege­
neración”. Lamentablemente, el Reglamento de 1885 nunca fue implementado. En
1891, dos años después de la proclamación de la República de! Brasil, ¡a isla fue
puesta bajo jurisdicción del estado de Pemambuco y volvió a servir de sitio de de­
portación (degredo) para toda ciase de delincuentes. Pronto, sin embargo, mientras
la opinión pública brasileña se volvió contra la idea de mantener a Femando de
Noronha como colonia penal, la isla-prisión inició un lento proceso de abandono
296 Historia de la Cuestión Criminal...

hasta su cierre final en 1897, En 1894, el gobierno de Pemambuco decidió no reci­


bir más prisioneros y comenzó a enviar al continente los restantes,12
¿Poseía esta colonia penal rasgos de la penitenciaría moderna como la ar­
quitectura panóptica, personal especializado, separación de penados, tratamien­
to individualizado y reglamentos que regularan las rutinas de los internos? Por
cierto que no. A pesar de los distintos intentos por regular la conducta de los pri­
sioneros (bebida, juego, transacciones comerciales, prostitución, matrimonio), e[
estado brasileño nunca invirtió suficientes fondos o energías para construir una
prisión modelo en la isla. El motivo residía, en parte, en la isla misma, rodeada de
aguas peligrosas y localizada a considerable distancia de la costa. Los residentes,
incluidos los soldados, empleados penales y penados, vivían juntos en la aldea.
Las autoridades brasileñas proyectaron sobre la isla-prisión sus expectativas de
modernización y tratamiento civilizado, pero las realidades del conflicto y la nego­
ciación en el terreno prevalecieron sobre los ideales más abstractos y elevados del
gobierno central. A diferencia del Penal de Ushuaia, Femando de Noronha nunca
estuvo cerca de ser una penitenciaría moderna. Con todo, era más ordenada que
las islas de Juan Fernández, al punto que las autoridades legítimas de la prisión
se las arreglaron para gobernar la isla ininterrumpidamente. Si bien hubo fugas y
motines, eran menos numerosos y no tan devastadores para la vida de los colonos
como en Juan Fernández.
¿Hubo alguna posibilidad de colonización penal en Femando de Noronha? SÍ
bien algunos observadores vieron potencial económico en la isla, el archipiélago
había sido históricamente un lugar de depósito de delincuentes de todos los esta­
dos del Brasil y, por ende, un lugar de destierro más que una tierra de colonización.
Como Juan Fernández en Chile, Femando de Noronha estaba muy distante del
continente -554 kilómetros separaban a la isla del puerto de Recife. Luego, la
isla no tenía las instalaciones necesarias para operar como penitenciaría moderna
o como colonia open-door. No había ni régimen celular ni sistema organizado de
incentivos y penalidades. Como en Juan Fernández, quienes estaban castigados
por mala conducta (los “incorregibles”) vivían en la “Aldeia”, un pabellón de 30
por 42 metros, con mínimas instalaciones (Pedrosa Costa, 2007; 89-90). La ma­
yor parte de los penados vivían en casas en la aldea, junto a empleados penales
y colonos libres. Había talleres, una escuela, una farmacia, una enfermería, y una
tienda. El pueblo tenía dos iglesias. Debido a esta disposición espacial, prisione­

12 La prisión fue reabierta más tarde, cuando en 1914 el estado de Pemambuco anunció que secón-
vertiría en “penitenciaría agraria”.
¿Celonías de población o lugares de destierroy tomento? 297

ros, soldados, colonos y empleados de la prisión vivían juntos en una suerte de


“sociedad cautiva”.
El comercio era una actividad lucrativa en la isla, practicada por vivanderos
(algunos de ellos ex-convictos) que compraban productos en Recife y las vendían
a los prisioneros a precios exorbitantes. Cuando las autoridades penales trataron
de restringir este comercio, los prisioneros se rebelaron (1886) (Pedrosa Costa,
2007: 96-98). Por un tiempo, las autoridades del presidio monopolizaron la venta
de productos a los prisioneros, al punto de fijar los salarios de los prisioneros en
especie (pedazos de tela, harina, carne salada, café, azúcar y tabaco).
Contrariamente a lo que esperaba Rohan, la familia no se convirtió en el
centro de las interacciones sociales de la isla. Incluso cuando llegaron mujeres,
la colonia se mantuvo dominada por hombres (al menos 70% de la población era
masculina). A pesar de la promoción oficial, hubo pocos matrimonios entre los
convictos, y muchos precedían las reformas de 1865 (Pedrosa, 2007: 105-116).
A diferencia del Penal de Ushuaia, donde ios penados eran obligados a ir a la
escuela, aquí solo asistían los hijos de prisioneros, soldados y empleados. Más
que una tierra promisoria para ser colonizada y mejorada, Fernando de Noronha
permaneció como sitio de confinamiento y destierro. Pocos ex-convictos querían
permanecer en la isla. Muchos deseaban escapar, pero el mar presentaba un obstá­
culo abrumador para los que lo intentaban. Como fue el caso del Penal de Ushuaia,
en la colonia brasileña las fugas eran raras y en su mayoría fallidas.
Según Pedrosa Costa (2007: 105-116) la dinámica institucional local de la
prisión revirtió todos los planes de modernización basados en nociones de casti­
go civilizado y tratamiento humano de los prisioneros. De hecho, la admisión de
que a pesar de la influencia de los reformadores penales la administración penal
impuso castigos crueles a los convictos, habla por sí misma del fracaso de las
reformas. Luego de algunos años de experimentación con nuevas regías, el orden
y la moralidad comenzaron a deteriorarse, luego de lo cual la isla-prisión cayó en
estados cercanos a la anarquía o el despotismo (según ios períodos). Si en el caso
de la isla de Juan Fernández las fugas y los motines impidieron la adopción de un
orden de gobierno permanente, en Femando de Noronha fue la misma laxitud de
la disciplina y el tipo de vida lo que conspiró contra la eficacia de las reformas.
La imposibilidad de transformar la naturaleza de la isla-prisión fijó imáge­
nes de largo arraigo en la mente de los lectores brasileños. Aquí estaba el “anti­
paraíso”, un lugar donde transgresores comunes encontraban corrupción y des­
esperación. Buena parte de las regulaciones sobre comercio, prostitución, juego,
298 Historia de la Cuestión Crimina!...

escolaridad y asistencia a ceremonias religiosas fue ignorada. La colonia penal se


mantuvo ampliamente impermeable a las reformas modernas, y en ese sentido fue
un símbolo de “castigo incivilizado”. Quizás las expectativas de Bandeira Fílho
de transformar a la colonia penal en uno de los eslabones del archipiélago penal
estuvieron mal concebidas. Para que Femando de Noronha funcionara como una
segunda fase de la reforma de delincuentes, los estados del continente deberían
haber construido sus propias penitenciarías, estableciendo sistemas clasificatorios
que les permitieran seleccionar a los prisioneros a transportar a la isla-prisión.
Nada de esto ocurrió antes de 1900.n

La colonia penal de Islas Marías (México)*14


México tuvo un camino peculiar hacía la reforma carcelaria después de la inde­
pendencia de España. Como otros países de América Hispana, los expertos pena­
les comenzaron a adoptar la retórica de la reforma penitenciaria utilizada en las
experiencias norteamericanas de Filadelfia, Aubum y otras prisiones. El primer
intento de construir una penitenciaría del tipo panóptico en la Ciudad de México
data de 1850, aunque la primera efectivamente construida fue la penitenciaría de
Escobedo, en Guadalajara, en 1875. A esto siguieron otras en ciudades como San
Luis de Potosí, Puebla y Ciudad de México. Mientras el sistema penitenciario era
adoptado, los expertos mexicanos comenzaron a formular propuestas para crear
colonias penales en áreas remotas, para albergar delincuentes transportados. El
primer proyecto para desarrollar una colonia penal en el archipiélago de Islas Ma­
rías data de 1857, pero no se concretó (Aviles Quevedo, 2009: 78). En la década
de 1860 tampoco fructificaron las iniciativas de crear colonias penales agrícolas en
Yucatán y Baja California, donde los penados y sus familias recibirían tierra para
trabajar “gozando de todos los derechos de hombres libres” (Pulido, 2007:41).
La falta de recursos y la oposición de expertos que favorecían el encarcela­
miento en penitenciarías a expensas del transporte a colonias penales conspiraron
para que estos proyectos permanecieran sin realizarse. De hecho, el Código Penal
de 1871 abolió los presidios y el trabajo forzado, eliminando la posibilidad de
crear legalmente una colonia penal. En rigor, sin embargo, el transporte penal ya
existía en México a! menos desde la década de 1860; delincuentes condenados
eran transportados al Yucatán, el Valle Nacional de Oaxaca y Quintana Roo, donde

IJ Sobre la evolución de los sistemas penales en Brasil, ver (Huggins, 1984; Beattie, 1999 y 2001;
Nunes Maia el al., 2009).
14 Esta sección incluye valiosa información tomada de la tesis inédita de Diego Pulido (2007). Agra­
decemos al autor por haber compartido generosamente su trabajo con nosotros.
¿Colonias de población o lugares de destierroy tormento? 299

eran empleados en labores agrícolas. En 1884, durante el Porfiriato, un nuevo pro­


yecto de creación de colonias penales fue presentado por Antonio A. de Medina y
Ormaechea. Propuso que delincuentes condenados a más de cinco años de prisión
que ya habían cumplido la mayor parte de su condena pudiesen ser enviados a es­
tas colonias para “poner a prueba ‘el arrepentimiento y enmienda’”. La propuesta
de Medina se inspiraba en el “sistema progresivo” de Crofton. A las tres fases del
sistema ya establecidas -encierro, trabajo en común y libertad condicional- Medi­
na agregaba una cuarta, “libertad preparatoria”, una suerte de estadio intermedio
fbrmativo durante el cual el ex-convicto, aunque legalmente libre, sería forzado
a trabajar en granjas y otros tipos de labor (Pulido, 2007: 42). La propuesta de
Medina no fue implementada. Resulta claro que la deportación se estaba haciendo
más aceptable para los expertos penales como una manera de deshacerse de de­
lincuentes indeseables, especialmente rateros, aquellos ladronzuelos ubicuos que
parecían indemnes a cualquier forma de corrección y tratamiento (Piccato, 2001).
En 1905, un decreto establecía la creación de una “colonia penitenciaria” en
el archipiélago Islas. Marías, 105 kilómetros al oeste de la costa pacífica del esta­
do de Nayarit. El archipiélago estaba compuesto de cuatro islas, “María Madre”,
“María Magdalena”, “María Cleófas” y “San Juanito” (Avilés, 2009: 79). En la
Isla Madre María, la mayor de todas (145 kilómetros cuadrados) se localizaría la
Colonia Penal (Rodríguez Patifio, 1965:33,37). Aunque los penados comenzaron
a ser trasladados a la isla en 1906, ostensiblemente para trabajar en la construcción
de las diversos edificios de la prisión, la colonia penal Islas Marías fue oficialmen­
te inaugurada en 1908. Ese mismo año se aprobó una ley que regulaba las colonias
penales y el “transporte” como castigo (Piña y Palacios, 1970:36). El “transporte"
no solamente serviría como destierro para delincuentes condenados, sino también
como medida “preventiva” contra borrachos, vagos, prostitutas y mendigos.
Era responsabilidad de los “jefes políticos” (gobernadores) seleccionar,
arrestar y deportar malhechores a las Islas Marías. Las autoridades parecían con­
vencidas de los beneficios de este tipo de institución. En teoría, reincidentes y
rateros serían trasladados y aislados de sus ambientes sociales conuptos; se verían
estimulados a formar familias y así moverse hacia un estilo de vida más “civili­
zado”; los delincuentes internalizarían las virtudes del trabajo y el ahorro; y se les
permitiría procurarse un patrimonio, pues podrían adquirirlo en la Isla. Para uno
de estos reformistas, “se espera que un día las colonias penales se organicen según
líneas sociales aceptadas, y la manera más efectiva de lograrlo es a través de las
familias de los colonos” (Buffington, 2000:99). Además, se esperaba que las colo-
300 Histon-, de ¡a Cuestión Crimina'-..

nías penales fueran instituciones auto-suficientes, sin costo para el estado (Pulido,
2007:48). Sobre la base de estos y otros argumentos, la Comisión designada para
revisar el Código Penal mexicano aceptó la nueva pena de destierro o transporte.
En las Islas Marías, el gobierno federal estaba autorizado a distribuir tierra
a “transportados”, colonos libres y ex-convictos, como una manera de estimular
la buena conducta y desarrollar un asentamiento en la Isla (Pifia y Palacios, 1970:
38). No obstante esta provisión, sin embargo, las autoridades no tenían interés par­
ticular en desarrollar una colonia de asentamientos, como era el caso, por ejemplo,
en Juan Fernández y Ushuaia. El hecho de que Islas Marías no estaba lejos del
continente -y por ende no constituía una región de frontera- es el motivo probable
por el que el gobierno federal no estuviera explícitamente interesado en poblar
estas islas.
La Colonia Penal de la Islas Marías se componía de varias bases. La prin­
cipal era la de Balíeto, que abarcaba las oficinas administrativas principales, una
barraca de intemos, una tienda, una enfermería, una estación militar, la aduana, la
oficina de correo, áreas de recreación y deportes, un teatro, una biblioteca y las
casas en que vivían los empleados. Una segunda base, Rehilete, era el sitio de la
oficina telegráfica, un establo, una granja de aves y la residencia del director de la
escuela. Una tercera, Nayarit, era la residencia del director de la colonia y algunos
empleados. Salinas, la cuarta base, contenía las canteras de sal, donde muchos pe­
nados hacían su trabajo (Palma, 1938: 21-22). Arroyo Honde, una quinta base, era
considerada inhóspita y se usaba principalmente como destino de los que habían
cometido infracciones y recibían castigo adicional.
El inicio de la Revolución Mexicana (1910-1917) frenó el desarrollo de Islas
Marías, si bien el transporte de penados no se detuvo del todo. Los debates sobre
Ja factibilidad de las colonias penales tuvieron lugar en esos años, especialmente
en la Convención Constituyente de 1916-1917. Numerosos delegados rechazaron
semejantes mecanismos punitivos por su identificación con el régimen porfiriano,
durante el cual la servidumbre agraria y los abusos contra los trabajadores fueron
comunes. Un delegado mencionó las plantaciones de henequén en Yucatán, donde
los penados-trabajadores estaban sometidos a toda clase de abusos y el sistema
laboral se asemejaba a la esclavitud. “Hasta ahora -agregó- no se nos ha dado un
solo ejemplo de que una colonia penal haya servido para el objeto a que se le ha
destinado” (Pulido, 2007: 56). Otro delegado argumentó que, debido a su aisla­
miento, las colonias penales “solo se prestaban a abusos” (Buffington, 2000; 104).
Con todo, a pesar de la oposición, en diciembre de 1916 se aprobó un artículo
¿Colonias de población o lugares de destierroy tormento? 301

