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La primera edición de este libro

apareció en esta misma colección con el título:


Liturgia fundamental, en 2001

2a edición actualizada, 2009

LITURGIA FONTAL

EDICIONES PALABRA Madrid





Titulo original: Litursie di Source

Colección: Libros Palabra


Director de la colección: Juan José Espinosa

© Editions du Cerf. París 1980 © Ediciones


Palabra, S.A., 2009
Paseo de la Castellana, 210 - 28046 MADRID (España)
Telf.: (34) 91 350 77 20 - (34) 91 350 77 39
www.edicionespalabra.es
epalsa@edicionespalabra. es © Traducción:
Javier Peromata Bello Revisión: Miguel Ángel
Pardo Álvarez

Diseño de la cubierta: Carlos Bravo ISBN: 978-84-


9840-241-4 Depósito Legal: M. 1.445-2009
Impresión: Closas-Orcoyen, S.L. Printed in Spain -
Impreso en España.

Todos los derechos reservados. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su
tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico,
mecánico, por fotocopia por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.

JEAN CORBON

LITURGIA FONTAL
MISTERIO - CELEBRACIÓN - VIDA

Presentación del CARD. ROGER ETCHEGARAY

PRÓLOGO: FÉLIX MARÍA AROCENA SOLANO

SEGUNDA EDICIÓN ACTUALIZADA

L I B R O S
Palabra



PRÓLOGO

Estos párrafos desean facilitar al lector el acceso a la que podríamos


considerar la obra de madurez del teólogo del ecumenismo Jean Corbon (f
2001). Las páginas de este libro no son de comprensión inmediata debido
a la pleamar intelectual del autor, quien, por su misma trayectoria,
incorporó en su persona y en su formación las fuentes litúrgicas y
patrísticas provenientes del Oriente y del Occidente cristianos.
Como introductores en España de su pensamiento teológico, nos
felicitamos por la segunda edición castellana de su libro Liturgia de
Source (1980). Este hecho pone de relieve, de una parte, cómo las páginas
de este libro no han perdido un ápice de actualidad y, de otra, el interés
suscitado por su lectura en el ámbito teológico de habla hispana. Interés
que hemos podido constatar personalmente en diversos encuentros con
personas de índole variada.
Después de ponderarlo y consultar con algunos colegas, hemos
resuelto modificar el título castellano que traduce el original Liturgia de
Source en un empeño por reflejar con fidelidad la mente del P. Corbon.
Esta segunda edición lleva por título «Liturgia fontal». Nos pareció
advertir un consenso en que el adjetivo «fontal» refleja con mayor
exactitud la concepción del autor sobre el Manantial del que brota la
santa Ijturgia.
La línea conductora de este prólogo discurrirá sumariamente a
través de los tres jalones desde los que el autor ha

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FÉLIX MARÍA AROCENA

vertebrado su libro: el Misterio, la celebración y la vida. Se trata de una


trilogía que refleja, aun antes de haber sido constatada por el Catecismo
de la Iglesia Católica (cfr. CCE 1066 y 1068), la profunda unidad de la
experiencia cristiana.

1. En primer lugar, como fuente de todo, el Misterio. La creación es


la primera kénosis del amor de la Trinidad. El misterio envuelto en el
silencio durante siglos hace su propia andadura durante el tiempo de las
promesas. Su venida en la plenitud de los tiempos se manifiesta en la
kénosis del Verbo encarnado hasta que su evento estalla en la «Hora de
Jesús»: la Cruz y la Resurrección. En ese momento brota la Liturgia.
La Ascensión es la celebración de esa liturgia eterna. Importa captar
desde el comienzo que el evento de la Ascensión es el punto nuclear de la
teología de Jean Corbon, hasta el punto de afirmar que «el misterio de la
Ascensión es el impulso divino que sostiene nuestro mundo». En su
Ascensión, Cristo celebra esa liturgia ante el Padre y la difunde en el
mundo con la efusión del Espíritu. La Ascensión omnipotente no deja de
arrancar a los hombres del reino de las tinieblas para llevarlos a la luz
del Padre. Así, la Liturgia es el misterio del Río de la Vida que brota del
Padre y del Cordero.
La Liturgia es este gran Río en el que confluyen todas las energías y
manifestaciones del Misterio, desde que el mismo Cuerpo del Señor, vivo
junto al Padre, no cesa de ser donado a los hombres en la Iglesia para
darles la Vida. En la Iglesia, la Liturgia concibe y da a luz al cuerpo del
Cristo total. La Liturgia nutre a todos los hijos de Dios y no cesa de
crecer en ellos.
El teólogo de Beirut transmite una idea sintética fundamental: desde
que el Rio de la Vida manó de la tumba, la Economía se ha convertido en
Liturgia. Sí, la oikono-mía es hoy leiturgia. Esta Liturgia inaugura los
últimos tiempos. Es el Río de la vida que mana del trono de Dios y del
Cordero, synergia del Espíritu y de la Esposa.

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FÉLIX MARÍA AROCENA

2 . En segundo lugar, la celebración del Misterio. Si, como acabamos


de ver, la liturgia eterna es el lugar donde se consuma la Economía de
nuestra salvación, esa misma Economía se realiza con modos
determinados en las celebraciones sacramentales de la Iglesia. Esas
celebraciones son los momentos en que la divina Economía se hace Li-
turgia en el tiempo de la Iglesia. Estos momentos son posibles en cuanto
irrupciones de un tiempo vivo, liberado de la muerte, en nuestro tiempo
mortal. La celebración de la Liturgia es el lugar y el momento en que el
Río de la Vida, escondido en la Economía, invade la vida del bautizado
para deificarlo. Ahí, todo lo que el Verbo vive para el hombre se convierte
en Espíritu y Vida.
Para el P. Corbon, los elementos que conforman una celebración
litúrgica son ocho: asamblea, ministros, espacio, tiempo, canto, acciones
simbólicas, palabra de Dios leída en la Biblia, palabra de la Iglesia
pronunciada por nosotros. No obstante, la Liturgia supera los signos en
que se expresa. No es reducible a sus celebraciones, aunque esté toda
entera en cada una de ellas. Pasa a través de la palabra humana de Dios,
escrita en la Biblia y cantada en la Iglesia, sin jamás agotarse. La
Liturgia está en su casa en medio de todas las culturas sin reducirse a
ninguna de ellas. Incesantemente celebrada, nunca se repite: es siempre
nueva.
Los sacramentos son synergias en el interior del Cuerpo de Cristo. La
Liturgia los transfigura como signos y los hace vivir como synergias en el
Cuerpo de Cristo, único Sacramento. Los sacramentos son momento y lu-
gar de la kénosis del Verbo y la Iglesia.
En las celebraciones sacramentales, esta synergia del Espíritu y de la
Iglesia se vive en el momento de la epí-clesis. La epíclesis es momento de
máxima densidad del silencio de la Iglesia y de la fuerza del Espíritu. Es
oración pura y poder soberano. En cada sacramento se encuentra la triple
energía del Espíritu: manifestar con la

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FÉLIX MARÍA AROCENA

palabra, realizar con la acción, comunicar con el canto. Es una lógica que
no puede deducirse, pero sí verificarse pastoralmente.

3. Y, por último, el tercer jalón: la vida; es decir, el acontecer


existencial de los cristianos que han celebrado el Misterio en la santa
Liturgia. Es cierto que la liturgia contribuye a que los fieles, en su vida,
expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo; pero con esto no
queda dicho todo. Como ya señala el autor en el primer párrafo de la In-
troducción, la relación «liturgia-vida» es una de las cuestiones más serias
que puede plantearse un cristiano maduro. Jean Corbon abre su mente
sobre este punto, especialmente, en el apartado «el misterio pascual de la
misión»: la Iglesia no es distinta cuando celebra la Liturgia y cuando sus
miembros la viven; es de otra manera.
Así pues, tras la celebración, la Misión. La Misión es, ante todo,
epifanía de Cristo a través de su Iglesia como nueva comunidad de
Caridad. La última modificación del Ordo Missae (2008) se hace eco de
esta realidad con unas expresiones para despedir a la asamblea que son
sensibles a esta teología: «Glorificad al Señor con vuestra vida; podéis ir
en paz». Para poner de manifiesto la proyección existencial inherente a
las celebraciones, el autor apunta a una mistagogía que busca el
significado de una celebración partiendo del significado original de su
epíclesis. Puesto que un sacramento se distingue de otro por su epíclesis,
ella misma será la que anime a continuación la vida de los que han
celebrado.
En Liturgie de Source, la oración es el lugar donde el misterio de la
Liturgia comienza a difundirse en la vida de los bautizados. Por eso, el
autor dirá: «el movimiento de la oración es el movimiento mismo de la
Liturgia»; y, años más tarde, el Catecismo dirá: «se entra en oración como
se entra en la liturgia» (CCE 2656). A partir de la oración del corazón, la
Liturgia se convierte en vida.

8
FÉLIX MARÍA AROCENA

Al adentrarnos en este punto, resulta difícil sustraerse a la cuestión


de delimitar una realidad litúrgica de otra que no lo es. Aquí, la
percepción del P. Jean es un punto de referencia: ciertamente, el Espíritu
Santo y el discípulo de Jesús están en sinergia aun en el más leve
movimiento del corazón creyente que responde tenuemente al amor de su
Señor; pero ahí no se cumple toda la Economía de la salvación; esta se
vive en los sacramentos. De ahí que el realismo místico de la divinización
sea fruto del realismo sacramental de la Liturgia.
La continuidad liturgia-vida se sublima en el éschaton. Tras la
Parusía, la celebración del Misterio y su vida coincidirán para siempre.
Vivir el Misterio equivaldrá a celebrarlo, del mismo modo que ahora
celebrarlo significa penetrar en la eternidad. En la plenitud de los
tiempos, nosotros estamos todos en Cristo; en la consumación de los
tiempos, Él será todo en nosotros. La Liturgia no es sino esta gestación
del todo en todos.
Al llegar al término de este recorrido a través de algunas de las
claves de Liturgie de Source, confiamos en que el tenor de estas notas,
tan concentradas, no mengüe toda la luz que desprende la obra que
prologamos. Consideramos de justicia agradecer las sabias sugerencias
del litur-gista Juan Miguel Ferrer para la reedición de esta obra de Jean
Corbon, así como la minuciosa tarea de revisión realizada por el
presbítero Miguel Ángel Pardo: su estudio y meditación de Liturgie de
Source le llevó a ofrecernos gentilmente una versión castellana adherida
al texto original francés hasta en sus pormenores más sutiles.
Finalmente, nuestro reconocimiento a la Editorial Palabra por haber
emprendido la iniciativa de reeditar con toda solicitud este volumen.

Félix María Arocena Facultad de


Teología Universidad de Navarra

NOTA SOBRE EL AUTOR

DATOS BIOGRÁFICOS

Jean Corbon es una de las figuras eclesiásticas más relevantes del


área libanesa en la segunda mitad del siglo xx1. Nació en París el 29 de
diciembre de 1924 y falleció en Beirut a consecuencia de un accidente de
circulación en el atardecer del día 25 de febrero del 2001, víspera del
inicio de la Cuaresma, cuando faltaba exactamente un mes para que ce-
lebrase sus bodas de oro sacerdotales. Con una confianza de niño en su
Padre Dios, devoto de Santa María, J. Corbon se confesaba, desde su
juventud, discípulo de Teresa de Li-sieux. Cursó los estudios
institucionales en el seminario de Conflans y, tras ser movilizado por la
guerra, tomó parte en la campaña de Italia.
Licenciado en S. Teología, estudió en el Instituto Bíblico de Roma y
en el Instituto de Estudios Árabes de Ma-nouba (Túnez). Llegó al Líbano
en 1956 -país que ya nunca abandonaría-, movido por el interés, sentido
ya desde sus años de estudiante, por entender mejor la riqueza espiritual
y litúrgica de los cristianos árabes. Recibió la ordenación presbiteral en el
rito bizantino, quedando adscrito a la eparquía greco-melquita católica de
Beirut. Su ministerio, como sacerdote y teólogo, se centró

1 La revista Proche-Orient Chrétien ha dedicado un fascículo especial a

la figura del P. Jean Corbon, cfr. Proche-Orient Chrétien 52 (2002).

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LITURGIA FONTAL

prevalentemente en el campo ecuménico al servicio de la comunión en el


punto de confluencia de las Iglesias de Oriente y Occidente. J. Corbon fue
asiduo al «Círculo de San Ireneo» en Beirut, reuniones periódicas de
oración que servían también para el mutuo conocimiento y en las que
participaban varios archimandritas y catholikós armenios que, con
anterioridad a la primavera ecuménica de 1961-1974, representaban la
vanguardia del movimiento ecuménico en El Líbano.
Durante el Concilio Vaticano II trabajó como traductor de los
observadores teólogos del Concilio. Por aquellos años fue nombrado
consultor del Secretariado para la Unión de los Cristianos. Durante un
lustro fue miembro de la Comisión de la Fe en el Consejo Ecuménico de
las Iglesias. En 1980 fue nombrado miembro de la Comisión
Internacional para el diálogo ecuménico entre católicos y ortodoxos, cargo
que mantuvo hasta su muerte. Fue miembro de la Comisión Teológica
Internacional (1986-1996).
En 1993, el entonces cardenal J. Ratzinger refirió la historia de cómo
J. Corbon vino a ser asociado al equipo de redactores del Catecismo2. De
ahí que, aunque sea todavía demasiado pronto para escribir una historia
del Catecismo de la Iglesia Católica, al modo como lo ha hecho con el
Catecismo Romano su más reciente investigador -el profesor P.
Rodríguez3-, sin embargo, cuando llegue

2 Cfn J. RATZINGER - C. SCHÜNBORN , Introduction to the Catechism of the

Catholic Church, San Francisco 1994, p. 23: «Después que resolvimos agregar
una cuarta parte dedicada a la oración, buscamos un representante de la
teología del Este. Puesto que no era posible asegurar como autor a un obispo,
pensamos en Jean Corbon, que escribió su hermoso texto mientras Beirut
permanecía cercada, en medio de una situación dramática, al abrigo de un
sótano durante los bombardeos de la aviación». Sobre el pensamiento de J.
Corbon en torno a la oración cristiana: J. CORBON, Liturgia y oración, Ed.
Cristiandad, Madrid 2004, 119-179.
3 CÍT . Catechismus Romanas sen Catechismus ex Decreto Concilii

Tridentini ad Parochos Pii Quinti Pont. Max. lussu Editas, ed. crítica
preparada por P. Rodríguez, Editrice Vafícawa-Ediciones Universidad de
Navarra 1989.

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LITURGIA FONTAL

aquel momento, habrá que tratar de J. Corbon, como se trató del


cardenal Guglielmo Sirleto y otros corredactores del Catecismo
tridentino.
Desde 1991 hasta 1998, formó parte del grupo de trabajo mixto entre
la Santa Sede y el Consejo Mundial de las Iglesias. Profesor emérito de
Liturgia y Ecumenismo en la Universidad del Espíritu Santo de Kaslik
(Líbano) y del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Universidad
de S. José en Beirut. En el momento de su fallecimiento, era Secretario
de la Asociación de Seminarios e Institutos teológicos de Oriente Medio,
fundador de la revista «Correo ecuménico de Oriente Medio».

PUBLICACIONES

Liturgie de Source, su obra de madurez, vio la luz en París el año


19804. Antes, en 1977, había publicado VE-glise des árabes (1977)5.
Ambos libros han sido reeditados por Ed. Du Cerf en el año 2007. En
1963 escribió Vespé-rience chrétienne dans la Bible6, y Priére oriéntale des
Egli-ses (1974-1975)7. Más recientemente, había redactado el capítulo 24
del libro «El Cristianismo hacia su historia en el Oriente Medio», libro
muy querido para él y que deseaba ver publicado el día 25 de marzo,
coincidiendo con el 50 aniversario de su ordenación presbiteral.

A Hasta el presente, que sepamos, este libro ba sido traducido a siete

idiomas (alemán, italiano, español, catalán, inglés, portugués y árabe).


Resulta significativo que este libro aparezca citado, 21 años después, en la
bibliografía general que incluye el reciente ensayo btúrgico del entonces
cardenal J. Ratzinger, Einführung in den Geist der Liturgie (cfr. trad.
española J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia. Una introducción, Madrid
2001, 251).
5 Éd. du Cerf, Paris 1977. Existe una traducción al árabe que data de

1980, realizada por el patriarca Ignacio IV Hazim.


6 Éd. Desclée de Brouwer, Paris Í963. Traducido hasta hoy al italiano,

español, portugués e inglés.


7 Éd. Parole de Vie, Beyrouth (1974-1975); obra en 4 volúmenes.

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LITURGIA FONTAL

Al lector de Liturgie de Source, que sea buen conocedor del Catecismo


de la Iglesia Católica, le llamará la atención ver entre ambos volúmenes
una sistemática y unas expresiones en cierto modo paralelas,
especialmente cuando se trata de «la oración cristiana»8. Una lectura
atenta revelará cómo algunos argumentos del libro, escrito doce años
antes de la aparición del Catecismo, tienen en él su manifiesto correlato9.
Tres años después de su fallecimiento, Ed. Beatitudes publicó Cela
s'appélle l'aurore - Homélies liturgiques, con un prólogo de Olivier
Clément10. Se trata de un conjunto de homilías que pronunció a lo largo
de varios años, siguiendo el curso celebrativo del Año litúrgico bizantino.
A petición de muchas personas, estas homilías fueron recopiladas y ano-
tadas según su deseo, asumiendo él mismo su posterior revisión y
corrección. Un extracto de este libro fue publicado en Italia por la Ed.
Qiqajon en el año 199711.

8 Decimos «sobre todo» porque la colaboración de Jean Corbon en el

Catecismo ha sido muy amplia, como ha explicado el cardenal Schónborn,


que fue secretario de la Comisión de redacción del Catecismo de la Iglesia
Católica (cfr. CH. SCHÓNBORN, Aportación de una sensibilidad oriental a los
documentos de la Iglesia católica, en J. CORBON, Liturgia y oración, Ed.
Cristiandad, Madrid 2004, 227-242).
9 Nos referimos a una serie larga de temas puntuales, como son el

combate de la oración (cap. 15: «La epíclesís del corazón» - CCE 2725), el
corazón en tanto en cuanto altar de la oración (cap. 15: «El altar del corazón»
- CCE 2655), la descripción misma del corazón como el lugar del encuentro
auténtico consigo mismo, con los demás, pero sobre todo con Dios vivo (cap.
15: «El lugar del corazón» - CCE 2563)... Pero, más que esto, el capítulo 8 de
este libro (El Espíritu Santo y la Iglesia en la Liturgia) y la sección Spiritus
Sanctus et Ecclesia in liturgia (CCE 1091-1109). Aquí se arroja una luz nueva
sobre un aspecto de la tradición pneumatológica de la Iglesia que ha
permanecido en la penumbra para muchos. Observemos que, incluso desde el
punto de vista de la longitud, esta sección se desarrolla más extensa y
prolijamente que las secciones relativas al Padre y al Hijo. El lector
comprobará cómo aquí la pluma de Corbon se halla notoriamente en
evidencia. Si se objeta por qué el Catecismo omite el término synergia, tan
frecuente en Corbon, diríamos que se trata de un término demasiado técnico
y de historia controvertida (cfr. Diccionario de Espiñtualidad (1990) 1412-
1422).
10 J. CORBON , Cela s'appélle l'aurore - Homélies liturgiques, Paris

2004, 498 pp.


11 J. CORBON , La gioia del Padre, Monastero di Bose 1997, 144 pp.
LITURGIA FONTAL

Jean Corbon era, además, colaborador en revistas de teología oriental


(Proche-Orient Chrétien, Irenikon, Istina...).
Por lo que respecta a la edición de la obra de Jean Corbon en lengua
castellana, existen hasta ahora dos publicaciones.
La primera, «Liturgia fundamental», que ahora se reedita en Ed.
Palabra con el título «Liturgia fontal». Su primera versión castellana
data del año 2001 y se tituló Liturgia fundamental - Misterio,
Celebración, Vida12. En las páginas precedentes hemos presentado un
prólogo a esta reedición.
La segunda es «Liturgia y oración»13. Este último libro consta de dos
partes: la primera recoge tres conferencias que tienen como común
denominador el haber sido dictadas por J. Corbon en el Instituto de
Liturgia de la Facultad de Teología de la Universidad del Espíritu Santo
en Kaslik (Líbano) y publicadas las tres en Proch-Orient Chrétien. A esta
primera parte siguen tres artículos: dos de ellos fueron publicados en las
revistas Communio y Nouvelle Revue Théologique, respectivamente, y el
tercero corresponde a una ponencia en el Simposio sobre «El Dios Padre
de nuestro Señor Jesucristo» organizado por la Facultad de Teología de la
Universidad de Navarra en el año 1998 al que el autor estaba invitado y,
sin embargo, no pudo asistir, limitándose a enviar por correo su texto
escrito, que fue publicado al año siguiente en las Actas de aquel
Simposio14. Li

12 J. CORBON , Liturgia fundamental - Misterio, Celebración, Vida, Madrid

2001, 267 pp.


'3 Ed. Cristiandad, Madrid 2004, 246 pp.
14 Las fuentes de los seis capítulos de este libro son las siguientes: J.

CORBON, L'Office divin dans la Liturgie byzantine: dimensions spirituelles,


théologiqites et ecclesiales, Proch-Orient Chrétien 35 (1987) 235-250; ÍD.,
Sainte Maríe Mere de Dieu dans l'économie sacramentelle et dans la vie
chrétienne, Proch-Orient Chrétien 45 (1995) 10-25; ÍD., L'année liturgi-que
byzantine. Structure et mystagogie, Proch-Orient Chrétien 38 (1988) 18-30; ÍD.,
Le priére chrétienne dans le Catechisme de l'Eglise Catholique, Nouvelle
Revue Théologique 116 (1994) 3-26; ÍD., Orar en la Trinidad santa, Revista
Internacional Communio 22 (2000) 190-207; ÍD., La oración cristiana, Scrípta
Theologica 31 (1999/3) 733-747.

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LITURGIA FONTAL

turgia y oración incluye, como apéndice, la conferencia del cardenal C.


Schónborn, pronunciada en marzo del 2002 con ocasión del Coloquio
internacional en memoria del P. Jean Corbon, celebrado en Beirut. La
relación del arzobispo de Viena, a la vez que constituye un testimonio de
primera mano sobre los trabajos del Catecismo, contiene un rendido
homenaje al ecumenista libanes.

No estamos, pues, ante un liturgista en sentido estricto, sino ante un


teólogo del ecumenismo con vastos conocimientos de teología litúrgica y
eclesiología, que se ven favorecidos por la coyuntura de vivir allí donde
convergen las dos grandes tradiciones de la Iglesia. En la vida de J.
Corbon vemos reflejado, como en un espejo, el progreso del movimiento
ecuménico en Oriente Medio, desde su implantación germinal, a finales
de los años cincuenta, hasta los hitos más recientes protagonizados por
Juan Pablo II y Benedicto XVI en sus viajes apostólicos, de intenso
acento ecuménico.

Félix María Arocena

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PRESENTACIÓN

Esta obra comienza con un vocabulario. El padre Corbon ha tenido


razón al preverlo; pero es necesario reconocer que la necesidad de este
vocabulario no es honroso para nosotros, cristianos occidentales.
En el fondo, prueba que ya no somos capaces de entender el lenguaje
que era común a los cristianos durante los primeros siglos; que por
muchos siglos nos hemos aislado en un cristianismo latino muy racional
y jurídico.
Nuestros hermanos orientales dan más importancia que nosotros a la
Liturgia. Se alegraron mucho al ver que el Concilio Vaticano II comenzó
sus trabajos con una reflexión sobre la Liturgia.
Una gran reforma litúrgica se ha llevado a cabo en la Iglesia latina
después del Concilio. Pero, como advierte el padre Corbon, los
animadores de la renovación litúrgica a veces se limitan a dirigir sus
esfuerzos hacia la parte exterior de la celebración y no nos ayudan a
penetrar verdaderamente en el Misterio litúrgico.
Este ensayo sobre el Misterio de la Liturgia puede permitir a los
fieles de nuestras diferentes Iglesias encontrarse en la «fuente». El
Misterio es el acercamiento original del Nuevo Testamento, de la Iglesia
primitiva, de la Iglesia de los Padres. Debe darse de nuevo según el soplo
del Vaticano II, donde todo se renovó partiendo de allí.
Siendo «fuente», la Liturgia se extiende a todas las dimensiones del
Misterio y asume, salva y deifica todo lo

16

ROGER CARD. ETCHEGARAY

humano, desde lo más profundamente personal hasta lo más


manifiestamente comunitario. Y esta «Energía» del Río de Vida, que en la
Liturgia se convierte en «sinergia» del Espíritu y de la Iglesia, pasa
precisamente a través del «lugar» y del «momento» de nuestras
celebraciones.
La insistencia sobre la unidad de la Liturgia y la vida caracterizará
el diálogo teológico sobre este tema en la «Comisión mixta católico-
ortodoxa para el diálogo teológico», que Juan Pablo II y el Patriarca
ecuménico Dimi-trios acordaron con ocasión de su encuentro el 30 de no-
viembre de 1979.
Este libro podrá asombrar a algunos. Cuando los dos polos del alma
de la Iglesia indivisa se redescubren, uno no puede dejar de sorprenderse
ante el otro. Liturgia fontal, que se sitúa en el origen siempre actual de la
Tradición indivisa, no puede eximirse de este asombro. El acercamiento a
la Liturgia parte del Misterio, no descuida las condiciones de la
encarnación, pero las ilumina desde su interior para transfigurarlas.
Desde el primero de los encuentros de la Comisión que llevaron al
levantamiento de las excomuniones (7 de diciembre de 1965), es este
acercamiento a partir del Misterio lo que impresionó a los interlocutores
católicos de sus hermanos ortodoxos.
Este libro desearía ayudar a tales redescubrimientos profundos, a
través de la experiencia eclesial de la Liturgia. Agradecemos al padre
Corbon ser nuestro guía para remontarnos hasta la Fuente.

Cardenal Roger Etchegaray

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INTRODUCCIÓN

En la primavera litúrgica que hoy experimentan la mayor parte de


las Iglesias, hay una cuestión a la que no pueden sustraerse los jóvenes,
los adultos, los educadores y los mismos pastores: ¿las celebraciones, por
vivas que sean, transforman la vida de los cristianos?; ¿dónde se
encuentra la unión vital -y, a la inversa, el divorcio- entre Liturgia y
vida? Esta pregunta es una de las más serias que puede hacerse un
cristianismo maduro. No lo es menos para la Comunión de las Iglesias,
porque, en esta primavera, la unidad parece delinearse a partir del
misterio de la Liturgia.
Este libro desearía ayudar a encontrar la unidad entre la Liturgia y
la vida en Cristo, más allá de los paralelismos o de las divergencias que
se imaginan indebidamente. Se tratará de un descubrimiento orante de
la Liturgia fontal, más que de una investigación erudita. Nos guiará la
experiencia de la Iglesia, inseparablemente litúrgica y espiritual,
personal y comunitaria, a la luz de la Biblia y de los Padres.
Esto quiere decir que la inspiración de estas páginas es también
ecuménica. Toda tradición eclesial podrá reconocerse en la Tradición
común e indivisa. Aunque las alusiones a la tradición bizantina son más
frecuentes, hemos procurado mantenernos al nivel original en que las
liturgias de Oriente y de Occidente viven la Liturgia cristiana1.

1 En una obra anterior, L'Église des Arabes (collection «Rencontres»,

Éditions du Cerf, 1977), prometimos desarrollar algún aspecto de la teología


vivida por las Iglesias de Antioquía. Este es un primer ensayo.

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Un símbolo iluminará nuestro descubrimiento progresivo: el del Río


de Vida (Ap 22, 1 ss). ¡Que el lector pueda dejarse transportar por su
corriente lenta y profunda! Aquí más contemplativo, allá más didáctico,
cada capítulo podrá revelarle el misterio de la Fuente: esta no deja de ser
la misma, pero el Agua viva que mana de ella es siempre nueva.

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VOCABULARIO LITÚRGICO

En este libro, donde el misterio de la Liturgia se contempla desde su


interior, no se encontrarán términos eruditos propios de la Teología
especulativa o de las ciencias humanas. No obstante, la revelación
bíblica, actualizada por la experiencia espiritual de la Iglesia primitiva,
no puede dejar de expresar la novedad de la Liturgia con un vocabulario
nuevo. Estos términos no pueden ser traducidos, sin ser traicionados, a
nuestras lenguas modernas, basadas más en el objeto que en el Misterio,
más descriptivas que simbólicas. Los viejos odres del vocabulario racional
no pueden contener y comprender las Realidades nuevas sugeridas por
palabras como Cristo, Espíritu Santo, Evangelio, Pentecostés, Iglesia,
Bautismo, Eucaristía...
Debemos, pues, superar el umbral de ciertos términos, bíblicos y
patrísticos, para participar en el Misterio que revelan. La renovación
litúrgica nos ha familiarizado ya con la mayoría de ellos. Aquí
mencionamos los más frecuentes e importantes, aunque vienen
explicados en el texto cuando aparecen por primera vez. El lector no ten-
drá ninguna dificultad para dejarse impregnar por ellos: si el Evangelio
nos revela el Reino mediante parábolas, la Liturgia nos lo hace vivir a
través de símbolos.

ÁGAPE: El último y más bello Nombre divino del Nuevo Testamento:


«Dios es Ágape» (/ Jn 4, 8). Amor de dilección, de pura gracia, sin
determinismo vivificante

20
JEAN CORBON

hace amable y lleva a participar en la Comunión de la Trinidad Santa.


Por esto, el misterio de la Iglesia es Ágape, y su realidad litúrgica, la
Eucaristía, se llama también Ágape.

ANAMNESIS: «Hacer sugir el recuerdo, hacer memoria». En la


celebración litúrgica, la Iglesia hace memoria de todos los
acontecimientos salvíficos realizados por Dios en la historia, cumplidos
plenamente en la Cruz y la Resurrección de Cristo. Pero este
Acontecimiento pascual, sucedido una vez en la historia, es ahora
contemporáneo de cada instante de nuestra vida: Cristo, porque está
resucitado, ha traspasado el muro del tiempo mortal. Se trata, pues, de
un «memorial» absolutamente nuevo. Somos nosotros quienes
recordamos, pero la Realidad no está en el pasado, está aquí: la memoria
de la Iglesia se hace presencia. Es todo el realismo del Acontecimiento de
la Liturgia.

ANÁFORA: «Llevar hacia lo alto». Toda celebración litúrgica es


anáfora porque participa del movimiento actual de la Ascensión del
Señor (cfr. capítulo IV). De modo más preciso, es el movimiento central
de la Eucaristía (la «Plegaria eucarística» de la liturgia latina), que une
la acción de gracias, la anamnesis, la epíclesis y la intercesión.

DOXOLOGÍA: Al mismo tiempo, «cantar la Gloria» de Dios y «profesar


la fe» de la Iglesia. «La Gloria de Dios es el hombre viviente», pero «la
Gloria del hombre es Dios» (San Ireneo de Lyon). La Economía de la
salvación del hombre llega a ser doxología en la Liturgia.

ECONOMÍA (cfr. E f 3 , 9): Más que la «historia de la salvación», es la


dispensación, la sabia ordenación por etapas, de la realización del
Misterio que es Cristo. Desde Pentecostés, la Economía se ha convertido
en Liturgia, porque ha aparecido la respuesta, la Sinergia (ver más
abajo) del Espíritu y de la Iglesia.

21
LITURGIA FONTAL

ENERGÍA: Término más fuerte que acción u operación, expresa el


poder de la vida, aquí, la del Dios Vivo, especialmente, la del Espíritu
Santo. Cuando la energía del hombre, suscitada por el Espíritu, está
unida a la de Dios, tenemos la Sinergia (ver más adelante). La Liturgia
es esencialmente Sinergia del Espíritu y de la Iglesia (cfr. capítulo
VTLT).

EPÍCLESIS: «Llamada sobre». Es la «invocación» al Padre para que


envíe su Espíritu sobre lo que le ofrece su Iglesia, para que la ofrenda sea
transformada en Cuerpo de Cristo. Es el momento central de toda
anáfora sacramental, la eficacia nueva de la Liturgia. Los ministros or-
denados están, sobre todo, al servicio de la Epíclesis, como siervos del
Espíritu que actúa poderosamente. Término muy importante en todo este
libro. En la Epíclesis se realiza la más poderosa sinergia de Dios y del
hombre, tanto en la celebración como en la liturgia vivida.

KÉNOSIS: cfr. Flp 2, 7. El verbo «se vació de sí mismo» o «se anonadó


a sí mismo» ha pasado a ser un sustantivo en español. El Hijo permanece
Dios al encarnarse, pero se despoja de su Gloria hasta el punto de ser
«irreconocible» (cfr. Is 53, 2-3). La kénosis es el modo propiamente divino
de amar: hacerse hombre hasta el final sin imponerse ni obligar. Se
trata, ante todo, de la kénosis del Verbo en la Encarnación, pero llega a
su culmen en la kénosis del Espíritu Santo en la Iglesia, y esta revela la
del Dios vivo en la creación. El misterio de la Alianza está bajo el signo
de la kénosis: cuanto más profunda es, más total es la unión. Nuestra
deificación es el encuentro de la kénosis de Dios y la del hombre; de aquí
la exigencia fundamental del Evangelio: seremos uno con Cristo en la
medida en que nos «perdamos» a nosotros mismos por Él. Ver también
capítulo I, nota 5, y capítulo VI, nota 6.

KOINONÍA: Término frecuente en los escritos de san Pablo y de san


Juan: la «comunión» del Espíritu Santo que

22

nos une al Padre por Jesucristo. Es participación en la vida divina. La


Iglesia es esencialmente Koinonía. Cfr. Ágape.

MISTAGOGÍA: «Acción de conducir hacia el Misterio» o también


«acción por la que el Misterio nos conduce» (cfr. capítulo X, nota 11).
Emplearemos raramente este término. Los capítulos XI y XII son
mistagogías, iniciaciones al misterio celebrado, a partir de la Epíclesis
propia de cada sacramento.

SINERGIA: Con Epíclesis, es uno de los términos clave de este libro


(cfr. capítulo II, nota 5, y capítulo VIII, nota 1). Literalmente significa
«co-acción», energías conjuntas. Este término, clásico en los Padres,
intenta expresar la novedad de la unión de Dios con el hombre en Jesu-
cristo, más precisamente de la Energía del Espíritu Santo que impregna
desde dentro la Energía del hombre y le conforma con Cristo. Todo el
realismo de la Liturgia y de la deificación radica en esta Sinergia. Ver
también Energía, Economía, Epíclesis y Kénosis.

TIEMPO: Término corriente, pero que la revelación bíblica y la


experiencia litúrgica transfiguran. La Economía de la salvación
comprende varios «tiempos»: el principio de los tiempos; el desarrollo de
los tiempos (partiendo de la Promesa); la Plenitud de los tiempos (cfr. Ga
4, 4); los últimos tiempos (o tiempos «escatológicos»), que son los tiempos
de la Iglesia y de la Liturgia sacramental; finalmente, la consumación de
los tiempos (la segunda Venida del Señor). Ver también capítulo VI, nota
6. El vocabulario bíblico distingue también «momentos» dentro de los
tiempos de la Economía (cfr. capítulo IV, notas 2 y 3). Sobre los tiempos
nuevos inaugurados con la Resurrección de Cristo y su celebración
sacramental, ver el capítulo XTII.

23

EN EL BROCAL DEL POZO

El hombre tiene sed y busca su agua donde piensa que


puede encontrarla. En su caminar errante, sin horizonte ni
escapatoria, excava un pozo cada vez que planta su tienda. La
maravilla es que la historia de su salvación comienza siempre
ahí. «Encontramos continuamente a los Patriarcas tratando de
excavar pozos»1. Nosotros somos estos patriarcas que
recorremos una tierra prometida, extranjeros en nuestra
propia heredad. Junto a su pozo, cada uno construye un altar a
su dios: su religión, su ideología, su dinero, su poder. El
hombre tiene sed, ¿cómo no excavar allí donde piensa que
encontrará agua?
También las negaciones de nuestro inconsciente ateo
descubren nuestra nostalgia. «Dicen que no tienen sed. Dicen
que no es una fuente; dicen que no es agua; dicen que no es la
idea que ellos mismos se forjan de una fuente y del agua. Dicen
que el agua no existe...»2. Pero este hombre, tan seguro de sí
mismo, no puede dejar de esperar: dejar de tener sed sería ya
el letargo de la muerte.

24

Pues bien, lno duerme Aquel que excava, que ahonda en el


hombre la sed y la espera. Es Él antes que nadie quien tiene
sed y quien se pone en camino para buscarnos, hasta
alcanzarnos en el brocal de nuestros pozos irrisorios. «Sal de
estos pozos y recorre toda la Escritura buscando pozos y llega a
los Evangelios. Encontrarás aque
1 ORÍGENES, Homilía XIII sobre el Génesis.
2 P. CLAUDEL, Le Pére humillé, acto II, escena 2.

25

pozo en cuyo brocal nuestro Salvador descansaba, después de la fatiga


del viaje, cuando llegó una samaritana que quería sacar agua de él...»3.
Es en el brocal del pozo donde Él nos espera y el diálogo termina
siempre, a través de nuestros subterfugios y de nuestras agresividades,
en la cuestión ineludible del templo, del lugar de encuentro entre Dios y
el hombre, del agua y de la sed. «Ni sobre esta montaña ni en Jerusalén»;
¿dónde está, pues, el lugar de la Liturgia nueva, ese lugar inagotable
donde la vida encontraría de nuevo su Fuente?4.
Para algunos, se trata solo de pozos, sus pozos. ¿La fuente de agua
viva? «La han olvidado, para excavarse cisternas agrietadas que no
retienen el agua» (Jr 2, 13). Así, para los activistas de la caridad, el
Evangelio es acción y debe ser tomado en serio: el Lázaro de la parábola
está a nuestra puerta, ¿cómo podrían perder el tiempo en el banquete
simbólico de los malvados ricos? Existen también los puros de la lucha de
clases: rechazan entrar porque sería un engaño compartir el Ágape con
los pecadores que oprimen al pobre fuera del templo. Existen, finalmente,
los místicos solitarios, con alergia a cualquier celebración: Cristo habría
superado la cuestión proponiendo el culto «en espíritu y en verdad»; a los
ángeles no se les plantean problemas de fuente.
En el brocal del pozo, el Señor espera también a las samaritanas de
la Nueva Alianza. Ellas han oído que la fuente existe y la buscan, pero
han olvidado que mana de Aquel que, a su vez, les pide de beber. La
fuente ha llegado a ser un espejismo. Aquí están los fabricantes de
liturgia y compositores incansables: fascinados por la vida y deseosos de
autenticidad, inventan cada vez la celebración de su propia vida. Allí
están los enamorados de lo arcaico y

3ORÍGENES, Homilía XII sobre Números.


Aquí y a lo largo de toda la obra, en vez de «fuente» podría usarse
4

«manantial» [N.d.T.].

26
LITURGIA FONTAL

los puristas de la forma: el camino hacia la fuente les basta, ya que,


durante siglos, guió a los creyentes. En este mismo camino seguro
encontramos a los que se evaden del valle de lágrimas: olvidando por un
instante la vida, se sumergen en la hturgia celestial... pero ¿cuál?
Quedan, y son, sin duda, la mayoría de los fieles, los que no se hacen
tantas preguntas y pasan sencillamente del sábado a la Resurrección. Su
adhesión al domingo y a su Eucaristía pascual es asombrosa, cuando se
advierte que no saben decir ni siquiera el porqué. Es el «porqué», mordaz
e insidioso, que plantean tantos jóvenes a sus padres practicantes: ante
las respuestas insatisfactorias, por legalistas o moralizantes, viene la
desafección, lógica para los jóvenes, dolorosa para los adultos. Pero ni
unos ni otros pueden expresar lo que la Liturgia significa en su vida.
Hay, finalmente, otro asombro, el de estos mismos jóvenes cuando,
por la casualidad de un encuentro, participan en una celebración viva,
abierta al misterio. «Si fuese siempre así, confiesan, estaríamos
dispuestos a retomar el camino de la Iglesia». Pero, para eso, se intuye,
sería necesario que la fe fuese profundizada de otra manera y
redescubriera con evidencia y convicción lo que es la vida y lo que es la
Liturgia... evidencia que quizá no es lo bastante resplandeciente en sus
mayores.

***

Separada así de la fuente, la celebración litúrgica se alza como un


todo en sí misma, sin unión vital con el antes y el después. Ante su
extrañeza, unos vuelven la espalda para volver a la vida, a su vida. Otros
se obstinan en cruzar el umbral de lo extraño para que su vida se desva-
nezca en ella un momento o para dramatizar su experiencia. Para los
primeros, la liturgia es insignificante porque quieren permanecer en la
realidad de la vida; pero ¿qué

27
LITURGIA FONTAL

vida? Para los segundos, la vida debería encontrar su sentido en la


Liturgia; pero ¿qué liturgia? El hiato permanece, la distancia no es
superada.
Sin embargo, la unidad entre Liturgia y vida nos ha sido ofrecida -
«¡si conociéramos el don de Dios!»-, pero debe ser descubierta y vivida. Si
es ignorada o rechazada, es porque no ha sido alcanzada en su fuente; y
esto, por múltiples causas que no dependen por entero de la calidad de la
celebración.
Justamente una de estas causas podría muy bien ser la confusión,
poco discernida, entre Liturgia y celebración litúrgica. Esta confusión es
común a los que practican su fe y a aquellos que han dejado de hacerlo.
Alcanza también a fervientes animadores de la renovación litúrgica:
dirigen todos sus esfuerzos hacia la celebración, sus formas, sus
expresiones, la vida de la asamblea, los textos y los gestos, el canto y la
participación viva de todos; y esto es necesario. Pero olvidan a veces lo
que se celebra, como si se diera por supuesto. ¿Cómo extrañarse, pues, de
que, tras tantos esfuerzos, la Liturgia no incida en la vida? Se han
renovado los canales, sí, pero ¿y la Fuente?
Da la impresión de que el punto de partida, en unos y otros, se limita
al fenómeno litúrgico. Pero ¿por qué no partir, desde el principio, de la
realidad escondida: el Misterio litúrgico? Es posible que cierta teología
sacramental, herencia legítima de largos siglos de reflexión, pese sobre
esta cuestión. En Occidente, sobre todo desde el siglo XVI, se ha
privilegiado la noción de eficacia en los sacramentos. Es una adquisición,
y no se trata de renunciar a ella. En nuestros días se es más sensible a la
noción de signo; el movimiento litúrgico moderno le debe lo mejor de sus
adquisiciones pastorales y espirituales. Pero limitarse a esta categoría
encierra irremediablemente en el ámbito de la celebración.

***

28
LITURGIA FONTAL

Volvamos a Orígenes. Antes de hablar de nosotros y de nuestra


celebración, comencemos por escuchar a Aquel que celebra y que es
celebrado. Para evitar ponernos de nuevo a excavar nuestros pozos,
acojamos a Aquel que nos ofrece la Fuente. «Porque el Verbo de Dios está
aquí y su obra actual es la de remover la tierra del alma de cada uno de
vosotros, para hacer manar vuestra fuente. Esta fuente está en vosotros
y no viene de fuera, como el Reino de Dios que está dentro de vosotros»5.
Antes que ser una celebración, la Liturgia es un acontecimiento. La
cuestión no es tanto celebración y vida como Liturgia y Vida. El
acontecimiento total de Cristo es de otra amplitud y profundidad: es el
Misterio.

5 ORÍGENES, Homilía.XIII sobre el Génesis.

29

EL MISTERIO DE LA LITURGIA

Capítulo I
«EL MISTERIO ESCONDIDO DURANTE SIGLOS»
{EfX 9)

«El ángel me mostró el Río de Vida, límpido como cristal, que


manaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza, a un lado
y al otro del río, hay Árboles de Vida que fructifican doce veces, una vez
cada mes. Y sus hojas pueden curar a las gentes» (Ap 22, 1-2).
En esta última visión, el vidente de Patmos vislumbra la
indescriptible Energía de la Trinidad Santa en el corazón de la Jerusalén
mesiánica, esta Iglesia de los últimos tiempos donde nos encontramos. Si
nos dejamos empapar por el Río de Vida, nosotros nos convertimos en ár-
boles de Vida: nos arrebata el Misterio que ese Río simboliza. Sí, es el
Misterio por excelencia, aquel en el cual san Pablo contempla todo el
designio de salvación realizado por el Dios Vivo en la historia. También a
nosotros, en el umbral de su consumación, se nos concede comprender,
mediante la fe, su principio y su desarrollo. Porque se manifiesta, se
realiza y se comunica según una Economía sabiamente ordenada, en los
tiempos y momentos fijados por el Padre1.
Del seno del Padre, de las profundidades escondidas de las que
manará el Río de Vida en el principio de los tiempos, nada podríamos
decir, si el Hijo único no nos lo

' Ef 3, 9. La Economía, es decir, la distribución, el ordenamiento por etapas de


la realización del Misterio de Cristo.

31
LITURGIA FONTAL

hubiese revelado (Jn 1, 18). Pues es el Misterio «envuelto en silencio


durante siglos eternos» (Rm 16, 25), y «nadie conoce quién es el Padre
sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Le 10, 22). Según
la feliz fórmula de los Padres y de los Concilios de los primeros siglos,
solo mediante la Economía se entra en la Teología: la Trinidad Santa no
se nos revela, sino a través de su Designio de amor realizado en favor de
los hombres y con ellos. Al final de este libro y según otra expresión
patrística2, resultará también evidente que solo en la Liturgia se vive la
Teología: «Conocerte a Ti, el único Dios verdadero, y al que tú has
enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3).
Aquel que es engendrado antes de todos los siglos nos introduce en el
Misterio: el Dios vivo y verdadero es Padre. Porque Aquel que es la
fuente creadora de todo lo que existe es eternamente fuente en el corazón
de la Trinidad. El Padre es Fuente del Verbo que expresa y del Aliento
que espira. Pero es Fuente de Comunión: su Hijo es todo hacia él,
ofreciéndole en su resplandor todo lo que él es y que es engendrado por el
Padre; su Espíritu es todo de él, devolviéndole en su Acogida el Don que
él es y que procede del Padre. En la Comunión de la Trinidad Santa,
ninguna persona es nombrada para sí misma. Ni en sí ni para sí,
términos que entre nosotros son signos de sequedad y de muerte. En la
Comunión del Dios vivo, el misterio de cada persona es ser para el Otro:
«Oh, Tú».
El Padre es omnipotente antes de todos los siglos, porque es Fuente
de Don y de Acogida. Así, la Trinidad una y adorable es Comunión del
Padre, del Hijo y del Espíritu. Aquí está la Vida en su manar eterno: el
Río de Vida, contemplado por Juan en el corazón de la historia, es
Energía de Amor antes de que el mundo fuese.
Sí, el Río misterioso que es la Comunión divina es una efusión de
Amor entre los Tres. Esta es la Vida eterna.

2 Especialmente, en san Máximo el Confesor.

3
LITURGIA FONTAL

Cada Persona es Don y Acogida, sin variación, pero tampoco inmóvil.


Impulso enamorado del Otro pero en la transparencia pura, Alegría
donada gratuitamente y acogida libremente... Flujo y reflujo de la
Comunión, este ritmo del Amor del que desborda el Amor, ningún ser
vivo puede acercarse a él, si no es rasgando el velo de lo que es mortal. El
corazón del hombre no puede contener esta Alegría inefable hasta que
haya roto el último apego a sí mismo.
Este Río es Amor, pero de un Amor que no ha llegado al corazón del
hombre. Este Río es Vida, pero de una Vida que no mana del corazón del
hombre. Porque este Río, esta Energía es Totalmente-Otro: es la efusión
de nuestro Dios tres veces Santo. Por ser Totalmente-Otro, nuestro Dios
es Santo: «Santo, Santo, eres todo Santo, Tú, tu Hijo único y tu Espíritu
Santo»3. La Comunión trinitaria es Río de Vida, o, lo que es lo mismo,
Amor, porque es Santa. Cuando Jesús nos revela que «quien quiera
salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa, la sal-
vará» {Le 9, 24), esta palabra del Verbo es infinitamente más que una
máxima de sabiduría, ella nos sumerge en la fuente del Río de Vida, de
Amor y de Santidad. Y, cuando esta corriente de Amor llegue a
desbordarse, esta manifestación de la Santidad escondida se llamará su
Gloria: la Economía de la Salvación y nuestras anáforas eucarís-ticas
comienzan por aquí4.

En el principio

No podemos entrar en la luz de la visión de Juan más que superando


el reparo de las especulaciones teístas y racionales sobre la creación. En
la corriente del Río de

3 Anáfora de San Juan Crisóstomo, inmediatamente después del canto

del Sanctus.
4 Cfr. el sentido del triple «Sanctus» (Is 6) como preludio de la gran

anamnesis de la plegaria eucarística,

33
LITURGIA FONTAL

Vida, la explosión de lo creado en la luz es el primer momento de lo que


nuestra fe llama Tradición, mejor, la santa y viva tradición. En el
principio, la Comunión de Amor de la Trinidad Santa se entrega. Es este
don el que es Principio. El Padre entrega su Verbo y su Aliento, y todo es
llamado a la existencia. Todo es don Suyo, manifestación de su Gloria:
nada es sacro o profano, todo es pura efusión de su Santidad. Nuestro
Dios no hace esto o aquello como la Causa primera del dios de los
filósofos: se da en todo lo que es, y eso es porque Él mismo se da. Dice y
eso es, ama y eso es bueno, se da y eso es bello.
Pero, en esta primera creación, la Trinidad Santa está oculta. La
Tradición es, desde su origen, el misterio de un Amor desgarrado. El
Padre se entrega, pero ¿quién le acoge? Su Palabra es dada, pero ¿quién
responde? Su Espíritu es derramado, pero todavía no es compartido. La
creación es puro Don, pero aún en espera de Acogida. En este principio,
lo ignoramos tan a menudo, el Dios vivo vive su primera kénosis5: su
Amor se revela en ella, pero en la penumbra de una promesa ignorada.
Entonces aparece el hombre6. Porque Dios es Santo, llama al hombre
a ser «a su imagen»7. Hombre y mujer: esta criatura única es
esencialmente propuesta, no impuesta, la única que no está hecha, sino
siempre por nacer, el lugar de la más profunda kénosis del Dios vivo
porque es el tesoro de su más grande amor. Según el poema litúrgico de
la creación del hombre, Dios no dice: «¡Que el hombre sea!», como Jo hace
con todas las demás criaturas, sino: «Haga

5 Cfr. Flp 2, 7. «El verbo griego kenóo significa literalmente vaciarse de

si mismo. De lo que Cristo se ha despojado libremente no es de la naturaleza


divina, sino de la gloria que le corresponde por derecho, que poseía en su
preexistencia, y que debería reflejarse en su humanidad. Él ha preferido
privarse de ella, para recibirla solo del Padre como recompensa por su
sacrificio» (Biblia de Jerusalén).
6 Anunciador del «Entonces aparece Jesús» en Mt 3, 13.

7 Cfr, la relación entre la santidad divina y la creación del hombre en

las anáforas orientales.

3
LITURGIA FONTAL

mos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26). En esta


decisión se encuentra todo el riesgo y la espera del Amor que se entrega:
el hombre es llamado, pero ¿será él la acogida, la respuesta, el cara a
cara del Rostro adorable?
El Río de Vida está recorrido, en efecto, por un impulso de ternura,
por una atracción inaudita. La Energía del Dios Santo, su Comunión de
Amor está habitada por un deseo, una impaciencia, una pasión: «Morar
entre los hombres» (Pr 8, 31). En el principio del hombre -de cada
hombre- se encuentra esta efusión de amor en el seno de la Trinidad que
nos llama a la vida en medio de un desgarramiento; de la mirada del
Padre en su Hijo querido mana la Sed de Dios, su sed del hombre. De
esta forma, en el principio, nace la nostalgia de Dios: el hombre... Pero
será necesario recorrer muchas etapas para llegar al brocal del pozo
donde el Verbo nos espera: «Dame de beber... Si conocieras el Don de
Dios» (Jn 4, 7-10).

El tiempo de las promesas

Todo el drama de la historia está entre este Don y esta Acogida: la


pasión de Dios por el hombre, y el hombre, nostalgia de Dios. ¿Aceptará
el hombre llegar a ser Árbol de Vida o, al contrario, pretenderá coger su
fruto para sí? De hecho, la historia va a hundirse cada vez más en el
tiempo del rechazo, de la esterilidad y de la muerte, mientras, caminando
en su kénosis, el Río de Vida va a hacer eclosionar en el silencio el tiempo
de las promesas.
«Impulsado por el gran amor con que nos ama» (Ef 2, 4), el Padre no
puede dejar de dar su Palabra: la promesa es confiada a un hombre y, a
través de él, a una multitud. Es el segundo tiempo del misterio de
nuestro Dios que se entrega, de su Tradición: la Economía de la salvación
está en su aurora. Por la fe, el hombre va a comenzar a hacerse
respuesta, acogida, alianza. La semilla de la Resurrección es sembrada
en el tiempo de la muerte.

35
LITURGIA FONTAL

De Abrahán a María, el Espíritu Santo prepara pacientemente la


preliturgia del Verbo, su protesis8 escondida. En efecto, los
acontecimientos salvíficos atraviesan esta noche de muerte, el Espíritu
reúne una comunidad que los vive y suscita profetas que revelan su
significado: la Pascua y el Éxodo, la Alianza y el Reino, el Exilio y el
retorno de los Pobres, el Templo y la Ley... es el tiempo de la aventura de
Dios y de su pedagogía en favor del hombre, el tiempo de búsqueda
mutua, de la Fidelidad del Santo en medio de las infidelidades de su
pueblo pecador. Es también el tiempo en que se repiten las palabras
profé-ticas y los sacrificios cultuales: nada puede aún vencer la
repetición, dominio de la muerte, hasta que llegue el Acontecimiento que
«de una vez para siempre» librará a los hombres de la muerte. El tiempo
de las promesas es un tiempo que se desarrolla pero que está aún vacío,
herido por la ausencia pero sobrellevado con la espera: tiende hacia la
Plenitud, hacia la Presencia más allá de la nostalgia. Es el tiempo de la
nube luminosa, pero no aún del Día. «Aquel Día», después de tantas
preparaciones y figuras, será el Advenimiento del Misterio.

8 La «prótesis» o «prosfora» es la preparación del pan y del vino antes de

la celebración de la Liturgia eucarística en las Iglesias orientales.

36

Capítulo II LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS O EL


ADVENIMIENTO DEL MISTERIO

Desde el principio de los tiempos, el Río del Misterio riega la tierra


de los hombres para que llegue a ser habitable, y prepara «su morada con
ellos» (Ez 37, 27 y Ap 21, 3). El arrastra a Abrahán hasta la confluencia
de la Promesa, «ahonda la vía entera del conocimiento»1, y camina a
través del desarrollo de los tiempos. Pero él no puede ser nombrado hasta
que sea «recibido por los suyos» (Jn 1, 11); su Don inagotable no será
reconocido más que si es acogido. El Río no tomará nombre más que
cuando mane en otra fuente. Entonces, como un eco, resonará el Nombre:
será como un encuentro, como dos deseos2 que se sacian uno a otro al
nombrarse mutuamente.

El Verbo se hace carne; la kénosis del Hijo

He aquí el tercer tiempo de la Tradición del Misterio. La poderosa


Energía del Don que se ofrece encuentra al fin esa otra fuente, ahondada
y purificada por siglos de espera, la fuente de la Acogida, la hija de Sión:
María.
En «aquellos días», el profeta de la restauración, Eze-quiel, había
vislumbrado que saldría agua de debajo del Templo (Ez 47, 1). Pero la
fuente está escondida. El

1 Ba 3, 37: se trata de la Sabiduría encarnada en la Ley.


2 Literalmente, «sed» en plural [N.d.T.].

37
LITURGIA FONTAL

tiempo de la Promesa lleva aquí su ofrenda: la paciencia de los justos y


su fe en la noche, los salmos de alabanza y de gemido, el sufrimiento de
los Pobres y su fidelidad, un pueblo de esperanza alimentado de la
Palabra, un pueblo de pecadores continuamente recreado por pura
misericordia... Toda la Energía del Don, pacientemente esparcida en el
corazón de Jerusalén, desemboca aquí: una fuente en la cual toda la
Energía de vida será Acogida. Portadora del Verbo, mucho antes de
concebirlo, María aprendió a ofrecerse de Aquel que es todo entero
consentimiento al Padre. Formada por el Espíritu, ella ve, sin saberlo,
que la actividad más fecunda del hombre es ser capaz de su Dios. De
modo que la humilde sierva puede responder al Anuncio con todo su ser,
mediante la Palabra misma de su Señor en el principio de los tiempos:
«Hágase» [Le 1, 38 y Gn 1, 3).
María dice sí, y el Espíritu sobreviene y une el Verbo y el Sí, la
Energía divina y la Energía humana, el Don y la Acogida. El Espíritu del
Padre es el Artífice de esta alianza, finalmente consumada, entre el
Verbo y la carne. En la primera creación, todo lo que existe es «llamado
de la nada a la existencia»3. En esta nueva creación que comienza. Aquel
que es engendrado eternamente por el Padre es formado de una tierra
viva, de todo el ser de su madre. «¿Cómo sucederá eso?» (Le 1, 34). Esta
pregunta de María, preludio de todos los cornos de la Nueva Alianza,
encuentra su respuesta en el Espíritu Santo en este primer Pentecostés,
escondido, en Nazaret.
Aquel que nacerá de la hija de Sión no es concebido por un querer de
hombre ni por un determinismo de causas4, sino por el poder del Espíritu
Santo. Él, la efusión del amor del Padre, asume y fecunda la Energía de
Acogida de la Virgen María. La era de la misteriosa si

3Anáfora de San Juan Crisóstomo.


4Jn 1, 13: «la carne y la sangre», expresión semítica para indicar el
determinismo de nuestro mundo.

