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La figura del precursor del Señor está caracterizada por estos dos

rasgos:
• El testimonio a favor de la luz (destacado en el cuarto evangelio), que
hace énfasis en el aspecto «positivo» de su misión: llevar a todos a creer
que la vida humana está destinada a una plenitud, que es la promesa de
Dios (cf. Jn 1,6-7).
• La exhortación a la enmienda de vida (destacada en los tres
sinópticos), que hace énfasis en el aspecto «negativo» de esa misión:
invitar a cada uno a enderezar su vida para que se cumpla la promesa de
Dios (cf. Mt 3,1-12; Mc 1,2-5; Lc 3,1-18).
1. Primera lectura (Jer 1,4-10).
La elección del profeta es anterior a su existencia; su consagración, en
el seno materno; su misión, universal («profeta de los paganos»: 1,5).
Pero este se siente inmaduro, a pesar de la gracia que lo precede. Su
capacidad le vendrá del Señor:
• Su misión es encargo del Señor. La fórmula «el Señor me dirigió la
palabra» introduce lo que el Señor le ha revelado a su profeta para que
él lo anuncie (cf. 11,13; 13,3, etc.) y el enunciado del mensaje que él le
encarga transmitir (cf. 2,1, etc.): en eso consiste ser profeta.
• Sus palabras serán las del Señor. El Señor le descubre que su
existencia tiene razón de ser en el proyecto divino desde antes de ser
«formado» –como lo fue el primer ser humano (‫יצר‬: cf. Gen 2,7)– en el
vientre de su madre, y de ser consagrado para una misión concreta.
• Su fuerza le viene del Señor. Jeremías objeta el hecho de no tener
todavía la edad para hablar en público –30 años; tendría 22 años en el
momento de su vocación– y, posiblemente, su escasa preparación para
poder dirigirse al pueblo, quizás en la asamblea sinagogal.
El Señor, sin embargo, rechaza la objeción. Él no está sujeto a
protocolos sociales, y puede dirigir su palabra a quien quiera (cf.
1Sam 3,1-21; Job 32,6-9; Dan 13,45). Nada es iniciativa de Jeremías;
suya es solo la respuesta. La misión se define con unos rasgos acordes
al momento histórico:
• Arrancar y arrasar,
• Destruir y demoler,
• Edificar y plantar.
El profeta se comportará como quien arranca la maleza y nivela y
prepara el terreno para poder sembrar o construir en él. Las
imágenes convienen tanto a la cultura agraria como a la urbana.
2. Segunda lectura (1Pd 1,8-12).
El profeta cristiano, aunque posterior a la venida histórica de Jesús,
participa de la condición de precursor que tenía Juan el Bautista
antes de dicha venida histórica:
• No ha visto físicamente a Jesús, pero lo ama. Su amor a él
procede de una experiencia real que supera la visión física; es una
experiencia de vida incorruptible, inmarchitable (cf. vv. 3-4).
• Cree en él, aunque no lo haya visto, y vive radiante de alegría. Lo
mismo que su fe y su alegría, el cristiano se siente «custodiado» por
Dios, incluso entre las pruebas que sufre (cf. vv. 5-6).
• Experimenta desde ya el fruto de la fe, la salvación (vida). Vive
anticipadamente el futuro, que se revelará plenamente cuando se
manifieste Jesús Mesías dándole honor y gloria (cf. v. 7).
Es que esta salvación tiene características para el presente y para el
futuro:
• El Espíritu del Mesías reveló por anticipado a los profetas
cristianos sus sufrimientos a causa del Mesías y la fecundidad de
los mismos,
• Anuncia los sufrimientos del Mesías en los suyos a causa de la
difusión universal del Evangelio y que esa gracia está destinada a
los paganos.
• Se trata de algo tan novedoso y asombroso que los mismos
ángeles no lo hubieran imaginado.
3. Evangelio (Lc 1,5-17).
La conformidad de los padres de Juan con la Ley no los ha librado
de su esterilidad, es decir, su imposibilidad de proyección futura.
Su situación es desesperada, porque son de avanzada edad.