constitucional que permitía a los estados federales construir colonias penales que
usaran el trabajo “como medio de regeneración” (Pulido, 2007: 57). Como en el
caso de Femando de Noronha y Ushuaia, los legisladores mexicanos preveían un
sistema punitivo que implicaría a la vez la extracción de los tranagresores de su
medio social y la implementación de una terapia rehabilitadora para transformar a
los delincuentes en ciudadanos respetuosos de la ley.
En marzo de 1920 se aprobó un nuevo reglamento para Islas Marías. Reitera­
ba que el propósito principal de la colonia penal era procurar “la regeneración de
[os culpables por medio del trabajo” (Pulido, 2007: 59). El tiempo de los penados
en la colonia penal estaría dividido en tres estadios; primero, confinamiento celu­
lar y trabajo por no más de tres meses; segundo, confinamiento y trabajo en común
por un período de no más de seis meses; y tercero, “libertad preparatoria” por un
mínimo de un año. Este tercer estadio era obligatorio, aun si el tiempo original de
la condena ya había sido cumplido. Más importante, una vez cumplida la condena,
los prisioneros tenían permiso para establecerse en la isla con sus familias, si bien
no se preveía ningún sistema de incentivos (Pulido, 2007: 60). Un nuevo Código
Penal sancionado en 1929 incluía el transporte a colonias penales, pero fue rápi­
damente reemplazado por otro en 1931, según el cual el confinamiento penal solo
podía aplicarse a reincidentes, vagos y mendigos y no a delincuentes peligrosos
(Pulido, 2007:65,67). Como subraya Pulido, las colonias penales como Islas Ma­
rías pasaron a ser consideradas como el lugar preferido para librarse de “incorre­
gibles” -es decir, reincidentes- rateros, y vagos habituales y borrachos, mientras
las penitenciarías como la de Lecumberri y otras fueron el destino de delincuentes
“peligrosos” (Pulido, 2007:68). Según un experto penal, los delincuentes incorre­
gibles habían sido enviados a la “tórrida temperatura de las Islas Marías, allá muy
lejos de toda agrupación humana que se titule honrada”.15
¿Quiénes eran los penados transportados a Islas Marías? Desde el principio,
el blanco principal de este nuevo esquema punitivo eran los vagos, mendigos y ra­
teros. La pena de transporte buscó eliminar de las ciudades y prisiones mexicanas
la “gente menuda de la delincuencia, ese hormiguero de bribones que aquí como
en todas partes, constituye la clientela habitual y diaria de las cárceles” (Pulido,
2007: 49). La mayoría era descripta como “perniciosa” e “incorregible”. La co­
nexión entre los rateros y las colonias penales fue uno de los rasgos definitorios
de la institución. En 1910 solamente, más de 2000 sospechosos acusados de robo
fueron enviados a Islas Marías (Pulido, 2007: 84). El perfil de aquellos relegados

15 Citado en Pulido (2007: 68).


302 Historia de !a Cuestión Criminal...

a Islas Marías era revelador: la mayoría de los sospechosos eran hombres de clase
trabajadora (zapateros, cargadores, jornaleros) acusados de borrachera, hurto o
vagancia (Pulido, 2007: 85). Las razzias policiales en las ciudades principales re­
sultaban en la detención de decenas de sospechosos que luego eran transportados
en grupos (llamados “cuerdas”) a Islas Marías. Estas cuerdas estaban compuestas
de grupos de entre 70 y 400 individuos que cubrían la distancia entre sus ciudades
y la Isla en tren, a pie o barco (Pulido, 2007: 90).
Vale la pena subrayar la desproporcionada duración de las condenas impues­
tas a algunos de los delincuentes transportados; un individuo file condenado a
siete años en Islas Marías por llevar dos sarapes (ponchos) cuyo origen no pudo
explicar; otro fue sentenciado a tres años por robar una manta (Pulido, 2007: 86).
En julio de 1911, un “hombre honesto” estaba caminando en la Plaza San Lucas,
ciudad de México, cuando fue empujado por un individuo que parecía sospechoso
por su “rara indumentaria”. El hombre notó que su reloj había sido robado. Con la
ayuda de un policía, el supuesto ladrón fue capturado, llevado a la cárcel y luego
enviado a Islas Marías (Pulido, 2007: 87).
No solo hombres sino también mujeres y menores fueron condenados a ser
transportados a las Islas: un niño de diez años, Leonardo Rodríguez, fue enviado
a la isla en agosto de 1910 para cumplir una condena de dos años. De hecho, una
“cuerda” de prisioneros enviados a Islas Marías en 1909 se componía de “119
rateros, 19 rateras y 19 raterillos” (Pulido, 2007: 97).
La detención de sospechosos en las calles de las ciudades mexicanas y su
subsecuente transporte a Islas Marías tenía lugar sin ninguna consideración por
sus derechos legales y civiles. La arbitrariedad del transporte a las colonias era uno
de sus rasgos característicos: la mayor parte de los enviados a Islas Marías no ha­
bían sido procesados según los procedimientos establecidos en la justicia criminal.
El transporte “preventivo” permitía a las autoridades seleccionar aleatoriamente
“indeseables” y mandarlos a la colonia penal. El abuso policial hacia gente pobre
y de clase baja era la norma. Los detenidos eran incomunicados y sus familias no
eran informadas del transporte a las Islas. La relegación, escribió un comentarista,
“no es sino una constante violación de los derechos los individuos”. En 1931, de
833 “relegados”, solo 39 habían sido legal mente sentenciados, mientras que en
1935 las cifras eran 629 y 32 respectivamente (Pérez Espinoza, 1937: 51).
El número total de “colonos” - como se llamaba a ios delincuentes transporta­
dos - fluctuó ampliamente entre 1908 y 1947, cuando la relegación fue legalmente
abolida. Pero hay evidencia de que el máximo se mantuvo en 2000. En 1909, había
¿Colonias Je población o lugares Je destierroy tormento? 303

J438 penados (Palma, 1938: 34). En julio de 1919, de acuerdo con un informe,
había alrededor de 2000 “colonos” en María Madre (Pulido, 2007: 156). En 1935,
la población de penados oscilaba entre 762 y 1119 hombres y 19 y 28 mujeres (Pé­
rez Espinoza, 1937: 29). En 1936 hubo un censo de la población de la Isla María
Madre: entre los libres había 120 hombres, 124 mujeres, 64 niños y 75 niñas, 383
en total. Entre la población de “colonos” había 240 hombres y 12 mujeres conde­
nados, además de 3309 hombres y 5 mujeres enviados por el gobierno sin condena
judicial. El número total de “colonos” era 596, y el total de la población de la isla,
979 (Dios Bojómez, 1937: 69-70). La proporción de penados por residentes libres
en la isla era aproximadamente de 2 a 1.
El trabajo era un elemento central en el funcionamiento de la colonia penal,
pero no fue usado sistemáticamente. En los años iniciales ios penados, especial­
mente los recién llegados, eran forzados a trabajar en construcción o en las salinas,
“el más intenso y agotador” de los trabajos en la colonia penal (Palma 1938: 34).
Además de ser un trabajo muy demandante, extraer sal causaba serios problemas
de salud, e incluso la muerte (Aviles Quevedo, 2009:81-85; Pérez Espinoza, 1937:
26-27). “Trabajo físico intenso” era generalmente impuesto a los penados, sea en
las salinas, transportando piedras u otros materiales de construcción, extrayendo
cal, haciendo trabajo agrícola o buscando perlas bajo el agua (Palma, 1938: 34).
Con el tiempo, el corte de lefia pasó a representar uno de los trabajos más frecuen­
tes de los penados. Adicionalmente, algunos “colonos” trabajaban en los talleres
de la prisión (carpintería, mecánica, sastrería, cerrajería, peluquería, panadería y
otros), pero no parecen haber funcionado con regularidad (Pulido, 2007: 159).
Según un observador, solo un 10% de los “colonos” recibía compensación mo­
netaria por su trabajo (Pérez Espinoza, 1937: 63-69). El trabajo era usado como
mecanismo para penalizar la mala conducta y estimular la obediencia ante las ór­
denes de las autoridades; ser enviado al “infierno blanco”, como eran llamadas las
salinas, o ser forzado a trabajar en construcción, eran formas de castigo por mala
conducta. En esos casos, los penados trabajaban largas horas casi desnudos bajo
un calor abrasador (Pulido, 2007: 158; Martínez Ortega, 1938: 125). Además, ¡os
“colonos” eran entregados bajo contrato a inversores privados, especialmente en
la industria de la sal y la madera (Pulido, 2007: 158). Estos arreglos se caracteri­
zaban por días largos y condiciones duras. “Cargando piedras y rompiéndolas bajo
el azote de ios látigos vemos aquí a algunos célebres criminales de México”, decía
el epígrafe que acompañaba en 1925 una foto publicada en un periódico de la
capital (Pulido 2007: 161). La colonia mantuvo a lo largo del tiempo su distinción
304 Historia de la Cuestión Criminal...

como “colonia de rateros’’, pero estaba también habitada por otras poblaciones.
A partir de la década de 1920, el crimen organizado ganó prominencia en infor­
mes periodísticos y en las preocupaciones de las autoridades, y miembros de estas
bandas fueron condenados a “relegación” y enviados a las Islas (Pulido, 2007:
105). Las Islas Marías también fueron utilizadas para detener presos políticos. En
1913, durante la breve gestión de Huerta, numerosos opositores políticos fueron
enviados a la colonia penal, incluidas mujeres, indios Yaqui y entre otros (Pulido,
2007: 110). En 1920, miembros del grupo opositor conservador católico de los
“crísteros”, que eventualmente lanzarían una guerra contra el estado mexicano,
fueron enviados a la colonia penal, incluida una docena de mujeres (Pulido, 2007:
112). Trabajadores, líderes sindicales y militantes del Partico Comunista fueron
transportados por la fuerza a Islas Marías (Pulido, 2007; 115-116; Mac Gregor
Campuzano, 2002: 139-150). Como resultado, la colonia penal comenzó a ser
llamada “la Bastilla mexicana”. José Revueltas, un militante comunista que pasó
tiempo en Islas Marías, la describía como una prisión rodeada de “muros de agua”
(Revueltas, 1978 [1941]).
Heriberto Navarrete, un cura jesuíta y militante “cristero”, fue enviado allí
luego de pasar dos meses encarcelado en ciudad de México. Mientras se despedía
de su familia, les decía, irónico: “No llore, mamá... Agradézcale a Don Plutarco
[Elias Calles, presidente mexicano] que nos concedió esta vacación. Vamos de
turistas, a conocer tierras... y aguas. Dicen que el sitio adonde vamos es precioso.”
(Navarrete, 1965; 55). Al llegar, los penados “cristeros” fueron afeitados y obli­
gados a trabajar. “Ese primer día de trabajos forzados fue uno de los más duros de
todo el tiempo de la reclusión.” (Navarrete, 1965; 60) Los “cristeros” eran puestos
a transportar piedras para la construcción bajo calor intenso y vigilancia estre­
cha de los guardianes, que demandaban trabajo continuo e ininterrumpido. Eran
sometidos a castigos muy duros si no seguían las reglas, e incluso eran forzados
a asistir a conferencias anti-católicas. Un tratamiento similar era reservado a los
detenidos comunistas enviados a las Islas a partir de la década de 1930. El destino
de muchos de estos presos políticos era una de las peores zonas de la isla, Ja base
llamada Anoyo Hondo (Pulido, 2007: 180-186).
La rutina cotidiana de los penados estaba fuertemente regimentada. Comen­
zaban sus actividades a las 6 de la mañana y las suspendían al mediodía. Retoma­
ban las tareas a las 2 de la tarde y trabajaban hasta las 6. Alas 10 de la noche todas
las luces estaban apagadas. Los penados tenías los domingos libres, cuando se
les permitía “divertirse”. Rituales cívicos, deportes y otras festividades eran parte
¿Colonias depoblación o lugares de destierroy tormento? 305

de su rutina (Pulido, 2007: 154). Hubo numerosos casos de familias de penados


que se habían instalado para vivir con ellos. Las esposas podían residir en la isla.
Numerosas parejas se casaron durante el tiempo de condena en la isla, y algunos
penados decidieron quedarse luego de cumplida su condena para estar cerca de
Jos suyos. En diciembre de 1939 se aprobó un nuevo reglamento que, además de
permitir a individuos libres y familias de penados establecerse en la isla, creaba
un registro civil y una corte de justicia local para facilitar el asentamiento. Los
ex-penados se quedaban a menudo y conseguían trabajo, a veces en servicios pú­
blicos y a veces en las prisiones donde habían vivido: uno de ellos, por ejemplo,
fue contratado como capataz de un grupo de penados encadenados que hacía cons­
trucción vial.
Con el tiempo, la isla de María Madre comenzó a parecerse a cualquier otro
pueblo mexicano. En la década de 1930 la colonia penal tenía hasta 3000 personas,
incluyendo penados, administradores, colonos y sus familias. Los penados vivían
en barracas, pero había mucha movilidad entre los diferentes espacios y edificios
que comprendían la colonia penal. La atmósfera era la de un pueblo chico, con
tabernas, espacios de socialización, escuelas, tiendas y demás. Numerosos testi­
monios indican que a pesar del origen arbitrario de su detención y las duras condi­
ciones laborales, penados y colonos disfrutaban de cierto grado de “libertad”, que
la colonia penal no era una experiencia terriblemente opresiva para todos. Judith
Martínez Ortega, quien fue a trabajar como secretaria del director de la colonia a
fines de la década de 1920, escribió que “la cárcel no se veía por ningún lado; esa
impresión de mugre, de opresión, de miseria, de la Penitenciaría de la ciudad de
México estaba ausente aun en los rincones más miserables de la isla. Los penados
caminaban libremente, uno se los cruzaba en el camino, como con los panaderos
u otras gentes sencillas del pueblo” (Martínez Ortega, 1938: 13). Martínez Ortega
subrayaba lo difícil que era distinguir a un empleado de un penado. El lugar pare­
cía una finca rural, escribió otro visitante. Parecía “un pueblo de rostros sonrien­
tes”, agregó otro (Pulido, 2007: 149). Varios informes enfatizan la “libertad” de
los penados. Vicente Matus, director del Departamento de Migración del gobierno
mexicano, visitó la isla en 1934 y dejó sus impresiones: “Todo el pueblo que nos
recibió, era pueblo de reclusos; pero no con el aspecto de tales: son hombres libres,
hombres buenos, trabajadores, bien vestidos, bien alimentados, que se acercaban
gustosamente a platicar con nosotros.” (Pifia y Palacios, 1970; 92).
La construcción en la isla se parecía a la de las “casas de vecindad” de la ciu­
dad de México. Un penado admitió que trabajaba en la isla “con toda libertad y se
306 Historia de la Cuestión Criminal...

