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LA PSICOLOGÍA POLÍTICA: ¿PERTIETE?

¿VIGETE?∗
Alfonso Sánchez Pilonieta∗∗

Resumen
Este artículo∗∗∗ apunta al debate sobre la naturaleza de la Psicología Política, argumentando su
condición epistémica antes que ético-política y definiéndola como el conocimiento reflexivo
sobre la condición política del sujeto humano. Argumenta que la comprensión de lo humano
no puede ser cabalmente posible sin el entendimiento de la dimensión política como
dimensión constitutiva de su propia naturaleza y, por lo tanto, sin asumir esta dimensión
como objeto de estudio inalienable de la psicología; que el problema de la psicología política
no es sólo la explicación del comportamiento político, sino la comprensión de los procesos
psicosociales que gestan la constitución del humano como sujeto político, condición que no es
optativa sino consustancial a la antrópica naturaleza social. Condición que vincula
necesariamente la investigación e intervención de los fenómenos psicosociales relacionados
con el ejercicio del poder en las instancias del ordenamiento político colectivo, la sociedad
civil, las subculturas y las instituciones sociales, siempre desde la perspectiva de la constitución
del sujeto político, sus comprensiones, motivaciones, intencionalidades y acciones en cuanto
autor-actor de la realidad social

Palabras claves: Psicología Política. Sujeto Político. Epistemología de la Psicología.

Abstract

This article aims to debate on the nature of the Political Psychology, arguing that his condition
before epistemic ethical and policy-defining it as reflexive knowledge on the political status of
the human subject. It argues that human understanding of what can not be possible without
fully understanding the political dimension as constitutive dimension of their nature and,
hence, without assuming this dimension as an object of study inalienable of psychology; that
the problem of political psychology is not the only explanation of political behaviour, but
understanding the processes that psychosocial form the constitution of human as a political
entity, a condition that is optional but not specific to the anthropic social nature. Condition
necessarily linking research and intervention of psychosocial phenomena related to the exercise
of power at the behest of collective political order, civil society, subcultures and social
institutions, always from the perspective of the political constitution of the subject, their
understandings , Motivation,, intentions and actions as author-actor of social reality

Keywords: Political Psychology. Political subjects. Epistemology of Psychology


Texto recibido en Abril del 2008 y aprobado en junio del 2008
∗∗
Psicólogo, Magister en Investigación Educativa de la Pontificia Universidad Javeriana, Profesor Asociado de la
Universidad Javeriana (1997) y de la Universidad de los Andes (1994) E-mail: alsanche@javeriana.edu.co

∗∗∗
Ponencia presentada en el coloquio “Psicología en Desarrollo” Universidad Nacional de Colombia, Diciembre de
2007
El interrogante que anima esta corta reflexión, la duda implícita sobre la vigencia y la
pertinencia de la psicología política, me obliga a escoger un punto de entrada necesariamente
histórico, pues cualquier intención de legitimar un saber y, más aún, de validarlo como
disciplina científica, requiere ser contextualizada en el ámbito de los tiempos y los lugares en
que se haya configurado como propuesta.

Si partimos de una definición amplia y por lo tanto con alto margen de aceptación pero también
con alto riesgo de ambigüedad, y entendemos la psicología política simplemente como el
conocimiento reflexivo sobre la condición política del sujeto humano, es claro que para ubicar
su origen histórico tendríamos que remontarnos hasta los clásicos del pensamiento griego,
donde las ideas platónicas y aristotélicas evidencian la relevancia dada a las preguntas sobre las
motivaciones y formas de la actuación política de gobernantes y gobernados. La “República” de
Platón o la “Etica a Nicómano” de Aristóteles, bastarían para respaldar esta apreciación. Pero
así, también tendríamos que considerar las ideas de muchos otros pensadores que a lo largo de
nuestra historia han dado significativa importancia a la reflexión sobre dicha condición de lo
humano, y tendríamos una lista que sería prácticamente interminable: Marco Aurelio, Agustín
de Hipona, Averroes, Tomas de Aquino, Bacon, Guillermo de Ockham, Hobbes, Spinoza,
Locke, Hume, Maquiavelo, Kant, Hegel, Marx, Nietzsche, Ortega y Gaset, Habermas, Foucault,
etc, etc. Pero es obvio que por esta vía seguramente nos adentraríamos en el inmenso mar de la
filosofía política, indudable antecesora y actual colegionaria de la psicología política pero, no
obstante, campo disciplinar distinto.

