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El ruiseñor de Lacan

Guía de lectura

Inés Sotelo

Jacques –Alain Miller dicta una conferencia que llamará “El ruiseñor de Lacan en alusión a
un escrito de J L Borges “El ruiseñor de Keats”, publicado en “Otras Inquisiciones”. Keats
escribe “Oda a un ruiseñor” en 1819.

Borges dirá que Keats hablará del ruiseñor que canta en su jardín, el eterno ruiseñor de
Ovidio y de Shakespeare, planteando que mientras los platónicos sienten que las clases,
los órdenes y los géneros son realidades, los aristotélicos sostienen que éstas son
generalizaciones y el lenguaje no es otra cosa que un aproximativo juego de símbolos. El
platónico sabe que el universo es un cosmos, un orden que para el aristotélico puede ser
un error o una ficción de nuestro conocimiento parcial.

En el "Ruiseñor de Lacan", Jacques-Alain Miller nos dice que "un caso particular no es
nunca el caso de una regla o de una clase. Solo hay excepciones a la regla, he aquí la
fórmula universal […] paradójica…El sujeto se constituye siempre como excepción a la
regla y esta reinvención de la regla que le falta lo hace a la manera del síntoma".

Esta perspectiva diagnóstica, que se sostiene en la función de excepción del síntoma,


suplementa y da soporte al todo de la clasificación con un no-todo clasificable.

Miller plantea que si bien una parte de la enseñanza es repetición, sólo con esto no
podemos sostenerla. Es necesario introducir la vertiente de la búsqueda de lo nuevo, la
investigación que en dialéctica con la repetición, propicie el buen encuentro, algún
hallazgo.

Esta cuestión toma especial relevancia en la orientación lacaniana, en la que no creemos


en las clases, en los sistemas de clasificación tan presentes en psiquiatría, y de forma
desproporcionada y grosera en la actualidad. Y es que en psicoanálisis, justamente,
encontramos al sujeto en tanto éste aparece separado de la especie, de la clase, del
género al que pertenece.

Una estrofa, la penúltima de su poema, introduce el comentario de Miller:

"Oh, Pájaro inmortal, no has nacido para la muerte"

Ni te han pisado las generaciones hambrientas.

La voz que esta noche fugaz escucho ya la oyeron

el soberano y el campesino en los tiempos antiguos

quizás el mismo canto que encontró el camino

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hacia el corazón triste de Ruth que, nostálgica del hogar,

derramó lágrimas en el maizal ajeno;

el mismo que a menudo hechizara

las mágicas ventanas, que se abrían a la espuma

de mares peligrosos, en tierras de leyenda ya olvidadas".

Miller, siguiendo a Borges, nos dice: “Tiene razón Keats, a quien el canto del ruiseñor
divide como sujeto, lo hace experimentar su mortalidad, lo devuelve a su falta de ser,
porque el animal sí es la especie (...). Es lo que propongo como la perspectiva lacaniana:
en efecto, el animal (...) realiza totalmente la especie, y se puede decir que lo hace de
manera exhaustiva, en tanto ejemplar. Pero el ser hablante, el sujeto, el ser de lenguaje,
nunca realiza ninguna clase de manera exhaustiva y sólo puede imaginarse confundido
con la especie humana cuando se piensa mortal, como Keats en ese ejemplo.”

El sujeto es lo que aparta al individuo de la especie, lo particular de lo universal, incluso el


caso de de la regla. Miller dirá: “Llamamos, pues, sujeto a esa disyunción que hace que
Keats no sea Ovidio o Shakespeare. El ruiseñor de Keats sí es el mismo que el de Ovidio y
el de Shakespeare. Pero, justamente, Keats no es Ovidio ni Shakespeare”. Y en la
orientación lacaniana, tratamos de elaborar y transmitir nuestra práctica apuntando al
punto sujeto del individuo. De esta manera, un caso particular no es nunca el caso de una
regla o de una clase.

El sujeto analizante, por fuera del universal, inventa la manera según la cual él ubica su
propio caso bajo la regla universal de la supuesta especie de los sujetos.
No hay regla, hay un agujero, una fórmula no escrita; no inscribible; se trata de la
ausencia de un programa, de una programación sexual. Es lo que Lacan llamó la no
relación sexual.
El único universal que vale para el sujeto es negativo, es decir, es la ausencia de una
regla. De este modo el sujeto está siempre obligado a inventar su modo de relación con el
sexo, sin estar guiado por una programación natural.
Los animales saben qué hacer con la genitalidad, responden a la programación genética.
El ser-hablante debe inventarlo, cada vez y será el síntoma aquello que viene al lugar de la
programación que no hay.