está bajo un cielo más hermoso que éste, y respirando un oxígeno puro “ (Pulido,
2007: 158). A pesar de todas sus quejas sobre el confinamiento, el cura “cristero”
mencionado más arriba admitía: “En verdad que el escenario de nuestra desgracia
era espléndido” (Navarrete, 1965: 68).
No obstante estas descripciones de Islas Marías como un lugar libre y acoge­
dor, la realidad parece haber sido mucho menos benigna. Otros testigos enfatiza­
ban la dureza, incluso crueldad, del tratamiento a los delincuentes transportados.
Judith Martínez, ya mencionada, se refería a la crueldad del espectáculo de las
“cuerdas” de prisioneros llegando a la isla: parecían un “rebaño de miserables
y harapientos”, atemorizados por la horrenda reputación de la prisión (Martínez
Ortega, 1938:27). Otro visitante encontró hombres semi-desnudos infectados con
malaria y teniendo que lidiar con nubes de mosquitos voraces. En su novela Los
muros de agua, José Revueltas trató de retratar, escribió, “la existencia infame, es­
pantosa, que se vive -o se vivía- entre asesinos, rateros y degenerados de toda cla­
se” que estaban obligados a compartirlos presos políticos (Revueltas, 1996:417).
La crueldad y la arbitrariedad eran la regla. Los castigos contra quienes vio­
laban las normas eran duros. Los transgresores eran a veces enviados a Arroyo
Hondo, el área más inhóspita de la Isla. En una ocasión, las autoridades no pudie­
ron identificar al autor de un robo y enviaron doscientos penados a Arroyo Hondo,
donde todos recibieron una paliza. Muchas quejas llegaron al gobierno federal en
ciudad de México. Una de ellas, en 1935, resumía la situación con esta frase: “el
penal del [Océano] Pacífico es un infierno”. Dos penados homosexuales fueron
severamente azotados en sus espaldas desnudas frente a toda la población de pena­
dos, como manera de castigo y advertencia a los demás (Pulido, 2007: 149,173).
Claramente, la colonia era administrada con mano muy fuerte, aun si a veces daba
la impresión de ser un lugar de benevolencia y solaz.
Islas Marías funcionaba básicamente como enclave: su aislamiento, las di­
ficultades de comunicación y el poder del que gozaban el director y autoridades,
volvía a la población altamente vulnerable a los abusos. El escritor comunista José
Revueltas describió los privilegios del director de la colonia (una enorme man­
sión, una piscina, cancha de tenis, entre otros lujos), en contraste con las condicio­
nes de vida de la población de penados (Revueltas, 1978 [1941): 88). El estado de
derecho no existía en la colonia. Un diario sugería en 1934 que los penados trans­
portados habían sido enviados para ser torturados y sufrir, no para ser regenerados
(Pulido, 2007: 176). En 1947, el destierro fue eliminado como pena judicial en el
¿Colonias depoblación o lugares de destierroy tomento? 307

Código Penal mexicano, pero Islas Marías sigue existiendo como prisión federal
hasta el día de hoy.
Islas Marías representa un caso de éxito relativo en la operación de una co­
lonia penal. Funcionó por varias décadas como destino para distintos tipos de
“indeseables” que las autoridades mexicanas querían expulsar de sus ciudades.
Los transportados a la Isla eran víctimas de medidas altamente arbitrarias imple-
mentadas en un esfuerzo por “limpiar” las calles de elementos “incorregibles”,
liberar espacio en prisiones y cárceles, y ofrecer cierto grado de seguridad a los
residentes de las ciudades mexicanas. Las condiciones de vida no eran tan terribles
como en la Cárcel de Belén o en la penitenciaria de Lecumberri, por ejemplo, pero
ciertamente tampoco eran agradables. Aunque Islas Marías era concebido como
un lugar de rehabilitación, sería difícil afirmar que la reforma de los “colonos” era
el objetivo central de su creación. Además de sacarlos de las calles, la principal
función del transporte de “colonos” a Islas Marías era explotar su mano de obra,
algo que fue plenamente logrado a través del trabajo en construcción, las salinas,
la obtención de madera y otras actividades. Finalmente, y a pesar de no ser un apa­
rente objetivo de la colonia penal, el crecimiento y desarrollo de un asentamiento
permanente en tomo a la prisión se consiguió en un grado sin par en otros experi­
mentos latinoamericanos, con la excepción de Ushuaia en Argentina.

Conclusión
La historia de las colonias penales explorada en este capítulo echa luz sobre la
relación compleja entre castigo, trabajo y modernización en América Latina. El
período de post-Independencia estuvo marcado por intentos ambiguos y poco en­
tusiastas de construir repúblicas modernas liberales, que implicaban modernizar
el mercado laboral, promover la incorporación legal y efectiva de grupos subalter­
nos en el proceso político, forjar ciudadanos respetuosos de la ley y eliminar las
formas coloniales de exclusión basadas en adscripción étnica. Las trayectorias de
los sistemas laborales y punitivos subrayan la contradicción entre la retórica de la
civilización, el progreso y la modernidad y las persistentes realidades de exclusión
y marginalización.
En América Latina, las colonias penales fueron construidas en momentos di­
ferentes y con propósitos distintos. La colonia penal en la Isla de Juan Fernández
en el Pacífico se desarrolló durante la administración colonial como un puesto
fronterizo de defensa que podía ser manejado con delincuentes provenientes de
distintos puntos sobre esa costa. Luego de la Independencia, la isla pasó a jurisdic­
308 Historia de la Cuestión Criminal..

ción chilena, cuyo gobierno la utilizó para desterrar delincuentes comunes y disi­
dentes políticos a lo largo de buena parte del siglo XIX. En .ese sentido, es la más
antigua de las colonias penales aquí analizadas. Si bien los portugueses la habían
utilizado como sitio de destierro, Femando de Noronha se convirtió en una colonia
penal de gestión militar en la década de 1830, y evolucionó hacia el control civil
en la década de 1860. Utilizada al principio para aliviar las cárceles locales sobre­
pobladas y las prisiones provinciales, la colonia funcionó durante el período post­
independiente como prisión central del imperio brasileño. Las colonias penales
en Ushuaia (Argentina) e Islas Marías (México) pertenecen a períodos de rápida
modernización económica y fueron el resultado de políticas de gobiernos de la
“era del progreso”, como las de Julio Roca en Argentina y Porfirio Díaz en Méxi­
co. Ambas fueron planeadas en la década de 1880 y establecidas a comienzos del
siglo XX (1900 y 1905 respectivamente). No sorprende, pues, que estas colonias
penales encamaran diferentes visiones estatales de disciplina y castigo.
¿Hasta qué punto fueron “colonias penales” estos experimentos de trabajo
punitivo? Es claro que el gobierno chileno intentó una y otra vez establecer una
colonia penal en las islas Juan Fernández, aunque los motines recurrentes y las
fugas masivas impidieron la existencia de un gobierno permanente en las islas. De
hecho, fueron abandonadas varias veces a lo largo del siglo XIX. Cuando funcio­
naban, sus variados regímenes nunca lograron atraer más de unos pocos cientos
de habitantes. Con tan escaso potencial de trabajo convicto -y con aun menos
colonos- las islas nunca fueron una alternativa económica viable. Es por eso que,
en la década de 1880, Vicuña Mackenna aconsejaba terminar con todos los expe­
rimentos de colonización y comenzar a pensar en las islas como destino turístico.
El penal fue un fracaso incluso como lugar de destierro de delincuentes comunes
y opositores políticos: ni siquiera podía prevenir la fuga y retomo al continente.
Aun si el estado chileno y algunos reformistas individuales proyectaron sobre Juan
Fernández ideas de soberanía nacional y control del delito, es claro a la luz de los
exiguos resultados que esta “colonia penal” nunca encontró una forma administra­
tiva apropiada para mantener una cuota mínima de orden y disciplina.
Femando de Noronha, en la costa atlántica del Brasil, estaba, en este senti­
do, más próxima a la idea de colonia penal. El gobierno federal logró controlar
la población de la isla y establecer cierto orden entre los penados. Aunque hubo
revueltas e intentos de fuga, el gobierno no abandonó ¡a colonia hasta la década
de 1890. Con un régimen más bien laxo, los internos de la colonia vivían mezcla­
dos con tos guardias y los soldados, en una suerte de “aldea confinada”. Las dos
¿Colonias de población o lugares de destierroj lormetilo? 309

reformas -una la década de 1860 y otra en la de 1880- muestran los límites del
uso de convictos para trabajar en actividades productivas, agricultura o manufac­
tura. Podemos afirmar, no obstante, que los reformistas (Roban y Bandeira Filho)
proyectaron sobre estas islas ideales de orden y reforma -en el primer caso, una
colonia penal agraria, en el segundo, una colonia penal integrada a un sistema de
control del delito- que estaban en sintonía con ciertas concepciones modernas de
estado. Dado que ambas reformas fracasaron, podemos afirmar que Femando de
Noronha funcionó durante la mayor parte del período estudiado como vertedero
o centro de detención de delincuentes enviados de varios estados del imperio. En
otras palabras, su existencia dependió de la ausencia de penitenciarías modernas
en los estados brasileños: una vez que estas instituciones fueron construidas, este
“depósito central” dejó de ser necesario.
Los casos de Islas Marías y Ushuaia se asimilan más a los ideales modernos
de reforma y confinamiento. Construidas durante procesos de modernización eco­
nómica e integración de ambos países en los mercados mundiales, estas colonias
penales estuvieron influidas por el pensamiento penal moderno en su diseño y
en la concepción del servicio que prestarían. En la práctica, sin embargo, ambas
fueron (si bien no exclusivamente) depósitos de delincuentes: rateros y vagos en
el caso de Islas Marías, delincuentes reincidentes, anarquistas y asesinos en el
caso del Penal de Tierra del Fuego. En cierto modo, las autoridades estatales “ex­
portaban” delincuentes de las ciudades en crecimiento a estas islas marginales y
distantes. En el caso de Argentina, coincidieron varios objetivos estatales: usar el
penal como un hito de soberanía nacional, reformar delincuentes recalcitrantes
con trabajo duro y disciplina rigurosa, y mantener al nuevo poblado de Ushuaia.
En dos o tres niveles, hubo un éxito limitado: la Argentina extendió su soberanía
a los territorios del sur, incluyendo Patagonia y Tierra del Fuego, y la labor de los
convictos fue crucial para la supervivencia del pueblo adyacente. Con todo, el
Penal de Ushuaia no cumplió con la misión original imaginada por el Presidente
Roca: colonizar la isla con ex-convictos, como se había hecho en Australia. Los
penados no resistían la vida dura en la colonia y regresaban a las grandes ciudades
argentinas en cuanto podían. El penal del sur tampoco resolvió el problema de
escasez de mano de obra en la región.
El Penal de Ushuaia llegó más lejos en la transición de colonia de deportación
a penitenciaría. De hecho, sus planificadores siempre procuraron combinar ambos
modelos de prisión. Más que en las colonias penales brasileña o chilena, el trabajo
de los convictos fue crucial para establecer las bases de una población estable que
310 Historia de la Cuestión Criminal..

con el tiempo se tomaría en “territorio nacional” y luego en “provincia”. Las casas


de los colonos, la calefacción, la electricidad, las cloacas, el agua y otros servicios
dependían del trabajo forzado de la colonia penal.
Hasta la década de 1910, la colonia penal mexicana de Islas Marías parecía
haber servido como lugar de deportación de delincuentes urbanos más que como
colonia de asentamiento. Se prometió tierra a los ex-convíctos con buena con­
ducta pero, como en el caso del Penal de Ushuaia, poca fue distribuida. Para el
gobierno mexicano, el establecimiento de soberanía era una preocupación menos
central que para el argentino. Ambas colonias penales se fueron convirtiendo en
instituciones más complejas de confinamiento (a imitación de las penitenciarías)
hacia las décadas de 1930 y 1940, aunque en ambos casos el tratamiento abusivo
de los penados impactó en las sensibilidades de las élites urbanas continentales,
produciendo finalmente la reforma o clausura.
¿Hasta qué punto emergieron estos cuatro países del legado colonial en sus
políticas de deportación y confinamiento? Este estudio sugiere que aun los estados
modernos prefirieron combinar la vieja pena colonial del destierro a islas distantes
y otros territorios con ideales modernos de reforma y asentamiento territorial. De
esta mezcla resultaron regímenes de colonia penal experimentales, que compar­
tían algunos rasgos de los modelos globales contemporáneos pero se adaptaban a
visiones locales de orden social y estatidad.
Las colonias penales ejemplifican las contradicciones del proceso de moder­
nización en América Latina. Concebidas en teoría para “regenerar” delincuentes
sometiéndolos a terapias de rehabilitación que incluían, entre otras cosas, el uso de
métodos humanitarios y la enseñanza de una nueva ética de trabajo, estaban fun­
dadas en un principio antitético, que comenzaba por “extirpar” a los “indeseables”
de su medio social enviándolos lo más lejos posible. Además, la explotación y el
abuso de los trabajadores convictos tuvo pocos límites, dada la posición vulnera­
ble que tenían en un sistema que no había desarrollado aun mecanismos de protec­
ción legal y política para amplios sectores de la población -indígenas, analfabetos,
delincuentes, mujeres, campesinos y otros grupos subalternos. La maquinaria del
estado fue puesta a trabajar en la captura, transporte, explotación e incluso ex­
terminación de varios grupos de personas que fueron criminalizados solo para
justificar su opresión bajo la apariencia de “rehabilitación”.
El estado no estaba solo en esta empresa: terratenientes y otros miembros
de las elites promovieron y aprovecharon estos mecanismos punitivos. En mu­
chas instancias, especialmente en zonas rurales aisladas, autoridades del estado
¿Colonias dipoblación o lugares de destierro y tormento? 311

y empresarios privados trabajaban juntos para mantener formas draconianas de


castigo y trabajo que, en los hechos, contradecían la supuesta “modernidad” de sus
respectivos proyectos de sociedad. En síntesis, las colonias penales y el trabajo de
[os convictos nos han permitido observar el “otro” lado de los proyectos modemi-
zadores de las elites, imaginados e implementados no como empresas inclusivas y
democráticas sino, por el contrario, como mecanismos autoritarios y excluyentes
para perpetuar su poder.

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Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis
Proyectos, legislación y políticas penitenciarias
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(1916-1938)'

Jeremías Silva

Introducción
n mayo de 1914 se llevó a cabo el Congreso Penitenciario Nacional, que
constituyó el primer evento de la Argentina -y también de la región- en
dedicarse a los acuciantes problemas carcelarios? Durante la semana del
4 al 11 de dicho mes, funcionarios nacionales y provinciales, abogados, médicos,
especialistas, legisladores, profesores y estudiantes discutieron sobre los proyec­
tos para modificar el código penal, los métodos adecuados para organizar la esta­
dística criminal, la procedencia de los exámenes psiquiátricos de los encausados,
la legislación dirigida a los menores delincuentes y las reformas carcelarias, entre
otros temas. Las palabras de apertura de las actas señalaban:

“La opinión pública, por el órgano de la prensa, exterioriza, dia­


riamente, el anhelo de una reforma saludable en el régimen de
las prisiones del país. Más aun: pide para ellas un régimen, olvi­
dados, como han sido, en cuanto atañe a la organización de las
mismas, los principios de humanidad que debieran presidirla.
Semejante anhelo está bien justificado: la República Argentina,
cuyos progresos, en otros órdenes, provocan la admiración del
mundo entero, carece de cárceles, propiamente dichas. Todo está
por hacerse; las penitenciarías provinciales y las cárceles de los
territorios nacionales son tétricos encierros donde el hacinamien­
to contamina las almas y los cuerpos de los detenidos”.’