La psicología política en cuanto sector específico de la psicología y más propiamente de la


psicología social ha tenido un desarrollo relativamente reciente y plural en los diversos
contextos académicos y profesionales del plano nacional e internacional, respondiendo, como
todo saber, a los intereses que privilegian una u otra forma de abordaje y definen las
condiciones sociales y epistémicas de su producción. Siguiendo a J.M.Dávila y sus colegas
(1998), podemos señalar que la psicología política ha surgido a lo largo del siglo XX, con los
matices propios de los centros de poder intelectual confluyentes en la escena social de dicho
siglo, pero teniendo sólo hasta la década del 70 su cabal reconocimiento como área propia de
conocimiento, gracias a la fundación en enero de 1978 de la Sociedad Internacional de
Psicología Política (ISPP) y a la publicación en 1979 de la revista Political Psychology, órgano
oficial de esta sociedad. Reconocimiento que en las últimas décadas ha estimulado la profusión
de sus trabajos pero no la unificación de sus conceptos definitorios, enfoques y métodos de
estudio, los cuales mantienen una rica pluralidad, quizás propia de toda disciplina en plena
construcción.
Esta pluralidad es tal vez lo que ha llevado a que con frecuencia bajo el mismo nombre se estén
entendiendo desarrollos teóricos y prácticos con intencionalidades disímiles y no pocas veces
contradictorias.

Por lo tanto, en esta ponencia, no pretendo negar o resolver la heterogeneidad de las


aproximaciones existentes ni, mucho menos, plantear una posible definición por encima de
tales diversidades. Lo único que busco es sustentar una hipótesis básica sobre la “necesidad
epistemológica” de la psicología política, en clara divergencia con las afirmaciones que centran
su justificación en una exclusiva o prioritaria “opción ética y política” de los psicólogos.

Considero que reconocer el carácter ético o político que necesariamente conlleva la psicología
política, como cualquier ciencia o saber social (Montero, 2001), no significa otorgarle un
estatuto exclusivamente ideológico al conocimiento por ella producido, sino que exige
distinguir el fundamento Epistemológico de su producción; determinar la naturaleza
necesariamente arraigada en el orden de lo político de la acción humana y, en consecuencia,
asumir la necesidad epistémica de afincar su comprensión en el abordaje de dicho orden.
Desde la hipótesis que pretendo sustentar, la psicología política no tiene sentido solamente por
que exprese la loable voluntad de un gran número de psicólogos de incidir en la configuración
de nuevos escenarios sociales para el desarrollo humano, sino porque la comprensión de lo
humano no puede ser cabalmente posible sin el entendimiento de la dimensión política como
dimensión constitutiva de su propia naturaleza y, por lo tanto, sin asumir esta dimensión como
objeto de estudio inalienable de la psicología.

La tendencia a atribuirle a la psicología política una motivación privilegiadamente política, con