38
LITURGIA FONTAL

nergia5 entre el Río de Vida y el mundo de la carne queda inaugurada; en


la nueva creación, de ahora en adelante, toda concepción será virginal.
En la Encarnación del Verbo, María no es un lugar inerte, sino que, con
todo su ser personal, se ofrece, se da, se entrega al Espíritu Santo. Del
mismo modo, el Padre no envía desde lejos a su Espíritu para realizar su
designio redentor: El se da, al entregar a su Hijo único, en su Espíritu de
amor. Desde la sinergia de este primer Pentecostés, todo es gratuito,
personal, poder del Espíritu. Quien no queda impresionado por este
misterio de la concepción virginal del Verbo, no puede acoger «la
revelación de lo que debe llegar pronto» (Ap 1, 1), porque siempre será así
como el Río de Vida entrará en nuestra carne.
De ahora en adelante, todo lo que es carne está impregnado de la
Energía del Amor. Cuando el Río de Vida se une a la Energía de la
Acogida, toma nombre; al fin, el Nombre humano con el que el Padre se
dice y nos dice a su Hijo amado: JESÚS. Entonces, ¡estalla la Alegría! La
Fuente está aquí, todavía escondida en la kénosis, pero ha nacido6. El
Advenimiento del Misterio eterno sacude y abre nuestro tiempo mortal;
el poder de Don del Espíritu de Amor y el poder de Acogida de la pobre de
Yahvé lo van a llenar: se llenará de Aquel «en quien habita corporal-
mente la Plenitud de la Divinidad»7. Es, en efecto, la «Plenitud de los
tiempos» (Ga 4, 4): el cumplimiento de la espera del tiempo de las
promesas, la entrada de la Presencia de Dios «en el país del olvido» {Sal
88, 13), la

5 Sinergia, término clásico de la teología patrística (literalmente: co-

accíón, energía conjunta). Esta expresión desborda, a la luz de la fe, las


categorías racionales de causalidad (coordinada o subordinada) e intenta
dar cuenta de la absoluta novedad de la unión de Dios con el hombre en
Cristo y en la vida cristiana. Toda acción del Espíritu Santo es en sinergia
con el hombre, en Cristo.
6 Cfr. Le 2, 10-14.

7 Col 1, 19: muchos entienden el término «plenitud» como «plenitud de la

divinidad».

39
LITURGIA FONTAL

irrupción del Día en la oscuridad de nuestra noche, la venida del Río de


Vida al desierto de nuestra muerte. Y esta Plenitud es Jesús; no ya
palabras del Verbo, sino el Verbo del Padre en Persona; no ya una ley
exterior al hombre, sino la Gracia que nace en nuestra humanidad de
quien es la «llena de gracia» (Le 1, 28).

«Entonces aparece Jesús»: la Manifestación

Hay una constante de la Economía de la salvación que podemos


verificar siempre en nuestra vida: las teofanías, o manifestaciones del
Misterio, son a la medida de la kénosis del Amor; cuanto más se entrega
nuestro Dios, más se revela. En su Encarnación, el Verbo «se despojó de
sí mismo, tomando la condición de esclavo y haciéndose semejante a los
hombres»8: ¿cómo lo manifestará el Espíritu?
«Entonces aparece Jesús, viniendo de Galilea hasta el Jordán, hacia
Juan, para ser bautizado por él» (Mt 3, 13). Jesús va hacia el hombre
para ser sumergido en él9, hasta el bautismo de su muerte. Cuando Jesús
aparece, el Misterio de Amor que ha tomado cuerpo en él penetra el signo
donde se expresa: el Río de Vida, «escondido antes de los siglos», se
sumerge en el río Jordán. El más humilde y el más irrisorio de los ríos
del mundo10, desde entonces se convierte en el signo que lleva en sí el
Misterio. Jesús es bautizado con agua, y este es el signo, pero la realidad
manifestada es que, desde entonces, la carne y el tiempo, el hombre y el
mundo, son penetrados por el Verbo de Vida, que se ha revestido de ellos
de una vez para siempre.

8 Flp 2, 7. Sobre la «kénosis», cfr. la nota 5 del capítulo 1.


9 Bautizarse, literalmente, «ser inmerso en».
10 El Jordán desciende de las pendientes del Líbano sur a la depre-

sión de Arabia (300 m bajo el nivel del mar cerca de Jericó) y se pierde
en el Mar Muerto.

40
LITURGIA FONTAL

La Manifestación en la carne de la plenitud de la gracia es un


misterio de Unción: Cristo11. A partir de ahora, en Jesús, toda la Energía
de Amor impregna la Energía humana, con una unción que asume y
vivifica. En Jesús, el Padre se da todo entero y el Hijo le acoge. En él,
todo lo humano es ofrecido y el Padre se dilata en lo humano. En Él se
verifica eminentemente la sinergia que dará vida a todo: no ya una
acción divina de una parte y una acción humana de otra, sino un acto de
Cristo, crístico, si esta palabra pudiera hacernos redescubrir el realismo
maravilloso de la palabra cristiano. Unión sin confusión, distinción sin
separación, dirá cuatro siglos más tarde el gran concilio cristológíco de
Calcedonia. Cristo vive a Dios humanamente y al hombre divinamente
hasta en el más pequeño de sus actos, no según una unidad de modo, sino
de Persona. Durante su vida mortal, todo manifestará esta maravilla de
la Unción.
Cuando Cristo habla, sus oyentes escuchan al hombre Jesús, y es el
Padre quien habla en su Verbo encamado. Aunque todavía la fe no ha
penetrado este misterio de la unidad entre él y su Padre, las personas
sencillas no pueden dejar de maravillarse: «¡Jamás un hombre ha
hablado como este hombre!» (Jn 7, 46). Cuando Jesús actúa, sus
reacciones más pequeñas, las más humanas, y no solo sus acciones
asombrosas, son un reflejo del misterio del Padre. Si Jesús es humilde, no
es para fingir ni para acomodarnos a su santidad, sino que es verdad, la
verdad del hombre y la verdad de Dios: nuestro Padre es humilde más
allá de todo lo concebible. Cuando Jesús llora, el sufrimiento misterioso
del Padre de amor ha entrado verdaderamente en nuestra carne. Habría
que leer todo el Evangelio a la luz de esta teofanía: todo aspecto de la ké-
nosis del Verbo, es decir, de nuestra condición humana auténtica,
manifiesta al Santo de Dios que se ha sumer

En hebreo y en griego: aquel que es «ungido».

41
LITURGIA FONTAL

gido en ella. Por el bautismo del Hijo en nuestra humanidad, toda carne -
persona y comunidad, tiempo y mundo, sufrimiento y alegría, muerte y
vida- está impregnada de la Presencia del Totalmente-Otro.
Irreversiblemente, el tiempo es ungido con su Plenitud. Todavía no es
nuestra respuesta ni nuestra participación, pero ya a partir de ahora el
Río de Vida ha dado la vuelta al sentido de la historia12.
El Padre mismo sella este advenimiento con su testimonio: «este es
mi Hijo amado, en quien me complazco» ( M t 3, 17). ¿Este? Este hombre
visible y al que se le considera hijo de José13 es, en efecto, el esplendor de
la Gloria del Padre14. Por él, cada uno de los hijos dispersos de Dios podrá
llegar a ser la alegría del Padre y su Morada deseada15. La voz venida del
cielo no anuncia una promesa, sino que proclama la exultación
asombrosa de un advenimiento esperado desde la hondura de los siglos:
el hombre desfigurado que se esconde lejos de su Rostro, ihe aquí que el
Padre lo encuentra de nuevo, por fin, en su Hijo predilecto!
Ciertamente, él está entre los hombres como «alguien a quien no
conocen» (Jn 1, 26), pero está en medio de ellos. Este misterio esponsal,
que solo el amigo del Esposo16 reconoce, es vivido por Jesús en el secreto
de su co

12 La himnología y la iconografía interpretan a menudo el Sal

113(A), 3 «el Jordán se vuelve atrás», en un sentido que llega a ser rea-
lista dentro del símbolo: cuando Jesús es bautizado, el Jordán (el signo)
retorna a su Fuente (el Río de Vida que significa). El símbolo remite a
su fuente.
13
Le 3, 23 al comienzo de la genealogía que sigue a la narración del
Bautismo.
14 De ahí una variante, considerada apócrifa, en dos manuscritos de

la Vetus latina: «Mientras él era bautizado, una luz intensa se derramó


fuera del agua...». Cfr. la nota de la Biblia de Jerusalén en Mt 3, 15.
15 Cfr. la paloma, como símbolo teofánico del Espíritu Santo en Mí

3, 16, que remite al final de la narración del diluvio: cuando la paloma


no vuelve, indica que la tierra es nuevamente habitable por el hombre
(Gn 8, 12). Es también el signo del principio de la nueva creación (Cfr.
Gn 1, 2).
16 Jn 3, 29: Juan el Precursor y Bautista.

42
LITURGIA FONTAL

razón. ¿Quién podrá vislumbrar jamás lo que Cristo ha tenido que pasar
y experimentar para sellar esta Alianza en la verdad de su corazón de
hombre? Porque es precisamente en este corazón donde se vive desde
entonces el drama del Río de Vida, y en cada momento de su tiempo
mortal. Ser inseparablemente Dios y hombre, es decir, acoger de continuo
la Novedad de la Vida del Padre y heredar, de su Madre virginal, todo el
humus de nuestra humanidad. Ser el lugar de encuentro de dos
búsquedas, de dos deseos17, el lugar de impregnación de dos mundos, el
de la Gracia y el de la carne. Ser la cruz de dos amores y el foco de su
Alianza, la tensión de dos nostalgias y la fuente que las calma... «¿Quién
creyó nuestro anuncio?»18. La fuente está aquí, y es el corazón del Siervo:
lugar de la Pasión de Dios y de la pasión del hombre, lugar de la Com-
pasión. Aquí, Dios ha nacido del hombre y el hombre, de Dios: lugar del
nacimiento y del conocimiento, umbral donde la muerte se detiene
confundida, silencio de la Alegría y del manar... Es en este corazón, por
fin, en la última kénosis, donde el Río va a brotar y la Gloria del Padre se
revelará. Entonces «toda carne la verá» (Is 40, 5): será la Hora de Jesús,
el Acontecer del Misterio.

17 Literalmente, «sed» en plural; por tanto, el sentido es: «lugar de

encuentro de la búsqueda de Dios y la búsqueda del hombre, de ia sed de


Dios y la sed del hombre» [N.d.T.].
Is 53, 1. Retomado por Jn 12, 38 justo poco antes de la Pasión de
Jesús.

43

XXXXXXXXX

Capítulo III LA HORA DE JESÚS O EL ACONTECER DEL


MISTERIO

El advenimiento del Río de Vida en nuestra carne ha inaugurado la


Plenitud de los tiempos. La kénosis del Hijo en su Encarnación es a la
medida de la manifestación del amor del Padre: sin medida. Sí, «tanto
amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 13, 16). El Verbo se
hace carne mediante el Espíritu Santo y la Virgen María: esta kénosis es
personal. Nuestra humanidad entera es ungida y desposada con Cristo:
esta kénosis es total. Pero no se cumple si no llega hasta el final de nues-
tra condición humana: la muerte. «Habiendo amado a los suyos, los amó
hasta el extremo del amor» (Jn 13, 1). Es, pues, el momento central de la
Plenitud de los tiempos, la Hora hacia la que tiende todo lo anterior, la
de la Cruz y la Resurrección. En esta Hora decisiva surge el Aconteci-
miento del Misterio.
Los acontecimientos salvíficos realizados por el Dios vivo en el
tiempo de las promesas eran solo sombras y balbuceos. Los gestos
salvíficos de Cristo durante su vida mortal también eran solo signos
precursores de su obra definitiva. ¿Qué significa, en efecto, para nuestro
Dios salvar al hombre? ¿Impartirle un curso de teología? ¿Darle una ley
moral, aunque sea la del amor? ¿Enseñarle a modificar sus propias
estructuras personales, sociales o cósmicas? ¿Notificarle detalladamente
un culto agradable a

44
JEAN CORBON

su Creador? ¿Revelarle que Dios es Padre, que es bueno y misericordioso,


sugeriéndoselo como lo hacemos nosotros unos con otros en nuestros
momentos felices? Bien, y después ¿qué?... Todo esto el hombre lo busca a
tientas, desde hace siglos, en sus religiones, sus filosofías, sus ciencias y
sus ideologías. Los héroes de la justicia y del amor al hombre no faltan en
la historia, incluso reciente. ¿Y después? Después de todo esto,
permanece la cuestión fundamental que angustia al hombre y permanece
sin solución real: yo existo, pero existo para la muerte, en todo momento
y en el último instante. ¿De qué sirven modelos morales y promesas de
vida sublime, mientras la raíz de esta siniestra tragedia sigue sin ser
extirpada: la muerte? No mañana, ahora mismo. Es el único problema
serio. Lo demás es palabrería y evasión.
Si el advenimiento de Dios al hombre no alcanzara esta profundidad,
Dios se burlaría del hombre. Es lo que ocurre con toda religión e
ideología: al no poder exorcizar la muerte, proponen al hombre no pensar
más en ella. Al contrario, «la locura del misterio» (1 Co 1, 17-25) es entrar
en la muerte. El advenimiento del Río de Vida en nuestra historia es el
único acontecimiento serio porque afronta nuestra muerte. «Nadie puede
ver a Dios sin morir», nos repite el Verbo desde la teofanía del Sinaí.
Reducir esta experiencia a un inexplicable horror sagrado ante el
misterio tremendo no solo sería confundir la teología con la patología del
inconsciente, sino que nos devolvería al punto de partida, confesando,
además, que el sentido de Dios en el hombre está envenenado por la
muerte. No, «a Dios nadie le ha visto jamás; pero el Hijo único, que está
vuelto hacia el seno del Padre, él lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18).
Haciéndose hombre se ha vuelto hacia él seno de la muerte, entra en ella y
este es el Acontecimiento decisivo, el único.
Solo Jesús es el Acontecimiento de Dios en favor del hombre, porque
es el advenimiento de Dios con el hombre. No con buenas palabras,
predicándonos un Evange

45
JEAN CORBON

lio maravilloso, sino bebiendo el cáliz de nuestra muerte. No haciéndonos


el bien a distancia, para volvernos aún más irresponsables, sino
ofreciéndonos compartir libremente su Vida incorruptible, desde ahora...
si también nosotros consentimos en entrar en su muerte por amor, la
única que destruye nuestra muerte. Jesús, vencedor de la muerte con su
muerte y que nos entrega su Vida: he aquí el único Acontecimiento de la
historia, su Cruz y su Resurrección. No dos acontecimientos, sino dos
momentos del mismo Misterio.

El Acontecimiento escondido: la Cruz

Hay una armonía secreta entre el día de la Anunciación y la Hora de


la Cruz. No la que se podría pensar de inmediato -entre el primer
instante de una existencia humana y su último momento-, pues, al
contrario, la Hora de la Cruz traspasa la limitación del tiempo. Tampoco
la que se podría establecer entre el seno de la madre donde el Hijo ha
sido concebido y la tierra donde será sepultado, si bien uno y otra
esconden el mismo misterio fontal. La armonía secreta entre la
Anunciación y la Cruz está en la kénosis del Hijo predilecto. En aquella
comienza, y entonces es semilla frágil; en esta se consuma, y ya es espiga
cargada. En la primera, el Verbo recibe de la Madre su condición de
hombre; en la segunda, acoge de todos los hombres el peso de su pecado y
de su muerte. María misma, primeramente Madre de Jesús, Hijo de Dios,
se convierte ahora en la Mujer [Jn 2, 4 y 19, 26), la nueva Eva, Madre del
Cristo total. Pero la armonía profunda entre estos dos nacimientos, entre
estas dos kénosis, está, finalmente, en la Energía del Espíritu Santo:
virginal en el Advenimiento del Misterio, lo es más admirablemente aún
en su Acontecer.
Que la concepción de Jesús sea virginal es, se podría decir, una
evidencia; en ella, todo resplandece de gratuidad y

46
JEAN CORBON

libertad, el amor del Padre y el consentimiento del Verbo, la acogida de


María y el poder del Espíritu. Ningún querer humano ni ningún
determinismo pueden explicar la Encarnación y la kénosis de amor que
se revela en ella. Pero en la muerte del Verbo encarnado en la Cruz, ¿por
qué la Energía del Don y de la Acogida sigue siendo virginal?1.
En el drama de la Pasión, aparentemente todo puede explicarse al
nivel de causas y determinismos. Las actitudes del corazón humano se
mezclan con los datos de las circunstancias de aquel momento histórico:
la ocupación extranjera, con sus opositores y sus colaboradores, el pánico
de las autoridades contestadas y su alianza objetiva, las ambiciones y las
cobardías, el tráfico de intereses y los celos, las traiciones y las
negaciones, la pasividad de una mayoría silenciosa y la demagogia de
algunos agitadores, la violencia y la desesperación... Es el drama que los
hombres han vivido desde siempre. ¿Cómo se llega a la muerte de Jesús?
Se podría explicar mucho más claramente que la muerte y el sufrimiento
de millones de inocentes en nuestros días.
Sin embargo, todas estas causas, más o menos libres, y todos estos
determinismos no explican absolutamente nada respecto al sentido del
acontecimiento. Jesús es el único ser humano que no se ha visto
sorprendido por la muerte y que no la sufre como una fatalidad. No solo
no intenta sustraerse a ella, sino que ni siquiera lucha contra ella, como
hacemos nosotros instintivamente, para intentar retrasarla. No, va hacia
ella libremente, soberanamente2, con toda su vitalidad humana y divina,
que le tiene horror, pero la quiere con toda su voluntad de Hijo y con todo
su amor por los hermanos3. Entra en la muerte y

1 La fe musulmana, que admite sin dudar la concepción virginal de

Jesús, encuentra, por el contrario, su principal piedra de escándalo en su


muerte.
2 Este rasgo está especialmente marcado en el cuarto Evangelio.

3 Para todo este parágrafo, releer Hb 2, 9-18.

47
JEAN CORBON

la afronta en combate singular, él solo por todos. «Mi vida, nadie me la


quita, sino que yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18).
De nuevo, entendámoslo bien4: que el Dios vivo cree de la nada es
admirable, pero no asombroso; es algo que se deduce. Que el Verbo se
encarne por la sinergia del Espíritu Santo «y» de la Virgen María es
infinitamente más admirable, es asombroso, aunque la Energía del
Espíritu no pueda ser más que virginal. Pero que el Verbo de vida se
ofrezca a la muerte voluntariamente, sin resistencia, esto es lo
escandaloso; y, sobre todo, que con su muerte destruya la muerte, ¡esta es
la locura por excelencia!5. Sí, «nosotros predicamos un Cristo crucificado,
escándalo para los judíos, locura para los gentiles, pero, para los lla-
mados, un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios» ( 1 Co 1, 23 ss).
Cuando Jesús es arrestado, se niega a combatir; sus apóstoles no son
su guardia personal. Cuando se burlan de él, lo flagelan, lo condenan y lo
crucifican, la firmeza de sus palabras, que desarma, y su perdón a los
verdugos manifiestan el mismo misterio: a los hombres, dominados por la
mentira y el odio y que polarizan sobre él todo su poder de muerte, el
Hijo amado no opone la violencia, otro poder de la muerte. ¡No desea la
muerte del pecador!; al contrario, quiere que viva. Por eso, Jesús no ataca
al hombre, sino a la muerte, de la que el hombre es prisionero. Su no-
violencia no es debilidad ni objeción de conciencia: es la fuerza del Amor.
Aunque los hombres quieren «destruir el árbol en su vigor y arrancarlo
de la tierra de los vivos» (Jr 11, 19), en realidad levantan el Árbol de
Vida cuyas hojas podrían curarles (Ap 22, 2). En la hora en que se
consuma la kénosis, la no-violencia del

< Cfr. el capítulo TI.


5 Locura para toda antropología o religión que esquive la muerte. Cfr. la

nota 1. Fuera de Cristo, se puede solo esquivarla o suicidarse. Cfr. A. Camus


en Cálígula o el mito de Slsifo.

48
JEAN CORBON

Amor es omnipotente. En el mismo instante en que el hombre cree


entregar a la muerte el Autor de la Vida, es él quien se entrega para dar
la Vida a quienes son esclavos de la muerte. En la hora de Jesús, el
drama de la tradición, de la entrega divina, alcanza su plenitud de Gracia
y de Verdad.
La kénosis de la Encarnación era la aurora de la Gracia; la de la
Cruz es su esplendor en las más oscuras tinieblas. Estas imágenes son
quizá símbolos, pero no hipérboles, porque la realidad es aún más
desconcertante. En efecto, cuando el día comienza, ¿qué acontece? La
noche se disipa. La noche no era nada más que una ausencia, en sí
misma no existía; nada produce la noche, y, sin embargo, cuando está,
nada existe para nadie, los hombres no se reconocen siquiera. Como tal,
la noche está vacía de sentido y le quita el sentido a todo. Ahora bien, en
el vacío de todo acontecimiento humano, en el fondo del abismo del
corazón del hombre, hay una noche, la de la muerte y el pecado6, del sin
sentido y la ausencia. Esta noche, «la carne y la sangre» (Jn 1, 13; 1 Co
15, 50) no pueden disiparla; nada externo al hombre puede derramar la
luz en ella. Reina en el corazón y, desde ahí, recubre todo con su velo,
desde las profundidades del hombre hasta sus estructuras más
conscientes. Solo Aquel que es la Luz puede asumir lo humano sin
estropear nada en él: es la kénosis de su Encarnación. Y solo este
Hombre-Dios, con quien la muerte no tiene complicidad, puede entrar en
la noche más oscura de la muerte: es la kénosis de su Cruz.
Entonces, en pleno día «el sol se eclipsó y se oscureció toda la tierra
hasta la hora de nona» (Le 23, 44). Cuando los verdugos alzaron en la
cruz al Señor de la Gloria, ¿sabían lo que hacían? Cuando la Luz se
sumergió en medio de las tinieblas, ¿qué sucedió? No una romántica
aurora, sino un combate, la Agonía que decidió la salvación de to-

6 Literalmente, «de la muerte y la fractura» [N.d.T.]. «Fractura» es el

término hebraico y semítico más frecuente para expresar el pecado se


inspira en la imagen del fin fallido, de la rotura (Khata'a).

49
JEAN CORBON

dos los hombres. La Muerte se alimenta de mentiras y en-


gendra engaño; se nutre de apariencia y deja el vacío tras de sí.
Aquí, a la hora de nona, «la Hora de las tinieblas» (Le 22, 53),
se apodera de su presa... pero será ahogada por quien cree
devorar. Es «presa del miedo»7: Aquel que entra en ella no es
mortal porque haya caído en las redes del pecado, sino que es
mortal por amor, mortal por Gracia y Verdad. Entonces, la
muerte es engañada, su mentira se vuelve contra ella. Cuando
la Verdad resplandece8, la mentira es confundida y se disipa
como la noche ante el Día que amanece. La Muerte ya no
existe: el Hijo del Viviente la ha destruido con su propia
muerte9.

El Acontecimiento manifestado: la Resurrección

Poco a poco se va a manifestar este Acontecer del Misterio.


En su Advenimiento, en el momento del Bautismo, Jesús vio
abrirse el cielo: el Padre le reveló como su Hijo predilecto y el
Espíritu confirmó este testimonio. Ahora, en la Hora en que se
cumple la Economía de la salvación, es Jesús quien abre al
hombre, errante lejos de Dios, el jardín de la Vida, «el paraíso»
(Le 23, 43). Y es que desde ahora la Fuente ya está aquí.
La efusión de amor de la Trinidad Santa estalla en nuestra
carne: el Padre se ha dado por entero al entregarnos totalmente
a su Unigénito y a su Espíritu y, al mismo tiempo, Jesús se
entrega totalmente al Padre y nos da su Aliento: «'Padre, a tus
manos encomiendo mi espíritu'... e inclinando la cabeza entregó
su Espíritu» (Le 23, 46 y Jn 19, 30). Cuando el Verbo expira con
un gran grito, el velo

50
JEAN CORBON

7 Cfr. la Homilía pascual atribuida a san Juan Crisóstomo, leída al

final del Oficio pascual en la Liturgia bizantina.


8 Cfr. la respuesta de Jesús a Pilato: «Yo he venido al mundo para

dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37).


9 «Cristo ha resucitado de entre los muertos: por la muerte ha des-

truido la muerte y a los muertos les ha dado la Vida» (Tropaño pascual


de la Liturgia bizantina).

51
JEAN CORBON

del templo se rasga de arriba abajo (Me 15, 37 ss). Ya no será ahí, ni en
ningún otro lugar, donde se le adorará, porque el Santo de los santos se
ha revelado ahora: es el corazón desgarrado del Padre. La Fuente de la
que mana la Vida, la Energía del Amor, está aquí: no ya en testimonio y
en promesa, como en el Bautismo, sino en silencio y en realidad, en el
Cuerpo del Hijo amado.
La Cruz es la primera teofanía de la Fuente y, por haberla
contemplado con sus propios ojos de carne, Juan podrá más tarde
penetrar su misterio en la última visión del Apocalipsis (22, 1 ss).
Cuando «uno de los soldados, con su lanza, atravesó el costado» de Jesús,
«al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34). «El agua desciende de de-
bajo del lado derecho del templo» (Ez 47, l)10, del verdadero templo que es
su Cuerpo (Jn 2, 21). A partir de «aquel día», «hay una fuente abierta
para David y para los habitantes de Jerusalén» (Za 13, 1).
«Había un jardín en el lugar donde había sido crucificado y, en este
jardín, un sepulcro nuevo, en el que todavía no había sido puesto nadie»
(Jn 19, 41). Es ahí donde depositan a Jesús. En la primera creación
«salía de Edén un río para regar el jardín» (Gn 2, 10). Durante el gran sá-
bado de Pascua y hasta la aurora del Día de la nueva creación, la Fuente
permanecerá sepultada en el jardín. Como el seno de la Virgen en la
Anunciación, así la tierra acoge a su Señor e Hijo. En el silencio de las
profundidades, es la última «Preparación» (Jn 19, 42). El sábado también
se cumple en el trabajo de su Señor; su última obra será impedir que se
embalsame el Cuerpo de Jesús: el tiempo mortal era tan solo
preparación; aquí lo tenemos ahora colmado con el Acontecimiento de la
Pascua.
En efecto, pues mientras todo trabajo se detiene, el Padre «no cesa de
trabajar» (Jn 5, 17) para llevar a tér

10 Si el corazón de Cristo fue traspasado por la lanza del soldado, el

.golpe fue dado en el lado derecho.

52
JEAN CORBON

mino la obra maestra de su tradición de amor: el Cuerpo de su Unigénito,


que ha cargado con el pecado de todos y asumido su muerte, el Padre lo
penetra con su Aliento y lo hace surgir Vivo e incorruptible. No se puede
describir este Acontecimiento. Toda iconografía que se arriesgue a
hacerlo será miserablemente apócrifa. Si se pudiese imaginar el surgir de
entre los muertos del Viviente que se ha sumergido en su ausencia,
entonces su Cuerpo estaría todavía al alcance de nuestros sentidos y, por
tanto, de la muerte. El silencio de la Resurrección es aquí, más que
nunca, el misterio del Reino que viene11. De ahora en adelante, en su
humanidad integral, Jesús ES; toda apariencia sería todavía signo de
muerte. Por eso, no se aparecerá a sus discípulos como si fuera un
ausente que hace apariciones, sino que, según la claridad del lenguaje
evangélico, se dejará ver por ellos. El no cambiará de forma, él ES; son
ellos quienes, a la medida de su fe, lo reconocerán. Porque el Cuerpo que
surge vivo de la tumba ya no es solamente el de la sed del hombre, sino,
ahora y por siempre, el de la Fuente de vida.

La Resurrección: el manar de la Liturgia

«Cuando pasó el sábado» (Me 16, 1) -y pasó definitivamente este


símbolo cíclico de nuestro tiempo mortal-, las portadoras de aromas
pudieron ir a la tumba «al despuntar la aurora» (Le 24, 1); se había
levantado ya el día, el de la creación liberada de la muerte, el Día que no
conoce el ocaso. «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está Vivo?»
(Le 24, 5). ¡Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado! Por lo
tanto, todo comienza.
La Vida mana de la tumba, más límpida que del costado traspasado,
más vivificante que del seno de la Virgen María. En la tumba, donde no
cesa de ir a expirar la sed

San Isaac de Nmive.

53
JEAN CORBON

del hombre, la sed de Dios viene a recogerla. Ya no se trata solo de la sed


que busca la Fuente, sino de la Fuente que se ha hecho sed y mana en
ella. «Dame de beber... tengo sed» (Jn 4, 7 y 19, 28): el Río de Vida estaba
en kénosis en el cuerpo mortal de Jesús. Pero, al penetrar nuestra
muerte, puede brotar de nuestra tierra en el Cuerpo incorruptible de
Cristo. La tumba permanece como el signo del amor hasta el extremo con
que el Verbo ha desposado nuestra carne, pero no es ya el lugar de su
Cuerpo: «No está aquí», insisten los tres Sinópticos. Este Cuerpo se ha
convertido en el principio de la Alianza totalmente nueva de la
Resurrección. Ahora, el flujo y reflujo de la Pascua se unen: en Cristo
resucitado, el Verbo encarnado es Hombre viviente y el hombre llega a
ser hijo de Dios. En él, la pasión del Padre por el hombre se ha cumplido:
«Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy»12.
En este día de nacimiento, el Río de Vida, al derramarse desde la
tumba hasta nosotros en el Cuerpo incorruptible de Cristo, se ha
convertido en LITURGIA. Su fuente ya no es solo el Padre, sino también
el Cuerpo del Hijo de ahora en adelante totalmente penetrado de su
Gloria. Si todo el drama de la historia se juega entre el Don de Dios y la
acogida del hombre, alcanza en este Día su punto culminante, su
Principio eterno, porque las dos Energías se han unido para siempre. El
consentimiento del Hijo a nacer eternamente del Padre ha invadido total-
mente el Cuerpo de su humanidad. Por esta Unción sobreabundante de
Vida, Jesús resucita y llega a ser Cristo en plenitud. Esta alianza de sus
dos Energías, divina y humana, hace de Cristo resucitado Fuente
inagotable de la Liturgia. Antes, el Río de Vida estaba en kénosis en su
Cuerpo, escondido y limitado por su carne mortal; como

12 Este versículo del Salmo 2 es interpretado sobre todo en este sentido

pascual en el kerigma apostólico y en la catequesis de los Padres: para el Día


de la Resurrección o para la Ascensión, que confirma la Resurrección.

54
JEAN CORBON

el primer Adán, Jesús era «alma viviente». Pero, cuando surge de la


tumba, se convierte en «espíritu vivificante» ( 1 Co 15, 45). Desde ahora,
en su Humanidad integral -naturaleza, voluntad y energía-, Jesús es el
Viviente. Por tanto, él está unido al Padre, irradiando de su Cuerpo la
Gloria de Dios; unido a la Fuente, él da la Vida (cfr. Jn 5, 20 ss y 26 ss).
El Río de Vida puede ahora manar del Trono de Dios «y» del Cordero. La
Liturgia ha nacido: la Resurrección de Jesús es su primer manar.
¡No imaginemos este Acontecimiento como si fuese algo del pasado!
Cierto, ha sucedido una vez en nuestra historia: es un Acontecimiento y
no un símbolo. Pero ha sucedido «de una vez para siempre»13. Nuestros
acontecimientos ocurren una vez, pero nunca de una vez para siempre:
pasan y pertenecen como tales al pasado. La Resurrección de Jesús no
está en el pasado; si así fuera, Jesús no habría vencido nuestra muerte.
Porque la muerte de Jesús, más allá de sus circunstancias históricas, las
cuales sí han pasado, es por sí misma la muerte de la muerte. Ahora
bien, el acontecimiento por el que la muerte ha muerto no puede
pertenecer al pasado; en tal caso, la muerte no habría sido vencida. En
tanto que pasa, el tiempo es prisionero de la muerte; desde el momento
en que es librado de ella, ya no pasa. La hora hacia la que tendía el deseo
de Jesús «ha llegado y estamos en ella» siempre: el Acontecimiento de la
Cruz y la Resurrección no pasa.
Este es el único Acontecimiento de la historia. Todos los demás
acontecimientos han muerto o morirán, solo este permanece. «Cristo, una
vez resucitado, ya no muere más» {Rm 6, 9). No ha sido reanimado como
Lázaro, la hija de Jairo o el hijo de la viuda de Naín. Estos recomen

13 Cfr. Rm 6, 10 y passim en la carta a los Hebreos: la expresión no es

empleada más que para la Muerte y Resurrección-Ascensión de Jesús.

55
JEAN CORBON

zaron una existencia mortal y, finalmente, murieron sin retorno. Para


Cristo, y para él solo primero, resucitar es pasar por la muerte y, en su
Humanidad integral, ir más allá de la muerte. Él ha traspasado el muro
de la muerte... y, por tanto, el del tiempo mortal. Este advenimiento del
Verbo de Vida en nuestra carne y hasta el vacío de nuestra muerte es el
único que merece llamarse Acontecimiento, porque por él todos los muros
de la muerte han sido derrumbados y ha surgido la Vida. Esta Hora en
que el Verbo, dando un gran grito, entrega su Espíritu de amor para que
el hombre viva, ya no está en el pasado: esta Hora es, permanece,
atraviesa la historia y la sostiene.
Este poder inaudito del Río de Vida en la humanidad de Cristo
resucitado: he aquí la Liturgia. En ella, todas las promesas del Padre
encuentran su cumplimiento (Hch 13, 32). Desde entonces, la Comunión
de la Trinidad Santa no cesa de derramarse en nuestro mundo y de
inundar nuestro tiempo con su plenitud. Desde entonces, la Economía de
la salvación se ha convertido en Liturgia.
En esta perspectiva, la relación entre celebración y vida es una
cuestión secundaria. Lo primero es la relación de una y otra con el
Acontecimiento de la Pascua que brota en el corazón de todo
acontecimiento. En Cristo vivo, «que no está aquí», sino que ha
resucitado, que lo llena todo y que tiene las llaves de la muerte, el
corazón de Dios y el del hombre son como los dos latidos del corazón de la
historia. Ahí mana la Fuente.

56

Capítulo IV LA ASCENSIÓN Y LA LITURGIA ETERNA

«El Río de Vida que mana del trono de Dios y del Cordero» (Ap 22, 1)
caminaba escondido en el desarrollo de los tiempos, los de la Promesa y
de la paciencia de Dios. «Cuando llegó la Plenitud de los tiempos» (Ga 4,
4), el tiempo de la Encarnación, entró en nuestro mundo y asumió
nuestra carne. En la Hora de la Cruz y de la Resurrección, manó del
Cuerpo de Cristo, incorruptible y vivificante: desde entonces, el Río de
Vida es Liturgia. Un tiempo nuevo comienza entonces dentro de este
tiempo1 nuestro, donde la Muerte, tras su derrota decisiva, libra su
combate en todos los frentes, pero donde la Pascua del Señor va a
penetrar las profundidades del hombre y de la historia: son los últimos
tiempos2.
Como la Hora de Jesús es inseparablemente la de su Cruz y su
Resurrección, así el momento3 en que se inauguran los últimos tiempos es
inseparablemente el de la Ascensión del Señor y la Efusión de su
Espíritu. La relación que une esta Hora y este momento se ha de buscar
no

1 Expresión paulina en oposición al tiempo que viene.


2 La Biblia, al revelar la Economía de la salvación, distingue los tiempos
de su realización: el principio de los tiempos, el desarrollo de los tiempos
(Antiguo Testamento), la Plenitud de los tiempos, los últimos tiempos en que
nos encontramos y la consumación de los tiempos.
3 Además de los tiempos, el vocabulario bíblico distingue los momentos

determinantes, decisivos, en los que se realiza la Economía de la salvación.


Cfr. Hch 1, 7 y su nota en la Biblia de Jerusalén.

57
JEAN CORBON

tanto en su sucesión cronológica -sería quedarse al nivel del tiempo


mortal4-, sino en el despliegue de la Energía di-vino-humana en la cual,
el Río de Vida se ha convertido en Liturgia. En efecto, Jesús ha muerto y
resucitado «de una vez para siempre» y este Acontecimiento sostiene y
atraviesa ahora toda la historia. Pero, cuando entra junto al Padre en su
humanidad y derrama el don vivificante del Espíritu, no cesa de
manifestar y realizar la Liturgia. No hay más que una Pascua, pero su
poderosa Energía se despliega en una Ascensión y en un Pentecostés
continuos.

El Misterio de la Ascensión

Desgraciadamente, la Ascensión del Señor es muy poco conocida por


la mayoría de los fieles. Esta ignorancia está íntimamente ligada a la del
misterio de la Liturgia. Una lectura superficial de la parte final de los
Sinópticos y del primer capítulo de los Hechos puede dar la impresión de
una partida. Entonces, para el lector no sensible al Espíritu, se ha
pasado una página; comenzará a pensar en Jesús en pasado: lo que dijo,
lo que hizo... Al continuar «buscando entre los muertos al que está vivo»,
se ha cerrado por completo la tumba y cegado la Fuente, y se vuelve a la
vida rutinaria, sea moral sea cultual, como los justos de la antigua
alianza... Sin embargo, este momento de la Ascensión es un giro decisivo:
sí, es el fin de algo de lo que no hay que huir, el final de una relación del
todo externa con Jesús, pero, sobre todo, es la inauguración de una
relación de fe totalmente nueva, de un tiempo nuevo: la Liturgia de los
últimos tiempos.
No podemos por menos de admirar, para renovarnos en ella, la
intuición de los primeros siglos cristianos hasta el comienzo del segundo
milenio: el Cristo de la Ascensión es la clave de bóveda de las iglesias.
Cuando el Pue
4 Es decir, del tiempo marcado por la muerte, como nosotros lo

percibimos en cuanto medida del movimiento.

58
JEAN CORBON

blo de Dios se reúne para manifestar y llegar a ser el Cuerpo de Cristo,


su Señor Está allí y Viene. Él es la Cabeza y atrae su Cuerpo hacia el
Padre vivificándolo con su Espíritu. La iconografía de las iglesias, tanto
de Oriente como de Occidente durante este período, es como la extensión
del misterio de la Ascensión a las dimensiones de toda la Iglesia. Cristo,
el Señor de todo (pantocrátor), es «la piedra angular desechada por los
constructores»5; elevado en la Cruz, Él es elevado en realidad junto al
Padre, con el cual él se convierte, en su Humanidad vivificante, en fuente
del Río de Vida6. En la bóveda del ábside aparecen la Mujer y su Hijo (Ap
12): en la misma visión, la Virgen dando a luz y la Iglesia en el desierto.
En el santuario, encontramos a los ángeles de la Ascensión u otras expre-
siones de las teofanías del Espíritu Santo7. Finalmente, en los muros de
la iglesia, las piedras vivas, la multitud de los Santos, «la nube de los
testigos», la Iglesia de los «primogénitos» (Hb 12, 23). La Ascensión del
Señor es, realmente, el espacio nuevo de la Liturgia de los últimos
tiempos y la iconografía de la iglesia de piedra es su símbolo
transparente8.
Así, por su Ascensión, Cristo, lejos de desaparecer, comienza, por el
contrario, a hacerse presente y a venir. Los himnos de nuestras Iglesias
le cantan entonces como el Sol de justicia que sube del Oriente. Aquel
que es el Esplendor del Padre y que había descendido hasta las pro-
fundidades de nuestras tinieblas se eleva ahora hasta llenarlo todo con
su luz. Entre su primera Ascensión y la

5 Sal 117, 22 ss, retomado en la parábola de los viñadores homicidas en

Mt 21, 42.
6 En el cuarto evangelio, «elevar» tiene un doble significado que se

aplica a la Cruz y a la Ascensión: Cfr. Jn 3, 14 y la nota de la Biblia de Je-


rusalén.
7 Uno de los sentidos de los ángeles en la Biblia, especialmente «el Ángel

del Señor», es hacer presentir el misterio del Espíritu Santo.


8 El plan orgánico de la Constitución conciliar del Vaticano II sobre la

Iglesia es coherente con esta tradición iconográfica.

59
JEAN CORBON

que tendrá lugar en el cénit de su Parusía gloriosa se sitúan nuestros


últimos tiempos. El Señor no se ha ido para descansar de su tarea
redentora: su «trabajo» {Jn 5,17) está, de ahora en adelante, junto al
Padre y de este modo él está mucho más cerca de nosotros, «cercanísimo
a nosotros»9, en este trabajo que es la Liturgia de los últimos tiempos.
«Lleva a los cautivos», que somos nosotros, hacia el mundo nuevo de su
Resurrección, y él derrama sobre los hombres «sus dones», su Espíritu
(Ef 4, 7-10). Su Ascensión es un movimiento progresivo, «de principio en
principio»10.
Ciertamente, Jesús está junto al Padre, pero, si reducimos esta
subida a un momento de nuestra historia mortal, sencillamente
olvidamos que, a partir de la Hora de su Cruz y de su Resurrección, Jesús
y los hombres no son más que uno: Él se ha hecho hijo del hombre para
que nosotros lleguemos a ser hijos de Dios. La Ascensión es progresiva,
para «construir este Hombre perfecto, a la medida de la madurez, que
realiza la plenitud de Cristo» {Ef 4, 13). El movimiento de la Ascensión
solo se habrá cumplido cuando todos los miembros de su Cuerpo sean
atraídos hacia el Padre y vivificados por su Espíritu. ¿No es este el
sentido de la respuesta de los ángeles a los «hombres de Galilea: ¿Por qué
estáis parados mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo
Jesús, vendrá así tal como le habéis visto irse al cielo» {Hch 1, 11)? La As-
censión no nos ofrece el escenario anticipado de la última Parusía: ella es
la energía pascual de Cristo, que «lo llena todo» {Ef 4, 10), es
continuamente el momento de su Venida.

9 Liturgia bizantina de la Ascensión.


10Expresión de Gregorio de Nisa en su Homilía VIH sobre el Cantar
de los Cantares (PG 44, 941c). Toda la vida espiritual es llevada por este
dinamismo ascensional.

60
JEAN CORBON

La Liturgia celestial

¿En qué consiste, pues, este trabajo en el que el Vencedor de la


muerte difunde con profusión su Vida? ¿Cuál es, pues, esta Energía
mediante la cual el Padre y el Hijo resucitado «actúan siempre» (Jn 5,
17)? Es la Liturgia Fontal, en la que la Humanidad vivificante del Verbo
encarnado está con el Padre para hacer manar el Río de Vida; es la
Liturgia celestial11. Por usar la expresión de la Carta a los Hebreos, aquí
está «el punto capital de cuanto venimos diciendo: tenemos un sumo
sacerdote tal, que se sentó a la derecha del trono de la Majestad en los
cielos, ministro del santuario y de la Tienda verdadera, levantada por el
Señor y no por un hombre» (Hb 8, 1 ss)12. Esta Liturgia eterna -en el
sentido de que el Cuerpo de Cristo permanece incorruptible- no pasará; al
contrario, es ella la que hace pasar este mundo a la Gloria del Padre en
una gran Pascua, cada vez más poderosa.
Este misterio no podía revelarse sino al acercarse su consumación.
Es el significado del último libro de la Biblia, el Apocalipsis, es decir, la
Revelación del misterio total de Cristo. A nosotros, que estamos en los
últimos tiem

11 La expresión no es, en efecto, corriente hoy día. Con la preocupa-

ción por desmitificar, se prefiere omitirla. Y, sin embargo, es un rayo de


fe purificante que nos abre al misterio de la Liturgia. Desconocer la Li-
turgia celestial equivale a rechazar la tensión escatalógica de la Iglesia,
instalándose en este mundo (secularismo) o evadiéndose de él (pie-
tismo). Ello conduce también a separar la Liturgia de la vida, ya que la
Liturgia celestial no es otra Liturgia, paralela o ejemplar, al lado de la
que creemos ser la nuestra en este tiempo nuestro. Desconocer la Litur-
gia celestial es, en el fondo, olvidar que la Plenitud de los tiempos invade
sin cesar nuestro viejo tiempo para hacer de él los «últimos tiempos».
Es, finalmente, regresar a antes de la Resurrección y recaer en una fe va-
cía. Dirigirse hacia la imagen espacial para cosificarla o rechazarla co-
rresponde de hecho al viejo esquema religioso del hombre carnal -la di-
vinidad, de un lado, y el hombre, de otro-, mientras que el Reino de los
cielos ya está aquí, en medio de nosotros, dentro de nosotros.
12 Evocación de la Energía virginal del Espíritu en la Encarnación y

en la Resurrección: el Cuerpo de Cristo es el santuario de la nueva


Alianza. Cfr. también Ap 21, 22.

61
JEAN CORBON

pos, este libro nos revela la cara oculta de la historia. Cualesquiera que
sean las hipótesis sobre la composición final del libro, ha de notarse que
la visión de fe se desarrolla en él constantemente en dos planos. Al modo
de los iconos, parecería, antes que nada, que nos encontramos ante un
plano inferior (la tierra) y un plano superior (el cielo). Pero el
procedimiento no debe engañarnos. En el movimiento cada vez más
dramático de los últimos tiempos, estos dos planos son internos el uno al
otro. El más aparente revela el carnaval de la muerte conducido por el
Príncipe de este mundo; el más escondido conduce junto a Aquel que
tiene las llaves de la muerte. Ahora bien, lo que se vive aquí y allá es la
Liturgia.
Si la Liturgia comporta, incluso en la palabra que la expresa13, un
aspecto esencial de acción y de Energía, la Liturgia celestial nos revela
todos los actores del drama: Cristo y el Padre, el Espíritu Santo, los
Ángeles y todo lo que vive, el Pueblo de Dios -ya en la Vida incorruptible
o todavía en la gran tribulación-, el Príncipe de este mundo y las
Potencias que lo adoran. La Liturgia celestial es apocalíptica en el
sentido original de la palabra: ella reveía todo en el momento en que lo
cumple. Cuando el Acontecimiento está aquí, la profecía se hace
apocalíptica.

El retorno al Padre

«He aquí que había un trono levantado en el cielo y, sentado en el


trono, Alguien...» {Ap 4, 2). ¡En el corazón de la Liturgia, en su Fuente, al
fin, el Padre! Evidentemente, en los siglos eternos y desde el principio de
los tiempos, Él es la Fuente, «la fuente de la vida, la fuente de la
inmortalidad, la fuente de toda gracia y de toda ver

13 No imaginemos la Liturgia celestial fijando en una instantánea los

rasgos y las poses que sugieren los capítulos 4 y 5 del Apocalipsis. El


procedimiento literario es una puerta hacia el misterio: no la encerremos en
nuestra imaginación de tipo mortal.

62
JEAN CORBON

dad»'4, la fuente que buscaban los patriarcas excavando pozos, la que el


pueblo abandonaba por cisternas agrietadas, la que atraía a la mujer
samaritana, aquella por la que Jesús agonizante ardía de sed... Pero no
existía aún la Liturgia.
Solo cuando la Vida, manada de la tumba, se convierte en Liturgia,
puede por fin ser celebrada: entonces el Río regresa a su Fuente, al
Padre. La celebración de la Liturgia celestial comienza con este
movimiento de Retorno. La Energía de Don en la cual el Padre se ha com-
prometido totalmente desde el principio, aquel amor desgarrado en que
entregaba a su Hijo y a su Espíritu, aquellas kénosis por donde caminaba
el Río de Vida desde la creación, desde la Promesa, desde la Encarnación
hasta la muerte en la Cruz y la sepultura, toda esta fiel y paciente
tradición de su Ágape manifiesta al fin su fruto. La Liturgia es este
inmenso reflujo del Amor donde todo se ha convertido en Vida. Él lo
había sembrado todo por pura gracia; he aquí el tiempo eterno de la
acción de gracias. «¡Porque es eterno su Amor!».
«¡Si conocieras el don de Dios!». ¡Si supiésemos entrar gratuitamente,
por «la puerta abierta en el cielo» (Ap 4, 1), en la Alegría del Padre!
Porque la Liturgia es la celebración de la Alegría del Padre. A Aquel a
quien nosotros temíamos, como Adán cuando se escondía lejos de su
Rostro (Gn 3, 8), a quien desconocíamos, como los dos hijos de la parábola
(Le 15, 11 ss), o de quien susurrábamos en la nube el Nombre inefable -
«El Es» (Ex 3, 14)-, he aquí que podemos al fin reconocerlo -«Él Es, Era y
Viene» (Ap 1, 4)- y «adorarlo en Espíritu y en Verdad, porque así son los
adoradores que busca el Padre» (Jn 4, 23). La Alegría que damos al Padre
dejándonos encontrar por Él es el impulso de exultación que relanza sin
cesar la Liturgia. ¿Cómo no habría de maravillarse Él, la Fuente, de

14 Eucologio de San Serapión (siglo iv).

63
JEAN CORBON

que el hombre haya llegado a ser fuente y responda a su Sed eterna?


Mucho más que en las parábolas en las que Jesús lo hace vislumbrar
-«habrá más alegría en el cielo por un pecador que se arrepienta...» (Le
15, 7)-, este júbilo es ahora una realidad: la alegría eterna del Padre por
el Retorno del Hijo predilecto. Salió Hijo único, y he aquí que retorna en
la carne, portador de los hijos de adopción: «¡Aquí estoy, yo y los hijos que
tú me has dado!» (Hb 2, 13). La Alegría inefable del Padre ha tomado
forma y Cuerpo en los múltiples rostros que expresan el del Hijo Amado.
Sí, puede estallar la Alegría fontal y manar y cantar con tantos ecos y
acentos, por pura Gracia, y cada uno es único. «Os lo digo, del mismo
modo hay alegría entre los ángeles de Dios...» (Le 15, 10).
«La Gloria de Dios es que el hombre viva»15. A partir de la Hora en
que el Hijo del hombre es glorificado (Jn 12, 28), ha comenzado la
glorificación del Padre. Y se perpetúa ya sin cesar16. No solo porque Él lo
ha recapitulado todo en Cristo «para alabanza de la gloria de su gracia»
(Ef 1, 3-14), sino también porque, a cada instante, viniendo de la gran
tribulación, nuevos hijos adoptivos nacen para su Alegría. El lenguaje
litúrgico de las Iglesias expresa, desde los orígenes, esta glorificación con
una palabra que hoy se redescubre: la doxología. En su misma
celebración fontal, la Liturgia es esencialmente doxoló-gica17. Lo
asombroso es que Aquel de quien procede eternamente la Energía de Don
se revela ahora como Energía de Acogida: recibe de todas las criaturas,
conformadas con su Hijo amado, el reflujo jubiloso del Río de la Vida. La
celebración de la Liturgia eterna consiste en este flujo y reflujo siempre
nuevo de la Comunión trinitaria partici

15San Ireneo de Lyon.


16Este aspecto incesante de la Liturgia celestial se subraya en el
Apocalipsis. Cfr. Ap 4, 8.
17 Doxología, literalmente, «expresión de la Gloria».

64
JEAN CORBON

pada por toda la creación: los Ángeles del Rostro, los Vivientes, todos los
tiempos (cfr. Ap 4, 4-11).
En efecto, al acogerla, el Padre no se reserva esta Alegría, sino que la
hace manar de nuevo en más amor y vida. La Liturgia eterna es así la
celebración de este Compartir, en que cada uno es todo entero hacia el
Otro. El misterio de la Santidad se ha convertido al fin en Liturgia,
porque es compartido y comunicado. Desde su manar y en su despliegue,
esta celebración está bañada por completo de esta santidad
resplandeciente: «Santo, Santo, Santo...». Es adoración (Ap 4, 8 ss).

El Señor de la historia

Si se ha entendido que la Ascensión de Jesús es el reflujo del Río de


Vida hacia su Fuente, la Palabra que retorna al corazón del Padre tras
haber cumplido su misión (Js 55, 11), se entenderá la convergencia de las
imágenes bíblicas, y especialmente del Apocalipsis, que nos hablan de la
Liturgia eterna en su dinamismo actual. La Liturgia celestial celebra el
acontecimiento continuo del Retorno del Hijo -de todos en Él- a la casa
del Padre. Es la fiesta, la comida, el banquete, el festín, las bodas
mismas, del Hijo Amado y de su Esposa. No todo está cumplido, pero el
Acontecimiento de la historia está ahí, en el corazón de la Trinidad, y, ya
uno con el Padre, se ha convertido en Fuente.
Esta Alianza fontal, el libro del Apocalipsis la expresa mediante su
símbolo central: el Cordero. «Entonces vi, en medio del trono y de los
cuatro Vivientes y de los Ancianos, a un Cordero en pie, como degollado»
( A p 5, 6). Cristo ha resucitado (en pie), pero lleva los signos de su paso
por nuestra muerte (como degollado). Su acción decisiva en la Liturgia
celestial es tomar el libro enrollado de la mano derecha de Aquel que está
sentado en el trono; ninguno, salvo él, puede tomar el libro y abrir sus
sellos

65
JEAN CORBON

( A p 5), Solo Jesús, por su victoria sobre la muerte, realiza el


Acontecimiento que escribe y descifra la historia. Fuera de su Pascua,
todo es absurdo. Algunos hombres pueden escribir historia, mientras
otros se imaginan hacerla. Solo Aquel que invade el tiempo con su
Plenitud puede revelar el sentido de la historia al desgarrar el velo de la
muerte y de la mentira. Él es el sentido de nuestra historia, porque Él es
su Acontecimiento. Él es el Señor de la historia.
Es importante decir que la Liturgia de la Ascensión no es solamente
la fiesta de la cosecha de la historia que ha precedido, sino también la de
la historia que se vive ahora: el Acontecimiento pascual da sin cesar su
fruto eterno en ella. Porque el Señor de la historia es también ahora el
Jinete «fiel» y «veraz» que «combate con justicia», cuyo manto está
«empapado en sangre» y su nombre es «la Palabra de Dios» ( A p 19, 11
ss). Su Liturgia es el despliegue de su victoria en el combate de los
últimos tiempos: «¡No temas! Yo soy el Primero y el Último, el Viviente;
estuve muerto, pero mira, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo
las llaves de la Muerte y del Hades» ( A p 1, 17 ss). La Liturgia celestial
es la gestación de la nueva creación, porque nuestra historia es llevada
por Cristo al seno de la Trinidad Santa. Es aquí donde el Señor de la
historia es a cada instante Siervo de su Cuerpo y del más pequeño entre
sus hermanos: le llama y le alimenta, le cura y le hace crecer, le perdona
y le transforma, le libera y le deifica, le revela que es amado por el Padre
y se une a él cada vez más hasta que llegue a su madurez en el Reino.
La carta a los Hebreos resume esta Energía de Cristo en la Liturgia
celestial, con una palabra que compendia toda la novedad del
Acontecimiento pascual: Jesús es nuestro «Sumo Sacerdote». «Aquí
estamos, yo y los hijos que Dios me dio. Así pues, dado que los hijos
comparten la carne y la sangre, así también él participó de ellas, para
reducir a la impotencia, por su muerte, a aquel que tenía

66
JEAN CORBON

el poder de la muerte, es decir, al diablo... Él tenía que asemejarse en


todo a sus hermanos, para llegar a ser, en lo que se refiere a Dios, sumo
sacerdote misericordioso y fiel» (Hb 2, 13-14.17). «Él se ha convertido
para todos los que le obedecen en 'fuente de salvación eterna'» ( H b 5, 9).
«Él puede salvar definitivamente a los que por él se acercan a Dios, ya
que está siempre vivo para interceder en su favor» (Hb 7, 25).
«Presentándose como sumo sacerdote de los bienes futuros..., él entró de
una vez para siempre en el santuario... con su propia sangre,
habiéndonos obtenido una redención eterna» (Hb 9, 12). «Esto él lo hizo
de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» ( H b 7, 27).
En la iconografía de la Ascensión, Jesús Señor tiene en la mano el
rollo de la historia, pero también bendice con su mano derecha. Uno con
el Padre, el Cordero es fuente de bendición: derrama el Río de Vida.
Puesto qué estamos ya en la Liturgia eterna, su corriente nos arrastra
cada vez con mayor impaciencia hacia su consumación. Sí, porque al
corazón de la Liturgia celestial llega un gemido, el de los testigos
«degollados a causa de la Palabra de Dios», que, debajo del altar, gritan
con voz potente: «¿Hasta cuándo, Señor santo y veraz, estarás sin hacer
justicia?» ( A p 6, 9). La historia no se ha terminado con la Ascensión; al
contrario, se desarrolla hacia su liberación final: los últimos tiempos
están abiertos. Cada vez que el Cordero abre un sello del rollo de la
historia, resuena la misma invocación: «¡Ven!». ¿Qué es, pues, este
estruendo de aguas caudalosas en la creación gimiendo con dolores de
parto, en el cuerpo del hombre y hasta en las profundidades de su
corazón (cfr. Rm 8, 22-27)? El flujo y el reflujo de la Liturgia celestial no
cesan de arrastrar el mundo hacia su fuente, y es entonces cuando mana
el Río de la Vida en su última kénosis: el Espíritu Santo.

67

Capítulo V
PENTECOSTÉS, ADVENIMIENTO DE LA IGLESIA

La Comunión de la Trinidad Santa, convertida en Liturgia en la


Pascua de Jesús, no se desarrolla lejos de nosotros en su celebración
eterna. El Río de Vida no se ha apartado de nuestro tiempo con la
Ascensión del Señor, todo lo contrario: desde el trono de Dios y del
Cordero, he aquí que se derrama en los últimos tiempos sobre toda carne
(Hch 2, 17 y 7/ 3, 1-5). Al término de la nueva Pascua, Pentecostés será,
él también, todo novedad. ¿Qué sucede entonces cuando, «al llegar el día
de Pentecostés», el grupo apostólico se encuentra «reunido en un mismo
lugar» (Hch 2, 1)? Contemplemos, en primer lugar, el acontecimiento,
dejándonos guiar, después, por su luz.
Las irrupciones del Espíritu Santo durante los tiempos que han
precedido a este Día son incontables. Acompañan toda la Economía de la
salvación; constituyen incluso su continuidad, cada vez más carnal y
espiritual, hasta hacer que el Verbo se encarne y constituirlo Señor a la
derecha del Padre. Pero lo que sucede en este Día de Pentecostés es más
que una intervención del Espíritu Santo, acaecida después de tantas
otras: es un Principio.
Cierto, en él encontraremos lo que revela siempre la presencia
personal del Espíritu Santo, ese Poder virginal por el cual ha encarnado
al Verbo y ha resucitado a Jesús. Pero, en el Día de Pentecostés, este
principio es nuevo. El Espíritu ya no es solo Aquel que el Padre envía con
y para

68
LITURGTA FONTAL

su Hijo amado: a partir de hoy es derramado por el Padre «y» por su


Cristo. El Río de Vida mana en adelante del trono de Dios «y» del
Cordero. Se manifestará como Espíritu de Jesús y poder de su
Resurrección. Sobre todo, a partir de este Día, él es dado1 y será acogido
y reconocido como Don del Señor resucitado. En su kénosis tan personal
se comunicará como Persona. ¡Al fin, el Espíritu Santo va a recibir «con el
Padre y el Hijo una misma adoración y gloria»!2.
Para acoger el acontecimiento de la mañana de Pentecostés,
recordemos lo que sucede en la aurora de la Plenitud de los tiempos y en
la Hora de Jesús3. La continuidad hará aparecer aún mejor la novedad.
Cuando alborea el Día de la Anunciación, María está pronta para su
Señor. Desde hace años ha sido preparada silenciosamente por Él para
vivir de fe. Dispuesta por pura gracia, su corazón, pobre, está ofrecido,
conforme con Aquel que ella va a acoger. Cuando le llega el anuncio de la
Promesa, está de tal modo habitada por la Palabra de Dios que toda su
Energía de acogida se convierte en consentimiento. Entonces, el Poder
del Padre viene sobre ella: por ella y por el Espíritu Santo, el Verbo se
hace carne.
En la Hora de su Cruz, Jesús es el Hombre totalmente asumido por
el Verbo. También él, desde hace años, ha aprendido en su carne la
obediencia del Hijo. Él es acogida abismal de la muerte del hombre, árbol
desenraizado y estéril. Pero él está del todo ofrecido a la voluntad del
Padre, puro consentimiento a su amor. En esta oblación

1 Desde su primera aparición a los discípulos la tarde del «primer día», con

ocasión de lo que algunos llaman el Pentecostés jocínico, Jesús da el Espíritu Santo,


pero no fue reconocido ni acogido como tal (Jn 20, 22).
2 Esta doble expresión aparece en los Símbolos de fe en los siglos m y iv, pero se

integra en el Credo solo en el Concilio de Constantinopla "del año 381.