1 Agradezco los comentarios a una versión preliminar de este trabajo a Lila Caimari, Sandra Gayol,
Silvana Paíeimo y Máximo Sozzo que han permitido mejorar los argumentos.
2 Trabajos y actas del Congreso Penitenciario Nacional, Buenos Aires, Talleres Gráficos de la Pe­
nitenciaria Nacional, 1914, pp. 7-8.
3 Trabajos y actas del Congreso Penitenciario Nacional, Buenos Aires, Talleres Gráficos de la Pe­
nitenciaria Nacional, 1914, pp. 7-8.
318 Historia de la Cuestión Criminal...

La iniciativa surgida de la Dirección de los Archivos de Psiquiatría, Criminología


y Ciencias Afines se enmarcaba en un clima “caracterizad(o) por un vigoroso entu­
siasmo cívico y un intenso afán de bienestar general”, en el cual el Presidente Ro­
que Sáenz Peña “cumpliendo solemnes compromisos, ha sometido a deliberación
del Honorable Congreso un plan de reformas carcelarias”.45Convocado en 1913,
el comité organizador estuvo constituido por importantes referentes académicos
y funcionarios gubernamentales? El evento, que se enmarcaba en un clima refor­
mista del gobierno como lo expresa la sanción de una nueva ley electoral en 1912,
habilitaba y ponía en primer plano la necesidad de discutir y proponer soluciones
a los problemas penitenciarios. En efecto, en las conclusiones del Congreso no
solo se presentaron los consensos alcanzados, sino también proyectos de leyes y
recomendaciones al Gobierno nacional. No es casual que el discurso de cierre lo
pronunciara el ministro de Justicia, Dr. Tomás Cullen.
De esta forma, el Congreso Penitenciario Nacional se desarrolló en un clima
de optimismo, en el cual la ansiada reforma de los establecimientos carcelarios y
de las leyes penales se encontraba próxima. Sin embargo, como parte de las acti­
vidades oficiales los asistentes al Congreso asistieron al Presidio de Sierra Chica,
que dependía de la provincia de Buenos Aires. La recorrida por esta institución
provocó que todos los invitados quedasen horrorizados al comprobar las condicio­
nes en que se encontraba el establecimiento. La falta de talleres, escuela y hospital,
así como el incumplimiento de condiciones mínimas de higiene, ensombrecieron
el panorama inicia! del Congreso marcado por un tono esperanzados Justamente,
las actas del evento cenaban con una breve nota que reseñaba esta visita a la insti­
tución y concluía señalando que en la entrada del presidio “debiera estar grabado,
en negros caracteres, el conocido lema que el poeta florentino colocó en la puerta
SU inmortal infierno'. Lasciate ogni speranza, o voí che éntrate.6

4 Trabajos y actas del Congreso Penitenciario Nocional, Buenos Aires, Talleres Gráficos de ia Pe­
nitenciaria Nacional, 1914, pp. 7-8.
5 Presidido por Norberto Pinero (Profesor de Derecho Penal de la Facultad de Derecho), incluía
como vicepresidentes a Domingo Cabred (Médico psiquiatra, director de la Colonia Nacional
de Alienados), Osvaldo Pifiero (Profesor de Derecho Penal de la Facultad de Derecho), Ricardo
Seeber (Juez y miembro de la Cámara en lo Correccional y Criminal), Domingo Cavia (Profesor
de Medicina Legal de la Facultad de Medicina). Los secretarios fueron Helvio Fernández (Director
del Instituto de Criminología de la Penitenciaria Nacional y de los Archivos de Psiquiatría, Crimi­
nología y Ciencias Afines) y Ensebio Gómez (Profesor de Derecho Penal).
6 Este fragmento de la Divina Comedia se puede traducir como: “Abandonad toda esperanza, voso­
tros los que entráis”. Trabajos y actas del Congreso Penitenciario Nacional.,., cit., pp. 302-303.
Abandonad toda esperanza... 319

La celebración del Congreso Penitenciario Nacional en 1914 constituyó un


momento importante en los debates y propuestas de reforma de los establecimien­
tos carcelarios del pais. Este evento expresaba la preocupación y desazón de ex­
pertos y políticos por la situación de los establecimientos de castigo, y la imperio­
sa necesidad de una reforma profunda que transformase esa realidad.
El objetivo de este capítulo es indagar las ideas, los proyectos, las políti­
cas penitenciarias y las transformaciones institucionales que se produjeron entre
1916 y 1938. Este período constituyó un momento de importantes debates sobre
la cuestión penitenciaria protagonizados por políticos, legisladores, funcionarios
y especialistas. La abundante producción de escritos y publicaciones especializas
sobre estas problemáticas revela el interés que suscitaron entre los contemporá­
neos, y explica la atención creciente en los últimos años comienzan a prestarle los
investigadores (Caimari, 2009; Cesano, 2013; Núñez, 2009).
Asimismo, nos interesa dialogar con dos problemáticas que han conforma­
do una importante agenda de investigación reciente. Por un lado, este trabajo se
vincula con la creciente literatura que estudia al estado y los diferentes grupos de
expertos que buscaron diseñar políticas públicas e incidir en la toma de decisiones.
Estas indagaciones han iluminado el rol de los técnicos y expertos en el entramado
burocrático, y la relación con diferentes grupos sociales que se beneficiaron, re­
clamaron o criticaron la acción del estado (Plotkin y Zimmermann, 2012; Bohos­
lavsky y Soprano, 2010; Palermo, 2006; Ramacciottí, 2011).
Por otro lado, en los últimos años una serie de trabajos ha dado cuenta de las
importantes transformaciones políticas que se produjeron con el ascenso del radi­
calismo al poder. Estas pesquisas buscan comprender las novedades que provocó
la implementación del sufragio universal masculino, secreto y obligatorio en la
vida política nacional, recuperando aristas poco indagadas sobre diferentes agen­
cias gubernamentales y el proceso de profesionalización política de los miembros
del parlamento (Ferrari, 2008; Horowitz, 2015; Palermo, 2012a).
En este sentido, nos interesa poner en relación estos procesos que considera­
mos se encuentran íntimamente conectados; el vínculo entre las transformaciones
políticas y los debates sobre las instituciones penitenciarias. Esto es, la forma en
que el Congreso Nacional contribuyó a definir una agenda pública sobre las refor­
mas carcelarias, y cómo la creación de la Dirección General de Institutos Penales
(DGIP) en 1933 supuso nuevas posibilidades para los expertos. De esta manera,
el análisis de los proyectos que buscaron reformar el sistema penitenciario, los
congresos científicos -nacionales e internacionales- sobre estas cuestiones, así
320 Historia de la Cuestión Criminal..

como las oportunidades que brindó ía DGIP para los criminólogos, constituyeron
componentes fundamentales para obtener una visión comprensiva de las prácticas
de castigo en una sociedad republicana. Dado que estos debates fueron consti­
tutivos del proceso de modernización estatal, nos proponemos pensar cómo los
cambios políticos y culturales entre los años 1916 y 1938 modificaron las políti­
cas penitenciarias, las definiciones acerca de las acciones consideradas adecuadas
para la readaptación de los penados y las ideas de la criminología positivista. Esta
perspectiva nos obliga a utilizar una cronología que tome de manera unificada las
presidencias radicales y las conservadoras, ya que los debates y transformaciones
institucionales se produjeron en gobiernos de diferente signo político.
En este marco, las preguntas que guían nuestra indagación son: ¿Cómo se
conformó una agenda pública sobre la reforma penitenciaria? ¿En qué consistieron
las propuestas presentadas al Congreso Nacional? ¿Bajo qué términos ios actores
argumentaron la necesidad de una transformación del régimen carcelario? ¿Cómo
entendieron los expertos la necesidad de una reforma de las prisiones? En conse­
cuencia, examinaremos los múltiples proyectos presentados al parlamento para
reformar el sistema penitenciario durante la experiencia radical, la creación de la
Dirección General de Institutos Penales en 1933, el rol de los expertos en la estruc­
tura penitenciaria nacional y la celebración del Primer Congreso Latinoamericano
de Criminología en 1938. Esperamos, sobre la base del análisis de este conjunto
de fuentes documentales, reconstruir la especificidad de los debates y discusiones
sobre el castigo, las políticas que buscaron modernizar el sistema penitenciario, y
el rol de los expertos al interior de la DGIP.

Proyectos de reforma carcelaria en el Congreso Nacional, 1916-1930


A comienzos del siglo XX, las cárceles nacionales evidenciaban una realidad com­
pleja y heterogénea que heredaba gran parte de los problemas estructurales de las
gestiones decimonónicas. En efecto, la mayoría de los países latinoamericanos
habían iniciado reformas penitenciarias durante el siglo XIX con resultados ambi­
valentes (Aguirre y Salvatore, 1996). Uno de los principales aspectos en los que
concentraron la atención y los esfuerzos, tanto los expertos como las élites dirigen­
tes, fue en la construcción de establecimientos modernos que permitieran exhibir
una política carcelaria “civilizada” (Caimari, 2004). El resultado de esta primera
fase de reforma tuvo en Latinoamérica dos elementos importantes: en primer lu­
gar, la construcción de estos establecimientos penitenciarios no constituyó una
reforma más amplía que implicara cambios globales del sistema carcelario de cada
Abandonad toda esperanza... 321

país, teniendo un impacto y alcance limitado; y en segundo lugar, los proyectos de


reforma carcelaria no contaron, en la mayor parte de los casos, con los recursos
financieros necesarios, lo que provocó problemas administrativos y que los fun­
cionarios no pudieran llevar a cabo sus promesas de higiene, trato humanitario a
los presos y regeneración de los delincuentes (Aguirre, 2009).
Nuestro país no estuvo ajeno a los problemas penitenciarios de la región, y
las fuentes del período evidencian las desiguales condiciones que existían entre
las principales “cárceles modernas” del país (Penitenciaría Nacional y Presidio
de Ushuaia) y una gran cantidad de prisiones provinciales y locales más pequeñas
que continuaban dentro de parámetros “pre-penitenciarios”, y que constituían en
las primeras décadas del siglo XX “todavía la regla” (Caimari, 2001; 482). De esta
forma, diversos autores han demostrado las diferencias materiales y presupues­
tarias entre las “cárceles modelos” ubicadas en los centros políticos y las que se
ubican en la “periferia” (Bohoslavsky y Casullo, 2003; Bohoslavsky, 2005; Navas,
2013). Asimismo, recientemente se han producido investigaciones que iluminan
los procesos de construcción de penitenciarías provinciales señalando sus carac­
terísticas distintivas (Piazzi, 2011; González Alvo, 2013; Luciano, 2014). Estos
trabajos, que examinan el derrotero de las cárceles de Santa Fe, Córdoba y Tucu-
mán, demuestran que las provincias contaban con mayores presupuestos y mejor
infraestructura, aunque la situación general no arrojaba diferencias sustantivas con
las cárceles nacionales, marcadas por la superpoblación y condiciones de haci­
namiento. Este proceso trunco de modernización dejó como saldo una realidad
plagada de dificultades administrativas, materiales y financieras: falta de edificios
adecuados, bajo presupuesto, imposibilidad de cumplir con Jas premisas de reha­
bilitación basadas en el trabajo en talleres y en la educación, generando verdaderos
“pantanos punitivos” (Caimari, 2004; Bohoslavsky y Casullo, 2003).
Este cuadro poco alentador continuó provocando acalorados debates en ám­
bitos políticos y académicos sobre la “cuestión criminal”, y un lugar preponde­
rante dentro de la prensa periódica de circulación nacional (Sozzo, 2009; Cai­
mari, 2009). Frente a este contexto, funcionarios y especialistas redoblaron los
esfuerzos por delinear de un modo más sistemático medidas tendientes a organizar
eficientemente la administración de las prisiones, y para esto debían atender las
condiciones en que se encontraban la mayoría de los establecimientos, pero sobre
todo conocer y mejorar la realidad penal del país.
Entre la multiplicidad de voces que se alzaban cuestionando el funcionamien­
to penitenciario y la necesidad de medidas enérgicas para enfrentar el problema de
322 Historia de la Cuestión Criminal...

la delincuencia, prevaleció un diagnóstico claro: se debían iniciar reformas pro­


fundas sobre la realidad carcelaria. Recientemente, Luís González Alvo (2014),
ba señalado que desde el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública (MJIP) se
llevaron a cabo importantes iniciativas para proyectar reformas carcelarias desde
fines del siglo XIX. En este marco, deben comprenderse la creación de la Ins­
pección General de Justicia, así como la elaboración de un proyecto de reformas
carcelarias que se les solicitó a los funcionarios Armando Claros (director de la
Penitenciaría Nacional), Catello Muratgia (director del Presidio de Ushuaia) y
Diego González (Inspector General de Justicia). El mencionado proyecto -que
presentaron formalmente el 31 de diciembre de 1912-estaba fuertemente influido
por las ideas en boga de la criminología positivista, y proponía la conformación de
una Dirección Nacional de Prisiones para centralizar la toma de decisiones junto
con un ambicioso plan de construcciones carcelarias. Como sostiene González
Alvo, esta iniciativa no logró el consenso político necesario para implementarse.
De esta forma, como lo expresaba la realización del Congreso Penitenciario
Nacional en 1914, políticos y expertos coincidían en la necesidad de llevar a la
práctica una reforma profunda del sistema penitenciario a través de transformacio­
nes legislativas y una nueva estructura administrativa. Entre 1916 y 1930 hemos
contabilizados 21 proyectos que se presentaron al parlamento y que abordaban
diferentes aristas del problema carcelario: reforma administrativa, construcción
de nuevos establecimientos, creación de una oficina de reincidencia y estadística
carcelaria, así como pedidos de informes al Poder Ejecutivo Nacional (PEN) y al
MJIP. Consideramos que el impulso que tuvieron estas iniciativas debe buscarse
en el contexto político que marcó la implementación de la Ley Sáenz Peña y en
los debates que se dieron en el marco de la reforma del Código Penal discutido en
el Parlamento.
Justamente, en 1922 se sancionó un nuevo Código Penal ampliamente de­
mandado desde fines de siglo XIX,7 pero que alcanzó consenso a partir de un
proyecto de 1916 de Rodolfo Moreno,8 diputado del Partido Demócrata Nacional
por la Provincia de Buenos Aires (Levaggi, 2012: 217-314). La discusión de este