el riesgo subsecuente de marcar su saber con un sello ideologizante, tiene su bases, a mi juicio,
en la definición que con mayor frecuencia se le da a este campo de estudio. Al definir la
psicología política como “la disciplina científica que trata de describir y explicar el
comportamiento político” (Dávila y col. 1998), asignándole la tarea de responder a preguntas
tales como: ¿Qué hace que las personas votemos a una opción política? ¿Cómo podemos evitar
y resolver las guerras y el terrorismo? ¿Cómo se pueden mejorar las decisiones que hacen los
gobernantes? ¿Cómo pueden mejorar los políticos su comunicación con los ciudadanos? ¿Qué
deben hacer los miembros de los partidos para conseguir ser receptivos a las demandas de los
que no pertenecen a ellos? ¿Qué podemos hacer las personas para influir en los asuntos
políticos? (Dávila y col. 1998), y otras similares, es relativamente fácil inferir que la
determinación de estudiar la psicología del comportamiento político es una opción entre muchas
que se le presentan al psicólogo. Así como el psicólogo pude abocarse al estudio del
comportamiento político, podría orientarse al estudio del comportamiento deportivo, del
comportamiento artístico, del comportamiento religioso, del comportamiento laboral o de
cualquier otra forma de comportamiento identificable en el amplio repertorio de actuaciones
individuales y grupales del ser humano. En otras palabras, así visto, estudiar el comportamiento
político es una más de las opciones del psicólogo y su escogencia respondería ante todo a los
propios intereses, y a la perspectiva ideológica que sobre la utilidad o no de su estudio le
otorgue cada psicólogo o grupo de ellos.

Es claro entonces, que si se acepta el anterior razonamiento, así como se puede optar por
estudiar el comportamiento político, así mismo, con igual legitimidad, se puede optar por no
hacerlo y excluir, de tajo, la dimensión política de la naturaleza epistémica del objeto de estudio
de la psicología. Con esto, el paso clave para afirmar que el estudio de la psicología política es
una opción ideológica, está dado.

Lo que este razonamiento está dejando de lado, por olvido involuntario o por ocultamiento
intencional, es que la naturaleza social de lo humano, su inevitable condición de ser relacional,
su imperativa forma de vida colectiva y sus propias formas históricas de organización y
convivencia, hacen que lo político, es decir, la compleja trama de las relaciones de poder
formalizadas para la regulación de la vida en común, sea una necesaria dimensión constituyente
y constitutiva de la experiencia humana.

Aquí, por supuesto, la concepción de lo político trasciende el ámbito de la actividad netamente


pública o de las instancias y procesos de gobierno. Estas son sólo la “punta del iceberg” que a
simple vista no muestra el inmenso tejido de relaciones psicosociales que hacen posible la
constitución del Sujeto político, siempre dialécticamente autor y actor de su rol político. Los
nuevos ámbitos de la hoy llamada “Sociedad Civil” con sus formas particulares de actuación en
el mundo de lo público y de incidencia en el mundo privado de quienes la componen; los
difusos y cambiantes espacios de las subculturas juveniles, las irregulares dinámicas de las
culturas marginales, y las variadas formas de las culturas institucionales, son sólo algunos de
los escenarios para la construcción del sujeto político que hoy demandan la atención de la
psicología.

En otras palabras, el problema de la psicología política no es sólo la explicación del


comportamiento político del sujeto humano, es la comprensión de los procesos psicosociales
que gestan la constitución del humano como sujeto político, condición que no nos es optativa
sino consustancial a nuestra antrópica naturaleza social.

Las relaciones de poder que desde Foucault entendemos como el tejido matriz de nuestras
posibilidades de subjetivación, devienen, para la psicología política, en la necesidad de
escudriñar todos los espacios de socialización con la óptica de los dispositivos de control y
dominio que hacen viable, en cada contexto particular, las disposiciones subjetivas e
intersubjetivas para la extensa gama de formas de ejercicio del poder, que sustentan directa o
indirectamente las acciones de gobierno en los grupos humanos.

Las relaciones políticas de la vida y la experiencia humana, lejos de ser sólo un escenario de
expresión de sus conflictivas subjetividades, son la atmósfera vital de las posibilidades de ser
del sujeto y, en consecuencia, su estudio no depende de una opción ética o política individual,
sino de la necesidad epistemológica de dar cuenta con la mayor completud posible del
fenómeno de lo humano, de su experiencia vital.