3 Cfr. los capítulos II y 111.

69
LITURGTA FONTAL

de su muerte, Jesús no es más que Sacrificio, consumido por el Amor.


Pero este Amor, totalmente Otro, Santo, transforma sin destruir. Solo la
Muerte, esta ausencia mentirosa del amor, es destruida. Entonces, de su
cuerpo «sembrado en la ignominia» y por el poder del Espíritu Santo,
Jesús resucita en gloria (/ Co 15, 42 ss; Rm 8, 11). Por el Espíritu Santo
ha tomado nuestra carne y lleva nuestra condición humana a su
plenitud: su Cuerpo está vivo, incorruptible.
Es a esta kénosis y a esta Pascua del Hijo de Dios a lo que el Espíritu
Santo viene a dar cumplimiento en la mañana de Pentecostés, pero esta
vez, y es la primera, para que «los hijos y las hijas» de los hombres
participen en ellas. En este sentido, este Principio es nuevo.
Cuando alborea el Día de Pentecostés «se encontraban todos juntos
en un mismo lugar» (Hch 2 , 1). ¿Quiénes? Aquellos que, habiendo
regresado a la ciudad diez días antes, estaban en la habitación alta,
«todos, con un mismo corazón, asiduos en la oración, junto a algunas
mujeres, con María, la madre de Jesús, y sus hermanos» (Hch 1, 12-14).
Hombres sencillos, que dejaron todo por Jesús, pero cobardes, que lo
abandonaron e incluso negaron. También ellos han sido preparados
durante meses; han visto, escuchado, tocado al Verbo de Vida. Llamados
por pura gracia, han sido perdonados misericordiosamente.
Recientemente, durante cuarenta días, han escuchado sus últimas
instrucciones, pero sus corazones, «lentos para creer», no han progresado
apenas desde hace tres años (Hch 1, 1-6). La partida misma del Señor les
deja turbados. Entonces lo que les reúne, por débil que sea, es todavía su
fe, toda obediencia y espera. Están habitados, posiblemente, por la
Palabra depositada en sus corazones; son, sobre todo, pobres. Su energía
de acogida se ahonda durante estos diez días; se atreven a esperar
contra toda esperanza. Esperan, como nunca nadie ha esperado antes, lo
que solo es posible para Dios. Ahondar

70
LITURGTA FONTAL

así el corazón del hombre es la última deferencia del Señor de lo


imposible, hasta el momento que, en ese corazón, el Río de Vida se
convierta en Fuente.
Entonces, «de improviso» (Hch 2, 2), con esa impetuosidad que
acompaña su Poder virginal, el Espíritu de Jesús invade a aquellos
hombres y mujeres con su Presencia personal. Ya no es un grupo de
creyentes, sino una Comunión nueva. Ya no son pescadores, sino
teólogos4. Eran discípulos de Jesús, y se convierten en apóstoles,
enviados como él por el mismo Espíritu del Padre, que había ungido al
Verbo en su Encarnación y a Jesús en su Resurrección: un poder
extraordinario habitará de ahora en adelante y por siempre estos vasos
de barro (2 Co 4, 7). «Llenos del Espíritu», siguen siendo aparentemente
pobres hombres, pero, en realidad, son transformados: participan de la
naturaleza divina, porque la vida del Espíritu penetra su naturaleza
hasta su raíz ontológica (2 P 1, 4), son realmente deificados.
En esta mañana de Pentecostés, el Espíritu Santo acaba de
engendrar virginalmente el Cuerpo de Cristo tejido de nuestra
humanidad: la Iglesia. El Espíritu que procede del Padre acaba de ser
derramado por el Cordero inmolado, la Liturgia eterna irrumpe en
nuestro mundo, una nueva creación está aquí: el Cuerpo de Cristo no solo
está entre los hombres, sino que comienza a recapitular en él a todos los
hombres.
En este Día de Pentecostés, de un pequeño resto de pobres, el
Espíritu Santo ha hecho la Iglesia. Porque el Río de Vida acaba de ser
acogido, la Liturgia comienza en los últimos tiempos y hace nacer la
Iglesia. En esta nueva Comunidad, es El, el Espíritu del Señor
resucitado, el que mana, el que conduce, el que envía: Él es el Río que
hace a la Iglesia apostólica. Pero es ella la que, por Él, se con

4 Tropario bizantino de Pentecostés. «Teólogos» en el sentido bíblico de.Jn


17, 3.

71
LITURGIA FONTAL

vierte en fuente visible, presente, accesible, de la que todos los hombres


recibirán la Vida. La Iglesia es así el Cuerpo espiritual, es decir, que no
existe como Cuerpo más que por el Espíritu de Cristo resucitado, que ha
sido dado a los hombres para que puedan ver, escuchar y tocar al Verbo
de Vida. Es siempre en su Cuerpo como el Verbo viene a salvar a los
hombres. Pero en el seno de la Virgen, por los caminos de Galilea y en la
tumba, este Cuerpo adorable estaba limitado por la muerte. Ahora que él
ha sido elevado hasta el Padre, la Vida mana de su Cuerpo pero en
nuestro mundo, no en otra parte. El misterio de la Liturgia vivificante no
se ha desencarnado: por la Ascensión ha entrado en el seno del Padre,
pero por Pentecostés penetra la carne de toda la humanidad. Por el
Espíritu Santo, la Liturgia toma cuerpo en la Iglesia.
«¿Cómo sucederá eso?», se puede preguntar. En la pura línea de la
gran profecía de Ezequiel (Ez 37, 1-14), que se cumple a partir de este
Día, la respuesta está clara: el Espíritu Santo vivifica al poner en
comunión. Un cuerpo no es el conjunto de los miembros vivos, sino que
cada miembro vive porque está unido al cuerpo. ¡La Iglesia no nació
porque, un buen día, unos hombres decidieran unirse en torno a una
misma profesión de fe! Al contrario, es el Espíritu de Jesús quien suscitó
la fe en el corazón de los discípulos y los unió al Cuerpo de Cristo.
Entonces nació la Iglesia. El Cuerpo de Cristo, desde donde la Liturgia se
derrama en el mundo, preexiste a los miembros que se unen a Él. No se
fabrica la Iglesia porque no se fabrica la Liturgia: se nace en ella y se la
vive.
Así, desde este primer Pentecostés5, la morada de Dios entre los
hombres -y no hay otra sino Cristo- es la Iglesia.

5 Hoy se tiende a hablar de múltiples pentecoslés a lo largo de los Hechos de los

Apóstoles y de la historia de la Iglesia. En el sentido estricto del término (Pentecostés


= quincuagésimo día), hay multitud de efusiones del Espíritu, pero no hay más que un
Pentecostés con el que comienza la culminación de la Pascua.

72


Ella no es solo «un» lugar vivo de la manifestación del Espíritu Santo,


como lo fueron la Tienda de la reunión, durante el Exodo, o las asambleas
sinagogales, después del Exilio: ella es «la» manifestación del Espíritu de
Cristo en una Comunidad nueva de hombres y mujeres que han pasado a
la Vida, porque han sido puestos por El en Comunión con el Cuerpo vivo
del Hijo de Dios. No conocemos otro Espíritu del Dios vivo, sino Aquel
que se derramó del costado de Cristo al entregar su Vida por nosotros, y
que resucitó a este mismo Jesús de las profundidades de la muerte.
La Iglesia está amasada de Espíritu, agua y sangre, si está permitido
interpretar así los versículos oscuros de 1 Jn 5 , 6 ss: en ella, el Espíritu
Santo, nuestra humanidad y la del Verbo encarnado se han unido
inseparablemente. Esta energía de la Nueva Alianza es ahora la
Liturgia6 y constituye la Iglesia, Cuerpo de Cristo que crece en este
mundo. La Liturgia no es, pues, un componente del misterio de la Iglesia,
sino más bien es la Iglesia la que es el estado, la forma actual de la
Liturgia7 en nuestra humanidad mortal8. La Iglesia es como el rostro
humano de la Liturgia celestial, su presencia luminosa y transformante
en nuestro tiempo. Precisamente es este encuentro de la Liturgia eterna
con nuestro tiempo lo que trataremos ahora de descubrir mejor.

6 Etimológicamente, «servicio público», según la interpretación generalmente

admitida por los helenistas. Una vez que pase al lenguaje cristiano, la palabra
superará el significado original. Permanecerá, sin embargo, el aspecto de prestación o
de función realizada por un grupo; de aquí, la interpretación hoy frecuente de «acción
del pueblo de Dios». En cualquier caso, el aspecto de trabajo (ergon) o, mejor, de
energía permanece también una vez integrada en el Misterio cristiano, y es esto lo que
nos interesa.
7 Literalmente: «es la Iglesia la que es la condición actual de la Liturgia» [N.d.T.]

8 Es precisamente esta Eclesiología la que avanza hoy a través de los diálogos

ecuménicos.

73

Capítulo VI LOS «ÚLTIMOS TIEMPOS»:


EL ESPÍRITU Y LA ESPOSA

La entrada de la Plenitud de los tiempos en nuestro tiempo mortal


implica a la historia en una situación nueva y paradójica. La Hora de
Jesús está y permanece aquí, porque con ella la muerte es vencida y la
Vida es dada; pero, al mismo tiempo, la muerte sigue actuando y el
mundo está bajo el imperio de la mentira. El advenimiento de la Liturgia
celestial comenzó en la Iglesia con la efusión del Espíritu Santo, y, sin
embargo, no se ve en qué la creación haya comenzado a ser liberada de la
esclavitud de la corrupción (cfr. Rm 8, 21). Así, en la mañana de
Pentecostés, el tiempo nuevo inaugurado por la Ascensión surge en este
mundo con el advenimiento de la Iglesia: este encuentro constituye los
últimos tiempos en que nos encontramos (Hch 2, 17) y es la última
etapa de la Economía de la salvación.

El Misterio de los últimos tiempos

Los tiempos de la Promesa han dado su fruto en la Resurrección de


Jesús (Hch 13, 32). La Plenitud de la divinidad habita desde entonces
entre los hombres en el Cuerpo de Cristo; por él, nuestra humanidad ha
entrado en la Comunión eterna con el Padre. Nuestro tiempo está ahora
«lleno de Gracia y de Verdad» (Jn 1, 14). Esta plenitud ce

74

lebrada en la Liturgia celestial es nuestro « y a » : sí, en Cristo, nosotros


estamos ya en el Hoy de Dios ( H b 3, 13 y 4, 7). El sábado cíclico era el
signo del tiempo marcado por la muerte, pero con la Resurrección de
Jesús entramos en el Día que no conoce el ocaso. El Espíritu de Cristo
hace llegar este Día, esta plenitud, a nuestro viejo tiempo, descendiendo
sobre los discípulos el día que se cumplía la fiesta de Pascua. El
advenimiento de la Iglesia da comienzo, pues, a los últimos tiempos.
Los dos advenimientos coinciden: la Iglesia es esencialmente escatoló-
gica, es decir, está en los últimos tiempos; ella es el surgir de la Plenitud
en el vacío de nuestro tiempo y, de este modo, el principio de su
Consumación a través de su espera.
Ahora bien, este surgir del Río de Vida, en su Hora de plenitud, es
precisamente la Liturgia. Derramada en nuestro mundo por el don del
Espíritu, la Liturgia está desde entonces en condición eclesial, es decir,
escatoló-gica. Los últimos tiempos no se llaman así a causa de una
cronología plana, como si vinieran después del tiempo vivido por Cristo
en su vida mortal y antes de su retorno definitivo. El Acontecimiento de
la Pascua no está detrás de nosotros, sino dentro de nuestro tiempo; en
cuanto a la Parusía, no está totalmente delante de nosotros, sino que ha
comenzado en la Ascensión y progresa todos los días. Nuestros últimos
tiempos, pues, están regados por el gran Río de la Liturgia que, manando
de la Plenitud de los tiempos, los lleva hacia su Consumación. Con
Pentecostés, la Fuente de Vida eterna estalla en el corazón del tiempo, la
Liturgia se derrama, la Iglesia ha nacido: los últimos tiempos han
comenzado. He aquí la novedad, y nosotros estamos ya en ella.
Pero he aquí la paradoja. «En los últimos días vendrán burlones que
dirán: '¿Dónde está la promesa de su Venida? ¡Desde que murieron los
Padres, todo sigue como en el principio de la creación!'» ( 2 P 3, 3-4). Sin
llegar a la

75
LITURGIA FONTAL

burla, no se puede sino constatar la brutal realidad: el pecado, la muerte,


la mentira y el odio se siguen extendiendo con la misma insolencia. Peor
aún, la evidencia de la fe descubre que la historia crece en este
movimiento: desde que el Príncipe de la Vida ha vencido la muerte, el
Príncipe de este mundo se desencadena cada día más furiosamente. Los
últimos tiempos esconden, pues, todavía un misterio: lo propio de la
Liturgia es revelárnoslo al realizarlo.
Hemos advertido un gemido en la Liturgia celestial. Debajo del altar,
los que derramaron su sangre por el testimonio del Cordero gritan con
voz potente: «¿Hasta cuándo, Señor santo y veraz, estarás sin hacer
justicia?» ( A p 6, 9-10). La injusticia original queda desenmascarada: la
sangre del hombre, su vida recibida de su Dios, se derrama para la
muerte; el hombre y toda la creación están condenados a la corrupción.
La sangre de todos los oprimidos de la historia1 sube como un grito, el
grito de la vida que sube hacia el Dios vivo: «¡Oh tierra, no tapes mi
sangre y que mi grito suba sin parar!» (Ib 16, 18). Ahora bien, he aquí
que, en la Plenitud de los tiempos, el clamor de Job se ha convertido en el
del Hijo de Dios en la Cruz. Este clamor no cesa de resonar en el corazón
de la Liturgia celestial y desgarra el silencio, justo antes de que el
Cordero abra el séptimo sello de la historia, el último ( A p 8, 15)...
El misterio de la Liturgia permanecerá sellado para nosotros
mientras no hayamos comprendido que su punto de inserción, su lugar
de entrada en nuestro tiempo, es precisamente esta muerte, este grito de
la sangre que clama a su Redentor. Porque ya no estamos en los tiempos
de Job. La sangre de Jesús, derramada por amor y no por fatalidad,
testimonia que el sufrimiento del hombre es entendido y acogido por el
Hijo de Dios. Más aún, ha llegado a ser el suyo. Ha llegado a ser el suyo
como hijo

¿Y quién no lo es? Los opresores son los primeros esclavos.

76
LITURGIA FONTAL

del hombre, pero primero era ya suyo como Hijo del Padre. Es este
sufrimiento misterioso del Padre el que ha decidido toda la Economía de
la salvación. Sus primeras palabras a Moisés revelaban ya un amor
desgarrado: «He visto, he visto la miseria de mi pueblo... he oído su cla-
mor... conozco sus padecimientos» (Ex 3, 7). Cuando llega su Hora, Jesús
lleva a cumplimiento este amor: en su muerte vivificante, él se revela
Yahvé salvador2. Ahora que la Liturgia celestial invade nuestro tiempo,
no somos invitados a la Fiesta eterna para distraernos de nuestra trage-
dia. Esta Liturgia no tapa nuestra sangre mejor que la tierra. Al
contrario, nuestro grito se eleva continuamente y sube «de debajo del
altar»; por la sangre de Cristo tiene acceso al santuario ( H b 10, 19) y, en
la misma efusión del Amor, el Espíritu se derrama «en los últimos
tiempos».
Mediante la Liturgia que riega nuestro mundo, la Compasión del
Padre penetra el sufrimiento de cada hombre. Ante el burlón que
pregunta dónde está la promesa de su venida, ante el hombre que se
aleja de Dios por lo absurdo del mal, y ante el creyente que le grita con
Jesús: «¿Por qué me has abandonado?», el Padre responde viniendo y
dándose totalmente: Él Viene, como nunca había venido, cada vez que su
Hijo amado es crucificado. Es en su Hijo y en su Espíritu de vida como Él
se da. La Compasión, por la cual la Santa Trinidad se derrama en la
muerte del hombre para darle su vida, está en el corazón de los últimos
tiempos.
Cuando afirmamos, con el Nuevo Testamento, que estos tiempos
están llenos de la Hora de Jesús, no se tiene que pensar tan solo en la
Cruz y en la Resurrección. En este Acontecimiento único de la historia,
hay un intervalo a menudo desconocido: el sábado. El gran Sábado
Santo refleja, en efecto, uno de los aspectos de la profundidad de los
últimos tiempos. La tierra está desde ahora entrea

. 2 Jesús significa «Yahvé salva».

77
LITURGIA FONTAL

bierta: porque el Cuerpo de Cristo está aquí, la muerte es aplastada y no


puede proseguir en la sombra su obra de corrupción. Porque el Hijo de
Dios está escondido en ella, la tierra es desposada y el Cuerpo que lleva
en su seno saldrá de ella incorruptible. Es el Día virginal en que, al ma-
nifestar la carne, la sangre y toda voluntad de poder su impotencia para
dar la Vida, el Espíritu Santo dará vida a toda carne mortal. De ahora en
adelante, nuestro tiempo ya no es una tumba sellada: está abierto a la
Plenitud, atraído por la Alianza y en espera de su Consumación. Es el
tiempo en que Aquel que subió junto al Padre, «llevando los cautivos», no
cesa con su Iglesia de descender a nuestros Infiernos para sacar de ellos
a los clientes de la muerte. Es el tiempo del silencio, antes de que el
Cordero abra el último sello de la historia, el tiempo de la esperanza y del
gemido: el tiempo del Encuentro.
Este encuentro no es otro que el mencionado en el libro del
Apocalipsis a través de los dos planos del misterio de Cristo. Como ya
hemos señalado3, estos dos planos no se sobreponen, como el cielo y la
tierra de nuestro espacio mortal, sino que son internos el uno al otro. Lo
que vemos transparenta lo que no vemos. «Como si viese al Invisible» se
dice de Moisés, que por su fe se mantuvo firme y dejó Egipto ( H b 11, 27).
En nuestros últimos tiempos, esto es infinitamente más verdadero. Aquel
que es la Imagen de Dios invisible se ha convertido en el Primogénito de
entre los muertos (Col 1, 15-18). Él viene al encuentro del hombre en el
vacío de su tumba: es ahí donde el Cuerpo incorruptible se hace visible a
quienes la muerte quería retener. Si nos mantenemos firmes, por la fe en
Aquel que tiene en su mano las llaves de la muerte, dejamos Egipto y
entramos en su Vida.
Los últimos tiempos son, pues, los de este encuentro dramático y
jubiloso. En ellos, la historia ha entrado en el

3 Cfr. «La Liturgia celestial» en el capítulo IV.

78
LITURGIA FONTAL

gran Sábado de Cristo, en este largo Sábado Santo en que el Viviente


comunica su Vida en las profundidades. Los últimos tiempos son este
punto misterioso en que el hombre «en su propia carne» puede «ver a
Dios» (Jb 19, 26). Sí, aún estamos heridos por la muerte, pero esta herida
no nos llevará ya más a la corrupción; es la herida de la tierra que se
entreabre y de donde va a manar el Río de Vida.

El Espíritu y la Esposa

Es entonces cuando la última visión del Apocalipsis cobra todo su


sentido. «El ángel me mostró el Río de Vida, límpido como cristal, que
manaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza, a un lado
y al otro del río, hay Árboles de Vida que fructifican doce veces, una vez
cada mes. Y sus hojas pueden curar a las gentes» { A p 22, 1 ss).
Esta visión no nos transporta después de la Parusía, como a veces se
piensa: se refiere a la Jerusalén de los tiempos mesiánicos, antes del
Retorno definitivo del Señor. Nos encontramos, ciertamente, pues, en los
últimos tiempos. La visión no es tampoco utópica, sino bien localizada.
En toda esta perícopa ( A p 21, 9-22, 2), se trata de la Iglesia, aquí y
ahora, ya que el poder del mal existe aún y las naciones pueden ser
curadas. En ella, los últimos tiempos son descritos en su novedad y su
paradoja: la Plenitud está ya en nuestro mundo, pero no todo se ha cum-
plido todavía. Su aspecto incumplido se muestra en los verbos de acción
como «descendía» para la Ciudad santa o «manaba» para el Río de Vida.
Por contra, el ya se expresa en lo cumplido de los verbos de estado4.

4 «Cumplido» e «incumplido» remiten a la gramática de los verbos en las lenguas

utilizadas en la Biblia. Los matices de los verbos son menos de tiempo que de aspectos
de acción o de estado. Nótese que lo «incumplido» aparece también en las actitudes de
las naciones en 21, 24 ss y ?2, 2.

79
LITURGIA FONTAL

Por otra parte, en el manar del Río de Vida, todos los actores que
tienen relación con la Liturgia, drama de Dios y del hombre, están
actualmente implicados. El Padre y el Cordero, puesto que son la Fuente;
los árboles de Vida, cuyo número doce simboliza la Iglesia apostólica; por
último, todos los hombres, las gentes, que pueden ser curados por la
Iglesia, lo que implica que acojan el Don de Vida5. Pero la Energía por
excelencia, mencionada al comienzo de la frase, es el manar del Río. Aquí
la Liturgia nos reserva un nuevo descubrimiento.
Llama la atención, en efecto, que, al término de esta visión en que se
revela la Iglesia de los últimos tiempos, la mirada sea, finalmente,
atraída y quede fascinada por un único movimiento: el Río de Vida. Él
llena todo el campo de visión... hasta hacer olvidar que se trata de la
Novia, de la Esposa del Cordero. Para mostrársela, el Ángel transportó a
Juan en espíritu a una alta montaña. Es contemplada mientras «bajaba
del cielo, desde Dios, y con la gloría de Dios en ella» { A p 21, 9-10); en
seguida se la describe con un lirismo de luz nunca alcanzado en este
libro. Y justo al final, en el momento en que es revelado todo el Misterio
mediante sobrios símbolos, ya no se la contempla más. Es el Río de Vida
el que lo llena todo. ¿Cuál es, pues, esta Energía, cuál es esta Agua
límpida como el cristal? Es la única Presencia que no se puede nombrar y
a la cual la Esposa se ha hecho toda transparente: el Espíritu.
Un logion de los primeros siglos sobre la caridad nos dice: «¿Has
visto a tu hermano? ¡Has visto a tu Dios!». En este silencio radiante de
luz donde concluye la visión de la Iglesia de los últimos tiempos, el Ángel
parece musitar a Juan el Teólogo: «¿Has visto a la Esposa del Cordero?
¡Has visto al Espíritu!». El amigo del Esposo, del que Juan es discípulo,
había dado testimonio: «He visto al Espíritu descender... Aquel sobre
quien veas que desciende

5 Y también, para algunos, que entren en Jerusalén (21, 24 ss).

80
LITURGIA FONTAL

el Espíritu y permanece en él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo»


( J n 1, 32-33). Comenzada en Cristo, la visión del Espíritu acaba en la
Iglesia. «El que tiene a la Esposa, es el Esposo» ( J n 3, 29). Aquel que el
Precursor muestra es el Cordero, y revela en él la kénosis del Hijo de
Dios ( J n 1, 34 variante). Lo que el Teólogo contempla es la Esposa del
Cordero, y nos revela en ella la kénosis del Espíritu6.
En efecto, en los últimos tiempos es el Espíritu mismo,
personalmente, quien es enviado y dado. Pentecostés es el acontecer de la
Iglesia porque el Espíritu de Jesús comienza entonces su última kénosis
de amor. El acontecimiento que lo manifiesta desde entonces es la
Iglesia. «¿Has visto a la Esposa del Cordero? ¡Has visto al Espíritu!». La
transparencia de la Esposa al Espíritu no se explica sino porque ella es el
lugar vivo de la kénosis del Espíritu Santo. Y la Iglesia participa de ella,
porque es esta kénosis la que constituye a la Iglesia en Esposa del
Cordero. Lo que el Espíritu del Padre realizó en favor de la Virgen María
en la Plenitud de los tiempos, lo realiza ahora como Espíritu de Cristo
crucificado y resucitado en favor de la Iglesia en los últimos tiempos. Lo
mismo que María, al convertirse en Madre del Verbo encarnado,
inaugura en sí la Plenitud de los tiempos por la Energía

6 Cada tiempo de la Economía de la salvación viene indicado por el advenimiento

de una kénosis del amor del Dios vivo. Es esto, precisamente, lo que le constituye como
tiempo. Es también a causa de esta kénosis por lo que cada tiempo comporta
acontecimientos salvííicos. Estos acontecimientos de Dios en favor del hombre y con el
hombre son, entonces, las manifestaciones de la kénosis escondida. Así sucedía en el
principio de los tiempos: la kénosis de la Palabra y del Aliento del Padre se
manifestaba por la creación. Durante el desarrollo de los tiempos, la kénosis del Verbo
se reveló por la Promesa y por la Ley, mientras que la del Espíritu estaba del todo
referida a él en el don de la le y en la inspiración de los profetas. Cuando llegó la
Plenitud de los tiempos, el Hijo personalmente «se vació de sí mismo» (Flp 2, 7; de
donde viene la palabra «kénosis») para asumir nuestra condición de esclavos hasta la
muerte; hemos visto, entonces, lo que hizo la Energía del Espíritu Santo para
manifestarlo y para resucitarlo.

81
LITURGIA FONTAL

del Espíritu Santo, así también, pero esta vez hasta la consumación de
los tiempos, la Iglesia se convierte en Esposa y Madre por el Espíritu de
Jesús que habita en ella.
Estos son los últimos tiempos: el Espíritu y la Esposa. En esta
inhabitación transparente, la Iglesia es manifestación del Espíritu Santo
porque ella es su kénosis. Kénosis y Manifestación, este es el abismo de
la Paradoja del Ágape divino. En estos tiempos, que son los últimos, to-
das las oleadas de la Compasión divina confluyen en el Río de Vida: el
Amor desgarrado del Padre y la Pasión del Hijo se derraman en el
abismo de nuestra muerte por medio de la kénosis del Espíritu
manifestada en la Iglesia.

82

Capítulo VII LA
TRANSFIGURACIÓN

Si pudiéramos entender que el misterio de los últimos tiempos no es


una idea del espíritu, sino el drama secreto de todo hombre y del mundo;
si supiéramos reconocer la kénosis del Espíritu en la Iglesia como algo
que rompe el núcleo de muerte donde se endurecen nuestros corazones y
se secan nuestros sufrimientos; si quisiéramos abrir decididamente
nuestro abismo al de la Plenitud que se nos ofrece, entonces la Liturgia
no nos parecería ya como un espejismo, una parada o un recuerdo: sería
nuestra Fuente, manaría en nosotros y nos haría nacer al Nombre tan
deseado.
«¡Maranatha! ¡Ven, Señor!» ( 1 Co 16, 22). Este clamor de las
asambleas cristianas, donde se amplifica el gemido del Espíritu y de la
Esposa ( A p 2 2 , 17), no se inclina hacia nuestro universo infernal como
una intercesión, sino que se eleva de sus profundidades como un
desgarramiento y como una esperanza. Nuestros últimos tiempos son
sobrellevados por la espera impaciente y amante del Señor Jesús, porque,
con la Liturgia, el tiempo de los dolores y del alumbramiento ha comen-
zado. Todo ser humano, lo sepa o no, está ya desde ahora constituido en
relación con el Hijo amado, venido en su carne, pero está atravesado por
la nostalgia que le atrae hacia este mismo Señor, esperado en su gloria.
El movimiento de fondo de la Liturgia se despliega del

83
JEAN CORBON

Cuerpo de Jesús, crucificado y resucitado, hacia el Cuerpo total de Cristo


glorificado1.
En efecto, porque la ola de la Compasión divina no puede apoderarse
de nuestra muerte y comunicarnos su Amor más que tomando cuerpo en
nosotros. Es siempre en su Cuerpo como el Verbo viene para salvar a los
hombres. No solo en su primera venida en la carne y en su segundo
advenimiento en la gloria, sino también en el tiempo de kénosis en que
nosotros vivimos. La Liturgia eterna, que Jesús celebra en su Ascensión
y que toma cuerpo en su Iglesia, penetra nuestro mundo de muerte para
darle la vida; pero el lugar de este encuentro y su eje de luz son siempre
el Cuerpo de Cristo. ¿Cómo puede este Cuerpo adorable, Vivo junto al
Padre, venir en nuestra condición mortal y llegar a ser para nosotros
fuente de Vida?

La zarza ardiente

Moisés vislumbró el misterio en la teofanía que abre el


acontecimiento figurativo de la Pascua ( E x 3, 1-6). El Nombre del Santo
Señor Jesús comenzó a ser balbuceado y confiado a aquel que «vio a
Dios»2. No mediante un curso de teología ni un éxtasis fuera de la carne,
sino en un signo muy sencillo: una zarza en llamas. Una zarza, de las que
hay millares en las colinas semidesérticas, y una zarza que arde no es
algo raro en el entorno de los campamentos. Lo asombroso es que esta no
se consume. Moisés se dice interiormente: «Voy a dar un rodeo para ver
este extraño espectáculo y por qué no se consume la zarza». Y he aquí la
revelación conmovedora. Se acercaba para ver, y oye a Alguien. Quería
saber el porqué de una cosa, y es

1 «Corpus totum»: la Cabeza y los miembros, expresión muy querida por san

Agustín.
2 Así le llama la tradición bizantina en su fiesta, celebrada el 4 de septiembre.

84
JEAN CORBON

llamado por su nombre. A través del signo que él ve, el misterio del Dios
Vivo se le entrega: el Totalmente-Otro que arde en el corazón de la visión
es la Compasión divina que habita en la angustia de su pueblo.
Ni panteísmo ni sacralización: esta Presencia es personal. El Santo
no destruye, pero sí penetra con su Fuego todo lo que existe. El hombre
es su tierra santa, tanto más habitada por su Gloria cuanto más cercana
es su salvación. Pero la llama que nos quema sin consumirnos no puede
ser captada por nuestras primeras miradas, aunque sean profundas: se
revela al darse y es conocida al ser acogida. No es nuestra carne la que es
obstáculo, como piensan los viejos dualismos, sino la ausencia de gratui-
dad y de amor, o, lo que es lo mismo, nuestra muerte. Aquí todo es
gratuito, tanto en el fuego que se revela como en el corazón que lo recibe.
Aquí todo es Vida. La misma llama misteriosa arde en el acontecimiento
y en el corazón del hombre: solo en el corazón que lo acoge, el Fuego se
convierte en Luz.
Cuando, en la Plenitud de los tiempos, la Luz viene al mundo en
Persona, entonces Aquel que habló a Moisés toma cuerpo y habita entre
nosotros. Este Cuerpo del Verbo3, la Virgen lo ha concebido, formado y
dado a luz por el Espíritu Santo; Juan lo ha revelado como Cordero de
Dios, Pascua verdadera y Siervo sufriente. Pero también hombres y
mujeres como nosotros se han acercado a El. El extraño espectáculo del
Sinaí se ha convertido en lo que los sinópticos llaman milagro y el cuarto
evangelio, signo: el Verbo encarnado es la verdadera Zarza ardiente.
«Salía de El una fuerza que sanaba a todos»4. Esta Energía del Verbo en
nuestro ruido, de la Luz en nuestras tinieblas, de la Vida en nuestra
muerte, es a partir de ahora el Fuego que mana de la Zarza.

3Eucologio de San Serapión, obispo de Thmuis (Egipto, siglo iv). * L c 6,


19. Cfr. Me 5, 30.

85
JEAN CORBON

Los que se le acercan, tocan su cuerpo, pero «su carne es divina»; los
que le miran ven un mortal como ellos, pero es «el Rostro de la Vida»5. Él
es verdaderamente hombre y verdaderamente Dios. La llama de su
divinidad no consume su humanidad, pero la ilumina desde dentro y
aparece a través de ella. Sus acciones asombrosas, sus milagros, dan
testimonio ya, en su condición mortal, de las Energías que se irradiarán,
por su Resurrección, de su Cuerpo incorruptible. Con sus milagros, Jesús
se revela como el gran y único sacramento de Dios para el hombre y del
hombre para Dios6.
Y así, un día Jesús sube a la barca con sus discípulos ( M e 4, 35-41).
Reman mar adentro y, mientras navegan, él se duerme. No está
fingiendo, él es verdaderamente hombre; está fatigado, por su esfuerzo
humano y por ese misterioso cansancio divino del que hablan los profetas
( I s 7, 13). Una borrasca se desencadena sobre el lago; las olas se lanzan
contra la barca, que en breve tiempo se inunda. Entonces, como Moisés,
los discípulos «se acercan»: «¿Maestro, no te importa que perezcamos?».
¿Cómo podría inquietarse? En medio de la tempestad, en su humanidad,
él es Aquel en quien todo subsiste y que tiene todo en su mano. Sin
embargo, con un movimiento que cobra todo su significado a partir de la
Resurrección, él «se despierta», él «se levanta». De sus labios de carne, el
Verbo que continuamente llama cada cosa de la nada a la existencia, dice
al mar: «¡Silencio, cállate!». El viento cesa, las olas se calman y
sobreviene una gran bonanza.
En esta tempestad, ya no estamos en el alba de la creación, sino en el
tiempo trágico de la salvación del hombre.
5 Dos expresiones de san Gregorio de Nisa en su Vida de Moisés.
6 Cuando la primera comunidad escriba estos milagros, «recordará» su
consistencia carnal e histórica, pero será introducida por el Espíritu «en la verdad
plena» de su significado permanente: porque así es como, en los últimos tiempos, el
Señor Resucitado continúa viviendo con nosotros. La inteligencia del sentido
espiritual de la Escritura no es una sutil operación mental, sino la Energía, del todo
simple, del Espíritu que la revela haciéndola vivir... y es justamente uno de los
frutos de la Liturgia.

86
JEAN CORBON

La Energía divina ya no actúa sola, sino que, en el Cuerpo de Cristo,


actúa en sinergia con el hombre y, por eso, Jesús es su gran Sacramento.
En efecto, actuando en favor nuestro, el Amor de nuestro Dios solicita
nuestra cooperación, es decir, nuestra fe. Ahora bien, sí había fe, aunque
tímida, en el corazón angustiado de los discípulos. Esta gente de poca fe
tenía miedo, pero, si Jesús les pregunta: «¿Dónde está vuestra fe?», es
para liberarla del miedo y hacerla crecer. Entonces, quedan sobrecogidos
con ese asombro donde la fe puede dilatarse y abrirse a la Presencia:
«¿Quién es, pues, Este?».
En aquel tiempo, la circunstancia exterior fue una tempestad en el
lago Tiberíades. Hoy es diferente y nueva a cada instante; poco importa.
Lo importante es el Acontecimiento vivido, entonces como hoy, por el
Verbo con los hombres; y este Acontecimiento es siempre en su Cuerpo.
Venga en la Plenitud de los tiempos o en estos últimos tiempos, el Cuerpo
del Señor Jesús es el Sacramento que da la Vida a los hombres. Para
estar convencidos de ello, debemos aún subir una montaña. Allí donde se
cumplirá la teofanía de la zarza ardiente.

La Transfiguración1

Este extraño espectáculo es relatado expresamente por los sinópticos


como la cima del ministerio de Jesús8. Hacia esta cima suben el asombro
y las preguntas de las teo-fanías precedentes: «¿Quién es, pues, este?» y
«Vosotros,

7 Esle acontecimiento permanece demasiado desconocido para los cristianos,

como si fuese un milagro entre otros, una especie de prueba apologética. También
la fiesta que lo celebra ha venido a menos, quizá por ser la única no inscrita en el
desarrollo cronológico de las fiestas del Señor. Memorial de un hecho acaecido en
su vida mortal, se celebra después de Pentecostés, en la luz del verano (6 de agosto).
Ahora bien, este acontecimiento, que trastoca nuestra lógica del tiempo, es justa-
mente el más típico de la condición escatológica del Cuerpo de Cristo: es una visión
de apocalipsis en el centro del Evangelio.
8
Me 9, 2-10; Mt 17, 1-9; Le 9, 28-36.

87
JEAN CORBON

¿quién decís que soy yo?», y de ella parte el camino hacia la última
Pascua en Jerusalén. Los milagros anunciaban las Energías de Cristo
resucitado; la Transfiguración es la teofanía que nos revela su
significado, mejor, que realiza lo que estas Energías cumplirán en
nuestra carne mortal: nuestra deificación.
La Transfiguración, situada histórica y literariamente en el centro
del Evangelio, lo está también en razón de su realismo misterioso: la
Humanidad de Jesús es el foco vivo donde el hombre llega a ser Dios.
¡Cristo es verdaderamente hombre! Ahora bien, ser hombre no significa
ser en el propio cuerpo, como lo imaginan los dualismos impenitentes,
sino que, según la revelación bíblica, significa ser el propio cuerpo, un
todo orgánico y coherente. Porque el ser humano es su cuerpo, él está, a
imagen de su Dios, en relación con las otras personas, con el cosmos, con
el tiempo, con Aquel que es la Comunión en plenitud. Ahora bien, desde
que el Verbo tomó Cuerpo, está en relación humana con el Padre y con
todos los hombres, según todas estas dimensiones: el fuego de su Luz
inflama toda la Zarza, toda su Humanidad está «ungida», «en él habita
corporalmente la Plenitud de la Divinidad» (Col 2, 9)... y Pablo añade: «y
vosotros os encontráis en él asociados a su Plenitud» (Col 2 , 10).
¿Qué ha sucedido, pues, en este acontecimiento imprevisto? ¿Por qué
la fugitiva Belleza del Incomprensible se transparenta un instante en el
Cuerpo del Verbo? Dos certezas pueden guiarnos. Ante todo, el cambio, la
metamorfosis según la transcripción literal del término griego, no se
refiere a Jesús. El texto evangélico y la interpretación unánime de los
Padres son claros: Cristo «se transfigura, no asumiendo lo que no era,
sino manifestando lo que él era a sus propios discípulos: les abre los ojos
y, de ciegos que eran, los hace videntes»9. El cambio está del

9 San Juan Damasceno, Homilía I I sobre la Transfiguración (PG 96,


564c).

88
JEAN CORBON

lado de los discípulos, y esto es lo que confirma la segunda certeza: la


finalidad de la Transfiguración, conforme a toda la Economía revelada en
la Biblia, es la salvación del hombre. Como en la zarza ardiente, el Verbo
deja ver en su Cuerpo la Luz de su divinidad no para hacer saber, sino
para hacer vivir, para salvar: se revela al darse y se da para
transformarnos a nosotros en Él.
Pero, si está permitido acercarse al Misterio, quitándose las
sandalias de la curiosidad y de la gnosis indiscreta, ¿por qué Jesús eligió
ese momento, sus dos testigos y sus tres apóstoles? ¿Qué vivía en su
corazón de hombre, él, el Hijo apasionado por el Padre y también por
nosotros? Algunos días antes, Pedro ya había sido iluminado
interiormente y le había reconocido como el Mesías de Dios. Jesús había
comenzado entonces a desvelar su próximo desenlace: debía sufrir, ser
condenado a muerte y resucitar. Tras estos dos anuncios, toma la
iniciativa de subir al monte. El manar de la Transfiguración aparece
desde entonces a través de lo no dicho por los evangelistas: acabada la
catequesis preparatoria a su Pascua, Jesús se decide a ir hacia su
realización. Con todo su ser, con todo su cuerpo, él está entregado a la
voluntad amorosa del Padre, se adhiere totalmente a ella. En adelante,
ya todo pondrá de manifiesto su sí incondicional al amor del Padre, hasta
ese último combate de la agonía, al que serán invitados los mismos
discípulos.
Necesitamos, sin duda, entrar en el misterio de esta adhesión de
amor para comprender que la Transfiguración no es el desvelamiento
impasible de la Luz del Verbo a los ojos de los apóstoles, sino el momento
intenso en el que Jesús, con todo su ser, no es más que una sola cosa con
la Compasión del Padre. En aquellos días decisivos, él es más que nunca
transparente a la luz de amor de Aquel que lo entrega a los hombres
para su salvación. Por tanto, si Jesús se transfigura, es porque el Padre
hace estallar en él su Alegría. La irradiación de su Luz en su cuerpo de

89
JEAN CORBON

compasión es como el estremecimiento del Padre que responde al don


total de su Unigénito. De ahí la voz que traspasa la nube: «¡este es mi
Hijo amado!, en quien me complazco... ¡escuchadle!».
Y se entiende la emoción inesperada de Moisés y de Elias: ellos, que
habían percibido la proximidad de la Gloria divina impaciente por salvar
a los hombres, la contemplan ahora en el Cuerpo del Hijo del hombre.
«He visto, he visto la miseria de mi pueblo... he oído su clamor... conozco
sus padecimientos... he decidido liberarlo» (Ex 3, 7-8); «Respóndeme,
Yahvé, respóndeme... ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los
hijos de Israel te han abandonado...» ( I R 18, 37; 19, 10): todo esto ya
no son palabras divinas ni palabras de hombres, sino el Verbo mismo en
su humanidad; no ya una promesa y una espera, sino el Acontecimiento,
«la Realidad: ¡es el Cuerpo de Cristo!» (Col 2, 17). Moisés y Elias pueden
dejar la gruta del Sinaí sin velarse el rostro: contemplan la Fuente de la
Luz en el Cuerpo del Verbo.
En cuanto a los tres discípulos, son inundados durante unos
segundos de lo que se les concederá recibir, comprender y vivir a partir
de Pentecostés: la luz deificante que emana del Cuerpo de Cristo, las
Energías multiformes del Espíritu que da la Vida. En ese momento, lo
que les impresiona es que «Aquel que está allí» no es solamente «Dios con
los hombres», sino Dios-hombre: nada puede pasar de Dios al
hombre, ni del hombre a Dios, sino por su Cuerpo. Y la otra certeza,
de la que Pedro dará testimonio en sus cartas y Juan en todos sus
escritos, es que la participación de esta vida del Padre que se derrama
desde el Cuerpo de Cristo es a la medida de la fe del hombre. La
novedad de la Transfiguración consiste en esta luz de fe que ha
iluminado sus corazones de carne. Gracias a ella, acercándose al Cuerpo
de Jesús, «tocan al Verbo de Vida» ( 1 Jn 1, 1).
Ya no hay distancia entre la materia y la divinidad: en el Cuerpo de
Cristo, nuestra carne está en comunión con

90
LITURGIA FONTAL

el Príncipe de la Vida, sin confusión ni separación. La Transfiguración


nos hace vislumbrar el pleno desarrollo de lo que el Verbo inauguró en su
Encarnación y manifestó a partir del Bautismo en sus milagros: el
Cuerpo de Jesús es el sacramento que da la Vida de Dios a los hombres.
Cuando nuestra humanidad consienta en unirse a la Humanidad del
Señor Jesús, participará entonces en la naturaleza divina (2 P 1, 4), será
deificada. Si todo el significado de la Economía de la salvación está en
esto, se comprende que la Liturgia sea su cumplimiento. La deificación
del hombre será participación del Cuerpo de Cristo.

La Liturgia sacramental

Se entiende ahora por qué la tradición constante de las Iglesias de


Oriente ve en el misterio de la Transfiguración el acontecimiento-fuente
de la Liturgia sacramental. El Cuerpo de Jesús no es, simplemente, el
signo de la presencia de Dios, como la zarza del Sinaí, ni el receptáculo
inerte de la divinidad, como lo imaginan nuestros inconscientes
nestorianos: es Sacramento, está ungido con la naturaleza divina en la
unidad personal del Hijo. Puesto que, en todas las fibras de su ser y en su
consentimiento de amor, la Humanidad de Jesús es «filial», ella puede
desposar los más mínimos movimientos y las más íntimas heridas de
nuestra humanidad para derramar ahí la vida del Padre. Las Energías
deificantes del Cuerpo de Cristo nos alcanzarán de ahora en adelante en
todo nuestro ser, en nuestro cuerpo. El Señor se apropia, entonces, de al-
guna de nuestras realidades carnales -agua, pan, vino, aceite, hombre y
mujer, corazón contrito-, se la asocia a su Cuerpo en crecimiento y la hace
participar de su irradiación vivificante. Lo que nosotros llamamos
sacramentos son, en realidad, las acciones deificantes del Cuerpo de
Cristo en nuestra misma humanidad. Con pleno rea

91
JEAN CORBON

lismo espiritual, estas Energías son sacramentos; de no ser así, no


podrían deificarnos. Nosotros podemos recibir su Espíritu tan solo porque
él asume nuestro cuerpo.
En cierto sentido, durante su vida terrestre, Jesús no podía alcanzar
la plena madurez de su poder deificante; estaba limitado en su relación,
no por su Cuerpo, sino por la condición mortal de su Cuerpo. Desde que
venció a la muerte, estas limitaciones han sido superadas y abolidas. En
este sentido, es por su Cruz y su Resurrección como el Cuerpo de Cristo
se ha hecho plenamente sacramental. «Por su Ascensión -nos dice san
Ambrosio-, Cristo ha pasado a sus Misterios», es decir, a sus Energías
sacramentales. Este paso fue el de su Pascua. Por tanto, sacramento
desde su Encarnación, el Cuerpo de Cristo lo llega a ser totalmente y sin
límite por su Resurrección y Ascensión. De ahora en adelante y para
siempre, él es el Sacramento de la Comunión de Dios y los hombres.
Algunos imaginan a Cristo, sacramento de la salvación de los
hombres, que estaría allá arriba; después, la Iglesia, otro sacramento,
que estaría aquí abajo; y, finalmente, los sacramentos de la Iglesia,
celebrados de vez en cuando. Este esquema, no hay duda, es una de las
causas del divorcio entre la Liturgia y la vida. No, no hay más que un
solo Cuerpo de Cristo, gran y único Sacramento. La maravilla que hemos
de redescubrir continuamente es que el mismo Señor, que hizo participar
a sus tres discípulos en la Luz deificante mientras su Cuerpo estaba aún
en condición mortal, continúa ahora, y con poder infinitamente mayor,
deificando a los hombres en su mismo Cuerpo, que es la Iglesia. Si su
Cuerpo no participase de nuestra condición mortal, ¿cómo podríamos
nosotros ser deificados? Ahora bien, este Cuerpo vivificante es la Iglesia.
La Iglesia es, en efecto, el estado de kénosis en el cual la Carne del
Verbo comunica la Vida al mundo hasta que la Muerte sea
definitivamente destruida (/ Co 15, 26). El Señor, desde su Ascensión,
difunde entre los hombres el

92
JEAN CORBON

Río de Vida, la Liturgia, en su Cuerpo que es la Iglesia, y he aquí la


Transfiguración hoy. La paradoja de los últimos tiempos está focalizada
en el acontecimiento permanente y dinámico de la Transfiguración de
Cristo: en ellos se realiza la Liturgia sacramental.
Sí, porque entre el Tabor y hoy está la Resurrección, el estallido de la
Gloria: hay Espíritu Santo. Es gracias a la kénosis del Espíritu en la
Iglesia como, en nuestra misma debilidad, la fe puede despertarse y
nuestros ojos abrirse para reconocer al Señor y ser transformados en él.
No necesitamos ya la nube para oír al Padre y acercarnos a Jesús: la
humanidad de la Iglesia es el Cuerpo en el cual el Señor se revela y
actúa, ya que, por su Espíritu Santo, nuestra humanidad y la suya se
han hecho un mismo Cuerpo10.
He aquí, pues, el Cuerpo de Cristo, Sacramento de la salvación de los
hombres y de la Gloria de Dios. La Liturgia hace vivir en la Iglesia la
Transfiguración del Cuerpo total en crecimiento, la unión transformante
en la que el hombre llega a ser Dios. Si se admite la intuición clásica de
la Liturgia como energía del Pueblo de Dios, es justo desde esta Luz
desde donde nosotros la podemos comprender. No una Energía que
procedería de la Iglesia, al lado de Cristo o después de él, sino la Sinergia
del Hombre-Dios comunicada a su Iglesia en el Espíritu Santo: la unión
sin confusión, la confluencia de la Energía del Don y la de la Acogida, el
encuentro virginal y omnipotente de las dos gratuidades. Entonces, la
humanidad que ella toma no es ya de la carne ni de la sangre ni un grupo
sociológico ni un conjunto de estructuras, sino que llega a ser Pueblo de
Dios, llega a ser Cuerpo de Cristo. Esta

10 Todo lo que vimos en el capítulo V sobre «Pentecostés, Advenimiento

de la Iglesia» encuentra aquí su confirmación. Los apóstoles se han


convertido en el Cuerpo de Cristo y es este mismo Cuerpo el que no cesa de
crecer en los últimos tiempos: la Iglesia apostólica es la Iglesia sacramental.

93
JEAN CORBON

transformación, este llegar a ser es justamente el acontecimiento de la


Transfiguración.
¿Cuál es, pues, este poder extraordinario que emana del Cuerpo del
Señor y del cual nosotros podemos participar en nuestra realidad
humana desde ahora? ¿Cuáles son estas Energías deificantes que en la
Liturgia «transfiguran poco a poco nuestro cuerpo de miseria para con-
formarlo con su Cuerpo de Gloria» ( F l p 3, 21)? Es lo que nos queda por
descubrir para acoger la Liturgia fontal.

94

Capítulo VIII
EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA EN LA LITURGIA

Cuando nos acercamos al Cuerpo del Señor, nuestro primer asombro


debería ser el de haber sido atraídos hacia él. Es el Padre quien nos ha
seducido ( J n 6, 44) y, en nuestra pobre fe amante, es un poco de su
pasión por el Hijo amado la que se ha hecho nuestra. Así, desde que
consentimos en entrar en la nube de la fe, el Padre nos revela a Jesús
como la única Realidad. «De pronto, mirando alrededor, no vieron a nadie
más que a Jesús solo con ellos» ( M e 9, 8): Jesús solo, es como decir Todo.
En este Cuerpo del Verbo, «todo subsiste... Dios quiso hacer residir
en él la Plenitud» (Col 1, 17.19). De él se derrama la Alegría del Padre
sobre todos los hombres. En él, todo ser es amado de modo único y puede
volver a convertirse en la Gloria del Padre. En él está la Vida de todas las
criaturas. El es nuestra Vida y nuestra Resurrección; entonces, «¿a quién
iremos, Señor?» ( J n 6, 68). En él, el hombre es restaurado y los hombres
son reconciliados, pues «en su Cuerpo ha dado muerte al Odio» ( E f 2, 14
ss). En su Transfiguración, este Cuerpo adorable de ahora en adelante no
puede dejar de exultar de alegría: la Liturgia es el desbordamiento de su
Espíritu de Vida.
Sí, porque el Espíritu Santo, cuya fuente eterna es el Padre, ha sido
enviado desde el principio de los tiempos con el Hijo y para él. El Espíritu
es la misión materna del Padre junto a los hombres para que conozcan al
Hijo,

95
JEAN CORBON

sean incorporados a él y compartan su Vida. Por eso, en el corazón de los


hombres, él es la atracción del Padre hacia Jesús, su pasión por el propio
Hijo y por todos los hijos, su Comunión derramada abundantemente. En
el Cuerpo de Cristo, y manando de él, el Espíritu Santo es como la
impaciencia de la Gloria del Padre para que el hombre viva. En adelante,
en este Cuerpo que ha vencido los límites de la muerte, el Espíritu actúa
con poder. Y cuando suscita en nosotros la respuesta a su Energía
multiforme, el Espíritu y la Iglesia no son más que uno en asombrosa
sinergia1: la Liturgia.

La Luz del triple resplandor

En el icono litúrgico que describe la Transfiguración de Cristo a los


ojos de nuestra fe, la fuente no es más que Luz y abre un espacio nuevo,
sin horizonte, donde todo está invadido del resplandor del Cuerpo del
Señor2. Este espacio que rechaza la sombra de la muerte es el de la Li-
turgia. Del Cuerpo incorruptible emana la luz pura de la Trinidad Santa,
una e indivisible. Pero la irradiación salvadora de su Gloria alcanza a
todos los seres según energías múltiples, y estas son las Energías del
Espíritu Santo.

1 Hemos encontrado ya este término (Cfr. capítulo II, nota 5) y volverá con

frecuencia en seguida. El lector entenderá que lo preferimos a su equivalente de


origen latino «co-operación», cuyas connotaciones son otras en el lenguaje
moderno. La sinergia del Espíritu Santo y de la Iglesia es una noción clave para
entrar en el misterio de la Liturgia. Su fundamento es Cristo mismo. Verdadero
Dios y verdadero hombre, Jesús tiene dos voluntades (contra la herejía monoteleta)
y dos operaciones o energías (contra el compromiso del monoenergismo), unidas de
hecho pero libremente y sin confundirse. Así, toda la santidad cristiana consiste en
la deificación de nuestra naturaleza en Cristo (Cfr. capítulo XVI), en la unión de
nuestra voluntad con la del Padre en Cristo y en la sinergia del bautizado y del
Espíritu Santo en todo acto vital. Esto es el amor en acto, Cfr. Ef 2 , 9 ss y Flp 2 , 13.
Piénsese, a partir de cierta profundidad de unión transformante, en la palabra tan
fuerte de san Juan de la Cruz: «Dios y su obra es Dios» (Máxima 157).
2 Es una constante de la iconografía, sea de hechura armenia, copta, griega,

románica, eslava o siríaca.

96
JEAN CORBON

Una en su misterio, la Luz de la Transfiguración es triple en su


resplandor, según los tres tiempos de la Economía de nuestra salvación
que vive el Cuerpo de Cristo.
Puesto que el Cuerpo del Señor Jesús es la Realidad y en él reside la
Plenitud, la primera Energía de su Espíritu será manifestarlo a
nosotros. Él Está aquí, el Cordero de Dios, y Viene a nuestro mundo,
pero tantas figuras nos lo esconden todavía y las tinieblas de la mentira
nos alejan de él. Entonces, el Paráclito, el nuevo Precursor de la Venida
de Jesús en su Gloria, purificará nuestra mirada con su Luz silenciosa;
nos hará pasar de nuestras visiones carnales al conocimiento puro de la
fe. El Espíritu Santo mana de Cristo como Plenitud de los tiempos y
nos hace participar de ella. Nos transfigura, en primer lugar, iluminando
los ojos de nuestro corazón. Más aún que los discípulos de Emaús,
nosotros llegamos a ser entonces contemporáneos de la Hora de Jesús.
Es el Hoy de la Liturgia.
Tras despertarnos al don gratuito de la fe, el Espíritu Santo puede
ahora penetrar con su Luz vivificante la Imagen desfigurada que es el
hombre y transfigurarla. Puede alcanzar nuestras tinieblas en los
baluartes de la muerte. Si la Luz nos deja participar de ella haciéndose fe
en nosotros, es para que le ofrezcamos todo nuestro ser y seamos cada vez
más Luz. Esta Energía, lo presentimos, nos alcanza en lo más profundo
de nuestra condición mortal. Es la Energía propia de los últimos
tiempos, con la que el Espíritu Santo trata de transformamos en el
Cuerpo de Gloría del Señor.
Por último, si se nos ha concedido «creer en su Nombre» y si hemos
recibido «el poder llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12), es para ser
enviados a este mundo, como Él mismo lo ha sido por el Padre. Su
Espíritu nos ha hecho renacer para que, a través de nosotros, su Gloria
se manifieste a otros y también ellos sean transfigurados en el Cuerpo
del Señor. Este último resplandor de la Luz vivificante se orienta a
comunicar la Realidad que es el Cuerpo de Cristo, a introducir en su
Comunión a los hijos de Dios

97
JEAN CORBON

dispersos. En esta tercera Energía, el Espíritu y la Iglesia están en la


más íntima sinergia, porque se entregan el uno al otro en la misma
misión de amor. Es, pues, una verdadera anticipación de la
Consumación de los tiempos, en el sentido de que el Espíritu y la
Iglesia hacen vivir desde ahora el misterio del Reino y apresuran su
Venida.

La Manifestación del Cuerno de Cristo

La primera tragedia de la historia es que el Verbo viene a los


hombres, Él, su Luz y su Vida, y los hombres no lo reconocen. Él está en
medio de nosotros, en la Realidad de su Cuerpo, como Alguien a quien no
conocemos { J n 1, 9 ss y 1, 26). No puede ser conocido desde el exterior,
porque la exterioridad es la herida del conocimiento mortal. La maravilla
del Espíritu Santo es revelárnoslo desde el interior, pero no por una
técnica reservada a unos iniciados, sino en el compromiso personal de
quien lo recibe. Por eso, la primera a quien el Espíritu Santo manifiesta
el Cuerpo del Verbo es a su Madre, la Virgen María: ella reconoce a su
Hijo y a su Dios porque lo concibe en la fe y lo lleva en la esperanza. Así
ella es, personalmente, la Iglesia en la Plenitud de los tiempos.
Pues bien, desde que la Iglesia ha tomado Cuerpo en Pentecostés,
sucede siempre lo mismo: el Espíritu manifiesta a Jesús a quienes son
suficientemente pobres para creer en él, dejarlo todo por él y llegar a ser
capaces de llevarlo en la tribulación. La Energía del Espíritu Santo no
consiste en hacernos saber ideas sobre Jesucristo, sino en purificar
nuestro corazón para él. El Cuerpo del Señor se convierte en la evidencia
primera y fulgurante de nuestras vidas, en la medida en que
renunciamos a nosotros mismos y lo buscamos por amor. Esta es la
primera sinergia, en que el Espíritu nos transforma en discípulos y teólo-
gos, no mediante un discurso sobre Dios, sino por medio de la fe
amante en su Cristo.