Su esterilidad radica en la falta de fe en medio de un culto
ceremonial y ritual vacío. Zacarías no da fe al mensaje del ángel
del Señor que le asegura:
1. Que su ruego por el pueblo ha sido oído, que el Señor va a
intervenir para liberar y salvar.
2. Que él e Isabel tendrán un hijo, que es don de Dios (‫יֹו ָחנָן‬, Juan:
«Dios ha mostrado su favor»).
3. Que este hijo será causa de alegría para muchos: Por su
consagración al Señor, por llenarse del Espíritu Santo, y por
convertir a muchos al Señor.
El Espíritu Santo lo consagrará ya desde el vientre de su madre
como precursor del Señor:
• Con el espíritu y la fuerza de Elías (ἐν πνεύματι καὶ δυνάμει
Ἠλίου). Esto significa que impulsará la fidelidad al Señor y
erradicará las falsas representaciones de Dios en el pueblo
(idolatrías).
• Para reconciliar a los padres con los hijos. Los «padres»
representan la tradición, en tanto que los «hijos» personifican la
renovación. Él resolverá el conflicto entre tradición y futuro.
• Para enseñarles a los rebeldes la sensatez de los justos. El
verdadero problema no es cultual ni de costumbres, sino más
profundo: se trata de recuperar el camino de Dios y transitarlo.
Objetivo final de su misión: «prepararle al Señor un pueblo bien
dispuesto». Esta misión consiste en preparar el camino del Señor e
invitar al pueblo a transitar por él (cf. 7,27). Y la preparación
implica que el pueblo rectifique sus injusticias para que reanude el
éxodo (cf. 3,4-6).
El cristiano, en cuanto discípulo, sigue al Señor, va detrás de él; en
cuanto enviado suyo, es su precursor, va delante de él. La tarea de
Juan como precursor es referencia para la misión cristiana. Todo
discípulo debe ser testigo de la luz y, al mismo tiempo exhortar a la
enmienda de vida. Y todo esto ha de hacerlo con su propia
existencia.
La Iglesia celebra tres nacimientos: el de Jesús, el de María y el de
Juan Bautista. No se trata de «cumpleaños», porque esta es una
costumbre extraña a la primitiva tradición judeocristiana. De hecho,
las celebraciones de cumpleaños que se encuentran en la Biblia son
de paganos. Eso no significa que sea malo celebrar los cumpleaños.
Se trata de mirar la vida humana en la perspectiva de la promesa y
en función del designio de Dios.
Mientras Mt, Mc y Jn no narran el nacimiento de Juan ni el de
Jesús, Lc lo hace para contrastar dos épocas: lo que nosotros hoy
llamamos antigua alianza y la nueva alianza.
Se observa que el nacimiento de Juan se refiere de pasada, mientras
que su circuncisión se narra en detalle; en contraste, el nacimiento
de Jesús se narra en detalle mientras que su circuncisión se refiere
de pasada.
El nacimiento de Juan causa una alegría difusiva, su circuncisión
declara una ruptura, significada por el hecho de que sea su madre
quien le ponga el nombre y porque este nombre no es el de su
padre. Esta ruptura, sin embargo, realiza la esperada reconciliación
de los padres con los hijos (cf. Lc 1,17). Con Juan, la tradición
(«padres») se abre a la novedad («hijos»).
Y comienza una era de liberación: Zacarías se llena de Espíritu
Santo y se rompen sus ataduras: ya puede profetizar (hablar en
nombre de Dios) el que antes no podía hablar por su falta de fe.
Considerar el mundo «cerrado», la creación ya concluida, perfecta
la alianza (relación) con Dios, niega a Dios la posibilidad de
continuar creando y haciendo historia.
No es un cambio de moda. Es un crecimiento cualitativo en el amor
con el que Dios se relaciona con su pueblo. Se necesitan siempre
«precursores» que vayan delante, preparando el camino del Señor,
porque esta peregrinación continúa. En la eucaristía nos
identificamos con el Señor («Amén») y somos enviados por él a la
misión, como profetas precursores suyos («pueden irse en paz»).

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