La pertinencia de la psicología política queda acentuada entonces si complejizamos su


definición, entendiéndola, en virtud de la división social del trabajo intelectual, como un sector
de la psicología y más propiamente de la psicología social, que toma por objeto la investigación
y la intervención de los fenómenos psicosociales relacionados con el ejercicio del poder en las
instancias del ordenamiento político colectivo, la sociedad civil, las subculturas y las
instituciones sociales, siempre desde la perspectiva de la constitución del sujeto político, sus
comprensiones, motivaciones, intencionalidades y acciones en cuanto autor-actor de la realidad
social.

Con esto en mente, y para ilustrar su pertinencia, podemos identificar algunos espacios
propicios, no propios, para el trabajo de la psicología política; tales como la comunicación y la
opinión pública, los procesos de socialización y cultura, las representaciones e imaginarios
sociales, los aspectos psicológicos implicados en las relaciones de autoridad y conformismo, de
liderazgo y dependencia, de toma de decisiones y participación, de influencia y conflicto, de
juicio y valoración social, de rebeldía y sumisión, de cambio y moldeamiento actitudinal, etc.
todos ellos pertinentes para el repertorio habitual de la psicología, aunque variablemente
pertinentes a la luz de la pluralidad de enfoques o perspectivas que, como hemos señalado,
caracteriza a la psicología, a la psicología social y a la psicología política de nuestros días.

Ahora, pensar sobre la vigencia de la psicología política, el otro término del interrogante inicial
para esta charla, requiere a mi juicio dos ángulos de consideración, ambos, no obstante,
trazados bajo el mismo entendimiento de que en este caso, la vigencia significa o se refiere a la
capacidad del saber producido por la psicología política de responder a condiciones y
necesidades concretas de la actualidad científica y social de nuestro medio.

El primer ángulo de consideración que propongo para ponderar la vigencia de la psicología


política, está entroncado con la vigencia de una demanda de mayor alcance disciplinar, la
demanda de dar respuesta a una necesidad urgente de deconstrucción crítica de la psicología
social, para lo cual la psicología política pareciera estar especialmente diseñada.
Esta urgencia, planteada en términos de Tomas Ibáñez, consiste en reconocer plenamente que
“el conocimiento científico (y la propia racionalidad científica) constituye un fenómeno
plenamente social, marcado, por tanto, por la historicidad y por la contingencia propias de todas
las prácticas humanas, y que es necesario aceptar que las propias ciencias sociales, y en especial
la Psicología social, deben girar hacia sí mismas las armas de la crítica, considerándose a si
mismas como objetos “ordinarios” del análisis social y como meras prácticas sociales que deben
ser investigadas sin miramientos particulares. Esto significa sencillamente que la Psicología
social debe proceder a una constante deconstrucción de todos los supuestos acríticamente
asumidos que infiltran de forma subrepticia sus conceptualizaciones, sus teorías y sus
procedimientos. En cierto sentido, se puede decir que la Psicología social, al igual que todas las
ciencias sociales, forma parte de sí misma y pertenece al tipo de clases que son miembro de
ellas mismas. En efecto, la Psicología social, en cuanto constituye plenamente un fenómeno
social anclado en un conjunto de prácticas sociales, pasa a constituir como tal un simple objeto
más dentro del conjunto de objetos que pertenecen a su propio campo de investigación….. El
carácter necesariamente politizado del conocimiento social, en el doble sentido de que induce
modificaciones y de que incorpora (y por lo tanto, reproduce) creencias socialmente instituidas,
implica que no se puede conducir un debate sobre los aspectos “problemáticos” del
conocimiento producido por las ciencias sociales haciendo “como si” se tratase de cuestiones
puramente epistemológicas, metodológicas, o incluso técnicas. Y no creo que sea bueno incitar
a pensar que sólo se trata de eso. Las cuestiones axiológicas, normativas, y en definitiva
políticas, forman parte “internamente” (valga la redundancia enfatizadora) de los problemas
analizados. ¡Y esto debe aparecer explícitamente como tal!”