98
LITURGTA FONTAL

El cuarto Evangelio se abre con una semana en que Juan el Teólogo


evoca los primeros encuentros con Jesús, con la frescura y la precisión del
amor. Podemos seguir en ella las iluminaciones progresivas que el
Espíritu Santo suscita en el corazón de estos pobres sin pretensión de sa-
ber. Todo parte de la mirada de Juan el Bautista. Se le percibe bañado en
aquella Luz con la que el Espíritu le transfiguró en el momento del
Bautismo de Jesús. Por eso lo reconoce; ve al Cordero de Dios venir hacia
él y, al día siguiente, fija sus ojos en él. Es entonces cuando dos de sus
discípulos comienzan a seguir a Jesús. ¿Quién podrá conocer la
profundidad de esta mirada del amigo del Esposo, tan ahondado por la
espera y tan transparente al Amor que sus dos discípulos le abandonan,
atraídos por Aquel ante quien su maestro se eclipsa? Sin duda, la Virgen
y la Iglesia, ya que el Espíritu es la Luz que ilumina a la Esposa y le
revela a su Señor ( A p 21, 23).
«Venid y veréis». Los dos primeros discípulos buscaban la morada de
su nuevo Rabbí, «encuentran al Mesías» y difunden la Luz que les ha
atraído. Entonces es la mirada de Jesús la que comienza a irradiar la luz
del Espíritu Santo en el corazón de Pedro, de Felipe y de Nata-nael: es él
quien les conoce y cambia su vida. Jesús les hace vislumbrar la evidencia
a la que se abrirá la fe que nace en ellos: no el hijo de Dios, el rey de
Israel que imaginan, sino el Hijo del hombre, humillado y glorificado, que
difunde la Vida sobre el mundo en su Ascensión. Y esta semana de
teofanías termina con el primer signo con que Jesús manifiesta su Gloria:
la anticipación de su Hora, de la efusión de su Espíritu y de las bodas de
la Iglesia.
Hasta la Transfiguración, el Espíritu Santo irá purificando
pacientemente la mirada de los discípulos en la luz de la primera espera:
«¿A quién buscáis?», «¿Quién es, pues, este?», «Vosotros, ¿quién decís que
soy yo?», «¿También vosotros queréis dejarme?». A pesar de la confesión
de Pedro y de los anuncios de la Pasión y la Resu

99
JEAN CORBON

rrección, no entienden nada: el Espíritu trabaja en su corazón, pero aún


no ha sido dado ni reconocido, y no lo será hasta que el Cuerpo de Jesús
lo haya derramado tras asumir y disipar nuestra muerte. En la mañana
de la Resurrección, solo uno ve y cree, a pesar de las apariencias: el discí-
pulo a quien Jesús amaba; y un poco más tarde, es también él quien, en
la neblina de la mañana, sabe reconocer, de lejos y sin forma, a aquel
Señor cuyo amor transfiguró para siempre su mirada. Todo su testimonio
estalla en la última Bienaventuranza del Evangelio: «Felices los que
creen sin haber visto». El Espíritu despierta esta Bienaventuranza en el
corazón de la Iglesia, ella que de ahora en adelante ve con sus propios
ojos, contempla y toca con las propias manos al Verbo de Vida y lo
anuncia ( 1 Jn 1, 1-3). Y es a ella a la que el Espíritu revela a su Señor
que viene: «¡No temas. Soy yo, el Viviente! Estuve muerto, pero mira,
estoy vivo por los siglos de los siglos» ( A p 1, 17-18).
Si el Señor resucitado es, pues, en nuestro mundo la Realidad fuera
de la cual todo es vacío y absurdo, ¿cómo es que estamos junto a El sin
«discernir su Cuerpo» ( 1 Co 11, 28 ss)? Bastaría, para que su Espíritu
nos iluminase, reconocer que somos ciegos de nacimiento; pero si decimos
que vemos, nuestro pecado permanece (Jn 9, 39 ss). El Espíritu Santo
nos enseña, por el contrario, aquella humildad de corazón que atraviesa
los límites de todos nuestros conocimientos exteriores. A Cristo no le
descubriremos en el periódico, la lectura empírica o la experiencia
inconsciente de los hechos, si bien es precisamente en estos
acontecimientos donde él viene y donde su Espíritu actúa. No es,
tampoco, en nuestras interpretaciones subjetivas de los acontecimientos
donde el Espíritu puede actuar: el significado que damos a los hechos
mira solamente a asegurar nuestro equilibrio y sofoca la nostalgia que
nos despertaría a la Venida del Señor.
Cuando algunos acontecimientos nos turban y se convierten en fallas
abiertas sobre el abismo de la muerte,

100
JEAN CORBON

¿qué hacemos? O nos replegamos sobre las dos posiciones anteriores o


nos aventuramos sobre otras dos pistas, el tiempo suficiente de
distraernos para sobrevivir: para unos, es la ciencia y la técnica, aunque
conocer la concatenación de las causas, e incluso dominarlas, no quiere
decir descubrir su significado; para otros, deseosos de descubrir por qué
esta muerte absurda golpea con sus garras todo lo que es humano, es la
búsqueda de sentido, la seriedad de la inquietud, hasta el umbral
insuperable de la pregunta escondida en todo acontecimiento: ¿ser es-
clavo de la muerte o vencerla? Pero no son las ideas las que pueden
exorcizar la muerte multiforme.
La Energía de luz del Espíritu Santo no excluye estos niveles de
visión: los penetra, los discierne y, finalmente, los hace estallar en el
Acontecimiento que está aquí presente: el Cuerpo adorable de Cristo en
el que la muerte ha sido vencida y que nos ofrece la Vida. El verdadero
profe-tismo cristiano está en este discernimiento que desemboca en la
conversión transformadora: el Señor está aquí y viene, ofrecido en el
corazón de todo acontecimiento como promesa de Resurrección. A partir
de aquí, la pedagogía del Espíritu Santo es inagotable, porque descubrir
al Señor es siempre algo nuevo. Esta sinergia de Luz nos conducirá de
conversión en conversión, a la medida de nuestra fe. Solo el amor hace
ver y es creativo. El Espíritu nos manifestará el Cuerpo de Cristo hasta
que llene todo nuestro campo de visión: nada le es extraño, como veremos
en la Liturgia vivida. Pero, para volver a la fuente de la Luz en nosotros,
el Espíritu nos enseña antes de nada a reencontrar el camino del
corazón, allí donde él se de-irama en nosotros y donde la oración se hace
vida.

La Pascua del Cuerpo de Cristo

En todas las maravillas de Dios está contenido un significado que el


Espíritu revela, porque es su autor. El sig

101
JEAN CORBON

niñeado toma Cuerpo en Cristo, pero es su Aliento quien lo inspira.


Cristo es la Realidad, pero el Espíritu Santo es su artífice. Es, por tanto,
Él a quien el Señor Jesús derrama en «quienes creen en su Nombre» para
darles «el poder llegar a ser hijos de Dios» { J n 1, 12). La segunda
Energía del Espíritu Santo consiste en transformarnos en Cristo, confor-
marnos «con su imagen, cada vez más gloriosos, por la acción del Señor,
que es Espíritu» (2 Co 3, 18).
Sobre el Tabor, la iluminación deificante fue vivida por los discípulos
a la medida de su fe. Lo mismo nos ocurre a nosotros ahora en la
Transfiguración, que es la Liturgia. El Espíritu Santo transforma todo lo
que toca, pero su Energía será tanto más transformante cuanto más
pobre sea y ofrecida esté nuestra fe. Aquí reside el acontecimiento
decisivo de la Liturgia. Tratando de expresar lo inexpresable, la tradición
de las Iglesias apostólicas nos lo presenta con una palabra con la que
quiere transmitir el impulso más gratuito de la fe: la Epíclesis. Epíclesis
es la invocación al Padre para que envíe su Espíritu Santo sobre aquello
que le ofrecemos, a fin de que transforme la ofrenda en la Realidad del
Cuerpo de Cristo. La palabra expresa el vacío que es ofrecido, no puede
decir la Plenitud de la que somos colmados. Traduce el gemido que llama,
no el Amor silencioso que le responde. Porque las apariencias
permanecen mientras estamos en este mundo de muerte, pero la
Realidad ha llegado a ser otra, ha pasado a la Plenitud de Cristo. Así, las
estructuras primeras del cristiano permanecen las mismas después de su
Bautismo, su Crismación, su Matrimonio o su Perdón, y, sin embargo,
«un ser nuevo está ahí»: «el que está en Cristo, es una criatura nueva: el
ser antiguo ha desaparecido» (2 Co 5, 17).
La Transfiguración que acontece en la Liturgia es, pues, un
verdadero paso. Con su segunda Energía, el Espíritu Santo realiza en
nosotros la Pascua de Cristo, de este mundo a la Vida del Padre. Él no
crea de la nada,

102
LITURGIA FONTAL

transforma: deifica. Sí, «transfigura nuestro cuerpo de miseria para


conformarlo con el Cuerpo de gloria» del Señor ( F l p 3, 21). «¡Que venga
tu Gracia, y pase este mundo!»3 no significa el aniquilamiento del mundo
sobre el cual sobrevendría el Reino, sino la gestación dolorosa del Cuerpo
de Cristo en el seno de los últimos tiempos. Solo la muerte es destruida y
la fractura del pecado, curada. Es el sentido de la Gracia como iniciativa
gratuita y manar del Dios vivo en la Humanidad del Verbo. Manifestada
en la primera venida del Señor, esta Gracia se despliega en la Liturgia
desde su foco, que es la Epíclesis. Esta Gracia es el Ágape de la Trinidad
Santa, ofrecida al hombre solo por el amor con que es amado, no por sus
obras o por sus méritos. Es el Amor puramente misericordioso que colma
el abismo de nuestra miseria. Es el Espíritu Santo en kénosis: entonces
la muerte se desvanece y el Cuerpo de Cristo surge, vivo, de nuestra
tumba.
En esta Energía, en que el Espíritu nos hace llegar a ser Aquel que
contemplamos, no hay ningún determinismo, lo que sería todavía una
huella de la muerte. La Gracia es libre y liberadora. No está condicionada
por nada, y nada puede detenerla desde el momento en que la fe le es
ofrecida. Ninguna puerta cerrada puede impedir al Señor resucitado
derramar su Espíritu para convertir los corazones y convertir todo en su
Cuerpo de gloria. La transformación tan realista que se vive en el
corazón de la Liturgia no supone la intervención de ningún medio creado:
ella mana como nueva creación. Por eso, no podemos hacer otra cosa, en
esta sinergia con el Espíritu Santo, más que ser nosotros mismos en
verdad, en esa verdad consentida de nuestro ser hacia el Padre que
consiste en creer, no podemos hacer otra cosa más que creer: la fe es la
acogida gratuita del Don gratuito que nos hace ser. Son estas dos
realidades gratuitas, más profundas que nues

> Dulcidle, 10.

103
JEAN CORBON

tras heridas mortales, las que hacen posible la unión de amor y las que
la hacen transformante. Cristo ahonda en nosotros el deseo del Espíritu
y nosotros lo pedimos al Padre: el Padre nos da el Espíritu de su Hijo y
nosotros llegamos a ser Cristo. He aquí la maravilla del Espíritu que nos
deifica, en la liturgia celebrada y vivida: la Fuente crea en nosotros la
sed; ella nos da a beber el Espíritu y nosotros nos convertimos en Cuerpo
de Cristo4.

La Comunión del Cuerpo de Cristo

La Transfiguración culmina en la Comunión, pregustación del Reino,


inhabitación de amor en que las Tres Personas se comunican en la
unidad. Esto es, sin duda, lo que presentía Pedro al proponer plantar tres
tiendas en la cima del monte. Cuando uno es introducido en la Morada
del Padre, ya se comienza a vivir en Comunión con él, se anticipa la
Consumación de los tiempos. Ahora bien, en la Liturgia, la Iglesia,
comunión ya de cuantos creen en el Nombre del Hijo amado y han sido
transformados en él, llega a ser lo que ella es, se convierte en Cuerpo
de Cristo, se convierte en Sacramento de la Comunión de Dios y los
hombres.
Este Cuerpo está vivo porque el Espíritu Santo es Comunión (2 Co
13, 13). Este Cuerpo no es monolítico, es orgánico, está compuesto de
miembros vivos, dotados ellos mismos de múltiples carismas por el
mismo Espíritu. Si el Cuerpo es Sacramento de la Comunión, cada
miembro lo es por su parte. El cristiano, como tal, es un ser sacramental;
participa en el Cuerpo de la kénosis de amor del Señor y de su Espíritu.
Si el significado primero de comunión es compartir la misma tarea con
otros, la

4 Cfr. 1 Co 12, 13. Obsérvese el matiz distinto de las dos preposiciones,

traducidas a veces en español por la misma palabra: «bautizados en un solo Espíritu»


(en griego en locativo) y «en un solo Cuerpo» (en griego eis dinámico, en vista de).

104
JEAN CORBON

Iglesia es, pues, Comunión, porque de tal manera es una con Cristo que
comparte con todo su ser la muerte y la Resurrección de su Señor. Por
esto, solo los bautizados son los actores de la Liturgia en este mundo.
Pero, por la Crismación, ellos han recibido también el Don personal del
Espíritu, que con sus Energías les hace aptos para ser los servidores, en
el único Siervo, de todas las Epíclesis que les sean confiadas, a cada uno
según sus carismas, tanto en la Liturgia celebrada como en la Liturgia
vivida.
La Energía de Comunión del Espíritu Santo hace, entonces, del
Cuerpo de Cristo ese «sacerdocio real» (/ P 2, 9), ese «reino de sacerdotes
para su Dios y Padre» ( A p 1, 6). No hay más que un Sacerdote,
«misericordioso y fiel», «que ha atravesado los cielos, Jesús, el Hijo de
Dios» ( H b 2, 17 y 4, 14) y de su sacerdocio participan sus miembros para
la misma misión de salvación y de Gloria. Ellos son los que encontramos
de nuevo en la Liturgia eterna bajo la imagen de los ciento cuarenta y
cuatro mil ( A p 7, 4), mientras que «la muchedumbre inmensa que nadie
podía contar» ( A p 7, 9-17) simboliza más bien la multitud de los
elegidos. Estos son la humanidad salvada, pero aquellos son el pequeño
Resto, la Iglesia, Cuerpo de Comunión, en la cual la multitud es salvada.
Finalmente, lo que el Espíritu Santo realiza en esta tercera Energía
viene expresado en el último símbolo de la visión litúrgica del
Apocalipsis: los árboles de Vida. La imagen nos remite a la Comunión del
Cuerpo de Cristo. No hay, en efecto, más que un solo Árbol de Vida:
Cristo crucificado que da la Vida. Ahora bien, crucificados con su Señor,
los cristianos resucitan con él, desde ahora. En él se convierten en
«espíritu vivificante». Este Espíritu ha llegado a ser, en ellos y con ellos,
una misma Energía divina; es su ser nuevo. La muerte no puede
obstaculizarlo más: «fructifican doce veces, una vez cada mes», es decir,
sin cesar, porque llevan en ellos, son portadores de la Plenitud de los
tiempos. «Y sus hojas pueden curan a las na

105
JEAN CORBON

ciones»: es toda la misión de la Iglesia en los últimos tiempos.

La Liturgia, Sinergia del Espíritu y de la Iglesia

Dos imágenes dominan el vocabulario bíblico para sugerir el misterio


de la Iglesia: la del Cuerpo, desarrollada sobre todo por san Pablo, y la de
la Esposa, más frecuente en san Juan. El misterio de la Liturgia como
Transfiguración manifiesta, más allá de las imágenes, la coherencia de
los dos simbolismos en la misión conjunta del Verbo y del Espíritu. En
cuanto la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, es una con él; en cuanto es su
Esposa, es distinta de él. Esta unión es sin confusión. Gracias a que, por
sus Energías, el Espíritu Santo vive en ella su kénosis personal, la
Iglesia es la Esposa, pura acogida de su Señor; entonces, una con el
Espíritu, ella llega a ser fecunda dando a luz al Cuerpo total de Cristo.
No se puede razonar deductivamente sobre tales símbolos. Solamente se
puede acogerlos para participar en el misterio de la Comunión trinitaria,
escondido durante siglos y manifestado hoy en la Iglesia. La fuente es el
Cuerpo de Jesús, resucitado y vivo en el Padre; el Río de Vida es el
Espíritu y la Esposa del Cordero en su misteriosa sinergia: la Liturgia.
Contrariamente a nuestros activismos, que pretenden liberar al
hombre en toda acción en favor del hombre, la kénosis del Espíritu en la
Iglesia nos recuerda que el Acontecimiento liberador de la Pascua tan
solo es propuesto en cada acontecimiento, pero que está aún por realizar
con nosotros y por nosotros. Estar en kénosis, para el Espíritu de Cristo
resucitado, quiere decir estar ofrecido, entregado, sin voluntad de poder,
y él reclama de nuestra parte la acogida, la respuesta, el mismo sí de
kénosis. Es el sí de la Virgen el que permitió la Encarnación del Verbo; es
del consentimiento de la Humanidad de Jesús como manó la luz
deificante de la Transfigura

106
JEAN CORBON

ción; y es el mismo consentimiento de la Iglesia el que permite a la


Liturgia ser celebrada y ser vivida.
No podemos reconocer el Cuerpo del Señor si olvidamos que somos la
Iglesia que lo concibe en la fe y lleva adelante su gestación en la
esperanza. Nuestras rutinas reducirían los sacramentos a cosas sagradas
si desconociéramos al Espíritu que nos transfigura a través de ellos, pues
toda Energía del Espíritu Santo se vive en el corazón de la Iglesia, en su
humanidad impregnada de luz, y no hay ninguna Energía de la Iglesia,
como tal, que no sea la del Espíritu de su Señor. El ser sacramental de la
Iglesia significa que todo en ella es Energía conjunta del Espíritu y de la
humanidad que él transfigura. Esta Sinergia constituye la Liturgia, y es
ella, en su triple resplandor de deificación, lo que ahora vamos a
contemplar en la celebración y en la vida.

107

II

LA LITURGIA CELEBRADA



JEAN CORBON

Tras haber vislumbrado a qué profundidad fontal mana el Misterio


de la Liturgia, podemos acoger toda su plenitud. La Liturgia se hace
nuestra cuando la celebramos. Entonces bebemos de la Fuente y podemos
saciar a Aquel que nos pide de beber: en el encuentro de estos dos
deseos1, el Espíritu Santo es el Río de Vida que salva al hombre y le hace
dar fruto para la Gloria del Padre.
El Misterio, envuelto en silencio durante siglos eternos, oculto en la
creación, camina con los hombres y es confiado pacientemente a nuestros
Padres en la fe a lo largo de todo el tiempo de las Promesas. Su
Advenimiento en la Plenitud de los tiempos se manifiesta en la kénosis
del Verbo encarnado, hasta que su Acontecer estalla en la Hora de Jesús,
en su Cruz y en su Resurrección. Entonces, mana la Liturgia. En su
Ascensión, Cristo la celebra junto al Padre, eterna y vivificante, y la
derrama sobre el mundo por la efusión de su Espíritu: la Liturgia hace
nacer la Iglesia e inaugura los últimos tiempos. Ella es el Río de Vida,
que mana del trono de Dios y del Cordero, sinergia del Espíritu y de la
Esposa: en la Iglesia, la Liturgia concibe, forma y da a luz al Cuerpo del
Cristo total. En la Plenitud de los tiempos, nosotros estábamos todos en
Cristo; en la Consumación de los tiempos, él será todo en nosotros: la
Liturgia de los últimos tiempos es esta gestación del todo en todos, ella es
la Transfiguración del Cuerpo de Cristo.

1 Literalmente, «sed» en plural [N.d.T.].

109
JEAN CORBON

Necesitamos, en primer lugar, ser arrastrados en el flujo y reflujo de


la Liturgia y de su celebración. La celebración es la epifanía de la
Liturgia en los últimos tiempos (capítulo IX), porque la Liturgia se
derrama en la celebración (capítulo X). Podremos entonces ser sobreco-
gidos por el gran Sacramento que es el Cuerpo de Cristo (capítulo XI). A
partir de ahí se desvelará el despliege irresistible de la Ascensión del
Señor: la Transfiguración de toda la vida del hombre (capítulo XII), del
tiempo (capítulo XIII) y del espacio (capítulo XIV) en los sacramentos.

110
JEAN CORBON

Capítulo IX
LA CELEBRACIÓN, EPIFANÍA DE LA LITURGIA

Antes de ver cómo el único Acontecimiento de la Liturgia se despliega


en sus celebraciones tan diversas, volvamos a la pregunta preliminar:
¿qué significa celebrar la Liturgia? De este modo responderemos a otra
pregunta, que subyace en la mentalidad de muchos cristianos: ¿por qué
celebrar la Liturgia?

La celebración, «momento» de la Liturgia

Hay una evidencia que la contemplación del Misterio, tal como lo


hemos vislumbrado en los capítulos precedentes, muestra con claridad: la
Liturgia no se reduce a lo que nosotros celebramos. Ella es celebrada sin
cesar junto al Padre por Jesús en el Espíritu Santo, con la asamblea de
los primogénitos en el Reino. Ella es la que hace la historia. Ella es la
vitalidad de la Iglesia en este mundo, obra sin cesar y nos es ofrecida:
«¡Que el hombre sediento se acerque!» ( A p 22, 17). Nuestras
celebraciones son momentos en que «nosotros, hombres de deseo,
recibimos, gratuitamente, el agua de la Vida» (cfr. ibíd.). Pero estos
momentos no son solamente, en sentido banal, determinados períodos del
día, de la semana o del año. En la Economía de la salvación, los
momentos tienen una significación más profunda.
En los tiempos escatológicos en que estamos, una celebración es un
momento en el sentido que todos los acon

111
JEAN CORBON

tecimientos de la Economía de la salvación son intervenciones


privilegiadas del Dios vivo en la historia del hombre. Toda la Economía
está marcada por lo que la Biblia llama ¡cairos, instantes de gracia,
ocasiones decisivas. Nuestra propia vida, y la de cada hombre, está
jalonada por esas llamadas con las que nuestro Dios nos invita a retornar
a Él y conocerle. Hay así momentos en nuestra existencia en que el
corazón se desgarra para abrirse al Señor que viene. Ahora bien, lo
hemos visto, la Economía se ha convertido en Liturgia desde que el Río
de Vida manó de la tumba. Una celebración aparece, por tanto, como un
momento en que el Señor viene con poder y en que su Venida se convierte
en la única ocupación de quienes responden a su llamada.
Cierto, debería ser así en cada ocupación de la existencia del
cristiano. La celebración tiende, con todo su dinamismo, hacia esta
Liturgia vivida, en que cada instante se volvería momento de gracia.
Pero, además de que la Liturgia no puede ser vivida en todo momento si
no es celebrada en determinados momentos, hay en la celebración una
novedad irreductible que confirma su necesidad: es entonces, en efecto,
cuando el Acontecimiento de Cristo se convierte en el Acontecimiento de
la Iglesia reunida aquí y ahora. La Iglesia que celebra acoge la Liturgia
celestial y participa en ella. Se manifiesta así como Cuerpo de Cristo y lo
llega a ser aún más, porque, en el Memorial que celebra, el Espíritu la
alimenta con el Verbo, transforma en su Cuerpo lo que le es ofrecido y
difunde su Comunión entre los miembros y con todos. La celebración es
un momento fontal en que el Río de Vida renueva, hace crecer y vivifica
los árboles de Vida.
Este momento o es eclesial o no es. Lo hemos visto desde el
advenimiento de la Iglesia en Pentecostés: el Espíritu da la Vida a los
hombres al constituirles en Cuerpo de Cristo. Sin los momentos de
celebración, la Palabra de Dios sería solo un recuerdo edificante y la
Comunión en

112
JEAN CORBON

la Caridad, un ideal inaccesible, como una fuente ante la que nos


moriríamos de sed. Faltaría, en efecto, la Epíclesis, en la cual está
concentrada la triple sinergia del Espíritu y de la Esposa: no habría
ningún Acontecimiento. Sin celebración, la fe volvería a ser teísmo, la
esperanza quedaría separada de su ancla y la caridad se diluiría en filan-
tropía. Si la Iglesia no celebrase la Liturgia, dejaría de ser la Iglesia y
sería solamente un cuerpo sociológico, una apariencia residual del
Cuerpo de Cristo.
La pseudomística, refractaria a la celebración de la Liturgia, es, en
realidad, una forma de la muerte: el pecado del individualismo se cierra a
la irrupción del Acontecimiento de la Resurrección. Ninguna persona,
bautizada o no, tiene línea directa con la Liturgia celestial. El Misterio de
Cristo no puede tomar cuerpo en nosotros, sino en su Cuerpo: ahora bien,
su Cuerpo espiritual, en este mundo, es la Iglesia. Allí donde la Iglesia
celebra la Liturgia, allí está el Espíritu del Cuerpo de Cristo.
Pretender vivir de Cristo resucitado sin pasar por la celebración
eclesial de la Resurrección es una contradicción. ¿Cómo vivir la
Comunión con el Señor cuando se está en una actitud de aislamiento y de
ruptura con El? ¿Cómo ir al Padre, si se desprecia el único Camino
abierto por él, donde él nos busca y que recoge nuestra condición humana
integral: el Cuerpo de su Hijo? El espiritualismo desencarnado se engaña
sobre el hombre y sobre Dios, porque desconoce la Humanidad de Cristo.
Ahora bien, la Humanidad real del Señor a partir de su Resurrección es
la de Jesús y sus miembros: un solo Cuerpo en el mismo Espíritu.
«Desertar de la asamblea» que celebra el Día del Señor ( H b 10, 25)
equivale a no haber aún «discernido el Cuerpo de Cristo», es incluso
dividirlo1.

1 El viejo dicho «yo soy creyente, pero no practicante» debería ser

reconsiderado con discernimiento. Pastoralmente, nos encontramos, pues,


ante un bautizado prematuro, por tanto, ante un catecúmeno, o también ante
un penitente que se ignora a sí mismo. Las asambleas pri-

113
JEAN CORBON

La celebración, lugar de la Liturgia

En nombre de este realismo, una celebración aparece como el


momento en que una Iglesia participa en la Liturgia celestial. En este
momento intenso, el Señor viene a su Iglesia que está aquí, en este lugar.
Esta participación local en la única Liturgia nos revela otros dos
aspectos de la celebración.
Por una parte, en efecto, si es la Iglesia quien celebra, esta no puede
ser más que la Iglesia que está en Corinto, en Éfeso, en París, etc. La
Iglesia también o es local o no es. Si el Espíritu es derramado en una
comunidad habitada por la Palabra para transformarla en Cuerpo de
Cristo e irradiar a través de ella su Comunión, esto tan solo puede darse
en un lugar; de lo contrario, es una abstracción. Antes de ser un marco
administrativo o pastoral, la noción de lugar que connota siempre la
Iglesia expresa el conjunto de los aspectos que constituyen y estructuran
sacramen-talmente una Iglesia particular: los bautizados-confirma-dos y
sus ministros ordenados, la lengua y la cultura, la Tradición viva; en fin,
todo lo que hace de una Iglesia el foco de la Epíclesis que transforma una
comunidad humana en Cuerpo de Cristo. En este sentido, toda celebra-
ción es escatológica, en tensión hacia su consumación, como la Iglesia que
celebra la Liturgia. Una Iglesia no es local estáticamente; ella llega a
serlo, y no lo es nunca totalmente hasta que Cristo sea todo en todos los
hombres de aquel lugar. Así, cada celebración debe ser, en verdad, la de
la Iglesia local, pero es con la celebración de la Liturgia como esta Iglesia
se hace cada vez más local.
Por otra parte, cuando tal Iglesia celebra la Liturgia según las
costumbres propias de su lugar, ella no celebra su Liturgia como si fuera
distinta de la de las otras Igle

mitivas conocían estas dos categorías y las hacían participar gradualmente


en la Liturgia eucarística. Cfr. las despedidas sucesivas de los catecúmenos y
penitentes antes de la Anáfora.

114
JEAN CORBON

si as locales. La diferencia está en la expresión, no en el Misterio:


siempre y en todas partes es la misma y única Liturgia celestial la que
celebran todas las Iglesias locales. Toda celebración manifiesta y realiza
la catolicidad de la Iglesia, porque es participación en la Liturgia eterna.
Esto aparece de manera eminente en la celebración de la Liturgia
eucarística. Así como todo fiel que comulga el Cuerpo y la Sangre de
Cristo no comulga una parte de Cristo, sino el Cristo total, del mismo
modo la celebración de una Iglesia local no fracciona la Liturgia celestial,
sino que participa en ella plenamente. La celebración es, por tanto, no
solo el momento, sino también el lugar donde la Liturgia hace vivir la
Iglesia en todo su Misterio.
Es de este modo como todas las Iglesias locales manifiestan, realizan
y comunican su unidad en la catolicidad: participan en la misma y única
Liturgia eterna. Desde esta luz se puede entender lo primordial que es la
evidencia del misterio de la Iglesia, como Liturgia eterna en el corazón de
la historia, para vivir en verdad las relaciones en la Iglesia, desde la
pastoral hasta el ecumenismo. Esta luz permite purificar las tentaciones
periódicas que agitan las Iglesias, ya sea hacia el corporativismo
espiritual, ya sea hacia el juridicismo administrativo. Porque todo es
fundamentalmente Liturgia en la Iglesia: la unidad en la fe y la
comunión en la caridad, los ministerios y la misión, la oración y los
santos Cánones. La Liturgia es la fuente.

La celebración, foco de la Liturgia

Momento y lugar de la Liturgia celestial, la celebración eclesial es


también el foco a partir del cual la Luz del Misterio se derrama en el
mundo de los últimos tiempos. Focaliza las Energías de la
Transfiguración para aplicarlas a una particular situación humana aquí
y ahora. Este foco es el punto de encuentro entre la Liturgia, vitalidad

115
JEAN CORBON

profunda de la Iglesia, y la condición encarnada de cada Iglesia.


Ahora bien, hay que señalar que todas las celebraciones eclesiales
comportan unas constantes, cualesquiera que sean las tradiciones
particulares propias de las Iglesias. Desde los orígenes hasta nuestros
días, la celebración, en su foco sacramental, está estructurada por unos
elementos constitutivos permanentes. En efecto, se trate de un Oficio de
vigilia o de la Reconciliación de los penitentes, de la Unción de un
enfermo o de la Eucaristía, una especie de morfología común parece
desprenderse de todas las celebraciones eclesiales2.
Hay, en primer lugar, una asamblea de bautizados-confirmados, por
reducida que sea; en caso contrario, el Cuerpo de Cristo no estaría
significado y la celebración no sería la de la Liturgia. Están también los
ministros, de los cuales, uno al menos debe haber sido ordenado para este
servicio; si no fuera así, el Espíritu y la Esposa no estarían significados,
Cristo no sería Siervo de su Cuerpo, la asamblea realizaría un culto
religioso pero no celebraría la Liturgia. Se adivina la razón de esto: la
Comunión de la Trinidad Santa, que es la Energía última de la Liturgia,
no se toma, sino que se recibe. No nos damos la paz en la celebración, a
pesar de lo que se piense: la acogemos de Aquel que, solo él, es nuestra
paz y que nos la da en su Cuerpo, por medio de los miembros ordenados
para este ministerio3. En la celebración, el hombre sediento se acerca y
recibe el agua de la Vida, gratuitamente y no por sus propias fuerzas. En
el fondo de la cuestión de los mi

2 Decimos propiamente eclesiales para distinguirlas de las reuniones

cultuales infralitúrgicas.
3 No nos corresponde a nosotros entrar detalladamente en esta cuestión

tan actual de los ministerios. Ateniéndonos a lo esencial, digamos que la


Tradición de las Iglesias apostólicas ve lo propio del ministerio ordenado en
el servicio de la Epíclesis sacramental: es el criterio de sus demás funciones y
de su distinción con relación a las funciones .análogas del sacerdocio real,
como la de anunciar la palabra.

116
JEAN CORBON

nisterios, volvemos a encontrar el misterio, tan extraño al hombre carnal,


de la sinergia del Espíritu y de la Esposa, del realismo encarnado del
Cuerpo de Cristo y de la gra-tuidad de la salvación. No basta con que
«dos o tres se reúnan en su Nombre» para que Cristo viva con ellos la
celebración de la Liturgia4.
Está también la Palabra de Dios, proclamada por un ministro y
escuchada por la asamblea, meditada por cada uno y guardada en el
corazón. En este sentido, una celebración es un nuevo Pentecostés: el
Espíritu se derrama sobre quienes están habitados por la Palabra, se la
«recuerda» para hacerles vivir el Acontecimiento y «conducirles a la
Verdad plena». Pero una celebración no es un curso de Biblia ni la puesta
en común de las impresiones de cada uno. Acontecimiento de Cristo que
se convierte en el de la Iglesia, ella es un momento de la Tradición santa
y viva: el corazón de Jerusalén es fecundado por el Río de Vida, los
hambrientos reciben el Pan de la Palabra por medio de los apóstoles, que
se lo distribuyen. La Palabra de Dios, en este foco de la celebración, debe
estar proyectada en el Cuerpo: se convierte en Palabra de la Iglesia.
No mis palabras subjetivas, sea yo miembro de la asamblea o incluso
ministro de la Palabra, sino el Verbo de Vida cuyo Cuerpo es la Iglesia.
Fuera de este Cuerpo, puede haber muchos espíritus, pero no el Espíritu
de Cristo, que habla por los profetas.
Encontramos también, y es urgente recordarlo hoy a un cierto tipo de
hombre más cerebral que humano, unas acciones simbólicas. Para que
la celebración sea Transfiguración del Cuerpo de Cristo, es necesario que
todo el

4
Mi 18, 19. El Señor está en medio de ellos. Si están unidos -¿pero saben que lo
están?-, el Padre escucha su petición. Sin embargo, no es todavía la Iglesia, sino una
Comunidad de creyentes que espera Pentecostés. Sobre todo, no es una celebración,
porque el Cuerpo de Cristo es orgánico, no anárquico. El Espíritu nos incorpora a él,
no lo construimos nosotros. Cfr. / Co 12, 12-14.

117
JEAN CORBON

hombre, que es cuerpo, esté implicado. Si la Luz del Tabor alcanza


primero al hombre al nivel del corazón, en este punto de libertad liberado
de estructuras, es para que todo el ser sea iluminado y deificado. Una
celebración cerebral se compensa, fatalmente, en la autosatisfacción in-
telectual o emocional. La celebración integral de la Liturgia, por el
contrario, lleva al foco de la fe y se proyecta en Comunión, la de la
persona y la de la comunidad. El Acontecimiento de Cristo llega a ser el
de su Iglesia tan solo si es actuado, y no si solamente es pensado o
sentido. El pensamiento y el sentimiento crean ídolos, solo el símbolo en
acción hace entrar en el Misterio. Esta participación en el Misterio se
expresa, entonces, en la fe de la asamblea y este es el significado del
canto: no la yuxtaposición cacofónica de palabras pronunciadas, sino una
unidad, en la armonía, de fe, intercesión y doxología. Es otra faceta de la
Palabra de la Iglesia, pero que esta vez significa la participación efectiva
en el Acontecimiento de Cristo y la Comunión en la fe.
Hay, finalmente, como elementos estructurales de la celebración, un
determinado espacio y un determinado tiempo5. Pensamos en seguida, y
es verdad, en su aspecto funcional, pero su significado va mucho más
allá. En efecto, lo que intenta pasar, a través del foco de la celebración,
no es otra cosa que la novedad de Cristo resucitado. «Las puertas
cerradas» ya no son obstáculos a su presencia y el tiempo ya no está
sepultado en el pasado, porque Jesús es, personalmente, nuestro hoy. Si
la Liturgia eterna se despliega en nuestro mundo y en nuestro tiempo
como Ascensión del Señor, esto también debe estar significado en el foco
de la celebración. No se trata, en absoluto, de un condicionamiento
psicodélico o de un teatro ilusionista, sino de que, en el realismo
sacramental del Cuerpo de Cristo, el espacio y el tiempo han de estar
expresados

5 Cfr. los capítulos XIII y XIV.

118

LTTURGIA FONTAL

como transfigurados. En nuestras celebraciones humanas de aniversario


o de victoria, inventamos espontáneamente los signos por los cuales el
espacio y el tiempo participan en el acontecimiento celebrado: ¿por qué
desconocer esta dimensión encarnada y tan humana en la celebración de
la Liturgia, este Acontecimiento que sostiene todo y transfigura todo?
Ciertamente, aquí la luz procede del interior, si no volvemos a caer en el
folclore cultual. A lo largo de la historia de la Iglesia, las Iglesias
particulares han variado mucho en esta expresión, sin duda, porque los
dos últimos elementos son los más ligados a las culturas contingentes;
pero, en la mutación actual de las civilizaciones, no se los puede olvidar
sin oscurecer la celebración, este foco a través del cual la Liturgia se
despliega en la Iglesia y se irradia sobre el mundo.
Estos ocho elementos -a los que se pueden añadir otros según las
tradiciones propias de las Iglesias- estructuran toda celebración. No se
deducen a partir de una lógica ritual, sino que, simplemente, se
constatan e inducen de la práctica universal de las Iglesias. De hecho,
verifican la forma, la condición sacramental de la Liturgia en los últimos
tiempos. Se encuentran en ellos, efectivamente, las coordenadas primeras
de toda comunicación entre personas: el grupo, la palabra, el gesto, el
espacio y el tiempo. Pero aquí son asumidas por Cristo Señor para hacer
pasar, a través de ellos, la corriente de su Espíritu. Porque la asunción de
lo humano por parte del Verbo se orienta por completo hacia ese
Pentecostés que realiza la Epíclesis en la celebración. Por ello, estos
elementos llevan en sí mismos un significado bien distinto del de los de
una asamblea de tipo sociológico. No solo encontramos en ella dos
elementos originales e irreducibles -la Palabra de Dios a través de la
Escritura y su proclamación, y los ministerios como Energías del Espíritu
Santo-, sino que estos dos signos y los otros seis serían totalmente
insignificantes para la Liturgia, si se les redujese al significado

119
JEAN CORBON

que los participantes quieran conferirles. Son signos tan solo porque el
Misterio los transfigura desde el interior; entonces, ellos hacen entrar en
la Liturgia. Si no fuera así, estaríamos de lleno en el ritual sacro de las
religiones naturales o de las ideologías.

Las celebraciones de la Liturgia

Además de momento, lugar y foco de la Liturgia, la celebración es


también su epifanía porque la irradia en Energías diversas. Si todas las
celebraciones revelan una similitud fundamental en los signos que
manifiestan el Misterio, difieren notablemente en las Energías del
Espíritu Santo que realizan y comunican este Misterio. Todas celebran el
Advenimiento del Señor, pero no todas con el mismo Poder. La Energía
transformante desplegada por el Espíritu a través de los signos estruc-
turales comunes varía según las celebraciones. En efecto, puesto que no
hay más que un Sacramento, el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, toda
celebración participa de él y lo hace participar; pero, ya que hay una di-
versidad de Energías del Espíritu Santo a causa de las necesidades del
hombre por deificar, hay diversidad de celebraciones.
Dicho claramente, la Tradición viva de las Iglesias apostólicas nos
ofrece vivir la Liturgia, en primer lugar, a través de la celebración del
gran Sacramento -la Divina Liturgia por excelencia, la Eucaristía-, que
no se puede comparar con ninguna otra celebración, porque contiene todo
el Misterio; ella es el momento total de la Iglesia local y de la Comunión
de las Iglesias. Después, a través de los sacramentos mayores: Bautismo
y Crismación, Reconciliación de los penitentes y Unción de los enfermos,
Matrimonio y Orden de los ministerios. Pero, en el interior de estas
Energías sacramentales, hay otros signos donde el Señor manifiesta y
comunica su Gloria, en par

120
JEAN CORBON

licular, la Biblia y el Icono6, el Día del Señor y los otros momentos del
tiempo transfigurado.
Es aquí donde una pregunta aparentemente ingenua merece una
respuesta. A veces es planteada por quienes comienzan a conocer a Cristo
resucitado: ¿por qué esta diversidad de celebraciones litúrgicas? Ya que
Cristo está en medio de nosotros, ¿por qué la Energía de su Espíritu no se
manifiesta mediante un solo signo?, ¿se puede añadir o quitar algo a la
acción vivificante de Cristo resucitado?
La primera respuesta se encuentra en un hecho: la Eucaristía y los
sacramentos mayores vienen de Cristo y de la primera comunidad
apostólica. Son datos de Tradición: la Liturgia no se fabrica; ante todo, se
la acoge. Estos grandes sacramentos son signos de alianza, sellos de fide-
lidad, momentos de unión que el Señor da y confía a su Esposa en su
Espíritu. Las otras formas de celebración son contingentes; sin embargo,
si todas las Iglesias locales las han ido adoptando poco a poco a lo largo
de la historia, nuestra exigencia crítica -ella misma también criticable-
difícilmente puede rechazarlas en bloque. En la Liturgia, la creatividad
es también una energía del Espíritu en el corazón de la Iglesia, y es
auténtica cuando la piedra de toque es el Misterio de Cristo.
La segunda respuesta es también un hecho de Tradición y se inspira
en la continuidad entre la Economía y la Liturgia. Antes de su
Resurrección, Jesucristo se comportaba con los hombres con la
simplicidad y la verdad de una Persona viva. Con cuánta más razón
ahora, pasado a sus misterios, Cristo, Dios nuestro, es aún más humano
que durante su vida mortal. En la comunicación humana, la presencia se
traduce a través de toda una gama de expresiones: la palabra, el gesto, el
silencio, la mirada, la escritura... En cada

6 La complementariedad de la Biblia y del Tcono como escritura de la

única Economía de salvación fue definida en el 7° Concilio ecuménico (Nicea


II, año 787).

121
JEAN CORBON

una de estas facetas, somos nosotros mismos quienes nos comunicamos,


pero no con la misma presencia en todos indistintamente. En la relación
del Señor con su Iglesia y con cada uno de los miembros de su Cuerpo, el
don de su Presencia conoce una gama de expresiones aún más matizada.
A partir del Sacramento de su Cuerpo, donde su Presencia es total
porque su Pascua contiene todo, los otros sacramentos, o, mejor, Energías
sacramentales, corresponden con una verdad sorprendente a nuestra sed
humana y a todas las formas del deseo de Dios en el hombre.
En el fondo, hay una gran diversidad de celebraciones porque la
Liturgia es tan pedagógica como la Economía que ella lleva a
cumplimiento. En este misterio de Alianza, la Esposa no siempre está
despierta y presente como lo espera «Aquel que se entregó por ella». Los
matices del registro sacramental revelan esta pedagogía secreta del
Espíritu. Así, una celebración penitencial del estilo liturgia de la Palabra
no es todavía la celebración del sacramento de Conversión con su
Epíclesis consumante, sino que nos prepara a ella; y, cuando la
Reconciliación se vive en la Liturgia euca-rística, la Energía de la
Comunión va aún más lejos, aunque presuponiendo la Conversión. Si el
discernimiento del Cuerpo de Cristo es preliminar a toda celebración,
cada celebración, en su originalidad pedagógica, nos permite discernir la
Sabiduría «infinita en recursos» (E( 3, 10) del Espíritu del Señor. Sus
Energías son multiformes y los sacramentos que las celebran son para los
hombres. Toda la Economía de la salvación que confluye en la Liturgia es
un Designio de condescendencia, porque la Sabiduría se ha acostumbrado
a conversar con los hombres7.

7 La «condescendencia» (en griego «synkatabasis») no tiene en la Biblia y en los

Padres de la Iglesia el matiz insípido del lenguaje moderno: evoca la ternura del Padre
que se inclina hacia sus hijos para estar con ellos y traduce el primer movimiento de la
Pascua (el segundo es la Ascensión), que en adelante persigue la efusión del Espíritu
Santo. Sobre la Sabiduría, Cfr. Ba 3, 9-38; Pr 8, 31 y Jn 1, 14.

122
JEAN CORBON

La celebración, fiesta de la Liturgia

Una palabra puede resumir el misterio de la celebración como


epifanía de la Liturgia: la Fiesta. El término celebrar, que ha terminado
por imponerse hoy en lugar del decir o hacer de los siglos decadentes,
orienta ya por sí mismo hacia esta experiencia de la fiesta. No para hacer
de nuevo la fiesta, o decir nuestras pulsiones inconscientes, sino para
participar en la Fiesta de la Liturgia eterna. Antes de mover los hilos de
la puesta en escena que puede determinar un ambiente festivo, es el
momento, o no lo será nunca, de volver a la Fuente. Celebrar la Liturgia
es entrar en la alegría del Padre, la única que nos hará exultar de alegría
con Cristo en el Espíritu Santo (Le 10, 21). Si la fiesta surge de un
acontecimiento feliz, ¿comprendemos que la Buena Nueva consiste aquí
para nosotros en ser crucificados con Jesús para resucitar con él? Una
fiesta celebra un encuentro; pero ¿hacia quién conduce el Espíritu a la
Esposa en la celebración? Festejar un acontecimiento es hacer partícipes
a otros de nuestra alegría; ahora bien, ¿por qué una celebración como la
Unción de enfermos o el perdón de mis pecados es verdaderamente
compartir y anticipar el Reino? Cada uno podría continuar estas
preguntas para sumergirse de nuevo en la novedad inagotable de la
Fiesta que se ofrece en cada celebración.
A la luz del misterio de la Liturgia celestial8, dos exigencias surgen
de nuestras celebraciones festivas. Si, en efecto, una celebración es un
momento intenso de la Venida del Señor, la primera exigencia es la de la
fe y de la conversión. Los dos planos de los que nos habla el Apocalipsis -
el drama de la historia y su Liturgia eterna- están presentes de modo
transparente en la celebración. Debería ser una evidencia
resplandeciente para nuestra fe, precisamente cuando todo en nosotros,
salvo el corazón, está

8 Cfr. el capítulo PV.

123
JEAN CORBON

a oscuras. Nuestras manos tocan las llagas del Siervo Crucificado y


nuestros corazones lo reconocen como el Señor nuestro Dios. Pero no se
accede a esta sencillez de fe por el mero hecho de entrar en una iglesia y
comenzar una celebración. También aquí es necesario un camino. Por
eso, la pedagogía de la Tradición litúrgica nos hace empezar siempre con
la adoración y el reconocimiento de nuestro pecado, antes de escuchar al
Verbo y de participar en su Acontecimiento salvador. En la Liturgia, no
se acerca uno a la zarza ardiente más que descalzándose las sandalias y
postrándose...
La segunda exigencia nos remite a la autenticidad de la vida. ¿Cómo
exultar de admiración y de acción de gracias en nuestras celebraciones -
incluidas las de los difuntos-, si el poder de la Resurrección no penetra,
día tras día, las profundidades de nuestro pecado y de nuestra muerte?
¿Cómo participar en la alegría del Padre, si no somos continuamente
renovados por su conmovedora misericordia? ¿Cómo cantar el cántico del
Cordero, el de la sangre de los mártires y la constancia de los santos, si
no rezamos por nuestros opresores? Y ya que no hay alegría si no es
pascual, en la Vida que mana de la victoria sobre la muerte, ¿cómo
celebrar la Fiesta que es la Liturgia, si no hemos aprendido en las
pequeñas cosas de cada día «a complacernos en las angustias sufridas
por Cristo» (2 Co 12, 10), como el Padre se complace en su Hijo amado
(Mt 17, 5)? En una palabra, ¿cómo podremos celebrar la Liturgia, si no la
vivimos? Y también lo contrario es cierto: no podremos vivirla, si no la
celebramos, como veremos en la tercera parte.
En este flujo y reflujo del Río de Vida que mana del Padre y retorna
a él en Cristo, los momentos de nuestras celebraciones son, de este modo,
las Manifestaciones de la Liturgia. Son también sus efluvios siempre
nuevos, en nosotros y con nosotros.

124
JEAN CORBON

Capítulo X
EL MANAR DE LA LITURGIA EN LA CELEBRACIÓN

Al investigar cómo la Liturgia es celebrada por la Iglesia, nos hemos


acercado al momento, al lugar, al foco mismo donde la Fiesta eterna de la
Pascua estalla en nuestro tiempo de gemido, y la celebración ha
aparecido ante nosotros como la Manifestación, la epifam'a de la
Liturgia. Es el momento ahora de preguntarnos cómo el Río de Vida
puede estar en la celebración tan cerca de nuestros labios que podamos
beber en ella el Agua que colma nuestro deseo. ¿Cómo la Liturgia, que se
manifiesta en la celebración, nos da la Vida? ¿Cómo la Sinergia del
Espíritu y de la Esposa actúa en los sacramentos celebrados hasta el
punto de hacernos vivir en ellos la Transfiguración del Cuerpo de Cristo?
En nuestra preocupación por discernir el Cuerpo del Señor,
estaremos atentos, en primer lugar, a denunciar los callejones sin salida
hacia donde nos desvían las interpretaciones que olvidan la Fuente de
agua viva: nuestras cisternas agrietadas (Jr 2, 13). Podremos así
descubrir mejor cómo, en el Éxodo vivido por el Pueblo de Dios en los últi-
mos tiempos, el Señor actúa en el corazón de la celebración: hiende la
roca y el agua mana (Is 48, 21). En nuestra búsqueda del sentido de la
celebración, se revelarán entonces los diversos caminos o métodos1 a
través de los

1 Etimológicamente, «método» significa «hacer el camino con», acompañamiento.

125
JEAN CORBON

cuales Él nos conduce a las aguas que manan (Is 49, 10).

Las cisternas agrietadas

A pesar de su desnuda sencillez, nuestras celebraciones


sacramentales están tejidas de elementos bastante complejos, como
hemos visto más arriba2. Si intentamos entender lo que vivimos en estos
momentos de la Liturgia, debemos pasar por esos elementos; los
percibimos como signos, conforme a toda la Economía de la Encarnación.
Pero este realismo de los signos sacramentales exige mucho
discernimiento de fe. Buscando el agua viva, ¿no nos olvidaremos de la
Fuente y nos excavaremos cisternas? La tentación es evidente. En efecto,
porque esos ocho elementos constitutivos del foco de la celebración -
asamblea y ministros, Palabra de Dios leída en la Biblia y palabras de la
Iglesia pronunciadas por nosotros, acciones simbólicas y canto, espacio y
tiempo-, todo este conjunto de signos lo tenemos a nuestro alcance;
podemos entenderlos en un determinado sentido, modelarlos y
disponerlos. ¡Mientras la Fuente...! Esta tentación de encerrar la Liturgia
dentro de un marco que se pueda comprender es crónica desde el
principio de la Iglesia, y conduce a descubrir, demasiado tarde, que tal
marco no contiene nada más que lo que nosotros hemos metido en él: una
sed desesperada. Hoy podemos encontrar tres formas de esta tentación.
La primera tentación es cultural. Consiste en inventariar los
elementos visibles y tangibles de las celebraciones e interpretarlos
partiendo de criterios culturales. Su límite no está en el intento, sino en
su miopía. En la antigüedad cristiana, dominaban dos modelos de
explicación, cuya influencia se extendió más allá del Medievo. En la lí

2 Cfr. el capítulo IX.

126
JEAN CORBON

nea de Aristóteles, los sacramentos se profundizaron considerando su


consistencia, sustancial y accidental, formal y material; su eficacia, si
bien ligada a la Iglesia, se explicaba, sobre todo, en términos de
causalidad. En la línea de Platón y de Plotino, otros fueron más sensibles
al significado de los sacramentos y a su simbolismo proveniente del
mundo inmaterial; su eficacia se expresaba, principalmente, en términos
de participación. En nuestros días, estos dos esquemas de reflexión han
pasado la criba de las mutaciones del penúltimo siglo, ora más
materialista, ora más idealista, y se han enriquecido con las aportaciones
de la fenomenología, de la psicología, de la sociología y de todos los
descubrimientos de la hermenéutica.
Todas estas investigaciones, apasionantes y no faltas de incidencia
pastoral, se centran en los signos y desembocan en un significado,
accesible al microscopio de cada disciplina. El inventario de una cisterna
no carece de interés, pero ¿y la Fuente? Mientras no se parta de ella, no
se puede recibir el agua viva. Ignorarla conduce a petrificar los
sacramentos en signos eficaces, pero ¿eficaces de qué?; de la gracia, se
dice; pero ¿de qué gracia?; ¿de los socorros divinos, incluso de la
participación en la vida divina? Pero Plotino también decía lo mismo. ¿Y
por qué entonces se tiene que pasar por estos signos, por la humildad de
la carne?
En todas las interpretaciones culturales no se podrá hacer entrar
jamás el Misterio de Cristo, tal como lo hemos contemplado en la primera
parte de este libro. El realismo del Acontecimiento de la Resurrección, la
paradoja de los últimos tiempos, la sinergia del Espíritu y de la Iglesia, el
Cuerpo de Cristo y su Transfiguración, toda la novedad de Cristo se
convierte en un espejismo para estos horizontalismos, incluso si están
inspirados por una fe teísta. Solo la Liturgia fontal transfigura los
sacramentos como signos y nos los hace vivir como Sinergias en el Cuerpo
de Cristo, único Sacramento.

127
JEAN CORBON

La segunda tentación es la de los creyentes fundamen-talistas,


apegados a la letra de la Biblia: es la tentación cultual. Prefieren el
término culto, porque el de liturgia no evoca nada para ellos3. En cuanto
al de sacramento, ha sido de tal manera cosificado por la escolástica de-
cadente, que son más bien reticentes respecto a él4. Entonces, su
esquema de interpretación del culto cristiano se inspira
inconscientemente en el Antiguo Testamento. En él hubo
acontecimientos salvíficos, el culto era su memorial y la vida moral se
conformaba a la ley, revelada en todos los acontecimientos que el culto
celebraba. El espíritu humano se encuentra a gusto en esta división
tripartita de catecismo: unas verdades a creer, unos mandamientos a
practicar, unos medios de santificación. Todos los monoteísmos se quedan
ahí. Las ideocracias, también.
Pero el Misterio de Cristo no se queda ahí, afortunadamente. En el
culto en Espíritu y en Verdad, el Acontecimiento salvador, la Liturgia y
la Vida nueva coinciden. Puesto que el Acontecimiento de la Cruz y de la
Resurrección permanece siempre vivificante aquí y ahora, el ritualismo
está superado: ya no hay exterioridad entre un signo sagrado y el
acontecimiento que él significa. Lo sagrado no es lo sacramental; es el
Cuerpo de Cristo el que es Sacramento. Y por esto también el moralismo
está superado: ya no hay exterioridad, heteronomía entre la Ley y el
obrar cristiano, puesto que es el Espíritu del Cuerpo de Cristo quien se
convierte en nuestra Vida. La novedad de Cristo nos ofrece la Fuente, la
Liturgia: cuando es celebrada, el Acontecimiento pascual del que ella
mana se convierte en nuestra Vida.

3 El Nuevo Testamento utiliza solo una vez la palabra «liturgia» como sinónimo

de culto cristiano (Hch 13, 2), mientras todos los demás usos se refieren a la vida
nueva del cristiano. En vano se buscaría en los escritos apostólicos canónicos cualquier
ordo de celebración litúrgica.
4 Incluso para el matrimonio, a pesar de la afirmación tan clara de san Pablo

enEf5, 32.

128
JEAN CORBON

Queda una tentación, más reciente quizá y más seductora, según la


cual ya todo sería de ahora en adelante sacramental. Con término
pedante, se podría calificar de omnisacramental. En su apariencia de
verdad, se adueña de la evidencia embriagante que reconoce a Cristo
resucitado presente y operante en todo. Desde entonces, todo se habría
transfigurado y convertido en signo portador de su Presencia. Entonces,
cada uno, según sus gustos, descubre sacramentos por doquier: el
hermano es sacramento, la naturaleza es sacramento, el arte y la cultura,
la guerrilla o el mantenimiento del orden, el psicoanálisis o la dinámica
de grupo... Es la panacea sacramental, el pulular de celebraciones
salvajes.
Esta fiebre es quizá el síntoma de una crisis de crecimiento. En
cualquier caso, requiere un mayor y más atento discernimiento. Más allá
de la ilusión subjetivista que pretende vivir la Liturgia sin celebrarla en
el Cuerpo de Cristo, donde ella mana, esta interpretación angelical
desconoce el dato elemental de los últimos tiempos: si estamos ya todos
en Cristo, él todavía no es todo en todos: si todo subsiste en él, este
mundo está todavía en poder del Maligno. Los pietismos religiosos son
siempre los desquites de los idealismos doctrinales. El mérito de este neo-
pietismo es presentir que todo puede llegar a ser Epifanía del Señor
resucitado; pero desemboca en un callejón sin salida en la medida en que
desconoce el único camino de esta Transfiguración: el Acontecimiento de
la Cruz y de la Resurrección, que se ofrece y acoge en la Liturgia cele-
brada.