7 Luego de la sanción del Código Penal de 1886, se produjeron diversos intentos por reformarlos y
actualizarlo. Se pueden mencionar entre los proyectos de reforma los de los años 1891 y 1906.
8 Rodolfo Moreno (1879-1953) se graduó en Abogacía en la Universidad Nacional de Buenos Aíres
con Diploma de Honor de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales en 1900 con una tesis sobre
Proteccionismo industrial. Se desempeñó como diputado por la provincia de Buenos Aires en
1916, 1922, 1930 por el Partido Demócrata Nacional. En el ámbito bonaerense obtuvo diversos
catgos: secretario del procurador general de la Suprema Corte de Justicia, representante letrado del
o obiemo en I a Cap ¡tal Federal (193 i) y gobernador de la Prov inc ia de B uenos Aires (1941 -194 3).
Abandonad toda esperanza... 323

proyecto en 1917 brindó un contexto institucional propicio para que se presentaran


propuestas de reforma del sistema carcelario. Es importante remarcar que Moreno
se valió de la propuesta de reforma elaborada por un grupo de especialistas en
1906, que establecía que el régimen penitenciario debía tener una ley comple­
mentaria propia. De esta forma, se volvió perentoria la sanción de un instrumento
legal que estableciera los lincamientos con los que debía funcionar el “régimen
penitenciario”, como lo denominaban los diputados.
Asimismo, se han publicado recientemente diversos trabajos que han indaga­
do de manera más profunda en la experiencia presidencial de Hipólito Yrigoyen
y Marcelo T. de Alvear. En este sentido, el trabajo de Joel Horowitz se propone
demostrar cómo la sanción de la Ley Sáenz Peña transformó la cultura política
argentina al garantizar el acceso al voto obligatorio, universal masculino y secreto.
Partiendo del argumento de que no es posible reducir la experiencia política y es­
tatal del radicalismo al clientelismo, el autor analiza la forma en que los radicales
construyeron poder, buscaron el apoyo electoral, estrecharon las relaciones con
diferentes actores del movimiento obrero y motorizaron políticas sociales (Ho­
rowitz, 2015). En el mismo sentido, Silvana Palermo ha destacado el impacto que
ejerció la política electoral en la expansión y operación de los Ferrocarriles del Es­
tado a partir del estudio de los cuadros administrativos y técnicos. La autora sos­
tiene que es necesario poner en relación la lógica electoral de los cuadros políticos
con el accionar de los cuerpos técnicos para comprender cómo se influenciaron
mutuamente, articulando racionalidades y lógicas diferentes que en cierto sentido
“se potenciaron” (Palermo, 2012b). En suma, estos trabajos destacan las nuevas
dinámicas que implicó el desarrollo de la política de masas y la modernidad de las
prácticas radicales que no habían sido objeto de análisis, lo que permite tener una
visión más comprensiva de la primera experiencia democrática y ponderar el rol
del parlamento en la vida política nacional.
Es en este contexto político e institucional donde deben enmarcarse las ini­
ciativas que buscaban una refonna carcelaria. La primera de ellas estuvo impulsa­
da por el diputado del Partido Demócrata por la provincia de Córdoba, Jerónimo
del Barco. Si bien ya contaba con iniciativas anteriores en esta materia que no se

PtCC'IRJLU, Ricardo Diccionario Histórico Argentino, Buenos Aires, Ediciones Históricas Ar­
gentinas, 1953, Tomo V.
324 Historia de la Cuestión Criminal...

habían discutido/ el 3 de junio de 1918 decidió presentar una nueva propuesta.91011


Esta contenía los puntos fundamentales que formaran parte de las iniciativas pos­
teriores: la creación de una Dirección General de Establecimientos, la necesidad
de llevar a cabo un censo carcelario con la colaboración de los gobiernos provin­
ciales, la creación de un “Registro nacional de reincidentes” y la obligación que
cada establecimiento tuviera una “Escuela de Celadores y Guardianes”.
Como podemos observar, comenzaba a ser una cuestión significativa la perti­
nencia de contar con una agencia estatal encargada de impulsar políticas peniten­
ciarias e inspeccionar los establecimientos, poseer estadísticas sobre la cantidad
de penados que existía en todo el país, así como contar con un registro de los casos
de reincidencia. Otra de las cuestiones que se ponía en discusión refería a la con­
veniencia de garantizar una formación básica para los encargados de la vigilancia
de los penados. El proyecto se envió a la Comisión de Justicia del Parlamento y no
llegó a discutirse en el recinto.
En esa misma jomada, el diputado por la Provincia de Buenos Aires, Rodolfo
Moreno (hijo) presentó la propuesta para volver a conformar una Comisión Espe­
cial de Legislación penal y penitenciaria, tal como había ocurrido en 1916." En su
justificación señalaba que la comisión anterior se había detenido casi exclusiva­
mente en el proyecto de reforma del Código Penal de su autoría, y era necesario
volver a constituir la comisión para tratar los proyectos de reforma carcelaria. En
efecto, ios argumentos radicaban en la necesidad de complementar la Reforma del
Código Penal que había aprobado la Cámara de Diputados en 1916 con un plan de
reformas carcelarias. El diputado J. Del Barco apoyó la moción y de esta forma se
volvió a constituir la Comisión Especial.
Dos meses después, el 5 de agosto, el diputado del Partido Demócrata Progre­
sista, Alberto Arancibia Rodríguez presentó otro proyecto de reforma penitencia­
ria con 23 artículos, que contenía una extensa justificación.12 Allí, el representante
elegido por la provincia de San Luis detallaba una serie de debates académicos y

9 El diputado había presentado dos proyectos de reformas carcelarias en 1903 y 1913: Jerónimo
del Barco, “Proyecto de ley”, Cámara de Diputados. Expediente 224,7 de septiembre de 1908 y
“Fundación de establecimientos penales en Ja República. Proyecto de ley”. Cámara de Diputados.
Expediente33, lódemayode 1913.
10 CONGRESO NACIONAL (1919) Diario de Sesiones de ia Cántara de Diputados, 3 de junio de
1918, pp. 252-245.
11 CONGRESO NACIONAL (1919) Diario de Sesiones de la Cántara de Diputados, 3 de junio de
1918, pp. 271-273.
12 CONGRESO NACIONAL (1919) Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 5 de agosto de
1918, pp. 680-693.
Abandonad toda esperanza... 325

políticos que los proyectos anteriores no referencíaban. Comenzaba explicando el


proyecto de reforma del Código Penal -aprobado en la Cámara de Diputados- y
señalaba que debía sancionarse una ley complementaria que reglamentase el ré­
gimen penitenciario, y por esto proponía al recinto su proyecto para estructurar el
sistema carcelario.13 Su iniciativa no presentó novedad, pero ante la caducidad de
los anteriores, volvía a poner a consideración el proyecto.
Sí bien las propuestas legislativas no llegaron a ser debatidas al no superar
la instancia de las comisiones especiales, esto no produjo que disminuyeran las
presentaciones al recinto. Por el contrario, en 1919 se presentó un nuevo proyecto
de ley, esta vez enviado por el presidente de la Nación, Hipólito Yrigoyen.14 Prece­
dido de una breve exposición de motivos, se pueden distinguir dos preocupaciones
centrales en la propuesta del PEN. Por un lado, ésta sostenía que era necesario
ocuparse del “problema carcelario” ya que:
“...no ha recibido aun la solución anhelada por la función es-
pecialisima que están llamados a llenar los establecimientos pe­
nales. Para conseguir esas finalidades, decía, es indispensable,
ante todo, disponer de locales apropiados, pues si exceptúan la
Penitenciaría Nacional y el Presidio de Ushuaia, los demás care­
cen en absoluto de los requisitos necesarios para el objeto a que
están destinados”.15

La fundamentación evidencia claramente que la situación material de ios esta­


blecimientos carcelarios distaba de condiciones dignas para cumplir su función, y
que esto no era ajeno a la dirigencia política, por eso se proponían soluciones en el
parlamento. Por otro lado, la segunda cuestión señalada en la justificación sostenía
que era perentorio que las transformaciones produjesen resultados en consonancia
con los desarrollos económicos. No es casual entonces, que el proyecto sostuviese
que el sistema pudiera “traer aparejada otra solución íntimamente vinculada a la

13 Afirma Arattcibia Rodríguez en ta exposición de motivos: “El sistema de no incluir en el código


penal el régimen de las penas, dejándolo para una ley especial, reconoce como único antecedente
en el derecho penal argentino el proyecto de 1906, en cuya exposición de motivos declaran sus
autores, los doctores Saavedra, Beazley, Rivarola, Moyano Gacitúa, Pifiero y Ramos Mejía, que
deliberadamente la omiten, pues los sistemas hoy conocidos, dicen, están aun en tela de juicio y
por leyes especiales se establecerá el que el tiempo demuestre ser mejor.” CONGRESO NACIO­
NAL (1919) Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 5 de agosto de 1918, p. 682.
14 CONGRESO NACIONAL (1920) Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 30 de julio de
1919, pp. 258-261.
15 CONGRESO NACIONAL (1920) Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 30 de julio de
1919, p. 258.
326 Historia de la Cuestión Criminal...

economía nacional, y es que de esos talleres, granjas, escuelas de industria, etc.


saldrían, a no dudarlo, obreros capacitados con la aptitud y educación práctica
necesaria para incorporarse a la labor del país, trabajar y producir”.10
En este sentido, el proyecto se distanciaba de los anteriores al proponer un
apartado titulado “Colonias y granjas” que facultaba al PEN a construirlas para
brindarle trabajo a los ex-penados o los beneficiados con el régimen de libertad
condicional (artículo 5). También señalaba la posibilidad de adquirir “pequeños
lotes en los territorios nacionales, en cuyo caso se les proporcionará lo necesario
para explotarlos, construir sus viviendas y formar su hogar” (artículo 8) y edu­
cación gratuita para ellos y sus hijos (artículo 9). La iniciativa del PEN ponía un
énfasis especial en la situación de aquellos que al cumplir su condena tuvieran
trabajo y educación, ya que entendía que esto evitaría la reincidencia.
Del mismo modo, el proyecto volvía sobre aquellos aspectos en los que pare­
cía haber acuerdo: la necesidad de una “Escuelas de prefectos, celadores, guardia­
nes e inspectores de vigilancia” y la creación de una “Dirección General de Ins­
titutos Penales” con funciones técnicas y de inspección. Esta última debía contar,
según el proyecto con facultades en el ámbito nacional, atribuyéndole también la
capacidad de inspeccionar las cárceles provinciales, omitiendo las disposiciones
del régimen federal. Al igual que las propuestas anteriores, no superó la instancia
de la “Comisión Penal y Penitenciaria”, y por lo tanto no fue tratada en el recinto.
Al comienzo de la década de 1920, luego de varias discusiones y modifica­
ciones el proyecto de un nuevo Código Penal había alcanzado consenso político en
el parlamento. En este contexto, las iniciativas sobre una ley complementaria que
debía reformar el sistema penitenciario volvieron a ocupar un lugar importante en
el parlamento. El 28 de septiembre de 1921 Pedro Caracoche, diputado radical por
la provincia de Buenos Aires, presentó otra propuesta de reforma carcelaria.1’ Si
bien reconocía que su iniciativa no ofrecía “ninguna originalidad”, justificaba su
pertinencia dada la proximidad en la sanción del nuevo Código Penal. En su breve
alocución en el recinto señaló:
“El hacinamiento y la promiscuidad y la molicie de los encausa­
dos y penados son las características desgraciadas, muchas veces
dolorosas y repugnantes de los establecimientos carcelarios de1617

16 CONGRESO NACIONAL (1920) Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 30 de julio de


1919. p. 259.
17 CONGRESO NACIONAL (1920) Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 30 de julio de
1919, p. 412-413.
Abandonad toda esperanza... 327

la República. Es necesario abolir este estado de atraso, barbarie


y vergüenza, dando un paso franco de cultura, justicia y huma­
nidad, lavando esa mancha de nuestra civilización y curando esa
llaga”.1819

Con estas palabras el Diputado radical remarcaba las carencias del sistema carce­
lario en lo relativo a las condiciones materiales y las deficiencias administrativas.
Finalizaba su discurso señalando que el ejemplo de la Nación debía ser tomado por
las provincias para seguir la misma “amplia positiva y generosa ruta” de reforma.
No obstante, tampoco se trató en el recinto.
En 1922 Moreno volvió a presentar su iniciativa para reformar el sistema
carcelario. *’ El nuevo proyecto, que contaba con veinte artículos, estuvo acompa­
ñado en esta oportunidad por una extensa exposición de motivos. Allí, el diputado
transparentaba el proceso que llevó adelante para formular la iniciativa de 1916:
una encuesta dirigida a reconocidos penalistas, entre ellos Juan Ramos y Julio
Herrera. También se detenía en la forma en que se establecían las penas desde el
Código de Tejedor pasando por los proyectos de reforma de 1903 y 1906, donde
presentaba al mismo tiempo varios proyectos de código penales.20 Una vez más, la
propuesta de Moreno no se discutió en la Cámara.
Esta concisa presentación de iniciativas surgidas de la Cámara de Diputados
por representantes de diferente extracción política (Del Barco, Moreno, el Poder
Ejecutivo, Arancibia Rodríguez, Caracoche y nuevamente Moreno) nos permite
sostener que el problema carcelario formó parte de la agenda del Congreso Na­
cional. Como señalamos al principio, dos cuestiones significativas convirtieron al
parlamento en un ámbito propicio para la presentación de propuestas: la discusión
de reforma sobre el Código Penal que establecía la necesidad de una ley peniten­
ciaria complementaria, y también las transformaciones en la dinámica política que
habilitaba la implementación de la Ley Sáenz Peña y dotaba de nuevos sentidos
al parlamento.

18 CONGRESO NACIONAL (1920) Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 30 de julio de


1919, p. 413.
19 CÁMARA DE DIPUTADOS DE LA NACIÓN (1922) Legislación penal y carcelaria Proyectos
presentados por el señor diputado Dr. Rodolfo Moreno (hijo), Buenos Aires, Imprenta y encuader­
nación de la Cámara de Diputados.
20 También presentaba las disposiciones vigentes en los códigos de diferenles países: Noruega, Sue­
cia, Bélgica, Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. Asimismo, reseñaba los proyectos de reforma
de los códigos penales de Alemania (1909), Perú (1916) e Italia (1921).
328 Historia de la Cuestión Criminal...