El segundo ángulo de consideración que propongo para sustentar la vigencia de la psicología


política, está relacionado con las circunstancias de nuestro contexto social inmediato y la
necesidad de desarrollar una psicología pertinente, capaz de nutrir las alternativas de
pensamiento y acción política, y transformar las relaciones de poder dominantes, hacia nuevas
formas que posibiliten la constitución de sujetos políticos empoderados. Sujetos capaces de
deconstruir críticamente sus esquemas de relacionamiento social y construir formas alternativas
de interacción social emancipadoras.

La golpeante realidad social de amplios sectores de nuestra sociedad, sus precarias condiciones
de vida signadas por la violencia en sus diversas formas: guerra, pobreza, desempleo,
desnutrición, abandono, exclusión social, miedo, desesperanza, etc. reafirma la vigencia de una
psicología política que en términos de la “Psicología de la liberación” de Martín-Baró
constituye la opción más radical que confronta la psicología social hoy, es decir, la necesaria
decisión ante“ la disyuntiva entre un acomodamiento a un sistema social que personalmente
nos ha beneficiado o una confrontación crítica frente a ese sistema...o se trata, aclara Martín–
Baró, de abandonar la Psicología; se trata de poner el saber psicológico al servicio de la
construcción de una sociedad donde el bienestar de unos pocos no se asiente sobre el malestar
de los más, donde la realización de los unos no requiera la negación de los otros, donde el
interés de los pocos no exija la deshumanización de todos. Como psicólogos, continua Martín-
Baró, no podemos volver la espalda a los procesos socio-políticos, bajo la disculpa de que no
son de nuestra incumbencia. Lo son y ello por requisito de nuestro trabajo a favor del
desarrollo humanizador e integral de los grupos y personas. (Citado por Luis de la Corte,
1998). Pensamiento congruente con los más recientes postulados de la denominada “Psicología
social crítica” (Gergen, Ibáñez, Cabruja, entre otros) donde el principio deconstruccionista
implica “someter a crítica los fundamentos y las formas de conocimiento propias de la
psicología hegemónica, asentada sobre el viejo enfoque empirista de la ciencia, así como los
"efectos de poder" que se derivan de la misma”(De la Corte 1998).

Con esta clara correspondencia, que enlaza sin resistencia alguna el pensamiento de Martín-
Baró con las corrientes actuales de la psicología política, pienso que se mantiene en vigencia la
propuesta básica de su psicología social, es decir, la tarea desideologizadora. Tarea teórica y
práctica, orientada a la recuperación de la memoria histórica de los pueblos, como estrategia
para reconstruir su identidad colectiva; a la crítica de la cultura establecida, con el objetivo de
resistir al control ejercido por las instituciones y los medios de comunicación sobre el
pensamiento y la acción pública de las mayorías populares, y al fortalecimiento activo de las
potencialidades de solidaridad, sentido comunitario y otras formas de vinculación social no
alienantes.

En conclusión y por todo lo anteriormente dicho, que bien podría ser más y mejor sustentado
por muchos otros psicólogos políticos, me atrevo a afirmar sin ninguna reserva, y ojalá en esto
todos ustedes me acompañen, que la psicología políticas es hoy, quizás más nunca antes,
totalmente pertinente y vigente. Pero insisto, pertinencia y vigencia derivadas tanto más de una
opción ética o política de los psicólogos políticos, como de una condición epistemológica de su
saber disciplinar.
Referencias

J.M.Dávila-J.G.Fouce-L.Gutiérrez-A.Lillo de la Cruz -E.Martín: “La Psicología Política


Contempóránea”, Revista Psicología Política, Nº 17, 1998, 21-43, Madrid.

Montero, M.(2001): “Ética y Política en Psicología. Las dimensiones no reconocidas”, Athenea


Digital, N° 0, Barcelona. España

De la Corte, L. (1998). “La Psicología de Ignacio Martín-Baró como Psicología social crítica.
Una presentación de su obra”, Revista de Psicología General y Aplicada 53 (3), 437-450.

Ibáñez, T. (1989). “La psicología social como dispositivo desconstruccionista” en El


Conocimiento de la Realidad Social, Capítulo VI. Ed. Sendai, Barcelona

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