«Hendió la roca y manó el agua» (Is 48, 21)

¿Cómo, pues, nos da la Vida la Liturgia que se manifiesta en la


celebración? No podemos partir únicamente de los signos para deducir de
ellos un significado desconocido: es el método de los ritualismos y nos
lleva fuera

129
JEAN CORBON

del camino. Al contrario, tenemos que ir desde el Misterio, que nos ha


sido revelado en la Economía de la salvación, a su realización en la
Liturgia. Es el camino que nosotros seguimos desde el comienzo de este
libro. Entonces los signos se abren, se hacen transparentes y el agua
puede manar. Esta apertura de visión, que alcanza primero el Misterio e
ilumina desde dentro sus signos, es la de la fe. Y es en el encuentro de
dos libertades, la de la fe y la del Espíritu, revelador de Cristo, como se
vive la Transfiguración, es decir, la Liturgia sacramental. Ya no podemos
pensar entonces los sacramentos en términos de cosas sagradas, de
causalidades, de participación o de significantes a descifrar, sino en
términos de Vida, la del Dios vivo en nuestra carne y de nuestra
humanidad en el Verbo, e incluso en términos de Energías, ya que se
trata del Acontecimiento a realizar y a actuar. Mejor, podemos beber del
Agua viva que mana solo si vivimos esta asombrosa Sinergia del Espíritu
y de la Iglesia. Todo el misterio de los sacramentos está en esta Sinergia.
Nicolás Cabasilas nos dice que «los sacramentos son la obra maestra
de la creación». No es una hipérbole piadosa. La primera creación, que
existe solo por la kénosis del Dios vivo, comenzaba a adquirir su sentido
durante el largo tiempo de las Promesas: la semilla del Verbo germinaba
silenciosamente en la fe del pueblo de Dios. Con la Plenitud de los
tiempos, la entrada personal del Hijo en nuestra carne inauguró el
levantamiento de la creación hacia su liberación futura. Ya no era opaca
ni estaba tampoco transfigurada: comenzaba a convertirse en parábola
del Reino venidero, porque el Reino llegaba a ella. Pero, cuando llegó la
Hora de Jesús, el manar de la Liturgia y su derramamiento en los
últimos tiempos por la Efusión del Espíritu Santo, fue entonces el
advenimiento de una nueva Creación, cuya primicia es la Iglesia. No una
creación superpuesta sobre la primera ni la definitiva después del
borrador, sino el Cuerpo de Cristo con y en nuestra

130
JEAN CORBON

creación primera. Con y en son los balbuceos de la Sinergia de la Nueva


Alianza: su Morada con nosotros; Él está en nosotros y nosotros en Él.
Cuando su Energía vivificante se encuentra con la nuestra, cuando estas
dos gra-tuidades libres se hacen una, cuando los signos de su Alianza son
reconocidos por nuestra fe y acogidos en nuestra carne, entonces la
creación alcanza aquello para lo que fue llamada en el principio: es la
Sinergia, la obra maestra de la construcción, la clave de bóveda de la
Iglesia de la Ascensión donde todo es recapitulado en Cristo.
A esta Sinergia continua somos invitados en cada instante, la misma
que «anhela ansiosamente» (Rm 8, 19) la creación en espera. Pero seamos
sinceros. En lo cotidiano de la existencia, por una parte, nuestra
gratuidad y nuestra libertad están con frecuencia somnolientas y, por
otra, los signos de las circunstancias de nuestros acontecimientos no son
para nada inmediatamente transparentes al Señor. En la celebración
sacramental, por el contrario, desde el comienzo y durante todo este
momento intenso, la primera Energía del Espíritu no cesa de despertar
nuestra respuesta de fe5; en cuanto a los signos, su misma desnudez es la
condición óptima de su transparencia al Misterio y a nuestra fe que lo
acoge6.
Es necesario, sin duda, insistir en esta desnudez de los signos y de la
fe en la celebración: responde maravillosamente, en efecto, a la kénosis
que el Espíritu Santo mismo vive en la Sinergia sacramental. Este
aspecto de kénosis no puede, evidentemente, sospecharse por las visiones
humanas que permanecen al margen de la fe; ahora bien, este aspecto es
esencial para nuestra expe

5 Es el significado de la Liturgia de la Palabra en todo sacramento y,

más en general, de la Palabra anunciada y acogida de un extremo a otro de


la celebración.
6 Por ejemplo, el agua, el pan, el vino, el aceite, la imposición de las

manos, etc., en el contexto de una celebración, no pueden tener ningún


significado, más que partiendo del Misterio de la fe.

131
JEAN CORBON

riencia de los Sacramentos de la fe. Aquí, sobre todo, los sacramentos


revelan en qué sentido ellos son la obra maestra de la creación. Si se ha
entendido que la creación no es el efecto de la Causa primera ni una serie
de emanaciones del Uno en lo múltiple, obra del Dios de los filósofos y de
los sabios, sino la primera kénosis de amor de la Trinidad Santa,
entonces todo se aclara. Sí, la primera creación es tan maravillosa que ni
la poesía ni la ciencia podrán agotarla. Los acontecimientos salvíficos del
tiempo de las Promesas no eran menos espectaculares, aunque quizá sea
necesario atemperar el lirismo del género épico que nos los narra. En
cuanto a las obras de Jesús durante su vida mortal, son asombrosas
hasta el punto de suscitar la admiración y provocar la fe: nadie ha
hablado nunca como este hombre ni ha obrado milagros semejantes.
Entonces, los signos eran deslumbrantes...
Pero, cuando llega la Hora en que va a surgir la nueva creación, todo
eso desaparece: es el fracaso irrisorio, la locura y la debilidad de la Cruz.
¿Qué decir ahora en nuestros últimos tiempos? Los sacramentos, en los
que se cumplen las maravillas de Dios de la Antigua Alianza y los
milagros del ministerio de Jesús, se manifiestan en signos de tal sencillez
que los mismos creyentes pasan, indiferentes, a su lado. «En verdad, tú
eres un Dios que se esconde» (Is 45, 15): cuanto más cercano es su
Retorno, más densa es la Nube. Esta kénosis del Verbo y del Espíritu
Santo que se apropia de la Iglesia es, quizá, la revelación más descon-
certante del Padre. En la celebración sacramental, como en la vida según
el Espíritu, se da una proporción inversa entre el espectáculo y la verdad,
entre la apariencia y la eficacia. En sus obras maestras, el Padre tiene
un mínimum de apariencia y un máximum de Omnipotencia: «Él Es y
Viene». Cuanto más profunda es la kénosis del Verbo y del Espíritu en la
Iglesia -y los sacramentos son su momento y lugar-, tanto más el Padre
se despoja de apariencia. Pero entonces, cuanto más es Padre tanto más
es Fuente.

132
JEAN CORBON

Lejos de conducir a un despojo cerebral de los signos, el misterio de


la kénosis en los sacramentos nos invita, al contrario, a la verdad de los
signos y a la respuesta de nuestra fe: no hay sacramento más que en esta
Sinergia. La humanidad del Cuerpo de Cristo, que somos nosotros, debe
ser muy humanamente verdadera, como solo el Espíritu del Señor sabe
hacernos humanos. La compasión del Padre no reside nunca tanto en
nosotros como cuando aceptamos vivir la Pasión de su Hijo en el vacío de
nuestra muerte. La roca que se rasga es entonces la tumba y de ella
mana el Agua viva. En la celebración no somos espectadores de signos sa-
grados; tenemos, al contrario, que hacerlos nuestros hasta el punto de
que expresen, con el máximo de verdad, esta «vida presente en la carne
que vivimos por la fe en el Hijo de Dios, que nos ama y se entrega por
nosotros» (Ga 2, 20).
El agua viva mana, entonces; la Sinergia del Espíritu y de la Iglesia
se hace nuestra. En los capítulos siguientes se tratará de este tema.
Apuntemos solamente, por el momento, tres constantes según las cuales
se desenvuelve esta Sinergia en nuestras celebraciones sacramentales.
1. Está, en primer lugar, el movimiento de fondo de toda celebración.
En sus profundidades escondidas, es el Padre quien se entrega por su
Hijo en su Espíritu Santo; toda la Economía lo testimonia. Pero en la
celebración inaugurada con la Ascensión es el movimiento de retorno, el
del paso de este mundo al Padre, el de la Fiesta, el que se manifiesta y
actúa: el impulso de la Liturgia nos arrastra hacia el Padre por Cristo en
el Espíritu Santo. El Río de vida que mana del trono de Dios y del
Cordero conoce, entonces, su reflujo en la Iglesia que celebra. Hacia el
Padre, por el Hijo, en el Espíritu: esta fue, durante los primeros siglos, la
doxología común a todas la Iglesias. La Economía nos revela el primer
movimiento de la gran Pascua de la historia7, la

7 El movimiento de la «condescendencia» divina: Cfr. la nota 7 del capítulo IX

[N.d.T.].

133
JEAN CORBON

Liturgia nos hace vivir su cumplimiento. Pero esta doxo-logía que


sostiene toda celebración es, en el mismo momento, Sinergia de
redención, soteriológica. El Cuerpo de Cristo es inseparablemente
Sacramento de la Gloria de Dios y de la salvación de los hombres. «La
Gloria de Dios es que el hombre viva; pero la vida del hombre es la visión
de Dios» (San Ireneo). La Sinergia que mana de toda celebración es
«alabanza de la gloria de su gracia» {Ef 1, 6) y deificación del hombre,
«recapitulación» de todo en Cristo (Ef 1, 10).
2. Tenemos también -solo lo recodaremos8- el manar de la triple
Sinergia del Espíritu y de la Esposa. Ella imprime su ritmo de conjunto a
toda celebración; por ella, alcanzamos en todos los sacramentos la
Liturgia fontal. No se trata ya de la estructura fundamental de una cele-
bración -los ocho elementos estudiados antes pertenecen al mundo de los
signos-, sino que estamos aquí al nivel de lo que significan y que mana en
ellos. Los tres grandes tiempos de un sacramento son: primero, aquel en
que el Espíritu manifiesta a Cristo y que lo llamamos hoy Liturgia de la
Palabra; después, aquel en que el Espíritu transforma en Cristo lo que la
Iglesia le presenta, y es la Epícle-sis que actúa en el corazón de todo
sacramento; finalmente, la Sinergia de Comunión, en que Cristo es co-
municado y que desborda en Liturgia vivida.
3. La tercera constante concierne no ya al ritmo de conjunto de la
celebración, sino a sus ritmos de detalle, a sus etapas menores. Esto no
quiere decir que todo, en el estado actual de nuestros ordos litúrgicos,
obedezca a una lógica vital. A veces uno se pregunta legítimamente por
qué hacer esto en un determinado momento y por qué decir aquello en
otro momento. Las perezas que abrevian y las decadencias que añaden no
dependen de la santa Tradición, y se necesita un paciente trabajo de
especialista para discernir lo

8 Cfr. el capítulo VIII.

134
JEAN CORBON

auténtico y lo apócrifo. Pero, en la medida en que tal purificación se hace


por las Iglesias interesadas, se puede constatar una progresión en el
interior de cada uno de los tres grandes tiempos de nuestras
celebraciones: estos ritmos de detalle son como unidades sacramentales.
Una unidad sacramental es la armonía de tres elementos que de por
sí deberían ser inseparables: una acción, una palabra y un canto9. Les
mencionamos, no solo por su valor estructural y significante, sino por las
Sinergias que realizan. En efecto, ¿qué es una acción en la celebración
sino un símbolo a través del cual el Espíritu realiza con la Iglesia lo que
es significado? Por tanto, ponerse de pie o arrodillarse no son solo gestos
funcionales, sino que significan una sinergia: la oración del Resucitado y
la del pecador. Pero una acción sin palabra se vuelve pronto ritualismo o
magia: es la palabra la que da el sentido a la acción, ella despierta la fe
que puede, entonces, ser significada. Finalmente, solo el canto hace
participar a la asamblea de lo que hace, escucha y dice. En una unidad
sacramental volvemos a encontrar de nuevo la triple Energía del Espíritu
Santo a la que responde la Iglesia: manifestar con la palabra, realizar con
la acción, comunicar con el canto. Es la progresión de sus unidades sacra-
mentales lo que constituye el desarrollo de una celebración, en el interior
de su ritmo de conjunto. Esta lógica viva no puede deducirse, pero se
puede verificar pastoral-mente. Caemos en la cuenta, entonces, de que la
ausencia indebida de uno de los tres tiempos de estos ritmos de base
perturba la celebración y oscurece su sentido.

9 Como ejemplo de unidades sacramentales, y sin entrar en la descripción de los

detalles, que varían según las tradiciones eclesiales, se pueden citar en la liturgia
eucarística: las tres procesiones (Evangelio-Ofrendas-Comunión), los diversos
momentos del don de la Paz, las peticiones de perdón, las diversas formas de adoración
(de la Santa Trinidad o del Cuerpo de Cristo), la Epíclesis, las intercesiones, la oración
a nuestro Padre, la elevación del Pan de Vida y del Cáliz, la Comunión, las bendiciones
que abren o cierran las etapas de la celebración.

135
JEAN CORBON

«Les conducirá a manantiales de agua» (Is 49, 10)

Esta búsqueda del sentido de nuestras celebraciones es fundamental:


de ella depende el redescubrimiento del sentido de la Liturgia en la vida.
En caso contrario, las celebraciones corren el riesgo de convertirse en
momentos cada vez más insignificantes y sin relación con la vida. Desde
los comienzos de la Iglesia, parece que la preocupación principal haya
sido la vida del cristiano como Liturgia de la Nueva Alianza. Los escritos
del Nuevo Testamento son muy sobrios acerca de las celebraciones; lo
que les interesa es el sentido de la Liturgia en nuestra vida nueva10. Lo
mismo nos encontramos en los escritos litúrgicos de los primeros siglos,
aun cuando son los testimonios preciosos de las más antiguas
expresiones y estructuraciones de la Liturgia celebrada. Pero es, sobre
todo, a partir del siglo iv cuando aparece en la literatura patrística un
género literario dedicado a la búsqueda del significado de la celebración
litúrgica: la mistagogía11.
Desde los Padres hasta nuestros días, se pueden distinguir cuatro
métodos mistagógicos, en razón de su punto de vista. El primero, que
puede llamarse puntual, toma uno a uno los puntos de la celebración de
un sacramento y explica su significado12. En el fondo, consiste en seguir
paso a paso el desarrollo de la celebración, partiendo de las unidades
sacramentales: esta catequesis de los Padres y de sus sucesores
confirma cuanto hemos dicho del ritmo interno de estas unidades:

10 Cfe S. Lyonnet. «La natura du cuite dans le Nouveau Testament»,

en La Liturgie api es Vatican II, Ed. du Cerí, 1967, pp. 357-384.


11 Literalmente: «acción de conducir hacia el Misterio»; o también:

«acción por la cual el Misterio nos conduce». Los principales Padres


autores de mistagogías son: Cirilo de Jerusalén, Juan Crisóstomo, Teo-
doro de Mopsueslia, Narsai, el pseudo-Dionisio y Máximo el Confesor.
12 Por ejemplo, Nicolás Cabasilas, Explica!ion de la divine Liturgie,
en «Sources chrétiennes», n" 4bis; y P. Le Brun, Explication de la Messe,
col. «Lex orandi», n° 9, Éd. du Cerf.

136
JEAN CORBON

la acción, la palabra y el canto. Semejante descubrimiento es inagotable.


El segundo método mistagógico puede denominarse lineal en cuanto
considera más bien las grandes líneas, los grandes conjuntos de una
celebración, para resaltar su significado global y coherente. Aquí el
movimiento de conjunto imprimido por la triple Sinergia del Espíritu y
de la Iglesia se muestra con toda claridad.
Un tercer método es más teológico y sintético, se podría llamar
panorámico. Se centra en un sacramento y, girando en torno a este eje,
examina todos los aspectos del Misterio cristiano. Es la Eucaristía,
indudablemente, la que mejor se presta a esta mistagogía más
sistemática13.
Finalmente, está abierta otra posibilidad, aunque ha sido poco
aprovechada por los Padres y los catequistas de los siglos sucesivos:
buscar el significado de una celebración partiendo del significado original
de su Epíclesis. La perspectiva aquí es la del Poder de la Resurrección
que actúa en ese sacramento. El significado que se busca es el de la
Energía del Espíritu Santo que transforma la humanidad a él ofrecida en
ese momento. Se adivina lo fecunda que puede ser esta mistagogía para
poner en evidencia la unidad entre la celebración y la vida, ya que es la
misma Epíclesis que actúa en el sacramento la que animará a
continuación la vida de quienes lo han celebrado.
Nosotros seguiremos, sobre todo, esta cuarta vía, en convergencia
con la mistagogía lineal de la triple Sinergia. No nos ataremos a las
expresiones particulares de una Iglesia o de otra, sino que trataremos de
obtener el significado de la acción del Espíritu Santo en las celebraciones,
que son el tesoro común de todas las Iglesias apostólicas. Esta
mistagogía de la Epíclesis podrá hacer aparecer, en su sencillez de fe, la
unidad profunda de la Liturgia: manifestada en la Gloria, celebrada en la
carne, vivida en el Espíritu.

13 Es la clave de bóveda de la mistagogía de San Máximo el Confesor.

137

Capítulo XI EL SACRAMENTO DE LOS SACRAMENTOS

La Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos, donde el Cuerpo


de Cristo despliega todas las Energías de su Transfiguración y cumple su
Misterio en la Iglesia1. En él nos reunimos el día del Señor para vivir su
Pascua en la intensidad de la fe y en la alegría de la fiesta. En él, el Pa-
dre nos hace partícipes de su Comunión en la Liturgia eterna. Pero el
gran Liturgo de esta celebración es su Espíritu Santo. Él nos hace vivir la
Eucaristía como la misteriosa sinfonía del Verbo encarnado; por él, todo
lo que vive y respira es reunido en la unidad del Hijo y canta la alegría
del Padre.
Como en un preludio, el Espíritu Santo nos introduce, en primer
lugar, en la Liturgia a celebrar. Después, en un primer movimiento, el de
la Liturgia de la Palabra, él nos manifiesta al Señor que viene. En un
segundo movimiento, el de la Anáfora, él realiza para nosotros la Pascua
de Cristo. Esta Transformación desemboca en un tercer movimiento, en
la Comunión en el Cuerpo de Cristo. Entonces, como en un final en que
todo comienza, él nos conduce a la Liturgia a vivir.
Ahora bien, esta gran Pascua de la historia, nuestro Liturgo no la
realiza sin nosotros: debemos prepararnos

1 «Celebrar» significa etimológicamente «cumplir», «llevara cumplimiento». La

expresión «Sacramento de los sacramentos», en la que se reconoce el superlativo


semítico, es del pseudo-Dionisio.

138
LITURGIA FONTAL

para ella y responder en ella. La celebración es una constante sinergia


entre él y nosotros. Por eso, en el corazón de cada uno de los movimientos
de la Liturgia eucarís-tica, vivimos con el Espíritu Santo como un ritmo
de dos tiempos: el del despertar de nuestra fe y el del acontecimiento de la
fe. El Espíritu abre nuestros ojos para que reconozcamos al Señor, recoge
nuestros corazones para que acojan al Verbo, ahonda nuestra hambre
para que el Pan de vida nos sacie, nos hace morir a nosotros mismos para
resucitar con Cristo, se hace nuestra alegría para que nosotros lleguemos
a ser la del Padre, se deja aspirar por nosotros para que demos Vida a
nuestros hermanos.
Este despertar de la fe nos hace cada vez más transparentes a la Luz
de la Transfiguración2. En su triple irradiación, el Espíritu Santo nos
penetra y nos hace vivir en Cristo, nuestra Pascua. Él nos lo revela, lo
actualiza para nosotros y nos hace participar de él. Ahora bien, en cada
uno de estos tres movimientos, hay un momento intenso en que el
Espíritu nos deifica en el Cuerpo del Señor: es el momento de la
epíclesis*. La Liturgia de la Palabra culmina en una epíclesis que precede
al anuncio del Evangelio, porque entonces es cuando el Verbo encarnado
llega a ser para nosotros «espíritu y vida» (Jn 6, 63). En la Anáfora, la
anamnesis es consagratoria gracias a la epíclesis con la que el Espíritu
transforma las ofrendas en el Cuerpo y Sangre de Cristo. En la liturgia
de la Comunión, también por la epíclesis del Pan mezclado en el Cáliz se
cumplirá nuestra transformación en Cristo, la unión transformante de la
Iglesia en su Señor.

La Liturgia de la Palabra

Lo primero, tanto en la Economía del Misterio como en su Liturgia,


es el movimiento de amor por el cual el Pa

2 Cfr. el capítulo VIL


3 Cfr. el capítulo VIII.

139
LITURGIA FONTAL

dre nos da su Palabra. Así, el despertar de nuestra fe, suscitado por el


Espíritu Santo, consiste, ante todo, en esperar al Señor, en prepararle el
camino en nuestros corazones, en recogernos a imitación de Aquel que
viene. Cada tradición litúrgica lo expresa según su particular pedagogía4.
El Espíritu es para nosotros el Precursor del Verbo encarnado. Él es
también su Revelador. En efecto, Cristo viene realmente a nuestra
asamblea, entra en ella y llama a cada uno para conducirnos a todos
hacia el Padre. Es por medio de esta Venida del Señor como Palabra del
Padre como la comunidad de los creyentes se convierte en la Asamblea
que va a celebrar la Liturgia5.
Cuando el Señor viene a nosotros, toca nuestro corazón y le invita a
volver a Él; el Señor llama a la puerta, ¿le abriremos? Volverse y abrirse
a Él, he aquí nuestra conversión inicial que preludia la de la Anáfora, en
que toda ofrenda se convertirá en Él. «Estando las puertas cerradas, el
Señor se puso en medio de ellos... y los discípulos se llenaron de alegría
al ver al Señor» {Jn 20, 19). Jesús no nos habla todavía, pero Está aquí.
Cristo resucitado no puede forzar las puertas del corazón, pero,, desde el
momento en que le acogemos por la conversión amante de la fe,
conocemos la alegría nueva de su presencia: la conversión nos abre a la
adoración6. Adorar y convertir su corazón son el flujo y reflujo de la
oración de la Iglesia cuando el Espíritu le revela a su Señor que viene.
Cuando la Gloria del Padre se irradia sobre nosotros desde el rostro de
Cristo, el asombro del amor ilumina cada vez más la noche de la ausencia
en que el pecado nos retenía prisioneros. La adoración sin metanoia del
corazón sería una hi

4 Por ejemplo, con antífonas, un introito, una letanía, una monición.


5 Este es el significado de la procesión con el Evangeliario: Cristo es
personalmente el Evangelio.
6 En sí, la liturgia penitencial termina con la adoración (el «Trisa-gion» de las

Liturgias orientales, el «Gloria» de las Liturgias latina y an-glicana).

140
LITURGIA FONTAL

pocresía, pero una conversión sin éxodo hacia el amor del Padre sería una
ilusión moralizante y desesperante. La conversión es teologal, doxológica
incluso, y la adoración es un retorno a la Voluntad del Padre. Si este
movimiento se celebra en verdad y en la fe, comenzamos a ser transfi-
gurados; ya no somos espectadores de una teofanía, sino que la nube nos
envuelve: la Epifanía de Cristo se convierte en la nuestra, la de la Iglesia.
Llega entonces el Acontecimiento del Evangelio. Primero escuchamos
a sus testigos, los Apóstoles, en la lectura de la epístola. Después, Cristo
resucitado nos da su paz dándonos su Espíritu (Jn 20, 19-22). Es el
momento de la epíclesis de la Liturgia de la Palabra, sinergia escondida
del anuncio del Evangelio. En el Espíritu Santo, las palabras de Jesús
son más que una enseñanza, se convierten en Acontecimiento. «Yo digo y
yo hago»; la expresión profé-tica nunca es tan verdadera como en este
momento. La Palabra encarnada llega al corazón de la Iglesia por la
acción del Espíritu. El Padre no puede comprender más que esta Palabra:
la ha entregado en la Economía y vuelve a El en la Liturgia. Sembrada
en el Hijo unigénito, fructifica ahora en los hijos adoptivos. Sí, la Palabra
se lanza y tiende hacia su Comunión: así hay celebración, liturgia de la
Palabra.
El Espíritu revela el Verbo a la Iglesia. La Palabra dada hace
entonces de nuestra humanidad la Novia del Cordero. Cuanto más
escuchemos y acojamos al Verbo hecho carne nuestra, tanto más
llegaremos a ser su Cuerpo: «hoy» en nosotros «se cumple» Aquel a quien
escuchamos (cfr. Le 4, 21). Por eso, la Liturgia de la Palabra requiere una
cierta calidad de duración y una densidad de silencio, portadoras de la
Palabra dada y escuchada. Tanto ruido nos distrae, cuando el Espíritu
nos reúne, que una simple recitación de las lecturas, sazonadas de ver-
sículos monótonos, no puede bastar. Se trata de una celebración, ¡la
Plenitud del Misterio intenta cumplirse en nosotros!

141
LITURGIA FONTAL

El Espíritu es el Aliento de la Palabra; él nos llama, pero


¿responderemos? La Iglesia que somos aquí es, efectivamente, local y, si
somos llamados, es para ser enviados a «los hijos de Dios dispersos» en
este lugar. La Epifanía en la que nos transfigura el Señor no debe
desvanecerse a la salida de la iglesia. Es el significado de la homilía y de
las oraciones insistentes que la siguen: partir la Palabra para nuestros
corazones hambrientos hasta hacernos compartir el hambre misteriosa
del Verbo encarnado: «Tengo para comer un alimento que vosotros no
conocéis» (Jn 4, 32)... «Vamonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para
predicar también allí; ¡pues para esto he salido!-» (Me 1, 38)... «Con gran
ardor he deseado comer esta Pascua con vosotros» (Le 22, 15).

La Anáfora eucarística

La segunda sinergia del Espíritu y de la Iglesia consistirá justamente


en que la Pascua de Jesús llegue a ser la nuestra. La Liturgia de la
Palabra tendía hacia este Memorial. No para reavivar el recuerdo, como
si la Hora de Jesús fuese algo del pasado: esta es el tiempo nuevo que
eleva la Anáfora; ni para repetirla: somos nosotros quienes nos hacemos
presentes a Cristo crucificado y resucitado; sino para llevar a
cumplimiento en nosotros, los miembros de su Cuerpo, lo que él ha vivido
de una vez para siempre.
En la fe que suscita, en este momento, el Espíritu Santo no solo
prepara nuestros corazones al Señor que viene, sino que les abre «el
acceso al santuario... por este camino, nuevo y vivo, que es el velo de la
Carne del Verbo» (Hb 10, 19-20). Cualesquiera que sean las unidades
sacramentales mantenidas por las tradiciones litúrgicas antes de la gran
oración eucarística, el Espíritu nos introduce en la Realidad que es el
Cuerpo de Cristo. Él nos arrastra hasta la profundidad de su designio de
amor

142
LITURGIA FONTAL

y nos hace tocar el abismo de muerte de los últimos tiempos, donde el


Resucitado viene a buscar a todos los hombres: «Habiendo amado a los
suyos, los amó hasta el extremo del amor» {Jn 13, 1). Aquí se encuentra
el significado del Credo, que une a la asamblea en la fe en la Santa
Trinidad y en su Economía de salvación; el significado de la presentación
de las ofrendas y, especialmente, de la procesión de los Dones, como
entrada de Cristo en la nueva Jerusalén; y el significado también del
beso de la paz, signo de la comunión en la caridad a la que el Señor nos
atrae7.
Viene entonces el Acontecimiento de la Pascua celebrado en la
Anáfora eucarística. En él se cumple el Evangelio, el Espíritu «levanta
nuestros corazones» para hacernos participar en la Ascensión del Señor,
este retorno jubiloso hacia el Padre donde toda realidad, que es gracia,
por fin es liberada de la muerte y se convierte en acción de gracias*, ha
plegaria eucarística, en cuanto plegaria expresada, es impotente para
traducir esta Pascua inmensa y maravillosa del Verbo y del Espíritu,
sembrada por el Padre en el principio de los tiempos y que retorna a El
desde ahora en el Cuerpo del Hijo amado, cada día más desbordante de
su siega de Vida. Se comprende, pues, que la tradición viva de las
Iglesias haya inventado una multitud de plegarias eucarísticas y que
Serapión exclame al terminar la suya: «¡Que hablen en nosotros el Señor
Jesús y su Espíritu Santo, que ellos celebren con nuestras voces tus
misterios inefables!». La Liturgia eterna, vislumbrada por Isaías en el
templo del universo, estalla en el canto de la nueva Jerusalén: «¡Santo,
Santo, Santo... llenos están el

7 El lugar del «Credo», de la presentación de las ofrendas, de la pro-

cesión de los dones y del beso de la paz varía según las familias litúrgicas.
Sobre el significado del beso de la paz en este momento, Cfr. Mt 5, 23 ss;7« 13,
11-15 y Jn 20, 19 ss.
8 «Ana-phora»: movimiento de llevar hacia lo alto. «Eucaristía»: dar

gracias.

143
LITURGIA FONTAL

cielo y la tierra de tu Gloria!». En la Eucaristía celebrada, la «plegaría» y


el Misterio son una sola cosa: todo es recapitulado en el Cuerpo de Cristo
(Ef 1, 10).
La Anamnesis que sigue9 hace memoria de todas las maravillas
realizadas en favor del hombre por la Trinidad Santa y las recoge en el
«cáliz de la síntesis»10, en ese foco de amor que es el Cuerpo del Señor
Jesús en la Hora de su Pascua. En él, Dios se entrega totalmente al
hombre y, por fin, el hombre se da de nuevo a su Dios. «Yo seré vuestro
Dios y vosotros seréis mi pueblo»: se cumple la Nueva Alianza. El Cuerpo
de Cristo realiza para nosotros este Sacrificio de amor que se derrama
eternamente en la Comunión de las Tres Personas11 y que consagra
ahora a la gloria del Padre todo lo que el pecado del hombre había
degradado. «Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros... esta es mi
Sangre derramada por la multitud». ¿El Cuerpo y la Sangre? San Ireneo
nos dice: «Es entonces cuando la muerte es vencida»; y san Ignacio de
Antioquía: «He aquí el remedio de inmortalidad».
Ahora bien, ¿quién transforma nuestras ofrendas en el Cuerpo y la
Sangre de Cristo sino el Espíritu que actúa en la Iglesia? En el corazón
de esta Consagración, es él quien manifiesta su poder y es el momento
decisivo de la epíclesis. Desde el altar se eleva el Grito del Verbo
crucificado, con el que se funde el gemido de la Esposa: «¡Padre! Envía tu
Espíritu vivificante sobre nosotros y sobre estos dones aquí ofrecidos.
Haz de este pan el Cuerpo sagrado de tu Cristo y de lo que está dentro
del cáliz la Sangre preciosa de tu Cristo, transformándolos por tu
Espíritu Santo!». Jesús ha resucitado de una vez para siempre, porque el
Espíritu Santo vino a colmar su abandono radical a la voluntad del
Padre: su muerte ha sido el Don de su Vida. Ahora bien, aquí aparece el
realismo penetrante y

9 «Anamnesis»: hacer memoria de.


10 San Ireneo.
11 Cfr. el capítulo I: «El Misterio escondido durante siglos».

144
LITURGIA FONTAL

jubiloso de la epíclesis sacramental. El punto de inserción de la Liturgia


en los últimos tiempos es nuestra muerte, esta muerte donde Jesús ha
entrado hasta el extremo del amor. Entonces, la Compasión del Padre
desposa el sufrimiento de todo hombre y hace manar su Espíritu del cos-
tado de su Hijo amado. El acontecimiento de la epíclesis está en este Don:
el Espíritu de Jesús se derrama en la muerte del hombre para darle la
Vida. Él se derrama sobre toda carne que se le ofrece y su Energía
transformante la hace participar en la Resurrección de Jesús; los
miembros heridos son unidos al Cuerpo incorruptible y viven de él.
Las intercesiones despliegan entonces el poder de este Pentecostés
eucarístico sobre todo lo que le ofrecemos. Siendo uno con Cristo, nos
mantenemos ante el Rostro del Padre a fin de interceder por todos y por
todas: ¡que venga el Espíritu Santo! Él, «el lugar de los santos»12, dilata
su presencia en nuestra intercesión. La Iglesia vive con él, en su fe
virginal, la gestación del mundo; ella acepta ser la tumba nueva donde
reposa la humanidad herida por la muerte, únicamente «apoyada en la
promesa de Dios, que da vida a los muertos» (cfr. Rm 4, 17-20). La Iglesia
en intercesión, es decir, en epíclesis, vive su consentimiento más libre y
más pobre al Espíritu que da la Vida. En ella, la debilidad del hombre se
convierte en el lugar vivo donde se despliega el poder de Dios; hecho aún
más maravilloso, el pecado del hombre se convierte en la hendidura
mediante la cual es curado y colmado de la Gracia misericordiosa. La
Epíclesis eucarística, que se despliega en la intercesión, es el momento de
nuestra vida en que nuestra oración es más eficaz. Y se entiende que este
ruego termine en la oración misma de Jesús, en el Padrenuestro: en cada
petición es el Espíritu Santo el que es aspirado y el que es dado.

12 San Basilio de Cesárea.

145
LITURGIA FONTAL

La Comunión eucarística

En el tercer movimiento de la Liturgia eucarística, el Espíritu


ilumina la mirada de nuestra fe con la visión del Cordero de Dios.
Nuestros corazones pecadores lo reconocen y son envueltos por su Luz.
Sí, el banquete de las bodas de la Esposa y del Cordero está preparado y
nosotros somos atraídos hacia él por el Espíritu. Y he aquí que el Cordero
es elevado, da la paz, es partido, aunque no dividido, y dará, finalmente,
la Vida a quienes comulgan de él. Aparece así el significado de la
partícula de Pan euca-rístico mezclada en el Cáliz, porque Aquel que ha
dado su Cuerpo y derramado su Sangre asumiendo nuestra muerte está
ahora y en adelante Vivo y nos da su Vida. Se celebra entonces una
última epíclesis13, en armonía con la de la Liturgia de la Palabra; en el
misterio de las dos mesas1*, la fe que une a Cristo mana del Espíritu
Santo.
En el acontecimiento de la Comunión, la energía del Don y la de la
Acogida son una sola cosa. Nosotros llegamos a ser Aquel que acogemos y
en quien el Espíritu nos ha transformado. El fruto de la Eucaristía, hacia
el que tiende todo el poder del Río de Vida, es la Comunión de la Trinidad
Santa, la Koinonía. Vivir el Ágape divino en la verdad de nuestra carne
mortal, esta será la sinergia de la caridad que fructificará en la Liturgia
vivida. Por esto, esta parte de la celebración está relativamente menos
desarrollada que las dos precedentes.
En este banquete del Reino, el don es recíproco y, de suyo, total. En
términos personales, yo ya no soy mío,
13 Poco aparente en las Liturgias occidentales, está más desarro-
llada en Oriente, especialmente en la tradición bizantina, bajo el signo
del agua hirviente (zéon) vertida en el cáliz: «El fervor de la fe mana del
Espíritu Santo». Mezclando una partícula del Pan en el cáliz, el cele-
brante acaba de decir: «La plenitud de la fe, el Espíritu Santo», y, ben-
diciendo el zéon: «Bendito sea el fervor de tus santos», es decir, de
quienes van a comulgar.
14 La expresión es de Orígenes: la mesa de la Palabra y la del
Cuerpo de Cristo, el mismo misterio del Pan de vida (Jn 6).

146
LITURGIA FONTAL

sino de Él, que me amó y se entregó por mí; lo que es mío es Él. Si hemos
vivido la Liturgia de la Palabra y la Anáfora en su realismo espiritual,
seremos entonces transfigurados, deificados, de principio en principio, en
la luz de la Comunión. Es el momento de las bodas del Cordero, Aquel
que lleva y quita el pecado del mundo. Desde entonces, mi pecado, mi
muerte, mi vacío ansioso de amor, este corazón impenetrable, esta
Imagen que debería irradiar el resplandor de su Rostro, todo esto ya no
es mío: este posesivo es la perversión de la Comunión trinitaria. No,
nosotros somos de Él y Él, del Padre; nosotros viviremos por Él, como Él
vive por el Padre. Así, la Comunión cumple la epíclesis de la Anáfora, en
la cual el Espíritu había penetrado la profundidad de nuestros infiernos
para incorporarnos al Cuerpo incorruptible.
«Adán, ¿dónde estás?». Esta sed del Dios vivo, que buscaba al hombre
en el primer paraíso, se sacia en la Comunión. Adán, el hombre del
miedo, es al fin encontrado, y Jesús, el nuevo Adán, le hace salir y
elevarse al Amor perfecto que ahuyenta todo temor. Habiéndose unido a
nosotros en nuestras profundidades, el Hijo amado nos arrastra hacia el
Padre: «¡Levántate de entre los muertos! ¡Levántate y salgamos de aquí,
porque tú estás en mí y yo en ti: nosotros dos formamos un mismo ser
indivisible... Levántate y salgamos de aquí, de la muerte a la Vida, de la
corrupción a la inmortalidad, de las tinieblas a la Luz eterna!»15.
En la Comunión anticipamos el estallido de la Resurrección. De
celebración en celebración, la Iglesia que somos hace subir la Pascua de
toda la creación. En el gran Sábado Santo, todos estábamos en aquel
Adán que Cristo saca de la muerte, porque él ha llegado hasta el extremo
en su comunión con los hombres. En la Divina Liturgia, el Señor llega a
ser cada vez más lodo en nosotros, «hacia su Principio que no conocerá
fin»16, hasta el corazón de la Trinidad Santa.

15 Homilía pascual del pseudo-Epifanio.


16 San Gregorio de Nisa.

147
LITURGIA FONTAL

Del preludio al final

En la sinergia del Espíritu y de la Iglesia, que sostiene los tres


movimientos de la celebración, hay un preludio y un final, que a menudo
desconocemos. En una primera bendición, el Espíritu Santo nos ha
introducido en la Liturgia a celebrar; con una última bendición, nos envía
a la Liturgia a vivir. En el fondo, la Eucaristía se desarrolla entre dos
kénosis: la del Verbo en su Cuerpo personal y la del Espíritu en el Cuerpo
de Cristo, que es la Iglesia. Nuestra celebración va del icono de la
Natividad al de Pentecostés. Pero, ya que a lo largo de toda la Divina
Liturgia el Espíritu nos ha hecho vivir el Acontecimiento de la Pascua de
Jesús, debemos estar atentos a lo que él va a vivir con nosotros después
de la celebración. Habiendo sido hechos Iglesia, tenemos que vivirla como
kénosis del Espíritu Santo. Al don del Amor que es siempre fiel deberá
responder la verdad de la caridad que el Espíritu derrama en nuestros
corazones. También nosotros debemos llegar hasta el extremo en nuestra
donación: despojarnos de nosotros mismos en la misma kénosis de amor
para pertenecerle solamente a Él. Así es como se cumplirá el Sacrificio,
por nosotros, en la Iglesia.
Comunión de Dios y los hombres, la Iglesia no puede estar sino
escondida, transparente al Espíritu Santo. ¿Qué sabe ella, la Iglesia de
los últimos tiempos, de los hijos que da a Luz? De los que son bautizados
por ella en el agua y en el Espíritu, sí; pero ¿y de los otros? Todos los que
nacen cada instante a la Liturgia celestial y que el Padre acoge con una
alegría eterna, ¿los conoce? Solo cuando el Hombre perfecto, el Cristo
total en su plena madurez, aparezca en la Gloria (Ef 4, 13), la Esposa
podrá «alzar los ojos y decir en su corazón: ¿quién me ha dado a luz a
estos? Yo no tenía hijos y era estéril, estaba desterrada y apartada; a
estos ¿quién los crió? Mientras me habían dejado sola, ¿estos dónde esta-
ban?» (Is 49, 18-21). Entonces se dirá de la Iglesia: «Todos han nacido en
ella» (Sal 86, 5).

148

Capítulo XII LAS EPÍCLESIS SACRAMENTALES

La Eucaristía es, por excelencia, la celebración de la Liturgia para


nosotros que estamos en los últimos tiempos. Pues bien, si el Misterio de
Cristo es manifiestado, realizado y comunicado en esta Divina Liturgia,
¿por qué las Iglesias apostólicas celebran otros sacramentos? Ellas
reconocen como sacramentos mayores el Bautismo y la Crismación, la
Reconciliación de los penitentes y la Unción de los enfermos, el
Matrimonio y el Ministerio ordenado; pero ¿por qué el Señor confía a su
Iglesia estos signos de su Alianza? ¿Por qué el Espíritu nos transfigura
con estas otras Energías, cuando todo el Cuerpo de Cristo es dado en la
Eucaristía? El mismo Sacramento de los sacramentos nos da la
respuesta.
En este tiempo de gestación del Cuerpo de Cristo, la Iglesia celebra
la Eucaristía y la Eucaristía realiza, cumple1 la Iglesia. Podemos celebrar
la Eucaristía porque la Comunión de la Trinidad Santa ya nos ha sido
dada en nuestro nuevo ser por el Bautismo y por el Sello del Espíritu
Santo, pero también porque algunos han sido ordenados para el
ministerio de la Epíclesis que realiza la Eucaristía. Por otra parte,
debemos celebrar la Eucaristía porque la Comunión divina todavía no es
todo en nosotros ni en los demás. El Cuerpo de Cristo no ha alcanzado

1 El sentido cristiano de celebrar es cumplir, llevar a cumplimiento el Misterio.

149
JEAN CORBON

todavía la medida de la madurez en que se realizará su plenitud ( E f 4,


13). Precisamente en este movimiento de crecimiento se sitúa la
experiencia de las otras Energías sacramentales; en ellas se expresa el
dinamismo de la Ascensión hacia la Parusía definitiva.
Pero ¿cuál es el significado particular de cada una de las Sinergias
del Espíritu y de la Iglesia en la unidad del Cuerpo? ¿Cuál es su relación
con el Sacramento de los sacramentos, puesto que no son lo mismo que
él? En vano querríamos deducir de la Eucaristía la necesidad de los
grandes sacramentos o buscar la institución jurídica de cada uno de ellos
en la letra del Nuevo Testamento. Es más bien lo contrario lo que
aparece: Cristo y su Espíritu los han confiado poco a poco a su Iglesia
partiendo de la vida, según las necesidades estructurales y vitales del
cuerpo en crecimiento. Es situándonos de nuevo en la fuente de estas
Energías como podemos descubrir su unidad, su diversidad y, finalmente,
su armonía. Por ellos, la luz de la Transfiguración deifica a los hombres
allí donde esperan ser salvados; cuando todo se haya convertido en Luz,
los sacramentos desaparecerán y el Cuerpo de Cristo será la Realidad,
eternamente.

Unidad y diversidad de las Sinergias sacramentales

La Liturgia fontal preexiste a las celebraciones sacramentales, las


vivifica y les hace dar fruto. El Misterio no está fraccionado en seis
sacramentos, sino que el único Cuerpo del Señor irradia la luz pura de su
Sabiduría2 en energías distintas; cuando estas Energías se unen a la de
la Iglesia que ellas suscitan, las llamamos Sinergias sacramentales. En
cada una de ellas se celebra la Economía de la salvación. Ciertamente,
hasta en el más pequeño movi

2 Cfr. Sb 7, 22-8, 1. La Sabiduría es el Nombre del Espíritu Santo más difundido

en los tres primeros siglos, como el de Verbo, Logos, para el Hijo.

150
JEAN CORBON

miento del corazón creyente que responde pobremente al amor de su


Señor, el Espíritu Santo y el discípulo de Jesús están en sinergia, pero en
ese momento no se cumple toda la Economía de la salvación; pues bien,
esto es lo que se vive en los sacramentos. En cada uno de ellos vivimos los
tres movimientos de la Pascua de Jesús: el Padre nos entrega a su Hijo
amado, el Verbo asume nuestra carne y nuestra muerte para
resucitarnos con El, y su Espíritu nos hace entrar en la Comunión eterna
del Padre.
Por otra parte, una celebración es Sinergia del Espíritu y de la
Iglesia, en cuanto Iglesia. En el Río de Vida, el Espíritu y la Esposa están
unidos en la misma kénosis, hasta el punto de que de sus dos voluntades
no mana más que un solo amor. En la unción de un enfermo o en la or-
denación de un diácono, por tomar el ejemplo de una celebración que
parecería limitada a una persona, la Iglesia y el Espíritu actúan en un
miembro del Cuerpo del Señor, pero para la vida de todo el Cuerpo. Una
Sinergia sacramental se distingue de las múltiples e indecibles sinergias
que animan la vida de los santos en que la Iglesia como tal despliega en
ella su Energía de acogida y de fe. Ella coopera, en cuanto Iglesia, con la
Energía vivificante del Paráclito.
Por último, en cada sacramento, por discreto que sea, todos los
actores de la Liturgia eterna actúan. La Trinidad Santa derrama sus
Energías deificantes y es glorificada. La Comunión de los Ángeles y de
los Santos participa en la salvación de sus miembros que están todavía
en la gran tribulación y la celebra en una alabanza incesante. ¿Y qué
decir de la amplitud de amor del Ágape divino, la Comunión de las
Iglesias que peregrinan en este mundo? Un pobre hombre que redescubre
la misericordia de su Padre, una pareja que arriesga su futuro en el
matrimonio, una enferma desconocida a la que el aceite de la ternura del
Espíritu hace renacer a la esperanza...; todas estas maravillas
escondidas, el Espíritu las realiza en la Comu

151
JEAN CORBON

nión de las Iglesias. Entonces, todos los miembros sufren y todos son
resucitados, ya que todos somos miembros unos de otros.
Pero esta Comunión no nos funde en una colectividad anónima de
ritmos uniformes. La unidad del Cuerpo se manifiesta, al contrario, en la
diversidad orgánica de sus Sinergias. El Espíritu y la Iglesia actúan en
diversos sacramentos, en razón de la pluralidad de los miembros, de sus
necesidades de vida eterna y de sus funciones en el Cuerpo de Cristo. La
fuente inagotable de esta diversidad es el amor total del Padre por los
hombres y por cada uno de ellos. Cada uno es único, porque es reconocido
y amado en el único Cuerpo del Hijo amado. Las Sinergias sacramentales
reflejan esta catolicidad del amor del Padre. Mientras, en la Eucaristía,
este amor se cumple para todo el Cuerpo, en los otros sacramentos se
entrega a cada uno, según sus necesidades, su edad, sus dones en Cristo.
En el único sacramento que es el Cuerpo de Cristo, cada Sinergia
sacramental comunica un don del Espíritu Santo. Por esto, un
sacramento se distingue de otro por su Epíclesis propia. En este momento
de la celebración, la Iglesia no es más que siervo, del Señor: implora al
Padre que el Espíritu de Jesús sea derramado sobre el miembro de su
Cuerpo aquí ofrecido. Entonces, la Energía deificante del Paráclito es la
respuesta de la ternura y de la fidelidad, de la Gracia y de la Verdad. Y,
si estamos atentos a la Epíclesis de cada sacramento, caemos en la
cuenta de que las Sinergias sacramentales corresponden vitalmente a
tres momentos del crecimiento del Cuerpo de Cristo.

Las Epíclesis del nacimiento

En el Bautismo y en la Crismación, la Energía fundadora del


Espíritu se derrama en los miembros de la Iglesia. Sacramentos del
principio de nuestro nuevo ser en

152
JEAN CORBON

Cristo, no se celebran más que una sola vez. Nosotros nacemos y somos
estructurados orgánicamente en el Espíritu Santo de una vez para
siempre.
El primer don que la Iglesia trata de ofrecer al Padre son sus hijos,
todos esos hijos de Dios dispersos, nacidos según la carne pero todavía en
la muerte. Ella es la Esposa, y el primer movimiento que se establece en
ella por la atracción del Espíritu es el deseo desgarrado del Padre; todo
procede de este deseo en la Economía de su amor: ¡la Gloria de Dios es
que el hombre viva!3. Este deseo del Padre se convierte en el de la Iglesia
en la Epíclesis del Bautismo. El ruego primero de la Virgen-Iglesia está
en su ofrenda de fe: «¡Que venga tu Hijo, que por mí y el poder de tu
Espíritu nazcan tus hijos en tu Amado!». La Epíclesis del Bautismo es la
del nacimiento según el Espíritu.
Ciertamente, aquel que es ofrecido es ya «a imagen» de su Dios, pero
este icono está desfigurado, roto, «privado de la Gloria de Dios» (Rm 3,
23): no ha nacido aún a la vida de su Padre. Sus padres le han impuesto
todo: la existencia, su biología y herencia psíquica, su educación y su
cultura; les queda por ofrecerle lo que no pueden darle: la libertad, el
poder de llegar a ser libre de todos estos determinismos, la creatividad
divina, en definitiva, la Vida, la verdadera e incorruptible, la Vida del
Dios vivo. Será este el único don que no impondrán a su hijo y que hará
fructificar todos los demás más allá de la muerte. Cuando los padres
hacen esto, participan de la fe de la Iglesia, se mueven en un dinamismo
de ofrenda, esperan todo del poder del Espíritu Santo: es su Energía de
acogida y de respuesta en la Epíclesis que se va a celebrar.
Cuando el catecúmeno es sumergido en el agua bautismal, es decir,
en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es bautizado
realmente, ya que participa de lo que la Epíclesis ha realizado antes. El
momento pre

3 San heneo.

153
JEAN CORBON

ciso del Bautismo es, analógicamente, el de la Comunión en la Eucaristía.


Pero la Epíclesis que hace posible el Bautismo ha consistido en la venida
del Espíritu Santo al agua donde el catecúmeno será bautizado. Esta
consagración del agua bautismal pasa demasiado desapercibida para los
fieles, por no decir para los celebrantes. El agua es el símbolo de la vida
primordial. En el seno materno, es ya más que un símbolo. Pero, para el
nacimiento a la Vida de la Trinidad Santa, esto se hace realidad. Si toda
Epíclesis es un Pentecostés sacramental, aquí el Espíritu desciende
realmente4, penetra el agua y la transforma en medio divino: la realidad
nueva es el seno materno de la Iglesia, donde un ser, nacido de la carne y
de la sangre y del querer humano, va a ser sumergido para nacer del Es-
píritu y de la Esposa. La fecundidad virginal de la Iglesia es la obra
maestra del Espíritu. Es así como nacen los hijos de Dios (Jn 1, 12-13).
Esta Epíclesis asombrosa nos hace comprender que el Espíritu Santo
da la Vida al poner en Comunión en el Cuerpo de Cristo. Ya hemos
admirado esta maravilla en el momento del Advenimiento de la Iglesia
en el primer Pentecostés5. Aquí es aún más notorio. No llegamos a ser, en
primer lugar, hijos de Dios, miembros de Cristo, templos del Espíritu
Santo, y, después, hijos de la Iglesia, sino que la Iglesia está antes6. Ella
es esta Agua primordial penetrada de la Energía deificante del Espíritu y
es ella quien da a luz. En los últimos tiempos, ¿no es ella portadora de
Cristo en esta gestación misteriosa donde ofrece el mundo al Espíritu
«Dador de Vida»? Durante la celebración de un Bautismo, es un hijo del
Padre quien ella hace nacer y que, por ella, viene a la luz del Día, el Día
de

4El agua no es modificada químicamente, como tampoco lo son el pan y el vino en la


epíclesis eucarística, peio la Realidad es nueva. s Cfr. el capítulo V.
6 La Iglesia bautiza a partir de Pentecostés: entonces los hijos de Dios nacen por

el agua y por el Espíritu.

154
JEAN CORBON

la Resurrección que no conoce el ocaso. Por su fe, unida al poder del


Espíritu, el catecúmeno es injertado en Cristo, incorporado al Cuerpo
incorruptible. Ella, entonces, da al Padre un nuevo hijo adoptivo,
conformado con el Hijo amado. Así, este ser es nuevo, vive de la Trinidad
Santa. Todos los demás efectos del Bautismo se derivan de esta
Epíclesis7.
Es posible que el desconocimiento de la Epíclesis del Bautismo sea
una de las causas de la desvalorización práctica de la Confirmación en
algunas Iglesias. Este segundo sacramento de la iniciación cristiana, la
Crisma-ción, corre el riesgo de pasar desapercibido si se ve en el
Bautismo el simple nacimiento a la vida divina de modo indiferenciado.
Es el problema del sentido común de los padres un poco despiertos: «Si
mi hijo se ha convertido en hijo de Dios por el Bautismo, ¿para qué
confirmarlo? Si el Bautismo le hace participar de la vida del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo, ¿por qué debe recibir el Espíritu Santo en la
confirmación? ¿No lo recibió cuando se bautizó?». La práctica de la Iglesia
primitiva, desde los Hechos de los Apóstoles8, y la Tradición
ininterrumpida de las Iglesias de Oriente son claras al respecto: el
Bautismo y el Don personal del Espíritu Santo son distintos pero in-
separables, este completando aquel. Los cristianos han sido bautizados
en un solo Espíritu a fin de formar un solo Cuerpo, «y» se les da a beber
un solo Espíritu9.
A lo largo de todo su Designio de redención y de deificación del
hombre, el Padre no cesa de enviar a su Hijo y a su Espíritu. En esta
misión, van juntos, aunque son distintos. En la Plenitud de los tiempos,
el Hijo es quien se encarna, aunque es el Espíritu quien lo encarna. En el
primer Pentecostés que inaugura los últimos tiempos, es la Iglesia quien
toma forma del Cuerpo de Cristo, pero es

7 Cfr. San Juan Crisóstomo, /// Catequesis bautismal, 5.


8 Hch 2 , 38; 8, 15 ss; 10, 44-48; 19, 5-9.
9 7 Co 12, 13.

155
JEAN CORBON

el Espíritu quien la forma. A partir de entonces, el Espíritu hará crecer el


Cuerpo uniéndole nuevos miembros, y este nacimiento se realiza en el
Bautismo; pero, en el mismo momento, el Señor derrama en estos
miembros su Plenitud, les da su Espíritu, personalmente: este don per-
sonal del Espíritu al neófito es la Sinergia sacramental de la
Confirmación.
Esta manifestación y esta efusión del Espíritu están en el corazón de
lo que buscamos a través de todo este libro. En efecto, es en este punto de
origen donde la Liturgia fontal llega a ser la Vida del nuevo ser del
cristiano. Si nos quedamos en el Bautismo como participación en la vida
divina, corremos el riesgo de vivir en un monoteísmo unipersonal, no
hemos entrado aún en la Comunión con las tres Personas. Solo el
Espíritu Santo hace cruzar este umbral. Si no lo cruzamos, podemos
construir sistemas de humanismo cristiano, nos hacemos reacios a la
Teología, a la vida mística. El bautizado está orgánicamente estructurado
tan solo porque el mismo Espíritu que ha ungido a Cristo penetra por
entero -cuerpo, alma, espíritu- al miembro de Cristo; es entonces cuando
él es cristiano, ungido con el Espíritu. Le anima un nuevo principio vital
que dilatará progresivamente su Comunión con el Padre y con el Hijo.
La característica de la Epíclesis de la Confirmación, cuando el obispo
consagra el sagrado Crisma10, con el cual el bautizado es ungido en sus
miembros, consiste en la maravilla del don total que Cristo Señor hace
entonces de sí mismo: él entrega su propio Espíritu, personalmente, lo
graba, lo imprime en el corazón de aquel con

10 San Cirilo de Jerusalén, /// Catequesis mistagógica, 3 (PG 33, 1090-1): «No vayas a

pensar que esta mirra es ordinaria. Como el pan de la Eucaristía, después de la epíclesis del
Espíritu Santo, no es ya un simple pan, sino el Cuerpo de Cristo, así también esta santa mirra
no es ya ordinaria, por no decir común, después de la epíclesis, sino gracia de Cristo y
presencia del Espíritu Santo, convertida en energética de su divinidad».

156
JEAN CORBON

quien acaba de unirse definitivamente. Por el «sello del Don del Espíritu
Santo»11, el bautizado participa entonces en la Sinergia de la Liturgia
fontal, el Espíritu está en adelante unido a su espíritu en vistas a una
vida totalmente nueva en que las dos voluntades podrán producir el
único fruto del Espíritu12. El Espíritu, habiéndose convertido en su vida,
podrá hacerle actuar (Ga 5, 25). El misterio del Espíritu y de su Esposa
no será contemplado como un don inesperado y deseado, sino realmente
compartido por aquel que acaba de resucitar con Jesús. En esta plenitud,
que es el Espíritu Santo, todos los dones, todos los carismas necesarios
para el crecimiento del neófito están ya contenidos. Y el primero de todos
es la Energía sacerdotal por la que, a partir de este momento, el
confirmado podrá celebrar la Divina Liturgia13 y llegar a ser co-operador
de las Energías sacramentales que animarán su éxodo hacia el Reino.

Las Epíclesis de curación o la victoria sobre la muerte

Es fiel Aquel que el Señor ha puesto como un sello en nuestro


corazón; es Fuerte, no como la muerte, sino más que la muerte; él es la
Llama del Amor de nuestro Dios (cfr. Ct 8, 6). Porque a quien acaba de
ser revestido de la armadura de Dios le espera un duro combate, largo
como la travesía del desierto (Ef 6, 11).
El primer combate decisivo es afrontar el poder de la muerte que aún
se incuba en él, aunque esté virtualmente vencida por la Pascua del
Bautismo. Ya somos santos, pero todavía no estamos plenamente
conformados con el Señor. La unción de su Espíritu debe penetrar
lentamente

11 Eucologio bizantino. '2


Rm 8, 16; Ga 5, 22 ss.
13 La Eucaristía es el culmen de la iniciación cristiana. Las Iglesias ortodoxas

han conservado la tradición primitiva de unir estos tres sacramentos en la misma


celebración.

157
JEAN CORBON

todas las fibras de nuestro ser, enderezar nuestra voluntad rebelde,


purificar nuestras motivaciones, liberar nuestras pulsiones e integrarlo
todo en nuestro corazón donde su Amor reinará soberano. En este trabajo
de gestación del hombre nuevo, el Espíritu de Jesús comienza siempre
por revelarnos nuestro pecado. Fuera de Él, podemos sentirnos culpables;
solo en Él nos reconocemos pecadores. Y cuanto más transforme nuestro
corazón, uniéndolo a la Voluntad del Padre, tanto más nos descubriremos
pobres de su amor.
La ola de la misericordia y el abismo de la miseria se encuentran
entonces en una sinergia desgcirrante: el perdón. Cuando esta sinergia se
hace sacramental, se manifiesta como Conversión, si se pone el acento en
el arrepentimiento del corazón obrado por el Espíritu Santo, o como
Reconciliación, si se mira, sobre todo, la Comunión reencontrada en
Cristo con el Padre y con nuestros hermanos. Pero Conversión y
Reconciliación son inseparables, como lo son los dos aspectos del pecado
que ellas curan: el rechazo y la ruptura. Ahora bien, la herida del pecador
y la de sus hermanos son llevadas por Jesús en su muerte, y de este
Amor crucificado mana el Espíritu de Comunión. Porque Él es,
personalmente, la remisión de nuestros pecados; allí donde la relación era
fallida14, estaba rota incluso, el Espíritu, ternura del Padre15, se derrama
y vuelve a convertirse en el vínculo vivo de amor que une a las personas.
Es la Sangre de la Comunión, que hace vivir a los miembros de la vida
del Padre.
La Epíclesis propia de este sacramento -¡ojalá prestáramos atención
a ella!- consiste en esta efusión del Espíritu Santo. Ella es su kénosis de
amor en el corazón del pecador que accede a abrirse a la Compasión del
Padre.

14 Pecado, «khata'a» en hebreo, significa «fallar su objetivo», «fra-


casar».
15 Este bello nombre del Espíritu Santo remite al término bíblico

«hesed».