Más allá de que no llegaron a tratarse -y mucho menos sancionarse-, estos


proyectos sirven para ilustrar el compromiso político con la reforma de las prisio­
nes, proceso por el cual se conformó una sensibilidad respecto de la urgencia por
modificar la situación de los establecimientos penitenciarios del país. Más impor­
tante aún, todas estas iniciativas expresaban que era impostergable la creación de
un organismo nacional que implementara políticas en esta área y supervisara los
establecimientos a fin de hacer efectivo el cumplimento de un castigo en condicio­
nes adecuadas, lo que permite comprender el apoyo que obtuvo en el Parlamento
La ley 11833 de “Organización carcelaria y régimen de la pena” en septiembre de
1933.
Creemos conveniente hacer una breve referencia a los otros proyectos sobre
la cuestión criminal que también se presentaron al parlamento. Así como la refor­
ma de las prisiones era entendida como un paso necesario dada la pronta sanción
de un nuevo Código Penal, los diputados propusieron una serie de proyectos que
completarían y solucionarían los problemas acuciantes de la realidad penitenciaria
nacional. Esto es, la necesidad de construir nuevos establecimiento que resolvie­
ran los problemas de superpoblación carcelaria que impedían la individualización
de las penas y la creación de un organismo que se encargara de la estadística peni­
tenciaria y de los casos de reincidencia.31
De esta forma, los múltiples proyectos presentados al Congreso Nacional
contrastan con la interpretación historiográfica que sostiene Tulio Halperin Donghi
sobre la actividad parlamentaria durante los gobiernos radicales, ya que afirma que
el parlamento sufrió una “extraña parálisis” dado la escasez de leyes sancionadas
y la dificultad de alcanzar consensos producto de la heterogeneidad de partidos en
el contexto de ampliación de la ciudadanía (Halperin Donghi, 2007). Asimismo,
Marcela Ferrari afirma en su libro reciente sobre el proceso de profesionalización
de los elencos políticos en el marco de la implementación de la Ley Sáenz Peña,
que “es conocida la inoperancia del parlamento entre 1916 y 1930” (Ferrari, 2008:
53). Esto se debía -sostiene la autora- a que los radicales se dedicaban princi­
palmente a las demandas de la política electoral, y no a sus responsabilidades21

21 A modo de ejemplo pueden consultarse los proyectos de construcciones carcelarias y de un “Re­


gistro de reincidentes” presentados por R. Moreno en 1922 en: CAMARA DE DIPUTADOS DE
LA NACIÓN Legislación penal y carcelaria. Proyectos presentados por el señor diputado Dr
Rodolfo Moreno (hijo), Buenos Aires, Imprenta y encuademación de ia Cámara de Diputados. En
1924, el presidente M. T. de Alvear presentó al Parlamento el proyecto de “Creación de un Regis­
tro Nacional de identificación y estadística criminal", CONGRESO NACI ONAL (192S) Diario de
Sesiones de la Cámara de Diputados, ló de septiembre de 1924, pp. 22-26.
Abandonad toda esperanza... 329

parlamentarías, en un momento donde era difícil sancionar leyes dado que la Cá­
mara de Senadores conformó un bastión conservador y se oponía a las políticas
propuestas por el oficialismo. En este sentido, Jorge Núñez también ha señalado
que la imposibilidad de sancionar leyes sobre la cuestión criminal en consonancia
con las premisas de la criminología positivista se debía a esta situación de parálisis
legislativa (Núñez, 2009).
En este trabajo, sin discutir las interpretaciones generales sobre el funciona­
miento del parlamento, sostenemos que fíente al problema carcelario se presen­
taron numerosos proyectos que reflejan una “parálisis legislativa”, de la misma
forma que la sanción del nuevo Código Penal -que requería amplios consensos-
permite matizar esta afirmación. La cantidad de iniciativas presentadas en el Con­
greso Nacional a partir de 1916 permite entrever algo de las novedades políticas
que imprimió la Ley Sáenz Peña en el parlamento. El hecho de que diputados de
diferente extracción política, y el mismo presidente Hipólito Yrigoyen, diseñasen
múltiples proyectos para ser discutidos, permite iluminar el lugar de privilegio que
le otorgaban al parlamento como actor que debía ofrecer soluciones al problema
penitenciario. Podemos pensar que estos proyectos no se discutieron al conjugarse
diferentes factores: la heterogeneidad partidaria que tuvo el Congreso fruto de las
primeras elecciones sin fraude, las disputas ínter e intra partidarias (como ocurrió
en el Partido Radical), o por los conflictos que se produjeron entre el Poder Ejecu­
tivo y Legislativo (Persello, 2004). Esto no ocluye la importancia que poseen estas
iniciativas para comprender las ideas, diagnósticos y propuestas sobre la reforma
de las prisiones y la preocupación política por brindar soluciones.
De esta forma, hemos intentado demostrar cómo el contexto de discusión de
un nuevo Código Penal en 1917 convirtió al Congreso Nacional en un actor clave
a la hora de diseñar propuestas para reorganizar el sistema penitenciario y crear
una agenda pública sobre los problemas carcelarios. Si bien los argumentos en
varias ocasiones estuvieron sustentados en los avances de “la ciencia penal moder­
na”, la normativa diseñada no daba cuenta de las premisas de la criminología posi­
tivista. En varias ocasiones, los proyectos estuvieron permeados por los discursos
públicos del castigo (por ejemplo, las malas condiciones de las cárceles y ¡as fugas
que reproducían ios diarios de circulación masiva); por ende, se sustentaron en una
fuerte visión moralizante: la necesidad de castigar a los que infringían la ley como
garantía para disuadir y disminuir el delito, así como la importancia de contar
con instituciones carcelarias modernas que reeducasen y evitasen la reincidencia.
Temas como la importancia del examen científico del delincuente, la necesidad de
330 Historia de la Cuestión Criminal...

gabinetes médicos y la instauración de anexos psiquiátricos -cuestiones que discu­


tían los expertos- no formaron parte de las propuestas de los diputados. Podemos
pensar que la necesidad de contar con una estructura administrativa centralizada,
estadísticas confiables y nuevos establecimientos se repitieron en los proyectos,
al buscar instituciones de castigo modernas acorde a los progresos que el Estado
podía exhibir en áreas como educación primaria, transporte o infraestructura.

La criminología positivista: la inserción de los médicos en una agencia


nacional
En los últimos años, numerosas investigaciones han demostrado cómo el discurso
científico de la criminología positivista tuvo implicancias políticas importantes
por sus pretensiones de definir, estudiar y controlar la criminalidad a fines de siglo
XIX y principios de siglo XX. Nos interesa indagar la especificad de la “ciencia
del crimen” a partir de tres procesos que se encuentran relacionados, pero es ne­
cesario examinar por separado: en primer lugar, reconstruiremos la trayectoria
académica y gubernamental del médico Osvaldo Loudet, quien obtuvo en 1927 la
dirección del Instituto de Criminología de la Penitenciaría Nacional y se destacó
por ser la figura clave de la criminología positivista de las décadas de 1920 y
1930; en segundo lugar, nos detendremos en las posibilidades que produjo la ley
de centralización de 1933 para los criminólogos dentro de la DGIP; y por último,
ponderaremos uno de los eventos más importantes del periodo: la celebración en
1938 del Primer Congreso Latino Americano de Criminología.

Osvaldo Loudet, médico criminólogo


Como es conocido, a partir de su nacimiento en Italia, la criminología positivista
tuvo una rápida difusión en América Latina,22 reformulando algunos de sus pos­
tulados básicos, pero tomando como referente la obra de Cesare Lombroso. Sin
dudas, la recepción de las ideas de la criminología positivista a partir de 1880 no
presupuso una asimilación acrítica, sino que primó una actitud reflexiva sobre
estos postulados, lo que evidenció la intención, por parte de los científicos locales,
de intervenir y contribuir al debate internacional sobre estas problemáticas.
No es casual que durante estos años se constituyeran los primeros institu­
tos de observación y experimentación criminológicos en las prisiones de América

22 La literatura sobre la historia del castigo en América Latina y la influencia que ejerció la crimino­
logía positivista es basta y abundante, sin ser una lista exhaustiva ver: Salvatore (200l); Aguirre
(2009); Buffington (2001); Caimari (2004); Fessler (2012); León León (2008); Sozzo (2011); Zi-
mmermann (1995).
Abandonad toda esperanza... 331

Latina. El más reconocido y prestigioso en el plano internacional fue el Instituto


de Criminología de la Penitenciaria Nacional fundado en 1907 y dirigido en sus
primeros años por José Ingenieros. Pero, como señaló Lila Caimari, la creación
de estos espacios que buscaron estudiar científicamente a los delincuentes no estu­
vieron exentos de conflictos entre los directores de las prisiones, que buscaban la
reinserción social de los delincuentes a través de un régimen de educación y traba­
jo, y médicos criminólogos, que pretendían convertir a las cárceles en Laboratorios
de experimentación (Caimari, 2004: 75-108).
Justamente, la cátedra de Medicina Legal de la Facultad de Ciencias Médicas
estuvo a principios de siglo XX a cargo del Dr. Francisco de Veyga, un reconocido
médico adherente a las premisas de la criminología positivista. De esta manera,
en distintas cátedras de la formación de médicos se difundieron las ideas de la
criminología positivista sobre los delincuentes. Como señala Jorge Salessi: “Estos
profesionales de la medicina legal, a principios de siglo veinte se transformaron
en criminólogos y pusieron bajo su control y articulación los espacios en los que
se realizaba la observación, interrogación y clasificación de personas anestadas
y detenidas...’’ (2000: 165). De esta forma, la formación académica de medicina
estuvo marcada por la difusión de las premisas más importantes de la criminología
positivista.
Esto es relevante ya que una nueva generación formada en las primeras déca­
das del nuevo siglo se destacó en los años 1920 por desarrollar sus carreras profe­
sionales dentro de diferentes instituciones estatales e intervenir en las discusiones
públicas. Sin lugar a dudas, Osvaldo Loudet se constituyó en un referente de las
investigaciones criminológicas. Este graduado de la carrera de medicina en 1917
se recibió con la tesis “La pasión en el delito”, distinguida y publicada ese mismo
año (Loudet, 1917). Su investigación se basaba en un estudio médico legal sobre
los estados emocionales en los delincuentes, -en particular los delitos pasionales-
y esbozaba una crítica a la interpretación de la escuela clásica del derecho penal
que considera que ante un mismo delito debía establecerse una misma pena. En
su tesis, Loudet argumentaba la necesidad de individualizar las penas y establecer
clasificaciones a partir del análisis científico de los delincuentes, atribución que
debía ser exclusiva de los médicos. Como podemos observar, su trabajo hacía una
fuerte defensa de la importancia de los galenos en las prácticas judiciales y legales.
Loudet también jugó un papel significativo en la reforma universitaria de 1918.
Tal es así que ocupó el cargo de primer presidente de la Federación Universitaria
Argentina en 1918, destacándose por la defensa de la universidad como ámbito
332 Historia ¿ó? la Cuestión Criminal..

puramente académico (Buchbinder, 2005:105-106). Justamente, uno de los logros


de la reforma universitaria consistió en la creación del caigo de consejero estu­
diantil, que Loudet ocupó en los órganos de gobierno de la Facultad de Medicina.
Desde ese lugar, impulsó la creación del Instituto de Medicina Legal en 1920 y
la creación de los cursos de Diploma de médico Legalista que funcionaron con
regularidad desde 1924 (Rojas, 1947: 33).
Asimismo, su carrera profesional se desarrolló tanto en el ámbito académico
como en hospitales públicos. En 1921 ingresó al Hospicio de Mercedes como
médico agregado y ocupó el mismo cargo desde 1925 en el Hospital Nacional de
Alienados, siendo designado un año después Jefe interino de Sala. Allí comenzó
a dictar una serie de materias: Primer curso de docencia complementaria (1925),
Segundo curso complementario de Clínica Psiquiátrica (1926), Curso sobre Psi­
cosis toxiinfecciosas (1928), Curso de terapéutica Psiquiátrica (1929), Curso de
Clínica Psiquiátrica (1932), entre otros. También desarrolló una extensa carrera
como docente universitario: en 1927 obtuvo el cargo Profesor Suplente de Clínica
Psiquiátrica, en 1932 el de Jefe del Laboratorio de Psicología Experimental de la
Cátedra de Clínica Psiquiátrica y en 1926 Jefe de Trabajos Prácticos en Crimi­
nología, todos en la Facultad de Medicina de la UBA. Igualmente se desempeñó
como docente en la Universidad Nacional de la Plata donde alcanzó los cargos de
Profesor titular de Clínica Psiquiátrica en la Facultad de Ciencias Médicas y Cri­
minología en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales (Loudet, 1951).
Al mismo tiempo que obtenía importantes cargos en la docencia universi­
taria, Loudet escribió diversos artículos donde señalaba la necesidad de que los
especialistas en criminología tuviesen un lugar destacado dentro del entramado
estatal. En particular, defendía en diferentes artículos que los médicos obtuvieran
una mayor injerencia en las decisiones sobre las terapias rehabilitadoras de los pe­
nados. Esto ocurría porque los establecimientos carcelarios estaban administrados
muchas veces por funcionarios formados en Derecho Penal o provenientes de la
burocracia estatal sin formación profesional. En este sentido, no es casual que a
partir de 1927, cuando accedió al cargo de Director de Instituto de Criminología,
publicara una serie de trabajos donde puede observarse claramente una defensa de
los beneficios que podrían brindar los saberes médicos en las prácticas de castigo.
Por ejemplo, en un artículo de 1928 señalaba que “hace más de treinta años en el
Primer Congreso de Antropología Criminal celebrado en Roma, se pudo discutir
sí debían admitirse en los establecimientos carcelarios, los estudiosos de los pro­
blemas criminológicos, hoy esa discusión resulta anticuada y superflua’’ (Loudet,
Abandonad toda esperanza... 333

1928a: 141). Sin embargo, en el Congreso Penitenciario de Londres celebrado tres


años antes, aún continuaban debatiendo sobre la pertinencia del examen científico
de los penados. Uno de los temas más discutidos comenzaba con la pregunta:
“¿Es deseable que, en los establecimientos penitenciarios, se instalen servicios
adecuados para el estudio científico de los detenidos?” (Gómez, 1925). Si bien
especialistas en derecho, médicos y funcionarios de prisiones europeas argumen­
taban con énfasis la necesidad y los beneficios del “estudio antropológico de los
delincuentes”, no todas las voces se manifestaron a favor. Naturalmente, tas con­
clusiones del congreso destacaban la necesidad de que “todos los detenidos tanto
procesados como los condenados, sean sometidos a examen físico y mental por
médicos particularmente calificados” y que se instalen servicios apropiados para
esta tarea en tos establecimientos penitenciarios ya que ayudaría a decidir el trata­
miento adecuado para cada delincuente (Gómez, 1925: 80).
Asimismo, Loudet se inscribía en la tradición iniciada por José Ingenieros,
aunque también se diferenciara del mayor exponente de la criminología argentina.
Ya en su tesis doctoral se puede observar la influencia del maestro, al afirmar que
para aplicar “el criterio de temibilidad en los delincuentes llamados pasionales”,
era necesaria una clasificación previa que permita individualizar distintos tipos
y que ésta debía ser psicológica, coincidiendo con las premisas de Ingenieros, a
quien citaba en reiteradas oportunidades. De la misma forma, en 1926, al cum­
plirse un año del fallecimiento del primer director del Instituto de Criminología,
Loudet publicó un artículo titulado “La obra criminológica de Ingenieros”, donde
hacía un balance de sus principales aportes. En un tono laudatorio, sostenía que
la clasificación psicopatológica de los delincuentes podía ser “objetada por sus
dificultades prácticas y porque el exceso de análisis ha disgregado demasiado los
grandes tipos psicológicos, pero ella representa uno de los esfuerzos más serios e
inteligentes para caracterizar y coordinar en los cuadros siempre rígidos e inmóvi-
fesdelasclasificaciones..." (Loudet, 1926-1927: 12-13). S i n dud as, para Lo udet I a
producción de Ingenieros era una referencia ineludible y retomaba muchas de sus
premisas. Pero el proyecto criminológico de Ingenieros era tan ambicioso como
difícil de llevar a la práctica, lo que no le impedía conjugar desarrollos teóricos
con actividades burocráticas (Caimarí, 2012b). Sin embargo, la preocupación de
Loudet radicaba en garantizar la preeminencia de los criminólogos en las prisiones
y en concretar nuevos proyectos más que en la elaboración de una teoría propia.
En este sentido deben entenderse sus propuestas: el diseño a principios de los años
1930 de una “Ficha criminológica” que sería adoptada a nivel continental y la
334 Historia de la Cuestión Criminal...