Cuando hablamos de "síntoma neurótico", aparece por un lado el síntoma como aquello
que hace a lo singular, a la vez que al denominarlo neurótico, se refiere a una categoría, a
una clase. Es psicoanálisis hace uso de las categorías sin aplastar al sujeto.

Estas categorías tienen el carácter de artificio que nos permiten trabajar con otros
mediante un lenguaje que recubre lo real. Miller dirá que entiende el diagnóstico como un
arte de juzgar un caso sin regla y sin clase preestablecida, lo que se distingue por
completo de un diagnóstico automático que refiera cada individuo a una clase patológica ..

En la escritura de un caso, nada del orden de lo automático nos orienta, se trata más bien
de partir del universo simbólico del sujeto, localizar la gramática, las leyes que le rigen,
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para luego reducir el sentido, los datos, las anécdotas, hasta delimitar de esta manera el
material para poder hacer una buena transmisión de aquello que se considera esencial,
intentando dar cuenta de la estructura gramatical que rige, a partir de las versiones, las
vueltas dichas, que el sujeto va haciendo alrededor de lo real en juego.

Sobre el diagnóstico

En el Diccionario de la Real Academia de la lengua Española, el término que viene del griego
aparece como perteneciente o relativo a la "diagnosis", y se define como el arte o acto de
conocer la naturaleza de una enfermedad mediante la observación de sus síntomas y signos. La
diagnosis que viene del griego (conocimiento) es la acción y efecto de diagnosticar. Significa
distinción, discernimiento, medio de distinguir o discernir, conocimiento en juicio, juicio, decisión,
fallo. Es decir, que en su etimología el diagnóstico es juicio, un acto clínico.

Ya en su etimología reconocemos el acento puesto en la distinción y detalle, opuesta a la


generalización de los diagnósticos.

Habría entonces dos lógicas aquí: una clasificatoria, válida para todos, que excluye cada vez
más el acto del clínico y su arte, y otra que sustrayéndose al discurso universal, pretende
rescatar aquello que llamamos el juicio, el acto, el arte y por ende involucra al clínico y su
formación.

La primera forma busca "establecer una nosología única que registrará los avances del
conocimiento en ese campo gracias a una actualización periódica. Se trata de lograr constantes
a partir de convertir en paradigma la repetición de las variables".

Los modelos sindrómicos dejan de lado la pregunta por la causa, o bien se los reduce a algo
biológico o químico. Sus definiciones parten de hechos observables y sus conclusiones se limitan
a enunciar (si tiene o no algún trastorno) sin dejar lugar a la construcción de supuestos o
hipótesis algún, clasifica el compromiso neuronal o bioquímico de diferentes estructuras
neuronales que quedan listas a la acción del fármaco. De este modo se desdibuja también el
lugar del clínico.

Miller sostiene : "Si privilegiamos el caso particular, el detalle, lo no generalizable, es en la


medida en que ya no creemos en las clases –no me refiero a las clases sociales, sino a las de
los sistemas de clasificación." Afirmando que sabemos que nuestras clases, nuestros sistemas
de clasificación son mortales, que las clases que utilizamos son históricas; que tienen algo
relativo, artificial, artificioso, en otras palabras que son semblantes. Las clases sólo se presentan
hoy fundamentadas en la verdad, que varía. La verdad no es otra cosa que un efecto, que
siempre es de un lugar, un tiempo y un proyecto particular. Podemos decir que, es inherente a
toda práctica del diagnóstico que el individuo se vuelva un ejemplar, que se lo transforme en un
ejemplar de una clase. Cada categoría tiene una historia, es el resultado de un proceso anterior,
histórico, que no se reducen a un componente teorético sino que refieren a una práctica efectiva.

Cada diagnóstico se refiere a una clase y nuestras clases diagnósticas tienen un pasado
impresionante que se puede seguir a través de los siglos. Nuestras clases no son especies
naturales. Sabemos del artificio de nuestras categorías, que tienen como fundamento la práctica
lingüística de los que tienen que ver con lo que se trata: "las clases tienen como fundamento la
conversación de los practicantes. Por eso hacemos conferencias, con preguntas y respuestas,
jornadas de trabajo, coloquios, etc." En otras palabras sabemos del carácter artificial y
convencional de las categorías ya asentadas.". Ello no nos exime de estudiarlas, ubicarlas,

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entenderlas, desarrollarlas.