158
JEAN CORBON

En este momento central de la absolución, todo se desata, porque todo es


liberado por la Comunión, que es el Espíritu del Señor. La oración del
sacerdote es entonces una verdadera oración de Epíclesis16. Signo vivo de
Cristo siervo, el sacerdote intercede para que «vuelva a la vida» este hijo
del Padre «que estaba muerto»; en él se recoge toda la intercesión de la
Iglesia orante, para que resucite «este hermano por el que Cristo ha
muerto». A este don corresponde la respuesta del pródigo que vuelve: se
abre a la misericordia sin otra condición que la de querer volver a su Dios
y a su hermano, en el mismo amor.
Cierto, sobre el altar de nuestro corazón podemos ofrecer
continuamente el pan de las lágrimas por nuestro pecado, y el Fuego del
Espíritu puede siempre encendernos de nuevo. Pero hay momentos en
nuestra vida -¿quién puede negarlo?- en que nuestros rechazos acu-
mulados y las fisuras ahondadas son tales que no podemos, sin
deslealtad, escapamos de la confesión de nuestro pecado y de la
reconciliación en la Comunidad. «Lo que hicisteis a uno de estos
pequeños, a mí me lo hicisteis», tanto para darle la vida como para darle
la muerte. En la Epíclesis de este sacramento, se restablece «la unidad
del Espíritu» entre los miembros, mediante «el vínculo de la paz» (Ef 4,
3); es el significado místico, más profundo que la simple voluntad moral,
de la Reconciliación en Cristo. En todo pecado, incluso el más secreto, el
Cuerpo ha quedado herido, y es en el Cuerpo, por tanto, donde el miem-
bro debe ser curado. Si estamos atentos al Espíritu Santo en esta
Epíclesis, redescubrimos la frescura de la Iglesia en la curación de
nuestro pecado, reencontramos el Rostro del Señor más allá de los ídolos
de nuestra conciencia moral y de nuestro superego despechado,
entramos, sobre todo, en la alegría del Padre: nuestro retorno le hace
exul

16 La fórmula latina de absolución, más declarativa y jurídica, no debe

difuminar la realidad de la Epíclesis.

159
JEAN CORBON

tar de alegría con sus ángeles y la comunión de sus santos17.


«Padre Santo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos...»18.
Así comienza la Epíclesis del otro sacramento de nuestra curación
crónica: la Unción de los enfermos. El perdón, es decir, la efusión del
Espíritu de Comunión, alcanzaba la muerte en su raíz, en su más
escondido aguijón: el pecado (7 Co 15, 56). La Unción del Espíritu, este
óleo misterioso que penetra nuestro cuerpo mortal, es como la mirra
nueva que la Esposa derrama sobre los miembros sufrientes de su Señor.
«La mirra conviene a los muertos, el Cuerpo de Cristo permanece
incorruptible»19. Las heridas aparentes del pecado que labran poco a poco
nuestros cuerpos son así curadas ya en la esperanza.
La Epíclesis de este sacramento anticipa para cada uno de nosotros
la Resurrección integral, y es, una vez más, obra del Espíritu Santo: «Si
el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en
vosotros, Aquel que lo resucitó de entre los muertos dará también la vida
a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm
8, 11). En la Sinergia de nuestra conversión, el bautismo de agua se
había convertido en bautismo de lágrimas y resurrección del corazón; en
la Unción de los enfermos, el Espíritu nos conforma con los sufrimientos
de Jesús, transforma nuestra enfermedad en amor vivificante y completa
en nuestros miembros la Pascua irresistible de Aquel que es la Cabeza
del Cuerpo. Entonces se realiza para nosotros lo que vislumbró Ezequiel
en su visión de los huesos secos (Ez 37, 1-14): el Espíritu de Vida nos
toma en nuestra debilidad, el sello de su Don es una prenda de
resurrección que nada nos podrá arre

17 Cfr. Le 15 y el significado del «Confíteor», donde la Reconci-

liación es vivida en la alegría de toda la familia de Dios.


18 Eucologio bizantino.

19 Troparío del Oficio de la Compasión, la tarde del Viernes Santo, en

la Liturgia bizantina.

160
JEAN CORBON

batar. Jesús curó enfermos durante su vida terrestre: les restituía a una
vida mortal. Pero, cuando su Espíritu penetra en nuestros cuerpos
heridos por la muerte, les hace pasar más allá de la muerte: «La muerte
ya no existe, porque ha resucitado Cristo nuestro Dios»20.
Estos dos sacramentos responden a una necesidad constante del
Cuerpo de Cristo en los últimos tiempos: vencer la muerte en su raíz, el
pecado. La deificación gradual de los hijos de Dios no puede realizarse
más que con la eliminación progresiva del movimiento de rebelión en que
se retuerce la naturaleza herida. Sacramentos de curación, hacen
participar a los miembros de Cristo en el amor salvador de su Señor que
asume, aquí y ahora, sus propias heridas de naturaleza y voluntad. La
frecuencia de estos dos sacramentos es indefinida, según el ritmo de la
salud divina -de la santificación- que el cristiano acoge libremente
fundiendo su voluntad en la Energía del Espíritu Santo.

Las Epíclesis de Cristo siervo: el don de la Vida

El Matrimonio y el Ministerio ordenado son las dos sinergias


sacramentales de la vida adulta en Cristo. Se apoderan de la persona
para abrirla al movimiento más divino concedido al hombre: dar la Vida
misma de su Dios. Uno y otro son al mismo tiempo carisma, es decir, don
del Espíritu Santo para el bien de todos, y energía deificante para quien
recibe ese carisma. No se da la Vida más que dando la propia vida, como
el Señor, pero este don será tanto más fecundo cuanto más esté uno
mismo transformado en Aquel que se la da. No son carismas tácticos y
transitorios, sino Sinergias funcionales y estructurales, mejor, son caris-
mas orgánicos de conjunción (Ef 4, 11-16).
La novedad del Matrimonio sacramental está en la Epíclesis en que
los prometidos reciben el don del Espí

20 Tropario bizantino, VI tono, en la Liturgia bizantina.

161
JEAN CORBON

ritu Santo. Hay que recordarlo con fuerza, ante la pretensión ingenua
que quiere ver en el Matrimonio un simple contrato, del que los esposos
serían los ministros21. Sus consentimientos son necesarios, como la
Energía de la respuesta humana, pero sin olvidar la Energía del don di-
vino. Es significativo que el famoso texto de san Pablo al respecto (Ef 5,
32) parta justamente del Misterio que transfigura la unión del hombre y
de la mujer, y no al revés. Lo que sucede en este sacramento no es tanto
la bendición de una pareja -todo matrimonio es santo- cuanto el Amor de
Cristo y de su Iglesia del que van a participar el hombre y la mujer. El
Misterio es anterior, revela el sentido divino de la unión de los esposos y
lo realiza.
La alianza, que simboliza, en la mayoría de las culturas, la condición
del matrimonio, es el signo de la Alianza personal que une al Esposo y la
Esposa, inseparablemente Cristo y la Iglesia, este hombre y esta mujer.
Ahora bien, la Alianza es el Espíritu Santo mismo. Él es la fuente de la
unidad de este amor sin división, él es su vínculo divino que el pecado del
hombre no puede romper. Él es la Comunión que instaura una nueva
relación en el interior de la familia, esta Iglesia doméstica. En esta casa
de Dios, el misterio de la Iglesia como Comunión es siempre visible. Esta
novedad transforma, ante todo, a los esposos: más allá de toda oposición
o superioridad, su relación puede ser continuamente restaurada en la
transparencia que une a Cristo y la Iglesia. Transforma también su don
de vida, entre ellos, hacia los hijos y en una fecundidad imprevisible que
se extiende a todas las formas de su creatividad y servicio22.

21 Si fuese así, no se ve por qué, de común acuerdo, no podrían


romper el contrato.
22 El carisma de la vida religiosa, complementario en la Iglesia del
carisma matrimonial (Cfr. 1 Co 7), no es un sacramento; el don de la
virginidad que lo fundamenta hace ya participar de la Resurrección {Le
21, 35).

162
JEAN CORBON

El Ministerio ordenado está en la cumbre del misterio del servicio en


el Cuerpo de Cristo. Su Epíclesis, significada por la imposición de las
manos23, tiene de totalmente original que ella derrama sobre algunos
miembros ]a Energía eclesial más escondida y más pobre: les hace ]os
servidores de las otras Epíclesis sacramentales. Esta ordenación es una
de las pruebas más asombrosas de la fidelidad del Señor, ya que, a pesar
de las flaquezas de sus enviados, no privará nunca a su Iglesia de los
dones de su Espíritu. «Sea Pedro quien bautiza, sea Judas quien bautiza,
es Cristo quien bautiza»24. El Espíritu actuará siempre con poder en los
sacramentos a través de las «vasijas de barro» que son los ministros
ordenados.
Cualesquiera que sean los grados25 o las formas contingentes de este
servicio, su realidad nueva no puede reducirse a una función social de
dirección o de administración, sino que hunde sus raíces en el misterio de
la kénosis de Cristo. Aquí todo adquiere su significado tan solo en el
Amor, no solamente aquel que es derramado en el corazón del obispo, del
sacerdote o del diácono, sino, sobre todo, aquel que es la Energía misma
de su servicio. El Espíritu se derrama en ellos con profusión del costado
del Señor crucificado, ya que en estos pobres hombres es Cristo el que es
Siervo de su Iglesia hasta que él sea todo en ella. Este misterio de
kénosis es el del Pastor que da su vida por los suyos. Mientras que, en el
Matrimonio, el hombre y la mujer participan en el amor que une a Cristo
y la Iglesia en un solo Cuerpo, aquí los servidores mani

23 Símbolo bíblico de la transmisión de la fuerza del Espíritu


Sanio.
24 San Agustín.
25 El obispo y los presbíteros, que difunden plural mente el carisma
singular del obispo, son ordenados para el «sacerdocio»; a los diáconos
se les impone las manos «no en vistas al sacerdocio, sino en vistas al
ministerio» (fórmula sacada de las Constituciones de la Iglesia de
Egipto y retomada por el Vaticano II en la Constitución sobre la Iglesia,
n. 29).

163
JEAN CORBON

fiestan a Cristo, distinto de su Esposa, Siervo de su Iglesia. Él la llama,


le da su Palabra, le revela al Padre, la ilumina, le perdona, la alimenta
con su Cuerpo y su Sangre, la fortalece, la envía, la purifica, la
transfigura, la hace fecunda y le hace dar a luz el mundo para el Reino...
De todas sus Energías de amor, el Espíritu Santo es la liturgia y sus
ministros, los servidores. Estos no duplican las funciones profética,
sacerdotal y real de los otros miembros de la Iglesia: al contrario, están
con ellos y para ellos, son sus servidores. A esta función, estructural y no
táctica, del servicio de la Iglesia está ordenado todo su ministerio.

La armonía sacramental del Cuerpo de Cristo

Habiendo sido así resituados los sacramentos mayores como


Sinergias en el interior del Cuerpo de Cristo, podemos quizá comprender
mejor su armonía en el Sacramento de los sacramentos, la Eucaristía.
Si el acontecimiento central de la Eucaristía está en la Epíclesis que
transforma todo el Cuerpo de Cristo, es evidente que las Epíclesis
constitutivas de los otros sacramentos están en relación orgánica con la
de la Eucaristía. En esta, el Pentecostés sacramental se derrama sobre
todo el Cuerpo; en aquellos, alcanza a los miembros según su edad, sus
necesidades y sus dones en Cristo. En el Bautismo, el Espíritu Santo
hace nacer a la Comunión trinitaria en el Cuerpo; en la Crismación,
personaliza esta participación, haciéndose él mismo la Energía indefecti-
ble de este nuevo miembro. En la Reconciliación del pecador y en la
Unción de un enfermo, el Espíritu despliega su poder de Vida, de
resurrección en resurrección. En el Matrimonio y en el Ministerio
ordenado, Él, «Señor y Dador de Vida», hace compartir a la Esposa su
fecundidad virginal; más exactamente, el «nada es imposible para Dios»,
que él ha realizado en la Iglesia, lo comunica a los miembros de la
Iglesia, cada uno según sus dones.

164
JEAN CORBON

Si el Río de Vida mana en la Eucaristía, Liturgia integral, Sinergia


omnipotente, los sacramentos mayores son como los canales que riegan la
Jerusalén nueva. Las Sinergias sacramentales derivan de la Eucaristía y
convergen hacia ella.
Ellas derivan de la Eucaristía como la Luz se irradia del Cuerpo
transfigurado del Señor. Esto es tan verdadero, que la Iglesia celebra los
sacramentos mayores como celebra el sacramento del Cuerpo de Cristo:
según una forma eucarística. Sea cual sea la variedad de las familias
litúrgicas, nuestras Iglesias celebran cada sacramento a la manera de la
Divina Liturgia. Del Bautismo al Ministerio ordenado, volvemos a
encontrar en cada uno de ellos las tres etapas de la Eucaristía, las tres
Sinergias del Espíritu y de la Iglesia: una Liturgia de la Palabra, una
Anáfora y su punto culminante, la Epíclesis, y una Liturgia de
Comunión. En cada sacramento, el Espíritu manifiesta, realiza y
comunica la Vida del Cuerpo de Cristo; pero lo que distingue un
sacramento de otro es la Energía del Espíritu Santo implorada en la
Epíclesis.
Las sinergias sacramentales convergen también hacia la Eucaristía,
porque es la Eucaristía la que realiza, cumple la Iglesia. En cada una de
ellas, el Cuerpo se construye y crece orgánicamente por el poder del
Espíritu y la respuesta de los miembros a los que es dado. Esta armonía
es, finalmente, la de la Koinonia, la de la Comunión de la Trinidad Santa
que invade y eleva nuestra humanidad. En el Bautismo y en la
Crismación, esta Comunión es dada como poder nuevo del Dios viviente
que hace al hombre viviente. En la Reconciliación de los penitentes y en
la Unción de los enfermos, la Comunión es restaurada, el Icono viviente
es transfigurado en lo profundo. En el Matrimonio y en el Ministerio
ordenado, la Comunión no solo es recibida, sino que es dada para ser
comunicada a otros. Es de este modo como el Señor viene, como su Reino
se instaura, como el Todo de su Plenitud se de

165
JEAN CORBON

rrama irresistiblemente en todos. Con esto se manifiesta el significado


profundamente comunitario de toda celebración sacramental: la
comunidad aquí presente está comprometida, cierto, pero también la
Comunión de todas las Iglesias e, infinitamente más allá, la Comunión
en gestación que abraza en el seno de la Iglesia a todos los hombres, al
cosmos y a la historia.
Así se cumple el Misterio, «la sabiduría infinita en recursos,
desplegada por Dios por medio de la Iglesia» {Ef 3, 10). La Comunión de
la Trinidad Santa que nos invade se da en forma eucarística: es acción de
gracias a «Aquel cuyo poder actúa en nosotros, que es capaz de hacer mu-
cho más allá, infinitamente más allá de todo lo que podemos pedir o
concebir: ¡a Él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por todas las
generaciones y por todos los siglos!» (Ef3, 20 ss).

166

Capítulo XIII LA CELEBRACIÓN DEL TIEMPO NUEVO

Hemos visto que las celebraciones son como los momentos en que la
Economía de la salvación se convierte en Liturgia en los últimos tiempos.
Pero la ola vivificante del Río de Vida no es intermitente. Hasta que su
Ascensión se cumpla en su Parusía, Cristo no cesa de envolver este
mundo con la ternura de su Espíritu. Jesús ha resucitado y es el Señor de
la historia en la cual estamos implicados. El Es y Viene. Su Venida
irresistible supera los momentos de nuestras celebraciones. Estos
momentos son posibles tan solo porque son la irrupción en nuestro tiempo
mortal de un Tiempo vivo, que está liberado de la muerte. Dicho de otra
manera, en la fuente de nuestras celebraciones hay una Energía del
Espíritu Santo de la que debemos continuamente beber y es el Tiempo
nuevo de la Resurrección. Este es el que invade nuestros días, nuestras
semanas y nuestros años, hasta que nuestro viejo tiempo se sature y su
velo mortal se rasgue. Desde ahora, hoy, nosotros podemos participar en
él.

Día de luz, largo, eterno...

Este hoy del Dios vivo en que el hombre puede entrar es la Hora de
Jesús. Su Pascua es el acontecimiento que atraviesa y sostiene toda la
historia. «He aquí que los rayos sagrados de la luz de Cristo
resplandecen... La noche

167
JEAN CORBON

inmensa y oscura ha sido tragada, las sombrías tinieblas, destruidas con


esta luz y la sombra triste de la muerte ha vuelto a entrar en la
oscuridad. La vida se ha extendido a todos los seres y todos están llenos
de una profunda luz; el Oriente de los orientes invade el universo y aquel
que existía 'antes que la estrella de la mañana' y antes que los astros,
inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el
sol. Por eso, para todos nosotros que creemos en él, amanece un día de
luz, largo, eterno, que no se apaga, la Pascua mística...»1.
Cuando celebramos a Cristo, nuestra Pascua, nuestro tiempo queda
penetrado por este Día, es transfigurado, se convierte en sacramental.
Porque este Día no surge de la primera creación, como los días de los que
se dice: «Atardeció y luego amaneció»2; es el Día cantado por el salmo
pascual: «este es el Día en que actuó el Señor, alegrémonos y
permanezcamos en el gozo»3. No es un día entre los otros ni como los
otros, regido por la salida y la puesta del sol, sino que es la luz de la Vida
que el ocaso de la muerte ya no puede oscurecer: él es, en verdad, la
Plenitud de los tiempos. Ahora bien, esta irradiación del Día de la Resu-
rrección no nos alcanza como un recuerdo o un ideal abstracto, puesto
que, si así fuera, la muerte tendría poder sobre él, sino que es la Energía
constante del Espíritu Santo en nuestro tiempo mortal. No por encima,
sino en el interior de cuantos lo acogen: «Nuestro Dios no está por
encima, está ante nosotros esperando el encuentro»4. El encuentro del
Día de la Resurrección y de nuestro viejo tiempo, del Tiempo nuevo
ofrecido por el Espíritu y del tiempo vivido por el creyente, he aquí lo que
hace de nuestro tiempo un tiempo sacramental. ¿Cómo se des

1 Homilía inspirada en el tratado sobre la Pascua de Hipólito (trad. francesa P.

Nautin, «Sources Chrétiennes», 27, p. 116).


2 Gn 1, passim.

3 Sal 117, 24.

4 San Isaac de Nínive.

168
JEAN CORBON

pliega, pues, este Tiempo nuevo de la Resurrección en el Cuerpo de


Cristo a partir de la celebración pascual?

«El año de gracia del Señor» (Le 4, 19)

A partir del Día de Pascua, como de su foco de luz, el Tiempo nuevo


de la Resurrección invade, en primer lugar, el año. El año es considerado
habitualmente por los hombres como la más larga unidad de su tiempo,
según el ritmo cíclico de nuestro planeta en torno a su fuente de luz.
Ahora bien, cuando la Luz de la Vida incorruptible surge de la tumba,
arrastra nuestro año cíclico más allá del círculo de la muerte. La
repetición era una confesión de impotencia en el umbral de la Plenitud.
Pero, para quienes ya han resucitado con Cristo, el año es atraído en la
sinergia de la Liturgia eterna: se convierte en litúrgico, si se entiende
bien la expresión, no como un calendario de fiestas, sino como el
despliegue del Misterio desposando los ritmos de nuestro tiempo. A partir
de la Pascua, poco a poco, de un lado a otro del foco, el año es transfi-
gurado por la Liturgia, se convierte en sacramental. Signo transparente
del Día de la Resurrección, cada pequeña parte de su desarrollo refleja la
Plenitud de la Liturgia.
El Día de Pascua es, en primer lugar, el cumplimiento de una gran
Semana que también se ha convertido en sacramental: la Semana Santa.
Durante los siete días que preceden a la celebración de la Resurrección,
el poema litúrgico de la semana de la primera creación no es abolido, sino
que se cumple, convirtiéndose en el acontecimiento de la nueva creación
en Cristo. Para que todo se cumpliese, según la última palabra del Verbo
en su condición mortal (Jn 19, 30), faltaba que todo fuera asumido, desde
la primera palabra del Padre, de la que mana la presencia y la vida,
hasta el último silencio de la ausencia y de la muerte donde el hombre se
había hundido. Desde esta luz escatológica del cumphmiento, podremos
redes

169
JEAN CORBON

cubrir las grandes etapas de esta Semana. La entrada de la Luz en el


mundo y entre los suyos, y su rechazo por parte de nuestras tinieblas5, la
prueba primordial de la libertad del hombre ante su alimento esencial6,
el Árbol de vida inaccesible al hombre que se diviniza pero ahora ofrecido
en el Verbo encarnado que nos deifica7... todo este drama de la Economía
de la salvación culmina el sexto día, en el gran Viernes en que la kénosis
divina se convierte en nuestra teofanía: «¡He aquí al hombre!» {Jn 19, 5).
Después, viene el gran Sábado Santo, el de Dios y de su creación, el
silencio de las profundidades donde el Viviente penetra las fuentes de
todo ser. En este descenso a los infiernos del Cuerpo incorruptible, la
mentira de la muerte es disipada, la Paz de la Comunión divina es derra-
mada, la esperanza se hace el principio de todo, el Río de Vida arrastrará
todo hacia la Consumación de los tiempos.
Por esto, la semana que sigue al Día de la Resurrección ya no es una
semana cronológica, sino la extensión del Día que no conoce el ocaso.
Durante la Semana de la Renovación91, la liturgia pascual se celebra
continuamente, no repetida, sino siempre nueva. Esta semana pro-
piamente sacramental va a convertirse en el prototipo, la matriz misma,
de todas las semanas del año litúrgico. El primer día de la Semana, el
domingo, desplegará sobre todos los otros días la claridad vivificante de
la Resurrección. San Gregorio de Nisa nos dice que el cristiano, «toda la
semana de su vida, vive la única Pascua haciendo

5 Comparar Gn 1, 3, la primera kénosis de la luz en la creación y la entrada de Jesús en

Jerusalén en la humildad de su carne.


6 Comparar Gn 3, donde el hombre se apropia del Bruto del árbol de la vida en vez de

acogerlo gratuitamente, y la primera eucaristía: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo


entregado por vosotros».
7 Cristo crucificado es el verdadero Árbol de vida donde el hombre es deificado.

8 La semana que sigue al Domingo de Resurrección en la Liturgia bizantina, que

corresponde a la Octava de Pascua en la Liturgia latina [N.d.T.].

170
JEAN CORBON

este tiempo luminoso»9; y Orígenes, que «no hay un solo día en que el
cristiano no celebre la Pascua»10.
Partiendo de este centro de luz, se revela la armonía del año de
gracia, durante el cual el Señor comunica a su Iglesia la plenitud de su
Misterio. Preparando la Semana Santa, encontramos, primero, las siete
semanas de la gran Cuaresma, donde vivimos las etapas del retorno al
Paraíso de la nueva creación; pero, desplegando la novedad de la
Resurrección, llegan a continuación las siete semanas de Pentecostés,
donde los neófitos -que somos nosotros- aprenden a vivir en comunión con
su Señor resucitado. Por último, de un lado a otro de este foco pascual, he
aquí los dos grandes tiempos de la Economía de la salvación convertida
en Liturgia: en el tiempo de la Teo-fanía, o manifestación del Hijo, el
Verbo encarnado asume nuestro cuerpo miserable; y en el tiempo de la
The-osis, o deificación por medio del Espíritu, el Aliento del Señor nos
conforma con su Cuerpo de gloria.
El Cuerpo de Cristo, en efecto, está siempre en crecimiento en esta
celebración del tiempo sacramental. Las tres grandes Sinergias de la
Eucaristía se extienden en la celebración del año litúrgico. A la liturgia
de la Palabra corresponde el tiempo de la Manifestación del Señor, el
tiempo de la Epifanía, centrado en el acontecimiento decisivo del
Bautismo de Jesús. Pero las Iglesias sintieron muy pronto la importancia
de un tiempo preparatorio (el Adviento de las Liturgias occidentales), que
fuese a la vez comienzo y término del año sacramental, alfa y omega del
Misterio, memorial de las preparaciones al primer Advenimiento del
Señor y espera de su segunda Venida. Por otra parte, a la Anáfora
eucarística corresponde el tiempo de la Pascua del Señor, preparada por
la Cuaresma y culminada en la Ascensión. Finalmente, a la liturgia de
Co

9 In Christi Resurrectionem oratio II: PG 46, 628 c-d.


10 Contra Celsum, 8.22: PG 11, 1550.

171
JEAN CORBON

munión corresponde el tiempo de la Efusión del Espíritu Santo11, tiempo


por excelencia de la Iglesia en crecimiento, de los Apóstoles, de la
Transfiguración del Cuerpo de Cristo y de su participación en la Cruz
vivificante. En esta Luz de Comunión se revela el sentido del santoral
como celebración del santo Cuerpo de Cristo; en primer lugar, de la Santa
Madre de Dios, la toda santa, la Virgen María; después, de todos los
santos, cuya Comunión es justamente celebrada como cumplimiento de
Pentecostés12. Entonces el Río de Vida hace fructificar los Arboles de vida
«doce veces, una vez cada mes», es decir, todo el tiempo. Así es como la
cosecha del Espíritu anticipa desde ahora la Consumación de los tiempos.

«El primer día de la semana»

El Día de la Resurrección, que se irradia sobre todo el año para


transfigurarlo, penetra también los más pequeños instantes de nuestro
tiempo. Es lo que pedimos con Jesús al Padre suyo y Padre nuestro:
«Danos hoy nuestro pan esencial»13, el pan de «este Día». El día
sacramental que transforma en tiempo nuevo cada instante de nuestras
vidas es el domingo, el «día del Señor» (Ap 1, 10). A partir de la
Eucaristía, el domingo es, en efecto, el memorial eficaz, la anamnesis
fecundante que nos hace presentes y partícipes de la Liturgia eterna. Es
el día de la Asamblea en que anticipamos realmente la Comunión de
todos los santos en la Trinidad Santa. Es el día en que, por noso

11 La denominación «tiempo después de Pentecostés» es exacta en


el plano cronológico, pero no expresa adecuadamente el misterio cele-
brado durante estos meses.
12 Sea al término del «tiempo después de Pentecostés» (en Occi-
dente), sea el día octavo de la fiesta de Pentecostés (en Oriente).
13 Literalmente, «hyperesencial» ( M t 6, 11). El sentido temporal,
generalmente retenido, «de cada día» [«de este día» según la versión
francesa del Padrenuestro (N.d.T.)], alcanza el sentido cualitativo de la
etimología en el misterio litúrgico.

172
JEAN CORBON

tros, este mundo entra misteriosamente en la libertad de los hijos de Dios


por la que gime y espera ansiosamente. Lejos de ser un día no laboral, es,
por el contrario, aquel en que «el Padre trabaja siempre» (Jn 5, 17) y nos
hace compartir intensamente su amor creador y salvador. Día de
descanso, sí; pero Descanso de Dios en que la Energía no es agotamiento
mortal, sino manar de vida, alegría, fiesta, Liturgia creadora.
«El perfecto, que está siempre ocupado en palabras, acciones y
pensamientos del Verbo de Dios, está siempre en los días de este y todos
los días son para él domingo»14. Esta energía de resucitados, «lo único
necesario», podemos vivirla en todo momento. Esta será la maravilla de
la Liturgia vivida. Pero hay un último signo sacramental de este tiempo
nuevo que nos revela su significado: es la Oración de las Horas. Por ella,
el misterio de la Liturgia celebrada el domingo penetra y transfigura el
tiempo de cada día. Pero, mientras en la Liturgia del Día del Señor todo
es dado, aquí todo es ofrecido; allí todo es Gracia, aquí todo se convierte
en alabanza de la gloria de su Gracia. El Oficio de la Esposa es entonces
divino: su única ocupación es amar. En este Oficio, todo nuestro ser
participa en la alabanza al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.
Nuestro ser personal -cuerpo, alma, espíritu y corazón-llega a ser oración
en todas sus fibras, pero también nuestro ser en relación divina, porque
es la Comunidad la que ora, y, finalmente, nuestro ser en el tiempo,
porque este tiempo actual y mortal es transformado en ofrenda al rocío
del Espíritu. El Oficio es nuestra incorporación encarnada en la oración
misma de Jesús. La oración del Verbo hacia el Padre se derrama y toma
cuerpo en nosotros, en sinergia con el Espíritu Santo, en el impulso de la
alabanza. El Oficio refleja la luz pura de la alabanza del Hijo en los hijos
de adopción.

H Orígenes, Contra Celsum, 8.22 (PG 11, 1550).

173
JEAN CORBON

Se comprende que la Oración de las Horas esté entretejida,


principalmente, de la oración que fue la de Jesús en su condición mortal:
los Salmos. En este libro único del Antiguo Testamento, toda la Economía
de la salvación se ha hecho oración, y he aquí que este Designio de amor
es cumplido en Jesús. Cuando la Iglesia ora, la Liturgia que cumple este
Designio de amor se expresa en los mismos salmos. En ellos, el Espíritu
vuelve a decir con la Esposa las maravillas de su Señor. Lo que se llama
la himno-logia de la Liturgia de las Horas es el pleno desarrollo de los
salmos de Cristo, como los salmos de la Nueva Alianza. En la súplica
litánica, la Iglesia expresa, pues, hoy la intercesión que germinaba en los
salmos.
Las lecturas bíblicas, en el corazón del Oficio, llevan a término las
promesas de los salmos. Ya no solo vamos al encuentro del Verbo a través
de la oración de la espera, sino que, a la escucha de la Palabra de Dios,
nos encontramos con el Verbo en el silencio de la fe pura: no hay nada
que decir; se trata, sencilla y pobremente, de acoger. Aquí, el encuentro
ya no pasa por la oración de los hombres, nuestros padres en la fe; la
oración se adhiere inmediatamente a Aquel que es la fuente y el término
de nuestra fe. Cuando el viento nos alcanza, ha atravesado los montes y
los valles, los mares y las ciudades; lo mismo pasa con el Aliento del
Espíritu, que llega a nosotros cargado con el drama redentor de las
generaciones pasadas. Pero, finalmente, cuando nos toca, es para
hacernos nacer inmediatamente a la vida del Hijo y hacemos «ver el
Reino de Dios».
Por tanto, el Oficio es divino, la divina ocupación por excelencia, la
del Reino del Amor. Es esparcimiento según el Espíritu, opuesto a las
tensiones y las preocupaciones según el mundo. Nos transfigura haciendo
pasar «la figura de este mundo» {1 Co 7, 31) hasta su realidad de Gracia.
Nos recrea, en una verdadera recreación, llamándonos de nuevo y
haciéndonos vivir la Vida a la que esta

174
JEAN CORBON

mos llamados: «esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti y al que tú


has enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3).
Si bien la oración del corazón, absolutamente necesaria, nos abre a
todas las dimensiones del Amor en la historia de los hombres, el Oficio va
más lejos, en cierto sentido: supera las personas, las saca de sí mismas
para unirlas en la Comunidad. Es entonces la Iglesia quien ora, la
Esposa del Señor de la historia, animada por el Espíritu y ofrecida al
Padre: «Aquí estoy, yo y los hijos que Dios me dio» (Hb 2, 13). Es el Oficio
del pueblo sacerdotal en el Sacerdote único, «sumo sacerdote
misericordioso y fiel» (Hb 2, 17). «Ha hecho de nosotros un reino de
sacerdotes para su Dios y Padre: ¡a él, pues, la gloria y el poder por los
siglos de los siglos!» ( A p 1, 16).

175

Capítulo XIV
EL ESPACIO SACRAMENTAL DE LA CELEBRACIÓN

Jesucristo es nuestro Tiempo nuevo y es a él al que celebramos en la


noche de la fe hasta que todo sea consumado en la luz del Día de su
venida. Él es también nuestro Espacio de vida, nuestro «universo nuevo»
(Ap 21, 5), y en él celebramos los misterios de la fe hasta que todo llegue
a ser «nuevos cielos y nueva tierra», «morada de Dios con los hombres»
(Ap 21,1 ss). Desde ahora, él es el lugar misterioso escondido en el Padre
donde nosotros celebramos sacramentalmente la Liturgia eterna. Pero
¿cómo este lugar es verdaderamente sacramental?, ¿cómo el espacio de
nuestro mundo puede ser portador del universo nuevo?

«Señor, ¿dónde moras?» (Jn 1, 38)

La Economía de la salvación, que nos revela la Biblia y que se


cumple en nuestras celebraciones, está atravesada de principio a fin por
la búsqueda de una morada. La primera creación está ya bajo este signo.
La tierra es habitable, porque Dios la ha preparado como morada para el
hombre al que ama, pero se vuelve hostil en cuanto el miedo se instala en
el corazón del hombre. Y es en ella donde Dios busca al hombre: «¿Dónde
estás?» (Gn 3,.9). He aquí la primera fragilidad de esta morada: el
hombre hace de ella un escondrijo para su egoísmo, en

176
LITURGIA FONTAL

vez de abrirla al encuentro y a la acogida. Desde entonces, inhóspita


para el hombre que huye de su Dios, la tierra es prisionera de una
ambigüedad trágica: la fecundidad y la muerte, el jardín y el desierto, la
casa y el exilio. Se comprende, pues, la Promesa que mana del corazón
del Padre: será una tierra donde habitarán hijos que crean en su amor.
La ambigüedad deberá desaparecer, porque el hombre no puede habitar
la tierra de su Dios más que si su corazón es restaurado en la confianza.
«Vete a la tierra que yo te mostraré», pero con una condición: «Deja
tu país y la casa de tu padre» (Gn 12, 1). Cuando, después de siglos de
camino, de éxodos y de exilios, el Hijo mismo se hace hombre, él cumple
la promesa y la condición: sale del Padre y viene a este mundo, pero para
conducirnos y hacernos entrar en la casa del Padre (Jn 13, 1 ss; 14, 1).
Los dos primeros discípulos quizá presentían esto cuando a la pregunta
de Jesús, llamada velada pero repleta de esperanza, «¿Qué buscáis?»,
ellos responden: «Maestro, ¿dónde moras?» (Jn 1, 38). Desde que el Verbo
se hizo carne, «habita entre nosotros» (Jn 1, 14); desde que el corazón de
su Madre fue habitado totalmente por la fe, el Hijo fiel habita nuestra
tierra. Entonces, todo comienza a revivir. Esta tierra donde el hombre se
esconde, en el miedo y para la muerte, volverá a ser el espacio donde es
encontrado, en la confianza y para la
Vida.
Desde su concepción hasta su Ascensión, Jesús cumple este misterio
de la morada. Aquel que contiene el universo por su Palabra omnipotente
está contenido, niño, en el seno de su Madre. Aquel que formó a Adán de
la tierra es formado de la tierra virgen de María. «El Verbo creador del
mundo encuentra refugio en una gruta»1. La gruta, tipo de las primeras
viviendas humanas, fue pronto considerada por las Iglesias como símbolo
del lugar del

1 Konlakion de la vigilia de Navidad en la Liturgia bizantina.

177


LITURGIA FONTAL

nacimiento de Jesús. Pero allí donde el hombre se refugiaba de la


muerte, ahora encuentra al Autor de su vida. Esto es precisamente lo que
descubrirán las mujeres portadoras de aromas cuando Jesús sea puesto
en la última gruta del hombre: la tumba. «¿Por qué buscáis entre los
muertos al que está vivo?» (Le 24, 5). Ahora todo ha cambiado. Es un
estallido del espacio, como el del tiempo: no está ya cerrado en sí mismo,
está liberado de la muerte, es llenado por Aquel que contiene todo en su
mismo Cuerpo. Desde la tumba vacía a las puertas cerradas de la habita-
ción alta, es el mismo misterio del universo nuevo el que comienza a
manifestarse: el no-lugar de Cristo resucitado se convierte, por su
victoria sobre la muerte, en el espacio nuevo de nuestro universo. Desde
entonces, su Ascensión dilata el espacio de su Cuerpo incorruptible hasta
que El sea Todo en todos y la nueva creación sea consumada. «Mirad, yo
estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los tiempos»
(Mt 28, 20).

La Iglesia, Casa de Dios

La iglesia de piedra o de madera donde entramos para participar en


la Liturgia eterna es, ciertamente, un espacio de nuestro mundo, pero su
novedad consiste en ser un espacio que estalla por la Resurrección. No un
espacio platónicamente simbólico de un universo abstracto, sino un
espacio realmente habitado por un mundo liberado de la muerte. Es ahí
donde celebramos la Liturgia cumpliendo el Misterio del Cuerpo de
Cristo. Ahora bien, el lugar de la celebración es el lugar donde se cumple
la promesa de la Morada. En su materialidad sensible, es el lugar mismo
donde Cristo cumple su promesa y la espera de los hombres: la Casa del
Padre (Jn 14, 2) se nos abre en este espacio sacramental. El segundo
Concilio de Nicea nos dice a propósito del Icono de Cristo: «En el mismo
Cristo contemplamos, a un

178
LITURGIA FONTAL

tiempo, lo indecible y lo representado»2. Y ¿qué es la iglesia como espacio


sacramental, sino el Icono del Cuerpo total3 de Cristo?
Lo hemos vislumbrado ya al contemplar la Ascensión del Señor4
como celebración de la Liturgia eterna: rodeando la asamblea que celebra
aquí y ahora, todos los actores del Misterio están presentes. El espacio de
la iglesia es transfigurado; sus superficies, animadas por los iconos, se
abren más allá de sí mismas, hacia el espacio del Reino que viene; sus
piedras, donde se anuncian las maravillas del Misterio de Cristo, se
convierten en estas piedras vivas de la nueva Jerusalén. Precisamente
porque este espacio es sacramental, la iglesia manifiesta la Iglesia.
Pero, bajo pena de caer en un simbolismo subjetivo, está claro que
este espacio sacramental no puede ser captado más que en la visión de fe.
Ahora bien, esta visión está centrada no solo en Cristo resucitado, bajo el
signo del Pantocrator o de la Cruz vivificante, sino en el signo mismo de
su no-lugar para la muerte: su tumba. El altar es, en efecto, el punto de
convergencia de todas las líneas de este espacio. A partir de ahí, el
espacio de la iglesia es sacramental. El altar significa, en efecto, que el
Cuerpo de Cristo ya no está aquí o allá como un lugar mortal, sino que ha
resucitado y lo llena todo con su Presencia. Este no-lugar para la muerte
se convierte en el lugar donde se cumple el sacrificio pascual. Por esto, la
iglesia no es un lugar sagrado en el sentido de las casas de culto construi-
das por las religiones en busca de la divinidad. El espacio iconográfico de
nuestras iglesias es un espacio abierto al Señor que viene, un espacio en
espera y repleto, un espacio portador del mundo y atraído por el Reino, el
lugar de la Epíclesis del Espíritu Santo y de la transformación de toda
ofrenda en el Cuerpo de Cristo.

2 VI sesión (Mansi XIII 244 b).


3 San Agustín.
4 Cfr. el capítulo TV.

179
LITURGIA FONTAL

El espacio del Cuerpo de Cristo

Todo ser humano lleva en sí el sueño de una casa. Para nuestro Dios,
ya no es un sueño, sino una promesa y, en Jesús, la realidad. Cuando
construimos una iglesia, llevamos en nosotros este deseo de una casa
para él y para nosotros. Pero ¿pensamos suficientemente que se verifica
entonces para nosotros la profecía de Natán a David: «Es el Señor quien
te construirá una casa» (2 S 7)? Lo anunciaba también Jesús en su celo
por la casa de su Padre: «Destruid este templo y yo lo reconstruiré en tres
días» {Jn 2, 19). Este cambio total de gracia, este paso a una morada
donde todo estará vivo, es propiamente el estallar del espacio que se
realiza en la Resurrección de Jesús. También en esto se cumple la
promesa de la Morada.
En efecto, la casa ha sido sentida siempre por el hombre como la
prolongación de su cuerpo, como el segundo espacio de su persona
después del vestido. La casa humaniza el espacio, lo vuelve habitable, lo
personaliza hasta el punto de que la arquitectura de las primeras casas
seguía la del cuerpo humano. En Cristo, el Padre realiza esta maravilla
más allá de toda espera: somos nosotros quienes nos convertimos en su
morada tomando forma del Cuerpo de su Hijo. Esta configuración está
visiblemente significada en las iglesias cruciformes: cuando el pueblo de
Dios se reúne allí, toma la forma de Cristo crucificado vencedor de la
muerte; cuando el Río de Vida se derrama en la nueva Jerusalén, suscita
Arboles de Vida.
El espacio de una casa está a la espera de la presencia de sus
moradores y es signo de la cualidad de su presencia. El espacio
sacramental de una iglesia es portador de una espera totalmente nueva.
Más allá de la asamblea que celebra, está abierto a todos los que no están
allí y que ignoran aún que su verdadera morada es el Cuerpo de Cristo.
Signo del Padre que espera y del Espíritu que Dama, este espacio lo es
también de una Presencia que es

180
LITURGIA FONTAL

Don gratuito, participación, alegría, paz. De nuevo, el altar está en el


centro como lugar de la Copa de la salvación y de la acción de gracias,
mesa del banquete de la caridad divina. Por él, el espacio sacramental
está no solo centrado, sino en movimiento, y este movimiento es el de la
Comunión trinitaria donde el Cuerpo de Cristo se dilata en ofrenda y en
alabanza de Gloria. La búsqueda de la morada, que comenzó en el primer
paraíso, culmina aquí en el corazón de la Trinidad Santa: «Morad en mí,
como yo en vosotros... Morad en mi amor, como yo moro en el amor del
Padre» (Jn 15, 4.9.10).
Como todas las sinergias sacramentales, el espacio de nuestras
celebraciones está en condición escatológica: en él, el Reino viene ya, pero
nos es dado porque el Reino todavía no se ha consumado. «No tenemos en
la tierra morada permanente, sino que andamos en busca de la que
viene» (Hb 13, 14). El pueblo de Dios que se reúne en la iglesia hace
entonces una parada en su camino de éxodo; la superficie que ocupa es
aquella donde, como un peregrino, pone los pies, pero, en cuanto levanta
los ojos, contempla a su Señor que viene, a la Santa Madre de Dios y a la
multitud de los testigos que caminan con él. Los dos planos de las
visiones del Apocalipsis se reflejan así en el espacio sacramental de la
celebración litúrgica.
Finalmente, este espacio es sacramental porque es mediador. Signo
portador del universo nuevo que viene a nosotros y nos atrae, expresa
también nuestra respuesta, nuestra cooperación de fe a la energía del
Espíritu Santo. En toda casa humana, el espacio es mediador de presen-
cia; allí, cada uno puede ser él mismo, escuchar y hablar, ver a sus
allegados y ser reconocido por ellos. En la casa de Dios, es gracias a este
espacio totalmente nuevo como podemos, en comunión unos con otros, ser
nosotros mismos en la verdad del corazón, escuchar al Verbo salvador,
contemplarlo y ser acogidos por él. Este silencio donde somos metidos
forma parte del espacio sacramental de la

181
LITURGIA FONTAL

iglesia. Silencio del corazón, es nuestra respuesta a la Palabra que nos


transforma; silencio de los ojos, es nuestra ofrenda a la luz que nos
transfigura. Entonces, como el vidente de Patmos y en una fe cada vez
más purificada, podemos «volvernos para mirar a la voz que nos habla»
( A p 1, 12). Cristo resucitado, Verbo e Icono del Padre, se convertirá
cada vez más en nuestro universo nuevo. Podremos abandonar la iglesia
y su espacio sacramental, pero no abandonaremos al Cordero que es
nuestro templo en el Espíritu. Morando en El y El en nosotros, no cesare-
mos, sin duda, de celebrar su Liturgia; podremos, de hecho, comenzar a
vivirla.

182

III

LA LITURGIA VIVIDA

Si la Liturgia es el misterio del Río de Vida, que mana del Padre y


del Cordero, y si nos alcanza y arrastra cuando la celebramos, es
precisamente para que toda nuestra vida sea regada y fecundada por
ella. La Liturgia eterna, donde se consuma la Economía de nuestra salva-
ción, se cumple por medio de nosotros en las celebraciones sacramentales,
a fin de que se cumpla en nosotros, en las más pequeñas fibras de
nuestra persona y de nuestra comunidad humana. Para convencernos de
ello, es necesario ver en qué se distingue la Liturgia celebrada de la
Liturgia vivida. Pero tenemos que ver también por qué la Liturgia
cristiana anula la separación, que existía en la Antigua Alianza, entre
culto y vida moral. Esta toma de conciencia nos conducirá a la unidad
totalmente nueva, entre la celebración y la vida en la Liturgia fontal.

Liturgia celebrada y Liturgia vivida

Cuando celebramos la Liturgia, participamos, de modo intenso y


único, en la plenitud de nuestra vida, en su Señor adorable, en todos los
hombres reencontrados en la Comunión del Padre, en el mundo
reconciliado y en el tiempo liberado: vivimos en verdad, y lo que seremos
eternamente es ya manifestado y gustado en el Espíritu. Cada uno de
nosotros nunca es tan él mismo, nunca la Iglesia es tan ella misma, el
universo y la historia jamás han sido tan llevados en la esperanza de la
Gloria como cuando se celebra la Liturgia. Pero estos son momentos de
plenitud y de gracia. Permanece el tiempo, en su dura

184
JEAN CORBON

ción de gestación y de tensión. Es entonces cuando la Liturgia continúa,


bajo la otra cara del tiempo, en la tribulación y la angustia. Mientras el
velo de la muerte parece recubrir la lenta penetración de la Vida de
Cristo resucitado, nosotros entramos en la experiencia de la Liturgia
vivida. He aquí que nosotros nos encontramos en la espesura de los
últimos tiempos, allí donde todos los hombres y todo el hombre todavía
no han pasado a la Vida incorruptible.
Esta dialéctica del tiempo y de los momentos se vuelve a encontrar en
la cualidad del espacio donde se despliega la Liturgia. Sacramental en la
celebración, este espacio parece tan solo un simple ambiente en la vida
cotidiana. Los signos que manifiestan la novedad cristiana descubren
esta distinción. En las celebraciones, son de tal manera sencillos y
desnudos, que inmediatamente se vuelven transparentes a la fe,
mientras que, en la vida corriente, todo es circunstancia y reclama
continuamente ser discernido y transfigurado.
En los momentos de celebración, el don intenso del Espíritu Santo
nos hace vivir la Iglesia, la manifiesta, la hace crecer y la transforma en
el Cuerpo de Cristo. En el tiempo de la vida, este don de Comunión no es
menos intenso y fiel, pero cada uno se encuentra ligado por otros vínculos
en la comunidad humana. Entonces, el misterio de Comunión de Dios con
los hombres ha de ser probado con los hechos y por medio de nosotros:
habiendo llegado a ser Cuerpo de Cristo, ¿lo viviremos?
En la vida, las sinergias del Espíritu Santo y de la Iglesia parecen
ser, más bien, las del Paráclito y de cada cristiano, aunque, en el fondo,
son siempre las del Cuerpo de Cristo. En las celebraciones, estas
sinergias eran sacramentales, se desarrollaban pedagógicamente, como
una mistagogía en acción; en el resto de la existencia cristiana, son
imprevisibles y espontáneas, sin contorno preciso y fundidas la una en la
otra. Ya no se puede distinguir

185
LITURGIA FONTAL

netamente cuándo el Espíritu nos revela a Jesús, cuándo nos transforma


en él y cuándo nos pone en Comunión con él. Parecería incluso que de
estas tres sinergias, tan claras en la Eucaristía -la Liturgia de la
Palabra, la Anáfora y la Comunión-, la existencia cristiana retuviese, so-
bre todo, la tercera. De hecho, si la celebración es el momento de la
siembra, la vida es principalmente el tiempo de la fructificación.
Nuestras celebraciones terminan habitualmente con una bendición,
pero este final expresa, más bien, un envío, una misión: ahora vivamos y
comuniquemos a Aquel que hemos recibido. La celebración nos ha vuelto
a zambullir en el foco del Ágape divino: a partir de él, de ahora en
adelante, nosotros tenemos que ejercer nuestros múltiples dones y
carismas para el bien de todos. Si el Señor de Gloria nos ha
transfigurado, ahora hemos de irradiarlo en la kénosis. Conformados con
su Cuerpo crucificado, el vigor de su Espíritu debe manifestar en nuestra
carne mortal el poder de su Resurrección.

La Liturgia, más allá del culto y de la vida moral

Pero ¿por qué no es siempre así? ¿Por qué este hiato entre la
maravilla de nuestra celebración y la mediocridad de una vida tan poco
cristiana? Podemos siempre asombrarnos de ser pecadores, pero esta
miseria es, quizá, menos la causa que el efecto de la separación que
mantenemos entre la celebración y la vida. Deberíamos, más bien,
preguntarnos si no estamos todavía bajo el régimen de la Ley antigua, la
de la letra que justamente no puede dar la Vida (2 Co 3, 6).
El tiempo de las promesas es amplio, pero es el tiempo de la
preevangelización. Cuando el Espíritu Santo prefigura a Cristo en los
acontecimientos salvíficos, tiene, sobre todo, el objetivo de preparar los
corazones para acogerlo. La pedagogía del Espíritu es existencial. Ante

186
LITURGIA FONTAL

las acciones de Dios, él llama al hombre a abrir su corazón y tomar


postura. En la Antigua Alianza, esta pedagogía se desarrollaba a dos
niveles, distintos y separados: el culto y la vida moral.
En primer lugar, el culto. Frente al acontecimiento donde Dios habla,
el culto enseña al hombre a escuchar y a recordar. Los gestos salvíficos
del Dios vivo fundan esta memoria del corazón y a ellos se refieren las
acciones rituales. El culto adquiere valor de testimonio, de memorial
incluso. El corazón que recuerda se convierte entonces en un corazón que
adora y que da gracias: «¡porque es eterno su Amor!».
Pero este testimonio debe ser guardado y pasar a la vida moral. Los
acontecimientos salvíficos, fundadores de la memoria del corazón y del
memorial cultual, son también guías para la acción. Todo el
Deuteronomio es esta llamada al corazón para que guarde la Palabra y la
ponga en práctica. A la fidelidad del Dios salvador debe responder la
fidelidad del creyente. Es por este camino como se han realizado las
promesas en la Alianza.
Sin embargo, el tiempo de las promesas es solo preli-túrgico. Los
acontecimientos salvíficos, como los de este mundo, suceden una vez, y
luego pertenecen al pasado. Es cierto que el corazón que guarda la
Palabra los recuerda en las acciones rituales, pero permanecen como
acontecimientos pasados. El corazón fiel que observa la Ley también se
acuerda de ellos, pero se refiere a ellos como a un modelo heterónomo. Es
muy importante ser conscientes de este doble hiato de muerte que hiere
todavía la religión de la Antigua Alianza: su culto no contiene en sí
mismo los acontecimientos salvíficos, solo los recuerda; su moral intenta
conformarse con ellos, pero no procede de ellos como de una fuente
actual.
Las primeras alianzas conocen un culto -sacrificial y sinagogal- pero
ignoran la Liturgia. Su culto expresa una respuesta religiosa del hombre.
De ahí el peso de los ele

187
LITURGIA FONTAL

mentos culturales en los sacrificios del Templo; de ahí también las


repeticiones cíclicas del culto. El autor de la carta a los Hebreos insiste
en estos síntomas de muerte que hacen al Templo, al sacerdocio y a los
sacrificios leví-ticos irremediablemente impotentes para dar la Vida.
Cierto, la Ley mosaica es pedagógica al desarrollar, por una parte, los
ritos cultuales y, por otra, la religión del corazón, y al exigir cada vez más
su conformidad recíproca. Pero se está todavía bajo el régimen
precristiano de la actitud moral en relación con su expresión cultual.
Aquí el significado, allí el significante. Moralismo y ritualismo van a la
par y en exterioridad. El hombre no está integrado. El encuentro en
profundidad del Don y de la Acogida está aún por llegar.
De Moisés a Jesús, la dicotomía entre la acción ritual del culto y la
fidelidad moral a la Ley era inevitable. Solo cuando «la Gracia y la
Verdad» (Jn 1,17) son dadas por el Hijo único, esta exterioridad queda
abolida. Ya no hay para nosotros funciones rituales junto a un culto
interior, sino una unidad totalmente nueva (Jr 31, 31-34). El cristiano ya
no está dividido entre dos ocupaciones relativas a su Dios, ora acciones
sagradas ora acciones profanas, aun cuando unas y otras reclamen estar
inspiradas en el mismo amor. «Todo eso no era más que sombra de las
realidades venideras, pero la Realidad es el Cuerpo de Cristo» (Col 2, 17).
La Nueva Alianza nos introduce más allá de la separación entre culto y
vida moral. Este más allá es la Liturgia «en Espíritu y en Verdad» (Jn 4,
24).

El único Misterio de la Liturgia

Celebrada en ciertos momentos, pero para ser vivida de continuo, la


Liturgia es el único Misterio de Cristo que da la Vida a los hombres.
Cuando se celebra, la Liturgia no nos ofrece un modelo que la vida
debería luego imitar; recaeríamos entonces en la exterioridad que separa
el ri

188
LITURGIA FONTAL

tual sagrado de la conducta moral. El mismo Cristo que celebramos es el


que vivimos; aquí y allá es siempre su Misterio. Lo mismo que sus
sacramentos son sus misterios, así también su Vida en nosotros o es
mística o no es. Su Espíritu Santo es la misma Fuente de la que bebemos
en la celebración sacramental y que mana en nuestros corazones para la
Vida eterna. Pero sin celebración no hay vida posible; si no somos
invadidos por el Río de Vida, ¿cómo podremos dar los frutos del Espíritu?
El gran don del Señor resucitado es nuestra Fuente y nuestra Vida.
La continuidad profunda de su Energía se manifiesta desde nuestro
Bautismo y nuestra Crismación; injertados en Cristo y penetrados por el
sello personal de su Espíritu, podemos celebrar y vivir todo el Misterio de
Vida que el Padre nos entrega en abundancia. Cuando somos
reconciliados por el don renovado del Espíritu, remisión personal de
nuestro pecado, podemos cumplir la Comunión eucarística y derramarla
a continuación en la comunidad de los hombres. La Epíclesis del Cuerpo
de Cristo, de la cual los ministros ordenados son los servidores, es
comunicada entonces a todos los miembros según el carisma de su
sacerdocio real. La Epíclesis en la vida de los cristianos y sobre el mundo,
esta es la fuente constante de la Liturgia vivida; entonces, el Espíritu,
que es nuestra Vida, nos hace también actuar (Ga 5, 35).
De este modo, la Liturgia eterna penetra nuestro mundo, por la
kénosis de los miembros sufrientes de Cristo, como levadura de
inmortalidad que hace subir los últimos tiempos hacia su Consumación.
La Gloria de Cristo en Ascensión no atraviesa nuestro tiempo inter-
mitentemente, sino que lo penetra sin cesar con su poder de
transfiguración. Así es como la maravilla que hemos celebrado se
convierte en Vida para todos los hombres. Si la celebración nos enseña a
vivir este Misterio, nuestra vida se enraiza y alcanza su plenitud en la
celebración. Cuando venga por fin el Reino, la celebración del Misterio

189
LITURGIA FONTAL

y su vida coincidirán para siempre. Entonces, vivir el Misterio será


celebrarlo, ya que también desde ahora celebrarlo significa entrar en «el
Día de luz, largo, eterno» de la Vida.

190

Capítulo XV LA ORACIÓN, LITURGIA DEL CORAZÓN

El lugar del corazón

La efusión del misterio de la Liturgia en la vida comienza en la


oración. El punto donde el Río de Vida se convierte en Fuente en la
existencia del hombre es su corazón. Es a partir de la oración del corazón
como la Liturgia se hace vida. Aquí está el umbral personal que hay que
cruzar y donde todo se decide, pero he aquí también la primera llamada a
la que nos resulta duro responder. Si eludimos responder, nuestras
celebraciones se volverán a convertir en ritos y la Liturgia permanecerá
extraña a nuestra vida. Pero, si nos determinamos a orar, humildemente
y abiertos al Espíritu Santo, entonces todo nuestro ser descenderá al
corazón y quedará recogido en su Fuente. Para nosotros,
existencialmente, todo el movimiento de la Liturgia, vivida y celebrada,
parte de aquí.
Se ora como se vive y se vive como se ama; todo depende del lugar en
que estemos habitualmente anclados y en torno al cual todo adquiere su
sentido: el yo biológico o el yo social, el cerebral o el ideal, el superego o el
sueño... En todas estas moradas periféricas, el hombre está de visita, no
está en su morada, no se ha encontrado todavía. Solo en el corazón somos
nosotros mismos y solo ahí es donde llegamos a serlo. El corazón es el
lugar del encuentro auténtico consigo mismo, con los demás, pero,

191
JEAN CORBON

sobre todo, con el Dios vivo. No de modo estático, como un vacío a llenar -
esta es la ilusión de otras moradas-, sino vitalmente, como el reclamo de
una presencia y como una respuesta creadora. El corazón es el lugar de la
decisión, el momento personal del sí o del no. Es nuestra persona en su
punto de origen, en su misterio irreductible, en su libertad inviolable. No
podemos objetivarlo porque, en el momento mismo en que lo escrutamos,
es ya él quien elige; él está antes y, en la conciencia que tenemos de él, es
inaprensible. El es hacia otra presencia y se consume en la muerte
mientras se sacie de objetos. En el fondo, es el hombre, Imagen de la
Comunión trinitaria, y en busca de la Semejanza, es decir, de esta
Comunión divina. Solo esta Presencia puede ser la vida del hombre, ya
que es la única que colma el corazón ahondando su deseo, que no lo
engaña saciándolo, sino que lo dilata atrayéndolo.
«¿Dónde moras?» {Jn 1, 38). El Señor no puede ser hallado más que
allí donde el hombre consiente en ser encontrado. Cuando nos decidimos
a cruzar el umbral de nuestro corazón, en él descubrimos el lugar donde
mana la Fuente: «¡En verdad, Él Está en este lugar y yo no lo sabía!» (Gn
28, 16). Presencia con presencia, esta hospitalidad misteriosa es la
aurora de la oración después de nuestras largas noches de evasión o de
somnolencia. Porque es el corazón el que ora, no nuestras estructuras, ni
siquiera psicológicas, ni nuestros determinismos ni nuestros con-
dicionamientos; todo esto, sin duda, forma parte de nuestro espacio, pero
cambiar nuestros escenarios no sustituirá nunca la novedad del
encuentro, este acontece solo cuando el corazón se vuelve hacia Aquel que
Es... y es entonces cuando Él viene.