creación de un anexo psiquiátrico en la Penitenciaría Nacional para aquellos pe­


nados que estaban en la “zona gris intermedia entre la normalidad y la alienación
mental”, y que requerían un régimen especia!. Este tipo de delincuentes, sostenía
el Director del Instituto de Criminología, “no pueden ser clientes del manicomio y
tampoco ser tratados en el régimen penitenciario común. La única solución está en
el establecimiento intermedio entre la prisión y la cárcel, y ese establecimiento es
el anexo psiquiátrico, dentro del régimen penal” (Loudet, 1928b: 285).
De esta forma, la defensa que hacía Loudet en los años 1920 de las premisas
de la criminología positivista expresaba que lejos de constituir un saber legitima­
do dentro del estado, los criminólogos debieron fundamentar la importancia de
sus investigaciones dentro de las prisiones y de su autoridad científica excluyeme
para poder llevarlas a cabo. Por esto, al asumir el puesto de director del Instituto
de Criminología, Loudet subrayaba con énfasis el rol decisivo que adquirían los
saberes criminológicos en el desarrollo de las terapias rehabilitadoras. En otro
artículo, Loudet insistía en los beneficios de contar con médicos especializados en
las cárceles. Allí afirmaba que . .el tratamiento propiamente penitenciario, ha de
depender en grandísima parte, sino totalmente, de la dirección médica” (Loudet,
1928c: 373). Y detallaba las funciones que solo los médicos criminólogos podían
llevar adelante:
“Nadie mejor que él [el médico criminólogo] para determinar
los factores psíquicos y físicos que integran la responsabilidad
mórbida del sujeto antisocial; nadie mejor que él para aplicar una
terapéutica médica y psicológica que determine una reforma po­
sible de dicha personalidad; nadie mejor que él para juzgar si
el estado peligroso del sujeto se ha atenuado, ha desaparecido o
subsiste aún; nadie mejor que él para indicar cuando una pena o
medida de seguridad deben extinguirse o cuando deben prolon­
garse” (Loudet, 1928c: 374).

Loudet insistía en los progresos que las investigaciones científicas arrojarían en


el control de la delincuencia y en las terapias carcelarias. Su defensa del lugar
prominente que debían ocupar los médicos en los establecimientos penitenciarios
permite iluminar las diferentes concepciones sobre la pena que existían entre los
fiincionarios que dirigían las cárceles y los expertos que trabajaban allí (Caimari,
2004). En este sentido, la trayectoria de Loudet expresa los esfuerzos denodados
por exponer en sus artículos y trabajos la necesidad de que los especialistas en
criminología tuviesen un lugar destacado en las prácticas estatales de castigo. Las
Abandonad toda esperanza... 335

transformaciones institucionales que se produjeron a principios de los años 1930


te brindaron la oportunidad de concretar muchas de las aspiraciones de la crimino­
logía positivista, como veremos a continuación.

La ley de centralización penitenciaria y el rol de los expertos


Algunos autores sostienen que el enérgico sustento que a principio de siglo XX
dieron las agencias gubernamentales al proyecto ideológico de la criminología
positivista perdió empuje con el pasar de los años, con la constatación de que las
ideas de reforma social no habían provocado los resultados esperados (Cesano,
2009). Las deficiencias y los problemas que tuvo el Estado argentino en su proceso
de consolidación y ampliación impidieron que muchas de las ilusiones rehabilita-
doras esgrimidas por los principales referentes e impulsores de estas ideas llegaran
a materializarse. Sin embargo, como intentamos demostrar aquí, las premisas de la
criminología positivista ocuparon un lugar destacado en el clima de ideas y en las
políticas estatales que lograron materializarse en los años 1930.
Efectivamente, el 30 de septiembre de 1933 el proyecto de ley sobre “Organi­
zación carcelaria y régimen de la pena” fue aprobado en el Congreso Nacional.23
¿Por qué se lograba sancionar esta ley en los años 1930? Es importante marcar
las diferencias entre este Parlamento y el de los gobiernos radicales. Con el reini­
cio del funcionamiento institucional, luego del golpe de estado de septiembre de
1930, el Congreso Nacional estuvo dominado por los sectores que apoyaron ¡a
candidatura del general A. Justo. La Concordancia constituida en julio de 1932 fue
una alianza formada por el Partido Demócrata Nacional, la Unión Cívica Radical
Antipersonalista y el Partido Socialista Independiente para garantizar la unidad de
criterios y evitar las disputas entre los partidos dentro las cámaras del Congreso
(Béjar, 1983). Excluido el radicalismo personalista, que retomó la abstención elec­
toral en 1932 por no respetarse las reglas democrático-institucionales, el proyecto
de ley no recibió objeciones y se lo sancionó rápidamente. No es casual que el
proyecto aprobado haya sido presentado por el presidente Justo. Tampoco que en
esos mismos años se plantearan nuevas relaciones entre los políticos y los exper­
tos. De esta manera, aquellos que poseían saberes técnicos fruto de su formación
universitaria y profesional, pasaron a ocupar lugares de importancia en la estruc­
tura estatal, en particular en el área económica (Caravaca, 2012).

23 CONGRESO NACIONAL (1934) Diario de sesiones de la Cámara de Diputados Año 1933.


Sesiones Ordinarias, Tomo VI, Buenos Aires, imprenta de! Congreso Nacional, pp, 478-48Ü.
336 Historia de ¿a Cuestión Criminal.,,

En la discusión parlamentaría solo se produjeron dos intervenciones, y ambas


en defensa de la propuesta oficial, lo que ilustra el apoyo que habían alcanzado las
ideas sobre la importancia de la centralización administrativa de las instituciones
de castigo. El diputado Vicente Solano Lima, representante por Buenos Aires del
Partido Demócrata Nacional elogió la propuesta y consideró que su aprobación
representaba un acto de civilidad:
“Este proyecto es una contribución valiosa al tratamiento de la
pena y echa bases de una organización que defenderá a la socie­
dad argentina. Un condenado es un ser humano, y como tal debe
ser tratado dándole la sociedad todos los elementos de hábito de
vida y de cultura para que a su reintegro a la libertad pueda ser
hombre útil a la sociedad en que actúa. Por estas consideracio­
nes, porque significa un notable adelanto en el sistema carcelario,
porque es una contribución del Código Penal que nos rige, debe
sancionarse esta ley demandada por la civilización del país”.24

En el mismo sentido, el diputado Silvio Ruggieri, representante por la Capital Fe­


deral del Partido Socialista, también celebró el tratamiento del proyecto. Afirmaba
que:
“Este proyecto traduce un pensamiento madurado en la doctri­
na, discutido en los congresos penitenciarios e incorporados a
la legislación y al régimen de penas aplicables en otros pueblos,
donde el problema se ha considerado y resuelto con un criterio
científico que ha estado muy lejos de la orientación que hasta
ahora ha seguido en esta materia nuestra clase gobernante. Por
estas razones he suscrito el despacho que aconseja se apruebe
el proyecto que ha venido en revisión del Honorable Senado”.25

Como se observa, las diferencias ideológicas que distanciaban a diputados de dife­


rentes extracciones políticas no redundaron en controversias sobre la ley. De esta
forma, el 30 de septiembre de 1933 el Congreso de la Nación aprobó la ley 11833
que estableció la reorganización y centralización de la administración penitencia­
ria nacional sin disidencias. Esta ley instauró y organizó la Dirección General de
Institutos Penales, agencia que llevó adelante una intensa actividad proyectando

24 CONGRESO NACIONAL (1934) Diario de sesiones de la Cámara de Diputados, Año 7933.


Sesiones Ordinarias, Tomo VI, Buenos Aires, Imprenta del Congreso Nacional, p. 276.
25 CONGRESO NACIONAL (1934) Diario de sesiones de la Cámara de Diputados. Año 1933.
Sesiones Ordinarias, Tomo VI, Buenos Aires, Imprenta del Congreso Nacional, p. 276.
Abandonad toda esperanza... 337

y materializando las políticas penitenciarias de la década de 1930 (Silva, 2013).


La normativa designó al Dr. J. J. O’Connor como Director General de Institutos
Penales y como vocales del Consejo Asesor a José María Paz Anchorena, en su
carácter de profesor de Derecho Penal de la Facultad de Derecho de Buenos Aires
y al Dr. Jorge Frías en tanto Presidente del Patronato de Liberados.26
La organización de los establecimientos penales que instauró la ley debía
centrarse, según el artículo 13, en tres aspectos imprescindibles para la reeduca­
ción del penado y su consiguiente reinserción social. La primera cuestión señalaba
la necesidad del establecimiento de un régimen de educación moral e instrucción
práctica para los presos; el segundo punto concernía al régimen de aprendizaje téc­
nico de un oficio, que permitiría al penado reintegrase a la sociedad (diferenciando
la inserción laboral rural o urbana); por último, el régimen disciplinario debía in­
culcar hábitos de disciplina y orden, para “desenvolver la personalidad social del
condenado”. Educación, trabajo, disciplina y orden eran considerados los pilares
que garantizarían el éxito de las instituciones carcelarias argentinas, aunque no
siempre se pudieron llevar a la práctica.
Asimismo, la nueva ley instituyó que el Instituto de Criminología, que dirigía
Loudet en la Penitenciaría Nacional, pasara a depender de la DGIP, lo que ocurrió
el 27 de julio de 1934, efectivizado con el decreto 46074.27 La nueva disposi­
ción legal también estableció sus funciones, que se desprendían del principio de
la individualización de la pena, y señalaba que el Instituto debía “a. Asesorar a
la Dirección General, respecto a régimen de la pena; b. Estudiar la personalidad
de cada penado y su grado de readaptación social, llevando la ficha individual de
cada uno; c. Producir informes en los pedidos de libertad individual (que solici­
taban los penados)”.28 Se conformó también un Anexo Psiquiátrico encargado de
formular el diagnóstico psicofisiológico de cada delincuente y se autorizó a tratar
a aquellos penados que padecieran psicosis aguda o simple. Este anexo, que se
inauguró finalmente en 1938, coronaba uno de los proyectos más ansiados: la in­
fluencia de la psiquiatría dentro de los establecimientos penitenciarios. El médico
psiquiatra Luis Vervaeck se convirtió en un referente internacional que aparecía
recurrentemente en publicaciones nacionales por las transformaciones que intro-

26 MJIP (1934) Memoria presentada a! H Congreso de la Nación. Año / 933, Tomo 1, Buenos Aires,
Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, pp. 194-197.
27 MJIP (I934) Memoria presentada al H. Congreso de la Nación. Año 1933, Tomo 1, Buenos Aires,
Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, p. 440.
28 MJIP (1934) Memoria presentada al H. Congreso de la Nación. Año 1933, Tomo l, Buenos Aires,
Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, p. 478.
338 Historia de la Cuestión Criminal...

dujoen las prisiones de Bélgica. En efecto, desde 1921 el país europeo se colocaba
a la vanguardia de las innovaciones criminológicas al crear anexos psiquiátricos
dentro de las cárceles. Así lo reconocía el director General de Institutos Penales,
José María Paz Anchorena (1937-1940) al dar posesión del Anexo a O- Loudet:
“Siempre guiándonos por Bélgica, donde la ciencia penitenciaria es tan cultivada,
los buenos resultados obtenidos por sus anexos desde 1921, determinaron al P.E. a
incluir en el proyecto, que luego se convirtió en texto lega!, la instalación de este
laboratorio...” (Paz Anchorena, 1938:5).
Asimismo, el régimen progresivo de la pena, otro de los puntos nodales del
pensamiento positivista expresados en la ley, estableció cinco grados para aquellos
penados cuya condena excediera los tres años: el grado A de observación; el grado
B de reclusión, donde el condenado tenía que trabajar en el interior del estableci­
miento; el C de orientación en una colonia penal o cárcel industrial, en las cuales el
penado debía trabajar en el exterior de ser necesario; el grado D de prueba en cam­
pos de semilíbertad; y por último el grado E de reintegración en libertad vigilada.
El cumplimiento de esta premisa dependía de la construcción de nuevas cárceles,
y también de la diferenciación de funciones. En lo inmediato no se pudo poner en
práctica este objetivo de la ley, por la carencia que sufría el sistema penitenciario
en materia edilicia.
Sin dudas, estas transformaciones burocráticas y legislativas posibilitaron la
institucionalízación de los saberes criminológicos y de los expertos en el entrama­
do gubernamental, en consonancia con lo que ocurría en otras agencias guberna­
mentales. La legislación les otorgó a los criminólogos un lugar destacado al esta­
blecer la necesidad de realizar exámenes científicos para determinar las condenas
que debían cumplir los penados. Si bien existe una continuidad entre las ideas de
la criminología positivista finisecular con las concepciones que se establecieron
en la legislación de 1933, es importante señalar que se produjeron significativas
innovaciones durante estos años. En particular, durante la década de 1930 las nue­
vas agencias y los funcionarios encargados del castigo encontraron un contexto
favorable para implementar reformas penitenciarias. En este proceso, el Instituto
de Criminología y su director, Osvaldo Loudet, ocuparon un lugar destacado. Por
un lado, la legislación habilitaba a los criminólogos a intervenir directamente en
las características que debía asumir la pena para los diferentes condenados, lo que
se realizaría a partir de un análisis médico. Esto produjo una actividad creciente en
la elaboración de información sobre los penados y proliferaron las publicaciones
científicas que difundían los resultados de estos estudios.
Abandonad toda esperanza... 339

Esta relación entre el proceso de centralización y la creciente influencia de


los criminólogos dentro de tos establecimientos carcelarios, permite explicar las
nuevas capacidades institucionales que obtuvieron los médicos. No es casual que
en este contexto obtengan un mayor acceso a recursos presupuestarios para sus
proyectos e innovaciones materiales. Las memorias ministeriales permiten re­
construir las mayores atribuciones y posibilidades. Si centramos la atención en la
producción de exámenes criminológicos, se puede observar un notable aumento:
mientras que en 1933 el Instituto de Criminología redactó más de 130 boletines
médico-psicológicos de penados e informes de pedidos de libertad condicional,29
en 1934 se comunicaba la realización de 220, lo que implicaba un aumento en
la capacidad de producir esta documentación.30 En septiembre del año 1935, el
Instituto de Criminología pasó a denominarse Instituto de Clasificación y Anexo
Psiquiátrico y continuó bajo la dirección de O. Loudet. Esta transformación provo­
có resultados importantes: las evaluaciones del año 1936 aumentaron a 390 casos
analizados, lo que marca la tendencia creciente a producir informes. Sin embargo,
las tareas que desarrollaban los médicos criminólogos dejaron de concentrarse
exclusivamente en los casos de la Penitenciaría Nacional. La memoria expresaba
a través de un cuadro que de los 390 casos analizados, solo 164 correspondían a
la Penitenciaria Nacional, mientras que 179 eran informes correspondientes a la
Cárcel de Encausados, 23 al Asilo Correccional de Mujeres y 24 a la Cárcel de
Tierra del Fuego, proceso que implicó una extensión de sus evaluaciones a otros
establecimientos.31 Asimismo, remarcaban que gracias a las directivas de Loudet,
los trámites de libertad condicional se simplificaron con el objetivo de darle “una
mayor celeridad”, cuyo resultado produjo que se otorgara este beneficio a 64 pe­
nados de los Territorios Nacionales.32 Esto resulta importante ya que los médicos
criminólogos a través de los informes de pedido de libertad condicional extendían
sus exámenes a los penados de todos los establecimientos que dependían de la
DGIP, a diferencia de lo que ocurría antes de la centralización donde tenían una
influencia únicamente en la Penitenciaría Nacional.