Miller ubica: "El individuo se encuentra apartado de la maestría de este juego de clases
artificiosas, precisamente porque existe este artificialismo de las clases". ..El juego artificial,
nominalista, pragmático, continúa, es irresistible. Se trata de un gran movimiento histórico que
proseguirá. El resultado es que el individuo está disyunto de ese juego y juega su partida, hace
sus cosas al lado de este caos artificioso.

Finalmente plantea "lo universal de la clase, de cualquier clase, nunca está completamente
presente en un individuo. Como individuo real puede ser ejemplo de una clase, pero es siempre
un ejemplo con una laguna. Este déficit de toda clase universal en un individuo es el rasgo que
hace que justamente este sea sujeto. En tanto que nunca es ejemplar perfecto. Hay sujeto cada
vez que el individuo se aparta de la especie, del género, de lo general, lo universal. Es algo que
hay que recordar en la clínica cuando utilizamos nuestras categorías y clases. – no para
descartarlas, sino para poder manejarlas sabiendo de su carácter pragmático, artificial. Se trata
de no aplastar al sujeto con las clases que utilizamos".

"En nuestra práctica, tal como tratamos de elaborarla y transmitirla en nuestros aparatos de
enseñanza, apuntamos al punto sujeto del individuo y, haciendo eso nos apartamos tanto de la
dimensión de la naturaleza como de la ciencia. Introducimos la contingencia y, con ella un mundo
que no es ni un cosmos ni un universo, que no constituye un todo y que está sujeto a lo que se
va a producir, al evento."

Se plantea así el diagnóstico como un arte, exactamente como un arte de juzgar un caso sin
regla y sin clase preestablecida, lo que se distingue por completo de un diagnóstico automático
que refiere cada individuo a una clase patológica.

Entre lo universal y el caso particular es siempre necesario insertar el acto de juzgar, el cual no
es univesalizable. "Juzgar, es decir utilizar categorías universales en un caso particular, no es
aplicar una regla sino decidir si la regla se aplica, y esta decisión, este acto, no es
automatizable".

Las entrevistas preliminares, conservan por ejemplo, un valor fundamental para la diferenciación
diagnóstica y requiere de un tiempo en el que se hace la experiencia necesaria para que
advenga el juicio. Este juicio concierne al aparato psíquico del síntoma que permite localizar lo
que llamamos el goce, es decir, una cierta satisfacción en el displacer, así como al
consentimiento del sujeto a la entrada misma al dispositivo. Vamos pues en contraposición de la
expropiación de la experiencia propia del sujeto en relación a su propio padecer.

En esta política vislumbramos por lo menos dos formas: una que se plantea como comunitaria
del síntoma y que propone agrupamientos monosintomáticos como lugares de identificación, y la
política de la orientación lacaniana que va en un sentido diferente y contrario a la identificación.
Esta perspectiva toma al sujeto que se sustrae al discurso universal rescatando lo particular y
toma al síntoma no como un trastorno o disfunción sino como un modo de gozar que lo hace
único e intransferible. Esta orientación no cobija el ideal del "para todo" porque el sujeto del
psicoanálisis es un... "inclasificable".

" No es lo mismo que el malestar sea sofocado por los nombres de trastorno que se producen, se
multiplican y se diagnostican sin implicar al sujeto, que el llamado hecho al sujeto del malestar
para que sea posible que lo simbólico, por medio de la palabra, toque lo real y pueda cernir su
nombre de goce, como lo más singular..."

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Bibliografía consultada:

● Arcinegas, Laura. “El Arte del diagnóstico” NEL- Medellín. http://www.nel-


medellin.org/template.php?sec=Textos-online&file=Textos-online/Textos/El-arte-del-
diagnostico.html

● Borges, J. L. (1952) “El Ruiseñor de Keats” en Otras Inquisiciones. Jorge Luis Borges.
Obras completas. Volumen 2. Buenos Aires: Emecé Editores, 1989, pp. 95- 97.

● MILLER, J.-A. (1998) “El ruiseñor de Lacan” en AAVV: Del Edipo a la sexuación. Buenos
Aires: ICBA. Paidós, 2001 http://ea.eol.org.ar/03/es/textos/txt/pdf/el_ruisenor.pdf

● Silvestri, Nora. (2012) “Apuntes para una investigación sobre psicosis ordinaria” en Virtualia
n° 17. Revista digital de la Escuela de la Orientación Lacaniana.
http://virtualia.eol.org.ar/017/default.asp?miscelaneas/silvestri.html