Entrar en el Nombre del Santo Señor Jesús

El movimiento de la oración es el movimiento mismo de la Liturgia


vivido pobre pero profundamente en el co

192
JEAN CORBON

razón. No se puede definir la oración cristiana, porque no se puede


definir el Misterio de Cristo que ella acoge y aspira. Su impulso se sitúa
entre dos no-saber: antes que el Espíritu Santo nos tome, «nosotros no
sabemos cómo orar» (Rm 8, 26); pero después que nos haya hecho entrar
en la oración de Jesús, nosotros no sabremos que oramos: simplemente
oraremos. Mientras la celebración de la Liturgia puede ser descrita en
razón de sus signos sacramentales, la Liturgia del corazón es tan
indescriptible como el Misterio que ella vive. Aquí, los signos se desva-
necen; permanece solo la raíz que los sostenía -la fe-, en la esperanza que
ellos prometían -el amor-. El Misterio, «envuelto en silencio durante
siglos eternos», se dilata así siempre en el corazón que cree y espera: en
él se convierte en «amor silencioso»1.
El Espíritu Santo es el pedagogo de nuestra oración como es el
mistagogo de nuestras celebraciones. Es indispensable empezar por él y
con él; si no, nos perdemos en paraliturgias estériles, fuera del corazón.
También aquí todo comienza con la Liturgia de la Palabra, no la de
nuestra palabrería, sino la del Verbo hecho carne nuestra. El comienzo
de las celebraciones sacramentales expresa este Advenimiento de la
Palabra del Padre en nuestra humanidad: el Evangelio, es decir, Cristo,
entra en la comunidad que le celebra. En la Liturgia del corazón, el Espí-
ritu Santo intenta continuamente, «de principio en principio», hacer
entrar a Cristo resucitado en el corazón que despierta a la oración. Su
Energía tan simple nos enseña a hablar, imprimiendo en nuestro
«corazón de carne» la única Palabra en que todo está expresado: JESÚS.
En verdad, no es solo Él quien viene a nosotros, sino, sobre todo, somos
nosotros quienes entramos en Él.
La oración a Jesús es nuestra verdadera entrada en la liturgia del
corazón, porque, invocando a «Jesús», «bajo


San Juan de la Cruz.

193
JEAN CORBON

la acción del Espíritu Santo» (1 Co 12, 3), entramos en el misterio de su


santo Nombre. ¿Acaso no es así como él mismo nos enseña a entrar en
oración: «¡Santificado sea tu Nombre!»? El único Nombre divino que de
verdad pueden pronunciar nuestros labios y nuestros corazones es el de
Jesús. Todos los demás, incluso el de «Padre», son analogías y símbolos,
que siempre hay que purificar. Solo el de Jesús es verdadero, en
plenitud, y es el que confiere su significado a todos los demás, sobre todo,
al de Padre. Cuando invocamos a «Jesús», nuestros corazones se abren al
único Nombre que no es una palabra separada de la persona que expresa,
sino que contiene la Presencia que reclama. Es el único que no es poseído
al ser pronunciado, porque abre el corazón atrayéndolo hacia El.
Invocar el Nombre de Jesús no es un método opcional, como las
técnicas de oración en todas las religiones, ni una variedad ritual, como
en las diversas liturgias de las Iglesias, sino que es el movimiento
primero del Espíritu en el corazón de la Esposa: toda su misión se cumple
en Jesús, y, si entramos en el Nombre del Señor, estamos en el único
camino que conduce al Padre. Entrar en el Nombre del Santo Señor
Jesús es mucho más que el estremecimiento de Moisés al quitarse las
sandalias y acercarse a la Zarza ardiente: es ser sumergido en su
Misterio, vivir en cada respiración nuestro Bautismo en Él, ofrecerle
todos los recovecos de nuestra humanidad que él asume y ser invadidos
de su divinidad que Él nos entrega. Cuando el corazón invoca a «Jesús»,
el Verbo cumple en él su encarnación y lo deifica, porque Jesús es el Hijo
amado que se hace hombre para que el hombre se haga hijo de Dios. En
Él, todo es dado por el Padre y lodo es ofrecido por el hombre. Porque
Aquel en quien entramos, en el silencio amante del corazón, es Jesús
resucitado, Icono del Dios invisible, que nos une entonces a su Cuerpo de
Gloria. Nuestra oración está centrada en su Humanidad adorable. Es por
su Carne glorificada como se sumerge en el

194
JEAN CORBON

seno del Padre. No puede ser más que Jesús, el Verbo encarnado; si no,
es palabra vacía y recae en la muerte.

El altar del corazón

El Nombre de Jesús es el espacio nuevo de la Liturgia de la oración.


En la celebración de la Liturgia hemos visto la importancia del altar
como centro del espacio sacramental y de su movimiento. Pasa lo mismo
con el corazón en el espacio de la oración: está en el centro y de él parte
todo el movimiento del Misterio. La oración cristiana no se debe buscar
en el vacío mental2, ya que su espacio misterioso es Cristo resucitado.
Entonces, toda la ascesis que acompaña a la oración está centrada. No
consiste en hacer desaparecer las personas y las cosas, sino en purificar
la relación del corazón con todo lo que existe, a fin de que el corazón esté
allí donde está su tesoro: su Señor. La cuestión determinante de la
oración no es su espacio, local o mental, sino la Presencia que lo habita.
Ahora bien, esta presencia está en el corazón como sobre el altar, allí
donde el Espíritu Santo deposita y graba el Evangelio eterno: Jesús.
Es, en efecto, en el altar del corazón donde se celebra esta liturgia de
fe pura. Aquí está la tumba hacia donde nos impulsa nuestro recuerdo
nostálgico del Señor y donde el Espíritu nos revela que Él ha resucitado.
Aquí está la tumba donde la oración deposita el Cuerpo siempre sufriente
de Cristo, en la certeza de que el Autor de la Vida lo resucitará. Aquí está
la tumba donde el Viviente desciende a nuestros infiernos para sacarnos
de nuestra muerte. Porque las noches de nuestras oraciones son ver-
daderamente el descenso de la Luz a las profundidades de


2 Son conocidas las enérgicas advertencias de santa Teresa de Jesús a este

propósito. La tradición espiritual de las Iglesias, de Oriente y de Occidente, es ajena


a las técnicas que buscan el vacío mental. Una terapia, del tipo que sea, no es
todavía un camino de oración.

195
JEAN CORBON

nuestras tinieblas. Sepultados de una vez para siempre con Cristo, no


cesamos en la oración del corazón de vivir este enterramiento del que
surgimos cada vez más uno con Él y vivos para el Padre.
Durante el Sábado Santo, el Cuerpo del Hijo de Dios reposaba en la
tierra; ya había vencido a la muerte, pero todavía no se había
manifestado como Resucitado. Lo mismo la oración del corazón.
Escondida en el silencio de los últimos tiempos, destruye la muerte en
sus profundidades, aunque todavía no estalla en la alabanza de la Gloria.
Configurada así con su Señor, el alma que ora se convierte en esa «alma
eclesial» de la que habla Orígenes. Como las portadoras de aromas,
aprende del Espíritu la creatividad de la ternura divina. La más bella
diaconía de la Iglesia en favor del mundo es ir a la tumba y permanecer
en el altar del corazón, no ya para embalsamar el Cuerpo de Jesús, sino
para curar a los muertos que pueblan la tierra, ofreciéndoles desde ahora
la esperanza y la prenda de la Resurrección. El «amor silencioso» de la
oración a Jesús se dilata entonces en su espacio verdadero: dar la Vida a
los miembros heridos por la muerte, ser en su Cuerpo el lugar desde
donde se derrama el amor. Cuando oramos así en el Espíritu, el Nombre
de Jesús «se expande» (Ct 1, 3) por su Cuerpo crucificado. Somos entonces
la Iglesia en su misterio más escondido y, sin embargo, más vivificante:
estamos en el corazón de la kénosis del Espíritu y de la Esposa.

La Epíclesis del corazón

En las celebraciones sacramentales, la sinergia decisiva del Espíritu


y de la Iglesia se vive en el momento de la Epíclesis. Momento de la
máxima densidad del silencio de la Iglesia y de la fuerza del Espíritu, la
Epíclesis es oración pura y poder soberano: a la ofrenda de fe, la más po-
bre, responde el Don virginal del Espíritu Santo, y así es

196
JEAN CORBON

como todo resucita en el Cuerpo de Cristo. La liturgia del corazón


actualiza continuamente en la vida esta maravilla de Dios realizada en la
celebración. En ella es donde primero y más intensamente se vive el
sacerdocio real de los bautizados. El Sello del don del Espíritu Santo,
recibido de una vez para siempre en la Crismación, hace entonces de
nosotros los sacerdotes de la Nueva Alianza. En el altar de nuestro
corazón podemos ofrecer todo -y si ofrecemos poco es porque aún somos
hombres y mujeres «de poca fe»-, pero el Espíritu no transformará más
que lo que nosotros le ofrezcamos. Tal es la misteriosa sinergia de la
oración: ¡cuanto más entregada está nuestra voluntad a la del Padre, más
hace el Padre nuestra voluntad! Tal es la oración de los santos, porque,
desde que asumió nuestra voluntad humana, tal es la oración del Santo
Señor Jesús. Es en la epíclesis del corazón donde se decide toda la
santidad cristiana en su fuente: la ofrenda pobre, confiada y decidida del
pecador, que renuncia a la propia voluntad poniéndola entre las manos
del Padre, atrae el Don sobreabundante del Amor que se derrama en el
corazón. Y, cuanto más limpio está el corazón de todo apego, tanto más es
colmado por el Espíritu; cuanto más humilde y confiado es el silencio,
tanto más lo dilata el Nombre de Jesús con su presencia.
Es esta Santidad la que tememos cuando nuestro hombre viejo
rehuye la oración. Abandonando el altar del corazón, pretendemos
compensar nuestro sacerdocio real trabajando sobre las estructuras de
este mundo, ¡como si unas estructuras pudieran hacer venir el Reino!
Esta tentación fundamental nos revela de nuevo el misterio de la oración:
lo que tememos, en efecto, es afrontar en ella la muerte cara a cara. El
drama de la muerte, lo hemos visto, está en el fondo del misterio de la
Epíclesis. Ahora bien, cuando el corazón se decide a orar, entra en la
kénosis del Espíritu y de la Esposa, participa en la Epíclesis de la Iglesia
y se coloca en primera línea del combate, del

197
JEAN CORBON

gran combate pascual. Orar es un combate donde el Espíritu nos


fortalece al combatir: nos despoja de nuestras armas irrisorias, como al
pequeño David, para revestirnos de la armadura del Hijo de David, las
armas de la Cruz. En la oración, no se trata ya de la celebración festiva
de la Eucaristía; todos los signos han desaparecido, y es en lo más
profundo de la noche donde el amor silencioso sale vencedor de la muerte.
No solo de la muerte de aquel que ora, sino, ya que participa del
momento decisivo de la Epíclesis, de la de todos los que yacen en las
tinieblas del pecado. Tal es la oración de los santos que permite al mundo
sobrevivir en la esperanza. Así es como el Señor viene por la paciencia de
sus santos.

El altar de la Comunión

Si el corazón persevera, cueste lo que cueste, en la invocación de su


Señor Jesús, conocerá el bautismo de lágrimas, que lo purifica de su
pecado; conocerá entonces el bautismo de fuego, el del Amor donde el
Espíritu lo sumerge en la Epíclesis de la fe. El Espíritu Santo habrá de
tal manera fundido la voluntad rebelde en la del Padre, que la oración a
Jesús se habrá convertido en la oración de Jesús mismo. Ahora bien, esta
oración incesante de Jesús no es otra cosa que la Liturgia eterna,
celebrada por él de ahora en adelante ante el Rostro del Padre. El mismo
Espíritu que nos enseñaba a respirar el Nombre de Jesús puede
entonces, en la oración misma de Jesús, abrirnos a la adoración
admirada: «¡Abbá, Padre!». Cuando la Liturgia fontal mana en el corazón,
alcanza su plenitud en la «adoración en Espíritu y en Verdad» (Jn 4, 14 y
24). Y la Epíclesis del corazón se dilata en epíclesis sobre el mundo, que
no es otra cosa sino participar en el gran «trabajo» (Jn 5, 17) de Cristo en
su Ascensión: derramar el Espíritu Santo en el corazón de los hombres
para atraerlos a él.

198
JEAN CORBON

El corazón que ora encuentra, en efecto, en el acontecimiento


continuo de la Ascensión, su espacio verdadero. Pero, si somos leales con
nosotros mismos, sabemos perfectamente que el espacio consciente de
nuestro corazón no lo hallamos así. Pero, si nos detenemos ahí, esto
quiere decir que aún no hemos comprendido la maravilla de la
Humanidad de Jesús que, justamente, está tejida de la nuestra y de la de
todos los hombres. Cuando nuestro horizonte interior, inseparable, por
otra parte, de los demás, está en la tristeza, ¿por qué desconocer este
vínculo de carne mortal que nos une a tantos otros seres humanos sin
esperanza y sin amor? Esta fibra de nuestra humanidad ya no es
nuestra, sino de Aquel que la asume, el que ha muerto y resucitado por
nosotros. Y esto vale para las más pequeñas nubes y para las maravillas
de luz que constituyen nuestro mundo. En la liturgia del corazón, el
espacio de la oración no estará ya nunca cerrado, replegado sobre sí, sino
abierto, desplegado, en comunión con una multitud, arrastrado al espacio
sin horizonte del Señor de nuestras vidas.
Sí, porque el altar del corazón es, finalmente, la mesa de la Cena,
donde la Comunión de la Trinidad Santa se nos da continuamente en el
Cuerpo de Cristo, pero a fin de que nosotros la compartamos. Lugar del
encuentro del hambre de los hombres y del deseo de Dios, el corazón que
ora participa en la espera de los pobres y en la sobreabundancia de los
dones del Padre. Es la mesa del banquete del Ágape, no tanto por el
carácter festivo de la cena eucarística cuanto por la dolorosa esperanza
de quienes todavía no participan en él. A nadie se le deja fuera, gracias a
la oración de los santos. Porque lo que celebra la oración, en la fe pura y
en el amor silencioso, es la profundidad escondida de la Comunión
eucarística: ella sumerge en la espesura de los últimos tiempos para
llamar al banquete de la Sabiduría a los hombres insensatos que se
alejan de él.

199
JEAN CORBON

Aquí está el verdadero ayuno de aquel que consiente en perseverar


en la oración: sentarse a la mesa de los pecadores hambrientos. La
oración desposa entonces el deseo del Hijo amado que ha venido a
compartir la cena pascual donde Él se ofrece a sí mismo. Pero ¿quién
podrá jamás cantar la alegría del Espíritu Santo, el gran Hallel de este
banquete misterioso? Porque, cuanto más consiente un corazón en orar
así, tanto más el Espíritu Santo se une a él en la kénosis de amor. La
liturgia de la oración tanto más es fuente de vida para una multitud
cuanto más entregado está el corazón al Espíritu en la paz, esta paz que
es el poder de la Resurrección en lo más profundo de la muerte. El
corazón que ora así será cada vez más arrastrado por su Señor en su
Ascensión vivificante; pero ¿podrá ir tan lejos, puesto que, habiendo
llegado a los confines de la muerte, el Espíritu lo llevó «hasta el extremo
del amor» {Jn 13, 1)?

200

Capítulo XVI LA DEIFICACIÓN DEL HOMBRE

Si por la oración consentimos en ser invadidos por el Río de Vida,


todo nuestro ser será transformado por entero, nos convertiremos en
árboles de Vida y podremos dar cada vez más el fruto del Espíritu: amar
con el Amor mismo que es nuestro Dios. Tenemos que insistir sin cesar
en este consentimiento radical, en esta determinación del corazón en que
nuestra voluntad se entrega in-condicionalmente a la Energía del
Espíritu Santo; de no ser así, caeremos en la ilusión del saber o del
discurso sobre Dios y permaneceremos en la exterioridad, en la fractura,
en la muerte. Pero esta ofrenda de nuestro corazón pecador, siendo
constantemente renovada, no ha de llevarnos a imaginar la Nueva
Alianza con Jesús como un simple encuentro personal. La Comunión en
que el Espíritu nos introduce no se limita a un cara a cara entre la
Persona de Cristo y la nuestra ni a una conformidad exterior de nuestra
voluntad con la suya. La Liturgia vivida comienza, ciertamente, con esta
unión moral, pero va mucho más lejos. El Espíritu Santo es la Unción y
trata de transformarnos en Cristo según lo que somos integralmente:
cuerpo, alma, espíritu, corazón, carne, en relación a los otros y al mundo.
Para que el amor llegue a ser nuestra vida, no basta con que nos alcance
en nuestro origen personal, debe impregnar toda nuestra naturaleza.

201
JEAN CORBON

Este poder transformante del Río de Vida que penetra a todo el


hombre, persona y naturaleza, la tradición indivisa de las Iglesias lo
llama con una palabra maravillosa que resume el misterio de la liturgia
vivida: la deificación, la theosis. Por medio del Bautismo y del Sello del
don del Espíritu Santo, hemos sido hechos «partícipes de la naturaleza
divina» (2 P 1, 4). En la liturgia del corazón mana la fuente de esta
deificación: el Espíritu Santo y nuestra persona confluyen en un solo
origen. Pero ¿cómo esta sinergia misteriosa irriga toda nuestra
naturaleza, desde sus más pequeños recovecos a sus conductas más
manifiestas? Es todo el drama de la deificación, en que se cumple para
cada cristiano el misterio de la liturgia vivida3.

El Misterio de Jesús

Entrar en el Nombre del Santo Señor Jesús no es solamente


contemplarlo de cuando en cuando o hacer nuestras de manera
intermitente su pasión por el Padre y su compasión por los hombres, sino
es también participar asiduamente y cada vez más en su Humanidad, en
la cual él ha asumido la nuestra. «Revestirse de Cristo» ha sido el
acontecimiento de nuestro Bautismo, a fin de que se convierta en el
acontecimiento que teje toda nuestra vida. El Hijo amado nos ha unido a
él en su Cuerpo, y cuanto más conforma nuestra humanidad con la suya,
tanto más nos hace compartir su divinidad. La Humanidad de Jesús es
nueva porque es santa. Desde su condición mortal, ella participaba en las
Energías divinas del Verbo, sin ninguna confusión, pero en una sinergia
insondable donde cooperaban su voluntad y sus conductas humanas.
Jesús no es un hombre divinizado: es el Verbo de Dios realmente en-
carnado.


3 Cfr. la nota 1 del capítulo VIII [N.d.T.].

202
JEAN CORBON

Esto quiere decir que no tenemos que copiar, de lejos y desde el


exterior, los comportamientos de Jesús referidos en el Evangelio, a fin de
divinizarnos y llegar a ser «como Dios»; esta es la tentación original
siempre presente. Por el contrario, es Jesús quien viene a deificar esta
naturaleza humana que él ha unido a sí de una vez para siempre. Sus
Energías, divino-humanas, son desde su Resurrección las de su Espíritu
Santo, que suscita y reclama nuestra respuesta; nuestra humanidad
participa en la vida de la santa Humanidad de Cristo en la medida de la
sinergia del Espíritu y de nuestro corazón. Entrar en el Nombre de Jesús,
Hijo de Dios, Señor, es así ser atraído hacia Él, desde las profundidades
de nuestro ser, con la misma atracción con que él ha asumido su
Humanidad encarnándose y viviendo nuestra condición humana hasta la
muerte. No hay en esto ninguna pseudomística pancrística, ya que la
persona humana sigue siendo ella misma, criatura y libre, frente a su
Señor y Dios; y no hay tampoco moralismo alguno, otro error que
también nos acecha, puesto que la naturaleza humana participa real-
mente en la divinidad de su Salvador.
«El hombre se hace Dios en tanto en cuanto Dios se hace hombre»,
nos dice san Máximo el Confesor4. La santidad cristiana es deificación
porque participamos, en nuestra humanidad concreta, de la divinidad del
Verbo que ha desposado nuestra carne. La «naturaleza divina» de que
nos habla san Pedro (2 P 1, 4) no es una abstracción ni un modelo, es la
vida misma del Padre comunicada eternamente a su Hijo y a su Espíritu
Santo. El Padre es su fuente, y es el Hijo quien la derrama en nosotros al
hacerse hombre. Nosotros nos hacemos Dios estando cada vez más unidos
a la Humanidad de Jesús. Por eso, la única cuestión para nosotros es
esta: ¿cómo el Hijo de Dios ha vivido como hombre en nuestra condición
mor


4 P G 9 l , 101c.

203
JEAN CORBON

tal, dado que, por el camino de su Humanidad, la nuestra se revestirá de


su Divinidad? El Evangelio ha sido escrito precisamente para revelarnos
«los sentimientos que están en Cristo Jesús» (Flp 2, 5)5, y el Espíritu
Santo trata de derramarlos en nuestros corazones.
Según la espiritualidad de su Iglesia y los dones particulares del
Espíritu Santo, cada bautizado vive más intensamente tal o cual de los
«sentimientos de Cristo Jesús», pero, en todos los cristianos, el misterio
de la deificación es fundamentalmente idéntico. Su humanidad ya no les
pertenece, en el sentido posesivo y mortal del término; pertenece a Aquel
que ha muerto y resucitado por ellos. Con toda verdad, todo lo que hace
mi naturaleza, sus poderes de vida y de muerte, sus dones y sus
adquisiciones, sus límites y su pecado, todo eso no es ya «mío», sino «de
Aquel que me amó y se entregó por mí». Este traspaso de pertenencia no
es ni ideal ni moral, es realista y místico. Esta identificación de Jesús con
la humanidad de cada persona humana va muy lejos en la relación nueva
que él instaura con el otro, como veremos más adelante; pero cuando es
acogida y consentida, cuando nuestra voluntad rebelde se entrega al
Espíritu, es entonces cuando la deificación actúa. Estaba herido por el
pecado y era radicalmente incapaz de amar, pero he aquí que el Amor ha
sido introducido de nuevo en mi naturaleza: «Ya no soy yo quien vive,
sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2 , 20).

El realismo de la Liturgia del corazón

El realismo místico de nuestra deificación es el fruto del realismo


sacramental de la Liturgia. A la inversa, el moralismo evangélico, con el
que tan frecuentemente confundimos la vida según el Espíritu, es el
resultado ine


5 Sentimientos, no en el sentido emotivo, sino las actitudes del corazón que

inspiran los comportamientos: las costumbres divinas vividas humanamente.

204
JEAN CORBON

vitable de la degradación de la Liturgia en rutinas sagradas. Pero si la


Liturgia fontal, que es el realismo del Misterio de Cristo, vivifica
nuestras celebraciones sacramentales, en la misma medida, el Espíritu
Santo nos transfigura en Cristo.
«El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para que el hombre se haga
hijo de Dios», nos dicen los Padres de los primeros siglos. Las etapas por
las que el Hijo amado ha venido a nosotros y se ha unido a nosotros hasta
morir de nuestra muerte son las mismas etapas por las que nos une a él y
nos conduce al Padre, hasta hacernos vivir de su Vida. Estas etapas del
único Camino que es Cristo, el Antiguo Testamento nos las revela en
figura y Jesús las cumple. Son la creación y la promesa, la Pascua y el
éxodo, la alianza y el reino, el exilio y el retorno, la restauración y la
espera de la consumación. Los dos Testamentos han grabado en letra la
historia de esta gran Pascua de la Encarnación deificante. Pero, en los
últimos tiempos, la Biblia se hace Vida, ella está en condición litúrgica y
la gesta de Dios es grabada en nuestros corazones. El conocimiento del
Misterio ya no es un saber sino un Acontecimiento que el Espíritu Santo
realiza en la Liturgia celebrada y cumple al deificarnos.
Pero no se trata solo de comprender por qué caminos Cristo nos
deifica, sino se trata, sobre todo, de poder vivirle. Pues bien, la Liturgia
celebrada nos hace vivir intensamente, en ciertos momentos, la Economía
de la salvación que es deificación, a fin de que la vivamos todo el tiempo,
este tiempo nuevo donde ella nos ha hecho entrar. O se ora siempre o no
se ora nunca, nos dicen los Padres del desierto. Ahora bien, para orar
siempre es necesario orar frecuentemente y, a veces, largamente. Del
mismo modo, puesto que se trata del mismo misterio, para deificarnos
siempre, el Espíritu Santo debe deificarnos frecuentemente y, a veces,
muy intensamente. La Economía de la salvación que mana del Padre por
su Cristo en el Es

205
JEAN CORBON

píritu Santo se derrama en la vida deificada del cristiano en el Espíritu


Santo por el Nombre de Jesús, Cristo y Señor, hacia el Padre. Pero el
lugar y el momento donde el Río de Vida, escondido en la Economía,
invade la vida del bautizado para deificarla es la celebración de la
Liturgia. En ella, todo lo que el Verbo vive por el hombre se convierte en
Espíritu y Vida.

El Espíritu Santo, Iconógrafo de la deificación

Si en la Economía de la salvación todo culmina en Jesús con la


efusión del Espíritu, en la Liturgia celebrada y vivida todo comienza por
el Espíritu Santo. Por eso, existencialmente, en la fuente de nuestra
deificación está la Liturgia del corazón, esta sinergia en que el Espíritu
se une a nuestro espíritu (cfr. Rm 8, 16) para manifestar y realizar que
somos hijos del Padre. El mismo Espíritu, que ha ungido al Verbo con
nuestra humanidad e impreso en Él nuestra naturaleza, está grabado en
nuestros corazones como Sello vivo de la promesa, a fin de ungirnos con
la naturaleza divina: nos hace cristos en Cristo. Nuestra deificación no es
pasiva, sino vital, procedente inseparablemente de Él y de nosotros.
Cuando el Espíritu comienza su trabajo en nosotros y con nosotros,
no encuentra la tierra primera y pasiva de la que formó al primer Adán,
ni, sobre todo, la tierra virgen y amasada de fe con la que concibió al
segundo Adán: encuentra un fondo de gloria, un Icono del Hijo,
incansablemente amado, pero roto y desfigurado. Cada uno de nosotros
podría susurrarle lo que la liturgia de los funerales hace exclamar al
difunto: «¡Permanezco como la imagen de tu inexpresable Gloria, aun en
el momento en que estoy herido por el pecado!»6. Es en este espacio de
confianza inconfundible y de Alianza inque


Liturgia bizantino de las exequias.

206
LITURGTA FONTAL

brantable donde se vive el misterio, tan paciente, de nuestra deificación.


Cualesquiera que sean las claves ofrecidas por las ciencias para
interpretar el enigma del hombre, tres grandes cuestiones se nos
plantean siempre, tanto en cada una de nuestras instancias como en cada
una de nuestras conductas: la búsqueda de nuestro origen, la búsqueda
del diálogo, la aspiración a la comunión. Por una parte, ¿de dónde viene
que yo sea lo que soy, según una ley que es más fuerte que yo (cfr. Rm 7)?
Por otra, en el más pequeño de mis comportamientos, estoy a la espera de
una palabra, de otro que me responda. Finalmente, es evidente que
nuestro yo misterioso no puede realizarse, desde lo más orgánico hasta lo
más estético, más que en la comunión. Estos tres surcos son como los
primeros grabados de la Imagen de la Gloria, la llamada esencial a la
semejanza divina que la deificación realizará. Es con trazos de fuego
como el Espíritu Santo restaura nuestra Imagen desfigurada. El fuego
del Amor consume a su contrario -el pecado- y transfigura en sí mismo, la
Luz.
Estaremos perdidos, como huérfanos, mientras no le hayamos
acogido a El, el Espíritu filial, como nuestro origen virginal. Todo nos
vendrá impuesto y seremos esclavos hasta que nos hayamos entregado a
Él, que es la Libertad y la Gracia. Y, puesto que es el Aliento del Verbo,
es Él quien nos va a enseñar a escuchar -se es mudo solo porque se es
sordo-, de modo que, cuanto más sepamos escuchar al Verbo, tanto mejor
sabremos hablar; nuestra conciencia ya no estará cerrada o somnolienta,
sino que será silencio creador. Finalmente, el amor utópico y esa
comunión que no se puede encontrar porque «no es del mundo», he aquí
que están en él, el «Tesoro de todo bien», no como adquiridos y poseídos,
sino como puro Don; la relación con el otro vuelve a ser transparente.
Esta Comunión del Espíritu Santo es la obra maestra de la deificación,
ya que en Él estamos en Comunión con el Padre y

207
JEAN CORBON

con su Hijo Jesús (2 Co 13, 13; / Jn 1, 3) y con todos nuestros hermanos.


Mediante estos tres surcos del Icono transfigurado somos deificados,
en la medida en que las mínimas pulsiones de nuestra naturaleza
culminan en la Comunión de la Trinidad Santa. Entonces, nosotros
vivimos, por el Espíritu, siendo uno con Cristo, para el Padre. El único
obstáculo es la posesión, la crispación de nuestra persona bajo las
llamadas de nuestra naturaleza, y esto es el pecado: la búsqueda de uno
mismo es la ruptura de la relación. La ascesis inherente a nuestra
deificación, y que es también sinergia de gracia, consiste, sencilla pero
resueltamente, en convertir en ofrenda todo movimiento que recae en
posesividad. Sobre el altar del corazón, por tanto, la Epíclesis debe ser
intensa, a fin de que el Espíritu pueda alcanzar y consumir nuestra
muerte y su aguijón, el pecado. Entrar en el Nombre de Jesús, Hijo de
Dios, Señor, que tiene misericordia de los pecadores que somos nosotros,
es poner en sus manos esta naturaleza herida, que Él no altera al
asumirla, sino que deifica revistiéndose de ella. De Ofrenda en Epíclesis
y de Epíclesis en Comunión, el Espíritu puede entonces deificarnos sin
cesar, y la vida se convierte en Eucaristía, hasta que el Icono sea
totalmente transfigurado en Aquel que es el esplendor del Padre.

208
JEAN CORBON

Capítulo XVII LA LITURGIA EN EL TRABAJO Y EN LA CULTURA

La iconografía desconocida

Más de un lector se sorprenderá al leer un capítulo sobre el trabajo y


la cultura como experiencia de Liturgia vivida, inmediatamente después
de la oración del corazón y de la deificación del hombre. Pero este
asombro es revelador del Misterio de la Liturgia. El hombre imperfecta-
mente espiritual, que nosotros somos a veces, presiente a lo más la
continuidad vital entre la celebración litúrgica y la vida nueva del
Espíritu que se derrama a partir del corazón en todo nuestro ser... Pero
¡el trabajo! ¿Acaso no nos han enseñado a oponer a Marta y María? Y,
aunque debamos conciliarias en nuestra vida, ¿las concesiones hechas a
Marta no van en detrimento de «la parte mejor» elegida por su
hermana? 7 . En cuanto al hombre carnal, que nosotros somos
frecuentemente, no se hace tantas preguntas a priori; para él, la Liturgia
no tiene nada que ver con lo que él llama la vida. En ambos casos, un
vínculo se ha roto entre el hombre y la tierra, entre el hombre y su Señor:
¿cómo podría, entonces, la misma corriente de vida arrastrar al hombre,
a su universo y a su Dios?


7 Le 10, 38-42. Una sana exégesis trata de restablecer el sentido exacto de esta

perícopa, pero la vieja dicotomía acción/contemplación, aplicada indebidamente a


este texto, se resiste a morir.

209
JEAN CORBON

La novedad de la Liturgia es restaurar esta admirable unidad de


vida. El Río que mana del Trono de Dios y del Cordero es «límpido como
cristal»; pero el hombre carnal no lo ve y el hombre espiritual lo descubre
tan solo después de una larga impregnación del corazón, a medida que
aprende a obrar en Dios, como Dios. En efecto, porque la Liturgia es
acción, trabajo de Dios y del hombre en todas las dimensiones del
hombre. A partir del corazón y de la persona en deificación, ella se
despliega en operaciones, en energías y en ministerios ( I Co 12, 4-7), a
fin de someter todo a Cristo y de transformarlo todo en El. «Todo es
vuestro, vosotros, de Cristo y Cristo, de Dios» ( J Co 3, 22 ss): tal es el
gran movimiento de servicio en el que la Liturgia trata de ser cumplida
por medio de nosotros. El mundo es el reflejo de la Gloria de Dios; el
hombre es su Icono viviente y es en Cristo como le es dada la Semejanza.
El trabajo del hombre y su cultura se inscriben en esta corriente de
Gloria.
El trabajo y la cultura son el lugar donde el hombre y el mundo se
reencuentran en la Gloria de Dios. Este encuentro resulta fallido o queda
oscurecido en la medida en que el hombre es pecador, es decir, está
«privado de la Gloria de Dios» ( R m 3, 23). Para que el universo sea reco-
nocido y vivido como «lleno de su Gloria» (Is 6, 3), es necesario, en primer
lugar, que el hombre vuelva a ser la Morada de esta Gloria y esté
revestido de ella; por eso, todo comienza existencialmente con la Liturgia
del corazón y con la deificación del hombre. Decir que el hombre es un
microcosmos es una abstracción, y esperar que el mundo sea humanizado
por el hombre es una ilusión mientras no se tenga la evidencia de que la
Gloria de Dios es su fuente. La Gloria de la Trinidad está oculta en kéno-
sis en la creación, y se trasluce como una llamada trágica en el hombre,
creado a su Imagen. Pero en Cristo crucificado y resucitado se abre el
sello de la historia y la corriente de Gloria retorna a su fuente. Entonces,
he aquí la

210
JEAN CORBON

Liturgia en acción. Y, cuando se trata de restaurar la Gloria de Dios en el


hombre, y mediante el hombre en el universo, esto se llama trabajo; y
este trabajo es de nuevo la maravilla del Espíritu Santo, iconógrafo del
Cristo total.
Esta iconografía permanece desconocida mientras la creación está
cautiva (cfr. Rm 8, 19-22), separada del hombre por aquel que se
atraviesa8, y cuya fractura pasa por el corazón del hombre. La tierra está
oscurecida porque el rostro del hombre está inclinado hacia la tierra; pero
cuando, en Cristo, este rostro se vuelve hacia Aquel que es su Gloria,
entonces la tierra puede hacer que nazca su fruto de luz. Porque el
hombre es de la tierra y el más bello fruto de su promesa, pero el germen
de la promesa está en Dios y no puede nacer más que si el hombre le da
su consentimiento. Es en el hombre como la tierra está prometida y es
por la liberación del hombre como ella espera llegar a ser «tierra nueva y
cielos nuevos», «tierra desposada donde germinará la Justicia y la Paz»
( I s 62, 4; Sal 85, 10-14). En el trabajo humano y en la cultura, por tanto,
está comprometido el destino del cosmos en los últimos tiempos. En el
interior de la creación cautiva se vive la gestación del «universo nuevo»
( A p 21, 5); la Iglesia está trabajando. El Espíritu deifica al hombre, no
solo para que el hombre humanice el mundo, variante banal del tema de
la muerte, sino, sobre todo, para que la creación y el hombre alcancen la
libertad de la Gloria de Dios.

El trabajo transfigurado

La iconografía del Espíritu Santo es una obra de impronta y de luz. A


medida que él imprime en nosotros «los rasgos de Jesucristo crucificado»
(Ga 3, 1), nos transforma de luz en luz: nos transfigura. Ahora bien, el
trabajo del hombre es una obra de impronta. Es realmente el espíritu


Significado etimológico de Diablo, «dia-bolos».

211
JEAN CORBON

del hombre el que se expresa en la naturaleza que transforma. Haría falta


mucho silencio para redescubrir la belleza de la mano del hombre y, con
ello, del instrumento que la prolonga y diversifica su poder y finura. En
todo aquello que toca, el hombre deja su impronta personal. En este sen-
tido, al contrario del romanticismo en el que el hombre se proyecta, el
trabajo es el despertar de la naturaleza al mundo del espíritu. Lo que se
expresa en esta humanización de la materia es infinitamente más que un
objeto o una técnica; inapreciable en cantidad o en valor del intercambio,
el fruto del trabajo es la extensión del reinado del hombre. Pero ¿esta
obra de impronta y de dominio es, necesariamente, una obra de luz? Aquí
está toda la ambigüedad del trabajo humano: ¿es para la vida o para la
muerte?
El error secular de las idolatrías, también de las más recientes,
consiste en creer que, en este drama donde el trabajo se debate entre la
vida y la muerte, la liberación viene de la naturaleza9. Sí, la creación es
inocente, es sana, ya que ofrece al hombre la kénosis del primer amor de
su Dios; pero gime en espera de su liberación: es el hombre quien tiene
que liberarla al hacerse libre él mismo. El error de las idolatrías es
diagnosticar el drama ignorando la causa del mal, el pecado que habita
en el corazón del hombre. Por eso, la iconografía del Espíritu Santo
consiste en transfigurar el corazón del hombre en su trabajo. La luz viva
no viene nunca del exterior, es inalcanzable, mana del corazón y se
irradia desde el interior por toda la persona. La Gloria de Dios, sometida
a esclavitud en la creación por el pecado del hombre, puede irradiarse tan
solo cuando el corazón del hombre se acomoda a ella desde el interior. No
cabe en esto ninguna división. El homo faber es un esclavo mientras no
se convierta en homo litúrgicas. Si el Río de Vida no invade el corazón,
¿cómo podrá penetrar el campo de trabajo?


9 En este sentido, el marxismo y el capitalismo son versiones modernas de las

antiguas religiones de la naturaleza.

212
JEAN CORBON

«Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo» (Jn 5, 17). Para el


cristiano que ha celebrado la Eucaristía, la experiencia del trabajo
transfigurado no es una imagen piadosa, sino algo muy realista. Él sabe,
al vivirlo, que el poder de su Señor resucitado está actuando para liberar
su trabajo del peso de la muerte. No para ahorrarle tarea -la Cruz es
siempre la Hora de este trabajo decisivo-, sino para abrirle en ofrenda al
Espíritu de Vida. A nivel del corazón de quien trabaja, y no en la
materialidad de lo que hace, el trabajo es también el lugar de la
Epíclesis. En efecto, sea lo que sea lo que hagamos, tanto la acción de
nuestro trabajo como su resultado están esencialmente inacabados
mientras no sean penetrados del Poder del Espíritu que los llevará más
allá de la muerte y hará de ellos una obra de luz. Si los bautizados no
viven esto en su trabajo, ¿qué van a ofrecer ellos entonces en el altar de
la Eucaristía? En el umbral de la Anáfora, no venimos a traer regalos,
sino algo incompleto, una llamada -la Epíclesis es un gemido-, la espera
ansiosa de la creación que lleva la impronta de nuestras manos, pero no
aún la de la Luz.
Y esta Luz que transfigura el trabajo, y la creación que él modela, es
la de la Comunión. La Eucaristía vivida culmina, también ella, en la
Comunión. En el fondo, es precisamente la ausencia de esta Comunión la
que está en la raíz de las injusticias del trabajo, de sus estructuras alie-
nantes y de los desórdenes de la economía. La Liturgia no suple nuestra
creatividad en estos problemas; hace algo mejor: no siendo una
estructura, sino el Aliento del Espíritu, es profética, discierne y contesta,
suscita la creatividad y se traduce en obras. Grita justicia y es sierva de
la paz. Impulsa a compartir, porque, si toda la tierra es de Dios, el fruto
del trabajo de los hombres es para todos los hijos de Dios. Compartir es el
jubileo del trabajo10 y el do


10 Cfr. Lv 25 y las motivaciones teologales de los años sabático y jubilar.

213
JEAN CORBON

mingo es el Día del ayuno de la acción en que lodo trabajo es restituido en


la gratuidad; si el trabajo fatigoso es para el pan, el pan del domingo, «el
pan de este Día»11, es para el trabajo transfigurado.

La iconografía de la cultura

Hay cultura y cultura. Muchos solo ven en ella un poder, el de los


valores dominantes de una sociedad, o un saber, pacientemente
acumulado y hábilmente expuesto, o, en última instancia, un saber-
hacer. Pero también se la puede comprender en su significado original y
dinámico: la transformación de la naturaleza por la mano del hombre y
su impregnación por el espíritu, el espacio convirtiéndose en morada y el
silencio del vacío en el de la palabra. Entonces la tierra y el hombre se
unen en el trabajo, aunque no todo trabajo sea ya cultura; esta se alcanza
tan solo cuando la naturaleza es humanizada y cuando por ella el hombre
se hace más humano. Por el contrario, la anticultura no aparece solo
cuando empiezan a preocuparse los estetas; está actuando, como la
cizaña en el campo de la cultura, en cuanto el hombre se aparta de su
vocación divina, lo bruto sofoca al logos o la mentira de sus demonios
apaga el Espíritu. El drama de la cultura es el del hombre creado y
creador, naturaleza enraizada en el cosmos y llamada a fructificar en la
Comunión divina. ¿Salvará, pues, el Río de Vida la cultura de la
esterilidad de la muerte?
En efecto, porque la cultura, esta vocación integral del hombre que
tiende hacia la cosecha del Reino, no es solamente creadora; ella está en
condición de caída o de redención. Ninguna obra de cultura es inocente.
El arte, se diga lo que se diga, no es inmediatamente divino. Si es la


11 Alusión al Padrenuestro en su versión francesa: «Danos hoy nuestro pan de

este día...» fN.d.T.].

214
JEAN CORBON

Belleza la que debe salvar el mundo, significa que el mundo debe ser
purificado por ella. Cuando la obra del artesano o del artista revela y
cumple su Gloria, ha tenido que pasar por el fuego donde la creación es
restituida en su integridad. Es en este punto fontal donde el Río de Vida
penetra la cultura. La cultura, o es iconografía del Espíritu y del hombre,
o no es más que la belleza del diablo.
En su primera sinergia, la obra de la cultura es, en efecto, revelación.
Ella intenta, aunque el artesano no pueda tener conciencia del Espíritu
que le ilumina, manifestar la Gloria de Dios oculta y cautiva en la
creación. En la vasija que modela, en los hijos que despierta a su libertad
o en el poema que crea, el hombre que cultiva la creación trata de revelar
el significado de una inmensa sinfonía donde él es, a la vez, instrumento
insustituible y testigo maravillado. Busca el Rostro amado que lo llama
desde las profundidades de su ser. Así aparece la condición original de
toda cultura creadora y liberadora: el silencio gracias al cual el hombre se
acomoda al Verbo sin palabra, al Hijo hecho in-fans12, a las semillas del
Verbo en espera en el universo.
Pero la hora de la aurora para la cultura es la de la creación: la
naturaleza muda es transformada en Palabra, la materia bruta queda
impregnada de espíritu, la opacidad se convierte en luz. Para quien
acepta ser penetrado por la Energía transformante del Espíritu Santo, se
vive entonces la verdadera transfiguración de la cultura. La suprema
actividad del hombre es la de consentir en ser desposada por el Verbo.
Para que nuestra mirada libere toda la Belleza escondida en todos los
seres, necesita antes ser bañada de luz, en Aquel cuya mirada derrama la
Belleza. Para que nuestra palabra pueda expresar la sinfonía del Verbo,
debe primero fundirse en el silencio y en la


12 Literalmente: «que no habla» [N.d.T.].

215
JEAN CORBON

armonía. Para que nuestras manos modelen el icono de la creación, antes


tenemos que dejarnos hacer por Aquel que une nuestra Carne al
esplendor del Padre.
Es entonces cuando la cultura da el fruto de su promesa: anticipa la
Comunión eterna en la humildad de la carne. No alcanza lo que busca
más que cuando, misteriosamente, pone al hombre en comunión con su
Dios y, de este modo, con el hombre reconciliado y con una naturaleza
hecha de nuevo transparente. La frescura de la primera creación, que
anima como una nostalgia la creatividad artística, ya no pertenece a un
pasado mítico; está en el mundo que viene y la cultura liberada nos abre
ya a él. El silencio, «misterio del mundo que viene»13, transfigura la
mirada: el hombre puede ver la Gloria de Dios con los ojos abiertos. El
silencio de los ojos, ese resplandor que irradia un corazón pacificado,
puede entonces acoger a Aquel que viene: sí, «el Verbo se hizo Carne, y
nosotros hemos contemplado su Gloria» ( J n 1, 14).


13 San Isaac de Nínivc.

216

Capítulo XVIII LA LITURGIA EN LA COMUNIDAD HUMANA

Ocurre con las relaciones humanas como con el devenir de la persona


y de su trabajo: nuestra vida o es regida por moralismos o es tomada y
transfigurada por el Misterio de Cristo. Toda ley moral, la de la
conciencia o la de Moisés (cfr. Rm 2, 1-3, 20), e incluso la del Evangelio en
la medida en que se la reduzca a una regla de vida, sufre, en efecto, una
carencia congénita. Se presenta a la conciencia como deseable e
imperativa, pero es distinta de la voluntad que va a seguirla o
rechazarla. Es reveladora de nuestra herida, de nuestro pecado, pero no
la cura; entre la ley que impone y el corazón que consiente hay hetero-
nomía: este es principio vital, aquella no es más que representación ideal.
El realismo de la Liturgia, celebrada y vivida, consiste en que el ideal
llega a ser principio vital; el Espíritu Santo y el corazón del hombre se
convierten entonces en fuente de Vida. Es el misterio de la Sinergia, la
novedad cristiana original.
Después de haber sido formado por la ley como por un pedagogo
exterior a él, el bautizado llega a cierto grado de madurez y se encuentra
ante la llamada del joven rico: o contentarse con la ley y continuar
construyendo su pequeña perfección o ir más lejos y perderse en Cristo
ofreciendo su corazón al poder del Espíritu Santo. Es entonces cuando se
entra en el Misterio y se es «alcanzado por él» ( F l p 3, 12). Este paso de la
Ley a la Gracia, de

217
JEAN CORBON

una vida mortalmente moral a la Vida mística conformada con Cristo, es


siempre el momento en que el Río de Vida supera un nuevo obstáculo.
Pero cada vez que nos replegamos en nuestro moralismo, que nos da
seguridad, refrenamos la Energía del Espíritu Santo; la Liturgia en-
tonces queda separada de la vida que debía regar. En cada etapa de su
crecimiento, el bautizado debe elegir: o el humanismo, donde el hombre
es la medida de todo, o la Liturgia, mediante la cual el Misterio nos
transfigura y nos deifica.
Este drama es particularmente perceptible a nivel de la vida social.
Nuestras sociedades no se reducen a estructuras donde se desarrollan las
relaciones entre los hombres, desde lo familiar hasta lo político; están
también regidas por un conjunto de valores, inconscientes o codificados,
que inspiran comportamientos humanos. La vida social es, a la vez,
orgánica y ética; estructura y cultura se armonizan y se oponen en una
interacción constante. Ahora bien, el drama del Misterio de Cristo está
en insertarse en esta vida social como una paradoja: el Cuerpo de Cristo,
en el que se instaura una nueva relación entre los hombres, no es una
estructura, y el Espíritu Santo, que es el alma de esta nueva relación, no
es un valor. Se puede vislumbrar entonces la doble perspectiva según la
cual los cristianos, que quieren ser tales, van a comprometerse en la
sociedad: si se limitan al campo cerrado de un humanismo evangélico o si
el Río de Vida se convierte en la fuente de su vida integral.
En la primera perspectiva, su tentación moralista desemboca en dos
tentativas posibles. La primera trata de instaurar en la sociedad
estructuras específicamente cristianas, como si el Cuerpo de Cristo fuese
una nueva estructura de este mundo. La segunda se esfuerza por tra-
ducir el Evangelio en un programa social, como si el Espíritu Santo
pudiera ser reducido a valores de justicia y caridad. Semejantes
comportamientos pueden no carecer

218
JEAN CORBON

de eficacia en los planos orgánico y ético de la vida social, pero ¿agotan


toda la novedad del Misterio oculto como levadura en las sociedades
humanas? Se puede preguntar por qué el sacerdocio real de los
bautizados, tan creativo en el plano de las relaciones personales
inmediatas, está a veces herido por la esterilidad espiritual en cuanto se
aborda el campo de la vida social. Se debe también constatar que, en
ciertos tipos de sociedad, la instauración de estructuras llamadas
cristianas o el impacto de doctrinas sociales cristianas son imposibles.
Esta doble constatación obliga a ir más lejos. ¿Por dónde penetra, en
primer lugar, el Río de Vida en nuestras sociedades humanas? ¿Cómo la
Liturgia celebrada se convierte en Liturgia vivida, principio vital nuevo
de la vida social de los cristianos? Es aquí donde se abre la segunda
perspectiva.

«El Reino de Dios está en medio de vosotros» (Le 17, 2 1 )

Esta perspectiva de la Liturgia eterna penetrando nuestras


sociedades humanas, desde la familia hasta las relaciones entre las
naciones, es la del Reino. Así es, en primer lugar, como la Energía del
Espíritu Santo nos revela a Cristo en todas las dimensiones de la vida de
los hombres.
Mientras que el cristiano moralizante considera su vida social como
un hecho y el Reino anunciado por el Evangelio como un ideal, la
Liturgia vivida invierte la perspectiva: es el Reino de Dios el que es un
hecho y la comunidad entre los hombres la que es un ideal. La Plenitud
que es Cristo está, ciertamente, oculta como levadura en la masa de
nuestros últimos tiempos y, no obstante, su Reino que viene es el
Acontecimiento que trabaja todas nuestras sociedades. «No se deja
observar, no está aquí o allá», como los grupos humanos amasados de
estructuras y de cultura; está «en medio de nosotros»14. Mientras a ni


14 «Cristo está en medio de nosotros, ahora y siempre»: con estas palabras se

intercambia el beso de la paz en la Liturgia bizantina.

219
JEAN CORBON

vel de la pareja, de la nación y del mundo se busca la comunidad entre


los hombres, el Reino de Dios está aquí, realmente presente, como el gran
Regalo del Amor de Dios a los hombres.
Este Don tan realista, los bautizados lo han reconocido, han creído en
él y, sobre todo, lo han recibido al celebrar la Eucaristía. La novedad de
la Liturgia que viven en la sociedad está en el hecho de que la Comunión
del Reino ya no está solo al término de la celebración, sino también en la
fuente de su presencia en medio de los hombres. Los discípulos de Jesús
formaban un grupo humano, una sociedad de creyentes en Cristo; pero,
cuando les fue dado el Espíritu Santo, ellos se convirtieron en la
Comunidad de los hombres animada por la Comunión divina. Entonces
comenzó la Iglesia y, con ella y en ella, los últimos tiempos. La invasión
del Reino del Espíritu Santo en un grupo humano es el Acontecimiento
fundador de la comunidad verdadera entre las personas. «Donde reina la
caridad y el amor, allí está Dios»15.
Por esta primera Energía, el Espíritu Santo nos revela al Señor que
Es y Viene, y descubre a los bautizados las ambigüedades de su vida
social. Porque nuestras sociedades, sea cual sea su extensión, no son
realidades inocentes. La ilusión de los análisis sociológicos, como la del
psicoanálisis para el alma humana, es la de presentarse como un
remedio, cuando en realidad ignoran el mal. Sin pretender
reemplazarlos, la luz que viene del Reino va más lejos en el diagnóstico.
Ella revela en todo el cuerpo social una virtualidad primera de comunión,
de gérmenes de comunidad, una llamada a la solidaridad, una vocación a
la paz creadora. Pero también desenmascara la mentira inherente al
poder, la inversión del servicio en dominio, la perversión del grupo en
estructura de injusti-


15 Antífona de la Liturgia latina en el Jueves Santo durante el lavatorio de los

pies: «Donde hay candad y amor, allí está el Señor».

220

L1TURGTA FONTAL

cia, la esclavitud de las personas al ídolo del dinero. En una palabra, nos
revela toda sociedad como un icono del Reino. Sobre un fondo de Gloria
donde no cesa de expresarse el Don fiel de la Trinidad Santa, los rasgos
están rotos y la luz oscurecida. Y, porque el Reino de Dios está «en medio
de nosotros», podemos descubrir el rostro del mundo en su ambigüedad
dramática: es amado por Dios y yace en poder del Maligno. La Liturgia
vivida irradia, entonces, en la vida social la iconografía de la persona y de
la cultura; tiende a restaurar en los grupos humanos la Comunión del
Reino.

La Iglesia en epíclesis

La Energía transformante del Espíritu Santo se despliega, como


hemos visto, en la Epíclesis sacramental. Y continúa actuando en la
liturgia vivida, si al menos nosotros cooperamos con ella. Pero, si la
olvidamos, nos portamos como individualistas y, por eso, la sal se vuelve
sosa. Cuando, por primera vez en la Babel del mundo, la Comunión pudo
ser participada por unos hombres, el Espíritu Santo fue dado y entonces
Él hizo nacer la Iglesia. Cuando, desde entonces, las Comunidades que
viven de la Comunión divina quieren derramarla en sus ambientes de
vida, ¿qué pueden hacer sino, en primer lugar, ofrecer esos grupos
humanos donde viven a la efusión del Espíritu Santo? Por tanto, es por la
Iglesia como viene el Reino. Esta epíclesis de la liturgia vivida prolonga
en nuestras sociedades la de la Eucaristía. Fuera de este Pentecostés
eclesial, no hay más que variaciones sobre el tema de Babel.
En efecto, pues la otra cara de nuestro humanismo ingenuo es el
activismo. Ciertamente, queremos que el Reino venga entre nosotros,
pero olvidamos que la Realeza del amor nos ha hecho renacer y nos ha
conferido un poder asombroso: ha hecho de nosotros sacerdotes ( A p 1,

221
JEAN CORBON

6). El sello del Don del Espíritu en el momento de nuestra Crismación


nos ha hecho participar de esta Energía sacerdotal de Cristo, siervo del
Padre y de los hombres. Es en la liturgia vivida en medio de los hombres
donde nosotros tenemos que ser sacerdotes. La Comunión está cautiva en
nuestras sociedades, como lo está la Belleza en su cultura, y es nuestro
sacerdocio animado por el Espíritu Santo el que va a liberarla. La
caridad es utópica, no está en ninguna parte de nuestro mundo, ninguna
técnica puede producirla; es nuestro sacerdocio espiritual el que realizará
su advenimiento aquí y ahora.
Desde el punto de vista del activismo, semejantes certezas harán
sonreír, exactamente como la Epíclesis eucarística. Tampoco en esta
sucede nada para la mirada del hombre carnal y, sin embargo, es en ese
momento cuando el mundo entero es penetrado por la Comunión divina
y, por esto, perdura y vive. Porque, así como en la Epíclesis sacramental
el mundo está presente y es presentado además al deseo de amor de
nuestro Padre para que su Espíritu lo incorpore al Cuerpo de su Hijo y lo
salve, así también, en su epíclesis vivida, cada comunidad eclesial ofrece
al Padre este cuerpo social, del que ella es miembro según la carne.
Cuando el Espíritu es implorado de este modo, sobreviene, penetra este
icono desfigurado y lo transfigura en la Comunión de Cristo. Así es como
la Iglesia, allí donde está, vive su sacerdocio salvífico a través de sus
miembros.
Pero vivir la Iglesia en epíclesis en todos nuestros grupos humanos
no se improvisa. Se necesita, en primer lugar, el realismo de nuestras
celebraciones sacramentales, se necesita también el realismo de la
oración del corazón y, finalmente, el de la Comunión en la Iglesia. Es, en
efecto, en nuestra inserción social donde se prueba más intensamente
nuestro sentido eclesial. Solo desde él podemos, a lo largo de los días,
experimentar la solidaridad herida, la espera desesperada de la
Comunión, la ausen

222
JEAN CORBON

cia del amor, en fin, el peso del pecado y de la muerte que pesa sobre
nuestros grupos humanos. Es necesario haber renacido al Amor para
sentir su ausencia y ofrecerla a Aquel que desea colmarla. Solo el alma
eclesial es capaz de la epíclesis continua, porque su Señor le hace compar-
tir su misterio de siervo y de sacerdote, el del Cordero que lleva y quita el
pecado del mundo. El Río de Vida mana siempre del Cordero crucificado
y resucitado.

« E n comunión los unos con los otros» (1 Jn 1, 7 )

Ahora bien, el Río de Vida hace fructificar los árboles de vida, cuyas
hojas sencillas ya pueden «curar a las naciones» ( A p 2 , 2 2 ) . La liturgia
vivida se expresa «con obras y según la verdad» ( 1 Jn 3, 18).
Si tenemos que estar atentos, en primer lugar, al pro-fetismo y al
sacerdocio del Reino de la Comunión divina en medio de los hombres, no
es para huir de este mundo, sino más bien para evitar imitar sus obras
de muerte y dar en él frutos de vida. La tercera Energía del Espíritu
Santo tiende justamente a este realismo: comunicar la Comunión que nos
hace existir como Iglesia.
En efecto, puesto que la Comunión es posible en este mundo nuestro
sin esperanza, la Caridad ya no es utópica, la comunidad entre los
hombres ya no es algo imposible de encontrar. La Iglesia es su
anticipación al hacernos participar del banquete del Reino. Ya que el
Cuerpo incorruptible de Cristo, vencedor de la muerte por su amor, es
introducido por medio de nosotros en nuestros grupos humanos, ¿qué es
lo que puede pasar? Una inventiva radicalmente nueva, una creatividad
de gracia y de libertad que, para no perderse en el esteticismo de la cari-
dad, debe alcanzar la ausencia del Amor en su raíz. Este radicalismo de
la Comunión consiste, humilde pero resueltamente, en dar la vuelta a la
relación que prevalece en nuestras sociedades, en descentrarla del yo
mortal ha

223
JEAN CORBON

cia el misterio del otro. Este descentramiento vivificante, que está en el


origen del Ágape divino, se derrama sobre el mundo en la kénosis del
Hijo amado y en la del Espíritu Santo.
A nivel de las relaciones personales inmediatas, la más bella
parábola de este descentramiento divino es quizá la del Buen
samaritano. Por medio de este extranjero, vecino desconocido y
despreciado, Jesús nos ofrece la imagen de lo que nuestro pecado se
imagina de Dios -un ser lejano, extraño y rival- y también del hombre,
porque la Encarnación nos escandaliza en la medida en que despreciamos
al hombre. Ahora bien, he aquí que este Dios samaritano se acerca a mí,
hombre, judío, medio muerto: el Otro me toma sobre sí, se hace mi
prójimo y me da la vida. Haría falta que hiciésemos nuestra la mirada
muda y conmovida del herido de la parábola. Para ello, necesitamos
contemplar largamente a Jesús y entrar humildemente en el silencio de
su santo Nombre. Es en la Liturgia del corazón donde se aprende cómo
hacerse prójimo del hombre herido; entonces, el Espíritu Santo cura la
relación entregándose ahí Él mismo, Él, la Unción de la Nueva Alianza.
Allí donde los cristianos consienten en participar en la kénosis de amor
del Verbo y del Espíritu, la Comunión se derrama y puede nacer una
comunidad abierta al Reino.
A nivel de las relaciones menos personalizadas, las de los grupos
entre sí, el fruto de la Comunión realiza el objeto mismo de la Promesa,
confiada a Abrahán y cumplida en Cristo. Quizá no se piensa bastante en
ello. El mundo de Babel es el de las naciones que se levantan pe-
riódicamente unas contra otras, el mundo de la injusticia, del odio y de la
muerte. Ahora bien, el germen de Amor ofrecido a Abrahán, acogido por
él en la fe y fecundado en la obediencia, es el de un pueblo, que no nacerá
de la carne y la sangre ni de un querer de hombre, sino de Dios. Es en
este Pueblo donde habitarán la justicia y la paz. En

224
LITURGIA FONTAL

Cristo Jesús, este pueblo ha nacido, descendencia según la fe, no según la


carne. Solo Dios conoce su pueblo en esta humanidad de las naciones;
pero cuando este pueblo reconoce a su Dios en su Hijo, se convierte en el
Cuerpo de Cristo. La Iglesia es este Cuerpo, siempre crucificado, en el
cual se ha dado muerte al odio, pero ya resucitado, desde donde el
Espíritu de Comunión se derrama sobre toda carne. Pasar de una
humanidad de naciones a la del Pueblo de Dios, tal es el servicio de
Comunión que ha sido confiado a la Iglesia. El Espíritu de la Promesa la
habita y la hace tender, en la paciencia, hacia el Día en que todos los
hombres serán «su pueblo, y él, Dios-con-ellos, será su Dios». En aquel
Día «ya no habrá llanto ni gritos ni dolor, porque el viejo mundo ha
pasado» ( A p 21, 3-4).