29 MJIP (1934) Memoria presentada al H. Congreso de la Nación. Año l933, Tomo I, Buenos Aíres,
Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, pp. 404-405.
30 MJIP (1935) Memoria presentada al íl. Congreso de la Nación. Año 1934, Tomo 1, Buenos Aires,
Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, p. 430.
31 MJIP (1937) Memoria presentada al H. Congreso de la Nación. Año J 936. Tomo !, Buenos A ¡res,
Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, p. 536.
32 MJIP (1937) Memoria presentada al H. Congreso de la Nación. Año 1936. Tomo ¡, Buenos Aires,
Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, p. 537.
340 Historia de la Cuestión Criminal...

Pero el aumento de la capacidad para generar informes y la ampliación de sus


funciones no constituyeron los únicos avances de estos años. A partir de 1935 se
comenzó a utilizar una “Ficha criminológica” que había confeccionado O. Loudet
y en el año 1936 se incorporaron dos médicos en calidad de adscriptos para “efec­
tuar el examen clínico y antropológico de los penados a su ingreso a la Penitencia­
ría Nacional”?3 Esta ficha, que presentó en el Primer Congreso Latinoamericano
de Criminología -como examinaremos más adelante- bajo el nombre de “Historia
Clínica Criminológica”, estaba conformada por 30 páginas donde se debía deta­
llar la historia familiar y personal (escolar, militar y laboral), exámenes antropo­
métricos, médicos, psicológicos y psiquiátricos, y por último, la “sintomatología
antijurídica” donde el delincuente debía explicar su versión de) “hecho delictuoso”
y resumir lo expresado en la condena. Loudet la definía como “una investigación
cronológica de los factores endógenos y exógenos que llevan a un sujeto al delito,
considerado este último como un fenómeno biológico-sociai” y reconocía las deu­
das con los desarrollos criminológicos de Lombroso, Ferri e Ingenieros (Loudet,
1941:16-17). Estas transformaciones que documentan las memorias ministeriales
iluminan las prácticas que llevó adelante O. Loudet en tanto director del Instituto
de Clasificación y Anexo Psiquiátrico. La confección de la Ficha criminológica,
los informes necesarios para establecer la libertad condicional de los penados y
el aumento del personal destinado a los exámenes médicos dan cuenta del papel
destacado que obtuvo este funcionario dentro de la burocracia carcelaria.
La nueva estructura administrativa y la capacidad de realizar sistemática­
mente exámenes a los penados llevó a que diferentes especialistas en criminología
exhibieran exultantes los resultados que esperaban alcanzar con sus trabajos para
el control de la delincuencia y en los tratamientos penitenciarios. Todas las pes­
quisas compartían la creencia en que los procedimientos científicos cada vez con
mayor frecuencia se traducirían en resultados concretos, y ésta parece constituir
una de las razones por las cuales recibieron significativos apoyos políticos en los
años 1930.
Más allá de sus esfuerzos y de la decidida creencia en los resultados de sus
métodos, no dejaron de construir poder dentro del estado. En este sentido, fue
central la creación de instrumentos de difusión de sus ideas y trabajos a través de
la constitución de revistas especializadas. Argentina podía exhibir una destacada
tradición ya que existía desde 1902 los Archivos de Psiquiatría, Criminología y33

33 MJIP (1937) Memoria presentada ai H. Congreso de la Nación. Año ¡936. Tomo ¡, Buenos Aires,
Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, pp. 536-540,
Abandonad coda esperanza... 341

Ciencias Afines creados por José Ingenieros, publicación que logró alcanzar gran
prestigio internacional. Estos Archivos transformados luego en Revista pasaron a
ser dirigidos por Osvaldo Loudet desde el año 1927 y pueden encontrarse traba­
jos de destacados exponentes de la criminología de las décadas de 1920 y 1930.
A esta revista que constituía una referencia para los especialistas de los países
latinoamericanos, se sumó en ei año 1936 la Revista Penal y Penitenciaria (RPP)
dependiente de la DGIP. Las dos publicaciones tenían como objetivos publicar
trabajos, discutir ideas y difundir las actividades desarrolladas por la administra­
ción penitenciaria Argentina. Las publicaciones especializadas ocuparon un lu­
gar privilegiado al ser las únicas revistas oficiales que contenían información de
especialistas (criminólogos, penitenciaristas, abogados, médicos legalistas) sobre
cuestiones carcelarias, así como informes de los funcionarios encargados de la
gestión gubernamental. La RPP destaca en su primer número este doble objetivo:
“...en primer término, vincular entre sí a todos los organismos de
defensa social que depende de la Dirección y del Consejo Asesor,
haciendo conocer los proyectos, reglamentaciones, dictámenes y
obras, que ellos elaboren y realicen. En segundo término, aspira a
ser tribuna donde se expongan y se estudien los problema penales
y penitenciarios”.34

De esta forma, las dos publicaciones -impresas en ios talleres gráficos de la Pe­
nitenciaría Nacional- constituyeron un instrumento primordial en la difusión de
ideas y de acciones en materia penitenciaria, donde también ocupaban un lugar
destacado las investigaciones de exponentes de la criminología latinoamericana,
como los médicos Leonidio Ribeiro -director del Instituto de Identificación de
Río de Janeiro, Israel Drapkin -director del Instituto Nacional de Clasificación
y Criminología de la Dirección General de Prisiones de Chile, Guillermo Uribe
Cualla -Profesor de Medicina Legal de la Universidad Nacional de Colombia y el
médico psiquiatra Julio Endara de Ecuador.
Así pues, la institucionalizacíón de los criminólogos en la estructura buro­
crática carcelaria y la mayor disponibilidad de recursos fueron centrales para for­
talecer el diálogo entre los especialistas de América Latina. Tampoco puede sos­
layarse el contexto internacional convulsionado por los acontecimientos cada vez
más violentos en Europa y la consolidación de ideas extremistas que se discutían
sobre los criminales. De esta forma, se fortaleció un proceso constitutivo de la

34 “Palabras iniciales”, Revistó Penal y Penitenciaria, Año í, núm. 1, enero de 1936, p. 3.


342 Historia de la Cuestión Criminal...

criminología positivista basado en los intercambios entre países de la región cada


vez más convencidos de la necesidad de constituir sus propias prácticas, teorías y
métodos (Del Olmo, 1999).

El Primer Congreso Latinoamericano de Criminología


Las ideas de cooperación regional encontraron un contexto fértil para la discusión
y el intercambio en la realización del Primer Congreso Latino Americano de Cri­
minología realizado en Buenos Aires entre el 25 y el 31 de julio de 1938. Organi­
zado por la Sociedad Argentina de Criminología que presidía Loudet,35 este evento
reunió por primera vez a los principales referentes del campo estatal, académico
y profesional del derecho y la medicina. Para comprender la convocatoria a este
Congreso debe señalarse cuáles fueron sus antecedentes. En diciembre de 1934, el
Ministerio de Justicia de París celebró una reunión a la que asistieron delegados de
Alemania, Argentina, Bélgica, Brasil, España, Inglaterra e Italia con el fin de crear
una Federación Internacional de Criminología. En una reunión posterior, en 1937,
quedó conformada la Sociedad Internacional de Criminología, a cargo del médi­
co italiano Benigno Di Tullio, la cual acordó la celebración del primer Congreso
Internacional de Criminología para octubre de 1938 en Italia. Osvaldo Loudet,
representante argentino en estas reuniones, decidió impulsar antes del congreso
internacional, un congreso Latinoamericano que se realizó en julio de ese mismo
año (Del Olmo, 1999:159). La acogida que tuvo la idea del criminólogo argentino
expresaba la voluntad de sus pares latinoamericanos de profundizar los fluidos
canales de comunicación que mantenían desde principios del siglo XX (Maiihe,
2014). De la misma forma, el evento contó con un importante apoyo oficial que se
tradujo en una contribución de $30.000 m/n que realizó el Ministerio de Justicia e
Instrucción Pública para la organización del congreso.36
El objetivo principal quedó claramente expuesto en la apertura que realizó el
ministro de Justicia e Instrucción Pública de la República Argentina (MJIP), el Dr.
Eduardo Col!. Según sus palabras:
“Es preciso libertar el pensamiento de América. Resulta absurdo
que para resolver un problema social nuestro debamos consultar
el libro aparecido en otro continente o mencionemos la expe­

35 La Sociedad Argentina de Criminología fue creada en 1933 por un grupo de criminólogos, penalis­
tas. médicos legalistas, psiquiatras y funcionarios de la policía técnica con vínculos académicos y
gubernamentales. Osvaldo Loudet fue su primer director. Una reseña de los primeros años de esta
institución pueden verse en Loudet (1935).
36 “Decreto 5561”, Boletín de¡ Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, Año I, núm. 3, pp. 29-30.
Abandonad toda esperanza... 343

riencia de un país extraño a nuestras modalidades, porque ello


se consigna en un artículo recientemente aparecido en tal o cual
revista. Esto no quiere decir rechazar información y menos las
concepciones de grandes mentalidades en cualquier orden de la
ciencia, pero sí es un llamamiento a meditar con sentido críti­
co, para que no carguemos con el peso de prejuicios ajenos y
hagamos el esfuerzo de estudiar el fenómeno vivo de nuestros
ambientes de América. Europa nos ha enseñado a estudiar, pero
es tiempo que los códigos penales no deben responder a esa tra­
dición clásica sino a los resultados de la investigación científica
hecha por nosotros, pues estamos en condiciones de crear insti­
tutos, como la Colonia Hogar Ricardo Gutiérrez o la misma Pe­
nitenciaría Nacional cuya organización asombraría a los técnicos
de Europa imbuidos de prejuicios que les impiden todo progreso
jurídico-institucional en nuestra ciencia”?7

De esta forma, el Ministro argentino expresaba la necesidad de los países latinoa­


mericanos de producir sus propios conocimientos científicos sobre el problema de
la delincuencia. Este llamado, al mismo tiempo, marcaba la influencia que habían
ejercido las ideas del viejo continente, en particular la sanción de códigos penales
bajo las premisas de la Escuela Clásica que los positivistas querían modificar. No
es casual que fuese el mismo Coll quien presentara al Congreso de la Nación en
1937 un proyecto de Reforma de Código Penal que incorporaba el “Estado Peligro­
so”, idea tan cara a la criminología positivista desde principios de los años 1920.
Así la reunión debía propiciar el intercambio de los que “han estudiado, observado
y aplicado en sus respectivos países, a fin de depurar las ideas fimdamentales de
una Ciencia y propender al mejoramiento de las leyes y de las instituciones.. .”?s
A continuación expuso el segundo discurso Loudet, presidente del Congreso.
En su alocución, el Director del Instituto de Criminología señalaba que el proble­
ma de la delincuencia tenía en toda América Latina proporciones cada vez más
graves. Por esto, afirmaba que el Congreso debía contribuir a dilucidar el proble­
ma de la criminalidad y la defensa social. Pero éste no era el único motivo que
nucleaba a los especialistas en Buenos Aires, según el organizador del evento.
Para Loudet quedaba claro que el congreso tenía otro “significado halagador” y37 38

37 “Discursos”, Primer Congreso Latino-Americano de Criminología. Tomo A Actas, deliberaciones,


trabajos. Buenos Aires, Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional 1939, p. 50,
38 “Discursos”, Primer Congreso Latino-Americano de Criminología. Tomo í: Actas, deliberaciones,
trabajos. Buenos Aires, Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, 1939, p. 52.
344 Historia de la Cuestión Criminal,,.

de suma importancia para los crimínólogos, al consagrar: “...la colaboración fe­


cunda del derecho con la medicina. Muy distantes se encuentran los tiempos en
que se calificaba de ‘intrusos’ al médico especializado, que podía contribuir con
su ciencia y conciencia al esclarecimiento de importantes problemas jurídicos del
orden civil y criminal”.5’ Efectivamente, para Loudet, los viejos conflictos que
mantenían ios juristas con los médicos por los ámbitos de actuación en ios pro­
cedimientos penales y causas judiciales habían desaparecido, y se inauguraba un
momento de "colaboración inteligente y útil”.
Podemos señalar que estas expresiones revelan más un deseo del médico cri-
minólogo que una realidad. Si bien estimamos que su injerencia en las cárceles fue
exitosa, aún no podían desempeñar un papel relevante en los ámbitos judiciales,
ni lograr que se sancionasen las leyes que proponían en el parlamento. En este
sentido, la situación de los crimínólogos no se distanciaba de otros médicos y
profesionales que buscaban legitimar sus saberes, ser reconocidos como expertos
frente a diferentes problemáticas sociales e incidir en las políticas públicas, la
legislación y las agencias gubernamentales. Como han demostrado los trabajos
de Ricardo González Leandri -para el caso de los médicos higienistas- y Karina
Ramacciotti -respecto de Jos médicos y abogados frente a la legislación laboral-,
estos procesos estuvieron marcados por la constitución de campos profesionales,
conflictos, demandas y negociaciones que adquirieron diferentes temporalidades
y resultados (González Leandri, 2010; Ramacciotti, 2014). En este sentido, uno de
los objetivos del Congreso fue exhibir con fastuosidad Ja capacidad y la influencia
que poseían los crimínólogos dentro del estado.
El último de los discursos estuvo a cargo del delegado chileno Dr. Arturo
Alessandri Rodríguez -decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de
Chile. Este prestigioso abogado, hijo del Presidente Arturo Alessandri Palma,
enfatizó la extensa trayectoria argentina en materia criminológica desde fines de
siglo XIX, que justificaba que la celebración se realizara naturalmente en Buenos
Aires. También en consonancia con los discursos que lo antecedieron, señalaba la
necesidad de reformar los Códigos Penales con el objetivo de actualizarse en los
mandatos de Ja ciencia criminológica. De esta forma, afirmaba que;
"Pudo creerse, en un principio, que estos postulados, cuyo fon­
do de verdad nadie puede desconocer, habrían de imponerse y*

39 “Del presidente del Congreso, doctor Osvaldo Loudet”, Primer Congreso Latino-Americano de
Criminología. Tomo l: Actas, deliberaciones, trabajos, Buenos Aires, Talleres Gráficos de la Peni­
tenciaría Na