225

Capítulo XIX LA COMPASIÓN, LITURGIA DE LOS POBRES

La maravilla de la Liturgia vivida es, pues, el misterio de la Caridad


divina convertida en el todo de nuestra vida. En su fuente, en su flujo, en
sus frutos, trata de penetrarlo todo: el corazón profundo y el ser personal,
el trabajo y la cultura, las relaciones entre las personas y el tejido de
nuestras sociedades. En ella, el Reino ya está aquí y viene con poder, el
del Señor crucificado y resucitado. Pero esta Caridad divina nos impulsa
también a ir siempre más lejos, «hasta el extremo del amor» (Jn 13, 1).
La Liturgia vivida alcanza todo su realismo y toda su verdad cuando nos
hace entrar en la espesura del mundo del pecado, allí donde el Amor
todavía no es vencedor de la muerte. La filantropía puede ser moral, la
Caridad es mística, porque penetra en el hombre hasta este abismo de la
muerte donde el Amor está ausente. La Epíclesis de la Caridad divina se
cumple siempre en su kénosis. Habiendo sido captados por esta Caridad
divina en nuestras celebraciones sacramentales, ¿cómo la viviremos? La
kénosis del amor nos ha sido revelada en la Biblia como misterio de la po-
breza, y, si nosotros consentimos en entregarnos en esto, se nos concede
vivir la Iglesia en su Liturgia más divina y más humana: la Compasión.

El altar de los pobres

La pobreza es un misterio. No se mide desde fuera, en los demás; es


conocida silenciosamente por aquellos a los

226
LITURGIA FONTAL

que ella agobia. Y cuando se sufren sus heridas, apenas se le puede dar
un sentido de vida, puesto que la pobreza es una ausencia. La pobreza no
se puede objetivar. Solo Aquel que la encarna puede revelarnos su
misterio al hacernos participar de él. Jesús es el Pobre. Más que un mo-
delo de pobreza, Jesús es el misterio personal de la pobreza. Jesús es
nuestro Dios; ahora bien, Dios es el único ser que no tiene nada, él Es. No
tiene ni siquiera un nombre, sino el que nosotros le prestamos y que no es
El. El Es, su Nombre está «más allá de todo»16. En su Persona, como Hijo,
Jesús nos revela que Dios es pobre, que él no tiene nada, que él recibe
todo del Padre, que él es hacia el Padre { J n 1, 1).
Cuando desposa nuestra Carne, el Verbo se hace pobre en nuestra
humanidad, con la pobreza esencial del hombre, a imagen de su Dios, y
con la pobreza del pecador, despojado de la Gloria de Dios. En Jesús, la
pobreza de la luz y la de las tinieblas son asumidas personalmente; al
revestirse de la del pecado, él restaura la del Amor. Jesús es hacia
nosotros y nos da a Aquel que procede del Padre y que reposa en él, su
Espíritu Santo. El Espíritu de Jesús es «el Padre de los pobres».
Presencia transparente, no ocupa espacio; «Tesoro de todos los bienes», él
«está presente en todo lugar y todo lo llena» 17 . Al contrario que el
«príncipe de este mundo», espíritu de tinieblas que se desenmascara en la
violencia, el Espíritu Santo es Pobre y por eso, sin coacción, en la
libertad, él se une al hombre en la Sinergia: entonces la Liturgia fontal es
posible, porque en ella se cumple la kénosis total del Amor.
En el fondo, no hay pobreza; solo hay pobres. Servir a los pobres
impersonalmente es ser todavía cómplices de aquello que los
despersonaliza. El rico malo de la parábola es anónimo, como la muerte
que desfigura al hombre; el


16 San Gregorio Nazianceno.
17 Invocación inicial al Espíritu Santo en la Liturgia bizantina.

227
LITURGIA FONTAL

pobre es Lázaro, personalmente, porque, al final, este pobre es Jesús. No


por un subterfugio jurídico ni por una piadosa transferencia que haría
alcanzar a Cristo por encima de la cabeza del pobre, sino en razón del
realismo conmovedor de la Encarnación del Hijo pobre: en él, Dios se
hace pobre y, desde entonces, el pobre es Dios. «Lo que hicisteis a uno de
estos pequeños...»: el juicio último de todos nuestros comportamientos
humanos se basa en la identidad de Jesús y de este pobre. Lo que sufre
cada ser humano es el sufrimiento mismo de Jesús, que lo asume. Cada
persona es salvada por Cristo en razón de este realismo místico. Nuestra
muerte ya no es nuestra, sino de Aquel que ha muerto y resucitado por
nosotros. Si Jesús no fuese más que un modelo de pobreza, estaríamos
aún en nuestra muerte y él no sería el buen Samaritano que toma al
hombre sobre sí y derrama en él su Espíritu de vida.
¿Habría intuido María, la hermana de Marta, este misterio cuando,
en Betania, seis días antes de la Pascua, derrama sobre el Señor su
perfume precioso? En todo caso, si Jesús pide expresamente que su gesto
sea integrado en el anuncio del Evangelio es porque revela un aspecto
esencial de la Buena Nueva: este mismo Cuerpo que va a ser sepultado
en nuestra muerte, nosotros siempre tendremos que salvarlo de la
muerte con obras de amor. La kénosis del Hijo de Dios asume el
sufrimiento de cada pobre; Jesús sufre misteriosamente por amor en todo
ser humano -¿qué hombre no es pobre?-, hasta que él quite «el sudario
que cubría a todas las naciones» y «haga desaparecer la Muerte para
siempre» ( I s 25, 7-8). Es en este sentido como Jesús puede decirnos: «los
pobres los tendréis siempre con vosotros» ( M e 14, 7), lo mismo que «yo
estoy con vosotros siempre hasta la consumación de los tiempos» ( M t
28, 20). Puesto que Cristo, en su Cuerpo, ha pasado realmente por la
muerte y la ha destruido, puede ahora incorporarse a aquellos que están
todavía bajo la esclavitud de la muerte. El Reino de Dios está en medio
de nosotros porque el

228
LITURGIA FONTAL

Cuerpo de Cristo mora así con nosotros. El Amor puede, entonces,


derramarse, ya que la kénosis de la que mana es la muerte donde se ha
sepultado con nosotros y para nosotros.
San Juan Crisóstomo, queriendo hacer comprender a los fíeles de
Antioquía la unidad misteriosa entre la Liturgia que están celebrando y
la que tendrán que vivir al salir de la iglesia, les dice que no dejen el
altar de la Eucaristía más que para ir al altar de los pobres. El símbolo
de la continuidad es revelador. El mismo Cuerpo de Cristo que servimos
en el Memorial de su Pasión y Resurrección, nosotros tenemos que
servirlo ahora en la persona de los pobres. En la celebración, el altar era
el signo de la tumba, el no-lugar de la muerte, el origen del espacio nuevo
de la Resurrección; en la vida, el pobre es el signo de Cristo resucitado,
aquel de donde puede surgir el amor vivificante.
El altar es también el símbolo de la mesa del banquete, de la
hospitalidad divina a donde todos los hombres son invitados. Mientras en
la Eucaristía recibimos todo al comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo,
en el altar de los pobres tenemos que responder, compartir el Don
recibido, darnos nosotros mismos. Se comprende entonces que Andrej
Roublév haya rehusado siempre pintar un cuadro del Juicio final al estilo
apócrifo tan popular en el Medievo. Estaba demasiado en comunión con
la miseria de los hombres como para traicionar así la misericordia de su
Señor. Es conocido el fruto de su largo ayuno silencioso: el icono de la
Hospitalidad divina, donde el altar del mundo es acogido en el corazón de
la Trinidad Santa. Es en el altar de los pobres donde la Pasión de Dios se
convierte en la Compasión de su Iglesia por los hombres.

La Iglesia de la Compasión

La Hora de Jesús, aquella en que él se entrega hasta el extremo del


amor, es de ahora en adelante la de la Iglesia,

229
LITURGIA FONTAL

la nuestra. Esta Hora está aquí para nosotros, en la Liturgia vivida, cada
vez que, según el descentramiento del Ágape divino, nos hacemos
cercanos, prójimos de los pobres que son nuestros hermanos. Hacerse
cercano a los otros no es ser como ellos exteriormente; al encarnarse, el
Hijo amado no imita nuestros comportamientos humanos, desposa
nuestra pobreza. La Iglesia no puede ser sierva de los pobres más que
haciéndose pobre como su Señor. Ahora bien, conocer la Compasión
divina por el hombre es algo que se nos ofrece continuamente, ya que se
revela a cada uno de nosotros en el vacío de nuestra miseria. Si
consentimos en esto, entonces llegamos a ser pobres según el Espíritu; he
aquí la transparencia que hace posible la comunión con los pobres.
Conocer la Compasión divina es, quizá, el movimiento más profundo
del Espíritu en nuestros corazones. La Virgen María es su espejo, su
espacio vivo, ella, la Iglesia en su aurora personal. Conocer desde dentro
esta compasión es mucho más que aceptarse a sí mismo en una
resignación sin alegría; es decir sí con todo nuestro ser al amor que nos
hace nacer, acogernos a nosotros mismos de las manos del Padre y
confiar el peso de nuestra naturaleza a Jesús que lo lleva. Ser recreado
en la misericordia, después de haber sido creado mediante la necesidad,
es llegar a ser libre para poder amar. No para no sufrir más, sino para
que todo sufrimiento quede abierto como una fuente. Aprendamos a
entrar en la mirada de la Virgen de la Ternura, esta mirada profunda
que lleva lejos porque viene de lejos, del corazón de Dios mismo. Nuestro
ser eclesial se convierte, entonces, en una Zarza ardiente a la que los
hombres no pueden acercarse sin oír en su corazón la misma voz que
Moisés: «He visto, he visto la miseria de mi pueblo... he oído su clamor...
conozco sus padecimientos» { E x 3, 7). Nuestro Dios es Salvador, pero no
desde lejos. Si no se le puede ver sin conocer la muerte, ¿cómo lo verán
nuestros hermanos si nosotros no conocemos su muerte?

230
LITURGIA FONTAL

La Compasión se derrama, como el Río de Vida, en el corazón de la


Jerusalén nueva, la Iglesia, que somos nosotros: «He aquí que yo hago
correr hacia ella, como un río, la paz» ( I s 66, 12). La Compasión no se
derrama desde nuestras emociones, sino desde nuestro corazón. Su pri-
mer movimiento es el perdón creador. Se aprende en nosotros mismos, ya
que continuamente podemos ser perdonados... sin necesidad de forzarnos
en ser pecadores. Se aprende, sobre todo, en la compasión misma, ya que,
si los otros hacen mal, es porque antes ellos tienen mal. Conocer la
muerte por la que ellos sufren hace que se desvanezcan nuestros miedos
defensivos y que se derrumben nuestras agresividades.
Pero la misericordia pacificante no tiene límites: la Compasión divina
va más lejos que su Perdón. Que nuestro Dios perdone a los pecadores
que somos nosotros, es lógico para Él; sabe bien de qué polvo estamos
hechos, su Hijo amado se ha hecho carne nuestra. «¿Quién nos separará
del amor de Cristo?» ( R m 8, 35). Pero que el hombre inocente sufra, que
el pobre sea oprimido, que los niños sean masacrados, aquí está el
escándalo y es aquí donde se revela el abismo de la Compasión divina.
Nos encontramos de nuevo en el corazón de la Epíclesis, con el grito
de Job y los gemidos de los pobres que suben «de debajo del altar» de la
Liturgia eterna ( A p 6, 9 ss). El altar del holocausto se ha convertido en
el de los pobres, en el de la Compasión. La Hora de la Iglesia en su
Liturgia vivida se vive aquí, como la Presencia del amor en el vacío de la
más grande ausencia. «¿Dónde estás, Señor? ¿Hasta cuándo tardarás?».
La Cruz de su Hijo es el lugar donde parece más ausente, pero donde el
Padre se da más. Allí donde se crucifica a su Cristo, es allí donde su
Compasión se entrega, ya que es allí donde el hombre es más herido por
la muerte. Nos sorprende el gran silencio de Dios hoy, sin duda porque el
poder de la muerte se ha quitado su máscara; pero ¿quién consiente en
entrar

231
LITURGIA FONTAL

en el silencio de la Compasión de Jesús, en seguirlo hasta allí? No hay


más que un tiro de piedra entre el sueño de los discípulos y la agonía de
su Señor: superar esta distancia es entrar en el combate de la oración, de
la intercesión, de la Compasión.
Cuando entramos así en la profundidad del Nombre del Santo Señor
Jesús, todo nuestro ser está en Epíclesis y el Espíritu Consolador se
derrama por nosotros en el corazón de nuestros hermanos que sufren.
Ahora bien, ¿qué significa para el Padre de los pobres ser Consolador?
Ciertamente, no lo es a la manera de nuestras palabras vacías y de
nuestras emociones estériles, sino que El, el silencio del Verbo y el poder
de su Resurrección, recrea el corazón de los pobres en la fuerza de vivir y
la alegría que nada puede arrebatar. El tiene el secreto de esta
Compasión por la cual los pobres se convierten en el altar de la salvación
de sus hermanos. Porque compadecer, estar sin fuerza, es participar en la
debilidad de Dios en la Cruz. Nosotros tenemos que creer y entrar en esta
kénosis del Verbo y del Espíritu Santo, en esta kénosis de la Iglesia que
se convierte en nuestra por la Compasión. Sin ella, no hay Comunión ni
comunidad, no hay Resurrección ni liberación. En lugar de quejarnos de
que los demás nos hacen sufrir, aprendamos a sufrir con ellos; el gemido
del Espíritu en ellos y en nosotros se convertirá en fuente de Vida.
«La Gloria de Dios es el hombre viviente», nos dice san Ireneo; la
irradiación de su Amor es que el hombre viva. La manifestación más
desgarradora de la Gloria de la Trinidad Santa es su Misericordia.
Cuando consentimos en ser tomados por ella, nosotros entramos en lo
más profundo del corazón de nuestro Dios. Pero esta Gloria, que se
derrama en misericordia, se hunde en la espesura de nuestra muerte; en
nuestros últimos tiempos, está velada en la angustia de los pobres, como
lo estuvo, en la Hora de la Cruz, en el «Hombre de dolores, conocedor del
sufrimiento, objeto de desprecio y deshecho de la huma

232
LITURGIA FONTAL

nidad» (Is, 53, 3). La Gloria de Dios está en kénosis en el hombre y, por
ello, si las últimas palabras del Verbo son de misericordia, su último
Aliento es de Compasión. Desde entonces es derramado «sobre los
habitantes de Jerusalén un Espíritu de compasión y de súplica; ellos
mirarán hacia Aquel que traspasaron» ( Z a 12, 10; Jn 19, 37). Así es
como el Espíritu Consolador nos enseña a mirar al hombre que sufre. «En
aquel día», y nosotros estamos en él, «habrá una fuente abierta para los
habitantes de Jerusalén» (Za 13, l ; J n 19, 34); entonces, la Liturgia
fontal se hace vida: la Compasión es la Liturgia de los pobres.

233

Capítulo XX LA MISIÓN Y LA LITURGIA DE


LOS ÚLTIMOS TIEMPOS

Podremos hacer todas las reflexiones de teología o de pastoral


misional que queramos, pero el misterio de la Misión se adueñará de
nuestra vida tan solo si nuestro corazón es transformado, labrado e
irrigado por la Compasión divina. Es necesario que estemos habitados
por ella. La Liturgia vivida comienza a vivificarnos a nivel del corazón,
por la oración cada vez más continua, y desde ahí penetra nuestra
naturaleza, nuestra actividad y toda relación. Cuanto más nos deifica,
más nuestra vida llega a ser obra de Dios; cuanto más la Comunión
divina restaura nuestra relación, tanto más llegamos a ser Iglesia. La Li-
turgia dilata así la Iglesia en espacio humano de Compasión divina. Es
en este momento de madurez cuando el misterio de la Liturgia, celebrada
y vivida, desgarra el corazón de la Iglesia, como el Amor ha desgarrado el
del Padre y el Espíritu el de Cristo al expirar en la Cruz. Entonces la
Compasión se derrama sobre el mundo, y he aquí la Misión.
Antes de cuestionarlo todo, volvamos al Misterio; antes de
problematizar, aprendamos a contemplar. Las cuestiones fecundas de la
Misión se revelan y se resuelven en la unidad del Misterio. No consiste
en oponer o en preferir la Liturgia a la Misión, lo cual no conduce
absolutamente a nada. No consiste tampoco en yuxtaponerlas,

234
LITURGIA FONTAL

como si se tratase de dos especializaciones en la Iglesia, interna una,


externa la otra. Aunque se pueda, de hecho, distinguir la celebración de
la Liturgia y la Misión en la historia vivida de las Iglesias, las cuestiones
que se plantean conciernen, en primer lugar, a lo que hacemos de ellas.
¿Por qué, por una parte, la vitalidad del Pueblo de Dios, que es la
Liturgia, no se despliega, o se despliega tan poco, en este fruto de la
Caridad que es la Misión? ¿Por qué, por otra, los cristianos emplean
tanta generosidad e ingeniosidad al margen de la Liturgia y la Misión
esencial de la Iglesia? Estas son, a nuestro parecer, las dos cuestiones
previas hoy; las demás, concernientes al cómo de la Misión, son solo
corolarios de ellas y nos remiten a la fuente.
Ahora bien, la Fuente de la Liturgia, la misma Agua viva que sacia a
los bautizados, despierta la sed de los hijos de Dios dispersos. El mismo
Espíritu anima al Pueblo de Dios y gime en el corazón de las naciones.
Hemos contemplado en la Liturgia de los últimos tiempos18 tres grandes
Sinergias del Espíritu y de la Iglesia: la que revela a Cristo, la que
transforma todo en su Cuerpo, la que derrama su Comunión. Distintas
pero inseparables, las hemos vuelto a encontrar a lo largo de toda la
Liturgia celebrada y vivida. Ahora bien, como veremos, son ellas las que
inspiran desde dentro todo el movimiento de la Misión. El Río de Vida,
cuando da el fruto por el que mana del Padre y del Cordero -y esta es su
Misión: dar ese fruto-, siempre es llevado por las mismas corrientes. Por
otro lado, la Iglesia no es una cuando celebra la Liturgia y otra distinta
cuando sus miembros la viven: está de otra manera. Lo mismo ocurre en
su Misión. La Iglesia no tiene un rostro vuelto hacia Dios y otro vuelto
hacia los hombres. Su misión en los últimos tiempos es ser el rostro
humano de Dios, donde los hombres puedan recono


18 Cfr. el capítulo VIII.

235
LITURGIA FONTAL

cer a Aquel que buscan, y, en la misma luz, el rostro de los hombres que
refleje la Gloria de Dios (cfr. 2 Co 4, 6).

El misterio pascual de la Misión

Es celebrando la Liturgia eterna como la Iglesia recibe y aprende su


Misión. Los primeros enviados, los Apóstoles por excelencia, la han vivido
y de ello nos hablan los Hechos. Hoy, el Espíritu Santo imprime su
sentido en la carne de la Iglesia. Él es el Dado por entero, Aquel que Je-
sús no cesa de enviar y arrastra en la kénosis de su Misión al Cuerpo
vivo de Aquel que es el primer Enviado del Padre. Él trabaja en el
corazón de todos los hombres partiendo de este foco donde el Padre y
Cristo hacen manar su Compasión desbordante: la Iglesia.
La Misión de la Iglesia no se puede entender más que en el misterio
de los últimos tiempos. Ella es el último tiempo de la Economía de la
salvación en este mundo. Ella es el poder del Señor resucitado que atrae
a todos los hombres hacia el Padre por la Compasión de su Espíritu que
él derrama en ellos. El misterio de la Ascensión es el impulso divino que
sostiene nuestro mundo. Esta Ascensión omnipotente, donde ha
comenzado la Liturgia eterna, no cesa de sacar a los hombres del dominio
de las tinieblas para llevarlos a la luz del Padre. Lo que se cumple
sacramentalmente en la Liturgia celebrada se despliega en la Misión
como Liturgia integral de la Iglesia. El mismo misterio pascual en esta es
acogido en su Plenitud, en aquella derramado en abundancia. En la
misma Pascua, la Iglesia es transfigurada en su Señor e irradia la Luz de
su Cuerpo vivificante. La Liturgia celebrada y la Liturgia de la Misión
son los dos momentos del mismo Amor: ¿cómo amar a nuestros
hermanos, si no acogemos antes a Aquel que nos amó primero? Son los
dos movimientos del mismo misterio pascual: «Vosotros sois un
sacerdocio real... para anunciar las alabanzas de Aquel

236
LITURGIA FONTAL

que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable» (/ P 2 , 9).


La celebración litúrgica es, ciertamente, un momento intenso donde
cada la comunidad eclesial reaviva la conciencia de su misión. Pero, sobre
todo, es el momento en que se le da la Misión, no como una consigna, sino
en su Misterio mismo. En la celebración, el Verbo se confía a su Iglesia,
como el tesoro en una vasija de barro (2 Co 4, 7), depositando la Palabra
en su corazón, penetrándola con su Espíritu, entregándole su Cuerpo.
Entonces la Iglesia podrá expresar a todos los hombres a Aquel que ella
conserva grabado en sí misma, podrá darles el Espíritu dando su propia
vida, ser el Reino en medio de ellos.
En la Misión, el gran trabajo de la Pascua de Cristo se convierte en el
de su Iglesia. ¿No es este el significado pleno del término Liturgia como
acción, vitalidad, trabajo divino del Pueblo de Dios? Si, en la celebración
litúrgica, el Pueblo de Dios llega a ser más y más el Cuerpo de Cristo,
¿qué hace en su Misión sino que Jesucristo llegue a ser más y más todo
en todos? Pero, sobre todo, la Liturgia le enseña, en acción, el sentido
único e inflexible de esta actividad misionera: «por nosotros los hombres
y por nuestra salvación» en el mismo impulso de «alabanza de la gloria de
su gracia». La disminución del sentido doxo-lógico de la Misión va, con
frecuencia, a la par con la disminución del significado divino de la
salvación del hombre. En Jesús, estas dos finalidades, distintas pero
inseparables, están unidas en la Persona del Verbo y polarizadas por su
fuente de luz: el Padre. «La Gloria de Dios es el hombre viviente y la vida
del hombre es la visión de Dios... porque la gloria del hombre es Dios,
pero el receptáculo de la Energía de Dios y de toda su Sabiduría y de todo
su Poder es el Hombre19». Tal es el dinamismo pascual de la Misión de la
Iglesia: la misma y única Gloria de


19 San Ireneo, Adversus hcereses, IV, 20, 7 y III, 20, 2.

237
LITURGIA FONTAL

Dios, que el Verbo ha venido a restaurar asumiendo y deificando al


hombre.
Ahora bien, esta Pascua de la Misión nosotros aprendemos a vivirla
cumpliéndola en la celebración de la Liturgia. Esto es verdad, sobre todo,
cuando la sinergia sacramental nos arrastra, en el corazón de la anáfora
eucarística, en la anamnesis y en la epíclesis. Aquí, el hombre es
alcanzado en el estado en que espera ser salvado, y este es el criterio de
las expresiones auténticas de la misión. En la Liturgia encontramos al
hombre allí donde Dios se une a él, allí donde Cristo se ha hecho siervo
de los hombres. Jesús, en su condición mortal, no ha prestado ningún
servicio social, ni siquiera al multiplicar los panes. Su servicio es divino,
y se realiza en la Liturgia y en la Misión, salvando al hombre allí donde
él busca a su Dios, en el hambre y en la sed, allí donde él está herido por
la muerte.
Cristo, siervo de los hombres para su salvación, nos enseña en la
celebración litúrgica el mismo despojo que en la misión. Socialmente, este
servicio de la única Liturgia es inútil, no cambia ninguna estructura;
pero humanamente, en la verdad esencial del hombre, es el más alto
servicio: el de la Compasión que lo deifica. La celebración litúrgica nos
hace vivir la Pascua de los hombres en Cristo, esta misma Pascua de la
que nosotros somos servidores en la Misión. Si se ha comprendido que la
Epíclesis eucarística es el foco de la Compasión de donde manan todas las
Energías de la Iglesia, se puede entonces entender cómo la Misión
manifiesta y comunica la Compasión divina que salva a los hombres.

La Misión, Epifanía de la Compasión

En la anáfora eucarística, la Pascua de Jesús por todos los hombres


llega a ser la nuestra; aunque algunos miembros se alegran de pasar a la
Vida, ¿cómo no sufrirán, al

238
LITURGIA FONTAL

mismo tiempo, por aquellos que todavía están en la muerte? En la


Liturgia de la Palabra, Cristo Salvador se nos revela y le respondemos
con la acogida de la fe; pero nuestra respuesta traicionaría a Aquel que se
confía a nosotros si no le anunciásemos. La Misión es esta Manifestación
de Cristo al mundo a través de todo lo que somos: comunidad eclesial,
palabra, testimonio, don de nuestra vida.
En primer lugar, la Misión es esencialmente Epifanía de Cristo a
través de su Iglesia como nueva comunidad de Caridad. La Iglesia no es
una cadena mundial de publicidad evangélica ni una asociación de las
sucursales de los discípulos de Jesús; ella es la novedad de la Comunión
del Espíritu Santo entre los hombres. Esta es la Buena Noticia que se
anuncia por su sola existencia: que el amor imposible esté aquí como un
acontecimiento real. El Dios Vivo no necesita presentación: Él Es y
Viene. Lo mismo sucede con la Iglesia, acontecimiento de la caridad
divina entre los hombres. Si la Iglesia no llega a ser ella misma
acogiendo el Espíritu Santo que la hace Cuerpo de Cristo, no es más que
un grupo socio-cultural entre otros; es entonces, al faltar la Liturgia
fontal, cuando los cristianos recurren a la publicidad. Pero, si la Iglesia
local es una Comunidad de caridad, los hombres pueden quizá rechazar
esta noticia conmovedora del amor de Dios por ellos, pero no pueden no
verla. La Misión como Epifanía es, ante todo, este misterio de Luz (Jn
13, 35).
A partir de ahí, la Iglesia es también advenimiento de la Palabra.
Cada uno en la Iglesia, por medio de su Bautismo y Crismación, recibe
por su parte los carismas de este profetismo nuevo: «realizar el
advenimiento de la Palabra de Dios» (Col 1, 25) entre los hombres. La
palabra «cumple su misión» (2 Ts 3, 1) a condición de que la llevemos
para lo que es y sin traficar con ella (/ Ts 2 , 3; 2 Co 2 , 17): Jesús
crucificado y resucitado. Es Él quien, a la medida de nuestra
transparencia, llama a los hombres allí donde están, todavía en las
tinieblas, y de luz en luz. Por

239
LITURGIA FONTAL

que los entiende, É3, el único Amigo de los hombres, sabe recogerlos para
liberarlos. Ni demagogo ni doctrinario, Jesús es la claridad toda pura de
la Gloria del Padre. A través de nosotros, Él habla «con autoridad» y no
como un cronista. La verdad de lo que dice coincide con lo que es y esta
evidencia solo puede ser reconocida por un corazón sencillo y recto. Él es
el único verdaderamente humano, porque conoce en su Carne en qué
consiste el combate del pecador y la libertad de vivir de modo divino al
hombre. Por eso, nuestra palabra, sacramento de su Misterio, no es ni un
discurso sobre Dios ni una moral para el hombre, sino la revelación de
que el hombre es amado y está llamado a hacerse Dios, porque el Padre
lo ha amado primero y su Hijo se ha hecho hombre. Esta Palabra será
tanto más verdadera cuanto más nos haya transformado primero,
deificándonos, a nosotros mismos.
Si es la Iglesia la que anuncia el Evangelio por medio de nosotros,
esto implica que estemos comprometidos en ello con todo nuestro ser. La
Misión no puede no ser testimonio. Jesús es el único Testigo de la
ternura del Padre y de la miseria del hombre, pero Testigo fiel, porque
cumple en sí mismo la promesa del Padre en favor de todos sus hijos: su
grandeza divina ya está restaurada en el Hijo amado. Juan era el dedo
que mostraba al Verbo en la humildad de su Carne. La Iglesia es ahora,
en el Espíritu Santo y participando de su kénosis, el precursor del Señor
en el umbral de su Advenimiento en la Gloria. Pero no muestra a Cristo
como exterior a ella; Juan era el amigo del Esposo, ella es la Esposa. El
misterio del testimonio, con demasiada frecuencia reducido a apariencias,
es tremendamente exigente: reclama insistentemente transparencia. No
se improvisa el testigo. Hace falta una larga intimidad con el Verbo de
Vida y con la muerte de los hombres hacia los que el nos arrastra en su
seguimiento: hace falta la Compasión siempre naciente, la de la Virgen
María.

240
LITURGIA FONTAL

Finalmente, la misión de la Palabra culmina en el martirio, forma


última de testimonio. Poco importan sus formas, pero la misión de la
Iglesia ya no sería la de Cristo y del Espíritu Santo si no se acabara así.
«¿A ti qué te importa? Tú sigúeme...» (Jn 21, 22). Tan solo podemos ser
testigos de Aquel que hemos escuchado, han contemplado nuestros ojos y
han tocado nuestras manos si su Fuego nos purifica hasta conformarnos
totalmente con El. Desde la Epíclesis de nuestro Bautismo hasta la de
nuestras Eucaristías, es este mismo Fuego el que actúa en nosotros para
que la Vida haga su obra en nuestros hermanos. Si nuestra misión no
encuentra contrariedades, es que somos falsos profetas. Ahora bien,
habiendo sido enviados para estar con los hombres, no podemos ser como
ellos; estaremos con ellos y seremos para ellos tan solo si somos como
Cristo: «signo de contradicción» (Le 2, 34), revelando los secretos de los
corazones. La tribulación -sufrida porque somos «cristianos» ( 1 P 4, 16)-
es el sello del ministerio de la Palabra, su culminación en el silencio del
Amor que da la Vida después de haber dado el «germen incorruptible» de
la Vida (/ P 1, 23). Se cumple así en la Liturgia eterna la Misión
comenzada en la Liturgia de la Iglesia. En el martirio, la compasión
alcanza el extremo del amor.

La Misión, Pentecostés de los últimos tiempos

La Misión de la Iglesia no es más intermitente que el Amor del Padre


por cada uno de los hombres. Pero nosotros no podemos anunciar siempre
a Aquel que contemplamos ni ayudar continuamente a nuestros
hermanos a liberarse en el Espíritu Santo. No pudiendo a cada instante
partir el Pan del que los hombres tienen hambre ni derramar la Unción
que cura todas sus heridas, entonces ¿qué haremos? Algunos retornan a
sus redes. Otros están demasiado habitados por la Compasión de su
Señor como

241
LITURGIA FONTAL

para dejar a la Iglesia sola en el Tiempo de su alumbramiento; Aquel que


la Iglesia lleva, ¿no es Aquel que llega a serlo todo en todos? La Misión
vuelve, entonces, a su fuente para no cesar de manar; es en la oración del
corazón donde la Liturgia de la Misión no se agota jamás.
En la Epíclesis de la Eucaristía, nuestro sacerdocio profético y real,
de la Palabra y del Amor, se alimenta de un fuego que no se apaga. En
ella, la Liturgia del corazón encuentra siempre alguna brasa con la cual
la oración se aviva de nuevo en el impulso y en la llama de la Epíclesis.
En secreta comunión con el gemido de los santos de debajo del altar de la
Liturgia eterna, la oración del corazón es el lugar desde donde el Espíritu
no cesa de derramarse en los hombres. En este Pentecostés
ininterrumpido de los últimos tiempos, el Espíritu Santo es, según las
palabras de san Basilio, «el lugar de los santos»20. Así ha sido desde la
aurora de la plenitud de los tiempos. Este misterio de efusión, su Misión,
comenzó para el Espíritu Santo con la Virgen María. Desde que ella
concibió al Verbo del Padre, parte «a toda prisa» a casa de su prima
Isabel, y he aquí que, deseando la paz, ella la da: el Espíritu invade a la
madre, y su niño conoce ya los estremecimientos del Paráclito. La Iglesia,
incluso cuando es inútil para el mundo, está siempre así en misión, en
visitación entre los hombres. La oración es en el corazón de la Iglesia la
Epíclesis de su Misión continua.
Orar así siempre es un don que está inscrito en el Sello del Don del
Espíritu que ha confirmado nuestro Bautismo. Cuando este don es
revelado por una llamada personal y se adueña de todo el ser y de toda la
vida, se convierte en ese carisma que no tendrá nunca un nombre
canónico adecuado en la Iglesia: la vida monástica. Es el carisma virginal
de la Iglesia. Aquellos que son revestidos de este carisma entregan al
Espíritu Santo, Señor de lo


20 Líber de Spiriíu Soneto, PG 26, 184a.

242
LITURGIA FONTAL

imposible, todo lo que en el hombre espera primeramente del hombre su


realización: el querer, el poder y el tener. Esperarlo todo del Espíritu
Santo es el movimiento primero de la Epíclesis, de la oración del corazón.
La vida monástica es así el carisma escondido, pero en primera línea del
combate escatológico que sostiene toda la Misión de la Iglesia. Es ser el
Amor en el corazón de la Iglesia, según la expresión de santa Teresa del
Niño Jesús.
Un icono de las Iglesias orientales, que comienza a ser redescubierto
por sus hermanas de Occidente, expresa muy adecuadamente este
misterio de la Iglesia orante en el Pentecostés de los últimos tiempos: es
el icono de la Deesis21. En el centro, Cristo tiene en una mano el rollo de
la historia (el Cordero crucificado y resucitado) y con la otra bendice el
mundo (la efusión del Espíritu Santo): es siempre en la Ascensión donde
se revela y se realiza el misterio de la Misión. A un lado y al otro, la
Virgen María y Juan Bautista, con las manos abiertas y extendidas, no
son más que oración, intercesión, gemido del Espíritu. María está
siempre aquí, Iglesia de la Visitación de Dios entre los hombres; pero
Aquel que ella llevó y aquel que quedó lleno del Espíritu Santo están
ahora en la Liturgia eterna. «Bienaventurada tú, que has creído...» (Le 1,
45) es la Bienaventuranza de la Iglesia, porque su Compasión no puede
no dar su fruto eterno.


21 Literalmente «súplica», «ruego», «petición».

243

LA LITURGIA, TRADICIÓN DEL MISTERIO

No tenemos que inventar la Misión. Nos es dada, tenemos que


cumplirla, celebrarla. Remontando a su fuente, hemos descubierto, si es
que era necesario, que la Liturgia tampoco hay que reinvcntarla; tenemos
que entrar en ella y ser arrastrados por su corriente de vida. Estamos
ante la maravilla del Misterio de Cristo: desde el principio de la creación
a la consumación del Reino, él es Tradición. La santa y viva Tradición, la
tradición divina, es, en efecto, el Amor desgarrado del Padre que entrega
a su Verbo y derrama su Aliento hasta este cumplimiento: he aquí mi
Cuerpo entregado por vosotros... he aquí mi Sangre derramada por la
multitud... Jesús entregó su Espíritu. La pasión del Padre por los
hombres (Jn 3, 16) se cumple en la Pasión de su Hijo y se derrama desde
entonces por su Espíritu en esta Compasión divina en el corazón del
mundo que es la Iglesia. Y el misterio de la Tradición es esta misión
conjunta del Verbo y del Espíritu a lo largo de toda la Economía de la
salvación; de ahora en adelante, en los últimos tiempos, todas las
corrientes de amor del Espíritu de Jesús confluyen en el gran Río de Vida
que es la Liturgia.
En la Economía de la salvación, la Tradición era, primeramente, el
don de acontecimientos salvíficos; en la Liturgia, ella realiza y hace
presente el Acontecimiento que sostiene toda la historia, la Pascua de
Jesús, pero con la Iglesia, y esta es la Sinergia central de la Epíclesis. En

244
JEAN CORBON

la Economía de la salvación, la Tradición era, luego, la revelación del


significado de los acontecimientos salvíficos por los profetas y los
escritores sagrados; en la Liturgia, ella manifiesta a Cristo a la Iglesia y
por la Iglesia, y esta es la Sinergia del Memorial. En la Economía de la
salvación, la Tradición era, por último, la participación del Pueblo de
Dios en los acontecimientos salvíficos; en la Liturgia, está la Sinergia de
la Comunión, en la que la celebración y la vida son en adelante
inseparables. Los canales de la Tradición divina son los de la «gracia
múltiple en sus efectos» (/ P 4, 10-11), pero el Agua viva es siempre la del
Río «límpido como cristal, que mana del trono de Dios y del Cordero».
La Liturgia es el gran Río donde confluyen todas las energías y las
manifestaciones del Misterio, desde que el mismo Cuerpo del Señor, vivo
junto al Padre, no cesa de ser entregado a los hombres en la Iglesia para
darles la Vida. La Liturgia no es una realidad estática, recuerdo, modelo,
principio de acción, expresión de sí o evasión angélica. Ella desborda los
signos en que se expresa y la eficacia que de ella se percibe. Ella es
irreducible a sus celebraciones, aunque esté toda entera en ellas. Pasa a
través de la palabra humana de Dios, escrita en la Biblia y cantada por la
Iglesia, sin jamás agotarse en ella. Está en su casa en medio de todas las
culturas y no se reduce a ninguna de ellas. Hace la unidad de una
multitud de Iglesias locales sin perder nunca su originalidad. Nutre a
lodos los hijos de Dios y en ellos no cesa de crecer. Si bien incesantemente
celebrada, nunca se repite: es siempre nueva.
Si hemos entrado en la visión de Juan, contemplando en el corazón
de la historia el despliegue del Río de Vida que es la Liturgia, todas
nuestras separaciones entre la celebración y la vida son removidas y
superadas. Esta atracción omnipotente del Cristo de la Ascensión,
inscrita en el vacío de todo acontecimiento humano, puede entonces
iluminarlo y vivificarlo desde dentro. No podemos redu

245
LITURGIA FONTAL

cirla a algunos destellos de comunión ni a unos momentos festivos de


celebración comunitaria. El Acontecimiento total de Cristo que es la
Liturgia, y en el cual nosotros estamos constantemente implicados,
desborda por todas partes la conciencia de fe y la celebración de los cre-
yentes. En efecto, porque lo que él asume y penetra es toda la historia, y
todos los hombres y cada uno de ellos en todas sus dimensiones, y todo el
cosmos y toda la creación. Para ser arrastrados por este Río, que nos
baste haber alcanzado su Fuente.

246

ÍNDICE

PRÓLOGO de Félix María Arocena ......................................... 7

NOTA SOBRE EL AUTOR de Félix María Arocena .. 13

PRESENTACIÓN del Cardenal Roger Etchegaray .... 19

INTRODUCCIÓN ...................................................................... 21

VOCABULARIO LITÚRGICO .................................................. 23

EN EL BROCAL DEL POZO ................................................... 27

I
EL MISTERIO DE LA LITURGIA

Capítulo I
EL MISTERIO ESCONDIDO DURANTE SIGLOS
( E f 3 , 9) ............................................................................... 35
En el principio .................................................................... 37
El tiempo de las promesas .................................................. 39

Capítulo II
LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS O EL ADVENI-
MIENTO DEL MISTERIO ................................................. 41
El Verbo se hace carne; la kénosis del Hijo ....................... 41
«Entonces aparece Jesús»: la Manifestación ...................... 44

Capítulo III
LA HORA DE JESÚS O EL ACONTECER DEL MIS-
TERIO ................................................................................. 49
El Acontecimiento escondido: la Cruz ............................... 51
El Acontecimiento manifestado: la Resurrección .. 55
La Resurrección: el manar de la Liturgia ......................... 57

247
ÍNDICE

Capítulo IV
LA ASCENSIÓN Y LA LITURGIA ETERNA .......................... 61
El Misterio de la Ascensión ............................................... 62
La Liturgia celestial .......................................................... 65
El retomo al Padre .............................................................. 66
El Señor de la historia ....................................................... 69

Capítulo V

PENTECOSTÉS, ADVENIMIENTO DE LA IGLESIA . 73

Capítulo VI
LOS «ÚLTIMOS TIEMPOS»: EL ESPÍRITU Y LA
ESPOSA ............................................................................... 79
El Misterio de los últimos tiempos ...................................... 79
El Espíritu y la Esposa ....................................................... 84

Capítulo VII
LA TRANSFIGURACIÓN ........................................................ 89
La zarza ardiente ................................................................ 90
La Transfiguración ............................................................ 93
La Liturgia sacramental .................................................... 97

Capítulo VIII
EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA EN LA LI-
TURGIA ................................................................................ 101
La Luz del triple resplandor ............................................... 102
La Manifestación del Cuerpo de Cristo ............................. 104
La Pascua del Cuerpo de Cristo .......................................... 107
La Comunión del Cuerpo de Cristo .................................... 110
La Liturgia, Sinergia del Espíritu y de la Iglesia .... 112

II
LA LITURGIA CELEBRADA

Capítulo IX
LA CELEBRACIÓN, EPIFANÍA DE LA LITURGIA ... 119
La celebración, «momento» de la Liturgia ......................... 119
La celebración, lugar de la Liturgia .................................. 122
La celebración, foco de la Liturgia .................................... 123
Las celebraciones de la Liturgia ........................................ 128

248
ÍNDICE

La celebración, fiesta de la Liturgia ................................... 131

249
ÍNDICE

Capítulo X
EL MANAR DE LA LITURGIA EN LA CELEBRA-
CIÓN ................................................................................... 133
Las cisternas agrietadas ...................................................... 134
«Hendió la roca y manó el a g u a » ( I s 48, 21) ................... 137
«Les conducirá a manantiales de agua» ( I s 49, 10) . 144

Capítulo XI
EL SACRAMENTO DE LOS SACRAMENTOS ....................... 147
La Liturgia de la Palabra ................................................... 148
La Anáfora eucarística ....................................................... 151
La Comunión eucarística .................................................... 155
Del preludio al final ............................................................. 157

Capítulo XII
LAS EPÍCLESIS SACRAMENTALES ...................................... 159
Unidad y diversidad de las Sinergias sacramentales . 160
Las Epíclesis del nacimiento .............................................. 162
Las Epíclesis de curación o la victoria sobre la
muerte ................................................................................... 167
Las Epíclesis de Cristo siervo: el don de la Vida ................ 171
La armonía sacramental del Cuerpo de Cristo................... 174

Capítulo XIII
LA CELEBRACIÓN DEL TIEMPO NUEVO ........................... 177
Día de luz, largo, eterno ....................................................... 177
« E l año de gracia del Señor» (Le 4, 19) .............................. 179
« E l primer día de la semana» ........................................... 182

Capítulo XIV
EL ESPACIO SACRAMENTAL DE LA CELEBRA-
CIÓN .................................................................................... 187
«Señor, ¿dónde moras?» ( J n 1, 38) .................................... 187
La Iglesia, Casa de Dios ...................................................... 189
El espacio del cuerpo de Cristo ............................................ 191

III
LA LITURGIA VIVIDA

Liturgia celebrada y Liturgia vivida ................................. 197


La Liturgia, más allá del culto y de la vida moral .. 199
El único Misterio de la Liturgia ......................................... 201

250
ÍNDICE

Capítulo XV
LA ORACIÓN, LITURGIA DEL CORAZÓN ........................... 205
El lugar del corazón ........................................................... 205
Entrar en el nombre del Santo Señor Jesús ..................... 206
El altar del corazón ............................................................. 209
La Epíclesis del corazón .................................................... 210
El altar de la Comunión .................................................... 212

Capítulo XVI
LA DEIFICACIÓN DEL HOMBRE.......................................... 215
El Misterio de Jesús ............................................................ 216
El realismo de la Liturgia del corazón............................... 218
El Espíritu Santo, Iconógrafo de la deificación ................ 220

Capítulo XVII
LA LITURGIA EN EL TRABAJO Y EN LA CULTURA 223
La iconografía desconocida ................................................ 223
El trabajo transfigurado .................................................... 225
La iconografía de la cultura .............................................. 228

Capítulo XVIII
LA LITURGIA EN LA COMUNIDAD HUMANA ................... 231
« E l reino de Dios está en medio de vosotros» { L e
1 7 , 2 1 ) ............................................................................... 233
La Iglesia en epíclesis ........................................................ 235
« E n comunión los unos con los otros» ( l Jn 1 , 7 ) 237

Capítulo XIX
LA COMPASIÓN, LITURGIA DE LOS POBRES .................. 241
El altar de los pobres ......................................................... 241
La Iglesia de la Compasión ............................................... 244

Capítulo XX
LA MISIÓN Y LA LITURGIA DE LOS ÚLTIMOS
TIEMPOS ............................................................................ 249
El misterio pascual de la Misión ....................................... 251
La Misión, Epifanía de la Compasión ................................ 253
La Misión, Pentecostés de los últimos tiempos ................... 256

LA LITURGIA, TRADICIÓN DEL MISTERIO ....................... 259

251

L I B R O S

Palabra
Colección dirigida especialmente a quienes se interesan por las
cuestiones de fondo de la Iglesia

1. PASTORES PARA UNA NUEVA EVANGELIZACIÓN. Ejercicios


espirituales a la Conferencia Episcopal Española, de Mons. Darío
CASTRILLÓN HOYOS. Prólogo del Card. Ángel
SüQUÍA.

2. EL DON DE LA VIDA. Introducción y comentarios a la Instrucción de


la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el respeto de la vida
humana naciente y la dignidad de la procreación, del Card. Joseph
RATZINGER, M. SCHOOYANS, A. RODRÍGUEZ LUÑO, B. KIELY, D. TETTAMANZI, A.
CHAPELLE, E. SGRECCIA Y G. MEMETEAU. Presentación de Mons. A. BOVONE.
Prólogo del Card. Narcís JUBANY (5a edición).
3. EL MISTERIO DEL HIJO DE DIOS. Introducción y comentarios a la
Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe para
salvaguardia de la fe en tomo a algunos errores recientes sobre los
misterios de la Encamación y de la Santísima Trinidad, del Card.
Joseph RATZINGER, CH. BOYER, U. BETTI y J. GALOT. Contiene, además, La
conciencia que Jesús tenía de sí mismo y de su misión, de la Comisión
Teológica Internacional, y Cristo presente en la Iglesia, de la Comisión
Episcopal para la Doctrina de la Fe. Prólogo del Card. Antonio
CAÑIZARES (4a edición).
5. EL DON DE LA VERDAD. Introducción y comentarios de la
Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la vocación eclesial del
teólogo, del Card. Joseph RATZINGER, A. BOVONE, G. COTTIER, I. DE LA
POTTERIE, R. TREMBLAY, M. SECKLER, R. FISICHELLA, W. KASPER, I. BIFFI, M.
SCHOOYANS, W. E. MAY, P. EYT, M. OULLET. Contiene, además, El teólogo y
su función en la Iglesia, de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la
Fe. Prólogo de Mons. Ricardo BLÁZQUEZ (3a edición).

6. LA MEDITACIÓN CRISTIANA. Introducción y comentarios a la Carla


«Oralionis formas» de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del
Card. Joseph RATZINGER, A. BOVONE, A. SICARI, A. SCOLA, J. CASTELLANO, M.
DHAVAMONY, C. DEL ZOTO, T. SPIDLIK, J. JANSSENS. Prólogo de Mons. Javier
MARTÍNEZ (2A edición).
8. EL MISTERIO DE LA IGLESIA. Declaración de la Congregación para
la Doctrina de la Fe acerca de la Iglesia para defenderla de algunos
errores actuales. Introducción y comentarios del Card. J. RATZINGER, A.
BOVONE, F. OCÁRIZ Y S. NAGY. Contiene, además, la carta de la misma
Congregación sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como
comunión, con presentación del Card. J. RATZINGER y comentarios de S.
NAGY, A. SICARI, L. BOUYER, F. OCÁRIZ, M. THURIAN Y R. LANZETTI. Prólogo de
Pedro RODRÍGUEZ (3a edición).
10. EL CELIBATO APOSTÓLICO. Y la resurrección de la carne. Teología
del cuerpo, III, de JUAN PABLO II. Prólogo de Juan José ESPINOSA (4a
edición).
12. VARÓN Y MUJER. Teología del cuerpo I, de JUAN PABLO II. Prólogo de
Blanca CASTILLA DE CORTÁZAR (7a edición).
13. ANTROPOLOGÍA CRISTIANA. Del Concilio Vaticano 11 a Juan
Pablo II, de Juan Luis LORDA. Prólogo de Mons. Fernando SEBASTIÁN (3a
edición actualizada).
14. LA REDENCIÓN DEL CORAZÓN. Antropología de la castidad.
Teología del cuerpo, II, de JUAN PABLO II. Prólogo de José Luis ILLANES (4a
edición).
15. CREO EN DIOS PADRE. Catcquesis sobre el Credo (I), de JUAN PABLO
II. Prólogo del Card. Ricardo María CARLES (5a edición).
16. CREO EN JESUCRISTO. Catcquesis sobre el Credo (II), de JUAN PABLO
II. Prólogo del Card. Ricardo María CARLES (5a edición).
17. CREO EN EL ESPÍRITU SANTO. Catcquesis sobre el Credo (III), de
JUAN PABLO II. Prólogo del Card. Ricardo María CARLES (6a edición).
18. LA ATENCIÓN PASTORAL A LAS PERSONAS HOMOSEXUALES.
Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Introducción y
comentarios del Card. J. RATZINGER, T. BERTONE,

B. HONINGS, B. KlELY, M. GlLBERT, I. CARRASCO DE PAULA, G.


ZUANAZZI. Prólogo de Mons. Javier SALINAS (4a edición).

19. LA SAL DE LA TIERRA. Una conversación sobre Cristianismo e iglesia


católica ante el nuevo milenio, del Card. Joseph RATZINGER. Prólogo de
Peter SEEWALD (11a edición).

20. EL SACRAMENTO DEL ORDEN Y LA MUJER. De la «Inter insigniores» a la


«Ordinatio sacerdotalis», de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Introducción y comentarios del Card. J. RATZINGER, T. BERTONE, H. U. VON
BALTHASAR, J.
BERNARDIN, I. BlFFI, J. BURGGRAF, J. CORBON, J. LlTTLE, G.
MARTELET, A. G. MARTIMORT, R. SPIAZZI, A. L. DESCAMPS, M. THURIAN, A.
VANHOYE y A. SCOLA. Prólogo de Mons. Agustín GARCÍA GASCO (2a edición).
21. SACERDOTES SECULARES, HOY, de Ramiro PELOTERO. Prólogo de Mons.
Manuel UREÑA.

22. CREO EN LA IGLESIA. Catequesis sobre el Credo (IV), de JUAN PABLO II.
Prólogo de Mons. Elias YANES (2a edición).

23. LA VIRGEN MARÍA. Catequesis sobre el Credo (V), de JUAN PABLO II.
Prólogo del Card. Francisco ÁLVAREZ (3a edición).

24. SECTAS SATÁNICAS Y FE CRISTIANA, de A. SCOLA, G. FERRARI, A. PORCARELLI,


E. FIZZOTI, L. MUSTI, M. MORONTA. Prólogo de Julián GARCÍA HERNANDO.

25. MATRIMONIO, AMOR Y FECUNDIDAD. Teología del cuerpo, IV, de JUAN


PABLO II. Prólogo de Antonio MIRALLES (3a edición).

26. MORAL CONYUGAL Y SACRAMENTO DE LA PENITENCIA. Reflexiones


sobre el «Vademécum para los confesores». Introducción y comentarios del
Card. A. LÓPEZ TRUJILLO, A. MATTEUS, A. CHAPELLE, G. GRANDIS, F.-C.
FERNÁNDEZ SÁNCHEZ, T. STYCZEN, C. CAFARRA, L. CICCONE, F. GIL HELLÍN, W. E.
MAY, J. SUAUDEAU, R. BONETTI, F. DI FELICE. Prólogo de Mons. Francisco GIL
HELLÍN.
27. AVANZAR EN TEOLOGÍA. Presupuestos y horizontes del trabajo
teológico, de Juan Luis LORDA. Prólogo de Lucas F. MATEO SECO.

28. ABRID LAS PUERTAS AL REDENTOR. Catequesis del año santo de la


Redención, de JUAN PABLO II. Prólogo de Mons. José DELICADO BAEZA.

30. EL ABORTO PROVOCADO. Texto de la declaración de la Congregación


para la Doctrina de la Fe y documentos de diver

sos episcopados. Introducción del Card. J. RATZINGER. Prólogo de Mons.


Juan Antonio REIG (2a edición).
31. SOBRE LA ATENCIÓN PASTORAL DE LOS DIVORCIADOS
VUELTOS A CASAR. Documentos de la Congregación para la
Doctrina de la Fe. Introducción del Card. J. RATZINGER. Comentarios de
D. TETTAMANZI, M. F. POMPEDDA, A. RODRÍGUEZ LUÑO, P. G. MARCUZZI y G.
PELLAND. Prólogo del Card. Tarcisio BERTONE (3a edición).
32. CREO EN LA VIDA ETERNA. Catequesis sobre el Credo ( V I ) , de
JUAN PABLO II. Prólogo del Card. Antonio María Rouco VÁRELA (2a
edición).
33. EL PRESBÍTERO ANTE EL TERCER MILENIO CRISTIANO.
Documentos de la Congregación para el clero. Prólogo del Card. Darío
CASTRILLÓN HOYOS (2a edición).
34. ¿QUÉ SIGNIFICA MARÍA PARA NOSOTROS, LOS CRISTIANOS?
Reflexiones sobre el capítulo mariológico de la Lumen gentium, de
Gerhard L. MÜLLER. Prólogo del Card. Karl LEIIMANN.
35. ¿DÓNDE VA EL CRISTIANISMO?, de Bruno FORTE. Prólogo de Juan
Luis LORDA.
36. TEMAS ACTUALES DE ESCATOLOGÍA. Documentos de la
Congregación para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Teológica
Internacional. Introducción del Card. J. RATZINGER. Comentarios de C.
SORGI, S. MAGGIOLINI, C. POZO, CH. SCHÓNBORN, W. KASPER. Prólogo del Card.
Tarcisio BERTONE (2a edición).
37. LITURGIA FONTAL. Misterio-Celebración-Vida, de Jean CORBON.
Presentación del Card. Roger ETCHEGARAY. Prólogo de Félix María
AROCENA (2a edición actualizada).
38. ALABANZA A LA TRINIDAD. El hombre y su encuentro con Dios.
Catequesis del Gran Jubileo, de JUAN PABLO II. Prólogo de Mons. Julián
BARRIO BARRIO.
39. DECLARACIÓN «DOMINUS IESUS», de la Congregación para la
Doctrina de la Fe. Presentación de Mons. T. BERTONE. Comentarios de
A. AMATO, F. OCÁRIZ, R. FISICHELLA, L. LADARIA, D. VALENTÍN!, N. Bux, M.
DHAVAMONY. «Notificación» sobre un libio de J. Dupuis y comentario.
Introducción del Card. Joseph RATZINGER.



40. EL PRIMADO DEL SUCESOR DE PEDRO EN EL MISTERIO DE LA


IGLESIA. Consideraciones de la Congrega

ción para la Doctrina de la Fe. Comentarios de R. PESCH,


R. MlNNERATH, P. RODRÍGUEZ, F. OCÁRIZ, A. M. SlCARI, N. BUX.
Presentación de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
41. PENSAR EL FUTURO. Apostar por la verdad y el bien: la moral en el
siglo xxt, de Aurelio FERNÁNDEZ. Prólogo de Mons. Gabino DÍAZ
MERCHÁN.
42. ESCRITURA E INTERPRETACIÓN. Los fundamentos de la
interpretación bíblica. J. RATZINGER, P. BEAUCIIAMP, B. COSTACURTA, I. DE
LA POTTERIE, K. STOCK, A. VANHOYE. Edición y Prólogo de Luis SÁNCHEZ
NAVARRO y Carlos GRANADOS (2a edición).
43. CANTAD AL SEÑOR UN CÁNTICO NUEVO. Catcquesis sobre los
salmos de Laudes, de JUAN PABLO II. Prólogo de Mons. Julián LÓPEZ
MARTÍN.
44. LA MUERTE Y LA ESPERANZA, de Paul O'CALLAGHAN. Prólogo de Mons.
Walmor OLIVEIRA DE AZEVEDO.
45. ANTROPOLOGÍA BÍBLICA. De Adán a Cristo, de Juan Luis LORDA.
Prólogo de Domingo MUÑOZ LEÓN.
46. LA ENSEÑANZA SOCIAL DE LA IGLESIA. Síntesis, actualización y
nuevos retos, de Michel SCHOOYANS. Prólogo de Rene RÉMOND.
47. TEMAS CANDENTES DE BIOÉTICA Y FAMILIA. En la
brecha, del Card. Alfonso LÓPEZ TRUJILLO. Prólogo del Card. Ricardo
María CARLES.

48. AL SERVICIO DE LA EDUCACIÓN EN LA FE. El


Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, de Carmen-José
ALEJOS GRAU (Ed.). Prólogo de Mons. Jaumc PUJOL
49. SOBRE ALGUNAS CUESTIONES DE ÉTICA SEXUAL.
Declaración Persona humana de la Congregación para la Doctrina
de la Fe. Introducción del Card. J. RATZINGER. Comentarios de C.
CAPARRA, S. GAROFALO, P. SARDI, G. CARRIQUIRY, G. PERICO y M. BENZO.
50. CONSIDERACIONES SOBRE LA HOMOSEXUALIDAD EN LA BIBLIA, de
Innocent HIMBAZA, Adrián SCHENKER, Jean-Baptiste EDART.

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